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Sufrid pequeños

Peter Tremayne

En esta tercera entrega de la serie sobre sor Fidelma de Kildare, Tremayne nos traslada al espacio natural de la monja detective, la Irlanda del siglo VII, regida por sus peculiares leyes brehon y en la que la Iglesia celta permite la convivencia de hombres y mujeres en los monasterios. De hecho, el celibato no era un concepto muy popular por aquellos lares. En esta ocasión, Fidelma debe esclarecer la más que sospechosa muerte de un reputado erudito, el venerable Dacán, en la abadía de Ross Alitihir; una muerte que puede tener funestas consecuencias e incluso desencadenar una guerra entre los reinos de Laigin y Osraige. Sin embargo, todo parece indicar que hay algo más que una intriga política tras el asunto. Sor Fidelma deberá luchar contra el tiempo.

Peter Tremayne

Sufrid, pequeños

Nº 03 Serie Fidelma

Para mi viejo y gran amigo Christopher Lowder;

grácias a Arnold Bennett y al The Six Towns Magazine.

Dejad a los niños venir a Mí, y no se lo impidáis…

Mateo 19:14

No los temáis. Nada hay oculto que no deba ser descubierto, y nada secreto que no deba ser conocido.

Mateo 10,26

Nota histórica

Los dos anteriores misterios de Fidelma habían tenido lugar en el año 666 a.C., el primero en el sínodo de Whitby, en Northumbria, y el segundo en la ciudad de Roma. Ésta es la primera historia que se desarrolla totalmente en su ambiente. La mayoría de lectores percibirá la Irlanda del siglo VII como un lugar de lo más desconocido. Encontrará extraños los cinco reinos principales, sus reinos menores y las áreas de los clanes, con sus topónimos e, incluso, antropónimos. También le resultará desconocido el antiguo sistema social irlandés y sus leyes, las leyes del Fénechus, más conocidas popularmente como las leyes brehon (de breitheamh, «juez»). En cualquier caso, éste es el mundo de Fidelma, en el que espero que el lector se vaya introduciendo sin problemas.

Para ayudar a los lectores en cuanto a la localización geográfica, he proporcionado un mapa. También doy una lista con los personajes principales.

Por lo común, he evitado utilizar los nombres anacrónicos, por razones obvias, y he preferido emplear algunos términos modernos: por ejemplo, Tara, en vez de Teamhair, y Cashel, por Caiseal Muman; y Armagh en lugar de Ard Macha. Sin embargo, he sido fiel al nombre de «Muman», más que a la forma actual «Munster»; ésta surge cuando se añadió la palabra nórdica stadr (lugar) al nombre irlandés «Muman», en el siglo IX d.C., y luego se anglicanizó. También he mantenido el nombre originario «Laigin», en lugar de la forma anglicanizada «Laiginstadr», que en la actualidad corresponde a Leister.

En las historias anteriores, se han expuesto algunas de las diferencias existentes entre la Iglesia irlandesa, que recibe en general el nombre de Iglesia celta, y Roma. Ya ha quedado también claro que el concepto de celibato entre los religiosos no era popular en aquellos tiempos. Hay que recordar que, en la época de Fidelma, convivían personas de ambos sexos en las casas religiosas y a menudo se casaban entre sí. Es más, en aquel tiempo incluso los abades y obispos podían contraer matrimonio y, de hecho, muchos de ellos lo hacían. El conocimiento de este hecho resulta esencial para entender el mundo de Fidelma.

Esta historia se sitúa en el año 665 d.C.

Personajes Principales

Sor Fidelma de Kildare, dálaigh o abogado de los tribunales de Irlanda en el siglo VII

Cass, un miembro de la guardia personal del rey de Cashel

Cathal, el moribundo rey de Cashel

Colgú, tánaiste o presunto heredero de Cashel, y hermano de Fidelma

En Rae na Scríne:

Intat, bó-aire o magistrado local de los Corco Loígde

Sor Eisten, hermana al cargo de unos huérfanos

Cétach y Cosrach, niños hermanos

Cera y Ciar, niñas hermanas

Tressach, huérfano

En la abadía de Ros Ailithir:

Abad Brocc, primo de Fidelma

Hermano Conghus, aistreóir u ostiario

Hermano Rumann, fer-tighis o administrador de la abadía

Hermano Midach, médico principal

Hermano Tóla, ayudante del médico

Hermano Martan, el boticario

Sor Grella, bibliotecaria

Hermano Ségán, fer-leginn o profesor principal

Sor Necht, novicia y ayudante en el hostal

Hombres de los Corco Loígde:

Salbach, jefe del Corco Loígde

Scandlán, su primo y reyezuelo (petty king) de Osraige

Ross, capitán de un barc costero o velero

Hombres del reino de Laigin:

El venerable Dacán, el fallecido

Fianamail, el rey de Laigin

Forbassach, su brehon o juez

Abad Noé, hermano del venerable Dacán; abad de Fearna y consejero de Fianamail

Mugrón, capitán de un buque de guerra de Laigin

Midnat, un marinero de Laigin

Assíd de Uí Dego, un comerciante y capitán de marina de Laigin

En Sceilig Mhichil:

Padre Mel, superior del monasterio de Sceilig Mhichil

Hermano Febal, un monje

En el hogar de Molua:

Hermano Molua, al cargo de un orfanato

Sor Áíbnat, su esposa

En la gran asamblea:

Sechnassach, el Rey Supremo de Irlanda

Barrán, el gran brehon de Irlanda

Ultan, arzobispo de Armagh, principal apóstol de la fe

Capítulo I

La tormenta irrumpió con repentina violencia. Un relámpago blanco anunció el estallido de un trueno enojado y seguidamente empezó a caer una fuerte y gélida lluvia.

El caballo y su jinete acababan de salir del abrigo de un bosque y se detuvieron en una cresta a contemplar una llanura ancha y plana. El jinete era una mujer; iba vestida con una larga capa y una capucha parda de lana, gruesa y cálida que le envolvía y protegía el cuerpo del frío del otoño avanzado. La mujer levantó los ojos al cielo sin temer el frenesí de la tormenta. Las nubes eran de un color gris oscuro y daban vueltas cerca del suelo ocultando las cimas de la montaña lejana como si fuera neblina. Aquí y allá, unos pedazos de nubes más oscuros, negros y agoreros traían consigo el trueno amenazador.

La mujer parpadeaba cuando la lluvia fría le salpicaba el rostro; era tan helada que llegaba a producirle dolor. Su rostro era joven, atractivo sin llegar a ser bello, y unos mechones rebeldes de cabello pelirrojo se le escapaban por debajo de la capucha de la capa y le cruzaban la ancha frente. Su piel pálida era ligeramente pecosa. Sus ojos reflejaban el color de los cielos sombríos y parecían grises, pero, cuando el relámpago brilló en ellos, descubrieron un leve fulgor verde. Cabalgaba con agilidad juvenil y controlaba firmemente al animal inquieto con su cuerpo alto. Examinándola de cerca, se habría visto que llevaba un crucifijo de plata colgando del cuello y que, bajo la capa y la capucha de montar, se ocultaba un hábito de religiosa.

Sor Fidelma, de la comunidad de Santa Brígida de Kildare, llevaba esperando la llegada de aquella tormenta durante varias horas y no le había sorprendido su estallido aparentemente repentino. Hacía rato que veía los signos. Mientras iba avanzando había observado que las copas de los pinos se acercaban unas a otras, que los pétalos de las margaritas y de los dientes de león se ocultaban y que los tallos de los tréboles del prado se hinchaban. Todo revelaba a su mirada observadora y aguda la llegada de la lluvia. Incluso la última golondrina, que se preparaba para desaparecer de los cielos de Éireann durante los meses de invierno, se había mantenido cerca del suelo; una indicación clara de que amenazaba tormenta. Por si fueran necesarias más señales, al pasar por la cabaña de un leñador en el bosque que quedaba a su espalda, había visto que el humo del fuego descendía en lugar de elevarse en espiral; caía y se arremolinaba alrededor de la construcción, y luego se dispersaba en el aire frío. La mujer sabía por experiencia que el humo que se comporta de tal manera siempre indica que va a llover.

Estaba totalmente preparada para la tormenta, aunque no para su ferocidad. Se detuvo un momento y se preguntó si le convendría regresar al interior del bosque y buscar abrigo allí hasta que el chaparrón amainara. Pero tan sólo estaba a unas pocas millas de su destino y la urgencia del mensaje que había recibido, de ir a toda velocidad, le hicieron golpear con los talones los costados del caballo para que avanzara por el sendero que conducía a la gran llanura en dirección a la colina lejana, que todavía era visible a pesar de la lluvia torrencial y de la oscuridad del cielo.

Aquel espectacular montículo era su objetivo; un gran crestón de roca caliza que se elevaba doscientos pies y dominaba la llanura en todas las direcciones. Se levantaba de manera escarpada y de vez en cuando el relámpago recortaba su silueta. Fidelma sintió una opresión en la garganta al contemplar aquellos lugares familiares. Observó las construcciones fortificadas que dominaban aquella fortaleza natural (Cashel, sede de los reyes de Muman, el mayor de los cinco reinos de Éireann. Era donde había nacido y pasado su niñez).

Al ir avanzando con la cabeza inclinada contra el viento salvaje y racheado que la empapaba de lluvia, sintió una curiosa mezcla de emociones. Le excitaba la idea de ver a su hermano Colgú, después de varios años de ausencia, pero también experimentó una cierta ansiedad al pensar en por qué le había tenido que enviar un mensaje pidiéndole que abandonara la comunidad de Kildare y se apresurara en llegar a Cashel con suma urgencia.

Durante todo el viaje, las preguntas iban asaltando su mente, aunque posiblemente no pudiera encontrarles respuesta. Se había reprendido varias veces por perder tiempo y energía en eso. Fidelma había sido educada en una antigua disciplina. Recordó el consejo de su primer maestro, el brehon Morann de Tara: «No coloques los huevos sobre la mesa antes de haber ido a visitar a la gallina». No tenía sentido preocuparse de la respuesta de un problema antes de saber las preguntas que había que hacerse.

Así pues, intentó olvidarse de tales preocupaciones y buscó refugio en el arte del dercad, el acto de meditación con el que innumerables generaciones de místicos irlandeses habían alcanzado el estado de sitcháin o paz, calmando los pensamientos extraños y los enfados de la mente. Ella practicaba regularmente este antiguo arte en momentos de tensión, a pesar de que algunos miembros de la fe, como Ultan, el arzobispo de Armagh, denunciaban su uso como una práctica pagana porque lo habían practicado los druidas. Incluso el mismo san Patricio, un britano que había hecho mucho por establecer la fe en los cinco reinos hacía dos siglos, había proscrito expresamente algunas de las artes meditativas de autoiluminación. Sin embargo, el dercad, aunque se censuraba, todavía no estaba prohibido. Era una manera de relajar y calmar el torbellino de pensamientos en una mente preocupada.

De esta manera Fidelma fue avanzando por entre la lluvia y el viento, con el continuo retumbar de los truenos y los destellos de los relámpagos, hasta aproximarse a la fortaleza de los reyes de Muman. Llegó a las afueras del lugar casi antes de darse cuenta.

Alrededor del crestón de roca caliza, bajo la sombra de la fortaleza, durante siglos había ido creciendo una gran población con mercado. El día se había oscurecido considerablemente, pues la tormenta seguía sin amainar. Fidelma llegó a la entrada de la ciudad y empezó a guiar a su caballo por entre las estrechas calles. Sentía el olor acre de los fuegos de turba y veía, aquí y allá, la tenue luz de numerosos faroles parpadeantes. De repente, surgiendo de entre las sombras oscuras, un guerrero alto, aguantando con una mano una linterna en lo alto y sosteniendo una lanza, sin hacer fuerza pero de forma profesional, le dio el alto en la entrada con la otra mano.

– ¿Quién sois y qué venís a hacer aquí a Cashel?

Sor Fidelma refrenó su caballo.

– Soy Fidelma de Kildare -contestó alzando la voz para que se le oyera entre el ruido de la tormenta. Luego decidió corregir sus palabras-. Soy Fidelma, hermana de Colgú.

El guerrero dejó ir un silbido y se puso firme.

– Pasad, señora. Esperábamos vuestra llegada.

Se volvió a retirar hacia las sombras para continuar su incómoda tarea de centinela frente a los peligros de la noche.

Fidelma siguió guiando a su caballo por entre las estrechas y oscuras calles de la ciudad. Sus oídos percibían el sonido de risas ocasionales y de una música animada procedente de algunos de los edificios junto a los que pasaba. Atravesó la plaza de la ciudad y se encaminó hacia el sendero que ascendía sinuoso hasta la cima de la colina rocosa. Ésta estaba habitada desde tiempos inmemoriales. Los antepasados de Fidelma, los Éoganacht, los hijos de Eoghan, se habían establecido allí hacía trescientos años cuando reclamaron para sí el trono de Muman, haciendo de la roca su centro político y luego eclesiástico.

Fidelma conocía cada pulgada del terreno, pues su padre, Failbe Fland, había sido rey de Cashel.

– ¡No sigáis avanzando! -chilló una voz débil y aflautada, despertando repentinamente a Fidelma de su ensoñación.

Fidelma se detuvo bruscamente y bajó la mirada sorprendida hacia la figura amorfa que había saltado delante de su caballo para cortarle el paso. Sólo por la voz pudo Fidelma darse cuenta de que aquel revoltijo de pieles y harapos era una mujer. La figura estaba en cuclillas, empapada por la lluvia, y se apoyaba en un bastón. Fidelma se acercó pero no era capaz de distinguir los rasgos de la mujer. Que era vieja resultaba obvio, pero todo quedaba a oscuras salvo, gracias a la luz de un rayo, la visión fugaz del cabello blanco empapado por la lluvia y pegado a su cara.

– ¿Quién sois? -inquirió Fidelma.

– No importa. ¡No avancéis, si valoráis vuestra vida!

Fidelma arqueó las cejas con sorpresa ante tal respuesta.

– ¿Qué es esta amenaza, vieja? -preguntó con dureza.

– No es una amenaza, señora -se carcajeó la bruja-. Simplemente os aviso. La muerte se ha instalado en ese lúgubre palacio de allá. La muerte abarcará a todos los que vayan allí. ¡Dejad este lugar miserable si valoráis vuestra vida!

Un relámpago repentino y el retumbo de un trueno distrajeron por un momento a Fidelma mientras intentaba calmar a su inquieta cabalgadura. Cuando se volvió a girar, la vieja había desaparecido. Fidelma apretó los labios y se encogió de hombros. Luego hizo avanzar a su caballo por el camino hasta llegar a las puertas del palacio de los reyes de Muman. Dos veces más le dieron el alto durante el ascenso y una y otra, al responder ella, los soldados la dejaron pasar con señales de respeto.

Un mozo de escuadra vino corriendo a hacerse cargo de su caballo mientras ella por fin descendía de su caballo en el patio enlosado, que estaba iluminado por trémulas linternas vacilantes que danzaban con el viento siguiendo misteriosos movimientos. Fidelma sólo se detuvo para acariciar a su caballo en el hocico y retirar su alforja de cuero y luego se apresuró a grandes zancadas hacia la puerta principal del edificio. Ésta se abrió para recibirla antes de que la golpeara.

Ya en el interior se encontró en un amplio vestíbulo, caldeado por un gran fuego crepitante en un hogar situado en el centro y casi tan grande como una estancia pequeña. El vestíbulo estaba lleno de personas que se giraron para mirarla y susurraron entre ellas. Un criado se adelantó para cogerle la bolsa y ayudarle a quitarse la capa de viaje. La muchacha sacudió la prenda empapada por la lluvia y se la quitó de los hombros y corrió a calentarse al fuego. Un segundo criado, según le dijo el primero, había ido a informar a su hermano Colgú de que ella había llegado.

Entre la gente que estaba en el gran vestíbulo del palacio examinando con curiosidad su figura empapada, Fidelma no vio ningún rostro familiar. En el vestíbulo se respiraba un aire de estudiada solemnidad. De hecho, Fidelma percibió una profunda melancolía en el lugar. Incluso una atmósfera de hostilidad. Un religioso de rostro adusto, con las manos juntas como en manifiesta actitud de plegaria, estaba a un lado del fuego.

– Buenos días os dé Dios, hermano -lo saludó Fidelma con una sonrisa, intentando iniciar una conversación-. ¿Por qué hay caras tan largas en este lugar?

El monje se dio la vuelta y se quedó mirándola con severidad; parecía que su rostro se volvía incluso más lúgubre.

– ¿Acaso os esperabais diversión en un momento como éste, hermana? -resopló con aire de desaprobación, se giró y se fue antes de que Fidelma pudiera pedir más explicaciones.

Fidelma se quedó por un momento desconcertada y luego lanzó una mirada a su alrededor en un intento de encontrar un alma más comunicativa.

Vio a un hombre de rostro delgado que la contemplaba con arrogancia. Cuando levantó la mirada y se vio altaneramente examinada, le sobrevino un recuerdo. Antes de que pudiera articularlo, el hombre había avanzado hacia ella.

– Así pues, Fidelma de Kildare -dijo con voz frágil y sin calidez-, parece que vuestro hermano Colgú os ha hecho venir…

Fidelma estaba sorprendida por su tono hostil, pero respondió saludando con una sonrisa al identificar al hombre.

– Os reconozco, sois Forbassach, brehon del reino de Laigin. ¿Qué hacéis tan lejos de Fearna?

El hombre no le devolvió la sonrisa.

– Tenéis buena memoria, sor Fidelma. He sabido de vuestras hazañas en la corte de Oswio de Northumbria y del servicio que cumplisteis en Roma. Sin embargo, vuestro talento no servirá de nada en este reino. El juicio no se verá impedido por vuestra brillante reputación.

Fidelma sintió por un momento que la sonrisa se le helaba. Era como si se le hubieran dirigido en un idioma extraño y ella intentara evitar que su rostro revelara que no comprendía nada. El brehon Morann de Tara le había advertido de que un buen abogado no tenía que dejar nunca que el adversario supiera lo que estaba pensando y, ciertamente, Forbassach le estaba indicando que, en cierta manera, era su adversario; sin embargo, no era capaz de adivinar a qué se debía.

– No dudo, Forbassach de Fearna, de lo profundo de vuestras declaraciones, pero no les acabo de comprender -contestó Fidelma lentamente, permitiéndose una sonrisa para relajarse un poco.

Forbassach se ruborizó.

– ¿Os mostráis insolente conmigo, hermana? ¿Sois la mismísima hermana de Colgú y sin embargo pretendéis…?

– Disculpad, Forbassach.

Una voz calmada y masculina interrumpió la réplica con tono colérico del brehon.

Fidelma alzó la mirada. A su lado había un joven de su misma edad, aproximadamente. Era alto, de casi seis pies, e iba vestido de guerrero. Estaba bien afeitado, tenía el cabello castaño y rizado y a primera vista parecía duro pero atractivo. Sus rasgos resultaban agradables. Fidelma no tenía tiempo para una valoración más detenida. Se percató de que llevaba una gargantilla de oro retorcido y trabajada con ricos adornos que mostraba que era un miembro de la Orden del Collar de Oro, la guardia de élite de los reyes de Muman. Se giró hacia ella con una sonrisa amable.

– Disculpad, sor Fidelma. Tengo órdenes de daros la bienvenida a Cashel y de acompañaros al momento hasta vuestro hermano. ¿Os importaría seguirme…?

Fidelma vaciló, pero Forbassach se había alejado frunciendo el ceño en dirección a un grupito que estaba murmurando y lanzando miradas hacia ella. Estaba perpleja. Pero dejó estar ese asunto y empezó a seguir al joven soldado por el vestíbulo enlosado, apresurándose lo justo para mantener su paso sin prisa pero ligero.

– Yo no lo entiendo, soldado -dijo jadeando un poco al esforzarse en seguir su ritmo-. ¿Qué hace aquí Forbassach de Fearna? ¿Por qué está de tan malhumor?

El soldado dejó ir un sonido sospechoso, como un soplido despectivo.

– Forbassach es un enviado del nuevo rey de Laigin, el joven Fianamail.

– Eso no explica su saludo desagradable, ni que todos estuvieran tan de luto. Cashel solía ser un palacio lleno de risas.

El soldado parecía incómodo.

– Vuestro hermano os explicará cómo están las cosas.

Llegaron frente a una puerta que se abrió antes de que pudiera levantar la mano para llamar.

– ¡Fidelma!

Un joven se apresuró hacia ella atravesando la puerta. Resultaba obvio, incluso con un examen superficial, que él y Fidelma eran parientes. Eran iguales en estatura y tenían el mismo cabello pelirrojo y los mismos ojos verdes cambiantes; la misma estructura facial y el mismo movimiento indefinible.

Los hermanos se abrazaron con cordialidad. Se separaron y se quedaron cogidos por los brazos, examinándose el uno al otro.

– Los años te sientan bien, Fidelma -observó Colgú con satisfacción.

– Y a ti también, hermano. Estaba ansiosa cuando recibí tu mensaje. Han pasado muchos años desde que estuve en Cashel por última vez. Temía que te hubiera sucedido algún percance. Sin embargo, pareces sano y te veo contento. Pero esas personas del vestíbulo, ¿por qué están tan tristes y melancólicas?

Colgú mac Failbe Fland condujo a su hermana al interior de la estancia y se volvió hacia el soldado alto.

– Más tarde os llamaré, Cass -dijo, y luego siguió a Fidelma al interior de la cámara.

Era una sala de estar con un fuego ardiendo en un rincón. Un criado se acercó portando una bandeja donde había dos copas de vino calentado con especias; estaba tan caliente que unas volutas de vapor se elevaban del líquido. Después de colocar la bandeja sobre una mesa, el criado se retiró sin molestar mientras Colgú acompañaba a Fidelma a una silla frente al fuego.

– Caliéntate después de tu largo viaje desde Kildare -le dijo Colgú, mientras los truenos seguían retumbando en el exterior-. El día sigue enfadado -observó él, cogiendo una de las copas de vino especiado y ofreciéndosela a su hermana.

Fidelma sonrió con malicia al tomar la copa y alzarla.

– Sin duda. Pero brindemos por los tiempos mejores que vendrán.

– «Amén», hermanita -contestó Colgú.

Fidelma sorbió del vino saboreándolo.

– Hay mucho de que hablar, hermano -dijo-. Han pasado muchas cosas desde que nos vimos por última vez. Ciertamente, yo he viajado a muchos lugares: a la isla de Colmcille, a la tierra de los sajones e incluso a la misma Roma. -Hizo una pausa al darse cuenta de repente de que los ojos de su hermano reflejaban un estado preocupado y de ansiedad-. Pero todavía tienes que responder a mi pregunta… ¿Por qué hay este aire de melancolía en el palacio?

Vio que su hermano fruncía el ceño e hizo una pausa.

– Siempre eras aguda en tus observaciones, hermanita -dijo él con un suspiro.

– ¿Qué pasa, Colgú?

Colgú estuvo dudando unos momentos y luego hizo una mueca.

– Me temo que no has sido requerida para una reunión familiar -confesó amablemente.

Fidelma se lo quedó mirando, esperando que su hermano se explicara. Como no fue así, continuó.

– No creía que fuera para eso. ¿Qué sucede?

Colgú miró a su alrededor casi furtivamente, como para asegurarse de que nadie escuchaba a escondidas.

– El rey… -empezó-. El rey Cathal tiene la peste amarilla. Yace en su lecho a las puertas de la muerte. Los médicos no le dan mucho tiempo de vida.

Fidelma parpadeó; sin embargo, en su fuero interno, no estaba muy sorprendida por la noticia. Desde hacía dos años la peste amarilla se extendía por toda Europa, diezmando la población. Decenas y miles de personas habían muerto a causa de su virulencia. No había perdonado ni al campesino más pobre, ni al obispo más pagado de sí mismo, ni siquiera a los orgullosos reyes… Hacía tan sólo dieciocho meses, cuando la peste había llegado por primera vez a Éireann, los Reyes Supremos de Irlanda, Blathmac y Diarmuid, habían muerto con días de diferencia en Tara. Hacía pocos meses, Fáelán, rey de Laigin, había muerto a causa de sus estragos. La peste seguía sin remitir. La plaga había dejado infinidad de niños huérfanos por todo el país, que habían quedado desamparados y hambrientos. Algunos miembros de la fe, como el abad Ultan de Ardbraccan, habían reaccionado estableciendo orfanatos y luchando contra la peste, mientras que otros, como Colman, el principal profesor del colegio de san Finnbarr en Cork, se había llevado a sus cincuenta alumnos y había huido a alguna isla remota para intentar escapar de la plaga. Fidelma estaba bien enterada de los estragos de la peste amarilla.

– ¿Por eso me has llamado? -preguntó la muchacha-. ¿Porque nuestro primo se está muriendo?

Colgú sacudió la cabeza rápidamente en señal de negación.

– El rey Cathal me mandó que enviara a alguien a buscarte antes de sucumbir a las fiebres de la peste. Ahora que él no puede informarte, me toca a mí hacerlo.

Se acercó hasta ella y la tomó por el codo.

– Pero primero has de descansar de tu viaje. Luego habrá mucho tiempo para eso. Ven, he ordenado que te preparen tu antigua habitación.

Fidelma intentó reprimir un suspiro de impaciencia.

– Me conoces muy bien, hermano. Sabes que no voy a descansar mientras quede un misterio por explicar. Me pica la curiosidad. Ven, explícame qué es este misterio y luego descansaré.

Colgú estaba a punto de hablar, pero se oyeron unas voces al otro lado de la puerta. Se oyó un ruido de pelea y, mientras Colgú se dirigía hacia la puerta para preguntar qué sucedía, ésta se abrió de repente y se encontró con Forbassach de Fearna justo bajo el marco. Tenía la cara roja y respiraba pesadamente con esfuerzo.

Detrás de él estaba el joven soldado Cass frunciendo el ceño con ira.

– Perdonadme, señor. No he podido detenerlo.

Colgú se quedó frente al enviado del rey de Laigin con rostro disgustado.

– ¿Qué significa esta demostración de malos modales, Forbassach? Por lo que veo, habéis perdido la compostura.

Forbassach levantó su barbilla. No abandonó su actitud arrogante y despectiva.

– Necesito una respuesta que llevar a Fianamail, el rey de Laigin. Vuestro rey está a punto de morir, Colgú, de modo que os toca a vos responder a las acusaciones de Laigin.

Fidelma mantenía una expresión inmóvil en su rostro para disimular la frustración, pues no entendía el significado de aquella confrontación.

Colgú estaba rojo de ira.

– Cathal de Muman aún está vivo, Forbassach. Mientras viva, su voz es la que ha de responder a vuestra acusación. Ahora habéis violado la hospitalidad de esta corte. Como tánaiste, exijo que os retiréis inmediatamente de este lugar. Cuando la corte de Cashel tenga que comunicarse con vos, seréis citado a oír su voz.

Los delgados labios de Forbassach se retorcieron hasta dibujar una sonrisa sarcástica.

– Sé que lo único que buscáis es retrasar la respuesta, Colgú. Nada más ver la llegada de vuestra hermana, Fidelma de Kildare, me di cuenta de que queréis demoraros y buscar evasivas. No os servirá de nada. Laigin sigue exigiendo una respuesta. ¡Laigin exige justicia!

Los músculos faciales de Colgú luchaban para controlar su ira.

– Fidelma, enséñame las leyes -dijo dirigiéndose a su hermana sin quitar los ojos de Forbassach-. Este enviado de Laigin ha transgredido, así lo creo yo, los límites de la sagrada hospitalidad. Se ha metido donde no debía y ha insultado. ¿Puedo ordenar que lo aparten de esta corte?

Fidelma echó una mirada al desdeñoso brehon de Fearna.

– ¿Os disculpáis por haber entrado sin autorización en una estancia privada, Forbassach? -preguntó la muchacha-. ¿Y os disculpáis por vuestras maneras ofensivas hacia el presunto heredero de Cashel?

La barbilla de Forbassach se elevó y éste frunció todavía más el ceño.

– Yo no.

– Entonces vos, como brehon, debéis conocer la ley. Os echarán de esta corte.

Colgú lanzó una mirada al guerrero llamado Cass y asintió muy levemente con la cabeza.

El hombre alto puso su mano sobre el hombro de Forbassach.

El enviado de Laigin se retorció al sentir que lo agarraban y se puso rojo.

– Fianamail de Laigin se enterará de este insulto, Colgú. ¡Servirá para agravar vuestra culpabilidad cuando seáis juzgado ante la asamblea de Rey Supremo de Tara!

El soldado había hecho girar sobre sus talones al enviado de Laigin y lo impulsaba puertas afuera sin hacer excesiva fuerza. Luego, dirigiendo un gesto de disculpa a Colgú, cerró la puerta tras ellos.

Fidelma se volvió hacia su hermano, que se había relajado y ya no mantenía una postura rígida, y mostró su perplejidad.

– Me parece que ya es hora de que me expliques lo que está sucediendo realmente. ¿Qué misterio hay aquí? -exigió con calmada autoridad.

Capítulo II

Parecía que Colgú estaba a punto de demorarse una vez más, pero, al ver la luz en los ojos de su hermana pequeña, pensó que era mejor responderle.

– Muy bien -contestó-. Pero vayamos allí donde podamos hablar más libremente y sin el riesgo de sufrir más interrupciones. A muchos de los que guardan rencor a los reyes de Muman les gustaría oír lo que te voy a explicar.

Fidelma alzó las cejas sorprendida, pero no dijo nada. Sabía que su hermano no era exagerado y no lo presionó más. Se lo explicaría en su momento.

Salió de la estancia tras él sin hablar y lo siguió por los pasillos de paredes de piedra del palacio, con sus ricos tapices y adornos espectaculares reunidos a lo largo de los siglos por los reyes Eóganacht. Colgú la condujo a través de una gran estancia que ella reconoció como la tech screptra, el scriptorium o biblioteca del palacio, donde de niña había aprendido a leer y a trazar sus primeras letras. Además de los impresionantes textos manuscritos e ilustrados, la tech screptra contenía algunos de los antiguos libros de Muman. Entre ellos, estaban las «varas de los poetas», varitas de madera de álamo temblón y de avellano sobre las cuales los antiguos escribas habían grabado sus sagas, poemas e historias en ogham, el antiguo alfabeto, que todavía se utilizaba en algunas partes en Muman. En aquella tech screptra, se había despertado la imaginación y el ansia de saber de la niña.

Fidelma se detuvo brevemente y se sintió un poco sobrecogida por la nostalgia y sonriendo por sus recuerdos. Varios hermanos de la fe estaban sentados allí estudiando minuciosamente aquellos mismos libros a la luz de unas velas de sebo humeantes.

Se dio cuenta de que Colgú la estaba esperando con impaciencia.

– Veo que sigues abriendo la biblioteca a los estudiosos de la Iglesia -dijo ella con aprobación al reunirse con él; luego siguieron avanzando.

La gran biblioteca de Cashel pertenecía a los reyes de Muman.

– No podría ser de otra manera, pues somos miembros de la fe -respondió Colgú con firmeza.

– Sin embargo, he oído decir que algunos miembros de la fe de mente estrecha han quemado textos antiguos, las «varas de los poetas», argumentando que estaban escritos por paganos idólatras. En Cashel hay muchos de esos libros. ¿Todavía los protegéis de tal intolerancia?

– ¿Os parece que la intolerancia es incompatible con la fe, hermanita? -observó Colgú con ironía.

– Yo así lo diría. Otros no. Me han contado que Coimán de Cork ha sugerido que todos los libros paganos fueran destruidos. Sin embargo, yo digo que tenemos el deber de asegurarnos de que los tesoros de nuestra gente no son incinerados y que se pierden a causa de una intolerancia en boga.

Colgú se rió entre dientes con ironía.

– En cualquier caso, se trata de una cuestión académica. Coimán de Cork ha huido de su reino por temor a la peste. Su voz ya no cuenta.

Colgú siguió conduciéndola por detrás de la tech screptra y luego a través de la diminuta capilla de la familia. Había varias historias que se contaban en la familia de Fidelma de cómo el mismo san Patricio había llegado a Cashel y había conseguido la conversión de su antepasado, el rey Conall Corc, a la nueva fe. Una historia explicaba que había usado el trébol del prado, el seamróg, para demostrar la idea de la Santísima Trinidad a Conall. No es que fuera un concepto difícil de entender, pues todos los dioses paganos de la antigua Irlanda eran reyes trinos, siendo tres personalidades en un dios.

Pasaron del otro lado de la capilla hacia las habitaciones privadas de la familia y su séquito más próximo, que estaban situadas más allá de las salas de acceso general.

Había una habitación preparada para ella, con un fuego recién encendido ardiendo en el hogar.

Era la misma habitación donde había nacido y donde había pasado los primeros años de su vida. Apenas había cambiado.

Ante el fuego, había una mesa preparada con comida y vino.

Colgú le señaló una silla con la mano.

– Comamos y, mientras tanto, intentaré explicarte por qué el rey Cathal te mandó venir.

Fidelma así lo hizo. Se daba cuenta de que el viaje había sido largo e incómodo y de que estaba hambrienta.

– ¿Estás seguro de que nuestro primo está demasiado enfermo para verme? -preguntó, todavía dudando ante la comida-. Yo no tengo miedo a la peste amarilla. Durante estos dos últimos años, me he cruzado en su camino muchas veces. Y, si sucumbo, bueno, entonces seguramente será la voluntad de Dios.

Colgú movió la cabeza con desánimo.

– Cathal ya no está en disposición siquiera de reconocerme. Su médico dice que tal vez no pase de esta noche. De hecho, el arrogante Forbassach de Laigin tenía razón. Ahora es mi deber responder a sus exigencias.

Fidelma apretó los labios al entender lo que ello significaba.

– ¿Si Cathal muere esta noche entonces tú serás…?

Se calló, se dio cuenta de que resultaba impropio pronunciar aquel pensamiento mientras su primo mayor seguía con vida.

Sin embargo, Colgú acabó la frase por ella con una risotada amarga.

– ¿Que seré rey de Muman? Sí, eso es exactamente lo que significa.

Los reyes Eóganacht, como todos los reyes y jefes irlandeses, eran elegidos por el derbfhine de sus familias. Al morir un rey, su familia, es decir, los descendientes vivos de la línea masculina de un bisabuelo común, llamado el derbfhine, se reunían en asamblea y votaban a uno de entre ellos que tomaría el trono. De esta manera, los hijos no necesariamente sucedían a los padres. Failbe Fland, el padre de Colgú y Fidelma, había sido rey de Cashel. Había muerto hacía veintiséis años, cuando Fidelma y Colgú apenas eran unos niños. Para poder ejercer un cargo cualquiera en el país, el candidato tenía que estar al menos en la «edad de elegir», que eran los catorce años para una chica y diecisiete para un chico. Los primos de Failbe Fland lo habían sucedido hasta que Cathal mac Cathail había sido elegido rey de Muman hacía tres años.

Era costumbre y ley, también, elegir al presunto heredero, o tánaiste, en vida de un rey. Cuando Cathal se había convertido en rey de Cashel, el hermano de Fidelma, Colgú, había sido elegido su tánaiste.

Así que ahora, si Cathal moría, advirtió entonces Fidelma, su hermano sería rey de Muman, el mayor de los cinco reinos de Éireann.

– Será una gran responsabilidad, hermano -dijo la muchacha, acercándose a él y poniéndole una mano en el hombro.

El dejó ir un suspiro y asintió lentamente con la cabeza.

– Sí; incluso en otras condiciones este cargo conllevaría pesadas responsabilidades Pero éstos son malos tiempos, Fidelma. El reino se enfrenta a muchos problemas. Ninguno mayor que el problema que surgió hace unos días y por el que, cuando no estaba tan enfermo, Cathal decidió hacerle venir. -Hizo una pausa y se encogió de hombros-. Desde que has estado lejos de aquí, hermanita, tu reputación como brehon y abogado de los tribunales se ha extendido. Nos hemos enterado de que has realizado servicios para el Rey Supremo, el rey de Northumbria e incluso el Santo Padre en Roma.

Fidelma hizo un gesto de reprobación.

– Yo estaba en esos lugares en el momento en que mi talento se necesitaba -respondió la muchacha-. Cualquiera con una mente lógica hubiera podido resolver los problemas. No había nada más que eso.

Colgú le sonrió con rapidez.

– Nunca has sido vanidosa, hermana mía.

– Muéstrame una persona vanidosa y yo te mostraré un talento mediocre. Pero ello no nos acerca a la razón por la que me fueron a buscar. ¿Qué tiene esto que ver con Forbassach de Fearna?

– Deja que te lo explique a mi manera. El rey Cathal creía que podrías resolver un misterio que ha amenazado la seguridad del reino. Es más, es una amenaza para la paz de los cinco reinos de Éireann.

– ¿Qué misterio? -instó Fidelma mientras empezaba a servirse de la comida que había preparada.

– ¿Has oído hablar del venerable Dacán?

Fidelma alzó el ceño levemente al reconocer el nombre.

– ¿Y quién no? -respondió con rapidez-. En algunos sitios hablan de él como un santo. Es un maestro y un teólogo de grandísima habilidad. Por supuesto, su hermano es el abad Noé de Fearna, el consejero personal del rey de Laigin y supuestamente tan santo como su hermano. Ambos hermanos son muy respetados y queridos. Se cuentan historias de su sabiduría y caridad en muchos rincones de los cinco reinos.

Colgú asintió con la cabeza lentamente ante el entusiasta recital de Fidelma. Su rostro mostró una expresión de cansancio como si no le gustara lo que estaba oyendo, pero no esperaba menos.

– Me imagino que sabrás que hace poco ha surgido una cierta enemistad entre los reinos de Muman y Laigin…

– He oído que, desde que el anciano rey Fáelán murió por la peste amarilla hace unos meses, el nuevo rey, Fianamail, ha tratado de aumentar su prestigio provocando a Muman -admitió ella.

– ¿Y qué mejor manera de hacer aumentar su prestigio que encontrar una excusa para exigir a Muman el retorno del insignificante reino de Osraige? -preguntó Colgú con amargura.

Fidelma, sorprendida, apretó los labios como si fuera a silbar.

Osraige era un pequeño reino que llevaba tiempo siendo una fuente de hostilidades entre los dos reinos mayores de Muman y Laigin. Se extendía a lo largo de las orillas del río Feoir, de norte a sur. Cientos de años atrás, cuando los reyes de Muman ostentaban la Realeza Suprema sobre los cinco reinos de Éireann, Osraige estaba bajo el tutelaje de los reyes de Laigin. Cuando Edirsceál de Muman se convirtió en Rey Supremo, los hombres de Laigin decidieron asesinarlo para que Nuada Necht de Laigin pudiera apropiarse del trono. El rey fue asesinado y se acabó por descubrir a los culpables. Conaire Mór, el hijo de Edirsceál, se convirtió finalmente en Rey Supremo y él y sus brehons se reunieron para acordar qué precio de honor el reino de Laigin tenía que pagar para compensar a Muman por su acto de infamia. Se decidió que Laigin perdiera el reino de Osraige. En adelante, Osraige formaría parte del reino de Muman y sus reyezuelos pagarían tributo a Cashel y no a Fearna, la capital de Laigin.

Una y otra vez los reyes de Laigin elevaron protestas ante los Reyes Supremos solicitando la devolución de Osraige. Sin embargo, habían pasado seis siglos desde que, en tiempos de Conaire Mór, Osraige había pasado a formar parte de Muman. Cada una de las protestas había sido rechazada por la Gran Asamblea de los brehons de Éireann, que se reunían cada tres años en el palacio real de Tara. Se ratificaba que el castigo y la compensación eran justos.

Fidelma volvió a fijar su mirada en el rostro preocupado de su hermano.

– ¿Seguro que ni siquiera Fianamail, rey tan joven e inexperto, tratará de arrebatar Osraige por la fuerza?

Su hermano respondió con un gesto afirmativo.

– No sólo por la fuerza, Fidelma -admitió él-. ¿Sabes algo de la política interna de Osraige?

Fidelma conocía poco de aquel reino y así lo reconoció.

– Por razones demasiado largas y complicadas de explicar ahora, hace casi doscientos años los reyes originarios de Osraige fueron sustituidos por una familia procedente de los Corco Loígde en el sudoeste del reino. Desde entonces, ha habido tensiones en Osraige. Los Corco Loígde no son populares. Una y otra vez, ha habido levantamientos en Osraige para derrocarlos. Hace menos de un año, Illan, el último descendiente de los reyes originarios de Osraige con derecho a una reivindicación legal del trono, murió a manos del actual rey, Scandlán. No hace falta decir que Scandlán pertenece a la familia que reina, los Corco Loígde.

Colgú hizo una pausa para poner en orden sus pensamientos antes de continuar.

– Se habla de un heredero de Illan. Corre el rumor de que, a este heredero, si existe, le agradaría ganarse a Laigin, si Laigin le prometiera ayuda para expulsar a los Corco Loígde del trono.

– Eso seguiría significando una guerra entre Laigin y Muman, pues Laigin se haría con Osraige por la fuerza -indicó Fidelma.

Su hermano se inclinó hacia adelante con expresión de tristeza en el rostro.

– ¿Pero qué pasaría si ocurriera algún acto similar al que supuso que Laigin se desprendiera de Osraige al principio de esta historia?

Entonces Fidelma se sentó con la espalda recta, con los músculos repentinamente tensos. Colgú mostraba en el rostro una expresión ceñuda.

– Me has confirmado que sabes lo considerado que estaba el venerable Dacán de Laigin. Era un hombre santo y reverenciado. Y has confirmado que sabes que su hermano, Noé de Fearna, está igualmente considerado tanto por su rey, Fianamail, como por la gente de los cinco reinos.

Fidelma captó que usaba el tiempo pasado, pero no respondió.

Ciertamente ella había admitido que ambos hombres eran muy respetados en todo el territorio.

– Hace dos meses -continuó Colgú con voz inquieta-, el venerable Dacán llegó a Cashel y buscó la bendición del rey Cathal para trabajar en su reino. Dacán había oído de la labor que se había hecho en la abadía de san Fachtna en Ros Ailithir y quería unirse a esa comunidad. Evidentemente, el rey Cathal celebró la llegada al reino de un estudioso tan sabio y estimado como Dacán.

– ¿Así que Dacán partió para Ros Ailithir? -intervino Fidelma cuando Colgú hizo una pausa.

– Hace ocho días nos enteramos de que Dacán había sido asesinado en su celda de la abadía.

Fidelma se dio cuenta de que, aunque la muerte se había convertido en un lugar común debido a los estragos de la peste amarilla, el fallecimiento del venerable Dacán tendría un gran impacto en los cinco reinos, y muy especialmente ante el hecho de que hubiera sido tan violenta.

– ¿Me estás diciendo que crees que el nuevo rey de Laigin, Fianamail, aprovechará esta muerte para exigir que se le devuelva el territorio de Osraige en compensación?

Colgú se encogió de hombros.

– No sólo pienso eso; sé que es así. Ayer mismo Forbassach de Fearna llegó aquí como enviado de Fianamail, el rey de Laigin.

Fearna era la residencia de los reyes de Laigin, así como la sede de la abadía de Noé.

– ¿Cómo es que han conocido la noticia tan deprisa? -preguntó Fidelma.

Colgú extendió las manos.

– Supongo que, nada más ocurrir, alguien se fue cabalgando desde Ros Ailithir para decírselo al hermano de Dacán, Noé, en Fearna.

– Lógico -admitió Fidelma-. ¿Y qué tiene que decir el arrogante Forbassach respecto a este asunto?

– El enviado de Fianamail fue bastante explícito con sus exigencias. No sólo se ha de pagar la multa del éric, sino también un precio de honor, que implica la entrega de los derechos de soberanía feudal sobre Osraige a Laigin. Si esto no se hace, Fianamail de Laigin lo exigirá por la fuerza. Tú conoces la ley mejor que yo, Fidelma: ¿tienen ellos derecho a tales exigencias? Yo creo que sí, y Forbassach no es tonto.

Fidelma se mordió los labios pensativa.

– Nuestro sistema legal concede a un asesino el derecho a reparar su crimen mediante el pago de una compensación. Hay una multa fijada, el éric, tal como has dicho. Ésta asciende a siete cumals, el valor de veintiuna vacas lecheras. Sin embargo, a menudo, cuando la víctima es un hombre o una mujer de rango e influencia, los parientes de la víctima están en su derecho de exigir un precio de honor, el lóg n-enech. Ésta fue, de hecho, la ley según la cual Conaire Mór reclamó Osraige para Muman en un principio. Si el culpable no puede pagar este precio de honor, se espera que sus parientes lo hagan. Si esto no es así, se permite que los parientes de la víctima inicien una enemistad de sangre, o dígal, para obtener el precio de honor. Pero esto no significa que el rey de Laigin tenga derecho a hacerlo. Hay que resolver un par de cuestiones.

– Aconséjame, Fidelma -suplicó Colgú, inclinándose hacia adelante con impaciencia.

– ¿Qué derechos tiene Fianamail en este asunto? Tan sólo los familiares están autorizados a exigir un precio de honor.

– Fianamail es primo de Dacán y habla como pariente suyo. En esto, por supuesto, tiene el apoyo de Noé, hermano de Dacán.

Fidelma suspiró profundamente.

– Eso, en verdad, permite a Fianamail exigir tal reclamación. ¿Pero de veras el abad Noé lo respalda en sus exigencias? Tales exigencias sin duda conducirán a un terrible derramamiento de sangre. Noé es un destacado abogado de la fe, amado y respetado tanto por sus enseñanzas conciliadoras como por sus actos de perdón. ¿Cómo puede exigir semejante venganza?

Colgú hizo una mueca.

– Dacán era, por encima de todo, el hermano de Noé -advirtió.

– Incluso así, me cuesta creer que Noé actuara de tal manera.

– Bueno, pues lo ha hecho. ¿Pero has sugerido que podría haber otras razones por las que Laigin no pudiera imponer una multa de precio de honor a Muman. ¿Qué más hay?

– La objeción más obvia tiene que ver con el hecho de que las multas tan sólo se pueden imponer a la familia de la persona que es responsable de la muerte de Dacán. ¿Quién mató a Dacán? Únicamente si un miembro de nuestra familia, los Eóganacht, representantes de los reyes de Muman, es responsable, puede exigir Laigin un precio de honor a Muman.

Colgú hizo un gesto de impotencia.

– No sabemos quién mató a Dacán, pero la abadía de Ros Ailithir está gobernada por nuestro primo Brocc. Como abad, es el responsable de la muerte de Dacán.

Fidelma parpadeó para ocultar su sorpresa. Tenía el vago recuerdo de un primo mayor, una persona distante y antipática con su hermano y con ella.

– ¿Cómo es que el rey de Laigin acusa a nuestro primo de la muerte de Dacán? ¿Es simplemente porque es el responsable de la seguridad de todos los que residen en su abadía o hay alguna otra razón más siniestra?

– No lo sé -confesó su hermano-. Pero yo no creo que siquiera Fianamail de Laigin hiciera una acusación tan a la ligera.

– ¿Se ha hecho algo para averiguarlo?

– El enviado de Fianamail simplemente ha declarado que todas las pruebas y argumentos se presentarán ante el Rey Supremo y el gran brehon en la gran asamblea de Tara. Se pedirá a la asamblea que apoye a Laigin y que se entregue Osraige a Fianamail.

Fidelma se mordió los labios mientras pensaba por un momento.

– ¿Cómo puede Fianamail estar tan seguro de que se probará que la muerte de Dacán es responsabilidad de Muman? Forbassach, su enviado, es un hombre vanidoso y arrogante, pero es un ollamh de los tribunales. Ni siquiera su amistad con el rey de Laigin, su orgullo de ser un hombre de Laigin, le impediría respetar la ley. Debe saber que la prueba es lo bastante contundente como para exigir una demanda ante el tribunal del Rey Supremo. ¿Cuál es esa prueba?

Colgú no tenía respuesta y habló con calma.

– Fidelma, se espera que la asamblea de Tara se reúna dentro de tres semanas. Eso no nos deja mucho tiempo para resolver este asunto.

– La ley también da un mes a partir de la decisión de la asamblea para que Fianamail pueda marchar con un ejército sobre Osraige a exigir la tierra por la fuerza si no se la entregan por las buenas -observó Fidelma.

– ¿Así pues, tenemos siete semanas antes de que haya derramamiento de sangre y guerra en esta tierra?

Fidelma alzó ambas cejas.

– Eso, en el supuesto de que se falle a favor de Laigin. Aquí hay un gran misterio, Colgú. A menos que Fianamail sepa algo más que nosotros, no veo cómo el Rey Supremo y su asamblea podrían fallar contra Muman.

Colgú sirvió otras dos copas de vino y ofreció una a su hermana con una sonrisa cansada.

– Éstas fueron las mismas palabras de Cathal, nuestro primo, antes de sucumbir a la peste. Por esta razón me pidió que te hiciera ir a buscar. La mañana después de que se enviara al mensajero a Kildare, cayó víctima de la peste amarilla. Y, si los médicos están en lo cierto, yo seré rey antes de que acabe esta semana. Si hay guerra, entonces las cosas estarán en mis manos.

– No será un buen inicio para tu reinado, hermano -admitió Fidelma mientras sorbía de su vino y consideraba el asunto con atención. Luego alzó la vista para examinar el rostro de su hermano lleno de preocupación-. ¿Me estás encargando que investigue la muerte de Dacán y luego te presente las pruebas?

– A mí y al Rey Supremo -añadió con rapidez Colgú-. Tendrás la autorización de Muman para llevar a cabo la investigación.

Fidelma se quedó en silencio un buen rato.

– Dime, hermano; supongamos que mis pesquisas proporcionan fundamento al rey de Laigin. ¿Qué pasará si la muerte de Dacán es responsabilidad de los Eóganacht? ¿Y si el rey de Laigin tiene derecho a exigir a Cashel Osraige como un precio de honor? ¿Qué sucederá si estos desagradables argumentos se convierten en el resultado de mis pesquisas? ¿Aceptarás el juicio de la ley y satisfarás lo que exige Laigin?

El rostro de su hermano reflejaba complejas emociones mientras luchaba por decidirse.

– Si quieres que hable por mí mismo, Fidelma, diría «sí». Un rey ha de vivir conforme a la ley establecida. Pero también ha de perseguir el bien público de su gente. ¿Acaso no tenemos un antiguo dicho? ¿Qué hace a la gente superior a un rey? Que la gente elige al rey y no éste a la gente. Un rey ha de obedecer el deseo de su pueblo. Así que no me pidas que hable por todos los príncipes y jefes de este reino, ni por supuesto de Osraige. Me temo que no aceptarán tal precio de honor.

Fidelma lo observó con mirada penetrante.

– Entonces eso significará una guerra sangrienta -dijo en voz baja.

Colgú esbozó una sonrisa triste.

– Sin embargo, tenemos tres semanas antes de la asamblea, Fidelma. Y, tal como dices, siete semanas antes de la aplicación de la ley si la decisión va contra nosotros. ¿Irás a Ros Ailithir a investigar la muerte de Dacán?

– No tienes ni que preguntarme eso, Colgú. Ante todo, sigo siendo tu hermana.

Colgú relajó los hombros aliviado y dejó ir un largo suspiro.

Fidelma le puso la mano en el brazo y le dio unas palmaditas.

– Pero no esperes demasiado de mí, hermano. Ros Ailithir está al menos a tres días de viaje de aquí y en una tierra hostil. ¿Esperas que viaje hasta allí, resuelva el misterio y regrese a tiempo para preparar el caso para la asamblea de Tara? Si es así, estás pidiendo ciertamente un milagro.

Colgú inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

– Creo que el rey Cathal y yo exigimos de ti un milagro, Fidelma, pues, cuando los hombres y mujeres hacen uso de su coraje, inteligencia y conocimientos, son capaces de inspirar un verdadero milagro.

– Sigue siendo una gran responsabilidad la que depositas en mí -admitió con renuencia. Se daba cuenta de que no había otra opción-. Haré lo que pueda. Descansaré esta noche en Cashel y espero que esta tormenta amaine mañana. Partiré al salir el alba hacia la abadía de Ros Ailithir.

Colgú sonrió calurosamente.

– Y no partirás sola, hermanita. El viaje hacia el sudoeste es, como has dicho, duro, y quién sabe qué peligros te esperarán en Ros Ailithir. Enviaré a uno de mis soldados contigo.

Fidelma hizo un encogimiento de hombros con cierta timidez.

– Yo sé defenderme. Te olvidas de que he estudiado el arte del troidr-sciathagid, el combate mediante la defensa.

– ¿Cómo puedo olvidar eso? -dijo Colgú riéndose entre dientes-. Cuando apenas éramos unos adolescentes, muchas veces me ganabas con tus conocimientos para combatir sin armas. Pero el combate entre amigos es una cosa, Fidelma. El combate en serio es otra.

– No tienes que advertirme de eso, hermano. A muchos de nuestros religiosos misioneros que van a los reinos de los sajones, o a los de los francos, se les enseña este método de autodefensa para proteger sus vidas. El entrenamiento me ha servido de mucho.

– De todas maneras, he de insistir en que vayas acompañada de uno de mis soldados de confianza.

Fidelma parecía indiferente.

– Tú eres el que da las órdenes, hermano. Tú eres aquí el tánaiste y yo actúo según tus deseos.

– Entonces estamos de acuerdo. -Colgú se sentía aliviado-. Ya he dado las órdenes a un hombre para este asunto.

– ¿Conozco yo a ese soldado que has elegido?

– Ya lo has visto -contestó su hermano-. Es el joven guerrero que antes echó a Forbassach. Se llama Cass, de la guardia del rey.

– Ah, ¿el joven soldado de cabello rizado? -preguntó Fidelma.

– El mismo. Ha sido un buen amigo y no sólo le confiaría mi vida, sino la tuya también.

Fidelma esbozó una sonrisa picara.

– Eso es precisamente lo que vas a hacer, hermano. ¿Qué sabe Cass de este asunto?

– Tanto como he podido contarte.

– ¿Así que confías plenamente en él? -observó Fidelma.

– ¿Quieres hablar con él al respecto? -preguntó su hermano.

Fidelma lo negó con la cabeza y bostezó repentinamente.

– Tendremos tiempo de sobra durante los tres días de viaje hasta Ros Ailithir. Ahora preferiría un baño caliente y dormir.

Capítulo III

El viaje a través de las grandes cañadas y de las altas sierras de Muman no había sido agradable. Aunque la tormenta había amainado el segundo día, las lluvias incesantes habían dejado el terreno empapado de barro que se pegaba a los cascos y espolones de los caballos como manos ansiosas y dilatorias que les ralentizaban el paso. El fondo de los valles y las llanuras herbosas se habían convertido en tierras pantanosas y a menudo inundadas, que resultaban casi imposibles de atravesar y sin duda de tránsito muy lento. El cielo seguía siendo de un color gris y amenazador, sin la menor señal de que surgiera un sol brillante otoñal; las nubes tristes seguían flotando bajas y oscuras como niebla. Ni siquiera el viento, que de vez en cuando gemía y se lamentaba en las copas de los árboles, donde las hojas casi habían desaparecido, disipaba aquella mortaja.

Fidelma tenía frío y se sentía abatida. No era aquél un tiempo para viajar. Es más, si el asunto no fuera tan urgente, nunca hubiera considerado tal viaje. Iba sentada con rigidez sobre su caballo y tenía el cuerpo helado hasta la médula, a pesar de la pesada capa de lana y la capucha que normalmente le ayudaban a aguantar los helados dedos de las temperaturas inclementes y, aunque llevaba sus guantes de piel, tenía las manos, que se agarraban a las riendas del caballo, entumecidas.

Hacía casi una hora que no hablaba con su compañero, desde que habían dejado la taberna situada al borde del camino donde habían almorzado al mediodía. Llevaba la cabeza gacha contra el viento helado y se concentraba en mantener el caballo por el estrecho sendero mientras iba ascendiendo por la empinada colina que tenían frente a ellos.

Delante de ella, el joven soldado Cass, también envuelto en una gruesa capa de lana con cuello de piel, iba sentado en su caballo con un estudiado porte. Fidelma sonrió para sí al ver cuánto se esforzaba por presentar una buena imagen ante sus ojos críticos. No estaría bien que un miembro de la guardia de élite del rey de Muman mostrara debilidad en presencia de la hermana del presunto heredero. Muy a su pesar, se compadecía por el joven y cuando, de tanto en tanto y de modo repentino, lo veía temblar por el frío húmedo, se sentía más dispuesta hacia él.

El sendero serpenteaba por la ladera de la montaña y una ráfaga de aire frío procedente del sudoeste les golpeó en la cara cuando salieron del abrigo que ofrecía el crestón de rocas. Fidelma percibió el sutil olor de sal en el aire, que indicaba inequívocamente la cercanía del océano.

Cass refrenó su montura y dejó que Fidelma se situara junto a él. Entonces señaló del otro lado de las colinas cubiertas de árboles y de la llanura ondulante, que parecía desaparecer por el sur en el horizonte. Sin embargo, las nubes se mantenían sobre la llanura de tal manera que no podía ver dónde acababa la tierra y empezaba el cielo.

– Deberíamos llegar a la abadía de Ros Ailithir antes de la puesta de sol -anunció Cass-. Ante vos están las tierras de los Corco Loígde.

Fidelma entornó los ojos para protegerlos del frío viento y miró hacia delante. No había deducido tal conexión, cuando su hermano le había dicho que los reyes de Osraige provenían de Corco Loígde. No se había dado cuenta de que la abadía de Ros Ailithir estaba situada en las tierras de ese clan. ¿Sería eso una mera coincidencia? Sabía poco de ellos, salvo que eran uno de los grandes clanes que conformaban el reino de Muman y que eran gente orgullosa.

– ¿Cómo se llama esta colina? -preguntó controlando un temblor.

– La llaman «Long Rock» -contestó Cass-. Es el punto más elevado antes de llegar al mar. ¿Habéis visitado antes la abadía?

Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación.

– No había estado nunca en esta parte del reino, pero me han dicho que la abadía está situada en la punta de una estrecha cala.

El soldado asintió con la cabeza.

– Ros Ailithir está al sur de aquí -dijo indicando la dirección con un gesto de su mano. Luego hizo una mueca al sentir de repente una ráfaga de viento frío en plena cara-. Pero alejémonos de este viento, hermana.

Hizo que su caballo avanzara y Fidelma lo dejó pasar y esperó un rato antes de seguirlo.

Además del tiempo inclemente, que había hecho que el viaje fuera tan desagradable, Fidelma se encontró con que Cass no era un compañero fácil. Era hombre de pocas palabras y Fidelma se iba reprendiendo a sí misma por ir comparándolo con el hermano Eadulf de Seaxmund's Ham, su compañero en Whitby y Roma. Con gran contrariedad, percibió que sentía una curiosa forma de aislamiento; un sentimiento que había experimentado cuando había dejado a Eadulf en Roma y había regresado a su tierra natal. No quería admitir que echaba de menos la compañía del monje sajón. Y no estaba bien que comparara a Cass con Eadulf, pero…

Había conseguido enterarse por el guerrero taciturno que estaba a las órdenes Cathal de Cashel desde que había llegado a la «edad de elegir» y dejó la casa de su padre para entrar al servicio en la corte del rey. Fidelma dedujo que apenas tendría unos pocos conocimientos de tipo general. Había estudiado en una de las academias militares de Muman y luego se había convertido en guerrero profesional o tren-fher. Sirviendo en el ejército real en tiempos de guerra, se había distinguido en dos campañas y había pasado a ser comandante de un catha, un batallón de tres mil hombres. Sin embargo, Cass no era un tipo que se jactara de sus proezas bélicas. Al menos eso era algo a su favor. Fidelma se había informado sobre él antes de marcharse de Cashel. Descubrió que había luchado con éxito en siete combates individuales al servicio de Muman y se había convertido en miembro de la Orden del Collar de Oro y campeón del rey.

Empujó suavemente a su caballo sendero abajo detrás del soldado, serpenteando y girando algunas veces cara al viento y otras al resguardo de éste. Cuando llegaron al pie de la montaña, el chubasco ventoso se había calmado un poco y Fidelma vio una línea brillante de luz que recorría el largo horizonte por el oeste.

Cass sonrió al seguir su mirada.

– Mañana se habrán ido las nubes -predijo con seguridad-. El viento traía la tormenta del sudoeste. Ahora traerá buen tiempo.

Fidelma no contestó. Algo había llamado su atención entre las estribaciones que asomaban al sudeste. Al principio había pensado que era simplemente el reflejo de la luz del sol que atravesaba las gruesas nubes. ¿Pero qué iba a reflejar? Tardó unos momentos en darse cuenta de qué se trataba.

– ¡Allí hay fuego, Cass! -gritó, indicando la dirección-. Y es grande, si no me equivoco.

Cass siguió la dirección de su mano tendida con ojos interesados.

– Un gran fuego, ciertamente, hermana. En aquella dirección hay un pueblo. Un lugar pobre con una única celda de religioso y una docena de casas. Estuve hace seis meses, cuando pasé por estas tierras. Se llama Rae na Scríne, el lugar sagrado en el punto llano. ¿Qué podría causar tal fuego allí? Tal vez deberíamos investigarlo.

Fidelma se entretuvo, apretando los labios pensativa. Su intención era llegar a Ros Ailithir lo antes posible.

Cass frunció el ceño al percibir que dudaba.

– Nos coge de camino a Ros Ailithir, hermana, y la celda está ocupada por una joven religiosa que se llama sor Eisten. Tal vez tenga problemas -dijo con tono de reprimenda.

Fidelma se sonrojó, pues sabía cuál era su deber. Tan sólo su mayor obligación para con el reino de Muman la había hecho vacilar.

En lugar de responderle, clavó los talones en los costados del caballo y lo hizo avanzar deprisa, molesta por el suave tono de reproche que le había dedicado Cass debido a su indecisión.

Tardaron un rato en llegar a un lugar que era la cresta de un pequeño collado espesamente poblado de árboles y que tenía vistas sobre la aldea de Rae na Scríne. Desde su posición en el camino, veían que los edificios del pueblito parecían estar todos ardiendo. Grandes llamas destructoras se elevaban hacia el cielo y los escombros y el humo ascendían en espirales formando una columna negra sobre las construcciones. Fidelma hizo que se detuviera su caballo y Cass casi choca contra ella. La razón de su repentina inquietud era que había una docena de hombres corriendo entre las llamas con espadas y teas ardiendo en las manos. Estaba claro que eran los incendiarios. Antes de poder reaccionar, un grito salvaje les indicó que los habían avistado.

