/ / Language: Español / Genre:det_history,

El quinto evangelio

Philipp Vandenberg

La virgen de las rocas, de Leonardo da Vinci, esconde el secreto del quinto evangelio Un anticuario muniqués muere en un misterioso accidente de automóvil, y su viuda, la intrépida Anne von Seydlitz, se encuentra en posesión de unas fotografías en la que aparece un pergamino con una antigua inscripción copta. Anne intenta averiguar algo más sobre el contenido del texto y sus investigaciones le facilitan una sola pista: el nombre de «Barabbas». Ayudada por un viejo amigo que se cruza inesperadamente en su camino, Anne comienza un largo y peligroso recorrido que finaliza en Roma, a la sombra de la catedral del San Pedro, donde acaban todos los caminos. Y donde se alberga un único temor: «Barabbas».

Philipp Vandenberg

El quinto evangelio

Titulo de la edición original Das funfte Evangelium

Traducción del alemán Perc Bonnin

Ante todo guardaos del fermento de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay oculto que no deba descubrirse, y nada escondido que no llegue a saberse. Por esto, todo lo que decís en las tinieblas será oído en la luz; y lo que habláis al oído en vuestros aposentos será pregonado desde los terrados.

Lucas 12,1-3

PRÓLOGO

En ninguna ciudad que yo conozca hay cementerios tan interesantes como en París. Son totalmente diferentes, casi alegres, y no tienen en sí nada mórbido o misterioso, al contrario de lo que ocurre con los cementerios alemanes. Parece como si los franceses cuidasen mejor a sus muertos, y todo escolar sabe que, por ejemplo, Edgar Degas está enterrado en Montmartre, en cambio Maupassant y Baudelaire, en Montparnasse.

Desde el bulevar de Ménilmontant se accede al cementerio de Père-Lachaise. Así se llama el cementerio más grande y más bello de París. Un nombre extraño, que se remonta al père Lachaise, el confesor de Luis XIV. Junto a Edith Piaf, Jim Morrison y Simone Signoret, uno encuentra aquí las tumbas de Moliere, Balzac, Chopin, Bizet y Oscar Wilde. Dónde, lo dice un guardián que por unos francos incluso proporciona un plano.

En días soleados, sobre todo en primavera y otoño, muchas personas van en peregrinación a visitar las sepulturas de sus ídolos, y allí se encuentran los que se llevan la impresión fugaz de haber estado por lo menos una vez y los que vienen aquí regularmente, algunos incluso a diario, casi siempre a la misma hora y siguiendo un mismo rito: un breve recuerdo.

Esta observación supone que uno haya visitado durante varios días a la misma hora el cementerio de Père-Lachaise, cosa que yo hice al principio sin ninguna idea preconcebida, en cualquier caso no con la expectativa de toparme con una de las historias más excitantes con que nunca me haya encontrado.

Ya al segundo día me fijé en un señor entrado en años, bien parecido, que estaba frente a una tumba con la simple inscripción «Anne 1920-1971»; es decir, viéndolo retrospectivamente, lo que me llamó la atención fue aquella flor naranja y azul que llevaba en la mano y, como por mi experiencia sé que detrás de una flor rara se esconde una historia extraordinaria, cedí al impulso de hablar al desconocido.

Con sorpresa constaté haberme encontrado con un alemán que vivía en París; por lo demás se mostró esquivo, casi huraño, respecto al significado de aquella flor exótica (se trataba de una flor del ave del paraíso, también llamada ravenala). Al día siguiente, al repetirse nuestro encuentro, la situación se invirtió, puesto que ahora era el otro quien hacía lo posible por saber de mí, y tardó tiempo en creer que sólo me había impulsado mi curiosidad de escritor a hacerle esta pregunta y que no había oscuros maquinadores que me hubiesen enviado a él.

Sólo la actitud escéptica del hombre frente a mi inocente pregunta me reafirmó la sospecha de que detrás de la pequeña ceremonia diaria en el cementerio de Père-Lachaise podía ocultarse algo mucho más importante que un simple gesto emotivo. Aunque yo hacía mucho tiempo que me había presentado, todavía desconocía su nombre, pero no vi inconveniente en invitarle a comer a mi hotel, caso de que su tiempo se lo permitiera.

Debo reconocer que entonces no creía que el otro mantendría su palabra; más bien suponía que había aceptado para librarse de mi testarudez. Me asombré, pues, cuando, como habíamos convenido, el hombre apareció en el restaurante del Grand Hotel en el distrito 9, donde yo vivía, y colocó sobre la mesa una revista antiquísima, que en seguida picó mi curiosidad.

Como si hubiese tenido intención de torturarme de este modo, cosa que en una persona curiosa como yo provoca un estado casi enfermizo, conversaba plácidamente sobre las bellezas de París (a mi entender era puro sadismo) y, cada vez que yo intentaba encauzar la conversación hacia el tema propiamente dicho, sacaba alguna cosa digna de visitarse. Más tarde comprendí que el hombre luchaba consigo mismo por saber si podía confiarme su historia o no.

Había perdido ya toda esperanza, cuando de repente cogió la revista, la abrió por el medio y la puso así sobre la mesa diciendo:

– Ése soy yo. O mejor, lo fui. O todavía mejor: debiera haberlo sido. -Escudriñaba mi reacción.

Los segundos en los que me concentré en la información de la revista depararon un ostensible placer al desconocido; sentía sobre mí su mirada y tenía la sensación de que estaba siguiendo cada uno de mis movimientos, como si esperase una exclamación de sorpresa. Pero nada de esto sucedió. El artículo informaba sobre un reportero de la revista que perdió la vida en la guerra de Argelia y mostraba fotos de su vida, así como el retrato de un cadáver totalmente maltrecho. Quedé bastante desconcertado.

– No lo entenderá -comentó al fin-, a mí me ha costado mucho tiempo comprenderlo. Y sin duda es la historia más absurda que usted jamás haya escuchado.

Le respondí que ya había topado con historias increíbles. Lo normal es raras veces tema para un escritor. Referí a mi invitado el caso de aquel monje en silla de ruedas, que hace años me contó la historia de su vida y con palabras apremiantes me explicó por qué se había arrojado de una ventana del Vaticano con intención suicida. Describí su vida en mi libro Conspiración sixtina, pero, antes de salir el libro a la luz, el inválido desapareció del convento, y su abad aseguraba constantemente que nunca hubo en aquel lugar un monje en silla de ruedas; a lo que yo respondía que habíamos estado sentados allí frente a frente durante varios días.

Hubiera sido mejor no haberle contado esto, pues de pronto el hombre tuvo prisa. Manifestó que antes de decidirse a revelar su historia debía meditarlo de nuevo y mejor que nos viéramos al día siguiente en el café La Flore, en el bulevar Saint-Germain, que por lo demás es frecuentado por muchos escritores.

Resumiendo: hube de tomarme yo solo un café en La Flore, y debo confesar que no me sorprendió. Evidentemente el desconocido perdió su audacia ante la perspectiva de que su sino pudiera servir de argumento para un libro. Pero esto reafirmó mi idea de que aquello que tanto preocupaba al hombre excedía en mucho el destino de una persona particular.

Todos los grandes misterios de la humanidad tienen un origen insignificante. Yo presentía un tal misterio tras la ventura de aquel extraño. En aquel momento no podía sospechar que fuese tan grave ni tampoco que aquel hombre con la flor de papagayo sólo jugaría un papel secundario en este drama. El papel principal, adelantémoslo, lo jugó aquella dama del cementerio, de la cual yo sólo conocía el nombre: Anne.

Sin embargo, ya tenía un rastro: el artículo de la revista. Una pista conducía a Munich, una segunda a París, luego se volcaron los acontecimientos en mis investigaciones. Roma, Grecia y San Diego fueron otras estaciones, y poco a poco, progresivamente, veía más claro por qué el desconocido recelaba en confiarme su historia.

Aún visité algunas veces el cementerio, pero nunca más me encontré con aquel hombre extraño.

Capítulo primero

ORFEO Y EURIDICE

causando la muerte

1

A su alrededor era todo blanco y, como si le dolieran las paredes blancas, el suelo blanco, las puertas blancas relucientes y los deslumbrantes tubos de neón, Anne hundió su rostro en las manos. No comprendía nada. Sólo había escuchado la palabra «coma» y que él estaba muy mal. Una figura asexuada en bata blanca la arrinconó en la silla explicándole con delicadeza, como una azafata aérea que infunde confianza en el reglamento para el caso de urgencia, que los médicos harían lo humanamente posible, que aquello podría durar mucho y que hiciera el favor de rellenar el formulario y firmarlo.

La hoja estaba en el suelo junto a ella. De vez en cuando se abría una de las puertas relucientes. Suelas de goma rechinaban sobre el largo pasillo y desaparecían por otra puerta. De algún lugar llegó el ritmo de una máquina apisonadora, olía a fenol y el calor era casi insoportable.

Anne alzó la vista, aspiró profundamente el aire, abrió su abrigo de entretiempo, se reclinó hacia atrás en la silla con los ojos cerrados y cruzó los brazos. Los labios le temblaban y sentía un dolor que no podía localizar. Intuía que su vida se partía en dos y le vino a la mente una idea de su infancia, cuando a veces deseaba que una palabra mágica pudiera borrar una vivencia y todo fuera como antes.

Nunca había pensado qué ocurriría si a uno de los dos le sucediera algo. Amaba a Guido, y el amor no pregunta por el final. Pero ahora reconocía lo necio de esta actitud. No estaba preparada para una llamada telefónica así: «Lo sentimos mucho, pero hemos de darle una mala noticia. Su marido ha tenido un accidente grave. Hágase a la idea de lo peor».

Como en un sueño, Anne fue a la clínica a toda velocidad. No sabía por qué camino había llegado ni dónde aparcó el coche. Incapaz de pensar con claridad, había preguntado a dos o tres batas blancas «¿cuidados intensivos?» y aterrizado finalmente en aquel pasillo de luz penetrante, donde el tiempo parecía no tener fin.

Se asustó al sorprenderse con la idea de renovar la casa y vender la tienda de antigüedades, de hacer primero un viaje largo para distanciarse. A Guido nunca le pudo convencer para hacer un viaje alrededor del mundo. Odiaba los aviones.

¡Dios mío! Anne saltó de la silla, se avergonzaba de estos pensamientos e iba inquieta de un lado para otro con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo. La negligente actividad de los portadores de bata blanca, que pasaban por su lado sin apenas dirigirle una mirada, causaba el efecto de una provocación y faltó poco para que Anne se abalanzara sobre una de las enfermeras para gritarle que se trataba de la vida de su marido, que si no lo comprendía.

No llegó a ocurrir porque en ese momento salió de una puerta un hombre flaco con los cristales de los monóculos sucios. Mientras se dirigía a Anne, desataba las cintas de un tapabocas verde colgado del cuello y luego se limpió la frente con el brazo.

– ¿Señora von Seydlitz? -preguntó con voz apagada.

Anne sintió cómo sus pupilas se dilataban, cómo la sangre golpeaba en su cabeza. Retumbaba en sus oídos. El rostro del doctor no revelaba ninguna emoción.

– Sí -Anne exhaló un sonido apenas perceptible. Su garganta estaba seca y ronca.

El médico se presentó. Pero mientras decía su nombre cambió el tono de voz y cayó en la salmodia de un sepulturero. Al fin y al cabo, lo que seguía lo había dicho muchas veces:

– Lo siento mucho. Toda la ayuda llegó tarde para su marido. Puede que en esta situación sea un consuelo para usted si le digo que tal vez es mejor así. Su marido nunca habría recobrado el conocimiento. Las heridas del cráneo eran demasiado graves.

A pesar de que Anne aún percibió que el doctor le daba la mano, en su airado desamparo dio media vuelta y se marchó. Muerto. Por primera vez comprendió la rotundidad de esta palabra.

En el ascensor, como en todos los ascensores de las clínicas, olió a comida. Asqueada, salió huyendo apenas se abrieron las puertas.

Marchó a casa en taxi. No estaba en condiciones de ponerse al volante. Dio al conductor un billete sin decir palabra, luego se ocultó en su casa. De pronto todo le pareció extraño, frío y repulsivo. Se quitó los zapatos, subió precipitadamente la escalera, entró en su habitación y se dejó caer sobre la cama. Luego, por fin, estalló en llanto.

Esto sucedió el 15 de septiembre de 1961. Tres días después, Guido von Seydlitz fue enterrado en el cementerio del bosque. Al día siguiente comenzaron -por lo pronto digámoslo así- los sucesos extraños.

2

Para que Anne von Seydlitz no ofrezca desde el principio una imagen errónea, lo que perjudicaría el contenido real de la historia, se deben desgranar algunas palabras sobre esta mujer. Anne Seydlitz no usó nunca el «von», que revelaba la condición aristocrática de su marido. A su marido, como tratante de arte, podía serle útil el título nobiliario, pero Anne más bien se burlaba de esa «nobleza de fábrica» otorgada en el siglo XIX. En aquella época, fabricantes dignos de mérito eran elevados de un día a otro al estamento de la nobleza. Este dudoso procedimiento generó estirpes tan curiosas como la de los Von Müller o la de los Von Meyer.

Anne tenía suficiente conciencia de sí misma para andar por la vida como señora Seydlitz, pues la educación y una belleza áspera se unían en ella de un modo tan fascinante, que en cualquier lugar donde se presentara se convertía en el centro de la reunión. Como todos los que no sólo no sufren por su inteligencia, sino que además saben sacarle provecho, Anne poseía chispa y sus picardías eran a menudo la comidilla del día. Le gustaba coquetear con su edad de cuarenta años recién cumplidos diciendo que se hallaba sólo en la quinta década. Naturalmente la muerte de su marido le afectó mucho. Y precisamente cuando empezaba a asimilar el sufrimiento, que le había llegado de modo tan inesperado, la llamaron por teléfono de la clínica pidiéndole que recogiese las últimas pertenencias de su esposo.

Aunque no le fue fácil, Anne cumplió el requerimiento el mismo día. Una enfermera le entregó contra recibo un saco de plástico cerrado herméticamente, que junto con la ropa de Guido contenía el reloj y la cartera. Allí se enteró, más bien de pasada, que Guido en el momento del accidente no estaba solo en el automóvil.

– La acompañante únicamente sufrió heridas leves, hoy se le dio de alta.

– ¿La acompañante?

Anne von Seydlitz arrugó la frente, un síntoma claro de su agitación interior.

La enfermera mostró su sorpresa de que la señora von Seydlitz nada supiera de la acompañante, incluso desconfió y fue a pedir consejo al médico jefe antes de revelar el nombre. Anne reconoció en él al doctor que le había dado la funesta noticia y consideró oportuno disculparse por su actitud desconsiderada.

El doctor manifestó que su comportamiento, debido a las circunstancias, no estaba fuera de lo común, hasta lo calificó de bastante normal. Con todo Anne consiguió, tras un duro tira y afloja, averiguar el nombre y la dirección de la acompañante de su marido.

No conocía a la mujer. En principio sólo trataba de saber algo más sobre las circunstancias del accidente.

Con este fin se puso en contacto con la policía. Allí se enteró de que el automóvil ocupado por dos personas, un hombre y una mujer, se salió de la calzada en el kilómetro 7,5 de la autopista Munich-Berlín y, después de dar varias vueltas de campana, cayó sobre un talud, quedando con las ruedas hacia arriba. La mujer sobrevivió al accidente, sin duda porque fue arrojada del vehículo. Para aclarar las causas del accidente, se examinaría la carrocería del automóvil siniestrado.

Si podía ver el coche.

Naturalmente, si deseaba pasar por este mal trago.

El garaje, situado al norte de la ciudad, ofrecía espacio para dos docenas de coches accidentados, y por lo menos otros tantos estaban abandonados al aire libre. Eran automóviles abollados, desgajados, quemados, que estaban unidos al destino de alguna persona.

Por más que se había propuesto mantenerse fría y serena, empezó a temblarle todo el cuerpo al ver la chatarra, y tardó un buen rato hasta que se atrevió a aproximarse. El tablero de mandos estaba doblado por el medio. En la parte izquierda se veían restos de sangre. Los parabrisas delantero y trasero se hallaban, partidos en añicos, encima de los asientos abollados. El capó quedó reducido a la mitad de su longitud normal. El maletero estaba abierto y las abolladuras impedían cerrarlo. Apestaba a gasolina, a aceite y a plástico quemado.

Casi devotamente rodeaba Anne el vehículo siniestrado, cuando su mirada se posó en un maletín de documentos que estaba en el maletero. El funcionario de policía que la acompañaba asintió y consideró que podía llevárselo. Sacó el maletín de cuero y lo acercó a Anne.

– ¡Pero éste no es el maletín de mi marido! -gritó Anne dando un paso atrás. Hizo un movimiento como si el hombre le colocase una asquerosa alimaña ante las narices.

– Entonces será de la acompañante -estimó apacible el policía. No llegaba a comprender la excitación de la mujer.

– ¿Pero dónde está el maletín de documentos de mi esposo? ¡Llevaba consigo un maletín de color marrón con su monograma G.v.S. grabado encima!

El funcionario se encogió de hombros.

– ¿Está usted segura?

– Totalmente segura -respondió Anne y tras reflexionar un momento dijo-: ¡Démelo!

Puso el maletín sobre el techo del coche siniestrado, accionó toscamente las cerraduras y abrió la tapa. El contenido -ropa interior (dicho sea de paso no muy fina), cosméticos y cigarrillos- pertenecía sin duda a la mujer.

– ¿Puedo llevármelo? -preguntó Anne.

– Naturalmente.

Cerró el maletín y se marchó.

3

La indecible tristeza, el dolor y el vacío que dejaron en ella la muerte de Guido parecían haber sido barridos de repente, incluso vivía unos cambios de humor insólitos: el dolor, que por lo general desaparece al cabo de los años, se transformaba en Anne de una hora a otra en amargura, hasta llegó a sentir odio por su marido, al que había enterrado un día antes. Diez años de matrimonio, de supuesta felicidad, se derrumbaron súbitamente, como un edificio ruinoso bajo la pala de la excavadora. Sentía como si hubiese perdido a su esposo dos veces, una varios días antes… y luego ahora.

Camino de casa, que Anne recorrió en taxi, se le despertaron recuerdos, pensamientos, vivencias, que ahora de pronto adquirían un significado. Su mano izquierda se agarraba al asa del maletín como reuniendo fuerzas para un ataque terrible. Con la otra mano rebuscaba en su abrigo el papelito que le dio el médico en la clínica: Hanna Luise Donat, Hohenzollern-Ring 17.

Anne se mordió el labio inferior. Lo hacía siempre que estaba furiosa. Luego colocó el papelito delante de la cara del taxista.

– Lléveme al Hohenzollern-Ring 17.

La casa al este de la ciudad no era una dirección elegante, pero, por lo que se podía ver en el crepúsculo, tenía un aspecto cuidado, formal. En la puerta de hierro pintada de gris que cerraba los muros del jardín, había una placa oval de latón, sin nombre. Anne no titubeó ni un momento. Apretó el botón del timbre. En el interior de la casa, situada algo más atrás, se encendió la luz y poco después apareció en la puerta un hombre bajo y algo corpulento.

– ¿Vive aquí Hanna Luise Donat? -gritó Anne al hombre.

Él, sin responder, fue a su encuentro con una llave, abrió la puerta de hierro gris del jardín, le extendió la mano, en cuyo dedo índice faltaba la primera falange, y dijo mientras se inclinaba con torpe cortesía:

– Donat. Usted quiere ver a mi mujer. ¡Pase, por favor!

La solicitud con que el hombre, sin preguntar lo que quería, dejó pasar a Anne la maravilló, pero en su ira lo pasó por alto, en aquel momento sólo tenía un objetivo: quería ver a esa mujer.

Donat condujo a Anne a una habitación pobremente amueblada, con dos viejos armarios y un cuadro recargado de principios de siglo:

– ¡Por favor, aguarde un momento!

Desapareció por una de las puertas altas, pintadas de color claro. Al cabo de un rato volvió, mantuvo la puerta abierta y rogó a Anne que entrase.

Naturalmente Anne tenía una idea de la mujer que la esperaba en la habitación. Imaginaba una mondonga, con el pelo peinado hacia arriba y los labios pintados de un color vivo, rolliza en las partes típicas, exactamente así como se imagina uno a la que se lía con un hombre casado, y con esa idea crecía su rabia.

Se había figurado con minuciosidad el encuentro. Sobre todo se había jurado permanecer tranquila, fría y cínica, pues sólo así podía herir a la extraña. Quería decirle que era Anne von Seydlitz, la esposa, y que siempre había querido conocer a la mujerzuela con la que Guido efectuaba sus presuntos viajes de negocios. La quería invitar a recoger la indumentaria manchada de sangre de su marido, como recuerdo, por así decirlo. Pero ocurrió de modo totalmente distinto.

En el centro de la estancia, adornada con plantas verdes, estaba sentada una mujer, más o menos de la misma edad que ella. Rígida como una estatua, las piernas cubiertas con una manta, estaba sentada en una silla de ruedas. Todos los movimientos, que el cuerpo del cuello hacia abajo le negaba, se reflejaban en su hermoso rostro.

– Soy Hanna Luise Donat -dijo amablemente la mujer en su silla de ruedas y con una leve inclinación de la cabeza indicó a la visitante que se acercase.

Anne se quedó petrificada. Ella, tan locuaz que nunca se quedaba sin dar una respuesta, carecía de palabras en este momento imprevisto. Así sucedió que la inválida, por lo visto acostumbrada a situaciones como ésta, con voz expresamente tranquila dijo:

– ¡Por favor, siéntese! -Y tras un momento en el que nada ocurría, añadió con más apremio-: ¿No quiere decirme qué cosa la condujo a mí, señora…?

– Seydlitz -completó Anne.

No conseguía reprimir su nerviosismo, revolvió en su bolso, sacó el papelito y leyó, cosa que en tal situación resultaba ridícula:

– Hanna Luise Donat, Hohenzollern-Ring 17.

– Correcto -comentó la mujer en la silla de ruedas, y el hombre se colocó detrás y empujó a la inválida más cerca de la visitante.

Anne balbuceó unas palabras de disculpa: sin duda la habían inducido a error, pero en la clínica le dieron este nombre y esta dirección. Una mujer llamada así había estado en el automóvil accidentado de su marido y, después de permanecer tres días en la clínica, había sido dada de alta.

– Este malentendido -apostilló el hombre- lo puede aclarar fácilmente su esposo.

– Está muerto -dijo Anne fríamente.

– Perdone, lo siento, no podía saberlo.

Anne asintió. De cualquier modo que considerase el caso, esta mujer no podía ser ni la acompañante en el automóvil, ni la paciente en la clínica. Pero mientras ella encontraba la situación misteriosa, por no decir inquietante, los otros dos se mostraron extremamente interesados por lo ocurrido en los últimos días. Antes de que pudiera ser involucrada en una larga conversación aclaratoria, puso el maletín en la mano del hombre y se despidió más rápido de lo que habrían aconsejado las buenas maneras.

4

Aquella noche Anne no pudo conciliar el sueño. Andaba por la gran casa como un fantasma buscando sin éxito su alma. Enfundada en una larga bata blanca, se sentó en la escalera que conducía a su dormitorio e intentó encontrar una explicación a todo ello. A veces creía estar soñando; luego escuchaba los lejanos ruidos de la noche. Esperaba que en cualquier momento rodase una llave en la cerradura y Guido entrase en la casa, como siempre lo había hecho, pero nada ocurrió y al punto su delirio alcanzó el peligroso grado en que no se puede distinguir entre la fantasía y la realidad.

Anne se asustó al sorprenderse a sí misma frente a la puerta del dormitorio de Guido, golpeando con la mano el marco y gritando a su marido que era un putero y pensando otros insultos similares, como si él se hubiese encerrado en la habitación.

Lo ocurrido en los últimos días era demasiado para ella. Llorando como un niño, cayó de rodillas ante la puerta y dio rienda suelta a su ira. Pues las lágrimas de Anne no eran lágrimas de dolor por haber perdido a su esposo, sino que lloraba de rabia, rabia de él y de su desfachatez, rabia por haber confiado ciegamente en Guido, mientras él abusaba vilmente de esta confianza.

Por su modo de ser y su carácter, Anne podía aguantarlo todo menos la idea de su propia estupidez; pues Anne von Seydlitz era una mujer de rara inteligencia, una mujer que siempre había sabido emplear esta inteligencia con un propósito legítimo. Nada odiaba tanto como la necedad, y ahora, víctima de su propia estupidez, se odiaba a sí misma.

Lágrimas de ira se pegaban a su cara como jarabe. En cierto modo se avergonzaba de ella. No podía recordar haberse abandonado alguna vez de esta manera, ni siquiera de niña cuando vivía en un orfanato.

En el cuarto de baño estaba el saco de plástico que había recogido de la clínica. Reconoció el reloj de Guido, un Hamilton de oro de 1921, año en que nació Guido, quien consiguió el reloj en una subasta. En la parte de abajo había grabada una dedicatoria: Syd to Sam 1921. Anne abrió la bolsa, sacó el traje manchado de sangre y extendió los pantalones y la chaqueta como la figura de un muñeco. Estando así tendido el traje preferido de él, Anne empezó a pisotear la vestimenta con los pies desnudos, como si quisiera causar daño a Guido. Como si quisiera sacarle una confesión, pataleaba salvajemente el suelo del cuarto de baño, resollando de rabia y emitiendo una y otra vez la misma palabra:

– ¡Embustero! ¡Embustero! ¡Embustero!

En su danza orgiástica, sintió algo resistente en el traje. Inesperadamente Anne sacó el billetero de Guido. Su respiración era intensa cuando extrajo de la cartera un fajo de billetes de banco. Conocía el resto del contenido: tarjetas de crédito y los documentos del coche. Pero al empezar a contar mecánicamente los billetes, encontró una entrada amarilla. Ópera de Berlín, miércoles, 20 de septiembre, a las 19 horas.

Anne sostenía la entrada con el pulgar y el índice de ambas manos. Por Dios, Guido no era aficionado a la ópera. Podía contar con los dedos de una sola mano las pocas veces que habían ido a la ópera juntos. Para Anne era una prueba más de cómo Guido la había engañado. Y ella pertenecía a la clase de mujeres que lo perdonan todo menos la certeza de ser burladas por el marido.

Mientras extendía el contenido de la cartera delante de sí en el suelo del cuarto de baño como un rompecabezas, empezó a ordenar sus ideas. Llevaba tanto tiempo enredada obsesivamente en la doble vida de su marido, que no había alternativa: no pararía hasta haber aclarado todos los detalles.

La luz tenue del alba, que alrededor de las siete penetraba por la ventana mezclándose con el amarillo de las lámparas de pared, apaciguó el ánimo de Anne. Este sosiego no eliminó su ira, aunque le permitió vislumbrar más claramente su objetivo.

Anne era cualquier cosa menos una fisgona; pero ya se sabe que el adulterio libera rasgos desconocidos del carácter. En su caso, hasta se podría decir: su rabia la protegía del derrumbamiento total.

Mientras telefoneaba a la clínica, donde, como esperaba, le dijeron que aquella mujer del accidente automovilístico, que se hacía llamar Hanna Luise Donat, tenía una apariencia bien distinta de la mujer en silla de ruedas, fijó la vista en la fecha de la entrada de la ópera: 20 de septiembre. ¡Hoy!

Anne chasqueó los dedos y por primera vez desde hacía días afloró una sonrisa en la comisura de sus labios, una sonrisita diabólica. Sin duda abrigaba pocas esperanzas, pero cuanto más tiempo sostenía la entrada en la mano, mayor era la sensación de que la representación operística iba a proporcionarle alguna pista. No podía ni quería imaginarse que Guido, de un día para otro, se hubiese vuelto un forofo de la ópera y acudiese a una representación él solo, y encima sin decir una palabra.

5

En el avión que la llevaba a Berlín, Anne repasaba la época de los seis o siete últimos años, en que su matrimonio se había convertido en rutina, no precisamente inaguantable, pero de modo que parecía no haber estímulos en su relación, ni peleas ni reconciliaciones; todo iba -como suele decirse- sobre ruedas. Entonces, hace seis o siete años, consideró seriamente iniciar una aventura con el joven aprendiz de la empresa, que no le quitaba el ojo de encima tan pronto como ella entraba. Este deseo, que embarga a toda mujer al alcanzar los llamados mejores años, la torturó durante meses; pues por una vez la hubiese excitado probar la impresión que causaban sus treinta y cinco años en un jovencito tímido, aunque no poco atractivo.

Por esta vía indirecta esperaba Anne recordarle a su marido que el matrimonio es algo más que trabajo, éxito y dos salidas de vacaciones al año. Pero al ser consciente de pronto en la trastienda, durante una tranquila tarde del lunes, que había llamado a Wiguläus -éste era el nombre del estudiante y también su aspecto- con intención de seducirlo (incluso llevaba ropa interior lila y medias del mismo color), volvió a la realidad y a la senda de la virtud. En cualquier caso, cuando el jovencito con sus manos blancas y delgadas comenzó a magrearla por debajo de su jersey de cachemira como un panadero amasa la pasta, levantó la mano y propinó al muchacho una sonora cachetada advirtiéndole con simulada firmeza, como correspondía a una mujer casada, que no lo volviera a repetir, pero que por lo demás olvidase el incidente.

Sólo mucho más tarde comprendió que esta experiencia constituía la clásica victoria de la mente sobre el sentimiento, un raro triunfo, que al paso de los años no siempre parece absolutamente deseable. En el caso descrito, tal vez un desliz consumado -para evitar la horrible palabra fornicación- habría sido eficaz, suponiendo que el marido se enterase y se hubiesen reconciliado adecuadamente. Mucho más debía de dolerle que su fidelidad a Guido hubiese sido profanada de modo tan pérfido; ahora más que nunca se arrepentía no haberse entregado al joven Wiguläus, en vez de mantener una relación ordenada como un matrimonio normal.

El hotel en el que Anne se alojó (hotel Kempinski) no tiene especial interés para el desarrollo de la historia, en cambio sí la representación de ópera (Orfeo y Eurídice de Christoph Willibald Gluck); sean ambos mencionados para completar el relato. En todo caso, ella tomó asiento en la ópera, patio de butacas, séptima fila. Esperó al último momento y se sorprendió de ver a su derecha a un señor de mejillas coloradas, bien afeitado, con gafas Truman, al que sólo le faltaba el hábito talar para parecer un canónigo, y a su izquierda una anciana encantadora si no hubiese estado chupando caramelos de eucalipto durante todo el tiempo.

¡Pista falsa!, le rondaba por la cabeza mientras sobre el escenario un castrado flaco con voz de contralto se esforzaba por parecer el triste Orfeo. Anne se dejó arrullar por la música de Gluck; por cierto que la música era muy adecuada a su estado de ánimo y no se dio cuenta de que el tipo bien afeitado de su derecha comenzó a observarla con miradas furtivas.

Tal vez hubiera gozado de las miradas; el caso es que durante la pausa se quedó sentada en su sitio, desconcertada y hundida en sus pensamientos, hasta que la fila se llenó y el tipo de las mejillas coloradas se sentó a su derecha. Mientras se acomodaba en la butaca, ladeó la cabeza hacia ella y le dijo casi sin mover los labios:

– En este sitio esperaba yo a Guido von Seydlitz. ¿Usted quién es?

Anne guardó silencio. Pero este silencio no fue fácil. Ahora debía sopesar cada palabra. ¡Por lo pronto no meter la pata! No encontró respuesta en absoluto a la observación del desconocido. Sin duda conocía a Guido. ¿Qué quería de él aquí, en la ópera? ¿Qué relación tenía con la misteriosa mujer del coche siniestrado?

Podía renegar de Guido, decirle un nombre cualquiera y afirmar que había comprado la entrada a un desconocido; pero esto habría significado perder toda oportunidad de aclarar el misterio. Y ahora que la situación parecía más embrollada que antes quería saber sólo una cosa: ¿qué juego se traían a sus espaldas?

Después de haber sostenido demasiado tiempo su mirada desafiante, Anne contestó la pregunta con forzado sosiego:

– Soy Anne von Seydlitz, su esposa.

El tipo de las mejillas coloradas parecía haber esperado esta respuesta, en cualquier caso no dio la impresión de inquietarse; al contrario, más bien mostraba malhumor, echó aire por la nariz -una costumbre que Anne no soportaba- y preguntó exigente como un funcionario enojado tras la ventanilla:

– ¿Y qué noticia me trae?

En este momento Anne vio claro que estaba en marcha algo que ella desconocía. Ciertamente, no existe en el mundo ningún tratante de arte que no haya hecho negocios al margen de la legalidad, y ella conocía este o aquel cambalache de su marido, que no necesariamente había aportado importantes beneficios; pero siempre lo sabía y tales negocios solían cerrarse con una comida exquisita en un local elegante, nunca en la fila de una representación de ópera.

Naturalmente, podía haber dicho la verdad, que no tenía la más remota idea, porque su marido había fallecido en accidente de automóvil, pero lo juzgó erróneo, por lo que decidió jugar a la enterada mientras pudiera. Una de las cualidades más sobresalientes de Anne era mantener la cabeza fría en situaciones anormales, y no de otra manera debe calificarse ésta. Si algo causaba inseguridad, era su frialdad, su apatía por sus encantos. En este caso, sin embargo, no causaba ninguna impresión, lo sentía perfectamente. ¿Había envejecido tanto en los últimos días o llevaba escrito el furor en el rostro como una erinia? El desconocido aún esperaba la respuesta.

– ¿Noticia? -dijo Anne con estudiada timidez.

Y mientras ella aparentaba buscar las palabras como un niño atrapado en una mentira, el tipo bien afeitado la interrumpió:

– Medio millón es lo acordado. ¡No debería tensar demasiado el arco! Así pues, ¿qué quiere?

En este momento se apagaron las luces, el director de orquesta subió al podio, el público aplaudió cortésmente, se levantó el telón y Orfeo (contralto) anduvo delante de Eurídice (soprano) durante sus buenos veinte minutos sin volverse, tal como prescribía el libreto. Luego surgieron algunas intenciones de suicidio por parte del castrado, quien pretendía cimentarlas con el aria «Ah, la he perdido», pero la ejecución del deseo se hacía esperar y Anne fue perdiendo el interés en ello. Sus pensamientos giraban en torno al hombre extraño sentado a su derecha, y sintió cómo se le formaban gotas de sudor en la nuca.

El tercer acto no acababa nunca. Ella apenas podía mantenerse quieta, una vez cruzó la pierna derecha sobre la izquierda, otra vez la izquierda sobre la derecha, se agarró al bolso negro de mano y se imaginó cómo brillaría su cara al encenderse las luces. Por Dios, pensó, tiene que ocurrir algo, y aún flotaba en el aire la pregunta del hombre. Sintiéndose entre la espada y la pared y sin saber cómo salir del atolladero, siseó a un lado:

– Pienso que deberíamos negociar de nuevo…

– ¿Cómo?

– Pienso que deberíamos…

– ¡Pssst! -sonó en la octava fila, y el tipo bien afeitado, al punto que se pudiera distinguir a oscuras, hizo un gesto tranquilizador con la mano indicando sin duda que él la había entendido perfectamente y sólo para mostrar su indignación había susurrado el «¿cómo?».

Mientras Orfeo y Eurídice, cantando, se unían en un abrazo, lo que en esta ópera es un indicio infalible de que se acerca el final, ella notó que el desconocido sacaba una tarjeta de su americana y hacía garabatos con un bolígrafo.

Con el acorde final, bajó el telón, el público aplaudió y precisamente en el momento en que la penumbra del patio de butacas era eliminada por una luz clara y resplandeciente, el hombre de al lado se levantó de un salto, le apretó la tarjeta de visita en la mano y, empujando con desconsideración, salió del centro de la fila de espectadores, antes de que Anne pudiera seguirlo.

Más tarde, en el foyer, Anne examinó la tarjeta de visita, en la que se recomendaba el alquiler de coches AVIS, Budapester Strasse 43, en el Europa Center, de lo que sin duda el tipo de las mejillas coloradas no pretendía informar. Anne dio la vuelta a la tarjeta y reconoció una anotación desgarbada escrita en una caligrafía pasada de moda: «mañana 13 h-museo-Nefertiti-nueva oferta».

¡Al diablo con el tipejo! El hombre le resultaba odioso en extremo. Ya se sabe: existen personas con las que uno se encuentra por primera vez, apenas intercambia una palabra con ellas, pero con todo le resultan a uno indescriptiblemente antipáticas. Anne odiaba a los hombres de mejillas coloradas y a los que tienen un cutis brillante como una corteza de tocino.

Sin embargo, no dudó un segundo que mañana iría a la cita.

6

El lugar de la cita habría desconcertado a cualquier otra; al fin y al cabo Nefertiti era una reina egipcia. Anne von Seydlitz sabía que el busto calcáreo de Nefertiti, mundialmente famoso, excavado por los alemanes a fines del siglo pasado, estaba expuesto en el museo de Dahlem. El punto de encuentro le confirmó la primitiva sospecha de que el desconocido iba detrás de un valioso objeto antiguo.

Gentes así son muy apreciadas por los tratantes de arte porque están dispuestas a pagar cualquier precio por el objeto deseado. Entre esa clientela, Anne conocía a más de un coleccionista que, aun siendo acaudalado, se había endeudado peligrosamente sólo por hacerse con la propiedad de algún objeto ridículo de gran valor, que le parecía adecuado para coronar su colección.

Algo semejante sospechaba tras la intención del desconocido y, porque temía verse envuelta en algún asunto delictivo (un hombre que engaña a su mujer es capaz tambien de dedicarse a negocios ilícitos), decidió que en el encuentro de mañana explicaría al tipo de las mejillas coloradas la muerte de su marido; luego debería soltar el gato del saco y aclarar qué cosa era lo que valía tanto dinero y por qué todo se realizaba de una manera tan rara. Esto pensaba.

Al mediodía todos los museos del mundo están semivacíos y el museo de Dahlem no era una excepción. Anne halló al hombre de la ópera sumido en la contemplación de los mosaicos del suelo. Lo reconoció de lejos, aunque, a la luz del día y vestido con una trinchera, daba la impresión de ser mucho más joven. Estaba con los brazos cruzados a la espalda mirando fijamente el mosaico.

Anne se le acercó por un lado. El otro pareció darse cuenta, pero no levantó la vista ni la miró. Perdido en sus pensamientos, de pronto empezó a hablar:

– Éste es Orfeo con su lira, uno que conocía los secretos de la divinidad -y sonreía casi confundido. Luego continuó-: Existen muchas versiones sobre su muerte. Una dice que fue muerto por un rayo de Zeus como castigo por haber revelado a los hombres la sabiduría divina. Créame, ésta es la única versión correcta.

Anne se quedó como tiesa; se había imaginado este encuentro de modo muy distinto y ahora él comenzaba con una lección sobre Orfeo. ¿Orfeo? No podía ser una simple casualidad: la noche anterior el Orfeo de Gluck y ahora estaba él delante del mosaico echando la parida sobre la muerte del cantante.

Al cabo de un rato, el hombre levantó la vista, examinó a Anne como a un bicho raro, luego cruzó los brazos por delante y en esta actitud, mientras con un pie se pisaba el otro, empezó a hablar:

– Bueno, estamos dispuestos a subir nuestra oferta a los tres cuartos de millón…

El uso del plural dio que pensar a Anne. Ningún verdadero coleccionista usaba el pronombre «nosotros». Un coleccionista de pro, y por tal tenía Anne al mejilla colorada, conocía sólo la primera persona del singular «yo». Por primera vez le vino la sospecha de haberse metido, sin querer, en un asunto de servicios secretos. El servicio de inteligencia es, junto con la Iglesia, la única institución que sólo conoce el vocablo «nosotros».

– Me parece que no nos entendemos -dijo Anne.

Mejilla colorada tomó aire.

– ¿No es usted la señora von Seydlitz?

– Sí. ¿Y usted quién es?

– Esto no tiene nada que ver con nuestro negocio; pero si le ayuda, llámeme Thales.

No ayudó, y Anne encontraba ridículo llamarle «Thales», aunque de alguna manera el nombre le sentaba bien.

– Me interesa -insistió Thales-, me interesa sobre todo una cosa: ¿dónde se halla en estos momentos el pergamino?

Anne recibió la pregunta con disimulada calma, aunque mil cuestiones le pasaban por la mente. ¿Qué pergamino? No tenía ni idea. ¿Qué le había ocultado Guido? Normalmente estaba enterada de todos los negocios, al menos de los más importantes. ¿Por qué le había ocultado precisamente este asunto, un pergamino de tres cuartos de millón?

De repente empezó a atar los cabos sueltos e intuyó por qué el maletín de Guido había desaparecido en el accidente. Sin embargo, seguía velado el papel que jugaba en todo aquello la mujer.

Su largo silencio ponía a Thales visiblemente nervioso; en cualquier caso echaba de nuevo aire por la nariz de aquel modo tan odioso. Sonaba como cuando se cierran las puertas del metro.

– ¿Dónde está Von Seydlitz? -Thales añadió una segunda pregunta a su primera pregunta.

– Mi marido está muerto -respondió Anne con voz firme, sin que la impregnara una brizna de dolor, y miró al mejilla colorada a los ojos.

Él frunció el ceño, de modo que sus cejas pobladas asomaron tras los cristales de las gafas. No podía decirse que la respuesta lo afectara como la muerte de una persona conocida; más bien parecía inseguro y preocupado por el desarrollo del negocio. Por cuanto no era tristeza lo que de repente impregnó su voz llorosa, sino más bien autocompasión:

– Pero si la semana pasada nos llamamos por teléfono. ¡No puede ser!

– ¡Así es! -manifestó Anne rotundamente.

– ¿Un infarto?

– Un accidente de tráfico.

– Lo siento de veras.

– Está bien. -Anne bajó la vista-. Para adelantarme a su pregunta: sí, continuaré con el negocio y, en cierto modo, soy ahora su interlocutora.

– Entiendo. -La voz de Thales sonó resignada. Sin duda prefería a Guido como socio. Posiblemente el mejilla colorada por principio no deseaba mujeres. Por su aspecto podía llegarse a esta conclusión. Era igual, esto sólo reforzaba la posición de ella.

Thales intentó forzadamente reanudar de nuevo la conversación:

– Nos entendimos bien, su esposo y yo, realmente muy simpático, un hombre de negocios correctísimo. -Con la mano izquierda hizo un gesto impetuoso, como un mal actor, para indicar que sería mejor moverse del lugar. Parecía esmerarse por mantener el encuentro lo más discreto posible.

– ¿Conocía usted a mi marido? -preguntó Anne mientras caminaban, mirando aburrida los objetos egipcios expuestos a ambos lados de la sala.

– ¿Qué significa conocer? -respondió Thales-. Estábamos negociando.

¿Por qué Guido nunca pronunció el nombre de Thales? Algo no cuadraba. En el fondo se había propuesto decir la verdad al mejilla colorada, confesarle que no sabía de qué iba la cosa ni dónde estaba el pergamino por el que estaba dispuesto a pagar una fortuna; pero luego sucedió todo al revés, porque el desconocido se puso a hablar y volvió a emplear el pronombre personal «nosotros».

– Usted se pregunta naturalmente por qué nosotros estamos dispuestos a desembolsar tanto dinero por un trozo de pergamino con un par de inscripciones antiguas. Sólo por la cantidad puede usted imaginar lo valioso que es para nosotros, no queremos ocultarlo. Y no puedo imaginarme que alguien le ofrezca más. Es muy importante para nosotros que nadie se entere de la existencia del pergamino y más aún que nadie lo compre, y para no ponerla a usted en dificultades, queremos permanecer absolutamente en el anonimato. Pagaremos la cantidad exigida en metálico, en mano, el trato no necesita figurar en ningún balance. ¿Entendido?

Anne no lo entendía en absoluto. Sólo comprendió que el extraño hombre que tenía al lado estaba dispuesto a pagar tres cuartos de millón por un objeto que supuestamente se hallaba en su poder y del cual ella no tenía la más remota idea… y posiblemente incluso era robado.

De repente, Thales preguntó sin rodeos:

– ¿Ha traído el pergamino? Quiero decir, ¿está aquí en Berlín?

– No -contestó Anne sin pensarlo y diciendo la verdad.

La respuesta causó honda decepción en el mejilla colorada.

– Entiendo -dijo con expresión consternada, y con una rapidez que la desconcertó inclinó cortésmente la cabeza para despedirse.

Mientras se daba la vuelta, todavía dijo:

– Tendrá noticias nuestras, adiós.

A diferencia de la noche pasada, esta vez Anne pudo seguir fácilmente al mejilla colorada, incluso podía haberlo parado para preguntarle cualquier cosa; pero pronto desechó la idea, porque ignoraba lo que en resumidas cuentas quería de él.

7

Anne no se quedó ni un día más en Berlín. Tenía la inexplicable sensación de que algo extraño podía suceder. Las calles cubiertas de niebla, el vapor apestoso de las alcantarillas y el tráfico ruidoso, todo ello de repente producía en ella el efecto de una amenaza. Nunca había experimentado algo semejante, porque no hubo ocasión. Al fin y al cabo era una mujer con los pies en el suelo y sólo podían asustarla los balances con números rojos y el fisco.

Pero ahora se sorprendía apartándose a un lado cuando un automóvil se detenía junto a ella y dando un rodeo en la acera en torno a un mendigo sólo porque éste la miraba esperanzado. Le parecía como si todo girase a su alrededor, a pesar de que los acontecimientos seguían sin estar relacionados con su persona.

En el vuelo a Munich, del que le quedó un recuerdo agradable (era desde hacía tiempo su único recuerdo agradable) porque lucía el sol sobre las nubes y podía disponer para ella sola de toda la fila de butacas, Anne intentó hallar una explicación a lo que había ocurrido en los últimos días. No la encontró. Se preguntaba si el accidente mortal de Guido era una casualidad o alguien habría echado una mano.

Al llegar a casa encontró pegada a la puerta una tarjeta roja con el sello de la policía, advirtiéndole en una nota escrita a mano que se personase en la comisaría de su distrito. Sólo con abrir la puerta vio claro el motivo de la citación. Unos ladrones habían revuelto toda la casa, forzado armarios y cómodas, desparramado sin orden ni concierto el contenido, sacado los libros de los estantes, descolgado los cuadros e incluso habían dado la vuelta a las alfombras.

Al ver este caos, Anne se sentó en una silla y se echó a llorar. Para su sorpresa, los ladrones no se habían llevado ni la valiosa cubertería de plata ni la colección de figuras de porcelana; incluso después del primer balance constató: no faltaba nada, ni siquiera el dinero en efectivo, unos cientos de marcos, que estaba a la vista en el escritorio barroco.

Con ello comprendió que no eran ladrones normales, sino que el hecho tenía relación con el maldito pergamino. Sin duda buscaban el pergamino en la casa, no lo encontraron y se fueron sin haber logrado su propósito. Gente que está dispuesta a pagar tres cuartos de millón por un pergamino no roba plata.

Sin embargo había alguna cosa que no rimaba en sus reflexiones: por ejemplo, por qué estas personas negociaban con ella en Berlín mientras allanaban su casa en Munich. O por qué sabían que ella estaba ausente e ignoraban en cambio la muerte de su marido.

En la comisaría pertinente, Anne se enteró de que unos vecinos habían denunciado el robo al ver a dos sospechosos con linternas en el jardín. También se le comunicó que la investigación del automóvil siniestrado no indicaba ni un defecto técnico ni la acción de alguien extraño; en otras palabras, sólo Guido era responsable de su muerte, un fallo humano (el calificativo más impersonal que existe por la muerte de una persona).

El funcionario le entregó en un sobre algunos objetos insignificantes encontrados durante la investigación del coche siniestrado, entre ellos una llave de buzón echada en falta hacía tiempo, una tarjeta de crédito con idéntica historia, una estilográfica rota, que hasta donde le alcanzaba la memoria nunca la había visto en Guido, y… un cartucho de película. Faltaba la cámara, que siempre había estado en la guantera del automóvil, y al preguntar por ella le respondieron que en el coche siniestrado no se había encontrado ninguna cámara.

En una situación tan sin salida como ésta, en la que, al parecer, no había una sola causa ni un solo motivo -a) Anne quería saber aún con quién su difunto había efectuado sus supuestos viajes de negocios, b) le interesaba conocer con urgencia dónde se hallaba el pergamino; tres cuartos de millón al fin y al cabo no eran una friolera, y c) pretendía echar luz sobre un asunto en el que, sin saberlo, se hallaba más comprometida de lo que podía desear-, en tal situación casi metafísica se agarra uno a cualquier clavo ardiendo: en el fondo, cuando llevó la película a revelar, Anne esperaba ver las fotografías de la querida de su marido; sólo buscaba la confirmación de sus sospechas. Entonces el mundo habría estado de nuevo en orden, por lo menos a este respecto; había pensado mal de Guido y de los hombres en general, y tal vez había tomado la decisión de vengarse de un modo u otro con la mencionada generalidad.

De aquí que Anne von Seydlitz quedase al principio frustrada cuando le entregaron la película revelada y, en vez de escenas picantes, aparecieron una serie de fotografías que no podían ser más aburridas, pero que de pronto la electrizaron como la descarga de un enchufe. Se veían imágenes de una inscripción desvencijada, treinta y seis, y todas con el mismo motivo.

¡El pergamino! Anne se apretó la boca con las manos. Observando mejor los negativos, podía colegirse que las fotografías habían sido hechas a toda prisa al aire libre mientras alguien sostenía el valioso objeto ante la cámara. Wiguläus, de quien Anne sospechó de inmediato, negó haber participado en las fotografías, aseguró sin embargo conocer el original por haberlo visto en la caja fuerte de la tienda, cosa que lo había sorprendido, ya que en la caja fuerte sólo se guardaban objetos de mucho valor, como joyas u objetos artísticos de oro. A la pregunta de si Guido le había hablado alguna vez del pergamino, el joven respondió que no, que se había enterado de su existencia por el libro de entradas de mercancía, en el que había anotado la compra, según le indicaron, por un valor de mil marcos.

De hecho el objeto estaba debidamente anotado como «pergamino copto». Bajo el epígrafe «origen», halló Anne la anotación: privado. Wiguläus no podía decir con certeza cuándo vio el pergamino por última vez en la caja fuerte, probablemente el mismo día en que murió Guido von Seydlitz y, excusándose, añadió que no había considerado que el pergamino fuese tan importante como para interesarse por él.

Si sabía qué parte del texto del pergamino reproducía.

Oh no, sonrió Wigulaus, seguramente el valor del escrito no consistía en el contenido, sino en su antigüedad. Por lo demás, había muchos renglones ilegibles. Sólo el hecho de que fuera ofertado en el mercado del arte permite deducir que apenas tenía valor histórico.

Así esta conversación terminó como otras muchas que Anne había mantenido desde la muerte de Guido, con un profundo recelo y el propósito firme de averiguar por sí misma el secreto del pergamino. Por lo menos tenía ahora varias copias de diferente calidad de imagen, todas ellas aproximadamente del tamaño de media cuartilla, sobre las que un experto sería capaz de pronunciarse. Anne abrigaba ahora secretamente la sospecha, que no sabía cómo argumentarla, de que la muerte de Guido estaba relacionada de alguna manera con el pergamino.

8

Era aquella autodenominada forma de lógica que en los extraños sólo hace menear la cabeza, pero que al interesado le parece tan clara, que desconfía de cualquiera que dude. Llevada por esta desconfianza, Anne se ocupó de buscar un experto para que le explicase el contenido del pergamino. Pero como temiese que le hicieran preguntas incómodas sobre el origen y el paradero del documento, se dirigió no a un experto reconocido de arte e historia copta, sino que tomó los servicios de un intermediario de expertos conocido en la ciudad, el cual a cambio de dinero suministraba especialistas de cualquier ramo imaginable, la mayoría de veces profesores eméritos viejísimos y medio ciegos u hombres de letras borrachos, aunque con respetables conocimientos, quienes estaban dispuestos a emitir juicios periciales al gusto del cliente.

El doctor Werner Rauschenbach pertenecía a estos últimos. Vivía en una buhardilla de la Kanalstrasse, cuyas casas reflejaban deterioro, pero también un alquiler módico.

– ¡Cuidado con la escalera! -le había advertido a Anne por teléfono-. ¡Los escalones tienen agujeros y la barandilla ya no aguanta mucho! -No exageraba.

La vivienda de Rauschenbach se reveló digna de tenerse en cuenta desde diversos puntos de vista, se distinguía sobre todo por dos cosas que Anne nunca había visto en tan poco espacio: libros y botellas, una combinación nada extraña, pero inesperada en tal hacinamiento. Los libros estaban adosados a las paredes, en su mayoría sin la ayuda de un estante, había legajos de impresos en el suelo amontonados al parecer sin orden hasta la altura de las rodillas, entre ellos botellas, botellas cuadradas de vino tinto. El único trozo de pared libre del tétrico lugar de trabajo estaba ocupado por una foto amarillenta de Rita Hayworth sacada de una revista de los años cuarenta.

Allí parecía que el tiempo de Rauschenbach se había detenido; en esta habitación había encerrado su mundo de ensueños hecho de embriaguez y ciencia, que él justificaba, sin ser requerido a ello, ante cualquiera que lo visitase. Y así Anne debió soportar toda una biografía, aunque no sin compasión, pues la historia demostraba que una persona, una vez descarriada, casi no tiene oportunidad de llevar una vida normal. Casi siempre comienza con un fracaso matrimonial, y en Rauschenbach no era distinto. Si el alcohol era la causa de la ruptura o la ruptura la causa del alcohol, no quedó claro en su descripción.

Anne debió escuchar que el padre había perdido en el juego el dinero que ganaba en su negocio de paños. Él mismo había pasado la infancia y la juventud en un internado religioso, cuya consecuencia había sido que todavía hoy daba un largo rodeo por no topar con una iglesia y golpeaba a cuanto cura se le presentase. Pronto, demasiado pronto, corrigió, se casó con una mujer mayor, que llevaba un vestido blanco y una corona nupcial verde, pero esto era lo único que recordaba una boda. La mujer gastaba más de lo que él ganaba -los historiadores del arte no están precisamente bien pagados-, deudas, pérdida del trabajo, divorcio, gracias a Dios sin niños.

Durante esta confesión de la vida, sonaba en algún lugar un tocadiscos con el coro de presos «patria amada», lo que habría sido soportable si el aparato no hubiese repetido siempre el mismo disco. Rauschenbach, de natural enjuto y largo, con ojos salientes, mientras hablaba estaba sentado en un sillón de madera, viejo y crujiente. Cuando por fin hubo conjurado con palabras su destino, dijo:

– ¿Qué valor tiene para usted el peritaje, señora Seiler?

– Seydlitz -corrigió Anne cortésmente y añadió-: Hay un malentendido. -Y en esto sacó una gran fotografía de un sobre-. No quiero un peritaje. Vea, aquí tengo la copia de un pergamino. Quisiera saber ¿qué clase de objeto es éste, qué dice el texto y qué valor le calcularía usted al original?

Rauschenbach tomó la copia en la mano y la observó estirando los brazos. Al mismo tiempo ponía una cara como si hubiese bebido vinagre.

– Mil -dijo, sin quitar la vista de la fotografía-, quinientos ahora y el resto al entregar el encargo, sin factura.

– De acuerdo -respondió Anne, quien en seguida había comprendido que un pobre perro como Rauschenbach no trabajaba por amor al arte sino por mera supervivencia.

Sacó de su bolso cinco billetes de cien y los colocó encima de la mesa de cocina pintada de negro, que servía de escritorio-. ¿Cuánto tardará?

– Depende -consideró el flaco y se dirigió a la única ventana de la buhardilla que iluminaba apenas la habitación-. Depende de lo que tengamos entre manos. ¿El original no está a su disposición, señora Seiler?

– Seydlitz. -Anne procuraba dar la menor información posible sobre el misterioso pergamino-. No -dijo lacónicamente.

– Entiendo -refunfuñó Rauschenbach-. ¿Objeto robado?

Aquí explotó Anne:

– ¡Por favor, señor doctor Rauschenbach! Me han ofrecido el pergamino para comprarlo y yo quiero saber de usted si vale el dinero que piden y, sobre todo, qué es. Pero si usted tiene reparos… -Anne hizo lo único correcto en tal situación: pidió que le devolviese el dinero y con ello disipó de una vez todas las dudas del hombre.

– No, no -gritó éste-, no me malinterprete, pero soy prudente y en este sentido no puedo responsabilizarme de nada. No crea que no sé que todas las personas que acuden a mí tienen un motivo. Al fin y al cabo el profesor Guthmann pasa por ser el experto por antonomasia. Naturalmente usted tiene un motivo fundado para acudir precisamente a mí, pero esto no será inconveniente mientras se quede entre nosotros, si entiende lo que quiero decir, señora… Seydlitz.

Por lo menos ha retenido el nombre, pensó Anne, y al mismo tiempo fue consciente de que este tipo, al que acudían principalmente personas que tenían algo que ocultar, era un buen candidato al chantaje. Esta idea le causó malestar, pero antes de que pudiera seguir en sus dudas, Rauschenbach, concentrado en la fotografía como un criminalista, empezó a hablar lentamente:

– Hasta donde puedo distinguir, se trata de un papel copto, aunque la escritura es griega, mezclada con caracteres domóticos, típico del cóptico del primer siglo después de Cristo. Suponiendo que el pergamino sea auténtico y no una falsificación, lo que yo sólo podría determinar examinando el original, ello significa que el objeto tiene una antigüedad de por lo menos un milenio y medio.

Rauschenbach sintió que Anne clavaba los ojos en él visiblemente nerviosa e intentó desde un principio reducir sus expectativas:

– Espero no defraudarla si le digo que papeles de esta clase no son raros y en consecuencia tampoco muy valiosos. Se han encontrado a montones en cuevas y monasterios, la mayoría documentos sin importancia, pero también textos bíblicos y escritos de agnósticos. Si están bien conservados, estos pergaminos se pagan a mil marcos, pero por lo que puedo ver no se trata de un objeto de primera categoría. Sepa, señora…

– Seydlitz -completó Anne excitada.

– Sepa, señora Seydlitz, que no hay muchos coleccionistas de manuscritos coptos, y los museos y bibliotecas se interesan sólo por rollos completos, sobre todo por textos coherentes que sirvan de base para investigaciones científicas.

Anne asintió.

– Entiendo. ¿Así que no se puede imaginar que este pergamino, suponiendo que sea auténtico, constituya para alguien un objeto especialmente codiciado?

Rauschenbach miró a Anne a la cara. El modo de formular la pregunta pareció haberlo impresionado. Intentó sonreír.

– Quién sabe qué y por quién puede ser objeto de codicia. Mil marcos -concluyó meneando la cabeza-, yo no daría más por él.

Anne pensaba cómo podría aclarar al otro la importancia de este pergamino sin delatarse a sí misma. Naturalmente hubiera podido contar a Rauschenbach todo lo sucedido hasta ahora, pero dudaba que la creyera. Además no le tenía confianza, por lo que le rogó que tradujera el texto lo más fielmente posible o al menos reprodujera su contenido.

Entonces Rauschenbach sacó una botella de debajo de la mesa y se sirvió un vaso panzudo hasta el borde.

– ¿Quiere también un trago? -preguntó más bien con la mente ausente y esperando que Anne rehusara. Luego, mientras su derecha ejecutaba un movimiento inquieto sobre la fotografía, inició una larga explicación sobre la dificultad de descifrar estos textos antiguos; una copia, y además mala, lo hace aún más difícil. Anne no estaba segura si Rauschenbach era sólo demasiado perezoso y quería ganar dinero rápido con un dictamen superficial o si tenía otro motivo para no enfrentarse con el texto.

Como si el vino tinto hubiese afinado sus sentidos, Rauschenbach parecía haberle adivinado el pensamiento, y dijo sumido en el papel:

– Usted cree naturalmente que yo sólo quería facilitarme la tarea, pero puede estar tranquila, le entregaré una traducción en tanto lo permita este material. Aunque -movió el dedo índice- no se haga demasiadas ilusiones.

Anne miró a Rauschenbach.

– Créame -insistió éste-, ha habido códices enteros de la época copta que nadie los quería. Quiero decir que con este tipo de hallazgos no basta su descubrimiento, sino que es necesaria la aportación científica del descubridor, que lo documenta todo y lo relaciona dentro de un contexto histórico. Mire, un pergamino o un papiro no es una momia, ni una escultura, ni una máscara de oro, que suscitan el entusiasmo de la gente. A este respecto, uno de los descubrimientos más importantes, el llamado códice Jung, anduvo errante por el mundo hasta que despertó el interés de la ciencia. Es una historia increíble… pero no quiero aburrirla.

– Oh, no -contestó Anne-, usted no me aburre en absoluto. -Con todo, no podía borrar la impresión de que Rauschenbach se esforzaba en quitar importancia a su pergamino. Y mientras éste se llenaba otra vez el vaso, Anne reflexionó sobre el motivo que podría haber tras la actitud de Rauschenbach.

– El descubrimiento del códice Jung -prosiguió Rauschenbach- se remonta al año 1945. En aquella época unos fellahs [1] egipcios hallaron en una tumba dentro de tinajas quince manuscritos coptos, libros con tapas de cuero carcomido, por los que nadie parecía interesarse. Los vendieron por un par de piastras en El Cairo, en donde uno de estos libros recaló en un museo, otro a manos de un anticuario. Los once restantes -quemaron dos para calentarse- desaparecieron por vías oscuras para no volver nunca más. Sólo se oían rumores de su paradero. Puede haber diversos motivos por el desinterés hacia estos considerables manuscritos, pero una razón era sin duda el contenido agnóstico de estos libros.

– ¿Puede explicarlo mejor?

– Por agnosis o agnosticismo cada cual entiende una cosa diferente, y ello tiene sus razones. En los primeros siglos de la época de transición hubo filósofos y teólogos que empezaron a estudiar el origen y la naturaleza del hombre. Algunos agnósticos eclesiásticos, como Orígenes o Clemente de Alejandría, pretendían así reforzar la fe cristiana. Agnósticos seglares como Basilides o Valentino construyeron con ello una mística oriental. Claro que se atrajeron la enemistad de los otros al afirmar que el mundo era la dudosa obra de una mente creadora imperfecta y maligna. Así que nada del Dios bondadoso que flota sobre las aguas. -Rauschenbach ahogó la risa-. Pero volvamos a nuestro descubrimiento de los manuscritos: el anticuario cairota llevó el códice a América con la esperanza de hallar un comprador que le pagase una cantidad razonable. Sin resultado, como se demostró. Ningún coleccionista, ningún museo parecía interesarse por el manuscrito. Años más tarde el objeto apareció en Bruselas. Entretanto había cambiado de propietario, que lo puso de oferta en el mercado de arte. Un mecenas suizo compró el códice y lo regaló al instituto C. G. Jung de Zúrich. Allí se conserva todavía y desde entonces se llama el códice Jung.

– ¿Y los otros once libros de este hallazgo?

– ¡Una historia de aventuras! Al principio, después de ser descubiertos, se tenían por desaparecidos y debía temerse lo peor. Pero un coptólogo francés, que acertó a ver el códice guardado en el museo, informó a la Academia de Ciencias de París sobre el manuscrito y su significado. El informe apareció en un diario cairota. A consecuencia de ello una señorita entrada en años comunicó que había heredado de su padre, un numismático cairota, estos once códices y que estaba dispuesta a venderlos al museo copto. Precio: 50.000 libras. Era una suma respetable, aunque bastante adecuada al valor objetivo, ya que los códices contenían alrededor de mil páginas en lengua copta escritas con caligrafía apretada y -esto lo había descubierto entretanto el profesor francés- no menos de ochocientos cuarenta textos agnósticos diversos. Pero a los organismos responsables les faltó el dinero, y entonces, puesto que los libros ya eran conocidos, surgieron de repente compradores de todo el mundo para los valiosos objetos. Sin embargo el gobierno egipcio les echó el cerrojo y, aun cuando ningún centro estaba dispuesto a pagar la suma exigida, ordenó sellar en una caja los once libros antiguos y la entregó al museo para su custodia. Siete años permanecieron allí tirados, se negoció y se regateó, entretanto estalló la revolución y los egipcios tenían otras preocupaciones. Finalmente la propietaria legal hubo de reclamar judicialmente sus derechos. Aunque ahora se sabe dónde hallar los códices, sólo se conocen extractos de su contenido.

– ¿Es posible?

– Para ello hay muchos motivos, algunos inocentes y otros no tanto. Los científicos son gente vanidosa. Uno que se haya familiarizado con la materia raramente está dispuesto a enseñar las cartas, y por ello algunos trabajan media vida en un tal objeto. Los coptos representan en Egipto una minoría religiosa: la religión oficial es el Islam, por lo que el interés de los departamentos gubernamentales por la reelaboración de la historia de la religión copta es escaso, como se puede imaginar. Pero existe otro motivo, tal vez el más interesante, para que no se publiquen textos de esta clase.

– Me pica usted la curiosidad.

– Pues bien, estos documentos antiguos fueron redactados por personas muy inteligentes que querían comunicar algo a la posteridad, algo que sabían y de lo cual el vulgo no tenía idea. Secretos de la humanidad, por así decirlo.

– ¿Y quiere decir que todavía hoy existen estos secretos?

Rauschenbach asintió.

– Incluso estoy convencido de ello. -Tomó el vaso de vino, se tragó el contenido emitiendo sonidos guturales y se limpió la boca con el revés de la mano.

Anne lo miró. Siga hablando, quería decirle. Pero calló. Más tarde, de ello estaba convencida, se irritaría por haber dejado escapar la oportunidad, pero se hallaba incomprensiblemente cohibida para hacerle más preguntas; sentía que Rauschenbach no quería continuar hablando y seguramente habría sacado cualquier pretexto. Por ello volvió al motivo concreto de su presencia allí y preguntó:

– ¿Qué opina? ¿No podría provenir este pergamino del hallazgo descrito por usted?

– ¡Esto es imposible! -contestó sin pensar y, como si quisiera cerciorarse de nuevo, sostuvo la fotografía ante sus ojos-. Esto es realmente imposible.

– ¿Y por qué está usted tan seguro?

– Porque su documento es un pergamino.

– Sí, ¿y…?

– En los manuscritos citados se trataba de papiros. Pero esto no debe desanimarla. Existen suficientes pergaminos que por razón de su contenido son mucho más valiosos que manuscritos de papiro.

Así terminó la conversación. Rauschenbach dijo a Anne que volviese al cabo de tres días, para entonces habría aclarado el texto.

Camino de casa, que recorrió a pie, Anne se hacía conjeturas sobre el extraño comportamiento de Rauschenbach. No se había imaginado el encuentro de otra manera, pero había algo que la molestaba: el inteligente doctor Rauschenbach había perdido muchas palabras sobre textos coptos, pero ni una sobre el contenido del pergamino, tampoco expresó ninguna hipótesis, algo anormal en un bebedor charlatán como él.

Anne no sabía qué conclusión sacar de este comportamiento. También dudaba de si el dictamen esperado sería de fiar; por otro lado no hallaba ningún motivo claro de por qué Rauschenbach había de engañarla. La circunstancia de que él no respondiera a sus gustos, a causa de su vida degenerada que con excesiva diligencia atribuía a su difícil destino, no debía llevar necesariamente a inferir que era un mal científico o negligente. La mayoría de genios se distinguen precisamente por su estilo de vida anormal.

9

Durante los tres días siguientes, Anne intentó ordenar sus ideas, sorprendiéndose de que allí donde sencillamente no sabía más, no podía hallar explicación a los acontecimientos, empezaba a inventar historias que al final le daban miedo, un miedo terrible, inexplicable. En una de estas fantasías se encontraba con Rauschenbach, que la perseguía para apoderarse del misterioso pergamino, y con Donat, el marido de la inválida, el cual, Dios sabe cómo, había preparado el accidente mortal de tráfico como en una novela policíaca.

