/ / Language: Español / Genre:thriller,

Casi Muerto

Peter James

Primera hora de la mañana. La llamada a casa del comisario Roy Grace para informar sobre el hallazgo del cadáver de una mujer en un macabro escenario desata en el sofocante agosto de Brighton un despliegue policial que se irá viendo incrementado con la aparición de más víctimas. Con la ayuda del sargento Glenn Branson y del resto de su equipo, Grace deberá hacer frente al torbellino de pesquisas e interrogatorios agotadores, atormentado por la sombra de su esposa desaparecida, Sandy, que al parecer ha sido vista en Munich tras nueve años de ausencia. El lujo, la belleza y el dinero que decorara el mundo de las víctimas se van desdibujando progresivamente en medio de la sangre y la sospecha. Azuzada por la falta de noticias en verano, la prensa clava sus fauces en el caso y Roy Grace se convierte en el punto de mira de una ciudad plagada de turistas. Ante la presión de los medios de comunicación y el creciente nerviosismo de los ciudadanos, la policía investiga a contrarreloj los macabros asesinatos cuyas pistas van cercando casi sin respiro a un único sospechoso. Pero ¿cómo puede un hombre matar a su víctima y encontrarse al mismo tiempo a noventa kilómetros de distancia?

Peter James

Casi Muerto

Roy Grace, 3

© Peter James, 2007

Titulo de la edición original Not dead enough

Para Betie, Sooty y Phoepe

Capítulo 1

La oscuridad tardó en llegar, pero la espera mereció la pena. Además, el tiempo no suponía ningún problema para él. El tiempo -había acabado comprendiendo- era una de las pocas cosas en la vida que abunda cuando no se tiene mucho más. Era un rico de tiempo. Casi multimillonario.

Poco antes de la medianoche, la mujer a la que estaba siguiendo salió de la autopista y entró en el resplandor solitario del patio de una gasolinera BP. Él detuvo la furgoneta robada en el desvío oscuro, tras centrarse en las luces de freno de su coche. ¡Rojo para el peligro, rojo para la suerte, rojo para el sexo! «El 71 % de las víctimas de homicidio fueron asesinadas por alguien a quien conocían.» La estadística daba vueltas y vueltas en su cabeza, como la bola de una máquina del millón. Coleccionaba estadísticas, las guardaba cuidadosamente, como una ardilla las nueces, para alimentarse durante esa larga hibernación de la mente que sabía que llegaría algún día.

La pregunta era: ¿cuántas víctimas de ese 71 % sabían que iban a matarlas?

«¿Lo sabe usted, señora?»

Los faros de los vehículos pasaban a toda velocidad, la estela de un camión meció el pequeño Renault azul y provocó que las herramientas que llevaba detrás vibraran. Sólo había dos coches más en los surtidores: un monovolumen Toyota que estaba a punto de arrancar y un Jaguar grande. Su propietario, un hombre rollizo con un esmoquin que le sentaba muy mal, volvía de pagar en la ventanilla y se guardaba la cartera en el bolsillo. Había estacionado un camión cisterna de BP, y su conductor, vestido con un mono, desenrollaba una manguera larga, preparándose para rellenar los depósitos de la gasolinera.

Por lo que pudo determinar con un barrido minucioso, sólo una cámara de seguridad escudriñaba el patio. Era un problema, pero podía solucionarlo.

¡La mujer no podría haber elegido un lugar mejor para detenerse!

Le lanzó un beso silencioso.

Capítulo 2

En el aire cálido de aquella noche de verano, Katie Bishop se apartó el pelo rojizo y alborotado de la cara y bostezó; se sentía cansada. Mucho más que cansada, en realidad. Estaba agotada -pero de un modo muy, muy agradable, ¡gracias!-. Examinó el surtidor de gasolina como si fuera una criatura extraterrestre colocada en el planeta Tierra para intimidarla, ése era el sentimiento que le despertaban la mayoría de los surtidores de gasolina. Su marido siempre tenía problemas para entender las instrucciones del lavavajillas o la lavadora, decía que estaban escritas en un idioma extraño llamado «mujer». Bueno, pues para ella los surtidores de gasolina se regían por un idioma igualmente extraño: las instrucciones estaban escritas en «macho».

Como siempre, le costó sacar la tapa del depósito de su BMW. Luego se quedó mirando las palabras «premium» y «súper», intentando recordar cuál utilizaba el coche, aunque le parecía que nunca conseguía acertar. Si lo llenaba con premium, Brian la criticaba por poner una gasolina de una calidad demasiado baja; si metía súper, se molestaba con ella por gastar dinero. Pero ahora no salía ninguna de las dos. Sujetaba la pistola del surtidor con una mano, apretando con fuerza el gatillo, y agitaba la otra, intentando llamar la atención del encargado nocturno que dormitaba detrás del mostrador.

Brian la exasperaba cada vez más. Estaba harta de que se preocupara por todo tipo de pequeñeces -como la manera de colocar el tubo de la pasta de dientes en la repisa del baño, o cómo asegurarse de que todas las sillas de la mesa de la cocina estuvieran exactamente a la misma distancia las unas de las otras. Hablamos de milímetros, no de centímetros-. Además estaba volviéndose un poco pervertido; a menudo regresaba a casa con bolsas de sex shops llenas de cosas raras que insistía en que probaran. Y aquello le suponía un gran problema.

Tan absorta estaba en sus pensamientos que ni siquiera se dio cuenta de que el surtidor vibraba hasta que se detuvo con un ruido repentino. Inhalando el olor de los gases del combustible, que siempre le habían gustado bastante, volvió a colgar el surtidor, cerró el BMW con llave -Brian le había advertido de que a menudo robaban coches en las gasolineras- y se dirigió hacia la taquilla a pagar.

Al salir, dobló con cuidado el recibo de la tarjeta de crédito y lo guardó en su monedero. Abrió el coche, subió, cerró por dentro, se puso el cinturón y arrancó el motor. El CD de Il Divo comenzó a sonar de nuevo. Por un momento, pensó en bajar la capota del BMW, luego decidió no hacerlo. Era más de medianoche; sería un blanco vulnerable si conducía por Brighton a estas horas con el coche descapotado. Era mejor permanecer encerrada y segura.

Hasta que salió del patio y recorrió unos cien metros del desvio oscuro no se percató de que algo olía distinto en el coche. Un perfume que conocía bien: Comme des Garçons. Entonces vio que algo se movía en el retrovisor.

Y se dio cuenta de que había alguien dentro.

El miedo se apoderó de su garganta como un anzuelo; las manos se le paralizaron en el volante. Pisó el pedal del freno con fuerza y el coche se detuvo con un chirrido. Buscó la palanca de cambios para regresar a la seguridad del patio. Entonces notó el metal frío y afilado en el cuello.

– Sigue conduciendo, Katie -dijo él-. No has sido una niña buena, ¿verdad?

Entrecerrando los ojos para verle en el retrovisor, vislumbró un destello de luz, como una chispa, que salía de la hoja de un cuchillo.

Y en ese mismo retrovisor, él vio el terror reflejado en los ojos de la mujer.

Capítulo 3

Marlon hacía lo de siempre, es decir, nadar por su pecera, circunnavegando por su mundo con la determinación incansable de un explorador que se adentra en otro continente desconocido. Abría y cerraba la boca, casi siempre mordiendo el agua, sólo engullendo de vez en cuando una de las bolitas microscópicas que Grace imaginaba que, por lo que le habían costado, serían el equivalente para peces de una cena en el restaurante de Gordon Ramsay.

Grace estaba en el salón de casa, apoltronado en el sillón reclinable. Su esposa, Sandy, desaparecida tiempo atrás, había decorado la sala con un estilo minimalista en blanco y negro; hasta hacía poco, allí sus recuerdos abundaban. Ahora tan sólo quedaban algunos objetos singulares de los cincuenta que habían comprado juntos (ocupando el lugar de honor estaba una máquina tocadiscos que habían restaurado) y una única fotografía de ella, en un marco de plata, tomada doce años atrás en unas vacaciones en Capri, su rostro hermoso y bronceado sonriendo con descaro. Estaba apoyada en unas rocas escarpadas, con su pelo rubio revoloteando al viento, bañado por la luz del sol, como la diosa que había sido para él.

Tomó un trago de Glenfiddich, los ojos pegados a la pantalla del televisor, viendo una película antigua de DVD. Era una de las diez mil que su amigo Glenn Branson no podía creer que no hubiera visto nunca.

Y no era que últimamente la superioridad de Branson en temas cinematográficos sacara lo mejor de su naturaleza competitiva, sino que Grace se había propuesto aprender, educarse, llenar ese enorme agujero negro cultural que tenía en la cabeza. Durante el mes pasado, se había ido dando cuenta de que su cerebro era el depositario de páginas y páginas de manuales de instrucción policial y datos sobre rugby, fútbol, automovilismo, criquet y poco más. Y eso tenía que cambiar. Deprisa.

Porque por fin estaba quedando otra vez con alguien -salía con una mujer, la deseaba, estaba totalmente loco por ella, tal vez incluso enamorado-. Y no podía creer la suerte que tenía. Pero ella era mucho más culta que él. A veces parecía haber leído todos los libros que se habían escrito, que hubiera visto todas las películas, que hubiera asistido a todas las óperas y que conociera intelectualmente la obra de todos los artistas de renombre, vivos o muertos. Y por si no fuera poco, estaba estudiando un curso de Filosofía en la universidad a distancia. Aquello explicaba la pila de libros de esta disciplina que descansaban sobre la mesita de café junto al sillón. La mayoría los había comprado hacía poco en City Books, en Western Road, y el resto, rebuscando en casi todas las librerías de Brighton y Hove.

Dos títulos supuestamente accesibles, Las consolaciones de la filosofía y Zenón y la tortuga, estaban arriba del montón. Libros para profanos que comenzaba a comprender. Bueno, algunos trozos, en cualquier caso. Al menos le proporcionaban conocimientos suficientes para salir del apuro en las conversaciones que mantenía con Cleo sobre algunos de los temas de los que hablaba. Y descubrió que le interesaban de verdad, lo cual era bastante sorprendente. Conectaba en particular con Sócrates. Un solitario, condenado a muerte por sus pensamientos y enseñanzas, que en una ocasión dijo: «Una vida sin examen no es digna de ser vivida».

Y la semana pasada ella lo había llevado al Glyndebourne, a ver Las bodas de Fígaro, de Mozart. Algunos pasajes de la ópera se le hicieron largos, pero hubo momentos de una belleza tan intensa, tanto por la música como por el espectáculo, que casi se le escapó una lágrima de la emoción.

Ahora, se sentía atrapado por la película en blanco y negro que estaba viendo, ambientada en la Viena de posguerra. En escena, Orson Welles, que interpretaba a un estraperlista llamado Harry Lime; estaba con Joseph Cotten en la cabina de una noria en un parque de atracciones. Cotten reprobaba a su viejo amigo Harry que se hubiera vuelto un corrupto. Welles contraatacaba diciendo: «En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas… Pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco».

Bebió otro trago largo de whisky. Welles interpretaba a un personaje simpático, pero Grace no sentía ninguna simpatía por él. El hombre era un villano y, a lo largo de sus veinte años de carrera hasta la fecha, el comisario jamás había conocido a un delincuente que no intentara justificar lo que había hecho. En sus mentes retorcidas, era el mundo el que estaba mal, no ellos.

Bostezó y movió el vaso vacío; los cubitos de hielo repiquetearon. Pensaba en mañana viernes y en la cena con Cleo. No la había visto desde el viernes anterior, pues había pasado el fin de semana fuera, en una gran reunión familiar en Surrey. Sus padres celebraban su trigésimo octavo aniversario de boda y él había sentido una punzadita de malestar porque no le había invitado, como si guardara las distancias para marcar que aunque estuvieran saliendo e hicieran el amor, en realidad no eran una pareja. Luego, el lunes, se había marchado a un curso de formación. Aunque habían hablado todos los días, y se habían enviado mensajes por móvil e internet, la echaba muchísimo de menos.

Mañana lo aguardaba una reunión a primera hora con su impredecible jefa, la agridulce Alison Vosper, la subdirectora de la Policía de Sussex. Muerto de cansancio de repente, se debatía entre servirse otro whisky y ver el resto de la película o dejarlo para la noche siguiente cuando llamaron a la puerta.

¿Quién diablos lo visitaba a medianoche?

El timbre volvió a sonar. Lo siguió un golpeteo seco. Luego otro más.

Perplejo y cauteloso, paró el DVD, se levantó, algo tambaleante, y salió al recibidor. Más golpes, insistentes. Luego sonó otra vez el timbre.

Grace vivía en un barrio tranquilo, casi residencial, en una calle de casas pareadas que llegaba hasta el paseo marítimo de Hove. Quedaba lejos del lugar que frecuentan los drogatas y los marginados que poblaban las noches de Brighton y Hove, pero de todas formas, estaba alerta.

A lo largo de los años, debido a su trabajo, se había peleado -cabreado- con muchos sinvergüenzas de esta ciudad. La mayoría eran meros delincuentes comunes, pero algunos eran actores poderosos. Había un sinfín de personas que podían tener una buena razón para ajustar las cuentas con él. Sin embargo, nunca se había molestado en instalar una mirilla o una cadena de seguridad en la puerta.

Así que, confiando en su ingenio y un tanto confundido por el exceso de whisky, abrió la puerta de par en par. Se encontró mirando al hombre a quien más quería en este mundo, el sargento Glenn Branson, un tipo de un metro noventa, negro y calvo como una bola de billar. Pero en lugar de ofrecerle su habitual sonrisa alegre, el sargento tenía los ojos llorosos.

Capítulo 4

La hoja del cuchillo le presionó el cuello con más fuerza y le pinchó la piel. Le dolía más y más con cada bache de la carretera.

– Ni se te ocurra pensar en lo que sea que estés pensando hacer -dijo él con voz tranquila y llena de buen humor.

La sangre le bajaba por el cuello; o quizás era sudor, o ambas cosas. No lo sabía. Intentaba desesperadamente vencer el terror que sentía y pensar con calma. Abrió la boca para hablar, mirando a los faros que se acercaban, agarrando el volante del BMW con manos resbaladizas, pero el filo sólo se le clavó más y más.

Estaban subiendo por una colina, las luces de Brighton y Hove a su izquierda.

– Ponte en el carril de la izquierda. Toma la segunda salida en la rotonda.

Katie obedeció y entró en la ancha avenida de dos carriles de Dyke Road. El resplandor naranja del alumbrado de la calle. Casas grandes a cada lado. Sabía adonde iban y sabía que tenía que hacer algo antes de que llegaran. De repente, el corazón le dio un brinco de alegría. Al otro lado de la calle vio el destello de unas luces azules. ¡Un coche de la policía! Estaba deteniéndose delante de otro coche.

Soltó la mano izquierda del volante y la movió hacia la palanca de las luces. Tiró hacia ella, con fuerza. Los limpiaparabrisas arañaron el cristal seco.

«Mierda.»

– ¿Por qué has puesto los limpiaparabrisas, Katie? No está lloviendo -oyó su voz desde el asiento trasero.

«Oh, mierda, mierda, mierda. ¡Se había equivocado de palanca, joder!»

Ahora ya habían dejado atrás el coche patrulla. Vio las luces, que desaparecían como un oasis, en el retrovisor, y luego el contorno de la cara barbuda del hombre, ensombrecido por la gorra de béisbol y más oculto aún por las gafas de sol que llevaba, pese a ser de noche. El rostro de un desconocido, pero al mismo tiempo un rostro -y una voz- que le resultaban inquietantemente familiares.

– Vas a tener que girar a la izquierda, Katie. Deberías reducir. Ya sabrás dónde estamos, espero.

El sensor del salpicadero activaría automáticamente el interruptor de la verja. En unos segundos comenzaría a abrirse y luego se cerraría tras ella y se quedaría a oscuras, sola, nadie podría verla, excepto el hombre que tenía detrás.

No. Tenía que evitar que eso sucediera.

Podía dar un volantazo, empotrar el coche en una farola. O chocar contra los faros del vehículo que venía de frente. Se puso más tensa aún. Miró el indicador de velocidad. Intentaba elaborar un plan. Si frenaba en seco o colisionaba con algo, el hombre saldría disparado hacia delante. Con el cuchillo. Era lo más inteligente. Lo más inteligente no. Era la única opción.

«Oh, Dios mío, ayúdame.»

Algo más frío que el hielo se revolvió en su estómago. Tenía la boca seca. Luego, de repente, su teléfono móvil, en el asiento de al lado, comenzó a sonar. El tono estúpido que su hijastra Carly, que acababa de cumplir trece años, había programado y tenía que soportar. La maldita Chicken song, que le hacía pasar una vergüenza terrible cada vez que sonaba.

– Ni se te ocurra contestar, Katie -dijo él.

No lo hizo, sino que obedeció y giró a la izquierda, cruzó la verja de hierro forjado que se había abierto servicialmente y subió el camino asfaltado, corto y oscuro, flanqueado por rododendros enormes e inmaculadamente podados que Brian había comprado, por un precio exorbitante, en un vivero arquitectónico. Para tener intimidad, había dicho.

Ya. Vale. Intimidad.

La fachada de la casa apareció imponente a la luz de los faros. Al marcharse, hacía sólo unas horas, era su hogar. Ahora, en este momento, le pareció algo muy distinto. Le pareció un edificio extraño y hostil que le gritaba que se fuera.

Pero la verja ya estaba cerrándose.

Capítulo 5

Roy Grace se quedó mirando horrorizado a Glenn Branson durante un momento. El sargento, que por lo general vestía impecablemente, llevaba aquella noche una gorrita azul, una chaqueta de chándal gris con capucha encima de una sudadera, pantalones anchos y deportivas, y no se había afeitado en varios días. En lugar del olor normal de su última colonia masculina del mes, apestaba a sudor rancio. Parecía más un atracador que un policía.

Antes de que Grace tuviera ocasión de decir nada, el sargento lo abrazó, agarrándolo con fuerza, apretando su mejilla húmeda contra la cara de su amigo.

– ¡Roy, me ha echado! Dios mío, tío, ¡me ha echado!

De algún modo, Grace logró meterlo en casa, lo llevó al salón y lo sentó en el sofá. Se colocó a su lado, pasó un brazo alrededor de sus hombros enormes y dijo sin convicción:

– ¿Ari?

– Me ha echado.

– ¿Cómo que te ha echado? ¿Qué quieres decir?

Glenn Branson se inclinó hacia delante, apoyó los codos en la mesita de café de cristal y enterró la cara entre las manos.

– No puedo más. Roy, tienes que ayudarme. No puedo más.

– Deja que te ponga algo de beber. ¿Whisky? ¿Una copa de vino? ¿Café?

– Quiero a Ari. Quiero a Sammy. Quiero a Remi.

Glenn rompió en sollozos profundos y entrecortados.

Durante unos momentos, Grace observó a su pez. Marlon flotaba, se tomaba un insólito descanso de su vida de trotamundos, abría y cerraba la boca con expresión ausente. Se descubrió abriendo y cerrando la boca también él. Entonces se levantó, salió de la habitación, abrió una botella de Courvoisier que llevaba años cogiendo polvo en el armario de debajo de las escaleras, sirvió un poco en un vaso y lo puso en las manos gruesas de Glenn.

– Bebe un poco -le dijo.

El sargento meció el vaso, mirando en silencio el interior unos segundos, como si buscara algún mensaje que suponía que debía encontrar escrito en la superficie. Al final bebió un sorbo, seguido de inmediato por un gran trago, luego dejó el vaso y se quedó observándolo fijamente y con aire triste.

– Háblame -dijo Grace mirando la imagen congelada en blanco y negro de Orson Welles y Joseph Cotten en la pantalla-. Cuéntame… Cuéntame qué ha pasado.

Branson levantó la vista y también miró el televisor. Entonces farfulló:

– Trata de la lealtad, ¿verdad? De la amistad, el amor. La traición.

– ¿Cómo?

– La película -dijo-. El tercer hombre. Dirigida por Carol Reed. La música. La cítara. Me emociona siempre que la escucho. Orson Welles destacó pronto, pero no pudo repetir nunca su primer éxito, ésa fue su tragedia. Pobre hombre. Realizó algunas de las mejores películas de todos los tiempos. ¿Y por qué lo recuerda la gente? Por ser el gordo de los anuncios de jerez.

– No te sigo del todo -dijo Grace.

– Domecq, creo que era. Jerez Domecq. Quizá. ¿Qué más da? -Glenn cogió el vaso y lo apuró-. Tengo que conducir. A la mierda.

Grace esperó pacientemente; por nada del mundo iba a dejar que Glenn cogiera el coche. Nunca había visto así a su amigo.

Glenn levantó el vaso, casi sin darse cuenta.

– ¿Quieres más?

– Me da igual -respondió el sargento mirando de nuevo a la mesa.

Le sirvió cuatro dedos. Hacía poco más de dos meses, Glenn había recibido un disparo en una redada organizada por Grace, y él se sentía culpable desde entonces. Milagrosamente, la bala del calibre 38 que alcanzó al sargento había causado pocos daños. Un centímetro más a la derecha y el desenlace habría sido muy distinto.

Al penetrar en el abdomen justo por debajo de la caja torácica, la bala lenta de punta redondeada no tocó por muy poco la columna vertebral, la aorta, la vena cava inferior ni los uréteres. Le seccionó parte del intestino, que tuvieron que repararle quirúrgicamente, y le dañó tejido blando, principalmente grasa y músculo, lo que también había requerido una intervención. Después de permanecer ingresado diez días en el hospital, le permitieron volver a casa, donde le aguardaba una larga convalecencia.

Durante los dos meses siguientes, en algún momento del día o de la noche, Grace había revivido los acontecimientos de esa redada. Una y otra y otra vez. A pesar de la planificación y las precauciones, había salido muy mal. Ninguno de sus superiores le criticó por ello, pero en el fondo de su corazón Grace se sentía culpable porque un hombre bajo su mando había recibido un disparo. Y el hecho de que Branson fuera su mejor amigo lo empeoraba todo.

Lo que aún empeoraba más las cosas era que anteriormente, en la misma operación, otro de sus agentes, una joven y brillante policía llamada Emma-Jane Boutwood, había resultado gravemente herida por una furgoneta a la que intentó impedir el paso, y aún estaba ingresada.

Una cita de un filósofo que había leído hacía poco le proporcionaba cierto consuelo y se había instalado de manera permanente en su cerebro. Era Soren Kierkegaard, quien escribió: «La vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia delante».

– Ari -dijo de repente Glenn-. Dios mío. No lo entiendo.

Grace sabía que su amigo tenía problemas matrimoniales. Iba con el sueldo. La jornada laboral de los policías era demencial e irregular. A menos que se casaran con alguien que también formara parte del cuerpo, que lo comprendiera, lo más probable era que surgieran problemas. Casi todos los policías los tenían, en algún momento. Quizá Sandy también los tuvo y nunca habló de ello. Tal vez por eso se había esfumado. ¿Se había hartado un día, había hecho las maletas y se había marchado? Sólo era una de las muchas explicaciones para lo que le había ocurrido esa noche de julio. El día que él cumplió los treinta.

El miércoles pasado se habían cumplido nueve años de la desaparición.

El sargento bebió más brandy y luego tosió con violencia. Cuando terminó, lanzó una mirada torva a Grace con los ojos muy abiertos.

– ¿Qué voy a hacer?

– Cuéntame qué ha pasado.

– Pues que Ari está harta, eso es lo que ha pasado.

– ¿Harta de qué?

– De mí. De nuestra vida. No lo sé. No tengo ni idea -dijo mirando al frente-. Ha estado yendo a un montón de cursos de autosuperación. Ya te conté que no deja de comprarme libros de ésos, ¿verdad? Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, Por qué las mujeres no entienden los mapas y los hombres no encuentran las cosas en la nevera, o alguna chorrada así. Bueno, pues cada vez se enfadaba más cuando yo llegaba tarde a casa y ella no podía asistir a los cursos porque tenía que quedarse con los niños. ¿Vale?

Grace se levantó y se sirvió otro whisky. Luego, de repente, le entraron ganas de fumarse un cigarrillo.

– Creía que ella te había animado a que ingresaras en el cuerpo.

– Sí. Y ésa es una de las cosas que ahora le cabrean, el horario. Quién entiende a las mujeres.

– Eres inteligente, ambicioso, estás progresando mucho. ¿Entiende ella todo eso? ¿Sabe que tus superiores tienen una opinión buenísima de ti?

– Creo que esas cosas le importan una mierda.

– ¡Contrólate, hombre! Trabajabas de guardia de seguridad de día y de portero de discoteca tres noches a la semana, Glenn. ¿Adónde te llevaba eso? Me dijiste que cuando nació tu hijo tuviste una especie de revelación. No querías que tuviera que contarles a sus amiguitos del colegio que su padre era portero de discoteca. Querías tener una profesión de la que se sintiera orgulloso. ¿Verdad?

Sin convicción, Branson se quedó mirando el vaso, que de repente ya volvía a estar vacío.

– Sí.

– No entiendo…

– Bienvenido al club.

Al ver que al menos la bebida le calmaba, Grace cogió el vaso de Branson, le sirvió un par de dedos más y volvió a ponérselo en las manos. Estaba pensando en su propia experiencia como policía de patrulla, cuando se había ocupado de un buen número de «domésticos». Todos los policías odiaban tener que acudir para «situaciones» domésticas. Básicamente implicaba ir a una casa donde una pareja discutía acaloradamente, por lo general uno -o los dos- borrachos, y lo siguiente que sabóas era que te pegaban un puñetazo en la cara o un porrazo con una silla por molestar. Pero la formación adquirida en estos casos había proporcionado a Grace un conocimiento rudimentario sobre derecho de familia.

– ¿Alguna vez has sido violento con Ari?

– Ni de coña. Nunca. Nunca. En la vida -dijo Glenn enfáticamente.

Grace le creyó; no pensaba que formara parte del carácter de Branson ser violento con alguien a quien quería. Dentro de aquella mole, habitaba el hombre más dulce, amable y tierno del mundo.

– ¿Tenéis hipoteca?

– Sí, conjunta.

Branson dejó el vaso y se echó a llorar de nuevo. Al cabo de unos minutos, con la voz entrecortada, dijo:

– Dios mío. Ojalá esa bala me hubiera alcanzado bien. Ojalá me hubiera atravesado el corazón, joder.

– No digas eso.

– Es verdad. Es lo que siento. No puedo ganar. Se enfadaba conmigo cuando trabajaba veinticuatro horas al día, siete días a la semana, porque no estaba nunca en casa, y ahora está harta porque llevo siete semanas en casa. Dice que estoy todo el rato encima de ella.

Grace se quedó pensando un momento.

– Es tu casa, tanto como la de ella. Puede que esté cabreada contigo, pero no puede echarte. Tienes tus derechos.

– Sí, y ya conoces a Ari.

Sí, la conocía. Era una mujer de casi treinta años bastante atractiva y muy tozuda, y que siempre había dejado clarísimo quién mandaba en casa de los Branson. Tal vez fuera Glenn quien llevaba los pantalones, pero asomaba la cabeza por la bragueta.

Eran casi las cinco de la madrugada cuando Grace sacó unas sábanas y una manta del armario de la caldera y preparó la cama de invitados para su amigo. La botella de whisky y la de brandy estaban casi vacías y había varias colillas aplastadas en el cenicero. Casi había dejado de fumar del todo -después de que le enseñaran, hacía poco, los pulmones ennegrecidos de un fumador en el depósito de cadáveres-, pero las largas sesiones de alcohol doblegaban su fuerza de voluntad.

Cuando su móvil sonó le parecía que sólo habían transcurrido unos minutos. Entonces miró el reloj digital junto a la cama y vio, horrorizado, que eran las nueve y diez.

Como estaba casi seguro de que lo llamaban del trabajo, dejó que el teléfono sonara varias veces, para intentar despertarse bien y no tener voz de dormido; notaba la cabeza como si se la estuvieran rebanando con un cortador de queso. Durante aquella semana le tocaba asumir las funciones de investigador jefe y tendría que haber estado en el despacho a las ocho y media, para estar preparado para cualquier incidente importante que pudiera ocurrir. Al final, pulsó la tecla para contestar.

– Roy Grace -dijo.

Era un recepcionista de voz muy seria llamado Jim Walters; le telefoneaba desde la sala de control. Grace había hablado algunas veces con él, pero no lo conocía personalmente.

– Comisario, un sargento de la central de Brighton ha solicitado que se encargue de una muerte sospechosa en una casa en Dyke Road Avenue, en Hove.

– ¿Qué detalles puedes darme? -preguntó Grace, plenamente alerta ahora, mientras alargaba la mano hacia su Blackberry.

En cuanto colgó, se puso el batín, llenó de agua el vaso del cepillo de dientes, cogió dos cápsulas de paracetamol del armario del baño y se las tragó. Luego sacó otras dos del blíster de la lámina, entró sin hacer ruido en la habitación de invitados, que apestaba a alcohol y a olor corporal, y sacudió a Glenn Branson para despertarlo.

– Arriba, ¡tu terapeuta desde el infierno!

Branson abrió un ojo, a medias, como un caracol marino desde la seguridad de su caparazón.

– ¿Qué coño pasa, tío? -Entonces se llevó las manos a la cabeza-. Mierda, ¿cuánto bebí anoche? La cabeza me está…

Grace levantó la taza y las cápsulas.

– Te he traído el desayuno a la cama. Ahora tienes dos minutos para ducharte, vestirte, tragarte esto y comer algo rápido en la cocina. Nos vamos a trabajar.

– Olvídalo. Estoy de baja. ¡Aún me queda una semana!

– Ya no. Ordenes de tu terapeuta. ¡Se acabó la baja! Tienes que volver a trabajar ya, hoy, ahora mismo. Vamos a ver un cadáver.

Lentamente, como si cada movimiento le doliera, Branson sacó las piernas de la cama. Grace vio la marca redonda, descolorida, en el abdomen musculado, unos centímetros por encima del ombligo, donde había penetrado la bala. Parecía tan diminuta… Poco más de un centímetro. Aterradoramente diminuta.

El sargento cogió las pastillas, las ingirió con un trago de agua, luego se levantó y se paseó por la habitación en calzoncillos unos momentos, desorientado, rascándose los huevos.

– Mierda, tío, aquí no tengo nada, sólo esta ropa apestosa. No puedo ir a ver un cadáver así.

– Al muerto no le importará -le aseguró Grace.

Capítulo 6

El móvil de Skunk sonaba y vibraba. Priiip-priiip-bnnnzzzz-priiip-priiip-bnnnzzzz. Parpadeaba, se deslizaba en la superficie del lavabo, como un escarabajo grande, enloquecido y herido.

Después de treinta segundos llamando, consiguió despertarle. Él se incorporó de repente y, como le pasaba casi todas las mañanas, se golpeó la cabeza con el techo de su autocaravana destartalada.

– Mierda.

El teléfono cayó del lavabo y aterrizó en la estrecha franja de suelo enmoquetado, donde continuó su ruido del demonio. Lo había cogido anoche de un coche que había robado y el propietario no había tenido la amabilidad de dejar el manual de instrucciones ni el código PIN. Skunk estaba tan nervioso que no había sabido ponerlo en silencio y no se había arriesgado a apagarlo porque tal vez necesitara el PIN para encenderlo de nuevo. Tenía que realizar algunas llamadas antes de que su propietario se percatara de que había desaparecido y lo denunciara. Entre esas llamadas estaba la que iba a hacer a su hermano, Mick, que vivía en Sydney, con su mujer e hijos. Pero a Mick no le alegró oír su voz, le dijo que eran las cuatro de la madrugada y le colgó.

Después de otra ronda de pitidos y zumbidos, el aparato se calló: agotado. Era un teléfono que valía una pasta, con la carcasa reluciente de acero inoxidable, un Motorola de última generación. El precio de venta en las tiendas, sin ningún trato de favor especial, rondaría las trescientas libras. Con suerte, y seguramente después de regatear, sacaría veinticinco libras por él más tarde aquella mañana.

Se dio cuenta de que estaba temblando. Y estaba aquella penumbra oscura, indefinida, que se filtraba por sus venas, extendiéndose a todas las células de su cuerpo, mientras yacía sobre las sábanas en calzoncillos y camiseta, sudando un momento, temblando al siguiente. Todas las mañanas lo mismo: se despertaba con la sensación de que el mundo era una cueva hostil que iba a derrumbarse encima de él y que lo sepultaría. Para siempre.

Un escorpión cruzó delante de sus ojos.

– ¡Me-cagüen-laputa, quita, joder!

Se incorporó, se golpeó la cabeza otra vez y gritó de dolor. No era un escorpión; no era nada. Sólo su mente, que le jugaba una mala pasada. Igual que ahora le decía que tenía el cuerpo lleno de gusanos que le comían. Miles de ellos le subían por la piel, tan juntos que parecían un traje.

– ¡Fuera!

Se retorció, se los sacudió de encima, volvió a insultarlos, aún más fuerte, y luego se dio cuenta de que, como el escorpión, no existían. Sólo era su mente, que le decía algo. Igual que todos los días. Le decía que necesitaba jaco o farlopa. Lo que fuera, Dios mío.

Le decía que necesitaba alejarse de este hedor a pies, ropa fétida y leche cortada. Tenía que levantarse, ir al despacho. A Bethany le gustaba eso, que lo llamara su «despacho». Le parecía gracioso. Tenía una risa extraña, torcía un poco la boca minúscula hacia arriba y el aro que llevaba en el labio superior desaparecía un momento. Y Skunk nunca sabía si se reía con él o de él.

Pero se preocupaba por él. Eso sí lo notaba. Nunca antes había conocido esa sensación. Había visto en los culebrones de televisión a personajes que hablaban de preocuparse los unos por los otros, pero no supo lo que significaba hasta que la conoció a ella -la recogió- en el Escape-2 un viernes por la noche unas semanas -o unos meses- atrás.

«Se preocupaba por él» en el sentido de que se pasaba a verle de vez en cuando como si fuera su muñeca preferida. Le traía comida, limpiaba la caravana, le lavaba la ropa, le vendaba las llagas que tenía a veces y se acostaba torpemente con él antes de salir corriendo otra vez, de día o de noche.

Rebuscó a tientas en la estantería que había detrás de su cabeza doblemente golpeada, alargó el brazo delgado, cubierto de arriba abajo por un tatuaje de una cuerda enroscada, y encontró el paquete de cigarrillos, el encendedor de plástico y el cenicero de papel de aluminio, junto a la hoja de su navaja, que siempre tenía abierta, a punto.

Tras balancearlo y dejarlo en el suelo, el cenicero escupió varias colillas y una estela de ceniza. Skunk sacudió el paquete y sacó un Camel, lo encendió, se recostó en la almohada llena de bultos con el cigarrillo aún en la boca, dio una calada, inhaló con fuerza y luego expulsó el humo lentamente por la nariz. ¡Qué sabor tan dulce, tan increíblemente dulce! Por un momento, la penumbra se evaporó. Notó que el corazón le latía con más fuerza. Energía. Estaba reviviendo.

Fuera en el «despacho», había actividad. Una sirena se acercó y alejó. Un autobús pasó con gran estruendo, levantando el aire a su alrededor. Alguien tocó la bocina con impaciencia. Una moto cruzó a toda mecha. Skunk alargó la mano para coger el mando, lo encontró, lo pulsó varias veces hasta que dio con la tecla correcta y el televisor se encendió. Esa chica negra que le gustaba bastante, Trisha, estaba entrevistando a una mujer deshecha en sollozos cuyo marido acababa de confesarle que era homosexual. La luz de debajo de la pantalla indicaba las 22.36.

Era temprano. Nadie estaría levantado. Ninguno de sus «socios» habría salido aún al «despacho».

Se oyó otra sirena. El humo le hizo toser. Salió de la cama arrastrándose, pasó con cuidado por encima del cuerpo dormido de un capullo de Liverpool, cuyo nombre no recordaba y que había vuelto aquí con su amigo en algún momento de la noche. Habían fumado algo y habían bebido una botella de vodka que uno de ellos había robado en una licorería. Esperaba que se largaran cuando se despertaran y descubrieran que no quedaba ni comida ni drogas ni alcohol.

Abrió la puerta de la nevera y sacó lo único que contenía, una botella medio llena de Coca-Cola caliente -el frigorífico llevaba sin funcionar el mismo tiempo que hacía que tenía la caravana-. Se oyó un leve silbido al desenroscar el tapón; el líquido sabía bien. A gloria.

Se inclinó sobre el fregadero de la cocina, lleno de platos por fregar y recipientes para tirar -cuando Bethany volviera- y separó las cortinas moteadas de naranja. La luz brillante del sol le dio en la cara como un rayo láser hostil. Notó cómo le quemaba las retinas. Parecía que se las iba a incendiar.

La luz despertó a Al, su hámster. A pesar de que tenía una pata entablillada, dio una especie de brinco hacia su rueda y comenzó a correr. Skunk miró entre los barrotes para comprobar que el animal tenía agua y bolitas de comida suficientes. Parecía estar bien. Después vaciaría los excrementos de la jaula. Era casi la única tarea doméstica que hacía.

Volvió a cerrar las cortinas bruscamente. Bebió un poco más de Coca-Cola, cogió el cenicero del suelo y dio una última calada al cigarrillo, apurándolo hasta el filtro, después lo apagó. Volvió a toser, esa larga tos convulsiva que tenía desde hacía días. Quizás incluso semanas. Entonces, de repente, se sintió mareado, se agarró con cuidado al fregadero, luego al borde del amplio asiento de la zona del comedor y volvió a su litera. Se tumbó y dejó que los sonidos del día se arremolinaran a su alrededor. Eran sus sonidos, sus ritmos, el pulso y las voces de su ciudad. El lugar donde había nacido y donde, sin duda, moriría algún día.

Esta ciudad que no lo necesitaba. Esta ciudad de tiendas con cosas que jamás podría permitirse, de arte y acontecimientos culturales que no entendía, de barcos, golf, inmobiliarias, abogados, agencias de viajes, visitantes, delegados de conferencia, policías… Todo eran ganancias potenciales para su supervivencia. No le importaba quién fuera la gente, nunca le había importado. Eran «ellos» y «yo».

Ellos tenían las posesiones. Las posesiones significaban dinero.

Y el dinero significaba sobrevivir veinticuatro horas más.

Invertiría veinte libras del teléfono en una bolsita de jaco o farlopa -heroína o crac, lo que hubiera-. Las otras cinco, si las conseguía, serían para comida, bebida, tabaco. Y lo complementaría con lo que pudiera robar hoy.

Capítulo 7

Prometía ser una de esas cosas tan extrañas, un día de verano inglés sublime. Incluso en lo alto de los Downs no soplaba ni una pizca de brisa. A las 10.45 de la mañana, el sol ya había evaporado la mayor parte del rocío de los greens y calles elegantes del club de golf North Brighton, lo que había dejado la tierra seca y dura y, en el aire, el perfume embriagador de la hierba recién cortada y el dinero. El calor era tan intenso que casi podías arrancártelo de la piel.

El metal caro relucía en el aparcamiento y los únicos sonidos, aparte del pitido intermitente de la alarma solitaria de un coche, eran el zumbido de los insectos, los toques del titanio contra el polímero poroso, el runrún de los carros eléctricos, los tonos rápidamente silenciados de los móviles y los tacos que susurraba entre dientes algún golfista que había ejecutado un golpe espantoso.

Las vistas desde aquí arriba le hacían sentir a uno como si estuviera en la cima del mundo. Al sur se extendía toda la panorámica del municipio de Brighton y Hove: los tejados, el grupo de bloques de pisos alrededor del paseo marítimo en el lado de Brighton, la única chimenea de la central eléctrica de Shoreham y, detrás, el agua normalmente gris del canal de la Mancha, que hoy aparecía tan azul como el Mediterráneo.

Más al suroeste se distinguía la silueta de la refinada ciudad costera de Worthing, desdibujada, como muchos de sus residentes ancianos, en la calima distante. Al norte se abría la vista casi ininterrumpida, salvo por algunas torres de alta tensión, de la hierba verde de los Downs y los campos de trigo. Algunos estaban recién segados, con balas cuadradas o cilíndricas colocadas como si fueran fichas de un enorme juego de mesa; en otros, las cosechadoras estaban trabajando, tan pequeñas desde aquí arriba como coches de juguete.

Pero la mayoría de los miembros presentes esta mañana en el campo de golf tenían tan vista la panorámica que apenas se fijaban en ella. Los jugadores formaban una mezcla de la élite de profesionales y empresarios de Brighton y Hove (y de aquellos que querían imaginar que eran parte de la élite), un bonito desfile de señoras para quienes el golf se había convertido en el sostén de su mundo y un gran número de jubilados, principalmente hombres con aire perdido que aquí parecían de todo menos vivos.

Bishop, en el noveno hoyo, sudando como todos los demás, se concentró en la Titleist blanca y reluciente que acababa de plantar en el tee. Flexionó las rodillas, balanceó las caderas y agarró con fuerza la madera 1, preparándose para practicar el swing. Sólo se permitía realizarlo una vez, era una disciplina; creía firmemente en seguir las disciplinas. Aislándose del zumbido de un abejorro, miró una mariquita que apareció de repente en la hierba justo delante de él. Como si se posara para toda la eternidad, recogió las alas delanteras y después cerró las traseras.

Una vez su madre le dijo algo sobre las mariquitas, algo que intentaba recordar. Una superstición sobre que traían suerte, o dinero, aunque él no era supersticioso -no más que otra gente, en cualquier caso-. Consciente de que sus tres compañeros estaban esperando a salir después de él, y que los jugadores que tenían detras ya se encontraban en el green, se puso en cuclillas, cogió con cuidado la criatura negra y naranja con la mano enguantada y la colocó en un lugar seguro. Luego recuperó la postura y la concentración, hizo caso omiso a su sombra, que se proyectaba justo delante de él, y a la mariquita, que seguía revoloteando en algún lugar, y practicó su swing. «Baaaam. ¡Yep!», exclamó para sí.

A pesar de que aquella mañana había llegado exhausto al club, estaba jugando como nunca. Tres bajo par en los primeros ocho hoyos, ni su compañero ni sus dos oponentes daban crédito a lo que veían. De acuerdo, era un jugador medio, con un hándicap que se había mantenido en dieciocho durante muchos años, pero a los demás les parecía que esta mañana había tomado una especie de píldora mágica que había transformado tanto su humor, normalmente muy serio, como su juego. En lugar de pasearse con ellos taciturno y callado, inmerso en su propio mundo interior, había contado un par de chistes e incluso les había dado una palmadita en la espalda. Era como si algún demonio secreto que normalmente llevaba en su alma se hubiera esfumado. Aquella mañana, al menos.

Para acabar los nueve primeros hoyos de una forma estupenda, lo único que tenía que hacer era no pasar apuros en éste. Había una larga hilera de árboles a la derecha, llena de maleza densa capaz de tragarse una pelota y no dejar rastro de ella. Mucho terreno abierto a la izquierda. Siempre era más seguro apuntar un poco a la izquierda en este hoyo, pero hoy se sentía con tanta confianza que iba a golpear directamente hacia el green. Se acercó a la bola, balanceó su Big Bertha y volvió a hacerlo. Con el movimiento más dulce posible, la pelota voló hacia delante, muy recta, describiendo un arco por el cielo despejado color cobalto y finalmente rodó por la hierba hasta pararse justo a unos metros del green.

Su amigo íntimo Glenn Mishon, cuya larga melena castaña le confería un aspecto más parecido a una vieja estrella del rock que al agente inmobiliario de mayor éxito de Brighton, le sonrió, sacudiendo la cabeza con incredulidad.

– ¡Quiero un poco de lo que sea que te hayas tomado! -dijo.

Brian se apartó, guardó el palo en la bolsa y observó a su compañero prepararse para golpear. Uno de sus oponentes, un dentista irlandés diminuto que llevaba unos bombachos y una boina escocesa, estaba bebiendo un trago de una petaca de pie, que no dejaba de ofrecer a todos, a pesar de que sólo eran las once menos diez de la mañana. El otro, Ian Steel, un buen jugador a quien conocía desde hacía años, llevaba unas bermudas caras y un polo con las palabras Hilton Head Island grabadas.

Ninguno de sus golpes le hizo sombra.

Cogió su carrito y empezó a caminar a grandes zancadas, guardando las distancias con los demás, resuelto a mantener la concentración y a no distraerse con charlas triviales. Si podía terminar los primeros nueve con un chip y un solo putt se anotaría un increíble cuatro bajo par. ¡Podía hacerlo! ¡Tan cerca estaba del green!

Bishop era un hombre de cuarenta años, rostro delgado y fríamente atractivo y con el pelo castaño arreglado y peinado hacia atrás; medía metro ochenta y cinco y estaba dotado de una buena forma física. La gente comentaba a menudo su parecido con el actor Clive Owen, y a él no le importaba. Le gustaba; alimentaba su nada desdeñable ego. Siempre vestido correctamente para cada ocasión -aunque con ropa llamativa-, aquella mañana lucía un polo Armani azul de cuello abierto, pantalones de cuadros escoceses, zapatos de golf impecablemente brillantes y gafas de sol Dolce & Gabbana.

Por lo general, no habría tenido tiempo para jugar al golf en un día entre semana, pero como le habían elegido recientemente para el comité de este prestigioso club -y aspiraba a ser capitán-, era importante para él que lo vieran participar en los actos que se organizaban. Obtener la capitanía en sí no significaba mucho para él. Lo que buscaba era el prestigio del título. El North Brighton era un buen lugar para establecer contactos, y varios de los inversores de su negocio eran miembros. Al mismo tiempo -quizás algo más importante-, era una forma de hacer feliz a Katie, ayudándola a promover sus ambiciones locales en la ciudad, algo en lo que insistía sin cesar.

Era como si su mujer hiciera listas mentales sacadas de algún libro de texto sobre cómo ascender socialmente. Cosas que había que ir tachando una tras otra. Inscribirse en el club de golf, hecho; entrar en el comité, hecho; acceder al Rotary Club, hecho; ser presidenta de la división del Rotary, hecho; entrar en el comité de la Sociedad Nacional para la Prevención de Abusos a Menores, hecho; formar parte de la organización benéfica Rocking Horse Appeal, hecho. Y, hacía poco, había comenzado una lista nueva, la planificación de la siguiente década, y le había dicho que debían cultivar la amistad de las personas que algún día podían conseguir que lo eligieran High Sheriff o Lord Lieutenant de East o West Sussex.

Se detuvo a una distancia cortés por detrás de la primera de las cuatro pelotas que había en la calle, advirtiendo con cierta petulancia lo adelantada que estaba la suya respecto a las demás. Ahora que se encontraba más cerca podía ver lo bueno que había sido su swing. Había aterrizado a menos de tres metros del green.

– Buen golpe -dijo el irlandés, ofreciéndole la petaca.

Él la rechazó con un movimiento de la mano.

– Gracias, Matt. Demasiado temprano para mí.

– ¿Sabes lo que decía Frank Sinatra? -contestó el irlandés.

Distraído de repente al ver al secretario del club, un ex militar pulcro, delante del edificio del club con dos hombres y señalando en su dirección, Bishop dijo:

– No…, ¿qué?

– «Me dan pena las personas que no beben, porque cuando se levantan por la mañana, saben que su día no va a mejorar.»

– Nunca he sido fan de Sinatra -comentó Bishop, atento a los tres hombres que se dirigían hacia ellos a grandes zancadas-. Era un frívolo sensiblero.

– ¡No hay que ser fan de Sinatra para disfrutar de la bebida!

Haciendo caso omiso de la petaca de bolsillo que el irlandés le ofreció ahora por segunda vez, se concentró en la importante decisión sobre qué palo coger. La forma elegante de atacar era utilizar su wedge, luego, esperaba, sólo necesitaría un putt corto. Pero años de ardua experiencia en este juego le habían enseñado que cuando se llevaba ventaja, había que sopesar las posibilidades. En esta superficie árida de agosto, un putt bien jugado, a pesar de que estuviera fuera del green, sería una apuesta mucho más segura. El green impecable parecía afeitado con navaja por un barbero, en lugar de cortado con una máquina. Era como el paño de una mesa de billar. Y todos los greens estaban muy rápidos esta mañana.

Miró al secretario del club, que llevaba un blazer azul y pantalones grises de franela; se detuvo en el extremo más alejado del green y señaló hacia él. Los dos hombres que lo flanqueaban, un tipo negro alto y calvo que vestía un traje marrón elegante, y un hombre blanco igual de alto pero muy delgado, ataviado en un traje azul que le sentaba muy mal, asintieron con la cabeza. Se quedaron inmóviles, observando. Bishop se preguntó quiénes serían.

El irlandés mandó la pelota a un búnker y lanzó un taco. Ian Steel golpeó después, empuñando un hierro 9 perfectamente elegido, y su pelota rodó hasta detenerse a unos centímetros del banderín. El compañero de Bishop, Glenn Mishon, dio demasiada altura a su pelota y ésta aterrizó a seis metros largos del green.

Bishop jugueteó con el putter, luego decidió que tenía que realizar una buena actuación delante del secretario, lo dejó en la bolsa y sacó el wedge.

Se colocó, su sombra alta y delgada caía sobre la pelota, practicó el swing, dio un paso adelante y armó el tiro. La cabeza del palo golpeó el suelo demasiado pronto, levantó un terrón enorme y Bishop observó con consternación cómo su pelota caía oblicuamente en un búnker, tras describir un ángulo recto casi perfecto respecto a donde se encontraba.

«Mierda.»

Con una lluvia de arena, sacó la pelota del búnker, pero ésta aterrizó a nueve metros largos del banderín. Logró un gran putt que hizo rodar la pelota a menos de un metro del agujero y la introdujo en él para conseguir un uno sobre par.

Anotaron las puntuaciones en sus respectivas tarjetas; aún registraba un meritorio dos bajo par para los últimos nueve hoyos. Pero para sus adentros maldecía. Si se hubiera decidido por la opción más segura, podría haber acabado con un demoledor cuatro bajo par.

Luego, mientras tiraba de su carrito por el borde del green, el hombre negro alto y calvo le bloqueó el paso.

– ¿Señor Bishop? -Su voz era firme, profunda y segura.

Él se detuvo, irritado.

– ¿Sí?

Lo siguiente que vio fue una placa de policía.

– Soy el sargento Branson del Departamento de Investigación Criminal de Sussex. Él es mi compañero, el inspector Nicholl. ¿Sería posible hablar un momento con usted?

Como si una sombra enorme hubiera cubierto el cielo, preguntó:

– ¿De qué?

– Lo siento, señor -dijo el agente, con una expresión que parecía de disculpa auténtica-. Preferiría no decirlo… aquí.

Bishop miró a sus tres compañeros de juego. Acercándose más al sargento Branson y manteniendo la voz baja con la esperanza de que no pudieran oírle, dijo:

– La verdad es que ahora no es un buen momento. Estoy en mitad de un torneo de golf. ¿Podría esperar a que termináramos?

– Lo siento, señor -insistió Branson-. Es muy importante.

El secretario del club le lanzó una mirada breve, inescrutable, y luego pareció encontrar algo de gran interés para él en la hierba relativamente densa.

– ¿A qué viene todo esto?

– Tenemos que hablar con usted sobre su mujer, señor. Me temo que tenemos malas noticias. Le agradecería que entrara en el club con nosotros unos minutos.

– ¿Mi mujer?

El sargento señaló el edificio.

– Es realmente necesario que hablemos con usted en privado, señor.

Capítulo 8

Sophie Harrington hizo un rápido recuento del número de cadáveres. En esta página había siete. Volvió atrás. Cuatro páginas antes, once. Y había que sumar cuatro muertos por coche bomba en la página 1, tres por los disparos de una metralleta Uzi en la página 9, seis en un jet privado en la 19, y cincuenta y dos en el fumadero de crac por una bomba incendiaria en Willesden en la 28. Y ahora estos siete, unos traficantes de drogas en un yate secuestrado en el Caribe. Ya ascendían a ochenta y tres, y sólo iba por la página 41 de un guión de 136 folios.

¡Menudo montón de mierda!

Sin embargo, según el productor que se lo había enviado por correo electrónico hacía dos días, Anthony Hopkins, Matt Damon y Laura Linney estaban atados, Keira Knightley estaba leyéndolo y SimOn West, que había realizado Lara Croft, película que le había parecido pasable, y Con Air, que le había gustado mucho, al parecer estaba loco por dirigirla.

Sí, ya.

El metro estaba entrando en una estación. El rastafari sentado frente a ella, auriculares en las orejas, continuaba juntando las rodillas harapientas siguiendo el ritmo también con la cabeza. A su lado estaba un anciano de pelo ralo, dormido, con la boca abierta. Y junto a éste una hermosa joven asiática que leía una revista, muy concentrada.

Al fondo del vagón, sentado debajo de un asa que se balanceaba y un anuncio de una agencia de colocación, había un tipo de aspecto espeluznante ataviado con un chándal con capucha y gafas de sol. Llevaba el pelo largo y barba y tenía la cara enterrada en uno de esos periódicos gratuitos que repartían en hora punta en la entrada del metro. De vez en cuando, se chupaba el dorso de la mano derecha.

Sophie había adquirido el hábito hacía ya algún tiempo de observar a todos los pasajeros en busca del perfil que imaginaba que tendría un terrorista suicida. Se había convertido en un mecanismo de supervivencia más de los que había integrado en su rutina, como mirar a ambos lados antes de cruzar la calle. Y en estos momentos, su rutina andaba un poco confusa.

Llegaba tarde porque había tenido que hacer un recado antes de ir a la ciudad. Eran las diez y media y, por lo general, estaba en el despacho una hora antes. Vio pasar las palabras Green Park; los anuncios en la pared dejaron de verse borrosos y se convirtieron en una imagen clara. Las puertas se abrieron con un silbido. Regresó al guión, el segundo de los dos que había querido terminar anoche antes de que la interrumpieran. ¡Qué interrupción! Dios mío… ¡Sólo pensar en ello la excitaba peligrosamente!

Pasó la página, intentando concentrarse dentro de aquel vagón caluroso y mal ventilado durante los pocos minutos que quedaban para la siguiente estación, Piccadilly, su destino. Cuando llegara al despacho, tendría que escribir un informe sobre el guión.

La historia de momento… Un padre riquísimo, destrozado tras la muerte por sobredosis de heroína de su hermosa -y única- hija de veinte años, contrata a un ex mercenario convertido en sicario. El asesino a sueldo dispone de un presupuesto ilimitado para localizar y matar a todas las personas de la cadena, desde el hombre que plantó la semilla hasta el camello que vendió la dosis mortal a su hija.

Resumen: pulsión de muerte y tráfico de drogas.

Y ahora estaban entrando en Piccadilly. Sophie metió el guión con su elegante portada rojo brillante en la mochila, entre el ordenador, un libro para chicas solteras, Juegos de letras, del que llevaba leído la mitad, y un ejemplar de la edición de agosto de Harpers & Queen. No era su tipo de revista, pero su novio -su «amigo», como se refería a él discretamente delante de todo el mundo, excepto de sus dos mejores amigas- era unos años mayor que ella y mucho más sofisticado, así que intentaba estar a la última en moda, comida, en casi todo, para ser la chica refinada, moderna y cosmopolita que encajara con su gigantesco ego.

Unos minutos después, caminaba por la sombra de Wardour Street bajo el calor pegajoso. Alguien le había dicho un día que Wardour Street era la única calle del mundo con sombra en ambas aceras, en referencia a que era el hogar tanto de la industria musical como de la cinematográfica. En su opinión, no era del todo incierto.

A sus veintisiete años, con el pelo castaño largo balanceándose en torno a su cuello y un rostro atractivo con la nariz respingona, no era guapa en el sentido clásico de la publicidad, pero había algo muy sexy en ella. Llevaba una chaqueta caqui ligera encima de una camiseta color crema, vaqueros anchos y estaba deseando, como siempre, empezar su jornada en el despacho. Aunque hoy echaba muchísimo de menos a su amigo y estaba muy celosa porque él pasaría esta noche en su casa, durmiendo en la cama con su mujer.

Sabía que la relación no iba a ninguna parte, no se lo imaginaba dejándolo todo por ella, a pesar de que había puesto fin a un matrimonio anterior, del que habían nacido dos hijos. Pero eso no impedía que estuviera loca por él. No podía evitarlo, maldita sea.

Estaba absolutamente loca por él. Por cada centímetro de él. Por todo en él. Incluso por la naturaleza clandestina de su relación. Le encantaba la forma que tenía de mirar furtivamente a su alrededor cuando entraban en un restaurante, meses antes de que comenzaran a acostarse, por si descubría a algún conocido. Los mensajes. Los e-mails. Su olor. Su sentido del humor. El modo como había empezado, últimamente, a llegar de improviso en plena noche, como ayer. Siempre se desplazaba a su pequeño apartamento en Brighton, algo que a ella le parecía raro, puesto que él tenía un piso en Londres, donde vivía solo durante la semana.

«Mierda -pensó, alargando la mano a la puerta de la oficina-. Mierda, mierda, mierda.»

Se detuvo y tecleó un mensaje:

¡Te echo de menos! ¡Estoy loca por ti!

¡Estoy muy excitada! Besos.

Abrió la puerta y cuando había subido la mitad de las escaleras estrechas oyó dos pitidos en su móvil. Se paró y miró el mensaje entrante.

Decepcionada, vio que era de su mejor amiga, Holly:

Pueds fies mñn nche?

«No -pensó-. No quiero ir a ninguna fiesta mañana por la noche. Ni ninguna noche. Lo único que quiero… ¿Qué demonios quiero?»

En la puerta que tenía delante había un logotipo: un símbolo de un rayo de celuloide. Y debajo, en letras sombreadas, las palabras PRODUCCIONES BLINDING LIGHT.

Luego entró en la sala pequeña y moderna. Todos los muebles eran de metacrilato, sillas y mesas Ghost, moquetas de color aguamarina y pósteres en las paredes de películas en las que los socios de la empresa habían participado en algún momento: El mercader de Venecia, con las caras de Al Pacino y Jeremy Irons, y una de las primeras películas de Charlize Theron, que había salido directamente en vídeo. También un largometraje de vampiros con Dougray Scott y Saffron Burrows.

Había una pequeña área de recepción con su mesa y un sofá naranja que daba paso a un despacho abierto donde trabajaban Adam, jefe de operaciones y asuntos legales -cabeza rapada, pecas, encorvado delante de su ordenador, ataviado con una de las camisas más horrorosas que había visto en su vida (al menos desde la de ayer)- y Cristian, el director financiero, que miraba un gráfico de colores en su pantalla con suma concentración. Vestía una de las camisas de seda fabulosamente caras de su colección, infinita al parecer, ésta de color crema, y unos mocasines de ante muy elegantes. A su lado estaba el cuadro negro de su bicicleta plegable.

– ¡Buenos días, chicos! -dijo Sophie.

Como respuesta, ambos la saludaron brevemente con un gesto de mano.

Ella era la jefa de desarrollo de la empresa. También era la secretaria, la que preparaba el té y, como la mujer de la limpieza polaca estaba de baja por maternidad, la encargada de limpiar el despacho. Y la recepcionista. Y todo lo demás.

– Acabo de leer una mierda de guión -dijo-. La mano de la muerte. Es una basura.

Ninguno de los dos le prestó atención.

– ¿Alguien quiere un café? ¿Un té?

Esto sí que obtuvo una respuesta instantánea. Lo de siempre para los dos. Fue a la cocina americana, llenó el hervidor, lo enchufó y comprobó la caja de galletas -que sólo contenía unas migajas, como siempre-. Daba igual cuántas veces la llenara al día, esos glotones la vaciaban. Mientras abría un paquete de galletas digestivas de chocolate, miró su teléfono. Nada.

Marcó su número.

Unos instantes después, él contestó y el corazón le dio un vuelco. ¡Sólo oír su voz era una pasada!

– Hola, soy yo -dijo ella.

– Ahora no puedo hablar. Te llamo luego. -Frío como un témpano de hielo.

La línea enmudeció.

Era como si acabara de hablar con un completo desconocido. No con el hombre con quien había compartido la cama, y mucho más, hacía sólo unas horas. Se quedó mirando el teléfono, horrorizada, con una sensación profunda e indefinida de pavor.

Delante de la oficina de Sophie había un Starbucks. El capullo del chándal con capucha y gafas de sol sentado al fondo del vagón del metro estaba en la barra, el periódico gratuito enrollado bajo el brazo, pidiendo un latte desnatado. Grande. No tenía prisa.

Se llevó la mano derecha a la boca y se la chupó para intentar aliviar el dolor suave, hormigueante como la picadura de una ortiga.

Como si esperara el momento justo, una canción de Louis Armstrong comenzó a sonar. Quizá la oía dentro de su cabeza, quizá dentro de la cafetería. No estaba seguro. Pero no importaba, la escuchó, Louis la cantaba sólo para él. Su melodía privada preferida. Su mantra más efectivo: «Tenemos todo el tiempo del mundo».

La tarareó mientras recogía su latte, pedía dos biscotti, pagaba en metálico y lo llevaba todo a un asiento junto a la ventana. Tenemos todo el tiempo del mundo, volvió a tararear para sus adentros. Y así era. Dios santo, el hombre que casi era «multimillonario de tiempo» no tenía nada que hacer en todo el puto día, ¡alabado sea Dios!

Y, desde aquí, gozaba de una vista perfecta de la entrada de la oficina de la chica.

Un Ferrari negro pasó por la calle. Un modelo reciente, un F430 Spider. Lo miró desapasionadamente mientras se detenía delante de él porque un taxi del que se apeaba un pasajero le bloqueaba el camino. Nunca le habían atraído los coches modernos. No como atraían a muchas personas. No en ese sentido de «algo que había que poseer». Pero los conocía bien, muy bien. Conocía todos los modelos de casi todas las marcas de coches del planeta y llevaba la mayoría de sus especificaciones y precios grabados en la cabeza. Otra de las ventajas de disponer de mucho tiempo. Observando las ruedas, se fijó en que este coche llevaba frenos Brembo, con discos cerámicos de 380 milímetros con calibradores de ocho pistones delante y de cuatro detrás. El ahorro de peso era de 20,5 kilos respecto a los discos de acero.

El Ferrari desapareció de su línea de visión. Sophie estaba arriba en el segundo piso, pero no sabía seguro en qué ventana. No importaba; sólo iba a entrar y salir por una puerta, que sí podía ver.

La canción seguía sonando.

Tarareó para sí alegremente.

Capítulo 9

El despacho del secretario del club de golf North Brighton tenía un aire militar que reflejaba el propio pasado de su ocupante, un comandante jubilado del Ejército que había logrado sobrevivir al servicio activo en las Malvinas y en Bosnia manteniendo intactas sus partes imprescindibles, y lo más importante de todo, su hándicap de golf.

