Capítulo Cuatro
Jonás rodaba sin prisas, mirando a los aparcamientos que había junto a los edificios por ver si descubría la bicicleta de Asher. No era frecuente que hiciera las horas de voluntariado con su amigo, porque lo habitual era que Asher se pusiera a hacer el bobo y resultara un poco difícil trabajar en serio. Pero ahora que faltaba tan poco tiempo para el Doce y el final del voluntariado, eso ya no tenía importancia.
La libertad de elegir dónde quería uno pasar esas horas siempre le había parecido a Jonás un lujo maravilloso, porque las demás horas del día estaban minuciosamente programadas.
Recordaba cuando a Ocho, como iba a llegar Lily enseguida, y se encontró con aquella libertad de elegir. Siempre los Ochos empezaban sus horas de voluntariado un poco nerviosos, con risillas y en grupos de amigos. Casi sin excepción hacían al principio sus horas en Servicios de Recreación, ayudando a los menores que ellos en un ambiente donde todavía se sentían a sus anchas. Pero con la orientación debida, según iban adquiriendo madurez y confianza en sí mismos, pasaban a otras tareas, gravitando hacia aquellas que mejor se acomodaban a las aficiones y capacidades de cada uno.
Un Once llamado Benjamín había hecho casi sus cuatro años íntegros en el Centro de Rehabilitación, trabajando con ciudadanos lesionados. Se rumoreaba que ya sabía tanto como los propios Directores de Rehabilitación, y que incluso había inventado aparatos y métodos para acelerar el proceso. No cabía la menor duda de que Benjamín recibiría su Misión en ese campo y probablemente se le permitiría saltarse la mayor parte de la formación.
A Jonás le impresionaba lo que había logrado Benjamín. Le conocía, naturalmente, porque siempre habían sido compañeros de grupo, pero no habían hablado nunca de aquellos logros porque esa clase de conversación habría sido incómoda para Benjamín. No había ninguna manera sencilla de mencionar o comentar los éxitos propios sin transgredir la Norma que prohibía presumir, aunque fuera sin querer.
Era una Norma secundaria, un poco como las de cortesía, que sólo se castigaba con una reprensión moderada. Pero aun así. Mejor huir de una ocasión donde regía una norma que era tan fácil quebrantar.
Jonás dejó atrás la zona de casas y pasó por delante de las edificaciones comunitarias, esperando ver la bici de Asher aparcada junto a una de las fábricas pequeñas o un bloque de oficinas. Pasó el Centro Infantil, donde iba Lily al salir de la escuela, y las Áreas de Juegos que lo rodeaban. Atravesó la Plaza Central y pasó el gran Auditorio, donde se celebraban las asambleas.
Frenó para mirar las placas de las bicis que estaban alineadas delante del Centro de Crianza. Después examinó las que había en Distribución Alimentaria; siempre era divertido ayudar en los repartos y le habría gustado encontrar allí a su amigo, porque así habrían podido hacer juntos la ronda diaria, llevando los cartones de suministros a las casas de la Comunidad. Pero donde por fin encontró la bici de Asher -ladeada, como siempre, en vez de derecha en su plaza de aparcamiento, como debía estar— fue en la Casa de los Viejos.
Sólo había otra bici de niño allí, la de una Once que se llamaba Fiona. A Jonás le caía bien Fiona. Era aplicada en los estudios, tranquila y amable, pero a la vez tenía sentido del humor, y no le sorprendió que aquel día estuviera trabajando con Asher. Aparcó bien su bici junto a las de ellos y entró en el edificio.
—Hola, Jonás —le saludó la Recepcionista.
Le dio la hoja donde había que firmar y estampó el sello oficial junto a su firma. Todas sus horas de voluntariado quedaban escrupulosamente tabuladas en el Registro Público. Entre los niños se cuchicheaba que una vez, hacía mucho tiempo, cuando un Once a la Ceremonia del Doce, se oyó una Comunicación Pública que decía que no había totalizado el número exigido de horas de voluntariado y que, por lo tanto, no se le daría su Misión. Se le concedió un mes más para completar las horas y entonces se le dio la Misión en privado, sin aplausos, sin celebración: una vergüenza que había oscurecido todo su futuro.
—Está bien que hoy tengamos voluntarios —dijo la Recepcionista—.
