/ / Language: Español / Genre:thriller

El Tercer Lado De Los Ojos

Giorgio Faletti

Nombre: Jordan Marsalis Nombre: Maureen Martini Estatura: 1,86 Estatura: 1,72 Ojos: Azules Ojos: Negros Pelo: Canoso Pelo: Negro Edad: 37 años Edad: 29 años Dirección: 54 West 16th Dirección: Via della Polveriera 44 Cargo: Ex teniente de Cargo:Comisario de policía policía Ciudad: Nueva York Ciudad: Roma Las vidas de Jordan y Maureen, que no se conocen entre ellos, se ven sacudidas por el azote del crimen. En Roma, la mafia albanesa acaba atrozmente con la vida del amante de Maureen y ella queda sumida en una profunda ceguera. A miles de kilómetros, el extravagante hijo del alcalde de Nueva York y sobrino de Jordan aparece brutalmente asesinado en su estudio de la Gran Manzana. Se trata del primero de una serie de crímenes que van a sucederse vertiginosamente, puntuados por enigmáticos mensajes. ¿Cuál es la misteriosa pieza que enlaza estas muertes? Unidos por las circunstancias, Maureen y Jordan han de enfrentarse juntos a la mente perturbada de un despiadado asesino que se divierte caracterizando de forma extraña los cuerpos de sus víctimas, después de torturarlos. Las cálidas calles romanas contrastan con la elegancia sombría de Nueva York: dos escenarios en los que Giorgio Faletti confirma su capacidad para tejer apasionantes tramas de novela negra.

Giorgio Faletti

El Tercer Lado De Los Ojos

Traducción de Rosa S. Corgatelli

Título original: Niente di vero tranne gli occhi

Primera edición: febrero, 2006

A Roberta, la única

Canción de la mujer que quería ser marinero

Ahora, tan solo ahora

que mi mirada abraza el mar

hago añicos el silencio

que me prohíbe imaginar

filas de mástiles erguidos y miles, miles de nudos marineros,

y huellas de serpientes frías e indolentes

con su lento andar antinatural,

y líneas en la luna, que en la palma cada una

es un lugar para olvidar;

y el corazón, este extraño corazón

que por un arrecife ya sabe navegar.

Ahora, tan solo ahora

que mi mirada envuelve el mar,

comprendo al que ha buscado a las sirenas,

al que ha podido su canto amar,

dulce en la cabeza como un día

de festejo con dátiles y miel,

y fuerte como el viento que tórnase tormento

y el corazón quebranta al hombre y el bajel,

y entonces ya no hay anhelo o gloria

que puédase beber ni masticar,

ni piedra de molino de viento

que esa roca en el alma pueda triturar.

Connor Slave,

del álbum Las mentiras de la oscuridad

Prólogo

La oscuridad y la espera tienen el mismo color.

La mujer, que un día se sentará en las sombras como en un sillón, habrá tenido bastante de ambas como para tenerles miedo. Habrá aprendido demasiado bien y muy a su pesar que a veces la vista no es algo exclusivamente físico, sino mental. De pronto, los faros de un coche que pasa dibujarán un recuadro luminoso que recorrerá las paredes con rápida y furtiva curiosidad, como buscando un punto imaginario. Después, tras el cautiverio de la habitación, ese retazo de luz encontrará la libertad a través de la ventana y volverá fuera para perseguir al coche que la generó. Más allá de las cortinas, de los cristales y de las paredes, en la amarillenta oscuridad de miles de luces y tubos de neón, se encontrará todavía aquella locura incomprensible que llaman Nueva York; la ciudad que todos dicen detestar pero que todos continúan recorriendo obstinadamente, solo para darse cuenta de cuánto la aman. Aunque con el terror de descubrir qué poco correspondidos son. Así, descubren que son solo seres humanos, iguales a los que pueblan el resto del mundo; simples seres humanos que se niegan a tener ojos para ver, oídos para oír y una voz que oponer a otras voces que gritan con más fuerza.

Sobre la mesita que se encuentra junto a la silla en la que está sentada la mujer habrá una Beretta 92 SBM, una pistola con una empuñadura de dimensiones algo reducidas con respecto al tamaño habitual, fabricada especialmente para adaptarse a una mano femenina. Antes de apoyarla sobre la superficie de cristal habrá introducido con gesto decidido la bala en el cargador; el ruido del obturador rebotará en el silencio de la habitación con el sonido seco de un hueso que se rompe. Poco a poco, sus ojos se adaptarán a la oscuridad y logrará tener una clara percepción del lugar en el que se encuentra, incluso con las luces apagadas. La mirada de la mujer estará fija en la pared de delante, donde adivinará, más que verá, la mancha oscura de una puerta. En una ocasión, en el colegio, aprendió que si se mira con intensidad una superficie de color, cuando se aparta la vista queda en las pupilas una mancha luminosa del color complementario al que se acaba de mirar.

La mujer imaginará en las sombras su amarga sonrisa.

Los colores complementarios son aquellos que mezclados entre sí dan como resultado un gris sucio. Esto no puede suceder con la negrura. La oscuridad solo genera más oscuridad. En ese momento, sin embargo, la oscuridad no será el problema. Cuando llegue la persona que ella está esperando, llenará de luz la habitación. Tampoco este será el problema, y tampoco su solución.

Después de recorrer un camino aparentemente interminable para matar o para no ser matados, después de un largo viaje en ese túnel donde apenas unas ridículas luces señalan el camino, dos personas estarán al fin a punto de salir al sol. Y serán las únicas que poseerán esa condición mental que representa por sí sola la palabra, el oído, la vista: la verdad.

Una es ella, una mujer demasiado asustada para saber que la posee.

La otra, por supuesto, será la persona que ella estará esperando.

Él, el asesino.

PRIMERA PARTE

Nueva York

1

Jerry Kho, completamente desnudo, se dejó caer de rodillas sobre la enorme tela blanca que había fijado al suelo con cinta adhesiva. Luego, tras un instante de meditación, semejante al de un artista de circo antes de su actuación, hundió las manos en el gran bote de pintura roja que sostenía entre las piernas y levantó los brazos hacia el techo, dejando que el color resbalara despacio hacia sus codos. Había en ese gesto la liturgia de un rito pagano, cuando la humanidad se esconde bajo el color de una pintura sacra, en busca de otra forma y de establecer contacto con un espíritu superior. Con el mismo movimiento fluido y cargado de misticismo, siguió untándose todo el cuerpo con el color; solo dejó libre la zona del pene, la boca y los ojos. Poco a poco abandonó su cuerpo de hombre para adquirir la apariencia de aquello que significaba el color rojo sangre y que él deseaba representar: una sola, única y enorme herida doliente, que segregaba humores de los que era imposible separarse sin negar su naturaleza humana.

Alzó los ojos hacia la mujer que se hallaba de pie ante él. También ella estaba completamente desnuda, pero su cuerpo estaba teñido de otro color, esa particular tonalidad de azul intenso que suele definirse como china blue.

Jerry levantó los brazos y juntó las manos con las de la mujer, que estaban extendidas. Las palmas de ambos se unieron con un ruido sofocado por el efecto ventosa del líquido contra el líquido, y los colores comenzaron a fundirse y a mezclarse. Despacio, la guió hasta hacer que se arrodillara frente a él. La mujer, cuyo nombre había olvidado por completo, tenía algo indefinible, tanto en la edad como en el aspecto físico. En condiciones normales, Jerry habría pensado que era casi repugnante, pero en ese momento la encontraba perfecta para la obra que se proponía realizar. Es más, su mente alterada por el efecto de las pastillas que había tomado aquella noche, consideraba que la repugnancia era un componente esencial. Mientras miraba aquellos pechos un poco caídos y marchitos, que ni siquiera la máscara de ese color encendido conseguía mejorar, su pene comenzó a hincharse. No por la desnudez de la mujer, sino por el efecto sexual que siempre ejercía en él la realización de sus obras. Se tendió lentamente sobre la blancura inmaculada de la tela. Su mente estaba poseída por la huella de color que su cuerpo trazaba sobre aquello que se convertiría en una pintura enorme, subdividida en paneles de dimensiones iguales.

Para Jerry Kho, el arte era sobre todo casualidad, un acontecimiento que el artista podía provocar y descubrir pero no crear. La creación pertenecía al azar o al caos. Y por tanto a las dos únicas cosas que procedían del azar y del caos y que volvían a él; uno con su componente natural y la otra artificial: el sexo y la droga.

Jerry Kho estaba completamente loco. O al menos, en su absoluto narcisismo, le encantaba creerlo. Con un gesto, invitó a la mujer a que se le acercara. La mujer cuyo nombre no recordaba se colocó sobre él apoyando las manos en sus costados, con los ojos entornados y la respiración jadeante. Jerry notó que sus cabellos sucios de pintura le rozaban el ombligo. Le agarró la cabeza y la guió hacia su miembro, ahora completamente erecto; su blancura resaltaba sobre el color de su cuerpo. Los labios de ella se abrieron y el hombre sintió que el calor viscoso y apasionado de la boca de la mujer le envolvía por completo.

Ahora los dos, a los ojos de Jerry, eran dos manchas superpuestas, de diferente intensidad, que se reflejaban en el gran espejo del techo. El ligero movimiento de la cabeza de la mujer se perdía en la perspectiva. Lo notaba, pero no lograba verlo. Experimentó una sensación de exaltación, debida a lo que estaba haciendo y a la considerable cantidad de pastillas que se había metido en el cuerpo. Abrió los brazos y apoyó las manos, con la palma abierta, sobre el plano blanco que se extendía bajo él. Cuando volvió a poner las manos sobre la cabeza de la mujer vio la huella de color que había dejado en la tela, lo que aumentó su excitación. El espejo y jugar con el reflejo eran trucos tan viejos como el mundo, de un tiempo en el cual se solía pensar que el patético movimiento de los pinceles sobre una tela era arte. Velázquez, Norman Rockwell y otros, todos protagonistas de un pasado que sabía a moho y descomposición.

¿Por qué perder el tiempo pintando un cuerpo en una tela cuando podía pintarse él solo? Y, yendo todavía más lejos, ¿por qué derrochar una tela cuando el propio cuerpo podía convertirse en una?

Vio en el espejo y sintió en la piel cómo las manos azules de la mujer sin nombre subían a lo largo de sus costados y dejaban en el cuerpo rojo dos rayas azules.

Vio y sintió la voz que le llegaba como un soplo a sus oídos a través del reflejo.

– Oh, Jerry, estoy tan…

– Chis…

Jerry la hizo callar apoyando un dedo sobre sus labios. Levantó la cabeza para mirarla. Su dedo había dejado una huella roja en la boca. Rojo sobre pintalabios. Sangre y vanidad. El derrumbe y la destrucción de todo mito contemporáneo.

Su voz fue un susurro en la luz difusa del loft, alterada por momentos por una hilera de pantallas televisivas sin audio, conectadas entre sí y programadas por un ordenador para que mostraran una secuencia de salvapantallas con diversas mezclas de colores aparentemente fortuitos y sin solución de continuidad. Solo de vez en cuando aquel delirio cromático se interrumpía con un fundido que reducía la imagen a fragmentos y la recomponía en otra, una reproducción fotográfica de catástrofes que habían marcado momentos horribles de la vida del planeta. Imágenes de millares de cuerpos que flotaban llevados por la corriente del río durante la limpieza étnica de los tutsi en los enfrentamientos con los hutu, o imágenes del Holocausto o el hongo atómico de Hiroshima que se alternaban con escenas explícitas de sexo en las más audaces variedades e interpretaciones.

– Silencio. No puedo hablar. No debo hablar…

Jerry se recostó; obligó a la mujer sin nombre a que se echara a su lado y le señaló las figuras de ambos en el espejo del techo.

– Ahora debo pensar. Ahora debo ver

De algún modo, Jerry notó cómo la emoción y la excitación de la mujer sin nombre la cubrían como un aura. Se volvió de repente, le abrió las piernas y la penetró casi en un solo movimiento. En el ímpetu de ese rudo gesto volcó el bote de color con que se había pintado, que había quedado en el suelo, junto a ellos. El rojo de la pintura se abrió como una estúpida boca sobre la blancura de la tela.

Desde su posición, boca arriba, la mujer vio cómo se extendía la mancha, como si de golpe se derramara toda la sangre que contenía su cuerpo. En ese momento se hizo enteramente partícipe del fin casi litúrgico de aquella unión. Su deseo se volvió furia y comenzó a gemir cada vez más fuerte, en perfecta sincronía con los violentos embates del hombre que tenía dentro. Iniciaron un frenético ballet horizontal que el color dibujaba sobre la tela como un graffiti, testimonio de un movimiento ancestral que tenía el doble propósito de satisfacer el deseo y de que esa satisfacción no llegara nunca.

Aunque la mujer sin nombre lo ignoraba, Jerry estaba convencido de la inutilidad de aquel patético rebotar de nalgas que alguien había comparado con el batir de alas de una mariposa sobre la seda. Tenía la certeza de que cualquier artista, por el simple hecho de serlo, llevaba dentro de sí el germen de su propia aniquilación, todo aquello que era al mismo tiempo némesis y bendición del arte.

Eran todos unos fracasados.

Por cada mujer sin nombre que se hubiera follado sobre una tela tendida en el suelo, por cada pincel con el que hubiera recorrido una superficie dispuesta a acogerlo, y por cada color mezclado o esparcido, habría siempre una obra anhelada que se esfumaba de la mente sin dejar rastro tras una fugaz aparición; el relámpago subliminal de una idea que pronto oscurecían las imágenes falsas y reales que la vida obligaba a observar con los ojos. El ser humano no podía existir en el círculo y en el cuadrado, porque ni el círculo ni el cuadrado existían, pero sobre todo no existía el ser humano…

Con un largo gemido sibilante la mujer sin nombre alcanzó el orgasmo e intentó en vano aferrarse a la tela tendida sobre el suelo. En la mente de Jerry los efectos de la droga y del sexo ya habían alcanzado ese grado justo de fusión que no le permitía resistir más. Se puso de pie y, masturbándose frenéticamente, derramó su semen sobre las huellas trazadas por los movimientos de ambos, como si quisiera, de algún modo antinatural y blasfemo, inseminar la tela o manifestarle su absoluta repulsión.

