/ / Language: Español / Genre:thriller,

Posesión

Peter James

Fabián Hightower llega de madrugada a casa después de viajar toda la noche en coche. Saluda a su madre y se retira a su habitación. Por la mañana, Alex, una atractiva y triunfadora mujer de negocios recientemente separada de su marido, acude a su trabajo y le comunican que su hijo ha muerto en Francia a consecuencia de un accidente de coche. Probablemente se trata de un error o de una confusión de nombres, Fabián está en casa, en su habitación… Pero efectivamente el joven ha muerto en tales circunstancias. Ahora Alex vive sola, rodeada de recuerdos de su hijo. Y comienza a experimentar una serie de hechos que pronto se convertirán en una pesadilla de espanto y horror: Fabián no se ha ido, su presencia es patente en torno a sus allegados y se manifiesta mediante extraños sucesos sobrenaturales. Cuando Alex comprende que su seguridad está en peligro, se confía a su amigo Philip Main, científico y escritor cuyo padre había sido un sacerdote exorcista. Y tras la terrible revelación de una médium a la que acude en busca de ayuda, Alex acepta que tiene que liberarse a toda costa del maléfico poder que se cierne sobre ella, estrechando un círculo mortal a su alrededor…

Peter James

Posesión

Traducción de Joaquín Adsuar

AGRADECIMIENTOS

Le debo especial agradecimiento a mi agente literario, John Thurley, cuya fe, confianza y consejos fueron para mí una constante fuente de nuevos estímulos y fortaleza. A Joanna Goldsworthy y al equipo de la editorial Victor Gollancz por su gran apoyo y por haber tenido la fe y el valor de aceptar la empresa de publicar este libro.

Debo mencionar de modo especial a David Summerscale, que me enseñó inglés en Charterhouse y que, probablemente sin saberlo, me dio confianza para empezar a escribir.

Son muchas las personas que me han ayudado en mis investigaciones, directa e indirectamente, y es a ellas a quienes se debe la mayor parte de la autenticidad de este libro. La lista es muy larga, pues fueron muchos los que me dieron incluso más de lo que yo les pedí: en especial a Canon Domonic Walker, O.G.S.; al reverendo David Gutsell; al reverendo Jim Mynors, al equipo del College of Psychic Studies; al reverendo Gerald Shaw, capellán del hospital de Broadmoor; a Tim Parker, de St. Cuthmans Wines; a Peter Hall, de Breaky Bottom; a Renee-Jean Wilkin; a Peter Lee; a Jim Sitford; a mi secretaria Pegy Fletcher, y a mi esposa Georgina por su infinita paciencia y sus ánimos.

CAPÍTULO PRIMERO

Fabián yacía encogido en la cálida suavidad de su lecho y miró al exterior por entre las cortinas abiertas. Unas pinceladas de rojo eran como flechas clavadas en el cielo rosado y sangriento del amanecer.

Se dio la vuelta y estudió con detenimiento a la chica que dormía a su lado. Después saltó de la cama y, completamente desnudo, pisando las ropas desordenadas tiradas por el suelo de la habitación, se dirigió a la ventana. Pudo ver la bruma de la mañana y las densas columnas de humo de las hogueras donde se consumían los sarmientos de la última poda en los viñedos. «Como los restos de una batalla», pensó, y se estremeció de repente; se le puso piel de gallina en todo su cuerpo, fuerte y delgado.

El aire era agradable con el frescor del rocío y los extraños olores animales de la chica que lo impregnaban por completo; se rascó y volvió a mirar por la ventana, inquieto.

– ¿Fabián?

Hubo un suave roce sobre la puerta, seguido de un golpe seco.

– Dos minutos. -Sintió la tensión en la garganta y trató de gritar y susurrar al mismo tiempo.

La chica se movió ligeramente con el sonido del roce de una hoja arrastrada por la brisa. De nuevo se hizo el silencio.

Fabián se puso los téjanos, la camisa sin cuello y un jersey, y guardó el resto de sus ropas en una bolsa. Se lavó la cara con agua fría y se la secó. Dio un corto paso hacia la joven, se detuvo, tomó la bolsa y salió de la habitación cerrando tras él la pesada puerta, sin hacer ruido.

Otto y Charles ya estaban esperando fuera. Otto, muy alto, con la nariz ganchuda casi cayendo sobre su boca, el cabello negro peinado hacia atrás y el rostro picado de viruela. Su abrigo de espiguilla gris colgaba de sus hombros. En conjunto tenía todo el aspecto de una ave de presa. Charles estaba a su lado, frotándose las manos, los ojos legañosos y su usual expresión de asombro, como si la mañana lo hubiera cogido por sorpresa.

– ¡Dios mío, vaya resaca!

– Lo siento, me quedé dormido -dijo Fabián, que abrió el maletero del Volkswagen y sacó una espátula para limpiar los cristales.

– ¿No podemos tomar café antes de irnos? -preguntó Charles.

– Ya lo haremos por el camino -contestó Fabián mientras pasaba el limpiacristales por las ventanillas para quitar el rocío.

Fuera aún seguía siendo oscuro. Miró las siluetas negras y amenazadoras de los altos pinos y los muros grises y fríos del château. Levantó los ojos a las ventanas y trató de descubrir la que tenía las cortinas abiertas; creyó ver un rostro en ella y apartó la mirada.

– Yo conduciré los primeros kilómetros.

Charles entró y se sentó en el asiento trasero y Otto se dejó caer en el asiento al lado del conductor. Fabián accionó la llave del contacto y el motor giró con excesivo ruido, hizo unas cuantas explosiones, arrancó por un instante y se caló casi en seguida.

– ¡Fantástico! -ironizó Charles-. La mañana empieza bien.

– Me gustaría que nos fuéramos hacia el sur en vez de hacia el norte -dijo Otto, tratando de abrocharse el cinturón de seguridad-. ¡Maldito chisme, nunca me acuerdo de cómo se abrocha!

El motor se puso en marcha de nuevo, traqueteante y furioso.

– Siento que tengas que dejar esto, Fabián.

Fabián se encogió de hombros, se echó hacia adelante y encendió los faros del coche.

– ¿Jode bien? -quiso saber Otto.

Fabián sonrió y no dijo nada. Jamás hablaba de las mujeres.

La chica estaba de pie, junto a la ventana, con una expresión vacía y cansada en el rostro mientras observaba cómo el Golf rojo se ponía en marcha y se perdía en la niebla. Se tocó suavemente el brazo izquierdo; le dolía terriblemente. Se alejó de la ventana, se sentó frente al tocador y se miró en el espejo. Retrocedió asustada, después se acercó de nuevo y volvió a observarse con detenimiento las marcas cárdenas en sus senos, el corte debajo de su mejilla izquierda, la hinchazón alrededor de su ojo derecho y su labio inferior roto, tumefacto y cubierto de sangre. Después puso los dedos entre sus piernas y el roce le produjo una exclamación de dolor. -Salaud! -exclamó.

– ¿Qué ferry crees que podremos coger? -preguntó Charles.

– Si no hay mucho tráfico estaremos en Calais a eso de las cuatro.

– Eres un tío con suerte, Fabián, ¿no es verdad?

– ¿Con suerte?

– Sí, con suerte.

DIJON… MÂCON… LYON… PARíS… Los carteles de señalización de la entrada a la autopista pasaban como relámpagos mientras Fabián aceleraba con fuerza por el carril de acceso y sentía cómo los neumáticos mordían el asfalto, la firmeza del volante, el rugir regular del motor ahora ya caliente, toda la emoción de una carretera abierta y vacía. Cuando se fue abriendo la curva, a medida que se acercaba la entrada de la autopista, Fabián apretó aún más el acelerador y el Volkswagen pareció encabritarse con fuerza hacia adelante. A veces Fabián tenía la sensación de que el automóvil podría separarse de la carretera y emprender el vuelo directamente hacia las estrellas. Observó la curva del cuentarrevoluciones, cambiando la marcha cada vez que la aguja tocaba la zona roja, hasta dejarla fija en las cinco mil revoluciones; después miró el velocímetro mientras su pie sobre el acelerador se apretaba contra el suelo. Ciento veinticinco, ciento treinta…

– ¿Qué piensas hacer este curso? -quiso saber Fabián por encima del ruido del motor y el silbar del viento.

Otto y Charles se miraron sin saber con certeza a quién iba dirigida la pregunta. Otto apretó el encendedor del coche y sacó un arrugado Marlboro de una deteriorada cajetilla.

– No he hecho planes -respondió Otto-, nunca los hago.

– ¿Cómo están tus padres? -inquirió Charles.

– ¿Los míos? -preguntó Fabián.

– Sí.

– Están bien -vaciló un poco incómodo-. Siguen separados. ¿Y cómo está tu madre?

Alzó el brazo y abrió la escotilla del techo del coche, que dejó entrar una ráfaga de aire helado y un ruido que ahogó la respuesta de Charles. A la derecha el sol era como una bola roja que empezaba a alzarse sobre las colinas de Borgoña, el mismo sol que daría calor a las uvas blancas y rojas como la sangre. Dentro de veinte años, quizás, abriría una botella de Clos de Vougeot y podría decirle en voz baja a quien estuviera a su lado: «Yo vi el sol que está dentro de esta botella. Estaba allí.»

La sensación de tragedia lo envolvió de nuevo; de pronto la bola del sol pareció demasiado cercana. Tuvo ganas de abrir la ventanilla para empujarla y hacer que se alejara. Un rayo de luz jugueteó por un instante y entró por la escotilla del techo, vibrante, lleno de vida, «como sangre fresca», pensó.

– Voy a jugar al cricket si es que lo consigo -dijo Charles.

– Cricket… -comentó Otto, que le dirigió una mirada de extrañeza.

– Es posible que Cambridge sea mi última oportunidad de jugarlo.

– ¿Has dicho cricket? -preguntó Fabián a gritos.

– Sí -respondió Charles, gritando también.

Fabián vio unas luces rojas en la distancia. No había aún la suficiente luz diurna para distinguir con claridad lo que ocurría. Había varios vehículos juntos y un indicador de luz color ámbar se apagaba y se encendía con intermitencia; algo se movía en la calzada central. Fabián pasó el Golf al carril de adelantamiento, disminuyó un poco la presión del pie sobre el acelerador y vio un destello luminoso.

– No sabía que jugaras.

– Fui «primer once» en Winchester.

– Sí, el primero de los once en masturbarte -bromeó Fabián, que por un instante se giró para mirarlo.

– ¿Qué?

– ¡Pajas, hombre!

– ¡Fabián!

Fabián oyó la voz de Otto, extraña, ahogada por la emoción, y se sintió asustado, tenso. Volvió los ojos a la carretera.

Unos faros venían directamente hacia ellos. Luces enormes, cegadoras, que avanzaban en dirección prohibida por el carril de adelantamiento que ellos ocupaban.

– ¡Un camión! -gritó-. ¡Jesús!

Su pie se dirigió al pedal del freno, pero sabía que ya no había nada que hacer, que era demasiado tarde. Entre el brillo de las dos luces amarillas distinguió los dos últimos dígitos de la matrícula: 75. «París», pensó.

De repente se encontró encima del Golf, mirando hacia abajo; por la ventanilla del techo pudo ver a Charles y a Otto, que se contorsionaban como marionetas. Lo veía todo como fascinado, en movimiento lento, mientras el Golf se estrellaba contra el morro del camión, que no era tal camión sino otro turismo, un Citroën, uno de los grandes modelos anticuados, que pareció levantarse del suelo.

Primero se abolló el morro, después el techo se retorció y los cristales de las ventanillas parecieron transformarse en plumas que flotaron alrededor; muchas cosas volaron por el aire, formas grandes y pequeñas. Las puertas traseras del Citroën se abrieron, una hacia adentro, la otra hacia afuera y el Citroën volcó lateralmente. El asiento trasero estaba lleno de paquetes que comenzaron a levantarse en el aire, lentamente, y se rompieron al chocar contra el techo; unos hombrecillos blancos, marrones, negros, con los brazos abiertos, giraron juntos en el aire como en una extraña danza ritual. «Ositos de peluche», pensó al verlos caer, rebotar y caer de nuevo definitivamente.

Un intenso olor de gasolina, un olor tremendo y poderoso. Por un momento todo se oscureció de repente, difuminado, como si una capa de cristal helado se hubiera deslizado delante de él; después un sonido, extraño y seco, como un neumático que hace explosión, seguido de una oleada de calor. Los ositos fueron los primeros en arder, después, la pintura de los coches comenzó a hincharse y desprenderse a causa del fuego.

Fabián comenzó a vibrar en medio del calor, temblando de modo incontrolable. Trató de moverse, pero le fue imposible. Todo era resplandor a su alrededor, un resplandor que se acercaba cada vez más.

– ¡No! -Asustado, Fabián miró a su alrededor tratando con todas sus fuerzas de moverse-. ¡Carrie! -gritó-. ¡Carrie!

De pronto, repentinamente, se vio libre de todo aquel calor, corriendo de nuevo por la autopista, en medio de una luz blanca y brillante. «El sol debe haber ascendido con excepcional rapidez», pensó. Se aferró al volante y sintió que el coche aceleraba. No tenía necesidad de cambiar de marcha para que el coche ganara velocidad por sí solo, libre ya en la carretera, como si se deslizara patinando sobre el asfalto. Habían desaparecido los signos de la carretera, las señales de tráfico, todo. ¡Estaba volando, podía volar hacia las estrellas! Tiró del volante hacia atrás, pero el coche no ascendió, sino que siguió volando en silencio a través de aquella luz extraña, hacia un punto que parecía desvanecerse en la blanca neblina del horizonte. Dejó atrás un coche destrozado que ardía lentamente a un lado de la carretera, junto a él un autobús tumbado sobre un costado; un camión con la cabina partida por la mitad, dos coches empotrados uno en otro, como dos escarabajos abrazados en una lucha a muerte, oxidados, abandonados; otro coche ardiendo, las figuras apenas visibles entre las llamas, mientras que la luz delante de él se hacía más brillante a cada segundo. Miró a su lado.

El asiento de Otto estaba vacío.

– ¿Dónde está Otto?

– Debe de haberse caído -respondió Charles.

– Estaba encendiendo un cigarrillo. ¿Dónde está el cigarrillo?

– Posiblemente se lo llevó.

La voz de Charles sonaba extraña, como si llegara desde muy lejos. Fabián miró por encima del hombro. Creyó que Charles estaba allí, pero no podía estar seguro.

– ¿No chocamos con el otro coche, Charles?

– No lo sé, creo que sí.

La luz, tan brillante, empezaba a dolerle en los ojos. Fabián se inclinó hacia adelante en busca de sus gafas de sol. Ante él vio unas sombras entre la niebla blanca, unas formas que se movían.

– Péage -dijo-. Necesito dinero.

– No -le contradijo Charles-. No creo que nos haga falta dinero.

Fabián sintió como si el coche se elevara, para caer después, dejándolo a él solo, suspendido en la luz blanca; hacía calor y se sintió como sumergido en él. Y vio algunas figuras que corrían a su encuentro.

En ese momento recordó de nuevo y comenzó a temblar.

– ¡Carrie! -trató de gritar a aquellas figuras, pero no salió voz alguna-. ¡Carrie! ¡Tienes que dejarme! ¡Tienes que hacerlo!

Ahora, las figuras estaban de pie a su alrededor, sonriendo amables, como si estuvieran contentas de verlo.

CAPÍTULO II

Alex vigiló al camarero mientras ponía un par de dedos de Chambertin en la copa de su marido, daba un paso atrás y se quedaba firme a su lado. David levantó la copa de vino a la discreta luz y la giró un poco para que el vino mojara el cristal por igual y después examinó las lágrimas del glicerol que el vino había dejado en las paredes de la copa al volver al fondo. Olió profundamente, frunció el ceño, se llevó la copa a los labios un poco ruidosamente y después saboreó el vino moviendo la boca como si estuviera masticando un buen trozo de entrecot. «No lo rechaces, Dios mío, no lo rechaces -se dijo a sí misma-; no podré resistirlo si lo devuelves.»

Con alivio, Alex vio cómo su marido hacía un gesto de aceptación y el sufrimiento terminó.

– Chambertin «71» -dijo David orgulloso como si hablara consigo mismo.

– ¡Ah! -exclamó Alex tratando de parecer entusiasmada y trató de demostrar, para agradarle, que podía apreciar un buen borgoña, que podía diferenciar un borgoña de un clarete-. Es una auténtica delicia.

– Estás muy formal esta noche -comentó él-. Tengo la impresión de haber salido a tomar el té con una vieja tía solterona.

– Lo siento, trataré de parecer menos seria.

Se quedó mirando las manos de su marido, que se habían vuelto ásperas y toscas, sus gruesos dedos enrojecidos, las uñas sucias, el raído traje de tweed y la arrugada camisa de lana; ¿formaba esto parte de su nueva imagen o era que verdaderamente había dejado de preocuparse por su aspecto? Observó su cara, bronceada, relajada, incluso un poco apergaminada por la vida al aire libre; su cabello desordenado y tan poblado como su espesa y enmarañada barba. Levantó la copa hacia su esposa.

– Salud -brindó.

Ella alzó la suya y las copas chocaron tintineantes.

– ¿Sabes por qué se chocan las copas al brindar? -preguntó.

– No.

– Se puede ver el vino, se puede olerlo y se puede gustar, pero no se puede oír, así que se chocan las copas para satisfacer también el sentido del oído.

– Siempre el publicitario. Aún lo llevas en la sangre. -Sonrió y sacó un cigarrillo-. ¿Y qué hay de la telepatía? ¿Puedes entrar en comunicación con el vino?

– Me comunico con él continuamente. Incluso hablo con mis vinos.

– Y ellos, ¿te responden?

– No suelen ser muy charlatanes. Creí que habías dejado de fumar.

– Lo hice.

– Así es como Londres influye en uno. Nos devora; nos destroza. Se vuelven a hacer cosas que se habían dejado y no se hacen las que uno se había prometido a sí mismo.

– Yo sí.

David movió la cabeza con una sonrisa desganada.

– Sí, quizá tú lo hagas.

Alex sonrió y alzó las cejas.

– Estás muy guapa -le dijo él.

Enrojeció. Nunca había sabido cómo reaccionar ante las galanterías.

– Muchas gracias -respondió con rigidez.

– Ya estamos. Otra vez la tía solterona.

– ¿Qué te hubiera gustado que te dijese?

David se encogió de hombros y olfateó su copa de vino.

– ¿Sabes algo de Fabián?

– No, desde hace unos días. Estará de vuelta mañana por la noche.

– ¿Cuándo piensa volver a Cambridge?

– El fin de semana. -Alex vio cómo el rostro de su marido adquiría una expresión de desaliento. ¿Qué le pasaba?

– Esperaba que este fin de semana se llegaría a verme. Estamos plantando.

Alex se apartó de la cara unos mechones de su largo y rubio cabello. David notó el mal humor que encubría el movimiento. Fabián era un tema delicado.

– ¿Sabes una cosa, cariño? -dijo David-. Esta separación es estúpida, seguramente podríamos…

Notó que se iba a estrellar con un muro aun antes de que ella le respondiera.

Alex jugó con su cigarrillo, lo hizo girar y lo sacudió varias veces sobre el cenicero.

– He estado pensando en muchas cosas, David. -El cigarrillo cayó sobre el mantel color rosa y ella se apresuró a recogerlo y rascó con un dedo la marca de ceniza que había quedado sobre el mantel-. ¡Quiero el divorcio!

David hizo girar el vino dentro de su copa, ahora con un aire distraído que hizo que unas gotas se salieran de la copa y resbalaran sobre su mano.

– ¿Es que tienes a alguien?

– No.

Volvió a apartarse un nuevo mechón del cabello que le caía sobre el rostro. «Demasiado de prisa», pensó él, tratando de leer la verdad en el rubor de su cara y en la expresión de los ojos azules ahora fijos sobre el mantel. ¡Qué bella estaba! La confianza que le había dado su éxito y la firmeza que llegó con él la habían cambiado. Un cambio para bien, dejándola en un medio camino entre lo bonito y lo hermoso.

– ¿Te molestaría que me quedara aquí esta noche?

Ella negó con la cabeza.

– No, David, no quiero que te quedes a dormir aquí.

– Es mi casa.

– Nuestra casa.

Bebió un poco de vino, después lo olfateó de nuevo, tratando de asegurarse de nuevo de su calidad.

– Tendré que volverme a Sussex -dijo desilusionado.

David la dejó en la Fulham Road, en la parte alta del callejón sin salida.

– Ya te llamaré -le aseguró.

Ella afirmó con la cabeza y se mordió el labio luchando contra la tristeza.

– Será una alegría.

Cerró de golpe la puerta del sucio Land Rover y descendió corriendo por la amplia acera dejando atrás las elegantes puertas principales de las bellas casas estilo Regencia, al tiempo que se restregaba los ojos para limpiárselos de las lágrimas y de la lluvia. Entró en su casa, arrojó el abrigo sobre el perchero y se dirigió al salón, donde paseó de un lado a otro, inquieta. Miró el reloj: las once y media. Se sentía demasiado agotada para dormir.

Abrió la puerta situada al final de la escalera y descendió los escalones que conducían al sótano, cruzando la trampilla que la llevaba a su laboratorio fotográfico con su familiar olor de revelador y fijador. Cerró la puerta tras ella, que sonó como si fuera un disparo de pistola. De pronto tuvo plena consciencia del silencio de la habitación y por un momento se preguntó si era la luz la que transportaba el sonido. ¿Mueren los ruidos cuando se apaga la luz? Escuchó sus propios sonidos, su respiración, el rasguear de su blusa y por un instante se sintió como una intrusa en su propio laboratorio.

Encendió el visualizador de diapositivas y tomó una película revelada que colgaba de la cuerda de secado y la puso en el visor. Miró con atención uno de los negativos. Un grueso objeto tubular, de color negro y con dos cabezas, le devolvió la mirada.

Alex cortó la película en cuatro trozos y los colocó en el impresor de contactos. Encendió la luz roja de seguridad, tomó de su caja una hoja de papel de bromuro y la puso en la impresora.

– Mil uno, mil dos, mil tres… -Contó hasta mil quince, apagó la luz de la impresora y puso el papel fotográfico en la profunda cubeta de plástico que usaba para el revelado.

Inclinó la cubeta por un extremo y la sacudió con fuerza, haciendo que la hoja de papel fuera de un extremo a otro.

Observó la imagen en uno de los contactos, blanco sobre blanco al principio, hasta que fue apareciendo una ligera mancha grisácea plateada. Lo primero en surgir fueron los agujeros de la perforación de la película, después los dos óvalos, uno más bajo que el otro. ¿Qué era eso? Algo largo comenzó a tomar forma entre los dos óvalos y Alex se dio cuenta.

– ¡Bastardo! -exclamó con una forzada sonrisa.

Empezaron a aparecer algunos vellos, después el propio falo, gordo, fláccido, la piel dejando al descubierto el glande y el pequeño agujero delante, como un feo reptil sonriente. «¿De quién sería? -se preguntó-. ¿De un elefante? No era humano. No podía serlo.»

Movió la cabeza sonriendo, sacó la hoja de la cubeta de revelado y la pasó a la de fijador. Lo agitó durante unos segundos, después esperó otros cuarenta segundos más. La sacó del baño de fijador y la pasó a la cubeta de lavado, observando con impaciencia el desarrollo del proceso. Cuando hubieron transcurrido los cinco minutos sacó el papel con los contactos y lo colgó en la cuerda de secado. Treinta y seis falos se la quedaron mirando, todos iguales, fotografiados desde distintos ángulos.

Sonrió de nuevo mientras subía la escalera, mucho más aliviada. Se sentía mejor, como si hubiera conseguido un triunfo personal sobre David.

Se levantó sobresaltada en su gran cama y se preguntó si se había quedado dormida demasiado tiempo. Se alzó y consultó el reloj: las seis y quince. Aliviada, se dejó caer en la almohada y cerró los ojos. En la distancia oyó el ruido de un camión que descendía por la Fulham Road. Después oyó el ruido de una puerta; tuvo la impresión de que se trataba de la puerta principal. Escuchó atentamente, pero se dio cuenta de que debió de haberlo imaginado y cerró los ojos. Otra hora de sueño. Lo necesitaba. Sentía irritados los pulmones y tenía un agudo dolor de cabeza. Siempre fumaba y bebía mucho cuando veía a David. La separación no había sido fácil. A veces le pareció más difícil que seguir juntos.

Una sombra pasó delante de sus ojos en la habitación oscura. Abrió los ojos y vio a Fabián de pie junto a su propia cama. Pudo verlo con toda claridad pese a la oscuridad.

– ¡Cariño! -lo saludó.

– ¡Hola, mamá!

Alex se quedó mirando a su hijo, que parecía preocupado, agitado.

– No esperaba tu vuelta hasta esta noche, cariño.

– Voy a descansar un rato. Estoy muy cansado.

Fabián sonrió:

– ¡Vuelve a dormir, mamá!

– Te veré más tarde -dijo, y cerró los ojos esperando oír el ruido de la puerta al cerrarse. Pero no lo oyó-. Fabián, por favor, cierra la puerta -le gritó.

Abrió los ojos y vio que la puerta estaba cerrada. Sonrió confundida y de nuevo se quedó adormecida.

Le pareció que sólo habían pasado unos segundos cuando creyó oír el agudo zumbar de un insecto en apuros, que cada vez se iba haciendo más fuerte. Buscó el reloj, para acabar con aquel sonido antes de que despertara a Fabián. Sus manos recorrieron la mesita de noche, encontró llaves, un libro, un vaso de agua y la dura y áspera envoltura de su Filofax. El insistente zumbido continuó; se echó hacia atrás en espera de que cesara, pero después recordó que no lo haría; el maravilloso reloj digital solar nunca se pararía por sí solo, programado para seguir sonando, en caso necesario, hasta el fin de los tiempos. De inmediato, ésa fue una razón más para aborrecer a David. ¡Qué estúpido regalo de Navidad, cruel y sádico! Lo había comprado porque le divertía; los buenos vinos y los juguetes. Para un hombre que se había vuelto de espaldas a la civilización urbana, sentía demasiado entusiasmo por ese tipo de aparatos.

Se puso su chándal y cruzó el pasillo en silencio, cuidando de no despertar a Fabián, contenta de que ya estuviera de vuelta, tomando nota mental de anular su cita de la noche para poder hacer algo juntos, quizás ir al cine y después cenar en un restaurante chino. Su hijo estaba en una estupenda edad, su segundo año en la universidad, en Cambridge, comenzando a ver con claridad cómo funcionaban las cosas en el mundo, pero todavía lleno del entusiasmo de la juventud. Era un buen compañero, un amigo.

Hizo su recorrido habitual de tres kilómetros por la Fulham Road y dando la vuelta al Brompton Oratory; regresó, tomó la botella de leche y los periódicos que estaban en la puerta y entró en casa. Le llamó la atención el ver que, contrariamente a lo que era su costumbre, Fabián no había dejado sus cosas tiradas por todas partes. Tampoco había visto el coche aparcado fuera, pero tal vez su hijo se vio obligado a aparcar en otra calle. Subió la escalera hacia los dormitorios para ducharse y vestirse.

Se preguntó si debía despertarlo antes de irse, pero en vez de hacerlo entró en la cocina y le escribió una nota: «Volveré a las siete, cariño. Si estás libre podemos ir al cine. Te quiero. Mamá.» Miró el reloj y salió a toda prisa.

Cuando llegó al aparcamiento de la Poland Street, donde tenía su coche, su buen humor había cambiado y sentía una sombría premonición. Saludó con la cabeza, de modo mecánico, al encargado del aparcamiento y subió la rampa. Algo no iba bien, pero no sabía qué podía ser; se sentía deprimida, apagada, y culpaba de ello a David. Había visto algo en la expresión de Fabián que la inquietaba, como si su hijo tuviera un secreto que quisiera esconderle, como si estuviera envuelta en una conspiración y ella fuera la única en ignorarlo.

CAPÍTULO III

Alex miró con incredulidad cuando su secretaria puso sobre su mesa un tercer montón de paquetes que habían traído diversos mensajeros.

– ¿Todo esto es de hoy, Julie?

Tomó uno de los paquetes y miró con desconfianza la etiqueta. «Señora Alex Hightower, Agencia Literaria Hightower», estaba escrito con letra descuidada y poco clara.

– Espero que no haya escrito a mano el original -comentó.

– Philip Main llamó hace sólo unos minutos. Preguntó si ya habías descifrado el mensaje. Es posible que bromeara, pero no estoy segura.

Alex pensó en los negativos revelados y sonrió con ironía.

– Ya le llamaré cuando haya terminado de abrir la correspondencia. Dentro de unas dos semanas…

Alex cogió el abrecartas y buscó irritada una abertura para empezar a cortar el celofán.

– Ha llamado también un tal Walter Fletcher… Quería saber si habías leído ya su original.

– El nombre no me dice nada.

– Se quejaba amargamente de que hace ya casi una semana que lo tienes.

Alex miró las estanterías detrás de su mesa, en las que se apilaban los originales de novelas, obras de teatro y guiones cinematográficos.

– ¿Walter Fletcher? ¿Cuál es el título de la obra?

– El desarrollo de las danzas tribales en la Edad Media.

– ¿Bromeas? -Alex tomó un sorbo de café-. ¿No le has dicho que no nos ocupamos de ese tipo de libros?

– Lo intenté. Pero él parecía convencido de que el libro iba a ser un gran éxito.

Alex consiguió por fin abrir la bolsa y sacó un montón de hojas sueltas, mal sujetas por una goma, que casi alcanzaba los diez centímetros de altura.

– Esto es algo para ti -dijo, pasándole el original directamente a su secretaria, que hizo un gesto como si no pudiera sostener su peso.

Julie lo dejó sobre la mesa y comenzó a estudiar la primera página, un código de faltas de ortografía casi indescifrable, lleno de tachaduras y correcciones en rojo.

– Parece que no podía comprar una cinta nueva.

– Míralo desde el ángulo positivo: al menos está escrito a máquina.

Sonó el intercomunicador y Alex descolgó el teléfono.

– Philip Main. Desea hablar contigo.

Alex vaciló por un momento. Después dio su conformidad y apretó el botón para hacerse cargo de la llamada.

– Estás loco -fue su saludo-. Completamente loco.

Oyó el usual jadeo, seguido del ruido de aclararse la garganta que siempre sonaba casi como un gruñido y después el largo siseo burlón con el que su comunicante pretendía expresar su energía de hombre duro y que producía al acariciarse el largo bigote con sus dedos pulgar e índice manchados de nicotina.

– ¿Lo entendiste? -Su voz profunda y tranquila tenía un acento de juvenil excitación.

– ¿Entenderlo? ¿Qué se supone que tenía que comprender?

Jadeo, carraspear, siseo.

– Es una forma completamente nueva de comunicación; un nuevo lenguaje. Tenemos que evolucionar más allá del diálogo. Se trata de una comunicación marginal mutada en celuloide. Ya nadie se interesa en hablar, es algo excesivamente trillado; ahora rodamos películas, tomamos fotografías y las hacemos circular. El diálogo es demasiado dominante, no te queda tiempo para revelar tus pensamientos si te dedicas a escuchar… Pero revelas unas fotografías y ellas te hablan… parte de tu alma entra en ellas.

Alex miró a su secretaria y se señaló la sien con el índice.

– O sea que treinta y seis fotografías de los genitales de un animal macho debían comunicarme algo específico.

Gruñido. Siseo.

– Sí.

– Todo lo que me comunicaron fue que soy demasiado estrecha.

– Oyó una risita de Julie.

– Órganos de las especies.

– ¿Órganos de las especies?

– Es el titulo. Ya lo tengo.

– ¿De qué?

– De un nuevo libro que vamos a escribir juntos. -Siseo, gruñido-. Tu obsesión por la fotografía. Mi obsesión por los órganos sexuales.

– Philip, tengo muchas cosas que hacer. El viernes es mi peor día.

– Permíteme que te invite a comer la semana que viene.

– Tengo una semana muy ocupada.

– ¿Cenar entonces?

– Creo que será mejor al mediodía.

– No te fías de mí. -Su voz sonaba ofendida.

– El martes. Tengo un poco de tiempo a la hora de comer.

– Te recogeré a la una. ¿De acuerdo?

– Estupendo. Adiós.

Alex movió la cabeza y colgó el teléfono.

– ¿Philip Main? -preguntó Julie.

Alex afirmó con la cabeza y sonrió.

– Loco. Está completamente loco, pero el libro que está escribiendo puede ser brillante… si es que llega a acabarlo.

– ¿Habrá alguien capaz de entenderlo?

– No. Por eso creo que puede conseguir algunos premios.

Volvió a sonar el interfono.

– ¿Sí? -dijo Alex.

– Aquí abajo hay un policía, señora Hightower.

– ¿Un policía? -Su reacción instintiva fue de culpabilidad y forzó su mente tratando de recordar si había dejado de pagar alguna multa de aparcamiento. ¿Había cometido alguna infracción de tráfico? Estaba casi segura de que no-. ¿Qué quiere?

– Hablar con usted. -La voz de la telefonista parecía insistente, tal vez también ella se sentía intimidada por el policía.

– Quizás ha escrito un libro -aventuró Julie.

Alex se encogió de hombros.

– Dígale que suba.

Apareció en la puerta con el casco en la mano y la mirada baja, como si se estuviera mirando las botas inmaculadamente limpias; después alzó los ojos hasta el nivel de la mesa de trabajo de Alex. Era muy joven, advirtió Alex un tanto sorprendida. Había esperado a alguien mayor, pero el policía era tan joven como su hijo. Tenía la nariz chata de un boxeador, pero unos ojos azules, suaves, amables, casi tímidos.

– ¿La señora Hightower? -preguntó mirando expectante a ambas mujeres.

– Soy yo -dijo Alex.

Nervioso miró a Julie y después a Alex, puso sus manos detrás de la espalda y se balanceó ligeramente de un lado a otro.

– ¿Podría tener unas palabras a solas con usted? -preguntó.

– Está bien así, agente. Mi secretaria lleva muchos años trabajando conmigo.

Otra vez miró a Julie y después a Alex e insistió:

– Creo que sería mejor si pudiéramos hablar a solas.

Alex le hizo un gesto a Julie, que salió de la habitación y cerró la puerta tras ella.

– Señora Hightower, soy el agente Harper, de la Policía Metropolitana. -Parpadeó como furioso consigo mismo.

Alex lo observó extrañada. Estaba comenzando a hacer que se sintiera incómoda.

– Tiene usted un hijo, creo. Fabián…

– Sí. -Sintió un escalofrío y miró por detrás del policía, a través de las persianas venecianas, a los grises tejados de debajo; vio la lluvia que resbalaba por la ventana dejando unas marcas como arañazos. Su mente comenzó a viajar a toda velocidad.

El policía se desabrochó el botón superior de su guerrera, se lo abrochó de nuevo, dejó caer la gorra, se agachó a recogerla y después recuperó su compostura.

– ¿Es dueño de un Volkswagen rojo Golf GTI?

Alex afirmó con la cabeza. ¿Qué diablos había hecho ahora? La policía ya lo había visitado antes, hacía año y medio, cuando alguien lo denunció por conducción imprudente. Afirmó con la cabeza, sin saber qué decir, cuando el policía le leyó el número de matrícula del coche.

– ¿Viajaba por Francia?

– Sí. Había ido a esquiar con unos amigos… y después a una fiesta en Borgoña, para celebrar la mayoría de edad de la hija de un amigo de mi esposo.

El policía tenía los ojos muy abiertos, fijos en el vacío, y su boca se contraía y temblaba como si una corriente eléctrica estuviera atravesando su cuerpo. Alex apartó su mirada del policía y se vio la cara en la pantalla del procesador de textos, al lado de la mesa. Estaba vieja de repente, pensó, incongruentemente vieja.

– Hemos tenido una llamada de la policía… de la gendarmería, eh… de la policía francesa, en Mácon. Me temo que ha ocurrido un accidente. -Las palabras del agente parecieron flotar a su alrededor, cada una de ellas como una burbuja acuosa; las veía, las oía una y otra vez, repetidamente, en distintas secuencias.

Llevado al hospital. Llegada. Sí. Encontrado. Qué. Pero. También. Llegada. Muerto. Sintió como si una de sus rodillas tropezara con algo duro. Y otra vez. Miró el rostro del policía y vio dos caras… después cuatro.

– ¿Quiere una taza de té?

«¿Quién lo había dicho? -se preguntó de repente-. ¿Él? ¿Ella?» Alex habló de modo mecánico, con seguridad, tratando de ser cortés, pese a la furia que cada vez aumentaba en ella, y de no hacer que el policía se sintiera como un idiota.

– Lo siento mucho -dijo Alex-. Tiene que haber un error, un terrible error. Mi hijo está en casa, durmiendo en su cama. Regresó esta mañana, completamente a salvo.

CAPÍTULO IV

El agente Harper se marchó a toda prisa, nervioso, soltando un rosario de excusas y disculpas. Alex se sentó detrás de su mesa contemplando las huellas de la lluvia en la ventana, tomó el teléfono y marcó el número de su casa.

Oyó el clic del teléfono al ser descolgado y un ronco rumor, posiblemente de algún aparato eléctrico. Después, por encima del ruido, oyó la voz de la mujer de la limpieza.

– No cuelgue, por favor no se vaya. -Se oyó el sonido de un interruptor y cesó el ruido-. Dispense, tenía que apagar el aspirador. La casa de la señora Aitoya.

Tenía un marcado acento extranjero, que olvidaba las haches aspiradas.

– Mimsa, soy la señora Hightower…

– La señora Aitoya no en casa, llame a su oficina, por favor.

Alex esperó pacientemente y después repitió lo mismo, con mayor lentitud y voz más fuerte.

– Hola, señora Aitoya. -Hubo una pausa como si Mimsa estuviera consultando un librito de frases hechas-. ¿Cómo estar usted? -dijo por fin, lentamente, con tono de triunfo.

– Bien, gracias, ¿podría hablar con Fabián?

– ¿El señorito Fabián? No está aquí.

– Está durmiendo, en su cama.

– No, no durmiendo. Acabo de hacer su cuarto. Usted me dijo que venir esta noche. Acabar de limpiar su cuarto para él.

Alex colgó el teléfono, tomó su abrigo y se dirigió al pasillo. Asomó la cabeza en el despacho de su secretaria.

– Estaré de vuelta en una hora.

Julie la miró con ansiedad.

– ¿Algo va mal?

– No, no pasa nada -respondió.

Al llegar a su casa aparcó en doble fila y entró corriendo. Seguía oyendo el aspirador y había un fuerte olor a cera. Vio a Mimsa, agachada como un polluelo pasando el aspirador por la alfombra del cuarto de estar. Corrió escaleras arriba y cruzó el pasillo hacia el cuarto de Fabián, se detuvo junto a la puerta y llamó suavemente. Abrió la puerta. La cama estaba recién hecha y no había ninguna maleta, ni un solo bulto en el suelo y todo olía a limpio, recién aireado, sin la menor señal de que la habitación hubiese sido usada.

Recorrió la habitación con la mirada, que detuvo en el extraño y desvaído retrato de su hijo. El muchacho aparecía con la mirada baja, pero con aire arrogante y la mano en el pecho, bajo la chaqueta, como Napoleón. Los ojos estaban mal pintados, con expresión fría, cruel, completamente distinta a la suya, cálida y llena de vida. Fabián le había dado aquel retrato el año anterior, como regalo de cumpleaños, pero le había causado una impresión desagradable, incómoda. Intentó colocarlo en diversas paredes de la casa hasta que acabó en la propia habitación de su hijo. Sintió un escalofrío al volver a verlo.

Salió de la habitación y miró en el cuarto de los invitados, después en el cuarto de baño; en ninguna parte halló nada que indicara el regreso de su hijo. Entró en su dormitorio, tomó el teléfono y llamó a su marido.

– ¿Puedes esperar un momento? Cuelga y ya te volveré a llamar -le dijo su esposo-. Estoy haciendo algo urgente.

– Yo también -replicó y se dio cuenta de que su voz sonaba más histérica de lo que hubiera deseado-. ¿Está Fabián contigo?

– No -fue la respuesta impaciente-. Anoche estuvo en esa fiesta de cumpleaños en Arboisse. No puede haber vuelto a Inglaterra.

– David, está ocurriendo algo muy extraño.

– Mira… Te llamaré dentro de media hora. ¿Estás en la oficina?

– No, en casa.

Alex se dio cuenta de que alguien estaba tocando el claxon fuera en la calle, cada vez con mayor impaciencia. Colgó el teléfono y corrió escaleras abajo. Al verla aparecer de modo tan inesperado, Mimsa dio un salto, asustada.

– ¡Oh, señora Aitoya, qué susto me ha dado!

Alex salió de la casa.

– Lo siento -le dijo al hombre pequeño y de labios delgados, sentado al volante del gran BMW, que la miró y movió la cabeza con aire de reproche.

Alex subió a su Mercedes, se adelantó un poco y después aparcó en el espacio dejado libre por el BMW. Seguidamente volvió a su casa.

– ¿No ha visto a Fabián, Mimsa?

La asistenta movió la cabeza negativamente. La parte superior de su cuerpo agachado se agitó como si estuviera unido a las piernas por un resorte.

– No, no ver al señorito Fabián. No volver todavía.

Alex cruzó el salón y se dejó caer en un sofá, mirando a su alrededor las paredes de color albaricoque. De repente pensó en lo bonita que era aquella habitación. Súbitamente se le ocurrió lo raro que era estar en casa por la mañana en un día de trabajo. Contempló el jarrón de rosas rojas sobre la mesa junto a la puerta y sonrió. Le habían llegado tres días antes, por Interflora. En una de las rosas aún estaba la tarjeta de Fabián. Rosas rojas, sus flores preferidas. Cerró los ojos y oyó el sonido del aspirador que de nuevo ascendía y descendía, como en oleadas, a medida que Mimsa lo movía adelante y atrás sobre la alfombra.

Su hijo entró en su habitación aquella mañana. Lo había visto. Tan cierto como que hay Dios que lo había visto. ¿No era así?

Oyó el timbre de la puerta principal pero no hizo caso. Probablemente era el lechero. Mimsa podría entendérselas con él.

– Señora Aitoya. -Abrió los ojos y vio a Mimsa, que tenía un aspecto agitado y nervioso-. Aquí un policía.

Mimsa tenía los ojos muy abiertos por la sorpresa y señaló con el pulgar por encima del hombro.

– Está bien, Mimsa, hazlo pasar.

Mimsa la miró con fijeza y Alex le sonrió y movió la cabeza tranquilizándola.

Un momento más tarde el agente Harper estaba en la puerta de la sala, vacilante, como asustado, con la gorra en las manos y los labios temblando como los de un conejo.

– Siento tener que molestarla de nuevo -se disculpó el policía.

Alex se apartó un mechón de cabello de la cara y le indicó a Harper una silla. El agente se sentó con la gorra sobre las rodillas.

– Una bonita casa.

Alex sonrió.

– Muchas gracias.

– Al parecer hay un problema. -Giró la gorra varias veces entre sus manos-. La verdad es que no sé cómo decirlo. Hay un joven en el hospital de Mácon, que estaba en el… accidente, el señor Otto -sacó su agenda de notas y leyó en ella-, Otto von Essenberg. Dice que los otros dos ocupantes del coche eran Charles Heathfield y Fabián Hightower. Claro que está bajo una gran impresión.

– ¿Charles Heathfield?

– Sí.

Alex movió la cabeza.

– ¿Lo conoce?

– Sí. Sus padres viven en Hong Kong. ¿Se encuentra bien?

Harper, pálido, bajó los ojos al suelo y agitó la cabeza.

– Tengo entendido… que murió en el accidente… -Volvióse, miró a Alex y dio otra vuelta a su gorra-. Dice usted que ha visto a su hijo esta mañana.

Alex hizo un gesto afirmativo, incómoda por la mirada de Harper.

– Lo siento, esto es muy desagradable para mí. -De nuevo apartó la mirada-. ¿Dónde lo vio exactamente?

– Entró en mi dormitorio.

– ¿A qué hora debió de ocurrir?

– A eso de las seis… Creo que miré el reloj, pero no estoy segura.

Harper sacó una libreta delgada y escribió algo en ella, cuidadosamente, con mano temblorosa.

– ¿A eso de las seis?

– Sí.

– ¿Aquí?

– Sí.

– Pero ahora no está aquí.

– No.

Alex asintió como si fuera a caer sobre ella algo inevitable y se mordió el labio.

– ¿Sabe usted adonde ha ido?

Negó con la cabeza. Cada vez le costaba más trabajo hablar.

– ¿Le dijo algo?

Alex afirmó:

– Me dijo: «¡Hola, mamá!» Yo le dije que me sorprendía verlo tan pronto; él me respondió que estaba muy cansado y se iba a dormir un rato. Estaba en su cuarto esta mañana cuando me fui.

– ¿Lo vio usted otra vez?

Alex miró al policía directamente a los ojos.

– No, no lo vi; la puerta de su cuarto estaba cerrada y no quise despertarlo.

– Y usted se fue a su despacho, ¿es así?

Alex afirmó con la cabeza.

El policía tomó nota.

– ¿A qué hora se marchó?

– A eso de las nueve menos cuarto.

– ¿Y a qué hora llega su asistenta?

– A las nueve y media.

– ¿Llegó a su hora esta mañana?

– Se lo preguntaré.

Alex salió del salón.

– Mimsa -llamó. La asistenta no la oyó a causa del ruido del aspirador. Alex le dio un golpecito en la espalda-, ¡Mimsa!

La mujer se sobresaltó.

– La segunda vez que me asusta. No tener Vim. ¿Usted olvidar?

– Lo siento, trataré de acordarme.

– El hombre que limpiar las ventanas no venir. Maldito granuja.

– Mimsa, ¿a qué hora llegó usted esta mañana? Es muy importante.

– Esta mañana, temprano. Nueve menos cinco. Cogí un autobús antes. No siempre posible, porque hacer desayuno a mi marido. Esta mañana no, porque iba al médico. Yo llegar aquí antes. ¿Está bien?

– Muy bien -asintió Alex y volvió a la sala de estar-. Llegó a las nueve menos cinco.

– ¿Sólo diez minutos después de marcharse usted?

Alex asintió.

– Perdóneme si le parezco algo rudo… ¿no es posible que se haya usted imaginado que su hijo volvía a casa? ¿No es posible que lo soñara?

Sonó el teléfono. Durante un segundo oyó el estridente sonido del timbre y lo normal de una llamada telefónica la calmó. Tomó el auricular.

– ¿Diga?

– ¡Hola, cariño, siento haberte hecho esperar!

Alex hubiese deseado que su marido dejara de llamarla «cariño». Ya no era su cariño. ¿Por qué seguía actuando como si todo fuera perfectamente entre ellos?

– Estaba en medio de un experimento crucial. He conseguido un catalizador que según creo me va a permitir producir un Chardonnay capaz de competir con el Chablis… Y mucho más barato. ¿Puedes figurarte un Chablis británico?

– Suena muy emocionante.

– Estoy hablando de un Cru Chablis de primera calidad. ¡Por fin! ¿Has dormido bien esta noche?

– Sí -respondió sorprendida por la pregunta- ¿Y tú llegaste bien a tu casa?

– Sí, sin problemas, ¿puedes esperar un momento? No cuelgues.

Alex oyó un vocerío en la lejanía.

– Escucha, cariño, tengo que volver al laboratorio… ha surgido un ligero problema… el caldo se está volviendo marrón… La verdad es que esta noche he tenido una pesadilla, aunque al principio no creí que fuera un sueño. Estaba despierto esta mañana a las seis y podría jurar que Fabián entró en mi dormitorio. Me dijo: «¡Hola, papá!», y desapareció. Cuando me desperté, más tarde, lo busqué por toda la casa, tan convencido estaba de que lo había visto a las seis. Por lo visto la vida en el campo no me hace mucho bien… ¡Debo de estar chiflado!

CAPÍTULO V

Alex miró el ataúd de roble color claro con sus asideros de bronce y las rosas rojas sobre él, los rayos de sol que jugaban en los cristales de colores de la ventana y después el rostro amable del cura tras el facistol de la iglesia.

– «Ahora todo nos parece como a través de un cristal oscuro…» -leyó con calma, serenamente.

Alzaron el ataúd sin dificultad. Su hijo iba dentro. Alex se preguntó cuál sería su aspecto. Cuando fueron a recoger el cuerpo a Francia, la policía no les permitió, ni siquiera a David, que vieran el cuerpo de su hijo. «Demasiado quemado para hacer posible la identificación», les dijeron. Sintió que la mano de David apretaba la suya como si quisiera atraerla hacia él. «¿Por qué tengo que quedarme aquí? -pensó llena de un súbito pánico-. ¿Por qué tengo que recorrer la nave de la iglesia frente a todos esos rostros cuyos ojos están fijos en mí?» En seguida recordó que eran amigos, todos amigos, y siguió a su esposo dócilmente, entre la bruma de las lágrimas que se esforzaba en contener, hasta el gran Daimler negro que esperaba fuera, a la puerta del templo.

El cortejo se detuvo delante del crematorio de ladrillo rojo: descendieron de los coches a la luz del sol y contemplaron en silencio cómo los mozos bajaban el ataúd. Dos de los hombres cogieron las rosas y los otros llevaron el ataúd, entraron en el edificio y lo dejaron sobre una gran bandeja metálica, delante de las cortinas oscuras que tapaban la entrada del horno crematorio. Alex se dirigió hacia el ataúd y puso una única rosa roja sobre la tapa.

Habló con calma, con la cabeza baja.

– ¡Adiós, querido!

Retrocedió y se sentó en el banco de primera fila, junto a David. Se arrodilló y cerró los ojos, tratando de encontrar alguna oración, pero no pudo pensar nada; oyó cómo el edificio se llenaba de gente y con la suave música del órgano. Trató de escuchar las palabras del sermón fúnebre, pero no pudo oír nada, salvo el apagado zumbido de las cortinas al abrirse y del ataúd cuando comenzó a moverse lentamente entre ellas.

Por la tarde se sintió muy mal, durante el refrigerio fúnebre, con la casa llena de gente, y se bebió de un trago una copa de champán. Oyó cerca de su oído el sonido del corcho de una nueva botella de champán al abrirse derramando un poco de líquido y retrocedió entre la gente. «Como arrastrada por una ola gigante», pensó.

– Te acompaño en el sentimiento, Alex -le dijo una mujer vestida de negro a la que no reconoció.

– Era un buen chico -dijo Alex-. Ni él ni sus amigos tomaban drogas, ¿verdad que no?

Buscó sus cigarrillos. Entre la multitud vio a Sandy que se dirigía hacia ella, su cabello era un revoltijo de mechones de pelo negro apenas sujeto, por lo que parecían unas agujas de hacer punto. Instintivamente retrocedió; las emociones teatrales de Sandy eran más de lo que ella podría soportar en aquellos momentos. Vio el rostro de ave de presa de Otto que la miraba, totalmente cubierto de moretones, escayolas y vendajes.

– Muchas gracias por venir, Otto -le agradeció.

Otto asintió con la cabeza y le dedicó una débil sonrisa que acabó en una mueca cruel.

– Fabián me pidió que lo hiciera -dijo.

Alex lo miró, pero Otto se giró de espaldas y volvió a su anterior conversación.

Cerró la puerta detrás del último de sus visitantes, dio otra profunda chupada a su cigarrillo y tomó un trago largo de su copa de champán. Empezaba a sentirse mejor, por el efecto de la bebida, por las pruebas de afecto de la familia y los amigos que habían acudido a compartir su dolor y que ya se habían marchado. Sólo David seguía allí, en la entrada de la cocina, apoyado en la pared, con la copa en la mano.

– ¿Quieres que me quede? -preguntó.

– No, David.

– No creo que debas quedarte sola esta noche.

– La verdad es que prefiero estar sola. Por favor, tengo que superarlo por mí misma, a mi manera.

– ¿Por qué no te vienes conmigo a Lewes?

– Estoy bien aquí, gracias.

David se estremeció.

– Supongo que me echas la culpa.

– ¿La culpa?

– Por haberle regalado el automóvil.

– No. Los accidentes ocurren. No creo que tenga importancia con qué coche.

– Si hubiera ido más despacio…

Alex sonrió y movió la cabeza.

David tomó una botella y fue a llenar su copa, pero sólo salió un pequeño chorrito. Miró la etiqueta.

– Veuve Clicquot.

– El preferido de Fabián. Siempre pensó que era un champán muy refinado.

– La viuda de Clicquot. -Hizo una pausa, miró casi asustado a Alex y se sonrojó-. Hubiera podido dejarlo envejecer un poco más en la botella.

– Lo siento -dijo Alex-. Quizá si se lo hubieras pedido, tu hijo hubiese esperado un par de años más antes de matarse.

Pasó por delante de él, entró en la cocina y encendió la cafetera eléctrica. David la siguió y le pasó el brazo por la cintura.

– ¿Sabes una cosa? Parece increíble que ambos soñáramos con Fabián, el mismo sueño y a la misma hora. He estado pensando en eso.

– Debió de ser en el momento en que moría -comentó Alex.

– Una coincidencia muy extraña.

Alex abrió el bote de Nescafé y echó unas cucharadas en dos tazas.

– ¿Sigues tomando azúcar?

– Una cucharada.

Alex se lo quedó mirando.

– ¿Crees que fue una coincidencia? -preguntó intrigada.

David levantó la copa a la luz y examinó el color del vino.

– Sabes, antes solían envejecer en cavas este champán durante cinco años, ahora deben de haber reducido el tiempo… o lo mezclan con otro vino más joven.

Alex insistió:

– ¿Crees que fue una coincidencia?

– ¿Coincidencia? -preguntó desconcertado-. Ah, sí… Desde luego. -Captó la mirada de los ojos de su esposa-. Vamos, Alex, ¿no estarás pensando que pudo ser otra cosa?

Ella se estremeció.

– Fue tan extraño. Tan real.

– Supongo que debemos escribir a Cambridge, para hacérselo saber -dijo David cambiando de tema.

– Otto puede avisarlos, seguro.

– Lo supongo, pero sería correcto por nuestra parte el escribirles.

– ¿Lo harás?

Se sentaron uno frente a otro y bebieron sus cafés.

– ¿Cómo va tu Chardonnay? -preguntó Alex.

– Un paso adelante y dos atrás; no puedo conseguir que se estabilice. Y a ti, ¿cómo te va la agencia?

– Mucho trabajo.

– ¿Has recibido algún best-seller?

– Una antología de los cantos de guerra urdúes.

– Algo que el mundo esperaba con ansiedad…

– Lo dudo.

David alzó las cejas.

– Estoy pensando en ponerme a escribir un libro sobre vinos.

– Un buen tema. Este año sólo he tenido sobre mi mesa sesenta y cuatro originales sobre vino.

David se levantó.

– Ya sabes lo que se dice: el número sesenta y cinco trae suerte.

