/ Language: Español / Genre:thriller,

Una Muerte Sencilla

Peter James

A Michael Harrison pretenden gastarle una broma inolvidable en su despedida de soltero; algo que jamás pueda olvidar: enterrarlo vivo durante unas horas. Todo se complicará cuando sus amigos, que son los únicos que conocen el verdadero paradero de Michael, mueran esa misma noche en un accidente de tráfico. Abandonado a su suerte, el único enlace con el exterior será Davey, un chico retrasado mental que recogerá del lugar del accidente el watkie-tatkie con el que los amigos de Michael pretendían seguir en contacto con él. A la cabeza de las investigaciones sobre la desaparición se pondrá Roy Grace, un policía experto en desaparecidos. Paulatinamente, las pistas se irán entrelazando de forma confusa unas con otras: historias de amor y de celos, identidades falsas… Así pues, poco a poco, se va descubriendo que lo que, en principio, era una broma estúpida, puede que, en el fondo, tal vez, sea un plan tejido por oscuros motivos. Peter James nos presenta en Una muerte sencilla a Roy Grace, un personaje brillante y atormentado, experto en resolver crímenes pero incapaz de enfrentarse a su propio pasado.

Peter James

Una Muerte Sencilla

Detective Comisario Roy Grace, 1

Título original: Dead simple

© de la traducción: Escarlata Guillen

Capítulo 1

De momento, aparte de un par de contratiempos inesperados, el plan A marchaba sobre ruedas. Lo cual era una suerte, porque, en realidad, no tenían un plan B.

Al ser las ocho y media de una tarde de finales de mayo, habían confiado en tener algo de luz. Ayer a esta hora, cuando cuatro de ellos realizaron el mismo viaje, llevando consigo un ataúd vacío y cuatro palas, había mucha; pero ahora, mientras la furgoneta Ford Transit verde circulaba a toda velocidad por una carretera rural de Sussex, la lluvia que empañaba la tarde caía de un cielo que tenía el color de un negativo velado.

– ¿Falta mucho? -dijo Josh desde atrás, imitando a un niño pequeño.

– El gran Um Ga dice: «Dondequiera que vaya allí estoy» -respondió Robbo, el conductor, que estaba un poquito menos borracho que el resto.

Con tres pubs ya a sus espaldas, y cuatro más en el itinerario, se limitaba a beber claras. Al menos ésa había sido su intención; pero había logrado engullir un par de pintas de cerveza amarga Harveys, con la finalidad de despejar la cabeza para la tarea de conducir, según había dicho.

– ¡Ahí estamos! -dijo Josh.

– Siempre hemos estado.

Una señal de advertencia de zona de paso de ciervos surgió fugazmente de la oscuridad y desapareció mientras los faros iluminaban el asfalto brillante que se adentraba en la distancia boscosa. Luego, pasaron por delante de una pequeña cabaña blanca.

Michael, tumbado sobre una alfombrilla de cuadros en el suelo de la parte trasera de la furgoneta, con la cabeza entre los brazos de una llave de cruceta a modo de almohada, notaba una sensación muy agradable de atolondramiento.

– Creo que nesheshito otra copa -dijo arrastrando las palabras.

Si hubiera estado atento, quizás habría percibido, por las caras de sus amigos, que algo no iba del todo bien. Por lo general, nunca bebía demasiado, pero esa noche se había olvidado el cerebro en el fondo de más jarras de pinta y vasos de chupito de vodka de los que podía recordar; en más pubs de los que, sensatamente, había frecuentado en su vida.

De los seis que habían sido amigos desde la adolescencia, Michael Harrison siempre había sido el líder natural. Si, como dicen, el secreto de la vida es escoger sabiamente a tus padres, Michael había marcado muchas de las casillas correctas. Por un lado, había heredado la belleza de su madre; por el otro, el encanto y el espíritu emprendedor de su padre, aunque no los genes autodestructivos que al final habían acabado con él.

Desde los doce años, cuando Tom Harrison se había suicidado con monóxido de carbono en el garaje de su casa, dejando tras de sí una estela de deudas, Michael había crecido deprisa; primero, ayudando a su madre a llegar a fin de mes repartiendo periódicos; luego, cuando fue mayor, trabajando de peón durante las épocas de vacaciones. Creció sabiendo lo difícil que era ganar dinero, y lo fácil que resultaba derrocharlo.

Ahora, a sus veintiocho años, era listo, un ser humano decente y el líder natural del grupo. Si tenía algún defecto, era ser demasiado confiado y, a veces, excesivamente bromista. Y esta noche iba a enterarse de lo que valía un peine. Vaya si iba a enterarse.

Sin embargo, por ahora, Michael no tenía ni idea.

Volvió a su aletargamiento feliz, pensando sólo en cosas alegres, sobre todo en su prometida, Ashley. Qué maravillosa era la vida. Su madre salía con un tipo estupendo, su hermano pequeño acababa de entrar en la universidad, su hermana pequeña, Carly, se había tomado un año sabático para recorrer Australia en plan mochilero y su negocio iba formidablemente bien; aun así, lo mejor de todo era que dentro de tres días iba a casarse con la mujer a la que amaba y adoraba. Su alma gemela.

Ashley.

No se había fijado en las palas que vibraban con cada bache de la carretera, mientras las ruedas golpeteaban en el asfalto empapado y la lluvia repiqueteaba en el techo. No detectó nada en las caras de los dos amigos que iban sentados detrás con él, quienes se balanceaban y destrozaban una vieja canción: Sailing, de Rod Stewart, que sonaba entre las interferencias de la radio. La furgoneta apestaba a gasolina por culpa de una lata de combustible que goteaba.

– La quieeerrro -dijo Michael arrastrando las palabras-. Quieeerrro a Asssshley.

– Es una mujer estupenda -dijo Robbo, apartando la vista de la carretera, haciéndole la pelota como siempre.

Lo llevaba en la sangre. Torpe con las mujeres, un poco patoso, de rostro rubicundo, pelo lacio y barriga cervecera que tensaba el tejido de su camiseta, Robbo se agarraba a los faldones de su pandilla intentando que siempre lo necesitaran. Y esta noche, para variar, sí que lo necesitaban.

– Lo es.

– Es ahí -advirtió Luke.

Robbo frenó a medida que se acercaban al desvío y, en la oscuridad del vehículo, guiñó un ojo a Luke, que estaba sentado a su lado. Los limpiaparabrisas se movían rítmicamente, apartando la lluvia del cristal.

– La quiero de verdad, quiero decir. ¿Sshabéis qué quiero decir?

– Sabemos qué quieres decir -dijo Peter.

Josh, apoyado en el asiento del conductor, con un brazo alrededor de Pete, bebió un trago de cerveza y le pasó la botella a Michael. La espuma salió por el cuello cuando la furgoneta frenó bruscamente. Michael eructó.

– Perdón.

– ¿Qué coño verá Ashley en ti? -dijo Josh.

– Mi polla.

– Entonces, ¿no es por tu dinero? ¿O por tu físico? ¿O por tu encanto?

– Eso también, Josh, pero sobre todo es por la polla que tengo.

La furgoneta dio un bandazo al girar de repente a la derecha, vibró al pasar por un guardaganado, seguido casi de inmediato por un segundo, y accedieron al camino de tierra. Robbo, mirando por el cristal empañado, dio un volantazo para esquivar los baches hondos. Un conejo saltó delante de ellos y se escondió deprisa entre la maleza. Los faros giraron a la derecha y luego a la izquierda, iluminando fugazmente las densas coniferas que flanqueaban el camino antes de que se perdieran en la oscuridad del retrovisor. Cuando Robbo bajó una marcha, la voz de Michael sonó distinta, una ligera inquietud teñía de repente sus bravuconadas.

– ¿Adónde vamos?

– A otro pub.

– Vale. Genial. -Y al cabo de un momento-: Le promechí a Ashley que no debería, bebería musho.

– ¿Lo ves? -dijo Pete-. Aún no te has casado y ya te pone normas. Todavía eres un hombre libre. Te quedan sólo tres días.

– Tres días y medio -añadió Robbo amablemente.

– ¿No has contratado a ninguna chica? -dijo Michael.

– ¿Estás cachondo? -preguntó Robbo.

– Voy a ser fiel.

– Nos aseguraremos de ello.

– ¡Cabrones!

La furgoneta se detuvo con una sacudida, dio marcha atrás unos metros y después volvió a girar a la derecha. Luego volvió a detenerse y Robbo apagó el motor, y a Rod Stewart con él.

– Arrivé! -dijo-. ¡El siguiente abrevadero! ¡Los brazos del enterrador!

– Hubiera preferido las piernas de la tailandesa desnuda -dijo Michael.

– También ha venido.

Alguien abrió la puerta trasera de la furgoneta, Michael no sabía muy bien quién. Unas manos invisibles lo agarraron de los tobillos. Robbo le cogió un brazo, y Luke, el otro.

– ¡Eh!

– ¡Cómo pesas, cabrón! -dijo Luke.

Unos momentos después, Michael cayó, con su americana preferida y sus mejores vaqueros (no es la elección más inteligente para tu despedida de soltero, le dijo una vocecita que resonaba en su cabeza), sobre la tierra empapada, en una oscuridad absoluta, punteada sólo por los pilotos rojos de la furgoneta y el haz de luz blanco de una linterna. La fuerte lluvia le golpeaba los ojos y le aplastaba el pelo en la frente.

– Mi… ropa…

Unos momentos después, con los brazos casi desencajados, lo alzaron en el aire y lo plantaron en algo seco y rodeado de satén blanco que le presionó los costados.

– ¡Eh! -dijo otra vez.

Cuatro caras borrachas, sonrientes y enigmáticas lo miraban con malicia. Le pusieron una revista en las manos. A la luz de la linterna, alcanzó a ver la imagen borrosa de una pelirroja desnuda de enormes pechos. Le colocaron sobre el estómago una botella de whisky, una linterna pequeña encendida y un walkie-talkie.

– ¿Qué…?

Le estaban metiendo en la boca un tubo de goma con un sabor asqueroso. Mientras lo escupía, oyó un chirrido y, luego, de repente, algo hizo desaparecer las caras. Y apagó el sonido. El olor a madera, tejido nuevo y pegamento le saturó la nariz. Por un instante, estuvo cómodo y calentito. Luego, sintió pánico.

– Eh, chicos…

Robbo cogió un destornillador mientras Pete enfocaba la linterna hacia el ataúd de teca.

– ¿No iréis a atornillarlo? -dijo Luke.

– ¡Claro que sí! -contestó Pete.

– ¿Crees que deberíamos hacerlo?

– No le pasará nada -dijo Robbo-. ¡Tiene el tubo para respirar!

– ¡Creo que no deberíamos atornillarlo!

– Claro que sí. ¡Si no, podrá salir!

– ¡Eh! -dijo Michael.

Pero ahora no lo oía nadie. Y él tampoco oía nada, salvo un sonido débil encima de él, parecido a unos arañazos.

Por su parte, Robbo enroscó cada uno de los cuatro tornillos. Se trataba de un ataúd de teca de gama alta hecho a mano con asas de latón repujado, que había cogido prestado de la funeraria de su tío en la que, después de cambiar de profesión radicalmente un par de veces, trabajaba ahora como aprendiz de embalsamador. Tornillos de latón, buenos y resistentes. Penetraban con facilidad.

Michael miró hacia arriba, casi tocaba la tapa con la nariz. A la luz de la linterna, se vio encajonado en el satén blanco como el marfil. Dio patadas, pero las piernas no llegaron a ningún sitio. Intentó extender los brazos, pero tampoco logró nada.

Por unos momentos, se le pasó la borrachera y, de repente, se dio cuenta de dónde se encontraba.

– ¡Eh, eh, escuchad! Tengo claustrofobia, ¿sabíais? ¡No tiene gracia! ¡Eh!

El ataúd le devolvió su voz, extrañamente apagada.

Pete abrió la puerta, se inclinó en el interior y encendió los faros. Un par de metros delante de ellos estaba la tumba que habían cavado ayer, la tierra apilada a un lado, las cintas ya en su sitio. Cerca yacían una gran plancha de cinc y dos de las palas que habían utilizado.

Los cuatro amigos caminaron hasta el borde y miraron abajo. De repente, todos fueron conscientes de que en la vida nunca nada es exactamente como parece cuando lo estás planeando. Ahora mismo, aquel agujero parecía más hondo, más oscuro, más…, bueno, pues una tumba, de hecho.

La luz de la linterna brillaba en el fondo.

– Hay agua -dijo Josh.

– Sólo es un poco de lluvia -aclaró Robbo.

Josh frunció el ceño.

– Hay demasiada, no es lluvia. Debimos alcanzar el nivel freático.

– Mierda -dijo Pete, que era comercial de BMW y siempre lo parecía, estuviera o no trabajando: el pelo de punta, traje elegante, siempre seguro de sí mismo, aunque ahora no lo estaba tanto.

– No es nada -insistió Robbo-. Sólo unos centímetros.

– ¿Realmente cavamos tanto? -dijo Luke, quien acababa de licenciarse en derecho, estaba recién casado y no se encontraba del todo preparado para despedirse de su juventud, aunque comenzaba a aceptar las responsabilidades de la vida.

– Es una tumba, ¿no? -dijo Robbo-. Decidimos que sería una tumba.

Josh miró hacia arriba, a la lluvia que caía cada vez con más fuerza.

– ¿Y si sube el agua?

– Joder, tío -dijo Robbo-. La cavamos ayer, han hecho falta veinticuatro horas para que se acumularan unos centímetros. No hay nada de qué preocuparse.

Josh asintió, pensativo.

– Pero ¿y si después no podemos sacarlo?

– Claro que podremos sacarlo -dijo Robbo-. Desatornillamos la tapa y ya está.

– Empecemos de una vez -dijo Luke-. ¿Vale?

– Se lo merece, coño -tranquilizó Pete a sus amigos-. ¿Recuerdas lo que te hizo en tu despedida, Luke?

Luke jamás lo olvidaría. Se despertó tras una gran borrachera en una litera del tren nocturno a Edimburgo, lo que provocó que la tarde siguiente llegara con cuarenta minutos de retraso al altar.

Pete tampoco olvidaría nunca su propia experiencia. El fin de semana anterior a su boda, se descubrió en ropa interior de encaje con volantes, un consolador atado a la cintura, esposado al puente colgante de Clifton Gorge, antes de que lo rescataran los bomberos. Las dos jugarretas fueron idea de Michael.

– Típico de Mark -dijo Pete-. Qué suerte tiene, el cabrón. Lo organiza todo él y ahora no está aquí…

– Va a venir. Estará en el siguiente pub, conoce el itinerario.

– ¿Ah, sí?

– Ha llamado, está de camino.

– Retenido por culpa de la niebla en Leeds. ¡Genial! -dijo Robbo.

– Estará en el Royal Oak cuando lleguemos.

– Qué suerte, el cabrón -dijo Luke-. Se está perdiendo el trabajo duro.

– ¡Y la diversión! -le recordó Pete.

– ¿Esto te parece divertido? -preguntó Luke-. ¿Estar en medio de un bosque empantanado bajo la puta lluvia te parece divertido? ¡Joder, eres patético! Será mejor que el cabrón aparezca para ayudarnos a sacar a Michael de ahí.

Levantaron el ataúd, lo cargaron tambaleándose hasta el borde de la tumba y lo soltaron, con fuerza, sobre las cintas. Luego se rieron al oír el «¡Ay!» que salió de dentro. Oyeron un golpe fuerte. Michael aporreó la tapa con el puño.

– ¡Eh! ¡Ya basta!

Pete, que tenía el walkie-talkie en el bolsillo del abrigo, lo sacó y lo encendió.

– ¡Probando, probando! -dijo.

Dentro del ataúd, la voz de Pete retumbó.

– ¡Probando, probando!

– ¡Se acabó la broma!

– ¡Relájate, Michael! -dijo Pete-. ¡Disfruta!

– ¡Cabrones! ¡Sacadme de aquí! ¡Me estoy meando!

Pete apagó el walkie-talkie y se lo guardó en el bolsillo de su chaqueta Barbour.

– Bueno, ¿cómo va esto exactamente?

– Levantamos las cintas -dijo Robbo-. Uno por cada lado.

Pete sacó el walkie-talkie y lo encendió.

– ¡Vamos a precintarlo, Michael! -dijo, antes de volver a apagar el transmisor.

Los cuatro se rieron. Luego cada uno cogió un cabo de la cinta y subieron la cuerda.

– Uno… dos… ¡tres! -contó Robbo,

– ¡Joder, cómo pesa! -dijo Luke, que tensó la cuerda y la levantó.

Despacio, a sacudidas, escorándose como un barco siniestrado, el ataúd fue hundiéndose en el agujero.

Cuando llegó al fondo, apenas alcanzaban a verlo en la oscuridad.

Pete tenía la linterna. A su luz, distinguieron el tubo para respirar saliendo lánguidamente por el agujero del tamaño de una pajita que habían recortado en la tapa.

Robbo cogió el walkie-talkie.

– ¡Eh, Michael! Te sale la polla. ¿Te gusta la revista?

– Vale, se acabó la broma. ¡Dejadme salir!

– Nos vamos a un club de striptease. ¡Qué pena que no puedas venirte con nosotros!

Robbo apagó la radio antes de que Michael pudiera responder. Luego, tras guardársela en el bolsillo, cogió una pala, comenzó a echar tierra en el agujero de la tumba y se rio a carcajadas al oírla caer sobre la tapa del ataúd.

Con un fuerte «¡Dale!», Pete asió otra pala y se unió a él. Durante unos momentos, los dos trabajaron a fondo hasta que sólo quedaron visibles unos pedacitos de ataúd. Luego, quedó cubierto del todo. Continuaron frenéticamente, la bebida animaba su tarea, hasta que acumularon unos buenos setenta centímetros de tierra sobre el ataúd. Apenas sobresalía el tubo para respirar.

– ¡Eh! -dijo Luke-. ¡Eh, parad! Cuanta más tierra echéis, más tendremos que sacar dentro de dos horas.

– ¡Es una tumba! -dijo Robbo-. Es lo que se hace con una tumba: cubrir el ataúd.

Luke le arrebató la pala.

– ¡Ya basta! -dijo con firmeza-. Quiero pasarme la noche bebiendo, no cavando, ¿vale, joder?

Como nunca quería disgustar a nadie de la pandilla, Robbo asintió. Pete, que estaba sudando a mares, soltó la pala.

– Creo que no voy a dedicarme a esto -dijo.

Colocaron la plancha de cinc encima, retrocedieron y permanecieron en silencio unos momentos. La lluvia repiqueteaba sobre el metal.

– Vale -dijo Peter-. Nos largamos.

Luke se metió las manos en los bolsillos del abrigo, desconfiando.

– ¿Estamos convencidos de esto?

– Acordamos que íbamos a darle una lección -dijo Robbo.

– ¿Y si se ahoga en su vómito o algo?

– No le pasará nada, no está tan borracho -dijo Josh-. Vamos.

Josh subió a la parte trasera de la furgoneta y Luke cerró las puertas. Luego, Pete, Luke y Robbo se apretujaron en la parte delantera y Robbo arrancó. Deshicieron el camino durante setecientos metros y luego giraron a la derecha para acceder a la carretera principal.

Entonces, encendió el walkie-talkie.

– ¿Qué tal te va, Michael?

– Chicos, escuchad. Esta broma no me divierte nada, de verdad.

– ¿En serio? -dijo Robbo-. ¡A nosotros sí!

Luke cogió la radio.

– Esto sí que es una dulce venganza, ¡Michael!

Los cuatro que iban en la furgoneta se rieron a carcajadas. Ahora le tocó a Josh.

– Eh, Michael, nos vamos a un pub fantástico. Tienen a las mujeres más guapas. Van con el culo al aire y se deslizan arriba y abajo por las barras. ¡Te va a cabrear mucho perdértelo!

Michael contestó arrastrando las palabras, la voz un poco quejumbrosa.

– Por favor, ¿podemos dejarlo ya? Todo esto no me está gustando nada.

Por el parabrisas, Robbo vio las obras en la carretera que tenían por delante, el semáforo estaba en verde. Aceleró.

– ¡Tú relájate, Michael! -gritó Luke girando la cabeza hacia Josh-. ¡Volveremos dentro de un par de horas!

– ¿Qué queréis decir con un par de horas?

El semáforo cambió a rojo. No había tiempo de parar. Robbo aceleró aún más y siguió avanzando a toda velocidad.

– Dame eso -dijo.

Cogió la radio mientras tomaba una curva larga agarrando el volante con una sola mano. Miró abajo en el resplandor ambiental del salpicadero y pulsó el botón de «Hablar».

– Eh, Michael…

– ¡Robbooooo! -gritó Luke.

Unos faros dirigiéndose directamente hacia ellos.

Cegándolos.

Luego, el sonido estridente de un claxon, profundo, fuerte, feroz.

– ¡¡¡Robbooooo!!! -chilló Luke.

Robbo pisó aterrorizado el pedal del freno y soltó el walkie-talkie. Dio un volantazo mientras buscaba, desesperadamente, algún lugar adonde ir. Árboles a la derecha, una excavadora a la izquierda, los faros quemaban el parabrisas, le abrasaban los ojos, se dirigían hacia él atravesando la lluvia torrencial, como un tren.

Capítulo 2

Michael, a quien la cabeza le daba vueltas, oyó unos gritos, luego un ruido sordo, como si alguien hubiera soltado el walkie-talkie.

Luego, silencio.

Pulsó el botón de «Hablar».

– ¿Hola?

Sólo le llegaban interferencias vacías.

– ¿Hola? ¡Eh, tíos!

Aún nada. Fijó la vista en la radio bidireccional. Era un aparato pequeño y grueso, una caja de plástico duro y negro, con una antena corta y otra larga, con la marca «Motorola» grabada sobre la rejilla del altavoz. También había un botón de «On/Off», un control de volumen, un selector de canales y una lucecita verde que brillaba intensamente. Luego se quedó mirando el satén blanco que estaba a pocos centímetros de sus ojos, combatiendo el pánico, respirando cada vez más y más deprisa. Se estaba meando, mucho, desesperadamente.

¿Dónde coño estaba? ¿Dónde estaban Josh, Luke, Pete y Robbo? ¿Ahí fuera, riéndose? ¿De verdad se habían marchado a un club, los muy cabrones?

Luego, a medida que el alcohol le hacía efecto de nuevo, el pánico remitió. Sus pensamientos se volvieron sombríos, confusos. Se le cerraron los ojos y el sueño casi lo venció.

Cuando volvió a abrirlos, enfocó el satén blando, mientras notaba que las náuseas le subían de repente por la garganta, lo elevaban en el aire y luego lo soltaban. Otra vez arriba. Y abajo. Tragó saliva, cerró los ojos de nuevo, atolondrado, con la sensación de que el ataúd iba a la deriva, meciéndose de un lado a otro, flotando. Se le estaban pasando las ganas de mear. De repente, las náuseas ya no eran tan acentuadas. Se estaba cómodo allí dentro. Flotando. ¡Era como estar en una cama enorme!

Se le cerraron los ojos y se sumió en un sueño profundo.

Capítulo 3

Roy Grace estaba sentado en la oscuridad de su viejo Alfa Romeo, atrapado en el tráfico inmóvil; mientras la lluvia repiqueteaba en el techo, sus dedos tamborileaban en el volante y apenas escuchaba el CD de Dido que sonaba. Estaba tenso. Impaciente. Bajo de moral. Se sentía como una mierda.

Mañana tenía que comparecer ante el juez, y sabía que estaba metido en un lío.

Bebió un sorbo de agua de una botella de Evian, enroscó el tapón y la volvió a guardar en el bolsillo portamapas.

– Vamos, ¡vamos! -dijo, al tiempo que golpeaba de nuevo el volante, ahora más fuerte.

Ya llegaba cuarenta minutos tarde a su cita. No soportaba ser impuntual, siempre le había parecido que era una señal de mala educación, como si estuvieras afirmando: «Mi tiempo es más importante que el tuyo, así que puedo hacerte esperar…».

Si hubiera salido del despacho sólo un minuto antes, no estaría llegando tarde: otra persona habría atendido la llamada y el atraco de dos punkis con un colocón de sabe Dios qué a una joyería de Brighton habría sido el problema de algún otro compañero, no el suyo. Era uno de los riesgos de ser policía: los malos nunca tenían la gentileza de ceñirse al horario de oficina.

Esta noche no tenía que haber salido, lo sabía. Debía haberse quedado en casa, preparándose para mañana. Sacó la botella y bebió un poco más de agua. Tenía la boca seca, sedienta. Sentía unos nervios sombríos en el estómago.

Sus amigos le habían empujado a un puñado de citas a ciegas durante los últimos años y antes de acudir siempre estaba histérico. Esta noche aún estaba más nervioso y, como no había podido ducharse ni cambiarse de ropa, no se sentía cómodo con su aspecto. Todos sus planes detallados sobre qué iba a ponerse se habían ido al garete gracias a los dos punkis.

Uno de ellos había disparado con una escopeta de cañones recortados a un policía fuera de servicio que se había acercado demasiado a la joyería; por suerte, no lo bastante. Roy había visto, más veces de las necesarias, los efectos de un arma del calibre 12 disparada a pocos metros de un ser humano. Podía arrancar de cuajo una extremidad o hacer un agujero del tamaño de una pelota de fútbol en el pecho. El policía en cuestión, un detective llamado Bill Green, a quien Grace conocía porque habían jugado a rugby en el mismo equipo varias veces, recibió el disparo desde unos treinta metros. Desde esa distancia, los perdigones podrían haber abatido a un faisán o a un conejo, pero no a un pilar de noventa y cinco kilos de peso con una chaqueta de piel. Bill Green había tenido, relativamente, suerte: la chaqueta le había protegido el cuerpo, pero tenía varios perdigones incrustados en la cara, incluido uno en el ojo izquierdo.

Cuando Grace llegó a la escena, ya habían detenido a los punkis, después de que estrellaran y volcaran el todoterreno con el que habían huido. Estaba decidido a acusarles de intento de asesinato, además de atraco a mano armada. Cada vez odiaba más el modo en que los delincuentes usaban las armas en el Reino Unido y obligaban a la policía a llevar pistola. En los tiempos de su padre, los policías armados eran algo extraño. Hoy en día, era habitual que los agentes de algunas ciudades guardaran armas en los maleteros de los coches. Grace no era una persona vengativa, pero, por lo que a él se refería, habría que colgar a cualquiera que disparara a un policía o a cualquier persona inocente.

El tráfico seguía sin moverse. Miró el reloj del salpicadero, la lluvia, otra vez el reloj, los pilotos color rojo intenso del coche de delante, pues el imbécil de su conductor tenía puestas las luces antiniebla, que casi le deslumbraban. Luego consultó su reloj, con la esperanza de que el del coche no marcara bien la hora; pero no. Habían transcurrido diez minutos y no habían avanzado ni un centímetro. Y tampoco había pasado ningún coche en sentido contrario.

Destellos de luz azul cruzaron el retrovisor interior y el exterior. Luego, oyó una sirena. Un coche patrulla pasó ululando. Luego una ambulancia. Y otro coche patrulla, a todo gas, seguido de dos coches de bomberos.

«Mierda.» Cuando había pasado por esta carretera hacía un par de días, estaba en obras y había imaginado que ésa era la causa del atasco; pero ahora se daba cuenta de que debía de tratarse de un accidente, y los coches de bomberos indicaban que era grave.

Pasó otro coche de bomberos. Luego, otra ambulancia, con las luces encendidas, seguida de un equipo de rescate.

Volvió a mirar el reloj: las nueve y cuarto de la noche. Tendría que haberla recogido hacía cuarenta y cinco minutos, en Tunbridge Wells, que aún quedaba a unos veinte minutos largos sin todo aquel embotellamiento.

Terry Miller, un inspector recién divorciado del departamento de Grace, había estado presumiendo ante él de sus conquistas a través de un par de páginas de citas de Internet y había instado a Grace a que se registrara. Roy se había resistido y, luego, cuando había comenzado a encontrarse sugerentes mensajes de correo electrónico de distintas mujeres en su bandeja de entrada, descubrió hecho una furia que Terry Miller le había registrado sin decírselo en una página llamada «Tus citas».

En realidad, seguía sin tener ni idea de qué le había empujado a responder uno de los mensajes. ¿La soledad? ¿La curiosidad? ¿La lujuria? No estaba seguro. Durante los últimos ocho años, su vida había transcurrido día a día. Algunos días intentaba olvidar; otros, se sentía culpable por no recordar.

A Sandy.

Ahora, de repente, se sintió culpable por acudir a aquella cita.

Era guapísima, al menos por la foto. También le gustaba su nombre: Claudine. Como sonaba a francés, tenía algo exótico. ¡La foto era provocativa! Cabello panocha, cara muy bonita, camisa ajustada marcando un busto exuberante, sentada en el borde de una cama con una minifalda subida lo suficiente como para dejar ver que llevaba ligas de encaje, y que quizá no llevaba bragas.

Sólo habían mantenido una conversación telefónica, en la que prácticamente lo había seducido de principio a fin. A su lado, en el asiento del copiloto, descansaba un ramo de flores que había comprado en una gasolinera. Rosas rojas; cursi, lo sabía, pero así era el romántico anticuado que llevaba dentro. La gente tenía razón, necesitaba seguir adelante, de algún modo. Podía contar las citas que había tenido en los últimos ocho años con los dedos de una mano. Sencillamente, no podía aceptar que existiera otra princesa azul. Que alguna vez encontrara a alguien que estuviera a la altura de Sandy.

¿Quizás aquel sentimiento iba a cambiar esta noche?

Claudine Lamont. Un nombre bonito, una voz bonita.

«¡Apaga las putas luces antiniebla!»

Olía el perfume dulce de las flores. Esperaba que también él oliera bien.

Desde el resplandor del salpicadero del Alfa Romeo y los pilotos del coche de delante, se miró al retrovisor, sin saber muy bien qué esperaba ver. La tristeza le devolvió la mirada.

«Tienes que seguir adelante.»

Bebió más agua. Sí.

Dentro de tan sólo dos meses cumpliría treinta y nueve años. Dentro de tan sólo dos meses también se acercaba otro aniversario. El 26 de julio haría nueve años que Sandy no estaba. Había desaparecido sin dejar rastro el día que él cumplió treinta años. Ni una nota. Todas sus pertenencias en casa excepto el bolso.

Transcurridos siete años, podía declararse a alguien muerto legalmente. Su madre, en la cama de la residencia, días antes de morir de cáncer; su hermana; sus mejores amigos; su psiquiatra: todos le habían dicho que tenía que hacerlo.

De ningún modo.

John Lennon dijo: «La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes». Qué cierto era, diablos.

Siempre había supuesto que a los treinta y seis años, Sandy y él ya habrían formado una familia. Siempre había soñado con tener tres hijos, dos niños y una niña sería lo ideal; dedicaría los fines de semana a hacer cosas con ellos. Vacaciones familiares. Ir a la playa. Salir de excursión a sitios divertidos. Jugar a la pelota. Arreglar cosas. Ayudarles por la noche con los deberes. Bañarles. Todas aquellas cosas tranquilas que él había hecho con sus padres; pero, en lugar de eso, lo consumía un desasosiego interior que pocas veces lo abandonaba, ni siquiera cuando le permitía dormir. ¿Estaba viva o muerta? Había pasado ocho años y diez meses intentando averiguarlo y seguía sin estar más cerca de la verdad que cuando había comenzado.

Aparte del trabajo, la vida era un vacío. No había podido -o no había querido- iniciar otra relación. Todas las citas que había tenido resultaron ser un desastre. A veces, le parecía que el único compañero fiel de su vida era su pez, Marlon. Lo había ganado en una barraca de tiro al blanco de una feria, hacía nueve años, y se había comido a todos sus intentos posteriores de darle un compañero. Marlon era un animal hosco y asocial. Seguramente, la razón por la que se caían bien, pensaba Roy. Eran tal para cual.

A veces deseaba no ser policía: tener un trabajo menos exigente del que pudiera desconectar a las cinco, irse al pub y luego a casa, a descansar delante de la tele. Una vida normal. Aun así, no podía evitarlo. Tenía algún gen -o un grupo de genes- testarudo y decidido dentro de él -como su padre- que lo había empujado inexorablemente durante toda su vida a perseguir hechos, a perseguir la verdad. Eran esos genes los que le habían aupado de rango a rango, hasta su ascenso relativamente temprano a comisario. Sin embargo, no le habían aportado ninguna tranquilidad.

Su cara volvió a mirarle desde el retrovisor. Grace hizo una mueca al ver su reflejo, el pelo muy corto, un poco más que una fina pelusa, la nariz, aplastada y torcida después de que se la rompieran en una pelea en sus días de patrulla y que le daba aspecto de boxeador profesional retirado.

En su primera cita, Sandy le había dicho que tenía los ojos de Paul Newman. Aquello le había gustado mucho. Era una del millón de cosas que le habían gustado de ella: que le encantara todo de él, incondicionalmente.

Roy Grace sabía que él no era nada del otro mundo físicamente. Con su metro setenta y siete, superó en sólo cinco centímetros la estatura mínima requerida para ingresar en la policía, diecinueve años atrás. Aun así, a pesar de su afición a la bebida y a una batalla intermitente contra el tabaco, había desarrollado un físico poderoso trabajándoselo mucho en el gimnasio de la policía; además, se había mantenido en forma corriendo treinta kilómetros a la semana y todavía seguía jugando algún que otro partido de rugby, por lo general, de tres cuartos.

Las nueve y veinte.

Maldita sea.

No quería acostarse tarde por nada del mundo. No lo necesitaba. No podía permitírselo. Mañana tenía que comparecer en el juzgado y necesitaba dormir toda la noche. Sólo pensar en las repreguntas que le esperaban activaba todo tipo de malas sensaciones en su interior.

Un haz de luz le inundó de repente desde arriba y oyó el estruendo de las aspas de un helicóptero. Al cabo de un momento, la luz avanzó y vio que el helicóptero descendía.

Marcó un número en el móvil. Respondieron casi de inmediato.

– Hola, al habla el comisario Grace. Estoy en un atasco en la A 26 al sur de Crowborough. Parece que ha habido un accidente más adelante. ¿Pueden informarme?

Le pasaron con el centro de operaciones.

– Hola, comisario -dijo una voz de hombre-. Ha habido un accidente grave. Nos han comunicado que hay muertos y personas atrapadas. La carretera estará cortada un rato. Será mejor que dé la vuelta y coja otra ruta.

Roy Grace le dio las gracias y colgó. Entonces sacó su Blackberry del bolsillo de la camisa, buscó el número de Claudine y le mandó un mensaje.

Le contestó casi al instante. Le decía que no se preocupara, que llegara cuando pudiera.

Aquello hizo que sintiera aún más simpatía por ella.

Y le ayudó a olvidarse de lo que le esperaba al día siguiente.

Capítulo 4

Viajes como aquél no ocurrían a menudo, pero cuando sucedían, vaya, ¡Davey los disfrutaba de verdad! Iba sentado en el asiento del copiloto al lado de su padre con el cinturón abrochado mientras el coche de policía que les escoltaba avanzaba a toda velocidad delante de ellos, las luces azules encendidas, la sirena ululando: «nii-noo, nii-nooo», yendo en dirección contraria, adelantando kilómetros y kilómetros de vehículos inmóviles. Aquello era mejor que cualquier atracción de feria en la que le hubiera montado su padre, incluso las de Alton Towers, ¡y eso que no había ninguna que fuera mejor!

– ¡Yupiiiiii! -gritó, entusiasmado.

Davey era adicto a las series de policías americanas, razón por la cual le gustaba hablar con acento estadounidense. A veces era de Nueva York; a veces de Misuri; a veces de Miami; pero casi siempre de Los Angeles.

Phil Wheeler, un hombre corpulento, con una barriga cervecera inmensa, que llevaba el uniforme de pantalones marrones, botas viejas y gorro negro de lana, sonrió a su hijo, sentado a su lado. Años atrás, su mujer se había derrumbado y marchado por la presión de cuidar a Davey. Durante los últimos diecisiete años le había criado solo.

El coche de policía aminoró la marcha al adelantar a una cola de maquinaria excavadora pesada. El remolcador llevaba estampado «Grúas Wheeler» a ambos lados y tenía luces ámbar en el techo de la cabina. Más adelante, por el parabrisas, los faros y las luces iluminaban primero la parte delantera destrozada de la furgoneta Ford Transit, aún empotrada parcialmente debajo del parachoques del camión de cemento, y luego el resto de la furgoneta, aplastada como una lata de coca-cola y volcada sobre un seto maltrecho.

Destellos de luz azul se deslizaban por el asfalto mojado y el arcén de hierba brillante. En la escena aún había coches de bomberos, de policía y una ambulancia; también un gran grupo de gente, bomberos y policías, en su mayoría con chaquetas reflectantes, andaban por allí. Un policía barría cristales de la carretera con una escoba.

La cámara del fotógrafo de la policía disparó el flash. Dos investigadores de accidentes extendían una cinta métrica. Trozos de metal y cristales brillaban por todas partes. Phil Wheeler vio una llave de cruceta, una zapatilla deportiva, una alfombrilla, una chaqueta.

– ¡Qué mala pinta tiene esto, papá! -Esta noche tocaba acento de Misuri.

– Muy mala.

Phil Wheeler se había curtido a lo largo de los años y ya nada le impactaba. Había visto todo tipo de tragedias relacionadas con vehículos: un hombre de negocios decapitado, todavía con traje, camisa y corbata, con el cinturón abrochado en el asiento del conductor entre los restos de su Ferrari, figuraba entre las imágenes que recordaba con más nitidez.

Davey, que acababa de cumplir veintiséis años, llevaba su gorra de béisbol de los Yankees de Nueva York vuelta hacia atrás, chaqueta de borreguillo encima de una camisa de leñador, vaqueros y borceguíes. Le gustaba vestir como veía que vestían, en televisión, los americanos. El chico tenía una edad mental de seis años, y eso no cambiaría nunca; pero tenía una fuerza física sobrehumana que a menudo le venía bien en los desplazamientos. Davey podía doblar planchas de metal con las manos. En una ocasión, había levantado él sólito la parte delantera de un coche que aplastaba una motocicleta.

– Muy mala -admitió-¿Crees que hay muertos, papá?

– Espero que no, Davey.

– ¿Crees que puede haberlos?

Un guardia de tráfico, con gorra con visera y chaleco amarillo fluorescente, se acercó a la ventanilla del conductor. Phil la bajó y reconoció al agente.

– Buenas noches, Brian. Tiene mala pinta.

– Un vehículo provisto de equipo de levantamiento está de camino para encargarse del camión. ¿Puedes ocuparte de la furgoneta?

– No hay problema. ¿Qué ha pasado?

– Choque frontal, la Transit y el camión. Hay que llevar la furgoneta al depósito.

– Dalo por hecho.

Davey cogió su linterna y se bajó del coche. Mientras su padre hablaba con el poli, iluminó los alrededores, las manchas de aceite y repasó la carretera. Luego miró con curiosidad la ambulancia alta, cuadrada; la luz interior brillaba tras las cortinas corridas de la ventanilla trasera; se preguntó qué estaría pasando ahí dentro.

Pasaron casi dos horas antes de que todas las piezas de la Transit estuvieran cargadas y encadenadas al remolque de plataforma. Su padre y el guardia de tráfico, Brian, se habían alejado un poco. Phil encendió un cigarrillo con su mechero a prueba de lluvia. Davey los siguió, liándose un cigarrillo con una mano y encendiéndolo con su Zippo. La ambulancia y casi todos los demás vehículos de emergencia se habían ido y una grúa enorme levantó la parte delantera de un camión de cemento hasta que las ruedas delanteras -la del lado del conductor estaba reventada y torcida- dejaron de tocar el suelo.

Había parado de llover y la luna asomaba brillante entre las nubes. Brian y su padre hablaban ahora de pesca: el mejor cebo para las carpas en esta época del año. Aburrido y con ganas de orinar, Davey caminó por la carretera, dando caladas a su cigarrillo y mirando el cielo en busca de murciélagos. Le gustaban los murciélagos, los ratones, las ratas, los campañoles, toda esa clase de animalejos. En realidad, le gustaban todos los animales. Los animales nunca se reían de él como hacían los humanos, cuando iba al colegio. Quizás iría a la madriguera cuando llegaran a casa. Le gustaba sentarse ahí fuera a la luz de la luna y ver jugar a los tejones.

Moviendo la luz de la linterna, se adentró un poco entre los matorrales, se bajó la bragueta y vació la vejiga sobre unas ortigas. Justo cuando acababa, oyó una voz, justo delante de él, que le dio un susto de muerte.

– ¿Eh, hola?

Una voz entrecortada, incorpórea. Davey pegó un brinco. Luego, volvió a oír la voz.

– ¿Hola?

– ¡Mierda! -Dirigió el haz de luz hacia la maleza, pero no vio a nadie-. ¿Hola? -respondió.

Al cabo de unos momentos, volvió a oír la voz.

– ¿Hola? ¿Eh, hola? ¿Josh? ¿Luke? ¿Pete? ¿Robbo?

Davey enfocó la linterna hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia delante. Oyó que algo se movía y apareció el rabo de un conejo en la luz, un instante; luego, desapareció.

– ¿Hola, quién es?

Silencio.

Un silbido de interferencias. Un crujido.

– ¿Hola? ¿Hola? ¿Hola?

Algo brillaba en un arbusto. Se arrodilló. Era una radio, con una antena. Al inspeccionarla con más detenimiento, se dio cuenta, emocionado, de que era un walkie-talkie.

Lo iluminó con la linterna, examinándolo un ratito, casi con miedo a tocarlo. Luego, lo cogió. Pesaba más de lo que parecía, estaba frío, mojado. Debajo de un gran botón verde vio la palabra «Hablar».

Lo pulsó.

– ¡Hola! -dijo.

Una voz le asaltó.

– ¿Quién

es?

Luego oyó otra voz, que le gritaba desde la distancia.

– ¡Davey!

Su padre.

– ¡Vale, ya voy! -chilló.

Mientras regresaba por la carretera, pulsó de nuevo el botón verde.

– ¡Soy Davey! -dijo-. ¿Tú quién eres?

– ¡¡¡Daveyyyy!!!

Su padre otra vez.

Aterrorizado, Davey soltó la radio, que se estrelló contra la carretera, la caja se partió y las pilas saltaron.

– ¡Ya voooyyy! -gritó.

Se arrodilló, recogió el walkie-talkie y se lo guardó furtivamente en el bolsillo de la chaqueta. Luego cogió las pilas y se las metió en otro bolsillo.

– ¡Ya voy, papá! -gritó otra vez-. ¡Tenía que hacer pipí!

Con la mano en el bolsillo para que no se notara el bulto, regresó corriendo a la grúa.

Capítulo 5

Michael pulsó el botón de «Hablar».

– ¿Davey?

Silencio.

Volvió a pulsar el botón.

– ¿Davey? ¿Hola? ¿Davey?

Silencio de blanco satén. Silencio total y absoluto, que bajaba, subía, lo aprisionaba por ambos lados. Intentó mover los brazos, pero por mucho que los extendía, las paredes le devolvían la presión. También intentó estirar las piernas, pero se encontraron con lo mismo, paredes que no cedían. Dejó el walkie-talkie sobre su pecho y empujó hacia arriba la tapa de satén, que tenía a sólo unos centímetros de los ojos. Era como empujar un bloque de hormigón.

Luego, se levantó tanto como pudo, cogió el tubo rojo de goma y miró por el agujero, pero no vio nada. Se lo llevó a los labios e intentó silbar por él; pero el sonido era patético.

Se dejó caer. Tenía un dolor de cabeza atroz y muchísimas ganas de orinar. Pulsó el botón otra vez.

– ¡Davey! Davey, tengo que mear. ¡Davey!

Silencio otra vez.

De sus años de navegación, había adquirido mucha experiencia con las radios bidireccionales. «Inténtalo por otro canal», pensó. Encontró el selector de canales, pero no se movía. Pulsó más fuerte, pero tampoco se movió. Entonces vio por qué: lo habían pegado para que no pudiera cambiar de canal, para que no pudiera sintonizar el canal 16, el canal internacional de emergencias.

– ¡Eh! Ya basta, cabrones, vamos. ¡Estoy desesperado!

Se pegó el walkie-talkie a la oreja y escuchó.

Nada.

Se colocó la radio en el pecho y, luego, despacio y con gran dificultad, bajó la mano derecha, la metió en el bolsillo de la chaqueta de piel y sacó el resistente móvil sumergible que Ashley le había regalado para cuando saliera a navegar. Le gustaba porque era distinto a los típicos móviles que tenía todo el mundo. Pulsó un botón y la pantalla se encendió. Se esperanzó y, luego, volvió a hundirse en el desánimo. No tenía cobertura.

– Mierda.

Repasó la agenda hasta que llegó al hombre de su socio Mark.

«Mark mov.»

A pesar de no tener cobertura, pulsó el botón con la opción de «Marcar». No sucedió nada.

Lo intentó con Robbo, Pete, Luke y Josh sucesivamente; su desesperación iba en aumento.

Luego volvió a pulsar el botón del walkie-talkie.

– ¡Tíos! ¿Me oís? ¡Se que me oís, joder! Nada.

En la pantalla del Ericsson, la hora marcaba las 23.13. Levantó la mano izquierda hasta que vio el reloj: las 23.14.

Intentó recordar la última vez que lo había mirado. Habían pasado dos horas largas. Cerró los ojos. Se quedó pensando unos momentos, intentando imaginar exactamente qué estaba ocurriendo. A la luz fuerte, casi cegadora, de la linterna, vio la botella apretujada contra su cuello y la revista brillante. Se acercó la revista al pecho, luego maniobró hasta que la tuvo sobre la cara y quedó casi asfixiado por los pechos enormes y satinados, tan cerca de sus ojos que casi los veía borrosos. ¡Cabrones!

Cogió el walkie-talkie y pulsó el botón de «Hablar» una vez más.

– Muy divertido. Ahora dejadme salir, ¡por favor! Nada.

¿Quién coño era Davey?

Tenía la garganta seca. Necesitaba beber agua. La cabeza le daba vueltas. Quería estar en casa, en la cama con Ashley. Aparecerían dentro de unos minutos. Sólo tenía que esperar. Mañana se enterarían.

Sintió náuseas otra vez. Cerró los ojos. Todo daba vueltas, se movía. Volvió a quedarse dormido.

Capítulo 6

En un aterrizaje de mierda de un vuelo de mierda, una fuerte sacudida hizo retumbar todo el avión cuando las ruedas golpearon el asfalto, con exactamente cinco horas y media de retraso sobre el horario previsto. Mientras el aparato desaceleraba ferozmente, Mark Warren, destrozado y harto, sentado en su estrecho asiento con el cinturón de seguridad clavándosele en la barriga, que, por otra parte, ya le dolía de comer demasiadas galletitas saladas y una musaka que lamentaba haber ingerido, echó una última mirada a las fotografías del Ferrari 360 presentadas en las pruebas de carretera de su revista Autocar.

«Te quiero, nena», pensó. «¡Te quiero tanto! ¡Sí, te quiero!»

Las luces de la pista de aterrizaje, borrosas por la lluvia torrencial, pasaron como una bala por delante de su ventana mientras el avión frenaba hasta alcanzar la velocidad de rodaje. La voz del piloto sonó por el intercomunicador, todo encanto y disculpas una vez más, para echarle la culpa a la niebla.

La puta niebla. El puto clima inglés. Mark soñaba con un Ferrari rojo, una casa en Marbella, una vida tumbado al sol y alguien con quien compartirla. Una mujer muy especial. Si el trato inmobiliario que había negociado en Leeds se concretaba, estaría un paso más cerca de la casa y el Ferrari. La mujer era otro tema.

Cansinamente, se desabrochó el cinturón, sacó el maletín de debajo del asiento y guardó la revista dentro. Luego se levantó, se mezcló con la marabunta de la cabina, se aflojó la corbata y cogió la gabardina del compartimento superior, demasiado cansado para preocuparse por su aspecto.

A diferencia de su socio, que siempre vestía con dejadez, Mark era, por lo general, muy exigente con su apariencia; pero del mismo modo que lucía el pelo rubio repeinado, llevaba ropa demasiado conservadora para sus veintiocho años; normalmente, estaba tan inmaculada que parecía nueva, recién salida de la tienda. Le gustaba imaginar que el mundo lo veía como un empresario aburguesado, pero, en realidad, en cualquier grupo de gente, siempre destacaba como el hombre que parecía estar allí para venderles algo.

Su reloj marchaba las 23.48. Encendió el móvil y éste cobró vida, pero antes de poder llamar, sonó el aviso de batería baja y la pantalla se apagó. Se lo guardó en el bolsillo. Ya era muy tarde, joder, demasiado tarde. Lo único que quería ahora era irse a casa a dormir.

Una hora después, entraba marcha atrás con su BMW X5 plateado en su plaza del aparcamiento subterráneo del edificio Van Alen. Cogió el ascensor al cuarto piso y entró en casa.

Había tenido que hacer un esfuerzo económico para comprar aquel lugar, pero le permitió subir un peldaño en el mundo. Era un edificio imponente, de estilo moderno, situado en el paseo marítimo de Brighton, con muchos inquilinos famosos. Tenía clase. Si vivías en el Van Alen eras alguien. Si eras alguien, quería decir que eras rico. Durante toda su vida, Mark había tenido ese único objetivo: ser rico.

Mientras cruzaba el gran salón abierto vio que la luz del contestador parpadeaba en el teléfono. Decidió no hacerle caso por el momento mientras dejaba el maletín y enchufaba el móvil en el cargador y luego fue directo al mueble bar y se sirvió un par de dedos de whisky Balvenié. Después, se acercó a la ventana y miró el paseo, que aún era un hervidero de gente, a pesar del tiempo y de lá hora. Más allá, vio las luces brillantes del Palace Pier y la oscuridad impenetrable del mar.

De repente, el móvil pitó. Un mensaje. Se acercó y miró la pantalla. «Mierda. ¡Catorce mensajes!»

Sin desconectarlo del cargador, marcó el número del buzón de voz. El primer mensaje era de Pete, a las siete de la tarde: le preguntaba dónde estaba. El segundo era de Robbo, a las ocho menos cuarto: amablemente le informaba de que se iban a otro pub, al Lamb at Ripe. El tercero, era de las ocho y media de Luke y Josh, con voz de borrachos, y se oía a Robbo al fondo: se iban del Lamb a un pub llamado Dragon, en Uckfield Road.

Los dos siguientes mensajes eran del agente inmobiliario, en relación con el trato de Leeds, y del abogado de su empresa.

El sexto era a las once y cinco de Ashley, que sonaba afligida. Su tono le asustó. Normalmente, Ashley era tranquila, imperturbable: «Mark, por favor, por favor, llámame en cuanto oigas el mensaje, por favor», le rogaba con su acento suave, claramente norteamericano.

Dudó y, luego, escuchó el siguiente mensaje. También era de Ashley. Ahora estaba muy nerviosa. Y el siguiente y el siguiente, con diez minutos de separación. El décimo mensaje era de la madre de Michael. También sonaba angustiada: «Mark, también te he dejado un mensaje en el teléfono de casa. Por favor, llámame en cuanto lo escuches, no importa la hora».

Mark pulsó la tecla de pausa. ¿Qué diablos había pasado?

La siguiente llamada volvía a ser de Ashley. Parecía estar al borde de la histeria: «Mark, ha habido un accidente terrible. Pete, Robbo y Luke han muerto. Josh está en la UCI conectado a una máquina que mantiene sus constantes vitales. Nadie sabe dónde está Michael. Dios santo, Mark, por favor, llámame en cuánto escuches el mensaje».

Mark reprodujo el mensaje de nuevo, apenas podía creer lo que acababa de oír. Mientras lo escuchaba otra vez, se dejó caer en el brazo del sofá.

– Dios mío.

Luego escuchó el resto de los mensajes. Más de lo mismo de Ashley y de la madre de Michael. «Llama. Llama. Llama, por favor.»

Apuró el whisky, luego se sirvió otro trago, tres dedos, y se dirigió a la ventana. A través del espectro de su reflejo, volvió a mirar el paseo, contempló el tráfico, luego el mar. Al fondo, hacia el horizonte, vio dos puntitos de luz, de un buque de carga o un petrolero que subía por el canal de la Mancha.

Estaba pensando.

«Yo también habría sufrido ese accidente si el vuelo hubiera salido a su hora.»

Sin embargo, pensó en más que eso.

Bebió un trago de whisky, luego se sentó en el sofá. Al cabo de unos momentos, el teléfono volvió a sonar. Se acercó y se quedó mirando la pantalla de identificación de llamada. El número de Ashley. Cuatro tonos, luego paró. Unos momentos después, sonó el móvil. Otra vez Ashley. Dudó, luego le dio al botón de finalización de llamada y la envió directamente al buzón de voz. Apagó el teléfono, se sentó, se recostó, levantó el reposapiés y meció el vaso entre las manos.

Los cubitos de hielo repicaron en el vaso; se dio cuenta de que le temblaban las manos; le temblaba todo por dentro. Se acercó al Bang and Olufsen y puso un CD recopilatorio de Mozart. Mozart siempre le ayudaba a pensar. De repente, tenía mucho en que pensar.

Volvió a sentarse y se quedó mirando el whisky, centrándose intensamente en los cubitos de hielo como si fueran runas. Había pasado más de una hora cuando descolgó el teléfono y marcó.

Capítulo 7

Los espasmos eran ahora más frecuentes. Juntando los muslos, aguantando la respiración y cerrando los ojos, Michael logró evitar orinarse en los pantalones. No podía permitirlo, no podía soportar pensar en cómo se reirían de él esos cabrones cuando volvieran y vieran que se había meado encima.

La claustrofobia comenzaba a afectarle de verdad. El satén blanco parecía encogerse en torno a él, acercándose más y más a su cara.

A la luz de la linterna, el reloj de Michael marcaba las 2.47.

Mierda.

¿A qué coño estaban jugando? Eran las dos y cuarenta y siete. ¿Dónde coño estaban? ¿Como una cuba en alguna discoteca?

Se quedó mirando el satén blanco. Le estallaba la cabeza, tenía la boca seca, las piernas bien juntas, intentando aplacar el dolor que le subía por el cuerpo desde la bufeta. No sabía cuánto tiempo más podría aguantar.

Frustrado, aporreó la tapa con los nudillos.

– ¡Eh! ¡Cabrones! -chilló.

Volvió a mirar el móvil: sin cobertura. No hizo caso, buscó el número de Luke y pulsó el botón de «Marcar». El aparato soltó un pitido agudo y en la pantalla apareció: «Sin conexión».

Luego buscó a tientas el walkie-talkie, lo encendió y volvió a decir los nombres de sus amigos. A continuación, llamó a esa otra voz que recordaba vagamente.

– ¿Davey? Hola, ¿Davey?

Sólo recibió el crujido de las interferencias.

Se moría por beber agua; tenía la boca árida y pastosa. ¿Le habían dejado agua? Levantó el cuello sólo los pocos centímetros que había disponibles antes de dar con la cabeza en la tapa, vio el destello de la botella y alargó la mano. Whisky Famous Grouse.

Desilusionado, rompió el precinto, desenroscó el tapón y bebió un trago. Por un momento, la sensación de saborear un líquido fue como un bálsamo; después, se volvió fuego y le quemó la boca y luego la garganta; pero casi al instante se sintió un poco mejor. Bebió otro trago, Aún se sintió un poco mejor y dio un tercer trago, largo, antes de volver a tapar la botella.

Cerró los ojos. Parecía que le pasaba un poquitín el dolor de cabeza. Las ganas de mear remitían.

– Cabrones… -murmuró.

Capítulo 8

Ashley parecía un fantasma. Su largo pelo castaño enmarcaba un rostro tan pálido como el de los pacientes que estaban tumbados en las camas de la sala que tenía detrás, entre un bosque de respiradores, goteros y monitores. Estaba apoyada en el mostrador de la recepción de la sala de enfermeras en la UCI del hospital del condado de Sussex. Su vulnerabilidad hacía que estuviera más guapa que nunca, a los ojos de Mark.

