/ Language: Español / Genre:thriller,

Tan Muerto Como Tú

Peter James

En el hotel Metropole de Brighton, la noche de Nochevieja una mujer es brutalmente violada cuando regresa a su habitación. Una semana más tarde alguien ataca a otra mujer. El violador se lleva los zapatos de las dos… El detective Roy Grace se da cuenta enseguida de que estos casos son muy similares a otros que quedaron sin resolver en 1997 en cuya investigación él participó. Al criminal se le apodó Hombre de los zapatos y se cree que violó a cinco mujeres antes de acabar asesinando a la sexta de sus víctimas y de desvanecerse. Ahora, Grace no sabe si se trata de alguien imitando los ataques originales o del propio Hombre de los zapatos que ha reaparecido, pero cuando las violaciones se suceden, Grace acaba por convencerse de que se trata del mismo hombre. Y de que escarbando en el pasado -una época en que Roy Grace todavía era feliz junto a su esposa Sandy, ahora desaparecida-puede encontrar la clave para resolver la investigación. Pero tiene que ser una carrera contra reloj, porque la policía se teme que vuelva a repetirse la historia después cuando llegue a la sexta víctima.

Peter James

Tan Muerto Como Tú

Detective Comisario Roy Grace 6

Título original inglés: Dead like you

Primera edición: septiembre de 2011

© de la traducción: Jorge Rizzo

A Anna-Lisa Lindeblad-Davies

Capítulo 1

Jueves, 25 de diciembre de 1997

Todos cometemos errores, constantemente. La mayoría de ellos son cosas triviales, como olvidarse de devolver una llamada, de poner dinero en un parquímetro o de recoger la leche del supermercado. Pero en ocasiones -por fortuna muy pocas veces- cometemos ese gran error.

El tipo de error que puede acabar costándonos la vida.

El tipo de error que cometió Rachael Ryan.

Y tendría mucho tiempo para pensar en ello.

Si… hubiera bebido menos. Si… no hubiera hecho tantísimo frío. Si… no se hubiera puesto a llover. Si… no hubiera habido una cola de un centenar de personas igual de bebidas que ella esperando taxis en East Street a las dos de la mañana aquella Nochebuena. Si… su piso no hubiera estado a tiro de piedra, a diferencia del de sus compañeras de fiesta, Tracey y Jade, que estaban igual de bebidas pero vivían lejos, en la otra punta de Brighton.

Si… hubiera escuchado a Tracey y a Jade cuando le dijeron que no fuera tan tonta, que habría montones de taxis, que solo tendrían que esperar un rato.

Todo el cuerpo se le puso rígido de la excitación. Tras dos horas observando, por fin la mujer que había esperado se adentraba en la calle. Iba a pie, y sola. ¡Perfecto!

Llevaba una minifalda y un chal sobre los hombros, y parecía contonearse un poco, por la bebida y quizá por la altura de los tacones. Tenía unas piernas bonitas. Pero lo que le interesaba realmente eran los zapatos. Aquel tipo de zapatos. De tacón alto y con tira en el tobillo. Le gustaban las tiras en el tobillo. Más de cerca, bajo la luz amarillenta de las farolas, pudo ver a través de los binoculares, por el parabrisas trasero, que eran brillantes, como esperaba.

¡Unos zapatos muy sensuales!

¡Era exactamente su tipo!

¡Dios, qué contenta estaba de haber decidido ir a pie! ¡Menuda cola! Y todos los taxis que habían pasado desde entonces iban llenos. Sintiendo la brisa y la fresca llovizna en el rostro, Rachael dejó atrás a paso ligero las tiendas de Saint James's Street, luego giró por Paston Place, donde el viento se hizo más intenso y le movió su larga melena castaña hacia el rostro. Ella se dirigió hacia el paseo marítimo y giró a la izquierda por su calle, que tenía una serie de casas victorianas adosadas; allí el viento y la lluvia le enmarañaron el cabello aún más. La verdad es que ya le daba igual. A lo lejos oyó el aullido de una sirena, una ambulancia o un coche de la policía, pensó.

Pasó junto a un automóvil pequeño con los cristales empañados, a través de los cuales distinguió la silueta de una pareja que se hacía arrumacos, y sintió una punzada de tristeza y una repentina añoranza por Liam, al que había dejado seis meses atrás. El muy cabrón le había sido infiel. Sí, vale, le había rogado que le perdonara, pero ella sabía que volvería a hacerlo una y otra vez: era de esos. Sin embargo, había momentos en que lo echaba muchísimo de menos. Se preguntó dónde estaría en aquel momento, qué estaría haciendo esa noche, con quién estaría. Con una chica, por supuesto.

Mientras que ella estaba sola.

Ella, Tracey y Jade. «Las tres tristes solteronas», como se llamaban a sí mismas en broma. Pero había algo de verdad en aquello, y resultaba hiriente. Tras dos años y medio de relación con el hombre con el que se había convencido de que acabaría casada, resultaba muy duro volver a estar sola. Especialmente en Navidad, con todos aquellos recuerdos.

Desde luego, había sido un año de mierda. En agosto, la princesa Diana había muerto. Y luego su vida se había ido al garete.

Echó un vistazo al reloj. Eran las 2.35. Sacó el teléfono móvil del bolso y marcó el número de Jade. Su amiga le dijo que aún estaban esperando en la cola. Rachael le contestó que ella ya estaba casi en casa. Les deseó una feliz Navidad a ella y a Tracey y les dijo que se verían en Nochevieja.

– ¡Espero que Papá Noel se porte bien contigo, Rach! -dijo Jade-. ¡Y dile que no se olvide de las pilas si te trae un vibrador!

A lo lejos oyó que Tracey se carcajeaba.

– ¡Que os den! -respondió, con una mueca.

Luego volvió a meter el teléfono en el bolso y siguió adelante, trastabillando. Estuvo a punto de darse un batacazo cuando un tacón de sus carísimos Kurt Geiger, comprados la semana anterior en unas rebajas, se quedó encajado entre dos losetas. Por un momento se planteó la idea de quitárselos, pero ya estaba casi en casa, así que siguió adelante.

Gracias a la caminata y a la lluvia se sentía algo más despejada, pero aún estaba demasiado colocada como para extrañarse de que en plena Nochebuena, casi a las tres de la mañana, hubiera un tipo con una gorra de béisbol intentando sacar una nevera de una furgoneta.

Cuando llegó a su altura la tenía mitad dentro, mitad fuera. Rachael vio que se debatía bajo lo que parecía un peso enorme; de pronto el hombre soltó un grito de dolor.

Ella se acercó dando una carrera, instintivamente, como hubiera hecho cualquier buena persona.

– ¡Mi espalda! ¡El disco! ¡Me he cargado un disco! ¡Dios mío!

– ¿Puedo ayudarle?

Fue lo último que recordaría haber dicho.

Estaba inclinada hacia delante. Sintió algo húmedo pegado a la nariz y un olor penetrante y acre.

Y perdió el conocimiento.

Capítulo 2

Miércoles, 31 de diciembre de 2009

Yac habló por aquella cosa de metal instalada en el alto muro de ladrillo.

– ¡Su taxi! -anunció.

Entonces las puertas se abrieron: unas elegantes verjas de hierro forjado pintado de negro, con puntas doradas en lo alto. Volvió a subirse a su Peugeot blanco y turquesa y recorrió el corto camino de acceso a la puerta. Había arbustos a ambos lados, pero él no sabía qué plantas eran. De momento se estaba aprendiendo los árboles, a los arbustos no había llegado.

Yac tenía cuarenta y dos años. Llevaba un traje con una camisa bien planchada y una corbata cuidadosamente escogida. Le gustaba vestirse bien para trabajar. Siempre iba afeitado, llevaba el pelo corto y peinado hacia delante, lo que le formaba una pequeña cresta en el flequillo, y se ponía desodorante en las axilas. Era consciente de que era importante no oler mal. Siempre se miraba las uñas de las manos y de los pies antes de salir de casa. Siempre le daba cuerda al reloj. Siempre comprobaba el teléfono por si tenía mensajes. Pero solo tenía cinco números almacenados en el teléfono, y únicamente cuatro personas tenían su número, así que no era habitual que los hubiera.

Echó un vistazo al reloj del salpicadero: 18.30. Bien. Tenía treinta minutos hasta la hora de su té. Mucho tiempo. Su termo esperaba en el asiento del acompañante.

El camino de acceso acababa en un círculo, con un murete bajo en el centro, con una fuente que estaba iluminada con luces verdes. Yac la rodeó con cuidado, dejó atrás una puerta de garaje de cuatro hojas y la fachada lateral de la enorme casa y se detuvo junto a las escaleras que llevaban a la puerta principal. Era una puerta enorme, de aspecto importante, y estaba cerrada.

Empezó a impacientarse. No le gustaba que los pasajeros no estuvieran ya en el exterior, porque nunca sabía cuánto tendría que esperar. Y había muchas decisiones que tomar.

No sabía si apagar el motor o no. Y si lo hacía, ¿debería apagar también las luces? Pero antes de apagar el motor había que hacer unas comprobaciones. Gasolina: tres cuartos de depósito. Aceite: presión normal. Temperatura: la correcta. ¡El taxi tenía tantas cosas que había que recordar! Entre ellas poner en marcha el taxímetro si no aparecían al cabo de cinco minutos. Pero lo más importante de todo era beberse el té, cada hora, a las horas en punto. Comprobó que el termo siguiera allí. Allí estaba.

En realidad no era su taxi. Pertenecía a un tipo que conocía. Yac solo era un conductor a sueldo. Llevaba el taxi las horas que su propietario no quería conducir. Sobre todo de noche. Algunas noches más horas que otras. Y aquel día era Nochevieja. Iba a ser una noche muy larga, y había empezado pronto. Pero a Yac no le importaba. La noche le daba igual. Para él era como el día, solo que más oscura.

La puerta principal se abrió. El se puso rígido y respiró hondo, tal como le había enseñado su terapeuta. En realidad no le gustaba que los pasajeros se metieran en su taxi e invadieran su espacio, salvo las mujeres con bonitos zapatos. Pero tenía que aguantar hasta que llegaran a su destino; luego se los sacaba de encima y volvía a ser libre.

Estaban saliendo de la casa. El hombre era alto y delgado, con el pelo engominado hacia atrás. Llevaba esmoquin y pajarita y sostenía el abrigo sobre el brazo. Ella llevaba una chaqueta de pieles y una melena pelirroja que le caía alrededor de la cabeza. Tenía un aspecto espléndido, como el de las actrices famosas, esas que veía en los periódicos que la gente dejaba en su taxi o que salían en la tele, cuando cubrían la llegada de las estrellas a los estrenos.

Pero lo que él miraba no era la mujer en sí. Observaba sus zapatos: ante negro, tres tiras en el tobillo, tacón alto con un aplique de metal brillante por los bordes de las suelas.

– Buenas noches -dijo el hombre, abriendo la puerta del taxi para que pasara la mujer-. Hotel Metropole, por favor.

– Bonitos zapatos -le dijo Yac a la mujer, a modo de respuesta-. Jimmy Choo, ¿ajá?

Ella soltó un gritito complacido.

– ¡Sí, tiene razón! ¡Lo son!

También reconoció el embriagador perfume, pero no dijo nada: «Intrusión, de Oscar de la Renta», se dijo. Le gustaba.

Puso en marcha el motor y al cabo de un momento hizo todas sus comprobaciones mentales: «Taxímetro en marcha. Cinturones de seguridad. Puertas cerradas. Poner marcha. Quitar freno de mano». No se había cerciorado de la correcta presión de las ruedas desde la última carrera, pero eso había sido hacía media hora, así que seguramente estaría bien. «Mirar por el espejo.» Cuando lo hizo, vio otra vez el rostro de la mujer por un momento. Estaba claro que era guapa. Le gustaría volver a ver sus zapatos.

– A la entrada principal -dijo el hombre.

Yac hizo el cálculo mientras recorría la vía de acceso hasta la calle: 2,516 millas. Memorizaba las distancias. Conocía casi todas las de la ciudad, porque había memorizado las calles. Había 4.428 yardas hasta el Hilton Brighton Metropole, recalculó; o 2,186 millas náuticas, o 4,04897 kilómetros, o 0,404847 millas suecas. La tarifa rondaría las 9,20 libras, según el tráfico.

– ¿Tienen ustedes cisternas bajas o altas en los baños de su casa? -preguntó.

Tras unos momentos de silencio, mientras Yac se integraba al tráfico de la calle, el hombre echó una mirada a la mujer, levantó las cejas y dijo:

– Bajas. ¿Por qué?

– ¿Cuántos baños tienen en casa? Supongo que tienen muchos, ¿verdad? ¿Ajá?

– Los suficientes -respondió el hombre.

– Yo podría enseñarle dónde hay un buen ejemplo de váter de cisterna alta: está en Worthing. Podría llevarle a le interesa -propuso, con evidente esperanza en la voz-. Es un buen ejemplar. En los baños públicos, cerca del muelle.

– No, gracias. No es lo mío.

La pareja mantuvo silencio en el asiento trasero.

Yac siguió conduciendo. Bajo la luz de las farolas de la calle, podía verles la cara por el retrovisor.

– Si tienen cisternas bajas, seguro que son de esas de botón -insistió.

– Pues sí -respondió el hombre. Entonces se llevó el teléfono a la oreja y respondió una llamada.

Yac le observó por el retrovisor. Luego cruzó la mirada con la de la mujer.

– Tiene una talla cinco, ¿verdad? De zapato.

– ¡Sí! ¿Cómo lo ha sabido?

– Lo he visto. Siempre lo veo. Ajá.

– ¡Qué buena vista! -dijo ella.

Yac se calló. Probablemente estaba hablando de más. El propietario del taxi le había dicho que había recibido alguna queja porque hablaba demasiado. El tipo le dijo que la gente no siempre quiere conversación. Yac no quería perder su trabajo. Así que permaneció en silencio. Pensó en los zapatos de la mujer mientras se dirigía hacia el paseo marítimo de Brighton y giraba a la izquierda. De pronto una ráfaga de viento azotó el taxi. Había mucho tráfico y discurría lento. Pero no se equivocaba con respecto a la carrera.

Cuando paró frente a la entrada del hotel Metropole, el taxímetro marcaba 9,20 libras.

El hombre le dio diez libras y le dijo que se quedara el cambio.

Yac los vio entrar en el hotel. Vio que la melena de la mujer se agitaba por el viento, y que los zapatos Jimmy Choo desaparecían por la puerta giratoria. Bonitos zapatos. Estaba excitado.

Excitado ante la perspectiva de la noche que le esperaba.

Habría muchos más zapatos. Zapatos especiales para una noche muy especial.

Capítulo 3

Miércoles, 31 de diciembre de 2009

El superintendente Roy Grace miró por la ventana de su despacho y contempló el oscuro vacío de la noche, las luces del aparcamiento del supermercado ASDA al otro lado de la calle y, más allá, las lejanas luces de la ciudad de Brighton y Hove, y oyó el aullido del viento racheado. Sintió en la mejilla el frío soplo que se colaba por el fino resquicio de la ventana.

Nochevieja. Echó un vistazo a su reloj de pulsera: las seis y cuarto. Hora de marcharse. Hora de abandonar aquel desesperado intento de limpiar su escritorio de papeles y volverse a casa.

Era lo mismo cada Nochevieja, reflexionó. Siempre se prometía que haría limpieza, que se ocuparía de todos aquellos papelotes y que empezaría el año con la mesa limpia. Y siempre fracasaba. Al día siguiente volvería y se encontraría un día más el lío de siempre. Aún mayor que el del año anterior, que a su vez había sido mayor que la de un año antes.

Todos los dosieres de la Fiscalía General correspondientes a los casos que había investigado el año anterior estaban apilados en el suelo. A su lado había unos pequeños bloques de cajas de cartón azul apiladas y cajones de plástico verde llenos de casos sin resolver, o «casos fríos», como los llamaban antes. Él prefería el nombre antiguo.

Aunque su trabajo estaba relacionado sobre todo con asesinatos actuales y otros delitos importantes, le preocupaban mucho sus casos fríos, hasta el punto de que sentía una conexión personal con cada víctima. Pero no había podido dedicarles mucho tiempo a aquellos dosieres, pues había sido un año inusualmente ajetreado. Primero, habían enterrado vivo a un joven en un ataúd la noche de su despedida de soltero. Luego habían destapado una retorcida trama de películas snuff, tras lo cual había llegado un complejo caso de homicidios con robo de identidades, y después había pillado a un asesino doble que había fingido su desaparición. Pero sus buenos resultados no habían suscitado grandes reconocimientos por parte de su jefa, la subdirectora Alison Vosper, que estaba a punto de abandonar la unidad.

Quizás el año nuevo fuera mejor. Desde luego, resultaba prometedor. El lunes empezaba un nuevo subdirector, Peter Rigg. Faltaban cinco días. El mismo lunes, para aliviar su carga, empezaría un nuevo equipo de casos fríos formado por tres agentes veteranos a su mando.

Pero lo más importante de todo era que su querida Cleo iba a dar a luz a su hijo en junio. Y antes de aquello, en una fecha aún por determinar, se casarían, en cuanto eliminaran el único obstáculo que se les interponía.

Su esposa, Sandy.

Había desaparecido nueve años y medio antes, en el trigésimo cumpleaños de Roy y, a pesar de todos sus esfuerzos, no había tenido noticia de ella desde aquel momento. No sabía si había sido secuestrada o asesinada, si había huido con un amante, si había sufrido un accidente o si sencillamente había fingido su desaparición cuidando todos los detalles.

Los últimos nueve años, hasta el inicio de su relación con Cleo Morey, Roy había pasado casi todo su tiempo libre inmerso en una infructuosa investigación para descubrir lo que le había pasado a Sandy. Ahora por fin empezaba a relegarla al pasado. Había contratado a un abogado para conseguir que la declararan muerta desde un punto de vista legal. Esperaba que pudieran acelerar el proceso para poder casarse antes de que naciera el niño. Además, aunque Sandy hubiera aparecido de pronto de la nada, no tenía ninguna intención de recuperar su vida en común, lo había decidido. Había pasado página, o eso creía.

Movió varios montones de documentos de un lado al otro del escritorio. Los apiló unos sobre otros, daba la impresión de que la mesa estaba más despejada, aunque los expedientes por resolver fueran los mismos.

Qué curioso, cómo cambiaba la vida, pensó. Sandy odiaba la Nochevieja. Se quejaba de lo artificioso que era todo aquello. Siempre la pasaban con otra pareja, un colega del cuerpo, Dick Pope, y su esposa, Leslie. Siempre en algún restaurante elegante. Luego, para no variar, Sandy analizaría toda la velada y no dejaría títere con cabeza.

Con Sandy se había acostumbrado a ver la llegada de la Nochevieja con un entusiasmo cada vez menor. Pero ahora, con Cleo, le hacía una ilusión tremenda. Iban a pasarla en casa, solos los dos, dándose un banquete con sus platos preferidos. ¡Qué delicia! El único inconveniente era que aquella semana era el oficial de guardia, con lo que podían llamarle a cualquier hora -lo que significaba que no podía beber-. Aunque, eso sí, había decidido que se concedería unos sorbos de champán a medianoche.

No veía el momento de volver a casa. Estaba tan enamorado de Cleo que había muchos momentos del día en que le dominaba una necesidad irresistible de verla, de abrazarla, de tocarla, de oír su voz, de ver su sonrisa. Era exactamente lo que sentía en aquel momento, y no había nada que deseara más que salir de allí e irse a casa de Cleo, que, a todos los efectos, se había convertido ya en la suya propia.

Solo le detenía una cosa: todas aquellas malditas cajas azules y verdes por el suelo. Tenía que prepararlo todo para que el nuevo equipo de casos fríos lo encontrara en orden el lunes, primer día de trabajo oficial del año nuevo. Y aquello significaba que le quedaban aún varias horas de trabajo.

Así que se tuvo que conformar con enviarle a Cleo un SMS con una línea de besos.

El año anterior, por primera vez, había conseguido delegar todos aquellos casos fríos en un colega. Pero no había funcionado, y ahora los había recuperado. Cinco delitos graves sin resolver de un total de veinticinco que había que volver a investigar. ¿Por dónde narices iba a empezar?

De inmediato le vinieron a la cabeza las palabras de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll: «Empieza por el principio y sigue hasta que llegues al final: entonces párate».

Así que empezó por el principio. Solo cinco minutos, pensó, luego lo dejaría por aquel año y se volvería a casa, con Cleo. En respuesta a sus pensamientos, su teléfono emitió un pitido que indicaba la llegada de un mensaje. Era una fila de besos aún más larga.

Con una sonrisa en la cara, abrió el primer dosier y echó un vistazo al informe de actividades. Cada seis meses los laboratorios de ADN hacían controles rutinarios de las víctimas de los casos fríos. Nunca se sabe. Así habían conseguido llevar a juicio a más de un delincuente que habría pensado durante mucho tiempo que había escapado de la justicia, pero que ahora estaba en la cárcel gracias a los adelantos en las técnicas de obtención y de cotejo de ADN.

El segundo dosier era un caso que a Roy siempre le había tocado la fibra: el joven Tommy Lytle. Veintisiete años atrás, a los once años de edad, Tommy había salido del colegio una tarde de febrero en dirección a casa. La única pista del caso era una furgoneta Morris Minor vista cerca de la escena del asesinato del chico, que después sería registrada. Según los archivos, era evidente que el inspector al mando en aquel momento estaba convencido de que el propietario de la furgoneta era el asesino, pero no consiguieron encontrar las pistas forenses necesarias para relacionar al chico con la furgoneta. El hombre, un tipo raro y solitario con un historial de delitos sexuales, quedó libre. Grace sabía perfectamente que seguía vivito y coleando.

Pasó al siguiente dosier: la Operación Houdini.

El Hombre del Zapato.

Los nombres de las operaciones se obtenían a partir de propuestas hechas al azar por el sistema informático del Departamento de Investigación Criminal. A veces el nombre tenía sentido, como en esta ocasión. Al igual que el gran escapista, hasta el momento este delincuente en particular había conseguido esquivar las redes de la Policía.

El Hombre del Zapato había violado -o había intentado violar- a un mínimo de cinco mujeres en la zona de Brighton durante un corto periodo de tiempo en 1997, y con toda probabilidad había violado y matado a una sexta víctima cuyo cuerpo nunca había sido hallado. Y puede que fueran muchas más; muchas mujeres se avergüenzan o quedan demasiado traumatizadas como para denunciar una agresión sexual. No se había encontrado ninguna muestra de ADN en las víctimas que habían presentado denuncia en su momento. Pero las técnicas para obtenerlo eran menos efectivas en aquella época.

Lo único que tenían para trabajar era el modus operandi del agresor. Casi todos los delincuentes tienen uno propio. Un modo de hacer las cosas. Su «firma» particular. Y el Hombre del Zapato tenía uno muy característico: se llevaba las medias de sus víctimas y uno de sus zapatos. Pero solo si los zapatos eran muy elegantes.

Grace odiaba a los violadores. Sabía que toda víctima de un delito sufría un trauma de algún modo. Pero la mayoría de las víctimas de robos con allanamiento o atracos conseguían superarlo con el tiempo y seguían adelante. Las de abusos o agresiones sexuales, en particular los niños y las mujeres violadas, nunca se recuperaban del todo. La vida les cambiaba completamente. Se pasaban el resto de sus días viviendo con el recuerdo, haciendo un esfuerzo para soportarlo, para mantener controlada la sensación de asco, de rabia y de miedo.

Por duro que resultara, es un hecho que la mayoría de las agresiones sexuales son obra de conocidos de las víctimas. Las violaciones cometidas por extraños son muy infrecuentes, pero también las hay. Y no es raro que los denominados «extraños violadores» se lleven un recuerdo, un trofeo. Como el Hombre del Zapato.

Grace pasó unas cuantas páginas del grueso dosier y analizó las comparaciones con otras violaciones registradas en el país. En particular, había un caso más al norte, en la misma época, que presentaba similitudes sorprendentes. Pero aquel sospechoso había sido eliminado, ya que las pruebas habían determinado sin ningún género de dudas que no pudo haber sido la misma persona.

«Bueno, Hombre del Zapato -pensó Grace-, ¿sigues vivo? Y si es así, ¿dónde estás ahora?»

Capítulo 4

Miércoles, 31 de diciembre de 2009

Nicola Taylor se preguntaba cuándo acabaría aquella noche infernal, sin que se imaginara que su infierno personal ni siquiera había empezado.

«El infierno son los demás», escribió un día Jean-Paul Sartre, y ella estaba de acuerdo. En aquel preciso momento, el infierno era aquel borracho de la pajarita de su derecha, que le estaba aplastando todos los huesos de la mano, y el de su izquierda, aún más borracho y con aquella zarpa sudorosa tan grasienta como un trozo de panceta.

Y los otros trescientos cincuenta borrachos escandalosos que la rodeaban.

Los dos hombres le tiraban de los brazos arriba y abajo, casi arrancándoselos del tronco, mientras la banda del salón de actos del hotel Metropole atacaba el clásico Auld lang syne al dar la medianoche. El hombre de su derecha llevaba un bigote de plástico de Groucho Marx cogido con una pinza al tabique entre los orificios nasales, y el de su izquierda, cuya grasienta mano se había pasado gran parte de la noche intentando avanzar por su muslo, empezó a hacer sonar un silbato que parecía el pedo de un pato.

Habría deseado estar en cualquier otro lugar. Ojalá se hubiera mantenido firme y se hubiera quedado en casa, bien calentita, con una botella de vino y la televisión, tal como había pasado la mayoría de las noches del año que se acababa, desde que su marido la había abandonado por su secretaria de veinticuatro años.

Pero no, sus amigas Olivia, Becky y Deanne habían insistido en que «de ningún modo» iban a dejar que pasara la Nochevieja deprimiéndose en casa, a solas. Nigel no iba a volver, le aseguraron. La veinteañera estaba embarazada. No valía la pena. Había muchos más peces en el mar. Ya era hora de que saliera a buscarse la vida.

¿Y aquello era buscarse la vida?

Sintió cómo le tiraban de ambos brazos a la vez hacia arriba. Luego se vio arrastrada hacia delante al ritmo de la canción, y a punto estuvo de caerse de lo alto de los tacones de sus indecentemente caros zapatos Marc Jacobs. Un momento después se veía arrastrada hacia atrás, trastabillando.

«Should auld acquaintance be forgot…», [1] cantaba la banda.

Pues sí, claro que sí que habría que olvidarlas. ¡Y también las actuales!

Solo que ella no podía olvidar. No podía olvidar todas aquellas noches de fin de año en que, al llegar la medianoche, había mirado a Nigel a los ojos y le había dicho que le quería, y él le había contestado que él también. Le pesaba el corazón, le pesaba horrores. No estaba lista para aquello. No era el momento, aún no.

La canción por fin acabó, y el señor Panceta Grasienta escupió su silbato, la agarró de las mejillas y le plantó un beso baboso e interminable en los labios.

– ¡Feliz Año Nuevo! -barboteó.

Entonces cayeron globos del techo. Una lluvia de serpentinas la cubrió. A su alrededor solo veía caras alegres y sonrientes. La abrazaron, la besaron y la magrearon por todas partes. Aquello no tenía fin.

Nadie lo notaría si se escapaba en aquel momento.

Se abrió paso a través de la sala, esquivando un mar de gente, y salió al pasillo. Sintió una fría corriente de aire y el dulce olor del humo de un cigarrillo. ¡Dios, qué bien le iría un cigarrillo en aquel momento!

Se encaminó hacia el pasillo, que estaba casi desierto, giró a la derecha y salió al vestíbulo del hotel; lo cruzó y se dirigió a los ascensores. Llamó. Se abrieron las puertas, entró y pulsó el botón para ir a la quinta planta.

Con un poco de suerte, todos estarían demasiado borrachos como para notar su ausencia. A lo mejor debería haber bebido más, y así tendría ganas de fiesta. Ella estaba absolutamente sobria, así que podría haberse ido a casa en coche sin problemas, pero había pagado la habitación para aquella noche y tenía todas sus cosas dentro. Quizá podría pedir un poco de champán al servicio de habitaciones, ver una película en la tele y agarrarse un pedo ella sólita.

Al salir del ascensor, sacó la tarjeta de plástico que servía de llave de la habitación del interior de su bolso de noche Chanel de lamé plateado (una imitación que había comprado en Dubái en un viaje que había hecho con Nigel dos años atrás).

Observó a una mujer rubia y delgada -de unos cuarenta y tantos, supuso- a unos metros. Llevaba un vestido de noche, con mangas largas, y parecía que no conseguía abrir su puerta. Al llegar a su altura, la mujer, que estaba muy borracha, se giró hacia ella:

– No puedo meter esta maldita tarjeta. ¿Sabe cómo funcionan? -masculló, tendiéndole la tarjeta-llave.

– Creo que tiene que meterla y sacarla bastante rápido -dijo Nicola.

– Eso ya lo he probado.

– Déjeme probar a mí.

Nicola, solícita, cogió la tarjeta y la metió en la ranura. Cuando la sacó, vio una luz verde y oyó un clic.

Casi de inmediato notó algo húmedo apretado contra la cara, un olor dulce en la nariz y un ardor en los ojos. Sintió un golpe en la nuca y cayó tropezando hacia delante. Lo siguiente fue el impacto de la moqueta contra su rostro.

Capítulo 5

Jueves, 25 de diciembre de 1997

En la oscuridad, Rachael Ryan oyó el tintineo de la hebilla del cinturón del hombre. Un ruido metálico. El roce de sus ropas. El sonido de su respiración, rápida, salvaje. Tenía un dolor de cabeza insoportable.

– Por favor, no me haga daño -rogó-. Por favor, no.

La furgoneta se agitaba con las frecuentes ráfagas de viento del exterior. De vez en cuando pasaba algún vehículo que arrojaba un chorro de luz blanca al interior con los focos, mientras el terror se iba apoderando de ella. En aquellos momentos era cuando podía verle con mayor claridad. El pasamontañas negro en la cabeza, con minúsculas aberturas para los ojos, las fosas nasales y la boca. Los vaqueros anchos y la chaqueta de chándal. El pequeño cuchillo curvado que sostenía con la mano izquierda, cubierta con un guante, el mismo cuchillo con que decía que la dejaría ciega si gritaba o si intentaba huir.

La fina capa sobre la que estaba tirada emanaba un olor a húmedo, como de sacos viejos, que se mezclaba con el casi imperceptible de la tapicería de plástico y el de gasoil, mucho más penetrante.

Rachael vio cómo se bajaba los pantalones y se quedó mirando los calzoncillos blancos, las piernas delgadas y sin pelos. Se bajó los calzoncillos, mostrando el pequeño pene, corto y fino como la cabeza de una serpiente. Le vio hurgar en el bolsillo con la mano derecha y sacar algo brillante. Un paquetito cuadrado. Lo abrió con el cuchillo, respirando aún más fuerte y sacando algo del interior. Un condón.

La mente de Rachael era un hervidero de pensamientos. ¿Un condón? ¿Estaba mostrándose considerado? Si tenía la consideración de usar un condón, ¿de verdad sería capaz de atacarla con el cuchillo?

– Vamos a ponernos el condón -dijo él, jadeando-. Hoy en día sacan ADN de todas partes. Y con el ADN pueden pillarte. No voy a dejarte un regalito para la Policía. Pónmela dura.

Ella tuvo un escalofrío de asco al ver la cabeza de la serpiente que se acercaba a sus labios, y vio que la cara de él se iluminaba de pronto otra vez con el paso de otro coche. Había gente fuera. Oyó voces en la calle. Risas. Pensó que si pudiera hacer ruido -golpear el lateral de la furgoneta, gritar- alguien acudiría, alguien lo detendría.

Se preguntó por un momento si no sería mejor excitarle, hacer que se corriera, y entonces quizá la dejaría escapar y desaparecería. Pero sentía demasiado asco, demasiada rabia… y demasiadas dudas.

Ahora oía su respiración aún más intensa. Sus gruñidos. Lo veía tocándose. ¡No era más que un pervertido, un pervertido asqueroso, y no iba a pasar por aquello!

De pronto, espoleada por el valor que le daba el alcohol que llevaba dentro, le agarró el sudoroso y depilado escroto y le apretó las pelotas con ambas manos con todas sus fuerzas. El se echó atrás, jadeando de dolor. La chica aprovechó ese momento para arrancarle el pasamontañas y meterle los dedos en los ojos, en los dos, intentando sacárselos con las uñas, gritando con todas sus fuerzas.

Solo que su grito, como en la peor de las pesadillas, le salió mudo, convertido en un leve estertor.

Entonces sintió un tremendo golpe en la sien.

– ¡Hija de puta!

Le asestó otro puñetazo. La máscara de dolor y rabia que era su cara, convertida en una imagen borrosa, estaba a unos centímetros de la suya. Volvió a sentir su puño, una y otra vez.

Todo giraba a su alrededor.

Y de pronto sintió que le arrancaba las medias y que la penetraba. Intentó echarse atrás, separarse, pero la tenía bien agarrada.

«Esta no soy yo. Este no es mi cuerpo.»

Se sintió completamente ajena a su cuerpo. Por un instante se preguntó si aquello no sería una pesadilla de la que no conseguía despertarse. En el interior de su cabeza se encendían luces. Luego se fundían.

Capítulo 6

Jueves, 1 de enero de 2010

Era Año Nuevo. ¡Y la marea estaba alta!

A Yac le gustaba mucho que la marea estuviera alta. Sabía que estaba así porque sentía que su casa se movía, se elevaba, balanceándose levemente. Su casa era un barco carbonero Humber Keel llamado Tom Newbound, pintado de azul y blanco. No sabía de dónde le venía aquel nombre al barco, pero era propiedad de una mujer llamada Jo, que era enfermera, y de su marido, Howard, que era carpintero. Yac los había llevado a casa una noche en su taxi y ellos habían sido muy amables. Con el tiempo se habían convertido en sus mejores amigos. Le encantaba el barco, le gustaba pasar tiempo en él y ayudar a Howard con la pintura, con el barniz o con la limpieza en general.

Un día le dijeron que se iban a vivir un tiempo a Goa, en la India; no sabían cuánto estarían allí. A Yac le disgustaba perder a sus amigos y sus visitas al barco. Pero le dijeron que querían que alguien se ocupara de su embarcación y de su gato.

Yac llevaba allí dos años. Poco antes de Navidad había recibido una llamada de ellos, diciéndole que iban a quedarse al menos un año más.

Aquello significaba que podía quedarse allí al menos un año más, lo que le hacía muy feliz. Y además tenía el premio de la noche anterior, un nuevo par de zapatos, lo que también le hacía muy feliz…

Zapatos de cuero rojo, con una curvatura preciosa, seis tiras, una hebilla y tacones de aguja de quince centímetros.

Los dejó en el suelo, junto a su «litera». Había aprendido términos náuticos. En realidad era una cama, pero en un barco se le llamaba «litera». Igual que al sótano no lo llamaban «bodega», sino «sentina».

Podría navegar desde allí a cualquier puerto del Reino Unido; había memorizado todas las cartas del Almirantazgo. Solo que el barco no tenía motor. Un día le gustaría tener una embarcación propia, con un motor, y entonces navegaría a todos esos lugares que tenía almacenados en su cabeza. Ajá.

Bosun le pasó el morro por la mano que tenía colgando al lado de la litera. En el barco, ese enorme gato de manto rojizo era el jefe. El verdadero patrón. Yac sabía que el animal lo consideraba su criado. A él no le importaba. El gato nunca había vomitado en su taxi, como algunas personas.

El olor del caro zapato llenó las fosas nasales de Yac. Oh, sí. ¡El paraíso! Despertarse con un nuevo par de zapatos.

¡Y marea alta!

Aquello era lo mejor de vivir en el agua. Nunca oías pasos. Yac había intentado vivir en la ciudad, pero no había funcionado. No podía soportar el sugerente sonido de todos aquellos zapatos repiqueteando a su alrededor cuando intentaba dormir. Allí no pasaba, en los amarres del río Adur, en Shoreham Beach. Solo el golpeteo del agua, tal vez el silencio de las marismas. El chillido de las gaviotas. A veces el llanto del bebé de ocho meses del barco de al lado.

Con un poco de suerte, el niño se caería en el fango y se ahogaría.

Pero de momento, Yac esperaba ansioso el día que se le presentaba. Levantarse de la cama. Examinar sus zapatos nuevos. Y luego catalogarlos. Después, quizá, contemplar su colección, que guardaba en los lugares secretos que había encontrado y convertido en suyos en el barco. Era donde guardaba, entre otras cosas, su colección de planos de cableado. Luego se iría a su pequeño despacho en la proa y se pasaría un rato frente al ordenador portátil, conectado.

¿Qué mejor modo podía haber de empezar un año nuevo?

Pero primero tenía que acordarse de dar de comer al gato.

Pero antes de aquello tenía que cepillarse los dientes.

Y antes, tenía que ir al baño.

Luego tendría que hacer todas las comprobaciones del barco y marcarlas en la lista que le habían dado los propietarios. Lo primero de la lista era comprobar los sedales. Después tenía que comprobar que no hubiera filtraciones. Las filtraciones no eran nada bueno. Luego tenía que comprobar los cabos del amarre. La lista era larga, y repasarla entera le hacía sentirse bien. Le gustaba sentir que lo necesitaban.

Lo necesitaba el señor Raj Dibdoon, propietario del taxi.

Lo necesitaban la enfermera y el carpintero, dueños de su casa.

Lo necesitaba el gato.

¡Y esa mañana tenía un par de zapatos nuevos!

Era una buena forma de iniciar un nuevo año.

Ajá.

Capítulo 7

Jueves, 1 de enero de 2010

Carlo Diomei estaba cansado. Y cuando estaba cansado se sentía deprimido, como en aquel momento. No le gustaban aquellos inviernos ingleses, largos y húmedos. Echaba de menos el frío seco de su Courmayeur natal, en lo alto de los Alpes italianos. Añoraba la nieve en invierno y el sol en verano. Extrañaba ponerse los esquís cuando tenía un día libre y pasar unas horas estupendas a solas, lejos de la multitud de turistas que llenaban las estaciones, bajando por pistas que solo él y unos cuantos guías locales conocían.

Solo le quedaba un año más de contrato que cumplir y luego esperaba poder volver a las montañas y, con un poco de suerte, conseguir un puesto de director de hotel allí, donde tenía a todos sus amigos.

Pero de momento allí le pagaban bien, y la experiencia en aquel famoso hotel supondría un buen espaldarazo para su carrera. ¡Eso sí, vaya inicio de año más miserable el suyo!

Normalmente, como director titular del hotel Metropole de Brighton, tenía un horario fijo, lo que le permitía pasar las tardes en casa, en su apartamento de alquiler con vistas al mar, en compañía de su esposa y sus hijos, un niño de dos años y una niña de cuatro. Pero, de entre todas las noches, el encargado del turno de noche había escogido la anterior, Nochevieja, para contraer la gripe. Así que había tenido que volver y reemplazarlo, con una breve pausa de dos horas para regresar a casa a la carrera, acostar a sus hijos, desearle a su mujer un feliz Año Nuevo brindando con agua mineral, en lugar del champán con que pensaban pasar la noche, y volver a toda prisa al trabajo para supervisar todas las celebraciones de Año Nuevo que organizaba el hotel.

Llevaba trabajando dieciocho horas seguidas. Estaba agotado. Dentro de media hora dejaría al subdirector al mando y por fin podría irse a casa, celebrarlo con un cigarrillo, que necesitaba desesperadamente, y tumbarse en la cama y recuperar algo de sueño, que necesitaba aún más.

El teléfono sonó en su minúsculo despacho, separado del mostrador de recepción por una pared.

– Cario -respondió.

Era Daniela de Rosa, la gobernanta, otra italiana, de Milán. Una camarera la había alertado sobre la habitación 547. Eran las 12.30, había pasado media hora de la hora del check-out y el cartelito de «No molestar» seguía colgado en el pomo de la puerta. No le habían respondido cuando había llamado repetidamente a la puerta ni al llamar por teléfono.

Cario bostezó. Sería alguien durmiendo la mona. Qué envidia. Tecleó algo en el ordenador para ver quién era el ocupante de la habitación. El nombre que salía era Marsha Morris. Marcó el número de teléfono personalmente y oyó que sonaba, sin respuesta. Llamó otra vez a Daniela de Rosa.

– Bueno -dijo, resignado-. Ya subo.

Cinco minutos más tarde, salió del ascensor en la quinta planta y recorrió el pasillo, hasta el lugar donde estaba la gobernanta. Llamó con decisión a la puerta. No hubo respuesta. Volvió a llamar. Esperó. Luego, usando su llave maestra, abrió la puerta poco a poco yambos entraron.

– Hola -dijo Cario en voz baja.

Las pesadas cortinas aún estaban cerradas, pero en la semioscuridad pudo distinguir la silueta de alguien echado en la amplia cama.

– ¡Hola! -insistió-. ¡Buenos días!

Detectó un mínimo movimiento en la cama.

– ¡Hola! -repitió-. Buenos días, señora Morris. ¡Hola! ¡Feliz Año Nuevo!

No hubo respuesta. Solo otro pequeño movimiento.

Tanteó la pared en busca de los interruptores y apretó uno. Varias lámparas se iluminaron a la vez. Entonces pudieron ver a una mujer esbelta y desnuda, con grandes pechos, una larga melena pelirroja y un denso triángulo de vello púbico, abierta de piernas en la cama. Tenía los brazos y las piernas en cruz y estaba atada con cuerdas blancas. El motivo de que no respondiera quedó claro inmediatamente cuando se acercó. Sintió una presión cada vez más acuciante en la garganta. A ambos lados de la boca, bajo la cinta adhesiva, asomaban los extremos de una toallita.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamó la gobernanta.

Cario Diomei se lanzó hacia la cama, con el cerebro cansado de intentar comprender lo que estaba viendo sin conseguirlo del todo. ¿Sería algún tipo de extraño juego sexual? ¿Estaría el marido, el novio, o quien fuera, observando desde el baño? Los ojos de la mujer le miraron, desesperados.

Corrió hacia el baño y abrió la puerta completamente, pero estaba vacío. Había visto cosas raras en las habitaciones de los hoteles, y en otro tiempo había tenido que enfrentarse a algunas escenas muy retorcidas, pero, por un momento, por primera vez en su carrera, no tuvo claro qué hacer. ¿Habían interrumpido algún juego sexual perverso? ¿O había algo más?

La mujer le miró con unos ojos pequeños y asustados. El se sentía avergonzado de verla desnuda. Hizo de tripas corazón e intentó quitarle la cinta adhesiva, pero al dar el primer tirón, la mujer echó la cabeza atrás violentamente. Estaba claro que le dolía. Pero tenía que quitársela, de eso no había duda. Debía hablar con ella. Así pues, se la fue despegando de la piel con la máxima suavidad posible, hasta que pudo sacarle la toalla de la boca.

Al instante, la mujer empezó a parlotear atropelladamente, entre lágrimas.

Capítulo 8

Jueves, 1 de enero de 2010

Hacía mucho, pensó Roy, que no se sentía tan bien un día de Año Nuevo. Hasta donde le alcanzaba la memoria, salvo por las veces en que había estado de guardia, ese día siempre había empezado con un intenso dolor de cabeza y la misma sensación insuperable de desespero que acompañaba a la resaca.

Los primeros días de Año Nuevo tras la desaparición de Sandy había bebido aún más: sus amigos íntimos Dick y Leslie Pope no querían ni oír hablar de que se quedara solo e insistían en que lo celebrara con ellos. Y, casi como si fuera un legado de Sandy, había empezado a aborrecer las fiestas.

Pero en esta ocasión había sido completamente diferente. No recordaba una Nochevieja más sobria ni más agradable que aquella.

Para empezar, a Cleo le encantaba la idea de celebrar el Año Nuevo. Lo que hacía aún más irónico el hecho de que estuviera embarazada y que no pudiera beber demasiado. Pero a él no le importaba: estaba contento con el mero hecho de estar a su lado, celebrando no solo la llegada del nuevo año, sino también su futuro juntos.

Y también celebraba en silencio el hecho de que su irascible jefa, Alison Vosper, ya no estaría allí para enturbiarle el ánimo casi a diario. No veía la hora de la primera reunión con su nuevo jefe, el subdirector Peter Rigg, el lunes siguiente.

Lo único que había conseguido saber de aquel hombre hasta entonces había sido que era un maniático del detalle, que le gustaba implicarse personalmente y que aguantaba pocas tonterías.

Para su alivio, la mañana en la Sussex House, cuartel general del Departamento de Investigación Criminal, había sido tranquila, así que se había dedicado a las gestiones burocráticas y había hecho grandes progresos, sin dejar de echar un vistazo periódicamente a «la lista» (la lista de incidentes registrados en la ciudad de Brighton y Hove) en el ordenador.

Tal como era de esperar, se habían producido unos cuantos incidentes en los bares, pubs y clubes, en su mayoría riñas y algunos robos de bolsos. Observó un par de colisiones de tráfico leves, un «doméstico» -una pelea de pareja-, una queja por el ruido de una fiesta, un perro perdido, una moto robada y un hombre desnudo corriendo por Western Road. Pero ahora acababa de aparecer un caso grave. Era una denuncia de violación en el elegante hotel Metropole de Brighton. Había entrado en la lista hacía unos minutos, a las 12.55.

Había cuatro categorías principales de violaciones: extraño, conocido, cita y pareja. De momento en la lista no se hacía mención de qué tipo era en este caso. La Nochevieja era uno de aquellos momentos en los que los hombres perdían el control con la bebida y podían llegar a forzar a sus parejas, tanto ocasionales como estables, y este incidente muy probablemente se encuadraría en una de esas dos categorías. Desde luego era algo serio, pero no era probable que lo adjudicaran a la Brigada de Delitos Graves.

Veinte minutos más tarde, estaba a punto de cruzar la calle en dirección al supermercado ASDA, que hacía las funciones de cantina de la comisaría, para comprarse un bocadillo para el almuerzo, cuando sonó el teléfono interno.

Era David Alcorn, un inspector que conocía y que le caía bien. Alcorn trabajaba en la comisaría con más movimiento de toda la ciudad, en John Street, donde el propio Grace había pasado muchos de sus primeros años como agente, antes de pasar a la central del Departamento de Investigación Criminal, en la Sussex House.

– Feliz Año Nuevo, Roy -dijo Alcorn con su habitual tono seco y sarcástico. Con aquella entonación, el «feliz» sonaba como si lo hubieran tirado de un precipicio.

– Para ti también, David. ¿Qué tal la Nochevieja?

– Bueno, no ha ido mal. Aunque tuve que controlarme bastante con el alcohol para estar aquí a las siete esta mañana. ¿Y tú?

– Tranquila, pero bien. Gracias.

– Pensé que debía informarte, Roy. Parece que tenemos una violación obra de un extraño en el Metropole.

Le explicó los detalles someramente. Una patrulla había acudido al hotel y había llamado al Departamento de Investigación Criminal. Ahora mismo una agente del Departamento de Atención a Víctimas de Agresión Sexual iba de camino para acompañar a la víctima a la recién inaugurada Unidad Especializada en Violaciones, el SARC de Crawley, población situada en el centro geográfico del condado de Sussex.

Grace tomó nota en un cuaderno de todos los detalles que le pudo dar Alcorn.

– Gracias, David. Mantenme informado sobre el asunto. Y dime si necesitas ayuda de mi equipo.

Se produjo una breve pausa. Grace detectó la duda en la voz del inspector.

– Roy, hay algo que podría hacer que este asunto tuviera alguna repercusión «política».

– ¿Y eso?

– La víctima había asistido a la fiesta de anoche en el Metropole. Me informan de que en una mesa de la fiesta había unos cuantos agentes de la Policía.

– ¿Algún nombre?

– El comisario jefe y su esposa, para empezar.

«Mierda», pensó Grace, pero no lo dijo.

– ¿Quién más?

– El subcomisario jefe. Y un ayudante del comisario. ¿Ves por dónde voy?

Grace lo veía perfectamente.

– A lo mejor tendría que mandar a alguien de Delitos Graves a que acompañara a la agente de Atención a Víctimas de Agresión Sexual. ¿Qué te parece? Como formalidad.

– Creo que sería buena idea.

Grace enseguida analizó sus opciones. En particular le preocupaba su nuevo jefe. Si el subdirector Rigg realmente era tan maniático con los detalles, más le valía empezar con el pie derecho y cubrirse las espaldas lo mejor que pudiera.

– Vale. Gracias, David. Enviaré a alguien enseguida. Mientras tanto, ¿me puedes conseguir una lista de todos los asistentes al evento?

– Ya la he pedido.

– Y de todos los clientes alojados en el hotel y de todo el personal. Imagino que habrían contratado personal extra para la noche.

– Estoy en ello -respondió Alcorn, quizás algo molesto de que Grace dudara de su eficiencia.

– Sí, claro. Lo siento.

Tras colgar, Roy llamó a la agente Emma-Jane Boutwood, uno de los pocos miembros de su equipo que tenía turno de trabajo. También era una de las agentes a las que había encargado enfrentarse con la ingente cantidad de papeleo requerido para la Operación Neptuno, un largo e intenso caso de tráfico humano que le había ocupado las semanas anteriores a la Navidad.

Boutwood solo tardó un momento en llegar a su despacho desde su mesa, en la sala común, al otro lado de su puerta. Roy observó que cojeaba un poco al entrar en la oficina: aún no se había recuperado de las terribles lesiones que había sufrido en una persecución el verano anterior, cuando una furgoneta la había aplastado contra un muro. A pesar de las múltiples fracturas y de haber perdido el bazo, la chica había insistido en acortar al máximo el periodo de convalecencia para volver al trabajo lo antes posible.

– Hola, E. J. Siéntate.

En cuanto Grace empezó a repasar con ella las notas que le había dado Alcorn y a explicarle las delicadas connotaciones políticas del caso, su teléfono interno volvió a sonar.

– Roy Grace -respondió, levantándole un dedo a E. J. para indicarle que esperara.

– Superintendente Grace -dijo una voz alegre y amistosa con un elegante acento de colegio privado-. ¿Cómo está? Soy Peter Rigg.

«Mierda», pensó.

– Señor -respondió-. Es un placer… oírle. Pensé que no iba a empezar hasta el lunes, señor.

– ¿Le supone eso algún problema?

«Vaya por Dios», se dijo Grace, con el corazón encogido. Apenas llevaba doce horas del nuevo año y ya tenían un primer delito grave entre las manos. Y oficialmente el nuevo subdirector no había empezado siquiera y ya estaba buscándole las cosquillas.

– No, señor, en absoluto. En realidad, llama en un momento muy oportuno. Parece que tenemos nuestro primer incidente crítico del año. Aún es pronto para estar seguros, pero puede que los medios muestren más interés del que quisiéramos.

Grace le hizo una señal a E. J. para indicarle que le dejara solo. Ella salió y cerró la puerta.

En un par de minutos, dio un repaso a los datos de los que disponían. Afortunadamente, el nuevo subdirector seguía con el mismo tono amistoso.

Cuando Grace acabó, Rigg dijo:

– Supongo que va a ir usted personalmente, ¿no?

Roy vaciló. Contando con un equipo tan especializado y preparado como el de Crawley, realmente no hacía falta; de hecho resultaría más útil en la oficina, ocupándose del papeleo y poniéndose al día sobre el incidente por teléfono. Pero decidió que aquello no era lo que el nuevo subdirector quería oír.

– Sí, señor, enseguida iré para allá -respondió.

– Bien. Manténgame informado.

Grace le aseguró que lo haría.

En el momento en que colgaba, concentrado en sus pensamientos, la puerta se abrió y apareció el rostro taciturno y la calva afeitada del sargento Glenn Branson. Sus ojos, en claro contraste con su piel negra, tenían un aspecto cansado y apagado. A Grace le recordaron los ojos de los peces que llevan demasiado tiempo muertos, los que Cleo siempre le decía que debía evitar en la pescadería.

– ¡Eh, colega! -le saludó Branson-. ¿Tú crees que este año va a ser menos asqueroso que el anterior?

– ¡No! -respondió Grace-. Los años nunca son menos asquerosos que los anteriores. Lo único que podemos hacer es intentar aprender a superarlo.

– Bueno, parece que esta mañana has venido cargado de buena voluntad -observó Branson, que dejó caer su corpulento cuerpo en la silla que E. J. acababa de dejar vacía.

Incluso su traje marrón, su vistosa corbata y su camisa color crema parecían fatigados y arrugados, como si hubieran pasado demasiado tiempo en el armario. Aquello le preocupó. Su amigo siempre iba impecable, pero en los últimos meses su ruptura matrimonial le había lanzado a una espiral descendente.

– Para mí este año no ha sido el mejor, desde luego. A mitad del año me disparan, y a los tres cuartos de año mi mujer me echa a la calle.

– Míralo por el lado bueno: sobreviviste y has podido echar a perder mi colección de vinilos.

– Pues sí. Muchas gracias.

– ¿Quieres venirte a dar un paseo conmigo? -propuso Grace.

Branson se encogió de hombros.

– ¿En coche? Sí, claro. ¿Adónde?

El teléfono volvió a interrumpirlo. Era Alcorn, que llamaba de nuevo para darle más información.

– Hay algo que podría tener importancia, Roy. Según parece, desaparecieron parte de las ropas de la víctima. El agresor pudo llevárselas. En particular sus zapatos. -Hizo una pausa, dubitativo-. Creo recordar que había alguien que hacía eso mismo años atrás, ¿no?

– Sí, pero solo se llevaba un zapato y la ropa interior -respondió Grace, bajando la voz de pronto-. ¿Qué más se llevó?

– No hemos podido sacarle mucho a la víctima. Creo que está en estado de shock.

No era ninguna sorpresa. Grace fijó la vista en una de las cajas azules que había por el suelo: la que contenía el archivo del «caso frío» del Hombre del Zapato.

Aquello había sido doce años atrás. Con un poco de suerte no sería más que una coincidencia.

Pero solo de pensarlo sintió que se le helaba la sangre.

Capítulo 9

Jueves, 25 de diciembre de 1997

Se estaban moviendo. La furgoneta estaba en marcha. Rachael oía el ronquido sordo y constante del tubo de escape que le intoxicaba los pulmones. Oía el ruido de los neumáticos salpicando agua por el asfalto. Sentía cada bache, que la lanzaba por encima de los sacos sobre los que estaba tirada, con los brazos a la espalda, incapaz de moverse o hablar. Lo único que veía era la parte trasera de la gorra de béisbol del tipo al volante y las orejas asomando a los lados.

Estaba helada de frío y de pánico. Sentía la boca y la garganta secas, y la cabeza le dolía terriblemente por los golpes recibidos. Todo el cuerpo le dolía. Sentía asco, se sentía sucia, mugrienta. Necesitaba con desesperación una ducha, agua caliente, jabón, champú. Quería lavarse por dentro y por fuera.

Notó que la furgoneta giraba en una esquina. Vio la luz del día. Una luz de día gris. La mañana de Navidad. Debería estar en su piso, abriendo el calcetín con regalos que su madre le había enviado por correo. Cada año de su infancia había recibido un calcetín lleno de regalos por Navidad, y a sus veintidós años seguía recibiéndolo.

Se echó a llorar. Oía el repiqueteo de los limpiaparabrisas. De pronto en la radio empezó a sonar Candle in the wind, de Elton John, con alguna interferencia, y vio que el hombre balanceaba la cabeza al ritmo de la música.

Elton John había cantado aquella canción en el funeral de la princesa Diana, cambiando la letra. Rachael recordaba aquel día claramente. Ella había estado entre los cientos de miles de personas que habían acudido a presentar sus respetos en el exterior de la abadía de Westminster, escuchando aquella canción, viendo el funeral en una de las enormes pantallas de televisión. Había pasado la noche en una tienda de campaña en la acera, y el día antes se había gastado gran parte de su salario semanal, ganado en el mostrador de información del Departamento de Relaciones con el Cliente de la oficina de American Express en Brighton, en un ramo de flores que colocó, junto a otros miles, frente al palacio de Kensington.

La princesa era un ídolo para ella. Algo murió en su interior el día en que Diana falleció.

Y ahora había empezado una nueva pesadilla.

La furgoneta frenó de pronto y ella cayó unos centímetros hacia delante. Intentó mover de nuevo las manos y las piernas, donde sentía unos calambres insufribles. Pero no podía mover nada.

Era la mañana de Navidad y sus padres la esperaban para brindar con champán, almorzar juntos y oír el discurso de la reina. Una tradición anual, como la del calcetín.

Volvió a intentar hablar de nuevo, pedirle clemencia al hombre, pero tenía la boca tapada con una cinta adhesiva. Necesitaba orinar y ya se lo había hecho encima antes. No podía hacerlo otra vez. Oyó un ruido. Su teléfono móvil; reconoció la melodía de Nokia. El hombre giró la cabeza un instante; luego volvió a mirar adelante. La furgoneta se puso en marcha. Pese a que tenía la mirada borrosa y a la lluvia que caía sobre el parabrisas, vio que dejaban atrás un semáforo verde. Luego vio a su izquierda unos edificios que reconoció. Gamley's, la tienda de juguetes. Estaban en Church Road, en Hove. Se dirigían hacia el oeste.

El teléfono dejó de sonar. Poco después oyó un doble pitido que indicaba un mensaje.

¿De quién?

¿Tracey y Jade?

¿O sus padres, que llamaban para felicitarle la Navidad? ¿Su madre, que querría saber si le había gustado el calcetín?

¿Cuánto tiempo pasaría antes de que empezaran a preocuparse por ella?

«¡Dios santo! ¿Quién demonios es este hombre?»

Cuando la furgoneta giró a la izquierda de repente, cayó rodando hacia la derecha. Luego giró a la izquierda. Luego otro giro. Y luego se detuvo.

La canción acabó y una voz masculina y alegre empezó a hablar de dónde pasaría la Navidad el magnífico Elton John.

El hombre salió, dejando el motor en marcha. A Rachael el humo y el miedo le provocaban cada vez más náuseas. Necesitaba desesperadamente beber agua.

De pronto él volvió a meterse en la furgoneta, que avanzó hacia un lugar cada vez más oscuro. Luego el motor se paró y hubo un momento de silencio completo cuando la radio también dejó de sonar. El hombre desapareció.

Se oyó un sonido metálico al cerrarse la puerta del conductor.

Luego otro sonido metálico que la sumió en una oscuridad total.

Se quedó tendida, temblando de miedo, a oscuras.

Capítulo 10

Viernes, 26 de diciembre de 1997

Con el traje y la corbata de cachemir que le había regalado Sandy el día anterior, Roy dejó atrás la puerta azul en la que ponía «Superintendente», a su izquierda, y la que decía «Superintendente jefe», a su derecha. Muchas veces se preguntaba si llegaría algún día a superintendente jefe.

Todo el edificio parecía estar desierto aquella mañana de San Esteban, aparte de los pocos miembros de la Operación Houdini, concentrados en la sala de reuniones, que seguían trabajando a destajo para intentar atrapar al violador en serie conocido como el Hombre del Zapato.

Mientras esperaba a que hirviera el agua para el café, pensó por un momento en la gorra del superintendente jefe. Con su banda plateada que la distinguía de los oficiales inferiores, sin duda despertaba muchas ambiciones. Pero él se preguntaba si sería lo suficientemente inteligente como para llegar a aquel rango, y tenía sus dudas.

Una cosa que había aprendido de Sandy, en sus años de matrimonio, era que ella a veces tenía una visión muy precisa de cómo quería que fuera su mundo, y muy poco aguante si algo no iba como ella esperaba. En varias ocasiones, un arranque de ira inesperado de su mujer ante un camarero o un dependiente inepto le había llegado a avergonzar. Pero aquel espíritu era en parte lo que le había atraído de ella en un primer momento. Ella le daría todo el apoyo y el entusiasmo necesarios para conseguir cualquier éxito, fuera grande o pequeño, pero él tenía que recordar que, para Sandy, el fracaso simplemente no era una opción.

Aquello explicaba, en parte, el resentimiento que sentía y sus ocasionales accesos de rabia por no poder concebir el bebé que ambos deseaban con tanto anhelo, pese a los años que habían pasado probando todos los tratamientos de fertilidad posibles.

Tarareando la letra de Change the worid, de Eric Clapton -que, por algún motivo, se le había metido en la cabeza-, Roy se llevó la taza de café a su mesa en la desierta sala común de trabajo, en la segunda planta de la comisaría de John Street, con sus filas de mesas separadas con mamparas, su deslustrada moqueta azul, sus casilleros abarrotados y sus vistas al este, hacia las paredes blancas y las resplandecientes ventanas azules de la central de American Express. Luego se conectó al antiguo y parsimonioso sistema informático para comprobar la lista de nuevos casos. Mientras esperaba a que se cargara, tomó un sorbo de café y deseó un cigarrillo, maldiciendo en silencio la recién impuesta prohibición de fumar en las dependencias policiales.

Como cada año, se había hecho algún intento de dar un poco de alegría navideña al lugar. Algunas guirnaldas de papel colgaban del techo. Trocitos de espumillón enrollados en el borde de las particiones. Tarjetas de Navidad en varias mesas.

A Sandy no pareció importarle mucho que fueran las segundas Navidades en tres años en las que tenía que trabajar. Y tal como había señalado ella misma, acertadamente, era una semana de mierda para trabajar. Incluso la mayoría de los delincuentes locales, colocados hasta las cejas de bebida o de droga, estarían en sus casas o en sus madrigueras.

Las fiestas navideñas eran el momento álgido del año en cuanto a muertes repentinas y suicidios. Podían ser unos días felices para quienes tuvieran amigos y familia, pero era un momento de desesperación y tristeza para los que se encontraban solos, en particular los ancianos que no tenían siquiera dinero suficiente para calefacción. Pero era una época tranquila en cuanto a delitos graves, de esos que podían dar ocasión a un sargento joven y ambicioso para mostrar sus habilidades y destacar ante sus colegas.

Aquello iba a cambiar.

A diferencia de lo que era habitual, los teléfonos estaban muy tranquilos. En general sonaban por toda la sala.

Al aparecer los primeros casos en la lista del ordenador, de pronto sonó el teléfono interno de Roy.

– Investigación Criminal -respondió.

Era una operadora de la Sala de Control Central, que recibía y gestionaba todas las denuncias.

– Hola, Roy. Feliz Navidad.

– Feliz Navidad, Doreen.

– Tengo una posible desaparición -dijo-. Rachael Ryan, veintidós años. En Nochebuena dejó a sus amigas esperando un taxi en East Street y decidió ir a casa a pie. No acudió a la comida de Navidad en casa de sus padres y no responde al teléfono de casa ni al móvil. Sus padres se presentaron en su piso, en Eastern Terrace, Kemp Town, a las 15.00 de ayer y no hubo respuesta. Nos han dicho que eso es muy raro en ella, y están preocupados.

Grace tomó nota de la dirección de Rachael Ryan y de la de sus padres y le dijo que lo investigaría.

La política de la Policía era dejar que pasaran varios días antes de iniciar gestiones por la desaparición de una persona, a menos que se tratara de un menor, de un anciano o de alguien identificado como especialmente vulnerable. Pero el día se presentaba tranquilo, así que decidió que prefería hacer algo en lugar de quedarse ahí sentado.

El sargento, de veintinueve años, se puso en pie y pasó junto a varias filas de mesas hasta llegar a la de uno de sus pocos colegas que sí estaba de turno, el sargento Norman Potting.

