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¡Rumbo al Este!

W Tenn


William Tenn

¡Rumbo al Este!

La ruta de New Jersey, a caballo, había sido dura. Al sur de New Brunswick, los baches eran tan profundos, las piedras y la grava tan abundantes, que los dos hombres se habían visto obligados a avanzar a un trote lento, para evitar que alguno de sus tres valiosos animales se rompiera una pata. Y, desde luego, en aquel lejano sur no existía ninguna granja: sólo pudieron comer las provisiones que llevaban en las alforjas, y la noche anterior habían dormido en los restos de una estación de servicio, suspendiendo sus hamacas entre las herrumbrosas bombas de gasolina.

Sin embargo, era el camino mejor, el más directo; Jerry Franklin no lo ignoraba. La Ruta era una carretera gubernamental: su piso se limpiaba cada seis meses. Habían avanzado con apreciable rapidez, teniendo en cuenta que además de sus monturas llevaban otro caballo de carga. Mientras descendían la última ladera, al pie de la cual se erguía un tronco de árbol que tenía grabadas las palabras TRENTON: SALIDA, Jerry suspiró aliviado. Su padre, los colegas de sus padre, estarían orgullosos de él. Y él estaba orgulloso de sí mismo.

Pero, inmediatamente después, estaba de nuevo alerta. Espoleó a su caballo y lo situó a la altura del de su compañero, un joven de su misma edad.

—Protocolo —le recordó —. No olvides que soy el jefe. Ya sabes que no tienes que cabalgar delante de mí.

No le gustaba tener que recordar su rango, pero los hechos eran los hechos y si un subordinado se extralimitaba, había que llamarle la atención. Después de todo, Jerry era hijo —y primogénito, además— del Senador de Idaho: el padre de Sam Rutherford era un simple Subsecretario de Estado, y la familia de la madre de Sam descendía de unos modestos empleados de correos Sam asintió con un gesto de disculpa y obligó a su caballo a que retrocediera a la distancia conveniente.

—Me había parecido ver algo extraño —explicó—. Estaba mirando hacia aquella parte del camino… y juraría que he visto a unos hombres que llevaban vestimentas de piel de búfalo.

—Los Semínolas no llevan vestimentas de piel de búfalo, Sammy. ¿Es que no recuerdas nuestra ciencia política de segundo curso?

—No he estudiado ciencias políticas, mister Franklin: yo era un mecánico especialista. Pero por lo poco que sé, no creo que las vestimentas de piel de búfalo correspondan a los Semínolas. Por eso estaba…

—Preocúpate del caballo de carga —le advirtió Jerry—. Las negociaciones son tarea mía.

Al decir esto no pudo evitar tocar la bolsa que llevaba colgada del cuello. Dentro de aquella bolsa estaba su credencial, cuidadosamente mecanografiada en uno de los pocos folios de papel que quedaban con el membrete oficial del gobierno (que no era menos oficial por el hecho de que la cara posterior se hubiese utilizado muchos años atrás para tomar apuntes en una oficina), y firmada por el propio Presidente ¡Con tinta!

La existencia de tal documento podía tener mucha importancia para el futuro. Aparte de su valor intrínseco como acreditativo de sus atribuciones en el curso de las conferencias que iba a entablar, atestiguaba que le había sido confiada una misión de gran altura. Y, cuando su padre muriera, y el ocupara uno de los dos escaños que correspondían a Idaho, aquella misión le conferiría el suficiente prestigio como para intentar el ingreso en el Comité de Créditos. O, puestos a pedir, ¿por qué no llegar a lo más alto? Ningún Senador Franklin había sido nunca miembro del Comité de Gobierno…

Los dos enviados supieron que estaban en los arrabales de Trenton cuando pasaron junto a los primeros grupos de jerseyitas que trabajaban en la limpieza de la carretera. Unos rostros asustados se alzaron hacia ellos, para inclinarse de nuevo rápidamente sobre su trabajo. Los grupos estaban trabajando sin ninguna vigilancia visible. Evidentemente, los Semínolas opinaban que unas simples ordenes eran suficientes.

Pero mientras cabalgaban a través de las casas en ruinas de lo que había sido la ciudad, sin encontrar a nadie de más importancia que hombres blancos, a Jerry Franklin comenzó a ocurrírsele otra explicación. Todo aquello tenía el aspecto de una ciudad en guerra, pero, ¿dónde estaban los combatientes? Casi con seguridad al otro lado de Trenton, defendiendo el río Delaware. Esta era la dirección en que los nuevos gobernantes de Trenton podían temer un ataque, pues en la parte norte sólo tenían a los Estados Unidos de América.

Pero, de ser así, ¿contra quién estaban defendiéndose? Al otro lado del Delaware, hacia el sur, sólo se hallaban Semínolas. ¿Sería posible que los Semínolas hubieran acabado por luchar entre ellos?

¿O acaso Sam Rutherford no se había equivocado? Fantástico. ¡Vestimentas de piel de búfalo en Trenton! No podía haber vestimentas de piel de búfalo a menos de cien millas al oeste, en Harrisburg.

Pero cuando doblaron la esquina de la State Street, Jerry se mordió el labio con expresión de disgusto. Sam estaba en lo cierto, lo cual no complació precisamente a Jerry.