Embotado tras pasar la noche en vela, vestido con un traje fino y unos mocasines negros Gucci inmaculados, se acercó a ella, la rodeó con los brazos y la abrazó con fuerza. Miró una máquina expendedora, un dispensador de agua y un teléfono público con una pequeña cúpula de plástico. Los hospitales siempre le ponían los pelos de punta. Le sucedía desde que fue a visitar a su padre, que había sufrido un ataque al corazón casi mortal, y vio a aquel hombre tan fuerte en su día con un aspecto tan frágil, tan patético, inútil y asustado. Estrechó a Ashley tanto por sí mismo como por ella. Cerca de su cabeza, un cursor parpadeaba en una pantalla de ordenador verde.

Ella se agarró a él como si fuera un mástil solitario en un océano zarandeado por la tormenta.

– Oh, Mark, gracias a Dios que estás aquí.

Una enfermera estaba ocupada al teléfono; daba la impresión de que hablaba con un familiar de alguien de la unidad. La otra de detrás del mostrador, cerca de ellos, tecleaba algo en un ordenador.

– Es terrible -dijo Mark-. No me lo puedo creer.

Ashley asintió, tragando saliva con fuerza.

– Si no hubiera sido por la reunión, habrías estado…

– Lo sé. No dejo de pensarlo. ¿Cómo está Josh?

El pelo de Ashley olía a recién lavado y su aliento ligeramente a ajo, algo que apenas notó. Las chicas habían celebrado su despedida de soltera anoche, en algún restaurante italiano.

– No está bien. Zoe está con él.

Señaló y Mark siguió la línea de su dedo, a través de varias camas, de respiradores que silbaban y del parpadeo de las pantallas digitales, hasta el fondo de la sala, donde vio a la mujer de Josh sentada en una silla. Llevaba una sudadera blanca y pantalones anchos, tenía el cuerpo encorvado y los rizos rubios desgreñados le tapaban la cara.

– Michael aún no ha aparecido. ¿Dónde está, Mark? Seguro que lo sabes, ¿no?

Cuando la enfermera concluyó la llamada, sonó el teléfono y se puso a hablar de nuevo.

– No tengo ni idea -dijo-. No tengo la menor idea.

Ashley lo miró ahora con dureza.

– Pero llevabais semanas planeándolo. Lucy dice que ibais a vengaros de Michael por todas las bromas que les gastó a los otros antes de que se casaran.

Mientras se separaba de él un paso, apartándose el pelo de la frente, Mark vio que se le había corrido el rímel. Ashley se secó los ojos con la manga.

– Quizá los chicos cambiaran de opinión en el último momento -dijo-. Se les ocurrieron toda clase de ideas, claro, como echarle algo en la bebida y meterlo en un avión a algún sitio, pero logré convencerles de que no lo hicieran; al menos eso creía yo.

Ashley esbozó una sonrisa tenue de agradecimiento. Él se encogió de hombros.

– Sabía lo preocupada que estabas, ya sabes, por si hacíamos alguna estupidez.

– Lo estaba, estaba preocupadísima. -Miró a la enfermera, luego se sorbió la nariz-. Entonces, ¿dónde está?

– ¿Seguro que no estaba en el coche?

– Segurísimo. He llamado a la policía. Me han dicho que…, me han dicho…, me han… -Se echó a llorar.

– ¿Qué te han dicho?

– Que no pueden hacer nada -le espetó en un estallido de rabia.

Sollozó un poco más, esforzándose por contenerse.

– Dicen que han inspeccionado a fondo la escena del accidente y que no hay rastro de él y que seguramente estará durmiendo la mona en algún lugar.

Mark esperó a que se calmara, pero Ashley siguió llorando.

– Quizá sea verdad.

Ashley negó con la cabeza.

– Me prometió que no se emborracharía. -Mark la miró. Al cabo de un momento, Ashley asintió-. Era su despedida de soltero, ¿verdad? Eso es lo que hacéis los tíos en las despedidas de soltero, ¿no? Cogeros un pedo.

Mark bajó la mirada a las losetas de moqueta gris.

– Vamos a ver a Zoe -le dijo.

Ashley le siguió por la sala, unos metros por detrás de él. Zoe era una belleza esbelta; a Mark aún se lo pareció más cuando le puso la mano en el hombro y notó el hueso duro debajo del tejido suave de su sudadera de diseño.

– Dios santo, Zoe, lo siento.

Ella le dio las gracias encogiéndose de hombros levemente.

– ¿Cómo está?

Mark esperaba que la preocupación en su voz sonara auténtica.

Zoe volvió la cabeza y lo miró, los ojos rojos, las mejillas casi translúcidas sin maquillaje, surcadas de lágrimas.

– No pueden hacer nada -dijo-. Le han operado y ahora sólo podemos esperar.

Tenía conectados dos bombas de infusión que le administraban antibióticos por vía intravenosa, tres goteros y un respirador, que emitía un silbido constante, suave y estremecedor. Una serie de datos y líneas onduladas cambiaban continuamente en el monitor de la máquina.

El tubo que salía de la boca de Josh acababa en una pequeña bolsa con una llave al final, llena hasta la mitad de un líquido oscuro. Había un montón de tubos con etiquetas amarillas allí donde dejaban las bombas y los goteros y con etiquetas blancas escritas a mano en el otro extremo. De debajo de las sábanas y de la cabeza de Josh, salían cables que alimentaban las pantallas digitales y los gráficos con fluctuaciones. La piel que Mark podía ver era del color del alabastro. Su amigo parecía un experimento de laboratorio.

Mark apenas miró a Josh. Miraba las pantallas, intentando interpretarlas, averiguar qué decían. Intentaba recordar, de cuando estuvo en aquella misma sala junto a su padre moribundo, cuál era el electrocardiograma, cuál el oxígeno en sangre, cuál la tensión, y qué significaban. Y leía las etiquetas de los goteros. Manitol. Pentastarch. Morfina. Midazolam. Noradrenalina. Y pensaba. Josh siempre lo había tenido todo. Un buen físico, unos padres ricos. El perito tasador de seguros, siempre calculando, planificando su vida, hablando eternamente de planes a cinco años, a diez años, de objetivos vitales. Fue el primero de la pandilla en casarse, puesto que quería tener hijos pronto y ser aún joven para disfrutar de la vida cuando éstos fueran mayores. Casarse con la esposa perfecta, la querida niña rica Zoe, totalmente fértil, le permitió hacer realidad su plan. Le había dado dos niños igualmente perfectos, uno detrás del otro.

Mark repasó rápidamente la sala, fijándose en las enfermeras, los médicos, marcando sus posiciones. Luego, sus ojos se posaron en los goteros que entraban en el cuello de Josh y en el dorso de su mano, justo detrás de la etiqueta de plástico con su nombre. Después, pasaron al respirador. Luego, subieron hasta el electrocardiógrafo. Se oirían pitidos de aviso si bajaba demasiado el ritmo cardiaco o el nivel de oxígeno en sangre.

Que Josh sobreviviera sería un problema; se había pasado despierto la mayor parte de la noche pensando en eso y había llegado a la conclusión, a regañadientes, de que se trataba de una opción que no podía contemplar.

Capítulo 9

Roy Grace siempre tenía la sensación de que la sala número uno del juzgado de Lewes había sido diseñada para intimidar e impresionar. No tenía una categoría superior al resto de las salas del edificio, pero parecía como si la tuviera. De estilo georgiano, el techo era alto y abovedado, contaba con una tribuna para el público en las alturas, paredes con paneles de roble, bancos de roble oscuro y un estrado con balaustrada. En estos momentos, presidía el tribunal el juez Driscoll, con peluca, ya caduco, sentado, medio dormido, en una silla de respaldo rojo vivo, debajo del escudo de armas con la leyenda: «Dieu et mon droit». El lugar parecía un escenario de teatro y olía como una vieja aula de colegio.

Grace estaba en el estrado, vestido pulcramente, como siempre que comparecía ante un juez: con traje azul, camisa blanca, corbata sombría y zapatos con cordones negros brillantes; tenía buen aspecto por fuera, pero por dentro se sentía andrajoso. En parte, se debía a la falta de sueño por la cita de anoche -que había sido un desastre- y en parte a los nervios. Sujetando la Biblia con una mano, recitó el juramento intranquilo, mirando a su alrededor, captando la escena, y juró por enésima vez en su carrera, por Dios todopoderoso, decir la verdad, toda la verdad y nada más la verdad.

El jurado tenía el mismo aspecto que todos los jurados: una panda de turistas tirados en una estación de autobús. Un grupo desaliñado y heterogéneo, con jerséis de colores chillones, camisas con el cuello abierto y blusas arrugadas debajo de un mar de rostros inexpresivos, pálidos todos, ordenados en dos filas, detrás de jarras de aguas, vasos y un fajo desordenado de hojas sueltas con notas. Sin orden ni concierto, apilados al lado del juez, había un vídeo, un proyector de diapositivas y una enorme grabadora. Debajo, la taquígrafa observaba remilgadamente desde detrás de una serie de aparatos electrónicos. Un ventilador eléctrico sobre una silla giraba hacia la derecha, luego hacia la izquierda, pero no ejercía un gran impacto sobre el ambiente bochornoso de última hora de la tarde. Nada como un juicio por asesinato para atraer a la clientela. Y aquél era el juicio del año en la ciudad.

El gran triunfo de Roy Grace.

Suresh Hossain, un hombre rollizo con la cara picada de viruela y pelo liso peinado hacia atrás, estaba sentado en el banquillo de los acusados, vestido con un traje marrón de raya diplomática y corbata de satén color púrpura. Observaba el procedimiento con mirada lacónica, como si aquel lugar fuera suyo y todo el juicio hubiera sido preparado para su entretenimiento personal. Canalla, cerdo, casero especulador. Había sido intocable durante una década, pero ahora Roy Grace por fin le había pillado con las manos en la masa: conspiración para asesinar. Su víctima, un competidor igualmente sucio, Raymond Cohen. Si este juicio iba como tenía que ir, a Hossain iban a caerle más años de los que viviría y varios cientos de ciudadanos honrados de Brighton y Hove podrían disfrutar de la vida en sus casas, libres de la sombra horrible de los secuaces de Hossain, que convertían cada una de sus horas en un infierno.

Su mente recordó la noche anterior. «Claudine. Claudine gilipollas Lamont.» Vale, no ayudó que llegara una hora y cuarenta y cinco minutos tarde a la cita; pero tampoco que la fotografía de la página web estuviera, siendo generosos, diez años desfasada; tampoco que hubiera omitido en la información sobre sí misma que era vegetariana estricta, que no fumaba, que odiaba a los policías y que su único interés en la vida parecían ser sus nueve gatos rescatados de la calle.

A Grace le gustaban los perros. No tenía nada en especial en contra de los gatos, pero aún no había conocido ninguno con el que conectara igual que conectaba casi al instante con cualquier perro. Después de dos horas y media en un depresivo restaurante vegetariano de Guildford, sermoneado e interrogado alternativamente sobre el espíritu libre de los gatos, la naturaleza opresiva de la policía británica y los hombres que veían a las mujeres únicamente como un objeto sexual, había sido un alivio poder escapar.

Ahora, después de una noche de sueño agitado e intermitente y de pasar el día paseando arriba y abajo a la espera de que lo llamaran, estaba a punto de que volvieran a interrogarlo. Continuaba lloviendo, pero el ambiente era mucho más caluroso y húmedo. Grace notaba que el sudor le bajaba por la espalda.

El prestigioso abogado defensor, que había sorprendido al tribunal al citarlo como testigo, tenía ahora la palabra. Se había levantado: pose arrogante, peluca gris corta, toga negra larga, boca fruncida en una sonrisa cálida. Se llamaba Richard Charwell, y era un letrado de primera clase. Grace lo conocía de antes y no había sido una experiencia agradable. Detestaba a los abogados. Para ellos, los juicios eran un juego. Nunca tenían que salir a la calle y arriesgar su vida para atrapar a los malos. Y les importaba un comino qué delitos se habían cometido.

– ¿Es usted el comisario Roy Grace, destinado en la central del Departamento de Investigaciones Criminales en Sussex House, Hollingbury, Brighton? -le preguntó el abogado.

– Sí -contestó Grace.

En lugar de su voz segura de siempre, la respuesta había salido por el lado equivocado de su garganta y sonó más como un graznido.

– ¿Y ha tenido relación con este caso?

– Sí. -Otro sonido entrecortado salió de su boca seca.

– Voy a interrogar al testigo.

Hubo una pausa breve. Nadie habló. Richard Charwell había captado la atención de toda la sala. Era un actor consumado con un físico distinguido y, antes de volver a hablar, se quedó callado para causar efecto; un cambio repentino en el tono sugirió que ahora se había convertido en el nuevo mejor amigo de Roy Grace.

– Comisario, me pregunto si podría ayudarnos con un tema en concreto. ¿Tiene conocimiento de la existencia de un zapato relacionado con este caso? ¿Un mocasín marrón de piel de cocodrilo con una cadena de oro?

Grace lo miró unos instantes antes de responder.

– Sí.

De repente, sintió una punzada de pánico. Antes incluso de que el abogado pronunciara sus siguientes palabras, tuvo la horrible impresión de saber adónde iría a parar todo aquello.

– ¿Va a decirnos a quién les condujo este zapato, comisario, o quiere que se lo saque yo?

– Bueno, señor, no estoy muy seguro de adónde quiere ir a parar.

– Comisario, creo que sabe muy bien adónde quiero ir a parar.

El juez Driscoll, con el mal humor de un hombre a quien han interrumpido la siesta, intervino.

– Señor Charwell, tenga la bondad de ir al grano. No tenemos todo el día.

– Muy bien, señoría -respondió el abogado empalagosamente. Luego se volvió hacia Grace-. Comisario, ¿no es verdad que usted ha manoseado una prueba vital para este caso? ¿Este zapato, concretamente?

El abogado lo cogió de la mesa de pruebas y lo levantó para que toda la sala lo viera, como habría alzado un trofeo deportivo que acabara de ganar.

– Yo no diría que lo manoseé -respondió Grace, enfadado por la arrogancia del hombre, pero igualmente consciente de que ésa era la estrategia del abogado, ponerlo tenso, enfurecerlo.

Charwell bajó el zapato, pensativo.

– Vaya, entiendo, ¿no considera que lo ha manoseado? -Sin esperar a que Grace respondiera, prosiguió-: En mi opinión, ha abusado usted de su posición al coger la prueba y llevarla a un especialista en artes oscuras. -Volviéndose hacia el juez Driscoll, continuó-. Señoría, mi intención es demostrar a este tribunal que la prueba de ADN que se ha obtenido de este zapato no es fiable, porque el comisario Grace ha alterado la continuidad y provocado una posible contaminación de esta prueba vital. -Se volvió de nuevo hacia Grace-. ¿Tengo razón, verdad, comisario, al decir que el jueves 9 de marzo del presente año llevó este zapato a la señora Stempe, una supuesta médium de Hastings? ¿Y supongo que vamos a oírle decir que este zapato ha estado en otro mundo? ¿Un mundo bastante etéreo?

– Tengo una opinión muy buena de la señora Stempe -dijo Grace-. Es…

– No nos interesan sus opiniones, comisario, sólo los hechos.

Pero aquello pareció despertar la curiosidad del juez.

– Creo que sus opiniones son perfectamente relevantes en este tema.

Al cabo de unos momentos de enfrentamiento silencioso entre el abogado defensor y el juez, Charwell dio a regañadientes su conformidad asintiendo con la cabeza. Grace continuó.

– Me ha ayudado en diversas investigaciones en el pasado. Hace tres años, Mary Stempe me dio la información suficiente que me permitió identificar a un sospechoso de asesinato, lo cual condujo a su inmediata detención y posterior condena. -Dudó, consciente de las miradas intensas de todos los presentes en la sala, luego siguió hablándole al abogado-. ¿Puedo responder a su preocupación por la continuidad de la prueba, señor? Si hubiera revisado los informes, algo a lo que tiene derecho, y mirado el envoltorio, habría visto que en la etiqueta figuran mi firma y las fechas correspondientes a los días en que la cogí y la devolví. La defensa tiene conocimiento de esta prueba desde el principio; fue encontrada delante de la casa del señor Cohen la noche en la que desapareció, y nunca ha solicitado examinarla.

– Entonces, recurre habitualmente a las artes oscuras en su trabajo como agente de policía de alto rango, ¿verdad, comisario Grace?

Se oyó una risita que recorrió la sala.

– Yo no lo llamaría artes oscuras -dijo Grace-. Más bien diría que es un recurso alternativo. La policía tiene la obligación de utilizar todo lo que esté a su disposición para intentar resolver un caso.

– ¿Así que sería justo decir que es un hombre de lo oculto? ¿Alguien que cree en lo sobrenatural? -preguntó el abogado.

Grace miró al juez Driscoll, que le miraba como si fuera él a quien estaban juzgando ahora en aquella sala. Intentando buscar desesperadamente una respuesta adecuada, lanzó una mirada al jurado, luego al público de la tribuna, antes de volver a mirar al abogado. Y, de repente, se le ocurrió.

La voz de Grace subió un tono, más estridente, más segura de repente.

– ¿Qué es lo primero que este tribunal me ha pedido hacer cuando he subido al estrado? -preguntó. Antes de que el abogado pudiera responder, Grace lo hizo por él-: Jurar sobre la Biblia. -Se quedó callado para que la frase calara-. Dios es un ser sobrenatural, el ser sobrenatural supremo. En un tribunal que acepta que los testigos juren por un ser sobrenatural, sería extraño que yo y todos los demás presentes en esta sala no creyeran en lo sobrenatural,

– No tengo más preguntas -dijo el abogado, que volvió a sentarse.

El fiscal, que también llevaba peluca y toga de seda, se levantó y se dirigió al juez Driscoll.

– Señoría, este tema quiero tratarlo a puerta cerrada.

– Es bastante insólito -respondió el juez Driscoll-, pero me satisface que lo hayamos tratado de forma adecuada. Sin embargo -dijo volviendo los ojos hacia Grace-, sería de esperar que los casos que se juzgan en mi sala se basaran en pruebas sólidas más que en palabras de parapsicólogos.

Casi toda la sala estalló en una carcajada.

El juicio avanzó y llamaron a otro testigo de la defensa, un cobrador de extorsiones, que trabajaba para Suresh Hossain, llamado Rubiro Valiente. Roy Grace se quedó a escuchar mientras el italiano de los bajos fondos contaba una sarta de mentiras que el fiscal fue desmontando rápidamente una a una. Cuando llegó el receso de la tarde, la sala estaba tan convulsa por la audacia de las mentiras, que Roy Grace comenzó a albergar la esperanza de que el tema del zapato hubiera quedado ensombrecido.

Sus esperanzas se vinieron abajo cuando salió a la calle mayor de Lewes a tomar el aire y comer un sándwich. En la acera de enfrente, el titular del periódico de la ciudad, el Argus, gritaba al mundo: «Agente de policía admite prácticas ocultistas».

De repente, le entraron unas ganas terribles de tomarse una copa y fumarse un cigarrillo.

Capítulo 10

El hambre no desaparecería por mucho que Michael intentara apartarla de su mente. Su estómago se lo recordaba con un dolor constante y apagado, como si algo lo royera por dentro. Estaba mareado y le temblaban las manos. No dejaba de pensar en comida, en hamburguesas jugosas con patatas gruesas y kétchup. Cuando consiguió no pensar en eso, el olor a langostas a la brasa le sorprendió; luego maíz asado; champiñones con ajo a la parrilla; huevos fritos; salchichas; beicon chisporroteante.

La tapa le presionaba la cara y volvió a entrarle el pánico; absorbía el aire y lo engullía con avidez. Cerró los ojos, intentó imaginar que se encontraba bien, que estaba en algún lugar cálido, en su yate, en el Mediterráneo, con las olas rompiendo a su alrededor, las gaviotas en el cielo, el aire balsámico del Mediterráneo; pero las paredes del ataúd se estrechaban. Lo comprimían. Cogió la linterna, que descansaba sobre su pecho, y la encendió; las pilas estaban débiles y se consumían deprisa. Con dedos temblorosos, desenroscó con cuidado el tapón de la botella de whisky y se acercó el cuello a los labios. Luego, bebió un trago breve y se enjuagó la boca seca y pegajosa con el líquido, alargando cada gota al máximo, saboreando cada segundo. El pánico remitió y comenzó a respirar más lentamente.

Sólo unos minutos después de tomar el trago, después de que desapareciera la sensación cálida y abrasadora que le bajó por la garganta y se asentó en su estómago, volvió a concentrarse en la tarea de enroscar el tapón. Le quedaba media botella. Un trago por hora, a la hora en punto. Rutina.

Apagó la linterna para ahorrar los últimos coletazos de energía. Todos los movimientos suponían un esfuerzo. Tenía las extremidades agarrotadas y tembló de frío un momento, luego comenzó a notarse un sudor pegajoso y febril. La cabeza le estallaba y le estallaba. Se moría de ganas de tomar un paracetamol; se moría por oír ruido arriba, por oír voces. Por salir.

Comida.

Por alguna especie de milagro, las pilas del walkie-talkie eran las mismas que las de la linterna. Al menos, las tenía de reserva. Al menos había una buena noticia. La única buena noticia. Y la otra era que dentro de una hora podría tomar otro trago de whisky.

La rutina mantenía a raya los ataques de pánico.

Si tenías una rutina, no te volvías loco. Cinco años atrás, había formado parte de la tripulación de una balandra de doce metros de eslora que había cruzado el Atlántico, de Chichester a Barbados. Veintisiete días en el mar. Durante quince, tuvieron un vendaval en la proa que no bajó ni una sola vez de fuerza siete y que, a veces, alcanzó fuerza diez y once. Quince días infernales. Guardias cada cuatro horas. Al romper una y otra vez, las olas sacudían todos los huesos de su cuerpo, las cadenas resonaban, las argollas golpeaban los tablones y las jarcias, los cuchillos, tenedores y platos repiqueteaban en el armario. Habían sobrevivido gracias a la rutina. Habían organizado los días en grupos de horas, y luego, espaciado esas horas con pequeños lujos. Tabletas de chocolate. Tragos de bebida. Páginas de una novela. Vistazos a la brújula. Turnos para bombear las sentinas.

La rutina te daba estructura. La estructura te daba perspectiva. Y la perspectiva te daba un horizonte.

Cuando mirabas al horizonte, te tranquilizabas.

Ahora contaba cada hora con un traguito de whisky. Le quedaba media botella y su horizonte era la manecilla de las horas de su reloj. El reloj que Ashley le había regalado, un Longines de plata con números romanos que brillaban. Era el reloj con más clase que había llevado nunca. Ashley tenía un gusto exquisito. Tenía clase. Todo en ella era estilo, las ondas de su largo cabello castaño, su forma de caminar, la seguridad con la que hablaba, su belleza clásica. Le encantaba entrar en los sitios con ella. En cualquier lugar. Los ojos se volvían, la miraban. Dios santo, ¡le encantaba! Tenía algo especial. Absolutamente único.

Su madre también lo decía y, por lo general, nunca le gustaban sus novias; pero Ashley era distinta. Ashley se había trabajado a su madre y la había seducido. Era otra de las cosas que le gustaba de ella, que podía cautivar a cualquiera. Incluso al cliente más apático. Se enamoró de ella el mismo día que entró en el despacho que compartía con Mark, para una entrevista de trabajo. Ahora, tan sólo seis meses después, iban a casarse.

Le picaban un horror la entrepierna y los muslos. Tenía las nalgas irritadas. Su vejiga había cedido hacía tiempo. Ya habían pasado veintiséis horas.

Algo debía de haber ocurrido, pero no tenía ni idea de qué. Veintiséis putas horas gritando por el walkie-talkie, marcando números en su móvil y recibiendo el mismo puto mensaje: «Sin servicio».

Martes. Ashley quería que la despedida de soltero fuera mucho antes de la boda: «Te emborracharás y estarás hecho una mierda. No quiero que te sientas así el día de nuestra boda. Celébralo a principios de semana para que te dé tiempo a recuperarte».

Empujó hacia arriba con las manos por enésima vez. Quizá por enésima vez más una. Quizás incluso por enésima vez más mil. Daba igual. Ya había intentado hacer un agujero en la tapa con la única herramienta que tenía: la caja del walkie-talkie. El móvil y la linterna eran de plástico; pero la caja tampoco era lo bastante dura.

Volvió a encender el walkie-talkie.

– ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Hola?

Aparecieron las interferencias.

Se le ocurrió un pensamiento oscuro. ¿Estaba Ashley al tanto de todo esto? ¿Ésa era la razón por la que había insistido tanto en que celebrara su despedida de soltero a principios de semana, el martes? ¿Para que pudiera estar aquí encerrado -estuviera donde estuviera- durante veinticuatro horas enteras, más, y no supusiera ningún problema?

Imposible. Ella sabía que era claustrofóbico y no tenía ni un ápice de crueldad en su cuerpo. Siempre pensaba primero en los otros, siempre pensaba en las necesidades de los demás.

La cantidad de regalos que había comprado para su madre y para él le dejó estupefacto. Todo era exquisitamente adecuado. Para ella, su perfume preferido; un CD de su cantante preferido, Robbie Williams; un jersey de cachemira que anhelaba. Para él, una radio Bose que deseaba. ¿Cómo había averiguado Ashley todas esas cosas? Era una habilidad suya, un don, sólo uno de la lista interminable de atributos que la convertían en una persona tan especial.

Y que lo convertían a él en el hombre más afortunado del mundo.

La luz de la linterna se debilitó perceptiblemente. La volvió a apagar para ahorrar pilas y se quedó quieto en la oscuridad otra vez. Oyó que se le aceleraba la respiración. ¿Y si? ¿Y si no volvían nunca?

Eran casi las 23.30. Esperó, con la esperanza de escuchar unas voces que le dijeran que sus amigos habían vuelto.

Dios santo, cuando saliera de allí iban a acordarse. Volvió a mirar el reloj. Las doce menos veinticinco. Llegarían pronto, en cualquier momento, ya.

Tenían que llegar.

Capítulo 11

Sandy se puso delante de él, sonriendo, tapándole la luz a propósito para provocarle. Su cabello rubio colgaba a cada lado de su rostro pecoso y le rozaba las mejillas.

– ¡Eh! Tengo que leer… este informe… Yo…

– Qué aburrido eres, Grace. ¡Siempre tienes que leer! -Le dio un beso en la frente-. ¡Leer, leer, leer, trabajar, trabajar, trabajar! -Le dio otro beso en la frente-. ¿Es que ya no te gusto?

Llevaba un vestido de tirantes brevísimo, los pechos casi sobresalían por el escote; vislumbró sus piernas largas y bronceadas, el dobladillo a la altura de los muslos, y, de repente, se puso cachondo.

Extendió los brazos para cogerle la cara, la acercó a él, miró esos ojos azules y confiados y se sintió increíble, intensa, profundamente enamorado de ella.

– Te adoro -le dijo.

– ¿Sí, Grace? -dijo ella, coqueteando-. ¿De verdad me adoras más que a tu trabajo? -le preguntó, y echó la cabeza hacia atrás e hizo un mohín con los labios, socarronamente.

– Te quiero más que a nada en el…

De repente, oscuridad. Como si alguien hubiera apagado la luz.

Grace oyó el eco de su voz en el aire frío y vacío.

– ¡Sandy! -gritó, pero el sonido quedó atrapado en su garganta.

La luz del sol se transformó en un débil resplandor naranja; el alumbrado de la calle se filtraba por las cortinas del dormitorio.

La pantalla del reloj digital marcaba las 3.02.

Estaba sudando y tenía los ojos muy abiertos y el corazón desbocado en el pecho, como una boya en una tormenta. Oyó un golpeteo de un cubo de basura: un gato o un zorro que escarbaban. Al cabo de unos momentos, oyó el motor de un diesel, seguramente sería el vecino que vivía tres puertas más abajo; conducía un taxi y trabajaba hasta tarde.

Durante algunos momentos, se quedó quieto. Cerró los ojos, calmó la respiración e intentó volver a dormirse, aferrándose tanto como pudo al recuerdo. Como todos los sueños recurrentes que tenía sobre Sandy, le pareció muy real. Como si aún estuvieran juntos, pero en una dimensión distinta. Si pudiera encontrar el modo de localizar la puerta y cruzarla, volverían a estar juntos de verdad, estarían bien, serían felices.

Tan felices, maldita sea.

Una gran tristeza se apoderó de él. Luego se convirtió en terror, cuando comenzó a recordar. El periódico. Ese maldito titular de anoche en el Argus. Lo estaba recordando todo. Dios. Dios mío. ¿Qué diablos iban a decir los periódicos de la mañana? Podía hacer frente a las críticas, pero enfrentarse al ridículo era más complicado. Ya había aguantado palos de varios agentes por sus escarceos con lo sobrenatural. El anterior jefe de policía, que también sentía una curiosidad genuina por lo paranormal, le había advertido de que expresar sus intereses abiertamente podía perjudicar sus perspectivas de ascenso:

– Todo el mundo sabe que eres un caso especial, Roy, por haber perdido a Sandy. Nadie va a criticarte por remover cielo y tierra. Todos haríamos lo mismo si estuviéramos en tu lugar, pero tienes que mantener esto en el ámbito privado, no puedes traértelo al trabajo.

En ocasiones, pensaba que la estaba olvidando, que volvía a ser fuerte. Luego se producían momentos como éste, en los que se daba cuenta de que apenas había avanzado. Sólo deseaba desesperadamente haber podido abrazarla, acurrucarla, hablar del problema. Sandy era de esas personas que veían el vaso medio lleno, siempre positiva y muy sensata. Le había ayudado a enfrentarse a un tribunal disciplinario en sus primeros tiempos en el cuerpo, debido a un caso que podría haber acabado con su carrera. La Autoridad policial de quejas y demandas lo había acusado de uso de fuerza excesiva en la detención de un atracador. Lo habían exculpado, en gran parte por seguir los consejos de Sandy. Ella habría sabido exactamente qué debía hacer ahora.

A veces, se preguntaba si estos sueños eran intentos de Sandy de comunicarse con él. Desde donde estuviera.

Jodie, su hermana, le decía que había llegado el momento de seguir adelante, que tenía que aceptar que Sandy estaba muerta, sustituir su voz del contestador, sacar su ropa del dormitorio y sus cosas del baño. En resumen -y Jodie podía resumir mucho-, dejar de vivir en esa especie de santuario de Sandy; empezar de nuevo.

Pero ¿cómo podía seguir adelante? ¿Y si Sandy estaba viva y algún maniaco la retenía contra su voluntad? Tenía que seguir buscando, seguir con el expediente abierto, seguir actualizando las fotografías que mostraban qué aspecto tendría ahora, seguir examinando todos los rostros con los que se cruzaba por la calle o veía entre la multitud. Continuaría hasta…

Hasta que lo resolviera.

La mañana de su treinta cumpleaños, Sandy lo despertó con una bandeja en la que había una tarta minúscula con una sola vela, una copa de champán y una tarjeta de cumpleaños muy guarra. Abrió los regalos que le dio y luego, hicieron el amor. Él se marchó de casa más tarde de lo habitual, a las nueve y cuarto, y llegó a su despacho de Brighton tarde a una reunión informativa sobre un caso de asesinato. Había prometido volver a casa temprano, salir a cenar para celebrarlo con otra pareja: su mejor amigo en aquella época, Dick Pope, quien también era detective, y su mujer, Leslie, con la que Sandy se llevaba bien; pero fue un día ajetreado y llegó a casa casi dos horas más tarde de lo planeado. No había rastro de Sandy.

Al principio, pensó que se había enfadado con él por haber llegado tan tarde y que así expresaba su protesta. La casa estaba ordenada, su coche y su bolso no estaban y no había señales de lucha.

Luego, veinticuatro horas después, encontraron su coche en el parquin de estacionamiento limitado del aeropuerto de Gatwick. Se habían realizado dos transacciones con su tarjeta de crédito la mañana de su desaparición, una de 7,50 libras en un Boots y otra de 16,42 en gasolina en el Tesco de la ciudad. No se había llevado ropa ni ningún otro tipo de pertenencia.

Sus vecinos de la tranquila calle residencial donde vivían, justo detrás del paseo marítimo, no habían visto nada. En la casa de al lado, habitaba una familia griega alegre y simpática que regentaba un par de cafeterías en la ciudad, pero estaban de vacaciones, y al otro lado vivía una anciana viuda con problemas de oído, que dormía con el televisor encendido a todo volumen. Ahora mismo, a las cuatro menos cuarto de la madrugada, oía una serie de policías americana a través de la pared medianera que separaba sus casas pareadas. Las pistolas disparaban, los neumáticos chirriaban, las sirenas ululaban. La anciana no había visto nada.

La única persona que podía haber observado algo era Noreen Grinstead, la vecina de enfrente. Era una mujer de sesenta años, nerviosa, a quien no se le escapaba ningún detalle y que conocía la vida de todo el mundo que vivía en aquella calle. Cuando no se ocupaba de su marido, Lance, que cada día estaba peor de su alzhéimer, salía siempre al jardín con los guantes de goma amarillos a lavar su Nissan plateado o a regar y fregar la entrada, o las ventanas de la casa, o cualquier otra cosa que hubiera que lavar o no. Incluso sacaba cosas de la casa para limpiarlas en la entrada.

Muy poco escapaba a su vista; pero, de algún modo, la desaparición de Sandy sí lo hizo.

Grace encendió la luz, se levantó de la cama y se detuvo a mirar la fotografía de él y de Sandy que había sobre el tocador. Estaba tomada en un hotel de Oxford durante una conferencia sobre huellas de ADN, unos meses antes de que desapareciera. Él estaba recostado en una chaise-longue, vestido con traje y corbata. Sandy, con un traje de noche, estaba apoyada en él, con el pelo recogido en tirabuzones rubios, ofreciéndole su eterna sonrisa incontenible a un camarero al que habían secuestrado para que les sacara la foto.

Se acercó, cogió el marco, dio un beso a la fotografía, luego la dejó otra vez en su sitio y fue al baño a orinar. Levantarse en mitad de la noche a mear era un achaque reciente, resultado de la manía saludable que había adquirido: beber los ocho vasos de agua recomendados como mínimo al día. Luego fue abajo, vestido sólo con la camiseta que usaba para dormir.

Sandy tenía muy buen gusto. La casa era modesta, como todas las de esa calle, una vivienda adosada de tres habitaciones imitación estilo tudor, construida en los años treinta, pero ella la había embellecido. Le encantaba hojear los suplementos dominicales de las revistas femeninas y de diseño, y arrancaba páginas y le enseñaba ideas. Se habían pasado juntos horas, despegando el papel de las paredes, lijando el suelo, barnizando, pintando.

Sandy se había aficionado al feng shui y construyó un pequeño jardín acuático. Llenó la casa de velas. Compraba comida orgánica siempre que podía. Pensaba en todo, lo cuestionaba todo, le interesaba todo, y eso, a Grace, le encantaba. Fueron buenos tiempos, en los que construyeron su futuro, consolidaron su vida de pareja e hicieron todos sus planes.

También era buena jardinera. Entendía de flores, plantas, arbustos, matas, árboles. Sabía cuándo plantar, cómo podar. A Grace le gustaba cortar el césped, pero ahí acababan sus habilidades. Ahora el jardín estaba descuidado y se sentía culpable por ello; a veces, se preguntaba qué diría Sandy si volvía.

Su coche aún estaba en el garaje. Los forenses lo habían examinado con lupa después de que lo recuperaran. Luego, lo había llevado a casa y metido en el garaje. Durante años, había mantenido la batería cargada, sólo por si acaso… Asimismo, tenía sus zapatillas en el suelo del dormitorio, su bata colgada en su percha, su cepillo de dientes en el vaso.

Esperaba su regreso.

Muy despierto, se sirvió dos dedos de Glenfiddich, luego se sentó en su sillón blanco en el salón blanco con suelo de madera y pulsó el mando a distancia. Pasó por tres películas seguidas, luego por un montón más de canales de Sky, pero nada logró atraer su atención más de unos pocos minutos. Puso música, cambió inquietamente de los Beatles a Miles Davis o a Sophie Ellis-Bextor, luego volvió al silencio.

Cogió uno de sus libros preferidos, The Occult, de Colin Wilson, de las hileras de libros sobre temas paranormales que llenaban cada centímetro de sus estanterías, luego volvió a sentarse y pasó las páginas con apatía, bebiendo tragos de whisky, incapaz de concentrarse en más de un par de párrafos.

Ese maldito abogado defensor pavoneándose hoy por la sala le había puesto de los nervios y ahora se pavoneaba dentro de su cabeza. El puto Richard Charwell. Maldito cabrón pedante. Peor, Grace sabía que el hombre le había ganado en astucia. En habilidad y astucia. Y eso dolía de verdad.

Volvió a coger el mando a distancia y puso las noticias del teletexto. No había nada aparte de las mismas historias que circulaban desde hacía un par de días y que ya cansaban. Ningún escándalo político de última hora, ningún atentado terrorista, ningún terremoto, ningún desastre aéreo. No le deseaba mal a nadie, pero había esperado que sucediera algo que llenara los titulares matinales de prensa, radio y televisión. Algo qué no fuera el juicio por asesinato contra Suresh Hossain.

No tuvo suerte.

Capítulo 12

Los tabloides nacionales y un periódico serio abrieron sus portadas con el juicio por asesinato contra Suresh Hossain y el resto de la prensa matutina británica lo cubría en páginas interiores.

No era el propio juicio lo que centraba su interés, sino los comentarios que había realizado en el estrado el comisario Roy Grace, quien a las ocho y media de la mañana estaba recibiendo una bronca de su jefa, Alison Vosper, lo que le hacía sentirse como si hubieran retrasado el reloj tres décadas y estuviera otra vez en el colegio, temblando delante de la directora.

Uno de los compañeros de Grace la había apodado la Número 27, y el mote había arraigado. El número 27 era un plato agridulce del menú que servían en el restaurante de comida china para llevar de la ciudad. Y viceversa. Cuando pedían el plato, siempre se referían a él como un Alison Vosper, porque eso era ella exactamente, agridulce.

Sin ningún género de dudas, la subdirectora de policía Alison Vosper, de cuarenta y pocos años, pelo rubio corto y fino y peinado conservador que enmarcaba un rostro de rasgos duros pero atractivos, estaba agria esta mañana. Incluso el fuerte perfume floral que llevaba desprendía un matiz acre.

Vestida con un traje de dos piezas negro con blusa blanca recién planchada que le daba una imagen de autoridad y eficiencia, estaba sentada detrás de la mesa de palisandro brillante de su inmaculado despacho de la planta baja del edificio Queen Anne de la comisaría central en Lewes, con vistas a un césped bien cuidado. En la mesa no había nada excepto un jarrón delgado de cristal con tres tulipanes violetas, marcos con fotos de su marido (un agente de policía algunos años mayor que ella, pero cuyo rango era tres categorías inferior) y de sus dos hijos, un portaplumas de amonita y un fajo de periódicos matutinos expuestos como una mano ganadora de póquer.

Grace siempre se preguntaba cómo sus superiores lograban tener los despachos -y las mesas- tan ordenados. Durante toda su vida laboral, los espacios donde había trabajado habían sido un vertedero. Depósitos de expedientes que crecían descontroladamente, correspondencia por contestar, bolígrafos perdidos, facturas de viajes y bandejas de salida que habían perdido hacía tiempo el ritmo de las bandejas de entrada. Llegar a la cima, decidió, requería algún tipo de habilidad para gestionar el papeleo de la que él carecía genéticamente.

Corría el rumor de que a Alison Vosper la habían operado de cáncer de mama hacía tres años, pero Grace sabía que todo quedaría en eso, en un rumor, porque la subdirectora había construido un muro a su alrededor; sin embargo, detrás de su coraza de poli dura, había cierta vulnerabilidad con la que él conectaba. A decir verdad, a veces le gustaba y había ocasiones en las que esos ojos marrones suyos de mirada mordaz brillaban con humor y en las que Grace tenía la sensación de que quizás hasta coqueteaba con él. Esta mañana no era uno de esos momentos.

No hubo apretón de manos. No hubo saludo. Sólo un movimiento seco con la cabeza para indicarle que se sentara en una de las dos sillas de respaldo alto que había delante de su mesa. Luego la emprendió contra él directamente, con una mirada que era mitad reproche, mitad ira pura.

– ¿Qué diablos es esto, Roy?

– Lo siento.

– ¿Que lo sientes?

Grace asintió con la cabeza.

– Yo… Mira, está todo sacado de contexto…

Ella lo interrumpió antes de que pudiera continuar.

– ¿Te das cuenta de que este caso podría estallarnos en la cara?

– Creo que podemos contenerlo.

– Ya he recibido una docena de llamadas de periódicos nacionales esta mañana. Eres un hazmerreír. Has hecho que parezcamos un atajo de imbéciles. ¿Por qué lo has hecho?

Grace se quedó en silencio unos momentos.

– Es una mujer extraordinaria, la médium; nos ha ayudado en el pasado. No se me ocurrió nunca que alguien pudiera descubrirlo.

Vosper se recostó en su silla, mirando a Grace y meneando la cabeza con incredulidad.

– Tenía puestas muchas esperanzas en ti. Te ascendieron gracias a mí. Me la he jugado por ti, Roy. Lo sabes, ¿verdad?

Aquello no era estrictamente cierto, pero ahora no era momento de ponerse a buscarle tres pies al gato.

– Lo sé -dijo-, y te lo agradezco.

Ella señaló los periódicos.

– ¿Y así lo demuestras? ¿Esto es lo que les das?

– Vamos, Alison, les he dado a Hossain.

– Y ahora le has dado a su abogado defensor una grieta tan ancha como para que pase un coche de caballos.

– No -dijo levantándose-. Ese zapato ya había pasado por los forenses, la entrada y la salida estaban registradas. No pueden acusarme de haber contaminado la prueba. Puede que intenten criticar mis métodos, pero no tendrá ningún efecto material sobre el caso.

La subdirectora levantó los dedos y se examinó la manicura. Roy vio que tenía las yemas manchadas de tinta de periódico. Su perfume parecía cada vez más fuerte, como si fuera un animal que expulsa veneno.

– Tú eres el agente de mayor rango, es tu caso. Dejar que te desacrediten podría tener un efecto muy grande en el resultado. ¿Por qué diablos lo hiciste?

– Tenemos un juicio por homicidio y no tenemos cadáver. Sabemos que Hossain ordenó el asesinato de Raymon Cohen, ¿verdad?

Ella asintió. Las pruebas que Grace había reunido eran impresionantes y convincentes.

– Pero sin cadáver la conexión es siempre débil. -Grace se encogió de hombros-. Los médiums nos han dado resultados en el pasado. Todos los cuerpos policiales del país los han utilizado en algún momento u otro. Leslie Whittle, ¿recuerdas?

El de Leslie Whittle fue un caso célebre. En 1975, esta heredera de diecisiete años fue secuestrada y desapareció sin dejar rastro. Incapaz de encontrar ninguna pista sobre su paradero, al final la policía actuó basándose en la información de un clarividente que utilizaba técnicas de los zahoríes y que les condujo a un pozo de desagüe en el que encontraron a la pobre chica atada y muerta.

– El caso de Leslie Whittle no fue precisamente un éxito del trabajo policial, Roy.

– Después ha habido más -contraatacó él.

Ella se quedó mirándolo en silencio. Luego aparecieron unos hoyuelos en sus mejillas, como si fuera a ablandarse; pero su voz permaneció fría y severa.

– Podrías contar los éxitos que hemos tenido gracias a los clarividentes con los dedos de una mano.

– Eso no es cierto, y lo sabes.

– Roy, lo que sé es que eres un hombre inteligente. Sé que has estudiado los fenómenos paranormales y que tú sí que crees en eso. He visto los libros que tienes en el despacho y respeto a cualquier agente de policía que tenga una mentalidad abierta; pero tenemos obligaciones para con los ciudadanos. Lo que suceda dentro de nuestras cuatro paredes es una cosa y la imagen que presentamos a la gente es otra.

– La gente cree, Alison. En 1925 se elaboró una encuesta sobre los científicos que creían en Dios. Eran un cuarenta y tres por ciento. Repitieron esa misma encuesta en 1998, ¿y sabes qué? Seguían siendo un cuarenta y tres por ciento. El único cambio era que había menos biólogos creyentes, pero más matemáticos y físicos. Hubo otra encuesta, justo el año pasado, sobre personas que habían tenido algún tipo de experiencia paranormal. ¡Eran un noventa por ciento! -Se inclinó hacia delante-. ¡Un noventa por ciento!

– Roy, el populacho quiere creer que la policía se gasta el dinero de los contribuyentes destinado a resolver crímenes y atrapar a los malos en procedimientos policiales. Quiere creer que salimos a dar batidas por el país en busca de huellas y muestras de ADN, que tenemos laboratorios llenos de científicos que las examinan y que rastreamos campos y bosques, drenamos lagos, llamamos a puertas e interrogamos a testigos. No quiere pensar que vamos al final del muelle de Brighton a hablar con Madame Tarot, miramos bolas de cristal ¡o que movemos vasos sobre las letras de una puta tabla ouija! No quiere pensar que dedicamos nuestro tiempo a intentar invocar a los muertos. No quiere creer que sus agentes de policía están en las murallas del castillo cual Hamlet hablando con el fantasma de su padre. ¿Entiendes lo que digo?

– Lo entiendo, sí, pero no estoy de acuerdo contigo. Nuestro trabajo es resolver crímenes. Tenemos que utilizar cualquier medio que esté a nuestro alcance.

Ella negó con la cabeza.

– Nunca vamos a resolver todos los crímenes y debemos aceptarlo. Lo que tenemos qué hacer es inspirar confianza a la gente. Que se sienta segura en su casa y en las calles.

– ¡Eso es una chorrada y lo sabes! -dijo Grace-. Sabes muy bien que las estadísticas sobre criminalidad pueden manipularse como uno quiera -dijo, y al momento se arrepintió de sus palabras.

La subdirectora le ofreció una sonrisa débil, glacial.

– Dile al Gobierno que nos dé cien millones de libras más al año y erradicaremos el crimen en Sussex. Mientras tanto, lo único que podemos hacer es estirar nuestros recursos tanto y tan lejos como sea posible.

– Los médiums son baratos -dijo Grace.

– No cuando perjudican nuestra credibilidad. -Bajó la vista a los periódicos-. Cuando ponen en peligro un juicio, pasan a ser más de lo que podemos permitirnos. ¿Me oyes?

– Alto, aunque no claro -respondió sin poder evitar la insolencia, que le salió sin más.

Le estaba sacando de quicio. Algo machista en él que no podía remediar le dificultaba más aceptar un rapapolvo de una mujer que de un hombre.

– Pues deja que te lo aclare. Tienes suerte de seguir teniendo trabajo esta mañana. El director no está dando saltos de alegría. Está tan enfadado que amenaza con apartarte del terreno público para siempre y encadenarte a una mesa para el resto de tu carrera. ¿Es eso lo que quieres?

– No.

– Entonces vuelve a ser un policía, no un bicho raro.

Capítulo 13

Por primera vez desde que había entrado en el cuerpo, últimamente Roy Grace empezaba a preguntarse si tendría que haberse hecho policía. Desde su más tierna infancia, era lo único que quería ser y, de adolescente, apenas se planteó otra carrera.

Su padre, Jack, había ascendido al rango de inspector, y algunos de los policías más veteranos aún hablaban de él con gran afecto. De niño, Grace le seguía a todas partes, le encantaba escuchar sus historias, salir con él; a veces en el coche patrulla o a la comisaría. Cuando era pequeño, la vida de su padre le había parecido mucho más aventurera y glamurosa que las vidas aburridas que llevaban la mayoría de los padres de sus amigos.

Grace era adicto a las series de policías de la televisión, a los libros sobre detectives y a los polis de todas las clases -desde Sherlock Holmes a Ed McBain. Tenía una memoria casi fotográfica, le encantaban los rompecabezas y era fuerte físicamente. Y por todo lo que veía y oía de su padre, parecía que en la vida de los policías había un trabajo en equipo y una camaradería que le atraían de verdad.

Sin embargo, ahora, en un día como éste, se daba cuenta de que ser policía no tenía tanto que ver con hacer las cosas lo mejor posible sino con ajustarse a cierto nivel predeterminado de mediocridad. En este mundo moderno políticamente correcto, podías ser un agente de la ley en la cima de tu carrera un día y un títere político al siguiente.

Su último ascenso, que le convirtió en el segundo comisario más joven del cuerpo de policía de Sussex, y que hacía tres meses le había emocionado tanto, se estaba convirtiendo rápidamente en un cáliz envenenado.

Había significado pasar del ajetreo de la comisaría de policía de Brighton, en el corazón de la ciudad, donde estaban casi todos sus amigos, a la tranquilidad relativa de una antigua fábrica en un polígono industrial a las afueras de la ciudad, que había sido reformada recientemente para albergar la central del Departamento de Investigación Criminal de Sussex.

Tras treinta años en el cuerpo, podías jubilarte cobrando la pensión completa. Daba igual lo difíciles que se pusieran las cosas; si aguantaba, tendría la vida solucionada económicamente, aunque no quería ver así su trabajo, su carrera. Al menos, normalmente; pero hoy era distinto. Hoy estaba muy deprimido. Había recibido una dosis de realidad. Las circunstancias cambiaban, pensó sentado a su mesa con la espalda encorvada, obviando el pitido de mensajes de correo electrónico entrantes en la pantalla de su ordenador, mientras masticaba un sándwich integral de huevo y berros y miraba las transcripciones del juicio contra Suresh Hossain que tenía delante. La vida no se detiene nunca. A veces los cambios eran buenos, a veces eran menos buenos. Dentro de poco más de un año cumpliría los cuarenta. Empezaban a salirle canas.

Y su nuevo despacho era demasiado pequeño.

Las tres docenas de mecheros antiguos que formaban su querida colección estaban amontonados en la repisa que había entre su mesa y la ventana que, a diferencia de las bonitas vistas del despacho de Alison Vosper, daba al aparcamiento y al bloque de celdas que había más allá. Dominando la pared que tenía detrás, estaba el gran reloj redondo de madera que había formado parte del decorado de la comisaría de policía ficticia de The Bill. Sandy se lo había comprado cuando cumplió veintiséis años.

Debajo, exhibía una trucha disecada de tres kilos trescientos gramos que había pescado en una visita a Irlanda hacía algunos años. La colgó debajo del reloj para tener un chiste que contar a los detectives que trabajaban bajo su mando, sobre la paciencia y los peces gordos.

Alineados al otro lado y un poco apretujados, había varios diplomas enmarcados y una fotografía de grupo con la leyenda «Escuela de policía Bramshill. Gestión de delitos graves y reincidentes. 1997», y dos caricaturas de él en el centro de operaciones de la policía, dibujadas por un compañero que había dado la espalda a su verdadera vocación. La pared de enfrente estaba ocupada por estanterías repletas de una parte de su colección de libros sobre ocultismo y por archivadores.

Abarrotaban su mesa en forma de L: el ordenador, bandejas de entrada y salida desbordadas, el Blackberry montones separados de cartas, algunas ordenadas, la mayoría no, y la última edición de la revista Huella total. Saliendo del desorden había una cita enmarcada: «No ascendemos al nivel de nuestras habilidades, caemos al nivel de nuestras excusas».

El resto del espacio del despacho estaba ocupado por un televisor y un vídeo, una mesa redonda, cuatro sillas y pilas de expedientes y papeles sueltos, y por su mochila de piel, que contenía su equipo de la escena del crimen. Su maletín estaba abierto sobre la mesa; el móvil, un dictáfono y un fajo de transcripciones que anoche se había llevado a casa estaban al lado.

Tiró la mitad del sándwich a la basura. No tenía apetito. Bebió un sorbo de café, abrió los últimos mensajes de correo electrónico, luego volvió a entrar en la página de la policía de Sussex y miró la lista de expedientes que había heredado con su ascenso.

Cada expediente contenía los detalles de un asesinato sin resolver. Representaba una pila de unas veinte cajas de carpetas, quizás incluso más, amontonadas en un despacho, o atiborrando armarios, o guardadas bajo llave, llenándose de moho en un garaje húmedo de la policía en la comisaría de la zona donde ocurrió el asesinato. Los expedientes contenían fotografías de la escena del crimen, informes forenses, bolsas con pruebas, declaraciones de testigos, transcripciones de juicios, todo organizado en fajos ordenados y protegido con cintas de colores. Ésta era una de sus nuevas competencias, volver a investigar los asesinatos sin resolver del condado, en busca de cualquier cosa que pudiera haber cambiado en el transcurso de los años y que justificara reabrir el caso.

Se sabía la mayoría del contenido de memoria: las ventajas de su memoria casi fotográfica, con la que había superado los exámenes tanto en el colegio como en la policía. Para él, cada fajo representaba más que una vida humana que había sido arrebatada o un asesino que seguía libre; simbolizaba algo muy cercano a su propio corazón. Significaba que una familia había sido incapaz de enterrar su pasado, porque nunca se había resuelto un misterio, nunca se había hecho justicia. Y sabía que, como algunos de estos expedientes tenían más de treinta años, él era la última esperanza que seguramente les quedaba a la víctima y a sus familiares.

Richard Ventnor, un veterinario gay apaleado hasta la muerte en su consulta, doce años atrás. Susan Downey, una chica guapa violada y estrangulada cuyo cuerpo abandonaron en un cementerio hacía quince años. Pamela Chisholm, una viuda rica hallada muerta tras un accidente de coche, aunque las heridas no se correspondían con un accidente de tráfico. Los huesos de Pratan Gokhale, un niño indio de nueve años, que habían encontrado debajo de las tablas del suelo del piso de un presunto pederasta, que se había esfumado hacía tiempo. Eran tan sólo unos pocos de los muchos casos que Grace recordaba.

Aunque estaban enterrados, o sus cenizas se habían esparcido hacía años, para ellos las circunstancias también cambiaban. La tecnología había introducido los análisis de ADN, que aportaban nuevas pruebas y nuevos sospechosos. Internet ofrecía nuevas formas de comunicación. Las lealtades habían cambiado. Habían surgido nuevos testigos de quién sabía dónde. La gente se había divorciado o peleado con sus amigos. Alguien que no hubiera testificado contra un colega veinte años atrás ahora lo odiaba. Los expedientes de asesinato nunca se cerraban. «Tiempo lento», lo llamaban.

Sonó el teléfono. Era la ayudante de gestión que compartía con su superior inmediato, la subdirectora; le preguntaba si quería atender la llamada de un detective. Todo el rollo de la corrección política le irritaba cada vez más y más, y era especialmente acusado en el cuerpo de policía. No hacía tanto tiempo que las llamaban secretarias, y no «ayudantes de gestión».

Le dijo que se lo pasara y al cabo de unos momentos oyó una voz familiar. Era Glenn Branson, un sargento inteligente con el que había trabajado varias veces en el pasado, implacablemente ambicioso y muy astuto -además de ser una enciclopedia de cine ambulante. Glenn Branson le caía muy bien. Seguramente era el amigo más íntimo que tenía.

– ¿Roy? ¿Cómo estás? Te he visto hoy en los periódicos.

– Ya, vete a la mierda. ¿Qué quieres?

– ¿Estás bien?

– No, no estoy bien.

– ¿Estás ocupado ahora mismo?

– ¿Cómo defines ocupado?

– ¿Alguna vez en tu vida has respondido sin una pregunta?

Grace sonrió.

– ¿Y tú?

– Oye, una mujer me está dando la lata… por su prometido. Parece que una broma en una despedida de soltero ha acabado muy mal y lleva desaparecido desde el martes por la noche.

Grace tuvo que comprobar mentalmente la fecha. Hoy era jueves por la tarde.

– Cuéntame.

– Creía que hoy estarías en el juzgado. Te he llamado al móvil, pero lo tienes desconectado.

– Estoy almorzando. Tengo descanso, el juez Driscoll repasa hoy a puerta cerrada los alegatos de la defensa.

Uno de los mayores inconvenientes de llevar una acusación a juicio era el tiempo que consumía. Grace, debido a su cargo, tenía que estar en la sala o seguir de cerca todo el juicio. Era probable que éste durara unos tres meses, gran parte de los cuales su trabajo se limitaba a rondar por allí.

– No me parece que se trate de una investigación normal de desaparición. Me gustaría hacerte unas consultas. ¿Estás libre esta tarde, por casualidad? -preguntó Glenn Branson.

A cualquier otra persona, Grace le habría contestado que no, pero sabía que Glenn Branson no era de los que te hacían perder el tiempo… y Dios santo, ahora mismo, se alegraba de tener una excusa para salir del despacho, incluso con este tiempo de mierda.

– Claro, puedo hacerte un hueco.