En estos días, contra su antigua costumbre, empezó a beber, sobre todo coñac, que al principio aún le gustaba, pero que después de haber tomado en exceso le revolvía el estómago de tal manera, que tenía que vomitar una y otra vez. Se odiaba por ello y era incapaz de expresar lo que le pasaba. Le sucedía como a una mariposa en el centro de una corriente de aire, a la que una fuerza violenta impide volar en la dirección deseada. Anne se sentía empujada en la corriente de aire por una fuerza desconocida, que la enredaba cada vez más en situaciones inconcebibles, y no era lo suficientemente enérgica como para salir de este dilema. Pensaba en hacer una maleta pequeña, sólo lo imprescindible, y volar en el próximo avión al Caribe sin dejar señas; pero ya en el instante siguiente se encontraba con el mejilla colorada que la esperaba al bajar del avión. Anne sufría manía persecutoria, el convencimiento enfermizo por el que uno interpreta demencialmente que cualquier expresión banal o encuentro casual va dirigido contra él.

¿Pero dónde estaba la salida de este círculo infernal? ¿Quién se atrevía a negar que en los últimos días y semanas habían ocurrido cosas que se lo ponían difícil para no dudar de su juicio? Guido estaba muerto, una mujer enigmática que había en su coche desapareció sin dejar rastro, desconocidos la perseguían y le ofrecían un dineral por un objeto que supuestamente no vale más de unos cientos de marcos. Esto eran hechos y no quimeras.

En cualquier caso Anne no se sentía muy bien cuando el viernes, alrededor de las 17 horas, fue a ver a Rauschenbach, según lo acordado. De algún modo él encajaba en esta casa deteriorada; le resultaba difícil imaginárselo en otra. Antes de apretar el timbre en una concavidad semejante a un embudo, oyó música. Por eso apretó el botón durante más tiempo del pertinente a una visita, con el fin de que Rauschenbach, arrullado por la música y el vino tinto, no desoyera el timbre.

Pero él no reaccionó. Un nuevo timbrazo impetuoso quedó sin respuesta. Anne golpeó la puerta con la mano.

– ¡Doctor Rauschenbach! -gritó enojada-. ¡Doctor Rauschenbach, abra de una vez!

El ruido que metía hizo salir al portero, un yugoslavo vivaz con un pie anquilosado, lo que no le impedía con el otro sano, tomando los escalones de dos en dos, subir al piso de arriba con increíble rapidez.

– ¿Doctor no está aquí? -preguntó sonriente.

– ¡Sí, tiene que estar, escuche la música! -contestó Anne.

El yugoslavo escuchó atentamente apretando una oreja contra la puerta y constató:

– Música sólo si doctor en casa. Pero quizá… -hizo un gesto como alguien que vacía un vaso y guiñó un ojo.

Pero el portero no había terminado aún su pantomima indicando que Rauschenbach posiblemente había vuelto a beber más de lo que la sed exige, cuando Anne sintió como si le hubieran dado un latigazo: desde el interior sonaba «Ah, la he perdido…», el aria de Orfeo y Eurídice. Anne apretó a su vez el oído a la puerta; sentía golpear el pulso en sus sienes; no había duda: ¡el aria de Orfeo!

– ¿No tiene una llave de repuesto? -Anne increpó al yugoslavo.

Él no entendía su nerviosismo, buscó tranquilamente en el bolsillo, sacó una llave grande y vieja, y la colocó ante las narices de la mujer.

– Llave maestra -dijo sonriendo irónico-. Va bien con todo.

– ¡Entonces, abra ya! -rogó Anne.

Encogiéndose de hombros para indicar algo así como: no sé si es correcto, pero si usted se empeña…, metió la llave deforme en la cerradura y Anne se precipitó en la vivienda.

Rauschenbach estaba sentado a su escritorio, el tronco caído hacia delante, la cabeza ladeada sobre la tabla. De la boca, torcida en una mueca, colgaba la lengua, gris, seca y extraordinariamente larga; tenía los ojos abiertos, pero sólo se veía el blanco. Observándolo mejor, Anne reconoció unas manchas oscuras en su cuello. Rauschenbach había sido estrangulado.

En el gramófono sonaba todavía el aria. Cuando terminó, se levantó el brazo del tocadiscos como movido por un espíritu, se colocó de nuevo y repitió la melodía infinitamente triste.

– ¡No, no, no! -gritó Anne tapándose los oídos con ambas manos, después se precipitó hacia el aparato. Un graznido desagradable y luego silencio.

10

En las noches siguientes, Anne durmió mal.

Tenía la impresión de que sólo perdía la conciencia durante unos segundos, unos breves segundos frente a las interminables horas de la noche. Se esforzaba enérgicamente por mantener los ojos abiertos y mirar fijamente al techo, donde con intervalos irregulares se dibujaban las luces de los coches que pasaban y tras una breve procesión desaparecían; pues tan pronto como cerraba los ojos, penetraban en ella imágenes que la torturaban como dolorosos parásitos. Las imágenes se aferraban como sanguijuelas en su memoria, y se le aparecían a Anne tan claras, tan significativas, que le resultaba difícil y casi imposible distinguir entre una idea fija y la realidad. Más de una vez estando en vela se preguntó si estaría loca, si su mente ya no trabajaba correctamente, si eran sueños las fantasiosas imágenes que se reflejaban en ella, imágenes que habían destruido el aparato controlador de la razón.

¿Acaso tú misma estabas sentada en el automóvil siniestrado, empezó a preguntarse seriamente Anne, acaso el choque paralizó tu cerebro y mutiló tu memoria, acaso vas sin conciencia por la vida haciendo y viviendo cosas que están fuera de cualquier realidad, acaso este estado en que te encuentras se llama muerte?

En estos momentos Anne intentaba a veces levantarse para demostrar que todavía tenía dominio de sí, pero una y otra vez fracasaba en el intento. Sencillamente le faltaban fuerzas para imponer su voluntad, como si alguien se hubiera apoderado de ella y dirigiese cada gesto y cada pensamiento. Entonces empezó a gritar palabras y el sonido de su voz, que resonaba en las paredes, la tranquilizó, la despertó de su tormento y abrió los ojos.

Debo averiguar la verdad, se repetía a sí misma.

La muerte de Rauschenbach la había colocado en una nueva situación desagradable. En cualquier caso, Anne hubo de someterse a interrogatorios embarazosos. Tenía dificultades para aclarar a la brigada de investigación criminal que desconocía el estilo de vida que llevaba Rauschenbach y que únicamente lo había visto una vez antes de su muerte. Por lo demás, Anne no vio la necesidad de encubrir el motivo de su cita con el experto. Explicó a la policía que había dejado a Rauschenbach la copia de un viejo pergamino para su peritaje.

Sin embargo se demostró que esta declaración había sido un error. Pues por un lado no se encontró la copia en casa de Rauschenbach, por otro la afirmación de Anne según la cual el pergamino había desaparecido en el accidente de su marido parecía misteriosa y poco creíble, de modo que Anne von Seydlitz, si bien no se la consideraba sospechosa del asesinato, era acusada de jugar un papel poco transparente en este caso.

Aunque Anne no veía relación entre la muerte violenta de Rauschenbach y el pergamino, no se descartaba tal posibilidad. La desaparición de la copia indicaba en todo caso, y cuanto más pensaba en ello más le asaltaba la sospecha, que Guido pudo no haber muerto de muerte natural. Pero para continuar debía conocer el significado del pergamino, debía averiguar su valor histórico y artístico o saber algo de su contenido.

Anne recordó al respecto un hombre al que Rauschenbach había nombrado de paso y que por el nombre no le era desconocido, aunque nunca había tenido relación con él. ¿Cómo dijo Rauschenbach? «¡Al fin y al cabo el profesor Guthmann pasa por ser el experto por antonomasia!»

Con una segunda copia Anne se dirigió al Instituto de la Meiserstrasse, un edificio pomposo de la época nazi, que tenía una caja de escalera con escalones a los lados y barandas de mármol. En el segundo piso encontró una puerta de dos hojas pintada de blanco con el nombre de Guthmann, si bien el letrero indicaba enérgicamente que las visitas debían anunciarse y acceder por la habitación 233, cosa que Anne cumplió.

11

Uno se imagina con frecuencia a los profesores de un instituto universitario como honorables señores maduros con barriga y vistiendo traje oscuro con chaleco. Guthmann no encajaba en absoluto en este cliché. Llevaba vaqueros, el pelo ondulado semilargo y daba más bien la impresión de un asistente mal pagado que la del director de un instituto. En el centro del despacho, que por lo menos tenía doble altura que las construcciones modernas, había una mesa larga antigua y esparcidos por encima, libros abiertos, numerosas hojas escritas y legajos de manuscritos atados con cintas como paquetes de regalo.

Guthmann sacó de debajo de la mesa un taburete gastado de madera, rogó a Anne que tomara asiento y le preguntó qué deseaba. Anne se sirvió de la misma historia que había contado a Rauschenbach: le habían ofrecido el pergamino para comprarlo y quería conocer su valor y su contenido. Guthmann tomó la copia y la examinó con los ojos fruncidos. En esto afiló la boca e hizo una mueca como de dolor. Guardaba silencio.

De repente se levantó de un salto como si hubiera descubierto algo terrible, agarró de entre los libros y manuscritos una gran lupa, se dejó caer de nuevo sobre la silla y dirigió la lente de arriba abajo sobre la copia. De vez en cuando meneaba la cabeza irritado, pero seguidamente la comisura de los labios se contrajo en una sonrisa y sonrió comprensivo.

– ¿De dónde lo ha sacado? -quiso saber Guthmann.

– No lo tengo -respondió Anne ateniéndose a la verdad e insegura añadió-: Sólo me lo han ofrecido.

– Entiendo -replicó Guthmann sin quitar la vista de la lámina-. ¿Por cuánto lo venden, si no es indiscreción?

Anne se encogió de hombros.

– Tengo que hacer una oferta.

– Sabe usted -comenzó incómodo el profesor-, los pergaminos coptos no valen mucho, hay demasiados en el mercado. El valor de una pieza como ésta viene determinado, no tanto por su antigüedad o su conservación, como por el contenido del texto. Y este texto no me parece interesante. Aquí -Guthmann tomó la lupa e indicó a Anne un renglón concreto- aquí leo el nombre de «Barabbas».

– ¿Barabbas?

– Un fantasma histórico. Aparece tanto en textos coptos como judíos. Los textos bíblicos se refieren a él como instigador. Incluso los rollos manuscritos del mar Muerto lo nombran, aunque sin dar indicios sobre su importancia. Un colega llamado Marc Vossius, que enseña en la Universidad de San Diego de California, ha dedicado media vida a este Barabbas y por ello algunos lo tienen por loco.

De pronto Anne von Seydlitz se despabiló.

– Si le entiendo bien, profesor, existe un personaje histórico llamado Barabbas tan importante, que su nombre aparece en diferentes tradiciones, sin que hasta hoy se haya conseguido analizar el significado de este… de este fantasma.

– Así es.

– ¿Y este Barabbas aparece nombrado en el pergamino?

Guthmann tomó la lupa con la mano, parpadeó a través del cristal y dijo:

– Al menos así lo parece.

– ¿Hay más fantasmas históricos como éste?

– Oh, sí -respondió el profesor-. No todos fueron tan comunicativos como Julio César, cuya vida conocemos de su propia mano; por otra parte muchos escritos se han perdido. Por ejemplo de Aristóxenos, un discípulo de Aristóteles, apenas sabemos nada, aunque fue una de las personas más sabias que han existido. Escribió 453 libros, pero no ha quedado ninguno. De Barabbas sólo conocemos el nombre y algunas alusiones a su personalidad.

En el transcurso ulterior de la conversación, Guthmann dio a entender que él mismo estaba interesado por el pergamino y Anne comprendió por qué el profesor se resistía a emitir una estimación sobre el valor del documento. Finalmente dijo que debía dejárselo durante una semana larga. Necesitaba todo ese tiempo para estudiar el manuscrito. No se habló de los honorarios.

Anne se sentía un poco aliviada tras la visita al profesor Guthmann. No habría sabido explicar por qué, aunque ahora se veía confirmada en la sospecha de que el pergamino jugaba un papel central en todas las cosas raras de los últimos días.

Cuando atravesó el portal del instituto y salió fuera, un hombre al que creía haber visto antes se deslizó por delante de ella, pero inmediatamente rechazó la idea. Demasiadas imágenes, demasiadas personas la visitaban cada noche como para tener aún el valor de expresar una sospecha.

Camino de casa buscó un bistró en la Theresienstrasse, donde sobre mesas altas de mármol se sirven suculentas especialidades de pasta. Anne reflexionaba. No podía quitarse de la cabeza el nombre de Barabbas.

Por la noche, mientras daba vueltas en la cama y aparecían y desaparecían imágenes como en noches anteriores, empezó a hablar en voz alta:

– Barabbas, ¿quién eres? Barabbas, ¿qué quieres de mí?

Temerosa aguzaba el oído en la noche por si el misterioso poder, que ya había actuado de modo tan terrible, daba una respuesta, pero el silencio reinaba en la solitaria casa, sólo interrumpido regularmente por las campanadas al estilo Westminster del viejo reloj de pared situado en la planta baja.

Estás trastornada, ya lo creo, tú estás loca, susurraba Anne en su modorra sólo para infundirse valor, cayendo luego en la somnolencia que aumenta la fantasía y atolondra la mente como una droga. Anne creyó ser también una imaginación suya el timbre del teléfono que de repente la asustó, y se apretó la almohada sobre la cabeza hasta que dejó de oírlo.

Quizá, pensó Anne después de haberse tranquilizado, debería consultar a un psiquiatra, en vez de andar con el pergamino de un coptólogo a otro. Pero entonces posiblemente no averiguaría jamás la verdad del por qué se mató Guido y por qué al buscar ella una explicación topaba siempre con un muro de silencio.

Y otra vez sonó el teléfono con aquella infamia de la que sólo es capaz un tal aparato en las horas de dormir. Mientras Anne hundía aún la cabeza en la almohada, le vino la sospecha de que ese ruido no eran imaginaciones, no, realmente sonaba.

Buscó con los dedos medio a oscuras el auricular y contestó ebria de sueño:

– ¿Diga?

– ¿Señora von Seydlitz? -se oyó del otro lado de la línea.

– Sí.

– No debería seguir investigando el pergamino -dijo una voz de hombre-. Es por su bien.

– ¡Oiga! -gritó Anne excitada-. ¡Oiga! ¿Quién habla? -Se cortó la línea. Colgaron.

Anne creía reconocer la voz, pero no estaba segura de si era Guthmann. Y si lo fuera, ¿qué razones tendría el profesor para llamarla a estas horas; de qué quería advertirla?

No aguantaba estar en la cama. Se levantó, fue al baño, dejó correr el agua fría del grifo sobre su cara, se vistió rápido y encendió la cafetera. El aparato gurgitaba ruidosamente el agua hirviendo en el filtro como un sapo en época de desove. El aroma que desprendía tenía el efecto de despejar la cabeza. Ella se sentó en un sillón sosteniendo con ambas manos la taza de café.

– Barabbas -susurró para sí misma-, Barabbas -y meneó la cabeza.

Así estuvo sentada pasando frío y con la mirada fija al frente hasta que clareó, lo que para Anne fue una liberación.

12

En situaciones sin salida como ésta, hay momentos en que la tensión cede sin más a una visión en la que de pronto aparece un resquicio de esperanza de resolver todos los problemas con la ayuda de una varita mágica. Así le sucedió a Anne von Seydlitz. Guthmann sabía mucho más sobre el pergamino de lo que había revelado en el encuentro del día anterior. Mirando retrospectivamente podía incluso creer que el profesor lo sabía todo. Como el experto en el campo de la coptología, sin duda no sólo conocía el contenido, sino que estaba informado también de las connotaciones que tan valioso hacían el documento.

Anne no encontraba adecuado visitar al profesor en su instituto y hablar con él; pues si Guthmann sabía más de lo que había revelado en la primera visita, entonces no lo divulgaría fácilmente en una segunda visita. Si quería tener alguna oportunidad, Anne debería sorprender al profesor. Se propuso sobornarlo con una cantidad sustanciosa; pues a juzgar por su apariencia, Guthmann daba la impresión de necesitar dinero.

Alrededor de las 17 horas aparcó su coche frente al instituto de manera que pudiera ver la entrada. Su plan consistía en atrapar a Guthmann, rogarle que accediera a una conversación y después de cenar juntos hacerle una generosa oferta, lo bastante generosa para hacerlo hablar.

Al cabo de tres horas y media, alrededor de las ocho y media, un portero se colocó ante el portal disponiéndose a cerrar el edificio, Anne bajó del coche, cruzó la calle corriendo y preguntó si el señor Guthmann estaba aún en la casa. El contestó que no había nadie más, pero se cercioró con una llamada telefónica que quedó sin respuesta.

Al día siguiente, después de otra noche de insomnio, Anne ya estaba a las siete y media de la mañana en el lugar. También esta vez su espera fue infructuosa. Guthmann no vino. No veía ningún motivo para no visitar al profesor en su domicilio. Obtuvo la dirección del listín de teléfonos: Guthmann, Prof. Dr. Werner.

Werner Guthmann vivía en una casa adosada de un barrio periférico al oeste de la ciudad, donde el precio de los inmuebles era razonable. Al sonar el timbre, abrió una mujer de mediana edad. Se mostró reservada. Anne le explicó incómoda su deseo; el profesor era la única persona que podía ayudarla. Pero antes de acabar de contar su historia en el portal, la interrumpió la mujer diciéndole que sentía mucho no poder ayudarla, su marido hacía dos días que había desaparecido sin dejar rastro. La policía lo estaba buscando.

Anne se estremeció. Parecía como si el condenado pergamino tuviera pegada una maldición, que la perseguía como una sombra. Se despidió precipitadamente y, mientras se dirigía al coche, le vino repetidas veces la idea de estar completamente loca. Pero a continuación se agitó en ella la conciencia de que estaba en sus cabales, porque podía analizar sin reservas y de manera lógica su situación y las circunstancias que habían conducido a ella. No obstante parecía haberse posado sobre ella y sobre su vida una fuerza misteriosa, como un pulpo que estaba en condiciones de alargar sus tentáculos hasta alcanzar un botín lejano.

Capítulo segundo

DANTE Y LEONARDO

secretos en clave

1

No tiene sentido que la gente diga, de alguien que ha puesto fin a su vida, que no estaba en sus cabales. Vossius tenía la mente tan clara que -contra su costumbre- le venían continuamente algunas cifras a la memoria, cifras que para él y para la situación en que se hallaba no tenían significado alguno. Así recapacitó seriamente si en realidad había de gastar veinte francos en el ascensor, que lo subiría a la tercera plataforma, o si debía ahorrarse un par de francos y subir a pie hasta la primera plataforma. Por un dibujo esquemático que estaba junto a la caja, se enteró de que la primera plataforma sólo estaba a 57 metros de altura, pero era más que suficiente para arrojarse a la muerte. Mas luego se dijo a sí mismo: sólo se muere una vez, y él quería ver París de nuevo desde arriba, a trescientos metros de altura. Así que se alineó pacientemente en la cola ante una de las taquillas de la caja, con la firme intención de acabar con su vida al precio de veinte francos, desde arriba del todo.

Los visitantes de la torre Eiffel se ven sometidos a una dura prueba de paciencia, porque las colas de personas que quieren tomar por asalto el monumento son todos los días casi interminables, incluso en un desapacible día de otoño como éste. Empezando por él, comenzó a contar a los que esperaban. Eran noventa y calculó que, si cada uno tardaba veinte segundos en adquirir el billete, debería esperar media hora.

Ciertamente, son ideas insensatas de cara a la muerte, pero deben reproducirse únicamente para describir la claridad de su mente, que uno u otro tal vez posteriormente le pudiera negar. Tal era su lucidez, que discretamente -es decir, de aquel modo expresamente casual que no pasaba inadvertido a cualquier observador atento- examinaba a las personas que iban delante y detrás de él por ver si no se daban cuenta de su comportamiento singularmente tranquilo, que define a una persona que sólo tiene un objetivo a la vista. Incluso se sorprendió tosiendo ligeramente, aunque no sentía necesidad de ello, sólo para no causar una mala impresión.

En algún momento de estos minutos de espera que parecían interminables, le vinieron a la mente las noticias periodísticas que levantaría su salto desde la torre Eiffel. Tal vez bajo «Varios» o, aún más denigrante, en una columna titulada «Información local», entre un accidente de tráfico en la rué Tivoli y el robo en una casa del barrio latino. Y eso que lo que se llevaba con su muerte era tan importante, que habría desplazado al día siguiente todos los titulares de este mundo.

No tenía miedo de lo que se proponía, porque no es necesario tener miedo de la muerte, sólo de la agonía, y ésta en su caso sería tan rápida, que no le quedaría tiempo para lamentarse. En algún lugar había leído que en general uno no sentía ningún dolor al lanzarse de una torre alta, porque poco antes del golpe perdía el conocimiento.

Sólo le causaba escepticismo la idea de cómo podría saberse realmente si esto no era una vaga teoría, pues nadie había sobrevivido a la práctica. Sin embargo, no le asaltaba ninguna duda, a pesar de ser consciente de que la decisión de acabar con su vida no obedecía a la voluntad propia. Pero su determinación era tan fuerte, que nada podría hacerla cambiar.

De algún modo su firme resolución le había levantado el ánimo, así que silbó a una rubia elegante que paseaba su palmito (no de otra manera se puede llamar la exhibición de su vestido nuevo) mientras giraba los ojos como un santo barroco. Jamás lo habría hecho, ¡un caballero de su edad y posición!

De pronto vio claro que había llevado una vida responsable seguida con admiración por la sociedad, comportándose según las expectativas que exigía su posición. No sin orgullo había vivido su vida, la vida de un científico prestigioso, profesor de literatura comparada. Eligió esta asignatura porque, gracias a su extraordinaria memoria, estaba particularmente dotado y la consideraba importante, aunque sólo uno de cada mil sepa explicar que se trata de comparar ciencias literarias.

Sacrificó su matrimonio a las musas, más exactamente a un proyecto de investigación de la California State University de San Diego (¿qué quiere decir: sacrificado? El decoroso matrimonio mediocre se habría roto también sin la decisión de ir a Leibethra). Así que se había avenido bien para disolver sin demasiado escándalo el ideal de la convivencia humana impuesto por la sociedad y cambiar la presión de una cátedra americana por la libertad de un instituto internacional de investigación.

Vossius dio unos pasos lentos hacia su final. Encontraba desagradable que los de atrás avanzasen en seguida a toque de codos. En general se le hacía larga la espera, insoportable la cola de gente, y empezó a sentir la sensación inexplicable que se apodera de uno que se siente acorralado.

Esta forma de acorralamiento le había impedido toda su vida asistir a actos organizados; según declaración suya debían ser calificados así aquellos en los que más de seis personas se reúnen en torno a una mesa. Vossius se había acostumbrado a resolver razonamientos difíciles no sentado, sino caminando, como Aristóteles y sus discípulos. La estrechez produce necedad, rezaba una de sus afirmaciones citadas a menudo, que él sabía cimentar con numerosos ejemplos históricos.

En general el profesor tenía costumbres que estaban fuera de lo corriente, así que lo marcaban como un hombre bastante raro. A ello contribuía también que Vossius se prescribiera, a intervalos irregulares de dos a cuatro meses, una cura de hambre en la que durante ocho días sólo tomaba agua mineral. El motivo de esta autodisciplina no eran problemas de peso, como tal vez se pudiera pensar, más que nada Vossius creía aumentar así su concentración y su capacidad intelectual. Precisamente durante una de estas curas de hambre descubrió las huellas del misterio de Barabbas.

Su ayuno, pues, respondía más a una filosofía que a la preocupación por su salud, que Vossius más bien descuidaba. No consideraba su profesión como un medio para ganar dinero, lo que supondría medir con exactitud las cuarenta horas semanales; no, su profesión era para él una necesidad, casi podría decirse una pasión, que no podía abandonar ni siquiera de noche. Las cabalgadas nocturnas por el mundo de la literatura comparada, en las que seguía alguna pista hasta el agotamiento total (cola y cigarrillos de tabaco negro hacían el resto), lo conducían a menudo al borde del colapso. No, Vossius no había llevado una vida sana. Su profesión era de aquellas pasiones que lo carcomen a uno, pero que nunca lo matan.

Si hubiera sospechado que un día sería víctima de su propio saber, no habría elegido jamás esta terrible profesión; como probo funcionario o con un oficio con sentido artístico habría llevado una vida honrada, sin necesidad de huir de sí mismo. Sócrates se equivocaba -y sin duda no era la primera vez- al decir que el saber es el único bien de la humanidad y la ignorancia el único mal. La ignorancia puede significar una gran suerte y el saber, una desgracia atroz, existen incontables ejemplos de ello. Y generalmente no se tiene mala intención al decir que los necios son los más felices: lo son. Su vida es un paraíso y su trabajo ganancia de pan y no afectado por un bosque de dudas, que rodee impenetrable su saber, porque el saber no es otra cosa que una forma siempre repetida de la duda.

¿Qué otra cosa sino la duda ha proporcionado a la humanidad su mayor conocimiento? Y si él, Vossius, no hubiera dudado que Dante, Shakespeare, Voltaire y Goethe, sí, hasta un Leonardo, eran algo más que geniales narradores de historias, si no hubiera sospechado que compartían el secreto de un misterio inconcebible, habría permanecido ignorante, pero feliz.

Ahora debía temerse a sí mismo, a su saber y a los que iban detrás de su saber. (Vossius había pasado por alto en este momento que estaba huyendo de las consecuencias de un acto criminal.) Indiferente, casi aburrido, lo que sin embargo, según lo dicho, no correspondía en absoluto a su estado interior, hundió las manos en los bolsillos de los pantalones. Su derecha retrocedió involuntariamente al sentir la botellita en su bolsillo.

No era la botellita en sí lo que le produjo una nueva inquietud, sino la obra que había ejecutado su contenido corrosivo, inodoro, incoloro, aceitoso. H2SO4. Mientras con los dedos acariciaba la angulosa botellita, miraba a todas partes, pero no divisó ningún movimiento del que hubiera podido inferir que alguien le estaba persiguiendo.

Desde la tapa de alcantarilla, sobre la que estaba, subía un hedor vomitivo a tibias aguas residuales y, para evitarlo, Vossius quería salirse de la fila, sin embargo resistió para no llamar la atención. Ridículo, pensó, lo fácil que era cometer un atentado en esta ciudad y lo sencillo que resultaba escabullirse.

Externamente no era difícil, pues, por más extraordinario y genial que fuese el profesor Vossius con respecto a su entendimiento, su apariencia era mediocre. En su edad de cincuenta y cinco años recién cumplidos no había nada atípico. Su cara suave ovalada estaba dominada por una nariz larga, delgada, y una frente alta, como se suele decir cuando hay entradas en el cabello. No obstante, Vossius estaba lejos de sufrir por algún que otro defecto en su aspecto exterior, como por ejemplo sus orejas alargadas, de las que salían matas de pelo como un juncal de un pantano. Examinada más de cerca, esta cara reflejaba en sí algo armónico y una amabilidad vivaracha que dimanaba de sus ojos pequeños. Estos ojos se movían sin cesar; incluso daban la impresión, tras un breve encuentro, que continuamente iban en busca de algo nuevo. Su vestimenta era correcta, pero alejada de la última moda también en este día memorable, en el que llevaba sobre la camisa abierta un traje de color caqui y una trinchera beige arrugada.

2

Desde que tenía uso de razón, amaba París. Estudió aquí después de la guerra, vivió en la rué des Volontaires cerca del Instituto Pasteur, en una buhardilla, bajo el tejado, en casa de una viuda que siempre llevaba colgada una colilla en la comisura de los labios y que la alquilaba para mejorar la renta de su difunto. Dos ventanas de la buhardilla daban al patio, y el mobiliario había conocido tiempos mejores, tal vez hasta el asalto a la Bastilla; en cualquier caso, del sofá de patas duras, que durante el día servía de asiento y por la noche de cama, salía pelo negro de rocín en todos los sitios imaginables, y olía a caballo.

En invierno, cuando el viento, a través de los marcos de las ventanas cubiertos con cartones, bramaba como el aullido de los perros sin amo bajo los puentes del Sena, la estufa negra, redonda, de acero salía excesivamente cara, pero sobre todo madame Marguery, como se llamaba la fumadora empedernida, se mostraba avara con las briquetas caloríferas y rehusó su ruego de subir seis escaleras arriba el preciado bien (con la esperanza de desviar una que otra caloría para sí). Madame contaba las briquetas con la minuciosidad de un contable y las distribuía, cuatro por día, por lo que Vossius todavía ahora temblaba de frío con sólo recordarlo.

Pero la necesidad aguza el ingenio, sobre todo si se trata de las necesidades normales de cada día. En el rastro que había en torno a la Porte de Clignancourt y en casa de los traperos del Village Saint-Paul, se conseguían en aquella época por un par de céntimos libros viejos con tapas duras de cartón, a los que por motivos incomprensibles les faltaba la portada o algunas páginas. Aunque se sentía unido al papel impreso casi por juramento de honor, Vossius no tuvo reparos en alimentar con ellos su estufa, si bien, hay que admitirlo, con mala conciencia.

Sea dicho para salvaguardar su honor que Vossius examinaba cada libro antes de quemarlo, no por su capacidad de combustión, sino, como correspondía a un futuro científico, respecto al contenido intelectual que, como pronto experimentaría el joven Vossius, era diametralmente opuesto al valor calorífico de la obra. En síntesis: los libros delgados mostraban un contenido intelectual más alto que los gruesos, pero estos últimos ardían más tiempo.

En todo caso debe atribuirse a la avaricia de madame Marguery que Vossius pescara un día entre los libros calefactores un ejemplar de la Divina Comedia de Dante, impreso sin lugar ni año en lengua italiana, el cual se distinguía de los otros que había quemado hasta entonces por una monstruosidad: todos los libros, como se ha dicho, sufrían el trauma del descalabro, eran viejos e incompletos, y por ello prácticamente invendibles. Menos esta edición de Dante. Esta Divina Comedia contenía, junto con las tres partes principales conocidas, «Inferno», «Purgatorio» y «Paradiso», un epílogo «Veritá», una parte que no existía o no podía existir porque faltaba en todas las ediciones conocidas de esta obra.

Más tarde se maldijo a sí mismo por no haber echado el libro en la estufa negra de acero. Pues todo empezó con este insignificante libro manoseado, de cuyo precio no podía acordarse, pero seguro que no eran más de veinticinco céntimos. Claro que no lo sospechaba. Estos veinticinco céntimos que Vossius había gastado, no con intención de edificar su espíritu, sino por la desdeñable necesidad de calentarse, habían de cambiar su vida, peor aún, debían ser la causa de que sólo viera la alternativa de tirarse de la torre Eiffel.

Volvamos a Dante: todo estudiante de literatura se entera en el primer semestre de los enigmas que envuelven como un tejido su obra principal o digamos, para ser más exactos, que la obra consta exclusivamente de enigmas, que ya empiezan con el título: Divina Comedia. Que se sepa, Dante Alighieri no tituló su obra de «Divina Comedia», sino sólo «Comedia», pero esto precisamente subraya el misterio de este libro; pues no es ninguna broma, en absoluto. Sin embargo, eligió el título no sin intención.

Durante siglos la gente creía que un libro que se ocupa del infierno, del purgatorio y del paraíso debía ser una obra devota en el sentido de la Santa Madre Iglesia. Pero el hábito no hace al monje, y en su paso por el paraíso, a pesar de toparse con reyes, poetas y filósofos paganos, Dante no encuentra papas, para los que sólo tiene palabras de desdén. De devoción, pues, ni hablar. Dios nos asista: hasta detrás de la Virgen María se esconde Beatriz, el amor imposible de su joven corazón.

Sin duda Dante era astuto, tal vez el que más sabía de su tiempo, por esto con frecuencia sólo se desahogaba con alusiones que permiten inferir un conocimiento más profundo que el manifestado por escrito. No se ha conservado ni una línea manuscrita del poeta, lo que da pie a nuevas especulaciones e indujo a los florentinos a crear una cátedra de Dante, ya medio siglo después de su muerte. Pero como ocurre casi siempre que los profesores se ocupan del destino de una persona se enredaron en violentos debates sobre lo que Dante quiso decir y esconder. Contaron versos (14.000) y descubrieron en la construcción de la obra un misterioso simbolismo numérico, que permite conjeturar que detrás de la Comedia se esconde mucha más sabiduría. Las tres partes principales se dividen en 33 capítulos cada uno: 3 por 33 es igual a 99, y 99 se considera el número perfecto.

Los números son a menudo el reflejo del orden cósmico o humano, eso ya lo sabían los griegos y también Dante juega con este simbolismo, cuando escribe que el paraíso se forma con nueve cielos concéntricos alrededor del globo terráqueo o que el embudo del infierno se precipita en nueve círculos hasta el centro de la tierra, sede de Lucifer. En todo caso, Dante tenía conocimiento de la magia de los números y de su significado simbólico, por ejemplo del sentido cósmico del número 4 (elementos, estaciones, edad del mundo) o de la compenetración de lo material y lo espiritual con el número 6. Pero sabía mucho más.

¿Era casualidad que no subsistiese oficialmente ningún original de la Comedia de Dante, que la primera copia no apareciese hasta quince años después de su muerte?

Según parecía, Vossius había hallado casualmente entre su material académico de combustión un ejemplar impreso de aquella desaparecida edición original de Dante, y se sirvió de la ayuda de un romanista amigo para averiguar el contenido del epílogo «Veritá». Pero el amigo, un piadoso joven llamado Jerome, se llevó el libro a casa por la noche y al día siguiente lo lanzó a los pies de Vossius diciéndole que era una pérdida de tiempo traducir semejante basura, pues se trataba de una falsificación que nada tenía que ver con el original, ni sobre todo con Dante Alighieri. Vossius entonces no vio motivo alguno para dudar de la explicación de su amigo, pero como se trataba de un libro muy antiguo y además de una curiosidad, lo guardó; hasta sobrevivió varias mudanzas en las que otras cosas se perdieron.

3

Entretanto, esperando en la cola, llegó a la taquilla, donde Vossius, según lo decidido, sacó un billete por valor de veinte francos, que le daba derecho a usar el ascensor hasta la plataforma más alta. Discretamente miró de nuevo a su alrededor si lo perseguían, no detectó nada extraño y se dirigió detrás de dos damas maduras a la jaula acristalada para esperar el ascensor.

No esperó largo rato. Las puertas correderas se abrieron con gran estrépito y los visitantes se precipitaron en la gigantesca jaula como animales de circo. Con un tirón el ascensor se puso en movimiento. Igual que en todos los ascensores del mundo, la gente por causas indescifrables dirigía su mirada a las puertas. Nadie se atrevía a mirar al otro a la cara. Mucho menos Vossius, que temía ser reconocido. Así que también como los demás fijó los ojos con estudiada indiferencia hacia las puertas correderas.

De esta guisa le pasó por alto que en la parte trasera del ascensor había dos hombres que no lo perdían de vista. Llevaban chaquetas oscuras de cuero, que les daban un aire algo marcial, reforzado aún más por su duplicidad. También estos dos fingían indiferencia, pero fijándose mejor se habría podido descubrir cómo se entendían con los ojos y con breves movimientos impulsivos de la cabeza.

El ascensor se paró con un movimiento que provocó un ligero hormigueo en el estómago, sobre todo en Vossius, que sentía una profunda aversión por los ascensores. Las puertas se abrieron con idéntico ruido metálico y los visitantes, que hasta ahora habían guardado un recogido silencio, se precipitaron estrepitosamente hacia la plataforma.

Vossius atentamente dejó salir a los otros primero. Así los dos hombres con las chaquetas de cuero no pudieron evitar tener que bajar antes que la persona vigilada, dirigiéndose uno hacia la izquierda y el otro hacia la derecha.

La vista de la primera plataforma de la torre Eiffel es en cierto modo preferible a la de los pisos superiores, porque desde aquí los edificios de la ciudad están tan cerca, que casi se pueden tocar. Para ser un suicida al que sólo pocos momentos separaban de su acción, Vossius se comportaba con una tranquilidad poco habitual. Sin perder siquiera un momento pensando en lo que se había propuesto, se dirigió a la parte de enfrente de la galería, se apoyó con los brazos en la baranda y miró sobre el Sena hacia el Palais Chaillot, donde la gente, como hormigas, parecía muy agitada. Allí, en el parque, había pasado a menudo sus tardes de estudiante, con un par de libros entre el equipaje, aunque muchas veces quedaban sin abrir a causa de las numerosas muchachas bonitas que uno encontraba, casi siempre patinando.

Una de las patinadoras se llamaba Avril, un nombre con el que no se había de topar jamás en la vida, igual que no se encontró nunca más con Avril. Era irlandesa, tenía el pelo rojo de fuego peinado a lo garçon, la piel blanca como la nieve y pecas en la nariz y en las mejillas, que al sol brillaban como bombillitas, pero eran invisibles con el cielo cubierto, un raro enigma de la naturaleza. Avril contó que estudiaba ballet, y ambos pasaron muchos días y noches juntos. Ella no cedía nunca a su deseo de verla bailar, aunque nada deseara él con tanto ardor.

Tampoco hablaba nunca de baile clásico y así sucedió lo que tenía que suceder: Vossius la siguió un día a hurtadillas desde su vivienda en la rué Chapón hasta el Quartier, donde ella desapareció en un cabaret llamado Carnavalet, al que acudían sobre todo argelinos. Avril bailaba allí no tanto ballet como desnuda sobre la mesa (en cualquier caso el escenario no era mayor), y cuando Vossius la sorprendió así, aunque sin hacerle ninguna escena, la muchacha de un día para otro desapareció de París. Según supo más tarde, se fue a África corriendo tras un argelino.

Vossius sonreía mirando hacia el Palais de Chaillot; era su primera sonrisa de este día y le vino la idea a la cabeza de que probablemente sería la última de su vida.

En este momento, en el que para él el tiempo no existía, en el que sólo había un agujero negro al que iba a lanzarse, sintió cómo sus brazos eran arrastrados violentamente a su espalda y apretados contra su cuerpo. Estaba indefenso.

– ¡Ningún movimiento, monsieur!

Dos hombres se habían acercado a él por la izquierda y por la derecha, y mientras uno le agarraba los brazos a la espalda, el otro palpó su indumentaria con experta rutina, sacó de la chaqueta la cartera y de los pantalones la botellita angulosa de color marrón.

– Monsieur -dijo el primero con atenta corrección-, queda usted provisionalmente detenido. ¡Síganos, sin ofrecer resistencia!

Todo ocurrió tan rápido y tan inesperadamente que Vossius no encontró palabras de protesta y soportó con resignación que uno de los hombres le colocase las esposas a la espalda, lo que le causaba dolor. Pero la mayor tortura del momento no era este dolor, sino que le impedían volar hacia el gran agujero negro, como se había propuesto.

4

Naturalmente que Vossius sabía perfectamente por qué lo habían detenido, y tenía idea de a dónde iban a llevarlo. Por esto no hizo preguntas. Siguió a los hombres hasta un viejo Peugeot azul que estaba aparcado frente a la parada de taxis en el Quai Brauly y, en una postura bastante incómoda, tomó asiento en la parte posterior.

La prefectura de policía del bulevar du Palais, a unos pasos de Notre Dame en la Île de la Cité, ofrece desde fuera una impresión bastante amable y con ello se asemeja al resto de edificios públicos de la ciudad, que al entrar cambian de cara y su atractivo se convierte en todo lo contrario. Lo mismo la prefectura, que desde el exterior recuerda un palacio encantado como el Louvre, pero en su interior, al laberinto del Minotauro, una impresión que no consiguen cambiar las columnas ni las escaleras y balaustradas con ornamentos.

Vossius fue conducido a una habitación del segundo piso, donde un comisario llamado Gruss lo recibió formalmente y le preguntó el nombre, lugar y fecha de nacimiento, profesión y lugar de residencia, mientras los dos hombres de chaqueta de cuero estaban sentados allí en silencio.

– Usted sabe, monsieur -dijo Gruss con simulada cortesía- que se le acusa de un delito y por ello puede negarse a declarar, pero -y con ello cambió el tono de voz que de pronto sonó amenazadora- ¡yo no se lo aconsejaría, monsieur!

Gruss hizo señas con la cabeza a uno de los que llevaban chaqueta de cuero. Este se levantó y abrió una puerta lateral. Entró un empleado del museo del Louvre, reconocible por el uniforme gris y la gorra. El empleado dijo su nombre y Gruss le preguntó, señalando con un gesto a Vossius, si lo reconocía.

El empleado del museo asintió y declaró que sí, que este hombre se había acercado a la pintura de Leonardo, había sacado una botellita y lanzado su contenido, no a la cara de la dama representada, sino sobre el escote, y antes de que pudiera intervenir y detenerlo, había desaparecido, ¡Dios mío, un cuadro tan valioso!

El empleado del museo fue conducido afuera y Gruss preguntó a Vossius:

– ¿Y qué dice usted a esto, monsieur?

– ¡Es cierto! -contestó Vossius.

El comisario y los otros dos le miraron.

– Así que usted admite haber perpetrado el atentado con ácido contra la Virgen en el rosal de Leonardo da Vinci.

– Sí -confirmó Vossius.

El comisario se sintió tan inseguro ante la inesperada confesión, que se movía intranquilo en su silla como si estuviese sentado sobre una piedra ardiente. Finalmente halló de nuevo las palabras, pero al mismo tiempo cambió el tono de voz en una artificiosa amabilidad y preguntó, como si estuviese hablando a un niño:

– ¿Y quiere usted tal vez revelarnos por qué lo ha hecho, monsieur? Quiero decir, ¿hay un motivo para su delito?

– ¡Naturalmente que había un motivo! ¿O cree usted que hubiera hecho una cosa así por aburrimiento?

– ¡Interesante! -Gruss se elevó detrás del escritorio que impedía su atención, se apoyó sobre un codo y respondió con una sonrisa cínica-: ¡Ah, profesor, estoy muy intrigado!

Diciendo esto subrayó exageradamente la palabra «profesor», como si temiera una respuesta científica que nadie pudiese entender.

– Me temo -comenzó Vossius incómodo- que si le digo la verdad, me tomará por loco…

– De hecho también lo temo -interrumpió Gruss-. Incluso temo tenerlo por loco sea cual fuere su declaración, monsieur.

– Precisamente -refunfuñó Vossius.

Luego se hizo un largo silencio, en el que inquisidor e inquirido se miraban callados, cada uno pensando cosas distintas. Gruss estaba realmente impaciente por saber el motivo que iba a dar este loco, mientras que Vossius sentía un miedo indefinido y el pavor de que lo declarasen incapacitado, sea cual fuere la explicación que diera para justificarse. ¿Cómo debía comportarse, pues?

Con la esperanza de provocar a Vossius y de este modo obtener una respuesta, Gruss hizo la observación:

– Me han dicho que al detenerlo daba usted la impresión de que quería tirarse de la torre Eiffel.

– Es verdad -respondió Vossius, pero inmediatamente lamentó su confesión, de pronto comprendió el peligro en que se hallaba y la reacción no se hizo esperar.

– ¿Está usted bajo tratamiento médico? -preguntó fríamente Gruss-. Quiero decir, ¿sufre usted depresiones? Puede hablar francamente de ello. Lo averiguaremos de todos modos.

Vossius se apresuró a responder:

– ¡No, por el amor de Dios! No intente acosarme en esta dirección. ¡Estoy completamente normal!

– ¡Está bien, está bien! -Gruss levantó ambas manos-. No se haga ilusiones. La incapacitación tal vez le ahorraría la cárcel.

La palabra flotaba en la habitación como el tufo del humo frío de cigarrillo: ¡incapacitación! Vossius tomó aliento. La sonrisa del comisario, un avance desvergonzado y desdeñoso del labio inferior mientras estiraba hacia arriba la comisura de la boca, reveló su regocijo por la reacción de Vossius. Este hombre no ha pensado en absoluto que se le pueda tomar por loco y mucho menos que se le pueda tratar como a un loco.

¿Cómo debía comportarse Vossius? Igual que muchas otras veces en su vida, también en este caso la verdad era lo más increíble. Se le escucharía, se le sonreiría y antes de que aportase una sola prueba para justificar su declaración, se le encerraría bajo llave, a él, un pobre profesor loco de… ¿cómo se llamaba su asignatura? ¿Literatura comparada?

Por esta razón, Vossius se esforzaba por contestar con distanciamiento las preguntas que le dirigía Gruss. Le interesaba no causar en absoluto la impresión de que no estaba bien de la cabeza. Dicho francamente, se había imaginado un interrogatorio como aquél de muy distinta manera, duro y despiadado, como había visto en las películas policíacas; en cambio aquí, en esta habitación pelada del segundo piso de la prefectura de policía, todo se desarrollaba amablemente, casi parecía una entrevista para darle empleo. Notó que ni Gruss ni ninguno de los dos funcionarios policiales tomaban apuntes o abrían un expediente, a pesar de darles repetidamente fechas y direcciones relacionadas con su pasado.

Vossius estaba demasiado nervioso para comprender la causa de esta actitud. Toda su preocupación, su cuidado, de no revelar algo que levantara la más mínima sospecha de enajenación mental producía en él una tensión que lo dejaba ciego y sordo para lo evidente.

En esta atmósfera cargada entraron de pronto dos hombres vestidos de blanco; uno traía consigo un maletín, el otro llevaba bajo el brazo correas anchas y hebillas, y a una señal del comisario se acercaron a Vossius, lo levantaron de la silla como a un inválido y dijeron, cada uno por sí, pero ambos a la vez:

– Bien, monsieur, vamos a dar una vueltecita en coche. ¡Venga!

Aunque la situación no podía ser más clara, Vossius tardó varios segundos en comprender lo que sucedía, y cuando comprendió por fin que la cosa no tenía remedio, ya los dos muchachos se lo llevaban cogido fuertemente por sus antebrazos a través del corredor hacia la escalera. Lo primero que pensó Vossius fue que no debía permitirlo, sí, incluso consideró desprenderse y huir lo más rápido posible. Pero luego triunfó la sensatez y razonó que tal actitud sólo podría ser interpretada como una prueba más de su paranoia, por lo que se entregó a su destino.

5

El automóvil, al que los dos, con infantiles palabras, le invitaron a subir, tenía las ventanillas enrejadas y por su carrocería de techo alto más bien parecía una furgoneta para el transporte de hortalizas pintada de blanco. Vossius notó desazonado que, apenas se había sentado en el banco trasero, echaban el cerrojo por fuera a la puerta corredera. A la pregunta que dirigió a la cabina del conductor a través de una ventana también enrejada y con la que pretendía saber el lugar de destino del viaje, recibió Vossius la respuesta de que se tranquilizase, que se preocupaban por su salud y que todo ocurría por su bien; una información que lo puso tanto más nervioso, cuanto más parecía destinada a calmarlo.

Durante el trayecto por el bulevar Saint Michel en dirección a Port Royal, Vossius preparó un plan de cómo había de prevenir el tratamiento que era de esperar. En todo caso, se propuso ceder a todas las exigencias con acentuada cortesía, no ofrecer con su comportamiento ningún motivo para el ataque y sólo confiarse a un perito, de profesor a profesor por así decirlo.

Al llegar al hospital St. Vincent de Paul, el automóvil giró a la derecha, a una señal del claxon se abrió una pesada puerta de hierro y, al pasar, Vossius vio un letrero blanco con la inscripción «Psiquiátrico». No pierdas los nervios ahora, se dijo a sí mismo sin mover los labios, y obedeció sin rechistar la petición de los enfermeros de acompañarlos al interior de la prolongación del edificio. El eco que producían las pisadas en el interminable pasillo daba miedo.

Al final, uno de los enfermeros golpeó una puerta, la abrió un médico de pelo blanco con las cejas oscuras muy pobladas. Asintió, como si los hubiese esperado, y extendió la mano a Vossius:

– Doctor Le Vaux.

– Vossius -contestó Vossius e intentó sonreír, pero le salió tan mal, que lamentó en seguida el embarazoso intento y puso una cara que subrayaba lo grave de la situación-. Profesor Marc Vossius.

– El autor del atentado con ácido; además intento de suicidio en la torre Eiffel -dijo el otro enfermero entregando un papel a Le Vaux, luego los dos abandonaron la habitación por una puerta en sentido contrario. Entretanto, el doctor examinó la ficha con el brazo estirado, la colocó sobre un escritorio blanco de metal y pidió a Vossius que se sentara en un taburete tapizado de plástico negro. Apestaba incomprensiblemente a sardinas.

– Doctor Le Vaux -comenzó Vossius con el propósito de mantenerse lo más tranquilo posible-, tengo que hablar con usted.

– ¡Más tarde, querido, más tarde! -interrumpió Le Vaux y apretó con ambas manos los hombros del paciente, sentándolo.

– El caso es que… -Vossius intento de nuevo el dialogo, pero Le Vaux seguía imperturbable y repitió mientras levantaba los párpados de Vossius:

– ¡Más tarde, querido, más tarde! -Sonaba por un lado como si lo hubiera dicho miles de veces, y por otro como si no quisiera prestar atención a lo que oía.

Como un mecánico que efectúa la revisión de un coche según un plan establecido, Le Vaux le presionaba los pulgares contra los huesos de las mejillas, le ejecutaba movimientos circulares con los dedos índice y medio sobre los temporales preguntando indiferente sin esperar en absoluto una respuesta:

– ¿Duele?

Con un martillo de goma, haciendo la misma pregunta con idéntica indiferencia, golpeó la frente de Vossius y luego la rodilla derecha cruzada sobre la izquierda.

Vossius decía que no; por lo demás no deseaba imaginarse lo que hubiera sucedido de haber dicho que sí, que sentía dolor. Estaba desesperado porque presentía haber ingresado en un sistema que no le ofrecía ninguna posibilidad de evadirse.

Mientras tomaba notas en su escritorio, Le Vaux juntó sus pobladas cejas como si reflexionase fatigosamente.

– ¡Hable de su infancia! -dijo de súbito-. Usted tuvo una infancia difícil, ¿no? ¿Cómo era la relación con su madre? ¿Qué clase de relación tiene usted con las mujeres en general? ¿Qué le movió a echar ácido a los pechos de la Virgen? ¿Sentía haciendo esto como si estuviese orinando? ¿Experimentó un claro alivio después del hecho?

Vossius no pudo contenerse, se levantó de un salto, pataleó en el suelo como si quisiera triturar las increíbles preguntas del doctor, igual que el gigante Gargantúa aplastaba los peñascos, y se rió maliciosamente y triunfante:

– ¡Ánimo, doctor, ánimo, seguro que se le ocurren más cosas! -gritó resoplando ira y su cabeza enrojeció como un tomate. Precisamente ésta era la reacción que a todo trance habría querido evitar, ya que suministraba vulgares argumentos a su adversario. Vossius miró espantado al doctor Le Vaux.

Para el doctor estos arrebatos no eran nada especial; por lo demás, cuando uno de los enfermeros asomó la cabeza por la puerta ofreciéndole su ayuda, la rehusó con un leve gesto de la mano, como diciendo: con éste puedo arreglármelas solo. Se limitó a decir:

– Por favor, tranquilícese. Le pondré una inyección y luego se sentirá mejor.

– ¡Inyecciones no, inyecciones no! -balbuceó Vossius, mientras el doctor con desvergonzada parsimonia levantaba la jeringuilla.

– La inyección es realmente inocua -aseguró con una sonrisa de sádico y añadió-: Comprendo su excitación.

Vossius temblaba por todo el cuerpo. ¿Qué hacer? Hervía de ira y de indignación. Por un instante pensó abalanzarse sobre el engreído psiquiatra y emprender la huida, pero luego triunfó su sensatez y la convicción de que no llegaría lejos. Sus ojos buscaron la ventana a su derecha, pero al verla sus pensamientos se desvanecieron. Todas las ventanas de este edificio tenían rejas.

Sosteniendo la jeringuilla entre el dedo índice y el medio como un habano caro, el doctor se colocó ante Vossius, se trajo una silla y preguntó:

– ¿Qué le hizo tomar la decisión de querer tirarse de la torre Eiffel? ¿Fue el miedo al castigo por el atentado con ácido o se siente usted perseguido?

– ¡Claro que me siento perseguido! -surgió inesperadamente de Vossius, una respuesta que lamentó de inmediato, pero que ahora ya no podía retrotraer.

– Comprendo -Le Vaux aparentaba compasión.

– ¡Nada comprende usted! -respondió Vossius enérgico-, ¡pero nada! Si le contase los antecedentes de la historia, entonces más que nunca me declararía usted enfermo mental.

Le Vaux asintió y contempló la jeringuilla entre sus dedos con cierta satisfacción, como pueda sentirla un atracador que mantiene en jaque a su víctima con el arma cargada.

– Cuéntemelo de todas formas -manifestó condescendiente.

– ¡Retire la jeringuilla! -exigió Vossius.

El doctor le hizo caso y Vossius reflexionó fatigosamente.

– No sé cómo debo explicarle mi situación -comenzó incómodo-. Si le digo la verdad, seguro que me tomará por loco.

– ¡Tal vez deberíamos hablar mañana! -objetó Le Vaux.

– ¡Oh, no! -contradijo Vossius obstinado. Confiaba todavía en que el psiquiatra notaría que él, Vossius, estaba en el lugar erróneo, que era tan normal como cualquier otro, y añadió-: Mañana mi situación será la misma de hoy.

Situaciones como ésta no le eran extrañas a Le Vaux. Conocía demasiado bien las inhibiciones que invaden a un enfermo mental a la hora de justificar su acción, y había experimentado que este retraimiento crece con la inteligencia del paciente. Sin duda con Vossius se enfrentaba a un hombre de inteligencia superior a la normal. Para facilitar a Vossius la charla, empleó trucos de viejo psiquiatra, como ir a la ventana, cruzar los brazos a la espalda y mirar con aparente desgana hacia fuera, como diciendo: puede tomarse el tiempo que quiera. Tuvo éxito.

– Usted cree naturalmente que vertí el ácido sobre la pintura de Leonardo en un ataque de ofuscación mental -empezó Vossius con dificultad-, pero, créame, tenía la mente clara, tan clara como ahora que estoy hablando con usted. Los motivos arrancan de hace muchos años y han de buscarse en mi trabajo como profesor de literatura comparada.

Santo cielo. Le Vaux se giró y miró a Vossius. Ahora temía una lección sobre la asignatura del paciente, que en todo caso respondía al cuadro sintomático típico de la esquizofrenia, aquella enfermedad que inexplicablemente ataca con preferencia a las personas cuya inteligencia superior al promedio se convierte en una carga.

Vossius parecía adivinar el pensamiento del doctor, cosa inhabitual en un paciente, pues en general ocurre más bien que es el psiquiatra quien cree conocer el pensamiento del paciente. En cualquier caso, dijo Vossius al asombrado Le Vaux:

– Puedo imaginarme que usted está pensando en si soy un caso de simple paranoia o de esquizofrenia paranoica, y resulta difícil demostrar que ni un diagnóstico ni otro son correctos. Escuche, doctor, soy tan normal como usted o cualquier otro.

Entretanto Le Vaux había vuelto a su típica postura frente a la ventana, miraba fijamente hacia fuera, aunque había entrado el crepúsculo y ya no se podía ver nada. Por lo menos guardaba silencio, para Vossius un indicio de que estaba escuchando.

– Hace ocho años, solicité por primera vez al Museo del Louvre que el cuadro Virgen en el rosal fuese sometido a un examen quimiotécnico y de rayos X. Pero entonces como ahora me tomaron por loco, sólo con una diferencia: antes me dejaron libre. La respuesta que me hicieron llegar decía: que con interés se había tomado nota de mi teoría, no obstante se veían en la imposibilidad de atender mi sugerencia. El valioso cuadro podía sufrir daños con ello. Naturalmente eso era una estupidez; pues como se sabe, en todas las partes del mundo, y no menos en el Louvre, las obras de arte son sometidas a la investigación de las ciencias naturales. De este modo se desenmascararon Rembrandts que no lo eran, en otras obras se pudo determinar la autoría de un artista, así que no es un procedimiento fuera de lo corriente. No, el motivo de la actitud negativa del Louvre era que un profesor de literatura había hecho un descubrimiento de gran trascendencia, un descubrimiento que correspondía a un historiador del arte. Creo que la rivalidad entre los profesores de arte no es diferente que entre los médicos.

Una observación aguda, que Le Vaux en el fondo no podía menos que compartir, con lo que Vossius, sin sospecharlo, había conseguido atraerse cierta simpatía. El tono de repente era totalmente distinto, cuando Le Vaux preguntó:

– Dígame, monsieur le professeur, ¿qué sentido debía tener la investigación? Quiero decir, ¿qué se prometía con ella?

Vossius respiró profundamente. Sabía que lo que iba a decir sería decisivo para su ulterior fortuna. Si había sólo una mínima oportunidad, debía aprovecharla ahora contando la verdad. La idea de tener que pasar años, meses, aunque sólo fueran semanas, detrás de estos muros, entre personas dignas de compasión por su desvarío, esta expectativa le hizo olvidar todos sus escrúpulos, debía revelar lo que sabía.

6

Leonardo -Vossius empezó divagando- fue uno de los mayores genios que jamás hayan vivido. Muchos de sus contemporáneos lo tenían por loco, porque se ocupaba de asuntos incomprensibles para ellos. Disecaba cadáveres para estudiar la anatomía humana, construía aviones, palas excavadoras, carreteras de montaña y submarinos, que sólo siglos más tarde se convertirían en realidad. Fue inventor, arquitecto, pintor e investigador y poseía unos conocimientos sólo revelados a unos pocos a lo largo de los milenios. También sabía cosas que no debía y que sólo pocas personas conocían.

– No lo entiendo -interrumpió Le Vaux. Vossius parecía haber despertado el interés del psiquiatra.

– Mire -explicó Vossius-, en este mundo existen personas sabias, no muchas, pero una cantidad respetable. Sin embargo, iluminadas (una palabra horrible, pero no conozco otra mejor), no llegan a una docena. Son personas que comprenden todos los nexos, que saben qué es lo que, en lo más íntimo, mantiene unido al universo. Leonardo da Vinci era una de ellas, pero casi nadie lo sabía. La mayoría lo tomaban tal vez por un hombre de talento, no más. Uno que sabía que detrás de Leonardo se escondía un genio era Rafael. Admiraba a Leonardo por su arte pictórico, pero lo idolatraba por su clarividencia. Rafael no fue iniciado en el saber de Leonardo, aunque conocía su existencia. Por ello Rafael, en su cuadro La escuela de Atenas, pintó la cabeza de Leonardo da Vinci para representar a Platón, uno de los seres más inteligentes que han vivido en nuestro planeta. Algunos vieron en ello un cumplido, otros lo ignoraron porque no le encontraban explicación. Muy pocos conocen la verdad.

– ¿Y habló Leonardo alguna vez de este saber?

– No como un predicador ambulante o un charlatán. Dejó indicaciones en sus notas escritas, enigmas para la crítica literaria y artística. Empleaba metáforas extrañas. Escribió que el cuerpo de la Tierra es de la misma naturaleza que un pez, respira agua en vez de aire y está atravesado por venas que, como la sangre en el cuerpo humano, corren por debajo de la superficie y suministran el jugo vital al planeta. Bastante ingenuo para alguien que se ocupaba de la aviación.

Le Vaux acercó su silla a Vossius y se sentó frente a él, con los codos apoyados en las rodillas. El hombre, sobre todo su discurso, empezaba a interesarle. Los paranoicos son capaces de los pensamientos más raros, y estos pensamientos se caracterizan por ser absurdos, aunque lógicos en sus consecuencias, incluso a veces estrictamente científicos. Le Vaux observaba cada movimiento de su paciente, pero ni los gestos de las manos ni la motricidad de los ojos revelaban ningún tipo de anomalía que hubiera permitido diagnosticar sobre el estado mental de este hombre.

– El gran Leonardo -Vossius reanudó su discurso- consideraba menos significativa su pintura que su ciencia. En todo caso no vertió en su testamento ninguna palabra sobre sus cuadros, en cambio hizo el recuento uno por uno de todos sus libros y manuscritos, como si hubieran sido lo más importante de su vida. Una de estas obras lleva por título Trattato della Pittura y contiene, junto con penetrantes ideas sobre el arte, alusiones enigmáticas sobre Dios y el mundo.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo la referencia a un cuadro divino inspirado por la naturaleza, «donde un buitre está rodeado de rosas, con un secreto en el corazón, cubierto con mucho minio y adecuado para derribar la palma». Generaciones de historiadores del arte hicieron conjeturas en torno a esta descripción, llegando a concluir que el cuadro había desaparecido.

– ¿Y? ¡Deje que lo adivine, monsieur, usted lo ha redescubierto! ¿Cierto?

– Cierto -respondió Vossius sin darse importancia.

– ¿Y dónde, si me permite la pregunta?

Vossius rió.

– En el Louvre, doctor. -Su voz sonaba ahora muy excitada-. Sólo que era muy diferente de cómo los caballeros se lo habían imaginado.

– ¿Y cómo?

– El cuadro supuestamente extraviado de Leonardo da Vinci era la Virgen en el rosal.

– Interesante -observó el doctor Le Vaux. Incuestionable, se enfrentaba a un caso típico de paranoia demente. Lástima por la inteligencia de este hombre. Le Vaux no quería en el fondo hacer más preguntas y apenas prestaba atención cuando Vossius continuó su explicación.

– Desde un principio me pareció claro que este problema no podría ser resuelto por historiadores del arte, sino sólo por críticos literarios. Dante Alighieri me descubrió el camino.

¡Oh Dios! Le Vaux se esforzaba visiblemente por mantenerse serio. Estaba profesionalmente entrenado para ello, pero este Vossius exigía demasiado.

– Seré breve -anunció Vossius, al que naturalmente no se le escapaba el estado convulsivo del psiquiatra-, pero debe pensar que todo ello se prolongó durante años. Escribí un trabajo bastante reconocido en círculos de expertos sobre el simbolismo de las plantas y los animales en la Divina Comedia de Dante. En él descubrí que Dante, igual que Leonardo, habla a veces mediante enigmas, usa metáforas y alegorías que se esconden tras el argumento de su libro y con cuya ayuda intentaba proporcionar a un pequeño grupo de iniciados unos conocimientos capaces de conmover al mundo. En Dante está lleno de plantas y animales, y sólo se puede entender el camino al infierno si se conoce su significado. Así Dante habla del leopardo, del león y de la loba queriendo significar con ello los vicios de la lujuria, la soberbia y la avaricia, y si menciona un águila, se puede estar seguro de que se trata del apóstol san Juan. Primero fue sólo una intuición, pero cuanto más tiempo llevaba ocupándome de los escritos de Leonardo, tantos más paralelismos descubría en sus formulaciones, de manera que se me ocurrió leer a Dante como a Leonardo. Volviendo a la enigmática referencia de su Tratado de la pintura: En el cuadro divino en el que un buitre está rodeado de rosas, se trata efectivamente de la Virgen en el rosal, pues el buitre pertenece a los llamados «marialia». Como muchos símbolos, también procede de la mitología. Orígenes ve en este pájaro el misterio de la concepción virginal, porque, según la leyenda, la hembra del buitre es fecundada por el viento de levante.

Las palabras de Vossius no dejaron de causar impresión en el psiquiatra, aun cuando parecían sólo una confirmación del diagnóstico ya decidido.

– Suponiendo que su teoría sea correcta -dijo Le Vaux-, ¿qué pasa con el enigma escondido debajo del minio?

– Para averiguarlo, me dirigí al Louvre con el ruego de examinar el cuadro por rayos X. Tenía una sospecha: Leonardo usaba minio en sus colores, y no sería el primero ni el último artista que hubiera dejado un mensaje en uno de sus cuadros universalmente conocidos, en este caso, sin embargo, un mensaje de incalculables consecuencias.

Le Vaux miró a su paciente con tensa expectación.

– En efecto -dijo Vossius-, Leonardo siempre expresó la opinión de que este enigma podría derribar una palma, no, ¡dijo la palma!

– ¿La palma?

– El símbolo de la palma se usa para la victoria, la paz y la castidad. A menudo los mártires llevan un ramo de palmas en la mano. Pero la palma es el símbolo de la Iglesia.

Se hizo un largo silencio. Le Vaux reflexionaba.

– Quiere decir con ello que Leonardo da Vinci…

– Sí -interrumpió Vossius-, afirmo que Leonardo conocía un terrible secreto capaz de provocar el derrumbamiento de la Iglesia como el tronco de una palmera que se eleva en el cielo.

– ¡Ah, ahora lo comprendo! -gritó el doctor Le Vaux de repente-. Con su atentado con ácido sobre el cuadro de Leonardo, usted quería obtener la prueba de su teoría. ¿Lo consiguió?

Vossius se encogió de hombros.

– Fue todo tan rápido. Tuve que huir antes de que me descubriesen.

Le Vaux asintió y dijo:

– Usted sabe, monsieur le professeur, que sólo tiene una posibilidad para evitar la prisión. Tendré que hacerle un dictamen de paranoia.

– ¿Paranoia? -Vossius aspiró profundamente-. ¡Pero ni usted mismo se lo cree!

Le Vaux levantó sus pobladas cejas:

– ¿Qué creería usted en mi lugar? -Luego requirió a su paciente que se descubriera el brazo derecho.

Vossius obedeció como en trance. No podía comprender que el doctor no le creyese. Éste palpó con dedos suavemente el antebrazo hasta que encontró una vena que le parecía adecuada, aplicó la aguja de la inyección y pinchó.

– Por lo pronto, esto le hará bien -dijo aún.

Un día después se podía leer en el diario Le Figaro la siguiente noticia:

«Atentado con ácido a la Virgen de Leonardo. París (AFP). Un profesor alemán en un ataque de enajenación mental roció con ácido sulfúrico el cuadro Virgen en el rosal de Leonardo da Vinci. El atentado perpetrado en el Louvre, a consecuencia del cual el cuadro resultó seriamente dañado, ha ocasionado un asombroso descubrimiento. Es evidente que el artista había pintado la Virgen con un collar compuesto por ocho piedras preciosas, sin embargo luego, por razones desconocidas, la joya fue cubierta de pintura. Entre los restauradores del Louvre se ha suscitado ahora un debate sobre si hay que dejar a la Virgen con el collar original o si se debe pintar de nuevo encima de la joya. El autor del atentado, quien seguidamente intentó suicidarse, fue ingresado en el hospital psiquiátrico de St. Vincent de Paul.»

Capítulo tercero

ST. VINCENT DE PAUL

psiquiatría

1

Hasta el día en que ocurrió el accidente de su marido con la mujer extraña, Anne von Seydlitz había vivido como otras miles de mujeres, medianamente feliz y con la satisfacción de una esposa atendida. El hecho de ser un matrimonio sin hijos no había provocado ningún trauma ni a ella ni a su marido, y de haberle preguntado si se casaría de nuevo con Guido, sin dudarlo habría respondido que sí.

Pero desde el accidente era distinto. La torturaba la sospecha de que Guido pudo haberla engañado, incluso haber llevado una doble vida y ella no saber nada. Buscaba ofuscada vías para traer luz a la oscuridad de sus diecisiete años de matrimonio, pero sus sentimientos eran opacos como el agua revuelta de un pantano. Se sentía arrojada y aplastada en el suelo por un poder desconocido.

Sobre todo le torturaba la incertidumbre y la imposibilidad de encontrar una salida. Naturalmente habría podido decir: se acabó, qué me importa el pasado, vive el hoy. Pero siempre que lo pensaba, le torturaba la idea de que pudiera lanzarse al puñal de aquellos poderes oscuros que se habían hecho notar durante las últimas semanas.