Había una mesa de caoba pulida, en la que se amontonaban varios fajos de papeles ordenados, así como dos pequeñas banderas: la Union Jack y otra con el emblema verde, azul y blanco del club. En las paredes colgaban fotografías enmarcadas, algunas en sepia, de golfistas y hoyos, y una colección de putters antiguos, cruzados como espadas de duelo.

Bishop estaba sentado solo en un sofá grande de piel, mirando al sargento Glenn Branson y al inspector Nick Nicholl, que ocupaban sillas delante de él. Bishop, que aún llevaba su ropa de golf y los zapatos con tacos, sudaba copiosamente, por el calor y por lo que estaba escuchando.

– Señor Bishop -dijo el sargento negro y alto-, siento tener que comunicarle esto, pero su mujer de la limpieza -volvió un par de páginas de su libreta-, la señora Ayala, ha llegado a su casa en Dyke Road Avenue, Hove, a las ocho y media de esta mañana y ha descubierto que su mujer, la señora Katherine Bishop…

Calló con expectación, como si esperara la confirmación de que el nombre era correcto.

Bishop lo miró sin comprender.

– Mmm… Parece que la señora Bishop no respiraba. Una ambulancia ha acudido a las 8.52 y los técnicos sanitarios han informado que no respondía a las comprobaciones para hallar señales de vida. Un médico de la policía se ha personado a las nueve y media; lamento decirle que ha certificado la muerte de su mujer, señor.

Bishop abrió la boca, le temblaba la cara; momentáneamente pareció que sus ojos se desconectaban y se ponían en blanco, como si no vieran nada, no se centraran en nada. Un graznido débil escapó de su garganta:

– No. Por favor, dígame que no es verdad. Por favor. -Luego se desplomó hacia delante y hundió la cara entre sus manos-. No. No. ¡No me lo creo! ¡Por favor, dígame que no es verdad!

Hubo un largo silencio, salpicado solamente por los sollozos de Bishop.

– ¡Por favor! -suplicó-. No es cierto, ¿verdad? ¿No es Katie? No es mi amada… Mi amada Katie…

Los dos policías permanecieron sentados, inmóviles, profundamente incómodos. Glenn Branson, a quien le estallaba la cabeza por culpa de la poderosa resaca, se maldecía por permitir que Roy Grace lo obligara a volver al trabajo antes de tiempo y verse metido en esta situación. Para los agentes de Relaciones Familiares, que tenían formación en terapia del dolor, era normal comunicar este tipo de noticias, pero su superior no actuaba siempre de esta forma. Ante una muerte sospechosa, Grace quería hacer las cosas él mismo, o bien que alguno de los miembros más cercanos de su equipo trasladara la noticia y observara las reacciones inmediatas. Ya habría tiempo más adelante para que los agentes de Relaciones Familiares desempeñaran su tarea.

Desde que se había despertado en casa de Roy esa mañana, el día de Glenn había sido una pesadilla. Primero había tenido que presentarse en la escena de la muerte: una atractiva mujer pelirroja, de unos treinta años, desnuda en una cama, maniatada con dos corbatas, una máscara antigás de la Segunda Guerra Mundial a su lado y una línea delgada amoratada alrededor del cuello, quizá producida por una atadura. La causa probable de la muerte: estrangulamiento; pero era demasiado pronto para saberlo. ¿Un juego sexual que se había torcido o un asesinato? Sólo el patólogo del Ministerio del Interior, que estaría llegando ahora al lugar, podría establecer con seguridad la causa de la muerte.

El cabrón de Grace, a quien idolatraba por completo -a veces no estaba seguro de por qué-, le había ordenado que fuera a casa a cambiarse y que luego diera la noticia al marido. Pudo haberse negado, aún estaba de baja, y seguramente lo habría hecho si se lo hubiera pedido otro policía. Pero a Grace no podía decirle que no. Y por algún motivo, en ese momento agradeció poder distraerse de sus penas.

Cuando había vuelto a su casa, acompañado por el inspector Nick Nicholl, que no dejó de parlotear sobre su hijo recién nacido y las alegrías de ser padre, descubrió con alivio que Ari no estaba. Así que ahora, afeitado, trajeado y calzado, se encontraba en este club de golf dando la noticia y observando como un halcón las reacciones de Bishop, intentando separar la emoción del trabajo que había ido a realizar. Que consistía en evaluar al hombre.

Era un hecho comprobado que alrededor de un 70 % de todas las víctimas de asesinato en el Reino Unido morían a manos de un conocido. Y, en este caso, el marido era el primer sospechoso.

– ¿Puedo ir a casa y verla? Mi amor. Mi…

– Me temo que no puede ir a su casa, señor, no será posible hasta que los forenses terminen. Su esposa será trasladada al depósito, seguramente en el transcurso de la mañana. Allí podrá verla. Y me temo que necesitaremos que identifique el cadáver.

Branson y Nicholl observaron en silencio mientras Bishop permanecía sentado, la cara hundida entre las manos, meciéndose en el sofá.

– ¿Por qué no puedo ir a casa? ¿A mi casa? ¡Nuestra casa! -espetó de repente.

Branson miró a Nicholl, que observaba oportunamente por la ventana ancha a cuatro golfistas en el noveno hoyo. ¿Cuál era la manera delicada de decirlo, joder? Mirando de nuevo a Bishop con atención, observando su rostro, en particular sus ojos, dijo:

– No podemos entrar en detalles, pero estamos tratando su casa como la escena de un crimen.

– ¿La escena de un crimen? -Bishop parecía desconcertado.

– Eso me temo, señor -dijo Branson.

– ¿A qué…, a qué tipo de escena del crimen se refiere?

Branson se quedó pensando unos momentos, concentrándose con todas sus fuerzas. No había una forma fácil de decirlo.

– Las circunstancias que rodean la muerte de su mujer son sospechosas, señor.

– ¿Sospechosas? ¿Qué quiere decir? ¿Qué? ¿En qué sentido?

– Me temo que no puedo decírselo. Tendremos que esperar al informe del patólogo.

– ¿Del patólogo? -Bishop sacudió la cabeza lentamente-. Es mi mujer. Katie. Mi mujer. ¿No puede decirme cómo murió? Soy… Soy su marido. -Volvió a hundir la cara entre las manos-. ¿La han asesinado? ¿Es eso lo que me está diciendo?

– No podemos entrar en detalles, señor, por ahora no.

– Sí que puede. Puede entrar en detalles. Soy su marido. Tengo derecho a saberlo.

Branson lo miró desapasionadamente.

– Lo sabrá en cuanto lo sepamos nosotros, señor. Le agradeceríamos que nos acompañara a la comisaría central para que podamos hablar con usted sobre lo ocurrido.

Bishop levantó las manos.

– Estoy… Estoy en mitad de un torneo de golf. Yo…

Esta vez Branson estableció contacto visual con su compañero y ambos registraron la ceja levantada del otro. Era una prioridad extraña, pero para ser justos había que decir que cuando una persona estaba en estado de shock a menudo decía cosas raras. No merecía la pena interpretar nada. Además, una parte de Branson estaba ocupado en intentar recordar cuántas horas hacía que se había tomado el último paracetamol y en si era seguro tomar un par de cápsulas más. Tras decidir que no pasaba nada, se metió la mano en el bolsillo a escondidas, sacó un par del envoltorio y se las introdujo en la boca. Intentando tragárselas sólo con saliva, notó como si no acabaran de bajarle por la garganta.

– Ya les he explicado la situación a sus amigos, señor. Van a seguir jugando. -Intentó tragar de nuevo.

Bishop negó con la cabeza.

– He fastidiado sus opciones. Los descalificarán.

– Lo siento mucho, señor.

«Cosas que pasan», quiso añadir. Pero tuvo tacto y se calló.

Capítulo 10

Blinding Light estaba inmersa en la preproducción de una película de terror que iba a rodarse en Malibú y en Los Ángeles. Trataba de un grupo de niños ricos que celebraban una fiesta en una casa en Malibú y que eran devorados por unos microorganismos hostiles del espacio exterior. En el informe original del guión, Sophie Harrington había escrito: «Alien más The OC».

Desde que vio El mago de Oz de niña, había querido, de algún modo, por muy pequeña que fuera su participación, formar parte del mundo del cine. Ahora tenía el empleo de sus sueños, trabajando con unos tipos que habían realizado docenas de películas juntos, algunas de las cuales había visto, tanto en el cine como en cinta de vídeo o DVD, y estaba segura de que algunas de las que se encontraban en fase de desarrollo estaban destinadas, si no a los Oscar, al menos sí a conseguir cierto éxito comercial.

Dio una taza de café, con leche y dos terrones de azúcar, a Adam, y otra de té de jazmín, solo, a Cristian; luego se sentó a su mesa con su taza de té (con leche y dos terrones), accedió al sistema y vio que un montón de e-mails invadían su bandeja de entrada.

Todos requerían respuesta, pero en aquel momento -mierda- ella sólo tenía una prioridad. Se llevó el móvil al oído y volvió a marcar su número.

Le saltó directamente el buzón de voz,

– Llámame -dijo-. En cuanto puedas. Estoy muy preocupada.

Una hora más tarde, volvió a intentarlo. Otra vez el buzón de voz.

Ahora tenía más e-mails. El té descansaba en la mesa de la recepción, intacto. El guión que leía en el metro seguía en la misma página que cuando se había bajado. Hasta el momento, ese día no había trabajado nada. No había logrado reservar mesa para almorzar mañana en el Caprice para otro de sus jefes, Luke Martin, y se había olvidado de decirle a Adam que la reunión que tenía esta tarde con el contable de producción Harry Hicks se había cancelado. En resumen, el día entero estaba siendo un desastre total.

En aquel momento sonó el teléfono y, de repente, empeoró mucho más.

Capítulo 11

La mujer aún no olía mal, lo que indicaba que no llevaba muerta mucho tiempo. El aire acondicionado del dormitorio de los Bishop contribuía a ello, pues mantenía a raya, eficazmente, el calor corrosivo de agosto.

Las moscardas tampoco habían llegado todavía, pero no tardarían. También llamadas moscas azules -un nombre más atractivo-, podían oler la muerte a ocho kilómetros. Casi a la misma distancia que los periodistas, de cuya especie ya había uno delante de la verja, preguntando a un agente que vigilaba la entrada y que, por el lenguaje corporal del reportero, no estaba ofreciendo demasiada información.

Roy Grace, ataviado con un traje con capucha esterilizado de papel blanco, guantes de goma y chanclos, observó al reportero unos instantes desde la ventana delantera de la habitación. Era Kevin Spinella, un hombre de rostro anguloso y veintipocos años, que vestía un traje gris y una corbata mal anudada y mascaba chicle, libreta en mano. Grace ya lo conocía. Trabajaba para el periódico local, el Argus, y parecía estar desarrollando una habilidad asombrosa para llegar a las escenas del crimen horas antes de que la policía emitiera una comunicado formal. Y por la velocidad -y la precisión- con que los medios de comunicación nacionales se hacían eco últimamente de los crímenes graves, Grace creía que alguien de la policía -o del centro de control- estaba filtrándole información. Pero ahora ése era el menor de sus problemas.

Caminaba por la habitación, sin traspasar la cinta que el equipo del SOCO había colocado sobre la moqueta, haciendo una llamada tras otra con el móvil. Estaba organizando el espacio en el centro de investigaciones para el equipo de inspectores y concertando también una reunión con un agente de inteligencia para planificar la estrategia que seguir según el manual de la policía. Cada minuto era valiosísimo en estos momentos, en la «hora de oro». Lo que se hacía durante la primera hora tras llegar a la escena de una muerte sospechosa podía afectar enormemente las probabilidades de conseguir una detención satisfactoria.

Y en esta habitación fría, acre por el olor de un perfume fino, la pregunta que le asediaba entre llamada y llamada era: «¿Ha sido esta muerte un accidente? ¿Una noche de prácticas sexuales raras que ha acabado mal?».

¿O un asesinato?

En casi todos los homicidios, lo más probable era que el estado de ánimo de su autor fuera mucho peor que el tuyo. Roy Grace había conocido a bastantes asesinos a lo largo de los años y no había demasiados que fueran capaces de mantener la calma, no ponerse nerviosos y guardar la compostura, en cualquier caso, nunca en las horas inmediatamente posteriores. La mayoría se encontraban en lo que se denominaba un «estado de irritación», con la adrenalina descontrolada, la mente confusa, sus acciones -y cualquier plan que tuvieran- trastocadas por el hecho de no haber contado simplemente con la reacción en cadena de las sustancias químicas de su cerebro.

Hacía poco había visto un documental en televisión sobre la incapacidad de la evolución humana para seguir el mismo ritmo que el desarrollo del hombre en sociedad. Cuando se veía delante de un inspector de Hacienda, la gente necesitaba mantener la calma y no ponerse nerviosa, pero en lugar de eso, aparecían reacciones instintivas y primitivas que obligaban a «luchar o escapar», las mismas reacciones que se habrían tenido frente a un tigre de dientes de sable en la sabana. Se recibía una descarga enorme de adrenalina que hacía temblar y sudar.

Con el tiempo, esa descarga se rebajaría. Así que la mejor opción de conseguir un resultado era atrapar a los malos mientras aún estuvieran en esa fase de excitación.

El dormitorio ocupaba toda la anchura de la casa, una vivienda que sabía, sin envidia alguna, que él nunca podría permitirse. Y aunque pudiera, algo que sucedería sólo si le tocaba la lotería -un hecho improbable, ya que la mayoría de las semanas olvidaba comprar el boleto-, no habría comprado esta casa en concreto. Una de esas viejas fincas georgianas tal vez, con un lago y unos cientos de hectáreas de terreno ondulado. Algo con estilo, con clase. Sí. Grace, el pequeño aristócrata. Ya lo veía, en algún lugar de los recovecos inhóspitos de su mente.

Pero no esta mole vulgar imitación Tudor detrás de un imponente muro encalado y una verja eléctrica de hierro forjado, en la calle residencial más ostentosa de Brighton y Hove, Dyke Road Avenue. Imposible. Lo único bueno que tenía, tal como lo veía en estos momentos, era un Jaguar MK23.8 blanco bastante bien restaurado bajo su funda en el garaje, que demostraba que, en su opinión, los Bishop tenían al menos algo de gusto.

Los otros dos coches de los Bishop que había en la entrada no le impresionaron tanto. Uno era un BMW serie 3 cabriolé azul oscuro y el otro un Smart negro. Detrás, embutido en la zona circular de gravilla delante de la casa, estaba la mole cuadrada del vehículo del centro de investigaciones, un coche patrulla y varios vehículos más de miembros del SOCO. Y pronto se uniría a ellos el Saab amarillo descapotable de uno de los patólogos del Ministerio del Interior, Nadiuska de Sancha, que estaba en camino.

En el otro extremo de la habitación, a izquierda y derecha de la cama, la vista desde las ventanas se extendía sobre los tejados de la ciudad hacia el mar, a kilómetro y medio de distancia aproximadamente, y abarcaba un jardín con césped en las terrazas, en el centro del cual, y más prominente que la piscina que había detrás, se alzaba una fuente decorativa coronada con una réplica del Manneken Pis, el pequeño querubín que orinaba, y que, sin duda, se iluminaría de noche con luces de colores estridentes, pensó Grace, mientras realizaba otra llamada más.

Telefoneó a un inspector veterano, Norman Potting, un hombre no muy popular en el equipo pero que, gracias a una investigación anterior culminada con éxito, Grace sabía que era una bestia de carga en quien podía confiar. Sumó a Potting al caso y le pidió que coordinara la tarea de obtener todas las cintas de las cámaras de seguridad que hubiera en un radio de tres kilómetros alrededor de la escena del crimen y en todas las rutas de entrada y salida de Brighton. Después organizó un equipo que iría casa por casa para interrogar a los vecinos más cercanos.

Luego centró su atención, una vez más, en la imagen macabra de la cama king size con dosel: la mujer inmóvil, los brazos extendidos, cada uno atado con una corbata a uno de los dos barrotes, lo que dejaba al descubierto sus axilas recién depiladas. Salvo por una gargantilla fina de oro, con una minúscula mariquita naranja engarzada en un broche, una alianza de oro y un anillo de compromiso con un diamante del tamaño de una roca, estaba desnuda, su rostro atractivo enmarcado por una melena larga y pelirroja. Alrededor de los ojos presentaba unos círculos negros, seguramente causados por la máscara antigás de la Segunda Guerra Mundial que descansaba a su lado, supuso Grace mientras pensaba en las palabras que, a lo largo de los años, se habían convertido en un mantra para él en las investigaciones de asesinato: «¿Qué te dice el cadáver de la escena del crimen?».

Tenía los dedos de los pies cortos y gruesos, y las uñas pintadas de esmalte rosa desconchado. Su ropa estaba esparcida por el suelo, como si se hubiera desvestido a toda prisa. En medio había un osito de peluche viejo. Aparte de la marca del biquini color porcelana alrededor de la zona del pubis, estaba totalmente bronceada, bien por el caluroso verano inglés que estaban viviendo, bien porque había estado de vacaciones en el extranjero, o tal vez por ambas razones.

Alrededor del cuello, justo encima de la gargantilla, tenía una marca color carmesí, muy probablemente de una atadura, lo que indicaba la causa aparente de la muerte, aunque Grace había aprendido hacía tiempo a no precipitarse a la hora de sacar conclusiones.

Mientras miraba a la mujer muerta se esforzó por no seguir pensando en su esposa desaparecida, Sandy.

«¿Podría ser esto lo que te ocurrió a ti, cariño mío?»

Al menos habían conseguido sacar de la casa a la histérica señora de la limpieza. Sólo Dios sabía cuánto habría contaminado ya la escena del crimen, pues le había quitado la máscara a la mujer y se había puesto a correr como un pollo sin cabeza.

Después de lograr calmarla, les había ofrecido alguna información. Sabía que el marido de la fallecida, Brian Bishop, pasaba la mayor parte de la semana en Londres. Sabía, además, que aquella mañana estaba jugando un torneo de golf en su club, el North Brighton, un club demasiado caro para el bolsillo de la mayoría de los policías, aunque de todas formas Grace no era golfista.

El equipo del SOCO había llegado pronto y estaba trabajando con energía. Un agente examinaba a cuatro patas la moqueta, buscando fibras; otro empolvaba las paredes y todas las superficies para obtener huellas; y el coordinador de la escena, Joe Tindall, estaba inspeccionando todas las habitaciones.

Tindall, que recientemente había sido ascendido de jefe de la Escena del Crimen a jefe del equipo de apoyo científico, por lo que era el responsable de coordinar distintas escenas del crimen a la vez si era necesario, salió ahora del baño de la suite. Había dejado a su mujer hacía poco por una chica mucho más joven y lucía un cambio de imagen completo. A Grace no dejaba de asombrarle la transformación que aquel tipo había experimentado.

Tan sólo unos meses atrás, Tindall parecía un científico loco, con su barriga, su pelo hirsuto y sus gafas de culo de vaso. Ahora tenía el abdomen como una tableta de chocolate y llevaba la cabeza totalmente rapada, una barba vertical de medio centímetro de ancho que bajaba desde el labio inferior hasta el centro de la barbilla y unas modernas gafas rectangulares con cristales azules. Grace, que volvía a salir con una mujer por primera vez en muchos años, había intentado pulir su imagen últimamente pero, con un poco de envidia, vio que no se acercaba ni de lejos al nuevo estilo de Tindall.

Cada pocos momentos y durante un milisegundo, la mujer muerta era iluminada, de repente, con intensidad, por el flash de una cámara. El fotógrafo, un hombre de pelo plateado irrefrenablemente alegre de casi cincuenta años llamado Derek Gavin, tenía un estudio en Hove antes de que el mundo de la fotografía digital casera mermara sus ganancias hasta el punto de obligarle a cerrar el negocio. En broma, con un humor muy negro, decía que prefería el trabajo en las escenas del crimen porque no tenía que preocuparse nunca por conseguir que los cuerpos estuvieran quietos o sonrieran.

La mejor noticia de la mañana hasta el momento era que su patólogo del Ministerio del Interior preferido había sido asignado al caso. De origen español, descendiente de aristócratas rusos, Nadiuska de Sancha era divertida, a veces irreverente, pero brillante en su profesión.

Grace rodeó el cadáver con cuidado. Hubo momentos en que sintió las marcas de la atadura en su propio cuello, luego en la tripa. Todo en su interior se tensó. ¿Qué maldito sádico había hecho aquello? Sus ojos se clavaron en la mancha minúscula en la sábana blanca justo debajo de la vagina de la mujer. ¿El semen que había goteado?

Dios santo.

«Sandy.»

Siempre le suponía un problema, cada vez que moría una mujer joven. Deseó desesperadamente que otra persona hubiera estado hoy de guardia.

Sobre una de las mesitas de noche doradas, reproducciones Luis XIV, había un teléfono. Grace estuvo a punto de levantar el auricular, las viejas costumbres no se perdían fácilmente. Las nuevas directrices de buenas prácticas recordaban a los agentes de la policía que la mejor forma de obtener pruebas potenciales de los teléfonos era que un experto los retirara y examinara con métodos forenses, en lugar de recurrir al viejo truco de marcar el 1471 para comprobar el número de la última llamada recibida. Avisó a un agente de la Escena del Crimen que estaba en la otra habitación y le recordó que se asegurara de recoger todos los teléfonos.

Luego hizo lo que le gustaba hacer siempre en una potencial escena del crimen: pasearse por el lugar, sumido en sus pensamientos. Se fijó momentáneamente en un cuadro moderno y llamativo. Miró el nombre del artista: Helen Steel. Se preguntó si sería famosa y, de nuevo, se percató de lo poco que sabía de arte. Luego entró en el enorme baño de la suite y abrió la mampara de una ducha tan grande que se podría vivir en ella. Vio el jabón, los geles colgados de ganchos, los champús. La puerta de espejo del armario estaba abierta e inspeccionó las pastillas. Pensaba todo el tiempo en las palabras de la mujer de la limpieza:

– Señor Bishop no aquí la semana. Ayer noche no estar aquí. Yo saber que ayer noche no estar, yo preparo ensalada para señora Bishop. Sólo ensalada. Cuando señor Bishop aquí, gusta comer carne o pescado. Yo preparar gran comida.

Así que si el señor Bishop no estaba aquí anoche, realizando prácticas sexuales raras con su mujer, ¿quién había sido?

Y si la había matado él, ¿por qué?

¿Un accidente?

La marca de la atadura decía a gritos que no.

Igual que su intuición.

Capítulo 12

Como muchos de los productos del boom inmobiliario de los primeros años de la posguerra, Sussex House, un edificio rectangular de líneas elegantes y dos pisos, no envejecía demasiado bien. Era evidente que el art déco había influido en el arquitecto original; el lugar parecía, desde algunos ángulos, un crucero pequeño y viejo.

Construido a principios de los cincuenta como hospital para enfermedades contagiosas, ocupaba un lugar dominante y aislado en una colina a las afueras de Brighton, justo detrás del barrio de Hollingbury, y sin duda el arquitecto pudo ser testigo de la gloria plena e independiente de su visión. Pero los años siguientes no se habían portado bien con él. A medida que crecía la expansión urbanística, la zona que rodeaba el edificio se transformó en un polígono industrial. Por razones que hoy en día nadie tenía claras, el hospital cerró sus puertas y una empresa de cajas registradoras compró el edificio. Unos años después, fue vendido a una empresa de congelados, que posteriormente lo vendió a American Express, que a su vez lo vendió a la Autoridad Policial de Sussex a mediados de los noventa.

Restaurado y modernizado, se inauguró con un derroche de publicidad como la sede central de alta tecnología del Departamento de Investigación Criminal de Sussex, lo que colocaba a la policía del condado a la vanguardia de la policía británica moderna. Más recientemente, también se había decidido trasladar allí el centro de detención y el bloque de celdas, así que las nuevas instalaciones se construyeron y se agregaron al edificio. Ahora, a pesar de que en Sussex House ya no cabía nadie más, también estaban trasladándose aquí algunas de las divisiones de la policía uniformada. Y con sólo noventa plazas de aparcamiento para una plantilla que se había ampliado hasta cuatrocientas treinta personas, no todo el mundo creía que el lugar estuviera a la altura de lo que se esperaba de él.

El área de interrogatorio de testigos era una denominación demasiado grandilocuente para dos trasteros pequeños, pensó Glenn Branson. El menor, que sólo contenía un monitor y un par de sillas, se utilizaba para observar. El mayor, en el que ahora estaba sentado con el inspector Nick Nicholl y un Brian Bishop muy afligido, estaba decorado para que los testigos, y potenciales sospechosos, estuvieran relajados, a pesar de las dos cámaras instaladas en la pared que los enfocaban directamente.

La sala estaba muy iluminada, tenía una moqueta dura gris y paredes color crema, una ventana grande orientada al sur que ofrecía una vista parcial de Brighton y Hove por encima del tejado de un supermercado ASDA, tres sillas en forma de cubo tapizadas de rojo cereza y una mesita de café con patas negras y superficie de pino falso sin demasiada personalidad, que parecía el último artículo en desaparecer de las rebajas de las tiendas Conran.

Olía a nuevo, como si hubieran acabado de colocar la moqueta hacía unos minutos y la pintura de las paredes aún estuviera secándose, pero aquél era su olor desde que Branson tenía memoria. Sólo llevaba unos minutos ahí dentro y ya estaba sudando, igual que el inspector Nicholl y Brian Bishop. Ése era el problema del edificio: el aire acondicionado era una mierda y la mitad de las ventanas no podían abrirse.

Branson anunció la fecha y la hora antes de activar el interruptor de la pared y poner en marcha el aparato de grabación. Le explicó a Bishop que era el procedimiento habitual y el hombre respondió asintiendo con la cabeza.

Parecía desolado. Vestido con una cara chaqueta de color habano con botones plateados, colocada descuidadamente sobre el polo azul Armani de cuello abierto, las gafas de sol asomando por el bolsillo superior, estaba sentado con el cuerpo encorvado, deshecho. Lejos del campo de golf, los pantalones de cuadros escoceses y los zapatos de dos colores que llevaba quedaban un poco ridículos.

Branson no pudo evitar sentir lástima por él. Por mucho que lo intentara, no podía borrar de su mente la imagen de Clive Owen en la película Crupier. En otras circunstancias tal vez le habría preguntado a Bishop si eran parientes. Y aunque no tuviera ninguna relación con la tarea que le habían encomendado, tampoco podía dejar de preguntarse por qué los clubes de golf, cuyos códigos de vestimenta, como llevar corbata dentro del edificio, siempre le habían parecido absurdamente formales y anticuados, permitían a sus miembros salir al campo como si fueran a participar en una obra de teatro.

– ¿Puedo preguntarle cuándo fue la última vez que vio a su esposa, señor Bishop?

Branson vio la duda antes de que el hombre contestara.

– El domingo por la tarde, sobre las ocho.

La voz de Bishop era melosa, pero deliberadamente inexpresiva, y no podía percibirse ningún rasgo de clase social, como si hubiera trabajado en ella para perder cualquier acento que hubiera tenido en su día. Era imposible decir si provenía de una familia privilegiada o si era un hombre hecho a sí mismo. Su Bentley rojo oscuro, que seguía aparcado en el club de golf, era el tipo de vehículo ostentoso que Branson asociaba más con los futbolistas que con una persona de clase alta.

La puerta se abrió. Eleanor Hodgson, la ayudante de apoyo a la gestión de Grace, una mujer de cincuenta y tantos años, mojigata y nerviosa, entró con una bandeja redonda con tres tazas de café y un vaso de agua. Bishop apuró el agua antes de que Eleanor se marchara de la sala.

– ¿No había visto a su mujer desde el domingo? -dijo Branson, con un punto de sorpresa en su voz.

– No. Paso la semana en Londres, en mi piso. Voy a la ciudad los domingos por la tarde, y normalmente vuelvo el viernes por la noche.

Bishop miró su café y luego lo removió con cuidado, con precisión dificultosa, usando el palito de plástico que Eleanor Hodgson les había dado.

– Entonces, ¿sólo se veían los fines de semana?

– Dependía de si teníamos algo en Londres. Katie venía a veces, a cenar, o de compras. O a lo que fuera.

– ¿Lo que fuera?

– Teatro. Amigos. Clientes. A ella… le gustaba ir, pero…

Hubo un largo silencio.

Branson esperó a que continuara, mirando a Nicholl, pero no obtuvo nada del joven inspector.

– Pero… -le animó a proseguir.

– Su vida social estaba aquí. El bridge, el golf, sus obras benéficas.

– ¿Qué obras benéficas?

– Participa… Participaba en varias. Principalmente en la Sociedad Nacional para la Prevención de Abusos a Menores. Y en una o dos más. Un centro para mujeres maltratadas. Katie era generosa. Una buena persona. -Brian Bishop cerró los ojos y enterró la cara entre las manos-. Mierda. Dios mío. ¿Qué ha pasado? ¿Pueden decírmelo, por favor?

– ¿Tienen hijos, señor? -preguntó Nick Nicholl de repente.

– Juntos no. Yo tengo dos de mi primer matrimonio. Mi hijo que se llama Max, tiene quince años. Y mi hija, Carly… trece. Max está con un amigo en el sur de Francia. Carly está visitando a unos primos en Canadá.

– ¿Quiere que avisemos a alguien? -continuó Nicholl.

Bishop negó con la cabeza, parecía perplejo.

– Le asignaremos un agente de Relaciones Familiares para que le ayude con todo. Me temo que todavía no podrá regresar a su casa durante algunos días. ¿Hay alguien con quien pueda quedarse?

– Tengo mi piso en Londres.

– Necesitaremos volver a hablar con usted. Sería más práctico si durante los próximos días pudiera quedarse por la zona de Brighton y Hove. ¿Tal vez con algún amigo o en un hotel?

– ¿Qué pasa con mi ropa? Necesito mis cosas, mis efectos personales, para asearme…

– Si le dice lo que necesita al agente de Relaciones Familiares se lo traerán.

– ¿Pueden decirme qué ha pasado, por favor?

– ¿Cuánto tiempo llevaba casado, señor Bishop?

– Cinco años… Celebramos nuestro aniversario en abril.

– ¿Diría que su matrimonio era feliz?

Bishop se recostó y meneó la cabeza con incredulidad.

– ¿Qué diablos es esto? ¿Por qué me están interrogando?

– No le estamos interrogando, señor. Tan sólo le hacemos algunas preguntas para hacernos una idea del contexto. Es el procedimiento habitual, señor.

– Creo que ya les he contado suficiente. Quiero ver a mi… mi amor. Quiero ver a Katie. Por favor.

La puerta se abrió y Bishop vio que entraba un hombre vestido con un arrugado traje azul, camisa blanca y corbata de rayas azules y blancas. Medía aproximadamente un metro setenta y cinco y tenía un aspecto agradable, los ojos azules y atentos, el pelo claro, corto y fino. Iba mal afeitado y su nariz había vivido días mejores. Le extendió a Bishop una mano fuerte y curtida, con las uñas arregladas.

– Comisario Grace -dijo-. Soy el investigador jefe de esta… situación. Lo siento muchísimo, señor Bishop.

Bishop le estrechó la mano con sus dedos largos, huesudos y sudorosos, en uno de los cuales lucía un sello con un emblema.

– Por favor, cuénteme qué ha pasado.

Roy Grace miró a Branson, luego a Nicholl. Había estado observando durante algunos minutos desde la sala contigua, pero no iba a revelarle aquella información.

– ¿Estaba jugando al golf esta mañana, señor?

Los ojos de Bishop se movieron, brevemente, hacia la izquierda.

– Sí. Estaba jugando al golf.

– ¿Puedo preguntarle cuándo fue la última vez que jugó?

Bishop pareció abatido por la pregunta. Grace, que no dejaba de mirarle, se percató de que sus ojos se movían hacia la derecha, luego hacia la izquierda, después muy claramente hacia la izquierda otra vez.

– El domingo pasado.

Ahora Grace sería capaz de hacerse una idea de si Bishop mentía o decía la verdad. Observar los ojos era una técnica eficaz que había aprendido gracias a su interés en la programación neurolingüística. Todas las personas tienen dos hemisferios en el cerebro, una parte contiene la memoria, la otra hace funcionar la imaginación -el lado creativo- y la mentira. Es el lado de la «construcción». Los hemisferios en los que se encuentran varían en cada persona. Para determinarlo, se formulaba una pregunta de control a la que era improbable que la persona contestara con una mentira, como la pregunta aparentemente inocente que acababa de hacerle a Bishop. Así que en el futuro, cuando le preguntara algo al hombre, si sus ojos se movían hacia la izquierda, estaría diciendo la verdad, pero si se desplazaban hacia la derecha, hacia el lado de la construcción, sería un indicador de que estaba mintiendo.

– ¿Dónde durmió anoche, señor Bishop?

Con la mirada resueltamente fija al frente, sin revelar nada de manera intencionada o no, Bishop contestó:

– En mi piso de Londres.

– ¿Hay alguien que pueda confirmarlo?

Con aspecto agitado, los ojos de Bishop se movieron rápidamente hacia la izquierda. Hacia la memoria.

– El conserje, Oliver, supongo.

– ¿Cuándo lo vio?

– Ayer por la tarde, sobre las siete… Cuando regresé del despacho. Y luego esta mañana otra vez.

– ¿A qué hora ha llegado al campo de golf esta mañana?

– Pasadas las nueve.

– ¿Y ha ido en coche desde Londres?

– Sí.

– ¿A qué hora ha salido?

– Sobre las seis y media. Oliver me ha ayudado a cargar las cosas en el coche. Los palos de golf.

Grace se quedó pensando un momento.

– ¿Hay alguien que pueda confirmar dónde estuvo entre las siete de la tarde de ayer y las seis y media de esta mañana?

Los ojos de Bishop volvieron a desplazarse rápidamente hacia la izquierda, hacia el modo de la memoria, lo que indicaba que estaba diciendo la verdad.

– Cené con mi asesor financiero en un restaurante de Piccadilly.

– ¿Y su conserje le vio salir y volver?

– No. Normalmente no está después de las siete… Hasta la mañana.

– ¿A qué hora acabó la cena?

– Sobre las diez y media. ¿Qué es esto? ¿Una caza de brujas?

– No, señor. Lo siento si parezco un poco pedante, pero si podemos eliminarle como sospechoso nos ayudará a centrar nuestras pesquisas. ¿Le importaría decirme qué ocurrió después de cenar?

– Me fui a mi piso y caí rendido.

Grace asintió.

Bishop frunció el ceño, mirándole fijamente, luego a Branson y a Nick Nicholl.

– ¿Qué? ¿Cree que conduje hasta Brighton de noche?

– Parece un poco improbable, señor -le tranquilizó Grace-. ¿Puede darnos los números de teléfono de su conserje y su asesor financiero? ¿Y el nombre del restaurante?

Bishop los complació. Branson anotó los datos.

– ¿Podría darme también su número de móvil, señor? Y también necesitamos fotografías recientes de su esposa -le pidió Grace.

– Sí, por supuesto.

Entonces, Grace dijo:

– ¿Le importaría contestar a una pregunta muy personal, señor Bishop? No está obligado, pero nos ayudaría.

El hombre se encogió de hombros con impotencia.

– ¿Usted y su mujer realizaban alguna práctica sexual poco común?

Bishop se levantó con brusquedad.

– ¿Qué demonios es esto? ¡Acaban de asesinar a mi mujer! Quiero saber qué ha pasado, detective…, inspector cómo sea que se llame usted.

– Comisario Grace.

– ¿Por qué no puede contestarme a una pregunta sencilla, comisario Grace? ¿Es mucho pedir que me contesten a una pregunta sencilla? ¿Lo es? -cada vez más histérico, Bishop prosiguió, elevando la voz-: Me han dicho que mi mujer ha muerto… ¿Me están diciendo ahora que la maté yo? ¿Es eso lo que intentan decirme?

Los ojos del hombre se movían nerviosos. Grace tendría que tranquilizarlo. Lo miró. Miró sus pantalones ridículos y los zapatos, que le recordaron a los botines que llevaban los gánsteres de los años treinta. El dolor afectaba a todo el mundo de manera distinta. Tenía experiencia suficiente en el tema, tanto por su profesión como por su vida privada.

El hecho de que ese hombre viviera en una casa vulgar y condujera un coche ostentoso no lo convertía en un asesino. Ni siquiera lo convertía en un ciudadano menos honorable. Tenía que deshacerse de sus prejuicios. Era perfectamente posible que un hombre que vivía en una casa valorada en más de un par de millones de libras fuera un ser humano honrado y respetuoso con la ley. Que tuviera un armario lleno de juguetes sexuales en su dormitorio y un libro sobre fantasías eróticas en el despacho no significaba necesariamente que le hubiera puesto una máscara antigás en la cara a su mujer y luego la hubiera estrangulado.

Pero tampoco significaba que no lo hubiera hecho.

– Me temo que estas preguntas son necesarias, señor. No se las formularíamos si no lo fueran. Comprendo que todo esto sea muy difícil para usted y que quiera saber qué ha ocurrido. Le aseguro que se lo contaremos todo a su debido tiempo. De momento, tenga paciencia, por favor. Le aseguro que entiendo cómo debe de sentirse.

– ¿Ah, sí? ¿En serio, comisario? ¿Tiene idea de lo que es que le digan que su mujer ha muerto?

Grace estuvo a punto de responder: «Sí, en realidad, sí», pero mantuvo la calma. Anotó mentalmente que Bishop no había exigido ver a un abogado, lo que a menudo era un buen indicador de culpabilidad. Y, sin embargo, había algo que no cuadraba. Pero no sabía decir qué.

Salió de la sala, regresó a su despacho y llamó a Linda Buckley, una de las dos agentes de Relaciones Familiares designadas para ocuparse de Bishop. Era una policía muy competente con quien había trabajado varias veces en el pasado.

– Quiero que no pierdas de vista a Bishop. Infórmame de cualquier conducta extraña. Si es necesario, le pondré un equipo de vigilancia.

Ésas fueron sus instrucciones.

Capítulo 13

Clyde Weevels, alto y guapo, con el pelo negro de punta y una lengua con la que rara vez dejaba de lamerse los labios, estaba detrás del mostrador, inspeccionando sus dominios, vacíos en estos momentos. Su pequeño emporio de venta al por menor en Broadwick Street, a poca distancia de Wardour Street, llevaba la misma leyenda anónima que una docena de lugares más como el suyo que salpicaban las calles laterales -y no tan laterales- del Soho: «Tienda privada».

En el interior, monótonamente iluminado, había estanterías con consoladores, aceites y gelatinas lubricantes, preservativos de sabores, equipos de bondage, muñecas hinchables, correas, tangas, látigos, esposas, estantes de revistas porno, DVD de porno blando y porno duro y material aún más duro en el cuarto de atrás para clientes a quienes conocía bien. Aquí podían encontrar de todo para pasar una gran noche tanto heteros como homosexuales, bis y los típicos desgraciados solitarios, categoría esta última a la que pertenecía él, aunque no se lo reconocería jamás ni a sí mismo ni a nadie, ni de coña. Sólo estaba esperando a que surgiera la relación adecuada.

Salvo que no iba a surgir en este lugar.

Ella estaba ahí fuera en alguna parte, en una de esas columnas de corazones solitarios, en una de esas páginas web. Esperándole. Suspirando por él. Suspirando por un tipo alto, delgado, buen bailarín y también un luchador de kickboxing fantástico, una actividad que estaba practicando ahora, detrás del mostrador, detrás de la hilera de monitores de cámaras de seguridad que conformaban la ventana abierta a su tienda y al mundo exterior. Patada circular. Patada frontal. Patada lateral.

Y tenía una polla de veinticinco centímetros.

Y podía conseguirte lo que quisieras. De todo -en serio, de todo-, ¿Qué clase de porno querías? ¿Juguetes? ¿Drogas? Hecho.

La cámara cuatro era la que más le gustaba mirar. Mostraba la calle, tras la puerta. Le gustaba observar el modo que tenían los clientes de entrar en la tienda, en especial los hombres trajeados. Pasaban por delante con relativa tranquilidad, como si fueran de camino a otra parte, luego daban media vuelta y entraban corriendo por la puerta, como si los atrajera un imán invisible que alguien acababa de conectar.

Como el imbécil con traje de rayas diplomáticas y corbata rosa que entraba ahora. Todos le lanzaban una mirada que decía «en realidad yo no soy así», seguida de una especie de media sonrisa estúpida propia de quienes habían sufrido una apoplejía. Luego se ponían a tocar un consolador o un par de braguitas de encaje o unas esposas, como si el sexo aún no se hubiera inventado.

Ahora entraba otro hombre. La hora del almuerzo. Sí. Era un poco distinto. Un tipo con un chándal con capucha y gafas oscuras. Clyde levantó los ojos del monitor y le observó mientras cruzaba la puerta. Los de su calaña eran los típicos ladrones, que utilizaban la capucha para ocultar su rostro a las cámaras. Éste se comportaba de manera muy extraña. Acababa de pararse en seco y miró fuera por el cristal opaco de la puerta unos momentos, chupándose la mano.

Entonces se acercó al mostrador y preguntó sin mirarle a los ojos:

– ¿Venden máscaras antigás?

– De goma y de cuero -contestó Clyde, que señaló con el dedo la parte trasera de la tienda.

Allí había toda una selección de máscaras y capuchas, entre una variedad de uniformes de médico, enfermera, azafata de vuelo y conejita de Playboy y un tanga masculino de broma con una trompa de elefante colgando.

Pero en lugar de acercarse a estos artículos, el hombre regresó hacia la puerta y volvió a mirar fuera.

Al otro lado de la calle, la joven llamada Sophie Harrington, a quien había seguido desde su despacho, estaba en el mostrador de una charcutería italiana, con una revista bajo el brazo, esperando a que su chapata saliera del microondas mientras hablaba animadamente por el móvil.

Estaba deseando probarle la máscara antigás.

Capítulo 14

– Este lugar me pone siempre los pelos de punta -dijo Glenn Branson, mirando desde la oscuridad silenciosa de sus pensamientos al panorama aún más lúgubre que tenía delante.

Roy Grace puso el intermitente de la izquierda, aminoró su viejo sedán Alfa Romeo granate, giró en la rotonda de Lewes Road y pasó por delante de un cartel con letras doradas sobre fondo negro que anunciaba: «DEPÓSITO DE CADÁVERES DE BRIGHTON Y HOVE».

– Deberías donarles tu colección de música basura.

– Muy gracioso.

Como muestra de respeto hacia el lugar, Branson se inclinó hacia delante y bajó el volumen del CD de Katie Melua que estaba sonando.

– Y de cualquier forma -dijo Grace a la defensiva-, me gusta Katie Melua.

Branson se encogió de hombros. Luego otra vez.

– ¿Qué? -dijo Grace.

– Tendrías que dejar que yo te comprara la música.

– Estoy muy contento con mi música.

– También estabas muy contento con tu ropa hasta que te enseñé el aspecto tan triste que tenías con ella. Y también estabas contento con tu pelo. Ahora que has empezado a escucharme pareces diez años más joven… Y sales con una mujer, ¿verdad? ¡Es perfecta, sí, señor!

Delante, tras la verja de hierro forjado fijada a los pilares de ladrillo, se levantaba una estructura larga, de un solo piso, con las paredes revestidas de un material rugoso y gris que parecía eliminar todo el calor del aire, incluso en este día de verano achicharrante. A un lado, había una entrada cubierta, lo bastante profunda como para alojar una ambulancia -o con mayor frecuencia, la furgoneta verde oscura del forense-. Al otro lado, junto a la pared, había aparcados varios coches, incluido un Saab amarillo, con la capota bajada, que pertenecía a Nadiuska de Sancha y, mucho más importante para Roy Grace, un pequeño coche deportivo MG azul, lo que implicaba que Cleo Morey estaba hoy de guardia.

Y a pesar de todo el horror que los esperaba, le invadió una sensación de euforia. Era totalmente inapropiado, lo sabía, pero no pudo evitarlo.

Durante años, había odiado acudir a este lugar. Era uno de los ritos iniciáticos de convertirse en agente de policía: tener que ir a un depósito de cadáveres al principio de la formación. Pero ahora este sitio había adquirido un significado completamente distinto para él. Se volvió hacia Branson, sonriendo, y replicó:

– «Lo que para el gusano es el fin del mundo, para el maestro es una mariposa.»

– ¿Qué? -contestó Branson con voz cansada.

– Chuang Tsé -dijo él alegremente, intentando compartir su alegría con su compañero, intentando animar al pobre hombre.

– ¿Quién?

– Un filósofo chino. Murió en el año 275 antes de Cristo. -No reveló quién se lo había enseñado.

– Y está en el depósito, ¿no?

– Qué ignorante eres. -Grace aparcó el coche y apagó el motor.

Un poquito más animado, otra vez, Branson replicó:

– ¿Ah, sí? ¿Y desde cuándo te interesa la filosofía, viejo?

Las referencias a la edad de Grace siempre escocían. Acababa de celebrar -si ésa era la palabra correcta- su trigésimo noveno cumpleaños y no le gustaba la idea de que el año siguiente fuera a cumplir los temidos cuarenta.

– Muy gracioso.

– ¿Has visto El último emperador?

– No me acuerdo.

– Sí, bueno, cómo ibas a acordarte -dijo Glenn sarcástocamente-. Sólo ganó nueve Oscar. Increíble. Tendrías que alquilarla en DVD, salvo que seguramente estarás demasiado ocupado poniéndote al día con los episodios antiguos de Mujeres desesperadas. Y -añadió, señalando con la cabeza el depósito-, ¿todavía estáis…? Ya sabes, ¿todavía le va la marcha?

– ¡No es asunto tuyo!

Aunque en realidad sí que era asunto de Branson. Era asunto de todo el mundo, porque Grace estaba descentrado, en un lugar totalmente distinto de donde debería estar. Resistió su impulso de salir del coche y entrar en el depósito, para ver a Cleo. Cambió de tema rápidamente. Fue al asunto que los ocupaba:

– Bueno, ¿qué piensas? ¿La mató él?

– No ha pedido ver a un abogado -contestó Branson.

– Vas aprendiendo -dijo Grace, realmente satisfecho.

Era un hecho que, cuando eran detenidos, la mayoría de los delincuentes se sometían sin rechistar. Los que protestaban más vehementemente a menudo resultaban ser inocentes, de ese delito en concreto, al menos.

– Pero ¿mató a su mujer? No lo sé, no sabría decirte -añadió Branson.

– Yo tampoco.

– ¿Qué te han dicho sus ojos?

– Necesito hablar con él en una situación más tranquila. ¿Cómo ha reaccionado al darle la noticia?

– Se ha quedado destrozado. Parecía sincero.

– Es un hombre de éxito en sus negocios, ¿verdad?

Estaban a la sombra, al lado de un muro de sílex, junto a un laurel alto. El aire entró por el techo corredizo y las ventanillas abiertas. De repente, una araña minúscula descendió por su hilo desde el retrovisor.

– Sí. Sistemas de software de algún tipo -dijo Branson.

– ¿Sabes cuál es el mejor rasgo de personalidad para llegar a tener éxito en los negocios?

– Sea cual sea, yo no nací con él.

– Ser un sociópata. No tener conciencia, como la conoce la gente normal.

Branson pulsó el botón para bajar más la ventanilla.

– Un sociópata es un psicópata, ¿no?

Cogió la araña ahuecando la enorme palma de su mano y la tiró suavemente por la ventana.

– Tienen las mismas características, pero con una diferencia importante: los sociópatas pueden controlarse, los psicópatas no.

– O sea -dijo Branson-, Bishop es un hombre de negocios próspero, por lo tanto tiene que ser un sociópata, lo que significa que mató a su mujer. ¡Bingo! Caso cerrado. ¿Vamos a detenerle?

Grace sonrió burlonamente.

– Algunos traficantes de droga son altos, negros y llevan la cabeza rapada. Tú eres alto, negro y llevas la cabeza rapada. Por lo tanto, tienes que ser un traficante de drogas.

Branson frunció el ceño, luego asintió.

– Por supuesto. Puedo conseguirte lo que quieras.

Grace extendió la mano.

– Bien. Pues dame un par de esas que te he dado yo esta mañana… Si te queda alguna.

Branson le dio dos cápsulas de paracetamol. Grace les sacó el envoltorio y se las tragó con un sorbo de agua mineral del botellín que guardaba en la guantera. Luego se bajó del coche y caminó deprisa y con determinación hacia la pequeña puerta azul de cristal glaseado. Tocó el timbre.

Branson se puso a su lado, acosándole, y por un momento deseó que el sargento se fuera a la mierda unos minutos y le dejara un poco de intimidad. Tras casi una semana sin ver a Cleo, anhelaba profundamente tener unos minutos a solas con ella, saber que seguía sintiendo lo mismo por él que la semana pasada.

Unos momentos después, Cleo abrió la puerta y Grace hizo lo que hacía siempre que la veía. Se derritió por dentro de la alegría.

Según la jerga moderna ideada por algún politburó de corrección política que Grace detestaba, el título oficial de Cleo Morey había cambiado recientemente a técnico jefe de patología anatómica. En el lenguaje antiguo que hablaba y entendía la gente normal, era la directora del depósito. Aunque alguien que no la conociera y la viera caminando por la calle, no lo habría adivinado ni en un millón de años. Metro setenta y cinco, casi treinta años de edad, rubia con el pelo largo y rebosante de confianza, estaba, según cualquier definición -y seguramente no sería la más adecuada para este lugar en concreto en el que trabaja- de muerte. En el minúsculo vestíbulo del depósito, con el cabello recogido, vestida con una bata verde, un delantal grueso encima y botas de agua blancas, parecía más una actriz deslumbrante interpretando un papel que lo que era en realidad.

A pesar de que Glenn Branson, curioso y suspicaz, estaba justo a su lado, Grace no pudo evitarlo. Sus ojos se encontraron, durante más de un momento fugaz. Esos ojos azul cielo, increíbles, asombrosos, grandes y redondos penetraron directamente en su alma, encontraron su corazón y lo acunaron.

Deseó que Glenn Branson se evaporara, pero en lugar de eso, el cabrón siguió a su lado, mirándolos a los dos alternativamente, con una sonrisa burlona de imbécil.

– ¡Hola! -saludó Grace, mansamente.

– Comisario, sargento Branson, ¡qué sorpresa tan agradable verlos a los dos!

Grace se moría de ganas de rodearla entre sus brazos y besarla. En lugar de eso, se contuvo y de un modo profesional, simplemente le sonrió. Luego, sin apenas notar el hedor dulzón a desinfectante Trigene que impregnaba el lugar, la siguió a su pequeño despacho que también servía de recepción. Era un cubículo totalmente impersonal, pero le gustaba porque era el espacio de ella.

Había un ventilador encendido en el suelo, las paredes eran de Artex rosa, la moqueta también era rosa y había una fila en forma de «L» de sillas para las visitas y un escritorio pequeño de metal en el que descansaban tres teléfonos, un fajo de sobres marrones pequeños con las palabras EFECTOS PERSONALES y un libro de contabilidad grande rojo y verde con la leyenda REGISTRO DEL DEPÓSITO escrita con letras mayúsculas doradas.

Fijada a la pared había una caja de luz y una hilera de certificados enmarcados de SALUD E HIGIENE PÚBLICAS, con uno mayor del INSTITUTO BRITÁNICO DE EMBALSAMADORES debajo del cual figuraba el nombre de Cleo Morey. En otra pared había un televisor de circuito cerrado que mostraba, en una secuencia continua, imágenes de las partes delantera y trasera, así como de los laterales del edificio, seguido de un primer plano de la entrada.

– ¿Una taza de té, caballeros, o quieren pasar directamente?

– ¿Nadiuska está lista para comenzar?

Los ojos claros y brillantes de Cleo se encontraron con los de él durante una fracción de segundo un poco más larga de lo que la pregunta requería. Unos ojos sonrientes. Unos ojos increíblemente cálidos.

– Acaba de salir un momento a comer un sándwich. Empezaremos dentro de diez minutos.

Grace notó un dolor tenue en el estómago y recordó que no habían comido nada en toda la mañana. Eran las dos y veinte.

– Me encantaría tomar una taza de té. ¿Tienes galletas?

Cleo sacó una lata de debajo de su mesa y abrió la tapa.

– Digestivas. Kit-Kats. ¿Nubes? ¿Chocolate Leibniz negro? ¿Pastelitos de higo? -Le ofreció la lata a él y a Branson, quien declinó la invitación con un movimiento de cabeza-. ¿Qué clase de té? ¿English breakfast, Earl Grey, Darjeeling, té chino, camomila, té de menta, té verde?

Grace sonrió.

– Siempre se me olvida de que tienes una especie de Starbucks.

El comentario no arrancó ni una mínima sonrisa a Glenn Branson, que estaba sentado con la cara entre las manos, hundido de repente en la depresión. Cleo le lanzó a Grace un beso silencioso. Él cogió un Kit-Kat y rasgó el envoltorio.

Por fin, para el alivio de Grace, Branson dijo de repente:

– Voy fuera.

Salió de la habitación y se quedaron solos. Cleo cerró la puerta, rodeó con sus brazos a Roy Grace y lo besó intensamente. Durante mucho rato.

Cuando sus labios se separaron, abrazándolo todavía con fuerza, le preguntó:

– Bueno, ¿cómo estás?

– Te he echado de menos -contestó él.

– ¿Sí?

– Sí.

– ¿Cuánto?

Él separó las manos, aproximadamente medio metro.

– ¿Sólo? -exclamó Cleo fingiendo indignación.

– ¿Tú me has echado de menos?

– Te he echado de menos, mucho. Mucho, mucho.

– ¡Bien! ¿Qué tal el curso?

– No quieres saberlo.

– Ponme a prueba. -Grace volvió a besarla.

– Te lo cuento mientras cenamos.

Le encantaba aquello. Le encantaba la forma que tenía de tomar la iniciativa. Le encantaba que diera la impresión de que le necesitaba.

Nunca antes había sentido eso con una mujer. Jamás. Había estado casado con Sandy muchos años y se habían amado locamente, pero nunca había sentido que ella le necesitara. No de esta manera.

Sólo había un problema. Había planeado prepararle una cena en casa esta noche. Bueno, comprar algo en una tienda, en todo caso -era un inútil en la cocina-. Pero Glenn Branson había dado al traste con su idea. No podía pasar una velada romántica en casa con Glenn pululando por ahí, lloriqueando cada diez segundos. Pero era imposible decirle a su amigo que se esfumara aquella noche.

– ¿Adónde te gustaría ir? -dijo.

– A la cama. Con comida china para llevar. ¿Te parece un buen plan?

– Muy bueno. Pero tendrá que ser en tu casa.

– ¿Y eso? ¿Tienes algún problema?

– No. Sólo es un problema con mí casa. Después te lo cuento.

Cleo volvió a besarle.

– No te vayas.

Salió de la habitación y regresó al cabo de un momento con una bata verde, chanclos azules, una mascarilla y guantes de látex blancos y se los entregó.

– Esto es el último grito.

– Creía que dejaríamos lo de vestirnos con ropa elegante para luego -dijo él.

– No, luego nos desvestiremos… ¿O ya se te ha olvidado después de una semana? -Cleo volvió a besarle-. ¿Qué le pasa a tu amigo Glenn? Parece un perrito enfermo.

– Lo es. Tiene problemas en casa.

– Pues anímale.

– Eso intento.

Sonó el móvil. Irritado por la distracción, Grace contestó.

– Roy Grace.

Era la agente de Relaciones Familiares, Linda Buckley.

– Roy -dijo-. Estoy en el Hotel du Vin, donde registré a Bishop en una habitación hace una hora. Ha desaparecido.

Capítulo 15

La madre de Sophie era italiana. Siempre había enseñado a su hija que la comida era la mejor cura para superar una conmoción. Y en estos momentos, junto al mostrador de una charcutería italiana, sin ser consciente de que el hombre de la capucha y las gafas oscuras la observaba desde detrás de la ventana opaca de la tienda privada al otro lado de la carretera, Sophie agarraba el teléfono contra su oído, profundamente conmocionada.

Era una persona de costumbres, pero éstas cambiaban con su estado de ánimo. Durante varios meses, día tras día, había comprado una caja de sushi en Itsu para almorzar en su despacho, pero luego leyó un artículo sobre gente que se intoxicaba con unos gusanos que había en el pescado crudo. Desde entonces, se había enganchado a una chapata de mozzarella, tomate y jamón de Parma que compraba en esa charcutería. Era mucho menos sana que el sushi, pero estaba deliciosa. Había comido una casi todos los días durante el mes pasado -tal vez incluso más-. Y hoy, más que nunca, necesitaba el consuelo de algo familiar.

– Dime -dijo al teléfono-. Cariño, ¿qué ha pasado? Dímelo, por favor.

Él farfullaba, incoherentemente.

– Golf… Muerta… No me dejan entrar en casa… La policía. Oh, Dios mío, está muerta.

De repente, el italiano bajito y calvo de detrás del mostrador empujó hacia ella el sándwich humeante, envuelto en papel.

Sophie lo cogió y, todavía con el teléfono pegado a la oreja, salió a la calle.

– Creen que he sido yo. Bueno, quiero decir… Dios mío. Oh, Dios mío.

– Cariño, ¿puedo hacer algo? ¿Quieres que vaya para allí?

Hubo un largo silencio.

– Me han interrogado…, acribillado a preguntas -espetó Bishop-. Creen que he sido yo. Creen que la he matado yo. No han parado de preguntarme dónde estuve anoche.

– Bueno, eso es fácil -dijo ella-. Estuviste conmigo.

– No. Gracias, pero no es muy inteligente. No nos hace falta mentir.

– ¿Mentir? -contestó, asustada.

– Dios santo -dijo-. Estoy tan confuso…

– ¿Qué quieres decir con que «no nos hace falta mentir»? ¿Cariño?

Un coche patrulla pasó rugiendo por la calle, la sirena aullando. Él dijo algo, pero su voz quedó ahogada. Cuando el vehículo acabó de pasar, Sophie dijo:

– Lo siento, no te he oído. ¿Qué has dicho?

– Les he contado la verdad. Cené con Phil Taylor, mi asesor financiero, luego me fui a dormir. -Hubo un largo silencio, luego le oyó sollozar.

– Cariño, creo que te dejas algo. Lo que hiciste después de cenar con tu asesor financiero.

– No -contestó él, y parecía un poco sorprendido.

– ¡Ey! Ya sé que estás en estado de shock. Pero viniste a mi piso. A medianoche. Pasaste la noche conmigo y te marchaste sobre las cinco de la mañana porque tenías que ir a recoger el equipo de golf a tu casa.

– Eres muy dulce -dijo él-. Pero no quiero tener que empezar a mentir.

Sophie se detuvo en seco. Un camión pasó con gran estruendo, seguido de un taxi.

– ¿Mentir? ¿Qué quieres decir? Es la verdad.

– Cariño, no necesito inventarme una coartada. Es mejor decir la verdad.

– Lo siento -dijo ella, confusa de repente-. No te entiendo. Es la verdad. Viniste, nos acostamos y luego te fuiste. Eso es lo mejor, ¿no? Decir la verdad.

– Sí. Por supuesto. Es lo mejor.

– ¿Entonces?

– ¿Entonces? -repitió él.

– Pues que viniste a mi piso después de medianoche, hicimos el amor, bastante salvajemente, y te marchaste pasadas las cinco.

– Salvo que no lo hice -negó con voz firme.

– ¿No hiciste qué?

– No fui a tu piso.

Sophie se apartó el teléfono de la oreja un momento, lo miró, luego volvió a acercárselo con fuerza, preguntándose por un instante si se había vuelto loca. O si el loco era él.

– No…, no lo entiendo.

– Tengo que irme -dijo él.

Capítulo 16

Había una pequeña tarjeta, con una fotografía que mostraba a una atractiva chica oriental en una postura provocativa. Las palabras «Transexual preoperada» impresas junto a un número de teléfono. Al lado había otra tarjeta de una mujer con una voluminosa cabellera, vestida con ropa de cuero y blandiendo un látigo. De una mancha húmeda que había en el suelo y que Bishop había evitado pisar se elevaba un hedor a orina. Era la primera vez en años que entraba en una cabina telefónica y ésta no despertó en él ninguna nostalgia. Y salvo por el olor, era como estar en una sauna.

Una parte del auricular estaba aplastado y había varios cristales agrietados y una cadena con trozos de papel, supuestamente de la guía telefónica. Un camión se había detenido fuera y el motor sonaba como si mil hombres aporrearan un cobertizo de hojalata. Miró su reloj. Las dos y treinta y uno de la tarde. Ya le parecía el día más largo de su vida.

¿Qué diablos iba a decir a sus hijos? A Max y a Carly. ¿Les importaría realmente haber perdido a su madrastra? ¿Que la hubieran asesinado? Su ex mujer les había puesto tan en contra de él y de Katie que seguramente no les afectaría demasiado. ¿Y cómo iba a darles la noticia? ¿Por teléfono? ¿Tendría que volar a Francia para decírselo a Max, y a Canadá para decírselo a Carly? Tendrían que volver pronto, para el funeral. Oh, Dios mío. ¿Lo harían? ¿Debían hacerlo? ¿Querrían? De repente, se dio cuenta de lo poco que los conocía.

Madre mía, había tanto en lo que pensar.

¿Qué había pasado? Dios mío, ¿qué había pasado?

«Mi querida Katie, ¿qué te ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto? ¿Quién? ¿Por qué?»

¿Por qué la maldita policía no quería contarle nada? Ese poli negro alto y engreído. Y ese inspector o comisario o lo que fuera, Grace, mirándole como si fuera el único sospechoso, como si supiera a ciencia cierta que la había asesinado él.

Mareado, salió al sol abrasador de Prince Albert Street, frente al ayuntamiento, totalmente confuso por la conversación que acababa de tener y preguntándose qué iba a hacer ahora. Había leído un libro que hablaba sobre lo mucho que un teléfono móvil podía revelar acerca de donde te encontrabas, a quién llamabas y, para quien quisiera averiguarlo, qué decías. Por eso cuando había salido por la entrada de la cocina del Hotel du Vin, había apagado el móvil y había buscado una cabina.

Pero la respuesta que había obtenido de Sophie era sumamente extraña: «Bueno, es una locura, estuviste conmigo… Viniste a mi piso, nos acostamos…».

Aquello no era cierto.

Se despidió de Phil Taylor delante del restaurante y el portero le paró un taxi, que cogió para volver a su piso en Notting Hill. Se desplomó, cansado, directamente en la cama, pues quería dormir bien antes de su partido de golf. No había ido a ninguna parte, estaba seguro.

¿Su memoria estaba jugándole una mala pasada? ¿La conmoción?

¿Era eso?

Luego, como una ola enorme, invisible, el dolor lo invadió y lo absorbió hacia un vacío de oscuridad, como si de repente hubiera habido un eclipse total de sol y de todos los sonidos de la ciudad que lo rodeaban.