– Genial -Hubo una pausa breve, luego Glenn Branson dijo-: Mira, podemos quedar en el piso de este tipo, creo que estaría bien que lo vieras por ti mismo. Puedo conseguir la llave y verte allí.

Branson le dio la dirección.

Grace miró la hora, luego consultó la agenda de su Blackberry.

– ¿Qué te parece si nos vemos allí a las cinco y media? Después podríamos ir a tomar una copa.

– No tardarás tres horas en llegar… Vaya, supongo que un hombre de tu edad tiene que comenzar a tomarse las cosas con calma. Hasta luego.

Grace hizo una mueca. No le gustaba que le recordaran que su cuadragésimo cumpleaños estaba al caer. Le desagradaba la idea de cumplir cuarenta años, que era una edad en la que la gente hacía balance de su vida. Había leído en algún sitio que cuando llegabas a los cuarenta, habías alcanzado la forma que iba a tener tu vida para siempre. No sabía por qué, pero tener treinta y ocho años estaba bien, pero cumplir treinta y nueve significaba que rondabas indiscutiblemente los cuarenta. Y no hacía tanto, él consideraba que la gente de cuarenta años era vieja. Mierda.

Volvió a mirar la lista de expedientes de la pantalla. A veces, se sentía más unido a estas personas que a nadie. Veinte víctimas de homicidios que dependían de él para que llevara a sus asesinos ante la justicia. Veinte fantasmas que ocupaban la mayoría de sus pensamientos de día y, a veces, también vagaban por sus sueños de noche.

Capítulo 14

Podía utilizar un coche compartido, pero decidió coger su Alfa Romeo 147. A Grace le gustaba el sedán; le gustaban los asientos duros, la conducción firme, la funcionalidad casi espartana del interior, el ruido meloso del tubo de escape, la sensación de precisión, las esferas deportivas y brillantes del salpicadero. El vehículo tenía un aire de precisión acorde a su naturaleza.

Los limpiaparabrisas grandes y gruesos barrían la superficie, apartando la lluvia del cristal, los neumáticos silbaban sobre el asfalto y una canción alocada de Elvis Costello sonaba en el equipo de música. La carretera de circunvalación subía por una cadena de montañas y bajaba hacia un valle. A través de la cortina de lluvia, veía los edificios del complejo turístico costero de Brighton y Hove extendiéndose delante de él; detrás de la única chimenea que quedaba en pie de la vieja estación eléctrica de Shoreham, la franja gris y reluciente que apenas podía distinguirse del cielo, eso era el canal de la Mancha.

Había crecido aquí arriba, entre sus calles y sus delincuentes. Su padre solía recitarle de un tirón sus nombres, las familias que manejaban las drogas, los burdeles, los anticuarios de lujo deshonestos que comerciaban con joyas y muebles robados, los vendedores de televisores y reproductores de CD.

En su día, había sido un pueblo de contrabando. Luego, Jorge IV había construido un palacio a tan sólo un centenar de metros de la casa de su amante. Por alguna razón, Brighton nunca había logrado sacarse de encima sus antecedentes criminales y tampoco su reputación de lugar para fines de semana guarros; pero gracias a eso Brighton y Hove destacaban sobre cualquier otro centro turístico rural de Inglaterra, pensó Grace mientras ponía el intermitente y salía de la carretera de circunvalación.

Grassmere Court era un bloque de pisos de ladrillo rojo de unos treinta años de antigüedad, situado en un barrio de categoría de Hove, el distrito refinado de la ciudad. Daba a una carretera principal y detrás tenía un club de tenis. La edad de los residentes era variada, pero la mayoría eran solteros profesionales de veintitantos y treinta y tantos y ancianos de posición desahogada. En el folleto de una inmobiliaria seguramente estaría catalogado como «residencia altamente deseable».

Glenn Branson estaba esperando en el porche, alto, negro y calvo como una bola de billar, envuelto en una parca gruesa y hablando por el móvil. Parecía más un camello que un policía. Grace sonrió. El cuerpo enorme y musculoso tras años de culturismo de su compañero le recordó la descripción que hiciera el presentador Clive James de Arnold Schwarzenegger: un preservativo lleno de nueces.

– Eh, ¡perro viejo! -le saludó Branson.

– Corta el rollo, sólo soy siete años mayor que tú. Algún día también llegarás a mi edad y no te hará ninguna gracia -le respondió con una sonrisa.

Chocaron las palmas de las manos y, luego, frunciendo el ceño, Branson dijo:

– Estás horrible. De verdad. Lo digo en serio.

– No toda la publicidad me sienta bien.

– Sí, bueno, no he podido evitar ver que te has agenciado un par de columnas en los periodicuchos esta mañana…

– Tú y casi todo el planeta.

– Tío, para ser un veterano eres bastante estúpido, ¿sabías?

– ¿Estúpido?

– No espabilas, Grace. Sigue sacando la cabeza por el parapeto y algún día alguien te la va a volar de un tiro. Hay días en los que pienso que eres el mayor capullo que conozco.

Giró la llave en la cerradura de la puerta del edificio y empujó para abrirla.

– Gracias -dijo Grace, siguiéndolo adentro-, tú sí que sabes cómo animar a alguien. -Luego arrugó la nariz. Con los ojos vendados, siempre se sabía si estabas en un edificio antiguo. El olor universal de las alfombras gastadas, la pintura deteriorada, la verdura hirviendo tras una de las puertas cerradas-. ¿Cómo está tu señora? -preguntó mientras esperaban el ascensor.

– Muy bien.

– ¿Y los niños?

– Sammy es genial. Remi se está volviendo un diablillo.

Pulsó el botón del ascensor.

– No fue como lo ha pintado la prensa, Glenn -dijo Grace al cabo de unos momentos.

– Tío, lo sé porque te conozco. La prensa no te conoce, y aunque te conociera, le importa una mierda. Quiere una historia y fuiste lo suficientemente estúpido como para dársela.

Salieron del ascensor en el sexto piso. El apartamento estaba al final del pasillo. Branson abrió la puerta y entraron.

El lugar era pequeño; tenía un salón-comedor, una cocina estrecha con encimera de granito y fregadero circular de acero inoxidable y dos dormitorios, uno de los cuales hacía de estudio, con un Mac y un escritorio. El resto de la habitación-despacho estaba lleno de estanterías repletas, en su mayoría, de libros de bolsillo.

Al contrario que el exterior aburrido y los espacios comunes sosos, el piso desprendía un aire fresco y actual. Las paredes eran blancas, con un toque muy ligero de gris, y los muebles eran modernos, con una clara influencia japonesa. Había sofás bajos, grabados sencillos en las paredes, un televisor de pantalla plana con un reproductor de DVD debajo y un sofisticado equipo de música con altavoces altos y delgados. En el dormitorio principal había un futón, un armario con unas magníficas puertas de lamas, otro televisor de pantalla plana y mesitas de noche bajas con lámparas de última generación. Un par de zapatillas Nike descansaban en el suelo.

Grace y Branson se miraron.

– Bonita choza -dijo Grace.

– Vaya -dijo Branson-. La vida es bella.

Grace lo miró.

– Me la perdí en el cine. La vi por Sky. Una peli increíble, ¿la has visto?

Grace negó con la cabeza.

– Pasa todo en un campo de concentración. Va de un padre que convence a su hijo de que están jugando. Si ganan el juego, les dan un tanque. En serio te lo digo, me emocioné más que con La lista de Schindler y El pianista.

– No había oído hablar nunca de ella.

– A veces me pregunto en qué planeta vives.

Grace se quedó mirando una fotografía que había junto a la cama. Era de un hombre guapo, de veintiocho o veintinueve, rubio, con camiseta negra y vaqueros, que con el brazo rodeaba a una mujer muy atractiva de la misma edad y pelo largo y oscuro.

– ¿Es él?

– Y ella. Michael Harrison y Ashley Harper. Bonita pareja, ¿verdad?

Grace asintió sin dejar de mirarlos.

– Se casan el sábado. Al menos, ése es el plan.

– ¿Qué quieres decir?

– Si es que aparece, quiero decir. Ahora mismo la cosa no pinta demasiado bien.

– ¿Dices que no se sabe nada de él desde el martes por la noche? -Grace miró por la ventana. Abajo, las vistas daban a una calle ancha azotada por la lluvia y llena de coches. Apareció un autobús-. ¿Qué sabes de él?

– Es un chico de Brighton a quien le han ido muy bien las cosas. Es promotor inmobiliario. Un pez gordo. Inmobiliaria Doble M. Tiene un socio que se llama Mark Warren. Recientemente han levantado un proyecto de la hostia, un viejo almacén en el puerto de Shoreham. Treinta y dos pisos, todos vendidos sobre plano. Llevan siete años en el negocio, han hecho un montón de cosas en la zona, rehabilitaciones y algunas construcciones nuevas. La chica es la secretaria de Michael, una tía lista, muy guapa.

– ¿Crees que se ha largado?

Branson negó con la cabeza.

– No.

Grace cogió la fotografía y la miró más detenidamente.

– Maldita sea, yo me casaría con ella.

– Exacto.

Grace frunció el ceño.

– Lo siento, estoy lento, ha sido un día largo.

– ¡Tú te casarías con ella! Si yo estuviera soltero, me casaría con ella. Cualquiera en sus cabales se casaría con ella, ¿verdad?

– Es muy guapa.

– Es muy guapa, sí.

Grace lo miró inexpresivo.

– Dios santo, viejo, ¿estás perdiendo facultades o qué? -le dijo Branson fingiendo exasperación.

– Quizá sí-dijo Grace, impasible-. ¿Qué opinas?

Branson negó con la cabeza.

– Mi opinión es, exactamente, ésa. Si fueras a casarte con esta tía el sábado, ¿te largarías?

– No, a no ser que estuviera loco.

– Entonces, si no se ha largado, ¿dónde está?

Grace se quedó pensando un momento.

– Por teléfono me has dicho algo sobre una broma en la despedida de soltero que habría acabado mal.

– Es lo que me ha dicho su prometida. Es lo primero que pensé. Las despedidas de soltero pueden ser salvajes. Pensaba lo mismo ayer, incluso después de que no apareciera en todo el día; pero ¿dos noches fuera?

– ¿Le entró miedo? ¿Hay otra chica?

– Todo es posible; no obstante, me gustaría enseñarte algo.

Grace le siguió al salón. Branson se sentó delante del ordenador y tecleó algo. Era un as de la informática. Grace tenía buena cabeza para la técnica y estaba bastante al día de la mayoría de las innovaciones tecnológicas, pero Branson estaba a años luz de él.

Apareció una ventana de contraseña en la pantalla. Branson tecleó con furia y, al cabo de unos segundos, la pantalla se llenó de datos.

– ¿Cómo lo has hecho? -preguntó Grace-. ¿Cómo has sabido la contraseña?

Branson lo miró de reojo.

– No hay contraseña. La mayoría de la gente ve que le piden una contraseña e intentan teclear algo. ¿Por qué iba a necesitar una si no compartía el ordenador con nadie?

– Estoy impresionado. Qué escondido te lo tenías.

– Quiero que mires esto detenidamente -dijo Branson obviando la observación.

Grace hizo lo que le pidió y se sentó delante de la pantalla.

Capítulo 15

A tan sólo un par de kilómetros, Mark Warren también estaba inclinado sobre su ordenador. El reloj de la pantalla plana marcaba las seis y diez de la tarde. Llevaba las mangas subidas y tenía olvidado a su lado un capuchino de Starbucks, cuya espuma hundida formaba una capa arrugada. Su mesa, en el despacho que había compartido con Michael durante siete años y que normalmente mantenía ordenada, estaba atestada de pilas de documentos.

Inmobiliaria Doble M ocupaba la tercera planta de una casa adosada estrecha de cinco pisos de la época de la Regencia. Situada a poca distancia de la estación de Brighton, había sido su primer proyecto inmobiliario. Aparte del despacho en el que se encontraba, había una sala de juntas para los clientes, una pequeña recepción y una cocina. Los muebles eran modernos y funcionales. En las paredes colgaban fotografías de los tres yates de regata que poseían conjuntamente y que reflejaban su éxito: desde su primer barco, un Nicholson- 27, a un Contessa-33 más robusto, y hasta un Oyster-42, de categoría superior, que era su juguete actual.

También había fotos de sus proyectos inmobiliarios: el almacén a orillas del mar en el puerto de Shoreham que habían transformado en treinta y dos apartamentos; un viejo hotel en Kemp Town, con vistas al mar, que habían reconvertido en diez apartamentos y dos casitas en la parte de atrás, y su proyecto más reciente y ambicioso: un dibujo artístico de dos hectáreas de bosque donde tenían permiso para construir veinte casas.

Le dolían los ojos por haber pasado dos noches en vela y, para descansar un momento de la pantalla, Mark miró por la ventana. Justo enfrente había un bufete de abogados y una tienda de ropa de cama rebajada. Los días de sol era un lugar perfecto para comerse con los ojos a las chicas guapas que pasaban por la calle; sin embargo, ahora mismo llovía a cántaros y la gente caminaba deprisa, acurrucada debajo de sus paraguas o envuelta en abrigos, con los cuellos subidos y las manos en los bolsillos. Además, Mark no estaba de humor para pensar en otra cosa que no fuera la tarea que tenía delante.

Cada pocos minutos, como llevaba haciendo todo el día, marcaba el número del móvil de Michael, pero cada vez le salía directamente el buzón de voz. A menos que el teléfono estuviera desconectado o se hubiera quedado sin batería, aquello indicaba que Michael seguía allí abajo. Nadie había oído nada. A juzgar por la hora del accidente, lo habrían enterrado hacia las nueve, anteayer por la noche. Hacía ya unas cuarenta y cinco horas.

Estaba sonando el teléfono de la línea principal. Mark oía los tonos apagados y vio que la luz de su extensión parpadeaba. Contestó, intentando ocultar el temblor nervioso que había en su voz cada vez que hablaba.

– Inmobiliaria Doble M.

Una voz de hombre.

– Ah, hola, llamaba por la urbanización Ashdown Fields. ¿Tiene algún folleto o precios?

– Me temo que no, señor, todavía no -dijo Mark-. Aún tardarán un par de semanas. Encontrará información en nuestra página web… Ah, vale, ya la ha mirado. Si me deja su nombre, le diré a alguien que se ponga en contacto con usted.

Por lo general, le habría encantado que le preguntaran tan pronto por un proyecto, pero en estos momentos las ventas era lo último en lo que pensaba.

Era importante que no le entrara el pánico, lo sabía. Había leído las suficientes novelas negras y visto bastantes series policiacas como para saber que a los tipos a los que les entraba el pánico los pillaban. Sólo había que mantener la calma.

Seguir borrando los mensajes de correo electrónico.

Bandeja de entrada. Elementos enviados. Papelera. Todas las demás carpetas.

No era posible borrar totalmente los mensajes de correo electrónico. Seguirían estando ahí, almacenados en un servidor en algún lugar del ciberespacio, pero nadie iba a indagar tanto. ¿O sí?

Introdujo palabra clave tras palabra clave, realizando búsquedas avanzadas para cada una de ellas. «Michael». «Despedida». «Soltero». «Josh». «Pete». «Robbo». «Luke». «Ashley». «¡Planes!» «¡Operación venganza!» Comprobó todos los mensajes, borró todos lo que había que borrar. Cubrió todos los frentes.

Josh estaba conectado a varias máquinas, su estado era crítico y, casi con toda seguridad, había sufrido daños cerebrales graves. Lo más probable era que quedara vegetal, si es que sobrevivía. Mark tragó saliva, tenía la boca seca. Conocía a Josh desde los trece años, de la escuela Varndean. A Luke y a Michael también, por supuesto. Pete y Robbo llegaron después: se conocieron en un pub de Brighton una noche de borrachera cuando tenían dieciocho o diecinueve años. Como Mark, Josh era metódico y ambicioso. Y era guapo. Las mujeres siempre pululaban a su alrededor del mismo modo que perseguían a Michael. Había personas que tenían dones naturales en la vida; otras, como él, tenían que trabajárselo todo. De todos modos, para lo joven que era, a sus veintiocho años Mark había vivido lo suficiente como para saber que nada permanece igual mucho tiempo. Si tenías paciencia, si esperabas el momento oportuno, tarde o temprano te llegaba un golpe de suerte. Los mejores depredadores eran los más pacientes.

Mark no había olvidado un documental de naturaleza que había visto en televisión, grabado en una cueva de murciélagos en Suramérica. Un microorganismo minúsculo se alimentaba del excremento de los murciélagos del suelo de la cueva; un gusano se comía el microorganismo; un escarabajo se comía el gusano; una araña se comía el escarabajo; finalmente, un murciélago se comía la araña. Era una cadena alimenticia perfecta. El murciélago era listo. Lo único que tenía que hacer era cagar y esperar.

Le sonó el móvil. Era la madre de Michael, la tercera llamada de aquella tarde y la enésima del día. Estuvo tan indefectiblemente cortés y agradable como siempre. Seguía sin tener noticias de Michael, le dijo él. Era horrible, no tenía ni idea de qué le había sucedido, el plan era simplemente ir de bares, no imaginaba dónde podría estar Michael ahora.

– ¿Crees que podría estar con otra mujer? -le preguntó Gill Harrison con su voz tímida y ronca.

Siempre se había llevado bastante bien con ella, tanto como era posible. Su marido se había suicidado antes de que él y Michael se conocieran, y su socio decía que su madre se había encerrado en sí misma y nunca había vuelto a salir. Por las fotos que había de ella en la casa, había sido bastante guapa de joven, una rubia explosiva; sin embargo, desde que Mark la conocía, su pelo había encanecido prematuramente y tenía la cara seca y arrugada de fumar un cigarrillo tras otro y el alma mustia.

– Supongo que todo es posible, señora Harrison -contestó Mark, que se quedó pensando un momento, eligiendo las palabras con cuidado-, pero adoraba a Ashley.

– Es una chica encantadora.

– Lo es, estaríamos perdidos sin ella. Es la mejor secretaria que hemos tenido. -Jugueteó con el ratón un momento, moviendo el cursor ociosamente por la pantalla-. Pero ya sabe que a veces la bebida lleva a los hombres a hacer cosas irracionales…

Tras pronunciar esas palabras, lamentó al instante haberlas dicho. ¿No le había dicho Michael una vez que su padre estaba borracho cuando se suicidó?

Hubo un largo silencio.

– Creo que ya habría tenido tiempo suficiente de que se le pasara la borrachera -dijo ella entonces, muy plácidamente-. Michael es una persona buena y leal. Hiciera lo que hiciera estando bebido, jamás le haría daño a Ashley. Ha tenido que ocurrirle algo, si no, habría llamado. Conozco a mi hijo. -Dudó-. Ashley lo está pasando fatal. ¿Cuidarás de ella?

– Claro.

Luego, hubo otro silencio.

– ¿Cómo está Josh?

– Igual. Zoe está en el hospital con él. Iré a hacerle compañía en cuanto acabe en el despacho.

– ¿Me llamarás en cuanto sepas algo?

– Claro.

Mark colgó, bajó la mirada a la mesa, cogió un documento y algo que había debajo atrajo su atención. Su Palm.

Y mientras la miraba, un sudor frío le recorrió el cuerpo. «Mierda», pensó. «Mierda, mierda, mierda.»

Capítulo 16

Después de despedirse del comisario Grace, Glenn Branson cruzó la ciudad en el coche compartido que había cogido, un Opel azul que apestaba a desinfectante; resultado de que alguien vomitara o sangrara dentro la última vez que lo habían usado. Lo estacionó en la plaza que le correspondía del aparcamiento que había detrás del edificio anodino de la comisaría de policía de Brighton, entró por la puerta trasera y subió las escaleras de piedra hasta el despacho que compartía con otros diez detectives.

Eran las seis y veinte de la tarde. Técnicamente, esta semana terminaba el turno todos los días a las seis, pero estaba agobiado con el papeleo de una importante redada de drogas ocurrida el lunes y tenía permiso para hacer horas extras; además, necesitaba el dinero. De todos modos, hoy sólo iba a trabajar una hora más, hasta las siete. Ari iba a salir, tenía otro de sus cursos de autosuperación. Los lunes iba a clases nocturnas de literatura inglesa; los jueves, de arquitectura. Desde que había nacido su hija Remi, le entró pánico ante lo que ella consideraba su falta de formación y le dio miedo no ser capaz de contestar las preguntas de sus hijos cuando crecieran.

Aunque la mayoría de los ordenadores estaban apagados, ninguna de las mesas estaba recogida. Como siempre, parecía que todos los ocupantes de los cubículos vacíos los hubieran abandonado apresuradamente y fueran a volver enseguida.

Sólo quedaban dos compañeros trabajando: el detective Nick Nicholl, de casi treinta años, alto como un pino, policía entusiasta y delantero de fútbol rápido, y la sargento Bella Moy, de treinta y cinco años, rostro alegre y cabellera castaña enmarañada.

Ninguno de los dos lo saludó. Pasó por delante de Nick Nicholl, que estaba muy concentrado rellenando un formulario, la boca fruncida como un chico en un examen mientras escribía en mayúsculas con un bolígrafo. Bella miraba fijamente su pantalla de ordenador y, con la mano izquierda, como un autómata, cogía Maltesers de una caja que había sobre la mesa y se los llevaba a la boca. Era una mujer delgada, pero comía más que cualquier ser humano que Glenn Branson hubiera visto en su vida.

Mientras se sentaba a su mesa vio que la luz de mensajes parpadeaba, como siempre. Ari, su mujer, Sammy, su hijo de ocho años, y Remi, su hija de tres, le sonreían desde la fotografía que tenía en el escritorio.

Miró su reloj, ya que debía controlar la hora. Ari se enfadaba si llegaba tarde y se perdía el principio de la clase. Y, además, no era mucho pedir: había pocas cosas que valorara tanto como pasar tiempo con sus hijos. Entonces, sonó el teléfono.

Llamaban de recepción. Una mujer llevaba esperando una hora para verle y no iba a marcharse. ¿Le importaría hablar con ella? Todos los demás estaban ocupados.

– ¿Y yo no estoy ocupado? -le dijo Glenn a la recepcionista, dejando que la irritación asomara a su voz-. ¿Qué quiere?

– Tiene que ver con el accidente del martes, el novio desaparecido.

Suavizó el tono al instante.

– Vale. De acuerdo, bajaré.

A pesar de su tez blanquecina, Ashley Harper era exactamente igual de hermosa en persona que en la fotografía que había visto en el piso de Michael Harrison. Vestía unos vaqueros de diseño, con un cinturón de pedrería, y llevaba un bolso estiloso. La condujo a una sala de interrogatorios, sirvió un café para cada uno, cerró la puerta y se sentó frente a ella. Como todas las salas de interrogatorio, aquélla era pequeña y no tenía ventanas, estaba pintada de un color verde claro triste, tenía moqueta marrón y sillas y mesa metálicas grises y apestaba a humo rancio de cigarrillo.

Ashley dejó el bolso en el suelo. Unos ojos verdes preciosos enmarcados por el rímel corrido lo miraban desde un rostro pálido, apesadumbrado por el dolor. Le caían mechones de pelo castaño sobre la frente y el resto de la cabellera descendía con una sola onda a cada lado de la cara y sobre los hombros. Llevaba las uñas perfectas, como si viniera de hacerse la manicura. Su aspecto era inmaculado, lo que le sorprendió un poco. Las personas que se encontraban en su estado normalmente no se preocupaban por su aspecto, pero ella iba vestida para matar.

Al mismo tiempo, sabía lo difícil que era entender a las mujeres. Una vez, cuando su relación con Ari pasó por una etapa de incertidumbre, ella le había regalado el libro Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus. Le había ayudado a comprender un poco mejor el abismo mental que separaba a hombres y mujeres (pero no en su totalidad).

– Es difícil dar con usted -le dijo ella, y ladeó la cabeza, apartándose el largo pelo castaño de los ojos-. Le he dejado cuatro mensajes.

– Sí, lo siento. -Levantó las manos-. Dos de los hombres de mi equipo están enfermos y dos más se encuentran de vacaciones. Entiendo cómo debe de sentirse.

– ¿Sí? ¿Tiene idea de cómo me siento? Se supone que el sábado me caso y mi prometido está desaparecido desde el martes por la noche. Tenemos la iglesia reservada, el modisto va a venir para una prueba, hay doscientas personas invitadas y no dejan de llegar regalos de boda. ¿Tiene idea de cómo me siento?

Las lágrimas resbalaron por las mejillas de la chica. Se sorbió la nariz, buscó en su bolso y sacó un pañuelo.

– Mire, lo siento. He estado trabajando en la desaparición de… Michael…, su prometido, desde que hemos hablado esta mañana.

– ¿Y? -preguntó secándose los ojos.

Él meció su taza de café, que estaba demasiado caliente como para bebérselo. Tenía que dejar que se enfriará.

– Me temo que aún no hay nada -dijo, aunque aquello no era estrictamente cierto, pero quería escuchar lo que la chica tenía que decir.

– ¿Qué están haciendo exactamente?

– Como le he dicho esta mañana por teléfono, habitualmente, cuando alguien desaparece…

Ella le interrumpió.

– Por el amor de Dios, esto no es habitual. Michael lleva desaparecido desde el martes por la noche. Cuando no estamos juntos, me llama cinco, diez veces al día. Han pasado ya dos días. Dos putos días, ¡por el amor de Dios!

Branson examinó su rostro con detenimiento, en busca de algo que la delatara, pero no encontró nada. Sólo era una joven desesperada por obtener noticias de su amado. O -él siempre tan cínico- una actriz estupenda.

– Escúcheme, ¿de acuerdo? En circunstancias normales, dos días no son suficiente para alarmarse, pero estoy de acuerdo en que, en esta situación, hay algo extraño.

– Le ha pasado algo, ¿vale? No se trata de una situación normal de alguien que desaparece. Sus amigos le hicieron algo, lo pusieron en algún sitio, lo mandaron a algún sitio, no sé qué diablos le hicieron… Yo… -balbució.

La chica bajó la cabeza como para ocultar las lágrimas; buscó su bolso, lo encontró, sacó un pañuelo y se secó los ojos, sin dejar de negar con la cabeza.

Glenn se emocionó. La chica no tenía ni idea y aquél no era momento de decírselo.

– Estamos haciendo todo lo que podemos para encontrar a Michael -le dijo con dulzura.

– ¿El qué, por ejemplo? ¿Qué están haciendo?

Su dolor se levantó momentáneamente, como si lo llevara recogido como un velo. Luego, otro mar de lágrimas y sollozos hondos y espasmódicos.

– Hemos inspeccionado las inmediaciones del lugar donde se produjo el accidente y aún hay agentes allí. A veces, la gente se desorienta después de un accidente, así que estamos registrando todos los alrededores y también hemos emitido una alerta urgente. Hemos informado a todos los cuerpos policiales. A los aeropuertos y puertos marítimos…

De nuevo, ella volvió a interrumpirle.

– ¿Cree que se ha largado? ¡Dios santo! ¿Por qué haría eso?

– ¿Qué ha almorzado hoy? -le preguntó utilizando una técnica sutil que había aprendido de Roy Grace para saber si alguien mentía.

Ella lo miró sorprendida.

– ¿Que qué he almorzado hoy?

– Sí.

La miró fijamente a los ojos. Se movieron hacia la derecha: modo «Recuerdo».

El cerebro humano se divide en dos hemisferios, el derecho y el izquierdo. En uno se almacenan los recuerdos y en el otro tienen lugar los procesos creativos. Cuando se le pregunta algo a alguien, sus ojos se mueven casi invariablemente hacia el hemisferio que está utilizando. Algunas personas almacenan los recuerdos en el hemisferio derecho y otras en el izquierdo; el hemisferio creativo es el opuesto.

Cuando alguien dice la verdad, sus ojos se mueven hacia el hemisferio de los recuerdos; cuando miente, hacia el de la creatividad. Branson había aprendido a distinguir cuál era cuál observando los ojos ante la respuesta a una pregunta de control sencilla como la que acababa de formular, donde la necesidad de mentir sería inexistente.

– Hoy no he almorzado.

Ahora le pareció el momento oportuno de decírselo.

– ¿Hasta qué punto conoce el negocio de su prometido, señorita Harper?

– Fui su secretaria durante seis meses. Creo que no hay demasiado que yo no sepa.

– Entonces, ¿sabe lo de su empresa en las islas Caimán?

Auténtica sorpresa en su rostro. Sus ojos lanzaron una mirada a la izquierda. Modo «Construcción». Estaba mintiendo.

– ¿En las islas Caimán? -dijo ella.

– Él y su socio. -Hizo una pausa, sacó su libreta y pasó varias páginas-. Mark Warren. ¿Está al tanto de la empresa que tienen allí? Inmobiliaria Internacional HW.

Ella lo miró en silencio.

– ¿Inmobiliaria Internacional HW? -repitió.

– Eso es.

– No, no sé nada de eso.

Él asintió.

– De acuerdo.

Se había producido un cambio sutil en el tono de la voz de Ashley Harper. Gracias a las enseñanzas de Roy Grace sabía lo que significaba.

– ¿Me cuenta más?

– No sé mucho más, esperaba que me lo dijera usted.

Sus ojos lanzaron otra mirada a la izquierda. Otra vez el modo «Construcción».

– No -dijo ella-. Lo siento.

– De todos modos, seguramente no será importante -advirtió el policía-. Después de todo, ¿quién no quiere evitar al fisco?

– Michael es astuto. Es un hombre de negocios listo, pero jamás haría algo ilegal.

– No es lo que insinúo, señorita Harper. Intento establecer que quizá no lo sepa todo sobre el hombre con el que va a casarse, eso es todo.

– ¿Qué quiere decir?

De nuevo, Glenn levantó las manos. Eran las siete menos cinco. Tenía que marcharse.

– No tiene por qué querer implicar nada necesariamente, pero es algo que debemos tener en cuenta.

Le ofreció una sonrisa, pero ella no se la devolvió.

Capítulo 17

En la pantalla inestable del televisor de la caseta prefabricada, caóticamente desordenada y anexa a la casa de su padre a las afueras de Lewes, con vistas al depósito lleno de coches accidentados, Davey veía la serie de policías americana Ley y orden. Su personaje favorito, un poli perspicaz llamado detective Reynaldo Curtis, miraba a un delincuente, agarrándolo por la papada con el puño cerrado.

– Te tengo controlado, ¿entiendes lo que te digo? -le dijo con un gruñido.

Davey, con sus vaqueros anchos y la gorra de béisbol bien calada, estaba tumbado en su sofá andrajoso masticando un Twinkie de una remesa que le llegaba todas las semanas de Estados Unidos por correo.

– ¡Sí, cerdo! Te tengo controlado, ¿entiendes lo que te digo? -gritó.

Los restos de la cena de Davey -un cuarto de libra y patatas fritas- descansaban en las losetas de alfombra onduladas entre montones de basura, la mayor parte de la cual la había rescatado trabajando con su padre y cubría casi cada centímetro del suelo, el estante y la mesa de sus dominios.

A su lado, estaban los trozos del walkie-talkie que había encontrado hacía un par de noches. Quería intentar arreglarlo, pero aún no había encontrado el momento. Por hacer algo, cogió la caja principal y la miró.

La cubierta estaba muy dañada. Había un trozo de plástico suelto con rebordes y dos pilas AAA que había recogido de la carretera cuando se le había caído. Su intención había sido repararlo, pero por algún motivo se le había ido de la cabeza. Se le iban de la cabeza muchas cosas. La mayoría le venían a la mente con la misma rapidez con que se marchaban.

Cosas.

Siempre había cosas que no tenían sentido.

La vida era un rompecabezas al que siempre le faltaban piezas. Las importantes. Ahora había cuatro piezas para el rompecabezas del walkie-talkie. La caja rota, las dos pilas y la cosa que parecía una tapa.

Se acabó el Twinkie, lamió el envoltorio y lo tiró al suelo.

– ¿Entiendes lo que te digo? -le dijo a nadie. Entonces, se inclinó hacia delante, recogió la caja de la hamburguesa y rebañó el kétchup con el dedo-. ¡Sí! Te tengo controlado, ¿entiendes lo que te digo?

Se rio. Comenzaron los anuncios. Una idiota mediática de voz melosa hablaba de las cuotas de una sociedad de crédito hipotecario. Davey empezó a impacientarse.

– Vamos, nena, ponme la serie otra vez -dijo.

Pero apareció otro anuncio. En la pantalla, un bebé gateaba por la moqueta hablando con voz grave de adulto. Davey se quedó mirando unos momentos, incapaz de moverse, preguntándose cómo podía ser que un bebé hablara así. Luego, su atención volvió a centrarse en el walkie-talkie. Tenía una antena plegable, que subió al máximo. Después, la volvió a bajar.

– ¡Criiinc! -dijo. Luego, volvió a subirla-. ¡Criiinc!

Señaló con ella la pantalla del televisor y miró su objetivo, apuntando como si fuera un rifle. Luego, volvió a comenzar la serie.

Miró su flamante reloj, que le había regalado ayer su padre, por su cumpleaños. Era para cronometrar carreras de coches y tenía todo tipo de botones, esferas y pantallas digitales que aún no entendía del todo leyendo el manual de instrucciones. Su padre le había prometido que le ayudaría a leerlo, a entender las palabras difíciles. Tenía que funcionar todo a la perfección para este domingo, para el Gran Premio de Mónaco: era importante que lo tuviera a punto para entonces.

Llamaron a la puerta, luego ésta se abrió unos centímetros. Era su padre, que llevaba una gorra de caza con orejeras, una cazadora vieja destrozada y botas de agua.

– Cinco minutos, Davey

– ¡Nooo! Están dando Ley y orden. ¿No pueden ser quince?

El humo del cigarrillo entró en la habitación. Davey vio el brillo rojo cuando su padre dio una calada.

– Si quieres venir a cazar conejos, tenemos que marcharnos dentro de cinco minutos. Ya debes de haber visto todos los episodios de Ley y orden que han dado.

Acabaron los anuncios y la serie volvía a empezar. Davey se llevó un dedo a los labios. Con una sonrisa y fingiendo desesperación, Phil Wheeler salió del cuarto.

– Cinco minutos -dijo mientras cerraba la puerta.

– ¡Diez! -gritó Davey, ahora con acento americano-. ¡Es un trato! ¿Entiendes lo que te digo?

Davey volvió a centrarse en el walkie-talkie y pensó que sería «guay» llevárselo a cazar conejos. Miró atentamente el compartimento de las pilas, vio cómo se suponía que iban colocadas y las puso. Luego, pulsó uno de los dos botones que había en un lado. No pasó nada. Lo intentó con el segundo botón y al instante se oyeron unas interferencias.

Se llevó el altavoz a la oreja y escuchó. Sólo se oían interferencias. Y luego, de repente, una voz de hombre tan fuerte que podría haber estado con él en la habitación.

– ¿Hola?

Davey se asustó y el walkie-talkie se le cayó al suelo.

– ¿Hola? ¿Hola?

Davey se quedó mirándolo, con una sonrisa de oreja a oreja. Entonces, volvieron a llamar a la puerta.

– Tengo tu arma, ¡vamos! -gritó su padre.

Luego, como temía que su padre se enfadara si veía el walkie-talkie -se suponía que no debía coger nada que encontrara en las inmediaciones de un accidente-, Davey se agachó, pulsó el otro botón, que imaginó que sería el de «Hablar», y dijo en voz baja y con acento americano:

– Lo siento, no puedo hablar. Me tiene controlado. ¿Entiendes lo que te digo?

Guardó el walkie-talkie debajo de la cama, salió corriendo de la habitación y dejó que el televisor y el detective Reynaldo Curtis se las arreglaran sin él.

Capítulo 18

– ¡Eh! ¡Hola! ¡Hola! ¡Hola!

El silencio le llegó desde el satén de marfil.

– ¡Eh! ¡Ayúdame, por favor!

Michael, sollozando, pulsó el botón de «Hablar» repetidas veces.

– ¡Por favor, ayúdame! ¡Ayúdame, por favor!

Sólo interferencias.

«Lo siento, no puedo hablar. Me tiene controlado. ¿Entiendes lo que te digo?»

Una voz extraña, como de actor histriónico interpretando a un gánster americano. ¿Formaba parte de la broma? Michael se llevó las lágrimas saladas a los labios secos y cortados y, durante un instante fugaz, mortificador, saboreó la humedad antes de que su lengua las absorbiera como papel secante.

Miró el reloj. Habían pasado más horas: las nueve menos diez. ¿Cuántas horas más iba a durar aquella pesadilla? ¿Cómo iban a salirse con la suya? Seguro que Ashley, su madre, todo el mundo, por el amor de Dios, ya se habían puesto en contacto con los chicos. Llevaba ahí abajo unas…, unas…

De repente, el pánico se apoderó de él. ¿Eran las nueve menos diez de la mañana o de la noche?

Hacía sólo un rato era de tarde, ¿verdad? Había mirado el reloj cada sesenta minutos a la hora en punto. Era imposible que hubiera sido tan descuidado como para perder la pista a veinticuatro horas enteras. Tenía que ser de noche, esta noche, no mañana por la mañana.

Casi cuarenta y ocho horas.

«¿Qué coño estáis haciendo todos?»

Apretó las manos hacia abajo, para impulsarse hacia arriba un momento e intentar que le circulara un poco la sangre por el trasero entumecido. Le dolían los hombros de tenerlos encorvados, le hacían daño todas las articulaciones del cuerpo por la falta de movimiento y por la deshidratación. Conocía los peligros que suponía eso gracias a sus años de navegación. Le estallaba la cabeza. Podía detener el dolor unos segundos llevándose las manos a la cabeza y clavándose los pulgares en las sienes, pero luego volvía con la misma fuerza de antes.

– Dios santo, me caso el sábado, ¡gilipollas! ¡Sacadme de aquí! -gritó tan alto como pudo, y luego aporreó el techo y las paredes con los pies y las manos.

«Imbéciles.» Viernes por la tarde. El día antes de la boda. Tenía que ir a recoger el traje. Cortarse el pelo. Se iban de luna de miel el sábado por la noche a Tailandia; tenía un montón de trabajo que hacer en el despacho antes, antes de marcharse dos semanas. Tenía que escribir su discurso nupcial.

«Va, venga, chicos, ¡tengo que hacer muchas cosas! Ya os habéis vengado, ¿vale? Por todas las putadas que os he hecho. Me la habéis devuelto de sobra. ¡Con creces!»

Dejó caer la mano sobre la entrepierna, localizó la linterna y la encendió durante unos segundos preciosos, para racionar las pilas. El satén blanco parecía estar más cerca que nunca; la última vez que lo había mirado, le pareció que estaba a unos quince centímetros de su cara, ahora no le parecieron más de siete, como si esta caja, ataúd, o lo que fuera, se hundiera sobre él despacio, constantemente.

Cogió el tubo, que caía flácido delante de su cara; volvió a mirar por él, para intentar vislumbrar algo, pero no vio nada. Luego, comprobó que estaba pulsando el botón correcto del walkie-talkie. Pulsó primero uno y después el otro. Escuchó en primer lugar las interferencias, luego le dio al botón de «Hablar» y gritó tan fuerte como pudo. A continuación, volvió a pulsar el de «Escuchar». Nada.

– ¡Nada! -gritó-. Manda huevos.

Entonces, le vino a la mente la imagen de una sartén en la cocina de su madre. Una sartén llena de huevos, salchichas, beicon, tomates; chisporroteando, burbujeando, estallando, silbando. Podía olerlos, maldita sea, olía también el pan, friéndose en otra sartén, la lata de judías con tomate calentándose.

«Dios santo, qué hambre tengo.»

Dejó de pensar en comida, en el dolor que sentía en el estómago, tan agudo que era como si los ácidos estomacales estuvieran devorándole las paredes del estómago.

«¿Qué nos impide a los humanos digerir nuestro propio estómago?», pensó de repente. Los pensamientos se agolpaban en su mente, que comenzó a recordar retazos de información de todo tipo.

Recordó haber leído hacía algunos años una teoría sobre los ritmos circadianos. Todos los demás seres vivos del planeta vivían un ciclo de veinticuatro horas, pero los humanos no: nuestra media era de veinticinco horas y quince minutos. Se habían realizado pruebas que consistían en encerrar a seres humanos en lugares oscuros durante semanas, sin reloj. Siempre pensaban que habían estado encerrados menos tiempo del que había transcurrido en realidad.

«Genial, ahora podía ser una de sus putas ratas de laboratorio.»

Tenía la boca tan seca que los labios se le quedaban pegados y le dolía separarlos. Era como si le arrancaran la piel.

Luego volvió a enfocar la linterna hacia arriba, miró el agujero cada vez mayor que había escarbado en la madera encima de su cara, cogió el cinturón de cuero y, de nuevo, con la esquina de la hebilla de metal, se puso a rascar hacia delante y hacia atrás la teca dura -sabía lo suficiente sobre maderas como para saber que era teca, y que la teca era casi la madera más dura del mundo- con los ojos cerrados, doloridos, mientras las partículas de serrín le caían encima. Poco a poco, la hebilla fue calentándose más y más hasta que tuvo que parar para dejar que se enfriara.

«Lo siento, no puedo hablar. Me tiene controlado. ¿Entiendes lo que te digo?»

Michael frunció el ceño. ¿Quién coño era ese que ponía voz de americano?

¿Cómo podía pensar alguno de ellos que aquello era divertido? ¿Qué demonios le habían dicho a Ashley? ¿Y a su madre?

Al cabo de unos minutos, dejó de rascar, exhausto. Tenía que continuar, lo sabía. La deshidratación producía cansancio. Tenía que luchar contra el cansancio. Tenía que salir de esa puta caja. Tenía que salir y pillar a esos cabrones, y se las iban a pagar, joder.

Siguió esforzándose unos minutos más, rascando, a veces rozándose los nudillos, intentando tener los ojos bien cerrados para protegerse del serrín que caía y que hacía que le picara la cara, hasta que estuvo demasiado cansado para continuar. Dejó caer las manos y los músculos del cuello agarrotados se relajaron. Con suavidad, echó la cabeza hacia atrás.

Se quedó dormido.

Capítulo 19

Anocheció prematuramente. Mark aparcó el coche justo delante de una parada de autobús que quedaba un poco más arriba en la carretera, luego esperó unos momentos más. La calle ancha, lacada de negro por la lluvia torrencial, estaba tranquila, los coches pasaban con cuentagotas. No parecía que hubiera nadie paseando; que nadie fuera a verle.

Se puso una gorra de béisbol bien calada, se subió el cuello del anorak, corrió hacia el porche del edificio de Michael, mirando los coches aparcados por si había alguien sentado, oculto en la oscuridad. Michael siempre le decía a la gente que Mark era el hombre de los detalles en su empresa. Luego, matizaba la observación con un comentario que su socio odiaba: «Mark es increíblemente obsesivo»; pero sabía que Michael estaba en lo cierto. Aquélla era exactamente la razón por la que Inmobiliaria Doble M funcionaba tan bien, porque él era quien trabajaba de verdad. Su papel era examinar todos los detalles de los presupuestos del constructor, estar en la obra, aprobar cada uno de los materiales que se compraban, controlar los plazos y calcular el coste de los proyectos hasta el último penique. Mientras que Michael se pasaba la mitad del tiempo pavoneándose, persiguiendo a las mujeres, rara vez se tomaba algo muy en serio. El éxito del negocio se debía a él y sólo a él; sin embargo, Michael era el accionista mayoritario, sólo porque tenía más dinero para invertir cuando pusieron en marcha la empresa.

El panel de timbres tenía cuarenta y dos botones para escoger. Pulsó uno al azar, en un piso distinto del de Michael adrede. No contestó nadie. Lo intentó con otro, que llevaba el apellido «Maranello».

Al cabo de unos momentos, respondió una voz quebradiza de hombre con acento italiano.

– ¿Diga? ¿Sí? ¿Hola?

– Un paquete -gritó Mark.

– ¿Un paquete de qué?

– De FedEx. De Estados Unidos, para Maranello.

– ¿Qué? ¿Un paquete? Yo no… No.

Hubo un silencio momentáneo. Luego, el zumbido agudo del seguro eléctrico.

Mark empujó la puerta y entró. Fue directo al ascensor y subió a la sexta planta, luego recorrió el pasillo hasta el piso de Michael. Siempre dejaba una llave debajo del felpudo por si salía y olvidaba la suya dentro -lo cual le había sucedido una vez, borracho y desnudo. Para alivio de Mark, seguía ahí. Una única llave de seguridad, cubierta de pelusa.

Por precaución, llamó al timbre y esperó, observando el pasillo, inquieto por si aparecía alguien y lo veía. Luego abrió la puerta, entró, la cerró deprisa y sacó una pequeña linterna del bolsillo. El piso de Michael daba a la calle. Enfrente había otro bloque de pisos. Probablemente fuera seguro encender las luces, pero Mark no quería correr riesgos. Quizás ahí fuera había alguien observando.

Se quitó la gorra y el abrigo empapados y los colgó en los percheros de la pared. Luego esperó unos momentos, escuchando, nerviosísimo. A través de la pared medianera, oía lo que le pareció una música de marcha, procedente de un televisor con el volumen demasiado alto. Después, con la ayuda de la linterna, comenzó su búsqueda.

Primero entró en la habitación principal, el área del salón-comedor, iluminando cada superficie con la luz. Vio una pila de platos sucios en el aparador, una botella de Chianti medio vacía con el corcho metido de nuevo, luego la mesita de café, con el mando a distancia del televisor junto a un cuenco de cristal con una vela grande, parcialmente consumida. Un fajo de revistas: GQ, FHM, Yachts and Yachting. Al lado, una luz roja parpadeaba sin parar en el contestador automático.

Escuchó los mensajes. Había uno, de hacía tan sólo una hora, de la madre de Michael, con la voz nerviosa: «Hola, Michael, sólo llamo por si has vuelto».

Había otro de Ashley. Sonaba como si hablara desde el móvil en una zona de mala cobertura: «Michael, cariño, sólo llamo para ver si por casualidad has vuelto. Por favor, por favor, llámame en cuanto escuches esto. Te quiero muchísimo».

El siguiente era de un comercial que le preguntaba a Michael si querría aprovecharse de una nueva facilidad crediticia que el Barclays Bank ofrecía a los titulares de su tarjeta.

Mark siguió reproduciendo todos los mensajes, pero no había nada interesante. Miró en los dos sofás, las sillas, las mesas auxiliares, luego fue al estudio.

En la mesa delante del iMac sólo estaba el teclado, el ratón inalámbrico, una alfombrilla fosforescente para el ratón, un pisapapeles de cristal con forma de corazón, una calculadora, un cargador de móvil y un portalápices negro repleto de bolígrafos y lápices. Lo que estaba buscando no estaba allí. Tampoco estaba en las estanterías ni en ningún sitio del dormitorio desordenado de Michael.

«Mierda.»

«Mierda, mierda, mierda.»

Se fue del piso, bajó por la escalera de incendios, salió por la puerta de atrás y entró en la oscuridad del aparcamiento. «Malas noticias», pensó para sí mientras regresaba furtivamente a la calle. «Muy malas noticias.»

Quince minutos después, subió con su BMW X5 la colina empinada junto al enorme complejo en expansión del hospital del condado de Sussex y entró en el aparcamiento del servicio de Urgencias. Pasó deprisa por delante de un par de ambulancias y accedió a la recepción y a la sala de espera intensamente iluminadas, que ya conocía de su visita del día anterior.

Pasó por delante de docenas de personas que esperaban con tristeza en los asientos de plástico, debajo de un cartel que decía: «Tiempo de espera: 3 horas», y por varios pasillos hasta el ascensor, que cogió para subir a la cuarta planta.

Luego siguió los letreros hasta la UCI; el olor a desinfectante y comida de hospital penetraron en su nariz. Dobló una esquina, pasó por delante de una máquina expendedora y un teléfono público con una pequeña cúpula de plástico; luego, delante de él, vio el mostrador de recepción de la Unidad de Cuidados Intensivos. Detrás había dos enfermeras, una al teléfono, la otra hablando con una anciana afligida.

Cruzó la sala, pasó por delante de cuatro camas ocupadas, hasta la esquina donde anoche estaba Josh, esperando ver a Zoe junto a la cabecera; pero en su lugar vio a un anciano arrugado de pelo blanco alborotado, con las mejillas hundidas con manchas de vejez, sondado e intubado, y con un respirador a su lado.

Mark escudriñó el resto de las camas, pero no había rastro de Josh. Presa del pánico por si su salud había mejorado y lo habían trasladado a otra sala, regresó corriendo al mostrador de recepción y se colocó delante de la enfermera que estaba al teléfono, una mujer rellenita y risueña de unos treinta años, con el pelo liso y corto y una placa en la que ponía: «Enfermera jefe Uci, Marigold Watts». Por su conducta, parecía que charlaba con su novio.

Mark esperó con impaciencia, con los brazos en el mostrador de madera, mirando la hilera de monitores blancos y negros que controlaban cada cama y las pantallas digitales de color que había debajo de cada uno. Cambió de posición deprisa, un par de veces, para intentar llamar su atención, pero la enfermera parecía estar preocupada principalmente por su cena.

– Un chino, creo que me apetece un chino. Un pato Pequín. Algún sitio que tenga pato Pequín, con las tortitas y…

Pareció que al fin advertía su presencia.

– Oye, tengo que colgar. Te llamo luego. Yo también te quiero. -Se volvió hacia Mark, todo sonrisas-. Sí, ¿qué desea?

– Josh Walker. -Señaló hacia la sala-. Estaba allí… ayer. Me preguntaba a qué sala le han trasladado.

A la enfermera se le paralizó el rostro como si acabaran de ponerle una inyección de Botox. Su voz también cambió; de repente, se volvió cortante y defensiva.

– ¿Es familiar suyo?

– No, soy un amigo.

Al instante, Mark se reprendió por no haber dicho que era su hermano. La enfermera nunca lo habría sabido.

– Lo siento -dijo, como si lamentara haber colgado por atenderle-. Sólo podemos dar información a los familiares.

– ¿No puede decirme simplemente adonde lo han trasladado?

Sonó un pitido. La enfermera miró las pantallas y vio una luz roja parpadeando junto a una de ellas.

– Tengo que dejarle -dijo-. Lo siento.

Salió corriendo de su puesto y cruzó la sala.

Mark cogió el móvil. Luego vio un cartel grande: «El uso de teléfonos móviles está terminantemente prohibido en este hospital».

Retrocedió, volviendo sobre sus pasos apresuradamente hacia el ascensor, luego descendió a la planta baja. Aterrado, recorrió a toda prisa un laberinto de pasillos hasta que llegó a la entrada principal.

Justo cuando se acercaba al mostrador de recepción oyó un grito casi histérico y vio a Zoe. Tenía los ojos rojos, las lágrimas le resbalaban a mares por las mejillas y llevaba los rizos rubios totalmente despeinados.

– Tú y tu amigo Michael y todas vuestras bromas estúpidas -gritó-. Capullos estúpidos inmaduros.

Mark se quedó mirándola unos momentos sin decir nada. Entonces, Zoe se derrumbó en sus brazos, sollozando descontroladamente.

– Está muerto, Mark, acaba de morir. Está muerto. Josh está muerto. Dios mío, está muerto. Por favor, ayúdame. ¿Qué voy a hacer?

Mark la abrazó.

– Yo… pensaba que estaba bien, que iba a recuperarse -dijo, sin convicción.

– Dijeron que no podían hacer nada por él. Dijeron que si hubiera vivido habría quedado vegetal. Dios mío. Dios mío, ayúdame, Mark. ¿Qué voy a decir? ¿Cómo les diré a los niños que su padre no va a volver nunca a casa? ¿Qué voy a decirles?

– ¿Quieres… quieres… un té o algo?

– No, no quiero un puto té -dijo sollozando nerviosamente-. Quiero a mi Josh. Dios mío, lo han bajado al depósito. Dios. Dios mío, ¿qué voy a hacer?

Mark se quedó callado, abrazándola fuerte, acariciándole la espalda, esperando con todas sus fuerzas que no notara su alivio.

Capítulo 20

Michael se despertó sobresaltado de un sueño confuso, intentó incorporarse y se golpeó la cabeza al instante contra la tapa del ataúd. Gritando de dolor, intentó mover los brazos y sus hombros tropezaron con el satén implacable primero a la izquierda y luego a la derecha. Se movió con violencia y sacudió brazos y piernas, presa de repente de un pánico claustrofóbico.

– ¡Sacadme de aquí! -gritó, dándose la vuelta, sacudiéndose, respirando entrecortadamente, sudando y temblando a la vez-. ¡Por favor, sacadme de aquí!

Su voz murió. De golpe. No iba a llegar a ningún sitio, estaba atrapada allí dentro, igual que él.

Buscó la linterna, incapaz de localizarla durante unos segundos por culpa del pánico. Entonces la encontró, la encendió y alzó la vista hacia las paredes de su cárcel. Miró el reloj: las once y cuarto.

¿De la noche?

¿De la mañana?

De la noche, aún debía de ser de noche, jueves por la noche.

Le bajaban gotas de sudor por el cuerpo. Formaban un charco debajo de él. Giró el cuello para mirar hacia atrás, enfocó la linterna hacia abajo y un reflejo lo iluminó. Agua.

Tres putos centímetros.

Bajó la mirada asustado. Imposible. Era absolutamente imposible que hubiera sudado tanto.

Cinco putos centímetros.

Volvió a bajar la mano. Enfocó con la linterna. Extendió el meñique, como si fuera una varilla medidora. El agua le llegaba justo por debajo de la segunda falange. Era imposible que hubiera sudado tanto. Ahuecando las manos, recogió un poco y bebió con avidez, haciendo caso omiso al sabor salado, turbio. Bebió más y más; durante varios minutos, le pareció que cuanta más agua bebía, más sediento estaba.

Luego, cuando al fin acabó, el hecho de que el agua estuviera subiendo introdujo un aspecto nuevo en la ecuación. Cogió la hebilla del cinturón y se puso a rascar frenéticamente la tapa hasta que, a los pocos minutos, la hebilla volvió a calentarse tanto que le quemó los dedos.

«Mierda.»

Cogió la botella de whisky. Aún quedaba un tercio. Golpeó la parte superior con fuerza contra la madera. No sucedió nada. Volvió a intentarlo, oyó el ruido sordo. Se desprendió una astilla minúscula de cristal. Una pena desperdiciarlo. Se llevó el cuello a la boca, lo inclinó y bebió un trago del líquido ardiente. Dios santo, sabía bien, muy bien. Se recostó, puso la botella en vertical sobre la boca, dejó que el whisky cayera y bebió, bebió y bebió hasta que se atragantó.

Levantó la botella y la miró a la luz de la linterna. Tuvo dificultades para enfocar, la cabeza le daba vueltas. Sólo quedaba una pequeña cantidad de whisky. Sólo unos…

Oyó un golpe justo encima de su cabeza. ¡Notó que el ataúd se movía!

Luego otro golpe.

Como un paso.

¡Como si alguien estuviera sobre la tapa del ataúd, justo encima de él!

La esperanza recorrió todos los nervios de su cuerpo. «Dios santo, ¡por fin van a sacarme de aquí!»

– ¡Muy bien, cabrones! -gritó, con voz más débil de lo que quería.

Respiró, oyó otro chirrido encima de él. «¡Por fin, joder!»

– ¿Por qué coño habéis tardado tanto? Silencio.

Golpeó la tapa con el puño, arrastrando las palabras.

– ¡Eh! ¿Por qué coño habéis tardado tanto? ¿Josh? ¿Luke? ¿Pete? ¿Robbo? ¿Tenéis idea de cuánto tiempo llevo aquí abajo? No tiene gracia, no tiene ni puta gracia. ¿Me oís?

Silencio.

Michael escuchó. ¿Lo había imaginado?

– ¡Hola! ¡Eh,hola!

Silencio.

Era imposible que se lo hubiera imaginado. Había oído pasos. ¿Un animal salvaje? No, eran más pesados. De persona.

Golpeó la tapa frenéticamente con la botella y luego con los puños.

Entonces, de pronto, muy silenciosamente, como si estuviera viendo un espectáculo de magia en televisión, el tubo para respirar subió y desapareció.

Unos granitos de tierra cayeron por el agujero que acababa de abandonar.

Capítulo 21

Mark apenas podía ver. Una bruma roja de pánico se había apoderado de él y empañaba su vista y nublaba su cerebro. La voz de Michael. Había oído la voz apagada de Michael. ¡Dios santo!