Alex sonrió.

– Llámame por teléfono cuando llegues a casa.

– ¿Quieres que lo haga?

– Quiero saber que llegaste bien a tu casa. -Le dio un beso y cerró la puerta tras él. De repente se sintió muy sola.

El recibidor estaba oscuro, con sus baldosas blancas y negras y su alto techo. Alex encendió la luz. Entró en el salón que conservaba el ambiente cargado de humo y perfume y la acidez vinosa del champán. Abrió las cortinas de encaje del redondo ventanal que daba a la calle; los colores habían desaparecido del cielo claro, transformándolo en una acuarela oscura. Volvió a pensar en las extrañas palabras de Otto: «Fabián me pidió que lo hiciera.»

De improviso, algo se movió detrás de ella. Percibió el movimiento y tuvo miedo, un miedo mucho más fuerte que cualquiera que sintiera anteriormente; se quedó helada, con la piel de gallina, como atravesada por agujas heladas. Tuvo la sensación de que la habitación iba a derrumbarse sobre ella y sintió deseos de correr a la ventana, golpear los cristales y gritar pidiendo socorro, pero estaba paralizada. Por el rabillo del ojo vio una sombra que se movía en un rincón levantándose de una silla, tras ella.

– Perdóname, querida, debo haberme quedado dormida -dijo la sombra.

La miró con fijeza, paralizada, y de repente se dio cuenta de que era Sandy.

– Me venció la emoción de todo lo ocurrido… estoy tomando tranquilizantes, ¿sabes?, y no van bien con la bebida. -Bostezó y se desperezó-. ¿Se han marchado ya todos?

– Sí -respondió Alex con voz débil. Encendió una lámpara de mesa y se sintió reconfortada por la cálida luminosidad cuando el color volvió a la habitación-. Me has dado un buen susto.

– Lo siento, querida. -Sandy parpadeó, se alisó con los dedos unos mechones y se afianzó un par de las agujas de hacer punto que sujetaban sus cabellos.

– ¿Quieres un café? -preguntó Alex, aliviada por la compañía pese a que, pensó, fuese la de Sandy.

– Me gustaría. ¿Qué vas a hacer esta noche?

– Nada.

– ¡Cómo! ¿Te vas a quedar aquí sola?

Alex afirmó con la cabeza.

– Quiero estar sola.

– No puedes hacerlo, querida, esta noche no.

– He pasado sola muchas otras noches; no me importa.

Se dirigieron a la cocina, Alex, de pronto, apreció con intensidad todos los objetos de la casa, como si hubiera entrado en un museo. Vio el sombrío retrato del abuelo de David con su uniforme de caballería. «Fabián tiene sus mismos ojos», acostumbraba a jactarse David, orgullosamente. Ella siempre había asentido, no había razón alguna para desilusionarlo, para privarle del placer de creer en su propia presunción. Sólo que ella sabía que Fabián no había heredado nada de David, ni un simple gene. Aquél era su secreto, un secreto celosamente guardado durante veintidós años.

– Espantoso -dijo Sandy-. Todo este asunto. Iba con ellos otro chico que también…

Alex afirmó con la cabeza.

– Sí. Charles Heathfield. Sus padres viven en Hong Kong.

– Espantoso. ¡Qué cosa tan horrible! Un camión en dirección contraria en la autopista, ¿no fue eso?

– Un coche -la corrigió Alex.

Sandy frunció las cejas.

– Estaba segura de que los periódicos hablaban de un camión.

– Así fue. La noticia estaba equivocada.

– Un francés que quiso suicidarse, ¿fue eso?

Alex asintió.

– ¡Qué forma más extraña de suicidarse! ¿Por qué no estrelló su coche contra un muro de cemento o algo así?

Sonó el silbido de la cafetera eléctrica.

– ¿Sabes algo de él, querida?

– No, no mucho. Su esposa había muerto. El negocio le iba mal. Muñecos de peluche o algo así. -Se estremeció-. David está más enterado.

– Horrible.

Alex llevó las tazas a la sala de estar y las dos se sentaron. A Alex empezaba a dolerle la cabeza y cerró los ojos.

– Creo que deberías ver a un médium, querida -dijo Sandy mirando el café y revolviéndolo hasta disolver el último grano de polvo.

– ¿Un médium?

– Sí.

– No, Sandy, eso no es para mí. Yo no creo en ese tipo de cosas.

– Yo creo que sí.

– ¿Tú lo crees así? -preguntó incrédula.

– Eres cristiana, por lo tanto crees en la vida eterna.

– No estoy segura de ello.

Alex miró a aquella mujer, un manojo de nervios, que se sentaba frente a ella, que en aquellos momentos trataba de introducir la punta de un cigarrillo en el extremo de una boquilla larga y delgada, con tanta dificultad como si tratara de enhebrar una aguja. Conocía a la chica desde sus días escolares, loca, chiflada, pero amable; una mujer que había soportado tres divorcios, que fue drogadicta, alcohólica, miembro de los Christian Scientist, vegetariana, que había practicado la meditación con el Maharishi Yogi e intentado practicar virtualmente todas las religiones existentes bajo la capa del sol; que convirtió su vida en un desorden general, en la mayor confusión posible. ¡Y esa mujer trataba de aconsejarla!

– David me ha dicho que Fabián vino a verlo la mañana en que murió. Y que también vino a verte a ti.

– Los dos tuvimos el mismo sueño.

– ¿Sueño? -Movió la cabeza negando-. Eso no fue un sueño, querida, vino a verte. Algo que ocurre con frecuencia.

– ¿Qué quieres decir?

Sandy la miró con fijeza, su rostro fino, torturado, que antaño fuera tan bello, pero que ahora tenía un aspecto fatigado, y sus grandes ojos azules, abultados, «como estanques olvidados», pensó.

– Todos nosotros tenemos espíritus que nos guían, querida, que nos protegen, pero no siempre están junto a nosotros. Y si alguien muere de repente, cuando los guías no lo esperan, éstos pueden perder el contacto y el espíritu de la persona vagará perdido de un lugar a otro. Es posible que esto sea lo que le pasó a Fabián; ésta es la razón de que los dos lo vierais. Trataba de buscar vuestra ayuda para comprender qué le estaba ocurriendo.

Alex tomó un sorbo de café y se quedó mirando a su amiga con una mezcla de desdén y piedad.

– Tú crees que soy una vieja chiflada, cariño. ¿No es así? Alguien que destrozó su propia vida. Bien, es posible que sea así desde vuestro punto de vista, pero yo sé que he tenido muchas otras vidas y algunas de ellas extremadamente felices y he sido enviada de vuelta al mundo en esta ocasión para aprender a enfrentarme mejor con los problemas de los tiempos difíciles. Soy un espíritu viejo, querida, endurecida y capaz de soportarlo todo. Tú, no. Tú eres un espíritu joven y tienes que aceptar mi ayuda. Ésa es una de las razones por las que estoy en este mundo: para ayudar a los demás.

Alex sacudió la cabeza. De repente se sintió cansada, cercada, como si la habitación estuviera llena de gente; deseaba escapar, abrir la puerta y salir por ella, pasear fuera de la casa.

– Quizás el sueño fue obra de la telepatía -dijo-. Es posible, ¿no?

– Sí, es posible, querida. Eso ocurre con mucha frecuencia en el mundo de los espíritus, pero ¿por qué razón iba a ser un fenómeno telepático? No sabemos más sobre telepatía de lo que sabemos sobre espiritismo. Yo creo que acudió a ti porque necesitaba ayuda.

– ¿Qué tipo de ayuda?

– Quizás ahora ya esté bien, querida. Es posible que ya haya vuelto a reunirse con sus guías espirituales, quizás han vuelto a hacerse cargo de él. Pero si no es así, es muy posible que ande vagando por ahí, perdido.

– ¿Cuánto tiempo podría estar en esa situación?

– En el más allá el tiempo tiene otra perspectiva, querida. Puede ser para siempre. Tú se lo debes, estás obligada a asegurarte de que está bien y, si no es así, ayudarle a conseguirlo.

– ¿Cómo?

– Consulta a un médium para saberlo. Ellos te lo dirán. Si lo haces así, querida, al menos tendrás la tranquilidad de saber que hiciste todo lo posible por ayudarle. Yo puedo ponerte en contacto con una médium excelente. -Hizo una pausa y dio una fuerte chupada a su boquilla. Dejó escapar el humo, que aventó con la mano-. No crees nada de lo que te estoy diciendo, ¿verdad, cariño?

– No -le respondió Alex moviendo la cabeza-. Lo siento, pero no te creo.

CAPÍTULO VI

Alex se despertó de repente, asustada. Había una luz latiendo en la habitación; sintió que el pelo se le erizaba, no se atrevió a abrir los ojos, sino que se los restregó con fuerza y apretó los párpados para cerrarlos aún más y evitar que se abrieran accidentalmente. Había algo extraño en la habitación que podía percibir claramente.

Vio el sólido ataúd de madera, la rosa roja; de pronto sintió una ola de calor en el rostro, percibió el olor de la gasolina quemada, y el calor… El rostro le quemaba. Empezó a perder el control de la respiración; temblaba, sus rodillas chocaron debajo de las sábanas. Sus ojos se abrieron por completo. Vio una luz verde, oscilante. La luz pasó de un verde mitigado a convertirse en un fuerte foco. Cuatro puntos. Encendidos, apagados, encendidos, apagados. La sensación ardiente desapareció y sólo sintió frío. Y poco a poco el miedo también fue abandonándola.

Miró el dial del despertador. Los cuatro puntos, cuatro ceros oscilantes, que se apagaban y encendían al ritmo del paso de los segundos. «Medianoche», pensó. Miró a su alrededor por el dormitorio. Las formas familiares. De niña siempre tuvo miedo a la oscuridad y siempre durmió con la luz encendida; pero ese miedo había cesado hacía ya mucho tiempo, desde mucho antes de casarse. Los puntos luminosos del reloj seguían parpadeando rítmicamente.

Encendió la luz de la mesilla de noche; la habitación parecía normal, todo parecía normal, sonaba normal. Oyó un camión en la distancia descendiendo por la Fulham Road; sonaba como si hubiese llovido. Tomó su reloj de pulsera: las cinco, pero los puntitos del reloj digital continuaban encendiéndose y apagándose, sin cambiar, siempre los mismos cuatro ceros. Recordó que en otra ocasión le había ocurrido lo mismo con otro reloj digital eléctrico, cuando se cortó la corriente y el reloj pasó a los cuatro ceros de la medianoche exacta.

Tomó el despertador y trató de recordar qué debía hacer para volver a ponerlo en hora, sin dejar de mirar con sus ojos cansados y nerviosos las lucecitas oscilantes. Y temblando de frío. Un frío casi insoportable.

Se levantó de la cama, se dirigió a la ventana abierta; corrió las pesadas cortinas y sacó una mano. El aire era templado y suave y dejó la mano fuera, extrañada. Vio cómo dentro de la habitación su respiración dejaba un vaho de vapor y no pudo evitar un gritito de sorpresa. Sintió que el cabello se le erizaba de nuevo en la nuca. Volvió a mirar por entre las cortinas abiertas a los coches aparcados fuera, la luz de las farolas de la calle; fuera todo estaba tranquilo, normal. Separó un poco más las cortinas para que la luz anaranjada entrara en la habitación. Una de las tablas del suelo crujió ligeramente bajo sus pies y no pudo evitar saltar asustada. Se metió de nuevo en la cama, se tapó con las ropas y cerró los ojos. Seguía sintiendo frío, un frío intenso que hizo que volviera a tener miedo. Tomó el teléfono, escuchó cómo el zumbido indicador de línea rompía el profundo silencio y marcó un número que estaba muy dentro de su corazón. Y esperó.

El timbre sonó, una, dos, tres, cuatro veces… ¡Por favor, está ahí, coge el teléfono…! Tres, cuatro veces…

– ¡Oh, por favor, está ahí! -repitió, ahora en voz baja, como en un susurro.

– ¿Quién…?

Alex oyó la voz, casi un gruñido, y de pronto se sintió aliviada, libre del frío.

– ¿David? -preguntó, todavía sin atreverse a alzar la voz.

Al otro lado del hilo un nuevo gruñido malhumorado.

– Siento despertarte, cariño,

– ¿Alex?

– ¿Estás despierto?

– Sí…

– No me llamaste.

– ¿No te llamé? -Hablaba todavía medio dormido.

– Quedamos en que me llamarías cuando llegaras a tu casa. Estaba preocupada.

– ¿Qué hora es?

– Las cuatro y media.

Hubo una pausa y Alex oyó el ruido de las sábanas.

– Pensé que no querías que te llamara.

Sintió la voz cálida, sonriente, reconfortante; como quien habla con un osito de peluche.

– Estaba preocupada por ti.

– Estoy perfectamente. ¿Y tú?

– No muy bien. ¿Cómo te sientes?

– Terriblemente asustado. Es algo tan sórdido. No dejo de pensar en el otro conductor… ¡hijo de perra!

– No digas eso.

– Si hubiera sobrevivido sería, capaz de matarlo con mis propias manos.

– No, por favor.

– Lo siento.

– Lamento tanto lo de Otto y Charles.

– Al menos Otto está vivo -dijo él.

– Las cosas deben de ser muy duras para él. Aceptar que es el único superviviente.

– Nunca debí comprarle ese coche a Fabián.

– No es culpa tuya, querido. Siempre fuiste tan bueno con él.

– Debí haberle comprado uno menos rápido.

– No creo que las cosas hubieran cambiado. Escucha, vuélvete a dormir.

– No importa. Ahora estoy completamente desvelado.

– Duérmete. Te llamaré más tarde.

– Te quiero -dijo David.

Alex, se quedó mirando el auricular y sonrió tristemente antes de colgar, despacio, suavemente, y se dejó caer otra vez sobre la almohada. Ella también lo amaba, lo sabía, echaba de menos su cuerpo cálido y grande, le faltaba su ternura, ¿por qué diantres se habían separado? Súbitamente se sintió cansada, cansada pero calmada y animada. Cayó en un sueño pesado y soñó con Fabián, un ensueño ligero y airoso que de repente se hizo amenazante y confuso; su hijo sujetaba su mano y se reía, mientras hablaba con ella como si fuera un niño pequeño, con la salvedad de que ya no era un niño, sino un hombre adulto, repentinamente viejo, tan viejo que podía ver las arrugas en su rostro. Se despertó temblando, temerosa de abrir los ojos en la habitación a oscuras. Volvió a quedarse dormida y esta vez no soñó.

Cuando sonó el despertador a las siete, lo ignoró y cuando volvió a mirar el reloj eran ya las ocho menos diez. De vuelta a la normalidad, lo sabía, todo había pasado. Quedaba el aventar las cenizas, pero tenía tiempo para pensar en ello, para decidir dónde le hubiese gustado a Fabián. Los diez últimos días los había pasado en medio de un gran ofuscamiento mental, en espera de las decisiones de la burocracia francesa, intentando recuperar el cuerpo de su hijo para trasladarlo a Inglaterra. Fue David quien se trasladó a Francia, quien se hizo cargo de todo, sin exigir nada de ella. Se comportó de modo maravilloso. Ahora ella tenía que seguir adelante con su vida, trataría de concentrarse en su trabajo. Al menos contaba con eso, la consciencia de sus obligaciones no sólo con ella sino con sus empleados, socios, clientes… No podía abandonarlos, tenía que probarles que podía realizar su trabajo y tenía que probárselo a David… ¡Pero, sobre todo, tenía que demostrárselo a sí misma!

Buscó durante un rato en su guardarropas, tratando de decidir qué ponerse. Fabián siempre mostró especial interés en cómo se vestía su madre; mucho más que David. Los colores correctos, el corte debido, los modistos más adecuados. ¡Dios mío, a veces Fabián era un verdadero esnob en lo que se refería a la ropa! Sonrió, algo más animada, una sonrisa apagada, casi nublada por las lágrimas, y rebuscó en un cajón lleno de pañuelos y bufandas de seda, todas ellas de Cornelia James y la mayoría compradas por Fabián. ¿Por cuál de ellas decidirse? Trató de recordar, sacó varias y las dejó caer de nuevo en el cajón. Como una cascada de seda, pensó. Eligió una de ellas de color gris turquesa que se anudó cuidadosamente alrededor del cuello de modo que la firma de Cornelia James quedara claramente visible. ¿Estás contento, cariño? ¿Tengo buen aspecto?

Se bebió media taza de café y dejó el resto porque estaba demasiado caliente. Tomó su abrigo y se dirigió a la puerta a toda prisa. El timbre sonó casi en el mismo momento en que iba a abrir. Miró sorprendida a la mujer que llamaba y dio un paso atrás. Una rubia teñida, de abultados pechos, vestida de blanco y negro, elegante pero quizá con una nota dramática exagerada; parecía una figurante enviada por una agencia de actores para un pequeño papel en una película. Sus labios rosados eran demasiado delgados y pequeños para el tamaño de su rostro.

– ¿La señora Hightower?

Hablaba con una voz precisa, definida, como si hubiera estado tomando lecciones de declamación para ocultar su vulgar acento del East End londinense.

– Sí. ¿Qué desea?

Alex vaciló y se puso a la defensiva, mientras se preguntaba qué sería lo que querría venderle. Estaba demasiado maquillada y vestida para ser un Testigo de Jehová en busca de nuevos adeptos. Además, éstos suelen visitar en parejas.

– Soy Iris Tremayne. Sandy sugirió que viniera directamente, sin telefonear… Me dijo que se iba de casa muy temprano y que ésta era la mejor hora para encontrarla en casa.

La mujer miró a Alex directamente a los ojos y ésta se sintió un tanto desconcertada, incapaz de rehuir su mirada.

Durante un momento siguió preguntándose qué quería venderle, Avon o Tupperware, cosméticos sin duda. Sí, ése era su aspecto, salvo que no llevaba ningún maletín de muestras.

– La verdad es que se me ha hecho un poco tarde y tengo que irme a la oficina. -Alex habló con amabilidad, tratando de ser cortés.

– Claro, claro, si no le es conveniente, lo comprenderé plenamente, pero pensé que debía venir en seguida por si quería tener noticias de su hijo.

De pronto Alex se dio cuenta de quién era.

– No -respondió-, se lo agradezco mucho, pero no quiero saber nada de mi hijo.

– Siento mucho lo ocurrido.

– Muchas gracias.

– Sandy estaba muy preocupada por él.

– ¿De veras? -replicó Alex, que se dio cuenta de que su tono se estaba volviendo beligerante.

– Si quiere que celebremos una sesión, lo haré con mucho gusto. No le cobraré nada. Sandy es una buena amiga.

– Señora Tremayne -dijo Alex con frialdad-, mi hijo está muerto. Nada de lo que usted o cualquier otra persona puedan hacer cambiará esto; lo siento pero yo no creo en… -hizo una pausa- en el mundo de los espíritus… o como quiera que usted lo llame.

– Yo creo que su hijo quiere hablar con usted.

Había gran sinceridad en la expresión de la mujer, una sinceridad integrada en ella profundamente, muy por debajo de su maquillaje, por debajo de su peinado llamativo y su atuendo dramático. Sinceridad e ingenuidad. Pobre ilusa chiflada, quiso decir, pero no lo hizo.

– Muchas gracias -terminó la conversación-, pero ahora tengo que irme.

Alex saludó a la recepcionista con un movimiento de cabeza, evitó su mirada y subió a su oficina.

Julie alzó la vista de la máquina de escribir al verla pasar en dirección a su despacho y le sonrió amablemente.

– Buenos días. Tienes la correspondencia en la mesa por si quieres ocuparte de ella. ¿Deseas que cancele alguna de tus citas para esta mañana?

– No, Julie. Ya cancelamos bastantes la semana pasada. El espectáculo debe continuar.

Alex cerró la puerta y miró el gran montón de correspondencia acumulada sobre la mesa. Miró la agenda-calendario con soporte de madera que Julie nunca olvidaba de poner al día: 21 de abril. Los últimos días habían desaparecido de su vida como si hubiera habido un agujero en el tiempo.

Abrió uno de los grandes sobres y extrajo de él un original limpiamente mecanografiado y encuadernado. Su título era Vidas profetizadas. Mis poderes y los de otros. Abrió la cubierta y empezó a leer el primer capítulo. La primera página determinaba por lo general si ella seguía leyendo el original o se lo pasaba a Julie.

«Siempre solía ver una mano en la oscuridad que me hacía señas. Cuando veía la mano sabia que alguien iba a morir. La primera vez yo tenía siete años y al día siguiente mi hermana fue atropellada por un tractor. Fue entonces cuando me di cuenta, por vez primera, de mis poderes de clarividencia.»

Alex volvió a mirar la cubierta del manuscrito y llamó a Julie por el intercomunicador.

– ¿Te dice algo el nombre de un escritor llamado Stanley Hill?

– No.

– Me parece que ya hemos tenido algo de él con anterioridad.

– ¿Quieres que lo compruebe?

– No, ya lo haré yo.

Alex encendió la pantalla de su ordenador personal y vio claramente dos palabras en el centro, escritas con brillantes letras verdes: ¡AYÚDAME, MADRE!

Alex se quedó como si hubiera recibido una ducha de agua helada. Las palabras se desvanecieron y la pantalla volvió a oscurecerse. Su frío se volvió calor; la frente le ardía y sintió que el sudor le corría por la cara. Desconectó la unidad y volvió a encenderla. En la pantalla sólo apareció la palabra MENÚ y la lista de funciones del ordenador.

Todavía asustada pulsó algunas teclas y el menú desapareció y fue sustituido por las palabras ARCHIVO DE CLIENTES. Movió sus manos temblorosas sobre el teclado y trató de pulsar la letra clave adecuada, pero pulsó una tecla equivocada y el ordenador zumbó como furioso contra ella.

– ¿Te encuentras bien, Alex?

Vio a Julie dejar la taza de café sobre la mesa, como a cámara lenta, y tuvo conciencia del sonido de sus propias palabras cuando habló:

– Sí, me encuentro bien.

– Estás más blanca que el papel.

– Estoy demasiado cansada, no he dormido muy bien últimamente.

– Tal vez deberías tomar algún somnífero. Aunque sólo sea hasta que hayas superado lo peor…

Alex sonrió.

– Ya he pasado lo peor.

– Creo que has sido muy valiente.

Alex sintió que las lágrimas querían salir a sus ojos y los apretó con fuerza, pero la emoción se extendió profundamente en ella, como una ola, hasta que no pudo contenerla y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Sintió una mano que apretaba la suya y ella devolvió el apretón con mayor fuerza; abrió los ojos y vio frente a ella el bello rostro de Julie que la miraba cariñosamente: se dio cuenta de que Julie había cambiado de peinado y que no había hecho ningún comentario.

– Lo siento -dijo. Y después-: Me gusta tu pelo.

– Gracias.

– No debes preocuparte. No voy a derrumbarme sobre todos vosotros.

– Ya lo sabemos.

Julie le tendió un pañuelo de papel.

– Está bien, tengo uno. -Se limpió la nariz-. A la gente que llame diles que no me pregunten cómo estoy, que me encuentro bien.

Julie afirmó con la cabeza.

– Diles, también, que no mencionen a Fabián. Así todo será más fácil para mí.

– Sí, querida.

Alex miró con temor su procesador de textos. Vio mentalmente la inscripción de las dos palabras. Claras. Inconfundibles.

– No me acuerdo cómo trabaja este aparato. Quiero consultar si hay algo bajo el nombre de un autor, de este tipo.

Julie pulsó las teclas convenientes y un momento más tarde las palabras STANLEY HILL aparecieron en la pantalla.

«Nos presentó un original en 1982 llamado Star-Gazer to the Stars

– Un título modesto -comentó Alex-. ¿Por qué lo rechazamos?

Julie se aproximó a la pantalla.

– No tenía suficiente garra.

– Hay docenas de agentes, ¿por qué nos envía ahora su nuevo manuscrito?

– Debiste escribirle una carta muy amable, animándole a seguir adelante.

– Lo dudo -replicó Alex.

– ¿Quieres que lea el nuevo original?

– No. Devuélveselo. Dile que no estamos interesados en ese tipo de literatura.

– Pero se vende bien -opinó Julie-. Fíjate en Doris Stokes.

– No me importa. Aunque se venda por millones. No quiero tener nada que ver con este libro.

Vio a Julie tomar el original y salir de la habitación. Volvió a mirar la pantalla del ordenador. La apagó. Ayúdame, madre. Las palabras cruzaron su mente. Volvió a encender el ordenador y las dos palabras aparecieron de nuevo en la pantalla como si le devolvieran su mirada, firmemente, sin oscilaciones. ¡AYÚDAME, MADRE!

CAPÍTULO VII

– Pareces muy preocupada.

Alex apartó con la mano el humo de su cigarrillo.

– Y tú continúas desapareciendo.

Philip Main pasó el cigarrillo entre los pelos de su bigote color castaño, emitió un gruñido en voz baja, que parecía el ruido de un ciclomotor que pasara por una pista distante, y dejó escapar otra explosión de humo.

– ¿En el sentido cósmico?

– No. -Alex sonrió-. En el sentido físico.

– Eh…

De nuevo apartó el humo con la mano.

– ¡Tus cigarrillos! Cada vez fumas más.

– ¡Ah! -dijo con su voz profunda y suave, mientras se encogía de hombros disculpándose-. Uno de los pocos placeres que le quedan a uno. Aunque éste sea un inconveniente transitorio durante unos miles de años más, cinco o quizá seis como máximo… un período insignificante.

– ¿Antes?

– Antes de que hayamos evolucionado lo suficiente para que cada uno de nosotros pueda estar siempre solo, sin necesidad de encontrarnos con nadie; para poder comunicarnos con los demás sólo por medios telepáticos y filmes sin revelar; la emoción y el suspense del revelado de esas películas reemplazará los actuales contactos sociales, los placeres… -sostuvo el cigarrillo en alto con los dedos- y sus inconvenientes.

Sonriendo, Alex lo miró: su silueta alargada, los hombros caídos, su chaqueta deportiva muy usada y el rostro adusto y demacrado con el largo bigote que caía como un desafío. Estaba ya en sus cuarenta, pero seguía pareciendo más un estudiante revolucionario envejecido que un conocido científico con tres libros publicados, respetados aunque discutidos.

– ¿Cómo va tu nuevo libro?

Philip alzó la cabeza y se la quedó mirando como si Alex fuera un pez de color en una pecera.

– Prueba. Existe la prueba.

Alzó su vaso de vino, se lo bebió y lo bajó de nuevo. Su bigote quedó como un trapo mojado.

– ¿Qué prueba?

– Ya la verás. Te quedarás atónita, chica, atónita. -Su rostro cambió mientras hablaba, hasta ganar en animación.

– Estupendo -respondió Alex, que se sentía como perdida.

– La prueba irrefutable de que Darwin tenía razón.

– O sea que has podido recrear los orígenes del universo en un experimento de laboratorio repetible.

– Hay bastante de ironía en tus palabras. Pero hasta cierto punto, puedo decir que sí, claro que sí, Dios mío. Lo he conseguido. El ADN, chica, partiendo de dos moléculas de polvo.

– ¿Y de dónde venía ese polvo?

– Del aire, puro aire, chica -contestó triunfante.

Un camarero presentó el lenguado de Dover, que le había pedido Alex, en busca de su aprobación antes de ponerse a filetearlo.

De repente el tono de voz de Philip se hizo amable y cariñoso.

– ¿Estuvo tu marido a tu lado durante estas últimas semanas?

– ¿Qué quieres decir?

Alex se dio cuenta de que se ruborizaba y vio el leve movimiento del camarero, ocupado en trinchar el lenguado, que empezaba a interesarse por la conversación.

– ¿Te ayudó?

– Sí, fue un gran apoyo.

– Muy bien -dijo sin demasiado entusiasmo.

Alex enrojeció de nuevo y miró al camarero, que estaba teniendo problemas con el lenguado.

– ¿Te ha pedido que vuelvas con él?

– Yo, eh… -empezó a decir balbuceando. Miró su reloj digital y pulsó el botón de la fecha. 5.4, apareció en el dial. Lo observó con extrañeza. ¿Cuatro de mayo?

– ¿A qué día estamos?

Volvió a mirar de nuevo su reloj de pulsera.

– ¿Alex? ¡Alex…! -Oyó las palabras que resonaban como un eco en su cabeza y trató de descubrir de dónde venían; vio el rostro al otro lado de la mesa, la boca de Philip que se abría y se cerraba-. Alex, Alex… ¿te encuentras bien?

El rostro frente a ella se desenfocó y volvió a aparecer de nuevo.

– Sí -respondió por fin-, sí, estoy bien.

– Te has puesto muy blanca.

– Lo siento. -Volvió a bajar los ojos para mirar de nuevo su reloj y frunció el ceño-. ¿Qué hora es?

– Las dos menos veinte.

Su reloj marchaba perfectamente.

– ¿Sabes si hubo tormenta la noche pasada?

Main miró con aire de sorpresa al lenguado que el camarero puso delante de él, tras haberlo abierto y limpiado.

– Fue una dura pelea, ¿eh? -le dijo al camarero con voz fuerte y dura.

– ¿Una pelea, señor?

– Parece como si hubiera sido masacrado.

– Lo siento, señor. -El camarero vaciló y se retiró.

– ¿Una tormenta? -Reanudó la conversación con Alex.

– Sí, con aparato eléctrico.

– Es posible. Anoche había mucha humedad en el ambiente.

De pronto Alex se sintió liberada.

– ¿Y eso puede afectar a relojes electrónicos como éste?

Philip la miró extrañado.

– Posiblemente. Puede producir alteraciones en la corriente eléctrica.

Ella guardó silencio un momento, pensativa.

– ¿Podría afectar a instrumentos alimentados por batería solar?

Él afirmó con la cabeza, lentamente:

– Posiblemente. ¿Por qué?

– Oh, por nada.

Philip bajó los ojos y miró malévolamente al pescado, después volvió a beber un trago de vino y se secó el bigote con la servilleta.

– ¿Qué opinas de los médiums, Philip?

– ¿Médiums?

– Una amiga me aconsejó que visite a una.

El hombre tomó una cucharada de zanahorias de la fuente con la guarnición y pareció sentirse incómodo.

– Toma un poco de zanahorias -le recomendó-. Aquí las preparan muy bien.

Alex se sirvió.

– No me has contestado.

– Supongo que hay personas que encuentran ayuda en ellas.

– ¿Quiénes? ¿Gentes que no pueden aceptar la muerte de un ser querido?

Philip se encogió de hombros.

– ¿Eres cristiana?

– Creo que sí.

– Entonces crees en la vida eterna.

– Hace ya tiempo que no estoy segura de lo que creo.

– Un excelente ejemplo de la evolución, el lenguado de Dover. -Tomó un trozo de pescado con el tenedor y lo mantuvo levantado, en vertical-. Solía nadar de lado, en posición vertical. -Agachó el tenedor pero mantuvo la mano alzada-. No empezó a nadar tumbado, plano, hasta después de haber decidido irse a vivir al fondo del mar. Se dio cuenta de que así sería menos visible.

– Muy inteligente.

– Pero tenían un problema con los ojos. Tenían uno a cada lado de la cabeza, lo cual estaba muy bien cuando nadaban de lado, pero al nadar plano, resultaba que uno de sus ojos miraba al fondo del mar y el otro al cielo. Hasta que un día… ¡zas! Los dos ojos aparecieron arriba en el mismo lado de la cabeza.

– ¿Y eso qué tiene que ver con los médiums?

– ¿Es que no lo ves? La evolución nos dice cómo trabaja la naturaleza. Podemos probar que Dios no hizo al hombre. Pero ¿qué hay si le damos la vuelta a la cuestión y la vemos desde otro ángulo?

– Ésa es una discusión muy antigua.

– No, chica, es nueva. Muy nueva, recientísima.

– ¿La posibilidad de que sea el hombre quien inventó a Dios?

Mantuvo el trozo de pescado a la altura de su boca, examinándolo cuidadosamente.

– No, muchacha, no inventarlo. Hacerlo. ¡Hacerlo! Si todo el mundo animal ha evolucionado a partir de dos motas de polvo y un rayo eléctrico, ¿por qué no pudo ocurrir lo mismo con el mundo espiritual?

– Estás loco.

– Soy más inteligente que este lenguado.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque si fuera al revés sería él quien me estaría comiendo a mí.

Alex sonrió.

– Al menos me estás dando ánimos.

– Sí, claro, todos necesitamos, de vez en cuando, que alguien nos anime.

Alex comió un trozo de su lenguado.

– Es muy bueno, aun cuando se trate de un animal que sobrevive desde tiempos tan lejanos.

Philip dejó su tenedor sobre el plato y se ruborizó ligeramente.

– Yo… Me pregunto si me permitirás que te invite a cenar una noche. No en estos momentos, pero quizás algo más adelante.

Ella negó con la cabeza.

– No, Philip; me gusta que mis relaciones con mis clientes se mantengan en términos estrictamente profesionales.

Philip se secó el bigote con la servilleta y habló al mismo tiempo, de modo que sus palabras sonaron apagadas.

– Podríamos tener una cena… estrictamente profesional.

Ella siguió negando con insistencia.

– No, Philip, no estoy de humor para enfrentarme a nuevas relaciones.

– Sólo te estaba ofreciendo mi amistad, nada más.

– Está bien, gracias. Lo comprendo. Dejémoslo pues en una amistad de comidas al mediodía.

– ¿Estás libre para comer conmigo mañana al mediodía?

Ella se echó a reír.

– Mañana es sábado.

– El sábado también es un buen día para comer.

– Es que mañana voy a Cambridge, para buscar las cosas de Fabián.

– ¿La próxima semana?

– Tal vez.

La comida con Philip Main había elevado su espíritu y se sentía mucho más animada cuando regresó a casa. Pensó en las dos palabras que había visto en la pantalla de su ordenador. «La tensión nerviosa -pensó-. Tenía que ser eso.»

La casa estaba tranquila, en paz y olía profundamente a cera y a limpiamuebles. Estaba empezando a oscurecer. Ya regía el horario de verano, aunque el verano aún no se veía por ninguna parte.

De pie en el pasillo de entrada, se sintió de repente como en el vacío. Los últimos diez días habían pasado como entre niebla, en medio de una gran ofuscación y ahora había llegado el momento de volver a una normalidad que parecía prometedora. Deseó haber aceptado la invitación a cenar de Philip, o de su esposo. No quería estar sola aquella noche, enfrentada a sus pensamientos. Consultó los programas de televisión en el Standard y no encontró nada que le interesara. Tiró el periódico sobre un sofá y bajó la estrecha escalera hasta el pequeño laboratorio fotográfico.

Fotografía; ciertamente había algo intensamente personal en la fotografía que, además, era algo instantáneo; las fotografías podían contarnos una historia sin necesidad de leer el manuscrito. Tal vez Philip tenía razón. Le quedaba tanto que aprender. Echaba de menos sus últimas clases; el tiempo, siempre el tiempo, o mejor dicho la falta de tiempo. Cuando David le instaló su laboratorio fotográfico, le encantaba encerrarse en la cámara oscura, donde se encontraba en paz y segura, en medio del silencio y de los extraños olores de los productos químicos. Pero aquella noche no se sentía cómoda allí; el silencio era opresivo.

Los repulsivos contactos del filme de Philip Main todavía estaban allí en el secadero. Los cogió, confiando en que Mimsa no se hubiera dado cuenta de lo que había en ellos, y estaba a punto de romperlos cuando algo captó la atención de sus ojos, una marca muy pequeña en una de las pequeñas fotografías. Tomó la lupa, encendió la luz del proyector y contempló el contacto.

Vio con toda claridad el rostro de Fabián que la miraba desde el fondo de la esquina de la derecha. Y pudo ver que el rostro estaba en todas y en cada una de las treinta y dos pequeñas fotografías, exactamente en la misma posición.

Como si le quemara en las manos, tiró la lupa que cayó en la zona iluminada por el rayo del proyector y se rompió. Se levantó temblando, con la piel de gallina.

El rostro de Fabián había aparecido en cada una de las copias después de que ella las impresionara.

Le pareció que las paredes se cerraban como si fueran a aplastarla entre ellas. Se dio la vuelta; la puerta se había movido, estaba segura de ello. Tomó la manecilla y abrió. No había nada ni nadie.

– ¡Hola! -gritó-. ¿Hay alguien?

Miró al otro lado de la puerta, pero todo estaba tranquilo, quieto.

Se oyó un sonido violento, como un agudo rasgueo que pareció conmover hasta los cimientos de la casa. Dejó escapar un grito de terror y se apoyó contra el quicio de la puerta, encogida. El ruido cesó de repente transformándose en una serie de golpes metálicos. ¡El timbre de la puerta! Se sintió aliviada. «¡No te vayas, por favor, no te vayas!», suplicó a quienquiera que fuese el visitante. Salió corriendo del laboratorio y subió la escalera, ansiosa de abrir la puerta a su visitante antes de que se marchara, desesperada, ansiosa de compañía, de un contacto humano, cualquiera.

Abrió la puerta mientras trataba de recuperar el aliento y se encontró frente a un hombre joven con el rostro serio completamente afeitado y el cabello corto y rizado. Vestía un traje gris muy usado que parecía demasiado grande para él, y que posiblemente había recibido de alguien, pensó Alex, y un jersey de cuello alto. Miró sus zapatos, que necesitaban un buen cepillado. ¿Serían también de segunda mano?

El visitante habló lentamente con voz amable, articulando claramente sus palabras.

– ¿La señora Hightower?

Alex afirmó con la cabeza. Había algo familiar en aquel hombre, como un periódico viejo que ya se ha leído. No parecía un vendedor a domicilio y por un momento se preguntó si sería otro médium enviado por Sandy. En esos momentos no le hubiera importado, cualquiera sería bienvenido.

– Soy el cura de la parroquia, John Allsop… el encargado de esta zona. El párroco me ha hablado de su desgracia, así que pensé que debía venir a visitarla… si es que no tiene inconveniente. -Su ojo derecho parpadeó dos veces, intensamente.

– Pase, pase, por favor. -Cerró la puerta tras el sacerdote-. Lamento no haber utilizado los servicios del párroco en el funeral, pero fue oficiado por un sacerdote que es amigo de la infancia de mi marido. John Lambourbe… Tiene su parroquia en el sur, cerca de Hastings. Espero que el párroco no piense que lo dejamos de lado.

– No, claro que no. Es algo muy corriente.

Se dirigieron al salón.

– Me temo que últimamente hemos estado bastante alejados de la Iglesia.

– No debe preocuparse por ello -aseguró amablemente-, pero será bien venida, siempre que lo desee, a cualquiera de nuestras iglesias.

– Muchas gracias.

– ¿Cómo soporta la desgracia? Tiene el aspecto de estar sufriendo todavía una profunda impresión.

– Supongo que no sabe lo que es asistir al funeral de un hijo.

– Ya me hago cargo -dijo-. Perder un hijo es algo terrible. ¿Tiene otros… hijos?

Alex negó con la cabeza.

– Eso empeora aún más las cosas… si es posible. -Volvió a parpadear de nuevo-. Yo también he sufrido una pérdida reciente… Mi esposa. Hallé gran consuelo viendo sus fotografías.

Alex lo miró con los ojos muy abiertos pensó en el rostro que la había contemplado desde las fotografías de los genitales. ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo había llegado allí? ¿Era una especie de broma macabra?

– Lo siento -dijo.

– Muchas gracias. -El cura sonrió tristemente y movió la cabeza.

– ¿De qué fue…? -Alex vaciló buscando las palabras adecuadas.

– Cáncer -fue la respuesta.

Alex movió la cabeza sin saber qué decir.

– Terrible… -De nuevo vio mentalmente el rostro de Fabián que la miraba-. Terrible. -Se levantó de improviso y se preguntó por qué lo había hecho-. ¿Puedo… ofrecerle algo, una taza de café?

– Oh, no, gracias.

– ¿Le gusta el café, o prefiere té… o whisky o cualquier otra cosa?

– No, nada, de veras.

Pero Alex ya estaba en marcha hacia la cocina, desesperada por disponer de unos momentos de soledad para lograr dominarse y poner orden en sus ideas. Hizo café, abrió un paquete de galletas de chocolate y estaba a punto de regresar con todo ello a la sala de estar cuando vio una tarjeta de visita sobre la mesa de la cocina. «Iris Tremayne», leyó. Y una dirección en Earls Court. La tiró al cubo de la basura, pero se arrepintió, la recogió y la dejó sobre la mesa de la cocina. Tomó la bandeja y regresó a la sala de estar.

– Por favor, sírvase usted mismo leche y azúcar.

– Gracias.

Alex era consciente de que el cura la miraba con extrañeza.

«¿Tan mal aspecto tengo? -se preguntó-. ¿Tan asustada?»

– Sí. -Otra vez el guiño nervioso-. Las fotografías nos hacen recordar. Pueden ser algo muy terapéutico. El dolor desaparece con el tiempo, créame.

Sonrió y mordió una galleta, nervioso, como si temiera que la galleta pudiera devolverle el mordisco.

Alex vio que el sacerdote miraba el ramo de rosas rojas.

– Fabián me las regaló en mi cumpleaños. Siempre me regalaba rosas rojas. Le encantaban también a él.

– ¿Practica la jardinería?

– No tengo talento para ello. Mi marido es el jardinero.

– ¡Ah! Según tengo entendido están separados, ¿verdad?

– Sí. Mi esposo estaba en el negocio de la publicidad… pero siempre tuvo gran interés por el vino. Así que decidió dejarlo todo y comenzar con unos viñedos. Desgraciadamente, la vida en el campo no me va en absoluto.

– Es difícil la vida en el campo, a veces puede resultar demasiado tranquila.

– Sí.

– Creo que es usted agente literaria.

Alex afirmó.

– Yo estoy escribiendo un libro. Un libro pequeño.

Alex sintió una especie de desencanto, ¿era ésa la razón de su visita?

– ¿Tiene ya editor?

– ¡Oh, aún falta mucho para que esté terminado! Y no sé si será lo bastante bueno para ser publicado.

– Si quiere que le eche un vistazo…

– No, no. No quiero causarle el menor problema. Quizá cuando esté terminado. De todos modos muchas gracias.

– Sírvase un poco más de café.

– Tomaré otra galleta, si me lo permite. -Se adelantó y tomó una de la bandeja-. Quizá la ayudaría hablar con algunos de los amigos de su hijo. A veces sabemos tan poco de los seres próximos cuando están vivos; y el enterarnos de muchas cosas agradables sobre ellos, después de que nos dejaron, nos puede ser de gran consuelo.

– Gracias. Es un buen consejo, pero mi hijo era realmente un solitario. Que yo sepa sólo tenía dos amigos íntimos y uno de ellos murió con él en el accidente.

El visitante movió la cabeza.

– Algunas cosas son difíciles de entender, señora Hightower.

Alex afirmó:

– Sí.

– Pero usted me parece el tipo de persona capaz de hacerles frente.

– Sí -suspiró-. Puedo hacerlo -sonrió-, de algún modo.

El sacerdote le devolvió la sonrisa y movió su café.

– ¿Tiene usted… -hizo una pausa y se sonrojó- alguna idea sobre el espiritismo?

Vio cómo el enojo oscurecía el rostro del sacerdote.

– Yo no le aconsejaría que pensara en esas cosas, señora Hightower. ¿Lo ha hecho…? -vaciló.

– No, desde luego que no. Pero hay gente que me lo ha sugerido.

– En mis contactos con el espiritismo sólo he visto que causara daño y dolor, nunca el menor bien a nadie. -De pronto el sacerdote pareció incómodo como si quisiera marcharse.

– Yo no creo en absoluto en esas cosas.

– Muy sensato. Si algún amigo le sugiere que recurra al espiritismo es porque no es un buen amigo. La oración, el amor, los buenos recuerdos y el paso del tiempo traerán alivio; el tratar de convocar al difunto sólo puede traer desencanto y… -vaciló.

– ¿Y? -preguntó Alex.

– Existen muchas fuerzas diabólicas, señora Hightower. Hay mucha maldad en el mundo; y aquellos que tratan de penetrar en el mundo de lo oculto se exponen ellos mismos y exponen a los demás.

– No pienso meterme en ello.

– Bien -sonrió-. ¿Quiere que recemos una oración juntos?

– ¿Una oración? -Parpadeó y sintió que se ruborizaba-. Sí, gracias -añadió asustada.

El cura cerró los ojos y juntos rezaron el padrenuestro. El continuó con algunas oraciones más mientras ella permanecía sentada, inmóvil, con los ojos cerrados; le pareció extraño: los dos solos rezando allí, en el salón de su casa, pero cuando abrió los ojos de nuevo se sintió reconfortada.

– ¿Desea que vuelva a visitarla?

– Por favor. Hágalo siempre que pase.

El sacerdote se fue, casi como si de pronto le hubiera entrado prisa por marcharse. Alex pensó que algo había cambiado en él en el momento en que mencionó el espiritismo, como si le hubiera causado un malestar que no fue capaz de aliviar.

Alex cerró la puerta principal de la casa y se retiró por el recibidor. Aún estaba encendida la luz de la escalera que bajaba al laboratorio fotográfico y se preguntó si debía bajar y mirar las fotografías. No, decidió, no bajaría, a la mañana siguiente, a la luz del día, cuando estuviera más tranquila y sus nervios no pudieran gastarle una mala jugada. Alex suspiró; en algún momento tendría que meterse en la habitación de Fabián, hacer algo con sus ropas y pertenencias. Se preguntó, de improviso, si su hijo habría hecho testamento.

Subió la escalera hasta su dormitorio y encendió la luz. La habitación le pareció un oasis de paz, acogedora. Sus zapatillas estaban junto a la cama, abierta por Mimsa. «Pobre Mimsa», pensó con una sonrisa. La asistenta se había tomado la tragedia muy mal, con violentos ataques emocionales, el mejor sistema que conocía para librarse de su pesar; por un momento Alex envidió la simplicidad del temperamento latino de Mimsa. ¡Cómo deseaba, a veces, poder dar salida a sus emociones interiores!

Contempló el retrato sombrío que pendía de la pared y los ojos fríos de Fabián fijos en el suelo. Se estremeció: «No mires así, cariño», dijo. Cerró los ojos. «¡Oh, Dios mío, cuida de mi querido Fabián; protégelo dondequiera que esté!» Volvió a abrir sus ojos, que estaban húmedos de lágrimas. Se sentó en la cama y sollozó suavemente.

Después se levantó, miró la fotografía enmarcada de un automóvil deportivo Jaguar, y varios otros pósters estilizados de coches antiguos en competición. Miró los libros de su hijo. Filas y filas de obras de ciencia-ficción y astronomía. Miró el telescopio situado junto a la ventana. Un regalo de David a su hijo cuando cumplió los dieciséis años. Se dirigió hacia allí, quitó la tapa protectora y miró. Recordó a un Fabián paciente mostrándole las estrellas, la Osa Menor, el Carro, Urano, Júpiter, las conocía todas. ¡Qué grandes parecían! Se preguntó si Fabián podría estar allí, en cualquier lugar entre ellas.

Abrió un cajón y revolvió entre sus calcetines, colores brillantes, verdes, amarillos, rosa; siempre llevaba calcetines de colores brillantes. Algo captó su mirada en el fondo del cajón. Era una tarjeta postal en la que se veía un gran edificio de ladrillo rojo, con galerías comerciales y un café con mesas fuera. El Quincy Markets, Boston, Massachusetts. Había más tarjetas en el fondo del cajón, todas ellas con distintas escenas de Boston: el río, el Massachusetts Institute of Technology, la Universidad de Harvard, el puerto. «Escena de la histórica reunión para tomar el té, en Boston», leyó en una de las tarjetas. «¡Qué extraño!», pensó. Su hijo nunca había estado en Estados Unidos, nunca había demostrado especial interés por aquel país; ¿qué significaban aquellas postales en el fondo de un cajón, casi como si hubiera querido ocultarlas?

Aquella noche durmió con la luz encendida, como solía hacer cuando todavía era una niña. Era cuestión de tiempo, le había dicho el cura. El tiempo curaría sus heridas. Durmió durante un rato, se despertó y se quedó mirando el verde resplandor de la luz del despertador; siguió acostada con una especial sensación de temor, con la sensación de que su piel estaba atravesada por miles de agujas. Alzó la vista al techo, encima del cual estaba la habitación de Fabián.

Volvió a ver las dos palabras en la pantalla de su ordenador. El rostro de Fabián que la miraba desde la fotografía.

Apretó los ojos con fuerza, tratando de cerrarlos, dejando fuera todo y a todos.

CAPÍTULO VIII

Lloviznaba cuando Alex cruzó el río Cam con su automóvil, del mismo modo que llovía aquel otro día en que llevó a Fabián a Cambridge para comenzar sus estudios. Era extraño, pensó, cómo se pueden recordar los más nimios detalles: el coche atestado con las pertenencias de su hijo. Y su conversación:

– ¿Has pensado lo que vas a hacer una vez que hayas terminado tus estudios en Cambridge, querido?

Miró hacia adelante, reflexionando:

– No -le había contestado sencillamente, aunque quizá con excesiva rapidez.

Se dio cuenta de que el cura tenía razón: uno sabe muy poco sobre los propios hijos, por mucho que te mimen, que te regalen rosas y que pueda apreciarse su estado de ánimo. Recordó el día en que le había dicho a Fabián que ella y David iban a separarse.

– Hace ya muchos años que lo veía venir, madre -le había dicho Fabián, que se acercó a ella y la besó, aquel hijo suyo, flaco y tan extraño, entonces mucho más fuerte y sano que lo fuera de niño, con su asma crónica, sus terribles rabietas, su oscuro carácter ensimismado y las horas y horas que se pasaba a solas en su habitación con la puerta cerrada por dentro.

Alex caminó por el vestíbulo, oyendo el eco de sus propios pasos en la escalera de piedra, a lo largo del corredor, y por fin dio con la habitación número 35. Estaba nerviosa, se dio cuenta de repente, frente a aquella puerta a la que estaba a punto de llamar.

La puerta se abrió casi instantáneamente, hasta el punto de hacerla retroceder sobresaltada.

– ¡Hola, señora Hightower! -la saludó Otto.

¿Por qué Otto empleaba siempre aquel tono que causaba la impresión de que se estaba burlando?, se preguntó. Alex contempló su cara ancha, amenazadora, más satánica ahora con todos aquellos cortes y cardenales y sus ojos extraños, sonrientes, cada uno con su propia personalidad, dos objetos horribles, fríos y burlones. ¿Fue aquél realmente el mejor amigo de su hijo?

– ¡Hola, Otto! ¿Cómo estás? -preguntó amablemente.

– Estoy bien, señora Hightower. ¿Quiere una taza de café? -le ofreció.

Alex notó el leve matiz alemán que daba cierta dureza al acento de Eton de su inglés perfecto. No hubiera podido decir si Otto se esforzaba en disimularlo o, por el contrario, pretendía que se le notara su origen.

– Sí, gracias.

Puso un puñado de granos de café en el molinillo eléctrico, preparó la cafetera, las tazas, la leche y el azúcar como quien realiza un rito.

– Está muy bien, Otto. Yo pensaba que la mayor parte de los estudiantes sólo sabían preparar un café instantáneo -comentó Alex mientras sus ojos recorrían la habitación.

– Es posible que la mayoría lo haga así.

Había pocas claves que pudieran servir para determinar su personalidad en los viejos muebles propios de la habitación de un estudiante universitario, las paredes desnudas, las estanterías llenas de libros, la mayoría de ellos científicos. Había montones de periódicos y ropas sucias y desordenadas. Un par de botellas de champán, vacías, habían ido a parar a la papelera.

– ¿Cómo te sientes, Otto?

– ¿Sentirme?

– Emocionalmente.

Se encogió de hombros, se llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió.

– ¿Quiere usted uno?

Alex movió la cabeza.

– Espero que no te sientas culpable.

– ¿Culpable?

– Sí. Por haber… ya sabes… por ser el único superviviente.

– No, no me siento culpable.

Sonó el pitido de la cafetera.

– Me parece que me fumaré uno. -Otto le ofreció el paquete-. No me parece justo que dos jóvenes resulten muertos a causa de un loco -se echó hacia adelante para encender su cigarrillo con el mechero que le ofrecía Otto-, aunque sea un pobre loco desgraciado.

– Quizás estaba predestinado que ocurriera así, señora Hightower.

– ¿Predestinado? -Dio una chupada al cigarrillo-. ¿Que ellos murieran o que tú sobrevivieras?

Otto alzó las cejas.

– Dime -dijo ella e hizo una pausa porque casi se sentía enferma-. En el funeral, cuando te di las gracias por haber venido, me dijiste que Fabián te lo había pedido. ¿Qué querías decir?

Otto se apoyó en el quicio de la ventana y bajó su mirada al patio interior.

Alex lo miró y se dio cuenta de lo que Otto debía estar pasando y no dijo nada; tomó un sorbo de café y sacudió la ceniza de su cigarrillo en el cenicero.

– ¿Crees que Fabián era feliz aquí, en Cambridge, Otto?

– ¿Feliz? ¿Cómo se puede decir si alguien es feliz o no? -Se volvió y le dedicó una extraña sonrisa impúdica.

– Yo estaba convencida de que lo pasaba bien aquí; os quería mucho a ti y a Charles.

Otto se estremeció.

– Tengo la impresión de que también apreciaba mucho a Carrie. La llevó a casa un par de veces. Yo no creía que fuera la chica adecuada para él, pero sin embargo lo sentí mucho cuando se deshizo de ella. En cierto modo se avenían bien.

– ¿Deshacerse de ella? -Otto casi estalló: paseó de un lado a otro por la habitación y clavó su cigarrillo en un cenicero-. No fue él quien dejó a Carrie; fue ella quien se deshizo de él. Se marchó a Estados Unidos para encontrarse a sí misma.

Alex sonrió débilmente.

– Los hijos nunca les cuentan muchas cosas a sus padres, ¿no es verdad?

– Eso depende de los padres -replicó Otto.

El tono de su voz hizo que Alex se sintiera incómoda.

– Creo que Fabián y yo teníamos buena relación. -Alex se estremeció y miró por la tétrica ventana al grisáceo cielo; los muelles del sillón en el que se sentaba se le clavaban ligeramente en un costado y al moverse produjeron un gran ruido-. Él me dijo que la había dejado… Supongo que se sentía cortado y no quiso decirme la verdad. Quizá pensó que no era bueno para su ego reconocer que ella lo había plantado; si hubo algo que nunca le causó problemas fueron las chicas.

– ¿Por qué dice eso, señora Hightower?

– ¿Qué quieres decir?

– Siempre tuvo problemas con las chicas.

– ¿Qué tipo de problemas?

– Prefiero no decirlo -sonrió. Una sonrisa curiosa muy íntima. Miró a Otto a los ojos, intrigada, pero no pudo leer nada en ellos-. La llevaré a la habitación de Fabián.