Capítulo 17

La sala de autopsias del depósito no se parecía a ningún lugar de la tierra que Roy Grace pudiera imaginar. Era un crisol donde se desmontaba a los seres humanos hasta sus elementos más básicos, o eso parecía a veces. Independientemente de lo limpio que pudiera estar, el olor a muerte flotaba en el aire, se te aferraba a la piel y a la ropa y volvías a sentirlo estuvieras donde estuvieses horas después de haberte marchado.

Aquí todo era muy gris, como si la muerte eliminara el color de los alrededores, y de los propios cadáveres. Las ventanas eran de un gris opaco que sellaba la habitación a los ojos de los curiosos. Los azulejos de las paredes eran grises, como el suelo de baldosas moteadas con el desagüe que recorría toda la sala. En ocasiones, cuando había estado aquí solo, con tiempo para meditar, le parecía incluso que la luz era de un gris etéreo, teñida por las almas de los cientos de víctimas de muertes repentinas o inexplicables que cada año sufrían una última humillación aquí, entre estas paredes.

Dominaban la habitación dos mesas de autopsia de acero, una fijada al suelo y la otra, en la que descansaba Katie Bishop -su rostro más pálido ya que cuando la había visto antes-, provista de ruedecillas. Había un torno hidráulico azul y una hilera de neveras con puertas de metal que iban del suelo al techo. En una pared había fregaderos y una manguera amarilla enrollada. En la otra, una encimera ancha, una tabla de cortar metálica y una vitrina de «trofeos» macabros, un expositor lleno de artículos truculentos -marcapasos y prótesis de cadera en su mayoría- extraídos de los cadáveres. Al lado, había un gráfico de pared donde se detallaba el nombre de cada fallecido, con columnas para los pesos de su cerebro, pulmones, corazón, hígado, ríñones y bazo. Lo único que aparecía escrito por el momento era: «KATHERINE BISHOP». Como si fuera la afortunada ganadora de una competición, pensó Grace con aire sombrío.

Como un quirófano, la sala no contenía nada que tuviera un propósito decorativo, nada superficial o frívolo, nada que aliviara el trabajo deprimente que allí dentro se llevaba a cabo. Pero al menos en un quirófano la gente tenía la motivación de la esperanza. En esta sala no había esperanza alguna, sólo curiosidad clínica. Un trabajo que realizar. La maquinaria fría e impersonal de la ley en funcionamiento.

En cuanto morías, dejabas de pertenecer a tu cónyuge, pareja, padres, hermanos. Perdías todos tus derechos y te convertías en propiedad del forense local, hasta que él, o ella, quedara satisfecho y determinara que efectivamente eras tú el que había muerto, hasta que estuviera claro qué te había matado. No importaba que tus seres queridos no quisieran que tu cuerpo fuera eviscerado. No importaba que tu familia tuviera que esperar semanas, a veces meses, para enterrarte o incinerarte. Tú dejabas de ser tú. Para ser un ejemplar de la biología. Una masa de fluidos, proteínas, células, fibras y tejidos en descomposición, cualquier fragmento microscópico de los cuales tal vez tuviera una historia que contar sobre tu muerte.

Pese a la repugnancia que sentía, Grace estaba fascinado. Debía observar siempre la profesionalidad aparentemente inagotable de los patólogos y le imponía respeto el cuidado meticuloso que tenían. La causa de la muerte no era lo único que se establecería con seguridad en esta mesa de autopsias; el cuerpo podía proporcionar innumerables pistas más, como la hora aproximada de la muerte, el contenido del estómago o si había habido una pelea, una agresión sexual o una violación. Y con suerte, quizás en un arañazo o en el semen, se podría hallar el santo grial de las pruebas actuales: el ADN del asesino. A menudo, la sala de autopsias es el lugar donde en realidad se resuelven los crímenes hoy en día.

Por todo aquello, Grace, como investigador jefe, tenía que estar presente, acompañado por otro agente -Glenn Branson- por si debía ausentarse por algún motivo. Derek Gavin, del equipo del SOCO, también se encontraba allí, grabando cada etapa en vídeo, así como una agente del juzgado de instrucción, una ex policía de pelo gris y de unos cuarenta y cinco años, tan callada y discreta que casi pasaba desapercibida. También presentes estaban Cleo Morey y su compañero Darren, el ayudante del técnico de patología anatómica, un joven astuto y guapo de veinte años, moreno con el pelo de punta, que había comenzado su vida laboral de manera bastante apropiada, pensó Grace. De aprendiz de carnicero.

Nadiuska de Sancha, la patóloga, y los dos técnicos llevaban delantales gruesos sobre los uniformes verdes, guantes de goma y botas de agua blancas. El resto de las personas de la sala llevaba trajes protectores verdes y chanclos. El cuerpo de Katie Bishop estaba envuelto en un plástico blanco, con bolsas atadas con bandas elásticas en las manos y los pies, para proteger cualquier prueba que hubiera quedado atrapada debajo de las uñas. En estos momentos, la patóloga estaba desenvolviendo el plástico, escudriñándolo en busca de cabellos, fibras, células epidérmicas o cualquier otra materia, por muy pequeña que fuera, que pudiera haber pertenecido al agresor y que pudiera habérsele pasado por alto cuando examinó el cadáver de Katie en su dormitorio.

Se alejó para dictar a su grabadora. Veinte años mayor que Cleo, o tal vez más, Nadiuska era, a su manera, una mujer igual de atractiva. Guapa y circunspecta, tenía los pómulos altos y unos ojos verde claro que podían ponerse tremendamente serios un momento y brillar con humor al siguiente; lucía una cabellera pelirroja encendida que ahora llevaba recogida perfectamente. Tenía un porte aristocrático, apropiado para alguien que era, según se decía, la hija de un duque ruso, y usaba unas gafas pequeñas de montura gruesa de las que gustan a los intelectuales de los medios. Dejó la grabadora cerca del fregadero, volvió con el cadáver y desenvolvió despacio la mano derecha de Katie.

Cuando por fin el cuerpo estuvo completamente desnudo y Nadiuska hubo retirado y registrado los restos de debajo de las uñas, la patóloga centró su atención en las marcas que la mujer presentaba en el cuello. Después de examinarlas unos minutos con una lupa, estudió los ojos antes de dirigirse a Grace.

– Roy, esto de aquí es una herida de arma blanca superficial, con una marca de atadura sobre el mismo lugar. Acércate a mirar la esclerótica, el blanco de los ojos. Verás la hemorragia. -En su voz había una ligera inflexión gutural centroeuropea.

El comisario, ataviado con los chanclos toscos y el traje verde, que hacía frufrú al caminar, se acercó a Katie Bishop y miró a través de la lupa, primero el ojo derecho, luego el izquierdo. Nadiuska tenía razón: en el blanco de los dos ojos podían verse con total claridad varias manchitas rojas, del tamaño de un pinchazo. En cuanto hubo visto suficiente, retrocedió un par de pasos.

Derek Gavin avanzó y fotografió cada ojo con un macro.

– La presión en el cuello fue suficiente para comprimir las venas, pero no las arterias -explicó Nadiuska, ahora más alto, como si hablara tanto para Roy como para todos los demás presentes en la sala-. La hemorragia es un buen indicador de estrangulamiento o asfixia. Lo extraño es que no tiene marcas en el cuerpo. Es de imaginar que si se resistió a su agresor tendría que haber arañazos o moratones, ¿no? Sería lo normal.

Tenía razón. Grace había pensado lo mismo.

– Entonces, ¿pudo tratarse de alguien a quien conocía? ¿Un juego sexual que se torció? -preguntó.

– ¿Con la herida de arma blanca? -intervino Glenn Branson con recelo.

– Estoy de acuerdo -dijo Nadiuska-. No encaja necesariamente.

– Bien visto -les concedió Grace, sorprendido de que se le hubiera pasado por alto algo tan obvio; lo achacó al cansancio mental.

Luego la patóloga comenzó por fin la disección. Con un bisturí en una mano enguantada, levantó el pelo enmarañado de Katie y realizó una incisión alrededor de la parte trasera del cuero cabelludo, luego lo retiró hacia delante, con el pelo aún pegado, de forma que quedó colgando, del revés, sobre la cara de la mujer muerta, como una máscara horrorosa y sin facciones. Entonces Darren, el técnico asistente, se acercó con la sierra giratoria.

Grace se preparó para aguantar aquel momento y se fijó en la expresión de los ojos de Glenn Branson. Éste era uno de los momentos que más le desagradaba -éste y cuando abrían el estómago, que siempre liberaba un olor que podía provocarte arcadas-. Darren pulsó el botón de encendido, la máquina gimió y sus dientes afilados empezaron a girar. Luego se oyó ese chirrido que le golpeó la boca del estómago y todos los nervios de su cuerpo, cuando los dientes penetraron en el borde superior del cráneo de Katie.

Era tan horrible, tan especialmente horrible con el estómago revuelto y la martilleante resaca, que Grace quiso retirarse a un rincón y taparse los oídos con los dedos. Pero no podía, por supuesto. Tuvo que resistir mientras el joven técnico del depósito repasaba todo el cráneo con la sierra, los fragmentos de hueso volando como serrín, hasta que al fin terminó. Luego levantó el casquete del cráneo, como si fuera la tapa de una tetera, y el cerebro, de aspecto brillante, quedó al descubierto.

La gente siempre se refería a él como «materia gris», pero a Grace, que había visto muchos, nunca le había parecido que fueran realmente grises -más bien de un color marrón crema-. Se volvían grises más tarde. Nadiuska avanzó; la observó mientras examinaba el cerebro. Darren le acercó un cuchillo para deshuesar de hoja fina, un Sabatier que podría estar en el cajón de cualquier cocina. Lo introdujo en la cavidad craneal, cortó los músculos y los nervios ópticos, luego sacó el cerebro, como si fuera un trofeo, y se lo dio a Cleo. Ella lo llevó a la balanza, lo pesó y anotó la cantidad en la lista de la pared: 1,6 kilos.

Nadiuska la miró.

– Normal para su estatura, peso y edad -afirmó.

Darren colocó una bandeja de metal sobre los tobillos de Katie, las patas encima de la mesa a cada lado de las piernas de la mujer. La patóloga cogió un cuchillo de carnicero de hoja larga y palpó el cerebro en diversos lugares con los dedos, mirándolo detenidamente. Luego, con el cuchillo, sajó un trozo fino en un extremo, como si estuviera cortando el asado del domingo.

En ese momento, a Grace le sonó el móvil. El comisario se retiró para contestar.

– Roy Grace -dijo.

Era Linda Buckley otra vez.

– Hola, Roy -dijo la policía-. Brian Bishop acaba de volver. He llamado para anular la alerta.

– ¿Dónde diablos estaba?

– Dice que ha salido a tomar el aire.

– Ya, seguro -dijo Grace saliendo de la sala al pasillo-. Habla con el equipo que controla las cámaras de seguridad. A ver qué tienen de las inmediaciones del hotel en las últimas horas.

– Lo haré, ahora mismo. ¿Cuándo acabaréis, para llevarlo a reconocer el cadáver?

– Aún tardaremos un rato. Tres o cuatro horas por lo menos. Te llamaré.

Al colgar, el teléfono volvió a sonar al instante. No reconoció el número: vio una larga serie de dígitos que comenzaba por 49, lo que sugería que la llamada provenía del extranjero. Contestó.

– ¡Roy! -dijo una voz que le resultó familiar.

Era su viejo amigo y compañero Dick Pope. En su día, Dick y su mujer, Lesley, habían sido sus mejores amigos. Pero a Dick lo destinaron a Hastings y, desde que se mudaron, Grace no los había visto demasiado.

– ¡Dick! Me alegra escucharte… ¿Dónde estás?

Hubo una vacilación repentina en la voz de su amigo.

– Estamos en Munich. De vacaciones con el coche. ¡Probando la cerveza bávara!

– ¡Qué bien suena! -dijo Grace, intranquilo por la vacilación, como si hubiera algo que su amigo no quisiera contarle.

– Roy… Mira, puede que no sea nada. No quiero causarte ningún… Ya sabes, ningún trastorno ni nada. Pero Lesley y yo creemos que acabamos de ver a Sandy.

Capítulo 18

El teléfono de Skunk sonaba otra vez. Se despertó, temblando y sudando a la vez. Dios santo, qué calor hacía allí dentro. Su ropa -la camiseta harapienta y los calzoncillos con los que dormía- y las sábanas estaban empapadas. Chorreaba agua.

Biiip, biiip, biiip.

Desde algún lugar en la oscuridad fétida de la parte trasera de su autocaravana, una voz con acento de Liverpool gritó:

– Mierda de trasto. Apaga esa mierda, por el amor de Dios, antes de que lo tire por la puta ventana.

No era el teléfono que había robado ayer, se percató de repente. Era su móvil de tarjeta. ¡Su teléfono de negocios! ¿Dónde coño estaba?

Se levantó a toda prisa y gritó:

– ¡Si no te gusta, te largas de la caravana, joder!

Luego miró por el suelo, encontró los pantalones del chándal, metió las manos en los bolsillos y sacó el pequeño móvil verde.

– ¿Diga? -contestó.

Al cabo de un momento estaba buscando bolígrafo y papel. Lo tenía en la chaqueta, dondequiera que ésta se encontrara. Entonces se dio cuenta de que había dormido encima de ella, utilizándola de almohada. Sacó un bolígrafo mugriento con el mango roto y una hoja rasgada y húmeda de papel rayado y la puso sobre la encimera. Con la mano tan temblorosa que apenas podía escribir, logró anotar los detalles con un garabato puntiagudo y colgó.

Era un buen negocio. Dinero. ¡Pasta! ¡Mucha!

Sus intestinos le decían que iba a tener un buen día. No era uno de esos retortijones terribles seguidos de diarrea que lo asediaban desde hacía días -aún no, por lo menos-. Tenía la boca seca; se moría por beber agua. Mareado y aturdido, caminó hasta el fregadero y, luego, sujetándose a la encimera, abrió el grifo. Pero ya estaba abierto, el tanque de agua se había agotado. Mierda.

– ¿Quién coño ha dejado el grifo abierto toda la noche? ¿Eh? ¿Quién? -gritó.

– ¡Relájate, tío! -contestó una voz.

– ¡Yo sí que te voy a relajar, joder!

Volvió a separar las cortinas y parpadeó ante la intrusión repentina del sol cegador de primera hora de la tarde. Fuera, vio una mujer en el parque que cogía de la mano a un niño montado en un triciclo. Un perro sarnoso correteaba olisqueando la hierba abrasada donde hasta hacía un par de días se había alzado la carpa de un circo. Luego miró el interior de la caravana. Un tercer cuerpo desplomado que no había visto antes se revolvió. Ahora no podía hacer nada con ninguno de ellos, tan sólo esperar que no estuvieran cuando regresara. Era lo que pasaba normalmente.

Entonces oyó un chirrido casi rítmico y vio a Al, su hámster, con la pata rota que el veterinario le había entablillado, corriendo todavía en su rueda de cromo brillante, los bigotes temblorosos.

– ¿Es que no te cansas nunca, tío? -dijo, acercando la cara a los barrotes de la jaula, pero no demasiado porque una vez Al le mordió. Dos veces, en realidad.

Había encontrado al animal abandonado en su jaula, que algún cabrón insensible había tirado a un contenedor de la carretera. Había visto que tenía la pata rota y había intentado sacarlo; el bicho le había mordido por las molestias. Luego, en otra ocasión, había tratado de acariciarle a través de los barrotes y le había vuelto a morder. Sin embargo, otros días podía abrir la jaula, y Al correteaba por su mano y se sentaba en ella encantado, durante una hora o más, sólo cagándose de vez en cuando.

Se puso los pantalones del chándal Adidas gris y la sudadera con capucha, que había robado de un hipermercado ASDA, en la Marina, y las deportivas Asics nuevas azules y blancas que se había probado y con las que había salido corriendo de una tienda en Kemp Town. Cogió una bolsa del Waitrose con sus herramientas, donde metió el móvil del coche que había robado el día anterior. Abrió la puerta de la autocaravana y gritó:

– Quiero que os hayáis largado cuando vuelva.

Salió al calor abrasador y despejado del Level, la franja larga y estrecha de zonas verdes en el centro de Brighton y Hove. La ciudad que él llamaba en broma -y no tanto- su «despacho».

Escritos en el papel húmedo, bien doblado y guardado en el bolsillo superior de cremallera, figuraban un pedido, una entrega, una dirección y un pago acordado. Era pan comido. De repente, a pesar de los temblores, la vida le sonreía. Hoy podía ganar dinero suficiente para toda una semana.

Incluso podía permitirse ser implacable en las negociaciones para vender el teléfono móvil.

Capítulo 19

Hoy mi padre está llorando. Nunca le había visto llorar. Le he visto borracho y enfadado, que es como está la mayor parte del tiempo, borracho y enfadado, pegando a mi madre o pegándome a mí, o dándonos puñetazos en la cara a alguno de nosotros, o quizá las dos cosas, según de qué humor esté. A veces le da una patada al perro porque es mi perro y no le gustan los perros. A la única persona a la que no da puñetazos o pega o da patadas es a Annie, mi hermana, que tiene diez años. A ella le hace otras cosas. La oímos gritar cuando él está en su cuarto. Y a veces la oímos llorar cuando ya se ha marchado.

Pero hoy quien llora es él. Mi padre. Sus veintidós palomas están muertas. Incluidas dos que hace quince años que tenía.

Y sus cuatro volteadoras de Birmingham, que podían volar al revés y realizar otro tipo de acrobacias.

Les he puesto una dosis grande de insulina de su kit para la diabetes a cada una. Esas palomas eran su vida. Es extraño que pudiera querer tanto a esos pájaros ruidosos y apestosos y odiarnos a todos nosotros. Nunca he entendido cómo pueden darles niños a él y a mi madre. Hay veces que somos hasta ocho. Los otros vienen y van. Mi hermana y yo somos los únicos que estamos siempre. Sufrimos junto con nuestra madre.

Pero hoy, por una vez en la vida, es él quien sufre. Su dolor es inmenso.

Capítulo 20

La chapata de Sophie estaba sobre su escritorio, enfriándose y empapando el envoltorio de papel. No tenía apetito. El ejemplar de Harpers & Queen descansaba en la mesa sin abrir.

Le gustaba recrearse en la ropa maravillosa que lucían las modelos enloquecedoramente hermosas y en las fotografías de centros turísticos impresionantes a los que a veces soñaba que Brian la llevaría; le encantaba repasar las instantáneas diarias de los ricos y famosos, algunos de los cuales reconocía de los estrenos cinematográficos a los que asistía por trabajo o desde la distancia cuando paseaba por la Croisette o se colaba en las fiestas que organizaba el Festival de Cine de Cannes. Aquél era un estilo de vida que estaba a años luz de su educación modesta y rural.

No buscaba especialmente el glamour cuando llegó a Londres para realizar un curso de secretariado, y sin duda no lo había encontrado en su primer empleo, en una empresa de agentes judiciales, donde se encargaba de confiscar bienes de las casas de personas que se habían endeudado. Cuando decidió cambiar de trabajo, y comenzó a consultar los anuncios en el periódico Evening Standard, nunca imaginó que aterrizaría en un negocio tan distinto como en el que estaba ahora.

Pero ahora, de repente, su mundo estaba totalmente trastocado. Intentaba comprender la conversación tan extraña que había mantenido con Brian por el móvil hacía un rato, delante del café, cuando le había dicho que su mujer estaba muerta y cuando había negado haber ido a su casa anoche -o de madrugada, más bien- y haber hecho el amor con ella.

Sonó el teléfono del despacho.

– Producciones Blinding Light -contestó, medio esperando que fuera Brian, la voz desprovista de su entusiasmo habitual.

Pero era alguien que quería hablar con el jefe de operaciones y asuntos legales, Adam Davies. Pasó la llamada. Luego Sophie se puso a pensar otra vez en lo suyo.

De acuerdo, Brian era raro. Lo había conocido hacía seis meses, cuando se sentaron uno al lado del otro en una conferencia sobre incentivos fiscales para inversores interesados en financiar películas, a la que sus jefes le habían pedido que asistiera, y todavía sentía que sólo conocía una parte muy pequeña de él. Era una persona muy reservada y a Sophie le resultaba difícil hacerle hablar de sí mismo. No comprendía bien a qué se dedicaba o, lo más importante, qué quería de la vida… y de ella.

Era amable y generoso, y una gran compañía. ¡Y un amante extraordinario!, por lo que había descubierto hacía bien poco. Sin embargo, había una parte de él que guardaba en un compartimento secreto para ella.

Una parte de él que podía negar, rotundamente, que hubiera ido a su piso ayer de madrugada.

Se moría por saber qué le había ocurrido a su mujer. El pobre hombre debía de estar deshecho. Trastornado por el dolor. Negación. ¿Tan sencilla era la respuesta?

Quería abrazarlo, consolarlo, dejar que se desahogara con ella. Su mente estaba elaborando un plan. Era impreciso -estaba tan afectada que no podía pensar con claridad-, pero era mejor que quedarse allí sentada, sin saber nada, impotente.

Los dos propietarios de la compañía, Tony Watts y James Samson, estaban de vacaciones. No había mucho trabajo en la oficina, a nadie le importaría demasiado que hoy se marchara temprano. A las tres les dijo a Cristian y Adam que no se encontraba muy bien y ambos le sugirieron que se fuera a casa.

Tras darles las gracias, salió del edificio, cogió el metro hasta Victoria y se dirigió sin pausa al andén de Brighton.

Mientras se subía al tren y se acomodaba en el asiento de un sofocante vagón no se fijó en el hombre con chándal, capucha y gafas oscuras que entraba justo detrás de ella. En la mano llevaba la bolsa de plástico roja que contenía lo que había comprado en la Tienda Privada y tarareaba para sí la letra de una canción antigua de Louis Armstrong: «Tenemos todo el tiempo del mundo», canción que su iPod transmitía a sus oídos.

Capítulo 21

Tras colgar, Roy Grace regresó a la sala de autopsias aturdido. Cleo lo miró, como si hubiera advertido una vibración que decía que algo pasaba. Él le hizo un gesto poco convincente para indicarle que todo iba bien.

Notaba el estómago como si tuviera cemento blando girando dentro. Apenas podía enfocar la escena que se desarrollaba delante de él, mientras Nadiuska de Sancha diseccionaba el cuello de Katie Bishop con un bisturí, capa por capa, buscando señales de moratones internos.

No quería estar allí en ese momento. Quería estar solo en una habitación, sentado en un lugar tranquilo, donde pudiera pensar.

En Sandy.

Munich.

¿Era posible?

Sandy, su mujer, había desaparecido de la faz de la Tierra justo nueve años atrás, el día en que él cumplía treinta años. Lo recordaba perfectamente, como si fuera ayer.

Los cumpleaños siempre habían sido un día muy especial para los dos. Ella le había despertado llevando una bandeja con un pastel diminuto con una sola vela, una copa de champán y una tarjeta de cumpleaños muy guarra. Él había abierto los regalos y luego habían hecho el amor.

Se había marchado de casa más tarde de lo habitual, a las nueve y cuarto, con la promesa de volver temprano, para salir a cenar con Dick y Lesley Pope para celebrarlo. Pero cuando regresó casi dos horas después de lo planeado, por culpa de unos problemas que habían surgido con un caso de asesinato que estaba investigando, no había ni rastro de Sandy.

Al principio, pensó que se había enfadado con él por llegar tan tarde y que era su forma de protestar. La casa estaba ordenada, faltaban su coche y su bolso y nada sugería que hubiera habido una pelea.

Durante años la había buscado por todas partes. Había explorado todas las vías posibles, había distribuido su fotografía, mediante la Interpol, por todo el mundo. Había consultado incluso con médiums -aún acudía a ellos, cada vez que oía hablar bien de uno nuevo-. Pero nada. Ninguno de ellos había percibido nada relacionado con ella. Era como si se hubiera teletransportado a otro planeta. Ni rastro, nadie la había visto.

Hasta esta llamada de hoy.

De Dick Pope. Para decirle que él y Lesley estaban paseando en barca por un lago de un jardín de Munich, el Seehaus, en el Englischer Garten. Iban en una barca de remos y los dos juraban haber visto a Sandy, entre la multitud, sentada a una mesa, cantando mientras tocaba un grupo bávaro.

Dick dijo que habían remado directamente a la orilla del lago, llamándola a gritos. Su amigo había salido apresuradamente de la barca y había corrido hacia ella, pero ya no estaba. Había desaparecido entre la gente. Dijo que no podía estar seguro, por supuesto, que ni él ni Lesley podían estar absolutamente seguros. Después de todo, habían pasado nueve años desde la última vez que habían visto a Sandy. Y en Munich, en verano, como en cualquier otro lugar, se veían decenas de mujeres rubias atractivas con el pelo largo. Pero Dick le había asegurado que tanto él como Lesley pensaban que el parecido era asombroso. Además, la mujer los había mirado, y pareció reconocerlos. Entonces, ¿por qué se había marchado?

Se había ido dejando una jarra grande de cerveza casi llena.

Y las personas sentadas cerca de ella afirmaban no haberla visto antes.

A Sandy le gustaba tomarse una cerveza cuando hacía calor. Una del millón, billón, trillón de cosas que a Roy Grace le encantaban de ella eran sus apetitos en la vida. La comida, el vino, la cerveza. Y el sexo. Al contrario de muchas otras mujeres con las que había salido antes que ella. Sandy era distinta: le gustaba todo. Él siempre lo había atribuido al hecho de que no fuera cien por cien británica. Su abuela, un gran personaje, a quien había visto muchas veces antes de que muriera -y por quien sentía gran simpatía-, era alemana. Una refugiada judía que había emigrado en 1938. El hogar de su familia estaba en un pequeño pueblo en el campo, cerca de Munich.

Dios santo. El pensamiento le asaltó ahora por primera vez.

¿Sandy podría haber regresado a sus raíces?

Había hablado a menudo sobre ir allí de visita. Incluso había intentado convencer a su abuela para que fuera con ella y le enseñara dónde habían vivido, pero los recuerdos eran demasiado dolorosos para la anciana. Un día, le había prometido Grace a Sandy, irían juntos.

Un crujido seco, seguido por un chasquido, lo devolvió al momento presente.

Los pechos de Katie Bishop aparecían al revés. Debajo de tiras de piel, ahora quedaban expuestos las costillas, los músculos y los órganos de su abdomen. El corazón, los pulmones, los ríñones y el hígado brillaban. Como el corazón ya no latía, sólo se deslizó un hilito de sangre perezoso en la mesa metálica cóncava sobre la que descansaba el cuerpo.

Nadiuska, sujetando lo que parecían unas tijeras de podar, comenzó a cortar las costillas de la mujer muerta. Cada chasquido espeluznante de los huesos al romperse sumía a Grace, y a todos los demás presentes en la sala, en una especie de silencio extraño de concentración. No importaba a cuántas autopsias hubiera asistido uno, nada te preparaba para aquel sonido, esa realidad espantosa. Aquella persona había sido un ser humano que había vivido, que había amado, y ahora veía cómo había quedado reducida a la categoría de un pedazo de carne colgado en una carnicería.

Y por primera vez en su carrera, fue demasiado para él. Con toda la confusión que sentía acerca de Sandy dando vueltas en su mente, retrocedió, alejándose tanto como pudo de la mesa sin salir de la sala.

Intentó centrar sus pensamientos. La mujer había sido asesinada por alguien, casi con total seguridad. Merecía más que un poli distraído, obsesionado con la posibilidad de que alguien hubiera visto a su mujer desaparecida años atrás. De momento, tenía que intentar borrar de su cabeza la llamada de Dick Pope y concentrarse en su trabajo.

Pensó en el marido de la fallecida, Brian; en la manera como se había comportado en la sala de interrogatorio de testigos. Algo le daba mala espina. Y entonces se percató de que, por culpa del cansancio y la confusión, había olvidado por completo hacer algo. Algo que había aprendido hacía poco y que le diría, de modo concluyente, si Brian Bishop les había contado la verdad.

Capítulo 22

Sophie se bajó del tren en la estación de Brighton y recorrió el andén. Tras utilizar su abono de temporada en el punto de control, pisó el suelo pulido del vestíbulo. Debajo del inmenso techo de cristal, una paloma solitaria volaba a gran altura. Un anuncio por megafonía resonó en todo el edificio, una voz masculina cansada que enumeraba los destinos y los lugares donde iba a parar algún tren.

Sudaba profusamente por el calor pegajoso y porque no corría nada de aire, y estaba muerta de sed. Se detuvo en el quiosco de prensa a comprar una lata de Coca-Cola, que abrió bruscamente y que apuró en dos tragos. Se moría, literalmente, por ver a Brian.

Entonces, delante de sus narices, vio las letras negras garabateadas en el tablón blanco del Argus: MUJER MUERTA EN CASA DE MILLONARIO.

Debajo del titular, con las mismas palabras, había una fotografía en color de una imponente mansión de estilo Tudor, la entrada y la calle de delante estaban acordonadas con cinta policial y atestadas de vehículos, incluidos coches patrulla, varias furgonetas y el enorme tráiler laboratorio que pertenecía al centro de investigaciones científicas. Había una fotografía mucho más pequeña en blanco y negro de Brian Bishop con pajarita, junto a una mujer atractiva con un elegante peinado.

El artículo debajo decía:

A primera hora de esta mañana se ha hallado, en Dyke Road Avenue, el cuerpo de una mujer en la mansión del adinerado empresarlo Brian Bishop, de cuarenta y un años de edad, y su mujer Katie, de treinta y cinco. Un patólogo del Ministerio del Interior acudió a la casa y, posteriormente, se procedió al levantamiento del cadáver.

La Policía de Sussex ha abierto una investigación, dirigida por el comisario Roy Grace del Departamento de Investigación Criminal de Sussex.

Bishop, natural de Brighton y director ejecutivo de International Rostering Solutions PLC, una de las cien empresas de mayor crecimiento en el Reino Unido este año según el Sunday Times, declino hacer comentarios. Su mujer es miembro del comité de la organización benéfica infantil Rocking Horse Appeal, con sede en Brighton, y ha contribuido a recaudar dinero para muchas causas locales.

Esta tarde se realizará la autopsia al cadáver.

Con el estomago revuelto, Sophie se quedo mirando la pagina. Nunca había visto ninguna fotografía de Katie Bishop, no tenia ni idea de como era físicamente. Dios mío, era guapa. Mucho mas atractiva que ella, mucho mas de lo que llegaría a serlo jamas. Parecía tener tanto estilo, ser tan feliz, tan…

Dejo el periódico en la pila, aun mas desconcertada ahora. Siempre le había resultado difícil conseguir que Brian hablara de su esposa. Y, al mismo tiempo, aunque una parte de ella sentía una curiosidad ardiente de saberlo todo sobre la mujer, otra parte había intentado negar su existencia. Nunca había tenido una aventura con un hombre casado, nunca había querido tenerla, había intentado vivir siempre según un código moral sencillo. «No hagas nada que no querrías que nadie te hiciera a ti.»

Todo aquello cayó en saco roto cuando conoció a Brian. Se había quedado prendada de él, simplemente. Hipnotizada. Aunque todo había comenzado como una amistad inocente. Y ahora, por primera vez, estaba mirando a su rival. Y Katie no era la mujer que ella esperaba. En realidad, no sabia que esperar porque Brian nunca hablaba demasiado de su esposa. En su mente, se había imaginado a una viejecita de rostro avinagrado y con el pelo recogido en un moño. Una carcamal espantosa que había atraído a Brian a un matrimonio sin amor. No esta belleza impresionante, segura de sí misma y de aspecto alegre.

De repente se sintió totalmente perdida. Se preguntó qué diablos se creía que estaba haciendo allí. Sin ganas, sacó el móvil del bolso, el de lona barata color limón que compró a principios de verano porque se había puesto de moda, pero que ahora estaba tan sucio que daba vergüenza. Igual que ella, tal como comprobó al verse y observar la ropa cutre en el espejo de un fotomatón.

Tendría que ir a casa a cambiarse y asearse. A Brian le gustaba que tuviera buen aspecto. Recordó la mirada de desaprobación que pareció lanzarle una vez que tuvo que quedarse trabajando hasta tarde en el despacho y se reunió con él en un pequeño restaurante sin haberse cambiado de ropa.

Tras un momento de vacilación, marcó su número y se llevó el teléfono al oído, concentrándose con fiereza y sin percatarse todavía del hombre de la capucha que se encontraba tan sólo a unos metros de ella y que, al parecer, echaba un vistazo a una serie de libros de bolsillo en un expositor giratorio del quiosco.

Mientras otro anuncio rugía por la megafonía y resonaba a su alrededor, Sophie alzó la vista hacia el enorme reloj de cuatro caras con sus números romanos.

Las 16.51.

– Hola -dijo Brian. Su voz la sobresaltó, ya que contestó antes de que oyera sonar el telefono.

– Pobrecito -dijo-. Lo siento mucho.

– Sí. -Su voz era monótona, porosa. Parecía absorber la de ella, como un papel secante.

Hubo un silencio largo e incómodo. Al final, Sophie lo rompió.

– ¿Dónde estás?

– En un hotel. La maldita policía no me deja entrar en casa. No me deja entrar en casa. No me dicen qué ha pasado, ¿te lo puedes creer? Dicen que es la escena de un crimen y que no puedo entrar. Yo… Dios mío, Sophie, ¿qué voy a hacer? -Se echó a llorar.

– Estoy en Brighton -dijo ella en voz baja-. He salido temprano de trabajar.

– ¿Por qué?

– Yo… He pensado… He pensado que quizá… No sé… Lo siento… He pensado que podría hacer algo. Ya sabes. Ayudar.

Su voz se apagó. Miró el reloj ornamentado. Una paloma se posó de repente encima.

– No puedo quedar contigo -dijo él-. No es posible.

Sophie se sintió estúpida por haberlo sugerido siquiera. ¿En qué diablos estaría pensando?

– No -dijo, la dureza repentina de la voz de Brian le dolió-. Lo entiendo. Sólo quería decirte que si puedo hacer algo…

– Nada. Eres muy amable por llamar. Yo… Tengo que ir a identificar el cuerpo. Ni siquiera se lo he contado a los niños todavía. Yo…

Se calló. Sophie esperó con paciencia, intentando comprender la clase de emociones que él debía de estar sintiendo y percatándose de lo poco que lo conocía en realidad, de lo intrusa que era en su vida.

Entonces, con voz ahogada, Brian dijo:

– Te llamo luego, ¿de acuerdo?

– Cuando quieras. A la hora que sea, ¿vale? -le dijo para tranquilizarlo.

– Gracias -dijo-. Lo siento… Yo… Lo siento.

Después de esta conversación, Sophie llamó a Holly, se moría por hablar con alguien. Pero lo único que escuchó fue el nuevo saludo de su buzón de voz, aún más irritantemente alegre que el anterior. Dejó un mensaje.

Paseó sin rumbo por el vestíbulo de la estación unos minutos, antes de salir a la brillante luz del sol. No le apetecía ir a su piso -en realidad no sabía qué hacer-. Un torrente continuo de personas bronceadas subía la calle hacia la estación, muchas en camisetas de manga corta, sin mangas o camisas de colores chillones y pantalones cortos, con cestos de playa, como si fueran excursionistas que habían venido a pasar el día y ahora volvían a sus casas. Un hombre larguirucho, con unos vaqueros cortados por la rodilla, balanceaba una radio enorme con música rap a todo volumen, el rostro y los brazos del color de una langosta asada. La ciudad estaba de vacaciones y su estado de ánimo era muy distinto al de sus vecinos.

De repente volvió a sonar el móvil. Recuperó la alegría por un instante, pues esperaba que fuera Brian, pero vio el nombre de Holly en la pantalla. Pulsó la tecla para responder.

– Hola.

La voz de Holly quedó prácticamente ahogada por un zumbido continuo. Estaba en la peluquería, informó a su amiga, debajo del secador. Tras un par de minutos intentando explicarle lo que había sucedido, Sophie se rindió y sugirió hablar luego. Holly prometió llamarla en cuanto saliera.

El hombre de la capucha la seguía a una distancia prudencial, con su bolsa de plástico roja y chupándose el dorso de la mano libre. Era agradable estar de vuelta en la costa, lejos del aire sucio de Londres. Esperaba que Sophie bajara a la playa; sería una delicia sentarse allí, comerse un helado tal vez. Sería una buena forma de pasar el rato, una de esos millones de horas que tenía en depósito en su banco.

Mientras caminaba, pensó en la compra que había efectuado a la hora del almuerzo y sacudió la bolsa. En los bolsillos con cremallera de la chaqueta, además de la cartera y el móvil, llevaba un rollo de cinta adhesiva plateada, un cuchillo, cloroformo y un frasco de Rohypnol, la droga fulminante llamada también «de la violación». Y otras cosas, nunca se sabía cuándo iba a necesitarlas…

Le esperaba una buena noche. Otra vez.

Capítulo 23

Cleo desplegó sus habilidades cuando, poco después de las cinco de la tarde, Nadiuska de Sancha terminó al fin la autopsia de Katie Bishop.

Utilizando un cucharón sopero grande, Cleo sacó la sangre que se había escurrido en el abdomen de Katie, cucharada a cucharada, y la vertió en el desagüe. La sangre se almacenaría en un tanque temporal debajo del edificio, donde las sustancias químicas la disolverían poco a poco, antes de filtrarse al alcantarillado principal de la ciudad.

Después, mientras Nadiuska se inclinaba sobre la encimera, para dictar su resumen y rellenar el informe de la autopsia, la hoja de histología y la de la causa de la muerte, Darren entregó a Cleo una bolsa blanca de plástico que contenía todos los órganos vitales que habían extraído del cadáver y que había pesado en la balanza. Grace observó -con la misma fascinación mórbida que lo embargaba cada vez- cómo Cleo introducía la bolsa en el abdomen de Katie, como si rellenara un pollo con menudillos.

Observaba con la sombra de la llamada acerca de Sandy planeando sobre él. Pensativo. Necesitaba volver a llamar a Dick Pope, hacerle más preguntas, sobre cuándo exactamente había visto a Sandy, a qué mesa estaba sentada, si había hablado o no con los camareros, si estaba sola o con alguien.

Munich. Esa ciudad siempre había tenido una resonancia especial para él, en parte por las conexiones familiares de Sandy y en parte porque era una ciudad que estaba constantemente, de un modo u otro, en la conciencia del mundo. La Oktoberfest, el estadio de fútbol del Mundial, la sede de BMW, y creía recordar que, antes de Berlín, Adolf Hitler había vivido allí. Lo único que quería hacer en estos momentos era subirse a un avión y volar a Munich. Y podía imaginarse exactamente cómo le sentaría aquello a su jefa, Alison Vosper, que buscaba cualquier ocasión, por pequeña que fuera, para hundirle más en la espalda el cuchillo que ya le había clavado y librarse de él.

Darren salió de la sala y regresó con una bolsa de basura negra llena de correspondencia hecha trizas de la contribución municipal del ayuntamiento de Brighton y Hove. Sacó un puñado y comenzó a rellenar con el papel la cavidad craneal vacía de la mujer muerta. Mientras tanto, utilizando un alfiler grueso e hilo, Cleo comenzó a coser diligentemente pero con oficio el abdomen de la mujer.

Cuando acabó, lavó con la manguera el cuerpo de Katie para eliminar todas las manchas de sangre y luego inició la parte más sensible del procedimiento. Con sumo cuidado, la maquilló, añadiendo algo de color a sus mejillas, y le arregló el pelo. Al terminar parecía que Katie estuviera echándose una siesta.

Al mismo tiempo, Darren comenzó a limpiar la sala de autopsias alrededor de la mesa de Katie Bishop. Roció el suelo con un desinfectante con olor a limón, lo fregó luego con lejía, con el desinfectante Trigene y, por último, pasó el autoclave.

Una hora después, debajo de una mortaja púrpura, con los brazos cruzados y un pequeño ramo de rosas blancas y rosas frescas en la mano, Daniel llevó a Katie Bishop a la sala de observación, un área pequeña y estrecha con una ventana grande y el espacio justo para que los seres queridos se colocaran alrededor del cuerpo. Parecía una especie de capilla, con bonitas cortinas azules; allí, en lugar de un altar, había un pequeño jarrón con flores de plástico.

Grace y Branson estaban al otro lado de la sala, observando por el cristal mientras Brian Bishop entraba acompañado por la agente de Relaciones Familiares Linda Buckley, una mujer rubia con el pelo corto, de aspecto agradable y vigilante y unos treinta y cinco años, que vestía un traje sobrio azul oscuro y blusa blanca.

Los policías observaron cómo Bishop miraba el rostro de la mujer muerta, luego cómo buscaba debajo de la mortaja, sacaba su mano y la besaba. Después la apretaba con fuerza. Las lágrimas rodaron por su cara. Entonces cayó de rodillas, absolutamente superado por el dolor.

Era en momentos como aquél, y Grace había vivido demasiados a lo largo de su carrera, cuando deseaba ser otra cosa que no fuera policía. Uno de sus compañeros del colegio se dedicaba a la banca y ahora era director de sucursal de una sociedad de crédito hipotecario en Worthing, disfrutando de un buen salario y una vida relajada. Otro organizaba excursiones de pesca desde Brighton y, aparentemente, no tenía ninguna preocupación.

Grace seguía observándolo, incapaz de desconectarse de sus emociones, incapaz de evitar sentir el dolor de aquel hombre en cada célula de su cuerpo. Apenas pudo contener sus propias lágrimas.

– Joder, está sufriendo -le dijo Glenn en voz baja.

Grace se encogió de hombros; habló el policía que llevaba dentro, no su corazón:

– Tal vez.

– Dios mío, eres un cabrón desalmado.

– Antes no lo era -dijo Grace-. No lo fui hasta que dejé que me llevaras en coche. Tengo que ser un cabrón desalmado para sobrevivir a eso.

– Muy gracioso.

– Bueno, ¿aprobaste el examen de conducción avanzada de la policía?

– Suspendí, ¿vale?

– ¿En serio?

– Sí. Por conducir demasiado despacio. ¿Te lo puedes creer?

– ¿Yo, creerlo?

– Dios santo, me sacas de quicio. Siempre haces igual. Cada vez que te hago una pregunta, contestas con otra. Maldita sea, ¿es que no puedes dejar nunca de ser policía?

Grace sonrió.

– No tiene gracia. ¿Vale? Te he hecho una pregunta sencilla, ¿puedes creerte que me suspendieran por conducir demasiado despacio?

– Qué va.

¡Y realmente no se lo creía! Grace recordaba la última vez que Glenn le había llevado en coche, un día que su amigo practicaba la conducción a gran velocidad para el examen. Cuando Grace se bajó del coche con las extremidades intactas -más por suerte que por las aptitudes de Glenn para la conducción- decidió que antes prefería que le sacaran la vesícula sin anestesia que permitir que volviera a llevarle en coche.

– Pues es verdad, tío -dijo Branson.

– Es bueno saber que aún queda gente cuerda en el mundo.

– ¿Sabes cuál es tu problema, inspector Roy Grace?

– ¿Mi problema con qué?

– El que tienes con mi manera de conducir.

– Dime.

– No tienes fe.

– ¿En ti o en Dios?

– Dios evitó que esa bala me causara daños graves.

– Realmente lo crees, ¿verdad?

– ¿Tienes una teoría mejor?

Grace se quedó callado, pensativo. Siempre le resultaba más fácil aparcar sus preguntas sobre Dios en un lugar seguro y pensar en ellas sólo cuando le convenía. No era ateo, ni siquiera agnóstico, en realidad. Creía en algo -o al menos quería creer-, pero nunca sabía definir exactamente en qué. Nunca lograba aceptar abiertamente el concepto de Dios. Y luego, justo después, se sentía culpable. Pero después de que Sandy desapareciera, y ninguna de sus plegarias fuera atendida, perdió casi toda la fe.

Cosas que pasan.

Como policía, gran parte de su deber consistía en establecer la verdad. Los hechos. Igual que sucedía con todos sus colegas policías, sus creencias eran un asunto privado. Miró a Brian Bishop, al otro lado de la ventana. El hombre estaba totalmente abatido por el dolor.

O hacía puro teatro.

Pronto lo sabría.

Aunque en esos momentos, y aunque no fuera correcto pensar en un tema personal, Sandy ocupaba un lugar prioritario en su mente.

Capítulo 24

Skunk tuvo la tentación de llamar al móvil de su camello con el teléfono que acababa de robar, porque el suyo se había quedado sin saldo, pero decidió que no merecía la pena arriesgarse a desencadenar su ira. O peor, que lo plantara como cliente, con lo cabronazo que era el tipo. Al camello no le molaría que su nombre figurara en la lista de llamadas de un móvil mangado, en particular uno que iba a vender.

Así que entró en una cabina telefónica que había delante de una hilera de casas mugrientas de la época de la Regencia en el Level y dejó que la puerta bloqueara el barullo del tráfico del viernes por la tarde. Fue como si un horno se cerrara tras él, el calor era casi insoportable. Marcó el número, manteniendo la puerta abierta con el pie. Después de dos tonos, descolgaron el teléfono con un «¿Diga?» cortante.

– Wayne Rooney -dijo Skunk, proporcionándole la clave que habían acordado el último día.

La cambiaban cada vez que quedaban.

El hombre tenía acento del este de Londres.

– Sí, muy bien, ¿lo de siempre? ¿Caballo? ¿Bolsa de diez o de veinte?

– De veinte.

– ¿Qué tienes? ¿Metálico?

– Un Motorola Razor. T-Mobile.

– Tengo tantos que me salen por las orejas. Sólo puedo darte diez por él.

– No me jodas, tío, pido treinta.

– Entonces no puedo ayudarte, colega. Lo siento. Adiós.

– Eh, no, no -gritó con urgencia Skunk, presa de un pánico repentino-. No me cuelgues.

Hubo un silencio breve. Entonces, se oyó de nuevo la voz del hombre.

– Estoy ocupado. No puedo perder el tiempo. El precio de la calle está subiendo y hay escasez. Voy a andar corto durante dos semanas.

Skunk tomó nota del comentario.

– Podría aceptar veinte.

– Diez es mi mejor oferta.

Había otros camellos, pero al último al que había recurrido lo habían trincado, y ahora estaba fuera de circulación, en alguna cárcel. Otro, estaba seguro, le había pasado un material de mierda. Podía llevar el teléfono a un par de compradores, conseguir un precio mejor, pero estaba cada vez más inquieto; necesitaba algo ya, necesitaba poner en orden sus pensamientos. Hoy tenía un trabajo que iba a reportarle mucho más dinero que esto. Luego podría comprar más tema.

– Vale, sí. ¿Dónde quedamos?

El camello, a quien sólo conocía por el nombre de Joe, le dio las instrucciones.

Skunk salió de la cabina, notó el sol abrasándole la cabeza y serpenteó por los carriles atestados de coches de Marlborough Place, justo delante de un pub en el que algunas noches compraba éxtasis en el servicio de hombres. Tal vez incluso tendría el dinero para comprar un poco esta tarde, si todo iba bien.

Giró a la derecha en North Road, una calle de un sentido larga y concurrida que subía por una colina pronunciada. La parte más baja era asquerosa, pero a medio camino, justo después de un Starbucks, comenzaba la zona más vanguardista de Brighton.

El distrito de North Laine era un laberinto de calles estrechas que se extendían por casi toda la colina que bajaba desde la estación hacia el este. Si doblabas en cualquier esquina te encontrabas ante una fila de chimeneas antiguas de mármol en la acera o percheros de ropa curiosa o una hilera de casas adosadas victorianas, construidas originalmente para trabajadores del ferrocarril en el siglo XIX y que ahora eran viviendas modernas, o bien con la fachada arenada de una fábrica vieja transformada en un bloque de elegantes lofts urbanos.

Aunque se trataba de un tramo corto de la colina, le costó un gran esfuerzo subirlo. Hubo un tiempo en que podía correr como el viento, robar con confianza un bolso o un artículo de una tienda, pero ahora sólo podía llevar a cabo una actividad física durante un breve período de tiempo sin extenuarse, aparte de las horas inmediatamente posteriores a un chute o cuando iba colocado de anfetas. Nadie se fijó en él, salvo dos policías de paisano sentados a una mesa en el abarrotado Starbucks, y que gozaban de una clara panorámica de los tejemanejes que tenían lugar en la calle a través de la ventana.

Los dos, vestidos de forma desaliñada, podrían haber pasado por estudiantes que alargaban el café tanto como podían. Uno, más bajo y fornido, con la cabeza rapada y perilla, llevaba una camiseta negra y vaqueros rotos; el otro, más alto, de pelo fino, vestía una camiseta ancha suelta sobre unos pantalones militares. Conocían de vista a la mayoría de los delincuentes de Brighton, y desde que ambos habían ingresado en el cuerpo la foto de Skunk permanecía colgada en una pared de la comisaría central, junto a las de otros cuarenta malhechores, aproximadamente.

Para la mayoría de la población de Brighton y Hove, Skunk era prácticamente invisible. Con el mismo estilo de vestir que en los primeros años de su adolescencia, hoy en concreto una sudadera de nailon arrugada encima de una camiseta naranja andrajosa, pantalones de chándal y deportivas, las manos en los bolsillos y el cuerpo inclinado hacia delante, se fundía en la ciudad como un camaleón. Era el uniforme de su pandilla, la WBC -la Well Big Crew-, una banda rival de la TMC -la Team Massive Crew-. No eran tan sanguinarios como la TMC, cuyos ritos iniciáticos se rumoreaba que consistían en dar una paliza a un poli, violar a una mujer o apuñalar a un desconocido inocente, pero a la WBC le gustaba dar una imagen amenazadora. Sus miembros merodeaban por zonas de tiendas con la capucha puesta, y robaban cualquier cosa que estuviera a mano, atracaban a cualquiera que fuera tan estúpido como para quedarse aislado y se gastaban el dinero principalmente en drogas y alcohol. Ahora Skunk era demasiado viejo para formar parte de la banda, no en vano la mayoría de sus miembros eran adolescentes, pero seguía vistiendo igual y le gustaba la sensación de pertenecer a algo.

Llevaba el pelo rapado -Bethany se lo cortaba cada vez que iba a verle- y una franja de vello estrecha e irregular le bajaba desde el centro del labio inferior hasta la base de la barbilla. A Bethany le gustaba, decía que le daba un aspecto misterioso, en particular si llevaba las gafas de sol púrpuras.

Pero tampoco se miraba demasiado en los espejos. De niño, solía pasarse horas contemplándose, intentando no ser feo, tratando de convencerse de que no lo era tanto como decían su madre y su hermano. Ahora ya no le importaba. Le había ido bien con las chicas. A veces su cara le asustaba, la tenía tan seca, tan ampollada, tan descarnada… Parecía colocada con calzador sobre los huesos del cráneo.

Su cuerpo estaba pudriéndose, no hacía falta ser un genio para verlo. No eran las drogas lo que te destruía, sino las impurezas con que las mezclaban los camellos deshonestos. La mayoría de los días tenía mareos, le ardía la cabeza como si tuviera fiebre, como si viviera en una calima permanente en un momento y entre la niebla invernal después. Tenía la memoria hecha una mierda; no era capaz de concentrarse el tiempo suficiente para ver una película o un programa de televisión hasta el final. Le salían úlceras constantemente. No podía retener la comida en el cuerpo. Perdía la noción del tiempo. Algunos días ni siquiera podía recordar cuántos años tenía.

«Veinticuatro», pensó; o por ahí. Quería preguntárselo a su hermano, cuando lo llamó a Australia la noche anterior, pero no había funcionado.

Fue su hermano, tres años mayor y treinta centímetros más alto que él, quien le puso el nombre de Skunk, y a él le gustó bastante. Las mofetas [1] eran unos animales mezquinos y salvajes. Andaban a hurtadillas, se defendían. Con las mofetas no se jugaba.

De adolescente, lo suyo eran los coches. Descubrió, sin pensar en ello realmente, que tenía facilidad para robarlos. Y cuando se corrió la voz de que podía mangar cualquier coche que quisiera, de repente vio que tenía amigos. Lo habían detenido en dos ocasiones, la primera vez le dejaron en libertad condicional y le prohibieron conducir, a pesar de que era demasiado joven para tener carné, y la segunda, con agravantes de agresión, lo recluyeron en una institución para delincuentes juveniles durante un año.

Y ahora, esa tarde, en el húmedo papel doblado que tenía en su bolsillo, figuraba el encargo para otro coche. Un modelo nuevo de Audi A4 descapotable, automático, con pocos kilómetros, azul metálico, plateado o negro.

Se detuvo a respirar y de repente se apoderó de él un miedo oscuro e indefinido que eliminó de su cuerpo todo el calor del día e hizo que se sintiera como si acabara de entrar en un congelador. Volvía a picarle la piel, igual que antes, como si un millón de termitas treparan por ella.

Vio la cabina telefónica. Necesitaba esa cabina. Necesitaba ese chute para centrarse, equilibrarse. Entró y el esfuerzo de tirar de la pesada puerta le dejó casi sin respiración. «Mierda.» Se apoyó en la pared de la cabina; hacía calor y no corría el aire, estaba mareado, le fallaban las piernas. Descolgó el teléfono, y sujetándose con una mano, sacó una moneda del bolsillo, la introdujo en la ranura y marcó el número de Joe.

– Soy Wayne Rooney -dijo en voz baja, como si alguien pudiera oírle-. Estoy aquí.

– Dame tu número. Ahora te llamo.

Skunk esperó, cada vez más nervioso. Al cabo de varios minutos, por fin sonó el móvil. Nuevas instrucciones. Mierda, Joe estaba volviéndose paranoico. O tal vez había visto demasiadas películas de James Bond.

Salió de la cabina, avanzó unos cincuenta metros, luego se detuvo y, tal como le habían ordenado, miró el escaparate de una tienda donde se cortaba gomaespuma por encargo.

Los dos policías seguían bebiendo sus cafés fríos. El más bajo y fornido, que se llamaba Paul Packer, cogió su taza tras introducir el dedo corazón en el asa. Ocho años atrás, en una refriega, Skunk le había arrancado la parte superior del dedo índice de la mano derecha por debajo del primer nudillo.

Éste era el tercer trapicheo que habían presenciado en la última hora. Y sabían que en estos momentos estaría sucediendo lo mismo en media docena de puntos conflictivos de todo Brighton. A cualquier hora del día y de la noche. Intentar impedir el tráfico de drogas en una ciudad como ésta era como intentar frenar un glaciar lanzándole piedrecitas.

Para alimentar una adicción a las drogas de diez libras al día, un consumidor cometería delitos por valor de tres a cinco mil libras al mes. No había muchos consumidores que gastaran diez libras al día; la mayoría necesitaba veinte, cincuenta, cien o más. Algunos podían tener colocones de tres o cuatrocientas libras al día. Y muchos intermediarios sacaban tajada. Las ganancias eran abundantes a lo largo de toda la cadena. Se hacían algunas detenciones, limpiaban las calles y al cabo de unos días aparecían un montón de rostros nuevos, con nuevas existencias. Tipos de Liverpool. De Bulgaria. De Rusia. Todos tenían una cosa en común: ganaban una pasta gracias a desgraciados como Skunk.

Pero Paul Packer y su compañero, Trevor Sallis, no habían pagado cincuenta libras con fondos de la policía a un informador para que les ayudara a encontrar a Skunk y detenerlo por posesión. Era un personaje demasiado insignificante para tomarse esa molestia. Esperaban que los condujera a un tipo absolutamente distinto, de un nivel muy distinto.

Al cabo de unos momentos, un chico bajito y gordo de unos doce años, cara redonda y pecosa y pelo corto de punta, que llevaba una camiseta de South Park, pantalones cortos y deportivas de baloncesto sin cordones, y que sudaba profusamente, se acercó a Skunk.

– ¿Wayne Rooney? -preguntó el chaval, con voz chillona y confusa.

– Sí.

El chico se sacó de la boca un paquetito envuelto en celofán y se lo dio a Skunk, quien a su vez se lo metió en la boca y le entregó el Motorola. Segundos después, el chico subía corriendo la colina. Y Skunk regresaba a su autocaravana.

Paul Packer y Trevor Sallis salieron por la puerta del Starbucks y le siguieron colina abajo.

Capítulo 25

El Centro de investigaciones de Sussex House ocupaba la mayor parte de la primera planta del edificio. Se accedía a él a través de una puerta con un lector de banda magnética situada al final de un área grande, en su mayor parte abierta, que albergaba los despachos de los jefes del Departamento de Investigación Criminal y su personal de apoyo.

Roy Grace siempre tenía la sensación de que el ambiente en esta sección era absolutamente distinto al de otras zonas del edificio; y, en realidad, de cualquier otro edificio policial en Brighton y Hove o sus alrededores. Los pasillos y despachos de la mayoría de las comisarías de policía tenían un aire y un aspecto cansado e institucional, pero aquí todo parecía siempre nuevo.

Demasiado nuevo, demasiado moderno, demasiado limpio, demasiado y condenadamente ordenado. Demasiado… frío e impersonal. Podrían ser las oficinas de una contaduría, o el área administrativa de un banco o tal vez una compañía de seguros.

A lo largo de las paredes había diagramas en tarjetas blancas, que también parecían nuevas, clavadas en tablones grandes de fieltro rojo dispuestos a intervalos completamente regulares. Mostraban toda la información relativa al procedimiento que todos los inspectores debían saberse de memoria; pero a menudo, al principio de una investigación, Grace dedicaba un rato a releerlas.

Siempre había sido muy consciente de lo fácil que era volverse complaciente y olvidar las cosas. Y había leído un artículo hacía poco que reforzaba esta visión. Según el documento, la mayoría de los peores desastres aéreos ocurridos durante los últimos cincuenta años en el mundo se debían a un error del piloto. Pero en muchos casos no se trataba de un comandante joven e inexperto, sino de un piloto experimentado que cometía un fallo. El artículo llegaba incluso a decir que si ibas sentado en un avión y descubrías que tu piloto iba a ser nombrado comandante jefe de la aerolínea, ¡debías bajarte de inmediato!

Autocomplacencia. Con la medicina pasaba lo mismo. No hacía mucho tiempo, un especialista en cirugía ortopédica de Sussex había amputado a un paciente la pierna equivocada. Un simple error, producto, casi con total seguridad, de la autocomplacencia.

Por todo esto, pocos minutos antes de las seis de la tarde Grace se detuvo en el pasillo caluroso y mal ventilado a la entrada del Centro de Investigaciones, la camisa pegada al pecho por el calor despiadado de la tarde y la información sobre Sandy en Munich aferrada a su mente. Saludó a Branson con la cabeza y señaló el primer diagrama en la pared, titulado: «POSIBLES MÓVILES MÁS COMUNES», que estaba justo después de la puerta del despacho del director del sistema Holmes.

– ¿Qué significa realmente «mantener estilo de vida activo»? -preguntó Branson, tras leer el diagrama.

En un óvalo en el centro había una sola palabra: móvil. Dispuestos a su alrededor, al final de cada flecha, aparecían los términos «celos», «racismo», «ira/miedo», «robo», «poder/control», «deseo», «beneficio», «pago», «homofobia», «odio», «venganza», «psicótico», «sexual» y «mantener estilo de vida activo».

– Matar para heredar el dinero de alguien -contestó Grace.

Glenn Branson bostezó.

– Falta uno. -Luego frunció el ceño-. Dos, en realidad -dijo con tristeza.

– Dime.

– Por placer. Y por prestigio.

– ¿Por placer?

– Sí. Esos chicos que prendieron fuego a una anciana vagabunda en una marquesina de autobús el año pasado, por ejemplo. La rociaron con gasolina mientras dormía. No la odiaban, lo hicieron sólo por hacerlo, ¿no? Por placer.

Grace asintió. Su mente no funcionaba a pleno rendimiento. Aún pensaba en Sandy. Munich. Dios mío, ¿cómo iba a superar aquello? Lo único que quería hacer ahora mismo era coger un avión a Alemania.

– Y el prestigio -dijo Glenn-. Si entras en una banda, es una forma de conseguir credibilidad en la calle, ¿no?

Grace avanzó hasta el siguiente tablón. Se titulaba «DESARROLLAR UNA PERSPECTIVA FORENSE». Repasó la lista con la mirada, aunque las palabras eran una mancha borrosa en ese momento: «Evaluar información potencial, datos, testigos»; «Reevaluar»; «Desarrollar e implantar una estrategia forense». Luego, con el rabillo del ojo, vio que se acercaba un hombre pulcro, de aspecto enérgico y de unos cincuenta y poco años, con unos pantalones de traje elegantes, camisa color beis y corbata marrón. Tony Case, el jefe de la Unidad de Apoyo.

– Hola, Roy -saludó alegremente-. Tengo la MIR Uno preparada para ti, y la cinta está lista para rodar. -Luego se volvió hacia el sargento y le estrechó la mano vigorosamente-. Glenn, ¡bienvenido de nuevo! -dijo-. Creía que aún tardarías un tiempo en volver al trabajo.

– Y yo.

– Ahora tendrás que ir con cuidado cuando bebas, ¿no? Para que no te salgan los chorros por los agujeros de la tripa…

– Sí, algo así -respondió Glenn, que no comprendió el chiste, bien a propósito bien porque tenía la cabeza en otra parte, Grace no habría podido asegurarlo.

– Estaré un rato por aquí -dijo Case jovialmente-. Cualquier cosa que necesitéis, me avisáis -y dio unos golpecitos en el móvil que llevaba en el bolsillo superior de su camisa.

– ¿Un dispensador de agua fría? Vamos a necesitarlo con este calor -dijo Grace.

– Ya es vuestro.

– Bien hecho.

Miró su reloj. Quedaban poco más de veinte minutos para la reunión informativa que había convocado a las seis y media. Debería ser tiempo suficiente. Guió a Glenn Branson, dejando atrás las salas de pruebas del SOCO y las del equipo externo de investigación, y se desviaron hacia la sala de interrogatorio de testigos, donde habían estado por la tarde.

Entraron en el estrecho cuarto de observación, adyacente a la sala principal de interrogatorios. Había dos sillas diferentes colocadas frente a una superficie que ocupaba todo el ancho de la habitación y en la que se encontraban los aparatos de grabación de vídeo y un monitor en color que mostraba la imagen permanente y monótona de la mesita de café y las tres sillas rojas de la sala de interrogatorio de testigos, vacía al otro lado de la pared.

Grace arrugó la nariz. Olía como si alguien se hubiera comido un curry allí dentro, seguramente de la sección de comida preparada del supermercado ASDA que había al otro lado de la carretera. Miró en la papelera y vio las pruebas: una pila de cajas de cartón. Después de salir de una autopsia siempre tardaba un rato en sentirse cómodo con la idea de comer y, en esos momentos, tras haber visto los restos de lo que parecía un rogan josh de gambas entre el contenido del estómago de Katie Bishop, el olor empalagoso a curry que impregnaba el cuatro no se le ponía más fácil.

Grace se agachó, cogió la papelera y la plantó al otro lado de la puerta. El olor no desapareció, pero al menos se sintió un poco mejor. Entonces se sentó delante del monitor, volvió a familiarizarse con los controles del vídeo y pulsó el «play».