La mujer sin nombre entendió lo que estaba haciendo y saberse parte de esa creación la llevó a un nuevo orgasmo, todavía más intenso que el anterior, que la obligó a acurrucarse en posición fetal.

De pronto vacío de toda motivación, Jerry se dejó caer y se quedó acostado con la cara vuelta hacia los grandes ventanales que iluminaban la pared de la casa que daba al East River. Aunque estaban en la séptima planta, alcanzaba a entrever el reflejo de la luna llena en la sucia agua del río, que solo esa luz podía ennoblecer en parte. Volvió lentamente la cabeza y la encontró, un disco luminoso en el centro de la ventana del extremo izquierdo.

La noche anterior, la radio había anunciado que habría un eclipse y que podría verse desde aquella parte de la costa. En ese momento un sutil borde negro comenzó a roer el impasible círculo de la luna.

Jerry empezó a temblar de emoción.

Volvió a su mente aquel día que había sido fatídico para Estados Unidos, el 11 de septiembre de 2001, el día que en su país las pocas certezas se convirtieron en miedo. Después del impacto del primer avión, el ruido llegó hasta sus ventanas abiertas; un barullo de gritos y sirenas y ese inconfundible rumor generado por el pánico de gente que huye.

Salió al tejado de su casa, al final de Water Street, y contempló desde allí, sereno, el impacto del segundo avión y aquella obra maestra de destrucción de las torres gemelas. Lo consideró simple y perfecto en su catastrófica enormidad, un ejemplo de cómo la civilización solo podía salvarse tras su eliminación. Y si esto valía para la civilización, tanto más válido era para el arte, que representa la vanguardia más avanzada de la civilización en territorio enemigo. El hecho de que miles de personas hubieran muerto en el derrumbe no le conmovía demasiado. Todo tenía un precio y, según él, esos muertos no eran nada en comparación con lo que el mundo había ganado con el polvoriento estruendo de esa experiencia.

Aquel día decidió cambiar su nombre por el de Jerry Kho, un fácil juego de palabras con Jericó, la ciudad bíblica cuyos inexpugnables muros cayeron con el simple sonido de una trompeta. Decidió que haría caer los muros y que caería con ellos.

En cuanto a su verdadero nombre, prefería olvidarlo, como toda su vida anterior. En sus vivencias nada había que valiera la pena conservar, y menos aún su recuerdo. Si el arte era casualidad, su destrucción era tan programable como la destrucción de su propia vida.

Percibió un movimiento cerca. El cuerpo de la mujer sin nombre se arrastraba hacia él, entorpecido por la pintura que empezaba a secarse. Notó que una mano le tocaba el hombro y oyó la voz de ella, con el aliento todavía caliente de placer, junto a la oreja.

– Jerry, ha sido fant…

Jerry levantó los brazos y dio una palmada. El sensor apagó todas las luces y los dejó en una penumbra iluminada solo por la ambigua luz de las pantallas de televisión.

Apoyó una mano en el hombro de la mujer y la apartó de sí con un gesto brusco.

«Ahora no», pensó.

– Ahora no -dijo.

– Pero yo…

La voz de la mujer se perdió en un gemido indistinto cuando Jerry, con un nuevo empujón, la apartó aún más.

– Calla y no te muevas -le ordenó secamente.

La mujer sin nombre permaneció inmóvil y Jerry volvió a fijar la mirada en el circuló le la luna, del que la oscuridad ya se había apoderado hasta la mitad. No le importaba que lo que observaba tuviera una sencilla explicación científica. Solo era importante el sentido de lo que veía, solo contaban la alegoría y la mistificación.

Se quedó mirando el eclipse, sintiendo que se hundía en los efectos de la droga y el cansancio físico, hasta que la luna se convirtió en un disco negro ribeteado de luz y colgado en el cielo del infierno.

Entonces cerró los ojos y, mientras se deslizaba en el sueño, Jerry Kho deseó que no volviera nunca.

2

La mujer abrió los ojos y los cerró enseguida, cegada por la luz del día que entraba por los ventanales. La noche anterior había bebido mucho champán y ahora notaba la lengua pastosa y un sabor horrible en la boca.

Se dio cuenta de que había dormido completamente desnuda sobre el suelo y que la había despertado el frío. Tiritaba; se acurrucó buscando calor en la misma posición en que la noche anterior intentó refugiarse de un orgasmo demasiado violento. Había sido una experiencia devastadora. Por primera vez en su vida se había sentido por entero partícipe de algo; había sido protagonista y víctima de un acontecimiento sin igual y del cual quedaría una huella que conservaría para siempre. Mantuvo los ojos cerrados un momento más, para conservar en ellos las imágenes de lo que había vivido; sentía que la carne de gallina cubría todo su cuerpo, debido al frío y a la excitación.

Luego, con un suspiro, entreabrió despacio los ojos, preparada para las luces que los recibirían. Lo primero que vio fue la espalda de Jerry Kho, todavía desnudo y cubierto de pintura roja ya seca, que se agitaba con un movimiento que no conseguía reconocer. El loft estaba iluminado por la claridad azul de las primeras horas de la mañana, a la que se unían los saltos luminosos de las pantallas de televisión. Probablemente habían permanecido encendidas toda la noche. La mujer se preguntó si era ese el módulo que…

Como si hubiera percibido un cambio a sus espaldas, Jerry se volvió y la miró con ojos tan enrojecidos como si hubiera absorbido la pintura con la que se había embadurnado la noche anterior.

Jerry la miró como si no la viera.

– ¿Quién eres?

Aquella pregunta la perturbó. De repente sintió una absurda vergüenza por su desnudez. Se sentó y se encogió, juntando las piernas entre los brazos. Tenía la piel tirante, a causa de la pintura seca que todavía la cubría. Parecía que miles de agujas microscópicas la pincharan al mismo tiempo. El movimiento hizo que su epidermis se arrugara y algunos fragmentos de pintura cayeran sobre la tela blanca.

– Soy Meredith.

– Pues claro, Meredith.

Jerry Kho asintió apenas con la cabeza, como si el nombre de la mujer conllevara el signo de lo ineluctable. Le volvió la espalda y se puso a esparcir los colores sobre la tela mojando directamente las manos en los botes de pintura que se hallaban a su lado. Meredith tuvo la impresión de que con ese simple movimiento el hombre había borrado su presencia de la habitación y del mundo entero.

Su voz ronca la sorprendió mientras trataba de levantarse sin rasparse la piel.

– No te preocupes por la pintura. Es al agua, no tóxica, como las que se dan a los niños para jugar. Basta con que te des una ducha, y desaparece. El cuarto de baño está al fondo, a la izquierda.

Jerry oyó a su espalda los pasos de la mujer que se alejaba. Poco después, el ruido de la ducha.

«Lávate y vete, Meredith-sin-nombre.»

Conocía a ese tipo de mujer. Si le dejara el menor espacio se le pegaría como un tatuaje, y él no era ese tipo de hombre. Ella solo había sido un medio para llegar a la obra que trazaba sobre el suelo, nada más. Ahora que su tarea estaba terminada, debía desaparecer. En su mente, confusa por el bajón de la droga, creía recordar haberla conocido la noche anterior en una inauguración a la que le arrastró LaFayette Johnson, su galerista. En la calle Broadway, le parecía. Una exposición de fotografía de una reportera que había vivido unos años en algún recóndito lugar de África, en la que mostraba a los integrantes de una tribu en un hábitat que pretendía hacer pasar por natural e incontaminado. Jerry observó la curiosa semejanza que tenían los ornamentos, los amuletos y los fetiches africanos con los de los nativos de América, vinculados por el uso forzoso de los mismos materiales.

Piel, huesos, piedras de colores. También allí, la esencia y la vanidad.

La única diferencia era la ausencia de flecos en los atuendos. Aunque, no tenían razón de ser. ¿Por qué usar un artificio ideado para escurrir de la ropa las gotas de lluvia, en un lugar donde no llueve casi nunca?

Dio vueltas durante un rato entre esos rostros, esas voces y esos vestidos sin la menor curiosidad por saber quién era quién y qué era qué. Atravesó, sintiéndose impermeable, ese muro invisible hecho de palabras que los seres humanos erigen entre ellos cuando creen comunicarse. Al cabo de un rato el aburrimiento comenzó a imponerse al efecto de la pastilla de éxtasis que había tomado antes de salir de su casa. Para Jerry era una de esas noches en las que se arrastraba por todos los lugares de Manhattan en los que hubiera un modo de alterar su realidad. Y sin duda ese no era uno de ellos.

– ¿Usted es Jerry Kho?

Se volvió hacia la voz que le hablaba a sus espaldas y se encontró frente a un ser de sexo femenino de apariencia gris. Solo el pintalabios aportaba una mancha de rojo encendido. Le recordó uno de esos cortos en blanco y negro en los que, por elección estilística, hay un único detalle de color. La adoración que reflejaban los ojos de la mujer hacía que estos brillaran como el pintalabios; era el segundo detalle de color en esa gama de grises que debía de ser su vida.

– ¿Tengo alternativa? -respondió, apartando la mirada.

La mujer no captó la despedida implícita que contenía su actitud. Siguió hablando, quizá enamorada de su propia voz, como todos.

– Conozco sus obras. He visto su última exposición. Era tan…

Jerry no supo nunca «tan…» qué había sido su última exposición. Siguió mirando fijamente los labios rojos de la mujer sin oír las palabras que salían de ellos, y allí, en esa especie de encuadre de la película muda que estaban rodando sus ojos, nació la idea. Y la idea, como todas las bendiciones, obedecía a un ritual.

La cogió por un brazo y la arrastró hacia la puerta.

– Si te gustan mis obras, ven conmigo.

– ¿Adónde?

– A formar parte de la próxima.

Salieron a la calle y, mientras trataban de encontrar un taxi, pasaron ante los escaparates de Dean & Deluca, la tienda de alimentos a precios de Tiffany. Jerry se echó a reír. De golpe vio una imagen de uno de los sujetos africanos de la exposición: lo imaginó recorriendo la tienda, empujando un carrito lleno de productos que costaban más que su miserable vida.

Un taxi que se detuvo tras un gesto de Meredith-sin-nombre le evitó dar una explicación de su carcajada.

Jerry recordaba ahora la servil pasividad de la mujer cuando le pidió que se desnudara y su excitación cuando empezó a cubrirla con pintura. De algún modo lo había intuido, y se entregaba en silencio a aquello a lo que estaba a punto de formar parte.

Y ahora, el ruido del agua en la ducha. El arte, devorado por la tela, expelía sus excrementos de color a través de la descarga del baño. Jerry se preguntó si no valía más lo que estaba bajando por la tubería que lo que él estaba realizando en aquel momento.

«Arte y mierda son lo mismo. Y siempre hay alguien que logra venderlos, ya sea uno u otra.»

El cansancio empezó a hacerse sentir. Le ardían los ojos, pero unas lágrimas reparadoras acudieron para aliviar la molestia. Movió la cabeza lateralmente para estirar los doloridos músculos del cuello. Necesitaba algo, cualquier cosa que le ayudara a superar ese malestar físico. Y había una sola persona que podía procurársela. Se levantó y fue hasta el teléfono. Cogió el auricular sin que le preocupara manchar el aparato con la pintura fresca que tenía en las manos. Marcó un número y poco después le respondió una voz soñolienta.

– ¿Quién coño es a esta hora?

– LaFayette, soy Jerry. Estoy trabajando y necesito verte.

– ¡Joder, Jerry! Son las seis de la mañana.

– No sé qué hora es. Pero necesito verte, ahora.

Colgó sin esperar la respuesta. LaFayette Johnson le insultaría un rato, pero después se levantaría y acudiría corriendo a verle. Todo lo que tenía se lo debía en gran parte a él y era justo que se comportara en consecuencia.

Alzó los ojos y observó su imagen reflejada en el espejo colgado encima del teléfono. Vio el horror y el diabólico color de su cara demonizada, descompuesta como carne infecta por el modo como se había secado.

Sonrió a su imagen, que desde el espejo le devolvió una mueca indescifrable.

– Todo según los planes, Jerry Kho, todo según los planes…

El retorno de Meredith-sin-nombre le distrajo de esa conversación consigo mismo, un diálogo que nunca tendría fin porque nunca había tenido un comienzo. La mujer entró en el campo de visión que se reflejaba a sus espaldas, y Jerry se volvió hacia ella. Se había lavado el pelo y llevaba un albornoz de él cubierto de manchas de pintura que desde hacía tiempo había abandonado el saludable hábito de un lavado. Ahora que se había quitado la pintura de encima y había desaparecido hasta el último rastro de maquillaje, se la veía indefensa ante la despiadada luz del día. Su vulnerabilidad era tan manifiesta que Jerry sintió que la detestaba, por su apego a la vida, por su desesperada busca de recuerdos, por esa ridícula luz de adoración que tenía en la mirada cuando sus ojos se posaban en los de él. La detestaba profundamente y al mismo tiempo envidiaba la perfección de su insignificancia.

– Coge tu ropa y vete. Tengo que trabajar.

Meredith-sin-nombre se sonrojó y se convirtió en Meredith-sin-palabras. En silencio, comenzó a recoger sus prendas dispersas por el suelo, mientras mantenía cerrado el albornoz con una mano para evitar que se abriera al agacharse. Se volvió de espaldas y empezó a vestirse. Jerry vio cómo su cuerpo desaparecía poco a poco, casi milagrosamente, bajo las ropas. Cuando se volvió de nuevo hacia él, volvía a ser la mujer gris de la noche anterior, vaciada de la idea que, por pocas horas, la hizo atractiva a sus ojos. Tendió hacia él el albornoz manchado con que se había secado.

– ¿Puedo quedármelo?

– Sí. Puedes quedártelo.

Meredith-sin-nombre sonrió. Aferró el albornoz contra el pecho y se dirigió hacia la puerta. Jerry le agradeció mentalmente que le ahorrara una última mirada, que se marchara sin un empalagoso último saludo. Se quedó solo con sus maldiciones. Cuando oyó que el ascensor se ponía en movimiento, fue a tenderse boca arriba en el centro de la tela fijada al suelo. Abrió los brazos y el espejo del techo le devolvió la imagen de su cuerpo crucificado a su propia obra.