Cerró la puerta de su BMW en la oscuridad del bosque, en la lluvia. Tocó el contacto e intentó introducir la llave. Notaba las botas pesadas y pegajosas por culpa del barro y el agua le caía de la gorra de béisbol sobre la cara.

Con las manos enguantadas giró la llave y los faros se encendieron con un resplandor blanco y brillante al arrancar el motor. A su luz, vio la tumba y los árboles detrás. Un animal salió disparado hacia la maleza y las hojas y las plantas se balancearon con el viento y la lluvia, durante un momento surrealista, como plantas movidas por la corriente del lecho marino.

Siguió mirando la tumba, la plancha ondulada con la que la había cubierto con cuidado y las matas que había arrancado y colocado encima para camuflarla. Luego vio que la segunda pala aún sobresalía del agujero y maldijo. Se bajó, corrió hacia ella, la cogió y la metió en el coche por la puerta trasera. Luego volvió a subir, cerró su puerta de golpe y comprobó la escena, examinándola tan bien como le permitió su vista empañada.

Estaba pensando. Hasta el mes próximo, como mínimo, allí no comenzaría ninguna obra, aún había que solucionar y concretar algunos temas de planificación. Nadie tenía ningún motivo para pasarse por allí. El comité de planificación urbana ya había realizado su inspección y ahora estaba todo pendiente del sello oficial.

Temblando como una hoja, puso el coche en punto muerto y bajó por el sendero, volvió a cruzar los dos guardaganados que había colocado la Comisión forestal, imaginó, para impedir que los ciervos salieran a la carretera.

Mientras se incorporaba a la carretera, puso la radio y pulsó botón tras botón buscando música. Había noticias. Tertulias. Un anuncio. Pulsó el botón del CD, recorrió a su vez cada uno de los compactos, pero ninguno le servía. Apagó el aparato.

Unos minutos después, mientras tomaba una curva, la luz de los faros iluminó una hilera de coronas de flores en el arcén. Aquella visión le revolvió el estómago. Unos faros aparecieron en el otro carril, pasaron. Luego otros. Agarró con fuerza el volante, la cabeza le daba vueltas, intentaba concentrarse, pensar con claridad. Luego llegó a otra curva, aún más cerrada; iba demasiado deprisa. Presa del pánico, pisó el freno, con fuerza, demasiada. Notó la sacudida cuando se accionó el ABS antibloqueo y oyó un golpe cuando el tubo para respirar salió disparado del asiento del conductor y cayó al suelo.

Sin saber cómo, superó la curva, luego vio un área de descanso delante de él y se detuvo. Pulsó el botón del navegador por satélite e introdujo «Embalse de Arlington». Al cabo de unos momentos, la voz femenina incorpórea del sistema anunció: «Diseñando ruta».

Veinticinco minutos después, se detuvo en la entrada del embarcadero de madera del club náutico desierto en el embalse de ocho kilómetros de largo y apagó el motor. Cogió la linterna, se bajó y se quedó quieto en la oscuridad, escuchando. El único sonido que se oía era el golpeteo de las jarcias agitadas por el viento. No había luces encendidas en ningún sitio. El club estaba en silencio. Miró su reloj. Las doce menos diez de la noche.

Recogió el tubo para respirar del suelo del coche, luego las dos palas de la parte de atrás, y bajó hasta el final del embarcadero. Michael y él habían comenzado a navegar allí, de niños, antes de volverse más aventureros y empezar a navegar por el océano. Por lo que recordaba, aquí el agua tenía seis metros de profundidad. No era perfecto, pero debería bastar. Tiró el tubo para respirar y después las palas en la superficie oscura y ondulada y los vio desaparecer. Después, se quitó las botas y también las lanzó al agua. Se hundieron al instante.

Luego volvió al coche caminando sin hacer ruido, se puso los mocasines que había traído y se dirigió a casa. De repente, se sintió muy cansado. Condujo despacio, con cuidado, no quería que ningún radar le sacara la foto, ni llamar la atención de ningún coche patrulla.

Lo primero que haría por la mañana sería ir directamente a un túnel de lavado que conocía, cerca de la estación de Hove. Un lugar que estaba siempre muy concurrido, utilizado por los taxistas de la ciudad, donde los coches sucios eran lo más normal del mundo, donde siempre había cola, donde nadie se fijaría lo más mínimo en un BMW X5 cubierto de barro.

Capítulo 22

Grace se sacó el puro humeante de la boca, bostezó, volvió a llevárselo a los labios y lo sujetó con los dientes en un arranque súbito de concentración mientras cogía sus cinco cartas del tapete verde arrugado. Un montoncito de fichas de cincuenta peniques descansaba en el centro de la mesa: las apuestas iniciales de cada jugador. Delante de él, había vasos de whisky, copas de vino, pilas de dinero y fichas y un par de ceniceros llenísimos, rodeados de trocitos de patatas y migas de sándwich. La habitación estaba llena de humo y, fuera, la lluvia y el viento azotaban las ventanas altas, que daban al canal de la Mancha y a las luces del Palace Pier.

Siempre jugaban al póquer del repartidor, y siempre que le tocaba a Bob Thornton, un inspector que se había jubilado hacía tiempo, elegía el póquer con descarte, la variedad que menos le gustaba a Grace. Miró la hora: las 00.38. Siguiendo la tradición de sus partidas semanales de póquer de los jueves por la noche, la última ronda había empezado a las doce y media; después de ésta, sólo jugarían dos manos más.

No había tenido una buena noche; a pesar de llevar sus calcetines turquesas de la suerte y su camisa de rayas azules de la suerte, le habían tocado unas cartas pésimas toda la noche, había tomado un par de malas decisiones y le habían visto un farol que le salió caro. La partida le había ido igual que todo lo demás aquella semana: de mal en peor. Por el momento, ya llevaba perdidas ciento cincuenta libras, y la última ronda a menudo era la peor.

Miró fugazmente sus cartas mientras se concentraba en las reacciones de sus cinco compañeros a las suyas y, de repente, se animó un poco. Tres dieces. La primera mano decente que le habían repartido al menos en las dos últimas horas; aunque también era una mano peligrosa: lo suficientemente buena como para ser tonto si no apostaba, pero no era un jugadón.

Era muy complicado calar a Bob Thornton. A sus setenta y cinco años, era un hombre corpulento y lleno de energía que aún jugaba regularmente al squash, de rostro duro y manos con manchas de vejez que parecían casi de reptil. Llevaba una chaqueta verde de punto encima de una camisa de cuadros escoceses desabrochada en el cuello, pantalones de pana y zapatillas de tenis. Era, de largo, el mayor del núcleo de diez jugadores, de los cuales se reunían los suficientes para jugar una partida todos los jueves, semana tras semana, año tras año, turnándose para organizar la velada.

La partida se celebraba desde mucho antes de que Grace ingresara en la policía. En más de una ocasión, Bob les había contado que cuando había entrado en el grupo, hacía décadas, era el jugador más joven. Pensando en su próximo treinta y nueve cumpleaños, Grace se preguntó si él, como Bob, acabaría siendo el carroza del grupo.

De todos modos, era evidente que la edad tenía sus ventajas. Bob era más listo que el hambre, bastante impenetrable y un jugador astuto y muy agresivo. Grace no recordaba muchas ocasiones a lo largo de aquellos años en las que Bob se hubiera marchado a casa sin beneficios, y hoy como siempre, tenía delante de él una montaña de fichas y de dinero. Grace vio que encorvaba los hombros mientras inspeccionaba y organizaba sus cartas, acercándoselas al pecho, mirándolas desde detrás de sus gafas con ojos atentos y ávidos. Luego abrió y cerró la boca, se pasó veloz la lengua por los labios como una serpiente y Grace supo de inmediato que no tenía que preocuparse por la mano de Bob, a menos que tuviera suerte en el descarte.

Le tocaba a Grace abrir las apuestas. Miró al resto de sus compañeros.

Tom Allen, treinta y cuatro años, detective del Departamento de Investigación Criminal de Brighton, rostro serio y juvenil y pelo rizado. Llevaba una sudadera encima de una camiseta y miraba sus cartas sin inmutarse. A Grace siempre le costaba mucho calarle.

Al lado de Tom estaba Chris Croke, un poli de Tráfico -o Vigilancia urbana, como se llamaba ahora ese departamento- que patrullaba en moto. Flaco y guapo, de pelo rubio y corto, ojos azules y encanto ocurrente, Croke era un donjuán consumado que parecía llevar una vida más propia de un playboy que de un poli. Esta noche organizaba él la partida, en su ostentoso piso en la quinta planta del edificio más moderno de Brighton, el Van Alen. Por lo general, un poli con una vida tan lujosa habría despertado las sospechas de Grace, pero todo el mundo sabía que la ex mujer de Croke era la heredera de una gran fortuna ganada en las quinielas.

Croke la había conocido al pararla por exceso de velocidad y se jactaba de que, a pesar de haberla multado, la chica se había casado con él. Fuera cual fuera la verdad, ya era historia, pero no había duda de que había salido bien parado del matrimonio, porque cuando al fin ella se hartó del horario irregular que le tocaba aguantar a cualquier esposa de policía, le dio un buen botín.

Croke era imprudente e impredecible. Tras siete años jugando con él, a Grace le costaba trabajo descifrar su lenguaje corporal. Nunca parecía que le importara ganar o perder; era mucho más sencillo calar a la gente que se jugaba algo.

Grace centró su atención en Trevor Carter, un hombre tranquilo, que se estaba quedando calvo y que trabajaba en Tecnología de la información en la comisaría de policía de Brighton. Conservador en el vestir, con una camisa gris, las mangas remangadas, gafas grandes y nada modernas y pantalones color marrón apagado, Carter era un hombre familiar y ahorrador que jugaba a las cartas como si el bienestar de sus cuatro hijos dependiera de ello. Rara vez se tiraba un farol, rara vez subía la apuesta y, en consecuencia, rara vez acababa la noche por todo lo alto. Un tic nervioso en el ojo derecho era lo que delataba a Carter: la señal inequívoca de que llevaba una buena mano. Ahora lo tenía.

Por último, miró a Geoff Panone, un detective de Antivicio de treinta años, que daba caladas a un puro enorme y llevaba una camiseta negra, vaqueros blancos y sandalias, el pelo negro casi por los hombros y un pendiente de oro. Grace había aprendido observándolo durante los dos últimos años que cuando tenía una buena mano en el póquer con descarte, reorganizaba sistemáticamente las cartas y que cuando llevaba una mano pésima, no lo hacía. Para su preocupación, ahora estaba reorganizando sus cartas.

– Apuesta, Roy -le dijo Bob Thornton.

El límite siempre era el bote de la mesa. Nadie podía apostar más, lo cual mantenía la partida en un nivel asequible. Como los seis habían salido con tres libras, ése era el tope inicial. Grace no quería revelar nada, pero, a la vez, no quería que nadie pasara, así que abrió con una libra. Todos apostaron lo mismo hasta que le tocó a Trevor Carter, quien subió tres libras, el tic del ojo se hizo mucho más pronunciado.

Geoff subió dos libras más. Bob Thornton dudó sólo una milésima de segundo, lo justo para que Grace se convenciera de que, de momento, no llevaba una buena mano y que iba a arriesgarse porque era la última ronda. Decidió aprovechar la oportunidad y subió tres libras más.

Todos le miraron. Sabían que había tenido una mala noche y eso le delataba, pero ya era demasiado tarde para remediarlo.

Tom lanzó las cartas boca abajo y negó con la cabeza. Chris dudó unos momentos, luego apostó cinco libras. Trevor y Geoff igualaron su apuesta. Bob Thornton los imitó.

– ¿Cuántas? -le preguntó Bob a Grace.

Cambiar dos revelaría que tenía tres iguales, pero cambiar dos aumentaría sus probabilidades. Grace decidió su estrategia y cambió sólo una, descartando su tres de tréboles y quedándose con el siete de picas. Cogió el siete de corazones.

El corazón le dio un salto. ¡Un full! No uno de primera, pero tenía una mano muy buena. Dieces y sietes. ¡Ahora empezaba la diversión!

Seguro, observando el cambio de cartas de los demás, de que llevaba la mano ganadora, Grace decidió aprovechar la oportunidad y poner toda la carne en el asador. Para su desgracia, los tres jugadores siguientes pasaron y se dio cuenta de que había apostado demasiado fuerte; pero, luego, vio aliviado que Trevor Carter intervenía y subía su apuesta.

Confiado, Grace cogió su cartera y subió la apuesta de Carter. Trevor subió su apuesta varias veces más, hasta que Grace perdió los nervios, sacó unos billetes más de la cartera y vio sus cartas.

Luego dio una calada nerviosa a su puro mientras Carter daba la vuelta a sus cartas, una a una.

«Mierda, mierda, mierda.»

Escalera de color: 7, 8, 9, 10, jota. Seguiditas.

– ¡La leche! -dijo Croke.

– ¡Bien jugado! -exclamó Bob Thornton-. Dios mío, ¡qué bien lo has ocultado!

– He ganado -dijo un Trevor Carter casi en éxtasis-. ¡He ganado!

Grace se dejó caer en el respaldo, desanimado. Era una mano entre un millón; quizás incluso había menos probabilidades. Imposible de predecir. Y aun así tendría que haberse dado cuenta, por la firmeza inusitada de la apuesta de su oponente, que Trevor sabía que le había ganado; debería haberlo calado mucho antes.

– Creo que necesitas agudizar tus poderes sobrenaturales, Roy -bromeó Croke.

Todos se rieron.

– ¡Iros a la mierda! -replicó Grace más afablemente de lo que sentía.

La subdirectora Alison Vosper tenía razón. La gente se reía de él. En este caso era en tono alegre, entre amigos; pero había otras personas en la policía para las que aquello no era ninguna broma. Si no tenía cuidado, su carrera podía estancarse y podía verse marginado.

Y ahora mismo se había pulido casi trescientas libras.

Cuando acabaron de jugar las tres manos que quedaban, Grace se las había arreglado para que sus pérdidas aquella noche ascendieran a cuatrocientas veintidós libras y cincuenta peniques.

No daba saltos de alegría cuando cogió el ascensor para bajar al aparcamiento subterráneo del edificio. Mientras caminaba hacia su Alfa Romeo estacionado en el sector de los visitantes, seguía tan enfadado consigo mismo y con sus amigos que apenas se fijó en el BMW X5 cubierto de barro que entraba.

Capítulo 23

– ¡Yupiii! -Davey, calado hasta los huesos, abrió la puerta de su caseta prefabricada, luego le dio una patada y entró pavoneándose-. ¡Yupiii! -anunció al televisor, que estaba siempre encendido, a todos sus colegas que rondaban por la pantalla.

Se detuvo para ver qué hacían. El agua goteaba por la gorra de béisbol, el chubasquero y las botas enlodadas y caía en la alfombra de espuma. James Spader estaba en un despacho, hablando con una tía a la que no reconoció.

– Me he cargado a unos doscientos bicharracos de esos. ¿Entiendes lo que te digo? -le dijo Davey a James Spader con su mejor acento sureño.

Pero Spader simplemente no le hizo caso, siguió hablando con la tía. Davey cogió el mando de encima de la cama y apuntó al televisor.

– Sí, bueno, yo tampoco te necesito, ¿entiendes lo que te digo?

Cambió los canales. Ahora vio a dos tipos que no conocía, cara a cara, discutiendo. Clic. James Gandolfino caminaba entre los coches de un concesionario Mercedes-Benz hacia una mujer guapa de pelo largo y negro.

Davey hizo zapping y el hombre desapareció. Recorrió un buen número de canales, pero no parecía haber nadie interesado en hablar con él. Así que fue a la nevera.

– Voy a pillarme una birra del minibar -anunció.

Sacó una coca-cola, la abrió con una mano, se bebió media lata y luego se sentó en la cama y eructó. Su reloj marcaba las 2.21. Estaba muy despierto. Quería charlar con alguien, hablarle de todos los conejos que él y su padre habían matado aquella noche.

– El tema es éste -dijo Davey, y volvió a eructar.

Miró en los bolsillos de su chubasquero, sacó un par de cartuchos de escopeta de verdad y después colgó el impermeable en el perchero de la puerta. Se sentó a los pies de la cama, cansado, como había visto que hacía Clint cuando se quitaba las botas, y tiró al suelo las suyas, primero una y después la otra.

Luego, acarició los dos cartuchos no gastados.

– Llevan tu nombre escrito -le informó a Sean Penn, que caminaba hacia él; pero Sean Penn tampoco estaba de humor para charlas.

Entonces, Davey se acordó. Había alguien que sí hablaría con él. Se arrodilló en el suelo, alargó la mano debajo de la cama para coger el walkie-talkie y subió la antena al máximo. «¡Criiinc!»

Pulsó el botón de «Escuchar» y oyó el crujido de las interferencias. Luego, lo intentó con el botón de «Hablar».

Capítulo 24

Michael, muy despierto, estaba llorando. No sabía qué hacer, se sentía totalmente impotente. Eran más de las dos de la madrugada, del viernes, se suponía que se casaba mañana. Había un millón de cosas que hacer.

¿Quién coño o qué coño había sacado el tubo para respirar? ¿Podía ser un tejón que se llevaba algo a su guarida? ¿Para qué querría un tejón un trozo de tubo de goma? Además, los pasos eran demasiado pesados. Era una persona, seguro.

¿Quién?

¿Por qué?

¿Dónde estaba Ashley, su querida, amada, preciosa, comprensiva Ashley? ¿Qué estaba pensando ahora? ¿Qué pasaba por su mente?

Seguía albergando la esperanza, en todo momento, de que aquello fuera una pesadilla terrible y que dentro de un minuto se despertaría y estaría en su cama con Ashley al lado. No tenía ningún sentido.

De repente, oyó un silbido agudo, marcado y nítido. ¡El walkie-talkie!

Luego, una voz, con un fuerte acento sureño, habló.

– ¿Tienes idea del daño que hacen? -dijo-. ¿Eh? ¿Tienes idea?

Frenéticamente, Michael buscó la linterna en la oscuridad.

– ¿Sabes? La mayoría no tienen ni idea -continuó la voz-. Los malditos ecologistas hablan de proteger la flora y la fauna, pero esos tíos, esos tíos no saben una mierda, ¿entiendes lo que te digo?

Michael encontró la linterna, la encendió, localizó el walkie-talkie y pulsó el botón de «Hablar».

– ¿Hola? -dijo-. ¿Hola? ¿Davey?

– Sí, sí, ¡contigo estoy hablando! Apuesto a que no tienes ni idea, ¿eh?

– Hola, ¿quién eres?

– Eh, colega, no te preocupes por quién soy. El tema es que cinco malditos conejos comen casi la misma cantidad de hierba que una oveja. Así que calcula.

Michael agarró la caja negra, absolutamente confuso, preguntándose si estaba alucinando. ¿Qué coño estaba pasando?

– ¿Puedo hablar con Mark? ¿O Josh? ¿O Luke? ¿O Peter? ¿O Robbo?

Por unos momentos, hubo silencio.

– ¿Hola? -dijo Michael-. ¿Sigues ahí?

– Amigo mío, no me voy a ninguna parte.

– ¿Quién eres?

– Quizá soy el Hombre sin Nombre.

– Escucha, Davey, esta broma ya dura demasiado, ¿vale? Demasiado, joder. Por favor, déjame salir de aquí.

– Estarás impresionado con doscientos conejos, ¿verdad?

Michael se quedó mirando el walkie-talkie. ¿Es que se habían vuelto todos locos? ¿Era éste el lunático que acababa de sacar el tubo para respirar? Michael intentaba desesperadamente pensar con claridad.

– Escucha -dijo-. Me han metido aquí unos amigos para gastarme una broma. ¿Puedes sacarme de aquí, por favor?

– ¿Te has metido en un lío chungo? -dijo la voz americana.

– Un lío chungo, ahí lo tienes -contestó Michael, sin estar aún seguro de si aquello era alguna clase de juego.

– ¿Qué piensas de doscientos conejos?

– ¿Qué quieres que piense de doscientos conejos?

– Bueno, colega, lo que quiero que pienses es que cualquier tío que se cargue a doscientos conejos es un tío cojonudo, ¿entiendes lo que te digo?

– Absolutamente -dijo Michael-. Estoy absolutamente de acuerdo contigo.

– Vale, pensamos igual, guay.

– Claro. Guay.

– Pero no te pases de guay, ¿eh, colega?

– Entendido -dijo Michael, intentando seguirle la corriente-. ¿Quizá podrías levantar la tapa y podríamos hablar del tema cara a cara?

– Estoy un poco cansado. Creo que me meteré en el sobre y me echaré un sueñecito, ¿entiendes lo que te digo?

– Eh, no, no lo hagas, sigamos hablando -dijo Michael aterrorizado-. Cuéntame más cosas de los conejos, Davey.

– Ya te lo he dicho. Soy el Hombre sin Nombre.

– De acuerdo, Hombre sin Nombre, ¿no tendrás por casualidad un par de panadols? Tengo un dolor de cabeza terrible.

– ¿Panadols?

– Sí.

Hubo un silencio. Sólo se oía el crujido de las interferencias.

– ¿Hola? -dijo Michael-. ¿Sigues ahí?

Oyó una risita.

– ¿Panadol?

– Vamos, por favor. Sácame de aquí.

– Supongo que eso depende de dónde sea «aquí» -dijo la voz después de otro largo silencio.

– Estoy en un puto ataúd.

– Y una mierda.

– Nada de mierda.

Otra risita.

– Nada de mierda, Sherlock, ¿no?

– ¡Sí! Nada de mierda, Sherlock.

– Tengo que irme, es tarde. ¡Buenas noches!

– Eh, por favor, espera… Por favor…

El walkie-talkie se quedó callado.

A la luz tenue de la linterna, Michael vio que el agua había subido considerablemente durante la última hora. Volvió a comprobar la profundidad con la mano. Hacía una hora, le llegaba al nudillo del dedo índice.

Ahora le cubría la mano por completo.

Capítulo 25

Roy Grace, que llevaba una camisa blanca de manga corta, una corbata triste y el cuello desabotonado, miró el mensaje de texto en su móvil y frunció el ceño: «¡No dejo de pensar en ti! Besos, Claudine».

¿Claudine?

Pasaban pocos minutos de las nueve de la mañana y tenía frío, sentado en su despacho delante de la pantalla del ordenador, que pitaba continuamente para avisar de la llegada de un nuevo mensaje de correo electrónico. Estaba hecho polvo y tenía un dolor de cabeza atroz. Llovía a cántaros y una corriente gélida entraba en la habitación. Durante unos instantes, contempló la lluvia que resbalaba por la ventana, miró las vistas sombrías de la pared del callejón y luego desenroscó el tapón de una botella de agua mineral que había comprado en una gasolinera de camino al trabajo, hurgó en un cajón de su mesa y sacó una caja de Panadol. Perforó el papel de aluminio y sacó dos cápsulas, se las tragó y luego miró a qué hora le habían mandado el mensaje: a las 2.14 de la madrugada.

Claudine.

Dios mío. Ahora cayó en la cuenta.

Era la vegetariana estricta que odiaba a la poli de la cita a ciegas del martes por la noche concertada a través de «Tu Cita». Fue muy antipática, la velada resultó un desastre y ahora le mandaba un mensaje. Estupendo.

Tenía el móvil en la mano, pensando en si contestar o simplemente borrarlo, cuando la puerta se abrió y Branson entró, vestido con un traje marrón impecable, una corbata de colores vivos y zapatos de dos tonos: marrón y crema. En una mano llevaba un café tapado de Starbucks y en la otra dos bolsas de papel.

– ¡Hola, tío! -lo saludó Branson, alegremente, como siempre. Se desplomó en la silla que había delante de Grace y dejó el café y la bolsa de papel sobre la mesa-. Veo que aún tienes una camisa.

– Muy gracioso -dijo Grace.

– ¿Ganaste anoche?

– No, no gané una mierda.

A Grace aún le dolía la derrota. Cuatrocientas veinte libras. El dinero no era problema para él, y no tenía deudas, pero detestaba perder, sobre todo perder tantísimo.

– Tienes una pinta horrible.

– Gracias.

– No, en serio. Tienes una pinta horrible.

– Es muy amable de tu parte venir hasta aquí a decírmelo.

– ¿Has visto El rey del juego?

– No me acuerdo.

– Con Steve McQueen. Le dejan limpio en una partida de cartas. Tenía un final buenísimo, te acordarías. El niño en el callejón le reta a apostar y él lanza su última moneda. -Branson quitó la tapa y derramó café en la mesa, luego sacó un cruasán de almendras, dejando un rastro de azúcar glas al lado de las gotas de café derramadas. Se lo ofreció a Grace-. ¿Quieres un mordisco?

Grace dijo que no con la cabeza.

– Deberías desayunar algo más sano.

– ¿En serio? ¿Para parecerme a ti? ¿Qué has desayunado tú? ¿Trigo orgánico?

Grace levantó la caja de Panadol.

– Es todo el alimento que necesito. ¿Qué haces aquí, en la Conchinchina?

– Tengo una reunión dentro de diez minutos con el jefe. Me han llamado para el Comité de Acciones Antidroga.

– Qué suerte la tuya.

– Todo es cuestión de perfil, ¿no es lo que me dijiste? ¿Que fuera visible a los jefes?

– Bueno, chico, lo has recordado. Me dejas impresionado.

– Pero, en realidad, no he venido a verte por eso, perro viejo. -Branson sacó una tarjeta de cumpleaños de la segunda bolsa y la colocó delante de Grace-. Estoy haciendo que la firme todo el mundo, es para Mandy.

Mandy Walker estaba en la unidad de protección infantil de Brighton. En el pasado, los dos, Grace y Branson, habían trabajado con ella.

– ¿Se marcha? -dijo Grace.

Branson asintió con la cabeza, luego dibujó una barriga embarazada con las manos.

– Creía que hoy estarías en el juzgado, la verdad.

– Se ha suspendido el juicio hasta el lunes.

Grace estampó su firma en la tarjeta junto a docenas de otros nombres; de repente, el café y la pasta olían bien. Mientras Branson daba un mordisco al cruasán, él alargó la mano, sacó el otro de la bolsa y le dio un bocado, saboreando el impacto instantáneo del dulce. Masticó despacio, mirando la corbata de Branson, que tenía un dibujo geométrico tan definido que casi se mareó. Le devolvió la tarjeta.

– Roy, ¿sabes ese piso al que fuimos el miércoles?

– ¿Por The Drive?

– Hay algo que no entiendo. Necesito la sabiduría de tus años de experiencia. ¿Tienes un par de minutos?

– ¿Tengo elección?

– El tema es éste -dijo Branson haciéndole caso omiso. Dio otro mordisco al cruasán y le cayeron azúcar glas y migas en el traje y la corbata-. Cinco tíos se van de despedida de soltero, ¿vale? Bueno…

Llamaron a la puerta; ésta se abrió y Eleanor Hodgson, la ayudante de apoyo a la gestión de Grace, entró con un fajo de papeles y expedientes. Era una mujer de mediana edad bastante escrupulosa y eficiente. Tenía el pelo negro y bonito y uñas facciones un poco anticuadas; parecía que casi todo la ponía de los nervios. En estos momentos, parecía nerviosa por la corbata de Glenn Branson.

– Buenos días, Roy -dijo-. Buenos días, detective Branson.

– ¿Qué tal? -contestó Glenn.

Eleanor dejó los documentos sobre la mesa de Roy.

– Han llegado un par de informes forenses de Huntingdon. Uno es el que estabas esperando.

– ¿El de Tommy Lytle?

– Sí. También tengo el orden del día y las notas informativas para la reunión de presupuestos de las once.

– Gracias.

Mientras Eleanor se marchaba del despacho, Grace hojeó deprisa el fajo y colocó el informe de Huntingdon arriba de todo. Huntingdon, en Cambridge, era uno de los institutos forenses que utilizaba la policía de Sussex. Tommy Lytle era él «caso abierto» más antiguo de Grace. Hacía veintisiete años, Tommy un niño de once años, volvía a casa una tarde de febrero después de salir del colegio. Nadie había vuelto a verlo. La única pista que hubo en aquel momento era una furgoneta Morris Minor, vista por un testigo que había tenido el aplomo de anotar la matrícula; sin embargo, nunca se había podido establecer ninguna conexión con el propietario, un bicho raro solitario con antecedentes por delitos sexuales contra menores. Y luego, hacía dos meses, por pura casualidad, la furgoneta había aparecido en el radar de Grace, cuando pararon a un entusiasta de los coches de época, que ahora era el propietario del vehículo, por conducir ebrio.

La tecnología forense había avanzado muchísimo en veintisiete años. Con los análisis modernos de ADN, los científicos forenses de la policía alardeaban, no sin razón, de que si un ser humano había estado en una habitación podían encontrar pruebas de su presencia, por mucho tiempo que hubiera pasado. Una sola célula epidérmica que hubiera escapado a las aspiradoras, o un cabello, o una fibra de ropa. Quizás algo cien veces más pequeño que la cabeza de un alfiler. Allí habría un rastro.

Y ahora tenían la furgoneta. Y el sospechoso original aún vivía. ¡Y los forenses la habían inspeccionado con microscopios!

A pesar del cariño que le tenía a Branson, de repente, Grace estaba impaciente por que se marchara para poder leer el informe. Si resolvía este caso, sería el caso abierto más antiguo que se hubiera resuelto en el país.

– Cinco tíos se van de despedida de soltero, ¿vale? -dijo Branson llevándose los restos del cruasán a la boca y hablando mientras masticaba-. El novio es un bromista de aupa, ha gastado bromas a todos los chicos en el pasado. Esposó a uno a un asiento del tren nocturno a Edimburgo cuando tenía que casarse en Brighton a la mañana siguiente.

– Qué majo -dijo Grace.

– Sí, justo la clase de gracioso que quieres que sea tu mejor amigo. Bien. Analicemos lo que tenemos. Empiezan cinco. En algún punto pierden al novio, Michael Harrison. Luego tienen un accidente de coche, tres mueren en el acto, el cuarto está en coma y muere anoche. Michael ha desaparecido, nadie ha sabido nada de él. Es viernes por la mañana y está previsto que se case dentro de poco más de veinticuatro horas.

Branson bebió un sorbo de café, se levantó un momento y paseó por el despacho. Se detuvo y miró un instante el rotafolio, en el que había escrita en azul una lista de turnos para algo. Pasó una página, luego cogió un rotulador para escribir en la hoja.

– Tenemos a Michael Harrison. -Anotó su nombre y lo rodeó con un círculo-. Tenemos a los cuatro chicos muertos. -Dibujó otro círculo-. Luego tenemos a la novia, Ashley Harper. -Rodeó el nombre con otro círculo-. Luego el socio, Mark Warren. -Dibujó otro círculo-. Y…

Grace lo miró socarronamente.

– Tenemos lo que sacamos de su ordenador ayer, ¿sí?

– Una cuenta corriente en las islas Caimán.

Con el rotulador aún en la mano, Branson volvió a sentarse delante de Grace.

– Dijiste que el socio no fue a la despedida de soltero -continuó Grace.

A Branson nunca dejaba de impresionarle la memoria de su amigo para los detalles. Siempre parecía retenerlo todo.

– Correcto.

– Porque su vuelo se retrasó y se quedó retenido fuera de la ciudad.

– Esa es la historia hasta la fecha.

– ¿Y qué dice él? ¿Dónde cree que ha ido Michael Harrison? ¿Se ha largado a las islas Caimán?

– Roy, ya has visto a la chica. Y estuvimos de acuerdo en que ningún tipo en sus cabales la plantaría y se largaría. Tiene una belleza que quita el hipo y es lista. Y… -Branson frunció la boca.

– ¿Y qué?

– Miente. Hice tu jueguecito de PNL, el truco de los ojos. Le pregunté si sabía algo de la cuenta de las islas Caimán y dijo que no. Mintió.

– Seguramente sólo le estaba protegiendo. Guardando las espaldas a su jefe, y prometido. -Grace se distrajo un instante al oír el pitido de otro mensaje entrante. Luego se concentró-. ¿Tú qué opinas?

– Que hay cuatro escenarios posibles: que sus colegas se vengaran de él y lo ataran en algún sitio. Que tuviera un accidente. Que le entrara miedo y se largara. O que las islas Caimán tengan algo que ver en todo esto.

Grace abrió uno de los mensajes marcado como urgente y vio que era de su jefa, Alison Vosper. Le preguntaba si estaba libre para una reunión informativa a las doce y media. Le contestó que sí mientras hablaba con Branson.

– Si tuvieran planeado gastarle una broma, como atarle a un árbol o algo así, el socio del tipo, Mark Warren, lo sabría.

– La señorita Harper dice que Warren sabe que planeaban algo, pero que no sabe qué decidieron.

– ¿Te has pasado por los pubs adonde fueron?

– Lo haré hoy.

– ¿Cámaras de circuito cerrado?

– También hemos empezado con eso.

– ¿Has examinado la furgoneta?

Por la mirada de pánico súbito en el rostro de Branson, Grace vio que no.

– ¿Por qué no? ¿No es el primer lugar que habría que inspeccionar?

– Sí, tienes razón. Aún no he empezado con eso.

– ¿Has emitido una alerta urgente?

– Sí, esta mañana hemos puesto en circulación una foto suya. Hemos emitido un aviso de desaparición.

Grace sintió como si un nubarrón cubriera el cielo. Desaparición. Cada vez que oía la palabra, lo recordaba todo otra vez. Pensó en esa mujer que Branson le había descrito, Ashley. Faltaba un día para su boda y su novio había desaparecido. ¿Cómo debía de sentirse?

– Glenn, has dicho que este tipo es un bromista. ¿Hay alguna posibilidad de que se trate de una travesura suya y que esté a punto de aparecer, con una gran sonrisa en los labios?

– ¿Habiendo muerto cuatro de sus mejores amigos? Tendría que estar muy enfermo. -Branson miró la hora-. ¿Qué haces para almorzar?

– A menos que me llame Julia Roberts, puede que esté libre. Bueno, dependo de que Número 27 no me entretenga más de media hora.

– ¿Cómo está la encantadora Alison Vosper?

Grace lo miró sombríamente y levantó las cejas.

– Más agria que dulce.

– ¿Has pensado alguna vez en tirártela?

– Sí, durante un nanosegundo, o quizás un femtosegundo. ¿No es la unidad más pequeña de tiempo que existe?

– Podría ser un buen movimiento para tu carrera.

– Se me ocurre otro mejor.

– ¿Como por ejemplo?

– Como, por ejemplo, no intentar tirarme a la subdirectora.

– ¿Has visto a Susan Sarandon en El compromiso?

– No me acuerdo.

– Pues me recuerda a Susan Sarandon en esa peli. Me gustó, es buena. ¿Quieres venir conmigo al depósito municipal, a la hora de comer, y seguimos hablando por el camino? Te invito a una pinta y a un sándwich.

– ¿Comida en el depósito? Guau, eso demuestra lo primero que he pensado al ver esa corbata. Tienes estilo.

Capítulo 26

El agua seguía subiendo, dos centímetros y medio cada tres horas, según calculó Michael. Ahora le llegaba justo por debajo de las orejas. Temblaba de frío y tenía fiebre.

Había trabajado frenéticamente toda la noche, rascando con el cristal, y ahora le quedaba un último fragmento de la botella de whisky; le dolían los brazos del cansancio. Había escarbado un agujero profundo en la tapa, pero aún no había llegado a la parte exterior.

Ahora controlaba el tiempo: rascaba dos horas, descansaba media; imaginaba que estaba navegando; pero iba perdiendo. El agua subía más deprisa de lo que se ensanchaba el agujero. Tendría la cabeza debajo del agua antes de que el agujero fuera lo suficientemente ancho para salir.

Cada quince minutos pulsaba el botón de «Hablar» del walkie-talkie, pero lo único que le llegaba eran interferencias.

Eran las 11.03 de la mañana del viernes.

Siguió rascando, le llovía constantemente polvo de cristal y tierra húmeda, el último fragmento de cristal se reducía a cada minuto que pasaba. Pensaba, pensaba todo el tiempo. Cuando el cristal se acabara aún le quedaría la hebilla del cinturón. Y cuando se acabara ésta, ¿qué otros instrumentos tendría para rascar la madera? ¿La lente de la linterna? ¿Las pilas?

Oyó un silbido agudo cuando el walkie-talkie cobró vida, luego otra vez un acento americano fingido.

– Hola, colega, ¿cómo te va? -Esta vez lo reconoció.

Michael pulsó el botón de «Hablar».

– ¿Davey? -dijo-. ¿Eres tú?

– Estaba viendo las noticias de la tele -le informó Davey-. ¡Sale un accidente de coche que fui a ver con mi padre el martes! ¡Tío, qué accidente! Se murieron todos, ¡y hay un desaparecido!

De repente, Michael agarró el walkie-talkie muy fuerte.

– ¿Qué era, Davey? ¿Qué coche era?

– Una Ford Transit. ¡Tío, quedó destrozada!

– Cuéntame más, Davey.

– Había un tipo atravesado en el parabrisas, perdió media cabeza. Buff, vi el cerebro desparramado. Supe al momento que estaba muerto. Sólo hubo un superviviente, pero también ha muerto.

Michael comenzó a temblar descontroladamente.

– El tipo ese que está desaparecido, ¿sabes quién es?

– Sí.

– Dime quién es.

– Tengo que irme ya, a ayudar a mi padre.

– Davey, escúchame. Puede que yo sea ese tío.

– ¿Estás de coña?

– ¿Cómo se llama, Davey?

– Eh… no sé. Sólo dicen que tenía que casarse mañana.

Michael cerró los ojos. «No, Dios mío, no.»

– Davey, ese accidente…, ¿ese accidente de coche fue sobre las nueve de la noche del martes?

– Así es.

Con una urgencia renovada, Michael se acercó el walkie-talkie a la boca.

– Davey, ¡soy yo! ¡Soy el tipo que se casa mañana!

– ¿Estás de coña?

– No, Davey. Escúchame bien.

– Tengo que irme. Podemos hablar después.

– ¡¡Davey, no te vayas, por favor, no te vayas!! -le gritó Michael-. ¡¡Eres la única persona que puede salvarme!!

El silencio fue la respuesta. Sólo el crujido de las interferencias le decía que Davey seguía al otro lado.

– ¿Davey?

– Tengo que irme, ¿entiendes lo que te digo?

– Davey, necesito tu ayuda. Eres la única persona del mundo que puede ayudarme. ¿Quieres ayudarme?

Otro largo silencio. Y luego:

– ¿Cómo has dicho que te llamabas? -Michael Harrison.

– ¡Acaban de decir tu nombre en televisión!

– ¿Tienes coche, Davey? ¿Conduces?

– Mi padre tiene una furgoneta.

– ¿Puedo hablar con tu padre?

– Bueno, no sé. Está muy ocupado, ¿sabes? Tenemos que salir a remolcar un coche accidentado.

Concentrándose desesperadamente, Michael pensó en cómo conseguir conectar con aquel personaje.

– Davey, ¿te gustaría ser un héroe? ¿Te gustaría salir en televisión?

La voz se rio tontamente.

– ¿Yo en televisión? ¿Cómo si fuera una estrella de cine, quieres decir?

– Sí, ¡podrías ser una estrella de cine! Tú sólo déjame hablar con tu padre y yo le diré cómo puedes convertirte en una estrella de cine. ¿Por qué no vas a buscarle y le pasas el walkie-talkie? ¿Qué te parece?

– No sé.

– Davey, por favor, ve a buscar a tu padre.

– Mira, hay un problema. Mi padre no sabe que tengo el walkie-talkie, ¿sabes? Se enfadaría bastante conmigo si lo supiera.

– Creo que estaría orgulloso de ti si supiera que eres un héroe -le dijo Michael para seguirle la corriente.

– ¿Tú crees?

– Lo creo.

– Tengo que irme. ¡Hasta luego! ¡Cambio y corto!

El walkie-talkie volvió a quedar en silencio.

– Davey, por favor, no me dejes, Davey. Ve a buscar a tu padre, por favor, Davey, por favor -decía Michael suplicando con todas sus fuerzas.

Pero Davey se había marchado.

Capítulo 27

Ashley, sentada con el rostro sombrío en el sillón viejo y hundido del minúsculo salón de la casa de la madre de Michael, miraba inexpresiva al frente a través de un velo de lágrimas. Miró sin apetito el plato intacto de galletas variadas que descansaba sobre la mesita de café, luego la fotografía a color que había en la repisa de la chimenea eléctrica. Era Michael, con doce años, montado en una bicicleta; luego miró afuera, a través de los visillos, hacia el otro lado de la calle azotada por la lluvia, a los campos de juego que había justo debajo del hipódromo de Brighton.

– El modisto viene a las dos -dijo-. ¿Qué crees que tendría que hacer?

Bebió un sorbo de café y luego se secó los ojos con un pañuelo. Bobo, el diminuto shih-tzu blanco de Gill Harrison, con un lazo en la cabeza, miró a Ashley y, con un aullido, le suplicó que le diera una galleta. Ella respondió acariciándole el pelo suave de la barriga.

Gill Harrison estaba sentada en el borde del sofá delante de ella.

Llevaba una camiseta sin forma, unos pantalones de chándal y unas deportivas blancas baratas. Una columna delgada de humo salía del cigarrillo atrapado entre sus dedos. La luz se reflejaba en un anillo de compromiso de diamantes demasiado grande para ser auténtico, junto a una alianza fina de oro. En su muñeca colgaba un brazalete.

Habló en voz grave, con un ligero acento tosco de Sussex que revelaba tensión.

– Es un buen chico. Nunca en su vida ha defraudado a nadie, es lo que le he dicho al policía que ha venido. Esto no es propio de él, no es propio de Michael. -Meneó la cabeza con incredulidad y dio una gran calada al cigarrillo-. Le gustan las bromas… -Soltó una risa irónica-. Cuando era pequeño, en navidades, estaba hecho un diablillo con esa almohadilla que simulaba flatulencias. Siempre daba sustos a la gente; pero esto no es propio de él, Ashley.

– Lo sé.

– Le ha pasado algo. Los chicos le hicieron algo. O también ha tenido un accidente. No te ha abandonado. Vino a verme el domingo por la tarde, tomamos el té. Me contó lo mucho que te quería, lo feliz que era, bendito sea. Le has hecho tan feliz… Me habló de esa casa que habíais encontrado en el campo y que queríais comprar, todos los planes que tenía para ella. -Dio otra calada al cigarrillo, luego tosió-. Es un chico con recursos. Desde que su padre… -Frunció la boca, y Ashley vio que aquella situación era verdaderamente difícil para ella-. Desde que su padre… ¿te lo ha contado?

Ashley asintió.

– Ocupó el lugar de su padre. No podría haber salido adelante sin Michael. Era tan fuerte. Una roca, para mí y para Carly. Carly te caerá bien. Michael le mandó el dinero del billete desde Australia para que pudiera asistir a la boda, bendito sea. Debe de estar al caer. Me ha llamado desde el aeropuerto hace un par de horas. -Meneó la cabeza, con suma desesperación.

Ashley, que llevaba unos vaqueros anchos marrones y una blusa blanca con jirones, sonrió.

– Conocí a Carly justo antes de que se marchara a Australia. Vino al despacho.

– Es una buena chica.

– ¡Siendo hija tuya tiene que serlo!

Gill Harrison se inclinó hacia delante y apagó el cigarrillo.

– ¿Sabes, Ashley? Durante toda su vida, Michael ha trabajado muchísimo. Repartiendo periódicos cuando era pequeño para ayudarnos a mí y a Carly y luego en su negocio con Mark. Nadie ha sabido valorarlo nunca. Mark es buen chico, pero…

– Pero ¿qué?

Gill meneó la cabeza.

– Cuéntame.

– Conozco a Mark desde que era pequeño. Michael y él eran inseparables, pero Mark siempre ha vivido gracias al éxito de mi hijo. A veces creo que está un poco celoso de él.

– Creía que formaban un buen equipo -dijo Ashley.

Gill sacó una cajetilla de Dunhills de su bolso, la agitó y se llevó un cigarrillo a los labios.

– Siempre le he dicho que tuviera cuidado con Mark. Michael es inocente, confía demasiado deprisa en la gente.

– ¿Qué quieres decir?

Sacó del bolso un mechero de plástico barato y encendió el cigarrillo.

– Tú eres una buena influencia para Michael. Te asegurarás de que esté bien, ¿verdad?

Bobo comenzó a aullar de nuevo para que le dieran una galleta.

– Michael es fuerte -dijo Ashley haciendo caso omiso al perro-. Está bien, no le ha pasado nada.

– Sí, claro que está bien. -Gill lanzó una mirada al teléfono que estaba sobre una mesa en el rincón-. Está bien. Llamará en cualquier momento. Pobres chicos. Eran una parte tan importante de la vida de Michael. No puedo creer que…

– Yo tampoco.

– Tienes hora con el modisto, querida. No la anules. El espectáculo debe continuar. Michael aparecerá. Lo crees, ¿verdad?

– Claro que lo creo -dijo Ashley tras dudar unos segundos.

– Hablamos luego.

Ashley se levantó, se acercó a su futura suegra y le dio un fuerte abrazo.

– Todo saldrá bien.

– Eres lo mejor que le ha pasado nunca. Eres una persona maravillosa, Ashley. Me alegré tanto cuando Michael me contó que…, que… -Se esforzaba por no llorar, la emoción ahogaba sus palabras-. Que vosotros…, que vosotros dos…

Ashley le dio un beso en la frente.

Capítulo 28

Grace estaba sentado en el Ford azul, con los labios apretados, agarrado a los bordes del asiento mientras contemplaba nervioso a través de los limpiaparabrisas y la lluvia intensa la carretera rural que se extendía delante de ellos. Ajeno al miedo de su pasajero, Glenn Branson tomó metódicamente una serie de curvas, demostrando con orgullo la habilidad que había adquirido recientemente en un curso de la policía de conducción a grandes velocidades. La radio, sintonizada en una emisora de rap, estaba demasiado alta para Grace.

– Lo hago bien, ¿verdad?

– Eh, sí -dijo Grace.

Decidió darle la conversación justa, la distracción justa a Branson, lo cual, a su vez, significaba aumentar la esperanza de vida de ambos. Extendió el brazo y bajó el volumen.

– Jay-Z -dijo Branson-. Es genial, ¿verdad?

– Genial.

Entraron en una larga curva a la derecha.

– Te dicen que te pegues a la izquierda, para abrir el campo de visión. Es un buen consejo, ¿verdad?

Se acercaban a una curva a la izquierda y lo único que veía Grace era que iban a cogerla a demasiada velocidad.

– Un consejo estupendo. -La frase salió del fondo de su garganta.

Salieron de la curva y bajaron por una hondonada.

– ¿Te estoy asustando?

– Sólo un poco.

– Cagueta. Supongo que es por la edad. ¿Te acuerdas de Bullitt?

– ¿La de Steve McQueen? Te gusta, ¿verdad?

– ¡Es genial! La mejor persecución en coches del cine.

– Acababa en un accidente terrible.

– Esa película es genial -dijo Branson, que no oyó el comentario o, más bien, lo obvió a propósito, pensó Grace.

Sandy también conducía deprisa. Formaba parte de su imprudencia natural. A él le aterraba que algún día Sandy tuviera un accidente grave, porque parecía incapaz de comprender las leyes naturales de la física que determinaban cuándo un coche lograría superar una curva y cuándo no. Sin embargo, durante los siete años que estuvieron juntos, no había tenido ni un solo accidente, ni siquiera un rasguño.

Delante de ellos, para su alivio, vio el cartel «Depósito municipal de Bolney», clavado en una valla alta de chapas de metal rematada con alambre de púas. Branson dio un frenazo, giró, pasó por delante de un letrero que advertía de la presencia de perros guardianes y entró en el patio delantero de un almacén grande y moderno.

Tras coger un paraguas del maletero y acurrucarse debajo, llamaron al timbre del portero automático que había junto a la puerta gris. Momentos después, les abrió un hombre rellenito de pelo grasiento. Tendría unos treinta años, vestía un mono azul encima de una camiseta mugrienta y sujetaba un sándwich a medio comer en una mano tatuada.

– Somos el sargento Branson y el comisario Grace -dijo Branson-. He llamado antes.

Mientras masticaba con la boca llena, el tipo los miró impasible unos instantes. Detrás de él, en el almacén, había varios coches y furgonetas destrozados. Puso los ojos en blanco pensativamente.

– La Transit, ¿verdad?

– Sí -dijo Branson.

– ¿Blanca? ¿La que trajo Wheeler el martes?

– Exacto.

– Está fuera.

Firmaron en el registro, luego le siguieron por el almacén y salieron por la puerta lateral a un recinto que mediría unos cuatro mil metros cuadrados, calculó Grace, lleno de coches destrozados hasta donde alcanzaba la vista. Algunos estaban cubiertos con lonas, pero la mayoría estaban expuestos a los elementos.

Sosteniendo en alto el paraguas, justo por encima de la cabeza de Branson, miró una furgoneta Rentokil que se había incendiado después de un grave choque frontal -era difícil imaginar que hubiera habido supervivientes. Luego se fijó en un Porsche, tan comprimido que no debía de medir más de tres metros de largo. También en un Toyota sedán con el techo arrancado.

Aquel lugar siempre le ponía los pelos de punta. Grace nunca había trabajado en Tráfico, pero durante la época en la que había patrullado las calles había presenciado numerosos accidentes de coche y era imposible no quedar afectado. Podía pasarle a cualquiera. Podías emprender un viaje, feliz, lleno de planes y, unos momentos después, en un abrir y cerrar de ojos, quizá sin que fuera culpa tuya, tu coche se convertía en un monstruo que te destrozaba, te amputaba las extremidades y quizá incluso te quemaba vivo.

Se estremeció. Los vehículos que acababan en aquel lugar, cerrados bajo siete llaves, eran los que habían sufrido accidentes graves o mortales en aquella región. Se guardaban aquí hasta que la Unidad de Investigación de Accidentes y, a veces, los investigadores de la escena del crimen hubieran obtenido toda la información que necesitaban. Luego, se los llevaban al desguace.

El hombre gordo del mono señaló una masa blanca retorcida. Tenía parte del techo arrancado, la cabina, sin el parabrisas, estaba separada violentamente del resto de la furgoneta y unas planchas de plástico cubrían gran parte del interior.

– Es ésa.

Grace y Branson se quedaron mirándola en silencio. Grace no pudo evitar que su mente se detuviera en el horror de la imagen durante unos momentos desagradables. Los dos dieron una vuelta a la furgoneta. Grace se fijó en el barro que cubría los cubos de las ruedas y en que había más barro endurecido en las soleras de las puertas; también salpicaduras en la pintura, que la lluvia iba disolviendo lentamente.

Después de pasarle el paraguas a su compañero, abrió la puerta doblada del conductor y, de inmediato, recibió el impacto fuerte y empalagoso del hedor a sangre putrefacta. No importaba cuántas veces lo hubiera olido, siempre era igual de terrible. Era el olor de la muerte personificada.

Aguantando la respiración para no percibirlo, apartó las planchas. El volante estaba arrancado y la parte del conductor del banco delantero estaba inclinada hacia atrás totalmente. Había manchas de sangre por todo el asiento delantero, el suelo y el salpicadero.

Tras cubrirlos con las planchas, entró en la furgoneta. Estaba oscura y reinaba un silencio artificial. Le daba escalofríos. Parte del motor había atravesado el revestimiento del suelo y los pedales estaban levantados en una posición artificial. Alargó la mano, abrió la guantera y sacó el manual del usuario, un fajo de justificantes de aparcamiento, algunos recibos de gasolina y un par de cintas de cásete sin etiqueta. Le pasó los casetes a Glenn.

– Será mejor que los escuchemos.

Branson se los guardó en el bolsillo.

Agachándose bajo el corte irregular del techo, Grace pasó a la parte trasera de la furgoneta, los zapatos resonaron en el suelo combado. Branson abrió las puertas traseras para que entrara más luz. Roy vio una lata de gasolina de plástico, una rueda de recambio, una llave de cruceta y un billete de aparcamiento dentro de una bolsa de plástico. Sacó el tique y vio que estaba fechado varios días antes del accidente. Se lo pasó a Branson para que lo metiera en una bolsa. Había una solitaria zapatilla deportiva de la marca Adidas, del pie izquierdo, la cual también entregó a Branson, y una bomber de nailon. Metió la mano en los bolsillos, sacó un paquete de cigarrillos, un encendedor de plástico y un resguardo de tintorería con una dirección de Brighton. Branson guardó todos los artículos en bolsas.

Grace examinó con cuidado el interior, para comprobar que no se le escapaba nada, meditabundo. Luego, tras bajarse y protegerse bajo el paraguas, le preguntó a Branson:

– ¿De quién es el vehículo?

– De Houlihan's, la funeraria de Brighton. Uno de los chicos que murió trabajaba allí. La empresa es de su tío.

– Cuatro entierros. Deberían hacerle un buen descuento -dijo Grace con gravedad.

– A veces eres un cabronazo enfermizo, ¿lo sabías?

Sin hacerle caso, Grace se quedó pensativo un momento.

– ¿Has hablado con alguien de Houlihan's?

– Ayer por la tarde interrogué al señor Sean Houlihan, el propietario. Está bastante afectado, como te puedes imaginar. Me dijo que su sobrino era un chico muy trabajador, que siempre quería complacer a todo el mundo.

– ¿Acaso no son todos así? ¿Y le dio permiso para coger la furgoneta?

Branson negó con la cabeza.

– No, pero dice que no era típico de él.

Roy Grace se quedó pensando un momento.

– ¿Para qué usan la furgoneta normalmente?

– Para recoger cadáveres. En hospitales, asilos, residencias de ancianos y sitios así, donde daría mal rollo ver un coche fúnebre. ¿Tienes hambre?

– Antes de venir aquí, sí tenía.

Capítulo 29

Diez minutos después, estaban sentados a una mesa inestable en un rincón de un pub rural casi desierto, Grace con una pinta de Guiness entre las manos y Branson con una coca-cola light, mientras esperaban a que llegara la comida. A su lado tenían una chimenea grande y tenebrosa con troncos amontonados sin encender y en las paredes había colgada una colección de herramientas agrícolas antiguas. Era la clase de pub que le gustaba a Grace, un auténtico pub rural antiguo. Detestaba los bares temáticos con nombres falsos que, insidiosamente, formaban parte cada vez más del paisaje sin personalidad de todas las ciudades.

– ¿Has investigado el teléfono móvil?

– Esta tarde deberían llegarme los informes -dijo Branson.

– ¿Un número 12?

Grace alzó la vista y vio a una camarera que llevaba una bandeja con su comida. Pastel de carne para él, filete de pez espada y ensalada para Glenn Branson.

Grace clavó el cuchillo en el sebo blando y, al instante, emergieron de él vapor y salsa.

– Eso es un infarto instantáneo en bandeja -le reprendió Branson-. ¿Sabes lo que es el sebo? Grasa de ternera. ¡Bah!

– No es lo que comes, sino preocuparte por lo que comes. Preocuparte es lo que te mata -dijo Grace mientras rociaba el plato con mostaza.

Branson se llevó un trozo de pescado a la boca. Mientras masticaba, Grace continuó.

– He leído que los niveles de mercurio en los peces del mar, debido a la contaminación, son altamente peligrosos. No deberías comer pescado más de una vez a la semana.

Branson empezó a masticar más despacio, parecía incómodo.

– ¿Dónde leíste eso?

– Era un informe del Nature, creo. Es la revista científica más respetada del mundo. -Grace sonrió, disfrutando de la expresión del rostro de su amigo.

– Mierda, comemos pescado… casi todas las noches. ¿Mercurio, dices?

– Acabarás como un termómetro.

– No tiene gracia, quiero decir… -Dos pitidos agudos seguidos le hicieron callar.

Grace sacó el móvil del bolsillo y miró la pantalla: «¿Por qué no respondes a mi mensaje, Campeón? Besos, Claudine».

– Dios mío, lo que me faltaba -dijo-. Una psicópata que hierve conejos.

Branson levanto las cejas.

– Buena carne, la de conejo. De granja.

– Esta no es saludable y no come carne. Me refiero a una psicópata que hierve conejos como Glenn Close en aquella película.

– ¿Te refieres a Atracción fatal? Michael Douglas y Anne Archer, 1987. Una película genial. La pusieron en Sky el domingo.

Grace le enseñó el mensaje.

Branson sonrió burlonamente.

– Así que Campeón, ¿eh?

– Nunca llegó tan lejos y nunca llegará.

Luego sonó el móvil de Branson. Lo sacó del bolsillo de su chaqueta y contestó.