Esparcidos sobre el amplio césped del Capitolio del Estado había docenas de jacales. Y los hombres altos de piel oscura, que estaban tranquilamente sentados o que paseaban con orgullo entre los jacales, llevaban vestimentas de piel de búfalo. Al contemplar sus rostros pintarrajeados no había ninguna necesidad de recordar las lecciones de ciencia política: eran Sioux.

De modo que la información que había llegado al gobierno acerca de la identidad del invasor era completamente errónea… como de costumbre. Bueno, no podían pedirse milagros a las comunicaciones desde tan larga distancia. Pero aquella inexactitud hacía difíciles las cosas. Podía invalidar su credencial, ya que la credencial iba directamente dirigida a Osceola VII, Rey de Todos los Semínolas. Y si Sam Rutherford creía que esto le daba derecho a pavonearse…

Miró hacia atrás imprudentemente. No, Sam no plantearía ningún problema. Sam no era delos que pinchaban: "Ya se lo dije a usted…" Al sentir sobre él la mirada de su jefe, el hijo del Subsecretario de Estado bajo los ojos con expresión humilde.

Satisfecho, Jerry rebuscó en su memoria algún dato importante acerca de recientes relaciones políticas con los Sioux. No pudo recordar muchos… apenas los términos de los dos o tres últimos tratados. Tendría que forzar su memoria.

Cabalgó hasta encontrarse delante de un guerrero de aspecto imponente, y se apeó del caballo. Podía hablarse con un Semínola sin desmontar, pero los Sioux eran muy susceptibles en materia de protocolo cuando trataban con hombres blancos.

—Venimos en son de paz —le dijo al guerrero, que permanecía tan impasiblemente erguido como la lanza que sostenía en la mano, tan rígido y duro como el rifle que colgaba de sus espalda—. Traemos un mensaje importante y muchos regalos para tu jefe. Venimos de Nueva York, el hogar de nuestro jefe. —Hizo una breve pausa y luego añadió—: ¿Conoces al Gran Padre Blanco?

Inmediatamente lamentó haber añadido la pregunta. El guerrero cloqueó brevemente; en sus ojos se encendió una regocijada lucecita. Luego, su rostro volvió a quedar inexpresivo, revestido de una serena dignidad.

—Sí —dijo—. He oído hablar de él. ¿Quién no ha oído hablar de la riqueza y del poder y de los grandes dominios del Gran Padre Blanco? Ven; te llevaré a presencia de nuestro jefe.

Jerry hizo un gesto a Sam Rutherford para que esperase.

Ante la entrada de una gran tienda, lujosamente decorada, el indio se apartó a un lado y le indicó a Jerry que podía entrar.

El interior de la tienda estaba sumido en una semipenumbra, pero la iluminación era lo suficientemente lujosa como para dejar a Jerry sin aliento. ¡Lámparas de petróleo! ¡Tres! Aquella gente vivía bien.

Hacía un siglo antes de la última gran guerra, sus antepasados habían poseído una gran abundancia de lámparas de petróleo. Y algo mejor que las lámparas de petróleo, quizá, si había que creer las historias que los ingenieros contaban alrededor de las fogatas. Aquellas historias eran agradables de oír, pero constituían glorias de un lejano pasado. Al igual que las historias de graneros y de supermercados llenos hasta los topes, le hacían a uno sentirse orgullosos de su pueblo, pero no le servían de ninguna ayuda en los momentos actuales. Conseguían que a uno se le hiciera la boca agua, pero no le alimentaban.

Los indios, cuya organización tribal había sido la primera en adaptase a las nuevas circunstancias, tenían graneros, los indios tenían lámparas de petróleo. Y los indios…

Había allí dos vigorosos hombres blancos sirviendo comida al grupo sentado en cuclillas en el suelo. Un anciano, el jefe, de rostro rechoncho. Tres guerreros, uno de ellos demasiado joven para asistir a un consejo. Y un negro de unos cuarenta años, vestido con harapos semejantes a los de Franklin, aunque un poco más nuevos y un poco menos sucios.

Jerry se inclinó delante del jefe, extendiendo sus brazos, con las palmas de las manos hacia abajo.

—Vengo de Nueva York, donde reside nuestro jefe —murmuró.

A pesar de sí mismo, estaba un poco asustado. Le hubiera gustado conocer sus nombres, de modo que pudiera relacionarlo con acontecimientos específicos. Aunque Jerry sabía cuáles podían ser sus nombres… aproximadamente. Los Sioux, los Semínolas, miembros de todas las tribus indias renacientes en poderío y en número, llevaban nombres cargados de anacronismo. Una extraña mezcla de diversas etapas del pasado, cubiertas siempre por presente. Como los rifles y las lanzas, unos para la realidad de luchar, las otras como símbolo más importante que la realidad misma. Como el uso de los jacales en el campo, cuando, según los rumores que circulaban por el país, los obreros esclavos podían construirle al más insignificante de los indios una morada como ni siquiera el presidente de los Estado Unidos, sobre su jergón especial de paja, podía soñar. Como las caras pintarrajeadas mirando a través de los reinventados microscopios. ¿Cómo habían sido los antiguos microscopios? Jerry trató de recordar el Curso de Investigaciones de Ingeniería que había seguido en su adolescencia, pero la tentativa resultó inútil. Lo mismo daba: los indios eran tan extraños y pavorosos… A veces uno pensaba que el destino les había elegido para ser conquistadores, con la descuidada contradicción de los conquistadores. A veces…

Jerry se dio cuenta de que estaba esperando que continuara.