Se quedó contemplándola y contemplándose sin encontrar fuerzas para seguir trabajando. A su izquierda, la enorme pantalla fragmentada en otras tantas seguía emitiendo sus manchas de colores y sus crudas y lascivas imágenes. Le habían encargado una obra para exponerla en el enorme vestíbulo del palacio de gobierno del estado de Nueva York, en Albany. El día de su instalación, con la asistencia del gobernador y de un público selecto, se oyó un murmullo de espera e impaciencia en el momento en que se encendió el módulo. A medida que se sucedían las imágenes, el murmullo fue sustituido poco a poco por un profundo silencio, tanto que todos los presentes parecían hechos de piedra.

El gobernador fue el primero en recobrarse. Su voz estentórea resonó en el inmenso salón como el aviso de una estampida.

– ¡Apaguen ese escándalo!

El escándalo se apagó, pero pronto se encendió uno mayor. Jerry Kho fue denunciado por ofender a las instituciones y mostrar actos obscenos, aunque el juez que firmó la acusación lo proyectó, al mismo tiempo, hacia la fama y la notoriedad. LaFayette Johnson, el galerista que le proporcionaba las drogas, comenzó a añadir ceros al precio de sus obras, y él aceptó las consecuencias de su acción. A continuación llegó la condena, pero también la posibilidad de joder con todas las mujeres que quería y todo el dinero necesario para pagar lo que su marchante le conseguía.

El timbre sonó; para los oídos de Jerry tenía el significado de las palabras lupus in fabula.

Sin preocuparse por echarse nada encima, atravesó el caos del loft en el que vivía y trabajaba y fue a abrir. Vio que la puerta estaba entreabierta y se quedó perplejo.

Esa idiota de Meredith no había cerrado bien la puerta al salir. Por otro lado, si fuera LaFayette habría entrado sin llamar.

Cuando abrió del todo, vio la figura de un hombre envuelta en la sombra del rellano. La bombilla debía de haberse fundido, y no lograba adivinar de quién se trataba. Sin duda no era LaFayette, porque la silueta que percibía en la penumbra era un poco más alta que la del galerista.

Hubo un instante de silencio, como cuando el tiempo y el viento parecen desaparecer antes de que empiecen a caer las primeras gotas de una tormenta de verano.

– Hola, Linus. ¿No invitas a entrar a un viejo amigo?

La voz le llegó desde una penumbra rodeada de niebla y procedente de tiempos remotos. Hacía mucho tiempo que no la oía, y sin embargo la reconoció de inmediato. Como todos, Jerry Kho había fantaseado a menudo, bajo los efectos de la droga, con su muerte, la única certeza verdadera que tiene un ser humano. Había deseado aquello que desea todo artista: poder ser él quien la representara, y decidir el color y la tela que sería su sudario.

Cuando el hombre del rellano salió a la luz y entró en la habitación, Jerry tuvo la confirmación y supo que todas sus fantasías estaban a punto de ser superadas por la realidad. Le miró a los ojos, sin preocuparse por la pistola que empuñaba. Lo único que consiguió ver con claridad fue una mano desconocida que arrojaba un cubo de pintura negra sobre ese discutible cuadro que hasta ahora había sido su existencia.

3

LaFayette Johnson aparcó su flamante Nissan Murano en la explanada de Peck Slip y Water Street. Quitó las llaves del contacto y se agachó para coger un pequeño paquete oculto bajo el asiento del conductor. Bajó del coche y pulsó la tecla de cierre del mando a distancia. Mientras esperaba el titilar de los cuatro intermitentes, se estiró y aspiró una gran bocanada de aire. Se había levantado una ligera brisa cálida que llegaba del sur y traía un vago olor salobre; el viento había barrido las pocas nubes que hasta el día anterior habían agrisado el cielo. Ahora, sobre su cabeza, había un azul increíble que, como todas las recompensas, encerraba una exigencia. Alzando los ojos, entre los rascacielos y en las calles estrechas como aquella, solo podía verse un pequeño recuadro de cielo. En Nueva York, el sol, el cielo y el paisaje eran un privilegio de los ricos.

Y él, al fin, empezaba a serlo, gracias a ese loco degenerado de Jerry Kho. Y a lo que era y había sido. Su llamada le despertó pero no le sorprendió. La noche anterior, al verle salir del lugar en que se hallaban en compañía de ese esperpento, supo muy bien el papel que desempeñaba aquella mujer en la mente corrupta de Jerry. Él no se habría follado a esa mujer ni con la polla de otro, pero no tenía nada que objetar si su gallina de los huevos de oro necesitaba ciertas mortificaciones para crear esos engendros que personalmente le repugnaban pero de los que el público parecía ávido. Las obras de Jerry habían despertado un nuevo interés por el arte figurativo y los artistas emergentes. Volvían a aparecer coleccionistas y comenzaba a circular mucho dinero. Como si hubieran vuelto los viejos tiempos de Basquiat y Keith Haring. Y él, tal como hizo aquel viejo zorro de Andy Warhol, había acaparado uno de los caballos ganadores. Sin embargo, debía atenderle, cuidarle y mimarle como corresponde a un animal de raza. No le importaba que las ideas de Jerry fueran el producto de consumir casi todas las drogas disponibles en el mercado. LaFayette era lo bastante listo para no tener escrúpulos, y Jerry, lo bastante adulto para elegir su medio de destrucción. El intercambio le parecía, a fin de cuentas, equitativo. Él le proporcionaba cualquier sustancia que pudiera meterse en el cuerpo y, como recompensa, obtenía el cincuenta por ciento de todo lo que saliera de su cabeza.

LaFayette Johnson se guardó el paquete en el bolsillo del chándal y avanzó junto a los edificios de ladrillo visto hasta doblar a la derecha en Water Street.

Ese tramo del puente de Brooklyn estaba iluminado por el sol, pero la luz aún no había ido a rescatar de las sombras a Water Street. Sobre el puente se veían muchos coches y ya se oían los ruidos del tráfico matinal, aunque todavía no rompían el silencio de la calle.

A sus espaldas se extendía el South Street Seaport District, completamente reestructurado y lleno de tiendas y reclamos para los turistas, como el viejo mercado de pescado y el Pier 17 que se asomaba a las aguas del East River.

Siempre había encontrado algo extraño en aquella metrópolis, desde el día que llegó. Aunque Manhattan fuera una isla y Nueva York se levantara sobre la costa, resultaba difícil verla como una ciudad marítima. El océano se volvía río y el río se confundía con el océano en una continua guerra de guerrillas, como si el mar, el verdadero, desdeñara ese rincón del mundo y apenas hiciera llegar allí sus desechos. Solo las gaviotas parecían las depositarias de ese límite en continuo conflicto. De vez en cuando, hasta en Harlem era posible encontrar alguna que iba a disputar la comida a las palomas, pero nada más.

Se volvió a mirar su flamante coche nuevo, y sonrió. Pensó en los kilómetros que había conseguido poner entre él y los harapos de su infancia. Ahora, al cabo de mucho tiempo, podía al fin permitirse todos los juguetes que habría debido tener de niño.

El recuerdo, en su cabeza, estaba envuelto en humo, como si una parte de él hiciera lo imposible por borrarlo definitivamente de la memoria. Tenía dieciséis años cuando huyó del pequeño pueblo de Luisiana en el que había nacido, un lugar perdido donde la espera parecía formar parte del ADN de los habitantes. Estaban todos tan ocupados en dormitar que no lograban siquiera dormir como es debido. Solo esperaban. El verano, el invierno, la lluvia, el sol, el paso del tren, la llegada del autobús. Esperaban lo que no llegaría jamás: la vida. Three Farmers, unas cuantas casas decrépitas alrededor de una encrucijada, donde el único producto digno de mención eran los mosquitos, y la única aspiración de la gente del lugar era conseguir una jarra de limonada fresca. Acudió a su mente una frase que había oído en una película, de la cual se había apropiado: «Si fuera Dios y quisiera aplicarle una lavativa al mundo, le metería el tubo en Three Farmers…».

Recordó a su madre, envejecida antes de tiempo e impregnada del fuerte olor de la cocina cajun, con sus medias llenas de carreras, y recordó a su padre, para quien la familia solo era un lugar en el que desahogar las frustraciones y la rabia cuando había bebido demasiado. LaFayette Johnson se hartó de comer patatas y de recibir golpes; una noche en que su padre volvió a intentar levantarle la mano, le rompió los dientes con un viejo bate de béisbol y se marchó, tras robar todo el dinero que encontró en aquella hedionda pocilga que nunca había conseguido llamar «casa».

Adiós, Luisiana.

Había sido un viaje lento y largo, pero al final del camino le esperaba Nueva York.

Si hubiera obtenido la licencia se habría convertido en uno de tantos taxistas de paso por la ciudad, entre indios, paquistaníes y etnias varias. Se vio obligado a ganarse la vida, pero también él tropezó con su mina de oro. Encontró trabajo de recadero en una galería de arte de la zona de Chelsea, dirigida por un marchante llamado Jeffrey McEwan, un tipo maduro, esnob y algo afeminado, que se vestía siempre a la inglesa. Cuando le conoció, LaFayette logró a duras penas sofocar una carcajada mientras se preguntaba si aquel hombre usaba el papel higiénico como fular cada vez que iba a cagar.

La sonrisa de LaFayette Johnson se convirtió en una mueca de conmiseración mientras se dirigía, con los bolsillos llenos de droga, hacia la casa de Jerry Kho.

«Joder, qué hipócrita de mierda eras, Jeffrey McEwan.»

Aunque estaba casado, ese marica de Jeff tenía un culo en el que habría cabido un tren eléctrico, y una piel tan blanca y flácida que siempre que la tocó se estremeció de asco. Pero era rico y le gustaban los chicos guapos, jóvenes y de piel oscura. A LaFayette le gustaban las mujeres, pero poseía todos los requisitos que interesaban a su vicioso empleador. Supo enseguida que aquello podía significar un giro decisivo en su vida. Tenía una oportunidad al alcance de su mano, y debía estar atento para no desperdiciarla. Inició un juego de miradas y silencios; daba un paso adelante y retrocedía con astucia cuando parecía que podía ocurrir algo. Al cabo de unos meses, el viejo Jeffrey McEwan estaba a punto. El golpe de gracia se lo asestó LaFayette cuando, por casualidad, se dejó sorprender desnudo bajo la ducha en el cuarto de baño de la galería. El viejo maricón se volvió literalmente loco. Cayó de rodillas ante él, se abrazó a sus piernas y llorando le declaró su amor y masculló mil promesas y juramentos.

LaFayette le levantó la cabeza, le metió la polla en la boca y después le dio violentamente por el culo, obligándole a doblarse sobre el lavabo; lo mantuvo apretado con una mano sobre la espalda y le tiró de los pelos finos y rojizos con la otra para obligarle a mirar la imagen de ambos en el espejo.

El viejo McEwan, indiferente a las posibles consecuencias, dejó a su mujer y fueron a vivir en el mismo apartamento. Se hicieron socios y empezaron a trabajar juntos, al menos hasta el momento en que Jeff abandonó la escena a lo grande, tras sufrir un infarto en el vernissage de un pintor bastante cotizado, al cual representaban en exclusiva.

Por desgracia para LaFayette, el maldito marica nunca se había divorciado, y la gilipollas de la mujer se quedó con todo lo que Jeff no le había dejado expresamente en herencia a él, lo que llegaba casi al cincuenta por ciento.

Pero a fin de cuentas, no le había ido mal.

Había otra cosa que Jeff había dejado en herencia y que en su trabajo valía más que todo el dinero del mundo: le había enseñado el valor de la cultura. LaFayette Johnson se dio cuenta de que el conocimiento era su herramienta de trabajo, y se dedicó a ello. Cuando la mujer de su amante le echó de la galería de Chelsea, ya se hallaba en condiciones de arreglárselas por su cuenta. Siguió la corriente que poco a poco desplazaba el centro de interés por el arte figurativo al barrio del Soho. Adquirió un gran local en la segunda planta de un elegante edificio en proceso de rehabilitación en Greene Street, una calle pequeña y empedrada que casi hacía esquina con Spring. Abrió la L &J Gallery con el firme propósito de ser solo socio de sí mismo. Al final, apenas le quedó el pequeño piso en el que vivía y el loft en la séptima planta de Water Street donde había instalado a Jerry.

Siguió andando a buen paso, calzado con sus Nike, hacia el portal de la casa.

Pasó ante un steakhouse, cerrado a aquella hora, y se miró en el reflejo de los escaparates; vio a un negro guapo, de unos cuarenta años, que vestía un chándal Ralph Lauren, un tío al que se le notaba que había tenido éxito. Dijo a su imagen la frase que con frecuencia le decía Jerry Kho: «Todo según los planes, LaFayette, todo según los planes…».

Pasó ante una verja medio oxidada, cerrada con cadena y candado. Del otro lado de la reja, en un patio al fondo del callejón, se entreveían unos coches maltrechos. Un cartel colgado entre el óxido invitaba a ponerles la correa a los perros.

Llegó ante el portal de Jerry, un edificio con adornos de piedra arenisca descolorida y con una escalera exterior de incendios, sobre la fachada. Buscó las llaves en el bolsillo y recordó que las había olvidado en el cuatro por cuatro. Pulsó el timbre, para asegurarse de que el idiota de Jerry le oyera, por si todavía estaba bajo los efectos de la droga.

Llamó dos veces, pero no obtuvo respuesta.

Estaba a punto de volver al coche, a por las llaves, cuando de la penumbra del zaguán emergió una figura que abrió la puerta. Era un hombre vestido con un chándal gris con la capucha puesta, que escondía su rostro y que llevaba gafas de sol.

Tenía la cabeza levemente inclinada hacia delante, y durante el breve encuentro se movió de modo que LaFayette no lograra verle la cara. Salió como si tuviera prisa, y se lo llevó por delante con cierta violencia, pero sin el menor indicio de querer disculparse. En cuanto salió por la puerta enderezó la cabeza y los hombros y echó a correr.

LaFayette lo siguió con la mirada mientras se alejaba. Notó que corría de un modo extraño, como si tuviera un problema en la pierna derecha y se viera obligado a medir el peso al apoyar el pie en el suelo.

«Loco de mierda.»