– Es la puerta de al lado, ¿no?

Otto afirmó.

– Iré yo primero, si no te importa. Si hay algo que te guste conservar, libros o lo que sea, puedes quedarte con ello.

– Gracias.

No sentía nada en absoluto mientras se dirigía a la habitación de Fabián; podía haber sido la habitación de un completo extraño. El cuarto estaba frío y húmedo y olía a muebles usados. Se quedó mirando la delgada alfombra, que dejaba ver el suelo por sus múltiples agujeros, la sencilla estufa eléctrica de tubo y el tostador automático para bocadillos, ambas cosas regalos suyos. Miró la fila de cestas decantadoras sobre el aparador. En una de ellas había una botella todavía medio llena. Le quitó el corcho y olió su contenido. Un olor dulzón y rancio que le recordaba al regaliz. «Oporto», pensó. En un rincón, pegados a la pared, había unos anaqueles con botellas, con los cuellos polvorientos. Cerca del suelo había varios grupos de botellas de champán, los cuellos cuidadosamente envueltos en papel de oro, con franjas color naranja. Alex se agachó y leyó: Veuve Clicquot Ponsardin.

Sobre la mesa un montón de papeles sujetos por un bolígrafo. Alex los examinó: «¿Fueron malas Goneril y Regan o simplemente mujeres de negocios dotadas de sentido práctico? ¿Trató Shakespeare de decirnos algo a todos nosotros, adelantándose a su época en varios siglos? ¿Existía ya en la época isabelina la mujer de negocios capaz de ganar el premio de economía del año? Y si era así, ¿hubiera podido ganarlo realmente?» Alex sonrió. Recordó que Fabián había discutido el tema con ella hacía sólo unas pocas semanas; podía recordarlo con toda claridad; lo veía yendo de un lado a otro en la cocina, las manos en los bolsillos de sus téjanos y lanzándole preguntas como si fuesen proyectiles.

Miró a su alrededor en el cuarto de su hijo; parecía como si su dueño hubiera salido sólo por unos minutos y que fuese a volver en cualquier momento. Se subió a una silla y bajó el baúl que estaba encima del armario. Las cerraduras se abrieron con apagados golpes metálicos. Alzó la tapa y vio el forro de tela amarillenta, una percha de plástico rota y un único calcetín negro, eso era todo lo que había en su interior. Recordó el primer día, hacía ya catorce años, en que preparó aquel baúl para su hijo cuando éste se fue para ingresar como interno en el colegio privado. Pudo ver los trajes cuidadosamente doblados y planchados, los blazers de uniforme, las camisas y los jerseys grises, con las etiquetas con el nombre del colegio cuidadosamente cosidas. De pronto se dio cuenta de que estaba llorando. Y no quería hacerlo por si a Otto se le ocurría entrar de repente y la sorprendía en aquel estado.

Abrió el cajón superior de la mesa y vio su diario. Pasó unas cuantas hojas del mes de marzo, pero no encontró nada de interés, citas y las horas de las clases y conferencias; el comienzo de las vacaciones marcado con una gruesa línea y la palabra ESQUIAR escrita a continuación. Pasó algunas páginas hacia atrás hasta el 15 de enero: «8 de la tarde. Cena, Carrie.» El día anterior: «7.30. Cine, Carrie.» A partir de aquella fecha, 15 de enero, no había ninguna anotación que mencionara a Carrie. En algunos días del diario no había anotación alguna salvo unos grandes asteriscos. Pasó unas hojas más hasta el 7 de abril. Con letra clara su hijo había escrito: «CUMPLEAÑOS DE MAMÁ.»

Pasó unas cuantas páginas más hacia adelante y vio otros asteriscos, entre los cuales parecía haber unas dos semanas de intervalo. Advirtió otro asterisco en el día 4 de mayo y supo que esa fecha le decía algo. De repente se sintió como si una mano fuerte e invisible la hubiese alzado y dejado caer en un baño de agua fría; sintió el frío rozando su piel como papel de lija. 4 de mayo: ésa era, precisamente, la fecha que le había mostrado su reloj digital mientras comía con Philip Main.

– ¿Cómo va todo?

Se volvió. Otto estaba en el marco de la puerta, sonriendo con aquella sonrisa horrible de quien lo sabe todo, en medio de aquella máscara grotesca, herida y llena de cardenales, que escondía, estaba segura de ello, tantos secretos sobre su hijo.

– Bien, todo va bien. Queda un poco de oporto en esa botella que está en el decantador. Te lo puedes quedar si lo quieres.

– El oporto se estropea pronto -dijo con desdén-, ya debe de estar pasado.

– Hay muchos vinos ahí, también puedes quedarte con los que quieras.

Deseaba con todas sus fuerzas que Otto aceptara, que se quedara con algo, aunque no sabía bien por qué, quizá para obligarle a estarle agradecido o, simplemente, como una expiación.

Otto hizo un gesto de desinterés.

– No creo que Fabián tuviera buen gusto en lo que se refiere a los vinos.

– Su padre era… -comenzó indignada, pero se calló dándose cuenta de que estaba a punto de picar el anzuelo-. ¿Qué querías decir hace un momento al afirmar que Fabián siempre tenía problemas con las chicas?

Otto se dirigió a una de las estanterías y sacó un libro que empezó a hojear.

– Creo que usted no sabe gran cosa sobre su hijo, señora Hightower -le respondió con aire ausente.

– ¿Saben tus padres mucho de ti, Otto?

– Mi madre está en un sanatorio desde que yo tenía cuatro años. Mi padre… -se encogió de hombros- sí, a mi padre lo veo con bastante frecuencia.

– ¿Qué tipo de sanatorio?

– Un sanatorio.

– ¿Un sanatorio mental? -preguntó Alex cariñosamente.

Otto apartó la vista de ella.

– ¿Qué piensa hacer con todas estas cosas?

– No lo sé. Me las llevaré a casa y… -Se dio cuenta de que verdaderamente no sabía qué hacer con las pertenencias de su hijo.

Cerró el diario y miró el resto de los papeles. Intrigada vio un montón de tarjetas postales y una carta dirigidas a su hijo, en su dirección de Cambridge, escritas con letra femenina, que estaban sujetas por una cinta de goma. Las unió al diario y lo puso todo en el fondo del baúl. Se dio cuenta de que Otto la observaba, pero cada vez que volvía la mirada fingía pasar las hojas del libro, como si lo estudiara con gran interés. Tomó unos pantalones, los dobló y los metió en el baúl. Se sintió cortada, con la sensación de quien está cometiendo un saqueo.

– Me quedaré con este libro, si me lo permite -dijo Otto.

– Naturalmente. Toma todo lo que quieras… Todo esto no tiene utilidad… Quiero decir que lo daré a alguien… Puedes quedarte todo lo que desees.

– Sólo este libro -insistió encogiéndose de hombros.

– ¿Qué es?

Le mostró la portada. Era un delgado libro de bolsillo. La crítica de T. S. Eliot, por F. R. Leavis.

Alex sonrió.

– Creía que estudiabas química -comentó.

– Estudio muchas cosas.

Se marchó de la habitación sin añadir ni una sola palabra más.

Durante su viaje de regreso a Londres con el baúl en el asiento delantero, a su lado, la llovizna se convirtió en una lluvia espesa y continuada. Los limpiaparabrisas expulsaban el agua, «como manos furiosas», pensó.

La lluvia se convirtió en granizada; el granizo caía sobre la carrocería del coche y tamborileaba con ruido apagado sobre el techo afelpado en su interior. De pronto la granizada volvió a ser lluvia. Pensó en el extraño comportamiento de Otto. Siempre le había parecido un tipo raro, misterioso, pero ahora era algo más; aunque resultaba comprensible, suponía, después de todo lo que había pasado; había una extraña malevolencia en él, que parecía haberse intensificado, como si el hecho de que él, y sólo él, hubiera sobrevivido al accidente fuera una broma, un chiste macabro y extrañamente personal. Y su raro comentario sobre su hijo; quizás era cierto que fue Carrie la que lo dejó a él, pero de todos modos la observación de Otto sobre Fabián, de que éste siempre tenía problemas con las mujeres, le sorprendía. ¿Qué había querido decir? ¿Podía ser que Fabián fuese gay? ¿Era posible que Otto y Fabián hubieran sido amantes? Volvió a pensar en Carrie. Una chica tan insignificante como bonita, con su cabello rubio, lacado a lo punky, y su chillón acento del sur de Londres. Con qué sensación de temor y admiración recorrió la casa.

«Me parece estar en Buckingham Palace», había comentado con admiración. Alex sonrió al recordarlo, aunque le costó trabajo que la sonrisa aflorara a sus labios.

«La verdad es que me gustan las fregonas, mamá», le había dicho Fabián.

¡Dios mío!, su hijo podía ser terriblemente esnob en ocasiones y hacer algo que estaba fuera de lugar, como llevar a casa, en Navidad, una chica como aquélla, para divertirse con ella, como si se tratara de un juego. Alex trató de recordar la razón de la presencia de la chica en Cambridge… ¡Ah, sí…! Había estado escribiendo algo para una rara revista de extrema izquierda, algo relacionado con la ecología. Recordó que ella y su hijo habían pasado en coche por el barrio de Streatham y Fabián le había mostrado uno de esos enormes y feos edificios de pisos que construye el ayuntamiento para la clase obrera y le dijo que era allí donde vivía la madre de Carrie.

De repente oyó un ruido agudo, como un chirriar, en el parabrisas y sintió miedo; la pasó un automóvil por la calzada de adelantamiento y las sucias salpicaduras de sus ruedas casi la cegaron por un momento; se produjo un nuevo roce en el parabrisas y otro.

Se aclaró el agua que le había lanzado el coche al adelantarla y Alex se quedó mirando, paralizada de horror, la rosa roja que se había enganchado en el limpiaparabrisas y que producía aquel chirrido al moverse arrastrada de un lado para otro sobre el parabrisas.

CAPÍTULO IX

Se detuvo en el arcén, bajó del coche y se quedó expuesta a la lluvia y al viento que soplaba con fuerza. Un camión pasó atronador junto a ella, a sólo unos pocos centímetros, y el agua despedida por sus neumáticos la alcanzó de pleno y la hizo retroceder hasta pegarse al lado de su Mercedes. Se adelantó, metió la mano por la ventanilla y puso en marcha el limpiaparabrisas; la rosa siguió yendo de un lado a otro y el chirriar de su roce sobre el cristal se oyó claramente por encima del aullar del viento y el ruido del tráfico. Levantó el limpiaparabrisas y cogió la rosa. Se pinchó los dedos, dejó escapar una maldición y soltó el limpiaparabrisas, que siguió moviéndose furioso. Pasó otro camión y la empapó de nuevo, como si una ola rompiera sobre ella. De un salto entró en el coche, cerró la puerta con fuerza y encendió la luz interior.

La rosa era roja como la sangre que salía del arañazo que se había hecho en el dedo, que se llevó a los labios para chuparlo. Por la ventanilla miró afuera: la lluvia que seguía cayendo, las luces diabólicas de los coches que pasaban a su lado, y oyó el sonido de los motores y de los neumáticos sobre la calzada mojada, que se perdía a lo lejos en la oscuridad.

Bajó los ojos para mirar la rosa. ¿Quién la había dejado allí? ¿La habían arrojado desde un coche al adelantarla, o había caído, suelta, desde la parte de atrás de algún camión…? Pero nada de eso le parecía posible. No, no era más que una coincidencia, eso era todo, se dijo tratando de darse ánimos y sin conseguirlo más que a medias. Se quedó inmóvil, sentada detrás del volante, deseando bajar el cristal de la ventanilla y tirar la rosa fuera de allí, para que volviera al lugar de donde había venido; pero no pudo hacerlo y la dejó delante del volante, sobre el salpicadero. Asustada todavía puso el coche en marcha para alejarse de allí, lentamente.

Se llevó la rosa a su casa y se quedó de pie en el recibidor en penumbra. Dejó la puerta de la calle abierta tras de sí, sin querer cerrarla. No sabía por qué, pero no deseaba cortar su contacto con el mundo exterior.

De nuevo se chupó el dedo, que seguía doliéndole. Sintió la humedad del tallo de la rosa; algunos de sus pétalos se habían caído. Se dirigió a la sala de estar y dejó la rosa en el florero, entre las otras, las que Fabián le regalara el día de su cumpleaños. Permaneció erguida, fresca y vibrante, destacando entre las otras, que ya se habían marchitado y estaban muertas o moribundas; hubiera debido librarse de ellas pero no podía tirarlas; desde luego no en aquellos momentos.

Sonó un fuerte golpe cuando el viento arrastró la puerta y la hizo chocar contra la pared; después otro golpe y la puerta se cerró como si una mano furiosa diera un fuerte portazo.

El baúl tendría que quedarse en el coche hasta el lunes, cuando llegara Mimsa y la ayudara a sacarlo de allí. Pesaba demasiado para moverlo sola, pensó mientras se dirigía a la cocina para encender la calefacción, y se sorprendió al ver que ya lo estaba, que había estado encendida todo el día, según indicaba el interruptor automático graduable. Sin embargo hacía frío, podía ver el vapor de su aliento en el aire y se frotó las manos para entrar en calor.

Algo se movió en el piso de arriba, quizás el crujido de un mueble o de una de las maderas del parquet de la escalera. El frío penetraba en ella y la hacía temblar. Nerviosa, contrajo los pulgares de los pies y guardó silencio, escuchando. Hubo otro crujido y el sonido del agua en las cañerías; el calentador del agua produjo dos sonidos secos y se apagó automáticamente. Respiró aliviada. «¡Qué estúpida soy!», pensó. Sabía perfectamente que la casa hacía algunos ruidos extraños cuando la calefacción estaba encendida.

Llenó de agua la tetera eléctrica automática y la conectó, después se encaminó hacia la sala de estar, le dirigió una mirada nerviosa a la rosa y conectó el televisor. Se oyó la salva de aplausos de la audiencia presente en el estudio y la cámara pasó sobre una fila de rostros inexpresivos, asépticos; un programa concurso de segunda clase con celebridades, también de segunda división, que trataban de participar en el concurso, intentando con demasiada energía demostrar entusiasmo y alegría. Hubo un primer plano del presentador que le acercaba el micrófono a una chica atractiva de cabello castaño que se pasó la lengua por los labios. Alex se quedó mirando el programa unos breves momentos casi humillada. El guión de aquel programa era obra de uno de sus clientes; la crítica lo había calificado de banal, de mal gusto y degradante, ¡y con razón!, pero gracias a su comisión sobre los derechos de autor había pagado el alquiler de la casa durante los últimos cuatro años.

Hacía demasiado frío en la casa para poder tranquilizarse. Se puso de pie, pasó junto a las rosas, olió la nueva y la acarició levemente con el dedo.

Pensó en el baúl de Fabián sobre el asiento delantero del Mercedes, preguntándose por qué se había molestado en traerse las ropas de Fabián, y por un momento tuvo miedo de que alguien pudiera robarle el baúl. Se encogió de hombros. Quizás eso era lo mejor que podría ocurrirle.

Si David hubiera estado allí podría haberla ayudado a entrar en casa el baúl; le gustaría poderse tragar su orgullo y pedírselo. Se frotó las manos de nuevo, tuvo un escalofrío y de pronto se sintió triste, le hubiera gustado estar con Fabián, tenerlo entre sus brazos, acariciarlo; hubiera querido verlo entrar por la puerta y que fuera él mismo quien deshiciera su maleta.

Subió al dormitorio de su hijo: allí la temperatura aún parecía más baja. ¿Había cerrado Mimsa el radiador? Puso la mano sobre él y la retiró apresuradamente, sintiendo que el calor le quemaba la piel. Miró el telescopio de metal, los pósters de la pared, y después el retrato, casi esperando ver una reacción en él, un ligero movimiento, pero no hubo nada de ello, sólo la misma mirada fría y arrogante. Se arrodilló bajo el retrato y apoyó la cabeza entre las manos.

– Te quiero, cariño; espero que estés bien dondequiera que te encuentres; espero que seas feliz, más feliz de lo que lo eras aquí. Te echo de menos y me pregunto si tú también te acuerdas de mí. Cuídate, cariño, dondequiera que estés. ¡Por favor, Dios mío, cuida de Fabián!

Se deslizó fuera del dormitorio, cerró la puerta suavemente detrás de ella y apretó los ojos con fuerza:

– ¡Buenas noches, cariño! -dijo y abrió los ojos de nuevo.

Los tenía llenos de lágrimas. Se detuvo en la parte alta de la escalera, se sentó y sollozó.

Pensó en el rostro herido, lacerado, de Otto. Pensó en que debió de haber sido lanzado fuera del coche. Se preguntó qué debía haber ocurrido en el momento del impacto. ¿Cómo habría reaccionado Fabián? ¿Qué habría pensado? ¿Quién era el conductor del otro coche? ¿Cómo se le ocurrió hacer algo así? La pregunta pareció surgir en su mente como escrita en grandes letras verdes sobre una pantalla negra. ¿Cómo debía sentirse Otto al pensar en su supervivencia? ¿Por qué se mostraba tan horriblemente retorcido? Le había hecho sentirse mal con sus insinuaciones e indirectas, ¿qué era lo que sabía? ¿Conocía algún secreto sobre Fabián? ¿Era todo aquello un truco, una extraña broma enfermiza? ¿Era posible que Otto, con Fabián, hubieran cruzado aquella puerta, riendo y saltando, dejándola a ella abajo, para meterse en el dormitorio de Fabián, y cerrar la puerta por dentro…? ¿Para hacer qué? ¿Mirar las estrellas con el telescopio? ¿Meterse en la cama para hacer el amor?

Oyó una carcajada en el piso de abajo y después aplausos y una voz que decía algo que no podía entender; se sintió tranquila, triste y poseída por el abrumador deseo de ser amable. Pensó en David, solo en su hacienda, con el perro y las ovejas, cansado, preocupado en su soledad.

Alex se dirigió a su habitación y desde allí marcó el número del teléfono de su marido.

– ¿David? -le preguntó cuando éste descolgó el auricular.

– ¿Cómo estás? -Parecía contento de que lo llamara; ella sabía, tristemente, que él siempre se alegraba cuando lo llamaba, y quizá le hubiera gustado que de vez en cuando le respondiera furioso o disgustado por algo, para de ese modo sentirse parcialmente liberada de su sentido de culpabilidad por lo que le había hecho.

– Sólo quería saludarte.

– ¿Qué has hecho hoy?

– Estuve en Cambridge, dejando libre el cuarto de Fabián.

– Gracias por hacerlo. Supongo que habrá sido muy desagradable.

– Todo fue bien, pero ahora tengo un pequeño problema.

– ¿Qué problema?

– Sola no puedo sacar su baúl del coche.

– ¿Quieres que vaya a ayudarte?

– No seas ridículo…

– No, si no me importa… ahora salgo para ahí… -su voz se hizo más sosegada, como si quisiera someterla a prueba- ¿es que tienes una cita con alguien?

– No, claro que no.

– Bien, ahora voy; te llevaré a cenar.

– No quiero obligarte a hacer todo ese camino.

– Estaré ahí en una hora… hora y media como máximo. Siempre será mejor que quedarme aquí hablando con las ovejas.

Alex colgó el auricular, furiosa consigo misma, con su debilidad; por darle esperanzas a David, permitiendo que siguiera cortejándola. Estaba intrigada por el vapor que se escapaba de su respiración y lo miró una vez más, pensando que tal vez estaba fumando y era humo. Contempló con detenimiento aquella nube tan espesa y pesada que casi podía ver en ella los cristales de hielo condensándose; de nuevo sintió frío, un frío terrible, casi insoportable. Tuvo la sensación de que algo había entrado en su habitación, algo desagradable, malévolo; algo muy furioso y enfadado.

Se levantó, salió al pasillo y desde allí se dirigió a la cocina, pero aquella presencia extraña seguía con ella. Sus manos temblaban de frío, con tal intensidad que se le cayó al suelo la bolsita de té. De nuevo oyó un crujido en el piso de arriba, pero esta vez fue diferente, no como el cric anterior del interruptor automático del calentador de agua. Salió de la cocina a grandes zancadas firmes y seguras, cruzó el pasillo, abrió la puerta delantera de la casa y salió fuera a la claridad anaranjada de las farolas de la calle.

Había cesado de llover; el viento seguía soplando con fuerza, pero era cálido y la envolvió como un edredón. Descendió calle abajo, lentamente, sintiendo el viento sobre sus hombros.

Oyó el sonido de un claxon y el ruido de un motor; se sintió envuelta en un olor a cerdos, un olor poco corriente en medio de la Fulham Road. Giró la cabeza y vio el Land Rover de David, sucio de estiércol. Su marido había asomado la cabeza por la ventanilla abierta.

– ¡Alex!

Ella respondió agitando la mano sorprendida.

– ¡Has venido muy pronto! No creí que llegaras hasta después de las ocho.

– Son las ocho y media.

– ¿Las ocho y media? -Frunció el ceño y miró su reloj de pulsera.

No, no era posible. Estaba segura de que sólo llevaba fuera unos minutos. Se estremeció. ¿Qué le había ocurrido?

– ¿Qué haces fuera sin abrigo?

– Salí a tomar un poco el aire.

– Sube.

– Ahí tienes un sitio para aparcar: más vale que lo cojas. No encontrarás nada más cerca.

Él asintió, recordando:

– ¡Ah, sí, sábado por la noche! Lo había olvidado.

Puso la marcha atrás y aparcó el coche en el espacio libre. Salió del vehículo de un salto.

– ¿No vas a cerrarlo? -preguntó Alex.

– Ya perdí la costumbre de cerrar los coches. No todo es Londres.

La besó en la mejilla y regresaron a casa, calle abajo.

¿Cuánto tiempo estuvo paseando por la calle? Estaba segura de que no podía haber pasado hora y media. ¿De veras fue así?

– Pareces helada -dijo David.

– Hacía demasiado calor en la casa… -mintió-. La calefacción debía de estar excesivamente alta. Vamos a coger el baúl. Aparqué ahí mismo.

Regresaron a la casa llevando el baúl entre los dos, agobiados por el peso. Se oyó el golpe del baúl al chocar contra la pared.

– ¡Cuidado! -dijo Alex irritada.

– Lo siento.

Dejaron el baúl en el suelo y David cerró la puerta delantera; Alex vio un trozo de barro seco sobre la alfombra.

– ¡Por amor de Dios, David, estás metiendo tu basura en la casa! -gritó Alex, repentinamente lívida.

David enrojeció avergonzado como si estuviera en la casa de una persona extraña y se agachó para quitarse las botas camperas.

– Hay mucho barro allá abajo en estos días.

Inmediatamente Alex lamentó su explosión de furia y con una sensación de culpabilidad observó cómo su marido se quitaba las botas a la pata coja. Contempló su jersey de cuello alto muy viejo, la desgastada chaqueta deportiva con sus parches en los codos y sus pantalones de pana marrones. Su barba tenía mechones blancos y su rostro estaba curtido por la vida al aire libre. Recordó, al verlo allí con sus calcetines de lana gris con agujeros que dejaban salir sus grandes pulgares, que no hacía mucho tiempo fue un hombre tan cuidadoso de su apariencia, que siempre vestía trajes claros cortados a la medida, calcetines de seda y zapatos de Gucci; que conducía un Ferrari, que fue cliente asiduo de Tramps a últimas horas de la madrugada, y saludaba a Johnny Gold( [1]) y a todos los camareros por su nombre de pila.

– Tienes razón, hace mucho calor en la casa. Un calor increíble.

Se inclinó para besarla, dio un traspiés y estuvo a punto de caerse.

– ¡Vaya!

La pincharon pelos duros del bigote, olió su aliento empapado de alcohol, sintió cómo intentaba forzar su lengua entre sus labios y retrocedió.

– ¡David! -le reprochó Alex.

– Sólo quiero besar a mi esposa.

– ¿Tienes que emborracharte antes de venir a verme?

David se balanceó incómodo.

– Si te para la policía y te hace soplar lo hubieras pasado mal. ¿Quieres un café?

– Prefiero un whisky.

– Creo que ya tienes bastante.

¿Por qué le había pedido que viniera?, pensó con un sentimiento de culpabilidad: sólo deseaba verse libre de él; no lo necesitaba, no necesitaba a nadie. Todo había sido un error por su parte, trucos de su imaginación, ¿o no? De un modo u otro tenía que estar segura de ello. Al menos resultaba reconfortante tener allí a otro ser humano; y se sentía segura.

Le hizo un café y se lo llevó a la sala de estar. Le arrancó de las manos el vaso de whisky.

– Bébete esto. Te quiero sobrio. Tengo que hablar contigo.

– Puedo quedarme aquí esta noche.

– No, no puedes.

– Ésta es mi casa.

– David, hemos llegado a un acuerdo.

El se quedó mirando el café y arrugó la nariz. «¡Dios mío! -pensó-, David tiene todo el aspecto de uno de esos granjeros bucólicos que aparecen en los libros ilustrados. ¿Cómo es posible que alguien pueda cambiar tanto en tan poco tiempo? Sólo en un par de años.» ¿O se había iniciado ya ese cambio mucho antes sin que ella lo advirtiera? Ahora era como un extraño allí, incómodo y fuera de lugar; tuvo que hacer un duro esfuerzo de concentración para recordar que fue él quien decoró aquella casa, de acuerdo con sus gustos, con sus muebles y sus colores preferidos. Y, al mismo tiempo, se sentía mucho más segura teniéndolo a él allí, a su lado; como bajo la protección de un gigantesco oso cariñoso. Se dejó caer en el brazo del sillón en el que se sentaba su marido, tratando de aclarar la confusión que dominaba sus pensamientos, las violentas oscilaciones de sus emociones y oyendo cómo sorbía ruidosamente para saborear el café. Giró el vaso de whisky entre sus dedos y después, con sentimiento de culpabilidad, volvió a dejarlo a su lado, sobre la mesa.

– Te puede sonar extraño, David, pero tengo la sensación de que Fabián aún sigue por aquí.

David alzó la vista y frunció el ceño.

– ¿Todavía por aquí?

– Sí.

– ¿Quieres decir que no crees que esté muerto?

Alex tomó un cigarrillo y le ofreció el paquete. Él movió la cabeza y sacó del bolsillo una lata de tabaco.

– Yo estuve en el depósito de cadáveres. Me pasé seis malditos días en Francia con el cuerpo de mi hijo… de nuestro hijo.

– Pero no lo viste.

– Gracias a Dios, no tuve que hacerlo; de todos modos no me lo permitieron. Me dijeron que estaba en muy mal estado…

Alex se estremeció.

– Ya sé que está muerto, David. Pero no sé… es como si sintiera su presencia en la casa, a mi alrededor.

– Siempre lo recordarás… los dos lo haremos, es algo natural.

– ¿No crees que hay algo extraño en ese sueño en el que tú lo viste, en el que los dos lo vimos, en la misma mañana en que murió?

Abrió la lata de tabaco y sacó un papel de fumar; Alex miró sus manos mugrientas, sus dedos manchados de amarillo por la nicotina y sus uñas sucias.

– Fue una coincidencia. Quizás un fenómeno de telepatía; mi madre tuvo una experiencia parecida durante la guerra, el día en que murió mi padre. Jura que lo vio caído sobre un seto al final del camino de casa. Consultó con algunos médiums, celebró reuniones de espiritismo en casa y asegura que habló con él regularmente.

– ¿Qué le dijo?

– Nada importante; afirmaba que todo era muy azul en el más allá. Ése es el problema, el muerto nunca parecía tener nada interesante de que hablar. -Pasó la lengua por el borde del papel y acabó de liar el cigarrillo.

De pronto la puerta se abrió varios centímetros; Alex dio un salto y el corazón le latió apresuradamente… La puerta se movió un poco más; sintió como un viento helado en la nuca y se giró.

Las cortinas se agitaban.

– ¿Has abierto la ventana?

– Sí -le respondió David.

Una sensación de alivio la envolvió, como un baño caliente.

– Estás muy nerviosa -le dijo David-. Deberías tomarte unas vacaciones… irte a alguna parte.

– No dispongo de tiempo en estos momentos; estoy pendiente de resolver dos contratos de importancia.

– Vente al «Castillo Hightower»… tendrás una habitación para ti sola y podrás hacer lo que quieras. Aquello es muy tranquilo. Puedes resolver tus asuntos por teléfono.

– Todo irá bien.

– Si quieres ir a verme puedes hacerlo cuando quieras. No tienes más que bajar. Siempre serás bien recibida.

– Gracias. -Sonrió-. Quizá lo haga. -Vaciló, se agachó y rozó el vaso de whisky-. Ven, quiero enseñarte algo.

Lo precedió hasta el laboratorio fotográfico y tomó la hoja con los contactos que estaba sobre la mesa; los miró con incredulidad; las fotos se habían difuminado por completo en una especie de neblina de tonos blancos y grises. Después tomó los negativos y los colocó bajo la luz del proyector. No había nada en ellos, nada en absoluto. Era como si nunca hubieran sido expuestos.

– No debiste fijarlos bien después del revelado -dijo David.

– No seas ridículo. ¡Claro que lo hice!

– Quizás utilizaste una solución demasiado vieja… se había debilitado. Son cosas que ocurren a veces con el revelado. ¿Qué había en la película?

– Esa es la cuestión; eran unas fotos que me fueron enviadas por uno de mis clientes… un rollo entero. Es un tipo excéntrico. Eran las fotos de los genitales de un animal.

Vio la mirada divertida de David y se ruborizó.

– Sabe mi interés por la fotografía. Bien, el caso es que revelé el carrete, hice una hoja de contactos y las fotos estaban bien; las puse a secar y cuando regresé para comprobarlas, el rostro de Fabián estaba en cada una de las fotografías… Había aparecido en ellas, sin más ni más.

David la miró y se encogió de hombros.

– Doble exposición.

Ella negó con la cabeza.

– No, de ningún modo.

– Ese cliente tuyo, ¿conocía a Fabián?

– No. No tenía motivo alguno para fotografiar a Fabián. Además la imagen de Fabián no estaba en los negativos, sino en los contactos.

– Quieres decir que no la viste en los negativos.

– No. Lo que digo es que no estaba en los negativos.

– ¿Estás segura de que no es todo pura imaginación?

Alex negó con la cabeza.

– Alex, ya sabes que estabas muy nerviosa y llena de ansiedad en aquellos momentos…

– Eso no tiene nada que ver -le replicó furiosa-. Dios mío, ¿qué es lo que quieres? ¿Convencerme de que estoy loca?

– Tal vez deberías ir a ver a un médico.

– David, estoy perfectamente bien. Estoy resistiéndolo todo; se trata simplemente de que está pasando algo muy extraño. Tengo la sensación de que Fabián está rondando por aquí, y es por eso que su cara apareció en las fotografías.

– Y fue él quien después veló las fotografías…

– Quizá. -Se encogió de hombros.

– ¿Y qué más?

– Cosas raras. -Movió la cabeza-. Probablemente nada. Sólo que me pregunto… si no debería ir a ver a un médium. Si me decido a hacerlo, ¿vendrías conmigo?

David sacudió la cabeza.

– Olvídalo, cariño, no harías más que empeorar las cosas para ti. Si vieras un médium y lograras entrar en contacto con Fabián, ¿qué ibas a decirle?

Miró a su marido y después apartó la vista, con el rostro enrojecido. «Ya sé lo que le preguntaría», pensó.

– ¿Y qué esperas que él iba a decirte?

Alex se encogió de hombros.

– Siempre fui bastante escéptica sobre ese tipo de cosas, David, sólo que ahora… -Hizo una pausa-. Tal vez tienes razón y necesito unas vacaciones. Ayúdame a subir el baúl al piso de arriba.

– Y después te llevaré a cenar. Iremos a algún sitio bonito, ¿de acuerdo?

Alex lo miró y afirmó con un gesto.

– Jesús, qué frío hace aquí! -dijo cuando entró con el baúl en el cuarto de Fabián-. ¿Dónde quieres que lo deje?

– En el suelo.

– Deja que lo ponga sobre la cama. Será más fácil si quieres sacar algo. Deberías encender la calefacción aquí. Acabarás cogiendo frío.

– Está encendida. Debe de ser que este piso… -Pero David había alzado el baúl sobre la cama y lo dejó caer en ella provocando el crujir de sus muelles.

Alex no terminó su frase y observó cómo David inspeccionaba el cuarto, perdido, como el visitante que trata de orientarse en un museo.

– Ahí está su telescopio; me acuerdo de cuando se lo regalé.

– Le gustaba mucho.

David miró el retrato y Alex se dio cuenta de la expresión de desagrado de su rostro. Después apartó la mirada.

– Aún tiene ese póster de Brooklands… Ahora vale un puñado de libras.

Alex miró el antiguo coche de carreras que corría por la pista. David se acercó al grabado.

– Recuerdo que fui yo quien se lo colgó… No debía de tener más de siete u ocho años. Organicé un verdadero lío, pues no parecía capaz de ponerlo a la altura adecuada. Tuve que clavar el clavo una docena de veces. -Separó el cuadro de la pared-. Mira, ahí están todos los agujeros que tuve que hacer. -Señaló el yeso de la pared y varios agujeritos distribuidos al azar.

– Es curioso las cosas que a veces se recuerdan -comentó Alex mientras observaba cómo su marido volvía a poner el cuadro en su sitio. ¿Para quién?

Salió al pasillo, sintiendo de repente la urgente necesidad de dejar el dormitorio y deseando que David también saliera de aquella habitación; su presencia allí, moviendo cosas, yendo de un lado para otro, la enojaba. ¡Déjalo descansar!, le hubiera gustado decirle. ¡Déjalo descansar estúpido!

David salió del cuarto con la cabeza baja y sus mejillas exangües y de inmediato Alex se sintió furiosa consigo misma por tener tales pensamientos, furiosa de ver hasta qué punto la cegaba su propia pena. Su hijo había significado mucho para ambos, tras las interminables visitas a los especialistas, su embarazo ectópico que tuvo que ser terminado y, finalmente, la postrera esperanza. ¡Y su secreto!

Bajaron la escalera lentamente y se detuvieron en el rellano. Alex sintió el brazo de David en torno a su talle, apretándola, y se apoyó contra él. De repente hacía frío de nuevo y sintió el deseo de bajar para cerrar las ventanas. Se sentó envuelta por la pena y el dolor -la fría habitación desierta, el baúl, que Fabián nunca desharía- sobre la cama. Sintió el calor del cuerpo de su esposo, su fuerte presencia física, su cuerpo robusto, la presión de su mano grande y poderosa. Se anidó en la suavidad de su barba y lo besó en la mejilla. Notó la reacción de su esposo, la rigidez de su rostro y sus labios húmedos sobre su propia mejilla y cómo su marido la empujaba lentamente, paso a paso, hacia la puerta del dormitorio conyugal. Se dio cuenta de que sus besos se hacían cada vez más apasionados y descendían por su garganta.

– No, David.

Él la besó en la barbilla y después puso sus labios sobre los de ella. Alex apartó su rostro con firmeza.

– No, David -repitió.

– Así -dijo él-. Debemos hacerlo.

Era la voz de Fabián; Alex abrió los ojos y vio el rostro de Fabián, de su hijo.

– No -insistió ella empujándolo para alejarlo-. ¡No, vete de aquí!

– Él volvió a aproximarse-. ¡Márchate, vete! -gritó-, ¡Vete!

Fabián la miraba y el choque emocional la dejó helada por un momento. El rostro volvió a ser el de David, después fue Fabián de nuevo, hasta que Alex se sintió incapaz de decir quién era.

– ¡Márchate, déjame!

– ¡Alex, cariño, cálmate!

Ella le dio una patada directamente entre las piernas y vio el gesto de dolor en el rostro de su marido; después le golpeó el pecho con los puños. Se dio cuenta de que sus manos la atenazaban.

– ¡Cálmate! -le oyó decir-. ¡Alex, tranquilízate!

– Estoy tranquila -le respondió, gritando-. Por el amor de Dios, estoy completamente tranquila. Pero vete, por favor, vete.

– Lo siento, querida, no era mi intención…

Ella se lo quedó mirando con los ojos muy abiertos, llena de un odio total e inexplicable hacia él.

– ¡Vete! -le gritó con una voz que le costó trabajo reconocer como suya-. ¡Vete, vete, no puedo soportarte aquí! -Vio la sorpresa en su rostro y sus manos cruzadas sobre las piernas-. ¡Vete, por favor, vete!

– ¿Y qué hay de la cena? -preguntó, indignado.

– Quiero estar sola. No podría explicártelo, pero necesito quedarme sola. Lo siento, fue una equivocación pedirte que vinieras. -Se le quedó mirando como si temiera que en cualquier momento volviera a convertirse en Fabián-, En estos momentos no estoy para nada, para nada en absoluto. Tengo que volver a ser yo misma.

Alex le siguió mientras bajaba la escalera.

– ¿Te encuentras bien? ¿Puedes conducir de vuelta a casa?

David la miró y se encogió de hombros.

– Conduje hasta aquí, ¿no?

– Lo siento -repitió ella-. Lo siento.

– ¿Quieres que te llame cuando llegue a casa?

– ¿Llamarme? -dijo Alex débilmente-. Sí, si quieres…

Cerró la puerta, se dirigió al salón y se dejó caer en una silla. Fuera, a cierta distancia, oyó arrancar el motor del Land Rover y después el ruido del cambio de marcha.

En esos momentos se dio cuenta de lo ilógico de su actitud.

– ¡David! -Corrió a la puerta de entrada-. ¡David, espera, David! -Manipuló el cerrojo, abrió la puerta y descendió la escalera hasta la acera. Las luces traseras del coche se iban alejando al final de la calle. Corrió tras ellas-. ¡David! ¡Espera, cariño! Para, por favor, párate. No sabía lo que decía, no quise ofenderte. ¡Para, por favor, para!

Vio que el coche se acercaba al semáforo en luz intermitente y siguió corriendo calle abajo. Después el coche giró en el cruce y se perdió de vista.

– ¡David!

Corrió por la Fulham Road. El coche se había detenido en un semáforo. «¡Por favor, que no cambie, que no cambie!», suplicó. Pero se encendió el verde y el coche se alejó.

Se apoyó en una farola, casi sin fuerzas, y sollozó.

– David, cariño, lo siento. Lo siento mucho.

Lentamente, dio la vuelta y regresó a su casa. La puerta principal aún seguía abierta. Entró, la cerró tras ella y se dirigió de nuevo al salón, llorando y totalmente agotada. Se dejó caer en el sofá y se quedó adormecida.

No estaba segura de qué la había despertado, si fue el aire helado que de nuevo llenaba la habitación o el olor a comida, el tentador olor a fritura.

Pese al frío, se sentía mejor, más tranquila. ¿Había venido David, realmente, se preguntó, o había sido sólo parte de un sueño terrible? Olió el intenso olor a frito y recordó la pasión de Fabián por los huevos fritos: hubo una época, cuando todavía era niño, que tenía sus caprichos y se negaba durante varios días a comer cualquier otra cosa que no fuera huevos fritos.

Era un olor poco usual para un sábado por la noche en Fulham, en el corazón de un barrio lleno de buenos restaurantes. Miró su reloj. Las diez; el olor se iba haciendo cada vez más penetrante y se dio cuenta de que tenía hambre; no había comido nada desde el desayuno, una manzana y una sola tostada. Se preguntó cuál de sus vecinos sería el causante del olor a huevos fritos y se dirigió a la ventana.

Con sorpresa vio que estaba cerrada. Se quedó de pie junto a ella, preguntándose cómo era posible que aquel olor fuera tan intenso en el interior de la casa, y en esos momentos oyó un crujido y el hervir del aceite, tan cerca que le pareció provenir de su propia cocina.

Salió al recibidor y vio que la luz de la cocina estaba encendida. El ruido provenía de allí.

Recorrió los veinte pasos a toda prisa y se quedó mirando la encimera de la cocina, que estaba vacía. El olor a huevos fritos era agobiante. Abrió la ventana y sacó la cabeza, pero no había nada salvo los familiares olores nocturnos de la vecindad, de los cubos de basura, la hierba mojada, el humo del diesel y un ligero aroma de curry. Alex cerró la ventana.

El olor estaba allí, en su cocina.

Vio de nuevo el hálito de vapor de su respiración, percibió el olor incluso con mayor intensidad y sintió que el terror se apoderaba de ella. Salió de la cocina, cerró la puerta, regresó a la sala de estar y cogió el listín telefónico.

Mankletow. Manly. Main. Su dedo temblaba incontroladamente. Había diecisiete P. Main en el listín. Sabía la calle en la que él vivía, Chalcot Road, pero no había en ella nadie con ese nombre. Llamó a información, consciente de la tensión que se reflejaba en su voz, más aguda que de costumbre. La operadora respondió con amabilidad, pero no pudo ayudarla.

– Lo siento, señora -le dijo-, pero no está en el listín. Su número no puede ser dado al público.

– ¿Puede usted telefonearle y decirle que me llame?

– No puedo hacerlo. Lo siento. Ni siquiera yo tengo su número. Es totalmente reservado.

Alex volvió al recibidor, miró asustada la puerta de la cocina y sintió el aire helado. Tomó el abrigo de la percha, cogió las llaves que estaban sobre la mesita, salió a la calle y cerró la puerta tras ella.

CAPÍTULO X

Un grupo de hombres de negocios adelantó a Alex. «Deben de haber venido a la ciudad para un congreso», dedujo de las cartulinas que algunos de ellos se habían olvidado de quitarse de las solapas.

– Mira, Jimmy, está para comérsela -dijo una voz con acento escocés.

Entró en el edificio de su oficina y cerró la puerta. Hubo un coro de risas en la calle, posiblemente a costa suya, pensó.

En el interior de la oficina todo estaba tranquilo, con una calma poco natural; la habitación estaba a oscuras y los rayos de luz blanca y dura procedente del salón de masajes que estaba al otro lado de la calle se reflejaban en las paredes y el mobiliario, produciendo un extraño efecto de claroscuro.

Fijó la mirada en la intensa oscuridad de la escalera, apretó el botón de la luz, de modo instantáneo la oscuridad desapareció y se encontró en su propio ambiente familiar, con los suaves grises de las paredes y las alfombras, las pantallas de las lámparas y los pasamanos de color carmesí, y las multicolores sobrecubiertas polvorientas de los libros que adornaban las paredes.

Dejó atrás la centralita telefónica de la recepción, ahora oscura y silenciosa, y subió las escaleras. Vio una sombra en el piso de arriba y tuvo un momento de indecisión antes de seguir subiendo. Tuvo la impresión de que la sombra se movía. Vaciló, pero sabía que debía llegar hasta el descansillo para poder pulsar el próximo interruptor de la luz. Observó la sombra: cuando ella se movía, la sombra se movía; si se detenía, la sombra hacía lo mismo.

«¡Estúpida!», pensó, al darse cuenta de que se trataba de su propia sombra.

Siguió andando en la oscuridad, encontró el interruptor, lo apretó con un dedo nervioso y dio un salto cuando la luz se encendió. Siguió subiendo por el próximo tramo hasta alcanzar el siguiente rellano. La oficina de Julie estaba abierta y la habitación en total oscuridad. Alex miró nerviosa, alargó la mano, encendió la luz y de nuevo se sintió aliviada por la normalidad. Se irritó momentáneamente al ver que se había dejado sin cubrir la negra Olivetti. Julie siempre se olvidaba de taparla. ¿Por qué lo hacía? La funda de plástico gris estaba arrugada detrás de las bandejas de la correspondencia llenas de papeles. Alex estiró la funda cuidadosamente y tapó la máquina de escribir. Sus ojos se fijaron en el original que había sobre la mesa: Vidas predichas. Mi poder y el de otros, con una señal de lectura hacia la mitad. Le había dicho a Julie que devolviera aquel original, pensó enojada, mientras tomaba el libro y se lo llevaba consigo a su despacho.

Hablaría de ello con Julie el lunes.

Abajo, en la calle, unos tipos con unas copas de más se agrupaban junto a la puerta del salón de masajes, tratando de mirar por las ventanas cerradas. Alex cerró las persianas de su propia ventana y se alejó de ella temblando de frío. Pulsó el botón de la calefacción y de un cajón sacó su agenda de direcciones. Marcó el número y esperó a sabiendas de que siempre tardaba un rato en responder y con alivio sintió el clic del teléfono al ser descolgado. Estaba a punto de hablar cuando se dio cuenta de que el timbre seguía sonando.

Alguien, en su propio edificio, había descolgado el teléfono en otra extensión.

Se quedó de pie, helada por un momento, paralizada por el terror.

«¿Quién -pensó-, quién?» ¿La mujer de la limpieza? No, imposible. ¿Uno de sus socios? Tampoco. Se quedó escuchando con atención, tratando de captar algún sonido, una respiración, una tos; el teléfono seguía sonando. Seguía sintiendo la presencia, la persona que esperaba, que escuchaba. ¿Quién? ¿Quién? ¿Quién? Ahora estaba temblando, oía el propio golpear del latido de su corazón, más fuerte que el timbre que sonaba al otro lado del hilo. Sintió dolor debajo de la oreja al golpearse descuidadamente con el auricular telefónico. El teléfono continuaba sonando sin que nadie lo descolgara. Asustada, se volvió y miró al pasillo a través de la puerta abierta. El timbre del teléfono parecía resonar por toda su oficina. Algo se movió al otro lado del corredor, ¿o se lo había imaginado? «Cierra la puerta -se dijo a sí misma-. ¡Cierra la puerta!» Pudo ver la llave, puesta por la parte de fuera.

Cuidadosa y suavemente Alex dejó el auricular sobre la carpeta de su mesa y se dirigió de puntillas hacia la puerta. El teléfono continuó llamando. Alex trató de sacar la llave en silencio, pero temblaba demasiado y no pudo evitar que chirriara, golpeara y acabara por caer al suelo, donde rebotó sobre el rodapié con un ruido como de dos trenes que chocaran.

– ¡Oh, no! -exclamó en voz alta-. ¡No, no!

Se puso de rodillas y con las manos tanteó la alfombra tratando de dar con ella. Cuando la encontró, la tomó con fuerza entre los dedos, se dio la vuelta y, asustada, volvió a fijar la mirada en el pasillo que llevaba a la escalera, sin dejar de oír el timbre del teléfono, y después entró de nuevo en su oficina, dio un portazo y se apoyó contra la puerta. Trató de poner la llave en la cerradura, pero se le cayó de nuevo.

– ¡Oh, no! -exclamó de nuevo.

Tomó la llave, logró por fin introducirla en la cerradura y trató de girarla. Pero la llave no se movió.

La giró de nuevo, con tanta fuerza que vio que la llave empezaba a doblarse.

– Que se cierre, por favor, que se cierre -suplicó.

La introdujo un poco más y de pronto la llave giró con toda facilidad, sin necesidad de hacer fuerza. Durante un momento Alex se quedó con la cabeza apoyada en la puerta mientras sentía que una sensación de alivio recorría su cuerpo y el corazón le latía con tanta fuerza que era como un puño que golpeara su pecho. Estaba sudando y respirando con ansiedad.

– Diga, diga. -La voz sonaba como si una radio permaneciera encendida-. ¡Diga…!

Cogió el auricular como si fuera el primer alimento que caía en sus manos después de una semana de ayuno.

– Diga.

Oyó la expiración de humo de tabaco que le era tan familiar.

– ¿Alex? -preguntó Philip Main: su voz, casi como un murmullo, tenía un tono de incredulidad.

De nuevo tuvo aquella extraña sensación de una presencia misteriosa y no quiso hablar, para evitar ceder ante el terror.

– Sí. -De pronto oyó su voz, que respondía como en un suspiro, suavemente.

– ¿Alex?

– ¡Ayúdame! -dijo con mayor fuerza y de pronto volvió a sentirse vulnerable; la puerta era fuerte, pero no lo bastante para detener a alguien decidido a atacarla.

– ¿Eres tú, Alex?

– Sí. -El sonido, extraño y agudo, pareció salir de lo más profundo de su interior y casi no pudo reconocer su propia voz.

– ¿Te encuentras bien? -Su tono era amable y preocupado.

Alex no quería decirlo, no quería que la otra persona que los estaba escuchando supiera que estaba asustada. «Normal. Haz que tu voz suene normal, por lo que más quieras habla con normalidad.»

– Quiero ver a una médium. ¿Conoces a alguna? -Se dio cuenta de que su voz había cambiado de nuevo hasta convertirse en la de un autómata monótono y sin matices, que le sonó como la voz de un completo desconocido.

– ¿Estás segura de ello?

«¡Oh, Dios, no empieces ahora a preguntar cosas! ¡Por amor de Dios, no lo hagas! ¡Ahora no!»

– ¿Alex?

– Sí, estoy segura -respondió el autómata.

– Me pareces un poco rara.

– Estoy bien -replicó el autómata.

– No sé nada de médiums. Creo que es algo que debes pensar con detenimiento.

– Por favor, Philip, tengo que hacerlo.

– No sé. Creo que deberíamos hablar de ello.

– Por favor, Philip, ¿conoces a alguna?

Alex escuchó excitada por el silencio.

– No, no personalmente. ¡Dios mío, no! -Hizo una pausa-. Me dijiste que una amiga te lo había sugerido. ¿No conoce a nadie?

– Ya me mandó una. Era horrible.

De nuevo el silencio.

– Tienes que conocer a alguien, Philip.

– Puedes buscar en las páginas amarillas

– Por favor, Philip, pórtate con seriedad.

Hubo otro silencio; Alex escuchó con toda atención tratando de oír cualquier cosa, lo que fuera. Se volvió a mirar la puerta. Le pareció que el pomo de la cerradura se movía, giraba.

Dejó escapar un grito, un grito mortal, agudo, penetrante, que cesó de modo tan repentino como había comenzado. El pomo no se movía en absoluto, nada. Lo que se movía eran las persianas agitadas por el aire del radiador, enviando sombras a través de la puerta.

– ¿Alex? ¿Qué pasa?

– Hay alguien rondando por aquí, en este edificio, escuchando esta conversación telefónica. Por favor, llama a la policía, creo que voy a ser atacada.

Colgó el teléfono y vio cómo se apagaba la luz del panel. Luces. Respiraba a grandes bocanadas intermitentes. Luz: allí había sólo una luz encendida. Si hubiera alguna otra persona escuchando, tendría que haber otra luz encendida en la centralita, ¿no era así? Primero miró la puerta después la ventana, las persianas que se agitaban. De pronto algo que había sobre la mesa captó su mirada: el calendario. Lo observó y de pronto sintió que la invadía la sensación de que un chorro de agua helada caía sobre ella y llenaba cada uno de los vasos sanguíneos de su cuerpo.

La fecha en el calendario era martes 4 de mayo.

– ¡Oh, Dios -dijo-, no dejes que me vuelva loca! Por favor, no dejes que me vuelva loca.

Miró de nuevo las letras, las cifras y después comprobó la fecha en su Rolex: 22 de abril. Miró a su alrededor por la habitación, esperando ver algo, un fantasma, un espectro, un… Vaciló al pensar en el olor de huevos fritos, la rosa en el parabrisas de su automóvil. Asustada, miró a su derecha, a la pantalla de su ordenador que estaba cubierta por su funda; deseaba quitar la funda, mirar la pantalla apagada. Y entonces, de repente se sintió furiosa, tuvo ganas de levantarse, abrir la puerta de par en par y gritar: «¡Estoy aquí! Tómame. Haz de mí lo que quieras.» Pero en vez de eso se vio sacando el listín telefónico de las páginas amarillas.

Hojeó varias páginas del listín. Médiums. No había nada bajo esa denominación. ¿Dónde mirar? ¿Psiques? Pasó unas páginas más. Tampoco encontró nada. Probó en clarividentes. Por fin halló algo: «Véase quirománticos y clarividentes.»

La lista era corta. Había un nombre que parecía indio que se repetía dos veces y otro nombre más. Vaciló. Ninguno de aquellos nombres le pareció bien. Se fijó en el original de Stanley Hill, Vidas predichas. Mi poder y el de otros. De mala gana lo abrió y pasó unas hojas. De pronto el original le pareció agradable, confortante. Se sintió en un terreno familiar.

Pronto se dio cuenta de que las palabras se hacían confusas; no podía leerlas. Vio que sus manos temblaban incontrolables y volvió a dejar el manuscrito sobre la mesa.

Un nombre captó la atención de sus ojos: Morgan Ford. Lo vio de nuevo unas cuantas páginas más adelante y otra vez, como si atrajera su mirada como un imán. «Morgan Ford, un modesto médium que actúa bajo trance, niega que frecuentemente haya preparado sesiones para miembros de la realeza en su piso de Cornwall Gardens.»

«Modesto.» Le gustó esa palabra. Tomó el listín telefónico de la estantería que había detrás de su mesa.

Tomó el teléfono y oyó un sonido seco, después el zumbido de la línea. Esperó que volviera a sonar de nuevo el clic de la extensión, observando el panel para ver si se encendía alguna luz, pero no pasó nada. Su línea estaba libre de escuchas. Marcó el número y esperó.

El tono de la voz del hombre la sorprendió. Por alguna razón había esperado que fuese una voz amable, cálida, acogedora, pero en vez de ello oyó una voz fría, irritada, con un acento galés que aún la hacía más extraña. Había creído que el hombre le diría: «Sí, Alex, había estado esperando tu llamada. Sabía que me ibas a llamar, los espíritus me lo habían dicho.» Pero en vez de ello el hombre dijo:

– Aquí Morgan Ford, ¿quién habla?

«No le digas tu nombre. Piensa un nombre falso.»

– Espero que no le moleste que le llame a estas horas -dijo Alex nerviosa, insegura de cómo debía reaccionar, escuchando atentamente en espera de oír el sonido del teléfono de la extensión extraña-, pero se trata de algo extremadamente urgente.

– ¿Quién es usted, por favor?

– Necesito ayuda, necesito ver a un médium. Lo siento. ¿Es usted médium?

– Sí -le respondió como si estuviera loca.

– ¿Es posible que vaya a visitarle?

– ¿Le gustaría celebrar una sesión de espiritismo?

– Sí.

– He cancelado una el lunes, a las diez de la mañana. ¿Le va bien?

– ¿No hay ninguna posibilidad para mañana?

– ¿Mañana? -Su voz sonaba indignada-. Me temo que es imposible. El lunes… si no es así me temo que no podrá ser hasta mayo. Veamos. Podría ser el cuatro de mayo.

El 4 de mayo. Volvió a mirar de nuevo el calendario que marcaba esa fecha. ¿Qué significaba aquello?

– No, no, el lunes. -Fue consciente del sonido de un coche que se acercaba rápidamente y se detenía fuera.

Oyó el ruido de un portazo, el ladrido de un perro.

– ¿Puede darme su nombre, por favor?

– Es… -vaciló. ¿Qué nombre, qué nombre debía dar?-. Shoona Johnson -dijo rápidamente.

Creyó apreciar un tono de cinismo en su voz cuando repitió el nombre, como si en cierto modo quisiera decirle que mentía y se sintió molesta y turbada.