Lo peor en este estado de ánimo intranquilo e irritado era que Anne había perdido toda la objetividad y ya no podía distinguir las casualidades y las cosas notables relacionadas con el caso; estaba en el mejor camino para caer en una psicosis fatal, porque sus pensamientos giraban en un círculo y cada vez se alejaba más y más de una solución. Sobre todo no se atrevió a confiarse a nadie, ni siquiera a su mejor amiga, porque temía de este modo averiguar más cosas sobre la relación de Guido.

El caso dio un giro inesperado cuando los periódicos informaron con grandes titulares sobre el atentado con ácido perpetrado en el Louvre de París y sobre el debate que originó el collar de la Virgen que salió a la luz en el cuadro. Especial interés despertaba Marc Vossius, el autor del atentado, un profesor de la Universidad de California, en San Diego, de origen alemán y con evidente trastorno mental.

– ¿Vossius? ¿Vossius? -Anne estaba segura de haber oído este nombre. Sí, el día antes de desaparecer, Guthmann aludió a ese Vossius, aunque en un contexto completamente distinto: Vossius había pasado media vida ocupándose de Barabbas. En este contexto Guthmann indicó que alguna gente tenía por loco a Vossius.

No venía muy a mano trazar un arco desde el atentado con ácido a la pintura de Leonardo da Vinci hasta el pergamino desaparecido, y sin embargo había un nexo desconcertante: ¡Barabbas! Guthmann había leído «Barabbas» en el pergamino y Vossius había investigado el fantasma Barabbas.

Las últimas semanas le habían enseñado que cosas que sobrepasaban su capacidad de entendimiento, por raras que parecieran, podían convertirse en realidad. Un profesor que se precipitaba contra un cuadro de Leonardo, tenía que ser sin duda bastante raro; que además tal vez se hubiese ocupado de la investigación del nombre Barabbas rayaba en la locura, y esta reflexión hizo madurar en Anne von Seydlitz la determinación de ponerse en contacto con el profesor loco.

2

En esto que recibió una llamada telefónica desde París, de un hombre que en una época jugó cierto papel en su vida, aunque hacía mucho tiempo. Se llamaba Adrián Kleiber, un talentoso fotógrafo y reportero de París Match. Anne no era del todo ajena a la carrera de Adrián en París. Adrián fue el mejor amigo de Guido hasta que ambos anduvieron a la greña por la cuestión de cuál de los dos podía hacer valer sus derechos más antiguos sobre ella, Anne.

En aquella época, hace diecisiete años, querían dilucidarlo seriamente con un duelo, que no se celebró sólo porque Anne los amenazó con que, si se enfrentaban con armas, no tomaría a ninguno de los dos. Por motivos que ella misma no podía recordar, Adrián dejó el campo libre y se fue con su dolor y su rabia a París. Hasta hacía seis o siete años, nunca olvidó mandarle flores por su cumpleaños (tal vez para irritar a Guido), pero desde entonces no había dado señales de vida.

Ahora Kleiber llamaba de pronto por teléfono. Su voz sonaba extraña, en todo caso la recordaba distinta. Pero al fin y al cabo había pasado una eternidad desde su última conversación. Estuvieron charlando por teléfono más de una hora y Anne tenía dificultad para explicar a Kleiber la muerte de su marido y las misteriosas circunstancias que la rodeaban. No aludió al nombre de Vossius, sólo dijo que deseaba hacer indagaciones en París y le preguntó si podía ayudarla. Adrián Kleiber se mostró entusiasmado, le ofreció su vivienda y le prometió recogerla en el aeropuerto.

Kleiber entendía algo de mujeres, nadie que lo conociera -incluso hombres- podía dudarlo. Era todo menos guapo, no demasiado alto y con una notable abundancia de pelo rizado, pero poseía inteligencia, chispa y buen gusto, por este orden. Acentuaba su encanto tal vez el hecho de estar soltero, sin sufrir en absoluto por ello, a una edad en que otros ya llevan encima por lo menos un divorcio. Realmente disponía de aquella porción de amor propio que hace feliz a la gente, pero sin poner nunca de manifiesto una actitud repulsiva de egoísta enfermizo. Parecía no tener problemas; en cualquier caso su expresión favorita era «¡ningún problema!», cuyo uso frecuente podía irritar a quien no le conociera. Quien le conocía lo creía.

Habían pasado, pues, diecisiete años largos desde que se vieron por última vez, y durante el vuelo Anne pensaba en cómo sería Adrián después de tanto tiempo.

El AF 731 aterrizó puntualmente a las 11.30 horas en el aeropuerto de Le Bourget y, después de atravesar diversas galerías y de salvar varias escaleras, Anne salió por las puertas automáticas de vidrio al vestíbulo del aeropuerto; llevaba una pequeña maleta.

Adrián le hizo señas con un gigantesco ramo de rosas y, mientras la abrazaba, levantó a Anne del suelo dando dos vueltas sobre su propio eje. No había cambiado. Anne se secó un par de lágrimas en los ojos; y eso que se había propuesto firmemente no mostrar ninguna emoción.

Ambos se examinaron con cierta turbación, y Adrián empezó a coquetear con su figura, diciendo que no era atractiva para las mujeres, por esto no había encontrado aún a la mujer de su vida.

– ¿Qué quieres oír? -rió Anne con picardía-. ¿Que eres el soltero más guapo, más inteligente y más apetecible de París? Pues bien, eres el soltero más guapo, más inteligente y más apetecible de París. ¿Te sientes mejor ahora?

– ¡Mucho mejor! -gritó Kleiber-. Sobre todo porque lo has dicho tú.

Con Adrián es sencillamente imposible permanecer seria, pensaba Anne mientras reían y bromeaban; se sentía liberada, pero se sorprendió con la duda de si este amable muchacho estaría en condiciones de ayudarla.

– Una historia desagradable -observó de pronto Kleiber, mientras iban en su coche, un Mercedes-Pontón negro, en dirección al centro de la ciudad. Como si hubiese adivinado los pensamientos de ella, de repente Kleiber pareció muy serio.

– ¿Fuisteis felices?

Anne no comprendió la pregunta en seguida.

– ¿Quieres decir si Guido y yo…? -Se encogió de hombros. Anne tenía la mente ocupada con las cosas que habían ocurrido después de la muerte de su marido. Al mismo tiempo tenía reiterada conciencia de haber reprimido considerablemente la muerte de Guido.

– No he venido -empezó ella por fin- a desahogarme contigo. Necesito tu ayuda para saber en qué situación estoy envuelta, ¿entiendes? Me volveré loca, si esto continúa así.

Kleiber colocó su mano derecha sobre el antebrazo izquierdo de ella.

– Tranquilízate, Anne, puedes confiar en mí.

Con satisfacción registró Anne el contacto cariñoso y prorrumpió desde lo más íntimo:

– Tengo miedo, ¿entiendes?, tengo un miedo terrible, miedo de la incertidumbre, el miedo más espantoso que existe. ¡No sé si lo comprendes!

– No lo comprendo -respondió Kleiber con seriedad-, pero intentaré entenderte. Ahora por lo pronto estás aquí y tus problemas están lejos, en algún lugar.

– ¡No, no, no! -gritó Anne excitada y Adrián retiró el brazo, asustado-. Por esto estoy aquí, porque espero poder dar aquí un paso más hacia la solución.

Kleiber guardó silencio. No entendía lo que Anne quería decir, pero sentía que esta mujer arrastraba consigo algo terrible y que habría sido torpe quitar importancia a sus sentimientos como si se trataran sólo de fantasías. Anne miró a Kleiber: por lo que a él respecta, sin duda no conocía el miedo. Vio en él un tipo con agallas y sin duda por ser así había salido airoso incluso en los escenarios bélicos de Corea y Vietnam. En cambio Anne sabía que no tener nunca miedo roza a veces la necedad, pero hasta ahora había vivido bien con esta convicción.

– Todavía no te lo he contado todo -observó Anne mientras él abandonaba la autopista metropolitana girando hacia la rué Belgrand.

– ¿No es todo?

– Quiero encontrar aquí, en París, a un profesor alemán, es el único que tal vez pueda ayudarme en mi situación.

– ¿Cómo se llama?

– Marc Vossius.

– No lo conozco.

– Peor aún: está internado en el manicomio y tienes que ayudarme a encontrarlo.

– ¿Un profesor alemán en un manicomio de París?

– Sé lo que piensas -objetó Anne-, pero este hombre es para mí de gran importancia, es de momento mi única esperanza.

Kleiber pisó el freno de su automóvil y lo condujo al margen derecho de la calzada.

– Un momento -dijo-, los periódicos publicaron una noticia de un profesor que perpetró un atentado con ácido en el Louvre sobre una pintura de Leonardo da Vinci…

– Exactamente a éste me refiero -respondió Anne.

– Pero está loco. Lo han encerrado, ¿entiendes? -Kleiber se golpeaba la sien con el índice.

– Es posible -observó Anne sin perder la calma-, pero cuando pienso en lo que ha ocurrido a mi alrededor en las últimas semanas, no me parece su hecho una locura mayor.

Kleiber sostenía el volante agarrándolo con las dos manos y miraba fijamente la calle a través del parabrisas. Callaba, pero Anne podía imaginarse lo que sucedía en su interior.

– Yo sé -dijo ella finalmente- que todo esto no es fácil de comprender y no podría tomármelo a mal si llegases a la convicción de que yo de algún modo no estoy bien de la cabeza. A veces incluso yo misma dudo de estar en mis cabales.

– Bah, tonterías -respondió Kleiber-. Sólo que no veo ninguna relación entre el profesor demente y tu historia, aparte de que tal vez -hizo una pausa- la una suene tan disparatada como la otra. Quiero decir que nadie en su sano juicio se va a echar ácido a un cuadro de incalculable valor, incluso diría que se le puede desear al profesor que sea declarado loco, de lo contrarío no tendrá más alegría en su vida por las demandas de indemnización de los daños.

Anne mecía la cabeza de un lado a otro.

– Naturalmente, yo hice mis reflexiones. Un trastorno mental puede tener causas muy diversas, sobre todo puede estar provocado por ellas y desaparecer de nuevo. Una persona que hace algo como este Vossius no necesariamente tiene que haber perdido el juicio. Tal vez esté loco respecto a su acción, pero por lo demás podría estar completamente cuerdo y ser una eminencia en el terreno científico.

Su explicación sonaba bastante aceptable, aunque siempre quedaba esta objeción:

– ¿Qué tiene que ver Vossius con tu caso?

Anne rió con cierta amargura.

– En realidad, sólo existe una palabra que nos une. Es un nombre, por lo demás bastante raro: Barabbas.

– ¿Barabbas? Nunca lo he oído.

– Por esto mismo. Este nombre aparece en el pergamino desaparecido, que Guido tenía consigo. Por lo menos así lo afirmó un famoso coptólogo a quien pedí consejo. También dijo que hay un profesor llamado Vossius que se ocupa de investigar esta figura sin duda histórica.

– ¡Ahora lo entiendo! -exclamó Kleiber entusiasmado-. ¿Qué otras cosas dice el viejo pergamino?

– No lo sé -contestó Anne-. El día después que estuve con él, el coptólogo desapareció sin dejar rastro junto con la copia del pergamino.

Kleiber meneó la cabeza.

– Esto es una locura, una locura -dijo-. Tenemos que encontrar a ese Vossius y lo encontraremos. He descubierto a otros que estaban mejor escondidos. ¡Ningún problema!

3

Adrián Kleiber vivía en un apartamento amplio con grandes claraboyas, situado en la avenue de Verdun entre el Canal Saint Martin y la Gare de l'Est, arriba, sobre los tejados de París. El imponente edificio reflejaba el típico encanto de las casas de París de finales del siglo pasado, con una puerta de entrada adornada con cristales rojos y azules, un ascensor de madera cubierto de latón con crujientes puertas plegables y una gran escalera, un poco gastada, lo suficiente ancha como para desfilar un ejército.

Puertas blancas pintadas de blanco que nunca se cerraban separaban las habitaciones de la vivienda, comunicadas entre sí. Adrián había comprado objetos artísticos y mobiliario, sobre todo modernista y arte islámico, en tiendas de antigüedades y en los rastros de París, sintiendo más inclinación por el bric a brac que está entre la Porte de Clignancourt y la Porte de Saint-Quen. Algún objeto valía hoy una fortuna, calculó Anne con la mirada de experto.

Con el ruego de que se sintiera como en su propia casa, Adrián Kleiber destinó a su visita la más pequeña de las cuatro habitaciones, cuyo único hueco de ventana se abría a un pequeño balcón circular que daba al patio trasero. Un sofá blanco y dos cómodas oscuras antiguas componían toda la decoración; más no habría cabido en el reducido espacio. En comparación con las dimensiones y la soledad de su propia casa, Anne se sentía aquí amparada, sobre todo se sentía protegida por Adrián.

Adrián entretanto le había tomado gusto a la historia como periodista, y perseguía el objetivo con la curiosidad y el espíritu aventurero propio de los periodistas. Sólo necesitó hacer unas llamadas por teléfono, en las que Anne pudo constatar que él tenía amigos o contactos en todas partes, para averiguar el paradero del profesor internado, el hospital psiquiátrico de St. Vincent de Paul en la avenue Denfert-Rochereau.

Kleiber y Anne von Seydlitz determinaron la estrategia a seguir para aproximarse a Vossius, mientras cenaban en Chez Margot, un pequeño local de no más de cinco mesas situado junto al Canal y con un ambiente de sala de estar (de ahí que Margot, una cuarentona apacible con la cara llena de colorete, lo mismo cocinase que sirviese, cosa que naturalmente exigía cierto tiempo).

No parecía aconsejable comunicar el motivo de sus investigaciones, la verdad en estos casos sólo era un estorbo. Así decidieron que Anne se presentase como sobrina y única pariente del profesor para llegar de este modo hasta Vossius sin llamar la atención.

Kleiber llevaba una minicámara fotográfica escondida bajo el abrigo, porque sin cámara se sentía desnudo como un emperador sin corona, y ni las objeciones de Anne al entrar por el acceso lateral de St. Vincent de Paul, donde estaba el letrero «Psiquiátrico» corroído por el tiempo, pudieron disuadirlo. Adrián, que hablaba el francés casi sin acento, intentó explicar al portero vestido de blanco, que estaba detrás de una ventana corrediza, el motivo de su visita, lo que levantó en éste una evidente desconfianza. En todo caso exigió altanero a Anne el carnet de identidad para concentrarse con la minuciosidad de un disléxico en el documento alemán y anotar el nombre de Anne. Finalmente agarró el teléfono de color marfil, marcó un número y habló de Vossius y de sus parientes alemanes sin perder de vista a Anne y a Adrián. Luego les indicó en la antesala un banco de madera pintado de blanco.

Esperaron alrededor de diez minutos, aunque a Anne le pareció una eternidad, hasta que el portero hizo correr a un lado el cristal de la ventanilla, hizo señas a los que esperaban y, dirigiéndose a Kleiber, explicó que el paciente había manifestado que no tenía parientes y que por esto no deseaba recibir a una tal madame von Seydlitz.

Pero ahora Adrián demostró su talento periodístico. Exigió comunicarse con el médico jefe del servicio al que cubrió de una cháchara llena de reproches, de la que Anne sólo entendió que era natural que un hombre en tan lamentable estado no estuviera en condiciones de recordar a su única pariente; pero a ella el corazón le pedía ver otra vez a su querido tío.

Estas palabras no dejaron de causar efecto. El doctor les rogó que subieran al segundo piso, sala de visitas 201.

Así más o menos se había imaginado Anne la sala de visitas de un hospital psiquiátrico: paredes blancas claras, ventanas enrejadas, una silla cuadrada junto a la entrada, una vieja mesa arañada rodeada de cuatro sillas gastadas en el centro de la habitación y colgada del techo, increíblemente alto, una bombilla lechosa a modo de lámpara. Apestaba terriblemente a cera de suelos y a sardinas.

4

Al cabo de un rato apareció Vossius en la puerta, acompañado de un enfermero y de un médico. El joven doctor, un tipo bastante arrogante, dijo con insolencia que disponían de diez minutos y desapareció. El enfermero empujó a Vossius, que vestía una bata clara del establecimiento y daba una impresión bastante apática, hacia la mesa en el centro de la sala y luego se sentó en la silla situada junto a la puerta.

– ¡Es usted un tipo repugnante! -gritó Kleiber al enfermero en alemán. Este sonrió. Anne se espantó.

Dirigiéndose a Anne, dijo Adrián:

– Sólo quería saber si entiende el alemán. Ya ves, no entiende una palabra. La mayoría de franceses no hablan alemán, pero encuentran normal que todos los alemanes hablen francés.

El profesor había tomado asiento en una de las sillas deterioradas y colocó tranquilamente una mano sobre otra como si esperase una explicación.

A Anne el corazón le latía hasta la garganta. No sabía cómo iba a terminar el encuentro, ni si el profesor era accesible. Sólo sabía que este hombre enigmático, sentado frente a ella, callado y expectante, representaba su última esperanza.

Como si quisiera darse ánimo, Anne respiró profundamente y comenzó:

– Profesor, sé que no me conoce, tuve que echar mano de un truco para llegar a usted. Naturalmente que no somos parientes, pero usted puede ayudarme. Tiene que ayudarme. ¿Me comprende, profesor Vossius?

El hombre bajó los párpados, parecía haberla entendido, en todo caso contrajo las arrugas que rodeaban su boca. Pero todo ello duraba un tiempo increíblemente largo y Anne repitió inquieta:

– ¿Me ha comprendido, profesor?

Vossius movió lentamente los labios:

– Saque… me de a… quí -dijo tranquilo pero claramente-. Sáqueme de aquí, lo puedo explicar todo.

– ¿Cómo se siente, profesor? Quiero decir, ¿lo tratan más o menos bien?

El hombre se arremangó el brazo izquierdo. En el antebrazo podían verse claramente unos pinchazos.

– Le han inyectado tranquilizantes -dijo Adrián-. En todos los hospitales psiquiátricos del mundo hacen igual. Anne colocó su mano sobre la del profesor:

– ¿Cómo podemos ayudarle? ¡Dígalo!

Vossius se esforzó por sonreír.

– Puedo explicarlo todo. Sáquenme de aquí.

– Le sacaremos a usted de aquí -dijo Kleiber tranquilizador-, pero para ello necesitamos su ayuda. Necesitamos todas las informaciones pertinentes. ¿Entiende? Vossius asintió.

– ¿Sabe usted lo que ha hecho, profesor? -preguntó Anne excitada-. ¿Sabe usted por qué está aquí?

Vossius miró a Anne durante un rato, como si intentase recordar, luego asintió enérgicamente moviendo la cabeza.

– ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué vertió ácido sobre el cuadro?

Entonces el hombre estalló:

– Por qué, por qué, todos preguntan por qué, y cuando se lo explico, se dan la vuelta y dicen que estoy loco. ¡No diré una palabra más!

Anne se aproximó muy cerca de Vossius como si quisiera confiarle un secreto:

– Profesor, ¿tiene algo que ver con Barabbas?

– ¿Barabbas? -Vossius levantó los ojos, examinó primero a Anne, después a Kleiber, finalmente se levantó de un salto y, señalando con el dedo a la mujer, gritó-: ¿Quién la ha enviado?

Le costó a Anne conseguir que el profesor se sentara de nuevo y pasó un buen rato hasta que él se hubo tranquilizado; luego ella explicó a Vossius que poseía un pergamino copto en el que se había identificado el nombre de Barabbas y un profesor de Munich le había revelado que él, Vossius, era el investigador más importante en el tema de Barabbas. (La historia verdadera no se la contó.)

La explicación pareció satisfacer al profesor, incluso lo sumió en cierta calma, por no decir apatía. Vossius se apoyó hacia atrás, sonrió dolorosamente y preguntó:

– ¿Qué sabe usted de Barabbas, qué?

– Quiero serle sincera -respondió Anne-, pero no sé absolutamente nada de este fantasma.

Entonces Vossius reflejó en su rostro una expresión teatral de triunfador, estiró el cuello, levantó las cejas, que formaron medialunas, y dejó escapar ruidosamente aire por la nariz como una locomotora. Se le veía que gozaba de la situación porque al fin le tomaban en serio.

Vossius se disponía a ofrecer una explicación, cuando el médico del servicio abrió la puerta y en un brusco tono dictatorial gritó: ¡Fin de la visita! ¡Venga, Vossius!

El ruego de Kleiber de que les diese cinco minutos más lo rechazó el psiquiatra con un gesto involuntario de la mano y les indicó que, si era necesario, podían volver al día siguiente. Mientras Vossius era conducido fuera por el enfermero, Kleiber se acercó al doctor y le dijo que tenía la impresión de que el paciente estaba bajo el efecto de sedantes excesivamente fuertes y que se había sobrepasado la dosis necesaria. Vossius era una persona tranquila y, según parecía, con la mente clara, y sin duda no era intención del médico obligarle a solicitar una inspección oficial. Un caso parecido en otra clínica, en la que un médico había inyectado sobredosis de tranquilizantes a sus pacientes, ocupó el año pasado los titulares de los periódicos. Para evitar hechos parecidos, Kleiber sugirió que para la visita de mañana dejasen al paciente sin droga alguna.

Las duras palabras de Kleiber causaron su efecto en el médico. Aunque replicó arrogante que podía tranquilamente dejarle a él la decisión clínica, añadió condescendiente que miraría si el paciente, dado el caso, podría pasar sin sedantes fuertes.

Anne sentía admiración por el modo desembarazado con que Adrián trataba al psiquiatra. No podía imaginarse una situación que Adrián no pudiese dominar. Parecía sencillamente no conocer ningún problema, y en el estado en que ella se encontraba él era el hombre adecuado.

Cuando abandonaron en silencio St. Vincent saliendo por el acceso lateral a la calle, donde un fuerte viento otoñal arrastraba consigo las hojas de castaño, Anne y Adrián rumiaban la misma pregunta: ¿Está loco este Vossius o no?

– ¿Qué opinas? -preguntó Kleiber caminando, mientras cogía a Anne por la cintura.

– Difícil de decir con un encuentro tan breve.

– Si hago presentes todas sus respuestas, debo admitir que ha reaccionado de una manera lógica. ¡Yo en su caso no habría contestado de otra forma, sobre todo si uno piensa en qué condición estaba!

5

Para el día siguiente trazaron un plan minucioso sobre la mejor manera de hacer hablar al profesor. Lo que más preocupaba a Vossius en su situación, arguyó Kleiber, era el atentado con ácido, por cuya culpa estaba ingresado en el psiquiátrico. Por esto debían confrontarlo con el resultado de su acción y observar sus reacciones. Tal vez el shock desataría su lengua.

Adrián consiguió en la agencia de prensa AFP una fotografía en color del cuadro dañado y a la tarde siguiente los dos se encontraban de nuevo en St. Vincent de Paul.

Vossius estaba totalmente cambiado. Llamaba a Anne «querida sobrina» y a Adrián «querido sobrino» siguiendo el juego que ella había iniciado. El profesor explicó que hoy no había recibido aún ninguna inyección, que estaba en su sano juicio y que quería hacer a los visitantes algunas preguntas.

Anne von Seydlitz ya había contado con ello y se había preparado un resumen telegráfico.

– Sé que esto parece increíble -dijo cuando hubo terminado-, pero le juro a usted que ha sucedido así y no de otra manera.

Al profesor pareció no sorprenderle o inquietarle en absoluto la explicación de Anne. Sólo decía:

– Interesante. -Y otra vez-: Interesante.

Durante la conversación, Anne y Adrián, cada uno por sí mismo, llegaron a la conclusión de que el profesor, tal como estaba hoy sentado frente a ellos, era completamente normal. Lo que no necesariamente tenía que significar algo; pues ¿no es un síntoma típico de esquizofrenia que se den fases de desvarío y otras de cordura?

Más bien de pasada Kleiber preguntó si Vossius ya había enjuiciado el resultado de su acción.

Entonces el profesor miró al inquisidor con los ojos muy abiertos.

Kleiber sacó la fotografía de un sobre y la puso sobre la mesa ante Vossius. Éste miró fijamente la gran mancha en el escote de la Virgen, donde se veía claramente un collar de piedras preciosas.

– ¡Dios mío! -exclamó-. Lo sabía, siempre lo he sabido. ¡Ésta es la prueba del mensaje de Leonardo!

– No le entiendo, profesor -observó Anne.

Kleiber añadió:

– ¿Puede usted explicarnos qué quiere decir con el mensaje de Leonardo?

Vossius asintió.

– Pienso que ustedes dos son las únicas personas en París que van a creerme. -Se aproximó con su silla a los visitantes.

Kleiber golpeaba con el dedo la fotografía.

– Entre los expertos ha surgido una fuerte discusión sobre cómo debe ser restaurado el cuadro, si con o sin collar.

– ¡Bah, los expertos! -resopló el profesor-. ¿Ha visto usted alguna vez una Virgen con un collar de piedras preciosas?

– No sé -replicó Kleiber y Anne meneó la cabeza. Ninguno de los dos comprendía a dónde quería llegar Vossius.

– Pero es evidente que Leonardo da Vinci pintó el collar -objetó Anne-. ¿Acaso cree usted que es una falsificación posterior o la obra de algún discípulo?

– Al contrario, querida sobrina -se acaloró Vossius-, Leonardo pintó este collar con toda intención y también fue su intención hacerlo desaparecer al final cubriéndolo con una capa de pintura ocre de carne.

Mientras el profesor hablaba, Adrián lo observaba de lado. No sabía exactamente qué pensar de las palabras de Vossius. El profesor daba la impresión de adentrarse en un asunto alejado por completo de la realidad y le entraron dudas de si no habrían confiado demasiado en el estado psíquico de este hombre. Pero a continuación Kleiber quedó fascinado por el informe del profesor.

– El mundo está lleno de misterios. Algunos son tan grandes que sobrepasan el entendimiento de la mayoría de personas, y tal vez es bueno que sea así. Pues muchos que tuvieran noticia de ellos y comprendieran toda su trascendencia perderían la razón. Por esto desde tiempos inmemoriales existe la costumbre de que estos misterios de la humanidad sean revelados por los más inteligentes de la especie humana a los más inteligentes, con la imposición de guardar secreto hasta que llegue el tiempo de descubrirlos.

Anne se impacientó. Quería preguntar: qué tiene que ver, por el amor del Cielo, el collar del cuadro con los misterios de la humanidad, pero las palabras de Vossius la enmudecieron.

– Desde hace quinientos años -prosiguió Vossius- la gente se pregunta qué quiso decir William Shakespeare al afirmar que hay más cosas entre el cielo y la tierra de las que nuestra sabiduría escolástica pueda imaginar. Shakespeare era un portador del secreto, lo mismo que Dante y que Leonardo da Vinci. Cada uno de ellos dio indicaciones ocultas de un mensaje en clave. Shakespeare y Dante se sirvieron del lenguaje, Leonardo utilizó naturalmente la pintura para su objetivo. Pero incluso en los escritos que dejó se encontraron alusiones a su saber, aunque ninguna prueba.

– Entiendo -dijo Kleiber-, usted quería con este atentado con ácido obtener la prueba de su descubrimiento.

– Y lo conseguí -replicó Vossius golpeando con la mano la fotografía-. ¡Esta es la prueba!

– ¿El collar? -preguntó Anne, desconcertada.

– El collar -constató el profesor sobriamente y buscó con sus ojos al guardián que, ajeno a todo, estaba sentado en la silla al lado de la puerta. El tiempo de visita había concluido hacía rato y Anne temía que de un momento a otro iba a entrar el médico del servicio e interrumpiría abruptamente la conversación. Por esto apremió nerviosa a Vossius:

– ¡Explíquenos de una vez la relación que existe entre el collar que Leonardo pintó de modo no visible para todo el mundo y el pergamino copto!

Vossius asintió. Se le podía notar que gozaba de la situación como un desagravio por las injusticias sufridas, y cuanto más insistía Anne, tanto más reservado se mostraba el profesor.

– Está demostrado -dijo finalmente- que ambos poseían el mismo saber, el autor de su pergamino y Leonardo da Vinci; pues ambos usaron el mismo código de claves.

Anne y Adrián se miraron desconcertados. El hombre no se lo ponía fácil, ponía a dura prueba su paciencia, y en Kleiber nacieron dudas de si el profesor realmente podía medirse con parámetros normales, si era un obseso por su ciencia al que se debe acoger con indulgencia o si era un psicópata digno de compasión.

6

Vossius tomó la foto y la sostuvo verticalmente como un trofeo. Con los dedos de la mano derecha rozó el sitio donde se veía el collar, ocho piedras preciosas diferentes engarzadas con zarcillos de flores doradas y alineadas una contra otra en pulimento cabujón.

– Ocho piedras preciosas -constató el profesor-, al parecer sólo una joya, y sin embargo son piedras muy especiales, cada una de ellas con su significado. La primera piedra amarilla blancuzca es un berilo, una piedra que tiene su historia. Es la piedra de los nacidos en octubre; en la Edad Media se la pintaba y se la preparaba en un líquido para curar los ojos. Más tarde se descubrieron efectos mayores al pulirla adecuadamente. De ahí viene la palabra alemana Brille (lente). La segunda piedra azul pálido es un aguamarina, emparentada con el berilo, pues su color oscila del azul al verdemarino. La tercera, de color rojo oscuro, la conoce todo el mundo. Es un rubí. Se le atribuyeron propiedades curativas y se encuentra como símbolo de poder en las insignias de los reyes y los emperadores. La cuarta piedra es violeta, una amatista, la piedra de los nacidos en febrero y de una gigantesca simbología. Así, se tenía por amuleto contra el veneno y la embriaguez, pero también como símbolo de la trinidad, porque contiene tres colores: púrpura, azul y violeta. Debió de ser una de las piedras que adornaban el pectoral de los sumos sacerdotes y el fundamento de la muralla de la Jerusalén celestial. Aunque de distinto color, las dos piedras preciosas siguientes, la quinta y la sexta, son también berilos. La séptima es una ágata negra, propiamente sólo semipreciosa, aunque en la antigüedad y en la Edad Media su polvo era celebrado como afrodisíaco, y por motivos inexplicables se convirtió en el adorno preferido para los instrumentos eclesiales. Queda la última piedra, la verde esmeralda [2], una piedra que sobre todo en la época de Leonardo da Vinci gozaba de alto honor. Era el símbolo del evangelista San Juan, así como el signo de la castidad y de la pureza, y durante la Edad Media era especialmente apreciada por sus propiedades curativas. Ocho piedras alineadas una junto a otra al parecer por azar, y sin embargo no es una casualidad el modo como Leonardo pintó esta cadena, como nada es casual en la vida. Lean la primera letra de las ocho piedras de la izquierda a la derecha, tal como yo las he descrito (da lo mismo que lo hagan en alemán o, como Leonardo, en italiano), obtendrán una palabra que tal vez les causará sorpresa.

Anne von Seydlitz apretó ambas manos formando un puño y miró hechizada la fotografía. Luego leyó:

– B… A… R… A… B… B… A… S. Dios mío -murmuró-, ¿qué puede significar esto?

Vossius calló. También Adrián guardó silencio. Con la vista fija en la fotografía, controlaba mentalmente la sucesión de letras. El profesor tenía razón: BARABBAS.

Pero antes de que pudieran concebir la trascendencia de este descubrimiento y formular una pregunta, entró el médico del servicio en la sala de visitas y cerró la entrevista con un gesto insolente: haciendo sonar las palmas. Vossius se levantó, asintió amablemente y se fue al pasillo en compañía del enfermero.

7

Mientras atravesaban en el automóvil el Pont St. Michel, Anne preguntó a Kleiber:

– ¿Crees que este Vossius es esquizofrénico? Quiero decir, ¿crees que está detenido con razón en St. Vincent?

– Este hombre es tan normal como tú y como yo -contestó Kleiber-, aunque creo que arrastra consigo un peso gigantesco, algo que lo ha llevado al borde de la desesperación. Pero dudo que nos pueda seguir ayudando. No me entra en la cabeza que exista una relación entre Leonardo da Vinci y tu pergamino.

– Si Vossius no puede ayudarnos, no puede nadie -respondió Anne-. Por lo menos sabemos ya que el nombre «Barabbas» es el símbolo de una historia extremamente oscura, que ha preocupado en el pasado a personas que se cuentan entre las más inteligentes. Al principio la explicación del profesor me pareció muy rebuscada, pero cuanto más pienso en ello más llego a la conclusión: este hombre tiene razón. En cualquier caso Leonardo da Vinci es muy travieso. Se sabe que cuando vivía se burlaba de sus contemporáneos escribiendo al revés y sin duda el asunto del collar es también una de sus diabólicas travesuras.

– Pero relación, no veo ninguna relación.

A lo que Anne no pudo menos que adherirse:

– Tampoco la veo yo. Si conociésemos la relación, probablemente sabríamos la solución.

– Y él no va a atárnosla a la nariz.

Anne asintió.

– A menos que… -Kleiber reflexionaba.

– ¡Dilo ya!

– A menos que hagamos un negocio con Vossius.

– ¿Un negocio?

– Bueno -concretó Adrián-, negocio no es quizá la expresión adecuada. Mejor sería pacto.

– Hablas en clave.

– Recuerda -empezó Kleiber-, recuerda la primera vez que vimos a Vossius. ¿Cuáles fueron sus primeras palabras?

– ¡Sacadme de aquí!

– Eso dijo. Creo que la historia que nos contó, sólo nos la contó para demostrar que estaba en su sano juicio. Desconfía de los médicos. Ellos ya lo han diagnosticado. Quien echa ácido sobre un cuadro debe de estar loco. Así que él espera de nosotros que le ayudemos; por esto le vino de perlas la idea de que tú eras su sobrina y siguió el juego. No, el profesor no es ningún caso para la psiquiatría y debemos ponerle en claro que ésta es nuestra convicción y que estamos dispuestos a mover todas las palancas para sacarlo de allí, si él nos confiesa toda la verdad respecto a Barabbas.

– No es mala idea -constató Anne-, pero Vossius quiso arrojarse de la torre Eiffel, es un candidato al suicidio y todos los que intentan quitarse la vida aterrizan en el psiquiátrico.

– Lo sé, lo sé -replicó Kleiber-, pero no les dejan encerrados para el resto de su vida. Después de una terapia apropiada, se les deja de nuevo en libertad. Por lo demás no acabo de entender por qué Vossius quería poner fin a su vida. Le creo incluso capaz de haber escenificado todo esto por algún motivo. Pero no puedo imaginarme que no haya previsto las consecuencias. Creo que el profesor se había trazado un minucioso plan, pero al ejecutarlo sucedió algo inesperado y ahora se halla en el manicomio. Y precisamente ésta es nuestra oportunidad.

Más tarde, por la noche del día siguiente, cenaron en Coquille, en el 17 Arrondissement, donde la cocina es más tradicional que nouvelle, lo que se acercaba más al gusto tanto de Anne como de Adrián; pero lo que debía ser un placer despreocupado, pronto se convirtió en un silencio lleno de tensión, provocado por el hecho de que cada uno se sumía en sus pensamientos. No sólo Anne, sino también Adrián había sido atrapado entretanto por las redes de este caso de tal modo, que podía hacer y pensar lo que quisiera, siempre terminaba en el psiquiátrico de St. Vincent con el profesor Vossius.

Anne, que acababa de decidirse y, gracias a la ayuda de Kleiber, se sentía con más coraje, se vio de pronto frente a un enemigo demasiado poderoso, con el que no podía medirse, y dudaba de si Adrián sería lo bastante fuerte. Además le torturaba la pregunta de por qué a ella aún no le había ocurrido nada, mientras que todos cuantos se cruzaban por su vida eran perjudicados de modo incomprensible. Guido muerto, Rauschenbach asesinado, Guthmann desaparecido. Miró a Kleiber y, como si quisiera ocultar sus pensamientos, intentó sonreír, sin resultado.

Él no podía interpretar la consternación que reflejaba la cara de Anne, pero sobraba cualquier pregunta. El cariño que había sentido en el primer reencuentro se había convertido en un enorme nerviosismo. Habría deseado encontrar a esta mujer en circunstancias más favorables, pero Adrián no era el hombre que no supiera sacar provecho de una situación. No, Kleiber esperaba conquistar a Anne dándole su apoyo, y nada alienta más la simpatía entre dos personas que un enemigo común.

8

Cuando al día siguiente llegaron a St. Vincent de Paul, parecía como si los estuviesen esperando. Pero el médico del servicio no los condujo a la sala de visitas, sino al despacho del doctor Le Vaux, sin dar explicación alguna. El médico jefe informó con cierta turbación, inapropiada en estos casos para un hombre de su categoría, que el profesor Vossius falleció la noche pasada de un infarto, que lo lamentaba mucho y les daba a ellos, sus parientes más próximos, su más sentida condolencia.

En el interminable pasillo, donde aún olía a cera de suelos, Anne tuvo que ser sostenida por Kleiber. No porque fuese tan hondo su pesar por la muerte de Vossius -si bien en los dos días le había tomado afecto-, sino porque respondía a una horrible norma, en la que no había querido creer. Por esto le afectó tanto la muerte del profesor. Desde un principio, Anne se negaba a creer que la muerte de Vossius fuera casualidad, aunque, igual que en todos los casos precedentes, no veía ni un motivo ni una relación posibles.

Como en sueños y totalmente desorientada, anduvo a tientas cogida del brazo de Adrián por el apestoso pasillo y subió la ancha escalera de piedra hasta arriba, donde los esperaba el enfermero que durante sus visitas estaba sentado en silencio y con cara de tonto en la silla junto a la puerta. Éste salió al encuentro de Kleiber, le susurró algo que Anne no entendió ni le interesaba entender debido a su estado y, después de intercambiar unas palabras con Kleiber, llegó al acuerdo de encontrarse alrededor de las 19 horas en un bistró cercano, situado en la rué Henri Barbusse frente al Lycée Lavoisier.

La extraña cita pasó por delante de Anne como una alucinación que le llega a uno en estado de duermevela, y Adrián al llegar a casa la informó del ofrecimiento del equívoco enfermero. Ha sugerido, relató Kleiber, que podía dar una información importante referente a la muerte del profesor y, a la objeción de por qué no lo decía allí mismo, contestó que era demasiado peligroso.

Sea lo que fuere lo que se escondiese detrás de la presunción del enfermero -Adrián y Anne no podían imaginarse ni con su mejor voluntad que aquel torpe tuviera modo de ayudarlos-, debían sin embargo seguir el más leve rastro que pareciera oportuno para aclarar el caso.

El bistró era muy grande, al revés de la mayoría de bistrós parisinos, y de escasa visibilidad en su interior; sin duda por esto lo había elegido el enfermero. Éste se reveló como un hombre inesperadamente hábil, de comprensión rápida. En todo caso sabía exactamente lo que quería, cuando explicó sin rodeos que los enfermeros de las instituciones psiquiátricas estaban indignamente mal pagados -él usó la palabra méprisable- y debían ver cómo se las arreglaban por otras vías. Resumiendo, él podía ofrecerles la información sobre la verdadera causa clínica de la muerte del profesor y en su poder tenía las pertenencias del difunto que tal vez, en su caso, podrían serles útiles.

De qué caso hablaba, quiso saber Kleiber, y el enfermero, pasando súbitamente del francés a un alemán balbuceante pero perfectamente comprensible para asombro de ambos, explicó que había seguido con viva atención las conversaciones mantenidas durante los últimos días entre ellos y Vossius. A la pregunta de dónde había aprendido el alemán, respondió que tenía una mujer alemana, pero sobre todo suegros alemanes que no hablaban una palabra de francés, era la mejor escuela.

– ¿Cuánto? -preguntó secamente Kleiber. Se veía en el trance de no haber adivinado las intenciones del imbécil del enfermero, una derrota personal, y, puesto que podía con dinero borrar del mundo esta derrota, estaba dispuesto a pagar un alto precio.

Los dos hombres convinieron la suma de cinco mil francos, dos mil en seguida, el resto contra la entrega de un sobre.

Kleiber quedó asombrado de la seguridad con que actuaba el enfermero. Casi tuvo la impresión de que no era la primera vez que lo hacía.

– ¿Cómo está usted tan seguro de que recibirá el resto? -preguntó Adrián Kleiber provocador.

El enfermero sonrió satisfecho.

– En cierto modo lo tengo a usted atenazado. Si desembucho que haciéndose pasar por parientes de Vossius consiguieron entrar en el psiquiátrico, después de la inesperada muerte del profesor seguro que va a interesar a la policía. Así que no intentemos golpearnos la oreja (¿lo dicen ustedes así?) y vayamos al negocio.

Con visible satisfacción tomó los dos mil francos, dobló dos veces los billetes y los metió en el bolsillo de su chaqueta. Luego se inclinó sobre la mesa ebanizada y dijo:

– Vossius no murió de muerte natural. Fue estrangulado con un cinturón de cuero.

Que cómo lo sabía.

– Encontré al profesor a las cinco y media de la mañana. Tenía un anillo rojoazulado en el cuello. Delante de su cama había un cinturón de cuero.

Mientras que a Anne la noticia no le causaba sorpresa, Kleiber tenía dificultades para orientarse en esta nueva situación. Sobre todo, objetó, qué interés podía tener la clínica en ocultar el caso y dar como causa de la muerte un infarto.

– ¿Todavía lo pregunta? -se excitó el enfermero y habló de nuevo en francés-. En St. Vincent ha habido bastantes escándalos, pero un asesino que consigue penetrar de noche en el servicio psiquiátrico es, por lo pronto, el colmo de una serie de precedentes que no dejan al instituto en el mejor lugar. Naturalmente, hubo una investigación interna que aún no ha concluido, pero Le Vaux se enfrenta a un enigma.

¿Y su opinión personal?

El enfermero se pasó los amanerados dedos por su cabello oscuro.

– Al parecer, Vossius recibió anoche una visita muy singular. No puedo certificarlo, por la noche no estaba de servicio. Debió de ser un cura, un jesuita. Según dicen, conversaron en inglés.

Anne y Adrián se miraron. El estupor de ambos había alcanzado una nueva cota. ¿Un jesuita con Vossius?

– En cualquier caso este cura fue el último con el que habló Vossius. Naturalmente recaen sospechas sobre él. ¿Quién dice que realmente era jesuita? Lo cierto es que el extraño sacerdote al cabo de media hora justa abandonó el psiquiátrico de St. Vincent. El portero lo ha confirmado.

A continuación se debatió el tema de lo fácil o difícil que es entrar inadvertidamente en el servicio psiquiátrico de St. Vincent de Paul. El enfermero defendió la opinión de que el individuo que entró debía de tener un cómplice dentro del servicio, que estaba cerrado. Sólo así es posible entrar.

– ¿Y usted? -preguntó Adrián reflexivo-. Quiero decir, ¿sería descabellado pensar que usted…?

– Escúcheme -interrumpió bruscamente el enfermero-, usted puede pensar que soy repulsivo porque le vendo información, esto, dicho francamente, me importa un pepino. Pero lo otro es ser cómplice de asesinato, así que olvídelo. -El enfermero se echó precipitadamente al gaznate el resto de su pastís, puso con un chasquido el dinero sobre la mesa, echó un billete al lado y se marchó sin despedirse.

– No tenías que haberlo ofendido -observó Anne con la voz apagada. Miraba fijamente hacia un punto imaginario del local, lleno de volutas de humo. Adrián vio que le temblaban las manos.

9

Debían tener dudas respecto a si el hombre, según lo acordado, aparecería de nuevo al día siguiente para intercambiar nuevas informaciones por el resto de la cantidad prometida. La velada transcurrió con la discusión de lo que podían esperar del enfermero, tejiendo aventuradas fantasías sin aproximarse ni un paso a la solución. Al final, pasada medianoche, llegaron a la conclusión de que el enfermero les revelaría el nombre del asesino. Fue distinto.

Según lo convenido (el dinero no mancha el honor), el enfermero apareció la tarde siguiente a la misma hora en el bistró, cogió el resto del dinero y puso sobre la mesa, con la serenidad de un profesional, un sobre marrón cerrado.

Kleiber lo abrió.

– ¿Una llave? -dijo Anne en un tono que no ocultaba su desengaño.

El sobre contenía una llave de seguridad con la inscripción «Sécurité France», como miles de otras; aparte de esto, nada.

– ¿Eso es todo? -inquirió Kleiber.

El enfermero contestó:

– Sí, es todo. La llave parece no tener importancia, pero si les digo que Vossius la guardaba debajo de la almohada envuelta en un pañuelo, tal vez cobre mayor importancia.

Kleiber se puso la llave en la mano y cerró el puño.

– Quizá tenga razón -dijo después de una breve reflexión-, sólo que mientras no sepamos a qué cerradura pertenece, no sirve de nada.

– El resto es asunto suyo -dijo el enfermero. Inclinó brevemente la cabeza y se alejó sin despedirse.

Los dos días siguientes pasaron como en una pesadilla. Incluso Adrián, que nunca perdía el ánimo, parecía agotado e intentó convencer a Anne de que tomasen el primer avión para tomar el sol en Túnez o en Marruecos, en cualquier caso la apremió para que no viajara sola de vuelta a Munich.

Anne sonrió fatigada. En el fondo, todo le daba lo mismo. Se apoderó de ella el miedo terrible de que Adrián pudiera ser el próximo en sufrir las consecuencias. No se atrevía a decirlo, pero todo giraba en torno a esta aprensión sin que el otro lo notase, y maquinaba la posibilidad de mantener a Kleiber apartado del asunto. Por otro lado, se sentía demasiado débil para proseguir con la historia ella sola, sin la ayuda de Adrián, y estaba a punto de acceder a la propuesta de Kleiber de realizar juntos un viaje de vacaciones, cuando de repente se toparon con una pista que lo cambió todo de nuevo.

Anne había dejado a Adrián el negativo de las fotos del pergamino y Kleiber había encargado al laboratorio nuevas copias con el propósito de buscar ahora por sí mismo un experto que pudiera traducir el misterioso texto, del cual sólo se conocía el nombre de Barabbas. Y puesto que las fotografías eran «una chapuza», como dijo el técnico del laboratorio, éste hizo una buena docena de ampliaciones, diferenciadas una de otra por la luz y el contraste, de manera que el texto aquí y allá fuese más legible.

No fue sólo este resultado lo que excitó fuertemente a Anne, sino los cuatro dedos al margen de una de estas ampliaciones (evidentemente el original era sostenido por un ayudante ante la cámara, lo que explicaba la mala calidad de la foto). Para ser más exactos, se trataba de tres dedos y medio, pues faltaba la parte de arriba en el dedo índice del desconocido.

– ¡Donat!

– ¿Donat?

– ¡El hombre con la mujer en la silla de ruedas! Desde el principio desconfié de él. La mujer que estaba con Guido en el automóvil del accidente y que después de estar dos días en la clínica desapareció dijo ser su esposa. Donat no pudo explicarlo. ¡Miente, miente, miente!

– Y a este… Donat le faltaba la primera falange del dedo índice, ¿estás segura?

– Completamente segura -replicó Anne-, lo vi con mis propios ojos. Pero Donat se hizo el que no sabía nada. ¿Por qué lo hace? ¿Qué tiene que ocultar?

Anne tenía miedo, temía las nuevas cuestiones que este descubrimiento comportaba. En rigor, no había avanzado un paso en sus averiguaciones desde el día después del accidente de Guido. Al contrario, sus investigaciones tenían el efecto de las excavaciones arqueológicas: cuanto más se descubría, más cuestiones suscitaba, y deseaba haber ignorado que Guido había tenido un lío, que ella pérfidamente indagaba.

Sentía como si estuviera en medio de una obra en la que, contra su voluntad, le habían asignado un papel, sin conocer ni a los demás actores ni el texto. Pero, tanto si quería como si no, debía representar su papel hasta el final.

Capítulo cuarto

LEIBETHRA

al borde de la locura

1

Tras apenas una hora de viaje nocturno por la autopista desde el aeropuerto Thessaloniki en dirección al sur, el Land-Rover verde tomó la salida de Katerini. Katerini es una pequeña ciudad rural pintoresca del noreste de Grecia que tiene a su espalda el Olimpo, de casi 3.000 metros de altitud, un típico mercado con mesas y sillas en la calle y con bombillas que se encienden por la noche, así como una carretera principal que hacia el sudoeste conduce a Elasson, desde donde se llega a los Meteoros, los monasterios flotantes en el cielo; antes eran veinticuatro, hoy sólo cuatro están habitados.

En algún lugar a medio camino, el automóvil redujo la marcha y giró a la izquierda por un camino rural, que consistía principalmente en dos sendas de carro llenas de grava y en el centro una capa de hierba, y Guthmann comprendió por qué habían ido a recogerlo con un vehículo todo-terreno. Los faros ejecutaban un verdadero baile de San Vito sobre las onduladas vías de carro para gozo del joven conductor, que visiblemente se divertía con este camino lleno de baches.

– Sólo tres kilómetros cuesta arriba -dijo Thales dirigiéndose a Guthmann- y estaremos en Leibethra. Por desgracia el último trecho de camino tendremos que recorrerlo a pie.

Guthmann asintió con una sonrisa, aunque no le fue fácil sonreír.

Thales, que conocía cada curva de este serpenteante camino, dijo mientras el automóvil, en primera, se torturaba por subir la cuesta, siguiendo una curva a otra curva y apareciendo de pronto a un lado y luego al otro áridos muros de peñascos y declives profundos, de modo que el estómago de Guthmann empezaba a removerse:

– Quisiera hacerle notar un par de peculiaridades, es decir, son peculiaridades para usted, que viene por primera vez a Leibethra.

Guthmann asintió.

– Empiezan por el tratamiento. No empleamos el «usted» ni mucho menos el «tú», sino que tratamos deferentemente a nuestros paisanos de «vos», pues según nuestra filosofía el hombre es la medida de todas las cosas. Y porque defendemos este principio, no vivimos ascéticamente en absoluto, como se nos critica a los monjes de Meteoros, de Agia Trias o de Agios Stephanos; aunque vestimos de oscuro, esto no tiene nada que ver con la mortificación de uno mismo, sino que es la expresión de nuestra ideología uniforme. Por esto cada uno de nosotros lleva también su nombre monástico.

– Entiendo -observó Guthmann reflexivo, aunque no entendía absolutamente nada y encontraba las explicaciones de Thales bastante contradictorias. Estaba a punto de lamentar su decisión, pero ya se había decidido a quemar las naves y Leibethra era realmente el lugar más seguro de Europa para desaparecer o sencillamente retirarse. Y eso quería Guthmann: retirarse, abandonar tras de sí todas las presiones, un matrimonio frustrado, la lucha competitiva de su profesión académica y los aburridos acontecimientos sociales, que para un hombre de su categoría se habían convertido en una obligación y por esto los odiaba.

Thales miró a Guthmann de lado en la oscuridad del coche y manifestó:

– ¿No se arrepiente de haber venido?

– Claro que no -subrayó Guthmann para tranquilizar a su acompañante-, sólo que estoy reventado. El vuelo y el fatigoso viaje en coche, ¿sabe?

De pronto, arriba, encima de ellos, aparecieron luces que parecían luciérnagas en una noche de junio.

– ¡Leibethra! -exclamó Thales señalando con el dedo y, al cabo de un rato, añadió-: Aún está a tiempo, aún puede pensárselo…

Pero Guthmann le cortó la palabra:

– No hay nada que pensar. ¡Mi decisión es firme!

– Está bien -replicó Thales-, sólo quería advertírselo, pues no hay regreso posible. Pero esto ya se lo expliqué con detalle.

Guthmann vio las luces que se aproximaban: ¡Leibethra! Le golpeaba el corazón, mucho había oído de este enigmático lugar en los últimos días. Thales le había explicado qué tipo de gente vivía en este monasterio. Qué digo monasterio: fortaleza monástica lo había llamado Thales. Y era el concepto que mejor cuadraba a la institución.

– ¿Sucedió una vez que un miembro de esta comunidad, es decir, hubo ya un caso…?

– En los últimos años sólo uno -replicó Thales, que en seguida captó a qué se refería el otro y se colocó bien sus gafas sin montura, lo que, según había experimentado Guthmann hacía tiempo, era un signo inequívoco de disgusto-. Cada cual es libre de abandonar el mundo -añadió Thales-, pero esperamos que, una vez lo haya hecho, no vuelva nunca a la vida humana normal. Para tales casos están los peñascos frigios.

– No entiendo.

– Los frigios, en Asia Menor, acostumbraban a despeñar a los delincuentes, pero también permitían al convicto que se tirara de las rocas por sí mismo. Una forma elegante de pena de muerte. Antes se practicaba entre nosotros, ahora nos hemos vuelto más humanos. La moderna bioquímica nos ofrece medios y vías para asegurarnos el silencio de quienes comparten nuestros conocimientos.

El Land-Rover atravesó con marcha lenta una estrecha pasarela tensada sobre un precipicio. En la oscuridad no podía verse cuán profundo era. El motor gemía a bajas revoluciones cuando el camino formó una cuesta empinada, tan empinada, que las luces del coche enfocaban el vacío, como el rayo de un faro. Luego de pronto el capó del automóvil se inclinó hacia abajo, porque la bajada era igualmente empinada, y Guthmann pudo distinguir casas oscuras en torno a una plaza iluminada, en la que todavía reinaba bastante animación.

Al aproximarse, vio gente con cara de estúpida, hombres con extrañas muecas y mujeres que prorrumpían en estridentes risas al parecer sin motivo. Los niños andaban con la cabeza tan grande como un melón sobre un cuerpo pequeño desarrollado normalmente y un anciano vestido de blanco, calvo, estiraba un cordel con el que arrastraba tras de sí un barco de juguete. Algunos saludaban amablemente con la mano, otros se acercaban a la ventanilla del coche y hacían muecas como chiquillos.

– No tema -dijo Thales, que observó el rostro desconcertado de Guthmann-, son inofensivos, lamentables criaturas a las que la naturaleza les ha negado un entendimiento normal. Pero qué quiere decir normal. Usted mismo sabe que de la genialidad a la demencia sólo existe un paso. Oficialmente Leibethra es una colonia de locos sostenida por nuestra orden. Esto nos da prestigio y la certeza de que nos dejarán en paz. Pues nos protegemos por un círculo de locura.

– ¿Cómo debo entenderlo?

– Cualquiera que pretenda llegar a nosotros tiene que atravesar esta colonia.

El conductor hizo sonar enérgicamente el claxon para abrirse paso a través del pueblo; lanzaba de vez en cuando fuertes gritos por la ventanilla abierta, como si quisiera asustar a los curiosos que se agolpaban al automóvil.

Detrás de una curva apareció una puerta de hierro bien iluminada, que conducía al interior de la montaña y que al aproximarse el coche se abrió como por arte de magia. Detrás había una galería con una bóveda rocosa. Al fondo estaban aparcados algunos vehículos todoterreno, a la izquierda zumbaban varios grupos electrógenos protegidos por un muro de rejilla y la pared de enfrente estaba ocupada por dos ascensores, que hoy se ven sólo en edificios antiguos de inquilinos, hechos de caoba rojiza y con cristales pulidos en las puertas.

– Hemos llegado -dijo Thales al detenerse el ascensor y rogó amablemente a su acompañante que se apease-. Enseguida le traerán el equipaje. Venga.

2

Guthmann esperaba encontrar un monasterio, pero esto tenía más bien la pinta de un hotel. Quedó sorprendido.

– ¿Seguro que se lo imaginaba de otra manera?

– ¡Claro! -replicó el visitante-. Menos lujo, más ascética.

Al abandonar el ascensor, se escuchaba música clásica procedente de algún lugar. En el resplandeciente suelo embaldosado de una antesala en forma de medialuna había, perfectamente ordenados, sillones de madera pulida y sillas de enea, como los que exponían los naturales del lugar. En el ascensor de la parte opuesta se veía una serie de ventanitas de arco de medio punto. En ambos lados había corredores que conducían a direcciones opuestas. El conjunto daba la impresión de amplitud y parecía alejado de la estrechez del monasterio de Meteoros.

Thales indicó al extranjero el camino de la izquierda, donde una escalera estrecha conducía al piso de arriba, a una especie de galería, en la cual había dos puertas, una junto a otra, separadas por un espacio regular; este par armonizaba en la forma y color del marco con otro par de puertas situado en la parte opuesta. Mientras caminaban por el largo corredor, Guthmann pensó que no se habían topado con nadie; pero sin embargo la arquitectura vacía de personas daba una impresión menos inquietante que la plaza del pueblo llena de gente.

– Para responder a su objeción -dijo Thales caminando, pero se corrigió en seguida-: Para responder a vuestra objeción: la ascética es algo admirable, pero un asceta no es un sabio ni mucho menos. Nada contra la ascética en el sentido de falta de necesidades. Si Diógenes sólo usaba un tonel donde vivir, nada que objetar; pues Diógenes mismo eligió este modo de vida y era feliz así. Pero la ascética monacal no es sino un error. Pablo sencillamente no entendió la filosofía de los estoicos griegos y vio en ella un remedio probado en la lucha contra el vicio y las malas costumbres. La ascética cristiana va dirigida a la represión y destrucción de la naturaleza humana, no sólo del goce sexual, sino también del placer de la vista, del oído, del gusto. En cambio la verdadera filosofía estoica propugnaba vivir de acuerdo con la naturaleza. Si la Iglesia tuviera razón, todos los monasterios serían baluarte de la felicidad, de la paz, de la verdad; ¿acaso es así? Casi no encontrará otro lugar en el mundo en el que la infelicidad, la enemistad y la mentira estén tan extendidas como en un monasterio.

Guthmann se detuvo y miró sobresaltado a Thales:

– Por vos habla la amargura, Thales, una profunda amargura.

– ¿No me creéis?

Guthmann se encogió de hombros.

– Podéis creer cada palabra, profesor, sé de qué hablo, he pasado media vida entre muros de convento y media vida sólo he soñado una cosa, libre albedrío. ¿Podéis imaginaros lo que esto significa? No. Esto sólo puede experimentarlo quien haya vivido en penitencia. Todo lo real y efectivo en esta Tierra es corporal, y el poder del hombre no es algo inmaterial o abstracto, el verdadero poder del hombre, con el que es capaz de mover montañas, es el libre albedrío. Sólo el correcto tomar y dejar, hacer y dejar de hacer conforme a la razón y a la naturaleza, garantiza la felicidad humana. Un hábito roba a las personas la mitad de sus capacidades intelectuales.

– ¿Fuisteis monje?

Thales inclinó la cabeza y Guthmann reconoció en la coronilla un círculo donde el pelo crecía degenerado, resto de una antigua tonsura.

– Capuchino -dijo Thales, sin mirar al otro-, os afeitan una aureola de santidad en el melón hasta que vuestros cabellos se resignan. El acto es sintomático. Ascética hasta la alienación. Pero en algún momento comprendí que no tenía sentido tener inscrito en la tumba: «Vivió como un santo», y que millones de personas se pregunten: «¿Y qué servicio ha prestado a la humanidad?». Pero no os quiero aburrir con mi historia.

– ¡Oh no! -replicó Guthmann-. No me aburrís en absoluto. Al contrario, me hace reflexionar.

– ¡Y yo que ya creía haberos asustado!

– Ciertamente que no -mintió Guthmann-, sólo que -hizo una pausa indecisa- el libre albedrío propagado por vos significaría en última instancia que aquí ofrecéis también sitio a las mujeres.

– ¡Naturalmente! -contestó Thales como si tal cosa-. Precisamente os dije que esto de aquí no es tanto un monasterio como un movimiento. Pretendemos tener en nuestras filas las mentes más preclaras, de modo que nos conduciríamos a nosotros mismos ad absurdum si sólo hubiera hombres aquí.

– ¿Y esto no provoca complicaciones?

Thales rió. Con sorpresa constató Guthmann que el hombre que durante siete días lo había acompañado se reía a carcajadas por primera vez.

– ¡Claro! -gritó-. Es ley natural: el comportamiento antagónico del hombre y la mujer produce el desarrollo de una sabiduría en dos sentidos opuestos pero que se necesitan y complementan, es la tensión primordial. Pero la tensión es una de las manifestaciones más fascinantes de nuestra mente.

Mientras decía esto, Thales abrió una puerta entornada, que en la parte superior estaba marcada con un renglón de símbolos tan grandes como la palma de la mano, con triángulos y cuadrados verticales e invertidos, que, observándolos detenidamente, debían de desprender algún significado.

– En Leibethra no hay números -observó Thales, que se fijó en la mirada escrutadora del profesor-. Esto le sorprenderá tal vez, pero el ser humano no necesita números. Los usamos únicamente de modo extra oficial, sólo porque muchos creen que no se pueden expresar sin números. La devoción por la cifra es uno de los mayores infortunios de nuestro tiempo. Los números crecen en lo inconmensurable y llegará un día en que la humanidad será devorada por los números, como nuestros órganos por el cáncer.

Guthmann no decía nada, pero en el fondo daba la razón a Thales. Ya Pitágoras, el descubridor de las matemáticas, afirmaba que todo lo importante de este mundo podía explicarse con diez dedos. El universo, el espacio, se completa en tres dimensiones, el tiempo consta de pasado, presente y futuro, y toda realidad tiene un principio, un medio y un fin. Pero antes de que Guthmann pudiera concluir su pensamiento, lo que vio ante sí le causó mayor sorpresa que todo cuanto había encontrado en aquel extraño lugar.

Ante él tenía un apartamento exquisitamente amueblado, una sala de estar con televisor y teléfono, un estudio con biblioteca y una sala de baño con cerámica blanca, como uno antes se espera de un hotel de lujo, que de un monasterio. Mientras Thales le enseñaba las habitaciones, el chófer trajo el equipaje.

– Espero no haber exagerado -dijo Thales-, está tal como lo dejó vuestro antecesor. Naturalmente podéis arreglarlo de la manera que os sintáis mejor. Justo dentro de una hora vendrán a recogeros para cenar en comunidad.

Tras esta indicación, Thales se fue y Guthmann pensaba si realmente lo vivía o lo estaba soñando. Se sentía terriblemente cansado y sabía que el cansancio es capaz de simular las cosas más increíbles. Pero luego se dejó caer en un sillón de orejeras estampado en amarillo, estiró las piernas, miró en tomo suyo y estuvo tentado de pellizcarse por si sentía dolor. En esto que sonó el teléfono.

– Sí… -dijo Guthmann temeroso.

Era Thales:

– Olvidé decírselo [3]: se viste traje oscuro para la cena.

3

Un personaje curioso, pensó Guthmann, pero ¿acaso no era curioso todo lo que había ocurrido en las dos últimas semanas? ¿Cómo conocía Thales la situación en que él, el profesor Werner Guthmann, se hallaba? ¿De dónde había sacado él, Guthmann, el valor de seguir a un hombre que no conocía en absoluto, que ni siquiera dijo su verdadero nombre, que sólo le había hecho promesas de las que un hombre en su sano juicio debía decir que no se podían cumplir? ¿No era Leibethra un sueño, una utopía? ¿No era un desvarío de filósofos pueriles reunir los cerebros más preclaros del mundo en un mismo lugar bajo un mismo techo, cada uno de ellos el más ilustre en su disciplina, para así frenar la decadencia de la humanidad, que se inició, según decían ellos, con la historia humana?

Mientras estaba sentado reflexionando si no sería presa de una locura, idea que curiosamente no se le había ocurrido en los días anteriores porque las palabras y las promesas de Thales sonaban muy convincentes, pasó el tiempo volando y tuvo que cambiarse rápido para la cena.

A la hora prevista llamaron con los nudillos y Guthmann se precipitó hacia la puerta para abrirla. Esperaba a Thales, porque no conocía a nadie más aquí, pero frente a él estaba una mujer, que dijo:

– Mi nombre es Helena, tengo que acompañaros a la cena, profesor.

Guthmann se quedó petrificado. Ni él mismo sabía cuánto tiempo se había quedado mudo delante de la mujer desconocida, inseguro de si debía invitarla a pasar o examinarla primero de pies a cabeza. Helena daba externamente la impresión de inteligencia y disciplina, una pareja de virtudes corriente, aunque no existen en general razones para este nexo. Llevaba el pelo estirado hacia atrás y parecía querer reforzar su rigor humedeciéndolo con un gel. Unas finas gafas negras hacían el resto. Helena vestía un estrecho traje sastre oscuro y zapatos negros con tacones altos, y su apariencia le pareció a Guthmann muy adecuada para enviar señales eróticas. Por lo menos en él no erraron el tiro.

– Perdone usted -se corrigió- perdonad, estoy algo desconcertado, no os esperaba a vos.

Como si no hubiese oído sus palabras, Helena dijo fríamente:

– Venid, es hora. Tenéis que saber que la cena en Leibethra es una institución. No se puede llegar tarde. Disciplina ante todo.

En los pasillos, que antes habían estado vacíos, reinaba ahora la animación. Se hablaba caminando como en un foyer, y esta circunstancia quitaba mucha magia al edificio, que para Guthmann estaba lleno de enigmas.

Al llegar abajo, se dirigieron a la derecha, cruzaron la antesala en forma de medialuna con los ascensores a la derecha y, como los demás, buscaron el largo corredor en la parte opuesta. Cada vez más personas vestidas de oscuro, entre ellas mujeres, se encontraban y accedían a una sala con vigas altas. El suelo de piedra estaba cubierto de alfombras. Una mesa en forma de una gran T ocupaba casi todo el espacio.

– No existe un orden para sentarse -observó Helena-, excepto en la mesa de enfrente.

Cuando finalmente todos los presentes hubieron tomado asiento en la larga mesa (probablemente eran alrededor de sesenta), por una puerta trasera cercana a la mesa que formaba el trazo horizontal de la T, aparecieron cuatro hombres acompañados de una figura extraña, que a pesar de su americana cruzada oscura no se podía reconocer fácilmente si se trataba de un hombre o de una mujer.

– Es Orfeo -dijo Helena con un movimiento de cabeza y, al percatarse de la mirada interrogativa de Guthmann, añadió explicando como si describiese algo completamente normal-: Habéis de saber que Orfeo es un híbrido; si es más hombre o más mujer no tiene importancia. Nunca me he parado a pensarlo, pero el hecho es que lo hemos elegido Orfeo porque es el más inteligente de todos, un sabio, que conoce los secretos de la vida. Si existe alguien capaz de parar los ríos, de fundir la nieve, de hacer que las piedras hablen y los árboles caminen, ése es él. Orfeo es un genio, ¿qué digo?, ¡es el genio por antonomasia!

Por Thales había sabido Guthmann que dirigía la orden un profesor americano, un genio universal de la Universidad de Berkeley, que se distinguía no sólo por su capacidad intelectual extraordinaria, sino también por un capital heredado de acciones, capaz, según se contaba, de hacer temblar las bolsas de Nueva York y París. Y ambas cosas las había traído a Leibethra. El motivo de su retiro era muy parecido al de Guthmann: repugnancia por la mafia científica. Pero éste se había imaginado de modo muy distinto a este Orfeo.

Inseguro, Guthmann se inclinó hacia Helena que se había sentado a su lado:

– Si os he entendido bien, éste es el profesor…

– Arthur Seward -lo cortó Helena-, Berkeley, California. Pero no hablamos de nuestro pasado, a no ser por voluntad propia. Éste es uno de los motivos por los que cada cual lleva un nombre de la orden.

– Entiendo -dijo débilmente Guthmann y ahora, después que Orfeo hubo tomado asiento con sus cuatro acompañantes, reconocía a Thales a la derecha de Orfeo.

Camareros vestidos de blanco trajeron un entremés compuesto de vegetales, lo que propició la observación de Helena:

– Si hasta ahora habíais comido carne, olvidadlo. Todos somos vegetarianos.

– A mí ya me va bien -murmuró Guthmann. Los entremeses estaban deliciosos-. Lo que me gustaría saber: Thales desempeña aquí una alta función. Yo no lo sabía, en cualquier caso él no me lo insinuó.

– Oh, sí -respondió Helena y su tono de voz reflejaba cierta admiración-, Thales en nuestro microcosmos es el agua que lo mueve todo.

– ¿Cómo debo entenderlo?