Ese fue el lapidario comentario de LaFayette Johnson contra todos los corredores, y ante aquel en particular, mientras entraba en el vestíbulo y pulsaba el botón del ascensor. La puerta se abrió de inmediato, lo que significaba que la cabina se hallaba en la planta baja. Probablemente la había utilizado el discutible atleta que acababa de salir. Deportista, sí, pero no hasta el punto de usar la escalera. O quizá el problema en la pierna le impedía bajar los escalones con agilidad…

LaFayette se encogió de hombros. Tenía muchas otras cosas en que pensar como para perder el tiempo con un vulgar y cojo aspirante a corredor de maratón. Por ejemplo Jerry, a quien debía abastecer y estimular para que trabajara a la mayor velocidad posible. Planeaba organizar una exposición en otoño y quería tener una amplia gama de opciones. Pocas cosas, pero muy representativas. Ya había organizado la visita de algunos de los coleccionistas a los que se consideraba creadores de opinión y había movido sus hilos para tener el apoyo de la prensa especializada, la que realmente contaba.

Había llegado el momento de dar el gran paso, el que le llevaría de Nueva York a todo el país y al resto del mundo. El ascensor se abrió con un crujido metálico en el rellano de la séptima planta, que ocupaba en su totalidad el apartamento de Jerry.

La puerta estaba entreabierta.

De pronto, y sin razón alguna, LaFayette Johnson sintió que un extraño sabor a óxido le llenaba la boca. Si existía un sexto sentido, probablemente se activó en aquel preciso instante.

Empujó la puerta, con la pintura descascarada, y entró en el loft en el que vivía y trabajaba Jerry. Le recibió el caos de costumbre, formado por botes de pintura, desorden y suciedad a partes iguales; aquel parecía ser el único ambiente en el que podía vivir su artista.

– ¿Jerry?

Silencio.

LaFayette avanzó lentamente en aquel delirio de telas, platos y latas de cerveza, restos de comida, libros y sábanas descoloridas por el exceso de uso y falta de lavado. A la izquierda, en diagonal con respecto a la puerta de entrada, había una estantería metálica en la que Jerry guardaba los botes de pintura y todo el material que usaba para realizar sus obras. Ante él, en el suelo, una tela blanca llena de huellas de color.

En el aire había un fuerte olor a pintura.

– Eh, Jerry, no debes dejar la puerta abierta. Sabes que si entrara un ladrón podría convertirse de pronto en propietario de un montón de obras maestras de arte contemp…

Mientras decía estas palabras superó el obstáculo que representaba la estantería. Lo que vio le hizo perder la palabra y cualquier resto de consideración por el body art.

Jerry Kho, completamente desnudo y cubierto de pintura roja seca, estaba sentado contra la pared, en una posición tan ridícula que solo la muerte podía transformarla en trágica. Tenía el pulgar de la mano derecha metido en la boca. La mano izquierda sostenía una manta junto a la cara, de tal modo que le cubría la oreja. Los ojos de Jerry, abiertos de par en par sobre la nada, parecían llenos de horror y estupor por el modo sarcástico en que alguien había colocado su cuerpo.

A su espalda, dibujado en la pared blanca con pintura azul en aerosol, a la altura de la cabeza del cadáver, había un globo con forma de nube, como los que suelen usarse en los cómics para indicar los pensamientos de los personajes. En el bocadillo, con la misma pintura, la misma mano había escrito un número:

El sabor que LaFayette tenía en la boca se convirtió en náusea y la náusea se convirtió en una garra de frío acero en el estomago. De pronto se dio cuenta de dos cosas. La primera, que su gallina jamás volvería a poner huevos de oro. La segunda, que tenía un serio problema. Y había un solo modo de salir del apuro. Aunque fuera una vez, debía actuar según las reglas.

Sacó el móvil del bolsillo del chándal y marcó nerviosamente el 911. Cuando la operadora respondió con voz cortés e impersonal, dijo que había habido un homicidio. Dio su nombre y la dirección y prometió que se quedaría allí, a la espera de la llegada de la policía.

Inmediatamente después, con la Panasonic, empezó a hacer fotos del cadáver, desde todos los ángulos. Sin duda habría más de un periódico dispuesto a pagar a precio de oro aquellas instantáneas, aunque no fueran de excelente calidad. Poco después entró en el cuarto de baño y echó al váter las píldoras que tenía en el bolsillo. Pulsó el botón que accionaba la descarga de la cisterna y, mientras el flujo de agua se las llevaba dibujando un pequeño remolino, LaFayette se preguntó de qué modo podría sacar de aquel tugurio todas las telas de Jerry Kho, otro estúpido artista maldito que en aquel momento, que en paz descansara, ya debía de haber empezado a pintar las paredes del infierno.

4

De pie ante la ventana, Jordan Marsalis miraba el camión de la empresa de mudanzas que salía de la zona de aparcamiento que habían reservado frente a su casa. Hacía apenas unos minutos, mientras por la puerta abierta llegaban todavía los comentarios de los obreros que bajaban la escalera, había firmado el recibo que le tendía el responsable de la empresa. Era un negro enorme, con el físico de un luchador y gruesos bíceps que hinchaban las mangas de la cazadora amarilla y roja que llevaba. En la espalda se leía estampada en negro la palabra «Cousins», el nombre de la sociedad de mudanzas de Brooklyn a la que había confiado los pocos muebles de su piso que le importaban. Los otros estarían a disposición del nuevo inquilino de la casa. Jordan garabateó su firma en la hoja y dio su conformidad para que, junto con los muebles, un pedazo de su existencia fuera a parar a un almacén en alguna parte, en algún lugar que no conocía. Así, su vida pasada y su vida futura serían exactamente iguales. Ambas estarían en alguna parte, en algún lugar que no conocía.

– Gracias, señor.

Mientras le tendía su copia del recibo, el hombre miró con una mezcla de curiosidad y envidia el mono de piel de Jordan, como los que usan los motociclistas. Jordan se llevó una mano al bolsillo y extrajo un billete de cien dólares.

– Tome, bébase una copa a mi salud, y de vez en cuando écheles una ojeada a mis cosas.

El hombre se guardó el billete con el gesto solemne y la expresión pícara de los juramentos infantiles.

– Así lo haré, señor.

Se quedó de pie ante él sin dar muestras de marcharse. Tras una pausa, le miró a los ojos.

– Probablemente no me incumba, pero me parece que va a emprender un largo viaje. Y parece uno de esos viajeros que saben de dónde parten pero no adónde van.

Jordan se sorprendió por el inesperado brillo de inteligencia que se había encendido en los ojos de su interlocutor. Hasta entonces se había alzado entre ellos la habitual barrera de una relación de trabajo, que impide cualquier comentario que vaya más allá de lo estrictamente profesional. El hombre no esperó, por discreción, ningún gesto de confirmación.

– Le confieso que quisiera estar en su lugar. En todo caso, adondequiera que vaya, buen viaje.

Jordan sonrió y le dio las gracias con un gesto de la cabeza. El otro se volvió y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir giró la cabeza hacia él.

– Realmente, qué extraña es la vida…

Hizo con la mano un gesto que abarcaba a los dos.

– Ambos llevamos lo mismo: un mono. Solo que para usted significa la libertad, y para mí la prisión.

Sin añadir nada más, salió y cerró con delicadeza la puerta tras de sí. Jordan sé quedó solo.

En cuanto el camión dio la vuelta a la esquina, se apartó de la ventana y se dirigió hacia el viejo diván con un tapizado liso y una estructura precaria situado delante de la chimenea. Cerró la bolsa de viaje impermeable en la que había guardado las pocas prendas que podría necesitar, cogió el casco y metió dentro los guantes y el pasamontañas. Volvió la cabeza hacia el amplio ventanal de la sala y se quedó un instante mirando los juegos que hacía la luz en las ventanas del edificio de enfrente.

Había alquilado su piso, por medio de una agencia, a alguien a quien ni siquiera conocía, un tío de fuera que se mudaba a Nueva York. Ese tal Alexander Guerrero vio fotos digitales de la casa, enviadas por correo electrónico, e hizo llegar, junto con las referencias y las garantías solicitadas por la agencia, un cheque por la suma del depósito más seis meses de alquiler anticipado. Así se había convertido en el nuevo inquilino de un buen apartamento de cuatro habitaciones en el Cincuenta y cuatro Oeste de la calle Dieciséis, entre la Quinta y la Sexta avenidas.

«Pues felicidades, señor Guerrero, quienquiera que seas.»

Jordan se echó la bolsa de viaje a la espalda y se dirigió hacia la puerta. El sonido de sus pasos en el suelo de madera reverberó de forma extraña en el piso casi vacío. Apenas había apoyado la mano en el picaporte cuando llegó la llamada.

Se volvió despacio y se quedó mirando, perplejo, el aparato telefónico, apoyado sobre la repisa de mármol travertino de la chimenea. Hacía unos días que había enviado a la AT &T la solicitud de baja de la línea, y creía que ya no funcionaba. El teléfono continuaba sonando, y Jordan no conseguía decidirse a recorrer los pocos pasos que le separaban de ese sonido y de la incógnita que representaba. No tenía la menor curiosidad por saber quién o por qué lo llamaban. En su mente él ya estaba de camino; veía un proyectil disparado a través del paisaje, el rumor del aire en el carenado, una carretera que corría delante de la rueda delantera de su moto, una línea blanca reflejada en los ojos y en la visera del casco. Aunque todavía se encontrara allí, Nueva York era ya un recuerdo y, entre todos ellos, ni siquiera era el mejor.

Hubo un tiempo en que aquella ciudad le importaba. A veces Nueva York es mala consejera, tiene el don de hacer que alguien se sienta lleno de energía pero le impide que se dé cuenta de cuánta, en realidad, le está quitando. Él, en cambio, lo supo y lo aceptó desde el principio, con tal de tener, a cambio, la oportunidad de ser al mismo tiempo lo que deseaba ser y lo que era.

Luego, un día, se vio obligado a elegir, y fue una de esas elecciones sin posibilidad de vuelta atrás. A menudo la vida ofrece privilegios, pero también los reclama. Alguien -no recordaba quién ni dónde- le dijo una vez que el éxito y la juventud son cosas que tarde o temprano hay que devolver. Si este era uno de los mandatos inexorables de la existencia, él había pagado su parte. Jordan sabía desde hacía tiempo que las cosas que le interesaban en la vida no podía comprarlas, que estaba obligado a ganárselas. Cuando se encontró ante la imposibilidad de hacerlo, alquiló la casa y decidió abandonar la ciudad.

Y ahora, el teléfono.

Con un suspiro se acercó al aparato, dejó la bolsa de viaje y el casco en el sofá y levantó de mala gana el auricular.

– Diga…

Le llegó un ruido de fondo sofocado y rítmico, del que emergió una voz conocida.

– Jo, soy Chris. Te he llamado al móvil pero está apagado. Gracias a Dios que todavía estás en la ciudad.

A Jordan le sorprendió oír la voz de su hermano. Era la última persona que esperaba escuchar al otro lado de la línea. Había angustia en su voz, y algo nuevo, algo que jamás habría pensado que oiría en la voz de Christopher Marsalis.

Había miedo.

Jordan fingió no darse cuenta.

– No necesito el móvil en este momento. Estaba a punto de marcharme. ¿Qué ocurre?

Chris dejó transcurrir un instante de silencio, algo absolutamente insólito en él. En general no era de los que conceden pausas, ni a sí mismo ni a los demás.

– Han asesinado a Gerald.

Jordan tuvo de golpe una sensación de déjà-vu, quizá más semejante al estupor ante el cumplimiento de una profecía que ante algo que nos parece haber vivido con anterioridad. Se dio cuenta de que, en cierto modo, aquella era una noticia que esperaba desde hacía tiempo. Sentía cómo aleteaba sobre su cabeza como una premonición cada vez que pensaba en ese chaval.

Consiguió mantener la calma y no caer en lo mismo que se agitaba en la voz de su hermano.

– ¿Cuándo?

– Esta noche. O esta mañana, no sé. Hace poco su galerista ha pasado por la casa y ha encontrado el cadáver.

Jordan no pudo dejar de pensar que sin duda ese hijoputa de LaFayette Johnson no había pasado por la casa de Gerald a aquella hora de la mañana solo para hacerle una visita de cortesía. Aunque nunca habían logrado probarlo, todos sabían de qué modo pagaba las obras de su protegido. La nueva pausa de Chris le dio a entender que también él pensaba lo mismo.

– ¿Dónde estás ahora?

– Estaba en Albany, en una convención demócrata. En cuanto me han llamado he cogido un helicóptero. Aterrizaremos dentro de poco en el helipuerto sobre el East River, en el centro. Por Dios, Jordan, me han dicho que le han encontrado en un estado aterrador…

A Jordan le pareció percibir un temblor de lágrimas en la voz de Chris. También eso era nuevo.

– Voy enseguida.

– Gerald vivía…

De pronto Jordan se dio cuenta de que su hermano hablaba de Gerald en pasado. Se sintió extrañamente reacio a poner tan pronto una lápida sobre el cadáver todavía caliente.

– Ya sé dónde vive. Al final de Water Street.

Por el tono de Chris, no pudo comprobar si había captado el sentido de su aclaración. Estaba a punto de colgar cuando su hermano dijo algo más.

– Jordan…

– ¿Sí?

– Me alegro de haberte encontrado en casa.

Jordan sintió una extraña incomodidad. Respondió con la misma voz y dijo lo primero que se le ocurrió, porque en realidad no tenía nada que decir.

– Vale, ya voy.

A veces, en sus fantasías, tenía la sensación de que Nueva York era algo vivo, un ente independiente, con una voluntad propia y desconocida, que podría continuar funcionando aunque de golpe desaparecieran todos los seres humanos. Las luces seguirían encendiéndose y apagándose, el metro funcionando y los taxis recorriendo las calles incluso aunque ya no hubiera nadie en una esquina levantando una mano para detener uno.

Incluso en aquel momento, mientras colgaba el teléfono, tuvo la sensación de que aunque se fuera en ese momento encontraría en los límites de la ciudad una invisible e impenetrable barrera de energía, como si todo lo que había en torno de él se conjurara para obligarle a quedarse donde ya no deseaba estar. Donde ya no tenía ningún motivo para estar.