Pensaba. Pensaba todo el tiempo. A Sandy le encantaba el curry. El korma de pollo. Era su preferido.

El interrogatorio a Brian Bishop empezó a reproducirse en la pantalla. Grace avanzó unos segundos la grabación, observando al hombre moreno con su chaqueta de diseño color habano con botones de plata ostentosos y sus zapatos de golf blancos y marrones.

– Esos zapatos parecen botines -dijo Branson, que se sentó a su lado-. Ya sabes, como en esas películas de gánsteres de los años treinta. ¿Has visto Con faldas y a lo loco? -Su voz era monótona, carente de su energía habitual, pero parecía hacer un esfuerzo sobrehumano para estar alegre.

Grace se percató de que éste debía de ser un momento del día difícil para él. Última hora de la tarde. Normalmente, si se encontrara en casa, estaría ayudando a acostar a sus dos hijos.

– ¿Es esa de Marilyn Monroe?

– Sí, y Tony Curtis, Jack Lemmon y George Raft. Es genial. Esa escena, ¿sabes?, cuando entran en el comedor con un gigantesco pastel y un tío sale de dentro con una metralleta y se carga a todo el mundo y George Raft dice: «¡Había algo en la tarta que no les ha acabado de gustar!».

– Una versión moderna del caballo de Troya -dijo Grace.

– ¿Quieres decir que era un remake? -dijo Branson, desconcertado-. ¿El caballo de Troya? No la recuerdo.

Grace meneó la cabeza con incredulidad.

– No es una peli, Glenn. Lo que hicieron los griegos, ¡en Troya!

– ¿Qué hicieron?

Grace miró con dureza a su amigo.

– ¿Es que te educaste sólo viendo películas? ¿No estudiaste nunca historia?

Branson se encogió de hombros, a la defensiva.

– No te pases.

Grace ralentizó la cinta. En la pantalla, Glenn Branson decía: «¿Puedo preguntarle cuándo fue la última vez que vio a su esposa, señor Bishop?».

Grace detuvo la imagen.

– Ahora quiero que te concentres en los ojos de Bishop. Quiero que cuentes sus parpadeos. Quiero el número de parpadeos por minuto. ¿Tienes segundero en ese centro de control de la NASA que llevas en la muñeca?

Branson miró su reloj, desconcertado por la pregunta. Era un cronómetro Casio grande y moderno, uno de esos con tantas esferas y botones que Grace se preguntó si su amigo tenía idea de para qué servían la mitad de ellos.

– En alguna parte.

Glenn toqueteó el aparato un par de veces. Luego, en la pantalla, Roy Grace entró en la sala y comenzó a interrogar a Bishop: «¿Dónde durmió anoche, señor Bishop?». «En mi piso de Londres.» «¿Hay alguien que pueda confirmarlo?»

– ¡Veinticuatro! -anunció Glenn Branson, mientras sus ojos se desplazaban del reloj a la pantalla, y otra vez al reloj.

– ¿Seguro?

– Sí.

– Bien. Otra vez.

En la pantalla, Grace le preguntó a Bishop: «¿A qué hora ha llegado al campo de golf esta mañana?», «Pasadas las nueve.» «¿Y ha ido en coche desde Londres?» «Sí.» «¿A qué hora ha salido?» «Sobre las seis y media.»

– ¡Veinticuatro otra vez!

Grace congeló la imagen.

– Interesante -dijo.

– ¿El qué exactamente? -preguntó Branson.

– Es un experimento. Estoy probando algo que leí el otro día en un boletín psicológico al que estoy suscrito. El autor decía que en un laboratorio de una universidad, creo recordar que era la de Edimburgo, habían determinado que la gente parpadea más veces por minuto cuando dice la verdad que cuando miente.

– ¿En serio?

– Se parpadea 23,6 veces por minuto cuando se dice la verdad y 18,5 cuando se miente. Está demostrado que los mentirosos se quedan muy quietos, tienen que pensar más que las personas que dicen la verdad. Y cuando pensamos mucho nos quedamos más quietos.

Volvió a reproducir la cinta.

Brian Bishop parecía cada vez más agitado y, al final, se levantó y gesticuló.

– Veinticuatro -dijo Branson.

– Y su lenguaje corporal cuadra -dijo Grace-. Parece un hombre que dice la verdad.

Pero sólo era un indicio, lo sabía muy bien. Ya había malinterpretado el lenguaje corporal de otras personas antes y se había llevado sorpresas muy desagradables.

Capítulo 26

La prensa denominaba el mes de agosto la «temporada de saldos». Con el Parlamento en receso de verano y medio mundo de vacaciones, solía ser un mes tranquilo en cuanto a noticias. Los periódicos a menudo convertían en hechos importantes historias intrascendentes que, en otras épocas, ni siquiera habrían llegado a sus páginas; y no había nada que les gustara más que un crimen importante, cuanto más macabro y espantoso mejor. Las únicas personas que no parecían marcharse de vacaciones, y que tampoco tenían un horario de oficina convencional, eran los delincuentes.

«Ni yo», pensó Roy Grace.

Sus últimas vacaciones como Dios manda habían sido nueve años atrás, cuando él y Sandy volaron a España y se hospedaron en un piso alquilado cerca de Málaga. El apartamento era minúsculo y, en lugar de las vistas al mar publicitadas, daba a un aparcamiento de varias plantas. Y llovió casi toda la semana.

Al contrario que esta ola de calor de agosto que ahora afectaba a Brighton y que provocaba que más veraneantes y excursionistas de lo normal invadieran la ciudad. Las playas estaban abarrotadas, igual que todos los bares y cafés. El municipio de Brighton y Hove tenía un millón de locales para beber, y a Grace le pareció que seguramente todos y cada uno de ellos estarían ocupados en estos momentos. Era un paraíso para los delincuentes callejeros. Para ellos, aquélla era más bien la «temporada de caza», y no la «temporada de saldos».

Era muy consciente de que, con la escasez de noticias, una investigación por asesinato como la que ahora tenían entre manos iba a estar sujeta a un análisis aún más minucioso por parte de la prensa, más incluso de lo normal. Una mujer rica muerta, una casa chic, posibles prácticas sexuales excéntricas, un marido guapo y fardón. Un tema seguro para todos los directores que quisieran llenar columnas.

Desde el comienzo, necesitaba planificar con especial cautela el tratamiento que la prensa y los medios de comunicación iban a dar al caso e intentar, como hacía siempre, conseguir que la cobertura trabajara a favor de la investigación, no en su contra. Al día siguiente por la mañana celebraría la primera de la habitual serie de ruedas de prensa. Antes, tenía dos reuniones informativas con el equipo que estaba juntando, para prepararse.

Y, de algún modo, a pesar de todo lo que estaba ocurriendo, tenía que encontrar un hueco para subirse a un avión con destino a Munich. Tenía que hacerlo.

Era algo obligado.

En su cabeza se arremolinaban tantos pensamientos en torno a Sandy… «Sentada en el biergarten.» ¿Con un amante? ¿Había sufrido una pérdida de memoria? ¿O simplemente la habían confundido? Si se lo hubiera dicho otra persona, seguramente lo habría olvidado. Pero Dick Pope era un buen policía, un hombre riguroso, un excelente fisonomista.

Unos minutos antes de las seis y media, acompañado por Glenn Branson, Grace salió de la sala de visionado, sacó un café para cada uno de la máquina expendedora que había en la minúscula área de cocina y recorrió todo el pasillo hasta llegar a la MIR Uno, donde Tony Case había asignado su investigación. Pasó por delante de un tablón grande de fieltro rojo con el rótulo OPERACIÓN LISBOA, debajo del cual había una fotografía de un hombre de rasgos orientales con una barba rala, rodeada por otras fotos de las rocas que había al pie de los altos acantilados de Beachy Head, cada una con un círculo rojo dibujado alrededor.

Beachy Head, un cabo de piedra caliza hermoso y espectacular, tenía la dudosa reputación de ser el lugar más popular de Inglaterra entre los suicidas. Ofrecía a los que querían saltar una caída vertical, y tristemente tentadora, de ciento setenta y cinco metros hasta la costa del canal de la Mancha. La lista de personas que habían saltado, rodado, volado o que se habían despeñado con el coche por el borde cubierto de hierba y que, finalmente, habían sobrevivido era corta.

Este hombre desafortunado, sin identificar, había sido hallado muerto en mayo. Al principio supusieron que era un suicida más, hasta que la autopsia reveló que seguramente le habían ayudado un poco: llevaba bastante tiempo muerto cuando cayó. La investigación seguía abierta, pero la aparcaban cada vez que las sucesivas líneas de investigación resultaban infructuosas.

A todos los casos importantes se les asignaba un nombre elegido al azar por el ordenador de la policía de Sussex. Si alguno de los nombres guardaba relación con el caso al que se vinculaban, era pura coincidencia. Y rara vez sucedía.

A diferencia del resto de las áreas de trabajo de Sussex House -y de las demás comisarías de policía del país-, no había rastro de ningún objeto personal sobre las mesas de la MIR Uno. Ni fotos de la familia, ni de futbolistas, ni calendarios de partidillos ni tiras cómicas. Todo en esta sala, aparte de los muebles y el equipo informático, estaba relacionado con la investigación. Tampoco se bromeaba demasiado, sólo había una concentración intensa. El timbre de los teléfonos, el tecleteo en el ordenador, el zumbido de las impresoras láser cuando salía el papel. El silencio de la concentración.

Mientras cruzaba la sala, inspeccionó su equipo inicial con sensaciones encontradas. Había varios rostros familiares que le alegró ver. La sargento Bella Moy, una mujer atractiva de treinta y cinco años y cabello teñido con henna, tenía ante sí, como siempre, una caja abierta de Maltesers, a los que era adicta. Nick Nicholl, pelo corto, alto como un pino, con una camisa de manga corta abierta en el cuello, tenía la tez pálida y el aire cansado de un padre con un bebé de seis semanas. La indexadora, una joven rolliza de largo pelo castaño llamada Susan Gradley, era sumamente trabajadora y eficaz. Y el veterano Norman Potting, a quien no tendría que vigilar de cerca.

El sargento Potting tenía cincuenta y tres años. Debajo de un peinado que servía para ocultar su calva incipiente, su cara era estrecha, bastante carnosa y llena de venas rotas, los labios prominentes y los dientes manchados por el tabaco. Iba vestido con un traje de lino beis, arrugado, y una camisa de manga corta amarilla, deshilachada, sobre la que parecía llevar la mayor parte del almuerzo. Lucía un bronceado insólito que mejoraba su aspecto, tenía que reconocer Grace. Como era tan políticamente incorrecto, y la mayoría de las mujeres del cuerpo le encontraban ofensivo, Potting solía vagar de una comisaría del condado a otra, para ocupar un puesto cuando una división andaba muy escasa de personal.

El miembro del equipo con el que Grace estaba menos contento era el inspector Alfonso Zafferone. Era un hombre arrogante y huraño, de casi treinta años, belleza latina y pelo despeinado engominado, vestido impecablemente con traje negro, camisa negra y corbata de color crema. La última vez que había trabajado con él, Zafferone había demostrado ser perspicaz, pero tenía un grave problema de actitud. En parte, Grace lo había sumado al equipo porque no tenía elección al ser verano, pero también porque deseaba darle una lección a ese mequetrefe.

Mientras saludaba a todos, Grace pensó en Katie Bishop en la cama de su casa en Dyke Road Avenue aquella mañana. Pensó en ella en la mesa de autopsias aquella tarde. Podía sentirla, como si llevara su espíritu en su corazón. El peso de la responsabilidad. La gente que estaba en su sala, y las demás personas que se unirían a su equipo en breve en la rueda de prensa, tenían una gran responsabilidad, por ello tenía que almacenar todos los pensamientos sobre Sandy en un compartimento distinto de su mente y encerrarlos allí, de momento. De algún modo.

En el transcurso de las próximas horas y unos cuantos días llegaría a saber más cosas sobre Katie Bishop que cualquier otra persona de la Tierra. Más que su marido, sus padres, sus hermanos, sus mejores amigos. Tal vez ellos creyeran que la conocían, pero sólo sabían lo que ella les había permitido saber. Habría ocultado algo, inevitablemente. Todo el mundo lo hacía.

E inevitablemente para Roy Grace, este caso se convertiría en algo personal. Siempre era así.

Pero en aquellos momentos, no tenía forma de saber hasta qué punto.

Capítulo 27

Skunk se sentía infinitamente más fuerte. De repente, el mundo era un lugar mucho mejor. La heroína hacía su trabajo: estaba relajado, todo era genial, su cuerpo rebosaba endorfinas. Así tendría que ser la vida; así quería sentirse siempre.

Bethany había ido a verle, con un pollo, una ensalada de patatas y un flan que había cogido de la nevera de su madre; todos los pringados se habían marchado de la autocaravana y Skunk se la había follado por detrás, como le gustaba a ella; y como le gustaba a él, con su culo enorme contra su estómago.

Y ahora le llevaba por el paseo marítimo en el pequeño Peugeot de su madre, y Skunk estaba repantigado en el asiento del copiloto, reclinado hacia atrás, contemplando su «despacho» a través de las gafas púrpuras. Fichando, a su vez, todos los coches aparcados. Todas las clases de coche que se pudieran imaginar. Todos llenos de polvo y tostados por el sol. Sus propietarios estaban en la playa. Buscaba uno que encajara con la marca y el modelo escrito en el papel húmedo y arrugado de la libreta de rayas que descansaba en su regazo, su «lista de la compra», que ojeaba constantemente pues su memoria era una mierda.

– Tengo que volver a casa pronto. Mi madre necesita el coche. Esta noche tiene bridge -dijo Bethany.

Todas las putas marcas de coches del mundo estaban aparcadas en el paseo marítimo aquella tarde. Todas las putas marcas, excepto la que buscaba él. Un Audi A4 nuevo, descapotable, automático, con pocos kilómetros, azul metalizado, plateado o negro.

– Ve hacia Shirley Drive -dijo.

El reloj del salpicadero marcaba las seis y cuarto de la tarde.

– Tengo que estar en casa a las siete, de verdad. Necesita el coche… Me matará si llego tarde -contestó Bethany.

Skunk la miró un momento, agradecido. Era morena, tenía el pelo corto y los brazos gruesos. Sus pechos sobresalían por la parte superior de una camiseta ancha y la minifalda vaquera de color azul apenas le cubría los muslos bronceados y rellenitos. Él tenía la mano metida por debajo del elástico de sus braguitas, encajada en el pubis suave y húmedo, dos dedos muy dentro de ella.

– Gira a la derecha -le ordenó.

– ¡Me estás poniendo caliente otra vez!

Skunk introdujo los dedos aún más adentro.

Ella suspiró.

– ¡Skunk, para!

Él también estaba caliente otra vez. Bethany giró a la derecha en el semáforo, pasó por delante de una estatua de la reina Victoria y luego, de repente, Skunk gritó:

– ¡Para!

– ¿Qué?

– ¡Ahí! ¡Ahí! ¡Ahí!

Cogió el volante para obligarla a detenerse en la acera, haciendo caso omiso al chirrido de frenos y al pitido de la bocina del coche de detrás.

Mientras ella detenía el coche, Skunk sacó los dedos y luego la mano.

– ¡De puta madre! ¡Hasta luego!

Abrió la puerta del automóvil, salió atropelladamente y desapareció sin siquiera mirar atrás.

Allí, parado en el semáforo al otro lado de la calle, había un Audi A4 descapotable azul metalizado. Skunk sacó el bolígrafo de su bolsillo, anotó la matrícula en el papel, luego cogió el móvil y marcó un número.

– GU 06 LGJ -recitó-. ¿Puedes tenerlas para dentro de una hora?

Estaba tan contento que ni siquiera vio al Peugeot alejándose ni a Bethany diciéndole adiós con la mano, ni tampoco oyó su breve toque de bocina.

«¡Genial! -pensó-. ¡Sí!»

Tampoco vio el pequeño Ford gris, aparcado junto al bordillo un par de cientos de metros detrás de él. Era uno de los cinco coches del equipo de vigilancia que le había estado siguiendo durante la última media hora, desde que había salido de su autocaravana.

Capítulo 28

Brian Bishop estaba sentado en el borde de la cama grande, con la barbilla apoyada entre las manos, mirando la televisión en su habitación de hotel. A su lado había una bandeja con una taza de té que se había enfriado hacía tiempo, mientras que las dos galletas seguían intactas en el envoltorio de celofán. Había apagado el aire acondicionado porque hacía demasiado frío y ahora, todavía con la ropa de golf debajo de la chaqueta, chorreaba de sudor.

Fuera, a pesar del doble cristal, podía oír el gemido de una sirena, el débil sonido del motor de un camión, el pitido intermitente de la alarma de un coche. Un mundo exterior del que se sentía totalmente desconectado mientras miraba su casa -su hogar- en la maldita Sky News. Era una sensación absolutamente surrealista. Como si, de repente, se hubiera convertido en un extraño en su propia vida. No sólo un extraño, sino también un paria.

Ya había sentido algo así antes, mientras se separaba y divorciaba de Zoë, cuando sus hijos, Carly y Max, se pusieron de parte de su ex mujer después de que ella consiguiera ponerlos en su contra: se negaron a hablar con él durante casi dos años.

Un reportero con el pelo perfecto y una dentadura espléndida se encontraba frente a su casa, micrófono en mano delante de una cinta blanca y azul: «POLICÍA – ESCENA DEL CRIMEN – NO CRUZAR».

– Esta tarde se ha realizado la autopsia. Retomaremos este suceso en las noticias de las siete. David Wiltshire, Sky News.

Brian estaba completa y absolutamente desconcertado.

Su móvil comenzó a sonar. Como no reconoció el número, no contestó. Casi todas las llamadas que había recibido esa tarde eran de periódicos o de medios de comunicación que, imaginaba, habían conseguido su móvil a través de la página web de su empresa. Curiosamente, aparte de Sophie, sólo le habían llamado dos amigos, sus colegas Ian Steel y Glenn Mishon, y también su socio, Simon Walton. Simon parecía verdaderamente preocupado por él, le preguntó si podía hacer algo y le dijo que no se inquietara por el negocio, que él se encargaría de todo durante el tiempo que Brian necesitara.

Había hablado varias veces con los padres de Katie, que estaban en Alicante, España, donde el padre había montado otro más de sus negocios, condenado al fracaso casi con total seguridad. Regresaban por la mañana.

Se preguntó si debía llamar a su abogado, pero ¿por qué? No tenía nada por lo que sentirse culpable. Simplemente no sabía qué hacer, así que se quedó ahí sentado, inmóvil e hipnotizado, mirando la pantalla, asimilando vagamente los coches patrulla que obstruían la entrada de su casa y los que estaban aparcados en la calle. Un flujo continuo de vehículos pasaba por delante, sus conductores y pasajeros curioseando, todos y cada uno de ellos. Tenía trabajo, llamadas que hacer, e-mails que contestar y enviar. Muchísimo, maldita sea, pero en aquel momento era incapaz de funcionar.

Inquieto, se levantó, paseó por la habitación un rato, luego entró en el baño limpio y resplandeciente, miró las toallas y levantó la tapa del retrete porque quería mear. No pudo. Bajó la tapa. Se miró la cara en el espejo sobre el lavamanos. Entonces, sus ojos se fijaron en los artículos de perfumería. Frascos pequeños -de un plástico que imitaba el mármol- de champú, acondicionador, gel de ducha y crema hidratante corporal. Los recolocó hasta que estuvieron uniformemente distribuidos, pero entonces no le gustó su posición en el estante y los desplazó varios centímetros a la derecha, asegurándose cuidadosamente de que la distancia entre ellos era la misma.

Se sintió un poco mejor.

A las diez de esa mañana se sentía bien, satisfecho, disfrutando del increíble clima estival. Había jugado uno de los mejores partidos de golf de su vida, uno de los días más hermosos del año. Ahora, apenas ocho horas y media después, tenía la vida arruinada. Katie estaba muerta.

Su querida, queridísima Katie.

Y era evidente que la policía creía que él tenía algo que ver.

Dios santo.

Acababa de pasar la mayor parte de la tarde con dos mujeres policía que le habían dicho que eran sus agentes de Relaciones Familiares. Eran realmente simpáticas y le habían apoyado mucho, pero sus preguntas le habían dejado agotado y necesitaba descansar.

Y entonces la dulce Sophie… ¿A qué venía todo eso? ¿Qué diablos quería decir con que habían pasado la noche juntos? No era cierto. En absoluto. Rotundamente no.

Le gustaba Sophie, estaba claro. Pero ¿una aventura? Imposible. Su ex mujer, Zoë, tuvo una. Descubrió que había estado engañándole durante tres años y el dolor que sintió cuando se enteró fue casi insoportable. Jamás podría hacerle eso a nadie. Y últimamente había notado que las cosas no acababan de funcionar entre él y Katie, y se había esforzado muchísimo en su relación, o eso creía.

Le gustaba flirtear con Sophie. Disfrutaba de su compañía. Maldita sea, era halagador que una chica de veinticinco años estuviera loca por él. Pero eso era todo. Aunque se percató de que tal vez le hubiera dado falsas esperanzas. No sabía exactamente por qué la había invitado a almorzar, después de estar sentado a su lado en la conferencia sobre desgravación fiscal en inversiones cinematográficas a la que le habían invitado. Se habían encendido todas las luces de alarma, pero siguió adelante. Se volvieron a ver, varias veces. Intercambiaron e-mails, a veces dos o tres veces al día; y los de ella, de un tiempo para acá, eran cada vez más sugerentes. Y tenía que reconocer que había pensado en ella en un par de ocasiones, mientras hacía el amor con Katie, un acto cada vez más excepcional últimamente.

Pero nunca se habían acostado. Maldita sea, ni siquiera se habían dado un beso en los labios.

¿Verdad?

¿Estaba haciendo cosas y no las recordaba? Había gente que hacía cosas sin ser consciente de ello. El estrés podía causar problemas mentales, provocar que el cerebro se comportara de un modo extraño, y últimamente había sufrido mucho estrés, tenía grandes preocupaciones por su negocio y por Katie.

Su empresa, International Rostering Solutions PLC, que había fundado nueve años atrás, marchaba bien; pero casi demasiado bien. Cada mañana tenía que llegar al despacho más temprano, sólo para borrar todos los e-mails del día anterior, que podían ascender a doscientos, pero luego le inundaba una nueva remesa. Y ahora que estaban abriendo más oficinas en todo el mundo -las últimas en Nueva York, Los Ángeles, Tokio, Sydney, Dubai y Kuala Lumpur- las comunicaciones se producían las venticuatro horas del día, los siete días de la semana. Había contratado a mucho más personal, por supuesto, pero nunca se le había dado bien delegar. Así que cada vez se quedaba hasta más tarde trabajando en el despacho y, luego, seguía trabajando en casa después de cenar, y también los fines de semana, algo que contrariaba a Katie.

Además, tenía la sensación de que su matrimonio no funcionaba del todo bien. A pesar de su interés por obras benéficas y por el Rotary, a Katie le molestaba tener que pasar cada vez más tiempo sola. Él había intentado explicarle que no siempre trabajaría a aquel ritmo: dentro de un par de años podían sacar la compañía a Bolsa o venderla, y tendrían dinero suficiente para no volver a trabajar nunca más. Pero ella le recordaba que ya había dicho lo mismo hacía dos años. Y antes de eso, dos años atrás.

Recientemente le había dicho, bastante enfadada, que él siempre sería un adicto al trabajo, porque, en realidad, no tenía ningún otro interés aparte de su negocio. Sin convicción, él había rebatido que su «preciosidad», el Jaguar del 62 que había restaurado con tanto cariño, era un interés. Hasta que ella respondió, mordazmente, que no recordaba la última vez que lo había sacado del garaje, y Brian se vio obligado a reconocer que él tampoco.

Se acordó de que, durante la ruptura de su matrimonio con Zoë, cuando se vio prácticamente incapaz de sobrellevar la situación, su médico le había sugerido que ingresara en una clínica psiquiátrica un par de semanas. Él se negó; de algún modo logró superarlo todo. Pero ahora volvía a sentir esa misma depresión y confusión. Y percibía en Katie el mismo tipo de reacciones que había experimentado con Zoë, antes de descubrir que tenía una aventura. Tal vez sólo estaba en su cabeza.

Quizás había algo en su mente que no funcionaba muy bien en ciertos momentos.

Capítulo 29

La cámara recorrió despacio, y con alguna sacudida, el dormitorio de los Bishop en el 97 de Dyke Road Avenue. Se detuvo unos momentos en el cuerpo desnudo de Katie Bishop, que tenía los brazos y las piernas abiertos, las muñecas atadas a los elegantes barrotes de la cama, la marca de la atadura en el cuello y la máscara antigás a su lado.

– Tenía la máscara antigás sobre la cara cuando la encontraron -dijo Roy Grace a su equipo, que ahora había aumentado a veinte miembros, concentrado en la sala de reuniones del centro de investigaciones viendo el vídeo que el SOCO había grabado de la escena del crimen.

La sala podía albergar a veinticinco personas corno máximo, sentadas en las duras sillas rojas dispuestas alrededor de la mesa rectangular, y otras treinta, si fuera necesario, de pie. Se empleaba a veces para celebrar ruedas de prensa para informar sobre delitos graves; por esta razón, al fondo, enfrente de la pantalla, había un tablón cóncavo de color azul, y de un metro ochenta de alto por tres de ancho, con la dirección de la página web de la Policía de Sussex, más la leyenda y el número de teléfono de Crimestoppers. Todas las declaraciones a los medios de comunicación tenían lugar en aquel escenario.

– ¿Quién se la quitó, Roy? -preguntó la inspectora Kim Murphy, con una voz afable pero muy directa.

Grace ya había trabajado antes con Kim, cuando llevaron a un terrateniente a juicio por conspiración de asesinato, caso que había concluido satisfactoriamente hacía poco, y la experiencia había sido buena. La había requerido para esta investigación como su ayudante. Era una policía alegre, asombrosamente inteligente, de unos treinta y cinco años; le caía muy bien. Además era una mujer atractiva, rubia con mechas, llevaba el pelo arreglado y corto por los hombros; su cara ancha y honesta con una sonrisa casi constante y cautivadora ocultaba, con mucha eficacia -para sorpresa y pesar de muchos delincuentes-, un carácter sorprendentemente duro, avispado y chulesco. A pesar de la importancia de su rango, había algo poco femenino en ella. Esta noche esa característica se hizo más evidente porque iba vestida con una chaqueta deportiva color beis con charreteras, bastante masculina, que llevaba encima de una camiseta blanca y con pantalones. La mayoría de los días llegaba al trabajo montada en una Harley-Davidson, de cuyo mantenimiento se ocupaba ella misma.

– La mujer de la limpieza -dijo-. Y sabe Dios qué pruebas más pisoteó.

Esa tarde Grace estaba esforzándose. Estaba esforzándose mucho. Se suponía que era el investigador jefe de un caso de asesinato, con todas las responsabilidades que eso conllevaba. Pero por mucho que intentara concentrarse, una parte de él estaba en otro lugar, en otra ciudad, en una investigación totalmente distinta: Sandy. Y acababa de darse cuenta de que se había olvidado por completo de llamar a Cleo para decirle a qué hora creía que estaría libre, intentaría enviarle un mensaje a escondidas durante la reunión.

De repente se sentía confuso acerca de su relación con Cleo. ¿Y si Sandy estaba realmente en Munich? ¿Qué pasaría si la encontraba?

Había demasiados imponderables. Aquí, en estos momentos, sentado en el área de trabajo en el mundo real de la MIR Uno, rostros expectantes lo observaban. ¿Eran imaginaciones suyas o lo miraban de un modo extraño?

«¡Vamos, cálmate!»

– Hora: seis y media, viernes 4 de agosto -leyó en sus notas. Se había sacado la chaqueta del traje, aflojado la corbata y desabrochado los dos botones superiores de la camisa por el calor sofocante-. Ésta es nuestra primera reunión informativa de la Operación Camaleón -prosiguió-. La investigación del asesinato de una mujer de treinta y cinco años identificada como Katherine Margaret Bishop, y conocida como Katie, en el 97 de Dyke Road Avenue, Hove, East Sussex. La reunión tiene lugar el día 1 tras hallarse su cadáver a las ocho y media de esta mañana. Ahora procederé a resumir los hechos.

Durante unos minutos, Grace repasó los acontecimientos que habían conducido al descubrimiento del cadáver de Katie. Cuando mencionó lo de la máscara antigás, Norman Potting le interrumpió, como era de esperar.

– Tal vez el tipo tenía gases crónicos, Roy. Y le dio la máscara antigás por consideración. -Potting miró a su alrededor con una sonrisa burlona. Pero nadie se la devolvió.

Por dentro, Grace gruñó.

– Gracias, Norman -dijo-. Tenemos mucho trabajo. Podemos prescindir de las bromas.

Potting siguió mirando a su alrededor, sonriendo inconteniblemente a su público, sin inmutarse al ver la perplejidad en los rostros de sus compañeros.

– También podemos prescindir de que alguien filtre este detalle de la máscara antigás -añadió Grace-. Quiero un silencio total al respecto. ¿Todo el mundo lo ha entendido?

No revelar a los ciudadanos información clave descubierta en una escena del crimen era una práctica habitual. De este modo, si alguien llamaba y mencionaba una máscara antigás, el equipo investigador sabría de inmediato que la persona decía la verdad casi al cien por cien.

Grace comenzó a repasar las tareas para cada miembro del equipo. Había que establecer el árbol genealógico de Katie Bishop, el nombre de todas las personas con las que se relacionaba, además de los historiales de éstas. Los agentes de Relaciones Familiares ya estaban ocupándose de ello, y aquel día, muy temprano, había asignado a Bella Moy la supervisión de este trabajo.

Bella leyó un listado de notas que tenía delante.

– De momento no tengo demasiado -dijo-. Katie Bishop; nombre completo de soltera: Katherine Margaret Denton, hija única, sus padres viven en Brighton. Se casó con Brian Bishop hace cinco años. Para ella fue su tercer matrimonio, para él, el segundo. No tiene hijos.

– ¿Alguna idea de por qué no? -preguntó Grace.

– No. -Bella pareció un poco sorprendida por la pregunta-. Bishop tiene dos de su primer matrimonio.

Grace anotó algo en su bloc.

– De acuerdo.

– Pasaba casi toda la semana en Brighton, normalmente iba a Londres una noche por semana. Brian Bishop tiene un piso allí, donde se aloja de lunes a viernes.

– ¿Su picadero? -aventuró Norman Potting.

Grace no respondió, pero Potting tenía razón. Ningún hijo después de cinco años de matrimonio y vidas prácticamente separadas no indicaban una relación especialmente estrecha. Aunque él y Sandy habían estado casados nueve años y no habían tenido hijos, pero había otras razones. Médicas. El comisario anotó algo más.

Alfonso Zafferone, que mascaba chicle y mostraba la habitual expresión de insolencia en su rostro, había recibido la orden de trabajar con el analista del sistema Holmes para determinar la secuencia de los hechos y elaborar una lista de sospechosos, en este caso y por el momento uno: su marido. Necesitaban una cronología completa sobre Brian Bishop para establecer si pudo estar presente durante el período de tiempo en que fue asesinada Katie. ¿Había habido homicidios similares en este condado, o en otros, últimamente? ¿Algo relacionado con una máscara antigás? Zafferone se reclinó en su silla; tenía los hombros muy grandes, por lo que Grace pensó que debía de hacer pesas. Y como todos los hombres de la sala, se había quitado la chaqueta. En las mangas de su elegante camisa negra lucía unos gemelos de strass y brazaletes de oro ostentosos.

Otra misión que Grace había asignado a Norman Potting era obtener los planos de la casa de los Bishop, una fotografía aérea de la propiedad y alrededores y la supervisión del registro detenido de todas las rutas de salida de la vivienda. También quería que Potting, y luego por separado el jefe forense de la Escena del Crimen, realizaran una evaluación detallada de la escena, incluyendo informes de los interrogatorios casa por casa que se habían llevado a cabo en el barrio y que habían comenzado a primera hora de la tarde.

Potting comunicó que los dos ordenadores de la casa ya estaban en la Unidad de Delitos Tecnológicos para su análisis; habían solicitado a British Telecom el registro de los últimos doce meses de la línea fija de la vivienda, al igual que los de los teléfonos móviles de los Bishop.

– Roy, he encargado a la Unidad de Telecomunicaciones que comprobara el móvil hallado en el coche de la señora Bishop -dijo Potting-. Había un mensaje de las once y diez de la mañana de ayer, una voz de hombre. -Potting miró su bloc de notas-. Decía: «Nos vemos luego».

– ¿Es todo? -preguntó Grace.

– Hemos intentado llamar, pero era un número oculto.

– Hay que averiguar quién era.

– He hablado con la compañía telefónica -contestó Potting-, pero no tengo manera de conseguir los registros hasta el lunes, cuando empiece el horario laboral.

Los viernes, sábados y domingos eran los peores días para iniciar una investigación de asesinato, pensó Grace. Los laboratorios estaban cerrados y también las oficinas de la administración. Eran momentos en que se necesitaba información urgente y se podían perder dos o tres días vitales para el caso.

– Graba el mensaje en una cinta. Le preguntaremos a Brian Bishop si reconoce la voz. Podría ser la suya.

– No, ya lo he comprobado -dijo Potting-. Apareció el jardinero, así que se la puse a él.

– ¿Figura en tu lista de sospechosos?

– Tendrá unos ochenta años y está un poco delicado de salud. Yo le pondría abajo del todo.

El comentario arrancó una sonrisa a todo el mundo.

– Según mis cálculos -dijo Grace-, esto le sitúa al final de una lista de dos.

Hizo una pausa para beber café, y luego tomó un sorbo de agua.

– Bien, en cuanto a los recursos. En estos momentos, todas las divisiones están relativamente tranquilas. Quiero que cada uno de vosotros calcule aproximadamente cuánta ayuda necesita para completar nuestro equipo. En ausencia de otras noticias importantes, es probable que tengamos el placer de recibir toda la atención de la prensa, así que quiero que quedemos bien y obtengamos un resultado rápido. Queremos un despliegue de medios total.

Grace sabía que la intención no era sólo contentar a los ciudadanos, pero no lo dijo. Se trataba, otra vez, de demostrar su credibilidad a su acerba jefa, la subdirectora Alison Vosper, que anhelaba que volviera a meter la pata.

Cualquier día de éstos, el hombre que ella había reclutado de la Met y que había ascendido al mismo rango que Grace, el canalla del comisario Cassian Pewe -su nuevo niño mimado-, finalizaría su período de convalecencia tras un accidente de tráfico y tomaría posesión de su cargo en Sussex House, con el objetivo tácito de robarle el puesto a Roy Grace y conseguir que lo trasladaran quién sabe dónde.

Al abordar las cuestiones forenses, Grace percibió que todo el mundo se concentraba un poco más. Haciendo caso omiso a las páginas repletas de detalles minuciosos y técnicos de Nadiuska de Sancha, fue al grano.

– Katie Bishop murió estrangulada con algún tipo de atadura alrededor del cuello, bien una cuerda delgada o bien un alambre. Se ha mandado tejido del cuello al laboratorio para practicar más análisis, lo que podría revelar cuál fue el arma del crimen -anunció, y bebió otro trago de café-. Se halló una cantidad importante de semen en la vagina, por lo que sabemos que mantuvo relaciones sexuales en algún momento próximo a su muerte.

– Tenía un buen polvo, la tía -farfulló Norman Potting.

Bella Moy se volvió para mirarle.

– ¡Qué ordinario eres!

– Norman -dijo Grace-, ya basta. Quiero hablar contigo después de la reunión. Ninguno de nosotros está de humor para tus chistes de mal gusto. ¿Comprendido?

Potting bajó la mirada como un colegial reprendido.

– No pretendía ofender, Roy.

Fulminándolo con la mirada, Grace prosiguió:

– Se ha enviado el semen al laboratorio para un análisis rápido.

– ¿Para cuándo se esperan los resultados? -preguntó Nick Nicholl.

– El lunes como muy pronto.

– Necesitaremos una muestra de Brian Bishop -dijo Zafferone.

– La hemos obtenido esta tarde -dijo Grace con petulancia por haberse adelantado al agente en este tema.

Miró a Glenn Branson en busca de confirmación. El sargento asintió con expresión triste y a Grace se le encogió el corazón de repente. El pobre Glenn estaba al borde de las lágrimas. Tal vez había sido un error obligarle a volver a trabajar tan pronto. En pleno trauma por su ruptura matrimonial, además de no sentirse físicamente en su mejor momento y con una resaca que aun no había remitido, éste no era un buen lugar para él. Pero ahora ya era demasiado tarde para lamentaciones.

Potting levantó la mano.

– Mmm, Roy… La presencia de semen… ¿Podemos suponer que existe un elemento sexual en la muerte de la víctima? ¿Que fue violada?

– Norman -dijo bruscamente-, las suposiciones son la madre de todas las cagadas. ¿De acuerdo? -Grace bebió agua, luego continuó-: Se han designado dos policías de Relaciones Familiares -dijo-. Las agentes Linda Buckley y Maggie Campbell…

El tono del móvil de Nick Nicholl lo interrumpió. Con una mirada de disculpa a Roy Grace, el joven agente se levantó, se dobló casi por la mitad, como si reducir su estatura fuera a bajar de algún modo el volumen del timbre del teléfono, y se alejó unos pasos de su área de trabajo.

– Inspector Nicholl -dijo.

Aprovechando la interrupción, Zafferone miró la cara de Potting.

– Has estado fuera, ¿verdad, Norman?

– En Tailandia -contestó Potting.

Sonrió a las señoras, como si creyera que las impresionaría que fuera un viajero tan exótico,

– Has vuelto con un bonito bronceado, ¿eh?

– He vuelto con mucho más que eso -dijo Potting, ahora con una sonrisa radiante. Levantó la mano y luego alzó el tercer dedo, en el que lucía una alianza de oro sencilla.

– Maldita sea -dijo Zafferone-. ¿Una mujer?

Bella se metió un Malteser medio derretido en la boca. A Grace le gustaba mucho su voz. Era suave, pero siempre muy directa. Pese a que debajo de la melena tenía una expresión que a veces parecía de otro mundo, Bella era muy perspicaz. Nunca se le escapaba nada.

– Ya vas por la cuarta esposa, ¿no?

– Así es -respondió él todavía sonriendo, como si fuera un logro del que debía estar orgulloso.

– Creía que no volverías a casarte, Norman -dijo Grace.

– Bueno, ya sabes lo que dicen, Roy: una mujer tiene la facultad de hacer cambiar de opinión a un hombre.

Bella le sonrió con más compasión que humor, como si Potting fuera un animal curioso y ligeramente grotesco de un zoo.

– ¿Y dónde la conociste? -preguntó Zafferone-. ¿En un bar? ¿En una discoteca? ¿En un salón de masajes?

Con expresión repentinamente tímida, Potting contestó:

– A través de una agencia, en realidad.

Y por un momento, Grace vio un destello poco común de humildad en el rostro del hombre. Una sombra de tristeza. De soledad.

– De acuerdo -dijo Nick Nicholl, se sentó de nuevo y se guardó el teléfono en el bolsillo-. Tenemos algo interesante.

Colocó su bloc de notas en la mesa, delante de él.

Todo el mundo lo miró con intensidad.

– El aeropuerto de Gatwick está en alerta de seguridad. Se han instalado cámaras de RAM en los puentes de acceso a ambos lados de la M23. Un Bentley Continental, registrado a nombre de Brian Bishop, fue grabado a las 23.47 de anoche. Iba por el carril sur, en dirección a Brighton. Hubo un problema con la cámara que enfoca al carril norte, así que no quedó registrado que regresara a Londres, en caso de que lo hiciera.

El RAM era el sistema de reconocimiento automático de matrículas que la policía y los servicios de seguridad utilizaban con más frecuencia para examinar los vehículos que entraban en una zona concreta.

Glenn Branson miró a Grace.

– Parece que suspendió tu test del parpadeo, Roy. Nos contó una trola. Dice que estaba acostadito en su cama de Londres a esa hora.

Pero aquello no disgustó a Grace. De repente se animó. Si podían obligar a Brian Bishop a confesar, tal vez esta noche, con un poco de suerte, la investigación concluiría casi antes de que hubiera comenzado. Y podría irse directamente a Munich, tal vez mañana incluso. Otra opción sería dejar a Kim Murphy al frente del caso, pero ésa no era su forma de trabajar. Le gustaba dedicarse por completo, estar al mando de todo, supervisar todos los detalles. Cuando tenías a alguien trabajando contigo, casi a tu nivel, aparecían los errores. Era fácil que se perdieran cosas importantes por el camino.

– Vamos a hablar con las agentes de Relaciones Familiares -dijo-. A ver si averiguamos algo más sobre el coche de Bishop. Quizá podamos refrescarle la memoria.

Capítulo 30

A las siete y cuarto, el sol comenzaba a abandonar al fin la costa de Sussex. El Multimillonario de Tiempo estaba sentado en la terraza de un café abarrotado, bebiendo su tercera Coca-Cola Zero y, de vez en cuando, arañando más restos de la copa de helado de nueces de pacana que tenía delante, para ayudar a pasar el rato. Estaba gastando algunos de sus dólares, libras, euros de tiempo. Más valía gastarse el dinero; no podías llevártelo contigo.

Se llevó la mano a la boca y se la chupó unos momentos. El escozor seguía allí y no estaba seguro de si eran imaginaciones suyas, pero la hilera de minúsculas marcas rojas, rodeadas por un cardenal tenue del color de una mancha de nicotina, parecía más amoratada.

A poca distancia, un grupo de percusión tocaba música caribeña. Island in the Sun, isla soleada.

Una vez estuvo a punto de ir a una isla soleada. Estaba todo planificado y luego pasó «eso». La vida se había cagado en él desde una gran altura. Bueno, exactamente la vida no. No, no, no.

Sólo uno de sus habitantes.

El aire tenía un sabor salado. Olía a cabos, óxido, barniz de barco y, cada pocos minutos, llegaba un hedor repentino y tenue, pero muy claro, a orina. Un rato después de que se pusiera el sol, saldría la luna. Los hombres también se habían cagado en eso.

El recibo de su cuenta, ya pagada, estaba debajo del cenicero, ondeando como una mariposa moribunda en la suave brisa marina. Siempre estaba preparado, siempre listo para su siguiente movimiento. Nunca podía predecir cuál sería. A diferencia del sol.

Se preguntó adónde iba ese disco ocre de gases silenciosos y achicharrantes e intentó calcular mentalmente algunos de los husos horarios del mundo. Ahora mismo, a 21.700 kilómetros de distancia, sería una bola carmesí, elevándose poco a poco en el horizonte en Sydney. Aún reluciría abrasador en lo alto del cielo de la tarde de Río de Janeiro. Daba igual dónde estuviera, nunca era consciente de su poder. Del poder que le daba a la gente. A diferencia de él, que sí era consciente del poder que llevaba dentro.

El poder de la vida y de la muerte.

Perspectiva. Todo dependía de la perspectiva. La oscuridad de un hombre era la luz de otro. ¿Cómo era posible que tanta gente no se percatara de ello?

¿Esa chica estúpida, sentada en la playa unos metros por delante de él, que miraba más allá de los cuerpos tumbados en la playa, a la masa monótona, cambiante, del océano? ¿Las velas flojas de las yolas y las tablas de windsurf? ¿Las manchas grises distantes de los buques cisterna y portacontenedores descansando, inmóviles, a lo lejos en el horizonte, como juguetes en una estantería? ¿Los bañistas estúpidos de última hora que chapoteaban en el inodoro asqueroso que imaginaban que era un mar puro y limpio?

¿Sabía Sophie Harrington que ésta era la última vez que veía todo aquello?

¿La última vez que olería los cabos alquitranados, la pintura de barca o la orina de desconocidos?

Toda la maldita playa era una alcantarilla de carne desnuda. Cuerpos con ropa escasísima. Blanca, roja, morena, negra. Exhibiéndose. Algunas de las mujeres iban en topless, putas asquerosas. Observó a una que se paseaba, la cabellera pelirroja despeinada hasta los hombros, las tetas hasta el estómago, el estómago hasta la pelvis, bebiendo una botella de cerveza rubia o negra -estaba demasiado lejos para distinguirlo-, el culo gordo saliendo de una tela de nailon azul eléctrico, los muslos marcados por la celulitis. Se preguntó cómo le quedaría la máscara antigás con su pubis pelirrojo desgreñado aplastado en la cara de él. Se preguntó a qué olería ahí abajo. ¿A ostras?

Entonces, centró la atención de nuevo en la estúpida chica que estaba sentada en la playa desde hacía dos horas. Ahora se levantaba, pisaba los guijarros, con los zapatos en la mano, haciendo una mueca de dolor con cada paso que daba. ¿Por qué, se preguntó, no se calzaba? ¿Tan corta era realmente?

Le formularía la pregunta luego, cuando estuviera a solas con ella en su dormitorio y tuviera la máscara antigás en la cara, cuando su voz le llegara terrible y ominosa.

Tampoco es que le importara la respuesta.

Lo único que le importaba era lo que había escrito cuando tenía doce años en el apartado en blanco para notas que cerraba su cuaderno escolar Letts azul. Ese cuaderno era una de las pocas posesiones que aún conservaba de su infancia. Estaba dentro de una pequeña caja metálica donde guardaba aquellas cosas que tenían un valor sentimental para él. La caja se encontraba en un garaje, bastante cerca de aquí, que alquilaba por meses. De niño había aprendido la importancia de hallar un espacio propio en este mundo, por muy pequeño que fuera. Donde poder guardar tus cosas. Sentarte y pensar.

Fue en un espacio privado que encontró cuando tenía doce años donde se le ocurrieron por primera vez las palabras que anotó en su cuaderno:

Si realmente quieres hacer daño a alguien, no lo mates, eso sólo duele un tiempo breve. Es mucho mejor matar aquello a lo que aman. Eso les dolerá para siempre.

Repitió esas palabras una y otra vez, como un mantra, mientras seguía a Sophie Harrington, guardando una distancia prudente, como siempre. Ella se detuvo y se puso los zapatos, luego recorrió el paseo marítimo, pasando por delante de las tiendas con la fachada de ladrillo rojo del Arches, uno de cuyos locales era una galería de artistas de Brighton, y luego por una marisquería, se paró ante un grupo de percusión, vio una mina antigua de la Segunda Guerra Mundial que el mar había arrastrado y que ahora estaba colocada sobre un pedestal, y una tienda que vendía sombreros de playa, cubos, palas y molinetes giratorios.

La siguió a través de una muchedumbre despreocupada y bronceada, rampa arriba hacia la concurrida Kings Road, donde dobló a la izquierda, en dirección oeste, y dejó atrás el Hotel Royal Albion, el Old Ship, el Odeon Kingswest, el Thistle, el Grand, el Metropole.

Con cada minuto que pasaba estaba más excitado.

La brisa zarandeaba los laterales de su capucha y por un momento casi se la quitó. La agarró con fuerza sobre su frente y sacó el móvil del bolsillo. Tenía que hacer una importante llamada de negocios.

Esperó a que cruzara un coche de policía, la sirena ululando, antes de marcar, mientras seguía caminando, cincuenta metros detrás de ella. Se preguntó si Sophie iría a pie hasta su casa o cogería un autobús o un taxi. En realidad no le importaba. Sabía dónde vivía. Tenía su propia llave.

Y disponía de todo el tiempo del mundo.

Luego, con una punzada de pánico repentina, se dio cuenta de que había olvidado en la terraza del bar la bolsa de plástico que contenía la máscara antigás.

Capítulo 31

Linda Buckley había sido muy inteligente al ocupar un sillón de piel en el amplio vestíbulo, elegante y cómodo, del Hotel du Vin, pensó Grace mientras entraba en el edificio con Glenn Branson. Estaba lo suficientemente cerca de la recepción para escuchar si alguien preguntaba por Brian Bishop y disfrutaba de una buena vista de las personas que accedían al hotel y lo abandonaban.

La agente de Relaciones Familiares dejó a regañadientes el libro que estaba leyendo, The plimsoll sensation, una historia de Nicolette Jones sobre el disco Plimsoll que había escuchado en forma de serial radiofónico, y se levantó.

– Hola, Linda -la saludó Grace-. ¿Es bueno el libro?

– ¡Fascinante! -contestó ella-. Stephen, mi marido, estuvo en la marina mercante, así que sé un poquito de barcos.

– ¿Está nuestro huésped en su habitación?

– Sí. Hablé con él hace una media hora, para ver cómo se encontraba. Maggie ha salido a hacer unas llamadas. Le hemos dado un respiro. Esta tarde ha sido bastante intensa, en particular en el depósito, cuando ha identificado a su mujer.

Grace inspeccionó el concurrido vestíbulo. Todos los taburetes de la barra de acero inoxidable, al fondo de la sala, estaban ocupados, igual que todos los sofás y sillas. Había un grupo de hombres vestidos de esmoquin y mujeres en trajes de noche, como si estuvieran a punto de ir a un baile. No vio a ningún periodista.

– ¿Aún no hay prensa?

– Por el momento, no -respondió-. Le he registrado con un nombre falso, Steven Brown.

Grace sonrió.

– ¡Buena chica!

– Puede que con eso ganemos un día -dijo Linda-. Pero llegarán pronto.

«Y con suerte, para entonces Brian Bishop ya estará encerrado en una celda», pensó para sí.

Grace se dirigía a las escaleras, cuando se detuvo. Branson estaba mirando con ojos soñadores a cuatro atractivas jovencitas que estaban sentadas en un sofá bebiendo cócteles. Grace movió una mano para distraer a su compañero. Glenn se acercó a él de manera pensativa.

– Sólo estaba pensando… -dijo el sargento.

– ¿En piernas bellas?

– ¿Piernas has dicho?

Por su mirada de perplejidad, Roy se percató de que su amigo no miraba ninguna chica; ni siquiera las había visto. Simplemente miraba al vacío. Pasó un brazo paternal y amistoso alrededor de la cintura de Branson. Delgada y dura como una roca gracias a las pesas, era como si tuviera un árbol joven y robusto dentro de su chaqueta, no el abdomen de un ser humano.

– Te recuperarás, colega -le dijo.

– Me siento como si estuviera viviendo la vida de otro… ¿Sabes qué quiero decir, tío? -dijo Branson mientras subían el primer tramo de escaleras-. Como si hubiera salido de mi vida y me hubiera metido en la de otro por error.

La habitación de Bishop estaba en el segundo piso. Grace llamó a la puerta. No obtuvo respuesta. Llamó más fuerte. Luego, dejando a Branson que esperara en el pasillo, bajó las escaleras y subió con el director de guardia, un hombre de treinta y pocos años vestido con elegancia y que abrió la puerta con una llave maestra.

Estaba vacía. Hacía un calor sofocante y estaba vacía. Seguido de cerca por Branson, Grace cruzó la habitación a grandes zancadas y abrió la puerta del baño. Estaba inmaculado, intacto, salvo por el hecho de que la taza del váter estaba levantada.

– ¿Ésta es la habitación? -preguntó Grace.

– Por supuesto, señor, la habitación del señor Steven Brown -afirmó el director.

Las únicas pistas de que alguien había estado en aquel lugar en las últimas horas eran una marca profunda en la colcha púrpura, cerca de los pies de la cama, y una bandeja de plata en el centro del colchón con una taza de té frío, una tetera, una jarrita de leche y dos galletas en un paquete sin abrir.

Capítulo 32

Mientras caminaba por la acera larga y ancha del paseo marítimo de Kings Road, Sophie intentaba recordar qué tenía en la nevera o el congelador para cenar. O qué latas había en el armario. No es que tuviera mucha hambre, pero sabía que debía comer algo. Un ciclista la adelantó ataviado con su casco y con ropa de lycra. Dos jóvenes pasaron con sus monopatines.

Hacía un tiempo había leído en una novela una frase que se le quedó grabada: «Las cosas malas suceden en días hermosos».

Aquel 11 de septiembre hizo un día hermoso. Era una de las cosas que más le impresionaron de todas las imágenes, que el impacto de los aviones contra las torres no habría tenido la misma resonancia emocional si el cielo hubiera estado gris y hubiera lloviznado. Uno casi espera que pasen cosas malas los días grises.

Hoy había sido un día de mierda por partida doble o quizás incluso triple. Primero la noticia de la muerte de la mujer de Brian, luego la frialdad de él cuando le llamó para intentar consolarle. Y ahora se daba cuenta de que todos sus planes para el fin de semana se habían ido al garete.

Pasó una hilera de tumbonas y se acercó a una barandilla metálica color turquesa que daba a la playa, y apoyó los codos. Justo debajo de ella, en una superficie de gravilla que en su día había sido un estanque para barcos, varios niños jugaban lanzándose unos a otros pelotas de vivos colores. Los padres charlaban a unos metros de distancia, vigilándolos atentamente. Ella también quería ser madre, quería ver a sus hijos jugando con sus amiguitos. Siempre había imaginado que sería una buena madre. Sus padres habían sido buenos con ella.

Eran personas agradables, decentes, que seguían enamoradas después de treinta años de matrimonio; todavía se cogían de la mano cuando paseaban. Tenían una pequeña empresa, importaban tapetes, servilletas y manteles de encaje hechos a mano en Francia y China y los vendían en ferias de artesanía. Llevaban el negocio desde su casita situada en una pequeña propiedad cerca de Orford, en Suffolk, utilizando un granero como almacén. Podía coger el tren e ir a verlos mañana. Siempre se alegraban de que fuera un fin de semana, pero no estaba segura de si era el tipo de fin de semana que le apetecía.

En estos momentos no estaba nada segura de lo que quería. Sorprendentemente, sólo sabía, por primera vez desde que lo conocía, que no era Brian. Hacía bien en no verla hoy. Y era imposible que ella se quedara sentada como un buitre, a la espera de que pasara el funeral y un período decente de duelo. Sí, le gustaba. Le gustaba mucho, en realidad. De hecho, lo adoraba. La excitaba, en parte porque, de acuerdo, la halagaba tener a ese hombre mayor, sumamente atractivo y triunfador que la idolatraba, pero que también era un amante increíble, aunque un poco pervertido. El mejor, de largo, que había tenido en su vida, aunque su experiencia, lo reconocía, era limitada.

Una cosa que no acababa de comprender era que negara que anoche habían dormido juntos. ¿Le preocupaba que le hubieran pinchado el teléfono? ¿Lo negaba por el dolor? Supuso que estaba aprendiendo, a medida que se hacía mayor, que a veces los hombres eran criaturas extrañas. Quizá siempre.

Sophie alzó la mirada, más allá de la zona de juegos, hacia la playa. Parecía llena de parejas: amantes besándose, acurrucándose, caminando cogidos del brazo, de la mano, riendo, relajándose, deseando que llegara el fin de semana. Aún había muchas barcas en el mar. Las siete y veinte; todavía quedaba un rato de luz. Las tardes serían claras durante algunas semanas más, antes de que la oscuridad invernal comenzara a ganar terreno.

De repente, sin motivo alguno, se estremeció.

Siguió caminando, pasando por delante de los restos del West Pier. Durante mucho tiempo pensó que era una aberración horrenda, pero ahora empezaba a gustarle bastante. Ya no le parecía un edificio que se había derrumbado, sino que para ella la estructura ennegrecida por el incendio se asemejaba al tórax de un monstruo surgido de las profundidades. Un día la gente se quedaría paralizada al ver que todo el mar de la costa de Brighton se llenaba de estas criaturas, pensó por un instante.

Qué ideas tan raras se le ocurrían a veces… Quizá fuera porque leía demasiados guiones de terror. O quizá su conciencia la castigaba por obrar mal. Acostarse con un hombre casado. Sí, estaba completa, absoluta y rematadamente mal.

Cuando se lo había confiado a su mejor amiga, la primera reacción de Holly había sido de emoción. Júbilo de complicidad. El mejor secreto del mundo. Pero luego, como ocurría siempre con Holly -una persona práctica a quien le gustaba pensar las cosas detenidamente-, aparecieron todos los puntos negativos.

En algún lugar, entre la tienda donde compró un aguacate maduro, unos tomates orgánicos y un envase de cóctel de gambas del Atlántico y la puerta de su casa, había tomado la decisión, muy firme, de poner fin a su relación con Brian Bishop.

Sólo tendría que esperar al momento más adecuado. Mientras tanto, recordó el mensaje de Holly que había recibido por la mañana, donde le hablaba de una fiesta para el día siguiente por la noche. Sería lo más sensato. Ir a la fiesta y socializar con gente de su edad.

Su piso estaba en la tercera planta de una casa adosada victoriana bastante maltrecha, justo al norte de la concurrida calle comercial de Church Road. La cerradura de la puerta principal estaba tan floja que cualquiera podía abrirla con un simple empujón brusco para hacer saltar los tornillos de la madera casi podrida. Su casero, un iraní simpático y diminuto, siempre le prometía que lo arreglaría, igual que la cisterna del baño, que goteaba, pero nunca lo hacía.

Abrió la puerta y la recibió el olor a moqueta húmeda, un aroma tenue a comida china y un tufo fuerte a marihuana. Desde el otro lado de la puerta del piso de la planta baja salía la música frenética, fuerte y rítmica de un bajo. El correo estaba desparramado sobre la moqueta gastada del vestíbulo, intacto en el mismo lugar donde había caído por la mañana. Se arrodilló y lo comprobó. El fajo habitual de menús de pizza, ofertas de rebajas estivales, folletos de conciertos, seguros del hogar y una tonelada de correo basura más, con algunas cartas personales y facturas intercaladas.

De naturaleza ordenada, Sophie separó la correspondencia en dos montones, uno con el correo basura, otro con el correo propiamente dicho, y la colocó sobre el estante. Luego pasó por delante de dos bicicletas, que bloqueaban casi toda la entrada, y subió los peldaños pelados de la escalera. En el rellano del primer piso, oyó el televisor de la señora Harsent. Risas de estudio escandalosas. La señora Harsent era una anciana encantadora de ochenta y cinco años que, por suerte para ella -tenía debajo a unos estudiantes que armaban mucho jaleo-, estaba más sorda que una tapia.

A Sophie le encantaba su piso en la última planta; aunque era pequeño, tenía mucha luz y estaba bien ventilado; el casero lo había modernizado con moquetas beis, paredes color blanco roto y cortinas y persianas elegantes color crema. Ella lo había decorado con pósteres enmarcados de algunas de las películas de Producciones Blinding Light y con bocetos falsos grandes en blanco y negro de las caras de algunas de sus estrellas preferidas. Había uno de Johnny Depp, otro de George Clooney, otro de Brad Pitt y otro de su preferido, Heath Ledger, que ocupaba un lugar de honor en la pared frente a su cama.

Encendió el televisor, hizo zapping y encontró American Idol, un programa que le gustaba mucho. Con el volumen muy alto, en parte para ahogar el sonido del televisor de la señora Harsent y en parte para poder escucharlo desde la cocina, cogió una botella de New Zealand Sauvignon de la nevera, la abrió y se sirvió una copa. Luego partió el aguacate, sacó el hueso y lo tiró a la basura antes de rociar el aguacate con limón.

Media hora después, tras refrescarse en la bañera, se sentó en la cama, vestida sólo con una camiseta blanca ancha. La ensalada de aguacate y gambas y su tercera copa de vino estaban en una bandeja sobre el regazo. Se puso a ver ¿Quién quiere ser millonario?, que había grabado a principios de semana, y donde un hombre con aspecto de empollón con unas gafas enormes llegaba a la pregunta de las 64.000 libras. Y, por fin, con el cielo oscureciéndose gradualmente más allá de su ventana, su día comenzó a mejorar.

No oyó cómo la llave giraba en la cerradura de la puerta.

Capítulo 33

Roy Grace estaba en la habitación de hotel vacía y marcó el móvil de Brian Bishop. Saltó directamente el buzón de voz:

– Señor Bishop -dijo-. Soy el comisario Grace. Por favor, llámeme en cuanto escuche este mensaje. -Dejó su número. Luego telefoneó a Linda Buckley, que estaba abajo en el vestíbulo-. ¿Nuestro amigo llevaba equipaje?

– Sí, Roy. Una bolsa de viaje y un maletín, para el ordenador.

Grace y Branson revisaron todos los cajones y armarios. No había nada. Fuera lo que fuese lo que tuviera allí, Bishop se lo había llevado. Grace se volvió hacia el director de guardia.

– ¿Dónde está la escalera de incendios más próxima?

El hombre, que lucía una placa con su nombre -ROLAND WRIGHT, DIRECTOR DE GUARDIA-, los condujo por un pasillo hasta la puerta de la escalera de incendios. Grace la abrió y miró los peldaños metálicos que bajaban hasta un patio lleno de contenedores de basura. Subía un fuerte olor a comida. Cerró la puerta, muy pensativo. ¿Por qué diablos se había vuelto a marchar Bishop? ¿Y adónde había ido?

– Señor Wright -dijo-. Necesito saber si nuestro huésped, Steven Brown, ha realizado o ha recibido alguna llamada durante su estancia en este lugar.

– Ningún problema, podemos bajar a mi despacho.

Diez minutos después, Grace y Branson estaban sentados en el vestíbulo del hotel con Linda Buckley.

– De acuerdo -dijo Grace-. Brian Bishop ha recibido una llamada a las 17.20. -Miró su reloj-. Hace dos horas y media aproximadamente. Pero no tenemos ninguna información sobre quién le ha llamado. Bishop no ha utilizado el teléfono del hotel. Tal vez haya llamado desde el móvil, pero no lo sabremos hasta que obtengamos los registros, que no será hasta el lunes como muy pronto, por la experiencia que tenemos con las compañías telefónicas. Se ha escabullido, con su equipaje, seguramente por la escalera de incendios; te ha eludido deliberadamente. ¿Por qué?

– No es exactamente lo que haría un hombre inocente -dijo Glenn Branson.

Grace, absorto en sus pensamientos, reconoció el comentario un tanto obvio asintiendo levemente con la cabeza.

– Lleva dos bolsas con él. Así que ¿ha ido caminando a algún sitio o ha cogido un taxi?

– Depende de adónde fuera -dijo Branson.

Grace miró a su compañero con la clase de mirada que reservaba normalmente para los imbéciles.

– ¿Y adónde iba, Glenn?

– ¿A casa? -dijo Linda Buckley, intentando ayudar.

– Linda, quiero que hables con las empresas locales de taxis. Llámalas a todas. Comprueba si alguien ha recogido a un hombre cuya descripción encaje con Bishop por los alrededores del hotel sobre las cinco y veinte, cinco y media de esta tarde. Comprueba también si alguien ha llamado a un taxi para que lo recogiera aquí. Glenn, habla con el personal. Pregunta si alguien ha visto a Bishop subirse a un taxi.

Luego llamó a Nick Nicholl.

– ¿Qué estás haciendo?