– ¿Podría darme su número de teléfono?

– Estoy de visita… -vaciló.

«No le des un teléfono en el que pueda localizarte y averiguar tu nombre -se dijo a sí misma-, no le des ninguna indicación.» Miró a su alrededor buscando inspiración. Leyó las palabras «South East Business System» en la base de su ordenador y le dio al médium el número telefónico que figuraba bajo el nombre de la empresa.

– ¡Nos veremos el lunes! -se despidió.

– ¡Adiós!

No le gustó el tono con que le había hablado el médium, como si su llamada hubiese sido una molestia para él, como si le tuviera sin cuidado el que lo llamara o no. Eran las diez y cuarto de un sábado por la noche, se recordó a sí misma. Tampoco ella se hubiera sentido muy complacida si alguien la hubiera llamado a esas horas para preguntarle si había leído ya su original. Oyó un ruido sordo. ¡Oh, Dios mío!, alguien estaba tratando de abrir la puerta.

Se dio la vuelta, pero no había nada. De nuevo oyó el ruido, distante, abajo. Y de nuevo ladró el perro. Se dirigió a la ventana y miró a la calle. Vio un coche aparcando a medias sobre la acera; después a Philip Main que miraba a la ventana lleno de ansiedad.

¿Tan pronto? ¿Cómo podía haber llegado tan pronto? Manipuló el cierre de la ventana, la abrió y miró abajo. No, no, podía estar allí todavía, tan pronto, demasiado pronto.

– Alex, ¿te encuentras bien?

Espacios de tiempo estaban desapareciendo. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

– Alex, ¿quieres que tire la puerta abajo?

– No -respondió débilmente-. Te daré las llaves.

Se las tiró a la calle, vio cómo golpeaban la fachada en su caída y oyó el débil ruido que producían al chocar contra el pavimento.

Suspirando aliviada cruzó su despacho. Oyó un gruñido al otro lado de la puerta. La abrió y se encontró con un pequeño bullterrier negro que la miraba con aire beligerante, mostrándole los dientes y con un hilo de baba cayéndole de sus negras encías. El perro dejó escapar un gruñido ronco y agresivo.

Oyó el ruido de pasos en la escalera y Main apareció en el descansillo, jadeando y despeinado.

– ¡Black! -le gritó al perro-. ¡Quieto!

El animal tenía los ojos fijos en Alex, dispuesto a entrar en acción.

– ¡Black!

El perro se retiró de mala gana.

Main puso sus manos sobre los hombros de Alex.

– ¿Te encuentras bien?

– Sí, sí, estoy bien.

– Creí oportuno venir personalmente. ¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?

Alex lo miró fijamente y las lágrimas inundaron sus ojos.

– No lo sé, Philip, ¡no sé qué está pasando!

– ¡Oh, señor! -Buscó en sus bolsillos y sacó un pañuelo-. Estás en mal estado, Alex.

– Es el teléfono. Oí a alguien en la línea.

– ¿Aquí?

Ella afirmó con la cabeza y tomó el pañuelo.

– Lo siento, está asqueroso.

Alex estrujó el pañuelo entre sus manos y después se secó los ojos con él. Main la condujo al sofá y ambos se sentaron. Buscó el paquete de cigarrillos y lo sacó del bolsillo. Alex observó al perro que recorría la habitación sin mostrar gran interés. Después trotó fuera de la habitación.

– Alguien descolgó un teléfono en alguna extensión para oír mi conversación.

– No hay nadie aquí ahora. He mirado al llegar. Todas las ventanas están cerradas y todo está a oscuras, por lo que he podido ver. ¿Estás segura de lo que me dices?

Ella afirmó con la cabeza.

– ¿No pudo ser un cruce de línea en algún lugar, fuera de aquí?

Alex lo miró con atención.

– La sentí muy próxima…

– ¿Qué?

– A la persona, quienquiera que fuese.

Main le ofreció un cigarrillo.

– ¿Qué estás haciendo aquí a estas horas de un sábado por la noche?

– Necesitaba tu número de teléfono… No lo tenía en casa. Siento… haberte molestado.

– No más que un inspector de hacienda a un mendigo. Tal vez has privado a la humanidad del mejor de los poemas de todos los tiempos. Cuando llamaste iba a ponerme a escribirlo -sonrió.

– Lo siento, lo siento; no sé qué está ocurriendo.

– Te llevaré a casa.

– No. -Alex sacudió la cabeza-. No quiero ir a casa.

– No vas a quedarte aquí. No voy a permitírtelo. Creo que necesitas descanso. -Contuvo su risa-. Puedes venir conmigo y quedarte en mi casa. -Captó la expresión de sus ojos y añadió-: En el cuarto de invitados. ¿De acuerdo?

Alex sonrió, afirmó con la cabeza y cerró los ojos a causa del humo del cigarrillo. Se levantó, cogió el original de Stanley Hill y lo volvió a dejar en la oficina de su secretaria, en el mismo lugar donde lo había encontrado.

– No sabía que los científicos escribieran poemas -dijo al regresar a su oficina-, ¿Me dejarás leerlos alguna vez?

– Ya veremos -respondió con aire misterioso.

Alex se sintió mejor después del whisky, echada encogida en la espesa alfombra frente a la chimenea en la que ardían unos troncos de leña. Las paredes de la habitación estaban cubiertas de libros, libros queridos, desgastados por el uso, que llenaban las estanterías que iban desde el suelo hasta el techo estucado. Por todas partes predominaba la madera y el cuero, paneles de finas maderas y muebles sólidos de madera, antiguos pero sencillos y bien restaurados. Sillones y sillas de cuero grueso y un gran sofá, igualmente tapizado de cuero.

– No lo entiendo. ¿Por qué estás tan en contra de ello?

– Me parece una solemne tontería. Nos morimos y nos vamos, eso es todo. -Juntó las manos de repente, con violencia, como si fuera a tocar palmas.

El ruido hizo que Alex diera un brinco, sobresaltada, y el perro corrió hacia su dueño, ladrando furiosamente.

– ¿Cómo puedes decir algo así?

– Lo sé, está probado. ¡Baja chico, baja! -se dirigió al perro-. ¡Dios mío! Eres una mujer inteligente, no puedes seguir creyendo en Dios. Darwin lo ha probado: el juego terminó para san José.

Lanzó una gran bocanada de humo y las facciones marcadas y adustas de su rostro se suavizaron por un momento tras la nube de humo que lo rodeaba; tenía una expresión diabólica, demoníaca, pensó Alex. Y por un instante sintió un débil estremecimiento de duda hacia él.

– Si fuéramos parte espíritu, parte materia, tendríamos libre albedrío, muchacha. Pero no es así: todos nosotros somos prisioneros de nuestros genes: todo está determinado, decidido por el ADN, un programa computado en nuestros genes gracias a nuestros padres y madres: el color de nuestros ojos, el tamaño de nuestra nariz.

Alex sonrió, relajada de nuevo.

– Incluso la manera de pensar.

– Tenemos libre albedrío, Philip.

– Tonterías. Tú y yo no somos más libres que un perro, que Black, por ejemplo. -Main señaló a su perro con un dedo-. Black mata gatos; si ve a un gato cuando no va sujeto, lo matará; eso es algo que está en sus genes, no puede evitarlo y nadie puede detenerlo.

– ¿Qué quieres decir?

– Ya viste qué obediente fue en tu oficina. Le dije que se estuviera quieto y lo hizo. Me obedecerá en todo, excepto con los gatos; si ve a un gato no parará hasta degollarlo.

– Es consecuencia de un mal entrenamiento.

– No, no hay nada que hacer. Ni el mejor entrenador podría conseguirlo. Es algo que está en sus genes y no puede ser eliminado.

– Quieres decir que los espíritus también pueden tener genes.

– Nosotros, los seres humanos, hemos creado y desarrollado a Dios en nuestras mentes; es nuestro mecanismo de supervivencia que cuenta ya con miles de años, desde los primeros días en que el hombre trató de explicarse por qué estaba en este mundo. Tú conoces a espiritistas y médiums que son bien intransigentes o, por el contrario, muy suaves y adaptables. Los intransigentes creen que son auténticos y que tienen razón; los adaptables son unos picaros y sinvergüenzas. Suelen ser buenos en telepatía; hacen resurgir al tío Harry en nuestros bancos de memoria, nos dicen cosas que ya sabemos y añaden algunas más por si aciertan por casualidad. El que los consulta acaba por creer en sus poderes y les pregunta: «¿Cómo está el tío Harry?» Y su respuesta es: «Muy bien.» Y uno se marcha y empieza a pensar y surgen las dudas. Mira, se piensa, la semana pasada enterré al tío Harry. Está en su tumba, o sus cenizas están en una urna, y ahora estamos hablando con él, a través del médium, y queremos seguir hablando con él cada vez más y más, hasta que nos damos cuenta de que eso no es posible, porque a tío Harry no se le ocurre nada que decir.

Dio una profunda chupada a su cigarrillo y sonrió:

– El tío Harry era un viejo aburrido cuando vivía y de repente uno espera que se convierta en un tipo interesante sólo porque está muerto. -Se detuvo al ver las lágrimas en los ojos de ella-. Lo siento, chica, pero consultando a un médium sólo conseguirás hacerte más daño. -Le acarició la cabeza-. Tu hijo era un muchacho estupendo; pero tienes que aceptar que ha muerto.

Alex lo miró durante largo rato.

– Yo puedo aceptarlo, Philip. Pero no estoy segura de que él pueda.

CAPÍTULO XI

La brillante mañana del domingo londinense se desplegaba a través del parabrisas lleno de vaho del Volvo de Philip Main; era como si se estuviera viendo la televisión a través de una ventana con cristales cubiertos por la escarcha, pensó Alex. En domingo, Londres siempre tenía un aspecto diferente, desaparecía la sensación de prisa de los días de la semana. En domingo la gente tenía tiempo, tiempo para pasear, tiempo para pensar. Londres era un lugar grato y agradable en domingo.

Alex se sentía descansada, tras haber dormido bien por vez primera. Se dio cuenta de ello, desde que recibiera la noticia de la muerte de Fabián.

Bajó la vista y pudo ver el cenicero del automóvil abierto y lleno a rebosar de colillas y el montón de papeles, documentos, revistas y casetes que cubrían el suelo del coche alrededor de sus pies.

– Muchas gracias -le dijo- por la noche pasada. Me ha sentado muy bien.

– Supimos arreglarnos -respondió él amablemente.

– ¿Arreglarnos? ¿En qué?

– Arreglarnos.

– A veces, hablas en jeroglífico.

– Arreglarnos para seguir siendo nosotros mismos.

Alex sonrió y lo miró, con el cigarrillo sobresaliendo bajo su bigote, con la cabeza ligeramente agachada hacia adelante, como si fuera demasiado alto para el coche.

– Tienes un ego muy pronunciado, ¿verdad?

– No… sólo que a veces… -Se calló de repente.

– A veces, ¿qué?

– A veces… -Las palabras parecieron evaporarse.

Se echó hacia adelante, puso una casete y, un segundo después, Elkie Brooks cantaba con voz clara y fuerte y la música pareció envolverla. Philip dejó escapar un gruñido y bajó el volumen.

– Así que el vicario te dijo que trataras de saber algo más de Fabián.

– El cura, sí.

– ¿Y qué has descubierto hasta ahora?

– Que no fue él quien se libró de su amiga, Carrie… sino que ella rompió con él.

– ¿Y eso qué significa para ti? ¿Que Fabián tenía su orgullo?

Alex se rió.

– Me siento tan estúpida… por lo sucedido la noche pasada ¿sabes?

– La mente nos juega malas pasadas cuando se está cansado.

– ¿Has oído hablar de un médium llamado Morgan Ford?

Negó con la cabeza y aspiró profundamente el humo de su cigarrillo.

– ¿Cómo se puede distinguir al falso del auténtico?

– No hay auténticos.

Alex se lo quedó mirando.

– Vosotros los científicos resultáis unos malditos presuntuosos, sois irritantes.

Tocó con fuerza el claxon tras un pequeño coche de alquiler con sus cuatro plazas ocupadas, que marchaba lentamente frente a la fachada de Liberty.

– No, lo que pasa es que decimos verdades que la gente no quiere oír.

– Eso es igualmente presuntuoso.

Alex se quedó sorprendida a medias al ver que su Mercedes seguía donde lo había dejado, no se lo había llevado la grúa, no había sido multado, ni saqueado por los gamberros. Se adelantó y le dio un beso a Philip.

– ¿Estarás bien ahora?

– Sí.

– Creo que te llevaré a cenar esta noche para asegurarme de ello.

Ella negó con la cabeza.

– No me gustará volver por la noche a una casa vacía. Es mejor que vengas a casa y yo prepararé algo de cena.

– ¿A eso de las ocho?

Alex se alejó en su automóvil. Se sentía bien, relajada; pero sabía que su pena habría de volver. Todo estaba acumulado en su cabeza, en espera de salir con la violencia de un alud. El peor momento sería por la tarde, cuando la luz del sol empezara a difuminarse; la depresión llegaría del mismo modo que lo había hecho siempre a última hora de las tardes del sábado, toda su vida, desde que era una niña.

Condujo hacia el sur, cruzando el puente de Vauxhall, y descendió hacia Streetham, disgustada con la tarea que la esperaba de tratar de encontrar a Carrie y conseguir de ella algún tipo de información. Ni siquiera tenía la dirección de la joven. Todo lo que recordaba era que había pasado frente a una tienda de antigüedades, con una fila de sillas en la acera, y que Fabián le había dicho: «Ahí es donde vive Carrie, mamá.»

Y ella había mirado hacia la derecha para ver los bloques de los dos edificios en forma de torre. La casa estaba al principio de una colina parecida a la que ahora estaba ascendiendo; vio una tienda de antigüedades cerrada, las puertas tapadas con tablas y, en la distancia, a la derecha, distinguió las dos torres grises; viró, para dirigirse a ellas, descendiendo por una calle estrecha junto a cuyas aceras aparcaban coches viejos y furgonetas destartaladas, una típica calle del barrio pobre. Dos niños negros que jugaban en la acera se detuvieron para mirarla y Alex sintió que se ruborizaba, como si se diera cuenta de que no tenía derecho a estar allí, como si estuviese fuera de su propio territorio.

La calle daba la vuelta y ascendía de nuevo a través de dos hileras paralelas de viviendas municipales para obreros, de dos pisos, con pesadas escaleras metálicas para ascender al segundo piso. De los balcones y ventanas colgaban toallas, sábanas y ropa interior; tuvo la sensación de encontrarse en un gueto.

Los dos grandes edificios en forma de torre se alzaban frente a ella, enormes moles amenazadoras de cemento que se alzaban hacia el cielo como lápidas sombrías que marcaran dos tumbas de gigantes.

Alex se bajó del Mercedes, lo cerró con todo cuidado y entró en el vestíbulo de uno de los edificios. La mayor parte del cristal de una de las puertas de entrada estaba en el suelo y la otra estaba permanentemente abierta. La palabra JODER había sido pintada con un spray y ocupaba casi toda una pared con sus grandes letras; había un olor extraño y desagradable que no pudo identificar.

Miró el panel con los nombres de los inquilinos. Allí estaba: E. Needham. De repente se sintió invadida por una confusa mezcla de emociones. Hubiera sido mejor que no estuviera el nombre: habría intentado llevar a cabo su propósito y ahora podría regresar a casa con la conciencia tranquila.

Apretó el botón y se abrió la puerta del gran ascensor, que más bien parecía un montacargas. CHÚPATE LOS HUEVOS. El artista del spray también había dejado allí muestras de su talento. Alex pulsó el botón del tercer piso y la puerta se cerró lentamente, a tirones. Se preguntó si no hubiera sido mejor subir a pie. Se produjo un pequeño choque casi imperceptible y las puertas frente a ella comenzaron a pasar lentamente, con lentitud casi agonizante. El ascensor olía mal, casi como un retrete público, y de pronto, con horror, descubrió el charco de una meada en el suelo, cerca de sus pies. Se movió a un lado. Se produjo un chasquido y vio cómo el ascensor dejaba atrás la señal del primer piso.

Finalmente el ascensor se detuvo y Alex salió a un tétrico pasillo con el suelo de piedra. En el muro habían pintado ligeramente el símbolo contra la bomba atómica y un poco más abajo alguien grabó en la pared con un cincel la palabra CERDOS. Se detuvo junto al apartamento número 33, frente a una puerta pintada de azul con una gran mirilla, y buscó el botón del timbre; lo pulsó, oyó un extraño zumbido como el chillido de un insecto furioso y esperó. Un momento más tarde una voz de mujer preguntó desde el interior:

– ¿Sí?

Alex se quedó mirando la puerta.

– ¿Señora Needham?

Esperó, pero no sucedió nada. En algún lugar en el pasillo oyó el llanto de un niño pequeño y sobre todo el sonido de una música pop. Volvió a pulsar el timbre.

Hubo otra larga pausa.

– Sí, ¿quién es?

– ¿Señora Needham?

– ¿Quién es?

La voz sonó más próxima, oyó el arrastrar de pasos y por el agujero de la mirilla pudo apreciar ciertos movimientos.

– ¿Qué desea? -La voz sonó hostil.

– Deseo hablar con la señora Needham, por favor.

– ¿Es usted del ayuntamiento?

– No. Me llamo Alex Hightower. Mi hijo solía salir con su hija.

Hubo un largo silencio. Alex oyó una tos contenida y después de nuevo se hizo el silencio.

– ¡Oiga! -exclamó nerviosa.

– Sí, ¿qué es lo que quiere? Ya pagué el impuesto de la televisión.

Alex frunció el ceño, extrañada.

– Sólo quiero hablar unas palabras con usted sobre su hija, Carrie. Tiene usted una hija con ese nombre, ¿verdad?

– Sí.

Otra pausa.

– ¿Qué ha hecho?

– Nada, señora Needham. Tengo que darle unas noticias. Por favor, abra la puerta.

Hubo otra tos seca y oyó el ruido de los cerrojos. La puerta se abrió unos centímetros. Alex se encontró frente a una mujer más joven de lo que había esperado, más o menos de su misma edad, pero con el rostro chupado, pálido, envejecido por el abandono, el cutis áspero y cetrino, como de quien necesita desesperadamente un poco de aire libre. Debió de haber sido muy guapa años antes e incluso entonces podría resultar atractiva si se esforzaba en ello. Estaba allí, frente a ella, en el cabello un nido de rulos, el cigarrillo pendiente de sus labios. Vestía una bata sucia de color azul y la miró de arriba abajo.

– ¿No es usted del ayuntamiento?

– No.

– Es que a veces esos tipos tienen extrañas ideas.

Alex vio cómo los ojos de la mujer se fijaban en ella y después iban nerviosamente de un lado para otro. La señora Needham movió la cabeza bruscamente y dio unos pasos hacia atrás. Alex tomó aquello como una invitación y entró en el pequeño recibidor que olía a leche acida y a cigarrillos. Por la puerta que había a su derecha podía ver la cocina, la mesa llena de botellas de cerveza vacías. La mujer la invitó a entrar en una pequeña combinación de sala de estar y dormitorio en forma de «L».

– Me hablaba de Carrie, ¿no?

Alex movió la cabeza afirmativamente y se fijó en la cama sin hacer, las paredes desnudas, vestidos, cosas inútiles, revistas viejas y platos sucios por todas partes. Las ventanas estaban sucias y ocultaban la magnífica vista de Londres a sus pies.

– Mi hijo Fabián solía salir con su hija… hasta hace poco; creo que rompieron poco después de Navidad.

La mujer la miró con la mirada perdida, vacía; pese a que el cigarrillo se había consumido casi hasta el filtro, dio una profunda chupada, frunció la nariz y tiró la colilla.

– Hace mucho tiempo que no la veo. No suele venir mucho por aquí. -Miró el rostro de Alex y tosió una vez más, una tos seca y persistente. Se volvió y le dijo-: Siéntese, ponga esos periódicos en el suelo. Siento cómo está esto, pero es que ahora el ayuntamiento no ofrece gran cosa a las personas que están solas.

Alex apartó del sofá un montón de periódicos y una libreta de cupones de compra casi llena y se sentó.

– Mi hija vive su propia vida, si entiende lo que le quiero decir.

Alex sintió que la mujer la miraba de arriba abajo.

– Todos los hijos son difíciles, de un modo u otro.

– Yo no sé nada de Fiiban… ¿es ése el nombre, Fiiban?

– Fabián.

– No sé nada de él. Nunca me dijo nada.

– Se mató en un accidente de coche hace dos semanas y media. Sé que apreciaba mucho a Carrie y pensé que debía saberlo.

– ¿Ah, sí? -dijo la mujer, y Alex tuvo la sensación de que ni siquiera había entendido sus palabras.

– Pienso que Carrie debería asistir al funeral, ¿sabe? -Alex se mordió el labio: deseaba salir de allí, lejos de aquel olor desagradable, de aquella mujer ajada, del piso sucio.

– Se lo diré cuando la vea, querida… Pero no sé cuándo será. Siento no haberle ofrecido nada… pero una no recibe muchas visitas, excepto la gente del ayuntamiento.

– No es necesario, muchas gracias.

– ¿Quiere una taza de té?

– No gracias, de veras.

– Mi hija está en Estados Unidos. -Miró el aparador y Alex vio una tarjeta postal con un rascacielos.

– ¿Desde cuándo está allí?

La mujer se encogió de hombros.

– Nunca sé cuánto tiempo está en ninguna parte; sólo recibo postales, nada más. Aunque con regularidad, supongo. -Se estremeció-. Ya sé que algunas madres ni siquiera tienen eso.

Alex sonrió.

– Creo que Carrie es una buena chica, simpática y bonita.

La mujer se estremeció.

– No sé cómo será ahora, no tengo idea de cuál será su aspecto estos días; tenía algunas fotografías de ella, de antes, pero no recuerdo qué he hecho de ellas.

Sonó el timbre y después alguien golpeó la puerta con insistencia.

– ¿Quién es? -preguntó con voz ronca.

El timbre volvió a sonar, dos veces seguidas, y de nuevo golpearon la puerta.

– ¡Está bien, está bien, ya voy! -Se levantó y tosiendo se dirigió a la puerta arrastrando los pies.

Alex se dirigió al aparador y miró la tarjeta postal. En pequeñas letras impresas podía leerse: «John Hancock Tower.» Había algunas otras postales a su lado. Massachusetts Institute of Technology, Cambridge. Mass. Newport, Rhode Island. Vermont, New Hampshire. Oyó el clic de la puerta al abrirse, risas burlonas y pasos que se alejaban corriendo. Miró nerviosa a su alrededor, cogió la postal del Instituto de Tecnología de Massachusetts y se la guardó en el bolso.

– ¡Malditos críos! ¡Jodidos golfos! -gritó la señora Needham; se oyó el ruido de la puerta al cerrarse violentamente y la mujer regresó a la habitación, llevando en la mano una botella de cerveza, con el rostro rojo de rabia-. Son unos golfos, unos sinvergüenzas, los niños de por aquí. -Destapó la botella, tomó un trago y se la ofreció a Alex.

Ésta negó con la cabeza:

– No, gracias.

La mujer se limpió la boca con el dorso de la mano.

– Se pasan el tiempo molestando, llamando a las puertas. El ayuntamiento dice que no puede hacer nada. -Tomó otro trago de la botella-: ¿Quién dice que es su hijo?

Alex se la quedó mirando horrorizada, al darse cuenta de que la mujer estaba borracha y lo había estado todo el tiempo.

– ¡Está muerto, señora Needham! -respondió con toda la calma que le fue posible, sintiendo que la piedad y la rabia luchaban en su garganta-. ¡Muerto!

– Sí. Bien, eso es algo que nos espera a todos -dijo la señora Needham, con un guiño que torció su rostro y le dio una expresión horriblemente impúdica.

CAPÍTULO XII

Alex conducía su coche por la Fulham Road, contenta de verse por fin fuera del piso de la señora Needham y lejos de la claustrofóbica desolación de aquella finca.

Sentía que la rabia crecía en ella, una furia que se dirigía contra aquella mujer, por vivir como vivía, por no tener en cuenta que Fabián estaba muerto; rabia por su comportamiento patético, porque pudiera existir, siquiera, un lugar como aquél. Después pensó en aquella vista, aquella magnífica vista que se ofrecía desde la ventana, y le pareció absurdo que el único elemento de belleza en todo el lugar fuera la contemplación de algo que estaba fuera de allí, en alguna otra parte.

Su casa estaba tranquila; tomó los periódicos del domingo que estaban junto a la alfombra de la entrada y con ellos en la mano se dirigió a la cocina. Oyó el leve zumbido del reloj eléctrico, el sordo respirar del calentador eléctrico. Todo parecía normal, sonidos normales, olores normales. La casa susurraba, suspiraba, crujía, como ese viejo amigo que siempre fue para ella. Se sintió cómoda, segura. En casa.

Sonó el teléfono: era David.

– ¡Hola, Alex! ¿Te encuentras bien?

La voz sonó torpe, como una intrusión en su paz e, instantáneamente, se sintió enfadada con él; pero después recordó cómo lo había tratado la noche anterior y se sintió triste y arrepentida.

– ¡Hola, David! -le contestó haciendo un esfuerzo para que su voz sonara complacida, como si se alegrara de su llamada-. Sí estoy bien… Mira, siento mucho lo ocurrido la noche pasada… No sé lo que me pasó.

– Debieron de ser los nervios, la tensión, querida. Los dos estamos bajo una gran tensión, la terrible impresión de lo que nos ha sucedido.

«¡Grítame, por lo que más quieras! Ponte duro conmigo, no seas tan asquerosamente amable y tolerante; insúltame, llámame puta, haz que te tenga miedo», pensó, pero no pudo decirlo.

– Sí, tienes razón -dijo simplemente-. Corrí detrás de ti, te llamé a gritos, agité los brazos, todos debieron de pensar que estaba chiflada.

David se rió.

– ¿Por qué?

– Quería pedirte disculpas.

– Te llamé al llegar a casa. No me contestó nadie. Estuve muy preocupado, casi me sentí enfermo.

– Me fui a mi despacho.

– ¿A la agencia?

– Pensé que me vendría bien intentar trabajar algo. Así lo hice. Acabé durmiendo allí.

– Creo que el trabajo ayuda mucho en estas circunstancias, nos hace pensar en otras cosas, ¿sabes? Pero no debes abusar. Tienes que tratar de descansar.

Alex vio su propio reflejo en la tostadora y al ver sus ojos apartó la mirada, incapaz de enfrentarse consigo misma. Allí estaba, mintiendo a sabiendas y sabiendo que estaba siendo creída, pensó. Era como engañarse a sí misma.

– He ido a ver a la madre de Carrie.

– ¿Carrie? ¿Lo sabía?

– No. Nada. Por lo visto no ve a su hija con frecuencia. Carrie está ahora en algún lugar de Estados Unidos.

– Era una chiquilla muy bonita. -Su voz cambió de tono-. ¿Qué te parece si salimos a cenar alguna noche de esta semana?

– Me encantaría.

– ¿El martes?

– De acuerdo.

Suspiró mientras colgaba el teléfono y por un momento pensó en el tiempo que habían estado juntos, cuando eran felices. ¿O sólo habían pretendido serlo? ¿Había sido todo, simplemente, un engaño prolongado? Se preparó un bocadillo y se lo llevó consigo al salón, encendió la chimenea, puso una casete de Don Giovanni y se acurrucó en el sofá.

Era ya casi de noche cuando se despertó con la cabeza pesada como quien ha tenido una pesadilla. Se sentía confusa y ardiendo. Soñó que iba en coche con Fabián, por algún lugar: su hijo hizo un chiste sobre algo y ambos se rieron; su hijo pareció tan real en el sueño, tan increíblemente real, que tardó varios segundos en recordar que ya no podría viajar con él por ninguna parte, que ya no podrían volver a reír juntos. Se sentía triste, engañada y defraudada. Defraudada por el sueño y defraudada por la vida. Se levantó con el corazón lleno de tristeza y pesado como si fuera de plomo, se dirigió a la ventana y abrió las cortinas para dejar entrar el resto de luz del atardecer.

Deseó con toda el alma que su madre no hubiera muerto, que aún viviera alguien querido, mayor y más inteligente, en quien poder confiar; alguien que hubiese pasado antes por ese mismo trance. Había cosas en el hecho de ser un adulto a las que nunca se había habituado. En cierto modo era como si hubiera llegado a ser esposa y madre sin dejar de ser una niña.

Abrió su bolso y sacó de él la tarjeta postal que cogió en casa de la madre de Carrie: era una amplia vista panorámica sobre un río, que mostraba en su orilla una avenida con grandes edificios universitarios. Le dio la vuelta: «Massachusetts Institute of Technology, Boston, Massachusetts» estaba impreso en la parte baja del reverso de la tarjeta. Miró la letra: grande, clara, recta.

Hola, mamá: Éste es un lugar realmente tranquilo. Me han ocurrido muchas cosas y he conocido a gente estupenda. Volveré a escribirte pronto. Con cariño, C.

Había una «X» escrita sin excesivo entusiasmo detrás de la inicial de su nombre. Con la tarjeta en la mano Alex subió la escalera y entró en la habitación de Fabián. El baúl estaba sobre la cama como un ataúd, pensó con un estremecimiento. F.M.R. Hightower, había sido escrito con grandes letras blancas, que ya empezaban a desvanecerse por el tiempo entre los arañazos y raspaduras de la tapa. Abrió la primera cerradura y el resorte de muelle saltó con violencia y la golpeó en el dedo dolorosamente, por lo que procedió con mayor precaución al abrir la segunda. Alzó la tapa del baúl, rebuscó entre las ropas y cogió el diario de su hijo. Lo abrió y sacó las tarjetas postales sin escribir que había encontrado en la mesa de trabajo de su hijo en Cambridge y las comparó con aquella que tenía en la mano y que había cogido de casa de la madre de Carrie; aunque las vistas y fotografías eran diferentes, la marca y los datos de la compañía impresora eran exactamente los mismos. Frunció el ceño intrigada y su mirada recorrió la habitación. Captó la mirada del retrato de Fabián, que le hizo bajar la vista, como si se sintiera cortada, culpable de lo que estaba haciendo.

La contraportada del diario tenía un pequeño departamento cerrado con cremallera y Alex lo abrió; en su interior había unas hojas de papel de color rosa de las que se utilizan para tomar notas, con algo que parecía escrito con la letra de Carrie. El mensaje tenía la fecha 5 de enero y estaba dirigido a la dirección de Fabián en Cambridge. Decía así:

Querido Fabián:

Por favor, deja tus persistentes llamadas telefónicas, que están resultando molestas y enojosas para todos. Ya te he dicho que no quiero volver a verte y no hay nada que pueda hacer cambiar mi decisión. No hay ningún otro como tú sigues insistiendo en creer. Es sólo que no puedo resistir más tus extraños hábitos. Por favor, déjame sola. Con cariño, C.

La misma «C» curvada y el mismo estilo de escritura de la tarjeta postal, pero había algo diferente que llamó la atención de Alex, aunque ésta no pudiera decir de qué se trataba. Leyó la nota de nuevo. Hábitos extraños. «Hábitos extraños», pensó, intrigada, consciente de que otra vez empezaba a sentir frío en aquella habitación, una sensación desagradable de frío e incomodidad. Sonó el timbre de la puerta. Miró su reloj: las seis y cuarto. Volvió a dejar todo en su sitio, en el diario; dejó éste sobre el baúl y se dirigió al piso de abajo.

Abrió la puerta y vio con disgusto a la mujer grande y de pelo oxigenado que estaba frente a ella.

– ¡Hola, señora Hightower!

Alex vio su pequeño y bien cuidado sombrerito redondo, sus guantes de piel y su blusa inmaculada y bien planchada.

– ¿Me recuerda? Soy Iris Tremayne. Sandy me sugirió que viniera. Estuve aquí la semana pasada.

Alex observó sus delgados labios pintados de color rosa que al hablar se abrían en los pliegues suaves de su rostro, como una puerta secreta tras la cual se escondieran misterios insondables. Había una firme determinación en los ojos de la visitante, como si esta vez no estuviera dispuesta a marcharse de allí tan fácilmente.

– Pase -dijo Alex, incapaz en ese momento de decir o pensar otra cosa.

– Usted me necesita, querida, puedo verlo -aseguró la mujer, que entró en la casa con aire posesivo.

Alex aún seguía teniendo en su mente las dos palabras de la nota, «extraños hábitos», la mirada del retrato de su hijo, el repentino frío que invadió la habitación. Recordó que la persona que había decidido ver era Morgan Ford y la cita era para el día siguiente.

– Me parece que hay un error… -comenzó.

Iris Tremayne recorrió con mirada imperiosa el recibidor y después siguió a Alex a la sala de estar.

– Usted se siente preocupada, hay algo que la perturba, ¿no es así, querida?

Había en la voz un débil matiz de ternura que impedía que imperara en ella su tono de mando.

– Es sólo que estoy un poco inquieta, nerviosa, eso es todo.

– Comprendo que se sienta así querida, con todo lo que está ocurriendo.

Alex la miró recelosa.

– ¿Qué quiere decir…? ¿Qué está sucediendo?

– Algo la está inquietando, hay algo que la confunde y la trastorna, ¿no es así? Pude sentirlo tan pronto entré aquí. Y todo eso va en aumento. Tengo razón, ¿verdad? Vamos, querida, dígame que estoy en lo cierto.

Alex fijó los ojos en la visitante, repentinamente enojada por aquella intromisión del todo inesperada en su vida privada. Tenía una cita para el día siguiente y de momento no necesitaba hablar con nadie. Se preguntó si existiría algún tipo de conexión entre Morgan Ford e Iris Tremayne, si Morgan la había localizado por medio del número de Olivetti que le había dado y era él quien le enviaba a Iris Tremayne. Ridículo.

– ¿Quiere una taza de té?

– ¡Oh, no, querida! Gracias

Volvió a mirar a su alrededor.

– Tiene una casa muy bonita.

Llamó su atención un cuadro en la pared y se dirigió a él señalándolo con el dedo.

– ¿Es un Stubbs?

– No.

– Es el único pintor de caballos que conozco.

– Es de mi marido.

– ¿Es pintor?

Alex la miró con frialdad.

– No, el caballo. Solía tener varios. Uno de sus hobbies.

– No doy una en el clavo… Y supongo que debería poder hacerlo… Con mi sensibilidad… pero parece como si esa sensibilidad nunca pudiera ser utilizada en favor de uno mismo. No conozco a nadie capaz de predecirse un ganador. Los cuadros de caballos transmiten una sensación de calma, ¿no es así?

– Nunca pensé en ello. -Alex la observó con impaciencia-. ¿Qué quiso dar a entender antes cuando me dijo que había cosas que me estaban inquietando y molestando?

– Su espíritu no descansa, ¿verdad, querida? Quiere que le ayudemos.

La médium se sentó cuidadosamente en uno de los sillones, «como un paquete que se coloca en su sitio», pensó Alex. Cerró los ojos con fuerza, inclinó el cuerpo hacia adelante y con los guantes puestos sujetó su muñeca derecha con la mano izquierda. Abrió los ojos y levantó la cabeza.

Por primera vez Alex creyó apreciar cierta expresión de duda en las maneras seguras y positivas de su visitante.

– No se preocupe, querida. -Los labios se distendieron en una sonrisa nerviosa y después se encogieron como si tuvieran vida propia-. No le cobraré nada, nada en absoluto. Naturalmente puede hacer un donativo a una obra de caridad si así lo quiere, pero eso es optativo, una opción libre. -Alzó sus pestañas postizas hacia el techo y frunció el ceño como si hubiera advertido una mancha en la pintura. Después sonrió de nuevo, insegura-. Puede soportarlo, ¿verdad, querida?

– Sí -respondió Alex con frialdad-, puedo hacerlo.

– Está por aquí, ¿no es así?

– ¿Qué quiere usted decir?

Iris Tremayne sacudió la cabeza y respiró con fuerza; de pronto sus hombros se contrajeron y volvieron a relajarse. Cerró los ojos y siguió sentada muy quieta. Alex la observó con curiosidad y de repente tuvo una profunda impresión de temor, como si algo la amenazara peligrosamente.

La mujer comenzó a temblar, casi imperceptiblemente. De repente sus temblores cesaron y se levantó erguida, con los ojos muy abiertos.

– Lo siento, querida -se disculpó-, he cometido una terrible equivocación. No debí haber venido. -Su voz cambió y ahora sonaba fría como el hielo; la calma había desaparecido de su rostro y daba la impresión de estar muy asustada-. No, no debí haber venido en absoluto. Una terrible equivocación.

– ¿Qué quiere decir?

La visitante movió la cabeza.

– Será mejor que me vaya -dijo abruptamente al tiempo que cogía su bolso.

De pronto Alex tuvo miedo.

– ¿Qué quiere decir? -repitió.

– Creo que debo irme, querida; no se trata en absoluto de lo que yo había pensado.

Alex se fijó en la redonda blancura de sus ojos, en las oscuras pupilas que parecían escudriñar la habitación, en las arrugas ceñudas que se habían formado en su frente carnosa.

– ¿No podría decirme, al menos, qué pasa?

Iris Tremayne se sentó por un momento, buscó en su bolso y sacó la polvera. La abrió, se oyó el clic del cierre y se miró en el pequeño espejo.

– He visto una señal -explicó mientras se empolvaba la nariz.

Alex se dio cuenta de que su enfado crecía.

– Por favor, dígame qué significa todo esto.

La visitante se la quedó mirando, después cerró la polvera de golpe. Vaciló un momento y seguidamente agitó la cabeza.

– Debe creerme, querida. Será mejor que me vaya, no hablar en absoluto de este asunto; olvídelo, olvide que he venido. Tenía usted razón, totalmente, en lo que me dijo la última vez que vine a verla. -Se levantó y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo y trató de sonreír a Alex amablemente, pero temblaba demasiado para poder hacerlo-. De veras, creo que lo mejor que puedo hacer es marcharme, dejarlo todo. Sí, creo que eso es lo mejor. No se preocupe, no tiene que pagarme nada.

– Oiga, quiero una explicación, por favor.

Se oyó un golpe seco y apagado en el piso de arriba. Por un momento Alex pensó en la posibilidad de que fuera sólo cosa de su imaginación, pero vio la mirada nerviosa de la mujer y supo que ella también lo había oído.

– Él está trastornado, no encuentra la paz, querida.

– Voy a subir a ver qué fue ese ruido.

– No, yo no lo haría. Lo he molestado, ya lo ve -dijo vacilando-. No le ha complacido mi visita, en absoluto. -La mujer movió la cabeza-. Deje las cosas como están, querida, acepte mi consejo… Nunca he tenido… nunca he conocido nada como esto; tiene que dejarlo solo, sí, déjelo solo, ignórelo. -De pronto dio un paso hacia Alex, le tomó una mano y se la apretó con firmeza. Alex sintió el frío de su mano a través de la piel del guante-. Tiene que hacerlo, querida. -Se dio la vuelta y se dirigió al recibidor. Se oyó el clic de la puerta y la mujer se marchó.

Alex recorrió el salón con la mirada; la cabeza le daba vueltas, abrió las cortinas y miró fuera. Pudo ver a Iris Tremayne que caminaba calle abajo, con sus cortos pasos de pato, cada vez más de prisa, como si tuviera ganas de correr, de escapar de allí, y no se atreviera a hacerlo.

CAPÍTULO XIII

Alex volvió a cerrar las cortinas y miró por la habitación. ¿Qué podría haber visto Iris Tremayne?, se preguntó asombrada. ¿Era una solitaria chiflada, o…? Encendió un cigarrillo y aspiró una profunda chupada; notó un olor poco común, como de goma quemada. Recordó que Fabián odiaba que su madre fumara y ella siempre trató de evitarlo en su presencia; repentinamente pensó que lo estaba engañando, tomó otra chupada, casi a escondidas, y arrojó el humo. El extraño olor le hizo arrugar la nariz.

Se dirigió a la cocina tratando de ignorar el ruido de arriba. Sólo otro truco de su mente, se dijo, pero aún podía ver la expresión del rostro de Tremayne, su mirada asustada dirigida al piso superior. Posiblemente fue sólo el radiador. Abrió la puerta del congelador y buscó entre los paquetes congelados, preguntándose qué debía guisar para Philip; después cerró la puerta de nuevo, inquieta, intranquila. Miró su reloj: las siete. Podía llegar de un momento a otro. Que decidiera él, pensó, y ella pondría el plato congelado en el microondas.

Alzó los ojos al techo y escuchó. Todo estaba tranquilo. ¿Qué diantres había querido decir aquella maldita mujer? Cruzó el pasillo y subió la escalera; se detuvo en el descansillo y escuchó con atención. De improviso se sintió nerviosa, incómoda y por un momento deseó no estar sola. En la distancia oyó la sirena de una ambulancia. Abrió la puerta de su dormitorio y encendió la luz. Todo era normal. Después inspeccionó el cuarto de baño; tampoco allí había nada extraño. Subió el último tramo de escalones y se quedó de pie, junto a la puerta del cuarto de Fabián, y escuchó de nuevo. Abrió la puerta, encendió la luz y sintió que la sangre abandonaba sus venas. El baúl estaba en el suelo, caído sobre un lado y su contenido esparcido a su alrededor.

Se sintió vacilar y tuvo que buscar apoyo en la pared para no caerse; la pared pareció resbalar y Alex dio un traspié y tuvo que sujetarse al brazo del sillón de su hijo. Cerró los ojos, respiró profundamente; volvió a abrir los ojos y de nuevo miró a su alrededor asombrada, seguidamente salió del dormitorio de Fabián, cruzó el pasillo y entró en su cuarto de baño. ¿Había estado alguien en la casa? No, era imposible; las ventanas estaban todas cerradas por dentro, seguras. ¿Era posible que el baúl se hubiese caído por sí solo? ¿Lo había dejado mal colocado, demasiado cerca del filo de la cama? No, no era posible. Entonces ¿qué…? ¿Cómo era posible que se hubiera caído? ¿Cómo…?

Volvió al dormitorio de su hijo y contempló el desorden de sus pertenencias en el suelo: ropas, libros, su diario, su viejo sombrero de paja. Después alzó los ojos para mirar su retrato. ¿Cómo…?

Sonó el timbre. Apagó la luz, cerró la puerta y bajó la escalera.

– ¡Siéntate! -Oyó la voz seguida de un furioso ladrido-. ¡Siéntate!

Temblando, abrió la puerta y vio a Philip Main frente a ella, con su desgastada chaqueta de pana, con una arrugada bolsa de papel debajo del brazo y sosteniendo con la otra mano, no sin dificultades, la correa del perro.

– ¡Black, siéntate! -La miró a ella- Perdóname si es que llego algo pronto, pero no podía recordar a qué hora habíamos quedado. -Se dirigió de nuevo a su perro-. ¡Siéntate!

Le ofreció la bolsa de compras.

– Blanco y tinto. Como no sabía qué me ibas a dar para cenar, he traído una botella de cada.

– Gracias. -Tomó la bolsa.

Main se sintió físicamente impulsado hacia atrás.

– ¡Black, siéntate!

El perro dejó escapar un gruñido profundo, como el rugido de una poderosa motocicleta.

– Vamos, entra.

Main tiró de la correa y Black dejó escapar un ronquido sorprendentemente sordo.

– Parece que… no se siente a gusto. Quizás hoy no ha paseado lo suficiente.

El perro se resistía a entrar y clavaba las patas en el cemento del escalón de entrada, y cuando Main tiró de él sólo consiguió arrastrarlo unos centímetros, a la fuerza.

– ¡Black! -El perro alzó la cabeza, se dio cuenta de su derrota y a disgusto siguió a su dueño al interior de la casa. Se detuvo y se sentó en el recibidor.

– ¡Bien, chico! -aprobó Main acariciándolo, pero el animal lo ignoró por completo y se quedó mirando el suelo con aire de desconfianza. Main le quitó la correa-. A veces tienen caprichos extraños.

– Debe de ser difícil tener un perro en Londres.

– A veces. -Enrolló la correa y se la metió en el bolsillo-. Nosotros por lo visto nos arreglamos.

Entraron en el salón.

– ¿Qué quieres beber? -le preguntó Alex.

– Tienes un aspecto terrible.

– ¡Hombre…! ¡Muchas gracias!

– Pálida. ¡Estás blanca como el papel!

– ¿Whisky escocés?

– Supongo que no tienes Paddy.

– ¿Paddy?

– Whisky irlandés.

Ella negó con la cabeza.

– No, lo siento. -Alex tuvo consciencia de su mirada y se sintió incómoda-. Quizás estoy algo cansada.

Philip se sentó y sacó del bolsillo de su vieja chaqueta un arrugado paquete de cigarrillos.

Alex le ofreció su bebida.

– Realmente he tenido un día muy agitado. ¿Cómo fue el tuyo?

– Muy bien. -Se echó adelante y olió su whisky.

– ¿Haces progresos? ¿Tendré pronto un libro tuyo?

– He adelantado un poco, sólo un poco. -Olió de nuevo su vaso.

– No me ganaría la vida si todos mis clientes fueran como tú. Han pasado tres años y todavía no sé de qué trata tu libro.

– El último que escribí estuvo bastante bien, muchacha.

Alex sonrió. En efecto, el libro anterior de Philip Main se había publicado en quince países y fue traducido a doce idiomas. En todos ellos continuó siendo tan incomprensible como en el original.

– ¿Podré entender el nuevo?

– El mundo entero podrá entenderlo, chica. Lo que pasa es que no quieren hacerlo.

Encendió una cerilla y la llevó a la colilla de su cigarrillo.

– Estás completamente decidido, ¿no?

– ¿Decidido?

– A demostrar que Dios no existe.

Sacudió la cerilla.

– Superstición y estupidez, muchacha, hay demasiada superstición en el mundo.

– ¿Estás seguro de que no se trata de una venganza?

– ¿Una venganza?

– Contra tu padre. Era sacerdote, ¿no?

Philip sacudió la cabeza en medio de una nube de humo, después bajó los ojos y miró con tristeza la alfombra.

– Perdió la fe, se dio cuenta de que había estado equivocado, que no supo ser un auténtico vicario. Y dejó de serlo.

– ¿En qué se convirtió?

– En un médium.

Alex lo miró.

– Nunca me lo dijiste.

– Bien, hay cosas de las que a uno no le gusta hablar.

Alex se encogió de hombros.

– ¿Por qué no? ¿Importa algo? ¿Te involucró en ello?

– ¡Dios mío, claro que sí! En todo momento.

Ella lo miró, sentado allí, su figura alta encogida temerosamente, con el vaso torpemente sujeto con las dos manos, como un anciano. Se sintió incómoda junto a él, con todos sus misterios, sus respuestas y sus conocimientos.

Siempre le había causado la impresión de que en algún lugar, en lo más profundo de él, estaba la verdad de la vida, una verdad que sólo él conocía y que algún día, si se lo rogaba con la suficiente persistencia y profundidad, acabaría por revelarle.

– ¿En qué tipo de cosas?

Main enrojeció y fijó los ojos en el vaso.

– El rescate de espíritus, así era como él lo llamaba.

– ¿El rescate de espíritus?

– ¡Uhhmmm! -Se encogió aún más en su silla.

– ¡Háblame de ello!

Main miró a su alrededor, incómodo, como si vigilara que nadie pudiera oír la conversación; a continuación le dirigió a su anfitriona una sonrisa de disculpa.

– Solía llevarme con él, como una especie de toma de tierra. -Se estremeció-. Exorcismo, rescate de espíritus, cosas así.

– No comprendo.

– Había un tramo de carretera, cerca de Guildford, que al parecer la gente creía que estaba embrujado, por el que solía transitar un fantasma que nunca se alejaba de allí. Fueron muchos los que lo vieron, incluso algunas patrullas de la policía. Mi padre fue allí y me llevó con él, al parecer porque yo no era un elemento «psíquico» y no podía ser afectado por los espíritus. Yo era como una toma de tierra en un enchufe eléctrico, una medida de seguridad. -Se llevó el cigarrillo a los labios y lo aspiró-. El fantasma resultó ser el de un camionero que se mató en un accidente de tráfico unos años antes. No se daba cuenta de que estaba muerto e iba de un lado a otro tratando de hallar a su mujer y sus hijos. Mi padre le dijo lo que había ocurrido, le explicó que estaba muerto y lo puso en contacto con algunos guías de espíritus que se lo llevaron con ellos, y a partir de entonces fue feliz.

Main miró dócilmente a Alex y bajó los ojos al vaso de whisky que hizo girar entre sus manos.

– ¿Viste tú a ese hombre?

– No, gracias a Dios. Sólo oí a mi padre hablar con él.

– ¿Y qué piensas de todo ello?

Bebió un poco de whisky antes de responder.

– Creo que mi padre estaba medio chiflado.

Alex lo miró y durante un buen rato ambos siguieron sentados en silencio.

– No creo que pensaras eso -dijo Alex finalmente.

Él volvió a estremecerse, incómodo.

– Hace ya tanto tiempo. -Hizo una pausa-. ¡Sí, vaya, muchísimo tiempo!

– Y te has pasado el resto de tu vida tratando de demostrar que estaba equivocado.

Main se irguió y la miró en silencio.

– Mi padre terminó en una granja asilo para chiflados.

– Lo siento -dijo ella.

Philip se encogió de hombros.

– Quizá no fue lo bastante fuerte para controlar sus poderes.

– Uhmmm…

Alex se estremeció.

– ¡Horrible!

– Hay cierta relación entre un cerebro viejo, una enfermedad y los poderes psíquicos. Los médiums son gente extraña.

– Nunca supe de un vicario que se transformara en médium.

– ¿Has oído hablar alguna vez de un vicario que terminara sus días en un manicomio?

Ella lo miró, sin saber si debía sonreír.

– ¿Hubo algún momento en que creíste en esas cosas?

– Fueron la causa de la ruina mental de mi padre. -Bajó los ojos a su vaso de whisky.

– ¿No crees que en ello pueda haber algo bueno? Piensa en las personas que tienen poderes curativos.

– La seguridad social tiene poderes curativos y una mejor marca estadística.

– ¿Y si la medicina oficial falla?

Philip miraba su vaso de whisky.

– No hay pruebas.

– Hay gentes que han sido curados cuando ya los médicos los habían desahuciado.

– Los curanderos lo vienen haciendo desde hace siglos, mucho antes de que existieran los médiums.

– ¿Y antes de Cristo?

Él volvió a encogerse de hombros.

– Necesitas descansar, muchacha. Unas vacaciones, alejarte de todo esto. No necesitas médiums que vuelvan a remover todo el asunto y complicar más las cosas.

– Esta tarde estuvo aquí una.

– Eso explica las cosas.

– ¿Qué?

– Tu palidez. Que estuvieras blanca como el papel cuando yo llegué.

– Era una mujer rara. Realmente me habló. -Alex lo miró, pero no dijo nada-. Yo no le pedí que viniera, pero, según dijo, supo que yo la necesitaba, que había algo que me inquietaba y estaba causándome problemas… que Fabián… aún sigue rondando por aquí. -Alex sonrió nerviosa y encendió un cigarrillo-. Estuvo sentada aquí mismo, con los ojos cerrados y de pronto empezó a temblar como una hoja al viento; se levantó, con aire de estar muy asustada, y me dijo que había cometido un error, una terrible equivocación, y que debía dejarlo solo.

– Algo que tiene mucho sentido común.

– Después se oyó un gran golpe en el piso de arriba.

Main la miró como si sus ojos quisieran penetrarla profundamente y sondear sus pensamientos.

– Una mujer estúpida tratando de engañarte.

– No -protestó Alex-. Y ésa es precisamente la cuestión. Ella no intentó aprovecharse. Se marchó, simplemente. Se fue sin querer decirme nada, sin responder a mis preguntas. Se fue a toda prisa, con aspecto de estar horrorizada.

– Chiflados, son todos unos locos.

– ¿Incluso Morgan Ford?

– Especialmente Morgan Ford.

– Muchas gracias, en ese caso mañana lo pasaré estupendamente con él.

– Ya te lo había advertido.

– Quiero ir. -Se estremeció-. Lo he pensado bien. Deseo ir especialmente ahora después de lo que ha sucedido… Yo…

Philip fijó en ella sus ojos penetrantes.

– Ha sucedido algo más, ¿no es eso?

Ella retorció su cigarrillo.

– Ayer me traje a casa, desde Cambridge, el viejo baúl de Fabián; estaba sobre su cama, muy pesado, lleno de ropas y otras cosas. El ruido que oí… Bueno, subí al cuarto de Fabián: el baúl se había caído de la cama, estaba en el suelo. Y no hay forma de que pudiera haberse caído por sí solo, Philip.

– Así que crees que él estuvo aquí.

Alex sonrió nerviosa y se dio cuenta de que se ruborizaba.

– Esto puede parecer una locura… Quizá deberlas meterme a mí también en una casa de locos… Fabián solía tener un genio violento. Aunque por lo general era un chico amable y cariñoso, cuando no conseguía lo que quería, especialmente de niño, sufría terribles rabietas. A veces tenía tanta fuerza que me costaba trabajo dominarlo. ¿Es posible que esta tarde se enfureciera con aquella mujer?

Volvió a sonreír de nuevo y miró a Main llena de esperanzas.

Él le hizo un guiño.

– Hay cientos de razones que pueden explicar que algo se caiga de la cama al suelo.

Alex negó firmemente con la cabeza.

– No. No hay forma de explicar la caída del baúl. No se cayó solo. -Se le quedó mirando-. ¿Por qué guiñas?

Philip movió la cabeza lentamente.

– Ayer fuiste atacada por alguien en la oficina; hoy alguien tira al suelo baúles en tus dormitorios. Piensa en ello.

– Son cosas diferentes, Philip; la noche pasada estaba totalmente fuera de mí, lo admito. Pero hoy no era así, hoy estaba perfectamente. -Hizo una pausa-. Ven a verlo por ti mismo.

Philip se encogió de hombros y se levantó.

Durante un terrible momento, Alex pensó que cuando entraran en la habitación volverían a ver el baúl de nuevo sobre la cama, en perfecto orden. Empujó la puerta para abrirla y encendió la luz: el baúl estaba allí, en el suelo, con todas sus cosas desparramadas por el suelo, tal y como lo había dejado.

– ¿Lo ves?

Main miró a su alrededor por la habitación, alzó la vista al retrato de Fabián y lo observó un rato pensativamente. Dio unos pasos más, vio el telescopio. Se dirigió hacia allí y empezó a estudiarlo.

– Un buen instrumento.

– Te lo puedes quedar si te sirve para algo.

Main se arrodilló y miró por el telescopio; enfocó el visor.

– Londres no es el lugar más adecuado para practicar la astronomía; demasiada contaminación en el aire.

– Llévatelo si quieres.

Negó con la cabeza.