Se quitó las botas, abrió la cremallera del mono, se lo quitó con un único y hábil movimiento y lo dejó en el respaldo del sofá. Abrió la bolsa y sacó unas zapatillas deportivas, una camisa, unos vaqueros y una chaqueta de piel. Se puso con rapidez esas prendas que había imaginado que volvería a ponerse en otro lugar a muchas millas de allí. Mientras se sentaba para atarse los cordones de las zapatillas, vio algo que asomaba entre los cojines del sofá.

Metió la mano y sacó una fotografía. Era una vieja foto en color, levemente descolorida, que correspondía a una época pasada. Recordaba muy bien cuándo se había hecho. Estaba en Lake George pescando con un grupo de amigos. Él y su hermano se hallaban de pie, con el reflejo del agua que parecía un halo a sus espaldas, el uno junto al otro. Los dos sonreían y miraban hacia el objetivo con una expresión de complicidad.

Se quedó unos segundos observando sus rostros como si fueran los de dos desconocidos. Él y Christopher eran físicamente diferentes, muy diferentes. Solo la mirada era idéntica. Tenían distintas madres pero el mismo padre, y los ojos azules eran la única herencia que Jakob Marsalis había repartido de forma igualitaria entre sus hijos.

Se levantó y dejó la foto en la repisa de la chimenea. Cogió la bolsa y se dirigió hacia la puerta, con la estúpida impresión de que también las imágenes de la foto hacían lo mismo, que volvían la espalda a esa habitación y se alejaban hacia el fondo del lago que se extendía ante ellas.

Abrió la puerta y encontró el paisaje familiar del rellano, con la luz incierta de los apliques en las paredes, la moqueta gastada y ese vago olor a humedad y comida para llevar que alguien había definido como «el olor de Nueva York».

De un apartamento de la planta baja llegaba el sonido demasiado alto de un estéreo. Jordan reconoció una canción de uno de sus cantantes preferidos, Connor Slave, el nuevo niño prodigio de la música culta estadounidense. Era un tema amargo y lleno de tristeza, titulado «Canción de la mujer que quería ser marinero», la melancólica y obstinada esperanza de una persona que desea algo que oficialmente le está vedado y que le será negado para siempre.

Esa canción le gustaba. Se sentía muy cercano a esa mujer que, de pie en el arrecife, contemplaba el mar que jamás surcaría mientras sentía que su deseo de libertad la sofocaba poco a poco. También él, en cierto modo, se encontraba en esa situación. Era su elección, pero no por ello la nostalgia resultaba menos fuerte.

El ascensor estaba en su planta. Entró, pulsó el botón para bajar y por el momento dejó a un lado la música y sus pensamientos.

En la calle le recibió la luz de un sol benévolo al que ni él ni esa ciudad tenían derecho. Mientras cruzaba, Jordan Marsalis pensó en la vida difícil de un chaval al que todos conocían con el nombre de Jerry Kho, seudónimo de un artista que aspiraba a ser el representante más significativo y vanguardista del body art neoyorquino. Se dirían muchas cosas sobre él, y casi todas serían ciertas. Jordan sabía que los periódicos insistirían en su infancia difícil y su juventud rebelde, su dependencia de las drogas y el sexo, aunque perteneciera a una de las familias más prominentes de la ciudad. Si hubiera tenido suerte, quizá el tiempo y el talento habrían hecho de él un gran artista. Sin embargo, la pésima administración de ese talento no había contribuido a convertirle también en un gran hombre. Y ahora tanto el tiempo como la suerte se habían acabado. Si era cierto que el éxito y la juventud son cosas que la vida reclama que se le devuelvan, Gerald tuvo que hacerlo antes incluso de haberlos realmente experimentado.

Del otro lado de la calle, en la otra esquina con la Sexta, había una cafetería donde Jordan solía comer a menudo. Días de charlas con los camareros pero también de horas fumadas como cigarrillos, con la mirada fija en el vacío en busca de una solución que seguía rehuyéndole. Así, con el paso de los días, él y Tim Brogan, el propietario, se hicieron amigos, y Brogan le permitía dejar su moto en el pequeño patio de atrás del restaurante.

Jordan pasó ante los cristales y saludó con un gesto de la mano a una camarera con uniforme verde que estaba sirviendo a dos clientes sentados a una mesa que daba a la calle. La muchacha le reconoció; como tenía las manos ocupadas, le respondió con un movimiento de cabeza y una sonrisa.

Entró en el callejón y poco después dobló a la izquierda, hacia la parte posterior del local. De pie, a un lado de la moto cubierta con una lona, estaba Annette, una de las camareras, que se había tomado un momento de descanso y fumaba un cigarrillo apoyada contra la puerta de servicio. Desde hacía un tiempo, su marido tenía por amante a la botella, y unos años atrás su hijo tuvo problemas con la policía. Cuando acudió a él con lágrimas en los ojos, Jordan se apiadó de ella y la ayudó a resolver el asunto. Annette no hablaba mucho de su marido, pero ahora el chaval había encontrado trabajo y parecía decidido a no meterse en líos.

Cuando le vio llegar, su cara no mostró sorpresa.

– Hola, Jordan. Esta mañana pensaba que encontraría vacío el lugar de la moto. Estaba convencida de que ya te habías ido.

– También yo. Pero alguien, en alguna parte, ha decidido lo contrario, y al parecer su decisión cuenta más que la mía.

– ¿Problemas?

– Sí.

El patio estaba en sombras, y por un instante el rostro de la mujer pareció cubrirse con una sombra aún más oscura.

– ¿Y quién no los tiene, Jordan?

Los dos conocían lo bastante de la vida para saber de qué hablaban. Y ninguno de los dos lo había aprendido en los libros.

Jordan se acercó a la moto y empezó a quitarle la cubierta. Apareció la silueta roja y lustrosa de su Ducati 999. A pesar de la costumbre, siempre le fascinaba. Era una moto fabulosa por su funcionamiento, pero más aún por sus formas. Para quien escogía la moto como medio de transporte, una Ducati tenía un atractivo particular.

Annette la señaló con la cabeza.

– Qué hermosa.

– Hermosa y peligrosa -confirmó Jordan mientras doblaba la lona.

– No más que tantas otras cosas que suceden en esta ciudad. Nos vemos, Jordan.

Annette arrojó el cigarrillo al suelo y lo apagó cuidadosamente con el pie. Luego se volvió y entró en el local. El chirrido de la puerta al cerrarse a sus espaldas se perdió en el ruido del encendido. Mientras se aseguraba el casco y oía el murmullo familiar del motor, Jordan pensó que estaba a punto de hacer algo que había hecho decenas de veces y que creía que no volvería a hacer nunca más. Después de una llamada, se dirigía al lugar de un crimen. Pero esta vez era diferente. Esta vez la víctima era alguien que formaba parte de su vida, aunque hubiera elegido no formar parte de la vida de nadie.

Pero esta era una consideración sin importancia teniendo en cuenta lo ocurrido. Jerry Kho, el hombre asesinado, se llamaba en realidad Gerald Marsalis y, además de ser su sobrino, era el hijo de Christopher Marsalis, el alcalde de Nueva York.

5

Cuando Jordan cogió el último tramo de Water Street, la línea de luz dividía la calle en dos mitades exactas. Derecha e izquierda, sol y sombra, calor y frío. De pronto, con una sensación de desapego, pensó que en otro tiempo también él había formado parte de aquella trivial metáfora. Ahora todo parecía lejano como una película de la que se recuerdan algunas imágenes pero no se consigue recordar el título.

No le sorprendió demasiado encontrar, además del habitual despliegue de fuerzas policiales, una masiva presencia de los medios. Había periodistas de la prensa escrita que se acercaban todo lo posible entre los coches con las luces giratorias encendidas y las camionetas de Eyewitness News y Channel 4 aparcados en la explanada de Peck Slip. Una reportera de NY1 cuyo nombre no recordaba estaba transmitiendo en directo; en el fondo se veía la escena vallada. La oportuna presencia de los medios podía atribuirse a que en las fuerzas policiales siempre había alguien que pagaba la hipoteca o el colegio de su hijo personificando en su provecho a una «fuente fiable».

Fue a aparcar la moto de modo que quedara a la sombra, para no encontrar el asiento caliente cuando volviera. Avanzó hacia el edificio con la actitud de un curioso más, sin quitarse el casco, para evitar que le reconocieran. Si había algo de lo que no tenía ganas ni necesidad en aquel momento era de abrirse paso entre una pequeña muchedumbre de periodistas con micrófonos en la mano.

Un grupo de jóvenes que pasaban trotando vestidos con monos azules con las letras «NYPD» le obligó a detenerse un momento. Eran alumnos de la Academia de Policía que, guiados por un instructor, volvían del entrenamiento matinal. Al pasar delante del lugar del delito y ver aquella agitación, algunos volvieron la cabeza hacia la entrada de la casa que, evidentemente, era la escena de un crimen.

Jordan logró no seguirlos con la mirada mientras el vehículo azul de la policía científica se acercaba a las vallas. Rodeó la barrera de metal para dirigirse hacia el portal de entrada, donde los responsables de la investigación habían apostado a dos agentes. A uno de ellos le conocía; servía en One Police Plaza, el cuartel general de la policía. No podía ser de otra manera; el comando central quedaba a poco menos de un kilómetro de allí, de modo que era normal que ellos se ocuparan del caso.

El agente se adelantó para impedirle el paso, pero en aquel momento la cabeza de Jordan emergió del casco y el otro le reconoció. El policía se relajó y esperó a que se acercara antes de abrir más la valla para facilitarle el paso.

– Buenos días, teniente.

Jordan inclinó la cabeza, como si vigilara dónde ponía los pies, así que el policía no pudo ver su expresión.

– Ya no soy teniente, Rodríguez.

– Es cierto, ten… Sí, disculpe, señor.

Rodríguez bajó los ojos durante un instante. Jordan pensó que no tenía por qué hacer pagar a aquel chaval una culpa que no era suya.

– No importa, Oscar. ¿Están todos arriba?

Rodríguez dio la impresión de que se recobraba tras aquel instante de incomodidad.

– Sí, en la última planta. Pero el alcalde todavía no ha llegado.

– Sí, lo sé. Debe de estar a punto de llegar.

El agente Oscar Rodríguez entornó los ojos hasta que se volvieron dos ranuras en su cara morena de hispano.

– Lo lamento por su sobrino… señor Marsalis.

El hombre que estaba del otro lado de la valla calló un instante. Jordan sabía que no había terminado.

– Si me permite, cuando uno ha sido un teniente de policía como usted, para alguien como yo siempre seguirá siéndolo.

– Gracias, Oscar. Ojalá fuese así de simple. ¿Puedo entrar?

– Pues claro. Nadie me lo ha dicho, pero tengo la sensación de que le están esperando.

Rodríguez se hizo a un lado para permitirle entrar en el zaguán de la casa. Mientras subía en el ascensor y salía de aquella luz extrañamente incierta, Jordan no pudo evitar pensar con amargura que a veces la vida mide las distancias de manera mucho más significativa a como lo hacen las millas. Entre el New York City Hall, donde trabajaba Christopher Marsalis, y Water Street, donde vivía Gerald, había un espacio ínfimo, que podía recorrerse a pie en pocos minutos. Sin embargo nadie, por muy deprisa que corriera, habría logrado salvar la distancia que padre e hijo habían puesto entre ambos.

Jordan nunca había estado en el estudio de su sobrino. Una noche le encontró por casualidad en Via della Pace, un restaurante italiano del East Village. Estaba sentado en la penumbra con un grupo de chicos y chicas con un aspecto y unos modales muy coherentes con su estilo de vida. Todos tenían en la cara la misma expresión, una mezcla de la arrogancia de los que se sienten libres de ser ellos mismos hasta destruirse y la amarga resignación de los que miran a uno y otro lado y solo ven la nada. Por la actitud sumisa del grupo quedaba claro que Gerald era el líder. Cuando Jordan se aproximó a la mesa, el sobrino interrumpió la conversación con sus amigos y lo miró a los ojos, sin sorpresa ni placer. Sus ojos azules eran iguales, pero los suyos eran mucho más viejos.

– Hola, Jordan.

– Hola, Gerald.

El sobrino hizo una mueca de fastidio.

– Gerald es historia. Es un nombre que ya no me pertenece. De todo lo que era antes ya no queda nada.

En su mirada de desafío, Jordan encontró la confirmación de aquellas palabras y la sentencia que contenían. Trató de dar un tono conciliador a su voz.

– Los extremos se juntan. A veces basta muy poco para que lo hagan.

– Bonitas palabras, padre Marsalis. Ignoraba que te interesara la filosofía. Si has venido a darme un sermón…

Jordan meneó la cabeza.

– No, he venido porque tenía hambre, pero creo que me he equivocado de lugar.

– Sí. Opino lo mismo.

Se hizo ese instante de silencio que parece interminable entre dos personas que ya no tienen nada que decirse. Jordan dio media vuelta y se marchó. En el murmullo indistinto que había a sus espaldas únicamente oyó la frase «tan solo es un madero».

Desde entonces no había vuelto a verle.

Y ahora estaba subiendo al lugar donde alguien había matado a Jerry Kho, el hombre que tomó posesión de Gerald Marsalis hasta el punto de morir en su lugar.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor, lo primero que notó fue el fuerte olor a pintura. La puerta de entrada del piso estaba abierta de par en par y en el interior podía entrever a los de la policía científica, atareados en su investigación. Considerando la identidad de la víctima, sin duda el afán y el empleo de fuerzas y medios serían muy superiores al habitual.

Con toda probabilidad Christopher les había advertido de su llegada, porque el detective James Burroni salió al rellano antes de que el agente de guardia en el piso hiciera ademán de impedirle el paso.

– No hay problema, Pollard, me encargo yo.

Conocía a Burroni desde hacía tiempo y sabía que era un policía discreto. Habían trabajado juntos en el Noveno Distrito cuando todavía era una zona fronteriza, pero no se tenían simpatía. Sin embargo, Jordan no le censuraba; nadie aceptaba fácilmente a un colega que era al mismo tiempo un personaje famoso en Homicidios y el hermano del alcalde. Era de esperar que muchos pensaran que su fulgurante carrera se debía más a su ilustre pariente que a sus méritos reales.

Jordan se sintió como un intruso por su presencia en el lugar del crimen, aunque atañía de cerca a su vida privada. En cierto modo tenía la sensación de que Burroni pensaba lo mismo.

– Hola, James.

– Hola. Lamento que nos veamos en una ocasión como esta.