—Donde reside nuestro jefe —repitió apresuradamente—. Traigo un mensaje muy importante y muchos regalos.

—Come con nosotros —dijo el anciano—. Luego nos darás tus regalos y tu mensaje.

Agradecido, Jerry se sentó en cuclillas a poca distancia de ellos. Estaba hambriento y entre la fruta de los cuencos había visto algo que debía ser una naranja. ¡Había oído hablar tanto del exquisito sabor de las naranjas!

Pasados unos instantes, el anciano habló:

—Yo soy el jefe Tres Bombas de Hidrógeno. Este —señalando al más joven de los indio— es mi hijo, Generador de Radiaciones. Y éste —señalando al negro— es una especie de compatriota tuyo.

A la mirada interrogadora de Jerry, y después de que el jefe levantó un dedo índice concediéndole permiso para hablar, el negro explicó:

—Sylvester Thomas. Embajador ante los Sioux de los Estados Confederados de América.

—¿La Confederación? ¿Existe todavía? Oí decir, hace diez años…

—La Confederación está muy viva, señor. Es decir, la Confederación Occidental, con su capital en Jackson. Mississippi. La Confederación Oriental, con su capital en Richmond, Virginia, desapareció a manos de los Semínolas. Nosotros hemos sido más afortunados. Los Arapahoes, los Cheyennes y —con una inclinación de cabeza hacia el jefe— especialmente los Sioux, han sido muy amables con nosotros. Nos permiten vivir en paz, mientras nos dediquemos a cultivar nuestras tierras y a pagar nuestros tributos.

—Entonces, debe usted saber una cosa, míster Thomas… —empezó Jerry ávidamente—. Me refiero a… la República de la Estrella Solitaria… a Texas… ¿Es posible que también Texas…?

Míster Thomas miró hacia la puerta del jacal con expresión desalentada.

—Lo siento, señor, la República de la Bandera de la Estrella Solitaria cayó ante los Kiowas y los Comanches hace ya muchos años, cuando yo era aún muy niño. No recuerdo la fecha exacta, pero sé que fue incluso antes de que California fuese ocupada por los Apaches y los Navajos, y mucho antes de que la nación de los mormones quedase…

Generador de Radiaciones alzó sus hombros y flexionó sus musculosos brazos.

—¡Cuánta cháchara! —exclamó—. Estoy cansado de oír la cháchara de los rostros pálidos.

—Míster Thomas no es un rostro pálido —le respondió su padre—. ¡Un poco más de respeto! Es nuestro huésped y un embajador acreditado. Procura no pronunciar la palabra rostro pálido en su presencia.

Otro de los guerreros sentado cerca del jefe, tomó la palabra.

—En otra época, en la época de los héroes, un muchacho de la edad de Generador de Radiaciones no se hubiera atrevido a levantar la voz en un consejo delante de su padre. Y, desde luego, nunca hubiese dicho las mismas cosas que él. Puedo citar como referencia, para los que estén interesados en ello, el definitivo volumen de Robert Lowie, Los Cuervos Indios, y la excelente obra de investigación antropológica de Lesser, Tres Tipos de Parentesco Sioux. Ahora, en tanto que no hemos sido capaces de reconstruir un tipo de parentesco Sioux de acuerdo con el modelo clásico propuesto por Lesser, hemos desarrollado un sistema de trabajo que…

—Lo malo que tienes, Brillante Cubierta de Libro —le interrumpió el guerrero sentado a su izquierda— es que eres demasiado clásico. Siempre tratas de vivir en la Edad de Oro en vez de hacerlo en el presente, y en una Edad de Oro que en realidad poco tiene que ver con los Sioux. Sí, admito que tenemos muchos puntos de contacto con los indios citados por Lowie, especialmente desde el punto de vista lingüístico; pero, ¿qué ocurre cuando tratamos de aplicar sus preceptos a la vida diaria?

—¡Basta! —exclamó el jefe—. ¡Basta, Polemista Incisivo! Y tú también, Brillante Cubierta de Libro… ¡Basta! Esos son asuntos privados de la tribu. Aunque sirven para recordarnos que el rostro pálido fue grande antes de convertirse en un enfermo corrompido y asustado. Aquellos hombres cuyos libros sagrados nos enseñan el perdido arte de vivir como Sioux, hombres como Lesser, hombres como Robert H. Lowie, ¿no eran acaso hombres de rostro pálido? En su memoria hemos de mostrarnos tolerantes.

—¡Ah-ah! —dijo Generador de Radiaciones con impaciencia—. En lo que a mí respecta, los únicos rostros pálidos buenos son los que están muertos. Eso es. —Pensó unos instantes—. Excepto sus mujeres. Las mujeres de rostro pálido son divertidas cuando uno se encuentra lejos del hogar y siente que en su interior se levanta un pequeño infierno.

El jefe Tres Bombas de Hidrógeno contempló a su hijo en silencio. Luego se volvió hacia Jerry Franklin.

—Tu mensaje y tus regalos. Primero tu mensaje.