Este, quince años mayor que él, era un perro viejo, un policía de carrera que nunca había recibido un ascenso, en parte por su actitud políticamente incorrecta y en parte por su caótica vida privada, pero también porque, al igual que muchos otros agentes, como el difunto padre de Grace, prefería el trabajo de calle a las responsabilidades burocráticas que traían consigo los ascensos. Grace era uno de los pocos del departamento que le tenían afecto y que disfrutaban escuchando sus batallitas, pues veía que podía aprender algo de ellas. Además, el tipo le daba un poco de pena.

El sargento estaba concentrado tecleando algo en el ordenador con el dedo índice de la mano derecha.

– Jodida tecnología -masculló con su rudo acento de Devon al tiempo que la sombra de Grace caía sobre él. El hombre desprendía un fuerte olor a tabaco-. Me han dado dos clases, pero aún no entiendo un carajo. ¿Qué tenía de malo el sistema de siempre que todos conocíamos?

– Se llama progreso -dijo Grace.

– Brrr. ¿Progreso? ¿Como eso de dejar entrar a todo tipo de gente en el cuerpo?

Grace hizo caso omiso al comentario y fue al grano:

– Hay una denuncia de desaparición que no me hace mucha gracia. ¿Estás ocupado? ¿O tienes tiempo para acompañarme a investigar?

Potting se puso en pie.

– Lo que sea para dejar de picar piedra, como decía mi tía -respondió-. ¿Qué tal las Navidades, Roy?

– Cortas pero agradables. Las seis horas que he pasado en casa, quiero decir.

– Por lo menos tú «tienes» una casa -apuntó Potting, taciturno.

– ¿Y eso?

– Yo vivo en una pensión. Me echó de casa, sin más. No es muy divertido desear a tus hijos feliz Navidad desde un teléfono de pago en el pasillo, y comer una «cena de Navidad para uno» del ASDA frente a la tele.

– Lo siento -respondió Grace. Lo sentía de verdad.

– ¿Sabes por qué las mujeres son como los huracanes, Roy?

Grace sacudió la cabeza.

– Porque cuando llegan son una tormenta incontrolable de pasión, pero cuando se van se te llevan el coche y la casa.

Grace le rio la gracia con una sonrisa cómplice.

– A ti te va bien, tú estás felizmente casado. Te deseo buena suerte. Pero no bajes la guardia -añadió Potting-. Estate atento por si cambia el viento. Créeme, este es mi segundo fracaso. Tendría que haber aprendido de la primera vez. Las mujeres creen que los polis son de lo más interesante hasta que se casan con ellos. Entonces se dan cuenta de que no son lo que parecían. Tienes suerte si tu matrimonio es diferente.

Grace asintió, pero no dijo nada. Las palabras de Potting se acercaban peligrosamente a la realidad. A él nunca le había interesado la ópera de ningún tipo. Pero hacía poco Sandy le había arrastrado a una representación de Los piratas de Penzance interpretada por una compañía de aficionados. Ella no había dejado de tirarle puyas durante la canción «La vida del policía no es una vida feliz».

Él le había respondido que se equivocaban, que él estaba muy contento con su vida.

Más tarde, en la cama, ella le había susurrado que quizás hubiera que cambiar la letra de la canción, que debería decir: «La vida de "la esposa" de un policía no es una vida feliz».

Capítulo 11

Jueves, 1 de enero de 2010

Varias de las casas de la calle residencial donde se encontraba el hospital tenían luces de Navidad en las ventanas y coronas decorativas en la puerta. Muy pronto volverían a sus cajas y permanecerían otro año guardadas, pensó Grace con cierta tristeza, al tiempo que reducía la velocidad y se acercaba a la entrada de la mole de cemento sucio y ventanas con cortinas de mal gusto que era el hospital de Crawley. Le gustaba el influjo mágico que tenían las fiestas de Navidad en todo el mundo, aunque a él le tocara trabajar.

Sin duda, bajo el cielo azul y soleado que se habría imaginado el arquitecto al proyectarlo, el edificio tendría un aspecto mucho más agradable que el que ofrecía aquella lluviosa mañana de enero. Grace pensó que probablemente al arquitecto se le habría olvidado pensar en las persianas que tapaban la mitad de sus ventanas, las decenas de coches aparcados en desorden en el exterior, la plétora de señales de tráfico y las manchas de humedad de las paredes.

Branson solía disfrutar asustándolo con sus habilidades al volante, pero esta vez le había dejado conducir a él, para poder concentrarse en el resumen completo que quería hacerle de su horrible semana de fiestas. El matrimonio de Glenn, que había alcanzado nuevas cotas negativas en las semanas previas, se había deteriorado aún más el día de Navidad.

Tras el berrinche que le provocó ver que su esposa, Ari, había cambiado las cerraduras de su casa, la mañana de Navidad la situación se desbordó y Glenn perdió completamente los nervios al llegar cargado de regalos para sus dos hijos pequeños y encontrarse con que ella no le permitía la entrada. El, que había sido un fornido gorila de discoteca, abrió la puerta principal de una patada y se encontró, tal como sospechaba, al nuevo amante de su esposa en su casa, jugando con «sus» hijos, frente a su árbol de Navidad. ¡Por Dios santo!

Ella había llamado a la Policía y él se había librado por poco de ser arrestado por los agentes enviados a la casa desde la División Este de Brighton, lo que habría puesto punto final a su carrera.

– Bueno, ¿y tú qué habrías hecho?

– Probablemente lo mismo. Pero eso no significa que esté bien.

– Ya -respondió, y se quedó callado un momento-. Tienes razón. Pero cuando me encontré a ese capullo del entrenador personal jugando a la X-Box con «mis» hijos…, podría haberle arrancado la cabeza y haber jugado a baloncesto con ella.

– Vas a tener que echarte el freno de algún modo, colega. No quiero que esto acabe con tu carrera.

Branson se quedó mirando la lluvia a través del parabrisas. Luego se limitó a decir, con un hilo de voz:

– ¿Y eso qué importa? Ya nada importa.

Roy le tenía un gran cariño a aquel tipo, a aquel tiarrón, enorme, noble y de buen corazón. Lo había conocido unos años atrás, cuando Glenn era un agente recién incorporado al cuerpo. En él reconoció muchos aspectos de sí mismo: las ganas, la ambición. Y Glenn tenía aquel elemento clave necesario para ser un buen policía: una gran inteligencia emocional. Desde entonces, Grace se había erigido en mentor suyo. Pero ahora que su matrimonio se desintegraba y que empezaba a dejarse llevar por su temperamento, Glenn estaba peligrosamente cerca de perderlo todo.

También se hallaba peligrosamente cerca de dañar la profunda amistad que los unía. Durante los últimos meses, Branson había sido su inquilino, y aún ocupaba su casa frente al mar, en Hove. A Grace aquello no le importaba, ya que de hecho él se había instalado en casa de Cleo, una vivienda independiente en el barrio de North Laine, en el centro de Brighton. Pero no le gustaba que su amigo toqueteara su preciosa colección de discos, ni las constantes críticas a sus gustos musicales.

Como ahora.

A falta de coche propio -su querido Alfa Romeo, que había quedado destrozado en una persecución unos meses atrás y que aún era objeto de disputa con la compañía de seguros-, Grace se veía obligado a usar coches de la Policía, que eran todos pequeños Ford o Hyundai Getz. Acababa de cogerle el tranquillo a un accesorio para el iPod que Cleo le había regalado en Navidad y con el que podía poner su música en cualquier equipo de radio, y había estado presumiendo ante Branson durante el camino.

– ¿Esta quién es? -preguntó Branson, cambiando de pronto de tema al poner otra canción.

– Laura Marling.

– No tiene personalidad. Parece una imitadora -dijo, tras escuchar un momento.

– ¿Imitadora? ¿De quién?

Branson se encogió de hombros.

– A mí me gusta -afirmó él, desafiante.

Escucharon en silencio unos momentos, hasta que descubrió un hueco e inició la maniobra para aparcar.

– Con las mujeres vocalistas no tienes criterio. Ese es tu problema.

– A mí me gusta. ¿Vale?

– Eres triste.

– A Cleo también le gusta -replicó-. Me lo regaló ella por Navidad. ¿Quieres que le diga que piensas que es una mujer triste?

– ¡Uuuuuu! -respondió Branson, levantando sus enormes y cuidadas manos.

– Sí. ¡Uuuuuu!

– ¡Un respeto! -dijo Branson, pero casi en voz baja, y sin un rastro de humor en su tono.

Las tres plazas reservadas para la Policía estaban ocupadas, pero al tratarse de un día festivo había muchos huecos libres por todas partes. Grace aparcó en uno, apagó el motor y salieron del coche. Luego corrieron bajo la lluvia y se dirigieron al lateral del hospital.

– ¿Alguna vez discutías con Ari sobre música?

– ¿Por qué? -preguntó Branson.

– No sé, me ha entrado la duda.

La mayoría de los visitantes de aquel complejo de edificios no habría notado el pequeño cartel blanco con letras azules que decía Saturn Centre y que indicaba un sendero sin ningún rasgo particular delimitado por la pared del hospital a un lado y un seto al otro. Tenía el aspecto de llevar al patio de las basuras.

Sin embargo, en realidad llevaba al primer Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales de Sussex. Era una unidad especializada, recién inaugurada por el comisario jefe, como otras repartidas por Inglaterra, y que suponía un importante cambio en el modo de tratar a las víctimas de violaciones. Grace aún recordaba una época, no tan lejana, en que, aún traumatizadas, tenían que pasar por en medio de la comisaría y someterse a interrogatorio por parte de agentes varones, que en muchos casos hasta se permitían hacer bromitas. Todo aquello había cambiado, y aquel centro era la última aportación.

Allí las víctimas, en un estado de profunda vulnerabilidad, podían ser atendidas por agentes y psicólogas de su mismo sexo, profesionales que harían todo lo posible por reconfortarlas y tranquilizarlas, procediendo al mismo tiempo a la desagradable tarea de buscar la verdad.

Una de las cosas más duras a las que tenían que enfrentarse los agentes de asistencia de víctimas de abusos era al hecho de que las propias víctimas en realidad se convertían en una suerte de escenario del crimen, ya que sus ropas y sus cuerpos podían contener pruebas y rastros de importancia vital. El tiempo, como en todas las investigaciones, era un factor crucial. Muchas víctimas de violación tardaban días, semanas o incluso años en ir a la Policía, y muchas nunca denunciaban las agresiones por no revivir la experiencia más angustiosa de su vida.

Branson y Grace pasaron junto a un contenedor de basuras negro con ruedas y luego al lado de unos conos de tráfico apilados en aquel lugar tan inesperado, y llegaron a la puerta. Roy llamó al timbre y unos momentos después se abrió la puerta. Les hicieron pasar y apareció de la nada una agente que él conocía, pero cuyo nombre no le venía a la mente.

– ¡Feliz Año Nuevo, Roy! -dijo ella.

– ¡Feliz Año!

Grace vio que la mujer miraba a Glenn y se devanó los sesos desesperadamente en busca de su nombre. De pronto le vino a la cabeza.

– Glenn, esta es Brenda Keys. Brenda, este es el sargento Glenn Branson, uno de mis colegas en la Brigada de Delitos Graves.

– Encantada, sargento -dijo ella.

Brenda Keys era una entrevistadora con formación especial que ya interrogaba a las víctimas en Brighton y en otras partes del país antes de que se creara aquel centro. Era una mujer amable y de aspecto inteligente, con el cabello corto y castaño y que llevaba unas grandes gafas; siempre iba vestida de un modo discreto, como en esta ocasión, con unos pantalones negros, una camisa y un suéter gris con el cuello de pico.

Que aquellas salas de entrevistas eran de reciente creación resultaba evidente. Todas olían a moqueta nueva y a recién pintado, y estaban insonorizadas.

Aquello era un laberinto de salas situadas tras puertas cerradas de madera de pino, con una recepción central enmoquetada en beis. Las paredes, pintadas de color crema, estaban decoradas con láminas enmarcadas, fotografías artísticas de vivos colores de escenas familiares de Sussex: las cabinas de la playa de Hove, los molinos Jack y Jill, en Clayton, o el muelle de Brighton. La buena intención era evidente, pero era como si alguien hubiera intentado con demasiado ahínco distanciar a las víctimas que acudían a este lugar de los horrores que habían experimentado.

Se registraron en la recepción. Brenda los puso al día. Mientras lo hacía, se abrió una puerta junto al pasillo y una agente corpulenta, con el cabello de punta, peinado en púas, como si hubiera metido los dedos en el enchufe, se dirigió hacia donde estaban con una sonrisa amistosa.

– Agente Rowland, señor -se presentó-. ¿El superintendente Grace?

– Sí. Y este es el sargento Branson.

– Están en Entrevistas Uno; acabamos de empezar. La agente de enlace Westmore está hablando con la víctima, y el sargento Robertson está observando. ¿Quiere pasar a la sala de observación?

– ¿Cabemos los dos?

– Pondré otra silla. ¿Les puedo traer algo de beber?

– Me iría estupendo un café -dijo Grace-. Cargado, sin azúcar.

Branson pidió una Coca-Cola light.

Siguieron a la agente por el pasillo, dejando atrás puertas con carteles que decían sala de exámenes médicos, sala de reuniones y, por fin, sala de entrevistas.

Poco después la agente abrió otra puerta sin cartel y entraron. La sala de observación era un espacio pequeño, con una estrecha mesa de trabajo blanca ocupada por unos cuantos ordenadores. En la pared había una pantalla plana que mostraba las imágenes de circuito cerrado procedentes de la sala de entrevistas adjunta. El sargento que había acudido en primer lugar al hotel Metropole, un hombre de apenas treinta años con el rostro infantil y una pelusa de cabello rubio cortado a máquina, estaba sentado frente a la mesa con un ordenador portátil enfrente y una botella de agua sin tapón. Llevaba un traje gris que le quedaba fatal y una corbata violeta con un nudo enorme, y tenía la palidez enfermiza de quien se enfrenta a una resaca monumental.

Grace se presentó, y presentó a Glenn. Ambos se sentaron, Roy en una dura silla de oficina con ruedas que la agente acababa de traer.

La pantalla daba una imagen estática de una habitación pequeña y sin ventanas, amueblada con un sofá azul, un sillón del mismo color y una mesita redonda con una gran caja de pañuelos de papel. La moqueta era de un triste gris oscuro y las paredes estaban pintadas de un blanco roto. En lo alto de la pared se veía claramente una segunda cámara con micrófono.

La víctima, una mujer de aspecto asustado y de entre treinta y cuarenta años vestida con un albornoz de rizo con las letras MH bordadas en el pecho, estaba sentada en el sofá, con las manos cruzadas sobre el vientre. Era delgada y tenía un rostro atractivo pero pálido, con el rímel corrido. Su larga cabellera pelirroja estaba hecha una maraña.

Al otro lado de la mesa estaba sentada Claire Westmore, la agente de enlace con víctimas de agresión sexual. Imitaba los gestos de la víctima, sentándose en la misma postura, con los brazos alrededor del vientre también ella.

A lo largo de los años, había aprendido los medios más efectivos para obtener información de las víctimas y de los testigos durante las entrevistas. El primer principio tenía que ver con el código de vestuario. Nunca hay que llevar nada que pueda distraer al sujeto, como rayas o colores vivos. Westmore iba vestida al efecto, con una camisa azul lisa y un suéter azul marino con el cuello de pico, pantalones negros y unos sencillos zapatos negros. Tenía su media melena rubia recogida con una cinta, lo que dejaba la cara despejada. La única joya que llevaba era una sencilla gargantilla de plata.

El segundo principio era poner a la víctima o al testigo en posición de dominio, hacer que se relajara. Por eso, la entrevistada, Nicola Taylor, estaba en el sofá, mientras que la agente estaba en una silla.

La imitación de los gestos era una técnica clásica. Imitando los del sujeto, a veces este se relaja hasta el punto de que empieza a imitar al entrevistador. Cuando eso ocurre, ya se adquiere control sobre la víctima, que consiente, establece una relación con su interlocutor y, en la jerga de los interrogatorios, empieza a «cantar».

Grace tomó alguna nota mientras Westmore, con su suave acento de Liverpool, intentaba llegar lenta y con cuidado a la mujer, callada y traumatizada, y sacarle alguna respuesta. Un alto porcentaje de las víctimas de violación sufren un trastorno de estrés postraumático inmediatamente después de la agresión, y su estado de tensión les impide mantener la concentración. Westmore actuaba con inteligencia, siguiendo las líneas de actuación con atención, empezando por los hechos más recientes primero para luego ir retrocediendo en el tiempo.

Durante sus años como policía, de los numerosos cursos sobre interrogatorios a los que había asistido, Grace había aprendido algo que le gustaba decir a sus compañeros de equipo: no existen malos testigos, sino malos interrogadores.

Pero esta agente parecía saber exactamente lo que se hacía.

– Sé que tiene que ser muy difícil para ti hablar de esto, Nicola -le dijo-. Pero me ayudaría a entender lo sucedido y sería muy útil para intentar encontrar al que te ha hecho esto. No tienes que contármelo hoy si no quieres.

La mujer se quedó mirando hacia delante en silencio, retorciendo las manos una con otra, agitada.

Grace sintió una pena terrible por ella.

La agente también empezó a retorcerse las manos. Al cabo de unos momentos, preguntó:

– Creo que estabas en la cena de Fin de Año en el Metropole con unas amigas, ¿no?

Silencio.

Unas lágrimas cayeron por las mejillas de la joven.

– ¿Hay algo que puedas decirme hoy?

Ella sacudió la cabeza enérgicamente.

– Bueno, no hay problema -dijo Westmore. Se quedó sentada en silencio un rato, y luego le preguntó-: En esta cena, ¿bebiste mucho?

La mujer sacudió la cabeza.

– ¿Así que no estabas bebida?

– ¿Por qué cree que estaba bebida? -replicó ella de pronto.

La agente sonrió.

– Es una de esas noches en que todos bajamos un poco la guardia. ¡Yo no bebo mucho, pero en Nochevieja suelo acabar como una cuba! Solo me ocurre esa noche.

Nicola se miró las manos.

– ¿Es eso lo que cree? -dijo, en voz baja-. ¿Que estaba como una cuba?

– Estoy aquí para ayudarte. No presupongo nada, Nicola.

– Estaba absolutamente sobria -dijo, molesta.

– Vale.

Grace vio con alivio que la mujer reaccionaba. Aquello era una señal positiva.

– No te estoy juzgando, Nicola. Solo quiero saber qué pasó. Entiendo, de verdad, lo difícil que es hablar de lo que has pasado, y quiero ayudarte en todo lo que pueda. Y solo puedo hacerlo si me cuentas con detalle qué es lo que te pasó.

Un largo silencio.

Branson dio un sorbo a su Coca-Cola. Grace bebió de su café.

– Podemos poner fin a esto cuando tú quieras, Nicola. Si prefieres que lo dejemos hasta mañana, no importa. O hasta pasado mañana. Cuando a ti te parezca. Yo solo quiero ayudarte. Es lo único que me importa.

Otro largo silencio.

Entonces Nicola Taylor de pronto soltó la palabra:

– Zapatos.

– ¿Zapatos?

Volvió a quedarse en silencio.

– ¿Te gustan los zapatos, Nicola? -insistió la agente. Al no obtener respuesta, comentó con aire despreocupado-: Los zapatos son mi gran debilidad. Antes de Navidad me fui a Nueva York con mi marido, y casi me compro unas botas Fendi que costaban ochocientos cincuenta dólares…

– Los míos eran Marc Jacobs -dijo Nicola Taylor, casi en un murmullo.

– ¿Marc Jacobs? ¡Me encantan sus zapatos! -respondió-. ¿Se los llevaron con tu ropa?

Otro largo silencio.

Entonces la mujer dijo:

– Me obligó a hacer cosas con ellos.

– ¿Qué tipo de cosas? Intenta…, intenta contármelo.

La chica se echó a llorar de nuevo. Luego, entre sollozos, empezó a explicarlo con todo detalle, pero lentamente, con largos silencios intermedios en los que intentaba recuperar la compostura, y en ocasiones dejándose llevar pese a las náuseas, que le provocaban arcadas.

Mientras escuchaban, en la sala de observación, Branson se giró hacia su colega y le hizo una mueca de dolor.

Grace le devolvió la mirada y se sintió muy incómodo. Pero mientras escuchaba pensaba a toda máquina. Se acordó de aquel caso frío tirado por el suelo de su despacho y que acababa de releer a fondo. Pensaba en 1997. Recordaba fechas. Un patrón. Un modus operandi. Pensaba en las declaraciones de las víctimas de entonces, algunas de las cuales había repasado hacía muy poco tiempo.

Volvía a experimentar aquella sensación de frío en las venas tantos años después.

Capítulo 12

Viernes, 26 de diciembre de 1997

– El termómetro dice que «esta noche»! -exclamó Sandy, con aquel brillo en sus radiantes ojos azules que siempre hacía efecto en Roy.

Estaban sentados frente al televisor. S.O.S. Ya es Navidad, de Chevy Chase, se había convertido en una especie de ritual, la película que veían tradicionalmente la noche de San Esteban. A Roy, la delirante estupidez de los desastres de la película le solía provocar carcajadas. Pero aquella noche estaba callado.

– ¿Hola? -dijo Sandy-. ¡Hola, sargento! ¿Hay alguien en casa?

El asintió, aplastando el cigarrillo contra el cenicero.

– Lo siento.

– No estarás pensando en el trabajo, ¿verdad, cariño? Esta noche no. No hemos tenido una Navidad como Dios manda, así que al menos vamos a disfrutar de San Esteban. Hagamos que sea algo especial.

– Es verdad -dijo Roy-. Pero es que…

– Siempre es «pero es que…» -se lamentó ella.

– Lo siento. He tenido que ver a una familia que no ha podido celebrar ni la Navidad ni San Esteban, ¿vale? Su hija dejó a sus amigas tras la Nochebuena y no la han vuelto a ver. Los padres están desesperados. Yo… tengo que hacer lo que pueda por ellos. Por ella.

– Bueno, ¿y qué? Probablemente estará muy ocupada follándose a algún tipo que habrá conocido en una discoteca.

– No. No da el patrón.

– ¡Joder, sargento Grace! Tú mismo me has contado la cantidad de gente que denuncia desapariciones de seres queridos cada año. ¡Entre doscientas y trescientas todos los años, solo en el Reino Unido, me dijiste, y la mayoría aparecen durante el primer mes!

– Y once mil no.

– ¿Y qué?

– Que tengo un presentimiento con esta.

– ¿Te da en la nariz?

– Ajá.

Sandy le frotó la nariz.

– Me encanta su nariz, agente -dijo, besándosela-. Tenemos que hacer el amor esta noche. He comprobado mi temperatura y parece que estoy ovulando.

Roy sonrió y la miró a los ojos. Cuando se reunía con los colegas, fuera de servicio, en el bar situado sobre la comisaría de Brighton o en algún pub y la conversación derivaba -como siempre ocurría entre hombres- hacia el tema del fútbol -algo que a él le interesaba poco- o de las chicas, siempre las dividían en dos grupos: las que gustaban por sus tetas y las que resultaban más atractivas por sus piernas. Pero él podía afirmar que lo primero que le gustó de Sandy fueron sus seductores ojos azules.

Recordaba la primera vez que se habían visto. Había sido unos días después de Semana Santa. A su padre le acababan de diagnosticar un cáncer de colon terminal, y a su madre se le había reproducido el cáncer de mama. El era un agente en prácticas y se sentía todo lo deprimido que podía sentirse. Algunos colegas le habían animado a que fuera con ellos a pasar la tarde al canódromo.

Sin demasiado entusiasmo, se había dejado llevar al canódromo de Brighton y Hove y se encontró sentado frente a una mujer guapa y llena de vida cuyo nombre no memorizó. Tras unos minutos de charla con el tipo que tenía al lado, ella se inclinó por encima de la mesa y le dijo a Grace:

– ¡Me han dado una pista! ¡Siempre hay que apostar por un perro que haya descargado antes de correr!

– ¿Quieres decir que hay que fijarse en si ha dejado una caca?

– Muy listo -respondió ella-. ¡Podrías ser detective!

– Aún no lo soy pero me gustaría serlo.

Así que, mientras se comía su cóctel de gambas, observó atentamente cómo presentaban a los perros de la primera carrera y los llevaban a las casillas de salida. El número 5 se detuvo por el camino y plantó en el suelo una generosa mierda. Cuando la encargada pasó a recoger las apuestas, la joven apostó cinco libras, y él, para no ser menos, apostó diez, que era lo máximo que estaba dispuesto a perder. El perro llegó el último, a unos doce largos del penúltimo.

En su primera cita, tres días después, él la había besado en la oscuridad, con el rugido de las olas de fondo, bajo el Palace Pier de Brighton.

– Me debes diez libras -le había dicho él entonces.

– ¡Me parece que he hecho muy buen negocio! -había respondido ella, rebuscando en su bolso, sacando un billete y metiéndoselo a Roy por el cuello de la camisa.

Miró a Sandy ahora, frente al televisor. Estaba aún más guapa que la primera vez. Le encantaba su cara, el olor de su cuerpo y de su cabello; le encantaba su sentido del humor, su inteligencia. Y le encantaba el modo en que se echaba todo a la espalda. Sí, es cierto, se había enfadado con él por trabajar en Navidad, pero lo entendía, porque ella quería que él triunfara.

Era el sueño de Roy. El de los dos.

Entonces sonó el teléfono. Sandy respondió.

– Sí, sí que está -dijo con voz fría, y le pasó el auricular a Roy.

El escuchó, garabateó una dirección en el reverso de una felicitación de Navidad y dijo:

– Estaré ahí dentro de diez minutos.

Sandy se lo quedó mirando y sacó un cigarrillo del paquete. Chevy Chase seguía con sus payasadas en la pantalla.

– ¡Es San Esteban, por Dios! -protestó, mientras buscaba el mechero-. No me lo pones nada fácil para que deje de fumar, ¿eh?

– Volveré lo antes posible. Tengo que ir a ver a este testigo, un hombre que afirma que vio a un tipo que metía a una mujer en una furgoneta de madrugada.

– ¿Por qué no puedes ir a verle mañana? -replicó ella, enfurruñada.

– Porque puede que la vida de la chica esté en peligro, ¿vale?

Ella le respondió con una mueca.

– Vaya usted, sargento Grace. ¡Vaya y salve al jodido mundo!

Capítulo 13

Jueves, 1 de enero de 2010

– Esta noche pareces muy distraído, cariño. ¿Estás bien? -dijo Cleo.

Roy estaba sentado en uno de los enormes sofás rojos del salón de la casa de Cleo, en un barrio de almacenes reconvertidos, y Humphrey, que ganaba tamaño y peso día a día, estaba sentado encima de él. El negro cachorro, acomodado sobre su regazo, tiraba de las hebras de lana del ancho suéter que llevaba puesto, como si el juego consistiera en deshacerlo por completo antes de que su amo se diera cuenta. Y el plan estaba funcionando, porque Roy estaba tan absorto leyendo las notas de la Operación Houdini que no se había dado cuenta de lo que hacía el perro.

La primera agresión sexual registrada de aquella operación había sido el 15 de octubre de 1997. Había sido un ataque frustrado a una joven a última hora de la noche, en un twitten -un estrecho callejón- del barrio de North Laine, en Brighton. Un hombre que paseaba a su perro acudió a su rescate antes de que el agresor le hubiera podido quitar las medias, pero se escapó con uno de los zapatos. La siguiente vez, desgraciadamente, tuvo más éxito. Una mujer que había asistido a final de mes a un baile de Halloween en el Grand Hotel fue interceptada en el pasillo del hotel por un hombre disfrazado de mujer, y el personal del establecimiento no la encontró hasta la mañana siguiente, atada y amordazada.

Cleo, hecha un ovillo en el sofá de enfrente, vestida con un poncho de pelo de camello sobre unos leotardos negros de lana, estaba leyendo un libro sobre la Grecia antigua para su curso a distancia de filosofía en la Open University, rodeada de páginas de apuntes suyos, a mano y a máquina, todos cubiertos de post-its amarillos. Su largo cabello rubio le iba tapando la cara, y cada pocos minutos se lo echaba atrás con la mano. A Grace le encantaba verle hacer aquello.

Un CD de Ruarri Joseph sonaba en el equipo de música; en la tele, silenciada, Sean Connery agarraba a una bella mujer en una maniobra de emergencia en Operación Trueno. Durante toda la semana, desde Navidad, a Cleo se le había antojado el korma de gambas, y estaban esperando que les trajeran la cena a domicilio, su cuarto curri en cinco días. A Grace no le importaba, pero esta noche iba a darle a su organismo un descanso con un sencillo pollo tandoori.

En la mesa también había uno de los regalos de Navidad de Grace para Cleo, una gran pecera que sustituía a la que había roto un intruso que había entrado en la casa el año anterior. Su inquilino, al que ella había bautizado como Pez-2, estaba muy ocupado explorando con frenéticos aleteos el entorno, compuesto por algas y un minúsculo templo griego sumergido. A su lado estaban apilados los tres libros que Glenn le había regalado: 100 consejos básicos para tíos que quieran sobrevivir al embarazo, El futuro padre y ¡Tú también estás embarazado, colega!

– Sí, me encuentro bien -dijo él, levantando la vista y sonriendo.

Cleo le devolvió la sonrisa y él sintió tal acceso repentino de felicidad y serenidad que deseó poder parar el reloj y congelar el tiempo para que aquel momento durara eternamente.

«Y yo preferiría hacerte compañía», cantaba Ruarri Joseph acompañado de su guitarra acústica. «Sí, yo preferiría hacerte compañía a ti, mi querida Cleo, que a cualquier otra persona de este planeta», pensó Grace.

Quería quedarse ahí, en aquel sofá, en aquella habitación, contemplando con anhelo a aquella mujer que tanto amaba, que llevaba dentro a su hijo; deseaba que aquello no acabara nunca.

– Es Año Nuevo -le recordó Cleo, levantando su vaso de agua y dando un sorbito-. ¡Creo que deberías dejar de trabajar y relajarte! Todos volveremos al ajetreo del trabajo el lunes.

– Sí, claro, bonito ejemplo das tú, trabajando en tus cursos para la universidad. ¿Eso es relajante?

– ¡Sí que lo es! Me encanta. Para mí no es trabajo. Lo que tú estás haciendo «sí» que es trabajo.

– Alguien debería decirles a los criminales que no se les permite delinquir en festivo -respondió él con una mueca.

– Sí, y alguien debería decirles a los viejos que no se murieran en Navidades. ¡Es antisocial! ¡Los forenses también tenemos derecho a vacaciones!

– ¿Cuántos hay hoy?

– Cinco. Pobres desgraciados. Bueno, en realidad tres de ellos fueron ayer.

– Así que tuvieron el detalle de esperar a Navidad.

– Pero no podían afrontar la perspectiva de otro año.

– ¿Has leído algo de Ernest Hemingway? -quiso saber ella.

Grace sacudió la cabeza, perfectamente consciente de lo ignorante que era él en comparación con Cleo. Había leído muy poco en su vida.

– Es uno de mis escritores favoritos. ¡Un día voy a pasarte algo para que lo leas! Escribió: «El mundo quiebra a todos, y después algunos se tornan más fuertes por las partes rotas». Ese eres tú. Eres más fuerte, ¿o no?

– Eso espero… Pero a veces me lo pregunto.

– Ahora tienes que ser más fuerte que nunca, señor superintendente -añadió ella, dándose unas palmaditas en el vientre-. Somos dos los que te necesitamos.

– ¡Y son muchos los muertos que te necesitan a ti! -respondió él.

– ¡Tú también tienes muchos muertos que te necesitan!

Volviendo a mirar el dosier, pensó que, muy a su pesar, aquello era cierto. Todas aquellas cajas azules y verdes por el suelo de su despacho… La mayoría de ellas representaban a víctimas que esperaban, más allá de la tumba, a que él llevara a sus agresores ante la justicia.

¿Vería Nicola Taylor, la víctima de violación de hoy, al hombre que le había hecho aquello respondiendo ante la justicia? ¿O acabaría un día convertida en una simple etiqueta de plástico en uno de aquellos dosieres de casos fríos?

– Estoy leyendo algo sobre un estadista griego llamado Pericles -dijo ella-. No era exactamente un filósofo, pero dijo algo muy cierto: «Lo que dejas atrás no es lo que queda grabado en monumentos de piedra, sino lo que tejiste en la vida de los demás». Ese es uno de los muchos motivos por los que te quiero, superintendente Grace. Vas a dejar cosas buenas tejidas en las vidas de los demás.

– Eso intento -dijo él, y volvió a posar la mirada en los dosieres sobre el Hombre del Zapato.

– Pobrecito mío, realmente hoy tienes la cabeza en otra parte.

El se encogió de hombros.

– Lo siento. Odio a los violadores. La visita a Crawley ha sido bastante dura.

– En realidad no me has hablado de ello.

– ¿Quieres oírlo?

– Sí que quiero. Quiero saber todo lo que llega a tus oídos de este mundo en el que va a nacer nuestro hijo. ¿Qué le hizo ese hombre?

Grace cogió su botella de Peroni del suelo, la apuró de un trago y podría haber hecho lo mismo con otra. Pero en lugar de hacerlo, la dejó de nuevo en el suelo y pensó en la escena de la mañana.

– La hizo masturbarse con el tacón del zapato. Era un zapato de diseño muy caro. Marc Joseph o algo así.

– ¿Marc Jacobs?

– Sí. -Asintió-. Eso es. ¿Son caros?

– Es uno de los diseñadores más cotizados. ¿Hizo que se masturbara? ¿Usando el tacón como un consolador?

– Sí. ¿Sabes mucho sobre zapatos? -preguntó él, algo sorprendido.

Le encantaba cómo se vestía Cleo, pero cuando salían juntos ella casi nunca miraba los escaparates de zapatos o de ropa. Sandy lo hacía constantemente, a veces hasta el punto de aburrirle.

– ¡Roy, cariño, «todas» las mujeres «saben» de zapatos! Son parte de la feminidad de una mujer. ¡Cuando una mujer se pone un par de zapatos estupendos, se siente atractiva! ¿Así que el tipo se quedó mirándola mientras se hacía eso?

– Eran tacones de aguja, de quince centímetros. Le hizo meterse el tacón hasta dentro una y otra vez, mientras él se tocaba.

– Eso es horrible. ¡Cabrón pervertido!

– La cosa no acaba ahí.

– Cuéntame.

– Le hizo darse la vuelta, boca abajo, y le metió el tacón por atrás. ¿Vale? ¿Te basta?

– ¿Así que en realidad no la violó…, tal como suele entenderse?

– Sí que lo hizo, pero eso fue después. Y le costó conseguir una erección.

Cleo se quedó unos momentos pensando en silencio, y luego dijo:

– ¿Por qué, Roy? ¿Qué es lo que hace que alguien se vuelva así?

El se encogió de hombros.

– He hablado con un psicólogo esta tarde. Pero no me ha dicho nada que no supiera. Las violaciones cometidas por extraños (como parece que es el caso) raramente son una cuestión sexual. Tienen que ver, más bien, con un odio hacia las mujeres y con la voluntad de imponerse a ellas.

– ¿Crees que hay alguna conexión entre la persona que hizo esto y tu caso del Hombre del Zapato?

– Por eso lo estoy leyendo. Podría ser una coincidencia. O un imitador. O el violador de entonces, que vuelve a delinquir.

– ¿Y tú qué crees?

– El Hombre del Zapato les hizo cosas así a algunas de sus víctimas. También tenía problemas para conseguir una erección. Y siempre se llevaba uno de los zapatos de sus víctimas.

– La mujer de hoy… ¿También se llevó uno de sus zapatos?

– Se llevó los dos, y toda su ropa. Y por lo que ha dicho la víctima hasta ahora, parece que podría ser un travestido.

– Así que hay una ligera diferencia.

– Sí.

– ¿Y a ti qué te parece? ¿Qué te dice tu olfato de poli?

– Que no saque conclusiones precipitadas. Pero… -Se quedó en silencio.

– ¿Pero?

Se quedó mirando el dosier.

Capítulo 14

Sábado, 3 de enero de 2010

Si se le pregunta a la gente dónde estaba y qué hacía en el momento -en el preciso momento- en que se enteraron del impacto de los aviones contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre, o de la muerte de la princesa Diana, o de que habían matado a tiros a John Lennon o, en el caso de los más mayores, del asesinato de John F. Kennedy en Dallas, la mayoría sabrá responder con una claridad cristalina.

Roxy Pearce era diferente. Los momentos que marcaban su vida coincidían con los días en los que se compraba por fin los zapatos que tanto había anhelado. Podría decir con toda exactitud qué pasaba en el mundo el día en que había adquirido sus primeros Christian Louboutin. O sus primeros Ferragamo. O sus primeros Manolo Blahnik.

Pero todos aquel día, mientras revoloteaba por la moqueta gris de la tienda Ritzy Shoes de Brighton, todos aquellos tesoros acumulados en sus armarios parecían insignificantes.

– ¡Oh, sí! ¡Oh, Dios mío, sí!

Se miró los tobillos. Pálidos, ligeramente azulados por efecto de las venas visibles bajo la superficie, demasiado finos y huesudos. Nunca habían sido su rasgo más atractivo, pero tenía que admitir que de pronto se habían transformado: eran un par de tobillos de una belleza arrebatadora. Las finas correas de piel negra los envolvían como frondas de vegetación, sensuales, vivas, impetuosas, que cubrían su piel blanca a ambos lados del prominente hueso.

¡Era la imagen del sexo sobre tacones!

Se miró al espejo. La imagen del sexo sobre tacones le devolvía la mirada. Su melena lacia y negra; un cuerpo estupendo; sin duda nadie diría que al cabo de tres meses cumpliría treinta y siete años.

– ¿Usted qué cree? -preguntó a la vendedora, volviendo a mirarse al espejo, los altos tacones de aguja, la suela curvada, el brillo mágico de la piel negra.

– ¡Están hechos para usted! -respondió la mujer, de unos treinta años, con seguridad-. Sin duda están hechos para usted.

– ¡Eso creo yo! -exclamó Roxy con un gorjeo-. ¿A usted también se lo parece?

Estaba tan emocionada que varias personas se la quedaron mirando. Había mucha gente por Brighton aquella mañana, el primer sábado del año nuevo. Los cazadores de gangas habían salido en masa, en busca de unas rebajas de Navidad aún más rebajadas.

Una dienta de la tienda no se giró. Cualquiera que hubiera mirado habría visto una mujer de edad media elegantemente vestida, con un abrigo oscuro y largo sobre un suéter de cuello alto y unas botas de tacón alto de aspecto caro. Sin bajarle el cuello del suéter, no habrían podido ver la masculina nuez que ocultaba.

El hombre disfrazado de mujer no se giró, porque él ya estaba mirando a Roxy desde antes. Llevaba observándola con disimulo desde el momento en que había pedido que le dejaran probarse aquellos zapatos.

– ¡Jimmy Choo nunca falla! -manifestó la vendedora-. Realmente sabe lo que funciona.

– ¿Y cree que son mi estilo? No resulta muy fácil caminar con ellos puestos.

Roxy estaba nerviosa. Bueno, cuatrocientas ochenta y cinco libras eran mucho dinero, en especial en aquel momento en que el negocio de software de su marido estaba a punto de irse al garete y su agencia de relaciones públicas apenas empezaba a repuntar.

¡Pero tenían que ser suyos!

Sí, claro, con cuatrocientas ochenta y cinco libras podía comprar un montón de cosas.

¡Pero ninguna le daría el mismo placer que aquellos zapatos!

Quería enseñárselos a sus amigas. Pero deseaba, sobre todas las cosas, ponérselos para Iannis, su amante, con el que llevaba seis semanas viviendo un tórrido romance. Desde luego no era el primer amante que tenía en doce años de matrimonio, pero sí el mejor. ¡Sin duda!

Solo de pensar en él, el rostro se le iluminó con una gran mueca. Luego sintió una punzada de dolor en el corazón. Ya había pasado por aquello dos veces antes y sabía que tendría que haber aprendido de la experiencia. La Navidad era la peor época para una pareja de amantes. Era cuando la gente dejaba de ir a trabajar y se dedicaba a sus reuniones familiares. Aunque ellos no tenían niños -ni ella ni Dermot los habían querido-, se había visto obligada a acompañar a su marido a ver a la familia en Londonderry durante cuatro días en Navidad, y luego, los cuatro siguientes los habían pasado con los padres de ella -los viejos P, como los llamaba Dermot- en los lejanos bosques de Norfolk.

El único día en que habían quedado para verse, antes de fin de año, Iannis, que era propietario de dos restaurantes griegos en Brighton y de un par más en Worthing y Eastbourne, había tenido que irse repentinamente a Atenas para visitar a su padre, que había sufrido un ataque al corazón.

Aquella tarde iban a verse por primera vez desde el día antes de Nochebuena, y le parecía que hacía más de un mes. O dos. O un año. ¡O una vida! No veía el momento de verlo. Lo deseaba. Lo necesitaba.

Y lo había decidido: ¡quería que la viera con aquellos zapatos!

A Iannis le iban los pies. Le encantaba quitarle los zapatos, aspirar sus aromas, olerlos por todas partes e inhalar su esencia, como si estuviera catando un vino de calidad en presencia del orgulloso bodeguero. ¡A lo mejor hoy le pediría que no se quitara sus Jimmy Choo! La idea la ponía tanto que notaba que estaba empezando a lubricar.

– Lo mejor de estos zapatos es que puede llevarlos con ropa muy de vestir o completamente informal -prosiguió la vendedora-. Con los vaqueros le quedan estupendos.

– ¿Usted cree?

Era una pregunta tonta. Por supuesto que lo creía. La vendedora estaba dispuesta a decirle que le quedaban bien aunque se hubiera presentado vestida con una bolsa de basura llena de cabezas de sardina.

Roxy llevaba puestos aquellos DKNY ajustados porque Iannis le decía que los vaqueros le marcaban un culo estupendo. A él le gustaba bajarle la cremallera y quitárselos poco a poco, diciéndole con aquel acento suyo, marcado y profundo, que era como pelar una apetitosa fruta madura. Le encantaban todas las tonterías románticas que le decía. Dermot ya no le decía nunca nada sexy. Su idea de «preliminares» consistía en cruzar la habitación con los calzoncillos y los calcetines puestos y tirarse un par de pedos.

– Claro -respondió convencida la vendedora.

– Supongo que estos no tendrán descuento, ¿no? ¿No están de rebaja?

– Me temo que no, no. Lo siento. Son de la nueva temporada, acaban de llegar.

– ¡Qué suerte tengo!

– ¿Quiere ver el bolso que va a juego?

– Más vale que no -dijo-. No me atrevo.

Pero la vendedora se lo enseñó igualmente. Y era espléndido. Roxy enseguida llegó a la conclusión de que, después de verlos los dos juntos, los zapatos quedaban un poco incompletos sin el bolso. Si no se compraba aquel bolso, más adelante lo lamentaría, estaba segura.

Dado que la tienda estaba tan llena y que su cerebro estaba tan ocupado en pensar cómo le escondería el recibo a Dermot, no se fijó en ninguna de las otras dientas, entre ellas la del suéter de cuello alto que examinaba un par de zapatos a poca distancia tras ella. Roxy estaba pensando en que tendría que hacerse con la liquidación de la tarjeta de crédito cuando llegara, y quemarla. De todos modos, se trataba de su dinero, ¿o no?

– ¿Está usted en nuestra lista de correo, señora? -le preguntó la vendedora.

– Sí.

– Si me da su código postal, buscaré su ficha.

Ella se lo dio, y la vendedora lo introdujo en el ordenador, junto a la caja.

El hombre, detrás de Roxy, garabateó algo rápidamente en una pequeña agenda electrónica. Un momento más tarde apareció la dirección de la mujer. Pero el hombre no tuvo necesidad de mirar la pantalla.

– ¿Señora Pearce, en el 76 de The Droveway?

– Eso es -confirmó Roxy.

– Muy bien. En total son mil ciento veintitrés libras. ¿Cómo quiere pagar?

Roxy le entregó la tarjeta de crédito.

El hombre disfrazado de mujer se escabulló de la tienda, agitando las caderas. De hecho, con la práctica había aprendido a caminar con cierta gracia, o eso pensaba. Al cabo de un momento ya se había mezclado con la masa de compradores de las Brighton Lanes, golpeteando con los tacones en el duro y frío suelo.

Capítulo 15

Sábado, 3 de enero de 2010

Aquellos días de bajón tras Nochevieja siempre eran tranquilos. Era el final de las vacaciones, la gente había vuelto al trabajo, y aquel año más arruinados que de costumbre. No era de extrañar, pensó el agente Ian Upperton, de la Policía de Tráfico de Brighton y Hove, que no hubiera mucha gente por las calles aquella tarde helada de sábado, a pesar de estar en plena temporada de rebajas.

Oscurecía, y su colega, el agente Tony Omotoso, estaba al volante de la ranchera BMW de la Policía, conduciendo hacia el sur. Habían dejado atrás el estanque de Rottingdean y seguían hacia el mar. Omotoso giró a la derecha en el cruce. El viento del suroeste, procedente del canal, azotaba el coche. Eran las 16.30. Una última ronda por lo alto de los acantilados, pasando por la residencia de Saint Dunstan para veteranos de guerra ciegos y por la escuela Roedean para niñas pijas, luego una pasada junto al mar y de vuelta a la base para tomarse un té y esperar junto a la radio que llegara el final del turno.

Upperton tenía la sensación de que había días en que casi se podía sentir la electricidad en el aire, en los que sabías que iban a pasar cosas. Pero aquella tarde no sentía nada. Esperaba impacientemente el momento de volver a casa, ver a su mujer y a sus hijos, sacar a los perros a pasear y luego pasar una velada tranquila frente a la tele. Y descansar los tres días siguientes, que tenía fiesta.

Mientras ascendían por la colina, donde el límite de cincuenta millas por hora daba paso a un tramo de ochenta, un pequeño deportivo Mazda MX-2 pasó rugiendo a su lado a una velocidad más que excesiva.

– ¿Es que está ciego, el muy cabrón? -exclamó airado Omotoso.

Con bastante frecuencia ocurría que los conductores se apresuraban a pisar el freno en cuanto veían un coche de la Policía, y no eran muchos los que se atrevían a adelantarlo, aunque fuera muy por debajo del límite de velocidad. El conductor del Mazda, o lo había robado, o estaba como una cabra, o no los había visto, sin más. Era bastante difícil no verlos, incluso en la penumbra, con aquellas marcas reflectantes a cuadros y la inscripción policía en letras de alta visibilidad por todos los lados del coche.

Las luces traseras se iban perdiendo rápidamente en la distancia.

Omotoso pisó a fondo. Upperton se echó adelante, encendió las luces, la sirena y la cámara para medir la velocidad; luego tiró del cinturón de seguridad para tensarlo. La manera de conducir de su colega cuando perseguía a alguien siempre le ponía nervioso.

Llegaron a la altura del Mazda enseguida y fijaron su velocidad en setenta y cinco millas por hora antes de que redujera para embocar la rotonda. Luego, para su asombro, el vehículo volvió a acelerar al salir de la rotonda. El sistema de lectura de matrículas fijado al salpicadero, que pasaba directamente la información al ordenador de la Dirección General de Tráfico, permaneció totalmente en silencio, lo que indicaba que el coche no había sido robado y que tenía los papeles en regla.

Esta vez la cámara fijó la velocidad en ochenta y un millas por hora, más de ciento treinta kilómetros por hora.

– Tendremos que tener una charla con él -dijo Upperton.

Omotoso aceleró, se colocó justo detrás del Mazda y le hizo luces. Era el momento en que siempre se preguntaban si el conductor intentaría huir o si sería sensato y pararía.

Inmediatamente se iluminaron las luces de freno. El intermitente izquierdo empezó a parpadear, y el coche se detuvo en el arcén. Por la silueta que veían a través del parabrisas trasero, parecía que solo había un ocupante, la mujer que iba al volante, que los miraba, nerviosa, por encima del hombro.

Upperton apagó la sirena, dejó las luces azules en marcha y encendió las de avería. Luego salió del coche y, luchando contra el viento, rodeó el automóvil hasta llegar a la puerta del conductor, sin dejar de comprobar la carretera por si venía algún coche por detrás.

La mujer bajó la ventanilla a medias y le miró, nerviosa. Tendría cuarenta y pocos años, y lucía una masa de cabello rizado alrededor de su rostro, de facciones duras pero no sin atractivo. Parecía haberse puesto el pintalabios algo torpemente y el rímel se le había corrido, como si hubiera estado llorando.

– Lo siento, agente -dijo, con la voz algo tensa y poco nítida-. Supongo que iba un poco rápido.

Upperton flexionó las rodillas para acercarse todo lo posible a su rostro y poder olerle el aliento. Pero no hacía falta. Si hubiera encendido una cerilla, probablemente le habrían salido llamas de la boca. El coche también olía mucho a cigarrillos.

– Tiene algún problema de vista, ¿verdad, señora?

– No, esto…, no. De hecho he ido al oftalmólogo hace poco. Tengo una visión casi perfecta.

– Así pues, ¿suele adelantar coches patrulla a alta velocidad?

– ¡Oh, qué tonta! ¿Eso he hecho? ¡No los he visto! Lo siento. Es que acabo de pelearme con mi exmarido. Tenemos un negocio a medias, ¿sabe? Y yo…

– ¿Ha estado bebiendo, señora?

– Solo una copa de vino… con el almuerzo. Una copita.

A él le olía más bien como si se hubiera bebido toda una botella de vino.

– ¿Podría apagar el motor, señora, y salir del coche? Le voy a pedir que se someta a la prueba de alcoholemia.

– No irá a ponerme una multa, ¿verdad, agente? -dijo, arrastrando las palabras aún más que antes-. Es que…, es que necesito el coche para trabajar. Y ya me han quitado algunos puntos del carné.

«Qué sorpresa», pensó él.

Ella se desabrochó el cinturón y salió, no sin esfuerzo. Upperton tuvo que ofrecerle el brazo para evitar que se cayera hacia la carretera. No hacía falta ni que soplara en el alcoholímetro, pensó. Lo único que tenía que hacer era ponérselo a veinte metros, y el aparato reventaría.

Capítulo 16

Viernes, 9 de marzo de 1979

– Johnny! -le gritó su madre desde el dormitorio-. ¡Para eso! ¡Para ese ruido! ¿Me oyes?

El, de pie sobre la silla de su dormitorio, cogió otro de los clavos que sostenía entre los labios, lo colocó contra la pared y lo golpeó con el martillo. ¡Blam! ¡Blam! ¡Blam!

– ¡Johnny, para ese puto ruido de una vez! ¡Ahora mismo! ¡Para! -gritó ella.

Tendida en el suelo, perfectamente dispuesta, estaba su preciada colección de cadenas de cisterna. Tenía quince. Las había encontrado en contenedores de basura por todo Brighton (bueno, todas excepto dos, que había robado de algún baño).

Se sacó otro clavo de la boca. Lo situó en línea. Empezó a darle con el martillo.

Su madre se presentó en la habitación, apestando a aquel perfume, Shalimar. Llevaba una camisola de seda negra, medias de rejilla con ligas a medio poner, un maquillaje aplicado a la carrera y una peluca de rizos dorados un poco ladeada. Tenía puesto un zapato de tacón negro y llevaba el otro en la mano, levantado como un arma.

– ¿Me estás oyendo?

El no le hizo ningún caso y siguió clavando.

– ¿Es que estás sordo, joder? ¿Johnny?

– No me llamo Johnny -masculló con los clavos entre los labios, sin dejar de darle al martillo-. Me llamo Yac. Tengo que colgar mis cadenas.

Sosteniendo el zapato por la punta, le clavó el tacón contra el muslo. Con un gemido como el de un perro al azotarle, cayó de lado y se estrelló contra el suelo. Un momento después ella estaba de rodillas a su lado, soltándole una tunda de golpes con el afilado tacón del zapato.

– ¡No te llamas Yac, te llamas Johnny! ¿Lo entiendes? Johnny Kerridge.

Volvió a golpearle, una y otra vez. Y otra.

– ¡Soy Yac! ¡Es lo que dijo el médico!

– ¡Atontado! Hiciste que tu padre se fuera de casa y ahora me estás volviendo loca a mí. ¡El médico no dijo eso!

– ¡El médico escribió Yac!

– ¡El médico escribió Y.A.C. [2] en sus jodidas notas! ¡Porque eso es lo que eres: un niño autista, un niño autista inútil, imbécil y patético! Pero te llamas Johnny Kerridge. ¿Te enteras?

– ¡Me llamo Yac!

El se enroscó en un ovillo protector mientras ella levantaba de nuevo el zapato. La mejilla le sangraba por el impacto del tacón. Aspiró el denso y empalagoso perfume de su madre. Ella guardaba un gran frasco en su tocador y una vez le había dicho que era el perfume más elegante que podía llevar una mujer, y que tendría que estar contento de tener una madre con tanta clase. Pero ahora no estaba demostrando mucha clase.

Justo en el momento en que iba a golpearle otra vez, sonó el timbre de la puerta.

– ¡Oh, mierda! -exclamó ella-. ¿Ves lo que has hecho? ¡No me has dejado arreglarme a tiempo! ¡Estúpido! -Volvió a golpearle en el muslo, tan fuerte que le agujereó los vaqueros-. ¡Mierda, mierda, mierda!

Salió corriendo de la habitación, gritando:

– Ve a abrirle la puerta. ¡Dile que espere abajo! -dijo, y cerró la puerta del dormitorio de un portazo.

Yac se puso en pie, dolorido, y salió cojeando de la habitación. Caminó poco a poco, deliberadamente, sin ninguna prisa, y bajó la escalera de la casa adosada en la que vivían, en un extremo de la urbanización Whitehawk. Cuando llegó al último escalón, el timbre volvió a sonar.

– ¡Abre la puerta! -gritó su madre-. ¡Hazle pasar! No quiero que se vaya. ¡Lo necesitamos!

Con sangre en la cara, en la camiseta y en varios puntos de los pantalones, Yac fue hasta la puerta principal y la abrió sin demasiada convicción.

Apareció un hombre rechoncho y sudado, de aspecto torpe, con un traje gris que no le sentaba nada bien. Yac se lo quedó mirando. El hombre le devolvió la mirada y se ruborizó. El niño lo reconoció. Había venido antes, varias veces.

Se giró y gritó hacia el hueco de las escaleras:

– ¡Mamá! ¡Es ese hombre apestoso que no te gusta, que ha venido a follarte!

Capítulo 17

Sábado, 27 de diciembre de 1997

Rachael estaba tiritando. Una profunda y oscura sensación de terror la agitaba por dentro. Hacía tanto frío que le costaba pensar. Tenía la boca seca y se moría de hambre. De hambre y de sed. No tenía ni idea de qué hora sería: allí dentro estaba oscuro como boca de lobo, así que no podía ver el reloj ni podía saber si era de día o de noche.

¿La habría dejado allí para que muriera o volvería por ella? Tenía que escapar. De algún modo.

Aguzó el oído intentando distinguir algún ruido del tráfico que pudiera darle una pista de si era de día o de noche, o el chillido de alguna gaviota que le dijera si aún estaba cerca del mar. Pero lo único que oía era el sonido de una sirena muy lejana, muy de vez en cuando. Cada vez que la oía aumentaban sus esperanzas. ¿Estaría buscándola la Policía?

Claro que sí, ¿no?

Sin duda sus padres habrían denunciado su desaparición. Le habrían dicho a la Policía que no se había presentado a la comida de Navidad. Estarían preocupados. Los conocía, sabía que habrían ido a su piso a buscarla. No estaba segura siquiera de qué día era. ¿Veintiséis? ¿Veintisiete?

Los temblores iban a más, y el frío le iba penetrando cada vez más en los huesos. Pero no pasaba nada, pensó, mientras tiritase. Cuatro años antes, al acabar el instituto, había trabajado una temporada como lavaplatos en una estación de esquí francesa. Un esquiador japonés había tomado el último telesilla una tarde de ventisca. Los encargados del telesilla se habían confundido y, pensando que la última persona que había subido ya había bajado de la silla, apagaron la corriente. Por la mañana, cuando volvieron a darla, el japonés llegó arriba cubierto de hielo, desnudo y con una gran sonrisa en la cara.

Nadie podía entender por qué estaba desnudo y sonriendo. Pero un monitor de esquí del lugar con el que ella había tenido un breve flirteo le explicó que, durante las últimas fases de la hipotermia, la gente sufría alucinaciones, tenía la sensación de que hacía mucho calor y empezaba a quitarse la ropa.

Sabía que, de algún modo, tenía que mantener la temperatura, evitar la hipotermia. Así que hizo los únicos movimientos que podía, rodando a izquierda y derecha sobre la tela de arpillera. Rodando y rodando. Había momentos en que, totalmente desorientada por la oscuridad, se encontraba de costado y de bruces en el suelo, y otros en que caía de espaldas.

Tenía que salir. De algún modo. Tenía que hacerlo. ¿Cómo? Oh, Dios, ¿cómo?

No podía mover las manos ni los pies. No podía gritar. Tenía la piel de gallina por todo el cuerpo desnudo, como si millones de agujas le estuvieran perforando la piel.

«Por favor, Dios, ayúdame.»

Volvió a rodar y chocó contra el lateral de la furgoneta. Algo cayó con un sonoro clanggggg.

Entonces oyó un borboteo.

Olía a algo penetrante, empalagoso. Aceite para motores, concluyó. Que borboteaba. Glub… Glub… Glub…

Volvió a rodar. Una y otra vez. Acabó con la cara sobre aquel líquido apestoso, que le entró en los ojos, irritándolos y haciéndola llorar aún más.

Entonces cayó en la cuenta: ¡debía de proceder de una lata!

Estaba vertiéndose, así que la tapa de la lata se habría soltado. ¡El cuello de la lata sería fino y redondo! Volvió a girar y algo se movió bajo aquel pringue húmedo y apestoso, con un sonido metálico que rascaba contra el suelo.

Cataclong… Cataclong… Clangggg.

La inmovilizó contra el lateral de la furgoneta. La palpó, sintió que se movía, la hizo girar hasta ponerla plana, con la abertura hacia fuera. Entonces se apretó contra el afilado cuello. Sintió el fino borde cortándole la piel. Se revolvió para pegarse a la abertura, sacudiéndose, lentamente, con esfuerzo, y entonces notó que se le escapaba hacia un lado.

«¡No me hagas esto!»

Se retorció hasta que la lata volvió a moverse, hasta que sintió el áspero borde de la abertura otra vez; entonces lo presionó de nuevo, primero suavemente y luego con mayor fuerza, hasta inmovilizarlo. Empezó a moverse poco a poco, frotando lo que fuera con lo que le habían atado las manos. Hacia la derecha, izquierda, derecha, izquierda, durante una eternidad. De pronto, la presión en las muñecas se hizo menor, aunque solo fuera un poco.

No bastaba para darle esperanzas.

Siguió frotando, retorciéndose, frotando. Inspirando y espirando por la nariz. Aspirando los vapores nocivos y mareantes del aceite para motores. Tenía la cara, el rostro, todo el cuerpo empapado de aquel líquido.

La presión sobre sus muñecas se aflojó un poquito más.

Entonces, de pronto, oyó un fuerte sonido metálico y se quedó de piedra. «No, por favor, no.» Parecía la puerta del garaje al abrirse. Un momento más tarde oyó que se abrían las puertas traseras de la furgoneta. Un repentino destello de luz la cegó. Ella parpadeó. Sintió su mirada. Se quedó inmóvil, aterrorizada, preguntándose qué le iba a hacer.

Aparentemente, él se limitó a quedarse ahí, en silencio. Rachael oyó una respiración profunda que no era la suya. Intentó gritar, pero no pudo emitir ningún sonido.

Entonces la luz se apagó.

Oyó que se cerraban las puertas de la furgoneta. Otro fuerte sonido metálico, como la puerta del garaje al cerrarse.

Luego, el silencio.

Escuchó, sin tener claro si él seguía allí. Escuchó un buen rato antes de ponerse a frotar de nuevo las muñecas contra el cuello de la lata. Sentía que le cortaba la carne, pero no le importaba. Cuanto más frotara, más se aflojarían las ligaduras que le ataban las muñecas.

Capítulo 18

Sábado, 3 de enero de 2010

Garry Starling y su mujer, Denise, llevaban yendo al restaurante China Garden casi todos los sábados por la noche de los últimos doce años. Les gustaba la mesa junto a la escalera, a la derecha del comedor principal, la mesa donde él le había pedido matrimonio casi doce años atrás.

Estaba separada del resto del comedor por una baranda y ofrecía cierta intimidad, con lo que, ahora que Denise bebía cada vez más, podían mantenerse apartados del resto de los comensales, evitando que estos se enteraran de las frecuentes invectivas de ella (en su mayoría dirigidas a él mismo).

En general, ella ya estaba borracha antes de que salieran siquiera de casa, especialmente desde la ley del tabaco, que provocaba que se atizara buena parte de una botella de vino blanco y se fumara varios cigarrillos antes de salir, a pesar de los años que llevaba pidiéndole su marido que dejara de fumar. Luego salía tambaleándose hacia el taxi y, una vez en el restaurante, se tomaba uno o dos Cosmopolitans en la barra, antes de llegar a la mesa.

Llegado aquel punto, se abría la veda y ella empezaba a quejarse de los defectos que percibía en su marido. A veces eran los mismos de siempre, a veces otros nuevos. Todo aquello le resbalaba a Garry, que permanecía tranquilo y con cara de circunstancias, lo que solía provocar que ella se encendiera aún más. Era un obseso del control, eso les decía a sus amigas. Además de un jodido obseso del gimnasio.

La pareja con la que solían ir a cenar, Maurice y Ulla Stein, también bebía mucho y, acostumbrados a los ataques de Denise, solían seguirle la corriente. Además, su relación ya tenía sus propios problemas.

Aquella noche, primer sábado del nuevo año, Denise, Maurice y Ulla estaban bebiendo más aún de lo habitual. La resaca de la Nochevieja, que habían celebrado juntos en el hotel Metropole, ya era un recuerdo lejano. Pero también estaban un poco cansados, y Denise estaba inusitadamente apagada. Incluso estaba bebiendo un poco de agua, algo que, en general, ni tocaba.

Acababan de servir la tercera botella de Sauvignon Blanc. Mientras levantaba su copa, Denise observó a Garry, que había salido para responder a una llamada telefónica y ahora volvía, introduciendo el teléfono en el bolsillo superior.

Garry era de constitución ligera y tenía cara de pícaro, con un cabello corto y bien peinado que empezaba a clarear y a volverse gris. Sus grandes ojos redondos, situados bajo unas cejas arqueadas, le habían valido el apodo de Búho en el colegio. Ahora, alcanzada ya cierta edad, con sus pequeñas gafas montadas al aire, su elegante traje, su camisa impecable y una corbata sobria, tenía el aspecto de un científico que observara en silencio el mundo que tenía delante con una misteriosa mirada desapegada, como si fuera un experimento creado por él mismo en el laboratorio y que no le dejara completamente satisfecho.

A diferencia de su marido, Denise, que había sido una rubia esbelta de marcadas curvas en la época en que se habían conocido, últimamente se había ido hinchando. Aún era rubia, gracias a su peluquera, pero tantos años bebiendo se habían cobrado su precio. En opinión de Garry -aunque él nunca se lo diría, porque era muy reservado-, desnuda, tenía el tipo de un cerdo fofo.