– Los cinco que se sientan en la parte frontal de la mesa forman juntos el pentagrama, que flota sobre nuestro movimiento. -Helena dibujó con el dedo una estrella invisible sobre la mesa-. Esta estrella es el símbolo de la omnipotencia y del autodominio mental. Podéis girarla como queráis, siempre tiene la misma forma. Una punta es Orfeo, la segunda Thales, Anaxímenes la tercera, y Heráclito y Anaximandro representan las otras dos puntas. Por esto hablamos de pentagrama. Podríamos decir también que son el senado o el cuadro de directores. Es decir: en la cúspide está Orfeo, dependiendo de él están los cuatro elementos. Thales responde del agua y está encargado de los asuntos relacionados con la ciencia, la religión y las iglesias. Anaxímenes representa el aire. En su jurisdicción recaen el arte y la historia. Heráclito, que simboliza el fuego, es un gran maestro de la filosofía y de la psicología y, dicho de paso, mi maestro. Y Anaximandro, que reconoce la tierra como su elemento, responde a todas las cuestiones relativas a la técnica y al futuro. Juntos dominan el cosmos en todas las cuestiones. Pero no están solos en su disciplina. Cada uno tiene cuatro coadjutores con una especialidad propia y diferente lengua materna.

Se sirvió el plato principal, un excelente arroz con berenjenas y pasas, acompañado de un vino tinto seco, y Guthmann, que suponía tener que estar al servicio de Thales, incluso hasta de coadjutor, preguntó:

– ¿Cómo se explica lo del pentagrama; quiero decir, cómo se forma el cuadro de directores? O preguntado de otro modo: ¿por qué sois coadjutora de Heráclito y no al revés?

Sobre el rostro serio de Helena afloró una sonrisa.

– Los miembros del pentagrama -replicó sobriamente-son elegidos por todos nosotros. Cada uno es libre de demostrar su sabiduría. Si la comunidad lo tiene en mejor estima que a su superior, el coadjutor se convierte en superior.

– ¿Y esto ocurre a menudo?

– No a menudo, pero ocurre. El último caso fue Thales. Thales fue durante seis años coadjutor de otro; luego hizo un descubrimiento extraordinario. Pero el superior aseguraba que era su descubrimiento. Se enzarzaron en un agrio debate. Estábamos ante la alternativa de elegir a uno o al otro. La subida de uno habría significado la caída del otro, pues dos no pueden representar el elemento agua. Así que les exigimos que aportaran pruebas para su hipótesis. Orfeo estableció una importante suma para las investigaciones científicas, pero pronto quedó claro que ambos se habían precipitado. Thales hasta hoy es deudor de la prueba, su rival viajó para unas investigaciones a Francia, donde creía hallar la solución, y no ha regresado. Pero el hecho de que Thales os haya traído de Berlín permite colegir que está próxima la solución. ¿O en realidad la tiene ya?

Guthmann hizo un movimiento con la mano indicando que todavía se estaba muy lejos de ello. En lo íntimo empezaba a preguntarse si realmente habría tomado la decisión correcta, si Leibethra no era haber ido de Guatemala a Guatepeor. Pero reprimió rápido la idea y manifestó:

– Dicho francamente, no sé siquiera con exactitud de qué se trata. Thales hizo sólo alusiones, buscaba un experto en papirología copta y me preguntó si estaba dispuesto a trabajar para él y su organización.

– ¿Organización? -interrumpió Helena-. ¿Thales dijo realmente organización?

– Bueno, tal vez se expresó de otro modo, en cualquier caso su oferta me vino de perlas. Quiero ser sincero, me hallaba en una crisis, a causa de un previsto divorcio en el que hubiera perdido la mayor parte de mis posesiones y de la institución científica, que exigía más administración que investigación. Entonces me pareció tentadora la posibilidad de abandonarlo todo de un día para otro.

Helena inclinó la cabeza asintiendo.

– La mayoría de nosotros tenemos un destino parecido.

– ¿Y vos? -preguntó Guthmann intrigado.

– ¿Qué hay que contar? -contestó Helena con un deje de amargura-. Se llamaba Jan, era holandés y neurofisiólogo como yo. Nos conocimos en el Instituto de Neurofisiología de la Universidad de Göteborg. Soy sueca, debéis saberlo, me llamo Jessica Lundström. Nos casamos, pero luego se demostró que yo era la mejor científica. Jan no pudo soportar que fuese yo y no él quien obtuviese la cátedra de neurofisiología de la Universidad de Göteborg. Empezó a beber, al final perdió incluso su plaza de asistente, me pegaba y saboteaba mi trabajo. Un día lo eché todo a rodar.

Guthmann observó a la mujer, que de pronto daba la impresión de estar desamparada y necesitar ayuda, y que miraba fijamente la mesa en un asomo de dolor. La dureza que de ordinario reflejaba su rostro había desaparecido.

– ¿Y de qué os ocupáis aquí, en Leibethra? -preguntó Guthmann con precaución.

El rostro de Helena cambió de expresión, como si hubiera regresado de otro mundo:

– Heráclito me encargó analizar la herencia biológica de tres tipos principales de cerebros y en relación con ello resolver el enigma de los sentimientos; pues quien domina los sentimientos, domina la humanidad.

– ¿Y habéis conseguido algún resultado?

– Desde el punto de vista evolutivo sí, pero si se trata de una manipulación colectiva de las emociones, entonces estoy lejos de hallar una solución.

– ¡Helena, tenéis que explicármelo! -rogó Guthmann con entusiasmo.

– Bueno, sí, el objetivo es fácil. Se trata de proporcionar un mismo sentimiento a una categoría de personas, una profesión, una edad, todo un pueblo. Así por ejemplo: todos los árabes aman a todos los israelíes. O: todos los alemanes aman a todos los franceses. Comprendéis lo que significaría en última consecuencia: no habría más guerras.

– Pero -objetó Guthmann- a la inversa significaría que quien tuviese la fórmula podría atizar los odios, agitar al árabe contra el israelí, al alemán contra el francés y desviarlos de sí y de sus propios problemas.

– Existen drogas que administradas adecuadamente influyen en la voluntad humana. Su antecesor, el profesor Vossius, quería arrojarse a todo trance de la torre Eiffel. ¿Cree que lo movía su propia voluntad?

– ¿Entonces tienen ustedes aquí en Leibethra el poder sobre la vida y la muerte?

– Así es, profesor, y por esto nos tomamos tan en serio la problemática. Sólo que, como dije, no se vislumbra una solución de los problemas generales.

– ¿Y todo esto está relacionado con la herencia de los tres principales tipos de cerebro? ¿Podéis explicármelo un poco más?

Ahora Helena estaba en su elemento:

– El encéfalo humano consta de tres partes concéntricas que se han ido formando a lo largo de la evolución. La que está más adentro es el romboencéfalo, también llamado cerebro de reptil porque aún hoy lo posee este animal. En este romboencéfalo se almacenan sólo los instintos, la costumbre de devorar, atacar y defenderse. Sobre él está el mesencéfalo. Se trata de una evolución más reciente del anterior, aunque su antigüedad se calcula en un par de cientos de millones de años, es un logro de los mamíferos. En éste aparece por primera vez el concepto de sentimiento: miedo y agresión, pero también precaución y orientación espaciotemporal. Al homo sapiens lo distingue el prosencéfalo que está encima. Sin embargo, y éste es el principal problema de mi trabajo, una información que llegue al cerebro tiene que pasar antes por el cerebro de reptil y por el mesencéfalo, por lo que siempre está expuesta a las emociones. Podéis imaginaros las posibilidades que se abren, si se pudieran manejar estas funciones.

– ¿Y cómo debe uno imaginarse tal manejo?

– A corto plazo, mediante drogas, mezclándolas con agua o con abono químico. A largo plazo, mediante la manipulación genética.

4

Helena fascinaba al profesor de un modo extraordinario. Su actitud seca, masculina, ejercía en él una curiosa excitación. Detrás de las finas gafas negras se ocultaban unos ojos grandes y oscuros, y él no estaba seguro si el motivo de llevar estas gafas radicaba en la miopía o en la necesidad de privar a los demás de la mirada directa de esos ojos maravillosos, de la misma manera que la ropa interior no sirve para calentar, sino para cubrir la provocación.

Como si adivinase sus pensamientos, Helena preguntó sin mirar a Guthmann:

– ¿En qué pensáis?

– Oh, yo… estoy fascinado -balbució Guthmann, vacilante-. No sé si podré continuar aquí con mis humildes conocimientos. ¿A quién interesan los viejos manuscritos coptos?

– No os engañéis -objetó Helena-, cada uno de los que veis sentados a la mesa no entiende prácticamente nada de lo que está haciendo el otro; pero para el otro su trabajo es un libro con siete sellos. Conjuntamente somos, sin embargo, el cerebro universal de la humanidad.

Helena señaló con el dedo hacia delante, donde la larga mesa quedaba cortada por el travesaño de la gran T.

– Ved los dos de la primera fila. El de la derecha está supeditado como yo a Heráclito. Se llama Timón, su nombre civil era doctor Marc Warrenton, procede de Oxford y es el mejor especialista mundial de criptonesia.

– ¿Criptonesia?

– Criptonesia es la capacidad de recordar informaciones olvidadas. Esta capacidad llega a ser tal en algunas personas que están en trance hipnótico, que revelan hasta informaciones de vidas anteriores, lo que puede ser tomado como una prueba de la reencarnación. Con ayuda de un inglés, Timón descubrió cosas del antiguo Egipto que después fueron confirmadas mediante excavaciones arqueológicas. El joven que está sentado frente a él se llama Estraton, por otro nombre Claude Vail, que tiene dos doctorados y es el industrial más joven de Francia. Vino al mundo como niño prodigio, a los doce años terminó el bachillerato, a los dieciséis escribió su tesis doctoral en medicina, a los dieciocho dirigía el centro de investigación científica de Tolosa y se ocupaba sobre todo de la congelación de células seminales con nitrógeno líquido. Vino aquí porque al final debía enfrentarse a más problemas éticos que científicos. Hoy presume de que, si su técnica hubiera existido ya en el siglo primero, en cualquier momento podría engendrar un hijo de Séneca.

Guthmann escuchaba fascinado las palabras de Helena y progresivamente comprendía que Leibethra era un lugar de adictos, de adictos a la ciencia, que sólo conocían un pecado: la necedad. Sobre si este lugar era digno de veneración o de anatema, prefería no pronunciarse de momento, para ello estaba demasiado conmovido por los sucesos de su alrededor y por las palabras de Helena.

– Me imagino -reanudó Helena de nuevo- que os torturan muchas preguntas.

Guthmann agarró su vaso, tomó un trago largo de vino tinto e inclinó la cabeza en señal de asentimiento:

– Ciertamente. Por ejemplo me interesaría mucho saber, quiero decir, Leibethra cuesta mucho dinero, ¿quién hay detrás?, ¿quién financia todo esto? -Al decirlo miró a Helena de soslayo como si temiese haber ido demasiado lejos con su pregunta.

Pero ella sólo reía:

– Probablemente vos no teníais fortuna que aportar, ¿verdad?

– Me temo que no -respondió Guthmann poniéndose la mano sobre el pecho-. Un profesor de coptología no es precisamente un Creso.

– ¡Tampoco es necesario! Debéis saber que los que abandonan o se retiran de la vida burguesa raras veces pasan hambre. Lo hacen porque están hartos. Orfeo es rico, inmensamente rico, Philon procede de una familia de grandes terratenientes sudamericanos, Hegesias es dueño de la mitad de la empresa de alquiler de automóviles mayor del mundo, Hermes posee pozos de petróleo en Nigeria, y cada uno ha traído aquí su fortuna. No, en Leibethra no se habla nunca de dinero.

El ambiente en la sala era cada vez más animado. La gente se cambiaba de sitio y debatía en pequeños grupos. Un paraíso para filósofos.

– ¿Queríais decir algo?

Guthmann sonrió. Evidentemente era incapaz de sentir una emoción que la mujer no leyese en su cara.

– Pensaba sólo -respondió excusándose- que Leibethra es un paraíso para filósofos.

Helena calló, pero por su silencio supo Guthmann que había dicho algo inconveniente, algo que ella no compartía. Helena agarró su vaso y lo vació de un trago, como si quisiera darse valor. Finalmente se levantó y se fue, sin decir palabra, atravesando la sala hasta uno de los huecos de ventana excavados en el grueso muro, tan grandes, que cabía un banco de madera. Miraba fijamente por la ventana afuera, a la noche.

Guthmann la había observado desconcertado; no sabía qué había pasado, y por esto siguió a su interlocutora hasta la ventana y manifestó disculpándose:

– ¿He dicho algo inconveniente?

– No, no -interrumpió Helena-, Leibethra sería realmente un paraíso para filósofos, si aquí no hubiera filósofos.

– ¡Vaya! -dijo Guthmann-, que lo entienda quien quiera, yo no lo entiendo.

Helena buscaba evasivas.

– No puedo hablar de ello -dijo con amargura-, y mucho menos a uno nuevo.

Guthmann no se explicaba esa perturbación, pero supo incitarla con su silencio, de modo que ella de pronto se puso a hablar.

5

Mientras sus ojos observaban la sala con inquietud, Helena opinaba que la bella apariencia era un espejismo. Dicho más exactamente, que cada uno era casi un enemigo para el otro. Que en Leibethra, donde debía reinar la sabiduría, reinaba realmente la inmoralidad, la negación de todos los valores morales, poniendo el conocimiento por encima del bien y del mal. Pues el saber era una droga. Que la admiración y la duda, orígenes de la filosofía, fueron degradados en Leibethra a atributos ridículos. Que lo que contaba aquí era el poder. Y saber es poder.

Hasta apenas un momento, Helena daba más bien la impresión de ser una mujer consciente, fuerte, casi altiva y fría, ahora de pronto hablaba el miedo a través de sus palabras, y este temor no parecía injustificado. Guthmann imaginó que ella buscaba ayuda en él y le preguntó discretamente si podía hacer algo por ella.

No obstante, con su pregunta Guthmann no cosechó sino incomprensión, en Leibethra nadie hace algo por otro, a menos que se lo encargue un superior. La jerarquía de Leibethra es rígida como la del Vaticano, y sólo existen dos alternativas: servir o abandonar. O despeñarse.

Guthmann no se atrevió a preguntar hasta qué grado de esta jerarquía había llegado Helena. Pensó en el nivel que le correspondería a él. De repente comprendió por qué Thales lo había martilleado tanto diciéndole que, una vez emprendido, no había camino de regreso y que el camino era pedregoso.

– Mirad a esos tres -dijo Helena dirigiendo los ojos a la izquierda, donde dos hombres y una mujer estaban junto a una columna hablando tranquilamente entre ellos. La mujer, de unos sesenta años y aparentemente muy dinámica, se destacaba por su pelo excesivamente corto y por una gran rata viva que llevaba sobre el hombro-. Se sienten como los dueños secretos de Leibethra. Son los tres investigadores del cáncer más importantes del mundo: Juliana dirigía el hospital Bethesda de Chicago hasta que, llevando encima una cogorza del dos por mil de alcohol en la sangre, envió al otro mundo a una anciana. Arístipo, el barbudo, procede de la Charité de Berlín, donde era odiado porque trabajaba para la Stasi [4]. Y Crates, un investigador italiano, abandonó la Universidad de Bolonia porque a causa de su juventud no le daban ninguna oportunidad, dígase: dinero para sus proyectos de investigación. La rata es el símbolo del éxito de Juliana. En ella consiguió por primera vez transformar células cancerosas en células normales, eso al menos asegura.

Cuanto más se enteraba Guthmann de lo que sucedía en Leibethra, mayores eran sus dudas sobre si él era el hombre adecuado para ese lugar. Cierto que no le había faltado reputación en su campo; era uno de los dos coptólogos más importantes de Europa. Pero comparado con las investigaciones que se realizaban aquí, consideraba su trabajo más bien anodino. También Thales hasta ahora, cuando salía la cuestión de lo que a él, Guthmann, le esperaba aquí, se había mostrado bastante hermético y decía que podía seguir su trabajo de investigación como hasta el presente.

Más tarde (la cena se prolongó hasta primeras horas de la madrugada), tomó Thales al nuevo junto a sí y le dijo que deseaba presentarle a Orfeo.

Orfeo, bajo, con pelo rubio largo, una cara suave y redondeces en el cuerpo, daba también en sus movimientos la impresión de que se ocultaba una mujer en el severo traje masculino. Sin embargo su voz sonaba varonil y dominadora y emitía aquella frialdad que a veces caracteriza a los fiscales. Orfeo intentaba darle la bienvenida inclinando de vez en cuando amablemente la cabeza, incluso cuando guardaba silencio.

Finalmente Thales sacó la cuestión de cómo debería llamarse Guthmann en adelante y Orfeo aludió al nombre de «Menas», el sabio copto, y preguntó si estaba de acuerdo.

Guthmann inclinó la cabeza en señal de asentimiento; estaba asombrado de que Orfeo conociera este nombre, que por lo general sólo es corriente entre los iniciados. Después de que Orfeo se hubo manifestado con desenvoltura sobre la importancia de los textos apócrifos coptos en relación con las religiones cristianas, demostrando con ello unos conocimientos que dejaban anonadado, lo despidió con un gracioso movimiento de mano y Thales anunció que a la mañana siguiente instruiría al nuevo eleático en sus deberes.

Para el resto, que hasta este momento no se había fijado en Guthmann, la conversación con Orfeo debió de parecer el examen de ingreso en la comunidad órfica, pues uno tras otro se presentaron a Menas diciendo su nombre en la orden y estrechándole efusivamente la mano. La ceremonia, y evidentemente se trataba de esto, no transmitía sin embargo un mínimo de cordialidad; la mayoría consideraba el desfile más bien una pesadez y esta actitud no pasó inadvertida a Menas. Helena al parecer no había exagerado.

Tú eres otro y todo lo que está en tu pasado no tiene importancia a partir de ahora. Las palabras de Orfeo le vinieron a la mente, al subir Menas, totalmente fatigado, la empinada escalera que conducía a su habitación. Tal como estaba, se dejó caer sobre la cama, entonces llamaron a la puerta.

– ¿Sí?

Era Helena.

– ¿Queréis dormir conmigo? -dijo y cerró la puerta tras de sí.

Capítulo quinto

EL PERGAMINO

buscando huellas

1

Lo que más inquietaba a Anne von Seydlitz en su situación era no saber qué papel estaba jugando ella. ¿Era un papel secundario que le había tocado en esta tragedia a causa de su curiosidad o un destino inexorable le había asignado el papel principal? Anne no podía sino representar su papel.

En momentos como aquel en que encontró muerto a Rauschenbach o se enteró de la muerte de Vossius, pensaba Anne: sólo tienes una vida, ¿por qué la arriesgas? En estos momentos surgía también la pregunta sobre si había alternativa. ¿Cómo debía comportarse? ¿Hacer como si no ocurriera nada? ¿Huir?

Anne se sentía mejor enfrentándose al destino. Sobre todo creía haber llegado a un punto en el que ya no hay retorno posible.

Adrián Kleiber se había convertido durante estos días en un sostén imprescindible. Era el hombre en el que podía apoyarse cuando sus emociones amenazaban degenerar en pánico ciego e irracional, como si la persiguiera el diablo. Luego se sentía tranquila y relajada y transportada de nuevo a la época en que Guido y Adrián todavía eran amigos.

Pero algo en ella se oponía continuamente a ese pasado, y tal vez éste era el motivo por el cual Anne, de modo inexplicable para él, rechazaba al amigo de juventud tan pronto como éste hacía ademán de aproximarse a ella. Anne intentaba explicárselo con muletillas; como todo necesita su tiempo, y como Kleiber sentía verdadero interés por Anne se resignó.

Éste fue el motivo por el que Adrián Kleiber, en el viaje de regreso juntos a Munich, se mostró de acuerdo en tomar una habitación de hotel y no vivir en los confortables aposentos de la casa de ella, lo que de hecho habría sido lo correcto. El Hilton distaba unos diez minutos en automóvil de su chalet, era frecuentado principalmente por hombres de negocios y al día siguiente había de ponerles en las manos, de un modo que nadie se atrevía a esperar, el indicio sin duda más importante.

El motivo de su repentina marcha de París había sido la pista de Donat en una de las copias del pergamino, y Anne sostuvo que sería mejor visitar al hombre al día siguiente sin anunciarse y confrontarlo con la fotografía; entonces tendría que aclarar cómo había llegado a la fotografía su dedo índice amputado.

Olía a invierno y por el este de Munich soplaba un viento helado, cuando Anne von Seydlitz y Adrián Kleiber, alrededor del mediodía, llegaron a la casa del Hohenzollern-Ring 17. En el jardín, el jardinero estaba ocupado en rapuzar el ramaje de tres arces que estaban juntos. Observó detenidamente a los visitantes y se aproximó a la cerca cuando éstos pidieron entrar.

– ¡Buenos días! -dijo retirando hacia el cogote su gastado gorro de tela.

– ¡Quisiéramos ver al señor Donat! -gritó Anne por encima de la cerca.

– ¿A Donat? Pues -dijo el jardinero apoyándose con los brazos sobre la puerta de hierro pintada de gris- llegan ustedes un par de días demasiado tarde.

– ¿Demasiado tarde? ¿Qué significa?

– ¡Donat se ha ido, eso significa, bella señora, que se marchó, voló!

– No lo entiendo.

– Ni yo tampoco -replicó el jardinero-, pero cuando vine el martes de la semana pasada, yo vengo todos los martes, la casa estaba vacía, sin muebles, Donat y su mujer desaparecidos. Llamé al administrador para averiguar qué pasaba, pero él tampoco sabía nada. No le inquietó demasiado porque el alquiler estaba pagado con tres meses de adelanto. Yo cobro del administrador. Sí, así está la cosa.

Anne y Adrián se miraron. En su desconcierto Anne estaba a punto de llorar, fijaba rígidamente la vista en la vieja casa vacía sin cortinas y repetía:

– Sí, así está la cosa. -Sonaba amargo, y en ella renació la terrible sospecha de haber pisado un camino prohibido.

Sin pedírselo, el jardinero empezó a contar:

– ¿Saben?, yo en realidad no conocía a esa gente de nada; por esto no puedo decir ni bueno ni malo de ellos. No se llevaban muy bien entre ellos. Pero no es fácil tener a una mujer siempre en silla de ruedas. Quién sabe lo que pasó. Bueno, pero a mí no me importa. ¿Conocían ustedes a los señores desde hacía tiempo?

– No, no -se apresuró a responder Anne, y añadió la pregunta-. ¿Realmente no sabe usted dónde está esa gente?

El jardinero movió la cabeza.

– Ni siquiera el vecino de al lado se dio cuenta de que se habían marchado. No entiendo cómo de la noche a la mañana se puede marchar uno con todos sus bártulos, en verdad, no lo entiendo.

Anne forzó una sonrisa. Respiró profundamente. La sensación desagradable que había tenido en un primer momento cedió un poco. Ya no debía temer que encontraría en esta vieja casa algo que iba a aterrarla, algo doloroso.

Cuando iban hacia el automóvil de ella, Adrián rodeó a Anne con el brazo. Parecía tan desconcertado como ella.

– ¿Y ahora? -preguntó Anne sentándose al volante-, ¿qué vamos a hacer?

– Deja que lo hablemos mañana -respondió Kleiber y se estiró en el asiento del coche-. Estoy cansado y, cuando estoy cansado, no puedo pensar. Llévame al hotel.

Anne se despidió frente al hotel con un beso fugaz. En casa se sintió indispuesta. Le parecía extraña la casa, amenazante. Los cuadros de las paredes y las esculturas, en los que siempre había sentido placer, la miraban ahora de forma misteriosa. Sólo por hacer algo, Anne encendió la luz, revisó sin ganas la correspondencia que se había amontonado y se sirvió un coñac sin probarlo. Había llegado a un punto en que ya no podía más y su única esperanza se dirigía a Kleiber.

Kleiber le había profesado mucho más cariño del que ella estaba dispuesta a reconocer ante sí y sobre todo ante él; pero el shock a causa de Guido la había afectado profundamente. Sin duda le costaría mucho esfuerzo, después de todo lo que había pasado, entregarse de nuevo a un hombre. Adrián lo deseaba, ella lo sentía, pero temía que un día pudiera convertirse en una catástrofe. Apretó las manos sobre sus ojos. ¡No pienses en ello!

En el fondo estaba loca. Corría tras un fantasma hasta casi perder el juicio, y sólo por su orgullo herido, porque su marido la había engañado a espaldas de ella. Más de una vez se preguntó Anne si valía la pena, si conocer el nombre y los hechos dirigiría su vida a vías más tranquilas. Pero la pregunta era ociosa porque se hallaba tan atrapada en las investigaciones iniciadas, que no podía obrar de otra manera: no le quedaba otra alternativa que seguir.

2

Debía de haberse dormido, pues sonaba el teléfono, la asustó muchísimo, como un disparo desgarrando el silencio. Anne miró el reloj. Pasaban de las 21 horas. Se dirigió al teléfono, que sonaba estridente y hostil, y se deslizó en torno al aparato, desconfiada como una gata. ¿Quién podía ser a esa hora? Primero lo dejó sonar esperando que el comunicante desistiría, pero cuando ya no pudo resistir el ruido, descolgó.

Era Kleiber.

– He de hablar contigo urgentemente -dijo. Tenía la voz excitada.

– Ahora no -respondió Anne-. Estoy cansada, ¡entiéndelo!

Kleiber no cedió.

– Tomaré un taxi. En diez minutos estoy contigo.

– ¡Qué te has creído! -Anne se enfadó-. Creí que en este aspecto todo estaba claro entre nosotros. Así que sé razonable.

Pero antes de que Anne von Seydlitz colgase el auricular, oyó de la otra parte de la línea:

– Hasta ahora. -Luego la línea quedó muerta.

Anne se propuso rechazar a Adrián Kleiber en la misma puerta. Andaba de un lado para otro en el pasillo de la casa buscando las palabras adecuadas para despachar al visitante nocturno; sin embargo, cuando Kleiber llegó, ella ya había olvidado el discurso.

– ¿No quieres dejarme entrar? -dijo Kleiber y apartó a Anne delicadamente a un lado. Y antes de que ella pudiera replicar algo, preguntó-: ¿Dónde está la llave que el enfermero del hospital de St. Vincent de Paul encontró bajo la almohada de Vossius?

No estás en tus cabales, quiso gritar Anne, vienes a altas horas de la noche y preguntas por la llave de debajo de la almohada del profesor; pero luego miró la cara de Adrián, que reflejaba tanta seriedad, y sin decir nada se dirigió al escritorio barroco y puso la llave en la mano de Kleiber.

Él la colocó sobre la mesa del salón, buscó en el bolsillo de su chaqueta, sacó otra llave y la colocó junto a la primera. Sobre la mesa estaban dos llaves iguales de metal amarillo brillante, con el asidero recubierto de un forro de plástico conquiforme.

Anne observó las dos llaves, luego miró a Adrián y dijo:

– No lo entiendo. ¿De dónde has sacado la segunda llave?

Adrián esbozó una sonrisa picara. Gozaba de saber algo más que ella. Finalmente respondió y casi sonó ridículo:

– Esa es la llave de mi habitación del hotel.

– ¿En el Hilton?

– Sí.

Ahora comprendió Anne toda la trascendencia de este descubrimiento.

– Esto significa, si lo entiendo bien, que Vossius antes de ser detenido vivía…

– …en un hotel Hilton. Sobre todo, que posiblemente guardó cosas importantes en su habitación o en la caja fuerte del hotel. De lo contrario, no habría guardado la llave como la niña de sus ojos.

– Pero posiblemente ya hayan tirado las cosas, llegaremos sin duda demasiado tarde.

– ¡Pues no! -replicó Kleiber-. Me he informado en el hotel. Los objetos abandonados por los clientes se guardan durante tres meses, las joyas y los objetos de valor incluso medio año.

El sentimiento espontáneo que le produjo esta noticia fue de gratitud y con este sentimiento se abalanzó al cuello de Adrián, lo besó y gritó:

– ¡Esto significa que tenemos una nueva pista!

– Sí, tenemos una nueva pista -repitió Kleiber-. Aunque hay tres hoteles Hilton en París, pero tal vez no sea difícil encontrar el correcto.

Anne rió distendida.

– ¡Qué casualidades hay en la vida! Si hubieses elegido otro hotel, nunca habríamos dado con esta pista.

– ¡Nunca elijo malos hoteles!

– Claro que no -se disculpó Anne con picardía-, y qué bueno que te hayas ido al hotel.

– En realidad, fue idea tuya.

– Podría decirse que tuve una premonición. Esto existe realmente.

– Lo sé -replicó Adrián-, pero en el fondo es ocioso discutir sobre las causas que nos han llevado a la nueva pista. Lo principal es que la tenemos.

El descubrimiento casual les infundió valor después de la depresión que les había causado la desaparición de Donat, y decidieron volver al día siguiente a París. A Anne no le vino mal, ya que durante la breve estancia en su casa constató que en ningún otro lugar eran tan grandes sus miedos y presentimientos.

Cerca de medianoche Kleiber se despidió. Acordaron encontrarse por la tarde, puesto que Anne quería pasar a echar un vistazo a la tienda. Después, cuando estaba tendida en la cama, no podía tranquilizarse. Escuchaba atentamente ruidos insignificantes, como la lluvia, que acababa de iniciarse, y el zumbido de los coches que pasaban levantando tras de sí una nube de agua.

Sus pensamientos giraban en torno a Vossius, cuyas explicaciones los habían excitado tanto como su muerte repentina. Si Vossius hubiera vivido sólo un día más, tal vez el enigmático rompecabezas habría configurado algo reconocible y les habría devuelto la tranquilidad que con los sucesos de las últimas semanas habían perdido.

3

Paulatinamente, pensó ella, debía volverse normal, pensar con normalidad, sentir con normalidad, reaccionar con normalidad. La falta de sentimientos y aquella frialdad que experimentaba en lo más íntimo la inquietaba porque amenazaba con convertirla en otra persona, o tal vez ya lo era, una persona sin corazón, sin ideas claras y apegada a un solo sentimiento: el miedo.

Podía hablar de la suerte de haber encontrado a Adrián Kleiber, la sola persona en quien se había confiado sin temor a ser tomada por psicópata. El propio Kleiber se había enredado tanto con el caso, que ahora tampoco él estaba en condiciones de salirse o de decir sencillamente esto no me importa en absoluto, déjame en paz con tus locuras.

¡Silencio! Anne se sobresaltó. Le parecía haber oído la puerta de la biblioteca, cuyo picaporte dio un ligero quejido. Se sentó en la cama y aguzó el oído. Sentía cómo le subía la sangre a la cabeza. Con cautela respiraba por la boca. Así estuvo sentada rígidamente durante unos dos interminables minutos; luego se dejó caer en la almohada. Lloraba. Los nervios. Debía admitir que estaba destrozada de los nervios, que por la noche tenía frecuentes sobresaltos y escuchaba ruidos extraños, y lógicamente ahora también se habría equivocado.

Sollozaba y aún no había concluido su pensamiento cuando abajo un vaso se hizo trizas. ¡La copa de coñac que se había servido! Anne palpó debajo de la almohada. Sacó un gran cuchillo de cocina, que últimamente guardaba allí, y lo sostenía ante sí como una espada; luego se levantó y salió de puntillas del dormitorio.

Como en trance, andaba a tientas por el pasillo oscuro hacia la escalera que conducía a la planta baja. No necesitaba luz, pues a diferencia de cualquier intruso conocía la casa como su bolso. Y la oscuridad era su mejor arma. Sus mejillas ardían como fuego al pisar el primer peldaño y escuchar.

Nada.

En este momento deseaba encontrar un ladrón allá abajo, sólo porque así podría consolarse de que realmente no estaba loca. Decidió que en caso de haber sido una alucinación dirigiría el cuchillo contra sí, pondría fin a todo antes de arruinar su salud.

Sentía cómo el enorme cuchillo temblaba en su mano. Anne no sabía si tendría fuerzas para clavar el cuchillo en el cuerpo de un intruso; pero luego se dijo: ¡lo harás, lo matarás, lo conseguirás!

Al llegar al escalón más bajo, Anne se dirigió a la izquierda. El suelo de mármol estaba helado, pero con dos pasos sus pies alcanzaron la alfombra persa. Pasó por delante del aparador con un florero, todavía faltaban cinco o seis pasos para llegar a la biblioteca.

La puerta estaba entornada y por la estrecha rendija salía un rayo de luz macilenta, que la iluminación de la calle echaba dentro de la habitación. Anne se detuvo. Escuchó. Su vista penetró por la rendija de la puerta. En cierto modo había esperado distinguir el centelleo de una linterna o bien oír cómo alguien abría cajones y armarios. Pero nada de ello ocurría, absolutamente nada.

Oh, no, no te engañabas, se dijo Anne en silencio, oíste con tus oídos la rotura de la copa, y puesto que las copas no se tiran al suelo ellas solas, alguien tiene que encontrarse en esta condenada habitación, y tú lo vas a matar con este cuchillo.

Pero luego todo sucedió increíblemente rápido: con el cuchillo en la mano derecha empujó Anne la puerta y la abrió, con la izquierda pulsó el interruptor, se encendió la luz del techo, brillante como un relámpago en la noche, y Anne miró fijamente en la sala de la biblioteca.

Lo que vio, la dejó helada. Como en un acto reflejo, intentó huir, pero notó que le flaqueaban las piernas. El brazo derecho con el cuchillo se cayó balanceándose como el de un espantajo, echaba la cabeza hacia atrás como si quisiera deshacerse, inútilmente, de una atracción magnética.

Frente a ella, en el sillón, estaba sentado Guido. El grito la liberó y le devolvió el movimiento. Anne dejó caer el cuchillo, dio la vuelta, corrió al ropero, se echó un abrigo encima, metió los pies en unos zapatos cualesquiera, arrancó la llave de la puerta, se precipitó a la calle y corrió hacia su automóvil. Con el motor aullante marchó a toda prisa por las calles desiertas. No tenía rumbo fijo, pero algún instinto la guió hacia el hotel en el que vivía Adrián.

Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Las luces se desdibujaban en manchas de colores informes sobre el piso de las calles, mojadas por la lluvia. Era incapaz de formarse una sola idea clara; únicamente la imagen de Guido, sentado rígidamente en su sillón, se le aparecía una y otra vez. Anne se frotó los ojos con el brazo como si quisiera borrar un espejismo. Inútil. Lloraba en alta voz, se abandonó a la desesperación intentando así expulsar la imagen de su cabeza; sin embargo la aparición se había incrustado en sus sentidos de forma imborrable.

Anne dejó el coche abierto estacionado frente al hotel. Más tarde no podía recordar si había apagado el motor. Dijo su nombre al portero adormilado y le rogó que despertase urgentemente a Kleiber, y como éste no contestaba al teléfono, Anne se precipitó escaleras arriba, habitación 247, golpeó con el puño contra la puerta y gritó en voz baja, implorante:

– ¡Adrián, soy yo, abre!

Cuando Adrián abrió, Anne se echó a su cuello, lo besó febrilmente y arañaba sus brazos con los dedos. Adrián no sabía qué le pasaba, pero sentía su perturbación y que él la tranquilizaba. No le pareció oportuno hacerle preguntas, por esto se limitó a acariciarle suavemente el pelo.

La necesidad imperiosa de sentirlo, la hizo olvidar todo a su alrededor. Le parecía ver de lejos cómo, sin soltarlo, se arrancaba el abrigo del cuerpo, atraía a Adrián hacia el suelo alfombrado y lo rodeaba con sus muslos. Como una araña a su botín, mordió aún llorosa a Kleiber, lo besó con desesperación febril. Con el apasionamiento de una larga frustración, se abalanzó sobre él hasta que Kleiber finalmente comprendió que Anne quería hacer el amor.

Kleiber había anhelado su cariño, sin embargo ahora, en estas extrañas circunstancias, se sentía bajo los efectos del shock y se mostró más bien calmado, lejos de estar en condiciones de responder a su apasionamiento.

Finalmente ambos quedaron tendidos sin aliento sobre la alfombra. Anne miraba fijamente al aire, Adrián la observaba de lado. Sin quitar la vista del techo de la habitación, habló Anne ronca, sin ninguna inflexión en la voz:

– Guido está en casa, sentado en la biblioteca.

Kleiber callaba. Sólo cuando ella acercó su cara rozando casi con la suya, él la miró.

– ¿No oíste lo que dije? Guido está en casa, sentado en la biblioteca.

– Sí -respondió Kleiber, pero en la expresión de su rostro Anne pudo ver que no se tomaba en serio lo que le había dicho.

– ¡Dios mío! -exclamó-, sé que suena a locura, pero créeme, estoy en mi sano juicio. -Y luego le contó Anne su vivencia nocturna. Aunque se esforzaba por mantenerse tranquila, sus palabras surgían cada vez más atropelladas, tartamudeaba sin querer y finalmente acabó sollozando como un niño que se siente desamparado e incomprendido-. Leo en tu cara que no me crees -dijo llorando.

Kleiber consideró mejor no contestar. Trató de coger su mano, pero Anne la retiró. Luego tomó el abrigo de ella.

– Póntelo, estás temblando -dijo Adrián y Anne obedeció.

Durante unos minutos permanecieron mudos, sentados uno junto al otro al borde de la cama. Cada uno sentía el calor del otro. Y aunque estaban tan cerca, cada cual lo experimentaba de distinta manera. Adrián intentaba encontrar una explicación a la repentina erupción apasionada de Anne. Naturalmente estaba convencido de que ella había sido víctima de un espejismo, tal vez de un anhelo, como alguien que ahogándose en pleno océano imagina una isla de salvación. Pero deducir de ello un apasionamiento sexual, superaba su capacidad de comprensión. Anne se sentía mucho mejor después de lo ocurrido. No veía motivo de reflexionar sobre la apasionada seducción, porque la vivencia anterior ocupaba todos sus pensamientos. ¿Cómo podría convencer a Adrián de que era normal?

– Me tomas por loca, ¿verdad?

– Déjalo -respondió Kleiber-, ésa no es la cuestión. Creo que efectivamente has visto a Guido; pero esto nada tiene que ver con la realidad, ¡compréndelo! Tienes los nervios destrozados, no hay que olvidarlo. No tiene nada que ver con la paranoia. La mente te ha hecho una mala jugada. Me parece más importante saber cómo te puedo sacar de esta crisis.

Las palabras de Adrián molestaron a Anne. Sus ojos centelleaban airados. Gritó:

– ¡Vístete, te lo ruego, vístete y ven conmigo!

Kleiber consideró que no era aconsejable contradecir a Anne. Al contrario, pensó, si iban juntos a su casa reconocería por sí misma que había sido víctima de una alucinación. Así pues, Kleiber se vistió y marchó con Anne a la casa de ella.

4

La lluvia había amainado dando lugar a un viento helado de otoño. En el camino del hotel a la casa de Anne, no pronunciaron una palabra, y Adrián se fijó en que la inquietud de Anne crecía con cada kilómetro. Cuando Anne giró del cinturón a la calle lateral, desde donde la casa podía divisarse perfectamente, dijo excitada:

– ¡Allí! -e indicó la luz de las ventanas-. Juro que la casa estaba completamente oscura cuando la dejé.

Adrián asintió.

Anne estacionó el coche en la acera de enfrente, apretó su frente contra el volante y cerró los ojos, como si quisiera conjurarlo todo para que no sucediera. Respiraba con dificultad.

– No -dijo finalmente-, no me llevarás de nuevo a esta casa. Tengo miedo, ¿entiendes? Si está Guido dentro, tengo miedo de él. Si no está, tengo miedo de mí misma.

Adrián intentó levantarle la cabeza, pero Anne la mantuvo apretada con fuerza contra el volante. Adrián replicó:

– Anne, ahora tienes que ser valiente. No tiene sentido que te escondas de la verdad. Tienes que mirar la verdad con tus ojos, de lo contrario te volverás loca. ¡Ven!

– Mis nervios no lo resisten.

– Tienen que resistirlo, ¡ven te digo!

Al notar que sus palabras no causaban efecto, Adrián se apeó, se dirigió a la parte del conductor, abrió la puerta del automóvil y sacó a Anne del vehículo con fuerza pero delicadamente. Anne lo dejaba hacer. No se opuso, porque en el fondo daba la razón a Kleiber: si no quería arrastrar toda la vida esta psicosis, debía entrar en la casa.

– Agárrame -pidió temerosa Anne y enganchó su brazo al torso de Adrián. La calle estaba vacía y el viento les soplaba a la cara, de modo que se alegraron al alcanzar la protección de la entrada de la casa. A lo lejos dio las horas el reloj de un campanario. Debían de ser las cinco o las seis, pero era irrelevante, en cualquier caso no clareaba aún el día.

Anne dio a Kleiber la llave. No podía recordar si en su huida había cerrado de golpe la puerta de la casa. Adrián tenía que abrir, ya que ella no estaba en condiciones de hacerlo.

Kleiber era cualquier cosa menos una persona miedosa. Pero en el momento de abrir la cerradura y empujar con cuidado la puerta, sintió el pulso en sus sienes. Ya no estaba tan seguro de que los nervios le hubiesen jugado una mala pasada a Anne. ¿Acaso no habían vivido en los días pasados las cosas más inverosímiles? ¿No se habían encontrado con un loco -a tenor de los hechos no podía calificárselo de otro modo-, que, como se demostró, era completamente normal? ¿No había dudado él, Kleiber, de que fuera verdad todo lo que Anne contaba? ¿Tal vez Guido von Seydlitz no estaba realmente muerto? ¿Estaría él detrás de la escenificación de los enigmáticos acontecimientos?

Sostenían la respiración y escuchaban. En la calle pasó en bicicleta un joven repartidor de periódicos.

– ¡Ven! -dijo Kleiber tomando a Anne de la mano.

Aunque era su propia casa, Anne se sentía como una intrusa. Le parecía como si estuviese investigando la vida de una mujer extraña.

Kleiber se detuvo en medio del vestíbulo, miró inquisitivo a Anne y ella indicó con la cabeza la última puerta a la derecha. Estaba abierta aproximadamente un palmo y a través de la rendija salía un rayo de luz.

Adrián sintió la mano sobre su mano como un trozo de hielo; casi tuvo que arrastrar a Anne. Cuando estuvieron frente a la puerta de la biblioteca, Kleiber alargó la mano y empujó la puerta. Anne apretaba temblorosa la mano de Adrián.

Cuando la puerta permitió ver en la biblioteca, Anne lanzó un grito. El sillón estaba vacío.

– Sé lo que piensas -dijo Anne después de permanecer un buen rato uno junto al otro sin decir palabra.

– Tonterías -replicó Kleiber.

– Tú piensas que estoy tan mal de los nervios, que veo fantasmas -insistió Anne.

Kleiber repitió:

– Tonterías -e intentó abrazar a Anne. Se quedó en el intento, pues Anne se deshizo de él y se precipitó de una habitación a otra. Finalmente subió presurosa la escalera al piso de arriba y Kleiber, que se había quedado en la planta baja, oía salvajes portazos. Cuando bajó la escalera, Anne estaba visiblemente más tranquila.

– Nada -decía-, nada.

En la biblioteca Adrián estaba ensimismado contemplando los pedazos de cristal de la copa de coñac.

– Yo no he roto la copa -aseguró Anne que estaba observando a Kleiber-. Me sobresaltó el estrépito de la copa, de lo contrario no habría bajado.

Adrián asintió sin mirar.

– Esto significaría… dijo reflexionando e hizo una prolongada pausa.

– ¡Di ya lo que piensas!

– …que tiraron la copa al suelo intencionadamente para llamar tu atención.

– Pero también alguien pudo romperla sin querer en la oscuridad.

– Es posible -replicó Adrián-, pero en este caso el causante habría huido. En ningún caso se habría quedado sentado en el sillón.

– ¡El causante era Guido! -gritó Anne altamente excitada.

– ¡Está bien! -desvió Adrián.

– ¡Era Guido! Estuve casada con él diecisiete años. ¡Era Guido!

– ¡Por favor, tranquilízate! -Kleiber agarró a Anne por los hombros y la miró fijamente-. De hecho es totalmente irrelevante si el hombre era Guido o cualquier otro. Estoy convencido de que el individuo quería infundirte miedo, tal vez impedir así que siguieras investigando. Si ese hombre del sillón era realmente Guido, entonces significa que está vivo y que se lleva contigo un juego asqueroso, sean cuales fueren los motivos que pueda tener. Si ese hombre era otro con la máscara de Guido, el motivo es el mismo: pretenden acabar contigo.

– Pero era Guido -replicó Anne llorosa.

– Bueno. Era Guido. ¿Qué llevaba puesto?

Anne intentó recordar.

– Estaba demasiado excitada para fijarme en cómo iba vestido; pero llevaba un traje oscuro, gris oscuro o marrón; sí, creo que era uno de los trajes de Guido.

– ¿De su ropero?

– Creo que ambos pensamos lo mismo -replicó Anne.

El ropero de Guido en el piso de arriba ocupaba toda una pared. Trajes, chaquetas y pantalones colgaban muy apretados. Entre ellos, dos perchas vacías.

– ¿Falta algo? -preguntó Kleiber.

Anne removió cada prenda de vestir con la mano.

– No estoy segura -dijo-, pero creo que faltan dos trajes, el que Guido llevaba puesto en el accidente y otro traje gris oscuro. ¡Sí, exactamente ése!

– Esto significaría que Guido o el hombre que se hizo pasar por Guido estaba ya en la casa antes de que llegases esperando la oportunidad de darte un susto de muerte.

– Así debe de ser -contestó Anne-, de otro modo la cosa no se explica.

A estas alturas ella ya no sabría decir con seguridad si el hombre del sillón era Guido o sólo un impostor de su marido. Pero Adrián tenía razón: no tenía importancia quién se escondía detrás, pues uno era tan pérfido como el otro.

Anne evitó sentarse en el sillón; en vez de ello, lo hizo en la silla negra de madera tallada, procedente de un antiguo monasterio, apoyó la cabeza sobre sus manos e intentó una vez más poner en orden sus pensamientos. No le cabía en la cabeza por qué el adversario desconocido estaba empeñado en llevarla a la locura al tiempo que protegía su vida. ¿Lo hacía por puro sadismo o pretendía sacar algún beneficio? No halló respuesta.

– ¿Tenías el certificado de defunción de Guido? -La pregunta de Kleiber le pareció peregrina a Anne.

– ¿El certificado de defunción?… Sí, claro. -Abrió el escritorio.

Mientras ella rebuscaba entre los papeles, siguió preguntando Kleiber:

– ¿Viste a Guido después de muerto?

Anne negó, había rehusado verlo. ¡Las heridas eran tan horribles! Cuanto más buscaba, los movimientos de ella se volvían más agitados.

– ¡El certificado de defunción estaba aquí, en el legajo! -aseguró ella-. Puedo jurarlo. Pero ahora que recuerdo, el certificado de defunción lo recibió la funeraria.

Adrián no dio especial importancia a lo que ella decía y preguntó:

– ¿Crees posible que Guido esté con vida? Quiero decir, ahora, después de todo lo ocurrido.

Anne apoyó de nuevo la cabeza en sus manos y miró desconcertada frente a ella. Hace un par de horas, inmediatamente después de la terrible vivencia, habría rechazado enojada la pregunta. Naturalmente que había reconocido a Guido, el hombre con el que había pasado diecisiete años de matrimonio. Sin embargo ahora debía reconocer que la imagen exterior de este hombre no se había grabado de tal modo en la memoria que pudiera distinguirlo de un impostor. Meneó la cabeza y pensó: vives muchos años con una persona, crees conocerla en lo más íntimo y luego te enteras de que lleva una doble vida y no estás en condiciones de hacer de ella una descripción pormenorizada.

Como Anne no hallase respuesta, Adrián formuló la pregunta de otro modo:

– ¿Quiero decir si crees a Guido capaz de este macabro juego del escondite?

– Hasta hace un par de semanas, no -respondió Anne-, impensable, no. Pero después de todo lo ocurrido entre medio… ¿Sabes?, no fuimos un matrimonio desgraciado, claro que tampoco especialmente feliz; pero en comparación con la mayoría, juzgaba nuestro matrimonio bastante positivo. Cierto que Guido viajaba mucho; pero le tenía confianza, en cualquier caso no tenía motivos para quejarme. Me acuerdo de una conversación muy seria que tuvimos. El tema era que cada uno de nosotros hacía su propio camino, lo que permitió a Guido observar que ahora era así en un matrimonio moderno; le respondí que si sentía la necesidad de engañarme, lo hiciera a escondidas, sin que yo me enterase. Parece que Guido lo interpretó como una invitación. En cualquier caso la mujer que estaba en su coche no permite otra conclusión.

A través de la ventana clareaba una desagradable mañana de diciembre, y Anne se levantó y fue a la cocina a preparar café. Entonces se dio cuenta de que debajo del abrigo todavía estaba desnuda, tal como había huido de la casa, y subió al piso de arriba para vestirse.

Cuando volvió, Anne dijo:

– Podría imaginarme que Guido lo escenificó todo, sentía inclinación por lo macabro, incluso pudo tener un motivo; a pesar de ello, sería ilógico.

– También lo veo así -Adrián se mostró de acuerdo-. Si Guido hubiera pensado en desaparecer para siempre, seguro que habría hallado otra solución más sencilla. Sobre todo surgiría por otro lado la pregunta: ¿quién es el hombre que está en la sepultura de Guido? No, me parece imposible.

– Incluso si hubiera tenido interés en eliminarme, no habría conseguido nada. Su muerte está registrada, ni siquiera podría reclamar sus propios bienes.

5

Mientras bebían café y charlaban, Anne y Kleiber llegaron a la conclusión de que la misteriosa aparición de la pasada noche debía de estar relacionada con el resto de los acontecimientos y no tenía nada que ver con Guido. Sin embargo, les quedó poco clara la intención que se escondía detrás de la macabra representación. Anne era consciente de haber reaccionado mal, lo había hecho tal como esperaba el misterioso director de escena. Deseaba haberse reído del hombre, haberle llamado actor de teatrucho y haberlo expulsado de casa. ¡Dios mío, pensó, nervios hay que tener!

La idea le vino de repente y debe ser entendida a tenor de lo precedente: Anne sintió de pronto la necesidad de ir a ver la tumba de Guido. Esto era extraño, porque desde su infancia odiaba los cementerios. A los seis años había estado frente a la tumba de su padre y la vivencia le quedó grabada en la memoria. Desde entonces evitaba los cementerios. Tras el entierro de Guido, encargó el cuidado de la sepultura a una funeraria y decidió no pisar siquiera otra vez aquel cementerio.

Recordaba perfectamente la sencilla ceremonia fúnebre, aunque había vivido como a través de un velo la bajada del ataúd en la sepultura. En el fondo no quería verlo, y durante largo tiempo había reprimido aquel día con éxito -eso al menos creía-, sin embargo ahora de repente una misteriosa fuerza la empujaba hacia la tumba, como si quisiera asegurarse de que Guido efectivamente estaba cubierto por una capa de tierra marrón y sucia.

Cuando ella expuso a Kleiber este deseo con la esperanza de que le acompañaría al Waldfriedhof, Adrián puso cara de incrédulo, porque conocía su aversión; pero al ver su mirada decidida accedió a acompañarla. Anne dio a entender que sólo estaría convencida de la muerte de Guido si veía que su tumba estaba intacta.

6

La sepultura estaba intacta, es decir, provista de un mármol gris y de flores, tal como ella lo había encargado a la funeraria, y Kleiber se preguntaba por qué se habían tomado la molestia de llevar a cabo este control. Pero Anne, al regreso, daba la impresión de una mayor firmeza; casi parecía liberada, aunque nada había cambiado en la situación.

Respecto a la relación entre ambos, Anne mostraba la misma actitud reservada que antes y él no había esperado otra cosa. Aunque se habían amado en el suelo de su habitación del hotel como dos amantes después de una separación de años, Anne parecía haber reprimido esa vivencia como una pesadilla; sí, incluso Adrián dudaba de si el apasionamiento formaba parte del mundo de ella, de si aquel extraordinario acto de amor no era tal vez un cortocircuito en su vida anímica.

Naturalmente que lo más sencillo habría sido hablar de ello con Anne; pero Adrián no se atrevía, porque creía conocer la respuesta: debía dejarle tiempo, ella no estaba preparada… tal como lo había explicado en el primer encuentro, y no habría sorprendido a Adrián si Anne, en una conversación así, hubiese negado de plano haber sufrido el arrebato de pasión.

En cuestión de amor, Adrián no poseía una vida sentimental excesivamente intensa, y esto era uno de los motivos por los que a pesar de su edad aún no se había casado ni había pensado hacerlo. No podía quejarse de falta de mujeres, pero en la mayoría de casos una tal relación no duraba más de un año. Lo más tarde al cabo de un año, cualquier mujer sabía que este hombre sólo se tomaba en serio un solo cónyuge: su profesión.

Adrián era consciente de este hecho y comprendía que las mujeres después de un cierto tiempo se retirasen de su vida, o también que aparecieran y desaparecieran de vez en cuando. Así no tenía pocas amantes, pero ninguna fija, si bien no sufría por ello.

Con Anne parecía distinto. Tal vez porque Anne desde el principio había levantado una barrera entre ellos. No estaba acostumbrado. Las mujeres siempre se lo habían puesto fácil, tal vez demasiado fácil, de modo que cada inexpresado «no me toques» ejercía en él un estímulo especial. Y aquel atraco sexual en borrachera de sueño constituía una de sus vivencias más importantes en punto a erotismo.

Su inclinación amistosa hacia Anne se convirtió desde aquella noche en el hotel en una verdadera pasión que superaba todo lo que había existido hasta entonces. Algo que jamás habría considerado posible: por amor de Anne había abandonado su profesión y declarado un asunto privado el «caso», detrás del cual había visto al principio una historia interesante (hasta había fotografiado en secreto al profesor Vossius en el hospital de St. Vincent).

Para Anne había dos motivos por los que Kleiber se ocupaba con tanta intensidad por su caso: uno, su curiosidad personal -un buen reportero siempre es curioso-, otro, que Adrián sabía muy bien que sólo se ganaría a Anne si la liberaba de esa red de vínculos desgraciados.

Todas las esperanzas de ella se basaban ahora en la insignificante llave de un hotel Hilton de París. Existen tres de esta cadena. El Hilton del aeropuerto en Orly resultó una pista falsa. Lo mismo el Hotel France et Choviseul en la rué St. Honoré, donde al enseñar la llave fueron recibidos con desconfianza, pero les dijeron que un profesor Marc Vossius nunca se había alojado en este hotel, en cualquier caso no en los pasados tres meses y no bajo ese nombre.

Quedaba el París Hilton en la avenue de Suffren, no lejos de la torre Eiffel. Por la experiencia de sus anteriores pesquisas, Anne y Adrián encontraron aconsejable no hablar de ello a la recepción, sino al gerente del hotel, un alsaciano distinguido que hablaba muy bien alemán y al que le contaron que Vossius, tío de Anne, había muerto inesperadamente en el hospital St. Vincent de Paul y entre sus pertenencias se había hallado esta llave, probablemente había dejado equipaje en el hotel.

La historia sonaba creíble y Wurz, así se llamaba el gerente, desapareció un momento por detrás de una puerta de cristal opaco, regresó con una ficha diciendo que quedaban tres días de alojamiento en descubierto de monsieur Vossius. Después de abonar la factura, les sería entregado en mano el equipaje del monsieur, una maleta y una cartera, que madame hiciera el favor de firmar aquí.

Kleiber extendió un cheque y el portero les dio el equipaje. Con nuevas esperanzas marcharon en el Mercedes de Adrián a la casa de él en la avenue de Verdun.

7

Qué sospechas pudieron haber tenido de que el equipaje del profesor podría llevarles a una nueva pista decisiva, no lo sabían en este momento ni ellos mismos; pero Adrián actuaba según una vieja norma periodística de recoger toda la información posible, incluso aquella que en principio no parecía tener sentido, pues podía ser decisiva en una etapa posterior de la investigación.

En este caso no necesitaron ambos esperar a nuevos conocimientos. Si bien en la maleta sólo había ropa blanca y prendas de vestir, en cambio en la cartera se hallaba, junto con libros y mapas (algo curioso: un mapa extraordinariamente exacto del norte de Grecia y otro no menos preciso del Egipto medio), una carpeta con copias de escritos antiguos, no muy distintas de la copia que poseía Anne.

El descubrimiento más excitante en esta carpeta fue sin embargo un sobre de gran formato sellado ligeramente. Anne lo dio a Kleiber para que lo examinase. Éste lo miró y se encogió de hombros.

– ¡Ábrelo! -dijo Anne, nerviosa.

Adrián rasgó el sobre y sacó algo parduzco, quebradizo, colocado entre dos folios transparentes. Anne lo reconoció en seguida.

– ¡Eso es! -gritó excitadísima.

– ¿Qué? -preguntó Kleiber enojado-. ¿Qué es?

– ¡El original! ¡Esto es el pergamino por el que aquel Thales en Berlín me ofrecía tres cuartos de millón!

– ¿Por este trozo de papel viejo?

– Por este, como tú lo llamas, trozo de papel viejo. Estoy segura.

Anne y Adrián se miraron y parecían pensar lo mismo: si este pedazo de pergamino era el documento tan buscado, entonces tuvo que haber habido contactos antes de la muerte de Guido entre éste y Vossius, o bien Vossius consiguió hacerse con la posesión del pergamino después del terrible accidente. Y naturalmente surgía la pregunta: ¿había jugado Vossius con las cartas marcadas?

Un cotejo de las dos copias dio como resultado: Anne tenía razón. Esto era el pergamino que, por el motivo que fuera, a unos importaba una fortuna, a otros incluso el asesinato. Esta idea la inquietó. Pues por muy importante que fuera el hallazgo, era peligroso en la misma medida.

– Probablemente -murmuró Anne- he sobrevivido hasta aquí porque sabían que sólo poseía las copias. Si se conoce que el original se halla en nuestras manos, que Dios nos coja confesados.

– Pero no podemos hacer nada con ello -dijo Adrián-. Tenemos que contratar un experto para conocer el significado del pergamino. Por lo demás, la hoja vale una fortuna.

– Precisamente con ello están especulando algunos cómplices. Opinan que yo flaquearía ante la cantidad ofrecida. Luego, creo, mis días estarían contados. No, este pergamino es para mí un seguro de vida.

Excitados por el pergamino, no vieron al principio otros dos hallazgos: un billete de avión Tesalónica-Atenas-París de Olympic Airways, al que inicialmente no dieron importancia, y una carta sin fecha y sin sobre, escrita por mano suave en inglés. En el encabezamiento, el remitente: Aurelia Vossius, 4083 Bonita View Drive, San Francisco.

– Vossius estaba casado -observó Adrián.

– En efecto -replicó Anne y empezó a leer la carta. No era larga, exactamente veinte líneas escritas delicadamente; era una carta de despedida, los años pasados con él, Vossius, habían sido los mejores de su vida y ahora que su matrimonio estaba roto, no se arrepentía de nada. Aunque no comprendía en absoluto sus planes, le deseaba mucho éxito, y tal vez ambos caminos se cruzarían de nuevo.

Love-Aurelia.

– ¿Sabe acaso que Vossius está muerto? -preguntó Anne sin esperar respuesta-. Una carta muy tierna.

– Al profesor tampoco debió serle indiferente -opinó Kleiber-, de lo contrario no la habría guardado.

Anne asintió con la cabeza.

– Al margen de si el profesor estaba casado, a mí me parece que lo más interesante es la indicación de que no comprendía sus planes. La cuestión es si estos planes estaban relacionados con el enigmático pergamino.

– ¡Quién sabe! -replicó Adrián-. Ahí sólo cabe una posibilidad: pregúntaselo.

– ¿En California?

– ¿Por qué no? La mujer es probablemente la única que aún nos puede ayudar. En cualquier caso ella conoce mejor el trasfondo de su trabajo.

Las objeciones de Anne, según las cuales la mujer no querría dar información a unos europeos extraños sobre el marido divorciado, no fueron pasadas por alto. Por ello debían inventar una historia que tirase de la lengua a la ex esposa de Vossius, o bien -y esto era idea de Kleiber- contarle a la mujer toda la verdad. Querían entregar a la señora Vossius la carta de despedida, que sin duda era importante para la mujer, mientras que ellos apenas podían hacer nada con ella. De este modo conseguirían ganar su confianza.

Así de una hora para otra decidieron volar a San Diego. Esto suponía cierta ventaja para su seguridad. ¿Sabían acaso si estaban sometidos a observación, si les seguían los pasos, si registraban todos sus movimientos? En cualquier caso, después de todo lo ocurrido, no parecía descabellado.

Por esto Adrián elaboró un plan astuto para poner a buen seguro los documentos del equipaje de Vossius. A tal efecto Anne abandonó sola la casa para ir en taxi al Louvre, mientras que al mismo tiempo Kleiber, con los documentos del profesor, salía por la puerta del patio, atravesaba un cobertizo de bicicletas y llegaba al Quai de Valmy, desde donde, cruzando el canal Saint Martin, alcanzó su banco en la place du Colonel Fabien.

Kleiber mantenía un compartimiento en la caja fuerte del banco para guardar no tanto su fortuna como documentos importantes que de vez en cuando tenía que manejar a causa de su profesión. En este cofre guardó el pergamino y el resto de papeles de Vossius.

Adrián y Anne se encontraron para comer en el restaurante de la Bourse du Commerce y se alegraron del éxito de su jugada. Adrián había pedido licencia a la redacción, lo que no causó extrañeza ya que a menudo investigaba un tema durante semanas antes de regresar con el reportaje hecho. Habían reservado el vuelo a California para el día siguiente, salida a las 9.30 horas en Le Bourget.

8

California los recibió de modo inesperado, con tormentas y lluvias torrenciales, raras aquí y por ello más recias. Sobre todo la continuación del vuelo desde Los Ángeles a San Diego, a lo largo de la costa hacia el Sur, se convirtió en una batalla del piloto contra los elementos, de manera que Anne estuvo contentísima cuando el pequeño aparato, que venía del este volando peligrosamente cerca del mar de casas, se posó en el Airport Lindbergh Field.

Kleiber conocía la ciudad de viajes anteriores y había reservado habitación en un hotel situado en North Harbor Drive, desde donde la vista sobre San Diego Bay alcanzaba hasta la isla Coronado. En el muelle estaba anclado el Star of India, un velero del siglo pasado renovado varias veces, que ahora servía de museo. A la habitación en el sexto piso -Adrián había alquilado deliberadamente dos habitaciones individuales juntas- se subía por un ascensor adosado a la fachada exterior del hotel.

Pasaron el primer día durmiendo, con breves interrupciones para una cena y un corto paseo hasta la estación de término del ferrocarril de Santa Fe. Cuando despertaron a la mañana siguiente, la Bay reflejaba colores turquesas al sol, como si no hubiera aquí nunca mal tiempo.

Alrededor del mediodía alquilaron un automóvil para ir a Bonita, al sur de la ciudad, donde, según les explicó el amable portero, un joven mexicano, encontrarían la casa que buscaban. Así que tomaron la Freeway número 5 en dirección a Tijuana, a los diez minutos de viaje abandonaron la autopista en la salida East Street, atravesaron un kilómetro largo de suburbio, con restaurantes rápidos, gasolineras, supermercados, y llegaron directamente a la Bonita Road, de la que tras dos kilómetros, en los que se extendía a la izquierda un cuidado campo de golf, se bifurcaba en un semáforo a la izquierda una calle que subía hasta la dirección buscada.

La casa de madera de planta baja, cubierta con tablillas de madera como la mayoría de casas de los alrededores, vista desde la calle estaba situada algo más abajo y ofrecía una vertiginosa vista sobre el valle. Los naranjos revelaban la preferencia de los moradores por el cultivo verde, sobre todo esterlicias y agaves de un metro de alto daban a la casa más bien sencilla un cierto aire exótico.

Aurelia Vossius no estaba en casa, pero la vecina, una asiática del este con el pelo negro, que se había afincado aquí con su marido durante la guerra de Corea -según relató con toda franqueza-, explicó que la señora Vossius trabajaba en el City Council de San Diego y solía regresar alrededor de las 17 horas, y preguntó si le podía dar algún recado.

Adrián y Anne rehusaron y dijeron que volverían al cabo de tres horas. Tiempo suficiente para una excursión a Coronado, que está unido a la tierra firme por un puente alto que cubre la Bay de San Diego como el arco de un laúd.

Al regresar a la Bonita View Drive, la señora Vossius ya estaba informada de su visita; la vecina le había dicho también que los extranjeros debían de ser alemanes.

Aurelia Vossius, una linda americana de Nebraska, que después de servir en la Marina se quedó colgada en San Diego, los recibió con cortesía americana, sin abandonar cierta desconfianza. Sólo cuando Anne sacó la carta de Aurelia a Marc Vossius -la reconoció a primera vista-, desapareció la inseguridad de sus ojos y rogó a los visitantes que entraran en la casa.

Habían quedado en no mencionar la sospecha de asesinato en el caso de Vossius, puesto que faltaban pruebas y la información se basaba en los dudosos indicios ofrecidos por el enfermero; pero, pensaron, no debían dejar ninguna duda sobre la muerte del profesor a su esposa divorciada. Finalmente estaba el motivo por el cual ellos, Anne y Adrián, tenían en su poder las pertenencias del finado, entre las que se hallaba esta carta.

La señora Vossius, en cuya imagen aparecía la tenacidad y el dominio característico de las personas bajitas, recibió la noticia estoicamente, aun cuando -y esto podía colegirse por su reacción ante la carta- todavía mantenía un fuerte lazo con Vossius. Tampoco sabía nada del atentado con ácido de su ex marido, aunque no pareció extrañarse sobremanera; en cualquier caso los visitantes tuvieron la impresión de que estaba acostumbrada en el pasado a sufrir por el comportamiento obstinado del profesor.

Para ganarse su confianza y para que Aurelia Vossius viera que el destino de Anne y del profesor estaban ligados de forma enigmática, Anne empezó a divagar describiendo sin apartarse de la verdad la muerte de su marido y los acontecimientos que siguieron y que la llevaron hasta aquí.

Un destino idéntico une, y la señora Vossius poco a poco se confió a los extranjeros, abandonó su reserva inicial y dijo, tras haber escuchado la historia de Anne:

– Espero no sobresaltarles si les digo que no me ha sorprendido todo esto.

Anne y Adrián se miraron. No se esperaban esta declaración.

– No -continuó Aurelia Vossius-, ni siquiera me sorprende la muerte de Marc. Era previsible. Creo, incluso, que lo han empujado a la muerte.

– ¿Quiénes?

– ¡Ellos! Los órficos, los jesuitas, la mafia de investigadores, qué sé yo cuántos iban tras él.

Anne y Adrián eran todo oídos:

– ¿Órficos, jesuitas, mafia de investigadores? ¿Qué significa todo esto?

La pequeña mujer hurgaba en una cajetilla de cigarrillos mentolados. Sus dedos revelaban ahora un gran nerviosismo.

– Ustedes dos son probablemente los únicos con los que puedo hablar abiertamente -dijo mientras encendía un cigarrillo-, cualquier otro me tomaría por loca.

9

– Si lo recuerdo bien -empezó Aurelia echando al aire a cortos intervalos una nube de humo-, el dilema comenzó hace diez años, cuando Marc llegó a California. Tenía un contrato de cátedra e investigación de la Universidad de San Diego para su asignatura de literatura comparada. Era considerado uno de los mejores del mundo en su campo; pero ya al iniciar su trabajo cometió un fallo grave, se encaró con los historiadores del arte, concretamente les dijo a ellos, los expertos, lo que aún no sabían ni podían saber, y esto tuvo una consecuencia: Marc desde el principio sólo tenía enemigos.

– ¿De qué se trataba?