– No es mi campo. La reina Victoria odiaba los microscopios. Decía que le permitían a uno ver las cosas demasiado próximas hasta el punto de que no se podía decir exactamente lo que se estaba viendo. Yo pienso lo mismo de los telescopios: nos permiten ver cosas que están tan lejos que uno no puede decir con certeza de qué se trata.

Ella sonrió.

– Dame un microscopio el día que quieras. Todo está ahí, muchacha, bajo el microscopio. Todo. -Se alzó, se estiró y miró el baúl-. ¿Quieres que te eche una mano?

– No, tengo que sacar algunas cosas, es mejor dejarlo donde está.

Alex vio a Main que contemplaba de nuevo el retrato de Fabián. Pero seguidamente apartó la mirada.

– Es impresionante, ¿no te parece?

– ¿El retrato?

Ella afirmó con la cabeza.

– Parece un personaje de Van Eyck. -Alzó la mirada y a continuación se dio la vuelta enérgicamente y se alejó de allí.

– ¿Tienes hambre?

– Bien, creo que un chico como yo podría comer algo.

– Quizás un chico como tú podría elegir lo que quiere. Y una chica como yo se lo prepararía encantada.

– ¡Estupendo! -dijo.

Dio la vuelta y una vez más miró el cuadro. Una expresión de preocupación cruzó su rostro y salió del dormitorio; «tal vez con demasiada prisa», pensó Alex sorprendida al ver el repentino cambio que su amigo había experimentado.

CAPÍTULO XIV

Black hizo un extraño ruido parecido a un gargarismo infantil y Alex dio un salto. El aullido agudo descendió de tono hasta convertirse en un gruñido grave.

Main se quitó un poco de lasaña que se le había pegado a los bigotes, se secó los labios con la servilleta y volvió la cabeza hacia el corredor que daba al recibidor.

– ¡Tranquilo, chico!

El sordo gruñido continuó. Main tomó su vaso de vino y lo vació de un trago.

– Bueno -dijo.

– Has estado muy callado.

Philip se retrepó en su asiento y sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de la chaqueta. Alzó la botella y puso un poco de vino en el vaso de Alex y después acabó de llenar el suyo.

– Un buen vino.

– Montepulciano d'Abruzzo.

– ¿Perdón?

Black dejó escapar otro gruñido. Philip de nuevo se volvió a mirar el pasillo.

– ¡Tranquilo! -le gritó a su perro. Y continuó-: Italia tiene algunos vinos verdaderamente notables. Sorprendentes.

– Deberías colaborar con David. Escribir un libro juntos.

Philip hizo una pausa y la miró.

– Jesús sabía mucho de vinos.

– ¿Jesús?

– Sí. Él no transformó el agua en un vino común. Algunos invitados le preguntaron al anfitrión por qué había guardado el mejor vino para el final.

Alex sonrió.

– ¿Vino italiano?

– No, Dios mío, no. Posiblemente libanés.

Black gruñó de nuevo. Philip frunció el ceño pero no dijo nada.

– Bien, ¿qué te parece lo ocurrido con el baúl?

No respondió hasta después de haber encendido su nuevo cigarrillo, como si fuera una droga que necesitara para conseguir el valor suficiente para hablar.

– Creo que debiste de dejarlo demasiado cerca del filo de la cama.

Ella bajó los ojos.

– No, Philip, no lo hice y tú lo sabes bien.

Philip Main se levantó y despacio se dirigió a la puerta.

– ¡Black! -Main marchó por el pasillo y vio que su perro se ponía de pie y miraba escaleras arriba. Una vez más inició su lento gruñido-. ¿Qué te pasa, chico?

El perro no le hizo el menor caso.

– No hay nada allá arriba, chico. -Main miró al perro, intrigado, y empezó a encontrarse verdaderamente incómodo.

Regresó, anduvo unos pasos por el pasillo y se dirigió al lavabo que estaba bajo la escalera. Cerró la puerta, encendió la luz y levantó la tapa de la taza. Temblaba de frío.

El lavabo parecía una nevera. Miró el dibujo blanco y negro de las paredes y se dio cuenta de que había en él una gran mancha brillante. Pasó el dedo por ella y notó que estaba húmeda. Miró el rastro que la humedad dejó en su dedo; cuando se levantó la temperatura pareció bajar todavía más. Hubo un ruido seco, como un disparo de pistola junto a su oreja derecha, vio una sombra y retrocedió precavidamente. Todo un panel entero del papel se desprendió de la pared y cayó sobre él. Quiso sujetarlo con los brazos y el papel cayó a su lado. Vio otra de las tiras de papel que comenzaba a resbalar lentamente por la pared. Abrió la puerta, apagó la luz, salió y cerró la puerta firmemente tras su salida. Se quedó en el pasillo durante un momento, indeciso, preguntándose si todo aquello no habría sido simplemente producto de su imaginación. Volvió a poner la mano en el pestillo, pero no llegó a entrar de nuevo, sino que se dio la vuelta y regresó a la cocina.

Alex lo miró llena de ansiedad.

– ¿Todo va bien?

Él no respondió.

Ella insistió.

– Pareces preocupado por alguna cosa.

– ¿Hace ya mucho tiempo que estaban esas manchas de humedad en el retrete?

– ¿Humedad? ¿Qué humedad?

– El papel de la pared está empapado; se está desprendiendo.

Philip vio la ansiedad que se reflejaba en su rostro.

– No puede ser. Esta casa es muy seca, nunca hubo humedad.

– Tal vez se ha roto una cañería.

– Llamaré al fontanero por la mañana.

– Echaré un vistazo. Es posible que se trate de algo fácil de arreglar.

Se quitó la chaqueta y la colgó sobre el respaldo de una silla.

– Haré un poco de café -dijo Alex mientras Philip salía de la habitación.

Oyó a Philip que inspeccionaba las tuberías y llevó el café al salón. Black estaba sentado junto a la puerta principal.

– ¡Hola, chico! -le dijo-. ¿Quieres salir a la calle? -El perro no le hizo el menor caso.

Dejó la bandeja sobre la mesita del salón, sacó la casete de Don Giovanni y puso en su lugar una cinta con un popurrí de las obras de Mozart. Vio un montón de cartas sin abrir sobre su escritorio, se dirigió allí y las examinó. Reconoció la letra en algunos de los sobres, pero le faltó el valor para abrirlos. «No, ahora no», pensó. Abriría las cartas más tarde, un día, cuando de nuevo se sintiera más fuerte. Llenó su taza, se sentó en el sofá y se preguntó si eso llegaría a ocurrir.

Main entró en la habitación secándose las manos en su pantalón de pana.

– ¿Solo o con leche?

– Solo, por favor.

– ¿Encontraste la avería?

– No.

– Gracias de todos modos.

Philip se sentó a su lado y comenzó a mover el azúcar en su taza de café con aire pensativo.

– Volveré mañana con algunas herramientas. Levantaré unos ladrillos. Es posible que gotee alguna junta.

– No sabía que eras un manitas.

– Bien, todos tenemos nuestros talentos secretos.

– Podrías escribir un manual, Hágalo usted mismo.

– Estaría muy ocupado. Un manual de bricolaje y un ensayo sobre los orígenes de la vida.

– Sin mencionar la poesía.

Alex advirtió que su invitado se ponía tenso y que de repente se giraba para mirar por encima del hombro.

– ¿Pasa algo? -preguntó Alex, que sin saber por qué también miró en aquella dirección con una punzada de ansiedad.

Philip parecía incómodo, con gesto adusto, preocupado.

Alex escuchó la música sin decir nada. Se dio cuenta de que Philip volvía a relajarse poco a poco; vio cómo dejaba su taza sobre la mesa y sintió que su brazo tocaba cariñosamente sus hombros. Ella se apoyó en él ligeramente, con cariño, pero en el fondo no se encontraba cómoda. Se estremeció.

– ¿Fígaro? -preguntó Philip.

– Sí. Son diversos trozos de piezas de Mozart.

Alex quería hablar, conversar, oír su voz, librar su mente de aquel terror que la estaba invadiendo. Su terror de los sábados por la tarde, hoy le había llegado con retraso, pensó.

– Estás muy callado.

Philip levantó las cejas.

– Un penique por tus pensamientos.

– No te harías rica con ellos; espero que un día serás mi agente literaria.

Ella se rió. De nuevo se hizo el silencio mientras escuchaban la música. Sonó el cuerno francés, un galope, Mozart en toda la plenitud de su alegría y entusiasmo. Alex se dio cuenta de que sus pies seguían el compás de la melodía y notó cómo el brazo de Philip apoyado en su hombro también seguía el ritmo. Alex dejó escapar un suspiro.

– Oh, Dios mío -dijo-, ¿por qué ha tenido que suceder esto? ¿Por qué…?

– Ehr…

– ¿Es ésa tu explicación del origen de la vida?

– ¿Qué?

– Ehr… -Lo imitó burlonamente.

Sintió cómo él se echaba hacia atrás y oyó el tintinear de la taza, seguidamente el suave sorber y, de nuevo, el sonido de la taza al ser dejada en el plato.

– Lo superarás, muchacha; se necesita tiempo, mucho tiempo. Me hubiera gustado haber conocido a tu hijo.

De pronto Alex sintió el irresistible impulso de gritarle «¡lo conocerás!» que le llegó acompañado de una extraña excitación, de un hormigueo de optimismo. Bebió un poco más de café.

– ¿Sabes lo que me pasa? Es algo muy raro. Cambio de estado de ánimo continuamente. Mi humor asciende y desciende con gran frecuencia, varias veces en una sola hora.

– Eso seguirá ocurriéndote durante algún tiempo.

Alex lo miró.

– ¿Eres un experto en todo? -le preguntó.

– No, claro que no. Te doy mi palabra. Un poco de conocimiento es algo peligroso.

– Así que tú lo tienes en abundancia. ¿Es eso?

– No, Dios mío, claro que no. -Siguió sentado y guardó silencio durante un momento-. En mi escuela había un maestro, un don nadie, un tipo engreído, que acostumbraba a decirnos, lleno del mayor orgullo y satisfacción, que jamás había conducido un automóvil y que no sabía hacerlo. Sin embargo estaba cualificado y autorizado para conducir locomotoras de vapor.

Alex sonrió.

– Condujo una en mil novecientos veintiséis, durante la gran huelga general; desde St. Paneras hasta Edimburgo, sin paradas. Se jactaba de estar en posesión del récord no oficial de velocidad en ese recorrido.

– La vida está llena de gente rara sin importancia que hacen pequeñas cosas raras.

Alex vio el rostro de Philip muy cerca del suyo, las marcas de viruela en su huesuda cara de piel blanca, los pelos de su amarillento bigote; se echó hacia atrás, sorprendida; sintió el bigote rozando su nariz, cepillando en torno a la parte superior de su boca, y vio sus ojos azules que se salían de su foco visual… «Como se ven los ojos del dentista que examina tu dentadura», pensó por un momento.

De repente el rostro se transformó y fue el de Fabián.

– ¡No! -gritó al mismo tiempo que lo empujaba hacia atrás con violencia-, ¡No!

El rostro de Fabián se disolvió y Alex pudo ver la expresión de sorpresa y temor en el rostro de Main, de nuevo allí, inmóvil, helado, y que poco a poco adquiría una expresión de humilde desconcierto.

– Lo siento -dijo vacilante, sin convicción-. Yo… yo…

Alex siguió mirándolo, vacilante, con los ojos muy abiertos. ¡Lo había visto con tanta claridad! Había algo entrañable y al mismo tiempo repulsivo, obsceno; Jesús, qué trucos tan retorcidos le estaba jugando su mente.

– Yo también lo lamento, Philip -se excusó-. Realmente, no estoy… en disposición… en condiciones…

Alex sintió que el brazo de Philip abandonaba sus hombros, vio cómo se sentaba erguido, con los codos apoyados en sus muslos.

– No, ha sido culpa mía, enteramente mía -la tranquilizó-. Es que te encuentro tan atractiva, tan inmensamente atractiva… Yo… yo… -Se irguió y le dedicó una sonrisa benigna y perdida.

– Creo que será mejor que ahora me vaya a la cama -dijo Alex.

Philip miró su reloj.

– Sí, Dios mío, se ha hecho tarde.

Se levantó lentamente, miró a su alrededor, y Alex vio la repentina expresión de miedo en su rostro.

– ¿Estarás bien? -le preguntó Philip.

Ella afirmó con la cabeza e hizo una mueca.

– Qué remedio me queda, ¿no te parece?

Main recorrió el recibidor. Hacía frío allí, ahora. Se frotó los brazos y se dirigió a la cocina. El frío era espantoso. Miró a su alrededor. ¿Estaban húmedas también aquellas paredes o era su imaginación? De repente se sintió muy incómodo, como un intruso; aquella casa no lo quería y le decía con toda claridad que se marchara. Con premeditada lentitud cogió su chaqueta y se la puso. Se quedó quieto un instante mirando a su alrededor. Sintió cómo el frío atravesaba su piel. Se acercó a la pared y la tocó con el dedo. Cuando lo retiró estaba seco. Miró al techo, sintiendo tanto frío que apenas podía contener sus temblores. Fue a la puerta, se giró antes de salir y miró la cocina de nuevo.

– ¡Que te jodan! -exclamó en voz alta, con firmeza. Dio la vuelta y salió al recibidor.

– ¿Dijiste algo? -le preguntó Alex, que salió del salón llevando la bandeja.

– ¿Yo? ¡No!

– Estaba segura de que te oí hablar.

– Era con Black. Eso es todo.

– ¡Ah!

Sacó del bolsillo la correa de su perro y de pronto Black se animó y comenzó a saltar y a ladrar alegremente.

– ¡A casa, chico!

– ¡Buenas noches, Philip!

– ¡Gracias por la cena!

– ¡Gracias por el vino! -Alex se adelantó y lo besó suavemente en la mejilla-. Conduce con cuidado -le aconsejó.

– Puedes venir a casa y quedarte allí, conmigo… si quieres. Tienes tu propia habitación, podrás entrar y salir… Si no quieres quedarte sola.

Alex movió la cabeza negativamente.

– ¡Gracias por el ofrecimiento, pero ésta es mi casa! Tengo que volver a acostumbrarme a ella, eso es todo. Al fin y al cabo Fabián no se pasaba demasiado tiempo aquí, ¿sabes?

Cerró la puerta, oyó al perro ladrar a la noche alegremente. Alex cerró con llave. De repente se encontró tranquila, inmensamente tranquila y relajada, como si una presencia diabólica hubiese sido repentinamente exorcizada y obligada a abandonar la casa.

CAPÍTULO XV

Aparcó frente a la sombría fila de casas de la Gloucester Road y cruzó los dedos con la esperanza de que no hubiera alguien que aparcara en doble fila y le impidiera salir. Los números de las distintas viviendas del edificio habían sido asignados desordenadamente sin la menor lógica, y tuvo que recorrer la explanada en toda su longitud y cruzar la calle. Crecía su ansiedad por miedo a llegar tarde a la cita y perder su oportunidad de ser atendida.

Por fin vio el número: 49. Precisamente en el edificio que estaba directamente frente al lugar donde había aparcado su automóvil, casi mirándola cara a cara, casi desafiándola, pensó furiosa. Se acercó a la puerta y vio el panel de nombres en el portero automático: Goldsworthy, Maguire, Thomas, Kay, Blackstock, Pocock, Azziz. Algunos de los nombres habían sido escritos con bolígrafo y sólo Azziz estaba subrayado.

Entre todos aquellos nombres descubrió una pequeña tarjeta de color amarillo, empalidecido por el tiempo, en la que se había mecanografiado simplemente la palabra «Ford».

Por un momento se sintió aliviada; después comenzó a ponerse nerviosa. Insegura, miró en torno suyo, preguntándose si los vecinos conocían las actividades profesionales de Ford y si la gente que pasaba por la acera la señalaba con el dedo. Se preguntó si los médiums ganaban mucho dinero. Si era así, Ford no se gastaba sus ganancias en arreglar el exterior de su edificio. Las baldosas del porche estaban agrietadas y la escayola se caía de las columnas.

Una voz fría, poco acogedora, sonó en el portero automático.

– ¿Sí?

– Soy…

¡Oh, Dios! ¿Cuál era el nombre que había dado? No podía recordarlo. Necesitaba ganar tiempo.

– ¡Johnson! -dijo de repente y se sintió aliviada-. La señora Johnson.

Le había dado también su nombre de pila, ¿cuál? De nuevo estrujó su cerebro febrilmente.

El sombrío zaguán, débilmente iluminado, decía bien poco de la identidad de los inquilinos. Había varios montones de cartas sobre una estantería y una vieja bicicleta apoyada en la pared.

El apartamento de Ford estaba en el tercer piso y la puerta se abrió en el momento en que llegaba a ella. La apariencia de Ford la sorprendió y Alex se preguntó qué era realmente lo que había esperado: ¿Un viejo extravagante y barbudo, una reminiscencia de los años sesenta, vestido con caftán, calzado con sandalias y que quemaba barritas de incienso? En vez de eso, tenía ante ella a un hombre pequeño con el cabello gris bien cuidado y un traje igualmente gris y bien cuidado, con poco más de cincuenta años, supuso.

– ¿Shoona Johnson?

Por un momento Alex estuvo a punto de decir: «No, no, soy Alex Hightower», pero supo contenerse a tiempo. A través de la puerta, detrás del médium, pudo ver un pequeño despacho, en el que sobre un escritorio había un montón de cartas y periódicos muy bien ordenado.

– Sí -respondió Alex.

Ése era el nombre de pila, recordó. Shoona. ¿Por qué diantre había elegido ese nombre?, se preguntó. Nunca, en toda su vida, había conocido a nadie que se llamara Shoona.

El hombre le ofreció una mano pequeña y rosada en la que destacaba un vulgar anillo con una piedra tan falsa como llamativa. La mano era tan pequeña que Alex se preguntó si se trataba de una deformidad. Tuvo la impresión de que estrechaba la mano de un niño.

– Pase. Gracias por ser tan puntual -había un tono acogedor y cantarino que destacaba en su acento galés, y hacía que su voz sonara muy distinta de cuando habló con él por teléfono-. Lo siento, pero hoy está esto un poco desordenado. Mi secretaria no ha podido venir.

Alex tuvo una sensación de desencanto cuando entró en el pequeño recibidor. Todo aquello parecía tan vulgar; sin nada que insinuara la magia, la solemnidad de una ceremonia espiritista. Un hombre con traje gris que disponía de un despacho y que se lamentaba de la ausencia de su secretaria. La verdad era que no había esperado encontrarse con alguien que de modo tan obvio demostraba que ejercía su trabajo como una forma simple de ganarse la vida.

El estudio del médium le hizo cambiar de opinión. Un gran salón con muebles color vino de Borgoña, con una fantástica vista sobre los jardines. Estaba amueblado en exceso con bellos muebles y antigüedades caras, casi en una vulgar exhibición de dinero. En la chimenea ardía un gran fuego de gas que dejaba escapar un silbido suave. Dos gatos se sentaban uno a cada lado del hogar, inmóviles como centinelas; uno de ellos un gato ordinario de color pajizo y el otro un bello ejemplar birmano de color gris-humo. El primero saltó a la alfombra y lleno de curiosidad empezó a dar vueltas en torno a la visitante.

En ese momento vio el florero lleno de rosas rojas sobre la mesa que había en el centro del estudio.

Alex comenzó a temblar e inició unos pasos hacia atrás. Empezó a sonar el teléfono.

– Por favor, siéntese.

Ford pasó junto a ella y descolgó el auricular.

– ¡Diga!

Alex lo observó mientras hablaba, en aquel mismo tono frío y lejano:

– Hay una cancelación el jueves a las once y media. Puedo recibirla a esa hora. Muy bien. Por favor, ¿cuál es su nombre?

¿Le decía lo mismo a todos? ¿Había siempre un cliente que cancelaba su cita oportunamente? Alex se sentó en un incómodo sillón Victoriano y volvió a mirar las rosas.

– Espere un momento. Voy a buscar mi diario y confirmaré la hora.

El hombre vio cómo Alex miraba las flores.

– Le gustan las rosas, ¿verdad? Éstas son muy hermosas, ¿no le parece?

Cuando el médium salió de la habitación, Alex se preguntó si sus palabras habían sido una simple observación inocente o si efectivamente era cierto el malicioso guiño que había creído ver en los ojos de Ford. Volvió a mirar las rosas; posiblemente todo era una mera coincidencia, pues las rosas hacían juego con los gatos, la chimenea y el mobiliario. Un salón extraño, que no parecía el más adecuado en la vivienda de un hombre de mediana edad. A su juicio parecía más propio de la casa de un anciano aristócrata viudo.

Alex miró un cuadro en la pared. Tres rostros fantasmagóricos, cuyos ojos eran como cortes en sus caras, aparecían muy juntos, blancos sobre un fondo blanco. En un anaquel, situado exactamente debajo del cuadro, descansaba una estatua de Buda. Vio que había otros cuadros, todos ellos igualmente siniestros; la estancia comenzaba a asustarla. Miró las rosas, tan iguales a aquellas otras que le había regalado Fabián. Se dirigió al florero y las contó. El mismo número. El mismo color. ¿Se trataba de un mensaje? ¿Una señal? Ridículo. Cuando miró las rosas tuvo la impresión de que se encendían, como si adquirieran vida propia; cerró los ojos, movió la cabeza y se giró. Oyó el ruido de los pasos de Ford y un sonido seco cuando se sonó la nariz. Alex se dio cuenta de que el ambiente cambiaba de inmediato cuando Ford entró en la habitación. Todo quedó en calma, en paz de nuevo; Alex se sintió tranquila. Volvió a mirar las rosas; eran muy bonitas, alegres, e hicieron que repentinamente se sintiera bien.

El gato callejero la miró y saltó a su regazo. Le dedicó una sonrisa nerviosa, preguntándose si el gato iba a atacarla y, con temor, le acarició el cuello y la nuca. El gato se tranquilizó, dejó descansar la cabeza en sus muslos y la miró sin parpadear. Se sintió tranquilizada con el contacto, por sentir bajo su mano, sobre la panza del animal, el calor del cuerpo a través de su pelo, por la regularidad rítmica de su respiración.

– Déjelo en el suelo, es un pesado.

– No, no, está bien así.

– Hay mucha gente que tiene ideas extrañas sobre los gatos.

– Este es simpático.

Ford estaba de pie frente a ella, las manos unidas detrás de la espalda, y le dedicó una amable sonrisa, después miró al aparador.

– Hemos empezado con retraso, así que le concederé un tiempo extra.

De nuevo Alex se sintió incómoda por su actitud más propia de un hombre de negocios. Estaba segura de que nadie podía ser un médium por horas, o por períodos de tiempo aún menores, como si fuera un abogado o un gestor atendiendo a un cliente.

– ¿Tiene usted algo que yo pueda sostener?

– ¿Cómo dice?

– Algo que usted suela llevar. Su reloj, una pulsera…

Se quitó su Rolex y se lo entregó.

– Bien, ahora dígame: ¿hay algo especial que quiera saber o empezamos sin más para ver qué ocurre?

Alex se encogió de hombros sin saber qué decir.

Sin esperar la respuesta, el hombre se sentó en una silla próxima a la suya, sostuvo el reloj de Alex sobre su mano abierta y después cerró los dedos sobre él.

– Algo que la perturba -dijo amablemente-. Siento que hay algo que la trastorna, algo que afecta el ritmo normal de su vida, algo trágico que sucedió recientemente, muy recientemente, hace sólo unas semanas, ¿es así?

El médium se la quedó mirando.

– ¿Quiere usted que le responda?

– Como usted desee -sonrió Ford-. No es necesario que lo haga si no quiere, pero me sería útil que me ayudara diciéndome si voy por el buen camino.

– Está en el buen camino.

El médium siguió sentado, inmóvil y frunció el ceño, después echó la cabeza hacia atrás y mantuvo los ojos muy abiertos.

– Sí -dijo-. Sí presiento algo muy peculiar, alguien muy próximo, joven, enérgico, una gran cantidad de energía. Es un niño… No, no es un niño, pero tampoco un adulto, eso está claro. Una persona alrededor de los dieciocho o los veinte años. -Miró a Alex con aire interrogativo, pero ella no le respondió nada-. Varón.

El rostro del hombre hizo un gesto preocupado, ceñudo, y Alex vio la misma extraña expresión nerviosa que ya viera en el rostro de Iris Tremayne el día anterior. Ford siguió sentado muy quieto y durante un momento no dijo nada.

Alex acarició al gato, volvió a mirar las rosas, los tres espíritus y las llamas que quemaban sus cuerpos; después volvió los ojos a Morgan Ford. El cuerpo del médium parecía contraído, agarrotado como un puño cerrado. Temblaba visiblemente y había un gesto de firme determinación en su rostro, como si se estuviera llevando a cabo una terrible batalla en su interior.

– Esto es extraordinario -dijo-. Está tratando de decirme su nombre. Pero es muy pronto, demasiado pronto, son necesarios meses, varios meses hasta que un espíritu logre asentarse y tranquilizarse. En las primeras semanas están demasiado inquietos y resultan muy difíciles. -Su voz se cortó y sonó extraña, lejana-. Claridad, es muy difícil conseguir claridad. Algo violento, no aquí, no en Inglaterra, en algún lugar al otro lado del Canal; veo llamas, veo llamas, una explosión. ¿Hay un camión implicado en el asunto? Sí, un camión, alguien que grita en medio del desorden que se trata de un camión.

Alex observó al hombre, que tenía los ojos cerrados y temblaba como un niño asustado.

– Ahora veo algo, alguien grita. ¿Harry? No, no es Harry, suena así pero no es Harry. Puedo sentir una terrible furia, una violencia terrible; alguien grita: «¡Camión! ¡Camión!» Se produce una explosión, alguien vuelve a gritar «¡Harry!». Esa Harry parece ser muy importante.

Alex lo vio transfigurado, el sudor corriendo por su rostro, pálido como una hoja de papel.

– Ahora todo se aclara un poco; de nuevo veo a una persona joven, un muchacho, está tratando de decirme su nombre. No lo oigo con claridad, no, no está claro en absoluto. ¿Puede ser David? No, no, Adrián, podría ser Adrián. -De pronto el médium se conmovió violentamente, como si una corriente eléctrica hubiera atravesado su cuerpo-. Algo va mal, hay algo que no marcha, algo muy preocupante y molesto; hay mucho odio, rabia, demasiado odio. Fabián… ¿podría ser Fabián? -Continuaba hablando sin abrir los ojos-. Sí, sí, ahora me está diciendo algo, ahora todo está claro, muy claro, increíblemente claro.

Alex sintió que el gato respiraba suavemente bajo su mano. Miró las rosas, al médium, y vio que temblaba de modo extraño, como si realmente no estuviera sentado en aquella silla, sino suspendido en el aire, varios centímetros por encima de ella.

De repente el médium se la quedó mirando y gritó con toda la fuerza de su voz:

– ¡DIOS MÍO, AHORA ESTÁ TODO MUY CLARO! -Sus manos temblaban, como si el reloj de Alex que sostenía en ellas fuera algo diabólico y perverso-. Ahora veo a alguien más, alguien que trata de interferir; una chica… Quiere decirme algo, pero es algo que apenas tiene sentido… me dice que su nombre es Harry… Hay una fuerte interferencia… Fabián es quien la causa… Es como un juego, una competición, como si Fabián tratara de divertirse. Ése es el problema, en ello radica la dificultad, todo es aún muy reciente, de momento todo es como un juego. Ahora ella vuelve de nuevo, con mayor claridad; no, Fabián aparece de nuevo… Es como si tratara… Sí, como si tratara de detenerla, de impedir que hable… celos, si, eso es… ¡Oh, ahora todo vuelve a oscurecerse de nuevo!

Alex vio cómo Ford se relajaba, se echaba hacia atrás en su silla y se volvía a ella.

– Tan confuso como a veces son nuestras líneas telefónicas.

Lo miró intrigada, sin comprender por un momento que se trataba de un mal chiste.

– Extraordinario, verdaderamente extraordinario; nunca he vivido algo semejante, nunca. -Se inclinó hacia ella-. Esto es algo realmente increíble.

De modo mecánico, Alex acarició el lomo y el cuello del gato y oyó cómo ronroneaba complacido.

– ¿En qué sentido?

– Extraordinario. ¿Tiene sentido lo que le he dicho?

– Me siento muy confusa.

– Yo también lo estoy. -Sonrió Ford.

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Tiene usted mucha experiencia en este campo, señora…? Lo siento, no puedo recordar su nombre.

– Hig… -se corrigió en seguida-. Johnson.

– ¡Ah, sí!

– ¿Qué quiere usted decir?

– Experiencia en el mundo de los espíritus.

– No.

– Su hijo se manifestó con mucha claridad. Tengo razón, ¿no? Usted quería entrar en contacto con su hijo, ¿verdad? ¿Se llama Fabián o Adrián?

Así que Ford sabía quién era ella; de un modo u otro lo había descubierto.

– Ha sabido hacer bien sus averiguaciones -respondió Alex con frialdad-. Fue muy a fondo, pero ha cometido un error, sólo un error, pero muy importante.

Intrigado, el médium alzó una de sus cejas.

– Mi hijo no fue muerto por un camión, sino por otro turismo.

– Yo no estaba allí, señora Johnson; únicamente sé lo que él me ha dicho.

– O lo que usted mismo ha leído.

El hombre sacó su pañuelo y se sonó la nariz.

– ¿Leído?

– Los periódicos informaron del choque, señor Ford -dijo ella-. No sé cuántos diarios lo publicaron, pero el suceso apareció en las páginas del Daily Mail, que por equivocación informó de que el coche de mi hijo chocó con un camión. Esta mañana al llegar he visto que el Daily Mail estaba sobre su mesa.

Esperó una explosión de furia en su interlocutor, pero no se produjo. En vez de ello el hombre pareció sentirse muy ofendido y movió la cabeza pensativamente.

– Lo siento -contestó con calma-, es obvio que tiene una pobre opinión de la integridad de los médiums.

La sinceridad de su voz la hizo vacilar y se dio cuenta de que se ruborizaba. Miró su cabello cuidadosamente peinado, su camisa de un blanco inmaculado, la corbata gris y el pañuelo a juego que salía del bolsillo del pecho de su traje gris. Vio también sus diminutas manos rosadas y bien manicuradas y el enorme anillo, tan ordinario. Se volvió para mirar su rostro, suave, apaciguador. Podría haber sido un buen agente de seguros.

– Yo no hago averiguaciones, señora Johnson. No leo las esquelas mortuorias y no repaso los periódicos en busca de accidentes de automóvil que pueda relacionar con mis clientes. Tampoco me dedico a revisar los informes escolares de mis clientes en busca de hechos que éstos olvidaron hace ya mucho tiempo y con los cuales podría impresionarlos. -Sonrió-. Y en todo caso, con la cantidad de gente que aparece por aquí, dándome un nombre que no es el suyo, ¿cómo podría conseguir alguna información consistente?

Alex apartó los ojos bajo su mirada, con un sentimiento de culpabilidad, y oyó cómo la voz continuaba con su mismo tono amable:

– Tampoco soy de los que siempre dan buenas noticias a los deudos; me limito a relatarles lo que oigo. Ése es el don con el que estoy dotado. -Levantó las cejas como pidiendo excusas-. Tenemos un falso concepto sobre los que se fueron. Creemos que porque están en otro plano han ganado en honestidad, en integridad. -Movió la cabeza-. Pero hace falta más de una vida y de una muerte para llegar a ser íntegro… y la integridad es sólo una de las muchas cosas que debemos aprender en nuestros pasos por esta vida y por la próxima. Los espíritus pueden mentir y frecuentemente lo hacen; y también pueden equivocarse, ver las cosas como no son. Como puede comprender, es fácil de suponer que una persona no cambia, no mejora instantáneamente por el simple hecho de pasar al plano siguiente. Si se tiene una mala memoria en esta vida, uno no se convierte de repente en un memorión al pasar a la otra.

Alex vio su sonrisa forzada y de excusa y no quiso herirlo.

– Mi hijo tenía muy buena memoria.

– Los accidentes ocurren con mucha rapidez. Pueden resultar muy confusos; todo ocurre de modo precipitado y la confusión es grande. Esa es la razón por la cual no me gusta comunicarme con los que se fueron recientemente. Prefiero esperar al menos tres meses. Y esto ocurrió hace sólo unas pocas semanas, ¿no es así?

Alex afirmó con la cabeza.

– Normalmente no suelo tener consciencia de muchas de las cosas que digo cuando estoy en trance y, al final, apenas si puedo recordar algo; pero en este caso ha sido diferente. Nunca en toda mi vida he sabido algo de modo tan vivido. Por favor, no sea cínica; debemos continuar.

– También se ha equivocado en otra cosa -dijo Alex.

Él sonrió.

– ¿Puedo saber en qué?

– Estuvo hablando de alguien llamado Harry… Dijo usted que había algo raro, que creía percibir a una chica llamada Harry.

– ¿Sí…?

– ¿Podría ser Carrie?

– ¿Carrie?

Alex afirmó con un gesto.

– A veces -dijo el médium- con tantas interferencias… las cosas no se oyen con claridad. ¿Carrie? Sí. Carrie. -Cerró los ojos durante un momento y volvió a abrirlos de nuevo poco rato después-. Sí, podría ser Carrie.

– Dígame -preguntó Alex-, en estas sesiones, cuando está en trance, ¿habla usted con los vivos o con los que partieron?

Ford la miró, impasible.

– Mire, señora Johnson, yo soy lo que suele llamarse un médium, es decir una especie de enlace entre el plano terrestre y los que se fueron.

– En ese caso no comprendo cómo pudo usted hablar con Carrie.

– ¿Y por qué no?

– Porque no está muerta. Está viva, pero que muy viva y se encuentra bien en Estados Unidos.

Alex vio que la duda cruzaba su rostro como la sombra de un pájaro, y cómo en sus ojos aparecía una expresión extraña, como si algo lo perturbara profundamente. Movió la cabeza.

– Ella estaba tratando de entrar en comunicación conmigo, eso es todo lo que puedo decirle, señora Johnson. ¿Está usted segura de que aún sigue en este plano? ¿De que no ha sufrido un accidente?

– ¿No es posible que la haya captado telepáticamente?

– Así es como mucha gente trata de explicarse las facultades de los médiums, señora Johnson. Creen que captamos la información del cerebro de nuestros clientes gracias a nuestros poderes telepáticos. Pero usted no puede aceptar esa idea falsa y anticuada, ¿verdad? Porque le he dicho dos cosas que no pueden estar en su cerebro: que su hijo chocó contra un camión y que esa Carrie, quienquiera que sea, ha pasado al más allá.

Ella lo miró tratando de pensar con claridad.

– Siento mucho que sea usted escéptica, señora Johnson. No sé cómo puedo cambiar esa circunstancia, pero tengo que hacerlo, de un modo u otro.

– ¿Qué quiere usted decir?

Él siguió sentado en silencio durante un buen rato. Alex escuchaba el silbido del gas del quemador de la chimenea y el ronronear suave del gato. En la calle oyó el motor de un taxi que se detenía y el ruido de su portezuela al cerrarse. Se preguntó si llegaba la próxima cliente.

De repente Ford se inclinó hacia ella y se acercó tanto que Alex temió por un momento que tratara de besarla.

– Señora Johnson -le dijo-. Fabián quiere regresar.

CAPÍTULO XVI

Alex se sentía confusa y desilusionada mientras se alejaba de allí en automóvil. Main había tenido razón en sus advertencias, todo sucedió tal y como le dijo que pasaría. También el cura tuvo razón. No podía ganarse nada convocando a los difuntos, le había dicho; nada salvo -¿cuáles fueron sus palabras?- desengaño y maldad. Unas palabras muy duras en los labios de uno de los llamados a acudir en auxilio de las almas conturbadas. «Atención pastoral», le había recomendado: algo que en aquellos momentos tenía un sonido amable y reconfortante para ella.

Pensó en la maldad: ¿la hubo en su hijo? Malicia tal vez, una travesura, un error de juventud, quizá, pero no maldad. Posiblemente juegos y trucos. Pensó en el despacho del médium, en lo amenazadora que le pareció aquella estancia aun sin la presencia de Ford; ¿era aquélla una de las sedes de la maldad diabólica? ¿Se celebraban allí tras las cortinas cerradas reuniones satánicas, con los asistentes sentados en círculo mientras los gatos ronroneaban en un extraño aquelarre? Se estremeció. Era como si allí se encerraran los misterios de la vida, muchas de las cosas que ocurrían en el mundo que ella nunca podría llegar a saber, que la mayoría de los seres humanos nunca llegarían a saber: sociedades secretas, prácticas misteriosas, comuniones con dioses y diablos, con los difuntos y su mundo. ¿Había alguien entre ellos que conociera el secreto? ¿La verdad? ¿Era Morgan Ford, con su traje serio y su gran salón, una de las pocas personas en la Tierra capaces de saber el sentido de la vida? ¿Era él uno de los elegidos para conocer los grandes secretos? Y si era así, ¿cómo utilizaba sus poderes? Sentado en su estudio para contarle toda una sarta de mentiras a pobres mujeres apesadumbradas.

Oyó que alguien, enfadado, tocaba el claxon detrás de ella. Levantó la cabeza; el semáforo estaba en verde. Miró por el retrovisor y alzó la mano excusándose con el impaciente taxista detenido detrás de ella, y entró en Hyde Park. Torció a la izquierda, conduciendo lentamente, y puso el intermitente. ¿Adonde ir? Eran las once de la mañana de un lunes y tenía cosas importantes que realizar en su oficina, pero no estaba en condiciones de enfrentarse a su trabajo, al menos en aquellos momentos. Todo le parecía carente de importancia en comparación con su estado de ánimo y su desilusión. Pero, realmente, ¿qué era lo que había esperado?, se preguntó a sí misma con un estremecimiento en lo más íntimo de su ser.

Parecía cierto, se dijo con tristeza, que todo indicaba que Fabián había tratado de comunicarle algo, que todas aquellas cosas extrañas que le habían sucedido, que los retorcidos trucos que su mente le había jugado tenían un significado. Estaba convencida, lo sabía, que Fabián le había estado pidiendo que fuera a visitar a un médium. Alex sonrió y se dio cuenta de que los ojos se le humedecían. Había confiado, así lo pensaba, que iba a descubrir algo relacionado con la muerte de su hijo, que éste se lo explicaría; pero ahora todo se había derrumbado, como si se tratara solamente de una ilusión, de otro de los sucios trucos de la vida.

Sí, Main tenía razón. Él y los que eran como él estaban más cerca de la verdad, sentados en sus laboratorios, con sus probetas, sus alambiques, sus quemadores Bunsen y sus ordenadores, en busca ininterrumpida de nuevas ecuaciones hasta llegar a encontrar por fin la gran ecuación, la última y definitiva.

¿Había un misterioso palimpsesto oculto tranquilamente bajo el código del ADN en espera de ser hallado y descifrado por un científico, más paciente o simplemente más afortunado que los demás, que acabaría por hacer superflua toda parafernalia religiosa?

Aparcó el coche y paseó un rato por la orilla de la Serpentine, sintiendo sobre sus hombros la enormidad del mundo que la rodeaba. Miró la línea del horizonte londinense detrás de los árboles, los edificios encorvados y enlazados estrechamente entre sí, codo a codo, como los pasajeros en un atestado vagón de Metro. Un anciano se sentaba con la vista puesta en la otra orilla del agua, moviendo los brazos arriba y abajo, como si hiciera unos ademanes extraños ante la futilidad de todo. Tuvo un escalofrío y apretó sus brazos en torno al cuerpo sintiendo, repentinamente, miedo a envejecer, a convertirse en una anciana y acabar, como aquel viejo, que contemplaba el agua haciendo gestos tan raros como inútiles.

Las rosas en la habitación; las rosas en el cristal del parabrisas. ¿Cuántas eran las posibilidades de que esa suma de circunstancias hubieran acontecido de modo casual? ¿De que el número de rosas en el salón del médium fuera el mismo que el de las que se marchitaban en el cuenco de su casa? ¿Y de que fuesen del mismo color?

¿Qué posibilidades tenía con Morgan Ford? ¿Supo desde el primer momento quién era ella realmente? ¿Cómo? ¿La relacionó acertadamente con el choque de automóviles cuyos comentarios había leído en los periódicos, por pura deducción, o fue ella misma quien con su conversación, sin saberlo, le ofreció algún indicio, alguna clave? ¿Lo captó por medios telepáticos? Ésa era la única otra explicación racional posible, pero en ese caso ¿cómo había cometido el error de referirse al camión? ¿Y cómo explicar la equivocación de creer que Carrie estaba muerta?

Había muchas cosas que se contradecían entre sí. ¿Dónde estaba la verdad? ¿Era una especie de mensaje secreto personal dejado expresamente por Fabián? ¿Estaba cometiendo el error de mirar sólo lo que había escrito en la superficie sin pararse a descubrir qué se escondía por debajo de ella? Movió la cabeza, miró la caseta de alquiler de botes al borde del estanque, se distrajo un momento contemplando el paso de un caballo por la Rotten Row montado por una chica bonita que se tocaba con uno de aquellos nuevos cascos protectores de última moda. «Cambio, evolución, progreso», pensó. Para ella todo parecía converger en un punto que se perdía en la distancia. Había una creciente tendencia a la igualdad de las cosas, hasta el punto de que todos los jinetes que paseaban por el parque parecían agentes de la policía montada. ¡Dios mío!, ella nunca estuvo especialmente dotada para descifrar enigmas ni puzzles. Y aquel con el que ahora se enfrentaba, ¿permanecería irresoluble para siempre, como líneas paralelas que nunca cambian, que nunca se cruzan, o habría un punto de reunión en algún lugar, lejos de allí, donde estaba la respuesta?

Otto entró en su mente de repente, sin saber cómo, con calma y tranquilidad, sin obstáculos, como quien cruza una puerta abierta y se queda en la sombra esperando que ella advirtiera su presencia. Observó a una niña, acompañada de su niñera, que arrojaba pan a los patos, y sintió la presencia de Otto, sonriente como un cazador al acecho. ¿Por qué? ¿Qué estaba haciendo en medio de sus pensamientos?, pensó irritada. Trató de ignorar su presencia psíquica, de sacarlo fuera de su mente, pero lo único que consiguió fue que su imagen ganara en claridad. Pudo ver de nuevo su habitación, las botellas de champán vacías, oír el sonido del molinillo de café, la forma arrogante y descuidada como sirvió las tazas, y sintió el desprecio en sus ojos, que parecían esconder los secretos de su hijo, y la mirada que decía: «Podría tenerte siempre que lo deseara, pero para mí no vale la pena.»

¿Qué sabía Otto?

Sin saber cómo se vio andando de regreso al coche, pensando cuál sería el mejor camino para llegar a la autopista, preguntándose si él estaría allí o tendría que esperarlo en el pasillo de la residencia. No era bueno resistir, no podía hacer nada para detenerse. En lo único que podía pensar en aquellos momentos era en la oscura puerta de roble de la habitación de Otto.

Llegó a Cambridge poco antes de las dos; aparcó fuera de Magdalene y cruzó corriendo el portón de entrada. Subió a toda prisa la escalera y cruzó el pasillo que en esos momentos le pareció familiar. Se detuvo delante de su puerta, vacilando y jadeante, y escuchó por si oía el crujir del parquet de madera, el sonido de una taza, música, voces, un ruido de papeles. Pero no oyó nada. Llamó tímidamente con los nudillos sabiendo de antemano la inutilidad del gesto. Sólo oyó el propio eco de sus golpes que resonaron al otro lado, en el vacío de la habitación.

La puerta se abrió y Alex dio un salto hacia atrás. Otto estaba allí, con una mano en el bolsillo de su grueso jersey abierto y la saludó con una inclinación de cabeza, con la sonrisa de enterado en su rostro herido y la misma falta de expresión en sus ojos.

– Ha llegado antes de lo que esperaba.

Alex frunció el ceño, molesta por la observación, y le devolvió la mirada tratando de comprender qué quería decir; después apartó la mirada, incómoda, para fijarla en el dintel, sobre la puerta.

– Lo siento, no te entiendo… No te dejé ningún recado.

Otto dio la vuelta y entró en la habitación.

– He hecho café, ¿quiere usted una taza?

Vio que el agua hervía en la cafetera y las dos tazas a su lado.

– Gracias.

– Sabía que iba a venir -dijo como si la visita fuera lo más natural del mundo.

– ¿Cómo?

Otto se encogió de hombros.

– Yo sé muchas cosas.

– ¿Qué cosas?

El joven soltó una risa breve y desdeñosa y por un momento Alex sintió que le gustaría abofetearlo.

– No sabías lo suficiente como para evitar que mi hijo se matara -dijo de pronto, agresiva y con acritud, incapaz de evitar que se le escaparan las palabras.

Otto se inclinó y alzó la cafetera.

– Solo y sin azúcar.

– Gracias.

Alex esperó su comentario, pero no lo hubo; Otto se quedó inclinado, sirviendo el café, mientras ella lo observaba y se sentía extrañamente enferma. Cuando finalmente el joven se giró, su cara estaba lívida.

– Lo siento, Otto -se disculpó, y se sintió nerviosa de improviso-. No he sido demasiado amable. -Alex se dio cuenta que la rabia hervía en el interior de Otto, que en aquellos momentos le pareció mucho mayor de lo que debería ser un estudiante, incluso mayor que ella-. A veces digo cosas que no siento.

Él se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra la pared; su furia pareció remitir y de nuevo volvió a ser joven.

Alex sonrió tanteando el terreno.

– ¿Cómo sabías que iba a venir?

La voz de Otto sonó distante, como si estuviera hablando ante un dictáfono.

– A veces tengo presentimientos; veo las cosas que van a ocurrir: unas veces pequeñas cosas sin importancia, en ocasiones otras más graves.

– ¿Y qué ocurre?

El amigo de su hijo tomó un sorbo de café.

– Se hacen realidad. -Se la quedó mirando como estudiando su reacción-. Pero no puedo hacer nada al respecto, así que es una información totalmente inútil.

– ¿Por qué?

– Es como si ya hubieran sucedido, así que no puedo hacer nada.

– Tenías el café preparado para cuando llegara.

– Sí, había preparado el café, cierto; pero eso no es gran cosa.

– ¿Supiste algo sobre el accidente? ¿Qué iba a ocurrir?

– No, nada. -Hizo una pausa-. Pero incluso si… -Se estremeció.

– ¿Sabes por qué he venido?

Él no dijo nada.

Alex lo miró a los ojos, tratando de leer en ellos. Intentó ignorar la débil mirada burlona que observó en ellos y penetrarlos. Pero no podía. Era como mirar unas grandes vidrieras tras las cuales no hubiera más que la oscuridad de la noche.

– Otto, quiero que trates de recordar algo: quizá no sea muy agradable para ti, pero para mí es muy importante. ¿Quieres ayudarme?

– Si puedo.

– ¿Chocasteis contra un coche?

– Sí, seguro.

– ¿Qué pasó inmediatamente antes?

– No recuerdo nada. Iba en el coche y de pronto me encontré fuera de él.

– Por favor, trata de recordar.

– Tenía una gran resaca. La fiesta de la noche anterior resultó muy animada. No sé mucho de Fabián. -De nuevo repitió su extraña sonrisa.

– ¿Por qué sonríes?

– Se ligó a la hija de nuestro anfitrión; pasó la noche con ella -movió la cabeza-. Increíble, siempre estaba ligando.

– Pero nunca las conservaba, ¿no es eso?

Otto la miró y después apartó los ojos.

– Eso no tiene importancia.

– Para ti no, pero ¿y para él?

Otto se estremeció.

– Su hijo era un canalla con las mujeres, señora Hightower. Es mejor que dejemos el tema.

– ¿Qué quieres decir?

El movió la cabeza.

– ¿Importa eso algo ahora que está…? -Alex hizo una pausa-. ¿No puedes decírmelo?

El joven sonrió extrañamente.

– No, realmente no tiene importancia. -Movió el café-. íbamos en el coche, charlando. Yo en el asiento de delante, a su lado. Charles detrás, por alguna razón no llevaba puesto el cinturón de seguridad; el enganche en el Golf es un verdadero desastre, ya sabe. Estaba amaneciendo y llevábamos las luces encendidas. Fabián hablaba con Charles y se volvió para mirarlo; de pronto vi los faros delante de nosotros, que se dirigían a embestirnos, unas luces muy altas, y yo pensé que se trataba de un camión.

– ¿Qué?

Alex no pudo evitar que la palabra se le escapara como un grito involuntario; empezó a temblar, incrédula, confusa; se sintió mareada y vio cómo el suelo resbalaba bajo sus pies, como si estuviera en una barca alcanzada de pronto por una ola; tuvo que sujetarse con las dos manos para evitar caerse de la silla.

– ¿Un camión?

– Pero era un coche. Un Citroën viejo, grande, muy alto. Nosotros íbamos en el Golf, que es un coche muy bajo. Nos pareció un camión. Fabián también debió de creerlo así, porque gritó: «¡Un camión!» Después me encontré caído sobre la hierba y el barro… La verdad es que no recuerdo nada más.

A Alex su silla le pareció un columpio que iba de un lado a otro como si tuviera vida propia. Luchó para no caerse, echándose hacia atrás sin dejar de mirar los ojos de Otto, esos ojos que eran impenetrables como la noche.

– Me temo que eso no le aclarará muchas cosas.

– A veces -respondió Alex distante, vagamente consciente de una curiosa agitación en el estómago- no es necesario que nos digan mucho.

CAPÍTULO XVII

La casa estaba bien ventilada y limpia y olla a líquido limpiamuebles. Mimsa había dejado una de sus usuales notas indescifrables:

Querida señora Higtow, echo to el trabajo. No tengo liquido para limpiar bentanas. Problemas en el water de abajo. Papel no pegado en la pared. La veré mañana.

Alex alzó las cejas y apuntó algo en su agenda. Vaciló fuera del lavabo de abajo, sin atreverse a entrar, y se dirigió al dormitorio de Fabián. Mimsa lo había dejado todo como estaba, siguiendo sus instrucciones. Tomó el diario de su hijo y se sentó en el borde de la cama y sacó la tarjeta que había cogido en casa de la madre de Carrie y la carta que Carrie le había escrito a Fabián, que abrió y alisó. Puso la tarjeta a su lado y comenzó a comparar la letra, siguiendo el orden alfabético, es decir comparando entre sí cada una de las letras.

Alex comenzó a sentir frío a medida que seguía su trabajo y tuvo la impresión de que la temperatura bajaba. Se levantó y salió de la habitación sin alzar la vista para mirar el retrato de Fabián. Bajó a la sala de estar y se sentó junto al teléfono. Tomó el auricular, vaciló un momento y volvió a dejarlo en su sitio. Volvió a mirar la carta y la tarjeta y después tomó el teléfono de nuevo y marcó el número de Philip Main.

– Lo lamento -dijo-, anoche fui un poco dura.

– No te preocupes, es comprensible… Me comporté…

– No, no hiciste nada reprochable, te portaste de modo muy amable y afectuoso.

– ¿Estuviste hoy… allí?

– Sí.

– Ya veo. -Su voz tenía un tono de censura.

– Por eso te llamo. Quiero hablar de eso contigo. ¿Tienes algo que hacer esta noche?

– No, nada importante; sólo acabar de demostrar convincentemente los orígenes del hombre.

– Lo siento.

– Si esa respuesta se hace esperar desde hace dos billones de años, supongo que una noche más no tiene gran importancia.

– ¿Quieres probar otro de mis platos congelados?

Se produjo un silencio. Philip tosió y sus palabra sonaron incómodas.

– Yo… eh… preferiría llevarte a cenar fuera. No tiene nada que ver con tu comida, entiéndelo. Creo que te hará bien salir un rato.

– ¿Quieres que nos encontremos en alguna parte?

– No, claro que no. Te iré a buscar. Me pararé en la puerta y tocaré el claxon.

– Tienes permiso para entrar -dijo Alex sonriente.

– Es que… a veces resulta difícil aparcar fuera.

Sus palabras sonaron evasivas y eso la intrigó. Se estremeció.

– Está bien. ¿Cuándo vendrás?

– ¿Dentro de una hora?

– Estaré lista. -Dejó el receptor en su sitio, después colocó la carta y la tarjeta bajo el teléfono para aplanarlas con su peso.

El restaurante era pequeño y sencillo, con el aire característico y vacío de un lunes por la noche. Las velas ardían con injustificado optimismo sobre las mesas de madera desnuda y el personal se acercó a ellos con toda seriedad como si quisieran asegurarles de que no habían cometido una equivocación al entrar allí y que, normalmente, no solían estar tan vacíos como aquella noche.

– Si estás en el fondo del pozo de una mina, a mediodía, y miras al cielo, puedes ver Venus. Está allá arriba siempre. En el siglo XV los marinos utilizaban el planeta para ayudarse en la navegación.

– ¿Tenían un pozo de mina en sus buques?

Main sonrió tristemente.

– No lo necesitaban, chica. -Se señaló los ojos-. Podían verlo a simple vista.

– Entonces, ¿por qué no podemos verlo nosotros?

– Evolución. Hemos avanzado y nuestros sentidos están cada vez más embotados; tenemos ordenadores que navegan por nosotros.

– Entonces, ¿no es la contaminación lo que nos impide ver Venus?

– No, claro que no; no lo vemos porque ya no sabemos cómo verlo; es muy posible que los hombres primitivos que viven en la jungla todavía puedan verlo; pero si nosotros tuviéramos la agudeza visual necesaria para ver Venus al mediodía, nos quedaríamos ciegos a causa del brillo de la luz eléctrica, que nos deslumbraría.

– Es decir que la evolución no es siempre tan inteligente.

Giró su copa de vino y fijó la mirada en la mesa.

– Pero realiza su cometido.

– ¿Se embotan nuestros sentidos con el paso de cada generación?

– Los viejos sentidos se embotan, pero se desarrollan los nuevos. -Hizo una pausa-. Es como una línea irracional.

– ¿Qué consideras irracional?

– La inútil habilidad del hombre para correr cada vez con mayor rapidez. Su carrera gana velocidad con cada generación. Nadie corrió la milla en cuatro minutos hasta mil novecientos cincuenta y cuatro: ahora se hace en tres minutos y cincuenta segundos. Y eso que no necesitamos correr a diario. -Se encogió de hombros.

– Yo creía que ocurre así porque los atletas se dopan.

– En parte sí. Pero sólo en parte. La evolución tiene mucho que ver en ello.

– ¿Tú crees que nuestras piernas deberían hacerse cada vez más cortas?

– Y los brazos. Ya casi no los usamos. Pronto lo único que necesitaremos serán las puntas de los dedos para pulsar botones.

– Dentro de treinta y dos millones de años seremos solamente un cuerpo con pies y dedos y todos nos pareceremos a esos monigotes que se hacen con una patata y unos palillos. ¿No es eso?

Philip Main buscó en sus bolsillos y sacó el paquete de cigarrillos.