Fidelma se giró para advertir a Cass y sugerirle una retirada en caso de que los hombres resultaran hostiles, pero percibió un movimiento detrás de ellos, junto a los árboles que bordeaban el camino.

Dos hombres salieron al camino con los arcos tensos y apuntando. No dijeron nada. No había nada que decir. Cass intercambió una mirada con Fidelma y se encogió de hombros. Se giraron y esperaron pacientemente mientras dos o tres de los hombres, que obviamente habían prendido fuego al poblado, ascendieron corriendo por el collado y se detuvieron ante ellos.

– ¿Quiénes sois? -inquirió su jefe, un individuo que tenía la cara grande y roja, manchada de hollín y barro.

Sujetaba una espada en una mano y en la otra ya no sostenía la tea. Llevaba un casco de guerra de acero, una capa de lana ribeteada de piel y una cadena de oro. Sus ojos pálidos resplandecían como por el fragor de la batalla.

– ¿Quién sois? -volvió a gritar-. ¿Qué buscáis aquí?

Fidelma bajó los ojos y miró impasible a aquella figura amenazadora. Aquel desdeño artificial ocultaba sus temores.

– Soy Fidelma de Kildare; Fidelma de los Eóganacht de Cashel -añadió-. ¿Y quién sois vos para detener a unos viajeros en el camino?

El hombre abrió bien los ojos un momento. Dio un paso adelante y la examinó de cerca sin contestar. Luego se giró para examinar a Cass con la misma atención.

– ¿Y vos? ¿Quién sois? -preguntó con una brusquedad que dejaba entender que no le había impresionado saber que Fidelma estaba emparentada con los reyes de Cashel.

El joven guerrero se desajustó la capa para que el hombre pudiera ver su torc de oro.

– Soy Cass, campeón del rey de Cashel -dijo, imprimiendo a su voz todo el tono de fría arrogancia que pudo.

El hombre de cara roja retrocedió e hizo un gesto a los otros para que bajaran sus armas.

– Entonces ocupaos de vuestros asuntos. Alejaos de este lugar; no miréis atrás y no se os hará daño.

– ¿Qué está pasando aquí? -inquirió Fidelma, señalando con la cabeza hacia las construcciones que ardían.

– El azote de la peste amarilla ha devastado este lugar -respondió el hombre-. La destruimos con las llamas, eso es todo. ¡Ahora, marchad!

– ¿Pero, y la gente? -protestó Fidelma-. ¿De quién tenéis órdenes para hacer esto? Yo soy dálaigh del tribunal brehon y hermana del presunto heredero de Cashel. Hablad, hombre, o tal vez tengáis que responder ante los brehons de Cashel.

El hombre de cara rojiza parpadeó ante el tono duro que mostraba la voz de la joven. Tragó saliva y levantó la vista como si no pudiera creer lo que oía. Entonces respondió enfurecido.

– Los reyes de Cashel no tienen derecho a dar órdenes en la tierra de los Corco Loígde. Sólo nuestro jefe, Salbach, tiene ese derecho.

– Y Salbach tiene que responder ante el rey de Cashel, muchacho -señaló Cass.

– Estamos lejos de Cashel -replicó el hombre con tozudez-. Yo os he advertido de que aquí hay peste amarilla. Ahora marchad antes de que cambie de opinión y ordene a mis hombres que disparen.

Dio una señal a sus arqueros. Éstos elevaron sus armas otra vez y tendieron las cuerdas de los arcos. Tenían las flechas preparadas junto a sus mejillas.

Cass estaba nervioso.

– Hagamos lo que dice, Fidelma -murmuró. Sólo que un dedo se les resbalara, la flecha daría seguro en un blanco-. Este hombre es de los que no razonan más que con la fuerza.

Fidelma se retiró de mala gana y siguió a Cass, que arreaba a su caballo para que retomara el camino por el que habían venido, pero en cuanto estuvieron del otro lado de la curva, lo alcanzó y lo agarró por el brazo para detenerlo.

– Hemos de regresar para ver lo que está sucediendo -dijo con firmeza-. ¿Fuego y espadas para combatir la peste en un pueblo? ¿Qué tipo de jefe sancionaría tal cosa? Hemos de regresar y ver qué ha ocurrido a la gente.

Cass la miró dubitativo.

– Es peligroso, hermana. Si tuviera un par de hombres o incluso si estuviera solo…

Fidelma resopló disgustada.

– No permitáis que mi sexo ni mi santa orden atemoricen vuestro corazón, Cass. Estoy ansiosa por compartir el peligro. ¿O acaso tenéis miedo de la peste?

Cass parpadeó rápidamente. Había tocado su masculino orgullo guerrero.

– Estoy ansioso por regresar -contestó con frialdad-. No estaba más que preocupado por vos y vuestra misión. Sin embargo, si exigís que regresemos, regresaremos. Pero sería mejor no hacerlo directamente. Esos soldados podrían estar esperando que así lo hiciéramos. Los temo más a ellos que a la peste. Cabalgaremos por las colinas un poco y luego dejaremos nuestros caballos y buscaremos una posición estratégica para observar lo que podamos antes de regresar al pueblo.

Fidelma accedió de mala gana. La ruta indirecta tenía sentido.

Pasó media hora antes de que se encontraran ocultos tras una mata de arbustos en los alrededores de los edificios que todavía ardían. Unas construcciones de madera crujían bajo el gran fuego, mientras otras se desplomaban y provocaban una lluvia de chispas y nubes de humo. Fidelma se dio cuenta de que en poco tiempo el pueblo no sería más que un amasijo negro de carbón. Parecía que el hombre de cara rojiza y sus seguidores habían desaparecido. No se oían sonidos humanos entre el crujir y el rugido de las llamas.

Fidelma se puso lentamente en pie y se tapó la boca con un trozo de capucha para protegerse los pulmones de aquella nube de humo.

– ¿Dónde está la gente? -preguntó, sin esperar realmente que Cass respondiera.

Éste observaba sin comprender los escombros en llamas de lo que había sido una docena de granjas. Fidelma obtuvo una respuesta antes incluso de que su pregunta se formulara. Había varios cuerpos yaciendo entre las granjas quemadas; hombres, mujeres y niños. La mayoría de ellos habían sido atacados antes de que se prendiera fuego a sus casas. Ciertamente no eran víctimas de la peste amarilla.

– La cabaña de sor Eisten estaba por allí -indicó Cass en tono grave-. Se ocupaba de un pequeño hostal para viajeros y de un orfanato. Me alojé en ella cuando pasé por la zona hace seis meses.

Se abrió camino entre el humo y el remolino de escombros hasta un extremo del pueblo. Había una construcción junto a una roca de la que manaba agua. El hostal no se hallaba totalmente destruido porque estaba en gran parte construido con piedras, amontonadas una encima de las otras. Pero el tejado de madera, las puertas y lo que había contenido el edificio ya no existían. Ahora eran un montón de cenizas ardiendo.

– Destruido -murmuró Cass, con las manos en las caderas-. Gente asesinada y ninguna señal de peste. Esto es un misterio.

– ¿Una pelea? -aventuró Fidelma-. ¿Tal vez una represalia por algo que hiciera este pueblo?

Cass se encogió de hombros.

– Cuando lleguemos a Ros Ailithir, hemos de enviar un mensaje al jefe de esta zona relatándole esto y pidiendo que nos dé una explicación en nombre de Cashel.

A Fidelma le parecía bien. Miró con desgana hacia el cielo por el este. No tardaría mucho en anochecer. Tenían que ponerse inmediatamente en camino hacia la abadía o se haría de noche mucho antes de que llegaran.

Les sorprendió el llanto agudo de un bebé, totalmente inesperado en aquel momento y en aquel lugar.

Fidelma echó rápidamente una mirada a su alrededor intentando localizar de dónde provenía el ruido. Cass ya iba por delante de ella, subiendo por una cuesta que había al borde de un bosque en los aledaños del pueblo, tras el abrasado hostal de la religiosa.

Fidelma no tuvo más remedio que apresurarse tras de él.

Percibieron un movimiento entre los arbustos y Cass se abalanzó y atrapó con su mano algo que se retorcía y chillaba.

– ¡Dios nos asista! -susurró Fidelma.

Era un niño de no más de ocho años, sucio y despeinado, gritando de miedo.

Algo más se movió entre los árboles.

Una mujer joven surgió de detrás de los arbustos; su cara era gordita y blanca, allí donde no estaba manchada por el hollín y la suciedad. Su rostro reflejaba ansiedad. En sus brazos mecía al niño que chillaba, mientras que alrededor de sus faldas, agarrándose a sus pliegues, había dos niñas de cabello cobrizo que sin duda eran hermanas. Detrás de ella había dos niños de cabellos castaños. Todos ellos parecían angustiados.

Fidelma vio que la mujer apenas tendría veinte años, aunque llevaba hábito de religiosa. A pesar de que el bebé casi lo ocultaba, Fidelma se dio cuenta de que llevaba un gran crucifijo, algo poco usual. Era una pieza más propia del estilo de Roma que del irlandés, pero estaba trabajado y tenía piedras semipreciosas incrustadas. A pesar de su aparente juventud, su figura rechoncha y de cara redonda conferían a la mujer un aire que en circunstancias normales resultaría de protección maternal. Ahora temblaba de forma incontrolada.

– ¡Sor Eisten! -gritó Cass sorprendido-. No tengáis miedo. Soy yo, Cass de Cashel. Estuve en vuestro hostal hace seis meses cuando pasé por el pueblo. ¿No me recordáis?

La joven religiosa lo observó de cerca y sacudió la cabeza. Sin embargo, su rostro empezó a mostrar cierto relajamiento y volvió sus ojos castaños hacia Fidelma.

– ¿No estáis con Intat? ¿No sois de su banda? -preguntó medio atemorizada.

– Quienquiera que sea Intat, no somos de su banda -contestó Fidelma con gravedad-. Yo soy sor Fidelma de Kildare. Mi compañero y yo viajamos a la abadía de Ros Ailithir.

Los músculos del rostro de la hermana, tan tensos antes, se empezaron a relajar. Intentaba contener las lágrimas de susto y de alivio.

– ¿Ya… ya… se han ido? -consiguió decir finalmente, con voz temblorosa y atemorizada.

– Parece que se han ido, hermana -respondió Fidelma intentando tranquilizarla cuanto podía; luego se adelantó y tendió las manos para coger al bebé-. Venid, parecéis agotada. Dadme al niño, descansad un poco y explicadnos qué ha sucedido. ¿Quiénes eran?

Sor Eisten se echó hacia atrás de golpe, como si temiera que la tocaran. Por si acaso, apretó al bebé con fuerza contra su pecho.

– ¡No! No nos toquéis a ninguno.

Fidelma se detuvo sorprendida.

– ¿Qué queréis decir? No os podemos ayudar hasta que sepamos lo que está sucediendo.

Sor Eisten se la quedó mirando con los ojos expresivos bien abiertos.

– Es la plaga, hermana -susurró-. Hemos tenido la peste en este pueblo.

La mano con la que Cass agarraba al muchacho, que seguía retorciéndose, pareció quedarse de repente sin fuerza. El cuerpo se le quedó rígido. El muchacho se escabulló.

– ¿Plaga? -susurró Cass, dando un paso atrás de forma involuntaria.

A pesar de su anterior actitud, al verse confirmada la presencia de la peste, Cass se sentía claramente preocupado.

– Así pues, ¿hay peste en el pueblo, después de todo? -preguntó Fidelma.

– Varios han muerto en el pueblo durante las últimas semanas. A mí no me ha tocado, gracias a Dios, pero otros han muerto.

– ¿Alguno de los que están aquí está enfermo? -insistió Cass, mirando ansioso a los niños.

Sor Eisten sacudió la cabeza en señal de negación.

– No es que a Intat y sus hombres les importara. Todos hubiéramos muerto si no nos hubiéramos ocultado…

Fidelma la miraba fijamente y cada vez era mayor el horror que sentía.

– ¿Os hubieran matado tanto si tuvierais la peste como sino? ¡Explicaos! ¿Quién es ese Intat?

Sor Eisten dejó ir otro gemido. Estaba casi a punto de derrumbarse. Incitándola un poco, empezó a explicarse.

– Hace tres semanas, apareció en el pueblo la peste amarilla. Primero la cogió una persona y luego otra. No perdonó ni el sexo ni la edad. Ahora estos niños y yo misma es todo lo que queda de las treinta almas que habitaban en este lugar.

Los ojos de Fidelma se posaron primero en el bebé, que no tendría más que unos meses, y luego en los niños. Las dos niñas de cabellos cobrizos apenas tendrían nueve años. El niño rubio, que se había alejado del lado de Cass y se había situado a la defensiva detrás de sor Eisten, tendría la misma edad. Los dos muchachos más altos, que fruncían el ceño, con el cabello negro y ojos grises suspicaces, eran mayores. Uno tendría unos diez años y el otro tal vez catorce o quince. Parecían hermanos. Fidelma se giró y miró a la rolliza religiosa, que temblaba.

– No habéis explicado todo, hermana -dijo Fidelma como engatusándola, sabiendo que la joven podía romper a llorar-. ¿Decís que ese hombre, Intat, ha venido a matar a la gente, a quemar la aldea, cuando todavía había gente sana aquí?

Sor Eisten aspiró fuerte por la nariz e hizo ver que pensaba lo que iba a decir.

– No teníamos soldados que nos protegieran. Esto era un asentamiento de granjeros. Al principio pensé que los atacantes temían que la peste se extendiera por los pueblos vecinos y que intentaban conducirnos a las montañas para que no los contagiáramos. Pero empezaron a matar a la gente. Parecían sentir un placer especial matando a los niños pequeños.

Gimió profundamente al recordarlo.

– ¿Así que todos los hombres del pueblo habían sucumbido a la plaga? -preguntó Cass-. ¿No había nadie para defenderos cuando sobrevino el ataque?

– Tan sólo unos pocos hombres intentaron evitar la carnicería. ¿Qué podían hacer unos cuantos granjeros contra una docena de guerreros armados? Murieron bajo las espadas de Intat y sus hombres…

– ¿Intat? -inquirió Fidelma-. De nuevo, Intat. ¿Quién es ese Intat que no dejáis de nombrar?

– Es un jefe local.

– ¿Un jefe local? -Fidelma estaba escandalizada-. ¿Se atrevió a pasar al pueblo a fuego y espada?

– Yo conseguí reunir a algunos de los niños y llevarlos a salvo al bosque -repitió sor Eisten, sollozando al recordar las escenas de aquella matanza-. Nos ocultamos mientras Intat llevaba a cabo su horrible acción. Prendió fuego al pueblo… -se detuvo, incapaz de continuar.

Fidelma exhaló con profundidad.

– ¿Qué gran crimen se ha cometido aquí, Cass? -preguntó en voz baja, mientras contemplaba las casas del pueblo que todavía ardían.

– ¿No podía ir alguien al bó-aire, el magistrado local, y exigir protección? -preguntó Cass, visiblemente conmovido por la historia de sor Eisten.

– ¡Intat es el bó-aire de este lugar! -exclamó la monja rabiosa-. Ocupa un lugar en el consejo de Salbach, jefe de los Corco Loígde. -Parecía que iba a sucumbir al agotamiento, pero entonces se recuperó y levantó la barbilla-. Y ahora ya habéis oído lo peor; ahora que ya sabéis que hemos estado en contacto con la plaga, dejadnos perecer en las montañas y seguid vuestro camino.

Fidelma sacudió la cabeza con compasión.

– Nuestro camino es ahora vuestro camino -dijo con firmeza-. Vendréis con nosotros a Ros Ailithir, pues supongo que estos niños no tendrán familia que los alimente.

– Ninguna, hermana. -La joven religiosa miraba fijamente a Fidelma, asombrada-. Yo regento una casita de acogida para los huérfanos de la peste y ellos están a mi cargo.

– Entonces, a Ros Ailithir.

Cass parecía estar ligeramente preocupado.

– Hay un buen trozo hasta Ros Ailithir -susurró, y luego añadió algo en voz baja-. Y, al abad, tal vez no le guste que expongamos la abadía al contacto de la peste.

Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación.

– Todos estamos expuestos a ella. No podemos ocultarnos de ella ni quemarla hasta hacerla inexistente. Hemos de aceptar la voluntad de Dios, sea cual sea. Bueno, se está haciendo tarde. ¿Tal vez deberíamos quedarnos aquí esta noche? Al menos no tendremos frío.

Ante aquella sugerencia, sor Eisten protestó al instante.

– ¿Y si Intat y sus hombres regresan? -se lamentó.

– Tiene razón, Fidelma -admitió Cass-. Existe esa posibilidad. Es mejor no quedarse aquí, por si Intat anda cerca. Si se da cuenta de que hay supervivientes, tal vez tenga ganas de rematar la faena.

Fidelma cedió con renuencia a sus objeciones.

– Cuanto antes nos pongamos en marcha, antes llegaremos. Cabalgaremos todo lo que podamos en dirección a Ros Ailithir.

– Pero Intat se ha llevado nuestros animales -volvió a protestar Eisten-. No es que hubiera caballos, pero había algún asno…

– Tenemos dos caballos y los niños se pueden sentar dos o tres juntos en cada uno -afirmó Fidelma-. Los adultos tendremos que ir a pie y haremos turnos para llevar al bebé. Pobrecito. ¿Qué le pasó a la madre?

– Era una de las que mató Intat.

Los ojos de Fidelma se mostraron fríos como el acero.

– Responderá ante la ley por este hecho. Como bó-aire, ha de tener en cuenta las consecuencias de sus actos. ¡Y responderá!

Su voz no denotaba una vana bravuconada; simplemente una fría afirmación.

Cass observaba con respeto sincero a Fidelma, que silenciosamente, pero con firmeza, se hizo cargo de todo; reunió a los niños y los colocó sobre los caballos, tomó al bebé para dar a la joven y exhausta sor Eisten la oportunidad, si es que podía recuperarse. Tan sólo el más joven de los dos muchachos de cabello negro parecía reacio a salir del abrigo del bosque; sin duda todavía estaba aterrorizado por lo que había visto. Fue el hermano mayor quien finalmente lo persuadió con algunas palabras en voz baja. El muchacho mayor no parecía dispuesto a cabalgar en el caballo, sino a caminar junto a él; insistió en que estaba cerca de la edad de elegir y tenían que considerarlo un adulto. Fidelma no discutió con el chico de cara solemne. Se pusieron en marcha por el sendero en dirección a la abadía de Ros Ailithir. Cass deseaba no encontrarse con Intat y su banda de forajidos por el camino.

Entendía, sin embargo, los temores que llevaban a los aldeanos a arremeter contra sus paisanos. Había oído muchas historias de la peste amarilla que devastaba comunidades enteras, no sólo en los cinco reinos de Éireann, sino más allá de sus costas, donde se decía se había originado la plaga. Cass se daba cuenta de que ningún temor a la extensión de la peste absolvía a Intat y sus hombres de sus responsabilidades ante la ley. Incendiar toda una comunidad por miedo al contagio era comprensible, pero equivocado. Lo que también sabía, y se daba cuenta de que Fidelma lo compartía, era que, como bó-aire, Intat tendría que enfrentarse a las consecuencias de esta terrible acción cuando se tuviera conocimiento de ella en Cashel. Había dejado que Fidelma y Cass continuaran su viaje sin molestarlos al creer que no averiguarían lo que había sucedido. Si Intat se diera cuenta de que habían dado media vuelta y se habían encontrado con los supervivientes a su horrible carnicería, sus vidas estarían en peligro. Lo mejor era alejarse de aquel lugar y ellos.

Admiraba que la joven hermana de Colgú no manifestara tener miedo alguno a la peste. Él no se hubiera relacionado tan abiertamente con estos niños si no hubiera sido porque no quería sentirse avergonzado ante Fidelma. Así que controlaba sus temores y hacía lo que ella le ordenaba.

Fidelma charlaba alegremente intentando animar a los niños horrorizados y temerosos. Se agarraba a cualquier tema intrascendente, como preguntar a la joven hermana Eisten dónde había adquirido el magnífico crucifijo que llevaba. Después de insistir un poco, sor Eisten confesó que una vez había hecho un peregrinaje que había durado tres años. Fidelma tuvo que interrumpirla para decir que no hubiera pensado que tuviera tantos años para haber vivido tal experiencia, pero Eisten era mayor de lo que parecía, tenía veintidós años. Había viajado con un grupo de religiosas a Tierra Santa. Había estado en la ciudad de Belén y había peregrinado al mismísimo lugar de nacimiento del Salvador. Allí había comprado el ornamentado crucifijo a un artesano local. Así que Fidelma la animó para que hablara de sus aventuras, simplemente para que los niños estuvieran ocupados y contentos.

En su fuero interno, Fidelma no estaba en absoluto feliz. Estaba desconsolada, no ante la idea de entrar en contacto con potenciales portadores de la peste, sino porque las condiciones del viaje eran incluso peores de lo que habían sido para ella, que se había estado quejando del tiempo y del frío y de la humedad. Al menos entonces iba a caballo. Ahora se iba tambaleando por entre el barro y la nieve del camino, intentando mantener un delicado equilibrio con el bebé que llevaba en los brazos. El pequeño no dejaba de lloriquear y se retorcía y giraba, lo que complicaba más las cosas. Fidelma no quería alarmarse, pero bajo la media luz había observado un color amarillo revelador en la piel del bebé y había notado fiebre en su pequeña frente. De vez en cuando, para evitar que el pequeño se retorciera y se le escapara, Fidelma casi se caía a causa del barro que se le pegaba a los tobillos.

– ¿Cuánto falta para llegar a Ros Ailithir? -preguntó después de que llevaran caminando dos horas.

Sor Fidelma fue precisa.

– Está a siete millas de aquí, pero el camino no mejora.

Fidelma apretó un momento los dientes y no contestó.

La penumbra del anochecer se extendía rápidamente desde el este, mezclándose con las nubes bajas tenebrosas y, casi antes de que se diera cuenta, una espesa niebla nocturna iba oscureciendo el camino. El tiempo no se había despejado todavía como Cass había predicho.

Fidelma, muy a su pesar, pidió un alto.

– No conseguiremos llegar nunca a la abadía así -advirtió a Cass-. Tendremos que encontrar un lugar para quedarnos hasta la mañana.

Como para dar énfasis a los peligros de un viaje nocturno, una manada de lobos empezó a aullar y gañir al unísono en las colinas. Una de las niñitas empezó a llorar, un lloriqueo triste y doloroso que a Fidelma le partió el corazón. Se había enterado de que las hermanas de cabello cobrizo se llamaban Cera y Ciar. El niño rubio se llamaba Tressach, mientras que los otros dos niños, tal como había supuesto, eran hermanos, Cétach y Cosrach. Durante su corto trayecto por los fríos bosques, había conseguido extraerles toda esta información.

– Lo primero es encender algunas antorchas -anunció Cass-. Luego tendremos que encontrar algún refugio.

Entregó las riendas de su caballo al muchacho mayor, Cétach, y se fue a un lado del camino bordeado por los bosques. Fidelma oyó el crujir de unas ramitas y un débil reniego de Cass que buscaba yesca lo bastante seca para hacer fuego y encender una antorcha.

– ¿Sabéis si hay algún lugar que nos pueda servir de abrigo? -preguntó Fidelma a sor Eisten.

La joven religiosa sacudió la cabeza en señal de negación.

– Tan sólo el bosque.

Cass había conseguido prender fuego a un montón de ramitas, pero no arderían mucho tiempo.

– Es mejor que encendamos un fuego -murmuró al reunirse con Fidelma-. Si no hay nada más, al menos los árboles pueden proporcionarnos algún cobijo. Tal vez podamos encontrar suficientes arbustos para construir alguna protección. Pero va a ser una noche fría para los niños.

Fidelma dejó ir un suspiro y asintió con la cabeza. Había poco que hacer. Ya resultaba imposible ver a unas pocas yardas de distancia. Tal vez hubiera tenido que insistir en quedarse en el pueblo a pasar la noche. Al menos no hubieran tenido frío entre las ruinas humeantes. De todas maneras, no tenía sentido reprochárselo.

– Entonces vayamos hasta el bosque y veamos si podemos encontrar un lugar seco. Dormiremos lo que podamos.

– Los niños no han comido desde esta mañana -lanzó sor Eisten.

Fidelma gruñó para sí.

– Bueno, no se puede hacer nada hasta que sea de día, hermana. Concentrémonos en calentarnos y mantenernos todo lo secos que podamos. La comida vendrá luego.

Los ojos agudos de Cass consiguieron descubrir un claro entre los árboles altos, por el que se extendía, sobre un área bastante seca de ramitas y hojas, un matorral casi como si fuera una tienda.

– Casi a propósito -dijo alegremente. Fidelma se lo imaginó sonriendo en la oscuridad-. Ataré los caballos aquí fuera y encenderé un fuego. Llevo un croccán, mi hervidor, y así podremos tomar algo caliente. Vos y sor Eisten podéis llevar a los niños bajo el arbusto. -Hizo una pausa y añadió algo encogiéndose de hombros-: Es lo mejor que podemos hacer.

– Sí -contestó Fidelma; había poco más que decir.

Al cabo de media hora, Cass había encendido un fuego aceptable y había colocado su croccán lleno de agua para que hirviera. Fidelma insistió en que añadieran hierbas a la mezcla, alegando que ayudarían a protegerlos de la helada de la noche. Se preguntaba si Cass o Eisten se darían cuenta de que la infusión de hojas y flores de la hierba drémire buí se utilizaba para protegerse del azote de la peste amarilla. Nadie comentó nada cuando se repartió la bebida, aunque los niños se quejaron de la amargura de la mezcla. Pronto, sin embargo, casi todos estaban dormidos, más por cansancio que por otra cosa.

El grito de los lobos continuaba rasgando los extraños sonidos nocturnos del bosque.

Cass se puso en cuclillas ante el fuego; iba alimentando sus hambrientas llamas con trozos de leña que no eran muy adecuados y siseaban, pero al menos producían suficiente lumbre y despedían cierto calor.

– Nos pondremos en marcha con la primera luz -le dijo Fidelma-. Si avanzamos a un paso razonable, tendríamos que llegar a la abadía a media mañana.

– Tenemos que mantener una guardia esta noche -observó Cass-. Si no para asegurarnos que Intat y sus hombres se acercan, sí para ir alimentando el fuego. Yo haré la primera guardia.

– Entonces yo haré la segunda -insistió Fidelma, tapándose bien los hombros con su capa en un vano esfuerzo por que ésta le abrigara más.

Fue una noche larga y fría, pero, aparte del aullido lejano de los lobos y los gritos de otras criaturas nocturnas, no sucedió nada que perturbara su incómoda paz.

Cuando todos se despertaron a la luz gris y lánguida de la mañana, con el helor del nuevo día, fue sor Eisten quien descubrió que el bebé había muerto durante la noche. Nadie mencionó el color amarillento en la textura cérea de la piel del bebé.

Cass cavó una tumba poco profunda con su espada y, ante el lloriqueo desconcertado de los demás niños, sor Fidelma y sor Eisten elevaron una plegaria silenciosa mientras enterraban su diminuto cuerpo. Sor Eisten no había sido capaz de recordar su nombre.

Para entonces, las nubes se habían ido rodando y un débil sol otoñal pendía del cielo azul claro y brillante, pero no cálido. Cass había acertado sobre el cambio de tiempo.

Capítulo IV

La campana daba el ángelus de mediodía cuando Fidelma y su grupo avistaron la abadía de Ros Ailithir. El viaje les había llevado más tiempo del que ella había calculado, pues, aunque el día era cálido y luminoso, el camino todavía estaba encharcado y embarrado y resultaba difícil avanzar.

La abadía era mayor de lo que Fidelma había imaginado; constituía un amplio complejo de edificios de piedra gris elevados, tal como le habían informado, en la ladera de la punta de una estrecha cala. Era una ensenada demasiado larga y estrecha para llamarla bahía. Enseguida se dio cuenta de que había varios barcos anclados allí, y luego volvió la mirada hacia las varias construcciones grises. Había diversas estructuras grandes, todas ellas en el interior de unos oscuros y altos muros de granito que formaban una figura oval. En el centro distinguió la imponente iglesia de la abadía. Era un edificio extraordinario y peculiar. La mayoría de las iglesias de los cinco reinos estaba construida en plantas circulares, pero ésta estaba edificada en forma de crucifijo con una gran nave y un crucero en los ángulos rectos. Fidelma sabía que este estilo se iba haciendo popular entre los nuevos constructores de iglesias. Junto a ésta, había un alto cloictheach, o campanario, desde donde las solemnes campanadas resonaban por el pequeño valle que descendía al mar.

Uno de los niños, otra vez el más joven de los dos muchachos de cabello negro, soltó un gemido y empezó a temblar. Su hermano le dijo algo bruscamente, pero en voz baja.

– ¿Qué le aflige? -preguntó Cass. Era el que estaba más cerca de los dos niños; el más joven estaba sentado sobre su caballo.

– Mi hermano cree que nos harán daño si vamos donde haya adultos -contestó el mayor con solemnidad-. Tiene miedo después de lo que pasó ayer.

Cass sonrió amablemente al joven.

– No tengas miedo, hijo. Nadie allí os hará daño. Es una abadía santa. Os ayudarán.

El mayor susurró secamente algo a su hermano menor y luego se volvió hacia Cass.

– Ya está mejor.

Ahora todos los niños mostraban signos de fatiga, cansancio y agitación después de su aterradora experiencia. De hecho, todos estaban exhaustos tanto física como emocionalmente. El malestar y la inquietud de la fría noche no habían resultado reparadores y aquella mañana habían realizado un duro trayecto desde los bosques hasta la costa. Sus rostros reflejaban cansancio.

– No pensaba que la abadía fuera tan grande -le comentó Fidelma a Cass, como para dar un aire de normalidad a la compañía deprimida.

Sin embargo, también era cierto que se sentía impresionada por la amplitud de los edificios que dominaban la cala.

– Me han dicho que aquí estudian cientos de proselitistas -contestó Cass con indiferencia.

De repente la campana dejó de sonar.

Fidelma hizo que volvieran a avanzar. Se sentía un poco incómoda, porque no había hecho caso de la llamada a la oración. Habría tiempo de sobra para detenerse y rezar cuando ella y su exhausta carga estuvieran a salvo bajo la protección de las murallas de la abadía. Echó una mirada ansiosa a sor Eisten. La rolliza joven parecía perdida en pensamientos melancólicos. Fidelma lo atribuyó a la conmoción que la mujer había recibido por la mañana al conocer la muerte del bebé. Justo después de que se pusieran en marcha, había caído en un malestar, una contemplación sensiblera, y parecía que no era consciente de lo que sucedía a su alrededor. Caminaba automáticamente, con la cabeza inclinada hacia delante, los ojos fijos en el suelo, y no respondía cuando se le hablaba. Fidelma había reparado en que ni siquiera había alzado los ojos cuando habían avistado Ros Ailithir y se había oído el tañido de la campana. Sí, era mejor llevar al grupo hasta la abadía que detenerse a rezar en el camino.

Mientras se acercaban a las murallas de la abadía, se dio cuenta de que había unos cuantos religiosos trabajando en los campos de los alrededores. Parecía que estaban cortando col rizada, probablemente para dar de comer a las vacas. Lanzaron algunas miradas en dirección de ellos, pero los hombres se entregaban diligentemente a su trabajo en aquella mañana fría de otoño.

Las puertas de la abadía estaban abiertas. Fidelma frunció el ceño cuando vio, colgando junto a la puerta, un manojo de ramas retorcidas de mimbre y álamo temblón. Le recordó algo, pero no supo qué. Todavía seguía intentando encontrar entre sus recuerdos el simbolismo de aquel manojo cuando tuvo que fijar su atención en un hombre grueso y de mediana edad que vestía hábito de religioso y estaba esperándolos en la entrada. El cabello que le crecía junto a su tonsura tenía algunas canas. Era un hombre musculoso y su rostro ceñudo parecía advertir que no era alguien con quien bromear.

– Bene vobis -entonó con voz profunda de barítono, haciendo el saludo ritual.

– Deus vobiscum -respondió sor Fidelma automáticamente y luego decidió prescindir de las demás cortesías habituales-. Estos niños necesitan comida, descanso y entrar en calor -dijo sin más preámbulo, haciendo que el hombre abriera bien los ojos asombrado-. Lo mismo necesita esta hermana. Han tenido una mala experiencia. He de advertiros de que han estado expuestos a la peste amarilla, así que vuestro médico tendría que examinarlos inmediatamente. Mientras tanto, mi compañero y yo queremos que nos llevéis ante el abad Brocc.

El hombre tartamudeó sorprendido de que una joven anacoreta pudiera largar tantas órdenes antes de haber sido propiamente admitida en la abadía. El hombre frunció el ceño y abrió la boca para articular una protesta.

Fidelma lo interrumpió antes de que pudiera hablar.

– Soy Fidelma de Cashel. El abad debe de estar esperándome -añadió con firmeza.

El hombre se quedó con la boca abierta, como un pez. Luego se apartó. Fidelma pasó majestuosamente a su lado y atravesó las puertas con las personas a su cargo. El monje se giró y corrió tras ella; la alcanzó cuando entraba en un patio grande y empedrado que había tras la entrada.

– Sor Fidelma… Nosotros, es… -Resultaba claro que estaba nervioso debido a la entrada brusca que habían realizado-. Llevamos esperándoos desde ayer, más o menos. Nos advirtieron… dijeron… que os esperásemos… Yo soy el hermano Conghus, el aistreóir de la abadía. ¿Qué ha sucedido? ¿Quiénes son estos niños?

Fidelma se volvió hacia el ostiario y contestó bruscamente.

– Supervivientes de Rae na Scríne, que unos asaltantes han quemado.

El religioso dirigió su mirada de los niños lastimosos a la joven y rolliza hermana Eisten. Abrió de un palmo los ojos al reconocerla.

– ¡Sor Eisten! ¿Qué ha sucedido?

La joven seguía contemplando con aspecto depresivo el aire y no le saludó.

El monje se volvió hacia Fidelma claramente desconcertado.

– En esta abadía conocemos a sor Eisten. Se ocupaba de una misión en Rae na Scríne. ¿Destruido por unos asaltantes, habéis dicho?

Fidelma inclinó la cabeza asintiendo levemente.

– El pueblo fue atacado por un grupo de hombres conducidos por un tal Intat. Tan sólo han sobrevivido sor Eisten y estos niños. Pido santuario para ellos.

– ¿También habéis mencionado algo respecto a la peste? -preguntó el hermano Conghus confuso.

– Me han dicho que la razón de este horrible ataque era que había peste en el pueblo. Por ello pido que llamen al médico de la abadía. ¿Teméis la plaga, aquí?

El hermano Conghus sacudió la cabeza en señal de negación.

– Con la ayuda de Dios, la mayoría de nosotros ha descubierto una inmunidad en esta abadía. Hemos tenido cuatro brotes de peste durante el último año, pero tan sólo se ha llevado algunas vidas entre los jóvenes estudiantes. Ya no tenemos miedo a la enfermedad. Voy a por alguien al hostal que se haga cargo de sor Eisten y sus niños; se ocuparán de ellos.

Se giró y llamó con la mano a una joven novicia que pasaba. Era una muchacha alta, de espaldas ligeramente anchas y andares torpes.

– Sor Necht, llevad a esta hermana y a los niños al hostal. Decidle al hermano Rumann que llame al hermano Midach para que los examine. Luego ocupaos de que les den de comer y descansen. Después hablaré con Midach.

Sus órdenes fueron dictadas en varios arranques. Fidelma percibió que la joven vacilaba y se quedaba con la boca abierta, sorprendida al reconocer a Eisten y los niños. Entonces pareció hacer un esfuerzo consciente para recuperarse y se apresuró a conducir a los niños y a la triste y rolliza Eisten. El hermano Conghus, seguro de que sus órdenes se obedecían, se volvió hacia Fidelma.

– El hermano Midach es nuestro médico principal y Rumann es nuestro administrador. Se ocuparán de sor Eisten y de los niños -explicó sin que hubiera necesidad. Señaló del otro lado del patio-. Os llevaré ante el abad. ¿Venís entonces directamente de Cashel?

– Así es -confirmó Cass mientras le seguían. Cass, como soldado que era, se detuvo para llamar la atención respecto a un asunto que Fidelma no había tenido en cuenta-. Nuestros caballos necesitan que los cepillen y les den de comer, hermano.

– Me ocuparé de vuestros caballos tan pronto como os haya conducido hasta el abad -contestó Conghus.

El ostiario de la abadía empezaba a apresurarse por el patio empedrado y se iba deteniendo de vez en cuando para exhortarlos a seguirlo con mayor rapidez. Fidelma y Cass obedecían, pero con un ritmo mucho más tranquilo debido a su fatiga. La caminata parecía interminable pero, por fin, después de ascender las escaleras de un gran edificio algo separado de los demás, el aistreóir se detuvo ante una puerta de roble oscuro y les hizo señal de esperar mientras él llamaba y desaparecía tras ella. Tan sólo pasaron unos momentos y volvió a aparecer y, aguantando la puerta abierta, les indicó que entraran.

Se encontraron en una estancia grande y abovedada cuyas paredes de piedra fría y gris se alegraban con coloridos tapices, cada uno ilustrando algo de la vida de Jesús. Un fuego ardía en el hogar y el olor a incienso invadía la habitación. El suelo estaba cubierto por suaves alfombras de lana. El mobiliario era rico y los adornos extravagantes por su opulencia. El abad de Ros Ailithir parecía no creer en la frugalidad.

– ¡Fidelma!

Un hombre alto se levantó de detrás de una mesa de roble oscuro pulido. Era delgado, con nariz aguileña y penetrantes ojos azules; su cabello pelirrojo estaba cortado según la tonsura de la iglesia irlandesa, afeitado por delante hasta una línea de oreja a oreja y luego suelto y largo por atrás. Había algo en su cara que, para un ojo crítico, sugería que existía algún tipo de relación con Fidelma.

– Soy vuestro primo, Brocc -anunció el hombre delgado. Parecía que su voz tronara como la de un bajo-. No os había vuelto a ver desde que erais niña.

Se suponía que se trataba de un saludo cálido; sin embargo, había alguna nota falsa en la voz del abad. Era como si parte de sus pensamientos estuviera en otro lugar mientras intentaba dar la bienvenida.

Incluso cuando tendió ambas manos para tomar las de Fidelma en señal de saludo, estaban frías y flacidas y parecían desvirtuar el pretendido tono de bienvenida de su voz. Fidelma tenía pocos recuerdos de su primo. Tal vez era comprensible, pues el abad Brocc era al menos diez o quince años mayor que ella.

Fidelma le devolvió el saludo con una cierta formalidad estudiada y luego presentó a Cass.

– Cass ha sido asignado por mi hermano Colgú para que me ayude en este asunto.

Brocc examinó a Cass con una mirada inquietante, dirigiendo los ojos a su cuello. El soldado se había aflojado la capa y ésta se le había abierto y dejaba ver la gargantilla de oro que denotaba su rango. Por su parte, Cass tendió la mano para dársela al abad. Fidelma vio que los músculos faciales del abad se contraían al percibir la fuerza de su mano.

– Venid, sentaos, prima. Vos también, Cass. Mi ostiario, el hermano Conghus, me ha dicho que habéis llegado con sor Eisten y algunos niños de Rae na Scríne. La misión que tiene allí Eisten recae en la jurisdicción de esta abadía, así que nos preocupa mucho lo que ha sucedido. Explicadme la historia.

Fidelma miró a Cass mientras se dejaba caer agradecido en la silla, relajándose por primera vez en veinticuatro horas con una cierta comodidad. El joven soldado captó la invitación que su mirada implicaba y pronto empezó a explicar la historia de cómo habían encontrado a Eisten y a los niños en Rae na Scríne.

El rostro de Brocc se convirtió en una máscara de ira y levantó una mano y se dio unos golpecitos sin darse cuenta en el puente de la nariz.

– Es algo repugnante. Enviaré enseguida un mensajero a Salbach, el jefe de los Corco Loígde. Castigará a Intat y sus hombres por este acto atroz. Dejadme que me ocupe de este asunto. Me aseguraré de que Salbach se entere de esto inmediatamente.

– ¿Y sor Eisten y los niños? -preguntó Fidelma.

– No temáis. Nos ocuparemos de ellos. Tenemos una buena enfermería y nuestro médico, el hermano Midach, ha tratado diez casos de peste amarilla durante el último año. Dios ha sido bueno con nosotros. A tres de las víctimas las pudo curar. Aquí no tememos la peste. ¿Y no habría de ser así, no tener miedo, pues pertenecemos a la fe y estamos en manos de Dios?

– Estoy encantada de que veais las cosas desde esta perspectiva -contestó Fidelma con gravedad-. No hubiera esperado menos.

Cass se preguntó, por un momento, si la muchacha se estaba mostrando irónica ante la piadosa actitud de Brocc.

– Así pues -prosiguió Brocc examinándola fijamente con sus fríos ojos-, ahora vayamos al motivo principal de vuestra visita.

Fidelma gruñó para sí. Hubiera preferido dormir y serenarse antes de ocuparse de ese asunto. Una buena dormida era lo que más deseaba. Le habría gustado comer y beber vino especiado para entrar en calor y luego dejarse caer en una cama seca, sin importarle siquiera lo dura que fuera. Pero probablemente Brocc tenía razón. Era mejor empezar a solucionar las cosas.

Mientras Fidelma pensaba en una respuesta, Brocc se levantó y fue junto a una ventana que, incluso desde su posición sentada, daba a la cala. El abad se quedó mirando hacia abajo con las manos cogidas a su espalda.

– Soy consciente de la importancia del tiempo, prima -dijo lentamente-. Y soy consciente de que yo, como abad, soy responsable de la muerte del venerable Dacán. Por si necesitara que me recordaran el hecho, el rey de Laigin me ha enviado una señal para que lo recuerde.

Fidelma se lo quedó mirando un momento.

– ¿Qué queréis decir? -preguntó Cass; justo lo que iba a decir Fidelma.

Brocc señaló con su cabeza al otro lado de la ventana.

– Mirad ahí abajo, en la boca de la ensenada.

Fidelma y Cass se levantaron y fueron hasta donde estaba el abad y otearon con curiosidad por encima de su hombro hacia el lugar que había indicado. Había varios barcos anclados en la ensenada, entre ellos dos grandes naves oceánicas. Brocc señalaba uno de éstos, junto a la salida de la bahía protegida.

– Vos sois un guerrero, Cass -dijo Brocc con voz malhumorada-. ¿Podéis identificar esa nave? ¿Veis a cuál me refiero? No digo el mercante franco, sino el otro.

Cass entornó los ojos mientras examinaba atentamente el barco.

– Ondea el estandarte de Fianamail, el rey de Laigin -contestó sorprendido-. Es un barco de guerra de Laigin.

– Exactamente -suspiró Brocc, haciéndolos regresar a sus asientos-. Apareció hace una semana. Un barco de guerra de Laigin para recordarme que allí se me considera culpable de la muerte de Dacán. Está ahí en la ensenada, día tras día. Para darle más importancia, cuando llegó, su capitán bajó a tierra a informarme de la intención del rey de Laigin. Desde entonces, nadie del barco ha venido a la abadía. Ahí está, en la entrada de la ensenada, y espera (como un gato acechando a un ratón). Si su intención era destruir mi paz, lo han conseguido. Sin duda esperarán aquí hasta que la asamblea del Rey Supremo tome una decisión.

Cass se sonrojó de ira.

– Esto es un ultraje a la justicia -dijo con rabia-. Es una intimidación. Es una amenaza física.

– Es, tal como he dicho, un aviso de que Laigin exige ojo por ojo, diente por diente. ¿Qué dicen las Escrituras? ¿Si un hombre destruye el ojo de otro hombre, han de destruirle su ojo?

– Ésa es la ley de los israelitas -señaló Fidelma-. No es la ley de los cinco reinos.

– Algo discutible, prima. Si hemos de creer que los israelitas son los elegidos de Dios, entonces deberíamos seguir su ley al igual que su religión.

– Luego nos ocuparemos del debate teológico -replicó Cass-. ¿Por qué os consideran responsable, Brocc? ¿Matasteis al venerable Dacán?

– No, claro que no.

– Entonces Laigin no tiene por qué amenazaros -dijo Cass, para quien el asunto era simple.

Fidelma se giró hacia él como regañándolo.

– Laigin se atiene a la ley. Brocc es el abad de aquí. Es el cabeza de familia de esta abadía y, ante la ley, se le considera responsable de cualquier cosa que suceda a sus huéspedes. Si no puede pagar las multas y compensaciones debidas, entonces la ley dice que su familia ha de hacerlo. Como es Eóganachta la familia que gobierna en Muman, la totalidad de Muman es considerada rehén por el acto. ¿Seguís la lógica, Cass?

– Pero eso no es justicia -señaló Cass.

– Es la ley -replicó Fidelma con firmeza-. Deberíais saberlo.

– Y con frecuencia la ley y la justicia son dos cosas que no son sinónimos -observó Brocc con amargura-. Pero tenéis razón en mostrar el caso tal como lo ve Laigin. No tenemos mucho tiempo para presentar una defensa antes de que la asamblea del Rey Supremo se reúna en Tara.

– Tal vez entonces -Fidelma intentó reprimir un bostezo- deberíais explicarme los hechos esenciales de manera que yo pueda establecer un plan de hacia dónde dirigir mi investigación.

El abad Brocc no percibió su fatiga. Al contrario, tendió las manos con un gesto elocuente de desconcierto.

– Poco es lo que puedo decir, prima. Los hechos son como siguen: El venerable Dacán vino a esta abadía con permiso del rey Cathal a estudiar nuestra colección de libros antiguos. Tenemos un buen número de «varillas de los poetas», antiguas historias y sagas grabadas en el alfabeto ogham en varitas de avellano y álamo temblón. Nos enorgullecemos de esta colección. Es la mejor de los cinco reinos. Ni siquiera en Tara tienen una colección como ésta.

Fidelma entendía el orgullo de Brocc. A ella le habían enseñado el antiguo alfabeto, cuya leyenda decía que se lo había dado a los irlandeses su dios pagano de la literatura, Ogham. El alfabeto estaba representado por un número variable de trazos y nudos respecto a una línea base y los textos estaban tallados sobre unas varas de madera llamadas «varillas de los poetas». El antiguo alfabeto estaba cayendo en desuso con la adopción del alfabeto latino debido a la penetración de la fe cristiana.

Brocc prosiguió.

– Estamos especialmente orgullosos de nuestra tech screptra, nuestra gran biblioteca, y nuestros estudiosos han demostrado que nuestro reino de Muman fue el primero que llevó el arte de ogham a las gentes de los cinco reinos. Como debéis saber, esta abadía fue fundada por san Fachtna Mac Mongaig, un alumno de Ita, hace casi cien años. Fundó este lugar no sólo como una casa para el culto, sino también como depósito de libros de sabiduría, un lugar de aprendizaje, un lugar donde la gente de los cuatro puntos de la tierra pudiera recibir instrucción. Y vinieron y siguen viniendo aquí desde entonces; un flujo interminable de peregrinos en busca de saber. Nuestra fundación de Ros Ailithir se ha hecho famosa en los cinco reinos e incluso más allá.

Fidelma no podía ocultar que le hacía gracia el repentino arranque de entusiasmo del abad por su fundación. Incluso entre los religiosos, quienes se suponía que eran ejemplo de humildad, la vanidad no se hallaba muy lejos de la superficie.

– Y por eso la abadía se conoce como el promontorio de los peregrinos -dijo Cass, como si deseara mostrar que podía contribuir con algún conocimiento.

El abad lo miró con fría valoración e inclinó levemente la cabeza.

– Así es, soldado. Ros Ailithir, el promontorio de los peregrinos. No sólo peregrinos de la fe, sino peregrinos de la verdad y del saber.

Fidelma se removía impaciente.

– Así pues, el venerable Dacán, con permiso del rey Cathal, vino aquí a estudiar. Esto ya lo sabemos.

– Y a dar algunas enseñanzas en pago por tener acceso a nuestra biblioteca -añadió Brocc-. Su mayor interés residía en descifrar los textos de las varillas de los poetas. La mayoría de los días trabajaba en nuestra tech screptra.

– ¿Durante cuánto tiempo se hospedó aquí?

– Unos dos meses.

– ¿Qué sucedió? Quiero decir, ¿cuáles son los detalles referentes a su muerte?

Brocc se reclinó en la silla y colocó ambas manos con la palma hacia abajo sobre la mesa.

– Sucedió hace dos semanas. Fue justo antes de que sonara la campana de la hora tercia. -Se volvió hacia Cass para ofrecerle una explicación pedante-. El trabajo de la abadía se lleva a cabo entre la hora tercia de la mañana y las vísperas por la tarde.

– La hora tercia es la tercera del día canónico -explicó Fidelma cuando vio que Cass fruncía el ceño asombrado ante la explicación del abad.

– Es la hora en que empezamos el estudio y cuando algunos de los hermanos van a los campos a trabajar, pues tenemos tierras cultivadas que cuidar y animales a los que dar de comer y peces que pescar.

– Continuad -le indicó Fidelma, que se irritaba por el tiempo que llevaba aquella explicación. Los párpados se le caían y anhelaba un pequeño descanso, un sueño reparador.

– Como he dicho, fue justo antes de que la campana sonara la tercia cuando el hermano Conghus, mi aistreóir, que es el ostiario de la abadía, quien también tiene el deber de sonar las campanas, prorrumpió en mi habitación. Naturalmente yo le pregunté a qué se debía aquello…

– ¿Entonces os dijo que Dacán estaba muerto? -interrumpió Fidelma, intentando de la mejor manera posible contener su impaciencia ante los rodeos de su primo.

Brocc parpadeó, poco habituado como estaba a que lo interrumpieran cuando estaba hablando.

– Había estado en el cubiculum de Dacán en el hostal de los huéspedes. Al parecer, no habían visto a Dacán en el ientaculum -hizo una pausa y se giró condescendiente hacia Cass-. Ésa es la comida con la que rompemos el ayuno al levantarnos.

Esta vez Fidelma no se molestó en ocultar el bostezo. El abad se sintió algo molesto y se apresuró a continuar.

– El hermano Conghus fue al hostal y se encontró el cuerpo del venerable Dacán sobre la cama. Lo habían atado de pies y manos y luego, eso parece, lo habían apuñalado varias veces. Se mandó llamar al médico y éste lo examinó. Las heridas iban directas al corazón y cualquiera de ellas podía ser mortal. A mi fer-tighis, el administrador de la abadía, se le ordenó que llevara a cabo una investigación. Interrogó a los de la abadía, pero nadie había visto u oído nada extraño. No se aclaró nada sobre quién había llevado a cabo aquel acto ni por qué. Dado que el venerable Dacán era un huésped tan distinguido, yo inmediatamente envié una nota al rey Cathal a Cashel.

– ¿También enviasteis una nota a Laigin?

Brocc sacudió inmediatamente la cabeza en señal de negación.

– En aquel momento había un comerciante de Laigin en la abadía. A lo largo de esta costa, hasta Laigin, hay mucho comercio marítimo. Sin duda este comerciante fue el que informó a Fearna de la muerte de Dacán y también al hermano de Dacán, el abad Noé.

Fidelma se inclinó hacia adelante mostrando interés.

– ¿Cómo se llamaba el comerciante?

– Creo que Assíd. Mi feer-tighis, el hermano Rumann, ha de saberlo.

– ¿Cuándo partió para Laigin ese comerciante?

– Yo creo que fue el mismo día en que se descubrió el cuerpo de Dacán. No estoy muy seguro de cuándo. El hermano Rumann conocerá más detalles.

– ¿Pero él hermano Rumann no encontró nada que explicara la muerte? -interrumpió Cass.

El abad asintió con la cabeza y Fidelma continuó preguntando.

– ¿Cuándo supisteis por primera vez que Laigin os responsabilizaba de la muerte y exigía una indemnización por parte del rey de Muman?

Brocc se mostraba ceñudo.

– Cuando ese barco de guerra llegó y su capitán bajó a tierra para decirme que, como abad, yo era considerado el responsable. Entonces recibí a un mensajero de Cashel que me informó que la indemnización, cifrada en las tierras de Osraige, era lo que exigía el nuevo rey de Laigin, pero que el rey Cathal había enviado a por vos para que investigarais el asunto.

Fidelma se reclinó en su silla y juntó las manos una yema contra otra tratando de concentrarse.

– ¿Y éstos son los hechos tal como los conocéis, Brocc?

– Tal como yo los conozco -afirmó Brocc con solemnidad.

– Bueno, lo único claro es que el venerable Dacán fue asesinado -resumió Cass taciturno-. También está claro que el acto sucedió en esta abadía. Por lo tanto, también está claro que se ha de pagar una indemnización.

Fidelma lo miró con expresión irónica.

– Ciertamente, éste es nuestro punto de partida -dijo sonriendo levemente-. Sin embargo, ¿quién ha de pagar esa indemnización? Eso es lo que debemos descubrir ahora.

Se levantó de repente y Cass siguió su ejemplo con cierta renuencia.

– ¿Y ahora qué, prima? -preguntó ansioso Brocc alzando la vista hacia su joven pariente.

– ¿Ahora? Ahora, yo creo que Cass y yo vamos a buscar algo para comer, pues no hemos tomado nada desde ayer a mediodía y luego debemos descansar un poco. Hemos pasado la noche en el bosque frío y húmedo y hemos dormido poco. Empezaremos nuestra investigación después de vísperas.

Brocc abrió bien los ojos.

– ¿Empezar? Yo creía que os había dicho todo lo que se sabía en la abadía sobre este asunto.

Fidelma apretó los labios con ironía.

– No entendéis cómo lleva una investigación un brehon. No importa. Empezaremos a averiguar quién mató a Dacán y por qué.

– ¿Creéis que podéis? -inquirió Brocc, mostrando en sus ojos un débil rayo de esperanza.

– Para eso estoy aquí -dijo Fidelma con voz cansada.

Brocc parecía dudar. Entonces cogió una campanita de plata que había sobre la mesa y la hizo sonar.

Un anacoreta de mediana edad y metido en carnes prorrumpió en la estancia. Todos sus movimientos mostraban una actividad frenética, una energía apenas oculta que parecía producir la agitación de cada uno de sus miembros. Aquella nerviosa inquietud del hombre hacía que incluso Fidelma se sintiera incómoda.

– Éste es mi fer-tighis, el administrador de la abadía -lo presentó Brocc-. El hermano Rumann se ocupará de satisfecer todas vuestras necesidades. No tenéis más que pedírselas. Os volveré a ver en vísperas.

Parecía que el hermano Rumann los impulsara físicamente delante de él cuando salieron de las estancias del abad.

– Al haberme enterado por el hermano Conghus de que habíais llegado, he preparado unas habitaciones en el tech-óiged, hermana. -Su voz era tan jadeante como su apariencia agitada-. Estaréis muy cómodos en nuestro hostal de huéspedes.

– ¿Y la comida? -preguntó Cass.

El comentario que había hecho Fidelma de que habían comido muy poco en las últimas veinticuatro horas había hecho que él lo recordara y estaba muerto de hambre.

La cabeza del hermano Rumann iba botando de arriba abajo, o eso parecía; una pelota grande, redonda y carnosa donde el cabello crecía ralo. La carne de su cara redonda tenía tantas arrugas que resultaba imposible ver si sonreía o fruncía el ceño.

– Hay comida preparada -confirmó-. Os llevaré al hostal enseguida.

Lo fueron siguiendo por los pasillos de piedra gris de los edificios de la abadía, atravesaron diminutos patios y luego continuaron por oscuros pasadizos.

– ¿Cómo están sor Eisten y los niños? -preguntó Fidelma después de permanecer en silencio un rato.

El hermano Rumann hizo un sonido como de cacareo con la lengua, como una mamá gallina nerviosa. De repente Fidelma sonrió, pues eso era precisamente lo que le recordaba el hermano Rumann mientras avanzaba anadeando delante de ellos con las manos aleteando en sus costados.

– Sor Eisten está exhausta y parece que está muy afectada por la experiencia vivida. Los niños sólo están cansados y lo que más necesitan en este momento es calentarse y dormir. El hermano Midach, nuestro médico, los ha examinado. No tienen signos de enfermedad.

El hermano Rumann se detuvo ante la puerta rectangular de un edificio de dos plantas situado junto a uno de los muros principales de la abadía, separado de la imponente iglesia central por una plaza empedrada en cuyo centro había una campana.

– Éste es nuestro tech-óiged, hermana. Nos enorgullecemos de nuestro hostal de huéspedes. En verano recibimos visitantes de muchos lugares.

Abrió de golpe la puerta, como un artista que fuera a representar alguna proeza ante un numeroso público, y luego los condujo al interior del edificio. Inmediatamente se encontraron en un gran vestíbulo que era espacioso y estaba bien decorado con tapices e iconos. Una escalera de madera los condujo a un segundo piso donde el administrador les mostró las habitaciones. Fidelma vio que sus alforjas ya estaban en el interior.

– Espero que este alojamiento sea bastante cómodo -dijo el hermano Rumann y, antes de que pudieran contestar, ya se había dado la vuelta y se metía por otra habitación-. Para esta ocasión -su voz les indicaba que lo siguieran-, he ordenado que os traigan aquí la comida. Sin embargo, a partir de esta noche, las comidas se sirven en el refectorio, que es el edificio contiguo. Todos nuestros huéspedes suelen comer allí.

Fidelma vio sobre una mesa de la estancia unos cuencos con caldo caliente con fuentes de pan, quesos y una jarra de vino con unas copas de barro. Todo muy apetecible para sus ojos hambrientos.

Fidelma sintió que la boca se le hacía agua al ver aquella comida.

– Esto es excelente -dijo en señal de aprobación.

– Mi habitación está abajo, en el otro extremo del hostal -continuó diciendo el hermano Rumann-. Para cualquier cosa que deseéis, me encontraréis allí o, tocando la campana -dijo señalando una campanita de bronce que había sobre la mesa-, podéis llamar a mi ayudante, sor Necht, que es una de nuestras jóvenes novicias y se ocupa de atender a nuestros huéspedes.

– Una cosa antes de que os vayáis… -dijo Fidelma al ver que el hermano Rumann se dirigía hacia la puerta.

El hombre rechoncho se detuvo y se giró con curiosidad.

– ¿Cuánta gente hay en el hostal?

El hermano Rumann frunció el ceño.

– Tan solo vos. Oh, y hemos alojado a sor Eisten y a los niños temporalmente.

– Me habían dicho que la abadía tenía cientos de estudiantes.

El hermano Rumann cacareó.

– No os preocupéis de ellos. Los dormitorios de los estudiantes están situados al otro lado de la abadía. Somos una comunidad mixta, por supuesto, como lo son la mayoría. Los miembros masculinos predominan. ¿Eso es todo, hermana?

– De momento sí -admitió Fidelma.

El hombre se fue cacareando. Justo cuando iba a atravesar la puerta, Cass se dejó de composturas y se acomodó en un asiento y se acercó un cuenco con caldo.

– Varios cientos de estudiantes y religiosos… -Miró con expresión ceñuda a Fidelma mientras ésta se acercaba a la mesa-. Encontrar a un asesino entre tantos sería como intentar identificar un granito de arena en una playa.

Fidelma hizo una mueca y luego se llevó la cuchara de madera a la boca para saborear el caldo caliente.

– Tenemos las de ganar -dijo, después de una pausa-. Es decir, si el asesino todavía está en la abadía. Por lo que dice Brocc, la gente ha estado entrando y saliendo desde que se cometió el crimen. Si yo hubiera matado al venerable Dacán, dudo que me quedara aquí. Pero eso dependería de quién fuera y del motivo del asesinato.

Cass iba vaciando el cuenco con satisfacción.

– El asesino debe confiar en que no lo pillarán -sugirió.

– O la asesina -corrigió Fidelma-. Lo curioso de esta investigación es que, en otras pesquisas en las que me he visto implicada, siempre hay algún motivo visible que captas inmediatamente. Éste no es el caso.

– ¿Qué queréis decir?

– Una persona encontrada muerta. ¿Por qué? A veces hay un robo. O la persona es odiada. O hay cualquier otra razón obvia que puede ser motivo de asesinato. Conociendo el motivo, se pueden empezar las pesquisas para ver quién es el que se beneficia más con el crimen. Aquí tenemos a un estudioso y respetable anciano que tiene un final violento, pero no se me ocurre ningún motivo inmediato.

– Tal vez no hubiera un motivo. Tal vez lo mató alguien que estaba loco y…

Fidelma reprendió suavemente a Cass.

– La locura es en sí misma un motivo.

Cass sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en el cuenco del caldo que había devorado y observó con tristeza que estaba vacío.

– Me ha gustado -comentó casi con pena de que no hubiera más-. Avena, leche y puerros, creo. ¿No es delicioso? ¿O acaso es mi hambre canina lo que me hace verlo así?

Fidelma hizo una mueca divertida por el entusiasmo con el que había cambiado de conversación.

– Se dice que este caldo era el plato favorito de san Colmcille -dijo Fidelma-. Y estáis en lo cierto en cuanto a sus ingredientes, pero yo creo que cualquier cosa sabría igual de maravilloso si no se hubiera comido nada en mucho tiempo.

Cass ya estaba cortando un trozo de queso y Fidelma le indicó que ella también quería un poco. El joven soldado le colocó el pedazo en su plato y cortó otro. Luego arrancó un trozo de pan. Masticaba con fruición y al mismo tiempo sirvió una copa de vino para cada uno.

– En serio, hermana, ¿cómo pensáis resolver este misterio? Sucedió hace más de quince días y yo dudo que el que perpetrara el crimen se haya quedado cerca de este lugar. Incluso si lo ha hecho, parece que no hay algún testigo, nadie que viera nada, algo que conduzca al culpable.

Fidelma sorbió lentamente un poco de vino.

– Así pues, Cass, si estuvierais en mi lugar, ¿qué haríais?

Cass dejó de masticar y parpadeó. Se quedó unos instantes considerándolo.

– Buscar cuantos más detalles mejor, supongo, para informar en Cashel.

– Bien -respondió Fidelma con seriedad burlona-; al menos parece que estamos de acuerdo en eso. ¿Queréis darme algún otro consejo, Cass?

El joven se sonrojó.

Fidelma era dálaigh. Él lo sabía. Y seguro que se estaba burlando de él por atreverse a decirle cómo tenía que hacer su trabajo.

– No era mi intención… -empezó a decir.

Fidelma lo desarmó con una sonrisa.

– No os preocupéis, Cass. Si yo creyera que hablabais con arrogancia, os encontraríais con una lengua afilada y amarga. Tal vez es bueno que no me aduléis. Aunque, en verdad, conozco mis posibilidades como también conozco mi debilidad, pues tan sólo los tontos se creen el respeto que se otorga a su rango.