– Dicho sencillamente: Marc suministró a los profesores de arte una teoría, según la cual Leonardo da Vinci no sólo era un artista genial, sino también un gran filósofo poseedor de unos conocimientos secretos que podían cambiar el mundo. Esto no les gustó a los investigadores del arte, que un crítico literario se atreviese a desafiar su grandeza, y aconsejaron a Vossius que mejor se quedara con Shakespeare y con Dante.

– Algo parecido nos contó Vossius en París -observó Anne-. El atentado con ácido no iba dirigido contra la pintura o lo que representaba, ni mucho menos contra Leonardo, sino que iba contra los investigadores del arte y su terca actitud. Esto nos explicó Vossius. ¿Pero usted nombró a los «órficos» y a los jesuitas?

Con un gesto condenatorio, la señora Vossius expresó su despecho. Finalmente aplastó su cigarrillo y murmuró algo así como:

– Gángsters, todos ellos son unos gángsters.

Anne y Adrián se hicieron señas con los ojos. No les pareció aconsejable insistir con más preguntas. Si Aurelia Vossius quería hablar, lo haría libremente.

– El profesor -dijo Anne más bien de pasada- estaba muy orgulloso de haber hallado en el cuadro un indicio de Barabbas.

La señora Vossius levantó la vista.

– ¿Así que lo halló? -su voz sonó amarga.

– Sí, en el cuadro apareció un collar, con cuyas piedras se podía juntar el nombre de Barabbas.

– Ah. -Aurelia parecía desconcertada-. Así pues, ya lo saben todo…

– Oh, no, al contrario -se apresuró a replicar Anne-, cuando fuimos al día siguiente a la clínica, después de que el profesor nos hubiera explicado su investigación, él ya estaba muerto.

– ¿Creen que fue casualidad? -preguntó fríamente Aurelia.

Anne se sobresaltó.

– ¿Qué quiere decir, señora Vossius?

– Bueno, no creo que Marc haya muerto de muerte natural.

– ¿Por qué no, señora Vossius?

Aurelia Vossius bajó los ojos y dijo con cierta turbación:

– Supongo que han leído mi carta a Marc. En ella vieron claro que no nos separamos a las malas. Sí, los años con Marc fueron los más bellos de mi vida. -Diciendo estas palabras arrugó la carta con las dos manos, después continuó-: Pero luego su afán investigador desplazó nuestro amor. Hay hombres que están casados con su profesión; esto es muy difícil de soportar para una mujer. Con Marc era distinto, él veía en su profesión una querida y esto conduce inexorablemente a la catástrofe. Sólo tenía una idea: su querida. Y cuando venían otros a disputarle la querida, se volvía majara.

– ¿Qué quiere decir con: se volvía majara? -preguntó Anne.

– En busca de pruebas para su hipótesis, Marc recorrió varias veces medio mundo, compró papiros y pergaminos que nunca mostró a nadie y rebasó el presupuesto de su instituto de investigación hasta tal extremo, que la Universidad de San Diego le comunicó una reprensión y lo amenazó con echarlo. Marc se negaba tozudamente a revelar los resultados de sus nuevas investigaciones. Callaba; incluso yo sólo me enteré marginalmente de lo que se trataba.

– ¿Y de qué se trataba? -Anne se removía inquieta en su silla.

– ¿Es usted católica? -preguntó directamente la señora Vossius dirigiéndose a Anne.

– Protestante -replicó ésta sorprendida y como un susurro añadió-: En cualquier caso sobre el papel.

– Yo debería -continuó Aurelia- comenzar por el principio. Puesto que Marc se negaba a publicar nada relativo a su investigación y por ello debía contar con el despido, presentó la renuncia al cargo. No éramos pobres, pero para el oficio poco lucrativo de un intelectual privado mis ingresos solos no alcanzaban. En uno de sus viajes Marc había conocido a un extraño joven. Se llamaba «Thales» y…

– ¿Cómo? -gritó Anne con gran excitación-. ¿Thales, un hombre de pelo blanco con mejillas anormalmente rojas y la devota apariencia de un fraile?

– No lo sé -replicó la señora Vossius-, nunca vi a ese hombre, pero era algo así como un fraile. Pertenecía a los órficos, una oscura orden de élite, que supuestamente sólo acoge las mentes más preclaras del mundo, el más destacado de la materia respectiva.

– ¡Thales! -gritó Anne y meneó la cabeza.

– ¿Lo conoce usted?

– ¡Claro! Iba detrás de un viejo pergamino que creía estar en poder de mi marido. Tras la muerte de Guido me encontré con él en Berlín. Se comportó de modo muy extraño y me ofreció mucho dinero por un pequeño documento.

La señora Vossius asintió en señal de acuerdo:

– La orden órfica es muy rica. Esta gente dispone de un capital increíble. Marc me contó que Thales sólo había reído cuando le presentó las necesidades financieras de su investigación. Le dijo que Marc podía disponer de tanto dinero como hiciera falta.

– Increíble -se admiró Kleiber-, pero el asunto tendría naturalmente un gancho.

– La gente puso condiciones. Primera condición: Marc debía quemar las naves e ingresar en la orden, que se halla en algún lugar del norte de Grecia. Segunda condición: Marc debía poner todas sus investigaciones al servicio del movimiento órfico. Tercera condición: el contrato, una vez cerrado, era indisoluble, es decir, tenía validez de por vida. Marc aludió en mi presencia a las dos primeras condiciones, sobre la tercera hablamos detenidamente. Era la que le daba mayor reparo. Marc contaba que a su pretexto de que no sabía cómo pensaría sobre su vida al cabo de diez años, Thales le respondió que precisamente debía meditarlo antes. Los órficos, una vez aceptados en la comunidad, disponen de tantos conocimientos secretos, que constituyen un peligro para el mundo. Por ello, en caso de querer abandonar la orden, eran obligados por la comunidad a suicidarse.

– ¡Están locos! -gritó Kleiber-. ¡Locos!

La señora Vossius se encogió de hombros.

– Es posible. Pero tal vez entiendan ustedes ahora por qué no creo en una muerte natural de mi ex marido.

– Entiendo -susurró Adrián y miró de lado a Anne. Ambos se entendieron: no, en las presentes circunstancias realmente no parecía adecuado confesar toda la verdad a la señora Vossius.

Pero ella se levantó, fue a la librería que estaba frente a la chimenea y sacó un papel de un cofrecillo de madera.

– La última carta de Marc -dijo y acarició con el revés de la mano el papel plegado longitudinalmente. Luego, sin leer una sola letra, reprodujo palabra por palabra el contenido de la carta. Vossius, dijo, había tenido la idea de abandonar la orden. Hubo diferencias porque el profesor quería publicar su descubrimiento. Los órficos, en cambio, hubieran querido guardar para sí su conocimiento porque, decían, el saber es el único poder verdadero sobre la Tierra. Marc no aclaró nunca qué había de extraordinario en su descubrimiento; sólo indicó que era capaz de convertir a todo el Vaticano en un museo y al Papa en una figura de opereta.

– Evidentemente el profesor no era amigo de los Papas -constató Adrián con una sonrisa de satisfacción.

– Los odiaba -añadió la señora Vossius-. Los odiaba con toda su alma no por motivos de fe, sino por saber. Estaba obsesionado con la idea de vengar a Galileo Galilei, a quien la Iglesia trató tan mal y hasta hoy no ha rehabilitado. El 22 de junio era siempre para él un día de reflexión, en el que se retiraba a meditar en algún lugar y juraba venganza.

Anne, que seguía embelesada con las palabras de la señora Vossius, preguntó:

– ¿Qué significa el 22 de junio?

– Un 22 de junio Galileo fue condenado por la Inquisición a renegar del sistema copernicano. Sólo pensar en este suceso, ponía a Marc enfermo y agresivo, porque, según decía, la necedad había vencido a la sabiduría.

Esta exposición era perfecta para aclarar el curioso carácter del profesor Marc Vossius. De pronto encajaba en esta imagen el atentado con ácido sobre el cuadro de Leonardo. Vossius necesitaba la publicidad de su caso para atraer la atención hacia su descubrimiento.

– ¿Y usted no tiene idea -preguntó de nuevo Anne- de qué descubrimiento hizo el profesor?

La señora Vossius miró a ambos a los ojos, como si quisiera examinar si eran dignos de confianza. Respiró profundamente, aunque sin responder. Desde hacía una retahíla de años Aurelia Vossius arrastraba consigo cosas de las que no podía hablar a nadie, que sólo ella sabía, y ahora venían dos extranjeros ¿y debía confesárselo todo?

Por otro lado no la abandonaba la idea de que ella y la mujer extranjera estaban unidas por una especie de comunidad de destino; en cualquier caso no dudaba de que también Von Seydlitz había sido víctima de un atentado. Esto fue lo que la decidió.

Se levantó.

– Vengan conmigo -dijo.

Condujo a Anne y Adrián a una habitación pequeña y cuadrada, cuya ventana al jardín estaba casi cubierta de arbustos, de modo que apenas podía entrar la luz. Incontables libros antiguos y un escritorio liso no dejaban lugar a ninguna duda de que se trataba del cuarto de trabajo del profesor.

– Tal vez les parezca extraño -observó la señora Vossius-, pero desde la partida de Marc no he cambiado nada. Pueden mirarlo todo con tranquilidad.

Más bien por confusión -Anne se ocupaba mentalmente del extraño proceder de la señora Vossius- examinó las hileras de libros en las paredes, y para su perplejidad constató que se trataba de una colección de biblias y comentarios sobre el Nuevo Testamento, libros en todos los idiomas, y algunos con una antigüedad de varios siglos. Los infolios despedían un olor acre.

– Mi marido encontró un evangelio desconocido hasta ahora, digamos un evangelio primigenio, sobre el que se basan los otros cuatro -dijo la señora Vossius con tranquilidad-. Es decir, Marc encontró sólo partes. Procedían de un conjunto de pergaminos hallados hace una serie de años en Minia, en el Egipto medio. Un pulidor que buscaba piedra caliza dio con el escondite. Regaló el viejo rollo de pergamino a sus tres hijos, que se lo repartieron y cada uno consiguió dinero vendiendo su parte. Marc intentó seguir la pista de cada trozo. Pronto notó que otros iban detrás de esos fragmentos y ello desencadenó una verdadera guerra.

La explicación de Aurelia desconcertó completamente a Anne Seydlitz.

– Este evangelio -dijo para sí- debe de contener cosas que alguna gente quiere mantener en secreto… -Anne estaba pensando en el accidente de Guido. Ya no tenía dudas de que Guido había sido víctima de un atentado para conseguir el pergamino.

– ¡Ahí, mire! -La señora Vossius sacaba libros de la estantería, los abría, los colocaba ante la cara de Anne. En los libros había pasajes marcados, otros subrayados, otros ampliados con inscripciones extrañas, un laberinto de líneas de enlace, cruces y palos, y ello no sólo una vez ni diez, sino cientos de veces en cientos de libros con acotaciones al margen, indicaciones, traducciones y conexiones. Al tuntún cogía Aurelia Vossius nuevos libros de los estantes y enseñaba sus anotaciones e indicaciones cada vez más grotescas.

En uno de los libros Anne leyó las líneas subrayadas: «Ante todo guardaos del fermento de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay oculto que no deba descubrirse, y nada escondido que no llegue a saberse. Por esto, todo lo que decís en las tinieblas será oído en la luz; y lo que habláis al oído en vuestros aposentos será pregonado desde los terrados».

Vossius había escrito al margen con tinta roja:

Lucas 12,1-3

Mateo 10, 26 s.

Marcos 8,15

Lucas 8,17

Barabbas 17, 4

La última línea estaba con doble subrayado.

¡Barabbas! Anne von Seydlitz se estremeció, indicó con el dedo el párrafo del libro y se lo enseñó a Kleiber. Éste miró a Anne: Barabbas, el fantasma.

Anne debió reunir todo su valor para formular la siguiente pregunta, ya que al fin y al cabo no podía prever cómo reaccionaría Aurelia Vossius:

– Señora Vossius, ¿le contó el profesor qué pasaba con este «Barabbas»? -Al mismo tiempo sostenía el párrafo en cuestión ante la cara de Aurelia.

– ¿Barabbas? -Aurelia Vossius leyó, reflexionó y meneó la cabeza-: No recuerdo que hubiera mencionado nunca este nombre.

– Curioso -replicó Anne hojeando el libro.

En otro lugar estaba marcado el siguiente texto: «Éste es el testimonio de Juan, cuando los judíos de Jerusalén le enviaron a algunos sacerdotes y levitas para que le preguntaran: "¿Quién eres tú?". Juan aceptó decírselo y no lo negó. Reconoció: "No soy el Mesías". Entonces le preguntaron: "Pues ¿quién eres?, ¿Elías?". Contestó: "Yo no soy Elías". Le dijeron: "¿Eres el profeta?". Contestó: "No". Le preguntaron de nuevo: "Dinos quién eres para que llevemos una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo?". Juan contestó: "Yo soy la voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor como lo anunció el profeta Isaías"».

También en este lugar había anotaciones del profesor:

Juan 1, 19

Mateo 11,14; 17,10

Marcos 9,11

¿¿Barabbas?? Barabbas subrayado de nuevo.

– No -reanudó la señora Vossius su conversación-, nunca pronunció este nombre. Lo oigo por primera vez. Estoy segura. ¿Qué significa?

Kleiber, concentrado en el texto, respondió con un movimiento de cabeza:

– Por las acotaciones al margen pudiera colegirse que los textos se complementan en los demás evangelistas, y esto significaría que Barabbas es el autor de este quinto evangelio. El hecho mismo no aclara, sin embargo, la explosividad que rodea a ese nombre dondequiera que aparezca.

– El nombre de Barabbas -añadió Anne- ha de tener algún significado secreto, parece una palabra clave, que sólo puede ser útil a los iniciados, igual que la llave de un secreto de extraordinaria importancia.

La señora Vossius daba la impresión de no entender absolutamente nada. ¿Representaba una comedia o realmente no tenía idea de lo que ocupó a su marido durante ocho años? En cualquier caso, en el momento en que Anne y Adrián revolvían los libros de la biblioteca, daba la impresión de estar inusualmente sosegada. Probablemente había aceptado su destino y el de su esposo.

Desconcertada por las innumerables indicaciones en los distintos libros, Anne preguntó a la señora Vossius si el profesor nunca le había hablado de sus investigaciones, si nunca le había revelado el objetivo de su trabajo.

Vossius, respondió Aurelia, era un hombre muy hermético. Naturalmente que había hablado de su trabajo, sin embargo estas conversaciones la ponían en dificultades, a menudo no entendía sus razonamientos, sobre todo cuando se trataba de su disciplina, la literatura comparada. Marc, dijo, tenía dos personalidades, el hombre corriente y amable, con el que jugaba al golf en el Bonita-Club, y el científico obstinado, que tenía dificultad para adaptarse a la vida diaria. Por desgracia el segundo reprimía cada vez más al primero, lo que precisamente no favoreció su matrimonio. Pero, manifestó finalmente la señora Vossius, probablemente he dicho demasiado.

Anne y Adrián vieron en ello una invitación a marcharse, y se despidieron.

10

En el viaje de regreso al hotel, que primero transcurrió en silencio porque cada cual intentaba ordenar sus pensamientos, inquinó Anne por fin:

– ¿Qué te pareció la señora Vossius?

Kleiber contrajo su rostro en una mueca entre la risa y el llanto.

– Difícil de decir -replicó-, no quisiera afirmar que miente; pero no puedo desechar la impresión de que la señora Vossius nos ha callado algo importante.

– ¿Que ella no sabía en qué trabajaba su marido?

– Por ejemplo -contestó Kleiber-. No puedes estar casada durante ocho años con un hombre sin saber con qué gana su dinero.

– Bueno, sí lo sabía. Sólo que no conocía los detalles de lo que hacía Vossius. Yo sé también lo que haces en tu profesión, sin tener conocimiento de los detalles. Dicho sinceramente, tampoco me interesan, por lo que es completamente razonable que la señora Vossius no se haya interesado por el trabajo del profesor.

Kleiber meneó la cabeza:

– Sencillamente, no puedo imaginármelo. El hombre viajó por medio mundo buscando un trozo de pergamino. Él debió explicarle a su mujer por qué tal trozo de papel era tan importante para él. Y si no lo explicó por sí mismo, la mujer se lo habría preguntado. Pero esto lo negó la señora Vossius. No la creo.

Cuando pasaron por el campo de golf del Bonita-Club, Kleiber detuvo el automóvil.

– ¿No dijo la señora Vossius que habían jugado al golf aquí?

– Sí, claro -respondió Anne-. Creo que ambos tenemos la misma idea.

Kleiber giró hacia el amplio aparcamiento. En la terraza del edificio del club conversaban sentados algunos jugadores y bebían té helado. Anne y Adrián se presentaron como amigos alemanes de Vossius y preguntaron si alguien había conocido más estrechamente al profesor.

Qué significa conocido, nos encontrábamos, fue la respuesta, pero quien mejor conocía al profesor era sólo Gary Brandon, su asistente, y uno señaló la pista próxima, donde un hombre y una mujer intentaban sacar una pelota del rough. Eran Gary y su mujer.

Gary Brandon y su esposa Liz, a diferencia de su marido bastante entrada en carnes, resultaron muy cordiales y atentos. En una breve conversación se enteraron de que entretanto Brandon había sucedido a Vossius en el cargo. Cuando Anne contó a los Brandon la muerte de Vossius en París, Liz les preguntó si no querían pasar por la noche a tomar una copa. Les gustaría saber algo más de lo sucedido.

A Anne y Adrián les vino de perlas la invitación. Tal vez a través de los Brandon podrían averiguar algo más sobre Vossius y su trabajo.

Gary y Liz vivían en Coronado, en la calle 7, al oeste de la Orange Avenue, en un bungalow de madera con un diminuto jardín en la entrada y un pequeño patio interior en la parte trasera, en el que murmuraba un ridículo surtidor cuya charca estaba iluminada con luz eléctrica que cambiaba de color cada diez segundos como un camaleón asustado. En las paredes y en el mobiliario rústico parduzco, se exhibían fotografías enmarcadas -debía de haber dos centenares- con el matrimonio Brandon en el círculo de su amplia familia o de numerosos amigos -las más antiguas, de los años cuarenta.

La conversación derivó rápidamente a Vossius, quien, como se reveló, tenía un gran admirador en Gary Brandon. Vossius, según explicó Brandon, disponía de la memoria absoluta, una cualidad que sólo se da en un caso entre millones y que permite a quienes la poseen almacenar en su cerebro lo que leen y, cuando lo necesitan, reproducirlo al cabo de muchos años palabra por palabra. Ya sólo por esta habilidad estaba predestinado Vossius para la ciencia literaria comparativa. Vossius era capaz de trabajar de modo tan preciso como un ordenador en una época en que los demás se esforzaban por hacer ficheros, una suerte para la ciencia. El profesor citaba indiscriminadamente de memoria textos de la Divina Comedia de Dante y del Fausto de Goethe y los comparaba; era un genio. Seguramente -y en este momento Brandon se puso serio- esta memoria absoluta tuvo la culpa de que Vossius poco a poco, pero con creciente nitidez, perdiera el juicio.

Pero Vossius les había parecido completamente normal cuando hablaron con él en St. Vincent de Paul, dijo Anne molesta. Si bien al principio habían sospechado también que Vossius no estaba en su claro juicio, luego de varias conversaciones quedaron despejadas todas las dudas.

Precisamente, opinó Brandon, esto era típico de su comportamiento. Se podía discutir con Vossius de los problemas más complicados sin darse cuenta de que el mismo hombre empezaba a decir disparates.

Tenía sus temas preferidos; uno de ellos era la pretensión de lo absoluto de la Iglesia romana. A diferencia de la apologética, Vossius negó que la superioridad del cristianismo sobre las demás religiones se pudiera demostrar sin echar mano de la fe cristiana, es decir, sólo por métodos científicos o racionales, y continuamente aportaba pruebas en contra, la última al parecer este nuevo evangelio.

La pregunta de cuál era el contenido de este nuevo evangelio era incapaz de contestarla Brandon. Nadie en el instituto podía contestarla, pues Vossius se había erigido alrededor suyo un muro de secretismo. Podía ser que los fragmentos juntados por él fueran parte de un evangelio no descubierto, pero guardó obstinado silencio sobre su verdadero significado.

¿Incluso ante su asistente?

Incluso ante su asistente.

Naturalmente que esto era muy extraño y a la larga produjo el distanciamiento, pues ya no tenía nada que ver con su propia asignatura. Fue una lástima, pues él estimaba realmente a Vossius.

Mientras Brandon hablaba, Anne había examinado las numerosas fotografías, y su vista quedó pendiente de una. Mostraba a Gary y Liz con otra pareja ante el magnífico decorado del Monument Valley. El segundo hombre era Vossius en una actitud petulante casi jovial, como nunca lo habían conocido. La segunda mujer, una belleza de cabellera larga, desató en Anne la sospecha de que la había visto antes, aunque no sabía dónde.

Liz notó la mirada de Anne y dijo que habían pasado de ello cinco años. Una historia trágica.

Anne miró inquisitiva a Liz.

– ¡La historia de Hanna y Aurelia! -replicó Liz-. ¿No la conoce?

– No -dijo Anne-, ¿qué historia?

Gary quitó a su mujer la respuesta de la boca y habló con mucha prudencia:

– Marc y Aurelia llevaron durante unos años un matrimonio muy feliz. Hasta que vino Hanna. Ella era filóloga clásica y enseñaba además arqueología. Hanna pertenecía al grupo escaso de mujeres que son listas como el rayo y al mismo tiempo extraordinariamente bellas. Hanna movía un dedo y Marc la obedecía. Para Aurelia en cambio se derrumbó el mundo; ella luchó, pero luchaba por una posición perdida. Nos daba lástima. Creo que aún hoy sigue queriéndolo.

La explicación de Brandon aclaraba un poco el comportamiento de Aurelia Vossius. Qué esposa informa abiertamente que su marido la ha engañado.

– Para nosotros -continuó Gary-, la situación no fue nada fácil. Estimábamos a Aurelia, pero también apreciábamos a Hanna. En los últimos años Hanna se apropió completamente de Marc, tanto en su vida privada como en su vida profesional. Y cuanto más pienso en ello, más me convenzo de que Hanna fue asignada a Marc.

Anne y Adrián se echaron una mirada inquisitiva.

– ¿Qué quiere decir asignada? -preguntó Kleiber-. Tiene que explicárnoslo.

– Bueno, fue Hanna quien puso a Vossius en relación con la llamada orden de los órficos. Creo que Hanna pertenecía a esa orden antes de llegar a California y vino con el objetivo de atraerse a Marc.

– ¿Conoce usted más detalles sobre esa misteriosa orden? -inquirió tímidamente Anne.

– Misterioso es el adjetivo correcto para ese club. Los órficos son un mito entre los científicos y muchos creen que no existen: un grupo, que reúne en un lugar a los más grandes genios de la Tierra y pone a su disposición inagotables medios. Si no hubiera sido asistente de Vossius, también habría pensado así. Realmente existen y son poderosísimos… y peligrosos. Yo incluso los tengo por criminales en sus maquinaciones. Es bien sabido que no son precisamente ingenuos en la consecución de sus metas…

– ¿Qué metas? -interrumpió Kleiber.

– Vossius -replicó Gary-, al que una vez formulé la misma pregunta (eso fue poco antes de que precipitadamente levantase el campo de aquí), me respondió de esta manera: cada día en la ignorancia es un día perdido.

– Nada se puede objetar a ello -constató Kleiber.

– No -replicó Gary Brandon-, pero esos órficos viven en un fanatismo de saber y, como todo fanatismo, es peligroso. Creo que esa gente pisa cadáveres y estoy muy contento de no ser tan inteligente como Vossius o como Hanna. De este modo me mantengo a cubierto de la persecución.

– ¿Opina usted que en ambos su inteligencia fue causa de su ruina? -Adrián puso cara divertida.

– Sí, suena a disparate -replicó Brandon-, los apóstoles de Orfeo continuamente están buscando genios. Un científico normal no despierta su más mínimo interés. -Se rió.

– ¿Y tenía Vossius idea de lo que le esperaba con los órficos?

Gary Brandon se encogió de hombros:

– Nunca habló de ello y, si le he de ser sincero, nunca me interesó… yo no sabía cómo iba a terminar. Marc sólo tenía ojos para Hanna, y con ella habría ido a la selva africana. Una historia terrible.

– ¿Y usted no ha tenido más noticias del profesor Vossius?

– Nunca más. Aurelia recibió una carta de él. No nos contó lo que decía y no quisimos entrometernos, ¿comprende?

– ¿Sabían dónde estaba Vossius?

– En algún lugar de las montañas del norte de Grecia. Marc nombró una vez el lugar donde se halla el monasterio órfico: Leibethra. Me apunté el extraño nombre porque es difícil de retener, luego lo busqué en los mejores mapas, sin éxito. Incluso las grandes enciclopedias desconocen el lugar. Finalmente lo encontré en un vetusto diccionario de la antigüedad clásica. Allí se podía leer que Leibethra era un lugar situado al pie del Olimpo en la región macedónica de Priteria, y según diversas tradiciones parece que en este lugar Orfeo nació, murió o fue enterrado. Los habitantes de Leibethra eran tenidos desde antiguo por proverbialmente idiotas.

Dirigiéndose a Kleiber, Anne manifestó:

– Grecia no está fuera del mundo. Si todavía queda una posibilidad… -Mientras, una y otra vez fijaba la mirada en la fotografía.

11

Más tarde, después que Anne y Adrián se hubieran despedido de los Brandon, a cuyo efecto tuvieron que prometerles que les comunicarían todas las novedades sobre el caso Vossius, más tarde pues, en el viaje de regreso a su hotel, los pensamientos de Anne giraban todavía en torno a la fotografía, y Kleiber preguntó por el motivo de su silencio, y como Anne no contestase o no quisiese contestar, manifestó más para provocar a Anne que por convencimiento:

– Liz y Gary Brandon tampoco nos lo han dicho todo, como Aurelia Vossius.

Anne lo contradijo enérgicamente.

– Creo que los Brandon nos han dicho todo lo que saben. Están interesados personalmente en el caso, de lo contrario (a diferencia de la señora Vossius) no nos habrían pedido que les mantuviésemos informados de su desarrollo. Tengo la impresión de que la historia les ha afectado mucho.

– Aunque Brandon debería estar contento de que Vossius inesperadamente le hubiese dejado libre el puesto. Tienen que haber sido buenos amigos.

– Sólo que la mujer de la fotografía, la querida de Vossius…

– Hablaban con cierto respeto de ella, más por admiración que por afecto. Si realmente fue asignada por los órficos a Vossius, entonces el caso adquiriría una nueva dimensión. Se convertiría poco menos que en un asunto de espionaje.

Esto no quiso admitirlo Anne.

– Parece que se te dispara la fantasía -dijo con un deje de burla en la voz para volverse seria en seguida-: Ciñámonos a los hechos.

– ¡Hechos, hechos! -rugió Adrián como si Anne lo hubiera herido en lo más íntimo-. Los hechos en esta historia son más disparatados de lo que habría podido imaginar la desbordante fantasía de un poeta.

Anne asintió y calló como disculpándose. Al llegar frente al hotel, donde Adrián aparcó el automóvil, Anne propuso dar un paseo. El sol estaba bajo sobre la Bay, y el agua del mar verdeazulada centelleaba y brillaba en mil chispas blancas. De las ventanas traseras del chiringuito flotante de pescado en la B-Street-Pier salía un humo apestoso a aceite quemado, y vendedores ambulantes del México vecino, colocados detrás de sus tenderetes de cartón piedra, apremiaban a los paseantes con frases graciosas a cambiar de camisa o de pantalones, que ellos tenían una cosa y la otra.

– Casi no me atrevo a decirlo -empezó Anne reticente, mientras tomaban el camino hacia el norte, donde el tráfico era más tranquilo-, pero no puedo quitarme de la cabeza a la mujer de la fotografía.

– ¿La querida de Vossius?

– Sí, la querida de Vossius.

– ¿Qué pasa con ella? -Kleiber cerró el paso a Anne y la miró a los ojos.

Anne daba la impresión de estar desconcertada.

– Ya te dije -comenzó vacilante- que buscando a la mujer que estaba con Guido en el momento del accidente estuve en casa de Donat…

– …el hombre que de repente se esfumó.

– El mismo. El hombre, ese Donat, tenía una mujer inválida de medio cuerpo, estaba sentada en una silla de ruedas y no podía mover ningún miembro de su cuerpo, solamente la cabeza.

– Qué pasa con esta mujer, ¡dilo ya!

– Creo que esa mujer de la silla de ruedas es la mujer de la fotografía en casa de los Brandon, la querida de Vossius.

Kleiber se separó de Anne, dio dos pasos hacia el malecón y miró las danzantes olas. Se esforzaba inútilmente por ordenar el estado de cosas hasta donde era posible con los conocimientos actuales, inútilmente, como se ha dicho.

– Así pues, Brandon nos ha ocultado algo.

– Él no sabía que yo había tenido un extraño encuentro con Hanna Donat.

– O lo sabía y tenía motivos para ocultar la verdadera identidad de ella.

– Tonterías -replicó Anne con aspereza-, entonces habría dado cualquier otro nombre.

– Sólo dijo el nombre, Hanna.

– Precisamente. ¡Tampoco le preguntamos por el apellido!

– Y estás segura de que esa Hanna es la mujer de Donat.

– La presunta mujer de Donat -lo corrigió Anne-. Y tampoco estoy muy segura. Sólo que se parecen una barbaridad; pero un accidente de consecuencias tan graves cambia el rostro. Podía haber sido ella: Hanna Luise Donat.

– ¡Hanna Luise Donat! -gritó Kleiber y agarró del brazo a Anne-. Este es el nombre que usó la mujer que sufrió el accidente con Guido.

En el rostro de Anne se reflejaba la profunda perplejidad del momento, tragó saliva por desesperación, porque no sabía qué hacer ahora, porque de un momento a otro había visto claro que Guido no la había engañado, que se hallaban atrapados en el laberinto de intrigas malignas y terror anónimo. Ahí estaba de nuevo aquel miedo indescriptible a lo desconocido, que en todas partes la encontraba, que en todas partes la acechaba, miedo.

Kleiber condujo a Anne de vuelta al hotel. Y no tuvo nada en contra de que Anne se emborrachara en su habitación con una botella de Malt hasta perder el conocimiento. Cuando estuvo dormida, Kleiber abandonó la habitación de ella y llamó por teléfono a Gary Brandon preguntándole si Hanna, la querida de Vossius, se llamaba Donat de apellido.

Oh, yes, contestó Brandon, ¿acaso no lo había dicho?

12

El inesperado descubrimiento de que entre el profesor Vossius y la mujer del coche de su marido había habido una misteriosa relación parecía haber sacado a Anne de quicio. No quería comer y tenía dificultades para tragar cualquier cosa. Las comidas nerviosas, precipitadas, de los dos días siguientes terminaban a menudo de forma abrupta, porque Anne se levantaba de la mesa de un salto e iba a vomitar. Si Adrián iniciaba una conversación, notaba al poco tiempo que Anne no le escuchaba.

Y luego vino la fatal mañana del jueves, cuando Kleiber en su desespero abrazó a Anne y la cubrió de cariño, la acarició y la besó, como un curandero milagroso aplicando su inusitada terapia.

En el primer momento parecía que Anne gozaba del calor del hombre, como si quisiera entregársele; pero cuando Kleiber la empujó al sillón de su habitación del hotel, donde casualmente se desarrollaba la escena, cuando él se arrodilló ante ella y hundió la cabeza en su regazo, entonces de repente Anne pegó una sacudida como si su cuerpo se hubiera electrocutado, agarró a Adrián por los pelos, lo lanzó a un lado y le gritó que si no tenía otra cosa en la cabeza y que se fuese al diablo.

Kleiber concluyó el penoso incidente, más doloroso para él que para Anne (ella parecía aquella mañana no estar en sus cabales), marchando al aparcamiento del hotel, subiendo al coche, poniendo el motor en marcha, lo que le produjo un efecto altamente tranquilizante, y conduciendo el pesado Dodge por la Freeway número 5 en dirección Sur.

Tras diez minutos de viaje rápido, Kleiber cruzó la frontera mexicana, donde le acogió con ruido, polvo y múltiples olores apestosos «la pequeña ciudad más grande del mundo», según rezaba una pancarta colocada sobre la carretera. Un día entero y media noche bebió Kleiber en los bares de Tijuana, se quitó de encima bandadas de niños pedigüeños igual que muchas putas baratas como si fueran insectos y alrededor de medianoche emprendió el regreso a San Diego a través de la frontera, que se extendía como una ancha línea blanca iluminada.

Llegado al hotel, el portero le comunicó que la señora Seydlitz había decidido adelantar el viaje y, a la pregunta de Kleiber sobre si había dejado algún recado, el amable viejo le aseguró que no, que lo sentía.

Sería erróneo decir que en este momento lo lamentaba. Anne lo había herido en lo más íntimo y no podía imaginarse qué habría sucedido en caso de que Anne hubiese seguido en la habitación contigua. ¿Cómo habría tenido que comportarse? ¿Pedirle perdón? ¿Por qué? ¿Acaso no la trató en las últimas semanas con todo el recato y la gentileza que caracterizan a un verdadero amigo?

Sin duda con la escena del día anterior Anne había humillado de modo imperdonable a Kleiber. No sólo los sucesos recientes, sino también la personalidad de Anne había adquirido algo inquietante, veleidoso. Con todo, había aprendido a amar a esa mujer, a pesar de su comportamiento cada vez más caprichoso, su mezcla de desamparo y de viva inteligencia, su necesidad de protección por un lado y su independencia por otro. Sí, la amaba y deseaba con vehemencia la solución de sus problemas; sin embargo, si hacía balance de la investigación conjunta, debía admitir que sus problemas personales antes se habían acrecentado que disminuido. Y Anne von Seydlitz parecía haber llegado a la convicción de que podía arreglárselas sin él. ¿No era la partida la mejor prueba de ello?

Kleiber reflexionó sobre qué debió haber pasado por la cabeza de Anne, si al menos hubo sitio para él. ¿Acaso no lo había usado, aprovechado su ayuda, y ahora que sabía que no la podía ayudar más lo expulsaba como a un inmigrante molesto? ¿Tenía él otra alternativa que seguirla?

Con los pensamientos llorosos que acometen al hombre empapado de tequila y sin quitarse la ropa, Kleiber se quedó dormido en su cama del hotel.

Capítulo sexto

LA PATA EQUINA DEL DIABLO

indicios

1

En la parte frontal de la larga sala, a través de cuyo alto ventanal a la izquierda caía la brillante luz matinal de un día de otoño romano, lucía, también visible desde los sitios de atrás, la inscripción en letras de oro: Omnia ad maiorem Dei gloriam. Todo para mayor gloria de Dios. Mesas estrechas estaban colocadas transversalmente, como peldaños de una escalera, ordenadas exactamente a la misma distancia una detrás de otra, y sólo a la derecha, donde se apilaban libros e infolios hasta el alto techo (cada hilera provista de una clave de letras, con abreviaturas como «Scient. theol.» o «Synop. hist.» o «Mon. secr.», que revelaban mucho saber y santidad), había un pasillo estrecho por el cual los jesuitas vestidos de negro y gris tenían acceso a sus lugares de trabajo.

La sala, situada en un edificio trasero de la Universidad Gregoriana en la piazza della Pilotta, una imponente construcción de los años treinta, más parecido a un arrogante ministerio que a un alma mater, era desconocida a la mayoría de estudiantes, e incluso los estudiantes del instituto bíblico, que se despistaban en el laberinto de pasillos y escaleras llegando hasta aquí por azar, veían cómo un vigilante les impedía la entrada ante la gran puerta de dos hojas. El que entrase en la sala -y por la apariencia del hábito no se trataba en absoluto de estudiantes- debía firmar en un libro que había allí y dirigirse en silencio a su labor.

Sobre las mesas estrechas y largas había planos plegables extendidos como en un despacho de arquitectos, aunque observándolo más detenidamente se distinguían los rollos de manuscritos, igual que un rompecabezas único y gigantesco, compuesto de cientos de campos pequeños aislados e irregulares así como numerosas partes sin cubrir por las cuales asomaba la madera lisa de las mesas como en un cuadro que ha saltado la pintura.

Algunas mesas estaban abandonadas, en otras se agrupaba media docena de jesuitas, de la treintena que había en la sala, y realizaban su trabajo con una sistemática indescifrable. (Naturalmente que era sistemático el trabajo de los jesuitas, un sistema esmerado, sagaz, ordenado casi matemáticamente; pero debía fijarse uno muy bien, sobre todo observarlo muy de cerca, para reconocer que los fragmentos de papel fijados sobre las mesas eran además en todas ellas las mismas copias de un original, en total treinta rompecabezas idénticos.)

De forma distinta, como los caracteres de las personas, se dedicaban los jesuitas a su labor: unos hundían su frente en las manos y miraban fijamente en profundo desespero como aquel pecador en el Juicio Final de Miguel Ángel; otros se habían armado de grandes lupas y bosquejaban sobre hojas blancas aquello que les transmitía la lente de aumento, extraños caracteres, a menudo incompletos; otros danzaban con rostro diabólico en torno a sus textos, como si se tratara de jugar al escondite con un adversario invisible.

Allí donde se juntaban los seis alrededor de una mesa, a diferencia de los otros sitios, reinaba una gran excitación, porque, lo que no sucedía todos los días, el doctor Stepan Losinski, un polaco macilento con un pequeño cráneo pelado al rape, ojos hundidos y nariz aguileña, pronunció una serie de palabras, en este caso una serie de frases, según las cuales él creía que los caracteres coptos pertenecían a uno de los fragmentos y produjo el estremecimiento de los que le rodeaban, como si se tratase de un asunto horripilante.

– «Él no era la Luz -leía Losinski señalando con el dedo el texto que tenía delante sobre la mesa- pero quería dar testimonio de la Luz. La verdadera Luz, que ilumina a todo hombre, vino al mundo. Él estaba en el mundo, y el mundo se hizo por él, pero el mundo no lo reconoció, y estuvo bien así…»

El profesor Manzoni, profeso, y uno de los cuatro asistentes del General de la orden y como tal encargado de la dirección del grupo de trabajo sometido al más estricto secreto, apartó a un lado a los circundantes, se inclinó sobre el papel de notas de Losinski, lo comparó con el modelo fijado sobre la mesa, moviendo, mientras leía, los labios en silencio, y dijo finalmente en su voz aguda, desagradable:

– Esto suena indiscutiblemente a Juan, capítulo primero, versículos ocho a once.

Manzoni asintió. Entre ambos reinaba una enemistad irreconciliable, si bien el polaco era un simple coadjutor, y el italiano, profeso y uno de los cinco altos dignatarios de la orden, de modo que por el rango y el status el otro no podía ser un rival de igual condición. Su rivalidad se basaba más bien en el campo científico. Como científico bíblico Losinski era un as, por lo menos en lo que se refiere al Nuevo Testamento, y como tal había corregido varias veces a Manzoni, señalándole incluso penosos fallos, indignos para un hombre de su rango y capaces de deteriorar el prestigio de la orden, que se consideraba orgullosa la tropa de élite de la ciencia cristiana.

Los demás sonrieron, estaban acostumbrados a las escaramuzas de ambos, que a menudo se acaloraban como gallos de pelea y en una mezcla de italiano y latín se lanzaban malévolas puyas como «caveto, Romane» (traducido: «¡apártate de mi vista, romano!»), a lo que el adversario respondía siempre con las palabras: «Nullos aliquando magistros habuis nisi quercus et fagos» («¡Anda ya, que no has tenido por maestros sino las encinas y las hayas!»).

Los curiosos modales que empleaban los tolerantes frailes no podían ocultar que se estaban ocupando por encargo de la más alta jerarquía de un asunto que los tenía tan confusos como en la construcción de la torre de Babel. Por el instituto bíblico de la Gregoriana había sido declarado secretum máximum, es decir, confidencial en primer grado, comparable sólo al misterio de los diez días, que el Papa Gregorio borró del calendario, cuando introdujo la división del tiempo que lleva su nombre. Manzoni se había rodeado de coptólogos, filólogos clásicos, exegetas de la Biblia y los mejores paleógrafos de la escuela de Traubes y Schiaparellis, conminados a guardar secreto bajo juramento de la orden y sin que uno solo supiera de qué se trataba realmente.

Para ser exactos, el trabajo de los treinta jesuitas se basaba en este momento sólo en puras teorías, pero toda la Iglesia se basa en hipótesis, y por esto la curia se toma en serio cada nueva teoría. En este caso habían aparecido fragmentos de un pergamino, un terrible memento para la Santa Madre Iglesia, como la misteriosa inscripción en la cena del rey de Babilonia Belsazar, que encontró un trágico fin. Ninguno de los intelectuales se atrevía a manifestar de qué podía tratarse, teniendo en cuenta que cada vez aparecían nuevas hojas y fragmentos de la misma fuente, sólo por los indicios bastante terroríficos.

Lo agravaba además el hecho de que los fragmentos, según habían demostrado las pruebas con el método del radiocarbono, debían datarse en el siglo primero de nuestra época, una época que siempre pone en vilo a la curia romana tan pronto como aparezca un legado escrito. Evidentemente no era la primera vez que se había tratado de forma inadecuada un hallazgo casual o una excavación clandestina y para obtener grandes beneficios se había dividido y vendido en diversos países, sin sospechar siquiera el contenido de los rollos de pergamino.

Aparte de lo que estaba escrito en el texto copto, hasta hace cinco años en que algunos expertos descifraron fragmentos aislados, no se había encontrado ninguna referencia que mostrara un parecido tan asombroso con los textos evangélicos de san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan, si bien a veces con curiosas desviaciones e inexactitudes, comparables con el contraste que existe entre los tres evangelios coherentes de Mateo, Marcos y Lucas y el totalmente distinto de Juan, que pone todavía hoy en tantas dificultades a la Iglesia, como el dogma de la virginidad de María.

Hecha esta observación previa, puede entenderse por qué el General de la orden Piero Ruppero fue encargado por el Santísimo Padre bajo estricto secreto de comprar con ayuda de sus hermanos más capaces de la Societatis Jesu todos los fragmentos posibles, ponerlos bajo llave y traducirlos o, cuando su adquisición fuera imposible, conseguir copias del texto. El general Ruppero había delegado según el orden S. J. el proyecto confidencial a su asistente general Manzoni, quien a su vez pidió expertos a los asistentes regionales de las sesenta y tres provincias, entre ellos el polaco Losinski, un hombre cuya imagen externa hasta podía asustar al diablo igual que un hisopo de agua bendita.

Losinski tenía materia de agente secreto; era un tipo con agallas y -sobre todo en el trato con Manzoni- de una franqueza que a veces sobresaltaba a los demás. Losinski no parecía un coadjutor de la Societatis Jesu, ni siquiera de cerca; al contrario, en caso de necesidad podía aparentar un alcahuete de los bajos fondos, que trafica por la vida con antigüedades. Los realmente piadosos, solía decir, son aquellos a los que no se les nota la piedad. (Esta frase iba dirigida en primera línea a Manzoni, que llevaba siempre su éxtasis -por no emplear ninguna palabra censurable- en su pálido rostro y no podía esconder al jesuita ni siquiera vistiendo el traje oscuro de calle.)

La fuerza especial de Losinski estaba en su versatilidad y en su habilidad mundana, que los frailes generalmente suelen perder. A su extraordinaria destreza había de agradecer que consiguiera traer de un viaje a América tres fragmentos del citado rollo de pergamino. Uno lo adquirió a un coleccionista privado, si bien por una cantidad sustanciosa; otro lo cambió en el instituto bíblico de la Universidad de Filadelfia por un fragmento más grande de ritual; el tercero, tal vez el más significativo, lo adquirió Losinski al menos como copia útil, porque en San Diego le impidieron ver el original del instituto de literatura comparada de la Universidad de California, sin saber qué importancia tenía cada uno de esos tres mosaicos.

Los dos primeros fragmentos del rollo de pergamino no fueron significativos para completar los numerosos campos del difícil rompecabezas, sólo el tercero, que sólo era una copia, constituyó un enigma para el jesuita atendiendo al contenido de sus palabras, pero sobre todo respecto a su disposición en el lugar correcto. Ciertos puntos de referencia permitían colocarlo en tres lugares distintos, y esto no facilitaba el trabajo.

Por indicación de Manzoni, Losinski había mantenido correspondencia con la universidad californiana intentando conseguir el original ofreciendo a cambio un autógrafo de Leonardo sobre investigaciones anatómicas. No obtuvo respuesta. Con sorpresa debió enterarse Losinski por el periódico de que su interlocutor en la negociación, el entonces director del instituto, después de un atentado con ácido a una pintura de Leonardo en el Louvre de París había sido apresado e ingresado en un centro psiquiátrico.

La noticia lo conmocionó profundamente. Él había conocido al profesor Marc Vossius como un hombre culto, satisfecho de la vida, aunque se mostraba esquivo en relación con su labor investigadora. Cómo pudo Vossius perder el juicio, era para el jesuita inexplicable. Losinski vio que su única oportunidad era visitar a Vossius en París y preguntarle por el significado de su fragmento. Pero encontró a un Vossius distinto de aquel con quien había negociado en California, lo que Losinski atribuyó al lamentable estado psíquico del paciente. En todo caso Vossius se había mostrado reservado y lo había remitido al instituto de la universidad, que era el competente en estos asuntos, de modo que el jesuita tras una breve discusión concluyó la entrevista despidiéndose con una bendición y encomendándolo al Altísimo.

Los jesuitas de la Gregoriana en Roma estaban lejos de relacionar el pergamino con el profesor demente; sin embargo, a partir de aquel suceso iniciaron estudios paleográficos de este fragmento con especial intensidad, y por primera vez nació la sospecha de que el profesor podía haber falsificado la copia cedida, haberla modificado diabólicamente en algunos puntos esenciales o haberla provisto de fallos adicionales con el fin de impedir que otros le pisaran su propia investigación. Pues con el saber crecen las dudas, y en ningún lugar existe tanta desconfianza como en la ciencia y en la investigación.

2

Manzoni y Losinski eran el mejor ejemplo de desconfianza científica. El sagaz polaco intentaba, siempre que tenía oportunidad de ello, provocar con sus conocimientos al desidioso, pero sin duda no menos inteligente, italiano y ponerlo en aprietos delante de los demás jesuitas. Manzoni sufría porque a su vez nunca había logrado ridiculizar al polaco, aunque lo había intentado muchas veces. Manzoni, un hombretón como un armario, con la cabeza cuadrada y pelo gris cortado a la plancha, no sólo se movía con mayor indolencia que Losinski, sino que pensaba más lento, lo que también externamente daba esta impresión rara en un italiano con su hablar arrastrado y sus enervantes pausas entre frases aisladas.

La parte del texto que Losinski acababa de leer era adecuada para enzarzarse en un nuevo debate fundamental sobre qué significado podía atribuírsele al rollo de pergamino; en ello Manzoni y Losinski tenían puntos de vista dispares. Aun cuando hasta ahora se había traducido la décima parte de todo el rollo de pergamino -y en absoluto por orden, sino con numerosas lagunas-, en base al contenido, que eran los hechos y las enseñanzas de Jesús, se podía concluir que se trataba del texto de un evangelio.

Losinski juntó las manos, pero no lo hizo por devoción sino para dar mayor énfasis a sus palabras:

– Hermano en Cristo -dijo dirigiéndose a Manzoni-, admito que el texto presente cierto parecido con el de Juan, pero debe tener en cuenta que este pergamino es cincuenta años más antiguo que el texto original del evangelio de San Juan. El evangelio de San Juan procede de alrededor del año 100 después de Cristo; científicos naturalistas han determinado irrefutablemente que este escrito es del año 50. De ello se deduce: no es nuestro autor, cuyo nombre ni siquiera conocemos todavía, quien copió el texto, sino Juan.

– ¡Venga ya! -Manzoni tomó aliento-. Existen más de una docena de evangelios apócrifos y otros tantos hechos de los apóstoles apócrifos. Hay un evangelio de Tomás, un evangelio de Judas, un evangelio de los egipcios, las actas de Pedro, las de Pablo y las de Andrés, incluso un intercambio de correspondencia entre Séneca y Pablo y entre Jesús y Abgar de Edessa. Estas chapuzas devotas no han perjudicado en absoluto los intereses de la Iglesia. Encuentro exagerado el secretismo de nuestra labor.

Entonces Losinski agitó los brazos fuera de sí ante la cara de Manzoni, de modo que los demás jesuitas se juntaron para ser testigos de un debate eminentemente clerical.

– ¡No los puede comparar! -gritó airado el polaco-. Todos los que usted califica de apócrifos son escritos que de forma lamentable imitan documentos del Nuevo Testamentó. Ni siquiera con la intención de falsificar, sino con un propósito piadoso. Pero lo más importante es que todos, y esto está demostrado, proceden de una época muy posterior.

En esto que Manzoni levantó irritado el puño y golpeó ruidosamente la estrecha mesa.

– Me niego a emitir juicios sobre el Nuevo Testamento con métodos de las ciencias naturales. La investigación de la Biblia es asunto de filólogos e historiadores y por mí también de paleógrafos, criptólogos y lingüistas. Pero los radiólogos deberían quitar sus manos de los cuatro evangelios.

– ¡Cinco! -dijo Losinski con aquella desvergonzada sonrisa en el rostro, que exhibía en los momentos de triunfo y que lo hacía tan odioso a los demás jesuitas.

– ¿Cómo dijo?

– Dije cinco, hermano en Cristo. En cualquier caso ya no podemos excluir la posibilidad de que sean cinco los evangelistas que se ocuparon de la doctrina y la vida de nuestro Señor Jesús.

La declaración de Losinski sembró inquietud entre los frailes. Una extraña inquietud, extraña porque cada uno, desde que empezó su labor, sabía en qué trabajaba. La mayoría, sin embargo, se había hecho a la idea de que no podía ser aquello que no debía ser, y las claras palabras de Losinski causaron tanto horror en los monjes como pensamientos pecaminosos. Pero el placer y la tortura de pisar los talones a los pensamientos pecaminosos infundieron en los jesuitas de la Gregoriana un creciente anhelo por conocer la verdad.

Kessler, uno de los más jóvenes del grupo, pertenecía al bando de Losinski, que impelía el asunto sin contemplaciones hacia un resultado. Tomando el hilo de la conversación, manifestó:

– Si nuestra hipótesis de que existe un quinto evangelio se confirma, entonces el autor de nuestro texto no sería el quinto evangelista, sino el primero; luego Marcos debería dejar el sitio a éste, cuyo nombre no conocemos.

– ¡No hay pruebas! -rechazó Manzoni la suposición.

– No, no hay pruebas -replicó el joven Kessler-, pero existe una interesante observación.

– Escuchamos.

– Lo que les falta a los cuatro evangelios conocidos son datos biográficos de la vida de nuestro Señor Jesús. En los cuatro evangelios uno busca inútilmente alguna información sobre la apariencia de nuestro Señor. ¡Nada! ¿Por qué? Estamos de acuerdo con la doctrina de la Iglesia según la cual ninguno de los cuatro evangelistas conoció a nuestro Señor y sólo transcribió la tradición oral. No los guiaba el interés histórico. Intentaban ofrecer una ayuda para la fe. Marcos tenía el propósito de ganarse a los romanos con palabras sugestivas. Mateo intentaba convencer a sus contemporáneos judíos que en Jesús se había cumplido la expectativa humana de la antigua alianza. Lucas, el intelectual, utilizó como fuente el evangelio de Marcos, pero se dirigió a las élites cultas y se ocupó de cuestiones filosóficas como la problemática del Espíritu Santo. Juan, por el contrario, bailó fuera del círculo, incluso podría decirse que presuponía el conocimiento de los tres evangelios sinópticos anteriores cuando escribió su obra tomando como tema principal las propias manifestaciones de nuestro Señor Jesús. Pero ninguno de los cuatro hace referencia a su carácter ni a su persona.

– Por Dios, hermano en Cristo -lanzó Manzoni con su voz circunspecta-, no es ninguna novedad lo que usted dice. Dudo también de que sea importante conocer la apariencia de nuestro Señor Jesús. Si medía 180 centímetros de alto, pesaba 75 kilos y como la mayoría de sus contemporáneos tenía el pelo largo y oscuro.

– Ciertamente que no -replicó el joven Kessler y sus ojos brillaron sagaces detrás de sus lentes sin montura-, pero si lo supiéramos, también usted, hermano en Cristo, debería admitir que la fuente que nos diera esa información se distinguiría de las otras en que su autor habría conocido directamente a Jesús.

De repente se hizo el silencio en la sala. Incluso aquellos que hasta ahora estaban concentrados en sus fragmentos de texto, se detuvieron y levantaron la vista. Kessler sostenía en su mano un trozo de papel apergaminado, aproximadamente de veinte por veinte centímetros, un calco, como el que usaban todos los jesuitas, colocando la hoja transparente sobre el modelo y reproduciéndolo a lápiz. Esta técnica ofrecía la posibilidad de restaurar los fallos sobre la hoja sin dañar el original.

– Desde ayer tengo conmigo el resultado -dijo Kessler-, he querido una vez más consultarlo con la almohada…

– ¡Bueno, no nos impaciente más, Kessler -Manzoni estaba desenfrenado, resoplaba como un rocín enojado-, háganos partícipes de sus conocimientos!

Se había implantado entre los jesuitas la costumbre de que aquel que hubiera traducido o restaurado un fragmento comunicase su trabajo para luego entre todos debatir su contenido o su probabilidad. Kessler, que gozaba de la dudosa ventaja de trabajar el principio del rollo de pergamino -o lo que por diversos indicios podía considerarse el principio-, no había disertado hasta ahora sobre su trabajo. El motivo era que el principio de cada rollo de pergamino presentaba los mayores daños, rasgaduras, desflecos, falta de esquinas y de partes, de manera que hacía más difícil esta labor.

– Quisiera anticipar -comenzó Kessler- que ya he comentado mi restauración y traducción con nuestro hermano Stepan Losinski y que él ha aprobado mi versión. Según esto, el pergamino empieza con tres líneas, que nos faltan y que probablemente no podrán hallarse porque se trata de un daño mecánico. El desbordamiento de la cuarta línea se inserta con las palabras: «… Padre. Jesús, que dijo de sí mismo que había venido de Dios como maestro, para darnos la señal… Mesías enviado… así yo fui su testimonio… como el Padre ama al Hijo… y la gente admiraba su figura, que medía cuatro varas hasta la coronilla, y su ondeante cabello de color del ébano, mientras que yo crecí pequeño como la mayoría de hombres en Galilea. Para escuchar su voz suave acudían gentes de lejos…»

Al principio callaron los padres y parecía que cada uno rumiase el texto una vez más para sí. Manzoni fue el primero en reaccionar.

– Dios mío -dijo y formuló la pregunta-: ¿Qué cantidad de texto es seguro, qué cantidad ampliado o cuestionable por otros motivos?

– El veinte por ciento es ampliado -respondió el doctor Kessler-, la quinta parte.

– ¿Y la descripción de nuestro Señor Jesús?

– Puede darse por segura. Es la parte mejor conservada, puesto que el texto generalmente es mejor al final que al principio. -Kessler entregó a Manzoni el calco del pergamino.

Manzoni devoró el apunte con los ojos. Sus movimientos bruscos, que normalmente eran tan ajenos al profeso como la duda sobre un dogma de la Santa Madre Iglesia, revelaban la tensión interior que lo había apresado. Mientras con el índice y el dedo medio de su derecha señalaba cada palabra, sus labios se movían. Finalmente devolvió la hoja a Kessler, miró por el alto ventanal hacia fuera y dijo, sin apartar la vista:

– Si se demuestra que su traducción es correcta, tendría usted razón, hermano en Cristo. Luego, de hecho, el autor de este texto tendría que haber estado muy unido a nuestro Señor Jesús. -Y antes de regresar a su lugar de trabajo en la parte frontal de la sala, añadió en voz baja-: Buen trabajo. En efecto, buen trabajo.

3

Losinski empujó a Kessler en un costado e hizo un movimiento con la cabeza señalando al profeso que se alejaba.

– Si es todo lo que tiene que decir a esto -susurró al joven.

Kessler meneó la cabeza.

– Le vino de sorpresa. Creo que es demasiado para sus entendederas -rió-: ¡Pobre Manzoni!

También Losinski murmuró un poco; luego se puso serio:

– Debemos contar con que nos internen. Depende de la importancia que den a nuestros conocimientos, pero no sería la primera vez que la curia diera un paso semejante. El cónclave es una invención de la Iglesia Católica.

– Para elegir al Papa.

– Para elegir al Papa; en sus orígenes, para obligar a los cardenales a elegirlo con rapidez. Entretanto otra idea pesa más: el secreto. Ningún cristiano debe saber cómo se elige al Papa, quién estuvo a favor, quién en contra. Me imagino que la tarea que estamos llevando a cabo podría ser más importante para la curia que la elección de un nuevo Papa y su esfuerzo por mantener el secreto.

– ¡Hicimos el juramento de la orden, hermano en Cristo!

– Su fe en el juramento, en el honor, pero mire a su alrededor. ¿Confiaría en alguno de los aquí presentes? ¿En el holandés Veelfort, en el litigante de Francia o en su compatriota Röhrich? Juramento por aquí, juramento por allá, no me fiaría un pelo del tercio de nuestros cofrades si les acechara la tentación.

– ¿Tentación?

Losinski se encogió de hombros y giró las palmas de las manos hacia fuera, como si quisiera decir: ¿quien sabe? Sin embargo, Kessler no pudo explicarse lo que pretendía decir con ello. En cualquier caso no encontró sus pensamientos precisamente virtuosos.

Con la vista baja, el polaco se acercó más a Kessler:

– Sabe usted, el árbol de la sabiduría tiene muchos envidiosos, pues desde que el hombre existe, se esfuerza por saber. Y como el saber es como una especie de gozo, como el placer de la carne, así la ignorancia es una suerte de dolor; y puesto que sólo unos pocos se alegran del dolor, todos aspiran al conocimiento, al saber, y este saber y, en relación con él, este poder lo reclama para sí la Santa Madre Iglesia. ¿O acaso me contradiría usted si afirmo que el influjo del Papa sobre sus ovejas se funda principalmente en que sabe más que ellas?

– ¡Hermano en Cristo! -La indignación de Kessler no era simulada. Nunca había escuchado palabras tan heréticas de boca de un fraile.

Losinski movió la mano indicando la inscripción en la parte frontal de la sala, donde el profeso estaba sentado inclinado sobre su mesa:

– El lema de nuestro fundador Ignacio dice Omnia ad maiorem Dei gloriam, no Omnia ad maiorem ecclesiae gloriam. Estamos al servicio del Altísimo, no al servicio de la Iglesia.

Una vez más apareció aquella mueca desvergonzada en su rostro, luego continuó:

– El hecho de que portugueses, franceses, españoles, suizos y finalmente los alemanes hubieran prohibido nuestra orden es bastante condenable, pero que hasta un Papa fuera llevado a dar este paso es una vergüenza para la institución de la Iglesia. ¿Por qué lo hizo? Los libros de historia nos quieren hacer creer que fue por influjo de los Borbones; pero no: Clemente XIV temía nuestro saber. En eso que nos hallamos en una situación no muy halagüeña. Imagínese qué sucedería si nuestra hipótesis prosperase, que tenemos que vernos con cinco evangelios, que nuestros cuatro evangelios se remontan a un evangelio más antiguo.

– Sinceramente, no he pensado en las consecuencias -replicó Kessler prudentemente-, pero creo que esto depende del contenido de la declaración que figure en el pergamino.

– El diablo mete en todas partes su pata equina. -Losinski miró inquisitivamente al joven fraile. Lo apreciaba por su inteligencia sagaz, que se distinguía claramente de la pesadez de Manzoni, pero no sabía si podía confiar en ese alemán. Lo conocía demasiado poco. Pues lo que nadie desde fuera podía sospechar era que bajo la piadosa capa de la Societatis Jesu se habían desarrollado complicidades más propias de un cártel de dudosa legalidad que de una comunidad religiosa cristiana.

– No sé si comparte usted mi opinión, joven amigo -siguió Losinski-, pero estoy de parte del «Doctor mirabilis», Roger Bacon, que rechazaba la apelación a la autoridad eclesiástica, que sin motivos razonables reivindica el derecho a la fe y lo mismo al método filosófico-dialéctico, porque no permite que cada uno entienda las cosas por sí mismo. Bacon defendía la opinión de que no todo conocimiento resultante de una investigación científica debía necesariamente divulgarse; pues en cerebros equivocados era capaz de causar más daño que beneficio.

Kessler rió:

– ¡Sobre ello se puede discutir mucho, aunque esas ideas tienen ya setecientos años!

– La edad no las hace peores. Aristóteles vivió hace dos mil trescientos años, pero su demostración de la existencia de Dios pone todavía hoy en apuros a los filósofos que por lo general dudan y ponen pegas a todo. ¿Acaso opina usted de otro modo, hermano en Cristo?

– Soy coptólogo y paleógrafo. Nunca estudié a fondo los escritos de Aristóteles.

– Un fallo. Aristóteles mantiene a raya incluso a los más escépticos. Sabe usted, para demostrar la existencia de Dios, parte del tiempo. El tiempo es eterno. Pero el tiempo también es movimiento, hacia delante el futuro, hacia atrás el pasado. Sin embargo, todo lo que está en movimiento necesita un motor. Se puede suponer que para mover el motor del movimiento eterno se necesita otro motor y para mover éste otro y así continuamente. Pero como esto no puede ir hasta el infinito, tiene que haber un primus movens, un primer motor, que no sea movido por nada. Este motor es Dios.

– ¡Es una buena idea! -exclamó Kessler, y un jesuita de barbilla, que se sintió molestado en su trabajo, levantó la vista y exigió silencio.

– Es una buena idea -repitió Kessler en voz baja-, pero nos hemos apartado del tema. ¿Cree usted que es mejor mantener en secreto el resultado de nuestras investigaciones, si lo he entendido bien?

Losinski se encogió de hombros, lo que a este hombre enjuto daba un aspecto de buitre, y dijo:

– Esto no es una decisión mía ni suya. Creo que ni siquiera él puede meter baza -diciendo esto señaló a Manzoni con un movimiento de cabeza que dejaba entrever cierto desprecio-. En cualquier caso -añadió por fin-, debería ser más reservado en la divulgación de sus investigaciones. Lo que usted guarde en la cabeza, nadie se lo podrá robar, hermano en Cristo.

Después de estas palabras, cada uno se dirigió a su lugar de trabajo, Losinski al pie del primer ventanal de la sala, Kessler al otro extremo de la hilera de mesas, ante la pared de libros que llegaba al techo.

La conversación con el cofrade polaco había desconcertado a Kessler. Era incapaz de comprender lo que quiso decir, pero le pareció que estaba hablando en una clave que Kessler desconocía.

Por la noche del mismo día, que transcurrió sin otra novedad, Manzoni tomó aparte a Kessler y le advirtió con voz seria que debía tener cuidado con Losinski. Cierto que Losinski era un científico extraordinario y además poseía una cultura general eminente, que ni siquiera se detenía ante disciplinas poco ortodoxas para un clérigo como la música de jazz y el esoterismo, pero en el fondo de su corazón Losinski era un hereje y él, Manzoni, podía imaginarse que por treinta monedas de plata traicionaría a nuestro Señor Jesús como Judas Iscariote.

Las palabras de Manzoni causaron en Kessler un efecto disonante y respondió fríamente: ni siquiera un profeso tiene derecho a juzgar a un cofrade, sobre todo no siendo culpable de ningún delito. Hasta Pedro, que negó tres veces a nuestro Señor antes de que cantara el gallo, obtuvo el perdón por ello.

Manzoni contrarrestó diciendo que no se tomara sus palabras tan a pecho. Naturalmente que estaba lejos de acusar al reverendo padre Stepan Losinski de un ultraje contra la fe, pero era un secreto a voces que vivía en tensa discordia con la Santa Madre Iglesia. Él, Manzoni, preferiría que él, Kessler, se arrimase mejor al doctor Lucino, un padre de fe inquebrantable, o al francés Bigou, que estaban abiertos a cualquier conversación.

Así lo prometió Kessler -qué otra cosa podía hacer-, pero al regresar a casa, al convento de los jesuitas en el Aventino, donde residía desde que inició su labor en la Gregoriana (otros jesuitas, desacostumbrados a la vida conventual, vivían en pensiones de la ciudad), no se le quitaba de la cabeza la idea de que se veía envuelto en una sutil red de conexiones, que parecían a propósito para turbar la armonía de los frailes. ¡Qué quiere decir concordia! Desde hacía semanas, experimentaba Kessler la mórbida sensación de que se erigía entre sus cofrades un muro invisible que los dividía en dos bandos, sin poder distinguir a qué bando pertenecía él.

4

El comportamiento de los jesuitas, alejado de todo temor de Dios y de toda piedad, llenó de ira a Kessler y se sorprendió en los días siguientes poniendo más interés en el comportamiento de sus cofrades que en el trabajo científico. Losinski vivía como él en el convento de San Ignacio en el Aventino, incluso tenían la habitación en el mismo pasillo, pero hasta ahora no se había fijado en el polaco. Los jesuitas son clérigos regulares, es decir, se distinguen de otras órdenes por prescindir del hábito propio, visten el hábito de los clérigos seculares en el lugar en que se encuentren. Tampoco conocen el servicio de coro y su vida está impregnada menos del espíritu monacal que del mundano.

Así Kessler observó, al fijarse más en el polaco, que éste algunas tardes abandonaba el convento y no regresaba hasta medianoche, lo que no llamaba la atención en la ilustre comunidad, si no fuera por lo regular de sus salidas. Kessler dudaba si decírselo a Losinski o si, sencillamente, una tarde debía seguirlo. Se decidió por pisarle los talones como un lacayo a su señor.

Por la tarde siguiente, alrededor de las 20 horas, abandonó Losinski su habitación, dejó, como de costumbre, la llave en la portería, subió a paso rápido por la via di Santa Sabina hasta la piazzale Romulo e Remo, donde subió a un taxi. Kessler lo siguió en un segundo automóvil. El trayecto transcurrió por la margen del Tíber hasta la piazza Campo dei Fiori, donde Losinski se apeó del taxi y torció por una callejuela lateral oscura, que conduce al Corso Vittorio Emanuele. Allí desapareció por la entrada de un edificio alto de seis pisos.

Kessler no tuvo el valor de seguir inmediatamente a Losinski en la casa. Por esto dejó pasar cierto tiempo esperando en la acera de enfrente. Los dos primeros pisos estaban a oscuras, el tercero, cuarto, quinto y sexto estaban iluminados. Finalmente se atrevió a cruzar la calle.

Los portales de los edificios romanos son un capítulo aparte; dan la impresión de pompa y prosperidad, incluso cuando detrás sólo se esconde una casa de pisos de alquiler venida a menos. Esto podía aplicarse a esa entrada. Cuatro placas pulidas de latón indicaban un abogado, dos médicos y una agencia de publicidad llamada Presto. El cuadro de timbres pasado de moda, como podía distinguirse con la pobre iluminación, abarcaba ocho nombres que no merecen ser citados. La puerta estaba cerrada y Kessler regresó al convento y reflexionó.

Presa de aquella curiosidad pecaminosa que puede convertirse en anhelo insaciable como la pasión por una mujer, decidió Kessler averiguar a escondidas lo que hacía Losinski. Apenas el cofrade dos días después abandonó su celda y tomó la dirección de la piazza Romulo e Remo, Kessler se fue a la portería, tomó del clavo la llave de la habitación de Losinski, colocó la suya en el mismo lugar y se proporcionó el acceso a la habitación del cofrade.