El joven agente parecía un poco histérico.

– Estoy…, mmm…, cambiándole los pañales a mi hijo.

«Eso sí que es una suerte», pensó Grace, pero se mordió la lengua.

– Odio tener que alejarte de tu felicidad doméstica -dijo.

– Sería un alivio, Roy, créeme.

– Que no te oiga tu mujer -dijo Grace-. Necesito que vayas a la estación de Brighton. Brian Bishop ha vuelto a desaparecer. Quiero que revises las cámaras de seguridad de allí, a ver si aparece en el vestíbulo o en alguno de los andenes.

– ¡En marcha! -La voz de Nick Nicholl no habría sonado más alegre ni aunque le hubiera tocado la lotería.

Diez minutos después, muerto de miedo, Roy Grace iba sentado con el cinturón abrochado en el asiento del copiloto de un Ford Mondeo de la policía.

Tras haber suspendido el curso de conducción avanzada -que le habría permitido participar en persecuciones a alta velocidad-, ahora Glenn estaba preparándose para examinarse de nuevo. Y aunque tenía la cabeza llena de palabras sabias que le había impartido su instructor, Grace creía que no habían arraigado en su cerebro. Cuando la aguja del indicador de velocidad alcanzó los 160 kilómetros por hora al acercarse a una curva cerrada, en la carretera que salía de la ciudad hacia el club de golf North Brighton, Grace pensó con arrepentimiento: «Pero ¿qué estoy haciendo?, ¿por qué dejo que este loco me lleve otra vez? Este loco agotado, resacoso, profundamente deprimido, que carece de vida propia y tiene tendencias suicidas».

Las moscas salpicaban el parabrisas, como copos de nieve rojos. Los coches que venían en dirección contraria, y que parecía que iban a estamparse contra ellos en una explosión de metal y carne humana, de algún modo pasaron sin más consecuencias. Dejaban atrás los setos a cada lado de la carretera a la velocidad del rayo. Vagamente, con el rabillo del ojo, distinguió gente que blandía palos de golf.

Y, por fin, tras desafiar todas las leyes de la física que Grace conocía y comprendía, llegaron, sin saber cómo, al aparcamiento del North Brighton, sanos y salvos.

Y entre los coches estacionados todavía se encontraba el Bentley rojo oscuro de Brian Bishop.

Grace salió del Mondeo, que apestaba a gasolina quemada y que emitía un sonido agudo como un piano mal afinado, y llamó al móvil del inspector William Warner en el aeropuerto de Gatwick.

Bill Warner contestó al segundo tono. Ya se había ido a casa, pero le aseguró a Grace que alertaría de inmediato al aeropuerto por si veían a Brian Bishop.

Después, Grace llamó a la comisaría de Eastbourne, que tenía jurisdicción para patrullar por Beachy Head. Ahora podían considerar a Brian Bishop un sospechoso potencial. Luego llamó a Cleo Morey, para disculparse por tener que anular su cita de esta noche, que llevaba deseando toda la semana. Ella lo comprendió y le invitó a tomar una copa a última hora cuando acabara, si no estaba exhausto.

Finalmente, ordenó a uno de los ayudantes del departamento que llamara a cada uno de los miembros de su equipo para decirles que, a causa de la desaparición de Brian Bishop, los necesitaba a todos otra vez en la sala de reuniones a las once de la noche. A continuación, llamó al CG 99, la señal del inspector de guardia al mando de la división, para ponerle al día y conseguir refuerzos. Le avisó de que el agente que se encontraba en casa de los Bishop debía estar alerta, por si Bishop intentaba entrar.

Mientras regresaba al Mondeo, imaginó que su siguiente plan de acción sería telefonear a la lista de amigos con los que Brian Bishop había jugado al golf aquella mañana, para ver si se había puesto en contacto con alguno. Pero justo mientras pensaba en eso, sonó su teléfono.

Era el controlador de una de las empresas de taxi locales. Le dijo que uno de sus conductores había recogido a Brian Bishop en una calle cercana al Hotel du Vin; hacía una hora y media.

Capítulo 34

Chris Tarrant apoyó la barbilla en su mano. El público guardaba silencio. Las crudas luces de estudio se reflejaban en las gafas grandes y anticuadas del hombre estudioso y con cara de empollón que estaba sentado en la silla. Había mucho en juego. El hombre iba a gastar el dinero que ganara -si lo ganaba- en una casita para su mujer discapacitada; las gotas de sudor poblaban su frente amplia.

Chris Tarrant repitió la pregunta.

– John, tienes 64.000 libras. -Hizo una pausa y alzó el cheque en el aire para que todo el mundo lo viera. Luego lo dejó otra vez en la mesa-. Por 125.000 libras, ¿dónde se encuentra la ciudad turística de Monastir?, a) Túnez; b) Kenia; c) Egipto, o d) Marruecos.

La cámara enfocó a la mujer del concursante, que estaba sentada en una silla de ruedas entre el público del estudio; por su aspecto parecía que estaba a punto de recibir un golpe con un bate de criquet.

– Bueno -dijo el hombre-. Creo que en Kenia no está.

En su cama, mientras veía la televisión, Sophie bebió un sorbo de Sauvignon.

– No es Marruecos -dijo en voz alta. No sabía mucho de geografía, pero había estado de vacaciones en Marrakech, una semana, y había aprendido bastantes cosas sobre el país antes de viajar. No le sonaba que Monastir estuviera allí.

Tenía la ventana abierta de par en par. El aire de la tarde aún era cálido y húmedo, pero al menos soplaba una brisa constante. Había dejado la puerta del dormitorio y las ventanas del salón y la cocina abiertas para que hubiera corriente. Un bum-bum-bum tenue e irritante de música de baile alteraba la tranquilidad de la noche en la calle. Tal vez fueran los vecinos de abajo, tal vez proviniera de otra parte.

– Aún le quedan dos comodines -dijo Chris Tarrant.

– Creo que voy a llamar a un amigo.

¿Eran imaginaciones suyas o acababa de ver una sombra pasando por delante del dormitorio? Esperó un momento, sólo prestando un oído en la televisión y observando la puerta del dormitorio mientras una punzada leve de preocupación le subía por la espalda. El concursante había decidido telefonear a un amigo llamado Ron. Escuchó el tono.

Allí no había nada. Eran sólo imaginaciones suyas. Dejó la copa, cogió el tenedor, pinchó una gamba y un trozo de aguacate y se los llevó a la boca.

– ¡Hola, Ron! ¡Soy Chris Tarrant!

– Hola, Chris. ¿Cómo estás?

Justo cuando tragaba, volvió a ver la sombra. Esta vez estaba claro que no eran imaginaciones suyas. Una figura se movía hacia la puerta. Escuchó un frufrú de ropa o plástico. Fuera, una moto zumbó a toda mecha por la calle.

– ¿Quién anda ahí? -gritó, su voz un chillido tenso, inquieto.

Silencio.

– Ron, estoy aquí con tu colega John. Ahora acaba de ganar 64.000 libras y ahora va a por las 125.000. ¿Cómo vas de geografía?

– Sí, bueno, veamos.

– Muy bien, Ron, tienes treinta segundos, que empiezan ya. Por 125.000 libras, ¿dónde se encuentra la ciudad turística de Monastir? ¿En…?

A Sophie se le hizo un nudo en la garganta. Cogió el mando y silenció el programa. Sus ojos saltaron de nuevo a la puerta, luego al bolso, donde tenía el móvil, muy lejos de ella, sobre el tocador.

La sombra se movía. Poco a poco. Ahí fuera había alguien, casi quieto. Acechando.

Agarró la bandeja un instante. Era la única arma que tenía aparte del tenedor.

– ¿Quién anda ahí? -dijo-. ¿Quién es?

Entonces, él entró en la habitación y todos los miedos de Sophie se desvanecieron.

– ¡Eres tú! -dijo-. Dios santo, ¡menudo susto me has dado!

– No estaba seguro de si te alegrarías de verme.

– Claro que me alegro. Me…, me alegro muchísimo -dijo-. Tenía tantas ganas de hablar contigo, de verte. ¿Cómo estás? Yo… pensaba que no…

– Te he traído un regalo.

Capítulo 35

Cuando era niño, Brighton y Hove eran dos ciudades distintas, cada una de las cuales era pobre a su manera. Se juntaban en una frontera virtual tan errática e ilógica que podría haberla dibujado una cabra borracha. O más probablemente, según Grace, un comité de urbanistas sobrios, que todos juntos, tenían menos sabiduría que la cabra.

Ahora las dos ciudades estaban unidas, para siempre, como el municipio de Brighton y Hove. Tras haber pasado la mayor parte de la última mitad del siglo fastidiando el sistema de tráfico de Brighton y destrozando la legendaria elegancia del paseo marítimo con sus casas de la Regencia, ahora los imbéciles de los urbanistas estaban centrando su ineptitud en Hove. Cada vez que conducía por el paseo marítimo y pasaba por los horrendos edificios del Thistle Hotel, el Kingswest, con su tejado dorado espantoso, y el Brighton Centre, que tenía la misma gracia arquitectónica que una cárcel de máxima seguridad, debía resistir el deseo de ir al ayuntamiento, agarrar a un par de urbanistas por el pescuezo y sacudirlos bien.

No era que Roy Grace estuviera en contra de la arquitectura moderna -todo lo contrario-. Admiraba muchos edificios modernos, el mas reciente uno apodado Gherkin, en Londres. Lo que no soportaba era ver su ciudad natal, a la que tanto amaba, infestada permanentemente por la mediocridad que habitaba entre las paredes de ese departamento de urbanismo.

Para el visitante casual, Brighton se convertía en Hove en el único punto de la frontera que realmente estaba marcado, por una estatua esplendida en el paseo marítimo de un ángel alado con un orbe en una mano y una rama de olivo en la otra: la estatua de la Paz. Grace, en el asiento del copiloto del Ford Mondeo, la miró a su izquierda, por la ventanilla, su silueta recortada contra el cielo que se oscurecía sin cesar.

Al otro lado de la carretera, dos hileras de coches accedían a Brighton. Con los cristales bajados, podía oír todos los vehículos. El rugido de los tubos de escape trucados, el bum-bum-bum de los bafles de los coches, el ruido áspero entrecortado de los taxis de triciclo. Un viernes por la noche en el centro de Brighton era un infierno. Durante las próximas horas, la ciudad estallaría de vida y la policía se desplegaría por sus calles, principalmente en West Street -el equivalente en Brighton del Strip de Las Vegas- y lo haría lo mejor que pudiera, como hacia todos los viernes por la noche, para impedir que el lugar se convirtiera en una zona de guerra invadida por las drogas.

Por los recuerdos que conservaba de su época de policía de patrulla, esta noche no envidiaba lo más mínimo a los agentes de uniforme.

El semáforo cambió a verde. Branson puso el coche en marcha y avanzó con el tráfico lento. Regency Square pasaba a su derecha. Grace miró más allá de la mole de Branson a la magnífica plaza de fachadas color crema del siglo XVIII, con jardines en el medio, afeada por los letreros de un aparcamiento subterráneo y de diversas agencias inmobiliarias. Luego Norfolk Square, una zona de alquileres baratos. Estudiantes. Vagabundos. Putas. Y ancianos pobres. Ahora, a la izquierda de Grace, apareció la parte de la ciudad que más le gustaba, el Hove Lawns, una extensión grande de hierba perfectamente cortada detrás del paseo marítimo, con sus cabañas verdes y, un poco más adelante, sus casetas en la playa.

De día podía verse a muchos viejecitos. Hombres con blázers azules, zapatos de cuero, pañuelos, dando paseos, algunos apoyándose en bastones o andadores. Viudas con reflejos azules en el pelo, rostros blanquecinos y labios de rubí que sacaban a sus pequineses, sujetando las correas con las manos enfundadas en impecables guantes blancos. Figuras encorvadas con pantalones de franela blancos que se movían lentamente por las pistas de césped donde se jugaba a la petanca. Y, cerca, sin prestarles atención, como si hubieran muerto hacía ya mucho tiempo, grupitos de adolescentes se adueñaban de una parte del paseo, con iPods, patines en línea y monopatines, jugando al voleibol, daban rienda suelta a su juventud absoluta e inexperta.

A veces se preguntaba si él llegaría a viejo. Cómo sería. Estar jubilado, cojear, sentirse confundido por el pasado, apabullado por el presente y con un futuro básicamente irrelevante. Que alguien empujara tu silla de ruedas, una manta sobre las rodillas, otra sobre la mente. Sandy y él a veces solían bromear al respecto. «Prométeme que no babearás nunca, Grace, por muy chocho que estés», solia decirle. Pero era una broma cómoda, el tipo de coña que compartían dos personas contentas, felices ante la perspectiva de envejecer, siempre que pudieran recorrer ese camino juntas. Otra razón por la que era incapaz de comprender su misteriosa desaparición.

Munich.

Tenía que ir. Como fuera, tenía que ir hasta allí, y deprisa. Se moría por subirse a un avión, pero no podía. Tenía responsabilidades con el nuevo caso, las primeras veinticuatro horas resultaban cruciales. Además, sentía el aliento de Alison Vosper en su cogote… Tal vez, si las cosas iban, bien podría partir el próximo domingo. Ir y volver el mismo día. Quizá podría arreglárselas con eso.

Sólo había un problema más: ¿qué iba a decirle a Cleo?

Glenn Branson tenía el móvil pegado a la oreja, a pesar de estar conduciendo. De repente, con tristeza, lo apagó y se lo guardó de nuevo en el bolsillo superior.

– Ari no me lo coge -gruñó, elevando la voz por encima de la música que sonaba en la radio del coche-. Sólo quiero darles las buenas noches a los niños. ¿Qué crees que debería hacer?

El sargento había escogido una emisora local de pop. Un grupo del que Grace nunca había oído hablar cantaba una canción rap espantosa, a un volumen mucho más alto de lo que sus oídos podían soportar.

– ¡Para empezar baja eso!

Branson obedeció.

– ¿Crees que tendría que pasarme…, cuando acabemos, quiero decir?

– Dios mío -dijo Grace-. Soy la última persona del planeta a quien pedir consejos matrimoniales. Mira qué desastre de vida tengo yo.

– Bueno, es distinto. Quiero decir que, bueno, podría ir a casa, ¿no?

– Legalmente, tienes derecho.

– No quiero montar una escena delante de los niños.

– Creo que deberías dejarle espacio. Dale un par de días, a ver si te llama.

– ¿Seguro que no te importa que me quede en tu casa? ¿No estaré cortándote el rollo ni nada? ¿Te parece bien?

– Por supuesto -dijo Grace, apretando los dientes.

Branson, que percibió una ausencia de entusiasmo en su voz, dijo:

– Podría ir a un hotel, si lo prefieres.

– Eres mi amigo -dijo Grace-. Los amigos cuidan los unos de los otros.

Branson giró a la derecha en una calle ancha y elegante, flanqueada a ambos lados de casas adosadas de la Regencia que en su día fueron espléndidas. Redujo, luego paró delante de los tres portales del Lansdowne Place Hotel, apagó el motor y, gracias a Dios, pensó Grace, quitó la música. Luego desconectó las luces.

Poco tiempo atrás, este lugar había sido un viejo vertedero de dos estrellas, habitado por un puñado de huéspedes ancianos y algunos turistas pobres que optaban por viajes organizados de bajo presupuesto. Ahora lo habían transformado en uno de los hoteles más modernos de la ciudad.

Bajaron del coche y entraron deslumbrados por un derroche kitsch de velvetón púrpura, cromo y dorado; se dirigieron al mostrador de recepción. La recepcionista, alta y escultural, que llevaba una blusa negra y un flequillo negro a lo Bettie Page, los saludó con una sonrisa. La chapa dorada de la solapa decía: «GRETA».

Grace le mostró su placa.

– Soy el comisario Grace del Departamento de Investigación Criminal de Sussex. A mi compañero y a mí nos gustaría hablar con un huésped que se registró hace un rato. El señor Brian Bishop.

Su sonrisa adquirió los movimientos de un globo deshinchándose mientras miraba la pantalla del ordenador y pulsaba el teclado.

– ¿El señor Brian Bishop?

– Sí.

– Un momento, caballeros. -Levantó el teléfono y pulsó un par de números. Al cabo de un minuto más o menos, colgó el auricular-. Lo siento, parece que no contesta.

– Estamos preocupados por esta persona. ¿Podríamos subir a su habitación?

La chica se sintió totalmente desconcertada.

– Tengo que hablar con el director -respondió.

– De acuerdo -contestó Grace.

Cinco minutos después, por segunda vez en una hora, se encontró entrando en otra habitación de hotel vacía.

Capítulo 36

Skunk siempre estaba en su despacho los viernes por la noche, cuando estaban disponibles las ganancias más sustanciales de la semana. La gente que salía a pasarlo bien era despreocupada -y descuidada-. A las ocho, los aparcamientos del centro de la ciudad estaban casi al límite de su capacidad. Ciudadanos locales y visitantes se empujaban por las calles viejas y estrechas de Brighton, abarrotaban los pubs, bares y restaurantes, y más tarde, los más jóvenes, colocados y borrachos, comenzarían a hacer cola en las discotecas.

Una bolsa grande del Tesco se balanceaba en su brazo mientras avanzaba lentamente a través de la ingente muchedumbre, abriéndose paso a veces por entre las mesas de las terrazas abarrotadas. Mil aromas teñían el aire cálido del centro. Colonias, perfumes, humo de tabaco, gases de tubos de escape, aceite de oliva y especias que se doraban en las sartenes y el fuerte olor a salitre. Con la mente en otra parte, apagó el parloteo, las risas, el clac-clac-clac de los tacones altos caminando por el adoquinado, el rugido de la música procedente de las puertas y ventanas abiertas. Aquella noche sólo se fijó vagamente en los Rolex que lucían muñecas bronceadas, los broches, collares y anillos de diamantes, los bultos de las chaquetas de los hombres, que delataban dónde había una cartera llena de billetes que esperaba a que alguien la cogiera.

Aquella noche tenía cosas más importantes que hacer.

Mientras bajaba por East Street, se sentía como si le empujara la marea. Giró a la derecha, pasó por delante del restaurante Latin in the Lane, detrás del Thistle Hotel, luego dobló a la derecha al llegar al paseo marítimo, eludiendo a una adolescente que se peleaba con gritos y lágrimas con un chico con el pelo de punta; dejó atrás el Old Ship, el Brighton Centre y los elegantes hoteles Grand y Metropole -en ninguno de los cuales había estado-. Por fin, pegajoso por el sudor, llegó a Regency Square.

Evitando la salida-entrada del aparcamiento, donde estaba sentado un empleado, se dirigió a la parte de arriba de la plaza, luego bajó los escalones de hormigón que apestaban a orina y accedió al centro del segundo nivel del aparcamiento. Con el dinero que iba a sacar con este trabajo, se compraría otra bolsita de caballo y luego cualquier otra cosa que le ofrecieran, más tarde, aquella misma noche, en alguna discoteca. Lo único que tenía que hacer era encontrar un coche que encajara con el de la lista de la compra que llevaba doblada en el bolsillo de los pantalones.

Dentro de la bolsa de plástico había varias matrículas, copiadas del modelo que había visto antes. Cuando encontrara el coche correcto, un Audi A4 nuevo, descapotable, automático, con pocos kilómetros, azul metalizado, plateado o negro, simplemente colocaría las matrículas. De ese modo, si el propietario denunciaba su robo, la policía buscaría un coche con una matrícula distinta.

Era prácticamente seguro que aquí habría algo adecuado. Si no, lo intentaría en otro aparcamiento. Y si se confirmaba lo peor, encontraría uno en la calle, el de alguna zorra rica; en esta ciudad las zorras ricas, oxigenadas y rellenas de silicona abundaban. A él no le importaría nada tener un Audi descapotable. Podía verse a sí mismo, en un universo paralelo, llevando a Bethany por la costa, una noche cálida de viernes, la música a todo volumen, calefacción en los pies y el olor a piel nueva a su alrededor.

Algún día.

Algún día, las cosas serían distintas.

Encontró el coche al cabo de unos minutos, al fondo del tercer nivel. De un tono oscuro azul o verde opalino -resultaba difícil saberlo con esa tenue luz de escaso voltaje que alumbraba el aparcamiento-, el techo negro y asientos de cuero color crema. La matrícula indicaba que tenía menos de seis meses de antigüedad, pero cuando llegó al vehículo y percibió el olor a gasolina recién quemada, se dio cuenta, para su alegría, de que era novísimo. ¡No tenía ni una rayadita!

Y el propietario lo había aparcado en un lugar muy práctico, con el morro hacia dentro, cerca de una columna.

Después de comprobar cuidadosamente que no hubiera nadie alrededor, se aproximó al lateral del coche y puso la mano sobre el capó. Estaba caliente. Bien. Eso significaba que debían de haberlo dejado hacía poco; así pues, con suerte, el propietario tardaría unas horas en volver. Sin embargo, por precaución, sacó las dos matrículas de la bolsa y las fijó, con cinta adhesiva de doble cara, encima de las originales.

Luego, sacó de la bolsa lo que a cualquier policía que lo parara le parecería un mando a distancia de Sky TV. Apuntó con él al salpicadero, a través de la ventanilla del conductor, introdujo el código que le habían proporcionado y, acto seguido, pulsó el botón verde.

No pasó nada.

Volvió a intentarlo. La luz roja se iluminó en el mando, pero eso fue todo.

«Mierda.» Miró de nuevo a su alrededor, ahora más nervioso, luego se acercó a la parte delantera del coche y se arrodilló junto al faro derecho. Oculto por el coche y la columna, se relajó un poco. Era fácil. Ya lo había hecho antes; con una docena de Audis al menos. Un trabajillo de cinco minutos como máximo.

Sacó un destornillador de la bolsa de plástico y comenzó a desenroscar el borde del faro derecho delantero. Cuando acabó, extrajo la unidad sellada y la dejó colgando del cable. Luego, cogió unos alicates, metió el brazo por el agujero vacío, tocó alrededor hasta que encontró el alambre que llegaba a la bocina y lo cortó. A continuación, palpó a tientas y soltó un alarido. Había tocado por accidente la chapa caliente del motor y se había quemado los nudillos. Siguió hasta localizar el mecanismo de cierre del coche y después se abrió camino por entre los cables y lo inutilizó.

Volvió a colocar el faro y abrió la puerta del conductor, lo que disparó los intermitentes -el único elemento que quedaba en el arsenal de la alarma inutilizada-. Momentos después, arrancó el fusible de la caja de los intermitentes y lo metió en la bolsa. Luego abrió el capó e hizo un puente entre el solenoide y el estárter. Al instante, el motor cobró vida con un rugido dulce.

Se deslizó en el asiento del conductor y giró el volante con fuerza, para romper el tope. Luego vio con alegría que esa noche iba a conseguir una pequeña bonificación. El propietario había tenido la deferencia de dejar el tique del aparcamiento en el asiento del copiloto. Y Barry Spiker, un cabrón tacaño para el que hacía estos trabajos, que le había dado veintisiete libras para pagar la tarifa de todo el día y poder retirar el vehículo del aparcamiento, ¡no se enteraría!

Dos minutos después, tras haber aflojado sólo dos libras al encargado, subió la rampa alegremente, con ya veinticinco libras de beneficio. Estaba de tan buen humor que se detuvo en lo alto de la rampa, subió el volumen y bajó la capota.

No fue un movimiento inteligente.

Capítulo 37

– ¿Cómo estás? -preguntó Sophie en tono de súplica-. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo…?

– Pruébatela -dijo él con brusquedad, y dejó el paquete sobre la bandeja, haciendo caso omiso a sus preguntas.

Fuera, en la oscuridad acechante, se oyó el gemido de una sirena que ahogó momentáneamente el bum-bum-bum de la música de baile, que se hacía cada vez más pesada.

Sophie, estupefacta -y también incómoda por su comportamiento-, desató dócilmente el lazo y luego miró dentro de la caja. Lo único que vio de momento fue un papel de seda.

Con el rabillo del ojo, en la pantalla del televisor, vio que Chris Tarrant articulaba las palabras: «¿Respuesta final?».

El tipo con cara de empollón y gafas grandes asintió con la cabeza.

Una luz amarilla iluminó la palabra «Marruecos».

Momentos después, en la pantalla, una luz verde iluminó: «Túnez».

Las cejas de Chris Tarrant subieron varios centímetros en su frente.

La señora de la silla de ruedas, que antes parecía estar a punto de recibir un golpe con un bate de críquet, parecía ahora que hubiera recibido el mazazo. Mientras tanto, su marido pareció encogerse en la silla.

Sophie leyó los labios de Tarrant, que dijeron: «John, pero si tenías 64.000 libras…».

– ¿Quieres ver la televisión o abrir el regalo que te he comprado? -dijo él.

– ¡El regalo, por supuesto! -contestó ella mientras dejaba la bandeja con la comida en la mesita de noche-. Pero quiero saber cómo estás. Quiero saber qué…

– No quiero hablar del tema. ¡Ábrelo! -dijo en un tono tan agresivo de repente que Sophie se asustó.

– De acuerdo -dijo ella.

– ¿Por qué ves esa mierda?

Los ojos de Sophie volvieron a la pantalla.

– Porque me gusta -dijo, intentando calmarle-. Pobre hombre. Su mujer está en una silla de ruedas. Acaba de fallar la pregunta de las 125.000 libras.

– Ese programa es un timo -dijo.

– ¡No lo es!

– La vida es un timo. ¿Todavía no lo has entendido?

– ¿Un timo?

Ahora fue él quien señaló la pantalla.

– No sé quién es ese tío; el resto del mundo tampoco lo sabe. Hace sólo unos minutos estaba sentado en esa silla y no tenía nada. Ahora va a irse con 32.000 libras y se sentirá insatisfecho cuando debería estar saltando de alegría. ¿Vas a decirme que eso no es un timo?

– Es una cuestión de perspectiva. Quiero decir… Desde su punto de…

– ¡Apaga esa mierda, joder!

Sophie aún estaba escandalizada por la agresividad de su voz, pero al mismo tiempo un pronto desafiante la impulsó a contestar:

– No. Me gusta.

– ¿Quieres que me vaya, para que puedas seguir viendo tu triste programa de mierda?

Sophie ya se arrepentía de lo que había dicho. Pese a su determinación anterior de cortar con Brian, al verle en persona se dio cuenta de que prefería mil millones de veces que estuviera esa noche con ella que ver aquel programa -o cualquier otro-. Y, Dios santo, por lo que debía de estar pasando el pobre… Pulsó el mando y apagó la tele.

– Lo siento -dijo.

La miraba de un modo que no había visto nunca. Como si un velo cubriera sus ojos.

– Lo siento mucho, ¿vale? Sólo me ha sorprendido verte en mi casa.

– Entonces, ¿no te alegras de verme?

Ella se incorporó, le echó los brazos al cuello y le besó en los labios. Tenía el aliento rancio y olía a sudor, pero no le importó. Eran olores varoniles, sus olores. Los absorbió como si fueran los aromas más embriagadores del planeta.

– Me alegro mucho de verte -dijo-. Sólo estoy… -Miró esos ojos color avellana que tanto adoraba-. Estoy tan sorprendida, ¿sabes?, después de lo que has dicho antes cuando hablamos. Cuéntame. Por favor, cuéntame qué ha pasado. Por favor, cuéntamelo todo.

– ¡Ábrelo! -dijo, elevando más la voz.

Sophie apartó el papel de seda pero, como una caja china, había otra capa debajo, y luego otra más. Para intentar alejarle de lo que fuera que le tenía tan enfadado, dijo:

– De acuerdo, voy a tratar de adivinar qué cosa es. Yo diría que es…

De repente, Brian acercó la cara a sólo unos centímetros de la de ella, tan cerca que sus narices casi se tocaban.

– ¡Ábrelo! -chilló-. Ábrelo, zorra de mierda.

Capítulo 38

Skunk, que conducía en la oscuridad incipiente, teñida de púrpura, se fijó en los faros brillantes en el retrovisor. Habían aparecido de la nada momentos después de abandonar el aparcamiento de Regency Square. Ahora habían adelantado la hilera de coches y se colocaban delante de un BMW con los cristales tintados que circulaba justo detrás de él.

No tenía por qué pasar nada necesariamente, pensó. Pero cuando llegó a las dos filas de vehículos que se extendían en la rotonda delante del muelle de Brighton, vislumbró fugazmente en el retrovisor la cara del hombre sentado en el asiento del copiloto, iluminado por el resplandor de neón del alumbrado de la calle, y empezó a entrarle pánico.

No podía estar seguro al cien por cien, pero se parecía un huevo a ese secreta joven llamado Paul Packer, a quien le había arrancado un trozo de dedo después de un roce por un coche robado, razón por la que acabó en un reformatorio.

A todo volumen en la radio del coche, Lindsay Lohan cantaba Confessions of a broken heart, pero apenas oía la letra; miraba el tráfico que entraba y salía de la rotonda, intentando decidir qué desvío tomar. El coche de detrás le pitó. Skunk lo mandó a freír espárragos. Podía elegir entre cuatro salidas. Una lo llevaría hacia el centro de la ciudad y el tráfico congestionado. Demasiado arriesgado, podía quedarse atrapado fácilmente. La segunda dirección era Marine Parade, una calle ancha con muchas vías secundarias, además de una carretera rápida y abierta más adelante. La tercera lo llevaría al paseo marítimo, pero el peligro que corría, al haber sólo una salida en cada extremo, era que podían bloquearle con facilidad. La cuarta opción lo conduciría de vuelta por donde había venido. Pero había obras y mucho tráfico.

Tomó una decisión y pisó el pedal a fondo. El Audi salió disparado y cruzó justo por delante de una furgoneta blanca. Muy concentrado, Skunk continuó acelerando por Marine Parade, por delante de las tiendas y, luego, del ostentoso edificio Van Alen. Miró el retrovisor. Ni rastro del Vectra. Bien. Debía de haberse quedado atascado en la rotonda.

El semáforo de delante estaba rojo. Frenó y soltó un taco. En los espejos volvió a ver el Vectra, que adelantaba por el lado incorrecto y acortaba distancias, conduciendo a lo loco. El coche se detuvo detrás de él. Justo detrás; parecía estar a un centímetro de su parachoques trasero. Resplandeciente. Antena de radio en el techo. Dos hombres en los asientos delanteros. Y, ahora, iluminado por la luz de sus propios frenos, no había confusión posible.

«Mierda.»

En el retrovisor vio los ojos de Packer, los recordaba de antes, unos ojos grandes y tranquilos que se clavaban en ti como láseres. Incluso se acordaba de que cuando le había arrancado el dedo a ese cabrón, sus ojos se habían mantenido fijos en él, sin sorpresa, sin ningún gesto de dolor. Unos ojos algo raros, sonrientes -casi como si el hombre se burlara de él-. Y era como si ahora hiciera lo mismo, ahí sentado, sin que ninguno de los dos policías se moviera para salir del coche.

¿Por qué coño no lo detenían?

Los nervios se apoderaron de él, como si tuviera un animal enloquecido saltando dentro del estómago. Sacudió la cabeza al ritmo de la música, pero estaba histérico. Necesitaba algo. Necesitaba otro chute. La cantidad ridícula que había comprado se agotaba deprisa. Intentó pensar en la mejor ruta.

Trató de pensar en por qué los maderos no se bajaban del coche.

El semáforo se puso verde. Pisó el pedal, aceleró hasta la mitad del cruce, entonces dio un volantazo hacia la izquierda y entró en Lower Rock Gardens, a punto de chocar con un taxi que venía en dirección contraria.

Subió a toda mecha por la calle de casas victorianas adosadas, flanqueada a ambos lados de bed and breakfasts baratos y habitaciones de alquiler. Al parar en otro semáforo rojo, vio que el Vectra se acercaba deprisa. Y cualquier pequeña duda que pudiera albergar sobre si lo seguían se disipó.

Mientras miraba en ambas direcciones, vio que dos autobuses se aproximaban por su izquierda, muy pegados. Esperó hasta el último momento; entonces aceleró y cruzó por delante del primer autobús, veloz como el viento. Subió por Egremont Place y tomó una curva pronunciada, adelantando a un Nissan lento por la izquierda en una esquina sin visibilidad, pero la suerte le sonrió y no apareció nadie en dirección contraria.

Entonces esperó con inquietud en el cruce de la concurrida Elm Grove a que se abriera un hueco en el tráfico. De repente, dos faros rompieron la oscuridad detrás de él, a lo lejos. Sin pensarlo giró a la derecha, cruzó, haciendo caso omiso al chirrido de los frenos, las bocinas y las luces y, dejando un rastro de goma, pasó por delante del hipódromo de Brighton y luego bajó por el barrio residencial de Woodingdean.

Se planteó detenerse a cambiar la matrícula y volver a poner la original, ya que estaba casi seguro de que no habrían denunciado aún el robo del coche, pero no quería arriesgarse a que el Vectra volviera a alcanzarle. Así que le pisó, haciendo caso omiso al flash de un radar con una sonrisa irónica.

Diez minutos después, en una carretera rural a tres kilómetros hacia el interior del puerto de Newhaven, con los espejos sucios y el parabrisas salpicado de insectos muertos, redujo y dobló a la derecha en una señal en la ponía: «GRANJA MEADES».

Entró por un espacio en que había un seto alto e irregular y subió una carretera de grava de un solo carril, la siguió durante ochocientos metros a través de campos de trigo que tendrían que haberse cosechado tiempo atrás; varios conejos arriesgaron la piel y cruzaron en su camino. Pasó por delante de los enormes cobertizos abandonados que en su día habían sido gallineros de cría intensiva y, a su derecha, apareció un granero abierto por un lado que guardaba piezas de todo tipo y maquinaria agrícola en desuso y oxidada. Luego, justo delante, los faros iluminaron la pared de un granero inmenso de acero.

Detuvo el coche. No se veía ninguna luz en el edificio y no había vehículos aparcados fuera. Nada que revelara el negocio activo que se llevaba a cabo allí dentro en estos momentos.

Sacó el móvil de su bolsillo y marcó un número que se sabía de memoria.

– Fuera -dijo cuando contestaron.

Las puertas electrónicas se abrieron lo justo para que entrara el coche en un espacio bien iluminado, grande y profundo. Comenzaron a cerrarse tras él al instante. Dentro, vio unos veinte automóviles, la mayoría últimos modelos de marcas de lujo. Distinguió dos Ferraris, un Aston Martin DB9, un Bentley Continental, dos Range Rovers, un Cayenne, además de algunos coches menos exóticos, entre los que se incluían un Golf GTI, un Mazda MX5, un Triumph Stag clásico amarillo y un MG TF nuevos. Algunos de los vehículos parecían intactos, mientras que otros se encontraban en diversas etapas de desguace. A pesar de lo tarde que era, cuatro mecánicos en ropa de faena estaban trabajando: dos debajo de los capós abiertos, uno boca arriba debajo de un Lexus deportivo alzado con el gato, el cuarto encajando un panel de la carrocería en un Range Rover Sport.

Skunk apagó el motor y con él la música enmudeció. En su lugar, se oyó una antigua canción estúpida de Gene Pitney, que sonaba en un transistor en algún lugar del edificio. Una taladradora empezó a gemir.

Barry Spiker salió de su despacho acristalado al fondo, hablando por el móvil, y se acercó a él. Ex campeón regional de peso mosca, bajito y fuerte, con el pelo rapado, tenía un rostro tan duro que se podría partir hielo con él. Llevaba un mono azul encima de una camiseta de malla y chanclas, y apestaba a loción de afeitar pegajosamente dulce. Alrededor del cuello, lucía un medallón colgado de una cadena dorada. Sin saludar a Skunk, rodeó el coche, todavía hablando por teléfono, discutiendo, malhumorado al parecer.

Mientras Skunk salía del coche, Spiker colgó y, luego, blandiendo el teléfono como si fuera una daga, se acercó a él.

– ¿Qué coño es esta mierda? Quería un 3.2 V6. Esto es una cafetera de dos litros. No me sirve. ¡Espero que no creas que te lo voy a comprar!

A Skunk se le cayó el alma a los pies.

– No… No has…

Sacó el papel arrugado de su bolsillo, en el que esa mañana había anotado las instrucciones y se lo enseñó a Spiker. Ponía, escrito con su letra temblorosa: «Audi A4 nuevo, descapotable, automático, pocos kilómetros, azul metalizado, plateado o negro».

– No has especificado el tamaño del motor -dijo Skunk.

– ¿De qué puto árbol te has caído tú? Resulta que a la gente que compra coches bonitos le gusta también que tengan motores buenos.

– Éste es la hostia -dijo Skunk a la defensiva.

Spiker se encogió de hombros y volvió a mirar el coche, pensativo.

– No, no me sirve. -Su teléfono empezó a sonar-. Tampoco me gusta demasiado el color. -Miró la pantalla, se acercó el móvil al oído y dijo con brusquedad-: Estoy ocupado. Luego te llamo. -Y colgó-. Sesenta libras.

– ¿Qué? -Skunk había esperado cobrar doscientas.

– Lo tomas o lo dejas.

Skunk lo miró. El cabrón siempre encontraba un modo de joderle. O bien había una rayada en la pintura, o bien los neumáticos estaban hechos polvo, o, tal vez, necesitaba un tubo de escape nuevo. Algo. Pero al menos iba a sacar un beneficio secreto con el aparcamiento y le devolvería la jugada al hombre a su manera, modesta pero satisfactoria.

– ¿De dónde lo has sacado?

– De Regency Square.

Spiker asintió. Estaba comprobando con cuidado el interior. Skunk sabía por qué. Buscaba cualquier marca o arañazo que pudiera utilizar para rebajar aún más el precio. Entonces a Spiker se le encendieron los ojos con avaricia al ver algo en los pies del asiento del copiloto. Abrió la puerta, se agachó y se levantó con un papel pequeño en la mano, como un trofeo, que inspeccionó detenidamente.

– ¡Genial! -dijo-. ¡Qué bien!

– ¿Qué?

– El recibo del aparcamiento de Regency Square. Hace veinte minutos. ¡Sólo dos libras! ¡Eres la bomba, Skunk! Tienes que devolverme veinticinco libras de la pasta que te he dado.

Skunk maldijo su estupidez.

Capítulo 39

Sus palabras le afectaron. La asustaron. Brian tenía los ojos vidriosos e inyectados en sangre. ¿Había bebido? ¿Había tomado alguna droga?

– ¡Ábrelo! -volvió a decir-. ¡Ábrelo, zorra!

Estuvo tentada de decirle que se fuera a la mierda y que no se atreviera a hablarle de aquella forma. Pero como era consciente del estrés que estaría sufriendo, intentó seguirle la corriente, tranquilizarle y traerle de vuelta del lugar o espacio en el que se encontraba. Retiró otra capa de papel de seda. Qué juego más extraño. Primero te grito y te insulto y luego te doy un regalo, ¿de acuerdo?

Levantó otra capa, hizo una bola y la dejó sobre la cama a su lado, pero Brian no rebajó la frialdad de su conducta, sino que la empeoró, temblando de ira.

– ¡Vamos, zorra! ¿Por qué tardas tanto?

Un escalofrío recorrió su cuerpo. De repente, no quería estar allí, atrapada en su habitación con él. No tenía ni idea de qué iba a encontrar en la caja. Nunca le había comprado un regalo, salvo flores un par de veces últimamente cuando había ido a su piso. Pero fuera lo que fuese, no le daba buena espina; era como si, de repente, el mundo se hubiera vuelto del revés.

Con cada capa que retiraba, aumentaba una sensación muy desagradable sobre lo que había en la caja. Entonces llegó a la última capa de papel de seda. Notó algo que era en parte duro, en parte blando y flexible, como si estuviera hecho de cuero, y se percató de lo que podía ser. Y se relajó. Le sonrió. El tío le estaba tomando el pelo, ¡había sido todo una broma!

– ¡Un bolso! -gritó-. Es un bolso, ¿verdad? ¡Cariño! ¿Cómo sabías que necesitaba un bolso nuevo? ¿Te lo dije?

Pero él no le devolvió la sonrisa.

– Tú ábrelo -volvió a decir con frialdad.

Ese breve momento repleto de buenas sensaciones se evaporó mientras su mundo se hundía otra vez. No había ni pizca de calidez en su expresión o sus palabras. Su miedo aumentó. ¿Y no era raro que le hiciera un regalo el mismo día que habían hallado muerta a su mujer? Luego, al fin, retiró la última capa de papel.

Miró horrorizada el objeto que quedó al descubierto.

No era un bolso. Algo extraño y siniestro, una especie de casco, gris, con lentes abultadas, una correa y un tubo estriado que colgaba en forma de hocico. Una máscara antigás, se percató consternada, de esas que había visto en las caras de los soldados destinados en Iraq, o quizá fuera más antigua. Olía a humedad y a goma.

Sophie lo miró sorprendida.

– ¿Vamos a invadir un país o algo?

– Póntela.

– ¿Quieres que lleve eso?

– Póntela.

Se la acercó a la cara pero ella la apartó al instante, arrugando la nariz.

– ¿De verdad que quieres que la lleve? ¿Quieres que me la ponga para hacer el amor? -Sonrió, un poco estupefacta, su miedo remitía-. ¿Te excita o qué?

A modo de respuesta, Brian se la arrancó de las manos, la apretó contra su cara y luego le pasó la correa por detrás de la cabeza, tirándole de algunos cabellos y haciéndole mucho daño. La correa le apretaba tanto que le dolía.

Por un momento, se quedó totalmente desorientada. Las lentes estaban sucias, manchadas y tintadas. Sólo podía verlo a él, y la habitación parcialmente, a través de una neblina verde. Cuando volvió la cabeza, Brian había desaparecido de su vista y tuvo que girar el cuello para verle de nuevo. Oyó el sonido de su propia respiración, jadeos ahogados como el rugido del mar en sus oídos.

– No puedo respirar -dijo aterrada, sintiendo claustrofobia, su voz apagada.

– Por supuesto que puedes respirar -oyó su voz confusa, distorsionada.

Presa del pánico, intentó quitarse la máscara. Pero Brian le agarró las manos, obligándola a alejarlas de la correa, cogiéndolas con tanta fuerza que le hacía daño.

– Deja de comportarte como una zorra estúpida -le dijo.

– Brian, no me gusta este juego -gimoteó Sophie.

Casi al instante, notó que la tumbaba de espaldas, sobre la cama. Mientras las paredes y el techo se deslizaban frente a sus ojos, el pánico se acentuó.

– ¡Nooo!

Sacudió las piernas, notó que el pie derecho golpeaba algo duro. Le oyó rugir de dolor. Luego consiguió liberarse de sus manos, rodó y, de repente, estaba cayendo. Aterrizó en el suelo enmoquetado y se hizo daño.

– ¡Zorra de mierda!

Esforzándose por ponerse de rodillas, Sophie subió las manos hacia la máscara, tiró de la correa y, entonces, sintió un golpe terrible, un crujido en el estómago que la dejó sin respiración. Se dobló de dolor, horrorizada al darse cuenta de lo que había ocurrido.

Le había pegado.

Y, de repente, percibió que la situación había cambiado. Se había vuelto loco.

Brian la arrojó sobre la cama y ella se golpeó las pantorrillas con el borde. Le gritó, pero su voz quedó atrapada dentro de la máscara.

«Tengo que escapar de él. Tengo que salir de aquí.»

Notó que le arrancaba la camiseta. Por un momento dejó de resistirse, de pensar, de intentar elaborar un plan. El ruido de su respiración era ensordecedor. «Tengo que quitarme esta maldita máscara.» El corazón le dolía al palpitar. «Tengo que llegar a la puerta, al piso de abajo, a los chicos de abajo. Ellos me ayudarán.»

Sacudió la cabeza a derecha e izquierda, para comprobar qué objetos había en las mesitas de noche que pudiera utilizar como arma.

– Brian, por favor, Brian…

Su mano, dura como un martillo, golpeó el lateral de la máscara. Sophie sintió como si el cuello le vibrara.

Había un libro, un tomo grueso de tapa dura sobre ciencia, de Bill Bryson, un libro que le habían regalado en Navidad y que hojeaba de vez en cuando. Rodó sobre sí misma, deprisa, lo cogió y le golpeó con él, alcanzándole de lleno en un lado. Le oyó gruñir de dolor y sorpresa; advirtió que se caía por un lado de la cama.

Sophie se puso en pie al instante, salió corriendo del dormitorio, recorrió el corto pasillo, sin quitarse la máscara, no quería perder un tiempo precioso. Llegó a la puerta, cogió el pomo, lo giró y tiró.

La puerta se abrió unos centímetros y luego se frenó, bruscamente, con un ruido metálico, seco.

Brian había puesto la cadena de seguridad.

Un pavor gélido explotó en su interior. Cogió la cadena mientras cerraba de nuevo la puerta, la movió, intentando liberarla, pero estaba encallada, ¡la muy puta estaba encallada! ¿Cómo podía estar encallada? Temblaba, gritaba, unos chillidos ahogados y resonantes.

– ¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Ayuda! Por favor, ¡que alguien me ayude!

Entonces, justo detrás de ella, escuchó un chirrido metálico.

Giró la cabeza. Y vio lo que Brian tenía en la mano.

Sophie abrió la boca, en silencio esta vez, el miedo le había paralizado la garganta. Se quedó inmóvil, gimiendo de terror. Era como si todo su cuerpo se derrumbara. Incapaz de aguantarse, se meó encima.

Capítulo 40

He leído que las noticias devastadoras tienen un impacto extraño en el cerebro humano. Funden el tiempo y el espacio, indeleblemente.

Tal vez forme parte del modo en que están programados los seres humanos, para darnos una señal de advertencia que marque un lugar peligroso en nuestras vidas o en el mundo.

Yo aún no había nacido, o sea que no puedo dar fe de ello, pero la gente dice que recuerda exactamente dónde estaba y qué hacía cuando escucharon la noticia, el 22 de noviembre de 1963, del magnicidio del presidente John E Kennedy a manos de un francotirador en Dallas.

Yo recuerdo dónde estaba y qué hacía cuando escuché la noticia, el 8 de diciembre de 1980, del asesinato de John Lennon. También recuerdo, muy claramente, que estaba sentado a la mesa de mi estudio, buscando en internet el cableado para un Jaguar Mark II 3.8 del 62, la mañana del domingo 31 de agosto de 1997, cuando escuché la noticia de que Diana, princesa de Gales, había muerto en un accidente de coche en un túnel de París.

En especial recuerdo dónde estaba y qué hacía exactamente la mañana de julio, once meses después, en la que recibí la carta que me destrozó la vida.

Capítulo 41

Roy Grace estaba sentado a la mesa de su despacho pequeño y mal ventilado en Sussex House, esperando noticias de Brian Bishop y ocupando el tiempo antes de la reunión informativa de las once. Estaba mirando con tristeza la cara igualmente triste de una trucha marrón de tres kilos trescientos gramos, disecada y montada en una caja de cristal colgada en una pared de su despacho. Estaba justo debajo de un reloj redondo de madera que había formado parte del atrezo de la comisaría de policía de ficción de The Bill; Sandy se la había comprado en una subasta en una época más feliz.

Había comprado el pez, movido por un impulso, algunos años atrás, en un puesto en Portobello Road. Aludía a él en alguna ocasión cuando instruía a los inspectores jóvenes y sin experiencia, para hacer un chiste cada vez más manido sobre la paciencia y los peces gordos.

Sobre su mesa, delante de él, había una pila de documentos que tenía que repasar detenidamente, parte de los preparativos del juicio, a unos meses vista, de un hombre llamado Carl Venner, uno de los bichos más detestables que había conocido en toda su carrera. Esperaba que si no la cagaba con la preparación, Venner se enfrentaría a varias cadenas perpetuas simultáneas. Pero con algunos de los jueces que había nunca podías estar seguro.

Su cena, que había elegido hacía unos minutos en el ASDA, también descansaba sobre la mesa. Un sándwich de atún que todavía estaba en su caja de plástico transparente, con una pegatina amarilla con la palabra «¡Oferta!», una manzana, una barra de chocolate Twix y una lata de Coca-Cola Light.

Dedicó varios minutos a echar un vistazo a la avalancha de e-mails, contestó algunos y borró un montón. Parecía que no importaba lo rápido que se ocupara de ellos, no dejaba de recibir más y más, y el número de mensajes sin contestar en la bandeja de entrada llegaba casi a los doscientos. Afortunadamente, Eleanor se encargaría de la mayoría de ellos. Ya había despejado su agenda -un proceso automático siempre que se iniciaba una investigación criminal importante.

Lo único que había mantenido era el almuerzo del domingo con su hermana Jodie, a quien hacía más de un mes que no veía, y un recordatorio para comprar una tarjeta y un regalo de cumpleaños para su ahijada Jaye Somers, que la semana próxima cumpliría nueve años. Se preguntó qué podía regalarle, y decidió que Jodie, que tenía tres hijos que rondaban esa edad, lo sabría. También tomó nota mentalmente de que tendría que cancelar la comida si se iba a Munich.

Más de quince e-mails estaban relacionados con el equipo de rugby de la policía, del que le habían elegido presidente para el próximo otoño. Eran un ingrato recordatorio de que a pesar del calor glorioso que reinaba, en poco menos de cuatro semanas ya estarían en septiembre. El verano estaba llegando a su fin. Los días ya se acortaban sensiblemente.

Tocó el teclado para activar el software Vantage del sistema informático interno del cuerpo y comprobó los últimos informes registrados para ver qué había sucedido en el último par de horas. Leyendo por encima las letras naranjas, nada atrajo especialmente su atención. Era demasiado temprano -más tarde habría un sinfín de peleas, agresiones y atracos-. Un accidente de tráfico en la carretera de Londres de acceso a Brighton. Un tirón de bolso. Un ladrón en un supermercado Tesco de Boundary Road. Un coche robado abandonado en una gasolinera. Un caballo desbocado en la A 27.

Entonces sonó el teléfono. Era el sargento Guy Batchelor, una nueva incorporación a su equipo investigador, a quien había enviado por la mañana a hablar con los compañeros de golf de Brian Bishop.

A Grace le gustaba Batchelor. Siempre había pensado que si se solicitara a una agencia de casting un policía de mediana edad para interpretar una escena en una película, el hombre seleccionado sería igual que Batchelor. Era alto y fornido, con la cabeza con forma de pelota de rugby, pelo ralo y una conducta jovial pero seria. Aunque no era enorme, tenía un aire de gigante bonachón, más por su naturaleza que por su corpulencia física.

– Roy, he visto a las tres personas que jugaron hoy al golf con Bishop. Te digo algo que creo que podría tener interés: todos han dicho que parecía estar de un humor excepcional y que estaba jugando como nunca, mejor de lo que ninguno de ellos le había visto.

– ¿Les dio alguna explicación?

– No, al parecer es un tipo bastante solitario, a diferencia de su mujer, que era muy sociable. No tiene amigos íntimos realmente, por lo general no habla mucho. Pero hoy contaba chistes. Uno de los compañeros de juego, un tal Mishon, que parece conocerlo bastante bien, dice que era como si se hubiera tomado algo.

Grace pensó detenidamente. «Mujer muerta, ¿un gran peso que se había quitado de encima?»

– No es la clase de reacción de un hombre que acaba de matar a su mujer, ¿no, Roy?

– Depende de lo buen actor que sea.

Después de que Batchelor concluyera su informe, tras añadir poco más, Grace le dio las gracias y le dijo que lo vería en la reunión de las once. Luego, mientras meditaba sobre lo que acababa de decirle el sargento, arrancó la tapa de celofán que tapaba el sándwich, le dio un mordisco. Al instante, arrugó la nariz por el sabor; era algún tipo de pan nuevo exótico que no había probado nunca -y ahora se arrepentía de haberlo hecho-. Tenía un sabor fuerte a alcaravea que no le gustaba. Habría sido mucho más feliz con un sándwich de huevo y beicon, pero Cleo intentaba que adoptara una dieta más sana haciéndole comer más pescado, a pesar de que él la había obsequiado con el relato detallado de un artículo que había leído a principios de año, en el Daily Mail, sobre los niveles peligrosos de mercurio en los peces.

Salió del Vantage, abrió la página web expedia.com y buscó vuelos a Munich para el domingo, preguntándose si era posible ir y volver el mismo día. Tenía que ir, por muy exigua que fuera la información de Dick Pope. Tenía que ir y comprobarlo por sí mismo.

Apenas podía contener el ansia de subirse en el próximo avión. Miró su reloj. Eran las diez menos diez. Las once menos diez en Alemania. Pero, diablos, Dick Pope estaría levantado, se encontraba de vacaciones. Sentado en algún café o bar en Baviera con una cerveza en la mano. Marcó el número del móvil de Pope, pero saltó directamente el buzón de voz.

– Dick -dijo-. Soy Roy otra vez. Siento ser tan pesado, pero sólo quiero preguntarte algunos detalles más sobre el biergarten donde crees que viste a Sandy. Llámame cuando puedas.

Colgó y se quedó mirando un momento su preciada colección de tres docenas de encendedores antiguos, agrupados en la repisa entre la parte delantera de la mesa y la ventana, que daba al aparcamiento y al bloque de celdas. Reflejaban lo mucho que le gustaba a Sandy buscar en los mercadillos de antigüedades, tiendas de baratijas y maleteros de coche. Algo que él seguía haciendo, cuando disponía de tiempo, pero nunca había vuelto a ser lo mismo. Parte de la diversión siempre fue ver la reacción de Sandy ante algo que él cogía: si también le gustaría, en cuyo caso regatearían el precio, o si lo rechazaría con una sola mueca de desaprobación.

La mayor parte del despacho estaba ocupado por un televisor y un vídeo, una mesa circular, cuatro sillas y una pila de papeles, su bolsa de piel con el equipo de la escena del crimen y pequeñas torres de archivos que no dejaban de crecer. A veces se preguntaba si de noche se reproducían, a solas, mientras él no estaba.

Cada archivo en el suelo correspondía a un asesinato sin resolver. El expediente de un asesinato nunca se cerraba hasta que se obtenía una condena. Llegaba un punto en todas las investigaciones de homicidio en el que se agotaban todas las pistas, todas las vías. Pero eso no significaba que la policía se rindiera. Años después de que el centro de investigaciones se cerrara y se disolviera el equipo, el caso seguiría abierto, y las pruebas almacenadas en cajas, mientras existiera la posibilidad de que los implicados vivieran.

Bebió un trago de Coca-Cola. Había leído en una página web que todas las bebidas bajas en hidratos de carbono estaban llenas de todo tipo de sustancias químicas hostiles para el cuerpo, pero en estos momentos le daba igual. Parecía más probable que cualquier cosa que comieras o bebieras te matara en vez de que te proporcionara nutrientes. Tal vez, reflexionó, la próxima moda alimenticia sería la comida predigerida. La comprarías y, luego, la tirarías directamente al retrete, sin necesidad de ingerirla.

Pulsó el teclado. Había un vuelo de British Airways que salía de Heathrow a las siete de la mañana del domingo. Le dejaría en Munich a las 9.50. Decidió llamar al policía que conocía allí, el Kriminalhauptkommisar Marcel Kullen, para ver si estaba libre.

Marcel había sido trasladado temporalmente a Sussex hacía algunos años, en un intercambio de seis meses, y se habían hecho amigos durante su estancia. El agente había invitado a Grace a visitarle y quedarse con él y su familia cuando quisiera. Miró su reloj. Las diez menos cinco. En Munich era una hora más, así que era realmente tarde para llamar, pero había muchas probabilidades de encontrarle.

Cuando alargó la mano para coger el teléfono, éste sonó.

– Roy Grace -contestó.

Era Brian Bishop.

Capítulo 42

Grace observó que Bishop se había quitado la ropa de golf que llevaba antes. Ahora vestía una chaqueta cara encima de una camisa blanca, pantalones azules y mocasines color habano, sin calcetines. Parecía más un playboy que había salido de juerga que un hombre de luto, pensó.

Como si le leyera el pensamiento, Bishop se sentó incómodo en el sillón rojo de la estrecha sala de interrogatorio de testigos y dijo:

– La ropa la ha elegido de mi armario su agente de Relaciones Familiares, Linda Buckley. No es lo que yo habría escogido para estas circunstancias. ¿Puede decirme cuándo me permitirán volver a mi casa?

– En cuanto sea posible, señor Bishop. Dentro de un par de días, espero -contestó Grace.

Bishop se irguió, furioso.

– ¿Qué? ¡Esto es ridículo!

Grace miró un rasguño bastante amoratado que el hombre tenía en la mano derecha. Branson entró con tres vasos de agua, los dejó sobre la mesa y cerró la puerta, pero se quedó de pie.

– Es la escena de un crimen, señor Bishop -dijo Grace con delicadeza-. Hoy en día, el método de la policía es preservar una escena como ésta el tiempo que sea posible. Por favor, comprenda que el interés de todos es atrapar al asesino.

– ¿Tienen un sospechoso? -preguntó Bishop.

– Antes de llegar a eso, ¿le importaría que grabáramos este interrogatorio? Será más rápido que tener que tomar notas.

Bishop ofreció una sonrisa tenue y glacial.

– ¿Significa eso que soy sospechoso?

– En absoluto -le tranquilizó Grace.

Bishop dio su consentimiento con un gesto.

Glenn Branson encendió los grabadores de audio y vídeo y anunció claramente, mientras se sentaba:

– Son las 22.20 de la noche del viernes 4 de agosto. El comisario Grace y el sargento Branson interrogando al señor Brian Bishop.

– ¿Tienen…, tienen algún sospechoso? -volvió a preguntar Bishop.

– Aún no -contestó Grace-. ¿A usted se le ocurre alguien?

Bishop profirió una media carcajada, como si la pregunta fuera una ridiculez. Sus ojos se movieron rápidamente hacia la izquierda.

– No. No, no se me ocurre nadie.

Grace observó sus ojos, acordándose de antes. Hacia la izquierda decía la «verdad». Bishop había respondido un poco demasiado deprisa, y también un poco demasiado alegremente para ser un hombre afligido. Ya había visto esta clase de comportamiento antes, la contestación fría, fácil, ensayada, a las preguntas; la falta de emoción. Bishop exhibía las señales clásicas de un hombre que había cometido un asesinato. Pero no significaba que lo hubiera hecho. Y esa carcajada bien podría deberse a los nervios.

Luego, sus ojos descendieron a la mano derecha del hombre. Al rasguño en el dorso, justo en la base del pulgar; parecía reciente.

– Se ha hecho daño en la mano -dijo.

Brian Bishop se la miró, luego se encogió de hombros con desdén.

– Yo…, mmm…, me la he golpeado al entrar en el taxi.

– ¿Se refiere al taxi que ha cogido del Hotel du Vin al hotel Lansdowne Place?

– Sí, yo… Ha sido al meter una bolsa en el maletero.

– Chungo -dijo Grace, y anotó mentalmente hablar con el taxista para verificarlo. También observó que los ojos de Bishop se movían a la derecha. Al modo «construcción», lo que indicaba que mentía-. Parece que el rasguño tiene bastante mala pinta. ¿Qué le ha dicho el taxista? -Grace miró a Branson, que asintió con la cabeza.

– ¿Le ha dado algunos primeros auxilios o algo? -preguntó Branson.

Bishop miró a uno y luego al otro.

– ¿Qué diablos les pasa, amigos? Son como la maldita inquisición. Yo quiero ayudarlos. ¿Qué importa que tenga un rasguño en la mano?

– Señor Bishop, en nuestro trabajo formulamos un montón de preguntas. Me temo que a eso nos dedicamos. Es nuestra naturaleza. He tenido un día largo, y el sargento Branson también, y estoy seguro de que usted debe de estar exhausto. Por favor, tenga la bondad de contestar a nuestras preguntas y podremos marcharnos de aquí pronto. Cuanto más nos ayude, antes podremos atrapar al asesino de su mujer. -Grace bebió un trago de agua, luego dijo con delicadeza-: Sentimos cierta curiosidad acerca de por qué se ha marchado del Hotel du Vin y se ha registrado en el Lansdowne Place. ¿Podría explicarnos sus razones?

Los ojos de Bishop se movieron como si siguieran la trayectoria de un insecto por la moqueta. Grace le siguió la mirada, pero no vio nada.

– ¿Por qué? -De repente Bishop levantó la vista y lo miró fijamente-. ¿Qué quiere decir? Ustedes me han dicho que me trasladara allí.

Ahora le tocó a Grace fruncir el ceño.

– ¿Quién?

– Bueno… La policía. Usted, supongo.

– No le sigo.

Bishop abrió los brazos efusivamente. Daba la impresión de estar sorprendido de verdad.

– Me han llamado a la habitación. Me han dicho que el Hotel du Vin estaba sitiado por la prensa y que me iban a trasladar.

– ¿Se han identificado?

– Yo… No lo recuerdo. Mmm… ¿Podría ser Canning? ¿Sargento Canning?

Grace miró a Branson.

– ¿Tú sabes algo de esto?

– No -contestó Branson.

– ¿Era un hombre o una mujer? -preguntó Grace.

– Un hombre.

– ¿Su nombre era sargento Canning? ¿Está seguro?

– Sí. Canning. Sargento Canning. Creo que era sargento. Canning seguro.

– ¿Qué le ha dicho ese hombre exactamente? -Grace observó sus ojos con detenimiento. Volvieron a moverse hacia la izquierda.

– Que me habían reservado habitación en el Lansdowne Palace. Que habría un taxi fuera en la salida trasera, junto a la puerta de personal detrás de las cocinas. Que debía bajar por la escalera de incendios.

Grace anotó el nombre «sargento Canning» en su libreta.

– Este agente ¿le ha llamado al móvil o al teléfono del hotel?

– Al teléfono de la habitación -dijo Bishop tras pensarlo unos momentos.

Grace maldijo en silencio. Sería más difícil verificarlo o rastrear la llamada. La centralita del hotel podía registrar las llamadas entrantes, pero no los números.

– ¿A qué hora ha sido esto?

– Sobre las cinco y media.

– Se ha registrado en el Lansdowne Place y luego ha salido. ¿Adónde ha ido?

– A caminar por el paseo marítimo. -Bishop sacó un pañuelo y se secó los ojos-. A Katie y a mí nos encantaba. A ella le encantaba ir a la playa. Era una nadadora fantástica. -Hizo una pausa y bebió un trago de agua-. Necesito llamar a mis hijos. Están los dos en el extranjero, de vacaciones. Yo… -se quedó callado.

También Roy Grace. No había ningún agente de policía llamado Canning en su equipo.

Tras disculparse, el comisario se escabulló de la sala y recorrió el pasillo hasta la MIR Uno. Le bastaron sólo unos clics en el teclado del ordenador para determinar que no había ningún agente con ese nombre en todo el cuerpo de Policía de Sussex.