Cass miró incómodo en el interior del fuego helado de aquellos ojos verdes y tragó saliva.

– De todos modos -continuó Fidelma-, acordemos que yo no os diré cómo tenéis que blandir la espada en combate y vos no me aconsejaréis cómo tengo que llevar a cabo el arte que me enseñaron.

El joven hizo una mueca, un poco enfurruñado.

– Yo sólo quería decir que el problema parece irresoluble.

– Por mi experiencia, sé que todos los problemas se le plantean desde ese punto de vista. Pero resolver un problema significa que hay que empezar en lugar de quedarse quieto. Cuando cambia el punto de vista, se cambia de opinión.

– ¿Entonces cómo os proponéis empezar? -preguntó rápidamente, intentando apaciguar la sensación de desavenencia que todavía permanecía en la voz de Fidelma.

– Empezaremos interrogando al hermano Conghus, que encontró el cuerpo, luego al médico que examinó el cuerpo y finalmente a nuestro agitado administrador, el hermano Rumann, que llevó a cabo la investigación inicial. Todos o alguno de ellos deben de tener algunas piezas del puzle. Luego, cuando hayamos reunido todas las piezas, aunque sean pequeñas, las examinaremos, con cuidado y dedicación. Tal vez seamos capaces de encajarlas y formar un cuadro, ¿quién sabe?

– Hacéis que parezca bastante fácil.

– Fácil no -apuntó ella con rapidez-. Recordad que toda información es útil. Recogedla y guardadla hasta que tengáis que hacer uso de ella. Ahora, creo que voy a dormir un poco antes…

Cuando se empezaba a levantar, un chillido penetrante de terror rompió el silencio del hostal.

Capítulo V

Cuando el penetrante chillido resonó por segunda vez, Fidelma ya se había levantado y avanzaba por el pasillo del hostal con una rapidez que sorprendió al joven soldado, que corría inmediatamente tras ella. El grito provenía del primer piso del edificio. Era un grito en un tono muy alto, como el de una mujer sufriendo.

Al pie de las escaleras Fidelma casi choca con el hermano Rumann. También él se había precipitado hacia la dirección de donde provenía el sonido y, sin decir una palabra, Fidelma y Cass siguieron al corpulento administrador de la abadía, que avanzaba por el pasillo inferior, en el que había una serie de puertas.

Los tres se detuvieron repentinamente, sorprendidos por el sonido de un suave canturreo que surgía del silencio.

El hermano Rumann se quedó ante una puerta y la abrió de un empujón. Fidelma y Cass otearon con curiosidad por encima de su hombro.

En el interior estaba sor Eisten sentada en el extremo de una cama con uno de los niños de cabello oscuro de Rae na Scríne en los brazos. Fidelma vio que era Cosrach, el más joven de los dos niños. Sor Eisten lo tenía cogido y canturreaba una nana en voz baja. El niño sollozaba suavemente abrazado a ella. Los sollozos eran ahora más leves. Sor Eisten parecía ajena a las personas que se amontonaban en la puerta.

Fue el niño mayor, el otro de cabello oscuro, quien, de pie junto a sor Eisten, levantó la mirada, los vio y frunció el ceño. Atravesó la pequeña habitación y, como quien no quiere la cosa, los obligó a retroceder de la puerta hasta el pasillo, los siguió y cerró la puerta tras él. Levantó la barbilla; su expresión parecía desafiante y fruncía el ceño ante aquella intrusión.

– Hemos oído un grito, chico -le dijo resollando el hermano Rumann.

– Era mi hermano -contestó el chico con tono malhumorado-. Mi hermano tenía una pesadilla, eso es todo. Ahora ya está bien. Sor Eisten lo oyó y vino a ayudarlo.

Fidelma se inclinó hacia adelante, sonriendo tranquilizadora, intentando recordar su nombre.

– Entonces no hay de qué preocuparse… ¿Te llamas Cétach, verdad?

– Sí -contestó con tono huraño, casi a la defensiva.

– Muy bien, Cétach. Tu hermano y tú habéis tenido una mala experiencia. Pero ahora ya ha acabado. No hay que preocuparse.

– Yo no estoy preocupado -contestó el chico con desdén-. Pero mi hermano es más joven que yo. No puede evitar tener pesadillas.

Fidelma tuvo la sensación de que hablaba con un hombre más que con un niño. El chaval era más sabio que lo que correspondía a su edad.

– Por supuesto que no -admitió con rapidez-. Tienes que convencer a tu hermano de que ahora está entre amigos que van a cuidarlo.

El chico esperó un momento y luego continuó.

– ¿Puedo volver con mi hermano ahora?

Los dos chicos necesitarían tiempo para superar la experiencia, pensó Fidelma. Volvió a sonreír, esta vez con cierta falsedad, y asintió con la cabeza.

Cuando la puerta de la habitación se cerró tras el muchacho, el hermano Rumann cacareó afligido y luego se volvió por el pasillo anadeando.

Fidelma regresó lentamente hacia la escalera. Cass iba tras ella.

– Pobrecillos -observó Cass-. Algo malo les ha sucedido. Espero que Salbach encuentre a Intat y a sus hombres y los castigue pronto.

Fidelma asintió distraída con la cabeza.

– Al menos el reclamo del niño ha hecho que sor Eisten reaccionara. Yo estaba más preocupada por ella que por los niños. Los niños tienen resistencia. Pero a Eisten le ha afectado la muerte del bebé esta mañana.

– No había nada que ella pudiera haber hecho -contestó Cass con lógica, descartando los aspectos emocionales del asunto-. Aunque no nos hubiéramos visto obligados a acampar al raso la pasada noche, seguro que el niñito hubiera muerto. Yo vi que tenía síntomas de peste amarilla.

– Deus vult -contestó Fidelma de forma automática con un fatalismo en el que no creía realmente-. Es la voluntad de Dios.

El tañido de la campana llamando a vísperas, la sexta hora canónica, despertó a Fidelma de mala gana de un sueño profundo. Al oír los tañidos, se dio cuenta de que era demasiado tarde para reunirse con los hermanos en la iglesia de la abadía, y se levantó de la cama y empezó a entonar la oración de aquella hora. La mayoría de los rituales de la iglesia en los cinco reinos se seguía llevando a cabo en griego, la lengua de la fe en la que se habían escrito las Santas Escrituras. Sin embargo, muchos se decantaban por la lengua de Roma, el latín, que estaba reemplazando al griego como una de las lenguas indispensables de la iglesia. A Fidelma no le costaba mucho cambiar de una lengua a otra, pues sabía hablar tan bien el latín como el griego, conocía un poco de hebreo además de su lengua materna y también algo de las lenguas utilizadas por los britanos y los sajones.

Libre de sus responsabilidades religiosas, Fidelma se dirigió hacia el cuenco con agua que había sobre una mesa de su habitación y se lavó rápidamente con el líquido casi helado. Se secó bien con la toalla y luego se vistió. Cuando estuvo lista, salió al pasillo. La puerta de la habitación de Cass estaba abierta y dentro no había nadie, así que siguió avanzando por el pasillo, que, como ya había anochecido, estaba iluminado con algunas velas que parpadeaban en unos receptáculos sujetos en las paredes de piedra.

– Ah, sor Fidelma. -Era la figura asmática del hermano Rumann, que había aparecido en la penumbra cuando ella bajaba las escaleras hacia el vestíbulo principal de la planta baja del hostal-. ¿Se ha perdido las vísperas?

– Me he quedado dormida y me despertó la campana. He hecho las invocaciones a Nuestro Señor en mi habitación.

Se mordió el labio al decir esto. No había sido su intención que aquello pareciera algo dicho a la defensiva, pero sentía que había un cierto tono de censura en la voz del administrador.

El rostro del hermano Rumann se arrugó dando lugar a lo que le pareció una sonrisa, aunque no sabía si era de desprecio o de compasión.

– El joven soldado, Cass, fue a la iglesia de la abadía y es probable que se esté dirigiendo directamente al praintech, nuestro refectorio, para la cena. ¿Quiere que la lleve hasta allí?

– Gracias, hermano -contestó Fidelma con solemnidad-. Le agradeceré que me guíe.

El rechoncho religioso cogió una linterna encendida de uno de los ganchos de la pared y empezó a conducirla por el edificio, luego por el patio ahora a oscuras hasta el edificio contiguo, una gran construcción donde entraban muchos religiosos, tanto hombres como mujeres, formando filas que parecían interminables.

– No os preocupéis, hermana -dijo el hermano Rumann-. El abad ha dado la orden de que vos y el soldado Cass os sentéis en su mesa a las horas de las comidas durante vuestra estancia.

– ¿De qué habría de preocuparme? -inquirió Fidelma mirándolo con curiosidad.

– Hay tanta gente en la abadía que tenemos que hacer tres turnos para las comidas. Los que han de esperar hasta el tercer turno a menudo encuentran la comida fría, lo que causa protestas. Por eso, muchos de los hermanos están ahora trabajando en la construcción de un comedor nuevo en el extremo este de los edificios de la abadía. En el nuevo praintech habrá sitio para todos.

– ¿Un refectorio que albergará a varios centenares de almas bajo un mismo techo?

Fidelma no pudo evitar que su voz reflejara escepticismo.

– Eso mismo, hermana. Una gran obra y que se verá completada pronto, le cunamh Dé. -Añadió el «si Dios quiere» con tono piadoso.

Se detuvieron en el vestíbulo del refectorio y un asistente fue hacia ellos para quitarles los zapatos o las sandalias y apilarlos, pues era costumbre en la mayoría de comunidades monásticas que se sentaran a comer descalzos. Rumann la condujo al interior de la sala abarrotada, pasando junto a las filas de mesas llenas de religiosos de ambos sexos. La sala del refectorio estaba iluminada con numerosas lámparas de aceite chisporroteantes, cuyo olor acre se mezclaba con el fuerte aroma del fuego de turba humeante que ardía en el gran hogar situado al principio de la estancia. Los olores se hacían todavía más intensos al entremezclarse con el contenido de los incensarios situados en varios puntos de la sala. Aun así, las lámparas y el fuego generaban poco calor para vencer el frío atardecer otoñal. Tan sólo después de un rato, con los doscientos cuerpos apretados, emergió un cierto calor.

El abad ya había iniciado el Gratias cuando el hermano Rumann llevó apresuradamente a Fidelma a un sitio vacío en la mesa junto a Cass, que parecía entretenido y que la saludó con una sonrisa.

– Benedic nobis, Domine Deus…

Fidelma hizo una rápida genuflexión antes de sentarse.

– ¿Os habéis quedado dormida? -susurró Cass alegremente inclinándose hacia ella.

Fidelma resopló y no prestó atención a la pregunta, cuya respuesta resultaba obvia.

El Gratías terminó y la estancia se llenó con el ruido de los bancos que se arrastraban sobre el suelo enlosado.

A pesar de que habían comido algo hacía tan sólo cuatro horas, Fidelma y Cass devoraron el plato de pescado al horno con ajo y servido con duilesc, una planta marina que se recogía en las rocas de la playa. También sirvieron pan de cebada. Había jarras de cerveza sobre la mesa y los religiosos se la servían en unas copas de cerámica. Al final de la comida, se sirvió un plato de manzanas y algunos pasteles de trigo amasados con miel.

Durante la comida no hubo conversación alguna y Fidelma se dio cuenta de que así era la regla de san Fachtna. Sin embargo, a lo largo de la comida un lector entonaba pasajes de las Escrituras desde un atril de madera elevado al final de la sala. Fidelma esbozó una sonrisa de cansancio cuando el lector eligió para empezar un pasaje del segundo capítulo del Eclesiastés: «No queda al hombre cosa mejor que comer y beber, y recrear su alma con los frutos de sus fatigas. Y he visto que también esto viene de la mano de Dios».

La comida terminó con un único tañido de campana y el abad Brocc se levantó y entonó otro Gratias.

Cuando estaban saliendo del refectorio e iban a recuperar su calzado, Brocc se acercó a ellos. A su lado, estaba la figura abombada del hermano Rumann.

– ¿Habéis descansado bien, prima? -le preguntó el abad.

– Bastante bien -contestó Fidelma-. Ahora necesitaría vuestro permiso y vuestra autorización para empezar mi trabajo.

– ¿Qué puedo hacer? Tan sólo tenéis que pedírmelo.

– Necesitaría a alguien que me sirviera como ayudante, para ir a buscar a la gente que tenga que interrogar y traérmela y para hacer algunos recados en mi nombre. Tiene que conocer la abadía y llevarme allí donde quiera ir.

– La ayudante del hermano Rumann, sor Necht, puede realizar ese trabajo -dijo el abad sonriendo; luego se giró hacia el administrador corpulento, quien sacudió la cabeza de arriba abajo en señal de asentimiento ante las palabras del abad-. ¿Algo más, prima?

– Necesito una estancia donde llevar a cabo los interrogatorios. La habitación que está junto a la mía en el hostal me iría bien.

– Es vuestra mientras la necesitéis.

– Me encargaré de eso -añadió Rumann, deseoso de complacer al abad.

– Entonces no hay que demorarse más. Empezaremos enseguida.

– Dios bendiga vuestro trabajo -entonó el abad con solemnidad-, Mantenedme informado.

Se fue del refectorio con el hermano Rumann cloqueando tras él.

Sor Necht, la ayudante del hermano Rumann, era la joven de aspecto robusto que Fidelma había visto fugazmente al entrar en la abadía. Conghus le había pedido que se hiciera cargo de sor Eisten y los niños. Era de rostro sano, de cabello rizado y rojizo, casi de color cobre bruñido, que le caía bajo la toca. Tenía los hombros muy anchos y la barbilla demasiado cuadrada para considerarla atractiva. Fidelma consideró que sonreía con rapidez, pero que se contrariaba con facilidad. Sin embargo, estaba ansiosa por complacer y por supuesto le entusiasmaba la idea de que se le encomendara una tarea que se apartara del trabajo rígido y metódico que se llevaba a cabo a diario en la comunidad.

Sor Necht parecía mostrar cierto respeto por sor Fidelma. Era obvio que le habían dicho que era la hermana del presunto heredero del reino, primo del abad, y era, además, una distinguida dálaigh de los tribunales de justicia del país que había pronunciado sentencia ante el Rey Supremo e incluso a petición del Santo Padre en la lejana Roma. La joven sor Necht era claramente una adoradora de héroes.

Fidelma le perdonó inmediatamente su nerviosismo y adoración de perrito faldero. Pronto dejaría la edad de la inocencia. Fidelma sintió que era triste que los niños tuvieran que entrar tan rápidamente en la edad adulta. ¿Qué era lo que había escrito Publius Siro? «Si queréis vivir en la inocencia, no perdáis el corazón y la mente que teníais en vuestra niñez.»

Después de instalarse en la habitación donde habían tomado su primera comida en la abadía, Fidelma envió a Necht a buscar al aistreóir, el hermano Conghus.

– Empezaremos por el principio -le explicó a Cass-. Conghus fue la primera persona que descubrió el cuerpo del venerable Dacán.

Cass no tenía claro su papel. No sabía de leyes y nunca había sido testigo de la investigación de un crimen por parte de un dálaigh. Así que se sentó en un rincón de la estancia, al fondo, y dejó que Fidelma se sentara junto a la mesa donde había una linterna que arrojaría luz sobre el proceso.

Poco después regresó sor Necht, algo jadeante, junto con el fornido ostiario, el hermano Conghus, tras ella.

– Lo he traído -dijo jadeando la chica con una voz profunda y ronca, que parecía ser su tono normal-. Tal como habéis dicho.

Fidelma contuvo la sonrisa e hizo una señal a la novicia para que se sentara junto a Cass.

– Podéis esperar allí, sor Necht. No hablaréis hasta que yo os lo diga ni jamás revelaréis nada de lo que se oiga en esta habitación. Me lo tenéis que jurar solemnemente, si queréis seguir ayudándome.

La novicia lo juró al momento y tomó asiento.

Fidelma se volvió entonces sonriendo hacia el hermano Conghus, que estaba esperando en la puerta.

– Entrad, cerrad la puerta y sentaos, hermano -le indicó con firmeza.

El ostiario hizo lo que se le ordenaba.

– ¿En qué puedo ayudaros, hermana? -preguntó cuando se hubo acomodado.

– Tengo que formularos algunas cuestiones. Os tengo que preguntar oficialmente si conocéis el motivo de mi visita.

– ¿Quién no? -contestó Conghus encogiéndose de hombros.

– Muy bien. Volvamos al día de la muerte del venerable Dacán. ¿Me han dicho que fuisteis el primero que descubrió el cuerpo?

Conghus hizo una mueca al recordarlo.

– Así es.

– Describid las circunstancias, por favor.

Conghus se quedó pensativo.

– Dacán era un hombre muy metódico. Su día, así lo veía yo durante los dos meses que estuvo alojado en la abadía, era de observancia ritual. Se podía decir la hora del día que era por sus movimientos.

Hizo una pausa como para reflexionar.

– Mi trabajo de ostiario también incluye el de campanero. Toco las horas principales y los servicios. La campana de maitines anuncia el inicio de nuestro día, que va seguido del ientaculum, la primera comida del día. Dado que somos una comunidad numerosa y nuestro refectorio no tiene cabida para todos, hacemos tres turnos. Dacán siempre comía en el segundo turno, igual que yo. Eso me permite proseguir con mis deberes en cuanto a las llamadas de las horas. Después del tercer turno del ientaculum, toco la hora tercia, cuando se inicia el trabajo de la comunidad.

– Entiendo -dijo Fidelma cuando el ostiario hizo una pausa y le echó una mirada interrogante como para ver si le seguía.

– Bien, aquella mañana en particular, hace dos semanas, Dacán no estaba en su sitio para el desayuno. Yo hice algunas preguntas, pues era muy raro que se perdiera una comida. Como comprenderá…

– Ya habéis dicho lo rígidos que eran sus hábitos -interrumpió rápidamente Fidelma.

Conghus parpadeó y luego asintió con la cabeza.

– Eso es. Bien, averigüé que no había ido al turno anterior. Así que después de comer, la curiosidad me llevó a buscarlo en el hostal.

– ¿Dónde estaba su habitación?

– En el primer piso -respondió Conghus y empezó a levantarse de su asiento-. Os puedo mostrar su habitación ahora…

Fidelma le hizo señal de que volviera a sentarse.

– Dentro de un momento. Continuemos. ¿Así que se fue a buscar a Dacán?

– Eso es. Hay poco más que añadir. Fui a su habitación y lo llamé. No hubo respuesta. Así que abrí la puerta…

– ¿Sin respuesta alguna? -interrumpió Fidelma-. Si no había respuesta, uno podía suponer que el venerable Dacán no estaba en su habitación. ¿Cómo es que os decidisteis a abrir la puerta?

Conghus hizo una mueca y frunció el ceño.

– Porque… porque, vi luz bajo la puerta. El pasillo es oscuro, así que cualquier luz ilumina. Esa luz me atrajo. Pensé que si Dacán había dejado una candela ardiendo tenía que apagarla. La frugalidad es otra regla de san Fachtna -añadió con mojigatería.

– Entiendo. Así que visteis una luz y ¿entonces…?

– Entré.

– ¿Qué era lo que daba luz?

– Había una lámpara de aceite encendida, todavía ardía.

– Continuad -le apremió Fidelma justo cuando Conghus volvió a vacilar.

– Dacán yacía muerto sobre su cama. Eso es todo.

Fidelma reprimió su irritación.

– Intentemos establecer algunos detalles más, hermano Conghus -dijo pacientemente-. Imaginaos de nuevo ante el umbral de la puerta. Describid lo que visteis.

Conghus volvió a fruncir el ceño y pareció que reflexionaba con detenimiento sobre la cuestión.

– La habitación estaba iluminada por una lámpara de aceite que había sobre una mesita a un lado de la cama. Dacán estaba totalmente vestido. Estaba estirado boca arriba. Lo primero en lo que me fijé era que tenía las manos y los pies atados…

– ¿Con una cuerda?

Conghus sacudió la cabeza en señal de negación.

– Con tiras de tela; lino azul y rojo. También tenía una tira de la misma tela en la boca. Supuse que hacía de mordaza. Entonces vi que tenía manchas de sangre por todo el pecho. Me di cuenta de que lo habían matado.

– Muy bien. Ahora decidme, ¿había señal de algún cuchillo, del cuchillo con el que quizá le infligieron las heridas?

– No vi nada de eso.

– ¿Se encontró alguno posteriormente?

– Que yo sepa no.

– ¿Qué aspecto tenía la cara de Dacán?

– No entiendo -respondió Conghus frunciendo el ceño.

– ¿Tenía el rostro en calma y reposo? ¿Sus ojos estaban abiertos o cerrados? ¿Qué aspecto tenía?

– Calmado, diría yo. No había ni miedo ni dolor grabado en los rasgos del muerto, si eso es lo que queréis decir.

– Eso es precisamente lo que quiero decir -respondió Fidelma seria-. Ahora vamos progresando. Os disteis cuenta de que Dacán había sido asesinado. ¿Notasteis algo más en la habitación? ¿La habían registrado? ¿Estaba todo en orden? Si Dacán era tan rígido en sus hábitos, eso implicaría que también era escrupulosamente ordenado.

– La habitación estaba ordenada, por lo que yo puedo recordar. Estáis en lo cierto, por supuesto; la meticulosidad de Dacán era bien conocida. Pero sor Necht os explicará más al respecto.

Fidelma oyó un susurro, se giró y frunció el ceño en señal de advertencia, mirando a la joven novicia por si se sentía en necesidad de responder.

– Bien. -Fidelma volvió a mirar a Conghus-. Empezamos a formar un cuadro. Continuad. Después de daros cuenta de que habían matado a Dacán, ¿qué ocurrió?

– Me encaminé directamente a ver al abad. Le expliqué lo que había descubierto. Mandó llamar al ayudante del médico, el hermano Tóla, quien examinó el cuerpo y confirmó lo que yo ya sabía. Entonces el abad puso el asunto en manos del hermano Rumann. Como administrador de la abadía, era su trabajo llevar a cabo una investigación.

– Una pregunta aquí: habéis dicho que el abad mandó llamar al ayudante del médico, el hermano Tóla. ¿Por qué no llamó al médico principal? Después de todo, el venerable Dacán era un hombre de cierto prestigio.

– Eso es cierto. Pero nuestro médico principal, el hermano Midach, no estaba en la abadía en ese momento.

– Decís que Dacán llevaba en la abadía dos meses -observó Fidelma-. ¿Habíais llegado a conocerlo bien?

El hermano Conghus abrió bien los ojos.

– ¿Bien? -dijo con una mueca áspera-. El venerable Dacán no era un hombre al que se llegara a conocer bien. Era reservado, austero si queréis. Tenía una gran reputación de piedad y sabiduría. Pero era un hombre de maneras bruscas y comportamiento irritable. Era un hombre de hábitos regulares…, tal como he dicho antes…, y no perdía el tiempo en chismes. Cuando salía de su habitación, lo hacía con un motivo específico y no se detenía a intercambiar cumplidos o a perder una hora o dos conversando.

– Habéis pintado una imagen muy clara, hermano Conghus -dijo Fidelma.

Conghus se lo tomó como un cumplido y se acicaló un momento.

– Como ostiario que soy, mi trabajo consiste en evaluar a la gente y conocer su comportamiento.

– ¿Físicamente, qué tipo de hombre era?

– Mayor, pasados de largo los sesenta. Un hombre alto, a pesar de su edad. Delgado, como si necesitara una buena comida. Llevaba largo su pelo blanco. Ojos oscuros y piel cetrina. Quizás el único rasgo distintivo era su nariz bulbosa. Sus rasgos eran en general melancólicos.

– Me han dicho que vino aquí a estudiar. ¿Sabéis el qué?

El hermano Conghus alzó el labio inferior.

– Respecto a ese asunto tendréis que consultar con la bibliotecaria de la abadía.

– ¿Y cómo se llama la bibliotecaria?

– Sor Grella.

– Me han dicho que el venerable Dacán también enseñaba -dijo Fidelma tomando nota mentalmente-. ¿Sabéis qué enseñaba?

Conghus se encogió de hombros.

– Enseñaba algo de historia, creo. Pero sería mejor que vierais al hermano Ségán, nuestro profesor principal.

– Sin embargo, hay algo más que me preocupa -dijo Fidelma al cabo de un rato-. Decís que Dacán era austero. ¿Ésa ha sido la palabra que habéis utilizado, no?

Conghus asintió con la cabeza.

– Es una palabra muy interesante, muy descriptiva -continuó-. ¿Entonces cómo es que tenía una reputación de ser tan querido por la gente? Normalmente un hombre que es ascético, sin compasión y severo, pues eso es lo que parece implicar «austero», difícilmente sería una persona agradable.

– Hemos de hablar por lo que conocemos, hermana -declaró Conghus-. Tal vez la reputación, que sin duda procedía de Laigin, era injustificada.

– Siendo así, ¿por qué os preocupasteis tanto cuando Dacán faltó a una única comida? ¿Si no era tan agradable, seguro que la naturaleza humana reaccionaría y diría, por qué, hermano, ir en busca de tal hombre? ¿Por qué fuisteis a buscar al venerable Dacán?

Conghus parecía incómodo.

– No estoy seguro de seguir vuestros pensamientos, hermana -dijo secamente.

– Son bien simples -insistió Fidelma lentamente y con claridad-. Según parece, os preocupó en gran manera el hecho de que un hombre, al que consideráis antipático, se saltara el desayuno, hasta el punto de que fuisteis en su busca. ¿Podéis explicar esto?

El ostiario apretó los labios, la miró durante un momento y se encogió de hombros.

– Una semana antes de la muerte de Dacán, el abad me mandó llamar y me dijo que tuviera especial cuidado de Dacán. Por eso fui a su habitación después de que faltara a la comida.

Ahora le tocaba a Fidelma quedarse sorprendida.

– ¿Os explicó el abad por qué habíais de tener especial cuidado de Dacán? -preguntó-. ¿Tenía miedo de que le sucediera algo al venerable Dacán?

Conghus hizo un gesto de indiferencia.

– Yo sólo soy el aistreóir aquí, hermana. Soy el ostiario y el campanero. Cuando mi abad me dice que haga algo, lo cumplo, siempre que no sea contrario a las leyes de Dios y de los brehons. No interrogaré a mi abad respecto a sus motivos mientras esos motivos no produzcan daño a sus hombres. Mi deber es obedecer y no preguntar.

Fidelma se lo quedó mirando un momento pensativa.

– Ésa es una filosofía interesante, Conghus. Podríamos discutir ampliamente al respecto. Pero dejad que me aclare. Tan sólo una semana antes del asesinato de Dacán, el abad os pide específicamente que vigiléis al respecto. No dice por qué. No os da ninguna razón por la que pudiera temer por la seguridad de Dacán.

– Ya os lo he dicho, hermana.

Fidelma se levantó con una brusquedad que sorprendió a todos.

– Muy bien. Vayamos abajo para que me podáis mostrar la habitación que ocupaba Dacán.

Conghus se puso en pie parpadeando un poco ante aquel cambio rápido.

Los condujo fuera de la estancia y luego por un pasillo y escaleras abajo.

Cass y sor Necht iban detrás de Fidelma. La cara de Necht todavía resplandecía de entusiasmo y excitación, mientras que Cass tan sólo parecía sorprendido.

Conghus se detuvo ante una puerta en la planta baja del hostal, en el otro extremo del pasillo, donde sor Eisten y los niños tenían sus habitaciones.

– ¿Alguien ocupa ahora la habitación? -preguntó Fidelma mientras Conghus se inclinaba ante el pomo para abrir la puerta.

Conghus dudó y se enderezó otra vez.

– No, hermana. Desde la muerte de Dacán, está desocupada. De hecho, tampoco sus cosas se han tocado de la habitación, por orden del abad. Creo que los representantes del hermano de Dacán, el abad Noé de Fearna, han exigido el retorno de sus efectos personales.

– ¿Y entonces por qué los han guardado? -preguntó Cass, hablando por primera vez desde que había empezado el interrogatorio a Conghus.

Conghus lo miró ciertamente sorprendido por aquella interrupción inesperada.

– Supongo que el abad decidió que no se tocara nada hasta que llegara el dálaigh y concluyera la investigación.

Conghus se volvió a inclinar, manipuló en el pestillo y luego abrió de golpe la puerta. Estaba a punto de entrar en la habitación oscura cuando Fidelma le tocó el brazo y le retuvo.

– Dadme una linterna.

– Hay una lámpara de aceite junto a la cama; la puedo encender.

– No -insistió Fidelma-. No quiero que se toque ni mueva nada; eso si no se ha tocado ya algo. Sor Necht, acercadme esa lámpara de aceite que tenéis detrás.

La joven novicia se movió con presteza para bajar la lámpara de la pared.

Fidelma cogió la lámpara, la levantó alto y se quedó en el umbral oteando el interior.

La habitación era casi como ella había supuesto. Había una cama de madera con un colchón de paja y mantas en una esquina. Junto a ella, había una mesita y encima de ésta una lámpara de aceite. En el suelo, justo bajo la mesa, había un par de sandalias usadas y, de una hilera de colgadores, pendían tres grandes sacos de cuero. Había otra mesa al otro lado de la cama sobre la que estaban esparcidas algunas tablillas de madera recubiertas de cera y, junto a éstas, un graib, un estilo con la punta metálica, para escribir. También había un montón de vitelas y un cuerno que era obviamente un adircín utilizado para contener el dubh o tinta hecha con carbono. Un conjunto de plumas de cuervo estaba apilado al lado y un cuchillito preparado para afilarlas. Fidelma se dio cuenta de que Dacán, como muchos escribas, tomaba notas en las tablillas de cera y luego las transcribía definitivamente sobre las vitelas, que luego se atarían.

Dudó por un momento intentando asegurarse de que no se había olvidado de nada en su examen inicial. Luego avanzó hacia la mesa y echó un vistazo a las tablillas para escribir. Sus labios reflejaron una cierta decepción cuando vio que no tenían caracteres escritos. La superficie estaba totalmente limpia.

Se volvió hacia Conghus.

– No creo que os fijarais en si estaban limpias o escritas en el momento en que fue descubierto el cuerpo de Dacán.

Conghus sacudió la cabeza en señal de negación.

Fidelma dejó ir un suspiro y echó una ojeada a las vitelas. También estaban vacías de contenido.

Se giró. Había unas manchas oscuras en las mantas que todavía seguían amontonadas en desorden sobre la cama. No había que ser muy avispado para darse cuenta de que las manchas eran de sangre seca. Miró hacia los colgadores de la pared y empezó a examinar el contenido de las alforjas de cuero que de allí pendían. Contenían una muda de ropa interior, una capa, algunas camisas y otras prendas. También había algunos utensilios para el afeitado y artículos para el aseo personal, pero poco más. Fidelma volvió a guardar todo con cuidado en el interior de las sacas y las volvió a colgar.

Se quedó un momento mirando alrededor de la habitación hasta que, para gran sorpresa de los que la observaban, se puso de rodillas y examinó con cuidado el suelo mientras seguía sosteniendo la linterna con una mano.

El suelo estaba recubierto de una fina capa de polvo. Al parecer, el hermano Conghus tenía razón cuando había dicho que nadie había entrado en la habitación desde el asesinato. De repente Fidelma se estiró por debajo de la cama y sacó algo que parecía una vara corta. Era una varilla de dieciocho pulgadas de madera de álamo temblón cortada con muescas. Pasaba tan desapercibida que fácilmente podía no verse.

Oyó un leve grito proveniente de la puerta, se giró y vio que sor Necht observaba desde allí.

– ¿Reconocéis esto? -inquirió rápidamente a la joven novicia levantando la varilla hacia la luz.

Necht sacudió inmediatamente la cabeza en señal de negación.

– Era…; no, creía que era otra cosa. No, me equivocaba. No la he visto antes.

Mientras seguía sosteniendo lo que había encontrado, Fidelma posó la vista sobre la mesita que había junto a la cama. Lo único que había allí era la lamparita de aceite. Se pasó la varita de madera a la misma mano que sostenía la linterna y tendió la que le quedaba libre para alcanzar la lamparita. Pesaba y obviamente estaba llena de aceite. La volvió a colocar en su sitio y se pasó la varita a la otra mano.

Se dirigió hacia el umbral, donde se apelotonaban los demás, esperando expectantes como si fuera a decir algo de importancia. Ella seguía ausente agarrando la varita de madera.

Fidelma regresó de nuevo al interior de la habitación y se quedó levantando la lámpara para que iluminara la mayor parte de la estancia. Sus ojos se iban moviendo lentamente y escrutadores para no perderse nada.

Aquella habitación era una celda oscura. Tan sólo había una ventanita, a bastante altura en la pared de encima de la cama, por la que debía de entrar poca luz. El ventanuco no sólo era pequeño, sino que estaba orientado hacia el norte. La luz, pensó ella, sería fría y gris. Una habitación como ésta, para que se pudiera trabajar en ella, había de estar permanentemente iluminada. Se giró y examinó la puerta. No había nada de particular. Ni cerradura ni cerrojo; tan sólo un simple pestillo.

– ¿Necesitáis algo más de mí, hermana? -preguntó el hermano Conghus después de que llevaran todos un rato en silencio-. Se acerca la hora de completa y he de tocar la campana.

La completa o compline era el séptimo y último servicio religioso del día.

Fidelma apartó la vista de la habitación con renuencia.

– ¿Hermana? -insistió Conghus al ver que ella parecía seguir ensimismada en sus pensamientos.

Dejó ir un leve suspiro, parpadeó y entonces se volvió hacia él.

– ¿Qué? Oh, sí, una cosa más, Conghus. Las tiras de tela de colores con las que habéis dicho que estaba atado Dacán, ¿dónde están?

Conghus se encogió de hombros.

– No sé qué deciros. Supongo que el médico debió sacárselas. ¿Eso es todo?

– Podéis iros ahora -accedió ella-. Pero tal vez desee hablar con vos más tarde.

Conghus se giró y se marchó apresuradamente.

Fidelma se volvió hacia la joven hermana.

– Ahora, sor Necht, ¿podéis ir en busca del médico? ¿Se llamaba hermano Tóla?

– ¿El ayudante del médico? Por supuesto -contestó inmediatamente la hermana, y ya se dio la vuelta impaciente para cumplir su misión antes incluso de que Fidelma le hubiera dicho de qué se trataba el recado.

– ¡Esperad! -gritó Fidelma para detener su entusiasmo-. Cuando lo encontréis, traédmelo de inmediato. Lo espero.

La joven hermana se alejó rápidamente.

Fidelma empezó a examinar las muescas que había en la varilla.

– ¿Qué es eso? -preguntó Cass con curiosidad-. ¿Sabéis leer esas letras antiguas?

– Sí. ¿Entendéis vos el ogham?

Cass sacudió la cabeza en señal de negación.

– Nunca me han enseñado el arte del antiguo alfabeto, hermana.

– Ésta es una de las muchas varillas de los poetas, como se las llama. Parece una especie de testamento. Sin embargo, no tiene sentido. Ésta dice: «Dejad que mi dulce primo cuide de mis hijos sobre la roca de Michael como mi honorable primo dicte». Curioso.

– ¿Qué significa? -preguntó confuso.

– ¿Recordáis lo que dije respecto a recoger información? Es como reunir los ingredientes para un plato. Se puede coger algo de aquí y otra cosa de allí; cuando ya está todo completo, se empieza a montar el plato. Por desgracia, no tenemos todos los ingredientes. Pero al menos sabemos más que antes. Sabemos, y es importante, que ha sido un asesinato cuidadosamente planeado.

Cass se la quedó mirando.

– ¿Cuidadosamente planeado? El frenesí del ataque parece indicar que el criminal estaba hecho una furia. Eso parece indicar que fue un acto impulsivo de ira y no premeditado.

– Tal vez. Pero no fue la ira violenta lo que hizo que el viejo fuera atado de pies y manos sin luchar. Eso denota premeditación. ¿Y qué es lo que produjo tal furia en el asesino? Un extranjero, un hombre o una mujer que asesina al azar, seguramente no podría albergar la furia que causó tal violencia.

Se quedó en silencio, como si se le acabara de ocurrir algo.

– ¿Qué pasa? -insistió Cass.

Advirtió que su mente parecía vagar por otro lado. Fidelma seguía mirando el interior de la habitación con el ceño fruncido. Finalmente volvió a entrar en la estancia y colocó la linterna sobre el escritorio y la habitación quedó toda iluminada.

– Ojalá lo supiera -confesó dubitativa-. Siento que hay algo que no encaja bien en esta habitación; algo que debería percibir.

Capítulo VI

El hermano Tóla, el ayudante del médico de la abadía, era un hombre de cabello gris plateado y rasgos suaves y agradables que sonreía continuamente como si se riera de la vida. Fidelma pensó que la mayoría de médicos que había conocido eran hombres o mujeres con alegría de vivir y que se tomaban todas las tragedias con un cierto humor. Tal vez, razonó, era una defensa contra la continua relación que mantenían con la muerte o tal vez la misma experiencia de la muerte y la tragedia humana les había hecho aceptar que, mientras se estuviera vivo y se tuviera una salud razonable, había que disfrutar de la vida todo lo posible.

– Me gustaría hacerle algunas preguntas -empezó a decir Fidelma, después de acabar las presentaciones. Seguían en el exterior de la puerta de la habitación que había ocupado Dacán.

– Cualquier cosa que pueda hacer, hermana -dijo Tóla sonriendo; sus ojos brillaban alegres mientras hablaba-. Me temo que no será mucho, pero pregunte.

– Me han dicho que, poco después de que el hermano Conghus encontrara el cadáver del venerable Dacán, el abad Brocc os mandó que examinarais el cuerpo.

– Así es.

– ¿Sois el ayudante del médico de la abadía?

– Así es. El hermano Midach es nuestro médico principal.

– Perdonad, pero ¿por qué os mandó llamar el abad y no al hermano Midach?

Ya conocía la respuesta a esa pregunta, pero Fidelma quería asegurarse.

– El hermano Midach no estaba en la abadía. Se había ido la noche anterior de viaje y no regresó hasta pasados seis días. Como médicos, nuestros servicios son con frecuencia requeridos en muchos pueblos vecinos.

– Muy bien. ¿Podéis explicarme con detalle vuestras conclusiones?

– Por supuesto. Fue justo después de la tercia y el hermano Martan, que es el boticario, se dio cuenta de que la campana todavía no había dado la hora…

Fidelma estaba interesada.

– ¿No había tocado la campana? ¿Cómo sabía entonces el boticario que era después de la tercia?

Tóla se rió entre dientes.

– No hay ningún misterio. Martan no sólo es el boticario, sino que le interesa la medición del tiempo. Dentro de la comunidad, tenemos una clepsidra, cuyo proyecto trajo uno de nuestros hermanos de un peregrinaje a Tierra Santa hace muchos años. Una clepsidra es…

Fidelma levantó la mano para interrumpirlo.

– Sé lo que es. ¿Así que el boticario había consultado su reloj de agua…?

– En realidad, no. Martan compara con frecuencia la clepsidra -o reloj de agua, como lo llamáis- con un aparato de medida más antiguo que tiene en el dispensario. Es muy viejo, pero funciona. Tiene un mecanismo que descarga arena de una parte a otra; la arena está medida de manera que cae en un tiempo preciso.

– ¿Un reloj de arena? -sonrió Cass complaciente-. Los he visto.

– Es el mismo fundamento -admitió el hermano Tóla-. Pero el mecanismo de Martan fue construido hace cincuenta años por unos artesanos de esta abadía. El mecanismo es de unas proporciones mayores que el de un reloj de arena y ésta cae del todo de un lado a otro en el período de todo un cadar.

Fidelma arqueó las cejas sorprendida. Un cadar era una medida de tiempo que equivalía a una cuarta parte del día.

– Me gustaría ver esa maravillosa máquina en algún momento -confesó-. Sin embargo, nos estamos alejando de nuestra historia.

– El hermano Martan me había informado de que ya había pasado la hora tercia y, justo entonces, el abad Brocc me hizo llamar. Fui a sus habitaciones y me dijo que habían encontrado muerto al venerable Dacán. Quería que yo examinara el cuerpo.

– ¿Y habíais conocido a Dacán?

Tóla asintió pensativo.

– Somos una comunidad numerosa, hermana, pero no tanto como para que un hombre de talento distinguido pase desapercibido entre nosotros.

– Quiero decir, si teníais contacto con él.

– Compartía la mesa con él durante las comidas, pero, aparte de algunas palabras, tenía poco trato más con él. No era un hombre que invitara a la amistad, era frío y…, bueno, frío y…

– ¿Austero? -sugirió Fidelma en tono grave.

– Eso mismo -admitió rápidamente Tóla.

– ¿Así que vinisteis hacia el hostal? -insistió Fidelma-. ¿Podéis describir lo que encontrasteis?

– Seguro. Dacán yacía sobre su cama. Estaba boca arriba. Tenía las manos atadas por detrás y los pies a la altura de los tobillos. Llevaba una mordaza en la boca. Había sangre en su pecho y resultaba obvio, al menos para mí, que era debido a múltiples cuchilladas.

– ¿Sí? ¿Cuántas cuchilladas?

– Siete, aunque a primera vista no las percibí.

– ¿Decís que estaba boca arriba? ¿Recordáis cómo estaba la manta? ¿Tenía la manta por encima o él estaba encima de ella?

Tóla sacudió la cabeza, algo sorprendido por la pregunta.

– Estaba totalmente vestido encima de la manta.

– ¿La sangre había manado del cuerpo sobre la manta y la había manchado?

– No, las heridas sangraban mucho, pero, como el hombre estaba boca arriba, la sangre se había quedado principalmente sobre el pecho.

– ¿La manta, entonces, no se utilizó para transportar el cuerpo ni limpiarle la sangre?

– No, que yo sepa. ¿Por qué os preocupa tanto esa manta?

Fidelma no hizo caso de la pregunta y le indicó que continuara.

– Cuando el cuerpo ya se hubo llevado al depósito y ya estaba lavado, pude confirmar lo que había visto al principio. Había siete heridas de cuchillo en el pecho, alrededor del corazón y en el mismo corazón. Cuatro de ellas eran golpes mortales.

– ¿Eso os sugiere que se produjo un ataque sañudo? -musitó Fidelma.

Tóla la miró como valorando la pregunta.

– Parece indicar un ataque con rabia. A sangre fría, el atacante no tenía más que asestar un golpe en el corazón. Después de todo, el viejo tenía las manos y los pies atados.

Fidelma frunció los labios pensativa y asintió.

– Continuad. ¿Había alguna indicación de cuándo se había llevado a cabo ese acto?

– Sólo puedo decir que cuando examiné el cuerpo el ataque no había sido reciente. El cuerpo resultaba casi frío al tacto.

– ¿No había señal del arma?

– Ninguna.

– ¿Podéis mostrarme exactamente cómo yacía el cuerpo sobre la cama? ¿Os importaría?

Tóla le lanzó una mirada de curiosidad y luego se encogió de hombros. El hermano entró en la habitación, mientras ella se quedaba en la puerta sosteniendo bien alta la lámpara para poder verlo todo. Él se colocó en una posición reclinada sobre la cama. Fidelma percibió, con interés, que no se quedaba totalmente estirado sobre la cama sino sólo de cintura para arriba; la parte inferior de su cuerpo colgaba del borde de la cama de manera que los pies le llegaban al suelo. Por lo tanto, la parte superior formaba un ángulo. Tóla había colocado las manos a su espalda para que se entendiera que estaban atadas. La cabeza estaba echada para atrás y los ojos cerrados. La posición daba a entender que a Dacán lo habían atacado mientras estaba de pie y que simplemente había caído de espaldas sobre la cama que tenía detrás.

– Os estoy agradecida, Tóla -dijo Fidelma-. Sois un testigo excelente.

Tóla se levantó de la cama y su voz se oyó seca y carente de expresión.

– He trabajado antes con un dálaigh, hermana.

– Entonces, cuando entrasteis aquí, os fijaríais en el estado de la habitación…

– No con atención -confesó el hermano-. Mis ojos se dirigieron al cadáver de Dacán y lo que había causado su muerte.

– Intentad recordar, si podéis. ¿Estaba la estancia ordenada o estaba revuelta?

Tóla echó una mirada alrededor, como intentando recordar.

– Ordenada, diría yo. La lámpara que había sobre la mesa todavía ardía. Sí, ordenada, como lo está ahora. Yo creo, por lo que he oído, que el venerable Dacán era un hombre extremadamente meticuloso, ordenado hasta el punto de llegar a ser obsesivo.

– ¿Quién os dijo eso? -inquirió Fidelma.

Tóla se encogió de hombros.

– El hermano Rumann, creo. Se encargó de la investigación posteriormente.

– Ya sólo os molestaré un poco más -dijo Fidelma-. Hicisteis retirar el cuerpo y lo examinasteis. ¿Tocasteis la lámpara? Por ejemplo, ¿la rellenasteis de aceite?

– La única vez que toqué la lámpara fue para apagarla cuando sacamos el cuerpo de Dacán de la habitación.

– Es de suponer que Dacán fue enterrado aquí en la abadía.

Con gran sorpresa para Fidelma, Tóla sacudió la cabeza en señal de negación.

– No, el cuerpo se transportó a la abadía de Fearna a petición del hermano de Dacán, el abad Noé.

Fidelma se quedó pensativa por un momento.

– Yo creía que el abad Brocc se había negado a enviar las pertenencias de Dacán a Laigin, sabiendo que se iba a llevar a cabo una investigación -dijo secamente-. Esto parece algo contradictorio, que se quedara con las pertenencias de Dacán pero que enviara el cuerpo a Laigin.

Tóla se encogió de hombros mostrando inseguridad.

– Tal vez la razón esté en que un cadáver no se puede conservar -respondió con una sonrisa ceñuda-. De todas maneras, para entonces, el hermano Midach, nuestro médico principal, había regresado a la abadía y se ocupó de los preparativos. Él fue quien autorizó el traslado del cuerpo.

– ¿Decís que eso fue casi seis días más tarde?

– Así es. Había llegado un barco de Laigin para reclamar el cuerpo. Por supuesto, para entonces, ya habíamos colocado el cuerpo en nuestra cripta, una cueva en la colina de detrás de nosotros donde se entierra a los abades de este monasterio. Depositamos el cadáver en el barco procedente de Laigin y es de suponer que las reliquias del venerable Dacán estén ahora en Fearna.

Fidelma sacudía la cabeza perpleja.

– ¿No resulta curioso que Laigin se enterara con tanta rapidez de la muerte de Dacán y con tanta presteza exigiera el retorno de su cuerpo? ¿Decís que el barco de Laigin llegó aquí seis días después del crimen?

Tóla se encogió de hombros.

– Somos un asentamiento costero, hermana. Estamos constantemente en contacto con muchas partes del país y, ciertamente, nuestros barcos zarpan hacia Galia, con cuyas gentes comerciamos con frecuencia. El vino de esta abadía, por ejemplo, es importado directamente de Galia. Con buena marea y viento, uno de los rápidos barca puede partir de aquí y estar en la boca del río Breacán en dos días. Fearna está tan sólo a unas horas de la boca del río. Yo he navegado hasta allí varias veces. Conozco bien las aguas de esta costa sur.

Fidelma conocía las posibilidades de los barca, los barcos costaneros de construcción ligera que comerciaban por las costas de los cinco reinos.

– Eso es como decís en condiciones ideales, Tóla -admitió ella-. De todas maneras, me sigue pareciendo que el abad Noé se enteró muy pronto de la muerte de su hermano. Pero, os lo reconozco, podría haber sido así. ¿Así que se devolvió a Fearna el cuerpo de Dacán?

– Cierto.

– ¿Cuándo llegó aquí el barco de guerra de Laigin? El que sigue anclado en la ensenada.

– Unos tres días después de que se fuera el otro barco hacia Fearna con el cuerpo de Dacán.

– Entonces resulta obvio que ambos barcos fueron enviados por Laigin pocos días después de la muerte de Dacán. El rey de Laigin tenía que saber lo que iba a hacer casi tan pronto como recibió la noticia de que Dacán había sido asesinado. -Hablaba medio para sí misma, como para aclarar sus ideas.

A Tóla no creyó que le pidiera su parecer.

Fidelma suspiró profundamente al ponderar las dificultades del caso. Finalmente habló.

– ¿Cuando examinasteis el cuerpo de Dacán, hubo alguna cosa más que os llamara la atención?

– ¿Como qué?

– No lo sé -confesó Fidelma-. ¿Había algo raro?

Tóla hizo un gesto negativo.

– Tan sólo las cuchilladas que le causaron la muerte; eso es todo.

– ¿Pero no había magulladuras, ni señales de lucha anterior a que lo ataran? ¿Ni marcas de que lo agarraran con fuerza para atarlo? ¿Ninguna marca de que lo golpearan y dejaran inconsciente para poder atarlo?

La expresión de Tóla cambió al ver por dónde iba Fidelma.

– ¿Queréis decir que cómo pudo su enemigo atarlo sin luchar?

Fidelma sonrió tensamente.

– Eso es exactamente lo que quiero decir, Tóla. ¿Dejó que con calma sus atacantes lo ataran de pies y manos sin luchar?

Tóla se puso serio por primera vez durante su conversación.

– Yo no vi que hubiera magulladuras. No se me ocurrió…

Hizo una pausa y una mueca de preocupación.

– ¿Qué? -exigió Fidelma.

– Soy un inepto -suspiró Tóla.

– ¿Y eso por qué?

– Tenía que haberme hecho esa misma pregunta en aquel momento, pero no lo hice. Sin embargo, estoy convencido de que no había contusiones en el cuerpo y, aunque las tiras en las muñecas y en los tobillos estaban bien apretadas, no había magulladuras que mostraran cómo se habían hecho.

– ¿De qué estaban hechas las ataduras? -preguntó Fidelma, queriendo comprobar lo que ya sabía.

– Pedazos de tela. Por lo que yo recuerdo eran trozos de lino teñido.

– ¿Recordáis los colores?

– Azul y rojo, creo.

Fidelma asintió con la cabeza. Aquello concordaba con lo que había dicho el hermano Conghus.

– ¿Supongo que se tiraron? -preguntó Fidelma, suponiendo lo peor.

Se quedó sorprendida cuando Tóla sacudió la cabeza en señal de negación.

– Lo cierto es que no. Nuestro boticario emprendedor, el hermano Martan, tiene un gusto morboso por las reliquias y decidió que las ataduras de Dacán llegarían tal vez algún día a convertirse en reliquias muy buscadas y valiosas, en particular si la fe lo reconocía como hombre de gran santidad.

– ¿Así que ese hermano…?

– Martan -añadió Tóla.

– ¿Así que este hermano Martan las ha guardado?

– Exactamente.

– Bien -dijo Fidelma sonriendo aliviada-, eso es excelente. Sin embargo, me tendré que hacer cargo temporalmente de ellas, puesto que son una prueba pertinente de mi investigación. Podéis decirle al hermano Martan que se las devolveremos tan pronto acabe.

Tóla asintió con la cabeza pensativo.

– ¿Pero cómo se dejó atar Dacán por sus enemigos sin luchar?

Fidelma hizo una mueca.

– Tal vez no se dio cuenta de que eran sus enemigos hasta más tarde. Sólo una cosita más, si no os importa, y luego ya le dejo. Habéis dicho que el cuerpo estaba frío y que ello implicaba que llevaba tiempo muerto. ¿Cuánto tiempo?

– Es difícil de decir. Varias horas al menos. No sé cuándo fue visto por última vez Dacán, pero pudo haber sido asesinado alrededor de medianoche. Ciertamente la muerte ocurrió durante la noche, no más tarde.

Fidelma se quedó mirando la lámpara de aceite que había sobre la mesa junto a la cama.

– A Dacán, lo mataron alrededor de medianoche -dijo reflexionando-. Sin embargo, cuando lo encontraron, la lámpara de aceite todavía ardía.

Cass, que había sido un espectador más o menos silencioso en el interrogatorio de Fidelma al hermano Tóla, la observaba con interés.

– ¿Por qué comentáis eso, hermana? -inquirió.

Fidelma se dirigió una vez más hacia la lámpara y la cogió con cuidado para no verter el aceite. Sin decir nada se la entregó con el mismo cuidado. Él la agarró y su rostro reflejó gran asombro.

– No lo entiendo -dijo.

– ¿No notáis nada raro en la lámpara?

Él sacudió la cabeza.

– Todavía está llena de aceite. Si es la misma lámpara, no puede haber estado encendida más de una hora a partir del momento en que el hermano Conghus descubrió el cuerpo.

Sor Fidelma estaba sentada en su habitación con las manos cogidas en la nuca y mirando hacia el techo en la penumbra. Había decidido hacer una pausa en la investigación por aquella noche. Había agradecido al hermano Tóla su ayuda y le había recordado una vez más que a la mañana siguiente el hermano Martan tenía que entregarle las tiras de tela con las que se había atado a Dacán. Luego había deseado a la joven y entusiasta sor Necht buenas noches y le había dicho que por la mañana volviera a hacer venir al hermano Rumann ante su presencia.

Ella y Cass se habían retirado a sus respectivas habitaciones y ahora, en lugar de quedarse inmediatamente dormida, permanecía sentada, reclinada sobre la cama, con la lámpara ardiendo mientras consideraba la información que había recopilado hasta entonces.

Una cosa de la que se daba cuenta era de que su primo, el abad Brocc, había sido selectivo con la información que le había proporcionado. ¿Por qué le había pedido al hermano Conghus que vigilara a Dacán tan sólo una semana antes de que lo mataran? Eso era algo que tenía que averiguar con Brocc.

Se oyó un golpecito en la puerta de su habitación.

Frunciendo el ceño, se levantó de la cama y la abrió.

Al otro lado estaba Cass.

– He visto que teníais la luz encendida. Espero no molestaros, hermana.

Fidelma sacudió la cabeza, le pidió que entrara y cogió la única silla que había en la habitación mientras ella volvía a sentarse en la cama. Por decoro, dejó la puerta abierta. En algunas comunidades, los nuevos códigos morales estaban cambiando los antiguos fundamentos. Muchos jefes de la fe, como Ultan de Armagh, se mostraban contrarios a las todavía existentes comunidades mixtas e incluso proponían el tan impopular concepto de celibato.

Fidelma estaba enterada de que estaba circulando una encíclica atribuida a Patricio en la que se daban treinta y cinco reglas para los seguidores de la fe. La novena regla ordenaba que un monje soltero y una monja, cada uno de un lugar diferente, no habían de permanecer en el mismo hostal o en la misma casa, ni viajar juntos en un carro de una casa a otra, ni conversar abiertamente. Y, de acuerdo con la regla diecisiete, una mujer que hiciera voto de castidad y luego se casara tenía que ser excomulgada, a menos que abandonara a su marido e hiciera una penitencia. Fidelma estaba indignada de que circulara ese documento en nombre de Patricio y sus obispos, Auxilio e Isernino, porque eran muy contrarios a las leyes de los cinco reinos. En realidad, lo que le hacía sospechar de la autenticidad del documento era que la primera regla decretaba que cualquier miembro de los religiosos que apelara a las leyes seculares merecía la excomunión. Después de todo, hacía doscientos años el mismo Patricio había sido uno de los miembros de la comisión de nueve hombres que el Rey Supremo, Laoghaire, había escogido para poner todas las leyes civiles y criminales de los cinco reinos en la nueva escritura.

Para Fidelma, la circulación de las «Reglas del primer consejo de Patrick», como se las llamaba, era otra nota de propaganda proveniente del bando proromano, que quería que la fe en los cinco reinos de Éireann fuera totalmente gobernada desde Roma.

De repente, se dio cuenta de que Cass había dicho algo.

– Lo siento -dijo torpemente-, la cabeza se me ha ido a muchas millas de distancia. ¿Qué estabais diciendo?

El joven soldado estiró las piernas en la sillita.

– Decía que he tenido una idea respecto a la lámpara.

– ¿Oh?

– Es obvio que alguien rellenó la lámpara cuando se descubrió el cuerpo de Dacán.

Fidelma observó sus ojos cándidos con solemnidad.

– Ciertamente, no hay duda de que la lámpara no podía llevar ardiendo toda la noche, si mataron a Dacán a medianoche o justo después… Es decir -añadió con una sonrisa burlona-, a menos que seamos testigos de un milagro, el milagro de la lámpara que se rellena sola.

Cass frunció el ceño, sin saber cómo tomarse aquello.

– Entonces es lo que yo digo -insistió.

– Quizás. Sin embargo, nos han dicho que el hermano Conghus descubrió el cuerpo y se encontró con que la lámpara estaba ardiendo. Él no la rellenó. Todavía seguía encendida cuando el hermano Tóla fue a examinar el cuerpo, y asegura que él no la rellenó. Luego nos dijo, al preguntárselo, que había apagado la luz cuando él y su ayudante, el hermano Martan, se llevaron el cuerpo al depósito para examinarlo. ¿Quién la rellenó?

Cass se quedó un momento pensativo.

– Entonces la tuvieron que rellenar justo antes de que el cuerpo fuera descubierto o después de que el cuerpo fuera retirado -dijo triunfante-. Después de todo, vos dijisteis que la lámpara sólo podía llevar encendida no más de una hora por la cantidad de aceite que todavía quedaba en ella. Alguien tiene que haberla rellenado.

Fidelma se quedó mirando complacida a Cass.

– Sabéis, Cass, estáis empezando a mostrar una mente de dálaigh.

Cass le devolvió la mirada frunciendo el ceño, sin saber si Fidelma se estaba burlando de él o no.

– Bien… -empezó a decir el soldado mientras se empezaba a levantar con expresión de mal humor.

Fidelma levantó una mano y le hizo señal de que se quedara.

– No quiero ser frívola, Cass. En serio, habéis dado con algo que a mí se me había pasado. Está claro que la lámpara se rellenó justo antes de que Conghus descubriera el cuerpo.

Cass se volvió a sentar con una sonrisa de satisfacción.

– ¡Esto es! Espero haber contribuido a resolver un misterio menor.

– ¿Menor? -reparó Fidelma con un cierto tono de amonestación.

– ¿Qué importa si la lámpara está llena o no? -preguntó Cass extendiendo sus manos para dar énfasis-. El problema principal es encontrar quién mató a Dacán.

Fidelma sacudió la cabeza con tristeza.

– No hay ningún punto lo bastante nimio para no ser tenido en cuenta cuando se intenta buscar la verdad. ¿Qué os dije respecto a recoger las piezas del puzle? Recoger cada fragmento, incluso aunque no parezca que esté conectado con otros. Recoger y guardar. Esto ha de aplicarse especialmente a aquellas piezas que parecen raras, que parecen inexplicables.

– ¿Pero qué importancia tiene una lámpara en este asunto? -inquirió Cass.

– Sólo lo sabremos cuando lo averigüemos. No podemos descubrirlo a menos que empecemos a hacer preguntas.

– Vuestro arte parece complicado, hermana.

Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación.

– En realidad, no. Yo diría que vuestro arte es incluso más complicado que el mío en lo que se refiere a juzgar.

– ¿Mi arte? -preguntó Cass enderezándose-. Soy un simple guerrero al servicio de mi rey. Acato el código de honor que tiene cada guerrero. ¿Qué juicios he de emitir?

– El juicio de cuándo matar, cuándo mutilar y cuándo no. Ante todo, vuestra tarea es matar, mientras que nuestra fe nos lo prohibe. ¿Alguna vez habéis resuelto este problema?

Cass, molesto, se ruborizó.

– Yo soy un guerrero. Mato solamente a los malos, los enemigos de mi pueblo.

Fidelma se sonrió levemente.

– Parece que creyerais que son todos iguales. Sin embargo, la fe dice no matarás. Seguramente si matamos tan sólo para detener a los malvados y el mal, entonces ¿el mismo acto nos hace tan culpables como aquellos a los que matamos?

Cass resopló con desdén.

– ¿Preferirías que os mataran? -preguntó con cinismo.

– Si creemos en las enseñanzas de nuestra fe, hemos de creer que éste es el ejemplo que nos dejó Cristo. Tal como recoge Mateo las palabras del Salvador: «Los que viven de la espada morirán por la espada».

– Bueno, no se puede creer en tal ejemplo -se burló Cass.

A Fidelma le interesó aquella reacción, pues había luchado mucho con la teología de la fe y todavía no había encontrado un terreno bastante firme para argumentar muchos de sus principios básicos. A menudo expresaba sus dudas haciendo de abogado del diablo y a través de ello clarificaba sus propias actitudes.

– ¿Y eso por qué? -exigió ella.

– Porque sois un dálaigh. Creéis en la ley. Estáis especializada en descubrir asesinos y entregarlos a la justicia. Creéis en castigar a los que matan, incluso hasta el punto de levantar la espada contra ellos. No os quedáis a un lado y decís que ésa es la voluntad de Dios. Yo he oído a un hombre de la fe denunciando a los brehons también con las palabras de Mateo: «No juzgues o serás juzgado», dijo. Vosotros, abogados de la ley, no hacéis caso de las palabras de Mateo en eso y yo no hago caso de las palabras de Mateo contra la profesión de la espada.

Fidelma dejó ir un suspiro contrita.

– Tenéis razón. Es duro «poner la otra mejilla» en todas las cosas. Tan sólo somos seres humanos.

En cierto modo, nunca se había sentido a gusto con las enseñanzas de Jesús que había anotado Lucas de que, si alguien roba la capa de una persona, esa persona tenía que darle al ladrón también su camisa. Sin duda, si uno se exponía a tal opresión, como la de poner la otra mejilla, significaba que uno era igualmente culpable, pues en realidad resultaba una invitación a un mayor robo y más injuria por parte del malhechor. Sin embargo, según Mateo, Jesús dijo: «No creáis que he venido a traer la paz sobre la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. He venido, en efecto, a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra; y serán enemigos del hombre los de su propia casa».

Resultaba confuso. Y a Fidelma le había preocupado mucho.

– ¿Tal vez la fe espera demasiado de nosotros? -inquirió Cass interrumpiéndola abruptamente en sus pensamientos.

– Tal vez. Pero las esperanzas de la humanidad siempre han de exceder sus límites; si no, no habría progreso en la vida.

De repente la expresión de Fidelma se convirtió en una sonrisa maliciosa.

– Tenéis que perdonarme, Cass, pues a veces lo único que hago es intentar comprobar mis actitudes frente a la fe.

El joven soldado se mostró indiferente.

– Yo no tengo esa necesidad -replicó.

– Entonces vuestra fe es grande -contestó Fidelma sin poder evitar un tono de sarcasmo en la voz.