Jordan hizo un gesto vago con la mano, para disipar la incomodidad del momento. Ambos sabían cómo estaban las cosas, y que no eran precisamente agradables.

– Entra. Te aviso que el espectáculo es duro.

Mientras seguía al detective, Jordan no pudo evitar echar una rápida ojeada a su alrededor. Además del caos indescriptible que reinaba en el loft, tanto que parecía formar parte de la construcción, había una luz primaveral clara y ajena, extrañamente apacible en aquel lugar en el que Jerry Kho había librado su guerra contra sí mismo y contra el mundo.

Entonces le vio.

Se esforzó por mantenerse impasible y frío ante la enésima representación de la crueldad humana, ante ese muchacho que aún no había cumplido treinta años y que alguien había asesinado y ridiculizado incluso después de la muerte.

Se arrodilló junto al cuerpo de su sobrino, ante aquellos ojos muy abiertos y aquella pintura roja de marioneta infernal que subrayaba el escarnio extremo de su posición. Burroni respondió a la pregunta que podía verse en su mirada.

– Por el examen sumario parece que lo estrangularon y después lo colocaron de esta manera. La muerte ocurrió hace unas horas.

Jordan señaló las zonas claras en las muñecas y los tobillos, donde la pintura se había despegado y se veía la piel.

– Probablemente estas marcas las dejó lo que usaron para inmovilizarle. Tal vez cinta adhesiva.

– Es posible. Ya lo confirmará la autopsia.

– Y de lo demás, ¿qué dice la Científica?

Burroni señaló el piso con un gesto circular.

– ¿Has visto lo que hay aquí dentro? En este lugar hay siglos de historia. La limpieza es bastante deficiente, como ves. Cualquier cosa podría pertenecer a cualquiera y a cualquier época.

– ¿Y esto? ¿Qué son estas cosas?

Jordan señaló el dedo de la víctima metido en la boca y la manta que sujetaba contra la oreja. Burroni entendió el sentido de la pregunta.

– Cola. Ya han cogido una muestra. Algo nos dirá cuando la hayan analizado.

– ¿Y la pintura?

– Se ha pintado él mismo. Su galerista ha dicho que era bastante habitual que usara esta técnica. Ya sabes, todas esas tonterías de la vanguardia y…

Se interrumpió de golpe, como si de pronto hubiera recordado el parentesco de su interlocutor con la víctima.

La llegada de Christopher Marsalis evitó cualquier tentativa de disculpa. Cuando entró en el piso, seguido por el omnipresente factótum Ruben Dawson, su hermano estaba literalmente haciendo pedazos al médico forense.

– ¡… si mi hijo ha decidido esto, entonces lo tendrá! ¡Por Dios, espero que ahora me sirva de algo ser el alcalde de esta maldita ciudad! ¡Hagan lo que deban hacer! Retiren el cuerpo ahora mismo.

Todavía arrodillado, Jordan esperó a que su hermano pasara la estantería y tuviera la espantosa posibilidad de ver a qué estado habían reducido a su hijo.

Y así sucedió.

Mientras Christopher miraba el cadáver, Jordan le miraba la cara y vio cómo se convertía en piedra y luego se desmoronaba. Sus ojos se volvieron absurdamente opacos en aquel luminoso lugar, Jordan ignoraba cuánto viviría aún ese hombre, pero supo sin la menor duda que acababa de morir allí, en aquel momento.

Chris se volvió de repente y desapareció detrás de la estantería. Jordan se levantó, con los ojos fijos en los hombros de su hermano, que se entreveían a través de los estantes cargados de botes de pintura. Vio cómo ocultaba el rostro entre las manos. Su cabello blanco destacaba entre las manchas de color de los aerosoles y los recortes de tela sucios de pintura.

Se acercó y le apoyó una mano en el hombro. Christopher supo que era él aun sin verle.

– Jesús bendito, Jordan, ¿quién pudo hacer algo así?

– No lo sé, Chris, de veras no lo sé.

– No consigo ni siquiera mirarlo, Jordan. No puedo creer que eso sea mi hijo.

Christopher se recostó contra la pared y se apoyó con un brazo; tenía la espalda vuelta, la cabeza baja y el abrigo que colgaba junto a un pie que se movía nerviosamente como si quisiera cavar un agujero hasta el centro de la tierra. Permaneció en esa posición durante todo el tiempo que tardaron en retirar el cuerpo.

Ruben Dawson se aproximó y se quedó de pie junto a su alcalde, atento y en silencio, como siempre. Levantaron el cadáver y lo introdujeron en una bolsa de plástico. Jerry Kho salió de la habitación en una camilla, con un rumor de bisagras y un chirrido de ruedas por marcha fúnebre. En la pared, aquel número epitafio seguía encerrado en su absurda nube, la expresión de un mundo infantil que en aquel sitio y en aquel momento parecía tan fuera de lugar como una canción de cuna.

Quedaron solos los cuatro, cuatro estatuas de sal ante las preguntas que todo crimen plantea. ¿Quién? y ¿por qué? son las preguntas que uno se hace siempre. Y aunque la primera muchas veces tiene respuesta, la segunda sigue, pese a todo, siendo un enigma sin resolver.

El primero en recobrarse fue Christopher Marsalis. En su voz había una rabia interior, y quizá justamente gracias a ella recuperó el control de lo que se veía en la superficie. Se acercó a la pared contra la cual se había estado apoyando, hasta hacía poco, lo que quedaba de su hijo.

– ¿Qué coño significa este número?

La pregunta quedó suspendida sobre las cabezas de todos ellos.

Jordan respiró hondo y se apartó de los demás. Un instante después ya no se hallaba con ellos. Había descubierto, hacía mucho tiempo, que poseía una enorme capacidad de visualización. Cuando todavía estaba en la Academia de Policía, durante las pruebas de aptitud, la psicóloga que realizaba los tests se quedó anonadada por su capacidad de describir todos los conceptos que le proponía con una cantidad y una claridad de detalles impresionante.

Siguiendo ese instinto, fijó los ojos en la pared hasta que esta desapareció.

Ahora veía el cadáver de Gerald, arrastrado y apoyado contra la pared y colocado en esa posición absurda, y la mano que dibujaba la nube y…

– Es un código T9 -dijo como si no pudiera ser de otro modo.

Tres cabezas se volvieron de golpe hacia él. Ruben Dawson recuperó su función oficial de portavoz del alcalde.

– ¿Y qué es un código T9?

Jordan metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil. Comenzó a marcar velozmente, alzando de vez en cuando la cabeza para mirar los números. Cuando confirmó su intuición, no cambió la expresión ni el tono de voz, para no parecer el primero de la clase.

– Es un sistema de composición de los SMS, los mensajes que se envían con el móvil. El software del teléfono reconoce por las teclas que se pulsan, las diversas palabras que se pueden formar y las recompone, sin que tenga uno mismo que marcarlas letra por letra.

Jordan se acercó a la pared y señaló con el dedo las dos últimas cifras, encuadradas.

– Aquí, ¿veis? Los últimos dos números están en un recuadro. Pensando en la posición del cuerpo…

Jordan logró, con esfuerzo, no llamar a la víctima por su nombre. Llamar a la víctima por el nombre, en las normas de comportamiento de la policía, significaba que el investigador se involucraba excesivamente, y eso perjudicaba la investigación.

– Al ver la posición del cuerpo y lo que está escrito, he pensado que podía haber un nexo entre las dos cosas. He marcado los números en el teléfono de cierta forma, y mirad lo que ha salido.

Jordan les mostró el móvil abierto en dos. En el visor en color había una frase:

the doctor is in.

Un conjunto de cabezas se levantó con sorprendente sincronización. Caras atónitas volvieron sus miradas interrogativas hacia Jordan. Ese instante de silencio fue más elocuente que cualquier pregunta.

Jordan prosiguió. Quien le conocía bien sabía que ahora hablaba más para sí mismo que para los otros.

– La víctima estaba en una posición que pretende aludir a la manía de Linus, el personaje de Charles Schulz que se chupa el dedo mientras sostiene su manta fetiche contra la oreja.

Señaló con el índice de la mano derecha la frase que había compuesto en la pequeña pantalla del teléfono.

– Estas palabras son las que usa otro personaje de Snoopy cuando abre su consultorio de psiquiatra en la calle.

Burroni le observaba con una expresión de suficiencia. Pero el tono de su voz disimulaba a duras penas su admiración.

– ¿Y esto qué significa, según tú?

Jordan se guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta de piel.

– No creo que el asesino quisiera que el mensaje que dejó en la pared resultara difícil de descifrar. El sistema es tan simple que cualquiera de los programas que usa la policía o el FBI podría descodificarlo en pocos segundos.

Metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un cigarrillo sin extraer la cajetilla. Lo encendió y exhaló al mismo tiempo una bocanada de humo y el fin de su historia.

– No, pienso que, para el asesino, esto ha sido una especie de divertimento, una pequeña broma con la que pretende indicarnos…

Se interrumpió bruscamente.

«Ya no soy teniente, Rodríguez.»

– … Con la que pretende indicaros sus futuros movimientos.

Nadie dio muestras de haber advertido la pequeña corrección, una sutileza que para Jordan representaba la diferencia entre la noche y el día.

Christopher se acercó un paso. Burroni estaba pálido.

– Explícate mejor, Jordan.

El hombre que había sido policía, y que según el agente Oscar Rodríguez lo sería siempre, indicó con un gesto de la mano las cifras escritas en la pared.

– Bien. Quien mató a ese hombre lo ha caracterizado como Linus, uno de los personajes de Snoopy Es probable que haga lo mismo con la siguiente víctima.

Sin darse cuenta, Jordan se había puesto al frente de la situación y ahora todos estaban pendientes de sus palabras.

– No sé quién será esta desafortunada persona, pero si estoy en lo cierto, hay dos cosas muy probables: la primera es que se tratará de una mujer…

– ¿Y la segunda? -le apremió Christopher.

– La segunda es que en su mente retorcida el asesino la llama Lucy.

6

Lysa Guerrero reaccionó con una ligera flexión del busto tras el suave empellón que hizo el tren al detenerse. El soplido herrumbroso de los frenos significaba la Grand Central Station, y esta estación significaba Nueva York. Una ciudad nueva, más gente indiferente y otra casa llena de muebles que no había elegido ella. Pero esta vez era una elección definitiva, un lugar donde terminar y donde volver a empezar.

Se puso de pie y cogió la maleta con ruedas del portaequipajes. Su pelo largo y ondulado se movió alrededor de su rostro como si estuviera vivo. Por el rabillo del ojo, Lysa vio una expresión soñadora en la cara del hombre que había pasado parte del viaje sentado frente a ella, en compañía de un niño de unos ocho años, observándola cuando creía que no le miraba. Era un tipo con aspecto anónimo de empleado, de esos que usan corbata con nudo postizo y mangas cortas bajo la chaqueta. El hombre parecía intimidado por su belleza, y la única vez en que sus miradas se cruzaron se refugió con alivio en las respuestas que exigían las preguntas del hijo.

Lysa le guiñó un ojo.

Vio cómo se ruborizaba y concentraba de pronto toda su atención en la mochila que el hijo intentaba ponerse solo.

Lysa bajó del tren, recorrió el andén y siguió las indicaciones, indiferente a las miradas que la precedían, la seguían y la empujaban hacia la salida. Nadie la esperaba, y en ese momento de su vida no quería que la esperara nadie.

Se encontró en el enorme vestíbulo de la Grand Central Station, un monumento hecho de mármol, madera, escaleras y películas vistas una y otra vez.

Aquel altísimo techo no era otra cosa que un trozo de cielo de la ciudad, un pedazo de historia reciente que Jacqueline Kennedy había salvado de la destrucción y que había quedado como testimonio de un tiempo pasado en medio de edificios que ya formaban parte del futuro.

Arrastrando su maleta, giró a la derecha y se dirigió hacia el pasaje subterráneo, siguiendo las indicaciones para el metro.

Sabía que en la planta inferior de la Grand Central Station había un restaurante muy famoso, el Oyster Bar, donde era posible encontrar todos los tipos de ostras que la naturaleza y el ser humano habían creado para el placer de los paladares más refinados. Decidió que había que celebrar oficialmente su llegada a la ciudad. Ostras y una copa de champán para inaugurar su nueva vida. Y quizá incluso para olvidarla, para impedir que se convirtiera en un recuerdo demasiado pesado…

«¡Vamos, Lysa! Un poco más y ya está.»

Durante toda la vida había buscado un lugar tranquilo donde refugiarse. Lo que más deseaba en el mundo era la serenidad de las cosas que para la mayor parte de la gente representaban, en cambio, una pesadilla. Su mayor deseo era pasar inadvertida; sin embargo, su aspecto físico estaba muy lejos de producir ese efecto. Se había pasado la vida con decenas de ojos encima, ojos que llevaban escrita una sola y muda pregunta. Sus preguntas, siempre diferentes, habían recibido decenas de respuestas siempre iguales.

Y al fin se había dado por vencida.

Si el mundo que la rodeaba la quería así, así sería. Sin embargo, aquella bandera blanca que había decidido agitar costaría muy cara a todos los que quisieran descubrir su precio.

Recorrió el plano inclinado que llevaba hacia abajo y se encontró ante el restaurante que buscaba.

Entró por la puerta de vidrio del Oyster Bar con indiferencia, pero ninguno de los presentes permaneció impasible ante su entrada.

Dos yuppies algo entrados en años, sentados a la barra justo frente a la entrada, interrumpieron su conversación, y un tío más bien gordo, sentado dos lugares más allá, dejó caer sobre la servilleta que tenía en el regazo la ostra que estaba comiendo.

Un camarero vestido con el uniforme del lugar -camisa blanca y chaleco oscuro- fue a su encuentro y la acompañó a través del amplio salón cuadrado hasta una mesa en un rincón, puesta para dos con un mantel a cuadros rojos y blancos.

Lysa se sentó, sin mirar hacia el lugar vacío, y acomodó contra la pared de su izquierda el bolso y la maleta. El camarero, cortés e indiferente, le puso delante el menú, que tenía impreso en la tapa el logo del local.

Ella lo apartó con la mano y, con una de sus mejores sonrisas, que logró convertir la indiferencia y la cortesía del camarero en simpatía, dijo:

– Tomaré una selección de las mejores ostras que tengan, y media botella de champán muy frío.