Capítulo 43

Poco después de medianoche, Cleo abrió la puerta de su casa vestida con una camisola de seda negra sin abrochar. Cubría los cinco centímetros superiores de sus muslos pálidos y esbeltos y poco más. En su mano extendida sujetaba un vaso de Glenfiddich con hielo, lleno hasta el borde. Las únicas otras cosas que llevaba encima eran un perfume tentador e intenso de almizcle y la sonrisa más lasciva que Roy Grace había visto en el rostro de una mujer.

– ¡Vaya! A eso le llamo yo… -comenzó a decir él, cuando Cleo cerró la puerta de una patada, la camisola abriéndose aún más sobre sus pechos grandes y firmes.

Y Grace no pudo seguir más, ya que, todavía con el vaso en la mano, ella le pasó los brazos alrededor del cuello y presionó ligeramente sus labios húmedos contra los de él. Momentos después, un cubito de hielo con sabor a whisky se deslizaba en su boca.

Los ojos de Cleo, desenfocados, sonrientes, bailaban delante de los de Grace.

Inclinando la cabeza hacia atrás lo justo para que él aún pudiera verla borrosa, dijo:

– ¡Llevas demasiada ropa! -Entonces, le puso el vaso en la mano y, vorazmente, comenzó a desabotonarle la camisa. Le besó los pezones, luego el pecho y después presionó otro cubito de hielo, con la boca, en su ombligo. Le miró con unos ojos que parecían quemarle de felicidad, unos ojos que semejaban al sol sobre el hielo-. Eres tan guapo, Roy. Dios mío, eres tan, tan guapo.

Jadeando, y masticando los restos del cubito, él dijo:

– Tú tampoco estás nada mal.

– ¿Nada mal? -repitió ella.

Y le desabrochó distraídamente la hebilla del cinturón como si la supervivencia del mundo dependiera de ello. Luego le bajó de golpe los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos.

– En el sentido de que eres la mujer más guapa, increíble y preciosa de este planeta.

– Así, ¿hay mujeres más guapas que yo en otros planetas?

Con un movimiento hábil, Cleo metió los dedos en el vaso, se puso otro cubito de hielo en la boca, luego cogió más hielo y lo presionó contra sus testículos.

Como respuesta, un jadeo entrecortado salió de la garganta de Grace. El placer ardía en todo su abdomen, con tanta intensidad que dolía. Le deslizó la prenda de seda de los hombros y enterró la boca en su cuello suave, mientras ella se la metía en la boca, hasta el fondo, hundiendo la cara en su vello púbico enmarañado.

Grace se quedó inmóvil, embriagado por el calor de la noche, el olor de su perfume, el tacto de su piel, deseando, en algún lugar recóndito de su mente, poder congelar ese momento, ese momento increíble de pura y absoluta alegría, congelarlo para siempre, quedarse allí, con ella, atrapándole con sus labios helados esa sonrisa en los ojos, esa dicha sublime que danzaba en su alma.

En algún lugar, a pocos centímetros de distancia, planeó una sombra. Munich. La apartó. Un fantasma, eso era todo. Sólo un fantasma.

Deseaba a esta mujer, a Cleo, muchísimo. No sólo ahora, en este momento, sino que deseaba que formara parte de su vida. La adoraba hasta los huesos. Estaba más enamorado de lo que imaginaba que alguien pudiera estar. Más enamorado de lo que se había atrevido a pensar que estaría otra vez, después de nueve largos años de soledad.

Con las manos entre su pelo largo y sedoso, sus palabras salieron con un jadeo entrecortado:

– Dios mío, Cleo, eres realmente tan… increíble…, tan asombrosa…, tan…

Luego, todavía con la chaqueta del traje, los pantalones y los bóxers de rayas en los tobillos, la camisa a medio caer, se tumbó encima de ella, sobre una alfombra blanca de pelo espeso en el suelo pulido de roble, dentro, increíblemente dentro de ella, abrazándola, besando a aquella bestia salvaje de tantos contrastes que se movía debajo de él.

Le agarró con fuerza la cabeza, atrayendo su boca hacia la de él. Sintió su piel sedosa enroscada en la suya. Sintió su cuerpo ágil, tan hermoso que le volvía loco. A veces, Cleo era como un purasangre precioso. A veces -ahora-, mientras separaba de repente su boca y le miraba muy concentrada, Grace veía una niña pequeña y vulnerable.

– No me harás daño nunca, ¿verdad, Roy? -le preguntó lastimeramente.

– Nunca.

– Eres increíble, ¿lo sabes?

– Tú lo eres más. -Volvió a besarla.

Ella le agarró de la nuca, clavándole los dedos tan fuerte que le hizo daño.

– Quiero que te corras mirándome a los ojos -susurró con decisión.

Un rato después se despertó, le dolía muchísimo el brazo, y parpadeó, desorientado, incapaz de asimilar por un instante dónde estaba. Sonaba música. Reconoció una canción de Dido. Estaba mirando una pecera cuadrada. Un pez solitario nadaba por entre lo que parecían los restos de un templo griego en miniatura sumergido.

¿Marlón?

Pero no era su pecera. Intentó mover el brazo, pero estaba muerto, como un gran trozo de gelatina. Lo sacudió. Le tembló. Luego una maraña de vello púbico rubio entró en su campo de visión. Un vaso de whisky sustituyó la imagen.

– ¿Sustento? -dijo Cleo, desnuda de pie delante de él.

Grace cogió el vaso con la mano despierta y bebió un sorbo. Dios santo, qué bien sabía. Lo dejó y le dio un beso en el tobillo desnudo. Luego ella se tumbó y se acurrucó a su lado.

– ¿Estás bien, dormilón?

Su brazo empezaba a cobrar vida. Suficiente para rodearla. Se besaron.

– ¿Hora? -preguntó.

– Las dos y cuarto.

– Lo siento. Yo… No era mi intención quedarme dormido.

Cleo le dio un beso en cada párpado, muy despacio.

– No pasa nada.

Enfocó su cara preciosa y su pelo rubio. Aspiró los aromas dulces del sudor y el sexo. Volvió a ver el pez, nadando en la pecera, ajeno a ellos, disfrutando de la clase de buen ánimo que pudiera tener un pez. Vio velas encendidas. Plantas. Cuadros abstractos singulares en las paredes. Hileras de estanterías del suelo al techo repletas de libros.

– ¿Quieres subir a la cama?

– Buen plan -contestó él.

Intentó levantarse y fue entonces cuando se dio cuenta de que aún estaba medio vestido.

Tras despojarse de todo, cogiendo con una mano la mano de Cleo y con la otra el vaso de whisky, subió, pesadamente, los dos tramos de las escaleras de madera estrechas y empinadas y luego se dejó caer en la enorme cama con las sábanas más suaves que había tocado en su vida; la música de Dido aún sonaba de fondo.

Cleo se enroscó en su cuerpo. Deslizó la mano por su estómago y la encerró en torno a sus genitales.

– ¿El grandullón está dormido?

– Un poco.

Ella le acercó el whisky a los labios. Él bebió como un bebé.

– Bueno, ¿cómo te ha ido el día? ¿O prefieres dormir?

Grace intentaba poner en orden sus pensamientos. Era una buena pregunta. ¿Cómo coño le había ido el día?

¿Qué día?

Ahora empezaba a recordar. Poco a poco. La reunión de emergencia de las once. Nadie tenía nada importante de lo que informar, excepto él. El traslado de Brian Bishop del Hotel du Vin al Lansdowne Place, y la extraña explicación que había dado el hombre.

– Complicado -contestó, y le acarició el pecho derecho con la nariz, atrapó su pezón con la boca y luego lo besó-. Eres la mujer más guapa del mundo. ¿Te lo había dicho alguien?

– Tú. -Sonrió-. Sólo tú.

– Demostrado. Ningún hombre más en este planeta tiene buen gusto.

Cleo le dio un beso en la frente.

– Puede que te sorprenda viniendo de una zorra como yo, pero no me los he tirado a todos.

Él le devolvió la sonrisa.

– Ahora ya no te hace falta.

Ella lo miró burlonamente, se puso de lado y apoyó la barbilla en una mano.

– ¿No?

– Te he echado de menos toda la semana.

– Yo también -dijo ella.

– ¿Cuánto?

– No te lo voy a decir… ¡No quiero que se te suba a la cabeza!

– ¡Perra!

Cleo levantó la mano izquierda y curvó el dedo índice, imitando provocadoramente una polla flácida.

– No por mucho tiempo -dijo.

– Bien.

– Eres mala.

– Tú haces que me sienta mala. -Le besó y se apartó unos centímetros, examinando su cara detenidamente-. Me gusta tu cabello.

– ¿Sí?

– Sí. Te queda bien. Sí, ¡me gusta mucho!

Grace se sonrojó un poco con el cumplido.

– Me alegro. Gracias.

Glenn Branson había estado despotricando de su pelo desde que tenía memoria, diciéndole que necesitaba un cambio de imagen, y al final le había concertado hora con un tipo muy moderno llamado Ian Habbin, en una peluquería en el barrio más in de Brighton. Durante años, Grace había ido a una barbería anticuada, allí un triste anciano italiano le rapaba el pelo. Fue una experiencia nueva para él que una joven parlanchina le lavara el pelo en una sala con las paredes adornadas de cuadros y donde sonaba una música rock atronadora.

– Bueno, el domingo almorzamos con tu hermana… Jodie, ¿verdad? -preguntó Cleo entonces.

– Sí.

– ¿Puedes hablarme más acerca de ella? ¿Es protectora contigo? ¿Va a someterme a un tercer grado? Del palo: «¿Esta zorrona es lo bastante buena para mi hermano?». -Sonrió burlonamente.

Grace bebió un gran trago de whisky, intentando ganar tiempo para organizar sus pensamientos y su respuesta. Luego, volvió a beber.

– Tengo un problema -dijo al final.

– Cuéntame.

– Tengo que irme a Munich el domingo.

– ¿A Munich? Siempre he querido ir. Mi amiga Anna-Lisa, que es azafata, dice que es el mejor lugar del mundo para ir de compras. Oye, ¡podría ir contigo! ¿Busco billetes baratos en Easyjet o algo por el estilo?

Grace meció despacio el vaso. Bebió otro sorbo, preguntándose si contarle una mentira piadosa o la verdad. No quería mentirle, pero en aquel momento parecía menos hiriente que ser sincero.

– Se trata de una visita policial oficial, voy con un compañero.

– Vaya… ¿Con quién?

Cleo lo miraba fijamente.

– Es un investigador de otro departamento. Nos vamos a reunir para hablar de un intercambio de agentes que durará seis meses. Es una iniciativa de la Unión Europea -dijo.

Cleo meneó la cabeza con desaprobación.

– Creía que habíamos pactado no mentirnos nunca, Roy.

Él le sostuvo la mirada un momento y luego, al notar que se ponía rojo, bajó los ojos.

– Te conozco, Roy. Te conozco bastante bien. Lo veo en tus ojos. Me lo enseñaste, ¿recuerdas? Eso de la derecha y la izquierda. Memoria y construcción.

Grace notó que algo le aplastaba el corazón. Tras unos momentos de duda, le contó que era posible que Dick Pope hubiera visto a Sandy.

La reacción de Cleo fue apartarse bruscamente de él. Y, de repente, sintió que se abría entre ellos un abismo tan grande como el que separa la Tierra de la Luna.

– Muy bien -dijo. Su voz sonaba como si acabara de morder un limón.

– Cleo, tengo que ir.

– Por supuesto.

– No en ese sentido.

– ¿Ah, no?

– Cleo, por favor. Yo…

– ¿Qué pasa si la encuentras?

Grace levantó las manos con desesperación.

– Dudo que la encuentre.

– ¿Y si la encuentras? -insistió ella.

– No lo sé. Al menos sabré qué ocurrió.

– ¿Y si quiere volver contigo? ¿Por eso me has mentido?

– ¿Después de nueve años?

Cleo se dio la vuelta en la cama, alejándose de él, y se quedó mirando a la pared.

– Aunque sea ella, cosa que dudo…

Cleo permaneció callada.

Él le acarició la espalda y ella se alejó más de él.

– ¡Cleo, por favor!

– ¿Qué soy yo? ¿Algo con lo que entretenerte hasta que encuentres a tu esposa desaparecida?

– Claro que no.

– ¿Estás seguro?

– Absolutamente.

– No te creo.

Capítulo 44

En la pantalla del ordenador del Multimillonario de Tiempo había un software que había programado él mismo. Mostraba relojes analógicos para ciudades en todos los husos horarios del mundo. Ahora la estaba mirando.

– Haciendo inventario -dijo de repente en voz alta, y el chiste le arrancó una sonrisa.

Por la ventana, veía que el amanecer comenzaba a iluminar el cielo de la ciudad de Brighton y Hove. Eran casi las cinco aquí en Inglaterra. Las seis en París. Las ocho en San Petersburgo. Las once en Bangladesh. La una de la tarde en Kuala Lumpur. Las tres de la tarde en Sydney.

Aquí la gente pronto empezaría a despertarse. Y en Perú se irían a la cama. Todo el mundo estaba supeditado al sol, excepto él. Él se había liberado. Ya no le importaba si era de día o de noche, si las bolsas del mundo estaban abiertas o cerradas, o los bancos, o lo que fuera.

Y tenía que agradecérselo a un hombre.

Pero ya no estaba resentido. Había guardado todo eso en otra caja, que era su pasado. En la vida había que ser positivo, tener objetivos. Había encontrado una página en internet que hablaba de cómo vivir más años. La gente que tenía objetivos vivía más, así de simple. Y para aquellas personas que alcanzaban sus objetivos… Bueno, ¡a su esperanza de vida le tocaba el gordo! ¡Y ahora él había conseguido dos metas! Poseía aún más tiempo, para despilfarrar en lo que quisiera.

Una espiral de vapor se elevaba de la taza de té a su lado. English Breakfast con un poco de leche. Cogió la cuchara y removió el té siete veces. Era muy importante para él remover el té, siempre, siete veces.

Centrando su atención de nuevo en el ordenador, introdujo la orden para abrir otro programa que había creado él mismo. Nunca le había satisfecho ninguno de los buscadores de internet -ninguno era lo bastante preciso para él-. Todos devolvían la información en la secuencia que querían ellos. El suyo, que enlazaba con los principales buscadores y exploraba en ellos, le conseguía rápidamente todo lo que quería.

Y en esos momentos, quería el manual de taller original de un Volkswagen Karmann Ghia del 66.

Luego se chupó el dorso de la mano derecha. El dolor empeoraba, la sensación punzante se acentuaba; aquel dolor le había despertado y después le había impedido volver a conciliar el sueño. Tampoco le gustaba demasiado dormir. Vio una ligera hinchazón alrededor que parecía afectar al movimiento del pulgar, aunque bien podían ser imaginaciones suyas. Y aún le escocía el pecho.

– Zorra -dijo en voz alta.

Entró en el baño, encendió la luz, se desabotonó la camisa, se abrió la parte delantera y arrancó el esparadrapo. Hacía unas horas una uña del pie larga le había marcado el pecho con aquel arañazo reciente, con sangre coagulada, de más de dos centímetros y medio.

Capítulo 45

Poco después de las cinco de la mañana, Roy Grace se marchó de casa de Cleo, situada en una urbanización vallada moderna en el centro de Brighton, cerrando la puerta tan silenciosamente como pudo y sintiéndose fatal. El cielo del amanecer, un gris oscuro veteado con líneas carmesíes borrosas, tenía el color de un cadáver humano congelado. Algunos pájaros comenzaban a cantar con un trino indeciso, emitiendo gorjeos solitarios, rompiendo brevemente el silencio de la mañana. Señales a otros pájaros, como señales de radio hacia el espacio.

Tembló, mientras pulsaba el botón rojo de salida en la verja de hierro forjado, y salió del patio a la calle. El aire ya estaba calentándose y prometía ser otro día de verano abrasador. Pero en su alma llovía.

No había pegado ojo.

Durante los dos últimos meses de su relación, él y Cleo nunca se habían levantado la voz. En realidad, esta noche tampoco. Sin embargo, durante las últimas horas, mientras él daba vueltas en la cama, percibió que algo había cambiado entre ellos.

El alumbrado de la calle aún estaba encendido, resplandores naranjas inútiles que cada farola proyectaba sobre la luz de la mañana que invadía rápidamente la ciudad. Un gato atigrado cruzó sigilosamente la calle delante de él. Pasó por delante de una hilera de coches, vio una Coca-Cola en la alcantarilla, un charco de vómito, una caja de comida china. Dejó atrás el MG azul de Cleo, cubierto de rocío, y llegó a su Alfa Romeo, menos cubierto de rocío. Estaba aparcado en el que se había convertido en su lugar habitual, junto a una línea amarilla delante de una tienda de antigüedades especializada en muebles retro del siglo XX.

Subió, puso el coche en marcha, pisó el acelerador y el motor resopló, de manera desigual e irregular durante unos instantes, hasta que la humedad desapareció de la instalación eléctrica; los limpiaparabrisas retiraron el rocío del cristal. La radio emitió un silbido de interferencias; pulsó un botón para cambiar las emisoras. Alguien hablaba, pero no escuchó, sino que volvió la cabeza y miró la verja cerrada, preguntándose si debía volver y decir algo.

Pero ¿qué?

Cleo veía a Sandy como una amenaza contra la que no podía luchar. Él sabía que tenía que comprenderlo, ponerse en el lugar de Cleo. ¿Y si ella tuviera un marido que hubiera desaparecido y fuera ella quien viajara a Munich el domingo para intentar encontrarle? ¿Cómo se sentiría él?

No tenía ni idea, ésa era la pura verdad. En parte porque estaba demasiado cansado para pensar con claridad y, en parte, porque no sabía qué sentía ante la perspectiva -por muy pequeña que fuera- de ver a Sandy.

Diez minutos después, pasó por delante del buzón rojo en New Church Road, que había sido su punto de referencia durante doce años, y giró a la izquierda en la esquina siguiente. Aparte de la camioneta de un repartidor de leche parada a un metro de la acera, la calle de Grace estaba desierta. Era una avenida residencial tranquila y agradable, flanqueada a ambos lados de casas pareadas imitación estilo Tudor, la mayoría de ellas de tres habitaciones, con garaje. Algunas las habían transformado en lofts bastante horribles y otras -la suya no- tenían un doble acristalamiento espantoso.

Él y Sandy habían comprado la casa justo dos años antes de que desapareciera; a veces se preguntaba si el traslado había tenido algo que ver, si no era feliz allí. Vivían muy a gusto en el pequeño piso de Hangleton que había sido su nido de amor durante esos primeros años de matrimonio, pero los dos se habían enamorado de esa casa, Sandy incluso más que él, porque tenía un jardín grande en la parte de atrás; siempre había deseado tener un jardín propio.

Tuvieron que apretarse el cinturón para comprar la vivienda y arreglarla después. Por aquel entonces, Grace era sargento, tenía derecho a cobrar horas extras y trabajaba todos los turnos que podía. Sandy era secretaria en una contaduría y también hacía horas de más.

Parecía feliz, ocupándose de desmontar y modernizar el interior. Los propietarios anteriores habían vivido allí cuarenta años; cuando la compraron, la casa era triste y oscura. Sandy la había transformado en espacios luminosos y modernos, con toques zen aquí y allá -y parecía muy orgullosa de todo el trabajo hecho-. Y el jardín se convirtió en su tesoro más preciado, aunque ahora se encontraba en un estado de abandono vergonzoso, pensó Grace con aire de culpabilidad. Cada fin de semana se prometía a sí mismo que le dedicaría un rato, para arreglarlo. Pero al final nunca parecía disponer del tiempo suficiente -o de las ganas-. Mantenía razonablemente controlada la hierba y se había convencido de que la mayoría de los hierbajos eran flores.

En la radio del coche, que había desconectado de su cerebro durante unos cuantos minutos, escuchó a un hombre que explicaba con voz seria la política agrícola de la Unión Europea. Después de girar en la entrada de su casa, detuvo el coche delante del garaje individual y apagó el motor, y la radio murió con él.

Luego, entró en casa y un destello de ira reemplazó de repente su humor serio. Todas las luces de la planta baja estaban encendidas, brillando con intensidad. Igual que su máquina de discos original.

Vio que uno de sus vinilos raros, Apache de los Shadows, daba vueltas en el plato, la aguja atascada al final, emitiendo un chirrido entrecortado. El equipo de música también estaba encendido y parte de su colección de CD estaba desparramada por el suelo, junto a varios de sus preciados LP de Pink Floyd, fuera de las fundas, una lata abierta de cerveza Grolsch, un par de folletos de Harley-Davidson, un par de mancuernas y otro material de musculación.

Subió corriendo las escaleras, dispuesto a pegarle cuatro gritos a Glenn Branson, luego se detuvo en lo alto, controlándose. El pobre estaba deshecho. Debió de ir a casa anoche después de la reunión y Ari lo había puesto de patitas en la calle, de ahí el equipo de pesas. Le dejaría dormir.

Miró su reloj. Las cinco y veinte.

Aunque se sentía cansado, estaba demasiado nervioso para dormir. Decidió que saldría a correr, intentaría despejarse y activarse para el día tan complicado que le esperaba y que comenzaba con una reunión informativa a las ocho y media y seguía con una rueda de prensa a las once. Luego planeaba tener otra sesión con Brian Bishop. Aquel hombre no era trigo limpio.

Fue al baño y al momento advirtió que la pasta de dientes estaba abierta. El tubo estaba apretado por el medio y había caído un poco de pasta blanca en el estante del baño. Por alguna razón que no pudo comprender de inmediato, aquello le irritó más que el caos de abajo.

Desde que había entrado en casa hacía sólo unos minutos, comenzaba a sentir como si se hubiera deslizado por túnel espacio-temporal hasta la teleserie antigua Men behaving badly, con Martin Clunes y Neil Morrissey, que interpretaban a unos solteros vagos que compartían piso. Y entonces comprendió lo de la pasta de dientes: era una de las pocas cosas que le molestaban de Sandy, ella también lo hacía. Siempre apretaba el maldito tubo por el medio en lugar de por el final, luego lo dejaba abierto y parte del contenido se derramaba.

Le molestaba eso y cómo tenía siempre el coche: trataba el asiento del copiloto como una especie de cubo de basura permanente que nunca vaciaba. El viejo Golf negro estaba tan lleno de recibos de compras, envoltorios de caramelos, bolsas de plástico vacías, boletos de lotería y un montón de desechos que Grace solía pensar que parecía más un lugar para guardar gallinas que para conducir.

Ahora aún seguía en el garaje. Había limpiado la basura hacía tiempo, lo había examinado de arriba abajo en busca de alguna pista y no halló ninguna.

– Te has levantado temprano.

Se volvió y vio a Branson detrás de él, en calzoncillos blancos, una cadena fina de oro alrededor del cuello y su enorme reloj de submarinista. Aunque iba encorvado, su físico era impresionante, los músculos se marcaban en su piel reluciente. Pero su cara era un cuadro de sufrimiento lamentable.

– Tengo que hacerlo, para ir limpiando detrás de ti -replicó Grace.

Branson no captó la indirecta o no hizo caso a propósito y prosiguió:

– Quiere un caballo.

Grace meneó la cabeza con incredulidad, no estaba seguro de si había oído bien.

– ¿Qué?

– Ari. -Branson se encogió de hombros-. Quiere un caballo. ¿Te lo puedes creer, con lo que gano?

– Es más ecológico que un coche -contestó Grace-. Seguramente también gasta menos.

– Muy agudo.

– ¿Qué quieres decir exactamente con «un caballo»?

– Antes montaba. Trabajaba en unos establos cuando era pequeña y quiere retomarlo otra vez. Dice que si accedo a comprarle un caballo, puedo volver.

– ¿Dónde puedo comprar uno? -respondió Grace.

– Hablo en serio.

– Y yo.

Capítulo 46

Roy Grace tenía razón. Con el Parlamento cerrado por vacaciones y un accidente ferroviario en Pakistán como suceso internacional más importante acaecido en las últimas veinticuatro horas, las únicas noticias que se disputaban las portadas, en particular de los tabloides, eran las declaraciones impactantes de un futbolista de la Premier pillado haciendo un trío homosexual, la noticia de una pantera que al parecer estaba aterrorizando el campo de Dorset y una foto del príncipe Enrique retozando con una chica envidiablemente atractiva. Todos los directores de periódicos del país estaban ávidos de una gran historia y ¿qué mejor que el asesinato de una mujer rica y hermosa?

La sala donde iba a celebrarse la rueda de prensa informativa que había convocado aquella mañana estaba tan llena que algunos periodistas habían tenido que quedarse fuera, en el pasillo. Habló breve y herméticamente, porque no tenía demasiado que contar a estas alturas. Durante la noche no habían recibido ninguna información nueva y en la reunión anterior del equipo se habían ocupado más de asignar tareas que de evaluar sucesos.

El mensaje que sí comunicó con claridad a una multitud de periodistas y fotógrafos, una cuarentena, más o menos, presentes en la sala era que la policía tenía mucho interés en rastrear los movimientos recientes de la señora Bishop y que estaría encantada de escuchar a cualquier ciudadano que la hubiera visto los últimos días. La prensa iba a publicar varias fotografías que Grace había elegido de casa de los Bishop, la mayoría de las cuales procedían de un montaje de imágenes de vídeo. Una mostraba a la mujer muerta en bikini en una lancha motora, otra al volante de un BMW y en otra llevaba un vestido largo y un sombrero en una carrera de caballos, en Ascot o Epsom, supuso Grace.

Había escogido las fotografías muy cuidadosamente, sabiendo que interesarían a los directores de los periódicos. Eran el tipo de instantáneas con las que a los lectores les gustaba regalarse la vista -la mujer guapa, el estilo de vida fácil y glamuroso-. Con hectáreas de columnas por llenar, Grace sabía que las utilizarían. Y una cobertura amplia podría estimular la memoria de algún testigo clave.

Al término de la rueda de prensa se escabulló deprisa, deseoso de hablar con Cleo antes de empezar otro interrogatorio a Brian Bishop, que estaba programado para el mediodía, y dejó a Dennis Ponds, el jefe de Relaciones Públicas de la Policía, que distribuyera las fotografías. Pero cuando se encontraba a sólo unos metros de la puerta de seguridad que daba al santuario de su despacho, oyó que alguien le llamaba. Se dio la vuelta y le irritó ver que el joven reportero de sucesos del Argus, Kevin Spinella, le había seguido.

– ¿Qué hace aquí? -dijo Grace.

Spinella se apoyó en la pared, cerca de un tablón en el que estaba colgado un organigrama titulado MODELO DE INVESTIGACIÓN DE HOMICIDIOS. Había una expresión insolente en su rostro anguloso, mascaba chicle y tenía su libreta negra abierta y un bolígrafo en la mano. Hoy vestía un traje oscuro barato que no parecía quedarle del todo bien, una camisa blanca que le quedaba grande y una corbata violeta con un nudo ancho y torpe. Su pelo corto tenía ese aspecto moderno y despeinado, como si acabara de levantarse.

– Quería preguntarle algo en privado, comisario.

Grace acercó su tarjeta de seguridad a la cerradura. El pestillo hizo clic y él tiró de la puerta.

– Ya he dicho todo lo que tenía que decir en la rueda de prensa. No tengo nada más que añadir en este punto.

– Yo creo que sí -dijo Spinella, ahora su expresión petulante aún irritó más a Grace-. Ha omitido algo.

– Entonces hable con Dennis Ponds.

– Lo habría sacado en la rueda de prensa -dijo Spinella-. Pero no me habría dado las gracias por ello. ¿Eso de la máscara antigás?

Grace se dio la vuelta, impactado, y dio un paso hacia el reportero, dejando que la puerta se cerrara detrás de él.

– ¿Qué ha dicho?

– He oído que se halló una máscara antigás en la escena del crimen, que el asesino podría haber utilizado, ¿para algún ritual de perversión o algo así?

Las ideas se agolpaban en la cabeza de Grace. Hervía de cólera, pero darle salida ahora no iba a ayudar en nada. Esto ya había pasado antes. Un par de meses atrás, en otro caso, alguien había filtrado al Argus una información de vital importancia sobre algo que habían encontrado en la escena de un crimen y que habían ocultado a la prensa -concretamente, un escarabajo-. Ahora parecía que había vuelto a ocurrir. ¿Quién era el responsable? El problema estaba en que podía ser cualquiera. Aunque no habían revelado la información en la rueda de prensa, la mitad de la Policía de Sussex ya lo sabría.

En lugar de gritar a Spinella, Grace le miró fijamente, evaluándole. Era un chico listo y estaba claro que los crímenes eran su especialidad. Muy probablemente, dentro de uno o dos años pasaría de este periódico local a uno más importante, quizás a uno nacional; no ganaba nada convirtiéndolo en su enemigo.

– De acuerdo, agradezco que no haya sacado el tema en la rueda de prensa.

– ¿Es cierto?

– ¿Oficial o extraoficialmente?

Spinella cerró su libreta, un gesto inteligente.

– Extraoficialmente.

Grace dudó, todavía no se sabía hasta qué punto podía confiar en él.

– En la escena del crimen se halló una máscara antigás de la Segunda Guerra Mundial, pero no sabemos qué relación tiene con el caso.

– ¿Y lo están silenciando porque sólo el asesino sabe que estaba allí?

– Sí. Y nos sería de gran ayuda que no publicara nada al respecto… todavía.

– ¿Y qué sacaría yo a cambio? -replicó Spinella al instante.

Grace se descubrió sonriendo ante el descaro del joven.

– ¿Intenta hacer un trato?

– Si le hago un favor, me deberá una. En el futuro. Me la guardo. ¿Trato hecho?

Grace meneó la cabeza con incredulidad, sonriendo otra vez.

– ¡Qué cara más dura tiene!

– Me alegra que nos entendamos.

Grace volvió a girarse hacia la puerta.

– Una cosa rapidita -dijo Spinella-. ¿Es cierto que usted y la subdirectora Alison Vosper están enfrentados?

– ¿Extraoficialmente todavía? -preguntó Grace.

Spinella asintió, levantando la libreta cerrada.

– ¡Sin comentarios!

Grace le ofreció su sonrisa más agria y, esta vez, cruzó la puerta y la cerró con firmeza después de entrar.

Diez minutos después, junto con Branson, Grace se sentó en una de las sillas rojas con forma de cubo de la sala de interrogatorio de testigos, delante de un Brian Bishop totalmente destrozado. La agente de Relaciones Familiares Maggie Campbell, que se había quedado fuera, le había traído desde su hotel.

Grace, que se había quitado la chaqueta y llevaba una camisa de manga corta debajo, dejó su libreta en la mesita de café y se secó el sudor de la frente con un pañuelo. Branson, que vestía una camisa blanca limpia y apretada como si fuera una segunda piel, vaqueros azules ajustados y deportivas, parecía hoy menos desconsolado.

– ¿Accede a que volvamos a grabarle, para ganar tiempo, señor? -le preguntó Grace a Bishop.

– Como quieran.

Branson encendió el aparato.

– Hora, 12.03. Sábado, 5 de agosto. Comisario Grace y sargento Branson interrogando al señor Brian Bishop.

Grace bebió un trago de agua y se fijó en que Bishop vestía la misma ropa que el día anterior, excepto por la camiseta -hoy llevaba un polo verde lima-. Parecía mucho más acongojado, como si se hubiera percatado de la realidad de su pérdida. Tal vez ayer lo sostenía la adrenalina del shock, algo que sucedía a veces. El dolor afectaba a la gente de manera distinta, pero la mayoría de las personas que perdían a un ser querido atravesaban etapas muy estudiadas: shock, negación, ira, tristeza, culpa, soledad, desesperación, aceptación gradual. Y Grace era consciente de que algunos de los asesinos más fríos que había conocido en su carrera habían interpretado estos sentimientos con actuaciones dignas de un Oscar.

Observó a Bishop mientras se inclinaba hacia delante en su silla, removiendo muy atentamente con una espátula de plástico el café que Branson le había traído, y frunció el ceño mientras registraba la intensa concentración que adquiría de repente el rostro del hombre. ¿Estaba contando el número de veces que lo removía?

– ¿Qué tal tiene hoy la mano? -preguntó Grace.

Bishop levantó la mano derecha hasta que quedó a la vista. Grace vio la costra en el arañazo.

– Está bien -dijo-. Mejor. Gracias.

– ¿Es usted, normalmente, propenso a los accidentes? -prosiguió Grace.

– Creo que no.

Grace asintió con la cabeza, luego se quedó callado. Branson le lanzó una mirada de perplejidad que él obvió.

Si Bishop había matado a su esposa, podía haberse lesionado en el proceso. O tal vez se había hecho daño en la mano por torpeza. Bishop no parecía un hombre que fuera patoso normalmente. Era perfectamente concebible que, consternado por el dolor, realizara juicios erróneos, pero había otras explicaciones posibles para su herida. La mayoría de los criminales eran un manojo de nervios durante las horas posteriores a la comisión del delito.

«¿Siente ira, señor Bishop?»

– ¿Qué progresos han hecho? -preguntó de repente Brian Bishop con voz ronca, mirándolos a los dos, primero a uno y luego a otro-. ¿Tienen alguna pista de quién lo hizo?

«Sí, la tengo, y me da la impresión de que la estoy mirando ahora mismo», pensó Grace, pero se aseguró de que su rostro no lo reflejara.

– Me temo que no hemos avanzado mucho respecto a anoche, señor. ¿Se le ha ocurrido algo más? ¿Alguien a quien usted o la señora Bishop hubieran molestado? ¿Algún enemigo que usted sepa?

– No… No. Ninguno. Algunas personas estaban celosas de nosotros, creo.

– Cree.

– Bueno, Katie y yo… Nosotros… Somos… Éramos… Ya sabe… Una de las parejas de oro de la ciudad. No lo digo en un sentido vulgar o para alardear. Sólo es un hecho. Era nuestro estilo de vida.

– Impuesto, claro -no pudo evitar decir Grace, y vio la sonrisita de Branson.

Bishop le ofreció una sonrisa forzada.

– No, en realidad nosotros lo elegimos así. Bueno… Katie más… Le gustaba acaparar la atención. Siempre tuvo grandes ambiciones sociales.

Una mosca cruzó erráticamente la sala. Grace siguió su vuelo unos segundos antes de decir:

– Ese Bentley tan característico que conduce…, ¿lo eligió usted o fue su mujer?

Bishop se encogió de hombros.

– El coche lo escogí yo, pero creo que Katie tuvo algo que ver con el color. Le gustaba mucho.

Grace sonrió, para intentar desarmarle.

– Muy diplomático por su parte, no me cabe duda. Las mujeres pueden ponerse un poco negativas con los juguetes de los chicos, si no se involucran. -Lanzó una mirada mordaz-. Y viceversa, a veces.

El sargento se la devolvió con una mueca.

Bishop se rascó la nuca.

– Miren, yo… Necesito… Necesito que me ayuden… con… Tengo que encargarme del funeral… ¿Qué puedo hacer?

Grace asintió con comprensión.

– Me temo que será el juez quien dictamine cuándo podrá disponer del cuerpo. Pero mientras tanto sería buena idea contratar una funeraria. Linda Buckley podría ayudarle con eso.

Bishop bajó la mirada a su café; de repente parecía un niño pequeño y perdido, como si hablar de funerarias hiciera que todo fuera demasiado real para soportarlo.

– Sólo quiero repasar una secuencia temporal con usted -dijo Grace-, para asegurarme de que está todo correcto.

– ¿Sí? -Bishop le lanzó una mirada casi de súplica.

Grace se inclinó hacia la mesa y volvió unas páginas de su libreta.

– Pasó la noche del jueves en Londres, luego el viernes por la mañana a primera hora fue a Brighton a jugar a golf. -Grace volvió otra página y leyó detenidamente un momento-. A las seis y media de la mañana de ayer, su conserje, Oliver Dowler, le ayudó a cargar sus palos de golf y su equipaje en el coche, nos dijo usted. Es correcto, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Y pasó la noche en Londres, después de cenar con su asesor financiero, el señor Phil Taylor?

– Sí. Él puede confirmarlo.

– Ya lo ha hecho, señor Bishop.

– Bien.

– Y su conserje ha confirmado que le ayudó a cargar el coche sobre las seis y media de la mañana.

– Naturalmente.

– Bien -dijo Grace. Volvió a examinar sus notas-. ¿Está seguro de que no fue a ningún sitio entre la cena con el señor Taylor y antes de marcharse por la mañana?

Brian Bishop dudó, pensando en la extraña conversación que mantuvo ayer con Sophie, cuando ella insistió en que habían dormido juntos después de cenar con Phil Taylor. No tenía sentido. Era totalmente imposible que hubiera conducido una hora y media hasta el piso de ella en Brighton, que luego hubiera regresado a Londres otra vez y que no se acordara.

¿No?

Mirando a un policía y luego al otro, contestó:

– No. No fui a ningún sitio. Segurísimo.

Grace observó la vacilación del hombre. Ahora no era momento de revelar la información que tenían, que el Bentley de Bishop había sido registrado por una cámara dirigiéndose a Brighton a las 23.47 del jueves por la noche.

Grace contaba con varios inspectores disponibles en la Policía de Sussex que estaban formados específicamente en técnicas de interrogación y que presionarían a Bishop. Decidió ocultar la información, así podrían lanzársela por sorpresa en el momento adecuado.

Ese proceso del interrogatorio comenzaría cuando Grace decidiera tratar a Bishop formalmente como sospechoso. Y el momento de tomar esa decisión se aproximaba rápidamente.

Capítulo 47

En las noticias de las dos de la Southern Counties Radio, el asesinato de Katie Bishop siguió siendo la historia principal, como había sucedido con todos los boletines que había escuchado en las últimas veinticuatro horas. Cada vez que la oía, la crónica parecía un poco más animada, con palabras elegidas cuidadosamente para hacerla más glamurosa. Comenzaba a parecer un culebrón, pensó.

Una «dama de la sociedad» de Brighton, Katie Bishop.

Su marido Brian, un «empresario adinerado».

«Calle de millonarios», Dyke Road Avenue.

El locutor de las noticias, que se llamaba Dick Dixon, tenía una voz joven, aunque parecía mayor en la fotografía de la página web de la BBC, con las facciones más marcadas y muy distintas de su voz. Ahora su foto apareció en la pantalla, con una mirada bastante mezquina, como el actor Steve Buscemi en Reservoir Dogs. No era una persona con quien quisieras meterte, aunque por su voz cordial nunca lo dirías.

Con la ayuda de su equipo de redactores, Dick Dixon intentaba hacer todo lo posible para convertir el boletín, que no contenía novedades sobre la investigación del asesinato, en una locución que transmitiera que un avance importante era inminente. Logró crear una sensación de urgencia gracias a la voz grabada del comisario Roy Grace, durante una rueda de prensa anterior celebrada en el día de hoy.

– Se trata de un crimen especialmente desagradable -dijo el comisario Grace-. Un crimen en el que se ha roto la inviolabilidad de una vivienda privada, protegida por una complicada alarma, y en el que se ha destruido trágica y brutalmente una vida humana. La señora Bishop era una trabajadora incansable a favor de las obras benéficas locales y una de las ciudadanas más populares de esta ciudad. Damos nuestro más sentido pésame a su marido y a toda su familia. Trabajaremos arduamente para llevar ante la justicia a este ser maligno.

«Ser maligno.»

Mientras escuchaba al policía, se chupó la mano. El dolor empeoraba.

«Ser maligno.»

La hinchazón era notable, lo veía claramente si ponía las dos manos juntas. Y había otra cosa que no le gustaba: unas líneas rojas y delgadas parecían alejarse de la herida y subir hasta la muñeca. Continuó chupando con intensidad, intentando extraer cualquier veneno que pudiera haber dentro. Una taza de té recién hecho descansaba sobre su mesa. Lo removió, contando con cuidado.

«Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.»

Ahora Dick Dixon volvía a hablar, sobre un movimiento de protesta cada vez mayor contra la propuesta de la tercera terminal del aeropuerto de Gatwick. Se oyó la voz de un parlamentario local, lanzando un ataque salvaje.

«Ser maligno.»

Se levantó bruscamente, echando chipas, y se alejó del ordenador, abriéndose paso por el suelo del sótano a través de piezas de equipo informático, pilas de revistas de coches y manuales de automóviles. Se acercó a una ventana mugrienta en saledizo protegida por visillos. Nadie podía ver el interior, pero él podía ver fuera. Mirando desde su «guarida», como le gustaba llamarla, vio que un par de piernas torneadas cruzaban su línea de visión, caminando por la acera, a lo largo de la verja. Unas piernas largas, desnudas, morenas, firmes y musculadas, con una minifalda que apenas cubría la piel.

Notó un pinchazo de lujuria; luego, de inmediato, se sintió mal por ello.

Fatal.

«Ser maligno.»

Se arrodilló al momento, sobre la moqueta fina y descolorida que olía a polvo, juntó las manos debajo de la cara y rezó un padrenuestro. Cuando llegó al final, prosiguió con otra oración más:

– Dios mío, por favor, perdona mis pensamientos lujuriosos. Por favor, no permitas que se interpongan en mi camino. Por favor, no dejes que desperdicie todo el tiempo que tan gentilmente me has dado en estos pensamientos.

Siguió rezando unos minutos más y al final se levantó, sintiéndose como nuevo, lleno de energía, feliz de que Dios estuviera ahora con él en la habitación. Volvió al ordenador y bebió un sorbo de té. En la radio, alguien estaba explicando cómo hacer volar una cometa. Él no lo había probado nunca y jamás se le había ocurrido. Pero tal vez debiera hacerlo. Quizás así se distraería. Podría ser una buena forma de emplear parte del tiempo que se amontonaba en su cuenta.

Sí, una cometa.

Bien.

¿Dónde se compraban? ¿En una tienda de deportes? ¿Una juguetería? ¡O en internet, claro!

Una cometa no demasiado grande, porque andaba escaso de espacio en el piso. Le gustaba esto, y el lugar era ideal para él, porque tenía tres entradas -o, lo que era más importante, tres salidas.

Perfecto para un «ser maligno».

El piso se encontraba en la concurrida calle de Sackville Road, cerca del cruce con Portland Road, y siempre pasaban vehículos, día y noche. Era una zona popular, esta parte. Quinientos metros hacia el sur, junto al mar, se convertía rápidamente en un barrio más elegante. Pero aquí, próxima a un polígono industrial, con un puente ferroviario arriba y algunas tiendas de fachada mugrienta, era una mezcolanza de casas adosadas victorianas y eduardianas descuidadas y de tamaño modesto, todas ellas divididas en pensiones, habitaciones de alquiler, pisos baratos u oficinas.

Siempre había gente. La mayoría eran estudiantes, así como vagabundos y gente sin techo, además de algún que otro camello. Sólo de vez en cuando se veía a alguna dama anciana, aburguesada, con reflejos azules en el pelo paseando durante el día, esperando en la parada del autobús o de camino a una tienda. Era un lugar donde podías ir y venir las veinticuatro horas del día sin llamar la atención.

Y por eso era perfecto para sus propósitos. Salvo por la humedad, los radiadores de acumulación inadecuados y la cisterna que goteaba y que no dejaba de arreglar, una y otra vez. Se ocupaba él mismo de todo el mantenimiento porque no quería que ningún operario entrara aquí abajo. No era una buena idea.

No lo era en absoluto.

Una de las salidas estaba en la parte delantera. Otra en la trasera, por el jardín del piso de la planta baja, encima de él. El propietario, un tipo de aspecto debilitado y pelo desgreñado, cultivaba royas y hierbajos con mucho éxito. La tercera salida era para el día del Juicio Final, cuando por fin llegara. Estaba oculta debajo de una pared falsa de contrachapado, cubierta cuidadosamente y a la perfección con el mismo papel soso de flores que el resto de la habitación. En ella, igual que en casi todas las paredes, había colgado recortes de periódicos, fotografías y partes de árboles genealógicos.

Tenía una fotografía nueva -la había añadido hacía sólo un cuarto de hora-. Era la cabeza y hombros granulados del comisario Roy Grace, sacada del Argus de hoy, que había escaneado en el ordenador, ampliado y, luego, imprimido.

Ahora miraba fijamente al policía. Miraba fijamente sus ojos penetrantes, la determinación impasible de su expresión. «Vas a suponer un problema para mí, comisario Grace. Eres una amenaza. Tendremos que hacer algo contigo. Darte una lección. Nadie me llama “ser maligno”.»

Entonces, de repente, gritó con fuerza:

– ¡Nadie me llama ser maligno, comisario Roy Grace del Departamento de Investigación Criminal de Sussex! ¿Me entiendes? Haré que lamentes haberme llamado ser maligno. Sé a qué mujer quieres.

Se quedó quieto, hiperventilando, abriendo y cerrando la mano izquierda. Luego dio un par de vueltas a la habitación, sorteando cuidadosamente las revistas, los manuales y los componentes de los ordenadores que estaba montando en el suelo. Luego regresó a la fotografía, consciente de que las circunstancias habían cambiado. Su banco había recibido una llamada; ya no podía disfrutar de ser un multimillonario de tiempo.

Estaba quedándose sin liquidez.

Capítulo 48

Poco antes de las cuatro, Holly Richardson estaba en la caja de la nueva boutique más moderna de Brighton, pagando el vestido negro caro, brevísimo, ribeteado de strass, del que había decidido que no podía prescindir para la fiesta de esta noche. Lo compraba por cortesía de una tarjeta de crédito Virgin que había aterrizado oportunamente en el felpudo de su puerta, seguida de un código PIN, hacía justo unos días. Su tarjeta Barclays había sobrepasado el límite y, según sus cálculos, si continuaba con el ritmo actual de gastos, el sueldo que ganaba en el centro de fitness Esporta en Falmer, donde trabajaba de recepcionista, le permitiría saldar todas sus deudas más o menos cuando cumpliera noventa y cinco años.

Casarse con un rico no era una opción, era una necesidad.

Y tal vez esta noche el «señor realmente guapo e inmensamente rico a quien le gustan las chicas morenas de pelo rizado con una nariz ligeramente grande» estuviera en esa fiesta a la que iban a asistir ella y Sophie. El tipo que la organizaba era un productor musical de éxito. La casa era una vivienda impresionante de estilo morisco que estaba justo en la playa, a un par de puertas de la que Paul McCartney le había comprado a su ex amada Heather.

«¡Oh, mierda!» Acababa de recordar que había prometido a Sophie llamarla ayer, cuando saliera de la peluquería, y se le había ido totalmente de la cabeza.

Tras agarrar su carísima compra por las asas de la bolsa chic de la tienda, salió a la concurrida East Street, sacó su móvil Nokia minúsculo último modelo y marcó el número de Sophie. Saltó directamente el buzón de voz. Dejó un mensaje de disculpa y le sugirió quedar para tomar una copa sobre las siete y media y compartir luego un taxi hasta la fiesta. Cuando terminó, llamó al fijo del piso de Sophie. Pero también saltó el contestador.

Y dejó un segundo mensaje.

Capítulo 49

Roy Grace no dejó ningún mensaje. Ya había dejado uno antes en el teléfono de casa de Cleo, así como en su móvil, y también otro en el contestador del depósito de cadáveres. Ahora estaba escuchando la introducción alegre de su buzón de voz por tercera vez en el día hoy. Colgó. Era evidente que estaba evitándole, enfurecida todavía por el tema de Sandy.

«Mierda, mierda, mierda.»

Estaba enfadado consigo mismo por manejar la situación con tanta torpeza. Por mentir a Cleo y por provocar que rompiera su confianza en él. De acuerdo, era una mentira piadosa, bla, bla, bla. Pero esa pregunta que le había hecho, esa única pregunta sencilla, era justo la que no podía responder, ni a ella, ni a sí mismo. Siempre la pregunta del millón.

«¿Qué pasa si la encuentras?»

Y la verdad era que en realidad no lo sabía. Había tantos imponderables… Tantas razones distintas por las que la gente desaparecía… Y él conocía la mayoría. Había pisado este terreno muchas veces con el equipo de ayuda telefónica a desaparecidos y con el loquero al que había ido de manera intermitente a lo largo de los años. En el fondo de su corazón, se aferraba a la pequeña esperanza de que, si Sandy estaba viva, sufriera amnesia. Había sido una opción realista los primeros días y semanas, tras su desaparición, pero ahora, después de tantos años, se había convertido en una posibilidad demasiado exigua a la que agarrarse.

Un reloj de pulsera marca Swatch con la esfera rosa y con letras blancas y la correa blanca se balanceó delante de su cara.

– Yo le compré uno de éstos a mi hija de nueve años. Se puso loca de contenta, como alucinada, ¿sabe a qué me refiero? -dijo la dependienta amablemente.

Era una afrocaribeña de tez pálida, de unos treinta y pocos años, simpática y elegantemente vestida, con un pelo que parecía un manojo de muelles rotos.

Grace volvió a centrarse en su tarea. Su hermana le había sugerido que le comprara a su ahijada un reloj para su cumpleaños, que era mañana, y él había llamado a la madre para asegurarse de que no le regalaban uno ya. Sobre el mostrador de cristal había diez expuestos. Su problema era que no tenía ni idea de lo que le parecería bonito u horrendo a una niña de nueve años. Le perseguían recuerdos de las decepciones que se había llevado al abrir los regalos deprimentes que le habían endilgado sus bienintencionados padres. Calcetines, un batín, un jersey, una réplica en madera de una camioneta de reparto de Harrods de los años veinte cuyas ruedas ni siquiera giraban.

Todos los relojes eran distintos. El rosa con la esfera blanca era el más bonito, el más delicado.

– No sé lo que se lleva en cuestión de relojes… ¿Éste le parecería bien a una niña de nueve años?

– Éste es chulísimo, hombre. Total. Es el que llevan todas. ¿Ha visto alguna vez ese programa de los sábados por la mañana, en Channel Four?

Grace dijo que no con la cabeza.

– La semana pasada salió una niña que llevaba uno de éstos. ¡Mi hija se volvió loca!

– ¿Cuánto cuesta?

– Treinta libras. Viene en una caja muy bonita.

Grace asintió y sacó la cartera. Al menos ya tenía un problema resuelto. Si bien era cierto que se trataba del menor de todos.

En la reunión de las seis y media, celebrada en la sala de reuniones de Sussex House aquella tarde, se le presentaron problemas más importantes. Los veintidós miembros del equipo presentes se habían quitado la chaqueta; la mayoría de los hombres, como Grace, llevaban camisa de manga corta. Dejaron la puerta abierta, para crear la ilusión de que entraba aire más fresco desde el pasillo, y dos ventiladores eléctricos zumbaban ruidosa e inútilmente. Todo el mundo estaba sudando. Justo cuando los últimos se sentaban, se oyó el estruendo de un trueno en el cielo cada vez más oscuro.

– Ya estamos -exclamó Norman Potting, que tenía grandes manchas de sudor en su camisa color crema-. El típico verano inglés. Dos días buenos seguidos de una tormenta eléctrica.

Varios miembros del equipo sonrieron, pero Grace apenas le escuchó, absorto en muchos pensamientos. Cleo aún no le había devuelto las llamadas. Tenía reservado un vuelo a las siete de la mañana a Munich, mañana, con regreso a las 21.15 de la noche. Pero al menos allí contaba con ayuda. Aunque llevaba más de cuatro años sin hablar con Marcel Kullen, el hombre había devuelto su llamada al cabo de una hora y -por lo que pudo comprender por su inglés roto y errático- el inspector alemán insistía en recogerle en persona en el aeropuerto. Además, había recordado cancelar el almuerzo de mañana en casa de su hermana, para gran decepción de ésta y el enfado silencioso de Cleo.

– Son las 18.30 del sábado, 5 de agosto -leyó formalmente para el grupo reunido de las notas que le había preparado Eleanor Hodgson-. Ésta es la cuarta reunión de la operación Camaleón, la investigación sobre la muerte de la señora Katherine Margaret Bishop -conocida como Katie-, celebrada el día 2 tras el hallazgo de su cadáver a las 8.30 de la mañana de ayer. Ahora resumiré los acontecimientos ocurridos tras el incidente.

Fue breve con el resumen, saltándose algunos detalles, luego terminó anunciando, enfadado, que alguien había filtrado la información crucial de la máscara antigás al reportero del Argus Kevin Spinella.

Mirando a su alrededor, preguntó:

– ¿Alguien sabe cómo se ha enterado?

Rostros carentes de expresión recibieron su pregunta.

Irritado por el calor, y por Cleo, y por todo en ese momento, dio un fuerte golpe con el puño en la mesa.

– Es la segunda vez que ocurre esto en los últimos meses. -Lanzó una mirada a su ayudante, la inspectora Kim Murphy, quien asintió como para confirmarlo-. No estoy diciendo que haya sido alguien de esta sala -añadió-. Pero voy a averiguar quién es el responsable pase lo que pase y quiero que estéis todos bien atentos. ¿De acuerdo?

Todo el mundo asintió. Luego se hizo un silencio breve y profundo, roto por el fogonazo de un relámpago y el parpadeo repentino de todas las luces de la sala. Unos momentos después se oyó el estruendo de otro trueno.

– Desde un punto de vista organizativo, mañana no estaré aquí para las reuniones, que dirigirá la inspectora Murphy.

Kim Murphy volvió a asentir.

– Estaré fuera del país unas horas -prosiguió Grace-. De todos modos, tendré el móvil y la Blackberry, así que estaré localizable en todo momento por teléfono y correo electrónico. De acuerdo, ahora escuchemos vuestros informes individuales. -Miró sus notas, para comprobar las tareas que habían sido asignadas, aunque recordaba la mayoría de memoria, si no todas-. ¿Norman?

La voz de Potting era grave, a veces un gruñido apagado, tosco por la manera de pronunciar las erres, un modo propio de las zonas rurales.

– Tengo algo que podría ser importante, Roy -dijo el sargento.

Grace le indicó que continuara.

Potting, que se centraba mucho en los detalles, transmitió la información con la terminología formal y pesada que podría haber empleado al dar su testimonio desde un estrado.

– Me pediste que comprobara todas las cámaras de seguridad de la zona. Repasé el Vantage para ver los incidentes registrados durante la noche del jueves y observé que ayer por la mañana a primera hora se halló la furgoneta de un fontanero, cuyo robo se denunció el jueves por la tarde en Lewes, abandonada en la vía de acceso de una gasolinera BP, en el carril oeste de la A 27, a tres kilómetros al este de Lewes.

Hizo una pausa para volver un par de páginas de su libreta de rayas.

– Tomé la decisión de investigarlo porque me pareció muy extraño…

– ¿Por qué? -preguntó la sargento Bella Moy volviéndose en su contra.

Grace sabía que Bella no aguantaba a Potting y que aprovecharía cualquier oportunidad para humillarle.

– Bueno, Bella, me extrañó que unos gamberros eligieran una furgoneta llena de herramientas de fontanería para salir a divertirse -contestó, provocando un ligero regocijo en los demás. Incluso Grace se permitió una breve sonrisa.

– Pero sí podría ser obra de un fontanero deshonesto -contestó Bella, impertérrita.

– No con lo que cobran. Todos los fontaneros conducen Rolls.

Esta vez la carcajada fue aún más sonora. Grace levantó una mano para hacerlos callar.

– ¿Podemos ceñirnos al tema, por favor? Estamos tratando algo muy serio.

Potting prosiguió.

– Me dio mala espina. La furgoneta de un fontanero abandonada. Sobre la misma hora en que mataron a la señora Bishop. No sé explicar por qué lo relacioné. Digamos que fue olfato de policía.

Miró a Grace, que respondió asintiendo con la cabeza. Sabía a qué se refería Potting. Los mejores policías tenían intuiciones. Presentimientos. La capacidad de saber -oler- cuándo algo pintaba bien o mal, por razones que nunca podían explicar lógicamente.

Bella miró de manera infantil a Norman Potting, como si intentara obligarle a bajar la mirada. Grace anotó mentalmente hablar con ella después sobre su actitud.

– He ido a la gasolinera de BP esta mañana y he pedido permiso para visionar las imágenes de la noche anterior de la cámara de seguridad del patio. El personal se mostró servicial, en parte porque dos personas se habían ido sin pagar. -De repente, Potting miró a Bella con petulancia-. La cámara recoge un fotograma cada treinta segundos. Cuando he examinado la cinta, he visto que un BMW descapotable se detuvo unos minutos antes de la medianoche. Luego he determinado que el vehículo pertenecía a la señora Bishop. También he podido identificar que la mujer que caminaba hacia la tienda de la gasolinera era la señora Bishop.

– Podría ser importante -dijo Grace.

– Aún se pone mejor. -Ahora el veterano inspector aún parecía más satisfecho consigo mismo-. Luego he ido a la residencia de los Bishop, en Dyke Road Avenue, y he comprobado el interior del coche. He encontrado un tique de aparcamiento de zona azul, emitido a las 17.11 del jueves por una máquina de Southover Road, en Lewes. La furgoneta fue robada de un aparcamiento justo detrás de Cliffe High Street, a unos cinco minutos a pie.

Potting no dijo nada más. Al cabo de unos momentos, Grace le instó a continuar:

– ¿Y?

– Por ahora no puedo añadir nada más, Roy. Pero presiento que existe una relación.

Grace lo miró fijamente. Potting, que tenía una vida personal desastrosa, y suficiente incorrección política para encolerizar a la mitad de las Naciones Unidas, ya había conseguido antes, a pesar de todo su historial personal, unos resultados extraordinarios.

– Sigue investigando -le dijo, y se volvió hacia el inspector Zafferone.

A Alfonso Zafferone le había asignado la tarea importante pero aburrida de establecer las cronologías. Mascando chicle con insolencia, informó de su trabajo con el equipo Holmes, determinando la secuencia de los acontecimientos que habían rodeado el hallazgo del cadáver de Katie Bishop.

El joven agente relató que Katie Bishop había comenzado el día de la noche en que murió con una hora de ejercicio en casa, con su entrenador. Grace anotó que tendría que interrogarlo.

Luego, había acudido a un salón de belleza de Brighton, donde le hicieron la manicura. Grace apuntó que había que interrogar al personal. Seguidamente, había almorzado en el restaurante Havana de Brighton con una señora llamada Caroline Ash, la responsable de una organización benéfica dedicada a los niños, Rocking Horse Appeal, para hablar de una gala que ella y su marido tenían programado ofrecer en septiembre en su casa de Dyke Road Avenue para recaudar fondos. Grace anotó que había que interrogar a la señora Ash.

El agotador día de la señora Bishop, dijo Zafferone, con bastante sarcasmo, continuó con una visita a la peluquería a las tres. Luego se perdía su rastro. Era evidente que la información que había proporcionado Norman Potting llenaba el intervalo.

El siguiente informe era del último miembro reclutado para el equipo de Grace, una agente con ojo de lince de unos treinta años, largos, que se llamaba Pamela Buckley, a quien muchos confundían constantemente con la agente de Relaciones Familiares Linda Buckley; eran tan parecidas físicamente que podrían ser hermanas: las dos eran rubias, pero Linda Buckley llevaba el pelo a lo chico y Pamela lo tenía más largo, recogido con austeridad.

– He encontrado al taxista que llevó a Brian Bishop del Hotel du Vin al Lansdowne Place -dijo Pamela Buckley, y consultó su libreta-. Se llama Mark Tuckwell y trabaja para la empresa Hove Streamline. No recuerda que Bishop se hiciera daño en la mano.

– ¿Podría haberse lastimado sin que lo advirtiera el conductor?

– Es posible, señor, pero improbable. Se lo he preguntado. Dice que Bishop estuvo absolutamente callado durante el trayecto. Le parecía que si se hubiera hecho daño, habría dicho algo.

Grace asintió mientras tomaba notas. No tenía claro que aquello fuera a llevarles a alguna parte.

Entonces Bella Moy ofreció un informe detallado sobre la personalidad de Katie y de Brian Bishop. Katie Bishop no salió muy bien parada. Había estado casada dos veces antes, la primera con un cantante de rock fracasado, cuando tenía dieciocho años. Se divorció de él a los veintidós. Luego contrajo matrimonio con un acaudalado promotor inmobiliario de Brighton, de quien se separó seis años después, a los veintiocho. Bella había hablado con los dos hombres, que la habían descrito, en términos poco halagüeños, como una persona obsesionada con el dinero. Dos años después, se casó con Brian Bishop.

– ¿Por qué no tuvo hijos? -preguntó Grace.

– Sufrió dos abortos con el cantante de rock. El promotor inmobiliario ya tenía cuatro y no quería más.

– ¿Fue la razón del divorcio?

– Es lo que me dijo él -contestó Bella.

– ¿Consiguió un buen acuerdo?

– Unos dos millones, me ha dicho -respondió la sargento.

Grace tomó nota. Luego dijo:

– Ella y Brian Bishop llevaban casados cinco años. Y no sabemos por qué no tenían hijos. Hay que preguntárselo a él. Pudo ser causa de problemas entre ellos.

El siguiente en la lista de Grace era el sargento Guy Batchelor. Una de las acciones que había delegado en él era registrar minuciosamente la casa de los Bishop, en cuanto concluyera el trabajo forense, y coordinar la tarea.

– Tengo algo que podría ser relevante -dijo Batchelor. Levantó una carpeta roja, con una nota pegada en la parte superior. La abrió y sacó un fajo de folios DIN-A4, grapados, con el logotipo del banco HSBC-. Lo encontró un miembro del SOCO en un archivador del estudio de Bishop -dijo-. Es un seguro de vida contratado hace seis meses para la señora Bishop. Por tres millones de libras.

Capítulo 50

La mayoría de nosotros tenemos una GRAN IDEA en algún punto de nuestras vidas. Un momento «¡Eureka!». A todos se nos ocurre de manera distinta, a menudo por casualidad o sincronía. Alexander Fleming la tuvo cuando una noche no guardó unas bacterias en su laboratorio y, a raíz de ello, descubrió la penicilina. Steve Jobs la tuvo mirando un reloj Swatch; se dio cuenta de que ofrecer una variedad de colores para los ordenadores era el camino que debía seguir Apple. Bill Gates, seguramente, también tuvo el suyo.

A veces estas ideas se nos ocurren cuando menos lo esperamos: cuando estamos en la bañera inquietos por esto o por aquello, o bien despiertos en la cama en plena noche, o tal vez simplemente cuando estamos sentados a nuestra mesa en el trabajo. La idea que nadie más ha tenido antes que nosotros. La idea que nos hará ricos, que nos alejará de todas las cargas y toda la basura diaria que tenemos que soportar. ¡La idea que cambiará nuestras vidas y nos liberará!

Yo tuve la mía el sábado 25 de mayo de 1996, a las once y veinticinco de la noche.

Odiaba mi trabajo como ingeniero de software en una empresa situada en Coventry que desarrollaba cajas de cambios para coches de carreras. Intentaba encontrar un sentido a mi vida, y me di cuenta, a punto de cumplir los treinta y dos, de que nunca tendría tanto sentido como en ese momento. Me encontraba en un chárter tras pasar una semana de vacaciones horrible en España y, de repente, el personal del aeropuerto de Málaga se puso en huelga y se cancelaron todos los vuelos.