– ¿Por qué he de poner en duda lo que predican los prelados? -inquirió Cass-. Yo soy una persona simple. Ellos llevan siglos pensando en esos asuntos y, si así lo dicen, entonces es que así ha de ser.

Fidelma sacudió la cabeza apenada. Era en momentos como éste en los que echaba de menos las discusiones tormentosas que había tenido con el hermano Eadulf de Seaxmund's Ham.

– Cristo es el hijo de Dios -dijo con firmeza-. Por lo tanto, Él estaría de acuerdo con rendir homenaje a la razón, pues, si no hay duda, no puede haber fe.

– Sois una filósofa, Fidelma de Kildare. Pero yo no esperaba que una religiosa cuestionara su fe.

– He vivido demasiado tiempo para no ser una escéptica, Cass de Cashel. Uno debería atravesar la vida siendo escéptico respecto a todas las cosas y particularmente respecto a uno mismo. Pero ahora hemos agotado el tema y hemos de retirarnos. Tenemos mucho que hacer por la mañana.

Se levantó y Cass, con cierta renuencia, siguió su ejemplo.

Cuando él hubo abandonado su habitación, Fidelma se estiró en la cama y esta vez apagó la lámpara.

Intentó con todas sus fuerzas recordar qué hechos había averiguado respecto a la muerte del venerable Dacán. Sin embargo, se encontró con que eran otros los pensamientos que dominaban sus sentidos. Se referían a Eadulf de Seaxmund's Ham. Mientras pensaba en él, volvió a sentir un curioso sentimiento de soledad, como de nostalgia.

Echaba de menos sus debates. Añoraba la manera en que podía tomarle el pelo a Eadulf al discutir sus opiniones y filosofías encontradas; la forma que él tenía de caer bondadosamente en la trampa. Sus discusiones eran acaloradas, pero no había enemistad entre ellos. Aprendían juntos al examinar sus interpretaciones y debatir sus ideas.

Echaba de menos a Eadulf. Eso no podía negarlo.

Cass era un hombre simple. Resultaba bastante agradable; una compañía gratificante; un hombre que tenía un buen código moral. Sin embargo, para ella, carecía del agudo humor que necesitaba; carecía de una amplia perspectiva de conocimientos con los que los suyos propios pudieran competir. Al considerarlo así, Cass le recordaba un poco a alguien responsable de un episodio desagradable de su vida. Cuando tenía diecisiete años, se había enamorado de un joven soldado llamado Cian. Estaba en la guardia de élite del Rey Supremo, que era Cellach en aquel tiempo. Ella era joven y despreocupada, pero estaba enamorada. A Cian no le preocupaban sus búsquedas intelectuales y la había acabado dejando por otra. Aquel rechazo la dejó desilusionada. Se sintió amargada, aunque los años habían suavizado su actitud. Pero no había olvidado aquella experiencia y, en realidad, nunca se había recuperado. Tal vez nunca se lo había permitido a sí misma.

Eadulf de Seaxmund's Ham había sido el único hombre de su misma edad en cuya compañía se había sentido realmente cómoda y capaz de expresarse.

Quizás había iniciado la discusión de la fe como una manera de probar a Cass.

Entonces, ¿por qué quería probar a Cass? ¿Con qué finalidad? ¿Acaso quería la compañía de Eadulf y buscaba a un sustituto?

Soltó un silbido en la oscuridad, escandalizada ante aquella idea. Una idea ridicula.

Después de todo, había pasado varios días en compañía de Cass durante el viaje hasta allí y no había tenido ningún problema.

Tal vez la clave de la situación residía en el hecho de que ciertamente intentaba recrear a Eadulf porque estaba investigando un asesinato con Cass como compañero, mientras que anteriormente Eadulf había sido su camarada, la pared contra la que podía lanzar sus ideas.

¿Pero por qué había de querer recrear a Eadulf?

Volvió a soltar un silbido como para quitarse todo aquello de la cabeza. Luego se giró y hundió la cabeza enfadada en la almohada.

Capítulo VII

El tiempo había vuelto a cambiar con la sorprendente rapidez con que lo hacía en las islas y penínsulas del sudoeste de Muman. El cielo permanecía claro, casi de un azul traslúcido, y el sol brillaba dando un calor que era más propio de finales de verano que de los últimos días de otoño. El viento había amainado, pero permanecía una brisa marina, ventosa aunque sin fuerza. Así pues, el mar no estaba totalmente en calma, sino picado y revuelto, y hacía que los barcos anclados en la ensenada frente a Ros Ailithir se sacudieran en sus amarres. Arriba, en el cielo que dominaban las gaviotas, unos grandes cormoranes revoloteaban y descendían en picado, luchando por un lugar donde pescar entre los chillidos lastimeros y de protesta de sus compañeros. Por todas partes se veía cómo regresaban a la casa paíños negros con las ancas blancas que el tiempo tormentoso había conducido mar adentro.

Fidelma se había encaramado sobre la parte superior de la gruesa muralla de piedra del monasterio, que recorría un adarve. Contemplaba atentamente la ensenada de abajo. Había algunas barcas de pesca de los lugareños, un par de barcos pesqueros de bajura o barcas y una gran nave que comerciaba con Britania o Galia. Le habían dicho que era un mercante franco. No obstante, lo que llamaba su atención era el barco de guerra del rey de Laigin, situado amenazadoramente cerca de la entrada del puerto, con sus líneas elegantes y malévolas.

Fidelma llevaba sentada un buen rato con los brazos cruzados examinando el barco con curiosidad. Se preguntaba qué pensaba sacar Fianamail, el joven rey de Laigin con aquella intimidación. Comprendía que exigir el territorio de Osraige como precio de honor no era más que un movimiento político para recuperar el territorio perdido, pero, desde luego, se mostraba muy descarado al respecto. Seguro que nadie creería que la muerte del venerable Dacán, aunque fuera primo del rey de Laigin, mereciera la devolución de una tierra que debía fidelidad a Cashel desde hacía más de quinientos años. ¿Por qué Fianamail tenía que amenazarlos con la guerra por un asunto así?

Observó el estandarte de seda de los reyes de Laigin, que ondeaba orgulloso con la brisa marina. Había varios guerreros en la cubierta practicando sus artes guerreras, que le parecieron bastante ostentosas y más bien dirigidas a los observadores que estaban en la costa que a mantenerse en forma.

Fidelma hubiera deseado haber prestado mayor atención a aquella sección del Libro de Acaill, el gran código de leyes que se refería específicamente a las muir-bretha o leyes marítimas. La ley seguro que decía si ese tipo de intimidación estaba permitido. Tenía la vaga sensación de que la corona situada a las puertas de la abadía tenía algo que ver con esto, pero no estaba segura de qué. Se preguntaba si en la tech screptra, la biblioteca de la abadía, habría alguna copia de los libros de leyes que ella pudiera consultar respecto a este tema.

La única campana anunciando la tercia se oyó desde el campanario.

Fidelma dejó de contemplar aquella escena fascinante, se levantó y empezó a caminar de regreso por el adarve de madera que recorría la muralla del monasterio hacia las escaleras que conducían a los terrenos interiores de Ros Ailithir. Una figura familiar estaba mirando al mar un poco más allá en la muralla. Era la rolliza sor Eisten. Tenía la vista tan concentrada en la ensenada que no vio a Fidelma.

Fidelma se puso a su lado sin que se diera cuenta.

– Una hermosa mañana, hermana -la saludó.

Sor Eisten se sorprendió y se giró con la boca abierta. Parpadeó e inclinó con cuidado la cabeza.

– Sor Fidelma… Sí. Es hermosa -contestó sin entusiasmo alguno.

– ¿Cómo estáis hoy?

– Estoy bien.

Los tensos monosílabos parecían forzados.

– Eso es bueno. Habéis pasado una mala experiencia. ¿Y el niñito está bien?

Sor Eisten parecía confundida.

– ¿Niñito?

– Sí. ¿Se ha recuperado de su pesadilla? -Al ver que sor Eisten seguía sin comprender continuó-. El niño que se llama Cosrach. Ayer lo estabais acunando.

Sor Eisten parpadeó con rapidez.

– Oh… sí -dijo sin que pareciera estar segura.

– ¡Sor Fidelma!

Fidelma se giró al oír su nombre. Era la joven sor Necht, que se apresuraba escaleras arriba hasta el adarve. Parecía ansiosa y Fidelma tuvo la rara sensación de que lo que le producía tal ansiedad era encontrar a sor Eisten con Fidelma.

– El hermano Rumann está listo para verla, hermana -anunció sor Necht-. Está esperando impaciente en el hostal.

Fidelma miró a Eisten.

– ¿Estáis segura de que todo va bien?

– Todo va bien, gracias -contestó sin convicción.

– Bueno, si necesitáis de un alma amiga, sólo tenéis que llamarme.

En la iglesia de Irlanda, a diferencia de la costumbre de Roma según la cual todos tenían que hacer confesión de sus pecados a un sacerdote, cada persona tenía un anamchara, un alma amiga. La posición de un alma amiga era de confianza. Él o ella no era un confesor, sino más bien un confidente, un guía espiritual que actuaba de acuerdo con las prácticas de la fe de los cinco reinos. El alma amiga de Fidelma, desde que había alcanzado la edad de elegir, había sido Liadin de los Uí Dróna, su amiga de la niñez. Pero el alma amiga no tenía por qué ser del mismo sexo; Colmcille y otros líderes de la fe habían elegido almas amigas del sexo opuesto.

Eisten sacudía la cabeza con rapidez.

– Yo ya tengo un alma amiga en esta abadía -dijo inflexible.

Fidelma dejó ir un suspiro mientras empezaba con renuencia a seguir a sor Necht. Evidentemente, no todo iba bien con Eisten. Había algo que la seguía preocupando. Estaba a punto de bajar las escaleras cuando la voz de sor Eisten la detuvo.

– Decidme, hermana…

Fidelma se giró inquisitiva hacia la joven taciturna. Seguía mirando con desánimo hacia el mar.

– Decidme hermana, ¿puede un alma amiga traicionar la confianza puesta en ella?

– Si lo hace, entonces no creo que pueda ser un alma amiga -contestó Fidelma enseguida-. Depende de las circunstancias.

– ¡Hermana! -gritó Necht desde el pie de la escalera.

– Quizá deberíamos hablar de ello más tarde -le sugirió Fidelma.

No obtuvo respuesta alguna y al cabo de un momento y con cierta renuencia descendió las escaleras detrás de Necht.

En la habitación que habían designado a Fidelma para que llevara a cabo sus investigaciones, la corpulenta figura del fer-tighis, el administrador de la abadía, estaba esperando con impaciencia.

Fidelma se arrellanó en su asiento frente al hermano Rumann y se dio cuenta de que Cass ya había ocupado su silla en el rincón de la estancia. Fidelma se giró hacia sor Necht. Había pensado mucho en si era conveniente seguir permitiendo que la joven hermana asistiera a todos sus interrogatorios. Tal vez se podía confiar en que se lo guardara todo; tal vez no. Fidelma había decidido finalmente que era mejor no tentarla por el camino.

– No necesitaré de vuestros servicios por el momento -le dijo a la novicia decepcionada-. Estoy segura de que tenéis otros deberes que cumplir en el hostal.

El hermano Rumann parecía aprobar aquella decisión.

– Por supuesto que los tiene. Hay habitaciones que limpiar y ordenar.

Cuando sor Necht se hubo marchado, no sin renuencia, Fidelma se volvió hacia el administrador.

– ¿Cuánto tiempo lleváis como administrador de la abadía, hermano Rumann? -preguntó.

Los rasgos del hombre regordete se arrugaron frunciendo el ceño.

– Dos años, hermana. ¿Por qué?

– Disculpadme -le respondió Fidelma con amabilidad-. Quiero conocer todos los antecedentes que me sea posible.

Rumann resopló como de aburrimiento.

– Entonces, sabed que he servido en la abadía desde que llegué aquí cuando alcancé la edad de elegir, y eso fue hace treinta años.

Fue recitando sus antecedentes con un tono petulante y seco, como si sintiera que ella no tenía derecho a preguntárselo.

– ¿Entonces tenéis cuarenta y siete años y lleváis dos de administrador? -preguntó Fidelma con una voz suavemente peligrosa, pues resumía los hechos que él le había proporcionado.

– Exactamente.

– ¿Entonces tenéis conocimiento de todo lo que se puede saber sobre la fundación de Ros Ailithir?

– De todo -respondió Rumann sin complacencia.

– Eso está bien.

Rumann frunció levemente el ceño preguntándose si Fidelma se estaba burlando de él.

– ¿Qué queréis saber? -preguntó en tono brusco, al ver que Fidelma se quedaba un rato sin preguntar nada.

– El abad Brocc os pidió que llevarais a cabo una investigación sobre la muerte de Dacán. ¿Cuál fue el resultado?

– Que lo asesinó un atacante desconocido. Eso es todo -confesó el administrador.

– Empecemos por el momento en que el abad os dio la noticia de la muerte de Dacán.

– No me lo dijo el abad. Fui informado por el hermano Conghus.

– ¿Cuándo fue eso?

– Poco después de informar al abad de su descubrimiento. Me lo encontré cuando iba a informar al hermano Tóla, el ayudante del médico. Tóla examinó el cuerpo.

– ¿Qué hicisteis?

– Fui a ver al abad para preguntarle qué debía hacer yo.

– ¿No fuisteis primero a la habitación de Dacán?

Rumann lo negó con la cabeza.

– ¿Qué podía hacer yo allí antes de que Tóla hubiera examinado a Dacán? El abad me pidió entonces que me encargara del asunto. Luego me dirigí a la habitación de Dacán. El hermano Tóla estaba allí acabando de examinar el cuerpo. Dijo que habían atado a Dacán y lo habían acuchillado varias veces en el pecho. El y su ayudante Martan se llevaron el cuerpo para examinarlo mejor.

– Sé que la habitación no estaba desordenada y que una lámpara de aceite seguía encendida.

Rumann asintió con la cabeza.

– Tóla apagó la lámpara cuando se fue -dijo Fidelma-. Eso implicaba que vos ya habíais abandonado la habitación cuando se retiró el cuerpo.

Rumann miró a Fidelma con cierto respeto.

– Tenéis una mente aguda, hermana. De hecho, así es. Mientras Tóla acababa su examen, miré rápidamente alrededor de la habitación en busca de un arma o algo que pudiera identificar al atacante. No encontré nada. Así que me fui justo antes de que Tóla se llevara el cuerpo.

– ¿No volvisteis a examinar la habitación?

– No. Por orden del abad, cerré la habitación tal como estaba. Sin embargo, allí no había visto nada que ayudara a descubrir al culpable. Pero el abad pensó que había que investigar más.

– ¿No rellenasteis el aceite de la lámpara que había junto a la cama en ningún momento?

Rumann arqueó las cejas sorprendido por la pregunta.

– ¿Por qué habría de rellenarla?

– No importa -contestó Fidelma con rapidez y sonriendo-. ¿Y entonces? ¿Cómo llevasteis a cabo vuestra investigación?

Rumann se frotó la barbilla pensativo.

– Sor Necht y yo estábamos descansando en el hostal aquella noche y dormimos profundamente hasta que la campana de la mañana nos llamó. Tan sólo había otro huésped y él tampoco había oído ni visto nada.

– ¿Quién era el huésped? ¿Todavía está en el monasterio?

– No. En realidad no era nadie… Sólo un viajero. Se llamaba Assíd de los Uí Dego.

– Ah, sí. -Fidelma recordó que Brocc había mencionado aquel nombre-. Assíd de los Uí Dego. Decidme, Rumann: ¿Los Uí Dego habitan justo al norte de Fearna en Laigin?

Rumann se sacudió incómodo.

– Eso creo -admitió-. Tal vez el hermano Midach le pueda decir algo más al respecto.

– ¿Por qué el hermano Midach? -preguntó con curiosidad Fidelma.

– Bueno, él ha viajado a esas tierras -dijo Rumann un poco a la defensiva-. Creo que nació en ellas o cerca.

Fidelma suspiró exasperada. Laigin parecía surgir en cada sendero oscuro de aquella investigación.

– Decidme más cosas de este viajero, Assíd.

– Hay poco que decir. Bajó de un barc. Creo que era comerciante, tal vez de los que hacen cabotaje. Se fue con la marea de la tarde el día en que Dacán había muerto. Pero sólo después de que yo lo interrogara a conciencia.

Fidelma sonrió con cinismo.

– ¿Y después de que os asegurara que no había oído ni visto nada?

– Eso mismo.

– ¿El hecho de que Assíd fuera de Laigin, y que ahora Laigin tenga un papel importante en este asunto, no os parece suficiente para pensar que había que retenerlo para interrogarlo más?

Rumann lo negó con la cabeza.

– ¿Cómo íbamos a saber eso entonces? ¿Basándonos en qué podíamos retener al hombre aquí? ¿Estáis sugiriendo que es el asesino de su paisano? Además, al igual que Midach, hay varios hermanos y hermanas en esta abadía que han nacido en Laigin.

– Yo no estoy aquí para sugerir cosas, Rumann -espetó Fidelma irritada por la suficiencia del administrador-. Estoy aquí para investigar.

El corpulento religioso se reclinó de repente y tragó saliva. No estaba acostumbrado a que le hablaran así.

Fidelma, por su parte, lamentó inmediatamente haber mostrado su irritación y admitió para sí que el administrador no podía haber actuado de otra manera. ¿Basándose en qué podían retener a Assíd de los Uí Dego? En nada. Sin embargo, la identidad de la persona que había llevado a Fearna la noticia de la muerte de Dacán resultaba ahora obvia.

– Este Assíd -volvió a empezar Fidelma con un tono más amigable- ¿qué os lleva a asegurar que era un comerciante?

Rumann retorció los músculos de su cara haciendo una mueca.

– ¿Quiénes sino los comerciantes viajan por nuestra costa en barca y buscan hospitalidad en nuestro hostal? No era algo insólito. A menudo nos visitan comerciantes como él.

– ¿Es de suponer que su tripulación se quedó a bordo del barc?

– Creo que eso hicieron. Desde luego, no estuvieron aquí.

– Uno se pregunta, en consecuencia, por qué no se quedó él también a bordo y buscó alojamiento por una noche aquí -musitó Fidelma-. ¿Qué habitación ocupó?

– La que ahora ocupa sor Eisten.

– ¿Conocía a Dacán?

– Eso creo. Sí, recuerdo que se saludaron de forma amistosa. Eso fue la noche en que Assíd llegó. Era natural, supongo, siendo ambos de Laigin.

Fidelma ocultó su preocupación. ¿Cómo podía resolver este misterio si su testigo principal había abandonado la escena? Sentía una gran frustración.

– ¿No interrogasteis luego a Assíd sobre su relación con Dacán?

Rumann parecía dolido y sacudió la cabeza.

– ¿Por qué había de interesarme su relación con Dacán?

– Habéis dicho que se saludaron amistosamente, lo que implica que se conocían y no sólo por la reputación.

– No vi motivo para preguntar si Assíd era amigo de Dacán.

– ¿De qué otra manera ibais a encontrar al asesino sino haciendo tales preguntas? -inquirió Fidelma con acritud.

– Yo no soy dálaigh -respondió Rumann indignado-. Se me pidió que llevara a cabo una investigación de cómo había sido asesinado Dacán en nuestro hostal, no que hiciera una investigación judicial.

Algo de verdad había en esas palabras. Rumann no sabía investigar. Fidelma lamentó lo dicho.

– Lo siento -se disculpó-. Tan sólo decidme todo lo que sepáis sobre ese hombre, Assíd.

– Llegó el día antes de que mataran a Dacán y se fue, tal como os he dicho, ese día. Buscaba alojamiento para una noche. Su barc ancló en la ensenada y se supone que se dedicaba al comercio. Eso es todo lo que sé.

– Muy bien. ¿Y no había nadie más en el hostal en aquel momento?

– No.

– ¿Se accede fácilmente al hostal desde cualquier parte de los edificios de la abadía?

– Tal como habéis visto, hermana, no hay restricciones en el interior de los muros de la abadía.

– Entonces, ¿cualquiera de los cientos de estudiantes y religiosos de aquí podía haber entrado y matado a Dacán?

– Cualquiera podía hacerlo -admitió Rumann sin dudar.

– ¿Había alguien que fuera particularmente próximo a Dacán durante su estancia aquí? ¿Tenía amigos entre los religiosos o los estudiantes?

– Nadie era en realidad amigo de él. Ni siquiera el abad. El venerable Dacán era un hombre que mantenía las distancias con todos. No era en absoluto amistoso. Ascético e indiferente a los valores mundanos. A mí me gusta relajarme algunas noches con algún juego de mesa, el brandubh o el fidchell Lo invité a jugar una o dos veces y lo rechazó como si le hubiera pedido indulgencia para algo blasfemo.

Esto al menos era un punto de común acuerdo entre todos aquellos a los que había interrogado sobre el venerable Dacán. No era un alma amigable.

– ¿No había nadie en absoluto con quien hablara más que con las demás personas de la abadía?

Rumann se encogió de hombros.

– A menos que tengamos en cuenta a nuestra bibliotecaria, sor Grella. Me imagino que era así porque investigó mucho en la biblioteca.

Fidelma asintió con la cabeza pensativa.

– Ah, sí, me han dicho que vino a Ros Ailithir para estudiar ciertos textos. Veré a sor Grella luego.

– Por supuesto, también enseñaba -añadió Rumann-. Enseñaba historia.

– ¿Podéis decirme quiénes eran sus estudiantes?

– No. Para esto tendréis que hablar con nuestro fer-leginn, el profesor principal, el hermano Ségán. Él es quien se ocupa de todo lo que tiene que ver con los estudios. Es decir, por debajo del abad Brocc, por supuesto.

– Es de suponer que, por sus estudios, el venerable Dacán escribiera mucho.

– Yo también lo supondría -contestó Rumann con poca seguridad-. Con frecuencia, lo veía cargando manuscritos y, por supuesto, sus tablillas de cera. No iba nunca sin ellas.

– Entonces -Fidelma hizo una pausa para dar énfasis a su pregunta-, ¿por qué no hay manuscritos ni tablillas usadas en su habitación?

El hermano Rumann se la quedó mirando.

– ¿No las hay? -preguntó asombrado.

– No. Hay tablillas que están limpias y vitelas que no se han usado.

El administrador volvió a encogerse de hombros. El gesto era natural en él.

– Me sorprende. Tal vez guardaba lo que escribía en nuestra biblioteca. Sin embargo, no veo qué tiene esto que ver con su muerte.

– ¿Y no tenéis conocimiento de lo que estaba estudiando Dacán? -siguió preguntando Fidelma sin molestarse en responder a la pregunta implícita de Rumann-. ¿Sabía alguien por qué había venido a Ros Ailithir en particular?

– No es cosa mía meterme en los asuntos de los demás. Era suficiente que Dacán viniera con la recomendación del rey de Cashel y que su presencia fuera aprobada por mi abad. Intenté, como otros aquí, ser amistoso con él, pero, como ya he dicho, no le gustaba relacionarse. En verdad, hermana, tal vez debería confesar que no hubo duelo en la abadía cuando Dacán pasó a mejor vida.

Fidelma se inclinó hacia delante con interés.

– Yo tendía a creer, a pesar de que se considerara austero, que Dacán era bien querido por la gente y reverenciado como un hombre de gran santidad.

El hermano Rumann se mordió los labios con cinismo.

– Yo he oído que es así, y tal vez lo sea… en Laigin. Lo único que puedo decir es que aquí, en Ros Ailithir, fue bien acogido, pero no devolvió el calor de nuestra bienvenida. Así que en general se le dejó para que se las arreglara solo. Es que incluso la pequeña sor Necht le tenía miedo…

– ¿Ah, sí? ¿Por qué?

– Es de suponer que porque era un hombre cuya frialdad inspiraba temor.

– Yo creía que su santa reputación iba más allá de Laigin. En muchos lugares, de él y de su hermano Noé, se habla como de Colmcille, de Brendan o de Enda.

– Uno sólo puede hablar por lo que conoce, hermana. A veces las reputaciones no son merecidas.

– Decidme, este desagrado hacia Dacán…

El hermano Rumann sacudió la cabeza como para interrumpirla.

– Indiferencia, hermana. Indiferencia, no desagrado, pues no había motivos para hablar de desagrado.

Fidelma inclinó la cabeza admitiendo aquella precisión.

– Muy bien. Indiferencia, si es lo que os parece. A vuestro entender, ¿no creéis que era suficiente para fomentar un sentimiento en alguien de aquí como para matarlo?

El administrador entornó los ojos en su cara carnosa.

– ¿Alguien de aquí? ¿Estáis sugiriendo que alguno de nuestros hermanos de Ros Ailithir lo mató?

– ¿Tal vez incluso uno de sus estudiantes a quien no gustaran sus maneras? Eso pasa.

– Bueno, yo nunca he sabido de algo así. Un estudiante respeta a su maestro.

– En circunstancias normales -admitió Fidelma-. Sin embargo, estamos investigando una circunstancia extraordinaria. El asesinato, pues eso es lo que hemos establecido, es un crimen de lo más anormal. Sea cual sea el camino que tomemos, hemos de admitir que alguien de esta comunidad tuvo que perpetrar ese acto. Alguien de esta comunidad -repitió con énfasis.

El hermano Rumann la observaba con rostro solemne y la boca prieta.

– No puedo decirle más de lo que he hecho. Lo único que se me pidió, lo único que hice, fue investigar la circunstancia de su muerte. ¿Qué más podía hacer? No tengo los conocimientos de un dálaigh.

Fidelma extendió las manos en un gesto pacificador.

– No es mi intención criticar, hermano Rumann. Vos tenéis vuestro oficio y yo el mío. Nos enfrentamos a una situación delicada, no solamente para buscar una solución a este crimen, sino para intentar evitar una guerra.

El hermano Rumann resopló con fuerza.

– Si me pedís mi opinión, no me extrañaría que Laigin hubiera maquinado todo este asunto. Han apelado una y otra vez a la asamblea del Rey Supremo de Tara para que se les devolviera Osraige. Cada vez se ha dictado que Osraige era legalmente una parte de Muman. Ahora esto -golpeaba el aire con su mano.

Fidelma observaba al administrador con interés.

– ¿Cuándo exactamente llegasteis a tal conclusión, hermano Rumann? -preguntó suavemente.

– Yo soy de los Corco Loígde, un hombre de Muman. Cuando me enteré del precio de honor que el joven Fianamail de Laigin exigía por la muerte de Dacán, imaginé un complot. Teníais razón en lo primero.

Fidelma arqueó las cejas al percibir los rasgos de enfado de Rumann.

– ¿Razón? ¿En qué?

– En que tenía que haber sospechado del comerciante, Assíd. ¡Seguramente era el asesino y yo lo dejé marchar!

Fidelma se lo quedó mirando un momento y luego habló.

– Una cosa más, hermano. ¿Cómo os enterasteis de cuáles eran las exigencias de Laigin?

Rumann parpadeó.

– ¿Cómo? Porque el abad no habla de otra cosa desde hace días.

Cuando el hermano Rumann se hubo marchado, Fidelma se quedó un rato sentada en silencio. Entonces se dio cuenta de que Cass seguía sentado esperando que ella hablara. Se volvió hacia él y le dedicó una sonrisa cansada.

– Llamad a sor Necht, Cass.

Un momento después la entusiasta y joven hermana entró respondiendo a la llamada de la campanita. Estaba claro que había estado fregando los suelos del hostal, pero que recibía con agrado la interrupción.

– Me han dicho que teníais temor al venerable Dacán -le soltó Fidelma sin preámbulos.

Pareció que la cara de Necht se quedaba sin sangre. Se estremeció.

– Se lo tenía -admitió.

– ¿Por qué?

– Mis deberes como novicia en la abadía se deben principalmente a los huéspedes del hostal y he de ocuparme de lo que necesiten. El venerable Dacán me trataba como a un criado. Incluso le pedí al hermano Rumann si podía relevarme de mis obligaciones en el hostal mientras Dacán estuviera en él.

– Entonces es que os desagradaba mucho.

Sor Necht inclinó la cabeza.

– Va contra la fe, pero la verdad es que no me gustaba. No me gustaba en absoluto.

– A pesar de todo, ¿no os relevaron de vuestros deberes?

Necht sacudió la cabeza en señal de negación.

– El hermano Rumann dijo que había de aceptarlo como la voluntad de Dios y que, a través de esta adversidad, me fortalecería para llevar a cabo el trabajo de Dios.

– Lo decís como si no lo creyerais -señaló Fidelma con amabilidad.

– No me fortalecí. Tan sólo se intensificó mi desagrado. Fue un tiempo terrible. El venerable Dacán criticaba cómo arreglaba su habitación. Al final, ya no me molestaba en arreglarla. Luego me enviaba a hacer recados a todas las horas del día y de la noche tal como le venía en gana. Yo era una esclava.

– ¿Así que cuando murió no vertisteis lágrimas?

– ¡Yo no! -exclamó la hermana con vehemencia. Luego, al darse cuenta de lo que había dicho, se ruborizó-. Quería decir…

– Creo que sé lo que queríais decir -respondió Fidelma-. Decidme, la noche en que mataron a Dacán, ¿estabais de guardia en el hostal?

– Yo estaba de guardia cada noche. El hermano Rumann os lo habrá dicho. Era mi trabajo.

– ¿Visteis a Dacán aquella noche?

– Por supuesto. Él y el comerciante Assíd eran los únicos huéspedes.

Sor Necht asintió con la cabeza.

– Sin embargo, no creo que fueran amigos. Oí a Assíd que discutía con Dacán después de la cena.

– ¿Discutía?

– Sí. Dacán se había retirado a su habitación. Solía llevarme algunos libros para estudiar antes de la completa, el último servicio del día. Yo pasaba ante su puerta cuando oí unas voces que discutían.

– ¿Estáis segura de que era Assíd?

– ¿Quién sino podía ser? -replicó la muchacha-. No había nadie más allí.

– ¿Así que estaban discutiendo? ¿De qué?

– No sé. No era en voz alta, pero sí intensa. Sonaba a enfado.

– ¿Y qué estudiaba Dacán aquella noche? -preguntó Fidelma frunciendo el ceño-. Me han dicho que no se ha sacado nada de su habitación. Sin embargo, no había libros ni nada escrito en la estancia de Dacán.

Sor Necht se encogió de hombros y no contestó.

– ¿Cuándo fue la última vez que visteis a Dacán?

– Yo acababa de volver del servicio de completa cuando Dacán me llamó y me pidió que le llevara una jarra con agua fría.

– ¿Visitasteis su habitación después de eso?

– No. Lo evitaba todo lo que podía. Perdonadme este pecado, hermana, pero lo odiaba y no puedo deciros otra cosa.

Sor Fidelma se reclinó y examinó a la joven novicia detenidamente durante un rato.

– Tenéis vuestros deberes, sor Necht; no os retendré. Os volveré a llamar cuando os necesite.

La joven novicia se levantó desilusionada.

– ¿No le hablaréis al hermano Rumann de mi pecado de odio? -preguntó angustiada.

– No. Temíais a Dacán. El odio es meramente la consecuencia de ese miedo; hemos de temer algo para odiarlo. Es la capa de protección que utilizan los que se sienten intimidados. Pero, hermana, recordad esto: tales sentimientos de odio a menudo conducen a la supresión de la justicia. Intentad perdonar a Dacán por su autocracia y entended vuestros propios miedos. Podéis marcharos.

– ¿Estáis segura de que no puedo hacer nada más? -preguntó Necht, mientras dudaba en la puerta.

Volvía a parecer entusiasmada, como si la confesión de su odio por Dacán le hubiera levantado los ánimos.

Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación.

– Os llamaré cuando así sea -aseguró Fidelma.

Cuando salía, Cass se levantó y se sentó en la silla que Necht había dejado libre. Miró a Fidelma con compasión.

– ¿No va bien, verdad? Sólo veo confusión.

Fidelma le respondió con una mueca.

– Vayamos a pasear un rato por la playa, Cass. Necesito un poco de brisa para aclararme.

Atravesaron el complejo que formaban los edificios de la abadía y llegaron a una puerta que daba a un sendero que descendía tortuoso hasta la playa arenosa. Seguía haciendo un buen día, todavía un poco ventoso, con los barcos anclados balanceándose. Fidelma respiró hondo el aire salado del mar y lo expiró con gran satisfacción.

Cass la observaba divertido y en silencio.

– Así está mejor -dijo, y enseguida lo miró-. Despeja la mente. He de admitir que ésta es la investigación más difícil de las que me he ocupado. En otras investigaciones que he llevado a cabo, todos los testigos estaban en el lugar. Todos los sospechosos estaban reunidos. Y yo estaba en la escena del crimen pocas horas después, si no unos minutos, de que se hubiera cometido el acto, de manera que las pruebas no se podían evaporar en el aire.

Cass aminoraba el paso para ir junto a Fidelma mientras paseaban por el borde del mar.

– Empiezo a ver algunas de las dificultades de un dálaigh, hermana. En verdad, antes no tenía ni idea. Creía que lo único que tenían que conocer era la ley.

Fidelma no se molestó en contestar.

Pasaron junto a unos pescadores que descargaban las capturas de la mañana de unas barcas tipo canoa que en el lugar se llamaban noamhóg, botes con estructura de mimbre, recubierta de codal, unos cueros curtidos con corteza de roble y cosidos entre sí con correas de cuero. Eran ligeros y fáciles de transportar y, para manejar los mayores, sólo hacían falta tres hombres. Cabalgaban y danzaban velozmente sobre las fieras olas.

Fidelma se detuvo a observar dos de estas naves que llegaban a puerto arrastrando el cuerpo sin vida de una bestia del mar detrás de ellos.

Sólo una vez había visto la llegada de un tiburón y supuso que aquella bestia era el mismo tipo de criatura.

Cass no había visto nunca algo así y se adelantó ansioso a examinarlo.

– Había oído una historia que decía que san Brendan, durante su gran travesía, una vez desembarcó en el lomo de un monstruo así pensando que era una isla. Sin embargo esta bestia, con lo grande que es, no parece una isla -le gritó a Fidelma por encima del hombro.

Fidelma respondió a su entusiasmo.

– El pez sobre el que se dice que desembarcó Brendan era mucho mayor. Cuando Brendan y sus compañeros se sentaron e hicieron fuego para cocinar su comida, el pez, al sentir el calor, se metió en el mar y ellos a duras penas pudieron salvar la vida escapando en su barco.

Un pescador anciano, que la había oído, asintió con la cabeza sabiamente.

– Y esa historia es cierta, hermana. ¿Pero no habéis oído hablar del gran pez, Rosault, que vivió en tiempos de Colmcille?

Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación, sonriendo, pues sabía que los viejos pescadores saben curiosas historias que se pueden volver a explicar una noche alrededor de un fuego.

– Cuando era un chico, solía pescar por Connacht -empezó a explicar el viejo, casi sin que se lo pidieran-. Los hombres de Connacht me dijeron que había tierra adentro una montaña sagrada que llamaban Croagh Patrick, por el santo. Al pie de la montaña, había una llanura que se llamaba Muiriasc, que significa «mar-pez». ¿Sabéis de qué le viene el nombre?

– Explicadnos -le contestó Cass, sabedor de que no había otra opción.

– El nombre le viene de que se formó con el gran cuerpo de Rosault cuando una gran tormenta lo lanzó a tierra. La bestia muerta, mientras se iba descomponiendo en la llanura, causaba una gran pestilencia por los vapores malolientes que emanaba su cuerpo y que descendían hasta el campo. Mataba a hombres y animales indiscriminadamente. Hay muchas cosas en el mar, hermana. Muchas cosas amenazadoras.

Fidelma lanzó de repente la mirada hacia el barco de guerra de Laigin.

– No todas ellas son criaturas de las profundidades -observó en voz baja.

El viejo pescador captó hacia donde se dirigía su mirada y se rió entre dientes.

– Creo que en eso tenéis razón, hermana. Y me da la impresión de que algún día los pescadores de los Corco Loígde tal vez tengan que lanzar sus arpones a criaturas extrañas y no a un pobre tiburón.

Se giró y con gran deleite hundió un cuchillo en el gran cuerpo.

Fidelma se volvió a pasear por la orilla.

Cass se apresuró tras ella. Durante un rato caminaron en silencio y luego Cass hizo una observación.

– Hay signos de guerra en el aire, hermana. No presagian nada bueno.

– No soy ajena a ello -contestó-. Sin embargo, yo no puedo hacer milagros, aunque sea lo que mi hermano espera de mí.

– Quizá debamos aceptar que esta guerra es nuestro destino. Que habrá, sin duda, una guerra.

– ¡Destino! -dijo Fidelma indignada-. Yo no creo en la predestinación, aunque algunos de la fe así lo crean. El destino no es más que la excusa del tirano para sus crímenes y la excusa del tonto por no enfrentarse al tirano.

– ¿Cómo se puede cambiar lo que es inevitable? -inquirió Cass.

– ¡Primero diciendo que no es así y luego procediendo para que no lo sea! -contestó con energía.

Si había algo que no necesitaba en aquel momento era que alguien le dijera que las cosas eran inevitables. Sófocles había escrito que aquello que los dioses habían provocado había que soportarlo con fortaleza. Sin embargo, la excusa de que las propias limitaciones de uno eran simplemente el destino era una filosofía que no era la suya. El credo del destino era tan sólo una excusa para ahorrarse la elección.

Cass levantó una mano y la abrió como en un gesto de resignación.

– Es una filosofía loable la que tenéis, Fidelma. Pero a veces…

– ¡Basta!

El joven guerrero se calló. Se dio cuenta de repente de lo vulnerable que era esta joven dálaigh de los tribunales. Colgú de Cashel había cargado los hombros de su hermana con una gran responsabilidad, tal vez excesiva. Cass entendía que la muerte de Dacán era un acertijo que nunca se resolvería. Lo mejor era simplemente prepararse para la guerra con Laigin, antes que desaprovechar el tiempo intentando desenredar la enmarañada e insoluble red de aquel misterio.

De repente Fidelma se sentó en una roca y se puso a contemplar el mar mientras Cass permanecía impaciente a su lado. Dando vueltas al problema en su cabeza, intentaba recordar lo que su viejo maestro, el brehon Morann de Tara, le había dicho una vez. «Mejor preguntar dos veces que perderse una, chiquilla», había declarado cuando había fallado en algún ejercicio de la mente por no haber captado una respuesta que él le había dado.

¿Cuál era la pregunta que no hacía; qué respuesta era aquella a la que ella no había dado importancia?

Cass se quedó sorprendido cuando, al cabo de unos momentos, Fidelma se puso en pie y soltó un bufido de indignación.

– ¡Debo de ser tonta! -anunció.

– ¿Por qué? -inquirió Cass mientras empezaba a correr hacia la abadía.

– He estado lamentándome de la imposibilidad de este trabajo antes de haber siquiera empezado a hacerlo.

– Pues yo creía que vuestros primeros pasos habían sido muy buenos.

– Lo único que he hecho ha sido rozar la superficie -contestó-. He hecho una o dos preguntas, pero todavía no he empezado a buscar la verdad. ¡Venid, hay mucho que hacer!

Regresó deprisa a la abadía, atravesó la verja de entrada y cruzó los patios enlosados. Aquí y allá grupitos de estudiantes y algunos de los religiosos profesores se giraban para examinarla furtivamente cuando pasaba, pues la noticia de su misión se había extendido en seguida por la abadía. Ella no les hizo caso, avanzó con rapidez hacia la entrada principal y allí vio a quien buscaba, a la entusiasta joven sor Necht.

Estaba a punto de llamarla cuando Necht levantó la vista y vio a Fidelma. Se acercó hacia ella corriendo con unos andares poco decorosos.

– ¡Sor Fidelma! -exclamó jadeando-. Estaba a punto de ir en vuestra búsqueda. El hermano Tóla me pidió que os diera este paquete. Es de parte del hermano Martan.

Entregó a Fidelma un trozo de tela de saco rectangular. Fidelma lo cogió y lo desenvolvió. En el interior, había varias tiras largas de lino que parecían arrancadas de una pieza mayor. Había manchas de color marrón oscuro que Fidelma supuso que eran de sangre. El color del lino se había realzado con varios tintes azules y rojos. Las tiras estaban deshilacliadas y parecían frágiles. Fidelma tomó una de ellas y la sostuvo, un extremo en cada mano, y le dio un buen tirón. Se rasgó con facilidad.

– No es muy indicado para atar -observó Cass.

Fidelma lo miró apreciando el comentario.

– No -respondió pensativa mientras volvía a envolver la tela y colocaba las tiras en su bolsa-. Ahora, sor Necht, necesito que nos llevéis a la biblioteca de sor Grella.

Con gran sorpresa, vio que la joven sacudía la cabeza en señal de negación.

– Eso no puede ser, hermana.

– ¿Por qué, qué os aflige? -inquirió Fidelma irritada.

– Nada. Pero el abad me ha enviado en vuestra búsqueda. Dice que tiene que veros sin demora.

– Muy bien -dijo Fidelma con renuencia-. Si el abad Brocc quiere verme, no lo voy a decepcionar. ¿Pero por qué esta urgencia?

– Hace diez minutos, Salbach, el jefe de los Corco Loígde, llegó en respuesta a un mensaje que le envió Brocc. Parece estar muy enfadado.

Capítulo VIII

Fidelma y Cass empezaron a seguir a sor Necht, que los guiaba hacia las habitaciones del abad. Al cabo de un rato, la joven novicia se dio cuenta de que Cass iba tras ellas. Se detuvo y pareció turbada.

– ¿Qué pasa ahora? -preguntó Fidelma.

– Me han dicho que sólo fuera a por vos, hermana -explicó, echando una mirada incómoda a Cass.

– Muy bien -dijo Fidelma con un suspiro-. Podéis esperarme en el hostal, Cass.

El alto guerrero hizo una mueca de desagrado, pero se marchó mientras ella seguía a Necht. La fornida monja parecía nerviosa y tenía prisa, mientras que Fidelma caminaba a un paso menos apresurado. La joven novicia tenía que ir deteniéndose para esperarla. Fidelma se negaba a correr y no quería llegar ante el abad y el jefe de los Corco Loígde nerviosa y jadeante.

– Está bien, Necht -dijo finalmente Fidelma, irritada por la insistencia de la muchacha, que intentaba hacer que se apresurara-. Desde aquí conozco el camino hasta las habitaciones del abad, así que me podéis dejar sin miedo.

La muchacha se detuvo y pareció que iba a protestar, pero Fidelma frunció el ceño molesta. Su expresión fue suficiente para disuadir a la novicia a exponer cualquier pretexto que tuviera en la punta de la lengua. Hizo una inclinación de cabeza mostrando obediencia y dejó a Fidelma.

Fidelma continuó atravesando el patio enlosado hasta entrar en el edificio de granito que albergaba las habitaciones del abad. Había avanzado por un vestíbulo pequeño y oscuro y se dirigía a las escaleras que conducían al segundo piso, donde estaba situada la habitación principal del abad, cuando una sombra se movió en la oscuridad al pie de las escaleras.

– ¡Hermana!

Fidelma se detuvo y oteó con curiosidad entre las sombras. La figura le era familiar.

– ¿Eres Cétach?

La figura del muchacho se adelantó hasta la penumbra. Fidelma percibió tensión en su cuerpo, la forma en que tenía colocados los hombros, el porte de la cabeza.

– Tengo que hablar con vos -susurró el chico de cabello negro, como si tuviera miedo de que alguien lo oyera.

Fidelma arqueó las cejas bajo la penumbra.

– Ahora no es el momento. Voy a ver al abad. Veamonos más tarde…

– ¡No, esperad! -La voz se elevó como si fuera casi un aullido de desesperación. Fidelma se encontró con que la mano de Cétach le agarraba el brazo implorante.

– ¿Qué pasa? ¿De qué tienes miedo?

– Salbach, el jefe de los Corco Loígde, está con el abad.

– Eso ya lo sé -dijo Fidelma-. ¿Pero de qué tienes miedo, Cétach?

– Cuando habléis con él, no mencionéis mi nombre ni el de mi hermano.

Fidelma intentó examinar los rasgos del muchacho, fastidiada porque las sombras le ocultaban la expresión.

– ¿Tienes miedo de Salbach?

– Es una historia larga; no os la puedo explicar ahora, hermana. Por favor, no habléis de nosotros. No digáis siquiera que nos conocéis.

– ¿Por qué? ¿Qué temes de Salbach?

El chico la agarró con fuerza.

– ¡Por el amor de Dios, hermana!

Su voz denotaba tanto miedo que Fidelma le dio unas palmaditas en el hombro para tranquilizarlo.

– Muy bien -dijo-. Te lo prometo. Pero, cuando acabe, hemos de hablar y tienes que decirme qué significa esto.

– ¿Me prometéis que no hablaréis de nosotros?

– Lo prometo -respondió con tono grave.

El chico se giró de repente y se escabulló por entre las sombras y Fidelma se quedó perpleja y mirando en la penumbra. Esperó un rato y luego dejó ir un suspiro y empezó a subir las escaleras.

El abad Brocc la estaba esperando con impaciencia. Por lo que parecía, había estado caminando ante su mesa y se había detenido cuando ella entró en la estancia. Los ojos de Fidelma se posaron inmediatamente en una figura que estaba repanchigada con indolencia en una silla ante el gran fuego que ardía en la habitación del abad. El hombre estaba reclinado en la silla de madera tallada, habitualmente reservada para el abad, con una pierna colgada de uno de los brazos del asiento y una gran copa de vino en una mano. Era un hombre atractivo de cabello color azabache, que contrastaba con una piel blanca y unos ojos azul glacial. Tendría unos treinta años. Había algo saturnino en sus rasgos delgados. Su ropa denotaba riqueza, pues eran sedas y linos finamente tejidos y llevaba una pequeña fortuna en joyas. La espada y la daga que tenía valían el precio de honor de un ceile, un miembro de un clan libre del reino. Todo esto lo percibió Fidelma de una mirada, pero lo que más le impactó de esa información visual fue una cosa: los ojos azules y fríos del jefe denotaban astucia. Era un hombre sagaz y perspicaz.

– ¡Ah, Fidelma!

El abad se sintió aliviado cuando ella entró.

– Me han dicho que me buscabais, Brocc -dijo Fidelma cerrando la puerta tras ella.

– Así es, ciertamente. Éste es Salbach, jefe de los Corco Loígde.

Fidelma se giró hacia el jefe. Apretó la boca al ver que el hombre no hacía ademán de levantarse, sino que seguía repanchigado en la silla, sorbiendo el vino con deliberada lentitud.

– Sor Fidelma de Kildare es mi prima, Salbach -dijo el abad nervioso, al ver que Fidelma iba a fruncir el ceño.

Salbach la miró con frialdad por encima del borde de su copa.

– Me han dicho que sois dálaigh -dijo, con un tono que parecía que aquello le resultara gracioso.

– Soy Fidelma de los Eóganacht de Cashel, hermana de Colgú, presunto heredero de Muman -replicó con un tono acerado-. Tengo conocimientos en leyes hasta el grado de anruth.

Salbach le devolvió la mirada durante un rato sin moverse. Luego dejó lentamente la copa y, con exagerada lentitud, se levantó de la silla y se situó delante de ella. Hizo una inclinación carente de gracia con un movimiento brusco del cuello.

El que tuviera que recordarle las maneras produjo gran irritación a Fidelma. No era por vanidad que exigía que la reconociera como la hermana del presunto heredero del reino, ni porque fuera tan orgullosa que quisiera llamar la atención por tener el grado de anruth, tan sólo un grado por debajo del más elevado que los colegios de los cinco reinos podían otorgar. Era el desprecio de Salbach, que ella se tomaba como un insulto hacia su sexo, lo que hizo que exigiera lo que se le debía. Sin embargo, incluso cuando daba rienda suelta a sus emociones, recordaba a su mentor, el brehon Morann: «El respeto que surge del miedo no es respeto. El lobo puede ser respetado pero nunca gusta». Por lo común, Fidelma no tenía en cuenta las convenciones sociales, siempre que la gente mostrara consideración y respeto con los demás simplemente por el hecho de ser humanos. Ahora bien, cuando se encontraba con individuos que no mostraban respeto de forma natural, sentía que tenía ponerlos en evidencia. Al parecer, Salbach no respetaba a nadie más que a sí mismo.

– Mis disculpas, Fidelma de Cashel -dijo con un tono de voz que no confería valor a sus palabras-. No sabía que estabais emparentada con Colgú.

Fidelma se sentó con expresión sosa.

– ¿Por qué mis parientes habrían de dictar los buenos modales? -preguntó en voz baja.

El abad Brocc se puso rápidamente a toser.

– Fidelma, Salbach ha venido en respuesta al mensaje que le envié.

Fidelma se dio cuenta de que los ojos fríos y azules de Salbach la estaban examinando. Volvió a repanchigarse y levantó de nuevo la copa. Había algo oculto en aquellos ojos. Le recordaban los ojos de un ratonero que sin parpadear observaba a su presa antes de abatirse sobre ella.

– Eso está bien -contestó Fidelma-. Cuanto antes se aborde el asunto del crimen cometido en Rae na Scríne, mejor.

– ¿Crimen? Me han dicho que una gente asustada y supersticiosa, temerosa de la peste que había en Rae na Scríne, atacó el pueblo con la intención de llevar a la gente a las montañas y que prendieron fuego al lugar para que la peste no se extendiera. Si hubo ahí un crimen, fue un crimen causado por el miedo y el pánico.

– No fue así. Fue un ataque perfectamente deliberado.

Salbach retorció la boca y habló con tono cortante.

– He venido aquí, sor Fidelma, porque me he enterado de vuestra acusación contra uno de mis bó-aire, un magistrado que yo mismo nombré recientemente. Supuse que era un error.

– ¿He de entender que os referís al hombre llamado Intat? Si es así, no es un error.

– ¿Me decís que habéis acusado a Intat de conducir una banda de guerreros a destruir la totalidad del pueblo? Mi información es que una banda de gente presa del pánico procedente de algún pueblo vecino le prendió fuego a la aldea.

– Os han informado mal.

– Eso es una acusación seria.

– Se trata de un crimen serio -confirmó Fidelma con frialdad.

– Necesitaré pruebas antes de poder actuar contra tal cargo -respondió Salbach con tozudez.

– Las pruebas se encuentran en las ruinas carbonizadas de Rae na Scríne.

– Eso prueba que el pueblo fue quemado y tal vez que la gente fue asesinada. ¿Qué prueba hay de que Intat fue el responsable?

– Cass, de la guardia del rey de Cashel, y yo nos acercamos al pueblo cuando se estaba cometiendo el terrible acto. Hablamos con ese hombre llamado Intat Nos amenazó de muerte para que nos alejáramos.

Salbach abrió bien los ojos con incredulidad.

– ¿Os dejó marchar? Seguro que, si tuviera que ver con semejante crimen, no estaríais aquí para explicarlo.

Fidelma se preguntó por qué parecía que Salbach estaba intentando proteger a su bó-aire.

– Intat no se dio cuenta de que habíamos visto lo que estaba haciendo. Volvimos sobre nuestros pasos y regresamos al pueblo. Tampoco se enteró de que había supervivientes en el pueblo que pueden testimoniar mejor que yo lo que pasó.

¿Acaso Salbach tragó saliva nervioso? ¿Se percibió en sus rasgos un cierto temor?

– ¿Había supervivientes?

– Sí -contestó el abad Brocc-. Una media docena de supervivientes. Algunos niños…

– Los niños no pueden testificar ante la ley -soltó Salbach-. No tienen obligaciones legales hasta que llegan a la edad de elegir.

Fidelma advirtió que este punto de la ley salía de la boca de Salbach con gran rapidez.

– También había un adulto con ellos -dijo Fidelma-. Y, si el adulto no es suficiente, entonces traednos a Intat delante de Cass y de mí y testificaremos si es el hombre que vimos dirigiendo a los que llevaban antorchas ardiendo y espadas en las manos y que amenazaron nuestras vidas.

– De todas maneras, ¿cómo se identificó a Intat? -exigió Salbach de forma arisca-. ¿Cómo sabíais cómo se llamaba?

– Lo identificó sor Eisten -contestó el abad.

– ¡Ah! Así que ella es la superviviente de la que hablabais.

Los ojos de Salbach volvían a ocultar algo. Fidelma hubiera dado cualquier cosa por oír lo que se retorcía en la mente de aquel hombre. Su rostro era como una máscara, pero parecía que tras aquellos ojos bullían unos pensamientos enloquecidos.

– Resulta difícil creer esto de Intat -dijo Salbach de repente; suspiró y dejó la copa de vino vacía como si estuviera totalmente convencido-. Me entristece oír esta prueba contra él. ¿Sor Eisten y los niños se alojan en Ros Ailithir?

Brocc volvió a contestar antes de que Fidelma pudiera hacerlo.

– Sí. Probablemente los enviaremos pronto al orfanato que regenta Molua.

– Me gustaría verlos -insistió Salbach.

– Pueden pasar varios días antes de que así sea -dijo Fidelma, lanzando una mirada significativa a Brocc. El abad se la quedó mirando asombrado-. El abad ha ordenado que los pongan en cuarentena para evitar cualquier contagio de la peste amarilla.

– Pero… -empezó a decir Brocc. Entonces se mordió la lengua.

Pareció que Salbach no se daba cuenta de esta protesta inacabada y se ponía en pie.

– Regresaré para interrogar a sor Eisten y a los niños cuando resulte más conveniente -dijo-. Pero, dado que el asunto conlleva una grave acusación contra uno de mis magistrados, me pareció que tenía que venir inmediatamente para ver qué pruebas había. Mandaré buscar a Intat a ver qué tiene él que decir. Si ha cometido el crimen, responderá ante mi propio brehon. Podéis estar segura de ello, sor Fidelma.

– Cashel no esperaría menos -replicó Fidelma con gravedad.

Salbach se la quedó mirando con dureza, buscando algún significado oculto, pero Fidelma le devolvió una mirada vacía de expresión.

– Aquí somos gente orgullosa, sor Fidelma -dijo Salbach. Su voz, aunque suave, estaba preñada de significados ocultos-. Los Corco Loígde reivindican ser descendientes de la familia de Míl Easpain, que condujo a los antepasados de los Gael hasta estas tierras en el inicio de los tiempos. Un desafío al honor de uno de nosotros es un desafío al honor de todos nosotros. Y, si uno de nosotros traiciona su honor, nos traiciona a todos y será castigado.

Durante un momento dudó, como si fuera a decir algo más; luego se giró hacia el abad.

– Me voy entonces, abad -empezó a decir, pero Fidelma lo interrumpió.

– Hay unas preguntas referentes a otro asunto en el que me podríais ayudar, Salbach.

Salbach se la quedó mirando asombrado, pues había dejado claro que la reunión había terminado. Estaba acostumbrado a dictar lo que se hacía.

– Yo estoy ocupado ahora…

– En esto actúo de parte del rey de Cashel -insistió Fidelma-. Se refiere a la muerte del venerable Dacán.

Salbach dudó un momento, como si fuera a discutir con ella, pero entonces se encogió de hombros con indiferencia.

– Es un asunto grave -admitió-. No sé nada de la muerte del anciano. ¿Cómo puedo ayudaros?

– ¿Conocíais al venerable Dacán?

– ¿Quién no conocía su reputación? -contestó Salbach desviando la pregunta.

– ¿Así que lo conocíais personalmente?

La pregunta era sencillamente una conjetura y Fidelma percibió que Salbach se ruborizaba. Tan sólo había sido un instinto lo que la había lanzado a hacer la pregunta.

– Había visto a Dacán algunas veces -admitió Salbach.

– ¿Fue aquí, en Ros Ailithir?

Fidelma tuvo que ocultar su sorpresa cuando Salbach sacudió la cabeza en señal de negación.

– No. Lo conocí en Cealla, en una de las grandes residencias de los jefes de Osraige.

– ¿En Osraige? ¿Cuándo fue eso?

– Hace un año.

– ¿Me permitís que os pregunte qué hacíais en Osraige?

– Visitaba a mi primo, Scandlán, que es el rey -respondió Salbach sin poder ocultar la vanidad en su tono de voz.

Fidelma volvió a recordar que su hermano Colgú le había dicho que los reyes de Osraige estaban emparentados con los jefes de los Corco Loígde.

– Ya veo -dijo lentamente-. Aun así, ¿no os entrevistasteis con el venerable Dacán cuando vino a Ros Ailithir?

– No, no lo hice.

Por algún motivo, Fidelma dudaba de él. Sin embargo, no era capaz de traspasar aquella expresión de ratonero. Se dio cuenta de que no le gustaba en absoluto Salbach. Luego se ruborizó al recordar su homilía a sor Necht. A pesar de ello, Fidelma creía que había algo siniestro en Salbach y que por eso no le gustaba. Había maldad y dureza en aquellos ojos pálidos. Le recordaba mucho a un ave de presa.

– ¿Pero conocisteis a Assíd de Laigin? -cambió de pregunta rápidamente, confiando todavía en su instinto.

Salbach abrió ligeramente la boca. Sus ojos brillaron un momento.

– Sí -admitió lentamente-. Vino a mi fortaleza de Cuan Dóir a comerciar.

– ¿Es un comerciante que va por la costa?

– Sí. Comerciaba en nuestras minas de cobre. Nos traía vino de Galia que desembarcaba en Laigin y nosotros se lo cambiábamos por vino.

– Así que hace tiempo que conocéis a Assíd… como comerciante; ¿no es así?

Salbach hizo una mueca y negó con la cabeza.

– He dicho que lo conocía. Eso es todo. Estuvo comerciando por aquí el verano pasado y el anterior. ¿Por qué me hacéis estas preguntas?

– Ése es mi trabajo, jefe de los Corco Loígde -contestó con humor paciente.

– ¿Me puedo ir ahora? -preguntó con un desprecio condescendiente.

– Confío en que pronto nos llegará la noticia de que habéis tenido éxito en la búsqueda de Intat.

– Pondré todo mi empeño en informaros -contestó secamente Salbach.

Hizo una leve inclinación hacia Fidelma y luego otra hacia el abad y Salbach abandonó rápidamente la habitación.

El abad Brocc no parecía contento.

– Salbach no es una persona a quien le guste quedar mal, prima -comentó con ansiedad-. Me ha parecido ver a dos gatos disputándose el mismo territorio.

– Entonces es una pena que se sitúe en una posición que lleve a una confrontación -replicó Fidelma con frialdad-. Su conducta es de una arrogancia insoportable.

La campana dio la hora del ángelus.

Fidelma se sintió obligada a acompañar al abad en la oración ritual.

Cuando Brocc se levantó después de estar arrodillado, se quedó un momento mirando a Fidelma con cierta incomodidad.

– Hay otra noticia -empezó a decir algo dubitativo-. No he querido decir nada delante de Salbach antes de decíroslo.

Fidelma esperaba con incertidumbre, pues su primo había puesto una cara muy solemne.

– Justo antes de la llegada de Salbach, llegó un mensajero de Cashel. El rey, Cathal mac Cathail, murió hace tres días. Vuestro hermano, Colgú, es ahora el nuevo rey de Muman.

Fidelma ni se inmutó. En cuanto Brocc había mencionado al mensajero procedente de Cashel, ya sabía de qué se trataba. Sabía que era una cuestión de tiempo incluso antes de irse de Cashel. Entonces se levantó e hizo una genuflexión.

– Sic transit gloria mundi. Que nuestro primo descanse en paz -dijo-. Y que Dios otorgue a Colgú la fuerza necesaria para la dura tarea a la que se enfrenta.

– Ofreceremos una misa por el alma de Cathal esta noche, hermana -dijo Brocc-. Queda poco tiempo para que toque la campana anunciando la comida de mediodía. ¿Tal vez me acompañaréis con una copa de vino antes de ir al refectorio?

Con gran decepción por parte del abad, Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación.

– Tengo mucho que hacer antes de la comida de mediodía, primo -contestó-. Pero os tengo que hacer una pregunta. El hermano Conghus me dijo que, una semana antes del asesinato, le habíais pedido especialmente que vigilara de cerca a Dacán. ¿Por qué?

– No hay ningún misterio -contestó inmediatamente el abad-. Resultaba evidente que el venerable Dacán no era un hombre simpático. De hecho, había oído que había contrariado a varios estudiantes de aquí. Fue tan sólo una precaución pedirle al hermano Conghus que se asegurara de que Dacán no tuviera mayores problemas con su… ¿cómo diría?… su desafortunada personalidad.

– Muchas gracias, Brocc. Os veré en la comida de mediodía.

Fidelma abandonó la habitación y de repente volvió a dirigir sus pensamientos hacia el joven Cétach. ¿Por qué no quería el chico que ella mencionara a él y a su hermano Cosrach? ¿Por qué temía a Salbach?

Sin embargo, esto no tenía nada que ver con el asesinato del venerable Dacán y el tiempo se iba agotando deprisa antes de que se hubiera de discutir el asunto ante la asamblea del Rey Supremo en Tara.

Regresó directamente al hostal y fue en busca de Cétach. También recordó que tenía que hablar con sor Eisten. Los niños no estaban en sus habitaciones; tampoco estaba sor Eisten. Fidelma miró en las demás habitaciones pero no vio a nadie. La única de los niños de Rae na Scríne que encontró fue una de las hermanas de cabello cobrizo, llamada Cera. La niña estaba sentada jugando con una muñeca de trapo y no respondería a ninguna de sus preguntas.

Fidelma descartó la idea de intentar obtener alguna información de ella y se fue a registrar las habitaciones de arriba, y luego regresó al piso inferior. Oyó un ruido procedente de la officina del hermano Rumann y se apresuró hacia allí. Su interior se encontró a Cass sentado con el hermano Rumann. Estaban en cuclillas a ambos lados de un tablero de brandubh jugando al popular black raven. Al parecer Rumann era un jugador experimentado, pues había ganado a Cass dos piezas de reyes de provincias, Cass se había quedado sólo con su Rey Supremo y otros dos reyes de provincias defensores, mientras que sus ocho piezas estaban intactas. Cass intentaba en vano alcanzar un lugar a salvo en el lateral del tablero, que estaba dividido en cuarenta y nueve cuadrados, siete de un lado y otros siete del otro. Mientras Fidelma miraba, Rumann, con un movimiento diestro, colocó sus piezas de manera que el Rey Supremo se veía amenazado sin ningún cuadrado donde retirarse. Cass, a regañadientes, se rindió al hermano fortachón.

Rumann levantó la vista y sonrió satisfecho al ver a Fidelma.

– ¿Sabéis jugar, hermana?