– Óptima elección. ¿Cree que una docena bastará?

– Mejor tráigame dos docenas.

El camarero tomó nota y luego se inclinó hacia ella con expresión cómplice.

– Si mi influencia con el maître no ha disminuido, creo que lograré que le dejen una botella de champán entera por el precio de media. Bienvenida a Nueva York, señorita.

– ¿Cómo sabe que no soy de aquí?

– Lleva una maleta y sonríe. No puede ser de Nueva York.

– También los que se van llevan maleta.

Lysa le había provocado, y obtuvo la inevitable respuesta.

– Sí, pero los que se van de esta ciudad solo recuperan la sonrisa cuando están muy lejos.

El camarero se alejó con su simple y apocalíptica filosofía de neoyorquino y Lysa se quedó sola.

En el ángulo opuesto del salón en el que ella se sentaba había una mesa con media docena de hombres. Estaba segura de que tampoco ellos eran de la ciudad. Lysa había sido forastera demasiadas veces y durante demasiado tiempo como para no reconocerlos a primera vista. Los observó unos instantes, con disimulo, mientras hacía su pedido. Cuando llegó y se sentó, los había poseído un frenesí propio de una pelea de gatos.

Lysa hizo ver que buscaba algo en el bolso; poco después llegó la providencial interrupción del camarero, que traía una bandeja de ostras dispuestas con elegancia sobre hielo y una botella que asomaba por el borde de una cubitera cromada.

Los hombres de la mesa esperaron a que el camarero le sirviera, pero inexorablemente acabó ocurriendo lo que Lysa esperaba. Después de secretear con los amigos, uno de ellos, un tío alto, con entradas en el pelo y barriga de bebedor de cerveza bajo la chaqueta clara, se levantó de la mesa y avanzó hacia ella.

Llegó justo cuando Lysa estaba sirviéndose una gruesa ostra Belon.

– Hola, guapa. Me llamo Harry y soy de Texas.

Lysa alzó un instante los ojos y enseguida empezó a aliñar su ostra. Habló sin mirarle a la cara.

– ¿Y eso te convierte en un hombre especial?

Presa de su ansia guerrera, Harry no captó el tono irónico de la réplica y lo interpretó como un reconocimiento de sus cualidades.

– Puedes estar segura.

– Me lo imaginaba.

Sin que le invitaran, el hombre se sentó en el lugar libre que había junto a ella, en la butaca tapizada en piel.

– ¿Cómo te llamas?

– No sé qué quieres proponerme, pero, sea lo que sea, te advierto que no me interesa.

– Vamos. Un hombre como yo siempre tiene algo que puede interesar a una mujer como tú.

Se había lanzado con tanto brío hacia la conquista, que no se dio cuenta de la expresión de impaciencia que aparecía en el rostro de su presa. Era una mosca, y no lo sabía. Lysa se apoyó contra el respaldo, hinchó levemente el pecho y le miró con una expresión que hizo que le temblaran las piernas.

De repente sonrió; sus ojos encerraban infinidad de promesas.

– Mira, Harry, hay algo que adoro en un hombre: la iniciativa. Creo que tú la tienes, y que por eso eres un tío listo. Muy listo.

Harry sonrió también, pavoneándose ante sus amigos. A Lysa no le pasó por alto la mirada de soslayo que el hombre echó hacia la mesa donde se hallaban sentados los otros.

– No puedes ni siquiera imaginarte cuánto.

– Entiendo. Entonces es justo que sepas que también yo soy lista. Mira mi mano.

Lysa deslizó lentamente la mano izquierda sobre la mesa. Los ojos de Harry siguieron fascinados el dibujo de las uñas sobre la tela a cuadros blancos y rojos del mantel. Era un simple movimiento con la punta de los dedos, pero aquella mujer conseguía volverlo sensual. Su nuez de Adán dio un brinco cuando tragó saliva.

– ¿Ves lo que estoy haciendo sobre el mantel? Piensa que podría hacértelo a ti, en la espalda, entre el pelo, en el pecho, en otras partes…

Ese «otras partes» llegó a Harry llevado por un cálido soplo de aliento y le abrió excitantes perspectivas hacia el abismo. Lysa entornó los ojos y continuó.

– ¿Lo imaginas?

La expresión de Harry, por muy limitada que pudiera ser su fantasía, significaba que sí, que lo estaba imaginando. De repente, la mujer sentada junto a él cambió de actitud. Dejó de mirarlo y su voz se volvió un suspiro leve e indiferente.

– Y ahora imagina qué podría hacer con la otra mano.

Señaló con la mirada algún lugar debajo de la mesa. Harry bajó los ojos y lo que vio le hizo palidecer. La mano derecha de la mujer aferraba un cuchillo puntiagudo y afilado.

Aquel cuchillo apuntaba directamente a sus testículos.

– Tú eliges. Vuelves con tus amigos con pelotas o sin ellas.

Harry buscó refugio en una mueca irónica, que no consiguió disfrazar la incomodidad que traicionaba su voz.

– No te atreverías.

– ¿Cómo?

Un instante de inmovilidad. Durante un par de segundos pareció que el único movimiento que había en el mundo era el de una pequeña gota de sudor que bajaba por la frente de Harry. Luego, gracias a Lysa, el motor del tiempo volvió a girar.

– Te concedo una oportunidad.

– ¿Cuál?

– Como veo que no eres malo sino solo un gilipollas, quiero hacer algo por ti. Ahora meterás la mano en el bolsillo de la chaqueta y me darás una tarjeta tuya. Tus amigos lo verán y tú podrás contarles lo que quieras. Tal vez esta noche salgas solo y vayas al cine, y mañana contarás qué fantástica noche has pasado conmigo. No me interesa. Lo único que quiero es que te levantes y me dejes terminar mi comida.

Harry se levantó de la mesa, apartándose con cautela de aquella estalactita de acero que pendía sobre su virilidad.

Lysa volvió a poner la mano derecha, ya vacía, sobre la mesa. Con un gesto preciso y muy alusivo cogió la gruesa ostra que tenía en el plato y absorbió el molusco haciendo un poco de ruido.

Harry trató de recuperar parte de su orgullo. Pero lo hizo de espaldas a la mesa donde se hallaban sus amigos.

– No eres más que una furcia barata.

La sonrisa angelical que recibió en respuesta parecía incompatible con la figura de una mujer guapísima que hasta hacía pocos segundos, con absoluta indiferencia, había apuntado un cuchillo hacia sus atributos sexuales. La mano de la muchacha volvió a dirigirse bajo la mesa.

– Si de veras piensas eso, ¿por qué no vuelves a sentarte aquí?

Harry dio media vuelta sin añadir nada más y fue directamente al otro extremo del salón. Ella le siguió con la mirada y una sonrisa. Mientras él se sentaba con sus amigos, Lysa cogió la copa llena de champán e hizo un gesto de brindis en dirección a Harry. Nadie, en el grupo de hombres que le rodeaba, notó la tensa sonrisa con que él respondió al gesto.

Luego, con calma, Lysa volvió a concentrar su atención en una enorme ostra de Maine que sobresalía en la bandeja de metal.

Tres cuartos de hora después, un taxi la dejó en la dirección que le había dado.

Cincuenta y cuatro Oeste, en la calle Dieciséis, entre la Quinta y la Sexta avenidas, en el barrio de Chelsea.

Bajó del coche y, mientras el taxista descargaba su equipaje del maletero, alzó los ojos hasta divisar el techo del edificio; luego, buscó las ventanas del piso de la tercera planta, encima de la esquina. Metió la mano en el bolso, sacó un juego de llaves, cogió la maleta y se dirigió hacia la puerta de entrada.

No sabía por cuánto tiempo, pero aquel lugar, por el momento, sería su casa.

7

Jordan entró con la moto en Carl Schurtz Park y cogió la senda corta y empinada que llevaba a Gracie Mansion, la residencia oficial del alcalde de Nueva York. Su hermano había decidido vivir allí durante su mandato, aunque poseía un espléndido piso en la calle Setenta y cuatro. Jordan recordaba perfectamente el discurso de toma de posesión, cuando declaró con su mejor tono atraevotos que «el alcalde de Nueva York debe vivir donde sus ciudadanos han decidido que debe hacerlo, porque es allí donde lo buscarán cuando lo necesiten».

Se detuvo ante la verja y se quitó el casco, mientras el agente de guardia, un chaval con rastros de acné juvenil en las mejillas, se acercaba a identificarlo.

– Soy Jordan Marsalis. El alcalde me espera.

– ¿Puede mostrarme su documentación?

Sin hablar, Jordan metió la mano en el bolsillo de la cazadora y extrajo su carnet de conducir.

Mientras esperaba el resultado del control, vio unos coches de policía que aparcaban allí cerca y a muchos agentes que vigilaban la casa. Era comprensible. Acababan de asesinar al hijo del alcalde y no se podía excluir del todo que el asesino se propusiera atacar también al padre.

El policía le devolvió el documento.

– Todo en orden. Enseguida le abro.

– Gracias, agente.

Si aquel muchacho lo conocía y sabía su historia no lo dio a entender. Volvió a la caseta y la verja automática comenzó a abrirse.

Jordan aparcó la moto en un pequeño espacio, frente a la entrada principal de Gracie Mansion. Mientras se aproximaba, se abrió la puerta y apareció en el umbral un mayordomo impecable, muy parecido al mejor John Gielgud.

– Buenos días, señor Marsalis. Sígame usted, por favor. El alcalde le recibirá en el estudio pequeño.

– No es necesario que me acompañe; conozco el camino, gracias.

– Muy bien, señor.

El discreto mayordomo se marchó. Jordan fue por el pasillo que llevaba al otro lado de la casa, orientado hacia East River.

Al salir del piso de Gerald, Christopher le pidió que se reuniera con él en Gracie Mansion. Fuera del edificio, Jordan evitó el asalto de los periodistas recurriendo una vez más a la protección del casco. El ardid resultó útil aunque no era necesario, porque poco después salió Christopher. Los periodistas estallaron en un rumor frenético y se arrojaron sobre él con el ímpetu de hormigas a las que hubieran destruido el hormiguero.

Jordan volvió a la Ducati, la encendió y se marchó sin darse la vuelta para mirar.

Y ahora estaba allí, ante una puerta a la cual no tenía ganas de llamar. Golpeó ligeramente con los nudillos sobre la madera lustrada y entró sin esperar autorización.

Christopher estaba sentado al escritorio, hablando por teléfono. Con una mano le indicó que se acercara. Ruben Dawson se hallaba a un lado, en un sillón, con las piernas cruzadas, elegante, compuesto y aséptico como siempre. Al verlo entrar le hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza.

En lugar de sentarse, Jordan prefirió ir un poco más allá del escritorio y quedarse de pie ante el calor de los vidrios de la ventana que daba al Roosevelt Channel. Fuera, sobre el agua, se reflejaba la misma luz que iluminaba Water Street. Una barcaza se movía lentamente por el West Channel, en dirección al sur. Un hombre pasaba llevando a dos niños de la mano, quizá en dirección al campo de juegos del parque. Dos jóvenes se besaban apoyados en la barandilla.

Todo era normal. Ante sus ojos tenía un bonito y normal día de primavera como cualquier otro.

Y a sus espaldas, la voz fría de su hermano, al que acababan de matarle al hijo.

– No, te digo. Lo que ha sucedido no debe utilizarse. Ni foto del padre destrozado de dolor ni nada por el estilo. En este momento hay muchachos estadounidenses luchando en diversas partes del mundo. La pérdida de cualquiera de ellos es tan importante como la de mi hijo; el dolor de un fontanero de Detroit no vale menos que el del alcalde de Nueva York. Todo lo que puedo conceder es que esta ciudad llore la pérdida de un gran artista.

Una pausa.

Jordan ignoraba con quién hablaba su hermano, pero sabía que estaba dando indicaciones a su oficina de prensa sobre cómo actuar en aquellas circunstancias. Volvió a pensar en el rostro de Christopher mientras miraba, con un único y gélido vistazo, el cuerpo de Gerald.

Ahora, en cambio…

– Bien, en todo caso consultadme antes de tomar cualquier decisión.

El ruido del auricular al colgar se confundió con el de la puerta que se abría. Entró Maynard Logan, el jefe de policía, que llevaba en la cara su mejor expresión de circunstancias.

– Christopher, lamento enormemente lo que ha ocurrido. He venido en cuanto me he ent…

El hombre sentado al escritorio le interrumpió sin dar la menor señal de haber oído siquiera el sonido de sus palabras.

– Siéntate, Maynard.

Jordan nunca le había visto tan incómodo. Incluso le sorprendió que pudiera caer en un estado de ánimo semejante. Cuando el alcalde se dio cuenta de la presencia de su hermano en la habitación, la incomodidad aumentó todavía más.

Logan se acomodó en una silla. Christopher se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre la superficie de madera y apuntó el dedo índice hacia el jefe de policía.

– Maynard, quiero que capturen al que ha matado de esa forma a mi hijo. Le quiero encerrado en Sing Sing. Quiero que los otros detenidos le muelan a palos cada día, y quiero ser yo quien empuje los émbolos de las jeringas cuando llegue el momento de mandarle a tomar por culo.

Christopher Marsalis era un político, y como tal sabía cómo comportarse ante un público formado por posibles electores. Sin embargo, en privado su lenguaje no era siempre tan refinado como el que la gente solía relacionar con su imagen pública.

– Y quiero que sea Jordan quien lleve esta investigación.

Los tres se quedaron inmóviles. Jordan, junto a la ventana; su hermano, apuntando con el dedo, y Ruben Dawson, con la vista fija en la correa del reloj que llevaba en la muñeca. Solo el jefe de policía movía los ojos de uno a otro.

– Pero, Christopher, yo no…

– ¡Yo no, una hostia, Maynard!

El jefe de policía trató de recuperar un poco el terreno que notaba que desaparecía bajo sus pies.

– De acuerdo, razonemos un instante. Personalmente, no tengo nada contra Jordan. Todos sabemos que es muy capaz. Pero él no es el único buen policía que existe, y además hay procedimientos que por lo menos yo…

Logan parecía condenado a no terminar nunca una frase. Jordan vio que su hermano se abalanzaba sobre las palabras como un halcón sobre un gallinero.