El personal de tierra intentó colocarnos en hoteles para dormir esa noche, pero fue imposible. Había una chica en el mostrador de la compañía de chárteres que intentaba encontrar habitación a doscientas ochenta personas. Y en los mostradores del resto de las aerolíneas había otros empleados que trataban de hacer lo mismo por sus pasajeros, que también se habían quedado en tierra. Seguramente habría tres mil o cuatro mil personas desamparadas y era imposible que se pudiera dar alojamiento a todo el mundo.

Me tumbé en un banco en el vestíbulo de salidas. ¡Y entonces tuve mi momento! Un programa informático instalado en todos los hoteles de la ciudad y en todas las aerolíneas habría podido solucionar sus problemas. Una inyección instantánea de beneficios para los hoteles; una solución instantánea a la pesadilla para las compañías aéreas. Entonces comencé a pensar en otras aplicaciones más allá de los vuelos cancelados. Cualquier organización que tuviera que colocar a un gran número de personas en algún sitio y cualquier organización que tuviera habitaciones para vender. Operadores turísticos, cárceles, hospitales, organizaciones de ayuda en caso de catástrofes, las fuerzas armadas, eran sólo algunos de los clientes potenciales.

Había encontrado mi propia mina de oro.

Capítulo 51

La marea empezaba a subir en la orilla de Brighton y Hove, pero aún quedaba una extensión amplia de marismas descubiertas entre la playa de guijarros y la espuma blanca de las olas. Aunque eran casi las ocho y media de la noche y el sol se ponía deprisa en el horizonte, todavía había mucha gente en la playa.

El humo dulce de la barbacoa se mezclaba con los olores a salitre, algas y alquitrán. La música de un grupo de percusión colocado que tocaba en el paseo marítimo flotaba en el aire cálido y tranquilo. Dos niños pequeños desnudos clavaban palas de plástico en el barro, ayudados por un hombre rollizo muy quemado por el sol, ataviado con unos pantalones cortos de colores chillones y una gorra de béisbol, que añadía una capa más a un castillo de arena que ya parecía terminado.

Dos amantes jóvenes, vestidos con pantalones cortos y camisetas, caminaban descalzos por el barro frío y húmedo. Pisaban las líneas de los rastros de las lombrices de tierra, las conchas vueltas del revés, los filamentos de las algas, evitando cuidadosamente la lata oxidada, la botella tirada y el recipiente de plástico vacío que encontraban de vez en cuando. Iban cogidos con fuerza de la mano y se detenían cada pocos pasos para besarse, balanceando sus chanclas en la mano libre.

Despreocupados, sonrientes, pasaron por delante de un anciano solemne con un sombrero blanco arrugado muy calado que movía un detector de metales, unos centímetros por encima de la superficie del barro. Luego se cruzaron con un joven que llevaba botas de agua, pantalones color caqui y una camisa abierta y suelta, a su lado en el suelo una cesta de pesca. Sacaba lombrices con una pala para utilizarlas de anzuelo y las echaba en un cubo de goma.

A poca distancia, más adelante, estaban las vigas de metal ennegrecidas de las ruinas del West Pier, que se alzaban desde el mar en la luz mortecina, como una escultura fantasmagórica. El agua parecía viajar más deprisa, con más urgencia a cada minuto, las olas cada vez mayores, más ruidosas.

La chica gritó e intentó apartar a su novio hacia la orilla al ver que, de repente, el agua avanzaba mucho más que antes y les cubría los pies descalzos.

– ¡Me estoy mojando, Ben!

– Tamara, ¡qué tonta eres! -contestó él, manteniéndose firme mientras el agua de otra ola, más cerca aún, les llega a los tobillos y, luego, una tercera, casi a las rodillas. El chico señaló hacia el horizonte, a la esfera carmesí del sol-. Mira la puesta de sol. Cuando toca el horizonte, sale un destello de luz verde. ¿Lo has visto alguna vez?

Pero la chica no estaba mirando el sol. Observaba un tronco que rodaba una y otra vez con la espuma. Un tronco que arrastraba largos zarcillos de algas marinas enredadas en un extremo. Una ola aún mayor rugió y aspiró el madero hacia dentro. Y por un instante breve, fugaz, mientras el tronco rodaba, vio una cara. Unos brazos y unas piernas. Y se percató de que no eran algas lo que había en el extremo. Era cabello humano.

Chilló.

Ben le soltó la mano y entró corriendo en el agua, hacia él. Una ola le golpeó las rodillas, rodándole el cuerpo y la cara, salpicando los cristales de sus gafas de sol, empañándole la vista. El cuerpo volvió a rodar, una mujer desnuda con la cara parcialmente roída, la piel del color de la cera. El mar se la tragaba, alejándola de Ben, reclamada por el océano como si sólo la hubiera mostrado para una breve inspección.

El joven avanzó deprisa, ahora el agua le llegaba hasta los muslos, estaba totalmente empapado. Entonces otra ola explotó a su alrededor, agarró un brazo por la muñeca y tiró con fuerza. la piel estaba fría y viscosa, como la de un reptil. Se estremeció, pero siguió aferrándolo con decisión. La mujer parecía poco corpulenta, pero con la fuerza del océano en su contra, pesaba como un plomo. La atrajo hacia él, atrapado en un tira y afloja sombrío.

– ¡Tam! -gritó-. ¡Pide ayuda a alguien! ¡Saca el móvil y llama al 112!

Luego, de repente, todavía agarrando la muñeca con fuerza, cayó hacia atrás. Aterrizó de espaldas en el barro, mientras la espuma ensordecedora de otra ola rugía y aspiraba y borboteaba en su cara y a su alrededor. Y ahora oyó otro sonido en sus oídos, un gemido apagado e irregular, cada vez más fuerte, más intenso, más desgarrador.

Era Tamara. Rígida, sus ojos grandes y horrorizados, la boca abierta, el grito nacido en lo más profundo de su ser.

Ben todavía no se había dado cuenta del todo de que el brazo que estaba agarrando se había soltado del resto del cuerpo.

Capítulo 52

El teléfono estaba sonando. El fijo. Cleo se inclinó hacia delante en el sofá, para poder leer la pantalla. Era el número del móvil de Grace.

Lo dejó sonar. Esperó. Cuatro tonos. Cinco. Seis. Entonces saltó el contestador. Debía de ser la cuarta llamada -quizás incluso la quinta- que le hacía hoy a esta línea. Más todas las que tenía en el móvil.

Era un comportamiento muy infantil no contestarle, lo sabía, y tarde o temprano tendría que hacerlo; pero aún no estaba segura de qué quería decirle.

Apesadumbrada, levantó la copa de vino y vio, con ligera sorpresa, que estaba vacía. Otra vez. Cogió la botella de Sauvignon Blanc chileno y vio, con más sorpresa aún, que no quedaban más que un par de centímetros.

– Mierda -dijo, y se lo sirvió todo. Apenas cubrió el fondo de la copa grande.

Este fin de semana estaba de guardia, lo que significaba que no debería beber demasiado, o nada, ya que podían llamarla en cualquier momento del día o de la noche. Pero hoy necesitaba muchísimo el alcohol. Había sido un día de mierda. Un día de mierda de verdad. Después de pelearse con Roy, y de pasarse en vela el resto de la noche, la habían telefoneado para que fuera al depósito a las diez de la mañana a recibir el cadáver de una niña de seis años que había sido atropellada por un coche.

Durante los ocho años que llevaba ejerciendo esta profesión se había acostumbrado a casi todo, pero no al cadáver de un niño. Eso le afectaba siempre. La gente parecía sufrir un dolor distinto por un niño, más profundo que por el adulto más querido, como si fuera incomprensible que un crío pudiera desaparecer de la vida de alguien. Odiaba ver que un empleado de la funeraria traía un ataúd minúsculo y odiaba realizar esas autopsias. La de esta niña pequeña sería el lunes, por lo que no era un lunes que estuviera deseando que llegara, precisamente.

Luego, aquella tarde, había tenido que ir a un piso deprimente en una casa adosada venida a menos cerca de la estación de Hove y recuperar el cadáver de una anciana que llevaba allí un mes largo, como mínimo, según la opinión de su compañero Walter Hordern, a juzgar por el estado del cuerpo y el nivel de infestación de moscas y larvas.

Walter había ido con ella, al volante de la furgoneta del forense. Era un hombre pulcro y educado de unos cuarenta y cinco años; siempre vestía con la misma elegancia que alguien que trabajara en un despacho en la City. Su cargo oficial era el de jefe de los cementerios de Brighton y Hove, pero entre sus deberes también figuraba dedicar una parte de su tiempo a ayudar en el proceso de recogida de cadáveres del lugar de la muerte y ocuparse del papeleo considerable que requería cada uno.

Últimamente Walter y Darren se retaban el uno al otro a ver quién determinaba con mayor precisión la hora de la muerte. Era una ciencia inexacta, sujeta a condiciones meteorológicas y muchos factores más, y cuanto más se tardaba en recuperar el cadáver más difícil se volvía. Contar las etapas del ciclo vital de ciertos insectos era una guía muy aproximada, y desagradable. Y Walter Hordern se había empollado el tema en una página de medicina forense que había encontrado en internet.

Después, hacía tan sólo un par de horas, había recibido una llamada angustiosa de su queridísima hermana Charlie, que le contó que su novio, con quien llevaba saliendo más de seis meses, la había dejado. De veintisiete años, Charlie era dos años y medio menor que ella. Guapa y apasionada, siempre elegía a los hombres equivocados.

Como ella, se percató, con más tristeza que amargura. Cumpliría treinta en octubre. Su mejor amiga, Millie -Millie la Loca, la llamaban cuando eran unas adolescentes rebeldes en la Roedean School-, había sentado la cabeza con un ex oficial de marina que había ganado una fortuna organizando conferencias; ahora estaban esperando su segundo hijo. Cleo era la madrina del primero, Jessica, así como de dos niños más de antiguas compañeras del colegio. Empezaba a parecerle que aquél era su destino en la vida. Ser la madrina que tenía un trabajo raro y que era incapaz de hacer nada «normal», ni siquiera conservar una relación «normal».

Como Richard, el abogado del que se había enamorado perdidamente después de que fuera al depósito a ver el cadáver de un caso de asesinato que estaba defendiendo. No fue hasta después de prometerse, dos años más tarde, cuando le soltó la «gran sorpresa». Había encontrado a Dios. Y eso se convirtió en un problema.

Al principio pensó que podría llevarlo bien. Pero después de asistir a diversos servicios religiosos carismáticos en los que la gente se tiraba al suelo, poseída por el Espíritu Santo, comenzó a darse cuenta de que nunca en la vida sería capaz de conectar con aquello. Había visto demasiadas muertes injustas. Demasiados niños. Demasiados cadáveres de jóvenes encantadores aplastados o, peor, carbonizados en accidentes de tráfico. O muertos por sobredosis, intencionadas o accidentales. O mujeres y hombres honrados de mediana edad que habían fallecido en sus cocinas, al caer de una silla o enchufar algún aparato. O ancianos amables atropellados por autobuses cuando cruzaban la calle o fulminados por un ataque al corazón o una apoplejía.

Devoraba las noticias. Veía historias sobre mujeres jóvenes en países africanos que eran violadas por un grupo de hombres y después éstos les insertaban cuchillos en las vaginas o revólveres que luego disparaban. Y le dijo a Richard que lo lamentaba, que no podía creer que existiera un Dios afectuoso que dejaba que toda aquella mierda pasara.

La reacción de él fue cogerla de la mano y ordenarle que le rogara a Dios que la ayudara a comprender «Su voluntad».

Cuando aquello no funcionó, Richard comenzó a acosarla de manera ferviente e incansable, bombardeándola alternativamente con amor y luego con odio.

Entonces, Roy Grace, un hombre que siempre había considerado un ser humano decente de verdad, además de muy atractivo, pasó a formar parte de su vida de repente, aquel verano. Incluso había empezado a creer, tal vez ingenuamente, que eran almas gemelas. Hasta esa mañana, cuando se había percatado de que ella no era más que la sustituta temporal de un fantasma. Eso era lo único que llegaría a ser en esta relación.

Todas las secciones del Times y el Guardian de hoy estaban desparramadas en el sofá a su lado, la mayoría sin leer. No dejaba de intentar ponerse a trabajar en su curso de la universidad a distancia, pero era incapaz de concentrarse. Tampoco podía coger su libro nuevo, una novela de Margaret Atwood, El cuento de la criada, que llevaba años queriendo leer y que por fin había comprado esa tarde en su librería preferida de Hove, City Books. Había leído y releído la primera página cuatro veces, pero no podía conectar con las palabras.

A regañadientes, porque odiaba desperdiciar el tiempo -y consideraba que ver la televisión era justo eso-, cogió el mando a distancia y empezó a hacer zapping por los canales de Sky. Puso el Discovery Channel, con la esperanza de que tal vez dieran un documental de naturaleza, pero un profesor con aspecto de fósil estaba pontificando sobre los estratos de la Tierra. Interesante, pero esta noche no, gracias.

Ahora su teléfono volvía a sonar. Miró un momento la pantalla. El número estaba oculto. Casi seguro que era trabajo. Contestó.

Era un operador del centro telefónico de la policía de Brighton. El mar había arrastrado a la playa un cadáver, cerca del West Pier. Necesitaban que lo acompañara al depósito.

Tras colgar, hizo un cálculo rápido. ¿Cuándo había abierto la botella de vino? Sobre las seis. Hacía cuatro horas y media. Dos dosis de alcohol habrían situado a la mujer media al límite para poder conducir. Una botella de vino contenía un promedio de seis dosis. Se quemaba una cada hora. Tendría que poder conducir, o casi.

Cinco minutos después, salió de casa, recorrió la calle y abrió la puerta de su MG deportivo.

Mientras subía y trataba de ponerse el cinturón, una figura surgió de entre las sombras del portal de una tienda, a poca distancia calle abajo, y dio los pocos pasos que la separaban de su propio coche. Cleo puso en marcha el MG, aceleró el motor y se incorporó a la carretera. El pequeño Toyota Prius negro, propulsado por un motor eléctrico, se deslizó silenciosamente en la oscuridad, detrás de ella.

Capítulo 53

Por ahora nadie había dicho ni una palabra sobre su vestido. Ni Suzanne-Marie, ni Mandy, ni Cat, ni una sola de las amigas con las que se había tropezado en la fiesta esta noche parecía haberse fijado, lo cual era muy insólito. Cuatrocientas cincuenta libras y ni un solo comentario. Quizás estuvieran celosas.

O quizá le quedara fatal.

A la mierda con ellas. ¡Zorras!

Holly entró en otra habitación, donde parpadeaban las luces de colores, la gente se apiñaba, la música sonaba a todo volumen y el hachís impregnaba el aire con un olor penetrante, a goma. Apuró los últimos sorbos de su tercer martini de melocotón y se dio cuenta de que comenzaba a estar bastante alegre.

Al menos los hombres sí se fijaban en ella.

El vestido negro ribeteado de strass aún parecía más corto esta noche que en la tienda. Era tan escotado por delante que no cabía la posibilidad de llevar sujetador -y, joder, tenía unas tetas estupendas, así que ¿por qué no lucirlas?-. Del mismo modo, el vestido (o mejor dicho, su ausencia) le permitía lucir las piernas, casi cada centímetro de ellas, casi hasta el ombligo. Y se sentía muy bien con él, ¡malvadamente bien!

– Vaya veshtido. ¿De dónde eresh?

El hombre, que arrastraba las palabras a través de unos dientes pequeños afilados y puntiagudos que le recordaron a los de una piraña, se balanceó delante de ella y el humo de su cigarrillo le entró en el ojo.

Vestía pantalones negros de cuero, una camiseta negra ajustadísima, un cinturón de strass, y lucía un gran pendiente de oro. Llevaba uno de los peinados más estúpidos que había visto en su vida.

– De Marte -contestó ella y le esquivó, mirando a su alrededor, cada vez más preocupada por Sophie.

– ¿Norte o shur? -dijo el tipo, pero ella apenas le oyó.

Sophie no le había devuelto los dos mensajes que le había dejado para quedar con ella y tomar una copa antes de ir a la fiesta y compartir luego un taxi. Ahora eran las diez y media. Ya tendría que haber llegado, ¿no?

Abriéndose paso entre la multitud, buscando por todas partes a su amiga, llegó a las cristaleras abiertas y salió a la terraza relativamente tranquila. Una pareja estaba sentada en un banco, comiéndose la boca apasionadamente. Un hombre rubio de pelo largo, muy colocado, miraba a la playa y se sorbía la nariz repetidamente. Holly sacó el móvil de su bolso y comprobó si le había llegado algún mensaje, pero no tenía ninguno. Entonces marcó el número del móvil de Sophie.

De nuevo, saltó directamente el buzón de voz.

Probó con el número de su casa. También saltó el contestador.

– Ah, ¡aquí eshtásh! ¡Te había perdido de vishta! -Sus incisivos afilados brillaron demoníacamente con el destello de una luz estroboscópica-. ¿Hash shalido a tomar el aire?

– Y ahora voy a volver a entrar -dijo Holly, y regresó al tumulto de dentro.

Estaba preocupada, porque Sophie era una persona formal. Esto no era nada propio de ella.

Pero no estaba tan preocupada como para no divertirse esa noche.

Capítulo 54

Por culpa de un problema con la puerta del equipaje, el avión despegó con media hora de retraso. Roy Grace estuvo todo el viaje sentado tan erguido en su asiento que ni siquiera pensó en reclinar y mirar por la ventanilla los remaches sobre el metal gris protuberante de la carcasa del motor de estribor.

Durante dos horas interminables en el aire, fue incapaz de concentrarse en nada por mucho tiempo, para pasar el rato, salvo memorizar una sección del mapa del centro de Munich. La caja de cartón con el envoltorio de plástico y la caja vacía del panecillo de queso repugnante que se había comido sólo porque se moría de hambre, y los posos de un segundo café amargo que había tomado, temblaron en la bandeja cuando el avión atravesó unas nubes para iniciar por fin el descenso.

Se sentía frustrado por haber perdido esos treinta minutos preciosos, que habían recortado el tiempo brevísimo del que disponía hoy. Apenas vio las manos de la azafata delante de él retirando los restos de su desayuno mientras contemplaba el paisaje que se abría ahora debajo de él.

La inmensidad.

Los nervios revoloteaban en su estómago mientras absorbía las primeras vistas de suelo alemán. Los retazos de rectángulos marrones, amarillos y verdes de tierras llanas se extendían por una planicie que parecía interminable e infinita. Vio pequeños grupos de casas blancas con tejados rojos y marrones, bosquecillos, los árboles de un verde esmeralda tan vivo que parecían pintados con un aerosol. Luego una ciudad pequeña. Más grupos de casas y edificios.

Un pánico grande y quejumbroso crecía dentro de él. ¿Reconocería a Sandy si la veía? Había días que ni siquiera podía recordar su cara si no miraba una fotografía, como si el tiempo, le gustara o no, estuviera borrándola lentamente de su memoria.

Y si estaba aquí, en algún lugar de este inmenso paisaje, ¿dónde se encontraba? ¿En la ciudad que todavía no podía ver? ¿En uno de estos pueblos remotos que pasaban despacio ahí abajo? ¿Llevaba Sandy una vida en algún lugar de este paisaje abierto e inmenso? ¿Una hausfrau alemana anónima cuyo pasado nadie había puesto nunca en duda?

La mano de la azafata volvió a aparecer delante de él, plegó la mesita gris y giró el gancho para sujetarla. El suelo iba acercándose, los edificios eran cada vez mayores. Veía coches circulando por las carreteras. Oyó la voz del comandante por el altavoz, ordenando al personal de cabina que ocupara sus asientos para el aterrizaje.

Después les dio las gracias por volar con British Airways y les deseó que pasaran un día agradable en Munich. Para Grace, hasta estos últimos días, la ciudad alemana sólo era un nombre en el mapa. Un nombre en los titulares de los periódicos en los recovecos más profundos de su mente. Un nombre en los documentales de televisión. Un nombre donde todavía vivían los parientes lejanos de Sandy, a quienes no había conocido nunca, en un pasado del que había estado desconectada.

El Munich donde Adolf Hifler tuvo su hogar y fue detenido de joven por intento de golpe de Estado. El Munich donde, en 1958, medio equipo del Manchester United murió en un accidente de avión en una pista cubierta de nieve. El Munich donde, en 1972, unos terroristas árabes inmortalizaron tristemente los Juegos Olímpicos al masacrar a once atletas israelíes.

El avión golpeó el suelo y, unos momentos después, notó que el cinturón se le clavaba en el estómago mientras frenaba, los motores rugiendo por el empuje negativo. Luego se estabilizó y adquirió una velocidad suave de rodaje. Pasaron por delante de una manga de viento, el casco de un avión viejo, oxidado y con el tren de aterrizaje hundido. Por el altavoz se anunció un mensaje para los pasajeros que iban a conectar con otros vuelos. Y Roy Grace tuvo la sensación de que todos y cada uno de los nervios que revoloteaban en su estómago intentaba subir a su garganta.

El hombre sentado a su lado, en quien apenas se había fijado, encendió su teléfono. Grace sacó el suyo de la chaqueta de lino color crema y también lo conectó, mirando a la pantalla, con la esperanza de tener un mensaje de Cleo. A su alrededor oyó los pitidos de las señales de los SMS. De repente, su móvil también pitó. El corazón le dio un brinco. Luego se le cayó el alma a los pies. Sólo era un mensaje de bienvenida de una compañía telefónica alemana.

Durante la noche de inquietud, se había despertado varias veces y se había preocupado por cómo vestirse. Era ridículo, lo sabía, porque en su fuero interno no creía que hoy viera a Sandy, aunque estuviera allí realmente, en algún lugar. Pero aun así quería estar lo mejor posible, por si acaso… Quería estar -y oler- como ella seguramente le recordaría. Había una colonia de Bulgari que Sandy solía comprarle y todavía tenía el frasco. Se la había rociado por la mañana, por todo el cuerpo. Luego se puso una camiseta blanca debajo de la chaqueta color crema. Unos vaqueros ligeros, porque había consultado la temperatura en Munich, que era de 28 °C. Y unas deportivas cómodas, porque imaginó que caminaría mucho.

Aun así, le sorprendió el calor empalagoso, pegajoso, impregnado de queroseno que le envolvió mientras bajaba la escalera del avión y cruzaba el asfalto hasta la jardinera. Unos momentos después, sin equipaje, cuando pasaban unos minutos de las diez y cuarto, hora local, avanzó por la comodidad de la sala de aduanas silenciosa y con aire acondicionado hasta el vestíbulo de llegadas; al instante vio la figura alta y sonriente de Marcel Kullen.

El inspector alemán tenía el pelo negro ondulado y corto, con algunos mechones que caían sobre su frente, una sonrisa amplia en su rostro jovial, y vestía ropa de sport de domingo: una chaqueta marrón ligera sobre un polo amarillo, vaqueros anchos y mocasines de piel marrón. Estrechó con firmeza la mano tendida de Grace con las dos manos y dijo, con su acento gutural:

– Roy, casi no te he reconocido. ¡Qué joven estás!

– ¡Tú también!

A Grace le emocionó mucho la calidez del saludo, de un hombre que en realidad no había llegado a conocer tan bien. De hecho, estaba tan abrumado por la emoción de la ocasión que se descubrió, de repente y de un modo muy inusitado, al borde de las lágrimas.

Intercambiaron cumplidos mientras atravesaban el edificio casi vacío, cruzando el suelo de baldosas blancas y negras. Kullen hablaba bien inglés, pero a Grace le estaba costando acostumbrarse a su acento. Caminaban detrás de una figura solitaria que tiraba de una bolsa de viaje con ruedecitas, pasaron por delante del toldo rayado de una tienda de regalos y volvieron a salir al calor empalagoso, por delante de una larga hilera de taxis color crema, la mayoría Mercedes. En el breve paseo hasta el aparcamiento, Grace comparó la calma casi suburbana de este aeropuerto con el bullicio de Heathrow y Gatwick. Parecía una ciudad fantasma.

El alemán acababa de ser padre por tercera vez, de un niño, y si hoy tenían tiempo, esperaba poder llevar a Grace a su casa para que conociera a su familia, le informó Kullen con una sonrisa amplia. Grace, sentado en el asiento del copiloto de piel agrietada del BMW Serie 5 antiguo pero brillante del hombre, le dijo que sería un placer. Pero en el fondo no albergaba ningún deseo de hacerlo. No había ido allí a socializar, quería emplear cada minuto de su precioso tiempo en encontrar un rastro de Sandy.

Una grata ráfaga de aire fresco procedente del aire acondicionado asmático acarició su cara mientras se alejaban del aeropuerto, atravesando el paisaje rural que había escudriñado desde el avión. Grace miró por las ventanillas, abrumado por la gran inmensidad de todo. Y se percató de que no había estudiado detenidamente la situación. ¿Qué diablos esperaba conseguir en un solo día?

Las señales de tráfico pasaban a toda velocidad, azules con letras blancas. Una mostraba el nombre del aeropuerto Franz Josef Strauss, que acababan de abandonar, luego en otra leyó la palabra «München». Kullen siguió charlando, mencionando los nombres de los agentes con quienes había trabajado en Sussex.

Casi mecánicamente, Grace le ofreció una crónica sobre cada uno de ellos, lo mejor que pudo, su mente dividida entre pensar en el asesinato de Katie Bishop, preocuparse por su relación con Cleo e intentar concentrarse en la tarea que le aguardaba hoy. Durante algunos momentos, siguió con la mirada un S-Bahn rojo y plateado que circulaba en paralelo con ellos.

De repente, la voz de Kullen se volvió más animada. Grace escuchó la palabra «fútbol». A su derecha vio el nuevo estadio blanco y enorme, con la forma de un neumático, y las palabras «ALLIANZ ARENA» con grandes letras azules. Luego, detrás, en lo alto de lo que parecía un montículo artificial, había un solitario poste eólico blanco con una hélice.

– Te enseñaré un poco la ciudad, para que te hagas una idea de cómo es Munich, luego iremos a la oficina y luego ¿al Englischer Garten? -dijo Kullen.

– Buen plan.

– ¿Has hecho una lista?

– Sí.

El teniente había sugerido a Grace que antes de su viaje anotara todos los intereses de Sandy y luego irían a lugares que pudiera haber visitado para disfrutar de ellos. Grace miró su libreta. La lista era larga. Libros. Jazz. Simply Red. Rod Stewart. Bailar. Comer. Antigüedades. Jardinería. Cine, en concreto películas de Brad Pitt, Bruce Willis, Jack Nicholson, Woody Allen y Pierce…

De repente, su móvil sonó. Lo sacó del bolsillo y miró la pantalla, con la esperanza de ver uno de los números de Cleo.

Pero el número estaba oculto.

Capítulo 55

A las diez y cuarto de la mañana del domingo, David Curtis, un joven agente de policía en período de prueba, y que llevaba dos días en Brighton, hacía un rato que había comenzado el turno. Era un chico alto de diecinueve arios, serio y con el pelo castaño oscuro, corto y cuidado, pero con un toque moderno. Iba sentado en el asiento del copiloto de un coche patrulla Vauxhall, que olía a patatas fritas de la noche anterior, y que conducía el más aburrido de todos los policías de la comisaría de John Street.

El sargento Bill Norris, un hombre de unos cincuenta y pocos años, con la cara chata y el pelo rizado, había estado en todas partes, lo había visto y hecho todo, pero nunca lo suficientemente bien como para que lo ascendieran a un rango superior. Ahora, a pocos meses de jubilarse, le gustaba enseñarle a este joven cómo funcionaba todo. O más exactamente, le gustaba tener una audiencia atenta para todas las batallitas que nadie más quería volver a escuchar.

Patrullaban por la calle esparcida de basura de West Street, las discotecas todas cerradas ahora, las aceras llenas de cristales rotos, envoltorios de hamburguesas y kebabs, todos los residuos habituales de un sábado por la noche. Dos vehículos de limpieza trabajaban a destajo, avanzando pegados a los bordillos.

– Claro que antes era distinto -estaba diciendo Bill Norris-. En esos días, podíamos tener nuestros propios informadores, ¿sabes? Una vez, cuando estaba en la brigada de estupefacientes, vigilamos una tienda de ultramarinos en Waterloo Street durante dos meses gracias a una información que tenía yo. Sabía que mi hombre tenía razón. -Se dio un golpecito en la nariz-. Olfato de poli. O lo tienes o no lo tienes. Ya lo averiguarás, hijo.

El sol los deslumbraba, entrando oblicuamente desde el canal al final de la calle. David Curtis levantó la mano para protegerse los ojos, examinando las aceras, los coches que pasaban. Olfato de poli. Sí, estaba seguro de que él lo tenía.

– Y estómago. Debes tenerlo -prosiguió Norris.

– De hierro, lo tengo.

– Así que estábamos sentados en la casa abandonada de enfrente. Entrábamos y salíamos por un callejón que había detrás. Hacía un frío de mil demonios. ¡Durante dos meses! ¡Se nos congelaban los huevos! Encontré un abrigo viejo de los vigilantes del British Rail que algún vagabundo había dejado allí tirado y me lo puse. Dos meses allí sentados, día y noche, observando con binoculares de día y prismáticos nocturnos en la oscuridad. Nada que hacer, sólo «moviendo la linterna», así lo llamábamos, ¿sabes? Contar historias, mover la linterna. Bueno, a lo que iba, una noche se detuvo un turismo, un Jaguar grand…

El agente en pruebas fue indultado, temporalmente, de esta historia, que ya había escuchado dos veces, gracias a una llamada del control central de Brighton.

– Sierra Oscar a Charlie Charlie 109.

Utilizando su radio personal, trabada en su horquilla de plástico en la pinza del chaleco antinavajazos, David Curtis contestó:

– El 109, adelante.

– Tenemos una alarma de grado dos en espera. ¿Estáis libres?

– Sí, sí. Danos los detalles, cambio.

– La dirección es Newman Villas, 17, piso 4. La inquilina se llama Sophie Harrington. No apareció ayer para reunirse con una amiga y no contesta al teléfono ni a la puerta desde ayer por la tarde, lo que es inusual. ¿Podéis pasar a comprobar que todo esté en orden?

– ¿Confirmas Newman Villas, 17, piso 4, Sophie Harrington? -dijo Curtis.

– Sí, sí.

– Recibido. Estamos de camino.

Aliviado por tener algo que hacer esa mañana, Norris realizó un cambio de sentido tan brusco y rápido que los neumáticos chirriaron. Luego giró a la izquierda al final de la calle y entró en Western Road, acelerando más de lo que era estrictamente necesario.

Capítulo 56

Disculpándose con Marcel Kullen, se acercó el teléfono a la oreja y presionó la tecla verde.

– Roy Grace -contestó.

Luego, cuando oyó la voz mordaz al otro lado, deseó de inmediato haber dejado sonar el maldito teléfono.

– ¿Dónde estás, Roy? Suena como si estuvieras en el extranjero. -Era su jefa, la subdirectora Alison Vosper, y parecía un poco asombrada-. No era el tono del Reino Unido -dijo.

Se trataba de una llamada que no habría esperado hoy y no tenía ninguna respuesta preparada. Cuando había telefoneado a Marcel a Alemania no se había fijado en que el tono fuera distinto, un quejido uniforme y constante en lugar del tono doble normal del Reino Unido. No tenía sentido mentir, lo sabía.

– En Munich -contestó, respirando hondo.

Al otro lado de la línea se oyó un ruido como si un pequeño aparato nuclear detonara dentro de una cabaña de chapa llena de bolas de acero. Lo siguieron unos momentos de silencio. Luego volvió a escuchar la voz de Vosper, muy brusca:

– Acabo de tirar el café. Ahora te llamo.

Mientras colgaba, se maldijo por no haberse planteado mejor la situación. En un mundo normal, tenía todo el derecho a tomarse un día libre, por supuesto, y dejar al mando a su ayudante. Pero el mundo por el que rondaba Alison Vosper no era normal. Le caía antipático, por motivos que él no acertaba a comprender -pero sin duda en parte se debía a su reciente y desafortunada aparición en los periódicos- y buscaba constantemente una razón para degradarlo, obstaculizar su carrera o trasladarlo a la otra punta del país. Tomarse el día libre la tercera jornada de una importante investigación de asesinato no iba a mejorar la opinión que tenía de él.

– ¿Todo bien? -preguntó Kullen.

– Mejor que nunca.

Ahora su teléfono volvió a sonar.

– ¿Qué estás haciendo en Alemania exactamente? -preguntó Alison Vosper.

Roy odiaba mentir -las mentiras debilitaban a la gente, como había descubierto recientemente por experiencia propia-, pero también era consciente de que era improbable que la verdad fuera recibida con amabilidad, así que eludió el tema.

– Estoy siguiendo una pista.

– ¿En Alemania?

– Sí.

– ¿Y cuándo podemos esperar recuperar tu dotes de mando en Inglaterra?

– Esta noche -dijo-. La inspectora Murphy está al frente del caso durante mi ausencia.

– Excelente -contestó Vosper-. Entonces, ¿podrás reunirte conmigo inmediatamente después de tu reunión informativa de mañana por la mañana?

– Sí. Puedo ir a verte sobre las nueve y media.

– ¿Alguna novedad en el caso?

– Estamos haciendo progresos. Estoy a punto de realizar una detención. Sólo estoy esperando a que manden las pruebas de ADN de Huntington, que espero que lleguen mañana.

– Bien -dijo la subdirectora. Luego, unos momentos después, sin suavizar el tono, añadió-: Dicen que en Alemania hay una cerveza excelente.

– No sabría decirte.

– Yo pasé la luna de miel en Hamburgo. Hazme caso, es verdad. Tendrías que probarla. A las nueve y media mañana por la mañana.

Colgó.

«Mierda», se dijo Grace, enfadado consigo mismo por estar tan mal preparado. «¡Mierda, mierda, mierda!» Y mañana por la mañana seguro que le preguntaría por la pista que estaba siguiendo aquí. Tenía que pensar en algo realmente bueno.

Estaban pasando por delante de un bloque alto de pisos, con el panel circular de BMW en un lugar prominente cerca de la azotea. Luego dejaron atrás un hotel Marriott.

Comprobó rápidamente si tenía algún mensaje en la Blackberry. Le aguardaban una docena de e-mails, recibidos desde que se había bajado del avión, la mayoría de ellos relacionados con la operación Camaleón.

– ¡El viejo estadio olímpico! -dijo Kullen.

Grace miró a su izquierda y vio un edificio con la forma de una marquesina medio hundida. Giraron a la derecha, atravesaron un paso subterráneo, luego doblaron a la izquierda y cruzaron un carril del tranvía. Abrió su mapa sobre las rodillas, para intentar orientarse.

Kullen consultó su reloj y dijo:

– ¿Sabes? Estoy pensando que había planeado ir primero a mi despacho e introducir todos los detalles sobre Sandy en el sistema, pero creo que será mejor ir primero al Seehausgarten. Ahora mismo estará lleno, habrá mucha gente. Tal vez tengas la oportunidad de verla. ¿Es mejor ir después al despacho? ¿Te parece bien?

– Tú eres el guía turístico, ¡tú decides! -dijo Grace, mientras veía un tranvía azul con un anuncio grande de Adelholzener en el techo.

Como si no le hubiera entendido bien, Kullen comenzó a señalar los museos a medida que bajaban por una avenida ancha.

– El Museo de Arte Moderno -dijo. Y luego-: Esa de ahí es la Haus der Kunst, una galería de arte que se construyó durante el régimen de Hitler.

Unos minutos después, recorrían una calle larga y recta, con los bancos del río Isar flanqueados de árboles a la derecha y por bloques de pisos altos, antiguos y elegantes a la izquierda. La ciudad era bonita pero grande. Muy grande, maldita sea. Mierda. ¿Cómo diablos iba a buscar a Sandy aquí, tan lejos de casa? Y si no quería que la encontraran, seguro que había elegido un buen lugar.

Marcel continuó señalando diligentemente los nombres de los monumentos por los que pasaban y los distritos de la ciudad que cruzaban. Grace escuchó, mirando continuamente el mapa abierto sobre sus rodillas, intentando fijar la geografía del lugar en su mente, y pensando para sí: «Si Sandy está aquí, ¿en qué parte de la ciudad vivirá? ¿En el centro? ¿En un barrio residencial? ¿En un pueblo en las afueras?».

Cada vez que alzaba los ojos, registraba a todas las personas de la acera y de los coches, por si se daba la casualidad, por muy pequeña que fuera, de divisar a Sandy. Por algunos momentos, observó a un hombre delgado, de aspecto estudioso, vestido con unos pantalones cortos y una camiseta ancha, que paseaba relajadamente con un periódico bajo el brazo, masticando una galleta que sujetaba en una servilleta de papel azul. «¿Hay un hombre nuevo en tu vida? ¿Tiene este aspecto?», se preguntó.

– Vamos a ir al Osterwald Garten. También es un biergarten cerca del Englischer Garten. Es más fácil si aparcamos allí y vamos caminando tranquilamente hasta el Seehaus -anunció Kullen.

Unos minutos después, accedieron a una zona residencial y recorrieron una calle estrecha con casas pequeñas y atractivas a cada lado. Luego pasaron por delante de un edificio con columnas rosas y blancas revestido de hiedras.

– Para bodas, registro de matrimonios. Aquí te puedes casar -dijo Kullen.

De repente, algo frío se agitó dentro de Grace. «Matrimonio.» ¿Era posible que Sandy hubiera adoptado una identidad nueva y se hubiera vuelto a casar?

Siguieron conduciendo por una calle residencial, con un seto a la derecha y árboles a la izquierda. Luego llegaron a una plaza pequeña, con aceras de adoquines y otras casas cubiertas de hiedras, y si no fuera porque los coches conducían por la derecha y las señales de aparcamiento estaban en alemán, podría haber sido cualquier lugar de Inglaterra, pensó Grace.

El Kriminalhauptkommisar aparcó y apagó el motor.

– De acuerdo, ¿empezamos aquí?

Grace asintió, se sentía un poco inútil. No estaba seguro de dónde se encontraba exactamente en el mapa; cuando el alemán se lo señaló servicialmente con un dedo, se dio cuenta de que había estado mirando en un lugar totalmente equivocado.

Entonces sacó de su bolsillo el mapa que Dick Pope le había imprimido de internet y que le había enviado por fax, con un círculo que mostraba el sitio donde él y su mujer habían visto a la persona que creían que era Sandy el día que estuvieron en esta ciudad. Se lo dio a Marcel Kullen, quien lo examinó unos instantes.

– ¡Ja, vale, genial! -dijo, y abrió su puerta.

Mientras recorrían la calle polvorienta bajo el calor abrasador de la mañana, el cielo se nubló. Grace, que se quitó la chaqueta y se la colgó del hombro, miraba a su alrededor en busca de un bar o un café. A pesar de la adrenalina que bombeaba por su cuerpo, estaba cansado y sediento: le vendría bien un poco de agua y una inyección de cafeína. Pero se percató de que no quería malgastar su precioso tiempo, estaba deseando llegar a ese lugar, al círculo negro en el mapa borroso.

Al único sitio donde alguien había visto, en nueve años, a la mujer que tanto había amado.

Acelerando el paso cada vez más, caminó con Kullen hacia un lago grande. El alemán le condujo por un puente, luego a la izquierda por un sendero, con el lago y una isla de madera a la derecha y un bosque denso a la izquierda. Grace aspiró los dulces aromas de la hierba y las hojas, saboreando el fresco repentino y delicioso de la sombra y la ligera brisa procedente del agua.

Dos ciclistas viraron con brusquedad delante de ellos, luego se cruzaron con un joven y una niña, que charlaban amistosamente, patinando en línea. Unos momentos después, un caniche pasó dando saltitos y, corriendo tras él, un hombre airado con la raya al medio y gafas de concha que gritaba: «Adini! Adini! Adini!». A continuación pasó un marchador nórdico de unos sesenta años con aspecto muy decidido, vestido de lycra rosa chillón, los dientes apretados, los bastones de esquí golpeteando el sendero de asfalto. Entonces, tras doblar una curva, el paisaje se abrió ante ellos.

Grace vio un parque enorme, repleto de gente, y ahora más allá de la isla el lago era mucho mayor de lo que había imaginado en un principio, unos ochocientos metros de largo por varios cientos de metros de ancho. Había docenas de barcas en el agua, algunas elegantes, de remos, de madera, de tingladillo y, el resto, patines blancos y azules de fibra de vidrio, además de flotillas de patos.

La gente abarrotaba los bancos que bordeaban el agua y había cuerpos bronceándose al sol por todas partes, en cada centímetro de hierba, algunos con iPods enchufados en las orejas, otros con radios, escuchando música o, tal vez, pensó Grace, intentando ahogar los constantes chillidos de los niños.

Y rubias por todos lados. Decenas. Centenares. Sus ojos se movieron de un rostro a otro, escudriñándolos y rechazándolos todos sucesivamente. Dos niñas pequeñas se cruzaron en su camino, una con un cucurucho, la otra gritando. Un mastín se sentó en el suelo, jadeando mucho y babeando. Kullen se detuvo al lado de un banco en el que un hombre con la camisa totalmente desabrochada leía un libro, sujetándolo a una distancia incómoda, como si hubiera olvidado las gafas, y señaló al otro lado del lago.

Grace vio un pabellón grande y atractivo -aunque bastante cursi-, de un estilo que podría ser una interpretación de una casa de campo inglesa con el techo de paja. Una multitud de personas estaban sentadas a las mesas de delante del biergarten y, a la izquierda, había un pequeño cobertizo para botes y una cubierta de madera, con sólo un par de barcas amarradas y un patín fuera del agua y tumbado de lado.

De repente, Grace notó un subidón de adrenalina al percatarse de qué era lo que estaba contemplando. ¡Era allí! El lugar donde Dick Pope y su mujer, Lesley, creían haber visto a Sandy. Habían cogido una de esas barcas de remos de madera. Y la habían divisado en el biergarten.

Obligando al alemán a acelerar el paso, Grace tomó la iniciativa, recorriendo el sendero de asfalto que rodeaba el lago, pasando un banco tras otro, mirando hacia la otra orilla del agua, escudriñando a cada bañista, cada rostro en cada banco, cada ciclista o corredor o paseante o patinador con que se cruzaba. En un par de ocasiones vio una cabellera rubia balanceándose en torno a una cara que le recordó a Sandy y se centró en ella como un perro de Pavlov, sólo para descartarla cuando volvía a mirar.

Podría habérselo cortado. Tal vez se lo hubiera teñido de otro color.

Pasaron por delante de un elegante monumento de piedra en un montículo. Leyó los nombres grabados en el lateral: «VON WERNECK…». «LUDWIG I…» Luego, cuando llegaron al pabellón, Kullen se detuvo delante de una selección de menús clavados en un tablón elegante con forma de escudo, debajo del encabezado «SEEHAUS IM ENGLISCHER GARTEN».

– ¿Quieres comer algo? Quizá podemos entrar en el restaurante, que está más fresco, o podemos estar fuera.

Grace recorrió con la vista las hileras e hileras de mesas de caballetes densamente abarrotadas, algunas bajo la sombra de un dosel de árboles, algunas debajo de un gran toldo verde, pero la mayoría al descubierto.

– Prefiero fuera… Para mirar los alrededores.

– Sí. Por supuesto. Primero cojamos algo de beber. ¿Qué quieres?

– Tomaré una cerveza alemana -dijo con una sonrisa-. Y un café.

– ¿Weissbier o Helles? ¿O prefieres una Radler, una clara, o tal vez un Russn?

– Quiero una cerveza grande y fría.

– ¿Una Mass?

– ¿Mass?

Kullen señaló a dos hombres sentados a una mesa que bebían unas jarras del tamaño de chimeneas.

– ¿Algo un poco más pequeño?

– ¿Media Mass?

– Perfecto. ¿Tú qué vas a tomar? Iré yo.

– No, cuando tú estás en Alemania, ¡yo invito! -dijo Kullen con firmeza.

Aquel lugar era muy atractivo, pensó Grace. Farolas elegantes flanqueaban la orilla del lago; los edificios que albergaban el bar y la zona de comida eran de color verde oscuro y blanco, y estaban recién pintados; sobre un pedestal de mármol había una escultura de bronce singular de un hombre calvo desnudo, con los brazos cruzados y un pene minúsculo; pilas ordenadas de cajas de plástico y cubos de basura verdes para envases y desperdicios, y jarras de cerveza y carteles educados en alemán e inglés.

Una cajera estaba sentada debajo de una cubierta de madera, cobrando a una cola larga. Camareros y camareras con pantalones rojos y camisas amarillas recogían los restos de las mesas a medida que la gente se marchaba. Grace dejó al policía alemán haciendo cola en la barra y se alejó un poco, examinando detenidamente el mapa, intentando concretar a cuál del centenar de mesas de ocho personas podría haberse sentado Sandy.

Debía de haber varios cientos de personas sentadas a las mesas, calculó, unas quinientas por lo menos, y casi todas sin excepción tenían una jarra de cerveza delante de ellas. Percibía el olor en el aire, junto con las bocanadas de humo de cigarrillos y puros, y los aromas tentadores de patatas fritas y carne a la parrilla.

En verano, Sandy bebía una cerveza fría de vez en cuando y, a menudo, cuando lo hacía, bromeaba con que se debía a su herencia alemana. Ahora, Grace comenzaba a comprenderlo. También empezaba a sentirse muy extraño. Se preguntó si era el cansancio o la sed o sólo la enormidad de estar aquí. Tenía la sensación ridícula de que estaba metiéndose en el territorio de Sandy, que en realidad nadie quería que estuviera aquí.

Y, de repente, se descubrió mirando fijamente una cara seria y ceremoniosa que parecía estar de acuerdo con él, estar reprendiéndole. Era un busto de piedra gris de un hombre con barba que le recordó a una de esas estatuas de filósofos de la Antigüedad que se ven a menudo en tiendas de viejo y mercadillos en maleteros de coches. Aún estaba en las primeras etapas de sus estudios, pero sin duda este hombre se asemejaba a uno de ellos.

Entonces se fijó en el nombre, PAULANER, grabado con importancia en el pilar, justo cuando Kullen se acercó a él, llevando una bandeja con dos cervezas y dos cafés.

– De acuerdo, ¿has decidido dónde quieres sentarte?

– Este tipo, Paulaner, ¿era un filósofo alemán?

Kullen sonrió.

– ¿Un filósofo? Creo que no. Paulaner es el nombre de la fábrica de cerveza más importante de Munich.

– Ah -dijo Grace, y se sintió muy idiota-. Vale.

Kullen señaló una mesa al borde del agua, donde un grupo de jóvenes se levantaba, recogía sus mochilas y dejaba libres unos asientos.

– ¿Te apetece sentarte allí?

– Perfecto.

Mientras caminaban hacia el lugar, Grace escudriñó los rostros mesa tras mesa. Estaban atestadas de hombres y mujeres de todas las edades, desde adolescentes a ancianos, todos vestidos de manera informal, la mayoría con camisetas, camisas anchas o con el torso desnudo, con pantalones cortos o vaqueros, y casi todo el mundo con gafas de sol, gorras de béisbol y sombreros flexibles y de paja. Bebían jarras de cerveza Mass o media-Mass, comían platos de salchichas y patatas fritas, o costillas o trozos de queso del tamaño de pelotas de tenis, o algo que parecían albóndigas con sauerkraut.

¿Era éste el lugar donde Sandy había estado hacía unos días aquella misma semana? ¿El lugar adonde venía regularmente, pasando por delante del pedestal con la estatua de bronce desnuda y el busto con barba en la fuente que anunciaba Paulaner, para sentarse a beber cerveza y mirar el lago?

¿Y con quién?

¿Un hombre nuevo? ¿Amigos nuevos?

Y, si estaba viva, ¿qué ocurría en su mente? ¿Qué pensaba del pasado, de él, de su vida en común, de todos los sueños y promesas y momentos que habían compartido?

Sacó el mapa de Dick Pope y volvió a mirar el círculo borroso, para orientarse.

– ¡Pa’ dentro!

Kullen, que ahora llevaba puestas unas gafas de aviador, había levantado su jarra. Grace alzó la suya.

– Skol!

Negando con la cabeza amablemente, el alemán dijo:

– No, nosotros decimos: «Prost!».

– Prost! -replicó Grace, y chocaron las jarras.

– Por que tengamos éxito -dijo Kullen-. ¿O quizá no sea lo que quieres, creo?

Grace soltó una carcajada breve y amarga, preguntándose si el alemán tenía idea de lo cierto que era eso. Y casi como si esperara el momento justo, su móvil pitó dos veces.

Era un mensaje de Cleo.

Capítulo 57

El agente en período de prueba David Curtis y el sargento Bill Norris se bajaron del coche patrulla un poco más arriba de la dirección que les habían indicado. Newman Villas era una calle residencial arquetípica de Hove con casas adosadas de estilo Victoriano. En su día, fueron viviendas señoriales, con cuartos arriba para los criados, pero ahora estaban divididas en unidades más pequeñas. Una serie de tablones de agencias inmobiliarias ocupaban la calle, la mayoría anunciando pisos y habitaciones para alquilar.

La puerta del número 17 parecía no haber visto una capa de pintura en un par de décadas, y la mayoría de los nombres en el portero electrónico estaban escritos a mano y borrosos. «S. Harrington» parecía razonablemente nuevo.

Bill Norris pulsó el botón.

– ¿Sabes? -dijo-. Solíamos ser sólo cuatro en las operaciones de vigilancia. Hoy puede haber hasta veinte agentes. Una vez me metí en un lío. Había una prostituta que era clienta de una tienda de ultramarinos que vigilábamos. Anoté en el registro: «Buen culo y buenas tetas». No sentó bien. Me echaron una buena bronca, sí, ¡el inspector de la comisaría!

Volvió a tocar el timbre.

Esperaron en silencio unos momentos. Cuando tampoco obtuvieron respuesta, Norris pulsó todos los demás botones, uno tras otro.

– Momento de fastidiarle a alguien el descanso dominical. -Miró el reloj-. ¿Tal vez esté en misa? -Se rió entre dientes.

– ¿Sí? -chisporroteó de repente una voz cansada.

– Piso 4. He perdido la llave. ¿Me abre, por favor? -suplicó Norris.

Al cabo de un momento se oyó un ruido áspero, luego el clic de la cerradura.

El sargento abrió la puerta empujándola, se volvió hacia su joven compañero y dijo en voz baja:

– Nunca digas que eres policía. O no te abrirán. -Se tocó la nariz con complicidad-. Ya lo irás viendo.

Curtis lo miró, preguntándose durante cuántas patrullas más tendría que soportar este suplicio. Y por encima de todo esperaba que si alguna vez él comenzaba a parecerse a este triste imbécil alguien le cortara el rollo.

Recorrieron un pasillo corto que olía a moho y pasaron por delante de dos bicicletas y una estantería llena de correo, principalmente folletos de pizzas y comida china para llevar. En el rellano del primer piso, escucharon el sonido de disparos, seguidos de una voz estentórea que gritaba: «¡Alto!». Provenía de detrás de una puerta con el número 2.

Continuaron subiendo, pasaron por delante de la puerta del segundo piso marcada con el número 3. La escalera se estrechaba y arriba del todo llegaron a una puerta con el número 4.

Norris llamó con fuerza. Ninguna respuesta. Volvió a llamar, más fuerte aún. Y una vez más. Luego miró al agente en período de prueba.

– De acuerdo, hijo. Un día te tocará a ti. ¿Qué harías?

– ¿Echar la puerta abajo? -se aventuró Curtis.

– ¿Y si está ocupada echando un polvo?

Curtis se encogió de hombros. No sabía la respuesta.

Norris volvió a llamar.

– ¡Hola! ¿Señora Harrington? ¿Hay alguien? ¡Policía!

Nada.

Norris colocó su cuerpo fornido de lado y golpeó con fuerza la puerta, que tembló, pero no cedió. Lo intentó con más empuje y, esta vez, la puerta se abrió de repente, astillando el marco. El hombre entró disparado a un pasillo estrecho y vacío y se apoyó en la pared para no perder el equilibrio.

– ¡Hola! ¡Policía! -gritó Norris, avanzando. Luego se volvió hacia su joven agente-. Sígueme. No toques nada. No queremos contaminar ninguna prueba.

Curtis caminó de puntillas con torpeza por el pasillo, conteniendo la respiración, tras los pasos del sargento. Delante de él, Norris abrió una puerta, luego se detuvo en seco.

– ¡Joder! -exclamó-. ¡Dios mío, joder!

Cuando el joven agente alcanzó al sargento, se paró de golpe, mirando con repugnancia y horror. Un escalofrío recorrió sus tripas. Quería apartar los ojos desesperadamente, pero no podía. La fascinación morbosa que sobrepasaba en mucho el deber profesional mantenía su mirada clavada en la cama.

Capítulo 58

Roy Grace se quedó mirando el mensaje de Cleo en la pantalla de su móvil:

Aclárate en Munich. Llámame cuando vuelvas.

Ni firma. Ni beso. Sólo una declaración de cabreo sencilla.

Pero al menos por fin había respondido.

Mentalmente, escribió una contestación seca y la desechó al instante. Luego otra, y también la descartó. Había anulado la comida del domingo para ir a Munich e intentar encontrar a su esposa. ¿Cómo debía de haberle sentado?

Pero podía mostrarse un poco comprensiva, ¿no? Nunca había mantenido en secreto la desaparición de Sandy; Cleo lo sabía todo al respecto. ¿Qué elección le quedaba? Seguro que cualquiera habría hecho lo que él estaba haciendo en estos momentos, ¿verdad?

Y, de repente, alimentado por el cansancio, el estrés, el calor incesante del sol cayendo sobre su cabeza, notó un fogonazo de ira hacia Cleo. «Diablos, mujer, ¿es que no puedes entenderlo, maldita sea?», pensó.

Miró a Kullen y se encogió de hombros.

– Mujeres.

– ¿Todo va bien?

Grace dejó el móvil y meció la pesada jarra entre sus manos.

– Esta cerveza está bien -dijo-. Más que bien. -Bebió un gran trago. Luego dio un sorbo al café, que estaba hirviendo-. No puedo decir lo mismo de muchas cosas más. ¿Sabes?

El Kriminalhauptkommisar sonrió, como si no estuviera muy seguro de cómo reaccionar.

Un hombre sentado a la mesa de al lado daba caladas a una pipa de brezo. El humo flotó hacia ellos y, de repente, el olor recordó a Grace a su padre, que también fumaba en pipa. Rememoró todo el ritual: su padre introduciendo en la caña los punzones blancos, largos y finos, que se volvían rápidamente marrones; rascando el borde con un pequeño instrumento de latón; mezclando el tabaco con sus dedos largos; llenando la cazoleta y encendiéndola con una cerilla Swan Vesta; prensando el tabaco y volviéndola a encender. El salón se llenaba al instante con el aroma tentador del humo grisáceo. O si habían salido a pescar en una barca pequeña o estaban al final del Palace Pier o en el espigón del puerto de Shoreham, Roy solía observar la dirección del viento cuando su padre sacaba la pipa y luego se aseguraba de colocarse de forma que pudiera capturar sus fragancias.

Se preguntó qué habría hecho su padre en aquella situación. Jack Grace adoraba a Sandy. Cuando estaba enfermo en la residencia, muriéndose demasiado joven, a los cincuenta y cinco años, de cáncer de colon, ella se pasó horas a la cabecera de su cama, hablando con él, jugando al Scrabble con él, leyendo con él el Sporting Life mientras Jack seleccionaba sus apuestas para el día y luego ella las hacía por él. Y charlando simplemente. Se comportaron como grandes amigos desde el primer día que Grace llevó a Sandy a casa para que conociera a sus padres.

Jack Grace siempre estuvo satisfecho de lo que tenía, era un hombre feliz de haber sido sargento de guardia hasta su jubilación, haciendo pequeños ajustes a los coches y siguiendo las carreras de caballos en su tiempo libre; nunca albergó ninguna ambición de seguir ascendiendo en el cuerpo. Pero era un hombre meticuloso, amante de los detalles, de los procedimientos, de no dejar cabos sueltos. Habría aprobado que Roy viniera aquí, claro que sí. No le cabía la menor duda.

«Joder -pensó Roy, de repente-. Munich está lleno de fantasmas.»

– Cuéntame, Roy, ¿el inspector Pope conocía muy bien a Sandy? -le preguntó Kullen.

De vuelta a la realidad, a la tarea que se había asignado para hoy, Grace contestó:

– Buena pregunta. Eran nuestros mejores amigos. Durante años fuimos de vacaciones con ellos, todos los años.

– ¿Así que no se…, vaya, confundiría fácilmente?

– No. Y su mujer tampoco.

Un hombre joven, alto y en buena forma, que vestía una camisa amarilla y pantalones rojos, estaba recogiendo las mesas desocupadas junto a la suya. Era rubio y llevaba el pelo engominado de forma moderna.

– Disculpe -le dijo Grace-. ¿Habla usted inglés?

– ¡Así es! -contestó el hombre sonriendo.

– ¿Es australiano?

– ¡Eso mismo!

– ¡Genial! Tal vez pueda ayudarme. ¿Estaba aquí el martes pasado?

– Estoy aquí todos los días. Desde las diez de la mañana hasta la medianoche.

Del bolsillo de su chaqueta, Grace sacó una fotografía de Sandy y se la mostró.

– ¿Ha visto a esta persona? Estuvo aquí, el martes, a la hora de comer.

El camarero cogió la fotografía y la examinó atentamente unos momentos.

– ¿El martes pasado?

– Sí.

– No, amigo, no me suena. Pero no significa que no estuviera aquí. Vienen cientos de personas todos los días. -Dudó-. Mierda, veo tantas caras que se vuelven todas borrosas. Puedo preguntar a mis compañeros si quiere.

– Por favor -le pidió Grace-. Es muy importante para mí.

El chico se marchó y regresó, unos minutos después, con todo un grupo de jóvenes que recogían mesas, todos con el mismo uniforme.

– Lo siento, amigo -dijo-. Son la mayor panda de idiotas del planeta. Pero ¡no he podido hacer más!

– Sí, ya, ¡vete a la mierda, Ron! -dijo uno de los jóvenes, un australiano bajito y fornido con un pelo que parecía un alfiletero. Se volvió hacia Grace-: Siento lo de mi colega, es retrasado. De nacimiento. Intentamos seguirle la corriente.

Grace esbozó una sonrisa forzada y le dio la fotografía.

– Estoy buscando a esta persona. Creo que estuvo aquí el martes pasado a la hora de comer. Me preguntaba si alguno de vosotros la reconoce.

El australiano bajito y fornido cogió la fotografía, la examinó unos momentos y luego la pasó. Cada uno de los chicos negó con la cabeza.

Marcel Kullen se metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de tarjetas de visita. Se levantó y dio una a cada miembro de la plantilla. De repente, todos parecían más serios.

– Volveré mañana -dijo el policía-. Tendré una copia de la fotografía para cada uno de vosotros. Si vuelve, por favor, llamadme enseguida al móvil de la tarjeta, o al número del Landeskriminalamt. Es muy importante.

– No se preocupen. Si vuelve, llamaremos.

– Os lo agradecería mucho.

– Está hecho.

Grace les dio las gracias.

Mientras el grupo regresaba a sus obligaciones, Kullen cogió su cerveza y tendió la jarra hacia Grace, mirándole fijamente.

– Si tu mujer está en Munich, la encontraré, Roy. ¿Qué es lo que decís en Inglaterra? ¿Cueste lo que… cueste?

– Casi. -Grace levantó su jarra y tocó la del alemán-. Muchas gracias.

– Yo también he hecho una lista para ti. -Saco una libreta pequeña de su bolsillo interior-. Si está aquí, quizás hay cosas que echaría de menos de Inglaterra, ¿no?

– ¿Por ejemplo?

– ¿Alguna comida? ¿Echaría de menos algo de comer?

Grace pensó un momento. Era una buena pregunta.

– ¡Marmite! -dijo, al cabo de unos instantes-. Le encantaba. Solía untarlo todos los días en las tostadas para desayunar.

– De acuerdo. Marmite. Hay una tienda en Viktualienmarkt que vende comida inglesa para vuestros expatriados. Me pasaré. ¿Tenía algún problema médico? ¿Alguna alergia, quizá?

Grace pensó detenidamente.

– No era alérgica a nada, pero tenía problemas con las comidas pesadas. Era genético. Sufría unas indigestiones terribles si hacía comidas pesadas. Tomaba un medicamento.

– ¿Tienes el nombre?

– Era algo como Chlomotil. Puedo comprobarlo en el botiquín de casa.

– Puedo hacer una búsqueda de clínicas en Munich. Ver si alguien con su descripción está pidiendo este medicamento.

– Bien pensado.

– Hay muchas cosas que también deberíamos mirar. ¿Qué música le gustaba? ¿Iba al teatro? ¿Tenía películas o estrellas de cine preferidas?

Grace recitó una lista.

– ¿Y deportes? ¿Practicaba alguno?

De repente, Grace vio qué se proponía el alemán. Y lo que hacía un par de horas parecía una tarea inabarcable ahora estaba estrechándose y convirtiéndose en algo posible. Y se percató de lo nublada que había estado su cabeza. Esa vieja expresión de que los árboles no te dejaban ver el bosque era una gran verdad.

– ¡Natación! -dijo, preguntándose por qué diablos no se le había ocurrido a él.

Sandy estaba obsesionada con estar en forma. No corría ni iba al gimnasio, porque tenía una rodilla que le daba la lata. Nadar era su gran pasión. Solía ir a diario a las piscinas públicas de Brighton. Bien a la King Alfred o a la Regency, o cuando hacía más calor, bajaba al mar.

– Pues podemos controlar las piscinas de Munich.

– Buen plan.

Mirando otra vez sus notas, Kullen dijo:

– ¿Le gusta leer?

– ¿Es el Papa católico?

El alemán lo miró, perplejo.

– ¿El Papa?

– Olvídalo. Es una expresión inglesa. Sí, le encantaban los libros. En especial las novelas policíacas. Inglesas y estadounidenses. Elmore Leonard era su autor preferido.

– Hay una librería, en la esquina de Schelling Strasse, que se llama Munich Readery. El propietario es un estadounidense. Mucha gente de habla inglesa va allí. Se cambian los libros, ¿sabes? ¿Se los intercambian? ¿Es la palabra correcta?

– ¿Estará abierta hoy?

Kullen negó con la cabeza.

– Esto es Alemania. El domingo está todo cerrado. No como en Inglaterra.

– Tendría que haber elegido un día mejor.

– Mañana iré yo en tu lugar. Ahora, ¿quieres comer algo?

Grace asintió agradecido. De repente, tenía apetito.

Y, luego, mientras miraba una vez más al mar de rostros a su alrededor, vislumbró a una mujer, rubia con el pelo corto, que había estado caminando en su dirección con un grupo de personas, pero que, de repente, se había dado la vuelta y había comenzado a alejarse muy deprisa.