Fidelma asintió secamente. Todo hijo de rey o de jefe había aprendido a jugar a brandubh y otros juegos de mesa; formaban parte de su educación. El juego tenía gran significado, pues la pieza principal representaba al Rey Supremo de Tara, cuyos defensores eran los cuatro reyes de las provincias de Ulaidh, Laigin, Muman y Connacht. A las ocho piezas que atacaban, tenían que detenerlas los cuatro reyes de provincias y, si la pieza central se veía amenazada, podía escapar hacia el lateral del tablero, aunque esta huida tan sólo se hacía en caso de desesperación, cuando el jugador ya no tenía otra opción.

– ¿Tal vez tengamos ocasión de medir nuestras fuerzas? -la invitó Rumann ansioso.

– Tal vez -contestó Fidelma con educación-. Pero ahora no tengo tiempo.

Con los ojos, indicó a Cass que la siguiera y, una vez fuera, le dio la noticia procedente de Cashel. Al igual que Fidelma, no se mostró sorprendido. La muerte de Cathal era inminente cuando habían abandonado la sede de los reyes de Muman.

– Vuestro hermano hereda una pesada carga, Fidelma -observó Cass-. ¿Cambia esto las cosas aquí?

– No. Tan sólo hace que el éxito de nuestra misión sea más apremiante.

Fidelma le preguntó si había visto a los chicos Cétach o Cosrach.

Cass sacudió la cabeza en señal de negación.

– Como si no tuviera yo bastante -dijo Fidelma desesperada-. ¿No es suficiente que tenga que resolver el misterio de la muerte de Dacán para tenerme que ocupar de este otro que afecta a estos niños?

Como Cass se mostraba asombrado, se inclinó y le explicó lo que Cétach le había dicho y lo de la discusión con Salbach.

– Me han dicho que Salbach es autoritario y arrogante -confesó Cass-. ¿Tal vez os tenía que haber avisado?

– No. Ha sido mejor que lo haya comprobado yo misma.

– En cualquier caso, por lo que decís, parece que casi intentaba proteger a Intat de esa acusación.

– Casi. Tal vez lo único que quería eran pruebas de la acusación. Después de todo, al parecer fue él mismo el que nombró magistrado a Intat.

La campana empezó a llamar para la comida de mediodía.

– Olvidémonos de estos misterios hasta más tarde -sugirió Cass-. De todas maneras, los niños deben estar dirigiéndose al refectorio. No he conocido a ningún niño que se salte una comida. Y, si no están allí, puedo buscarlos esta tarde mientras vos seguís con vuestra investigación.

– Eso es una sugerencia excelente, Cass -admitió Fidelma con prontitud-. He de interrogar a la bibliotecaria y al profesor principal sobre las ocupaciones del venerable Dacán en Ros Ailithir.

Entraron en el vestíbulo del refectorio. Fidelma echó una mirada pero no vio a Cétach o a Cosrach, ni siquiera a sor Eisten. Cass, tal como había prometido, abandonó el refectorio en cuanto hubo comido y fue a buscarlos.

Cuando Fidelma salía del vestíbulo al acabar la comida, oyó a un par de estudiantes que saludaban a un hombre alto y anciano llamándole hermano Ségán. Se detuvo y examinó al profesor principal, el fer-leginn del colegio. Su aspecto escuálido y pensativo parecía no concordar con su personalidad, pues saludó a los dos estudiantes con una rápida sonrisa y contestó a sus preguntas con frases salpicadas por una risa ronca.

Fidelma esperó a que los alumnos se fueran y el hermano Ségán empezaba a marcharse cuando la saludó por su nombre.

– ¿Ah, vos sois Fidelma de Kildare? -dijo con una sonrisa y extendiéndole la mano para saludarla-. Me he enterado de vuestra llegada. El abad Brocc me dijo que veníais. Me han hablado encarecidamente de vuestros juicios en casos de muertes violentas.

– Es del venerable Dacán de quien quisiera hablar.

– Eso pensaba -dijo sonriendo burlonamente el larguirucho profesor-. Venid conmigo y hablaremos.

La condujo bajo un arco y luego entraron en el jardín amurallado de la abadía, que se llamaba lúb-gort, de lúb, una hierba, y gort, un cercado de tierra cultivada. A pesar de encontrarse en lo avanzado del otoño, los sentidos de Fidelma percibieron diversos olores agradables. Siempre se sentía en paz en los jardines, especialmente en los que había hierbas, pues los aromas le daban tranquilidad. No había indicios de que hubiera nadie en el cercado y el hermano Ségán le condujo hasta un asiento de piedra en un diminuto arboreto. Al otro lado del arboreto, se encontraba la boca de un pozo. Un pequeño muro redondo de piedra la protegía y una viga de madera sobre unos pilares aguantaba una cuerda sobre la que se podía colgar un cubo.

– A esto le llaman el pozo sagrado de Fachtna -explicó Ségán al ver que Fidelma observaba el pozo-. Era el pozo originario de la comunidad cuando Fachtna eligió este lugar, pero, por desgracia, la comunidad ya ha crecido mucho. Ahora hay otros pozos en la abadía, pero, para nosotros, éste continúa siendo el pozo sagrado de Fachtna.

Le indicó que se sentara.

– Ahora -dijo con vigor-, preguntadme lo que queráis.

– ¿Conocíais a Dacán antes de que viniera a Ros Ailithir? -empezó preguntando Fidelma.

Ségán sacudió la cabeza sonriendo.

– Sabía de su gran reputación, por supuesto. Era un hombre instruido, un ollamh que era un staruidhe. Pero, si lo que queréis decir es si lo había conocido personalmente, la respuesta es que no.

– ¿Era profesor de historia, no? -Fidelma no tenía conocimiento de que Dacán fuera algo más que maestro de divinidad.

– Oh, sí. La historia era su especialidad -confirmó Ségán.

– ¿Sabéis por qué Dacán vino a Ros Ailithir?

El profesor hizo una mueca.

– Nosotros tenemos un prestigio, hermana -contestó algo divertido-. Entre nuestros estudiantes, hay muchos de los reinos sajones e incluso de los francos, por no mencionar a los britanos y a los de los cinco reinos de Éireann.

– Yo no creo que Dacán viniera aquí simplemente por el prestigio de Ros Ailithir -observó Fidelma con candidez-. Me parece que vino por una necesidad específica.

Ségán reflexionó un rato.

– Sí, tal vez tengáis razón -admitió-. Disculpad mi vanidad, pues me gustaría creer que nuestro prestigio es la única razón. La respuesta simple es que sin duda vino aquí a saquear nuestra biblioteca de conocimientos. Con qué propósito en particular, eso yo no lo sé. Tendréis que consultar con nuestra bibliotecaria, sor Grella.

– ¿Os gustaba Dacán?

Ségán no contestó inmediatamente; parecía que se pensaba la respuesta. Entonces ladeó la cabeza y se rió entre dientes.

– No creo que «gustar» sea la palabra apropiada, hermana. No me desagradaba y, en términos académicos, nos llevábamos bien.

Fidelma se mordió un poco los labios.

– Eso no parece lo normal -comentó.

– ¿Por qué?

– Porque, por lo que me han dicho aquellos a los que ya he interrogado, Dacán desagradaba umversalmente aquí. ¿Tal vez ése fuera el motivo del asesinato? He podido saber que era austero, frío, poco amistoso y un asceta.

Ségán rió ahora abierta y fracamente.

– Ésos no son en absoluto atributos para condenar a un hombre al fuego del infierno. Si fuéramos por ahí matando a quien no nos gusta, cuando cada uno de nosotros hubiera acabado, no quedaría nadie en la tierra. Ciertamente Dacán no era un hombre con humor, ni tampoco era dado a hacer el payaso. Pero era un intelectual serio y, como tal, yo lo respetaba. Sí, «gustar» no es la palabra exacta, pero «respetar» quizá describa mejor mi actitud hacia él.

– Me han dicho que además de enseñar también estudiaba.

– Así es.

– ¿Es de suponer que enseñaba historia?

– Le interesaban las primitivas historias referentes a la llegada a Éireann de nuestro antepasado Míl Easpain y los niños de los Gael y cómo el hermano de Mil, Amergin, prometió a la diosa Éire que la tierra llevaría a partir de entonces su nombre.

Fidelma tenía paciencia.

– Ese camino parece muy inofensivo -comentó Fidelma.

Ségán se volvió a reír entre dientes.

– Entiendo, hermana, que no sugeríais en serio que habían asesinado a Dacán porque a alguien no le gustaba su personalidad o su interpretación de la historia.

– Ha habido casos -replicó Fidelma con solemnidad-. Los estudiosos pueden ser como animales salvajes cuando no están de acuerdo unos con otros.

Ségán inclinó la cabeza en señal de aprobación.

– Sí, es cierto. Algunos historiadores están tan atrapados en la historia como la historia está atrapada en ellos. Dacán era, sin lugar a dudas, un hombre de su pueblo…

– ¿Qué queréis decir con esto? -inquirió Fidelma con rapidez.

– Era un hombre que estaba muy orgulloso de Laigin, eso es lo que quiero decir. Recuerdo que una vez él y nuestro médico, el hermano Midach…

De repente apretó lo labios y se mostró incómodo.

– Decidme -insistió Fidelma-. Cualquier cosa, aunque no sea importante, es valiosa para mi investigación.

– No quiero crear alarma, en especial sin causa.

– La verdad siempre es una buena causa, profesor -insistió Fidelma-. Contadme del hermano Midach y Dacán.

– Una vez tuvieron una pelea en la que casi llegan a las manos; eso es todo.

Fidelma abrió un poco los ojos.

Aquí al menos había algo positivo.

– ¿De qué iba esa pelea tan acalorada?

– Una simple cuestión de historia. Eso es todo. Dacán presumía de Laigin, como siempre. Al parecer, Midach llamó a los hombres de Laigin poco menos que extranjeros. Afirmaba que eran simplemente galos que habían llegado a la provincia, que entonces se llamó Galian. Los Laigin llegaron como mercenarios para ayudar al desterrado Labraid Loinseach a arrebatar el trono a su tío Cobhthach. Midach sostenía que los galos portaban unas lanzas de punta ancha de hierro color azul grisáceo llamadas laigin y, cuando hubieron colocado a Labraid en el trono de Galian, el nombre pasó a ser Laigin por las lanzas que le habían dado la victoria.

– Yo he oído algo de esta historia anteriormente -confesó Fidelma-. Una discusión inofensiva, como decíais. ¿Pero yo creía que el mismo Midach era de Laigin?

– ¿Midach? ¿De Laigin? ¿Quién os ha dicho eso? No, Midach desprecia Laigin. Pero es de algún lugar cercano a su frontera. Tal vez eso explica sus prejuicios. Sí, eso es. Es de Osraige.

– ¿Osraige? -Fidelma gruñó para sí.

¡Osraige y Laigin! No importaba qué camino se tomara siempre parecía que había alguna conexión con Osraige y Laigin. Ambos impregnaban todo este misterio.

– ¿Por qué no se lo preguntáis? -replicó el profesor-. Midach os lo explicará.

– Así que Midach insultó a Laigin ante Dacán -continuó Fidelma sin responder a la pregunta-. ¿Qué dijo Dacán de eso?

– Llamó a Midach loco ignorante y bribón. Dijo que el reino era más antiguo que Muman y que había tomado el nombre de un Nemedian, un descendiente de Magog y Japhet, que había llegado a esta tierra desde Escitia con treinta y dos barcos. Afirmaba que Liath, hijo de Laigin, era el héroe que fundó el reino.

– ¿Cómo se descontroló esa discusión académica? -preguntó Fidelma con curiosidad.

– Ambos sostenían su punto de vista en un tono exaltado y ninguno cedió ni siquiera cuando la discusión pasó al insulto personal. Sólo se acabó cuando el hermano Rumann y yo intervinimos y los persuadimos para que regresaran a sus habitaciones y les hicimos jurar que no volverían a comentar el tema.

Fidelma se mordió los labios pensativa.

– ¿Tuvisteis algún encontronazo con Dacán?

Ségán sacudió la cabeza en señal de negación.

– Como os he dicho, yo le respetaba. Dejé que dirigiera sus clases y creo que la mayoría de sus estudiantes apreciaba sus conocimientos, aunque, es cierto, hubo algunos informes de desacuerdo y antagonismo entre unos pocos. Al parecer, el abad Brocc se tomó el desacuerdo en serio. Creo que incluso pidió al hermano Conghus que vigilara a Dacán. En cualquier caso, a decir verdad, yo pasé poco tiempo con él.

Fidelma se puso en pie con renuencia.

– Habéis sido de gran ayuda, profesor -dijo.

El hermano Ségán sonrió ampliamente.

– Es poca cosa. Si necesitáis algo más de mí, cualquiera os indicará cuáles son mis habitaciones en el colegio.

Fidelma regresó hacia el hostal y, mientras cruzaba el patio enlosado, se encontró de pronto a Cass. El rostro del soldado reflejaba cansancio.

– He hecho preguntas y he mirado por todas partes en busca de los dos chicos y de sor Eisten -dijo saludando a Fidelma indignado-. A menos que se estén escondiendo expresamente de nosotros, yo diría que se han ido de los límites de la abadía.

Capítulo IX

Sor Grella sorprendió a Fidelma. Era una mujer atractiva de unos treinta años largos. Aunque bajita y algo entrada en carnes, era de carácter vivaz, cabello castaño bien arreglado y unos ojos oscuros graciosos. Para Fidelma, solamente la boca antipática y voluptuosa le estropeaba los rasgos de la cara. La primera impresión era que estaba fuera de lugar entre la lobreguez de la abadía, y más aún en la biblioteca. Sin embargo, era la bibliotecaria principal de la abadía. Y, a pesar de su inicial apariencia sensual, sor Grella se comportaba de una manera recta y majestuosa, como una reina en medio de su corte. Estaba sentada en una silla de roble ricamente tallada al fondo de la gran sala de la biblioteca, que era casi tan grande y tan abovedada como la iglesia de la abadía. Era un edificio impresionante, incluso en comparación con las grandes bibliotecas que Fidelma había visitado en cualquier lugar de los cinco reinos de Éireann.

Los libros no se guardaban en estanterías, sino que cada obra se guardaba en una taig liubhair o saca, una funda de cuero que se colgaba de una hilera de colgadores que había a lo largo de las paredes, claramente etiquetados con su contenido. Fidelma, al contemplar aquella impactante colección, recordó la historia de la muerte de san Longargán, un eminente erudito contemporáneo de Colmcille. La noche en que aquel santo había muerto, al parecer, todas las sacas de libros de Irlanda se habían caído de los colgadores en señal de respeto y como símbolo de la pérdida de su sabiduría.

La mayoría de libros contenidos en las sacas eran obras de referencia, consultadas con asiduidad por los estudiosos. Sin embargo, también había repartidas por toda la biblioteca obras especiales de gran valor, que se guardaban en fundas de cuero ricamente ornamentadas y repujadas con esmaltes y finas capas de oro y plata e incluso con piedras preciosas incrustadas. Se decía que Assicos, el calderero de Patricio, hacía fundas cuadradas de cobre para guardar los libros del santo. Algunas de estas obras también se guardaban en cajones especiales de madera y de metal.

Unos contenedores de madera tallada se usaban para guardar haces de varillas de avellano y álamo temblón, sobre los que se habían grabado letras en el antiguo ogham. Estas obras eran las varillas de los poetas, pero iban desapareciendo, pues las finas varillas se pudrían. La información que contenían a menudo se transcribía al nuevo alfabeto en vitelas antes de que se destruyeran.

Había bastante gente en la biblioteca, que estaba en penumbra y olía a humedad. A pesar de la luz del día que se filtraba por las altas ventanas hasta el interior de la tech screptra, había unas velas gigantes encendidas, incrustadas en grandes soportes de hierro. Éstas daban a la estancia una luz vacilante. La atmósfera asfixiante que producía el humo de esas velas, pensó Fidelma, no era muy adecuada para estudiar bien. Por toda la estancia había escribas, sentados en mesas especiales, que se inclinaban sobre las vitelas con plumas de cisne o de ganso en una mano y un tiento para apoyar la muñeca en la otra, mientras transcribían de forma elaborada y con ornamentos alguna obra antigua para la posteridad. Otros estaban sentados en silencio o dejaban ir algún suspiro cuando las páginas crujían al girarlas.

Fidelma fue avanzando por entre las filas de sacas y las mesas de esos estudiosos diligentes. Nadie levantó la cabeza a su paso.

El centelleo que reflejaron los ojos castaños de sor Grella mostró que la bibliotecaria la había estado observando. Fidelma llegó a la cabeza de la sala, donde estaba situada la silla de la bibliotecaria tras un escritorio situado sobre una tarima para tener una buena visión de la tech screptra.

– ¿Sor Grella? Soy… -empezó a decir Fidelma al tiempo que se detenía ante la bibliotecaria.

Sor Grella alzó su mano pequeña pero torneada en señal de silencio. Luego se puso un dedo en los labios, se levantó y le hizo un gesto hacia una puerta lateral.

Fidelma lo interpretó como una invitación a seguirla.

Al otro lado de la puerta, había una pequeña habitación llena de estanterías con libros y con una mesa y varias sillas. Había unas vitelas sobre la mesa y un tintero con tapa cónica, un adirícín, con una selección de plumas y una navaja para cortar las plumillas. Estaba claro que era un estudio privado.

Sor Grella esperó a que Fidelma entrara y luego cerró la puerta tras ella y, con otro gesto imperial de su mano, señaló hacia una silla, indicando a Fidelma que se podía sentar. Cuando Fidelma hubo tomado asiento, la bibliotecaria hizo lo mismo con su pose regia en una silla frente a ella.

– Sé quién sois y por qué habéis venido -dijo la bibliotecaria con una suave voz de soprano.

Fidelma sonrió burlonamente a aquella mujer amable.

– En tal caso, mi labor será mucho más simple -contestó Fidelma.

La bibliotecaria arqueó las cejas, pero no dijo nada.

– ¿Hace mucho tiempo que sois la bibliotecaria de Ros Ailithir?

Estaba claro que sor Grella no esperaba que empezara con esta pregunta y frunció el ceño.

– Llevo ocho años de leabhar coimedach -contestó después de dudar un momento.

– ¿Y antes de eso? -insistió Fidelma.

– No estaba en esta fundación.

Fidelma simplemente le había preguntado aquello para obtener alguna información anterior de la bibliotecaria, pero percibió un cierto recelo en su voz y se preguntó a qué se debería.

– Entonces debisteis venir aquí muy bien recomendada para conseguir un puesto tan importante como el de bibliotecaria sin haber recibido enseñanzas en este monasterio, hermana -comentó Fidelma.

Sor Grella hizo un gesto desdeñoso, un movimiento con su mano izquierda.

– Tengo el grado de sai.

Fidelma sabía que para conseguir el grado de sai se tenía que haber estudiado en una escuela eclesiástica durante seis años y tener conocimientos de las Escrituras, así como otros generales.

– ¿Dónde estudiasteis? -preguntó Fidelma con curiosidad natural.

De nuevo, sor Grella volvió a dudar. Entonces pareció que se decidía.

– En la fundación de san Colmcille conocida como Cealla.

Fidelma se la quedó mirando un momento pasmada.

– ¿Cealla en Osraige?

– No sé de otra -dijo Grella.

– ¿Entonces sois de Osraige?

Aquella tierra fronteriza entre Muman y Laigin se le aparecía cualquiera que fuera el camino que tomara su investigación. A Fidelma le parecía increíble que el reino de Osraige se viera relacionado tantas veces con Ros Ailithir.

– Sí -admitió sor Grella-. Todavía no sé qué tiene que ver esto con vuestra labor. El abad Brocc me informó de que sois dálaigh y habéis venido a investigar la muerte de Dacán de Fearna. Pero mi lugar de nacimiento y mis titulaciones seguro que tienen poco que ver con este asunto.

Fidelma se la quedó mirando pensativa.

La mujer se había puesto tensa. Sus venas bajo la piel blanca de la frente se veían de color azul. La boca le temblaba ligeramente y tenía los músculos de la cara rígidos. Una mano torneada jugaba nerviosa con el crucifijo de plata que le colgaba del cuello.

– Me han dicho que el venerable Dacán pasó una buena parte de su tiempo en la biblioteca -continuó Fidelma sin molestarse en contestar a la protesta de sor Grella.

– Era un estudioso. El propósito de su visita a Ros Ailithir era el estudio. ¿Dónde sino iba a pasar todo el tiempo?

– ¿Cuánto tiempo estuvo aquí?

– Me imagino que el abad ya os lo habrá dicho.

– Dos meses -informó Fidelma, dándose cuenta de que la bibliotecaria de aspecto amable no iba a ser de mucha ayuda y que tendría que plantear las preguntas con cuidado para obtener alguna información de sus cautelosas respuestas-. Y, en estos dos meses -continuó Fidelma-, pasó la mayor parte de su tiempo en esta biblioteca estudiando. ¿Qué estudiaba?

– Era un estudioso de la historia.

– Era muy respetado por sus conocimientos, lo sé -contestó Fidelma con paciencia-. ¿Pero qué libros estudió aquí?

– Los libros que se estudian son asunto exclusivo del bibliotecario y del estudioso -contestó con dureza sor Grella.

Fidelma se dio cuenta de que había llegado el momento de mostrar su autoridad.

– Sor Grella -dijo suavemente y en voz tan baja que la bibliotecaria tuvo que inclinarse hacia adelante en la silla para oír sus palabras-. Yo soy un dálaigh que investiga un asesinato. Tengo estudios hasta el grado de anruth. Esto me otorga unos ciertos derechos y obligaciones sobre a quiénes he de interrogar. Estoy segura de que como sai sois perfectamente consciente de estas obligaciones. Ahora me contestaréis a las preguntas que os haga sin mayores evasivas.

De repente sor Grella se puso tensa mientras la voz de Fidelma se alzaba con dureza. Había abierto bien los ojos y miraba con ira mal disimulada a la joven. El rubor de sus mejillas mostraba que no estaba acostumbrada a verse reprendida de aquella manera. Tragó saliva haciendo ruido.

– ¿Qué libros estudiaba Dacán aquí? -volvió a preguntar Fidelma.

– A él…, a él le interesaban los volúmenes que tenemos dedicados a la historia de… de Osraige.

¡Otra vez Osraige! Fidelma se quedó mirando el rostro, ahora impasible, de la bibliotecaria.

– ¿Osraige? ¿Por qué habría de tener una abadía en las tierras de los Corco Loígde libros referentes a un reino que queda a tantas millas de aquí?

Por primera vez los labios de sor Grella esbozaron una sonrisa de superioridad. La afeaba.

– Obviamente, Fidelma de Kildare, a pesar de vuestro saber en leyes, tenéis pocos conocimientos de la historia de estas tierras.

Fidelma se encogió de hombros con aire indiferente.

– Todos somos novatos en el oficio de los otros. Yo me contento con las leyes y dejo la historia a los historiadores. Instruidme si hay algo que debería saber de este asunto.

– Hace doscientos años, hubo un jefe de los Osraige que se llamaba Lugne. Visitó esta tierra de los Corco Loígde y conoció a la hija del jefe, que se llamaba Liadán. Durante un tiempo, vivieron juntos en una isla de esta costa. Tuvieron un hijo al que llamaron Ciarán y que se convirtió en uno de los grandes apóstoles de la fe en Irlanda.

Fidelma había seguido el relato con interés.

– He leído la historia del nacimiento de san Ciarán que cuenta que cayó una estrella del cielo en la boca de su madre Liadán una noche mientras dormía y, después de esto, quedó embarazada.

La bibliotecaria estaba indignada.

– A los narradores les gusta embellecer sus historias con fantasías, pero la verdad, tal como os lo digo, es que el padre de Ciarán era Lugne de Osraige.

– No tengo intención de discutir -la tranquilizó Fidelma-; sólo apuntaba que las historias de los grandes apóstoles de Irlanda son múltiples.

– Os estoy explicando la relación entre Osraige y los Corco Loígde -replicó la bibliotecaria con acritud-. ¿La queréis conocer o no?

– Entonces continuad.

– Cuando Ciarán creció, después de muerto Lugne, inició la conversión de la gente del reino de su padre a la nueva fe. En aquel tiempo, hace doscientos años, la mayoría todavía no había oído la Palabra de Cristo. Convirtió a Osraige y ahora es su santo patrón, aunque eligiera Saighir para fundar su comunidad, que está justo en la frontera norte. Por eso se le conoce como Ciarán de Saighir.

Fidelma ya sabía todo eso, pero prefirió morderse la lengua.

– Acepto que Ciarán tuviera a un padre de Osraige y a una madre de Corco Loígde. ¿Es eso lo que estudiaba Dacán? ¿Una vida de Ciarán?

– La cuestión es que, cuando Ciarán llevó la fe a Osraige, también se llevó a muchos seguidores de los Corco Loígde, incluida su madre viuda, Liadán, que fundó una comunidad de religiosas no lejos de Saighir. Y con esos seguidores iba su amigo más íntimo y pariente, Cúcraide mac Duí, quien, después de que Ciarán derrotara al reino pagano de Osraige, fue hecho rey.

Ahora, repentinamente, Fidelma sintió un gran interés por la historia.

– ¿Entonces es así como los reyes de los Osraige fueron elegidos de la misma familia que los jefes de los Corco Loígde?

– Exactamente. Durante doscientos años, los Osraige han sido gobernados por la familia de los jefes Corco Loígde. Esto a menudo se ha considerado injusto. Durante los últimos cien años, muchos reyes de Osraige, procedentes de Corco Loígde, han muerto a manos de su gente, como Feradach, que fue asesinado en su cama.

– ¿Y el primo de Salbach, Scandlán, también es de los Corco Loígde?

– Exacto.

– ¿Sigue habiendo disputas sobre la realeza?

– Siempre habrá conflicto hasta que Osraige pueda reestablecer su propia línea de reyes.

Fidelma advirtió cierta vehemencia en la voz de Grella.

– ¿Por eso Dacán estaba interesado en estudiar la relación entre Osraige y Corco Loígde?

Grella optó por ponserse inmediatamente en guardia otra vez.

– Estudiaba nuestros textos sobre la historia de Osraige y sus reyezuelos; eso es lo único que sé.

Fidelma, exasperada, suspiró profundamente.

– Veamos, tiene su lógica. Dacán era de Laigin. Laigin lleva mucho tiempo reclamando Osraige. Tal vez Laigin estaba interesado en situar a los reyes originarios de Osraige de nuevo en el poder si estos reyes cambiaban su lealtad de Cashel a Laigin. ¿No sería lo que hacía que Dacán estuviera interesado en la historia de la realeza?

Grella se ruborizó y apretó los labios.

Fidelma se dio cuenta de que tenía razón y que Grella sabía perfectamente lo que estaba estudiando el anciano sabio.

– Dacán fue enviado aquí por Fianamail, el nuevo rey de Laigin, o por su propio hermano, el abad Noé de Fearna, que es el consejero del nuevo rey, para recoger la historia de la realeza de Osraige y entonces se pudiera presentar el caso contra los Corco Loígde ante la asamblea del Rey Supremo. ¿Me equivoco?

Grella permaneció en silencio, mirando desafiante a Fidelma.

Fidelma sonrió de repente a la bibliotecaria.

– Estáis en una situación delicada, Grella. Como mujer de Osraige, al saber esto, parece que apoyéis a los desposeídos reyes originarios. Pero creo que ahora resulta claro por qué el venerable Dacán había venido a Ros Ailithir. ¿Entonces por qué lo mataron? ¿Para evitar que esos conocimientos llegaran a Laigin?

Sor Grella no se inmutó.

– Venga, hablad, Grella -insistió Fidelma-. Todos tenemos derecho a opinar. Vos sois una mujer de Osraige. Sin duda tenéis una opinión. Si apoyarais el regreso de los reyes originarios, significaría que no teníais motivo para matar a Dacán.

Los ojos de Grella brillaron de ira.

– ¿Yo? ¿Yo matar a Dacán? Cómo os atrevéis… -Se mordió los labios e intentó controlar su ira. Luego se puso a hablar con calma-: Sí, por supuesto que tengo una opinión. El legado de Ciarán pende como una losa alrededor de nuestros cuellos. Pero no soy una revolucionaria que quiera cambiar las cosas.

Fidelma se reclinó en su silla. Sentía que había dado un paso adelante, pero que, a su vez, le abría nuevos misterios.

– Así que proporcionasteis a Dacán todos los textos antiguos que necesitaba para recabar esta información y que el nuevo rey de Laigin presentara una nueva reclamación ante el Rey Supremo para que le devolvieran Osraige.

Sor Grella no se molestó en responder, pero otra idea asaltó a Fidelma.

– Dacán estaba estudiando los textos y tomaba notas para preparar un informe que llevaría a Laigin… ¿No es así?

– Eso es lo que he afirmado.

– ¿Entonces dónde guardaba todas las notas y escritos?

Sor Grella hizo una mueca.

– En su habitación del hostal, supongo.

– Os sorprendería saber que sólo había unas vitelas blancas, algo de material para escribir y nada más, salvo…

Fidelma sacó de su hábito la varilla de avellano que había encontrado en la habitación de Dacán.

Grella la cogió, la giró y examinó los caracteres.

– Forma parte de la «Canción de Mugain», hija de Cúcraide mac Duí, el primer Corco Loígde rey de Osraige. Enumera parte de la genealogía de los reyes originarios de Osraige. Ni siquiera sabía que se había perdido.

Se levantó de la silla y fue hacia un rincón de la habitación y empezó a rebuscar en unos contenedores en los que se guardaban los haces de varillas. Encontró uno y lo revisó, emitiendo unos chasquidos con la lengua.

– Sí; es una varilla de esta colección.

– Está escrita en un estilo curioso, parece más un testamento que una genealogía -comentó Fidelma.

Grella entrecerró los ojos.

– ¿Conocéis el ogham? -preguntó secamente.

– Sí.

– Bueno, no es un testamento -dijo Grella con voz quejumbrosa-. El simbolismo es el de un poema.

– Al parecer, Dacán se había llevado estas varillas a su habitación para transcribirlas y, cuando las devolvió, se olvidó una de ellas que se había caído al suelo de la habitación. ¿Era eso normal, que se llevara material a su habitación?

Grella sacudió la cabeza en señal de negación.

– Anormal. Dacán no trabajaba así. No quería que nadie supiera en qué estaba trabajando, por lo que normalmente no sacaba nada de la tech screptra. Por lo común trabajaba en esta misma habitación en la que estamos sentadas. Éste es mi estudio privado. Nunca se sacó nada de esta estancia.

– Entonces alguien sacó al menos una de las varillas de esta «Canción de Mugain» -señaló Fidelma-. ¿Cómo sino podría encontrarse en la habitación de Dacán?

– No puedo responder a esa pregunta.

– ¿Y decís que nunca dejaba notas o escritos suyos aquí en la biblioteca?

Sor Grella se puso rígida.

– Os puedo asegurar que no sé nada de eso.

– ¿Conocíais a Assíd, el comerciante?

El cambio de tema fue tan repentino que sor Grella le pidió que le repitiera la pregunta.

– Lo vi en la cena la noche de la muerte de Dacán -contestó sor Grella-. ¿Qué tiene que ver ese hombre en este momento?

– ¿Os fijasteis en si Dacán conocía a Assíd?

El rostro de Grella no reveló nada.

– Assíd era de Laigin. Mucha gente conocía a Dacán en ese reino o sabía de él.

– Yo creo que debió ser Assíd el que llevó la noticia de la muerte de Dacán directamente a Fearna -continuó Fidelma-. La noticia de su muerte viajó rápido y sólo un veloz barc, que tomara la ruta costera, podía llegar a Fearna en tan poco tiempo.

– No puedo comentar nada respecto a eso.

– Bien, ¿podría ser que Assíd se llevara las notas de Dacán?

– ¿Estáis diciendo que Assíd las robó? -inquirió Grella.

No parecía ni sorprendida ni ofendida.

– Es una explicación posible.

– Posible, sí -admitió sor Grella-. Pero eso implica seguramente que Assíd mató a Dacán.

– Todavía no he llegado a esa conclusión.

Fidelma se levantó de su asiento.

Sor Grella la miraba impasible.

– Tal explicación permitiría al rey de Cashel sacarse la responsabilidad de encima.

Fidelma la miró esbozando una sonrisa.

– ¿Y eso?

– Porque, si Dacán fue asesinado por un hombre de Laigin, la exigencia de Laigin respecto a Osraige como precio de honor de Dacán resultaría irrelevante. ¿No es así?

– Ciertamente, eso es exacto -admitió Fidelma con solemnidad.

Se giró y dejó a sor Grella todavía sentada en su silla y regresó a la tranquilidad de la tech screptra, entre los suspiros, el crujir de las vitelas y el raspar de las plumas.

Una figura le llamó la atención entre las hileras de sacas colgadas. Le sorprendió principalmente porque resultaba obvio que no quería que ella la observara. Si hubiera estado examinando los libros, ella no se habría fijado. Pero la figura intentaba de forma tan ostentosa parecer un lector entusiasmado en la biblioteca que en seguida se merecía una segunda mirada. En fin, si la figura resultaba obvio que no quería ser vista, Fidelma concluyó que tenía que hacer ver que no la había visto.

Era la joven y entusiasta sor Necht.

Fuera de la sombría tech screptra iluminada por velas, el día se había vuelto frío y las nubes de tormenta se arracimaban otra vez procedentes del oeste y traían llovizna.

Fidelma gruñó suavemente y empezó a apresurarse hacia el hostal.

En el vestíbulo, el hermano Rumann se había asegurado de que ardiera un fuego lento en la gran chimenea. Fidelma agradeció aquel calor, pues el tiempo era realmente desagradable. Se preguntó si sor Eisten o los niños ya habrían aparecido y se encaminó hacia las habitaciones. Las puertas estaban abiertas, pero las habitaciones seguían vacías.

Fidelma frunció los labios un momento. Se dio cuenta de que no sólo las habitaciones de los niños estaban vacías, sino que no había señal alguna de que hubieran estado ocupadas.

Frunciendo el ceño, Fidelma se apresuró por el pasillo hasta la habitación que el hermano Rumann utilizaba como officina.

El cenobita rechoncho estaba sentado frente a su tablero de brandubh, al parecer resolviendo algunos movimientos.

Levantó la vista sorprendido al ver que Fidelma entraba después de llamar brevemente a la puerta.

– Ah, sois vos hermana. -Su rostro se arrugó esbozando una sonrisa y bajó la mirada a su escritorio-. ¿Habéis venido a retarme?

Fidelma sacudió rápidamente la cabeza en señal de negación.

– Aún no, hermano Rumann. Me interesa más saber dónde están los niños.

– ¿Los niños?

– Los niños de Rae na Scríne.

Su rostro se mostró sorprendido.

– A los niños los llevaron junto al hermano Midach después de la comida de mediodía. ¿Queríais verlos antes de que se fueran?

– ¿Se fueran? ¿Adónde?

– El hermano Midach les iba a hacer un último examen para asegurarse de que no había señales de la peste y luego sor Aíbnat se los iba a llevar al orfanato que hay en la costa que regentan esta buena hermana y el hermano Molua. Yo creo que ya deben de haberse ido.

– ¿Se han ido todos?

– Eso creo, hermana. El hermano Midach lo ha de saber.

Fidelma corrió en busca del médico de la abadía.

El hermano Midach tenía unos rasgos redondeados más propios de un animador que de un médico. Para Fidelma, todos los médicos tenían sentido del humor, pues todos tenían muchas arrugas en las líneas de la risa. Era bastante calvo, así que resultaba difícil ver dónde empezaba su tonsura y dónde la carencia de pelo era natural. Sus labios eran finos, los ojos de un castaño cálido y amables y mostraba una barba incipiente en las mejillas.

Fidelma entró en su habitación sin llamar. El médico estaba solo, al parecer ocupado en mezclar algunas hierbas. Levantó la mirada con el ceño fruncido.

– Soy Fidelma de Kildare… -empezó a decir.

El médico la examinó con atención antes de decir más cosas, pero sin parar en su actividad.

– Mi colega el hermano Tóla ha hablado con vos. ¿Me buscabais?

– No. Me han dicho que habéis examinado a los niños de Rae Na Scríne esta tarde. ¿Es así?

El médico arqueó sus oscuras y pobladas cejas.

– Así es. El abad pensó que era mejor enviarlos directamente al cuidado del hermano Molua, que tiene una casa en la costa y se ocupa de huérfanos. Sor Aíbnet recibió la orden de llevarlos allí. A mí me pidieron que comprobara que estuvieran sanos.

Fidelma mostró su decepción.

– ¿Así que se han ido todos?

Midach asintió con la cabeza sin hacer mucho caso mientras continuaba machacando hojas en un mortero.

– Aquí no tenemos instalaciones para los niños -explicó en tono familiar-. Las dos niñitas estaban muy bien -sonrió-. Y, cuanto antes esté el niño, Tressach, con otros de su edad, más feliz estará. Sí, está claro que estarán mejor en la casa de Molua.

Fidelma estaba a punto de girarse hacia la puerta cuando dudó y frunció el ceño al mirar al médico.

– ¿No me decís nada de los dos hermanos, Cétach y Cosrach?

Midach alzó de repente la vista del mortero, con los ojos oscuros e impenetrables.

– ¿Qué dos hermanos? -inquirió-. Había dos hermanas…

– Los chicos de cabello negro -interrumpió ella con impaciencia.

Midach hizo una mueca.

– No sé nada de dos chicos de cabello negro. Me pidieron que examinara a las dos niñas y a un chaval de ocho años.

– ¿No visteis a un chico de catorce y otro de unos diez?

Midach sacudió la cabeza asombrado.

– ¿No me digáis que el hermano Rumann se ha equivocado y que había otros dos chicos que tenían que ir al hogar de Molua? Yo, desde luego, no los he visto…

Fidelma ya se había ido corriendo hacia el hostal.

El hermano Rumann se movió sorprendido cuando Fidelma volvió a entrar.

– Los dos chicos de cabello negro -exigió-. Cétach y Cosrach. ¿Dónde están?

El hermano Rumann se la quedó mirando con expresión desconsolada y luego bajó la vista hacia su tablero de brandubh. Las piezas se habían salido de sus casillas, al parecer debido al gesto de sorpresa producido cuando Fidelma había atravesado la puerta.

– ¡Qué sorpresa, hermana! Un poco de paciencia. Ya casi había resuelto una nueva táctica. Una maravillosa manera de…

Hizo una pausa, observando, por primera vez, la expresión alterada de la joven.

– ¿Qué decíais?

– Os pregunto dónde están los dos chicos de cabello negro, Cétach y Cosrach.

El hermano Rumann empezó lentamente a recoger las piezas esparcidas y a volverlas a colocar en el tablero de brandubh.

– Ordenaron a sor Aíbnat que se llevara a todos los niños al hermano Midach y, si éste decía que estaban bien de salud, tenía que partir para el hogar de Molua en la costa.

– El hermano Midach dice que sólo vio a las dos niñitas, Ciar y Cera, y al niño de ocho años que se llama Tressach. ¿Qué ha pasado con los otros dos niños?

El hermano Rumann se puso en pie con expresión de preocupación, mientras agarraba las piezas de brandubh.

– ¿Estáis segura de que no se fueron con sor Aíbnat? -preguntó con incredulidad.

– El hermano Midach no sabe nada de ellos -respondió Fidelma con aire de exagerada paciencia.

– ¿Entonces dónde se pueden haber escondido? ¡Niños tercos y estúpidos! Tenían que haberse ido con sor Aíbnat. Eso significa que ahora habrá que hacer otro viaje para llevarlos al orfanato de Molua.

– ¿Cuándo los visteis por última vez?

– No lo recuerdo. Tal vez cuando Salbach llegó aquí. Recuerdo que la joven sor Necht estaba hablando con ellos en su habitación. La orden de que los niños tenían que ir al orfanato la dio Brocc poco después.

– ¿Hay algún sitio en el que resultara obvio que se pudieran esconder? -preguntó Fidelma al recordar lo asustado que se había mostrado Cétach de Salbach. ¿Se habrían ocultado él y su hermano en alguna parte esperando a que Salbach se fuera de la abadía? ¿Estarían todavía ocultos sin saber que ya se había marchado?

– Hay muchos escondrijos -le aseguró Rumann-. Pero no os preocupéis, hermana. Pronto serán vísperas y la campana y el hambre los sacarán de su escondrijo.

Fidelma no estaba convencida.

– Se suponía que la campana para la comida de mediodía los haría salir a causa del hambre. Si veis a sor Eisten, decidle que quisiera verla.

El hermano Rumann asintió sin prestar atención, volviendo a fijarse en el juego de brandubh. Lentamente volvió a reunir las piezas en el tablero.

Al volver a su habitación, Fidelma se estiró exhausta sobre la cama. ¡Ojalá hubiera dicho a Brocc que quería que los niños de Rae na Scríne se quedaran en la abadía hasta que hubiera resuelto el misterio! No se le había ocurrido que se los llevarían tan pronto. Por cada misterio que se resolvía, enfrentaba a otros nuevos.

¿Por qué le había rogado el joven Cétach que no dijera nada de él ni de su hermano Cosrach ante Salbach? ¿Por qué se habían esfumado los chicos? ¿Por qué era tan remiso Salbach a creer la acusación contra Intat? ¿Y tenía alguno de estos asuntos relación con la muerte de Dacán? ¿Qué misterio era el que tenía que resolver principalmente?

Resopló con frustración mientras permanecía estirada boca arriba y con las manos detrás de la cabeza.

Por el momento, esta investigación tenía poco sentido. Sí, había un par de teorías que podía desarrollar, pero el anciano brehon Morann la había advertido que no montara teorías antes de conocer todas las pruebas. ¿Cuál era su frase preferida? «No hagas queso hasta que hayas ordeñado las vacas.» Sin embargo, era plenamente consciente del paso rápido de su mayor enemigo, el tiempo.

Se preguntaba cómo se sentiría ahora su hermano Colgú, que era rey de Muman. Se angustiaba al pensar en su hermano mayor.

Habría poco tiempo para llorar al rey muerto, Cathal mac Cathail, su primo. Ahora lo principal era evitar esa guerra. Y esa gran responsabilidad recaía enteramente en ella.

Una vez más deseó que Eadulf de Seaxmund's Ham estuviera con ella para poder discutir con él sus ideas y sospechas. Luego se sintió algo culpable por tener ese pensamiento sin saber bien por qué.

El sonido repentino de un portazo hizo que se levantara. Oyó unos pasos pesados que corrían por el suelo enlosado del piso inferior y luego subían por escaleras hasta el segundo piso del hostal. Tales pasos no auguraban nada bueno. Cuando las pisadas llegaron hasta su puerta y se detuvieron, ella ya había saltado de la cama y estaba frente a ella.

Era Cass, que empujó la puerta, después de llamar con premura. Jadeaba con fuerza tras el ejercicio realizado.

Se metió hasta el centro de la habitación de Fidelma y se quedó allí plantado con los hombros levantados frente a ella.

– ¡Sor Fidelma! -tuvo que detenerse para recobrar la respiración.

Ella se lo quedó mirando, preguntándose qué era lo que había alterado tanto al joven guerrero. Enseguida adivinó que tenía que haber corrido una larga distancia para llegar en semejante estado. Un guerrero como él no se quedaba sin respiración fácilmente.

– ¿Bueno, Cass? -le preguntó en voz baja-. ¿Qué hay?

– Sor Eisten. La han encontrado.

Fidelma lo leyó en sus ojos.

– ¿La han encontrado muerta? -preguntó sin inmutarse.

– ¡Sí! -confirmó Cass con amargura.

Capítulo X

El cuerpo yacía al borde del agua de la playa arenosa, al pie de los muros de la abadía. Ya había anochecido, pero un grupo de pescadores y algunos miembros de la comunidad religiosa se habían reunido alrededor del cadáver con curiosidad morbosa. Varios de ellos llevaban unas antorchas que iluminaban la escena. Fidelma siguió a Cass hasta el grupo. Observó que el hermano Midach ya estaba allí, inclinado para examinar el cuerpo. Había un hermano de mediana edad con una tos nerviosa que sostenía una linterna para que Midach pudiera trabajar. Fidelma supuso que era el boticario, el hermano Martan. El médico, obviamente, había sido llamado por los que habían encontrado a la joven hermana. Fidelma lo vio visiblemente conmovido bajo la luz vacilante.

– Retirad a esta gente -Fidelma le dio instrucciones a Cass en voz baja-, salvo a los que encontraron el cuerpo.

Se inclinó junto al hermano Midach y oteó por encima de su hombro.

La ropa de sor Eisten estaba encharcada. Los cabellos, aplastados por el agua del mar, le cubrían su cara blanca, pálida y rechoncha. Sus rasgos crispados denotaban la angustia de una muerte violenta. Su magnífica cruz ornamentada todavía estaba firmemente sujeta alrededor de su cuello carnoso y magullado.

– No es agradable a la vista -gruñó Midach, al darse cuenta por primera vez de que Fidelma estaba a su lado-. Sostenga bien alta la linterna, Martan -añadió rápidamente, dirigiéndose al boticario.

– La muerte violenta no lo es nunca -murmuró Fidelma-. ¿Se ha suicidado?

Midach se quedó mirando pensativo a Fidelma durante unos instantes, y sacudió la cabeza en señal de negación.

– ¿Por qué hacéis esa pregunta?

– Recibió un gran impacto cuando Rae na Scríne fue destruido. Creo que se sentiría culpable de ello. Se trastornó cuando el bebé al que había salvado murió al poco tiempo. La vi esta mañana y no parecía realmente recuperada. Además, no ha sido un ataque para robarla, pues todavía lleva ese valioso crucifijo.

– Buena lógica, pero no; no, no creo que se suicidara.

Fidelma examinó los rasgos seguros del médico rápidamente y siguió preguntando.

– ¿Qué os lleva a decir eso?

El hermano Midach se inclinó y giró un poco la cabeza de la muerta, pidiendo al hermano Martan que acercara la linterna para que se viera mejor.

Fidelma vio el hueco de una herida en la parte posterior de la cabeza. Ni siquiera una inmersión en el mar había limpiado la sangre.

– ¿La atacaron por detrás?

– Alguien la golpeó en la nuca -confirmó Midach-. Después del golpe, el cuerpo fue lanzado al mar.

– ¿Asesinato, entonces?

El hermano Midach suspiró profundamente.

– No puedo llegar a otra conclusión. No sólo está la prueba del golpe en la cabeza. Si tenéis estómago, hermana, miradle las manos y los brazos.

Fidelma así lo hizo. Las heridas y quemaduras hablaban por sí solas.

– No se había autolesionado.

– No. La ataron y torturaron antes de matarla. Mirad esas marcas en las muñecas. Son de una cuerda. Después de matarla, el asesino debió desatar los nudos y lanzarla al mar…

Asombrada, Fidelma se quedó mirando el cuerpo de la joven.

– Con vuestro permiso, hermano… -Se inclinó y cogió las manos frías de la muerta y las examinó, miró con detenimiento los dedos y las uñas. El hermano Midach la observaba con curiosidad. Fidelma hizo una mueca de decepción.

– Tenía la esperanza de que hubiera podido luchar con su atacante y agarrarle algo que nos pudiera proporcionar alguna pista -explicó.

– No. El golpe fatal probablemente le vino por sorpresa -dijo Midach-. Debía de estar de espaldas a su atacante al recibir el golpe de él.

– ¿Él? -inquirió Fidelma con rudeza.

Midach se encogió de hombros.

– O ella, si queréis. Aunque yo no creo probable que una mujer pudiera hacer algo así.

Fidelma se mordió un poco los labios, pero no comentó nada.

El hermano Midach se puso en pie, se sacudió la arena de su hábito. Hizo un gesto a Martan y otro hermano avanzó de entre las sombras y les dio instrucciones de que se llevaran el cuerpo a la abadía.

– Hay que llevar el cuerpo al depósito e informar al abad de este asunto.

– Decidle al abad que tengo que hablar con él -dijo Fidelma, mirando hacia el grupito de personas que Cass había apartado hasta un poco más allá.

– ¿Creéis que esto tiene alguna relación con la muerte del venerable Dacán? -Midach se detuvo y miró hacia Fidelma por encima de su propio hombro.

– Eso espero descubrirlo -replicó Fidelma.

Midach hizo una mueca y regresó hacia las puertas de la abadía con el hermano Martan apresurándose tras él con la linterna.

Fidelma pasó por entre un grupo de observadores, algunos de los cuales parecían reacios a verse involucrados y se iban alejando. Cass había conseguido una linterna para iluminar el proceso.

– ¿Quién encontró el cuerpo? -preguntó Fidelma, mirando de una cara a otra.

Vio a dos pescadores mayores que se intercambiaban unas miradas de alarma a la luz de las antorchas.

– No hay por qué tener miedo, amigos -los tranquilizó Fidelma-. Lo único que quiero saber es dónde y cómo encontrasteis el cuerpo.

Uno de los pescadores, un hombre de mediana edad con cara colorada, se adelantó.

– Mi hermano y yo la encontramos, hermana -dijo con tono vacilante.

– Decidme cómo -les pidió Fidelma con la voz más suave que pudo.

– Estábamos fuera en la bahía, cerca del barco de guerra de Laigin, y decidimos lanzar una vez más nuestras redes antes de que se hiciera de noche. Al estirar de las redes, creímos que habíamos conseguido una gran captura, pero, cuando tiramos las redes al interior de la barca, vimos… -se arrodilló temeroso-, vimos el cuerpo de la hermana allí.

Fidelma estaba compungida.

– Entiendo. Así que vos y vuestro hermano os acercasteis cuanto pudisteis al barco de guerra para pescar.

– Así hicimos. Estábamos a unas cuantas yardas cuando pescamos a la pobre hermana con la red. Trajimos directamente el cuerpo aquí a la playa y dimos la alarma.

Cass, que estaba tras sus hombros sosteniendo bien alta la linterna, se inclinó hacia adelante.

– ¿Pudiera ser que la lanzaran desde el barco de Laigin? -susurró.

Fidelma no le hizo caso de momento y se giró hacia los pescadores, que seguían observándola inquietos.

– ¿Qué corrientes hay en la bahía? -preguntó Fidelma.

Uno de ellos se frotó la barbilla reflexionando.

– En este momento tenemos una marea hacia la costa. Sin embargo las corrientes son fuertes alrededor de las rocas. Azotan las rocas de aquel cabo.

– ¿Esto significa que el cuerpo pudo haber sido lanzado al mar desde cualquier punto de aquel cabo?

– O incluso del otro lado del cabo, hermana, y verse arrastrado hasta esta ensenada.

– ¿Y a esta hora un cuerpo tendería a acercarse a la playa más que dirigirse mar adentro? -insistió Fidelma.

– Así sería -admitió el pescador con rapidez.

– Muy bien, podéis marchar -dijo Fidelma y luego alzó la voz-. Ahora, que cada uno vuelva a lo suyo.

El grupito de curiosos empezó a disgregarse, casi con disgusto, obedeciendo su orden.

Cass estaba oteando con suspicacia en la oscuridad de la bahía. Fidelma siguió su mirada. Unas luces brillaban en el barco de guerra.

– ¿Sois diestro con los remos, Cass? -preguntó de repente Fidelma.

El guerrero se giró. Ella no podía ver su expresión en la penumbra.

– Por supuesto… -replicó-. Pero…

– Creo que ya ha llegado el momento de que hagamos una visita al barco de guerra de Laigin.

– ¿Es prudente? ¿Si sor Eisten fue asesinada en ese barco y lanzada al mar…?

– No tenemos ninguna prueba para sospechar eso -replicó Fidelma con calma-. Venga, vamos a buscar un bote.

Se detuvo a oír las campanadas de vísperas.

Cass balanceó la linterna de manera que la luz le dio por un momento en la cara. Estaba cariacontecido.

– Nos perderemos la cena -protestó.

Fidelma dejó ir una risa tenebrosa.

– Estoy segura de que luego encontraremos algo para matar el hambre. Ahora busquemos un bote.

Fidelma se sentó en la popa del bote aguantando la linterna arriba mientras Cass se colocaba entre los remos e iba impulsando la pequeña embarcación por las aguas siseantes y oscuras de la ensenada hacia la gran sombra y las luces centelleantes del barco de guerra de Laigin. Cuando se estaban acercando, Fidelma vio que había varias linternas que iluminaban la cubierta del barco de líneas elegantes. Había señales de hombres que se movían de un lado a otro.

Estaban a unas cuantas yardas cuando se oyó una voz que les daba el alto.

– Responded -murmuró Fidelma, mientras Cass vacilaba junto a los remos.

– ¡Atención, barco de Laigin! -gritó el soldado-. Un dálaigh de los tribunales de los brehons exige subir a bordo.

Durante unos pocos segundos no se oyó nada, hasta que la misma voz que les había dado el alto respondió:

– Subid a bordo y sed bienvenidos.

Cass acercó la pequeña embarcación hasta una escalera de cuerda que ascendía hasta la barandilla del costado. Lanzaron una cuerda para que Cass pudiera amarrar el bote mientras Fidelma subía con agilidad por la escala.

La chica se encontró a una media docena de hombres de mirada dura esperando en la cubierta y observándola sorprendidos.

Oyó a Cass que iba subiendo detrás de ella. Se acercó un hombre de rasgos indistinguibles con los andares ondulantes de un hombre de mar y se quedó mirando a Fidelma y a Cass. Luego clavó los ojos en Cass.

– ¿Qué queréis, dálaigh? -preguntó con rudeza.

Fidelma bufó irritada.

– Es a mí a quien deberíais dirigiros -soltó-. Yo soy sor Fidelma de Kildare, dálaigh del tribunal de los brehons.

El hombre se giró mostrando un asombro que enseguida ocultó.

– ¿De Kildare, eh? ¿Representáis a Laigin?

– No. Soy de la comunidad de Kildare, pero en este caso represento al reino de Muman en este asunto.

El marino arrastró un poco los pies.

– Hermana, no quisiera parecer poco hospitalario, pero esto es un barco de guerra del reino de Laigin, que cumple las órdenes de ese reino. Yo no creo que tengáis nada que hacer aquí.

– Entonces, permitidme que os recuerde las leyes del mar -replicó Fidelma lentamente, con medido énfasis. Hubiera deseado conocerlas mejor, pero suponía que el marino aún sabría menos que ella-. Primero, soy una dálaigh que investiga un asesinato. Segundo, vuestro barco, aunque sea un barco de Laigin, tiene echada el ancla en una bahía de Muman. No ha pedido el permiso ni la hospitalidad de Muman.

– Estáis equivocada, hermana -dijo el hombre con un tono triunfante que no ocultó-. Echamos aquí el ancla con el permiso de Salbach, jefe de los Corco Loígde.

Fidelma se alegró de que la luz de las linternas no le diera de lleno en la cara. Tragó saliva absolutamente asombrada. ¿Era cierto que Salbach había dado permiso al barco de Laigin para intimidar a la abadía de Ros Ailithir? ¿Qué significaba aquello? Desde luego, no lo descubriría si se viera obligada a marcharse con el rabo entre las piernas. Valía la pena echarse un farol. ¿Qué era lo que había dicho el brehon Morann? «Sin un cierto grado de decepción, no se puede concluir ninguna gran empresa.»

– El jefe de los Corco Loígde bien puede haberos dado permiso, pero ese permiso no es legal sin la aprobación del rey de Cashel.

– Cashel está a muchas millas de aquí, hermana -resopló el marino-. De lo que no sabe el rey de Cashel, no puede gobernar.

– Pero yo estoy aquí. Soy la hermana de Colgú, rey de Cashel. Y puedo hablar en nombre de mi hermano.

Se hizo un silencio mientras el hombre digería aquellas palabras. Fidelma oyó que resoplaba lentamente.

– Muy bien, señora -respondió el hombre, con algo más de respeto en la voz-. ¿Qué buscáis aquí?

– Quiero hablar con el capitán de este barco en privado.

– Yo soy el capitán -contestó el hombre-. Acompañadme a popa, a mi camarote.

Fidelma le lanzó una mirada a Cass.

– Esperadme aquí, Cass. No tardaré.

El guerrero no parecía estar contento bajo la luz de las linternas que se balanceaban en la cubierta.

El marino se dirigió hacia la popa del barco y condujo a Fidelma a su camarote bajo cubierta. Era pequeño, estaba atiborrado y tenía el fuerte aroma de un hombre que vive en un espacio reducido, los olores corporales se mezclaban con la peste de las lámparas de aceite y otros que no reconocía. Por un momento lamentó no haber accedido a tratar el asunto en cubierta, pero no quería que los oídos curiosos de los marineros y guerreros oyeran de qué hablaban.

– Señora -la invitó el capitán, mostrándole la única silla que había en el pequeño camarote mientras él se repanchigaba en el extremo de una litera.

Fidelma se acomodó en el asiento de madera.

– Me lleváis ventaja, capitán -empezó a decir Fidelma-. Sabéis cómo me llamo, pero yo no sé vuestro nombre.

El capitán sonrió burlonamente.

– Mugrón. Un nombre muy adecuado para un marino.

Fidelma le respondió con otra sonrisa. El nombre significaba «muchacho de las focas». Luego volvió a pensar en lo que le interesaba.

– Bien, Mugrón, primero quisiera saber cuál es el motivo de vuestra presencia en la ensenada de Ros Ailithir.

Mugrón hizo un gesto con la mano como para señalar el lugar.

– Estoy aquí a petición de mi rey, Fianamail de Laigin.

– Eso no explica nada. ¿Venís en son de paz o de guerra?

– Vine a entregar un mensaje a Brocc, abad de Ros Ailithir, diciéndole que mi rey lo considera responsable de la muerte de su primo, el venerable Dacán.

– Habéis entregado el mensaje. ¿Qué buscáis ahora aquí?

– Espero para asegurarme de que, cuando llegue el momento, Brocc cumplirá con su responsabilidad. A mi rey no le gustaría que desapareciera de Ros Ailithir hasta que se reúna la asamblea del Rey Supremo en Tara. El brehon de mi rey nos ha dicho que esto está contemplado en la ley de embargo. Como he dicho, también tenemos permiso de Salbach para anclar aquí.

Fidelma se dio cuenta, recordando alguna ley medio olvidada, de que, según esto, el barco de Mugrón actuaba legítimamente. En términos legales, el barco estaba anclado al exterior de la abadía para obligar a Brocc a cumplir con su responsabilidad por la muerte de Dacán, aunque su mano no fuera la que en sí misma realizara el acto, y, hasta que no se conocieran pruebas de que no era responsable, el barco podía permanecer allí. La ley iba más allá y daba derecho al abad Noé, el pariente más cercano de Dacán, a llevar a cabo un ayuno ritual contra Brocc hasta que se admitiera su culpabilidad.

– Le entregasteis un mensaje a Brocc cuando llegasteis. ¿Era el apad oficial, la notificación de este acto?

– Así es -admitió Mugrón-. Se hizo de acuerdo a las instrucciones del brehon de mi rey.

Fidelma apretó los labios enojada.

Tenía que haberse dado cuenta antes de la situación cuando vio el haz de ramas retorcidas de mimbre y álamo temblón colgando de la puerta de la abadía. Esto era el signo de un embargo contra un superior monástico. Hacía mucho tiempo que había tenido acceso al texto conocido como Di Chetharsh-licht Athgabála, que establecía los complejos rituales y leyes sobre el embargo. Lo que recordaba era que le estaba permitido equivocarse tres veces respecto a la ley sin recibir una amonestación, porque era muy complicada. Admitía que su primer error había sido no recordar la ley del embargo.

El rostro curtido del marino se arrugó con cinismo al percibir la expresión en la cara de Fidelma.

– Para el rey de Laigin, la ley está por encima de todas las cosas, señora -dijo con un suave énfasis.

– Es de la ley de lo que quiero hablar con vos, ahora que sé el motivo que os ha traído a este lugar -replicó Fidelma.

– ¿Qué sabrá de leyes un simple marino como yo? -continuó Mugrón-. Hago lo que me dicen.

– Habéis admitido que estáis aquí como un instrumento de la ley, instruido por el brehon de vuestro rey -respondió rápidamente Fidelma-. Ya conocéis bastante de la ley.

Mugrón abrió bien los ojos al ver que Fidelma no se dejaba intimidar y luego sonrió burlonamente.

– Muy bien. ¿De qué queréis hablar?

– Una hermana de la fe ha sido lanzada al agua cerca de vuestro barco hace un rato. Estaba muerta.

– Uno de mis hombres me informó del incidente -admitió Mugrón-, Sucedió justo antes del anochecer. Dos pescadores rescataron el cuerpo entre sus redes. Lo llevaron hasta la orilla.

– Al parecer, tenéis una buena guardia en el barco. ¿Algún hombre de vuestra tripulación vio algo sospechoso? ¿Ninguna señal de que el cuerpo fuera lanzado al agua desde las rocas de aquel cabo?

– Nosotros no vimos nada. No tenemos nada que ver con la costa, salvo que, con el consentimiento de Salbach, compramos carne fresca y verduras a algunos hombres del lugar.

– ¿Y la hermana no estuvo nunca a bordo de este barco?

El rostro de Mugrón se ruborizó preocupado.

– Sor Eisten no estuvo a bordo de este barco -soltó-. ¡Quien lo afirme es un mentiroso!

Fidelma sintió que había cierta alteración en aquella respuesta.

– ¿Y cómo sabéis que se llamaba Eisten? Yo no lo he mencionado -dijo con voz férrea.

Mugrón parpadeó.

– Vos…

Lo interrumpió con un gesto.

– No juguéis conmigo, Mugrón. ¿Cómo sabíais su nombre? Quiero la verdad.

– Muy bien, toda la verdad. Pero no deseo poner en peligro ni mi vida ni mi barco. Que quede entre nosotros por ahora.

– No hay peligro mientras sea la verdad -afirmó Fidelma.

Mugrón se levantó, fue hacia la puerta del camarote y llamó a alguien, Midnat. Regresó a su asiento y un hombre anciano y barbudo entró al cabo de un rato y se llevó los nudillos a la frente. Era de rostro curtido y adusto y su cabello se mostraba sucio y grisáceo.

– Decid a la hermana vuestro nombre y vuestro cargo en este barco. Luego explicadle lo que os sucedió hoy cuando fuisteis a la playa.

El anciano se giró hacia Fidelma e inclinó la cabeza moviendo los labios de su boca desdentada.

– Soy Midnat, señora. Soy el cocinero de este barco. Hoy fui hasta la playa para comprar verduras frescas y avena para la tripulación.

– ¿A qué hora fue eso?

– Justo cuando sonaba la campana de la abadía llamando para la comida de mediodía.