– Lizzie, mi hermana -anunció Garry, en tono de disculpa, volviendo a tomar asiento-. Se ha pasado unas horas en comisaría: la han pillado conduciendo borracha. Solo quería asegurarme de que ha ido a verla un abogado y de que la lleven a casa.

– ¿Lizzie? ¡Será tonta! ¿Cómo se le ha ocurrido? -exclamó Denise.

– Sí, claro -replicó Garry-. Lo hizo a propósito, ¿verdad? ¡Déjala respirar, por Dios! Ha sufrido un matrimonio de mierda y ahora ese capullo le está haciendo pasar por un divorcio de mierda.

– Pobrecilla -dijo Ulla.

– Aún está muy por encima del límite. No le dejarán volver a casa en coche. No sé si debería ir y…

– ¡Ni se te ocurra! -respondió Denise-. Tú también has bebido.

– Hoy en día hay que tener un cuidado tremendo, con el alcohol y el coche -señaló Maurice, arrastrando las palabras-. Yo no lo haré. Me temo que no siento demasiada simpatía por la gente a la que pillan conduciendo borracha. -Luego, al ver la expresión hosca de su amigo, prefirió corregirse-: Salvo en el caso de Lizzie, por supuesto. -Y forzó una sonrisa.

Maurice había ganado una millonada construyendo residencias para ancianos. Su esposa, Ulla, era sueca. Se había implicado mucho en la lucha por la defensa de los derechos de los animales los últimos años, y no hacía mucho había encabezado un bloqueo en el puerto de Shoreham -el principal puerto de Brighton- para parar el trato inhumano que en su opinión se daba a las ovejas para la exportación. Garry había observado, especialmente en los últimos dos años, que los dos tenían cada vez menos cosas en común.

Había sido padrino de bodas de Maurice. En aquel tiempo deseaba en secreto a Ulla. Ella era la típica sueca de piernas largas y melena rubia. De hecho, había seguido deseándola hasta hacía poco, cuando ella había empezado a dejar de cuidarse. También había ganado peso y le había dado por vestirse de Madre Tierra, con blusones amplios, sandalias y abalorios hippies. Llevaba el pelo descuidado y parecía que se aplicaba el maquillaje como si fuera pintura de guerra.

– ¿Habéis oído hablar del efecto Coolidge? -dijo Garry.

– ¿Y eso qué es? -preguntó Maurice.

– Cuando Calvin Coolidge era presidente de Estados Unidos, fue a visitar una granja de pollos con su mujer. El granjero se sintió incómodo cuando un gallo empezó a follarse a una gallina delante de la señora Coolidge. Le pidió disculpas a la primera dama, pero ella le preguntó cuántas veces al día hacía eso el gallo. El granjero le dijo que decenas de veces. Ella se le acercó y le susurró: «¿Le importaría contárselo a mi marido?».

Garry hizo una pausa mientras Maurice y Ulla se reían. Denise, que ya había oído la anécdota antes, no hizo ningún gesto. Garry prosiguió:

– Entonces, un poco más tarde, Coolidge le preguntó al granjero sobre el gallo: «Dígame, ¿siempre se folla a la misma gallina?». El granjero contestó: «No, señor presidente, siempre es una diferente». Coolidge le susurró al hombre: «¿Le importaría contárselo a mi esposa?».

Maurice y Ulla aún seguían riéndose cuando llegaron el crujiente pato pequinés y las tortitas.

– ¡Esa me ha gustado! -dijo Maurice, que inmediatamente hizo un gesto de dolor al recibir una patada de Ulla bajo la mesa.

– Te toca un poco demasiado de cerca -comentó ella, ácida.

Maurice le había contado a Garry una serie de aventuras a lo largo de los años. Ulla se había enterado de más de una.

– Por lo menos el gallo practica el sexo como Dios manda -le dijo Denise a su marido-. No tiene que recurrir a esas cosas retorcidas con las que tú te corres.

Garry le sonrió implacablemente tras la máscara que se había creado, siguiéndole la corriente. Se hizo un incómodo silencio mientras aparecían las tortitas, la cebolleta y la salsa hoisin, y mientras el camarero cortaba el pato antes de retirarse.

Maurice se sirvió una tortita y enseguida intervino de nuevo, cambiando de tema:

– Bueno, ¿y cómo pinta el negocio este año, Garry? ¿Crees que la gente va a reducir gastos?

– ¿Cómo iba a saberlo? -interrumpió Denise-. Siempre está en ese campo de golf.

– ¡Claro que sí, cariño! -se defendió Garry-. Ahí es donde consigo nuevos clientes. Así es como construí mi negocio. Un día logré a la Policía como cliente, jugando al golf con un agente.

Garry Starling había empezado como electricista, trabajando para Chubb Alarms, como instalador. Luego lo había dejado y se había arriesgado a crear su propia empresa; al principio trabajaba desde un minúsculo despacho en el centro de Brighton. Había escogido el mejor momento, ya que era cuando el negocio de la seguridad empezaba a dispararse.

Era una fórmula que no fallaba. Aprovechaba que era socio del club de golf, del Round Table y del Rotary Club para venderle el producto a todo el que encontraba. A los pocos años de empezar en el negocio, ya había creado Sussex Security Systems y Sussex Remote Monitoring Services, que se habían convertido en uno de los mayores negocios de seguridad de la zona de Brighton, tanto en instalaciones domésticas como comerciales.

– En realidad el negocio va bien -dijo, dirigiéndose a Maurice-. ¿Qué tal tú?

– ¡A tope! -respondió Maurice-. ¡Increíble, pero cierto! -Levantó la copa-. ¡Bueno, salud para todos! ¡Por un año brillante! No llegamos a brindar en Nochevieja, ¿verdad, Denise?

– Sí, bueno, lo siento. No sé qué me dio. Debió de ser la botella de champán que nos tomamos en la habitación mientras nos cambiábamos.

– Que «tú» te tomaste -la corrigió Garry.

– ¡Pobrecilla! -dijo Ulla.

– Aun así -comentó Maurice-, Garry hizo todo lo que pudo para beberse lo suyo y lo tuyo en la fiesta, ¿verdad, campeón?

– Sí, bueno, hice un esfuerzo supremo -concedió Garry, sonriendo.

– Vaya si lo hizo -confirmó Ulla-. ¡Estaba bien cocido!

– Oye, ¿habéis leído hoy el Argus? -dijo Maurice, cambiando de tono de pronto.

– No -respondió Garry-. Todavía no lo he leído. ¿Por qué?

– ¡Se ve que violaron a una mujer en el hotel! ¡Mientras nosotros estábamos de fiesta! ¡Increíble!

– ¿En el Metropole? -preguntó Denise.

– ¡Sí! En una habitación. ¿No es increíble?

– Estupendo -dijo ella-. Es genial saber que tu atento marido está poniéndose de alcohol hasta las cejas mientras su esposa está en la cama, sola, con un violador suelto por ahí.

– ¿Qué decía el periódico? -dijo Garry, haciendo caso omiso.

– No mucho… Solo unas líneas.

– No pongas esa cara de culpabilidad, cariño -insistió Denise-. Tú no podrías mantenerla tiesa el tiempo suficiente para violar a una pulga.

Maurice se afanó en llenar su tortita con tiras de carne de pato.

– A menos que ella llevara tac…, ¡ay! -gritó.

Garry le había dado una buena patada bajo la mesa, para que se callara.

Capítulo 19

Sábado, 27 de diciembre de 1997

Rachael no notaba siquiera el dolor. No sentía las muñecas, atadas a la espalda, por efecto del frío, y ella seguía serrando, desesperadamente, frotando adelante y atrás contra el afilado borde de la lata de aceite. Tenía el culo dormido y sentía repetidos calambres bajo la pierna derecha. Pero no hizo caso de nada de aquello. Solo le interesaba cortar. Cortar. Cortar, presa de la desesperación.

Era la desesperación lo que la impulsaba. La desesperación por liberarse antes de que él volviera. La desesperación por beber agua. La desesperación por comer. La desesperación por hablar con sus padres, por oír sus voces, por poder decirles que estaba bien. Lloraba, vertiendo lágrimas al tiempo que cortaba, se retorcía, se apretaba.

Entonces, con gran alegría, sintió que la separación entre sus muñecas se había ampliado ligeramente. Sentía que las ligaduras se iban aflojando. Cortó aún con más fuerza y notó que se aflojaban cada vez más.

Y se encontró con las manos libres.

Casi sin creérselo, fue separándolas cada vez más en la oscuridad, como si de pronto algo pudiera unirlas de nuevo y fuera a descubrir que aquello no era más que una ilusión.

Los brazos le dolían muchísimo, pero no le preocupaba. La mente le iba a toda velocidad.

«Estoy libre.»

«Va a volver.»

«Mi teléfono. ¿Dónde está mi teléfono?»

Tenía que llamar pidiendo ayuda. Solo que no sabía dónde se encontraba. ¿Podían localizarte por la posición del teléfono? No lo creía. Lo único que podría decirles, hasta que pudiera abrir la puerta y orientarse, era que estaba dentro de una furgoneta, en un garaje de algún lugar de Brighton, o quizá de Hove.

Aquel hombre podía volver en cualquier momento. Tenía que soltarse las piernas. En la oscuridad, tanteó el espacio en busca de su teléfono, su bolso, cualquier cosa. Pero no había más que una capa de aceite para motores, viscoso y apestoso. Se echó hacia delante, hacia los tobillos, y sintió la cinta de PVC que tenía alrededor, atada con tanta fuerza que tenía la solidez de un molde de escayola. Entonces se llevó las manos a la cara, para ver si podía quitarse la mordaza y al menos gritar pidiendo ayuda.

Pero eso no sería muy inteligente.

La cinta que le tapaba la boca estaba igual de tensa. Consiguió agarrar el borde con dificultad, con los dedos resbaladizos por el aceite, y se la arrancó, tan agitada que casi no sentía el dolor. Entonces intentó buscar el borde de la cinta que le ataba las piernas, pero los dedos le temblaban tanto que no lo encontraba.

El pánico la atenazaba.

«Tengo que escapar.»

Intentó ponerse en pie, pero, con los tobillos atados, en su primer intento cayó de lado y se golpeó la frente con algo duro. Un momento más tarde sintió un líquido que le entraba en el ojo. Sangre, supuso. Tomó aire y se puso de lado, sentada contra el lateral de la furgoneta y luego, intentando agarrarse al suelo con los pies desnudos, empezó a ponerse derecha. Pero los pies seguían resbalando en el aceite, que había convertido el suelo en una pista de patinaje.

Tanteó a su alrededor hasta encontrar la arpillera en la que había estado tirada; puso los pies encima y volvió a intentarlo. Esta vez consiguió un agarre mejor. Poco a poco, empezó a erguirse. Consiguió ponerse en pie, hasta darse con la cabeza en el techo de la furgoneta. Luego, totalmente desorientada por la total oscuridad, cayó de lado con gran estruendo. Algo le golpeó en el ojo con la fuerza de un martillo.

Capítulo 20

Sábado, 3 de enero de 2010

La unidad de datos del salpicadero emitió un pitido que sobresaltó a Yac, que había aparcado en el paseo marítimo, cerca del Brighton Pier, para beberse su taza de té. Era su taza de té de las 23.00. De hecho llegaba diez minutos tarde, porque la lectura del periódico le había absorbido por completo.

Miró la pantalla. Era una llamada de la centralita que decía: «Rest. China Garden. Preston St. 2 pas. Starling. Dest: Roedean Cresc.».

El China Garden estaba a un paso. Conocía el destino. Podía visualizarlo, igual que cada calle y cada vivienda en Brighton y Hove. Roedean Crescent estaba sobre los acantilados, al este de la ciudad. Todas las casas eran grandes, independientes y con personalidad propia, tenían buenas vistas del puerto deportivo y del canal. Casas de gente rica.

El tipo de gente que se podía permitir zapatos elegantes.

Presionó el botón de recepción, confirmando que aceptaba el servicio, y siguió dando sorbitos a su té y leyendo el periódico que se habían dejado en el taxi.

Aún estarían acabando de cenar. Cuando alguien pedía un taxi en un restaurante, daba por sentado que tendría que esperar, por lo menos un cuarto de hora si se trataba del centro de Brighton, en un sábado por la noche. Y además, no podía dejar de leer una y otra vez la noticia sobre la violación de la mujer en el Metropole en Nochevieja. Estaba fascinado.

Por los retrovisores veía las luces de colores del parque de atracciones. Lo sabía todo sobre aquellas luces. Había trabajado allí como electricista, en el equipo de reparación y mantenimiento de las atracciones. Pero le despidieron. Por el mismo motivo por el que solían despedirle: por perder los nervios con alguien. Aún no le había pasado en el taxi, pero una vez había salido y se había puesto a gritar a otro conductor que había parado en una parada de taxi justo delante de él.

Se acabó el té, dobló el periódico y volvió a meter la taza en la bolsa de plástico junto al termo. Luego dejó la bolsa en el asiento delantero.

– ¡Vocabulario! -dijo en voz alta. Y empezó sus comprobaciones.

Primero, los neumáticos. Luego encender el motor y dar las luces. Nunca al revés, porque si tenía poca batería, las luces podían consumir la energía necesaria para arrancar el motor. Eso se lo había enseñado el dueño del taxi. Especialmente en invierno, cuando la batería sufría más. Y ahora era invierno.

Cuando arrancó el motor, comprobó el indicador de combustible. Tres cuartos de depósito. Luego la presión del aceite. Luego la temperatura. El climatizador estaba puesto a veinte grados, como le habían enseñado. En un termómetro exterior vio que estaban a dos grados Celsius. Una noche fría. Ajá.

Miró en el retrovisor, comprobó que llevaba puesto el cinturón, puso el intermitente, se integró en el tráfico y llegó hasta el cruce, donde el semáforo estaba en rojo. Cuando cambió a verde giró a la derecha por Preston Street y casi inmediatamente se paró junto a la acera, frente a la puerta del restaurante.

Dos gamberros muy borrachos bajaban por la calle en su dirección. Al llegar al taxi, dieron unos golpecitos en la ventanilla y le preguntaron si estaba libre para llevarlos a Coldean. No estaba libre, les dijo, esperaba pasajeros. Mientras se alejaban, se preguntó si en casa tendrían váter de cisterna alta o baja. De pronto le pareció muy importante saberlo. Estaba a punto de salir del coche e ir corriendo tras ellos para preguntárselo cuando por fin se abrió la puerta del restaurante.

Salieron dos personas. Un hombre delgado con un abrigo oscuro y una bufanda alrededor del cuello y una mujer agarrada a su brazo, haciendo equilibrios sobre los tacones; daba la impresión de que, si él la soltaba, se caería. Y por la altura de los tacones, la caída sería dura.

Eran unos bonitos tacones. Bonitos zapatos.

¡Y tenía su dirección! Le gustaba saber dónde vivían las mujeres que llevaban zapatos tan bonitos. Ajá.

Yac bajó la ventanilla. No quería que el hombre golpeara en la ventanilla.

– ¿Taxi para Starling? -preguntó el hombre.

– ¿Rodean Crescent? -respondió Yac.

– ¡Sí, señor!

Se subieron al coche.

– Al sesenta y siete de Rodean Crescent -dijo el hombre.

– Sesenta y siete de Rodean Crescent -repitió Yac. Le habían enseñado que siempre convenía repetir la dirección claramente.

El coche se llenó de los olores a alcohol y perfume. Shalimar, lo reconoció al instante. El perfume de su infancia. El que siempre llevaba su madre. Entonces se giró hacia la mujer.

– Bonitos zapatos -dijo-. Bruno Magli.

– Sí -masculló ella.

– Talla cuatro -añadió.

– Eres un experto en zapatos, ¿eh? -preguntó la mujer, sarcástica.

Yac miró el rostro de la mujer en el espejo. Estaba muy erguida. No tenía la cara de alguien que se lo hubiera pasado bien. Ni de alguien muy agradable. El hombre tenía los ojos cerrados.

– Zapatos -dijo Yac-. Ajá.

Capítulo 21

Sábado, 27 de diciembre de 1997

Rachael se despertó sobresaltada. Sentía un dolor punzante en la cabeza. Desorientada, por un instante tuvo la cruel ilusión de encontrarse en casa, en su cama, con una resaca de campeonato. Entonces sintió la dura superficie de metal. La tela de arpillera. La peste a aceite de motor. Y la realidad irrumpió en su conciencia, despertándola del todo y sumiéndola en una oscura espiral de terror.

El ojo derecho le dolía una barbaridad. Aquello era una agonía. ¿Cuánto tiempo había pasado ahí tirada? El hombre podía regresar en cualquier momento, y si lo hacía, vería que se había soltado las muñecas. Volvería a atárselas y probablemente le daría un escarmiento. Tenía que soltarse las piernas y correr, ahora, mientras aún tenía alguna posibilidad.

«Oh, Dios mío, por favor, ayúdame.»

Tenía los labios tan secos que se le abrían en dolorosas grietas cuando intentaba moverlos. Sentía la lengua como si tuviera una bola de pelo metida en la boca. Aguzó el oído por un momento, para asegurarse de que no había nadie alrededor. Lo único que pudo oír fue el sonido de una sirena distante, y una vez más se preguntó, con un atisbo de esperanza, si sería una patrulla policial que había salido en su busca.

Pero ¿cómo iban a encontrarla allí dentro?

Rodó por el suelo hasta que notó el lateral de la furgoneta, se agarró para erguirse y empezó a buscar con las uñas el borde de la cinta adhesiva que tenía alrededor de los tobillos, tanteando el PVC untado de aceite en busca de un punto de agarre.

Por fin lo encontró y, muy despacio, con cuidado, fue levantando el borde de la cinta hasta que tuvo una tira ancha. Empezó a tirar de ella; la cinta empezó a despegarse con una serie de agudos ruidos. Luego, con una mueca de dolor, separó el último trozo de la piel de los tobillos.

Agarrándose a la tela de arpillera empapada, consiguió ponerse en pie, estiró las piernas y se las frotó para recuperar la sensibilidad, y avanzó a tientas hasta la puerta trasera de la furgoneta. De pronto soltó un chillido de dolor al pisar algo afilado, una tuerca o un tornillo. Tanteó las puertas traseras en busca de una manilla. Encontró un vástago metálico vertical y pasó las manos por encima hasta que encontró la manilla. Intentó apretar hacia abajo. No pasó nada. Lo intentó hacia arriba, pero tampoco se movía.

Se dio cuenta de que estaba cerrada con llave. El corazón se le encogió en el pecho.

«No. Por favor, no. Por favor, no.»

Se giró y se dirigió a la parte delantera. Su respiración agitada resonaba en la caverna metálica del interior de la furgoneta. Encontró la parte trasera del asiento del acompañante, se encaramó torpemente y luego pasó los dedos por el borde de la ventanilla hasta que encontró el seguro. Lo agarró todo lo fuerte que pudo con los dedos untados en aceite y tiró.

Aliviada, notó que subía sin problemas.

Entonces tanteó en busca de la manilla, tiró de ella y empujó con todas sus fuerzas la puerta, casi cayendo de bruces en el suelo de cemento al abrirse. Al mismo tiempo se encendió la luz interior de la furgoneta.

Con aquella tenue luz pudo por fin ver el interior de su prisión. Pero no había mucho. Solo unas cuantas herramientas que colgaban de clavos en la pared desnuda. Un neumático. Agarró la tela de arpillera y corrió junto a la furgoneta, hacia la puerta del garaje, con el corazón en un puño. De pronto la arpillera se enganchó con algo y, al tirar de ella, diversos objetos cayeron al suelo con un gran ruido metálico. Ella hizo una mueca pero siguió adelante, hasta llegar a la puerta de bisagra.

Había una manilla doble en el centro, fijada con cables al mecanismo situado en lo alto de la puerta. Intentó girar la manilla, primero a la derecha y luego a la izquierda, pero no se movió. Debía de estar cerrada desde el exterior. Con el pánico a flor de piel, agarró el cable y tiró de él. Pero tenía los dedos resbaladizos y no consiguió nada.

Desesperada, golpeó la puerta con el hombro, haciendo caso omiso al dolor. Pero no pasó nada. Presa del miedo y de una desesperación creciente, volvió a intentarlo. Resonó un sonoro booommmmm metálico.

Yluego otro.

Y otro.

«Por favor, Dios, alguien tiene que oír esto. Por favor, Dios. Por favor.»

Entonces, de pronto, la puerta se abrió, asustándola, casi tirándola hacia atrás.

Allí fuera, rodeado de la luz cegadora de la calle, estaba él, mirándola inquisitivamente.

Ella le devolvió la mirada, aterrorizada. Escrutó a toda velocidad el exterior, esperando con desesperación que pasara alguien, preguntándose si tendría fuerzas para esquivarlo y salir corriendo.

Pero antes de que tuviera ocasión, él le propinó un puñetazo bajo la barbilla. Salió despedida hacia atrás con tal fuerza que la cabeza impactó sonoramente contra la parte trasera de la furgoneta.

Capítulo 22

Lunes, 29 de diciembre de 1997

Aquella mañana el sargento Roy Grace se sorprendió ante la cantidad de gente concentrada en la sala de reuniones de la planta superior de la comisaría de John Street, en Brighton. A pesar del frío que hacía fuera, allí dentro parecía que faltaba el aire.

Las personas desaparecidas no solían despertar gran atención, pero en aquella época del año había pocas noticias. La epidemia de gripe aviar en Hong Kong era uno de los pocos titulares de impacto a los que podían recurrir los periodistas entre las fiestas de Navidad y la próxima celebración del Año Nuevo.

Pero la historia de la joven desaparecida, Rachael Ryan, que había coincidido con la serie de violaciones que habían tenido lugar en la ciudad el último par de meses, había despertado la imaginación de los medios, no solo locales, sino también nacionales. Y el Argus, por supuesto, estaba poniéndose las botas con la entrada del nuevo año y el Hombre del Zapato suelto por Brighton.

Reporteros de prensa, radio y televisión ocupaban todas las sillas, y también el resto del espacio de la abarrotada sala sin ventanas. Grace se sentó, perfectamente trajeado, tras una mesa en la tarima que había delante, junto al inspector jefe Jack Skerritt, perfectamente uniformado y apestando a tabaco de pipa, y el jefe del gabinete de prensa de la Policía, Tony Long.

Tras ellos había un tablero azul con el emblema de la Policía de Sussex, y a su lado una fotografía ampliada de Rachael Ryan, y la mesa estaba cubierta de micrófonos y grabadoras. De allí salía un manojo de cables que iban por el suelo hasta las cámaras de televisión de BBC South Today y de Meridian Broadcasting.

Entre los clics de las cámaras y las constantes ráfagas de flashes, Skerritt procedió a presentar a sus colegas en el estrado; luego, con su voz rotunda leyó la declaración que tenía preparada: «La noche del 24 al 25, una vecina de Brighton de veintidós años, Rachael Ryan, desapareció, según ha denunciado su familia, que la esperaba a cenar el día de Navidad. No se sabe nada de ella desde entonces. Sus padres nos han informado de que eso es del todo inhabitual en la chica. Nos preocupa la integridad de esta señorita y le pediríamos a ella o a cualquiera que tenga información sobre ella que contacte con el Centro de Investigaciones de la comisaría de Brighton con la máxima urgencia».

Phil Mills, tenaz reportero de sucesos del Argus con gafas y una calvicie incipiente, vestido con un traje oscuro y con su portátil sobre las rodillas, hizo la primera pregunta:

– Inspector jefe, ¿sospecha la Policía de Brighton que la desaparición de esta joven pueda tener alguna conexión con la Operación Houdini y con el violador al que apodaron «el Hombre del Zapato»?

Aquello despertó una furia silenciosa tanto en Skerritt como en Grace. Aunque la Policía lo conocía como el Hombre del Zapato, su modus operandi se había mantenido en secreto, como era habitual, para evitar tener que tratar con los típicos pesados que llaman confesando el crimen o asegurando que conocen al culpable. Grace veía que Skerritt se debatía entre negar o no el apodo. Pero estaba claro que había decidido que ahora ya era de dominio público y que tenían que aguantarse.

– No tenemos ninguna prueba que sugiera eso -replicó, seco y tajante.

Jack Skerritt era un popular y diligente miembro del Departamento de Investigación Criminal. Un policía duro, seco y directo con casi veinte años de experiencia, de porte militar y rostro duro, con el pelo castaño y brillante, muy corto. A Grace le gustaba, aunque le ponía algo nervioso porque era muy exigente con sus agentes y no pasaba por alto los errores. Pero había aprendido mucho trabajando con él. Skerritt era el tipo de policía que le gustaría llegar a ser algún día.

De inmediato, otra periodista levantó la mano:

– Inspector jefe, ¿puede explicarnos más detalladamente qué quiere decir lo del «Hombre del Zapato»?

– Creemos que el individuo que ha atacado a varias mujeres de la zona de Brighton durante los últimos meses tiene un interés anormal por los zapatos de mujer. Es una de las diversas líneas de investigación que estamos siguiendo.

– Pero eso no lo han mencionado en público antes.

– No, no lo hemos dicho -respondió Skerritt-. Como he explicado, es solo una línea de trabajo.

Mills volvió al ataque:

– Las dos amigas que salieron con Rachael en Nochebuena dicen que ella tenía una obsesión especial por los zapatos y que se gastaba una parte desproporcionada de sus ingresos en ellos. Entiendo que el Hombre del Zapato ataca específicamente a mujeres que llevan lo que llamaríamos «zapatos de diseño».

– En Nochebuena, todas las jovencitas de Brighton y Hove salen con sus mejores galas -replicó Skerritt-. Repito que, en esta fase de nuestra investigación, no tenemos ninguna prueba que sugiera conexión alguna con las violaciones del Hombre del Zapato en esta zona.

Una reportera que Grace no reconoció levantó la mano. Skerritt le dio la palabra con un gesto de la cabeza.

– A la desaparición de Rachael Ryan le han asignado el nombre de Operación Crepúsculo. La creación de una operación formal hace pensar que se toman el caso más en serio que una desaparición normal y corriente. ¿Es eso correcto?

– Nos tomamos en serio todas las desapariciones. Pero hemos elevado el estatus de esta investigación en particular a la categoría de incidente grave.

Un periodista de una radio local levantó la mano:

– Inspector jefe, ¿tienen alguna pista en la búsqueda del Hombre del Zapato?

– En esta fase del caso, como he dicho antes, estamos siguiendo varias líneas de investigación. Se ha registrado una repuesta sustancial de la gente. Mi equipo está estudiando todas las llamadas al Centro de Investigaciones.

– Pero ¿no preparan ninguna detención?

– En esta fase, eso es correcto.

Entonces un periodista que Grace reconoció como corresponsal de varios periódicos nacionales levantó la mano:

– ¿Qué acciones está llevando a cabo actualmente la Policía de Brighton para encontrar a Rachael Ryan?

– Tenemos a cuarenta y dos agentes desplegados en su busca. Están realizando búsquedas casa por casa en su barrio y por la ruta que creemos que tomó para volver a casa. Estamos buscando en todos los garajes, almacenes y edificios vacíos de las proximidades. Hemos recibido datos importantes de un vecino de Kemp Town, el barrio de la señorita Ryan, que afirma haber visto cómo metían a la fuerza a una joven en una furgoneta blanca durante la madrugada de Navidad -explicó Skerritt; luego estudió el rostro del periodista unos momentos, como si lo considerara sospechoso, y se dirigió de nuevo a todos los presentes-. Por desgracia, solo tenemos parte de la matrícula de la furgoneta, dato con el que estamos trabajando, pero le pedimos a cualquiera que crea que puede haber visto una furgoneta blanca en las proximidades de Eastern Terrace la noche del 24 o la madrugada del 25 que se ponga en contacto con nosotros. Al final de esta rueda de prensa les daré el número de teléfono del Centro de Investigaciones. También esperamos tener noticias de cualquiera que haya podido ver a esta joven de camino a casa -añadió, señalando una serie de fotografías de Rachael Ryan obtenidas a través de sus padres.

Hizo una breve pausa y se dio una palmadita en el bolsillo, como para comprobar que su pipa seguía ahí; luego continuó:

– Rachael llevaba un abrigo negro de tres cuartos sobre una minifalda, y zapatos negros de piel de tacón alto. Estamos intentando definir la ruta exacta que siguió para ir a casa desde el momento en que la vieron por última vez, en la parada de taxis de East Street, poco después de las dos de la madrugada.

Un hombre diminuto pero robusto, con el rostro oscurecido en gran parte por una barba desaliñada, levantó un dedo corto y regordete:

– Inspector jefe, ¿les han llevado ya a algún sospechoso sus investigaciones sobre el Hombre del Zapato?

– Lo único que puedo decir en esta fase es que estamos siguiendo algunas pistas interesantes y que agradecemos la colaboración ciudadana.

El hombre rechoncho coló una segunda pregunta con gran rapidez:

– El caso de Rachael Ryan parece suponer un distanciamiento de la política habitual de la Policía -expuso-. No suelen actuar con tanta rapidez ante una denuncia de desaparición. ¿Sería correcto decir que están suponiendo que pueda tener alguna relación con el Hombre del Zapato (la Operación Houdini) aunque no lo hayan anunciado públicamente?

– No, no sería correcto -respondió Skerritt, tajante.

Una reportera levantó la mano.

– ¿Nos puede indicar alguna otra línea de investigación que estén siguiendo en el caso de Rachael Ryan, inspector jefe?

Skerritt se giró hacia Roy Grace.

– Mi colega el sargento Grace está organizando una reconstrucción de los tramos del recorrido de Rachael hasta su casa de los que podemos estar razonablemente seguros. La recreación se hará el miércoles a las 19.00.

– ¿Quiero eso decir que no creen que la vayan a encontrar hasta entonces? -preguntó Phil Mills.

– Quiere decir lo que he dicho -replicó Skerritt, que ya había tenido varios encontronazos con aquel reportero. Luego le hizo un gesto a su colega con la cabeza.

Era la primera vez que Roy hablaba en una conferencia de prensa y de pronto se puso nerviosísimo.

– Tenemos una agente de altura y constitución similares a las de Rachael Ryan, que se vestirá de modo similar y que seguirá la ruta que creemos que la chica siguió la noche (o la madrugada) de su desaparición. Le pediría a todos los que estaban por la calle la madrugada del día 25 que dedicaran un momento a repasar sus movimientos, por si les viene a la mente algún recuerdo.

Cuando acabó, estaba sudando. Skerritt le hizo un breve gesto de aprobación.

Aquellos periodistas iban en busca de alguna historia que los ayudara a vender sus periódicos, o que atrajera oyentes a su emisora, o público a sus canales de televisión. El interés de Grace y Skerritt era otro: mantener la seguridad en las calles de Brighton y Hove, o por lo menos conseguir que sus habitantes se «sintieran» seguros en un mundo que nunca había sido seguro y que nunca lo sería. No mientras la naturaleza humana siguiera siendo la que él había llegado a conocer trabajando de policía.

Había un depredador suelto por las calles. El reinado del terror del Hombre del Zapato había hecho que no hubiera ni una mujer en Brighton que pudiera sentirse tranquila. No había ni una sola mujer que no mirara hacia atrás, que no cerrara la puerta con la cadena de seguridad, que no se preguntara si no sería ella la siguiente.

Roy no estaba implicado en el caso del Hombre del Zapato, pero tenía cada vez más la sensación de que la Operación Houdini y la búsqueda de Rachael Ryan eran una misma cosa.

«Vamos a cogerte, Hombre del Zapato. Cueste lo que cueste», prometió en silencio.

Capítulo 23

Lunes, 29 de diciembre de 1997

Rachael estaba en un helicóptero con Liam. Con su larga melena y aquella cara de niño enfurruñado, se parecía muchísimo a Liam Gallagher, de Oasis, su grupo favorito. Estaban atravesando el Gran Cañón. Tenían las rocas rojizas del despeñadero a ambos lados, muy cerca, peligrosamente cerca. Por debajo, muy por debajo de ellos, el agua del río, de un azul metálico, se abría paso por un desfiladero de bordes recortados.

Agarró la mano de Liam. Él le cogió la suya. No podían hablarse porque tenían los auriculares puestos para escuchar los comentarios del piloto. Ella se giró y articuló un «te quiero» con la boca. Él le dedicó una sonrisa que quedó algo rara, con el micrófono oscureciéndole la boca en parte, y le respondió con otro «te quiero».

El día anterior habían visto una capilla de bodas exprés. Bromeando, él la había arrastrado hasta el interior de la capilla, pintada de dorado. Había bancos a ambos lados del pasillo y dos jarrones algo rancios con flores que hacían las veces de altar. Pegada a la pared había una vitrina que contenía una botella de champán y un bolso blanco con el asa de flores, y en otra había una cesta blanca vacía y unos grandes cirios blancos.

– Podríamos casarnos -propuso él-. Hoy mismo. ¡Ahora!

– No seas tonto -replicó ella.

– No soy tonto. ¡Lo digo en serio! ¡Hagámoslo! ¡Volveríamos a Inglaterra como el señor y la señora Hopkirk!

Ella se preguntó qué habrían dicho sus padres. Se enfadarían. Pero era tentador. Sentía una intensa felicidad. Aquel era el hombre con el que quería pasar el resto de su vida.

– Señor Liam Hopkirk, ¿se me está declarando?

– No, no exactamente… Pero estoy pensando, ya sabes, que tendría gracia mandar al carajo todo eso de las damas de honor y toda la parafernalia que lleva consigo una boda. Sería divertido, ¿no? Los sorprenderíamos a todos.

Iba en serio. Rachael estaba sorprendida. ¡Lo decía de verdad! Sus padres quedarían destrozados. Recordó cuando era niña y se sentaba en el regazo de su padre. Su padre, que le decía lo guapa que era, lo orgulloso que estaría un día, cuando la llevara del brazo al altar, el día de su boda.

– No puedo hacerles esto a mis padres.

– ¿Significan más que yo?

– No es eso. Es que…

La cara de Liam se oscureció. Volvía a enfurruñarse.

El cielo se oscureció. De pronto el helicóptero se hundía. Las paredes se volvían oscuras y pasaban a toda velocidad al otro lado del cristal en forma de burbuja. El río que tenían debajo se acercaba a toda velocidad.

Ella gritó.

La oscuridad total. ¡Oh, Dios!

Sentía un dolor insoportable en la cabeza. Entonces vio una luz. El tenue brillo de la lámpara del piloto auxiliar de la furgoneta. Oyó una voz. No era Liam, sino aquel hombre, que la miraba desde arriba.

– Apestas -le dijo-. Estás haciendo que mi furgoneta apeste.

La realidad volvió como un mazazo. El terror volvía a colarse por cada célula de su cuerpo. «Agua. Por favor. Agua.» Levantó la vista, muerta de sed, agotada y mareada. Intentó hablar, pero de la garganta no le salió más que un leve gemido.

– No me sirves para el sexo. Me das asco. ¿Sabes lo que quiero decir?

Un resquicio de esperanza se iluminó en su interior. A lo mejor acababa soltándola. Intentó de nuevo emitir un sonido coherente. Pero su voz no era más que un murmullo sordo y hueco.

– Debería soltarte.

Ella asintió.

«Sí, por favor. Por favor. Por favor», quiso decir.

– Pero no puedo soltarte, porque me has visto la cara -rectificó.

Ella le rogó con la mirada.

«No se lo diré a nadie. Por favor, déjame marchar. No diré una palabra.»

– Podrías hacer que me pasara el resto de mi vida entre rejas. ¿Sabes lo que le hacen a la gente como yo en la cárcel? No es agradable. No puedo arriesgarme.

La presión que sentía en el estómago a causa del miedo se le extendió como un veneno por la sangre. Temblaba de terror, gimoteando.

– Lo siento -dijo él, y realmente parecía que lo sentía. Su tono era de verdadera disculpa, como quien te pisa sin querer en un bar atestado de gente-. Sales en el periódico. Estás en primera plana en el Argus. Hay una fotografía tuya. Rachael Ryan. Bonito nombre.

La miró desde lo alto. Parecía enfadado. Y enfurruñado. Y apenado.

– Siento que me vieras la cara -dijo-. No deberías haber hecho eso. No ha sido inteligente por tu parte, Rachael. Todo podría haber sido muy diferente. ¿Sabes lo que quiero decir?

Capítulo 24

Lunes, 5 de enero de 2010

El Equipo de Casos Fríos, recién formado, era una de las responsabilidades de Roy en la Brigada de Delitos Graves. Tenía su sede en un despacho insuficiente de la Oficina de Incidentes Graves, en la primera planta de la Sussex House, con vistas al patio, ocupado por contenedores de basura, el generador de emergencia y los vehículos de la Policía Científica; más allá, las celdas de custodia le tapaban gran parte de la luz natural.

Roy siempre había pensado que había pocas cosas en el mundo que pudieran crear tanto papeleo como una investigación de Delitos Graves. El suelo, enmoquetado de gris, estaba cubierto con montones de cajas verdes y azules etiquetadas con nombres de operaciones, además de libros de referencias, manuales de formación y un tomo que, por sí solo, hacía de tope de puerta: Guía práctica de homicidios.

Casi cada centímetro de la superficie de las tres mesas estaba cubierto con ordenadores, teclados, teléfonos, archivadores, bandejas, agendas Rolodex, tazas y efectos personales. Había post-its por todas partes. Y dos mesillas auxiliares visiblemente combadas bajo el peso de los archivos que soportaban.

Las paredes estaban cubiertas de recortes de prensa sobre algunos de los casos, fotografías y viejos carteles de búsqueda de sospechosos que aún campaban a sus anchas. Uno mostraba a una adolescente sonriente de cabello oscuro, con este texto por encima:

¿Ha visto a esta mujer?

Recompensa: 500 £

También había un cartel en blanco y negro de la Policía de Sussex que mostraba a un hombre de aspecto amable, con una gran sonrisa y una mata de pelo rebelde. Decía:

Policía de Sussex

Asesinato de Jack (John) Baker

John Baker fue asesinado en Worthing (sussex)

el 8/9 de enero de 1990

¿Lo conocía? ¿Ha visto alguna vez a este hombre?

Si tiene alguna información,

contacte por favor con el centro de investigaciones

(teléfono: 0903-30821)

o con cualquier comisaría de policía.

Había bocetos hechos a mano de las víctimas y de los sospechosos, algunos retratos robot hechos por ordenador, uno de ellos de un sospechoso de violación, con diferentes sombreros y capuchas, con y sin gafas.

Al frente de la nueva unidad de casos fríos estaba Jim Doyle, que era quien respondía directamente ante Grace. Doyle era un exsuperintendente en jefe con el que Grace había trabajado muchos años atrás, un hombre alto y de aspecto reflexivo y con un físico que no dejaba entrever su fuerza mental (y física). Tenía más aspecto de distinguido académico que de policía. Sin embargo, su carácter firme e imperturbable, así como su mente inquieta y su precisión en el enfoque ante cualquier cosa le habían convertido en un policía tremendamente efectivo: había participado en la resolución de muchos de los más graves crímenes violentos del condado durante sus treinta años de carrera. En el cuerpo lo conocían como Popeye, en referencia a su homónimo, Jimmy Doyle, Popeye, el personaje de The french connection.

Los dos colegas de Doyle también tenían una larga experiencia. Eamon Greene, un tipo serio y tranquilo, había sido campeón de ajedrez sub-16 de Sussex y ahora era un gran maestro, que aún jugaba y ganaba torneos. Antes de retirarse, con solo cuarenta y nueve años, y de volver más tarde al cuerpo como civil, había alcanzado el rango de superintendente en la Brigada de Delitos Graves del Departamento de Investigaciones Criminales. Brian Foster, exinspector jefe conocido como Fossy, era un hombre delgado de sesenta y tres años, con el pelo muy corto y unos rasgos infantiles y atractivos, pese a su edad. El año anterior había corrido cuatro maratones en diferentes países en cuatro semanas consecutivas. Desde que se había retirado del D.I.C. de Sussex, a los cincuenta y dos años, había pasado una década en la oficina del fiscal del Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra de La Haya, y ahora volvía a casa, dispuesto a iniciar una nueva fase en su carrera.

Grace, vestido con traje y corbata para su primer encuentro con el nuevo subdirector, que tendría lugar más tarde, hizo sitio en una de las mesas y se sentó frente a ella, con su segunda taza de café del día entre las manos. Eran las 8.45.

– Bueno -dijo, balanceando las piernas-, es fantástico teneros aquí a los tres. De hecho, dejadme que reformule eso: ¡es cojonudo!

Los tres esbozaron una sonrisa.

– Popeye, tú me enseñaste prácticamente todo lo que sé, así que no quiero ponerme a explicarte cómo freír un huevo. El jefe -quería decir el comisario en jefe, Tom Martinson- nos ha concedido un presupuesto generoso, pero vamos a tener que obtener resultados si queremos recibir lo mismo el año que viene. Es decir, si queréis seguir teniendo este mismo trabajo el año que viene.

Luego se dirigió a los otros dos:

– Solo voy a deciros algo que Popeye me dijo la primera vez que trabajé con él. Como parte de su trabajo, en los noventa, le acababan de asignar los casos fríos, o comoquiera que se les llamara entonces.

Eso provocó una risita ahogada. Los tres agentes retirados sabían los dolores de cabeza que causaban los constantes cambios en la terminología de la Policía.

Grace se sacó una hoja de papel del bolsillo y la leyó:

– Dijo, literalmente: «Cuando se revisa un caso frío, se usa la tecnología forense de hoy para resolver los crímenes del pasado, con vistas a evitar los crímenes del futuro».

– Me alegro de que todos aquellos años juntos no fueran en balde, Roy -dijo Jim Doyle-. ¡Por lo menos te acuerdas de algo!

– Pues sí. ¡Es impresionante que hayas podido aprender algo de un veterano! -bromeó Foster.

Doyle no cayó en la provocación. Roy prosiguió:

– Es probable que ya hayáis visto en la televisión o en el Argus que una mujer fue violada en Nochevieja.

– ¿La del Metropole? -preguntó Eamon Greene.

– Esa misma.

– Yo asistí a la primera entrevista con la víctima el jueves pasado, día de Año Nuevo -explicó Grace-. Según parece, el agresor, disfrazado de mujer, obligó a la víctima a entrar en una habitación del hotel con el pretexto de pedirle ayuda. Luego, con la cara cubierta por una máscara, la ató y le metió uno de los zapatos de tacón de aguja de la propia víctima por la vagina y por el ano. Parece que luego intentó penetrarla él mismo, con un éxito solo parcial. El caso tiene algún parecido con el modus operandi del caso frío del Hombre del Zapato, de 1997. En aquellos casos, el violador recurrió a una serie de disfraces y pretextos diferentes para solicitar la ayuda de sus víctimas y atraparlas. Luego dejó de delinquir (al menos en Sussex) y nunca se le atrapó. Tengo un resumen de este caso, que me gustaría que leyerais de forma prioritaria. Cada uno tendréis vuestros propios casos, pero por ahora quiero que todos trabajéis en este, ya que creo que podría ayudarme en el caso que estoy investigando actualmente.

– ¿Había algún rastro de ADN, Roy? -preguntó Doyle.

– No había rastros de semen en ninguna de las mujeres, pero las tres víctimas dijeron que usó condón. Había fibras de ropa, pero no arrojaron nada concluyente. Ningún arañazo, nada de saliva. Dos de sus víctimas declararon que el hombre no tenía vello púbico. Desde luego aquel tipo iba con mucho cuidado de no dejar pruebas, incluso en aquella época. Nunca se encontró ADN. Solo había un elemento común: todas las víctimas eran grandes amantes de los zapatos.

– Lo cual cubre prácticamente el noventa y cinco por ciento de la población femenina, empezando por mi mujer -comentó Jim Doyle.

– Exacto -confirmó Grace.

– ¿Y qué me dices de las descripciones? -preguntó Brian Foster.

– Por el modo en que fueron tratadas las víctimas de violación, no mucho. Tenemos a un hombre de constitución ligera, con poco vello corporal, un acento estándar y una polla pequeña.

»Me he pasado el fin de semana repasando los archivos de las víctimas, y los de los otros delitos cometidos durante el mismo periodo -prosiguió Grace-. Hay otra persona que sospecho que pudiera ser víctima del Hombre del Zapato, posiblemente la última. Se llamaba Rachael Ryan. Desapareció en Nochebuena (o más bien en Navidad) de 1997. Lo que me ha llamado la atención es que en aquella época yo era sargento. Fui a interrogar a sus padres. Gente respetable, completamente sorprendidos por el hecho de que su hija no se hubiera presentado a cenar en Navidad. Todo apunta a que era una jovencita decente de veintidós años, sensata, aunque en baja forma tras la ruptura con su novio.

Estuvo a punto de añadir que había desaparecido de la faz de la Tierra exactamente igual que su mujer, Sandy.

– ¿Alguna teoría? -preguntó Foster.

– La familia no tenía ninguna -dijo Grace-. Pero interrogué a las dos amigas con las que había salido en Nochebuena. Una de ellas me dijo que estaba algo obsesionada con los zapatos. Que se compraba zapatos muy por encima de sus posibilidades (de diseño, de más de doscientas libras el par). Todas las víctimas de nuestro hombre llevaban zapatos caros -añadió, encogiéndose de hombros.

– No tenemos mucho a lo que agarrarnos, Roy -reconoció Foster-. Si había roto con su novio, quizá se quitara la vida. Ya sabes que en Navidad es cuando la gente siente más estas cosas. Recuerdo cuando mi ex me dejó tres semanas antes de Navidad. Casi me suicido. Era en 1992. El día de Navidad tuve que comer solo en un jodido Angus Steak House.

Grace sonrió.

– Es posible, pero por todo lo que me enteré de ella en aquel momento, no lo creo. Lo que sí creo que es significativo es que uno de sus vecinos estuviera mirando por la ventana a las tres de la madrugada (el momento encaja perfectamente) y que viera a un hombre que metía a una mujer a la fuerza en una furgoneta blanca.

– ¿Tomó la matrícula?

– Estaba borracho como una cuba. Solo vio una parte.

– ¿Suficiente para localizar el vehículo?

– No.

– ¿Tú le creíste?

– Sí. Aún le creo.

– No tenemos mucho. ¿No, Roy? -dijo Doyle.

– No, pero hay algo raro. Esta mañana he venido pronto para repasar ese dosier en particular, antes de esta reunión. ¿Y sabéis qué? -dijo, mirándolos a los tres a los ojos.

Todos negaron con la cabeza.

– Las hojas que buscaba habían desaparecido.

– ¿Quién iba a llevárselas? -exclamó Foster-. Quiero decir… ¿Quién tendría acceso a ellas, para poder llevárselas?

– Tú eras poli -replicó Grace-. Dímelo tú. Y dime también por qué.

Capítulo 25

Lunes, 5 de enero de 2010

Quizá fuera el momento de dejarlo.

La cárcel te hacía envejecer. Te echaba encima diez años de vida… o te los quitaba, según cómo lo miraras. Y en aquel momento a Darren Spicer no le gustaba ninguna de las dos perspectivas.

Desde los dieciséis años de edad, se había pasado gran parte de su vida dentro. A la sombra. «Un recluso de ida y vuelta», como lo llamaban. Un delincuente de profesión. Pero sin mucho éxito. Desde que era adulto, solo había pasado dos Navidades consecutivas en libertad, y había sido en los primeros años de su matrimonio. Su certificado de nacimiento -el auténtico- decía que tenía cuarenta y un años. El espejo del baño decía que tenía cincuenta y cinco… y subiendo. Por dentro se sentía como si tuviera ochenta. Se sentía muerto. Sentía…

Nada.

Mientras hacía espuma, se quedó mirando al espejo con los ojos apagados, sonriendo tristemente al viejo zorro arrugado que le devolvía la mirada. Estaba desnudo, y su cuerpo desgarbado y pellejudo -él prefería pensar que estaba delgado- mostraba la musculatura fruto de sus sesiones diarias de ejercicio en el gimnasio de la cárcel.

Se puso manos a la obra, a quitarse aquella barba de tres días con la misma hoja desgastada que había usado en la cárcel durante semanas, antes de que lo soltaran, y que se había llevado consigo. Cuando acabó, tenía la cara tan afeitada como el resto del cuerpo, que se había depilado la semana anterior. Siempre lo hacía al salir de la cárcel, como gesto de purificación. Una vez, en los primeros tiempos de su difunto matrimonio, había llegado a casa con ladillas en el pubis y en el pecho.

Llevaba dos pequeños tatuajes, en lo alto de ambos brazos, pero nada más. Muchos de sus compañeros de cárcel estaban cubiertos de ellos, y los lucían como una muestra de virilidad. Pero ¿para qué llevar algo que facilitaba la identificación? Además, ya tenía todas las marcas que necesitaba: cinco cicatrices en la espalda, producto de otras tantas puñaladas que le habían asestado en la cárcel los colegas de un traficante al que se había cargado años atrás.

Su última sentencia había sido la más larga hasta el momento: seis años. Por fin había conseguido un permiso tras cumplir tres. Era el momento de dejarlo, pensó. Sí, pero…

El gran pero.

Se suponía que uno tenía que sentirse libre al abandonar la cárcel. Pero él aún tenía que rendir cuentas ante su agente de la provisional. Había que presentarse a cursos de reinserción. Tenía que obedecer las normas de los albergues en los que se alojaba. Cuando te soltaban, se suponía que podías volver a casa.

Pero él no tenía casa.

Su padre había muerto mucho tiempo atrás y apenas había cruzado una docena de palabras con su madre desde hacía veinticinco años… y le parecían demasiadas. Su única hermana, Mags, había muerto de sobredosis de heroína cinco años atrás. Su exesposa vivía en Australia con su hijo, al que no había visto desde hacía diez años.

Su casa era cualquier sitio en el que encontrara un catre donde echarse a dormir. La noche anterior había sido una habitación en un centro de reinserción social junto al Old Steine, en Brighton. La había compartido con cuatro patéticos borrachos apestosos. Ya había estado allí antes. Hoy iba a intentar conseguir un sitio mejor. El Centro de Noche Saint Patrick's. La comida no estaba mal, y tenían un lugar para guardar cosas. Había que dormir en un gran dormitorio, pero estaba limpio. Se suponía que la cárcel debía ayudarte a reintegrarte en la comunidad después de cumplir condena. Pero la realidad era que la comunidad no te quería. La reinserción era un mito. Aunque él les seguía el juego, aceptaba las normas.

«¡Reinserción!»

¡Ja! El no estaba interesado en hacer cursos de reinserción, pero se había mostrado muy dispuesto los seis meses anteriores, en la cárcel de Ford Open, para preparar su puesta en libertad, porque aquello le permitía pasar algún día fuera de la cárcel, con el programa de reinserción laboral. «Capacitación profesional», lo llamaban. Él había elegido el curso de mantenimiento de hoteles, lo que le permitía pasar tiempo en diferentes hoteles de Brighton. Trabajando en segundo plano. Estudiando la distribución. Con acceso a las llaves de las habitaciones y a los sistemas de programación de las llaves electrónicas. Algo muy útil.

Desde luego.

Su visitadora habitual en la cárcel de Lewes, una señorita agradable y maternal, le había preguntado si tenía algún sueño, si podía imaginarse una vida más allá de los muros de la cárcel.

Sí, claro, le había dicho, tenía un sueño. Volverse a casar. Tener hijos. Vivir en una bonita casa -como las casas señoriales en las que solía entrar a robar para subsistir- y conducir un buen coche. Tener un trabajo fijo. Sí. Ir de pesca los fines de semana. Aquel era su sueño. Pero aquello, le dijo, nunca iba a suceder,.

– ¿Por qué no? -le había preguntado ella.

– Le diré por qué no -respondió Darren-. Porque tengo ciento setenta y dos antecedentes. ¿Sabe? ¿Quién iba a dejarme seguir en mi puesto cuando se enterara de eso? Y siempre acaban enterándose. -Hizo una pausa, y luego añadió-: De todos modos, aquí no estoy mal. Tengo a mis colegas. La comida está bien. La electricidad está pagada. Tengo televisión.

Sí, estaba bien, solo que…

Nada de mujeres. Aquello era lo que echaba de menos. Las mujeres y la cocaína era lo que más le gustaba. En la cárcel podía conseguir drogas, pero no mujeres. No muy a menudo, en todo caso.

El jefe le había dejado quedarse en Navidad, pero dos días después de San Esteban le habían soltado. ¿Para qué?

Mierda.

Con un poco de suerte, aquel día sería el último en el centro de reinserción social. Si seguías las normas en el Saint Patrick's durante veintiocho días, podías conseguir uno de sus MiPods. Eran unos extraños nichos de plástico, como cápsulas del tiempo copiadas de uno de esos hoteles japoneses. Podías quedarte en el MiPod diez semanas más. Eran un espacio mínimo, pero te daban intimidad; podías tener tus cosas a buen recaudo.

Y él tenía cosas que necesitaba mantener en secreto.

Su colega, Terry Biglow -si es que podía llamar colega a aquella comadreja traicionera- le guardaba las únicas posesiones que tenía en el mundo. Estaban dentro de una maleta, con tres cadenas con candado para que nadie pudiera ver su contenido: las cadenas y los candados eran la prueba de lo mucho que confiaba en Biglow.

Quizás esta vez conseguiría mantenerse lejos de la cárcel. Reunir suficiente dinero, robando y trapicheando con drogas, hasta poder comprarse un pisito. ¿Y luego qué? ¿Una mujer? ¿Una familia? Tan pronto le gustaba la idea como le parecía demasiado. Demasiado lío. Lo cierto era que había acabado gustándole su modo de vida. Contar solo con su compañía, con sus cosas.

Su padre había sido techador. Él, de crío, le había ayudado. Había visto algunas de las casas elegantes de Brighton y Hove en las que solía trabajar su padre (y había observado a las apetitosas señoras elegantemente vestidas y con llamativos coches que vivían en ellas). A su padre le gustaba aquel estilo de vida. Le habría gustado tener una casa elegante y una mujer con clase.

Un día su padre se cayó desde un tejado, se rompió la espalda y nunca más volvió a trabajar. Eso sí, se dedicó a beberse la pensión, día y noche. A Darren no le gustaba techar, pues se dio cuenta de que aquello nunca le haría rico. Estudiar sí. Le gustaba el colegio, se le daban bien las matemáticas, las ciencias y las cosas de mecánica; aquello le encantaba. Pero tenía problemas en casa. Su madre también bebía. Cuando él tenía unos trece años, se le coló en la cama, borracha y desnuda, le dijo que su padre ya no podía satisfacerla y que le tocaba a él, como hombre de la familia.

Darren iba al colegio cada día, avergonzado, cada vez más desconectado de sus amigos. Tenía la cabeza hecha un lío y ya no conseguía concentrarse. No se sentía integrado en nada, y pasaba cada vez más tiempo solo, pescando o, cuando hacía muy mal tiempo, en la cerrajería de su tío, viendo cómo cortaba las llaves o haciéndole recados. De vez en cuando, se ponía tras el mostrador mientras su tío se escapaba a hacer alguna apuesta. Lo que fuera con tal de huir de su casa, de su madre.

Le gustaba la maquinaria de su tío, le gustaba el olor, el misterio de las cerraduras. En realidad, no eran más que rompecabezas. Simples rompecabezas.

Cuando tenía unos quince años, su madre le dijo que era hora de que empezara a contribuir a la economía familiar, que tenía que aprender un oficio, conseguir trabajo. Su tío, que no tenía a nadie a quien dejarle el negocio cuando se retirara, le ofreció un puesto como aprendiz.

Al cabo de un par de meses, Darren podía resolver cualquier problema que surgiera en una cerradura. ¡Su tío le dijo que era un maldito genio!

El chico pensaba que tampoco tenía tanto mérito. Cualquier cosa que hiciera un hombre estaba al alcance de la comprensión de otro hombre. Lo único que había que hacer era meterse mentalmente dentro de la cerradura: imaginar los resortes, las clavijas (imaginarse el interior de la cerradura, meterse en la cabeza de la persona que la había diseñado). Al fin y al cabo, grosso modo, solo había dos tipos de cerradura de uso doméstico: la Yale, que funcionaba con una llave plana, y la Chubb, que usaba una llave cilíndrica. Cerraduras empotradas y de caja. Si tenías un problema, podías ver el interior con un aparato médico muy sencillo, un proctoscopio.

Entonces se pasó a las cajas fuertes. Su tío se había hecho el dueño de un segmento del mercado, abriendo cajas fuertes para la policía. Con un poco de tiempo, no había ninguna caja que su sobrino no pudiera abrir. Ni ninguna cerradura.

Cometió su primer robo cuando tenía dieciséis años, en una casa de Hollingdean. Le pillaron y se pasó dos años en un reformatorio. Entonces fue cuando empezaron a gustarle las drogas y cuando aprendió su primera gran lección: se corría el mismo riesgo entrando en una casucha de mierda para robar el equipo de música que en una mansión de lujo donde se podían encontrar joyas y dinero en efectivo.

Cuando salió, su tío no quiso contratarle otra vez, y no tenía ningunas ganas de buscar un trabajo mal pagado como mano de obra, aunque fuera su única opción. Así que robó en una casa solitaria de Withdean Road. Se llevó siete mil de una caja fuerte. Se fundió tres mil en cocaína, pero invirtió los otros cuatro mil en heroína, con la que comerció y obtuvo veinte mil de beneficio.

A continuación robó en una serie de casas señoriales, hasta reunir casi cien de los grandes. Fantástico. Entonces conoció a Rose en un local. Se casó con ella. Se compró un pisito en Portslade. A ella no le parecía bien que robara, así que intentó enmendarse. A través de un tipo que conocía, consiguió una identidad falsa y encontró trabajo en una empresa que instalaba sistemas de alarma, la Sussex Security Systems.

Tenían una clientela de categoría: la mitad de las casas de lujo de la ciudad. Entrar en ellas era como ser de nuevo un niño en una tienda de golosinas. No tardó mucho en echar de menos los robos. En particular la emoción que sentía. Pero sobre todo el dinero que podía obtener con ellos.

Lo mejor de todo era cuando se encontraba solo en un dormitorio elegante. Oler el aroma de una mujer rica, inhalar sus perfumes, el olor corporal de su ropa íntima en el cesto de la ropa, sus vestidos caros colgados en el vestidor, la seda, el algodón, las pieles, el cuero. Le gustaba curiosear entre sus pertenencias. En particular entre la ropa interior y los zapatos. Había algo en aquellos lugares que le excitaba.

Aquellas mujeres procedían de un mundo diferente al que él conocía. Eran mujeres de un nivel muy superior, tanto económico como social.

Mujeres con maridos estirados.

Aquellas mujeres estarían deseando un buen polvo.

A veces un olor a colonia o un rastro penetrante en una prenda usada le recordaba a su madre, y por un momento se despertaba un efímero instinto sexual en su interior, que reprimía con un golpe de rabia.

Durante un tiempo pudo engañar a Rose, diciéndole que se iba a pescar de noche, sobre todo. Ella le preguntaba por qué nunca se llevaba al niño con él. Darren le decía que lo haría cuando el chaval fuera mayor. Y lo habría hecho, desde luego que lo habría hecho.

Pero entonces, una noche de febrero, mientras estaba robando en una casa de Tongdean, el propietario volvió y le pilló. Salió corriendo hacia la parte de atrás, cruzó el jardín y cayó al fondo de la jodida piscina, que estaba vacía: se rompió la pierna derecha, la mandíbula y la nariz, y perdió el conocimiento.

Rose solo fue a verle a la cárcel una vez. Fue para decirle que se llevaba al niño a Australia y que no quería volver a verle nunca más.

Ahora estaba otra vez en la calle, y no tenía nada. Solo su maleta en casa de Terry Biglow (eso si Terry seguía ahí, si no se había muerto o había acabado de nuevo en chirona). Su maleta, su cuerpo curtido y cubierto de cicatrices y las necesidades fisiológicas acumuladas de tres años de estar tendido en su estrecho catre, soñando con lo que haría cuando saliera…

Capítulo 26

Lunes, 29 de diciembre de 1997

– Puedo olvidarme de que te he visto la cara -dijo Rachael, levantando la mirada.

Bajo la luz amarilla del interior de la furgoneta, parecía como si tuviera ictericia. Ella intentó establecer contacto visual, porque en un oscuro rincón de su mente aterrorizada recordaba haber leído en algún lugar que los secuestrados debían intentar mirar a los ojos a sus secuestradores, que a la gente le costaba más hacerte daño si establecías un vínculo.

Y ella lo intentaba, con la voz quebrada, con aquel hombre, aquel monstruo, aquella cosa.

– Claro que puedes, Rachael. ¿Cuándo te crees que nací? ¿Ayer? ¿La semana pasada, el puto día de Navidad? Te dejo marchar, vale, y una hora más tarde estarás en una comisaría de Policía con uno de esos tipos que hacen retratos robot, describiéndome. ¿Es eso, más o menos?

Ella sacudió la cabeza con fuerza, de lado a lado.

– Te lo juro -suplicó.

– ¿Por la vida de tu madre?

– Por la vida de mi madre. Por favor, ¿me das un poco de agua? Por favor, algo.

– ¿Así que podría dejarte marchar, y si me traicionas y vas a la Policía, yo podría ir a la casa de tu madre, en Surrenden Close, y matarla?

Rachael se preguntó cómo sabía dónde vivía su madre. ¿Lo habría leído en el periódico? Aquello le dio un atisbo de esperanza. Si lo había leído en el periódico, quería decir que se hablaba de ella. Estarían buscándola. La Policía.

– Lo sé todo de ti, Rachael.

– Puedes dejarme marchar. No voy a poner tu vida en peligro.

– ¿Puedo?

– Sí.

– Ni en tus mejores sueños.

Capítulo 27

Jueves, 8 de enero de 2010

Le gustaba estar dentro de una casa grande. O, más exactamente, en «los recovecos» de aquellas casas.

A veces, acurrucado en el interior de alguna cavidad estrecha, sentía como si la casa fuera su segunda piel. O, apretujado en un vestidor, rodeado de vestidos colgados y de los hipnóticos aromas de las bellas mujeres que los poseían, y del cuero de los zapatos, se sentía en la cima del mundo, dueño y señor de la mujer que se ponía todo aquello.

Como la propietaria de los vestidos que tenía alrededor en aquel momento. Y de aquellos montones de zapatos de diseño de sus diseñadores favoritos.

¡Y muy pronto, por un rato, sería suya! Muy pronto.

Ya sabía mucho de ella, mucho más que su marido, de eso no tenía duda. Era jueves. La había observado las tres noches anteriores. Sabía a qué horas llegaba y salía de casa. Y conocía los secretos de su portátil (¡un detalle por su parte, no haberle puesto contraseña!). Había leído los mensajes de correo electrónico que se había intercambiado con el griego con el que se acostaba. Había visto las fotografías que se había tomado con él, algunas de ellas más que escandalosas.

Pero aquella noche, si todo iba bien, durante un rato su amante sería él. No el Señor Peludo, con su cuidada barba de tres días y aquel garrote indecentemente grande.

Tendría que ir con cuidado de no moverse ni un centímetro cuando ella llegara. Las perchas eran especialmente escandalosas (las peores eran aquella finas de metal que daban en las tintorerías). Había quitado unas cuantas, las más ruidosas, y las había dejado en el suelo del armario, y había envuelto con tela las que tenía más cerca. Ahora lo único que tenía que hacer era esperar.