Esta mañana hemos celebrado una liberación y eso siempre desbarata un poco el horario y se acumula el trabajo —y consultó una hoja impresa—. Vamos a ver: Asher y Fiona están ayudando en la sala de baños. ¿Por qué no vas con ellos? Sabes dónde es, ¿verdad?
Jonás asintió, le dio las gracias y echó a andar por el largo pasillo, mirando a las habitaciones de ambos lados. Los Viejos estaban sentados tranquilamente; algunos visitaban a otros y charlaban con ellos, otros hacían labores y trabajos manuales sencillos y unos pocos dormían. Todas las habitaciones estaban amuebladas con comodidad y los suelos eran de moqueta gruesa. Era un lugar sosegado, donde todo se hacía con calma, lo contrario de los bulliciosos centros de manufactura y distribución, donde se desarrollaba el trabajo diario de la Comunidad.
Jonás se alegraba de haber escogido hacer sus horas, a lo largo de los años, en sitios diversos, para poder experimentar las diferencias.
Pero se daba cuenta de que, por no haberse centrado en una sola cosa, ahora no tenía la menor idea, ni siquiera un atisbo, de lo que sería su Misión.
Rió para sus adentros, y se dijo: «¿Otra vez pensando en la Ceremonia, Jonás?». Pero sospechaba que, estando tan cerca la fecha, todos sus amigos estarían pensando en lo mismo.
Adelantó a un Cuidador que caminaba lentamente con una Vieja por el pasillo. —Hola, Jonás—, saludó el joven uniformado, con una sonrisa agradable. La mujer a la que llevaba del brazo iba encorvada y arrastrando los pies, calzados con zapatillas blandas. Miró hacia Jonás y sonrió, pero la mirada de sus ojos oscuros era turbia e inexpresiva, y Jonás se dio cuenta de que estaba ciega.
Entró en la sala de baños, donde el aire era tibio y húmedo y olía a lociones limpiadoras. Se quitó la túnica, la colgó cuidadosamente de una percha de la pared y se puso la bata de voluntario que había doblada sobre una repisa.
—¿Qué hay, Jonás? —saludó Asher desde el rincón donde estaba arrodillado junto a una bañera.
Jonás vio a Fiona a poca distancia, junto a otra bañera. Fiona alzó la vista y le sonrió, pero estaba muy atareada en frotar suavemente a un hombre tendido en el agua tibia.
Jonás les saludó y también a los Cuidadores que trabajaban cerca.
Después se dirigió a la hilera de tumbonas donde estaban esperando otros Viejos. No era la primera vez que trabajaba allí y sabía lo que había que hacer.
—Tu turno, Larissa —dijo, leyendo la etiqueta que llevaba la mujer en la bata—. Voy a soltar el agua y enseguida te ayudo a levantarte.
Pulsó el botón de una bañera próxima desocupada y vio cómo entraba el agua caliente por los muchos agujeritos que había en los costados. En un minuto estaría llena la bañera y la entrada de agua cesaría automáticamente.
Ayudó a la mujer a levantarse de la tumbona, la condujo a la bañera, le quitó la bata y la sujetó por un brazo mientras ella se metía.
Larissa se tumbó y dio un suspiro de placer, apoyando la cabeza en un soporte almohadillado.
—¿Estás cómoda? —preguntó Jonás.
Ella asintió con los ojos cerrados.
Jonás echó loción limpiadora en la esponja limpia que había en el borde de la bañera y empezó a lavar el frágil cuerpo de la Vieja.
La noche anterior había visto a su padre lavar al Nacido. Esto venía a ser lo mismo: la piel delicada, el efecto sedante del agua, el movimiento suave de la mano, resbaladiza por el jabón. La sonrisa relajada y apacible de la mujer le recordaba la cara que ponía Gabriel en el baño.
Y la desnudez también. Era contrario a las Normas que los niños o los adultos se vieran unos a otros desnudos, pero esa regla no se aplicaba ni a los Nacidos ni a los Viejos. A Jonás le parecía bien. Era un fastidio tener que taparse mientras se cambiaba uno de ropa para los juegos, y la disculpa obligada si por descuido se vislumbraba el cuerpo de otro resultaba siempre incómoda. No entendía que fuera necesario.