– Decidle a sor Fidelma lo que sucedió -interrumpió Mugrón-. Exactamente como me lo contasteis a mí.

El viejo le lanzó una mirada sorprendido.

– ¿Lo de…?

– Venga, hombre -soltó Mugrón-. Explicadle todo.

El viejo levantó una mano y se la pasó por la boca y la barbilla.

– Bueno, yo me volvía para mi bote. Ya había comprado las verduras, ¿sabéis? Así que me iba de regreso… y, para mi sorpresa, esta hermana me llama y me pregunta si mi capitán estaría preparado para llevarse a dos pasajeros.

– ¿Dijo dos pasajeros? -preguntó Fidelma-. ¿Qué dijo exactamente?

– Esto: «Eh, marinero, ¿venís del barco?», dijo. Yo asentí. «¿Cuánto cobraría vuestro capitán por dos pasajes para ir a Britania o Galia?» Entonces me di cuenta de que me había tomado por alguien del barco franco de allá. El gran mercante. Y ofrecía, según ella, dos screpall por los pasajes.

– ¿La hermana ofreció esas valiosas monedas de plata?

Midnat asintió con énfasis.

– Yo le digo: «Bien que lo haría, hermana, pero yo sólo soy el cocinero del barco de guerra de Laigin. Para un pasaje fuera de esta tierra, tenéis que poneros en contacto con un marinero del mercante franco que está anclado al otro lado de la ensenada». Acababa de decir esto, cuando retrocede con una mano en la boca y los ojos bien abiertos, como si yo fuera la encarnación del diablo. Y se gira y se va corriendo.

El hombre hizo una pausa y esperó, observando el rostro de Fidelma.

– ¿Eso es todo? -dijo Fidelma contrariada.

– Fue suficiente -confirmó Midnat.

– ¿Desapareció y no la volvisteis a ver?

– Se fue corriendo por la playa. Yo me volví a mi barco. Luego, al cabo de un rato, justo a la caída del crepúsculo hay un tumulto. Yo me voy a cubierta para ver de qué se trata. No muy lejos, veo a un par de pescadores del lugar sacando un cuerpo del agua. Es la misma hermana que me ofreció el dinero por los pasajes.

Fidelma levantó la vista con agudeza.

– Era el atardecer, casi oscuro. ¿Cómo podéis estar seguro de que era la misma hermana?

– Había luz suficiente -dijo el viejo cocinero- y el cuerpo de la hermana llevaba una curiosa cruz alrededor del cuello. Lo bastante llamativa para saber que no había visto otra que la que llevaba la hermana que quería pasaje para Britania o Galia.

Podía ser cierto, pensó Fidelma. La cruz romana de Eisten resultaba muy llamativa en estas tierras. Pero decidió asegurarse.

– ¿Curiosa? ¿En qué sentido?

– Es una cruz sin círculo.

– Ah, ¿queréis decir una cruz romana? -insistió Fidelma.

– No sé. Si vos decís que lo es… -replicó el hombre. Pero es grande y adornada con algunas joyas incrustadas que tienen un valor semejante al del rescate de un rey.

No resultaba sorprendente que el viejo marinero se equivocara y tomara las piedras semi preciosas por joyas de gran riqueza. La identificación, aunque poco sustancial, era suficiente para convencerla de lo que había dicho el hombre.

– Eso es todo, Midnat -dijo Mugrón despidiendo al marinero.

El viejo cocinero se tocó la frente con los nudillos como para saludar y se fue del camarote.

– ¿Bien? -preguntó Mugrón- ¿Os satisface este testimonio?

– No, en absoluto -contestó Fidelma con calma-. Porque todavía no me habéis explicado cómo sabéis el nombre de la desafortunada mujer.

Mugrón se encogió de hombros.

– Bueno, no hay mayor secreto en eso. Os he dicho que teníamos permiso de Salbach para anclar aquí y continuar nuestro embargo contra Brocc de Ros Ailithir.

Fidelma asintió con la cabeza.

– Cuando llegamos aquí hace algo más de una semana, seguimos las instrucciones del brehon de nuestro rey y fuimos directos a la fortaleza de Salbach en Cuan Dóir para pedirle permiso de anclar aquí.

– ¿Y? -interrumpió Fidelma, que no entendía por dónde iba Mugrón.

– En Cuan Dóir me presentaron a sor Eisten. Cuando Midnat vino a describirme a esa hermana, con su extraño crucifijo, diciendo que era la misma hermana que buscaba pasaje, recordé el crucifijo y su nombre.

– ¿Así que estáis seguro de que sor Eisten estaba en la fortaleza de Salbach hace una semana? -Fidelma estaba confusa por los interminables recodos que tenía el camino de esta investigación.

– Seguro. Cuan Dóir está en la siguiente bahía, no lejos de aquí. ¿Por qué os sorprende que estuviera allí?

Fidelma no tenía intención de contestar.

– Quisiera que hicierais una cosa, Mugrón -dijo al capitán del barco de guerra de Laigin-. Se trata de lo siguiente: Deseo que me acompañéis a la abadía y que me confirméis que el cuerpo de sor Eisten corresponde a la misma persona que la hermana que visteis en la fortaleza de Salbach. Quiero estar totalmente segura de ello.

Mugrón se mostraba dubitativo.

– Bueno, supongo que un viaje a la costa será mejor que quedarme sentado en este cubo zarandeado por las aguas. Sin embargo, sigo sin entender qué relevancia tiene la trágica muerte de esta joven con el asesinato de Dacán. Seguro que ése es un asunto mucho más importante para vos.

Percibió la mirada que le lanzaba Fidelma y luego alzó la mano para tranquilizarla.

– Si, sí, sor Fidelma. Os acompañaré, pero vos, como dalaigh, tenéis que asegurarme que no se me someterá a ninguna humillación por parte de los seguidores del abad Brocc.

– Eso os lo aseguro -afirmó Fidelma.

– Entonces de acuerdo.

– Hay otra cosa -dijo Fidelma adelantándose a Mugrón, que se preparaba para ponerse en pie.

– ¿Qué es?

– Habéis dicho que os presentaron a sor Eisten. ¿Por qué?

– Fue mientras estábamos esperando la llegada de Salbach en el salón de fiestas; allí vi a esta joven religiosa. Me interesó la cruz que llevaba, pues no era como los crucifijos que llevan los religiosos de aquí. Haría un buen negocio con una cruz así en Laigin.

– Es cierto -admitió Fidelma-. El crucifijo fue obtenido por sor Eisten en Belén, cuando fue en peregrinaje hasta el santo lugar de nacimiento de Cristo.

– Eso exactamente es lo que me dijo en aquel momento -admitió el capitán-. Me comentó que todo el mundo se lo preguntaba. Pedí a la compañera de sor Eisten que me presentara para que viera que era de confianza. Sin embargo, la hermana tenía la cruz en demasiada valía para querer comerciar con ella.

– ¿Quién os presentó? -preguntó Fidelma frunciendo el ceño-. Por lo que decís, conocíais a la compañera de sor Eisten.

Mugrón era sincero.

– Oh, sí. Claro que la conocía. La conocí cuando visité Fearna al servicio del viejo rey. Y ella me reconoció. Me sorprendió que una señora de Laigin se encontrara en la fortaleza del jefe de los Corco Loígde, en particular cuando la señora no era otra que la ex mujer de Dacán.

De todas las cosas sorprendentes que Fidelma había escuchado durante la investigación del caso en Ros Ailithir, esta afirmación de Mugrón fue la más chocante para ella.

– ¿La ex mujer del venerable Dacán? -repitió lentamente, casi sin creer lo que Mugrón había dicho-. ¿Estáis realmente seguro de eso?

– Por supuesto que lo estoy. Yo sabía que Dacán había estado casado. Fue hace catorce años, pero yo la recordaba. Una joven atractiva. No estuvieron mucho juntos, pues él se divorció para seguir con su carrera religiosa. Yo pensaba que se había ido a Cealla.

– ¿Y quién era esta esposa de Dacán? -preguntó Fidelma-. ¿Tiene nombre?

– Por supuesto. Se llama Grella.

Capítulo XI

Después de que Mugrón hubiera identificado debidamente el cuerpo de Eisten como el de la misma religiosa que había visto en la fortaleza de Salbach, regresó a su barco. Fidelma y Cass se encaminaron hacia las cocinas de la abadía en busca de algo para comer, pues, al haberse perdido la cena, estaban hambrientos. Fidelma tuvo que insistir mucho y hacer gran énfasis en su rango y en su relación con el abad para que la arisca hermana encargada les proporcionara una jarra de cerveza, algo de pan de cebada y unos trozos de larac o pierna de buey. También les dio un cuenco con manzanas y se pusieron a comer con voracidad y en silencio en una mesita que había en un rincón del refectorio vacío.

En realidad, Fidelma no esperaba que Mugrón se equivocara en el reconocimiento del cuerpo de sor Eisten, pero quería estar segura, más allá de cualquier duda, de que Eisten había estado en la fortaleza de Salbach. Ahora se enfrentaba a un misterio más frustrante, pero que, al parecer, mantenía una cierta relación con el asesinato de Dacán. Lo que le había producido gran alteración había sido que Mugrón identificara a la esposa de Dacán. ¿Por qué Grella no le había mencionado aquello tan esencial? Lo más obvio era que Grella había intentado ocultar su culpabilidad. ¿Acaso su relación proporcionaba algún motivo para asesinar a Dacán?

Pero había algo más que preocupaba a Fidelma. ¿Qué hacían Grella y Eisten juntas en la fortaleza de Salbach? ¿Y por qué Eisten había intentado reservar dos pasajes para Galia en un barco? ¿Con quién tenía intención de viajar? ¿Era con Grella? ¿Y quién había torturado y asesinado a Eisten?

Fidelma iba dando vueltas a todo esto mientras admitía que tenía poco sentido hacerse preguntas cuando las esperanzas de obtener respuestas eran nulas.

Echó una mirada a Cass, sentado al otro lado de la mesa, y sintió frustración al ver que ni siquiera podía discutir sus preocupaciones con él. Seguía deseando la presencia del hermano Eadulf, poder atacar y parar lo golpes dados con la rápida espada de su mente despierta; diseccionar, analizar y, quizás, llegar de forma gradual a una verdad… Inmediatamente después volvió a sentirse culpable.

De repente se dio cuenta de que Cass la estaba mirando con una sonrisa curiosa.

– ¿Qué es lo siguiente? -le preguntó dejando sobre la mesa la jarra de cerveza vacía y reclinándose en su asiento, obviamente satisfecho por la comida.

– ¿Lo siguiente?

– Vuestra mente ha estado trabajando como el reloj de agua de la torre. Casi podía oír el mecanismo mientras trabajaba.

Fidelma hizo una mueca.

– Obviamente hay que ir a ver a una persona, sor Grella. Hemos de descubrir por qué mintió, o mejor, por qué no nos dijo toda la verdad.

Se puso en pie y Cass la siguió.

– Iré con vos -dijo el soldado-. Por lo que me decís, es más que posible que sea la asesina. Si es así, no os tenéis que arriesgar.

Esta vez Fidelma no puso objeciones.

Atravesaron los tenebrosos edificios de la abadía hasta llegar a la oscura y desierta biblioteca. No parecía que hubiera nadie en la sala fría y lúgubre. Los asientos se hallaban vacíos, los libros estaban bien ordenados en sus sacas y no ardía ninguna vela.

Fidelma se encaminó hacia la pequeña habitación donde sor Grella la había llevado a hablar, la estancia donde estudiaba Dacán. Le sorprendió ver un fuego ardiendo en el hogar del rincón. Mientras Cass se inclinaba para encender una vela, Fidelma se dirigió con rapidez hacia la chimenea. Algo le había llamado la atención. Se agachó para recogerlo.

– ¿Qué opináis de esto? -preguntó ella.

Cass se encogió de hombros mientras observaba el trozo de ramita quemada que ella le mostraba.

– Es una simple vara. ¿Con qué si no se encienden los fuegos?

Fidelma chasqueó la lengua preocupada.

– Normalmente, no con estas varitas. Examinadla de cerca.

Cass así lo hizo y vio que era un trozo de álamo temblón con algunas muescas grabadas en ogham.

– ¿Qué dice? -preguntó el soldado.

– Nada que tenga sentido ahora. El trozo de aquí dice «la resolución del honorable determina la adopción de mis hijos». Eso es todo.

Fidelma colocó la varilla en ogham en su marsupium y se quedó mirando con interés los restos del fuego.

– Significa que alguien ha decidido quemar todo un libro. -Echó una mirada a los contenedores que Grella había examinado el día anterior. Era lo que ella sospechaba-. Éste era el libro en ogham que había estado estudiando Dacán. Una varilla de él, que yo descubrí, se quedó en su habitación después de morir él. Yo la traje aquí para mostrársela a sor Grella, quien la identificó como un poema.

– ¿No os parecía parte de un testamento?

Fidelma se mordió los labios con un gesto poco comprometedor.

– ¿Por qué creía alguien que era tan importante destruirlo? -preguntó como si no esperara que Cass respondiera.

Con un suspiro, Fidelma salió de la biblioteca hasta el pasillo del exterior.

Un cenobita que pasaba los miró con curiosidad.

– ¿Buscáis a sor Grella? -preguntó con educación.

Fidelma afirmó que sí.

– Si no está en la tech screptra, encontraréis a sor Grella en sus habitaciones.

– ¿Dónde están sus habitaciones? -preguntó Cass con cierta impaciencia.

El cenobita les dio las indicaciones, que resultaron fáciles de seguir.

Sin embargo, la habitación de la bibliotecaria de Ros Ailithir estaba vacía. Fidelma había llamado a la puerta con cuidado dos veces. Se aseguró de que el pasillo estuviera vacío y giró el pomo. Tal como esperaba, la puerta no estaba cerrada.

– Dentro, rápido, Cass -le indicó al soldado.

Él la siguió de mala gana y, cuando ya estaba dentro de la habitación de sor Grella, Fidelma cerró la puerta y buscó una vela.

– Seguro que esto no está bien, hermana -murmuró Cass-. No deberíamos estar en esta habitación si no nos invitan.

Fidelma encendió la vela y miró a Cass con desprecio.

– Como dálaigh de los tribunales, tengo derecho a registrar a una persona o un local si tengo sospechas razonables de mala conducta.

– ¿Entonces realmente creéis que sor Grella mató a su esposo y a sor Eisten?

Fidelma lo hizo callar y empezó a registrar la habitación. Por ser alguien que llevaba ocho años en la abadía, la habitación de sor Grella tenía muy pocos objetos personales. Había un devocionario situado junto a la cama y algunos artículos para el aseo personal, peines y otras cosas así. Examinó una gran jarra llena de líquido. Fidelma olisqueó dentro con suspicacia y apretó los labios y esbozó una sonrisa cínica. Era cuirm, aguamiel fuerte fermentada a partir de cebada malteada. Al parecer, a sor Grella le gustaba beber en la soledad de su habitación.

Fidelma se volvió hacia unas ropas que pendían de una hilera de colgadores, pero en realidad no le interesaban. Había poca cosa de interés aquí. Sin gran entusiasmo, se había girado hacia una mochila que pendía de un colgador bajo algunas de las ropas y rebuscó dentro; era sólo para acabar de completar el registro. Al principio, pensó que contenía sólo algunas enaguas. Las sacó y las examinó a la luz de la vela. Entre ellas halló una falda de lino y soltó un grito entrecortado de satisfacción.

– Cass, examinad esto -susurró.

El soldado se inclinó hacia delante.

– Una falda de lino multicolor -empezó a decir sin interés-. ¿Qué…?

Se calló y de repente se dio cuenta de lo que era.

– Azul y rojo. El color de las tiras con que ataron a Dacán.

Fidelma giró el dobladillo de la falda. Se veía cómo habían rasgado una gran tira de tela. Expiró todo el aire de sus pulmones dejando ir un silbido.

– ¡Entonces Grella es la asesina! -anunció Cass excitado-. Aquí está la prueba.

Fidelma estaba tan alterada como él, pero su mente de juez le pedía prudencia.

– Eso sólo prueba la procedencia de la tela que ató a Dacán. Sin embargo, este vestido no es del tipo que usaría la bibliotecaria de una abadía. Claro que, en realidad, sor Grella no tiene aspecto de ser la típica bibliotecaria. Cass, tal vez os llame para testificar dónde encontré esta falda.

– Lo haré -admitió deseoso el soldado-. Yo no veo que haya lugar a dudas. Grella os mintió respecto a su relación con Dacán y ahora hemos encontrado esto. ¿Se necesitan más pruebas?

Fidelma no respondió mientras volvía a guardar las otras cosas en la mochila y se metió la falda en su marsupium. Se dirigió de nuevo hacia la cama para echar una última ojeada. Con la punta de su zapato, tropezó con algo en el suelo; algo que no cedió al golpe y que le causó un agudo dolor en el pie.

Inmediatamente se inclinó hacia el suelo para mirar. Había una losa levantada en el pavimento. Se había golpeado el dedo con ella. Se levantaba con cierto orgullo sobre las otras losas del suelo y se balanceaba un poco al tocarla.

– Ayudadme con esto, Cass -le dijo al guerrero.

El soldado extrajo un gran cuchillo y lo metió en la ranura y levantó la piedra. Debajo había una cavidad. Seguidamente, levantó bien la vela y oteó en el interior. Extrajo una vitela enrollada.

Fidelma la desenrolló y miró la cuidada caligrafía.

– ¡Los escritos de Dacán! -susurró-. Los ocultaba Grella.

– Entonces ya no se necesitan más pruebas. ¡Debió matar a Dacán! -insistió Cass con satisfacción.

Fidelma estaba demasiado ocupada examinando el contenido de los escritos para comentar nada.

– Es una carta a su hermano, el abad Noé. -Luego rectificó-. No, es sólo el borrador de una carta. Habla de la búsqueda de los herederos de los reyes originarios de Osraige. Pero se le vertió tinta encima y por eso la desechó. Escuchad esto, Cass… «El hijo de Illian, según la relación, acaba de alcanzar la edad de elegir. Tiene ya la edad para ser considerado para el trono. He descubierto que mi presa se oculta en el monasterio de Finan de Sceilig Mhilchil, bajo la protección de su primo. Mañana me iré de aquí e iré para allá.» ¡Mirad cuándo está fechado! -Le tendió la vitela a Cass y le señaló la fecha-. Esto debió de escribirse pocas horas antes de que lo mataran.

– ¿Qué presa? -inquirió Cass-. Parece que eligiera las palabras de forma extraña, como si Dacán fuera un cazador.

– ¿Conocéis ese monasterio de Sceilig Mhichil?

– No he estado nunca allí pero sé que es un pequeño asentamiento en una isla rocosa en el mar, en dirección oeste.

– Dacán no llegó nunca a emprender el viaje a Sceilig Mhichil -murmuró Fidelma-. Lo mataron a las pocas horas de haber escrito esto.

Fidelma no devolvió la vitela a su escondrijo, sino que se la metió en su marsupium junto con la falda. Luego se inclinó para volver a poner la losa en su sitio.

– Sor Grella va a tener que explicar muchas cosas -comentó.

Echó una mirada alrededor de la habitación, apagó la vela y abrió la puerta con cuidado. No había nadie fuera y salió deprisa de la habitación, indicando a Cass que la siguiera. Cuando cerró la puerta, se giró con rapidez sobre sus talones y se apresuró por el pasillo.

– ¿Y ahora adónde vamos? -inquirió Cass, un poco molesto por tener que preguntarlo.

– A buscar a sor Grella -contestó Fidelma con brusquedad.

– ¿Por dónde hemos de empezar?

Comenzaron preguntándole al hermano Rumann, el administrador, pero, cuando ya había pasado una hora entera, no había señal de la bibliotecaria desaparecida. Cass hizo una sugerencia.

– Tal vez se haya ido de la abadía.

– ¿No hay aistreóir en esta abadía? -espetó Fidelma.

– El ostiario es el hermano Conghus -respondió Cass automáticamente antes de darse cuenta de que era una pregunta retórica. Se ganó una mirada de desprecio de los iracundos ojos verdes de Fidelma.

– Ya me he enterado de eso -dijo la joven con dureza-. Sin embargo, parece que la gente puede salir de la abadía y desaparecer a voluntad. Primero, Eisten, desaparecida; luego, los dos chicos de Rae na Scríne, y ahora, la bibliotecaria no está en ningún sitio.

Al menos, el hermano Conghus no se había esfumado. Estaba en su pequeña officina junto a las puertas de entrada de la abadía haciendo anotaciones en unas tablillas de cera. Alzó la vista sorprendido cuando Fidelma entró sin avisar.

– ¿Hermana? ¿En qué puedo ayudaros? -preguntó, poniéndose lentamente en pie.

– Estoy buscando a sor Grella -contestó Fidelma.

El portero alzó un hombro y lo dejó caer como para indicar una negación.

– ¿Entonces la biblioteca…? -empezó a decir, pero Fidelma lo cortó.

– Si estuviera allí, nosotros no estaríamos aquí. Tampoco estaba en su habitación. ¿Ha salido de la abadía?

El hermano Conghus lo negó inmediatamente con la cabeza.

– Mi trabajo es registrar las entradas y salidas de la gente -dijo-. Según mis anotaciones, sor Grella no ha salido.

– ¿Lleváis un registro diario?

– Por supuesto.

– Pero ésta no es la única entrada a la abadía -señaló Fidelma.

– Es la entrada principal -replicó Conghus-. La regla establece que aquel que se va de la abadía o entra en ella tiene que dar cuenta de sus movimientos para que sepamos quién hay dentro de sus muros.

– ¿Y si se hubiera ido por una entrada lateral…?

– Me habría informado. Eso ordena la regla -repitió Conghus.

– Antes, yo salí de la abadía por la puerta posterior cuyo sendero lleva a la playa. Luego regresé y traje conmigo al capitán del barco de guerra de Laigin. Se quedó un rato en la abadía y luego regresó a su nave. ¿Vuestro registro da cuenta de ello?

Conghus se ruborizó.

– No he sido informado. El onus establece que la gente debe obedecer la regla y vos teníais que haberme informado.

Fidelma suspiró profundamente.

– Eso significa que vuestro registro no es totalmente fiable. Sólo lo es en la medida en que la gente obedece las reglas.

– Si sor Grella hubiera abandonado la abadía, conocería la regla -replicó con tozudez Conghus.

– Sólo si quería que se supiera que se había ido -intervino Cass, que encontraba algo que le permitía contribuir a la conversación.

Conghus respondió con un bufido de enfado.

– ¿Qué sabéis de sor Grella? -le preguntó Fidelma de repente.

Conghus se sorprendió por la pregunta.

– ¿Saber de ella? Es la bibliotecaria de la abadía y lo ha sido desde que la conozco.

– ¿Y no sabéis nada más?

– Sé que vino aquí procedente de la abadía de Cealla. Me consta que es competente en su profesión. ¿Qué más debería saber?

– ¿Ha estado alguna vez casada? -preguntó Fidelma.

– Nunca mencionó nada de un matrimonio en el pasado.

– ¿Cuánto conocía a sor Eisten?

La pregunta fue como un disparo repentino e intuitivo, pero no alteró al hermano Conghus.

– La conocía, eso es todo lo que puedo decir. Sor Eisten realizó algunos estudios en la biblioteca este mismo año, hace unos meses, y supongo que la bibliotecaria la debía conocer.

– Así pues, ¿no había una relación estrecha? ¿No eran especialmente amigas?

– No más que cualquier otro miembro de la abadía que conociera sor Grella.

– Hará cosa de una semana, sor Grella visitó la fortaleza de Salbach en Cuan Dóir. ¿Sabéis por qué?

– ¿Ah, sí? ¿Hace una semana? -Conghus estaba evidentemente perplejo-. Entonces hemos de tener registrado eso.

Se levantó y se giró hacia una estantería de tablillas de cera y empezó a revisarlas mientras iba sacudiendo la cabeza y chasqueando la lengua.

– ¿No podéis imaginar, así sin mirar, la razón por la que iría a la fortaleza de Salbach? -preguntó Fidelma, mientras el portero rebuscaba con diligencia entre las tablillas.

– No, a menos que Salbach ofreciera un obsequio a la biblioteca. A veces, algunos jefes se dan cuenta de que están en posesión de algunas de las antiguas varillas de los poetas. Estas obras en ogham actualmente son piezas raras, incluso aquí en Muman. La abadía ofrece una recompensa si se recogen. Pudiera ser que Salbach encontrara alguna y decidiera ofrecerla a nuestra biblioteca. Sin embargo, si Grella fue allí por eso, o por cualquier otro motivo, me habría informado de que abandonaba la abadía. No hay ningún registro de que así lo hiciera. -Se apartó de las tablillas y se dirigió hacia Fidelma-. No encuentra ninguna referencia de que sor Grella saliera para ir a Cuan Dóir. Sin embargo, partió hacia Rae na Scríne hace una semana.

– ¿Rae na Scríne? -repitió Fidelma.

– Así está registrado -contestó el hermano Conghus con una sonrisita-. Fue a recoger un libro que tenía sor Eisten y le llevó algunas medicinas.

Fidelma intentó contener la frustración que sentía.

– Podría haberse ido en dirección opuesta, hacia Cuan Dóir -sugirió la joven-. O ella y sor Eisten podrían haberse dirigido a Cuan Dóir luego.

– Nos hubiera dicho que iba a visitar Cuan Dóir -replicó Conghus con estoicismo-. Y no hay ninguna referencia a tal viaje.

– Si se hubiera anotado.

– Claro que se hubiera anotado. Visitar a Salbach de parte de la abadía requiere del permiso y de la bendición del abad.

– ¿Quién ha dicho que necesariamente habría de ser un viaje de parte de la abadía? -inquirió Fidelma.

– ¿Y por qué sino visitaría la bibliotecaria al jefe local?

– Cierto, ¿por qué sino? -La paciencia de Fidelma se agotaba-. Gracias por vuestra ayuda, Conghus.

Al salir, Cass examinó la expresión preocupada de Fidelma.

– ¿Creéis que oculta algo? Parece más que inútil.

– Tal vez sí, tal vez no. Sospecho que el hermano Conghus vive según las reglas y no puede concebir que alguien las incumpla.

Cuando estaba afuera dudando, Conghus salió corriendo y, con un breve gesto de la cabeza dirigido a ambos, atravesó el patio enlosado hasta el alto campanario.

– Ya debe de ser casi completa -murmuró Cass.

Un momento después, como si respondiera a sus palabras, la campana sonó llamando a los hermanos al servicio.

La última vez que Fidelma había asistido a una misa tan lujosa había sido en Roma en la ostentosa basílica de san Juan de Letrán, donde yacía el cuerpo de Wighard, el arzobispo de Canterbury asesinado. Una docena de obispos y sus ayudantes, y el mismo Santo Padre, habían oficiado el servicio.

La iglesia de la abadía, oscura y de altos muros, aunque no era nada comparado con el esplendor de la basílica romana, resultaba impresionante. Unos tapices cubrían las altas paredes de granito y las velas despedían calor, luz y una mezcla de perfumes. Fidelma se sentó en un banco reservado para los huéspedes distinguidos; Cass estaba a su lado. A su alrededor, los miembros de la abadía, religiosos y estudiantes, se amontonaban para rendir sus respetos al alma de Cathal de Cashel. Aunque examinó los rostros con detenimiento, Fidelma no reconoció a sor Grella.

El coro alzó las voces en el Sanctus.

«Is Naofa, Naofa, Naofa Tú, a Thiarna. Dia na Sula…» («Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo…»)

Algo hizo que Fidelma mirara hacia el otro lado del pasillo de la iglesia; un sexto sentido.

Vio que los ojos de la joven sor Necht la observaban con intensidad. La novicia la había estado contemplando y ahora, sorprendida, bajó la cabeza para mirar a sus pies. Fidelma ya se estaba girando cuando se dio cuenta de que alguien más estaba observando, pero esta vez la examinada era la misma sor Necht y el que la controlaba el rechoncho hermano Rumann. Junto a Rumann, el hermano Midach también observaba a la joven novicia. Lo que sorprendió a Fidelma fue que el médico estuviera tenso y, si las miradas matasen, pensó Fidelma, Midach sería culpable del asesinato de la joven. Luego Midach percibió su mirada, hizo una sonrisa forzada y dejó caer sus ojos y se concentró en el santo oficio. Cuando volvió a prestar atención al hermano Rumann, el rostro redondo del administrador también estaba concentrado en las palabras del servicio.

Fidelma se preguntó qué querría decir aquello. Cuando se pudo volver a concentrar en el servicio, el coro ya estaba en el Agnus Dei.

Al hacer las voces una pausa para empezar A Rí an Domhnaigh -Santo Dios- se oyó un leve ruido. Las voces del coro vacilaron y se desvanecieron. El ruido se hizo más fuerte y levantó un murmullo de aprensión, pues el ruido era el de un niño chillando. Gemía de forma desesperada.

Todo el mundo miraba alrededor buscando al niño abandonado, pero nadie podía identificar de dónde provenía el sonido. Parecía resonar en la gran iglesia de la abadía; se alzaba como si atravesara los muros de granito, resonando una y otra vez.

Algunos de los hermanos, más supersticiosos que lógicos, se arrodillaron.

Incluso el abad Brocc intercambiaba miradas de preocupación con sus clérigos.

Fidelma sintió que Cass le agarraba el brazo. El soldado hizo un gesto con la cabeza hacia la nave y, siguiendo su indicación, Fidelma vio que el hermano Midach se escurría rápidamente fuera del edificio.

Sin embargo, antes de que llegara a la puerta, el llanto cesó repentinamente. Todo quedó en un silencio mortal. El portazo que se oyó tras la salida de Midach hizo que toda la congregación se moviera con nerviosismo.

El maestro del coro dio unos golpes sobre el atril de madera y volvió a empezar el A Rí an Domhnaigh, primero vacilante, pero las voces acabaron cobrando fuerza y confianza.

El servicio continuó sin mayor incidente. El abad Brocc habló con elocuencia de la tristeza por la pérdida del viejo rey a manos de la peste amarilla, pero con alegría por la llegada del nuevo rey; invocó la bendición de Cristo, de sus apóstoles y de todos los santos de los cinco reinos por la futura prosperidad del reino y por la sabiduría con que gobernaría el nuevo monarca, Colgú.

Cuando la congregación empezó a dispersarse, después de la bendición final, Fidelma dijo a Cass que hablaría con él más tarde y empezó a abrirse camino a empujones por entre la gente atravesando la nave de la iglesia de la abadía hacia el asiento donde había visto a la joven sor Necht. Al llegar allí, no había rastro de ella. Oteó a su alrededor entre la asamblea que se iba disgregando, pero la novicia había desaparecido.

Reprimiendo un suspiro de preocupación, Fidelma salió por la puerta más cercana, que la llevó al exterior de la iglesia frente al espacioso almacén de la abadía. Aunque era de noche, había numerosas linternas que daban luz, sin duda encendidas para que la gente de la asamblea encontrara el camino de vuelta a sus dormitorios con facilidad.

Absorta en sus pensamientos, Fidelma decidió no regresar directamente al hostal, sino que siguió el camino que el hermano Ségán le había mostrado y que llevaba al jardín. Quería estar a solas para meditar y el jardincillo fragante parecía un lugar ideal para ello.

Un grito apagado proveniente del jardín que tenía delante la alertó y se aproximó allí sigilosamente.

Había dos sombras en el arboreto junto a la boca del pozo. Una sombra de aspecto masculino y robusto agarraba a una figura delicada. A Fidelma le pareció que aquella figura delgada le resultaba algo familiar.

– Vos, joven arrogante…

Reconoció la voz del hermano Midach, dura y airada.

Cuando Fidelma observaba, el médico levantó la mano abierta y golpeó a la otra figura en la nuca.

Se oyó un gruñido de dolor.

– ¡Cómo os atrevéis a ponerme la mano encima! -soltó una voz ronca que a Fidelma no le resultó desconocida.

Fidelma estaba a punto de avanzar para saber qué estaba sucediendo cuando oyó la voz del hermano Midach que reprendía a alguien.

– ¡Haréis lo que os digo! ¡Un arrebato como ése será la destrucción de todos nosotros! El sepulcro tiene eco. Si nos descubren, se acabaron las esperanzas para Osraige.

Las sombras se adentraron en la oscuridad y Fidelma las perdió de vista. No se veía movimiento en el arboreto.

Fidelma escuchaba, pero no oía nada.

Avanzó con cautela. Era como si la tierra se hubiera abierto de repente y se los hubiera tragado. Estaba perpleja, pues no había otra puerta de salida del jardín amurallado más que aquella por la que ella había entrado.

Examinó el área todo lo minuciosamente que pudo, pero no vio rastro de Midach ni de la otra persona, ni pasaje o puerta a través de la cual hubieran podido desaparecer. Incluso oteó en el interior del pozo, el pozo de san Fachtna, pero lo había visto a la luz del día y sabía que descendía casi hasta la oscuridad infinita.

Hasta pasada media hora, no se rindió a aquel misterio y regresó disgustada hacia el hostal. Cass la estaba esperando con evidente impaciencia.

– Estaba casi a punto de dar la alarma por vos, hermana -la regañó-. Con toda esa gente que se evapora, pensaba que tal vez habíais corrido la misma suerte.

– ¿Qué era tan urgente? -contestó, preguntándose si habría presenciado otra desaparición asombrosa-. ¿Están alarmados los hermanos por esa voz de niño que se ha oído durante el servicio?

Cass se mostraba hosco.

– Más que alarmados, están asustados. Incluso vuestro primo cree que fue el eco fantasmal de un alma perdida.

Fidelma esbozó una sonrisa cínica.

– Seguro que hay opiniones mucho más inteligentes entre los estudiantes.

– Bueno, la única que he oído es del hermano Rumann, quien cree que es una distorsión del sonido del agua del pozo que hay bajo la abadía.

– Ah -suspiró Fidelma-. Por ahora, creo que los voy a dejar en la ignorancia durante un tiempo. En cualquier caso, seguro que esto no era tan urgente como para dar la alarma.

Cass sacudió la cabeza en señal de negación.

– Después del servicio, yo me dirigía hacia aquí cuando me puse a conversar con el hermano Martan. Es…

– El mismo que tiene pasión por las reliquias y que, gracias a Dios, guardó los trozos de lino con que ataron a Dacán. Lo vimos antes en la playa con Midach examinando el cuerpo de sor Eisten.

– Exactamente.

– ¿Y bien? -insistió Fidelma.

– El hermano Martan y yo estábamos discutiendo por qué querría alguien matar a Dacán. Martan repitió que Dacán no era un personaje agradable.

– De eso, al menos, estamos seguros -dijo Fidelma.

– Me dijo que Midach una vez dijo que había varios a los que preferiría ver muertos, y nombró a Dacán.

Fidelma levantó un poco la cabeza.

– ¿Midach dijo eso? ¿Por qué lo dijo?

– Al parecer, Martan fue testigo de una gran discusión entre Midach y Dacán.

– ¿La discusión sobre Laigin? Ya sé de qué va eso. Midach insultó a Laigin; eso fue todo.

– Según Martan, fue algo más. -Cass parecía turbado-. Al parecer, fue una discusión sobre sor Necht.

– ¿Necht? ¿Con qué motivo? -De repente Fidelma estaba interesada.

– Parece que Dacán acusó a Midach de tener una relación… ya sabéis…

Fidelma apretó la mandíbula al ver que él dudaba, como si estuviera turbado.

– Entiendo lo que eso implica -dijo secamente-. ¿Dacán acusó a Midach de tener un asunto con la joven sor Necht? ¿Estáis seguro? No -continuó enseguida-, mejor que me asegure. Creo que debería hablar con el hermano Martan.

Cass esbozó una sonrisa de satisfacción.

– Por eso lo he retenido aquí. Está en la habitación de arriba esperándoos.

El hermano Martan, ahora que lo veía con mejor luz, tenía un aspecto bastante triste. Era un hombre de mediana edad, con tez pálida, dientes feos y una tos rebelde; hablaba con jadeos cortos. Se levantó cuando Fidelma entró en la habitación, y ella le indicó con la mano que se sentara.

– Primero quisiera agradeceros, Martan, que guardarais las tiras de lino. Nos han sido de gran utilidad.

El hombre no se inmutó.

– Le habéis dicho a mi colega, aquí -señaló a Cass-, que Midach tuvo una discusión con Dacán.

Vio que el rostro de Martan reflejaba temor.

– No era mi intención levantar una acusación… -empezó a decir-. El médico principal se ha portado muy bien conmigo y no quisiera ponerlo en en ningún apuro.

Fidelma alzó una mano para tranquilizarlo.

– Por lo que yo sé, simplemente habéis informado de unos hechos. ¿Tuvo lugar esa discusión? La verdad, Martan, siempre es el camino más fácil. -Añadió esto porque vio que él se daba de repente cuenta de las implicaciones que tenía lo que había dicho.

– No quiero que el hermano Midach tenga problemas -dijo malhumorado.

– ¿Tuvo una discusión o no? -le espetó Fidelma con dureza.

Martan asintió con renuencia.

– Explicádmelo -apuntó Fidelma.

– Fue el día anterior a que se encontrara con Dacán. Resulta que yo caminaba por el pasillo hacia la biblioteca. Iba a buscar una copia de los Aforismos de Hipócrates que tiene la abadía. -Hablaba con orgullo-. Cuando iba por el pasillo, oí unas voces que provenían de una pequeña habitación lateral, la estancia donde sor Grella tiene su officina. Es una habitación que da a la sala principal de la biblioteca y que tiene una entrada que da al pasillo.

Fidelma esperaba con paciencia mientras el hermano hizo una pausa para pensar.

– Oí la voz del hermano Midach que se alzaba airada, así que me detuve al exterior de la puerta. Me sorprendió encontrarlo en la biblioteca. También resultaba extraño que algo enfadara al hermano Midach, pues normalmente es un hombre de lo más alegre.

Hizo una pausa; parecía sentirse incómodo.

– Continuad -le indicó Fidelma-. ¿Os detuvisteis frente a la puerta abierta? ¿Y entonces?

– Es que resultaba inusual oír a Midach tan enfadado -repitió Martan, como para disculparse por haber escuchado a escondidas. Hizo una pausa al ver que Fidelma se preocupaba-. Me di cuenta de que la persona con la que discutía no era otra que el venerable Dacán.

– ¿Y el motivo de la discusión?

– Al parecer, Dacán acusaba a Midach de registrar sus escritos, de leer cosas a las que no tenía derecho. Midach lo negaba acaloradamente, por supuesto. Dacán estaba tan furioso que amenazó a Midach con informar al abad.

»Midach respondió que acusaría a Dacán de tratar a las personas del hostal como esclavos, en particular a la joven sor Necht. Al oír esto, Dacán se enfadó tanto que acusó a Midach de mantener una relación con sor Necht. Midach pareció tomárselo en serio y replicó que simplemente había actuado como un padre adoptivo de Necht. Y su relación era sólo paternal. En cualquier caso, añadió Midach, no era asunto de Dacán.

Fidelma no se sorprendió de que Midach fuera el padre adoptivo de Necht. Era bastante frecuente que se enviara a los niños fuera de casa a los siete años para que los educaran. El proceso se conocía como adopción y los nuevos padres tenían que mantener a sus hijos adoptivos de acuerdo a su rango y proporcionarles educación. Una niña a menudo completaba su educación a los catorce años, aunque algunas, como la misma Fidelma, podían continuar hasta los diecisiete. Los catorce años eran la edad de elegir y de la madurez para una chica. Un chico continuaría hasta los diecisiete. La adopción era un contrato legal que se consideraba beneficioso para ambas casas y para el que la ley consideraba dos modalidades. Una era por «afecto» y no se ofrecía dinero. En la otra los padres naturales pagaban por la adopción de su hijo. La adopción era el principal sistema de educar a los niños en la sociedad.

– ¿Estáis seguro de que dijo que era padre adoptivo?

– El término datán ciertamente se usó.

Era el término legal que se usaba para referirse a un padre adoptivo.

– ¿Sabíais vos que Midach era el padre adoptivo de sor Necht?

Martan sacudió la cabeza en señal de negación.

– ¿Qué pensabais que era entonces esa relación del hermano Midach? -le preguntó.

– ¿Con Necht?

– Precisamente.

– Midach era la anamchara de Necht, su alma amiga. Eso es lo único que sé. Por eso eran amigos y se tenían confianza.

– Así pues, ¿Midach obviamente se sentía responsable de Necht?

– Supongo -admitió Martan.

– ¿Os sorprendió que Dacán acusara a Midach de mantener una relación con ella? Dacán era un hombre con una reputación de distante serenidad. ¿Qué hizo que de repente atacara así a Midach?

– No era un santo. Era un hombre extraño, malhumorado, que ponía a prueba el humor de Midach hasta el límite -replicó Martan-. Lo único que sé es que oí que Midach reaccionaba mal. Le dijo a Dacán que no se entrometiera y que, si continuaba haciéndolo e insultaba a Midach, Midach lo…

Hizo una pausa y abrió bien los ojos, como si se diera cuenta de lo que iba a decir.

– Continuad -insistió Fidelma-. Obviamente lo amenazó físicamente.

– Midach dijo que lo mataría -admitió Martan.

Hizo una pausa.

– ¿Creéis que lo decía de verdad?

– Yo no -protestó el boticario-. Ni soy quién para juzgar los hábitos personales de la vida de los demás. Las cosas son como son. Midach no haría daño a nadie.

– Pero Midach lo amenazó -observó Fidelma secamente-. Cuando supisteis de la muerte de Dacán, justo un día después de esta discusión, ¿no lo encontrasteis preocupante? Supongo que no lo comentasteis al hermano Rumann, a quien encargaron la investigación.

Martan se ruborizó.

– No informé de ello, pues no creí que tuviera relevancia. Midach no estaba en la abadía cuando se encontró el cuerpo de Dacán. Si me preguntáis si sospecho que Midach es el asesino, os diré que no. Midach es un hombre que ama la vida y la disfruta. No pensaría en destruir la vida de otro hombre en la misma medida que tampoco se le ocurriría destruir la suya.

– ¿Así que no comentasteis este asunto a Rumann -observó Fidelma-. ¿Y qué os lleva a hacerlo ahora?

Martan se puso rojo.

– Ojalá no lo hubiera hecho. Lo único en que pensaba es que ambos deberíais saber que Dacán no era el hombre santo que la mayoría de gente supone. Era capaz de acusar a la gente injustamente.

– Y todo esto vino porque Dacán en un principio acusó a Midach de revisar sus notas y escritos en la biblioteca.

– Midach también negó eso -le recordó Martan.

– Una cosa más. Habéis dicho que Midach se había ido de la abadía la noche anterior a la muerte de Dacán. Regresó seis días después, según me han dicho. ¿Sabéis por qué se fue y adónde?

Martan sacudió la cabeza en señal de negación.

– Sé que no era un viaje planeado. Fue en barca. Probablemente fue una emergencia médica en alguno de los pueblos. Sucede a menudo.

– ¿Qué os hace pensar que no fue planeado?

– Porque no se lo dijo a nadie, salvo a sor Necht, que vino a informar al hermano Tóla cuando ya se había marchado.

– ¿Cuándo fue eso?

– Justo antes de completa. Debió embarcarse con la marea de la tarde o, si no, no podría haberse ido hasta el día siguiente al mediodía.

Fidelma entrecerró los ojos.

– ¿Estáis seguro de esa hora?

– Absolutamente.

– Bien -dijo Fidelma reclinándose-. Creo que habéis sido de gran ayuda para nosotros, Martan. Podéis marcharos, pero os agradecería que no mencionarais esta conversación a nadie…, especialmente al hermano Midach. ¿Entendéis?

Martan se levantó con inseguridad.

– Eso creo, hermana. Sólo deseo no haber dicho nada malo…

– ¿Cómo puede ser algo malo la verdad? -inquirió Fidelma con gravedad.

Capítulo XII

A la mañana siguiente, cuando sor Fidelma iba de camino a la biblioteca para ver si sor Grella había regresado, recibió un llamamiento para presentarse en las habitaciones del abad Brocc.

– Prima, tengo un mensajero que se va a Cashel esta tarde. Me pregunto si quisierais aprovechar la oportunidad para enviar un mensaje a vuestro hermano.

Fidelma estaba a punto de contestar con una negativa cuando se le ocurrió una idea.

– Sí. Quiero que mi hermano contacte con el jefe brehon y ordene la asistencia del comerciante de Laigin, Assíd de Uí Dego, a la asamblea cuando se trate el asunto de la muerte de Dacán. Resulta esencial que le haga algunas preguntas a Assíd.

– ¿Assíd? ¿El comerciante que se hospedaba aquí la noche en que mataron a Dacán? -Los ojos de Brocc mostraron cierta esperanza-. ¿Creéis que Assid…, creéis que puede ser el responsable…?

Fidelma lo decepcionó al negarlo con la cabeza.

– Lo único que exijo es su presencia en la vista.

La mirada esperanzada de Brocc se convirtió en una preocupación que mostró frunciendo el ceño.

– Ah, yo creía que al menos un misterio se podría resolver ahora.

– ¿Un misterio? -inquirió Fidelma que había captado el matiz.

– Por lo que sé, la pasada noche, ¿buscabais a sor Grella?

– Así es. ¿Qué ha pasado con sor Grella? -preguntó, presintiendo algo.

– Ojalá lo supiera. A sor Grella no se la ha visto desde poco después de las vísperas de ayer. Esta mañana no se ha abierto la biblioteca y el hermano Rumann me dice que en su habitación no parece que haya dormido allí. Le preguntó al hermano Conghus y éste le dijo que estabais investigando algo sobre ella la pasada noche.

Fidelma se sentó frente a la mesa del abad antes de continuar.

– ¿Había desaparecido antes alguna vez?

– No, que yo sepa -contestó el abad-. Todo esto es de lo más angustioso, prima. Primero, tenemos la muerte de Dacán; luego, sor Eisten es encontrada muerta y, ahora, sor Grella desaparece. ¿Qué tengo yo que hacer con todo esto?

Por un momento, Fidelma compadeció a su pomposo primo. Parecía un niño perdido, desamparado, necesitado de que alguien le dijera qué hacer.

– Ojalá os pudiera ayudar, Brocc. En este momento, yo me siento igual de desconcertada. Pero os quiero preguntar algunas cosas y que tengáis absoluta confianza en mí.

El abad esperó expectante.

– ¿Sabéis algo del pasado del hermano Midach?

– ¿El hermano Midach? -preguntó Brocc sorprendido-. Es un buen médico. Lleva cuatro años en Ros Ailithir. Veamos…, vino procedente de la abadía de Cealla.

– ¿Y sor Necht?

– Llegó a la abadía hace unos seis meses.

– ¿También procedente de Cealla?

– No. ¿Quién os ha dicho eso? Creo que vino de un pueblo no muy lejano de aquí. ¿Por qué no se lo preguntáis a ella?

– Era sólo una idea. -Fidelma se sintió decepcionada-. Pensaba que había alguna conexión entre Midach y Necht.

– Bueno, en realidad él la presentó en la abadía; eso es cierto. Visitaba a su padre en uno de los pueblos y, cuando éste murió y ella quedó huérfana, Midach propuso que ingresara aquí como novicia. Creo que todavía es su alma amiga.

Fidelma dejó ir un suspiro de decepción. Había pensado que tal vez hubiera otro tipo de relación con Osraige, y entre Midach y Necht. Si algo había realmente, ella no estaba segura. Osraige estaba sin duda en el meollo del misterio.

El abad no insistió más.

– ¿Qué tengo yo que hacer con todo esto? -repitió casi con patetismo.

Fidelma había estado considerando por qué caminos avanzar y ahora se daba cuenta de que, con la desaparición de sor Grella, no había nada que pudiera hacer a menos que encontrara otro nuevo camino que seguir. Para eso, tenía que revelar parte de la información que había recabado y exponerla como un señuelo para extraer datos nuevos.

– ¿Sabíais que sor Grella había sido la esposa del venerable Dacán? -preguntó inocentemente.

El abad Brocc abrió la boca expresivamente.

– ¿Qué estáis diciendo? ¿Os lo dijo ella?

– Me lo dijo alguien que la conoció en Laigin. ¿Así que no lo sabíais?

– Yo sólo sabía que venía de Cealla y estaba capacitada hasta el grado de sai. Pero, de eso de que había sido esposa del venerable Dacán, ¿estáis totalmente segura?

– Tengo un testigo. La pasada noche registré su habitación. Tengo derecho -añadió rápidamente, al percibir cierta preocupación en el rostro de Brocc-. Dacán fue atado antes de ser asesinado. Las ataduras, por suerte, las guardó el hermano Martan, vuestro boticario. La pasada noche encontré la falda de la que se rasgaron esas tiras. La falda estaba oculta en una mochila en la habitación de sor Grella.

La respuesta del abad Brocc, cuando se dio cuenta de las implicaciones que tenía aquello, fue llevarse ambas manos a la cabeza y gimotear.

– La reputación de esta abadía está deshonrada -gimió-. ¿Qué puedo hacer? ¿Me queréis decir que Grella es la asesina y el motivo es algún sórdido asunto pasional?

– Os podéis olvidar de la deshonra de la abadía, de momento, primo -replicó Fidelma secamente-. Primero resolvamos el enigma.

– Pero esa información hace que me avergüence -gimió Brocc.

– Entonces recordad lo que escribió Diógenes: «El rubor es el color de la virtud» -citó Fidelma con cinismo-. La única vergüenza es no tenerla.

Lo había herido en su orgullo.

– No me importa por mí -gimoteó contrito-. Tan sólo pensaba en la reputación de la abadía. ¿Así que creéis que Grella mató a Dacán?

Fidelma no se molestó en contestar.

– ¿Sabíais, Brocc, que sor Grella visitó la fortaleza de Salbach en Cuan Dóir hace una semana? Si así fue, ¿tenía vuestro permiso para salir de la abadía y visitar a Salbach?

El abad se la quedó mirando un momento sin expresión alguna.

– No. Yo le di permiso a sor Grella para ir a Rae na Scríne hace una semana, para visitar a sor Eisten, que trabajaba allí. La visita era para ir a recoger un libro y llevar algunas hierbas y medicinas del hermano Martan que ayudaran a combatir la peste amarilla. ¿Por qué iba a dirigirse en dirección opuesta para ver a Salbach?

– Quizás primero visitó a sor Eisten y luego fueron juntas a la fortaleza de Salbach.

– ¿Pero por qué?

Una idea rondó de improviso por la cabeza de Fidelma. Si Eisten había estado buscando unos pasajes para ella y sor Grella, quizá Grella huyó a bordo del barco mercante. Fidelma se levantó y fue hacia la ventana a mirar abajo a la ensenada.

El mercante franco, con sus pesadas líneas, todavía estaba anclado cerca del barco de guerra de Mugrón. El abad se había acercado y observaba sorprendido.

– ¿Qué veis, prima?

– Temía que el mercante franco ya hubiera levado anclas.

Brocc frunció el ceño.

– Supongo que debe de zarpar con la marea de mediodía.

– Entonces quiero que deis una autorización a Cass para subir a bordo y registrar ese barco antes de que zarpe.

– ¿Registrar?

– Sí. Un registro minucioso, como lo oyes -insistió Fidelma con tranquilidad-. Lo ordeno bajo la autoridad que me confiere ser dálaigh. -Se enderezó un poco y siguió hablando-. Es posible que sor Grella esté a bordo.

Brocc se mostró escandalizado, pero no respondió. Lo que hizo fue llamar con su campana para emplazar al scriptor y luego dictó las órdenes necesarias para encontrar a Cass y darle las instrucciones que había indicado Fidelma.

– Si hay algún problema, decidle a Cass que informe al capitán franco de que, mientras esté anclado en la bahía, tiene que obedecer las leyes de este reino -indicó Fidelma al scriptor, que se apresuraba en tomar nota.

– Os tenéis que explicar, prima -dijo Brocc, volviéndose a sentar-. ¿Queréis decir que Grella sabe que habéis descubierto su culpabilidad y que intenta huir?

– Ojalá pudiera explicarme del todo, primo -respondió Fidelma-. Pero no soy conocedora de todos los hechos. ¿Podéis decirme algo respecto a sor Eisten y su relación con vuestra bibliotecaria?

– Pobre Eisten. Hay poco que decir. Se instruyó en esta misma abadía e inicialmente se formó para ayudar al médico, Midach. Se especializó en el cuidado de los niños. Llevaba con nosotros desde los catorce años, salvo los tres años durante los cuales fue de peregrinación a Tierra Santa.

– El hermano Conghus me dijo que también estudiaba en la biblioteca -le interrumpió Fidelma.

– Eisten no era una sabia, pero estudió algunas cosas en la biblioteca a principios de este año.

– ¿Y cómo pudo ser que enviaran a Eisten a Rae na Scríne?

– Por lo que yo recuerdo, sor Eisten se ofreció para ir y ocuparse del hostal de viajeros que tenemos allí. Eso fue hace unos seis meses. Había algunos huérfanos en los alrededores y Eisten también estaba al cuidado de ellos. Hizo un trabajo estupendo en Rae na Scríne.

Hizo una pausa y cogió una jarra de agua; alzó las cejas para preguntar a Fidelma si ella también quería. Ésta sacudió la cabeza en señal de negación. Brocc se sirvió un poco y fue sorbiendo lentamente.

– Continuad -lo instó Fidelma.

– Bueno, supimos que la peste amarilla había llegado al pueblo este verano. Ataca sin ton ni son. El hermano Midach y yo, por ejemplo, tuvimos un amago, pero nos hemos recuperado. Lo mismo sor Grella. Pero Eisten no tuvo nada. No sucumbió a ella.

– No hay constancia -admitió Fidelma con solemnidad-. Continuad.

– Eisten insistió en quedarse en el pueblo, pero nos enteramos de que las cosas iban empeorando. Midach fue a visitarla allí varias veces la semana pasada. Finalmente, vos nos trajisteis la terrible noticia de que Intat había destruido el pueblo y a sus habitantes supervivientes.

– ¿Conocíais a Intat, por supuesto?

– Personalmente no. Pero sabía que Intat era uno de los hombres de confianza de Salbach. Visteis lo enojado que estaba Salbach cuando vino a la abadía después de que yo le informara de lo que nos habíais dicho. Al principio, pareció que se negaba a creer la historia. Tan sólo la admitió cuando le dijisteis quién erais y se vio, por tanto, incapaz de desafiar vuestra autoridad.

Fidelma se inclinó un poco hacia adelante, mostrando ira en su rostro.

– Es un mal jefe el que acepta la verdad sólo cuando proviene de una autoridad superior a la suya. ¿Se os ocurrió que Intat, por algún motivo, podría estar actuando con el consentimiento de Salbach?

Brocc estaba horrorizado.

– Claro que no. Salbach es de una antigua línea de jefes de los Corco Loígde. Su linaje se remonta a…

Fidelma se mostró abiertamente sarcástica.

– Lo sé; su linaje se remonta a Míl Easpain, el fundador de la raza de los hijos de los Gael. Sin embargo, no sería el primer jefe eminente que va contra las leyes de Dios y del hombre. ¿He de recordaros tal vez que la verdadera razón de que nos encontremos en esta situación es que somos prisioneros de la historia? Fue un rey de Laigin, que también descendía de un linaje de reyes antiguos y eminentes, el que se encargó de asesinar a Edirsceál, el Rey Supremo. Ahí fue cuando empezó este drama.

– Eso es historia antigua, casi leyenda.

– Como esto será dentro de mil años.

Brocc se reclinó en su silla sacudiendo ligeramente la cabeza.

– Yo no creería eso de Salbach. Además, ¿qué beneficio sacaría él?

Fidelma sonrió ligeramente.

– ¿Beneficio? Sin duda, ése es un buen motivo para todas nuestras acciones. ¿Qué beneficio conseguimos con una u otra acción? Bueno, si conociera la respuesta, tendría la respuesta a muchas preguntas. ¿Supongo que conocéis a Salbach desde hace mucho?

– Dieciocho años, desde el día en que llegué a esta abadía. Lo he conocido mejor en los últimos diez años, desde que fui elegido abad por los hermanos.

– ¿Y qué sabéis de él?

– ¿Saber? Sé que se le considera un buen jefe. Tiene el orgullo de su ascendencia y quizás es demasiado autócrata a veces. A pesar de todo, yo creo que se puede decir que es un gobernante justo y razonable.

– Me han dicho que es ambicioso.

– ¿Ambicioso? ¿No somos todos ambiciosos?

– Tal vez. Y los ambiciosos ojos de Salbach han mirado más allá de Corco Loígde.

– Está en su derecho, prima. Si desciende del linaje de Ir, emparentado con Mil Easpain, que conquistó esta tierra en el amanecer de los tiempos y la pobló con los hijos de los Gael…

Fidelma hizo una mueca que parecía de dolor.

– Ahorradme el aburrimiento de la genealogía. La ambición es buena siempre que el gorrión no ansie convertirse en halcón -comentó secamente-. De todas maneras, ¿qué más podéis decirme de Salbach? ¿Conocía a sor Eisten?

– Que yo sepa, no.

– ¿Os sorprendería saber que Eisten estuvo en la fortaleza de Salbach con sor Grella hace tan sólo una semana?

– ¿Así que creéis que hay alguna vinculación entre la muerte de la pobre sor Eisten y la del venerable Dacán? -inquirió.

– Una conexión, sí. Hasta qué punto, no lo sé. Pero estoy decidida a descubrirlo.

El rostro del abad Brocc se había ido alargando al contemplar la perplejidad de la situación.

– Sin embargo, no parece que os hayáis acercado a la resolución del misterio de la muerte de Dacán. Y no tenemos el tiempo de nuestro lado, prima.

– Sabed que soy muy consciente de ello, Brocc -replicó Fidelma.

– Bien, recordad que yo soy el responsable último, según la ley, de la muerte de Dacán. No puedo pagar la compensación o multa.

– Estad en paz, Brocc -le tranquilizó Fidelma-. A Laigin, no le interesáis vos ni los siete cumals de la multa éric. Les interesa el precio de honor y tienen los ojos puestos en la tierra de Osraige. No se contentarán con otra cosa.

– Sin embargo, su barco de guerra sigue ahí quieto -dijo Brocc señalando con la mano hacia la ventana.

– No podéis desaprobar que Laigin haga valer sus derechos -replicó Fidelma-. El barco no hará nada. Está ahí tan sólo para recordaros vuestra responsabilidad como abad al mando de la comunidad donde Dacán encontró la muerte.

Llamaron a la puerta y, después de responder Brocc, entró Cass.

Por la cara que traía Fidelma, supo que no traía buenas noticias.

– Nada -confirmó-. Ni rastro de sor Grella. El capitán estaba furioso, pero no me impidió el registro, incluso en el interior de la apestosa bodega del barco. Juro por mi honor que no está a bordo.

Fidelma sintió una carga sobre sus hombros.

Se levantó y volvió a dirigirse hacia la ventana.

Estaban desplegando las velas del mercante franco. Oía los sonidos de las velas al restallar y henchirse con la brisa de la mañana; oía los gritos de las órdenes confundiéndose con los chillidos de las gaviotas mientras volaban describiendo círculos alrededor del barco, que se movía sereno.

– Otra pared en blanco -dijo casi en voz baja-. Sin embargo, en algún lugar hay una puerta. En algún lugar -añadió con vehemencia.

– ¿Qué camino vais a seguir ahora, prima? -preguntó el abad ansioso.

Fidelma se estaba separando de la ventana cuando percibió un barc a toda vela, que se deslizaba rápidamente hacia el interior de la ensenada, salvando el pesado mercante como un delfín alrededor de una nave. Al momento, una idea pasó por su cabeza y se preguntó por qué no la habría pensado antes. Tomó la decisión casi inmediatamente.

– Me voy a ir un tiempo de la abadía, Brocc -dijo-. El camino que he de seguir no está aquí.

– ¿Adónde vais a ir ahora? -preguntó Brocc asombrado.

– Necesito los servicios de un barc bueno y rápido -respondió Fidelma sin hacer caso a la pregunta del abad-, ¿Dónde puedo fletar uno?

– Un marinero que se llama Ross tiene el barc más veloz de la costa -dijo Brocc, sin tenerlo que pensar-. Pero lo sabe, y eso se refleja en su precio. Veo que su barco está anclado allá abajo. Cualquier pescador os dirá dónde podéis encontrarlo.

– Excelente. Durante mi ausencia, hay algunos objetos que quiero que me guardéis. Constituyen pruebas de mi investigación y no puedo permitirme llevarlas de viaje.

Brocc señaló hacia un gran armario de roble situado en el otro extremo de la habitación.

– Tiene dos cerraduras -le aseguró- y es bastante seguro. Yo suelo guardar allí los objetos valiosos de esta abadía.

Fidelma descolgó su marsupium del hombro, que se había acostumbrado a llevar consigo siempre, y lo puso sobre la mesa. Sin decir una palabra, el abad sacó de debajo de su mesa un juego de llaves en un anillo, que ella supuso que debía de estar colgado de algún gancho escondido, y se dirigió al armario y abrió la puerta. Le indicó a Fidelma que le llevara el marsupium y lo colocó dentro. La muchacha observó cómo cerraba con llave la puerta y devolvía las llaves a su escondrijo.

– Si volviera a aparecer sor Grella, quiero que la retengan, hasta que yo regrese. ¿Entendido? -preguntó a Brocc.

El abad indicó que así sería.

Satisfecha, Fidelma se volvió hacia Cass.

– Venid, entonces; vayamos en busca de ese Ross y negociemos con él el precio de nuestro viaje.

Brocc estaba de pie indeciso.

– ¿Pero, adónde vais? ¿Cuánto tiempo vais a estar fuera? Si he de encarcelar a sor Grella, he de tener alguna idea al respecto.

Fidelma se detuvo en la puerta y una vez más compadeció a su primo con expresión afligida. Volvió a tener la sensación de que era un chiquillo perdido.

– Es mejor que nadie sepa adónde hemos ido hasta que regresemos. Mientras tanto, si sois capaces de detener a sor Grella, decidle sencillamente que se la retiene como testigo de la muerte del que fue su marido, el venerable Dacán. Con la ayuda de Dios, regresaremos antes de una semana.

Brocc abrió la boca preocupado.

– ¿Una semana entera? -Su voz se mostró llena de angustia, pero Fidelma ya había abandonado la estancia y Cass iba tras ella.

Capítulo XIII

– Aquello es Na Sceilig. ¡Mirad! Allí delante de nosotros, en el horizonte.