Con el corazón estallándole, Grace se puso de pie, empujó a un japonés que estaba sacando una foto y corrió, abriéndose paso entre un grupo que descargaba sus mochilas, centrando su mirada en ella, acortando las distancias.

Capítulo 59

Vestida sólo con una camiseta blanca arrugada, Cleo estaba sentada en su lugar preferido, sobre una alfombra en el suelo, apoyada en el sofá. Los periódicos del domingo descansaban esparcidos a su alrededor, y ella mecía una taza de café medio vacía que se enfriaba a cada minuto que pasaba. Encima de ella, Pez estaba ocupado explorando su pecera rectangular, como siempre. Nadó despacio unos momentos, como si acechara a alguna presa invisible y, luego, de repente, se lanzó hacia algo, quizás un trocito de comida, o hacia un enemigo o amante imaginario.

A pesar de que la habitación estaba en la sombra, y de que tenía todas las ventanas abiertas, el calor era tan pegajoso que resultaba desagradable. Tenía puesto Sky News en la televisión, pero el sonido estaba muy bajo y, en realidad, no prestaba atención, sólo era ruido de fondo. En la pantalla, se veía una columna de humo negro, la gente sollozaba, las imágenes temblorosas de una cámara al hombro mostraban a una mujer histérica, cadáveres, edificios inhóspitos, la bola de metal retorcida envuelta en llamas de lo que había sido un coche, un hombre cubierto de sangre a quien se llevaban en una camilla. Otro domingo más en Iraq.

Mientras tanto, su domingo también se consumía. Eran las doce y media, hacía un día magnífico y lo único que había hecho era levantarse y tumbarse aquí abajo, en esta habitación sombreada, hojeando sección tras sección de los periódicos hasta que tuvo los ojos demasiado cansados para seguir leyendo. Y tenía el cerebro demasiado cansado para pensar. La casa estaba hecha una pocilga, le hacía falta una buena limpieza, pero carecía de entusiasmo, de energía. Miró su móvil, esperando ver una respuesta al mensaje que le había mandado a Roy. «Maldito hombre», pensó. Pero en realidad, era a ella a quien maldecía.

Entonces, descolgó el teléfono y marcó el número de su mejor amiga, Millie.

Contestó una niña. Una voz titubeante, lenta, interminable de cinco años dijo:

– ¿Diga? Soy Jessica, ¿con quién hablo, por favor?

– ¿Está tu mamá? -preguntó Cleo a su ahijada.

– Mamá está bastante ocupada en estos momentos -contestó Jessica dándose importancia.

– ¿Podrías decirle que soy tu tía Kelo? -Kelo era como la llamaba Millie desde que ella recordaba. Todo había comenzado porque Millie era disléxica.

– Bueno, el tema es…, verás, tía Kelo, está en la cocina porque hoy tenemos mucha gente a comer.

Luego, al cabo de unos momentos, oyó la voz de Millie.

– ¡Eh, hola! ¿Qué pasa?

Cleo le contó lo que había pasado con Grace.

Lo que siempre le había gustado de Millie era que, por muy doloroso que pudiera ser escuchar la verdad, nunca se andaba con rodeos.

– Eres idiota, K. ¿Qué esperas que haga? ¿Qué harías tú en su lugar?

– Me mintió.

– Todos los hombres mienten. Funcionan así. Si quieres una relación a largo plazo con un hombre, tienes que comprender que será con un mentiroso. Es su naturaleza, es genético, es una maldita característica darwiniana adquirida para la supervivencia, ¿de acuerdo? Te dicen lo que quieren que oigas.

– Genial.

– Sí, bueno, es así. Las mujeres también mentimos, de un modo distinto. Yo he fingido la mayoría de los orgasmos que Robert cree que he tenido.

– No me parecen una gran base para construir una relación, las mentiras.

– No digo que todo sean mentiras. Digo que si buscas la perfección, K, acabarás sola. Los únicos tipos que no van a mentirte nunca son los que están en las neveras de tu depósito.

– ¡Mierda! -dijo Cleo de repente.

– ¿Qué?

– Nada. Acabas de recordarme que tengo que hacer algo.

– Escucha, me van a invadir de un momento a otro. ¡Robert ha invitado a un grupo de clientes a comer! ¿Puedo llamarte esta noche?

– No hay problema.

Cuando colgó, miró su reloj y se dio cuenta de que había estado tan absorta pensando en Roy que había olvidado por completo ir al depósito. Ella y Darren habían dejado sobre una mesa el cuerpo de la mujer que habían recogido anoche en la playa, porque todas las neveras estaban llenas -se había estropeado toda una hilera, y la estaban sustituyendo-. Un empleado de una funeraria local iría a buscar dos de los cadáveres al mediodía, y tenía que abrirle y, al mismo tiempo, meter a la mujer en una de las neveras desocupadas.

Se levantó. En el contestador tenía un mensaje de su hermana Charlie, que había llamado sobre las diez. Sabía exactamente qué le diría. Tendría que escuchar cómo le relataba con pelos y señales que su novio la había dejado. ¿Quizá podría convencerla para que se vieran en algún lugar al sol, en un parque o abajo en el paseo marítimo, para almorzar tarde cuando saliera del depósito? Marcó el número y, por suerte, Charlie accedió de buena gana y sugirió un lugar que conocía debajo de los Arches.

Treinta minutos más tarde, después de avanzar lentamente en el tráfico denso que se dirigía a las playas, cruzó las verjas del depósito, aliviada al ver que la entrada lateral cubierta, donde se entregaban y descargaban los cuerpos lejos de la mirada del público, estaba vacía. El empleado de la funeraria aún no había llegado.

Había bajado la capota y se animó, un poquito, al pensar en algo que Roy Grace le había dicho hacía unas semanas, mientras se dirigían a un pub en el campo: «¿Sabes? En una tarde cálida, con la capota bajada, como ahora, y contigo a mi lado, ¡resulta bastante difícil pensar que el mundo va mal!».

Aparcó el MG azul en su lugar habitual, delante de la puerta principal del edificio del depósito, con sus paredes de revestimiento rugoso gris, y luego abrió el bolso para sacar el teléfono y avisar a su hermana de que iba a llegar tarde. Pero no llevaba el móvil.

– ¡Joder! -dijo en voz alta.

¿Cómo diablos se lo había olvidado? Nunca, nunca, nunca salía de casa sin él. Su Nokia estaba unido a ella por un cordón umbilical invisible.

«Roy Grace, ¿qué diablos le estás haciendo a mi cabeza?»

Puso la capota, aunque sólo tenía intención de estar dentro unos minutos, y cerró el coche. Luego, de pie debajo de la cámara de seguridad exterior, introdujo la llave en la cerradura de la entrada de personal y la giró.

Uno de los vehículos de la hilera compacta de tráfico que se deslizaba por la rotonda de Lewes Road, al otro lado de la verja del depósito, era un Toyota Prius negro. A diferencia de la mayoría de los coches restantes, en lugar de continuar bajando hacia el paseo marítimo, giró a la izquierda, entró en la calle siguiente paralela al depósito y luego subió lentamente por la colina empinada, flanqueada de casas adosadas pequeñas a ambos lados, buscando un sitio donde aparcar. El Multimillonario de Tiempo sonrió. Había un espacio justo delante de él, justo del tamaño adecuado. Le estaba esperando.

Luego, se volvió a chupar la mano. El dolor estaba intensificándose; le embotaba la cabeza. Tampoco tenía buena pinta. Se le había hinchado más durante la noche.

– ¡Estúpida de mierda! -se quejó, en un ataque repentino de ira.

Aunque Cleo llevaba ocho años trabajando en depósitos de cadáveres, todavía no era inmune a los olores. El hedor que la golpeó hoy, al abrir la puerta, casi la tiró de espaldas, literalmente. Como todo los empleados, se había habituado a respirar por la boca, pero la peste a carne putrefacta -agria, cáustica, fétida-era penetrante y empalagosa, como impregnada de átomos extra que la envolvían como una niebla invisible, arremolinándose a su alrededor, filtrándose en cada poro de su piel.

Tan deprisa como pudo, aguantando la respiración y olvidándose de la llamada que iba a hacer, pasó corriendo por delante de su despacho y entró en el pequeño vestíbulo. Cogió unos pantalones verdes limpios de un gancho, metió los pies en sus botas de agua blancas, sacó un par de guantes de látex del paquete e introdujo las manos sudorosas en ellos. Luego se puso una mascarilla; no es que fuera a reducir demasiado el olor, pero algo ayudaría.

Giró a la derecha y recorrió el pasillo corto de baldosas grises hasta la sala de recepción, contigua a la sala de autopsias principal, y encendió las luces. Habían registrado a la mujer muerta como «Desconocida», el nombre que daban a todas las mujeres sin identificar que llegaban al lugar. Cleo siempre sentía que era algo muy triste, estar muerto y sin identificar.

Yacía sobre una mesa de acero inoxidable, junto a otras tres aparcadas una al lado de la otra. El brazo desprendido descansaba entre sus piernas y el cabello le colgaba hacia atrás, totalmente lacio, con un filamento minúsculo de alga verde enredado en él. Cleo caminó hacia ella, agitando la mano con fuerza, para apartar una docena de moscardas que revoloteaban por la sala. Tras el hedor a putrefacción, también percibía otro olor fuerte. La sal. El aroma penetrante del mar. Y, de repente, mientras arrancaba la hebra de alga del pelo de la mujer, ya no estaba segura de querer encontrarse con su hermana en la playa.

Entonces sonó el timbre de la puerta de atrás. Habían llegado los empleados de la funeraria. Miró la imagen de la cámara de seguridad antes de abrir las puertas traseras de la zona de descarga y ayudar a dos jóvenes vestidos con ropa informal a cargar los cadáveres, dentro de sus bolsas de plástico, en la parte de atrás de la discreta furgoneta marrón. Luego se marcharon. Cleo cerró las puertas con cuidado y regresó a la sala de recepción.

Del armario de la esquina, sacó una bolsa de plástico blanca para cadáveres y volvió con el cuerpo. Odiaba ocuparse de muertos que aparecían flotando en el mar. Tras unas semanas sumergidos, su piel adquiría un color fantasmal, blanco como la grasa, y la textura parecía cambiar, asemejándose a la carne de cerdo ligeramente escamosa. El término era «adipocira». El primer técnico del depósito de cadáveres con el que Cleo trabajó, a quien le encantaba todo lo macabro, le había explicado con un brillo en los ojos que también se conocía como «cera cadavérica».

Los labios de la mujer, sus ojos, sus dedos, parte de sus mejillas, sus pechos, su vagina y los dedos de sus pies estaban roídos, comidos por pequeños peces o cangrejos. Sus pechos gravemente mordisqueados caían, arrugados, a derecha e izquierda, sin la mayor parte del tejido interior, que había desaparecido junto con los últimos vestigios de dignidad de la pobre criatura.

«¿Quién eres?», se preguntó mientras abría la bolsa, extendiéndola debajo de ella, levantándola un poco, pero con sumo cuidado por si la piel se desgarraba.

Cuando la habían examinado anoche, junto a dos policías uniformados, un inspector y un cirujano de la policía, y Ronnie Pearson, el agente del juzgado de instrucción, no habían hallado ninguna señal obvia que indicara que se trataba de un asesinato. El cuerpo no presentaba marcas, excepto los rasguños propios de haber sido arrastrado por las olas contra los guijarros, aunque se encontraba en un estado de descomposición bastante avanzado y era posible que se hubieran perdido pruebas. Se había notificado al juez y ellos habían sido autorizados a trasladar el cadáver al depósito para realizarle la autopsia el lunes, y proceder a su identificación, por la ficha dental, muy probablemente.

Ahora volvió a examinarla detenidamente, para comprobar si tenía la marca de alguna atadura en el cuello que pudiera habérseles pasado por alto o un agujero de bala; intentaba ver qué podía averiguar de ella. Siempre era difícil determinar la edad de alguien que había estado sumergido un tiempo en el agua. Podía tener de veinticinco a cuarenta y tantos, calculó.

Podía haberse ahogado mientras nadaba o haberse caído de un barco. Quizá fuera una suicida. O incluso, como sucedía a veces, un entierro en el mar que no se había llevado a cabo correctamente y había subido a la superficie, aunque solían ser hombres y no mujeres los fallecidos enterrados en el mar. O podía ser una de las miles de personas que se evaporaban todos los años. Una desaparecida.

Con cuidado, levantó el brazo despegado y lo colocó sobre la mesa de acero inoxidable vacía que había junto al cadáver. Luego, con mucha delicadeza, comenzó el proceso de darle la vuelta para comprobar su espalda. Mientras lo hacía, oyó un clic apenas perceptible procedente de dentro del edificio.

Levantó la cabeza y se quedó escuchando un momento. Parecía la puerta de entrada, que se abría… o se cerraba.

Capítulo 60

– ¡Sandy! -gritó-. ¡¡¡Sandy!!!

Estaba alejándose de él. Vaya, ¡qué deprisa corría!

Con una camiseta blanca sencilla, pantalones ciclistas azules y deportivas, agarrando una pequeña bolsa en la mano, la mujer corría por un sendero que rodeaba el lago. Grace la seguía, esquivó una estatua y la vio pasar entre varios niños que jugaban. Luego, la chica se desvió ante dos perros schnauzers, uno persiguiendo al otro. De nuevo en un sendero, se cruzó con una mujer vestida elegantemente que montaba a caballo y con una fila de mujeres matroniles que practicaban marcha nórdica en parejas.

Ahora Roy lamentaba haberse tomado la cerveza. El sudor le empapaba la cara, le escocía los ojos, casi cegándolo. Dos patinadores se acercaban en su dirección. Se desvió a la derecha. Ellos también. Izquierda. Ellos también. Se lanzó a la derecha en el último momento, desesperado, se hizo daño en la pierna al golpearse con un banco pequeño, y cayó de bruces, el banco debajo de él, clavándosele.

– T'schuldigen!

Uno de los patinadores, un adolescente alto, estaba inclinado sobre él, con cara de preocupación. El otro se arrodilló y extendió una mano.

– No pasa nada -dijo Grace jadeando.

– ¿Eres americano?

– Inglés.

– Lo siento mucho.

– Tranquilo, estoy bien, gracias. Ha sido culpa mía. Yo…

Desconcertado y sintiéndose estúpido, cogió la mano del chico y dejó que lo aupara. En cuanto estuvo de pie, sus ojos buscaron a Sandy.

– Se ha hecho un corte en la pierna -dijo el otro.

Grace apenas miró. Vio que tenía los vaqueros rasgados y que le salía sangre de la espinilla izquierda, pero no le importó.

– Gracias… Danke -dijo, mirando adelante, a la izquierda, a la derecha, aterrado.

Había desaparecido.

El sendero seguía recto, durante varios cientos de metros, a través de un bosque denso, y más adelante se abría a un claro. Pero también había una bifurcación a la derecha sobre un puente metálico estrecho con barandillas.

«Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda.»

Cerró las manos frustrado. «¡Piensa!»

¿Qué camino habría tomado? ¿Cuál de ellos?

Se volvió hacia los dos patinadores.

– Disculpad, ¿cuál es el camino más cercano a la calle?

Señalando el puente, uno dijo:

– Sí, ése es el camino más corto a la calle. Ésa es la única calle.

Grace les dio las gracias y avanzo a trompicones, pensativo, luego se desvió a la derecha, serpenteando entre un grupo de ciclistas que se acercaba a él por el puente, y comenzó a correr más deprisa, haciendo caso omiso al dolor punzante de la pierna. Sandy se dirigiría a una salida, imaginó. Multitudes. Aceleró renqueando, por fuera del sendero concurrido, corriendo por la hierba de al lado, lanzando de vez en cuando una mirada al terreno que tenía delante, hacia los bancos, hacia los perros veloces, a la gente que tomaba el sol, pero básicamente con los ojos clavados en la distancia, buscando desesperadamente un destello de pelo rubio.

¡Era ella!

De acuerdo, sólo había vislumbrado su perfil, y no había visto muy bien su cara, pero había bastado. Era Sandy. ¡Tenía que serlo! Y ¿por qué habría salido corriendo, si no era ella?

Siguió acelerando, la desesperación anestesiaba el dolor. No podía haber ido tan lejos, tan lejos, maldita sea, para dejarla escapar así de sus manos.

«¿Dónde estás?»

Un rayo de sol brillante le alcanzó directamente a los ojos, como el haz de luz de una linterna, un instante. El reflejo de un autobús avanzando por la calle, a no más de cien metros de distancia. Entonces vio otro destello. Esta vez no era el sol.

Esquivó a un grupo de personas sonrientes a quienes estaban sacando una fotografía justo cuando se disparó el flash, cruzó un margen de hierba irregular y llegó a una calle vacía con el bosque del parque a cada lado y un autobús parado. No había rastro de Sandy.

Entonces la vio otra vez, cuando el autobús arrancó, unos cien metros delante de él, ¡todavía corriendo!

– ¡¡¡¡Sandy!!!! -gritó.

Ella se detuvo en seco un momento y miró en su dirección, como preguntándose a quién le estaba gritando.

Para no dejarle ninguna duda, Grace movió el brazo frenéticamente y echó a correr hacia ella, gritando:

– ¡Sandy! ¡Sandy! ¡Sandy!

Pero ella ya estaba alejándose otra vez, desapareciendo tras una curva. Dos policías a caballo patrullaban, avanzando en su dirección, y por un momento estuvo a punto de pedirles ayuda. Pero se cruzó a toda prisa con ellos, consciente de sus miradas recelosas.

Entonces, en la distancia, vio la pared amarilla de un edificio. Ella pasó corriendo por delante de un semáforo rojo y un contenedor, cruzó un puente, y dejó atrás un edificio y un grupo de autobuses.

Luego se detuvo junto a un BMW plateado aparcado y pareció buscar algo en su bolsa, la llave, supuso Grace.

Y, de repente, se plantó a su lado, respirando con gran dificultad.

– ¡Sandy! -exclamó eufórico.

Ella volvió la cabeza, resoplando con fuerza, y le dijo algo en alemán.

Y, entonces, mirándola bien por primera vez, se dio cuenta de que no era Sandy.

No era ella en absoluto.

Se le cayó el alma a los pies, como un ascensor al que se le rompía el cable. Tenía su mismo perfil, increíblemente igual, pero su cara era más ancha, más plana, mucho más corriente. No podía verle los ojos, porque llevaba gafas de sol, pero no le hizo falta. No era la boca de Sandy; era una boca pequeña y fina. No era la tez bonita y sedosa de Sandy; esta cara tenía marcas de acné juvenil.

– Yo… Lo siento. Lo siento mucho.

– ¿Es inglés? -dijo ella con una sonrisa cordial-. ¿Puedo ayudarle?

Ahora la mujer tenía la llave en la mano, pulsó el mando y las puertas quedaron desbloqueadas. Abrió la del pasajero y rebuscó en el interior. Grace escuchó el tintineo de las monedas.

– Lo siento -dijo-. Yo… Me he equivocado. La he confundido… Creía que era alguien a quien conozco.

– ¡He olvidado la hora! -Se dio un golpecito en un lado de la cabeza, para indicar su estupidez-. Aquí la policía multa muy deprisa. ¡Los tiques son sólo de dos horas!

Sacó un puñado de euros del bolsillo lateral de la puerta del coche.

– ¿Puedo hacerle una pregunta, por favor? Mmm… ¿Estuvo aquí, en el Englischer Garten, el jueves? ¿A esta hora más o menos?

Ella se encogió de hombros.

– Creo que sí. Con este tiempo, vengo a menudo. -Se quedó pensando un momento-. ¿El jueves pasado? -dijo.

– Sí.

La mujer asintió.

– Estuve aquí, sin duda. Seguro.

Grace le dio las gracias y se dio la vuelta. Tenía la ropa pegada a la piel por culpa del sudor. Un hilito de sangre cruzaba su deportiva derecha. A unos metros de distancia, vio a Marcel Kullen caminando hacia él. Se sentía totalmente abatido. Sacó el móvil y se lo acercó a la oreja, mientras la mujer se dirigía a la máquina expendedora de tiques. Pero no estaba llamando a nadie. Estaba sacando una foto.

Capítulo 61

Cleo siguió escuchando atentamente. Estaba muy segura de haber oído un clic.

Detuvo el proceso de darle la vuelta al cadáver gris, esbelto y frágil y, con cuidado, bajó la espalda de la mujer hasta la mesa de acero inoxidable.

– ¿Hola? -gritó, la voz apagada por la mascarilla.

Luego, se quedó quieta, escuchando, mirando inquieta a través de la puerta a las baldosas grises y silenciosas del pasillo.

– ¿Hola? ¿Quién anda ahí? -gritó, más fuerte, y notó que se le tensaba la garganta. Se quitó la mascarilla, dejando que colgara de las tiras-. ¿Hola?

Silencio. Sólo el zumbido apenas perceptible de las neveras.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. ¿Se había dejado abierta la puerta de fuera? Seguro que no, nunca lo hacía. Intentó pensar con claridad. El hedor cuando había abierto la puerta… ¿La había dejado abierta para que entrara algo de aire fresco?

Imposible, no habría sido tan estúpida. Siempre cerraba la puerta; se bloqueaba sola. ¡Por supuesto que la había cerrado!

Entonces, ¿por qué no contestaba la persona que estaba ahí fuera?

Y en el fondo de su corazón acelerado, ya conocía la respuesta. Había tipos raros que sentían fascinación por los depósitos de cadáveres. Habían entrado varias veces en el pasado, pero ahora, durante dieciocho meses por lo menos, los últimos sistemas de seguridad habían actuado, de momento, como una medida disuasoria eficaz.

De repente, recordó la pantalla de la cámara de circuito cerrado en la pared y la miró. Mostraba una imagen estática en blanco y negro del asfalto delante de la puerta, el parterre y, más allá, el muro de ladrillo. Las luces traseras y el parachoques trasero de su coche salían justo en el plano.

Entonces oyó el frufrú inconfundible de ropa en el pasillo.

Se le puso la carne de gallina. Por un instante, se quedó paralizada, su cerebro a mil por hora, intentando agarrarse a algo. Había un teléfono en el estante junto al armario, pero no le daba tiempo de llegar a él. Miró a su alrededor frenéticamente en busca de un arma que tuviera a mano. Por un instante consideró, absurdamente, coger el brazo desprendido del cadáver. El miedo le tensó la piel; notaba el cuero cabelludo como si llevara un casquete.

El frufrú se aproximó. Vio una sombra moviéndose por las baldosas.

Luego, de repente, su miedo se transformó en ira. Quienquiera que anduviese ahí fuera, no tenía ningún derecho a estar aquí. Decidió que no iba a dejarse asustar o intimidar por un enfermo a quien le fascinaba entrar en los depósitos de cadáveres. En su depósito de cadáveres.

Con unas pocas zancadas rápidas y resueltas, llegó al armario, abrió la puerta, haciendo mucho ruido, y sacó el mayor de los cuchillos de trinchar Sabatier. Luego, cogiendo el mango con fuerza, corrió hacia la puerta abierta. Y entonces, con un grito de terror, chocó con una figura alta vestida con una camiseta naranja y pantalones cortos verde lima, que la agarró de los brazos y se los sujetó a ambos lados. El cuchillo cayó al suelo de baldosas con gran estruendo.

Capítulo 62

Marcel Kullen detuvo el coche junto a la acera y señaló al otro lado de la calle. En la esquina, Roy Grace vio una tienda grande de color beis. Tenía las ventanas flanqueadas de libros y el interior era oscuro. Las luces de dentro, colgadas de cuerdas, estaban encendidas, y proporcionaban más decoración que iluminación. Le recordaron a unas luciérnagas.

Unas letras grises elegantes en la fachada de la tienda rezaban: «THE MUNICH READERY». Otras anunciaban: «LIBROS DE SEGUNDA MANO EN INGLÉS».

– Sólo quería enseñarte la librería. Mañana preguntaré -dijo el inspector alemán.

Grace asintió. Se había bebido dos cervezas grandes y se había comido un bratwursi, sauerkraut y patatas, y estaba atontado. De hecho, le costaba trabajo mantener los ojos abiertos.

– Sandy leía mucho, has dicho, ¿verdad?

«Leía.» La palabra vibró en la mente de Grace. No le gustaba que la gente se refiriera a Sandy en pasado, como si estuviera muerta. Pero lo dejó pasar. Él también utilizaba a menudo ese tiempo, inconscientemente. Sintiéndose más revitalizado de repente, dijo:

– Sí, lee mucho, siempre ha leído mucho. Novela policíaca, negra, todo tipo de libros de misterio. Biografías también, le gustaba leer sobre mujeres exploradoras, en particular.

Kullen puso el coche en marcha y arrancó.

– ¿Cómo era esa frase hecha que decís en Inglaterra? ¿Al mal tiempo buena cara?

Grace dio una palmadita a su amigo en el hombro.

– ¡Buena memoria!

– Bueno, ahora iremos a la comisaría central. Allí llevan el registro de los desaparecidos. Tengo una amiga, Sabine Thomas, la Polizeirat encargada de este departamento. Se reunirá con nosotros.

– Gracias -dijo Grace-. Es muy amable de su parte, un domingo.

Su optimismo anterior le había abandonado y se sintió alicaído, al percatarse de nuevo de la enormidad de la tarea a la que se enfrentaba. Contempló calles tranquilas, tiendas desiertas, coches, peatones. Sandy podía estar en cualquier parte. En una habitación detrás de cualquiera de estas fachadas, en cualquiera de estos coches, en cualquiera de estas calles. Y sólo era una ciudad. ¿En cuántos millones de pueblos y ciudades del mundo podía estar?

Encontró el botón en la puerta y bajó la ventanilla. El aire sofocante, húmedo, le sopló en la cara. La estupidez que había sentido antes, mientras regresaba a la mesa tras su persecución infructuosa, había desaparecido, pero ahora se sentía perdido.

De algún modo, tras la llamada de Dick Pope, había tenido la sensación de que lo único que debía hacer era plantarse en el Englischer Garten y que allí encontraría a Sandy. Esperándolo. Como si, de algún modo, dejarse ver por Dick y Lesley Pope hubiera sido su forma sutil de enviarle el mensaje.

Qué estúpido era.

– Si quieres, de camino al despacho podemos pasar por Marienplatz. Es un pequeño rodeo. Podemos ir al Viktualienmarkt, es donde te dije que un inglés podría ir para encontrar comida.

– Sí, gracias.

– Luego, vendrás a mi casa y conocerás a mi familia.

Grace le sonrió, preguntándose si el alemán tenía idea de lo mucho que envidiaba la aparente normalidad de su vida. Luego, de repente, su móvil sonó. Grace miró la pantalla.

«Número privado.»

Lo dejó sonar un par de veces más, dudaba. Seguramente sería trabajo y no estaba de humor para hablar con ninguno de sus compañeros ahora mismo. Pero era consciente de sus responsabilidades. Con el corazón apesadumbrado, pulsó la tecla verde.

– ¡Eh!

Era Glenn Branson.

– ¿Qué pasa?

– ¿Dónde estás?

– En Munich.

– ¿En Munich? ¿Aún estás ahí?

– Sólo llevo unas horas.

– ¿Qué diablos haces ahí, de todas formas?

– Intento comprarte un caballo.

Hubo un largo silencio.

– ¿Un qué? -y luego-: Ah, ya lo pillo. Muy gracioso. Munich… Joder, tío. ¿Has visto la peli esa Tren nocturno a Munich?

– No.

– Dirigida por Carol Reed.

– No la he visto. No es momento para hablar de cine.

– Sí, bueno, la otra noche estabas viendo El tercer hombre. También la dirigió él.

– ¿Por eso me has llamado?

– No. -Iba a añadir algo, pero entonces Kullen se inclinó hacia Grace, señalando un edificio bastante mediocre.

– Espera un momento. -Grace tapó el micrófono.

– El Bierkeller del que echaron a Hitler, ¡por no pagar la cuenta! -dijo-. ¡Es un rumor! ¿Sabes?

– Justo estoy pasando por el bareto de Hitler -informó Grace a Branson.

– ¿Sí? Bueno, pues sigue circulando. Tenemos un problema.

– Cuéntame.

– Es grande. Enorme. ¿De acuerdo?

– Soy todo oídos.

– Pareces contentillo. ¿Has bebido?

– No -dijo Grace, espabilándose mentalmente-. Cuéntame.

– Tenemos otro asesinato entre manos -dijo el sargento-. Presenta similitudes con el de Katie Bishop.

De repente, Roy Grace se irguió en el asiento, muy atento.

– ¿Qué similitudes?

– Una mujer joven, de nombre Sophie Harrington. Ha sido hallada muerta con una máscara antigás en la cara.

Un escalofrío recorrió la columna de Grace.

– Mierda. ¿Qué más tienes?

– ¿Qué más necesitas? Te lo estoy contando, tío, tienes que mover el culo hacia aquí.

– Está la inspectora Murphy. Ella puede encargarse.

– Es tu suplente -dijo con desdén.

– Si quieres llamarla así… Para mí, es mi ayudante.

– ¿Sabes lo que decían de la suplente de Greta Garbo?

Esforzándose para recordar cualquier película que hubiera visto de la estrella del celuloide, Grace respondió con irritación:

– No, ¿qué decían?

– La suplente de Greta Garbo puede hacer todo lo que hace Greta Garbo, excepto lo que sea que hace Greta Garbo.

– Muy halagador.

– ¿Lo captas?

– Lo capto.

– En ese caso sube tu culo al primer avión de regreso aquí. Alison Vosper cree que te tiene bien cogido. A mí me importa un pito la política, pero sí me importas tú. Y te necesitamos.

– ¿Te has acordado de echarle comida a Marlon? -preguntó Grace.

– ¿Marlon?

– El pez.

– Mierda.

Capítulo 63

Cleo intentó gritar, pero el sonido quedó atrapado en su garganta. Se resistió como una loca, intentando liberar sus brazos, la cara del hombre desdibujada a su ojos desenfocados. Atacó con la pierna y le dio una patada en la espinilla.

Entonces oyó su voz.

– ¡Cleo!

Tranquila, quejumbrosa.

– ¡Cleo! ¡Soy yo! No pasa nada.

Pelo negro de punta. Una expresión sobresaltada en su rostro joven y agradable. Vestido de manera informal con una camiseta naranja y pantalones cortos verdes, auriculares en las orejas.

– Oh, mierda. -Cleo dejó de luchar, boquiabierta-. ¡Darren!

Él le soltó los brazos muy lentamente, con cautela, como si aún no estuviera seguro del todo de si podía fiarse de que no le apuñalaría.

– ¿Estás bien, Cleo?

Tragando aire, notó como si su corazón intentara salírsele del pecho. Dio un paso hacia atrás, mirando a su compañero, luego el cuchillo en el suelo, luego otra vez a los ojos marrones del hombre. Petrificados. Demasiado petrificados para decir nada más de momento.

– Qué susto me has dado -Cleo articuló las palabras con un susurro entrecortado.

Darren levantó las manos, se quitó los auriculares y dejó que colgaran de los cables blancos. Luego volvió a levantar las manos, en actitud de rendición. Estaba temblando.

– Lo siento.

Todavía estaba hiperventilando, la voz temblorosa. Luego, sonrió, intentando remediar la situación.

Todavía inseguro, Darren dijo:

– ¿Tanto miedo doy?

– Yo… He oído la puerta -dijo ella, que ahora comenzaba a sentirse estúpida-. He preguntado quién había y no has contestado. Creía que eras un intruso. Yo… Yo… -Sacudió la cabeza con desconcierto.

Darren bajó los brazos y cogió los auriculares con las manos ahuecadas.

– Estaba escuchando música heavy -dijo-. No te he oído.

– Lo siento mucho.

Darren se inclinó y se frotó la espinilla.

– ¿Te he hecho daño?

– ¡La verdad es que sí! Pero sobreviviré. -Tenía una marca fea en la canilla-. De repente me he acordado de que habíamos dejado el cuerpo fuera. He pensado que, con este calor, debería estar en una nevera. Te he llamado, pero no me has contestado ni en casa ni al móvil, así que he decidido venir y encargarme yo.

Sintiéndose ya más normal, Cleo volvió a disculparse.

Él se encogió de hombros.

– No te preocupes. Pero nunca pensé que trabajar en un depósito de cadáveres fuera un deporte de contacto.

Ella se rió.

– Lo siento mucho, de verdad. He tenido veinticuatro horas de mierda. Yo…

– Olvídalo. Estoy bien.

Cleo miró el verdugón rojo de su pierna.

– Eres muy amable, por haber venido. Gracias.

– Me lo pensaré dos veces la próxima vez -dijo Darren con buen humor-. Tal vez tendría que haberme quedado en mi último empleo. Era mucho menos violento.

Cleo sonrió. En su anterior trabajo, recordó, Darren era aprendiz de carnicero.

– Eres muy amable por encontrar tiempo en un día festivo -dijo.

– Me he escapado de una barbacoa en casa de los padres de mi novia -dijo-. Es el inconveniente de este trabajo. No soporto las barbacoas desde que empecé a trabajar aquí.

– Ya somos dos.

Ambos estaban pensando en cadáveres quemados. Normalmente, su piel estaba ennegrecida, crujiente como cortezas de cerdo. Dependiendo del tiempo que hubieran estado ardiendo, a veces la carne estaba gris y dura, a veces cruda y sangrienta como el cerdo dorado y poco hecho. En una ocasión, Cleo había leído que las tribus caníbales del centro de África llamaban al hombre blanco «cerdo largo». Comprendía exactamente por qué. Era la razón por la que muchas personas que trabajaban en depósitos de cadáveres se sentían incómodas en las barbacoas. En particular cuando había carne de cerdo.

Juntos dieron la vuelta al cuerpo y examinaron la espalda en busca de tatuajes, marcas de nacimiento y heridas de entrada de bala, pero no encontraron nada. Con alivio, por fin lo introdujeron en una bolsa, subieron la cremallera y lo metieron en la nevera número 17. Mañana comenzaría el proceso de identificación. Los tejidos blandos de sus dedos habían desaparecido, así que no podrían sacarle las huellas. Tenía la mandíbula intacta, por lo que se comprobarían las fichas dentales. El ADN era una posibilidad más remota -debía figurar previamente en una base de datos para encontrar una correspondencia-. Enviarían su descripción, fotografías y medidas al equipo de ayuda telefónica a desaparecidos y la Policía de Sussex se pondría en contacto con los amigos y familiares de cualquier persona cuya desaparición se hubiera denunciado y que encajara con la descripción de la mujer fallecida.

Y por la mañana, el patólogo, el doctor Nigel Churchman, llevaría a cabo la autopsia para determinar la causa de la muerte. Si, durante su transcurso, encontraba algo sospechoso, detendría su trabajo de inmediato, lo notificaría al juez de instrucción y se llamaría al patólogo del Ministerio del Interior, bien Nadiuska, bien el doctor Theobald, para que se encargara de la situación.

Mientras tanto, a Cleo y a Darren aún les quedaban por delante varias horas de un glorioso domingo de agosto por la tarde.

Darren se marchó primero, en su pequeño Nissan rojo, en dirección a la barbacoa, de la que podría haber prescindido tranquilamente. Cleo se quedó en la puerta, observándole marchar, incapaz de evitar envidiarle. Era joven, rebosaba entusiasmo, era feliz en su trabajo y con su novia.

Ella avanzaba rápidamente hacia los treinta. Disfrutaba de su carrera, pero al mismo tiempo también le preocupaba. Quería tener hijos antes de ser demasiado mayor. Sin embargo, cada vez que pensaba que había encontrado a su príncipe azul, el tipo le soltaba algo que no venía a cuento. Roy era un hombre encantador. Pero justo cuando creía que todo era perfecto, su esposa desaparecida surgía de repente como el muñeco de una maldita caja de sorpresas.

Conectó la alarma, salió afuera y cerró con llave la puerta principal, con sólo una idea en la cabeza: llegar a casa y ver si tenía algún mensaje de Roy. Luego, mientras cruzaba la entrada de hormigón hacia su MG azul, se detuvo en seco.

Alguien había rajado la tela negra de la capota. Toda, desde el parabrisas hasta la luna trasera.

Capítulo 64

La mujer de detrás del mostrador de madera y la ventana de cristal le entregó un formulario rectangular de color beis.

– Por favor, escriba aquí su nombre y dirección y otros datos -le pidió con voz cansada.

Parecía llevar demasiado tiempo allí sentada y le recordó a un objeto expuesto en la vitrina de un museo al que habían olvidado quitar el polvo. Su cara tenía una palidez de interior, y su cabello castaño sin forma caía alrededor del rostro y de los hombros como una cortina que se ha soltado de una de las anillas.

Arriba del mostrador de recepción del servicio de urgencias del Royal Sussex County Hospital había una gran pantalla de LCD con letras amarillas sobre fondo negro que ahora rezaba: «TIEMPO DE ESPERA: 3 HORAS».

Estudió el formulario detenidamente. Se solicitaba un nombre, una dirección, una fecha de nacimiento y una persona de contacto. También había un espacio para alergias.

– ¿Algún problema? -preguntó la mujer.

Él levantó la mano hinchada.

– Me cuesta escribir -dijo.

– ¿Quiere que lo rellene por usted?

– Puedo arreglármelas.

Luego, apoyándose en el mostrador, se quedó mirando el formulario unos momentos, su cerebro, embotado por el dolor, no funcionaba demasiado bien. Intentaba pensar deprisa, pero sus pensamientos no surgían en la secuencia correcta. De repente, se sintió un poco mareado.

– Sentado podrá hacerlo mejor -sugirió la mujer.

– ¡He dicho que puedo arreglármelas! -le espetó, gritando.

A su alrededor, la gente alzó la vista desde sus asientos grises de plástico duro, sobresaltada. «No era inteligente -pensó-. No era inteligente llamar la atención.» Rellenó el formulario deprisa y, luego, como para reparar el daño, junto a «Alergias» escribió «Dolor», con mucho ingenio, pensó.

Pero la mujer no pareció fijarse cuando recogió el formulario.

– Por favor, siéntese y una enfermera vendrá a verle enseguida.

– ¿Tres horas? – dijo él.

– Les diré que es urgente -dijo la mujer cansinamente.

Luego observó con cautela al hombre raro con el pelo castaño largo y desgreñado, bigote y barba densos y gafas grandes con cristales oscuros, vestido con una camisa blanca sobre una camiseta de malla, pantalones anchos grises y sandalias; se dirigió a un asiento vacío, entre un hombre con el brazo lleno de sangre y una anciana con la cabeza vendada, y se sentó. Entonces, la mujer descolgó el teléfono.

El Multimillonario de Tiempo sacó la Blackberry de su funda, que llevaba sujeta en el cinturón, pero antes de que tuviera tiempo de hacer nada, una sombra cayó delante de él. Una mujer morena de aspecto agradable de unos cincuenta años, vestida de enfermera, estaba frente a él. La placa de su solapa decía «BARBARA LEACH. ENFERMERA DE URGENCIAS».

– ¡Hola! -dijo jovialmente-. ¿Me acompaña?

Lo llevó a un pequeño cubículo y le pidió que se sentara.

– ¿Cuál parece ser el problema?

Él levantó la mano.

– Me hice daño trabajando en un coche.

– ¿Cuándo?

– El jueves por la tarde -dijo tras pensar un momento.

La mujer examinó la mano detenidamente, le dio la vuelta y luego la comparó con la mano izquierda.

– Parece infectada -dijo-. ¿Le han puesto la vacuna del tétanos recientemente?

– No me acuerdo.

La enfermera volvió a examinarle un rato, pensativamente.

– ¿Trabajando en un coche? -dijo

– Un coche antiguo. Lo estoy restaurando.

– Iré a buscar a un médico para que le visite cuanto antes.

Él regresó a su silla en la sala de espera y volvió a centrar la atención en su Blackberry. Entró en internet, pulsó en favoritos y accedió a Google.

Cuando se abrió la página, introdujo una orden de búsqueda para «MG TF».

Era el coche que conducía Cleo Morey.

A pesar del dolor, a pesar de los pensamientos embotados, estaba elaborando un plan. Un plan bastante bueno.

– ¡Soy un puto genio! -dijo en voz alta, incapaz de controlar su excitación. Luego, de inmediato, se retrajo en su caparazón.

Estaba temblando.

La señal de que el Señor lo aprobaba.

Capítulo 65

Acortando a regañadientes sus preciosas horas en Munich, Grace logró embarcar en un vuelo anterior. El clima en Inglaterra había cambiado drásticamente durante el día y poco después de las seis de la tarde, mientras iba a recoger el coche al aparcamiento de corto plazo de Heathrow, un gris que no auguraba nada bueno tiñó el cielo y se levantó un viento frío que salpicó de lluvia el parabrisas.

Era la clase de viento que uno olvidaba que existía durante los largos días de verano que habían tenido últimamente, meditó. Era como si la madre naturaleza les recordara con severidad que el verano no iba a durar mucho más. Los días ya se acortaban. Dentro de poco más de un mes, llegaría el otoño. Luego el invierno. Otro año.

Alicaído y cansado, se preguntó qué había conseguido hoy, aparte de ganarse otro punto negativo en la lista de Alison Vosper. ¿Algo más?

Metió el tique en la máquina y la barrera se levantó. Incluso el sonido escandaloso del motor mientras aceleraba, que normalmente le gustaba escuchar, parecía desafinado esta tarde. No funcionaba con todos sus cilindros. Como su propietario.

Aclárate en Munich. Llámame cuando vuelvas.

Mientras se dirigía a una rotonda, tomando la dirección de la M25, colocó el teléfono en el dispositivo del manos libres y marcó el número del móvil de Cleo. Comenzó a sonar. Luego escuchó su voz, arrastraba un poco las palabras, y costaba descifrarla con el barullo estentóreo de la música de jazz que se oía de fondo.

– ¡Eh! ¡Comisario Grace! ¿Dónde estás?

– Saliendo de Heathrow. ¿Y tú?

– Emborrachándome con mi hermana pequeña, vamos por el tercer Sea Breeze… No… Lo siento… ¡Rectifico! Vamos por el quinto, abajo en los Arches. Hace un viento horroroso, pero hay un grupo genial. ¡Reúnete con nosotras!

– Tengo que ir a la escena de un crimen. ¿Después?

– ¡No creo que aguante consciente mucho tiempo!

– Entonces, ¿hoy no estás de guardia?

– ¡Tengo el día libre!

– ¿Puedo pasarme luego?

– No te garantizo que esté despierta. Pero ¡puedes intentarlo!

Cuando era niño, Church Road, en Hove, era el páramo apagado en el que se había transformado Western Road, la calle comercial, bulliciosa y concurrida de Brighton, en algún punto al oeste del supermercado Waitrose. Había repuntado bastante en los últimos años, con restaurantes de moda, ultramarinos y tiendas que exhibían productos que la gente menor de noventa años quizá querría comprar realmente.

Como en la mayor parte de esta ciudad, muchos de los nombres conocidos de su pasado en Church Road, como el tendero Cullen, la farmacia Paris and Greening, los almacenes Hills de Hove y Plummer Roddis, habían desaparecido. Sólo quedaban unos pocos. Uno era Forfars, la panadería. Giró a la derecha poco después de pasar por delante, subió por una calle de sentido único, dobló a la derecha al final y luego otra vez a la derecha para acceder a Newman Villas.

Como ocurría con la mayoría de las áreas residenciales de alquiler bajo de esta ciudad de paso, la calle era un desmadre de tablones de agencias de casas de alquiler. El número 17 no era una excepción. Un cartel de RAND & Co., expuesto en un lugar destacado, anunciaba un piso de dos habitaciones para alquilar. Justo unos centímetros debajo, un policía corpulento, con una tablilla sujetapapeles, estaba apostado delante de una barrera de cinta azul y blanca que acordonaba parte de la acera. Aparcados en la calle, había varios automóviles conocidos. Grace vio el enorme tráiler del centro de investigaciones, varios furgones y coches patrulla más estacionados en doble fila, estrechando la ya angosta calle, y un grupo de reporteros, con el bueno de Kevin Spinella, observó, entre ellos.

Anónimo en su Alfa Romeo privado, condujo por delante de ellos y encontró un espacio junto a dos líneas amarillas a la vuelta de la esquina, otra vez en Church Road. Apagó el motor y se quedó quieto un momento.

«Sandy.»

¿Qué hacía ahora? ¿Esperar a ver si Kullen obtenía algo? ¿Regresar a Munich y pasar más tiempo allí? Le quedaban quince días de vacaciones, Cleo y él habían hablado de ir juntos a algún sitio, tal vez ella le acompañara a un simposio de la policía en Nueva Orleans a finales de este mes. Pero en esos momentos, gran parte de él estaba desgarrado.

Si Sandy estaba en Munich, sabía que podía encontrarla, si le daban tiempo. Lo de hoy había sido una estupidez, en realidad. Jamás sería capaz de conseguir demasiado en sólo unas horas. Pero al menos había accionado la maquinaria, había hecho lo que había podido. Marcel Kullen era una persona de confianza, haría todo lo posible por él. Si volvía para una semana, tal vez bastara. Podía pasar una semana allí y otra en Nueva Orleans con Cleo. Eso funcionaría, si podía convencerla, lo cual estaba por ver.

Centrando su mente en la tarea que le aguardaba de inmediato, sacó su bolsa del maletero y regresó caminando al número 17. Varios periodistas le gritaron, una mujer expectante le metió un micrófono de espuma en la cara y los flashes estallaron.

– Sin comentarios por ahora -dijo con firmeza.

De repente, Spinella le bloqueó el paso.

– ¿Ha habido otro, comisario? -preguntó en voz baja.

– ¿Otro qué?

Spinella bajó aún más la voz, lanzándole una mirada de complicidad.

– Ya sabe a qué me refiero. ¿Verdad?

– Se lo diré cuando lo haya visto por mí mismo.

– No se preocupe, comisario. Si no habla usted, ya me lo dirá alguien. -Spinella se dio un golpecito en la nariz-. ¡Tengo mis fuentes!

Albergando el agradable pensamiento de darle una paliza a Spinella, y casi escuchando el crujido de los huesos de su nariz, Grace le empujo para abrirse paso y señaló su nombre en la tablilla sujetapapeles. El agente le dijo que subiera hasta el último piso.

Se agachó para pasar por debajo de la cinta, luego sacó un traje de papel blanco nuevo de la bolsa y comenzó a ponérselo con torpeza. Con gran bochorno, casi se cayó delante de todos los medios de comunicación de Sussex al introducir los dos pies en la misma pernera. Rojo como un tomate, salió del apuro, se puso unos chanclos desechables y un par de guantes de látex y entró.

Cerró la puerta tras él, se detuvo en el vestíbulo y olisqueó el aire. Sólo percibió el habitual olor a humedad de moqueta vieja y verduras hervidas típicas del millar de edificios gastados como éste en los que había estado a lo largo de su carrera. No apestaba a cadáver putrefacto, lo que significaba que la víctima no llevaba muerta mucho tiempo -no harían falta demasiados días con una ola de calor veraniego para que empezara a notarse el hedor a cuerpo en descomposición-. Un pequeño alivio, pensó, fijándose en la cinta que habían colocado a lo largo de las escaleras y que marcaba la ruta de entrada y de salida, algo que le satisfizo ver. Al menos el equipo policial que había llegado aquí sabía lo que había que hacer para evitar contaminar la escena.

Algo que él también debía evitar. No sería inteligente subir, por el riesgo que corría de proporcionar a la defensa una situación de contaminación cruzada que podía ralentizar todo el proceso. Así que sacó el móvil y llamó a Kim Murphy para decirle que estaba abajo.

Arriba, en el primer piso, vio aparecer de repente a un miembro del SOCO con traje blanco y capucha llamado Eddie Gribble. Estaba arrodillado en el suelo, cogiendo muestras. Lo saludó con la cabeza. Luego apareció un segundo agente del SOCO, vestido igual, Tony Monnington, que espolvoreaba la pared en busca de huellas.

– ¡Buenas tardes, Roy! -gritó animadamente.

Grace levantó la mano.

– ¿Estás pasando un domingo agradable?

– Así salgo de casa, y Belinda puede ver lo que ella quiera en la tele.

– ¡No hay mal que por bien no venga! -contestó Grace en tono grave.

Momentos después, aparecieron dos figuras más con trajes blancos y capuchas que bajaron las escaleras hacia él. Una era Kim Murphy, con una cámara de vídeo, la otra era el inspector jefe Brendan Duigan, un policía simpático, alto y corpulento de cara dulce y rubicunda y pelo prematuramente blanco y peinado moderno. Duigan era el inspector de guardia a quien habían requerido en un primer momento en la escena, había sabido Grace de camino al lugar. Posteriormente, Duigan había llamado a Kim Murphy, por las similitudes que presentaba el caso con el asesinato de Katie Bishop.

Tras intercambiar breves formalidades, Murphy mostró a Grace el vídeo que había sacado de la escena. El comisario lo vio en la pantalla de la parte trasera de la cámara.

Después de años desempeñando este trabajo, uno comenzaba a pensar que era inmune a los horrores, que lo había visto todo, que ya nada podía sorprenderlo o impactarlo. Pero las imágenes a las que se enfrentó ahora provocaron que un escalofrío aciago le recorriera todo el cuerpo.

Mientas miraba las imágenes ligeramente movidas de las figuras en traje blanco y capucha de otros dos agentes del SOCO a cuatro patas y uno más de pie, y a Nadiuska de Sancha de rodillas junto a la cama, vio el cuerpo desnudo color alabastro de una joven de pelo largo castaño sobre la cama, con una máscara antigás en el rostro.

Era una copia lo más fiel posible del modo como habían hallado a Katie Bishop.

Salvo que Katie no parecía haber opuesto resistencia. Ahora la cámara comenzó a revelar que esta joven sí había luchado. Vio un plato hecho añicos en el suelo y una marca en la pared de encima. El espejo resquebrajado de un tocador, frascos de perfume y botes de maquillaje tirados por todas partes, además de una mancha de sangre en la pared, justo encima de la cabecera blanca. Luego un plano prolongado mostró, en el suelo, un cuadro abstracto enmarcado de una hilera de hamacas, el cristal roto en mil pedazos.

A lo largo de los años, Brighton había tenido su cuota de asesinatos, pero algo que, gracias a Dios, nunca había empañado su imagen había sido el espectro de un asesino en serie. Ni siquiera era un terreno que Grace hubiera tenido que explorar demasiado, hasta la fecha.

Cerca, la alarma de un coche pitó con fuerza. La bloqueó mentalmente mientras contemplaba la imagen congelada de la joven muerta. Había asistido con regularidad a las conferencias que pronunciaban algunos inspectores sobre casos de asesinos en serie en el simposio anual de la Asociación Internacional de Investigadores de Homicidios, que casi siempre se celebraba en Estados Unidos. Intentaba recordar las características habituales. De momento, Spinella había cumplido con su palabra y la prensa no había hecho referencia alguna a la máscara antigás, así que era improbable que se tratara de un imitador.

Algo que sí recordaba con claridad era una charla sobre el miedo que podía asaltar a una comunidad cuando se anunciaba que había un asesino en serie suelto. Pero al mismo tiempo, los ciudadanos tenían derecho a saberlo, la necesidad de saberlo.

Entonces Grace se volvió hacia el inspector jefe Duigan.

– ¿Qué tenemos por ahora? -preguntó.

– Nadiuska calcula que la joven lleva muerta unos dos días, más o menos.

– ¿Alguna idea de cómo murió?

– Sí.

Kim Murphy puso en marcha la cámara, acercó la imagen y señaló la garganta de la joven. Vislumbró una marca de atadura de color rojo oscuro, luego la vio con mayor claridad durante un instante cuando el flash de la cámara de un fotógrafo de la policía la iluminó.

Grace notó que se le agarrotaban las tripas antes de que Kim lo confirmara.

– Idéntico que Katie Bishop -dijo.

– ¿Estamos delante de un asesino en serie…, signifique lo que signifique esa descripción? -preguntó Grace.

– Por lo que he visto hasta el momento, Roy, es pronto para pronunciarse -contestó Duigan-. No soy un experto en asesinos en serie. Por suerte, nunca he tenido ningún caso.

– Ya somos dos.

Grace estaba pensando con intensidad. Dos mujeres atractivas asesinadas, al parecer, de la misma forma, con veinticuatro horas de diferencia.

– ¿Qué sabemos de ella?

– Creemos que se llama Sophie Harrington -dijo Murphy-. Tiene veintisiete años y trabajaba en una productora de cine en Londres. Hace un ratito he contestado a una llamada, de una joven de nombre Holly Richardson, que afirma ser su mejor amiga. Intentaba ponerse en contacto con ella desde ayer. Tenían pensado ir juntas a una fiesta anoche. La última vez que Holly habló con ella fue el viernes sobre las cinco de la tarde.

– Eso nos ayuda -dijo Grace-. Al menos sabemos que entonces estaba viva. ¿Ha interrogado alguien a Holly Richardson?

– Nick ha ido ahora a buscarla.

– Y es evidente que la señorita Harrington se resistió de lo lindo -añadió Duigan.

– El cuarto está destrozado -dijo Grace.

– Nadiuska ha encontrado algo debajo de la uña de un dedo gordo del pie. Un trocito minúsculo de carne.

Grace notó una subida repentina de adrenalina.

– ¿Carne humana?

– Es lo que cree.

– ¿Pudo arrancársela a su agresor en la pelea?

– Es posible.

Y, de repente, con la memoria bien aguzada ahora, Roy Grace recordó la herida que presentaba Brian Bishop en la mano. Recordó que había estado desaparecido durante varias horas la tarde del viernes.

– Quiero un análisis de ADN -dijo-. Por la vía rápida.

Habló a la vez que utilizaba el móvil.

Linda Buckley, la agente de Relaciones Familiares, contestó al segundo tono.

– ¿Dónde está Bishop? -preguntó.

– Cenando con sus suegros. Ya han vuelto de Alicante -contestó.

Grace le pidió la dirección y luego llamó a Branson al móvil.

– Eh, viejo, ¿qué pasa?

– ¿Qué estás haciendo?

– Me estoy comiendo unos canelones de verduras asquerosamente sanos de tu congelador, escuchando tu música de mierda y viendo tu televisión antigua. Tío, ¿cómo puede ser que no tengas una de pantalla ancha como el resto del planeta?

– Olvida todos tus problemas. Vas a salir a trabajar. -Grace le dio la dirección.

Capítulo 66

El tintineo de una cucharilla rompió fugazmente el silencio mientras Moira Denton removía el té en su taza de delicada porcelana fina. A Brian Bishop nunca le había resultado fácil llevarse bien con sus suegros. En parte, sabía que era porque el padre y la madre de Katie no se llevaban bien entre ellos. Recordó una cita que había leído una vez y que hablaba de la gente que «llevaba una vida de desesperación callada». Le pareció que nada, lamentablemente, podía describir mejor la relación entre Frank y Moira Denton.

Frank era un emprendedor en serie -y un fracasado en serie-. Brian había realizado una pequeña inversión en su última empresa, una fábrica en Polonia que convertía el trigo en combustible biodiésel, más por mostrar una prueba de solidaridad familiar que porque esperara realmente obtener beneficios, y menos mal, pues había quebrado, igual que todas las operaciones que Frank había puesto en marcha. Era un hombre alto de unos setenta y pocos años, que sólo había empezado a aparentarlos recientemente, y también era un follador en serie. Llevaba el pelo largo y elegante, aunque debido al uso de algún tinte, ahora tenía un matiz naranja que le daba un aspecto bastante sucio. Además, su ojo izquierdo tenía un párpado perezoso, lo que hacía que pareciera que estaba permanentemente medio cerrado. En el pasado, a Brian le había recordado a un pirata bribón y afable, aunque en estos momentos, sentado en silencio, encorvado hacia delante en su sillón en el minúsculo horno que era su piso, sin afeitar, despeinado y vestido con una camisa blanca arrugada, parecía un anciano triste, andrajoso y roto. Su copa de brandy permanecía intacta al lado de una botella pequeña y gruesa de Torres 10 Gran Reserva.

Moira estaba sentada frente a él al otro lado de una mesita de café de madera tallada, sobre la que descansaba el Argus de ayer con su lúgubre titular. A diferencia de su marido, se había esforzado por tener buen aspecto. A sus sesenta y cinco años, era una mujer guapa y aún habría estado mejor si no hubiera permitido que la amargura surcara tanto su rostro. Su pelo negro teñido, enroscado en la parte superior de la cabeza, estaba pulcramente peinado; llevaba una camisa gris, ancha y sencilla, una falda plisada azul marino, zapatos negros planos y se había maquillado.

En la televisión, con el sonido bajado, un alce corría por una pradera. Como los Denton vivían ahora casi todo el tiempo en su piso de España, les parecía que en Inglaterra, incluso en pleno verano, hacía un frío insoportable. Así que ponían la calefacción central del piso, próximo al paseo marítimo de Hove, varios grados por encima de los 26,5. Y con las ventanas cerradas.

Sentado en un sillón de velvetón verde, Brian estaba sudando. Dio un sorbo a su tercera cerveza San Miguel, el estómago quejumbroso, a pesar de que Moira acababa de servirles la comida. Apenas había tocado el pollo frío y la ensalada, ni tampoco los trozos de melocotón de lata del postre. Simplemente no tenía apetito. Y tampoco se sentía con ánimo para charlar demasiado. Desde que Brian había llegado hacía un par de horas, los tres habían estado la mayor parte del tiempo en silencio. Habían hablado de si debían enterrar o incinerar a Katie. No era un tema que Brian hubiera tratado con su mujer, pero Moira insistió en que Katie hubiera querido que la incineraran.

Luego habían hablado de los preparativos del funeral, que tendría que esperar hasta que el juez les entregara el cadáver, que Frank y Moira habían visto ayer en el depósito. La conversación los había sumido a los dos en un mar de lágrimas.

Comprensiblemente, sus suegros estaban muy afectados por la muerte de Katie. Había sido algo más que su única hija, había sido lo único realmente de valor en sus vidas, además del pegamento que los había mantenido juntos. Una Navidad particularmente incómoda en que Moira bebió demasiado jerez, champán y luego Baileys, le había confiado con aspereza a Brian que sólo había aceptado que Frank volviera tras sus aventuras por el bien de Katie.

– Te gusta esta cerveza, ¿verdad, Brian? -le preguntó Frank.

Tenía un acento pijo, algo que había trabajado para disimular sus raíces obreras. Moira también tenía una voz afectada, salvo cuando bebía demasiado y recuperaba su acento originario de Lancashire.

– Sí, sabe bien. Gracias.

– Eso es España, ¿entiendes? ¡Calidad! -Más animado de repente por un momento, Frank Denton levantó una mano-. Es un país muy subestimado, su comida, vinos, cervezas. Y los precios, por supuesto. Hay partes que están sobreexplotadas, pero todavía es uno de los pocos países donde se presentan grandes oportunidades si sabes lo que haces.

Pese al dolor del hombre, Brian percibió que el padre de Katie estaba a punto de soltarle un rollo de vendedor. Y así fue.

– Allí los precios de las casas se duplican cada cinco años, Brian. Lo inteligente es elegir el próximo momento adecuado. Los costes de construcción son baratos y son unos trabajadores la mar de eficaces, esos españoles. He localizado una oportunidad realmente fantástica justo al otro lado de Alicante. Lo que yo te diga, Brian, es pan comido.

Lo último que él quería o necesitaba en estos momentos era escuchar los detalles de otro más de los planes de Frank, que sonaban plausibles pero que acababan siendo un fracaso estrepitoso. Era preferible el silencio miserable, al menos le había permitido concentrarse en sus pensamientos.

Bebió otro trago de cerveza y se dio cuenta de que casi había apurado el vaso. Debía tener cuidado, lo sabía, porque iba a conducir y no sabía cómo reaccionaría al percibir el olor del alcohol en su aliento la agente de Relaciones Familiares que le esperaba abajo en su coche, como un centinela.

– ¿Qué te ha pasado en la mano? -preguntó Moira de repente, mirando la venda nueva.

– Yo… Me di un golpe… Al salir del coche -dijo quitándole importancia.

Sonó el timbre de la puerta.

Los Denton se miraron, luego Frank se puso de pie y salió al vestíbulo arrastrando los pies.

– No esperamos a nadie -le dijo Moira a Brian.

Momentos después, Frank regresó a la habitación.

– La policía -dijo, y lanzó una mirada extraña a su yerno-. Están subiendo.

Siguió mirando a Brian, como si algún pensamiento extraño hubiera penetrado en su cabeza mientras se había ausentado de la habitación.

Brian se preguntó si la policía había dicho algo más que el anciano ocultaba.

Capítulo 67

En la sala de interrogatorio de testigos, Glenn Branson encendió las grabadoras de audio y vídeo y anunció con voz clara mientras se sentaba:

– Son las 21.09 de la noche, domingo, 6 de agosto. Comisario Grace y sargento Branson interrogando al señor Brian Bishop.

La central del Departamento de Investigación Criminal estaba convirtiéndose en un lugar cada vez más deprimentemente familiar para Bishop. Subir las escaleras de la entrada, pasar por delante de la exposición de porras de la policía en tablones de fieltro azules, luego atravesar los despachos abiertos y los pasillos de paredes color crema flanqueados de diagramas y entrar en esta sala minúscula con sus tres sillas rojas.

– Esto empieza a parecer Atrapado en el tiempo -dijo.

– Una peli genial -comentó Branson-. La mejor de Bill Murray. Me gustó más que Lost in translation.

Bishop había visto Lost in translation y comenzaba a empatizar con el personaje que Murray interpretaba en esa película, paseando insomne por un mundo desconocido. Pero no estaba de humor para ponerse a hablar de cine.

– ¿Ya han acabado en mi casa? ¿Cuándo puedo volver?

– Me temo que todavía quedan unos días -dijo Grace-. Gracias por venir. Le pido disculpas por trastocar su noche de domingo.

– Casi resulta gracioso -dijo Bishop mordazmente. Estuvo a punto de añadir, pero no lo hizo, que no le había costado mucho trabajo escapar de la tortura lúgubre de sus suegros y del discurso de Frank sobre su nueva empresa-. ¿Que noticias tienen para mi?

– Me temo que no tenemos ninguna novedad en este punto, pero a lo largo de mañana esperamos recibir los resultados de los análisis de ADN y entonces, tal vez, tengamos algo. Sin embargo, deseamos formularle algunas preguntas que han surgido a raíz de nuestras investigaciones, si le parece bien.

– Adelante.

Grace se fijo en la aparente irritabilidad de Bishop. Era un cambio importante respecto al estado triste y perdido de su último interrogatorio. Pero tenia experiencia suficiente como para no extraer ninguna conclusión. La ira era uno de los estados naturales del dolor, y una persona afligida era capaz de atacar a cualquiera.

– ¿Podría comenzar explicándonos, señor Bishop, la naturaleza de su negocio?

– Mi empresa proporciona sistemas logísticos. Diseñamos el software, lo instalamos y lo ponemos en marcha. Nuestro negocio principal es el rostering.