Era como salir a pescar. Se necesitaba mucha paciencia. Podía ser que ella tardara en volver, pero por lo menos no había peligro de que su marido se presentara esa noche.

Hubby se había ido en avión, muy, muy lejos, a un congreso sobre software en Helsinki. Estaba todo ahí, sobre la mesa de la cocina, la nota de él en el que le decía que la vería el sábado, firmada «Te quiero, besos», con el nombre del hotel y el número de teléfono.

Solo para asegurarse, como tenía tiempo de sobra, había llamado al hotel usando el teléfono de la cocina y había pedido que le pasaran con el señor Dermot Pearce. Una voz cantarina le había dicho que el señor Pearce no contestaba y que si quería dejarle un mensaje en su buzón de correo.

Sí, sintió la tentación de decir: «Estoy a punto de follarme a tu mujer», dejándose llevar por la emoción del momento, por la satisfacción al ver que todo iba saliéndole redondo. Pero el sentido común le hizo colgar.

Las fotografías en el salón de dos niños adolescentes, un niño y una niña, le preocuparon un poco. Pero sus dos dormitorios estaban inmaculados. No eran los dormitorios de dos chavales que vivieran allí. Llegó a la conclusión de que serían los hijos de un primer matrimonio del marido.

Había un gato, uno de esos asquerosos birmanos, que se le había quedado mirando en la cocina. Él le había dado una patada, y el animal había desaparecido por la gatera. Todo estaba tranquilo. Estaba contento y excitado.

Percibía la vida, la respiración de algunas casas. En especial cuando las calderas se ponían en marcha y las paredes vibraban. ¡Respirando! Sí, como él ahora, respirando con tanta intensidad por la excitación que podía oír su propio sonido, los latidos de su corazón, el paso de la sangre por las venas, como si fluyera en algún tipo de carrera.

¡Dios, qué sensación!

Capítulo 28

Jueves, 8 de enero de 2010

Roxy Pearce llevaba esperando aquella noche toda la semana. Dermot estaba de viaje de negocios y ella había invitado a Iannis a cenar. Quería hacerle el amor en su propia casa. ¡La idea le parecía deliciosamente morbosa!

No lo había visto desde el sábado por la tarde, cuando se había paseado por su apartamento, desnuda, con sus nuevos Jimmy Choo, que no se había quitado ni para follar, algo que a él le había puesto a tope.

Roxy había leído en algún sitio que la hembra de mosquito se vuelve tan loca cuando busca sangre que hace lo que sea, aunque sepa que le llevará a la muerte, para conseguir esa sangre.

Así se sentía ahora al pensar en Iannis. Tenía que verle. Tenía que poseerlo, a cualquier precio. Y cuanto más suyo era, más lo necesitaba.

«Soy mala persona», pensó, sintiéndose culpable, mientras apretaba el acelerador de su Boxster plateado por calles elegantes y oscuras como Shirley Drive, a la luz de las farolas. Dejó atrás la zona de ocio de Hove y tomó The Droveway, volvió a girar a la derecha y llegó hasta la gran casa que se habían construido, cuadrada y moderna, un remanso de paz en plena ciudad, con el jardín trasero orientado a los campos de juego de una escuela privada. Las luces de seguridad se fueron encendiendo a medida que pasaba por la vía de acceso.

«¡Soy TAN mala persona!»

Aquello era la típica cosa por la que podías acabar pudriéndote en el infierno. A ella la habían educado para que fuera una buena niña católica, para que creyera en el pecado y en la condenación eterna. Y con Dermot se había comprado el billete solo de ida a la condenación, y con camiseta de regalo.

Cuando se conocieron él estaba casado. Ella le había seducido, apartándolo de su mujer y de los niños que él adoraba, tras una relación apasionada que se había ido haciendo cada vez más fuerte durante los dos años siguientes. Estaban locamente enamorados. Pero entonces, cuando se fueron a vivir juntos, la magia se evaporó.

Ahora vivía aquellas mismas pasiones irrefrenables con Iannis. Al igual que Dermot, estaba casado, y tenía dos niños mucho más pequeños. Su mejor amiga, Viv Daniels, no aprobaba aquello, y le había avisado de que se iba a ganar la fama de «destrozamatrimonios». Pero no podía evitarlo, no podía cambiar sus sentimientos.

Bajó la visera sobre el parabrisas en busca del mando del aparcamiento, esperó a que se levantara la puerta, entró en el garaje, que parecía inmenso sin el BMW de Dermot, y apagó el motor. Entonces cogió las bolsas de Waitrose del asiento del acompañante y bajó.

Había conocido a Iannis una noche que Dermot la había llevado a cenar al Thessalonica, en Brighton. El se había acercado y se había sentado en su mesa al acabar la cena, invitándoles a ouzo por cortesía de la casa y sin dejar de mirarla.

Lo primero que la sedujo fue su voz. El modo apasionado en que hablaba de la comida y de la vida, con su inglés defectuoso. Su rostro atractivo y sin afeitar. Su pecho peludo, visible a través de una camisa blanca abierta casi hasta el ombligo. Sus facciones duras. Parecía ser un hombre sin una preocupación en el mundo, relajado, contento con su suerte.

¡Y tan atractivo!

Mientras abría la puerta interior y marcaba el código en el teclado de la alarma para que no saltara, no observó que en el panel había una luz diferente a la habitual. Era la que indicaba el modo nocturno, que aislaba el piso de arriba, manteniendo activada la protección solo en la planta baja. Pero ella tenía la cabeza puesta en algo completamente diferente. ¿Le gustaría a Iannis lo que iba a cocinarle?

Había optado por algo sencillo: entrantes italianos variados, chuleta y ensalada. Y una botella -o dos- de la preciada bodega de Dermot.

Mientras cerraba la puerta tras de sí, llamó al gato:

– ¡Sushi! /Eo, Sushi! ¡Mami está en casa!

Ponerle aquel nombre tan estúpido al gato había sido idea de Dermot, que se había inspirado en el primer restaurante al que habían ido, en Londres, la primera vez que habían quedado.

Se encontró un silencio por respuesta, algo nada habitual.

Normalmente el gato salía a su paso, se frotaría contra su pierna y luego levantaría la vista, expectante ante la perspectiva de la cena. Pero no estaba allí. «Quizás haya salido al jardín -pensó-. Bueno.»

Consultó su reloj de pulsera y luego el de la cocina: las seis y cinco. Iannis llegaría dentro de menos de una hora.

Había sido otro día de mierda en la oficina, con el teléfono mudo y un saldo deudor que se acercaba peligrosamente al límite. Pero ahora no iba a pensar en aquello, al menos durante unas horas. Lo único que importaba era el tiempo que iba a pasar con Iannis. ¡Pensaba paladear cada minuto, cada segundo, cada nanosegundo!

Vació las bolsas sobre la mesa de la cocina, guardó las cosas, cogió una botella del Château de Meursault de Dermot y lo metió en la nevera para que se enfriara un poco; luego abrió una botella de su Gevrey Chambertin del 2000 para que respirara. A continuación quitó la tapa a una lata de comida para gatos, vertió el contenido en el cuenco y lo colocó en el suelo.

– ¡Sushi! -llamó de nuevo-. ¡Eo, Sushi! ¡La cena!

Luego subió las escaleras corriendo, con la idea de ducharse, depilarse las piernas, ponerse un poco de perfume Jo Malone, bajar de nuevo y preparar la cena.

Desde el interior del armario, él la oyó llamar al gato y se tapó la cabeza con el pasamontañas. Entonces percibió sus pasos al subir por las escaleras. Todo su cuerpo se puso rígido de la emoción.

Flotaba en una nube de excitación. ¡La tenía dura como una piedra! Intentó controlar la respiración mientras la observaba desde detrás de los vestidos de seda, a través de las puertas de cristal esmerilado del armario. Estaba preciosa. Aquella melena negra y lisa. El modo en que se descalzaba los zapatos negros de la oficina, de una patada. Entonces se quitó su traje chaqueta azul marino sin pensárselo dos veces. ¡Como si lo estuviera haciendo para él!

¡Gracias!

Se quitó la blusa blanca y el sujetador. Sus pechos eran más pequeños de lo que él se había imaginado, pero no importaba. Estaban muy bien. Firmes, pero de pezones pequeños. No importaba. Los pechos no eran lo suyo.

¡Ahora las braguitas!

¡Era de las que se afeitaban! ¡Blanquita y perfilada, con una fina tirita brasileña! Muy higiénico.

¡Gracias!

Estaba tan excitado que tenía la ropa empapada de sudor.

Entonces ella se metió en el baño, desnuda. Él oyó el ruido de la ducha. Aquel habría sido un gran momento, lo sabía, pero no quería que estuviera toda mojada y embadurnada de jabón. Le gustaba imaginar que se secaba y se perfumaba para él.

Al cabo de unos minutos ella volvió al dormitorio, envuelta en una gran toalla, con otra más pequeña en la cabeza. De pronto, como si actuara para él, dejó caer la toalla que le envolvía el cuerpo, abrió una puerta del armario y eligió un par de elegantes zapatos negros y brillantes, con largos tacones de aguja.

¡Los Jimmy Choo!

Apenas podía contener su excitación mientras la veía ponérselos, apoyando un pie y luego el otro en la pequeña butaca junto a la cama y atándose las correas, cuatro en cada zapato. Entonces se paseó por la habitación, mirándose, desnuda, deteniéndose y posando para verse reflejada en el gran espejo de la pared desde todos los ángulos.

Oh, sí, preciosa. ¡Oh, sí! ¡Oh, sí! ¡Gracias!

Él se regodeó mirando la fina tira de vello púbico que tenía por debajo del liso vientre. Le gustaba que lo llevara recortado. Le gustaban las mujeres que se cuidaban, que se fijaban en los detalles.

¡Solo para él!

Ahora se acercaba al armario, con la toalla aún envolviéndole el pelo. Estiró una mano. Tenía la cara a unos centímetros de la de él, al otro lado del cristal esmerilado.

Estaba listo.

Ella abrió la puerta.

Él tendió la mano, enfundada en un guante quirúrgico, y le plantó la gasa con el cloroformo en la nariz.

Como un tiburón al ataque, se deslizó por entre los vestidos colgados y le agarró la cabeza por la nuca con el otro brazo, manteniendo la presión contra la nariz unos segundos hasta que cayó, inconsciente, entre sus brazos.

Capítulo 29

Martes, 30 de diciembre de 1997

Rachael yacía inmóvil en el suelo de la furgoneta. A él le dolía el puño en el punto en el que había impactado con la cabeza de la chica. Le dolía tanto que se temía que se hubiera podido romper un par de dedos. Apenas podía mover el pulgar y el índice.

– Mierda -dijo, sacudiendo la mano-. Mierda, joder, mierda. ¡So zorra!

Se quitó el guante para examinarse los dedos, pero era difícil ver nada bajo la tenue luz del piloto interior de la furgoneta.

Entonces se arrodilló a su lado. Al golpearla había oído un fuerte chasquido. No sabía si se había roto un hueso de la mano o si habría sido la mandíbula de ella. No parecía que respirara.

Asustado, apoyó la cabeza contra el pecho de ella. Sentía movimiento, pero no estaba seguro de si era suyo o de ella.

– ¿Estás bien? -preguntó, en un arranque de pánico-. ¿Rachael? ¿Estás bien? ¿Rachael?

Volvió a ponerse el guante, la agarró por los hombros y la zarandeó.

– ¿Rachael? ¿Rachael? ¿Rachael?

Sacó una pequeña linterna del bolsillo y la enfocó hacia su cara. Tenía los ojos cerrados. Le levantó un párpado, que se volvió a cerrar al soltarlo.

Su pánico iba en aumento.

– ¡No te me mueras, Rachael! No te me mueras. ¿Me oyes? ¿Me oyes, joder?

Por la boca empezaron a salirle unas gotas de sangre. -¿Rachael? ¿Quieres beber algo? ¿Quieres que te traiga algo de comer? ¿Quieres un McDonald's? ¿Un Big Mac? ¿Una hamburguesa con queso? ¿O un bocadillo? Puedo traerte un bocadillo. ¿Eh? Dime de qué lo quieres. ¿De chorizo picante? ¿Algo con queso fundido? Esos son muy buenos. ¿Atún? ¿Jamón?

Capítulo 30

Jueves, 8 de enero de 2010

Yac tenía hambre. El bocadillo de pollo y queso fundido llevaba tentándole más de dos horas. La bolsa iba dando tumbos por el asiento del acompañante, junto con su termo, cada vez que frenaba o tomaba una curva.

Había pensado comer durante su pausa horaria para el té, pero había demasiada gente por las calles. Demasiadas carreras. Había tenido que tomar el té de las 23.00 conduciendo. Los jueves por la noche solían ser animados, pero aquel era el primer jueves tras el fin de año. Esperaba que fuera tranquilo. No obstante, la gente parecía haberse recuperado y ya volvía a estar de fiesta. Tomando taxis. Poniéndose zapatos bonitos.

Ajá.

A él ya le iba bien. Cada uno tenía su modo de divertirse. Él se alegraba por ellos. Siempre que pagaran lo que marcaba el taxímetro y que no intentaran salir corriendo, como ocurría de vez en cuando. ¡Y si le daban propina, aún mejor! Cualquier propina era bienvenida. Le ayudaría a ahorrar. Le ayudaría a ampliar su colección.

Que crecía a ritmo constante. Estupendamente. ¡Vaya!

Se oyó una sirena.

Yac sintió un acceso repentino de miedo. Aguantó la respiración.

Los retrovisores se cubrieron de una luz azul; luego un coche de policía pasó a toda velocidad. Y más tarde otro, como si siguiera su estela. «Interesante», pensó. Él solía pasarse toda la noche en la calle y raramente veía dos coches patrulla juntos. Sería algo grave.

Estaba acercándose a su lugar habitual en el paseo marítimo de Brighton, donde le gustaba parar cada hora en punto y beberse su té; en esta ocasión, también leería el periódico. Desde la violación del hotel Metropole, el jueves anterior, leía el periódico cada noche. La historia le excitaba. A la mujer le habían quitado la ropa. Pero lo que más le excitaba era que le hubieran quitado los zapatos. ¡Ajá!

Detuvo el taxi, paró el motor y cogió la bolsa de papel con el bocadillo, pero luego la volvió a dejar. Ya no olía bien. El olor le dio asco.

Se le había pasado el hambre.

Se preguntó adonde irían aquellos coches de la Policía.

Entonces pensó en el par de zapatos que llevaba en el maletero y volvió a sentirse bien.

¡Muy bien!

Tiró el bocadillo por la ventana.

«¡Guarro! -se reprendió mentalmente-. ¡Eres un auténtico guarro!»

Capítulo 31

Viernes, 9 de enero de 2010

Una de las ventajas o, más bien, una de las muchas ventajas de que Cleo estuviera embarazada, pensó Grace, era que así él bebía bastante menos. Aparte de alguna copa de vino blanco frío de vez en cuando, Cleo se había mantenido abstemia, así que él también había tenido que dejarlo. ¡Lo malo era aquella maldita afición que había cogido por el curri! No estaba muy seguro de cuánto más admitiría su cuerpo. Toda la casa empezaba a oler como un puesto de mercadillo indio.

A él le apetecía algo sencillo. Humphrey tampoco parecía estar muy convencido. Tras un simple lametón, el cachorro ya había decidido que el curri no iba a proporcionarle sabrosos restos que le apeteciera comer.

Roy los soportaba porque sentía la obligación de apoyar a Cleo. Además, en uno de los libros sobre el embarazo que le había regalado Glenn, había todo un apartado que hablaba sobre compartir los antojos de tu pareja, para que se sintiera feliz. Y si tu pareja se sentía feliz, el bebé captaría las vibraciones, nacería feliz y no se convertiría en un asesino en serie al crecer.

Habitualmente, con el curri le gustaba beber cerveza, sobre todo una Grolsch o su cerveza alemana favorita, la Biltberger, o la Weissbier a la que se había aficionado al trabajar con un agente de policía alemán, Marcel Kullen, y en sus últimas visitas a Múnich. Pero esa semana era el oficial de guardia de la Brigada de Delitos Graves, lo que significaba que debía estar localizable todos los días y a cualquier hora, lo que le obligaba a eliminar el alcohol.

Aquello explicaba que estuviera sentado en su despacho a las 9.20 de la mañana de aquel viernes, despierto como una liebre, dándole sorbitos a su segundo café del día, repartiendo su atención entre los informes de los casos abiertos, los correos electrónicos que iban llegando, como si gotearan de un grifo mal cerrado, y la montaña de papeles que tenía sobre la mesa.

Solo quedaban dos días y unas horas hasta la medianoche del domingo, cuando le tocaría el turno a otro superintendente o inspector jefe, que se convertiría en el nuevo oficial de guardia, y a él no le volvería a tocar hasta al cabo de seis semanas. Tenía tanto trabajo que hacer, con la preparación de casos para juicio y la supervisión del nuevo Equipo de Casos Fríos, que lo que menos necesitaba eran nuevos casos que le ocuparan tiempo.

Pero no era su día de suerte.

El teléfono sonó. En cuanto respondió reconoció la voz seca y directa del inspector David Alcorn, del D.I.C. de Brighton.

– Lo siento, Roy, pero parece que tenemos entre manos otro caso de violación perpetrada por un extraño.

Hasta entonces, el D.I.C. de Brighton se había ocupado de la violación del hotel Metropole por su cuenta, aunque manteniendo informado a Roy. Pero ahora parecía que la Brigada de Delitos Graves iba a tener que ocuparse del asunto. O sea, él.

Joder, y en viernes. ¿Por qué en viernes? ¿Qué tenían de particular los viernes?

– ¿Qué es lo que tienes, David?

Alcorn le hizo un resumen rápido:

– La víctima está profundamente traumatizada. Por lo que dicen los del Uniform, que asistieron a la llamada, llegó a casa sola anoche (su marido está de viaje de negocios). La agredieron cuando estaba dentro. Llamó a una amiga, que fue a verla esta mañana, y fue ella la que contactó con la Policía. La víctima ha sido examinada por el personal de la ambulancia, pero no precisa de atención médica. La han llevado al centro para víctimas de violaciones de Crawley, acompañada por una agente especializada del centro y otro agente del D.I.C.

– ¿Qué más datos hay?

– Muy pocos, Roy Como te he dicho, parece que está muy traumatizada. Y que también hay un zapato de por medio.

Grace frunció el ceño.

– ¿Qué sabes de eso?

– La violaron con uno de sus zapatos.

«Mierda», pensó Grace, buscando un bolígrafo y su cuaderno entre el montón de papeles que tenía sobre la mesa.

– ¿Cómo se llama?

– Roxanna, o Roxy, Pearce -dijo Alcorn, que deletreó el nombre y el apellido-. Dirección: The Droveway, 76, en Hove. Tiene una agencia de relaciones públicas en Brighton; su marido trabaja en tecnología de la información. Eso es todo lo que sé de momento. He contactado con el Departamento Forense y ahora voy para la casa. ¿Quieres que te recoja?

Su despacho no estaba ni de lejos en la ruta viniendo desde la comisaría de Brighton, pero Roy decidió que no iba a discutir. Le iría bien el tiempo del trayecto para ponerse al día sobre el caso de la violación del Metropole, y para pedir el envío de toda la información a la Brigada de Delitos Graves.

– De acuerdo, gracias.

Cuando colgó el teléfono, se quedó sentado un momento, poniendo orden en sus pensamientos.

En particular, volvió a pensar en el Hombre del Zapato. Toda aquella semana, el Equipo de Casos Fríos le había dedicado una atención especial, en busca de cualquier relación que pudieran encontrar en cuanto al modus operandi entre los casos conocidos, en 1997, y la agresión a Nicola Taylor en el Metropole.

Le habían quitado los zapatos. Aquel era el primer vínculo posible. Aunque en 1997 el violador solo se llevaba un zapato y las braguitas de sus víctimas. A Nicola Taylor le habían quitado ambos zapatos, así como toda su ropa.

En algún lugar, bajo aquella montaña de papeles, estaba la enorme carpeta con el perfil del delincuente o, tal como se le llamaba ahora, el «informe psicológico de conducta», escrito por un psicólogo forense de lo más excéntrico, el doctor Julius Proudfoot.

Nunca le había hecho mucha gracia, desde la primera vez que lo había visto, en 1997, durante la investigación de la desaparición de Rachael Ryan, pero posteriormente le había formulado unas cuantas consultas.

Estaba tan absorto en el informe que no oyó el ruido de la puerta al abrirse ni las pisadas sobre la moqueta.

– ¡Eh, colega!

Grace levantó la mirada, sobresaltado, y se encontró a Branson de pie frente a su mesa:

– ¿Qué problema tienes?

– La vida en general. Estoy pensando en acabar con todo.

– Buena idea. Pero no lo hagas aquí. Ya tengo suficiente mierda de la que ocuparme.

Branson rodeó la mesa y echó un vistazo por encima del hombro de su amigo. Leyó unos momentos y luego le dijo:

– Ya sabes que ese Julius Proudfoot está mal de la chaveta, ¿no? Sabes la reputación que tiene, ¿verdad?

– Menuda novedad. Hay que estar muy mal de la chaveta para hacerse policía.

– Y para casarse.

– Eso también -reconoció él, sonriendo-. ¿Qué otras perlas de sabiduría me tienes reservadas?

Branson se encogió de hombros.

– Solo intentaba ayudar.

«Lo que realmente me ayudaría -pensó Grace- sería que ahora mismo estuvieras a mil kilómetros de aquí. Que dejaras de destrozarme la casa. Que dejaras de destrozarme la colección de CD y de vinilos. Eso es lo que me ayudaría de verdad.»

Pero en vez de decir aquello, levantó la vista y miró al hombre que quería más que a ningún otro y dijo:

– ¿Quieres irte al carajo, o quieres ayudarme de verdad?

– Si me lo pides con tanta dulzura, ¿cómo iba a resistirme?

– Vale. -Grace le dio el informe del doctor Julius Proudfoot sobre el Hombre del Zapato-. Me gustaría que me resumieras esto para la reunión de esta noche, en unas doscientas cincuenta palabras, con un lenguaje que nuestro subdirector pueda entender.

Branson sopesó el archivo y luego hojeó las páginas.

– Joder, doscientas ochenta y dos páginas. Tío, esto es un marrón de cojones.

– Yo mismo no habría podido definirlo mejor.

Capítulo 32

Viernes, 9 de enero de 2010

El padre de Roy había sido un poli de los de toda la vida. Jack Grace le dijo a su hijo que ser policía quería decir observar el mundo con una mirada diferente a la de los demás. Formabas parte de una «saludable cultura de la sospecha», tal como lo llamaba él.

Nunca había olvidado aquello. Así era como él miraba el mundo, siempre. Y así era como él miraba, en aquel momento, las casas elegantes de Shirley Drive, en aquella mañana clara, fresca y soleada de enero. La calle era una de las vías principales de Brighton y Hove. Llegaba casi a campo abierto, a las afueras de la ciudad, y estaba flanqueada con elegantes casas independientes muy lejos del alcance de la mayoría de los agentes de Policía. Allí vivía gente rica: dentistas, banqueros, propietarios de concesionarios, abogados, ejecutivos de la zona y de Londres y, por supuesto, como en todos los barrios finos, una serie de delincuentes con suerte. Era uno de los barrios en los que muchos esperaban llegar a vivir algún día. Si vivías en Shirley Drive -o en alguna de sus bocacalles- eras «alguien».

Por lo menos, a la vista de cualquiera que pasara por allí y que no tuviera la mirada cínica de un poli.

Roy no tenía una mirada cínica. En cambio tenía una buena memoria, casi fotográfica. Mientras Alcorn, vestido con un elegante traje gris, conducía su pequeño Ford, dejando atrás el parque infantil, Grace iba pasando revista a las casas, una por una. Para él era rutina. Allí tenía una casa uno de los jefes de la mafia de Londres. También el rey de los burdeles de Brighton. Y la del rey del crac estaba a solo una travesía.

Alcorn no llegaba a los cincuenta: bajo, con el pelo castaño muy corto y un olor permanente a humo de cigarrillo, tenía un aspecto exterior duro y serio, pero en realidad era un hombre encantador.

– Esta es la calle a la que querría mudarse mi señora -comentó al girar a la derecha para tomar The Droveway.

– Pues venga -dijo Grace-, múdate.

– Solo me faltan un par de cientos de miles para estar a un par de cientos de miles de poder pagar la entrada -respondió-. O quizá ni eso. -Vaciló un momento-. ¿Sabes lo que pienso?

– Dime.

Grace observaba cada una de las casas por las que iban pasando. A su derecha dejaron un colmado Tesco. A su izquierda, una lechería con un antiguo muro empedrado.

– Que a tu Cleo le gustaría esto. Este barrio le va, a una señora con clase como ella.

Iban reduciendo la velocidad. De pronto frenó de golpe.

– Es ahí, esa de la derecha.

Mientras entraban en el carril de acceso, corto y flanqueado por setos de laurel, Grace buscó con la mirada, pero no encontró cámaras de circuito cerrado. Sí vio las luces de seguridad.

– Está bien, ¿no? -dijo Alcorn.

Estaba más que bien, aquello era la hostia. Grace decidió que, si tuviera dinero para diseñar y construirse la casa de sus sueños, aquella sería la que copiaría.

Era como una reluciente escultura blanca. Una mezcla de rectas marcadas y curvas suaves, algunas de ellas combinadas para crear unos atrevidos ángulos geométricos. La casa parecía estar construida a diferentes niveles, con enormes ventanales y paneles solares en el tejado. Hasta las plantas, situadas estratégicamente por las paredes, parecían haber sufrido una modificación genética para aquel uso particular. No era una casa enorme; tenía unas dimensiones habitables. Pensó que debía de ser un lugar estupendo al que volver cada noche.

Entonces se concentró en lo que quería sacar del escenario del delito, pasando lista mentalmente mientras aparcaban tras un pequeño coche patrulla. A su lado había un agente uniformado, un tipo fornido de unos cuarenta años. Tras él, una cinta a cuadros azules y blancos delimitaba el escenario y cerraba el paso al resto de la vía de acceso, que llevaba a un gran garaje interior.

Salieron, y el policía, un respetuoso agente de la vieja escuela, les puso al día con tono pedante de lo que había encontrado por la mañana, al acudir a la llamada, y los informó de que la unidad forense venía de camino. No pudo darles mucha más información de la que Alcorn ya le había dado a Grace, aparte de que la mujer había llegado a casa y aparentemente había desactivado la alarma al entrar.

Mientras hablaban, llegó una pequeña furgoneta blanca y bajó un veterano agente de la policía forense, Joe Tindall, con quien Grace había trabajado muchas veces y que siempre le había parecido algo cascarrabias.

– Viernes -murmuró el forense, a modo de saludo-. ¿Qué es lo que tienen los putos viernes, Roy? -añadió, esbozando una sonrisa socarrona.

– Mira que les digo a los delincuentes que actúen solo en lunes, pero no parece que me hagan mucho caso.

– Tengo entradas para ver a Stevie Wonder en el 02 Arena esta noche. Si no llego a tiempo, mi relación se va al carajo.

– Cada vez que te veo tienes entradas para algo, Joe.

– Sí, me gusta pensar que tengo una vida fuera de este trabajo, a diferencia de la mitad de mis colegas.

Le lanzó al superintendente una mirada intencionada y empezó a sacar de la parte trasera de la furgoneta unos trajes de papel blanco y protecciones azules para los zapatos, y se los entregó.

Roy se sentó en el estribo trasero de la furgoneta y poco a poco se fue enfundando el mono. Cada vez que lo hacía, maldecía al que había diseñado aquello, pues tenía que contorsionarse para conseguir pasar los pies por las perneras sin romperlas y luego hacer lo mismo con las mangas. Agradeció no encontrarse en un lugar público, porque era casi imposible ponerse aquel traje sin dar la nota. Por fin, refunfuñando, se agachó y se calzó las protecciones para los zapatos. Luego se puso los guantes de látex.

El agente les indicó el camino al interior. Grace se quedó impresionado de que hubiera tenido el sentido común de marcar el terreno con cinta, para indicar una única vía de entrada y de salida.

El salón, de planta abierta, con su reluciente suelo de parqué, elegantes esculturas de metal, pinturas abstractas y unas plantas altas y frondosas, le habría encantado a Cleo, pensó. Había un intenso y agradable aroma a pino en el ambiente, y un olor algo más dulce y almizclado, probablemente de un popurrí. Entrar en una casa que no oliera a curri era un cambio que se agradecía.

El agente les dijo que subiría al piso de arriba para poder responder a sus preguntas, pero que no entraría en el dormitorio, para alterar lo mínimo posible las pruebas.

Grace confiaba en que el agente, siendo tan meticuloso, no lo hubiera toqueteado todo la primera vez, al acudir a la llamada de emergencia. Siguió a Alcorn y a Tindall por una escalera de caracol de cristal y por un corto rellano con baranda hasta llegar a un enorme dormitorio que desprendía un intenso olor a perfume.

En las ventanas había unos finos visillos blancos y las paredes estaban cubiertas de armarios a medida con paneles de cristal y cortinillas. La puerta doble de uno de ellos estaba abierta y sobre la moqueta yacían varios vestidos con sus respectivas perchas.

El elemento central del dormitorio era una cama enorme con cuatro postes de madera en punta en las esquinas. En uno de ellos había atado un cinturón de bata, y en otro una corbata a rayas. Otras cuatro corbatas, atadas de dos en dos, estaban esparcidas por el suelo. El edredón, de raso de color crema, estaba hecho un lío.

– La señora Pearce quedó amordazada y atada por las muñecas y los tobillos a los postes -explicó el agente desde el umbral-. Consiguió liberarse hacia las seis y media de esta mañana, y entonces llamó a su amiga. -Consultó su cuaderno-. La señora Amanda Baldwin. Tengo su número.

Grace asintió. Estaba mirando una fotografía colocada sobre un tocador con la superficie de cristal. Era la imagen de una mujer atractiva, con una melena lacia y negra sujeta con horquillas y un vestido de noche largo, junto a un tipo de mirada penetrante vestido con un esmoquin.

– Supongo que es ella, ¿no? -dijo, señalándola.

– Sí, jefe.

David Alcorn también estudió la foto.

– ¿Cómo estaba? -preguntó Grace al agente.

– Bastante afectada. Pero lúcida hasta cierto punto, teniendo en cuenta lo que ha pasado, ya me entiende.

– ¿Qué sabemos de su marido?

– Se fue ayer de viaje de negocios a Helsinki.

Grace pensó por un momento; luego miró a David Alcorn.

– Curiosa coincidencia -dijo-. Quizá sea significativa. Me gustaría saber con qué frecuencia se va. Podría ser alguien que la conociera o que hubiera estado espiándola.

Se giró hacia el agente y añadió:

– Llevaría una máscara, ¿no?

– Sí, señor: un pasamontañas con orificios.

Grace asintió.

– ¿Han contactado con el marido?

– Va a intentar tomar un vuelo de regreso hoy mismo.

Alcorn pasó a inspeccionar las otras habitaciones.

Joe Tindall tenía una videocámara compacta pegada al ojo. Tomó una panorámica de trescientos sesenta grados de la escena y luego un plano corto de la cama.

– ¿Ha acudido usted solo? -preguntó Grace al agente.

Iba escrutando la habitación mientras hablaba. En el suelo había unas braguitas color crema, una blusa blanca, una falda y un top azul marino, unas medias y un sujetador. No estaban desperdigados por la habitación como si se los hubieran quitado a la fuerza a la mujer; parecía más bien como si se los hubiera quitado sin pensar y se hubieran quedado en el lugar donde habían caído.

– No, señor, con el sargento Porritt. Él ha acompañado a la víctima y a la agente especial de Agresiones Sexuales al Saturn Centre.

Grace dibujó un pequeño croquis de la habitación, en el que indicó las puertas -una al rellano, la otra al baño- y las ventanas como posibles vías de entrada y salida. Pediría que peinaran a fondo la habitación en busca de huellas dactilares, cabellos, fibras, células cutáneas, saliva, semen, posibles restos de lubricante de preservativo -si es que se había usado- y pisadas. También habría que buscar a fondo en el exterior de la casa, especialmente huellas de pisadas y fibras textiles que hubieran podido desprenderse al contacto con la pared o con un marco, si es que el agresor había escapado por una ventana, así como colillas.

Tendría que rellenar un formulario de recuperación de rastros y pasárselo a Tindall, para que supiera qué elementos del interior de la habitación, de la casa y de los alrededores iba a querer etiquetados para mandar al laboratorio. El juego de cama, por supuesto. Las toallas del baño, por si el agresor se había secado las manos u alguna otra parte del cuerpo. El jabón.

Tomó notas, paseándose por la habitación, buscando cualquier cosa que se saliera de lo habitual. Había un enorme espejo colgado frente a la cama, situado allí con una clara intención morbosa, pensó, aunque no le pareció mal. En una mesilla de noche había un diario y una novela romántica, y en la otra un montón de revistas de tecnología de la información. Abrió todas las puertas de los armarios, una por una. Allí había más vestidos colgados de los que había visto en toda su vida.

Entonces abrió otra y, envueltos en una atmósfera que olía a cuero y a lujo, encontró un filón de zapatos de marca. Estaban dispuestos en una serie de cajones móviles que ocupaban del suelo al techo. Grace no era ningún experto en calzado femenino, pero a primera vista podía asegurar que se trataba de zapatos elegantes y caros. Allí debía de haber más de cincuenta pares. La puerta que abrió a continuación reveló otros tantos. Y otros cincuenta tras la tercera puerta.

– ¡Parece que la señora le sale bastante cara al marido! -comentó.

– Creo que tiene su propio negocio, Roy -le corrigió Alcorn.

Grace se reprendió. Había sido un comentario estúpido, la típica presuposición machista que cabría esperar de alguien como Norman Potting.

– Sí, claro.

Se acercó a la ventana y echó un vistazo hacia el jardín de atrás, un espacio elegantemente distribuido, con una piscina ovalada tapada con una lona en el centro.

Más allá del jardín, a través de los densos arbustos y los arbolillos, se entreveían los campos de juego del colegio vecino. Había postes de rubgy en dos campos y porterías de fútbol en un tercero. Aquella era una posible ruta de acceso para el agresor, pensó.

¿Quién era?

¿El Hombre del Zapato?

¿Algún otro monstruo?

Capítulo 33

Viernes, 9 de enero de 2010

– Podías haber llamado a la puerta, joder -refunfuñó Terry Biglow.

Llamar a la puerta nunca había sido el estilo de Darren Spicer. Se quedó de pie en el cuartito sumido en la semioscuridad a causa de las cortinas, con su bolsa bien agarrada e intentando respirar lo menos posible aquel aire fétido. La habitación apestaba a humo de cigarrillo, madera vieja, el polvo de la alfombra y leche rancia.

– Pensé que aún no te habrían soltado. -La voz del viejo delincuente era tenue y quebradiza. Estaba tendido, parpadeando, deslumbrado por el haz de luz de la linterna de Spicer-. En cualquier caso, ¿qué cojones estás haciendo aquí a estas horas?

– He echado un polvo -respondió Spicer-. Pensé que podía pasarme por aquí y hablarte de ella, y de paso recoger mis cosas.

– Como si necesitara oírlo. Para mí eso de echar polvos se ha quedado atrás. Apenas me sirve para mear. ¿Qué es lo que quieres? ¡Deja de enfocarme esa mierda en la cara!

Spicer pasó el haz de luz por las paredes, encontró un interruptor y lo accionó. Una lúgubre luz procedente de una lámpara con una pantalla aún más lúgubre iluminó el espacio. Hizo una mueca de asco al ver la habitación.

– ¿Has vuelto a escaparte? -preguntó Biglow, aún parpadeando.

Spicer pensó que tenía un aspecto terrible. El de un viejo de setenta que se acerca de golpe a los noventa.

– Buena conducta, colega. Me han soltado antes de lo previsto. -Le lanzó un reloj de pulsera al pecho-. Te he traído un regalito.

Biglow lo agarró con unas manos huesudas y menudas y lo observó con avidez.

– ¿Qué es esto? ¿Coreano?

– Es de verdad. Lo birlé anoche.

Biglow se irguió un poco en la cama, tanteó la mesilla de noche con la mano y se puso unas gafas de leer enormes, pasadas de moda. Estudió el reloj.

– Tag Heuer Aquaracer -anunció-. No está mal. ¿Así que robando y follando?

– Al revés.

Biglow sonrió, dejando a la vista una fila de afilados dientecillos del color de una lata oxidada. Llevaba puesta una camiseta asquerosa que en algún momento debía de haber sido blanca. Debajo, era solamente piel y huesos. Olía a sacos viejos.

– Está bien -dijo-. Muy bonito. A ver, ¿cuánto quieres por él? -Mil.

– Estás de broma. Puedo conseguirte una «sábana» si encuentro comprador, y si es bueno, y no una copia. Eso o te doy cien pavos ahora.

Una «sábana» eran quinientas libras.

– Ese reloj vale dos de los grandes -replicó Spicer.

– ¿Has oído hablar de la crisis? -Biglow volvió a mirar el reloj-. Tienes suerte de no haber venido más tarde. -Calló, y al ver que Spicer no decía nada, prosiguió-: No me queda mucho, ¿sabes? -Tosió, con una tos larga, ronca y rasposa que le hizo lagrimear, y escupió sangre en un pañuelo mugriento-. Me dan seis meses de vida.

– Qué putada.

Darren Spicer fijó la mirada en aquel semisótano. Fuera pasó un tren con un rugido fantasmagórico y toda la habitación tembló. Una ráfaga fría atravesó la estancia. Aquel lugar no era más que un sitio donde vivir, tal como lo recordaba de la última vez que había estado allí. Una alfombra raída cubría parte de la tarima del suelo. Había ropa en perchas de alambre colgadas de la moldura. Un viejo reloj de madera en un estante decía que eran las 8.45. En la pared había un crucifijo, justo encima de la cama, y en la mesilla de noche junto a Biglow había una Biblia, junto a varios frascos de medicinas etiquetados.

«Este voy a ser yo dentro de treinta años, si es que llego», pensó Spicer.

Luego sacudió la cabeza.

– ¿Va a ser esto, Terry? ¿Aquí es donde vas a acabar tus días?

– Está bien. Es práctico.

– ¿Práctico? ¿Práctico para qué? ¿Para el jodido cortejo fúnebre?

Biglow no dijo nada. A poca distancia, al otro lado de Lewes Road, junto al cementerio y al tanatorio, había toda una serie de casas de pompas fúnebres.

– ¿No tienes agua corriente?

– Claro que tengo -protestó Biglow, interrumpido por otro acceso de tos. Señaló hacia el otro lado de la habitación, donde había un lavamanos.

– ¿Nunca te lavas? Aquí huele a váter.

– ¿Quieres una taza de té? ¿Café?

Spicer miró hacia una repisa en la esquina, donde había un calentador de agua y unas tazas desportilladas.

– No, gracias. No tengo sed.

Miró al viejo maleante, sacudiendo la cabeza. «Eras un tipo importante en la ciudad. Hasta a mí me acojonabas cuando era un crío. Solo con oír el apellido Biglow la gente se cagaba de miedo. Mírate ahora», pensó.

Los Biglow habían sido una familia de malhechores que había que tener en cuenta: dirigían uno de los negocios de extorsión más importantes de la ciudad, controlaban la mitad del negocio de la droga de Brighton y Hove, y Terry había sido uno de los herederos del clan. No era un hombre al que te apeteciera buscarle las cosquillas, a menos que quisieras recibir un navajazo o un chorro de ácido en la cara. Solía vestirse como un dandy, con grandes anillos y relojes, y llevaba buenos coches. Ahora, arruinado por el alcohol, tenía la cara hundida y arrugada. El pelo, que solía llevar perfectamente peinado, incluso a medianoche, estaba más gastado que la alfombra, y tenía el color de la nicotina que daban los tintes baratos.

– En Lewes estabas en el ala de delitos sexuales, ¿no, Darren?

– Que te jodan. Yo nunca he violado a nadie.

– No es eso lo que he oído.

Spicer le echó una mirada defensiva.

– Ya te lo he dicho antes, ¿vale? La tía estaba pidiendo guerra. Se nota cuando una tía pide guerra. Me atacó ella. Tuve que quitármela de encima.

– Qué curioso que el jurado no te creyera.

Biglow sacó un paquete de cigarrillos del cajón, los sacudió y se puso uno en la boca.

Spicer sacudió la cabeza.

– ¿Con el cáncer de pulmón sigues fumando?

– ¿Tú crees que va a cambiar mucho la cosa, pichabrava?

– Vete a la mierda.

– Siempre es un placer verte, Darren.

Encendió su cigarrillo con un mechero de plástico, inhaló el humo y luego se perdió en un nuevo acceso de tos.

Spicer se arrodilló, enrolló la alfombra, quitó unos tablones del suelo y extrajo la vieja maleta cuadrada de cuero, rodeada por tres cadenas, cada una con su candado de alta seguridad.

Biglow se quedó mirando el reloj.

– Te diré lo que haremos. Siempre he sido un hombre justo y no quiero que pienses mal de mí cuando me haya ido. Tenemos tres años de servicio de consigna pendientes. Así que lo que haré es darte trescientas libras por el reloj. Me parece que es un trato justo.

– ¿Trescientos pavos?

En un arranque de ira, Spicer agarró a Biglow por el pelo con la mano izquierda y tiró de él, sacándolo de la cama y colocándoselo delante de la cara, zarandeándolo como el muñeco de un ventrílocuo. Le sorprendió lo poco que pesaba. Luego le asestó un gancho con la derecha bajo la barbilla, con todas sus fuerzas, tan fuerte que se hizo un daño tremendo.

Biglow quedó inconsciente. Darren lo soltó y el otro cayó desplomado en el suelo. Dio unos pasos hacia delante y apagó el cigarrillo aún encendido. Entonces paseó la mirada por aquella mísera habitación, en busca de cualquier cosa que pudiera valer la pena llevarse. Pero aparte de recuperar el reloj, no había nada más que hacer. Nada en absoluto. Realmente no había nada.

Cargando con la pesada maleta bajo un brazo y el bolso de mano con sus cosas de uso diario, salió por la puerta. Vaciló un momento, se giró y se quedó mirando aquel montón de huesos.

– Nos vemos en tu funeral, colega.

Cerró la puerta tras él, subió las escaleras y salió al exterior, dispuesto a enfrentarse a aquella gélida y borrascosa mañana de viernes.

Capítulo 34

Viernes, 9 de enero de 2010

Por segunda vez en poco más de una semana, la agente de enlace con las víctimas de una agresión sexual Claire Westmore estaba en el Saturn Centre, unidad especializada en violaciones adscrita al hospital de Crawley.

Sabía por experiencia que no había dos víctimas que reaccionaran del mismo modo, y que su estado no se mantenía estático. Una de las difíciles tareas a las que se enfrentaba ahora era saber reaccionar ante los cambios de ánimo de la mujer con la que estaba. Pero al tiempo que la trataba con delicadeza y comprensión, para que se sintiera lo más segura posible, no podía perder de vista el hecho de que Roxy Pearce, lo quisiera o no, era un escenario de un delito del que había que obtener todos los rastros posibles para el análisis forense.

Cuando acabaran con aquello, dejaría que la mujer descansara -segura en la habitación que se le había asignado en el centro- y que durmiera, con ayuda de la medicación. Al día siguiente confiaba en que la mujer se encontraría mejor y podría empezar el interrogatorio. Para Roxy Pearce, al igual que ocurría en la mayoría de los casos, aquello probablemente supondría unos días desagradables en los que reviviría lo sucedido, y Westmore tendría que arrancarle una angustiosa declaración con la que acabaría llenando treinta páginas de su cuaderno A4.

En aquel momento se encontraba en el proceso más desagradable de todos para la víctima, y también para ella. Estaban solas con una médico forense de la Policía en la sala de exámenes forenses. La mujer llevaba únicamente el albornoz blanco de rizo y las zapatillas rosas que traía puestos al llegar. En el coche patrulla la habían envuelto en una manta para que se calentara, pero ahora ya no la tenía. Estaba sentada, encorvada, abatida y en silencio, sobre la camilla azul, con la cabeza agachada y la mirada perdida, la larga melena negra enmarañada y tapándole en parte el rostro. De la locuacidad irrefrenable mostrada en el momento en que la Policía se había presentado en su casa, había pasado ahora a un estado cercano al catatónico.

A Westmore alguna víctima le había dicho que sufrir una violación era como si te mataran el alma. Al igual que en caso de asesinato, no había vuelta atrás. No había terapia que pudiera hacer que Roxy Pearce volviera a ser la persona de antes. Sí, con el tiempo se recuperaría un poco, lo suficiente para seguir adelante, para llevar una vida, en apariencia, normal. Pero sería una vida constantemente amenazada por la sombra del miedo. Una vida en la que apenas podría confiar en nadie, en cualquier situación.

– Aquí estás segura, Roxy -le dijo Claire, con una sonrisa franca-. No hay lugar más seguro que este. Aquí él no podría entrar.

Volvió a sonreír. Pero no hubo respuesta. Era como hablar con una figura de cera.

– Tu amiga Amanda está aquí -prosiguió-. Ha salido un momento a fumarse un pitillo. Se quedará contigo todo el día. -Volvió a sonreír.

De nuevo aquella.expresión ausente. Los ojos muertos. En blanco. Tan en blanco como todo lo que la rodeaba. Tan en blanco e insensibles como el resto de su cuerpo.

Los ojos de Roxy recorrieron las paredes de color magnolia de la salita. Recién pintada. El reloj redondo e impersonal marcaba las 12.35. Un soporte con cajas de guantes de látex azules. Otro soporte con recipientes rojos con jeringas, gasas y viales, todo precintado. Una silla rosa. Una báscula. Un lavamanos con un dispensador de crema hidratante en un lado, y un jabón estéril en el otro. Un teléfono apoyado en un escritorio blanco y desnudo, como si fuera el de la llamada de emergencia en un concurso de televisión. Un biombo plegable con ruedecitas.

Afloraron las lágrimas. Deseó que Dermot estuviera allí. Su cerebro aturdido deseó no haberle sido infiel, no haber tenido aquella historia loca con Iannis.

Entonces, de pronto, espetó:

– Es todo culpa mía, ¿verdad?

– ¿Por qué dices eso, Roxy? -preguntó la agente, apuntando sus palabras en el registro que llevaba en su portátil-. No debes culparte en absoluto. Eso no es así.

Pero la mujer volvió a sumirse en el silencio.

– Está bien, cariño. No te preocupes. No tienes que decirme nada. No tenemos que hablar, si no quieres, pero lo que sí necesito es obtener pruebas forenses de tu cuerpo, que puedan ayudarnos a encontrar al hombre que te hizo esto. ¿Te parece bien?

Tras unos momentos, Roxy dijo:

– Me siento sucia. Quiero darme una ducha. ¿Puedo?

– Por supuesto, Roxy -dijo la forense-. Pero todavía no. No querrás que se pierdan las pruebas que podamos tener, ¿no? -añadió. Tenía un tono algo autoritario, pensó Westmore, quizá demasiado decidido, teniendo en cuenta el frágil estado de la víctima.

Silencio otra vez. La mente de Roxy se fue por la tangente. Había sacado dos de las mejores botellas de Dermot. Las había dejado en algún sitio. Una, abierta sobre la mesa de la cocina; la otra en la nevera. Tendría que comprar una botella en algún sitio para reemplazar la que estaba abierta, y volver a casa antes de que lo hiciera Dermot para volver a poner las dos en la bodega. Si no, él se subiría por las paredes.

Con un chasquido, la forense se ajustó un par de guantes de látex, se acercó a los recipientes de plástico y sacó el envoltorio estéril del primer objeto, una pequeña herramienta afilada para recoger restos de debajo de las uñas. Cabía la posibilidad de que la mujer hubiera arañado a su atacante, y esas células cutáneas, con su ADN, quizás estuvieran aún bajo las uñas.

Para Roxy aquello no fue más que el inicio de la larga tortura que sufrió en aquella sala. Antes de que le dejaran darse una ducha, la forense tendría que aplicar gasas y sacar muestras de todas las partes de su cuerpo donde hubiera podido producirse contacto con el agresor, en busca de saliva, semen y células cutáneas. Le peinaría el vello púbico, le haría un examen de alcohol en sangre, le sacaría una muestra de orina para las pruebas de toxicología y registraría en el libro de exámenes médicos cualquier daño sufrido en la zona genital.

Mientras la forense iba repasando cada una de las uñas de Roxy, empaquetando los restos por separado, la agente de enlace intentó calmarla.

– Vamos a atrapar a ese hombre, Roxy. Por eso estamos haciendo esto. Con tu cooperación, podremos evitar que le haga esto a otra mujer. Sé que es duro para ti, pero intenta pensar en eso.

– No sé por qué se molestan -dijo Roxy, de pronto-. Solo el cuatro por ciento de los violadores acaban cumpliendo condena. ¿No es así?

Westmore vaciló. Había oído que en Inglaterra el índice era del dos por ciento, porque en realidad solo se acababan denunciando el seis por ciento de las violaciones. Pero no quería ponerle las cosas más difíciles a la pobre mujer.

– Bueno, eso no es del todo cierto -respondió-. Pero las cifras son bajas, sí. Eso se debe a que pocas víctimas tienen las agallas que tienes tú, Roxy. No tienen el valor de actuar, como has hecho tú.

– ¿Agallas? -replicó ella amargamente-. Yo no tengo «agallas».

– Sí que las tienes. Desde luego que sí.

– Es culpa mía -insistió, meneando la cabeza casi sin fuerzas-. Si hubiera tenido agallas, le habría detenido. Todo el mundo pensará que yo quería que me hiciera esto, que le animé de algún modo. Cualquier otra persona se las habría arreglado para evitarlo, tal vez dándole una patada en las pelotas o algo así, pero yo no. ¿Qué hice yo? Yo me quedé ahí tirada.

Capítulo 35

Viernes, 9 de enero de 2010

A Darren se le estaba arreglando la mañana. Había recuperado sus cosas de casa de Terry Biglow y ahora tenía un lugar donde guardarlas, una taquilla alta de color beis con su propia llave, en el Centro de Noche Saint Patrick's. Y dentro de unas semanas esperaba poder conseguir uno de los MiPod que tenían.

La gran iglesia neonormanda situada al final de una tranquila calle de vecinos de Hove se había adaptado al paso de los tiempos. Al ir perdiendo fieles, la profunda nave de Saint Patrick's se había dividido en dos, y la mitad se había puesto en manos de una organización de beneficencia para los indigentes, que había dedicado una parte a un dormitorio de catorce camas donde la gente podía pasar la noche un máximo de tres meses. Otra parte, la sala de MiPods, era un santuario. Era donde podían quedarse diez semanas más quienes mostraran verdaderas intenciones de llevar una vida honrada, con la esperanza de que les sirviera de base para empezar una nueva vida.

La sala de MiPods estaba inspirada en los hoteles cápsula japoneses. Era un espacio único, con seis nichos de plástico, una cocina comunitaria y una sala de estar con un televisor. Cada uno de los nichos tenía el tamaño suficiente como para tumbarse a dormir y para guardar un par de maletas.

Para poder optar a un MiPod, primero tenía que convencer a la dirección de que era un residente modélico. No había pensado en qué pasaría después de aquellas diez semanas en el nicho, pero, para entonces, con un poco de suerte, ya tendría dinero suficiente como para volver a alquilar un piso o una casa.

Ser un residente modelo significaba obedecer las normas, como la de salir antes de las 8.30 y no volver hasta la hora de la cena, a las 19.30. Durante las horas intermedias se esperaba que realizara actividades de reciclaje. Sí, bueno, eso es lo que todos pensarían que hacía. Se apuntaría en el centro de reinserción y con suerte conseguiría un trabajo de mantenimiento en alguno de los hoteles elegantes de Brighton. Ese puesto debería darle la ocasión de cometer pequeños robos sin problemas. Debería poder acumular un buen pico. Y quizá, mientras tanto, encontrara a alguna mujer con ganas de pasárselo bien, como la noche anterior.

Poco después de mediodía, vestido con vaqueros, deportivas, un suéter y una cazadora, salió del centro de reinserción. La entrevista había ido bien y ahora poseía un impreso sellado y la dirección del lujoso Grand Hotel, en el paseo marítimo, donde empezaría el lunes. Tenía el resto del día libre.

Mientras deambulaba por Western Road, la gran calle comercial que conectaba Brighton con Hove, mantenía las manos bien hundidas en los bolsillos para protegerse del frío. Solo tenía siete libras en el bolsillo -todo lo que le quedaba de las cuarenta y seis que le habían dado al soltarle, más la pequeña cantidad de efectivo que llevaba encima en el momento de su última detención-. Y sus reservas de emergencia estaban en la maleta que había retirado de casa de Terry Biglow..

Mentalmente, se iba haciendo una lista de la compra de todo lo que necesitaría. Allí le daban las cosas de aseo básicas, como cuchillas de afeitar nuevas, crema de afeitar o pasta de dientes. Pero necesitaba algunas cosas más. Pasó frente a una librería que se llamaba City Books, se paró, dio media vuelta y se quedó mirando el escaparate. Decenas de libros, algunos de autores cuyos nombres conocía, otros de escritores de los que nunca había oído hablar.

Estar en la calle aún era una novedad para él. Oler el aire cargado de sal. Caminar libremente entre las mujeres. Oír el zumbido y el rugido de los vehículos y, de vez en cuando, fragmentos de música de las radios. Sin embargo, aunque era libre, también se sentía vulnerable y expuesto. Se dio cuenta de que la vida «ahí dentro» se había convertido en algo cómodo. Aquel otro mundo ya no lo conocía tan bien.

Y aquella calle parecía haber cambiado en los últimos tres años. Tenía mucha más vida de lo que él recordaba. Como si el mundo, tres años después, fuera una fiesta a la que él no estaba invitado.

Era la hora del almuerzo y los restaurantes empezaban a tener clientes. A llenarse de extraños.

Prácticamente todo el mundo era un extraño para él.

Sí, claro, tenía unos cuantos amigos con los que podía contactar, y lo haría con el tiempo. Pero ahora mismo no tenía mucho que decirles. Lo mismo de siempre. Ya los llamaría cuando necesitara un poco de coca, o cuando tuviera algo de caballo para vender.

Un coche patrulla se acercaba en dirección contraria y automáticamente él se giró y se puso a mirar el escaparate de una agencia inmobiliaria, fingiendo interés.

La mayoría de los policías de la ciudad conocían su cara. La mitad de ellos le habían pillado en una u otra ocasión. Tenía que recordarse a sí mismo que era libre de pasear por aquella calle, que ahora no era un fugitivo, que era un ciudadano de Brighton y Hove. ¡Era como cualquier otro!

Se quedó mirando algunas de las casas expuestas. Una frente al Hove Park le llamó la atención. Le era familiar. Tenía la sensación de haberla desvalijado años atrás. Cuatro dormitorios, invernadero, garaje de dos plazas. El precio tampoco estaba mal: 750.000 libras. Sí, un poco por encima de sus posibilidades. Unas 750.000 libras por encima de sus posibilidades.

Ahora tenía el enorme supermercado Tesco a poca distancia. Cruzó la calle y entró, dejando atrás la cola de coches que esperaban a la entrada del aparcamiento. Algunos eran muy elegantes. Un Beemer descapotable, un bonito deportivo Mercedes y varios todoterrenos imponentes: las señoronas de Brighton y Hove iban a hacer la compra. Mamás buenorras con niños cómodamente atados a sus sillitas en el asiento de atrás.

Gente con dinero en efectivo, con tarjetas de crédito, de débito, del club Tesco.

¡Y algunas de ellas se mostraban la mar de generosas!

Se paró frente a la entrada principal, observando el flujo de gente que salía con sus bolsas o con los carritos cargados. Pasó por alto los que no llevaban más que un par de bolsas; no le interesaban. Eran los carritos llenos los que centraban su atención. Las mamás, los papás y los propietarios de residencias que hacían la compra para toda la semana. Los que habrían cargado doscientas libras o más en sus tarjetas MasterCard, Barclaycard o American Express.

Algunos llevaban a niños pequeños en los asientos de sus carritos, pero esos no le interesaban. ¿Quién coño quería comida de bebé?

Entonces la vio salir.

¡Oh, sí! ¡Perfecta!

Tenía aspecto de rica, de arrogante. Tenía uno de esos cuerpos con los que había soñado en la litera de su celda los últimos tres años. Empujaba un carrito tan cargado que la última capa desafiaba la gravedad. Y llevaba unas botas muy bonitas. De piel de serpiente, con tacones de doce centímetros, calculó.

Pero no eran las botas lo que le interesaba en aquel momento. Era el hecho de que se parara un momento junto a la papelera, hiciera una bola con el tique de caja y lo tirara dentro. Él se acercó a la papelera como quien no quiere la cosa, sin apartar la mirada de ella, que seguía empujando su carrito hacia un Range Rover Sport negro.

Entonces metió la mano en la papelera y sacó un manojo de tiques. Solo tardó un momento en encontrar el de ella: medía más de medio metro e indicaba la hora, hacía solo un par de minutos.

Bueno, bueno…, ¡185 libras! Y además había pagado en efectivo, lo que significaba que no tendría que presentar ninguna tarjeta de crédito ni identificación personal. Leyó los artículos: vino, whisky, cóctel de gambas, moussaka, manzanas, pan, yogur. Un montón de cosas. ¡Hojas de afeitar! Algunas de las cosas no las quería, pero no era el momento de ponerse meticuloso… ¡Fantástico! Le dedicó una leve reverencia, que ella nunca vería. Al mismo tiempo, se quedó con la matrícula de su coche; al fin y al cabo, estaba muy buena y llevaba un calzado precioso. ¡Nunca se sabía! Luego cogió un carrito y entró en el supermercado.

Spicer tardó media hora en encontrar todo lo que había en la lista, artículo por artículo. Era consciente de la hora que ponía en el tique, pero tenía su historia preparada: que uno de los huevos estaba roto, así que había entrado a cambiarlo, y que se había parado a tomar un café.

Había unas cuantas cosas, como una docena de latas de comida de gato, que realmente no le hacían ninguna falta, y dos latas de ostras ahumadas que se habría podido ahorrar, pero decidió que lo mejor era que los artículos de la lista coincidieran a la perfección, por si le ponían pegas. Lo que sí le agradeció mucho fueron los seis bistecs congelados y las tartas de riñones. ¡Justo el tipo de comida que le gustaba a él! Y la media docena de latas de judías estofadas Heinz. No era remilgado con la comida. Alabó su gusto por el whisky irlandés Jameson's, pero el Baileys no era santo de su devoción. A la mujer le iban los huevos y las frutas ecológicas. Bueno, podría soportarlo.

Se llevaría la compra a casa y tiraría, vendería o cambiaría por cigarrillos lo que no quería. Luego saldría de caza.

La vida le sonreía. Solo había una cosa que podría mejorar aún más las cosas en aquel momento: otra mujer.

Capítulo 36

Viernes, 2 de enero de 1998

Ya habían pasado ocho días desde que los padres de Rachael Ryan habían denunciado su desaparición.

Ocho días sin ninguna prueba de que siguiera con vida.

Roy había estado trabajando obstinadamente en el caso desde el día de Navidad, cada vez más seguro de que allí había algo que olía muy mal, hasta que el inspector jefe Skerritt había insistido en que se tomara la Nochevieja libre y que la disfrutara con su esposa.

Grace lo había hecho a regañadientes, dividido entre la preocupación por encontrar a Rachael y la necesidad de mantener la paz en casa con Sandy. Ahora era viernes por la mañana y, tras una ausencia de dos días, tenía una reunión con Skerritt sobre el caso. El inspector comunicó a su pequeño equipo de agentes la decisión, tomada previa consulta con el subdirector, de designar a la Operación Crepúsculo un centro de investigaciones propio. Se habían requerido los servicios de un equipo del HOLMES -el servicio de grandes investigaciones del Ministerio del Interior- y habían reclutado a seis agentes más de otros puntos del país.

Lo habían instalado en la cuarta planta de la comisaría de John Street, junto al centro de control del circuito cerrado y frente al centro de investigaciones de la Operación Houdini, donde proseguía la investigación sobre el Hombre del Zapato.

A Grace, que estaba convencido de que las dos operaciones deberían fusionarse, le habían asignado el escritorio en el que estaba ahora y que se convertiría en su lugar de trabajo durante el tiempo que durara la investigación. Estaba junto a una ventana por donde se filtraba el aire y que ofrecía unas tristes vistas del aparcamiento y de los grises tejados con manchas de humedad en dirección a la estación de Brighton y el viaducto.

En la mesa de al lado estaba el agente Tingley, un joven policía de veintiséis años con cara de niño que a Roy le caía bien. En particular le gustaba la energía de aquel hombre. Jason Tingley estaba al teléfono, con la camisa arremangada, bolígrafo en mano, respondiendo a una de las decenas de llamadas que habían ido llegando tras la reconstrucción que habían hecho, tres días antes, del recorrido de Rachael, desde la parada de taxis de East Street hasta su casa.

Grace tenía sobre la mesa un grueso dosier sobre Rachael Ryan. A pesar de las fiestas, ya había conseguido sus datos bancarios y la información de su tarjeta de crédito. No se habían producido transacciones la semana anterior, lo que significaba que ya podían descartar que la hubieran asaltado para hacerse con el contenido de su bolso. Su número de móvil no registraba llamadas desde las 2.35 de la Nochebuena.

No obstante, de la operadora de telefonía móvil había podido obtener algo útil. Había estaciones base de teléfonos, o minirrepetidores, situadas por todo Brighton y Hove, y cada quince minutos, incluso aunque no se usara, el teléfono enviaría una señal al repetidor más cercano, del mismo modo que un avión comunica su posición, y recibiría otra.

Aunque el teléfono de Rachael no había hecho más llamadas, había permanecido encendido tres días más, hasta acabársele la batería, supuso. Por la información que había recibido de la compañía, poco después de la última llamada de teléfono se había trasladado de pronto tres kilómetros al este de su casa, en un vehículo de algún tipo, a juzgar por la velocidad a la que lo había hecho.

Había permanecido allí el resto de la noche, hasta las 10.00 del día de Navidad. Después se había desplazado aproximadamente seis kilómetros al oeste, hasta Hove. Una vez más, la velocidad del trayecto indicaba que había viajado en algún vehículo. Luego se había detenido y no se había movido hasta la emisión de la última señal, poco después de las 23.00 del sábado.

En un mapa a gran escala de Brighton y Hove desplegado en la pared del centro de investigaciones, Grace había trazado un círculo rojo que indicaba la superficie cubierta por aquel repetidor en particular. Incluía la mayor parte de Hove, así como parte de Brighton, Southwick y Portslade. En aquella zona vivían más de ciento veinte mil personas: una cantidad que hacía prácticamente imposible la búsqueda casa por casa.

Además, era consciente de que aquel dato tenía un valor limitado. Quizá Rachael no llevara su teléfono encima. No era más que un indicador de dónde podía estar, nada más. Pero hasta el momento era todo lo que tenían. Una línea que seguiría -decidió- era comprobar si las cámaras de circuito cerrado de tráfico habían recogido algo que coincidiera con la información sobre la señal. Aunque solo cubrían las vías principales, y de forma limitada.

Rachael no tenía ordenador propio, y en el de su oficina, en American Express, no había nada que arrojara ninguna pista sobre el motivo de su desaparición.

En aquel momento, era como si se la hubiera tragado la Tierra.