—No, jefe —intervino Brillante Cubierta de Libro respetuosa pero firmemente—. Primero los regalos. Luego el mensaje. Así es como hay que hacerlo.

—Voy a buscarlos. En seguida vuelvo…

Jerry salió de la tienda y corrió hacia el lugar en que Sam Rutherford había trabado los caballos.

—Los regalos —le apremió—. Los regalos para el jefe.

Desataron los paquetes que llevaba el caballo de carga. Jerry los cogió y regresó con ellos a la tienda a través de los guerreros que se habían reunido para contemplar, con tranquila arrogancia, lo que estaba haciendo. Jerry entró en el jacal, dejó los regalos en el suelo y se inclinó de nuevo.

— Abalorios brillantes para el jefe —dijo, entregándole dos zafiros en forma de estrella y un gran diamante blanco, el mejor que los ingenieros habían sacado de las ruinas de Nueva York en los últimos diez años.

—Tela para el jefe —dijo, entregándole una pieza de lino y una pieza de lana, hiladas y tejidas en New Hampshire especialmente para aquella ocasión, y transportada a costa de enormes esfuerzos hasta Nueva York.

—Bonitas baratijas para el jefe —dijo, entregándole un reloj despertador, sólo ligeramente enmohecido, y una hermosa máquina de escribir, que funcionaban gracias a los esfuerzos mancomunados de un grupo de artesanos y otro de ingenieros (estos últimos interpretando los enrevesados documentos antiguos para los artesanos) durante dos meses y medio.

—Armas para el jefe —dijo, entregándole un sable de caballería primorosamente tallado, preciado tesoro que había pertenecido al Jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, el cual había protestado amargamente cuando el Presidente le obligó a entregarlo ("Diablos, señor Presidente, ¿acaso quiere usted que luche contra esos indios con las manos vacías?" "No, Johnny, no es eso lo que quiero, pero estoy seguro de que podrás encontrar otro como éste en poder de alguno de tus más vehementes oficiales jóvenes").

Tres Bombas de Hidrógeno examinó los regalos, especialmente la máquina de escribir, con cierto interés. Luego los distribuyó solemnemente entre los miembros de su consejo, reservándose únicamente la máquina de escribir y uno de los zafiros. El sable se lo entregó a su hijo.

Generador de Radiaciones golpeó el acero con su uña.

—Poca cosa —afirmó—. Poca cosa. Míster Thomas trajo mejores regalos que éstos de los Estados Confederados de América para la ceremonia de la pubertad de mi hermana. —Dejó caer el sable desdeñosamente al suelo—. Pero, ¿qué puede esperarse de una pandilla de apestosos descamisados de piel blanca que no sirven para nada?

Al oír aquellas palabras Jerry Franklin se puso rígido. Aquello significaba que tenía que luchar con Generador de Radiaciones… y la perspectiva le asustó tanto que su espalda quedó empapada en un frío sudor. La alternativa era perder todo prestigio ante los Sioux.

"Descamisado" era un vocablo del sistema Natchez y en aquellos días se aplicaba a todos los hombres blancos que trabajaban en las plantaciones o en las factorías al servicio de sus aristocráticos dueños indios. Un "descamisado" era algo peor que un esclavo.

Si alguien dejaba que otro le llamase descamisado y no le mataba… bueno, en tal caso era un descamisado.

—Soy un representante acreditado de los Estados Unidos de América —dijo Jerry lentamente, alzando la voz—, y el primogénito del Senador de Idaho. Cuando mi padre muera, me sentaré en el Senado en su lugar. Soy un hombre que ha nacido libre, que participa en los consejos de su nación, y el que me llame descamisado es un asqueroso embustero.

Ya estaba hecho. Jerry aguardó, mientras Generador de Radiaciones se ponía en pie. Observó con desaliento el musculoso y bien formado cuerpo del joven guerrero. No tendría ninguna posibilidad contra él en una lucha mano a mano… que era lo que le esperaba.

Generador de Radiaciones recogió la espada del suelo y apuntó con ella a Jerry Franklin.

—Podría ensartarte ahora mismo como a una cebolla —dijo—. O podría luchar contigo a cuchillo y abrirte el vientre en canal. He luchado y he matado Semínolas, he luchado contra los Apaches, incluso he luchado y he matado Comanches. Pero nunca me he ensuciado las manos con la sangre de un rostro pálido, y no voy a hacerlo ahora. Dejo esa puerca tarea a los verdugos de nuestros Estados. Padre, me quedaré fuera hasta que hayan limpiado el jacal.

Arrojó desdeñosamente la espada a los pies de Jerry y se dirigió a la puerta. Antes de atravesarla, se detuvo y dijo por encima de su hombro:

—¡El primogénito del Senador de Idaho! Idaho ha formado parte de las posesiones de la familia de mi madre durante los últimos cuarenta y cinco años. ¿Cuándo dejarán estos cretinos románticos de jugar y empezarán a vivir en el mundo tal como es ahora?

—¡Este hijo mío! —murmuró el jefe—. Las jóvenes generaciones, ya se sabe… Un poco salvaje, un poco intolerante, desde luego. Pero es un gran muchacho. De veras. Un gran muchacho.

Hizo una seña a los esclavos blancos, los cuales trajeron una especie de baúl cubierto de grandes salpicaduras de color.