El cuarto no era muy distinto de su propia celda: un armario con tres puertas de la época de Pío X, negro, majestuoso y construido a conciencia, apropiado para guardar el Codex Juris Canonici; un escritorio aún más antiguo con puertas simétricas en ambos lados, adornada cada una con un corazón, y en un estado que parecía haberse salvado no sin daños de los disturbios de Colonia acaecidos bajo Gregorio XVI (la silla que se le había destinado, con respaldo alto y provista de tablitas verticales, no hacía juego con el mobiliario del estudio sino por su fealdad); y un lavabo cuadrado de madera con la fuente hundida, de apariencia insignificante como Benedicto XV, pero igual que éste de extrema utilidad, por lo que se refiere a su propia misión. El mueble más moderno era el lugar de reposo del tiempo de Pío XII, una cama turca monstruosa, color rojo oscuro, cuyo pedestal levantaba la caja de la cama.

El mobiliario descrito se apretujaba en una superficie de no más de tres por cinco metros. Del techo colgaba una bombilla blanca para la iluminación. Había una sola ventana alta en la parte estrecha encarada a la puerta. Una alfombra de palmito, que alguna vez fue roja y se había vuelto marrón por las numerosas pisadas, cubría el parquet de madera, que a cada paso gemía y crujía ligeramente como el velamen de una vieja goleta.

Kessler se movía de puntillas por la celda, aunque ello no impedía los ruidos, y abrió el ala izquierda del armario. El interior rebosaba de libros, documentos manoseados y fajos de cartas distribuidos en cuatro compartimentos (el caos del arca de Noé antes del diluvio no sería mayor). Detrás de las dos puertas que se abrían en el centro, había a la izquierda ropa interior amontonada; separada por una tabla vertical, la parte derecha contenía la vestimenta de Losinski, trajes oscuros cuidadosamente planchados y un abrigo negro, como a los jesuitas les gusta llevar.

Bajo el compartimiento de la indumentaria había colocado transversalmente un saco repleto, no muy diferente de los sacos marineros en los que la gente de mar guarda su ropa. Dos cinturones de cuero con hebillas mantenían cerrada la abertura en la parte de arriba. Kessler palpó con las manos el contenido anguloso, pero cuanto más palpaba el misterioso saco mayor era su curiosidad por saber lo que se escondía en el saco de lona verde. Con decisión rápida, abrió las hebillas.

– ¡Jesús, María! -exclamó el jesuita y una vez más-, ¡Jesús, María! -Kessler sacó del saco un zapato de señora rojo como el fuego, con tacón alto y fino; nunca en la vida había tocado un calzado tan pecaminoso. El pie diminuto que alguna vez llevó esta obra de arte debió formar curvas excitantes y su portadora daría sin duda la impresión de que estaba siempre de puntillas con el propósito de que sus piernas pareciesen más largas de como las concibió su creador. Probablemente llevaba medias transparentes de color negro y una costura como una línea de lápiz desde la pantorrilla hasta el muslo.

Confuso por los pensamientos sucios metió Kessler de nuevo el pecado rojo en el saco y quería cerrarlo con asco, pero no pudo sin echar antes un vistazo al resto del contenido: numerosos zapatos sueltos de distinto modelo, sandalias aireadas, rígidos botines negros, incluso había una bota alta con el tacón tan afilado como un lápiz.

Llamó la atención de Kessler una forma blanca como la nieve con largas cintas blancas, tenía que sacarla. Su intuición no lo engañó: se trataba de una zapatilla de ballet de una bailarina.

– ¡Jesús, María! -¡Qué suave era la suela de cuero! Kessler metió la mano dentro, pero la sacó en seguida como si hubiera cometido un sacrilegio. Este zapato sólo había sido hecho para las piernas cubiertas con medias blancas de una muchacha joven, que como tallos de flor desaparecen debajo de un vestidito arremangado en alto. Kessler se detuvo.

De pronto comprendió que la colección de calzado reunida con sucias intenciones por Losinski le proporcionaba los mismos pensamientos pecaminosos que al polaco, al que había condenado por lo que descubrió. Con gran confusión, Kessler cerró el saco y lo colocó de nuevo en el armario. Estaba a punto de cerrar la amplia puerta, cuando su mirada se posó en un maletín marrón nada vistoso, no mayor que un misal, que estaba arriba sobre el monstruoso armario.

Tuvo que ponerse de puntillas para alcanzar la maleta. Estaba cerrada. En el primer cajón del escritorio Kessler encontró tres llaves distintas, de las cuales la más pequeña parecía ser de la maleta. Lo era. Tras la experiencia del saco pecaminoso, Kessler estaba preparado para todo, y sin embargo no daba crédito a sus ojos cuando levantó la tapa: la maleta contenía dinero, billetes de veinte y cien dólares cuidadosamente apilados.

Kessler, que carecía de cualquier relación con el dinero, no tenía idea de cuánto podía ser, ¿diez, cincuenta o cien mil? Pero este descubrimiento le confirmó la opinión de que algo no cuadraba con Losinski, y mientras cerraba la maleta, la subía sobre el armario y volvía a poner la llave en el cajón, Kessler reflexionaba sobre el juego que se traía el cofrade, si tenía cómplices y qué fin perseguía.

Situaciones como ésta son adecuadas para atraer un perro rastreador a una falsa pista, porque un olfato cubre todos los demás. Por esto Kessler no se detuvo en otras reflexiones y buscó indicios adecuados para desenmascarar de algún modo a Losinski.

Las gavetas del escritorio, tres en una parte, tres en otra, de cuyo contenido Kessler se prometía lo mejor, revelaron pocos resultados, porque en el desorden, más propio de una mente trastornada que de un miembro de la Societatis Jesu, no pudo hallar ningún objeto que permitiera sacar conclusiones sobre las intenciones o las relaciones de Losinski.

Así que repetidas veces se dirigió Kessler a la puerta izquierda del armario, detrás de la cual sabía que estaban los documentos y los libros. Los libros delatan; pero más pérfidamente delatan los libros que uno no tiene. Un breve repaso le bastó a Kessler para comprender que a Losinski no le interesaba la literatura constructiva obligada para un cristiano piadoso y muy poco las obras teológico-filosóficas de tradición jesuítica. En su lugar acribillaban sus ojos impresos heréticos como The History of the Knights Templars, o El movimiento mesiánico de independencia desde la aparición de Juan el Bautista hasta la caída de Jacobo el Justo, según la nueva valoración de la Conquista de Jerusalén de Flavio Josefo y las fuentes cristianas, o La esperanza bíblica en el Salvador como problema religioso-político, o La imposibilidad fisiológica de la muerte de Cristo en la cruz, o La transmisión de milagros de los sinópticos en relación con la transmisión oral, cada uno de ellos adecuado para difamar la fe cristiana.

¿Tenía razón Manzoni al decir que Losinski era un hereje? ¿Por qué diablos empleaba entonces a ese hereje en un proyecto de interés tan fundamental para la Iglesia?

Para Kessler sólo había una explicación: Manzoni podía despreciar a Losinski, incluso odiarlo, pero necesitaba su saber. Era incuestionable que el polaco era más culto que el resto; únicamente esto le había creado muchos enemigos. ¿Pero era Losinski insustituible? ¿No se imponía aquí la pregunta de que el menospreciado Losinski era mantenido en sus filas porque en cualquier otro lugar podría causar más daño que en la Gregoriana?

¿Qué sabía Losinski?

Entre las tapas de los documentos, Kessler encontró copias, bosquejos, reconstrucciones y reproducciones de antiguos papiros y pergaminos escritos en idioma griego y copto. Cientos de referencias bibliográficas estaban escritas en los márgenes con una caligrafía diminuta y depurada, que contradecía el desorden del resto, y permitían sacar la conclusión de que Losinski había hincado el diente en este problema como el lobo que no abandona la oveja una vez que la ha apresado. A Kessler le faltaba el sosiego para contrastar cada hoja, pero en un primer repaso pudo constatar que se trataba en general de textos protocristianos y cristianos primitivos, la especialidad de Losinski. Numerosos dibujos y fotografías del Arco de Tito, una construcción romana del emperador del mismo nombre, sólo permitían sacar una conclusión, que Losinski se ocupaba o se había ocupado de un problema al margen de la Gregoriana.

Una hoja guardada con especial cuidado entre dos gruesos cartones atrajo el interés del joven jesuita, porque, cerrada al vacío con un papel transparente, era exactamente igual que aquel fragmento cuya traducción había entregado pocos días antes. Sin embargo, la apariencia engañaba, ya que el texto copto era parecido al suyo pero en ningún caso igual. Este escrito fragmentario estaba extraordinariamente bien conservado y legible, de modo que Kessler, sin querer, trató y luego procedió a descifrar el escrito parduzco, primero ocupándose de las palabras más fáciles de leer como nombres propios y topónimos o el sujeto de la frase si se hallaba claramente al principio, tal como suelen hacer los paleógrafos.

De este modo desde el principio dio con un nombre que lo hizo detenerse, porque era poco corriente y extraño como el nombre de Jesús, sobre todo en un texto copto. El nombre era Barabbas.

¿Barabbas?

Los pensamientos de Kessler se interrumpieron bruscamente, porque oyó pasos en el corredor que se aproximaban. Por ello colocó rápidamente de nuevo la hoja entre los cartones y la guardó en el lugar donde la había encontrado. Contuvo la respiración y escuchó. En momentos como éste los segundos parecen horas, por lo menos Kessler tenía esta sensación, y sólo se atrevió a respirar de nuevo cuando los pasos se hubieron alejado en la dirección contraria.

Este suceso asustó tanto a Kessler que le temblaba todo el cuerpo; por ello prefirió acabar por este día su rastreo. Cambió la llave en el llavero de la portería, se retiró a su celda y tal como estaba se dejó caer sobre la cama. Con las manos cruzadas detrás de la nuca miraba fijamente al techo.

5

Su primera idea fue que debía confiarse a Manzoni. Se acordaba de las palabras de su superior en la orden, quien, cuando se le encargó esta misión en Roma, había hablado de integridad, que era precisamente el motivo por el cual había sido elegido, y realmente en toda su vida Kessler no se había hecho culpable de nada, lo que habría sembrado dudas a este comportamiento. Pero si hablaba con Manzoni, debía admitir que había entrado a escondidas en la celda de Losinski, sin hablar ya de las otras cosas, por la pureza de la Santísima Virgen.

¿Cómo podría hacer hablar a Losinski? ¿Debía simplemente abordarlo, preguntarle en qué oscuras investigaciones se ocupaba el cofrade? El polaco lo negaría todo y él, Kessler, sería puesto en ridículo en cualquier caso, tanto si ocultaba su espionaje como si lo revelaba. Losinski no era el hombre que uno u otro pudiera sacar de quicio; no, Kessler debía admitir que en fuerza y en voluntad era inferior a ese hombre. Y si no se lo confesara nunca…, Kessler empezaba a dudar en lo más íntimo si él mismo no se habría metido en algo, si un día no se aclararía todo por sí mismo como el árbol genealógico de Sem en el primer libro de Moisés.

Cierto, allí estaba el asunto con el contenido pecaminoso del saco en el armario de Losinski, difícil de admitir en un religioso; pero ¿acaso no se regodeó él mismo con el mismo placer que el otro en el torpe calzado? Era Losinski mejor fraile por aplacar el deseo carnal, que fustiga a veces incluso al cristiano más piadoso con la fuerza de las plagas de Egipto, y satisfacer su inquieta fantasía con cuero y seda, mientras él -el Señor sea misericordioso con un pobre pecador- en tales días visitaba las casas del Trastevere, donde en entradas sombrías algunas mujeres levantan sus faldas ante cualquier hombre, eso si tan siquiera llevan faldas, con lo que hasta el celibatario más estricto se ve confrontado con la diferencia que por voluntad del Padre surgió de la costilla de Adán. Y si el día después de la festividad del Sagrado Corazón de la Inmaculada, cuando por el calor apretaba el instinto, no se hubiera encontrado en el más loco de estos establecimientos al padre Francesco de los minoristas, que lo confesaba todas las semanas, él mismo no sólo se habría dedicado al placer del mirón lascivo, sino que se habría arrojado a los brazos de una puta pelirroja. Pero ambos vieron en su encuentro una señal del Altísimo, y abandonaron juntos el lugar sin hablar más de ello.

En lo referente a la inescrutable actividad de Losinski, parecía más bien aconsejable buscar la amistad del polaco y ganarse su confianza; al fin y al cabo fue él quien le recomendó prudencia en la traducción del pergamino, una admonición que hasta hoy a Kessler sigue pareciéndole enigmática.

Sin embargo, el polaco no se lo ponía fácil a Kessler. En los días siguientes procuraba evitarlo conscientemente, en cualquier caso ésa era la impresión que daba. Incluso durante el trabajo en la Gregoriana, donde era corriente la discusión sobre palabras y fragmentos de texto, Losinski permanecía callado contra su costumbre. Inclinado sobre sus traducciones, no habló palabra durante dos días, y al requerimiento cortés de Kessler sobre si avanzaba, contestó con un huraño no, de modo que a Kessler le pareció aconsejable por su parte dar un amplio rodeo en torno a él.

A pesar de ello, Kessler no perdió de vista a su cofrade, anotaba hechos aparentemente inocuos, como la compra de un periódico en el kiosco o el camino hacia el buzón de correos y seguía a Losinski todos los pasos, en tanto podía hacerlo sin ser descubierto. Esto sucedía a los pocos días con la frescura que estimulaba a Kessler a actuar como un detective de novela barata cambiándose de vestido y así conocer cada vez mejor la vida que llevaba el enigmático hombre.

Al día siguiente de Todos los Santos Losinski abandonó de nuevo el convento y se dirigió en taxi a la via Cavour, donde hizo detener el coche ante la escalinata de piedra que a la derecha conduce arriba a la iglesia de San Pietro de Vincoli. Vestía como siempre un abrigo negro y su apariencia no revelaba de ningún modo la de un jesuita. Sin girarse -tan seguro se sentía ya Losinski- subió la escalera tomando los escalones de dos en dos; a Kessler le costaba seguirlo.

San Pietro de Vincoli es conocida por las cadenas del apóstol Pedro, que se guardan allí, pero también sobre todo por la escultura del Moisés de Miguel Ángel, una de las mayores tragedias de la historia del arte, y no habría sido extraña la visita de Losinski a este lugar. Tampoco parecía notable el hecho de que el cofrade fuese directamente a uno de los rudos confesonarios y se arrodillase frente a la celosía de madera, mientras se santiguaba; sin embargo, Kessler, que observaba la escena detrás de una columna muy próxima, notó que la confesión del jesuita más bien parecía una reprimenda al confesor. Losinski no buscaba revelar sus pecados, sino que cantaba las cuarenta al desgraciado de dentro, de modo que aquél se quedó mudo, eso al menos parecía.

El proceso terminó abruptamente. Por la rendija debajo de la celosía de madera, provista según el sentido de la Santa Madre Iglesia para suministrar por ella estampas piadosas a los confesos, apareció un grueso sobre que Losinski rápidamente escondió en el bolsillo de su abrigo. Él mismo devolvió por idéntica vía un sobre más pequeño, se santiguó rápidamente y se alejó.

El encuentro confirmó a Kessler en la opinión de que el cofrade polaco se llevaba un doble juego. Dejó ir a Losinski, pues en ese momento le interesaba más saber quién se hallaba dentro del rudo confesionario. Kessler estaba seguro de que no era ningún sacerdote que escuchaba la confesión de los pobres pecadores.

Pero, en efecto, salió del confesionario un hombre de edad mediana y aspecto monástico, aunque llevaba una indumentaria moderna y cuidada. A diferencia de Losinski, daba la impresión de estar intranquilo y miraba inquisidor a todas partes antes de abandonar la tenebrosa iglesia.

Kessler lo seguía a una distancia prudencial, y no se habría sorprendido si el hombre hubiese tomado el camino del Vaticano por el corso Vittorio Emanuele y allí hubiera desaparecido en una de las dependencias. Sin embargo, Kessler se equivocó. El desconocido se tomó un café en uno de los bares de la via Cavour y siguió el rumbo directo al hotel Excelsior, uno de los lugares más finos de la ciudad.

En el vestíbulo había tanto gentío, que Kessler no corría ningún riesgo si se aproximaba unos pasos al hombre. En su comportamiento había algo de mundología y el joven jesuita, que naturalmente no era reconocible como tal, se sintió algo desamparado en comparación con este desconocido de apariencia más bien joven.

El enigmático encuentro de Losinski con el desconocido en San Pietro de Vincoli había dejado a Kessler en un estado de completa perplejidad, y ni siquiera la meditación que todavía la misma tarde hizo en el reclinatorio de su celda (en la celda de Losinski, constató más tarde, faltaba este mobiliario) tuvo la virtud de ayudarle en sus conjeturas. Pero si bien hasta ahora había dudado por diferentes motivos de la maldad del polaco, ahora, después del intercambio en el confesionario, estaba seguro de que Losinski estaba envuelto en negocios poco claros y sucios.

Kessler no se atrevía a decidir si se trataba del proyecto secreto de la Gregoriana o de otro asunto; tampoco se atrevía a hablar de ello a Losinski, porque éste lo negaría todo y lo acogería con tanto resquemor, que Kessler nunca más podría averiguar el trasfondo. Pero quería averiguarlo.

Cuanto más reflexionaba sobre ello, tanto más crecía en Kessler el convencimiento de que entre todos los cofrades de la Societatis Jesu reinaba la desconfianza y la sola idea de que en su falta de prevención pudiera ser utilizado lo irritaba violentamente. Tan violentamente, que se propuso ir al fondo de la cuestión.

Capítulo séptimo

ENCUENTRO INESPERADO

Soledad

1

Desde aquella terrible aparición, Anne von Seydlitz evitaba su propia casa. Se había propuesto no pasar ni una noche más en esta casa hasta que se aclarase el asunto. Durante los dos días que estuvo en Munich y que empleó en cambiarse de ropa interior y ordenar asuntos comerciales, tomó una habitación en el hotel en el que también había vivido Kleiber.

Lamentaba lo ocurrido con Adrián, pero en cierto modo estaba contenta de que las cosas hubieran ido así, pues tenía la impresión de que Kleiber se interesaba más por ella que por sus problemas. Y si algo no necesitaba en esta situación, era la persecución de un hombre. Ciertamente que, si viniera, le tendería la mano, y en esto le acudieron a la boca las palabras de su madre adoptiva que con voz severa le enseñó que no se debía nunca rechazar una mano así, ni siquiera la de un enemigo, pero por ahora podía estar segura de que este encuentro no se produciría. Por el momento se acumulaban en la cabeza de Anne tantos pensamientos, que sencillamente no había sitio para un hombre.

Es el orgullo lo que empuja a una mujer engañada hacia una increíble actividad. Increíble habría sido antes para Anne von Seydlitz, apoyada sólo en sí misma, seguir una pista que la llevaba a medio mundo, unida a riesgos y peligros, sólo por aclarar un asunto que, si alguna vez llegara a aclararse, no le proporcionaría la más mínima ventaja. Pero entre ella y lo desconocido, lo enigmático y misterioso, parecía haberse establecido una relación mágica; en cualquier caso Anne se sentía incapaz de renunciar.

¿Era la magia de la maldad, tantas veces descrita, lo que la mantenía presa, lo que se apoderaba de todos sus pensamientos y no la soltaba? ¿Por qué lo hacía?

Ideas como ésta sólo ocupaban en su vida un espacio marginal. En la presente situación estaba bien así, pues de lo contrario Anne von Seydlitz se habría dado cuenta de lo mucho que había cambiado. Nunca en su vida estuvo obsesionada por una idea y miraba más con desagrado que con admiración a las personas que perseguían un objetivo menospreciándose a sí mismas. Ahora, fascinada por una idea, ya no se reconocía, lo postergaba todo, el amor, la vida, el negocio, pero no se daba cuenta. Hay cosas de las que uno no puede huir.

Las pesquisas en California reforzaron en Anne la convicción de que su marido Guido debía de estar metido en un complot de ámbito mundial, con o sin su conocimiento, esto no deseaba decirlo de momento. El descubrimiento de un nuevo texto bíblico no podía ser el único motivo que convirtiera a científicos en cazadores y a otros en cazados.

La señora Vossius, la esposa del profesor, jugaba un papel dudoso en sus reflexiones. Anne dudaba de su sinceridad, sí, incluso con unos días de distancia surgía la pregunta de si Aurelia Vossius no practicaba juego sucio. La pista más importante era sin duda la alusión de Brandon a la orden órfica, en algún lugar del norte de Grecia. Anne no tenía idea de lo que podía esperarla allí, de si en suma conseguiría acceder a tan misteriosa orden, pero la decisión estaba tomada.

Tenía que ir a Leibethra.

2

Gracias a la perfecta descripción de Gary Brandon, Anne von Seydlitz voló a Atenas, luego a Tesalónica, que allí llaman Salónica para abreviar, y se alojó en el Macedonia Palace, Leoforos Megalou Alexandrou, situado en el pintoresco casco antiguo.

Guido, experto viajero a causa de su profesión, le dio una vez un buen consejo: si en una ciudad no tienes amigos, dale una sustanciosa propina al portero del hotel.

El joven recepcionista se llamaba Nikolaos, como casi todos en el lugar, hablaba un inglés brillante y el billete grande que le dio Anne liberó en él insospechadas facultades. Anne se encontró con él, al terminar éste el trabajo, en un café cerca de la torre blanca, desde donde se ve el mar, y empezó a contarle sin rodeos que su marido fallecido estaba envuelto en un complot extraño, cuyos cómplices probablemente debían buscarse en Leibethra. Anne no dio más detalles.

Nikolaos, de no más de veinticinco años, con el pelo negro rizado y ojos inteligentes y oscuros, se sintió halagado por la franqueza y la confianza de la extranjera y le prometió que la ayudaría. Primero, dijo francamente, debía reconocer que había oído hablar de la orden de Leibethra, pero nadie en Salónica conocía más detalles sobre esta gente. La mayoría, igual que él, creían, por oírlo decir, que se trataba de una orden piadosa que gestionaba un manicomio en Leibethra. En cualquier caso los impedidos no eran griegos o gente de los alrededores, sino extranjeros que habían sido trasladados allí.

Probablemente, explicó Anne, se mantiene la institución como tapadera, aunque en realidad se esconde en Leibethra algo muy distinto.

Se daba la casualidad de que Vassileos, el cuñado de Nikolaos, gestionaba un hotel llamado Alkyone en Katerini, una hora en coche al sur de Salónica, y Nikolaos creía recordar que su cuñado le habló una vez del inquietante monasterio suspendido en los peñascos del Olimpo, pero, como no estaba especialmente interesado, no podía acordarse de los detalles.

Al día siguiente, Nikolaos acompañó en su coche a Anne von Seydlitz a Katerini para ver al cuñado Vassileos, quien, a pesar de que Anne se hospedó en su hotel y no en el vecino Olympion y a pesar de ser recomendada con palabras amables por Nikolaos, acogió a la extranjera con gran desconfianza. En general Vassileos se reveló como la cara opuesta de Nikolaos: perezoso y taciturno, introvertido y cerrado, sobre todo frente a sus clientes. A ello se añadía que sólo podía hacerse entender con ayuda de un galimatías compuesto de un alemán con rara pronunciación renana y de un inglés aprendido fatigosamente con el acento seco del norte de Grecia.

La mayoría de la gente es así en este lugar, dijo Nikolaos disculpando su comportamiento malhumorado, y habló con Vassileos en voz alta y muy seriamente. Aunque Anne no entendió una palabra, por los gestos y las reacciones de ambos pudo colegir que Nikolaos amonestaba a su cuñado, que debía tratar mejor a sus clientes y que la kiria de Alemania era muy generosa. Luego dio a Anne su número de teléfono de Salónica, por si necesitaba su ayuda, y se marchó.

Katerini es extraordinariamente pintoresca, incluso en los días fríos y nublados, una ciudad rural apartada de la única autopista del país. No se viaja a Katerini, se pasa casualmente por allí. También en el hotel de Vassileos -se llamaba así, aunque sólo se merecía el nombre de pensión- uno no solía quedarse más de una noche. En eso era Anne von Seydlitz una rareza, y el segundo día, después de haber recorrido las calles de la pequeña ciudad y el pintoresco mercado y no marcharse aún, los viejos sentados en sillas de enea a la puerta de sus casas empezaron a cuchichear sobre quién debía ser la extranjera y qué buscaba allí. Era extraño, pero en un país extranjero, entre gente extranjera, Anne von Seydlitz se sentía más segura que en su casa, donde se creía vigilada y observada.

Bastantes hombres, y no sólo viejos, estaban en cuclillas ante la puerta de sus casas, hombres con rostros angulosos y cejas pobladas, extenuados y endurecidos en su lucha por la vida, que aquí no es miel sobre hojuelas. Cada uno vive del otro, el tendero del albañil, el albañil del maestro de obras, el maestro de obras del propietario del aserradero, el propietario del aserradero del tendero; no como los del sur, que pueden vivir todos de la historia, incluso de las inmundicias que ésta ha dejado en algún lugar.

La pobreza genera desconfianza y las gentes de Katerini eran muy desconfiadas entre ellas, pero sobre todo con los extraños, y una mujer que viajaba sola se hacía más sospechosa, de modo que a ser posible evitaban toparse con la kiria.

3

Sólo Georgios Spiliados, el panadero ambulante, cuyo negocio rodaba por las calles sobre tres ruedas (la parte trasera consistía en una vieja bicicleta incluidos los pedales, la delantera en cambio en una caja de madera con dos ruedas, que era el embalaje de una lavadora que el electricista del pueblo había vendido hacía diez años y en el que Georgios había colocado unas ventanas de cristal para que todo el mundo en la calle pudiera admirar sus baklava y kataifi recién tostaditos), sólo el panadero Spiliados inició una conversación con Anne, cuando ella le compró una pasta, que Georgios envolvió en un papel de estraza por motivos higiénicos. Resultaba que Spiliados antes, hacía ya mucho tiempo, había trabajado en Alemania y ahora se ganaba la vida como autónomo. En el pueblo conocían su nombre griego -y señaló el nombre escrito en su vehículo-, aunque para la mayoría seguía siendo «el alemán».

Si ella pasaba las vacaciones allí, quiso saber Spiliados, entonces había escogido la peor temporada, abril era la época más bonita en Katerini, suave y con aromas de flores. Anne lo negó riéndose y preguntó a su vez si Georgios sabía algo de Leibethra. Entonces el panadero pisó el pedal para largarse cuanto antes; pero antes de conseguirlo, Anne lo agarró del brazo y lo retuvo.

A su pregunta de por qué quería poner los pies en polvorosa, respondió Georgios con otra pregunta: si era de ellos (así se expresó). Sólo cuando Anne le aseguró que no, por Dios, que le interesaba aquella gente por otros motivos, se quedó.

Georgios Spiliados, que generalmente empleaba bastante desparpajo en el trato con la gente, se limpió la frente con la mano y habló en voz baja. Si ella era periodista, quería recordarle que un reportero del Daily Telegraph que anduvo vagando por los alrededores recogiendo información sobre las gentes de Leibethra -incluso pagó dinero por ello-, fue hallado un día con el cráneo hundido. Oficialmente se dijo que se había caído de un peñasco en el Olimpo, pero Joannis, que lo encontró y era amigo suyo, aseguró que en el lugar del hallazgo no había peñasco alguno. Lo mejor sería que se marchara cuanto antes.

Para Anne, Georgios Spiliados era el único hombre que podía ayudarla. Por ello entregó al panadero un billete, que éste rechazó ofendido. No pasó mucho rato para que la ofensa se perdiera en trivialidades y Georgios pusiera el dinero en el borde interior de su gorra. Anne hizo jurar a Spiliados que no revelaría a nadie su interés por Leibethra. Georgios lo prometió.

Quedaron citados para la tarde en su tienda, dos calles más abajo. Si él se retrasaba, avisaría a Vanna, su mujer. Llamarían la atención si seguían hablando mucho rato allí, a la vista del público.

Cuando Anne más tarde entró en la tienda, Vanna asomó la cabeza por una especie de cortina de cordones de plástico en la parte trasera de la tiendecilla embaldosada. El recinto de venta constaba de un mostrador largo y estrecho y de una estantería lisa de madera adosada a la pared, en la que sólo había para vender unas cuantas tortas. Con su bigote y su rostro lleno de arrugas, Vanna hubiera podido ser tomada más bien por la madre de Georgios.

La habitación trasera, a la que invitó a pasar a la extranjera, no estaba provista con menos escasez: en el centro una mesa cuadrada de madera lisa con cuatro sillas, un armario alto sin puertas con vasijas de colores, al lado un lavamanos blanco, en frente un anaquel sostenido en la pared con anchas escuadras. Vanna trajo raki y dijo bitte, la única palabra alemana que conocía.

Poco después apareció Georgios. Anne intentó explicar al hombre por qué había venido a Katerini. Contó el misterioso accidente de Guido y las pesquisas seguidas hasta ahora, que la habían llevado hasta aquí, y cosechó la sincera compasión de Georgios. Éste escuchó su narración, luego bebió de un trago un vaso de raki aguado, cerró la puerta de la tienda, regresó y se sentó de nuevo a la mesa cuadrada. Con los dedos golpeaba la tabla de la mesa; lo hacía siempre que se esforzaba en reflexionar.

La luz pálida de una bombilla desnuda colgada del techo encalado invadía la habitación. Los ojos de Anne iban cambiando del rostro a las manos nerviosas y de nuevo al rostro de su interlocutor. Georgios miraba fijamente frente a sí, callaba, y cuanto más largo era su silencio, menores eran las esperanzas de Anne de que la ayudaría.

– Una historia increíble -dijo finalmente-, increíble de verdad.

– ¿Acaso no me cree?

– Claro, claro -exclamó Georgios tranquilizándola-. Me parece que esta gente es realmente peligrosa. Nosotros apenas sabemos algo de ellos. Lo que se cuenta en el pueblo son sólo rumores. Uno se lo dice a otro al oído. Alexia, la mujer del herrero, pretende haber visto que queman a personas en hogueras y danzan alrededor. Y Sostis, el dueño de la cantera en la pendiente oriental, dice que son locos que se matan unos a otros. Que se trata de personas nueve veces más inteligentes, lo oigo por primera vez. ¿Cómo dijo que se llamaban?

– Órficos, discípulos de Orfeo.

– Demencial. Realmente demencial.

– Creo -explicó Anne al griego- que divulgaron a sabiendas estos rumores por el mundo para desviar la atención de lo que están haciendo.

– Oficialmente -informó Georgios-, Leibethra es un centro de atención para retrasados mentales; pero lo que realmente sucede detrás del muro que impide el acceso al valle no lo sabe nadie. Se abastecen a sí mismos como los monjes del monte Athos, tienen sus propios vehículos con los que efectúan sus copiosas compras en Salónica y el jefe de correos dice que incluso tramitan su correspondencia directamente con la central de correos en Salónica.

– Y disponen de una fortuna inimaginable -añadió Anne.

Georgios meneó la cabeza, incrédulo.

– ¿Y cómo puedo yo ayudarla? -preguntó finalmente el griego.

– ¡Quisiera que usted me llevase a Leibethra! -dijo Anne von Seydlitz con voz decidida.

– Está usted loca -dijo excitado-. Yo no hago eso.

– ¡Le pagaré bien! -replicó Anne-. Digamos… doscientos dólares.

– ¿Doscientos dólares? ¡Usted está realmente loca!

– Cien ahora y cien cuando lleguemos al lugar.

La fría tenacidad con que negociaba Anne von Seydlitz sacó de quicio a Georgios. Se levantó de un salto e iba de un lado a otro en la pobre habitación. Anne lo observaba atentamente. Doscientos dólares era mucho dinero para un panadero de Katerini. ¡Madre santísima, doscientos dólares!

Anne sacó un billete de cien dólares del bolso y lo extendió en el centro de la mesa. De pronto Georgios, sin decir palabra, desapareció por la puerta trasera. Anne escuchaba sus pasos, que subían por la gimiente escalera de madera al piso de arriba. Se maravillaba de su propio valor, pero ahora estaba dispuesta a todo. Si había una oportunidad de echar luz a todo este tenebroso asunto, debía ir a Leibethra.

No sabía exactamente lo que le esperaría allí. Pero como una atracción misteriosa, que reúne al asesino y a su víctima, así sentía Anne la imperiosa necesidad de echar un reconocimiento al monasterio colgado en los peñascos del Olimpo, como si estuvieran allí escondidos todos los secretos. Con la cabeza hundida en sus manos y la mirada fija en el billete de cien dólares, esperaba Anne el regreso de Georgios.

Éste vino con un viejo mapa desplegado. No dijo nada, tomó el billete y en su lugar colocó el mapa plegable.

– Ahí -murmuró y señaló con el dedo medio de su derecha un punto concreto del mapa-: Leibethra.

El lugar estaba marcado con un símbolo, un círculo con una cruz dentro. Indicaba un monasterio. Faltaba la denominación del lugar. En silencio siguió con el dedo la carretera de Katerini a Elasson, indicó una línea delgada y enredada, que probablemente señalaba un camino de herradura poco firme que se perdía en algún lugar de las pendientes del Olimpo, e indicó con un par de movimientos nerviosos que el camino seguía por allí en algún sitio.

– En cualquier caso -murmuró entre dientes de mala gana-, se debe intentar a primeras horas de la tarde. De día lo ven venir a uno de lejos.

– ¡De acuerdo! -replicó Anne como si fuera la cosa más natural del mundo, y valerosamente añadió-: ¿Cuándo?

Spiliados se levantó ceremonioso, apagó la luz y miró al cielo por la ventana.

– Es buena época -dijo-, tenemos media luna. Si usted quiere… mañana.

Después que Georgios hubo encendido de nuevo la luz, se sentó a la mesa junto a Anne. Inclinados sobre el mapa, trazaron un plan para el día siguiente. El griego tenía una moto, una Horex, que no llamaría la atención en la carretera a Elasson. Spiliados la esperaría a las cuatro con la moto detrás de la herrería. No quería armar escándalo, y Anne se adhirió rápidamente al plan. No debían ofrecer a la gente de Katerini motivos para el chismorreo.

4

El primer día debía servir para inspeccionar el terreno. Anne trataba de saber en primer lugar si había alguna posibilidad de penetrar sin ser vista en el complejo monacal de los órficos. Naturalmente sabía que era peligroso y Georgios calificó su propósito de suicidio puro y simple. Pero existía una reflexión que sostenía su seguridad en sí misma: algún motivo debía de haber por el que los órficos hasta ahora le habían perdonado la vida.

La noche era fresca, pero no fría, cuando Anne regresó al hotel. Desde que dejó pagada su cuenta del hotel con una semana de antelación, Vassileos se mostraba inesperadamente amable con ella, lo que en una persona tan malhumorada como él se reducía a las palabras: «kali mera, qué tal» o «kali spera, señora Seydlitz»; pero puesto que Vassileos trataba a la mayoría de gente sin dirigirle la palabra, Anne no debía temer que divulgase su propósito.

Su habitación daba a la calle y esa noche sus pensamientos rondaban en torno a la aventura que le esperaba. Pasada la medianoche, ladraron los perros; uno respondía al ladrido del otro y sus aullidos resonaban por las callejas vacías adoquinadas. De un kaphinion de la esquina, que como la mayoría de casas de Katerini se parecía más a un garaje que a una vivienda, gruñía una interminable música de bouzouki y el extractor del restaurante de Vassileos, que ocupaba la planta baja del hotel Alyone, soplaba al aire libre olores penetrantes de comida zumbando con fragor. Trasnochadores charlaban a gritos de un lado a otro de la calle y no se aproximaban ni transcurrida media hora larga de abierta conversación, lo que les habría ofrecido la oportunidad de bajar el volumen de sus voces. Por cuarta o quinta vez se acercaba con entereza a lo largo de la calle una mujer con tacones altos, que resonaban fuertemente, y a los pocos minutos con la misma entereza volvía de nuevo. Por lo demás la noche sólo era interrumpida por retumbantes automóviles, cuyos conductores usaban el asfalto vacío y liso de la plaza del mercado como pista de carreras para sus coches.

Ella había creído que la ausencia de Kleiber la llenaría de miedo e inseguridad, pero llegó a la conclusión de que había sucedido exactamente lo contrario. Así que Anne desechó el primitivo plan de informar de su propósito al puesto de policía de Katerini, sólo Georgios debía presentar la denuncia en el caso de que no diera señales de vida al cabo de una semana. Ni ella misma sabía explicar de dónde sacaba su coraje.

Por la mañana, aún estaba oscuro, Anne debía de haberse dormido, pues soñó que un terremoto había sacudido el Olimpo y por las escarpadas pendientes fluía lava roja ardiente en innumerables ríos hacia el valle, y hombres y mujeres en brillantes botes metálicos conducían sus ruidosas canoas con largas varas y chocaban entre sí cuando una impedía el paso a otra. Los que conducían los botes cubrían su rostro con máscaras multicolores; iban envueltos en capas amplias y ondulantes, y llevaban guantes blancos, pero por sus movimientos se echaba de ver que eran hombres y mujeres. Muchos botes, que bajaban disparados hacia el valle, se estrellaban contra los peñascos que separaban los ríos de lava y desaparecían chirriando en la borboteante incandescencia.

Al pie de la montaña se unían las distintas corrientes en un río que crecía a lo ancho y arrasaba pueblos y ciudades. Gentes que veían venir la desgracia se quedaban como pasmadas y eran incapaces de huir, también Anne. Pero cuando el río rojo la alcanzó y echando humo y burbujas le quemaba los dedos de los pies, entonces Anne despertó con temblor en sus miembros y arrojó de su cuerpo la pesadilla como cenizas al viento.

A la hora acordada se encontró con Georgios detrás de la herrería en la carretera que conduce a Elasson. Anne se había agenciado pantalones largos y anchos como los que llevaban las mujeres del lugar y el griego la observaba sorprendido porque parecía como las demás mujeres y porque jamás la hubiese creído capaz de ello. Como si quisiera disculparse por su extraña indumentaria, Anne se encogió de hombros. Se rió. Nunca en la vida había montado en una motocicleta, lo que el griego nuevamente se negaba a comprender porque, según dio a entender, todo conductor de automóviles tiene que haberse sentado antes en una moto.

5

La carretera conducía hacia el oeste y se volvía tanto más solitaria, cuanto más se alejaban de Katerini. Sólo de vez en cuando se toparon con un camión, luego vino todavía un cruce con una señal indicadora en blanco y negro, y finalmente la carretera serpenteó por terreno despoblado y árido. Anne tenía los ojos llorosos, no estaba acostumbrada a la brisa de la moto.

Después de media hora de camino redujo Georgios la marcha y buscó con los ojos el arcén izquierdo. Dos cipreses marcaban una bifurcación sin acondicionar. No había señal indicadora y el camino consistía únicamente en dos carriles rellenos de grava. Georgios se detuvo.

– Éste es el camino de Leibethra -dijo y, como si le costase un gran esfuerzo, giró finalmente hacia el sendero.

No era fácil manejar la pesada máquina por el estrecho carril; Georgios ejecutaba verdaderos prodigios de equilibrio.

– ¡Agárrese! -gritaba siempre que cambiaba de carril porque veía que estaba mejor en el otro lado.

Frente a una loma cubierta de cipreses el camino subía empinado. En este lugar la grava del carril estaba tan suelta, que la rueda trasera patinaba y numerosas piedrecitas salían disparadas hacia atrás. Georgios rogó a Anne que subiera la montaña a pie; él mismo conducía la moto por la empinada cuesta hacia arriba ayudándose de ambas piernas.

Oscurecía cuando llegaron al vértice de la cima, marcado por un ancho saliente de peñasco, invisible desde abajo. Georgios apagó el motor y apoyó la moto a un lado. Pestañeaba mirando el paisaje y con el brazo tendido hizo un movimiento hacia el oeste. El camino serpenteaba hacia abajo y al cabo de un kilómetro más o menos -hasta donde se podía ver- subía de nuevo cuesta arriba para desaparecer detrás de un pinar.

– Allí -dijo él- está el acceso al desfiladero que conduce a Leibethra.

Anne respiró hondo. Se había imaginado más fácil el camino. El silencio que la rodeaba era opresivo, el paisaje hostil. A ello se añadía el frío húmedo que penetraba a través de las prendas de vestir.

– Iremos montados hasta la próxima cuesta -dijo Georgios-, el último trecho tendremos que andarlo a pie. Podrían oír el ruido de la motocicleta.

Anne asintió. Le resultaba difícil imaginarse que allá arriba detrás de los negros árboles se iba a encontrar una colonia humana.

Cuando llegaron al lugar indicado, Georgios empujó la moto en el matorral contiguo. A lo lejos se oía un murmullo como de una cascada. Venía de la dirección a donde conducía el camino. Éste subía ahora empinado, lo que no se veía desde abajo porque atravesaba un espeso bosque de coníferas. Anne jadeaba.

– ¡Está usted loca! -observó el griego una vez más sin mirar a Anne.

Ésta no respondió. El griego tenía razón; pero todo lo que había vivido en los últimos meses era una locura. Y este maldito camino tenebroso, empinado y pedregoso era lo único que le acercaba a una solución. Era difícil de comprender para un extraño.

Cuanto más subían en la oscuridad gris, tanto más fuerte se escuchaba el murmullo. Caminando daba la impresión de numerosas voces que susurraban. Del valle subía una ligera brisa que soplaba suavemente a través de las ramas de los pinos. El suelo pantanoso de ambos márgenes del camino despedía cierto tufo.

Luego, de repente, el camino salió del bosque y se abrió la vista a una hondonada, cuyo borde opuesto mostraba un tajo en forma de cuña flanqueado por dos peñascos.

– Esto debe de ser -murmuró Georgios- la entrada del barranco.

Estaba a menos de trescientos metros de distancia y al aproximarse Anne divisó frente al peñasco de la derecha una pequeña choza de madera con una ventana cuadrangular en dirección al valle.

– ¡Oh Dios! -suspiró Anne y agarró el brazo del griego.

– Probablemente es una caseta de vigilancia frente a la entrada del barranco -supuso Spiliados.

– ¿Y qué hacemos ahora? -Anne miraba desconcertada en esa dirección.

El griego no supo dar respuesta y siguió caminando sin decir palabra. Quería cumplir el encargo. Al fin y al cabo no estaba mal pagado.

– Frente a un vigilante armado no tenemos ninguna escapatoria -murmuró enojado.

La garita estaba a oscuras. A un tiro de piedra, Anne y Spiliados buscaron abrigo detrás de unos matorrales, unos pasos fuera del camino. Luego el griego cogió una piedra y la lanzó en dirección a la casa de madera. El proyectil chocó ruidosamente contra la pared de la casa y rodó por el camino. Silencio.

– Parece que los señores levantaron el vuelo -susurró Georgios.

Anne asintió. Con cuidado se acercaron a la cabaña. Daba la impresión de que nadie se había detenido aquí desde hacía mucho tiempo. Anne sacó su linterna y enfocó a través de la ventana: una caja, una mesa sencilla de madera y dos sillas constituían todo el mobiliario. En la pared había colgado un viejo teléfono de campaña, el primer indicio de que en alguna parte de este solitario lugar habitaba gente. La puerta estaba cerrada.

– La gente de Leibethra tiene que sentirse condenadamente segura -observó Anne-, ya que no cubren sus puestos de vigilancia.

– Quién sabe -replicó Spiliados-, tal vez nos vienen observando y andamos a tientas directamente hacia una trampa.

– ¡Usted tiene miedo, Spiliados! -siseó Anne von Seydlitz airada-. Bien, ha cumplido su parte. Se lo agradezco. -Anne alargó la mano al griego-. ¡Aquí tiene sus cien dólares!

Parecía realmente como si Georgios tuviese miedo, pero la observación desfavorable de la kiria tuvo como consecuencia que él replicase obstinado:

– ¡Guarde su dinero! Lo tomaré cuando usted esté de vuelta sana y salva. La acompañaré hasta estar seguro de que ha alcanzado su meta.

No otra cosa había querido conseguir Anne con su provocación; pues sospechaba que le quedaba el trecho más peligroso de camino por recorrer. El sendero poco firme compartía el fondo del barranco con un arroyo caudaloso, que cubría el terreno en aquellos lugares donde ambos rodeaban un saliente de risco, de modo que si uno no quería vadear a través del agua borbollante debía saltar de una roca a otra, una empresa arriesgada a la tenue luz de la luna.

La idea de Spiliados de que probablemente eran observados no le parecía a Anne tan absurda como quiso dar a entender a su acompañante. Aquí en la angostura del barranco no la abandonaba la aprensión de que en alguna parte podía abrirse una esclusa. Entonces no tendrían ninguna posibilidad de escapar. Pero sólo lo pensaba en silencio.

El frío que traía consigo el arroyo le subía por las piernas y brazos haciéndola temblar. Pero tal vez era también la idea de que no había escapatoria de este barranco. Su respiración se hacía más difícil y el aire frío le producía dolor en los pulmones como un cuchillo afilado; pero Anne seguía andando esparrancada, siempre cuesta arriba. Donde el camino iba por terreno despejado había claridad, pero entre las altas paredes rocosas raramente penetraba un rayo de luz. Georgios caminaba delante.

De repente -Anne ignoraba cuánto tiempo llevaba trotinando silenciosa detrás de Georgios- el griego se detuvo. Ahora también lo vio Anne: a menos de cien metros un foco eléctrico iluminaba una caseta de vigilancia situada entre el arroyo y el sendero, que se ensanchaba en este lugar.

Georgios se dio la vuelta.

– Cómo quiere pasar por allí -dijo y miró arriba hacia la cresta del barranco, que aquí era bastante más baja que en el camino recorrido hasta ahora; pero debía de haber todavía una altura de entre cinco y diez metros de peñascos inaccesibles.

– Primero veamos si la garita está ocupada -observó Anne en voz baja, pero no había terminado de hablar cuando se abrió la puerta de la caseta de madera y salió un hombre. Anduvo aburrido unos pasos arriba y abajo. Se podía ver que llevaba colgada un arma. Finalmente desapareció hacia el interior de su choza.

Cautelosamente, Anne y Georgios se aproximaron al puesto de guardia. Parecía una caseta idéntica a la que habían inspeccionado más abajo.

Durante un buen rato estuvieron mirando la barrera; luego Georgios dijo:

– Me parece que los dos contemplamos la misma solución.

– Sí, la única posibilidad de pasar sin ser notado es el arroyo.

– Y está condenadamente frío.

– Sí -dijo Anne. Pero mientras Georgios dudaba si la kiria tomaría sobre sí el riesgo y la fatiga, Anne ya se había decidido.

– Gracias, Georgios -dijo y estrechó la mano al griego. Luego le entregó el dinero y empezó a quitarse los zapatos y los calcetines. Mientras se arremangaba el pantalón, dijo tranquilamente-: Si en una semana no le he dado señales de vida, avise a la policía.

– Me temo que no servirá de nada. Desde que existe el mundo, no se ha perdido por aquí ningún uniforme de policía.

Anne hizo un gesto tranquilizador con la mano: está bien, y se fue.

6

A pocos metros de la choza, donde el rayo de luz echaba un círculo de claridad sobre el camino, entró en el arroyo y vadeó por el agua helada, colocando cuidadosamente un pie detrás del otro. Sostenía el bolso y los zapatos apretados contra su pecho. Por suerte el agua sólo le llegaba a las rodillas. Así, más fácilmente de lo que esperaba, alcanzó la otra parte del puesto de guardia.

Al abrigo de la oscuridad se puso los zapatos y continuó subiendo cuesta arriba. El camino estaba ahora por la derecha encajado en la roca, mientras que por la izquierda la montaña bajaba en un abismo abrupto ofreciendo la vista de un tenebroso y pedregoso valle.

Cuando Anne rodeaba un saliente de peñasco, se detuvo como pasmada: delante de ella se levantaba en la soledad de las montañas una pequeña ciudad vivamente iluminada. Casas y callejuelas parecían como surgidas del terreno. Como si quisiera quitarse un sueño de la mente, Anne se pasó la mano por el rostro. En esto que dirigió la vista hacia arriba y lo que vio casi la dejó sin respiración. Otras casas estaban pegadas a las rocas a una altura de vértigo, pero, a diferencia de las de la ciudad baja, estaban a oscuras, como si ocultasen un lóbrego misterio.

La ciudad de ensueño estaba despoblada. Ni siquiera podía escucharse el ladrido de un perro. Esto hacía la aparición todavía más irreal. Sobre todo la luz penetrante que bañaba las casas de la ciudad baja daba una impresión fantasmagórica, metafísica, como si un rayo hubiese eliminado la vida. ¿Era esto Leibethra?

Al acercarse notó Anne que esta ciudad, que brillaba como la luz diurna, no tenía farolas en las calles; sin embargo, las casas estaban iluminadas de manera inexplicable. Aunque el pueblo estaba pegado a la pendiente de la montaña como una fortaleza inexpugnable, una alta alambrada lo rodeaba en la parte del valle. El camino pedregoso desembocaba en un amplio portalón de entrada. Estaba abierto de par en par. Más allá la calle estaba adoquinada y limpia como un escenario antes del estreno, y de algún modo esta ciudad fantasmal vacía recordaba a un decorado de teatro. Para que pareciese una ciudad real, faltaban el polvo de la calle, los papeles que generalmente hay tirados por el suelo y la hojarasca otoñal de los árboles, pero sobre todo faltaban los sonidos que emite también una ciudad dormida.

Mientras Anne contemplaba el espectáculo de Leibethra como una aparición extraterrestre y pensaba qué debía hacer ahora, sucedió lo más inesperado, escuchó una voz humana monótona, que se acercaba desde el fondo resonando cada vez más fuerte por las calles. Anne pensó de pronto en un sereno medieval, así sonaba por lo menos su clamor, pero al aproximarse reconoció Anne el texto latino de una coral gregoriana.

Atravesó de prisa el portalón y se escondió en la entrada de la primera casa, desde donde, protegida por una columna de piedra, podía divisar toda la calle principal. No tardó mucho y apareció de una de las callejuelas laterales la figura de un hombre. Tenía la cabeza pelada y vestía un ropaje claro, largo, una especie de hábito de fraile, que caía en amplios pliegues de su cuerpo magro. Cantaba su piadosa coral con el fervor de un devoto en la iglesia.

Anne se sobresaltó. ¿La había descubierto? El hombre venía directamente hacia ella mientras seguía declamando con voz firme. Temerosa buscó protección detrás de la columna. Entonces el calvo se detuvo, extendió los brazos y gritó en la noche de modo que resonaba en las paredes de las casas:

– Qui amat animam suam, perdet eam; et qui odit animam suam in hoc mundo, in vitam aeternam custodit eam. -Luego se giró en sentido opuesto y anunció-: Ego sum vía, veritas et vita. Nemo venit ad Patrem, nisi per me.

El hombre vestido de blanco daba una impresión de desvarío. Dejó caer lentamente los brazos y miró al cielo. Así se quedó inmóvil, rígido como una estatua. Anne esperaba que alguien se sintiera molesto por el declamador solitario, que en alguna parte se abriera una ventana o que alguno saliese a la calle. Pero nada parecido ocurrió. Se podía pensar que el calvo era el único habitante de Leibethra.

¿Debía hablarle? Antes de haber tomado una decisión, Anne salió de detrás de la columna, de modo que el otro tenía que verla. Él, sin embargo, permaneció en su postura estática y no se dejó incomodar ni por unas tosecillas insistentes que Anne estaba segura él había oído.

– ¡Hola! -gritó Arme y avanzó un paso hacia el calvo-. ¡Hola!

Entonces éste ladeó la cabeza hacia ella y abrió los ojos con infinita lentitud. No daba la impresión de haberse sorprendido, incluso casi parecía que la estaba esperando, pues le sonrió bondadosamente y le alargó una mano. Sin embargo, lo insólito fue que empezó a hablar y dijo:

– ¿Quién sois vos, forastera?

– ¿Usted entiende mi lengua? -replicó Anne, asombrada.

– Entiendo todas las lenguas -respondió indignado el calvo, como si fuera lo más natural-. No habéis contestado a mi pregunta.

– Me llamo Selma Döblin -mintió Anne. Porque no se le ocurrió otra cosa, empleó el nombre de soltera de su madre.

El calvo asintió:

– No puedo revelaros mi nombre. No me está permitido. Os asustaría. Yo soy la discordia personificada. Llamadme Discordia.

– Curioso nombre para un monje piadoso -replicó Anne.

– Entonces llamadme Soberbia si os gusta más -contestó el hombre-, o Híbrido, pero por el diablo no me llaméis piadoso.

Anne se estremeció porque los ojos antes bondadosos del calvo de un momento a otro habían adquirido una mirada punzante que daba miedo. Discordia o Soberbia o Híbrido o como quisiera llamarse el hombre sostenía la mirada fija, casi hipnótica dirigida a Anne, que vio en él la faz de una persona en la que se mezclaban milagrosamente la estupidez de un demente y la sagacidad de un filósofo, y comprendió en seguida que el hombre calvo que estaba frente a ella pertenecía a aquel círculo protector humano con que se rodeaban los órficos para protegerse de intrusos no deseados. Pero también percibió que este hombre podría serle útil si se daba buena maña.

– Habéis violado la ley -dijo el calvo con voz helada-. Ningún habitante de Leibethra abandona su casa de noche sin ser castigado. Esto debéis saberlo, aunque seáis nueva. Informaré del incidente. -Diciendo esto señaló con el índice hacia el cielo, donde se erigía la ciudad alta en la oscuridad-. ¡Y ahora venid!

El desmirriado monje agarró con fuerza el brazo de Anne y la arrastró junto a él como a una ladrona camino del interrogatorio. Hubiera podido huir, pero en tal caso surgía la pregunta ¿a dónde? Así que se dejó llevar y recorrió con el hermano Discordia toda la calle principal hasta un cruce. La casa de la esquina a la derecha tenía dos pisos igual que las demás, pero era más amplia y tenía muchas ventanitas. Un pasillo desnudo conducía a una escalera con peldaños de piedra y con una barandilla angulosa de hierro. Parecía una jaula gigantesca, porque entre cada piso se había colocado rejilla. Igual que las calles la escalera estaba vivamente iluminada.

Anne intentó no pensar en lo que podía ocurrirle. Lo has querido así, se decía. Sin soltarla, el calvo la condujo, a través de una puerta, a una gran sala en el primer piso. Aquí reinaba una luz crepuscular y Anne reconoció unas veinte literas en las que dormía gente. El dormitorio parecía estar limpio, pero la idea de que uno de los durmientes pudiera de pronto abalanzársele tenía algo de amenaza.

Discordia le indicó una litera vacía cerca de la ventana y desapareció sin decir palabra. Antes del amanecer, esto lo tenía muy claro, tenía que huir de aquí. Discordia iba a delatarla y quién sabe lo que harían con ella.

7

Mientras estaba sentada allí reflexionando, con la cabeza apoyada en las manos, tuvo la sensación de que alguien se le acercaba por detrás, creyó incluso sentir una mano en su pelo. Con un impulso se giró, dispuesta a abalanzarse sobre el atacante, entonces vio la cara asustada de una muchacha, casi una niña, de facciones suaves, delicadas. La muchacha se protegió el rostro con las manos como si temiera ser golpeada. Anne se contuvo. Cuando la muchacha notó que la extranjera no quería pegarle, se acercó, puso su mano en el pelo de Anne y lo acarició como algo muy valioso. Anne comprendió: el pelo de la muchacha estaba cortado al rape. Todas las cabezas en esta habitación estaban rapadas.

– No tengas miedo -susurró Anne, pero la tímida muchacha se asustó y fue a esconderse bajo la manta de su cama.

– No os entiende -llegó una voz del rincón trasero-, es sordomuda, además sufre infantilismo, si sabéis lo que es. -La mujer era vieja, fuertes arrugas cruzaban su rostro y sus párpados caídos transmitían la impresión de una tristeza infinita. Aun así parecía bastante inteligente. Esto no lo podía disimular ni siquiera el pelo rapado, que degradaba a todos a la condición de internos del establecimiento.

Anne examinó a la anciana. Ésta colocó la mano sobre el pecho y dijo casi con orgullo:

– ¡Esquizofrenia hebefrénica, ya entendéis! -Y al cabo de un rato, mientras gozaba del estupor de Anne-: ¿Y vos?

Anne no sabía qué responder. Ostensiblemente la vieja se interesaba por el motivo de su internamiento.

– Podéis hablar abiertamente conmigo -opinó finalmente-, soy médico. -La anciana hablaba bastante alto y Anne temía que los otros del dormitorio despertasen. Como Anne no respondía, la vieja se levantó de su cama. Llevaba una camisa larga de dormir, bajo la que asomaban unos pies blancos anormalmente grandes, y se le acercó.

– Ningún temor -dijo en tono más bajo-. Soy la única normal aquí. Doctora Sargent. Permitidme adivinar por qué estáis aquí. -Diciendo esto se colocó frente a Anne, le apretó con los pulgares los huesos de las mejillas y le levantó el párpado derecho-. Yo diría catatonía perniciosa, si sabéis lo que es.

– No -replicó Anne.

– Bien, la catatonía, es decir extravío a causa de la tensión, se manifiesta a través de trastornos de la función motriz, estados de ansiedad y excitación psíquica. En determinados casos va unida a una subida general de la temperatura del cuerpo. Entonces hablamos de catatonía perniciosa. No deja de ser peligrosa, mi niña.

Los conocimientos y la claridad con que hablaba la anciana, dejaron atónita a Anne. ¿Qué debía pensar de esta enigmática doctora Sargent? Debía reconocer que su pulso iba a toda velocidad, la inesperada situación la inquietaba profundamente y era posible que sus movimientos pareciesen incontrolados; ¿cómo diablos pudo reconocerlo tan rápido la vieja?

– ¿Qué os ha dicho? -preguntó la doctora Sargent de repente.

– ¿Quién?

– ¡Johannes!

– No quiso decir su nombre. A propósito, me llamo Selma, Selma Döblin.

La anciana asintió:

– Llamadme simplemente doctora. Todos aquí me llaman doctora.

– Pues bien, doctora. ¿Por qué usa usted este extraño tratamiento, por qué dice «vos»?

La doctora Sargent levantó las manos:

– Órdenes de arriba. Todo lo que ocurre aquí viene ordenado de arriba. Os aconsejaría no contrariarlos. Aplican duros castigos… ¿Os ha convertido Johannes a la fe cristiana?

– Recitaba algo en latín.

– Pobre muchacho. No lleva mucho tiempo aquí. Es un ex sacerdote que perdió la razón y ahora se cree el evangelista Juan; canta día y noche fragmentos de los evangelios y pretende convertirlos a todos. Un caso típico de paranoia. Sería interesante saber por qué se desató. Existen momentos en que blasfema como un picapedrero. Por lo demás es inofensivo.

– Dijo que nadie podía salir de noche a la calle, que era contrario a la ley.

– Es cierto -respondió la doctora Sargent-, todos lo cumplen menos Johannes. Goza de cierto privilegio. Por qué, nadie lo sabe.

Anne tenía en la punta de la lengua la pregunta: ¿por qué está usted aquí, pues?, ¿acaso no da usted la impresión de ser normal? Sí, se agolpaban todavía muchas preguntas: ¿por qué no se hace usted una idea de dónde pueda venir yo a altas horas de la noche?, ¿por qué conversa conmigo como si llevara tiempo esperándome?, ¿por qué no se interesa con más detenimiento por mi estado mental? Pero todo esto no lo preguntó Anne von Seydlitz. No se atrevió.

– Os harán un diagnóstico -empezó la doctora Sargent de nuevo-, y es recomendable cumplir el cuadro clínico de este diagnóstico. -A Anne le parecía como si la mujer hubiese adivinado sus pensamientos- Dadles el gusto -siseó fuertemente- y no lo pasaréis mal aquí. De lo contrario…

– ¿De lo contrario?

– ¡Nadie ha salido de aquí sin el permiso de arriba! Yo por lo menos no he oído de ningún caso.

Después de estas palabras se hizo una larga pausa, en la que cada una reflexionaba sobre la otra. Finalmente Anne se armó de coraje y preguntó:

– ¿Lleva mucho tiempo aquí, doctora?

La doctora Sargent bajó la vista y Anne temió haber tocado con su pregunta un punto sensible, apropiado para dar un vuelco al estado psíquico de la doctora Sargent; pero al cabo de un rato la mujer respondió resignada, aunque controlada:

– Vivo en Leibethra desde hace doce años. Si bien aquí -y golpeó con el índice el borde de su cama- llevo un año. Esquizofrenia, afirman. ¡Oídlo, esquizofrenia! En realidad mis investigaciones ya no se adaptaban a sus planes.

De pronto la doctora Sargent colocó el dedo sobre su boca. Se oían pasos en el corredor.

– Ronda de control -dijo la doctora-, ¡rápido bajo la manta! -Y antes de darse cuenta, la doctora Sargent la atrajo bruscamente a su cama y estiró la manta de lana cubriéndolas a las dos hasta la cabeza.

En el mismo instante entraron en la sala dos vigilantes uniformados y echaron una ojeada sobre los durmientes. Llevaban gorras de cuero y correaje del que pendía la porra y el estuche de la pistola. Cuando hubieron abandonado la sala, la doctora Sargent retiró la manta y dijo:

– Ahora tendremos paz hasta la mañana. No es recomendable relacionarse con estos tipos. Son brutales, creedme, verdaderos perros sanguinarios.

Anne se levantó. El breve rato con la doctora Sargent debajo de la manta le había proporcionado un profundo malestar. Fue a su litera y se acostó. Ahora notaba el esfuerzo que le había exigido llegar hasta aquí y sus miembros se volvían pesados. Estaba tendida rígida y embotada y escuchando, Anne escuchaba en la noche porque no podía creer que viviera en una ciudad sin sonidos.

Así cayó en un sopor, en un estado de duermevela, aunque una parte de su cerebro no podía dejar de imaginar cómo iba a pasar el día siguiente, no podía dejar de pensar si no sería mejor huir de allí y esconderse. Pero para ello estaba demasiado cansada. La pesadez de su cuerpo la mantenía pegada a la dura litera y Anne tenía la sensación como en sueños de querer huir y no poder porque sus miembros no obedecían.

Así estuvo dos, tres horas entre la tortura y la recuperación, cuando desde fuera se aproximó una voz quejándose llorosa; la voz de hombre repetía la misma palabra. En el silencio sepulcral, Anne encontró el grito interminable bastante extraño, pero de pronto le pareció como si alguien voceara su nombre.

Anne se incorporó. Escuchó con la boca abierta, y ahora lo oía claramente:

– Anne… Anne.

Con cuidado, para no hacer ruido, Anne se levantó y se deslizó hasta la ventana próxima.

En medio de la calle vivamente iluminada, a una distancia de no más de cincuenta metros, había un hombre vestido de negro que llamaba la atención por su cara pálida. Guido. Anne tragó saliva. Se restregó los ojos. Con la derecha se pellizcó la mano izquierda hasta que dolió, pues quería asegurarse de que no estaba soñando. Anne quería gritar. No pudo. Como si el hombre vestido de negro supiera que ella estaba detrás de esta ventana, volvió el rostro hacia ella: era él.

Anne se fue de puntillas a la doctora Sargent. Pero ésta dormía. Primero tuvo que sacudirla para despertarla e incluso cuando estuvo despierta apenas pudo conseguir que mirase por la ventana.

– ¿No oye usted al que grita? -susurró Anne, apremiante.

– Es nuestro evangelista Johannes -refunfuñó irritada la doctora Sargent.

– ¡No! -replicó Anne-. ¡Mire por la ventana!

– Entonces es Mauro, el bailarín de ballet. A veces tienen que capturarlo de noche. Afirma haber bailado antes en el Bolchoi.

Anne agarró del brazo a la doctora Sargent.

– Por favor, venga. Sólo quiero que me confirme lo que veo.

La doctora Sargent se opuso.

– ¿Confirmar? ¿Por qué tengo que confirmarlo?

Anne respondió tartamudeando:

– El hombre que está en la calle… creo… estoy segura… el hombre que está en la calle es mi marido.

– ¿Está aquí?

Al cabo de un largo rato:

– Hace tres meses que murió en un accidente de tráfico.

La inesperada afirmación despabiló a la doctora Sargent. Miró a Anne a la cara y se levantó contrariada como si quisiera decir: si no queda otro remedio. En cualquier caso, con sus gruesos calcetines, que no se quitaba ni de noche, se dirigió a la pequeña ventana y miró hacia fuera. Anne oía aún el grito lastimero:

– Anne… Anne… Anne.

Irritada, la doctora Sargent movió la cabeza a un lado y a otro, se puso de puntillas para ver mejor, luego dio la vuelta y gruñó, mientras volvía a su litera:

– ¡No veo a nadie en la calle!

– ¡Pero escuche los gritos, pues!

– No oigo nada ni veo nada -respondió la doctora Sargent bruscamente-. Alucinación junto con acoasma, enfermedad orgánica de los lóbulos de la sien en el cerebro. -Luego se cubrió con la manta de lana hasta la cabeza dando la espalda a Anne.

Anne no entendió sus palabras, pero escuchaba todavía los gritos y apretó su frente contra el cristal de la ventana: Guido había desaparecido. Sin embargo en su cabeza resonaba el eco maligno: Anne… Anne. Sus ojos perforaban el adoquinado desde donde resonaron los gritos, pero el adoquinado permanecía iluminado y solitario. No podía ser. No debía ser. ¿Estaba al borde de la locura? Anne sentía que su cuerpo estaba tenso a punto de desgarrarse. Empezó a pensar si no estaría viviendo en un mundo imaginario, si no habría soñado la muerte de Guido y sus fatales consecuencias, si la desamparada imagen de su marido no estaría sólo en su propio delirio.

El cristal enfriaba su frente ardiente y Anne la apretaba con toda su fuerza. No estaba en condiciones de pensar que el cristal tiene una resistencia limitada, que cede con un golpe. Temblaba y miraba fijamente la calle vacía, y de sus ojos brotaron las lágrimas. De pronto saltó el cristal hecho trizas con un fuerte estruendo. Anne sintió como un chorro caliente que recorría su cara, luego le pareció caer en la profundidad infinita, percibía el frío de un fondo negro que se aproximaba cada vez más, antes de chocar duramente y perder el conocimiento.

8

Cuando despertó, todavía (¿o de nuevo?) era de noche y en el escueto dormitorio nada había cambiado. Anne se palpó con las manos la cabeza. Llevaba una venda en la frente, pero lo que más la sobresaltó fue notar que tenía el pelo rapado como los demás habitantes de Leibethra.

Aquí no te puedes quedar, fue su primer pensamiento. Pero antes de concebir un plan sobre lo que debía hacer, tuvo conciencia de que así, con la cabeza rapada, había sido admitida en Leibethra: era uno de ellos y no se le ofrecería mejor oportunidad para averiguar el misterio de este lugar. Con todo, tenía miedo, miedo de Guido, que se dejó arrebatar por este teatro, o -si no era él- miedo de aquellos que la habían incluido a ella y a su miedo en sus enredos.

– ¿Qué tal, de nuevo despejada?

Anne miró hacia atrás. Era la doctora Sargent, que, apoyada sobre el antebrazo seguía pendiente de los movimientos de Anne.

– ¿Qué me ha hecho? -quiso saber inquieta y tiraba nerviosa la venda de la cabeza.

– ¡Mejor sería que preguntaseis qué habéis hecho! -replicó echando chispas la doctora Sargent-. Estabais delirando y quisisteis atravesar el cristal con la cabeza. Os habríais cortado el cuello si yo en el último momento no os hubiera arrastrado hacia atrás. Además, continuamente decíais desatinos de un tal Guido.

El tono despectivo de su voz irritó a Anne.

– ¿Debo agradecerle que me haya salvado la vida? -preguntó desafiante.

– Soy la doctora Sargent -dijo la anciana fríamente-, es mi deber salvar la vida.

– Gracias -dijo Anne.

– Está bien.

La luz de la sala estaba amortiguada, pero aún era lo bastante clara como para poderlo ver todo. Anne miró a la ventana.