– Así que fuiste a ver a un médium.

Afirmó con la cabeza y aceptó el cigarrillo que él le ofrecía.

– El señor Ford me ha dado mucho en que pensar. Afirmó haber entrado en contacto con Fabián y me describió el accidente. -Encendió el cigarrillo en la vela, miró a su alrededor para ver si los podía oír alguno de los camareros y se adelantó sobre la mesa-. Me dijo que uno de los ocupantes del coche gritó que un camión se les venía encima.

– Pudo haberlo leído en el periódico o lo captó en ti por medios telepáticos.

Alex movió la cabeza.

– Mi hijo chocó contra un turismo, no con un camión; no hubo ningún camión.

Philip la miró intrigado.

– Pero eso fue lo que dijo el periódico…

– ¡Ahí está el quid de la cuestión! -lo interrumpió-. Los periódicos dijeron que había sido un camión, así que quedé convencida de que lo había leído y supo atar cabos de modo conveniente. Esta tarde estuve en Cambridge y mantuve una conversación con Otto, el chico que sobrevivió. Le pedí que me dijera qué había ocurrido inmediatamente antes de producirse el accidente. Me explicó que habían visto cómo se echaba encima de ellos algo que en un principio pensaron que era un camión y que así lo gritó Fabián. -Bebió un poco de vino, dio una profunda chupada a su cigarrillo y después se quedó mirando a su acompañante.

Philip volvió a encogerse de hombros.

– Puede ser telepatía; tú recibiste en tu inconsciente, sin saberlo, el mensaje que te envió Fabián en el instante mismo del accidente que allí quedó registrado; después Ford lo supo por ti gracias a sus poderes telepáticos. -Una vez más se encogió de hombros-. Ésa es una forma muy compleja de ver las cosas. O…

– ¿Es Ford un verdadero médium?

– No sé nada de eso. Pero lo ocurrido es notable.

Apareció un camarero.

– ¿Es para usted el pichón, señora?

– No, para mí.

Alex guardó silencio hasta que les hubieron servido la comida y después se adelantó de nuevo sobre la mesa.

– ¿Sabes dónde puedo encontrar a un experto en escritura manual?

– ¿Escritura manual?

– Sí, no sé cómo se los llama… esas personas a las que llama la policía para demostrar si un documento ha sido falsificado o no.

– Hay un tipo al que utilizo de vez en cuando en mis investigaciones; como cuando tuve que demostrar la falsedad de los pergaminos del mar Muerto -bromeó con una sonrisa irónica.

– ¿Para fastidiar a tu padre?

La miró con aire pensativo.

– No, mucho tiempo después… -Se detuvo y se quedó mirando con severidad a su pichón como si hubiera cometido algún delito.

– Tiene muy buen aspecto -comentó Alex.

– Dead rat( [2]) -dijo.

– ¿Qué?

– Rata muerta -repitió.

– ¿Rata muerta?

– Sí, se llamaba algo así, Dead Rat, Derat, Durat, Dendret… Eso es: su nombre era Dendret.

– ¿Hay algo que tú no sepas? -sonrió Alex.

– No sé por qué pedí pichón; acabo de recordar que no me gusta ese plato.

– Te lo cambio por el mío.

– No, por Dios. Un hombre debe aceptar las consecuencias de sus actos. -Le dirigió una extraña mirada que la inquietó durante un instante.

– En estos días ya no tienes que ser un mártir, ya hemos evolucionado y dejado atrás esos tiempos.

– Touché -dijo mientras su tenedor pinchaba el pichón con un cómico aire de desconfianza.

Se sentía cómoda en el Volvo rodeada de todos aquellos trastos inútiles, casi anidada sobre un fondo de periódicos, viejos boletos de aparcamiento, papeles y casetes. El coche resultaba acogedor, con el calor de un hogar, como un viejo yate.

– ¿Nunca limpias tu coche? -le preguntó.

– No, claro que no. A veces lo cambio, cuando los ceniceros están demasiado llenos.

Alex sonrió y miró el cenicero abierto y lleno a rebosar de colillas viejas y secas.

– ¿A qué le llamas tú estar llenos?

Los limpiaparabrisas secaban la lluvia en la que se reflejaban las luces de Londres, delante de ellos, como un calidoscopio.

– ¿No te molesta volver a casa y quedarte sola?

Ella respondió con un gesto de indiferencia.

– No. Ya estoy acostumbrada. Fabián sólo se quedaba en casa los días festivos.

– ¿Te gustaría volver a tener otros hijos?

Alex negó con la cabeza.

– Ya soy demasiado vieja para esas aventuras.

– ¿Qué edad tienes?

– Soy una antigualla -dijo y sonrió-. A veces me siento muy vieja.

Observó las luces blancas, color naranja y rojas que parecían estallar y deslizarse ante sus ojos, oía el rugir del motor del coche, apreciaba la potencia de los frenos y de repente cesó el chirriar de los neumáticos. Los limpiaparabrisas sonaban delante de ellos, clac, clac, clac, casi al acorde con el sonido del motor de un taxi y el ritmo de la música de un disco-bar próximo; dos pequeños instrumentos en la gigantesca orquesta del Londres nocturno.

– No puedo volver a tener hijos -continuó-. Tuvimos… -hizo una pausa.

El conocimiento de su esterilidad seguía siendo muy doloroso, quizás en aquellos momentos más que nunca; se pasó la lengua por el labio inferior mientras contemplaba la animación de la calle.

Philip detuvo el coche en doble fila en la puerta de su casa y dejó el motor en marcha.

– Gracias por la cena -dijo Alex-. ¿Quieres pasar?

Advirtió que una extraña expresión cruzaba el rostro de su acompañante durante un instante, una expresión que le pareció casi de miedo.

– Será mejor que vuelva a mi trabajo.

– ¿Esta noche?

– Un genio no puede tener al mundo esperando eternamente.

– Ni a su agente.

– No, claro que no.

– Oye, ¿te importaría entrar un segundo? Te enseñaré la postal y me dices tu opinión.

De nuevo vio la misma expresión cruzar su rostro y en esa ocasión no tuvo duda de que en ella se reflejaba el miedo. Lo miró y ella misma se sintió incómoda, preguntándose qué podría ser lo que le asustaba, qué había sido capaz de penetrar las defensas aparentemente infranqueables que lo rodeaban como la concha de un molusco.

Durante un momento Philip fijó la mirada en el parabrisas, sin decir nada. Después puso la marcha atrás, con un extraño ademán de resignación, como si se diera por vencido, y se volvió para mirar hacia atrás, por encima del hombro.

Al parecer tuvo que hacer un esfuerzo para subir los escalones que llevaban a la puerta, como si luchara contra una fuerza extraña e invisible que lo empujaba hacia atrás. Alex lo vio vacilar, como si estuviera vadeando en aguas profundas.

Philip se detuvo cuando llegaron frente a la puerta principal y, vacilante, tuvo que apoyar las manos en el quicio de la puerta. Su rostro estaba pálido como el papel y comenzó a sudar. Cerró los ojos con fuerza y Alex le preguntó, asustada:

– ¡Philip! ¿Qué te pasa?

Él alzó los ojos; ríos de sudor corrían por su rostro.

– No es nada. Estoy bien, ya pasó. Todo irá bien.

– ¿Qué pasa, Philip?

– Todo va bien -repitió. La miró nervioso-. No es nada -sonrió.

El olor los golpeó en el mismo momento en que cruzaban la puerta. Un olor detestable, repulsivo. Alex retrocedió asqueada y aspiró una profunda bocanada de aire de la calle. Main se llevó la mano a la nariz y miró a su alrededor en silencio.

– ¿Qué es esto? -Encendió la luz del recibidor; todo parecía normal-. Es como si un perro…

Él negó con la cabeza.

– No, no es un perro.

Alex entró en la cocina tapándose con un pañuelo la nariz.

– Aquí no hay nada -dijo quitándose el pañuelo-. Aquí casi no huele nada.

Main bajó las escaleras.

– Tampoco arriba.

Alex regresó al recibidor, donde el olor era mucho peor que fuera y se quedó de pie en el quicio de la puerta, oliendo el aire húmedo de la noche.

– Es dentro, Philip -dijo-. Quizá sea un ratón muerto o algo parecido. -Se lo quedó mirando y lo vio con los ojos muy abiertos observando a su alrededor y el rostro blanco como el papel-. Philip, ¿por qué no te sientas? Voy a abrir las ventanas.

Se dirigió al salón y encendió las luces. Sintió como una fuerza que la obligaba a bajar los ojos al suelo: allí, como si alguien las hubiera tirado adrede, estaban la tarjeta y la carta de Carrie.

La pared se deslizó alejándose de ella. Por un instante tuvo que doblar las piernas bajo una gran presión, aunque no había nada sobre ella, y se vio corriendo por la habitación hasta tropezar con una de las paredes; adelantó los brazos para apoyarse en ella y la pared pareció rechazarla, empujando contra ella. Alex dio unos pasos hacia atrás y se desplomó.

– Alex, ¿te encuentras bien?

Presa de vértigo, Alex levantó la vista y vio a Main que la miraba desde arriba; era como si lo estuviera contemplando todo desde la distancia, podía verse caída en el suelo y mirando a Philip. Oyó una voz y tardó algún tiempo en reconocer que era la suya.

– Creo que… Debo de haber resbalado.

Vio una mano flotando en el aire; la mano sujetó las suyas; pudo contemplarse a sí misma abrazando a Main y después, de repente, de modo vivido, sintió la arrugada suavidad de su chaqueta y el calor de su pecho. Se apretó contra él con fuerza y apreció la fortaleza de los dorsales de Philip.

– En el suelo -explicó Alex-. Las dejé bajo el teléfono cuando me fui, bien sujetas. Alguien debe haberlas movido.

Sintió las manos fuertes de Philip en su espalda, temblorosas: ¿o era ella quien temblaba?, se preguntó.

– Cálmate, chiquilla, tranquilízate.

Por el tono, Alex se dio cuenta de que Philip se esforzaba en contener la ansiedad de su voz. «¿Qué es lo que te pasa?», le hubiera gustado preguntarle. Se lo quedó mirando.

– ¿Otra de esas alucinaciones de mi mente? -preguntó.

Philip bajó los ojos a sus viejos zapatos de golf y tosió.

Su voz se convirtió casi en un susurro, como si estuviera hablando consigo mismo.

– No, Dios mío, no es una alucinación. -Alzó los ojos al techo y después su mirada recorrió las paredes, pensativo, todavía conmovido por la ansiedad-. Más bien agotamiento.

– Lo siento -dijo Alex, que se agachó para recoger la tarjeta y la carta-. ¿Quieres un café?

– ¿Puedo tomar un poco de whisky?

– Sírvete tú mismo. Yo haré un poco de café.

Main se dirigió al pequeño armario y se sirvió un whisky largo. Después tomó la tarjeta y la carta y se dirigió a un sillón. Olfateó de nuevo, miró el techo con los ojos medio entornados y se sentó despacio. Sostuvo el whisky bajo la nariz y lo olió agradecido, después acabó de cerrar los ojos.

– Padre nuestro -musitó-, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…

– Philip, ¿te has dormido?

Main abrió los ojos de golpe y se dio cuenta de que sus mejillas se ruborizaban.

– Uhmmm -respondió mientras buscaba sus cigarrillos.

– ¿Qué piensas?

– ¿Pensar?

– Sobre la carta.

Leyó la carta con detenimiento. Se encogió de hombros.

– Parece muy clara, tajante. ¿Qué quiere decir con «raro»?

– No me refiero al texto -dijo-. Es la escritura. Mira la tarjeta.

– Es un poco diferente -concedió-. Pero puede haber sido escrita sentada, sobre las rodillas, o cuando estaba ebria o drogada; básicamente la letra me parece la misma.

– ¿Podría decírnoslo tu amigo Dead Rat?

– ¿Dendret?

Alex vio de pronto que Main giraba la cabeza, como si tratara de ver algo a sus espaldas, con mirada airada.

– ¿Te encuentras bien?

– ¿Qué?

Alex se sentó en el brazo del sillón y se estremeció.

– Me parece que no puedo dejar las ventanas abiertas de modo permanente. Además no parece haber mucha diferencia.

– ¿Diferencia?

Alex puso su mano en la frente de su acompañante. Estaba húmeda y fría.

– ¿Quieres echarte un rato?

Main tenía la mirada perdida por encima de su vaso de whisky y no respondió nada. Alex fue a la cocina a buscar el café; cuando regresó Main seguía inmóvil en su sillón. El olor en la habitación era repugnante.

Ella volvió a sentarse sobre el brazo del sillón de Philip, a su lado, y vio una vez más cómo el sudor bañaba su rostro.

– Creo que debemos irnos a la cocina, se está mejor allí. -Se lo quedó mirando, sin saber si la había oído y de nuevo le puso la mano sobre la frente. Por un momento temió que fuera víctima de una embolia.

– Éste no es mi sitio -dijo Philip de repente-. No soy querido aquí.

– ¿Quieres que llame a un médico? -preguntó Alex alarmada por su incoherencia. Chasqueó los dedos delante de los ojos de su amigo, pero no se produjo la menor reacción-. Philip -repitió-, ¿quieres que llame a un médico? -Esperó un momento-. ¿Puedes oírme?

– ¡Hola, madre!

Las palabras sonaron amables, limpias como el cristal; como si Fabián estuviera allí, a su lado.

Alex se dio la vuelta y se quedó mirando el recibidor y después la ventana. Corrió hacia ella y miró fuera. La calle estaba vacía; nada excepto la oscuridad, los coches aparcados y la lluvia.

Pero no se lo había imaginado.

Se quedó mirando a Main, que temblaba con violencia.

– ¡Madre!

Las palabras procedían de Main.

Lo contempló, temblando, respirando con dificultad, y se dio cuenta de que la habitación se hacía cada vez más fría. Vio cómo el sudor corría por el rostro de Philip y que apretaba los nudillos con tanta fuerza que pensó que sus manos iban a quebrarse.

Siguió observándolo.

Madre.

La palabra parecía resonar dentro de ella.

De improviso, Philip dio un salto, se puso de pie, separó los brazos del cuerpo y gritó, ahora con su propia voz:

– ¡No, he dicho que no!

Miró alrededor de la habitación, desorientado, perdido, confuso. Respiró profundamente y después miró a Alex con los ojos llenos de terror, unos ojos que apenas la reconocieron.

– Tengo… que irme -dijo lentamente, vacilando después de cada palabra-. Tengo que irme… ahora mismo. No debí haber venido.

– ¿Qué ha pasado, Philip? ¡Dímelo, por favor!

Philip volvió a mirar la habitación, con la misma expresión en su rostro que Alex viera en el de Iris Tremayne, y después caminó decididamente hacia el recibidor.

– ¡Quédate y cuéntame lo que ha sucedido!

– Ven conmigo.

Ella movió la cabeza.

– Te esperaré en el coche.

– Dendret -dijo Alex-. ¿Dónde puedo encontrarlo?

Philip abrió la puerta y salió a la calle, convertido de pronto en un completo desconocido.

– ¡Philip! -Alex oyó su propia voz, aguda, asustada, como la llamada de ayuda de una niña perdida.

Se dio la vuelta y miró en el recibidor. Cogió el bolso, el abrigo y las llaves; cerró la puerta y corrió por la acera.

Main estaba sentado en el Volvo, en medio de una espesa nube de humo de cigarrillos; cuando Alex cerró la puerta de un portazo, él puso en marcha el coche y se alejó.

– Philip, quiero quedarme aquí.

Él ignoró las palabras de la mujer y giró a la izquierda por la Fulham Road. Ella miró su rostro carente de expresión. Conducía a mucha velocidad y ella estaba medio tumbada en su asiento. El sistema de alarma del cinturón de seguridad se encendía de modo intermitente y zumbaba como un insecto furioso. Alex trató de ignorarlo. Philip Main no dijo nada hasta que ambos estuvieron dentro de su piso.

Le ofreció un brandy a Alex y se sentó con el vaso de whisky en la mano; miró al suelo y dejó escapar un débil silbido. Alex olió su brandy y bebió un poco; sintió que el líquido le quemaba en el fondo del estómago, apretó la copa de balón entre sus manos y bebió agradecida.

– ¿Qué pasó?

Philip silbó de nuevo y sacó sus cigarrillos.

– ¿Era Fabián quien hablaba o tú?

Él le ofreció el paquete, todavía sin decir nada, y Alex negó con la cabeza y tomó uno de los suyos.

– No quieres admitirlo, ¿verdad? -Vio cómo se enrojecía su rostro cuando el tormento aumentó en su interior y por un momento deseó no haber dicho nada-. ¡Lo siento!

Alex oyó el clic de su encendedor y lo observó mientras él parecía estudiar la pequeña llama que bailaba en el aire; la miraba con tanta intensidad como si fuera un genio al que hubiese pedido que acudiera en su ayuda.

– Muy poco frecuente -dijo Philip de repente.

Por vez primera ella se dio cuenta de cuan cansado parecía; la piel colgaba fláccida en su rostro, como una tela de franela puesta a secar, después de haberla estrujado por completo.

– ¿Qué quieres decir?

Él se encogió de hombros y no dijo nada.

– ¿Te acuerdas de algo que escribiste en tu último libro?

Dio una fuerte chupada a su cigarrillo y fijó la mirada en el espacio. Alex se estremeció un instante, mientras el humo se arremolinaba alrededor de Philip; le recordó una fotografía que vio en cierta ocasión de unos seres diabólicos y tristes en un fumadero de opio.

– Dijiste que todos nosotros somos prisioneros de nuestros genes.

No hubo la menor respuesta.

– Dijiste que no podíamos luchar contra nuestros programas genéticos y que nunca lograríamos cambiarlos; la única libertad a nuestro alcance es la de mostrarnos en desacuerdo con ellos.

Lentamente Philip afirmó con la cabeza.

– Esos programas fueron elegidos para nosotros en el momento de nuestra concepción, al azar entre la selección de genes del esperma del padre y del óvulo de la madre. En esa fracción de segundo se determina todo lo que vamos a heredar o rechazar de nuestro padre y de nuestra madre. ¿Correcto?

Main se volvió y miró vagamente en su dirección.

– Has heredado los poderes de tu padre y no quieres admitirlo.

De nuevo Philip apartó la mirada de ella y la fijó en el vacío.

– Por favor, Philip -le suplicó-, por favor, explícame lo sucedido.

– Es sólo una teoría y nada más -dijo sin mirarla-, sólo una teoría, chiquilla. No hay ninguna prueba que la confirme.

– ¿Ni siquiera gracias a la ingeniería genética?

– Ése es un campo distinto.

– Pero tengo razón, ¿verdad?

– Quizá -dijo con calma-, aunque se considera poco probable. El color de tu cabello se transmite por genes, como la forma de tu nariz. Pero los poderes psíquicos son algo diferente. -Se encogió de hombros-. Se supone que se trata de un don especial.

– ¿La inteligencia no se transmite con los genes?

– Sí, claro que sí.

– Yo siempre creí que la inteligencia también estaba considerada como un don.

– No, en absoluto.

– ¿Y qué pasa con el comportamiento? ¿Se transmite también con los genes?

– Hasta cierto punto.

– Entonces, ¿por qué no puede ocurrir lo mismo con los poderes psíquicos?

La miró por unos instantes y después apartó la mirada.

– ¿Por qué no querías entrar en mi casa? ¿Qué sucedió?

– Todo eso es un misterio, chiquilla; yo no sé de dónde vienen todas esas voces, espíritus u otras manifestaciones. Nosotros, los seres humanos, sólo podemos ver una banda muy estrecha de ondas luminosas y oír una banda igualmente estrecha de ondas de sonido. Es posible que al morir dejemos detrás algunas improntas en otras longitudes de onda al margen de aquéllas y que haya personas capaces de conectar con ellas y captarlas. Pero eso no significa que los difuntos sigan vivos en algún otro lugar; no, desde luego que no.

– ¿Qué significa entonces?

– Que dejaron tras de sí una huella, una impronta, como una fotografía. El truco está en ser capaces de verla. -Se golpeó levemente en la cabeza-. Lo más probable es que todos nosotros tengamos ese poder, pero la mayoría no sabemos cómo usarlo; algunos sí lo saben pero permanecen sin llamar la atención durante toda la vida; otros se hacen médiums. Es un buen sistema para fomentar falsas esperanzas. -Philip la miró; el color volvía a sus mejillas-. No quería darte falsas esperanzas.

– ¿Falsas esperanzas?

Philip reflexionó cuidadosamente antes de hablar.

– Tenía la sensación de que podría entrar en comunicación con Fabián, pero ¿Te serviría de algo? ¿Te haría algún bien? ¿Para qué darte falsas esperanzas de que tu hijo está en alguna otra parte?

Ella lo miró con fijeza, se echó hacia adelante y, sorprendida de la rapidez con que se había fumado el cigarrillo, apretó la colilla hasta apagarla.

– Me estás mintiendo, Philip -le reprochó.

– No, no estoy mintiendo. He tratado de explicártelo todo con las palabras más claras y comprensibles.

– Si sólo hubiera sido eso, no habrías estado tan asustado. Y lo estabas, aterrorizado por algo. ¿Por qué, Philip?

El negó con la cabeza.

– Eso son imaginaciones tuyas; eso es lo que suele ocurrir cuando la gente trata de entrar en este terreno.

– Philip. -Lo miró-. Mírame, por favor. Eres mi amigo. ¿Crees seriamente que puedes convencerme de que si existe algo como esa impronta que se deja al morir, después de veintiún años de vida lo único que quedarían serían esas dos palabras, «Hola, madre»? Deja de evadir la cuestión y cuéntame la verdad.

Philip cogió su vaso de whisky y pareció estudiarlo con atención; hizo girar el licor dentro del vaso, lo olió atentamente, como si buscara en él alguna señal oculta. Habló sin mirarla.

– Es posible que haya una presencia en tu casa; una presencia maligna.

Algo húmedo y viscoso resbaló por su espina dorsal. Tuvo un escalofrío y bebió un poco más de brandy; le supo como hielo seco. Dejó el vaso a un lado, le ardía la boca, recorrió la estancia con la mirada y después cerró los ojos, tratando de aclarar su mente.

– Si verdaderamente hay una presencia en casa, tiene que ser Fabián.

– Los que creen en estas cosas… son de la opinión de que el mal puede ser muy complicado y perverso: que puede hacer presa en las personas que sufren de una profunda aflicción, aprovecharse de su debilidad y de su ceguera ante la verdad.

– ¿Qué quieres decir?

– Espíritus traviesos, malignos, chiquilla. Es posible que uno de ellos se haya instalado en tu casa y trata de hacerse pasar por tu hijo.

Lo miró largo tiempo, en silencio, temblando. La desesperación penetraba en ella. Buscó en él un apoyo, como el náufrago busca un salvavidas al que aferrarse; el último salvavidas sobre toda la superficie del mar.

– ¿Por qué? -preguntó finalmente, desesperada.

– A veces los espíritus tratan de regresar.

– ¿Y lo consiguen?

– Hay pruebas de que pueden llegar a poseer a otras personas. E influirlos. Para bien… y para mal. -Sonrió con ironía.

Alex movió la cabeza.

– Me sorprendes. Eres tan cínico y… no sé, pero tengo la impresión de que sabes mucho más de lo que pretendes, ¿no es así? Eres como un escenario con cien telones de fondo.

– No, Dios mío, no. -Movió la cabeza-. No me sobrestimes, chiquilla.

– ¿Por qué tratan de regresar?

Jugó con el vaso en la mano y después observó a Alex. Apartó la mirada, recorrió con ella la habitación y después volvió a fijarla en su vaso y siguió jugando con él. Finalmente alzó la vista hacia ella, con el rostro lleno de dudas. Las palabras surgieron lentamente, como si para poder hacerlo tuvieran que vencer una profunda resistencia interna.

– Porque dejaron sin terminar algunos asuntos.

CAPÍTULO XVIII

Arthur Dendret tenía la barba puntiaguda y el cráneo igualmente puntiagudo; se movía por su despacho a pasos cortos, con movimientos uniformes y mecánicos, como si fuera un autómata regido por el programa de un ordenador situado en su interior.

Cada centímetro del espacio disponible en el suelo y en las estanterías de su atestada oficina estaba cubierto por polvorientos legajos, montones de documentos y una gran cantidad de libros de consulta no menos sucios y polvorientos. De las paredes colgaban grabados fríos y sin vida que representaban a las Regency Terraces y que no decían nada de la personalidad de su dueño. En contraste con su propia estatura y tamaño, su mesa era enorme y estaba casi vacía. Lo único que destacaba sobre la superficie de cuero verde era un secante de rodillo completamente limpio, una lupa y la fotografía enmarcada de una mujer de aspecto serio.

– Por favor, siéntese.

Se quitó sus lentes con montura de oro, los miró con aire acusador y los sustituyó por otros. Colocó ambas manos sobre el secante, miró furtivamente a Alex y le dedicó una amplia sonrisa que casi pareció una mueca estúpida.

Ella observó su llamativo traje de cuadros y su aburrida corbata de lana de color barro.

– Philip Main me dio su nombre.

– ¡Ah, sí! -Su rostro se retorció como una esponja, lanzó una mirada furiosa y alzó un brazo como si quisiera detener un taxi-. Los pergaminos del mar Muerto. Muy interesante. Durante algún tiempo pensé que había encontrado algo, pero, como era de esperar, todo acabó en un callejón sin salida. Como ocurre siempre que se trata de los pergaminos del mar Muerto, ¿no lo cree así?

Alex sonrió amablemente.

– Siento decirle que no tengo la menor idea sobre ese asunto.

– No, bien, Philip Main es un tipo muy decidido. Aunque… -Se echó hacia atrás y la miró expectante.

Alex abrió su bolso y sacó la carta y su tarjeta postal que dejó sobre el amplio desierto de la mesa. El hombre las observó por un momento, abrió un cajón y sacó de él unas pinzas. Uno tras otro cogió los dos escritos y los puso delante de él.

– Éstos no son los pergaminos del mar Muerto -comentó-, en absoluto. -Sonrió entre dientes y sus hombros se movieron de arriba abajo como una marioneta movida por hilos invisibles. Tomó la tarjeta con las pinzas y le dio la vuelta-. Ah, Boston, Cambridge, MIT. Conozco bien esta vista. Tuve un pinchazo en ese puente. No es el mejor lugar para pinchar… Estados Unidos no es un buen país para pinchar, sobre todo si se va en un Peugeot.

Alex lo miró con curiosidad.

Dendret levantó el dedo índice.

– Tienen unos ganchos para sacar las cámaras del neumático que no se pueden utilizar en los Peugeot. -Le dio la vuelta a la postal y le preguntó-: ¿Qué puedo hacer por usted?

– Quisiera saber si la persona que escribió la carta es la misma que escribió la postal.

Dendret tomó la lupa y estudió atentamente varias líneas de la carta; después se inclinó hacia adelante e hizo lo mismo con la tarjeta. A medida que iba leyendo fruncía los labios con un gesto que parecía alargar su nariz. Su rostro le hizo pensar a Alex en un agresivo roedor.

Con decisión dejó la lupa sobre la mesa y se echó atrás en su asiento; miró el techo y cerró los ojos durante un segundo, los abrió de nuevo para fijarlos directamente en Alex.

– No, absolutamente no. La tarjeta postal es una pobre falsificación de la escritura de la carta; hay ocho puntos de diferencia claramente visibles sin más ayuda que la lupa. Los trazos superiores de las «t», por ejemplo. -Movió la cabeza-. Sí, son totalmente distintos. Y los espaciados; la presión, la inclinación, las curvas. No hay comparación posible entre las dos escrituras.

Miró irritado a Alex, como quien espera una copa de un buen rioja de reserva y se le sirve un vaso de vino peleón. Cogió las pinzas y con ellas dejó la tarjeta y la carta delante de ella, sin hacer nada por ocultar su desdén.

– Yo… bien, lo siento, soy lega en la materia, yo…

– No, claro, usted no podía saberlo. -El tono de su voz se hizo casi beligerante. Respiró profundamente y durante unos instantes contempló el retrato de la mujer seria, lo cual pareció calmarlo, aunque no lo suficiente. Ya no miraba a Alex, sino a través de ella-. Francamente, creo que hasta un niño de seis años podría darse cuenta de que las dos letras son distintas.

– Desgraciadamente -comentó Alex con la misma acritud- yo no tengo ningún hijo de seis años.

Dendret utilizó un cuaderno que sacó de un cajón de su mesa y una estilográfica Parker de oro para escribir la factura, que secó cuidadosamente con su impoluto secante.

– Son treinta libras -dijo.

Alex miró la impresión que la factura dejó en el secante y después la hoja de papel blanco que el grafólogo puso delante de ella, ahora sin utilizar las pinzas. Le pagó en billetes que él guardó ansiosamente en su cartera. «Como una rata que almacena su comida», pensó Alex.

– Recuerdos al señor Main.

Sentada en su coche contempló la tarjeta con el corazón acongojado. La leyó por enésima vez:

Hola, mamá: Éste es un lugar realmente tranquilo. Me han ocurrido muchas cosas y he conocido a gente estupenda. Volveré a escribirte pronto. Con cariño. C.

Miró el matasellos. La palabra Boston apenas podía verse. Alex trató de concentrarse. ¿A quién conocía Carrie en Boston? ¿Había estado en aquella ciudad? ¿En cualquier parte de los Estados Unidos? ¿Quién echó la tarjeta al correo? ¿Y las otras? ¿Fabián? Él nunca estuvo en los Estados Unidos, al menos que ella supiera.

Condujo directamente hacia Cornwall Gardens y llamó al timbre del piso de Morgan Ford. Una voz de mujer sonó automáticamente a través del interfono y la cerradura automática se abrió con un ruidoso zumbido.

Alex subió la escalera, nerviosa. La puerta del piso de Ford le fue abierta por una jovencita de aspecto confuso y gafas de gruesos cristales, con una melena lacia que le cubría casi todo el resto del rostro, que le recordó a Alex un viejo perro pastor inglés.

– Ah, ah -dijo la chica- ¿La señora Willingham? El señor Ford la atenderá en seguida.

Alex deshizo el equívoco.

– No, no estoy citada con el señor Ford. Desearía saber si el señor Ford podría atenderme unos minutos.

La muchacha sonrió nerviosa.

– Creo que sería más conveniente que… pidiera hora. -Hizo pasar el peso de su cuerpo de un pie a otro, mientras movía la cabeza de arriba abajo repetidas veces.

– Lo vi ayer, sabe. Es que me gustaría preguntarle algo… Es muy importante.

La oscilación del cuerpo de la chica aumentó su ritmo.

– Se lo preguntaré de su parte -dijo con seriedad pero sin ocultar sus dudas-. Ah… ¿cuál me dijo que era su nombre?

– Señora Hightower.

La chica movió la cabeza de nuevo y se alejó con pasos largos y desgarbados, con el cuerpo inclinado hacia adelante. Alex miró el corredor: era estrecho y gris, el suelo cubierto por una llamativa alfombra roja y reproducciones enmarcadas de blanco en las paredes. Nada en él anunciaba la barroca magnificencia del estudio al que conducía.

La chica regresó apretando contra su cuerpo un libro registro.

– Lo siento, pero el señor Ford no la recuerda en absoluto.

– Pero si estuve aquí ayer mismo.

La chica movió la cabeza.

– Eso es lo que él me ha dicho.

– Tiene que constar en su registro, ¿no es así?

La muchacha abrió el libro.

– ¿A qué hora fue? -preguntó.

– A las diez y media.

– No -negó con la cabeza-. A esa hora nos visitó la señora Johnson.

Alex sintió que se ruborizaba. Miró los gruesos cristales de las gafas de la chica y fue como si viera sus ojos en el extremo opuesto de un catalejo.

– Ah, claro, es que di mi nombre de soltera.

– ¿La señora Shoona Johnson? -preguntó la chica incrédula.

– Si.

– Un momento. -Se alejó a buen paso.

Cuando volvió, venía seguida del propio Morgan Ford, que miró a Alex y sonrió cortésmente.

– Sí… ya recuerdo, usted vino… ¿no fue ayer?

Alex afirmó con la cabeza y miró las pequeñas manos rosadas y el enorme anillo con su piedra semipreciosa. Vestía un traje gris, pero distinto al del día anterior, más elegante, con una corbata más chillona y zapatos con hebillas doradas: si el día anterior su aspecto era el de un agente de seguros, hoy parecía el presentador de un espectáculo de variedades.

– Siento mucho molestarle así, de improviso -se excusó la señora Hightower-, pero necesito hablar con usted urgentemente.

Ford miró su reloj y Alex vio en su rostro un leve parpadear de irritación que logró que no se reflejara en su rostro.

– Puedo concederle un par de minutos hasta la llegada de mi próxima visita. No me gusta hacer esperar a nadie, ya sabe -dijo con amabilidad.

Los gatos continuaban en su puesto de centinela cerca de la chimenea con su fuego de gas y la observaron con aire de desconfianza.

– Quizá podría recordarme cuál era su asunto -le pidió Morgan.

– Mi hijo resultó muerto en un accidente de tráfico en Francia, cuando un conductor invadió en el lado contrario de la autopista.

– Sí, me suena. -Inclinó la cabeza como si se saludara a sí mismo-. Debe excusarme, pero veo a tanta gente…

– Ayer usted se excitó mucho.

Él frunció el ceño.

– ¿Lo hice?

Por un momento Alex quiso gritarle, darle un tortazo en la oreja. Pero la desesperación se impuso sobre la furia que resbaló sobre ella.

– Es una pena -replicó- que no pueda recordar lo ocurrido: le quería consultar sobre algo que dijo mi hijo.

– Por favor, siéntese.

Alex se sentó en la misma silla que el día anterior y el gato atigrado se acercó a ella lentamente y describiendo un amplio círculo.

Ford le sonrió con una expresión distante en sus ojos.

– ¿Podría darme algún objeto que esté en contacto directo con usted, una pulsera o un reloj?

– Ayer le di mi reloj de pulsera.

– Entonces eso mismo será lo mejor.

Alex asintió y se desabrochó la correa.

Morgan se sentó a su lado sosteniendo el reloj en la mano.

– Ah, sí -dijo-, ah, sí. Sentimientos muy fuertes. -Movió la cabeza-. Increíble. Notabilísimo. ¿Qué es lo que quiere saber?

– Ayer fui un poco agresiva con usted, porque no creía lo que me estaba diciendo. Desde entonces han ocurrido algunas cosas. -Lo miró atentamente, buscando alguna expresión en su rostro, un parpadeo, un sonrojo, algo que indicara que se sentía incómodo. Pero todo lo que vio fue una sonrisa cortés-. Me dijo usted que mi hijo Fabián deseaba regresar. ¿Qué quiso decir con ello?

Ford se la quedó mirando.

– Me llegan unas vibraciones inmensamente fuertes. Hay un espíritu que se siente atado a este mundo, posiblemente su hijo, pero hay también muchas otras cosas, un gran conflicto; percibo la presencia de una chica y otro hombre. Lo siento, señora, ahora no tengo tiempo, pero tenemos que hacer algo. Ese espíritu está atado a este mundo, confundido; tenemos que hacer algo por él.

– ¿Qué quiere decir usted con «atado a este mundo»? -Oyó sonar el timbre de la puerta en el otro extremo del corredor.

– Que no pasó al otro plano. Es algo que ocurre con frecuencia, me temo, en caso de muertes repentinas, como en un accidente o un asesinato; el espíritu necesita ser ayudado para salir de este mundo. Es posible que su hijo no se haya dado cuenta de que está muerto, ¿sabe? -Sonrió.

– ¿No hay en ello… -hizo una pausa- algo maligno?

Ford sonrió y le devolvió el reloj.

– Lo diabólico está presente en todas partes, pero podemos protegernos contra ello. Con procedimientos sencillos… No hay razón para preocuparse, si lo hacemos todo apropiadamente.

Ford la miró y Alex trató de leer su expresión.

De improviso el gato saltó sobre su regazo y el corazón le dio un vuelco.

– El ambiente es muy importante. Mire, un espíritu atado a este mundo puede perderse fácilmente; nada le es familiar; trata de hablar con la gente y se sorprende al ver que nadie le responde. -Ford sonrió-. El espíritu no tiene energía, pues no hay cuerpo que se la transmita. Pero si formamos un círculo, ese círculo crea energía, como un foco radial. El espíritu puede hallar su camino con ayuda del círculo, pues podemos atraer a él a guías espirituales que le pueden ayudar a salir de este plano y llevarlo al otro lado.

– ¿Se refiere a una sesión de espiritismo?

Ford hizo una mueca de dolor.

– Creo que es mejor llamarlo círculo; el nombre de sesión espiritista tiene un tono de vulgaridad; gitanas que echan las cartas en la costa a los turistas y todo eso. -Sonrió de nuevo.

– Ya sé que tiene prisa… seré rápida. Ayer me dijo que había una chica que trataba de manifestarse, alguien llamada Carrie. ¿Puede recordar algo de ello?

Él se estremeció.

– Ayer se interferían muchos canales, muchos eran los que trataban de intervenir, demasiada confusión.

– Es muy importante.

– Estoy seguro de que todo se aclarará cuando comencemos el círculo. Necesitaremos un lugar conveniente, que le sea familiar a su hijo; en su casa, sería lo mejor. ¿Tiene usted algún inconveniente?

Alex negó con la cabeza.

– ¿Qué dirá su marido?

– Estamos separados.

Ford movió la cabeza, comprensivo.

– ¿Quería su hijo a su esposo?

– Sí.

– En ese caso me gustaría que su marido estuviera presente. Necesitamos gente que nos dé poder; es muy importante que haya personas próximas a su hijo. ¿No tenía hermanas ni hermanos?

Alex negó con la cabeza.

– ¿Hay otros parientes?

– No. -Alex hizo una pausa-. Por otra parte, mi marido es muy escéptico.

– Y usted también. -Le sonrió, una sonrisa cálida y amable-. Pero es importante que esté allí. Un padre puede radiar mucha energía en una situación como ésta.

Alex lo miró vacilante, pero no dijo nada.

– Bien, si tiene otros amigos, gentes que conocieron a su hijo y que estén dispuestos a asistir, nos serían de gran ayuda. Yo podría llevar algunas personas, como puede suponer, pero cuantos más sean los asistentes que lo conocieron, mejor.

– ¿Cuántos?

– Al menos dos. Tenemos que ser cinco como mínimo, aunque es preferible que seamos más. Bien, fijemos una fecha. Lo mejor será a primeras horas de la noche. ¿Tiene alguna habitación sin ventanas?

– Un laboratorio de revelado fotográfico.

– Perfecto.

– No, creo que no es lo suficientemente grande.

– Nos servirá cualquier otra estancia. Lo mejor sería su propio dormitorio, pero no podrá utilizar esa habitación para ninguna otra cosa mientras duren las reuniones del círculo. Tiene que asegurarse de que las ventanas están perfectamente cerradas, para que no entre luz, nada de luz, en absoluto. ¿Comprende?

– Si.

– Los que asistan no pueden comer nada en las seis horas precedentes. ¡Nada en absoluto!

– ¿Seis horas?

– Y todos tienen que haberse bañado antes y llevar ropas limpias. Ésas son mis normas y deben ser obedecidas.

Alex escuchó el tono amable de su voz y frunció el ceño al pensar en los detalles; ¿por qué ese tipo de personas se obsesionaban de tal modo por los rituales?, se preguntó. ¿Por qué no podían solucionar las cosas de modo sencillo y sin complicaciones?

– Debe limpiar perfectamente la habitación, pasar el aspirador a fondo. El diablo siente atracción por la suciedad, ¿sabe?, la suciedad en la habitación o en nuestros cuerpos, los productos de desperdicio de nuestros sistemas. No debemos darle al diablo la menor oportunidad.

Se levantó y la siguió por el pasillo. No pudo ver por ninguna parte a la visita que esperaba. ¿Quién sería?, se preguntó Alex. ¿Cuál sería su aspecto? ¿Por qué estaba allí?

– ¡Margaret! -dijo Ford en voz alta-. ¿Puede darme el registro?

La secretaria acudió obedientemente, llevó el libro y se lo entregó.

– Un martes o un jueves sería lo más conveniente -dijo-, y debe contar con tener libre ese mismo día de la semana durante otras varias. Los resultados pueden ser inmediatos o tardar un poco; la continuidad es esencial. Bien, hoy es martes y no tenemos suficiente tiempo para prepararlo todo. ¿Qué le parece este jueves? ¿Puede arreglarlo?

– Lo intentaré -respondió ella.

– Tiene que convencer a su marido -insistió-, es realmente muy importante.

– Sí.

Alex trató una vez más de leer en su rostro. Tuvo la impresión de que algo se ocultaba detrás de aquella amable sonrisa; algo que él conocía y que no quería revelar.

CAPÍTULO XIX

– Yo creo que todos somos maravillosos y cada uno tiene algo especial que ofrecer al mundo. -La mujer pronunció estas palabras con un horrible acento californiano como si su personal descubrimiento fuera un secreto que debía ser guardado ante los tres millones de radioyentes. Alex se preguntó si mantenía cogidas las manos de la periodista que la entrevistaba y la miraba a los ojos-. Los tibetanos les suelen decir a sus gentes, cuando están preocupados, que se vayan a caminar bajo los pinos, como lo vienen haciendo desde hace mil quinientos años.

– ¡Caray! -exclamó el entrevistador.

– ¡Tonterías! -comentó Alex, que se echó adelante para cerrar la radio.

El mundo está lleno de gentes que han descubierto el secreto de la vida, que lo descubren en los granos de maíz a medio digerir de sus excrementos. Jesús! ¿Hay que pasarse el tiempo revisando los retretes o caminando bajo los pinos para enfrentarse a la vida? Felices quienes disponen de tiempo para ello. Felices los que no tienen nada mejor que hacer.

Alex desvió el Mercedes de la carretera y entró en el desigual camino de carros, para cruzar el portón sobre el que campeaba un pequeño cartel pintado a mano en el que se leía: «Château Hightower», y sonrió. Al menos David no había perdido su sentido del humor ni tampoco, pensó con orgullo, su paciencia. Ya debía haberse divorciado de ella y buscado otra mujer, alguien que lo quisiera y lo hiciese feliz. Se lo tenia bien ganado; pero en aquellos momentos Alex se alegraba de que no lo hubiera hecho.

Después de unos cientos de metros, el camino se convertía en un barrizal y el automóvil patinó y rebotó al entrar en la granja de cerdos, con su desagradable olor; las aguas sucias y fangosas salpicaron el parabrisas y Alex puso en marcha los limpiadores. Un perro sucio salió de uno de los edificios ladrando a la visitante. Pasó las porquerizas y el edificio de la granja, atravesó otro cartel con la leyenda «Château Hightower» sobre una flecha que señalaba la dirección a seguir. Pudo ver el pequeño grupo de edificios a eso de dos kilómetros a su derecha, y algo más abajo, en el valle de South Downs, los campos de viñedos y las ovejas que ponían una nota incongruente pastando en las laderas de los alrededores, como blancos arbustos.

Mientras el coche descendía la empinada ladera, el lago surgió ante sus ojos a la izquierda, una rara superficie de agua sin vida, con una extraña isla artificial en su centro. El agente inmobiliario lo había descrito como un auténtico estanque medieval, que contenía una rarísima carpa. Entonces esa afirmación lo había excitado y cautivado a David mucho más que todos los edificios de la finca. Una carpa, pensó Alex. Había gentes que creían que el secreto de la eterna juventud radicaba en alimentarse de carpas.

Dejó atrás un gran pajar descubierto, en el que había un tractor oxidado y una pirámide de estiércol, y llegó al patio embarrado frente a la casa de piedra de un solo piso y un tanto extravagante que era el hogar de David y que también fuera el suyo durante un corto tiempo, hasta que el aislamiento y el frío fueron excesivos para ella.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo allí y pocas cosas habían cambiado. El bloque de establos, en la parte más alejada del patio, aún seguía amenazado de ruina, pese al presuntuoso aviso pintado en la fachada que anunciaba «Château Hightower. Recepción». Volvió a sonreír: la absurda presunción de aquel nombre siempre la hizo sonreír. Un perro pastor lleno de barro salió de la casa y se la quedó mirando con docilidad.

– ¡Hola, Vendange!

El perro se dignó hacer un único movimiento con el rabo y se puso a olfatear algo interesante que debía de haber en el suelo. Alex bajó de su coche, dejó atrás el Land Rover de David y se dirigió a los establos. Abrió la puerta de la «recepción» y miró dentro. Era una sala fría y húmeda, con el suelo de piedra y una vieja mesa de cocina sobre la que había una caja registradora no menos antigua. Dos medias botellas vacías, con la etiqueta «Château Hightower», y los tapones de corcho saliendo a medias de sus cuellos, como sombreros de copa excesivamente pequeños. El resto de la estancia estaba ocupada por cajas de cartón blancas, todas ellas con el nombre «Château Hightower» escrito con un rotulador verde. Salió y la puerta sonó con fuerza al cerrarse tras ella.

Recorrió el patio en toda su extensión para dirigirse a un alto granero de piedra situado al otro extremo y que tenía el aspecto de haber sido una capilla en tiempos pasados. Entró en él. En su interior reinaba el frío y la oscuridad y un olor agrio, como el de una taberna vacía.

Su marido estaba agachado, en el otro extremo, entre dos grandes tinajas de plástico, sumido profundamente en sus pensamientos. Alex dejó atrás una pequeña prensa de uvas, de color rojo, una hilera de otros recipientes de plástico más pequeños y una gran jarra de vidrio llena de un líquido opaco. David levantó un vaso de vino que se llevó a la nariz, lo olió profundamente y después tiró su contenido en un cubo de residuos que había en el centro de la habitación.

– ¡Hola, David! -lo saludó.

Él levantó los ojos, sobresaltado.

– ¡Dios mío! -Sonrió y se acarició la barba-. Me has asustado.

– Lo siento.

David se dirigió hacia ella con los brazos abiertos; vestía una sobria chaqueta de dril y unos viejos pantalones de algodón. Alex sintió que la barba de su marido le hacía cosquillas en la cara y notó la fría humedad de sus labios.

– ¿No te hielas aquí?

– ¿Hace frío? No me he dado cuenta.

Alex le miró los pies.

– Yo creía que los granjeros llevaban botas de goma… no zapatillas de casa.

– Yo no soy un granjero -replicó con expresión herida-, sino un castellano.

Se sonrió.

– Lo siento, lo había olvidado.

– De todos modos las zapatillas conservan mis pies calientes. Ven, quiero que pruebes esto. -Se dirigió a una de las tinajas grandes y llenó a medias el vaso en el grifo que había en uno de sus lados-. Olvídate del color, es muy joven, se aclarará con el tiempo.

Alex miró con desconfianza el sucio líquido grisáceo y lo olfateó. Tenía un olor suave, afrutado.

– Buen aroma, ¿no?

Ella afirmó con la cabeza.

– Ganará en fuerza, pero no está mal, ¿eh?

Probó el vino y el frío la obligó a hacer una mueca. Como quien cumple con un deber, conservó el vino en la boca y miró a su marido, como pidiéndole instrucciones sobre si debía tragarse el vino o escupirlo en el cubo. Vio la desesperada urgencia en sus ojos, como los de un niño que espera una alabanza. En contraste con su agradable aroma el vino tenía un sabor metálico, espeso, casi mantecoso. Se tragó el vino preguntándose si era eso lo que debía hacer.

– Uhm… -dijo con aire pensativo, pero vio cómo la ola de entusiasmo desaparecía del rostro de David y dudó-. Es bueno, muy agradable.

Se frotó las manos con júbilo como si aquella opinión le aportara la mayor felicidad.

– Creo haber acertado, ¿no te parece?

– Todos tus vinos son muy agradables, David.

Él negó con la cabeza.

– Todo lo que he hecho hasta ahora ha sido una porquería. Una copia, una imitación de otros vinos; un vino de Alsacia de segunda clase. Traté de imitar el Breaky Botton de St. Cuthman o cualquier otro tipo que me parecía bueno. -Sacudió la cabeza y palmeó-. Originalidad. Quiero crear un buen vino inglés, algo diferente, único. -Formó un círculo con el pulgar y el índice-. Y de producción limitada; ése es el secreto. La gente hará cola aquí para adquirirlo.

– Si es que pueden resistir el olor de los cerdos.

La miró ofendido y Alex sintió haber hecho aquella observación.

– De veras… ¿de veras te gustó?

Alex asintió.

– Aún me queda un largo camino por recorrer, te das cuenta, ¿verdad?

– Sí -mintió y le dedicó una sonrisa de ánimo.

David pareció aliviado.

– Sabía que lo harías; aun cuando no captaras otras cosas en el tiempo que estuviste casada conmigo, al menos aprendiste a conocer un buen vino.

Alex sonrió de nuevo, dándole ánimos.

– Creo que Fabián hubiera estado orgulloso de este vino. Estuvo aquí el año pasado, durante la vendimia; me ayudó a recoger estas uvas. Será algo especial, ¿no?

Alex afirmó con un gesto.

– ¡Chardonnay! -exclamó David mirando el techo y después repitió la palabra con más fuerza, con claridad, como un predicador de la Biblia en su púlpito-. ¡Chardonnay!

La palabra resonó con su eco por todo el frío y húmedo granero. Los dientes de David brillaron entre su barba con una expresión maníaca.

Alex se estremeció al darse cuenta de que en esos momentos, de repente, su marido le parecía un completo extraño.

– Montrachet, Cortón Charlemagne. -David se besó la punta de los dedos.

– Tengo que hablar contigo -dijo Alex.

– Puedo producir veinticinco mil botellas este año; no está mal, ¿verdad?

– Tengo que hablar contigo, David -insistió.

Su marido extendió las manos.

– Mira, mira esto.

Alex vio la suciedad de sus uñas y en los poros de la piel.

– Cuando vivía en Londres acostumbraba a ir a la manicura, ¿te acuerdas?

Alex respondió afirmativamente.

– Mis manos eran muy bonitas… pero todo lo que hacía con ellas no valía nada. Ahora mis manos están sucias, pero con ellas creo una gran belleza. ¿No es maravilloso este vino?

– Sí. Y espero que todo resulte bien para ti. ¿Podemos ir a la casa para hablar?

– Claro. -Tomó el vaso de Alex y se dirigió a la puerta; se detuvo en el camino para dar un golpecito cariñoso a un gran tanque de acero inoxidable.

– Para la fermentación -explicó con orgullo-. Ningún otro cosechero en Inglaterra tiene otro como éste.

Miró a Alex y ella le devolvió la mirada con sus tristes ojos pardos. Éste era el mundo por el que había rechazado Londres, su vida de ejecutivo, su elevado sueldo, sus rápidos automóviles deportivos, sus trajes caros y elegantes y sus caras manicuras; pero él lo había dejado todo para hacer lo que le gustaba en ese frío edificio con su acre olor, sus máquinas extrañas, los viñedos, las ovejas y la soledad.

– ¿Eres feliz? -le preguntó.

– Estoy haciendo lo que me gusta.

– Pero ¿eres feliz?

Se encogió de hombros y siguió andando. Ella lo siguió fuera del edificio a la clara luz del día, cruzó el patio con el olor a barro, a perros y a estiércol y se agachó detrás de su marido para cruzar la baja puerta de entrada de la casa.

Llenó de agua la cafetera en el grifo del fregadero de piedra y lo puso sobre el hornillo de gas. Alex se sentó junto a la mesa de pino e instintivamente apartó algunas migas de pan con la palma de la mano.

– ¿Quieres comer algo?

Ella movió la cabeza y tiró las migajas en una gran bolsa de papel marrón que servía de cubo de la basura.

– Me alegro mucho de verte. Hacía mucho tiempo que no venías por aquí.

Vio el montón de platos y fuentes sucias sobre el fregadero y sonrió.

– Deberías comprarte un lavavajillas.

David movió la cabeza.

– No sirven para lavar los vasos de vino, dejan residuos en el fondo.

– Pones las cosas difíciles.

– Después del anochecer no suelo tener mucho que hacer, así que puedo lavar la vajilla.

La cafetera produjo un débil silbido, «como un suspiro», pensó Alex, quien le dijo a David:

– Fui a ver a un médium.

Cuidadosamente, secó con un trapo una taza alta y miró a Alex.

– ¿Y bien?

– Se puso en contacto con Fabián.

David dejó la taza y sacó una lata de tabaco de su bolsillo.

– Ya sé cuáles son tus sentimientos sobre el tema, pero es posible que hayan sucedido algunas cosas, algunas cosas muy extrañas.

– ¿Qué tipo de cosas?

Alex contempló el viejo reloj de madera que había sobre una estantería: las cuatro y quince.

– ¿Es esa hora? -preguntó con voz débil mirando su propio reloj para confirmarlo.

– Normalmente va unos minutos adelantado.

– Tenía que estar en Penguin a las cuatro. -Movió la cabeza.

David se la quedó mirando.

– ¿Era importante?

– Me costó un mes arreglar el asunto.

– ¿No puede ir nadie en tu nombre?

– No.

– Pensaba que tenías algunos buenos colaboradores.

– Así es, pero en esta ocasión tenía que estar yo personalmente. -Miró su reloj-. Tendré suerte si estoy allí a las seis.

Se dio cuenta de que estaba culpando a David, como si fuera él la causa de que se hubiera olvidado de su cita, de que estuviera allí, en aquella sucia cocina, en medio de una maldita tierra de nadie, y de que, posiblemente, hubiera estropeado uno de sus mejores negocios.

– ¿Puedo usar tu teléfono? -dijo dócilmente.

– No tienes que preguntarme, la mitad es tuyo.

– No quiero un discurso -replicó con acritud-, sólo usar este jodido… -Se detuvo y se mordió el labio; no tenía razón para ponerse furiosa ni para culpar a David… ni a nadie.

David sonrió cuando Alex colgó el teléfono.

– Eres muy convincente -comentó.

– Creo que he salvado el negocio. -Metió las manos en los bolsillos de su abrigo.

Las botas de agua que se había puesto le estaban un poco grandes y sus pies resbalaban dentro de ellas. Se preguntó de quién serían.

La senda chapoteaba y parecía moverse bajo el peso de sus pies mientras caminaba entre los viñedos, filas interminables de cepas retorcidas y nudosas, libres de todo adorno de verde o de flores, como un regimiento de esqueletos a las puertas del infierno. Alex se estremeció, preocupada por los horribles pensamientos que habían entrado en su mente recientemente. Resbaló y se cogió con fuerza al brazo de David; era rígido, poderoso y su fuerza la sorprendió. Se había olvidado de lo fuerte que era.

– ¿Estás bien?

– Muy bien.

– Acabé la poda el domingo -le contó orgullosamente-. Después de tres meses, día más día menos.

– Fantástico -dijo tratando de expresar un entusiasmo que no podía sentir.

La luz del atardecer se estaba debilitando y el aire se hizo frío y cortante. Se oyó el balido de las ovejas y el ruido de un ligero avión que volaba muy alto por encima de ellos.