Mientras el jefe rebuscaba en el baúl, Jerry Franklin se relajó pulgada a pulgada. Era casi demasiado bueno para ser verdad: ni tenía que luchar contra Generador de Radiaciones, ni había perdido el honor. Las cosas no podían marchar mejor de lo que marchaban.

En cuanto al último comentario de Generador de Radiaciones… bueno, ¿cómo podía esperarse que un indio comprendiera ciertas cosas, como por ejemplo la tradición y la gloria que podía residir siempre en un símbolo? Cuando su padre se puso en pie bajo el cuarteado techo del Madison Square Garden y se encaró con el vicepresidente de los Estados Unidos para decirle: "El pueblo del Estado Soberano de Idaho no ha consentido nunca, y nunca consentirá, pagar un impuesto sobre las patatas. Desde épocas inmemoriales, las patatas han estado asociadas con Idaho, han sido el orgullo de Idaho. La población de Boise dice que no a un impuesto sobre las patatas, la población de Pocatello dice que no a un impuesto sobre las patatas, todos los granjeros de la Gema de la Montaña dicen que no, y mil veces no, a un impuesto sobre las patatas…", cuando su padre hablaba de ese modo, estaba hablando en nombre de Boise y de Pocatello. No del aplastado Boise ni del asolado Pocatello de hoy, sino de las magníficas ciudades que habían sido en otro tiempo… y de las florecientes granjas del otro lado del Snake River… Y de Sun Valley, Idaho Falls, American Falls, Weiser, Grangeville, Twin Falls…

—No te esperábamos, de modo que no tenemos muchos regalos que ofrecerte —estaba explicándole Tres Bombas de Hidrógeno—. Sin embargo, aquí hay una cosa para ti.

Jerry se quedó con la boca abierta al verla. ¡Era una pistola, una pistola de verdad, completamente nueva!. Y una cajita de municiones. Proyectadas y realizadas en una fábrica que los Sioux poseían en el Middle West y de las cuales había oído hablar. Pero, ¡tenerla en sus manos y saber que le pertenecía! Era una Caballo Loco del cuarenta y cinco y, según todos los informes, muy superior al arma Apache que durante tanto tiempo había predominado en el Oeste: la Gerónimo del treinta y dos. Era la clase de arma que un general del Ejército o un Presidente de los Estados Unidos, nunca esperarían poseer… ¡y era suya!

—No sé cómo… Realmente, yo… yo…

—Está bien, está bien —dijo el jefe en tono condescendiente—. Está bien. Mi hijo no aprobaría este regalo a un rostro pálido pero para mí los rostros pálidos son personas como las demás… lo que cuenta es el individuo. Tú pareces un hombre responsable aun siendo un rostro pálido, estoy seguro de que utilizarás la pistola de un modo cuerdo. Ahora tu mensaje.

Jerry se concentró y abrió la bolsa que colgaba de su cuello. Reverentemente, extrajo el precioso documento y se lo entregó al jefe.

Tres Bombas de Hidrógeno lo leyó rápidamente y lo pasó a sus guerreros. El último en leerlo, Brillante Cubierta de Libro, lo arrugó hasta convertirlo en una bola y lo tiró a los pies del hombre blanco.

—Muy mal escrito —dijo—. "Cambio" está escrito con "v", y la regla es "b" detrás de "m". Además, ¿qué tiene que ver con nosotros? Está dirigido al jefe Semínola, Osceola VII, solicitando que ordena a sus guerreros que se marchen de la orilla meridional del río Delaware, o que devuelvan los rehenes que le fueron entregados por el gobierno de los Estado Unidos como prueba de buena voluntad y de intenciones pacíficas. Nosotros no somos Semínolas: ¿por qué nos lo das a nosotros?

Mientras Jerry Franklin alisaba cuidadosamente el documento y volvía a ponerlo en su bolsa, el embajador de la Confederación, Sylvester Thomas, tomó la palabra.

—Creo que puedo explicarlo —dijo, mirando interrogativamente a unos y a otro—. Si a los caballeros no les importa. Es evidente que el gobierno de los Estados Unidos se ha enterado de que una tribu india ha cruzado el Delaware por ese punto, y ha supuesto que se trataba de los Semínolas. El último movimiento de los Semínolas, como ustedes recordarán, fue en Filadelfia, obligando una vez más a evacuar la capital y a trasladarla a la ciudad de Nueva York. Ha sido un error natural: las comunicaciones delos Estados Americanos, lo mismo Confederados que Unidos —aquí una breve y diplomática risita—, no han sido tan buenas como cabría esperar en los últimos años. Es evidente que ni este joven ni el gobierno al cual representa tenían la menor idea de que los Sioux habían decidido ganar por la mano a su majestad Osceola VII y cruzar el Delaware por Lambertville.

—Exacto —se apresuró a decir Jerry—. Completamente exacto. Y ahora, como emisario acreditado del Presidente de los Estados Unidos, tengo el deber de solicitar formalmente de la nación Sioux que haga honor al tratado firmado hace once años, así como al tratado firmado hace quince —creo que son quince— años, y se retire una vez más detrás de las orillas del río Susquehanna. Debo recordarle que cuando nos retiramos de Pittsburgh, Altoona y Johnstown, juraron ustedes que los Sioux no nos quitarían más terrenos, y nos protegerían en el poco que nos habían dejado. Y estoy seguro de que los Sioux desean ser conocidos como una nación que mantiene sus promesas.