Tingley colgó y tachó el nombre que había escrito un par de minutos antes en su cuaderno:

– ¡Capullo! -dijo-. Qué ganas de perder el tiempo. -Entonces se giró hacia Roy-. ¿Qué tal la Nochevieja, colega?

– Bueno, estuvo bien. Fui con Dick y Leslie Pope al Donatello's. ¿Y tú?

– Me fui con la señora a Londres. Trafalgar Square. Fue fantástico… hasta que empezó a llover. -Se encogió de hombros-. Así pues, ¿qué te parece? ¿Seguirá viva?

– No pinta bien -respondió-. Es una chica muy hogareña. Aún estaba afectada por la ruptura con su ex. Le iban los zapatos. Mucho -añadió. Se quedó mirando a su colega y se encogió de hombros-. Eso es lo que más me da que pensar.

Ese mismo día, había pasado una hora con el doctor Julius Proudfoot, el analista de conducta que habían integrado en el equipo de la Operación Houdini. Proudfoot le había dicho que, en su opinión, la desaparición de Rachael Ryan no podía relacionarse con el Hombre del Zapato. Aún no entendía cómo había llegado a aquella conclusión ese arrogante psicólogo, con las pocas pruebas que tenían.

– Proudfoot insiste en que no es el estilo del Hombre del Zapato. Dice que este ataca a sus víctimas y luego las suelta. Como ha usado el mismo modus operandi con cinco víctimas, no acepta que de pronto haya podido cambiar y retener a otra.

– El modus operandi es similar, Roy -admitió Jason Tingley-. Pero las busca en diferentes lugares, ¿no? Atacó a la primera en un callejón. A otra en una habitación de hotel. A otra en su casa. A otra bajo el muelle. A otra en un aparcamiento público. Está bien pensado, si es que se puede decir así: hace difícil prever sus acciones.

Grace se quedó mirando sus notas, concentrado. Había un denominador común entre las víctimas del Hombre del Zapato. A todas ellas les encantaban los zapatos de diseño. Todas se acababan de comprar un par nuevo, en diferentes tiendas de Brighton, poco antes de sufrir el ataque. Pero hasta el momento las indagaciones con el personal de las tiendas no habían revelado nada que fuera útil.

Rachael Ryan también se había comprado un par de zapatos nuevos. Tres días antes de Navidad. Caros, para una joven con sus posibilidades: 170 libras. Los llevaba puestos la noche en que había desaparecido.

Pero Proudfoot no había hecho mucho caso de aquello.

Grace se giró hacia Tingley y se lo dijo. Este asintió y, de pronto, con aire pensativo dijo:

– Pues si no es el Hombre del Zapato, ¿quién se la ha llevado? ¿Adónde ha ido? Si está bien, ¿por qué no se ha puesto en contacto con sus padres? Debería de haber visto el aviso en el Argus, o haberlo oído en la radio.

– No tiene sentido. Normalmente llama a sus padres cada día. ¿Ocho días de silencio? ¿Y en esta época del año: Navidad y Año Nuevo? ¿Que no los llame para desearles feliz Navidad ni feliz Año Nuevo? Le ha pasado algo, seguro.

Tingley asintió:

– Como no la hayan abducido los extraterrestres…

Grace volvió a mirar sus notas. El Hombre del Zapato se llevaba a sus víctimas a un lugar diferente cada vez, pero lo que les hacía a todas era siempre parecido. Y aún más importante era lo que les hacía a las vidas de sus víctimas. No necesitaba matarlas. Para cuando acababa con ellas, ya estaban muertas por dentro.

«¿Eres una víctima más del Hombre del Zapato, Rachael? ¿O has caído en manos de algún otro monstruo?»

Capítulo 37

Viernes, 9 de enero de 2010

– La SR-1, la mayor de las dos salas de reuniones usadas como centro de investigaciones de la Sussex House, tenía un ambiente que a Roy siempre le infundía energía.

Estaba situada en medio del Centro de Delitos Graves, en la sede del Departamento de Investigaciones Criminales, y a ojos de cualquier otro observador parecería una gran oficina más. Tenía las paredes de color crema, una funcional moqueta gris, sillas rojas, modernos escritorios de madera, archivadores, un dispensador de agua y grandes pizarras blancas en las paredes. Las ventanas llegaban al techo y estaban cubiertas permanentemente con persianas cerradas, como para desanimar a quien tuviera la ocurrencia de mirar afuera.

Pero para Grace aquello era mucho más que una oficina. La SR-1 era el centro neurálgico del caso que tenía entre manos, al igual que lo había sido de los anteriores que había gestionado desde aquel lugar, y para él era casi un terreno sagrado. Muchos de los delitos más graves cometidos en Sussex en la última década se habían solucionado -y los delincuentes habían acabado encerrados- gracias a la labor de investigación llevada a cabo en aquella sala.

Los garabatos en rojo, azul y verde sobre las pizarras blancas de cualquier oficina comercial del mundo podían indicar cifras de negocio, objetivos de ventas o índices de penetración en los mercados. Aquí eran líneas cronológicas de los delitos y gráficas de parentesco de las víctimas y los sospechosos, que compartían espacio con fotografías y otros datos clave. Cuando obtuvieran un retrato robot del delincuente -y ojalá fuera pronto-, también acabaría colgado en aquellas pizarras.

El lugar inspiraba a todo el mundo la sensación de que tenían un rumbo, de que competían en una carrera contrarreloj y, salvo durante las reuniones, era raro oír el parloteo entre colegas tan habitual en las comisarías.

La única frivolidad que se habían permitido era una fotocopia del dibujo de un pez azul y gordo de la película Buscando a Nemo que Branson había pegado en el interior de la puerta. En el D.I.C. de Sussex se había convertido en tradición buscar una imagen graciosa para cada operación, algo que aliviara ligeramente la tensión propia de los horrores con los que tenía que enfrentarse aquel equipo, y aquella había sido la contribución del sargento Branson, gran cinéfilo, a la Operación Pez Espada.

Había otros tres centros de delitos graves en el condado, todos ellos con salas similares: la última había sido la construida hacía poco en Eastbourne. Pero a Grace esta ubicación le resultaba más práctica, porque los dos delitos que estaba investigando en aquel momento se habían producido a solo un par de kilómetros de allí.

En la vida había todo tipo de patrones repetitivos. Era algo de lo que se había dado cuenta, y daba la impresión de que últimamente solo le tocaba investigar delitos perpetrados -o descubiertos- en viernes, lo que propiciaba que se quedara sin fin de semana. El y todo su equipo.

Al día siguiente por la noche estaba invitado a cenar con Cleo en casa de una de sus amigas más antiguas: quería presumir de novio, según le había dicho con una sonrisita burlona. El tenía un gran interés en participar de la vida de aquella mujer de la que estaba tan profundamente enamorado y de la que aún sabía tan poco. Pero aquello ahora se había ido al garete.

Por fortuna para él, a diferencia de Sandy, que nunca había entendido ni se había acostumbrado a sus disparatados horarios, Cleo también estaba en servicio de guardia constante, y podía verse obligada a salir a cualquier hora a levantar un cuerpo, allá donde se encontrara. Eso que hacía que se mostrara mucho más comprensiva, aunque no siempre lo llevara tan bien.

En las primeras fases de cualquier gran investigación había que dejar de lado todo lo demás. La primera tarea de la secretaria del oficial al cargo de la investigación consistía en limpiarle la agenda.

El momento más crucial eran las veinticuatro horas que seguían a la comisión del delito. Había que limitar el escenario del crimen para proteger en lo posible las pruebas forenses. El criminal estaría en su máximo estado de ansiedad, la «niebla roja» en la que solía encontrarse la gente después de cometer un delito grave, en la que podía comportarse de un modo errático. Podían encontrarse testigos oculares que aún lo tuvieran todo fresco, y había más posibilidades de llegar hasta ellos rápidamente a través de los medios de comunicación locales. Y todas las cámaras de circuito cerrado en un radio razonable aún conservarían las grabaciones de las últimas veinticuatro horas.

Grace echó un vistazo a las notas escritas por su secretaria, que tenía junto al cuaderno de actuaciones del caso, recién estrenado.

– Son las 18.30 del viernes 9 de enero -anunció, en voz alta-. Esta es la primera reunión de la Operación Pez Espada.

El ordenador de la Policía de Sussex proporcionaba los nombres de las operaciones al azar, en la mayoría de los casos sin ninguna relación con el caso en el que se estaba trabajando. Pero en esta ocasión el nombre podía resultar de lo más irónico, por lo escurridizos que son los peces.

Grace estaba satisfecho de que todos los agentes en los que más confiaba estuvieran disponibles para trabajar en su equipo. Todos menos uno. Sentados en la sala estaban el agente Nick Nicholl, aún ojeroso por falta de sueño a causa de su reciente paternidad; la agente Emma-Jane Boutwood; la eficaz sargento Bella Moy, con su habitual caja de Maltesers abierta sobre la mesa; el beligerante sargento Norman Potting; y el sargento Glenn Branson, colega y discípulo de Grace. Faltaba el sargento Guy Batchelor, que se había tomado sus vacaciones anuales. En su lugar tenía a un agente con el que había trabajado tiempo atrás y que le había impresionado mucho, Michael Foreman, un hombre delgado y decidido, con el cabello oscuro engominado, que tenía un aire de seguridad que hacía que la gente se dirigiera a él de forma instintiva, aunque no fuera el oficial al mando. El año anterior, después de que le ascendieran temporalmente a sargento en funciones, Foreman había colaborado con el equipo en la Central de Inteligencia Regional. Ahora había vuelto a la Sussex House y a ejercer el papel de su rango, pero Grace estaba seguro de que no tardaría mucho en ascender a sargento. Y sin duda estaba destinado a llegar mucho más alto.

Entre los habituales también estaba presente John Black, analista del sistema HOLMES, un tipo afable de cabello gris que podría pasar por un discreto oficinista, y el agente Don Trotman, encargado de comprobar en el MAPPA la central de relación entre los diferentes cuerpos de seguridad, si algún recluso recientemente liberado tenía antecedentes de delitos sexuales y un modus operandi que concordara con el del delincuente que buscaban. Él lo sabría.

La que era nueva en el equipo era la analista Ellen Zoratti, que trabajaría en estrecha colaboración con la división de Brighton y el analista del HOLMES, procesando los datos del servicio de inteligencia, consultando la base de datos de la Policía y la SCAS (siglas en inglés de la Sección de Análisis de Grandes Delitos), además de responder a órdenes directas de Roy Grace.

También se incorporaba por primera vez la jefa de prensa, Sue Fleet, del renovado Equipo de Relaciones Públicas de la Policía. Aquella agradable pelirroja de treinta y dos años, que había sido un miembro popular y respetado de la comisaría de John Street, en el centro de Brighton, sustituía al anterior jefe de Relaciones Públicas, Dennis Ponds, experiodista que había tenido una difícil relación con diversos miembros del cuerpo, incluido el propio Grace.

Roy quería que Sue Fleet estuviera presente para organizar inmediatamente una estrategia respecto a los medios. Necesitaba obtener una respuesta rápida del público que le ayudara a encontrar al agresor y a alertar a la población femenina de los posibles daños a los que se enfrentaba, pero al mismo tiempo quería evitar el pánico generalizado. Era un delicado equilibrio de relaciones públicas, y la labor sería todo un reto para ella.

– Antes de empezar -señaló Grace-, quiero recordaros algunas estadísticas. En Sussex tenemos un buen índice de resolución de homicidios: en la última década se ha resuelto el noventa y ocho por ciento de todos los asesinatos. Pero en violaciones hemos caído por debajo de la media nacional del cuatro por ciento; apenas rebasamos el dos por ciento, una cifra inaceptable.

– ¿Tú crees que se debe a la actitud de algunos agentes? -preguntó Potting, que lucía una de las viejas americanas de tweed que siempre llevaba, impregnadas en humo de pipa. A Grace le parecía que le daban más un aspecto de anciano profesor de Geografía que de investigador-. ¿O a que algunas víctimas simplemente no son testigos fiables… debido a otras circunstancias?

– ¿Otras circunstancias dices, Norman? ¿Cómo cuando los policías de antes insinuaban que las mujeres violadas se lo habían buscado? ¿Es eso lo que quieres decir?

Potting gruñó, evitando definirse.

– ¡Por amor de Dios! ¿En qué planeta vives? -espetó furiosa Bella, a la que nunca le había gustado Potting-. ¡Trabajar contigo es como vivir en otro planeta!

El sargento se encogió de hombros, a la defensiva, y luego murmuró algo apenas audible, como si no estuviera lo suficientemente convencido como para decir en voz alta lo que fuera que le había pasado por la cabeza.

– Sabemos que algunas mujeres declaran haber sido violadas porque se sienten culpables, ¿no? Eso te hace preguntarte cosas.

– ¿Preguntarte qué cosas? -replicó Bella.

Grace tenía los ojos clavados en Potting. Casi no se creía lo que estaba oyendo. Estaba tan enfadado que se sintió tentado de apartar a aquel hombre del caso de inmediato. Empezaba a pensar que había cometido un error metiendo a un tipo de tan poco tacto en un caso tan sensible. Potting era un buen policía, con una serie de virtudes como investigador que, desgraciadamente, no iban acompañadas de unas habilidades sociales que estuvieran al mismo nivel. La inteligencia emocional era uno de los principales activos de un buen investigador. Y en ese campo, en una escala de uno a cien, Potting habría dado un resultado próximo a cero. Sin embargo, podía llegar a ser tremendamente efectivo, sobre todo en investigaciones de calle. A veces.

– ¿Quieres seguir en este caso, Norman? -le preguntó Grace.

– Sí, jefe, sí quiero. Creo que podría contribuir a su resolución.

– ¿De verdad? -replicó Grace-. Bueno, pues entonces dejemos algo claro, desde el principio -puntualizó, mientras paseaba la mirada por todos los presentes-. Yo odio a los violadores tanto como odio a los asesinos. Los violadores destruyen las vidas de sus víctimas. Sea una violación cometida por un extraño, por la pareja o por alguien conocido y de confianza para la víctima. Y no hay ninguna diferencia entre un caso y el otro, tanto si la víctima es mujer como si es hombre. ¿De acuerdo? Pero en este momento resulta que nos enfrentamos a agresiones a mujeres, que son más frecuentes.

Se quedó mirando fijamente a Potting, y prosiguió:

– Sufrir una violación es como sufrir un grave accidente de tráfico que te deje tullido de por vida. En un momento, la mujer pasa de su vida normal y plácida a encontrarse hecha trizas, una piltrafa. Se enfrenta a años de terapia, a años de pánico, de pesadillas, de desconfianza. Por mucha ayuda que reciba, nunca volverá a ser la misma. Nunca volverá a llevar lo que conocemos como una vida «normal». ¿Entiendes lo que digo, Norman? Algunas mujeres violadas acaban autolesionándose. Se frotan la vagina con estropajos de metal y lejía porque sienten una necesidad imperiosa de quitarse de encima lo que han vivido. Eso es solo una pequeña parte de las consecuencias que puede tener una violación sobre la víctima. ¿Lo entiendes? -Miró a todos los presentes-. ¿Lo entendéis?

– Sí, jefe -masculló Potting-. Lo siento, no pretendía parecer insensible.

– ¿Es que un hombre con cuatro matrimonios fallidos a sus espaldas puede conocer el significado de la palabra «insensible»? -preguntó Bella, que agarró con rabia un Malteser de la caja, se lo metió en la boca y lo aplastó entre los dientes.

– Bueno, Bella, ya está bien -intervino Grace-. Creo que Norman sabe de lo que hablamos.

Potting fijó la mirada en su cuaderno, con el rostro rojo como un tomate, y asintió, sumiso.

Grace volvió a mirar sus notas.

– Tenemos otro asunto algo delicado. En Nochevieja, el comisario jefe, el subcomisario jefe y también dos de los otros cuatro comisarios de la división estaban en la misma cena del hotel Metropole que Nicola Taylor, la primera víctima de violación.

Se produjo un momento de silencio.

– ¿Estás diciendo que eso los convierte en sospechosos, jefe? -preguntó el agente Foreman.

– Todo el que estuviera en el hotel es un sospechoso potencial, pero creo que de momento preferiría llamarlos «testigos materiales a la espera de investigación para ser descartados» -respondió Grace-. Vamos a tener que interrogarlos, como a todos los demás. ¿Algún voluntario?

Nadie levantó la mano. Roy hizo una mueca.

– Parece que voy a tener que asignar esa tarea a uno de vosotros personalmente. Podría ser una buena ocasión para ganar puntos de cara a un ascenso… o para joderos la carrera de una vez por todas.

En la sala hubo unas cuantas sonrisas incómodas.

– Yo recomendaría a nuestro maestro en delicadeza y tacto: Norman Potting -propuso Bella.

Aquello provocó unas cuantas risas apagadas.

– No me importaría hacerme cargo de eso -dijo él.

Grace decidió que Potting era la última persona de aquella sala a quien le asignaría aquella tarea; hizo una anotación en su cuaderno de actuaciones y luego estudió sus notas durante un momento.

– Tenemos dos violaciones a manos de extraños en ocho días, con un modus operandi lo suficientemente parecido como para suponer, de momento, que se trata del mismo agresor -prosiguió-. El muy animal obligó a ambas víctimas a que ejecutaran maniobras sexuales con sus zapatos y luego las penetró por el ano con los tacones de esos mismos zapatos. Después las violó él mismo. Por lo que hemos podido saber (y la segunda víctima hasta ahora solo nos ha dado una información limitada), le costaba mantener la erección. Eso pudo ser debido a una eyaculación prematura o a una disfunción sexual. Hay una diferencia significativa en su modus operandi. En 1997, el Hombre del Zapato se llevaba solo un zapato y las medias de sus víctimas. En la violación de Nicola Taylor, en el Metropole, se llevó toda su ropa, incluidos ambos zapatos. En el caso de Roxy Pearce, solo se llevó los zapatos.

Hizo una pausa para volver a repasar sus apuntes, mientras varios de los miembros de su equipo tomaban notas.

– Nuestro agresor parece ser un tipo meticuloso en cuanto a evitar dejar rastros. En ambos casos llevaba un pasamontañas negro y guantes quirúrgicos, y usó condón. O se afeitó el vello corporal, o tenía poco por naturaleza. Lo han descrito como un tipo de altura media a baja, delgado y educado al hablar, con un acento neutro.

Potting levantó la mano y Grace asintió.

– Jefe, tú y yo participamos en la Operación Crepúsculo, la desaparición de una mujer en 1997 que podría guardar relación con un caso similar de la época, el del Hombre del Zapato: la Operación Houdini. ¿Crees que puede haber algún vínculo?

– Aparte de las diferencias en cuanto a los trofeos que se llevó, el modus operandi del Hombre del Zapato es muy similar al de este agresor. -Grace hizo un gesto con la cabeza en dirección a la analista-. Ese es uno de los motivos por los que he hecho venir a Ellen.

El D.I.C. de Sussex tenía cuarenta analistas. Todos, salvo dos, eran mujeres, la mayoría con formación en sociología. Los analistas varones eran tan poco frecuentes que eran objeto de todo tipo de bromas. Ellen Zoratti era una mujer brillante de veintiocho años, con el cabello oscuro a la altura de los hombros y con un corte moderno; iba elegantemente vestida con una blusa blanca, falda negra y unas medias de cebra.

Junto con otra analista, trabajarían día y noche, a turnos alternos: podían tener un papel crucial en los días siguientes. Entre las dos elaborarían perfiles personales de las dos víctimas, proporcionando al equipo información sobre su pasado familiar, su estilo de vida y sus amistades. Las investigarían tan a fondo y con tanto detalle como si fueran agresores.

También aportaría información, posiblemente crucial, la Unidad de Investigación Tecnológica, de la planta baja, que había iniciado el proceso de análisis de los teléfonos móviles y los ordenadores de ambas víctimas. Estudiarían todas las llamadas y mensajes electrónicos enviados y recibidos por las dos mujeres, a partir de los datos recabados de sus teléfonos y de las operadoras. Analizarían los correos electrónicos y los chats en los que hubieran podido tomar parte. Sus agendas de direcciones. Las páginas web que visitaban. Si tenían algún secreto electrónico, el equipo de investigación de Grace muy pronto lo sabría.

Además, la Unidad de Investigación Tecnológica había destinado un analista cibernético oculto para que se conectara a los chats para fetichistas de los zapatos y de los pies, para que estableciera relaciones con otros visitantes, con la esperanza de descubrir nuevos enfoques extremos.

– ¿Crees que podría tratarse de un imitador, Ellen? -le preguntó Foreman-. ¿O del mismo agresor de 1997?

– He iniciado un análisis comparativo entre los dos casos -respondió ella-. Uno de los datos cruciales que se ocultó a la prensa y a la opinión pública de la Operación Houdini fue el modus operandi del agresor. Es demasiado pronto para daros algo definitivo, pero por lo que tengo hasta ahora, y apenas acabamos de empezar, parece posible que se trate del mismo agresor.

– ¿Tenemos alguna información de por qué dejó de delinquir el Hombre del Zapato, señor? -preguntó Emma-Jane.

– Todo lo que sabemos de la Operación Houdini -dijo Grace- es que dejó de actuar coincidiendo con la desaparición de Rachael Ryan, posiblemente su sexta víctima. Yo trabajé en el caso, que sigue abierto. No tenemos pruebas, ni siquiera indicios, de que se tratara de una de sus víctimas, pero encajaba en el patrón.

– ¿Y eso? -preguntó Foreman.

– Se había comprado un par de zapatos caros en una tienda de Brighton alrededor de una semana antes de su desaparición. Todas las víctimas del Hombre del Zapato se habían comprado un par de zapatos muy caros antes de la agresión. Una de las líneas de investigación seguidas en la Operación Houdini en aquel tiempo era la de interrogar a las dientas de las zapaterías de Brighton y Hove. Pero de ahí no sacamos nada en claro.

– ¿En aquel tiempo había grabaciones de circuito cerrado? -preguntó Bella.

– Sí -respondió Grace-. Pero la calidad no era tan buena, y la ciudad no tenía una cobertura como la de ahora, ni mucho menos.

– Así pues, ¿qué teorías tenemos que expliquen por qué paró el Hombre del Zapato? -preguntó Foreman.

– No lo sabemos. En aquel momento, el analista (el experto en conducta Julius Proudfoot) nos dijo que quizá se hubiera mudado a otro condado o a otro país. O que quizás estuviera en la cárcel por algún otro delito. O que podía haber muerto. O que hubiera iniciado una relación que satisficiera sus necesidades.

– Si es la misma persona, ¿por qué iba a parar durante doce años para volver a atacar luego otra vez? -planteó Bella-. ¿Y por qué variar ligeramente su modus operandi?

– Proudfoot no le da demasiada importancia a la diferencia en los trofeos que se quedaba en 1997 y ahora. Le interesa más el hecho de que el modus operandi en general sea similar. En su opinión, podría haber diversos motivos que explicaran por qué alguien vuelve a delinquir. Si se trata del Hombre del Zapato, sencillamente podría ser que haya vuelto a la zona y que considere que ya ha dejado pasar suficiente tiempo. O que la relación que tiene ha cambiado, y que ya no satisface sus deseos. O que le han soltado de la cárcel, después de estar recluido por algún otro delito.

– Uno bastante grave, si ha cumplido doce años -observó Branson.

– Y eso es fácil de investigar -dijo Grace. Luego se giró hacia Ellen Zoratti-. Ellen, ¿has encontrado alguna otra violación con un modus operandi similar en el resto del país? ¿O alguien que haya estado entre rejas doce años?

– Nada que se parezca al Hombre del Zapato, salvo por un tipo de Leicester llamado James Lloyd, que violaba a mujeres y luego les quitaba los zapatos, señor. Actualmente está cumpliendo la perpetua. He vuelto a comprobar sus delitos y sus movimientos, y lo he descartado. Estaba en Leicester en el momento en que se cometieron estos delitos en Brighton, y he confirmado que aún está en la cárcel. -Hizo una pausa y echó un vistazo a sus notas-. He elaborado una lista de todos los agresores sexuales que entraron en prisión a partir de enero de 1998 y que han salido antes de la pasada Nochevieja.

– Gracias, Ellen, eso nos irá muy bien -dijo Grace. Luego se dirigió a todo el equipo-: Es un hecho que un gran porcentaje de los violadores sin relación previa con la víctima empiezan con delitos menores: exhibicionismo, roces, masturbaciones en público…, esas cosas. Es muy posible que nuestro agresor hubiera sido arrestado por algún delito menor cuando era más joven. Le he pedido a Ellen que consulte las bases de datos de la Policía, local y nacional, en busca de delincuentes y casos que pudieran encajar con esta línea cronológica antes de las primeras violaciones, en 1997 (y durante el periodo intermedio). Por si aparecen robos de zapatos de señora o casos de escándalo público en los que se hayan usado esos zapatos, por ejemplo. También quiero que interroguemos a todas las prostitutas y dominatrices de la zona sobre cualquier cliente fetichista de los pies o de los zapatos que hayan podido tener.

Entonces se giró hacia Branson.

– En relación con esto, el sargento Branson ha estado estudiando el informe del doctor Proudfoot sobre el Hombre del Zapato. ¿Qué nos puedes decir, Glenn?

– ¡Esto podría ser un superventas! -bromeó Glenn, levantando un documento de aspecto pesado-. Doscientas ochenta y dos páginas de análisis de conducta. Solo he podido leerlo en diagonal, porque el jefe me lo ha encargado hoy mismo, pero hay algo muy interesante. Existen cinco delitos relacionados directamente con el Hombre del Zapato, pero el doctor Proudfoot cree que podría haber cometido muchos más que habrían quedado sin denunciar.

Hizo una breve pausa.

– Muchas víctimas de violación quedan tan traumatizadas que no pueden afrontar el proceso de denunciarlo. Pero ahora viene lo interesante: la primera de las violaciones denunciadas del Hombre del Zapato, en 1997, se produjo en el Grand Hotel, tras un baile de Halloween. Metió a una mujer en una habitación. ¿Os suena?

Se produjo un silencio incómodo en la sala. El Grand Hotel estaba al lado del Metropole.

– Y hay más -prosiguió Branson-. La habitación del Grand estaba a nombre de una mujer llamada Marsha Morris. Pagó en efectivo y todos los esfuerzos por seguir el rastro fracasaron.

Grace asimiló la información en silencio, pensando a toda prisa. La habitación del Metropole en la que habían violado a Nicola Taylor en Nochevieja estaba a nombre de una mujer, según el gerente. Y también se llamaba Marsha Morris. Pagó en efectivo. La dirección que había escrito en el registro era falsa.

– Alguien se está riendo de nosotros -dijo Nicholl.

– ¿Significa eso que es el mismo agresor -preguntó Emma-Jane-, o un imitador con un sentido del humor enfermizo?

– ¿Se hizo público algún dato de esa información? -intervino Foreman.

Grace meneó la cabeza.

– No. El nombre de Marsha Morris no se dio a conocer.

– ¿Ni siquiera al Argus?

– Al Argus menos que a nadie. -Grace hizo un gesto a Branson para que continuara.

– Aquí es donde se pone más interesante -prosiguió el sargento-. Otra de las víctimas fue violada en su casa, en Hove Park Road, exactamente dos semanas más tarde.

– Ese es un barrio muy elegante -observó Foreman.

– Mucho -coincidió Grace.

Branson prosiguió:

– Cuando llegó a casa, la alarma antirrobo estaba encendida. Ella la desactivó, subió a su dormitorio y allí la atacó el violador, que estaba escondido en un armario.

– Igual que el agresor de Roxy Pearce anoche -señaló Grace-, por lo que sabemos hasta ahora.

Durante unos momentos, nadie habló. Luego lo hizo Branson.

– La siguiente víctima del Hombre del Zapato fue violada en la playa, bajo el Palace Pier. La siguiente, en el aparcamiento de Churchill Square. Y la última (si la suposición del jefe es correcta) fue asaltada cuando volvía a casa caminando después de una fiesta de Nochebuena con sus amigas.

– Entonces lo que dices, Glenn -dedujo Bella-, es que deberíamos vigilar de cerca los aparcamientos dentro de una semana.

– No vayas tan lejos, Bella -dijo Grace-. No vamos a permitir que llegue a ese punto.

Roy mostró una sonrisa valiente y confiada ante su equipo. Aunque en realidad no se sentía tan seguro.

Capítulo 38

Martes, 6 de enero de 1998

– ¿Funciona? -preguntó.

– Sí, claro que funciona. No la vendería si no, ¿qué se cree? -respondió el otro, mirando a aquel hombre delgado vestido con un mono marrón como si acabara de ofenderle en lo más profundo-. Aquí todo funciona, colega. ¿Vale? Si quieres basura, puedo indicarte otro sitio, subiendo la calle. Aquí solo trabajo con calidad. Todo funciona.

– Eso espero.

Se quedó mirando el arcón congelador blanco encajado entre las mesas de escritorio, las sillas de oficina y los sofás puestos en vertical en la parte trasera de aquel enorme emporio de muebles de segunda mano de Lewes Road.

– Tiene treinta días de garantía. Durante el próximo mes, si hay algún problema, me lo devuelves. Sin problemas.

– ¿Pides cincuenta libras?

– Sí.

– ¿Qué descuento me haces?

– Aquí todo tiene el descuento aplicado.

– Te doy cuarenta.

– ¿En efectivo?

– Ajá.

– ¿Te lo llevas tú? Por ese precio no entrego a domicilio.

– ¿Me echas una mano?

– ¿Esa furgoneta de fuera es la tuya?

– Sí.

– Pues más vale que nos pongamos en marcha. Ahí viene un guardia.

Cinco minutos más tarde se puso al volante de la Transit, unos segundos antes de que llegara el guardia. Arrancó el motor y abandonó el sitio donde había aparcado, en zona de doble línea amarilla. Oyó el ruido metálico de su nueva compra al botar sobre la arpillera, única cobertura que había sobre la base de metal, y momentos más tarde oyó cómo se deslizaba al frenar de golpe, obligado por el tráfico de la rotonda.

En caravana, pasó por Sainsbury's, luego giró a la izquierda en el semáforo, pasó bajo el viaducto y siguió en dirección a Hove, hacia el garaje donde yacía la joven.

La joven que le miraba desde la portada del Argus, en cada quiosco, bajo el anuncio «¿Ha visto a esta persona?». Seguido de su nombre: Rachael Ryan.

Él asintió.

– Sí, sí que la he visto.

«¡ Sé dónde está!»

«¡Está esperándome!»

Capítulo 39

Los zapatos son vuestras armas, señoritas, ¿verdad? Los usáis para hacer todo el daño que podáis a los hombres, ¿no?

Sabéis a lo que me refiero: no hablo de daños físicos, de los golpes y las heridas que podéis hacerles en la piel a los hombres golpeándolos con ellos. Hablo de los sonidos que hacéis con ellos. Del clac-clac-clac de vuestros tacones sobre los suelos de madera, sobre las losas de cemento, sobre las baldosas, sobre los caminos de ladrillo.

Te pones esos zapatos tan caros. Y eso significa que vas a algún sitio… y que me dejas solo otra vez. Yo oigo ese clac-clac-clac cada vez más tenue. Es el último sonido que oigo de ti. Y el primero que oigo cuando vuelves. Horas más tarde. A veces hasta un día más tarde. No me cuentas dónde has estado. Te ríes de mí. Te mofas de mí.

Una vez, cuando volviste y yo estaba de mal humor, te me acercaste. Pensé que ibas a darme un beso. Pero no lo hiciste. Simplemente me clavaste el tacón de aguja con fuerza sobre el pie desnudo. Me atravesaste la carne y los huesos, hasta dar contra la madera del suelo.

Capítulo 40

Sábado, 10 de enero de 2010

Se le había olvidado cuánto disfrutaba con aquello. Lo adictivo que se había vuelto. Pensó que sería solo una vez, por los viejos tiempos. Pero aquella vez le había hecho desear otra. Y ahora se disponía a arrancar de nuevo. ¡Sí!

¡Sacaría el máximo partido de aquellos meses de invierno, en los que podía ponerse abrigo y bufanda, ocultar la nuez, pasearse sin problemas, como cualquier otra señora elegante de Brighton! Le gustaba el vestido que había elegido, un Karen Millen, y el abrigo de pelo de camello de Prada, el chal Cornelia James alrededor del cuello, el gran bolso colgado al hombro y los suaves guantes de piel en las manos. Pero lo que más le gustaba era la sensación de sus botas de aspecto mojado. Oh, sí. ¡Se sentía taaaaaan a gusto! Casi se atrevería a decir que… ¡sexy!

Se abrió paso por las Lanes, bajo la llovizna. Estaba perfectamente vestido y protegido contra la lluvia y el frío viento, y sí… ¡taaaaan sexy! Lanzó repetidas miradas para verse reflejado en los escaparates. Dos hombres de mediana edad se cruzaron con él y uno le echó una mirada de admiración al pasar. Él le devolvió una mirada picara, mientras se abría paso por entre la multitud en las estrechas callejuelas. Pasó junto a una moderna joyería, luego frente a un anticuario que tenía fama de pagar bien por objetos robados.

Dejó atrás el pub Druid's Head, el Pump House, luego el restaurante English's, cruzó East Street y giró a la derecha hacia el mar, en dirección a Pool Valley. Luego dobló a la izquierda frente al restaurante que en otro tiempo había sido el cine ABC y se encontró frente a su destino.

La zapatería Last.

Era una tienda especializada en calzado de diseño, que contaba con una gran oferta de marcas por las que tenía una predilección especial, como Esska, Thomas Murphy o Hetty Rose. Se quedó mirando el escaparate. Un par de preciosos y delicados Amia Kimono con motivos japoneses. Un par de Thomas Murphy Genesis de color petróleo con tacones plateados. Unos Esska Loops de ante marrón.

La tienda tenía el suelo de madera, un sofá estampado, un taburete calzador y unos colgadores con bolsos. Y, en aquel momento, una dienta. Una mujer elegante y guapa, de cuarenta y tantos, con una larga melena rubia y unas botas Fendi de piel de serpiente. Talla cinco. Y un bolso Fendi a juego colgado del hombro. ¡Vestida para matar, o para comprar!

Llevaba puesto un largo abrigo negro, un suéter de cuello alto y un sedoso pañuelo blanco en el cuello. Tenía la nariz respingona y los labios carnosos. No llevaba guantes. Se fijó en su alianza y en el gran pedrusco del anillo de compromiso. Quizás aún estuviera casada, pero podría estar divorciada. Podría ser cualquier cosa. Desde allí era difícil decirlo. Pero de una cosa estaba seguro.

Era su tipo. ¡Vaya!

Tenía en la mano un Homage con botón de la colección TN-29 de Tracey Neuls. De piel blanca perforada, con ribete de color marrón topo. Algo que podría haber llevado Janet Leigh en la oficina, antes de robar el dinero en la versión original de Psicosis. ¡Pero no eran sensuales! Parecían sacados de un concurso de Miss América de los años sesenta. «No los compres -la apremió, mentalmente-. ¡No, no!»

Había expuestos muchos otros zapatos y botas muchísimo más sensuales. Él los repasó con la mirada, analizando la forma, las curvas, los cierres, las costuras, los tacones de cada uno de ellos. Se imaginó a aquella mujer desnuda, solo vestida con los zapatos. Haciendo lo que él le dijera que hiciera con ellos.

«¡ No te compres esos!»

Ella, obediente, volvió a dejarlos donde estaban. Entonces se giró y salió de la tienda.

Al pasar a su lado, él percibió la densa nube de perfume Armani Code, que era como su propia capa de ozono. Entonces ella se paró, sacó un pequeño paraguas negro del bolso, lo levantó y lo abrió. Era una dama con estilo. Segura de sí misma. Desde luego, estaba claro que era el tipo de mujer que le gustaba. Y ahora llevaba un paraguas abierto, como una guía turística, solo para él, para que pudiera seguirla con facilidad entre la multitud.

«¡Oh, sí, el tipo de mujer que me gusta!»

«¡De las detallistas!»

Ella se puso en marcha, decidida, y él la siguió. El modo de caminar de aquella mujer tenía un aire propio de un animal de presa. Iba a la caza de zapatos, sin duda. Y eso estaba muy bien.

¡Él también iba de caza!

Se paró un momento en East Street para echar un vistazo al escaparate de Russell y Bromley. Entonces cruzó hacia L. K. Bennett.

Un instante más tarde él sintió un golpe violento, oyó un improperio y dio de pronto contra el suelo mojado, al tiempo que sentía un dolor agudo en el rostro, como si un centenar de abejas le hubieran picado a la vez. Una taza de poliestireno de Starbucks liberó su contenido de café hirviendo y acabó cayendo a su lado. De pronto sintió una ráfaga de aire frío en la cabeza y, en un arranque de pánico, notó que la peluca se le había caído.

La agarró y se la puso como puedo, sin preocuparse ni por un momento de su aspecto, y se encontró de pronto cara a cara ante un tipo como un armario, tatuado y con la cabeza rapada.

– ¡Maricón! ¿Por qué no miras por dónde vas, joder?

– ¡Que te jodan! -le contestó, a voz en grito, olvidándose por un instante de afinar la voz, se puso en pie como pudo, agarrándose con una mano la peluca rubia, y se puso en marcha trastabillando, consciente del olor a café caliente y de la desagradable sensación del líquido caliente que le corría por el cuello.

– ¡Nenaza de mierda! -rugió la voz a sus espaldas, mientras él arrancaba a correr, abriéndose paso por entre un grupo de turistas japoneses, con la mirada fija en el paraguas de la mujer que se movía en la distancia. Para su sorpresa, no se paró a mirar en L. K. Bennett, sino que siguió recto y se metió en las Lanes.

Giró a la izquierda. La siguió. Dejó atrás un pub y luego otra joyería. El metió la mano en el bolso, sacó un pañuelo de papel y se secó el café de la cara, rezando para que no le hubiera estropeado el maquillaje.

La rubia cruzó la concurrida Ship Street y giró a la derecha; luego a la izquierda por la calle de las boutiques caras: Duke's Lane.

«¡Buena chica!»

Entró en Profile, la primera tienda a la derecha.

Él miró por el escaparate. Pero no prestó atención a la exposición de zapatos y botas de los estantes, sino a su propio reflejo. Disimulando todo lo que pudo, se ajustó la peluca. Entonces se miró más de cerca el rostro: parecía que estaba todo bien, no vio manchas extrañas.

Entonces volvió a observar a la rubia. Estaba sentada en una silla, mirando su BlackBerry, apretando teclas. Apareció una vendedora con una caja, se la abrió con la misma ceremonia con que levanta un camarero la tapa de una sopera y le presentó su contenido a examen.

La rubia asintió, complacida.

La vendedora sacó un zapato Manolo Blahnik de satén azul y tacón alto con una hebilla cuadrada con brillantes.

Observó a la rubia mientras se probaba el zapato. Ella se puso en pie y caminó por la moqueta, observando el reflejo de su pie en los espejos. Parecía que le gustaba.

Entonces él entró en la tienda y empezó a mirar zapatos, aspirando el embriagador cóctel de aroma a piel curtida y a Armani Code. Vio a la rubia con el rabillo del ojo, la observó y «escuchó».

La vendedora le preguntó si querría probarse también el zapato izquierdo. La rubia dijo que sí.

Mientras se paseaba por la gruesa moqueta, la vendedora se acercó a él. Era una joven delgada, con el cabello oscuro y un acento irlandés. Le preguntó si podía ayudarle. Él, con su voz más fina, respondió que «solo estaba mirando, gracias».

– Tengo que dar un discurso importante la semana que viene -explicó la rubia. Tenía acento norteamericano, observó él-. Es un evento de media tarde. Me he comprado un vestido azul divino. Creo que el azul es un buen color para el día. ¿Qué le parece?

– El azul tiene que sentarle muy bien, señora. Lo veo en los zapatos. Y es un color muy propio para el día.

– Sí, ah, sí. Yo también lo creo. Ah, sí. Debería haber traído el vestido, pero ya veo que van a hacer juego.

– Combinan con muchos tonos de azul.

– Ah, sí…

La rubia se quedó mirando el reflejo de sus zapatos en el espejo unos momentos, y se dio unos golpecitos en los dientes con la uña. Entonces dijo las palabras mágicas:

– ¡Me los quedo!

«¡Buena chica!» Los Manolos eran estupendos. Preciosos. De categoría. Y lo más importante: tenían unos tacones de trece centímetros.

¡Perfecto!

Y le gustaba su acento. ¿Sería de California?

Se acercó con disimulo al mostrador donde tenía lugar la compra, escuchando atentamente, mientras fingía examinar un par de chinelas marrones.

– ¿La tenemos en el listado de dientas, señora?

– No creo.

– ¿Le importaría que la apuntáramos? Podríamos informarla de nuestras rebajas. Puede encontrar unas gangas excepcionales.

Ella se encogió de hombros.

– Bueno. ¿Por qué no?

– ¿Me da su nombre?

– Dee Burchmore. Señora.

– ¿Y su dirección?

– Sussex Square, 53.

«Sussex Square. En Kemp Town», pensó. Una de las plazas más bonitas de la ciudad. La mayoría de sus casas señoriales estaban divididas en pisos. Había que ser neo para tener una casa entera allí. Y también para comprarse aquellos Manolos. Y el bolso a juego, que ahora tenía entre las manos. Del mismo modo que la tendría él entre las manos muy pronto.

«Kemp Town», pensó. ¡Menuda coincidencia!

Aquello le traía buenos recuerdos.

Capítulo 41

Sábado, 10 de enero de 2010

Siempre que se compraba un par de zapatos, Dee Burchmore sentía un acceso de emoción y de culpa. No tenía ninguna necesidad de sentirse culpable, por supuesto. Rudy le animaba a que se vistiera bien, a que se pusiera guapa. El era ejecutivo del American & Oriental Banking, destinado durante cinco años a la sede de Brighton, recién inaugurada, para potenciar el arraigo de la compañía en Europa, así que para él el dinero no era en absoluto un problema.

Ella estaba orgullosa de Rudy y lo quería. Le encantaba que se esforzara en mostrar al mundo que, tras los escándalos económicos que habían sacudido a la banca estadounidense en los últimos años, aún había quien se preocupaba por los clientes. Rudy estaba atacando el mercado hipotecario británico con empeño, haciendo ofertas a los compradores de primera vivienda que ninguna de las entidades británicas, aún en proceso de recuperación tras la crisis financiera, podían plantear. Y ella tenía un papel importante en el proceso, en lo referente a las relaciones públicas.

En las horas que le quedaban a Dee entre el momento de llevar a sus hijos -Josh, de ocho años, y Chase, de seis- al colegio y el de recogerlos, Rudy le había encomendado la tarea de establecer todas las relaciones que pudiera por la ciudad. Quería que encontrara organizaciones benéficas a las que pudiera hacer significativas contribuciones el American & Oriental (ganándose así, por supuesto, una publicidad considerable como benefactores de la ciudad). Era un papel que a ella le iba que ni pintado.

Era una golfista experimentada, así que se había apuntado a la sección femenina del club de golf más caro de la ciudad, el North Brighton. Se había hecho socia del Rotary Club que le pareció más influyente de la ciudad, y se había prestado a participar en los comités de organización de varias de las principales instituciones de beneficencia de la ciudad, entre ellas el Martlet's Hospice, reputado centro de cuidados paliativos para enfermos terminales. La última cita que había tenido había sido con el comité de recaudación de fondos para el principal refugio para indigentes de Brighton y Hove, el Saint Patrick's, que contaba con un centro muy particular, con espacios privados al estilo de los hoteles-nicho japoneses para los indigentes, entre ellos exreclusos en proceso de reinserción.

Se quedó allí de pie, en la tiendecita, observando cómo la dependienta envolvía sus bonitos Manolos azules en papel de seda, para meterlos después con toda delicadeza en la caja. No veía el momento de llegar a casa y probarse el vestido con aquellos zapatos y con el bolso. Sabía que le iban a quedar estupendos. Justo lo que necesitaba para sentirse más segura de sí misma la semana siguiente.

Entonces miró el reloj: las 15.30. ¡Mierda! Había tardado más de lo que pensaba. Iba a llegar tarde a su manicura en el Nail Studio, en Hove, en la otra punta de la ciudad. Salió a toda prisa de la tienda, sin fijarse apenas en la extraña mujer con la peluca rubia torcida que miraba algo en el escaparate.

Por el camino hasta el aparcamiento, no se volvió ni una vez.

Si lo hubiera hecho, habría visto que aquella misma mujer la estaba siguiendo.

Capítulo 42

Martes, 6 de enero de 1998

Eran poco más de las diez de la noche cuando Roy puso el intermitente a la derecha. Iba más rápido de lo que habría sido sensato con aquella lluvia torrencial porque llegaba tardísimo, y casi derrapó al girar de golpe sobre el asfalto mojado. Dejó atrás la tranquila New Church Road y se metió en la calle residencial aún más tranquila que llevaba al paseo marítimo de Hove, donde vivía con Sandy.

El viejo BMW Serie 3 crujió, y los frenos emitieron un chirrido de protesta. El coche tenía que haber pasado la revisión meses atrás, pero él estaba más pelado que nunca, gracias en parte a una pulserita de brillantes que le había costado una barbaridad y que le había comprado como regalo sorpresa a Sandy por Navidad, así que la revisión iba a tener que esperar aún unos meses.

Por costumbre, repasó cada uno de los vehículos aparcados en las vías de acceso a las casas y en la calle, pero no detectó nada fuera de lugar. Al irse acercando a casa, inspeccionó cuidadosamente esas zonas oscuras aisladas a las que no llegaba del todo el brillo anaranjado de las farolas.

Una de las cosas que tenía ser policía, arrestar a los malos y, en muchos casos, tener que enfrentarse a ellos en el tribunal meses más tarde, era que nunca sabías quién podía tener algo en tu contra. Los ataques en represalia no eran frecuentes, pero Grace conocía a un par de colegas que habían recibido correos amenazadores, y la mujer de uno de ellos se había encontrado una amenaza de muerte grabada en la corteza de un árbol en el parque de su barrio. No era algo que le quitara el sueño, pero sí suponía un riesgo propio del trabajo. Podía intentar mantener su dirección en secreto, pero los delincuentes tenían modos de descubrir esas cosas. Nunca se podía bajar la guardia del todo, y aquello era algo que Sandy le echaba en cara.

En particular, le ponía de los nervios que, en los pubs o restaurantes, Roy siempre escogiera la mesa que le ofreciera la mejor visión posible de la sala y de la puerta, y que siempre intentara sentarse con la espalda contra la pared.

Grace sonrió cuando vio que las luces de la planta baja de su casa estaban encendidas, lo que significaba que Sandy seguía despierta, aunque le entristeció un poco ver que ya había quitado las luces de Navidad. Metió el coche en la vía de acceso y frenó frente a la puerta del garaje. El pequeño Golf de Sandy, aún más destartalado que el suyo, estaría aparcado dentro, bien seco.

La casa era el sueño de su mujer. Poco antes de que la encontrara, había tenido una falta y aquello había hecho aumentar sus esperanzas de quedarse embarazada, ilusión que se desvaneció unas semanas más tarde. Aquello la había sumido en una depresión profunda, hasta el punto de preocupar seriamente a Roy. Entonces, un día, ella le llamó al trabajo para decirle que había encontrado una casa. Estaba por encima de lo que podían pagar, admitió, pero tenía muchísimas posibilidades. ¡Seguro que le encantaba!

Habían comprado aquella casa adosada de cuatro dormitorios hacía poco más de un año. Había sido un gran cambio, tras el pequeño piso de Hangleton donde se habían ido a vivir tras su boda; había supuesto un esfuerzo económico importante para ambos. Pero Sandy se había enamorado de la casa y le había convencido de que debían dar el paso. Él había accedido pese a no estar muy convencido, y sabía cuál era el motivo por el que había dicho que sí: porque veía lo infeliz que era Sandy por no poder concebir y porque deseaba desesperadamente darle una alegría.

Apagó el motor y se sumergió en la lluvia helada, agotado. Se agachó, cogió del asiento del acompañante el abultado maletín en el que llevaba una tonelada de casos que quería revisar antes de irse a dormir, corrió hasta la puerta de la casa y entró.

– ¡Hola, cariño! -dijo, al entrar al recibidor. Era raro verlo así, desnudo y despojado de las decoraciones navideñas.

Oyó las voces procedentes del televisor. En el ambiente flotaba un sugerente aroma a algún plato de carne. Estaba hambriento. Se quitó la gabardina, la colgó en un perchero antiguo que habían comprado en un puesto del mercado de Kensington Street, dejó caer el maletín y entró en el salón.

Sandy, vestida con un grueso albornoz y cubierta por una manta, estaba echada en el sofá, con una copa de vino tinto en la mano, viendo las noticias. Un periodista hablaba, con un micrófono en la mano, desde un poblado arrasado por el fuego.

– Lo siento, cariño -se disculpó Roy.

Le sonrió. Estaba preciosa, con su cabello húmedo cayéndole descuidadamente sobre la cara y sin maquillaje. Era una de las cosas que más le gustaban de ella: que estaba igual de guapa con maquillaje que sin maquillar. Él siempre se levantaba pronto, y algunas mañanas disfrutaba quedándose en la cama despierto, unos minutos, solo para verle la cara.

– ¿Sientes lo que está pasando en Kosovo? -replicó ella.

Él se agachó y la besó. Olía a jabón y a champú.

– No, siento llegar tan tarde. Quería ayudarte a quitar las cosas de Navidad.

– ¿Por qué no sientes lo de Kosovo?

– Siento lo de Kosovo -reconoció-. También siento lo de Rachael Ryan, que todavía no ha aparecido, y siento lo de sus padres y su hermana.

– ¿Para ti son más importantes que lo de Kosovo?

– Necesito una copa -dijo-. Y me muero de hambre.

– Yo ya he cenado. No podía esperar más.

– Lo siento. Siento llegar tarde. Siento lo de Kosovo. Siento todos los malditos problemas del mundo que no puedo resolver.

Se agachó y sacó una botella de Glenfiddich del mueble bar. Mientras se la llevaba a la cocina, oyó que ella le decía:

– Te he dejado un plato de lasaña en el microondas y tienes ensalada en la nevera.

– Gracias -dijo él desde la cocina.

Al llegar, se sirvió cuatro dedos de whisky, echó unos cubitos de hielo, sacó su cenicero de cristal favorito del lavavajillas y volvió al salón. Se quitó la chaqueta, la corbata y se dejó caer en el sillón, ya que Sandy ocupaba todo el sofá. Se encendió un Silk Cut.

Casi de inmediato, como si se tratara de un reflejo pavloviano, Sandy sacudió con la mano una nube de humo imaginaria.

– Bueno, ¿y cómo te ha ido a ti el día? -preguntó él, mientras se agachaba y recogía una aguja de pino del suelo.

En la pantalla, frente a unos edificios arrasados, apareció una joven atractiva con el pelo negro de punta y ropa militar. Sostenía un micrófono y le contaba a la cámara el terrible precio que se estaba cobrando en vidas la guerra de Bosnia.

– Esa es el Ángel de Mostar -dijo Sandy, señalando la pantalla con un gesto de la cabeza-. Sally Becker. Es de Brighton. Está haciendo algo por la guerra. ¿Qué es lo que estás haciendo tú, detective Grace, a la espera de ser pronto el «inspector Grace»?

– Empezaré a enfrentarme al problema de la guerra de Bosnia, y a todos los demás problemas del mundo, cuando haya ganado la guerra de Brighton. Me pagan por ello -respondió, y dejó la aguja de pino en el cenicero.

Sandy sacudió la cabeza.

– No lo entiendes, ¿verdad, amor mío? Esa joven, Sally Becker, es una heroína.

– Sí que lo es. -Asintió-. El mundo necesita a gente como ella. Pero…

– Pero ¿qué?

Dio una calada al cigarrillo y un sorbo al whisky, sintiendo la reconfortante y cálida sensación en lo profundo de la garganta.

– No hay ninguna persona que pueda solucionar todos los problemas del mundo.

Ella se giró hacia él.

– Muy bien. Pues háblame del que estás solucionando tú -dijo, bajando el volumen del televisor.

Roy se encogió de hombros.

– Venga, quiero oírlo. Nunca me hablas de tu trabajo.

Siempre me preguntas cómo me ha ido el día y yo te hablo de la gente rara con la que tengo que enfrentarme en el centro médico. Pero cada vez que te pregunto, me sueltas algún rollo sobre confidencialidad. Así que, «futuro inspector Grace», cuéntame cómo te ha ido el día, para variar. Dime por qué llevo diez noches cenando sola, una tras otra. Cuéntame. Recuerda nuestras promesas matrimoniales. ¿No había algo sobre no tener secretos?

– Sandy -protestó él-. ¡Venga! ¡No me hagas esto!

– No, venga tú, para variar. Cuéntame cómo te ha ido el día. Dime cómo va la búsqueda de Rachael Ryan.

El dio otra calada profunda a su cigarrillo.

– No va a ningún lado -dijo.

– Bueno, eso ya es algo -exclamó ella, sonriendo-. Creo que es la primera vez que me hablas con tanta sinceridad en todos los años que llevamos casados. ¡Gracias, «futuro inspector Grace»!

Roy hizo una mueca.

– Deja de decir eso. Puede que nunca lo sea.

– Sí que lo serás. Eres el niño bonito del cuerpo. Conseguirás el ascenso. ¿Y sabes por qué?

– ¿Por qué?

– Porque para ti significa más eso que tu matrimonio.

– ¡Sandy! Venga ya, eso es…

Dejó el cigarrillo en el cenicero, se puso en pie de un salto, se sentó en el borde del sofá e intentó rodearla con un brazo, pero ella se zafó.

– Venga, cuéntame cómo te ha ido el día -insistió-. Quiero todos los detalles. Si me quieres de verdad, claro. Nunca he oído un relato minucioso, minuto por minuto, de un día de trabajo tuyo. Ni una sola vez.

Él volvió a ponerse en pie y apagó el cigarrillo contra el cenicero, que se llevó a la mesa junto al sofá, y volvió a sentarse.

– Me he pasado el día buscando a esa chica, ¿vale? Igual que el resto de la semana.

– Sí, vale. Pero ¿eso qué supone?

– ¿De verdad quieres saber los detalles?

– Sí que quiero. Desde luego que quiero saber los detalles. ¿Te supone algún problema?

Él encendió otro cigarrillo y dio una calada. Luego, con la boca llena de humo, dijo:

– He ido con otro sargento (un tipo llamado Norman Potting, que por cierto no es el agente más diplomático del cuerpo) a ver a los padres de la desaparecida una vez más. Están destrozados, como puedes imaginarte. Hemos intentado tranquilizarlos, contándoles todo lo que hacemos, y les hemos pedido toda la información que pudieran darnos sobre su hija y que no supiéramos ya. Potting ha conseguido cabrearlos a los dos.

– ¿Cómo?

– Les ha formulado todo tipo de preguntas raras sobre su vida sexual. Había que preguntárselo, pero hay formas y formas…

Dio otro sorbo a su copa y otra calada al cigarrillo; luego lo dejó en el cenicero. Ella lo miraba inquisitivamente.

– ¿Y luego?

– ¿De verdad quieres oír todo lo demás?

– Sí que quiero. Quiero oír todo lo demás.

– Bueno, pues hemos intentado sacarles todo lo que hemos podido sobre la vida de Rachael. Si tenía amigos o colegas del trabajo con los que se viera y con los que aún no hubiéramos hablado. Si aquello había sucedido antes… Hemos intentado hacernos una imagen de sus hábitos.

– ¿Y cuáles eran sus hábitos?

– Llamar a sus padres cada día, sin falta. Ese es el más significativo.

– ¿Y ahora hace diez días que no los llama?

– Exacto.

– ¿Crees que estará muerta?

– Hemos comprobado las cuentas del banco para ver si ha sacado dinero, y no lo ha hecho. Tiene una tarjeta de crédito y otra de débito, y no hay transacciones desde Nochebuena.

Bebió un poco más de whisky y observó, sorprendido, que había vaciado el vaso. Los cubitos de hielo chocaron entre sí al darle contra la boca cuando apuró las últimas gotas.

– O la tienen retenida contra su voluntad, o está muerta -concluyó Sandy en tono neutro-. La gente no desaparece de la faz de la Tierra como si nada.

– Sí que lo hace -dijo él-. Cada día. Miles de personas cada año.

– Pero si tenía esa relación tan próxima con sus padres, no querría hacerles daño así, deliberadamente, ¿no te parece?

El se encogió de hombros.

– ¿Qué te dice tu olfato de poli?

– Que esto no huele nada bien.

– ¿Y qué es lo siguiente?

– Estamos ampliando la búsqueda, las consultas casa por casa van en aumento, vamos cubriendo una extensión mayor; hemos incorporado nuevos agentes al equipo. Estamos buscando por los parques, los vertederos, el campo. Estamos examinando las grabaciones de circuito cerrado. Se están haciendo controles en todas las estaciones, puertos y aeropuertos. Estamos interrogando a sus amigos y a su ex novio. Y contamos con un psicólogo criminal para trazar el perfil del agresor.

Al cabo de unos momentos, Sandy preguntó:

– ¿Crees que es el violador ese del zapato, otra vez? ¿El Hombre del Zapato?

– Según parece, a la chica le vuelven loca los zapatos. Pero el modus operandi no es el mismo. Nunca se ha quedado con una de sus víctimas.

– ¿No me dijiste una vez que los delincuentes se vuelven más atrevidos y violentos con el tiempo? ¿Que cada vez van a más?

– Eso es cierto. El tipo que empieza como inofensivo exhibicionista puede acabar convirtiéndose en un violador violento. Lo mismo que los ladrones, cuando van cogiendo confianza.

Sandy dio un sorbo a su vino.

– Espero que la encuentres pronto y que esté bien.

Grace asintió.

– Sí -dijo, en voz baja-. Yo también lo espero.

– ¿La encontrarás?

No tenía respuesta para aquello. Al menos, no la que ella esperaba oír.

Capítulo 43

Sábado, 10 de enero de 2010

A Yac no le gustaban los borrachos, y mucho menos las guarrillas borrachas. Y menos aún, las guarrillas borrachas que se metían en su taxi. Especialmente a una hora tan temprana de la noche del sábado, cuando estaba ocupado leyendo las últimas noticias sobre el Hombre del Zapato en el Argus.

Y ahí tenía cinco chicas borrachas, todas sin abrigo, todas con vestiditos mínimos, con las piernas al aire, luciendo las tetas, los tatuajes y los piercings de los ombligos. ¡En enero! ¿No notaban el frío?

Solo estaba autorizado a llevar a cuatro. Se lo había dicho, pero se las había encontrado demasiado borrachas como para que le escucharan, amontonadas unas contra otras en la parada de East Street, gritando, cacareando, riéndose compulsivamente y diciéndole que las llevara al muelle.

El taxi se había llenado de sus olores: Rock'n Rose, Fuel for Life, Red Jeans, Sweetheart y Shalimar. Los reconocía todos. Ajá. En particular, reconocía el Shalimar.

El perfume de su madre.

Les dijo que no había más que un paseo, que con el tráfico de los sábados por la noche habrían llegado antes a pie, pero ellas habían insistido.

– ¡Hace un frío de perros, por Dios! -había respondido una de ellas.

Era una gordita, la que llevaba el Shalimar, con una tupida melena rubia y unos pechos medio descubiertos que daban la impresión de haber sido hinchados con un compresor para bicicleta. Le recordó un poco a su madre. Había algo en su rotundidad, en sus formas y en el color de su pelo…

– Sí -dijo otra-. Un frío de cojones.

Otra encendió un cigarrillo. Yac sintió el olor acre. Aquello también iba contra la ley, y se lo dijo mirándola, enojado, en el espejo.

– ¿Quieres una calada, guapetón? -dijo ella, con un mohín, al tiempo que le tendía el cigarrillo.

– Yo no fumo.

– Ya. Eres demasiado joven, ¿no? -dijo otra.

Y se echaron a reír con estridentes carcajadas.

Estuvo a punto de llevarlas hasta las ruinas del West Pier, casi un kilómetro más allá, solo para enseñarles que no debían meterse con el medio de vida de un pobre taxista. Pero no lo hizo, solo por un motivo.

Los zapatos y el perfume que llevaba la gordita.

Unos zapatos que le gustaban especialmente: Jimmy Choo, negros y plateados. Talla cuatro. Ajá. La talla de su madre.

Yac se preguntó qué aspecto tendría desnuda, con solo aquellos zapatos. ¿Se parecería a su madre?

Al mismo tiempo, se preguntó si el lavabo de su casa tendría la cisterna alta o baja. Pero lo malo de la gente borracha era que no se podía tener una conversación normal con ellos. Sería una pérdida de tiempo. Condujo en silencio, pensando en los zapatos. Aspirando su perfume. Mirándola por el espejo. Pensando, cada vez más, lo mucho que se parecía a su madre.

Giró a la derecha por North Street y cruzó Steine Gardens. Se detuvo en el semáforo y luego giró a la derecha y esperó su turno en la rotonda, para llegar después a las llamativas luces del Brighton Pier.

El taxímetro marcaba 2,40 libras. Había estado esperando en la parada media hora. No era una gran recompensa. No estaba contento. Y menos contento aún se quedó cuando una de ellas le dio 2,50 libras y le dijo que se quedara el cambio.

– ¡Ah! -dijo-. ¡Ah!

Los sábados por la noche el propietario del taxi esperaba hacer una buena caja.

Las chicas salieron a presión del vehículo, mientras él observaba por turnos los Jimmy Choo y la calle, por si aparecía algún coche patrulla. Las chicas maldecían el frío viento, agarrándose el pelo, tambaleándose sobre sus altos tacones y luego, sin cerrar la puerta trasera del taxi, empezaron a discutir entre ellas por qué habían decidido ir hasta allí en lugar de quedarse en el bar en el que estaban.

Él estiró el cuerpo hacia la ventanilla contraria.

– ¡Disculpen, señoritas! -dijo, en voz alta.

Cerró la puerta de un tirón y se puso en marcha hacia el paseo marítimo, con el taxi impregnado del olor a Shalimar, a humo de cigarrillo y a alcohol. Al cabo de un rato, paró sobre la doble línea amarilla, junto a la baranda del paseo, y apagó el motor.

Por la cabeza le pasaban un montón de cosas. Zapatos Jimmy Choo. Talla cuatro. La de su madre. Inspiró profundamente, saboreando el Shalimar. Eran casi las siete de la tarde. Su taza de té, cada hora, a la hora en punto. Aquello era muy importante. Lo necesitaba.

Pero tenía algo más en la cabeza, algo que necesitaba más.

Ajá.

Capítulo 44

Sábado, 10 de enero de 2010

A pesar del frío y del feroz viento, varios grupos de personas, en su mayoría jóvenes, pululaban por la entrada de la zona de ocio del embarcadero. Toda la estructura estaba animada con brillantes luces de colores, que se adentraban casi medio kilómetro hacia la oscuridad del canal de la Mancha. Una bandera británica ondeaba al viento. En la entrada, una valla gigantesca anunciaba la actuación de un grupo en directo. El puesto de helados no estaba haciendo un gran negocio, pero sí había cola ante los mostradores de Southern Fried Chicken, Doughnut, Meat Feast y Fish and Chips.