El que hablaba era Ross, de pie en la cubierta de popa de su barco. Señalaba hacia el otro extremo de la franja del océano. Sus ojos de color verde oscuro, que reflejaban el humor cambiante del mar, se entornaron. Era un hombre bajito y robusto, un veterano con cuarenta años de marinería encima, cabello grisáceo y muy corto. Tenía la piel, curtida por los vientos marinos, casi de color avellana. Era un hombre de un humor hosco y siempre tenía a punto un grito cuando algo le desagradaba.

Su veloz barc quedaba a dos días de Ros Ailithir, donde Fidelma había negociado un precio bastante exorbitante con el marino para que los llevara al monasterio de Finan en Sceilig Mhichil y luego los trajera de vuelta. El barco había seguido las rutas costeras, siguiendo un débil viento que soplaba del nordeste que los había llevado hasta los límites de Muman por el sur, y luego Ross había maniobrado su barco para aprovechar el rápido flujo de la marea, que los había lanzado en dirección norte.

Fidelma se protegía los ojos de la luz con las manos y se quedó boquiabierta ante las espectaculares rocas que sobresalían del mar frente a ella. Había dos islas situadas a unas ocho millas de tierra, unas pirámides desoladas, agrietadas y con crestones, que, a modo de castillos, se alzaban escarpadas y aterradoras sobre las aguas oscuras y melancólicas. Su magnificencia de aspecto terrible hizo que Fidelma contuviera la respiración.

El nombre «Sceilig» implicaba rocas, pero ella no estaba preparada para tales masas pizarrosas y amenazantes.

– ¿En qué isla se encuentra el monasterio? -preguntó Fidelma.

– Aquélla, la mayor de todas -le indicó Ross, señalando el espectáculo de forma piramidal que se elevaba más de setecientos pies sobre el agua.

– Pero yo no veo lugar donde desembarcar, y menos un lugar para construir algo habitable -protestó Fidelma mientras contemplaba asombrada las laderas verticales de la isla.

Ross se golpeó adrede un lado de la nariz con el índice nudoso.

– Oh, hay un lugar bastante apropiado para desembarcar, si no os asustan las alturas, podéis escalar hasta el monasterio, pues se encuentra allá arriba -dijo señalando hacia los picos elevados de la isla-. Los monjes llaman al lugar la Silla de Montar de Cristo, por estar tan elevado. Está situado entre aquellos dos puntos de allí.

Fidelma percibió el sonido cacofónico que emitían las aves marinas que revoloteaban. Unos grandes alcatraces, cuyas alas tenían una envergadura de seis pies, sobrevolaban y planeaban por alrededor describiendo círculos. De vez en cuando, se lanzaban en picado a toda velocidad contra el agua en busca de pescado.

La segunda isla parecía estar coronada por un anillo de aves chillonas que revoloteaban. Al principio Fidelma pensó que, por algún milagro, era un casquete de nieve, hasta que Ross advirtió que eran los excrementos de los pájaros amontonados a lo largo de siglos.

– Anidan en Little Sceilig -explicó Ross-. No sólo alcatraces, sino también gaviotas, cormoranes, araos comunes, gaviotas tridáctilas, alcas comunes, fulmares e incluso otras aves cuyos nombres he olvidado.

Cass, que había permanecido en silencio, de repente hizo un comentario.

– He aquí un lugar imponente para castigar el alma.

Fidelma le sonrió, sorprendida de que su mente, normalmente tan imperturbable, se hubiera conmovido.

– He aquí un lugar para elevar el alma -corrigió la joven-, pues nos muestra precisamente cuan insignificantes somos en el gran orden de la creación.

– Todavía no sé por qué habéis querido venir a este lugar aislado -murmuró Cass, contemplando los impresionantes acantilados de la isla.

Fidelma decidió que ya era momento de ceder un poco y revelar lo que tenía en la mente.

– ¿Recordáis la vitela que encontramos en la habitación de Grella? ¿La carta que Dacán escribió a su hermano, el abad Noé? La escribió la noche antes de que lo mataran y decía que había seguido el rastro de su presa, ¿recordáis que utilizó esta palabra, «presa»?, hasta el monasterio de Sceilig Mhichil. Buscaba el heredero de la línea originaria de los reyes de Osraige. Mi idea es que lo mataron por saber eso y que el siguiente paso en el camino para resolver el misterio reside en esa isla inexpugnable que veis delante de vos.

Cass dirigió la mirada a Fidelma y luego a esa masa gris tan elevada. Apretó los labios pensativo.

– ¿Esperáis encontrar a quienquiera que fuera aquel que buscaba Dacán en la isla?

– Ciertamente Dacán lo encontró.

Que Ross y su tripulación, como la mayoría de hombres de mar de las zonas costeras, conocían bien su oficio quedó demostrado en los siguientes minutos, cuando consiguieron encontrar un lugar para desembarcar; no lo vieron hasta que llegaron a pocas yardas de él. Las olas amenazaban con lanzar el barco contra las rompientes de rocas rodeadas de espuma, haciendo que todos quedaran empapados de agua de mar. Costó un rato anclar cerca para que pudieran desembarcar.

– No es bueno que nos quedemos cerca de las rocas de este desembarcadero -gritó Ross con fuerza para que su voz se alzara sobre las olas rompientes y los chillidos de las aves marinas-. Cuando hayáis desembarcado, nos alejaremos un poco de la isla y esperaremos hasta que nos hagáis una señal para ir a recogeros.

Fidelma levantó una mano para indicar que le había entendido y se dispuso a saltar desde el lateral de la barca hasta un estrecho saliente granítico que constituía un desembarcadero natural.

Cass saltó primero para hacerse con una posición segura y así poder ayudar a Fidelma a desembarcar.

Al girarse y avanzar por la estrecha franja de roca, vieron a un anacoreta con hábito marrón que se aproximaba deprisa por el peligroso y escarpado sendero. Fruncía las cejas sobre sus ojos castaños y los examinaba con obvia inquietud.

– Bene vobis -saludó Fidelma.

El monje se detuvo repentinamente y una mirada de irritación intensificó sus rasgos.

– Hemos visto que venía un barco a tierra. Este lugar está prohibido a las mujeres, hermana.

Fidelma alzó las cejas amenazante.

– ¿Quién es el padre superior?

El monje se mostró dudoso ante el tono glacial de Fidelma.

– El padre Mel. Pero, como he dicho, hermana, nuestros hermanos habitan aquí aislados de la compañía de las mujeres, de acuerdo con las ideas de san Finan.

Fidelma sabía que había algunos monasterios donde la presencia de las mujeres estaba estrictamente prohibida, pues algunos, como Finan de Clonard o Enda de Aran, creían que las Escrituras enseñaban que las mujeres eran una creación del Maligno y no había que mirarlas nunca. Tales enseñanzas heréticas eran un anatema para Fidelma, que no aprobaba en absoluto tal idea recibida de Roma. Para ella, era poco más que una tentativa de imponer el celibato y el aislamiento de uno y otro sexo basándose en el argumento propuesto por Agustín de Hipona de que el hombre estaba creado a imagen de Dios, pero las mujeres no.

– Yo soy Fidelma, hermana de Colgú, rey de Muman. Soy dálaigh de los tribunales y actúo por encargo del rey, mi hermano.

Fidelma nunca habría utilizado esta forma de presentación si hubiera considerado que había otra manera de vencer esa acogida oficiosa.

– Estoy aquí para llevar a cabo una investigación respecto a una muerte ilegal. Ahora, conducidme hasta el padre Mel al momento.

El monje parecía horrorizado y parpadeaba nervioso.

– No me atrevo, hermana.

Cass aflojó, de forma ostentosa, la espada de la vaina, mirando fijamente hacia arriba el camino por el que había descendido el monje.

– Creo que deberíais atreveros -dijo fríamente, como poniendo voz a sus pensamientos.

El monje le lanzó una mirada ansiosa y luego dirigió sus ojos a Fidelma; después, apretó los labios para ocultar su ira y su frustración. Ambos veían que luchaba con sus pensamientos. Al cabo de un momento o dos, hizo un gesto de resignación.

– Si me podéis seguir, llegaréis hasta el padre Mel. Si no… -Había un cierto desdén en su voz y no acabó la frase.

Se giró y comenzó a subir por el sendero que al principio resultaba fácil de recorrer, pero luego se estrechaba repentinamente. Es más, el camino casi acababa e iban ascendiendo casi por las pendientes verticales de un saliente rocoso a otro, aunque, por diversos sitios, los monjes habían tallado algunos escalones en las paredes escarpadas de la roca. El ascenso era dificultoso. El viento soplaba y los azotaba, amenazándolos a veces de arrancarlos del camino y lanzarlos dando tumbos por las laderas hasta las turbulentas y espumosas aguas. En varias ocasiones, Fidelma, con el cabello chorreando y la capucha bajada, tuvo que ponerse a cuatro patas y agarrarse con fuerza a las rocas del camino para sostenerse.

El anacoreta, acostumbrado al ascenso, apresuró el paso y Fidelma, irritada, corrió algún riesgo para alcanzar al hombre. Cass, que iba detrás de ella, tuvo que tender la mano para sujetarla varias veces. Al final, llegaron a una extraña meseta, un lugarcito verde situado entre dos picos con dos cruces de piedra.

A partir de ese punto, una serie de escaleras conducían a través de unas rocas como colmillos a otra meseta donde un muro de piedra, que recorría una ladera, era la única barrera que la separaba de los escarpados acantilados que caían al mar.

Fidelma se detuvo ante la vista espectacular del aquel Little Sceilig coronado de blanco y el neblinoso perfil de la isla.

En la meseta estaba el monasterio construido por Finan hacía cien años. Había seis clocháns, o cabañas de piedra con forma de colmena, con un oratorio de forma rectangular. Detrás de éstos, había otros edificios y otro oratorio. A Fidelma le sorprendió ver un pequeño cementerio trasero con losas y cruces. Se preguntó cómo aquella isla de peñascos podía tener tierra suficiente para enterrar algo. Era un lugar salvaje, incluso cruel, para intentar vivir.

Había varios hermanos que se ocupaban de un jardincillo situado tras una protección artificial de muros de laja. Le sorprendió ver que también había dos pozos.

– Éste es un lugar realmente asombroso -le susurró a Cass-. No es de extrañar que los hermanos sean tan inflexibles con su privacidad.

El anacoreta que los había acompañado había desaparecido, probablemente en el interior de uno de los edificios de piedra.

Los jardineros los habían visto y habían parado de trabajar y murmuraban entre sí intranquilos.

– No creo que les guste veros, Fidelma -dijo Cass posando su mano sobre la empuñadura de la espada.

El anacoreta reapareció con la misma brusquedad con que había desaparecido.

– Por aquí. El padre Mel hablará con vos.

Encontraron a un viejo de cara arrugada sentado con las piernas cruzadas en una de las cabañas. Era tan pequeña que tenían que seguir el ejemplo del viejo y sentarse en alguna de las pieles de oveja que cubrían el suelo o quedarse de pie, ligeramente agachados. Fidelma tomó la iniciativa y se sentó cruzando las piernas frente al viejo.

Él la observó pensativo con unos brillantes ojos azules. Su rostro parecía esculpido con rocas de la isla. Severo y granítico. Las arrugas eran muchas y estaban grabadas profundamente en su cara curtida por las inclemencias del tiempo.

– In hoc loco non ero, ubi enim ovis, ibi mulier… ubi mulier… ibi peccatum -entonó el viejo desapasionadamente.

– Soy consciente de que no deseáis relacionaros con mujeres -replicó Fidelma-. No me entrometería en vuestra regla a menos que hubiera un motivo de causa mayor.

– ¿Un motivo de causa mayor? La relación de los sexos en la fe es contraria a la disciplina de la fe -gruñó el padre Mel.

– Al contrario, si ambos sexos renuncian uno a otro, pronto no habrá gente, fe o iglesia -respondió Fidelma con cinismo.

– Abneganbant mulierum administrationem separantes eas a monasteriis -entonó el padre Mel piadosamente.

– Podemos quedarnos aquí sentados y disertar en latín, si queréis -suspiró Fidelma-. Pero yo he venido para asuntos más importantes. No es mi deseo exigir nada donde no soy bienvenida, aunque me cuesta creer que haya lugares en los cinco reinos de Éireann donde nuestras leyes y costumbres se rechacen de forma tan lamentable. Sin embargo, cuanto antes consiga respuestas a mis preguntas, antes podré partir de este lugar.

Las cejas del padre Mel palpitaron debido a la irritación que le producía su respuesta.

– ¿Qué deseáis? -inquirió fríamente-. Mi discípulo me ha dicho que erais dálaigh y veníais por encargo del rey temporal de esta isla.

– Así es.

– ¿Entonces qué he de hacer para satisfacer vuestro encargo y permitiros partir con rapidez?

– ¿Hay alguien de la tierra de Osraige en este monasterio?

– Acogemos a todos en nuestra hermandad.

Fidelma controló su irritación ante una respuesta tan poco concreta.

– Eso no es lo que he preguntado.

– Muy bien, yo mismo soy de Osraige -replicó el padre Mel con falta de seguridad-. ¿Qué queréis de mí?

– Creo que hace algún tiempo alguien de Osraige encontró refugio aquí. Un descendiente de los reyes originarios. Un heredero de Illan. Si es así, deseo verlo, pues temo que su vida esté en peligro.

El padre Mel medio sonrió.

– ¿Entonces quizás deseéis hablar conmigo? Illian, de quien habláis, era primo mío, aunque yo no me consideraría heredero de ninguna gloria temporal.

– ¿Es eso cierto? -Dacán había dicho que el heredero de Illian estaba el cuidado de un primo, pero en ningún caso esperaba que éste fuera el anciano padre superior.

– No tengo por costumbre mentir, mujer -soltó el anciano-. ¿Ahora, creéis que mi vida está en peligro?

Fidelma sacudió la cabeza lentamente. El padre Mel no constituía una amenaza para la seguridad de los actuales reyezuelos de Osraige, ni tampoco un punto de reunión para cualquier futura insurrección.

– No. No estáis en peligro. Pero me han dicho que hay un joven heredero de Illian, cuyo primo, obviamente vos, lo cuidaba.

El rostro del padre Mel se quedó petrificado.

– No hay ningún joven heredero de Illian en esta isla -dijo con firmeza-. Os lo juro.

¿Aquel duro y arduo viaje habría sido realmente en balde? ¿Acaso Dacán había cometido el mismo error? El padre Mel no podía hacer tal juramento si no fuera así.

– ¿Hay algo más? -añadió el padre Mel con tono seco.

Fidelma se levantó intentando por todos los medios ocultar su decepción.

– Nada más. Acepto que es verdad lo que decís. No cobijáis a ningún heredero de Illian. -Vaciló-. ¿Os ha visitado el comerciante Assíd de Laigin?

El padre Mel le devolvió la misma mirada.

– Muchos comerciantes desembarcan aquí. Yo no recuerdo sus nombres.

– ¿Entonces, os dice algo el nombre del venerable Dacán?

– Un estudioso de la fe -contestó el padre superior sin dudar-. Todos han oído hablar de él.

– ¿Nada más?

– Nada más -afirmó el viejo-. ¿Entonces, si eso es todo…?

Fidelma salió claramente decepcionada. Cass la siguió, mostrando sorpresa en el rostro.

– ¿Eso es todo? -le preguntó-. ¿No habremos venido hasta aquí para esto?

– El padre Mel no habría jurado que no había un heredero de Illian en el monasterio si lo hubiera -señaló Fidelma.

– Hay religiosos que mienten -rebatió Cass.

De repente se dieron cuenta de que un anacoreta, un hombre de mediana edad y aspecto lúgubre, les cortaba el paso.

– Yo… -empezó a decir el hombre vacilando-. Yo os he oído. Habéis preguntado si hay alguien de Osraige aquí. Refugiados.

El rostro del monje mostraba un profundo contraste de emociones.

– Así es -admitió Fidelma-. ¿Cómo os llamáis?

– Soy el hermano Febal. Me ocupo del cuidado de los jardines.

De repente el monje sacó de su hábito un objeto pequeño y se lo entregó a Fidelma con cierta solemnidad.

Era un muñeco; viejo, deteriorado por la intemperie, con el relleno que se salía por las junturas rotas, por el tejido rasgado o roto.

– ¿Qué es esto? -preguntó Cass.

Fidelma se lo quedó mirando y le dio la vuelta con las manos.

– ¿Qué queréis decirnos respecto a esto, hermano?

El hermano Febal dudó, lanzó una mirada hacia la cabaña del padre superior y les indicó que le siguieran por un caminito más abajo del sendero, fuera del alcance de la vista del grupo principal de edificios.

– El padre Mel no os ha dicho exactamente la verdad -confesó-. El buen padre tiene miedo; no por él, sino por sus responsabilidades.

– Estaba segura de que era muy parco con la verdad -replicó Fidelma con gravedad-. Pero no puedo creer que mintiera tan descaradamente si hubiera un joven heredero de Illian de Osraige en esta tierra.

– No lo hay; así que dijo la verdad -respondió el padre Febal-. Sin embargo, hace seis meses trajo a dos niños a la isla. Nos dijo que su padre, un primo suyo, había muerto y que él se iba a ocupar de ellos durante unos meses hasta que se les encontrara una nueva casa. Cuando el más joven se empezó a aburrir aquí, como pasa con los niños, el mayor le hizo este muñeco para distraerlo. Una vez que se fueron, yo me encontré con que se lo había olvidado.

Fidelma estaba desconcertada.

– Dos chicos. ¿De qué edad?

– Uno de unos nueve años, el otro sólo un poco mayor.

– ¿Entonces no había uno mayor con ellos? ¿Un muchacho a punto de llegar a la edad de elegir?

Con gran decepción por su parte, el hermano Febal sacudió la cabeza en señal de negación.

– Sólo había dos chavales. Eran de Osraige y primos del padre Mel. Es lo que sé.

– ¿Por qué nos explicáis esto? -inquirió Cass con suspicacia-. Vuestro padre superior no nos ha confiado la verdad.

– Porque yo reconozco el emblema de la guardia personal del rey Cashel y porque he oído que vos, hermana, sois abogado de los tribunales. No creo que queráis hacer daño a los niños. Por encima de todo, os lo digo porque temo que estén en gran peligro y espero que los ayudéis.

– ¿Qué os hace pensar que algún peligro los amenaza? -preguntó Fidelma.

– Hace tan sólo dos semanas, llegó aquí un barco con un religioso que se llevó a los dos chiquillos. Oí que el padre Mel se dirigía al hombre llamándole «honorable primo». Luego, al cabo de unos días, llegó otro barco aquí con la misma misión que vos. Había un hombre que exigió la misma información que vos.

– ¿Podéis describirlo?

– Un hombre de cara larga y roja, vestido con un yelmo de acero y una capa de lana con ribetes de piel. Afirmó que era un jefe y llevaba una cadena de oro que indicaba su cargo.

Fidelma tragó saliva asombrada.

– ¡Intat! -gritó Cass triunfante.

El hermano Febal parpadeó ansioso.

– ¿Conocéis a ese hombre?

– Sabemos que es malvado -afirmó Fidelma-. ¿Qué le dijeron de esos chicos?

– El padre Mel le explicó la misma historia que a vos. Pero uno de los hermanos, justo cuando este hombre se iba, mencionó sin querer a los dos chicos y que un religioso se los había llevado hacía poco tiempo.

– ¿E Intat se marchó?

– Sí. Mel estaba indignado. Exigió que todos nos olvidáramos de los niños. Pero yo confío en que vos actuéis en bien de los chicos. Y no así el hombre que vino en su busca. Si encuentra a los niños… -El monje acabó encogiéndose de hombros.

– Nosotros los buscamos para protegerlos, hermano -le aseguró Fidelma-. Es cierto que corren peligro por culpa de ese hombre. ¿Sabéis quiénes eran los niños, sus nombres y adónde han ido?

– Desgraciadamente, incluso el padre Mel no pronunciaba sus nombres, sino que los llamaba por la forma en latín, Primus y Víctor. Fijaos en el muñeco: ese trozo de trapo está marcado con las siguientes palabras. «Hic est meum. Víctor». Significa «esto es mío, Victor» en latín.

– ¿Los podéis describir? -Fidelma no indicó que sabía muy bien lo que significaban aquellas palabras.

– No mucho. Ambos tenían el cabello cobrizo.

– ¿Cobrizo? -repitió Fidelma, que se sintió frustrada, pues hubiera esperado algo que pudiera reconocer.

– ¿Os enterasteis de adónde fueron cuando marcharon de aquí?

– Sólo de que el religioso que se los llevó era de una abadía de algún lugar del sur. El joven, Victor, era un buen chico. Devolvedle este muñeco y yo rezaré al arcángel Miguel, guardián de nuestro pequeño monasterio, por que estén a salvo.

– ¿Podéis decirnos algo del religioso…? ¿Qué aspecto tenía?

– Eso sí que no. Llevaba el cuerpo y la cabeza bien envueltos en sus hábitos, pues hacía mal tiempo. No me fijé en sus rasgos. No era joven, pero tampoco viejo. Eso es lo único que sé.

– Gracias, hermano. Nos habéis sido muy útil.

– Os conduciré camino abajo y haré una señal a vuestro barco. Tengo la conciencia tranquila ahora que os he confesado esto.

Cass puso una mano en el brazo de Fidelma para detenerla.

– ¿Por qué no vamos a plantarle cara a ese viejo otra vez? -inquirió-. Vayamos a decirle lo que sabemos y a exigirle que nos diga adónde se ha llevado a los chicos su primo.

Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación.

– No vamos a sacar nada más de un hombre como el padre Mel -replicó Fidelma-. Nuestro camino es volver a Ros Ailithir.

Una vez a bordo del barc de Ross, la nave fue avanzando de bolina a lo largo de las delgadas y entrecortadas líneas de las penínsulas del reino, poniendo rumbo al sur velozmente.

– Un largo viaje para tan poco -reflexionó Cass, mientras observaba a Fidelma que iba dándole vueltas al muñeco en sus manos.

– A veces, incluso una palabra o una frase podrían resolver el mayor enigma y hacer que todo encajara -replicó Fidelma.

– ¿Qué hemos aprendido en este arduo viaje hasta Sceilig Mhichil que no sospecháramos antes? ¿Si hubiéramos interrogado más a ese viejo religioso…?

– A veces confirmar lo sabido es tan importante como lo que se sabe -interrumpió Fidelma-. Y hemos relacionado a Intat con el misterio de la muerte de Dacán. Dacán buscaba al hijo de Illian, a quien creía llegado a la edad de elegir. Ahora sabemos que había dos hijos jóvenes, pero no en la edad de elegir. Intat llega aquí buscando a la descendencia de Illian. Dacán trabajaba para Laigin, pero Intat es un hombre de los Corco Loígde. Se empieza a dibujar algo.

– Aparte de la implicación de Intat en este rompecabezas, ¿qué más hemos aprendido? -inquirió Cass.

– Hemos aprendido que el patrón del monasterio de Sceilig Mhichil es el arcángel Miguel. Eso es lo que significa en realidad el nombre «roca de Miguel». Y hemos aprendido que Mel llamaba al hombre que recogió a los chicos «honorable primo».

Cass no sabía si Fidelma estaba bromeando.

– ¿Qué información práctica hemos aprendido? -inquirió Cass.

Fidelma sonrió con afabilidad.

– Hemos aprendido otras cosas. Hay dos herederos de Illian. Se fueron de Sceilig Mhichil hace dos semanas, casi al mismo tiempo que Dacán era asesinado, y ahora los busca Intat. Yo creo que Intat los estaba buscando cuando prendió fuego a Rae na Scíne. No creo que los encontrara y apostaría que deben de estar en Ros Ailithir o por ahí cerca.

– Si todavía viven -añadió Cass, que de repente se sentía interesado-. Ni siquiera sabemos quiénes son. Dos muchachos de cabello cobrizo. Yo no me he encontrado con unos chicos de cabello cobrizo. Ni siquiera sabemos sus verdaderos nombres. Sabemos que Primus y Víctor no eran sus nombres. Esto no nos presenta ninguna pista que podamos seguir.

– Tal vez -admitió Fidelma pensativa-. Entonces, otra vez… -se encogió de hombros y se quedó callada.

Capítulo XIV

Los finos rasgos del abad Brocc se relajaron aliviados cuando Fidelma entró en su habitación.

– Me acabo de enterar de que habéis desembarcado. ¿Ha sido fructífero vuestro viaje, prima? -preguntó con impaciencia, levantándose para recibirla.

– Me ha aportado algún conocimiento -replicó Fidelma evasiva.

El abad vaciló, como si no supiera si debía presionar a su prima un poco más al respecto, pero decidió no hacerlo.

– Tengo noticias -añadió, indicándole que se sentara-. Sin embargo, me temo que son malas noticias.

Fidelma se sentó mientras Brocc levantaba una tablilla de cera.

– Ayer recibí este mensaje; el Rey Supremo tiene la intención de llegar aquí en los próximos días.

La sorpresa que mostró Fidelma le complació. Se enderezó en su asiento. Abrió bien los ojos.

– ¿Sechnassach, el Rey Supremo? ¿Viene aquí?

Brocc asintió con énfasis.

– Ha ordenado que el tribunal ha de ver las reclamaciones de Laigin contra Muman a propósito de la muerte de Dacán en la abadía donde lo asesinaron. Sus palabras dicen que era… -Brocc dudó y echó una ojeada a la tablilla-…apropiado que la vista tuviera lugar aquí.

– ¿Sí? -Fidelma alargó la palabra, como si fuera un largo suspiro-. ¿Y todo el tribunal viene con él?

– Por supuesto. El gran brehon Barrán se erigirá en juez con el Rey Supremo, y el arzobispo Ultan de Armagh viene en representación de las órdenes eclesiásticas de los cinco reinos. Vuestro hermano Colgú y sus consejeros también están al llegar.

– Y supongo que el joven Fianamail, el rey de Laigin, y sus abogados pronto estarán aquí.

– Fianamail trae al abad Noé y a su brehon Forbassach.

– ¡Forbassach! ¿Así que Forbassach defenderá la causa para Laigin?

A pesar de que no le gustaba nada el abogado de Laigin, Fidelma sabía que tenía una inteligencia viva y era un jurista competente, y alguien a quien no se había de subestimar. Sin duda alguna, sería de lo más mordaz, pues querría devolver a Fidelma que por su culpa lo expulsaran de Cashel.

– ¿Para cuándo exactamente se espera su llegada? -preguntó, sintiendo, tal como Brocc había previsto, que no eran buenas noticias.

– Dentro de unos días, a fines de semana como muy tarde. -Brocc se mostraba claramente nervioso al saberse anfitrión de semejante asamblea en la que él ocupaba el lugar del acusado-. Decidme, prima, ¿estáis más cerca de resolver el misterio?

Su voz sonaba como una súplica, pero Fidelma no podía apaciguar sus miedos.

Se puso en pie y se dirigió hacia la ventana, dirigiendo su mirada a la ensenada.

– He visto, cuando veníamos hacia Ros Ailithir, que el barco de guerra de Mugrón todavía está anclado ahí.

Brocc se quedó con los hombros algo caídos.

– Laigin no renunciará a la querella antes de que se reúna la asamblea.

Fidelma se giró hacia el interior de la habitación mirando al abad.

– ¿Supongo que el Rey Supremo y su séquito vendrán en barco?

– Al igual que el rey de Laigin y su comitiva -confirmó Brocc-. Se supone que he de ofrecer hospitalidad a todos ellos. El hermano Rumann y el hermano Conghus se están volviendo locos por encontrar acomodo y comida para todos. Oh, y eso significa que la habitación en la que lleváis a cabo vuestras investigaciones ya no estará disponible. Podéis seguir utilizando la misma habitación en el hostal para vuestro uso personal, tal como corresponde a vuestro rango, pero el joven soldado… ¿Cómo se llama…? ¿Cass? Él tendrá que usar una cama en una de las residencias.

– No hay nada que hacer. Tenéis mucho que preparar para la asamblea.

Brocc la examinó con pesimismo.

– Y vos también, prima, pues de vos depende nuestro futuro.

Fidelma no necesitaba que Brocc se lo recordara. Las palabras del Evangelio de Lucas le vinieron con rapidez a la mente: «A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho le será demandado». Nunca, desde que había recibido su titulación en leyes, se le había exigido tanto. Sentía aquella responsabilidad como una pesada carga. A pesar de sus esfuerzos, de lo más agotadores, seguía viendo un espejo ahumado donde se aparecían unas sombras sugestivas, pero no había nada claro ni nada que tuviera sentido.

Brocc percibió la ansiedad que había en su rostro y ablandó su actitud.

– Es sólo que estoy realmente empezando a preocuparme, prima. Nunca he asistido a una asamblea del Rey Supremo -añadió con una cierta fascinación-. Si no fuera porque se me acusa en este asunto, sería una experiencia estimulante.

Fidelma alzó las cejas con cinismo.

– ¿Una experiencia estimulante? También puede ser funesta si no podemos presentar pruebas que demuestren vuestra inocencia y que eviten que la demanda de Laigin lleve a una guerra entre los dos reinos.

Se hizo un silencio incómodo; luego Fidelma habló sin esperar una respuesta positiva.

– No me habéis dicho si tenéis noticias de sor Grella. ¿Supongo que no ha regresado?

Brocc hizo una mueca de desolación y confirmó lo que suponía.

– No. Simplemente ha desaparecido. Por lo que me habéis dicho, me temo que ha huido con su culpabilidad.

Fidelma frunció el ceño y se levantó.

– Eso hemos de verlo. Necesitaré las cosas que os dejé.

Brocc asintió con rapidez, alcanzando las llaves bajo la mesa. Fidelma lo observó mientras iba hasta el armario y abría la puerta. Sacó el marsupium de Fidelma y se lo entregó.

Fidelma metió la mano y rebuscó dentro para comprobar que no faltaba nada.

Aspiró hondo. Alguien había tocado el contenido de la bolsa. El trozo de varita quemada en ogham y las vitelas que encontró en la habitación de sor Grella no estaban. Sin embargo, las tiras y la falda de lino de donde se habían rasgado todavía estaban allí.

– ¿Qué pasa? -preguntó Brocc corriendo a su lado.

Ella se quedó un rato callada. No servía de nada responder emocionalmente a la desaparición de la prueba crucial que ella había recogido y colocado en lugar seguro.

– Alguien me ha quitado de la bolsa algunas pruebas vitales.

– No lo entiendo, prima -afirmó Brocc. Parecía realmente asombrado. Su rostro se ruborizó de frustración.

– ¿Cuándo abristeis por última vez este armario, Brocc? -preguntó.

– Cuando me pedisteis que depositara la bolsa dentro por seguridad.

– ¿Y dónde guardáis las llaves?

– Están colgadas, como habéis visto, en unos ganchos bajo la mesa.

– ¿Y lo sabe mucha gente?

– Yo creía que era el único que sabía exactamente dónde se guardaban las llaves.

– No costaría mucho encontrarlas. ¿Cuánta gente sabía que los objetos valiosos a veces se guardan en ese armario?

– Tan sólo algunos de los miembros más antiguos de la abadía.

– Y, no hace falta decirlo, cualquiera pudo tener acceso a vuestra habitación mientras vos cumplíais con los deberes de vuestro cargo.

Brocc exhaló suavemente.

– Ninguno de los hermanos de esta abadía cometería un crimen como el de robar al abad, prima. Eso va más allá de los límites de las reglas de nuestra orden.

– También el asesinato -replicó Fidelma secamente-. Sin embargo, alguien de esta abadía mató a Dacán y a sor Eisten. Decís que sólo los miembros más antiguos de la abadía sabían que los objetos valiosos a veces se depositaban aquí. ¿Como quién?

Brocc se frotó la barbilla.

– El hermano Rumann, por supuesto. El hermano Conghus. El profesor principal, el hermano Ségán. El hermano Midach… Oh, y sor Grella, por supuesto. Pero no está aquí. Eso es todo.

– Es suficiente. -Fidelma estaba irritada-. ¿Por casualidad mencionasteis que yo os había dejado algunos objetos valiosos mientras estaba fuera?

Las delgadas mejillas de Brocc se ruborizaron.

– Los clérigos más antiguos me preguntaron dónde habíais ido -admitió con renuencia-. No pude decírselo, pues no lo sabía. Pero todos estaban interesados en que este asunto se aclarase. Yo dije que creía que teníais pruebas, que dejasteis… Bueno, yo creo que mencioné que… Dije que sor Grella tenía que ser retenida hasta que regresarais y…

Se detuvo al ver la mirada de rabia de Fidelma.

– Así que quizás alguno no tardaría mucho tiempo en encontrar el lugar lógico donde se esconden esas llaves. También podíais haber dado las instrucciones.

– ¿Qué puedo decir? -Brocc extendió sus manos como para protegerse del desprecio que denotaban las palabras de Fidelma-. Lo siento de verdad.

– No más que yo, Brocc -espetó Fidelma, dirigiéndose a la puerta, irritada con la actitud negligente de Brocc, que había conducido a la pérdida de sus pruebas más importantes-. Pero la pérdida de estas cosas no impedirá que descubra al culpable; sólo tal vez, me impedirá probar su implicación.

La primera persona que vio cuando atravesó los patios interiores que conducían al hostal fue la joven sor Necht. Se quedó sorprendida cuando percibió a Fidelma.

– Pensaba que os habíais marchado -la saludó con su voz ronca.

Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación.

– No puedo marcharme hasta que mi investigación se haya completado.

– Me han dicho que habéis ordenado que retuvieran a sor Grella.

– Sor Grella ha desaparecido.

– Sí. Todos lo saben y creen que ha huido. ¿Alguien la ha buscado en Cuan Dóir, la fortaleza de Salbach? -sugirió la novicia.

– ¿Y eso por qué? -inquirió Fidelma sorprendida.

– ¿Por qué? -La hermana se frotó la cara y se quedó pensativa-. Porque la ha visitado con frecuencia sin decírselo a nadie. Es una buena amiga de Salbach. -Necht hizo una pausa y sonrió-. Lo sé porque sor Eisten me lo dijo.

– ¿Qué dijo sor Eisten?

– Oh, que Grella una vez la había invitado a la fortaleza de Salbach porque éste estaba supuestamente interesado en su orfanato. Me dijo que parecían muy buenos amigos.

Fidelma se quedó mirando durante un minuto los ojos candidos de la novicia.

– Tengo entendido que Midach es vuestra anamchara, vuestra alma amiga.

Fidelma se preguntó por qué aquella pregunta había provocado tal mirada de pánico en el rostro de la novicia. Pero en un santiamén había desaparecido. Sor Necht sonrió a la fuerza.

– Es cierto.

– ¿Hace tiempo que conocéis a Midach?

– Casi toda mi vida. Era amigo de mi padre y me presentó en la abadía.

Fidelma se preguntaba cuál era la mejor manera de tratar el tema y decidió que el mejor camino era el más directo.

– No tenéis por qué aguantar los insultos, como sabéis -dijo.

Recordaba que Midach había zarandeado a la joven religiosa y también el guantazo que le había propinado en la cabeza.

Sor Necht se ruborizó.

– No sé a qué os referís -respondió la joven.

Fidelma hizo una mueca conciliadora. No quería que la muchacha se sintiera humillada al saber que alguien había visto cómo la maltrataban.

– Sólo es que oí por casualidad a Midach que os echaba una bronca por algo y pensé que tal vez os habría maltratado. Fue en el jardín hace una semana, justo antes de que yo me fuera.

Fidelma se dio cuenta de que había algo más que humillación en los ojos de la novicia. Era algo parecido al miedo.

– No fue… no fue nada. Había dejado de hacer un trabajo para Midach. Es un buen hombre. A veces se crispa un poco. ¿No vais a informar al abad de esto? Por favor…

Fidelma sonrió para tranquilizarla.

– No, si no queréis, Necht. Pero nadie, en particular una mujer, debería aguantar los abusos verbales de otros. Para el Bretha Nemed, constituye un delito que una mujer sea acosada y especialmente que sufra malos tratos verbales. ¿Lo sabíais?

Sor Necht sacudió la cabeza en señal de negación, mirando al suelo.

– Ninguna mujer tiene que cruzarse de brazos y dejar que la maltraten -continuó Fidelma-. Y el maltrato no tiene por qué ser físico, y si una persona se burla de una mujer, critica su aspecto, llama la atención sobre cualquier defecto físico o la acusa erróneamente de cosas que no son ciertas, ha de repararlo según la ley.

– No era nada serio, hermana -dijo Necht, sacudiendo la cabeza-. Os agradezco vuestro interés, pero, en verdad, Midach no tenía intención de hacerme daño.

Estaba sonando la campana del ángelus y sor Necht murmuró una excusa y se fue corriendo.

Fidelma suspiró profundamente. Le pareció que le ocultaba algo más. Había sin duda una sensación de miedo en la joven cuando Fidelma había mencionado la escena en el jardín. Con todo, no podía hacer otra cosa que informar a Necht de sus derechos ante la ley. Tal vez debería también hablar con Midach.

Fidelma encontró a Cass en la puerta del hostal.

– ¿Os habéis enterado de la noticia? -preguntó el soldado con agitación.

– ¿Qué noticia? -exigió con acritud.

– Respecto a la llegada del Rey Supremo. Lo sabe toda la abadía.

– ¡Eso! -soltó Fidelma con una exclamación.

Cass frunció el ceño.

– Pensé que os parecería importante. No os deja mucho tiempo para preparar la defensa de Muman contra las demandas de Laigin.

Fidelma apretó las mandíbulas con fuerza y habló con mesura.

– Ciertamente, Cass, no hace falta que me recordéis mis responsabilidades. Hay una noticia peor que la inminente asamblea y es que alguien ha robado alguna de las pruebas de la habitación de Brocc. Al parecer, el estúpido mencionó a varias personas que yo lo había dejado allí y me han extraído del marsupium algunas de las cosas que dejé.

Cass arqueó las cejas.

– ¿Algunas cosas? -repitió el soldado-. ¿Por qué no robaron toda la bolsa?

Fidelma alzó la barbilla al escuchar las palabras del joven. Había pasado por alto lo que era obvio. Tan sólo habían robado la vara en ogham y la vitela. Sin embargo, las tiras y la falda de Grella de donde se habían rasgado estaban allí dentro. ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué era tan selectivo el ladrón respecto a las pruebas que había que sacar?

Durante un momento consideró aquello y luego suspiró con frustración.

– ¿Adónde vais ahora? -preguntó Cass al ver que Fidelma de repente empezaba a atravesar a zancadas el patio que separaba el hostal de la iglesia.

– Hay algo que tenía que haber hecho antes de que fuéramos a Sceilig Mhichil -gritó por encima del hombro-. Sor Necht me lo acaba de recordar.

– ¿Sor Necht?

Cass corría tras ella. Empezaban a cansarle los repentinos cambios de Fidelma y deseaba que ella confiara más en él.

– Parece que nos movemos de un lado a otro y, cuanto más nos movemos, menos cerca estamos de alcanzar el objetivo -se quejó-. Yo creía que los antiguos enseñaban que tanto movimiento excesivo no significaba precisamente avance.

Fidelma, absorta en sus propias preocupaciones, se enojó con lo que le pareció un comentario insustancial.

– Si podéis resolver este enigma sentado en una habitación, contemplando la pared, pues hacedlo.

La amargura que había en sus palabras provocó en Cass una mueca.

– No os estoy criticando -dijo con rapidez-. Pero ¿para qué una visita a la iglesia de la abadía?

– Descubrámoslo -respondió Fidelma secamente.

El hermano Rumann, el administrador, salía por la puerta de la abadía cuando ellos subían las escaleras.

– Me han dicho que habíais regresado de Sceilig Mhichil -los saludó con su hablar asmático, lleno de afabilidad-. ¿Qué tal ha ido vuestro viaje? ¿Habéis aprendido algo nuevo?

– El viaje fue bien -contestó Fidelma con calma-. ¿Pero cómo sabéis que fuimos a Sceilig Mhichil?

De repente se había puesto en guardia. De hecho, ella había tenido mucho cuidado en no decir a nadie, ni siquiera a su primo, el abad Brocc, adónde había ido. Nadie en la abadía debía saberlo.

Rumann frunció el ceño.

– No estoy seguro. Alguien lo mencionó. Creo que tiene que haber sido el hermano Midach. ¿Era un secreto?

Fidelma no respondió y cambió de tema.

– Me han dicho que la tumba de san Fachtna está en el interior de la iglesia de la abadía. ¿Podéis decirme dónde está situada?

– Por supuesto -se pavoneó Rumann-. Es lugar de peregrinaje el día catorce de la fiesta de Lúnasa, su día conmemorativo. Dejadme que os lo muestre, hermana.

Rumann se giró y empezó a avanzar por la larga nave, más allá el crucero y hacia el altar mayor.

– ¿Conocéis la historia de cómo Fachtna estaba ciego a su llegada a este lugar y, gracias a la intercesión de un gran milagro aquí en Ros Ailithir, cuando no había entonces aquí nada más que campos, le fue devuelta la vista y, en gratitud, construyó esta abadía? -preguntó Rumann.

– He oído esa historia -contestó Fidelma, aunque no correspondiendo al entusiasmo del administrador.

Rumann los condujo arriba por las escaleras que rodeaban la zona ligeramente elevada donde se situaba el altar mayor y luego lo rodeó por detrás hasta el ábside, el espacio curvo y abovedado detrás del altar donde el sacerdote o el abad oficiante normalmente dirigían los ritos de la disolución. En el suelo del ábside, había una losa de arenisca que sobresalía tres pulgadas. En la cabecera de la losa, sobre una pequeña peana de piedra, había una estatua de un querubín. Al pie de la losa, había una peana similar con un serafín encima.

– Veréis únicamente una sencilla cruz -indicó Rumann- y el nombre Fachtna en la antigua escritura ogham.

– ¿Sabéis leer en ogham? -preguntó Fidelma con inocencia.

– Mi trabajo de administrador de la abadía me obliga a dominar muchas formas de saber -el rostro carnoso de Rumann mostraba complacencia.

Fidelma volvió a la losa de piedra.

– ¿Qué hay debajo de esta piedra? -quiso saber Fidelma.

Rumann se mostró extrañado.

– Pues el sepulcro de Fachtna, por supuesto. Es la única tumba que está en el interior de los muros de la abadía.

– Quiero decir, ¿qué tipo de tumba es? ¿Un agujero en el suelo, una cueva o qué?

– Bueno, nadie la ha abierto nunca desde que Fachtna fue enterrado ahí hace ya un siglo.

– ¿De verdad? Sin embargo, lo habéis descrito como un sepulcro.

– Es cierto que se conoce como el sepulcro -respondió Rumann-. Quizás es algún tipo de catacumba o cueva. Sería un sacrilegio entrar para confirmarlo. Hay varias cuevas así por aquí. En Ros Ailithir tenemos otras tumbas de este tipo, pero la mayoría se hallan en los extramuros.

– ¿Entonces no hay entrada a este sepulcro desde el jardín amurallado que está detrás de la iglesia? -preguntó repentinamente.

Rumann se la quedó mirando sorprendido.

– No. ¿Por qué preguntáis eso?

– Así que la única manera de entrar es quitando la losa de arenisca. Parece demasiado pesada.

– Así es, hermana. Y nadie la ha podido retirar en más de un siglo.

Cass empezó a preguntar a Rumann si había otros lugares de sepultura, pues veía que Fidelma quería que la dejaran sola un rato. Así distrajo la atención del administrador de rostro regordete.

Fidelma se agachó y puso una rodilla en el suelo junto a la gran losa. Estiró una mano para tocar algo que había llamado su atención. Estaba frío y resbaladizo. Grasa de vela fría vertida en una grieta junto a la vieja piedra.

Alguien entró en la iglesia haciendo un gran ruido con las puertas. Fidelma se levantó deprisa y vio que era el hermano Conghus el que había entrado y llamaba a Rumann con señas frenéticas.

El administrado se excusó y salió apresuradamente por el pasillo de la nave.

Cuando se hubo ido Fidelma se giró hacia Cass en voz baja.

– Hay forma de entrar en el sepulcro, lo juro.

Cass arqueó las cejas.

– ¿Qué os hace pensar eso? ¿Y qué tiene que ver con nuestra investigación?

– Mirad con atención esa grasa de vela y decidme qué observáis.

Cass miró hacia abajo.

– Sólo es grasa de vela. Toda la iglesia está llena de manchas así. Uno se puede romper una pierna al resbalar con ellas a menos que mire por dónde pisa.

Fidelma suspiró con impaciencia.

– Sí. Pero todas están donde deberían estar. Bajo los recipientes que contienen velas. Esta mancha se encuentra en un lugar donde no hay velas. Y mirad cómo ha caído.

– No lo entiendo.

– De verdad, Cass. Mirad. Observad. Deducidlo. ¿Veis que el borde de la losa de piedra es una línea recta allí donde descansa sobre el suelo? A su alrededor hay salpicaduras de grasa de vela que se han enfriado. Miradlo de cerca. Fijaos, la juntura. Es como si la grasa hubiera caído antes de que la losa se colocara en su sitio, de que se volviera a ajustar aquí encima.

Cass se frotó el cogote asombrado.

– Sigo sin entender.

Fidelma gruñó y se puso de rodillas. Intentó empujar la losa, moverla, primero en una dirección y luego en otra. Sus esfuerzos fueron vanos.

Finalmente y de mala gana, se levantó.

– Este sepulcro esconde una clave valiosa para resolver este misterio -dijo pensativa-. Alguien la ha abierto, y recientemente. Creo que por fin estoy empezando a ver cómo aclarar la oscuridad de este misterio…

El hermano Rumann regresó sigilosamente hasta donde estaban. Por el rostro que traía, se dieron cuenta de que reventaba por revelar noticias importantes.

– Han visto a sor Grella -espetó.

– ¿Ha regresado a la abadía? -preguntó Fidelma con agitación.

Rumann sacudió la cabeza en señal de negación.

– Alguien la ha visto cabalgando con Salbach en los bosques de Dór. Al parecer, el jefe de los Corco Loígde la ha encontrado. Excusadme, he de llevarle esta noticia al abad.

Fidelma observó cómo se marchaba apresurado. Cass hacía todo lo que podía para ocultar su entusiasmo.

– Bien. -Sonrió satisfecho-. Creo que nuestro misterio se acerca a su fin, ¿eh?

– ¿Cómo es eso, Cass? -preguntó Fidelma cansada.

– Si Salbach ha encontrado a sor Grella, entonces hemos encontrado al culpable. Vos misma disteis órdenes de que la detuvieran. Es la persona que está más implicada por las pruebas -señaló Cass-. Sin duda fue ella la que robó la prueba de la habitación del abad.

– Sin embargo, sor Grella no ha sido vista en la abadía desde que desapareció.

– Bueno, quizás regresó sin ser vista. En mi opinión, hay un ladrón y, si es ella, también es la asesina de Dacán. Seguramente sabía que la prueba que había en aquel marsupium tenía gran importancia. Es lógico que quisiera destruirla. Es probable que se enterara por alguien de la abadía de que Brocc tenía la prueba.

De repente Fidelma se lo quedó mirando pensativa. Se había olvidado de decirle que la prueba que quedaba implicaba a Grella, y no al contrario. De momento decidió guardarse la información.

– Es una explicación posible -admitió-. ¿Dónde están los bosques de Dór?

– Cuan Dóir es la fortaleza de Salbach, situada entre los bosques y el mar. Está a menos de un cuarto de hora atravesando el cabo -respondió Cass-. Podemos encontrarnos a Salbach escoltando a Grella por el camino; eso, si la trae de vuelta a la abadía.

– Mucha fuerza tiene ese «si» -murmuró Fidelma, pero no se explicó-. Creo que hemos de descubrir algo más de Grella y Salbach. Vayamos a buscar nuestros caballos a los establos.

Cass se contuvo un suspiro de enfado. Le parecía que Fidelma era una mujer de lo más exasperante.

Capítulo XV

Cuan Dóir, el puerto de Dór, estaba a una corta cabalgada atravesando el cabo desde Ros Ailithir. De hecho, estaba a poco más de tres millas desde las puertas de la abadía. El sendero discurría a la vista del mar tormentoso, atravesando un paisaje salvaje de rocas graníticas, tojo y brezo, un paisaje desprovisto de árboles a causa de la cercanía del océano con sus dominantes vientos costaneros. Casi a mitad de camino de este sendero, cruzaron las ruinas de un antiguo círculo de piedra. Aquellos altos centinelas de granito gris permanecían como un testimonio silencioso de las creencias y prácticas de los ancestros, formando un círculo de unos treinta centímetros de diámetro y, justo un poco más allá, había una cabaña de piedra. Encajaba con gran naturalidad en aquel paisaje salvaje, azotado por los vientos, y conjuraba imágenes de tiempos pasados.

Un poco más allá, el camino descendía hacia una ensenada que parecía un puerto natural, igual que el que había en Ros Ailithir. Era una zona repleta de setos salpicados de fucsia que adornaban un escenario imponente. Había unos pocos barcos anclados en el pequeño puerto. Unas cuantas edificaciones constituían la población, pero la fortaleza de Salbach lo dominaba todo: una plaza fuerte redonda, con muros de piedra, bien situada para controlar todo lo que se aproximaba tanto por mar como por el camino hacia el puerto. Fidelma vio que, al igual que muchas de las fortalezas que conocía, sus muros, que se elevaban unos veinte pies, eran de piedra dispuestas en seco. Calculó que la fortificación circular tendría probablemente unos cien pies de diámetro, con una sola entrada, una amplia puerta con jambas inclinadas por la que sólo podía pasar un caballo y su jinete.

Unos guerreros armados holgazaneaban junto a esta puerta observando con curiosidad mal disimulada a Fidelma y a Cass, que subían cabalgando.

– ¿Está sor Grella de Ros Ailithir en el interior? -gritó Fidelma cuando se detuvieron. No se había molestado en desmontar.

– Ésta es la fortaleza de Salbach, jefe de los Corco Loígde -respondió de forma inflexible uno de los guardias de la puerta. No se molestó en cambiar de postura y siguió repanchigado contra la pared observándolos.

Fidelma decidió cambiar de táctica.

– Entonces quisiéramos ver a Salbach.

– No está aquí -respondió de forma pétrea.

– ¿Y dónde está; soldado? -preguntó Cass, avanzando para que el guerrero pudiera ver su collar de oro y lo reconociera como uno de los soldados de élite de Cashel.

El hombre no mostró haber visto el emblema. Le devolvió la mirada a Cass con insolencia.

– Se fue a caballo hace un rato. -Cuando Cass estaba a punto de replicar con violencia, el guerrero cedió y señaló con su lanza-. Probablemente esté cazando en el bosque de Dór, que está en aquella dirección.

– ¿Iba alguien con él? -preguntó Fidelma.

– A Salbach le gusta cazar solo.

Esta afirmación provocó una risita entre dientes en los otros miembros de la guardia, como si fuera una salida graciosa.

Fidelma hizo gesto a Cass de seguir y se giraron en dirección al bosque que les había indicado el guerrero.

– Si Grella no está con Salbach, ¿qué necesidad tenemos de ir en su busca? -inquirió Cass mientras se daba cuenta de su propósito.

– Quizá Salbach no caza solo -sugirió Fidelma-. Parece que esa idea hizo mucha gracia a los compañeros de nuestro taciturno amigo.

Condujeron sus caballos a paso tranquilo por el sendero que ascendía tortuoso desde la costa, atravesaron un terreno ondulado durante unas millas y luego penetraron en una zona boscosa que era, así lo percibió Fidelma, abundante en distintas especies de árboles, aunque predominaban las coniferas entremezcladas con muchos abedules y avellanos. El brezo crecía por todos lados en abundancia. Fueron siguiendo el camino principal que atravesaba el bosque.

De repente el boscaje desaparecía y dejaba paso a un río, que se abría paso tempestuoso camino abajo desde las colinas lejanas y se dirigía, describiendo una amplia curva, hacia el mar que estaba detrás de ellos. Era ancho, pero no parecía muy profundo. Fidelma estaba a punto de cruzar cuando Cass le advirtió suavemente que se detuviera.

Señaló con el dedo sin decir una palabra.

Fidelma vio a una corta distancia, en la otra orilla, una cabañita de leñador o bothán. Salía humo de la chimenea.

Al exterior, delante de la cabaña, había dos caballos. Uno estaba ricamente equipado mientras que el otro tenía un simple arnés.

Fidelma intercambió una mirada significativa con Cass.

– Atravesemos -le instruyó, y espoleó su caballo para que atravesara la rápida corriente de agua.

El sendero, de hecho, se había convertido en un vado natural y el agua no alcanzaría más de dos pies de profundidad en el punto más hondo. Hicieron avanzar con cuidado sus caballos hasta la otra orilla.

– Dejaremos nuestros caballos en este claro -dijo Fidelma señalando un lugar protegido un poco delante de ellos-. Luego nos encaminaremos a la bothán. Tengo el presentimiento de que encontraremos a Salbach y a nuestra bibliotecaria desaparecida.

Cass sacudió la cabeza perplejo, pero no dijo nada.

Fidelma decidió acercarse a la cabaña a escondidas, pues le habían sobrevenido una serie de pensamientos que le habían hecho llegar a una conclusión poco creíble, pero cuya progresión parecía encajar con los hechos recopilados hasta entonces.

Continuaron por un caminito que discurría paralelo a la orilla del río y que los condujo a un claro donde estaba la cabaña de leñador.

Se detuvieron en el límite de los árboles y Fidelma levantó la cabeza para escuchar.

Percibían el sonido de una risa de mujer proveniente del interior de la cabaña.

Fidelma sonrió con macabra satisfacción a Cass. Parecía que no se había equivocado.

Había empezado a avanzar en dirección a la cabaña cuando Cass la agarró por el brazo para detenerla.

Entonces oyó el suave trote de un caballo a medio galope.

Rápidamente retrocedió hacia el refugio que le ofrecían los arbustos y se agazapó junto a Cass.

Un jinete irrumpió en el claro que había ante la cabaña del leñador procedente de la dirección de lo que debía haber sido un sendero que atravesaba el bosque por el otro lado del claro. La figura era la de un hombre corpulento. Iba envuelto en una capa de lana, pero estaba despeinado y sucio.

– ¡Salbach! -gritó el guerrero refrenando el caballo ante la cabaña; adoptó una posición de descanso y se inclinó ligeramente hacia adelante sobre la perilla.

Pasaron unos momentos antes de que apareciera Salbach en la puerta de la cabaña poniéndose la camisa.

– ¿Qué hay? -gritó.

Salbach llevaba sobre el brazo una capa ribeteada de piel y se la echó sobre los hombros.

– La vista tendrá lugar en Ros Ailithir dentro de unos días. Y el barc de Ross está anclado en la ensenada. Deben de haber regresado.

Fidelma vio que Cass la miraba con ojos asombrados. Ella hizo una mueca y volvió a observar a los hombres.

– ¿Ella lo sabe? -preguntó Salbach.

– Lo dudo. No había nada que averiguar en Sceilig Mhichil.

– Bueno, yo creo que sé dónde pueden estar ocultos -decía Salbach.

– Esto complacerá al bó-aire -gruñó el guerrero.

Salbach iba caminando hacia su caballo y se subió con facilidad a la silla. Ni siquiera echó una mirada atrás a la cabaña.

– Os acompañaré a Cuan Dóir y de camino os daré mis instrucciones para Intat.

Fidelma vio que Cass aspiraba con fuerza.

Los dos jinetes, Salbach y el soldado, descendieron hasta el río y fueron al trote siguiendo las aguas poco profundas hasta que alcanzaron el vado. Fidelma y Cass oyeron el chapoteo de los cascos al atravesarlo.

Cass apretó los labios y silbó en silencio.

– Yo pensaba que se suponía que Salbach iba a enviar guerreros para capturar a Intat y juzgarlo por el crimen cometido en Rae na Scríne -susurró.

– Obviamente, Intat es un hombre de Salbach -replicó Fidelma levantándose y sacudiéndose las hojas de la falda-. Yo tenía grandes sospechas. Venid, creo que es momento de que tengamos unas palabras con nuestra bibliotecaria desaparecida.

Atravesó el claro con paso ligero hasta la puerta de la cabaña y la empujó sin formalidades.

Sor Grella, que todavía no estaba totalmente vestida, se dio la vuelta y se los quedó mirando con cara de consternación.

Fidelma sonrió sin ganas.

– ¿Bien, sor Grella? Parece que habéis decidido abandonar la vida religiosa.

Sor Grella, boquiabierta y con cara pálida, miraba detrás de Fidelma a Cass, quien le devolvía una mirada igualmente asombrada por encima del hombro de Fidelma. Grella rompió el encanto agarrando una prenda para cubrirse.

Fidelma percibió su turbación, se giró y lanzó una mirada de reprobación a Cass.

El joven soldado, sonrojado, retrocedió y se quedó en la puerta.

– Vestios, Grella -le ordenó Fidelma-, y luego hablaremos.

– ¿Dónde está Salbach? -susurró la antigua bibliotecaria-. ¿Qué vais a hacer?

– Salbach se ha ido a caballo -contestó Fidelma-. Y la respuesta a la segunda pregunta, bueno, eso depende. Ahora apresuraos y vestios.

Fidelma vio una silla y se sentó.

Grella empezó a vestirse deprisa.

– ¿Me vais a llevar de vuelta a la abadía?

Fidelma se permitió esbozar una sonrisa cínica.

– Tenéis que responder por vuestra conducta tanto ante la ley eclesiástica como ante la civil.

– No hay pecado en mi comportamiento. Salbach planea hacerme su segunda esposa. Yo he abandonado la abadía.

– ¿Sin informar al abad? ¿No sabes que Salbach ya está casado?

– Su mujer es vieja -replicó Fidelma, como si eso lo explicara todo.

– ¿Al igual que Dacán? -preguntó Fidelma inocentemente.

Grella sacudió la cabeza sorprendida. Luego, recuperando el aplomo, se encogió de hombros.

– ¿Así que lo habéis descubierto? Sí, como lo era Dacán. Arrugado, viejo y débil, lo era. Por eso me divorcié de él.

– Desde la llegada de la fe a esta tierra, la costumbre de tomar una segunda mujer o un segundo marido, o una concubina, ha sido condenada por los obispos -comentó Fidelma-. Si Salbach os toma por segunda esposa, la iglesia os condenará igualmente.

Grella se rió sarcásticamente.

– Hace unos años, Nuada de Laigin tenía dos mujeres. La ley civil todavía da derecho a tener una segunda esposa.

– Conozco la ley, Grella. Pero vos sois religiosa y deberíais saber que las reglas de la fe son con frecuencia contrarias a las leyes civiles.

– Pero vuestro trabajo es defender las leyes civiles -espetó Grella.

Fidelma no insistió más en el asunto, pues sabía que, aunque la iglesia se oponía a la poligamia, que había estado muy extendida en tiempos pasados, tan sólo tenía un éxito limitado. Finalmente un brehon, al escribir el texto legal del Bretha Crólige, había indicado: «Hay discusión en la ley irlandesa respecto a si es más apropiado muchas uniones sexuales o una sola, pues la gente elegida por Dios vivía en pluralidad de uniones, así que resulta más fácil elogiarla que condenarla». Grella tenía razón. Pero no era la moralidad de su relación con Salbach de los Corco Loígde lo que preocupaba a Fidelma.

– ¿Habíais planeado no regresar a la abadía? ¿Por qué no os llevasteis ningún objeto personal?

Grella se mordió los labios. Acabó de vestirse y se acomodó el pelo. Se colocó delante de Fidelma con las manos en las caderas.

– No tengo que excusarme. Hay pocas cosas mías en la abadía y lo que necesite me lo puede proporcionar Salbach. En cuanto a regresar, quizás lo hubiera hecho después de convertirme en la esposa de Salbach. Nadie se hubiera atrevido a levantar ninguna acusación en mi contra. Hubiera contado con la protección de Salbach.

– Salbach tiene que responder ante las leyes tanto como vos, Grella. Tenéis que responder a ciertas preguntas, y al momento. ¿Sabíais que vuestro anterior marido, Dacán, había venido a Ros Ailithir con una misión especial?

– ¿Qué sabéis exactamente? -inquirió Grella. En lugar de reflejar ira sus ojos mostraban alarma.

– Sé que estuvisteis casada con Dacán.

– Os lo debe haber dicho Mugrón. Una casualidad estúpida, que me viera en Cuan Dóir.

– Os vio allí con sor Eisten -dijo Fidelma con calma. Grella no mordió el anzuelo.

– ¿Y qué importa eso? Ya os he hablado de mi relación con Salbach.

– ¿Por qué llevasteis a sor Eisten a la fortaleza de Salbach?

Grella frunció el ceño un momento.

– Salbach me lo pidió. Había oído que Eisten se ocupaba de un orfanato en Rae na Scríne. Quería conocer a ella y a los niños. Sabía que yo tenía cierta amistad con la joven.

– ¿Y ella se llevó a los niños allí? -Fidelma estaba anonadada.

Pero Grella sacudió la cabeza en señal de negación.

– Ella me acompañó a Cuan Dóir, pero se negó a llevar a los niños. No quería que viajaran a causa de la peste amarilla.

– ¿A Salbach le molestó que no los llevara?

Grella la miró con curiosidad.

– ¿Por qué habría de molestarse?

Fidelma se reclinó en su silla y de momento no contestó.

– ¿Sabíais que Eisten ha sido asesinada?

El rostro de Grella se puso tenso. Era evidente que conocía la noticia y, bajo la máscara de su rostro, Fidelma vio que la bibliotecaria estaba preocupada.

– Me enteré hace unos días.

– ¿No antes?

Sacudió la cabeza en señal de negación y, por algún motivo, Fidelma supo que estaba diciendo la verdad.

– Parece que os preocupa. Me habéis dicho que teníais cierta amistad. ¿Hasta qué punto?

– Desde que Eisten estudió en la biblioteca conmigo, este mismo año, hemos sido almas amigas.

¡Almas amigas! Sí, Eisten le había dicho a Fidelma que tenía un alma amiga en la abadía. ¿Para qué había pedido Eisten a Fidelma hablar con ella la última vez que se habían visto? ¿Las almas amigas pueden traicionar la confianza?

– ¿Así que compartíais secretos?

– Sabéis cuál es la función de la anamchara -espetó Grella. Por su expresión Fidelma se dio cuenta de que no era probable que hablara más de aquel asunto.

– Ya me habéis dicho que sabíais en qué estaba trabajando Dacán -dijo Fidelma, cambiando de tercio.

– Os lo dije cuando vinisteis a verme a la biblioteca.

– Pero no añadisteis el dato específico de que en realidad estaba buscando los descendientes de la casa originaria gobernante de Osraige.

Grella lanzó una mirada nerviosa a Fidelma.

– ¿Cómo sabéis eso? -preguntó.