Tres Bombas de Hidrógeno miró interrogativamente los rostros de Brillante Cubierta de Libro y de Polemista Incisivo. Luego se inclinó hacia adelante y colocó sus codos sobre sus cruzadas piernas.

—Hablas bien, joven —comentó. Tu jefe puede estar satisfecho de ti… Desde luego, los Sioux desean ser conocidos como una nación que hace honor a sus tratados y mantiene sus promesas. Y etcétera, etcétera. Pero tenemos una población en constante crecimiento. Vosotros no tenéis una población en constante crecimiento. Vosotros no necesitáis más tierras. Vosotros no utilizáis la mayor parte del terreno que poseéis. ¿Tenemos que quedarnos cruzados de brazos viendo como se desperdicia la tierra, peor aún, viendo cómo se apoderan de ella los Semínolas, dueños ya de unos dominios que se extienden desde Filadelfia hasta Cayo Oeste? Tenéis que ser razonables. Podéis retiraros a… otros lugares. Sois dueños de la mayor parte de Nueva Inglaterra y de una gran parte del Estado de Nueva York. Para vosotros no sería ninguna extorsión renunciar a New Jersey.

A pesar de sí mismo, a pesar de su posición de embajador, Jerry Franklin empezó a aullar. Aquello pasaba de la raya. Una cosa era encogerse de hombros con desaliento en el camino de regreso hacia las ruinas de Nueva York, y otra muy distinta estar allí escuchando todo aquello. No, era demasiado.

—¿A qué más debemos renunciar? ¿A qué otra parte podemos retirarnos? No quedan más que un puñado de millas cuadradas de los Estados Unido de América, y aún hemos de seguir retirándonos… En la época de mis antepasados, éramos una gran nación, nos extendíamos de océano a océano, según cuentan las leyendas de mi pueblo, y ahora estamos arrinconados en un rincón de nuestro territorio, hambrientos, enfermos, moribundos y avergonzados. En el Norte, nos vemos empujados por los Ojibways y los Crees; en el Sur, los Semínolas se apoderan de nuestras tierras metro a metro; y en el Este, los Sioux se apoderan de un trozo más de New Jersey, y los Cheyennes cortan otra rebanada de Elmira y Buffalo. ¿Cuándo terminará esto? ¿A dónde vamos a ir?

El anciano se retorció angustiosamente las manos, y en su voz hubo la misma angustia al decir:

.Es duro, lo sé; créeme, no niego que es duro. Pero los hechos son los hechos, y los pueblos más débiles siempre salen perdiendo… Ahora, hablemos del resto de tu misión. Si no nos retiramos, como solicitas, exiges la devolución de vuestros rehenes. Me parece razonable. Sin embargo, no consigo recordar que tengamos ningún rehén. ¿Tenemos algún rehén vuestro?

Con la cabeza inclinada y el cuerpo exhausto, Jerry murmuró en tono avergonzado:

—Sí. Todas las naciones indias que limitan con nosotros tienen rehenes nuestros. Como prueba de nuestra buena voluntad y de lo pacífico de nuestras intenciones.

Brillante Cubierta de Libro chasqueó los dedos.

—Aquella muchacha, Sarah Cameron… o Canton… o como se llame.

Jerry alzó la cabeza.

—¿Calvin? —preguntó—. ¿No será Calvin? ¿Sarah Calvin? ¿La hija del Presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos?

—Sarah Calvin. Eso es. Lleva con nosotros unos cinco o seis años. ¿La recuerda, jefe? Es la muchacha a la cual su hijo ha estado rondando.

Tres Bombas de Hidrógeno pareció sorprendido.

—¿Ella es el rehén? Creí que era una muchacha blanca que se había traído de sus plantaciones de Ohio. Bien, bien, bien. Generador de Radiaciones responde al viejo refrán: de tal palo tal astilla, no cabe duda. Se puso repentinamente serio—. Pero la muchacha no querrá marcharse. Preferirá quedarse con nosotros. Y, además, cree que mi hijo se casará algún día con ella. O algo por el estilo.

Miró fijamente a Jerry Franklin.

—Un asunto muy difícil, hijo mío. ¿Por qué no esperas fuera mientras nosotros lo discutimos? Y llévate el sable. No lo dejes aquí. Por lo visto, mi hijo no lo quiere.

Jerry se inclinó a recoger el sable y salió del jacal con expresión de desaliento.

Sin prestar demasiada atención, vio al grupo de guerreros Sioux que rodeaba a Sam Rutherford y a sus caballos. Luego el grupo se separó por un momento y vio a Sam con una botella en la mano. ¡Tequila! El muy imbécil había aceptado tequila de los indios… estaba borracho como una cuba.

¿No sabía que los hombres blancos no podían beber, que no resistían la bebida? A pesar de cultivar hasta la última pulgada de las tierras de que disponían, los alimentos obtenidos eran insuficientes y todos se encontraban al borde de la depauperación. En su economía no cabían lujos tales como las bebidas alcohólicas. Ningún hombre blanco, en el transcurso de toda su vida. llegaba a beberse un vaso de alcohol. Darle a uno de ellos una botella entera significaba convertirle en un pingajo humano.