– Crees que me estoy derrumbando, ¿verdad? -preguntó.

– No, no lo creo -respondió y de repente pareció enojado-. ¿Cómo demonios pudo llegar aquí esa oveja? Mira. -Alex siguió con la mirada la dirección de su índice hasta la ladera que descendía de la colina, más allá del viñedo.

– ¿Es que Vendange no las tiene bajo control?

– A ese maldito perro no le interesan las ovejas; lo único que hace es dormir y cazar conejos.

– Debe de haber algo erróneo en sus genes.

David la miró extrañado y después volvió la vista a sus viñedos.

– ¡Maldita sea! Tiene que haber otro agujero en la cerca. -Movió la cabeza-. Creo que estás sufriendo una gran tensión que empieza a hacer su efecto, ¿no es así? Siempre fuiste supereficiente y eso fue lo que te hizo triunfar; en el pasado jamás olvidaste una cita. Rosas en el parabrisas y en un florero. Hay montones de rosas rojas en el mundo, Alex. Es bonito creer que son un mensaje de Fabián, pero es bastante improbable que sea así; te estás aferrando a una serie de coincidencias a las que tratas de dar significado y te lastimas tú misma en el proceso.

– No, yo no me estoy lastimando -replicó furiosa.

Al final del viñedo la senda se bifurcaba.

– ¿Quieres dar un paseo junto al lago?

– Claro -respondió.

Atravesaron un pequeño bosquecillo y llegaron a la orilla del lago. Alex lo miró y se sintió inquieta; nunca le había gustado, y ahora le causaba una sensación siniestra, casi amenazadora. Un estanque medieval; la descripción del agente de la inmobiliaria nunca abandonó su mente desde el momento en que leyó el folleto publicitario por primera vez. Se preguntó si habría sido dragado alguna vez y cuántos secretos estarían enterrados en su fondo. Le llegó el olor del agua estancada, vio los gruesos juncos que sobresalían, como dedos de hombres muertos, y la extraña isla octogonal de cemento a unos setenta metros de la orilla, en el centro del lago. Había una sala de baile edificada en el fondo del lago. «El agente nos llevó allí en una ocasión, una rápida visita a toda prisa.» Había sido construida a finales del siglo pasado por un ingeniero millonario, excéntrico y caprichoso que tuvo algo que ver con la planificación del Metro londinense, según el agente. Ahora ya no se la consideraba un lugar seguro.

Se estremeció al recordar aquel lugar. Habían entrado por una puerta entre los arbustos, que estaba por allí cerca, y descendieron por un túnel que transcurría bajo el lago. A su paso hasta llegar a la sala tuvieron que abrir y cerrar varias puertas estancas… Una medida de precaución contra posibles inundaciones, les informó el vendedor.

Poco después llegaron a una amplia estancia con un techo de cristal en forma de cúpula, cubierto de fango y de hierbas entrelazadas, al otro lado del cual ocasionalmente pasaba la sombra de un pez que apenas podía distinguirse en el agua turbia y fangosa. Había un gran charco de agua en el suelo y el agente apartó la mirada, nervioso y declaró que el techo podía derrumbarse en cualquier momento. Desde entonces habían pasado cuatro años.

– ¿Recuerdas cuando fuimos a la sala de baile? -le preguntó a David, quien le respondió afirmativamente-. ¿Aún se conserva?

– Más de una vez he pensado en echar un vistazo. Uno de estos días iré en la lancha con un tubo de submarinista para ver si sigue en pie.

– Puedes ir por el túnel.

Movió la cabeza negando.

– Demasiado peligroso; si se ha producido una filtración y una de las secciones del túnel se ha inundado uno podría ahogarse al abrir la puerta. Fabián estaba obsesionado con ese lugar; le di una buena bronca el año pasado cuando lo sorprendí entrando en el túnel. Es una lástima que sea tan inseguro; sería un lugar estupendo para dar fiestas.

– Pensaba que ya habían dejado de interesarte las fiestas.

– Le iría muy bien a mi imagen de castellano, ¿no te parece? Una buena fiesta bajo el lago para presentar mi nueva cosecha.

Alex sonrió.

Sacó su lata de tabaco de pipa y abrió la tapa.

– Mira, Alex, no tomes como una crítica lo que te dije antes, no era ésa mi intención. Te quiero y estoy orgulloso de ti y siempre lo estaré… Ése es mi problema y tendré que enfrentarme con él. Fabián está muerto. Los médiums son unos charlatanes que te sacarán el dinero mientras puedas pagarles. -Lió el cigarrillo a mano y se lo llevó a la boca; se detuvo y Alex oyó el clic de su encendedor y percibió el dulce olor del tabaco.

– ¿Cómo pudo saber el médium la verdad sobre el camión?

– No lo sabía. Leyó en el periódico que había sido un camión el causante del accidente, lo que, como tú sabes, no es cierto. Por casualidad, los muchachos que iban en el coche creyeron por un momento que se trataba de un camión y esa casualidad te lleva a creer que tu médium es un genio. Además, le diste un nombre falso. Es muy probable que haya por ahí una señora Johnson cuyo hijo murió en un choque contra un camión. Cada semana mueren cientos de personas en las carreteras. Piensa en ello.

– El médium no dijo que fuera un camión, sino que Fabián le estaba diciendo que fue un camión.

– Mira, Alex, fíjate en las consecuencias de lo que estamos haciendo: revivir de nuevo toda la tragedia. -Movió la cabeza-. Tu médium, ese tipo, Ford o comoquiera que se llame, ¿te dijo que estaba en contacto con Fabián?

Alex afirmó con un movimiento de cabeza.

– Bien, eso significa que crees que Fabián vive… que sigue viviendo en otro mundo desde que ocurrió el accidente. En el mundo de los espíritus o dondequiera que sea.

Ella volvió a afirmar.

– En tal caso, después del accidente Fabián debió de darse cuenta de que se había equivocado, que no fue un camión. ¿Por qué no se lo dijo al médium?

Alex, con la mirada perdida por encima del lago, trató de bloquear las palabras de su marido. De repente el agua se onduló ligeramente y se preguntó si sería un pez. De improviso se sintió cansada, agotada, como si toda la energía hubiera sido extraída de su cuerpo hasta dejarlo vacío, aunque agobiado por una carga de carne pesada y sin vida.

– ¿Cómo te explicas la conducta de Philip Main? -preguntó sin ningún resto de agresividad en sus palabras.

– ¿Oíste la voz de Fabián procedente de sus labios?

– Sí.

– Probablemente hacía teatro; quizás es un buen actor.

– ¿Por qué iba a hacer una cosa así?

– Para convencerte de la necesidad de acudir a un médium. Seguidamente verás cómo te recomienda a una persona determinada… que le dará su comisión. En ocasiones eres demasiado crédula, querida. Eres una mujer brillante en tu trabajo, pero en otras cosas puedes llegar a ser muy inocente.

– Tengo frío -lo interrumpió-, me gustaría volver a casa.

Se volvieron y durante un rato caminaron en silencio. De pronto se oyó el ruido de algo pesado que caía en el agua, cerca de ellos.

– Un pez -dijo David.

– Por el ruido debía de ser muy grande.

El afirmó con la cabeza y sonrió tristemente.

– Fabián hubiese sido mejor pescador que yo; tenía más paciencia.

– Es extraño cómo pueden apreciarse las distintas facetas de nuestro propio hijo. Yo nunca pensé que fuera una persona paciente; sufría terribles pataletas cuando era más joven, si no se le daba inmediatamente lo que quería. Era espantoso. En ocasiones llegó a asustarme.

– Tenía, también, una buena nariz para el vino. Creo que hubiera podido ir muy lejos por ese camino de haberlo querido. -Notó la expresión de burla en el rostro de Alex y añadió defensivamente-: Una industria en expansión. Cuando estuvo aquí, hace sólo unas semanas, probó el Chardonnay y supo apreciarlo. Se portó muy bien.

– ¿Hace unas pocas semanas, dices?

– Sí.

– Me dijo que no había vuelto aquí desde Navidad.

David sonrió, excusándose.

– Quizá no deseaba molestarte, hacer que te sintieras… celosa o algo así… no lo sé -se encogió de hombros-, pero en los últimos tiempos venía por aquí con mucha frecuencia, especialmente desde Navidad.

Alex se sintió molesta, sin saber exactamente por qué.

– ¿Qué hacía?

– Me ayudaba en la vendimia. Realmente parecía muy interesado en este lugar. Tuve la sensación de que cuando terminara sus estudios en Cambridge se vendría aquí conmigo. Claro está que eso no hubiera resultado práctico, al menos de momento, desde el punto de vista financiero. Pero creo que dentro de un par de años hubiéramos podido ganar dinero.

– ¿Venía solo?

– Sí. Lo siento. Te ha molestado, ¿verdad?

– No, claro que no. Me alegro de que fueseis tan buenos amigos. Es enternecedor.

– Me hubiese gustado llegar a conocerlo mejor; realmente era un chico muy profundo. Lo solía observar mientras estaba sentado en la orilla del lago, en la isla, pescando horas y horas, y me preguntaba en qué podría estar pensando.

– ¿En qué piensas tú mientras pescas?

David se estremeció.

– En ti, supongo.

– ¿En mí? -sonrió.

David volvió a encender su cigarrillo.

– En los días felices que pasamos juntos, en cuando te conocí. En cómo pude conseguir que te interesaras por mí. -Se volvió para mirarla y durante un momento ambos dejaron de andar y se miraron mutuamente hasta que Alex bajó la vista al suelo.

– Verdaderamente empieza a hacer frío -dijo, y continuó andando.

– ¿Tienes que volver a Londres esta noche?

– ¿Por qué?

– Me gustaría que te quedaras a cenar. Podría guisar algo. O ir a cenar fuera.

– ¿No hay ninguna chica por medio?

– No, claro que no.

– La dueña de estas botas de agua, por ejemplo. -Vio cómo su marido se ruborizaba.

– No sé de quién pueden ser -dijo tartamudeando-. Creo que las heredamos con la casa.

– No me importaría si tú… bien, ya sabes.

Él afirmó con la cabeza.

– ¿Vas a quedarte?

– Me quedaré a cenar. Después tengo que volver.

– Quédate aquí esta noche. Con toda libertad. Pareces llena de tensión. Yo dormiré en el cuarto de invitados y tú lo harás en mi dormitorio, es muy cómodo y caliente.

– Ya veremos.

Entraron en la pequeña sala de estar y Alex se quedó con el abrigo puesto mientras David encendía la chimenea.

– Sólo uso esta habitación cuando tengo invitados, si no es así, hago vida en la cocina.

– Estaremos bien allí.

– No, se está muy bien aquí una vez que se ha calentado. Te gustaba mucho esta habitación.

Alex afirmó con un gesto y miró a su alrededor, las fotografías, los muebles muy usados y el bello y antiguo jarrón musical de Bang and Olufson. Recordó perfectamente el día en que lo compró, impresionada, casi extasiada por su diseño. ¡Y qué grande y pesado le parecía ahora! Había una foto de Fabián de niño, montado en un triciclo, y otra muy reciente, un primer plano con la cara casi pegada a la cámara y una mirada penetrante que la hizo sentirse incómoda, hasta el punto de que se volvió para mirar a otro lado. Observó la danza de las llamas bajo la parrilla y saboreó con gusto el olor del humo.

– Dame unos minutos y verás qué cómoda y agradable es esta habitación. Pon música, si quieres. -David se dispuso a salir del saloncito.

– ¿Qué clase de música acostumbras a oír estos días?

– Sobre todo Beethoven. -La miró-. ¿Por qué sonríes?

– No es nada.

Se dirigió a la cocina y Alex lo siguió, sonriendo de nuevo para sí misma.

– Lo encuentro divertido, supongo. Traté de enseñarte a apreciar la música clásica y no querías. Decías que ese tipo de música te hacía sentirte demasiado viejo. Lo único que oías era música pop.

– También me gustaba el jazz -dijo a la defensiva.

– Tiene gracia; cómo cambiamos todos.

– ¿Has cambiado tú? -preguntó abriendo el grifo para lavarse las manos.

– Sí.

– No lo creo.

– Solía ser frívola, como tú. Ahora soy seria y tú también.

– Al menos hemos cambiado juntos.

«Me gustaría que fuera así», pensó Alex con tristeza.

Se sentaron a la mesa en la cocina, uno frente al otro, con una vela entre ellos sobre un platillo de café. David sirvió el estofado.

– ¿No te molesta comerte a tus propias ovejas?

– No. Probablemente no lo hubiese hecho cuando vivía en Londres. El campo cambia nuestras actitudes.

Alex introdujo el tenedor en su plato, sopló un poco el trozo de carne y lo probó.

– Bueno, muy bueno.

David se encogió de hombros y pareció satisfecho.

– Hay otra razón por la que quiero volver a ver al médium de nuevo, David.

– ¿Patatas?

Alex afirmó.

– Creo que Fabián podría…

– ¿Zanahorias?

– Gracias.

– ¿Podría qué…?

– ¿Conociste a la chica con la que salía, a Carrie?

– Sí.

– Lo dejó plantado, después de Navidad.

– ¿Lo hizo? Fabián nunca me lo dijo.

– A mí me dijo que fue él quien la dejó a ella… Quizá por orgullo.

– A nadie le gusta admitir que lo han dejado.

– No, claro. Pero creí que la chica debía saber lo ocurrido, ¿lo entiendes?

– Desde luego.

– Fui a ver a su madre, pero ésta no la había visto desde hacía mucho tiempo; me dijo que estaba en Estados Unidos y me enseñó unas postales, recientes, que le había escrito Carrie.

David sirvió el vino.

– Cuando revisé las cosas de Fabián, encontré unas postales idénticas y una carta de Carrie en la que le decía que no quería volver a verlo. Me pareció extraño que tuviera en su poder aquellas tarjetas, todas ellas de Boston y completamente en blanco.

David se encogió de hombros y no dijo nada.

– Tomé una de las tarjetas de la casa de la madre de Carrie y comparé la letra con la de la carta; no me pareció la misma, así que las llevé para que las examinara un experto en escritura.

– ¿Un grafólogo?

– Sí, eso es. Estaba tratando de recordar la palabra. -Se lo quedó mirando-. David, la tarjeta que Carrie le envió a su madre desde Boston, hace siete días, no fue escrita por Carrie. La escribió Fabián.

David se dejó caer en su silla y la miró por entre el vapor del estofado y el parpadear de la vela.

– ¿Estás absolutamente segura?

– Sí.

– ¿Qué quieres decir?

Alex se estremeció y guardó silencio.

– ¿Pretendes decir que Fabián sigue vivo?

– Tú estuviste en Francia.

David se puso blanco, tragó como si tuviera un nudo en la garganta y movió la cabeza lentamente.

– ¿A qué viene todo esto?

– Esa es la razón por la que quiero ver al médium.

David guardó silencio durante largo rato, mientras la comida se enfriaba frente a él.

– Estoy seguro de que debe de haber alguna explicación -dijo finalmente-. Y probablemente una muy sencilla.

– Sólo tenemos una elección: el médium o la policía.

– O no hacer nada.

Alex movió la cabeza.

– No, eso último es imposible.

CAPÍTULO XX

Ella misma preparó la habitación de Fabián, corrió las cortinas y las fijó en los extremos a la pared con cinta adhesiva. Después apagó la luz y se quedó sola en medio de la más absoluta oscuridad. Sintió un soplo helado que le resbalaba por la nuca y comenzó a temblar. Trató de buscar el interruptor de la luz pero no pudo encontrarlo. Oyó el roce de su mano sobre la suavidad de la pared. El interruptor había desaparecido. No. Vio la ranura de la puerta y oyó el ruido del pestillo cuando lo rozó con la mano; y el débil resto de luz que se filtraba por las cortinas mientras escuchaba el jadeo de su propia respiración.

Encontró por fin el conmutador de la luz y la encendió con un suspiro de alivio, pero no se atrevió a mirar el retrato de Fabián en la pared.

El cuarto causaba una extraña impresión de vacío, sin la cama que Mimsa le había ayudado a sacar de allí aquella misma mañana. Miró las seis sillas vacías, preguntándose cómo querría Ford que dispusiera los muebles. Sólo entonces, mientras desenchufaba la aspiradora y bajaba con ella la escalera, se dio cuenta de que eran muchas las cosas que debiera haberle preguntado al médium.

Eran las seis. Se preguntó si podía servir a los asistentes algo de beber y unos cacahuetes. ¿Les estaba permitido? ¿Podían fumar? Le pareció que la casa tenía un aspecto poco acogedor. ¿Debía poner algo de música?

Sonó el timbre de la puerta y fue a abrir. Allí estaba David, con un traje sombrío y corbata oscura. Por un momento Alex casi no lo reconoció.

– ¡Hola! -la saludó.

Alex parpadeó, incrédula.

– ¡Has venido!

– Te dije que lo haría.

– Gracias. -Se adelantó y lo besó ligeramente-. Yo… yo pensé que no lo harías. Estás muy elegante.

– No sabía qué ponerme.

Pasaron a la sala de estar.

– ¿Quieres beber algo?

– ¿Se puede tomar una copa?

– No lo sé. -Sonrió nerviosa-, pero yo misma necesito una.

David sacó su caja de tabaco.

– ¿Puedo…?

Ella se encogió de hombros.

– No creo que a Fabián le hubiera importado.

– Deja eso, tomemos una copa. -Sirvió dos whiskies generosos. Chocaron los vasos.

– ¡Salud! -brindó David.

Ella le respondió con una sonrisa, nerviosa.

– ¿Quién vendrá?

– Sandy.

– ¿Sandy? ¿Esa chiflada?

– Ella es la única persona., amiga… que no pensará que estamos locos.

Se sentaron y Alex observó a David mientras liaba su cigarrillo.

– Gracias por la noche del martes.

– Fue muy agradable que estuvieras allí.

– Tuve remordimientos por ti, aquella habitación no se calienta nunca.

– Estaba bien. Saber que estabas allí cerca daba calor a toda la casa. Se está muy solo cuando llega la noche.

– Creí que disfrutabas de esa soledad.

David se encogió de hombros.

– A lo hecho, pecho.

Alex sonrió de nuevo y trató de pensar algo nuevo que decir. Era como sostener una conversación insustancial con un extraño. Bebió un sorbo de whisky y sintió que aumentaba su seguridad. Miró la pared.

– Nunca te llevaste el cuadro del caballo.

– Está muy bien donde está. No me importa. Ese maldito asunto nunca me trajo suerte. -Encendió su cigarrillo, dio una chupada profunda y seguidamente se tomó un buen trago de whisky.

– ¿A las siete?

Alex afirmó.

David miró su reloj.

– ¿Has hecho nuevas fotografías?

Movió la cabeza negativamente.

– No desde entonces.

David sonrió comprensivo.

– ¿Qué hiciste anoche?

– Me quedé en la agencia hasta las once. Y me traje un montón de trabajo para hacerlo en casa. No dormí mucho. No podía… Me pasé la noche pensando en esta tarde.

– No esperes demasiado.

Sonrió cansada y levantó la mirada al techo; oyó el latir de su propio corazón -«tan fuerte como un redoble de tambor», pensó-, y se preguntó si David también podría oírlo. Sonó el timbre de la puerta, una llamada larga e insistente hasta el punto de parecer agresiva. Vio cómo David empezaba a levantarse.

– Yo iré a abrir -dijo Alex.

Se encontró frente a un hombre alto de aspecto sumiso; su cabello gris le caía como una melena sobre las orejas, demasiado grandes y que causaban la impresión de que le habían sido pegadas a su rostro como un añadido último y discorde. A Alex le pareció excesivamente delgado.

– Oh… ¿está aquí el señor Ford? -Se detuvo, como si se sintiera cortado por su elevada estatura y habló en voz tan baja que casi parecía un susurro.

– Llegará en cualquier momento.

– En ese caso esperaré fuera.

– Pase, por favor; sea bienvenido.

El hombre sonrió.

– Muchas gracias. He venido por lo del círculo de esta noche, como debe saber.

Alex afirmó con la cabeza, cerró la puerta tras ellos y lo condujo a la sala de estar.

– Éste es mi esposo David. -Miró con mayor atención el arrugado traje de poliéster marrón del hombre y se dio cuenta de que tenía los pies muy grandes.

– ¿Cómo está usted? -saludó David levantándose-. David Hightower.

– Encantado de conocerle. -Le tendió la mano nerviosamente, pero la retiró antes de que David tuviera tiempo de estrechársela-. Milsom.

– ¿Viene para el…?

Milsom afirmó.

– ¿Quiere beber algo?

El hombre miró a su alrededor, vacilante.

– Un zumo, si es que tiene, por favor.

Alex salió de la habitación.

– ¿A qué se dedica usted? -Oyó que su marido le preguntaba al recién llegado y se detuvo en el pasillo para oír la respuesta.

– Trabajo en Correos.

– ¿Y qué es lo que hace allí?

– Entrego cartas.

– Ah, es usted cartero.

– Sí, sí.

– ¡Vaya! -oyó decir a su marido después de una pausa-. Interesante.

Se hizo el silencio. Alex se dirigió a la cocina y llenó un vaso de zumo de naranja. Cuando regresó a la sala de estar, los dos hombres aún seguían de pie, uno frente a otro, ambos en silencio y con la vista fija en el suelo.

– El señor Milsom es cartero -le dijo David a su esposa.

– ¿De veras? -Le tendió su bebida a Milsom-. ¿Es usted amigo de Morgan Ford?

Milsom se ruborizó.

– Bien, bien, realmente somos colegas; le ayudo en ocasiones. -Enrojeció todavía más y se tocó el cuello con el dedo índice-. A veces los espíritus hablan a través de mí, ¿sabe? -Dejó escapar una risa nerviosa y cortada.

Alex captó la mirada de su marido y vio que se esforzaba en contener una expresión de burla.

– Ah -comentó.

Sonó de nuevo el timbre de la puerta y Alex escapó, aliviada, para abrirla. Morgan Ford, Sandy y un joven al que ella no había visto con anterioridad estaban en el otro lado de la puerta.

– ¡Darling! -la saludó Sandy, su negro almiar de pelo más alborotado que nunca; una capa púrpura caía sobre sus hombros y flotaba alrededor de su cuerpo-. No me habías dicho que se trataba de Morgan Ford… ¡nos hemos encontrado en la puerta por casualidad! Es el más distinguido médium del país. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Cómo lo persuadiste de que viniera a tu casa?

Ford seguía inmóvil, como un hombre de pie sobre su propia sombra, sosteniendo en sus manos un enorme magnetófono. Fuera de su ambiente, aún parecía más pequeño, pensó Alex.

– ¡Hola, señora Hightower! -sonrió cortésmente y Alex, al estrechar la pequeña mano, notó en la suya las aristas afiladas de la piedra barata de su sortija-. ¿Me permite presentarle a Steven Orme?

– ¿Cómo está usted? -estrechó una mano, fría y huesuda, carente de energía, como si estuviera desprendida por completo de su cuerpo.

Orme debía de tener poco más de veinte años, con el cabello negro, liso y brillante y un gran pendiente de oro en una de sus orejas. Tenía el rostro alargado, carente de expresión y sus fríos ojos estaban semicerrados.

«Un afeminado», pensó Alex, y se preguntó si sería el amante de Ford.

– Pasen ustedes, por favor.

– Todavía falta una persona que tiene que venir.

– Creo que ya está aquí.

Ford movió la cabeza y todos entraron en la sala de estar.

– No estaba segura -le dijo a Ford- de si nos está permitido beber o fumar.

– Lo mejor es evitarlo, si se puede. -Se quedó mirando a David-. Bien. Este señor debe de ser su esposo, ¿es así?

– Sí -respondió Alex.

– Excelente, perfecto.

– ¿Por qué? -inquirió, curiosa.

– Es exactamente como había imaginado. Carente de poderes psíquicos. Es importante tener una toma de tierra. Lo mismo que los enchufes eléctricos deben tener una toma de tierra, en una reunión de este tipo, en un círculo, debe haber una persona que no sea receptiva; es una gran ayuda para la protección del círculo.

– Muy inteligente por tu parte, querida. No podías haber traído a una persona mejor -dijo Sandy.

Se quitó la capa para dejar que una túnica, también púrpura, flotara igualmente en torno a su figura.

Ford suspiró modestamente, o al menos trató de aparentar modestia, pensó Alex.

– ¿Puedo ver la habitación, señora Hightower?

Condujo a Ford escalera arriba. Iba inmaculadamente vestido de gris, como siempre. Todo en él tenía un aspecto limpio y fresco; incluso sus calcetines grises.

– Perfecto -dijo dejando el magnetófono. Miró el retrato de Fabián-. Exactamente como me lo imaginaba. Eso está muy bien. Sí, la habitación es apropiada, noto aquí su presencia y sé que aquí se sentirá cómodo. Conoce bien esta estancia.

Paseó por la habitación y miró los pósters de las paredes, el telescopio y examinó las cortinas.

– ¿Hay un enchufe por aquí? -preguntó.

Ella se lo mostró.

– Ahorraremos pilas. -Sonrió y desenrolló el cable de la grabadora-. Fabián ya está aquí, ¿sabe?, esperándonos. -Se dio la vuelta y volvió a sonreír.

Alex sintió el repentino impulso de arrojarlo fuera de su casa, a él y a todos los demás. Ford la disgustaba, arrodillado en el suelo, manipulando la grabadora, demasiado roñoso para utilizar sus propias pilas.

Miró el retrato de la pared y Fabián pareció devolverle la mirada, frío y arrogante; pensó en su cuerpo abrasado y se estremeció, invadida por la duda.

– ¿Estamos haciendo lo apropiado? -preguntó de repente.

– Depende de usted, señora Hightower. Si no quiere que sigamos adelante, no tiene más que decirlo. No hay otro motivo, en absoluto, para celebrar esta reunión salvo que usted desee comunicarse con su hijo. -Apretó un botón en el aparato y se encendió una luz verde-. Estoy listo -dijo.

– ¿Quiere que vaya a buscar a los demás?

– Gracias.

Bajó la escalera lentamente y oyó el rumor de las conversaciones. Se detuvo poseída por cierta sensación de temor. No estaba bien lo que estaba haciendo. Nada estaba bien. Lo más probable era que Iris Tremayne fuera una chiflada; Philip Main quizás un excéntrico, pero en ningún caso estúpido. Y algo había asustado a aquel hombre al que ella siempre creyó por encima del miedo; había algo extraño en su casa. Algo terrorífico. ¿Lograrían destruirlo aquella noche? ¿Se estaba volviendo loca? De nuevo sintió la corriente de aire helado recorriendo su nuca. Aún no era demasiado tarde, pensó, para detenerlo todo.

Sandy apareció en el pasillo.

– Tengo que ir al lavabo, querida.

– Arriba, al final de la escalera.

– Será sólo un segundo.

– Sandy -preguntó Alex bajando el resto de las escaleras-, ¿has visto recientemente a Iris Tremayne?

Sandy la miró con expresión extraña.

– No, querida.

¡Estaba mintiendo!

Temblando, Alex entró en la sala de estar. ¿Por qué le había mentido Sandy? Cogió un paquete de cigarrillos y fue a sacar uno; sus manos temblaban tanto que no pudo abrir el encendedor. De pronto vio a David frente a ella con una cerilla encendida en la mano. Saboreó la primera chupada y después inhaló otra más profunda.

– Creo que ya está todo listo -anunció-. ¿Quieren ustedes subir, por favor?

Apagó su cigarrillo de mala gana y los condujo al vestíbulo. En esos momentos se oyó un grito espantoso y después el ruido del correr del agua del retrete y Sandy cruzó la puerta con el rostro pálido y desencajado. Todo el mundo se la quedó mirando. Ella miró a su alrededor, asustada, y se pasó la mano por el pecho.

– Lo siento -se excusó-, el papel de la pared… se desprendió un buen trozo y cayó sobre mí.

– Tenemos un problema de humedad -explicó Alex titubeando.

– ¡Qué susto me ha dado!

Alex se dirigió al lavabo y abrió la puerta. Se oyó un fuerte crujido y el resto del papel se desprendió del muro y cayó sobre el retrete. Cerró la puerta de golpe y se volvió a mirar a los demás, que esperaban en silencio, observando con atención.

– La humedad -repitió tratando de sonreír, y con un dedo les indicó la escalera.

Ford había preparado las sillas formando un círculo apretado. Hizo que Alex se sentara a su derecha y les dijo a los demás que se sentaran como mejor quisieran. Cerró la puerta con firmeza, como quien realiza un acto final, y se quedó de pie, frente a ella.

– Creo que entre los presentes hay algunos que nunca participaron en un círculo, ¿tengo razón? -Se quedó mirando a Alex y a David, que respondieron con una afirmación silenciosa.

– Nunca puede saberse con anterioridad si va a ocurrir algo, así que hay que tener paciencia. Ésta es una buena noche, clara, y no creo que haya muchas interferencias. ¿Alguien tiene algo que objetar a que sea yo quien presida el círculo? -Miró a su alrededor-. Bien. -Habló con amabilidad, pero en tono autoritario-. Ustedes deben hacer exactamente lo que yo les diga, si me parece que las cosas se salen de su cauce terminaré el círculo.

Miró a su alrededor y vio que todos le daban su aprobación.

Alex se sintió un poco ridícula, fuera de lugar, sentada en el dormitorio de su hijo y rodeada de todas aquellas personas extrañas y serias. Estaba contenta de que David estuviera allí y por un momento deseó la presencia de otros amigos; se sentía vulnerable y muy asustada. Levantó los ojos al retrato de Fabián. «No me hagas daño, cariño», le suplicó en silencio.

– Realizamos nuestros círculos en tres etapas. Comenzamos rezando para proteger al círculo contra los espíritus del mal o, simplemente, mal intencionados. Seguidamente entramos en meditación. Después de eso trataremos de comunicarnos directamente con los espíritus. En esta ocasión queremos comunicarnos con Fabián y creemos que él también desea comunicarse con nosotros, así que debemos tratar de darle nuestra energía. -Miró a Alex y después a David-. Los espíritus, como deben saber, no tienen energía propia, pero les es posible utilizar la energía que nosotros creamos para ellos en nuestros círculos y, a veces logran incluso aparecerse. -Sonrió y cruzó las manos amablemente, «como el maestro que da una lección a sus escolares», pensó Alex-. Si en cualquier momento quieren hablar o hacer alguna pregunta pueden hacerlo.

– ¿A qué llama usted espíritus del mal? -preguntó David.

– Lo que vamos a hacer es tratar de abrir canales para que los espíritus puedan llegar hasta nosotros. Queremos comunicarnos con espíritus del bien, pero al abrir esos canales, al ofrecer nuestra energía para que la use el espíritu, nos exponemos a que se haga un mal uso de esa energía. Existen espíritus del mal, fuerzas diabólicas que tratan de salir de su mundo y llegar al nuestro por esos canales y haciendo uso de nuestra energía. Para evitarlo protegemos nuestros círculos con la oración, y por la misma razón debemos terminar la prueba de inmediato, si advertimos la presencia de las fuerzas del mal.

– ¿Qué ocurre si las fuerzas del mal logran pasar? -preguntó David.

Ford sonrió.

– Normalmente son espíritus traviesos, malintencionados, pero no diabólicos, y lo que hacen es emplear trucos y bromas tratando de confundirnos, haciendo que sean sus mensajes los que llegan a nosotros, mensajes de espíritus de gentes que nos son extrañas y desconocidas, pero que se valen de nosotros para hacer llegar sus mensajes al plano terrenal y a sus parientes o amigos. Pero estaremos protegidos; el poder de la oración es muy fuerte. Esto explica por qué resulta tan peligroso que los aficionados intenten entrar en contacto con el mundo de los espíritus como, por ejemplo, a través del tablero de la Ouija. -Sonrió de nuevo y preguntó-: ¿Estamos preparados?

Miró directamente a Alex, quien respondió con un gesto afirmativo.

Ford apagó la luz y la oscuridad invadió la habitación. Alex estaba tranquila. De repente la habitación se hizo cálida y amistosa; todo iría bien, pensó. Juntó las manos y se inclinó hacia adelante.

– Dios mío -rezó Ford en voz alta con un marcado y dulce acento galés-. Te rogamos que protejas nuestro círculo para que no nos ocurra mal alguno a los que en él participamos.

Alex cerró los ojos respetuosamente y se sintió ligeramente mareada.

– Guíanos a salvo en esta noche.

Los rezos parecieron prolongarse durante toda una eternidad. Ford rezó por la salvación de personas cuyos nombres Alex jamás había oído, por la paz del mundo, por la pierna de alguien llamada señora Ebron, que debía ayudarlos a caminar más deprisa.

Finalmente dejaron de rezar y la habitación quedó en silencio. Alex oyó una sirena en la distancia y después el sonido cesó, incluso el tráfico pareció callar. Volvió a pensar en el terror expresado en el grito de Sandy. ¿Qué estaba sucediendo en el lavabo?, se preguntó. Abrió los ojos y miró nerviosa a su alrededor, aunque sólo podía ver las sombras de las siluetas de los presentes. Volvió los ojos hacia la ventana y vio una leve franja de luz a un lado. Confiaba en que la habitación estuviera lo suficientemente a oscuras. Todo seguía en silencio y se preguntó si Fabián los estaría observando. Trató de imaginarse su presencia, pero no logró sentir nada.

Se produjo el cric de un interruptor y de repente oyó las notas de «La Primavera», de las Cuatro Estaciones de Vivaldi, ligeras, airosas y tristes.

– Ahora debemos comenzar nuestras meditaciones -dijo Ford amablemente-. Quiero que todos cierren los ojos y se imaginen que andan sobre un prado de hierba suave. Es un cálido día de primavera, de cielo claro, y percibimos cómo el sol calienta el aire y la suavidad de la hierba bajo los pies. Es agradable pasear y disfrutar del paseo, respirando al aire fresco y frío, anuncio de un gran día. El prado asciende levemente por una ladera; caminan por él; imagínense la hierba bajo los pies y el cielo sobre sus cabezas. Ahora, una senda se abre delante de ustedes.

Alex se imaginó un prado en los viñedos de David y trató de imaginárselo tal y como el médium se lo había descrito, de sentir la hierba bajo sus pies, olvidándose de su autoconsciencia y procurando seguir sus palabras, relajada por la suavidad de su voz.

– Sigan esa senda, es muy agradable caminar por ella, por un camino firme, y de nuevo disfrutamos de ello. Pueden ver una puerta blanca delante de ustedes; la abren, la cruzan y se encuentran delante de un río, una corriente ancha que discurre plácida entre árboles, juncos y lirios. Reina la paz, una gran paz. Un puente cruza el río. Todos ustedes pueden verlo claramente.

Alex pensó en un río que había visto un día, cruzado por un puente de piedra arqueado y ruinoso.

– Al otro lado del río encuentran a un grupo de personas. Son sus amigos que los esperan para saludarlos y darles la bienvenida. Cruzan el río, los abrazan, los saludan y se reúnen para charlar y divertirse. No tengan miedo, vayan tranquilos, serán felices con ellos.

Alex vio blancos fantasmas en la otra orilla del río que parecían flotar en el aire con los brazos abiertos. Vio las cuencas vacías de lo que fueran sus ojos, como en el cuadro de los tres fantasmas que había visto en la pared del despacho de Ford, y tuvo un momento de vacilación. Creyó ver a Philip Main entre aquellos fantasmas, vestido con un viejo traje de pana, y se dio cuenta de que también Ford estaba allí. ¿A qué amigos se refería?, se preguntó intrigada. ¿Vivos o difuntos? Cruzó el puente y los fantasmas se dirigieron hacia ella, con los brazos abiertos y extendidos, como monjes encapuchados, sin rostro. Entonces vio a Fabián mezclado con ellos y su hijo desvió la mirada con la cabeza baja, como si estuviera avergonzado y no quisiera verla.

Se vio a sí misma corriendo ansiosa; tropezó en un ladrillo suelto y cuando volvió a levantar los ojos, los fantasmas cerraron filas y Fabián había desaparecido. Alex permaneció entre ellos, contemplando sus cabezas encapuchadas, sin rostros. «¿Fabián?», preguntó temblando, tratando de dar con su hijo. A empujones se abrió paso entre los encapuchados y vio a uno más alto que los demás, de la estatura de Fabián, que volvía la cabeza y trataba de apartarse de ella. «¿Fabián?», le dio un golpecito en el hombro. «¿Querido?»

Lentamente la aparición se volvió. Debajo de la capucha había un cráneo quemado, unas cuencas vacías que la miraban con desesperación, casi con una expresión de disculpa en su rostro desfigurado.

Se dio cuenta de que estaba a punto de gritar y se sentó erguida, abrió los ojos y miró a su alrededor. ¿Dónde estaba? ¿Dónde diantres estaba? Oyó su propia respiración; debía de ser bien entrada la noche, pensó. ¿Se lo habría imaginado todo? ¿Era cierto que estaban celebrando una sesión de espiritismo? ¿Dónde estaban los demás? Sintió que el sudor la inundaba. Miró a su alrededor, tratando de ver en la oscuridad. Pudo ver una línea de luz; ¿la cortina? ¿La raya de luz que había visto antes? Quiso gritar, decir algo, pero tuvo miedo de hablar en una estancia vacía. ¿Dónde se habían ido todos? No podían haberla dejado sola. Pero ¿por qué no podía oírlos?

De nuevo se oyó la música; los tonos de «El Verano» de Vivaldi invadieron la habitación; los altavoces eran ligeramente chillones y por encima de la música podía oír el débil rasguear del paso de la cinta. Respiró expulsando el aire en silencio, lentamente, y sintió una profunda sensación de alivio. Todo había sido una ilusión, hipnotismo; un truco barato en un escenario cuidadosamente elaborado. Alex cerró los ojos, pensó de nuevo en el cráneo quemado y se estremeció. Volvió a abrir los ojos, inquieta, la espalda rígida en su silla y quiso moverse, pero tuvo miedo de romper el silencio. Presintió la presencia de David, también inquieto, como ella. ¿Qué estaría pensando?

Oyó el roce de un pie sobre la alfombra; el crujir de un muelle, el rasguear de tela y olió el penetrante perfume de Sandy. ¿Qué esperaban que hiciera en esos momentos? ¿Aparecería Fabián de repente? De nuevo miró a su alrededor a las oscuras siluetas. ¿Qué estaría haciendo cada uno de ellos? ¿Se encontraban en trance hipnótico? ¿Adormecidos? ¿O simplemente como ella, sentados en la oscuridad y entregados a sus propios pensamientos?

Alex volvió a cerrar los ojos, una vez más, y trató de concentrarse en el río. Pero había desaparecido, sustituido por el lago de la finca de David, por el gran estanque medieval con su superficie de aguas planas y negras de las que sobresalían las puntas de los juncos como los dedos de los muertos y la ruinosa isla octogonal situada en su centro.

Trató de imaginarse un puente que uniera la isla con la orilla del lago, pero no consiguió hacerlo. Sólo aparecía en su mente el túnel que transcurría bajo las aguas. Pensó en su entrada, con unas escaleras parecidas a las de un refugio de protección antiaérea, pero cubiertas por hierba y moho. Vio la puerta de roble medio podrida, con dificultad hizo girar la llave en la oxidada cerradura y empujó la puerta hasta abrirla. La oyó rozar sobre el suelo de cemento, gemir de sus goznes y vibrar al abrirse, con una serie de chasquidos como los graznidos de una bandada de cuervos. Pudo oler el moho y la humedad y, desde mucho antes de llegar, oyó el gotear del agua. Hacía frío allí, mucho frío. Cautelosamente avanzó, escuchando el eco de sus propios pasos y el salpicar del agua como disparos de pistola.

Llegó a la puerta interior, la abrió y se dirigió al oscuro pasaje, arrastrando sus pies sobre el suelo invisible, preguntándose si a su paso sus pies aplastaban ranas y sapos o simplemente limo y agua. Por debajo del lago alcanzó la siguiente puerta, la que conducía a la sala de baile con su techo de cúpula. Era una pesada puerta de hierro, hermética; la puerta que, de obedecer los consejos de David, nunca debería ser abierta. Si había alguna filtración de agua en la sala de baile y ésta estaba inundada, al abrir aquella puerta… Giró una gran rueda giratoria parecida al volante de un coche, cuatro, cinco, seis veces y la puerta se abrió como si dentro la estuvieran esperando.

Retrocedió, parpadeando sorprendida, y recorrió con la mirada la gigantesca sala acupulada. Era cómoda, cálida, acogedora. Encima del techo, al otro lado del grueso vidrio las carpas y las truchas nadaban lenta, perezosamente, jugando en cálidos charcos de luz. El suelo estaba cubierto de moqueta y un fuego ardía en la chimenea como dándole la bienvenida. Junto a la hoguera había una mujer con uniforme de niñera que se agachó y, con las manos desnudas, cogió del fuego una delgada rama ardiendo y la mantuvo por encima de su cabeza, como un pequeño objeto nudoso del que salían diminutas ramitas quemadas. Esas ramitas comenzaron a moverse, al principio como si fueran agitadas por la brisa, pero después parecieron adquirir vida propia y se convirtieron en un pequeño cuerpecito rosado, con sus bracitos y sus deditos que se abrían y cerraban. Oyó el llanto de un bebé.

– No llores, ahora verás a mamaíta.

La niñera tomó al pequeño en sus brazos y se acercó a ella sonriendo y Alex tembló al darse cuenta de lo mucho que la niñera se parecía a Iris Tremayne.

Sintió después el peso del niño en sus brazos y advirtió el color rosado de sus manos y sus piernecitas y dirigió la mirada a su rostro.

¡Una calavera chamuscada pareció devolverle la mirada!

Se encendió una luz débil y ella parpadeó, sorprendida.

Se dio cuenta de que había cesado la música. Vio a Ford de pie al lado de la puerta y miró a Steven Orme, a Milsom y después a Sandy, que sonreía tratando de infundirle confianza. Evitó mirar a David.

– ¿Cómo fue todo? -preguntó Ford-. Ha sido una meditación prolongada… Tuve la sensación de que todo iba bien, así que no quise interrumpirla.

Alex observó su reloj: las ocho menos diez, había transcurrido más de media hora. Imposible. Acumuló valor y miró a David, que tenía la cabeza baja, una oreja apretada contra la chaqueta y con una extraña expresión de preocupación en su rostro.

– Sandy -preguntó Ford con su voz amable-. ¿Cómo te fue?

– Increíble, Morgan. He visto a Jesús.

Ford inclinó la cabeza levemente y sonrió.

– Estaba frente a mí con una cesta; me dijo que tenía que tratar de desarrollar mis fuerzas curativas y me mostró cómo se deben hacer algunas cosas que me confundían.

Ford miró a Sandy, intrigado.

– Yo también tuve la sensación de que Jesús estaba aquí -dijo Steve Orme con voz nasal y entusiasmada-. Advertí claramente su llegada.

«Son todos unos malditos farsantes», pensó Alex.

– Creo que es posible que viniera para proteger al círculo -dijo Orme-. ¿Qué piensas, Morgan?

– Las curaciones de Sandy son muy importantes; es posible que creyera necesario venir a verla. -Se quedó mirando a Milsom-. ¿Y tú, Arthur?

– Mi mujer -dijo Milsom, y su voz ronca adquirió un matiz casi juvenil-. Siempre que participo en una de estas reuniones se me presenta.

– ¿Qué pasó?

– Bien. Me dijo lo que hace. Está trabajando en un proyecto en colaboración con otros, construyendo una enorme columna de luz, ya sabe.

– ¡Ah, sí! -comentó Ford moviendo la cabeza, y Alex se preguntó qué iba a decir ella.

– ¿Y usted, señor Hightower? -preguntó Ford.

– Creo que me quedé dormido -respondió David.

– Es muy normal -dijo Ford quitándole importancia. Alex se dio cuenta de que Ford se volvía hacia ella-. ¿Y usted, señora Hightower, quiere contarnos lo que vio?

Alex miró a David y lo lamentó. Su mirada parecía decirle: «No te dejes engañar, no seas imbécil.»

– He visto a Fabián -respondió Alex, y se sintió animada por la expresión aprobatoria que vio en los ojos de Ford.

– Sí, supuse que lo vería, que estaría aquí. Yo siento su presencia con gran fuerza; está por aquí y creo que entraremos en contacto con él esta misma noche. Su presencia es muy fuerte.

– Su rostro estaba completamente quemado, casi carbonizado, como una calavera.

Ford afirmó con la cabeza.

– Es muy normal que durante la meditación, lo subliminal juegue un papel importante. Usted se está proyectando sobre él desde el plano terrenal. La imagen que usted tiene de él es su imagen carnal y resulta inevitable que sea así como usted lo vea. Más tarde, cuando él llegue a través de usted, proyectará su cuerpo encarnado y será así como a usted le gustará recordarlo.

– Trataba de alejarse de mí, como si me huyera. -Se dio cuenta de que se ruborizaba y se sintió ridícula; miró a David y se percató de que su marido intentaba decirle algo con los ojos, quizás una advertencia, pero apartó la mirada antes de captar el mensaje.

– Probablemente de nuevo la intervención de lo subliminal, la expresión inconsciente de su temor a perderlo para siempre. Esto pasará tras su primera comunicación; después le será posible unirse a él en su meditación siempre que lo desee y creo que eso le será de gran ayuda.

Ford sonrió de nuevo, se dirigió al magnetófono, sacó la cinta y le dio la vuelta.

Alex miró a su alrededor y se dio cuenta de que empezaba a temblar de nuevo. Fabián, en su retrato, tenía una expresión más severa que nunca, en aquella luz rojiza, y el rostro cruel y frío de Orme le causó desasosiego. Miró a Milsom, que le devolvió la mirada con una sonrisa de ánimo.

– Es posible que oiga una voz extraña, señora Hightower -dijo Ford-. Tengo un guía llamado Herbert Lengeur que fue médico en Viena en el mil ochocientos ochenta; una persona excelente, que se trasladó a París diez años más tarde. Durante algún tiempo trató de entrar en comunicación con Oscar Wilde.

Alex lo miró. Ford hablaba como quien menciona algo normal y como de pasada. Ella estaba demasiado nerviosa para preguntarle qué quería dar a entender.

– ¿Están todos listos para continuar? Esta noche siento influencias muy poderosas; deben recordar todos ustedes lo que les diga. Es muy importante. ¿De acuerdo? -Miró a Alex, que le devolvió la mirada.

Alex se estremeció y percibió una profunda sensación de temor. No deseaba seguir adelante; no quería que el médium volviera a apagar la luz.

Se oyó el profundo clic que puso en marcha el magnetófono, del que brotó un extraño batir de tambores, con un ritmo rápido que parecía acelerarse cada vez más.

Después la luz se apagó.

Lo sintió casi de modo inmediato, con la misma claridad que si acabara de entrar y cerrar la puerta tras él. Estaba en la habitación, de pie detrás de ella, observando.

Un escalofrío le descendió por los brazos. Vio una sombra que cruzaba la habitación, estaba segura de ello; algo más oscuro que la propia oscuridad; hubiera deseado que se encendiera la luz, tocar a alguien. Pero no se atrevió a moverse, por temor a perder el contacto con su hijo, con su mirada extrañamente penetrante. Y se dio cuenta de que estaba asustado. Esto es lo que tú querías, querido, ¿no es así? Ésta es la razón de todas las señales que me has venido haciendo. Ahora estamos reunidos aquí, por ti. Sé amable, por favor, sé amable.

«Dios mío -pensó de repente-, qué lejos parece ahora el pasado.» ¡Cuánto tiempo desde que su hijo vivía y todo era perfectamente normal!

Se produjo un horrible gemido de aflicción, como el grito de una zorra en la noche, que llegó a sus oídos por encima, aparte, del rítmico sonar de los tambores; provenía de alguien que estaba en el círculo. Lo oyó de nuevo. Más bajo, cada vez más bajo, disolviéndose en un sonido horrible, entrecortado, como si alguien tratara de respirar con la garganta rota. «¿Quién produjo aquel sonido?», se preguntó. ¿Ford? ¿Milsom? ¿Orme? ¿Sandy? Era imposible decirlo.

– Madre.

Era la voz de Fabián, débil y asustada. Se oyó un clic y la música cesó.

– Madre.

Ni la menor sombra de duda; era su hijo el que hablaba. Sintió frío, como si la habitación se transformara en un gigantesco bloque de hielo, y tembló de tal modo que apenas podía mantenerse sentada.

– ¿Cariño? -dijo nerviosa, en voz alta-. ¡Hola, cariño!

Oyó de nuevo el horrible sonido entrecortado y, después, repentinamente, un solitario grito de horror, penetrante, el grito de una mujer joven; el grito más penoso y terrible que había oído en su vida; creyó que su eco seguiría resonando en la habitación para siempre.

«¡Oh, Jesús, haz que todo esto termine -pensó-, que cese inmediatamente!»

– ¿Quién está aquí?

Oyó la voz de Ford, tranquila, segura.

Una voz respondió con un fuerte acento alemán; era una voz culta, con una entonación diferente de la de todos los presentes en la habitación.

– Soy Herbert. Aquí hay un joven al que le gustaría hablar con su madre.

– Dile, por favor, que lo estamos esperando. Ya ha comenzado a llegar hasta nosotros.

A través de la oscuridad Alex miró a Ford. Él también había oído a Fabián. No era un engaño de su imaginación. No era posible que su voz fuera imitada. Trató de animarse, de apartar el miedo, pero el temor y el frío la rodeaban. ¿Cómo era posible que alguien se sintiera tan sola en medio de una habitación llena de gente? Y ella, al sentir la fuerza del frío y del miedo, como dos manos apoyadas sobre sus hombros, se sintió como si la hubieran dejado sola en el mundo.

– Necesito algo de energía. -El acento alemán era casi como una reprimenda.

– Quiero que todos se cojan de las manos -dijo Ford-. Esto permitirá que nuestra energía surja de nosotros y le dé fuerza al espíritu.

Alex sintió que le cogían la mano; la pequeña de Ford estaba tan caliente que tuvo la sensación de que la quemaba; la gran piedra de su anillo se clavaba en su piel, pero no se atrevió a cambiar de posición. Levantó la otra mano, la derecha, y sintió sobre ella una mano fláccida y huesuda; ¿quién estaba a su derecha?, trató de recordar: Milsom. La mano respondió y apretó la suya.

– ¡Apreciad la fuerza -dijo Ford-, dejad que surja de vosotros, que surja!

Se dio cuenta de que Ford y Milsom se mecían adelante y atrás y ella los acompañó en su movimiento. De repente se detuvieron; la mano de Ford apretó la suya con mayor fuerza, aferrándola tanto que la inmovilizó como una piedra.

– ¡Madre!

La voz de Fabián pareció flotar en el aire.

Oyó de nuevo el extraño sonido entrecortado y se dio cuenta de que procedía de Milsom. Lo miró tratando de descubrir algo de él, pero en esos momentos, de improviso, oyó la voz de Carrie, que procedía directamente de un lugar frente a ella, donde se sentaba Orme.

– ¡No lo deje, señora Hightower!

Lastimosas, asustadas, resonaron las palabras, con la voz inconfundible de Carrie, y atravesaron el aire como un cuchillo que rascara sobre una losa de mármol.

– Parece ser que hay una joven que quiere entrar en nuestro canal -dijo Ford pacientemente.

– Aquí no hay ninguna joven -dijo la voz con acento alemán.

– ¿Quién está aquí? -dijo Ford con calma-. ¡Díganos su nombre, por favor!

Se produjo un rugido feroz, pavoroso, que hizo que Ford y Milsom saltaran asustados, aunque sin soltar las manos de Alex, que tuvo la impresión de que le iban a arrancar los brazos.

Una vez más Alex sintió una corriente de aire que rozaba su nuca y se extendía sobre sus hombros para después descender por todo su cuerpo.

– ¡Por favor, madre, ayúdame! -Se oyó de nuevo la voz de Fabián.

Sonaba tan próxima que tuvo la sensación de que si extendía la mano podría tocarlo. Trató de penetrar la oscuridad.

– ¿Dónde estás, cariño?

Nuevamente sonó una voz profunda, extrañamente nasal.

– ¡No escuchen a ese bastardo!

– ¿Quién es usted, por favor? -oyó preguntar a Ford, que no perdió el tono de calma de su voz-. Díganos su nombre, o si no quiere hacerlo, abandone al médium inmediatamente, en nombre de Dios.

– ¡Madre! -gritó Fabián, desesperado.

La voz profunda volvió a sonar en la oscuridad.

– Soy su padre.

Alex se dio cuenta de que la cabeza empezaba a darle vueltas, se tambaleó y sintió sobre las suyas la presión de las manos de Ford y de Milsom.

– No -dijo Ford-. Su padre está en esta habitación con nosotros.

– Madre -gimió otra vez Fabián.

– Por favor, terminemos con esto -pidió Alex- Quiero pararlo.

– El padre del espíritu está aquí con nosotros; por favor, déjenos, quienquiera que sea.

– Me llamo John Bosley. Soy el padre del chico -gruñó de nuevo la voz.

Alex trató de librar sus manos de la presión que sobre ellas ejercían Milsom y Ford, pero no pudo lograrlo.

– ¡Oh, Dios mío, haz que todo esto se detenga!

Temblaba sin poderse contener y se dio cuenta de que estaba a punto de vomitar.

– ¡Morgan, por favor, detenga esto! -gritó.

– Cariño -oyó la voz de David suave y llena de ansiedad-. ¿Te encuentras bien, cariño?

– Quiero detener esto. Por favor, pídele que acaben de una vez.

– ¡Madre! -gritó de nuevo la voz de Fabián-. ¡Carrie!

Alex se encogió en su silla, trató de liberar sus brazos para poder ocultar la cabeza entre ellos.

– ¡Ayúdame! ¡Ayúdame!

Después volvió a oír a Carrie, que imploraba en voz baja:

– ¡Por favor, no lo deje, señora Hightower!

– Que no le deje hacer, ¿qué? Dime, ¿qué es lo que no tengo que dejarle hacer?

– El cuatro de mayo, madre -oyó otra vez la voz de Fabián, ahora muy distinta, confiada, como siempre lo oyó en vida-. Ellos me dejarán fuera el cuatro de mayo.

– ¿Fuera de dónde, cariño? -preguntó débilmente-. ¿Fuera de dónde?

Se produjo un silencio prolongado y Alex tuvo consciencia de la habitación, del crujir de las sillas, del respirar de los presentes y del rasguear de las ropas. Se relajó la presión de la mano de Ford sobre la suya y después la dejó completamente libre. Se dio cuenta de que Fabián se había ido de modo tan concreto como había llegado. Ya no quedaba nada en la habitación, excepto la oscuridad y el silencio. Libró su mano de la de Milsom y, vacilante, se tocó el rostro con los dedos: estaba empapado de sudor.

– Señor Ford -Alex oyó decir a David-, creo que debe parar. Mi mujer está asustada.