– Glenn Branson. ¿Sí? De acuerdo, genial. Estaré ahí dentro de una hora. -Terminó la llamada y dejó el teléfono sobre la mesa. Mirando a Grace, dijo-: Acaba de llegar el informe del móvil Vodafone de Michael Harrison. ¿Quieres venir al despacho y ayudarme con él?

Grace lo pensó un momento, luego consultó su agenda en el Blackberry. Se había dejado la tarde libre con la intención de ordenar el papeleo relacionado con el juicio contra Suresh Hossain que Alison Vosper le había solicitado en la reunión de las 12.30 y luego leer el informe sobre el caso de Tommy Lytle; pero este último llevaba esperando veintisiete años y, de todas formas, un día más no iba a cambiar mucho las cosas, mientras que la desaparición de Michael Harrison era urgente. En especial para la novia; sabía lo desgarrador que era que un ser querido desapareciera. En estos momentos, si podía ayudar en algo, iba a hacerlo.

– De acuerdo -dijo-. Sí.

Branson se comió la ensalada y no tocó el resto del pescado, mientras Grace atacaba el pastel de carne con entusiasmo.

– Hace un tiempo leí -le dijo a Branson- que los franceses beben más vino tinto que los ingleses, pero viven más. Los japoneses comen más pescado que los ingleses, pero beben menos vino y viven más. Los alemanes comen más carne roja que los ingleses, y beben más cerveza, y también viven más. ¿Sabes cuál es la moraleja de la historia?

– No.

– No es lo que comes o bebes lo que te mata, sino hablar inglés.

Branson sonrió burlonamente.

– No sé por qué me caes bien. Siempre te las arreglas para hacer que me sienta culpable por algo.

– Pues encontremos a Michael Harrison. Luego podrás disfrutar del fin de semana.

Branson apartó el pescado a un lado del plato y apuró la coca-cola.

– Esa cosa está llena de aspartamo -dijo Grace mirando el vaso de Glenn con desaprobación-. Leí una teoría en Internet que decía que podía causar lupus.

– ¿Qué es el lupus?

– Es mucho peor que el mercurio.

– Gracias, Campeón.

– Vaya, estás celoso.

Al entrar en el edificio de seis plantas de aspecto gastado que albergaba la comisaría de policía de Brighton por el aparcamiento de la parte trasera, Grace sintió una punzada de nostalgia. Aquel edificio tenía fama de ser la comisaría con más ajetreo de Gran Bretaña. Era un hervidero y le había encantado trabajar allí durante casi quince años. Era el bullicio lo que más echaba de menos en su puesto actual en tranquilidad relativa de las dependencias del Departamento de Investigación Criminal, situado a las afueras de la ciudad.

Mientras subían las escaleras de cemento, con paredes azules a ambos lados, donde estaban clavados los tablones de anuncios con actos y procedimientos tan familiares para él, olió que seguía estando en una comisaría ajetreada. No era el olor de los hospitales, ni de los colegios, ni de un edificio de la Administración; era el olor de la energía.

Pasaron de largo por el tercer piso, donde había tenido su despacho, y recorrieron un pasillo de la cuarta planta; pasaron por delante de un gran cartel que dominaba la totalidad de un tablón de anuncios con la leyenda: «índice global de detención criminal. Abril. 27,8 %». Luego siguió a Branson hasta el despacho largo y estrecho que su compañero estaba organizando como centro de investigaciones para el caso de Michael Harrison. Seis mesas, cada una con un ordenador. Dos estaban ocupadas, ambas por agentes que conocía y que le caían bien: el detective Nick Nicholl y la sargento Bella Moy. Había un rotafolio sobre un caballete y una pizarra blanca en la pared, junto a un mapa a gran escala de Sussex, en el que había repartidos alfileres de colores.

– ¿Un café? -le ofreció Branson.

– Por ahora no.

Se detuvieron en la mesa de Bella, que estaba cubierta de fajos de papeles ordenados, en medio de los cuales había una caja abierta de Maltesers.

– Tengo el informe del Vodafone de Michael Harrison desde el martes por la mañana hasta las nueve de esta mañana -dijo la sargento señalando los papeles-. También he pensado que sería buena idea conseguir los de los cuatro chicos que iban con él.

– Bien pensado -dijo Branson, impresionado por su iniciativa.

La sargento señaló la pantalla del ordenador, en la que había un mapa.

– He marcado aquí todas las antenas de las redes de móviles que utilizaban los cinco chicos: Orange, Vodafone y T-Mobile. La frecuencia con la que operan Orange y T-Mobile es mayor que la de Vodafone, que es la compañía de Michael Harrison. La última señal emitida por su móvil proviene de la estación base de la antena de Pippingford Park en la A 22; pero he descubierto que no podemos confiar en que sea la más cercana, porque si la red está saturada envía las señales a la siguiente antena disponible.

«Esta jovencita va a llegar lejos», pensó Grace.

– ¿Qué distancia hay entre las antenas? -dijo tras examinar el mapa unos momentos.

– En ciudad, unos quinientos metros; no obstante, en el campo puede haber varios kilómetros.

Por experiencia, Grace sabía que las compañías de telefonía móvil utilizaban una red de antenas de radio que funcionaban como balizas. Los móviles, estuvieran operativos o comunicando, enviaban señales constantemente a la baliza más cercana. Era sencillo trazar los movimientos de cualquier usuario de móvil a partir de esa información; aun así, era obvio que se trataba de una tarea mucho más fácil en la ciudad que en el campo.

Bella se levantó y se dirigió al mapa de Sussex colgado en la pared. Señaló un alfiler azul en el centro de Brighton, rodeado de un alfiler verde, otro lila, otro amarillo y otro blanco.

– He marcado el teléfono de Michael Harrison con alfileres azules. Los otros cuatro que iban con él tienen colores distintos.

Grace siguió su dedo mientras hablaba.

– Podemos ver que los cinco alfileres estuvieron juntos desde las siete de la tarde hasta las nueve. -Señaló tres puntos distintos-. En cada uno de estos lugares hay un pub -dijo-. Pero aquí es donde la cosa se pone interesante. -Señaló un punto a unos kilómetros al norte de Brighton-. Aquí los cinco alfileres están juntos. Luego, sólo tenemos cuatro. Aquí.

– Verde, lila, amarillo y blanco -dijo Branson-. Azul, no.

– Exacto-dijo ella.

– ¿Qué movimientos del alfiler azul hay después?

– Ninguno -dijo ella con rotundidad.

– Así qué se separaron -dijo Grace-. ¿Sobre las ocho cuarenta y cinco?

– A menos que se le cayera el móvil en alguna parte.

– Por supuesto.

– ¿Así que estamos hablando de un radio de ocho kilómetros, a unos veinticinco kilómetros al norte de Brighton? -dijo Glenn Branson.

– ¿Su teléfono sigue emitiendo señales? -preguntó Grace, distraído por la combinación de inteligencia y belleza de Bella.

Ya conocía a aquella mujer, pero nunca se había fijado en ella de verdad. Tenía una cara muy bonita y, a menos que llevara relleno en el sostén, unos pechos realmente grandes (algo que siempre le había excitado). Desconectó su mente de ella y volvió a centrarse en el trabajo. Luego lanzó una mirada a la mano de Bella para ver si llevaba alianza. Un anillo de zafiros, pero no en el dedo anular. Archivó el dato.

– La última señal fue a las ocho cuarenta y cinco de la noche del martes. Desde entonces, nada.

– ¿Tú qué opinas, Bella? -le preguntó Grace.

Ella lo pensó unos momentos, mirándolo fijamente con sus ojos azules y vivos; pero su expresión no transmitía más que deferencia formal hacia un superior.

– He hablado con un técnico de la compañía telefónica. Dice que su móvil o bien está apagado, y lleva apagado desde el martes por la noche, o bien está en una zona donde no hay cobertura.

Grace asintió.

– Este tal Michael Harrison es un hombre de negocios ambicioso y ocupado. Va a casarse mañana por la mañana con una mujer muy guapa, por lo que dicen todos. Veinte minutos antes de un accidente de coche en el que se matan cuatro de sus mejores amigos, se le muere el teléfono. Durante el último año, ha estado transfiriendo a escondidas dinero de su empresa a una cuenta corriente de las islas Caimán: un millón de libras como mínimo, que nosotros sepamos. Y su socio, que debería haber estado en esa despedida de soltero mortal, no apareció por algún motivo. ¿Son correctos los hechos hasta aquí?

– Sí -dijo Glenn Branson.

– Así que podría estar muerto. O podría haber preparado una forma inteligente de esfumarse.

– Tenemos que inspeccionar la zona que Bella ha cercado. Ir a todos los pubs en los que podrían haber estado. Hablar con todas las personas que lo conocen.

– ¿Y luego?

– Hechos, Glenn. Primero, reunamos todos los hechos. Si no nos conducen a él, podemos comenzar con las especulaciones.

Sonó el teléfono de la mesa de Bella. La sargento contestó y, casi al instante, su expresión anunció que era importante.

– ¿Está seguro? -dijo-. ¿Desde el martes? ¿No puede estar seguro si fue el martes? ¿Nadie más pudo cogerlo? -Al cabo de unos momentos, dijo-: No, estoy de acuerdo. Gracias, podría ser muy importante. ¿Puede darme su número de teléfono?

Grace la observó mientras anotaba en una libreta «Sean Houlihan», seguido de un número.

– Gracias, señor Houlihan, muchísimas gracias. Le volveremos a llamar.

Colgó y miró a Grace y luego a Branson.

– Era el señor Houlihan, el propietario de la funeraria donde trabajaba Robert Houlihan, su sobrino. Acaban de descubrir que les falta un ataúd.

Capítulo 30

– ¿Les falta un ataúd? -intervino Glenn Branson.

– No es algo que la gente acostumbre a robar, ¿verdad? -dijo Bella Moy.

Grace se quedó callado un momento, distraído por una mosca azul que recorrió zumbando ruidosamente la sala unos instantes antes de estrellarse contra una ventana. El departamento forense estaba en el piso de abajo. La ropa y las herramientas manchadas de sangre eran un imán para las moscas azules. Grace las odiaba. Las moscas azules -o moscardas- eran los buitres de los insectos.

– Este tipo, Robert Houlihan, cogió prestada la furgoneta de la funeraria sin permiso. Parece posible que también cogiera un ataúd del mismo modo. -Miró inquisitivamente a Branson, luego a Bella y después a Nick Nicholl-. ¿Tenemos entre manos una broma de muy mal gusto?

– ¿Insinúas que sus colegas pudieron meter al novio en un ataúd? -dijo Glenn Branson.

– ¿Se te ocurre una teoría mejor?

Branson sonrió, nervioso.

– Trabajamos sobre los hechos. ¿Verdad?

– ¿Hasta qué punto está seguro ese tal Houlihan de que se han llevado un ataúd suyo y que no lo han perdido y punto? -dijo Grace, mirando a Bella, pensando subconscientemente en lo atractiva que era.

– La gente pierde las llaves de su casa. No creo que nadie pierda un ataúd -dijo Branson, en un tono un poco burlón.

– Está muy seguro -le interrumpió Bella-. Era el ataúd más caro de su gama, de teca india, dice que duraría cientos de años; pero tenía un defecto: la madera estaba combada o algo así, no cerraba bien por abajo. Le echó la bronca al fabricante de la India.

– ¡No puedo creer que tengamos que importar ataúdes de la India! ¿Es que no hay carpinteros en Inglaterra? -dijo Branson.

Grace estaba mirando el mapa. Dibujó un círculo con el dedo.

– Es una zona bastante grande.

– ¿Cuánto tiempo podría sobrevivir una persona en un ataúd? -preguntó Bella.

– Si la tapa estuviera bien colocada dependería de si tiene aire, agua, comida. Sin aire, no mucho. Unas pocas horas, quizás un día -contestó Grace.

– Ya van tres días -dijo Branson.

Grace recordaba haber leído que a una víctima de un terremoto en Turquía la habían rescatado con vida de entre las ruinas de su casa doce días después del seísmo.

– Con aire, una semana por lo menos, quizá más -dijo-. Deberíamos suponer que si le gastaron una broma estúpida, le dejarían con aire. Si no, estamos buscando un cadáver.

Miró al equipo.

– Imagino que habréis hablado con Mark Warren, el socio del desaparecido.

– También es su padrino -dijo Nicholl-. Dice que no tiene ni idea de lo que pasó. Iban a ir de bares y él se quedó retenido fuera de la ciudad y se lo perdió.

Grace frunció el ceño, luego miró su reloj, plenamente consciente de que el tiempo volaba.

– Una cosa es ir de bares y otra es llevarse un ataúd. No se decide coger un ataúd de improviso, ¿verdad? -Miró fijamente a cada uno.

Los tres negaron con la cabeza.

– ¿Alguien ha hablado con todas las novias, con las esposas?

– Yo -dijo Bella-. Es complicado porque están todas en estado de choque, pero una de ellas estaba muy enfadada. Zoe… -Cogió su libreta y pasó unas páginas-. Zoe Walker, viuda de Josh Walker. Me dijo que Michael siempre estaba gastando bromas estúpidas y que estaba convencida de que planeaban vengarse.

– ¿Y el padrino no sabía nada? No me lo trago -dijo Grace.

– Estoy bastante convencido de que no sabía nada. ¿Por qué iba a mentir? -dijo Nicholl.

A Grace le preocupó la ingenuidad del joven detective, pero siempre había creído en dar oportunidades a los agentes jóvenes para que pudieran demostrar sus habilidades. Lo dejó pasar por el momento, pero se lo grabó en la mente para volver sobre la cuestión más tarde.

– Es una zona terrible para rastrear -dijo Branson-. Es muy boscosa; cien personas podrían tardar días en peinarla.

– Hay que intentar reducirla -respondió Grace. Cogió un rotulador de la mesa de Bella y dibujó un círculo azul en el mapa, luego se volvió hacia el detective Nicholl-. Nick, necesitamos una lista de todos los pubs comprendidos en este círculo. Hay que comenzar por aquí. -Se volvió hacia Branson-. ¿Tienes fotografías de los chavales que iban en la furgoneta?

– Sí.

– Buen chico. ¿Dos fajos?

– Tengo docenas de fajos.

– Nos dividiremos en dos grupos. El sargento Branson y yo nos encargaremos de una mitad de los pubs, vosotros dos, de la otra. Veré si podemos hacer que el helicóptero cubra la zona; aunque es muy boscosa, tienen más opciones de ver algo desde el aire.

Una hora después, Glenn Branson detuvo su coche en el patio delantero desierto de un pub llamado King's Head, en Ringmer Road, justo en el perímetro del círculo. Se bajaron del coche y se dirigieron hacia la puerta. Encima, había un cartel que decía: «John y Margaret Hobbs, dueños».

Dentro, el bar estaba vacío, igual que la zona triste del restaurante que había a la izquierda. El lugar olía a cera para muebles y a cerveza rancia. Las luces de una máquina tragaperras parpadeaban en una esquina del fondo, cerca de la diana.

– ¿Hola? -llamó Branson-. ¿Hola?

Grace se inclinó sobre la barra y vio una trampilla abierta. Levantó la puerta horizontal, pasó detrás, se arrodilló y gritó hacia el sótano, iluminado por una bombilla débil.

– ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Le respondió una voz áspera.

– Ahora subo.

Oyó un estruendo, luego apareció un barril de cerveza gris, con la palabra «Harvey's» estampada en el lateral. Lo sujetaban un par de manos enormes y mugrientas y tras él surgió la cabeza de un hombre fornido de rostro rubicundo que llevaba camisa blanca y vaqueros y sudaba a mares. Tenía el cuerpo y la nariz rota propia de un ex boxeador.

– ¿Sí, caballeros?

Branson le mostró su placa.

– Somos el sargento Branson y el comisario Grace, de la policía de Sussex. Buscamos al dueño. ¿Es usted el señor Hobbs?

– Lo han encontrado -dijo casi sin aliento mientras subía.

El hombre se irguió y los miró con cautela. Apestaba.

– Nos preguntábamos si le importaría echar un vistazo a estas fotografías para ver si reconoce alguna de estas caras. Puede que vinieran aquí el martes pasado por la noche.

Branson dejó las fotografías sobre la barra. John Hobbs examinó cada una de las fotografías. Luego, negó con la cabeza.

– No, no les he visto nunca.

– ¿Trabajó aquí la noche del martes? -le preguntó Grace.

– Estoy aquí todas las putas noches -dijo-. Los siete días de la semana. Gracias a sus malditos compañeros.

– ¿Nuestros compañeros?-dijo Grace.

– De Tráfico. No es fácil ganarse la vida con un pub rural cuando sus compinches de Tráfico merodean por aquí a escondidas, para hacer controles de alcoholemia a todos mis clientes.

– ¿Está totalmente seguro de que no los reconoce? -le preguntó Grace obviando el comentario.

– En una noche entre semana, vienen diez personas. Una mina de oro, vaya. Si hubieran venido, los habría visto. No los reconozco. ¿Alguna razón por la que debiera?

Momentos así eran los que hacían que Roy Grace se enfadara muchísimo con Tráfico. Para la mayoría de las personas, que las detuvieran por exceso de velocidad, o para someterlas a un test de alcoholemia, era el único contacto que tenían en su vida con la policía. En consecuencia, en lugar de ver a los policías como gente amiga y guardianes de la paz, los consideraban el enemigo.

– ¿Ve usted la televisión? ¿Lee los periódicos locales? -le preguntó Grace.

– No -contestó-. Estoy demasiado ocupado. ¿Es un delito?

– Cuatro de estos chicos han muerto -dijo Glenn Branson, irritado por la actitud del hombre-. Se mataron en un accidente de tráfico el martes por la noche.

– ¿Y entran aquí como si fueran un par de matones, buscando al pobre dueño de un pub para echarle la culpa por servirles alcohol?

– Yo no he dicho eso -contestó Grace-. No es eso. Estoy buscando a este chaval que iba con ellos. -Señaló la fotografía de Michael.

El dueño del pub negó con la cabeza.

– Aquí no estuvo -dijo.

– ¿Tiene cámaras de circuito cerrado? -preguntó Branson mirando a las paredes.

– Será una broma. ¿Cree que tengo dinero para comprar lujosos aparatitos de seguridad? ¿Sabe qué cámaras utilizo yo? -Se señaló los ojos-. Éstas. Vienen gratis cuando naces. Ahora, si me disculpan, tengo que cambiar un barril.

Ninguno de los dos se molestó en responder.

Capítulo 31

Michael tembló. Algo se arrastraba por su pelo. Avanzaba con constancia y determinación hacia la frente. Parecía una araña.

Presa del pánico, tiró la hebilla del cinturón, subió las manos y se agitó furiosamente el pelo; tenía los dedos en carne viva y sangrando de tanto rascar la tapa.

Entonces, lo notó en la cara, cruzándole la mejilla, la boca, la barbilla.

– Dios, ¡quita, asquerosa!

Se abofeteó la cara con las dos manos, luego tocó algo pequeño y pegajoso. Estaba muerto, fuera lo que fuera. Se limpió los restos en la gruesa barba de tres días, que le picaba.

La mayoría de los bichos no le daban asco, pero con las arañas no podía. Cuando era pequeño, había leído un artículo en el periódico local sobre un verdulero al que le había picado una tarántula que estaba escondida en un manojo de plátanos y que estuvo a punto de morir.

La luz de la linterna era ahora muy débil; daba un resplandor ámbar al interior del ataúd. Tenía que sujetarse la cabeza para evitar que el agua le tocara las mejillas y le entrara en los ojos y la boca. Hacía un rato, otra cosa le había picado en el tobillo, un insecto, y le escocía.

Agitó la linterna. Por un momento, la bombilla se apagó por completo. Luego, una franja minúscula de filamento brilló durante unos segundos.

Se estaba congelando. Rascar la tapa era lo único que impedía que se congelara aún más. Todavía no había llegado al otro lado. Debía hacerlo, debía hacerlo, antes que el agua… intentaba no pensar en lo impensable, pero no podía. El agua seguía subiendo, le cubría las piernas y parte del pecho. Con una mano, tenía que sostener el walkie-talkie en el espacio que quedaba entre el pecho y la tapa para evitar que se sumergiera.

La desesperación, como el agua, seguía envolviéndole. Las palabras de Davey no dejaban de repetirse una y otra vez en su cabeza.

«Había un tipo atravesado en el parabrisas, perdió media cabeza. Buff, vi el cerebro desparramado. Supe al momento que estaba muerto. Sólo hubo un superviviente, pero también ha muerto.»

Una furgoneta Transit implicada en un accidente a una hora y un lugar que encajaban. Pete, Luke, Josh, Robbo. ¿Podía ser que estuvieran muertos de verdad y que ésa fuera la razón por la que nadie hubiera ido a buscarle? Sin embargo, Mark tenía que saber qué habían planeado. ¡Era su padrino, por el amor de Dios! Seguro que Mark andaba por ahí fuera, liderando un equipo que estaba buscándole. A menos, pensó sombríamente, que también le hubiera ocurrido algo a él. ¿Quizá se había encontrado con ellos en el siguiente pub y también iba en la furgoneta?

Eran las cuatro y diez, viernes por la tarde. Intentó imaginar qué estaría pasando en aquellos momentos. ¿Qué estaría haciendo Ashley? ¿Y su madre? ¿Seguiría todo en pie para mañana tal como estaba planeado?

Levantó la cabeza, para acercar la boca a la tapa unos centímetros preciosos, y gritó, como hacía de forma regular.

– ¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Socorro!

Nada, excepto un silencio soporífero.

«Tengo que salir.»

Oyó un silbido, luego un crujido y, por un momento, Michael pensó que era la madera que se astillaba, hasta que oyó el pitido conocido de las interferencias. Luego, un acento sureño incorpóreo.

– ¿Iba en serio lo que dijiste sobre salir en televisión?

– ¿Davey?

– Eh, colega, acabamos de volver. ¡Menudo accidente, tío! No te gustaría estar en ese coche, te lo digo yo. Han tardado dos horas en sacar al conductor, estaba bastante mal. Aunque mejor que la mujer del otro coche, ¿sabes lo que te digo?

– Sí -dijo Michael, intentando la táctica de seguirle la corriente.

– No estoy seguro. Digo que está muerta. ¿Entiendes?

– ¿Muerta? Sí, lo entiendo.

– Se nota, ¿sabes? Sólo viéndolos, quiénes están muertos y quiénes van a sobrevivir. No siempre. Pero guau, ¡te lo digo yo!

– Davey, ese accidente al que fuiste el martes por la noche, ¿recuerdas cuántos jóvenes iban en la furgoneta?

– Estaba contando las ambulancias -dijo Davey tras unos momentos de silencio-. En los accidentes graves, hay una ambulancia por persona. Cuando llegamos, una se iba y otra aún estaba allí.

– Davey, ¿no sabrás por casualidad los nombres de las víctimas?

Casi al instante, para sorpresa de Michael, Davey se los recitó:

– Josh Walker, Luke Gearing, Peter Waring, Robert Houlihan.

– Tienes buena memoria, Davey -dijo Michael, intentando animarle-. ¿Había alguien más? ¿Había alguien llamado Mark Warren también en ese accidente?

Davey se rio.

– Nunca se me olvida ningún nombre. Si Mark Warren hubiera estado en ese accidente, lo sabría. Recuerdo todos los nombres que oigo, recuerdo dónde los oigo y cuándo. Nunca me ha servido para una mierda.

– Se te daría bien la historia en el colegio.

– Quizá -dijo sin comprometerse.

Michael resistió la tentación de gritarle de pura frustración. Así que tuvo paciencia y le preguntó:

– ¿Sabes dónde tuvo lugar el accidente?

– En la A 26. A tres coma ocho kilómetros al sur de Crowborough.

Michael sintió que un rayo de esperanza se iluminaba dentro de él.

– Creo que no estoy muy lejos de allí. ¿Conduces, Davey?

– ¿Un automóvil, quieres decir?

– Sí, eso quiero decir exactamente.

– Supongo que eso depende de cómo definas «conducir».

Michael cerró los ojos unos momentos. Tenía que haber algún modo de conectar como es debido con este tipo, ¿Cómo?

– Davey, necesito ayuda, desesperadamente. ¿Te gustan los juegos?

– ¿Los juegos de ordenador, quieres decir? ¡Sí! ¿Tienes la Play Station 2?

– No, aquí no, conmigo no.

– ¿Quizá podríamos conectarnos por Internet?

A Michael le entró agua en la boca. La escupió, aterrorizado. Dios santo, qué deprisa subía ahora.

– Davey, si te doy un número de teléfono, ¿llamarías por mí? Necesito que le digas a alguien dónde estoy. ¿Podrías llamar a alguien por teléfono mientras hablas conmigo?

– Houston, tenemos un problema.

– ¿Me lo cuentas?

– Verás, el teléfono está en casa de mi padre. Él no sabe que tengo el walkie-talkie. No debería tenerlo. Es nuestro secreto.

– Tranquilo, sé guardar secretos.

– Mi padre se enfadaría mucho conmigo.

– ¿No crees que se enfadaría aún más si supiera que me podrías haber salvado la vida y que me dejaste morir? Creo que podrías ser la única persona del mundo que sabe dónde estoy.

– Tranquilo, no se lo diré a nadie.

A Michael le entró más agua en la boca; agua sucia, turbia, salobre. La escupió, le dolían los brazos, los hombros, los músculos del cuello de tener que mantener la cabeza por encima del nivel creciente del agua.

– Davey, voy a morir si no me ayudas. Podrías ser un héroe. ¿Quieres ser un héroe?

– Voy a tener que marcharme -dijo Davey-. Veo a mi padre fuera, me necesita.

Michael perdió los nervios.

– ¡No! ¡Davey, no te vas a marchar a ningún lado, joder! -gritó-. Tienes que ayudarme. ¡Tienes que ayudarme, joder!

Hubo otro silencio, uno muy largo esta vez, y a Michael le preocupó haberse pasado.

– ¿Davey? -dijo, con más delicadeza-. ¿Sigues ahí, Davey?

– Sigo aquí.

La voz del chico había cambiado. De repente, sonaba sumisa, escarmentada. Parecía un niño pequeño arrepentido.

– Davey, voy a darte un número de teléfono. ¿Lo anotarás y harás la llamada? ¿Les dirás que tienen que hablar conmigo por tu walkie-talkie? Y que es muy, muy urgente. ¿Lo harás?

– Vale. Les diré que es muy, muy urgente.

Michael le dio el número. Davey le dijo que iría a llamar y que volvería a comunicarse con él.

Al cabo de cinco minutos agónicamente largos, la voz de Davey volvió a sonar en el walkie-talkie.

– Me ha salido el contestador -dijo.

Michael juntó las manos con frustración.

– ¿Has dejado un mensaje?

– No. No me has dicho que lo hiciera.

Capítulo 32

La dueña del Friars, en Uckfield, era una mujer alta, con pinta de ordinaria, de casi cincuenta años y pelo rubio de punta, que parecía saber mucho de la vida. Recibió a Grace y a Branson con una sonrisa cordial y examinó las fotografías que Grace colocó con cuidado sobre la barra.

– Eh, sí -dijo-. Estuvieron aquí, los cinco. Déjenme pensar… El martes hacia las ocho.

– ¿Está segura? -le preguntó Glenn Branson.

La mujer señaló la fotografía de Michael.

– Éste iba un poco pedo, pero era muy dulce. -Señaló la fotografía de Josh-. Este pagó las bebidas. Pidió una ronda de cervezas, creo, y unos chupitos. Éste de aquí -volvió a señalar a Michael- me dijo que iba a casarse el sábado. Me dijo que yo era la mujer más guapa que había visto en su vida y que si me hubiera conocido antes, se habría casado conmigo.

Sonrió a Branson, luego ofreció a Grace una sonrisa claramente insinuante. Era evidente que sabía cómo tratar con la policía, pensó él. Sin duda, tenía a la poli municipal en el bolsillo. No tendría ningún problema para cerrar más tarde de lo que establecía la ley.

– ¿Les oyó hablar de qué planes tenían, por casualidad? -preguntó Grace.

– No, cielo. Todos estaban muy alegres. No había muchos clientes, se sentaron en ese rincón. -Señaló una mesa y unas sillas en el salón vacío, encima de las cuales colgaban varios medallones de latón-. No les presté mucha atención, Uno de mis clientes habituales me estaba contando sus problemas de pareja. Ya saben cómo es la cosa.

– Sí -dijo Grace.

– Entonces, ¿no sabe adónde iban a ir después? -preguntó Branson.

Ella negó con la cabeza.

– Parecía que estaban de juerga. Se acabaron las bebidas y se largaron.

– ¿Tienen cámaras de circuito cerrado?

Volvió a ofrecer una sonrisa muy insinuante a Grace.

– No, cielo. Lo siento.

Al salir del pub y cruzar el patio corriendo hacia el coche, protegiéndose del chaparrón que caía a última hora de la tarde, Grace oyó el sonido distante de un helicóptero. Mientras Branson abría el coche, alzó la vista, pero no vio nada. Se sentó dentro, cerró de un golpe la puerta a los elementos y llamó a Bella y a Nick.

– ¿Qué tal os va, chicos?

– Nada -dijo Nicholl-. No ha habido suerte. Nos quedan dos pubs. ¿Y a vosotros?

– Tres -dijo Grace.

Branson arrancó el coche.

– Una putita madura muy apetecible -le dijo a Grace-. Creo que tienes posibilidades.

– Gracias -dijo Grace-. Después de ti.

– Yo estoy felizmente casado. Deberías dejarte llevar un poco.

Roy Grace miró su móvil. Los mensajes de texto de Claudine, la vegetariana estricta de Guildford que odiaba a los polis.

– Tienes suerte -afirmó-. Me parece que la mitad de las mujeres que no están casadas están locas.

Se quedó callado unos momentos.

– El accidente se produjo justo pasadas las nueve -dijo entonces-. Puede que éste fuera el último pub al que vinieron antes de meterlo en el ataúd.

– Quizá les dio tiempo a ir a uno más.

Pasaron por los siguientes tres pubs, pero nadie recordaba a los chicos. Nick y Bella encontraron al dueño de otro bar que sí los reconoció. Se habían marchado alrededor de las ocho y media. Al parecer, todos muy borrachos. Ese pub quedaba a unos ocho kilómetros de allí. La noticia descorazonó a Grace. Por la información que habían recibido, no estaban más cerca de localizar con exactitud dónde podría estar Michael Harrison que cuando habían comenzado.

– Deberíamos ir a hablar con su socio -dijo Grace-. Si es el padrino, tiene que saber algo. ¿No crees?

– Creo que deberíamos rastrear la zona.

– Sí, pero tenemos que reducirla.

Branson arrancó el coche.

– ¿Hace un tiempo me dijiste que conocías a un tipo que hace una cosa con un péndulo?

Grace lo miró sorprendido.

– ¿Sí?

– No recuerdo su nombre. Dijiste que puede encontrar cosas que se han perdido, sólo oscilando un péndulo sobre un mapa.

– Pensaba que no creías en esas cosas. Eres tú quien siempre me dice que soy idiota por aficionarme a esto. ¿Y ahora me sugieres que vaya a ver a alguien?

– Estoy desesperado, Roy. No sé qué más hacer.

– Seguiremos adelante, eso es lo que haremos.

– Quizá valga la pena intentarlo.

Grace sonrió.

– Creía que eras el escéptico máximo.

– Y lo soy, pero se supone que este tipo tiene que estar en el altar mañana a las dos, y tenemos… -consultó su reloj-, tenemos veintidós horas para llevarle a la iglesia y unas trece mil hectáreas de bosque que rastrear. Nos quedan unas cuatro horas de luz. ¿Tú qué dices?

Personalmente, Grace creía que merecía la pena recurrir a Harry Frame, pero después del fracaso del miércoles en el juicio, no estaba seguro de si valía la pena arriesgar su carrera, en el caso de que Alison Vosper se enterara.

– Primero agotemos todas las demás vías. Luego ya veremos, ¿de acuerdo?

– ¿Te preocupa qué pueda decir la jefa? -le preguntó Branson para provocarle.

– Cuando uno tiene mi edad, empieza a pensar en su jubilación.

– Lo tendré presente, dentro de unos treinta años.

Capítulo 33

La dirección de Ashley Harper correspondía a una casa victoriana diminuta situada cerca de una vía del tren en una zona que en su día había sido un barrio de clase obrera de Hove, pero que ahora se estaba convirtiendo rápidamente en un enclave moderno -y caro- para solteros y compradores de primera vivienda. La categoría de los coches aparcados en la calle y las puertas elegantes lo delataban.

Grace y Branson bajaron del coche, pasaron por delante de un Golf GTI y un Renault descapotable y llamaron al timbre del número 119, que tenía un Audi TT plateado aparcado delante.

Al cabo de unos momentos, abrió la puerta una mujer muy guapa de unos veinticinco años. Saludó a Branson con una sonrisa triste.

– Hola, Ashley -dijo Branson-. Este es mi compañero, el comisario Grace. ¿Podemos charlar?

– Claro, pasen. ¿Se sabe algo? -Miró a Grace.

A Grace le impresionó el contraste entre el interior de la casa y el exterior. Habían entrado en un oasis de minimalismo frío. Moqueta blanca, muebles blancos, persianas venecianas metálicas, un gran poster enmarcado de Jack Vettriano de cuatro tipos con trajes elegantes, que Grace reconoció, y un equipo de música colgado en la pared con lucecitas que parpadeaban. Las manecillas de un reloj sin números en una pared marcaban las seis y veinte de la tarde.

Ashley les ofreció algo de beber. A Branson le dio un agua mineral en un elegante vaso, y a Grace, que se sentó a su lado en un sofá largo, un café solo en una fina taza de color blanco.

– Hemos confirmado que su prometido fue visto en tres pubs el martes por la noche en la zona Ashdown Forest -le informó Glenn Branson-. En todos estos lugares, confirmaron que iba con cuatro acompañantes, los que usted ya sabe; pero no hemos obtenido ninguna información sobre qué tramaban, aparte de emborracharse.

– Michael no bebe -dijo ella sombríamente, sujetando con las dos manos una gran copa de vino tinto.

– Hábleme de Michael -le pidió Grace, observándola atentamente.

– ¿Qué quiere saber?

– Lo que sea. ¿Cómo se conocieron?

Ella sonrió y, por un instante, se relajó visiblemente.

– Fui para una entrevista de trabajo a su empresa. De Michael y su socio.

– ¿Mark Warren? -preguntó Grace.

Una vacilación fugaz, tan leve que apenas fue perceptible, pero Grace se fijó.

– Sí.

– ¿Dónde trabajaba antes? -le preguntó.

– Trabajaba para una inmobiliaria en Toronto, Canadá. Regresé a Inglaterra justo antes de conseguir este trabajo.

– ¿Regresó?

– Soy de origen inglés, mis raíces están aquí. -Sonrió.

– ¿Qué inmobiliaria en Toronto?

– ¿Conoce Toronto? -le preguntó ella, un poco sorprendida.

– Trabajé una semana con la Policía Montada hará unos diez años, en su laboratorio de homicidios.

– Ya. Era una inmobiliaria pequeña, del grupo Bay.

Grace asintió.

– Entonces, ¿Michael Harrison y Mark Warren la contrataron?

– Sí, en noviembre pasado.

– ¿Y?

– Era un trabajo estupendo, me pagaban bien. Quería aprender el negocio inmobiliario y parecían unos chicos muy majos. Yo…, eh… yo… -Se puso colorada-. Michael me pareció muy atractivo, pero estaba segura de que estaría casado o tendría novia.

– Disculpe que le haga preguntas tan personales -dijo Grace-, pero ¿cuándo empezaron a salir Michael y usted?

– Muy pronto -dijo después de una breve pausa-, al cabo de un par de meses; sin embargo, tuvimos que llevarlo en secreto, porque a Michael le preocupaba que Mark se enterara. Pensaba que para Mark sería difícil de llevar que tuviera…, ya saben, una relación conmigo.

Grace asintió.

– ¿Y cuándo se enteró Mark?

Ashley se ruborizó.

– Un día volvió al despacho cuando no le esperábamos.

Grace sonrió. La compadecía. Sabía que su vulnerabilidad haría que casi todos los hombres sintieran la necesidad de protegerla. Él ya la sentía, y eso que la conocía desde hacía tan sólo unos minutos.

– ¿Y luego?

– Durante un tiempo, la situación resultó un poco incómoda. Le dije a Michael que creía que debía dimitir, pero fue muy persuasivo.

– ¿Y Mark?

Grace advirtió una vacilación mínima, una tensión de los músculos faciales apenas visible.

– Le pareció bien.

– Entonces, ¿su relación laboral no se vio afectada?

– No.

– ¿Sabía usted que tienen un negocio en un paraíso fiscal, en las islas Caimán? -le preguntó Grace mirándola fijamente a los ojos.

Su mirada se desvió hacia Branson y, luego, volvió a Grace.

– No… Yo… No sé nada.

– ¿Le habló Michael alguna vez de refugios fiscales para él y el señor Warren?

La ira asomó al rostro de Ashley, con tanta dureza y tan de repente que Grace se asustó.

– ¿Qué es esto? ¿Son ustedes policías o inspectores de hacienda?

– Si quiere ayudarnos a encontrar a su prometido, tiene que ayudarnos a conocerlo. Contárnoslo todo, incluso aquello que a usted le parezca totalmente irrelevante.

– Yo sólo quiero que lo encuentren. Vivo. Por favor, Dios mío.

– ¿Su prometido no le habló de su despedida de soltero? -le preguntó Grace.

El agente pensó en su propia despedida, cuando le había dado a Sandy un itinerario detallado y ella había ido a rescatarle, a primera hora de la mañana siguiente, después de que lo dejaran abandonado en una calle lateral de Brighton, en cueros, sólo con unos calcetines, encima de un buzón.

Ashley negó con la cabeza.

– Sólo iban a tomar unas copas, es lo único que me dijo.

– ¿Qué va a hacer mañana si no ha aparecido a la hora de la boda? -preguntó Branson.

Las lágrimas le resbalaron por las mejillas. Se marchó de la habitación y regresó con un pañuelo bordado, que utilizó para secarse los ojos. Luego, comenzó a sollozar.

– No lo sé. No tengo ni idea. Por favor, encuéntrenlo. Le quiero tanto, no puedo soportarlo.

Después de esperar a que se calmara, y volver a mirarla fijamente a los ojos, Grace le preguntó:

– Usted era la secretaria de ambos. ¿No le contó Mark Warren lo que tenían planeado?

– Sólo una juerga de chicos. Yo iba a tener la mía con las chicas, ya saben, una despedida de soltera. Eso era todo.

– ¿Sabe que Michael tiene fama de bromista? -preguntó Grace.

– Michael tiene un gran sentido del humor. Es una de las cosas que me encantan de él.

– ¿No sabe nada de un ataúd?

Ashley se sentó muy erguida, casi derramó el vino.

– ¿Un ataúd? ¿Qué quieren decir?

Con delicadeza, Branson se lo explicó.

– Uno de los chicos, Robert Houlihan, ¿lo conoce?

– Le he visto un par de veces, sí. Era un fracasado.

– ¿En serio?

– Eso es lo que Michael dice. Salía con ellos, pero, en realidad, no formaba parte del grupo.

– Pero ¿sí lo suficiente como para que le invitaran a la despedida? -insistió Branson.

– Michael detesta hacer daño a la gente. Creo que sentía que tenía que invitar a Robbo. Supongo que porque había pedido a los demás que fueran acomodadores en la iglesia y a Robbo no.

Grace bebió café.

– ¿No se peleó usted con Michael? ¿No pasó nada que le haga pensar que podría haber tenido dudas sobre la boda?

– Dios mío -dijo-. No. En absoluto. Yo… El…

– ¿Adonde se van de luna de miel? -preguntó Grace.

– A las Maldivas. Michael ha reservado un sitio fantástico. Le encanta el mar, los barcos, bucear. Parece un paraíso.

– Tenemos un helicóptero buscándolo. Hemos llamado a cien agentes y si a medianoche no ha aparecido vamos a iniciar un rastreo completo de la zona en la que lo vieron por última vez; pero no quiero ocupar cientos de valiosas horas de mis hombres para acabar descubriendo que Michael está tomando el sol en las islas Caimán, por gentileza del contribuyente británico. ¿Entiende?

Ashley asintió.

– Perfectamente -dijo con resentimiento-. Es cuestión de dinero, no de encontrar a Michael.

– No -dijo Grace, suavizando el tono-. No es cuestión de dinero. Estoy dispuesto a autorizar el dinero que haga falta para encontrar a Michael.

– Entonces, empiecen ya, por favor. -Encorvando sus hombros delgados, miró lastimosamente la copa de vino-. Le he reconocido, del artículo sobre usted en el Argus. Y del Daily Mail de ayer. Intentaban ridiculizarle por haber acudido a una médium, ¿verdad?

– Sí.

– Yo creo en esas cosas. ¿No conoce a nadie? ¿Sabe? ¿Con sus contactos? ¿No hay médiums, videntes, que pueden localizar a desaparecidos?

Grace lanzó una mirada a Branson, luego miró a Ashley.

– Los hay, sí.

– ¿No podría acudir a alguien, o ponerme a mí en contacto con alguien que usted me recomiende?

Grace lo pensó detenidamente un momento.

– ¿Tiene algo de Michael?

Era consciente de que tenía los ojos de Glenn Branson clavados en él.

– ¿Cómo qué?

– Lo que sea. Algún objeto. ¿Una prenda de ropa? ¿Una joya? ¿Algo con lo que haya estado en contacto?

– Puedo encontrar algo. Déme unos minutos.

– Claro.

Capítulo 34

– ¿Estás chalado? -dijo Branson mientras se alejaban de casa de Ashley.

Grace llevaba en la mano el brazalete de cobre que la chica le había dado.

– Tú lo has sugerido -contestó él.

Se oía el boom, boom, boom de un bajo grave procedente de la radio. Bajó el volumen.

– Sí, pero no pretendía que le preguntaras.

– ¿Acaso querías mangar algo de su casa?

– Coger prestado. Tío, a ti te gusta el peligro. ¿Y si habla con la prensa?

– Me has pedido que te ayudara.

Branson lo miró de reojo.

– Bueno, ¿qué opinas de ella?

– Sabe más de lo que nos ha contado.

– Entonces, ¿intenta guardarle las espaldas a Michael Harrison?

Grace dio unas vueltas al brazalete: tres anillos de cobre soldados juntos, cada uno acabado en dos bolitas.

– ¿Tú qué crees?

– Y dale. Contestas una pregunta con otra pregunta, como siempre.

Durante un rato, Grace no dijo nada, estaba pensando. Reproducía en su cabeza la escena en casa de Ashley Harper. Su preocupación, sus respuestas a las preguntas. En diecinueve años en el cuerpo de policía había aprendido muchas lecciones. Seguramente, la más importante era que la verdad no es necesariamente lo que parece en el momento. Ashley Harper sabía más de lo que contaba, de eso estaba convencido. Lo supo leyendo sus ojos. Dado su estado de aflicción, imaginó que seguramente le preocupaba que salieran a la luz los chanchullos fiscales que pudiera tener Michael Harrison en las islas Caimán. Y, sin embargo, Grace tenía la sensación de que había algo más.

Veinte minutos después, aparcaban en una línea continua amarilla en el paseo marítimo de Kemp Town, elevado sobre la playa y el canal de la Mancha, y se bajaron del coche.

Seguía lloviendo a cántaros y, aparte de la mancha gris de un petrolero o un buque de carga en el horizonte, el mar estaba vacío. Un torrente constante de coches y camiones pasaba por delante de ellos y los salpicaba. Más adelante, a la derecha, Grace vio el Palace Pier con sus cúpulas blancas, luces horteras y, al fondo, el tobogán en espiral que se alzaba como una columna.

Marine Parade, el ancho bulevar que se extendía a lo largo de kilómetro y medio de fachadas con vistas al mar de la época de la Regencia, estaba saturado de coches en ambas direcciones. El Van Alen era uno de los pocos bloques de pisos modernos, una reinterpretación del art déco del siglo xxi. Al cabo de unos momentos, una voz desconfiada contestó al timbre del apartamento 407 en el portero automático de alta seguridad.

– ¿Sí?

– ¿Mark Warren? -dijo Glenn Branson.

– Sí, ¿quién es?

– Policía. ¿Podríamos hablar con usted sobre Michael Harrison?

– Claro. Suban, cuarto piso.

Se oyó un zumbido agudo y Grace empujó la puerta para abrirla.

– Extraña coincidencia -le dijo a Branson mientras entraban en el ascensor-. Anoche vine a jugar al póquer aquí.

– ¿A quién conoces que viva aquí?

– A Chris Croke.

– Chris Croke, ¿ese imbécil de Tráfico?

– Es buen tipo.

– ¿Cómo puede permitirse un piso en un sitio así?

– Se casó con una fortuna o, mejor dicho, se divorció de una fortuna. Su mujer era rica, el padre había ganado la lotería, según me contó una vez. Y tuvo un buen abogado.

– Qué listo, el cabrón.

Salieron al cuarto piso, recorrieron una lujosa moqueta azul y se detuvieron delante del 407. Branson tocó el timbre.

Al cabo de unos segundos, abrió la puerta un hombre de casi treinta años que llevaba una camisa blanca con el cuello desabotonado, pantalones de traje de raya diplomática y mocasines negros con una cadenita dorada.

– Caballeros, pasen, por favor -les dijo afablemente.

Grace lo miró: le pareció que el hombre le sonaba. Lo había visto antes, en alguna parte, hacía poco. ¿Dónde? ¿Dónde diablos lo había visto?

Branson le mostró diligentemente su placa, pero Mark Warren apenas la miró. Lo siguieron a través de un pequeño recibidor hasta una sala de estar abierta en la que había dos sofás rojos colocados en forma de L y una larga mesa negra lacada que la separaba de la cocina y el comedor.

El lugar se parecía por su estilo minimalista, observó Grace, a la casa de Ashley Harper, pero aquí se habían gastado mucho más dinero. En un rincón, una máscara africana descansaba encima de un pedestal negro. De las paredes colgaban cuadros abstractos elegantes, aunque impenetrables, y había un ventanal que daba directamente al mar y a una bonita vista del Palace Pier. En el televisor de pantalla plana Bang and Olufsen estaban puestas las noticias, sin sonido.

– ¿Quieren algo de beber? -preguntó Mark Warren, retorciendo las manos.

Grace le miró atentamente, observando su lenguaje corporal, escuchando su forma de hablar. Aquel hombre rezumaba ansiedad. Intranquilidad. No era ninguna sorpresa, teniendo en cuenta lo que debía de estar pasando. Por experiencia, Grace sabía que uno de los mayores problemas de los supervivientes de un desastre era sobrellevar el sentimiento de culpa.

– No, gracias -dijo Branson-. No queremos entretenerle. Serán sólo unas preguntas.

– ¿Se sabe algo de Michael?

Grace le informó sobre los interrogatorios en los pubs y sobre el ataúd que faltaba. Algo en la forma de reaccionar de Mark encendió una luz de alarma en la mente de Grace. Una lucecita, no más que un destello minúsculo.

– No puedo creer que cogieran un ataúd -dijo Mark Warren.

– Usted debería saberlo -le replicó Grace-. ¿No le corresponde al padrino organizar la despedida de soltero?

– Es lo que leí en la información que me bajé de Internet -contestó él.

Grace frunció el ceño.

– Entonces, ¿no participó en los planes? ¿En ninguno?

Mark parecía nervioso. Su voz sonó extraña cuando comenzó a hablar, pero pronto se tranquilizó.

– Yo… No, no estoy diciendo eso. Quiero decir…, ya saben… Nosotros… Luke quería organizar un striptease, pero es algo tan antiguo… Queríamos algo más original.

– ¿Devolverle a Michael Harrison todas su bromitas?

– Sí, hablamos de eso -dijo Mark Warren, nervioso de nuevo durante unos instantes.

– Pero ¿no hablaron de un ataúd? -preguntó Roy Grace, la mirada clavada en sus ojos.

– Claro que no. -Había indignación en su voz.

– Un ataúd de teca -dijo Grace.

– Yo… No sé nada de ningún ataúd.

– ¿Nos está diciendo que usted era el padrino, pero que no tenía ni idea de los planes para la despedida de soltero?

Una larga vacilación. Mark Warren lanzó largas miradas a los dos policías.

– Sí -contestó al fin.

– No me lo trago, Mark -dijo Grace-. Lo siento, pero no me lo trago. -Al instante, detectó el arranque de ira.

– ¿Me está acusando de mentirles? Lo siento, caballeros. Esta reunión ha finalizado. Les comunico que tengo que hablar con mi abogado.

– ¿Para usted es más importante eso que encontrar a su socio? -le preguntó Grace-. Se supone que se casa mañana. ¿Es consciente de ello?

– Soy el padrino.

Al observar detenidamente el rostro de Mark Warren, Grace recordó de repente dónde lo había visto. Al menos, dónde creía haberlo visto.

– ¿Qué coche tiene, Mark? -le preguntó.

– Un BMW.

– ¿Qué modelo? ¿Un A-3? ¿Un A-5? ¿Un A-7?

– Un X5 -contestó Mark.

– ¿Es un todoterreno?

– Sí.

Grace asintió y no añadió nada más; la cabeza le iba a mil por hora.

Capítulo 35

En el pasillo, esperando el ascensor, Branson miró la puerta de Mark Warren, para asegurarse de que estaba cerrada.

– ¿A qué venía eso, el tema del coche? -preguntó entonces.

Cuando entraron en el ascensor, Grace pulsó el último botón, marcado con una «S». Aún estaba sumergido en sus pensamientos, por lo que no respondió.

Branson se quedó mirándolo.

– Este tipo me da mala espina. ¿Tú has notado algo?

Grace siguió callado.

– Deberías haber pulsado la «B», planta baja. Es por donde hemos entrado.

Grace salió al aparcamiento subterráneo y Branson le siguió. El lugar era seco, y la iluminación, tenue; olía ligeramente a aceite de motor. Pasaron por delante de un Ferrari, un Jaguar sedán, un Mazda deportivo y un Ford sedán pequeño; luego por un par de plazas vacías hasta que Grace se detuvo delante de un flamante todoterreno plateado BMW X5. Examinó atentamente el coche. En el chasis todavía había gotas de lluvia.

– Unas máquinas guapas -dijo Branson-, pero no tienen mucho espacio detrás. Un Range Rover o un Cayenne tienen más.

Grace escudriñó las ruedas, luego se arrodilló y miró debajo de una solera de la puerta.

– Cuando estuve aquí anoche -dijo- y bajé a buscar mi coche hacia la una menos cuarto de la madrugada, entró un BMW, cubierto de barro. Me fijé porque me pareció poco corriente. No se ve a menudo un cuatro por cuatro sucio en el centro de Brighton. La mayoría los llevan madres que van de compras.

– ¿Estás seguro de que era este coche?

Grace se dio un golpecito en la cabeza.

– La matrícula.

– Tu memoria fotográfica… ¿Aún te funciona a tu avanzada edad?

– Aún funciona.

– ¿Qué opinas?

– ¿Y tú?

– Un ataúd perdido. Un bosque. Un coche cubierto de barro. Un padrino que es el único superviviente y que quiere hablar con su abogado. Una cuenta bancaria en las islas Caimán. Algo me huele mal.

– No huele mal, apesta.

– ¿Y ahora qué?

Grace sacó el brazalete de cobre de su bolsillo y lo levantó.

– Esto.

– ¿De verdad?

– ¿Se te ocurre una idea mejor?

– Interrogar a Mark Warren en comisaría.

Grace negó con la cabeza.

– Este tipo es listo. Tenemos que serlo más que él.

– ¿Ir a ver a un zahori con un péndulo es ser más listo?

– Confía en mí.

Capítulo 36

«No podías dormirte. Así era cómo sobrevivías. La hipotermia te provocaba sueño y cuando te dormías, entrabas en coma y luego morías.»

Michael estaba temblando, casi desvariando. Tenía frío, tanto, tanto frío; oía voces, oía a Ashley susurrándole al oído; levantó las manos para tocarla y sus nudillos golpearon la teca.

Le entró agua en la boca y la escupió. Tenía la cara pegada a la tapa del ataúd. La linterna ya no funcionaba, intentaba mantener el walkie-talkie por encima del nivel del agua, pero le dolía tanto el brazo que no iba a poder aguantar mucho más.

Se guardó el teléfono móvil, que estaba inservible, en el bolsillo de atrás de los vaqueros. Era incómodo, pero lo alzaba tres centímetros más. Para lo que pudiera servir. Iba a morir; no sabía cuánto tiempo le quedaba, pero no era mucho.

– Ashley -dijo débilmente-. Ashley, cariño.

Entonces, le entró más agua en la boca.

Siguió escarbando el agujero cada vez más ancho y profundo de la tapa con la carcasa de la linterna. Pensó en la boda de mañana. Su madre enseñándole el vestido que se había comprado, y el sombrero y los zapatos y el bolso nuevo; había querido su aprobación, saber que estaba guapa en su gran día, había querido que estuviera orgulloso de ella, que Ashley estuviera orgullosa de ella. Recordó la llamada de su hermana pequeña, desde Australia, muy emocionada por el billete que le había comprado. Carly ya estaría aquí, en casa de su madre, preparándose.

Le dolía tanto el cuello que no sabía cuánto tiempo más podría soportarlo; cada pocos minutos tenía que relajarse, hundirse, aguantar la respiración, dejar que el agua le cubriera la cara y, luego, volver a emerger. Pronto, ya no sería posible.

Llorando de desesperación y terror, golpeó la tapa, la aporreó. Pulsó de nuevo el botón de «Hablar».

– ¡Davey! ¡Davey! ¿Davey? Escupió más agua.

Todas las moléculas de su cuerpo temblaban. Volvió a oír las interferencias.

Le castañeteaban los dientes. Bebió un trago del agua turbia, luego otro.

– Por favor, por favor. Alguien, por favor, por favor, que alguien me ayude, por favor.

Intentó calmarse, pensar en su discurso. Tenía que dar las gracias a las damas de honor. Proponer un brindis por ellas. Debía recordar dar las gracias primero a su madre. Acabar con el brindis por las damas de honor. Contar historias divertidas. Pete le había dado un chiste buenísimo. Sobre una pareja que se iba de luna de miel y…

Luna de miel.

Estaba todo reservado. Cogían el avión mañana por la noche, a las nueve, rumbo a las Maldivas. En primera clase, eso Ashley no lo sabía, era su regalito secreto.

«Sacadme de aquí, imbéciles. Voy a perderme mi boda, mi luna de miel. ¡Vamos! ¡Ya!»

Capítulo 37

El reloj del salpicadero del Ford marcó las 19.13 mientras Branson llevaba a Grace por delante de las elegantes fachadas de Kemp Town; luego accedieron a la carretera abierta, subieron por los acantilados, pasaron por delante de los enormes edificios neogóticos del colegio Roedean para chicas y luego por el edificio art déco del hospicio Saint Dunstan para invidentes. Estaba diluviando y el viento zarandeaba el coche peligrosamente. Llevaba días lloviendo sin parar. Branson subió el volumen de la radio, lo que ahogó el chisporroteo intermitente de la frecuencia de la policía, y comenzó a moverse al ritmo de una canción de los Scissor Sisters.

Grace lo toleró unos momentos, luego volvió a bajar el volumen.

– ¿Qué pasa, tío? Este grupo es una pasada -dijo Branson.

– Genial -dijo Grace.

– Quieres ligarte a una tía, ¿verdad? Pues tienes que estar al día en cultura musical.

– Y tú eres mi gurú cultural, ¿no?

Branson lo miró de reojo.

– También debería ser tu gurú del estilo. Deberías ir a mi peluquero. Ian Habbin, de The Point. Te modernizaría el peinado. Llevas un look tan de ayer.

– Empieza a parecerme como si fuera ayer -respondió Grace-. Me has pedido que almorzara contigo. Ya ha pasado la hora de merendar y casi es hora de cenar. A este paso, vamos a desayunar juntos.

– ¿Desde cuándo tienes vida propia? -Casi en el preciso momento de pronunciar aquellas palabras, Branson se arrepintió de haberlas dicho. Pudo ver el dolor en el rostro de Grace sin necesidad de volverse a mirarlo-. Lo siento, tío -dijo.

Atravesaron el elegante pueblo de Rottingdean en la cima del acantilado, luego subieron una pendiente, la bajaron, subieron otra, pasaron por Saltdean, la urbanización residencial de casas de la posguerra, que crecía descontrolada-mente, y luego por Peacehaven.