Darren Spicer, vestido con un chaquetón impermeable, vaqueros, manoplas de lana y una gorra de béisbol bien calada, estaba eufórico, totalmente ajeno al frío, mientras hacía cola para comprarse unas patatas fritas. El olor al aceite frito le estaba despertando el apetito. Se ajustó el cuello hasta la boca, se frotó las manos y miró el reloj. Las 19.52. Tenía que estar de vuelta en el Centro de Noche Saint Patrick's antes de las 20.30, hora del cierre de puertas, o perdería la cama, y desde allí tenía veinticinco minutos a paso ligero, a menos que cogiera un autobús o tuviera la extravagancia de tomar un taxi.

En el interior de uno de sus grandes bolsillos interiores llevaba un ejemplar del Argus que había sacado de un contenedor en el Grand Hotel, por el que se había pasado antes para fichar, ya que empezaría a trabajar el lunes, en un puesto en el que tendría que poner en práctica sus conocimientos de electricidad. El hotel estaba cambiando el cableado eléctrico, que, al parecer, no se había tocado desde hacía décadas. El lunes estaría en el sótano, tirando cables desde el generador de emergencia a la lavandería.

Era una gran extensión, y tenían poco personal. Aquello significaba que no habría mucha gente vigilándole. Y que prácticamente tendría el lugar a su disposición. Con todas las ganancias que ello podía implicar. Y tendría acceso al sistema informático. Ahora todo lo que necesitaba era un teléfono móvil de prepago. Eso no sería un problema.

¡Se sentía bien! ¡Se sentía fantástico! ¡En aquel momento era el hombre más poderoso de toda la ciudad! ¡Y probablemente el que iba más caliente!

Un grupito de chicas con poca ropa que bajaban de un taxi llamó su atención. Entre ellas había una gordita a la que casi se le salían las tetas de la blusa, con unos morritos carnosos. Se tambaleaba por el embaldosado de la entrada, con sus brillantes zapatos de tacón alto, sujetándose el cabello azotado por el viento. Parecía que había bebido un poco.

La minifalda se le subió con un soplo de viento y por un momento quedó a la vista la parte alta del muslo. Aquello le causó un repentino y momentáneo arranque de deseo. Era su tipo de chica. Le gustaban las mujeres con algo de carne. Sí, sin duda era su tipo.

Sí.

Le gustaba.

Le gustaban sus zapatos.

Dio una calada a su cigarrillo.

El taxi se fue.

Las chicas discutían por algo. Luego se dirigieron todas hacia la cola que había tras él.

Consiguió sus patatas y luego se separó unos pasos, se apoyó en un soporte de hierro y se quedó observando a las chicas en la cola, que seguían discutiendo y tomándose el pelo las unas a las otras. Pero en particular observaba a la gordita, y sentía cómo aumentaba ese arranque de deseo en su interior, pensando una y otra vez en aquella imagen que había visto de su muslo.

Para cuando las chicas consiguieron sus patatas y las pagaron, no sin antes rebuscar en sus bolsitos hasta dar con el dinero exacto, él ya se había acabado las suyas y había encendido otro cigarrillo. Se dirigieron hacia el muelle. La gordita se había quedado un poco atrás. Hacía esfuerzos por llegar a la altura de sus amigas, pero le costaba mantener el paso con aquellos tacones.

– ¡Eh! -gritó a las dos que iban atrás-. ¡Eh, Char, Karen, no corráis tanto! ¡No puedo seguiros!

Una de las cuatro se giró, riéndose y sin bajar el ritmo:

– ¡Venga, Mandy! A lo mejor será porque estás demasiado gorda, ¿no?

Mandy Thorpe, algo mareada por el exceso de cócteles, dio una carrerita y por un momento se puso a la altura de sus amigas.

– ¡Os podéis ir a la mierda con lo del peso! ¡No estoy tan gorda! -gritó, fingiéndose enfadada.

Al momento, cuando la entrada embaldosada dio paso a la pasarela de madera del muelle, ambos tacones se le quedaron encajados en una fisura, los pies se le salieron de los zapatos y cayó de bruces, desparramando por el suelo el contenido del bolso y las patatas fritas.

– ¡Mierda! -exclamó-. ¡Mierda, mierda y más mierda!

Se puso en pie como pudo, se agachó y embutió ambos pies dentro de los zapatos, agachándose aún más para desencajarlos con los dedos, maldiciendo aquella barata imitación de Jimmy Choo que se había comprado en un viaje a Tailandia y que le apretaba los dedos.

– ¡Eh! -gritó-. ¡Char, Karen, eh!

Dejando el amasijo de patatas embadurnadas de kétchup por el suelo, salió a trompicones tras ellas, ahora con más cuidado de no volver a meter los tacones en las rendijas. Dejó atrás una locomotora de juguete y se vio envuelta por las brillantes luces y el ruido de la feria. Oía una música de fondo, las campanillas de las máquinas y el sonido metálico de las monedas, los chillidos de alegría y alguna palabrota airada. Pasó junto a unas luces neón rosa con la forma de un petardo, luego frente a una máquina con la parte frontal de cristal llena de ositos de peluche y un rótulo intermitente en el que ponía BOTE EN EFECTIVO 35 £, y con una taquilla que tenía el aspecto de una marquesina victoriana de tranvía.

Entonces se encontraron de nuevo en el exterior y sintieron el frío glacial. Mandy llegó a la altura de sus amigas justo en el momento en que pasaban frente a una serie de casetas, cada una con su música estruendosa: «¡Pesquen un pato!»; «¡El bote de la langosta: 2 pelotas por 1 libra!»; «Tatuajes de henna!».

En la distancia, a su izquierda, contra el negro profundo del mar, se distinguían las luces de las elegantes casas de Kemp Town. Pasaron frente a la «Carrera de delfines», en dirección al tiovivo, al tobogán en espiral, a los autos de choque, a la montaña rusa Crazy Mouse y al Turbo Skyride, en el que Mandy se había montado una vez, y que la había dejado mareada varios días.

A su derecha tenían el Tren Fantasma y el Hotel del Horror.

– ¡Yo quiero subir al Tren Fantasma! -exclamó Mandy.

Karen se giró, mientras sacaba un cigarrillo del bolso.

– Es patético. Es una mierda, una memez. Yo necesito otra copa.

– ¿Y el Turbo? -propuso otra, Joanna.

– ¡Ni hablar! -protestó Mandy-. Yo quiero subir al Tren Fantasma.

Joanna sacudió la cabeza.

– A mí eso me da miedo.

– No da tanto miedo -aseguró Mandy-. Si no venís, iré yo sola.

– ¡No te atreves! -la desafió Karen-. ¡Eres una gatita asustada!

– ¡Ya veréis! -respondió Mandy-. ¡Vais a ver!

Dio una carrerita hasta la taquilla donde se vendían las fichas para las atracciones. Ninguna de ellas vio al hombre que las contemplaba desde cierta distancia, que tiraba el cigarrillo al suelo y lo apagaba con la suela del zapato.

Capítulo 45

Martes, 6 de enero de 1998

Nunca había visto un cadáver hasta aquel momento. Bueno, aparte del de su madre, claro. Se había quedado en los huesos, demacrada por culpa del cáncer que se la había comido por dentro, con tal voracidad que solo había dejado la piel. Y las malditas células cancerígenas probablemente también se habrían comido la piel, si el líquido de embalsamar no la hubiera petrificado.

Aunque habían hecho un buen trabajo. No sería él quien lo negara.

Su madre tenía el aspecto de estar durmiendo. Estaba bien metida en la cama, con su camisón, en una sala de la capilla de reposo de la funeraria. Perfectamente peinada. Con un poco de maquillaje en la cara para que tuviera un poco de color, y la piel con un tono un poco rosado gracias al líquido de embalsamado. El director de la funeraria le había dicho que había quedado muy guapa.

Mejor en muerte que en vida.

Una vez muerta ya no podría acosarle. No podría decirle, mientras se colaba en su cama, que era tan inútil como el borracho de su padre. Que su «cosita» era patética, que era más corta que los tacones de sus zapatos. Algunas noches llevaba un zapato con tacón de aguja a su cama y le obligaba a darle placer con el tacón.

Empezó a llamarle Colilla. El apodo enseguida se extendió por el colegio. «¡Eh, Colilla. ¿Te ha crecido ya un poquillo?», le decían los otros chicos y chicas.

Se había sentado a su lado, en la silla junto a la cama, tal como lo había hecho antes en la habitación del hospital durante los días en que la vida iba abandonándola. La había cogido de la mano. Estaba fría y huesuda, era como coger la mano de un reptil. Pero el reptil ya no podía hacerle ningún daño.

Entonces se había agachado y le había susurrado al oído: «Creo que se supone que debo decirte que te quiero. Pero no te quiero. Te odio. Siempre te he odiado. No veo la hora de que acabe tu funeral, porque luego voy a coger esa urna con tus cenizas y te voy a tirar en un contenedor de basura, que es donde te corresponde estar».

Sin embargo, la mujer que tenía ahora delante era diferente. No odiaba a Rachael Ryan. Se la quedó mirando, tendida en el fondo del congelador que había comprado esa misma mañana. Mirándole a través de unos ojos que se iban cubriendo de escarcha. La misma escarcha que se iba formando por todo su cuerpo.

Oyó por un momento el murmullo del motor del congelador. Entonces susurró:

– Rachael, siento lo ocurrido, ¿sabes? De verdad lo siento. Nunca quise matarte. Nunca he matado ni a una mosca. Yo no soy así. Solo quería que lo supieras. No es mi estilo. Cuidaré de tus zapatos, te lo prometo.

Entonces decidió que no le gustaba ver aquella mirada hostil en sus ojos. Como si aún pudiera acusarle, aunque estuviera muerta. Acusarle desde otro lugar, desde otra dimensión a la que.había llegado.

Cerró la tapa de golpe.

El corazón se le salía del pecho. Estaba cubierto de sudor.

Necesitaba un cigarrillo.

Tenía que pensar con mucha, mucha calma.

Encendió un cigarrillo y se lo fumó lentamente, pensando. Pensando. Pensando.

El nombre de la chica estaba por todas partes. La Policía la buscaba por toda la ciudad. Por todo Sussex.

Estaba temblando.

«¡Estúpida! ¡Mira que quitarme el pasamontañas!»

«Mira lo que has hecho. ¡Lo que nos has hecho a los dos!»

No debían encontrarla. Si encontraban el cuerpo, sabrían quién era. Tenían todo tipo de métodos. Todo tipo de artilugios científicos. Si la encontraban, sería cuestión de tiempo hasta que dieran con él.

Por lo menos, si la mantenía fría, evitaría el olor que había empezado a desprender. Las cosas congeladas no huelen. Así que ahora tenía tiempo. Una opción era dejarla ahí, pero era peligroso. La Policía había sacado en los periódicos que estaban buscando una furgoneta blanca. Alguien podría haber visto la suya. Alguien podría decirles que había una furgoneta blanca que a veces entraba y salía de allí.

Tenía que deshacerse de ella.

Tirarla al mar era una opción, pero el mar podía devolverla a la orilla. Si cavaba una tumba en un bosque, algún perro podía detectar el olor. Tenía que encontrar un lugar donde no hubiera perros que pudieran olisquear.

Un lugar donde nadie fuera a curiosear.

Capítulo 46

Sábado, 10 de enero de 2010

Quizá, después de todo, aquello no hubiera sido tan buena idea, pensó Mandy, a la que de pronto le había abandonado el valor, en el momento que entregaba la ficha al hombre de la entrada a la atracción del Tren Fantasma.

– ¿Da miedo? -le preguntó.

Era un chico joven y atractivo, con acento extranjero. Quizás español, pensó.

– No, no mucho. ¡Solo un poco! -dijo él, sonriendo-. Está bien.

– ¿Sí?

El asintió.

Subida a sus tacones, se encaminó por la pasarela hasta el primer coche. Era como una bañera victoriana de madera sobre unas ruedas de goma. Se subió tambaleándose, con el corazón en la garganta, y se sentó. Dejó el bolso a su lado.

– Lo siento, no puedes llevar el bolso. Yo te lo cuido.

De mala gana accedió. Entonces él bajó la barra de seguridad y la ajustó. Ya no había vuelta atrás.

– ¡Sonríe! -dijo él-. ¡Diviértete! Está bien, de verdad.

«Mierda», pensó ella. Entonces llamó a sus amigas:

– ¡Char! ¡Karen!

Pero el viento se llevó sus palabras. El vagón avanzó con un traqueteo, dando un golpe contra una puerta doble y sumiéndose en la oscuridad. Las puertas se cerraron violentamente tras ella y la oscuridad se hizo completa. A diferencia del aire húmedo del exterior, allí era seco y olía un poco a circuitos eléctricos recalentados y a polvo.

La oscuridad la envolvió. Aguantó la respiración. Entonces el coche giró de golpe a la derecha, ganando velocidad. Oía el ruido de las ruedas que resonaba por las paredes; era como ir en el metro. A ambos lados aparecieron unos destellos de luz. Oyó una risa tenebrosa. Unos tentáculos le rozaron la frente y el cabello, y ella gritó de miedo, cerrando los ojos con fuerza.

«Esto es de idiotas -pensó-. Qué tonta he sido. ¿Por qué? ¿Por qué he hecho esto?»

Entonces el coche impactó contra otra puerta doble. Abrió los ojos y vio un viejo larguirucho y polvoriento que se levantaba tras un escritorio y que se lanzaba de cabeza hacia ella. Mandy se encogió, tapándose los ojos, con el corazón en un puño. Todo el valor que le había dado el alcohol la estaba abandonando de pronto.

Cayeron por una larga rampa. Se destapó los ojos y vio que la luz se hacía cada vez más tenue y que volvía a sumirse en una oscuridad total. Oyó un silbido de serpiente. Entonces apareció: un reptil asqueroso, luminoso y esquelético salió de la oscuridad, le escupió y le mojó la cara con agua fría. Entonces un esqueleto blanquísimo salió de la oscuridad balanceándose, y ella se encogió, aterrorizada, convencida de que la golpearía.

Dieron contra una nueva puerta doble. Oh, Dios mío, ¿cuánto tiempo más iba a durar aquello?

Iban muy rápido, de bajada, en plena oscuridad. Oyó un frenazo y luego una carcajada horrible, como un cacareo. Sintió de nuevo el contacto de unos tentáculos, como si una araña le trepara por el cabello. Se abrieron otras puertas, giraron bruscamente a la izquierda y de repente se detuvieron. Mandy se quedó allí sentada, en plena oscuridad, temblando. De pronto sintió un brazo alrededor del cuello.

Un brazo humano. Olió un aliento cálido en la mejilla. Entonces una voz le susurró al oído. Una voz que no había oído nunca.

Se quedó helada del pánico.

– Tengo algo extra para ti, cariño.

¿Sería alguna broma pesada de Char y Karen? ¿Estaban por ahí, haciendo de las suyas?

El cerebro le iba a toda velocidad. Algo le decía que aquello no formaba parte de la atracción. Que algo iba muy mal. Al momento oyó un sonido metálico y la barra de seguridad se subió. Luego, temblando de pánico, sintió que la sacaban del coche y la arrastraban hasta una superficie dura. Algo duro le golpeó la espalda y se vio empujada a través de unas cortinas a un espacio que olía a aceite, donde cayó de espaldas sobre el duro suelo. Entonces oyó la puerta que se cerraba y un clic, como un interruptor, seguido casi de inmediato por un chirrido de maquinaria pesada. A continuación una linterna le enfocó la cara y la cegó momentáneamente.

Ella levantó la vista, casi paralizada por el miedo y la confusión. ¿Quién era aquel tipo? ¿El encargado de la atracción que había visto fuera?

– Por favor, no me hagas daño -dijo.

A través del haz de luz vio la silueta de la cara de un hombre cubierta con algo parecido a una media de nailon con unas rajas.

Cuando intentó abrir la boca y gritar, algo blando y de sabor desagradable se le metió dentro. Oyó una especie de desgarro y al momento tenía una cinta adhesiva sobre los labios, de un lado al otro de la cara. Intentó gritar de nuevo, pero lo único que le salió fue un sonido ahogado que parecía resonarle dentro de la cabeza.

– Estás deseándolo, ¿verdad, chata? Vestida así… ¡Y con esos zapatos!

Ella intentó alcanzarle con los puños, aporrearlo, arañarlo. Entonces vio un brillo en la oscuridad. Era la cabeza de un gran martillo. Aquel tipo lo tenía en la mano, a su vez, enfundada en un guante.

– Estate quieta o te dejo tiesa.

Ella se quedó inmóvil, aterrorizada, con la mirada fija en el frío metal.

De pronto sintió un porrazo a un lado de la cabeza. El cerebro se le llenó de lucecitas.

Luego, el silencio.

No llegó a notar cómo la penetraba, ni supo que se llevaba sus zapatos.

Capítulo 47

Sábado, 10 de enero de 2010

Garry Starling entró en el restaurante China Garden, que estaba atestado, poco después de las nueve, y se dirigió a toda prisa a su mesa, haciendo solo una breve pausa para pedir una cerveza Tsingtao al dueño, que salió a su encuentro para saludarle.

– ¡Hoy llega tarde, señor Starling! -dijo el jovial chino-. No creo que su esposa sea una señora muy contenta.

– ¡Cuéntame algo que no sepa! -respondió Garry, colocándole un billete de veinte libras en la mano.

Luego subió las escaleras a ritmo ligero hasta su mesa habitual y observó que los muy tragones ya se habían acabado los entrantes variados. Solo quedaba un solitario rollito de primavera en la enorme bandeja, y el mantel estaba sembrado de restos de algas y manchas de salsa. Los tres tenían aspecto de haberse tomado ya unas cuantas copas.

– ¿Dónde cojones estabas? -exclamó su esposa, Denise, dándole la bienvenida con su habitual sonrisa ácida.

– En realidad, estaba trabajando, querida -dijo, al tiempo que le daba un beso a Ulla, la excéntrica mujer de Maurice, algo hippy, y la mano al propio Maurice, y se sentaba en el espacio que quedaba entre ellos. A Denise no le dio ningún beso. Había dejado de hacerlo mucho tiempo atrás.

– Trabajando. ¿Sabes? Trabajando -dijo, girándose hacia su mujer y mirándola fijamente a los ojos-. Es una palabra que no está en tu vocabulario. ¿Sabes lo que significa? Ganando dinero para pagar la hipoteca de las narices. Y la cuenta de tu tarjeta de crédito.

– ¡Y tu mierda de caravana hippy!

– ¿Caravana? -dijo Maurice, asombrado-. Eso no es de tu estilo, Garry.

– Es una furgoneta Volkswagen. La original, con el parabrisas dividido en dos. Es una buena inversión, un artículo de colección. Pensé que nos iría bien a Denise y a mí hacer alguna excursión por carretera, dormir en plena naturaleza de vez en cuando, ¡volver a la naturaleza! Me habría comprado un barco, pero ella se marea.

– Es la crisis de los cuarenta, eso es lo que es -dijo Denise, dirigiéndose a Maurice y a Ulla-. Si se cree que me va a llevar de vacaciones en una caravana asquerosa, lo tiene claro. ¡Como el año pasado, cuando intentó que fuéramos en moto a Francia, de camping!

– ¡No es una caravana asquerosa! -dijo Garry, que se hizo con el último rollito de primavera, antes de que se lo quitaran; por error lo mojó en la salsa picante y se lo metió en la boca.

En el interior de su cabeza se produjo una pequeña explosión termonuclear que lo dejó temporalmente sin habla. Denise la aprovechó.

– ¡Tienes un aspecto de mierda! ¿Cómo te has hecho ese arañazo en la frente?

– Subiéndome a un jodido desván para cambiar un cable que se habían comido los putos ratones. Con un clavo que salía de una viga.

De pronto ella se inclinó y lo olisqueó.

– ¡Has estado fumando!

– He subido a un taxi en el que alguien había fumado -masculló, mientras masticaba.

– ¿Ah, sí? -respondió ella, escéptica, y luego se giró hacia sus amigos-. Quiere hacerme creer que lo ha dejado; se cree que soy tonta. Se lleva a pasear al perro, o sale en bicicleta, o a dar una vuelta con la moto, y vuelve horas más tarde apestando a humo. Eso siempre se huele, ¿o no? -puntualizó, mirando a Ulla, luego a Maurice, y bebió un poco de su Sauvignon Blanc.

La cerveza de Garry llegó a la mesa y él le dio un buen trago, mirando primero a Ulla, pensando que su alocado cabello tenía un aspecto aún más loco aquella noche, y luego a Maurice, que tenía más aspecto de sapo que nunca. Ambos, al igual que Denise, le parecían extraños, como si los estuviera mirando a través de un vidrio deformante. La camiseta negra de Maurice estaba en tensión, apretada contra su barriga cervecera, los ojos le salían de las órbitas y su horrible y carísima americana a cuadros, con sus brillantes botones de Versace, le quedaba demasiado justa. Parecía que la hubiera heredado de su hermano mayor.

Maurice salió en defensa de su amigo, sacudiendo la cabeza:

– Yo no huelo nada.

Ulla se inclinó hacia Garry y lo olisqueó, como un perro excitado.

– ¡Buena colonia! -dijo, evasiva-. Aunque huele un poco femenina.

– Chanel Platinum -dijo él.

Ella volvió a olisquear, frunció el ceño, dubitativa, y levantó las cejas, mirando a Denise.

– Así pues, ¿dónde narices has estado? -insistió Denise-. Tienes un aspecto horrible. Podías haberte peinado al menos.

– ¡Está soplando un viento huracanado ahí fuera, por si no te has dado cuenta! -replicó Garry-. He tenido que lidiar con un cliente cabreado; hoy estábamos cortos de personal, con uno con gripe, con otro enfermo de otra cosa y con un tal Graham Lewis, de Steyning, al que se le disparaba continuamente la alarma sin motivo y que amenazaba con cambiarse de compañía. Así que he tenido que encargarme yo. ¿Vale? Y resulta que eran los jodidos ratones.

Ella inclinó la copa en dirección a la boca para apurar las últimas gotas y entonces se dio cuenta de que ya estaba vacía. Al momento apareció un camarero con otra botella. Garry señaló su copa de vino, al tiempo que daba cuenta de su cerveza. Tenía los nervios de punta y necesitaba beber. Mucho.

– ¡Salud! -brindó.

– ¡Salud! -respondieron Maurice y Ulla, levantando sus copas.

Denise se tomó su tiempo. Tenía la mirada fija en Garry. Sencillamente, no le creía.

De todos modos, pensó Garry, ¿cuándo había sido la última vez que su mujer le había creído en algo? Se bebió media copa de un trago y el frescor del vino le alivió por un momento la sensación de ardor en el paladar. A decir verdad, era probable que la última vez que le había creído hubiera sido el día en que se habían casado, cuando le hizo aquellas promesas de amor.

Aunque… ni siquiera estaba seguro de aquello. Aún recordaba la mirada que le había echado ante el altar, cuando él le había puesto el anillo en el dedo y había respondido a las preguntas del vicario. No veía en sus ojos el amor que cabía esperar, sino más bien la expresión de petulante satisfacción del cazador que vuelve a casa con la presa muerta sobre el hombro.

En aquel momento, había estado a punto de echarse atrás.

Doce años más tarde, no había un día en que no deseara haberlo hecho.

Pero, bueno, estar casado tenía sus ventajas, no había que olvidarlo.

Estar casado te convertía en un tipo respetable.

Capítulo 48

Sábado, 10 de enero de 2010

He estado pensando en la redacción de las invitaciones a la boda -dijo Cleo desde la cocina.

– ¡Qué bien! -dijo Roy Grace-. ¿Quieres que le eche un vistazo?

– Ya nos lo miraremos cuando hayas cenado.

Él sonrió. Una cosa que estaba aprendiendo de Cleo era que le gustaba planificar las cosas con mucha antelación. Apenas iba a quedarles tiempo entre la boda y el nacimiento del niño. Ni siquiera podían fijar una fecha exacta por culpa de todo el papeleo necesario para conseguir que declararan a Sandy legalmente muerta.

Humphrey descansaba satisfecho a su lado, tendido en el suelo del salón, con una mueca que le daba un aspecto bobalicón, con la cabeza ladeada y la lengua medio salida. Roy acarició el cálido y suave vientre de la feliz criatura, mientras un político laborista echaba su sermón desde la pantalla plana del televisor en las noticias de las diez.

Pero él no escuchaba. Allí sentado, sin chaqueta y con la corbata aflojada, dejaba volar la mente, pensando en la reunión de la tarde, con las hojas que se había traído del trabajo extendidas sobre el sofá, a su lado. En particular, estaba cavilando sobre los puntos en común entre el Hombre del Zapato y el nuevo agresor. Una serie de preguntas sin respuesta le mantenían ocupado.

Si el Hombre del Zapato había vuelto, ¿dónde se había metido los últimos doce años? Y si se había quedado en la ciudad, ¿por qué había dejado de delinquir tanto tiempo?

¿Podía ser que hubiera violado a otras víctimas y que estas no hubieran presentado denuncia?

Parecía poco probable. Sin embargo, hasta ahora no habían encontrado en la base de datos nacional violadores que tuvieran un modus operandi similar. Por supuesto, podría haberse ido al extranjero, y para constatarlo necesitarían una cantidad de tiempo y de medios enormes.

No obstante, esa tarde se había enterado de que había un sospechoso potencial en la ciudad, tras el análisis de las bases de datos del VISOR -el registro de agresiones sexuales y violentas- y el MAPPA.

El MAPPA, que era el programa de colaboración entre los cuerpos de seguridad británicos, indicaba la fecha de liberación de los agresores sexuales y de delitos violentos tras cumplir condena, y los clasificaba en tres categorías. El nivel 1 era el de reclusos en libertad condicional con bajo riesgo de volver a delinquir, sometidos a seguimiento para asegurarse de que cumplían con las obligaciones de la condicional. En el nivel 2 estaban los que se consideraba que necesitaban un seguimiento moderadamente activo. Y el nivel 3 era el de los que presentaban un alto riesgo de volver a delinquir.

Zoratti había descubierto que había alguien de un nivel 2 al que se le había concedido la condicional en la prisión de Ford Open tras cumplir tres años de una sentencia de seis, en su mayor parte en Lewes, por robo y agresión sexual: Darren Spicer, ladrón profesional y traficante de drogas. Había intentado besar a un§ mujer tras entrar a robar en su casa, y había tenido que salir corriendo al reaccionar ella y apretar un botón de alarma oculto. Posteriormente, la mujer le había identificado en una rueda de reconocimiento.

Habían pasado una petición urgente al Servicio de Seguimiento de la Libertad Condicional para obtener el lugar de residencia actual de Spicer. Pero aunque valía la pena interrogarlo, Grace no estaba convencido de que fuera su hombre. Había estado entrando y saliendo de la cárcel varias veces en los últimos doce años. ¿Cómo es que no había delinquido en los periodos intermedios? Y bajo su punto de vista, aún más importante era el hecho de que el tipo no tenía ningún antecedente de agresiones sexuales. Aquel último delito, que había contribuido a aumentar la pena de reclusión, parecía ser algo excepcional en su trayectoria -aunque, por supuesto, no tenían ninguna certeza de aquello-. Teniendo en cuenta la triste estadística que decía que solo el seis por ciento de las víctimas de violación denunciaban las agresiones, era muy posible que hubiera cometido delitos similares y que no hubiera pagado por ello.

Luego pensó en la teoría del suplantador. Había algo que le inquietaba mucho: las páginas que faltaban en el dosier del caso Rachael Ryan. Sí, era posible que simplemente estuvieran mal archivadas. Pero cabía la posibilidad de que hubiera un motivo más oscuro. ¿Podía ser que el propio Hombre del Zapato hubiera tenido acceso al dosier y que hubiera eliminado algo que pudiera incriminarlo? Si había tenido acceso a aquellos documentos, también podía acceder al dosier completo.

¿O sería otra persona que no tuviera nada que ver? ¿Algún ser retorcido que hubiera decidido copiar el modus operandi del Hombre del Zapato?

¿Quién?

¿Algún miembro de su equipo de confianza? No lo creía, pero, por supuesto, no podía descartar la posibilidad. Había mucha otra gente que tenía acceso al Centro de Delitos Graves -otros agentes, personal de apoyo y de limpieza-. Se dio cuenta de que resolver aquel misterio era una prioridad.

– ¿Ya estás listo para la cena, cariño? -dijo Cleo desde la cocina.

Le estaba haciendo un filete de atún a la parrilla. Roy vio en ello un indicio de que quizá se iba a librar por fin de los curris. El aroma a especias indias había desaparecido, y ahora había un fuerte olor a leña procedente del fuego que había encendido Cleo en la chimenea antes de su llegada, junto al agradable olor a velas aromáticas que ardían en diferentes puntos de la sala.

Dio otro trago largo al vodka martini deliciosamente frío que le había preparado Cleo, pese a morirse de envidia. Ahora él tenía que beber por los dos, le había dicho, y aquella noche en particular no le supondría ningún problema hacerlo. Sintió el agradable efecto relajante del alcohol y, sin dejar de acariciar mecánicamente al perro, se sumió de nuevo en sus pensamientos.

El jueves a las nueve de la noche se había visto un coche que salía de casa de los Pearce, en The Droveway, lo que encajaba a la perfección con la hora de la agresión. Iba a toda velocidad y casi atropella a un vecino. El hombre estaba tan furioso que intentó tomar nota de la matrícula, pero solo estaba seguro de dos de los números y de una letra, así que no hizo nada al respecto hasta que leyó la noticia en el Argus, lo que le había hecho llamar al centro de investigaciones aquella misma tarde.

Por lo que había dicho, el conductor era un hombre, pero con los cristales tintados del vehículo no había podido verle claramente la cara. Solo pudo decir que pensaba que era un varón de entre treinta y cincuenta años y con el pelo corto. Del coche pudo dar más detalles; aseguraba que era un Mercedes sedán Clase E, modelo antiguo. ¿Cuántos de aquellos Mercedes había por las calles? Muchísimos. Tardarían mucho en cribar los datos de todos los propietarios registrados, y no tenían un número completo de matrícula para empezar. Ni mucho tiempo que perder.

Ahora que, con dos violaciones en la ciudad en poco más de una semana, el interés de los medios de comunicación se había disparado, y las noticias publicadas estaban sembrando el pánico entre los ciudadanos. Las centralitas se veían inundadas de consultas de mujeres ansiosas que preguntaban si era seguro salir a la calle, y él era consciente de que sus superiores inmediatos, el superintendente jefe Jack Skerritt y el subdirector Peter Rigg, estaban impacientes por ver sus progresos en el caso.

La rueda de prensa siguiente estaba programada para el lunes a mediodía. Todo el mundo se tranquilizaría mucho si pudiera anunciar que tenían un sospechoso y, mejor aún, que habían practicado una detención. Sí, de acuerdo, Darren Spicer era una posibilidad. Pero no había nada peor que tener que soltar a un sospechoso por falta de pruebas, o porque se demostrara que no era la persona que buscaban. Aquello los dejaría como una banda de ineptos. Lo del Mercedes le parecía más prometedor. Pero el conductor no tenía por qué ser el agresor. Puede que hubiera una explicación inocente; quizá fuera un familiar o amigo que hubiera ido a ver a los Pearce, o simplemente alguien que fuera a entregar un paquete.

El hecho de que el conductor saliera a toda prisa era un buen indicio de que podría ser el sospechoso. Era bien sabido que, en muchos casos, los delincuentes conducían mal inmediatamente después del delito debido a la ansiedad del momento, la «niebla roja».

Había dado la noche libre a todo su equipo para que descansaran, salvo a los dos analistas, que cubrían las veinticuatro horas todos los días, en turnos alternos. Glenn Branson le había pedido que fuera a tomarse una cerveza rápida con él antes de ir a casa, pero él se había disculpado, porque apenas había visto a Cleo el fin de semana. La relación conyugal de su colega iba de mal en peor, pero a él ya no se le ocurría qué decirle al pobre Glenn. El divorcio era una opción temible, especialmente para alguien con niños pequeños. Pero él ya no veía muchas alternativas para su amigo, pese a que deseaba con todas sus fuerzas que las hubiera. Glenn iba a tener que coger el toro por los cuernos y seguir adelante. Algo muy fácil de decir, pero casi imposible de asumir.

Sintió unas ganas repentinas de fumar, pero se resistió, a duras penas. A Cleo no le importaba que fumara allí, ni en ninguna parte, pero él pensaba en el niño que llevaba dentro, y en lo que podía afectarle el humo, y en el ejemplo que quería dar. Así que dio otro trago a la copa e hizo caso omiso al antojo.

– ¡Estará listo dentro de cinco minutos! -dijo ella desde la cocina-. ¿Quieres otra copa? -añadió, asomando la cabeza por la puerta.

Él levantó el vaso para que viera que estaba casi vacío.

– ¡Si me tomo otra acabaré debajo de la mesa!

– ¡Así es como más me gustas! -respondió ella, acercándosele.

– ¡Eres una obsesa del control! -dijo él, con una gran sonrisa.

Se dejaría matar por aquella mujer. Moriría por Cleo, encantado, lo sabía. Sin dudarlo un momento.

Entonces sintió una extraña punzada de culpa. ¿No era aquello lo mismo que había sentido una vez por Sandy?

Intentó contestarse a aquella pregunta con sinceridad. Sí, cuando desapareció había sido un infierno. Aquella mañana, la de su trigésimo cumpleaños, habían hecho el amor antes de que él se fuera a trabajar y, aquella misma noche, cuando volvió a casa esperando celebrarlo, ella ya no estaba allí. Había sido un verdadero infierno.

Igual que los días, las semanas, los meses y los años que siguieron. Había imaginado todas las cosas terribles que podrían haberle pasado. Y a veces había pensado en lo que aún podría estarle pasando, en la guarida de algún monstruo. Pero aquella era una de las muchas posibilidades que se imaginaba. Había perdido la cuenta del número de videntes y parapsicólogos a los que había consultado en los últimos diez años, y ninguno le había dicho que estuviera en el mundo de los espíritus. Con todo y con eso, él estaba razonablemente seguro de que Sandy estaba muerta.

Dentro de unos meses se cumplirían diez años de su desaparición. Toda una década, en la que él había pasado de joven prometedor a gris cuarentón.

En la que había conocido a la mujer más encantadora, brillante e increíble del mundo.

A veces se despertaba y se imaginaba que lo había soñado todo. Entonces sentía el calor del cuerpo desnudo de Cleo a su lado. La rodeaba con sus brazos y la abrazaba fuerte, igual que se abraza uno a sus sueños.

– ¡Te quiero tanto! -susurraba entonces.

– ¡Joder! -exclamó de pronto ella, liberándose de su abrazo y rompiendo el hechizo.

Algo olía a quemado, y Cleo se dirigió corriendo hacia los fogones.

– ¡Joder, joder, joder!

– ¡No pasa nada! Me gusta bien hecho. ¡No me gusta el pescado cuando el corazón aún le late!

– ¡Más te vale!

La cocina se llenó de humo negro y de un pestazo a pescado quemado. La alarma antiincendios empezó a sonar. Roy abrió las ventanas y la puerta del patio, y Humphrey salió a la carrera, ladrándole furiosamente a algo con aquellos ladridos agudos de cachorrillo; luego volvió a entrar y se puso a ladrarle a la alarma.

Unos minutos más tarde, Grace estaba sentado a la mesa, y Cleo le colocaba un plato delante, con un filete de atún ennegrecido, un poco de salsa tártara, unos guisantes algo mustios y una masa de patatas hervidas desintegradas.

– ¡Si te comes eso -dijo ella-, será una prueba de amor verdadero!

El televisor estaba encendido, con el sonido apagado. El político había desaparecido y ahora Jamie Oliver estaba demostrando con gran entusiasmo cómo limpiar las vieiras de corales.

Humphrey le dio un empujoncito en la pierna derecha y luego intentó subírsele al regazo.

– ¡Abajo! ¡Nada de pedir! -dijo él.

El perro le miró poco convencido y luego se fue con las orejas gachas.

Cleo se sentó a su lado y le miró, frunciendo el ceño.

– No tienes que comértelo si está asqueroso.

Él se metió un trozo de pescado en la boca. El sabor era aún peor que el aspecto. Algo peor. No había duda de que Sandy cocinaba mejor que Cleo. Mil veces mejor. Pero aquello no le importaba lo más mínimo. Eso sí, cuando vio lo que estaba preparando Jamie Oliver en la tele, le dio cierta envidia.

– Bueno, ¿cómo te ha ido el día? -preguntó Roy, metiéndose otro pedazo de pescado quemado en la boca y pensando que en realidad el curri de todos aquellos días no había estado tan mal.

Ella le habló del cuerpo de un hombre de unos doscientos setenta kilos que había tenido que ir a buscar a su domicilio. Para levantar el cadáver habían tenido que recurrir a un equipo de bomberos.

Él escuchó en silencio, asombrado; luego comió un poco de ensalada que ella le había puesto en un platito. Por lo menos aquello no estaba quemado.

De pronto ella cambió de tema:

– Oye, se me ha ocurrido algo sobre el Hombre del Zapato. ¿Quieres que te diga lo que pienso?

Él asintió.

– Vale. Tu Hombre del Zapato (si es el mismo agresor que antes y si sigue en esta zona) no creo que haya podido dejar lo que tanto le ponía.

– ¿Y eso qué quiere decir?

– Si dejó de delinquir, fuera por lo que fuera, seguiría teniendo sus necesidades. Y necesitaría satisfacerlas. Así que quizá fuera a mazmorras del sado, o a lugares así: sitios de sexo «bizarro», fetiches y todo eso. Ponte en su lugar: eres un pervertido que se excita con los zapatos de mujer, ¿vale?

– Esa es una de nuestras líneas de investigación.

– Sí, pero escucha. Has encontrado un modo divertido de hacerlo: violando a desconocidas que llevan zapatos caros y luego quitándoselos. ¿Vale?

Él la miró, sin reaccionar.

– De pronto, ¡ups! Se te va la mano. Ella muere. La cobertura mediática es enorme. Decides mantenerte fuera de la circulación, ocultarte. Pero… -Hizo una pausa-. ¿Quieres oír el «pero»?

– No tenemos la certeza de que muriera nadie. Lo único que sabemos es que paró. Pero dime.

– Aún te vuelven loco los zapatos de mujer, ¿vale? ¿Me sigues?

– Te piso los talones -bromeó él.

– Vete al carajo, superintendente.

Él levantó la mano.

– ¡No era mi intención ofender!

– No lo has hecho. Bueno, o sea, que eres el Hombre del Zapato, que aún te ponen los pies, o los zapatos. Antes o después, eso que llevas dentro, esa suerte de necesidad va a salir al exterior. Vas a necesitar satisfacerla. ¿Dónde vas? ¡A Internet! Así que vas a un buscador e introduces «pies» y «fetiche», y quizá «Brighton». ¿Sabes lo que te sale?

Grace sacudió la cabeza, impresionado con la lógica de Cleo. Intentó pasar por alto el horrible olor a pescado quemado.

– Un montón de burdeles y mazmorras del sado, como las que tengo que visitar yo a veces para levantar cadáveres. Ya sabes, viejos verdes que se excitan demasiado…

Sonó su teléfono móvil.

Cleo se disculpó y respondió. Al instante su expresión cambió a «modo de trabajo». Cuando colgó, le dijo:

– Lo siento, amor mío. Hay un cadáver en un refugio junto al mar. La llamada del deber.

Él asintió. Ella le dio un beso.

– Volveré lo antes posible. Te veré en la cama. No te me mueras.

– Intentaré seguir vivo.

– Al menos una parte. La que me interesa -dijo ella, tocándole suavemente justo por debajo del cinturón.

– ¡Marrana!

– ¡Calentorro!

Entonces le puso una hoja impresa delante.

– Echa un vistazo, y haz las correcciones que te parezca.

Roy miró el papel.

los señores morey

desean contar con su asistencia

en el enlace matrimonial de su hija

Cleo Suzanne

con Roy Jack Grace

en la all Saints' church de llttle bookham

– ¡No te olvides de sacar a Humphrey antes de subir! -dijo.

Y se fue.

Un momento después de que cerrara la puerta sonó otro teléfono, esta vez el de él. Lo sacó del bolsillo y echó un vistazo a la pantalla. El número estaba oculto, lo que significaba, casi sin lugar a dudas, que era una llamada de trabajo.

Lo era.

Y no eran buenas noticias.

Capítulo 49

Sábado, 10 de enero de 2010

A apenas tres kilómetros, en otro punto de la ciudad, en una calle residencial de Kemp Town, otra pareja discutía sobre sus planes de boda.

Jessie Sheldon y Benedict Greene se habían sentado uno frente al otro en el restaurante Sam's y compartían el postre.

Cualquiera que mirara vería dos veinteañeros atractivos, evidentemente enamorados. Resultaba obvio por su lenguaje corporal. Estaban sentados, ajenos al entorno y a cualquier otra persona, casi tocándose con la frente por encima del alto plato de cristal, cogiendo por turnos la larga cuchara y dándose de comer el uno al otro con gran ternura.

Ninguno de los dos iba muy arreglado, aunque fuera sábado por la noche. Jessie, que había acudido directamente desde su clase de kick-boxing, en el gimnasio, llevaba un chándal gris con una gran raya de Nike en el pecho. Tenía la rubia melena recogida en una cola de la que escapaban unos cuantos mechones. Tenía un rostro bonito y, si no fuera por la nariz, sería casi de una belleza clásica.

Durante toda su infancia, Jessie había tenido complejo por su nariz. Ella decía que, más que una nariz, era un pico. De adolescente, siempre se miraba de lado en los espejos y en los escaparates. Estaba decidida a operársela algún día.

Pero aquello era el pasado, antes de conocer a Benedict. Ahora, a sus veinticinco años, ya no le importaba. Benedict le había dicho que adoraba su nariz, que no quería ni oír hablar de cambiarla y que esperaba que sus hijos heredaran aquella misma forma. A Jessie no le hacía tanta gracia la idea de que sus hijos pasaran por los años de sufrimiento que había tenido que vivir ella.

«Ellos se operarán», se prometió para sus adentros.

Lo curioso era que ni su padre ni su madre tenían aquella nariz, ni tampoco sus abuelos. Era su bisabuelo, según le había contado su madre, que conservaba una vieja fotografía sepia enmarcada. El maldito gen de la nariz aguileña había conseguido saltarse dos generaciones y colarse en su secuencia de ADN.

«¡Muchas gracias, bisabuelo!»

– ¿Sabes una cosa? Cada vez estoy más enamorado de tu nariz -dijo Benedict, sosteniendo en la mano la cuchara que Jessie acababa de relamer y pasándosela.

– ¿Solo de mi nariz? -bromeó ella.

El se encogió de hombros y fingió pensárselo por un momento.

– ¡Bueno, y de alguna otra cosa, supongo!

Ella, haciéndose la ofendida, le dio una patada bajo la mesa.

– ¿Qué otras cosas?

Benedict tenía un rostro serio, de persona reflexiva, y el cabello de un castaño brillante. Cuando se conocieron, le recordó a uno de aquellos actores con el aspecto típico del vecino perfecto, de esos que aparecen en todas las miniseries norteamericanas. Se sentía de maravilla a su lado. Le daba seguridad, y le echaba de menos cada segundo que estaban separados. Tenía unas ganas enormes de iniciar una vida en común con él.

Pero primero había que salvar un gran obstáculo.

Una barrera infranqueable, y ahora mismo la tenían justo delante, sumiéndolos en su sombra.

– ¿Y qué? ¿Se lo dijiste anoche? -preguntó él.

El viernes por la noche. El sabbat. El ritual del viernes por la noche, con sus padres, su hermano, su cuñada y su abuela. Nunca se lo perdía. Los rezos y la cena. El pescado gefilte que las dotes culinarias de su madre hacían que supiera a comida de gato. El pollo chamuscado y el maíz reseco. Las velas. El nefasto vino que compraba su padre y que sabía a alquitrán líquido, como si beber alcohol la noche del viernes fuera un pecado mortal y tuviera que asegurarse de que el vino supiera a penitencia.

Su hermano, Marcus, era el gran triunfador de la familia. Era abogado, se había casado con una chica judía estupenda, Rochelle, que por si fuera poco ahora estaba embarazada, y ambos estaban insoportablemente satisfechos de sí mismos.

Ella se había presentado con la intención de hacer pública la noticia, del mismo modo que los cuatro viernes anteriores. Quería decirles que estaba enamorada y que tenía intención de casarse con un goy. Y un goy pobre, por si fuera poco. Pero, una vez más, el miedo había podido con ella.

– Lo siento -dijo, encogiéndose de hombros-. Iba a hacerlo, pero… no era el momento adecuado. Creo que deberían conocerte primero. Así verían lo encantador que eres.

El frunció el ceño.

La chica dejó la cuchara en el plato, alargó la mano y cogió la de él.

– Ya te lo dije… No son fáciles.

Él puso la otra mano encima de la de ella y la miró fijamente a los ojos.

– ¿Significa eso que tienes dudas?

– Ninguna -dijo ella, sacudiendo la cabeza con fuerza-. Absolutamente ninguna. Te quiero, Benedict, y quiero pasar el resto de mi vida contigo. No tengo la más mínima duda.

Y era cierto, no la tenía.

Pero había un problema. No era solo que Benedict no era judío ni rico, sino que además no era ambicioso en el sentido en que sus padres entendían que se debía ser: el monetario. Tenía grandes ambiciones, pero en otro sentido. Trabajaba para una organización de beneficencia local, ayudando a los indigentes. Quería ayudar a mejorar el nivel de vida de los menos favorecidos de la ciudad. Soñaba con el día en que nadie tuviera que dormir en las calles de aquella rica ciudad. Y ella le amaba y le admiraba por eso.

La madre de Jessie habría querido que ella fuera médico, y en un tiempo aquel había sido también el sueño de Jessie. Cuando decidió bajar sus expectativas y diplomarse como enfermera en la Universidad de Southampton, sus padres lo habían aceptado (su madre de peor gana que su padre). Pero tras acabar los estudios decidió que quería hacer algo para ayudar a los menos favorecidos, y había encontrado un trabajo mal pagado pero que le encantaba, como enfermera y asesora en un centro de acogida para drogadictos en el Old Steine, en el centro de Brighton.

Un trabajo sin posibilidades de futuro. No era algo que sus padres pudieran aceptar con facilidad. Pero admiraban su dedicación, de aquello no tenían dudas. Estaban orgullosos de ella. Y esperaban la llegada de un yerno del que pudieran estar igualmente orgullosos. Se daba por sentado que sería alguien que ganara mucho dinero, que la mantuviera y que le permitiera seguir con el nivel de vida al que estaba acostumbrada.

Y aquel era el problema de Benedict.

– Yo estoy dispuesto a conocerlos cuando tú quieras. Ya lo sabes.

Ella asintió y le agarró la mano con fuerza.

– Los conocerás la semana que viene, en el baile. Y quedarán encantados contigo. Estoy segura.

Su padre era presidente de una gran organización benéfica de la zona que recaudaba fondos para causas judías de todo el mundo. Había reservado una mesa en un baile benéfico en el hotel Metropole y le había dicho que podía llevar a un amigo.

Jessie ya se había comprado el vestido y lo único que le faltaba era un par de zapatos a juego. Solo tenía que pedirle el dinero a su padre, y sabía que él estaría encantado de dárselo. Pero era algo que no podía hacer. Unas horas antes había localizado unos zapatos Anya Hindmarch, en las rebajas de enero de una tienda de la ciudad, Marielle Shoes. Eran de lo más sensuales, pero al mismo tiempo tenían clase. De charol negro, con tacones de trece centímetros, cierre en el tobillo y la punta abierta. Pero aun de rebajas valían 250 libras, y aquello era mucho dinero. Esperaba que, quizá, si esperaba, los rebajaran un poco más. Y si alguien se los llevaba antes, bueno, mala suerte. Encontraría otros. En Brighton no faltaban las zapaterías. ¡Algo encontraría!

El Hombre del Zapato estaba de acuerdo con ella.

La había contemplado desde atrás en el mostrador de Deja Shoes, en Kensington Gardens, unas horas antes. Había oído cómo le decía a la vendedora que quería algo sensual y con clase para un importante evento al que tenía que ir con su novio la semana siguiente. Y la había seguido a Marielle Shoes, en la misma calle.

Tuvo que admitir que estaba realmente atractiva con aquellos zapatos de charol negro que se había probado, pero que no había comprado. Muy, muy atractiva.

Demasiado atractiva como para que solo los disfrutara con su novio.

Esperaba sinceramente que volviera y se los comprara.

¡Así podría ponérselos para él!

Capítulo 50

Sábado, 10 de enero de 2010

La pantalla de datos del taxi de Yac decía: «China Garden rest. Preston St. 2. Cliente: Starling. Dest. Roedean Cresc.».

Eran las once y veinte de la noche. Llevaba aparcado unos minutos y hacía un rato que había puesto en marcha el taxímetro. El propietario del taxi le había dicho que solo debía esperar cinco minutos, y que luego debía activarlo. Yac no estaba seguro de la precisión de su reloj y no quería aprovecharse de sus pasajeros. Así que siempre les concedía veinte segundos de margen.

Starling. Roedean Crescent.

Ya había llevado a aquellas personas alguna otra vez. Nunca olvidaba a un pasajero, y especialmente a aquellos. La dirección era: Roedean Crescent, 67. Lo había memorizado. Ella llevaba perfume Shalimar. El mismo que su madre. Aquello también lo había memorizado. En aquella ocasión llevaba zapatos Bruno Magli. Talla cuatro. La misma que su madre.

Se preguntaba qué zapatos llevaría esa noche.

La excitación fue en aumento cuando la puerta del restaurante se abrió y vio salir a la pareja. El hombre iba agarrado a la mujer y parecía inestable. Soplaba un viento de tormenta. Ella le ayudó a bajar el bordillo, pero él siguió agarrado a ella mientras recorrían la escasa distancia que los separaba del taxi.

Pero Yac no le miraba a él. Miraba los zapatos de la mujer. Eran bonitos. Tacón alto. Cierre en el tobillo. De los que le gustaban.

El señor Starling miró a través de la ventanilla, que Yac había abierto.

– ¿Taaaxish para Roedean Cresshent?¿ ¿Shtarling?

Estaba tan borracho como parecía.

El propietario del taxi le había dicho que no tenía por qué aceptar a pasajeros borrachos, especialmente si tenían aspecto de que pudieran ponerse a vomitar. Costaba mucho dinero limpiar el vómito del taxi, porque se colaba por todas partes: por las rejillas de ventilación, por las ventanillas hasta los motores eléctricos, por las rendijas a los lados de los asientos… A la gente no le gustaba subirse a un taxi que oliera a enfermo. Y tampoco era agradable conducirlo.

Pero había sido una noche muy tranquila. El propietario del taxi se enfadaría con él por la escasa recaudación. Ya se había quejado de lo poco que había hecho Yac desde Año Nuevo y le había dicho que nunca había conocido a ningún taxista que hubiera ganado tan poco dinero en Nochevieja.

Necesitaba hacer todas las carreras que pudiera, porque no quería arriesgarse a que él le despidiera y se buscara a otro conductor. Así que decidió arriesgarse.

Y deseaba oler aquel perfume. ¡Quería aquellos zapatos en el taxi!

Los Starling se subieron al asiento de atrás y él arrancó. Ajustó el retrovisor para ver bien el rostro de la señora Starling y luego le dijo:

– ¡Bonitos zapatos! ¡Apuesto a que son Alberta Ferretti!

– ¿Y a ti qué te importa? ¿Eres un pervertido o algo así? -respondió ella, que parecía tan cocida como su marido-. Me parece que ya nos has llevado antes, ¿verdad? Hace poco. ¿La semana pasada? ¿Mmm?

– Usted llevaba unos Bruno Magli.

– ¡Jodido entrometido! ¡Los zapatos que yo me ponga no son asunto tuyo!

– Le gustan los zapatos, ¿verdad?

– Sshí, le encantan los putos zapatos -intervino Garry Starling-. Se gasta todo mi dinero en zapatos. ¡Cada penique que gano acaba en sus jodidos pies!

– Eso, querido, es porque solo se te levanta cuando… ¡ah! -gritó ella.

Yac volvió a mirarla a través del espejo. Tenía el rostro contraído por el dolor. Sí, también había sido maleducada con él la otra vez que se había subido a su taxi.

Le gustó ver aquella mueca de dolor.

Capítulo 51

Sábado, 10 de enero de 1998

Se había pasado los últimos días pensando en Rachael Ryan, que estaba metida en aquel congelador del garaje. Era difícil no hacerlo. Su rostro le miraba desde las páginas de todos los periódicos. Sus padres, hechos un mar de lágrimas, hablaban de ella en tono personal, dirigiéndose a él, en cada programa de televisión: «Por favor, sea quien sea, si se ha llevado a nuestra hija, devuélvanosla. Es una niña dulce e inocente, y la queremos. Por favor, no le haga daño».

– ¡La culpa ha sido de la zorra de vuestra hija! -les susurró él, furioso-. Si no me hubiera arrancado el pasamontañas, estaría bien. ¡Vivita y coleando! Aún sería vuestra querida niña, y no mi jodido problema.

Poco a poco, la idea de la noche anterior había ido arraigando cada vez más en su interior. ¡Quizá fuera la solución perfecta! Valoró los riesgos una y otra vez. Las ventajas eran más que los problemas. Era más arriesgado esperar que actuar.

En casi todos los periódicos se mencionaba la furgoneta. Ocupaba un titular enorme en la portada del Argus: ¿Alguien ha visto esta furgoneta? El pie de foto decía: «Furgoneta similar a la vista en Eastern Terrace».

Desde la Policía se decía que estaban recibiendo un aluvión de llamadas. ¿Cuántas llamadas de aquellas corresponderían a furgonetas blancas?

¿A su furgoneta blanca?

Había montones de furgonetas Transit de color blanco. Pero la Policía no era tonta. Era solo cuestión de tiempo hasta que una llamada telefónica los llevara hasta su garaje. Tenía que sacar a la chica de allí. Y tenía que hacer algo con la furgoneta: la Científica estaba espabilando cada vez más. Pero primero lo primero: los problemas, uno detrás de otro.

Fuera llovía a mares. Eran las once de la noche del sábado. Noche de fiesta en la ciudad. Pero no habría tanta gente por ahí, con aquel tiempo horroroso.

Se animó y salió de casa, dando una carrera hasta su viejo Ford Sierra.

Diez minutos más tarde bajó la puerta del garaje, empapado, y la cerró con un sonido metálico. Accionó la linterna. No quería arriesgarse a encender los faros.

En el interior del congelador, la chica estaba completamente cubierta de escarcha y su rostro brillaba, translúcido, al contacto con el penetrante haz de luz.

– Vamos a dar un paseo, Rachael. Hace fresquito fuera, pero eso no te importa, ¿verdad?

Se rio de su ocurrencia. Sí. Bueno. Aquello iba a salir bien. Debía mantener la mente fría. ¿Cómo era aquello que había leído en algún sitio? «Si puedes mantener la cabeza fría mientras los demás la pierden…»

Sacó el paquete de cigarrillos e intentó encender uno. Pero la mano le temblaba tanto que primero no atinó con la rueda del encendedor, y luego no daba con la llama en la punta del cigarrillo. Por el cuello le caía un sudor frío, como si viniera de un grifo roto.

Unos minutos antes de la medianoche, con el cinturón de herramientas puesto y los limpiaparabrisas apartando la lluvia con su ruido mecánico, se dirigió hacia la rotonda de Lewes Road, dejó atrás la entrada del tanatorio de Brighton y Hove y giró a la izquierda por la vía de acceso a su destino, la funeraria de J. Bund and Sons.

Estaba temblando de los nervios, agarrotado y sudando intensamente. «Estúpida zorra, maldita Rachael. ¿Por qué tuviste que quitarme el pasamontañas?»

Localizó la caja de la alarma, en lo alto de la fachada, por encima del escaparate, que tenía las cortinas corridas. De Sussex Security Systems. «Ningún problema», pensó. Aparcó frente a las puertas de acero cerradas con un candado. Eso tampoco era un problema.

Al otro lado de la calle había un edificio con una inmobiliaria en la planta baja y dos plantas de pisos. En uno de ellos había luz. Pero estarían acostumbrados a ver vehículos entrando y saliendo de la funeraria día y noche.

Apagó las luces, salió del Ford Sierra y se puso a manipular el candado bajo la lluvia. Por la calle iban pasando de vez en cuando coches: algunos taxis, y un coche patrulla, con las luces azules dando vueltas y la sirena encendida. Aguantó la respiración, pero los agentes no se fijaron en él; irían a responder alguna emergencia. Un momento más tarde metía el coche en el patio posterior y aparcaba entre dos coches fúnebres y una furgoneta. Volvió corriendo bajo la lluvia hasta la puerta metálica y la cerró, pasando la cadena pero dejando el candado abierto. Mientras no viniera nadie, no habría problema.

Tardó menos de un minuto en desactivar el mecanismo de bloqueo de la puerta doble de entrada. Luego entró en el oscuro vestíbulo, arrugando la nariz al detectar el olor a líquido de embalsamar y desinfectante. La alarma emitió un bip-bip. No era más que la señal de aviso interna. Tenía sesenta preciosos segundos antes de que sonara la campana exterior. Tardó menos de treinta en eliminar la cubierta frontal del panel de alarma. Otros quince, y el sistema quedó mudo.

Demasiado mudo.

Cerró la puerta tras él. Y el silencio se hizo aún mayor. El leve murmullo de una nevera. El tic-tic-tic incesante de un reloj o un temporizador.

Aquellos lugares le daban escalofríos. Recordaba la última vez que había estado allí; estaba solo y cagado de miedo. Allí todos estaban muertos, muertos como Rachael Ryan. No podían hacerte daño ni contarte historias.

No podían echársete encima.

Pero aquello no mejoraba las cosas.

Encendió la linterna y enfocó al pasillo que tenía delante, intentando orientarse. Vio una fila de carteles sobre salud y seguridad en la pared, un extintor de incendios y un dispensador de agua para beber.

Avanzó unos pasos; sus deportivas no hacían ruido sobre las baldosas. Escuchó, atento a cualquier sonido del interior o el exterior. A su derecha había una escalera que subía. Recordaba que llevaba a las salas individuales -o capillas de reposo-, donde los familiares y amigos podían visitar y llorar a sus seres queridos en la intimidad. Cada sala contenía un cuerpo tendido sobre una cama, hombres en pijama, mujeres en camisón, con la cabeza asomando por entre las sábanas, el pelo arreglado, el rostro rosado gracias al líquido de embalsamar. Parecían clientes de un hotel cutre pasando la noche.

Eso sí, desde luego estos no se irían sin pagar la cuenta por la mañana, pensó, y se sonrió a pesar de los nervios.

Entonces, enfocando con la linterna a través de una puerta abierta a su izquierda, vio una estatua de mármol blanco. Solo que, al mirar más de cerca, vio que no era una estatua. Era un hombre muerto sobre un pedestal. Del pie derecho le colgaban dos etiquetas con algo escrito. Era anciano y estaba tumbado, con la boca abierta como un pez recién sacado del agua. Las cánulas por donde le administrarían el líquido de embalsamar le atravesaban la piel; y el pene yacía, inerte, sobre el muslo.

Cerca del muerto había una serie de ataúdes, abiertos y vacíos. Solo uno estaba tapado. Había una placa de latón en la tapa, con el nombre de su ocupante grabado.

Se detuvo por un momento a escuchar. Pero lo único que percibió fueron los latidos de su propio corazón y la sangre que fluía por sus venas con más fuerza que un río en plena crecida. No oía el tráfico del exterior. Lo único que llegaba del mundo exterior era un tenue brillo anaranjado procedente de una de las farolas de la calle.

– ¡Hola, chicos! -dijo, sintiéndose extremadamente incómodo mientras paseaba el haz de luz por la sala hasta encontrar lo que buscaba. La serie de impresos blancos DIN A4 con su duplicado colgaban de unos ganchos de la pared.

Se encaminó hacia ellos con ansia. Eran los impresos de admisión de cada uno de los cuerpos que había en la funeraria, con toda la información pertinente: nombre, fecha y lugar de la muerte, instrucciones para el funeral y toda una serie de casillas opcionales para marcar, como, por ejemplo, la tarifa del organista, la del cementerio, la de la iglesia, la del sacerdote, la del médico, la de la extracción del marcapasos, la de la cremación, la del enterrador, la de los trabajos de imprenta, flores, estampas, esquelas, ataúd o la urna para los restos.

Leyó rápidamente el primer impreso. No le valía: habían marcado la casilla de «embalsamado». Lo mismo en las cuatro siguientes. El corazón empezó a encogérsele en el pecho. Estaban embalsamados y el funeral no iba a celebrarse hasta pasados unos días.

Pero con el quinto impreso parecía que había tenido suerte: «Sra. Molly Winifred Glossop. F. 2 enero 1998. Edad: 81 años». Y más abajo ponía: «Funeral: 12 de enero de 1998, 11.00».

¡El lunes por la mañana!

Los ojos se le fueron de inmediato a la palabra «Sepultura». Aquello no le gustaba tanto. Habría preferido una cremación. Al horno, y asunto liquidado. Más seguro.

Examinó los seis impresos restantes. Pero ninguno de ellos le valía. Todos correspondían a funerales que debían celebrarse en días posteriores. Demasiado riesgo, si a la familia se le ocurría ver al difunto. Y todos menos uno habían solicitado el embalsamado.

Nadie había pedido que se embalsamara a Molly Winifred Glossop.

Si no la embalsamaban, querría decir, probablemente, que la familia era muy rácana. Aquello indicaba también que no les preocuparía demasiado su cuerpo. Así que, con un poco de suerte, ningún familiar compungido se presentaría aquella noche o a primera hora de la mañana para echarle un último vistazo.

Dirigió la luz hacia la placa del ataúd cerrado, intentando pasar por alto el cadáver que tenía a apenas un par de metros: «Molly Winifred Glossop -confirmó-. Fallecida el 2 de enero de 1998, a los 81 años».

El hecho de que estuviera cerrado, con la tapa atornillada, era un buen indicio de que nadie iría al día siguiente a despedirla.

Se sacó un destornillador del cinturón, retiró los brillantes tornillos de latón que fijaban la tapa, la levantó y miró en su interior, respirando un cóctel de olores: a madera recién serrada, a cola, a telas nuevas y a desinfectante.

La muerta estaba envuelta en la capa de satén que cubría el ataúd, con la cabeza asomando de la mortaja que envolvía el resto de su cuerpo. Tenía un aspecto irreal; parecía más bien una especie de extraña muñeca-abuela, o eso le pareció a primera vista. El enjuto rostro era todo arrugas y ángulos, del color de una tortuga. Tenía la boca cosida; a través de los labios se le veían los puntos. Y el pelo era una cuidada masa de rizos blancos.

Sintió un nudo en la garganta al recordar. Y otro nudo, esta vez de miedo. Introdujo las manos por debajo de los costados de la muerta y empezó a levantarla. Le sorprendió lo poco que pesaba. Sentía la ligereza de aquel peso en sus brazos. Aquella mujer no tenía nada en su interior, nada de carne. Debía de haber muerto de cáncer, decidió él, que la posó en el suelo. Mierda, Rachael Ryan pesaba mucho más. Muchos kilos más. Aunque quizá, con un poco de suerte, los portadores del féretro no se dieran cuenta.

Volvió afuera a toda prisa, abrió el maletero del Sierra y sacó el cuerpo de Rachael Ryan, que había envuelto en dos capas de film de plástico de gran resistencia para evitar cualquier filtración de agua al descongelarse.