– Leí los escritos de Dacán.

Grella se llevó una mano a la garganta.

– ¿Los… los habéis visto?

Fidelma la examinó con atención.

– Registré vuestra habitación, Grella. Fuisteis ingenua al pensar que podíais ocultar ese material. O que podíais engañarme con una mala interpretación de las varillas en ogham.

Para su sorpresa, pues creía que la mujer negaría rotundamente cualquier conocimiento de ello, Grella se encogió de hombros.

– Creí que nadie las encontraría. Estaba segura de que las había guardado perfectamente bien. Pensé en destruirlas.

– ¿No sabíais que yo las había sacado de allí hace una semana?

– Ya os he dicho que no he vuelto a la abadía desde entonces.

– ¿No? -Fidelma dejó el tema por el momento-. Bien, sabíais que Dacán estaba buscando al heredero de Illian, que afirmaba ser el aspirante legítimo al reino de Osraige.

– Eso ya lo he admitido -asintió Grella.

– ¿Y se lo dijisteis a Salbach?

La mujer se encogió de hombros con inseguridad, pero no respondió.

– El primo de Salbach es Scandlán, el actual rey de Osraige, ¿no? Así que Salbach tendría interés en asegurarse de que no se descubriera al hijo de Illian.

– Yo simplemente pensé que Salbach debía saber que alguien buscaba al descendiente de Illian -replicó Grella-. Trataba de evitar cualquier guerra futura en Osraige. Illian causó un gran derramamiento de sangre cuando intentó destronar a Scandlán.

– Entonces dijisteis a Salbach lo de Dacán. Salbach se dio cuenta de que Laigin quería reafirmar su potestad sobre Osraige y tal vez establecer un rey dependiente que obedecería más a Laigin que a Muman.

Grella se mostró indiferente.

– Si vos lo decís.

– Por lo tanto, Dacán era un peligro para la familia de Salbach en Osraige. ¿Fue por ese motivo por el que matasteis a vuestro ex marido?

Por un momento el asombro que mostró Fidelma pareció genuino.

– ¿Quién me acusa de haberlo matado? -exigió Grella.

– Las tiras con las que lo ataron eran de lino rojo y azul. ¿Tenéis alguna falda de lino roja y azul?

– Claro que no -negó Grella con poca convicción.

– Así que, si os digo que, mientras registraba vuestra habitación, descubrí tal falda, de la que se habían rasgado unas tiras que correspondían a las ataduras con las que sujetaron a Dacán antes de matarlo, ¿seguiríais negando que sois su propietaria?

Grella se ruborizó y se mostró menos segura de sí misma.

– ¿Es vuestro ese vestido? -insistió Fidelma-. Es mejor para vos que digáis la verdad si no tenéis nada que ocultar.

Grella bajó los hombros en señal de resignación.

– Ese vestido es mío, cierto, pero no me lo he puesto desde que llegué a Ros Ailithir. Había pensado en darlo a los pobres, pero… -Se quedó mirando a Fidelma a los ojos con seriedad-. Tal vez traicionara la confianza del viejo Dacán y dijera a Salbach lo que estaba haciendo, y creo que se justifica lo que hice, pero yo no lo maté. Después de todo, ¿por qué matar a Dacán? Hubiera conducido a Salbach hasta el heredero de Illian. Eso era lo que quería Salbach.

Fidelma se detuvo al percibir la lógica de su argumentación, pero luego continuó.

– ¿Y negáis que, en estos últimos días, habéis regresado a la abadía y habéis entrado en la habitación del abad para sacar algunas de las pruebas de su armario personal?

Grella se quedó mirando fijamente sin comprender.

Fidelma se dio cuenta de que la mujer estaba diciendo la verdad. Su intuición le decía que, si Grella no era culpable, sabía suficiente para revelar quién era y posiblemente, enfrentada a la acusación que se respaldaba en la prueba que tenía Fidelma, confesaría.

– ¿Sabíais que había un bolsa con pruebas que dejé en el armario del abad? -insistió Fidelma con desesperación.

– Seguro que no -respondió Grella-. ¿Cómo iba a hacerlo si no sabía que habíais sacado nada de mi habitación? Ya os he dicho que no he vuelto a la abadía desde hace una semana.

– Elegisteis un mal momento para iros de la abadía. Resulta sospechoso. ¿No os parece?

– Me sugirió Salbach que viniera con él aquella noche. Llevo demasiado tiempo ocultando mi afecto por Salbach. Ya era hora de que nuestro amor saliera a la luz del día.

– Perdonadme si me repito: la elección del momento es una gran coincidencia.

– Yo no asesiné a Dacán -replicó Grella con firmeza.

Fidelma contuvo un suspiro.

– Decidme entonces, ¿por qué ocultasteis los papeles de Dacán?

– Eso es simple. No quería que nadie más supiera en lo que estaba trabajando Dacán. Era mejor que Laigin no encontrara al hijo de Illian. Si no lo encontraban, no podrían usar al heredero de Illian para derrocar al primo de Salbach.

– ¿Y Salbach os agradecería esta información?

– Yo amo a Salbach.

– ¿Así que todo lo que hicisteis fue por… amor… a Salbach?

Los ojos de sor Grella eran dos indignadas llamaradas de fuego.

– Bueno -dijo Fidelma levantándose-, ahora está haciendo eso mismo: exige Osraige como precio de honor por el asesinato de Dacán. Parece que esa misma guerra que afirmáis que queríais evitar va a tener lugar.

Grella también se levantó.

– Permitidme que os suplique como mujer, Fidelma. Me casé con Dacán cuando tenía quince años. Fue un matrimonio concertado según esta nueva costumbre de la fe, donde no tuve ni voz ni voto. Estuve tres años con ese anciano. No podía engendrar hijos y, basándome en ese motivo, pedí el divorcio. Para no avergonzarse en una vista ante el brehon, en la que se discutiría tal asunto, Dacán me otorgó el divorcio sin discusión. Me enseñó muchas cosas, y por ello le estoy agradecida. Me enseñó lo suficiente para poder ir a un colegio eclesiástico, el colegio de Cealla, estudiar y conseguir mi titulación. Lo extraño es que, en cierta manera, apreciaba a ese anciano, a pesar de lo antipático que era, como si hubiera sido mi padre. Yo no lo maté, Fidelma de Kildare. Soy culpable de varias cosas, pero yo no lo maté.

– Sor Grella, algo dentro de mí hace que quiera creeros. Sin embargo, la prueba va en contra vuestra. La prueba de los escritos ocultos. Las tiras con las que lo ataron. Vuestra repentina desaparición de la abadía después de que no me explicarais la verdad sobre vuestro matrimonio con Dacán y otras cosas. -Fidelma apretó los labios pensativa-. Sabíais que Dacán buscaba al heredero de Illian. La noche anterior a su muerte, escribió a su hermano que había descubierto dónde se escondía el heredero de Illian. Las pruebas sugieren que lo matasteis para evitar que encontrara al heredero de Illian y satisfacer a vuestro amante, Salbach.

– ¡No! Eso no es cierto. ¡No podéis sostener que soy culpable de ese acto!

– ¿No? Tal vez no. Parece que tendrá que ser la asamblea del Rey Supremo la que decida.

– Sin embargo, en el fondo, Fidelma, sabéis que no es cierto.

– Me ha nombrado el rey de Cashel. Tan sólo puedo cumplir con mi deber. Tengo que prevenir una guerra. ¡Cass!

El joven soldado entró en la cabaña. Miró al rostro pálido y preocupado de Grella y luego a la expresión severa que mostraba Fidelma.

– Cass, sor Grella regresará con nosotros a Ros Ailithir como prisionera.

– ¿Así que ha confesado? -Cass mostró gran alivio en su rostro.

Grella siseó furiosa.

– ¿Confesar algo que no he hecho? Llevadme presa a la abadía. Salbach me liberará, ¡un día u otro!

– No contéis con ello -sonrió Cass.

Regresaron juntos a Ros Ailithir. Fidelma iba a la cabeza mientras que Cass cabalgaba vigilando de cerca a sor Grella. Fidelma estuvo callada durante un rato, absorta en sus pensamientos. Algo le molestaba. Si sor Grella decía la verdad, ella no estaba más cerca que antes del asesino de Dacán. Ni siquiera había probado la relación entre Salbach e Intat. Aunque Grella hubiera matado a Dacán y hubiera traicionado a su alma amiga, Eisten, ¿también la hubiera asesinado? ¿Y dónde estaban los hijos de Illian? ¿Por qué estaba tan seguro Dacán de que había un heredero en la edad de elegir? ¿Dónde estaban estos chicos llamados «Primus» y «Víctor»…? «Víctor» y «Primus»… «Primus»…

Capítulo XVI

¡Victor!

Ése era el nombre que inquietaba a Fidelma; le estaba dando vueltas en la cabeza desde Sceilig Mhichil. Las imágenes de los dos muchachos de cabello negro de Rae na Scríne también las tenía en la mente. Pero habían descrito a los hijos de Illian como de cabello cobrizo. Sin embargo, el nombre «Víctor»… Hic est meum. Victor. ¿Acaso no significaba ese nombre «triunfante» y «victorioso» y era el equivalente en irlandés a Cosrach?

De repente se quedó boquiabierta ante la facilidad del acertijo. A los hijos de Illian los llamaban Primus y Victor. Primus significaba «primero» y ¿acaso no era Cétach una forma cariñosa de cét, que también significaba «primero»? Cétach tenía el nombre de un hijo del legendario príncipe que fundó el reino de Osraige. ¡Primus, Cétach; Victor, Cosrach! Aunque los dos chicos habían desaparecido, seguramente los otros niños de Rae na Scríne podrían identificar o describir al religioso que los había entregado a sor Eisten para su custodia.

Hizo detener su caballo bruscamente, y Cass, sobresaltado, tuvo que tirar de las riendas de su corcel para no chocar con ella. La montura de sor Grella, que casi topa con él, se sobresaltó y estuvo a punto de tropezar.

Fidelma renegó entre dientes, reprochándose ser tan tonta y no haber visto la solución antes.

– ¿Qué pasa? -preguntó Cass, llevándose la mano a la empuñadura de la espada y mirando alrededor como si esperara el ataque de un enemigo inadvertido.

– ¡Una idea! -respondió Fidelma contenta.

Ahora sabía a quién había estado buscando Dacán y por qué Cétach había mostrado tanto temor por Salbach. Seguro que quienes Intat había mandado matar cuando prendió fuego a Rae na Scríne eran Cétach y Cosrach.

– ¿Sólo una idea? Yo pensaba que había peligro -se quejó Cass molesto.

– No hay nada más peligroso que una idea, Cass -dijo Fidelma echándose a reír, embriagada por la lógica simplicidad de su conclusión-. Una sola idea, si es buena, nos ahorra años de laboriosa experiencia, el duro aprendizaje de la prueba y el error.

Cass echó una mirada a su alrededor con nerviosismo.

– Las ideas no amenazan nuestras vidas con espadas y flechas.

Fidelma sonrió sarcásticamente, todavía entusiasmada por sus pensamientos.

– Pueden ser más perjudiciales que eso. Sigamos.

Sin más explicación, espoleó su caballo para que se pusiera al medio galope por el camino que llevaba hasta Ros Ailithir. Se encontraron con el hermano Conghus en la puerta y, nada más llegar, el mismo abad fue apresuradamente a su encuentro.

– ¡Sor Grella! -exclamó jadeante y mirando con asombro a Grella y luego a Fidelma-. ¿Habéis capturado a la culpable, prima?

Con gran sorpresa por parte de Cass, Fidelma no hizo ningún esfuerzo por desmontar. Se inclinó hacia adelante sobre la perilla, se apoyó y se puso a hablar tranquilamente con su primo.

– Grella ha de ser detenida por la autoridad que me es conferida. Tiene que responder ante la asamblea del Rey Supremo cuando se reúna aquí. Lo que quiera explicaros respecto a su desaparición, ha de decidirlo ella.

El abad Brocc parecía desasosegado.

– ¿Esto significa que habéis llegado a una conclusión? -Echó una mirada sobre su hombro hacia la abadía casi con aire conspirador-. El Rey Supremo y su séquito ya han llegado. Barrán, el gran brehon, ha preguntado por vos y…

Fidelma levantó una mano para hacer callar al atribulado abad.

– En este momento no puedo decir más. Regresaremos lo antes posible.

– ¿Regresar? ¿Adónde vais? -La voz de Brocc era casi una lamentación, pero Fidelma ya espoleaba su caballo y salía por las puertas de la abadía.

– Vigilen bien a sor Grella, más que nada por su propia seguridad -chilló Fidelma por encima del hombro.

Cass, con una cara tan perpleja como la del abad, espoleó su caballo y se fue tras ella.

– ¿Si no se lo podéis decir al abad, hermana -se quejó cuando la hubo alcanzado-, tal vez podáis decírmelo a mí? ¿Adónde vamos ahora?

– Tengo que encontrar el orfanato donde han llevado a los niños de Rae na Scríne -contestó ella-. Sé que está situado por esta costa en dirección este.

– ¿Os referís al sitio que lleva el hermano Molua?

– ¿Lo conocéis? -preguntó sorprendida.

– Lo conozco -afirmó Cass-. Hablé de ello con el hermano Martan. No ha de ser difícil encontrarlo. Está situado a unas diez millas en dirección este, siguiendo la costa cerca de un estuario. ¿Pero por qué queréis ir a ese orfanato? ¿De qué nos vamos a enterar ahí?

– ¡Oh, Cass! -murmuró Fidelma-, si lo supiera no tendría que ir.

Cass se encogió de hombros inútilmente, pero siguió a Fidelma cuando ésta espoleó su caballo por el camino.

Tal como Cass había dicho, resultó estar a no más de diez millas sobre un ancho cabo. Había varios edificios de piedra y madera que se elevaban sobre los bancos enfangados de un gran estuario en el que un río avanzaba tranquilo procedente de las montañas del norte. Tuvieron que cruzar el río por un vado estrecho que conducía al conjunto de construcciones que, tal como percibió Fidelma cuando se fue acercando, estaba rodeado por un cercado de madera. Se encontraron con un hombre robusto ante las puertas. Iba vestido como un trabajador del bosque, pero Fidelma se dio cuenta de que llevaba un crucifijo colgado de su musculoso cuello.

– Bene vobis, amigos -gritó cuando ellos hicieron detener sus caballos ante él. Tenía voz de barítono, llena de jovialidad, y un rostro sonriente.

– Y salud para vos -respondió Fidelma-. ¿Sois el hermano Molua?

– Me llamo Lugaid, por Lugaid Loígde, el progenitor de los Corco Loígde. Pero, como es un nombre tan distinguido, hermana, solamente respondo a su diminutivo. Molua me pega más. ¿En qué puedo serviros?

Fidelma descendió del caballo y se presentó e hizo lo mismo con Cass.

– No acostumbramos a tener visitantes tan distinguidos -dijo el hombre fornido-. Un abogado de los tribunales y un guerrero de la guardia del rey de Cashel. Venid, dejadme que acomode vuestros caballos en los establos, y luego tal vez aceptéis la hospitalidad de mi casa para reponeros del viaje.

Fidelma no protestó cuando el hombre insistió en llevar los caballos al establo. Echó una mirada al pequeño complejo de edificios con interés. Había varios niños jugando alrededor de una capilla, que no era mayor que un oratorio. Una religiosa entrada en años estaba sentada bajo un árbol, un poco más allá, con media docena de niños a su alrededor. Tocaba un caramillo, un cuisech, y lo hacía con gracia, a juicio de Fidelma. Al parecer, la hermana estaba enseñando a los niños algunas melodías alegres y festivas.

El hermano Molua regresó sonriente.

– Éste es un lugar pacífico -comentó Fidelma con aprobación.

– Me conformo con esto, hermana -admitió Molua-. Venid por aquí. ¡Aíbnat!

En la puerta de uno de los edificios, apareció una mujer sencilla de cara redonda. Compartía con Molua los rasgos sonrientes.

– Aíbnat, tenemos huéspedes. Ésta es mi radiante esposa, Aíbnat.

Fidelma vio que Molua tenía sentido del humor, pues el nombre de la mujer significaba precisamente eso, chica radiante.

– Me han dicho que ambos os hospedabais en Ros Ailithir -dijo la mujer al saludarlos-. ¿No estabais allí para investigar la muerte del viejo Dacán?

Fidelma asintió con la cabeza.

– Ya tendremos tiempo de hablar cuando nuestros huéspedes hayan comido, Aíbnat -la reprendió Molua mientras los conducía al interior del edificio.

Entraron en una estancia bien caldeada por un horno. Sobre éste, había varias cazuelas hirviendo a fuego lento con ingredientes aromáticos. Molua les indicó que se sentaran a la mesa y sacó una jarra y varias copas de loza.

– Permitidme que os ofrezca un poco de mi especial cuirm para quitaros el frío. Lo destilo yo mismo -añadió con orgullo.

Cass aceptó enseguida mientras Fidelma echaba una ojeada por la cocina con aprobación.

– ¿A cuántas personas tenéis que alimentar aquí cada día? -preguntó, interesada por el gran número de cazuelas.

– En este momento tenemos veinte niños menores de catorce años, hermana -respondió Aíbnat-. Y somos cuatro para ocuparnos de ellos. Mi marido, yo y otras dos hermanas de la fe.

Molua sirvió la bebida y todos ellos sorbieron con deleite del áspero pero agradable licor.

– ¿Cuánto tiempo lleva este orfanato aquí? -preguntó Cass.

– Desde las primeras devastaciones de la peste amarilla hace dos años. Afectó mucho a algunas comunidades, familias enteras desaparecieron y no quedó nadie que se pudiera ocupar de los niños que sobrevivieron -explicó Aíbnat-. Fue entonces cuando mi marido pidió permiso al abad Brocc de Ros Ailithir para convertir esta pequeña alquería en un lugar de refugio para los huérfanos.

– Parece que os va muy bien -admitió Fidelma.

– ¿Vais a comer después del viaje? -preguntó amablemente Molua.

– Estamos hambrientos -reconoció Cass, pues no habían comido desde la mañana.

– Pero faltan varias horas para la cena -indicó Fidelma, lanzando una mirada reprobatoria al joven guerrero.

– Eso no importa -sonrió Aíbnat-. Un plato de carne de tejón fría o… Ya sé, tengo un pudín de carne, de carne de cordero, cocinado con serbas y ajo salvaje. Eso, acompañado con col rizada y cebollas y pan de cebada. Luego, para acabar, un plato de endrinas y miel. ¿Qué os parece?

Molua sonreía feliz.

– Mi mujer tiene reputación de ser la mejor cocinera de los Corco Loígde.

– Un título bien merecido a juzgar por la elección de la comida -aplaudió Cass.

Aíbnat se ruborizó de placer.

– Aquí tenemos colmenas, así que la miel la obtenemos nosotros.

– Ya me he dado cuenta de que tenéis muchas velas de cera de abeja -observó Fidelma.

En muchas casas pobres, las velas estaban hechas con grasa de carne o sebo fundido dentro del cual se metía un junco pelado.

– Ahora, mientras Aíbnat prepara la comida -dijo Molua sentándose y volviendo a llenar las copas-, me podéis decir por qué mi pobre casa se ha visto tan honrada con vuestra presencia.

– Hace una semana Aíbnat trajo a unos niños aquí.

– Sí. Dos niñas de no más de nueve años y un niño de unos ocho -admitió Molua.

Aíbnat se giró mientras preparaba la comida frunciendo el ceño.

– Sí. Eran los niños rescatados en Rae na Scríne. ¿Tenéis algo que ver con eso?

Cass sonrió.

– Sin duda. Nosotros los rescatamos.

Molua iba sacudiendo la cabeza.

– Nos enteramos de ese crimen horrible. Parece increíble que la gente pueda ser tan cruel con los vecinos en tiempos de tanta penuria. Todo el mundo ha condenado esa injusticia.

Fidelma dio rienda suelta a su cinismo.

– Platón escribió que los hombres siempre censuran la injusticia, pero tan sólo porque temen convertirse en víctimas de ella y no porque no tengan valor para cometerla.

Molua estaba triste.

– Eso no lo puedo creer, hermana. Yo no creo que el hombre se disponga a propósito a cometer injusticias. Siempre lo hace porque está cegado por alguna imagen distorsionada de la moralidad o por una causa justa.

– ¿Qué moralidad o causa justa, aunque distorsionada, se podría plantear en Rae na Scríne? -inquirió Cass.

Molua se encogió de hombros.

– Yo no soy más que un simple granjero. Cuando cultivo un campo, removiéndolo con mi arado, destruyo la vida. Destruyo las hierbas y cultivos naturales de ese campo. Destruyo el hábitat natural de los carnpañoles, de los tejones y otras criaturas. Para ellos, eso es una injusticia. Para mí, eso es simplemente una causa, la causa de tener que alimentar a gente hambrienta.

– ¡Animales! -murmuró Cass-. ¿A quién le preocupa la justicia de los animales?

Molua se mostró dolido.

– ¿No son también criaturas de Dios?

– Entiendo vuestro argumento, Molua -intervino Fidelma-. Desde un punto de vista intelectual, sin duda estamos de acuerdo. Hay una razón para el hecho sucedido en Rae na Scríne, pero, si esa razón justificaba la acción, la respuesta es no y no puede ser.

Molua inclinó la cabeza.

– Eso lo acepto.

– Muy bien. Había dos niños que se llamaban Cétach y Cosrach, también de Rae na Scríne, que se supone que tenían que haber venido a este orfanato. Pero desaparecieron. Uno tendría unos diez años y el otro era mayor, tal vez de quince años. Tenían el cabello negro.

Aíbnat y Molua se cruzaron las miradas y ambos sacudieron la cabeza.

– Ningún niño que se corresponda con esa descripción ha estado aquí.

– No. No creía que hubieran estado. Pero tal vez me permitiríais que interrogue a los otros niños -insistió Fidelma-. Pueden conocer algún detalle referente a esos chicos.

Aíbnat frunció ligeramente el ceño.

– No quisiera que se molestara a los niños. El hecho de recordar ese terrible acontecimiento puede perturbarlos.

Fidelma intentó tranquilizarlos.

– No haría estas preguntas si no fuera importante. No puedo garantizaros que no se inquieten. Sin embargo, he de insistir en este asunto.

Molua asintió con la cabeza lentamente.

– Tiene derecho -explicó a su mujer-. Es dálaigh de los tribunales.

Aíbnat no estaba convencida.

– Entonces dejadme estar presente cuando hagáis esas preguntas, hermana.

– Por supuesto -accedió Fidelma con rapidez-. Vayamos a hablar con ellos, sólo nosotras dos. Entonces no se sentirán intimidados.

– De acuerdo -accedió Aíbnat, echándole una mirada a Molua-. Puedes acabar de preparar la comida para nuestros huéspedes mientras lo hacemos -le instruyó Aíbnat.

Aíbnat se encaminó hacia la capillita y llamó a los niños que jugaban allí. Al oír su llamada, dos niñitas y un niño de aspecto mohíno se separaron de mala gana del grupo que jugaba y gritaba. Fidelma apenas podía reconocerlos como a los niños aterrados que había encontrado entre las cenizas y ruinas de Rae na Scríne. Vinieron a apiñarse alrededor de las faldas de Aíbnat y ella los condujo hacia un sitio más apartado del recinto donde había un árbol caído; éste constituía un gran asiento junto al riachuelo que atravesaba el asentamiento y luego desembocaba en el río mayor que estaba más alejado.

– Sentaos, niños -indicó Aíbnat, mientras ella y Fidelma se sentaban en el leño.

El chico se negó y se quedó de pie dando patadas al tronco. Fidelma se dio cuenta de que el niño llevaba una espada de madera colgada del cinturón. Las dos niñas se sentaron inmediatamente con las piernas cruzadas sobre la hierba delante de ellas y levantaron la vista expectantes.

– ¿Reconocéis a esta señora? -inquirió Aíbnat.

– Sí, es la señora que se nos llevó para que los hombres malos no nos encontraran -contestó una de las niñas con solemnidad.

– ¿Dónde está sor Eisten? -interrumpió la otra-. ¿Cuándo nos va a visitar?

– Pronto -contestó Fidelma sonriendo vagamente después de que Aíbnat le lanzara una mirada de advertencia sacudiendo ligeramente la cabeza. Nadie había explicado a los niños lo que había pasado a Eisten-. Ahora os voy a hacer algunas preguntas. Quiero que todos penséis bien antes de contestar. ¿Lo haréis?

Las dos niñas asintieron con seriedad, pero el niño no dijo nada y frunció el ceño dirigiendo sus ojos hacia el tronco para esquivar la mirada sonriente de Fidelma.

– ¿Os acordáis de los dos chicos que estaban con vosotros cuando os encontré?

– Yo me acuerdo del bebé -dijo seria una de las niñas. Fidelma recordó que se llamaba Cera-. Se quedó dormido y nadie pudo despertarlo.

Fidelma se mordió los labios.

– Eso es -dijo animándola-, pero los que me interesan son los niños.

– No querían jugar con nosotras. ¡Eran malos, rencorosos! No me gustaban. -La otra niña, Ciar, estaba ceñuda y tenía los brazos cruzados.

– ¿Eran malos esos niños? -insistió Fidelma con entusiasmo-. ¿Quiénes eran?

– Sólo niños -contestó Ciar con petulancia-. Todos los niños son iguales.

Lanzó una mirada irónica hacia el niño, que dejó de dar patadas al tronco y se sentó bruscamente.

– ¡Niñas! -respondió.

– Recuérdame cómo te llamas -lo animó Fidelma con una sonrisa. Recordaba cómo se llamaban las niñas, pero no el niño.

– ¡No lo voy a decir! -contestó el niño.

Aíbnat chasqueó la lengua en señal de desaprobación.

– Se llama Tressach -añadió.

Fidelma continuó sonriendo al niño.

– ¿Tressach? Ese nombre significa «feroz y belicoso». ¿Eres feroz y belicoso?

El niño frunció el ceño y no dijo nada.

Fidelma esbozó una sonrisa forzada.

– Ah -dijo con cierto sarcasmo-; tal vez no he oído bien el nombre. ¿Era Tressach o Tassach? Tassach quiere decir «vago, perezoso, uno que le cuesta hablar». Tassach parece que te pega más, ¿no?

El niño se ruborizó indignado.

– ¡Me llamo Tressach! -gruñó-. Soy feroz y belicoso. ¿Lo ve…? Hasta llevo mi espada de guerrero.

Extrajo la espada del cinturón y la levantó para que la inspeccionara.

– Ésa es ciertamente un arma temible -contestó Fidelma, intentando parecer solemne, aunque sus ojos reflejaban alegría-. Y, si en verdad eres un guerrero, sabrás que los guerreros tienen un código de honor al que obedecer. ¿Lo sabías?

El muchacho se la quedó mirando con incertidumbre y se volvió a meter la espada en el cinturón.

– ¿Qué código? -inquirió con suspicacia.

– Eres un guerrero, ¿no? -insistió Fidelma.

El niño asintió con énfasis.

– Pues un guerrero tiene que jurar decir la verdad. Tiene que ser útil. Entonces, si yo te pregunto acerca de los niños que se llamaban Cétach y Cosrach, me tienes que decir lo que sabes. Es el código del honor. No hay duda de que te llamas Tressach porque eres un guerrero y, como tal, estás obligado por ese código.

El niño se quedó sentado como calibrando una cosa y otra y al final sonrió a Fidelma.

– Hablaré.

Fidelma suspiró aliviada.

– ¿Conocías bien a Cétach y Cosrach?

Tressach hizo una mueca.

– No jugaban con ninguno de nosotros.

– ¿Ninguno de vosotros? -preguntó Fidelma frunciendo el ceño.

– Con ningún niño del pueblo -añadió Ciar-. ¡Niños!

Tressach se giró hacia ella enfadado, pero Fidelma lo interrumpió.

– ¿No eran del pueblo?

Tressach lo negó con su cabeza.

– Llegaron al pueblo hace sólo unas semanas para vivir con sor Eisten.

– ¿Eran huérfanos? -preguntó Fidelma con impaciencia.

El niño le devolvió una mirada vacía.

– ¿Tenían padre o madre? -insistió Fidelma.

– Creo que tenían padre -soltó Cera.

– ¿Y eso, querida? -instó Fidelma.

– Se refiere a aquel hombre tan viejo que solía venir al pueblo a verlos -informó el niño.

– ¿Un viejo?

– Sí. El que llevó a esos niños malos a la casa de sor Eisten la primera vez.

Fidelma se inclinó hacia adelante impaciente.

– ¿Cuándo fue eso, querida?

– Oh, hace ya varias semanas.

– ¿Cómo era?

– Llevaba una cruz, como la vuestra, colgada del cuello -Cera dirigió a Tressach una mirada triunfal.

El niño le devolvió una mueca de enfado.

– ¿Quién era? -preguntó Fidelma sin esperar realmente que los niños contestaran a esa pregunta.

– Era un gran erudito de Ros Ailithir -anunció Tressach con aire de complacencia.

Fidelma estaba asombrada.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó.

– Porque Cosrach me lo dijo cuando yo se lo pregunté. Luego vino su hermano y me dijo que me callara y me fuera y que, si le explicaba a alguien lo de su aite, me pegaría.

– ¿Su aite1? ¿Usó esa palabra?

– ¡No me lo invento! -gimoteó el niño con petulancia.

Fidelma sabía que el término cariñoso aite era para dirigirse al padre. Pero, dado que, desde hacía siglos, se enviaba a los niños de los cinco reinos de Éireann en adopción para que los educaran, las palabras íntimas para padre y madre a menudo se usaban también para los padres adoptivos, así que se podía llamar muimme a la madre adoptiva y al padre aite.

– No, por supuesto que no te lo inventas -tranquilizó Fidelma al tiempo que le venían muchos pensamientos a la mente-. Te creo. ¿Y cómo describirías a ese hombre?

– Era agradable -informó Ciar-. No nos hubiera pegado. Siempre sonreía a todo el mundo.

– ¡Parecía un viejo brujo! -exclamó Tressach, para no ser menos.

– ¡No lo era! Era un viejo alegre -gimoteó Cera claramente cansada de quedar fuera de la conversación a pesar de sus intentos-. Nos hablaba de las hierbas y las flores y para qué eran buenas.

– ¿Y este hombre alegre venía a menudo a visitar a Cétach y a Cosrach?

– Algunas veces. Visitaba a sor Eisten -corrigió Ciar-. Y era a mí a quien hablaba de las hierbas -añadió-. Me explicó que, que…

– Se lo explicaba a todos -replicó Tressach con desdén-. ¡Y esos niños vivían en casa de sor Eisten, así que visitarlos era lo mismo que visitar a sor Eisten! ¡Toma!

Y le sacó la lengua a la niñita.

– ¡Niños! -dijo Ciar con cara de desprecio-. Como sea, algunas veces traía a otra hermana con él. Pero era extraña. ¡No era como una hermana de verdad!

– ¡Las niñas son tan estúpidas! -gruñó el niño-. Iba vestida como una hermana.

Sor Aíbnat llamó la atención a Fidelma. Obviamente sentía que el interrogatorio había durado suficiente.

Fidelma levantó una mano para evitar que expusiera su opinión.

– De acuerdo. Sólo una cosa más… ¿Estáis seguros de que el hombre venía de Ros Ailithir?

Tressach asintió con vehemencia.

– Eso es lo que me había dicho Cosrach cuando su hermano amenazó con pegarme.

– ¿Y esa hermana que lo acompañaba? ¿La podéis describir? ¿Cómo era?

El niño se encogió de hombros con desinterés.

– Pues como una hermana.

Parecía que los niños perdían interés y se fueron a corretear en dirección a la hermana que estaba tocando el caramillo.

Fidelma, muy pensativa, acompañó a Aíbnat hasta la habitación donde Molua había puesto la mesa para comer. Aíbnat parecía absolutamente desconcertada por la conversación, pero no preguntó nada más a Fidelma sobre el tema. Fidelma agradeció el silencio, pues iba dándole vueltas en la cabeza. Cuando entraron, Cass levantó la vista y examinó la expresión perpleja de Fidelma.

– ¿Habéis conseguido la información que queríais? -preguntó con entusiasmo.

Fidelma se echó a reír secamente.

– Yo no sé qué información quería -respondió-. Pero he recogido otra piedra para construir mi hito de conocimientos. Sin embargo, es una que por ahora no tiene mucho sentido. Ningún sentido.

La comida que les ofrecieron Aíbnat y Molua fue comparable a los banquetes con los que Fidelma había disfrutado en los salones de los reyes. Tuvo que hacer un esfuerzo para comer poco, pues era consciente de que una cabalgada de diez millas de vuelta a Ros Ailithir con el estómago lleno no era algo bueno para el cuerpo. Cass, por otro lado, dio rienda suelta a su apetito y aceptó más licor cuirm.

Aíbnat iba sirviéndoles lo que querían y su marido se excusó y fue a hacer algún recado misterioso.

Cuando Molua regresó con sus caballos, vieron que el granjero les había dado de beber y de comer y los había almohazado.

Fidelma dio las gracias efusivamente a Aíbnat y Molua por su hospitalidad y se subió a la silla de montar.

Fidelma impartió una bendición a sus huéspedes y emprendieron el camino de regreso hacia Ros Ailithir.

– ¿De qué os habéis enterado, Fidelma? -preguntó Cass cuando ya estaban algo alejados, mientras atravesaban el vado del río y ascendían por las colinas boscosas que coronaban el cabo.

– He averiguado, Cass, que llevaron a Cétach y a Cosrach a Rae na Scríne hace tan sólo unas semanas a vivir con sor Eisten. Son… -hizo una pausa para corregirse-. Eran los hijos de Illian.

– Pero el hermano de Sceilig Mhichil dijo que los hijos de Illian tenían el cabello cobrizo, como las niñitas.

– Cualquiera puede teñirse el pelo -observó Fidelma-. Además, alguien de Ros Ailithir los visitó varias veces. Cosrach presumió ante Tressach de que el hombre era un erudito. ¡A ese alguien Cétach y Cosrach lo llamaban aite!

Cass estaba asombrado.

– Pero, si esa persona era su padre, ellos no eran los hijos de Illian. A Illian lo mataron hace unos años.

– Aite también quiere decir «padre adoptivo» -advirtió Fidelma.

– Quizá -dijo Cass con renuencia-. ¿Pero qué significa esto y cómo encaja en el acertijo de este asesinato?

– No habría acertijo si yo lo supiera -le reprochó Fidelma-. El hombre a veces iba acompañado por una de las hermanas. ¡Aquí hay un camino que nos conduce hacia Intat! Y sabemos que Intat es un hombre de Salbach. Esto es un círculo y ojalá supiéramos la manera de entrar en él.

Se sumió en un silencio pensativo.

Llevaban una milla de camino, tal vez no más de dos, cuando, al ascender una cuesta, Cass echó una mirada por encima del hombro y se exclamó sorprendido.

– ¿Qué es eso? -gritó Fidelma, girándose sobre su silla para seguir la mirada de Cass.

No hizo falta que Cass respondiera.

Una alta columna de humo negro se elevaba tras ellos en el frío cielo azul claro y otoñal.

– Eso viene de la dirección del hogar de Molua, seguro -dijo Fidelma al tiempo que el corazón le empezaba a latir con fuerza.

Cass se levantó sobre sus estribos, se agarró a una rama que colgaba de un árbol y se encaramó hasta la copa con una agilidad que sorprendió a Fidelma.

– ¿Qué veis? -gritó Fidelma levantando la vista hacia las ramas que se balanceaban peligrosamente bajo su peso.

– Es donde Molua. Debe de estar ardiendo.

Cass descendió del árbol y saltó al suelo. Un montón de hojas amortiguó su caída. Se sacudió y agarró las riendas del caballo.

– No lo entiendo. Es un gran fuego.

Fidelma se mordió los labios, casi provocándose sangre debido a la terrible idea que le vino a la cabeza.

– ¡Hemos de regresar! -gritó haciendo que su caballo diera la vuelta.

– Pero hemos de tener cuidado -advirtió Cass-. Que el incidente de Rae na Scríne nos sirva de advertencia.

– ¡Eso es precisamente lo que temo! -gritó Fidelma, mientras hacía que su caballo corriera veloz en dirección a la columna de humo.

Cass tuvo que espolear a su caballo con fuerza para alcanzarla. Aunque sabía que Fidelma era de los Eóganacht y hermana de Colgú, que ahora era su rey, Cass siempre se sorprendía de que una religiosa fuera capaz de cabalgar tan bien. Parecía que hubiera nacido en una silla de montar, que ella y el caballo formaran un todo. Lo guiaba con habilidad mientras éste bramaba por el sendero que acababan de cruzar.

No tardaron en llegar a la cresta de la colina y ante ellos se extendía el gran estuario fangoso.

– ¡Alto! -chilló Cass, tirando de las riendas-. ¡Detrás de esos árboles, rápido!

Agradeció que por una vez Fidelma no lo cuestionara y obedeciera sus órdenes inmediatamente.

Se detuvieron detrás de un bosquecillo de álamos de hojas amarillentas rodeado de densos matorrales.

– ¿Qué habéis visto? -inquirió Fidelma.

Cass señaló colina abajo.

Fidelma entornó los ojos y vio que una banda de jinetes armados atravesaba el frágil cercado que rodeaba la pequeña comunidad de Molua y Aíbnat. Un hombre achaparrado estaba sentado en su caballo ante los edificios que ardían como si controlara el trabajo que hacían sus hombres. Eran una docena. Acabaron su horrible trabajo y luego se fueron cabalgando entre los árboles del otro lado del río. El jinete achaparrado, que era obviamente su cabecilla, echó una última mirada a los edificios en llamas y se fue galopando tras ellos.

Fidelma soltó de repente un grito de rabia impotente. Había oído que Salbach decía, cuando se había marchado de la cabaña del bosque: «Sé dónde podrían estar… Os daré instrucciones para Intat». Lo había oído, pero no entendido. Tenía que haberse dado cuenta. Podía haberlo prevenido… Algo en su mente furiosa le decía que era el segundo gran error que cometía.

– ¡Hemos de ir allí! -gritó Fidelma rabiosa-. Pueden estar heridos.

– Esperad un momento -soltó Cass-. Esperad a que los asesinos se hayan marchado.

Estaba triste, apretaba con fuerza las mandíbulas y sus músculos estaban tensos. Él ya sabía lo que probablemente iban a encontrar en el infierno que había sido una próspera alquería.

Sin embargo, Fidelma ya iba espoleando su caballo colina abajo.

Cass le pegó un grito, pero, al entender que no se iba a detener, aunque corriera algún peligro con los atacantes, desenvainó su espada y espoleó su caballo para ir tras ella.

Fidelma galopó colina abajo, atravesó el vado a gran velocidad y detuvo su carrera frente a las construcciones.

Se descolgó de la silla de montar y, levantando una mano para protegerse de la violencia del calor, avanzó corriendo en dirección a los edificios que estaban en llamas.

Los primeros cuerpos que vio, esparcidos en la entrada, fueron los de Aíbnat y Molua. Una flecha había atravesado el pecho de Aíbnat y Molua tenía la cabeza casi partida por un corte de espada. Desde luego ya no necesitaban ayuda.

Vio el primer cuerpo de un niño cerca y un grito la ahogó. Se dio cuenta de que Cass había cabalgado colina abajo y desmontaba tras ella. Todavía llevaba la espada desenvainada en la mano y miraba a su alrededor impasible pero horrorizado.

Una de las hermanas que ayudaba a sor Aíbnat a cuidar a los niños estaba desplomada contra la puerta de la capilla. Fidelma se dio cuenta con horror de que una lanza que le había atravesado el cuerpo la mantenía clavada a la puerta de madera. Una media docena de cuerpecillos se apiñaba a su alrededor… Algunas de las manos de los niños todavía se agarraban a sus faldas. Cada niño estaba acuchillado o tenía la cabeza partida a golpes.

Fidelma sintió ganas de vomitar. Se giró de lado y no pudo contener la bilis que le subía a la garganta.

– Yo… yo lo siento -murmuraba mientras sintió el brazo consolador de Cass sobre su hombro.

El soldado no dijo nada. No había nada que decir.

Fidelma había visto muertes violentas muchas veces en su vida, pero nunca había visto nada tan desgarrador, tan patético como aquellos cuerpecillos muertos que, unos momentos antes, había visto felices y sonrientes, cantando y jugando juntos.

Consiguió reprimir su odio, calmarse y ponerse en movimiento.

Allí estaba el cuerpo de la otra hermana de la fe que tocaba el caramillo; yacía todavía bajo el mismo árbol donde Fidelma la había visto. El caramillo estaba partido en dos cerca de su mano extendida y sin vida; lo había aplastado con el pie algún asesino maníaco. Había más cuerpos infantiles cerca de ella.

Los edificios ardían con fuerza.

– Cass -Fidelma tuvo que hacer un esfuerzo para hablar entre las lágrimas y el dolor que sentía-. Cass, hemos de contar los cuerpos. Quiero saber si los niños de Rae na Scríne están entre ellos… Que no falte ninguno.

Cass asintió.

– El niño no hay duda de que está -dijo en voz baja-. Yace allí. Voy a buscar a las niñas.

Fidelma avanzó hacia donde le había indicado Cass y encontró el cuerpo retorcido de Tressach. Le habían partido la cabeza de un golpe. Sin embargo, parecía que estuviera dormido, con una mano echada hacia adelante y con la otra todavía sujetando con fuerza su espada de madera.

– Pobre soldadito -murmuró Fidelma, arrodillándose y acariciando con su mano delgada el cabello rubio del niño.

Cass regresó al cabo de un rato. Todavía con mayor tristeza en su rostro.

Fidelma alzó la mirada.

La expresión de Cass era suficiente.

– ¿Dónde están?

El guerrero señaló con el dedo detrás de él.

Fidelma se levantó y se fue hacia una esquina de la capilla. Las dos niñitas de cabello cobrizo, Cera y Ciar, estaban abrazadas, como si intentaran protegerse mutuamente del destino cruel que aplastó sus cabezas sin compasión alguna.

Con la cara blanca, Fidelma se quedó contemplando lo que había sido una alquería idílica que Aíbnat y Molua habían convertido en orfanato.

Los ojos se le llenaron de lágrimas y éstas le resbalaron por las mejillas.

– Veinte niños, tres religiosas, incluida sor Aíbnat, y el hermano Molua -informó Cass-. Todos muertos. ¡Esto es absurdo!

– Malvado -admitió Fidelma con vehemencia-. Pero encontraremos algún retorcido sentido detrás de esto.

– Tendríamos que regresar a Ros Ailithir, Fidelma. -Cass estaba claramente preocupado-. No deberíamos demorarnos; tal vez esa horda bárbara regrese.

Fidelma sabía que tenía razón, pero no pudo evitar llevar el cuerpo del pequeño Tressach junto a la capilla para que estuviera con las dos niñitas de Rae na Scríne. Allí les dedicó una oración, luego se giró y rezó por todos los que habían encontrado la muerte en la alquería de Molua.

En la puerta de entrada se detuvo y miró el cuerpo de Molua.

– ¿Había por ventura una causa justa en las mentes de la gente que perpetró esta infamia? -susurró-. Pobre Molua. Nunca volveremos a discutir de filosofía. ¿Erais sólo animales arrancados de la tierra bajo un terrible arado que trabajaba por algún misterioso bien supremo?

– ¡Fidelma! -La voz de Cass reflejaba temor, pero no sólo temía por la seguridad de ella-. ¡Hemos de irnos ahora!

Fidelma se subió a su caballo y él al suyo y se alejaron al galope de aquel lugar mortal.

– No puedo creer que haya gente tan bárbara en esta tierra -dijo Cass cuando se detuvieron en la cima de la colina y echaron la vista atrás en dirección al asentamiento en llamas.

– ¡Bárbaros! -La voz de Fidelma sonó como un latigazo-. Os aseguro, Cass, que esto es malvado. Aquí hay una terrible maldad y juro por esas ruinas destrozadas que hay allí abajo que no descansaré hasta que la haya extirpado.

Cass se estremeció ante la vehemencia de su voz.

Capítulo XVII

– ¿Y ahora adónde hay que ir, hermana? -preguntó Cass cuando Fidelma, en lugar de conducir su caballo por el camino que llevaba a la abadía de Ros Ailithir, continuaba en dirección oeste.

– A la fortaleza de Salbach -contestó Fidelma apretando la boca-. Vamos a enfrentarlo con esta atrocidad.

Cass estaba inquieto.

– Eso podría ser un plan de acción peligroso, hermana. Habéis dicho que Intat era un hombre de Salbach. Si es así, el mismo Salbach ha ordenado este crimen.

– Salbach todavía es jefe de los Corco Loígde. ¡No se atrevería a hacer daño a un dálaigh de los tribunales y hermana de su rey!

Cass no respondió. No advirtió a la joven rabiosa que, si Salbach había aprobado la violencia de Intat, entonces esa misma violencia probaba que había olvidado su honor y juramento como jefe. Si estaba involucrado y consentía la masacre de niños y religiosos inocentes, no dudaría en hacer daño a cualquiera que lo amenazase. Tan sólo cuando hubieron continuado un rato por el sendero en dirección a Cuan Dóir, Cass se atrevió a sugerirle algo.

– ¿No sería mejor esperar hasta que vuestro hermano, Colgú, llegara con su guardia personal y entonces interrogar a Salbach desde una posición de fuerza?

Fidelma no se molestó en responder la pregunta. En aquel momento, su mente estaba dominada por la ira y por la determinación de seguir la pista de Intat. Si Salbach estaba detrás de Intat, entonces también él debía caer. Permitía que la ira la cegara y le impidiera pensar con lógica y, con aquella rabia dentro, no estaba preparada para detenerse y reflexionar.

Cuan Dóir parecía tan tranquilo como siempre cuando llegaron ante la entrada de la fortaleza de Salbach. Parecía imposible que sólo a una pequeña distancia de allí una alquería entera y más de veinte personas, adultos y niños, hubieran sido asesinados.

El mismo soldado indolente de antes seguía apoyado contra un poste montando guardia. Una vez más negó que Salbach estuviera en la fortaleza, pero esta vez le hizo un guiño a Fidelma.

– Probablemente esté cazando otra vez en los bosques, hermana.

Fidelma reprimió su ira.

– Sabed, soldado, que soy dálaigh de los tribunales -dijo tensa-. Sabed también que soy la hermana de Colgú, rey de Cashel.

El guerrero se movió incómodo y cambió su postura por una más respetuosa.

– Esa información no cambia mi respuesta, hermana -contestó a la defensiva-. Podéis desmontar y registrar los salones de Cuan Dóir vos misma, pero no encontraréis a Salbach. Estuvo antes aquí un momento, pero luego regresó cabalgando al bosque de Dór.

– ¿Cuándo fue eso? -preguntó Cass.

– Hace sólo unos minutos. Supongo que tenía una cita a escondidas en la cabaña del leñador. Pero eso es lo único que sé.

Fidelma clavó los talones en los costados de su caballo e indicó a Cass que la siguiera.

– ¿Volvemos a la cabaña del leñador? -gritó Cass mientras iban a medio galope por el sendero.

– Empezaremos primero por allí -admitió Fidelma-. Obviamente, Salbach ha regresado a por Grella.

Fueron cabalgando a medio galope por el camino en dirección norte hacia los bosques, atravesaron el río por el vado y luego fueron siguiendo la orilla hasta la cabañita que había en el claro del bosque. No tardaron mucho. Esta vez Fidelma no se ocultó. Cabalgó directamente hacia la cabaña y se detuvo frente a ella.

– ¡Salbach de los Corco Loígde! ¿Estáis ahí dentro? -gritó sin desmontar.

No esperaba una respuesta, pues no había rastro del caballo de Salbach.

Recibieron un silencio por respuesta.

Cass descendió de su caballo, desenvainó la espada y se aproximó con cautela a la cabaña. Abrió la puerta de un empujón y desapareció en el interior.

Al cabo de un momento regresó con la espada en la mano.

– No hay rastro de nadie -informó Cass con preocupación-. ¿Y ahora?

– Miremos en la cabaña -contestó Fidelma-. Tal vez haya algo que nos sugiera dónde podemos buscar a Salbach.

Fidelma desmontó. Ataron los caballos en la baranda y entraron en la cabaña.

Estaba vacía, tal como había dicho Cass. Estaba exactamente como la habían dejado cuando se habían llevado a Grella.

– Dudo que Salbach esté lejos -murmuró Fidelma-. Si ha deducido que nos hemos llevado a Grella, y ésta le importa tanto, tal vez haya ido a la abadía a exigir que la suelten.

Cass estaba a punto de contestar cuando oyeron los cascos de unos caballos que resonaban al exterior de la cabaña. Corrió hacia la puerta, pero, antes de que pudiera alcanzarla, ésta se abrió de golpe.

Un individuo de cara roja y grande, tocado con un casco de acero y una capa de lana con ribetes de piel, con una cadena de oro propia de su cargo y con la espada desenvainada, estaba apostado en la puerta. Detrás de él, había una docena de guerreros. Sus diminutos ojos brillaron triunfalmente cuando se posaron sobre Cass y Fidelma.

Fidelma llevaba grabada su imagen en la memoria. Era Intat.

– Vaya -dijo riéndose entre dientes complacido-, si tenemos a los malhechores… ¿Y dónde está Salbach?

– No está aquí, como veis -contestó Cass.

– ¿No? -Intat echó una mirada como para confirmar lo que había oído-. Le dije… -empezó a decir y luego se calló y se quedó mirándolos con el ceño fruncido desde el umbral de la puerta.

– ¿Así que no hay nadie más aquí aparte de vosotros dos?

Fidelma se quedó callada, mirando al hombre con los ojos entornados.

– Ya lo veis, Intat. Entregad vuestra espada. Soy dálaigh de los tribunales y hermana de Colgú, vuestro rey. Entregad vuestras armas y venid con nosotros a Ros Ailithir.

El hombre de cara roja abrió bien los ojos asombrado. Giró la cabeza en dirección a los hombres que estaban detrás de él fuera de la cabaña.

– ¿Oís a esta mujer? -Se echó a reír con sorna-. Dice que entreguemos nuestras armas. Tened cuidado, hombres, pues esta mujercita es una poderosa dálaigh de la ley y una mujer de la fe. Sus palabras nos van a herir y destruir a menos que le hagamos caso.

Sus hombres se rieron a carcajadas ante el grosero ingenio de su jefe.

Intat se volvió hacia Fidelma y le dedicó una mueca burlona que lo afeó mucho.

– Nos habéis desarmado, señora. Somos vuestros prisioneros.

No hizo ademán de bajar la espada.

– ¿Creéis que no vais a rendir cuenta de vuestras acciones, Intat? -preguntó Fidelma con calma.

– Sólo rindo cuentas ante mi jefe -dijo Intat mofándose.

– Hay una autoridad superior a la de vuestro jefe -espetó Cass.

– Ninguna que yo reconozca -respondió Intat dirigiéndose a él-. Entregad vuestra arma, guerrero, y no os haré daño. Eso os lo prometo.

– He visto cómo tratáis a los que están indefensos -replicó Cass con desprecio-. La gente de Rae na Scríne y los niños de la alquería de Molua no tenían armas. No me hago ilusiones sobre el valor de vuestras promesas.

Intat volvió a reírse entre dientes, como si el desafío del soldado le hiciera gracia.

– Entonces parece que habéis escrito vuestro destino, cachorro de Cashel. Mejor sería que lo consultarais con la buena hermana y reflexionarais sobre vuestro destino. Morir ahora o rendiros y vivir un poco más. Os dejaré discutir el asunto un momento.

El hombre de cara roja retrocedió hacia sus compinches, que sonreían cínicamente y se apiñaban en la puerta.

Cass también retrocedió unos pasos más hacia el interior de la cabaña, en guardia con la espada.

– Poneos detrás de mí, hermana -le ordenó en voz baja, hablando por la comisura de los labios en un tono tan bajo que Fidelma apenas lo oyó. Cass taladraba con la mirada a Intat y sus guerreros.

– No hay salida -respondió Fidelma murmurando-. ¿Nos rendimos?

– ¿Habéis visto de qué es capaz ese hombre? Mejor morir defendiéndonos que dejar que nos maten como a ovejas.

– Pero hay varios guerreros. Os tenía que haber hecho caso, Cass. No hay forma de escapar.

– Uno sí, pero dos no -contestó Cass en voz baja-. Detrás de mí y hacia la izquierda hay una escalera que da al desván. Allí arriba hay una ventana. La vi hace un momento. Mientras los entretengo, corred por las escaleras y salid por la ventana. Una vez fuera, agarrad un caballo e intentad llegar a la abadía. Intat no puede atacar allí.

– No os puedo dejar, Cass -protestó Fidelma.

– Alguien tiene que intentar llegar a Ros Ailithir -replicó Cass con calma-. El Rey Supremo ya está allí y vos podéis traer sus tropas. Si no lo hacéis así, ambos pereceremos en vano. Yo puedo retenerlos durante un rato. Ésta es vuestra única oportunidad.

– ¡Hey!

Intat dio un paso adelante, su cara roja sonreía burlonamente de una manera que hizo que Fidelma se estremeciera.

– Ya habéis hablado bastante. ¿Os rendís?

– No, no nos rendimos -respondió Cass, y de repente gritó-: ¡Ya!

La última palabra era para Fidelma. Ésta se giró y corrió hacia las escaleras. Muchos días practicaba el troid-sciathagid, la antigua forma de combate sin armas, y esta disciplina física le había proporcionado un cuerpo ligero y bien musculado bajo una apariencia blanda. Alcanzó el extremo superior de las escaleras con zancadas rápidas y se dirigió hacia la ventana sin detenerse y se subió al alféizar con un movimiento frenético.

Debajo de ella, en la cabaña, oía el choque de los metales y los terribles gritos de furia de los hombres que intentaban matarse.

Algo golpeó contra la pared cercana. Fidelma se dio cuenta de que era una flecha. Otro astil le rozó el antebrazo mientras ella atravesaba el extremo inferior del alféizar de la ventana.

Se detuvo un segundo, conteniendo el impulso de mirar atrás. Luego se descolgó toda ella por la ventana y se dejó caer al suelo blando y fangoso de la parte trasera de la cabaña. Aterrizó casi con la misma agilidad que un gato, a cuatro patas. Un segundo después ya se había puesto en pie y corría; al otro lado de la cabaña estaban los caballos. Además de los caballos de Cass y de ella, había otros tres que pertenecían a Intat y a sus hombres, que se agolpaban en la puerta de la cabaña, de donde le llegaban a sus oídos los sonidos del combate.

Se apresuró en busca del caballo más cercano.

Por el rabillo del ojo vio cómo uno de los hombres de Intat se apartaba del grupo que estaba a la puerta de la cabaña y se giraba en su dirección. La vio y lanzó un grito de ira. Otro hombre también se giró. En lugar de un arma, como su compañero, iba armado de un arco y estaba intentando sujetar una flecha. El primer hombre se dirigió hacia ella dubitativo, con la espada levantada.

Fidelma se dio cuenta de que no podía llegar hasta el caballo antes que su atacante, así que se detuvo, giró en redondo para hacerle frente y colocó sus pies rápidamente en una posición firme.

La última vez que Fidelma había practicado el troid-sciathagid en serio había sido contra una mujer gigante en un burdel de Roma. Esperaba no haber perdido habilidad. Dejó que el hombre corriera hacia ella, lo agarró por su cinturón y utilizó el impulso hacia adelante para levantar al sorprendido rufián por encima de sus hombros. Con un grito de sorpresa, el hombre fue a caer, con la cabeza por delante, en un barril de madera cercano, lo reventó con el impacto de su cabeza y el agua empezó a salir a chorros.

Fidelma se puso enseguida de pie, se inclinó cuando oyó el sonido vibrante de la cuerda de un arco y sintió que una flecha le pasaba volando junto a la mejilla. Luego se subió a la silla y golpeó con sus talones los costados del animal. Con un gran relincho, la bestia atravesó a toda velocidad el claro y penetró en el bosque.

Oyó unos gritos tras ella y se dio cuenta de que al menos uno de los hombres de Intat había montado otro caballo y se había lanzado a perseguirla. No sabía si alguno más se había unido a la persecución. Tan sólo había identificado a Intat y a tres hombres más en la cabaña. No creía que el que había lanzado dentro del barril estuviera en condiciones de darle caza durante un tiempo. Y seguramente Cass se estaba enfrentando a Intat en persona. Tenía que mantener la distancia sobre su perseguidor. No tardaría mucho en llegar a la abadía.

Tomó el camino hacia Ros Ailithir a través del bosque, rogando que el Rey Supremo no tardara mucho en dar la orden a sus hombres de acompañarla de regreso para rescatar a Cass. También deseó que su huida mantuviera alejado a Intat de Cass y así éste tuviera la oportunidad de huir, tal como el valiente soldado había hecho que ella pudiera escaparse.

Ahora empezaba a lamentar amargamente su impetuosidad, surgida de la rabia. Tenía que haber hecho caso del consejo de Cass.

Con la cabeza agachada junto al cuello de su caballo, iba lanzando unos chillidos agudos que habrían hecho ruborizar a su superiora, la abadesa de Kildare, si aquella piadosa mujer hubiera oído a la joven emitir tan variados insultos para que su corcel se apresurara más.

Echó una mirada atrás por encima del hombro.

Un par de jinetes iban tras ella. Se dio cuenta de que el que iba a la cabeza no era otro que el propio Intat. Se quedó helada. Intentó no pensar en lo que eso significaba. No había duda de que Intat cabalgaba un caballo más fuerte que el de Fidelma, pues la iba alcanzando sin dificultad.

A la desesperada, Fidelma hizo que su caballo girara y se saliera del sendero principal, esperando que podría ganar por allí lo mucho que iba perdiendo respecto a sus perseguidores por el camino más directo. Eso fue un error, pues al no conocer los enrevesados senderos del bosque, se encontró con que no podía mantener la misma velocidad que por el camino directo. Intat la iba alcanzando. Oía el sonido de los cascos de su caballo y sus jadeos.

De repente se encontró con un río que le cerraba el paso. Era el mismo río que fluía junto a la cabaña, que hacía una curva en su curso. No tuvo más elección que meterse directamente en él, con la esperanza de que fuera poco profundo, como sucedía en el tramo junto a la cabaña. No lo era. Había atravesado la mitad cuando el caballo tropezó, perdió pie y se hundió con pánico bajo las aguas. Fidelma intentó agarrarse bien pero se soltó; el animal avanzó con rapidez, volvió a tocar fondo y salió a trompicones del agua.

Desesperada, Fidelma se puso a nadar pero Intat estaba ya espoleando su caballo hacia el interior del agua.

Soltó un grito sonoro y triunfal.

Fidelma se giró, vio que venía y volvió a nadar con gran desesperación para alcanzar la otra orilla. En su fuero interno, sabía que era imposible escapar.

Chapoteó en el bajío, tropezó y resbaló en la orilla fangosa.

La montura de Intat alzaba las patas casi por encima de ella. El guerrero corpulento saltó de la silla de montar y se quedó en una posición superior a la de Fidelma, agarrando con ambas manos la empuñadura de su espada.

– Bien, dálaigh, ya me habéis ocasionado bastantes problemas. Aquí se acaba.

Levantó la espada.

Fidelma se retorció, levantó el brazo en un gesto defensivo automático y cerró los ojos.

Oyó que Intat gruñía y, al sentir que no sucedía nada, abrió los ojos.

Intat la estaba mirando fijamente, con la mirada perdida. Todavía se balanceaba desde una posición superior. Entonces empezó a desplomarse lentamente. Fidelma vio que tenía dos flechas clavadas en el pecho. La espada se le escurrió de las manos y cayó de cara en el río delante de ella.

Fidelma pegó un grito, más para aliviar emoción contenida que para pedir ayuda, y con rapidez subió gateando por la orilla fangosa.

Se dio cuenta de que unos caballos se arremolinaban alrededor de ella y se giró para enfrentarse a la nueva amenaza.

– ¡Fidelma! -gritó un voz familiar.

Se quedó mirando con incredulidad a su hermano, que descendía de la montura y corría hacia ella con los brazos extendidos.

– ¡Colgú!

La abrazó con fuerza y luego la cogió de los brazos y, habiendo comprobado que no estuviera herida, sonrió irónicamente.

– ¿Dónde está la hermana que decía que podía cuidar de sí misma?

Fidelma parpadeó mientras le caían unas lágrimas de alivio. Del otro lado del río, algunos miembros de la guardia de Colgú habían rodeado al otro partidario de Intat.

– Has llegado en el momento oportuno -dijo Fidelma resollando alegre-. ¿Cómo ha sido?

Colgú hizo una mueca y señaló hacia un grupo de unos treinta hombres a caballo que cabalgaban bajo su bandera.

– Vamos de camino a Ros Ailithir a la asamblea que ha convocado el Rey Supremo. Mis exploradores vieron que te perseguían y vinimos en tu ayuda. Pero ¿dónde está Cass? -dijo frunciendo el ceño preocupado-. Le di la orden de que te protegiera.

Fidelma estaba angustiada.

– Cass está en la cabaña en el bosque de ahí. Intentó retener a los atacantes mientras yo escapaba para conseguir ayuda en Ros Ailithir. Hemos de regresar allí inmediatamente. Estaba luchando con Intat. -Señaló el cuerpo del hombre que estaba flotando en el río-. Hemos de ser rápidos, pues tal vez esté herido.

Colgú se puso serio.

– Muy bien. De camino me tendrás que decir qué sucede. ¿Quién es…, quién era ese tal Intat?

Uno de los hombres de Colgú había ido a sacar el cuerpo de Intat del río y se inclinaba sobre él.

– Este hombre todavía vive, señor -gritó el soldado-. Pero dudo que durante mucho tiempo.

Fidelma se giró y descendió hasta la orilla lodosa donde el guerrero sostenía la cabeza y los hombros de Intat fuera del agua. Se puso de cuclillas junto a él y le cogió la cabeza con ambas manos.

– ¡Intat! -gritó con fuerza-. ¡Intat!

El hombre entreabrió los ojos, pero tenía la mirada perdida.

– Os estáis muriendo Intat. ¿Queréis morir en pecado?

No contestó.

– ¿Quién os mandó que matarais a los niños?

No obtuvo respuesta.

– ¿Fue Salbach? ¿Os lo dijo él?

Fidelma vio que empezaba a mover los labios y se inclinó hacia delante para oír mejor su respiración asmática.

– ¡Nos… nos veremos, nos volveremos a ver en el… infierno!

De repente el cuerpo se convulsionó y se quedó quieto. El hombre de Colgú se encogió de hombros y miró a Fidelma.

– Muer