Le gustaba la sensación de seguridad que había en aquel recinto tibio y tranquilo; le gustaba la expresión de confianza que había en el rostro de la mujer allí tendida en el agua, sin protección, descubierta y libre.
Por el rabillo del ojo vio que su amiga Fiona ayudaba al Viejo a salir de la bañera y le secaba tiernamente el cuerpo flaco y desnudo con un paño absorbente. Luego le ayudó a ponerse la bata.
Jonás pensó que Larissa se había adormilado, como era frecuente en los Viejos, y procuró no hacer movimientos bruscos para no despertarla. Le sorprendió que le hablara sin abrir los ojos.
—Esta mañana hemos celebrado la liberación de Roberto —dijo—. Ha sido maravillosa.
—¡Yo conocía a Roberto! —dijo Jonás—. Le ayudé a comer la última vez que estuve aquí, hace unas semanas. Era un hombre muy interesante.
Larissa abrió los ojos con expresión alegre.
—Contaron toda su vida antes de liberarle —dijo—. Siempre se hace.
Pero la verdad es que —susurró con gesto de picardía— algunas historias son un poco aburridas. Yo he visto incluso a algunos de los Viejos quedarse dormidos durante la historia; cuando liberaron a Edna hace poco. ¿Tú conocías a Edna?
Jonás negó con la cabeza. No recordaba a nadie de ese nombre.
—Pues, en fin, pretendieron que su vida pareciera importante. Y, por supuesto que todas las vidas son importantes —añadió remilgosa—, no voy a decir yo que no lo sean. Pero es que Edna, ¡en fin! Fue Paridora y luego trabajó en Producción Alimentaria muchos años, hasta que vino aquí. Ni siquiera tuvo nunca Unidad Familiar.
Larissa alzó la cabeza y miró en derredor para cerciorarse de que nadie escuchaba, y entonces confesó:
—A mí me parece que Edna no era muy despierta.
Jonás se echó a reír. Aclaró el brazo izquierdo de Larissa, lo volvió a depositar en el agua y empezó a lavarle los pies. Ella murmuró de gusto al sentir el masaje de la esponja en los pies.
—Pero la vida de Roberto fue maravillosa —siguió contando al cabo de un momento—. Había sido Instructor de Onces, ya sabes lo importante que es eso, y había sido miembro del Comité de Planificación. Y, bueno, yo no sé de dónde pudo sacar el tiempo, porque además educó a dos hijos con mucho éxito, y además fue quien diseñó el paisajismo de la Plaza Central. El trabajo material no lo hizo él, por supuesto.
—Ahora la espalda. Échate hacia delante y yo te ayudo a incorporarte.
Jonás la rodeó con un brazo y la sostuvo mientras se incorporaba; le aplicó la esponja a la espalda y empezó a frotar los huesudos hombros.
—Cuéntame cómo fue la celebración.
—Pues se contó la historia de su vida. Eso es lo primero siempre.
Después el brindis. Todos alzamos la copa y le aclamamos. Entonamos el himno. El hizo un discurso de despedida precioso. Y varios hicieron pequeños discursos deseándole todo bien. Pero yo no, porque no he sido nunca aficionada a hablar en público. El estaba encantado.
Tendrías que haber visto la cara de contento que llevaba cuando se fue.
Jonás hizo más lentas las pasadas de su mano por la espalda, meditando.
—Larissa —preguntó—, ¿qué pasa en el momento real de la liberación? ¿Adonde exactamente se ha ido Roberto?
Ella levantó apenas los hombros mojados.
—No lo sé. No creo que lo sepa nadie, excepto el Comité. Roberto no hizo más que saludarnos a todos con una inclinación y se fue andando, como se van todos, por la puerta especial de la Sala de Liberación. Pero tendrías que haber visto su expresión. De pura felicidad, diría yo.
Jonás sonrió.
—Me gustaría haber estado para verlo.
Larissa frunció las cejas.
—No sé por qué no dejan venir a los niños. Será por problemas de espacio, me imagino. Deberían ampliar la Sala de Liberación.
—Habrá que sugerírselo al Comité. A lo mejor lo estudian —dijo Jonás maliciosamente.
Larissa soltó una carcajada.
—¡Exacto! —exclamó, y Jonás la ayudó a salir de la bañera.