Diez minutos más tarde, con la tapa de la alarma de nuevo en su sitio, el sistema reiniciado y el candado cerrado de nuevo en la cadena de la puerta principal, salió a la encharcada carretera e introdujo el Ford Sierra en el tráfico intenso propio del sábado por la noche.

Tenía que mantener la calma; no quería arriesgarse a llamar la atención de la Policía, sobre todo ahora que llevaba a Molly Winifred Glossop en el maletero del coche. Puso la radio y oyó cantar a los Beatles We can work it out.

Siguiendo el ritmo de la música con golpecitos en el volante, se sintió de pronto eufórico y aliviado.

– ¡Sí, sí, sí! ¡Podemos arreglarlo! [3] ¡Sí, ya verás!

La fase uno del plan había concluido con éxito. Ahora solo tenía que pensar en la fase dos. Y le preocupaba bastante. Había factores imponderables. Pero era la mejor de sus escasas opciones. Y, a su modo de ver, era una solución bastante inteligente.

Capítulo 52

Domingo, 11 de enero de 2010

En el Centro de Noche Saint Patrick's, las normas que regían toda la semana se relajaban un poco los domingos. Aunque los internos tenían que salir de las instalaciones antes de las 8.30, como cualquier otro día, tenían permitido volver a las 17.00.

Aun así, Darren Spicer pensó que aquello era demasiado estricto, tratándose de una iglesia y todo eso. ¿No se suponía que debía acoger a la gente a cualquier hora? En especial cuando hacía un tiempo de mierda. Pero él no iba a discutir, pues no quería emborronar su expediente. Quería uno de los MiPods. Diez semanas de espacio propio y la posibilidad de entrar y salir libremente. Sí, aquello estaría bien. Le permitiría buscarse la vida, aunque no de la manera que se imaginaba la gente que dirigía aquel lugar.

Fuera llovía a cántaros. Y hacía un frío de mil demonios. Pero él no quería quedarse todo el día allí dentro. Se había duchado y se había comido un cuenco de cereales y unas tostadas. El televisor estaba encendido y un par de internos estaban viendo la repetición de un partido de fútbol en la pantalla, ligeramente desenfocada.

Fútbol, sí. El equipo de Brighton y Hove era el Albion. Recordaba aquel día mágico, de adolescente, cuando jugaron la final de la Copa de Inglaterra en Wembley y empataron. La mitad de los vecinos de Brighton y Hove había ido al campo, mientras la otra mitad estaba pegada al sofá, frente a la tele, en el salón de casa. Había sido uno de los mejores días de toda su carrera como ladrón de casas.

El día anterior se había disputado un partido en el estadio de Withdean y él había ido. Le gustaba el fútbol. No es que fuera un gran seguidor del Albion. Le gustaban más el Manchester United y el Chelsea, pero tenía sus motivos para ir. Necesitaba pillar un poco de charlie -como era conocida la cocaína en la calle- y el mejor modo era dejarse ver. Su camello estaba allí, en su localidad de siempre. No había cambiado nada, salvo el precio, que había subido, y la calidad, que había bajado.

Después del partido se había comprado tres gramos y medio por 140 libras, esquilmando sus escasos ahorros. Enseguida se había metido dos gramos con un par de pintas de cerveza y unos chupitos de whisky. El último gramo y medio lo guardaba para combatir el tedio de hoy.

Se puso su chaqueta y su gorra de béisbol. La mayoría de sus compañeros internos estaban pasando el tiempo, hablando en grupitos o perdidos en sus pensamientos, o viendo la tele. Al igual que él, ninguno tenía ningún lugar al que ir, y mucho menos en domingo, cuando cerraban las bibliotecas, el único lugar cálido donde se podían pasar las horas sin gastar dinero y sin que nadie los echara. Pero él tenía planes.

El reloj redondo de la pared, sobre la trampilla de la comida, ahora cerrada, marcaba las 8.23. Faltaban siete minutos. En momentos como aquel, echaba de menos la cárcel. Allí dentro la vida era fácil. Se estaba seco y calentito. Había rutinas y compañerismo. No había preocupaciones. Pero cada uno tenía sus sueños…

Pensó en ello. Sus sueños. La promesa que se había hecho a sí mismo. Labrarse un futuro. Conseguir un buen pellizco y vivir limpio.

Mientras esperaba aquellos últimos minutos antes de echarse a la calle, Spicer leyó algunos de los carteles pegados a las paredes:

¿te vas?

curso gratuito de autoconfianza para hombres

curso gratuito de seguridad alimentaria

nuevo curso gratuito:

sentirte más seguro en casa y en la comunidad

¿te pinchas para ganar músculo?

infórmate de los riesgos

¿crees que podrías tener un problema

con la cocaína u otras drogas?

Se sorbió la nariz. Sí, tenía un problema con la cocaína: no tenía bastante, aquel era el problema ahora mismo. No le quedaba dinero para comprar más, y aquello iba a convertirse en un problema. Era lo que necesitaba, sí. La coca que se había metido el día anterior le había hecho volar, le había puesto de un humor estupendo, le había puesto caliente, hasta un punto peligroso. Pero ¡qué narices…!

Ahora estaba de bajón. Un buen bajón. Iría a tomarse unas copas, se metería el resto de la coca y así no le importaría en absoluto el tiempo de mierda. Se había propuesto ir a visitar algunos puntos de la ciudad que quería estudiar como posibles objetivos.

El domingo era un día peligroso para robar casas. Había demasiada gente que no salía. Y aunque hubieran salido, siempre estaban los vecinos. Se pasaría el día investigando, estudiando el terreno. Tenía una lista de propiedades obtenida a lo largo de su estancia en prisión a través de contactos en compañías de seguros, para no perder el tiempo llegado el momento de la verdad. Toda una lista de casas y pisos cuyos propietarios tenían joyas y cuberterías de calidad. En algunos casos, tenía incluso la lista completa de sus objetos de valor. Algunos botines muy sustanciosos. Si procedía con cuidado, quizá bastara para iniciar una nueva vida.

– ¿Darren?

Se giró, sorprendido al oír su nombre. Era uno de los voluntarios del centro, un hombre de unos treinta años vestido con camisa azul y vaqueros, con el pelo corto y patillas largas. Se llamaba Simón.

Spicer le miró, preguntándose qué pasaría. ¿Le habría delatado alguien la noche anterior? ¿Le habrían visto las pupilas dilatadas? Si te pillaban consumiendo drogas o simplemente si ibas colocado, podían echarte, sin más.

– Hay dos caballeros ahí fuera que quieren verte.

Aquellas palabras le sentaron como si la gravedad le tirara hacia el suelo con un violento empujón, como si todas sus vísceras se hubieran convertido en gelatina. Era la misma sensación que tenía cada vez que se daba cuenta de que se había acabado el juego y que le iban a detener.

– Ah, bueno -dijo, intentando parecer despreocupado.

«Dos caballeros» solo podía significar una cosa.

Siguió al joven hasta el pasillo, sintiendo cómo se le revolvía el estómago por momentos. El cerebro le iba a toda velocidad. Se preguntaba cuál de las cosas que había hecho en los últimos días era la que los traía hasta allí.

Allí fuera el ambiente era más de iglesia. Un largo pasillo con un arco apuntado a cada extremo. La recepción estaba al lado, tras una pared de cristal. Afuera había dos hombres. Por su atuendo, solo podían ser polis.

Uno de ellos era delgado y alto como un poste, con el cabello corto, revuelto y de punta; daba la impresión de no haber dormido bien desde hacía meses. El otro era negro, con la cabeza afeitada, más calvo que un meteorito. A Spicer le sonaba vagamente.

– ¿Darren Spicer? -dijo el negro.

– Sí.

El hombre presentó una identificación que Spicer apenas se molestó en mirar..

– Sargento Branson, del D.I.C. de Sussex. Y este es mi colega, el agente Nicholl. ¿Te importaría responder unas preguntas?

– Tengo una agenda bastante apretada -respondió Spicer-. Pero supongo que les puedo hacer un hueco.

– Muy considerado por tu parte.

– Sí, bueno. Me gusta ser considerado, con la Policía y eso -dijo, asintiendo y sorbiéndose la nariz.

El voluntario abrió una puerta y les indicó que podían pasar.

Spicer entró en una pequeña sala de reuniones con una mesa y seis sillas y una gran ventana emplomada en la pared más alejada. Se sentó. Los dos policías hicieron lo mismo frente a él.

– Nos hemos visto antes, ¿no, Darren? -dijo el sargento Branson.

– Sí, quizá -respondió Spicer, frunciendo el ceño-. Me resulta familiar. Estoy intentando pensar dónde.

– Te interrogué hace unos tres años, cuando estabas detenido, por unos robos con allanamiento. Acababan de arrestarte por robo y agresión sexual. ¿Te acuerdas ahora?

– Ah, sí, me suena.

Les sonrió a ambos, pero ninguno de los policías le correspondió. De pronto el teléfono móvil del poli del pelo de pincho sonó. Comprobó el número y luego respondió en voz baja.

– Estoy ocupado. Te llamo luego -murmuró, y volvió a metérselo en el bolsillo.

Branson sacó un cuaderno y lo abrió. Se quedó estudiándolo un momento.

– Te soltaron el 28 de diciembre, ¿es así?

– Sí, es correcto.

– Querríamos que nos contaras tus movimientos desde ese momento.

Spicer se sorbió la nariz.

– Bueno, el caso es que no llevo una agenda, ¿saben? No tengo secretaria.

– No te preocupes -dijo el del pelo de pincho, sacando un librito negro-. Yo tengo una. Esta es para el año pasado, y tengo otra para este. Podemos ayudarte con las fechas.

– Muy amable por su parte -respondió Spicer.

– Para eso estamos -dijo Nick Nicholl-. Para ser amables.

– Empecemos con Nochebuena -propuso Branson-. Tengo entendido que en la cárcel de Ford Open te habían dado permiso para ir a trabajar al Departamento de Mantenimiento del hotel Metropole mientras no llegaba la libertad provisional. ¿ Es cierto?

– Sí.

– ¿Cuándo fue la última vez que estuviste en el hotel?

Spicer pensó un momento.

– En Nochebuena -dijo.

– ¿Y en Nochevieja, Darren? -preguntó Glenn Branson-. ¿Dónde estabas en Nochevieja?

Spicer se rascó la nariz y volvió a sorbérsela.

– Bueno, había recibido una invitación de Sandringham para pasarla con la realeza, pero pensé: «Bah, ya estoy harto de esa gente tan estirada…».

– Corta el rollo -le interrumpió Branson-. Recuerda que estás en libertad provisional. Podemos tener esta charla por la vía fácil o por la difícil. La fácil es aquí, ahora. Pero también podemos volver a enchironarte y hacerlo allí. A nosotros nos da igual.

– Mejor aquí -se apresuró a decir Spicer, que de nuevo se sorbió la nariz.

– Parece que te has resfriado, ¿eh? -observó Nicholl.

Él negó con la cabeza.

Los dos policías se miraron, y luego Branson prosiguió:

– Vale. Nochevieja. ¿Dónde estabas?

Spicer puso las manos sobre la mesa y se quedó mirándose los dedos. Tenía todas las uñas mordisqueadas, al igual que la piel de alrededor.

– Estuve tomándome algo en el Neville.

– ¿En el pub Neville? -preguntó Nick Nicholl-. ¿El que está junto al canódromo?

– Sí, ese, donde los perros.

– ¿Hay alguien que pueda corroborarlo? -preguntó Branson.

– Estuve con unos… conocidos, sí. Puedo darles unos nombres.

Nicholl se giró hacia su colega.

– Quizá podamos comprobar la grabación en vídeo y ver si estuvo allí. Creo recordar, de otro caso, que tienen circuito cerrado.

Branson tomó una nota.

– Si no lo han borrado ya. Muchos de estos locales solo guardan siete días de grabación. -Luego miró a Spicer-. ¿A qué hora saliste del pub?

Spicer se encogió de hombros.

– No lo recuerdo. Estaba como una cuba. A la una, o una y media, quizá.

– ¿Dónde te alojabas? -preguntó Nick Nicholl.

– En el albergue de Kemp Town.

– ¿Habrá alguien que recuerde haberte visto a la vuelta?

– ¿Esa gentuza? Qué va. No son capaces de recordar nada.

– ¿Cómo volviste hasta allí? -preguntó Branson.

– El chófer me recogió con el Rolls, por supuesto.

Lo dijo con tal inocencia que Glenn tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse.

– Así pues, ¿tu chófer podrá confirmarlo?

Spicer sacudió la cabeza.

– Me fui a pie, ¿cómo iba a volver si no? A patita.

Branson pasó unas páginas de su cuaderno.

– Pasemos a la semana pasada. ¿Nos puedes decir dónde estabas entre las 18.00 y la medianoche del jueves 8 de enero?

Spicer respondió rápidamente, como si ya supiera lo que le iban a preguntar.

– Sí, me fui a los perros. Era la noche de descuento para las chicas. Me quedé hasta las siete y media más o menos, y luego me vine aquí.

– ¿Al canódromo? Parece que eres habitual del pub Neville, ¿eh?

– Bueno, entre otros, sí.

Branson tomó nota mentalmente de que el canódromo estaba a menos de quince minutos a pie de The Droveway, donde había sido violada Roxy Pearce el jueves por la noche.

– ¿Tienes algo que demuestre que estuviste allí? ¿Resguardos de apuestas? ¿Te acompañó alguien?

– Ligué con una chica -dijo, y se calló en seco.

– ¿Cómo se llama? -preguntó Branson.

– Sí, bueno, ese es el problema. Está casada. Su marido estaba fuera aquella noche. No creo que le haga mucha gracia que se presente la poli a interrogarla.

– ¿De pronto tenemos conflictos morales, Darren? -preguntó Branson-. ¿La conciencia se te ha activado de repente?

Estaba pensando, aunque no lo dijo, que también era una curiosa coincidencia que el marido de Roxy Pearce estuviera fuera aquella misma noche.

– No es una cuestión de conciencia, pero no quiero darles su nombre.

– Entonces más vale que nos des alguna otra prueba de que estuviste en el canódromo durante ese periodo de tiempo.

Spicer los miró. Necesitaba un cigarrillo desesperadamente.

– ¿Les importa decirme de qué va todo esto?

– Se ha registrado una serie de agresiones sexuales en esta ciudad. Estamos intentando descartar sospechosos para nuestra investigación.

– Así pues, ¿soy sospechoso?

Branson negó con la cabeza.

– No, pero la fecha en que te soltaron te convierte en un posible «sujeto de interés».

No le reveló que habían comprobado su historial y observado que en 1997 había salido de la cárcel justo seis días antes de la primera agresión atribuida al Hombre del Zapato.

– Pasemos al día de ayer. ¿Puedes explicarnos dónde estabas entre las cinco de la tarde y las nueve de la noche?

Spicer estaba seguro de que el rostro le ardía. Se sentía acorralado, no le gustaba cómo sonaban todas aquellas preguntas. Preguntas a las que no podía responder. Sí, recordaba con exactitud dónde estaba el día anterior a las cinco. Estaba en un bosquecillo tras una casa de Woodland Drive, en el Barrio de los Millonarios, comprando coca a uno de sus residentes. Dudaba de que pudiera llegar a su próximo cumpleaños si se le ocurría mencionar la dirección.

– Estuve en el partido del Albion. Luego me fui a tomar unas cervezas con un colega. Hasta la hora en que cierran las puertas aquí. ¿Vale? Volví y cené. Luego me fui a la cama.

– Una mierda de partido, ¿eh? -apuntó Nick Nicholl.

– Sí, el segundo gol, bueno… -Spicer levantó las manos en un gesto resignado y volvió a sorberse la nariz.

– ¿Tu colega tiene nombre? -preguntó Glenn Branson.

– No. Es curioso, le he visto muchas veces, desde hace años…, y aún no sé cómo se llama. No es de esas cosas que se le preguntan a alguien después de estar tomando cervezas con él durante diez años, ¿no?

– ¿Por qué no? -dijo Nicholl.

Spicer se encogió de hombros.

Se produjo un largo silencio.

Branson pasó una página de su cuaderno.

– Aquí cierran las puertas a las ocho y media. Me han dicho que llegaste a las ocho cuarenta y cinco, que se te trababa la lengua y tenías las pupilas dilatadas. Tuviste suerte de que te dejaran entrar. Los internos tienen prohibido tomar drogas.

– Yo no tomo drogas, sargento…, señor -replicó, y se sorbió de nuevo la nariz.

– Estoy seguro. Simplemente tienes un resfriado tremendo, ¿verdad?

– Sí, debe de ser eso. Eso es. ¡Un resfriado tremendo!

Branson asintió.

– Apuesto a que también crees en Papá Noel, ¿verdad?

Spicer esbozó una sonrisa socarrona, no muy seguro de la intención de la pregunta.

– ¿Papá Noel? Sí, sí, ¿por qué no?

– Pues el año que viene escríbele y pídele que te traiga un jodido pañuelo.

Capítulo 53

Domingo, 11 de enero de 2010

Yac no conducía el taxi los domingos porque tenía «otros compromisos».

Había oído a alguien usar aquella expresión y le gustaba. «Otros compromisos.» Sonaba bien. A veces le gustaba decir cosas que sonaran bien.

– ¿Por qué no conduces el taxi los domingos por la noche? -le había preguntado recientemente el dueño del taxi.

– Porque tengo otros compromisos -había respondido Yac, haciéndose el importante.

Y los tenía. Tenía compromisos importantes que le ocupaban el domingo, desde el momento en que se levantaba hasta entrada la noche.

Ya era de noche.

Su primera obligación cada domingo por la mañana era examinar el barco en busca de filtraciones, procedentes de debajo de la línea de flotación o del techo. Luego lo limpiaba. Era la casa flotante más limpia de todo Shoreham. Luego se lavaba él, a conciencia. Era el taxista más limpio y mejor afeitado de todo Brighton y Hove.

Cuando por fin los propietarios del Tom Newbound volvieran de la India, Yac esperaba que estuvieran orgullosos de él. A lo mejor le dejarían seguir viviendo con ellos, a cambio de que limpiara el barco cada domingo por la mañana.

Tenía grandes esperanzas puestas en aquella posibilidad. Y no tenía ningún otro sitio al que ir.

Uno de sus vecinos le había dicho que el barco estaba tan limpio que se podría lamer la cubierta. Yac no lo entendía. ¿Por qué iba a querer lamer la cubierta? Si ponía comida en la cubierta, vendrían las gaviotas y se la comerían. Luego, entre la comida y las gaviotas, tendría la cubierta llena de porquería y tendría que limpiarlo todo. Así que hizo caso omiso al consejo.

A lo largo de los años había aprendido que no seguir los consejos que le daban era algo bueno. La mayoría de ellos los daban gente idiota. Las personas inteligentes solían guardarse sus ideas para sí mismos.

La siguiente tarea, interrumpida solo por su taza de té de cada hora y la cena del domingo -siempre el mismo plato, lasaña al microondas- era sacar su colección de cadenas de váter, recopilada desde la infancia, de su escondrijo en la sentina. Había descubierto que el Tom Newbound disponía de numerosos escondrijos para guardar cosas. Su colección de zapatos estaba en uno de ellos.

Le gustaba tomarse su tiempo y disponer todas sus cadenas en el suelo del salón. En primer lugar, las contaba para asegurarse de que no hubiera entrado nadie en el barco y le hubiera robado alguna. Luego las inspeccionaba, para comprobar que no hubiera manchas de óxido. A continuación las limpiaba, frotando con mimo cada una de las cadenas y aplicándoles limpiametales.

Después de guardarlas de nuevo, Yac se conectaba a Internet. Se pasaba el resto de la tarde en Google Earth, comprobando cualquier cambio en sus mapas. Era algo de lo que se había dado cuenta: los mapas cambiaban, como todo. No podías fiarte de ellos. No podías confiar en nada. El pasado eran arenas movedizas. Lo que leías y aprendías y almacenabas en la cabeza podía cambiar, y lo hacía. Solo por el hecho de haber aprendido algo, no quería decir que siguiera siendo cierto. Como en los mapas. No se podía ser un buen taxista fiándose únicamente de los mapas. ¡Había que actualizarse, ponerse al día!

Lo mismo ocurría con la tecnología.

Las cosas que habías aprendido cinco, diez o quince años antes no siempre seguían estando vigentes. La tecnología cambiaba. Él tenía todo un escritorio en el barco lleno de diagramas eléctricos de sistemas de alarma. Le gustaba estudiarlos, encontrar vulnerabilidades. Hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que, si el ser humano diseñaba algo, tenía que esconder alguna imperfección. Le gustaba almacenar aquellas imperfecciones en la cabeza. ¡La información es conocimiento, y el conocimiento es poder!

Poder sobre toda esa gente que pensaba que él no valía para nada, que se mofaban o se reían de él. A veces se daba cuenta, cuando algún pasajero del taxi se quedaba con él. Los veía por el retrovisor, haciendo muecas y susurrándose cosas al oído. Pensaban que era un poco lento. Tontorrón. Lelo. Sí, sí. Ajá.

Como su madre.

Ella cometió el mismo error. Pensó que era tonto. No sabía que algunos días, o algunas noches, cuando ella estaba en casa, él la observaba. Su madre no sabía que había hecho un pequeño agujero en el techo del dormitorio. Él subía sigilosamente al desván y observaba cómo le hacía daño a algún hombre con los zapatos. Veía cómo les clavaba los tacones de aguja en la espalda desnuda.

Otras veces ella le encerraba en su habitación con una bandeja de comida y un cubo, y lo dejaba solo en casa toda la noche. Él oía el ruido de la llave en la cerradura y los pasos de ella, los tacones resonando contra el suelo, cada vez más lejos.

Ella nunca supo que él sabía de cerraduras, que había leído y memorizado todas las revistas especializadas y todos los manuales de instrucciones a los que había podido echar mano en la biblioteca. Sabía prácticamente todo lo que había que saber sobre cerraduras de tambor, de pines o de palanca. Estaba seguro de que no había cerradura o sistema de alarma en el planeta que se le resistiera. No es que los hubiera probado todos. Aquello le hubiera llevado mucho trabajo y mucho tiempo.

Cuando ella salía y le dejaba solo en casa, con el clac-clac-clac de sus zapatos fundiéndose en el silencio, él abría la cerradura de su dormitorio y se iba al de ella. Le gustaba tumbarse desnudo en su cama, a salvo de sus ataques, aspirando los penetrantes aromas almizclados de su perfume Shalimar, y el aire que olía a humo de cigarrillo, con uno de sus zapatos en la mano izquierda, mientras se aliviaba con la derecha.

Así era como le gustaba acabar sus tardes de domingo ahora.

¡Pero aquella noche iba a ser mejor que nunca! Tenía los artículos de periódico sobre el Hombre del Zapato. Los había leído una y otra vez, y no solo los del Argus, sino también los de otros periódicos. Los del domingo. El Hombre del Zapato violaba a sus víctimas y se llevaba sus zapatos. Ajá.

Roció el interior de su habitación en el barco con Shalimar, un poquito en cada esquina y un poco más hacia el techo, directamente sobre su cabeza, de modo que las minúsculas gotitas invisibles de la fragancia cayeran a su alrededor.

Luego se puso de pie, temblando de la excitación. Al cabo de unos momentos quedó empapado de sudor, respirando con los ojos cerrados, mientras el olor le traía todos aquellos recuerdos. Entonces encendió un cigarrillo Dunhill International e inhaló el dulce humo, lo retuvo en los pulmones unos momentos y luego lo exhaló por la nariz, como hacía su madre.

Ahora olía como la habitación de ella. Sí.

Entre calada y calada, cada vez más excitado, empezó a desabrocharse los pantalones. Luego, tendido en su catre, se tocó y susurró:

– ¡Oh, mami! ¡Oh, mami! ¡Oh, mami, soy un niño malo!

Y no dejaba de pensar en lo malo que había sido. Y eso le excitaba aún más.

Capítulo 54

Lunes, 12 de enero de 2010

A las siete y media de la mañana, Roy estaba de mal humor. No llevaban ni dos semanas de año y ya tenía tres casos de violación entre manos.

Estaba sentado en el despacho que siempre le ponía incómodo, aunque su anterior ocupante, la tiránica Alison Vosper, ya no estaba allí. En su lugar, tras el gran escritorio de palisandro, ahora todavía mucho más lleno de papeles, estaba el subdirector Rigg, que iniciaba su segunda semana en el cargo. Y por primera vez, le habían ofrecido algo de beber en aquel despacho. Ahora estaba con un café cargado entre las manos que le iba a ir muy bien, en una elegante taza de porcelana.

El subdirector era un hombre pulcro y distinguido, de aspecto sano, cabello claro con un corte clásico, y una voz elegante y profunda. Aunque era varios centímetros más bajo que Grace, tenía una postura elegante que le daba un porte militar, lo que le hacía parecer más alto de lo que era. Llevaba un traje azul marino de raya diplomática, una elegante camisa blanca y una corbata llamativa. Por la serie de fotografías que había sobre su escritorio y las que colgaban de las paredes, era evidente que le gustaban las carreras de coches, lo que agradó a Grace, ya que sería algo que tendrían en común, aunque no hubiera tenido ocasión aún de sacar el tema.

– He estado hablando al teléfono con el nuevo alcalde -dijo Rigg, con tono afable pero serio-. Pero eso ha sido antes del ataque en el Tren Fantasma. Las violaciones por parte de extraños suscitan una gran reacción en la gente.

Brighton ya ha perdido el congreso anual del Partido Laborista (no es que eso esté relacionado de ningún modo con las violaciones), y el alcalde cree que las posibilidades de la ciudad de ser sede de congresos de alto nivel dependerán de la imagen de seguridad que demos. Parece que el miedo a la delincuencia se ha convertido en un factor determinante a la hora de organizar congresos y conferencias.

– Sí, señor. Me doy cuenta.

– Nuestro principal objetivo debería ser luchar contra los delitos que provocan miedo en la comunidad, miedo entre la gente normal y corriente. Ahí es hacia donde creo que deberíamos orientar nuestros recursos. Nuestro mensaje subliminal debería ser que la gente está tan segura en Brighton y Hove como en su propia casa. ¿Qué le parece?

Grace asintió, pero por dentro estaba preocupado. Las intenciones del subdirector eran buenas, pero el momento no era el mejor. No se podía decir que Roxy Pearce hubiera estado segura en su propia casa. Por otra parte, lo que acababa de decirle no era nada nuevo. Tal como lo veía él, no estaba más que subrayando lo que había sido el objetivo principal del cuerpo de Policía desde siempre. Desde luego, en cualquier caso, ese había sido su objetivo personal.

Cuando lo habían ascendido a superintendente, su inmediato superior, el entonces jefe del D.I.C., Gary Weston, le había explicado su filosofía de un modo muy sucinto: «Roy, como jefe, intento pensar qué es lo que la gente espera de mí y lo que quiere que haga. ¿Qué quiere mi esposa? ¿Y mi anciana madre? Quieren sentirse seguras, quieren poder moverse a su aire tranquilas, y quieren que meta entre rejas a todos los malos».

Desde aquel momento, Grace había usado aquello como mantra personal.

Rigg cogió un documento escrito a máquina, seis hojas de papel unidas por un clip. Roy supo inmediatamente de qué se trataba.

– Este es el informe de las últimas veinticuatro horas del Departamento de Supervisión de Actuaciones Policiales sobre la Operación Pez Espada -dijo el subdirector- Hice que me lo trajeran anoche -añadió, con una sonrisa de preocupación-.

Es positivo. No se ha dejado nada. No esperaba menos, con todas las cosas buenas que he oído de usted, Roy.

– Gracias, señor -respondió Grace, agradablemente sorprendido. Estaba claro que no había hablado mucho con su predecesora, Alison Vosper.

– Creo que los políticos se van a poner mucho más pesados cuando salgan a la luz las noticias sobre esta tercera violación. Y, por supuesto, no sabemos cuántas más puede cometer el violador antes de que lo metamos entre rejas.

– O antes de que vuelva a desaparecer de nuevo -observó Grace.

El subdirector le miró como si acabara de morder una guindilla de lo más picante.

Capítulo 55

Lunes, 12 de enero de 2010

La sede de Sussex Security Systems y Sussex Remote Monitoring era un gran edificio de los años ochenta en una zona industrial de Lewes, a diez kilómetros de Brighton.

Cuando el negocio fundado por Garry Starling quince años antes en un pequeño local de Hove se había expandido en dos campos diferenciados, supo que tendría que trasladarse a un lugar mayor. La oportunidad perfecta se presentó cuando el edificio de Lewes se quedó vacío a causa de una bancarrota, con lo que el titular se mostró deseoso de hacer un trato.

Pero lo que le atrajo aún más que los términos favorables del contrato fue la ubicación del edificio, a menos de quinientos metros de la Malling House, cuartel general de la Policía de Sussex. Ya había firmado dos contratos con ellos para la instalación y el mantenimiento de alarmas en un par de comisarías menores que cerraban por la noche, y estaba seguro de que la proximidad al centro neurálgico del departamento no podría traerle nada malo.

Y no se había equivocado. Llamando a diferentes puertas, haciendo mucho la pelota en el campo de golf y ofreciendo precios muy competitivos, había conseguido mucho más trabajo. Además, cuando apenas una década antes, el D.I.C. se trasladó a su nueva sede, la Sussex House, había sido su empresa la que se había llevado el contrato del sistema de seguridad interna.

A pesar de su éxito, a Starling no le interesaban los coches caros y lujosos. Nunca llevaba uno, porque a su modo de ver solo servían para llamar la atención -y cuanto más llamativo el coche, más caros pensarían los clientes que eran sus servidos-. El éxito, para él, significaba libertad. La posibilidad de contratar a gente para hacer los trabajos que no le apetecía hacer a él. La libertad para estar en el campo de golf cuando quisiera. Y de hacer otras muchas cosas. La tarea de derrochar dinero se la dejaba a Denise. Podía gastar todo lo que quisiera.

El día en que se conocieron, ella estaba para comérsela. Le gustaba todo lo que le ponía a él, y era un animal sexual, con pocos límites. Ahora se pasaba el tiempo con el culo en el sofá -un culo cada vez más gordo, por cierto- y no quería saber nada del sexo; por lo menos, del tipo de sexo que le gustaba tanto a él.

Al volante de su pequeño Volvo gris, Starling atravesó la zona industrial, dejando atrás un concesionario Land Rover, la entrada al Tesco y luego la casa de muebles Homebase. Giró a la derecha, luego a la izquierda y siguió recto. Al final de la calle sin salida vio su edificio, de una planta, y en el exterior una fila de nueve furgonetas blancas aparcadas, todas ellas con el logotipo de la empresa.

En su constante empeño por controlar el gasto, las furgonetas eran completamente blancas, y el nombre de la empresa iba en unos paneles magnéticos pegados a los lados. Así no tenía que gastarse el dinero en pintura cada vez que compraba una furgoneta nueva; solo tenía que cambiar los paneles de una a otra.

Eran las nueve de la mañana y no le hizo muy feliz ver tantas furgonetas aún aparcadas. Deberían estar fuera, haciendo instalaciones o atendiendo las llamadas de los clientes. Aquello era culpa de la recesión. No había muchas cosas que le hicieran feliz últimamente.

A Dunstan Christmas le picaba el culo, pero no se atrevía a rascárselo. Si dejaba de ejercer presión sobre la silla más de dos segundos estando de turno, sonaría la alarma y el supervisor acudiría de inmediato.

Christmas tuvo que admitir que el sistema era jodidamente eficaz. Había que reconocérselo a quienquiera que lo hubiera ideado. A prueba de tontos.

Y tenía que serlo, porque era por lo que pagaban los clientes de Sussex Remote Monitoring Services: operadores de circuito cerrado con experiencia como él, uniformados y sentados ante los monitores, observando las imágenes de sus casas y sus oficinas, a tiempo real, día y noche. Christmas tenía treinta y seis años y pesaba ciento veinticinco kilos. Planchar el culo todo el día era algo que se le daba bien.

No entendía mucho el sentido del uniforme, ya que nunca salía de aquella sala, pero el Gran Jefe, el señor Starling, exigía que todos los empleados, incluso las recepcionistas, llevaran uniforme. Según decía, hacía que la gente diera más valor a su trabajo, e impresionaba a las visitas. Todo el mundo hacía lo que decía el señor Starling.

Junto al selector de cámaras del panel que tenía delante había un micrófono. Aunque algunas de las casas y de los negocios que aparecían en las veinte pantallas que tenía delante estaban a muchos kilómetros de distancia, accionando el botón del micrófono podía hacer que cualquier intruso se cagara en los pantalones, al hablarle directamente. Aquella parte del trabajo le gustaba. ¡No ocurría muy a menudo, pero cuando sucedía le encantaba ver el bote que daban los cacos! Era una de las ventajas del puesto.

Christmas trabajaba en turnos de ocho horas, de mañana, tarde o noche, y no estaba descontento con su sueldo, pero a veces el trabajo en sí, especialmente de noche, podía ser aburrido hasta el agotamiento. ¡Veinte canales de televisión diferentes y no ocurría nada en ninguno de ellos! En uno, la imagen de la puerta de una fábrica. En otro, la entrada a una casa. En otro, la fachada trasera de una gran mansión de Dyke Road Avenue. De vez en cuando pasaba algún gato, o un zorro, o un tejón, o algún roedor dando una carrerita.

Con la pantalla 17 tenía cierta conexión emocional. Mostraba imágenes de la vieja cementera de Shoreham, que llevaba cerrada diecinueve años. Veintiséis cámaras de circuito cerrado cubrían la gran extensión del recinto, una en la entrada principal y el resto por los puntos de acceso internos más importantes. En aquel momento, la imagen que recibía era la de la alta valla de la entrada, de acero y con alambre de espino por encima y, tras ella, de las puertas aseguradas con cadenas.

Su padre había trabajado allí como conductor de una hormigonera; alguna vez le había dejado subirse a la cabina cuando salía a recoger material. Le encantaba aquel lugar. Siempre pensó que era como un decorado de una película de James Bond, con sus enormes hornos de ladrillo, sus muelas trituradoras y sus silos de almacenaje, sus bulldóceres, sus volquetes y sus excavadoras, y una actividad que no se detenía nunca.

La cementera ocupaba una enorme hondonada junto a una cantera apartada, a unos kilómetros hacia el interior, al noroeste de Shoreham. Las instalaciones tenían cientos de hectáreas y ahora solo contenían enormes edificios abandonados. Se rumoreaba que había planes de reactivación, pero desde la salida del último camión, hacía ya casi dos décadas, se había convertido en un poblado fantasma gris y en ruinas de estructuras en su mayoría sin ventanas, maquinaria oxidada, viejos vehículos y caminos invadidos por las hierbas. Los únicos visitantes eran los gamberros y los ladrones que habían acudido sistemáticamente a robar alguno de los motores eléctricos, los cables y las tuberías de plomo, motivo por el que se había instalado aquel completo sistema de seguridad.

Pero aquella mañana de lunes estaba resultando más interesante de lo habitual. Por lo menos en una pantalla en particular, la número 11.

Cada una de las pantallas ofrecía diferentes funciones. El software de detección de movimiento activaba de inmediato una de ellas si se registraba cualquier movimiento, como la llegada o la partida de algún vehículo o cualquier incursión, aunque fuera la de un zorro o un perro vagabundo. En la pantalla 11 se había producido una actividad constante desde que había iniciado su turno, a las 7.00. Era la vista frontal de la casa de los Pearce. Mostraba la cinta de seguridad de la Policía, a un asesor y a tres agentes de la Policía Científica con sus trajes protectores azules y sus guantes de goma, a cuatro patas, escrutando el lugar centímetro a centímetro en busca de cualquier pista que pudiera haber dejado el agresor de la señora Pearce, que se había colado en la casa el jueves por la noche, y pequeños marcadores adhesivos repartidos aquí y allá por el suelo.

Hundió la mano en el gran paquete de patatas fritas Kettle que tenía junto al panel de control de su puesto, se metió un puñado en la boca y las acompañó con un trago de Coca-Cola.

Tenía ganas de ir al lavabo, pero decidió esperar un poco. Podía desconectarse del sistema para hacer lo que llamaban una «pausa», pero llamaría la atención. Solo hacía una hora y media que había empezado el turno; tenía que esperar un poco más si quería quedar bien con el jefe.

Una voz a sus espaldas le sorprendió.

– Me alegro de ver que la línea de The Droveway ya funciona.

Dunstan se giró y vio a su jefe, Garry Starling, propietario de la empresa, mirando por encima de su hombro.

Starling tenía la costumbre de hacer aquello. Siempre pillaba a sus empleados por sorpresa. Se acercaba con sigilo por detrás, fuera en ropa de trabajo -camisa blanca, vaqueros y deportivas- o vestido con un traje perfectamente planchado. Pero siempre con sigilo, sin hacer ruido al pisar, como un asaltante furtivo. Sus grandes ojos de búho escrutaban la batería de pantallas.

– Sí, señor Starling. Ya funcionaba al empezar el turno.

– ¿Se sabe ya qué le pasaba?

– Aún no he hablado con Tony.

Tony era el ingeniero jefe de la empresa.

Starling observó la actividad de la casa de los Pearce unos momentos, asintiendo.

– No pinta bien, ¿verdad, señor? -dijo Christmas.

– Es increíble -dijo Starling-. Lo peor que ha ocurrido nunca en las propiedades que vigilamos, y el jodido sistema va y se estropea. ¡Increíble!

– Ya podía haber sido en otro momento…

– Desde luego.

Christmas accionó un interruptor del panel y enfocó a un miembro de la Policía Científica, que estaba embolsando algo interesante, pero demasiado pequeño para poder verlo a aquella distancia.

– Es curioso lo meticulosos que son estos tipos -observó.

Su jefe no respondió.

– Es como ver CSI.

Tampoco respondió esta vez.

Giró la cabeza y, para su asombro, descubrió que Garry Starling había abandonado la habitación.

Capítulo 56

Poneros zapatos caros de tacón alto os hace sentir sexis, ¿verdad? Creéis que gastar dinero en esas cosas es como una inversión, ¿no? Todo forma parte de vuestra trampa. ¡Sois como plantas atrapamoscas! Eso es lo que sois.

¿Alguna vez habéis mirado de cerca las hojas de una planta atrapamoscas? Son rosadas por dentro. ¿No os recuerdan nada? Yo os diré qué es lo que me recuerdan: vaginas con dientes. Que es exactamente lo que son. Con atroces colmillos alrededor, como barrotes de una celda.

En el momento en que un insecto entra y toca uno de los minúsculos pelitos de aquellos labios rosados, sugerentes y sensuales, la trampa se cierra de golpe, dejando al insecto sin aire. Igual que hacéis vosotras. Entonces actúan los jugos digestivos, matando lentamente a la presa, si no ha tenido la suerte de ahogarse antes. ¡Igual que vosotras! Las partes internas del insecto, más blandas, se disuelven, pero no la parte dura del exterior, el exoesqueleto. Al final del proceso digestivo, tras varios días, a veces un par de semanas, la trampa reabsorbe el fluido digestivo y luego vuelve a abrirse. Los restos del insecto se los llevan el viento o la lluvia.

Por eso os ponéis esos zapatos, ¿verdad? Para atraparnos, para sorbernos todos los fluidos y luego excretar nuestros restos.

Bueno, pues tengo noticias para vosotras

Capítulo 57

Lunes, 12 de enero de 2010

La SR-1 tenía capacidad para albergar a la vez hasta tres investigaciones de casos graves. Pero el equipo de Grace estaba creciendo cada vez más, y la Operación Pez Espada requería toda la sala. Afortunadamente, siempre había mantenido buena relación con el agente al mando de la sección de infraestructuras, Tony Case, que controlaba las cuatro salas de reuniones para casos graves del condado.

La importancia del caso había obligado a trasladar el otro caso importante que se investigaba en la Sussex House en aquel momento -el asesinato en plena noche de un hombre aún no identificado en la calle- a la SR-2, más pequeña, situada en el otro extremo del pasillo.

Aunque Grace ya había convocado dos reuniones el día anterior, había sido sin gran parte de su equipo, que estaba ocupado en investigaciones diversas. Esta vez había ordenado que asistieran todos sin excepción.

Se sentó en el espacio libre reservado en una de las mesas, con la agenda y el cuaderno de actuaciones delante. A su lado tenía el tercer café del día. Cleo siempre le reprochaba la gran cantidad que consumía, pero después de su agradable pero tensa reunión con el subdirector Rigg aquella mañana, sentía la necesidad de otro chute de cafeína.

Aunque la SR-1 no había sido reformada ni redecorada en años, siempre presentaba un olor algo anodino, a oficina moderna, en claro contraste con las comisarías de antes de la imposición de la ley que impedía fumar en ellas. Casi todas olían a tabaco y flotaba en su interior una neblina permanente. Pero aquello les daba ambiente y, en ciertos aspectos, lo echaba de menos. Todo se estaba volviendo demasiado estéril.

Recibió con un gesto de la cabeza a varios miembros de su equipo a medida que iban entrando en la sala, la mayoría -entre ellos Glenn, que parecía librar otra de sus interminables discusiones con su mujer- enfrascados en conversaciones telefónicas.

– Hola, colega -le saludó cuando acabó la llamada. Se metió el teléfono en el bolsillo, se llevó la mano a lo alto del afeitado cráneo y frunció el ceño.

Grace le respondió con la misma mueca.

– ¿Qué pasa?

– No llevas gomina. ¿Te has olvidado?

– Tenía que ver al nuevo subdirector a primera hora, así que pensé que quizá debería mostrarme algo conservador.

Branson, que había dado un repaso integral a la imagen de Roy meses atrás, sacudió la cabeza.

– ¿Sabes qué? A veces eres decididamente triste. Si yo fuera el nuevo subdirector, querría agentes con algo de gancho, no tipos que me recordaran a mi abuelo.

– ¡Que te jodan! -replicó Grace con una sonrisa burlona. Luego bostezó.

– ¿Lo ves? -remarcó Branson, divertido-. Es la edad. No puedes seguir el ritmo.

– Muy gracioso. Oye, necesito concentrarme unos minutos, ¿vale?

– ¿Sabes a quién me recuerdas? -insistió Branson, haciendo caso omiso.

– ¿A George Clooney? ¿A Daniel Craig?

– No. A Brad Pitt.

Por un momento Grace se quedó bastante satisfecho. Luego el sargento añadió:

– Sí, en Benjamín Button, cuando tiene cien años y aún no ha empezado a rejuvenecer.

Grace sacudió la cabeza, esbozó otra sonrisa burlona y bostezó de nuevo. El lunes era un día temido por la mayoría de la gente normal. Pero la mayoría de la gente «normal» empezaba el día descansada y fresca. Él se había pasado todo el domingo trabajando, primero en el Brighton Pier, visitando la sala de mantenimiento del Tren Fantasma, donde habían violado y herido de gravedad a Mandy Thorpe, y luego visitando el Royal Sussex County Hospital, donde estaba ingresada bajo custodia policial. A pesar de la grave lesión en la cabeza, la joven había podido realizar una declaración completa a la agente asignada, que a su vez le había transmitido la información a él.

Además del trauma causado a aquellas pobres víctimas, Grace sentía otro tipo de trauma propio, generado por la presión recibida para que resolviera el caso y efectuara alguna detención. Para complicar aún más las cosas, el periodista al mando de la sección de sucesos del Argus, Kevin Spinella, le había dejado tres mensajes en el teléfono móvil: le pedía que le devolviera la llamada lo antes posible. Grace sabía que si quería contar con la cooperación del principal periódico de la ciudad en el caso y evitar un titular sensacionalista en la edición del día siguiente, tendría que manejar a Spinella con cuidado. Eso significaba proporcionarle en exclusiva algún dato no incluido en la conferencia de prensa que daría a mediodía. Y en aquel momento no tenía nada para él. Al menos, nada que quisiera que llegara a la opinión pública.

Hizo una llamada rápida al periodista y se encontró con el buzón de voz. Le dejó un mensaje en el que le dijo que acudiera a su despacho diez minutos antes de la conferencia de prensa. Ya pensaría en algo para él.

Y un día, a no tardar, tenía que pensar en la trampa que iba a tenderle. Alguien de la Policía le pasaba información de forma regular a Spinella. La misma persona, estaba seguro, que le había informado de todos los casos graves el año pasado al joven reportero, a los pocos minutos de que la Policía recibiera la llamada de aviso. Tenía que ser alguien del Centro de Gestión de Llamadas o del Departamento de Información y Telecomunicaciones, alguien que tuviera acceso a los registros actualizados al minuto. Podía ser un agente, pero eso lo dudaba, porque la información filtrada era sobre todos los casos graves, y no había ningún agente que recibiera información al momento sobre casos que no fueran suyos.

Lo bueno era que Spinella era un periodista avispado con quien se podía hacer negocios. Hasta ahora habían tenido suerte, pero quizás un día no estuviera él ahí, y si alguien con menor voluntad de cooperación ocupara su puesto, podía hacer mucho daño.

– Joder con el Albion… Pero ¿qué les pasa? -protestó Foreman mientras entraba, perfectamente vestido, como siempre, y con unos zapatos de cordones de un negro brillante.

En las primeras fases de una investigación, la mayoría de los agentes se ponían traje, pues nunca sabían cuándo tendrían que salir corriendo a entrevistar a alguien -en especial a los familiares próximos de las víctimas, ante quienes debían mostrar una actitud de respeto-. Algunos, como Foreman, iban impecablemente vestidos en todo momento.

– ¡Ese segundo gol! -exclamó el agente Nicholl, que era más bien tímido, pero que ahora charlaba animadamente, agitando los puños al aire-. ¿De qué van? ¡Ni se enteraron!

– Sí, bueno, yo soy del Chelsea -dijo John Black, analista del HOLMES-. Pasé del Albion hace tiempo. El día en que dejaron de jugar en el Goldstone Ground.

– Pero cuando se trasladen al nuevo estadio…, eso va a ser estupendo -vaticinó Foreman-. Dales tiempo para que se sitúen y recuperarán el orgullo.

– El orgullo gay, eso es para lo único que valen -gruñó Potting, que entró en último lugar, sacudiendo la cabeza y apestando a tabaco de pipa.

Se dejó caer en una silla frente a Grace.

– Siento llegar tarde, Roy. ¡Mujeres! Nunca más. No vuelvo a casarme. Hasta aquí hemos llegado. ¡La cuarta y la última!

– La mitad de la población británica se alegrará de oír eso -murmuró Bella, lo suficientemente alto como para que la oyeran todos.

Potting hizo caso omiso y se quedó mirando a Grace con aire melancólico.

– ¿Sabes la charla que tuvimos antes de Navidad, Roy?

Grace asintió; no tenía ningunas ganas de enfrentarse al último de la larga sucesión de desastres sentimentales del sargento.

– Me iría bien algún consejo, en algún momento durante la semana que viene, o cuando sea, si te va bien, Roy. Cuando tengas un minuto.

«Cuando tenga un minuto, lo que quiero es pasarlo durmiendo», pensó Grace, abatido. Pero le hizo un gesto con la cabeza a Potting y le dijo:

– Claro, Norman.

A pesar de que Potting solía ponerle de los nervios, le daba pena aquel tipo. Seguía en el cuerpo después de rebasar la edad a la que podía haber optado por jubilarse, y Grace sospechaba que era porque el trabajo era lo único que daba sentido a su vida.

El último en entrar en la sala fue el doctor Proudfoot, con una bolsa de trabajo de cuero negro colgada del hombro. Era un psicólogo forense -como se llamaban ahora los analistas de la conducta- con experiencia en un gran número de casos graves, que había adquirido durante las últimas dos décadas, entre ellos el del Hombre del Zapato original. Los últimos diez años había disfrutado de cierta fama en los medios y de las ganancias que le había proporcionado un lucrativo contrato editorial. En sus cuatro libros autobiográficos, que relataban su vida profesional hasta la actualidad, alardeaba de sus logros, y se presentaba como un elemento crucial en la búsqueda de los peores criminales del Reino Unido y su puesta a disposición de la justicia.

En privado, unos cuantos agentes veteranos habían manifestado que aquellos libros deberían venderse en las secciones de «ficción» de las librerías. Consideraban que se había atribuido el mérito de varios casos en los que en realidad solo había desempeñado un papel muy pequeño, y no siempre con acierto.

Grace no tenía una opinión muy diferente, pero dado que Proudfoot había participado antes en el caso del Hombre del Zapato, la Operación Houdini, pensaba que tendría algo que aportar a la Pez Espada. El psicólogo había envejecido en los doce años que habían pasado desde su último encuentro, y había engordado considerablemente, pensó, mientras lo presentaba a los miembros de su equipo. Tras aquello, pasó al orden del día.

– En primer lugar, quiero daros las gracias a todos por sacrificar el fin de semana. En segundo lugar, me alegra comunicaros que no tenemos ninguna queja del Departamento de Supervisión de Actuaciones Policiales. Hasta la fecha están satisfechos con todos los aspectos de nuestra investigación. -Bajó la mirada y echó un vistazo a la agenda-. Bueno, son las 8.30 de la mañana del lunes 12 de enero. Esta es nuestra sexta reunión de la Operación Pez Espada, la investigación en torno a la violación de dos personas, la señora Nicola Taylor y la señora Roxy Pearce, y ahora quizá de una tercera víctima, la señorita Mandy Thorpe.

Señaló una de las pizarras blancas, de las que se habían colgado descripciones detalladas de las tres mujeres. Grace había decidido no mostrar sus fotografías públicamente, para proteger su intimidad y por considerarlo una falta de respeto. En vez de aquello, anunció:

– Disponemos de fotografías de las víctimas, para quienes las necesiten.

Proudfoot levantó una mano y empezó a agitar sus dedos regordetes.

– Perdona, Roy, ¿por qué dices que ahora «quizás» haya una tercera víctima? No creo que haya dudas sobre Mandy Thorpe, por el material que yo tengo.

Grace dirigió la mirada hacia la mesa a la que estaba sentado Proudfoot.

– El modus operandi es significativamente diferente -respondió Grace-. Pero ya llegaremos a eso más tarde, si no te importa. Está en el orden del día.

Proudfoot abrió y cerró sus minúsculos labios rosados un par de veces, fijando sus ojos redondos y brillantes en el superintendente, con aspecto contrariado, al ver rechazada su intervención. Grace prosiguió:

– En primer lugar, quiero repasar nuestros progresos en torno a la violación de Nicola Taylor en Nochevieja y a la de Roxy Pearce el jueves pasado. En este momento tenemos seiscientos diecinueve sospechosos potenciales, entre el personal del hotel Metropole y los clientes hospedados aquella noche, así como los asistentes a la fiesta de Nochevieja, entre los que había, como ya sabemos, varios oficiales de Policía. También tenemos nombres proporcionados por la gente, algunos directamente a nosotros y otros a través del programa Crimestoppers. Entre los sospechosos que tenemos de momento están todos los condenados por agresión sexual en la zona de Brighton y Hove. Y dos pervertidos que han estado haciendo molestas llamadas a zapaterías de Brighton y que ya han sido identificados por el Equipo de Investigaciones Exteriores.

Dio un sorbo al café.

– Un sospechoso de la lista es especialmente interesante. Un ladrón de casas reincidente y traficante ocasional de drogas, Darren Spicer. Diría que varios de vosotros lo conocéis.

– ¡Ese desgraciado! -dijo Potting-. Lo trinqué hace veinte años por una serie de robos con allanamiento por Shirley Drive y Woodland Drive.

– Tiene ciento setenta y tres antecedentes -señaló Ellen Zoratti, la analista-. Un encanto. Está en la calle con la provisional. Cumplía condena por acoso a una mujer en una casa de Hill Brow a la que había entrado a robar. Intentó besuquearla.

– Eso, desgraciadamente, es un patrón habitual -observó Grace, mirando hacia Proudfoot-. Hay ladrones de casas que se convierten en violadores.

– Exacto -dijo Proudfoot, aprovechando la ocasión-. Empiezan penetrando en las casas y luego pasan a penetrar a cualquier mujer que encuentren en la casa.

Grace observó las expresiones de varios de sus colegas, que a todas luces pensaban que aquello no era más que palabrería. Pero él sabía que, por desgracia, era cierto.

– Spicer salió de permiso de la prisión de Ford Open el 28 de diciembre. El sargento Branson y el agente Nicholl le interrogaron ayer por la mañana -prosiguió, e hizo un gesto a Glenn.

– Así es, jefe -respondió Branson-. No le sacamos gran cosa; mucho rollo. Es un perro viejo. Afirma que tiene coartada para el momento en que se cometieron los tres delitos, pero no me convence. Le dijimos que queríamos confirmación. Según dice había quedado con una mujer casada el jueves pasado por la noche, y se niega a darnos su nombre.

– ¿Spicer tiene algún antecedente de agresión sexual? -preguntó la sargento Bella Moy-. ¿O de violencia doméstica, o de fetichismo?

– No -respondió la analista.

– ¿No sería más lógico que nuestro violador tuviera algún antecedente en actos de perversión, doctor Proudfoot, si asumimos que los violadores no suelen llevarse zapatos por regla general? -preguntó Moy.

– Llevarse algún tipo de trofeo no es nada raro en agresores en serie -dijo Proudfoot-. Pero tiene razón; es muy poco probable que estas sean sus primeras agresiones.

– Hay algo que podría ser muy significativo -señaló Zoratti-. Anoche estudié la declaración de la víctima, la mujer atacada por Spicer en su casa hace poco más de tres años: la señora Marcie Kallestad. -Miró a Roy Grace-. No entiendo cómo es que nadie ha relacionado una cosa con otra, señor.

– ¿Relacionar? ¿El qué?

– Creo que es mejor que lo lea. Cuando Marcie Kallestad se quitó a Spicer de encima, él la tiró al suelo, le arrancó los zapatos de los pies… y se fue corriendo con ellos. Eran unos Roberto Cavalli de tacón alto que le habían costado trescientas cincuenta libras. Se los acababa de comprar aquel mismo día, en una zapatería de Brighton.

Capítulo 58

Lunes, 12 de enero de 2010

El cambio de humor en la sala de reuniones era palpable. Roy sintió el repentino murmullo de excitación. Sucedía cada vez que aparecía un dato potencialmente decisivo en una investigación. Y aun así, en aquel momento él era el menos excitado de todo su equipo.

– Lástima que no lo supiéramos ayer -observó Branson-. Podríamos haberlo cazado con eso.

Nicholl asintió.

– Ahora ya tenemos suficiente para detenerlo, jefe, ¿no? -preguntó Foreman.

Grace miró a Ellen.

– ¿Sabemos dónde aparecieron después los zapatos?

– No, me temo que no -respondió ella-. No tengo esa información.

– ¿Tendrían algún valor económico para él? -preguntó Nicholl.

– Por supuesto -dijo Bella Moy-. Unos Roberto Cavalli nuevos como esos… En la ciudad hay montones de tiendas de ropa de segunda mano que los comprarían a precio de saldo. Yo a veces les compro cosas. Puedes encontrar gangas estupendas.

Grace se la quedó mirando un momento. Bella tenía poco más de treinta años, era soltera y vivía en casa con su anciana madre. Le daba un poco de pena, porque no es que no fuera atractiva, pero daba la impresión de que no tenía una vida real, aparte de su trabajo.

– ¿El diez por ciento de su precio, Bella? -preguntó.

– No lo sé. Pero no pagarían mucho. Veinte libras, quizá. Como mucho.

Grace pensó. Aquel dato nuevo sin duda justificaría el arresto de Darren Spicer. Y aun así… no le parecía bien. Era un sospechoso casi demasiado obvio. Sí, el tipo había salido a tiempo para cometer la primera violación, el día de Año Nuevo. Y, por si fuera poco, trabajaba en el hotel Metropole, donde había tenido lugar. Y ahora se acababan de enterar de que en su último allanamiento con agresión se había llevado los zapatos de su víctima. Pero a Grace le inquietaba algo: ¿era posible realmente que aquel tipo fuera tan tonto?

Aún más significativo era que Spicer siempre se hubiera dedicado a robar casas y a traficar con drogas. Se ganaba la vida, si se podía decir así, metiéndose en la casa de la gente y abriendo cajas fuertes, llevándose joyas, relojes, plata y efectivo. Ni Nicola Taylor ni Roxy Pearce habían denunciado hasta el momento ningún robo aparte del de sus zapatos y, en el caso de Nicola, también su ropa. Lo mismo que en el caso de Mandy Thorpe, el sábado por la noche. Solo habían desaparecido los zapatos. A menos que Spicer hubiera cambiado en prisión -algo que dudaba, dado su historial-, no parecía que aquello fuera su típico modus operandi.

Por otra parte, ¿cómo podía estar seguro de que Spicer no hubiera cometido otros delitos sexuales por los que no hubiera resultado condenado? ¿Podía ser que fuera él el Hombre del Zapato? La información recabada por Ellen mostraba que estaba en la calle en el momento de todos los ataques del Hombre del Zapato. Pero este violaba y atacaba a sus víctimas con agresividad. No se limitaba a intentar besarlas, como había hecho Spicer. Una vez más, el modus operandi no coincidía.

Sí, podrían detenerlo. Los jefazos se pondrían contentos al realizar un arresto tan rápido, pero ese placer podría durar poco. ¿Qué iba a hacer luego con Spicer? ¿Cómo conseguiría las pruebas necesarias para condenarlo? El agresor llevaba máscara y apenas hablaba, así que no contaban con una descripción facial o con una voz a las que agarrarse. Ni siquiera tenían una declaración fiable de la altura del tipo. Lo más seguro es que fuera de altura media y constitución ligera. Con poco vello corporal.

Los exámenes forenses demostraban que el agresor no había dejado semen en ninguna de las tres víctimas. Hasta el momento no había coincidencias de ADN en ninguno de los pelos, las fibras o los rastros de los arañazos, aunque aún era muy pronto. Tardarían un par de semanas en examinarlo todo, y no podían retener a Spicer todo ese tiempo sin acusarle de nada. Estaba claro que la Fiscalía del Estado no consideraría que tuvieran suficientes pruebas para presentar cargos.

Podían interrogarle sobre por qué se llevó los zapatos de Marcie Kallestad, pero si de verdad era el Hombre del Zapato, eso le pondría en guardia. Igual que si pedían una orden de registro para su taquilla en el albergue. Por lo que habían dicho Glenn y Nick, Spicer pensaba que había estado muy listo y que los había dejado satisfechos. Ahora quizá no le preocupara volver a delinquir. Si mostraban demasiado interés en él, quizás aquello frenara sus pasos, o incluso podía ahuyentarlo. Y Grace quería un resultado, no otros doce años de silencio.

Se quedó pensando un momento y luego le preguntó a Branson:

– ¿Spicer tiene un coche, o acceso al de alguien?

– No daba la impresión de que tuviera nada. Lo dudo, jefe. No.

– Dijo que va a pie a todas partes para ahorrarse el autobús, jefe -añadió Nicholl.

– Probablemente pueda conseguir uno cuando lo necesite -apuntó Zoratti-. Tiene un par de antecedentes por robo de vehículo: una furgoneta y un coche particular.

Que no tuviera un medio de transporte era algo bueno, pensó. Haría mucho más sencilla la tarea de mantenerlo vigilado.

– Creo que, por el momento, es más fácil que obtengamos algo si lo observamos que si le apretamos. Sabemos dónde está entre las 8.30 de la tarde y las 8.30 de la mañana, gracias al toque de queda del albergue. Tiene su trabajo de reinserción en el Grand Hotel, así que sabremos dónde está durante el día, los días laborables. Voy a contactar con Seguimiento para que lo observen cuando sale del trabajo y para que se aseguren de que no sale del albergue por la noche.

– Si realmente es un «sujeto de interés», Roy, que parece que sí -intervino Proudfoot-, yo diría que vale la pena que actúes rápido.

– Espero que se pongan en marcha hoy mismo -respondió Grace-. Este sería un buen momento para que nos dijera qué piensa.

El psicólogo forense se puso en pie y se acercó a una pizarra blanca en la que había colgada un gran hoja con una gráfica. Presentaba varias líneas irregulares trazadas con tintas de diferentes colores. Se tomó su tiempo para hablar, como si quisiera demostrar que era tan importante que no tenía por qué darse prisa.

– El patrón de agresión del Hombre del Zapato y del agresor de este caso son muy similares -expuso-. Esta gráfica muestra los factores vinculantes hasta el momento entre los dos. Cada color es un aspecto diferente: el lugar, la hora del día, el acercamiento a las víctimas, la forma del ataque y el aspecto externo del agresor.

Señaló cada una de las líneas, se hizo a un lado y prosiguió:

– Hay una serie de aspectos de las agresiones del Hombre del Zapato que nunca se hicieron públicas, y que, sin embargo, aparecen en el modus operandi del agresor actual. Eso me lleva a afirmar con cierta seguridad que, en este momento, tenemos, suficientes factores vinculantes como para suponer que nos enfrentamos a la misma persona. Uno de los más significativos es que usara el mismo nombre, Marsha Morris, para registrarse en el Grand Hotel en 1997 y en el Metropole la Nochevieja pasada, y que ese nombre nunca se filtró a la opinión pública.

Avanzó unos pasos, hasta una pizarra en blanco.

– También estoy bastante seguro de que el agresor es un hombre de la zona, o por lo menos un tipo con buenos conocimientos del lugar, que ha vivido aquí antes.

Rápidamente dibujó con un rotulador negro unos cuadraditos en la mitad superior de la pantalla y los numeró del 1 al 5, sin dejar de hablar mientras lo hacía.

– La primera agresión sexual del Hombre del Zapato de la que tenemos denuncia fue un ataque frustrado el 15 de octubre de 1997. Voy a pasar esa por alto para centrarnos en lo que nos interesa, y nos centraremos en los ataques que consiguió llevar a término. El primero fue en el Grand Hotel, la madrugada del 1 de noviembre de 1997. -Escribió GH sobre el primer cuadrado-. El segundo fue en una vivienda privada de Hove Park Road, dos semanas más tarde. -Escribió HPR sobre el segundo cuadrado-. El tercero fue bajo el muelle del Palace Pier, dos semanas más tarde. -Escribió PP sobre el tercer cuadrado-. El cuarto fue en el aparcamiento de Churchill Square, otras dos semanas más tarde. -Escribió CS sobre el cuarto-. Un posible quinto ataque tuvo lugar la Nochebuena, otras dos semanas más tarde, en Eastern Terrace, aunque ese no está confirmado. -Escribió ET sobre la quinta casilla-. Luego se giró hacia el equipo, pero fijó la mirada en Roy Grace.

»Sabemos que las cinco mujeres se habían comprado un par de zapatos caros en alguna zapatería de Brighton inmediatamente antes de los ataques. Creo que es probable que el agresor conociera bien estos lugares. También podría haber sido alguien de fuera, claro, pero no lo creo. Los foráneos no suelen quedarse por la zona. Atacan y cambian de escenario.

Grace se giró hacia Foreman, que dirigía el Equipo de Investigaciones Exteriores.

– Michael, ¿has estado en las zapaterías donde habían comprado los zapatos nuestras víctimas, para ver si tienen circuito cerrado de televisión?

– Estamos en ello, jefe.

Entonces Proudfoot trazó un círculo alrededor de las cinco casillas.

– Vale la pena observar la extensión relativamente limitada de la zona de la ciudad donde tuvieron lugar estos ataques. Ahora pasemos a la serie de agresiones de ahora.

Cambió el rotulador negro por uno rojo, dibujó tres casillas en la mitad inferior de la pizarra y las número del 1 al 3. Se giró un momento hacia su público, y de nuevo hacia la pizarra.