Sam era un pingajo humano en aquellos momentos. Andaba de un lado para otro, haciendo eses, empuñando la botella por el gollete y blandiéndola estúpidamente. Los Sioux se reían a carcajadas, dándose mutuamente golpecitos en la espalda y señalando a Sam. Este acabó vomitando sobre los harapos que cubrían su pecho y su vientre, trató de echar otro trago, y cayó de espaldas. La botella siguió vertiéndose sobre su rostro hasta que quedó vacía. Sam empezó a roncar como un cerdo. Los Sioux sacudieron sus cabezas, haciendo muecas de disgusto, y se alejaron de allí.

Jerry sintió que la pena desgarraba su corazón. ¿A dónde podían ir? ¿Qué podían hacer? Y al fin y al cabo, ¿qué importaba? Tal vez sería preferible estar tan borracho como Sam. Al menos, no sentiría nada.

Miró el sable que llevaba en una mano. la brillante pistola nueva que llevaba en la otra. Lógicamente, debería tirarlas. ¿No era ridículo, si se pensaba un poco en ello, no era patético… un hombre blanco armado?

Sylvester Thomas salió de la tienda.

—Tenga preparados sus caballos, mi querido señor —susurró—. Esté dispuesto a salir corriendo en cuanto yo regresé. ¡DE prisa!

El joven se acercó a los caballos y siguió aquellas instrucciones… simplemente porque no sabía qué otra cosa hacer. Salir corriendo, ¿para dónde? ¿Para qué?

Levantó a Sam Rutherford y lo ató a su caballo. ¿Regresar a casa? ¿Regresar a la grande, a la poderosa, a la respetada capital de lo que en otro tiempo habían sido los Estados Unidos de América?

Thomas regresó con una muchacha que luchaba ferozmente por soltarse del embajador de la confederación. Llevaba un precioso vestido, como el de una princesa india. Su pelo estaba peinado a la moda de las mujeres Sioux. Y su rostro había sido cuidadosamente teñido con algún producto destinado oscurecer la piel.

Sarah Calvin. La hija del Presidente del Tribunal Supremo. Entre Thomas y Jerry la ataron al caballo de carga.

—Ha sido cosa del jefe Tres Bombas de Hidrógeno —explicó el negro—. Le disgusta que su hijo ande rondando tanto alrededor de las mujeres blancas. Quiere quitar a ésta de en medio. El muchacho de be sentar la cabeza, prepararse para las responsabilidades del manso. Esto puede ayudarle a conseguirlo. Y, escuche, al anciano le gusta usted. Me ha encargado que le dijera una cosa.

—Muchas gracias. Agradezco todos los favores, por insignificantes que sean, por humillantes que sean.

Sylvester Thomas sacudió la cabeza perentoriamente.

—Deje la amargura a un lado, joven. Si quiere salir adelante, tiene que estar muy alerta. Y no se puede estar amargado y alertas al mismo tiempo… El jefe me ha encargado que le advierta para que no regrese a su casa. No podía decírselo claramente en el consejo, pero el motivo de que los Sioux hayan cruzado el Delaware no tiene nada que ver con los Semínolas. El motivo es la situación creada en el Norte por los Ojibways y los Crees. Han decidido ocupar la costa oriental… que incluye lo que ha quedado del país de usted. En estos momentos, probablemente estarán en Yonkers o en el Bronx, en plena ciudad de Nueva York. Dentro de unas horas, su gobierno habrá dejado de existir. El jefe tuvo noticias de ese proyecto, y creyó necesario que los Sioux establecieran una especie de cabeza de puente en la costa, antes de que la nueva situación quedara definitivamente establecida. Al ocupar New Jersey trata de evitar que los Objiways y los Semínolas lleguen a unirse. Pero al jefe le ha sido usted simpático, como ya le he dicho, y desea advertirle para que no regrese a su casa.

—Estupendo. Pero, ¿a dónde voy a ir? ¿A esconderme en una nube? ¿A tirarme a un pozo?

—No —respondió Thomas muy serio. Ayudó a montar a Jerry—. Puede usted venir conmigo a la confederación… —Hizo una pausa, y cuando vio que la hosca expresión del rostro de Jerry no cambiaba, continuó—: Bueno, en tal caso, puedo sugerirle —y éste es un consejo mío, no del jefe— que se dirija directamente a Asbury Park. No está muy lejos… y puede llegar a tiempo si no se entretiene por el camino. Según los informes que he podido recoger, hay allí varias unidades de la Marina de los Estados Unidos, la Décima Flota, para ser más exacto.

—Dígame —preguntó Jerry, inclinándose sobre su montura—. ¿ha oído usted alguna otra noticia? ¿Algo respecto al resto del mundo? ¿Qué ha sido de los ruskis. o de los sovietskis, o como se llamaran? Los que lucharon contra los Estados Unidos hace muchísimos años.

—Según los informes que posee el jefe, los rusos soviéticos tienen muchas dificultades con una gente llamada Tátaros. Creo que les llaman Tátaros. Pero, no se entretenga más, joven. Ya tendría que estar usted en camino.

Jerry se inclinó un poco y estrechó la mano del embajador.