– La siguiente a la izquierda -dijo Grace.

Siguió dirigiendo a Branson por un laberinto de calles empinadas, atestadas de casitas y viviendas modestas, hasta que se detuvieron delante de una casita bastante deteriorada con una autocaravana aún más deteriorada aparcada delante de ella.

Corrieron bajo la lluvia hacia un porche minúsculo, con campanillas repiqueteando al viento, y llamaron al timbre. Al cabo de unos momentos, les abrió un hombre diminuto, enjuto y nervudo de unos setenta años largos, con perilla y el pelo gris largo recogido en una coleta. Vestía un caftán, vaqueros y lucía un colgante ankh en una cadena de oro. Los saludó efusivamente con una voz aguda, todo energía. Estrechó la mano de Grace y lo miró con la dicha de quien se reencuentra con un viejo amigo.

– ¡Comisario Grace! Qué alegría volver a verte.

– Lo mismo digo, amigo. Éste es el sargento Branson. Glenn, te presento a Harry Frame.

Harry Frame estrechó la mano de Glenn Branson con una fuerza que contradecía su edad y su estatura y lo miró con ojos verdes penetrantes.

– Es un placer conocerte. Pasad, pasad.

Lo siguieron a un vestíbulo estrecho iluminado por una bombilla de baja potencia en un farol y decorado con temas náuticos, el centro de los cuales era un gran ojo de buey de latón en la pared. Entraron en un salón, en el que las estanterías estaban repletas de barcos dentro de botellas. Había un tresillo soso, con el respaldo cubierto de antimacasares, un televisor, que estaba apagado, y una mesa redonda de roble con cuatro sillas de madera junto a la ventana, a la que los acompañó. En la pared, Branson vio un grabado hortera de la cabaña de Anne Hathaway y un lema enmarcado que decía «La mente, una vez expandida, nunca puede volver a sus dimensiones originales».

– ¿Un té, caballeros?

– Gracias -dijo Grace.

Branson miró a Grace esperando su turno para contestar.

– Muy amable -dijo Branson.

Harry Frame salió apresuradamente de la sala. Branson miró una solitaria vela blanca encendida en un candelabro de cristal que había sobre la mesa, luego a Grace, con una expresión que decía «¿Qué es esta mierda?».

Grace le contestó con una sonrisa. «Ten paciencia.»

Al cabo de unos minutos, una señora alegre, regordeta, de pelo gris, que llevaba un suéter grueso de punto de cuello vuelto, pantalones de poliéster marrones y unas zapatillas deportivas blancas y nuevas, salió con una bandeja con tres tazas de té y un plato de galletas de chocolate, que dejó sobre la mesa.

– Hola, Roy -le dijo en un tono familiar a Grace, y luego a Branson, con un brillo en los ojos, le dijo-: Soy Maxine. ¡La que debe ser obedecida!

– Encantado. Soy el sargento Branson.

La seguía su marido, que llevaba un mapa.

Grace cogió su taza y vio que el té tenía un color verde deslavazado. Observó que Branson miraba el suyo con desconfianza.

– Bueno, caballeros -dijo Harry, sentándose delante de ellos-, ¿tenéis a una persona desaparecida?

– Michael Harrison -dijo Grace.

– ¿El joven del Argus? Qué horror, ese accidente. Demasiado jóvenes para ser llamados.

– ¿Llamados? -preguntó Branson.

– Es obvio que los espíritus los querían.

Branson le lanzó una mirada a Grace que el comisario obvió con firmeza.

Tras apartar las galletas y la vela, Frame extendió sobre la mesa un mapa del este de Sussex del servicio oficial de cartografía.

Branson comió una galleta. Grace rebuscó en el bolsillo y le dio al médium el brazalete de cobre.

– Me pediste que trajera algo del desaparecido.

Frame lo cogió, lo apretó con fuerza y cerró los ojos. Los dos policías se quedaron mirándolo. Siguió con los ojos cerrados un minuto largo.

– Mm, sí, mm.

Abrió los ojos sobresaltado, miró a Grace y a Branson como si le sorprendiera que siguieran en la sala. Se acercó más al mapa, luego sacó del bolsillo de los vaqueros un trozo de cuerda del que colgaba un pequeño peso de plomo.

– Veamos que encontramos -dijo-. Sí, en efecto, veamos. ¿Qué tal el té?

Grace bebió un sorbo. Estaba caliente y tenía un ligero sabor agrio.

– Perfecto -contestó.

Branson también bebió un sorbo del suyo, diligentemente.

– Está bueno -dijo.

Harry Frame sonrió abiertamente, muy satisfecho.

– A ver, a ver…

Apoyando los codos en la mesa, enterró la cara en las palmas de las manos como si rezara y comenzó a hablar entre dientes. Grace evitó la mirada de Branson.

– Yarummm -se dijo Frame a sí mismo-. Yarummm. Brnnnn. Yarummm.

Entonces, se sentó muy erguido, sostuvo la cuerda sobre el mapa entre el dedo índice y el pulgar y dejó que el plomo oscilara, como un péndulo. Luego, frunciendo la boca, concentrado, lo balanceó con energía formando un círculo pequeño y, sin parar, fue cubriendo el mapa centímetro a centímetro.

– ¿Uckfield? -dijo-. ¿Crowborough? ¿Ashdown Forest?

Miró inquisitivamente a los dos hombres. Ellos asintieron.

Harry Frame negó con la cabeza.

– No, no veo nada en esta zona, lo siento. Lo intentaré con otro mapa, de menor escala.

– Estamos bastantes seguros de que se trata de esta zona, Harry -dijo Roy Grace.

Frame negó con la cabeza rotundamente.

– No, el péndulo no me dice eso. Hay que ampliar la búsqueda.

Grace sentía que el escepticismo de Branson ardía como un volcán. Mirando el mapa nuevo, que mostraba todo el este y el oeste de Sussex, vio que el péndulo oscilaba formando un arco pequeño sobre Brighton.

– Está aquí -murmuró Frame.

– ¿En Brighton? Creo que no -respondió Grace.

Frame sacó un mapa a gran escala de las calles de Brighton y balanceó el péndulo por encima del mismo. Al cabo de unos momentos, comenzó a describir un pequeño círculo sobre Kemp Town.

– Sí -dijo-. Sí, está aquí.

Ahora Grace miró a Branson, como si compartiera sus pensamientos con él.

– Te equivocas, Harry -le dijo.

– No, creo que no, Roy. Vuestro hombre está aquí.

Grace negó con la cabeza.

– Acabamos de estar en Kemp Town. Hemos ido a hablar con su socio. ¿Estás seguro de que no es eso lo que ves?

Harry Frame cogió el brazalete de cobre.

– ¿Este brazalete es suyo? ¿De Michael Harrison?

– Sí.

– Entonces, está aquí. Mi péndulo no se equivoca nunca.

– ¿Puedes darnos una dirección? -preguntó Branson.

– No, una dirección no; hay demasiadas casas, pero es donde debéis mirar. Ahí es donde le encontraréis.

Capítulo 38

– Puto bicho raro -le dijo Branson a Grace mientras se alejaban con el coche de casa de Harry Frame.

Grace, absorto en sus pensamientos, estuvo un rato sin decir nada. Durante la última hora, por fin había dejado de llover, y algunos rayos de sol tardío atravesaban el tul de nubes grises que se había posado sobre el mar.

– Supongamos por un momento que tiene razón.

– Vamos a comer y a beber algo -dijo Branson-. Me muero de hambre; estoy a punto de desmayarme.

El reloj marcaba las 20.31.

– Buena idea.

Glenn llamó a su mujer desde el móvil. Grace escuchó la conversación de Branson. Parecía bastante encendida y su amigo acabó colgando a media llamada.

– Está cabreadísima.

Grace le ofreció una sonrisa comprensiva. No era tan tonto como para comentar la situación doméstica de otra persona sin conocerla.

Unos minutos después, en la barra de un pub situado en lo alto de un acantilado que se llamaba Badger's Rest, Grace sostenía un Glenfiddich largo con hielo y se fijó en que su compañero estaba apurando la pinta de cerveza, a pesar de que tenía que conducir.

– Entré en la policía -dijo Branson- para tener una profesión de la que mis hijos pudieran estar orgullosos. Mierda. Al menos cuando era guardaespaldas, tenía vida propia. Podía bañar a mi Sammy y acostarle y tenía tiempo para leerle un cuento antes de irme a trabajar. ¿Sabes lo que acaba de decirme Ari?

– ¿Qué? -dijo Grace, que miró los platos especiales de la pizarra.

– Me ha dicho que Sammy y Remi están llorando porque les había prometido que esta noche estaría en casa y les leería cuentos.

– Pues vete a casa -le dijo Grace con delicadeza, y lo decía en serio.

Branson se acabó la cerveza y pidió otra.

– No puedo, sabes que no puedo. No tengo un trabajo de nueve a cinco, joder. No puedo marcharme del despacho tranquilamente como un funcionario gilipollas y decir: «A la mierda, me voy temprano que mañana es sábado». Se lo debo a Ashley Harper y a Michael Harrison. ¿No?

– Debes aprender a distanciarte -le dijo Grace.

– ¿En serio? ¿Y cuánto exactamente me distancio?

Grace se acabó el whisky. Le gustó. Primero la sensación ardiente en la garganta, luego en el estómago. Levantó el vaso hacia el camarero, pidió otro doble, puso un billete de veinte libras en la barra y pidió cambio para la máquina de tabaco. Hacía varios días que no furriaba, pero esta noche, las ganas de fumarse un cigarrillo eran demasiado fuertes.

El paquete de Silk Cut cayó en la bandeja de la máquina. Rompió el celofán y le pidió cerillas al camarero. Luego, encendió un cigarrillo e inhaló el humo, agradecido, hasta los pulmones. El sabor era más que exquisito.

– Creía que lo habías dejado -dijo Branson.

– Y así es.

Le sirvieron la segunda cerveza y Glenn y él entrechocaron los vasos.

– Tú no tienes vida propia y yo estoy destruyendo la mía. Bienvenido a la profesión de policía. -Branson meneó la cabeza-. Tu amigo Harry Frame es un tipo extraño. ¡Menudo bicho raro!

– ¿Te acuerdas de Abigail Matthews?

– ¿Esa niña de hace un par de años? Tenía ocho años, ¿verdad?

– Sí.

– La secuestraron delante de la casa de sus padres. La encontraste dentro de una jaula en un hangar del aeropuerto de Gatwick.

– Nigerianos. La habían vendido a una red de explotación sexual infantil de Holanda.

– Fue un trabajo de investigación increíble. ¿No fue en parte por este caso por lo que te ascendieron tan deprisa?

– Sí. Salvo que nunca le he dicho a nadie la verdad de cómo la encontré. -Era el whisky quien hablaba ahora, y no Roy Grace-. Nunca se lo he dicho a nadie porque…

– ¿Por qué?

– No fue un trabajo de investigación increíble, Glenn, por eso. Fue Harry Frame quien la encontró, con su péndulo. ¿Vale?

Branson se quedó callado unos momentos.

– Y por eso crees en él.

– También ha acertado en otros casos, pero no voy proclamándolo a los cuatro vientos. A Alison Vosper y sus amigos mandamases no les gusta nada que no encaje en los procedimientos habituales. Si quieres hacer carrera en la policía, tienen que ver que juegas según las reglas. Tienen que verlo, ¿vale? En realidad, no tienes que jugar según las reglas, siempre que crean que sí lo haces. -Apuró el segundo whisky mucho más deprisa de lo que era su intención-. Pidamos el papeo.

Branson pidió langostinos rebozados. Grace escogió un plato cien por cien malo para la salud: lacón con dos huevos fritos y patatas fritas; luego, encendió otro cigarrillo y pidió otra ronda de bebidas.

– Bueno, ¿qué hacemos ahora, perro viejo?

Grace miró a Branson entrecerrando los ojos.

– Podríamos cogernos un pedo -dijo.

– Eso no va a ayudarnos a encontrar a Michael Harrison, precisamente, ¿verdad? ¿O se me escapa algo?

– No se te escapa nada, que yo sepa. Pero son las… -Grace miró su reloj-. Las nueve de un viernes por la noche. A menos que vayamos a Ashdown Forest con una pala y una linterna, no sé muy bien qué más podemos hacer.

– Tiene que haber algo que se nos escapa.

– Siempre hay algo, Glenn. Lo que muy poca gente entiende es la importancia tan grande que tiene el azar en nuestro trabajo.

– ¿La suerte, quieres decir?

– ¿Sabes ese viejo chiste del golfista?

– Cuéntamelo.

– Dice: «Qué raro, cuanto más practico, más suerte tengo».

Branson sonrió.

– Entonces, ¿quizá no hayamos practicado suficiente?

– Creo que hemos practicado suficiente. Mañana es el gran día. Si el señor Michael Harrison está gastando la madre de todas las bromas, mañana será el momento de la verdad.

– ¿Y si no es así?

– Entonces, recurriremos al plan B.

– ¿Cuál es?

– No tengo ni idea. -Grace lo miró entrecerrando los ojos por encima del vaso-. Yo sólo he salido a almorzar contigo. ¿Recuerdas?

Capítulo 39

Ashley, envuelta en su albornoz blanco, estaba repantigada en la cama viendo un episodio repetido de Sexo en Nueva York en el televisor de pantalla plana cuando sonó el teléfono. Se incorporó sobresaltada y casi derramó la copa de sauvignon blanc que tenía en las manos. El despertador marcaba las 23.18. Era tarde.

Contestó nerviosa, con voz entrecortada.

– ¿Sí, diga?

– ¿Ashley? Espero no haberte despertado, cielo.

Ashley dejó la copa de vino en la mesita de noche, cogió el mando y quitó el volumen del televisor. Era Gill Harrison, la madre de Michael.

– No -dijo-. Tranquila. No puedo dormir. No he pegado ojo desde… el martes. Dentro de un rato me tomaré un somnífero, el médico me lo ha recetado. Dice que me dejará fuera de combate.

De fondo, oyó ladrar a Bobo, el pequeño shih-tzu blanco de Gill.

– Quiero que lo pienses mejor, Ashley. Creo que debes cancelar el banquete de mañana.

Ashley respiró hondo.

– Gill… Lo discutimos todo ayer y hoy. No van a devolvernos el dinero cancelando tan tarde; hay gente que viene de todas partes, como mi tío de Canadá, que va a llevarme al altar.

– Es un buen hombre -dijo Gill-. El pobre…, ha venido desde tan lejos.

– Nos adoramos -dijo Ashley-. Pidió libre toda la semana para poder asistir al ensayo del lunes.

– ¿Dónde se está quedando?

– En Londres, en el Lanesborough. Siempre elige el mejor. -Se quedó callada un momento-. Se lo he contado, por supuesto, pero me ha dicho que vendría de todos modos para apoyarme. He podido hablar con mis amigas de Canadá para que no cogieran el avión, venían cuatro. Y tengo otros amigos en Londres a los que he convencido para que no vinieran. El teléfono lleva sonando dos días sin parar.

– Aquí también.

– El problema es que Michael ha invitado a amigos y compañeros de toda Inglaterra, y del continente. He intentado hablar con el máximo número de invitados, y Mark también…, pero… Al menos tenemos que cuidar de aquellos que sí se presenten. Y sigo pensando que Michael podría aparecer.

– Yo no lo creo, cielo, ya no.

– Gill, Michael gastó todo tipo de bromas a sus amigos cuando se casaron. Dos de ellos llegaron a la iglesia tan sólo unos minutos antes de que comenzara la boda, por culpa de lo que les hizo. Michael aún podría estar en algún sitio, encerrado o atado, sin saber nada de lo que ha pasado. Puede que aún tenga pensado llegar, o esté intentando llegar.

– Eres una chica encantadora, y una buena persona. Si vas a la iglesia y no aparece, te hundirás. Tienes que aceptar que le ha pasado algo. Han muerto cuatro personas, cielo. Michael debe de haberse enterado, si es que está bien.

Ashley se sorbió la nariz, luego comenzó a sollozar. Durante unos momentos, lloró inconsolablemente, secándose los ojos con un pañuelo que había sacado de una caja que tenía en la mesita de noche. Luego, sorbiéndose la nariz ruidosamente, dijo:

– Lo intento con todas mis fuerzas, pero no puedo. Yo… no dejo… de rezar para que aparezca. Cada vez que suena el teléfono creo que es él, ¿sabes? Que se reirá y me explicará que todo ha sido una broma estúpida.

– Michael es un buen chico -dijo Gill-. Nunca ha sido cruel y esto es demasiado cruel. No haría una cosa así; es incapaz.

Hubo un largo silencio. Al final, Ashley lo rompió.

– ¿Estás bien?

– Aparte de estar preocupadísima por Michael, sí, estoy bien, gracias. Carly está aquí.

– ¿Ha llegado?

– Sí, hace un par de horas, de Australia. Creo que mañana tendrá un poco de jet lag.

– Debería pasar a saludarla. -Se quedó callada un momento-. ¿Ves lo que quiero decir? Todas estas personas que han venido de tan lejos… Al menos tenemos que ir a la iglesia a recibirlas y ofrecerles algo de comer. ¿Puedes imaginar que Michael apareciera y nosotros no estuviéramos allí?

– Entendería… que has cancelado la boda por respeto a los chicos que han muerto.

– Por favor, Gill, por favor, vayamos a la iglesia a ver -dijo Ashley sollozando aún más fuerte.

– Tómate el somnífero y duerme un poco, cielo.

– Te llamaré por la mañana.

– Sí. Me levantaré pronto.

– Gracias por llamar.

– Buenas noches.

– Buenas noches -dijo Ashley.

Colgó el auricular, cargada de energía. Se dio la vuelta, sus pechos asomaron por el albornoz abierto, y miró a Mark, que estaba tumbado a su lado desnudo bajo las sábanas.

– ¡Estúpida! ¡No tiene ni idea! -Sus labios esbozaron una gran sonrisa, su rostro radiante de alegría-. ¡Ni idea!

Le rodeó el cuello con los brazos, lo abrazó con fuerza y lo besó apasionadamente, primero en la boca, luego se deslizó despacio por su cuerpo, más y más, torturándolo todo lo posible.

Capítulo 40

Estaba sudando debajo del edredón. Mucho calor, demasiado calor, de algún modo había logrado subirle a la cabeza y apenas podía respirar. Gotas de agua le recorrían la cara, los brazos, las piernas, la parte baja de la espalda. Apartó el edredón, se irguió, notó un crujido entumecedor en el cráneo, se dejó caer. ¡Plaf!

«Dios santo.»

El agua lo rodeaba por completo. Y notaba como si la tuviera dentro también, como si la sangre que corría por sus venas y el agua en la que descansaba fueran intercambiables. Había una palabra. Buscaba una palabra y no lograba recordarla, se le escapaba cada vez que parecía tenerla. Como el jabón en una bañera, pensó.

Ahora tenía frío. Hacía un instante tenía un calor sofocante y ahora tenía frío. Mucho frío. Un frío que hacía castañetear los dientes. Le estallaba la cabeza.

– Voy a ver si hay paracetamol en el armario del baño -anunció. Al silencio que le respondió, le dijo-: Vuelvo enseguida. Voy a bajar un momento a la farmacia.

El hambre había desaparecido hacía unas horas, pero ahora volvía clamando venganza. Le ardía el estómago, como si los ácidos atacaran ahora las paredes estomacales a falta de otra cosa que descomponer. Tenía la boca seca. Alargó la mano y se llevó agua a la boca, pero a pesar de la sed, beber era un esfuerzo.

«¡Osmosis!»

– ¡Ósmosis! -exclamó a voz en grito, en un arranque de euforia, y la repitió una y otra vez-. ¡Ósmosis! ¡Te tengo! ¡Ósmosis!

Luego, de repente, volvía a tener calor. Transpiraba.

– ¡Que alguien baje el termostato! -gritó en la oscuridad-. Por el amor de Dios, nos estamos asando aquí abajo. ¿Qué creéis que somos, langostas?

Se rio de su propio comentario. Luego, justo encima de su cabeza, la tapa del ataúd comenzó a abrirse. Sin prisa, pero sin pausa, en silencio, hasta que vio el cielo de la noche, lleno de cometas que lo cruzaban a toda velocidad. Una luz le salió de dentro, iluminando las motas de polvo que flotaban perezosas en el aire, y se dio cuenta de que todas las estrellas del firmamento se proyectaban en él desde la luz. ¡El cielo era su pantalla! Luego vio una cara moverse, a través del resplandor, a través de las motas de polvo. Ashley. Como si la mirara desde el fondo de una piscina y ella se moviera boca abajo sobre él.

Luego pasó otra cara, su madre. Luego, Carly su hermana pequeña. Luego su padre, vestido con el elegante traje marrón, la camisa color crema y la corbata roja de seda, ataviado como mejor lo recordaba Michael. No comprendía cómo su padre podía estar en la piscina y tener la ropa seca.

– Te estás muriendo, hijo -dijo Tom Harrison-. Pronto estarás con nosotros.

– Creo que aún no estoy preparado, papá.

Su padre esbozó una sonrisa irónica.

– Ése es el tema, hijo, ¿quién lo está?

– He encontrado la palabra que estaba buscando -dijo Michael-. «Ósmosis.»

– Es una buena palabra, hijo.

– ¿Cómo estás, papá?

– Aquí se pueden hacer buenos tratos, hijo. Unos tratos buenísimos. Muchísimo mejores. Aquí arriba no tienes que perder el tiempo intentando esconder el dinero en las islas Caimán. Lo que ganas, te lo quedas. ¿Te gusta cómo suena?

– Sí, papá…

Salvo que ya no hablaba con su padre, sino con el cura, el reverendo Somping: un hombre bajito y arrogante de casi sesenta años, con el pelo ondulado y canoso y barba que sólo cubría en parte la tez rubicunda de sus mejillas (rubicunda no de llevar una vida sana al aire libre, sino de las venas rotas de pasarse años y años bebiendo como un cosaco).

– Vas a llegar muy tarde, Michael, si no sales de aquí. ¿Te das cuenta de que si no llegas a la iglesia al atardecer, no puedo casaros según la ley?

– No…, yo no…, yo…

Alargó la mano para tocar al cura, para agarrarle la suya, pero golpeó la teca dura e impenetrable. Oscuridad.

El chapoteo del agua mientras se movía.

Luego, se fijó en algo. Lo comprobó con las manos y vio que el agua ya no le llegaba a las mejillas, había bajado, le llegaba a la altura del cuello.

– La llevo como si fuera una corbata -dijo-. ¿Se puede llevar el agua como si fuera una corbata?

Luego los escalofríos se apoderaron de él, pegó los brazos al cuerpo de forma que los codos le golpearon las costillas; entrechocó los pies; se le aceleró la respiración más y más hasta que se hiperventiló.

«Voy a morir, voy a morir, aquí, solo, el día de mi boda. Vienen a por mí, los espíritus, están bajando aquí, a la caja, y…»

Se tapó la cara con las manos temblorosas. No recordaba la última vez que había rezado, fue mucho antes de que su padre muriera. La muerte de Tom Harrison fue la confirmación final para él de que Dios no existía. No obstante, ahora, las palabras del padrenuestro le llenaron la cabeza y las susurró en sus manos, como si no quisiera que lo escucharan.

Un crujido de interferencias rompió su concentración. Luego un estallido de música country gangosa. Seguida de una voz.

– Bueno, buenos días, aficionados a los deportes. ¡Escucháis la WNEB de Buffalo con lo último en deportes, noticias y el tiempo para esta lluviosa mañana de sábado!

Desesperado, Michael buscó el walkie-talkie. Lo tenía en el pecho, pero le dio un golpe y cayó al agua.

– ¡Mierda, mierda, mierda!

Lo pescó, lo agitó lo mejor que pudo, encontró el botón de «Hablar» y lo pulsó.

– ¿Davey? Davey, ¿eres tú?

Otro silbido y otro crujido.

– ¡Eh, colega! Tú eres el colega de los amigos que tuvieron el accidente el martes, ¿verdad?

– Sí.

– ¡Eh, me alegro de volver a hablar contigo!

– Davey, necesito imperiosamente que hagas algo por mí. Luego podrías anunciarlo a lo grande por tu emisora de radio.

– Depende de qué otras noticias haya durante el día -dijo Davey con desdén.

– De acuerdo. -Michael reprimió las ganas de gritarle-. Necesito que llames a alguien por teléfono con el que pueda hablar a través de tu walkie-talkie o que tú y tu padre vengáis a rescatarme.

– Supongo que eso dependerá de si estás en nuestra zona. ¿Sabes lo que te digo?

– Sí, Davey. Sé exactamente lo que dices.

Capítulo 41

Más tarde, en la habitación, tumbados desnudos en la cama con una docena de velas perfumadas prendidas a su alrededor, con Norah Jones cantando en el equipo de música, Ashley encendió un cigarrillo y luego lo acercó a los labios de Mark, que dio una gran calada.

– Gill tiene razón -dijo Mark-. Creo que no deberías ir a la iglesia y, sin duda, no deberías seguir adelante con el banquete.

Ashley negó con la cabeza enérgicamente.

– Sí que deberíamos. ¿No lo ves? Me presentaré en la iglesia… -Hizo una pausa para dar una calada, luego expulsó el humo despacio, deliciosamente, hacia el techo-. Todo el mundo me verá, la pobre novia abandonada, y les daré muchísima pena a todos.

– No estoy seguro de si estoy de acuerdo; podría salimos el tiro por la culata.

– ¿Cómo?

– Bueno… Pueden creer que eres insensible, por insistir en seguir adelante, que no respetas a Pete, Luke, Josh y Robbo. Tienen que vernos a los dos comportándonos como si nos importaran.

– Hemos estado en contacto con sus familias. Les hemos escrito cartas a todas, estamos haciendo todo lo correcto. Llevamos tres días hablando de la boda. ¡Vamos a seguir adelante! Tenemos que pagar el puto catering hagamos lo que hagamos, así que será mejor que nos preocupemos por las personas que hagan el esfuerzo de venir. Seguramente no serán muchas, pero es lo mínimo que podemos hacer, ¿no?

Mark le cogió el cigarrillo y dio una gran calada, inhalando el humo hasta el fondo de sus pulmones.

– Ashley, la gente lo entendería. Llevas tres días mareándome con tu lógica y no has escuchado nada de lo que te he dicho. Creo que cometes un gran error.

– Confía en mí -dijo Ashley. Le lanzó una mirada furibunda-. No vayas a rajarte ahora.

– Dios santo, no me estoy rajando… Yo sólo…

– ¿Quieres echarte atrás?

– No me estoy echando atrás.

– Vamos, socio, ¡sé fuerte!

– Soy fuerte.

Ashley se deslizó por el cuerpo de Mark y se acurrucó en su vello púbico, el pene flácido contra su mejilla.

– Yo no llamaría fuerte a esto -dijo ella juguetonamente.

Capítulo 42

Grace comenzó el fin de semana como le gustaba, corriendo diez kilómetros el sábado por la mañana bien temprano por el paseo marítimo de Brighton y Hove. Hoy volvía a llover con fuerza, pero no importaba; llevaba una gorra de béisbol con la visera bajada para protegerse la cara, un chándal ligero y unas zapatillas deportivas Nike nuevas. Corriendo a buen ritmo, pronto se olvidó de la lluvia, de todas su preocupaciones, sólo respiraba hondo, daba un paso amortiguado tras otro, mientras una canción de Stevie Wonder, Signed, sealed, delivered, sonaba en su cabeza, por alguna razón.

Moviendo los labios en silencio, cantó la letra mientras adelantaba a un anciano ataviado con un impermeable que paseaba a un caniche; luego le adelantaron dos ciclistas con ropa de licra montados en bicicletas de montaña. La marea estaba baja. En las marismas, un par de pescadores buscaban lombrices de tierra para utilizarlas como cebo.

Con el fuerte sabor a sal en los labios, corrió junto a las verjas del paseo, pasó por delante de la estructura calcinada del West Pier, luego bajó por una rampa hasta el mismo borde de la playa, donde los pescadores locales dejaban sus barcas diurnas amarradas lo bastante lejos como para mantenerlas a salvo de las mareas más altas. Se fijó en algunos de sus nombres: Daisy Lee, Belle of Brighton, Sammy, y le llegó el olor a pintura, a cuerdas alquitranadas, a pescado putrefacto, mientras pasaba por delante de los cafés aún cerrados, las salas de juegos y las galerías de arte de los Arches, un club de windsurf, un estanque para botes detrás de un muro bajo de hormigón, una piscina artificial. Luego pasó por debajo de la estructura de vigas de metal del Palace Pier -donde diecisiete años atrás él y Sandy se dieron el primer beso- y siguió corriendo, un poco cansado ya, pero decidido a llegar a los acantilados de Black Rock antes de dar la vuelta.

Entonces, oyó que recibía un mensaje en el móvil.

Se detuvo, sacó el teléfono del bolsillo de cremallera y miró la pantalla: «No puedes burlarte de una chica como yo, Campeón. Besos, Claudine».

«¡Dios mío! Déjame en paz. Te pasaste toda la noche atacándome por ser poli y ahora me estás volviendo loco.» Hasta el momento, su única experiencia en citas por Internet no estaba resultando muy buena. ¿Eran todas como Claudine? Mujeres agresivas, solitarias, a las que les faltaba un tornillo? Seguro que no, tenía que haber mujeres normales ahí fuera. ¿Verdad?

Se guardó el teléfono y siguió corriendo. Sabía que le debía una respuesta, pero se preguntaba si no sería mejor continuar pasando de ella simplemente. ¿Qué podía decirle? ¿Vete a tomar por culo y deja de molestarme? ¿Me alegro de haberte conocido pero he decidido que soy gay?

Al final, decidió que le mandaría un mensaje cuando llegara a casa. Elegiría el camino de los cobardes: «Lo siento, he decidido que no estoy preparado para una relación».

Su mente relajada regresó al trabajo, a la montaña de papeles que parecía no dejar de crecer y crecer. El tráfico nigeriano de niñas; el juicio contra Suresh Hossain; el caso abierto del pequeño Thomas Lytle; y, ahora, la desaparición de Michael Harrison.

Este último asunto le fastidiaba mucho. Una idea en concreto lo había despertado durante la noche y no había dejado de rondarle por la cabeza. Llegó al camino de la parte de abajo del acantilado, corrió por debajo de los riscos blancos calcáreos, por arriba del puerto deportivo con sus hileras de pontones y su bosque de mástiles, sus hoteles y tiendas y restaurantes, y siguió durante tres kilómetros más.

Luego, dio media vuelta. Notaba el escozor en los pulmones, las piernas pesadas por el esfuerzo, y regresó corriendo hasta llegar a los alrededores del edificio Van Alen. Subió la rampa del paseo marítimo, esperó un hueco en el tráfico denso de Marine Parade y cruzó al otro lado. Bajó por la calle estrecha junto al lateral del edificio y se detuvo en la entrada del aparcamiento subterráneo.

Tuvo suerte. Al cabo de unos momentos, las puertas se abrieron y salió un Porsche Boxter azul oscuro. Al volante iba una rubia de aspecto rapaz, con gafas de sol, a pesar del día gris y lluvioso. Entró a hurtadillas antes de que las puertas se cerraran. Era agradable dejar atrás la lluvia.

Respiró el aire seco, saturado de aceite de motor, mientras bajaba corriendo por el hormigón duro, pasó por delante de un Ferrari rojo que recordaba de antes y de otros coches que también recordaba; luego se detuvo delante del todoterreno BMW X5 reluciente y perfectamente limpio.

Miró la matrícula. W796 LDY. Luego, echó un vistazo a su alrededor, para inspeccionar el lugar. Estaba desierto. Se acercó más, se arrodilló junto a la rueda delantera izquierda, luego se tumbó en el suelo, se arrastró debajo de la solera de la puerta y echó un vistazo al interior del arco de la rueda. Estaba cubierto de barro.

Sacó su pañuelo del bolsillo, lo abrió en la palma de la mano izquierda y, luego, con la derecha rascó el barro seco hasta que varios trozos cayeron en el pañuelo.

Con cuidado, lo cerró, lo ató y se lo guardó en el bolsillo. Luego se levantó, se dirigió a la entrada del garaje y pasó la mano por delante de la luz infrarroja. Unos momentos después, con un fuerte ruido metálico y un zumbido constante, las puertas se abrieron.

Salió, miró a ambos lados de la calle y, luego, reanudó la carrera de vuelta a casa.

Capítulo 43

A las nueve y media, se dio una ducha y después de un desayuno relajado a base de huevos revueltos y tomates orgánicos asados -había puesto de moda los alimentos orgánicos en casa, para contrarrestar la comida basura que a menudo tenía que comer cuando estaba de servicio, además de beber grandes cantidades de agua mineral- disfrutó de una lectura pausada del Daily Mail, antes de babear con unas pruebas de carretera del último Aston Martin en la revista Autocar. Después, Grace entró en el estudio que se había montado en una pequeña habitación trasera de la casa, que daba a su minúsculo jardín, cada vez más abandonado, sobre todo en comparación con los jardines tan bien cuidados de sus vecinos: le daba hasta vergüenza. Se sentó a su mesa delante de la pantalla del ordenador y marcó el número de teléfono de casa de Glenn Branson. Su pañuelo, con la tierra que había recogido del coche de Mark Warren, descansaba en la mesa dentro de una pequeña bolsa de plástico.

Contestó Ari, la mujer de Branson. Aunque con Glenn había congeniado desde el día en que lo conoció, a Grace le resultaba bastante difícil entenderse con Ari. A menudo se mostraba fría con él, casi como si sospechara que, al ser soltero, intentaría llevar a su marido por el mal camino.

A lo largo de los años, Grace se había esforzado mucho por conquistarla, recordando siempre los cumpleaños de sus hijos con tarjetas y regalos generosos y llevándole flores las pocas veces que lo habían invitado a comer. Había momentos en los que pensaba que estaba haciendo progresos, pero esta mañana no era uno de ellos. No pareció alegrarse en absoluto de oír su voz.

– Hola, Roy -dijo con sequedad-. ¿Quieres hablar con Glenn?

«En realidad, no. Quiero hablar con el duendecillo que vive en la luna», estuvo a punto de decir, pero no lo dijo, sino que le preguntó, sin mucha convicción:

– ¿Está en casa?

– Tenemos bastante prisa -contestó ella. De fondo, oyó los chillidos de un niño. Luego, Ari gritó-: ¡Sammy! ¡Dáselo, tú ya has jugado, ahora le toca a tu hermana!

Luego, el chillido fue más fuerte. Al final, Branson se puso al teléfono.

– ¿Qué pasa, perro viejo? Te has levantado temprano.

– Muy gracioso. ¿Qué me dijiste que hacías hoy?

– Tengo la fiesta del treinta cumpleaños de la hermana de Ari, en Solihull. Parece que puedo elegir entre encontrar a Michael Harrison o salvar mi matrimonio. ¿Qué harías tú?

– Salva tu matrimonio. Da gracias por tener amigos imbéciles que carecen de vida propia y pueden pasarse los fines de semana haciéndote el trabajo.

– Te lo agradezco. ¿Qué vas a hacer tú?

– Me voy de boda.

– Eres un sentimental. ¿Sombrero de copa? ¿Chaqué? ¿Todo limpito y bien planchado?

– ¿Alguna vez te han dicho que eres un gilipollas?

– La esposa que casi ya no tengo.

Grace sintió una punzada de dolor. Sabía que Glenn lo había dicho sin mala intención, pero aquellas palabras le hirieron. Todas las noches, aunque fuera tarde, y aunque hubiera problemas, Glenn al menos volvía a casa con sus queridos hijos y una mujer guapa y cariñosa le esperaba en la cama. Las personas que tenían eso eran incapaces de comprender qué significaba vivir solo. La soledad.

La soledad podía ser una mierda. Era una mierda.

Grace comenzaba a hartarse, pero no sabía qué hacer al respecto. ¿Qué pasaba si encontraba a alguien? ¿Si se enamoraba de una mujer locamente y luego Sandy regresaba? ¿Qué haría entonces?

Racionalmente, sabía que no iba a volver nunca, pero una parte de su corazón se negaba a recorrer ese camino, como si fuera incapaz de avanzar, igual que la aguja de un viejo tocadiscos encallada eternamente. Una o dos veces, todos los años, cuando estaba deprimido, iba a ver a un médium para intentar establecer contacto con ella, o al menos intentar obtener alguna pista sobre qué pudo haberle sucedido, pero Sandy seguía evitándole, como el negativo de una fotografía que permaneciera siempre negro e invariable en el líquido fijador de la bandeja de revelado.

Le deseó a Branson que pasara un buen fin de semana, y envidió su vida, su esposa exigente, sus preciosos hijos, su maldita normalidad. Fregó los cacharros del desayuno mientras miraba por la ventana de la cocina a Noreen Grinstead, que estaba al otro lado de la calle y que con un traje pantalón marrón de poliéster, delantal, guantes de goma amarillos y un sombrero de plástico en la cabeza para protegerse de la lluvia enjabonaba el Nissan plateado en la entrada de su casa. Un gato blanco y negro cruzó veloz la carretera. En la radio, el locutor de Home Truths entrevistaba a una mujer cuyos padres no le habían dirigido la palabra durante toda su infancia.

Diecinueve años en la policía le habían enseñado a no infravalorar jamás el carácter extraño de la especie humana; sin embargo, apenas pasaba un día sin que pareciera cada vez más extraño.

Regresó al estudio, marcó el número de la comisaría de policía de Brighton y preguntó si podía hablar con alguien del Departamento de Investigación de Escenas de Crímenes. Al cabo de unos momentos, le pasaron con Joe Tindall, un hombre del que tenía una opinión excelente.

Tindall era meticuloso, trabajador y una persona de recursos infinitos. Era un hombre bajito, delgado, con gafas y de pelo ralo y áspero; podría muy bien ser un profesor chiflado salido directamente de una agencia de casting. Antes de entrar en la policía, Tindall trabajó durante varios años de arqueólogo forense en el Museo Británico. Joe era el hombre con el que trabajaba en el caso sin resolver de Tommy Lytle.

– ¿Qué tal, Joe? -dijo Grace-. ¿No libras el fin de semana?

– ¡Qué va! Tengo que realizar las pruebas de balística del asalto a la joyería, todos los demás se han largado. Y tengo que ocuparme del apuñalamiento del miércoles, muchas gracias.

Grace recordó que un hombre había muerto apuñalado en Brighton el miércoles por la noche. Nadie sabía aún si había sido un atraco o una riña entre dos amantes gays.

– Joe, necesito tu ayuda. Tengo una muestra de tierra que he tomado de un vehículo sospechoso. ¿Cómo puedo averiguar, con la máxima celeridad, de qué zona de Sussex proviene? ¿Hasta qué punto se podría especificar?

– ¿Cuánto necesitarías?

– Unos metros cuadrados.

– Muy gracioso, Roy.

– No me estoy riendo.

– ¿Tienes una muestra de la zona con la que supones que se corresponde? Podría realizar unas pruebas y ver si coinciden. En Sussex tenemos tierra caliza, arcilla, gravilla y arena.

– La zona podría ser Ashdown Forest.

– Allí predominan la arena y la arcilla. Podemos encontrar correspondencias a partir de polen, fósiles, semillas, excrementos de animales, hierbas, agua, todo tipo de elementos. ¿Hasta qué punto puedes especificar?

– Unos kilómetros cuadrados.

– Tendrás que ofrecerme algo mejor. Toda Inglaterra tiene zonas que coincidirían con Ashdown Forest.

– ¿Cuánto tardarías en encontrar una correspondencia sin una muestra de la zona concreta?

– Hablamos de semanas, y necesitaría un equipo enorme, y un presupuesto de la hostia.

– Pero ¿podrías hacerlo?

– Con recursos ilimitados y el tiempo suficiente, podría darte una correspondencia de una zona pequeña.

– ¿Cómo de pequeña?

– Dependería. Unos metros cuadrados.

– Bien, gracias. Quiero llevarte algo. ¿Vas a estar aún un rato en el despacho?

– Todo el día, Roy.

Capítulo 44

Una hora después, vestido con traje azul, camisa blanca y corbata de un color vivo, Grace se dirigió al polígono industrial montañoso y de crecimiento descontrolado de Hollingbury a las afueras de Brighton. Pasó por delante de una tienda ASDA, un horrendo edificio de poca altura de los años cincuenta, y luego redujo al llegar a Sussex House, la construcción art déco baja y larga que albergaba la central del Departamento de Investigación Criminal de Sussex.

Originalmente había sido una fábrica que la policía había comprado hacía unos años y había rehabilitado. Si no fuera por la insignia de la policía que presidía la fachada, un transeúnte podría haberlo confundido con un hotel chic y moderno. Pintado de blanco reluciente sobre ladrillo rojo, con un largo terraplén de césped enfrente, no perdía el glamour hasta que pasabas por delante del guardia de seguridad y cruzabas las verjas altas hacia el aparcamiento trasero, lleno de vehículos policiales, contenedores y un módulo de celdas imponente detrás.

Grace dejó el coche en el aparcamiento subterráneo del edificio, entre un todoterreno y una furgoneta de la policía; caminó hasta la entrada trasera, sostuvo su tarjeta de identificación frente al panel electrónico para abrir la puerta y entró en el edificio. Le mostró la tarjeta al agente de seguridad sentado detrás de la mesa y subió las escaleras lujosamente alfombradas. Pasó por delante de porras antiguas colgadas en tablones azules que formaban dibujos y de dos tablones azules más, a mitad de las escaleras, en los que había fotografías de algunos de los miembros clave del cuerpo de policía que trabajaban en esta sección del edificio.

Conocía todas las caras. Ian Steel y Verity Smart, de la Unidad de Investigaciones Especiales; David Davison, de la Unidad de Política y Revisión Criminal; Will Graham y Christopher Derricott, de la Unidad Científica; James Simpson, de la Unidad de Operaciones e Inteligencia; Terrina Clifton-Moore, de la Unidad de Relaciones Familiares, y un par de docenas más.

Luego cruzó una zona amplia y abierta llena de mesas, pocas estaban ocupadas hoy, y de despachos a cada lado con los nombres de sus ocupantes y la insignia de la policía de Sussex en la puerta.

Pasó por delante del gran despacho del inspector jefe Gary Weston, que era el director del Departamento de Investigación Criminal de Sussex. Al llegar a otra puerta, sostuvo la tarjeta frente al panel de seguridad y entró en un pasillo largo de color crema, flanqueado por tablones de anuncios rojos a cada lado, en los que había colgados procedimientos de detección de delitos graves. Uno titulado «Diagrama: móviles comunes posibles»; otro, «Modelo de investigación de homicidios»; otro, «Evaluación de la escena del crimen».

El lugar tenía un aire moderno, de vanguardia, que le gustaba. Había pasado gran parte de su carrera en edificios viejos e ineficientes que eran como madrigueras; resultaba refrescante que su amado cuerpo de policía, al que había dedicado su vida, abrazara de verdad el siglo xxi. Aunque tenía un único defecto del que todo el mundo se quejaba: no había cafetería.

Siguió caminando, pasó por delante de una puerta tras otra, marcadas todas con abreviaturas. La primera correspondía a la Unidad de Investigaciones Principales, que albergaba el centro de operaciones para delitos graves. Lo seguía la sala de investigadores de la fiscalía, la sala de visionado de cintas de seguridad, el despacho de inteligencia, el despacho del equipo de investigación externo; luego, recibió el impacto del hedor, primero despacio, pero más intenso a cada paso.

Era la fetidez densa, empalagosa, nauseabunda, de putrefacción de cuerpo humano, a la que se había acostumbrado a lo largo de los años. Demasiado. No había otro hedor como ése; te envolvía como una niebla invisible, se filtraba por los poros de la piel, te penetraba por la nariz hasta los pulmones y el estómago y te impregnaba las fibras del pelo y de la ropa, de forma que te lo llevabas contigo y seguías oliéndolo durante horas.

Al empujar la puerta del pequeño y prístino despacho de escenas del crimen, vio por qué: el estudio fotográfico de los investigadores de la escena del crimen estaba en plena acción. Una camisa hawaiana, rasgada y cubierta de sangre, descansaba debajo del resplandor de luces brillantes encima de una mesa, sobre un papel marrón. Cerca, en bolsas de plástico, vio unos pantalones y un par de mocasines beis.

Grace miró al fondo de la sala y vio a un hombre con bata blanca, al que por un momento no reconoció, que miraba atentamente a través del objetivo de una Hasselblad colocada sobre un trípode. Luego, se dio cuenta de que Joe Tindall había cambiado de imagen desde la última vez que lo había visto hacía unos meses. El peinado de profesor chiflado y las grandes gafas de culo de botella habían desaparecido. Ahora llevaba la cabeza totalmente rapada, le salía una fina tira de vello del centro del labio inferior hasta el centro de la barbilla y lucía unas gafas rectangulares a la última, con cristales azulados. Parecía más un modernillo mediático que un cerebrito científico.

– ¿Hay una mujer nueva en tu vida? -le preguntó Grace a modo de saludo.

Tindall alzó la vista hacia él, sorprendido.

– ¡Roy, me alegro de verte! En realidad, sí. ¿Quién te lo ha dicho?

Grace sonrió abiertamente, mirándole con mayor atención, casi esperando ver también un pendiente.

– ¿Es joven?

– Pues, en realidad, sí… ¿Cómo lo sabes?

Grace volvió a sonreír, mirando su calva recién afeitada y sus gafas modernas.

– Te ha rejuvenecido, ¿verdad?

Entonces Tindall comprendió y sonrió con timidez.

– Va a matarme, Roy. Tres veces por noche todas y cada una de las noches.

– ¿Lo intentas tres veces todas las noches o consumas?

– ¡Vete a la mierda! -Miró a Grace de arriba a abajo-. Vas muy elegante para ser sábado. ¿Tú también tienes una cita con polvo seguro?

– En realidad, voy de boda.

– Felicidades. ¿Quién es la afortunada?

– Me da la sensación de que no es tan afortunada -replicó Grace.

A continuación, dejó sobre la mesa, junto a la camisa, una pequeña bolsa de plástico que contenía la tierra que había cogido del BMW de Mark Warren.

– Necesito que eches mano de algunos recursos.

– Siempre necesitas que eche mano de algunos recursos. Todo el mundo lo necesita siempre.

– Eso no es verdad, Joe. Te di el material de Tommy Lytle y te dije que disponías de todo el tiempo que necesitaras. Esto es diferente. Tengo a una persona desaparecida. La rapidez con la que analices este material podría determinar si vive o muere.

Joe Tindall levantó la bolsa y la miró. La agitó ligeramente, sin dejar de mirarla.

– Bastante arenosa -dijo.

– ¿Qué te dice eso?

– ¿Por teléfono has mencionado Ashdown Forest?

– Sí.

– Podría ser el tipo de tierra que encontrarías allí.

– ¿Podría?

– El Reino Unido está lleno de tierra arenosa, Roy. Hay tierra arenosa en Ashdown Forest, pero también hay tierra arenosa en un millón de sitios más.

– Necesito una zona que medirá unos dos metros de largo por uno de ancho.

– Parece una tumba.

– Es una tumba.

Joe Tindall asintió con la cabeza, mirando de nuevo la bolsa atentamente.

– ¿Quieres que localice una tumba en medio de Ashdown Forest a partir de esta bolsita de tierra?

– Lo vas pillando.

El agente del SOCO se quitó las gafas unos momentos, como si aquello fuera a proporcionarle claridad de visión. Luego, volvió a ponérselas.

– Éste es el trato, Roy. Tú localiza la tumba y yo te haré un análisis para ver si esta tierra coincide o no.

– En realidad, necesito que sea al revés.

Tindall levantó la bolsa de plástico.

– Entiendo. ¿Quién te crees que soy? ¿David Blaine? ¿Derren Brown? Agito esto en el aire y me saco por arte de magia el paradero de una tumba en medio de un bosque de diez hectáreas.

– ¿Tienes algún problema?

– Pues, sí. Sí que tengo un problema.

Capítulo 45

Unas horas después, Grace subía despacio por una colina empinada hacia la iglesia de Todos los Santos en Patcham Village, donde estaba programado que se celebrara cierta boda a las dos de la tarde; dentro de exactamente tres cuartos de hora.

Era su iglesia preferida en aquella zona. Era una iglesia parroquial clásica del gótico primitivo inglés: íntima, sencilla, de cantería gris sin adornos, con una pequeña torre, una bella vidriera tras el altar y tumbas que se remontaban siglos en el cementerio abandonado de la parte delantera y los laterales.

La lluvia torrencial se convirtió en llovizna mientras permanecía sentado en su Alfa, aparcado cerca de la entrada, en un terraplén de hierba frente a la iglesia, lo que le proporcionaba una vista privilegiada de todas las llegadas. Aún no había rastro de nadie. Tan sólo había trocitos de confeti empapado en el asfalto mojado, de una boda anterior, seguramente de aquella mañana.

Vio a una anciana, cubierta con un impermeable de PVC con capucha, que tiraba de un carro de la compra por la acera y se detenía a intercambiar unas palabras con un hombre corpulento que llevaba un anorak y un perro atado a una correa e iba en dirección contraria. El perro levantó la pata en una farola.

Un Ford Focus azul se detuvo y un hombre con un par de cámaras alrededor del cuello se bajó. Grace lo observó, preguntándose si sería el fotógrafo oficial de la boda o un periodista. Al cabo de unos momentos, un Opel marrón pequeño se detuvo tras él y se bajó un joven con anorak que llevaba una inconfundible libreta de reportero. Los dos hombres se saludaron y se pusieron a charlar, ambos mirando a su alrededor, esperando.

Al cabo de diez minutos, vio detenerse un todoterreno BMW plateado. Por culpa de los cristales tintados y la lluvia, no pudo distinguir quién iba en su interior, pero reconoció al instante la matrícula de Mark Warren. Unos momentos después, Warren, con una gabardina oscura, se bajó y fue corriendo hacia el sendero que llevaba a la entrada principal de la iglesia. Desapareció dentro, luego salió casi de inmediato y regresó corriendo a su coche.

Llegó un taxi y un hombre alto de aspecto distinguido y pelo canoso, vestido con un chaqué con un clavel rojo en el ojal y un sombrero de copa gris en la mano, cerró la puerta de atrás y caminó hacia la iglesia. Por lo visto, había pagado al taxista para que esperara. Luego llegó un deportivo Audi TT plateado. Grace recordó haber visto uno igual aparcado delante de la casa de Ashley Harper.

Se abrió la puerta del conductor y Ashley, sosteniendo un paraguas pequeño, se bajó, vestida con un elegante traje de novia blanco, el pelo recogido. Una mujer mayor salió por la puerta del copiloto, ataviada con un vestido azul con adornos blancos y el pelo plateado perfectamente peinado. Ashley saludó con la mano hacia el BMW y luego se protegió debajo del paraguas. Las dos mujeres recorrieron el sendero deprisa y desaparecieron en la iglesia. Mark Warren las siguió.

Luego, a las dos menos cinco, Grace vio que el cura cruzaba el cementerio y entraba en la iglesia; decidió que era el momento de actuar. Se bajó del coche y se puso el anorak Tommy Hilfiger azul y amarillo. Mientras cruzaba la carretera, el joven de la libreta se le acercó. Tendría unos veinticinco años, rostro perspicaz, vestía un traje gris barato, corbata con nudo grande pero flojo, por lo que se le veía el botón de arriba de la camisa, y mascaba chicle.

– Usted es el comisario Grace, ¿verdad?

Grace lo miró. Estaba acostumbrado a que la prensa lo reconociera, pero de todos modos desconfió.

– ¿Y usted es?

– Kevin Spinella, del Argus. Sólo me preguntaba si dispone de alguna novedad sobre Michael Harrison de la que podamos informar.

– Me temo que aún no hay nada. Esperaremos a ver si se presenta a su boda.

El periodista miró su reloj.

– Está apurando al máximo, ¿no?

– No sería la primera vez que el novio llega tarde.

Grace sonrió y pasó con cuidado por delante de Spinella.

– ¿Cree que Michael Harrison está vivo o muerto, comisario? -le preguntó el periodista siguiéndole deprisa.

Grace se detuvo un momento.

– Estamos investigando una desaparición -dijo.

– ¿De momento?

– No haré más comentarios, gracias.

Grace empujó la puerta pesada, entró en la oscuridad del pórtico y cerró la puerta tras él.

Siempre que entraba en una iglesia, Grace tenía un conflicto. ¿Debía sentarse en un reclinatorio, arrodillarse y rezar, como hacía la mayoría de la gente? Como hacía de niño junto a su madre y su padre, la mayoría de los domingos por la mañana de su infancia. ¿O debía simplemente sentarse en un banco y dejar que el Dios en el que ya no estaba seguro de creer conociera su enfado? Durante mucho tiempo, después de la desaparición de Sandy, había ido a la iglesia y había rezado para que regresara. A veces, había ido a misa, pero principalmente había entrado en iglesias vacías. Sandy no era creyente y, a lo largo de los últimos años, al no obtener respuesta a sus plegarías, Grace se había vuelto cada vez más agnóstico. Rezar ya no le parecía bien.

«Devuélveme a Sandy y rezaré hasta que me muera; pero hasta entonces no, ¿de acuerdo, señor Dios?»

Pasó por delante de una hilera de paraguas mojados, un tablón de anuncios y un fajo de folletos litúrgicos con los nombres de Michael John Harrison y Ashley Lauren Harper impreso delante, luego accedió a la iglesia en sí, e inhaló al instante los olores familiares a madera seca y vieja, tejidos viejos, polvo y un ligero aroma a cera ardiendo. El lugar estaba bellamente adornado con flores, pero no se percibía ni rastro de su perfume.

Unas doce personas estaban en el pasillo y en la nave, todas en silencio, expectantes, como si fueran extras en el plato de una película esperando a que el director les ordenara moverse.

Grace abarcó rápidamente con la mirada a todo el grupo, saludó con la cabeza a Ashley, que iba de blanco puro y estaba agarrada al brazo del hombre alto del chaqué que, supuso, sería su padre. A su lado, estaba la mujer que había visto bajarse del coche con Ashley, una bella señora de unos cincuenta años, pero que tenía el aspecto tenso de alguien que ha pasado por momentos duros de manera prolongada. Mark Warren, con un traje azul oscuro, y luciendo un clavel blanco, estaba al lado de una atractiva pareja de jóvenes de treinta y pocos años.

Se dio cuenta de que todos lo miraban. Con una voz titubeante, Ashley rompió el hielo dándole las gracias por venir y lo presentó primero a la madre de Michael, que parecía estar destrozada, y luego al señor guapo, de aspecto distinguido, que había pensado que era su padre, pero que resultó ser su tío. El hombre le dio a Grace un cálido apretón de manos, se presentó como Bradley Cunningham y mirando a Grace fijamente a los ojos, le dijo:

– Encantado de conocerlo, comisario.

– ¿De qué parte de Estados Unidos es? -le preguntó Grace al reconocer su acento norteamericano.

El hombre frunció el ceño como sintiéndose insultado.

– En realidad, soy canadiense, de Ontario.

– Perdone.

– No pasa nada, es un error clásico que cometen ustedes los ingleses.

– Supongo que usted también tendría problemas para diferenciar los distintos acentos de Gran Bretaña -dijo Grace.

– Pues tiene razón.

Grace sonrió, mirando su chaqué con aprobación.

– Me alegra ver que alguien se viste adecuadamente para una boda.

– En realidad, los pantalones me están matando -confesó Cunningham-. Los he alquilado en su maravilloso Moss Bros, ¡pero creo que me han dado mal los pantalones! -Luego su semblante se volvió grave-. Aun así, todo esto es terrible, ¿verdad?

– Sí -dijo Grace, distraído de repente-. Terrible.

Ashley los interrumpió para presentarle a Grace al cura, el reverendo Somping, un hombre bajito que llevaba barba y vestía una sotana blanca y alzacuello. Tenía los ojos legañosos y rojos y su enfado era evidente.

– Le he dicho a la señorita Harper que tendríamos que haber cancelado todo esto -dijo el reverendo Somping-. Es ridículo hacer pasar a alguien por esta agonía. ¿Y qué me dice de los invitados? Todo esto es absurdo.

– Aparecerá -dijo Ashley lloriqueando-. Aparecerá, lo sé. -Miró a Grace con ojos suplicantes-. Por favor, dígale que Michael está de camino.