– La primera agresión tuvo lugar en el hotel Metropole que, como saben, está junto al Grand. -Escribió MH sobre la primera casilla-. El segundo ataque, aproximadamente una semana más tarde, tuvo lugar en una casa particular de una elegante calle residencial, The Droveway. -Escribió TD sobre la segunda casilla-. El tercer ataque, y acepto que hay diferencias en el modus operandi, tuvo lugar apenas dos días después en el Palace Pier, o Brighton Pier, como creo que lo llaman ahora. -Escribió BP sobre la tercera casilla, y luego volvió la cara de nuevo hacia el equipo.

»The Droveway es paralela a Hove Park Road. No creo que ninguno de nosotros necesite un máster en ciencia aeroespacial para ver las coincidencias geográficas en estos ataques.

El agente Foreman levantó la mano.

– Doctor Proudfoot, esa es una observación muy inteligente. ¿Qué nos puede decir sobre el agresor, por su amplia experiencia en el tema?

Proudfoot sonrió. Los cumplidos habían alcanzado el punto G de su ego.

– Bueno -dijo, abriendo los brazos ostentosamente-, sin duda habrá tenido una infancia disfuncional. Es más que probable que haya sido hijo de padre o madre solteros, o puede que haya sufrido una educación religiosa muy represiva. Quizás haya sufrido abusos sexuales en su infancia por parte de un progenitor o un familiar cercano. Es probable que haya cometido algún delito menor en el pasado, empezando con actos de crueldad a animales durante la infancia y quizá pequeños robos a sus compañeros de colegio. Sin duda habrá sido un tipo solitario, con pocos amigos de infancia, si es que ha tenido alguno.

Hizo una breve pausa y se aclaró la garganta antes de proseguir:

– Desde el inicio de su adolescencia, es probable que se haya obsesionado con la pornografía violenta, y posiblemente haya cometido algunos delitos sexuales leves: exhibicionismo, abusos deshonestos, cosas así. De ahí habrá pasado a recurrir a prostitutas, probablemente a las que ofrecen servicios sadomasoquistas. Y es muy posible que consuma drogas: cocaína, quizá. -Hizo una pausa-. El uso de ropas de mujer como disfraz es indicativo tanto del mundo de fantasía en el que vive como del hecho de que es inteligente, y de que quizá tenga un perverso sentido del humor que podría resultar significativo, en cuanto a la elección de los escenarios de sus ataques en 1997 y a la de los de ahora (y también en la del momento). El hecho de que sea tan cuidadoso y no deje pruebas también es indicativo de que es inteligente, y que tiene conocimientos sobre los métodos de la Policía, quizá por experiencia directa.

La agente Boutwood levantó la mano.

– ¿Puede sugerirnos alguna teoría, si es que es el Hombre del Zapato, que explicara por qué ha dejado de delinquir durante doce años y luego ha vuelto a las andadas?

– No es nada raro. Hubo un asesino en serie en Estados Unidos, llamado Denis Rader, que dejó de matar durante doce años, al casarse y formar una familia. Estuvo a punto de empezar de nuevo cuando se cansó de la relación, pero afortunadamente le pillaron antes de que pudiera hacerlo. Podría ser el caso de nuestro agresor. Pero también es posible que se haya mudado a otro lugar del país, o incluso al extranjero, que haya seguido delinquiendo allí y que ahora haya vuelto.

Cuando acabó la reunión, Grace le pidió al psicólogo forense que se pasara por su despacho. El policía cerró la puerta. Era un día de tormenta y la lluvia repiqueteaba contra las ventanas tras su mesa.

– No quería discutir con usted delante del equipo, doctor Proudfoot -dijo con voz firme-, pero me preocupa mucho el tercer ataque, el del Tren Fantasma. El modus operandi es completamente diferente.

Proudfoot asintió, sonriendo como lo haría un padre que le sigue la corriente a su niño.

– Dígame cuáles considera que son las principales diferencias, superintendente.

Aquel tono le pareció condescendiente e irritante, pero intentó no caer en la trampa. Levantó un dedo y se limitó a enumerar:

– En primer lugar, a diferencia de las otras víctimas,

Mandy Thorpe no se acababa de comprar los zapatos que llevaba en el momento de la agresión (e incluyo en la cuenta a Rachael Ryan, de quien aún no podemos asegurar nada). Las cinco mujeres agredidas años atrás se acababan de comprar un caro par de zapatos de diseño, horas o días antes del ataque. Igual que las dos primeras víctimas de este caso, Nicola Taylor y Roxy Pearce. Mandy Thorpe era diferente. Se había comprado los zapatos meses atrás, en unas vacaciones en Tailandia.

Levantó otro dedo.

– En segundo lugar, y creo que puede ser algo significativo, Mandy Thorpe llevaba unos zapatos de diseño falsos, unos Jimmy Choo de imitación.

– Con todo el respeto, yo no soy un experto en la materia, pero tenía entendido que el objetivo de las imitaciones era que no pudieran distinguirse de los originales.

Grace sacudió la cabeza.

– No se trata de distinguir los zapatos. Las víctimas las encuentra en las zapaterías. En tercer lugar (y eso es muy importante), no obligó a Mandy Thorpe a masturbarse con los zapatos. Así es como se excita, imponiendo su voluntad sobre las víctimas.

Proudfoot se encogió de hombros, dando a entender que podría estar de acuerdo con Grace… o no.

– La joven estaba inconsciente, así que no sabemos lo que le hizo.

– Las muestras vaginales tomadas demuestran que fue penetrada por alguien que se había puesto un condón. No había ningún indicio de penetración vaginal o anal con un zapato.

– Quizá le interrumpieran y tuviera que marcharse a toda prisa -propuso Proudfoot.

Grace levantó otro dedo y prosiguió.

– Quizá. Cuarto: Mandy Thorpe está rellenita. Gorda, por decirlo llanamente. Obesa. Todas las otras víctimas eran delgadas.

El psicólogo sacudió la cabeza.

– El tipo de las mujeres no es el factor significativo. El agresor va de caza. Lo significativo son los tiempos. Antes, el Hombre del Zapato actuaba a intervalos de dos semanas. Esta vez ha empezado con intervalos de una semana, que ahora se han reducido a dos días. Ninguno de nosotros sabe qué es lo que ha estado haciendo estos doce años de silencio, pero quizá su apetito se haya intensificado, sea por el tiempo de contención, si es que se ha reprimido todo ese tiempo, o por la confianza, si ha seguido delinquiendo sin que le pillaran. De una cosa estoy seguro: cuanto más se sale con la suya un agresor, más invencible se siente y más va a aumentar su deseo.

– Tengo una rueda de prensa a mediodía, doctor Proudfoot. Lo que diga entonces puede pasarnos factura más tarde. Quiero dar una información precisa que nos ayude a atrapar a nuestro hombre y tranquilizar a la población, en la medida de lo posible. Por el bien de su reputación, usted también querrá que dé una información veraz; no querrá que luego le señalen por algún error.

Proudfoot sacudió la cabeza.

– Yo me equivoco muy poco, superintendente. Si me escucha, usted tampoco se equivocará de mucho.

– Es un alivio saberlo -respondió Grace con frialdad.

– Usted es un veterano, como yo -prosiguió Proudfoot-. Sufre presiones de todo tipo; lo sé, les pasa a todos los superintendentes con los que he trabajado. El asunto es este: ¿qué es lo peor para la opinión pública? ¿Que crean que hay un violador suelto por ahí, buscando mujeres a las que atacar, o que hay dos? -El psicólogo se quedó mirando a Grace y levantó las cejas-. Yo sé con qué me quedaría si quisiera proteger la reputación de mi ciudad.

– No voy a dejarme llevar por la política a la hora de tomar una decisión -replicó Grace.

– Roy… ¿Puedo llamarle así?

Grace asintió.

– No nos enfrentamos con alguien cualquiera, Roy. Este tipo es inteligente. Va de caza. En su cabeza hay algo que le lleva a hacer lo mismo que hizo tiempo atrás, pero sabe, porque no es tonto, que tiene que variar su rutina o sus métodos. Se partiría de la risa si pudiera oír esta conversación que estamos teniendo. No disfruta únicamente imponiendo su poder sobre las mujeres; también le gusta sentir que lo hace sobre la Policía. Todo ello forma parte de su juego enfermizo.

Grace se quedó pensando unos momentos. Su formación como oficial de Policía le decía que debía escuchar a los expertos, pero no dejarse influir por ellos, y formarse siempre sus propias opiniones.

– Ya entiendo lo que dice.

– Espero que lo tenga bien claro, Roy. Si tiene alguna duda, repase mi historial en otros casos. Voy a decirle algo de este delincuente: es una persona que necesita una zona cómoda, un poco de rutina. Se está ajustando al mismo patrón de la otra vez. Esa es su zona cómoda. Asaltará a sus víctimas en lugares idénticos o, al menos, similares. Antes de que acabe la semana va a producirse un asalto con violación en un aparcamiento en el centro de esta ciudad, y el agresor se llevará los zapatos de la víctima. Puede decirles eso en la conferencia de prensa, de mi parte.

La petulancia de aquel hombre estaba empezando a irritar increíblemente a Grace. Pero lo necesitaba. En aquel momento precisaba de todos los recursos de los que pudiera disponer.

– No puedo poner en alerta todo el centro de la ciudad: no disponemos de suficientes recursos. Si llenamos de uniformes todo el centro, eso no nos ayudará a cogerle. Simplemente le ahuyentará, y se irá a otro sitio.

– Yo creo que su» hombre es lo bastante listo y osado como para hacerlo ante sus narices. Puede que eso incluso le excite. Puede cubrir la ciudad de policías, y aun así conseguirá a su víctima.

– Muy tranquilizador -dijo Grace-. Así pues, ¿qué sugiere usted?

– Va a tener que hacer alguna apuesta… y confiar en la suerte. O… -Hizo una breve pausa, pensativo-. Estaba dándole vueltas al caso de Dennis Rader, en Estados Unidos: un tipo especialmente retorcido, que firmaba como ATM, iniciales de «Ato, Torturo, Mato». Le cogieron tras doce años de silencio, cuando el periódico del lugar escribió algo sobre él que no le gustó. No era más que una especulación…

– ¿De qué tipo? -preguntó Grace, de pronto muy interesado.

– Creo que era algo que cuestionaba la virilidad del tipo. Algo así. De algo puede estar seguro: su violador estará muy pendiente de los medios y leerá cada palabra de lo que salga impreso en los periódicos locales. El ego.

– ¿Cree que irritarlo puede provocarle y hacer que actúe con mayor violencia?

– No, no creo. Hace doce años perpetró las mismas agresiones y salió indemne. Y solo Dios sabe si durante este tiempo no ha perpetrado nuevos delitos, por los que tampoco ha recibido castigo. Y ahora estas violaciones. Imagino que se cree invencible, listísimo, poderoso. Esa es la imagen que ha dado de él la prensa. Cogen a nuestro Hombre del Zapato, crean un demonio y ¡bingo!, las ventas de periódicos se disparan en todo el país, así como las cifras de audiencia de las cadenas de televisión. Y en realidad de lo que se está hablando todo el rato es de un inadaptado asqueroso y retorcido al que le falta un tornillo.

– ¿Así que tenemos que conseguir que el periódico local diga algo que ataque a su virilidad? ¿Que tiene una polla minúscula… o algo así?

– ¿Qué tal decir la verdad, que no se le levanta… o que le cuesta mantenerla en alto? A ningún hombre le va a gustar leer eso.

– Peligroso -dijo Grace-. Podríamos ponerle colérico.

– Ahora mismo ya supone un gran peligro, Roy. Pero por ahora se muestra inteligente, calculador, paciente y meticuloso. Cabréelo, haga que pierda los nervios… y así cometerá algún error. Y entonces lo pillaremos.

– O «los» pillaremos.

Capítulo 59

Lunes, 12 de enero de 2010

Sussex Square era una de las joyas de la corona de Brighton, en cuanto a arquitectura. Comprendía una hilera recta de casas de estilo Regencia, y otras dos en media luna, todas ellas con vistas a dos hectáreas de jardines privados y al canal de la Mancha al fondo. Originalmente se había construido para albergar las residencias de fin de semana de los londinenses ricos. Ahora la mayoría de los edificios estaban divididos en pisos, pero no habían perdido ni un ápice de su elegancia.

Al volante de la furgoneta, pasó poco a poco por delante de las altas e imponentes fachadas, pintadas todas de un blanco uniforme, comprobando la numeración. Buscaba el número 53.

Sabía que siendo una única vivienda, con cinco plantas, la última de ellas sería para el servicio. Una casa elegante, pensó, que reflejaba el estatus de un hombre como Rudy Burchmore, vicepresidente de American & Oriental Banking para Europa, y de su esposa Dee, tan activa socialmente. Un hogar perfecto para organizar elegantes recepciones. Para impresionar a la gente. Para lucir zapatos caros.

Volvió a rodear la plaza, estremeciéndose de la excitación. Se detuvo junto a la casa y aparcó en un hueco que había al lado del jardín. Era un buen lugar para parar. Veía el coche de ella y la puerta principal, pero ella no le vería, ni desde la ventana ni al salir por la puerta.

¡Era invisible!

Había aprendido que algunas cosas eran invisibles para los habitantes del mundo rico. Había gente invisible, como los barrenderos, las señoras de la limpieza y los peones. Y había vehículos invisibles, como el camión del lechero, las furgonetas blancas y los taxis. Los traficantes de drogas usaban mucho los taxis, porque nunca levantaban sospechas, aunque circularan en plena noche. Pero en aquel momento la furgoneta se adaptaba mejor a su objetivo que un taxi.

Sonrió, cada vez más excitado, con la respiración acelerada. Aún podía sentir su fragancia Armani Code Femme. La sentía intensamente, como si toda la furgoneta estuviera llena de aquel aroma.

«¡Oh, sí, pedazo de zorra! -pensó-. ¡Sí, sí, sí!»

Disfrutaría oliendo aquel perfume mientras la obligaba a hacerse cosas con aquellos zapatos; luego él mismo pasaría a la acción. El miedo la haría sudar y la transpiración haría que el olor fuera aún más fuerte.

Podía imaginársela saliendo de la puerta de su casa, con aquellos Manolos azules y su aroma a Armani Code. Podía imaginársela poniéndose al volante de su coche. Luego aparcaría en algún lugar seguro, como había hecho el sábado, en un aparcamiento subterráneo.

Sabía exactamente cuándo se pondría aquellos zapatos. La había oído en la zapatería el sábado, al comprarlos. «Para un discurso importante», le había dicho a la vendedora. Aquel «evento de media tarde» para el que se había comprado «un vestido azul divino» y, ahora, unos zapatos a juego.

Le habría gustado que Dee Burchmore saliera de su casa en aquel momento, pensó, aunque hoy no llevaría sus Manolos azules nuevos.

La sección que tenía Dee en su página web donde comentaba todos sus compromisos sociales le había resultado muy útil. Además, los anunciaba en Facebook. Y le había contado al mundo todos sus movimientos, a veces hora por hora, en Twitter. ¡Todo un detalle!

Había confirmado en su página web y en Facebook que su próximo compromiso importante era el jueves, cuando iba a dar una charla en un almuerzo benéfico a favor del sanatorio local, el Martlet's. Ya había empezado a colgar tweets sobre el tema. Lo más granado de la sociedad local estaría allí. Una de las invitadas de honor iba a ser la esposa del actual lord lugarteniente de Sussex.

El almuerzo se celebraría en el Grand Hotel, que tenía un gran aparcamiento detrás.

¡Desde luego, el lugar no podía ser más práctico!

Capítulo 60

Lunes, 12 de enero de 2010

La actitud con que Kevin Spinella entró en el despacho de Grace unos minutos antes de la hora fijada, cogió una silla sin que nadie se la ofreciera y se sentó resultaba insolente. Spinella siempre le irritaba, y al mismo tiempo aquel ambicioso y joven reportero tenía unas cualidades que, muy a su pesar, Roy admiraba en secreto.

El tipo se recostó con aire despreocupado en la silla, al otro lado de la mesa de Grace, con las manos en los bolsillos de su gabardina. Debajo llevaba un traje con la corbata mal anudada. Era un tipo de unos veinticinco años, enjuto, con ojos vivos y el cabello negro y fino, engominado y formando finos pinchos. Sus afilados dientes, como siempre, estaban muy ocupados dando cuenta de un chicle.

– Bueno, ¿qué tiene para mí, superintendente?

– Tú eres el que se entera de todo -respondió Grace, poniéndolo a prueba-. ¿Qué tienes tú para mí?

El periodista ladeó la cabeza.

– He oído que el Hombre del Zapato ha vuelto a las andadas.

– Dime, Kevin, ¿quién es tu fuente?

El periodista sonrió y se dio un par de golpecitos en el lado de la nariz con el dedo.

– Lo descubriré. Lo sabes, ¿verdad? -dijo Grace, con un tono grave.

– Pensaba que me había llamado porque quería hacer negocios.

– Y quiero.

– Entonces…

Grace mantuvo la calma como pudo y decidió dejar el tema de las filtraciones por el momento.

– Quiero que me ayudes -dijo, cambiando de tema-. Si te cuento algo off the record, ¿me das tu palabra de que te lo guardarás hasta que te diga que puedes usarlo? Necesito que me des la máxima garantía.

– ¿No se la doy siempre?

«No, no siempre, la verdad», pensó Grace. Aunque tenía que reconocer que el último año Spinella se había portado muy bien.

– Habitualmente -admitió.

– ¿Y qué gana con ello el Argus?

– Posiblemente el reconocimiento por su colaboración en la caza al violador. Desde luego, te puedo dar una entrevista luego y mencionarlo.

– ¿Solo hay un violador, entonces? -preguntó Spinella, con intención.

«Mierda», pensó Grace, preguntándose de dónde había sacado aquello. ¿Quién habría especulado sobre aquello fuera de la reunión? ¿Sería uno de los miembros de su equipo? ¿De dónde lo había sacado?

La rabia creció en su interior. Pero la expresión en el rostro del periodista dejaba claro que no le sacaría nada. De momento tenía que aparcar aquello.

– En este punto creemos que el responsable de todas las agresiones es solo uno.

Los ojos inquietos de Spinella le decían que no le creía. Grace hizo caso omiso.

– Bueno, este es el trato -prosiguió. Vaciló un instante, consciente de que estaba jugándosela-. Tengo dos exclusivas para ti. La primera no quiero que la publiques hasta que te lo diga; la segunda me gustaría que la difundieras enseguida. No voy a decir nada sobre ellas en la conferencia de prensa.

Hubo un breve silencio en el que ambos hombres cruzaron miradas. Por un momento Spinella dejó de mascar.

– ¿Trato hecho? -preguntó Grace.

Spinella se encogió de hombros.

– Trato hecho.

– Vale. La primera, la que no debes publicar, es que creemos que podría haber otra agresión esta semana. Es probable que sea en algún lugar del centro, posiblemente en un aparcamiento.

– Una gran deducción, después de los tres ataques en las dos últimas semanas -replicó Spinella, sarcástico.

– Ya, estoy de acuerdo contigo.

– Eso no es una gran exclusiva. Podría haberlo predicho yo mismo.

– Haré que quedes bien si ocurre. Podrás escribir algo del tipo «Un oficial de la Policía había advertido al Argus de que la agresión era probable». Algo como lo que has hecho en otras ocasiones.

Spinella tuvo la decencia de sonrojarse. Luego se encogió de hombros.

– ¿Un aparcamiento? Entonces, ¿creen que está reproduciendo la misma secuencia de la otra vez?

– Así lo cree el psicólogo forense.

– El doctor Proudfoot tiene cierta fama de soltar predicciones infundadas, ¿no?

– Eso lo has dicho tú, no yo -respondió Grace, con un brillo en los ojos.

– ¿Y qué van a hacer para evitar el próximo ataque?

– Todo lo que podamos; cerrar el centro de Brighton al público en la medida de lo posible. Vamos a dedicarle todos los recursos que nos sea posible, pero sin dejarnos ver. Queremos atraparle, no ahuyentarlo y perderlo.

– ¿Cómo van a avisar a la gente?

– Espero que podamos contar con el apoyo de los medios en la rueda de prensa que celebraremos ahora mismo, y alertarlos de un modo genérico, no específico.

Spinella asintió, y luego sacó su cuaderno.

– Ahora dígame cuál es la que puedo publicar.

Grace sonrió y luego dijo:

– El agresor tiene la picha pequeña.

El periodista se quedó como esperando, pero Grace no dijo nada más.

– ¿Eso es todo?

– Eso es.

– ¿Está de broma?

El superintendente sacudió la cabeza.

– ¿Esa es mi exclusiva? ¿Que el agresor tiene la picha pequeña?

– Espero no estar poniendo el dedo en la llaga -respondió Grace.

Capítulo 61

Jueves, 13 de enero de 1998

La anciana estaba sentada en el asiento del conductor de la furgoneta robada, en lo alto de la pronunciada pendiente, con el cinturón de seguridad tan apretado como era posible. Tenía las manos apoyadas en el volante, el motor en punto muerto y las luces apagadas.

El estaba de pie a su lado, con la puerta del coche abierta, con los nervios de punta. La noche era cerrada y el cielo estaba densamente poblado de nubes. No le habría ido nada mal un poco de luz de luna, pero eso no podía arreglarlo.

Sus ojos escrutaron la oscuridad. Eran las dos de la madrugada y aquella carretera secundaria, unos cientos de metros al norte de la entrada del club de golf Waterhall, a unos tres kilómetros de Brighton, estaba desierta. Había un pronunciado descenso de casi un kilómetro, con una curva brusca a la izquierda al final, y a partir de ahí la carretera se abría paso por el valle entre los South Downs. Lo mejor de aquel lugar, pensó, era que, por los faros, podría ver si venía alguien a casi dos kilómetros de distancia en ambas direcciones. De momento todo estaba despejado.

¡Manos a la obra!

Metió el cuerpo en el coche, soltó el freno de mano y dio un salto atrás mientras la furgoneta se ponía en marcha. Cogió velocidad rápidamente. La puerta del conductor se cerró de un portazo seco. La furgoneta viró hacia el carril contrario y se mantuvo allí, sin dejar de coger velocidad.

Por fortuna no venía ningún vehículo en sentido contrario, porque la anciana no estaba en condiciones de evitar la colisión, ni de reaccionar de ningún modo, puesto que llevaba muerta diez días.

El se subió a su bicicleta y, con el impulso adicional proporcionado por el peso suplementario de la mochila, pedaleó y luego se dejó ir colina abajo tras ella.

Frente a él distinguió la forma de la furgoneta (que había robado de una obra), que iba acercándose al arcén; en un momento de desesperación, tuvo la certeza de que iba a dar contra el grueso seto de aulagas, que la habría detenido. Pero entonces, milagrosamente, viró una pizca a la izquierda, hizo una ligera corrección y se lanzó colina abajo recta como una bala, como si realmente la anciana controlara la dirección. Como si estuviera disfrutando del subidón de su vida. O más bien, pensó él, de su muerte.

– ¡Venga, preciosa! ¡Adelante, Molly! -la animó-. ¡Pisa a fondo!

La furgoneta, que tenía el nombre de la empresa Bryan Barker Builders grabado por todas partes, seguía ganando velocidad. Ahora iba tan rápida que su perseguidor sintió una peligrosa sensación de pérdida de control. Accionó los frenos de la bicicleta, redujo un poco la marcha y dejó que la furgoneta se alejara. Era difícil calcular la distancia. Los setos se iluminaron. Sintió un aleteo cerca del rostro. ¿Qué coño era aquello? ¿Un murciélago? ¿Un búho?

El viento, húmedo y frío, le golpeaba en los ojos, y lo hizo llorar hasta casi cegarlo.

Frenó con más fuerza. Se acercaban al fondo, a una curva a la izquierda. La furgoneta siguió recto. Cuando la furgoneta atravesó el seto y la valla de una granja oyó el chirrido, el chasquido, el crujido de la alambrada. Frenó la bicicleta, derrapando y dejándose las suelas de las deportivas en el asfalto, a punto de salir despedido.

A través de las lágrimas que le inundaban los ojos, ya más acostumbrados a la oscuridad, vio una enorme masa negra que desaparecía. Luego oyó un impacto metálico, sordo y potente.

Saltó de la bici, la tiró contra el seto, sacó la linterna y la encendió; luego se abrió paso por el agujero en el seto. El haz de luz encontró su objetivo.

– ¡Perfecto! ¡Oh, sí, perfecto! ¡Estupendo! ¡Muy bien, cariño, sí! ¡Molly, eres un encanto! ¡Lo conseguiste, Molly! ¡Lo conseguiste!

La furgoneta estaba volcada, sobre el techo, con las cuatro ruedas girando.

Corrió hacia allí y luego se detuvo, apagó la linterna y miró en todas direcciones. Seguía sin ver ningún faro. Entonces enfocó la linterna hacia el interior. Molly Glossop colgaba del cinturón de seguridad, con la boca cerrada gracias a los puntos que le atravesaban los labios; el cabello le colgaba desordenadamente en cortos mechones grises.

– ¡Gracias! -susurró, como si su voz pudiera llegar muy lejos-. ¡Buena carrera!

Se sacó la mochila de la espalda y soltó las hebillas con dedos temblorosos. Llevaba las manos enfundadas en guantes. Luego sacó el bidón de plástico de cinco litros lleno de gasolina, se abrió paso por entre el trigo mojado y el barro pegajoso del suelo, llegó hasta la puerta del conductor e intentó abrirla.

No se movía.

Soltó un improperio, dejó el bidón en el suelo y tiró de la manilla con ambas manos, con toda su fuerza, pero el metal emitió un quejido lastimero y solo cedió unos centímetros.

No importaba, porque la ventana estaba abierta; eso sería suficiente. Echó otra mirada nerviosa en ambas direcciones. Seguía sin aparecer ningún vehículo.

Desenroscó la tapa del bidón, que se separó y dejó escapar el aire con un silbido, y vertió el líquido por la ventana. Echó toda la gasolina que pudo sobre la cabeza y el cuerpo de la anciana.

Cuando se acabó, volvió a poner la tapa y metió el bidón de nuevo en su mochila, ajustó las hebillas y se la puso a la espalda.

A continuación, se separó unos metros de la furgoneta, saco un paquete de cigarrillos, extrajo uno y se lo puso en la boca. Las manos le temblaban tanto que le costó accionar la rueda del encendedor. Por fin se encendió una llama, pero el viento la apagó enseguida.

– ¡Mierda! ¡Joder! ¡No me hagas esto!

Volvió a intentarlo, haciéndose pantalla con la mano, y por fin consiguió encender el cigarrillo. Le dio dos caladas profundas y una vez más miró hacia la carretera por si veía algún faro.

«Mierda.»

Un vehículo venía cuesta abajo.

«Que no nos vea. Por favor, que no nos vea.»

Se echó entre el trigo. Oyó el rugido del motor. Sintió la luz de los faros que pasaba por encima y luego volvió la oscuridad.

El ruido del motor se hacía cada vez más tenue.

Se puso en pie. El rojo de las luces traseras apenas se veía, luego desapareció. Volvió a verlas unos segundos más tarde. Después desaparecieron del todo.

Esperó unos segundos más antes de acercarse a la furgoneta. Entonces lanzó el cigarrillo por la ventanilla abierta del lado del conductor, se giró y corrió unos metros. Se detuvo y miró atrás.

No sucedió nada. Ni rastro de una llama. Nada de nada.

Esperó un rato que le pareció eterno. Seguía sin pasar nada.

«¡No me hagas esto!»

Ahora se acercaban unos faros procedentes del otro lado de la carretera.

«¡Que no sea la furgoneta que ha pasado antes, que ha dado la vuelta para mirar por el agujero del seto!»

Para su alivio, no lo era. Era un coche, y por el ruido parecía que iba a toda mecha, subiendo la cuesta con el motor al máximo de revoluciones. Por las débiles luces de cola debía de ser una vieja tartana; al sistema eléctrico no debía de gustarle mucho la humedad.

Esperó otro minuto, aspirando los vapores de la gasolina que cada vez impregnaban más el aire, pero seguía sin pasar nada. Entonces encendió un segundo cigarrillo, se acercó con cuidado y lo tiró dentro. El resultado fue el mismo. Nada.

El pánico empezó a adueñarse de él. ¿Estaría mal la gasolina?

Un tercer vehículo bajó la pendiente y pasó de largo.

Se sacó el pañuelo del bolsillo, se acercó cuidadosamente a la furgoneta y vio ambos cigarrillos, empapados e inertes, en el charco de gasolina que se había formado en el techo de la furgoneta. ¿Qué coño era aquello? ¡En las películas la gasolina siempre prendía con cigarrillos! Mojó el pañuelo en el charco de gasolina, dio un paso atrás y lo encendió.

Se produjo una llamarada tan violenta que, del susto, lo soltó y cayó al suelo. El pañuelo ardía con tal intensidad que lo único que pudo hacer fue esperar a que las llamas lo consumieran.

Otro jodido coche bajaba por la cuesta. A toda prisa, pisoteó el pañuelo en llamas una y otra vez, hasta apagarlo. Con el corazón en un puño, esperó a que las luces y el ruido del motor desaparecieran.

Se descargó de nuevo la mochila, se quitó el anorak, hizo con él una bola, se asomó por la ventanilla y lo mojó en el charco de gasolina un par de segundos. Luego dio un paso atrás, sosteniéndolo con el brazo estirado, y lo abrió. Accionó el encendedor y el anorak se prendió con un enorme ¡UMPF!

Las llamas saltaron en su dirección, implacables, chamuscándole el rostro. Olvidándose del dolor, lanzó el anorak en llamas por la ventanilla, y esta vez el resultado fue inmediato.

Todo el interior de la furgoneta se encendió como un horno. Por unos segundos vio claramente a Molly Glossop, antes de que el cabello desapareciera y ella empezara a oscurecerse. Se quedó mirando las llamas, fascinado, observando a la anciana mientras esta se ponía cada vez más oscura. El depósito explotó. La furgoneta quedó envuelta en llamas.

Agarró su mochila, volvió trastabillando al lugar donde había dejado la bicicleta, subió en ella y se alejó de aquel lugar pedaleando todo lo rápido que pudo, sintiendo el agradable y silencioso aire fresco en la cara, siguiendo la tortuosa ruta que se había marcado para volver a Brighton.

No se encontró con ningún vehículo hasta llegar a la carretera principal. Escuchó atentamente por si oía alguna sirena. Pero no oyó nada.

Capítulo 62

Martes, 13 de enero de 2010

Billy Solitaria estaba sentada en una mesa de la cafetería junto a la ventana, hundiendo el tenedor en una enorme ensalada verde; los berros y la escarola se derramaban por los bordes del cuenco. Daba la impresión de que se estaba comiendo una peluca.

Mascaba pensativa, consultando su iPhone y mirando algo en la pantalla entre bocado y bocado. Llevaba la rubia melena, larga hasta los hombros, recogida en una cola de caballo, con algunos mechones sueltos colgando, igual que la última vez que la había visto, en Marielle Shoes, el sábado.

Tenía una cara bonita, a pesar de su nariz aguileña, e iba vestida de un modo informal, casi descuidado, con una informe túnica gris sin mangas sobre un suéter negro de cuello alto, vaqueros y unas deportivas con brillantitos. ¡Tendría que obligarla a que se las quitara! No le gustaban nada las mujeres con deportivas.

Estaba claro que a Jessie Sheldon no le importaba nada la imagen que daba en el trabajo, o quizá su aspecto fuera deliberado. Sus álbumes en Facebook dejaban claro que podía estar muy guapa cuando iba bien vestida y con el cabello suelto. En algunas fotos estaba estupenda. Impresionante. ¡Realmente sexy!

Y de Billy Solitaria no tenía nada, aunque sí diera esa impresión en aquel momento, allí sentada y a solas. En realidad tenía doscientos cincuenta y un amigos en Facebook, por lo que había visto él en su última visita, unas horas antes. Y uno de ellos, Benedict Greene, era su prometido (bueno, o su novio, ya que aún no se habían prometido formalmente, tal como explicaba en la red: «¡Sssshh! ¡No se lo digáis a mis padres!»).

Lo cierto es que tenía su página al día. Mantenía a todos sus amigos informados puntualmente de sus actividades. Todo el mundo sabía lo que estaría haciendo al cabo de tres, de seis o de veinticuatro horas, y las semanas siguientes. Y al igual que Dee Burchmore, también escribía tweets. La mayoría, en aquel momento, sobre su dieta: «Jessie está pensando en comerse un KitKat…»; «Jessie se ha resistido al KitKat…»; «¡Hoy he perdido medio kilo!…»; «¡Mierda, hoy he ganado medio kilo!»; «¡El resto de la semana solo voy a comer comida vegetariana!».

Era una buena chica. ¡Le ponía las cosas muy fáciles! Colgaba muchos más tweets que Dee Burchmore. El último lo había escrito apenas una hora antes: «¡A mantener la dieta! ¡Hoy como vegetariano en Lydia, mi restaurante favorito del momento!».

Seguía toqueteando el iPhone. ¿Estaría escribiendo nuevos tweets?

A él le gustaba tener controladas a sus mujeres. Aquella mañana, Dee Burchmore estaba en el spa del hotel Metropole, disfrutando de un «ritual corporal completo Thalgo de los mares del Sur». Incluso se había planteado la posibilidad de concederse uno él también. Pero no era el momento. Tenía cosas que hacer; de hecho, él no tenía que estar allí siquiera. Pero ¡se sentía tan bien! ¿Cómo iba a resistirse?

Billy Solitaria había enviado un tweet poco antes: «Voy a echar otro vistazo a esos zapatos a la hora del almuerzo: ¡espero que sigan ahí!».

¡Seguían ahí! La había visto antes, tomando una foto de los zapatos con su iPhone; luego le había dicho a la vendedora que se lo pensaría durante la hora del almuerzo. Le había preguntado si se los podía reservar hasta las dos. La vendedora le había dicho que sí.

¡Eran tremendamente sensuales! Los negros, con las tiras en el tobillo y aquellos tacones de trece centímetros de color acero. Ella quería ponérselos, según le había dicho a la vendedora, para asistir con su novio a un acto en el que conocería a sus padres.

Billy Solitaria tecleó algo y luego se llevó el teléfono al oído. Un momento más tarde la cara se le iluminó.

– ¡Eh, Roz! -dijo, animada-. ¡Te acabo de enviar una foto de los zapatos! ¿La has recibido? ¿Sí? ¿Qué te parecen? ¿De verdad? ¡Vale, voy a comprármelos! ¡Te los traeré esta noche para que los veas, después del partido de squash! ¿Qué película vamos a ver? ¿Encontraste Destino final 4? ¡Qué bien!

Él sonrió. Así que le gustaban las películas de terror. ¡Bueno, entonces quizás hasta disfrutara con el numerito que tenía pensado para ella! Aunque su intención no era darle placer.

– No, el coche va bien, ya está arreglado. Yo recogeré la comida. Le diré que no nos cobre las algas. La semana pasada se olvidaron. Sí, vale, salsa de soja. Ya le diré que ponga de más.

Sonó el teléfono de él. Miró la pantalla. Trabajo. Apretó el botón rojo, accionando el buzón de voz.

Luego echó un vistazo al ejemplar del Argus que se acababa de comprar. El titular de primera página anunciaba:

La Policía aumenta la vigilancia

tras la tercera violación en la ciudad

Frunció el ceño y empezó a leer. El tercer ataque, registrado el fin de semana, había sido en la atracción del Tren Fantasma, en el embarcadero. Se especulaba con que pudiera haber regresado el Hombre del Zapato, que en 1997 y 1998 había cometido cuatro.-o quizá cinco- violaciones, y posiblemente muchas más nunca denunciadas. El superintendente de policía Roy Grace, oficial al cargo, afirmaba que era demasiado pronto para afirmarlo. Estaban siguiendo diferentes líneas de investigación, decía, y aseguraba que estaban usando todos los recursos a disposición de la Policía de Sussex. La seguridad de las mujeres de la ciudad era su prioridad absoluta.

Entonces, el siguiente párrafo le hizo dar un brinco.

En declaraciones en exclusiva para el Argus, el superintendente Grace afirmó que el agresor tiene una deformidad sexual. No dio datos específicos, pero este reportero pudo averiguar que tenía que ver con las dimensiones del órgano sexual, excepcionalmente pequeñas. Añadió que era un rasgo que cualquier mujer que hubiera tenido relaciones con él recordaría. Un psicólogo consultado ha confirmado que esa deficiencia podría llevar a un individuo a buscar una compensación por medios violentos. La Policía ha hecho un llamamiento a cualquier persona que crea que pueda conocer a alguien con esas características para que llame al 0845 6070999 y pregunte por el Centro de Investigaciones de la Operación Pez Espada, o que realice una llamada anónima al número de Crimestoppers.

Su teléfono emitió dos pitidos que confirmaban la recepción de un mensaje. Hizo caso omiso, con la mirada fija en el periódico y preso de una rabia creciente. «¿Deformidad sexual?» ¿Era eso lo que iba a pensar todo el mundo de él? Bueno, a lo mejor el superintendente Grace tendría problemas de desarrollo en otro órgano: el cerebro. No le había podido coger doce años atrás, y no iba a cogerle ahora. «Polla pequeña, cerebro grande, señor Grace». Leyó el artículo de nuevo, hasta la última coma, palabra por palabra. Y luego otra vez. Y otra.

Una voz femenina con un acento surafricano y un tono amable le sobresaltó de pronto:

– ¿Ya sabe lo que quiere, señora?

Levantó la vista y vio la cara de la camarera. Luego miró hacia la mesa de la ventana. Billy Solitaria se había ido.

No importaba. Sabía dónde encontrarla más tarde. En el aparcamiento del estadio de Withdean, esta tarde, tras el partido de squash. Era un buen aparcamiento, abierto y enorme. Estaría tranquilo a esa hora del día, y muy oscuro. Con un poco de suerte quizás encontrara sitio junto al Ford Ka negro de aquella zorra.

Levantó la vista y miró a la camarera.

– Sí, tomaré un filete poco hecho y patatas fritas.

– Lo siento, pero el restaurante es vegetariano.

– Entonces, ¿qué coño estoy haciendo aquí? -dijo, olvidándose de poner voz femenina.

Se puso en pie y salió del local, indignado.

Capítulo 63

Martes, 13 de enero de 2010

Al final de Kensington Place giró a la izquierda y siguió por Trafalgar Street, buscando una cabina. Encontró una al final de la calle y se metió dentro. Contra el cristal había diversas tarjetas con señoritas medio desnudas ofreciendo «clases de francés», «masaje oriental» y «clases de disciplina».

– ¡Putas! -exclamó, mirando de un lado al otro.

Tardó un momento en concentrarse de nuevo y recordar que tenía que hacer una llamada. Buscó en su bolsillo una moneda y metió la única que encontró, de una libra, en la ranura. Luego, aún temblando de la rabia, buscó el número que daban en el artículo del Argus y lo marcó.

Cuando le respondieron, pidió que le pasaran con el Centro de Investigaciones de la Operación Pez Espada y esperó.

A los tres tonos, una voz masculina le respondió:

– Centro de Investigaciones, agente Nicholl.

– Quiero que le dé un mensaje al superintendente Grace.

– Sí, señor. ¿Puedo saber quién le llama?

Esperó un momento y dejó que pasara un coche patrulla que iba a toda velocidad y con la sirena a todo trapo; luego dejó su mensaje, colgó y salió de la cabina a paso ligero.

Capítulo 64

Martes, 13 de enero de 2010

Todo el equipo presente en la reunión de las 18.30 de la Operación Pez Espada, reunido en la SR-1, guardó silencio mientras Roy Grace accionaba el interruptor de la grabadora. La cinta que habían enviado del Centro de Gestión de Llamadas se puso en marcha.

Se oyó un ruido de fondo de tráfico y luego la voz de un hombre tranquilo, que hablaba como si estuviera haciendo un esfuerzo por mantener la calma. El ruido del tráfico hacía difícil oír claramente sus palabras: «Quiero que le dé un mensaje al superintendente Grace», dijo el hombre.

La voz de Nick Nicholl respondió: «Sí señor. ¿Puedo saber quién le llama?».

Unos momentos de silencio, salvo por el ruido ensordecedor de una sirena de fondo; luego la voz del hombre otra vez, esta vez más fuerte: «Dígale que la verdad es que no es pequeña».

A continuación se oyó el duro sonido del teléfono al colgar, un clic marcado, y la línea se quedó muda.

Nadie sonrió.

– ¿Es auténtica o se trata de algún impostor? -preguntó Potting.

– Yo apostaría a que es auténtica, por el modo en que habla -dijo el doctor Proudfoot tras unos momentos.

– ¿Podemos volver a oírla, jefe? -solicitó Foreman.

Grace volvió a poner la cinta. Cuando acabó, se dirigió a Proudfoot:

– ¿Le dice algo?

El psicólogo forense asintió.

– Bueno, sí, bastante. En primer lugar, suponiendo que sea él, quiere decir que ha conseguido usted hacerle reaccionar. Por eso creo que es auténtica, y no la llamada de un impostor. El tono denota una rabia genuina. Muestra mucha emoción.

– Esa era mi intención, hacerle reaccionar.

– Lo puede ver en la voz, en el modo en que aumenta la cadencia de las palabras -prosiguió el psicólogo-. Tiene mucha rabia contenida. Y el hecho de que, al colgar, el auricular hiciera tanto ruido probablemente indique que le estaba temblando la mano de la rabia. También he observado que está nervioso, que se siente presionado… y que le ha tocado la fibra. ¿Es cierta esa información sobre él? ¿Es algo procedente de las declaraciones de las víctimas?

– No se han extendido tanto, pero sí, es lo que se deduce de las declaraciones de las víctimas de 1997 y de ahora.

– ¿Cómo se te ha ocurrido darle eso al Argus, Roy? -preguntó Emma-Jane Boutwood.

– Porque sospecho que este monstruo se cree muy listo. Sus agresiones pasadas quedaron impunes y está seguro de que le va a ocurrir lo mismo con estas. Si el doctor Proudfoot tiene razón y es también el autor de la violación del Tren Fantasma, está claro que está aumentando la velocidad y arriesgando cada vez más en sus agresiones. Quería darle un poco en el ego; quizá, con un poco de suerte, cometa algún fallo. La gente enfadada suele cometer más errores.

– O aumentar, la brutalidad con sus víctimas -apuntó Bella Moy-. ¿No es un riesgo?

– Si la última vez cometió un asesinato, Bella, y me temo que es así, el riesgo de que vuelva a matar es alto, le incordiemos o no. Cuando alguien ha matado a una persona, ha cruzado una barrera personal. Es mucho más fácil la segunda vez. En especial si han disfrutado con ello la primera. Nos enfrentamos a una mente perversa, asquerosa y retorcida, y el tipo no es tonto. Tenemos que encontrar modos de ponerle la zancadilla. No me basta con conseguir que modere su nivel de brutalidad con una víctima, quiero que no haya una nueva víctima, y punto. Tenemos que atraparlo antes de que vuelva a atacar.

– ¿Alguien puede identificar su acento? -preguntó Nick Nicholl.

– A mí me suena a que es de por aquí -dijo Foreman-, pero es difícil de decir con ese ruido de fondo. ¿Se puede mejorar el sonido de la grabación?

– Están trabajando en ello -respondió Grace. Luego se dirigió a Proudfoot-. ¿Puede calcular su edad por la grabación?

– Eso es difícil: entre treinta y cincuenta, supongo. Tendrán que analizarlo en algún laboratorio, un lugar como J. P. French, especializado en perfiles de voz. De una llamada así pueden sacar bastante información. Probablemente el origen geográfico y étnico del sujeto, para empezar.

Grace asintió. Ya había recurrido a aquel laboratorio especializado y los resultados le habían sido de ayuda. También podría obtener un patrón de voz del laboratorio, un dato tan personal como una huella dactilar o el ADN. Pero le daba la impresión de que no disponían de mucho tiempo. ¿Llegarían a tiempo?

– Hay comunidades en las que se han hecho rastreos comparativos de ADN -dijo Bella-. ¿No podríamos probar algo así en Brighton con el patrón de voz?

– Sí, claro -respondió Potting-. Lo único que tenemos que hacer es pedir a todos los tipos de Brighton y Hove que repitan las mismas palabras. Solo hay unos ciento cuarenta mil hombres en la ciudad. No nos llevará más de diez años.

– ¿Podemos escucharlo otra vez, jefe? -dijo Branson, que hasta el momento se había mantenido en silencio-. ¿No era en aquella película, La conversación, con Gene Hackman, donde deducían la situación de un tío por el ruido de fondo del tráfico?

Volvieron a poner la grabación.

– ¿Han podido localizar el punto de origen, señor? -preguntó Zoratti.

– El número estaba oculto. Pero están trabajando en ello. Es una tarea ingente, con la cantidad de llamadas que llegan cada hora -dijo Grace, que volvió a poner la cinta en marcha.

– Parece algún sitio del centro de Brighton -dijo Branson cuando acabó-. Si no pueden localizar el número, tenemos la sirena y la hora: parece que el vehículo pasó muy cerca del teléfono. Tenemos que comprobar qué vehículo de emergencias iba de servicio exactamente a las 13.55. Si tenemos la ruta, sabremos que estaba en algún punto del recorrido. Quizás alguna cámara de circuito cerrado haya grabado a alguien hablando por el móvil… Puede que suene la flauta.

– Bien pensado -dijo Grace-. Aunque sonaba más a línea terrestre que de móvil, por el modo de colgar.

– Sí -coincidió Foreman-. Ese sonido seco es más bien como el de un auricular antiguo al colgar.

– Quizá se le cayera el teléfono de la mano, si estaba tan nervioso como sugiere el doctor Proudfoot -propuso la agente Boutwood-. No creo que debamos descartar el uso de un móvil.

– O podría ser una cabina de teléfono -añadió Foreman-, en cuyo caso podría haber huellas.

– Si está furioso -intervino Proudfoot-, aumentan las posibilidades de que actúe de nuevo enseguida. Y lo que está claro es que copiará el patrón de la última vez. Sabe que le funcionó. Se sentirá seguro si sigue los mismos pasos de antes. Eso significa que va a actuar en un aparcamiento, tal como dije.

Grace se acercó a un plano del centro de Brighton y se lo quedó mirando, concentrándose en cada uno de los aparcamientos principales. La estación, London Road, New Road, Churchill Square, _North Road. Había decenas, grandes y pequeños, algunos municipales, otros de la NCP, otros propiedad de supermercados u hoteles. Se giró hacia Proudfoot.

– Sería imposible cubrir cada uno de los aparcamientos de la ciudad, y aún más imposible cubrir cada planta de los que tienen varios niveles -expuso-. No tenemos tantas patrullas. Y no podemos precintarlos.

De pronto se sintió nervioso. A lo mejor había sido un error decirle aquello a Spinella el día anterior. ¿Y si eso incitaba al Hombre del Zapato a volver a matar? Sería por culpa de aquel estúpido error suyo.

– Lo mejor que podemos hacer es enviar a agentes de paisano a las salas de circuito cerrado de los aparcamientos que lo tengan, aumentar el número de patrullas y mandar a todos los coches camuflados que tengamos a circular por los aparcamientos -dijo Grace.

– Lo que yo le diría a su equipo que debe buscar, superintendente, es a cualquiera que conduzca nervioso esta noche. Alguien que conduzca de modo errático por las calles. Creo que nuestro hombre estará muy tenso.

Capítulo 65

Te crees muy listo, ¿verdad, superintendente Roy Grace? Te crees que me vas a cabrear insultándome, ¿no? Veo las intenciones a través de todas tus patrañas.

Deberías aceptar que eres un mierda. Tus colegas no me cogieron antes y tú no me vas a coger ahora. Soy mucho más listo de lo que tú podrías llegar a soñar. ¡No te das cuenta de que te estoy haciendo un favor!

¡Estoy limpiando la ciudad de todo ese veneno! ¡En realidad soy tu mejor amigo! Un día te darás cuenta. Un día tú y yo pasearemos bajo los acantilados de Rottingdean y hablaremos de todo esto.

¡Ese paseo que te gusta tanto dar con tu querida Cleo los domingos! A ella también le gustan los zapatos. La he visto en alguna de las zapaterías a las que voy. Le gustan bastante los zapatos, ¿verdad? Vas a tener que ahorrar mucho para tenerla contenta, pero de eso aún no te das cuenta. Ya llegará.

Son todas un veneno. Todas las mujeres. Te seducen con sus vaginas, que en realidad son como plantas carnívoras. No soportas separarte de ellas. Las llamas y les envías mensajes cada pocos minutos, todos los días, porque necesitas saber lo mucho que te quieren.

Déjame que te cuente un secreto.

Ninguna mujer te quiere. Nunca. Lo único que quieren es controlarte.

Puedes reírte de mí si quieres. Puedes cuestionar el tamaño de mi hombría. Pero te diré algo, señor superintendente. Un día me lo agradecerás. Un día caminarás cogido de mi brazo bajo los arrecifes de Rottingdean y me darás las gracias por haberte salvado la vida.

Capítulo 66

Martes, 13 de enero de 2010

Jessie sentía una añoranza profunda y constante cada momento que estaba lejos de Benedict. Debía de hacer una hora de su último mensaje de texto. Los martes era la noche que salían cada uno por su cuenta. Ella jugaba a squash con una amiga recién casada, Jax, luego pasaba a buscar comida china y se reunían en casa de Roz para ver un DVD, algo que habían hecho casi cada martes por la noche hasta donde le alcanzaba la memoria. Benedict, que componía música para guitarra, tenía también su compromiso para los martes por la noche: trabajar hasta tarde con su colega de composiciones, pensando en nuevas canciones. Ya tenían varias para un álbum en el que tenían puestas muchas esperanzas.

Algunos fines de semana, Benedict tocaba con una banda en diversos pubs de Sussex. A ella le encantaba verle tocar. Era como una droga deja que no podía desengancharse. Ya habían pasado ocho meses de noviazgo, pero aún sentía aquellas ganas de hacer el amor con él todo el día y toda la noche (aunque no tenían mucho tiempo para pasarlo juntos). El besaba como nadie, era el mejor amante del mundo. Y no es que ella hubiera tenido tantos como para comparar. Cuatro, para ser exactos, y ninguno de ellos memorable.

Benedict era bueno, detallista, considerado, generoso y la hacía reír. Le encantaba su sentido del humor. Le encantaba el olor de su piel, su cabello, su aliento y su sudor. Pero lo que más le gustaba de todo era su inteligencia.

Y por supuesto, le encantaba que a él le gustara de verdad su nariz.

– En realidad no te gusta, ¿no? -le había preguntado ella unos meses atrás.

– ¡Claro que sí!

– ¡No puede ser!

– Yo te encuentro guapísima.

– No lo soy. Tengo una nariz como el morro de un Concorde.

– Para mí eres guapísima.

– ¿Hace mucho que no vas al oculista?

– ¿Quieres oír algo que leí y que me hizo pensar en ti? -propuso él.

– Vale, dime.

– «La belleza captura el interés, pero es la personalidad la que captura el corazón.»

Ahora sonreía al recordarlo, sentada en pleno atasco, a la luz de las farolas, mientras la calefacción de su pequeño Ford Ka emitía un ronroneo y le calentaba los pies. Oía, sin escuchar atentamente, las noticias de Radio 4, donde Gordon Brown soltaba su arenga sobre Afganistán. No le gustaba aquel tipo, aunque se considerara laborista, así que cambió de emisora. Los Air tocaban Sexy boy.

– ¡Sí! -exclamó, moviendo la cabeza y repiqueteando con los dedos sobre el volante unos momentos, al ritmo de la música-. ¡Un sexy boy, eso es lo que eres, guapetón!

Le quería con toda su alma. Deseaba pasar el resto de su vida con él. Nunca había estado tan segura de nada. A sus padres les dolería que no se casara con un judío, pero ella no podía hacer nada para evitarlo. Respetaba las tradiciones de su familia, pero ella no creía en ninguna religión. Creía en hacer del mundo un lugar mejor para todos los que viven en él, y aún no había encontrado ninguna religión que pareciera capaz o interesada en luchar por eso.

Su iPhone, tirado en el asiento del pasajero, soltó un pitido: un mensaje. Sonrió.

El atasco típico de la hora punta en London Road se había vuelto peor que nunca debido a las obras. El semáforo que tenía delante había pasado de verde a rojo y de rojo a verde de nuevo, y no se habían movido ni un centímetro. Seguía parada junto al escaparate iluminado de la librería British Bookshops. Tenía tiempo de echar un vistazo al teléfono: «¡Espero que ganes! Besos».

Sonrió. El motor seguía al ralentí y los limpiaparabrisas rascaban el cristal hacia un lado y se deslizaban suavemente hacia el otro, convirtiendo las gotas de lluvia que caían en el parabrisas en una película opaca. Benedict le había dicho que tenía que cambiar las escobillas, y que se las compraría él. Ahora no le habrían ido mal, pensó.

Miró el reloj: 5.50. «Mierda», se dijo. Normalmente, la media hora que se daba de margen para ir desde las oficinas de la organización de beneficencia de Old Steine, donde tenía aparcamiento gratuito, hasta el estadio de Withdean, era más que suficiente. Pero esta vez llevaba cinco minutos sin moverse ni un centímetro. Tenía que estar en la pista a las seis. Con un poco de suerte, la cosa mejoraría una vez pasadas las obras.

Jessie no era la única que sufría los nervios provocados por el tráfico. Alguien que la esperaba en el estado de Withdean, alguien que no era su pareja de squash, estaba de muy mal humor. Y empeoraba por segundos.

Capítulo 67

Martes, 13 de enero de 2010

¡Debería estar oscuro! Estaba oscuro la noche anterior, cuando había ido a inspeccionar el terreno. No había pasado ni un mes desde la noche más larga del año; ¡era el 13 de enero, por Dios! A las seis de la tarde debería estar completamente oscuro. Pero la mierda de aparcamiento del estadio de Withdean estaba iluminado como un jodido árbol de Navidad. ¿Por qué tenían que haber escogido aquella noche para el entrenamiento de atletismo al aire libre? ¿No les había hablado nadie del calentamiento global?

¿Y dónde cojones estaba esa mujer?

El aparcamiento estaba mucho más lleno de lo que esperaba. Ya había dado tres vueltas, por si se le había pasado por alto el pequeño Ford Ka negro. Desde luego, allí no estaba.

La chica había dejado claro en Facebook que se encontraría aquí con Jax a las 17.45. La pista estaba reservada para las seis. Como siempre.

También había echado un vistazo a las fotos de Roz en Facebook. «Ver fotos de Roz (121). Enviar un mensaje a Roz. Dale un toque a Roz. Roz y Jessie son amigas.» Roz era una pechugona bastante sexy. ¡Estaba bien buena! Había unas fotos suyas vestida de gala para una fiesta de graduación.

Se concentró en lo que le ocupaba, escrutando el aparcamiento a través del parabrisas. Dos hombres pasaron a la carrera frente a él con sendas bolsas de deporte, agachando la cabeza para protegerse de la lluvia hasta entrar en el edificio. Ellos no le vieron. ¡Las furgonetas blancas siempre pasaban desapercibidas! Se sintió tentado de seguirlos y entrar, por si Jessie Sheldon se le hubiera pasado por alto y ya estuviera en la pista. Había dicho algo sobre su coche, que se lo habían reparado. ¿Y si se le había estropeado de nuevo y la había llevado otra persona, o si había tomado un autobús o un taxi?

Detuvo la furgoneta junto a una fila de vehículos aparcados, en una posición que le daba una clara visión de la rampa de entrada al aparcamiento, y apagó el motor y las luces. La noche era lluviosa y hacía un frío de narices, lo cual le iba perfecto. Nadie iba a fijarse en la furgoneta, con o sin luces. Todo el mundo iba con la cabeza gacha, resguardándose en los edificios o en los coches. Todo el mundo, salvo los imbéciles de los atletas, que corrían bajo la lluvia.

Estaba preparado. Ya llevaba los guantes de látex puestos. La gasa con el cloroformo estaba en un recipiente hermético, dentro del bolsillo de su anorak. Metió la mano en el bolsillo y lo comprobó de nuevo. Solo le preocupaba una cosa: esperaba que Jessie se duchara después del partido, porque no le gustaban las mujeres sudadas. No le gustaban algunos de los olores que emitían las mujeres cuando no se lavaban. Tenía que ducharse, seguro, porque se iba directamente al restaurante chino a recoger la cena y luego a ver una película de terror con Roz.

Unos faros se acercaron a la rampa. Se puso rígido. ¿Sería ella? Encendió el motor para accionar los limpiaparabrisas y despejar el cristal de lluvia. Era un Range Rover. Los faros le cegaron por un momento; luego oyó el ruido del motor que pasaba de largo. Mantuvo los limpiaparabrisas funcionando. El calefactor emitía un agradable aire caliente.

Un tipo con pantalones cortos y gorra de béisbol caminaba pesadamente por el aparcamiento, con una bolsa de deporte cargada al hombro, concentrado en la conversación que mantenía por el móvil. Oyó un lejano pitido y vio el parpadeo de las luces de un Porsche de color oscuro. El hombre abrió la puerta.

«Capullo», pensó.

Volvió a fijar la vista en la rampa. Miró el reloj: las seis y cinco. «Mierda.» Golpeó el volante con los puños. Oyó un pitido lejano en el interior de su oído. A veces le pasaba cuando estaba tenso. Se apretó la nariz con dos dedos y sopló con fuerza, pero no funcionó, y el pitido se hizo aún más intenso.

– ¡Para! ¡Joder! ¡Basta ya!

La intensidad del pitido aumentó aún más.

«¡ Las dimensiones del órgano sexual, excepcionalmente pequeñas!»

Sería Jessie quien tendría que decirlo.

Volvió a mirar el reloj: las seis y diez.

El pitido tenía ya la fuerza del silbido de un árbitro de fútbol.

– ¡Calla! -gritó, tembloroso y con la vista borrosa de la rabia.

Entonces, de pronto, oyó voces y unas pisadas:

– ¡Ya le dije que aquel tipo no vale para nada!

– ¡Dice que le quiere! Yo le pregunté, que, bueno… ¿¿¿Cómo???

Se oyó un doble pitido. Vio un destello de color naranja a su izquierda. Entonces el sonido de las puertas de un coche al abrirse y, un momento más tarde, al cerrarse. El ronroneo de un motor que arrancaba y luego el sonido inconfundible de un motor diésel. El interior de la furgoneta de pronto apestaba a humo. Sonó una bocina.

– Que os jodan -dijo.

La bocina volvió a sonar, dos veces, a su izquierda.

– ¡Que os jodan! ¡A tomar por culo! ¡Joderos! ¡Joderos!

Una neblina le cubría los ojos, le inundaba la mente. Los limpiaparabrisas chirriaban, apartando la lluvia. El agua seguía cayendo. Y seguía acabando a los lados. Seguía cayendo.

Entonces la bocina sonó otra vez.

Se giró, furioso, y vio unas luces de marcha atrás. Y entonces se dio cuenta. Un gran monovolumen estaba intentando dar marcha atrás y él le bloqueaba la salida.

– ¡Joder! ¡Mierda!

Puso en marcha la furgoneta, la adelantó unos centímetros y se paró. La cabeza le temblaba, el pitido era cada vez más intenso y le estaba machacando el cerebro, que le iba a reventar. Volvió a poner en marcha la furgoneta. Alguien picó en la ventanilla del acompañante.

– ¡Que te jodan!

Puso la primera y pisó a fondo. Siguió adelante, casi cegado por la ira y bajó la rampa a toda prisa. Consumido por la rabia, no pudo ver los faros del pequeño Ford Ka que subía la rampa en sentido contrario.

Capítulo 68

Miércoles, 14 de enero de 1998

– Siento llegar tarde, cariño -dijo Roy Grace al entrar en casa.

– ¡Si me dieran una libra por cada vez que he oído eso, sería millonada! -respondió Sandy con una sonrisa resignada, y luego le dio un beso.

Un cálido olor a velas aromáticas impregnaba la casa. Sandy las encendía casi todas las noches, pero daba la impresión de que aquel día había más, en honor a aquella ocasión especial.

– Dios, estás guapísima -dijo él.

Lo estaba. Había ido a la peluquería y se había rizado la larga melena rubia. Llevaba un vestido negro corto que realzaba cada curva de su cuerpo y se había puesto el perfume favorito de Roy, Poison. Levantó la muñeca para enseñarle la fina pulsera de plata que le había comprado en una joyería moderna de The Lanes.

– ¡Te queda preciosa!

– ¡Pues sí! -respondió ella, admirándola en el espejo junto al perchero del recibidor-. Me encanta. Tienes un gusto espléndido, sargento Grace.

La cogió entre los brazos y le rozó el cuello con los labios.

– Podría hacerte el amor ahora mismo, aquí, en el suelo del recibidor.

– Pues tendrías que darte prisa. ¡El taxi llegará dentro de treinta minutos!

– ¿Taxi? No necesitamos un taxi. Llevaré el coche.

– ¿No vas a beber el día de mi cumpleaños?

Le ayudó a quitarse el abrigo, lo colgó en el perchero y le llevó de la mano hasta el salón. La máquina tragadiscos que habían comprado un par de años antes en el mercado del sábado de los Kensington Gardens y que habían restaurado emitía una de sus canciones favoritas de los Rolling Stones, una versión de Under the boardwalk. La sala estaba a media luz y había velas encendidas por todas partes. En la mesita del sofá reposaba una botella abierta de champán, dos copas y un cuenco de aceitunas.

– Pensé que podríamos tomar una copa antes de salir -dijo ella, con tono cariñoso-. Pero no pasa nada. Lo meteré en la nevera y nos lo bebemos cuando volvamos. Podrías verterlo sobre mi cuerpo desnudo y beberlo de ahí.

– Mmmm… -dijo él-. Es una idea espléndida. Pero estoy de guardia, cariño, así que no puedo beber.

– ¡Roy, es mi cumpleaños!

Volvió a besarla, pero ella se lo quitó de encima.

– No vas a estar de guardia el día de mi cumpleaños. Estuviste de servicio todas las Navidades. Has estado trabajando todo el día, desde muy temprano. ¡Ahora tienes que desconectar!

– Eso cuéntaselo a Popeye.

Popeye era su inmediato superior, el inspector jefe Jim Doyle, a quien habían asignado el mando de la Operación Crepúsculo, la investigación de la desaparición de Rachael Ryan, que actualmente ocupaba todas las horas de servicio de Grace, y que le mantenía despierto por la noche, con el cerebro a toda marcha.

– ¡Dame su número y lo haré!

Grace sacudió la cabeza.

– Cariño, han cancelado todos los permisos. Estamos trabajando en ese caso día y noche. Lo siento. Pero si fueras la madre de Rachael Ryan, es lo que esperarías que hiciéramos.

– ¿No vas a decirme que no puedes tomarte una copa el día de mi cumpleaños?

– Deja que suba un momento y me cambie.

– No vas a ir a ningún sitio hasta que me prometas que vas a beber conmigo esta noche.

– Sandy, si me llaman y alguien nota que huelo a alcohol, puedo perder mi trabajo y ser expulsado del cuerpo. Por favor, entiéndelo.

– «Por favor, entiéndelo» -repitió ella-. ¡Si me dieran una libra por cada vez que he oído eso, sería multimillonaria!

– Cancela lo del taxi. Llevaré el coche.

– ¡Tú no vas a conducir el maldito coche!