—Gracias —dijo—. Le agradezco muchísimo todas las molestias que se ha tomado por mí.

—No vale la pena hablar de ello —replicó míster Thomas—. Después de todo, no debemos olvidar que en otra época formamos parte de la misma nación…

Jerry espoleó a su caballo, llevando a los oros dos de la brida. Puso al animal al trote, limitándose a las precauciones que el estado de la carretera hacía imprescindibles. Cuando llegaron a la carretera 33, Sam Rutherford, aunque no despejado del todo, se sintió capaz de mantenerse sobre la silla. Entonces pudieron desatar a Sarah Calvin y obligarla a cabalgar entre los dos.

La muchacha lloró y les insultó.

—¡Sucios rostros pálidos! ¡Estúpidos, asquerosos blancos! ¡Soy una india! ¿Es que no lo ven? Mi piel no es blanca… ¡Es oscura, oscura!

Siguieron cabalgando.

Asbury Park estaba lleno de confusión y de refugiados. Había refugiados del Norte, de Perth Amboy, de Newark… Había refugiados de Princeton, en el Oeste, que habían huido ante la invasión Sioux. Y refugiados del Sur, de Atlantic City —incluso del lejano Camden—, y otros refugiados que hablaban de un repentino ataque Semínola, de una tentativa para copar los ejércitos de Tres Bombas de Hidrógeno.

Los tres caballos fueron objeto de miradas envidiosas, a pesar de su estado de agotamiento. Representaban alimento para los hambrientos y el medio de transporte más rápido posible para los miedosos. Jerry descubrió que el sable era muy útil. Y la pistola lo era todavía más: sólo necesitaba exhibirla. Pocas de aquellas personas habían visto una pistola en acción: tenían un supersticioso temor a las armas de fuego…

Una vez descubierto este hecho, Jerry mantuvo la pistola muy visible en su mano derecha cuando se dirigió a la Base Naval de los Estados Unidos en la playa de Asbury Park. Sam Rutherford iba a su lado; Sarah Calvin andaba detrás de ellos sollozando.

Se hizo anunciar al almirante Milton Chester. El hijo del Subsecretario de Estado. La hija del Presidente del Tribunal Supremo. El primogénito del Senador de Idaho.

El almirante les recibió inmediatamente.

—¿Reconoce usted la autoridad de este documento?

El almirante Chester leyó atentamente la arrugada credencial, deletreando en voz alta las palabras más difíciles. Al terminar la lectura movió la cabeza respetuosamente, mirando primero el sello de los Estados Unidos en el documento que tenía ante sus ojos. Y luego la brillante pistola que Jerry sostenía en su mano.

—Sí —dijo finalmente—. Reconozco su autoridad. ¿Es una pistola de verdad?

Jerry asintió.

—Una Caballo Loco del cuarenta y cinco. El último modelo. ¿Hasta qué punto reconoce la autoridad del documento?

El almirante se frotó nerviosamente las manos.

—Las cosas está muy confusas —dijo—. Las últimas noticias que me han llegado afirman que hay guerreros Objiways en Manhattan… y que no existe el gobierno de los Estados Unidos. Sin embargo, esto —se inclinó sobre el documento una vez más—, esto es una credencial firmada por el propio Presidente, nombrándole a usted plenipotenciario. Ante los Semínolas, desde luego. Pero plenipotenciario. El último nombramiento oficial, si no estoy mal informado, del presidente de los Estados Unido de América.

Dio un paso hacia delante y tocó la pistola que empuñaba Jerry Franklin, con un gesto de curiosidad y de interrogación al mismo tiempo. Inclinó afirmativamente la cabeza, como si acabara de llegar a una conclusión. Irguiéndose, saludó militarmente a Jerry.

—A partir de este momento, le reconozco a usted como última autoridad legal del gobierno de los Estados Unidos Y pongo mi flota a su disposición.

—Bien —Jerry se colocó la pistola en el cinto. Señaló con el sable—. ¿Tiene usted provisiones y agua suficientes para un largo viaje?

—No, señor —dijo el almirante Chester—. Pero esto puede quedar arreglado en unas horas. ¿Le acompaño a bordo, señor?

Señaló orgullosamente hacia la playa donde, más allá del promontorio, estaban ancladas las tres goletas de cuarenta y cinco pies de eslora.

—La Décima Flota de los Estados Unidos, señor. Esperando sus órdenes.

* * *

Horas más tarde, cuando los tres veleros se habían hecho a la mar, el almirante se presentó en el camarote donde descansaba Jerry Franklin. Sam Rutherford y Sarah Calvin estaban durmiendo en las literas superiores.

—¿Sus órdenes, señor?

Jerry Franklin se asomó a la puerta del camarote y contempló las remendadas velas, completamente desplegadas.

—Rumbo Este —dijo.

—¿Este, señor? ¿Ha dicho usted Este?

—Sí, he dicho rumbo Este. Hacia las fabulosas tierras de Europa. Hacia un lugar donde un hombre blanco pueda mantenerse en pie sobre sus propias piernas. Donde no tenga que temer ninguna clase de persecución. Donde no corra peligro de caer en la esclavitud. ¡Rumbo al Este, almirante, hasta que descubramos un nuevo mundo… un mundo de libertad!

FIN