Grace miró a la novia, tan triste y vulnerable, y casi tuvo que contenerse para no ir a abrazarla. Parecía tan desamparada, tan desesperada. Le entraron ganas de darle un puñetazo a aquel cura tan arrogante.

– Michael Harrison aún podría aparecer -dijo.

– Pues tendría que aparecer bastante pronto -dijo el cura con frialdad-. Tengo otra boda a las cuatro.

– Creía que esto era una iglesia -dijo Grace furioso al ver la insensibilidad que mostraba para con Ashley-. No un supermercado.

El reverendo Somping miró a Grace fijamente e intentó, en vano, que apartara la mirada.

– Yo trabajo para el Señor -dijo entonces defendiéndose-. Él me proporciona su horario.

Unos momentos después, Grace le respondió.

– En ese caso, le sugiero que le pida a su jefe que nos envíe al novio, y rapidito.

Capítulo 46

A las dos y veinte, bastante innecesariamente teniendo en cuenta el reducido número de los presentes, el reverendo Somping subió los peldaños que llevaban al pulpito con todo el esfuerzo de un hombre que escalara el Everest por la cara difícil. Colocó las manos en las barandillas de madera, se inclinó hacia delante con una expresión cargada de formalidad y anunció:

– La novia, la señorita Ashley Harper, y la madre del novio, la señora Gillian Harrison, me han pedido que les informe de que la boda queda aplazada, indefinidamente, hasta que aparezca Michael Harrison. Lo que debería ser una ocasión dichosa, la unión de dos jóvenes que se quieren ante nuestro Señor, ha quedado empañada por la ausencia de Michael. Ninguno de nosotros sabe qué le ha sucedido, pero nuestros pensamientos y plegarias están con él, con su familia y con su futura esposa. -Hizo una pausa, mirando desafiantemente al grupo de personas antes de continuar-. La señorita Harper y la señora Harrison han sido tan generosas de sugerir que aunque no se haya celebrado ninguna boda, al menos disfruten del refrigerio que se ha preparado para el banquete, en el salón Queen Mary del Brighton Pavilion. Les agradecerían que las acompañaran después de rezar una oración por el bienestar de Michael.

El cura se lanzó a conducir una plegaria breve y apresurada. Luego alguien abrió las puertas de la iglesia.

Grace observó a la gente desfilar en silencio. Parecía un funeral. En algún momento de la semana siguiente, varios de los presentes asistirían a cuatro entierros. Y esperaba que el hecho de que Michael Harrison no hubiera aparecido no significara que iban a ser cinco, pero aquello no era buena señal; en realidad, era muy mala señal. Ahora ya podían descartar cualquier posibilidad de que Michael estuviera gastando una broma.

Y había algo más que le preocupaba.

Una hora después, en el banquete, en el salón Queen Mary del Royal Pavilion, con magníficos óleos en marcos dorados colgados en las paredes rosadas, no dominaba el bullicio alegre de una fiesta, sino que diversas conversaciones forzadas rompían de vez en cuando el silencio. Sólo se utilizaban unas pocas de las veinte mesas bellamente arregladas para doscientos invitados y decoradas con orquídeas. Dos chefs con uniforme y gorro alto blanco se ocupaban de las mesas del bufé llenas de comida junto con un ejército de camareros y camareras, y la tarta nupcial de varios pisos descansaba en un espacio reservado, un recordatorio casi desagradable de la razón por la que se encontraban todos allí. De todas formas, parecía que varias personas atacaban la comida y apuraban copas de champán y vino.

Grace, a quien Ashley había invitado, se había retrasado al quedarse hablando por teléfono con el detective Nicholl y la sargento Moy sobre nuevos refuerzos para el equipo. Había una joven detective a la que Bella tenía en gran consideración y que estaba libre, llamada Emma-Jane Boutwood. Grace apoyó la opinión de Bella sugiriendo que incorporaran a Emma-Jane al equipo inmediatamente.

Ahora, en el banquete, observó a Ashley y a Mark minuciosamente. A pesar de tener los ojos llenos de lágrimas y elrímel corrido, mantenía la compostura. Estaba sentada a una mesa, con un joven a un lado y una mujer al otro, a la que Grace no reconoció de la iglesia. Parecía que aquí había más personas, a las que Ashley les había dicho que el banquete seguía en pie para aquellos que quisieran asistir.

– Aparecerá -oyó Grace que decía-. Hay una razón para todo esto. -Luego, continuó-: Todo esto es tan raro. ¿No se supone que el día de tu boda tiene que ser el más feliz de tu vida? -dijo antes de derrumbarse en un mar de lágrimas.

En otra mesa, Grace vio a la madre de Michael y al tío de Ashley sentados juntos. Observó a Bradley Cunningham unos momentos, pensativamente. Entonces, lo interrumpió Mark Warren, que lucía un clavel blanco en el ojal y sostenía una copa de champán vacía y hablaba arrastrando las palabras. Acercó la cara a la de Grace.

– ¿Sargento Grace? -le preguntó.

– Comisario -le corrigió Grace.

– Lo sshiento, no sabía que lo habían asshendido.

– Y no es así, señor Warren.

Mark se apartó un momento, luego se enfrentó a él, mirándolo tan desapasionadamente como pudo, aunque el alcohol lo ponía bizco. Era evidente que su presencia incomodaba a Ashley; Grace vio que los miraba desde su mesa.

– ¿Esssh que no puede dejar en paz a la ssheñoritta? ¿Tiene idea de por lo que esshtá passhando?

– Por eso estoy aquí -dijo Grace con calma.

– Debería esshtar ahí fuera, intentando encontrar a Michael, y no aquí, gorroneando.

– ¡Mark! -le advirtió Ashley.

– A la mierda -dijo Mark, y le hizo un ademán con la mano para que lo dejara en paz y volvió a mirar a Grace-. ¿Qué coño essktá haciendo para ressholver esshte cassho?

– Mi equipo está haciendo todo lo que puede -le contestó Grace irritado por su actitud, pero conservando la calma.

– Puessh a mí no me lo parece. ¿Puede beber cuando esshtá de sshervicio?

– Es agua.

Mark miró a Grace con los ojos entrecerrados.

Ashley se levantó y se les acercó.

– ¿Por qué no vas circulando, Mark? -le dijo.

Grace notó el tono de su voz. Sin duda, había algo que no encajaba, pero no pudo acabar de captar qué.

Entonces, Mark Warren le clavó un dedo en el pecho.

– ¿Sshabe cuál essh sshu problema? Le importa una mierda, ¿verdad?

– ¿Por qué cree eso?

Mark Warren esbozó una sonrisa necia y alzó la voz.

– Vamossh. No le gusshta la gente rica, ¿verdad? Podemos irnoss a tomar por el culo, ¿verdad? Esshtá demasshiado ocupado mirando lass cámarass de los radaress de velocidad para pillar a motorisshtas. Por qué tendría que importarle una mierda un pobre tipo rico que ha sshido víctima de una broma que sshe ha torcido, ¿eh? ¿Cuando podría estar ahí fuera ganándosshe un buen dinero extra pillando a motorisshtas?

Grace bajó la voz deliberadamente, hablando casi en susurros, lo cual sabía que obligaría a Mark Warren a bajar también su tono.

– Señor Warren, no tengo ninguna relación con Tráfico. Estoy aquí para intentar ayudarles.

Mark se inclinó sobre él, esforzándose por escucharle.

– Lo sshiento, no le he oído. ¿Qué ha dicho?

Aún hablando en voz baja deliberadamente, Grace dijo:

– Cuando estaba en la escuela de la policía tuvimos que ponernos en formación para que nos pasaran revista. Saqué brillo a la hebilla de los cinturones hasta que quedaron tan relucientes como un espejo. El jefe me hizo quitar el cinturón que llevaba puesto y levantarlo para que todo el mundo lo viera. Ese no lo había limpiado y pasé mucha vergüenza. Aquello me enseñó algo: lo importante no es sólo lo que se ve -concluyó y miró a Mark socarronamente.

– ¿Qué ha querido decir con essho esshastamente?

– Dejaré que lo piense, para la próxima vez que lave su BMW, señor Warren.

Grace se dio la vuelta y se marchó.

Capítulo 47

De vuelta al coche, con la lluvia golpeando el parabrisas, Grace estaba sumido en sus pensamientos. Tanto, que tardó varios momentos en advertir la multa enganchada en el limpiaparabrisas. «Cabrones.»

Se bajó del coche, cogió la multa y la sacó de su envoltorio de celofán. Treinta libras por pasarse cinco minutos de la hora en el justificante, y era imposible cargarlas a los gastos. El director se había cerrado en banda a ese respecto.

«Espero que me lo agradezcas, señor Branson, con tu agradable fin de semana descansando en Solihull.» Hizo una mueca y tiró indignado la multa al suelo del asiento del pasajero. Luego, volvió a centrarse en Mark Warren. Después, pensó en un curso de quince días sobre psicología forense que había realizado hacía cinco años en el centro de formación del FBI en Quantico, en Estados Unidos. No había bastado para convertirle en un experto, pero le había enseñado el valor de los instintos y a interpretar ciertos aspectos del lenguaje corporal.

Y el lenguaje corporal de Mark Warren era totalmente equivocado.

Mark Warren había perdido a cuatro amigos íntimos. Su socio estaba desaparecido, quizá muerto. Era muy probable que estuviera muerto. Tendría que encontrarse en estado de choque, aturdido, perplejo. No enfadado. Era demasiado pronto para estar enfadado.Y había advertido la reacción a su comentario sobre el lavado del coche. Estaba claro que había puesto el dedo en la llaga.

«No sé qué trama, señor Mark Warren, pero voy a encargarme de averiguarlo.»

Cogió el teléfono, marcó un número, escuchó los tonos. Al ser sábado por la tarde, esperaba oír el contestador, pero, en su lugar, le respondió una voz humana. Una mujer. Dulce y cálida. Era imposible que nadie adivinara por su voz con qué se ganaba la vida.

– Depósito de cadáveres de Brighton y Hove -dijo.

– Cleo, soy Roy Grace.

– ¿Qué hay, Roy, cómo te va? -La voz, por lo general bastante pija, de Cleo Morey de repente sonó traviesa.

De forma involuntaria, Grace se descubrió coqueteando con ella por teléfono.

– Bien. Estoy impresionado de que trabajes un sábado por la tarde.

– Los muertos no saben qué día de la semana es. -Dudó-. Supongo que a los vivos tampoco les importa demasiado. A la mayoría, en cualquier caso -añadió después.

– ¿A la mayoría?

– Me parece que la mayoría de los vivos no saben, en realidad, qué día de la semana es. Da la impresión que sí, pero, en realidad, no lo saben. ¿No te parece?

– Eso es filosofía dura para una tarde lluviosa de sábado -dijo Grace.

– Bueno, estoy estudiando filosofía en la universidad a distancia, así que tengo que practicar mis razonamientos con alguien. Estos de aquí no me responden demasiado.

Grace sonrió.

– ¿Cómo estás?

– Bien.

– Pareces un poco… decaída.

– Nunca he estado mejor, Roy. Sólo estoy cansada, nada más. Llevo aquí sola toda la semana. Falta personal, Doug está de vacaciones.

– Los chicos que se mataron el martes por la noche, ¿siguen en el depósito?

– Están aquí. Y también Josh Walker.

– ¿El que murió después en el hospital?

– Sí.

– Tengo que pasarme por allí, echarles un vistazo. ¿Te va bien ahora?

– No van a irse a ninguna parte.

A Grace siempre le había gustado su humor negro.

– Llegaré dentro de unos diez minutos -dijo.

El tráfico del sábado por la tarde era más denso de lo que esperaba y habían pasado casi veinte minutos cuando accedió a la concurrida rotonda, giró a la derecha, pasó por delante de un cartel que rezaba «Depósito de cadáveres de Brighton y Hove» y cruzó las puertas de hierro colado entre las columnas de ladrillo. Las puertas estaban siempre abiertas, las veinticuatro horas del día. Como un símbolo, reflexionó, de que los muertos no respetaban demasiado las horas de oficina.

Grace conocía demasiado bien este lugar. Era un edificio soso con un aura horrible. Una estructura larga de una sola planta con paredes grises y rugosas y una entrada cubierta en un lateral lo suficientemente profunda como para que aparcara una ambulancia o una furgoneta grande. El depósito era una parada en el viaje sin retorno a la tumba o al horno crematorio para personas que habían muerto repentina, violenta o inexplicablemente o de una enfermedad de evolución rápida como la meningitis vírica, en la que una autopsia podría revelar descubrimientos médicos que algún día podrían ayudar a los vivos.

Sin embargo, una autopsia era la máxima degradación. Un ser humano que hacía uno o dos días caminaba, hablaba, leía, hacía el amor -o lo que fuera-: abierto en canal y destripado como un cerdo en una mesa de carnicero.

No quería pensar en ello, pero no pudo evitarlo; había visto demasiadas autopsias y sabía qué ocurría. Se arrancaba el cuero cabelludo, luego se serraba la tapa del cráneo, se sacaba el cerebro y se cortaba en segmentos. Se abría la pared torácica, se extraían, se cortaban y se pesaban los órganos internos y de algunos trozos se realizaba un análisis patológico, el resto se metía en una bolsa de plástico blanca y volvía a coserse en el interior del cadáver como si fueran menudillos.

Aparcó detrás de un pequeño deportivo MG azul, que supuso que sería de Cleo, corrió bajo la lluvia hacia la entrada principal y tocó el timbre. La puerta azul con su cristal esmerilado podrían haberla sacado directamente de una casita de las afueras.

Al cabo de unos momentos, Cleo Morey le abrió, con una sonrisa afectuosa. Por muchas veces que la viera, nunca podía acabar de acostumbrarse a la incongruencia que suponía ver allí a esta joven sumamente atractiva, de casi treinta años, pelo largo y rubio, vestida con una bata verde de cirujano, un delantal verde de plástico resistente y botas de agua blancas. Con su físico podría haber sido modelo o actriz, y con su inteligencia seguramente podría haber estudiado cualquier carrera que se hubiera propuesto; sin embargo, había elegido ésta: registrar cadáveres, prepararlos para la autopsia, limpiar después e intentar ofrecer migajas de consuelo a las familias de los difuntos, siempre en estado de choque, que iban a identificar los cuerpos. Y durante la mayor parte del tiempo, trabajaba sola.

Roy recibió el impacto del olor de inmediato, como siempre; ese hedor dulce y horrible a desinfectante que impregnaba el lugar y hacía que se le revolviera el estómago.

Se dirigieron a la izquierda del estrecho vestíbulo hacia el despacho del director del depósito, que también hacía de recepción. Era una sala pequeña con un calefactor en el suelo, paredes rosadas revestidas de Artex, moqueta rosa, una fila de sillas para los visitantes dispuestas en forma de ele y una pequeña mesa metálica en la que había tres teléfonos, un fajo de sobres marrones pequeños con las palabras «Efectos personales» impresas y un gran libro de contabilidad verde y rojo con la leyenda «Registro del depósito» en letras mayúsculas doradas.

Había una caja de luz en una pared, así como una hilera de certificados enmarcados de «Salud e higiene públicas» con el nombre de Cleo Morey escrito debajo. En otra pared, había una cámara de circuito cerrado, que mostraba, en una secuencia continua entrecortada, imágenes de la parte delantera, de la trasera y de cada lateral del edificio y, luego, un primer plano de la entrada.

– ¿Una taza de té, Roy?

Clavó sus ojos de color azul vivo en los de él una fracción de segundo más de lo que exigía la pregunta. Unos ojos sonrientes. Unos ojos increíblemente afectuosos.

– Me encantaría.

– ¿English breakfast, Earl Grey, Darjeeling, té chino, camomila, menta poleo, té verde?

– Creía que estaba en el depósito de cadáveres, no en un Starbucks -dijo.

Ella sonrió.

– También tenemos café. Expreso, con leche, colombiano, moca…

Grace levantó la mano.

– Un té normal será perfecto.

– Con limón, con leche entera, semidesnatada…

Levantó las dos manos.

– La leche que tengas abierta. ¿Joe aún no ha llegado? Le había pedido a Joe Tindall, del SOCO, que se pasara.

– Aún no. ¿Quieres esperar a que llegue?

– Sí, deberíamos.

Pulsó un interruptor en el hervidor y desapareció en el vestuario que había enfrente. Cuando el agua comenzaba a borbotear, regresó con una bata verde, chanclos azules, una mascarilla y guantes de látex blancos, y se los entregó a Grace.

Mientras él se los ponía, Cleo le preparó el té y abrió una lata que contenía galletas digestivas. Grace cogió una y la masticó.

– ¿Así que has estado sola toda la semana? ¿No te deprime no hablar con nadie?

– Estoy siempre ocupada; esta semana hemos tenido diez admisiones. Iban a mandarnos a alguien del depósito de Eastbourne, pero también han recibido mucho trabajo. Debe de ser la última semana de mayo.

Grace se pasó la goma de la mascarilla por la cabeza, luego dejó que la máscara le cayera suelta por debajo de la barbilla; sabía por experiencia que los jóvenes no llevaban muertos tanto tiempo como para oler tan mal.

– ¿Han venido las familias de los cuatro chicos?

Ella asintió con la cabeza.

– Y el chico que estaba desaparecido, el novio, ¿ya sabéis algo de él?

– Justo ahora vengo de la boda -dijo Grace.

– Ya me parecía que ibas demasiado elegante para ser sábado, Roy. -Sonrió-. Entonces, ¿al menos ese tema se ha resuelto?

– No -contestó-. Por eso estoy aquí.

Cleo levantó las cejas, pero no hizo ningún comentario.

– ¿Hay algo en particular que quieras ver? Puedo darte copias de los informes del patólogo para el médico forense.

– Cuando llegue Joe, quiero que empecemos por las uñas -le contestó Grace.

Capítulo 48

Seguido de Joe Tindall, que se estaba poniendo los guantes, Grace siguió a Cleo por el suelo duro y moteado mientras observaba cómo su cabello de mechas rubias se balanceaba sobre el cuello de la bata verde. Pasaron por delante de la cristalera de la cámara de infecciones sellada, hasta la sala principal de autopsias.

La presidían dos mesas de acero, una fija, la otra con ruedas, un torno hidráulico azul y dos hileras de neveras con puertas que iban del suelo al techo. Las paredes estaban alicatadas en gris y toda la sala tenía un desagüe alrededor. En una pared había una hilera de fregaderos y una manguera amarilla enrollada. En otra, una encimera ancha, una tabla de cortar metálica y una vitrina llena de instrumentos y algunos paquetes de pilas Duracell. Junto a la vitrina, había un cuadro que listaba el nombre de cada fallecido, con columnas para los pesos de cerebro, pulmones, corazón, hígado, ríñones y bazo. Un nombre de hombre, Adrian Penny, con sus tétricos números, estaba escrito en rotulador azul.

– Es un motociclista al que le hicimos la autopsia ayer -dijo Cleo alegremente al ver lo que miraba Grace-. Adelantó a un camión y no vio que una viga de acero sobresalía por el lateral. Le cortó la cabeza al pobre desgraciado justo por debajo del cuello.

– ¿Cómo diablos consigues no volverte loca? -le preguntó él.

– ¿Quién dice que no lo estoy? -contestó ella alegre y sonriendo.

– No sé cómo te dedicas a esto.

– No son los muertos quienes hacen daño a la gente, Roy, sino los vivos.

– Bien visto -dijo.

No sabía qué opinaría sobre los fantasmas, pero no era momento de preguntárselo.

Hacía frío en la sala. El sistema de refrigeración emitía un zumbido y del techo llegaba un clic seco, de los fluorescentes que no se habían encendido bien.

– ¿Alguna preferencia sobre a quién quieres ver antes?

– No, me gustaría verlos a todos.

Cleo se dirigió a la puerta marcada con un «4» y la abrió. Al hacerlo, hubo una ráfaga de aire helado, pero eso no fue lo que causó que un escalofrío le recorriera el cuerpo, sino ver la forma humana que se ocultaba bajo las sábanas de plástico blanco en cada una de las cuatro hileras de bandejas metálicas con ruedas.

La empleada del depósito acercó el torno, lo subió accionando la manivela, luego puso la bandeja superior encima y cerró la puerta de la nevera. Después, apartó la sábana para descubrir a un hombre blanco rollizo, de pelo lacio, con el cuerpo y la cara amarillenta llenos de moratones y laceraciones, los ojos bien abiertos que transmitían sorpresa incluso en su quietud vidriosa, el pene arrugado y flácido entre una mata gruesa de vello púbico como si fuera un roedor hibernando. Grace miró la etiqueta beis atada al dedo gordo del pie. El nombre era «Robert Houlihan».

La mirada de Grace se posó directamente en las manos del joven. Eran unas manos grandes, gruesas, con las uñas mugrientas.

– ¿Tienes toda la ropa que llevaban?

– Sí.

– Bien.

Grace le pidió a Tindall que cogiera muestras de debajo de las uñas.

El agente del SOCO escogió una herramienta afilada de la balda de los instrumentos, le pidió a Cleo una bolsa de muestras, luego rascó con cuidado parte de la suciedad de cada una de las uñas y la metió en la bolsa, que etiquetó y selló.

Las manos del siguiente cuerpo, Luke Gearing, estaban en muy mal estado debido al accidente, pero aparte de la sangre que había debajo, las uñas, en carne viva por mordérselas, estaban razonablemente limpias. Las manos de Josh Walker tampoco estaban sucias, pero las de Peter Waring estaban roñosas. Tindall cogió muestras de debajo de las uñas y las metió en una bolsa.

Luego, él y Grace examinaron con cuidado toda la ropa. Había barro en todos los zapatos y muchos rastros de él en la ropa de Robert Houlihan y Peter Waring. Tindall metió todas las prendas en bolsas separadas.

– ¿Vas a volver al laboratorio con todo esto? -le preguntó Grace.

– Tenía pensado irme a casa. Estaría bastante bien verla antes de que acabe el fin de semana y tener vida propia, o al menos fingirlo.

– Detesto hacerte esto, Joe, pero necesito de verdad que te pongas a trabajar en esto ahora mismo.

– ¡Genial! ¿Quieres que pierda las entradas para el concierto de U2 de esta noche qué me costaron cincuenta libras cada una, deje plantada a mi novia y saque el saco de dormir del armario del despacho?

– U2… Es muy joven, ¿verdad?

– Sí, ¿y sabes qué, Roy? Tiene malas pulgas. Me exige mucha atención.

– La vida de un hombre podría estar en peligro.

– Quiero que me pagues de tu bolsillo el precio de las entradas -dijo Tindall, cada vez más furioso.

– No es mi caso, Joe.

– Vaya, ¿y de quién es?

– De Glenn Branson.

– ¿Y dónde coño está?

– En una fiesta de cumpleaños en Solihull.

– Cada vez pinta mejor.

Junto a la hilera de taquillas, Tindall se quitó la ropa protectora y la tiró a la basura.

– Que tengas una noche de puta madre, Roy -le dijo-. La próxima vez cárgate el fin de semana de otro.

– Iré a hacerte compañía.

– No te molestes.

Tindall dio un portazo tras él. Al cabo de unos momentos, Grace oyó la aceleración furiosa del motor de un coche. Luego se fijó en que, resentido, el experto forense se había dejado la bolsa de basura negra que contenía las bolsitas de las pruebas. Dudó si correr tras él, pero decidió llevársela él mismo e intentar tranquilizar al hombre. Podía entender que estuviera cabreado; él también lo estaría en las mismas circunstancias.

Entró en la sala de espera, se comió otra galleta digestiva y se acabó el té, que se había enfriado. Luego cogió la bolsa de basura y Cleo lo acompañó a la puerta. Cuando estaba a punto de salir a la lluvia, se volvió hacia ella.

– ¿A qué hora acabas de trabajar hoy?

– Dentro de una hora o así, con suerte, si no muere nadie esta tarde.

Grace se quedó mirándola, pensando que era increíblemente preciosa y, de repente, sintió que se ponía nerviosísimo al mirarle las manos y ver que no llevaba anillos. Claro que podría habérselos quitado para trabajar.

– Yo… -dijo-. Yo… me preguntaba… si tú…, ya sabes… Bueno… ¿tienes planes para esta noche?

A Cleo se le iluminó la mirada.

– En realidad, he quedado para ir al cine -dijo, pero luego añadió, como para tranquilizarle-, con una amiga, una vieja amiga que está pasando por un divorcio traumático.

Mientras toda la seguridad que habitualmente tenía en sí mismo le abandonaba, Grace dijo:

– No sabía… si estabas casada… o tenías pareja… Yo…

– Ninguna de las dos cosas -dijo ella, y lo miró larga, cordial y expectantemente.

– ¿Te gustaría… algún día… quizá… salir a tomar algo una noche?

Sin apartar la mirada de él, separando los labios en una sonrisa ancha, contestó.

– Me encantaría.

Grace caminó hacia su coche flotando por el asfalto, ajeno a la lluvia que caía con fuerza. Justo al pulsar el mando para abrir el seguro de las puertas, Cleo lo llamó.

– ¡Roy! ¡Creo que has olvidado algo!

Se dio la vuelta y vio que tenía la bolsa de basura negra en la mano.

Capítulo 49

– Imbécil -le dijo Ashley a Mark, que estaba a su lado, repantigado con la ropa arrugada en la parte trasera de la limusina-. No puedo creer que te hayas comportado así. ¿Por qué coño tenías que ponerte tan agresivo con ese poli?

La chica se inclinó hacia delante y comprobó que el cristal que los separaba del chófer estuviera bien cerrado.

Mark le puso la mano en el tobillo y fue subiéndola por la pierna, por debajo del traje de novia. Ella se la apartó con brusquedad.

– ¡Compórtate! -le dijo con aspereza-. Por el amor de Dios.

– Essh un capullo.

– Estás pedo. ¿Qué coño te creías que hacías, enfrentándote a él con eso de los radares de velocidad?

Mark la miró entrecerrando los ojos.

– Le he dicho eso para desshpishtarle.

A través de la ventanilla, Ashley vio que estaban llegando al edificio Van Alen. Eran las cinco y media.

– ¿Cómo va a despistarle eso exactamente?

– No esshperaría que fuera desagradable sshi tuviera algo que ocultar, ¿verdad?

– Entonces, ¿a qué ha venido eso de lavar el BMW exactamente?

– Ni idea.

– Alguna idea tendrás. ¿Qué ha querido decir?

De repente, sonó el intercomunicador y la voz del conductor dijo:

– ¿La entrada principal?

– Sí -dijo Mark. Luego, se volvió a Ashley-. ¿Quieres subir a tomar una copa?

– No sé lo que quiero. Podría matarte.

– Qué farsa hemos montado.

– Era una buena farsa hasta que casi la echas a perder.

Mark se bajó del coche y casi se cayó de morros en la acera. Fue la mano estabilizadora de Ashley la que lo salvó. Varias personas que pasaban por la calle miraron, pero ella no les hizo caso; su único objetivo era llevar a Mark adentro antes de que hiciera algo más que lo incriminara.

Despidió al conductor y ayudó a Mark a llegar a la entrada principal, donde éste se quedó mirando el panel de la puerta con los ojos entrecerrados. Luego, logró introducir el código de entrada con precisión.

Unos minutos después, estaban en el piso. Mark cerró la puerta y corrió el seguro.

– No puedo quedarme, Mark -le dijo Ashley.

Mark comenzó a manosearle la ropa. Ella lo apartó.

– Vamos a tomar un café y luego quiero que me cuentes qué ha querido decir el detective con eso de lavar el coche.

Mark la miró fijamente. Llevaba el vestido de novia blanco de encaje, el velo subido. Se abalanzó sobre ella y la besó en la boca. Ella le permitió que la besara en los labios y le dio un beso desganado, luego lo apartó.

– Va en serio, no puedo quedarme. Tengo que pasarme por casa de la madre de Michael e interpretar el papel de novia plantada afligida, o el que sea que se supone que tengo que interpretar, joder. Dios mío, qué tarde es. Qué pesadilla.

Mark fue tambaleándose hacia la cocina americana, abrió un armario y sacó un tarro de café. Se quedó mirándolo perplejo, lo devolvió al armario, abrió la nevera y cogió una botella de champán Cristal.

– Creo que deberíamos brindar como Dios manda por el día de tu boda -dijo.

– No tiene gracia. Y ya has bebido más que suficiente.

Con la botella sin abrir en la mano, Mark se dejó caer en un sofá y dio unas palmaditas en el cojín de al lado a modo de invitación.

Al cabo de unos momentos de vacilación altanera, Ashley se sentó en el otro extremo del sofá, tan lejos de Mark como pudo, se quitó el velo, luego cruzó las piernas y se quitó los zapatos de una patada.

– Mark, quiero saber qué ha querido decir Grace con eso de lavar el BMW.

– No tengo ni idea.

Se quedó callada.

– ¿Me quieres?

Meneando la cabeza con desesperación, Ashley se levantó.

– Sí, te quiero. En estos momentos, no tengo ni idea de por qué, pero sí que te quiero. Y la madre de Michael está esperando a que aparezca y me eche a llorar hasta que me revienten los putos ojos, que es lo que estoy a punto de ir a hacer.

– Toma una copa primero.

– Por Dios, Mark.

Él se levantó del sofá, se acercó a ella tambaleándose y la abrazó. Luego le acarició el cuello.

– ¿Sabes? Si no hubiera ocurrido el accidente, la boda habría seguido adelante. Ahora serías la señora de Michael Harrison.

Ella asintió con la cabeza, ligeramente conmovida. Mark la miró fijamente a los ojos.

– Estarías camino de Londres, del Savoy. Habrías hecho el amor con él esta noche, ¿verdad?

– Es lo que se supone que hacen las esposas en la noche de bodas.

– ¿Y cómo te habrías sentido?

– Habría imaginado que eras tú -le dijo sujetándole la cara con las manos.

– ¿Te la habrías metido en la boca? ¿Le habrías chupado la polla?

Ella lo apartó.

– ¡Mark!

– ¿Lo habrías hecho?

– Claro que no.

– ¡Ya!

– Teníamos un acuerdo, Mark.

Mark llevó la botella al fregadero, arrancó la cápsula y, luego, cogió dos copas de la vitrina. Hizo saltar el corcho, llenó las copas y le dio una a Ashley.

Ella la cogió a regañadientes y brindó con él.

– Lo teníamos todo planeado -le dijo a Mark.

– Teníamos un plan A. Ahora estamos con el plan B. -Bebió un gran trago, apurando la copa hasta la mitad-. ¿Qué hay de malo en eso?

– Primero, que estás pedo. Segundo, que resulta que ahora no soy la señora de Michael Harrison. Lo que significa que no puedo participar en su mitad de Inmobiliaria Doble M.

– En realidad, son dos terceras partes -dijo Mark.

– Pues que yo sí puedo, según nuestro acuerdo de accionistas y el seguro de vida.

– Siempre y cuando esté muerto.

– ¿Por qué dices eso de «siempre y cuando?»

– Tapaste bien el agujero, ¿verdad? ¿Utilizaste pegamento de contacto como te dije?

– Sshí -dijo Mark encogiéndose.

Ashley lo miró con dureza, viendo a través de él.

– ¿Estás seguro?

– Sshí. La tapa estaba atornillada. Saqué el tubo y eché una tonelada más de tierra encima. Si estuviera vivo, se habría puesto en contacto con alguien, ¿no?

Ella le lanzó una mirada extraña.

– ¿Quieres que vaya a clavarle una puta estaca en el corazón?

Ashley bebió champán, luego fue hacia el equipo de música y miró la estantería de los CD.

– ¿Cuánto me quieres?

– ¿Cuánto? Más de lo que podría expresar jamás con palabras.

Ella sacó un CD de la caja, lo puso en el reproductor y pulsó «play». Unos momentos después, Love is all around invadió la habitación. Dejó la copa en la mesa, cogió la de Mark y también la dejó. Luego le pasó los brazos alrededor del cuello y comenzó a llevarle al ritmo de la música.

– Si me quieres, siempre me dirás la verdad, ¿no? -le dijo apretando los labios en su oreja.

Bailaron unos momentos más y luego Mark dijo:

– Hay algo que lleva preocupándome esshtos últimoss diassh.

– ¿Qué?

– Sabes que Michael y yo usamos la Palm para leer el correo electrónico cuando no estamos en el despacho. Nos hemos guardado de no enviarle ningún mensaje sobre la despedida de soltero, pero creo que quizá la haya fastidiado.

– ¿Qué quieres decir?

– Creo que le envié uno por error. Y la lleva encima.

Ashley se apartó de él y le lanzó una mirada asesina.

– ¿Me estás diciendo que lleva la Palm encima?

– Es posible.

– ¿Muy posible?

– No la he encontrado por ningún lado, ni en su despacho ni en su piso.

– ¿Está en la tumba con él?

– Podría ser.

– ¿Podría ser?

Mark se encogió de hombros.

– Será mejor que te asegures de ello, Mark.

Él se quedó mirándola en silencio.

– Sólo te lo cuento porque…

– ¿Porque?

– Porque podría ser peligroso.

– Más te vale recuperarla, ¿no crees?

– No pasa nada siempre que nadie lo encuentre.

Ashley se sentó en un sofá y bebió su copa de champán.

– No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Por qué no me lo has contado antes?

Mark se encogió de hombros.

– Pensé…, yo…

– ¿Tú qué?

Mark se sentó a su lado e intentó brindar con ella. Ashley apartó su copa, con brusquedad.

– Más te vale recuperarla -le dijo-. Y deprisa. Esta noche, por ejemplo. Capisce?

Capítulo 50

Mientras regresaba con el coche a la central del Departamento de Investigación Criminal, Grace activó el manos libres del móvil y llamó a Glenn Branson.

– ¿Qué tal por Solihull? -le preguntó.

– Lloviendo chuzos. ¿Qué tal por Brighton?

– Lloviendo chuzos.

– Y la hermana de Ari se ha ido a acostar porque tiene migraña.

– O sea, que será una fiesta de cumpleaños increíble.

– Pero he sumado bastantes puntos viniendo. ¿Qué tal la boda?

– Un poco como será tu fiesta de cumpleaños. El anfitrión no ha aparecido.

– No me sorprende. Dime, ¿cuántos familiares de Ashley Harper han hecho acto de presencia?

– Sólo uno, que yo haya visto -dijo Grace-. Un tío. -Se detuvo en un semáforo-. Quería preguntarte algo. ¿Has comprobado la cuenta corriente y las tarjetas de crédito de Michael Harrison?

– Las estoy controlando continuamente. Desde el martes por la tarde nada. Lo mismo con el móvil. ¿Tú tienes alguna novedad?

– El helicóptero ha vuelto a despegar, pero no ha visto nada. Nicholl y Moy trabajan este fin de semana; están repartiendo la fotografía de Michael a la prensa y recogiendo todas las imágenes de las cámaras de circuito cerrado de la zona por la que sospechamos que puede encontrarse Michael Harrison. Un equipo ya ha comenzado a visionarlas. Vamos a tener que tomar una decisión respecto a si llamamos o no a agentes especiales para realizar un rastreo minucioso de la zona. Y a cada minuto que pasa me gusta menos su socio, Mark Warren.

– Cuenta.

– Aún no tengo nada en concreto, pero creo que sabe algo que no nos cuenta. Hay que investigarle.

– El equipo Holmes ya se ha puesto a trabajar en eso.

– Buen chico. Espera… -Grace se concentró un momento al arrancar cuando el semáforo se puso verde-. Creo que deberíamos investigar más a fondo su empresa, Inmobiliaria Doble M. Ver qué pólizas de seguro tienen.

– También tengo eso controlado y estamos investigando su empresa de las islas Caimán. ¿Qué piensas de Ashley?

– No lo sé -dijo Grace-. No tengo una opinión. Su interpretación es convincente. Creo que también deberíamos investigarla a ella. ¿Sabes lo que me parece raro?

– ¿Que no tenga familia? ¿Has visto esa peli, La última seducción, con Linda Fiorentino?

La señal telefónica se debilitó de repente y la voz de Branson llegó con interferencias.

– No la recuerdo.

– También salía Bill Pullman.

– No me suena.

– Ella también estaba en Hombres de negro.

– Vale.

– Merece la pena verla, La última seducción. Una mujer ambiciosa. Un final oscuro. En cierto modo, me recuerda a Ashley.

– La veré.

– Cómpratela en DVD. En «play.com» hay buenos precios.

– ¿Cuántas personas de veintisiete años conoces que no tengan familia? Tienes veintisiete años, vas a casarte, es el día más importante de tu vida y sólo puedes conseguir que un familiar asista a tu gran día.

– Podría ser huérfana. Hay que investigarla.

– Iré a hablar con la madre de Michael. Debe de conocer a su futura nuera.

– La mía sabía más cosas de Ari que yo antes de que me pescara.

– Ahí lo tienes.

Diez minutos después, Grace recorría el pasillo de la Unidad de Investigaciones Principales de la central del Departamento de Investigación Criminal, arrastrando la bolsa de plástico negra del depósito de cadáveres. Se detuvo junto a una hoja blanca colgada en un tablón rojo titulada «Diagrama: móviles comunes posibles». Era útil, a veces, refrescar la mente con estas tablas, aunque tenía la mayor parte de la información bien grabada en el cerebro. Leyó el diagrama:

Sexual. Celos. Racismo. Ira/Miedo. Atraco.

Poder. Mantener estilo de vida activo. Dinero.

Deudas. Homofobia. Odio. Venganza. Psicótico.

Pasó al siguiente tablón, titulado «Vía rápida». Debajo, decía:

1. Identificar sospechosos.

2. Oportunidades de inteligencia.

3. Examen forense de la escena.

4. Investigación de la escena del crimen.

5. Búsqueda de testigos.

6. Investigación de la víctima.

7. Posibles móviles.

8. Medios de comunicación.

9. Autopsias.

10. Interrogatorio a testigos significativos.

11. Otras acciones importantes.

«Medios de comunicación», pensó. Aquélla era una buena historia para los medios. Llamaría a sus contactos, comenzaría a airear la historia. Quizá con eso pondría las cosas en marcha. Siguió caminando y entró en la sala del SOCO, pequeña y prístina. Para empezar, decidió, llamaría al periodista del Argus Kevin Spinella.

Joe Tindall le esperaba en la primera de las dos habitaciones, conocida como la «sala húmeda». Había una pila de bolsas de papel marrón en el suelo, todas etiquetadas como «Bolsas de pruebas» con letras negras, un rollo de papel marrón sobre una encimera, un fregadero y una caja de aire alta.

– Gracias -dijo Joe Tindall cuando Grace le entregó la bolsa, con un tono mucho menos amistoso que cuando se habían visto antes, pero, al menos, más calmado.

El agente del SOCO abrió la bolsa de basura negra y sacó las bolsitas de tierra, luego las de la ropa. La mayoría de las prendas estaban muy manchadas de sangre. El hedor a putrefacción comenzó a emanar de las bolsas de ropa.

– Estas son muestras de tierra recogidas de las uñas y los zapatos de las víctimas -dijo-. ¿Quieres que veamos si podemos establecer una correspondencia con la muestra de tierra que me has traído antes?

– Del vehículo sospechoso, sí. ¿Cuánto puedes tardar?

– La persona encargada de hacer esto es Hilary Flowers. Un nombre muy apropiado, ¿no crees?

Grace sonrió.

– He recurrido a ella antes. Es buena.

– Es un genio del polen. Me ha conseguido varios resultados a partir de muestras de polen encontradas en la nariz de las víctimas; pero es cara.

Grace meneó la cabeza con frustración. Cuando ingresó en la policía, la cuestión era resolver crímenes. Hoy en día, cuando todo se subcontrataba a empresas privadas, importaban más los presupuestos.

– ¿Cuánto tiempo puede tardar?

– Normalmente, tarda dos semanas en entregar los resultados.

– No tengo dos semanas. Hablamos de alguien que podría estar enterrado vivo. Todas las horas cuentan, Joe. Tindall miró su reloj.

– Las seis y veinte de un sábado por la tarde. Vas a tener suerte.

Descolgó el teléfono y marcó. Grace observó su rostro, inquieto. Al cabo de unos momentos, Tindall dijo que no con la cabeza y susurró:

– El buzón de voz.

– ¿No se te ocurre nadie más?

Joe Tindall volvió a mirar el reloj.

– Es sábado por la tarde, Roy. Si me voy ahora y conduzco a mil por hora, puede que llegue a la segunda parte del concierto de U2 y que luego eche un polvo. Creo que comprobarás que todas las personas del planeta que podrían identificar estas muestras de tierra también tienen planes para esta noche.

– El chico que está enterrado vivo también tenía planes para hoy, Joe. Iba a casarse.

– Qué plasta.

– No te digo que no.

– No pretendo ser frívolo, pero ya he trabajado ciento diez horas esta semana.

– Bienvenido al club.

– No puedo hacer nada, Roy. Nada. Me conoces bien. Si pudiera sugerirte algo, lo haría. Si hubiera alguien, en algún rincón de Inglaterra, que ahora mismo pudiera analizar esta tierra para hoy, me subiría al coche e iría a verle; sin embargo, no conozco a nadie más. Hilary es la mujer. Te daré su número y puedes seguir intentándolo. Es lo único que puedo hacer.

Grace anotó el teléfono.

Capítulo 51

Mientras volvía a subirse al Alfa, oyó el sonido de un mensaje en el móvil: «¿Quién dice nada de una relación? Yo sólo hablo de sexo. Besos».

Grace meneó la cabeza con incredulidad, perdiendo la esperanza de llegar a comprender alguna vez a las mujeres. El martes por la noche, Claudine se había portado como una cerda con él, reprochándole que fuera policía durante casi tres horas. Ahora, en respuesta a su mensaje de la mañana, ¿quería acostarse con él?

Y lo peor de todo era que, en realidad, estaba cachondo. Por primera vez en años. Claudine no era ninguna belleza, pero tampoco era vomitiva. Con la perspectiva de otra noche del sábado sin nada que hacer, casi le tentaba la idea de conducir hasta Guildford y tirarse a aquella vegetariana estricta que odiaba a los polis; pero no lo suficiente.

En estos momentos, tenía la cabeza llena de pensamientos más prosaicos, ya que iba enumerando todo lo que necesitaba para la búsqueda de Michael Harrison.

Poco después de las siete, la lluvia fue remitiendo y, acompañado por Linda Buckley, una agente de uniforme de unos treinta y cinco años, pelo rubio corto y rostro amable pero despierto, se bajó del coche y recorrió el sendero del jardín cuidado de la casita de Gillian Harrison y llamó al timbre. Éste despertó un ladrido agudo en el interior. Al cabo de un momento, la puerta se abrió y un perro blanco pequeño, con un lazo rosa en la cabeza, salió corriendo y se puso a mordisquear sus zapatos.

– ¡Bobo! ¡Ven aquí! ¡Bobo!

Grace mostró la placa a la mujer, a la que reconoció de la boda suspendida aquella tarde.

– ¿La señora Harrison? Soy el comisario Grace, del Departamento de Investigación Criminal de Brighton, y ella es la agente de la Unidad de Relaciones Familiares que les hemos asignado a usted y a la señorita Harper, la agente Buckley. Si necesitan algo, ella las ayudará.

Iba descalza, llevaba el cabello rubio plateado recogido en un peinado elegante, un fino vestido azul con adornos blancos y olía a tabaco. Ofreció una sonrisa fugaz a la agente y luego lanzó una mirada temerosa a Grace que provocó que el comisario sintiera pena por ella de inmediato.

– Sí, le recuerdo. Estaba en el banquete esta tarde.

– ¿Sería posible que habláramos un momento con usted?

Tenía los ojos llenos de lágrimas y el rímel corrido.

– ¿Le han encontrado? ¿Han encontrado a mi hijo?

Grace negó con la cabeza.

– Me temo que no, lo siento.

– ¿Quieren pasar? -dijo la mujer tras unos instantes de vacilación.

– Gracias.

La siguió a la pequeña sala de estar, luego se sentó en el sillón que le señaló, junto a una chimenea eléctrica que estaba apagada.

– ¿Les apetece beber algo? ¿Una copa de vino? ¿Un café?

– Un vaso de agua, por favor -dijo él.

– Yo nada -dijo la agente-. ¿Quiere que la ayude?

– No, gracias, muy amable.

El perro miró a Grace y emitió un aullido de súplica.

– ¡Bobo, calla! -le ordenó la mujer.

Servilmente, el perro salió con ella del salón.

Grace miró a su alrededor. Había un poster de El carro de heno en la pared, otro de los molinos Jack y Jill de Clayton, una gran fotografía enmarcada de Michael Harrison, vestido de esmoquin, rodeando con el brazo a Ashley Harper, vestida con un traje de noche, tomada sin duda en alguna reunión social; también observó otra fotografía de Michael Harrison mucho más joven, en pantalón corto, montado en una bici, y una fotografía de boda en blanco y negro de Gill Harrison y su difunto marido, imaginó Grace, por la información que le había proporcionado Glenn Branson. Vio lo mucho que se parecían Michael Harrison y su padre, un hombre alto y guapo de pelo castaño largo que le llegaba al cuello de la camisa. Por las solapas enormes y los pantalones de campana, dedujo que la habrían tomado en plenos años setenta.

Gill Harrison regresó, seguida del perro, con un vaso de agua en una mano y una copa de vino en la otra. Le dio a Grace el vaso y se sentó en el sofá delante de él.

– Siento mucho lo de hoy, señora Harrison. Debe de haberle resultado muy angustiante -le dijo después de coger el vaso y beber, agradecido, un trago de agua fría.

Una joven entró en la sala. Estaba bronceada, era ligeramente nariguda, tenía el pelo rubio, largo y desgreñado y llevaba una camiseta y vaqueros. Lucía aros en los labios y en las orejas y una bolita en la lengua.

– Ella es Carly mi hija. Carly, es el inspector jefe Grace, del Departamento de Investigación Criminal, y la agente Buckley -dijo Gill Harrison-. Carly ha venido de Australia para la boda.

– La he visto en el banquete, pero no hemos tenido ocasión de hablar -dijo Grace, que se levantó para estrecharle la mano reacia y, luego, volvió a sentarse.

– Encantada de conocerte, Carly -dijo la agente.

Carly se sentó en el sofá justo al lado de su madre y le pasó el brazo por el hombro de manera protectora.

– ¿Dónde vive en Australia? -le preguntó Grace, intentando ser educado.

– En Darwin.

– No lo conozco. He estado en Sydney.

– Yo tengo una hija que vive allí -dijo Linda Buckley con un tono jovial, intentando romper el hielo.

Carly se encogió de hombros, con indiferencia.

– Yo quería cancelar la boda y el banquete -dijo Gill Harrison-. Fue Ashley la que insistió. Sentía que…

– Es una zorra -dijo Carly.

– ¡Carly! -exclamó su madre.

– Disculpe -dijo Carly-. Todo el mundo está convencido de que es… -hizo un movimiento cursi de Barbie con las manos- tan dulce; pero yo creo que es una zorra calculadora.

– ¡Carly!

Carly le dio a su madre un beso en la mejilla.

– Lo siento, mamá, pero es lo que es. -Volviéndose hacia Grace, dijo-: ¿Usted habría insistido en celebrar el banquete?

Grace, mirándolas a las dos, reflexionó antes de responder.

– No lo sé, Carly. Supongo que estaba entre la espada y la pared.

– Mi hermano es el chico más dulce del mundo -dijo-. Sí.

– Parece que Ashley no le cae bien -dijo Grace, agarrando la oportunidad.

– No, no me cae bien.

– ¿Por qué no?

– A mí me parece una chica encantadora -terció Gill Harrison.

– ¡Vaya gilipollez, mamá! Tú sólo te mueres por tener nietos. Te alegras de que Michael no sea gay y punto.

– Carly, qué cosas más horribles dices.

– Sí, bueno, es la verdad. Ashley es una mujer fría y manipuladora.

Grace, que, de repente, se puso nervioso, intentó permanecer impasible.

– ¿Qué hizo que tuviera esa impresión, Carly?

– No la escuche -dijo Gill Harrison-. Está cansada y exaltada por el jet lag.

– Y una mierda -dijo Carly-. Es una cazafortunas.

– ¿La conocen ustedes bien? -preguntó Grace.

– Yo la he visto una vez y ya tuve suficiente -dijo Carly.

– Yo creo que es una chica estupenda -contestó Gill-. Es inteligente, hogareña, se puede hablar con ella, mantener una conversación como Dios manda. Se ha portado muy bien conmigo.

– ¿Conoce a su familia? -preguntó Grace.

– La pobre no tiene más familia que su encantador tío canadiense -dijo Gill-. Sus padres murieron en un accidente de coche mientras estaban de vacaciones en Escocia cuando ella tenía tres años. La criaron unos padres de acogida que eran unos desalmados. Primero vivieron en Londres, luego se marcharon a Australia. Su padre intentó violarla en repetidas ocasiones cuando ella era adolescente. Se fue de casa cuando tenía dieciséis años y se marchó a Canadá, a Toronto, donde su tío y su tía la acogieron. Su tía murió hace muy poco, según parece, y está muy afectada. Creo que Bradley y su mujer eran las únicas personas que le mostraron afecto. Ha tenido que arreglárselas sola en el mundo. La admiro mucho.

– ¡Eso son cuentos chinos! -dijo Carly.

– ¿Por qué dice eso? -preguntó Grace.

– Porque no la creí cuando la conocí. Y después de verla hoy, aún me la creo menos. No sé cómo explicarlo, pero no quiere a mi hermano. Lo sé. Puede que se muriera por casarse con él, pero eso no significa que lo quiera. Si lo quisiera de verdad, jamás habría aceptado esta farsa de hoy, habría estado demasiado destrozada. -Grace la miró con un interés cada vez mayor-. ¿Lo ve? -dijo Carly-. Así habla una mujer. Quizás una mujer con jet lag, como dice mi madre, pero una mujer. Una mujer cariñosa que quiere a su hermano. No como esa zorrona asquerosa que tiene por prometida.

– ¡Carly!

– A la mierda, mamá.

Capítulo 52

Después de que Ashley se marchara del piso, aún furiosa con él, Mark encendió el televisor, con la esperanza de estar a tiempo de ver las noticias locales. También lo intentó con la radio, pero ya eran las siete pasadas y se las había perdido.

Se había cambiado y puesto unos vaqueros, unas deportivas, una sudadera y un anorak fino, y llevaba una gorra de béisbol con la visera bien baja sobre la frente. Temblaba de los nervios y por la sobredosis de cafeína. Ya se había tomado dos tazas de café cargado en un intento de que se le pasara la borrachera y ahora estaba acabándose la tercera. Dio los últimos tragos y se dirigió hacia la puerta del piso. Justo cuando llegó, sonó el teléfono.

Corrió hacia el salón y miró la pantalla de identificación de llamadas. Número privado. Tras dudar un momento, descolgó.

– Soy Kevin Spinella, del Argus. Me gustaría hablar con el señor Mark Warren.

Mark blasfemó. De haber podido pensar con mayor claridad, le habría dicho al hombre que Mark Warren no estaba, pero en lugar de eso se oyó decir:

– Sí, soy yo.

– Señor Warren, buenas tardes, siento molestarle un sábado por la tarde. Llamo por su socio, Michael Harrison. He ido a la boda que tendría que haberse celebrado esta tarde en la iglesia de Todos los Santos, en Patcham. Usted era el pa-drino, no me pareció adecuado importunar en la iglesia, pero me preguntaba si podríamos hablar ahora.

– Eh, sí, sí, claro.

– Tengo entendido que Michael Harrison desapareció durante su despedida de soltero, cuando se produjo ese terrible accidente. Tengo curiosidad por saber por qué usted, al ser el padrino, no estaba allí.

– ¿En la despedida de soltero?

– Exacto.

– Tendría que haber estado, por supuesto -dijo Mark, tranquilo, intentando sonar simpático, que todo pareciera perfectamente natural-. Estaba fuera de la ciudad, en el norte, en una reunión de negocios. Lo había programado todo para regresar a tiempo, pero mi vuelo se retrasó por culpa de la niebla -dijo Mark.

– ¿Dónde fue eso?

– En Leeds.

– Ah, bien. Estas cosas pasan, es el problema de este país.

– ¡Exacto! -dijo Mark, que sintió que comenzaban a entenderse.

– Por lo que dice la policía tengo entendido que desconoce cuáles eran los planes para la despedida de soltero. ¿Es correcto?

Mark se quedó callado un momento. Pensando. Con cuidado.

– No -dijo-. Eso no es estrictamente verdad. Quiero decir… No es verdad en absoluto. Habíamos planeado ir de pubs.

– ¡Ir de pubs! Bien, de acuerdo; pero lo normal es que el padrino organice la despedida de soltero.

– Sí, eso creo.

– Pero ¿usted no organizó esta despedida de soltero?

Mark intentó centrarse. Estaban sonando todas las alarmas.

– Sí, la organicé yo. Michael no quería nada muy rebuscado. Sólo ir a algunos pubs con sus colegas. Yo tenía planeado ir, sin duda.

– ¿Qué planes tenían exactamente?

– Nosotros… íbamos a hacer lo típico, ya sabe, ir a un montón de pubs, emborrachar a Michael y luego dejarlo en casa. Íbamos a alquilar un minibús y sortear quién de nosotros no bebía para conducir, pero uno del grupo dijo que tenía acceso a una furgoneta y que no le importaba no beber, así que nos decidimos por eso.

– ¿Dónde encaja el ataúd en este plan?

Mierda. Mark sintió que se hundía cada vez más en el fango.

– ¿Un ataúd, ha dicho?

– Tengo entendido que cogieron un ataúd.

– ¡No sé nada de un ataúd! -exclamó Mark-. Eso es nuevo para mí. -Intentando sonar sorprendido de verdad y para causar mayor impresión de ello, repitió-: ¿Un ataúd?

– ¿Cree que sus amigos lo organizaron en su ausencia? -le preguntó el periodista.

– Por supuesto. Debieron de hacerlo. Uno de ellos, Robert Houlihan, trabaja, trabajaba, para su tío, en una funeraria, pero nunca hablamos de un ataúd. ¿Está seguro de lo que dice?

– La policía me ha informado de que creen que en la furgoneta había un ataúd, antes del accidente. ¿Se le ocurre qué podría haberle pasado a Michael Harrison?

– No, no tengo ni idea. Estoy tremendamente preocupado.

– Ayer hablé con la viuda de uno de sus amigos. La señora Zoe Walker. Me dijo que tenían planeado vengarse de Michael Harrison porque a menudo les gastaba bromas al resto de ustedes. ¿El ataúd podría tener algo que ver con eso?

– Como ya le he dicho, no sé nada de ningún ataúd. Parece una idea de última hora.

– ¿Cree que sus amigos pudieron meter a Michael Harrison en el ataúd y que está atrapado en algún lugar?

Mark pensó bien antes de contestar.

– Escuche, ya sabe qué pasa cuando un grupo de tíos se emborracha. A veces cometen locuras.

– Dígamelo a mí.

Los dos se rieron. Mark se quedó un poco más aliviado.

– Bueno, gracias por su tiempo. Si se entera de algo, ¿quizá tendría la amabilidad de informarme, si le dejara mi número?

– Por supuesto -contestó él, buscando un bolígrafo.

Unos minutos después, mientras estaba en el ascensor, Mark pensó en la conversación, esperando con todas sus fuerzas no haber dicho ninguna estupidez, y le preocupó cómo reaccionaría Ashley si veía que lo citaban en el periódico. Se pondría furiosa por haber hablado con la prensa, pero ¿qué otra opción le quedaba?

Tras subir con el coche la rampa del aparcamiento, salió con cautela a la calle, giró a la izquierda, se incorporó lentamente al denso tráfico del sábado por la noche y procuró controlar la velocidad, puesto que sabía que había bebido demasiado para conducir. Lo último que necesitaba era que lo pararan y lo sometieran a un test de alcoholemia.

Veinte minutos después, llegó al aparcamiento del vivero que había al final de Newhaven, el puerto del canal de la Mancha que quedaba a quince kilómetros de su piso. Como no faltaba mucho para las ocho, la hora en que cerraba, se apresuró a entrar en la tienda, donde compró una pala, un destornillador, un martillo, un cincel, una pequeña linterna Maglite, guantes de goma de jardinero y un par de botas de agua. A las ocho, ya estaba de vuelta en el coche, en el aparcamiento casi desierto. El cielo estaba sorprendentemente despejado y aún debían de quedar un par de horas para que anocheciera por completo, como mínimo. Dos horas sin nada que hacer.