– ¡Doctora Sargent -gritó por lo bajo-, la ventana!

– ¿Qué pasa con la ventana? -preguntó sin ganas la doctora Sargent.

– Creí que había roto el cristal con mi cabeza…

– ¡Claro que sí!

– ¿Pero el cristal está entero, no? ¿Pretende decirme que ya fue reparado?

– Sí, eso pretendo. ¡Al fin y al cabo, habéis dormido durante cuatro días!

– ¿Cómo?

– Dos días y dos noches. El doctor Normann no se anda con chiquitas. Nadie aquí se anda con chiquitas cuando se trata de tranquilizar a un interno del establecimiento. El valium se usa aquí por bidones.

Anne se subió la manga de la camisa larga que le habían puesto. Ambos brazos revelaban marcas de inyecciones.

– ¿Os sorprende? -preguntó la doctora Sargent-. ¿Os habíais creído que la gente aquí es de naturaleza pacífica? Mirad a vuestro alrededor. Observad a cada uno, a cada uno.

Como por obligación se levantó Anne de su litera y caminó a paso lento por el dormitorio. Allí estaban tendidas mujeres con acromegalia, con grandes cabezas rojas y desproporcionadas, como si fueran talladas en madera; Anne vio seres deformes, con miembros torcidos y muecas estúpidas y otros de una estatura que levantaba dudas de si podían moverse por sí mismos. El corazón de Anne latía ferozmente y la sangre golpeaba sus sienes. Estaba confundida. Habiendo llegado a la cama de la doctora Sargent, se arrodilló y susurro:

– Es horrible. ¿Cuánto tiempo lleva aguantando esto?

– Uno puede acostumbrarse a todo -observó secamente la doctora Sargent.

Comparada con las demás mujeres de esta sala, la doctora Sargent daba la impresión de ser bastante normal. Anne no pudo evitarlo, tenía que soltar la pregunta:

– Dígame, doctora, ¿por qué está usted aquí?

De pronto los ojos de la mujer brillaron feroces y encolerizados. Quería dar una explicación, pero se veía que un pensamiento terrible se lo impedía, y finalmente sólo contestó brevemente:

– Esto tenéis que preguntarlo a los de arriba.

No sería fácil ganarse la confianza de esa mujer. Anne estaba segura de ello. Por esto lo intentó de otro modo, expresando su sospecha de que la doctora Sargent no era aquí paciente, sino que estaba encargada de vigilar la sala. Pero la doctora Sargent nada quiso saber de esto; dijo más bien que aquí cada uno vigilaba al otro, era el principio básico de Leibethra.

Anne desconfió de esta explicación y su sospecha de que la doctora Sargent podía pertenecer a la casta de los órficos y no a la de los enfermos mentales del establecimiento se reforzó aún más, cuando Anne le rogó que la informase más sobre el curioso hermano Johannes, sobre su pasado y dónde se encontraba. Tenía el incierto presentimiento de que este hombre deplorable podía tener alguna relación con su caso.

Sin embargo, la doctora Sargent le dio a entender claramente que tales averiguaciones no eran gratas, sobre todo la doctora Sargent no dejó dudas de que la consideraba a ella, como paciente, un caso de cuidado, después de aquella supuesta aparición en la calle, en la que sencillamente no quería creer. De todos modos no tenía acceso al departamento en el que se encontraba Johannes, así que le pidió que obrase en consecuencia.

A Anne no le pasó por alto que la muchacha sordomuda, mientras duró la conversación, había observado su boca como si quisiera leer cada palabra de sus labios. Por la tarde, en que llevaban a las mujeres al aire libre en pequeños grupos, pudiendo constatar Anne por primera vez la enorme extensión de la ciudad rocosa que se levantaba por encima de sus cabezas, la muchacha sordomuda le dio un billetito plegado a escondidas de los dos guardianes y de la doctora Sargent. El papel contenía un dibujo que, observándolo mejor, representaba un plano con señales y flechas al principio incomprensibles, en cuyo inicio pudo reconocer su propio alojamiento, mientras que al final se podía leer la palabra «Johannes» con doble subrayado.

Aunque Anne durante el día estuvo pendiente de la aparición de Johannes, el deplorable evangelista no se dejó ver, de modo que por la noche, a pesar de la prohibición, fue en secreto a buscarlo. En ello le fue de gran utilidad el dibujo de la muchacha; pues Leibethra era un conjunto enmarañado de casas y callejuelas parecido a un laberinto, como el del Minotauro en Creta; y nadie se maravillaba tanto como la propia Anne de que no sintiera miedo cuando emprendió el camino completamente sola.

Su único reparo era la posibilidad de encontrarse con Guido en una de las callejas intensamente alumbradas. En tal caso, si Guido de repente estuviera frente a ella, no sabría cómo reaccionar. ¿Huir? ¿O abalanzarse contra él y darle un par de cachetes en la cara? ¿O hacerle una observación sarcástica sobre sus escasas dotes de actor?

Las casas de Leibethra no llevaban número, sino letras o palabras clave, y era casi imposible que un extraño pudiera orientarse. Sin embargo el plano de la muchacha sordomuda se reveló tan exacto, que Anne incluso se desvió de la ruta indicada y siguió un ruido extraño que parecía el gemido de un gato o de un perro o de ambos.

Como los demás edificios, tampoco éste estaba cerrado; bastaba hacer correr el pestillo de la puerta de madera para tener acceso a un patio interior, en el que se apilaban en tres pisos jaulas enrejadas de diferentes tamaños unidas por escaleras empinadas de madera. Aunque ni siquiera la mitad de las jaulas estaban ocupadas, reinaba en el patio gran jolgorio, de modo que nadie vio a Anne al entrar.

El fuerte gemido venía de una jaula en la planta baja y, al acercarse a los inquietos animales, distinguió dos horribles seres de fábula, perros lebreles con cabeza de gato y cola sin pelo. De lejos se los habría creído perros, si no hubiera sido por sus movimientos gatunos con los que ayudados de garras afiladas arañaban un tronco de árbol.

Anne se horrorizó por estos seres gatunos desfigurados, pero maquinalmente buscó en el resto de las jaulas otras creaciones del irresponsable criador de animales. Allí había ovejas caprunas con cola de perro poblada y un cerdo con cuernos como un macho cabrío y el doble de tamaño que un animal corriente, de modo que arrastraba la barriga por el suelo.

La jaula más grande estaba reservada a un monstruo de color negro y pardo, que parecía un orangután, pero sólo del ombligo para abajo. El cuerpo superior del monstruo, por el contrario -y esto era lo más horrible-, mostraba una piel rosada, desnuda, como la de una persona. Tenía los brazos anormalmente largos, en cambio las manos, y sobre todo las uñas, eran las de una persona. La cabeza calva, fuertemente enrojecida, con orejas minúsculas, parecía la de un catcher [5], y los ojos, debajo de abultadas cejas, miraban a Anne con tal nitidez, que no se habría sorprendido si el monstruo hubiera comenzado a hablar preguntándole detrás de las rejas qué andaba buscando por ahí.

Esta idea inquietó a Anne y abandonó precipitadamente el criadero estremecedor tomando de nuevo el camino que le había dibujado la muchacha sordomuda. Éste conducía a una estrecha hilera de casas en una plaza, en cuya parte de enfrente tres altos portales abiertos permitían ver una enorme cueva rocosa, de la que surgía el monótono zumbido de generadores y grupos. En la plaza reinaba gran actividad, de modo que Anne pasó casi inadvertida cuando echó un vistazo a la bóveda, desde donde varios ascensores conducían a la parte alta de la ciudad.

La gente que aquí entraba y salía y subía en los ascensores se distinguía claramente del resto de habitantes de Leibethra. Sólo unos pocos llevaban el pelo corto, la mayoría vestía traje oscuro que daba un aspecto distinguido y clerical. Nadie hablaba con el otro y los que se topaban no se dignaban mirarse.

Por lo visto no había guardias que impidieran a cualquiera llegar a la ciudad alta de Leibethra. Anne se asombró por ello, de igual modo que la sorprendían las negligentes medidas de seguridad que en general había en este lugar. Aunque veía guardianes armados de aspecto marcial, éstos no se prodigaban y su apariencia no daba miedo. La paz y la disciplina que reinaban en todas partes la tenían intrigada; al fin y al cabo se trataba de un establecimiento cerrado de proporciones enormes.

Con el plano de la muchacha sordomuda en la mano, Anne seguía buscando el camino hacia Johannes, el evangelista demente, del cual esperaba obtener nuevas informaciones.

9

Halló la casa detrás de una curva de la calleja descrita, reconocible, según se desprendía del plano, por un caño de hierro que pegado a la fachada de la casa iba a parar al pozo. Del caño murmuraba un arroyuelo sobre el adoquinado.

Anne von Seydlitz había esperado hallar una enfermería parecida a la que ella había sido alojada; para su sorpresa, sin embargo, se ocultaba en la casa una biblioteca o comoquiera que se llame una colección de libros e infolios en habitaciones tenebrosas y polvorientas. Al entrar por la puerta entornada y después de atravesar una antesala que conducía a una escalera estrecha de roble, Anne fue testigo de una conversación mantenida en la habitación de al lado, de la cual salía un rayo de luz.

Primero sólo entendió palabras aisladas sin sentido, porque ambas voces hablaban muy agitadas, pero poco a poco percibió claramente el contenido de la discusión. Sobre todo le pareció reconocer la voz del evangelista Johannes, que con voz excitada tronaba contra el otro. Esto asombró mucho a Anne, ya que Johannes, al que había conocido como demente, era tomado muy en serio por el otro; tampoco sus palabras daban motivo para dudar de su juicio.

El tema del que trataban era la primera carta de Johannes, en la que éste prevenía a sus lectores de Asia Menor contra los maestros heréticos, que surgían en gran número cuando se aproximaba el fin del mundo. El desconocido se reía de estas palabras y aludió a Mateo 24, donde el propio Jesús advirtió sobre la existencia de falsos profetas y falsos mesías, lo que, aunque no le faltaban motivos, no fue de utilidad decirlo.

Anne sólo era capaz de seguir superficialmente la discusión especializada, miró intrigada por la antesala. Las habitaciones en las que los libros constituyen la mayor parte del mobiliario reflejan normalmente paz y armonía; sin embargo, en esta sala los innumerables libros tenían el aspecto de ladrillos para edificar un enorme caos. Principalmente la inducía a pensar esto el hecho de que muchos libros no mostraban sus lomos cubiertos, sino la parte delantera blanca, desnuda, o la parte de arriba de igual suerte (lo que sorprendía era que estaban colocados al revés, es decir, con el lomo hacia la pared, o de espaldas, es decir, con la parte de abajo a la pared). A ello se añadía que entre casi cada dos libros brotaban papeles aislados o pilas de papeles y el polvo que los envolvía hacía sospechar que habían sobrevivido hacía tiempo a su primitiva importancia y contenido. No había ningún mobiliario, aparte de una mesa cuadrada alta y de una silla que estaban en medio de la sala.

La discusión de ambos hombres terminó abruptamente y Anne se ocultó detrás de un saliente de la pared en la parte trasera. Primero apareció Johannes en la puerta; meneaba irritado la cabeza, murmuró unas palabras ininteligibles y subió por la estrecha escalera al piso de arriba, donde dio un fuerte portazo.

Poco después siguió el otro con un fajo de documentos bajo el brazo. Anne lo reconoció en seguida, pero el encuentro inesperado dejó muda a Anne, cuando desde la sombra salió al encuentro del hombre. Naturalmente que había oído ya esa voz; se acordó: Guthmann.

Él no la reconoció en seguida, porque Anne llevaba todavía un pañuelo negro alrededor de la frente, encasquetado como un turbante, para ocultar su vendaje.

– Soy Menas. -Guthmann se acercó a Anne e inclinó la cabeza a modo de saludo.

– ¿Menas? ¡Usted es el profesor Werner Guthmann! -replicó Anne, que había recobrado su aplomo-. Y usted me debe todavía una respuesta.

Guthmann se aproximó un poco más y balbució inseguro:

– No entiendo…

– Soy Anne Seydlitz.

– ¿Usted? -Guthmann se espantó. Anne pudo ver cuan sobresaltado estaba el hombre y cómo sus dedos arañaban los documentos.

– ¡Pero esto no es posible! -exclamó.

Anne, inesperadamente, se mostró consciente de su valor; se adelantó un paso hacia Guthmann y observó en un tono agudo:

– Entre estos muros todo es posible. ¿O no lo cree usted así?

Guthmann movió la cabeza asintiendo. Del modo cómo se agarraba a los documentos se podía ver que el encuentro no sólo era penoso para él, sino en extremo desagradable. Anne no se habría sorprendido si de pronto el desconcertado caballero hubiese emprendido la huida.

– Usted me debe todavía una respuesta -repitió Anne insistente-. Yo le dejé una copia del pergamino con un texto copto, pero en vez de traducirlo, usted simplemente desapareció.

– Se lo advertí -replicó Guthmann sin hacer caso de las palabras de Anne-. ¿La han secuestrado hasta aquí?

– ¿Secuestrado? -Anne rió de modo afectado-. He venido por mi propia voluntad. Quiero saber a qué se juega aquí.

Guthmann miraba incrédulo, casi desolado y en tono lloroso dijo:

– Ninguna persona razonable viene libremente a Leibethra.

– ¿Entonces por qué está usted aquí? -preguntó Anne.

– Bueno sí, vine libremente aquí, si se quiere -admitió el profesor-. Bajo el atractivo de la tentación… fue un lazo bien colocado y ahora tengo el cuello dentro.

– ¿Y qué hace usted aquí?

Guthmann inclinó la cabeza como si hubiera esperado la pregunta y respondió:

– Necesitan mis conocimientos y mi trabajo…

– …¡porque Vossius está muerto y era el único que estaba enterado del secreto de Barabbas!

– ¡Dios mío! ¿Cómo lo sabe?

– Profesor Guthmann -comenzó formalmente Anne-, llevo varios meses persiguiendo a un fantasma que ha dejado huellas en los lugares más diversos del mundo. El nombre de este fantasma es Barabbas. Y según parece, se ha deslizado en un evangelio desconocido hasta ahora por la ciencia bíblica. Es, por decirlo así, el quinto evangelio.

– ¡Usted sabe demasiado! -gritó Guthmann espantado-. ¿Por qué no da por terminado el asunto?

– No sé todavía bastante. Sobre todo quiero averiguar la verdad sobre la doble vida de mi marido. ¿Conoce usted a Guido von Seydlitz?

– No -aseguró Guthmann.

– Propiamente debería preguntar: conoció usted a Guido von Seydlitz; pues de hecho perdió la vida en un accidente de automóvil y yo pagué dos mil quinientos marcos por su entierro. Pero hace tres días estaba aquí, de noche, en la calle y gritaba mi nombre, y también estuvo sentado de noche en casa, en nuestra biblioteca. No sé ya qué pensar. En cualquier caso no cederé hasta que no lo tenga todo bien claro.

Durante un buen rato Guthmann no dijo una palabra, tenía la vista fija en el suelo, luego preguntó a Anne:

– ¿Y por qué vino usted hasta aquí?

– Muy sencillo -contestó ella-, el hombre al que llaman evangelista fue el primero que encontré. Se dice que está perturbado y realmente hasta ahora daba esta impresión; pero cuando antes fui testigo de su discusión… en cualquier caso me parece que sabe algo. ¿Quién es este hombre?

– Su nombre es Giovanni Foscolo, pero esto carece de importancia. Es especialista en el Nuevo Testamento y no sólo se sabe de memoria los cuatro evangelios, sino que también cita todas las cartas del apóstol Pablo a los romanos, corintios, gálatas, efesios, filipenses, colosenses, tesalonicenses, a Timoteo, Tito y Filemón, así como el Apocalipsis de Juan. Especialmente conoce todos los nexos, como de Mateo 16,13-20 a Marcos 8, 27-30 o Lucas 9,18-21. Realmente un genio.

– ¡De ahí los numerosos libros antiguos e infolios! -observó Anne mirando alrededor-. ¿Pero por qué todos dicen que está loco si es un genio?

Guthmann se encogió de hombros, pero Anne von Seydlitz tuvo la impresión de que quería ocultarle algo.

– ¿Podría ser tal vez -preguntó Anne, formalista- que el jesuita hubiera dado con un indicio que derrumbó su mundo?

Vio cómo el profesor se espantaba:

– ¿Qué quiere usted decir?

– Bueno, si los órficos gastan tanta energía para averiguar el misterio del quinto evangelio y si Giovanni Foscolo era un investigador genial, sería imaginable que hubiera descubierto el fantasma de Barabbas… y que por ello se hubiese vuelto loco.

Estas palabras inquietaron a Guthmann, que empezó a clasificar sus documentos, y su voz sonaba insegura como al principio del encuentro.

– He hablado demasiado -dijo confuso-, además me están esperando. Si me disculpa.

– ¡No, profesor Guthmann! -protestó Anne-. ¡No puede marcharse por las buenas! Ya me dejó colgada una vez.

Guthmann acalló a Anne con el gesto de levantar la mano.

– Más bajo. En Leibethra todas las paredes tienen oídos. Ambos lo pasaríamos mal, si nos encontraran juntos. Propongo que nos reunamos aquí mañana a la misma hora. -Y antes de que Anne pudiera aceptar la propuesta, Guthmann había dado la vuelta y se había marchado.

10

Anne se quedó sola de nuevo en medio de la ciencia muda, en la que, observándola más de cerca, se había posado el polvo como la nieve en un paisaje de invierno. Y como en un paisaje invernal, Giovanni Foscolo había dejado huellas en la hilera donde cogía libros y los dejaba luego en el mismo lugar. Algunas de estas huellas eran frescas del día o del día anterior, otras en cambio ocultaban su antigüedad bajo un polvo nuevo y no pasaría mucho tiempo hasta que desaparecieran del todo.

Títulos de libros en todos los idiomas danzaban ante los ojos de la visitante clandestina: Mithras-Misterios y cristianismo primitivo, The Damascos-Fragments and the Origins of the Jewish-Christian Sect, Estudios teológicos y críticos: ¿cuándo fue introducido Mateo 16, 17-19?, Los escritos apócrifos del Nuevo Testamento, Liber di Veritate Evangeliorum.

Así como el vestido delata la persona, los libros revelan el origen y la edad; pero llamaba la atención que algunos libros parecían estar marcados, puesto que tenían pintados con un rotulador o con tinta negra una O o bien una P. Y cuantos más títulos leía Anne, tanto más llegaba a la convicción: no eran libros piadosos o constructivos lo que se guardaba aquí, sino al contrario, de los estantes brotaba cierta amenaza hacia el observador. Así que Anne casi no se atrevía a sacar del estante uno de los libros marcados. Llevaba el título Los escritos apócrifos del Nuevo Testamento, en el cual había marcado la letra D en negro, pero en una hojeada rápida no proporcionaba mayor información estimulante, de manera que Anne lo devolvió a su sitio.

En el preciso momento en que Anne se disponía a subir la empinada escalera arriba para hablar con Giovanni Foscolo, oyó pasos que se aproximaban a la casa y le pareció aconsejable esconderse detrás de una librería alta. Dos hombres en uniforme de vigilante entraron por la puerta y fueron directamente al piso de arriba. Anne escuchó un breve, violento, intercambio de palabras, y desde su escondite, protegida por una pared de libros, pudo observar cómo se llevaban detenido al jesuita demente.

Anne siguió a los hombres a una distancia prudencial. Entendió lo que Foscolo en voz alta había gritado de noche: «Bienaventurado quien lee las palabras proféticas y escucha y cumple lo que está escrito. Pues el tiempo está próximo», pero no le servía de nada. Foscolo parecía conocer el camino, pues iba unos pasos delante de los guardias por las calles vacías de gente hasta un gran edificio vivamente iluminado con ventanas blancas opacas y un portal de vidrieras, que tenía el aspecto de una clínica.

En este edificio desaparecieron Foscolo y sus guardianes, y aunque nadie impedía el acceso en la entrada, Anne evitó pisar la casa.

Se sorprendió con la idea de que Guido, si realmente estaba vivo, podría hallarse detrás de estos muros.

Las dos únicas personas que podían ayudarla en esta situación eran la doctora Sargent y el profesor Guthmann. Anne desconfiaba de la médico; también el papel de Guthmann le dio que pensar, pero su reserva parecía sólo una prueba de que sabía más de lo que admitía.

Al día siguiente por la noche Anne acudió a la cita con el profesor. No se extrañó de que la biblioteca, en la que la noche anterior había encontrado a Foscolo y a Guthmann, estuviese abierta y bien iluminada aunque no hubiese nadie. Esto formaba parte de las peculiaridades de Leibethra. Ninguno debía sentirse solo e inobservado, nadie. La curiosidad la empujó hacia la escalera que conducía al piso superior y, aunque Anne subió con cuidado extremo los escalones de madera, provocó ruidos crujientes que habrían revelado su llegada si alguien se hubiese encontrado en la casa.

Anne se detuvo en el rellano. Escuchó y, puesto que nada se movía, avanzó tres pasos en dirección a una puerta cerrada. Anne rechazó la idea de llamar, como convenía a un extraño -pero ¿qué era lo conveniente en este lugar?-, y abrió la puerta. Para su sorpresa, la habitación que se abrió ante sí estaba a oscuras. Anne pulsó el interruptor, se encendió una luz en el techo e iluminó un estudio amueblado con sencillez. Sobre una mesa ancha de madera entre dos ventanas que daban a la calle, se apilaban documentos, mapas y papeles atados con cordel. La pared de la izquierda estaba cubierta de hojas que formaban un mosaico irregular y estaban provistas de caracteres de escritura que Anne desconocía, pero que se parecían a los del pergamino. En la pared derecha había un viejo sofá con un estampado geométrico rojo y marrón, como los que se ven a menudo en Grecia.

Cuando Anne cerró la puerta tras de sí, se asustó, pues de un clavo colgaba el largo hábito con el que Foscolo solía entrar en escena. Sin duda esto era el cuarto de estudio de Foscolo, y Anne se preguntó si éste era el aspecto que debía tener el cuarto de trabajo de un loco. El supuesto caos de papel, que continuaba desde las paredes por la mesa hasta el suelo, donde había amontonados otros documentos, revelaba a todo trance un sistema. Una gruesa encuadernación suscitó el interés de Anne. Colocada arriba sobre un montón, estaba escrita a máquina y llevaba la inscripción: Marc Vossius. La tumba sin nombre de Minia en el Egipto medio y su importancia para el Nuevo Testamento. Este descubrimiento llevó a Anne von Seydlitz a dos significativas conclusiones: Vossius era de hecho la figura clave del caso y una pista hasta el momento desconocida conducía a Egipto.

Mientras excitada hojeaba el manuscrito, cuyo contenido era en gran parte ilegible e incomprensible para Anne, sintió de pronto que alguien estaba detrás de ella. Quiso girarse, pero el miedo paralizó sus movimientos. En este momento de rigidez, un brazo rodeó por detrás su cuello y, antes de que pudiera defenderse, le apretaron un pañuelo contra la boca y la nariz, y Anne perdió el conocimiento.

11

Se despertó somnolienta; en cualquier caso pudo recordar más tarde el siguiente suceso. Si lo soñó o realmente sucedió, era incapaz de decirlo. Tampoco sabía dónde había ocurrido, veía sólo una mujer que se acercaba de la oscuridad hacia ella, que estaba tendida con una fuerte pesadez en sus miembros. La mujer sostenía ante los ojos de Anne un péndulo que oscilaba a un lado y otro.

La desconocida empezó a hablar, hablaba con palabras suaves, imperiosas, y aunque su cara permaneció en la oscuridad, por su voz reconoció Anne a la doctora Sargent. Sonaba sorda y distinta de como la había conocido conversando, y su respiración era dificultosa, como si tuviera que realizar un esfuerzo tremendo. El tono que empleaba la doctora Sargent causaba en Anne tanta repugnancia como todo el aspecto de la mujer y, aunque no estaba en condiciones de moverse, se defendía con todas sus fuerzas contra ella.

– ¿Escucháis mi voz?

– Sí -respondió débilmente Anne y notó que le costaba hablar.

– ¿Veis el péndulo ante vuestros ojos?

– Sí. Lo veo. -Anne lo veía efectivamente, aunque no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados.

– Concentraos en mi voz y sólo en mi voz. Todo lo demás a partir de ahora deja de ser importante para vos. ¿Me habéis entendido?

– Sí -respondió Anne casi mecánicamente. Se oponía a contestar, pero no podía hacer otra cosa.

– Ahora contestaréis a todas mis preguntas y cuando despertéis no recordaréis nada.

Anne se resistía, se rebelaba con toda su fuerza contra su propia voluntad, pero un poder invencible comprimió de su interior la respuesta hacia fuera:

– Contestaré y no me acordaré de nada más tarde.

Estaba enfadada consigo misma y habría querido levantarse de un salto y huir, pero tan pronto como había concebido la idea, la invadía de nuevo la pesadez de plomo y quedábase inmóvil.

– ¿Qué buscáis en Leibethra? -La repugnante voz penetró en ella.

– ¡La verdad! -respondió Anne espontáneamente-. ¡Busco la verdad!

– ¿La verdad?… ¡Aquí no hallaréis la verdad!

Anne quiso preguntar: ¿Dónde pues, si aquí no? Pero sentía que había perdido la capacidad de formular preguntas. Su voz no la obedecía. Inquieta esperó, pues, a la siguiente pregunta de la doctora Sargent.

– ¿Dónde habéis escondido el pergamino? -preguntó la voz fuerte e imperiosa.

– No sé de lo que está hablando -replicó Anne sin pensar.

– ¡Hablo del pergamino con el nombre de Barabbas!

– No lo conozco.

– ¡Vos tenéis el pergamino!

– No.

Fascinada esperó Anne la siguiente pregunta; pero la doctora Sargent guardó silencio. Anne no sabía dónde estaba la médico y, por mucho que se esforzaba en identificar algún ruido que le revelara el lugar en que se hallaba, no oía nada y estaba tendida allí como sorda. El intento de abrir los ojos fracasó, como casi todo lo que pretendía con su voluntad se frustraba en la pesadez de sus miembros y comprendió que la doctora Sargent se esforzaba por someterla con ayuda de la hipnosis.

Las palabras de la médico resonaban como un eco maligno en su cabeza: «Dónde habéis escondido el pergamino… escondido… escondido…».

Anne lo había pensado cientos de veces, y por ello lo tenía presente también en esta situación: si revelas el pergamino, tu vida no valdrá un centavo. No te harán nada mientras no posean el pergamino.

Anne era incapaz de decir cuánto tiempo permaneció en esta rígida parálisis; sólo se aferraba a una idea: no revelar nada. Y de pronto, aunque tenía los ojos cerrados, notó una sombra sobre ella y la voz de la doctora Sargent tronó de nuevo:

– Ahora contestaréis a todas mis preguntas y no callaréis nada que esté en vuestra memoria.

Anne sintió los dedos de la médico sobre su frente, un tacto desagradable, pero no consiguió apartarse y defenderse.

– ¿Conocéis el contenido del pergamino? -preguntó la voz apremiante.

– No, no lo conozco.

– ¡Pero tenéis una copia!

– Nadie la puede descifrar.

– ¿Y el original?

– No lo sé.

– ¡Lo sabéis muy bien! -La doctora Sargent se abalanzó sobre Anne. Esta sintió cómo la mujer la agarraba del brazo y la sacudía. Oía las amenazas de su voz fría, babeante:

– Le haremos hablar con inyecciones.

Pero Anne no podía recordar más.

12

Al despertar, Anne estaba tendida en una sala oscurecida en un silencio artificial. Se incorporó e intentó así sacarse la pesantez de sus miembros. La situación estaba preparada para aterrorizarla, pero Anne no sentía el más mínimo temor. Todo el miedo que tenía lo había gastado durante las pasadas semanas. Al contrario, en situaciones como ésta, desarrollaba Anne un valor desconocido. Se levantó, palpó en la oscuridad hacia un tenue rayo de luz, que dibujaba una raya difusa en la sala, y chocó contra una ventana. Palpó una manilla, la abrió y topó con una persiana de madera, que después de levantar el cerrojo se abrió un resquicio.

La claridad le dolía en los ojos y tardó un buen rato en acostumbrarse. Primero vio únicamente cielo, pero al bajar la vista, vio profundamente debajo de ella un terreno rocoso y comprendió que se hallaba en la ciudad alta. Había sido descubierta y debía reconocer que de ninguna manera había entrado clandestinamente en Leibethra, sino que desde el principio estuvo bajo observación.

Anne no tenía motivos para seguir estando a oscuras, de modo que dejó entrar la luz del día en la habitación y vio una sala pobremente amueblada con tablas desnudas en el suelo y una cama horrible de hierro pintado de blanco. La puerta, como todas las puertas de Leibethra, no tenía cerradura, así que no estaba encerrada, y un vistazo al exterior le permitió divisar un pasillo largo provisto de muchas puertas.

No le pareció adecuado explorar los alrededores. Sólo el hecho de que no la hubieran encerrado, le dio a entender lo seguros que se sentían los órficos. Por lo visto no había ninguna posibilidad de escapar. En su actual situación, Anne estaba aún demasiado fatigada. Le dolía la cabeza y, después de haberse tendido en la cama de hierro y haber hundido la cabeza en sus manos, luchaba contra el sueño y además sentía náuseas. Y mientras Anne fijaba la vista en la extraña habitación, su mirada se posó en una silla en la que había vestidos limpios y planchados, y entonces notó por primera vez que llevaba una grosera camisa de dormir como las de los establecimientos psiquiátricos, y se asustó de su propia imagen.

Pero cuanto más miraba los vestidos -restregándose los ojos, pues creía estar soñando-, tanto más se aceleraba su respiración, su corazón le latía hasta la garganta, la sangre le golpeaba las sienes. La indumentaria que tenía frente a ella en la silla era de Guido.

Anne al principio no se atrevía a tocar la vestimenta, pero luego se acercó impulsivamente y comprobó la parte interior de la chaqueta, donde sabía que estaba la etiqueta de un sastre muniqués. Realmente, era el traje de Guido.

Anne lo dejó caer, como si se hubiera quemado los dedos. De pronto le pareció ver ante sí la imagen amenazadora de Guido. Anne sintió cómo el pánico penetraba en ella. ¿Qué clase de juego espantoso, macabro, estaban practicando con ella Guido, los órficos o quienquiera que se ocultase detrás de todo ello?

Justamente quería abandonar la fría habitación, cuando escuchó en el pasillo los pasos lentos y pesados de un hombre.

¡Guido!

Temblaba por todo el cuerpo; sentía cómo sus rodillas cedían. Desesperada se pegó a la cama de hierro y con los ojos muy abiertos miraba fijamente la puerta.

Los pasos se aproximaban, y cuanto más se acercaban, tanto más amenazador percibía Anne su eco. Finalmente, se detuvieron ante la puerta. Alguien llamó.

Anne tenía un nudo en la garganta. Aunque hubiera querido, no habría podido responder. Le faltaba el aire viendo que la manilla se bajaba lentamente y la puerta se abría. Anne quiso gritar, pero no pudo, sólo podía contemplar cómo la puerta giraba hacia ella.

Por segundos se quedaron mudos uno frente al otro: Anne y… Thales. Era el mejilla colorada, quien habló primero:

– ¿Sin duda no me esperabais? -dijo con la mueca desvergonzada que ella ya conocía y que hacía parecer aún más roja su cara rosada.

Anne, todavía incapaz de hablar, meneaba la cabeza con vehemencia. Había creído estar preparada para el shock que le habría producido el encuentro con Guido. Pero ahora, que se le ahorraba esta cita, debía reconocer que no era en absoluto dueña de la situación y que sólo deseaba una cosa: ¡que Guido estuviera muerto, muerto, muerto!

– Desde nuestro encuentro en Berlín -empezó el mejilla colorada con risa de conejo- nos habéis deparado muchas dificultades con vuestro comportamiento y no quiero ocultaros que estáis jugando a un juego peligroso, incluso un juego muy peligroso.

– ¿Dónde… está… Guido? -tartamudeó Anne, como si no hubiese oído en absoluto las palabras de Thales, señalando al mismo tiempo la indumentaria que estaba en la silla. El rechazo que desde un principio había sentido por este hombre se había convertido en odio. El odio de Anne habría bastado para matarlo.

– ¿Dónde se encuentra el pergamino? -preguntó Thales insensible y sin atender a su pregunta, añadiendo fríamente-: Me refiero, claro, al original -mientras, con desacostumbrada fuerza, expelía aire por la nariz.

Cuando notó que Anne no estaba dispuesta a contestar primero su pregunta, cambió de parecer y dijo con aquel repelente autodominio que lo caracterizaba:

– ¿Estabais casada con Guido von Seydlitz? ¿No dijisteis que perdió la vida en un accidente de tráfico?

La frialdad con que la trataba Thales y la ponía en ridículo, hizo dudar a Anne.

– Sí -respondió-, en un accidente de tráfico.

– Repetiré mi pregunta: ¿dónde está el pergamino? Si queréis, podemos negociar sobre cualquier cantidad. ¿Y bien?

– No lo sé -mintió Anne, y se esforzó por demostrar el mismo autodominio que su interlocutor. En todo caso sonó extremadamente provocador, cuando fríamente añadió:

– Y si lo supiera, no estoy segura de que se lo revelase.

– ¿Ni por un millón?

Anne se encogió de hombros.

– ¿Qué es un millón comparado con el seguro de vida que me proporciona el conocimiento relativo al pergamino? ¿Cree usted seriamente que me ha pasado por alto que todos los que sabían algo del pergamino hayan perecido miserablemente? En realidad, sólo existe una explicación del hecho de que yo esté viva.

Thales no daba la impresión de reflexionar mucho sobre las palabras de Anne. Meneó irritado la cabeza y de su gesto podía desprenderse que no estaba dispuesto a responder a reproches. No obstante el hombre era demasiado inteligente para no variar su estrategia de inmediato: Anne von Seydlitz tenía razón, disponía de mejores cartas… eso debía pensar al menos Thales, y con amenazas no se conseguiría nada de esta mujer.

Por ello cambió el tono y empezó con forzada amabilidad a informarla que desde su llegada a Tesalónica había sido observada por los órficos y, al ver la duda en la cara de ella, observó Thales sonriendo:

– Creo que me subestimáis un poco. ¿Creéis realmente que habéis conseguido introduciros a escondidas en Leibethra?

– Sí -replicó Anne con desafiante franqueza-, en todo caso nadie me descubrió ni me impidió entrar en Leibethra.

Enfurecido como un toro excitado, expelía Thales el aire por la nariz:

– Si habéis pisado Leibethra, fue porque respondía a mi deseo -bufó, pero ya de inmediato puso de nuevo su repelente sonrisa-: Georgios Spiliados, el panadero de Katerini que os llevó hasta aquí, es uno de los nuestros. Esto sólo de pasada.

– ¡Pero no es posible! -gritó Anne von Seydlitz, horrorizada.

– Ya dije que me habíais subestimado. Aquí en Leibethra nada se deja al azar. Lo que ocurre aquí, ocurre porque queremos. ¿Habíais creído poder introduciros en Leibethra clandestinamente? Esta idea es tan absurda como creer que se puede uno escapar de Leibethra. Intentadlo, no lo conseguiréis. Sólo un loco tomaría tal determinación. Ya lo veis, en Leibethra no hay puertas cerradas. ¿Para qué?

No podía hacerse a la idea de que Georgios pertenecía a los órficos.

– Georgios no habló bien de ustedes -dijo reflexiva-, y tuve que convencerle a duras penas de que me trajera hasta aquí. Le pagué bien.

Thales se encogió de hombros con risita de conejo y volviendo las palmas hacia fuera:

– Para conseguir el objetivo, cualquier medio nos sirve, ¿lo entendéis?

Anne sólo podía adherirse a esta opinión, pero calló. Demasiadas cosas pasaban por su cabeza. Finalmente preguntó a Thales:

– ¿Qué han hecho con Guido, con Vossius y con Guthmann? ¡Quiero una respuesta!

Entonces a Thales se le ofuscó la expresión del rostro y dijo:

– A algo tenéis que acostumbraros: en Leibethra no se hacen preguntas, se obedece. En este aspecto somos una orden cristiana muy normal. Pero sólo en este aspecto.

– Tuve una conversación con el profesor Guthmann -empezó Anne.

– Con el hermano Menas -corrigió Thales, y añadió-: lo sé.

– No parecía tener mucha confianza.

– ¿Debía parecerlo?

– Tengo la impresión de que Guthmann tiene miedo.

– Menas es un cobarde.

– Pero un importante científico.

– Según se mire.

– Y ustedes necesitan su experiencia.

– Así es.

– ¿No cree usted que ha llegado el momento de decirme la verdad?

– Ya hacéis otra pregunta -replicó Thales-. Por lo demás, ya conocéis la verdad. Sabéis de qué se trata: en una tumba se halló un pergamino copto y en este pergamino está escrito un quinto evangelio. Por desgracia la importancia de este escrito no se conoció hasta mucho después de que sus fragmentos fueran diseminados por el mundo. -Thales se dirigió a la ventana y cruzó los brazos en la espalda. Mirando afuera, continuó-: Este papel es capaz de quebrar el poder de la Iglesia católica. ¡Con este pergamino destruiremos la Iglesia!

La voz de Thales sonó fuerte y amenazadora, como nunca la había oído.

– Tampoco soy devota de la Iglesia -observó Anne-, pero en vuestras palabras habla un odio abismal.

– ¿Odio? -respondió Thales-. Es más que odio, es desprecio. El hombre es un ser divino. Pero aquellos que se atreven a hablar en nombre de Dios niegan todo lo divino. Dos mil años de historia eclesiástica no son sino dos mil años de humillación, explotación y lucha contra el progreso. Los clérigos han construido enormes catedrales centenarias, en honor de Dios, según decían; en realidad, detrás se ocultaba la idea de oprimir a los cristianos, ponerles ante los ojos su pequeñez y su insignificancia. La insignificancia impide pensar, y pensar es veneno para la Iglesia. La Iglesia se mantiene viva a base de órdenes. Su doctrina consiste simplemente en mandar y obedecer. Y todo bajo una divisa: la fe. Creer es más fácil que pensar. Quien en asuntos de fe pregunte a la razón, obtendrá respuestas no cristianas. Y éste es el motivo por el cual la Iglesia, desde su fundación, se opone al progreso y a la ciencia. El creer se acaba cuando empieza el saber. Todos los disparates que propaga la Iglesia hasta ahora se purificaban con una palabra mágica: fe. A quien se declaraba contra la Iglesia, se le certificaba: le falta la fe. Y contra la fe no existen pruebas, sólo contra la incredulidad. -Thales se giró hacia Anne-: Este pergamino es, para la Iglesia, el explosivo que de un día a otro destruirá su poder, ¿lo entendéis?

– Os ofrezco un millón -oyó decir a Thales-. Pensadlo bien. Más pronto o más tarde conseguiremos de todos modos apoderarnos del papel. Pero entonces ya no os servirá de nada. -Luego Thales abandonó la habitación y sus pasos resonaron en el largo pasillo.

Si era cierto lo que Thales decía, si el pergamino era un explosivo, entonces este documento tenía mucho más valor para la Iglesia romana que para los órficos. Anne se horrorizó de jugar con esta idea.

13

Si bien ahora sabía lo que pretendían los órficos, sobre Guido no había averiguado nada. Pero allí estaba su indumentaria, sus pantalones y su chaqueta, y mientras temerosa los miraba fijamente, como esperando que adquiriesen vida, le vino la idea, a falta de sus propios vestidos, de ponérselos y explorar por sí misma la ciudad alta de Leibethra.

La idea era tan descarada y le vino tan de repente, que le gustó, incluso sonreía satisfecha pensando que Guido no podía aparecérsele mientras ella llevara su traje. No existe ninguna teoría de que el miedo sólo pueda vencerse con el objeto del miedo, por ejemplo: el miedo a las serpientes, tocando una serpiente; el miedo a volar, con un curso de piloto… en el traje de Guido de repente ya no tenía miedo a una aparición de Guido, hasta se propuso llegar por fin hasta el fondo en este macabro juego.

El largo corredor que había delante de su habitación estaba cerrado en los dos extremos por vidrieras opacas, pero tampoco estas puertas estaban cerradas con llave. Todo recordaba a un servicio hospitalario. En el centro había una sala de médicos o enfermeras con una ventana de corredera que daba al pasillo. La sala estaba vacía. Anne escuchó curiosa a través de las puertas, pero no oía ningún sonido. La soledad transmitía una sensación opresiva y Anne empezó a abrir una puerta tras otra en el interminable corredor y cerrarlas luego de haber comprobado que no había nadie dentro.

En la última habitación, en la parte opuesta a su habitación del corredor, Anne se detuvo. Se asustó porque había visto treinta o cuarenta habitaciones vacías y en ésta había un paciente. Anne se acercó.

– ¡Adrián!

Existen situaciones que afectan a uno tanto, que es incapaz de razonar, y el entendimiento se niega a asimilar la realidad. En tal situación se hallaba Anne en ese momento; lo único que pudo expresar fue:

– ¡Adrián! -Y una vez más-: ¡Adrián!

Adrián daba una impresión apática y en todo caso parecía menos consternado que ella y sonreía amistosamente. No cabía ninguna duda que se hallaba bajo el efecto de las drogas.

– ¿Me reconoces, Adrián? -preguntó Anne.

Kleiber asintió y al cabo de un rato dijo:

– Naturalmente.

Teniendo en cuenta la vestimenta de ella y el pelo cortado casi al rape no era en absoluto natural.

– ¿Qué han hecho contigo? -preguntó Anne enfurecida.

En esto que Kleiber se estiró hacia atrás la manga de su pijama y miró su antebrazo. Estaba lleno de picadas de aguja.

– Vienen dos veces al día -dijo fatigado.

– ¿Quiénes?

– Nadie se ha presentado con su nombre -forzó una sonrisa.

Entretanto Anne había comprendido todo el alcance de la situación, ahora asediaba a Kleiber con mil preguntas. Kleiber respondía a duras penas, pero claramente, y así se enteró Anne von Seydlitz de que Adrián había sido secuestrado por un comando de los órficos y por caminos de aventura conducido vía Marsella a Salónica.

– ¡Pero esto es una locura! -se enfureció Anne-. La Interpol te buscará. ¡Tú no puedes desaparecer de un día a otro, tú no!

Kleiber hizo un gesto de rechazo con la mano.

– Estos tipos son gángsters desalmados. Debieron de haberme observado y espiado durante días. En todo caso sabían que estaba en posesión de un billete de avión a Abidyan. Conocían la fecha de salida y el número de vuelo y, cuando llegué a Le Bourget, me arrastraron a un automóvil. Entonces perdí el conocimiento. Al recobrarlo, me encontraba con tres hombres vestidos como curas en una limusina camino del sur de Francia. Nadie me buscará. Oficialmente volé a la Costa de Marfil.

– ¿Y cuánto tiempo llevas aquí?

– No lo sé. Cinco, seis días, tal vez dos semanas. He perdido el sentido del tiempo. Estas malditas inyecciones.

– ¿Y los interrogatorios? ¿Te han exprimido?

Kleiber respiraba con dificultad; se veía que se esforzaba por recordar algo, que intentaba no demostrar debilidad. Finalmente meneó la cabeza:

– No, no hubo interrogatorios, en cualquier caso no puedo recordar que me hayan preguntado o molestado. Tendría que acordarme.

Anne observó con cierta amargura:

– Esta gente de aquí entiende algo de drogas y existen medios que hacen perder la memoria por un tiempo determinado. Pero también la paralizan, de modo que tampoco servirían a esta gente. No, creo que quieren convertirte en un ser completamente dócil y en algún momento empezarán a exprimirte.

Adrián cogió la mano de Anne. El amigo que era dueño de cualquier situación y no se turbaba ante ninguna idea tenía un lamentable aspecto de desamparo.

– Qué querrán ahora de mí -balbució lloroso. En este momento de desamparo del hombre, Anne sintió de pronto una profunda atracción hacia Kleiber: sí, creía reconocer que los ojos del periodista de mundo Adrián Kleiber imploraban ayuda. Y mientras tomaba su derecha entre sus manos, dijo Anne en voz baja:

– Siento lo de San Diego.

Adrián asintió, como si quisiera decir: el pesar es mío. Se miraban y se comprendían, se comprendían como nunca anteriormente.

Hacen falta situaciones anormales para encontrarse uno a otro, y ahora ambos pensaron sin duda lo mismo: aquella noche en el hotel de Munich cuando -inesperadamente para ambos- durmieron juntos en un asomo de locura provocada por la aparición nocturna de Guido en su cuarto de trabajo. Sí, ambos pensaban lo mismo, pues Adrián entendió en seguida a lo que se refería, cuando Anne dijo de inmediato:

– Está aquí. Le he visto dos veces.

– ¿Y crees que es él? -preguntó Kleiber observando el traje de caballero que ella llevaba puesto.

– Ni yo misma sé lo que debo creer, y me da lo mismo; todo es posible. El hecho de que tú estés aquí y de que conversemos no es una locura menor. Cuando te vi, en el primer momento dudé tanto de mis cabales como entonces cuando encontré a Guido.

– Anne -dijo Kleiber apretándole la mano aún más fuerte-, ¿qué pretende hacer esta gente con nosotros?

El tono de su voz reveló miedo. Este no era el Adrián que ella conocía, esto era un desecho de persona, atormentado por mil temores. Aunque ella misma no estaba libre de miedos, se encontraba en mejor estado de ánimo. Sus sentimientos habían superado el límite en que el miedo se convierte en furor, furor contra el causante del miedo.

– No temas -dijo-, mientras no reveles lo que sabes, no te harán nada. No te han traído aquí para eliminarte, eso podían haberlo hecho en París. Piensa en Vossius. No, te han traído aquí porque quieren averiguar de ti dónde se encuentra el pergamino. Y mientras no lo sepan y crean que tú podrías darles una pista decisiva, ¡nada tienes que temer!, ¿lo oyes?

– ¿Pero qué podemos hacer? Más pronto o más tarde nos harán confesar lo que sabemos. No tienen escrúpulos. ¿Qué debemos hacer? -Kleiber llevaba la desesperación escrita en la cara.

– ¡Ante todo no debemos resignarnos a nuestro destino! -replicó Anne, animosa-. Debemos intentar salir de aquí.

– Imposible -observó Kleiber-, se sienten tan seguros, que ni siquiera se molestan en cerrar las puertas de las cárceles.

– Esto es nuestra oportunidad, y es la única.

14

Anne se acercó a Kleiber y la siguiente conversación tuvo lugar únicamente entre susurros:

– Hace días que desde mi ventana observo un teleférico de materiales. Circula irregularmente y hay acceso libre a la estación de montaña.

– Tú crees… -Kleiber miró a Anne.

– ¡Adrián, es nuestra única oportunidad! No deja de ser peligroso, pero he visto que en la góndola de madera incluso se transportan bidones de petróleo. Un bidón de petróleo pesa tanto como tú y yo juntos. Creo que el riesgo de perecer aquí es mayor que el riesgo de la huida.

Kleiber asintió apático y al cabo de un rato de reflexión, que le exigió un evidente esfuerzo, dijo con voz triste:

– Te acompañaría, pero no puede ser. No lo conseguiría. Estas inyecciones paralizan cualquier iniciativa. Inténtalo sola. Tal vez consigas más tarde sacarme de aquí.

En el largo corredor se aproximaban pasos.

– La médico con mi próxima inyección -observó Kleiber desalentado.

La advertencia inquietó a Anne. Bajo ninguna circunstancia se la debía encontrar aquí, de lo contrario todo estaría perdido.

Lo que sucedió en el momento siguiente constituyó más tarde un enigma para Anne. No lo había planeado y, al reflexionar en ello, no podía evitar cierto respeto por sí misma. De otro modo, su comportamiento sólo confirmaba la antigua experiencia de que, cuando se pone a la gente contra la pared o en situaciones desesperadas, es capaz de hacer cosas increíbles. Así también Anne von Seydlitz: sin pensarlo se colocó detrás de la puerta y esperó hasta que se abriera.

También por detrás Anne la reconoció en seguida: era la doctora pequeña y pesada del dormitorio. Evidentemente había tenido el encargo de captar su confianza. La doctora Sargent llevaba una aguja de inyección en la mano. Sin pensarlo, Anne agarró una toalla que colgaba de un clavo detrás de la puerta, la echó sobre la mujercilla y tiró de ambos extremos. La mujer lanzó un grito ahogado, su jeringuilla cayó al suelo sin romperse. Con toda la fuerza de que era capaz, la estranguló. Ésta quedó tan sorprendida que no pudo oponer resistencia, y al poco rato cayó al suelo rígida como una tabla.

Adrián había seguido la inesperada escena con los ojos muy abiertos. Sin embargo, ahora que veía a la médico tendida en el suelo, saltó de su cama y acudió en ayuda de Anne. Pero ella rehusó su ayuda y cuchicheó:

– Este monstruo ya no te hará nada.

Sólo cuando Adrián preocupado exclamó:

– ¡Detente, que la matas! -recobró Anne la razón y aflojó la toalla del cuello de la doctora. Esta respiraba con dificultad y se ahogaba como un pez fuera del agua. Anne no quería matar a la mujer, pero su rabia, expresión de su instinto de supervivencia, no había desaparecido aún. Anne recogió la inyección y la clavó en el muslo de la mujer.

Kleiber examinaba a Anne sorprendido, como si quisiera decir: jamás te habría creído capaz de esto. Finalmente dijo temeroso:

– ¿Qué pasará ahora?

La mujer tendida en el suelo gemía ligeramente. Anne se arrodilló a su lado. Adrián se acurrucó junto a su cabeza.

– ¿Qué sucede después de una tal inyección? -preguntó Anne.

Adrián respiró profundamente. Contestó con dificultad:

– Las primeras dos o tres horas estás flotando como en una nube. Lo captas todo muy lejos, pero eres incapaz de reaccionar. Luego la voluntad deja de obedecerte. Por ejemplo, quieres decir algo, pero no puedes, quieres levantarte, pero tus piernas no te obedecen. Es un estado de total apatía.

Anne reaccionó fríamente.

– Bien -constató secamente-, entonces no tenemos nada que temer de ella, por lo menos en las próximas dos horas.

Kleiber asintió.

– ¿Cómo te sientes?

– Bastante bien -mintió Kleiber.

Anne cogió los brazos de Adrián:

– Hemos de conseguirlo. Si nos cogen, nos matarán. ¡No tenemos otra salida!, ¿comprendes?

El pulso de Adrián se aceleró. Comprendió que ahora debía estar despabilado y poner en movimiento sus últimas fuerzas. No había tiempo ni de pensar. Confiaba en Anne. Con ella, la huida sería un éxito; estaba seguro.

– ¡Ven, agarra ahí! -ordenó Anne cogiendo a la mujercilla por las piernas. Adrián la agarró por los brazos y de esta manera la colocaron sobre la cama. La cubrieron de modo que en una rápida mirada desde la puerta pudieran creer que se trataba de Kleiber. Él se puso rápido su propia ropa; Anne se quedó con el pañuelo que le había caído al suelo; luego salieron de la habitación y Anne cogió de la mano a Adrián:

– ¡Ven!

15

En sus exploraciones por el laberinto de la ciudad alta, Anne había descubierto desde el primer día el pequeño saliente en el que colgaba la góndola del teleférico de materiales y ya el primer día había tomado en consideración usar este medio de transporte para escapar. Como todas las puertas de Leibethra, el acceso a la estación de montaña no estaba vigilado. Bidones vacíos, cajas y sacos se apilaban hasta el techo de la estrecha sala esperando ser transportados al valle. ¿Qué podía ser más fácil que colocarse uno de los sacos en la cabeza y camuflados de este modo flotar valle abajo?

Excitado inspeccionó Kleiber la instalación eléctrica, que en comparación con las demás instalaciones técnicas de Leibethra era bastante primitiva: un pesado interruptor manual con un mango de porcelana pasado de moda accionaba el impulso eléctrico, dos flechas indicaban el sentido de la marcha: montaña y valle. La única dificultad, constató Adrián, estribaría en accionar el interruptor y saltar a la góndola -una caja sin tapa colgada de cuatro cadenas- al arrancar ésta; luego, pensó Kleiber, debían desaparecer en sus sacos y mantenerse quietos, pues la góndola se veía desde la ciudad alta. ¿Acaso conocía ella la estación del valle?

Anne esbozó una sonrisa ladina:

– El hombre que me condujo hasta aquí pertenece a los órficos, cosa que yo no sabía. Me lo asignaron desde el principio. Me enteré aquí. Pero cometió un error, en el camino hacia acá me enseñó la estación del valle. Está apartada detrás del puesto de vigilancia en la entrada de la ciudad baja.

Adrián, excitado, agitó los brazos al aire:

– ¡Una trampa, eso es una trampa!

– No lo creo -replicó Anne tranquila-, aunque… a esta gente hay que creerla capaz de todo. ¿Tienes miedo?

En vez de contestar, Kleiber se echó en los brazos de Anne. Ella sentía que estaba asustado y, si era sincera, debía reconocer que ella también tenía miedo. ¿Qué sucedería si descubrieran su huida a mitad de camino? ¿Ambos sin esperanza suspendidos entre el cielo y la tierra? Anne no deseaba pensar en ello.

Mientras sostenía en sus brazos a Adrián, se le agolpaban de nuevo aquellos sentimientos estancados que en las últimas semanas había reprimido con éxito. Quería a este hombre… aunque no tenía el valor de confesarle su amor. Menos en esta situación. Fuera empezó a llover. Gruesas gotas golpeaban la cubierta de chapa y del valle subían vapores de niebla montaña arriba. Anne frunció el ceño y miró escéptica en el valle.

– ¡Maldición -susurró-, y encima esto!

– ¿Por qué? -contradijo Kleiber-. No podía ocurrimos nada mejor. -Sacó un toldo verde de debajo de los sacos-. De esta manera podemos escondernos debajo del toldo sin levantar sospechas a nadie.

– Tienes razón -respondió Anne, mientras Kleiber, que se había vuelto activo, se ocupaba del interruptor eléctrico.

– Éste es nuestro problema -murmuró Adrián reflexivo.

– ¿Cuál? -Anne se le acercó.

– Si acciono el interruptor, la góndola arranca… sin mí.

– Hum… -Anne puso cara pensativa-. ¿Y ahora?

– Tengo una idea -exclamó Kleiber y buscó por el estrecho cuarto.

– ¿Qué idea?

– Necesito un trozo de alambre o un cordel resistente.

– ¡Aquí! -gritó Anne señalando una cuerda que servía para atar los toldos.

Kleiber cogió la cuerda y ató uno de los cabos al mango del interruptor manual. Luego condujo la cuerda verticalmente hacia abajo, la hizo pasar por el trinquete de la barra de una herramienta y la llevó directamente a la góndola. Anne quedó admirada:

– Es genial. Sí, tiene que funcionar. ¡Sencillamente genial!

Kleiber reía.

– Ya lo veremos. Yo por lo menos no veo ninguna otra posibilidad.

Se levantó viento. Gemía por las rendijas de la estación de montaña y Anne miraba preocupada hacia fuera. Adrián cargó sacos vacíos en la góndola, extendió encima el toldo y dirigió una mirada a Anne. ¡Sube!

– ¿Miedo? -preguntó sonriendo para infundir ánimos.

Sin responder, Anne subió a la góndola y se acurrucó debajo del toldo. Adrián le puso en la mano la cuerda conectada con el interruptor, luego subió él mismo en el basculante vehículo y se acomodó lo mejor que pudo. Por un momento, ambos guardaron silencio mirando el valle, donde se cernía la tormenta.

Para darse valor a sí misma, dijo Anne:

– En diez minutos, todo habrá terminado.

E, irónico, añadió Kleiber:

– Allá abajo está preparado el comité de recepción. -Luego tiró de la cuerda.

Con un chirrido el mango del interruptor fue hacia abajo y al mismo tiempo la góndola de madera, dando tirones y sacudidas, se puso en movimiento. Anne y Adrián se colocaron encima la lona dejando sólo una rendija por la que podían divisar el valle. La lluvia arreciaba, crepitaba ruidosamente a través de la lona. Fuertes rachas de viento hacían balancear la góndola y en su miedo Anne apretó la mano de Kleiber. Sería por el efecto aún duradero de las drogas o por haber recobrado su valor, en todo caso él no evidenciaba tener miedo; parecía dispuesto a todo, pues probablemente ya no podía ocurrir nada peor.

No habían recorrido todavía cincuenta metros en su basculante caja, cuando Anne empezó a temblar.

– Ojalá no se caiga -susurró y cerró los ojos. Cuanto más se alejaba la góndola de la estación de montaña, más se balanceaba en todas direcciones, a los lados y de arriba abajo. Una mirada a través de la pared de lluvia a la ciudad colgante de los peñascos que quedaba atrás mostró a Kleiber la enorme extensión de Leibethra, con sus torres y sus construcciones extravagantes, que con este tiempo más parecían el castillo abandonado de Frankenstein que un monasterio.

Entretanto la góndola había llegado a un punto desde donde no se podía ver ni la estación de montaña ni la del valle, de modo que Kleiber apenas podía comprobar si su vehículo seguía bajando. Lo impedía además el fuerte balanceo.

– ¡Estamos parados! -gritó Anne que había abierto los ojos por un momento-. ¡Han desconectado!

Kleiber apretó con la mano la boca de Anne.

– ¡Sólo lo parece! ¡Estáte tranquila, en unos minutos todo habrá terminado! -Luego él le colocó su brazo por encima de los hombros. Anne tenía la respiración agitada, sentía náuseas. Incapaz de discurrir con claridad, sólo pensaba: ojalá este viaje horroroso termine pronto. Incluso si hubiesen descubierto su fuga y recogido la góndola… ¡lo importante era tener suelo firme bajo los pies!

En lo que se refería a Adrián Kleiber, él estaba acostumbrado por su profesión a situaciones extremas y entre sus mejores cualidades estaba el amor al riesgo. Pero sobre todo podía demostrárselo a Anne en esta ocasión. Hacía tiempo que había observado que las ruedas enganchadas al cable seguían moviéndose valle abajo. Sin embargo, la seguridad en que se mecía Kleiber se interrumpió abruptamente.

Ante ellos apareció un poste de sostén y, antes de darse cuenta, la góndola de madera chocó contra el puntal de hierro. La parte encarada al poste, en la que estaba sentado Kleiber, se hizo trizas y arañó el muslo derecho de Adrián, que lanzó un fuerte grito. Instintivamente, cuando vio venir la desgracia, había atraído hacia sí a Anne para impedir que con el impacto fuera expulsada de la góndola abierta. Esto posiblemente le salvó la vida, ya que ello lo obligó a separarse de la pared exterior. El muslo derecho le dolía y al ponerse la mano al rostro estaba roja de sangre.

– ¡Estás herido! -gritó Anne, histérica.

– No tiene importancia -contestó Kleiber con simulada calma. No sabía cómo era la herida en el muslo. Cuando miró a Anne, vio que lloraba con los ojos cerrados. Kleiber no consideró oportuno decir algo. Sólo añoraba el momento en que llegarían a la estación del valle.

Irreal como una aparición mágica, de pronto se presentó ante ellos un cobertizo de madera, una construcción primitiva de tablas con una abertura grande, oscura. Ni Anne ni Adrián tenían la menor idea de cómo detener la góndola.

– Hay que saltar -gritó Adrián-, tenemos que saltar -y estiró a un lado la lona; pero Anne se apoyaba en la parte delantera con la boca muy abierta incapaz de levantarse. La distancia hasta el suelo era ya sólo de unos dos o tres metros, de modo que habría sido posible saltar de esta altura, pero Anne no podía. Adrián la cogía de los hombros intentando arrastrarla hasta el borde de la góndola y gritaba:

– ¡Ven, lo conseguirás, seguro que lo conseguirás!

En este momento el vacilante vehículo dio de repente una sacudida. Se percibió un temblor del cable, luego se quedó quieto. Sólo la lluvia tamborileaba sobre el techo de chapa.

Poco a poco cedió la rigidez de Anne y Adrián exploró el cobertizo en el que habían aterrizado. El cuarto se parecía al de la estación de montaña; también aquí estaban apilados sacos, cajas y cartones con víveres. Al parecer no habían notado su fuga; en cualquier caso nadie los esperaba.

Adrián y Anne se miraron a los ojos. Se rieron, una risa liberadora, feliz, tras momentos de enorme tensión.

– Todavía no lo hemos conseguido -dijo Anne, mientras miraba hacia afuera a través de una pequeña ventana lateral. A menos de cincuenta metros estaban la caseta de vigilancia y el arroyo, casi invisibles en la espesa lluvia.

– ¿Dónde estamos? -preguntó Kleiber inseguro.

– No te preocupes, conozco el lugar. Si conseguimos pasar inadvertidos por la caseta de los guardias, habremos pasado lo peor. ¡Créeme!

Anne se esforzaba por infundir valor a Kleiber; ella misma no quería creer que sería realmente tan fácil escaparse de Leibethra. Sobre todo, al pensar cómo llegó aquí, la asaltaban dudas. En todo caso no se habría sorprendido si hubiera salido un hombre de la caseta apuntando con el arma y hubiera dicho:

– Los estábamos esperando. Vengan. -Pero nada sucedió.

16

La lluvia no invitaba precisamente a abandonar el cobertizo protector, sin embargo ambos estaban de acuerdo en que no podían quedarse allí ni un minuto más. Kleiber colocó a Anne un saco vacío sobre los hombros, un pobre abrigo contra la lluvia y el frío; él mismo enrolló la lona en un hatillo, luego abrió un resquicio el portal desde donde el camino conducía directamente a la caseta de vigilancia y susurró:

– ¿Por qué diablos no huimos en dirección contraria? ¿Por qué debemos pasar necesariamente por la casa?

Anne abrió un poco más la puerta para que Adrián pudiera ver los alrededores más próximos.

– Por esto -dijo fríamente y Kleiber se dio cuenta de que detrás de la estación bajaba un risco hasta el arroyo. Anne, señalando con el dedo, añadió-: Créeme, es el único camino que lleva al valle.

Entonces Kleiber cogió con una mano el hatillo, con la otra la mano de Anne y ambos corrieron hacia la choza.

La fría lluvia les salpicaba la cara, el suelo estaba reblandecido y cenagoso. Con la vista fija en la casa de los guardias, iban aprisa en esa dirección. Al llegar allí, pasaron agazapados furtivamente, luego fueron a toda carrera por el camino pedregoso hacia el valle, siempre montaña abajo, hasta que Anne, torturada por una punzada en un costado, se detuvo jadeante.

Entre los árboles y a su alrededor murmuraba la lluvia. Huellas de ruedas en el camino delataban que no hacía mucho rato que debía haber pasado un automóvil por allí; pero no se escuchaba ningún ruido. Adrián desenrolló la lona, la estiró sobre su cabeza e invitó a Anne a buscar igualmente abrigo a cubierto de la lluvia.

Así trotaron estrechamente abrazados montaña abajo. No tenían tiempo que perder, no sólo porque pronto sería descubierta su fuga, sino también porque caía el crepúsculo y la oscuridad les impediría avanzar. Apenas hablaban, mientras extenuados daban traspiés camino del valle; de vez en cuando se detenían a escuchar, por si oían ruidos sospechosos, luego continuaban su camino.

Anne tenía dificultades para reconocer el sendero. La lluvia modifica el paisaje. Pero sabía que sólo había un camino hacia el valle. Le dolían los pies porque resbalaba una y otra vez y perdía el equilibrio. A ello se añadía el frío que la agotaba y le anunciaba el fin de sus fuerzas.

Habían recorrido exactamente la décima parte del camino rural hasta desembocar en la carretera general y, cuando Anne lo puso en conocimiento de Adrián, éste opinó que debían buscar cobijo en algún lugar apartado, donde pudieran pasar la noche. Anne se acordó de un pajar o de una majada al final de la parte más empinada del camino, pero hasta allí, expuso, había que caminar aún dos horas y entonces estaría oscuro.

Por este motivo abandonaron el sendero y escalaron un trozo montaña arriba hasta un repecho al pie de un risco, cuyas agujas de piedra se levantaban hacia el cielo como dos dedos de juramento. El viento y la erosión habían debilitado la roca haciendo saltar varias veces la base, de modo que allí donde el peñasco se unía a la tierra se habían formado unas hondonadas o cuevas naturales, aptas como abrigo para pasar la noche.

– No es muy confortable -observó Kleiber-, pero está seco y sobre todo la cueva protege del frío.

Anne se mostró de acuerdo. Ni siquiera de niña había dormido al aire libre, pero ahora todo le era indiferente. Estaba extenuada y sólo quería dormir un poco. A Kleiber le sucedía otro tanto. Aunque intentaba demostrar que todavía dominaba la situación, en realidad se sentía completamente exhausto y al borde del derrumbamiento.

Apoyados en la pared interior de la cueva, intentaron acomodarse un poco. Adrián extendió la lona sobre ellos para protegerse del frío. Así estuvieron dormitando con la esperanza de conciliar el sueño.

– ¿En qué piensas? -preguntó Anne después de dos o tres horas a oscuras. La lluvia había amainado, aunque de los árboles seguían cayendo gotas que golpeteaban el suelo.

Kleiber respondió:

– Estoy meditando sobre la mejor forma de poder salir de aquí. -A través de los vestidos mojados percibía Kleiber el calor que emanaba del cuerpo de Anne.

– Entonces los dos tenemos el mismo pensamiento -observó ella con cierta ironía en la voz-. Y… ¿tuviste éxito en tus reflexiones?

Kleiber se encogió de hombros. La noche era tan negra, que sólo podían intuir sus rostros.

– Nos cazarán, como cazaron a Vossius, a Guthmann y a todos los demás -refunfuñó entre dientes-. Y todo por unos jirones de papel viejo, amarillento. Es absurdo.

– Tú sabes que no es un jirón de papel corriente -replicó Anne irritada-, aunque no conocemos su contenido, su importancia marca época, de lo contrario los órficos no se esforzarían con tanto despliegue por obtenerlo.

– Ahora bien, hay un quinto evangelio. Es posible que por ello se tenga que ampliar el Nuevo Testamento o cambiarlo en algunos aspectos. Pero esto no justifica la agitación que ha desatado; sobre todo no justifica el asesinato de personas sólo porque conocen determinados nexos.

– No, naturalmente que no -gritó Anne, de modo que Adrián le tapó la boca y le recomendó que se contuviera; luego ella continuó con voz más apagada-: La clave del secreto está en el nombre de Barabbas. Mientras no sepamos lo que se trae consigo, andaremos a oscuras.

– No lo sabremos nunca -dijo Kleiber y al cabo de un rato-: Tampoco sé si es razonable averiguarlo. Ya ves a qué nos ha conducido nuestra curiosidad. No faltó mucho para…

– Tú lo llamas curiosidad -interrumpió Anne-, creo que es mejor llamarlo legítima defensa. He sido metida en este asunto y no estaré tranquila hasta no haber aclarado el trasfondo. Entiéndelo, por favor.

Entonces Kleiber apretó con más fuerza a Anne contra sí, como si quisiera disculparse por su objeción. Arrebujados estrechamente uno contra otro, charlaron toda la interminable noche; y cuando uno se interrumpía por la fatiga, empezaba el otro de nuevo. Hablaron de todo lo que les preocupaba.

– He de confesarte algo -dijo Adrián.

– He de confesarte algo -manifestó Anne al mismo tiempo-. Te quiero.

Esta declaración cogió totalmente de sorpresa a Kleiber. Calló.

Y así comenzó una rara noche de amor bajo un saliente de roca, que sólo suele servir como guarida de animales.

Por la mañana, cuando el alba se vislumbraba entre las ramas húmedas de los árboles, se sobresaltaron mucho. De la montaña se acercaban ruidos de motores.

– ¡Descubrieron nuestra fuga! -susurró Anne-. Nos echarán los perros, aquellos engendros horribles que crían allá arriba.