No hubo respuesta; ella miró a su alrededor, tratando de distinguir las siluetas, pero no pudo ver nada; sintió que el corazón le latía con tal fuerza que le dolía el pecho.

– ¿Te encuentras bien, querida?

– Sí, yo… -Hizo una pausa-. Estoy bien.

Se produjo una larga pausa y después oyó la voz de Ford, otra vez amable:

– Los espíritus se han ido.

Oyó el crujir de una silla, el sonido de unos pies sobre la alfombra y después se encendió la luz. Alex cerró los ojos para protegerse de la repentina luminosidad. Cuando los abrió de nuevo, Ford estaba de pie, junto a la puerta, con la cabeza ligeramente baja y profundamente sumido en sus pensamientos.

Alex recorrió la habitación con la mirada; nada había cambiado. Temblando aún, se preguntó qué había esperado ver, seguidamente se echó hacia atrás en su silla, totalmente agotada. Frente a ella, Orme seguía sentado, extrañamente contorsionado sobre el brazo del sillón, con la boca entreabierta y la mandíbula adelantada, como un pez fuera del agua, con los ojos muy abiertos fijos en el techo. Durante un momento, Alex pensó que estaba muerto. Después gimió suavemente y volvió a dejarse caer en su silla.

Milsom estaba echado hacia adelante, las manos unidas descansando sobre sus rodillas. Sandy estaba retrepada en el sillón y se secaba la frente con un pañuelo.

Alex miró nerviosa a David, que tenía una mano dentro del bolsillo de la chaqueta y miraba a todos con aire de sospecha. Después sus ojos se fijaron en Ford.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó.

Ford se volvió para mirarla extrañado y no dijo nada.

– Dígamelo, por favor -dijo temblando-. Por favor, dígame qué ha ocurrido.

De nuevo miró a Orme frente a ella, después a Milsom y seguidamente a Sandy. Todos parecían raros, demasiado alejados, como extraños. Se fijó en el retrato de Fabián en la pared y en el frío telescopio de metal junto a la ventana. Pensó qué aspecto tan desolado tenía la habitación sin la cama, qué fría e indiferente era la luz, y cómo, de repente, la habitación recuperó de nuevo su aspecto de normalidad. ¿Había estado en trance?, se preguntó. Quizás ocurrió así y todo no fue más que un sueño extraño, fantástico y sobrenatural. Se relajó un poco y de nuevo miró a los presentes. «¿Por qué nadie quiere mirarme? -Fijó los ojos en Milsom, en Sandy, en David-. ¡Que alguien me mire, por favor, que alguien me sonría, que alguien me diga que todo esto no fue más que un mal sueño; decidme que todos estuvisteis sentados aquí y nadie vio nada! ¡Por favor, por favor, habladme!»

El miedo disminuyó lentamente y fue sustituido por el aburrimiento y la monotonía. Al fin y al cabo, ¿qué había sido todo? ¿Sólo unas voces? ¿Dónde se quedaron los ectoplasmas? ¿Los espectros? ¿El fango verde brotando de las bocas de los presentes? ¿Las levitaciones?

David volvió a buscar algo en el interior de su chaqueta. «¿Sigo viva todavía? -se preguntó Alex de improviso-. ¿Estoy muerta y ésta es la razón por la que nadie me mira? -De nuevo el pánico se apoderó de ella-. ¿Es que no pueden verme? Me he muerto, eso es lo que ha ocurrido. Oh, David, mírame, por favor. ¿Qué estás haciendo?» De repente sus manos tocaron algo en su regazo, algo duro y puntiagudo que produjo un ruido crujiente como un trozo de pergamino, que le produjo un verdadero sobresalto de terror. Era como un gran insecto muerto. Trató de apartar sus manos de aquel extraño objeto pero no pudo hacerlo, como si se le hubiera quedado pegado a ellas. Sintió un ligero corte en un dedo. Siguió con los ojos levantados, muy abiertos, sin atreverse a bajar la vista. ¿Qué era aquello, qué demonios era aquello?

Volvió a mirar a David, en busca de ayuda, pero su marido seguía concentrado en la chaqueta. Sintió un profundo dolor en el dedo, como una picadura que la hizo gritar y tuvo que mirar abajo. Por un momento fue incapaz de creer lo que veían sus ojos. Después dejó escapar un grito que llenó toda la habitación.

Lo que había sobre su falda no era un insecto, sino un rosa seca, pequeña, negra y carbonizada.

CAPÍTULO XXI

Alex abrió los ojos y con mirada turbia contempló el retrato del caballo en la pared. En algún lugar, en la distancia, oyó el rumor de voces. Miró a su alrededor, extrañada, tratando de ver dónde estaban todos. ¿Era cierto que había estado en la habitación de Fabián? Ahora se encontraba en el salón. Antes hubo mucha gente a su alrededor; ahora sólo podía ver a dos personas, a David y a Morgan Ford, y ambos parecían estar muy lejos, tanto que bien podían hallarse en otra habitación. O, quizás, hasta en otra casa.

– Nunca me despido de nadie.

Ellos no se dieron cuenta de su presencia.

– Sus conjuros trucados pueden ser muy adecuados para señoras ancianas -le oyó decir a David.

– La presencia de objetos se da con frecuencia, señor Hightower.

¿Qué hora era?, se preguntó Alex. ¿Cuánto tiempo llevaba ya en el sofá? ¿Qué había pasado con los otros?

– ¿Quiere usted decir, verdaderamente, que las rosas pueden desmaterializarse, viajar por el tiempo y el espacio y volver a materializarse posteriormente? -preguntó David.

– En el mundo del espíritu ocurren cosas que no pueden ser explicadas en términos ordinarios. Esos objetos que se materializan son mensajes que los difuntos dedican a las personas amadas; es su único medio de ofrecer pruebas tangibles.

– ¿Qué clase de prueba es una rosa quemada?

– Nunca me despido de nadie -repitió Alex. Tampoco ahora los dos hombres parecieron apreciar su presencia.

– Sabemos sólo muy poco sobre el mundo del espíritu; pero aprendemos continuamente.

– ¿Experimentando con aquellos que están en sus peores momentos?

– Nunca dejo formar parte de una sesión a alguien si no estoy seguro de que es lo suficientemente fuerte para resistirlo.

– Mi mujer no lo era. ¡Fíjese lo que le ha ocurrido!

– Pronto estará bien, sólo está muy cansada. El ceder energía es algo muy agotador. Hace muy poco tiempo que ocurrió la pérdida del ser querido. Normalmente es preferible dejar pasar unos pocos meses antes de celebrar estos actos.

– ¿Y por qué no lo hizo? -quiso saber David.

– Era muy importante hacerlo ahora.

Hubo un prolongado silencio.

– ¿Qué quiere decir?

– Hay un espíritu maligno alrededor.

– No -dijo Alex, de repente, en voz alta-. No lo hay. -Vio cómo los dos se giraban para mirar en su dirección, como si trataran de confirmar una señalización distante.

– ¿Cómo te encuentras, querida? -preguntó David con ternura.

David se inclinó sobre ella, vio su barba y sus ojos que se fijaron en los suyos, alternativamente, primero en uno y después en otro.

– ¿Quieres que llame a un médico?

– Ahora se está tranquilizando -aseguró Ford-. Dentro de media hora estará perfectamente. Esas aportaciones del más allá provocan un gran estrés emocional.

– Aportaciones… -comentó David. Alex oyó un crujir como de pergamino y vio a David que hacía girar en sus manos un objeto negruzco- sólo una rosa, una vieja rosa seca encontrada en una hoguera, que usted o alguno de sus cómplices dejaron caer en el regazo de Alex mientras nos cogíamos las manos en la oscuridad. Alguien con un sentido del humor muy enfermizo.

– David -le suplicó Alex-. No te enfades, por favor.

– No estoy enfadado, cariño. Estoy convencido de que el señor Ford actúa de buena fe. Quizás hay personas que se sienten consoladas y animadas con estas cosas, pero está claro que tú no te cuentas entre ellas. Trata de dormir un poco más.

– Quisiera un cigarrillo -dijo Alex sentándose en el sofá.

La habitación parecía resbalarse hacia un lado y por un momento se vio mirando una de las paredes; seguidamente se enderezó con un esfuerzo que le revolvió el estómago.

– No te sientes todavía, querida. Sigue echada unos minutos más.

– Las cosas no fueron como yo había pensado -confesó Alex alzando los ojos para mirar a Ford.

– Nunca lo son -afirmó éste sonriendo amablemente.

– La presencia de Fabián era tan clara.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó David.

– Fabián.

– ¿Fabián? -repitió David con un eco débil.

– Sí, Fabián, cariño; estoy segura de que lo oíste.

Alex observó la sorpresa en el rostro de David, vio cómo éste se volvía a Ford y después de nuevo hacia ella.

– ¿Oírlo?

– Sí. Y a Carrie, ya… -hizo una pausa y enrojeció.

– No ocurrió nada, querida, debes de haberlo imaginado.

David miró de nuevo a Ford y se dio cuenta de que éste apartaba la mirada para fijarla en su esposa.

– Fabián me habló -insistió ella.

– Pues no lo hizo conmigo. La única persona que habló fue el señor Ford. Y aquellos dos tipos; uno de ellos parecía estar enfermo y el otro como si lo estuvieran estrangulando.

De nuevo, repentinamente, Alex se sintió asustada; asustada y aislada. Sola.

– ¿Quieres decir que no oíste nada?

– No podía, señora Hightower -le explicó Ford tranquilizador-. No es una persona sensible -Ford tosió y se volvió a David-, pero su papel fue esencial, puesto que esta noche estábamos rodeados de un ambiente maligno. Usted nos mantuvo unidos al mundo terrenal; sin su ayuda los resultados hubieran sido mucho menores.

– ¿Resultados? -exclamó David con incredulidad-. ¿Qué diablos consiguió usted?

– Creo que será mejor que se lo pregunte a su esposa -le dijo Ford.

Alex vio que su marido la miraba con fijeza.

– Querido -le pidió dándose cuenta de que se ruborizaba-, ¿te importaría mucho si tengo unas palabras a solas con el señor Ford? -David los miró; primero a ella, después al médium-. ¿Podrías hacernos unas tazas de té?

David se levantó de mala gana y se frotó la barba.

– Sí… voy a poner agua a calentar. -Miró a su alrededor, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y la sacó casi de inmediato.

Salió fuera de la habitación y Alex oyó el ruido del pestillo de la puerta al cerrarse. Se levantó y tuvo la sensación de que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Vaciló un momento, recuperó las fuerzas y cruzó la habitación hacia el armarito de las bebidas.

– ¿Te encuentras ya mejor, Alex?

La dueña de la casa sacó un cigarrillo de la caja y se dio cuenta de que era la primera vez que Ford la tuteaba y usaba su nombre de pila.

– Gracias. Creo que sí. Ha sido una experiencia agotadora que ha exigido mucho de mí. -Sus ojos vieron la rosa que David había dejado sobre un lado de la mesa; se acercó a ella y la tocó cariñosamente-. ¿Es cierto que Fabián la envió?

– Algo le pasó. Alguien la quemó por el camino.

– ¿Un espíritu?

– Sí -respondió Ford con calma.

– Con frecuencia me enviaba rosas, quizá me traía una de Francia y se quemó en el accidente. ¿Podría ser eso?

Movió la cabeza.

– Es una posibilidad -concedió y frunció el ceño.

– Pero no lo cree.

– Esta noche había otros espíritus a nuestro alrededor, haciendo travesuras diabólicas. -Se estremeció.

– ¿Y uno de ellos pudo quemar la rosa?

– Es posible. Esta noche han ocurrido muchas cosas que no acabo de entender.

– ¿Quiere decir que no tuvimos éxito?

– No lo sé. Nuestra intención era rescatar a Fabián, liberarlo del plano terrenal. Pero había demasiadas interferencias, demasiada confusión. No estoy seguro de haberlo conseguido.

– Interferencias por parte de la chica, ¿es eso lo que quiere decir?

Ford sacudió la cabeza.

– Parcialmente.

Alex encendió su cigarrillo y de nuevo se dejó caer en el sofá.

– Se manifestó ya con anterioridad, en el salón de su casa. Una chica llamada Carrie, con la que Fabián acostumbraba a salir.

– Pero tenemos también a ese hombre que decía ser el padre de Fabián. -Miró a Alex con fijeza-. Se llamaba John Bosley o algo semejante, ¿no es eso? No comprendo cómo se introdujo en el círculo, pero en ocasiones los espíritus malignos suelen hacernos esas malas faenas.

Una vez más Alex sintió que el rostro le ardía.

– ¿Ha tenido alguna experiencia -preguntó- de espíritus que deseaban regresar?

– ¿En forma humana?

Ella afirmó con la cabeza.

– ¿Quiere decir posesión?

– No estoy segura de cómo se le puede llamar. Alguien que quiere volver al plano terrenal porque dejó sin terminar asuntos importantes.

Ford consultó su reloj.

– Muchos espíritus se sienten confusos después de su muerte, los que se sienten muy unidos a la tierra; con frecuencia no se dan cuenta de que han muerto; sólo cuando tratan de entrar en contacto con las personas amadas o con los amigos y ven que nadie puede verlos ni oírlos comienzan a comprender lo que les ha ocurrido. Hasta ese momento muchos de ellos tratan de seguir actuando como antes de su muerte, acuden a su trabajo y se imaginan que hacen todo como cuando aún estaban vivos.

– ¿Lo consiguió alguien… continuar haciendo su trabajo?

– Sí.

– ¿Cómo?

– Utilizan el cuerpo y la mente física de alguna persona viva. Se introducen en ella y usan su cuerpo. Eso es lo que conocemos como estado de posesión. -El médium sonrió-. Hay experiencias bien probadas de espíritus que continuaron su trabajo mediante su influencia sobre otras personas vivas. Se han dado casos de cirujanos, pintores y compositores. Mozart componía una música genial a los cuatro años; es muy posible que lo hiciera bajo la influencia de un espíritu.

– ¿Y qué hay de la posesión diabólica?

– Hitler -dijo Ford-. No hay evidencia concreta pero sí bastantes cosas que indican que Hitler y muchos otros miembros del Tercer Reich estuvieron poseídos por espíritus malignos, lo cual explicaría sus actos.

– Cuando fui a visitarle por primera vez, usted me dijo al final de la reunión que Fabián deseaba regresar. ¿Es eso lo que quiso decirme? ¿Que había dejado sin terminar algunos asuntos?

De pronto Ford pareció nervioso. Parecía incómodo con el tema y Alex se preguntó si había llegado al límite.

– ¿Asuntos sin terminar?

– Sí.

– ¿Qué tipo de asuntos podrían ser, a tu juicio?

Alex bajó los ojos a la alfombra.

– ¡Qué extraño me parece…! Hablar de él como si estuviera…

Hizo una pausa y después se puso de pie súbitamente, cruzó la habitación y sacudió la ceniza de su cigarrillo en la papelera.

– ¿Como si aún siguiera vivo?

Ella afirmó.

Ford sonrió misteriosamente.

– Eres una mujer muy sensible, quizá demasiado sensible.

– ¿Qué diantres quieres decir? -Ford movió la cabeza y volvió a sonreír-. No lo entiendo.

– Creo que un día lo comprenderás.

El rostro de Ford se oscureció y de nuevo Alex se sintió incómoda.

– Creo que debemos celebrar otro círculo, el próximo jueves -dijo el médium.

– No.

– Es muy importante para tu hijo.

– Tengo demasiado miedo.

– Siempre causa miedo la primera vez. Pero las cosas no han quedado resueltas. -Con ansiedad miró a su alrededor-. Te sentirás mucho mejor cuando lo estén.

– No puedo ni imaginármelo.

– No -insistió Ford-. No podrás en tanto que el espíritu extraño siga rondando por aquí. Cuando hayamos ayudado al espíritu de tu hijo a pasar a su mundo, encontrarás la paz y comenzarás la curación.

– ¿No piensas, quizá, que he estado removiendo demasiado las cosas y que sería mejor dejarlas como están?

– Tienes que pensar en tu hijo.

Miró intensamente a Ford tratando de descubrir su verdadera personalidad. ¿Era todo aquello un truco, un engaño, como David había insinuado? ¿Había sido hipnotizada, lo había imaginado todo? No, las voces fueron demasiado claras, demasiado reales. Sin embargo una sombra de duda comenzó a surgir en su interior. Al fin y al cabo Ford estaba interesado en seguir adelante, mientras pudiera continuar con sus trucos y pudiese darle trabajo a sus extraños colegas, con sus pendientes de oro y sus pies enormes.

– Tengo que pensar en mi marido.

– ¿Porque es escéptico?

– Ésa es otra razón. -Se paseó por la habitación y volvió a sentarse-. Ese hombre que se entrometió, afirmando ser el padre de Fabián…

– ¿El espíritu engañoso?

Alex movió la cabeza.

– No necesariamente engañoso. -Hizo una pausa-. David no es el padre de Fabián.

Ford la miró con aire inquisitivo, pero en seguida bajó la vista y se puso a comprobar la inmaculada limpieza de sus uñas perfectamente manicuradas. Algo le preocupaba a fondo, pensó. Su revelación debería haberle clarificado las cosas, pero al contrario, parecía empeorarlo todo.

– Bosley, ¿no era ése el nombre? -preguntó Ford.

– Yo no sé quién es el padre de Fabián.

Vio que Ford la miraba extrañado y le sonrió débilmente.

– No, no es lo que piensas -explicó Alex-. No podíamos tener hijos, ¿sabes? -Se dio cuenta de que se ruborizaba-. La cuenta espermática de mi marido era demasiado baja.

– ¿Y consiguió un donante?

– No exactamente, pero sí algo parecido. -Suspiró y después aspiró profundamente-. No quise someterme a inseminación artificial. Quería que el hijo fuera de David. Nos pusimos en contacto con un especialista que aquellos días estaba experimentando, con la mezcla del esperma del donante y la del marido, para conseguir lo que él llamaba un esperma de elevada movilidad. -Alex sonrió tristemente-. De ese modo, así se suponía, nunca podría saberse si el padre era el marido o el donante… -Se detuvo vacilando.

– Y ahora piensas que…

Alex enrojeció.

– David siempre estuvo convencido de que Fabián era su hijo, lo cual era muy conveniente para todos. Pero yo siempre supe que no era así.

– ¿Por qué?

Alex se ruborizó aún más.

– No dio resultado. El especialista me dijo que el esperma de David era demasiado hostil… Nunca llegué a entenderlo bien. Algo en la composición química no funcionaba. Le pedí al especialista que me sometiera a inseminación artificial… sin que David lo supiera.

Ford afirmó con la cabeza.

– Los genes son muy importantes en el mundo de los espíritus, ¿sabes? -señaló Ford-. Son como el anteproyecto del carácter. Nosotros sabemos que son esenciales para el cuerpo y la mente carnales y que dan forma y lo controlan todo. Y yo creo que son igualmente importantes en el estado incorpóreo.

– ¿Quieres decir que al morir nos llevamos nuestros genes con nosotros?

– La parte de ellos relacionada con nuestro carácter.

– Es decir, que ahora Fabián ha encontrado a su verdadero padre.

– Es posible.

– No quiero que David lo sepa -dijo Alex-. ¡Quería tanto a Fabián! Se sentía orgulloso de ser su padre y no quiero que deje de estarlo.

– Lo comprendo -aceptó Ford-, pero tu marido no es lo que nosotros llamamos una persona «sensitiva». No se enterará por la comunicación de los espíritus; sólo lo sabrá si tú se lo dices.

Alex hundió la cabeza entre las manos.

– ¡Oh, Dios mío! Me siento confusa, muy confusa y asustada.

– Alex -empezó Ford amablemente-. Se está produciendo un terrible conflicto entre tu hijo y su verdadero padre. Es algo que necesitamos resolver porque puede causar graves daños a tu hijo… y a ti también.

– ¿Qué quieres decir?

– Hay una fuerza oscura muy fuerte que hace acto de presencia y yo he tratado de quitarle importancia para no asustarte, pero la verdad es que jamás en mi vida encontré algo tan potente. Tu marido supone que soy un charlatán; me parece que tú me crees, aunque tienes ciertas dudas. Para probar mi sinceridad estoy dispuesto a renunciar a mis honorarios, pero a cambio de ello tienes que hacer exactamente lo que diga.

Alex sacudió la cabeza.

– No -respondió-, no quiero seguir adelante.

– Alex -insistió el médium gentilmente-, no se puede entrar y salir del mundo de los espíritus como quien aprieta un botón o abre y cierra un grifo. Si uno no se enfrenta a esas cosas, son ellas las que llegan a enfrentarse con uno.

Alex sintió una vez más el soplo helado que descendía sobre su nuca, como una brisa que soplaba dentro de su blusa, un horrible viento frío y húmedo que hacía que la blusa se le pegara a la piel, como si se la hubiera puesto estando todavía mojada.

– ¿Podrías hacer algo para descubrir la verdadera identidad del padre de tu hijo?

– Fui a visitar a un hombre en Wimpole Street. Un especialista en el tratamiento de la infecundidad, Saffier, doctor Saffier. Utilizaba el esperma de donantes que, según él, elegían cuidadosamente para que coincidiera con los requerimientos de la esposa. -Hizo una pausa-. Color del cabello, de los ojos y cosas semejantes.

– ¿Y logró ayudarte?

– Sí.

– Creo que deberías ir a verlo y tratar de saber todo lo posible sobre ese John Bosley.

– Ni siquiera sé si aún vive.

– Es muy importante -insistió Ford.

– ¿Por qué?

– Ya lo comprenderás.

Se abrió la puerta y entró David.

– ¿Lo quiere con leche, señor Ford?

Ford se levantó.

– Lo siento, pero se me ha hecho tarde. Tengo que ponerme en camino.

– ¿Quiere una escoba o se trajo la suya? -preguntó David sonriendo.

Ford se levantó y devolvió amablemente la sonrisa.

– ¡Oh no, amigo mío! Yo no necesito esos artilugios. Me desmaterializaré delante de sus ojos si no tiene inconveniente.

CAPÍTULO XXII

El Land Rover saltaba, hacía eses y patinaba sobre el camino fangoso. La nariz de Alex percibió el olor de los cerdos, vio algunos conejos deslumbrados por la luz de los faros, pero que antes de que llegara el coche saltaban y escapaban bajo la cerca que separaba el camino de los campos.

Era una noche muy clara; Alex podía ver las estrellas, la media luna y el oscuro contorno de la campiña que se extendía como una sombra infinita.

– Gracias por dejarme venir contigo.

– No seas tonta.

– Esta noche no me hubiera gustado quedarme sola en la casa de Londres.

– No me sorprende. Ese tipo como-quiera-que-se-llame, Ford, te puso enferma de miedo con sus trucos.

Alex miró por el parabrisas, por encima de la rueda de recambio. El morro del Land Rover descendió y eso le permitió ver el resplandor del lago, que parecía iluminado desde el interior. El estanque medieval. Se estremeció. ¿Cómo era que no podía apartar de su mente aquellas palabras? ¿Por qué siempre tenían para ella un sonido siniestro? Pensó en una vieja carpa, de varios siglos de edad, como amenazante guardián de los abismos. Trató de apartar su mirada del lago, pero no pudo hacerlo, como si sus ojos se sintieran atraídos hacia él como el hierro por el imán.

– No era como yo me lo había figurado -comentó David.

– ¿Qué quieres decir?

– Bien… Tenía cierto sentido del humor; nunca pensé que ese tipo de gente lo tuviera. Más bien que eran mortalmente serios, más que un difunto. Pero éste parecía más un agente de seguros que un médium.

– Eso mismo pensé yo la primera vez que lo vi. Pero por lo visto tiene una excelente reputación.

David detuvo el Land Rover bruscamente, tiró con fuerza del freno de mano y miró por la ventanilla.

Alex lo miró ansiosa.

– ¿Qué pasa, David?

Levantó un dedo y siguió conduciendo. Alex escuchó el ruido del motor como el latido rápido de un corazón desbocado, miró a su alrededor y se sintió vulnerable, asustada, deseosa de llegar a la granja, sin detenerse en la oscuridad, cerca del lago y los campos.

– ¡Maldita sea!

– ¿Qué sucede?

– Algunas ovejas han entrado en uno de los viñedos, precisamente en el que está mi Chardonnay. No quiero que se queden ahí.

Alex sintió una ola de alivio que recorría su cuerpo.

– Mañana por la mañana tengo que reparar la verja.

– ¿Te importará prestarme el Land Rover mañana?

– No es muy divertido utilizarlo en Londres… Será mejor que dejes el coche en Lewes y tomes allí el tren.

Alex afirmó con la cabeza.

– Pero haz lo que te parezca mejor. Quiero que descanses, que te relajes y recuperes las fuerzas.

Ella sonrió y dejó su brazo sobre el respaldo del asiento de su marido. Le hubiera gustado acariciarlo, abrazarlo; pero no le pareció justo hacerlo; ya era suficientemente malo lo que le estaba haciendo; no quería abrir de nuevo todas las viejas heridas. No, no era un comportamiento leal para con él… Ni para consigo misma, se dio cuenta después de unos minutos de reflexión. Se sentó junto a la mesa de la cocina y observó a David mientras abría una botella de su propio vino. Vendange, el perro de David, entró en la habitación, se dio la vuelta y volvió a salir tranquilamente.

– ¿Hiciste caso a Ford y no has comido nada desde seis horas antes?

Afirmó con la cabeza.

– No he comido nada desde el desayuno. ¿Y tú?

– Estos días sólo suelo comer dos veces, desayuno y cena. -Abrió el frigorífico-. ¿Quieres una tortilla?

– Me sorprende que no tengas tus propias gallinas; cuando estábamos en Londres siempre hablabas de lo mucho que te gustaría.

– En Londres eso hubiera sido una auténtica novedad; aquí no lo sería. -Alex sonrió-. De todos modos, el vino y los huevos no se aparejan bien.

– ¿Ni siquiera si las dejas picotear en tus viñas Chardonnay?

David dejó unos cuantos huevos sobre el escurreplatos.

– ¿Qué estuviste haciendo durante la sesión…el círculo, David?

– Me di cuenta que te movías mucho.

David hizo un guiño y con la mano se dio unos golpecitos en el pecho. Seguidamente, se quitó la chaqueta con cuidado y puso al descubierto una grabadora que llevaba sujeta al pecho, bajo la camisa.

– Lo tengo todo aquí. Ahora veremos quién de los dos tiene razón.

Desató las cintas que sujetaban la grabadora, apretó el botón de rebobinado y dejó el aparato sobre la mesa, enfrente de su esposa. Ésta oyó el chirrido de la cinta al rebobinarse y alzó los ojos para mirarlo.

– ¿Crees que obraste de modo inteligente?

– ¿Qué quieres decir?

– Podía haber ahuyentado a los espíritus.

– Nadie me dijo que estuviera prohibido utilizar una grabadora.

– Creo que debiste decírmelo.

– Si te lo hubiera dicho no me lo habrías permitido. -Llenó la copa de Alex y observó con aire preocupado cómo el vino se asentaba y se clarificaba. Alzó la copa por el pie y la giró junto a la lámpara-. Buen color -comentó-. Muy claro.

– No demasiado aguado, ¿no te parece?

– Sólo que tiene un ligero tono amarillento, ¿no te parece? -comentó excitado-. El lote anterior era un poco verdoso.

– ¿Qué has hecho? ¿Pusiste algo de colorante?

Frunció el ceño y la miró con aire de desaprobación.

– Nunca. Jamás lo haría. Es la piel de las uvas la que da el color al vino. Depende del tiempo que se deje la piel al mosto que sea más o menos claro.

Alex olió el vino. Al principio tenía un ligero olor ácido y oleoso y arrugó la nariz. Al oler por segunda vez apreció el suave olor dulzón de las uvas.

– Es todavía muy joven -aclaró él a la defensiva.

– Debes tener cuidado en no crear un vino demasiado sofisticado, David. La mayoría de la gente no son connoisseurs; sólo quieren algo que sepa bien.

– Al infierno con la mayoría; que beban su Blue Nun o su Hirondelle. Dios mío, ¿es que no lo entiendes? Lo que yo quiero conseguir es excelencia, calidad. Conseguir el mejor de los vinos ingleses.

Alex bebió un trago, cerró los ojos e hizo que el vino se moviera ruidosamente en el interior de su boca, confiando que fuera esto lo que David esperaba de ella. El vino era áspero y casi le escocía en el paladar, obligándole a parpadear; lo tragó y sintió cómo descendía por su garganta; cuando golpeó su estómago vacío se estremeció casi asustada.

– Bueno -opinó volviendo a abrir los ojos-, bueno, pero un poco áspero.

Se oyó un ruidoso «clic» en el magnetófono. David se agachó y apretó el botón de «play». Se produjo una confusión de sonidos y David bajó el volumen.

– No me preocupé de todos esos rezos y demás tonterías -explicó.

Alex oyó «La Primavera» de Vivaldi, conmovedora, bella, una rara combinación de tristeza y optimismo. «…Siente la suavidad de la hierba primaveral bajo tus pies… -decía la voz de Ford- puedes ver una gran puerta blanca delante de ti…»

– Me saltaré todo eso -dijo David, haciendo avanzar la cinta a gran velocidad.

Alex contemplaba el aparato asustada. Oyó el extraño ritmo del tambor, después el terrorífico y triste lamento, que le había parecido el grito de una zorra, que lentamente se disolvió en un fantasmagórico jadear estrangulado. Alex tuvo la sensación de que se le erizaban las orejas y un escalofrío le recorrió la espina dorsal mientras esperaba oír las palabras siguientes.

Pero el jadeo se fue difuminando en una mezcla de ruidos estáticos.

Malhumorado, David jugó con los botones, subiendo y bajando el volumen, sin conseguir otra cosa que el crepitar de las interferencias. Adelantó la cinta unos segundos y volvió a intentarlo: sólo consiguió nuevas interferencias y ruidos producidos por la electricidad estática. Finalmente fijó los ojos en Alex con expresión de duda.

– ¿Qué es lo que pasa?

– Creo que la grabación está borrada, interferida.

– ¿Borrada?

– Tu amigo; creo que llevaba consigo un aparato de borrado o interferencia de grabaciones.

– ¿Por qué razón iba a hacerlo?

– Precisamente para que pasara lo que está pasando.

Puso en marcha el magnetófono a gran velocidad y los ruidos estáticos continuaron mezclados con breves pitidos y el chirrido de la cinta al girar. De pronto, oyeron voces en tono tan agudo como el chillido de las ardillas. David apretó el botón de «stop» con el pulgar y después hizo retroceder un poco la cinta. Seguidamente pulsó de nuevo el botón de puesta en marcha del aparato.

«¿Te encuentras bien, cariño?» Era la propia voz de David, que se quedó mirando a Alex con aire de suficiencia.

«Sí, estoy… bien», dijo la voz de Alex.

Se produjo una pausa y después se escuchó decir a Ford: «Los espíritus se han ido.»

– ¿Es que los espíritus y la electricidad tienen algo en común? -preguntó Alex, temblando y consciente de que sus palabras sonaban ligeramente ridículas.

– Un engaño, querida.

Ella agitó la cabeza.

– Todo un engaño.

Alex agitó la cabeza de nuevo.

– ¡Me gustaría que fuera así!

Alex durmió con la luz encendida en la incómoda cama de matrimonio. Se despertó varias veces durante la noche, sus pensamientos despierta y sus ensueños dormida se mezclaron con lamentos y gritos y la voz de Fabián. Cada vez que se quedaba adormilada se despertaba de nuevo para oír a su hijo muy cerca de ella, a su lado. Sintió que el sudor bañaba su cuerpo y bebió un pequeño sorbo de agua, temerosa de terminarla antes de que amaneciera, incapaz de reunir el valor suficiente para poder salir de la habitación en la oscuridad.

Fuera, la noche estaba llena de sonidos; el grito de un búho resonaba sobre el agua. El estanque medieval. Se quedó adormecida y oyó el sonido que producían las carpas al nadar, pitidos agudos, como las señales de la radio, que despertaban extraños ecos y ondas en la superficie del agua. Vio una carpa mucho mayor que las demás que nadaba a toda velocidad hacia la superficie, atravesando la capa de hierbas acuáticas y su cara apareció a la luz del día, un rostro humano horriblemente quemado, y Alex gritó con fuerza, sin poder contenerse.

Hubo una suave llamada a la puerta.

– Cariño, ¿te ocurre algo?

Alex cerró los ojos y trató de volver a dormirse.

– No, no, estoy perfectamente, muchas gracias.

Oyó cómo David andaba por allí, de un lado para otro y se sintió más segura. Lo oyó bajar la escalera, después el ruido de un grifo en la cocina, el golpe de una puerta que se abría y se cerraba. Los ruidos afuera eran ahora distintos. Los pájaros comenzaban a cantar; sintió una profunda sensación de paz, abrió los ojos y vio que había llegado la mañana.

David estaba ya trabajando con sus vinos. Empujó la pesada puerta de la casa y se dirigió al gran granero de piedra. ¿Cómo se las arreglaba David para poder resistir aquel olor durante todo el día, aquel olor ácido, rancio, pesado, como el que queda en una habitación cerrada en la que el día anterior se hubiera celebrado una fiesta?

Había un gran aparejo de poleas que colgaba de un garfio central situado sobre la gran tina de plástico que ocupaba el centro del suelo. David estaba encima de la tinaja ajustando la soga.

– Estoy lista -le gritó Alex.

– Bajaré en seguida.

Lo vio descender por la precaria escalera.

– ¿Qué estás haciendo? -le preguntó.

– Ésta es una nueva tinaja que no recibí hasta ayer. Quiero moverla un poco. Me alegraré mucho si también te quedas aquí esta noche: quédate aunque sólo sea hasta después del fin de semana.

Alex guardó silencio.

– Si piensas regresar a tu casa definitivamente, también puedes llevarte el Land Rover y lo dejas en la estación.

– Te quedarás aislado si no regreso.

David se dio la vuelta y miró con aire de satisfacción su lagar, como si le costara un enorme trabajo abandonarlo aunque fuera por pocos minutos.

– No te preocupes, ya me arreglaré.

– ¡Eres muy afortunado al tener algo que te apasione tanto! -comentó Alex.

– ¡Tú también lo tienes!

Ella movió la cabeza.

– No he vuelto a aparecer por mi oficina desde… -Se estremeció-. Supongo que hay momentos en la vida en que algunas cosas pierden su importancia.

– ¿Crees que tus clientes pensarán como tú?

Alex apartó la mirada y una cierta sensación de culpabilidad enrojeció sus mejillas.

CAPÍTULO XXIII

Resultaba agradable encontrarse en medio de la animación en Londres, viajar en el Metro entre la multitud de usuarios. Los viernes son un buen día en Londres y eso se puede apreciar con facilidad en los rostros de sus habitantes, en sus ropas de coloridos brillantes, en las bolsas y maletas llenas de botas de agua verdes y gruesos jerseys.

Alex caminó por la Wimpole Street. Hacía mucho tiempo que no pasaba por allí, pensó, pero nada en la calle parecía haber cambiado.

No podía recordar el número de la casa en que vivió Saffier, pero tenía el edificio grabado en el corazón después de doce visitas antes de conseguir lo deseado. Tras doce visitas apretando entre la suya la mano de David, tratando de ignorar su expresión borreguil y sintiendo el pequeño frasquito dentro de su blusa, en el pecho, para mantenerlo caliente.

Aún recordaba cuál era el botón que debía pulsar, el segundo de la fila superior, bajo el que ahora podía leerse: R. Beard, médico ginecólogo. Leyó el resto de los nombres: D.B. Stewart, B. Kirkland, M.J. Sword-Daniels. No había ningún Saffier. Dio unos pasos atrás y volvió a comprobar los nombres bajo los pulsadores de los timbres; después apretó el botón de Beard y esperó.

Se oyó un fuerte zumbido y se abrió el pestillo. Alex empujó la puerta y entró. El recibidor de entrada estaba pintado de un color más brillante, pero por lo demás todo era exactamente igual como ella lo recordaba. Subió la escalera y empujó la puerta. Una chica muy alta, esbelta y elegante alzó los ojos desde la mesa de recepción junto a la que se sentaba y la miró por debajo del flequillo de color paja que le caía sobre los ojos.

– No sé si podrá usted ayudarme -dijo Alex-. Busco al doctor Saffier.

La chica abrió los labios y habló con una voz aguda e ininteligible que sonaba como un distante coche de carreras acelerando a fondo. Con un rápido movimiento de cabeza apartó su mechón de pelo hasta dejarlo en su lugar.

– ¿Perdón? ¿Cómo dice? -preguntó Alex, que se inclinó hacia adelante tratando de descifrar lo que decía la joven.

– Años… -logró entender-. ¡Caray! -oyó también.

Se abrió la puerta, que había detrás de la chica y apareció un caballero de aspecto amable, con un traje oscuro que le quedaba demasiado grande.

– ¿Has olvidado mi café, Lucy?

La chica se volvió y produjo un sonido semejante a un grupo de coches de carrera tomando una curva. El hombre se llevó la mano a la parte de atrás de la cabeza y miró a Alex con sus ojos azules muy abiertos.

– Richard Saffier -dijo con voz suave y ronca y movió la cabeza-. Se marchó de aquí hace mucho tiempo. Yo llevo aquí ya catorce años.

– ¿Sabe usted si aún vive?

El hombre alzó las cejas.

– Solía aparecer en la prensa con frecuencia. Pero hace tiempo que no leo nada de él. Esterilidad, ¿es eso? -El hombre la miró con expresión de curiosidad.

Alex afirmó con la cabeza.

– Tengo la impresión de que abrió una clínica en Surrey. Pero es muy posible que me equivoque.

– Es muy importante que me ponga en contacto con él.

– Miraré en el registro. A ver si puedo encontrar algo que la ayude.

Entró en su despacho, del que volvió a salir con un grueso volumen encuadernado en rojo y lo hojeó.

– No, aquí no figura. -Reflexionó un momento y después se volvió a su secretaria-. Mire a ver si puede ponerme con Simón Nightingale.

– Sí, muy bien -pudo descifrar Alex, que la contempló con curiosidad mientras pulsaba las teclas del teléfono con la misma elegancia que si estuviera tocando el piano.

Alex miró a su alrededor. En una de las paredes colgaba el retrato enmarcado de un gran yate lujoso con todas las velas desplegadas y con el nombre de Houndini pintado de modo llamativo en uno de sus costados.

– ¿Es usted una antigua amiga… suya?

Alex negó con la cabeza.

– Fui paciente suya.

– ¡Ah! Un hombre listo, creo.

– ¿Trabaja usted en el mismo campo?

– Bien… Realmente no. Soy un ginecólogo convencional.

Alex hizo un gesto de entendimiento. Varios coches de carrera aceleraron al tomar una larga recta y la flaca secretaria le pasó el teléfono al médico.

– Hola -dijo el médico-, ¿Simón? Soy Bob Beard. Sí, bien, ¿y tú? Sí, Felicity está bien, hizo un hoyo sobre par el pasado fin de semana, ¿puedes creerlo? Sí… en Dyke. Escucha, tengo poco tiempo. ¿Te dice algo el nombre de Saffier?

Alex lo observó, nerviosa.

El médico se volvió a Alex.

– ¿Julián Saffier?

– Sí, es ése. -Hizo una pausa-. Sí… esterilidad… ¿hacia los ochenta? Quizá; sí, supongo que lo haría. Me preguntaba si existía alguna posibilidad de que lo conocieras. Un campo de trabajo semejante… sí, creo que lo hacías. -Hizo otra pausa-. No, no es nada de eso… es que hay alguien que quiere su dirección. -Otra pausa-. ¿Guildford? Sí, ya pensaba yo que era en algún lugar por ahí. ¿Tienes idea de alguien que pueda tener su dirección? He consultado el registro. ¡Santo cielo! ¿Fue él? ¿Cuánto tiempo hace? Ya veo, eso lo explica. Oye, muchas gracias, te volveré a llamar pronto.

Unió las palmas de sus grandes manos y se volvió a Alex.

– Fue expulsado, me temo -dijo casi como si pidiera excusas.

– ¿Expulsado?

El ginecólogo afirmó con un gesto y sonrió débilmente.

«¿Por qué? -se preguntó Alex, que de pronto se sintió muy incómoda-. ¿Por qué?»

– Supongo que no sabe la razón.

– No -movió la cabeza-, lo siento, pero no lo sé. -Miró su reloj.

– Creo que le he robado ya mucho tiempo, muchas gracias -se excusó Alex.

El hombre sonrió.

– Es posible que lo encuentre en el listín telefónico o si pregunta en información. Pero yo no sé, siquiera, si aún continúa vivo.

Desde la calle, tan pronto descendió del taxi, pudo oír el aspirador. La forma como Mimsa lo utilizaba tenía un estilo especial, frenético, como si tratara de cazar el polvo antes de que éste lograra esconderse.

La casa le pareció aireada, acogedora, segura. El olor de la cera, el ronquido del aspirador y los gruñidos de Mimsa le dieron nuevos ánimos. Normalidad. Quizá David tenía razón. Quizá.

– Ah, señora Eyetoya. Muy mal el váter. No hay papel en la pared.

– Lo sé, Mimsa -respondió-. Es un problema de humedad. Buscaré a alguien que lo arregle.

– Ya lo haré yo -explicó con su inglés chapurreado-. Mi esposo es bueno poniendo papel en los lavabos.

– Muchas gracias, Mimsa, pero no se preocupe. -Recordó la última vez que el marido de Mimsa estuvo en la casa para arreglar algo.

Tomó el montoncito de cartas que había sobre la mesa del recibidor, cruzó el salón, tomó el teléfono y marcó el número de información de abonados.

– Mimsa -gritó-. ¿Dónde puso la rosa que estaba sobre la mesa junto a la pared?

– En el cubo de la basura.

– ¿Puede sacarla?

– ¿Cómo?

– Información, ¿qué ciudad, por favor?

– Guildford -contestó mientras ojeaba la correspondencia. Había un sobre abultado con el matasellos de Cambridge.

En esos momentos oyó la voz de la operadora y su corazón le latió con mayor fuerza. Saffier figuraba en el listín y Alex escribió el número de teléfono y la dirección en la parte posterior del sobre. La mano le temblaba tanto que apenas si pudo leer lo que había escrito.

– Muchas gracias -dijo débilmente y miró su reloj. Eran las once.

Abrió el grueso sobre: en su interior había una nota de saludo del Bursar's Office, una agencia dedicada a la recogida y reenvío de correspondencia y varias cartas dirigidas a Fabián en Cambridge. Las miró una por una: una liquidación de American Express, un saldo bancario, un sobre grande marcado con la observación «TARIFA DE PRIORIDAD» y una carta con franqueo aéreo procedente de Estados Unidos, con matasellos de Boston, Massachusetts; el nombre y la dirección de Fabián figuraban en el sobre, escrito con impresora. Dentro del sobre había una carta igualmente mecanografiada y dos páginas impresas con ordenador.

Los impresos llevaban un membrete en letras mayúscula: «NEW ENGLAND BUREAU.» En letra minúscula: «Alquiler de oficinas, por semanas, días y horas. Servicio de secretarias. Direcciones de conveniencia. Reserva asegurada.»

La carta decía simplemente:

Distinguido cliente: Por la presente le recordamos que siguiendo sus instrucciones hemos enviado ya la última de las tarjetas postales y esperamos sus nuevas instrucciones. Adjunto encontrará la liquidación correspondiente al trimestre que termina en marzo y su solicitud para el próximo trimestre en el caso de que desee continuar utilizando nuestros servicios. Atentamente suya,

MELANIE HART

Administradora ejecutiva

Alex se dio cuenta de que palidecía intensamente. Volvió a leer la carta y comenzó a temblar; la habitación se estaba enfriando y algo pareció revolverse en su interior. Tomó su encendedor, lo acercó a la carta, a los impresos y al sobre, les prendió fuego y los echó sobre la parrilla de la chimenea.

– ¿Quiere que encienda el fuego? ¿Ahora? Yo se lo encenderé en seguida.

Se dio la vuelta y vio a Mimsa de pie junto a la puerta.

– No, está bien, gracias, Mimsa.

– Hace frío aquí, ¡Caramba, qué frío!

Mimsa se frotó las manos y se estremeció. Después le mostró las manos a Alex.

– Miré basura, dos cubos. No está allí.

– ¿Qué es lo que no está allí?

– La rosa.

– ¿La rosa? -De pronto recordó y se puso a temblar-. ¿No está allí? ¿Qué quiere decir? ¿No me dijo que la había puesto en la basura? -Observó cómo la última esquina del papel se oscurecía, y se ennegrecía por completo antes de brotar la llama.

Mimsa se encogió de hombros.

Alex sintió que sus músculos se tensaban. Sólo podía ver a Mimsa débilmente, difuminada, como si la contemplara desde una gran distancia.

– ¿Cuándo la puso allí?

Mimsa volvió a encogerse de hombros.

– No lo sé. Hará una hora…

– ¿No han recogido hoy la basura?

– No, no pasan hoy.

– Iré a ver.

Mimsa la siguió, protestando.

– ¿Por qué se quiere ensuciar? La rosa no allí. Y basta.

Alex dio la vuelta a los cubos y vació su contenido en la acera. Una botella de vino rodó junto a ella y fue a parar al bordillo. Se agachó sobre aquella fuente de mal olor y los desperdicios y miró las latas vacías, les dio la vuelta. Revisó las cajas, metió los dedos entre la masa de la fruta medio descompuesta, las bolsas de plástico y el polvo.

Mimsa la miró un momento, como quien contempla a una loca y después, con un notable sentido del deber, se unió a ella en su búsqueda.

– Es mejor comprar rosas frescas.

Alex miró la basura en la acera y dentro de los cubos vacíos.

– Quizá la cogió alguien.

– Quizá -respondió Alex y comenzó a ponerlo todo dentro de los cubos. Nerviosa, miró a su alrededor, por la calle tranquila- ¡Quizá!

CAPÍTULO XXIV

Alex pisó a fondo el acelerador, sintió el tirón del coche y oyó el agresivo zumbido del motor cuando el Mercedes adelantó la fila de coches que circulaban en caravana. Volvió a introducirse en ella delante de un Sierra, al que casi cerró el paso, lo que hizo que el conductor le tocara el claxon, furioso. La oficina de New England. La rosa carbonizada. Se preguntó si el mundo se había vuelto completamente loco: «Es posible que nos hayamos movido para acercarnos más a la Luna o a Júpiter, o ¿no podría ser que ellos se hubieran aproximado a nosotros? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué demonios era lo que estaba ocurriendo?»

Condujo el Mercedes por la salida de Guildford en la estrecha desviación rural. La carretera se hizo más oscura, bordeada de árboles de ramas demasiado espesas que impedían el paso del sol de primeras horas de la tarde. Ascendió serpenteando por una colina y pasó bajo un puente de piedra para descender bruscamente hasta encontrarse casi de repente en un pueblo pequeño que parecía estar formado, simplemente, por unas cuantas casas, una taberna y un garaje.

Un joven que encontró en el camino le señaló la dirección y pronto, a poco menos de un kilómetro de distancia del pueblo, encontró la entrada señalada por un gran indicador blanco, casi oculto entre el ramaje de los arbustos, que decía: «Witley Grove.» Pasó con el coche entre dos altos pilares de piedra, cada uno de ellos coronado por un halcón negro en hierro fundido, siguió por un camino de ganado para entrar en una estrecha carretera asfaltada, llena de baches que transcurría entre dos campos cercados.

Al salir de una curva se encontró frente a una amplia mansión de estilo gótico-victoriano, notablemente asimétrica, con gruesos muros de ladrillo rojo y tejados muy inclinados, cubiertos a medias con grandes vigas de madera. «Como capirotes de bruja», pensó Alex.

Había varios coches aparcados frente a la casa y se sintió aliviada ante aquella señal de vida. Se bajó del Mercedes sintiendo que se le removía el estómago, y miró la casa con una inexplicable sensación de incomodidad. Era un edificio sólido, desnudo, una institución, nunca un hogar. Tuvo la clara impresión de que alguien la estaba vigilando desde la casa, pero miró las ventanas con oscuros cristales emplomados sin apreciar la menor señal de movimiento.

Delante de la puerta principal había una lujosa limusina, un gran Daimler negro, con el chofer sentado tras el volante, sin gorra y leyendo el periódico. Cuando pasó junto al coche y subió los escalones que la llevaron al impresionante porche, se preguntó de quién podría ser. ¿Algún rico paciente árabe? Nerviosa, miró la pequeña placa de metal dorado al lado de la gran puerta de roble: «Witley Grove Clinic.» ¿Continuaba aún ejerciendo pese a haber sido…? ¿Le sería posible verlo ese día, en seguida, o se tropezaría con una rígida secretaria almidonada que la haría esperar tres meses antes de conseguirle hora para una visita? Recordó que en Londres tenía bastante fama y una abundante clientela. Trató de recordar cómo era Saffier en persona, pero sólo pudo conseguir que su rostro se le apareciera como envuelto en una espesa niebla. Recordó hasta qué punto había dependido de él, que le había dado esperanza cuando todos los demás médicos le aconsejaban que se fuera olvidando de su intención de tener un hijo con su marido. Ellos dos nunca podrían tener un hijo salvo que fuese adoptado. Su recuerdo se iba haciendo más claro: su voz, con un ligero acento apenas perceptible, su permanente bronceado, el rostro firme y hermoso, hacían de él un centroeuropeo de aspecto atractivo, un hombre afable, con una chispa de simpatía en los ojos y el cabello corto y bien cuidado, teñido para que se adecuara a su rostro sometido a una operación de estirado de piel; sus elegantes trajes y corbatas, que destacaban demasiado con sus zapatos blancos. Siempre llevaba zapatos blancos. En el mercado, Alex jamás le hubiera comprado un coche de segunda mano, pero en la Wimpole Street era su ídolo, su dios.

Con motivo del nacimiento de Fabián le enviaron un regalo, una caja de champán. Se preguntó si Saffier recordaría a aquella joven a la que veintiún años antes había ayudado a ser madre. ¿Le permitiría ver los archivos? ¿Los conservaba todavía? Se iba a adelantar para pulsar el timbre, cuando en ese mismo momento la puerta se abrió. Alzó los ojos y, con la mayor sorpresa, se encontró frente a Otto, que la miraba fijamente.

Retrocedió parpadeando, confusa y trató de enfocar su mirada. Vio su cabello peinado hacia atrás, los cortes que aún tenía en el rostro, los cardenales, las marcas de la viruela, la nariz ganchuda y los ojos burlones.

– Buenas tardes, señora Hightower -la saludó-. ¿Quiere pasar?

«Me estoy volviendo loca -pensó Alex-. Sin saber cómo me he dirigido a Cambridge por equivocación y he llegado a la habitación de Otto. -Volvió la cabeza y miró sobre su hombro. La puerta seguía abierta, el camino de entrada continuaba allí, lo mismo que el chofer del Daimler, que en aquel momento pasaba la página de su periódico-. ¿Estoy en el centro de Cambridge? ¿Es posible que estos campos estén en el centro de Cambridge?»

Lo siguió y entró en el enorme recibidor cuyo pasamanos estaba adornado con una sucesión de horribles gárgolas. No, ésta no es su habitación, su habitación no era así. Una armadura completa montaba guardia en posición de firmes al pie de la escalera y Alex, con un estremecimiento, apartó su mirada de las oblicuas aberturas para los ojos en el visor. Las armaduras siempre la habían asustado.

– No asistió al servicio -le dijo Otto.

Oyó el murmullo de voces en una habitación próxima. Podía percibir el olor del jerez, del humo de los puros. ¿Estaba en un comedor? ¿Estaba en un comedor de la Universidad de Cambridge?

– ¿Al servicio? -repitió ella como un eco suave. Otto se había vestido con elegancia, aunque fuera una rara elegancia, con un traje gris oscuro y una corbata negra de punto-. ¿Has estado en la iglesia, Otto?

«¡Sus ojos! ¡Oh, Dios mío, deja de sonreír, deja de mirar de ese modo!»

Una mujer apareció frente a ella, pequeña, vestida con uniforme negro y delantal blanco, que llevaba algo en las manos.

– ¿Seco o semi, señora?

– Seco, por favor.

Alex tomó la copa, sintió su peso, que desapareció casi de repente. Se produjo un ruido que le pareció distante, como muy lejos de allí.

– No se preocupe, señora. Iré a buscar un trapo. Tome otra copa, por favor.

Alex tomó la copa, sujetándola con ambas manos, y la mantuvo pegada a su cuerpo como si fuera un bebé recién nacido.

Otto sonrió, su sonrisa de superioridad.

– Desde luego, pensé que estaría aquí.

Enigmas. Enigmas por todas partes; el mundo entero se había convertido en un gigantesco enigma. Se bebió el jerez, seco, con sabor a nueces, que le calentó el estómago; fue a beber de nuevo y se dio cuenta de que había vaciado la copa.

– No entiendo nada.

«Deja de sonreír, por amor de Dios, deja de sonreír. Piensa, compórtate como un ser racional, cálmate.»

– Pensé que ésta era la casa del doctor Saffier.

– Lo era. -La respuesta le llegó directamente, como el golpe de rebote de una pelota golpeada con fuerza.

– Yo… -Alex miró su copa vacía y sonrió nerviosa-. Me ha sorprendido encontrarme aquí contigo.

Los ojos de Otto la miraron con aire de suficiencia, sonrientes, burlones.

Alex vaciló, tratando de encontrar las palabras, tratando de unirlas entre sí.

– ¿Sabes dónde… dónde? -Miró de nuevo la corbata negra. Corbata negra, traje gris. Corbata negra-. ¿Adonde se ha mudado el doctor Saffier?

Los ojos le devolvieron la sonrisa, como si se riera de ella, y después, en silencio, su boca se unió a la risa.

– Sí, seguro.

– Yo no sabía que tú… que tú lo conocieras.

– Yo conozco a mucha gente, señora Hightower.

– ¿Otro jerez, señora?

Tomó la copa de la bandeja, sosteniéndolo con firmeza, y dejó en ella la vacía.

– ¿Le gustaría conocer a algunos de ellos?

– ¿Algunos de quiénes?

– De los parientes o de los amigos del doctor Saffier.

– Bien… -Se encogió de hombros, sorprendida-. Sí, supongo que sí.

Antes de que terminara de hablar, Otto se había dado la vuelta y caminaba por el pasillo hacia la habitación llena de gente.

Era una vasta estancia, de techo elevado, paredes con paneles de madera y cubiertas con pesados cuadros al óleo, retratos de antepasados, escenas de caza, querubines desnudos, todos ellos de tamaño mayor que el natural.

Alex vaciló en el marco de la puerta, observando, entre el humo de cigarros, a los caballeros con sus trajes sobrios y serios: las mujeres con vestidos oscuros y tocadas con sombrero o velos; la camarera con su bandeja de bebidas se abría paso entre ellos como un nativo en la jungla.