Sabía que debía comer algo, pero tenía un nudo en el estómago. Pensó en ir a una hamburguesería, a un chino, a un indio. No le apeteció ninguno. Ashley estaba enfadada con él; nunca la había visto enfadada y eso le afligía y le asustaba. Era como si se hubiera apagado la llama entre ellos. Tenía que volver a encenderla y el único modo de conseguirlo era darle una satisfacción. Hacer lo que le había dicho. Hacer lo que hacía varios días que sabía que tenía que hacer.

Quería llamarla, decirle que la quería, oírla decir que ella también lo quería; pero Ashley no haría eso, ahora no, aún no. Hacía bien en estar enfadada con él; qué idiota había sido, casi lo había echado todo a perder. Dios santo, ¿por qué se había comportado de un modo tan estúpido con aquel policía?

Arrancó el coche y la radio se encendió. Las ocho. Las noticias de la emisora local. Después, una información sobre Tony Blair y la Unión Europea. Luego se le tensaron los oídos al escuchar que el animado locutor decía: «La policía de Sussex ha intensificado la búsqueda del promotor inmobiliario de Brighton Michael Harrison. Su prometida, Ashley Harper, y sus invitados han sufrido un desengaño terrible cuando no se ha presentado a la boda programada para esta tarde en la iglesia de Todos los Santos, en Patcham, lo cual confirma las sospechas de que está imposibilitado debido a una broma que le gastaron en la despedida de soltero y que acabó con la vida de cuatro de sus mejores amigos. El comisario Roy Grace, del Departamento de Investigación Criminal de Sussex, que se ha hecho cargo de la investigación sobre el paradero de Michael Harrison, ha dicho esta mañana que la policía ha elevado esta desaparición a la categoría de investigación principal».

Mark subió más el volumen de la radio y oyó la voz del comisario.

– Creemos que Michael Harrison podría ser la víctima de una broma que ha acabado en tragedia y rogamos a todas aquellas personas que crean disponer de información sobre los acontecimientos sucedidos el martes por la noche que se pongan en contacto urgentemente con el centro de investigaciones del Departamento de Investigación Criminal de Sussex.

A Mark se le nubló la vista; todo el aparcamiento parecía vibrar y oía un pitido, como si se encontrara en un avión en pleno despegue o sumergido en el fondo del mar. Se tapó la nariz, sopló y se le destaparon los oídos. Tenía las manos sudadas; luego se dio cuenta de que tenía todo el cuerpo sudado. Notaba las gotas de agua deslizándose por su piel.

«Respira hondo», recordó. Era el modo de combatir la ansiedad. Ashley se lo había enseñado justo antes de ir a ver a un cliente especialmente difícil.

Así que se quedó sentado en el coche a la luz del atardecer, escuchando los fuertes latidos de su corazón, y respiró hondo.

Durante un buen rato.

Capítulo 53

Una vez que se elevaba un caso -como un asesinato, un secuestro, una violación, un robo a mano armada, un fraude o una desaparición- a la categoría de investigación principal, se le asignaba una palabra clave.

Ahora todos los casos importantes se coordinaban desde la central del Departamento de Investigación Criminal de Sussex, razón por la cual a las ocho y veinte de un sábado por la noche, cuando la mayoría de las personas normales que tenían vida propia estaban en su casa o pasándolo bien, Roy Grace, que ahora dirigía oficialmente la investigación, se encontraba subiendo las escaleras de Sussex House, pasando por delante de las fotografías enmarcadas de los miembros clave del equipo y de las porras colgadas en las paredes.

Tomó la decisión -y las medidas adecuadas al respecto- de elevar la investigación de la desaparición de Michael Harrison a la categoría de investigación principal a los pocos minutos de marcharse de la casa de Gill Harrison. Había sido una decisión importante, que suponía una gran inversión de tiempo y dinero, una decisión que tendría que justificar ante el director y Alison Vosper. No había ninguna duda de que sería una situación complicada -ya podía imaginar algunas de las preguntas mordaces que le formularían.

El detective Nick Nicholl y la sargento Bella Moy, cuyos planes para la noche del sábado ya se habían fastidiado de todos modos, iban hacia allí, junto con la nueva incorporación al equipo, Emma-Jane Boutwood, y llevaban consigo todo lo que tenían en el centro de investigación de la comisaría de Brighton -que no era mucho, por el momento.

Entró en la Unidad de Investigaciones Principales y cruzó la zona de moqueta verde flanqueada de mesas donde se sentaban las ayudantes de gestión de los policías de alto rango del Departamento de Investigación Criminal. Cada uno de estos policías tenía su propio despacho alrededor de esta zona, con su nombre impreso en la puerta en una tarjeta fotocromática azul y amarilla.

A su izquierda, a través de una ancha cristalera, vio el impresionante despacho del hombre que técnicamente era su jefe inmediato -aunque en la práctica lo era Alison Vosper-, el director Gary Weston. Se conocían desde hacía mucho tiempo: los emparejaron cuando Grace entró en el Departamento de Investigación Criminal como agente novato y Weston tampoco tenía mucha más experiencia.

Tan sólo se llevaban un mes, y Grace se preguntaba, a veces con cierta envidia, cómo Gary había logrado un ascenso tan meteórico comparado con él, y estaba claro que acabaría muy pronto de jefe de la policía en algún lugar de Gran Bretaña; aunque, en el fondo, conocía la respuesta. No era porque Gary Weston fuera mejor policía o estuviera mejor preparado académicamente -habían estado juntos en muchos de los mismos cursos avanzados-; sencillamente era porque a Gary siempre se le daría mejor la política que a él. No sentía celos de su ex compañero por aquello -seguían siendo buenos amigos-, pero nunca podría ser como él, nunca podría callarse sus opiniones tal como Gary tenía que hacer tan a menudo.

Eran las ocho y media de un sábado por la tarde y no había rastro de Gary en su despacho. El director sabía vivir bien, podía combinar familia, placer y trabajo con facilidad.

Las fotografías enmarcadas de galgos y pura sangres que flanqueaban las paredes eran una prueba de su pasión por las carreras, y las fotografías de su atractiva mujer y sus cuatro hijos pequeños colocadas estratégicamente en cada superficie no dejaban ninguna duda a los que visitaban su despacho de cuáles eran sus prioridades en la vida.

Seguramente, esta noche Gray estaría en una carrera de galgos, imaginó Grace. Cenando animadamente con su esposa y sus amigos, apostando, relajándose, esperando con ganas que llegara el domingo para pasarlo en familia. Vio el reflejo espectral de su propia cara en el cristal y siguió caminando por la sala desierta. Pasó por delante de las luces de mensajes que parpadeaban en las mesas, los faxes silenciosos y los protectores de pantalla, con sus dibujos de curvas eternas. A veces -en momentos así, en los que se sentía tan desconectado del mundo real-, se preguntaba si ser un fantasma era aquello: pasar sin rumbo y sin ser visto por delante de las vidas de los demás.

Después de acercar la tarjeta de seguridad al panel que había al fondo de la sala, empujó la puerta y entró en un pasillo largo, silencioso, con moqueta gris, que olía a recién pintado. Pasó por delante de un gran tablón de anuncios de fieltro rojo titulado «Operación Lisboa» debajo del cual había la foto de un hombre oriental, con barba rala, rodeado de diversas fotografías diferentes, cada una con un círculo rojo, de la playa rocosa que había al pie de los altos acantilados de Beachy Heat, un lugar de belleza excepcional.

Habían hallado el cuerpo de aquel hombre sin identificar al pie del acantilado hacía cuatro semanas. Al principio, supusieron que era otro suicida que había saltado al vacío, hasta que la autopsia reveló al patólogo que ya estaba muerto cuando cayó.

En la pared de enfrente estaba la «Operación Cormorán», con una fotografía de una hermosa joven morena a la que habían encontrado violada y estrangulada en las afueras de Brighton.

Grace pasó por el despacho del equipo externo de investigación, que estaba a la izquierda. Era una sala grande donde los detectives llamados para ocuparse de casos importantes establecían su centro de operaciones mientras duraba la investigación. Luego cruzó la puerta que había justo enfrente, identificada como «Intel uno».

El despacho de Inteligencia era el nuevo centro neurálgico para todos los casos importantes. Al entrar, todo parecía nuevo, olía a nuevo, incluso la actitud de las personas que trabajan allí -salvo que esta noche había un nítido aroma a comida china. A pesar de las ventanas opacas demasiado altas para asomarse, la sala, con sus paredes blancas recién pintadas, era espaciosa, tenía mucha luz, daba buenas vibraciones y era muy distinta al bullicio caótico de los centros de investigaciones con el que Grace había crecido.

Tenía un aire casi futurista, como si pudiera albergar tranquilamente el centro de control de Houston; era una sala grande en forma de ele, dividida en tres espacios de trabajo principales, cada uno con una mesa curva de madera con sitio para ocho personas y pizarras blancas enormes, una titulada «Operación Cormorán», otra «Operación Lisboa» y otra «Operación Ventisca», cada una cubierta de fotografías de la escena del crimen y gráficos de las evoluciones. Pronto habría otra titulada «Operación Salsa», el nombre elegido al azar y que el ordenador de la central de la policía en Scotland Yard había asignado al caso de Michael Harrison.

En su mayoría, los nombres no guardaban ninguna relación con las investigaciones y de vez en cuando había que cambiarlo. Recordaba una vez en la que habían asignado el nombre «Operación Caucásico» a la investigación sobre un hombre negro al que habían hallado descuartizado en el maletero de un coche. Lo habían cambiado por otro menos controvertido; pero con la operación Salsa, el estúpido ordenador había dado en el clavo por azar. Grace tenía la sensación muy definida de estar participando en un espectáculo de variedades.

A diferencia de las zonas de trabajo de la mayoría de las comisarías de policía, no había rastro de efectos personales en las mesas o en las paredes. Ni fotos de la familia, ni pelotas de fútbol, ni listas de partidos de rugby, ni tiras cómicas graciosas. Todos y cada uno de los objetos de esta sala, aparte de los muebles y el equipo informático, estaban relacionados con los casos que se investigaban; aparte del Pot Noodle que comía con un tenedor de plástico el detective Michael Cowan, de pelo largo y aspecto de cansado, al fondo de uno de las zonas de trabajo.

En otra zona, pegado a una pantalla de ordenador plana, con un vaso de coca-cola en la mano, estaba sentado Jason Piette, uno de los inspectores más astutos con los que había trabajado Grace. Apostaría encantado a que algún día a Piette lo nombraban jefe de la Met, el mejor puesto en la policía del país.

Cada una de las zonas de trabajo estaba integrada por un reducido equipo, compuesto por un director, que normalmente era un sargento o un inspector, un supervisor de sistema, que normalmente era un agente de rango inferior, un analista, un «indexador» y un mecanógrafo.

Michael Cowan, que llevaba una camisa holgada de cuadros y unos vaqueros, saludó a Grace con cordialidad.

– ¿Qué tal, Roy? Vas un poco elegante.

– He pensado en arreglarme para vosotros, chicos. Obviamente, no tendría que haberme molestado.

– ¡Sí, sí!

– ¿Qué es esa mierda que estás comiendo? -respondió Grace-. ¿Tienes idea de lo que lleva esa cosa?

Michael Cowan puso los ojos en blanco, sonriendo.

– Productos químicos, me dan fuerzas.

Grace meneó la cabeza con desaprobación.

– Aquí dentro huele a comida china para llevar.

Cowan movió la cabeza hacia arriba y señaló la pizarra blanca que había a su lado, titulada «Operación Lisboa».

– Sí, bueno, puedes relevarme de mi problema chino cuando te apetezca. He tenido que cancelar una cita con polvo seguro para estar aquí.

– Me cambio por ti encantado -dijo Grace.

Michael Cowan lo miró con mucha curiosidad.

– Cuenta.

– Mejor no saberlo, créeme.

– ¿Tan malo es?

– Peor.

Capítulo 54

A la luz de los faros, Mark vio un grupo de coronas en el arcén de la carretera, en el vértice de una curva a la derecha. Algunas estaban sobre la hierba, otras apoyadas en un árbol y el resto, en un seto. Había algunas más que la última vez que había pasado por allí.

Levantó el pie del acelerador y avanzó muy lentamente mientras un escalofrío le atravesaba el cuerpo, hasta muy adentro, muy dentro del alma. Siguió mirándolas mientras las perdía de vista en el resplandor de las luces traseras, hasta que desaparecieron en la oscuridad, en la noche; desaparecieron, se esfumaron, nunca habían estado allí. Josh, Pete, Luke, Robbo.

También él, si el avión no hubiera salido con retraso.

Entonces, por supuesto, el problema habría sido otro. Con la carne de gallina, pisó el acelerador. Quería largarse de allí, aquel lugar le ponía los pelos de punta. El móvil vibró, luego comenzó a sonar. El número de Ashley apareció en el panel del salpicadero.

Contestó con el manos libres, contento de escucharla, terriblemente necesitado de compañía.

– Hola.

– ¿Y bien? -Su voz sonaba tan glacial como cuando se había marchado del piso.

– Voy para allá.

– ¿Todavía no has ido?

– Tenía que esperar a que oscureciera. Creo que no deberíamos hablar por el móvil. ¿Voy a verte cuando vuelva?

– Eso sí que sería una estupidez, Mark.

– Sí. Yo… Yo… ¿Cómo está Gill?

– Afectada. ¿Cómo esperas que esté?

– Ya.

– ¿Ya? ¿Te encuentras bien?

– Más o menos.

– ¿Ya se te ha pasado la borrachera?

– Claro -contestó de mal humor.

– No lo parece.

– No estoy bien, ¿vale?

– Vale, pero ¿vas a hacerlo?

– Es lo que acordamos.

– ¿Me llamarás después?

– Claro.

Colgó. Había niebla y una película de humedad cubría el parabrisas. Los limpiaparabrisas se movieron dos veces, las escobillas de goma chirriaron. Los desactivó. Los arbustos al fondo del bosque le resultaban familiares, así que redujo, no quería pasarse la salida.

Unos momentos después, cruzó el primer guardaganado, luego el segundo, las luces de los faros iluminaban la niebla como láseres gemelos, el coche daba bandazos en el sendero lleno de baches mientras aceleraba. Conducía demasiado deprisa, le daban miedo los árboles, que parecían inclinarse amenazadores a su paso, y miraba el retrovisor, por si acaso…

«¿Por si acaso, qué, exactamente?»

Ya se estaba acercando. Un murmullo suave de gente charlando en la radio lo distrajo y la apagó, vagamente consciente de que se le estaba acelerando la respiración, de que el sudor seguía bajándole por las sienes, por la espalda. El capó del coche descendió abruptamente cuando las ruedas delanteras se sumergieron en un charco y el agua salpicó el parabrisas como guijarros. Tras volver a accionar los limpiaparabrisas, frenó del todo. Dios santo, era hondo; no se había dado cuenta de lo mucho que había llovido desde la última vez que había estado aquí. Y entonces… «Mierda, mierda, ¡no!»

Las ruedas habían perdido tracción en el barro.

Al pisar el acelerador con más fuerza, el BMW vibró, se deslizó unos centímetros hacia un lado y luego volvió a retroceder.

«¡Dios mío, no!»

No podía quedarse atascado, no podía, no podía. ¿Cómo coño podría explicarlo, a las diez y media de la noche, aquí?

«Respira hondo…»

Respiró y asustado miró afuera, a la oscuridad; todas las sombras que tenía delante, al lado, debajo. Luego pulsó el botón del cierre centralizado, oyó el clic, pero no se sintió mejor. Después encendió la luz interior y miró los controles. Había ajustes para condiciones todoterreno, una marcha reductora, un bloqueo del diferencial central; los había visto un centenar de veces y jamás se había molestado en leer las instrucciones.

Se inclinó hacia delante y sacó el manual de la guantera, repasó el índice frenéticamente y fue a las páginas relevantes. Empujó una palanca, pulsó un botón, dejó el libro a su lado y pisó con cautela el acelerador. El coche dio un bandazo y, luego, para su alivio, salió disparado hacia delante.

Siguió conduciendo a una velocidad constante de quince kilómetros por hora. El coche, mucho más seguro, ahora avanzaba por los charcos como si se moviera sobre una cinta transportadora. Luego tomó el desvío a la derecha que lo llevaría al claro. Un conejito saltó delante de él, se dio la vuelta y se fue, luego correteó hacia él y desapareció debajo del coche. No tenía ni idea de si lo había atropellado, ni le importaba, tan sólo quería seguir adelante, mantener la velocidad, el impulso, agarrarse al barro.

Ahora tenía enfrente el pequeño claro de musgo y hierbajos; para su alivio, la plancha de hierro ondulado debajo del camuflaje de plantas arrancadas con que la había tapado seguía en su lugar.

Condujo hasta la tierra relativamente firme, no quería arriesgarse a que el coche se hundiera en el barro otra vez mientras estaba aparcado, y apagó el motor, pero dejó las luces largas encendidas. Se puso las botas de agua nuevas, cogió la linterna y pisó la tierra empantanada.

Hubo un instante de silencio total. Luego un levé susurro en la maleza hizo que se diera la vuelta, y clavó, asustado, la luz de la linterna en el bosque. Aguantando la respiración, oyó un crujido, luego un ruido similar a una moneda en una lata y un gran faisán salió a toda velocidad y con torpeza de entre los árboles.

Movió la luz de derecha a izquierda, muerto de miedo, abrió la puerta posterior del coche, se puso los guantes de goma, sacó las herramientas que había comprado y las llevó al borde de la tumba.

Se quedó quieto unos momentos, mirando la plancha de hierro ondulado, escuchando. El motor del coche soltó un silbido. A su alrededor, en el bosque, caían gotas de agua, pero aparte de eso, sólo había silencio. Un silencio absoluto. Un caracol se había pegado al hierro ondulado: su caparazón subiendo como un percebe en un naufragio. Bien, la plancha parecía llevar años allí sin que nadie la hubiera tocado.

Después de dejar las herramientas y la linterna en la hierba mojada, agarró un extremo de la plancha y la retiró. La tumba apareció como si fuera una grieta oscura de un glaciar. Cogió la linterna y se levantó, pero permaneció inmóvil en el sitio, intentando reunir el valor para continuar.

Como si Michael pudiera estar ahí dentro agazapado, listo para agarrarle.

Despacio, pasito a pasito, se acercó al borde. Luego, en una ofensiva precipitada, apuntó la luz al hueco largo y rectangular.

Soltó el aire.

Todo estaba como lo había dejado. La tierra aún amontonada, intacta. Se quedó mirando unos momentos, el sentimiento de culpa lo paralizaba.

– Lo siento, socio -susurró-. Yo…

No había nada que decir. Regresó al coche y apagó las luces. No tenía sentido anunciar su presencia, por si acaso había alguien en el bosque a estas horas, lo cual dudaba, pero nunca se sabía.

Tuvo que cavar intensamente durante una hora antes de que la pala diera con la madera de la tapa del ataúd. Había mucha más tierra de lo que pensaba -vale, había añadido un poco más la otra noche, pero aun así… Siguió sacando tierra hasta que vio con claridad toda la tapa y los tornillos de latón en cada esquina. El minúsculo agujero donde estaba el tubo para respirar, que había cubierto de tierra, era más ancho; ¿parecía un poco mayor o eran imaginaciones suyas?

Alargando el brazo, dejó la pala en el suelo, cogió el destornillador y se puso a desenroscar cada uno de los tornillos, Luego, llegó la parte que no había planeado del todo: el ataúd encajaba a la perfección en el agujero y no había espacio a los lados; el único lugar donde colocarse era encima de la tapa y eso hacía que fuera imposible levantarla.

Salió, cogió la linterna con los dientes, todavía con el destornillador en la mano, se arrodilló, avanzó sobre el borde de la tumba y alargó los brazos hacia abajo. Podía tocar la tapa del ataúd con facilidad.

Luego se echó a temblar. ¿Qué diablos iba a encontrar? Se sacó la linterna de la boca y dijo:

– ¿Michael? -Luego más fuerte-. ¿Michael? ¿Hola? ¿Michael?

Entonces dio varios golpes en la tapa con el mango del destornillador -aunque sabía que si Michael estaba vivo, y consciente, habría oído sus pasos y la pala escarbando en la tapa. Salvo que quizá estuviera demasiado débil para responder.

Si es que aún estaba vivo.

Lo cual estaba por ver. Ya habían pasado cuatro días, y estaba claro que no tenía aire. Volvió a meterse la linterna en la boca y apretó con fuerza los dientes. Tenía que hacerlo. Tenía que hacerlo, joder. Tenía que estar aquí para recuperar la puta Palm de Michael. Algún día alguien encontraría la tumba y la abriría y hallaría el cuerpo y encontraría la puta Palm con todos los mensajes; entonces, ese poli, el comisario Graves o cómo se llamara, hallaría el mensaje que le había mandado a Michael el lunes, en el que le decía que le tenían preparada una buena y en el que le daba pistas crípticas, demasiado oscuras como para que Michael descubriera lo que iban a hacerle, pero que para el poli serían muy reveladoras.

Mark deslizó la hoja del destornillador debajo de la tapa, luego la levantó unos centímetros, hasta que pudo meter los dedos. Aguantando con la mano izquierda, dejó el destornillador en el suelo, encima de él; luego levantó la pesada tapa tanto como pudo, casi sin ver el agujero profundo, irregular, que habían escarbado por dentro.

Vio el resplandor trémulo de las gotas oscuras, los restos empapados de una revista que flotaba en la superficie, unos pechos grandes y desnudos visibles a la luz brillante.

Mark gritó y la linterna le cayó de la boca, se hundió en el agua y golpeó el fondo del ataúd con un ruido sordo.

No había nadie.

Capítulo 55

La tapa cayó con un estallido parecido a un disparo. Mark se levantó con dificultad, se tropezó y aterrizó en el suelo despatarrado. Se puso de rodillas y giró 360 grados. Escudriñó la oscuridad, lloriqueando, jadeando, el pánico le agarrotaba el cerebro, se preguntaba hacia dónde debía correr. ¿Hacia el coche? ¿Hacia el bosque?

«Dios bendito. Jesús. Jesús.»

Aún a cuatro patas, se apartó de la tumba y volvió a dar un giro completo. ¿Estaba Michael ahí fuera, vigilándole, a punto de atacar?

¿A punto de cegarle con la luz de una linterna?

Se levantó y corrió hacia el coche, abrió la puerta con brusquedad, se subió dentro y las putas luces interiores se encendieron, ¡y le iluminaron! Cerró la puerta de golpe, pulsó el botón del cierre centralizado, giró la llave en el contacto, metió la primera, puso las luces y pisó a fondo el acelerador. El coche giró y dibujó un arco ancho, las luces atravesaron los árboles, las sombras saltaban y se desvanecían. Siguió describiendo un círculo, luego otro, luego un tercero.

«Dios santo.»

¿Qué coño había pasado?

No tenía la puta Palm. Tenía que volver y comprobarlo. Tenía que hacerlo.

¿Cómo coño había podido…?¿Cómo había podido salir? ¿Atornillado la tapa de nuevo? ¿Echado la tierra encima?

A menos que nunca hubiera estado allí dentro, pero si no había estado allí dentro, ¿por qué no se presentó a la boda?

Los pensamientos se agolpaban en su cabeza. Todos revueltos. Quería llamar a Ashley y, sí, claro, sabía perfectamente qué le preguntaría primero.

«¿Tienes la Palm?»

Se acercó con el coche al borde de la tumba y se quedó sentado en el vehículo, esperando, observando. Luego abrió la puerta, se bajó de un salto, se tumbó boca abajo y, sin molestarse en arremangarse la sudadera, hundió las manos en el agua fría. Tocó el fondo suave de satén. Notó los laterales acolchados, luego otra vez el fondo. Encontró la linterna y la sacó. Ya no funcionaba. Sus manos dieron con algo pequeño, redondo, metálico; lo cogieron, también lo sacó y lo sostuvo a la luz de los faros. Parecía el tapón de una botella de whisky.

Se volvió y miró asustado al bosque que lo rodeaba. Luego, volvió a hundir los brazos en el ataúd y lo repasó de un extremo al otro. La página empapada de una revista se le quedó enrollada en la mano. Nada más. Nada de nada. La puta caja estaba vacía.

Se levantó, volvió a colocar en su sitio la plancha de hierro ondulado, echó cuatro hierbas por encima y, luego, regresó a la seguridad de su coche. Dio un portazo y volvió a pulsar el botón del cierre centralizado. Entonces, dio la vuelta y bajó por el sendero, acelerando mucho, pasando por baches y charcos hasta que cruzó los dos guardaganados y llegó a la carretera principal.

Después, activó el bloqueo del diferencial, volvió a las marchas normales y regresó a Brighton, mirando por el retrovisor, asustándose cada vez que veía unos faros tras él. Se moría por llamar a Ashley, pero estaba demasiado confuso como para saber qué decirle.

¿Dónde coño estaba Michael?

¿Dónde?

¿Dónde?

Volvió a pasar por delante de las coronas y miró el resplandor naranja del salpicadero, luego la carretera, luego el retrovisor. ¿Habían sido imaginaciones suyas? ¿Una alucinación? «Vamos, chicos, ¿cuál es vuestro secreto? ¿Qué sabéis que yo no sepa? ¿Enterrasteis un ataúd vacío? Vale, entonces, ¿qué hicisteis con Michael?»

Mientras seguía conduciendo, comenzó a calmarse un poquito, a pensar con mayor claridad, convenciéndose de que ahora aquello no era importante. Michael no estaba allí. No había ningún cadáver. Nadie llevaba nada encima.

Sujetando el volante con las rodillas, se quitó los guantes de goma y los lanzó al suelo del asiento del copiloto. Todo aquello era típico de Michael, por supuesto. Llevaba su firma. Michael el bromista. ¿Lo había planeado todo él?

¿Y se había perdido su boda?

Pensamientos disparatados le cruzaban ahora por la mente. ¿Se había enterado Michael de lo suyo con Ashley? ¿Formaba parte todo esto de su venganza? Se conocían desde hacía mucho tiempo. Desde los trece años. Michael era un tipo listo, pero tenía su propio modo de enfrentarse a los problemas. Era posible que se hubiera enterado; aunque él y Ashley habían tenido muchísimo cuidado.

Mientras conducía, se puso a recordar el día en el que Ashley había ido a la oficina por primera vez en respuesta a un anuncio que publicaron en el Argus buscando una secretaria personal. Había entrado, tan lista, tan guapa, a años luz de todas las demás a las que habían entrevistado antes y después. Jugaba en una liga totalmente distinta.

Mark acababa de romper una relación larga y era libre, y Ashley le gustó como ninguna otra chica antes. Conectaron desde el primer momento, aunque Michael no pareció enterarse. Cuando hacía dos semanas que trabajaba para ellos, sin que Michael lo supiera, comenzaron a acostarse.

A los dos meses de su relación en secreto, Ashley le contó que Michael bebía los vientos por ella y que la había invitado a cenar. ¿Qué debía hacer?

Mark se enfadó, pero no se lo mostró a Ashley. Toda su vida, desde que conocía a Michael, había vivido a su sombra. Era Michael quien siempre atraía a las chicas más guapas en las fiestas y quien con sus encantos había logrado convencer al director de su banco para que le concediera un préstamo y pudiera comprar la primera propiedad abandonada, con la que había obtenido grandes rendimientos, mientras Mark salía adelante penosamente con un salario exiguo en una pequeña teneduría.

Cuando decidieron montar un negocio juntos, Michael era quien tenía el dinero para invertir en él y por eso se llevó dos terceras partes de las acciones. Ahora su negocio valía varios millones de libras. Y Michael era el dueño de la mejor parte.

Cuando Ashley entró en la oficina aquel día, fue la primera vez que una mujer lo miraba primero a él.

Y entonces ese mierda se atrevió a pedirle salir.

Lo que sucedió luego fue idea de Ashley. Lo único que tenía que hacer era casarse con Michael y luego urdir el divorcio. Tenderle una trampa con una puta y grabarlo con una cámara oculta. Se conformaría con la mitad de sus acciones y con el 33 por ciento de Mark conseguirían la participación mayoritaria. El control de la empresa. Adiós, Michael.

Un plan sencillo, en realidad.

El asesinato nunca entró en sus planes.

Capítulo 56

Ashley, envuelta en un albornoz blanco, el pelo suelto sobre los hombros, abrió la puerta de su casa y se quedó mirando la figura salpicada de barro de Mark con una mezcla de incredulidad e ira.

– ¿Estás loco? ¿Cómo te presentas aquí? -dijo a modo de saludo-. Y a estas horas. ¡Son las doce y veinte, Mark!

– Tenía que venir. No podía arriesgarme a llamarte. Tenemos que hablar.

Asustada por el tono desesperado de su voz, Ashley transigió, después de salir afuera y mirar detenidamente la calle tranquila a ambos lados.

– ¿No te han seguido?

– No.

Le miró los pies.

– Mark, ¿qué diablos estás haciendo? ¡Mírate las botas!

Mark bajó la vista a las botas más que sucias, se las quitó y las entró. Aún con ellas en la mano, se quedó en el salón abierto, observando las luces que parpadeaban en el equipo de música silencioso colgado en la pared.

Tras cerrar la puerta, Ashley se quedó mirándolo asustada.

– Qué mal aspecto tienes.

– Necesito un trago.

– Creo que hoy ya has bebido suficiente.

– Ahora estoy demasiado sobrio, joder.

– ¿Qué quieres? ¿Un whisky? -le preguntó mientras le ayudaba a quitarse el anorak.

– Balvenie, si tienes. Si no, lo que sea.

– Tienes que bañarte. -Ashley se dirigió a la cocina-. Bueno, cuéntame, ¿ha sido horrible? ¿Tienes la Palm?

– Tenemos un problema.

Ashley se volvió como si le hubieran disparado.

– ¿Qué clase de problema?

Mark la miró indeciso.

– No estaba.

– ¿No estaba?

– No…, no…, no lo sé. No…

– ¿Quieres decir que Michael no estaba? ¿Que el ataúd no estaba?

Mark le contó lo que había pasado. La primera reacción de Ashley fue ir a cada una de las ventanas y bajar las persianas totalmente, luego le sirvió un whisky y se preparó un café para ella. Luego, se sentaron uno frente al otro en los dos sofás.

– ¿Es posible que te equivocaras de sitio?

– ¿Qué quieres decir? ¿Que hubiera dos ataúdes distintos? No. Fui yo quien sugirió ese lugar. Íbamos a dejarle con una revista porno y una botella de whisky. Las dos cosas estaban ahí dentro. Bueno, el tapón de la botella.

– ¿Y la tapa del ataúd estaba atornillada, con tierra encima?

Sujetando el café con las dos manos, Ashley sopló para apartar el humo y bebió un sorbo. Mark observó cómo se le abría el albornoz y asomaba parte de sus grandes pechos blancos. Y la deseó, ahora, a pesar de todo, a pesar del pánico; sólo deseaba estrecharla entre sus brazos y hacerle el amor.

– Sí… Estaba exactamente como estaba el jueves, cuando…

– ¿Sacaste el tubo para respirar?

Bebió un trago de whisky. Ahora Ashley le ofrecía una sonrisa comprensiva. Quizás al menos podría lograr quedarse una hora o dos. Hacer el amor. Necesitaba librarse de aquella pesadilla.

Luego, se le ensombreció el rostro.

– ¿Estás seguro de que estaba ahí dentro cuando sacaste el tubo?

– Por supuesto que estaba ahí dentro, joder. Le oí gritar. ¡Dios santo!

– ¿No fueron imaginaciones tuyas?

– ¿Oírle gritar, imaginaciones mías?

– Estabas bastante mal.

– Tú también lo habrías estado. Era mi socio. Mi mejor amigo. No soy un asesino, joder. Yo…

Ella le lanzó una mirada tremendamente cínica.

– Sólo hago esto… porque… porque te quiero, Ashley.

Bebió más whisky.

– En estos momentos, podría estar ahí fuera -dijo ella-. Merodeando en la oscuridad, vigilando, ¿no?

Mark meneó la cabeza.

– No lo sé. Si no estaba en el ataúd, ¿por qué no fue a la boda? Pero sí estaba, o al menos alguien había. La tapa tiene marcas por dentro; alguien había intentado salir rascándola.

Ashley encajó la noticia sin inmutarse.

– Quizá sepa lo nuestro, no se me ocurre nada más. Que sepa lo nuestro, mierda.

– No lo sabe -dijo Ashley-. No tiene ni idea. Me hablaba mucho sobre ti, sobre lo mucho que querías sentar la cabeza con la mujer adecuada y tener hijos, y que nunca parecías capaz de encontrar una novia formal.

– Genial, siempre alimentando mi ego.

– No lo decía para mal, Mark. Se preocupa por ti.

– Cuánto lo defiendes.

– Es mi prometido.

– Muy gracioso.

Mark dejó su vaso en la mesita de café cuadrada, luego enterró la cara entre las manos.

– Tienes que calmarte. Vamos a analizar esto con lógica, ¿vale?

Aún con la cara entre las manos, Mark asintió.

– Michael estaba allí el jueves por la noche. Sacaste el tubo y tapaste el agujero, ¿sí?

Mark no hizo ningún comentario.

– Sabemos que le gusta gastar bromas. Así que, de algún modo, sale del ataúd y decide hacer que parezca que aún está allí dentro.

Mark la miró, abatido.

– Una gran broma. Así que está ahí fuera y sabe que saqué el tubo para respirar. Y sólo podría haber una razón por la que lo hice.

– Te equivocas. ¿Cómo podría saber que eras tú? Pudo ser cualquiera que caminara por el bosque.

– Vamos, Ashley, sé realista. ¿Alguien va caminando por el bosque, se tropieza con una tumba con un tubo para respirar saliendo del ataúd, quita el tubo y echa una tonelada más de tierra encima del ataúd?

– Sólo intento lanzar ideas.

Mark la miró y, de repente, se le ocurrió que quizás Ashley y Michael habían tramado aquello juntos. Para tenderle una trampa.

Luego pensó en todos los días y las noches que había pasado con Ashley durante los últimos meses, en las cosas que le había dicho, en cómo habían hecho el amor, planeado todo, y en el desdén con el que hablaba siempre de Michael; descartó aquella idea por completo.

– Otra idea -dijo Ashley-. Los otros, Pete, Luke, Josh y Robbo, sabían que ibas a llegar tarde. ¿Quizás iban a gastarte una broma a ti, con Michael, y les salió el tiro por la culata?

– Vale -dijo-. Incluso suponiendo que Michael no estuviera dentro de ese ataúd cuando fui allí, y que imaginé oírle gritar, ¿dónde coño está? ¿Dónde se ha metido desde el martes por la noche? ¿Por qué no se ha puesto en contacto con nadie? ¿Por qué no ha ido a la boda? ¿Puedes responderme a eso?

– No. A no ser que los otros os gastaran una broma a ti y a él, y esté atado o encerrado en algún otro lugar.

– ¿O se haya largado?

– No se ha largado -dijo Ashley-. Eso te lo digo yo.

– ¿Cómo estás tan segura?

Su mirada se posó en Mark.

– Porque me quiere. Me quiere mucho, de verdad. Por eso sé que no se ha largado. ¿Volviste a dejar todo como estaba?

Mark dudó, luego mintió; no quería admitir que había salido corriendo presa del pánico.

– Sí.

– Pues, o bien esperamos -dijo-, o lo encuentras y te encargas de él.

– ¿Que me encargue de él?

La mirada de Ashley lo decía todo.

– No soy un asesino, Ashley. Puedo ser un montón de cosas…

– Puede que no te quede más remedio, Mark. Piénsalo.

– No podrá acusarme de nada, demostrar nada. -Se quedó callado, pensando-. ¿Puedo esperar aquí?

Ashley se levantó y se acercó a él, le puso las manos en los hombros y le dio un suave masaje en la espalda. Luego, le dio un beso en el cuello.

– Me encantaría que te quedaras-susurró-, pero sería una locura. ¿Qué crees que parecería si se presentara Michael? ¿O la policía?

Mark volvió la cabeza e intentó besarla en los labios. Ella le permitió un beso rápido y se apartó.

– Vete -le dijo-. ¡Vamos! Encuentra a Michael, antes de que él te encuentre a ti.

– No puedo, Ashley.

– Sí, puedes. Ya lo hiciste el jueves por la noche. Puede que no funcionara, pero demostraste que podías hacerlo. Así que ve a hacerlo.

Mark caminó abatido hacia sus botas y Ashley le llevó el anorak empapado y lleno de barro.

– Debemos tener cuidado con lo que decimos por teléfono, la policía empieza a fisgonear. Deberíamos dar por sentado que los teléfonos están pinchados -dijo-. ¿De acuerdo?

– Buena idea.

– Hablamos por la mañana.

Mark abrió la puerta con cautela, como si esperara encontrar a Michael ahí fuera con una pistola o un cuchillo en la mano, pero sólo se topó con el resplandor de las farolas, el brillo apagado de los coches silenciosos y la quietud de la noche urbana interrumpida únicamente por los maullidos distantes de dos gatos peleando.

Capítulo 57

Un domingo cada dos meses, Roy Grace hacía algo especial con su ahijada de ocho años, Jaye Somers. Sus padres, Michael y Victoria, ambos policías, habían sido unos de los mejores amigos de él y de Sandy y le habían apoyado muchísimo en los años posteriores a la desaparición de ésta. Ellos y sus cuatro hijos, de edades comprendidas entre los dos y los once años, se habían convertido casi en su segunda familia.

Cuando había ido a recoger hoy a Jay, había tenido que decepcionarla al explicarle que sólo podría pasar un par de horas con ella porque tenía que volver al trabajo e intentar ayudar a alguien que estaba en apuros.

Nunca le contaba a Jaye con antelación qué harían, así que durante los primeros minutos del trayecto en coche ella siempre se divertía jugando a las adivinanzas.

– ¡Creo que hoy iremos a ver animales! -dijo Jaye.

– ¿Eso crees?

– Sí.

Era una niña bonita, de largo cabello rubio plateado, cara feliz y angelical y risa contagiosa. Hoy iba vestida muy elegante, como siempre, con un traje verde con adornos de encaje blancos y calzaba un diminuto par de deportivas rosas. A veces, las expresiones que usaba, y las cosas que decía, parecían propias de una persona mayor. Había momentos en los que Grace tenía la sensación de estar con una adulta en miniatura, no con una niña.

– ¿Por qué lo crees?

– Bueno, a ver.

Jaye se inclinó hacia delante y jugueteó con los diales de la radio del coche de Grace, seleccionó el CD y pulsó un número. Comenzó a sonar el primer corte de un disco de Blue.

– ¿Te gusta Blue?

– Me gustan los Scissor Sisters.

– ¿Sí?

– Molan. ¿Los conoces?

Grace recordó que a Glenn Branson le había dado por escucharlos.

– Claro.

– Estoy segura de que vamos a ver animales.

– ¿Qué clase de animales crees que vamos a ver?

La niña subió el volumen y movió los brazos al ritmo de la música.

– Jirafas.

– ¿Quieres ver jirafas?

– Las jirafas no sueñan demasiado -le informó.

– ¿No? ¿Hablas con las jirafas de sus sueños?

– Tenemos un proyecto en el cole sobre sueños de animales. Los perros sueñan mucho. Los gatos también.

– Pero ¿las jirafas no?

– No.

Grace sonrió.

– Vale, ¿y cómo lo sabes?

– Lo sé y punto.

– ¿Qué me dices de las llamas?

La niña se encogió de hombros.

Era una maravillosa mañana de finales de primavera, el sol brillaba y calentaba y los deslumbraba a través del parabrisas, y Grace sacó sus gafas de sol de la guantera. Había indicios, por lo menos hoy, de que el largo periodo de mal tiempo podría haber acabado. Y Jaye era una persona risueña, le encantaba su compañía. Normalmente, se olvidaba de sus problemas durante las preciosas horas que pasaba con ella.

– ¿Y qué más estáis haciendo en el cole?

– Cosas.

– ¿Qué tipo de cosas?

– En estos momentos, el cole me aburre.

Grace conducía con extrema cautela cuando llevaba a Jaye en el coche. Estaban alejándose despacio de Brighton en dirección al campo.

– La última vez que salimos me dijiste que te divertías mucho en el cole.

– Los maestros son tontos.

– ¿Todos?

– La señorita Dean no. Ella es buena.

– ¿Qué enseña?

– Sueños de jirafas.

Se echó a reír.

Grace se detuvo al ver que el tráfico hacía cola en una rotonda.

– ¿Es lo único que enseña?

Jaye se quedó callada un momento, luego dijo de repente:

– Mamá cree que tendrías que casarte otra vez.

– ¿Eso cree? -dijo Grace sorprendido.

Jaye asintió con firmeza.

– ¿Y tú qué crees?

– Creo que serías más feliz si tuvieras novia.

Llegaron a la rotonda. Grace tomó la segunda salida, hacia la carretera de circunvalación de Brighton.

– Bueno -dijo-, ¿quién sabe?

– ¿Por qué no tienes novia? -preguntó la niña.

– Porque… -Dudó-. Bueno, ya sabes, encontrar a la persona adecuada no es siempre tan fácil.

– Yo tengo novio -anunció Jaye.

– ¿Sí? Háblame de él.

– Se llama Justin. Va a mi clase. Me ha dicho que quiere casarse conmigo.

Grace la miró de reojo.

– ¿Y tú quieres casarte con él?

Ella negó con la cabeza enérgicamente.

– ¡Es repugnante!

– ¿Es tu novio, pero es repugnante? ¿Qué tipo de novio es ése?

– Estoy pensando en romper -dijo, muy seria.

Ésta era otra de las razones por las que a Grace le encantaba salir de excursión con Jaye, porque tenía la sensación de que la niña le mantenía en contacto con los jóvenes. Ahora, por un momento, se sentía totalmente perdido. ¿Había tenido él novia a los ocho años? Qué va…

Le sonó el móvil, guardado en el bolsillo portamapas de la puerta. Lo cogió y se lo llevó a la oreja en lugar de utilizar el manos libres por si acaso se trataba de una mala noticia que pudiera entristecer a Jaye.

– Roy Grace -dijo.

– ¿Hola? ¿Comisario Grace? -dijo una voz de chica.

– Sí, soy yo.

– Soy la detective Boutwood.

– ¿Emma-Jane? Hola, bienvenida al equipo.

Parecía nerviosa.

– Gracias. Estoy en Sussex House. El detective Nicholl me ha pedido que lo llamara. Hay novedades.

– Cuéntame.

– Bueno, señor, no son buenas noticias -dijo, aún más nerviosa ahora-. Unos excursionistas han encontrado un cadáver en Ashdown Forest, a unos tres kilómetros al este de Crowborough.

Justo en el corazón de la zona donde sospechaban que estaba Michael Harrison, pensó Grace al instante.

– Se trata de un hombre joven -continuó la detective-. De unos veintiocho a treinta y pico años. Parece que su descripción encaja con la de Michael Harrison.

– ¿En qué estado está? -dijo mirando a Jaye.

– No dispongo de esa información. El doctor Churchman va hacia allí. El detective Nicholl quiere saber si usted podrá ir.

Grace volvió a mirar a Jaye. No tenía más remedio.

– Estaré allí dentro de una hora.

– Gracias, señor.

– Mamá dice que la gente no debería hablar por el móvil mientras conduce -le informó Jaye cuando colgó-. Es muy peligroso.

– Tu mamá tiene mucha razón. Jaye, lo siento, voy a tener que llevarte a casa.

– Aún no hemos visto la jirafa.

Grace puso el intermitente para dejar la carretera en la siguiente salida y dar la vuelta.

– Lo siento. Hay un joven que ha desaparecido y debo ayudar a buscarle.

– ¿Puedo ayudar yo también?

– Esta vez no, Jaye, lo siento.

Cogió el teléfono y marcó el número de la casa de Jaye. Afortunadamente, sus padres estaban en casa. Grace le dio a su madre una versión resumida de los hechos y dio la vuelta. Le prometió que la recogería el domingo siguiente. Irían a ver una jirafa, sin falta.

Diez minutos después, cogida de la mano de Grace, Jaye se dirigió a la puerta de su casa. La decepción de la niña era palpable.

Grace se sentía fatal.

Capítulo 58

Un coche patrulla de la policía salpicado de barro esperaba en el arcén de la carretera principal, marcándole la entrada del sendero que llevaba al bosque. Grace se detuvo al lado y entonces el agente al volante le guio por el camino durante un kilómetro y medio largo.

El sendero anegado y lleno de baches apenas era transitable con su coche. El cárter rozaba el suelo y las ruedas delanteras resbalaban y giraban al perder tracción. El barro estallaba sobre el capó y salpicaba el parabrisas con grandes gotas marrones. Grace, que había llevado el Alfa a un túnel de lavado carísimo justo antes de pasar a recoger a Jaye, renegó. Entonces, unos tojos, que sonaron como si fueran clavos, rascaron el lateral. Volvió a renegar, más alto, nervioso, disgustado por haber decepcionado a Jaye, pero mucho más por las noticias sobre el cadáver.

«No tiene por qué ser Michael Harrison», pensó. No obstante, tenía que reconocer que era difícil no ver la coincidencia. Michael Harrison había sido visto por última vez en aquella zona. Ahora, aparecía un cuerpo que encajaba con su edad, estatura y constitución.

La cosa no pintaba bien.

Al doblar una curva, vio un grupo de vehículos enfrente y una cinta amarilla que acordonaba la escena del crimen. Había dos coches de policía, una furgoneta blanca del SOCO, una furgoneta verde sencilla -seguramente perteneciente a una funeraria- y un deportivo Lotus Elise descapotable que sabía que era de Nigel Churchman, el especialista patólogo de la ciudad aficionado a los juguetes. ¿Cómo había subido con eso hasta allí?

Se detuvo y abrió la puerta del coche, esperando que el hedor pegajoso a muerte le saturara la nariz, pero sólo percibió el olor a pino, flores, tierra, los aromas del bosque. Quienquiera que fuera no llevaba muerto mucho tiempo, pensó mientras se acercaba. Sus mocasines se hundieron al instante en la tierra cenagosa del bosque.

Sacó el traje blanco protector y los chanclos de una bolsa que guardaba en el maletero del coche, se los puso y se acercó, pasando por debajo de la cinta. Joe Tindall, también vestido con ropa blanca protectora y botas blancas, se volvió hacia él. Llevaba una gran cámara en la mano.

– ¡Hola! -lo saludó Grace-. ¡Menudo fin de semana estás teniendo!

– Lo mismo te digo -le contestó Tindall agriamente, señalando con la cabeza la maleza que se extendía detrás de él-. ¿Sabes que mi madre quería que fuera contable?

– Nunca te he imaginado obsesionado con los números -contestó Grace.

– Al parecer, la mayoría de los contables tienen vida propia -le replicó él.

– Pero ¿qué clase de vida?

– Una en la que logran pasar los domingos en casa con su mujer e hijos.

– Todas las personas con hijos que conozco -contestó Grace- se mueren por librarse de ellos durante el día. Sobre todo, los domingos. -Le dio una palmadita en el hombro a su compañero-. El domingo que a uno cura a otro lo mata.

Tindall señaló el cuerpo con la cabeza, apenas visible entre la densa maleza.

– Bueno, ése no ha tenido un buen domingo, lo mires por donde lo mires.

– Seguramente, no es la mejor metáfora, dadas las circunstancias -dijo Grace.

Se acercó al cadáver, que tenía una docena o más de moscas azules revoloteando encima. Churchman, un hombre guapo, en buena forma, de rostro aniñado, que llevaba puesto un mono blanco, estaba arrodillado junto a él, con una pequeña grabadora en la mano.

Grace vio a un joven rubio con un ligero sobrepeso y el pelo corto de punta. Llevaba una camisa de cuadros, vaqueros anchos y botas marrones. Estaba tumbado boca arriba, con la boca abierta y los ojos cerrados y tenía la piel amarillenta. Lucía un pequeño pendiente de oro en la oreja derecha. Los rasgos de su cara redonda, paralizada por la muerte, eran aniñados.

Intentó recordar las fotografías de Michael Harrison que había visto. El color del pelo era el mismo, las facciones podrían ser las suyas, pero le había parecido más guapo que éste. Asimismo, Grace sabía que el físico de las personas cambiaba cuando morían, al contraerse la piel y secarse la sangre.

Nigel Churchman lo miró.

– Hola, Roy. ¿Cómo estás? -le dijo.

– Bien, ¿y tú?

El patólogo asintió con la cabeza.

– ¿Qué tenemos?

– Todavía no estoy seguro, es demasiado pronto para decirlo.

Con las manos enguantadas levantó con cuidado la cabeza del joven. Grace tragó saliva cuando docenas de pequeñas moscas salieron volando furiosas. Había una herida profunda, irregular, en la parte trasera del cráneo, cubierta de pelo enmarañado y sangre oscura coagulada.

– Ha recibido un golpe violento con un objeto contundente -dijo Churchman. Luego, con su sentido del humor mordaz típico, añadió-: Ha sido muy perjudicial para su salud.

– ¿Sabes? Cada vez que te veo estás más enfermo.

Churchman esbozó una sonrisa amplia, como si fuera un cumplido.

– Hablas como mi mujer.

– Creía que te habías divorciado.

– Así es.

Los interrumpió un silbido agudo, un crujido y luego una voz que salió de la radio de uno de los policías que había detrás de él. Grace se volvió y vio que el agente le hablaba a la radio para dar un informe. Luego miró el cadáver, examinándolo con cuidado, fijándose de nuevo en la cara, la ropa, el reloj barato y la correa de plástico aún más barata. El brazalete de cuerda verde en la muñeca derecha. Movió la mano por encima de la cara del cadáver para ahuyentar las moscas. Sí, el cuerpo estaba en el lugar correcto, pero ¿podían tener la certeza de que se trataba de Michael Harrison?

– ¿No lleva nada encima? ¿Ni tarjeta de crédito ni documentación?

– No hemos encontrado nada.

Mirando al joven otra vez, Grace se preguntó si se habría vestido así para su despedida de soltero. La imagen que tenía de Michael Harrison era la de alguien mucho más elegante. Este hombre parecía un macarra; pero, fuera quien fuera, no merecía estar ahí, picoteado por las moscardas, con el cráneo hundido.

– ¿Alguna idea de cuánto tiempo lleva ahí? -preguntó Grace.

Churchman irguió todo su metro ochenta y dos de estatura.

– Es difícil de saber. No mucho. No hay rastro de infestación de larvas de primera generación, ni decoloración de la piel. Con el tiempo que hemos tenido, varios días seguidos de ambiente cálido y bochornoso, cabría esperar un deterioro rápido. Como máximo, lleva aquí veinticuatro horas, posiblemente menos.

A Grace, la cabeza le iba a mil por hora. Pensaba en todos los hombres jóvenes entre veinte y treinta años cuya desaparición se había denunciado en las últimas dos semanas. Conocía demasiado bien las estadísticas, de todos los años que había pasado buscando a Sandy. Sólo en Inglaterra desaparecían doscientas cincuenta mil personas al año. De éstas, a una tercera parte nadie volvía a verlas. Algunas estaban muertas y sus asesinos se habían deshecho de los cuerpos de un modo tan eficiente que jamás las encontrarían. Otras habían huido, más allá de lo que podían abarcar los mayores esfuerzos de la policía. Y, si no, se habían marchado al extranjero y habían cambiado de identidad.

A las manos de Grace sólo llegaba una mínima parte de los casos de personas desaparecidas: aquellas que se habían esfumado en circunstancias sospechosas; aquellos casos que la policía investigaba y el minúsculo porcentaje que le pedían que revisara.

La cronología de los hechos encajaba. El físico encajaba, más o menos. Más o menos. Sólo había un modo de averiguarlo.

– Llevémoslo al depósito -dijo-. A ver si alguien puede identificarlo.

Capítulo 59

Desnudo excepto por la toalla que llevaba alrededor de la cintura, Mark salió de la ducha y entró en el vestuario del gimnasio. Había sudado la gota gorda haciendo ejercicio, pero había sido un partido de tenis pésimo. Había jugado muy mal contra su oponente habitual de los domingos por la mañana, un banquero de inversiones mitad danés mitad americano de piel olivácea y determinación nervuda llamado Tobias Kormind. No solía vencer a Tobias, pero normalmente le ganaba un set. Hoy, distraído e incapaz de concentrarse, sólo había conseguido arañar un par de juegos en todo el partido.

A Mark le gustaba Tobias porque nunca había formado parte del reducido círculo de viejos amigos de Michael. Y Tobias, que tenía una mente creativa y buenos contactos en el mundo bancario de Londres, le había dado a Mark ideas inteligentes para ampliar Inmobiliaria Doble M más allá de los límites de Brighton y convertirla en un imperio inmobiliario internacional; pero Michael nunca había querido ni oír hablar del tema. Nunca vio motivo para arriesgarse. Él sólo quería continuar por el camino lento y pesado por el que avanzaban: urbanización tras urbanización, vendían una y luego pasaban a la siguiente.

Tobias le dio una palmadita amistosa en la espalda.

– Supongo que no tenías la cabeza para partidos esta mañana, ¿eh?

– Supongo que no, lo siento.

– Bueno, esta semana te han pasado cosas terribles. Has perdido a cuatro de tus mejores amigos y tu socio ha desaparecido. -Tobias, que estaba en pie y desnudo, se secó el pelo con la toalla enérgicamente-. ¿Qué está haciendo la policía? Tienes que estarles encima, ¿sabes? Insistirles, como hace todo el mundo. Seguramente, estarán hasta arriba de trabajo y reaccionarán mejor con la gente que los presiona.

Mark sonrió.

– Ashley es una chica muy tenaz. Les está haciendo pasar las de Caín.

– ¿Cómo está?

– Va tirando, más o menos. Ayer fue difícil para ella. Algunas personas a las que no había podido localizar fueron a la boda.

Tobias no conocía ni a Michael ni a Ashley, así que no pudo añadir mucho más.

– Pinta mal, si no se presentó a la boda.

Mark asintió e introdujo la llave en la puerta de la taquilla. Al abrirla, su móvil, que había guardado dentro, sonó dos veces. La pantalla le informó de que tenía cuatro mensajes de voz.

Tras disculparse con Tobias y alejarse de él unos pasos, los escuchó. El primero era de su madre. Le preguntaba si había novedades y le recordaba que no se retrasara para la comida de hoy domingo, ya que por la tarde iba a un concierto. El siguiente era de Ashley, y parecía preocupada: «¿Mark? ¿Mark? Bueno, supongo que estarás jugando. Llámame en cuanto escuches el mensaje». Luego, otro de Ashley: «Soy yo, otra vez». El cuarto también era de Ashley: «Mark…, por favor, llámame. Es muy urgente».

Alejándose aún más de Tobias, sintió que se ponía pálido. ¿Había aparecido Michael?

Se había pasado toda la noche pensando, intentando imaginar cómo había salido Michael del ataúd y qué le diría si se encaraba con él. ¿Se creería Michael que él no sabía nada del plan? Lo único que hacía falta era un mensaje en la Palm de Michael. Mark -y los otros- le habían mandado varios, en los que le tomaban el pelo sobre la despedida de soltero.

Llamó a Ashley, temiéndose lo peor. Parecía afligida y, al mismo tiempo, extrañamente formal -supuso que por si alguien había pinchado los teléfonos.

– Yo… No sé exactamente qué está pasando -dijo-. Hace una media hora me ha telefoneado una detective joven llamada Emma-Jane no sé qué, eh… -Se quedó callada un momento. Mark oyó un movimiento de papeles y luego su voz otra vez-. La detective Boutwood. Me ha preguntado si Michael llevaba un pendiente. Le he dicho que llevaba uno cuando empezamos a salir, pero que hice que se lo quitara porque creía que perjudicaba su imagen.

– Y tenías razón -contestó Mark.

– ¿Crees que se lo podría haber puesto para la despedida de soltero?

– Es posible. Ya sabes que siempre le ha gustado vestirse un poco macarra cuando sale. ¿Por qué?

– Acaba de llamarme otra vez esa detective. Han encontrado un cadáver que encaja con la descripción de Michael en el bosque que hay cerca de Crowborough.

Se echó a llorar. Era una gran actuación si alguien estaba escuchando su conversación.

– Dios santo -dijo Mark-. ¿Están seguros de que es él?

– No lo sé -dijo entre sollozos profundos y entrecortados-. Le han pedido a la madre de Michael que vaya al depósito a identificar el cadáver. Acaba de llamarme para pedirme que la acompañe. Quiere que vayamos en cuanto podamos.

– ¿Quieres que vaya?