Kleiber intentó calmarla:

– No tengas miedo, cariño, la lluvia está de nuestro lado, ha borrado todas las huellas.

El vehículo se aproximaba. Muy cerca debajo de ellos vieron los faros de un todoterreno, que con el motor gimiendo se abría paso hacia el valle. No pudieron reconocer a los pasajeros. Tan rápido como vino, desapareció como un fantasma en la luz del alba; sólo percibían el ruido del motor a kilómetros de distancia. Anne respiró aliviada.

Por la noche habían preparado un plan: debían presuponer que los órficos mantendrían vigilado el aeropuerto de Salónica; por ello querían llegar hasta el sur del país. Sobre todo querían evitar Katerini, un lugar que, al parecer, estaba infiltrado de órficos. Planearon ir por Elasson a Larissa, donde debían separarse.

Kleiber propuso que Anne efectuara el viaje de regreso a casa por Corfú. Él iría a Patras. En ambas localidades había consulados que los ayudarían. La propuesta de Kleiber se basaba en la idea de que los órficos pondrían en movimiento todos los resortes para atraparlos. Los caminos separados doblaban sus posibilidades. Sobre todo el viaje anónimo en barco era más seguro que un billete de avión. Adrián acordó con ella que el punto de encuentro sería el hotel Castello de Bari.

Tres días más tarde Anne von Seydlitz llegó a Bari; pero no existía ningún hotel Castello, señalado por Kleiber. Tampoco había otro hotel de nombre parecido y no se encontraba ni rastro de Adrián.

Capítulo octavo

EL ATENTADO

oscuros cómplices

1

Cada vez que se encontraban, y esto sucedía obligatoriamente varias veces al día, Kessler bajaba los ojos… Estaba avergonzado. Se avergonzaba con el remordimiento de un cristiano, porque desde hacía semanas estaba siguiendo a este Stepan Losinski, al que tanto admiraba en su disciplina científica, sospechando que era un criminal, a pesar de que a ambos les unía el lazo de su orden y el encargo secreto en la Universidad papal Gregoriana. No obstante, era precisamente este encargo secreto lo que sembraba la creciente discordia entre los jesuitas y convertía en una farsa, como celebrar la Pascua antes de Ramos, el lema en el frontis de la sala -Omnia ad maiorem Dei gloriam- en la que, resguardados del mundo exterior, se ocupaban de descifrar aquel pergamino.

Ahora bien, la discordia en sí no es mala, ni siquiera desechable, porque las opiniones contrapuestas sirven mejor a un proyecto que la armonía estúpida; pero este principio no es aplicable a las cuestiones de fe de la Iglesia romana, porque ya el evangelista Mateo puso en boca de su Señor y Maestro las palabras: Se levantarán falsos mesías y falsos profetas; y darán señales y obrarán grandes milagros para intentar engañar incluso a los elegidos.

Ésta era la hora profetizada, en cualquier caso así lo creían aquellos jesuitas partidarios del profesor Manzoni, pues aquel día en que dio a conocer el nuevo fragmento del texto del pergamino creció la sospecha de que en lo que tocaba a nuestro Señor Jesús podía haber sido muy de otro modo. En todo caso se habían formado en la sala dos bandos, uno en concordia con Manzoni, que se resistía a los nuevos conocimientos con palabras piadosas como José a la mujer de Putifar, y los de la discordia, que tenían en Losinski su líder. A éstos pertenecía también Kessler.

El doctor Kessler no participaba lo más mínimo en la traducción del pergamino copto; estaba muy bien informado del contenido hasta ahora conocido y no tenía ninguna duda de que se trataba del evangelio primitivo y, según él y Losinski, era sólo cuestión de semanas para que la curia declarase secreto su trabajo y aislase del mundo exterior a los jesuitas que se ocupaban de ello, como al colegio cardenalicio en cónclave.

Losinski, el taimado polaco, seguía yendo por la noche dos veces por semana en dirección al Campo dei Fiori, donde giraba en la oscura calle lateral y desaparecía al cabo de cien metros en el edificio de seis pisos. Por lo menos siete veces lo siguió Kessler, inadvertidamente y con la esperanza de observar algo llamativo o tan sólo alguna pista sobre el motivo de su correría nocturna. Pero únicamente se había metido las piernas en el vientre de tanto esperar de pie, llamando la atención de dos policías que, casualmente o no, volvían sobre sus pasos, por lo que Kessler consideró más aconsejable largarse.

En ningún otro lado como en Roma van tan unidos de la mano la piedad y el delito, y no son una excepción los clérigos envueltos en maquinaciones delictivas. El diablo también lleva traje talar. En cualquier caso Kessler creía a Losinski enredado en negocios oscuros, pero quizá también en libertinajes sexuales de baja estopa a los que se entregaba dos veces por semana. Eso pensaba.

Pero nada es tan absurdo como la realidad, y la realidad se le reveló a Kessler de modo inesperado el día después de la epifanía, mejor: por la noche de este día, que era frío y gris como la mayor parte de los días por esta época del año. Había seguido una vez más a Losinski hasta el enigmático edificio, esta vez, sin embargo, con el firme propósito de abandonar sus averiguaciones en caso de que nuevamente no tuviera éxito. Por este motivo Kessler se arriesgó más que las veces anteriores, pisando los talones al polaco y siguiéndolo incluso en el tenebroso edificio de pisos, donde Losinski desapareció detrás de una puerta pintada de blanco en el tercer piso. En la placa de la puerta se podía leer: Rafshani, un nombre árabe, más bien persa, que nada le decía, que a lo más hizo volar su fantasía como el descubrimiento de estilizados zapatos de señora en la celda de su cofrade.

Y mientras Kessler escuchaba con una oreja pegada a la puerta de la vivienda y con la otra vigilaba lo que ocurría en la escalera de la casa, sucedió lo inesperado: la puerta se abrió de dentro y de repente Losinski estaba frente a él, pequeño y como un buitre con su nariz aguileña y sus ojos hundidos.

Ambos se miraron sin decir palabra, pero las dos miradas decían lo mismo: aja, te pillé. Losinski, que recobró la serenidad más rápidamente que el otro, se acercó mucho a Kessler, cambió su cara en una risa irónica, ladeando la cabeza como un buitre -en él una señal de ganas de atacar-, y susurró ligeramente:

– ¿Me está usted espiando, hermano en Cristo? Era lo último que esperaba de usted. Veritatem dies aperit…

De hecho Kessler se sentía cogido como un acólito en actos pecaminosos, por esto no encontró respuesta, aunque su voz interior le decía que era propiamente Losinski quien se debía sentir cogido en falta. Pero éste cerró la puerta tras de sí, agarró del brazo al cofrade y lo empujó escaleras abajo:

– Creo que deberíamos conversar. ¿No opina usted igual?

Kessler asentía con vehemencia. Por lo pronto parecía haber desaparecido la tensión entre los dos. Así al menos se lo parecía a Kessler y, después de haber abandonado el tenebroso edificio, Losinski reanudó la conversación. No daba en absoluto la impresión de inseguridad y quiso saber amablemente si él, Kessler, había averiguado algo sobre él, Losinski. Kessler lo negó y admitió que al principio sólo le llamaron la atención sus ausencias regulares del convento de San Ignacio; pero a raíz de sus fuertes ataques a Manzoni se puso a reflexionar y le picó la curiosidad. Losinski asentía sonriendo.

2

En el Campo dei Fiori buscaron una trattoria y el polaco pidió lambrusco. Por qué los curas prefieren beber lambrusco no debe ser tratado más ampliamente aquí, sólo es digno de mención para la continuidad de la historia en el sentido de que el lambrusco desata la lengua más rápidamente que cualquier otro vino dulce y puede suponerse que Losinski a todo trance escondía detrás de ello una intención.

Mucho rato anduvo a ciegas Kessler respecto a dónde quería llegar el cofrade, incluso se sorprendía de que Losinski no le hiciera ningún reproche; pero no se lo hizo. Al contrario, el polaco elogió la inteligencia y el conocimiento de Kessler, superior al de la mayoría de cofrades y por ello adecuado para realizar tareas mucho más importantes que la traducción de un pergamino copto según las instrucciones de la curia romana, y añadió:

– Si usted entiende lo que quiero decir.

Durante un rato reflexionó Kessler sin éxito, luego respondió con un movimiento de cabeza:

– No entiendo palabra, hermano Losinski, lo siento.

Losinski se pasó la palma de la mano por su cabeza rasurada, un indicio habitual de que meditaba fatigosamente, luego sirvióse a él y a Kessler otro vaso de lambrusco y comenzó circunspecto:

– En rigor, nuestro trabajo es una farsa, porque Manzoni falsifica nuestra traducción del pergamino.

– ¿Falsifica?

– Sí, falsifica. Y precisamente por encargo de la curia. La Congregación para Cuestiones de la Fe tiene las máximas dificultades para asimilar el contenido del quinto evangelio, que, como ambos sabemos, es precisamente el primero. Los señores purpurados temen por sus privilegios y por esto el Santo Oficio ha ordenado armonizar el quinto evangelio en palabra y contenido con los conocidos para que no surja ninguna discusión sobre la fiabilidad de los otros cuatro; existen ya bastantes herejes que dan trabajo a la Congregación para la Fe.

– ¡Pero esto no es posible, hermano en Cristo! -Kessler golpeó con la mano en la mesa.

– Es posible -aseguró Losinski y dejó escapar de su calva-: El Oficio hará todos los esfuerzos por impedir la publicación del pergamino.

– Aunque sin lugar a dudas es auténtico…

– Aunque sin lugar a dudas es auténtico. ¡Ya sabe cuál es la mejor virtud cristiana!

– La humildad.

– Oh no, hermano en Cristo: callar. Piense en la Causa Galilei. Hasta hoy ningún Papa ha encontrado una palabra amable para el deplorable Galileo Galilei, a pesar de que cualquier niño aprende en la escuela que Urbano VIII condenó injustamente a Galileo. La Iglesia conmemora este error no con humildad, sino con el silencio.

Kessler miraba fijamente su vaso y asentía.

– ¿Por qué -continuó con vehemencia Losinski- los jesuitas somos la orden menos apreciada del Papa? ¿Por qué nuestra orden fue prohibida más de una vez? Porque no podemos callar. Gracias a Dios no podemos callar.

– Gracias a Dios no podemos callar -repitió Kessler, fija la mirada en su lambrusco y con voz borrosa. El vino espumoso no dejaba de hacer efecto-. Gracias a Dios -repitió- no podemos callar. ¿Pero qué tiene que ver esto con que usted, hermano Losinski, dos veces por semana visite un edificio tenebroso y pase allí la noche? -Kessler se sobresaltó apenas hubo dicho la frase. Pero ya que se había atrevido a tanto y no tenía nada más que perder, y porque intuía lo que sucedía en esta casa, se aventuró con la observación:

– ¡El celibato nos destruye a todos!

Losinski no entendió. Miró a Kessler inquisitivo como si hubiese acabado de afirmar que el sol, en efecto, gira alrededor de la Tierra, pero poco a poco fue comprendiendo y se echó a reír fuertemente, y su risa se oía por encima del ruido normal de la trattoria.

– ¡Ahora entiendo, hermano en Cristo! -gritó y giraba los ojos al cielo como San Antonio de Padua en éxtasis-. Pero está usted en camino errado. Esta es una casa muy honorable… en todo caso por lo que respecta al sexto mandamiento. Si le interesa, puedo darle una dirección discreta adonde sólo va gente de nuestra condición.

– ¡Oh, no, no quise decir esto! -rehusó Kessler y sintió cómo le enrojecía la cabeza-. ¡Le pido perdón por mis pensamientos sucios!

– Bueno -refunfuñó Losinski con un gesto impetuoso de la mano que debía de significar: ¡no tiene importancia!, y se acercó al cofrade-: Lo tengo a usted por tan inteligente como crítico.

– Este es el principio de nuestra orden. De lo contrario yo no sería miembro de la Societatis Jesu.

– Ahora bien -Losinski hizo una pausa. Se pasó la mano por la cabeza y veíase cuánto se esforzaba por hallar las palabras adecuadas. Finalmente preguntó-: ¿Qué ocurre con su fe, hermano, entiéndame, no con la fe en el Altísimo, quiero decir, cuál es su postura ante la autoridad de la Madre Iglesia, ante sus dogmas de fide divina et catholica, el Privilegium Paulinum o el celibato?

La pregunta cogió desprevenido a Kessler, que no sabía a ciencia cierta qué contestar. Losinski era un tipo astuto, debía creérselo capaz de cualquier infamia. Así que respondió con prudencia, casi dogmáticamente:

– Las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia están sometidas a diversos grados de certeza dogmática. De divina fide es una verdad revelada por Dios, que está por encima de cualquier duda, el grado de certeza de fide divina et catholica prevé que se asegure el carácter revelado de una verdad y que éste se enseñe también sin reservas; de fide definita por el contrario es el más débil, es el carácter de certeza definido por el Papa ex cathedra. Si se refiere a ello, el dogma de la infalibilidad del Papa se apoya en el hecho de que el Concilio Vaticano I fue legal. Respecto al Privilegium Paulinum, me lo pone fácil. Le remito a la primera carta de Pablo a los corintios. De ahí deriva la Iglesia la norma canónica, según la cual un matrimonio válido entre no bautizados puede anularse si uno de los cónyuges se convierte al catolicismo y contrae nuevo matrimonio con un católico. De la misma carta a los corintios adquiere el celibato su fundamento bíblico. Pablo habla de la preocupación del soltero por las cosas del Señor, mientras que el casado se halla dividido.

Como si le doliese la respuesta, la cara de Losinski cambió en una mueca. Durante un rato no dijo palabra, de modo que Kessler pensaba qué habría dicho de malo; luego el polaco lo riñó enfadado diciéndole que no necesitaba clases particulares sobre la doctrina de la Iglesia. Que ya se la había tragado en una época en que él, Kessler, todavía cagaba en los pañales, por la Santísima Trinidad, así se expresó.

A pesar de su rabia evidente, Losinski pagó la consumición de ambos, pero esta noche no halló una palabra amable para Kessler. En silencio ambos tomaron el camino del convento de San Ignacio.

¿Qué había hecho de malo? Por mucho que lo pensaba, Kessler no halló ninguna explicación al comportamiento de Losinski.

3

Al día siguiente, después del trabajo en el instituto, el joven habló al más viejo: tenía que decirle en qué y con qué lo había ofendido, le pedía perdón por adelantado.

¿Ofendido? Ésta no es, dijo Losinski, la palabra adecuada. Más bien lo había defraudado. Al fin y al cabo, no le había preguntado por la doctrina de la Iglesia, sino su opinión personal. No obstante, si ésta coincide con aquélla, entonces cualquier conversación entre ambos era una pérdida de tiempo y Manzoni, sin duda, un interlocutor agradecido.

Éste era pues el motivo del silencio incomprensible de Losinski. Ahora bien, si él se manifestaba, Kessler no necesitaría esconderse más tiempo, y éste respondió que no había duda sobre por qué partido se inclinaba, él respetaba a Manzoni por su cargo de profeso, pero él, Losinski, era superior al otro en inteligencia y en espíritu crítico, y por ello debía ser para cada cofrade un ejemplo, incluso en su actitud de rechazo frente a la Iglesia de funcionarios.

Las palabras de Kessler hicieron brillar los ojos de Losinski. Se había equivocado agradablemente con este muchacho. Kessler sabía guardar exquisitamente para sí su propia opinión -y con ello se diferenciaba fundamentalmente de él mismo-, cosa que distingue a las personas realmente inteligentes. Si había un cofrade útil para su movimiento, éste era Kessler.

Para convencer a un hombre como Kessler de que su vida hasta el momento estaba determinada por el error, no necesitaba palabras altisonantes, sino hechos irrefutables, y por ello Losinski decidió conducir al cofrade alemán por la misma senda que lo había convertido a él, Stepan Losinski, de Paulo a Saulo.

Primero fue con Kessler al antiguo foro romano y no se mostró dispuesto ni siquiera a hacer una alusión sobre el nexo que este lugar tenía con el quinto evangelio. El sol estaba bajo y calentaba el frío de la tarde. En el punto más alto de la Via Sacra, allí donde un arco de triunfo propaga los hechos gloriosos del emperador Tito, Losinski se detuvo y dijo:

– No sé cuáles serán sus conocimientos de historia romana, hermano, pero si le explico cosas que ya sabe, dígamelo.

Kessler asintió.

– Este arco -continuó Losinski- fue construido en el año 81 por el emperador Domiciano en memoria de su hermano Tito. Según la opinión generalizada de los expertos, esta construcción ensalza la victoria del emperador Tito sobre los judíos en el año 70. Pero esto es sólo una verdad a medias.

– ¿Una verdad a medias?

– Los relieves en el interior del arco muestran al emperador con una cuadriga y una diosa de la victoria, que sostiene una corona sobre su cabeza. En la parte opuesta, unos legionarios romanos transportan los objetos del botín del Templo de Jerusalén, el candelabro de siete brazos y trompetas plateadas. Los relieves indican no sólo el triunfo de los romanos sobre los judíos, sino que también glorifican el triunfo romano sobre la religión judía. Creo que no le cuento nada nuevo.

– No -replicó Kessler-. ¡Si sólo supiera a dónde quiere llegar!

Losinski rió irónico. Se regocijaba con la inquieta curiosidad del cofrade, finalmente lo cogió del brazo y lo condujo alrededor del arco de triunfo. En la parte que mira al Coliseo señaló otro relieve:

– Igualmente escenas de la marcha triunfal de Tito. Pero ahora fíjese, hermano en Cristo. -Losinski empujó a Kessler hacia la parte opuesta-: ¿Qué ve?

– Nada. Piedra erosionada. Incluso se podría sospechar que estas piedras fueron colocadas más tarde en este lugar.

– Buena observación -gritó Losinski y golpeó el muro con la mano-. De hecho es así.

– De acuerdo -replicó Kessler-, pero yo no comprendo qué relación pueda tener esto con nuestro problema.

Losinski tomó aparte a Kessler y le invitó a sentarse en los escalones del templo de Júpiter Stator, distante a menos de un tiro de piedra, luego sacó una fotografía de la cartera y de pronto recordó Kessler que cuando allanó la celda del polaco vio numerosas vistas del arco de Tito. La fotografía mostraba un relieve, no distinto del que había en el interior del arco triunfal. Representaba legionarios romanos que transportaban a Roma toda clase de objetos del botín.

– No lo entiendo -dijo Kessler y quería devolver la fotografía.

Sin embargo Losinski la rechazó y empezó a explicar:

– Al iniciar mi trabajo con el pergamino, yo buscaba material comparativo en los escritos apócrifos y Manzoni me consiguió el permiso para indagar en el archivo secreto del Vaticano y fotocopiar texto de pergaminos de la misma época. El esfuerzo era por lo demás poco útil; sobre todo exigía mucho tiempo, porque ni siquiera los scrittori, guardianes de estos secretos, están enterados de ellos. Me pasé días y noches en el archivo y vi con mis propios ojos cosas que un hombre piadoso ni tan sólo se atreve a imaginar. La vida de una sola persona es demasiado breve para echar un vistazo, y mucho menos leer, a todo lo que se guarda allí, y me asaltó la idea de si una Iglesia que tanto tiene que esconder puede ser la Iglesia de la verdad como siempre se las da de serlo.

– ¡Una idea terrorífica! -Kessler consideró un deber hacer esta observación.

– En cualquier caso rebusqué en el archivo secreto del Vaticano mucho más de lo que habría exigido propiamente mi trabajo y en esto me topé con este documento. -Losinski golpeaba con el índice la fotografía que tenía Kessler en la mano.

– ¿Con este relieve?

– Por la Santísima Trinidad, sí. Me pregunté lo mismo que se pregunta usted ahora, hermano en Cristo, y, dicho para su consuelo, tampoco encontré ninguna respuesta. Entonces yo aún no sabía que este relieve procedía del arco de triunfo de Tito. Sólo encontré muy extraño que esta representación fuese clasificada de «alto secreto» por la Iglesia y se guardase detrás de puertas de hierro blindadas, que sólo pueden ser franqueadas por algunos escogidos. Oficialmente yo no debía haber visto siquiera el relieve, pues antes de iniciar mis investigaciones hube de jurar que en el departamento cerrado sólo me ocuparía de los asuntos que me habían encargado. Pero en un momento de descuido, de los dos que hubo durante mis dos meses de trabajo, fotografié la piedra.

Kessler agitó la foto:

– ¿Y esto es el retrato?

Al confirmarlo Losinski, Kessler sostuvo la fotografía directamente ante sus ojos como si pudiera de este modo descifrar el misterio. Luego preguntó:

– ¿Cómo diablos llegó este relieve al archivo secreto del Vaticano? Pero sobre todo… ¿por qué?

Losinski sonrió satisfecho de su sapiencia:

– A su primera pregunta: ha caído en el olvido que en la Edad Media el foro estaba enterrado bajo varios metros de escombros y por encima pastaban las vacas. Otras ruinas servían de fundamento o de muros de fortificaciones. Lo mismo el arco de Tito. Estaba incluido en la fortificación de Frangipania y durante años no se podían ver los relieves de su parte exterior. La fortaleza fue demolida, y cuando el papa Pío VII en 1822 expresó el deseo de restaurar el arco de Tito, entonces el restaurador Valadier descubrió en la parte externa esta representación de los legionarios romanos. Pío, quien, como sabemos, apreciaba nuestra orden, se mostró al principio muy satisfecho por este descubrimiento del siglo I, pero una mañana vino acompañado del cardenal secretario de Estado Bartolomeo Pacca y exigió del restaurador que el relieve fuera sacado inmediatamente y trasladado al Vaticano. Valadier replicó a Su Santidad que no era posible sin correr el riesgo de que se desplomase el arco de Tito. Entonces Pío ordenó desmontar piedra a piedra el arco de triunfo y volverlo a montar en el mismo lugar. En el lugar del relieve con los legionarios, Pío mandó colocar travertino para así dar la impresión de que el relieve había sido víctima de la corrosión del tiempo. Sin embargo desde aquella época el original se guarda en el archivo secreto del Vaticano. Ahora, a su segunda pregunta, hermano Kessler.

Sin quitar la vista de la fotografía, dijo Kessler:

– Esto suena fantástico. Tiene que haber un motivo para impedir que los cristianos devotos vean esta representación. Yo mismo sólo distingo soldados con su botín, con utensilios y animales, que se llevan a casa, no veo ninguna mujer desnuda ni ninguna blasfemia contra la Iglesia una, santa y católica. ¡Pero algo debió inquietar a Su Santidad! ¡Reviento si no me inicia inmediatamente en el secreto!

– La verdad no lo hará feliz -objetó Losinski-, ¡debo advertírselo!

– Es posible -replicó Kessler-, pero la ignorancia me pone enfermo. ¡Así que hable ya!

4

Los dos hombres se levantaron. A Losinski le resultaba más fácil hablar caminando. Sobre todo no debía temer oyentes indeseados y así anduvieron en dirección a la curia sobre lisos adoquines de la calle santa, y Losinski empezó a divagar preguntando a Kessler:

– Hermano, ¿recuerda un caso que publicaron los periódicos hace dos meses: un profesor desquiciado echó ácido en el Louvre sobre un cuadro de la Virgen de Leonardo?

– Sí, lo recuerdo vagamente -respondió Kessler-, otro lunático. Lo internaron en un manicomio, donde murió. Pobre loco.

– Eso cree. -Losinski se detuvo y observó inquisitivamente a Kessler.

Éste rióse con menosprecio y observó:

– ¡Seguro que no lo hizo por amor al arte!

– No -respondió Losinski-, pero tal vez por amor a la verdad. -Y a continuación añadió-: Tiene que guardar silencio. ¡Ni una palabra de lo que voy a decirle ahora! Es por su propio interés.

– ¡Doy mi palabra por Dios y por todos los santos! -El lugar cargado de historia, las columnas e imágenes con dos mil años de antigüedad, parecieron a Kessler el marco adecuado para una revelación importante.

Losinski había esperado esta reacción, pero no se dejó turbar y continuó:

– Hace casi dos milenios que existe un secreto en el que sólo unos pocos están iniciados. Se transmite de generación en generación con la condición de que nadie lo fije por escrito. Pues el primer guardián de este secreto pronunció las palabras: todo escrito proviene del diablo. Para que lo inexplicable no se pierda, se les permite a los conocedores del secreto poner en clave a su modo su terrible saber.

– Entiendo -interrumpió Kessler al coadjutor y su voz sonó excitada-. Leonardo da Vinci fue uno de los portadores del secreto y este profesor tiene que haber hallado algún indicio de ello.

– Sí, así debió ser. Pues el profesor echó el ácido directamente a una zona del cuadro, donde apareció algo que nadie podía imaginar: la Virgen de Leonardo llevaba un collar con ocho piedras preciosas diferentes. Cuando me enteré, comprendí en seguida de qué se trataba. Era el mismo descubrimiento que había hecho el cardenal secretario de Estado de Pío VII en el relieve del arco de Tito.

Kessler permaneció de pie asombrado. Saltaba inquieto de un pie a otro.

– Si no supiera que usted es una persona seria, hermano Losinski, creería que me está tomando el pelo.

Losinski miró con gravedad, asintió y continuó:

– Comprendo sus dudas, Kessler. Todo esto es difícil de asimilar, sobre todo teniendo noticia de un momento a otro. Yo mismo he trabajado durante años y me he enterado de la verdad a retazos, era como si compusiera un mosaico con piedrecitas distintas, de manera que poco a poco pude ver el conjunto de la imagen. Usted, hermano, se ve confrontado de golpe con el conjunto de la imagen.

– ¡Volvamos a Leonardo! -exigió Kessler febrilmente.

– El profesor alemán, que enseñaba en América literatura comparada, debió toparse a través de sus estudios literarios con una pista que le reforzó su noción de que Leonardo da Vinci estaba en el secreto y lo había cifrado en una de sus obras. En este caso un collar, en el que trabajó con precisión cada piedra, de modo que cualquier experto pudiera identificarla.

– ¿Y cuando hubo terminado su collar lo pintó por encima?

– Exacto. Cabe la sospecha de que dejara alguna indicación sobre este secreto, una pista con la que se topó el profesor en el curso de sus investigaciones y que ningún historiador del arte tomó en serio. Parece que no veía otra manera que ésta de demostrar su teoría.

Por mucho que le fascinara la explicación, Kessler seguía mostrándose escéptico ante Losinski:

– Ahora bien, supongamos que tenga usted razón y que Leonardo conocía de hecho un secreto universal, entonces surge naturalmente la pregunta: ¿por quién fue iniciado y a quién confiaba a su vez el secreto?

Losinski fijó la vista al suelo. Callaba y parecía ofendido por la pregunta. Este Kessler parecía no seguir con la debida seriedad sus palabras. Finalmente contestó:

– No lo sé, yo no lo sé. Tal vez lo saben otros. Hay grandes inteligencias en cuya obra existen indicaciones que nadie sabe interpretar. Antes de Leonardo está Dante, después de él están Shakespeare y Voltaire, sobre todo Voltaire, cuyo nombre, que se dio a sí mismo (él se llamaba Arouet), es un anagrama, como son anagramas ocultos el collar de Leonardo y la representación del arco de Tito. Las dos representaciones y el nombre de Voltaire tienen en común que están compuestos de ocho letras. Estoy seguro de que bajo el nombre de Voltaire se oculta una pista sobre su confidencia. He descompuesto el nombre en sus letras intentando formar con ellas palabras francesas, que, alineadas, den un sentido, me he pasado noches en ello… sin éxito.

– Tal vez se equivoca usted con su tesis. Tal vez detrás del nombre de Voltaire sólo se esconde un simple juego de palabras.

– Sí, lo sé, algunos simplones ven en el nombre de Voltaire un anagrama de AROVET L(e) J(eune), es decir, Arouet el Joven. Pero esta burda interpretación es indigna de un Voltaire. Un hombre que se cuenta entre las inteligencias más grandes de la historia mundial no se oculta detrás de un inocente juego de palabras. Voltaire, si bien creía en Dios como origen del orden moral, estaba en desacuerdo con los misterios cristianos, sobre todo con la Iglesia católica. El ser humano, afirmaba, no necesita una salvación divina y puso de vuelta y media los textos bíblicos. Esto es muy raro en un hombre de su tiempo, pero resulta comprensible partiendo de la base que conocía un secreto universal. ¡Kessler, estoy seguro de que estaba bien informado cuando adoptó este extraño nombre de Voltaire!

– Con permiso -objetó Kessler-, si le entiendo bien, ¿entonces Voltaire está relacionado con este relieve del arco de Tito?

Losinski tomó la fotografía de la mano del cofrade y se la puso, provocador, ante la cara:

– ¿Qué ve usted en esta foto, Kessler?

– Legionarios romanos con su botín.

– ¿Y de qué botín se trata?

– Veo una jofaina, tal vez de oro, un cordero, una rama de árbol, un alce, un estandarte, un yugo de bueyes, un pato y una espiga. ¿Qué hay de raro en ello?

– En el botín propiamente… nada, casi nada. Pero existe una pista, que debe levantar sospechas a un observador atento.

– ¡El alce!

– Exacto. En el país en que los legionarios de Tito cogieron el botín hay los más diversos animales salvajes, pero ningún alce. Esta paradoja fue elegida, pues, intencionadamente por el autor del relieve para dar una pista de que detrás de la representación se esconde un mensaje secreto.

– Pero el emperador Tito debió de haber aprobado el proyecto y haber dicho a su escultor: «No me acuerdo de haber visto un alce en nuestro botín de guerra».

– Esto habría hecho sin duda, hermano, pero Tito no vio nunca el arco de triunfo que lleva su nombre. Fue construido después de su muerte por su hermano y sucesor Domiciano, y el joven tenía tales problemas, que las particularidades del monumento le eran tan indiferentes como las palabras de los filósofos romanos. Y los propios romanos eran un pueblo necio. Sólo conocían su capital y todo lo que había más allá de sus fronteras lo consideraban exótico. Ni siquiera les habría llamado la atención si se hubieran trasladado pingüinos en este botín.

5

Losinski y Kessler entretanto habían llegado al extremo opuesto del Foro, pasando por delante de la curia y del arco de Septimio Severo, detrás del cual la Via Consolazione circunda el Capitolio. Kessler debió reprocharse después haber elegido precisamente este camino para su conversación, aunque en realidad fue idea de Losinski.

Desde la calle penetraba el ruido del tráfico, que molestaba las explicaciones de Losinski, pero excluía la posibilidad de oyentes indeseados. Así el polaco reanudó la charla y dijo:

– En el séquito del emperador Tito debieron haberse encontrado personas que se habían confrontado en el este con el nuevo movimiento cuyos activistas se llamaban cristianos. Para los romanos, estos christiani no eran sino seguidores de una de las numerosas sectas procedentes de Oriente; pero en torno al hombre que la había popularizado trepaban tantos mitos y leyendas, que la gente afluía en tropel a la secta. El hombre afirmaba seriamente ser hijo de un dios desconocido y dio pruebas haciendo cosas de las que ni siquiera los magos se atrevían a jactarse: con su brujería sacó de cinco panes y dos peces comida para cinco mil hombres, sin contar a las mujeres ni a los niños; convirtió el agua en vino y resucitó a los muertos. Cuando los romanos lo condenaron por blasfemo, fue muerto por los judíos [6], y luego sucedió algo que desconcertó completamente a las gentes de aquella época. Los seguidores de este hombre afirmaron haber visto con sus propios ojos que su maestro había resucitado de entre los muertos.

– Alto, hermano -objetó Kessler-, habla usted como un hereje. Lo que hace no está bien.

La objeción enfureció a Losinski, que arrugó la frente y replicó:

– Quizá debería escucharme hasta el final, hermano, luego podrá opinar libremente.

Ahora estaban a corta distancia uno frente a otro, casi como adversarios dispuestos a medir sus fuerzas, Losinski de cara al Foro, Kessler con la vista al Capitolio. Losinski miraba fríamente y seguro de vencer, Kessler crítico, pero inseguro por el talante científico del coadjutor. En esta actitud comenzó de nuevo:

– Sobre todo por el celo misionero de un constructor de tiendas de campaña llamado Pablo, que nunca conoció a su maestro, el movimiento adquirió fuerte concurrencia, de modo que paulatinamente se convirtió en una amenaza para los dioses oficiales de Roma. En todo el imperio se formaron comunidades con seguidores de esta secta; no sólo en Palestina, en Asia Menor y Grecia, incluso en Roma, el domicilio de los dioses, tenían los cristianos sus adeptos. Sí, estas gentes poseían un celo misionero como ninguna otra religión había manifestado. Y puesto que se aislaban de todo lo que no fuera su religión y practicaban ritos extraños en sus reuniones secretas, pronto fueron objeto de murmuración en todo el imperio romano. Su fanatismo era tan exagerado, que defendían su opinión preconcebida incluso frente a personas que habían conocido directamente al hombre milagrero de Nazaret. Y cuando vino una de estas personas y afirmó que lo de Jesús era muy diferente, yo lo sé mejor que nadie, entonces amenazaron con lapidar a este hombre, que sólo huyendo pudo salvarse de la muerte. Huyó a Egipto y escribió todo lo que había vivido.

– Dios mío -balbuceó Kessler y miró la fotografía. Cada vez más cosas adquirían sentido de repente. No era tan ingenuo para creer que Losinski se lo había inventado. Si había conocido a una persona seria, ésta era el coadjutor de Polonia. Este hombre examinaba cada asunto dos veces antes de darlo por válido. Kessler sospechaba que en el momento siguiente se sacaría un as de la manga, que a él, Kessler, lo dejaría mudo. Guardó silencio, pero su cabeza estaba a punto de estallar por la tensión.

Con una sonrisa de satisfacción en la comisura de los labios, característica de los sádicos, gozaba Losinski del momento antes de añadir finalmente:

– Lo que este hombre explicó, lo escucharon otros maravillados; pero siempre que intentaban proclamarlo públicamente, eran acallados por los cristianos, que los expulsaban, los mataban o los intimidaban con amenazas. Por ello formaron un movimiento secreto contra los cristianos, en el que participaron hombres significativos. Reconocieron que nada, ni la mentira ni la verdad, podía impedir la afluencia de gente a una secta que a causa de los recientes acontecimientos de la época se hallaba viento en popa. En consecuencia, codificaron de distinta manera lo que sabían para las futuras generaciones. El artista que hizo los relieves del arco de Tito, o bien era él mismo un activista de este contramovimiento, o bien fue sobornado para elegir precisamente esta representación sin conocer su significado. Cuando Pío VII descubrió la secuencia de palabras en el relieve, debió de sobresaltarse grandemente; pues en el archivo secreto del Vaticano se guarda un cofrecillo sellado por el Papa respectivo del que se dice que cada sucesor en la cátedra de Pedro sólo puede abrirlo una vez y después debe cerrarlo y sellarlo de nuevo. Al parecer, los Papas que abrieron este cofrecillo se derrumbaron sin sentido como alcanzados por un rayo o desde ese momento su carácter cambió de modo extraño…

Como exorcizado, Kessler estaba pendiente de los labios de Losinski. Vio cómo dejaron de moverse, cómo su boca se torció en una mueca y un torrente de sangre salía de su lengua, cómo lentamente giraba sus ojos al cielo y, sin un sonido, doblaba sus rodillas como en una película en cámara lenta. Al mismo tiempo sintió Kessler un dolor agudo en el brazo derecho.

Sólo ahora penetraba en sus oídos el ruido producido por un fusil automático. Provenía de la Via Consolazione, situada más arriba, donde él, tambaleándose, observó una motocicleta ocupada por dos hombres y una refulgente boca de fuego. Luego quedó inconsciente.

6

Cuando Kessler, sentado y apoyado a una pared, volvió en sí, unos auxiliares sanitarios intentaban colocarle una venda en el brazo. Uno de ellos, un joven de pelo corto, dijo que había tenido suerte de haber sobrevivido, a aquel de allí -y en esto señaló a Losinski que permanecía inerte en el suelo- le han dado de lleno. Un tiro en la nuca.

Sólo horas más tarde comprendió Kessler lo que este día había sucedido en el Forum Romanum y que Losinski había sido víctima de un atentado, y se preguntaba una y otra vez: ¿fue intencionado o casual que él sobreviviera?

Como siempre que la policía italiana anda a ciegas fue hallado en seguida un culpable. Detrás, se dijo, estaba la mafia y Kessler tuvo que someterse a interminables interrogatorios, en los que su condición clerical no le sirvió de ayuda, pues, como se sabe, no pocas veces la sotana sirve de camuflaje a la delincuencia organizada. Cuando finalmente se comprobó la identidad eclesiástica de Kessler y el doctor Stepan Losinski fue enterrado en el cementerio de los jesuitas, empezaron de nuevo los interrogatorios, porque un funcionario de instrucción experto en lenguaje y escritura había constatado una sospechosa igualdad de nombre entre Kessler y un Capo di tutti Capi, es decir, un jefe de jefes llamado Bobby Cesslero, que era buscado desde hacía tres años mediante requisitorias sin que la policía poseyera una foto de él. Cesslero, apodado «il Naso» («el Narices»), dejó desde Italia pasando por Francia hasta América un rastro de aromas detrás de él, puesto que falsificaba los perfumes más caros del mundo y los vendía en cantidades industriales; pero qué aspecto tenía Cesslero, nadie lo sabía.

Por ello pasaron dos semanas largas hasta que pudiera descartarse esta sospecha y Kessler se viera en condiciones de reanudar su trabajo. Pero Kessler ya era otro. El atentado, del cual sólo le había quedado una cicatriz de cuatro centímetros en el brazo, lo había cambiado a él y a su forma de pensar. Más de una vez se sorprendía pensando como posiblemente hubiera pensado Losinski, combinando nexos como Losinski los pudiera haber combinado; sí, incluso notó, para sobresalto suyo, que sonreía irónicamente como Losinski cuando se discutían partes de texto del pergamino.

Naturalmente Kessler se preguntaba (una débil formulación para interminables noches de insomnio) quién pudo haber tenido interés de eliminar a Losinski, a él o a ambos, y entonces se descubría a sí mismo como cómplice, como a uno que, para determinada gente, sabía demasiado, aunque sólo conocía aún media verdad. En una de estas noches de insomnio en la celda del convento, sacó su chaqueta y una vez más examinó el jirón parduzco en la parte de arriba de la manga derecha, desgarrado por el disparo, y una vez más le vino la idea de que debió ser un azar del destino haber sobrevivido. En todo caso no era intención de los autores del atentado, pensaba él, y de ello infería Kessler que debía andar con mucho cuidado…, un segundo intento no fallaría.

Kessler debía suponer que aquellos que pretendían atentar contra su vida sospechaban que había sido iniciado en el secreto por Losinski. ¿Quizás el conocimiento de toda la verdad no le habría proporcionado ni un minuto más de tranquilidad? Kessler vivía atormentado por las dudas de lo que podía haber sucedido en las citas secretas del Campo dei Fiori. El creía firmemente ahora que de ningún modo Losinski había cometido un pecado contra el sexto mandamiento en aquel edificio, como sospechaba antes, sino que más bien sus escapadas nocturnas a aquel barrio tan poco elegante estaban relacionadas con esta historia.

Y mientras reflexionaba esto y acariciaba la manga desgarrada de la chaqueta, su mano percibió algo en el bolsillo interior de la americana… la fotografía de Losinski, doblada y plegada. Uno de los auxiliares sanitarios, en el Foro, probablemente se la metió en el bolsillo creyendo que era suya. Aunque la fotografía estaba arrugada como un bolso de la compra, se podían reconocer los detalles y Kessler empezó instintivamente a escribir uno debajo de otro en una hoja los símbolos del botín de guerra, primero en su lengua materna, luego al lado en latín.

Éste fue aproximadamente el resultado:

Jofaina Balnea

Cordero Agnus

Rama Ramus

Alce Alces

Estandarte Bellicum

Yunta Bigae

Pato Anas

Espiga Spica

Luego leyó las iniciales de las palabras latinas: BARABBAS.

– ¡Gran Dios! -se le escapó a Kessler. Con este nombre se topó precisamente en un fragmento del texto del quinto evangelio: ¡Barabbas! Por la Santísima Trinidad, ¿qué misterio se ocultaba detrás de este nombre?

7

Al día siguiente en la Gregoriana, Kessler sólo estaba concentrado a medias en su trabajo. Desde el atentado parecía distraído; aun cuando no quería admitirlo, tenía miedo.

Manzoni parecía cambiado desde la muerte de Losinski. Cierto que nunca le había gustado el polaco, pero la moral cristiana imponía hablar de él con un sentimiento de compasión; sin embargo Manzoni veía en el asesinato de Losinski más bien un problema de organización relativo a la tarea del pergamino copto.

A Kessler le pareció que Manzoni le había entregado con toda intención un fragmento que casi no daba oportunidad de trabajarlo debido a su estado defectuoso. No más grande que la palma de la mano, tenía tantos agujeros como un pedazo de tela apolillada. Ni una palabra se unía a la otra… una empresa inútil.

Varias veces al día se encontraban las miradas de ambos hombres, sin que ninguno dijera una palabra. Parecía como si hubiesen aceptado en silencio su enemistad. Y mientras Kessler se contemplaba las manos, pensaba cómo podría coger a Manzoni. Manzoni, cuyo principal cometido era pasearse entre las hileras de traductores como un maestro de escuela y discutir aquí y allá sobre algún pasaje del texto, reflejaba, cada vez que pasaba junto a Kessler, cierta alegría maliciosa en sus ojos, que no podía pasar inadvertida a los demás y a él le irritaba hasta en la sangre.

Y de repente -no había querido pero sin duda era una manifestación de su furor-, Kessler gritó por encima de dos o tres mesas a Manzoni:

– Diga, professore, ¿quién es realmente este Barabbas?

En la sala se hizo un silencio de muerte. Todos los ojos se dirigieron a Manzoni, quien, como si quisiera abalanzarse sobre el desvergonzado gritón, fue rápidamente con la cabeza roja al encuentro de Kessler, se inclinó y desconcertado miró fijamente el agujereado trozo de pergamino. La pregunta pendía en la sala como una frase blasfema de Karl Marx, aunque Kessler sólo había hecho una pregunta.

Primero examinó Manzoni el pergamino, luego la expresión de la cara de Kessler, finalmente le ordenó:

– ¡Muéstreme el pasaje! ¿Dónde se ha tropezado con Barabbas?

Kessler reía irónicamente porque notaba que había tenido éxito con su provocación y por ello retrasaba la respuesta. En esto comprendió que Manzoni debía conocer al menos tan bien el texto que tenía ante sí, que le sorprendió la alusión al nombre. Kessler se enfureció: ¿para qué entonces tenía que esforzarse con este fragmento?

– Le he preguntado algo, hermano en Cristo -susurró Manzoni en voz baja. La situación, sobre todo que el resto de los hermanos estuviese oyendo, le resultaba extremamente desagradable. Por esto se colocó muy cerca de Kessler, para que éste hablara lo más bajo posible. Pero Kessler no se dejó amilanar y respondió en voz más alta de lo necesario:

– Monsignore, primero le hice yo una pregunta. ¿Por qué no contesta?

Evidentemente, el profeso no había contado con tanto desparpajo en la boca del joven jesuita. Carraspeaba inseguro y miraba nervioso a su alrededor, después sacó un pañuelo blanco y lo pasó por su cuello (un gesto que servía para ganar tiempo).

– ¿Barabbas? -dijo finalmente con simulada calma-. No entiendo su pregunta, Barabbas es el autor de este escrito. ¡Usted lo sabe!

Kessler no cedió:

– Ésta no es mi pregunta, monsignore. Lo que quiero saber es: ¿quién se oculta detrás de este nombre?

– Una pregunta que carece totalmente de sentido -respondió el profesor Manzoni insolente-, entonces podría hacer también la pregunta: ¡quién se esconde detrás del nombre de Pablo!

– ¡Una pésima analogía! -gritó Kessler-. No necesito hacer esta pregunta porque ya ha sido contestada en innumerables tratados teológicos.

Finalmente encontró Manzoni una réplica para hacer callar a Kessler, dijo:

– Será nuestra misión investigarlo; ¿por qué no acepta encargarse de ello, hermano en Cristo? -Manzoni rió y con él aquellos jesuitas que sabía de su parte-. Pero ahora le toca el turno a mi pregunta -dijo Manzoni que había recobrado su aplomo-. ¿En qué lugar tropezó usted con el nombre de Barabbas?

– En ningún caso aquí en esta hoja roída por los ratones -dijo Kessler-, tenía sólo un presentimiento…

– ¿Un presentimiento? ¿Qué significa que usted tenía un presentimiento?

Kessler se encogió de hombros y torció el rostro, pero no contestó, miró a Manzoni y sonrió con suficiencia. Sí, se mostraba claramente indiferente y desinteresado, y esto tenía que infundir miedo a su adversario. Los ojos de Manzoni se extraviaban nerviosos por la sala, como si buscase ayuda en otro, pero los demás se dedicaban con especial solicitud al estudio de los textos.

8

A partir de aquel momento, un foso profundo de desconfianza separó a Kessler y Manzoni, y Kessler propiamente tenía que haber esperado que el profeso lo mandase a casa con la excusa de que se negaba a colaborar; sin embargo, no sospechaba cuánto le temía Manzoni. Manzoni estaba convencido de que Kessler, gracias a Losinski, sabía más de lo que admitía. Por esto habría sido estúpido excluir al joven alemán; al contrario, el plan de Manzoni era confiar a Kessler tareas especiales para impedir que divulgara sus conocimientos. Cada orden dispone de un montón de esas funciones especiales adecuadas para hacer desaparecer a un clérigo durante años, si no para siempre.

Kessler debió de haberlo intuido -y observando más objetivamente su situación tal propósito era evidente-, en todo caso obró con mucha prudencia y desplegó una actividad desacostumbrada. Fracasó en el primer intento de sacar nuevas informaciones a través de la herencia de Losinski. Aunque el superior del convento de San Ignacio, un pequeño romano de pelo blanco llamado Pío, le dio autorización para rebuscar bajo su vigilancia en la habitación de Losinski (al fin y al cabo habían sido amigos), la celda del convento ya había sido minuciosamente registrada -lo que el superior negó con indignación-, en cualquier caso faltaban todos los documentos y sobre todo la carpeta, que daban pistas sobre las investigaciones. Incluso el saco con el calzado, con el que Losinski se había recreado más de la cuenta, había desaparecido.

Para Kessler, entre las huellas que había dejado Losinski, sólo había una que prometía éxito: la casa cerca del Campo dei Fiori. Naturalmente debía contar con que sería observado paso por paso. Por ello estableció un plan de cómo podría sacudirse posibles perseguidores. El plan era tan sencillo como genial: exploró a pie un complicado trayecto desde San Ignacio al Campo dei Fiori, sin aproximarse a ningún destino concreto; un día después montó a última hora de la tarde una bicicleta que había pedido prestada al portero. Con ella iba más rápido entre el intenso tráfico romano que con cualquier otro medio de transporte.

Kessler desapareció con su bicicleta por la entrada tenebrosa y fría del edificio. Y mientras subía las escaleras anchas y gastadas hacia la vivienda que tan a menudo había visitado Losinski, pensaba en lo que le esperaba. No lo sabía, sólo seguía una sensación que le decía que las frecuentes visitas a esta casa estaban de algún modo relacionadas con su descubrimiento. Ni siquiera sabía cómo conseguiría entrar, excepto con la indicación de que era amigo de Losinski y había sobrevivido milagrosamente al atentado.

Al mismo tiempo le vino a la memoria una conversación que hacía tiempo había mantenido con Manzoni. Trataron de Losinski y las palabras del profeso resonaban todavía en su oído: debía tener cuidado con Losinski, pues aunque Losinski era un científico extraordinario, en el fondo de su corazón era un hereje, y Manzoni podía imaginarse que Losinski traicionase a nuestro Señor Jesús por treinta monedas de plata como Judas Iscariote.

Después de todo lo que había averiguado de Losinski, estas palabras adquirían otro peso. Parecía como si Manzoni y Losinski se hubiesen diferenciado menos en el saber que en la disposición de divulgar este saber. El silencio, en sí, no es ningún pecado, en cualquier caso ninguno de los diez mandamientos lo prohíbe; sin embargo, la Iglesia ha conseguido pecar más callando, que otros con palabras malvadas.

Sin detenerse apretó Kessler el timbre que estaba junto a la puerta pintada de blanco en el tercer piso. En el interior se aproximaban pasos, la puerta se abrió en un breve resquicio, y la cara ancha de un hombre asomó por la abertura:

– ¿Qué quiere? ¿Quién es usted?

– Mi nombre es Kessler. Soy un amigo de Losinski -dijo Kessler en voz baja. En este momento había olvidado todo lo demás.

– Losinski no tenía amigos -replicó el hombre a través de la abertura de la puerta y se dispuso a cerrarla.

Entonces Kessler metió la mano y gritó encolerizado:

– ¡Soy el hombre que debía ser asesinado con él!

Durante un buen rato no sucedió nada. Luego se abrió lentamente la puerta y apareció la figura de un hombre rechoncho con una calva lisa. El hombre hizo un gesto con la mano invitándolo y Kessler entró. Se quedó parado en medio de la antesala con seis puertas en todas direcciones. El hombre rechoncho se le acercó y antes de darse cuenta le tiró del brazo. En el mismo momento se abrió una de las puertas y Kessler vio una mujer en silla de ruedas.

Capítulo noveno

LAS MAZMORRAS DE INOCENCIO

Redescubiertas

1

La conferencia de prensa semanal en la Sala d'Angeli del Vaticano terminaba aburrida como la mayoría de jueves. Ni tan sólo cincuenta periodistas acudieron a la invitación del padre Mikos Vilosevic, un clérigo yugoslavo que dirigía la oficina vaticana de prensa. El resto de los corresponsales acreditados en Roma sabía que Vilosevic nada tenía que decir, porque todo lo que ocurría detrás de los muros leoninos estaba de todos modos bajo estricto secreto.

Así tampoco habría sido digna de mención esta conferencia de prensa, que trataba de la posible canonización de una monja sudamericana que pagó con su vida la labor social realizada durante siete años en los suburbios de Río, si Desmond Brady, director de la delegación en Roma de la emisora norteamericana NBC y generalmente bien informado sobre los asuntos internos del Vaticano, no hubiera formulado al final la pregunta:

– Padre, ¿qué hay de los rumores según los cuales Su Santidad está trabajando en una nueva encíclica?

– No tengo conocimiento de ello. Lo siento.

– La encíclica debe llevar por título Fides Evangelii -Brady no cedía.

La indicación alarmó a los periodistas presentes. De nuevo parecía confirmarse que el americano de Atlanta disponía de los mejores contactos en el Vaticano, que llegaban, así se murmuraba, hasta la antesala del Papa.

Vilosevic había confiado en borrar del mapa el asunto con una respuesta breve, pero ahora recibía la presión del resto de periodistas y no hacía buen papel como defensor de su supuesta ignorancia.

– Caballeros -dijo Vilosevic-, todos ustedes conocen el parecer de la Iglesia, según el cual las cuestiones relativas a la doctrina católica son asunto interno de la Iglesia y no de la opinión pública.

Esto dio pie a Cesare Bonato, de la agencia italiana de noticias ANSA, para gritar Chiachierone!, que quiere decir tanto como charlatán y que, de haber entendido Vilosevic la observación, le habría costado una seria reprimenda; pero al insulto añadió la pregunta de si él, Vilosevic, quería indicar con ello que el asunto estaba sometido a secreto papal, lo que en el argot de la curia significa el grado máximo de confidencialidad.

Disgustado y con un deje de estar ofendido, replicó el funcionario vaticano:

– No hay ninguna encíclica y por ello no puede estar sometida a secreto papal. Gracias por su atención.

Con ello terminó propiamente el ritual de la conferencia de prensa semanal en el Vaticano. Vilosevic y sus dos asistentes, dos curas jóvenes, uno de Roma y otro veronés, se disponían a abandonar el pódium cubierto de blanco (en la Iglesia católica nada funciona sin pódium), cuando Bonato gritó fuerte, de modo que su voz no pasó inadvertida en el rumor general de voces:

– Padre Vilosevic, ¿el hecho de que desmienta usted una encíclica de Su Santidad no significa acaso que existe?

La formulación retorcida de Bonato desató la risa, pero respondía exactamente a la dicción que utilizan con preferencia los funcionarios del Papa. Vilosevic conocía a Bonato y sabía que era experto en cuestiones eclesiásticas, cosa que sólo domina quien estuvo a punto de ser sacerdote antes de haber cedido a la tentación en forma de mujer. Por esto Vilosevic fue presuroso al encuentro de Bonato con la esperanza de poder entablar cara a cara el siguiente diálogo; sin embargo, apenas estuvieron uno frente al otro, fueron rodeados por los demás periodistas como Jesús y Filipo ante la milagrosa multiplicación de los panes.

– ¿Qué quiere decir con ello? -preguntó nervioso Vilosevic.

– Bueno sí -respondió Bonato con aquella amabilidad apropiada para invertir la apariencia externa-, todos sabemos que la política de ocultación del Vaticano es una forma especial de vida y esto no hace nuestro trabajo precisamente fácil.

– ¡Les digo a ustedes todo lo que sé! -protestó Vilosevic, pero en sus ojos inseguros podía leerse que no estaba convencido de lo que decía.

– …lo que le permiten decir -corrigió Desmond Brady al padre-. Y no es mucho tras un muro de silencio.

En un momento cambió la atmósfera. Se extendió la irritación y el padre miró a sus asistentes en busca de ayuda; pero éstos no parecían menos desconcertados de cómo debían afrontar la situación. Sobre todo les daba miedo Brady, un periodista extremadamente crítico, que ya una vez arremetió contra la política de ocultación del Vaticano y afirmó que ni los nazis ni los comunistas consiguieron envolverse con un velo tan grueso de silencio como la curia romana. Pero los secretos no se pueden borrar del mundo, sólo se pueden callar, de modo que la afirmación de Brady no halló eco en el interior de los muros leoninos, ni siquiera palabras de protesta; se esfumó como el incienso en el Te Deum.

Vilosevic miró a Brady desafiante:

– ¿Qué quiere decir con ello?

– Me he expresado muy claramente, al contrario de usted, padre Vilosevic. Sin embargo -añadió con acentuada amabilidad- mi reproche no va dirigido a usted personalmente, usted lo sabe, pero la Secretaría de Estado y el Santo Oficio quizá deberían recordar alguna vez en qué época vivimos.

Cesare Bonato no se dio por satisfecho e hizo una observación capaz de poner colorados a los papistas:

– No sería la primera encíclica que no llega a los fieles a pesar de haber sido escrita para ellos. Pienso sólo en el papa Pío XI.

Esta observación alcanzó de lleno al padre Vilosevic como el golpe de un boxeador, pero los periodistas le habían rodeado; no tenía salida. El padre, Brady y la mayor parte del resto sabían a qué se refería Bonato: Pío XI preparó en 1938 una encíclica Humani Generis Unitas, que nunca fue publicada. Las circunstancias por las que nunca se publicó quedaron sin aclarar, sólo está claro que un decreto papal sobre el tema del racismo y el antisemitismo habría sido de enorme importancia en aquella época.

Acosado de este modo, Vilosevic se convirtió en agresor, atacó a Bonato:

– Quizá sus contactos en la curia son mejores que los míos. ¿Qué sabe usted de la nueva encíclica? Me interesaría saberlo.

La observación supuestamente irónica de Vilosevic iba dirigida a despertar la indignación de los demás periodistas y se produjo un barullo durante el cual se pudo extraer que desde hacía tiempo había insistentes rumores en torno a un pergamino recién descubierto de la época de Jesús de Nazaret, cuya traducción era mantenida bajo llave por el Santo Oficio igual que las profecías de Malaquías, cuyo contenido se conoce, pero que ninguna persona ordinaria había podido ver directamente.

– ¡Todo rumores! -gritó Vilosevic enfurecido y en la rabia se le hinchó una vena vertical de color oscuro en la frente que le daba un aspecto casi diabólico.

– ¡Díganme la fuente de su información, entonces con gusto intercederé en su favor para obtener una declaración oficial!

Brady reía maliciosamente. Ningún periodista del mundo que tenga información confidencial revela el nombre de su informador, pues esto significaría el fin de esta fuente. También Bonato sólo tuvo para el portavoz de prensa del Vaticano una sonrisa conmiserativa. Sin embargo, esta discusión surgida de paso puso de relieve que cada uno de los periodistas presentes había oído sobre la extraña inquietud que desde hacía bastante tiempo se extendía por el Vaticano. Si bien cada uno sabía de oídas un motivo distinto. Un corresponsal español de radio habló de una enfermedad grave incurable de Su Santidad; el columnista del Messagero sabía incluso que el tercer secreto de la profecía de Fátima se había cumplido de forma terrible (sin decir naturalmente la causa de ese terror); el corresponsal en Roma de Der Spiegel creía saber que el celibato sería abolido este mismo año; y Larry Stone de News Week pretendía incluso saber que los obispos latinoamericanos abandonarían en masa la Iglesia, una especulación que, a pesar de la seriedad de Stone, fue acogida con una risotada.

Vilosevic aprovechó la inesperada hilaridad para abandonar de prisa la Sala d'Angeli, se recogió la sotana, una actitud que parecía poco digna para un padre, pero muy apropiada para dar pasos más largos y, en consecuencia, aumentar la velocidad. En este porte se precipitó por el largo corredor de piedra hasta la escalera de mármol que conduce al tercer piso del palacio apostólico, donde detrás de puertas blancas, todas cerradas por dentro menos una, residía el cardenal secretario de Estado.

2

Con Felici, el cardenal secretario de Estado, un anciano bondadoso de pelo blanco corto y manos temblorosas -estaba desempeñando su función ya bajo tres papas-, mantenía Vilosevic una relación de plena confianza, se puede decir también que Vilosevic era su incondicional; pero esta incondicionalidad le deparaba al mismo tiempo la enemistad del cardenal Berlinger, el director del Santo Oficio, que gobernaba los otros bienes alodiales en el interior del Vaticano. En Berlinger y Felici se juntaban la tierra y el fuego: Berlinger, el conservador, severo frente a toda novedad o renovación, y Felici, un cardenal liberal, progresista, que ya antes del último cónclave se le tenía por papabile, pero al que, como solía él mismo decir, las sandalias del pescador le venían un número grande.

Después que Vilosevic hubo atravesado dos antesalas seguidas con tapices en las paredes y escaso mobiliario oscuro -padres vestidos de negro oficiaban sin excepción como secretarias en el Vaticano-, haciendo una reverencia entró en la sala excesivamente caldeada, donde Felici revisaba legajos de documentos y papeles tras una mesa interminablemente amplia.

– ¡Señor cardenal! -gritó Vilosevic de lejos (Felici no toleraba otro tratamiento que éste)-. Señor cardenal, tiene que hacer algo. Los periodistas han oído campanas de algo. Ya no sé cómo amansarlos. Algunos de ellos saben más que yo…, al menos ésa es mi impresión.

Con un gesto amable, el cardenal indicó al director de la oficina de prensa una silla tapizada en rojo con respaldo alto que estaba solitaria sobre una enorme alfombra a una distancia conveniente de su escritorio.

– Siempre una cosa detrás de otra -ordenó Felici y luego usó una locución que era objeto de burlas en el Vaticano porque el viejo la empleaba en cada conversación-:…¡y con distancia!

– Usted lo dice así, «con distancia», y suena sencillo -se acaloraba Vilosevic-, me han abordado cincuenta periodistas acorralándome con aventurados rumores sobre una encíclica que se está preparando y de gran importancia para la Iglesia.

Felici mostraba serenidad:

– Cada encíclica es de importancia fundamental para la Santa Iglesia católica. ¿Por qué no ésta?

– ¿Así que debemos contar ahora con una encíclica? Primera pregunta: ¿cuándo? Segunda pregunta: ¿qué contenido?

– No he dicho que se esté preparando una encíclica, padre Vilosevic. Sólo he señalado que, si se estuviera preparando una encíclica, tendría la misma importancia fundamental que las demás publicadas hasta ahora.

– ¡Señor cardenal! -Vilosevic se deslizaba inquieto a un lado y otro sobre su silla-. ¡Así no vamos a ninguna parte! Por Dios y todos los santos, tengo a mi cargo esta oficina de prensa, soy el portavoz del Vicario de Cristo, los periodistas esperan con razón una explicación mía. Los gorriones pían en los tejados que desde hace meses existe inquietud en el Vaticano, pero nadie sabe por qué, nadie habla de ello. ¡No es extraño que corran los rumores! Ahora mismo tuve que oír que los obispos sudamericanos se proponen un abandono masivo de la Iglesia.

– ¡Espero que lo haya desmentido inmediatamente, Vilosevic!

– Nada he hecho. Callé ante las afirmaciones absurdas y seguiré callando hasta que reciba una explicación de la máxima autoridad. ¿Quién sabe? Tal vez hay algo de verdad en esta afirmación.

– ¡Ridículo! -rezongó Felici y se levantó de su escritorio. Cruzó los brazos en la espalda, se acercó a uno de los altos ventanales y miró a la plaza de San Pedro, que en esta época estaba solitaria; incluso las figuras de mármol blanco en las columnatas de Bernini, que normalmente resplandecían en el cielo como antorchas en la noche, despedían melancolía.

– Gracias al Señor -empezó Felici, sin quitar la vista de la ventana-, gracias al Señor, que este asunto no me corresponde a mí, sino al director del Santo Oficio, cardenal Berlinger.

Vilosevic podía ver de lado que la cara de Felici reflejaba cierta alegría maliciosa cuando pronunció el nombre. Finalmente el cardenal se dirigió a Vilosevic. Éste se levantó y, cuando ambos estuvieron muy cerca uno frente a otro, dijo Felici, reflexivo:

– Puesto que usted es mi amigo, quisiera comunicarle la verdad sobre el motivo de la inquietud en el interior de la curia. Pero, hermano en Cristo, tiene que darme su palabra de que guardará silencio… hasta que lleguen instrucciones superiores. Esta verdad es amarga para nuestra Iglesia y algunos que la conocen defienden el criterio de que no podría sobrevivir a esta verdad… de ahí la inquietud.

– Por Dios y todos los santos, ¿de qué se trata?

– Según parece, debemos admitir que Mateo, Marcos, Lucas y Juan no son los únicos evangelistas. Según parece, existe un quinto evangelio, el evangelio según Barabbas. Se encontró en una tumba copta y jesuitas de la Gregoriana lo están traduciendo.

– ¡No lo entiendo! -objetó Vilosevic-. Un quinto evangelio significaría sólo un refuerzo para la doctrina de la Santa Madre Iglesia.

– Sí, cierto, pero únicamente si el texto apoya a los otros cuatro.

Vilosevic se volvió apocado:

– ¿Y no lo hace?

El silencio de Felici adelantó la respuesta.

– Al contrario -replicó el cardenal-, cubre las lagunas de los cuatro evangelios, basadas en que Mateo, Marcos, Lucas y Juan sólo conocían de oídas las cosas que escribieron. En cambio Barabbas, el autor del quinto evangelio, fue testigo presencial. Escribe como si hubiera conocido a nuestro Señor Jesús y en él numerosas partes de la tradición neotestamentaria se leen de forma muy distinta.

– ¡Señor Jesús! -Vilosevic respiró profundamente-. ¡Señor Jesús! -repitió y añadió-: ¿Quién es este Barabbas?

– Ésta es la cuestión. Manzoni, de la universidad papal, trabaja febrilmente en ello. Ha reunido la mejor gente de su orden, pero, según afirma, los pasajes decisivos referentes al autor del evangelio o están rotos o faltan. Antes de que fuera conocida su importancia, el pergamino fue vendido a trozos y es difícil encontrar los fragmentos aislados y reunirlos de nuevo.

– Pero -objetó inseguro Vilosevic- hay ciertamente una serie de evangelios apócrifos, que todos ellos han demostrado ser falsos. ¿Quién dice que precisamente este evangelio sea verdadero?

– Tanto los científicos naturales como los científicos bíblicos llegan a la misma conclusión: el texto es auténtico.

– ¿Y cuál es su contenido?

El cardenal volvió a la ventana y miró afuera, pero no veía la plaza de San Pedro ni las columnatas, miraba al vacío y contestó:

– No lo sé, sólo sé que la frase: «Tú eres Pedro, la piedra, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» no aparece en todo el quinto evangelio. ¿Sabe usted lo que esto significa, Vilosevic?, ¿lo sabe? -Felici alzó la voz y sus ojos se humedecieron-: Esto significa que todo esto que nos rodea carece de sentido. ¡Usted, yo y Su Santidad y trescientos millones de personas han perdido su fe!

– ¡Señor cardenal! -Vilosevic se acercó a Felici-. Señor cardenal, modérese, se lo ruego en nombre de todos los santos.

– ¡Todos los santos! -replicó Felici amargamente-. También puede olvidarlos.

El padre se dejó caer en la silla y hundió la cabeza en las manos. Sencillamente no podía comprender lo que el cardenal acababa de relatar.

– Tal vez entienda usted ahora, padre, la inquietud que agita a la curia -observó Felici.

Y Vilosevic contestó excusándose:

– Yo no sabía nada de esto, eminencia, no tenía idea.

Entonces cortó irritado el cardenal:

– ¡Puede ahorrarse su «eminencia», oiga! Precisamente ahora…

El padre asintió sumiso. Tras una pausa que parecía interminable en la que Felici, inmóvil, miraba fijamente por la ventana, empezó Vilosevic, cauto:

– Si me permite la pregunta, señor cardenal, ¿cuántas personas conocen este descubrimiento?

– Ésta no es la cuestión -replicó el cardenal-. El descubrimiento en sí es de conocimiento general, en todo caso por lo que respecta a la ciencia. Coptólogos y filólogos clásicos conocen desde hace tiempo el hallazgo de un pergamino cerca de Minia. Pero puesto que los ladrones de la tumba en cuyas manos cayó el pergamino vendieron su tesoro a trozos para aumentar el beneficio, ningún instituto científico pudo someter el pergamino a un análisis textual crítico. Sin embargo, a principios de los años cincuenta, algún científico debió haber levantado alguna sospecha; pues por esta época de repente diferentes personas mostraron interés por el pergamino y empezaron a comprar fragmentos.

– ¿Lo sabía la curia?

– Uno de los compradores fue el cardenal Berlinger, que está al frente del Santo Oficio. Envió emisarios con la misión de adquirir cada trozo a cualquier precio para los museos vaticanos. Ni esta misma gente sabía de qué trataba el pergamino; tenía sólo el encargo de conseguirlo, costase lo que costase.

– ¿Y tuvo éxito la misión?

– Hasta cierto punto, padre.

– Pero entonces esto significa…

– … que Manzoni sólo dispone de una parte considerable del quinto evangelio. -Y tras una pausa, observó el cardenal-: Sé lo que piensa ahora, padre. Lo leo en sus ojos, usted piensa que si el pergamino se halla parcialmente en poder de la Iglesia, entonces la Iglesia podría hacer desaparecer secretamente este pergamino o por lo menos aquellos pasajes que constituyen un peligro para ella. ¡Esto piensa usted, padre!

Vilosevic asintió. Se avergonzó y murmuró:

– ¡Dios me perdone!

– No debe avergonzarse -replicó Felici-, yo también tuve la misma idea y no soy el único miembro de la curia que lo pensó cuando se enteró de ello. Sólo existe una dificultad.

– ¿Una dificultad?

Felici asintió con vehemencia:

– Precisamente las partes más importantes del pergamino no se hallan en poder de Manzoni. Berlinger no consiguió comprar aquellos fragmentos en los que Barabbas narra su relación con nuestro Señor Jesús o en los que Jesús habla del futuro a sus discípulos.

– Curioso -dijo Vilosevic reflexivo-, ¡esto no puede ser casual!

– Naturalmente que no -respondió Felici-, seguro que no es casualidad.

Vilosevic se levantó de un salto.