– Los procedimientos me importan un carajo. La mayoría de tus hombres no conseguiría encontrar su culo ni siquiera con un manual de anatomía en la mano.

– Tengo ciertos deberes con la comunidad. ¿Cómo puedo hacer respetar las reglas si soy el primero en transgredirlas?

– Maynard, aquí no estamos en un congreso de la policía. Sé muy bien cómo funcionan las cosas. La mitad de los policías de esta ciudad aceptan sobornos y la otra mitad mira hacia otro lado, mientras pasan sin cesar de un cincuenta por ciento al otro. Las reglas se hacen y se deshacen según la necesidad.

Logan intentó abordar el tema desde otro ángulo. Pero era el último recurso, y lo sabía muy bien.

– Jordan, esta situación le afecta personalmente y podría no tener la serenidad de juicio necesaria.

– Maynard, hoy todos hemos visto muchas cosas. Si Jordan ha tenido la frialdad de llegar y descifrar ese coño de número incluso después…

Christopher hizo una pausa y por un instante volvió a ser el hombre que Jordan había visto ante el cadáver de su hijo. Pero fue apenas un instante, y, con la misma rapidez, pasó.

– Si lo ha logrado incluso después de haber visto ese espectáculo, no creo que le cueste proseguir la investigación.

Maynard Logan tenía la expresión de alguien que debe mover una montaña con una cuchara.

– No sé…

Christopher no le dio tregua.

– Yo sí lo sé. O, mejor, sé muy bien qué quiero. Tú limítate a echarme una mano para hacerlo.

Por primera vez desde su llegada, Jordan hizo oír su voz.

– ¿No creéis que mí opinión pueda contar un poco en toda esta discusión?

Maynard y Christopher le miraron como si hubiera surgido de la nada en aquel momento. En el rostro pálido e impasible de Ruben Dawson apareció la sombra de una sonrisa, aunque desapareció rápidamente.

Jordan abandonó su puesto junto a la ventana y se acercó al escritorio.

– Yo estoy fuera del juego, Christopher. Sabe Dios cuánto lo lamento por Gerald, pero a esta hora debería estar a más de doscientos kilómetros de aquí.

Su hermano alzó hacia él los ojos azules, buscando la mirada y el consuelo de los suyos.

– El camino estará esperándote cuando todo haya terminado, Jordan. Solo confío en ti.

Luego el alcalde se volvió hacia su jefe de policía, con una gentileza tan inesperada como interesada.

– ¿Puedes perdonarnos un momento, Maynard?

– Por supuesto.

– Ruben, ¿quieres hacer compañía al señor Logan y ofrecerle algo de beber?

Dawson se levantó sin cambiar de expresión ni actitud y los dos salieron de la habitación, quizá aliviados con aquella pausa. A Jordan le alegró que el tacto de su hermano se hubiera extendido también a su inseparable colaborador.

Se sentó en la silla de madera de perfecto estilo Nueva Inglaterra que hasta unos segundos antes había ocupado Logan.

Christopher se apartó del escritorio y adoptó un tono de complicidad, buscando un efecto persuasivo.

– Logan hará lo que yo diga. Puedo darte el apoyo necesario; no tienes más que pedirlo. Y tendrás a tu disposición todos los medios de investigación posibles. Oficialmente no se dirá nada, pero la investigación la llevarás tú, a todos los efectos. Si quieres, Burroni estará a tus órdenes en lo que concierna a la parte oficial.

– No creo que se muestre muy entusiasta.

– Me he enterado de que en estos momentos tiene un problema con el Departamento de Asuntos Internos. Ya verás como se entusiasma cuando lo resolvamos y le pongamos ante los ojos un significativo avance en su carrera.

Jordan guardó silencio. El tono cómplice cedió paso a la súplica.

– Jordan, debes hacerlo.

Respondió con una pregunta que iba dirigida a ambos.

– ¿Por qué?

– Porque esta mañana han matado a tu sobrino. Y además, porque trabajar de policía es tu vida.

Jordan bajó los ojos hacia el suelo, como si reflexionara. Pero en realidad se enfadó consigo mismo por no haber encontrado nada válido que replicar. Y había una razón; lo que acababa de decir su hermano era rigurosamente cierto.

«Ya no soy teniente, Rodríguez.»

Tomó su decisión en un instante, como siempre. Algunas veces se había arrepentido, otras no. Rogó que la situación en que se hallaba perteneciera a la segunda categoría.

– De acuerdo, lo haré. Hazme llegar cuanto antes una copia de las declaraciones, el resultado de la autopsia y de todos los análisis de la Científica. Pero tengo que moverme a mi manera. De vez en cuando te haré saber qué necesito y dónde.

– Como tú dispongas. Ruben ya tiene las actas del interrogatorio a LaFayette Johnson y un primer informe del forense. La autopsia se está realizando en estos momentos. Quizá llegue un informe provisional antes de que te vayas de aquí.

– Muy bien. Te mantendré al corriente.

Jordan se puso de pie y se dirigió hacia la puerta. La voz de su hermano le alcanzó cuando iba a coger el picaporte.

– Gracias, Jordan. Sé que lo haces por mí y…

Su hermano le interrumpió. Y eso era algo a lo que Christopher Marsalis no estaba acostumbrado.

Jordan le miró fijamente y el tono de su voz disolvió de golpe esa precaria solidaridad que durante unos instantes se había establecido entre ellos.

– Aunque sea por una vez, permíteme ser egoísta. No lo hago para acallar tu sentimiento de culpa. Lo hago para acallar el mío.

– Sea cual sea el motivo, te lo agradezco. No lo olvidaré.

A pesar suyo, Jordan esbozó una sonrisa amarga.

– Me parece que no es la primera vez que te oigo decir eso.

Vio que pasaba una sombra por el rostro de Christopher al oír aquellas palabras. Cuando cerró la puerta de la habitación, deseó que su hermano no tuviera conciencia. Quedarse entre cuatro paredes, solo, en compañía de esa presencia feroz, sería una prueba muy dura, incluso para él.

8

– Aquí tienes. Solo, cargado y sin azúcar, como a ti te gusta.

Annette dejó una taza de café espresso sobre la mesa, ante Jordan.

– Gracias, Annette. ¿Me cobras?

– El jefe ha dicho que invita la casa.

Jordan miró a Tim Brogan, que estaba detrás de la caja, y le dio las gracias con un gesto de la mano. La camarera indicó con la cabeza el televisor ubicado en el rincón opuesto del local. En aquel momento estaba sin voz, sintonizado en una película de la HBO. En la pantalla se veía a Harry Potter volando en una escoba, mientras jugaba una encarnizada partida de quidditch. Annette bajó la voz y ese cambio de tono los aisló por un instante del resto del mundo.

– Nos hemos enterado por las noticias, Jordan. Lamento mucho lo del chaval. Un asunto feo. Y yo de asuntos feos entiendo bastante.

– La vida es un asunto feo, Annette. Hace poco más de doce horas pensaba que este había dejado de ser mi restaurante habitual. Y en cambio…

Levantó la taza hacia ella e hizo un gesto de brindar, aunque fue tan amargo como el café que estaba bebiendo.

– Por los viajes fallidos.

Annette sabía qué escondía en realidad aquella frase, y le sonrió. Jordan vio sinceridad en sus ojos.

– Por los viajes aplazados, Jordan. Solo aplazados.

Un tío gordo y calvo, con una mancha de ketchup en una mejilla, que estaba sentado a una mesa situada detrás de ellos, le hizo señas. Annette se vio obligada a volver al mundo al que pertenecía durante ocho horas al día. Más las horas extras, como aquella noche.

– Enseguida vuelvo.

Se marchó y dejó a Jordan con sus pensamientos. Aparte del componente emotivo, era un asunto feo. Habría que andar con pies de plomo, en todos los aspectos. Y, si no se equivocaba, la situación podía ponerse aún más difícil, suponiendo que ello fuera posible. Cuando cerró la puerta del estudio de su hermano en Gracie Mansion, todavía no había llegado el informe de la autopsia. Prefirió marcharse y dejar a Christopher con sus sentimientos de padre y sus deberes de alcalde. Jordan no sabía cuál de los dos papeles era más duro en aquel momento.

Telefoneó a Burroni y le citó para la hora de la cena, en la cafetería que había en la esquina de la Sexta Avenida. Mientras acababa de tomar el café vio al policía a través del cristal; lo siguió con los ojos hasta que llegó a la puerta.

Llevaba la misma chaqueta de ante y el mismo sombrero negro de ala redonda que le había visto por la mañana. Entró y echó una mirada por el local. Cuando vio a Jordan, fue directo hacia la mesa con su extraña forma de andar, como de jugador de fútbol. En una mano llevaba un periódico deportivo doblado en dos, del que sobresalía una carpeta amarilla.

Cuando llegó se quedó de pie ante Jordan. Podía verse reflejado en su rostro que deseaba estar en otra parte y con otra persona.

– Hola, Jordan.

– Siéntate, James. ¿Qué te apetece tomar?

Jordan hizo una seña a una camarera que pasaba. La muchacha se detuvo para tomar el pedido.

– Una Schweppes. Estoy de servicio.

Jordan escuchó sin pestañear el tono con que Burroni había subrayado las últimas palabras. El detective se dejó caer en una silla, frente a él, y dejó el periódico sobre la mesa. La carpeta quedó parcialmente a la vista; Jordan alcanzó a leer las letras «NYPD».

– Aclaremos las cosas de una vez por todas, Marsalis.

Jordan le miró con la expresión más irritante de que era capaz.

– No pido menos.

– Quizá yo no te guste, pero eso no tiene ninguna importancia para mí. El verdadero problema es que tú no me gustas. Y sobre todo no me gusta esta situación. Me duele lo de tu sobrino, pero…

Jordan alzó las manos y cortó de raíz un discurso que sabía adónde iría a parar.

– No digas nada. No sé qué te han dicho, ni me interesa. Pero me parece muy importante que escuches lo que voy a decirte.

Burroni se quitó el sombrero y lo dejó sobre la silla libre que había a su lado. Se apoyó en el respaldo y cruzó los brazos, a la espera.

– Lo estoy haciendo.

– No creo que pueda dolerte lo de mi sobrino. Piensas que era un chalado vicioso que ha tenido el fin que merecía y a quien nadie echará de menos. Es tu opinión, y no pretendo que lo entiendas. Pero creo que tendrás que aguantarte. No vamos a casarnos, James. Solo tenemos un trabajo que cumplir, por anormal que sea, pero es trabajo al fin y al cabo. Tú tienes tus motivos y yo los míos. Cada uno sacará provecho…

Burroni apoyó de repente los codos sobre la mesa y lo miró a los ojos.

– Si te refieres a ese tema del Departamento de Asuntos Internos, debes saber que yo…

Jordan no le dejó terminar.

– Ya lo sé. Sé lo tuyo y lo de mucha otra gente. Lo he sabido siempre, en todos los años que estuve de servicio, como has dicho tú hace un momento. Pero siempre he pensado que un buen policía, aunque a veces tenga alguna pequeña debilidad, en el balance final da mucho más de lo que coge. Si las debilidades son grandes, deja de ser un buen policía y se convierte en un canalla. Pero entonces es un problema de él y del juez. Pero hay algo más, y esto sí tiene importancia para ti.

– ¿Y es?

– Pues que ahora ya no me importa una mierda, James. Tengo mis motivos para querer ponerle la palabra «fin» a esta historia. En todos los sentidos. Y el hecho de que la víctima sea mi sobrino tiene solo una importancia relativa. Después podré irme a un viaje que habría debido iniciar esta mañana.

La camarera se acercó y dejó sobre la mesa un vaso con un líquido claro lleno de burbujas y se retiró en silencio. Jordan hizo una pausa. Burroni aprovechó para beber un sorbo.

– Esto, en lo que a mí respecta. Por otro lado, tú serás el detective que arrestará al asesino del hijo del alcalde. Serás un héroe. Entonces sabrás qué es ser una estrella. Y también podrás dejar de preocuparte por los sobornos que has aceptado e ir a buscar otros.

Señaló con la mano el periódico deportivo que Burroni había dejado sobre la mesa.

– ¿Apuestas a las carreras o al fútbol?

– Eres un hijo de puta, Marsalis.

Jordan hizo un pequeño gesto con la cabeza y esbozó una vaga sonrisa.

– Tal vez me venga de familia.

Se produjo un instante de silencio durante el cual cada uno hizo su recuento de muertos y heridos. Jordan decidió que, si era necesaria una tregua, aquel podía ser el momento justo para agitar, si no una bandera, al menos un pañuelo blanco. Indicó la carpeta que asomaba en medio del periódico.

– ¿Qué hay ahí?

El detective la sacó, la abrió y la empujó hacia él. Jordan sabía que desplazar unos centímetros esas hojas había sido un enorme avance.

– Una copia de las actas. Todo lo que se ha conseguido hasta ahora. La autopsia se ha hecho en un tiempo récord, lo mismo que los primeros análisis. Léelo con calma.

Jordan pensó que satisfacer el amor propio de Burroni podría ser un óptimo lubricante para los engranajes oxidados de aquella colaboración forzada.

– Prefiero que me lo digas tú.

El tono de voz del otro se distendió un poco.

– La autopsia confirma que la víctima fue estrangulada. Para mantener el dedo en esa posición le llenaron la boca con pegamento, el mismo que sirvió para pegar la manta y la mano a la oreja. Tras analizarlo sabemos que es una marca muy fácil de encontrar en el mercado; se llama Ice Glue y se puede comprar en todas partes, en todo el país. O sea que de ahí no podemos extraer ningún indicio. Por otro lado, al parecer tienes razón en cuanto a cómo se llevó a cabo el delito. Había rastros de cinta adhesiva en las muñecas y los tobillos. También es de una marca tan conocida que no sirve de nada. Probablemente el asesino le inmovilizó primero y después lo mató, cuando ya no podía resistirse. En el cuerpo no hay señales de lucha, salvo los hematomas del cuello.

Sin darse cuenta, a medida que hablaba, Burroni adoptaba cierta actitud del investigador. Jordan recordaba muy bien ese particular estado de gracia, que alcanzaba su momento culminante cuando el detective llegaba al lugar del delito. En ese momento, él se convertía en el único punto de referencia y todos los presentes daban un paso atrás, a la espera de sus instrucciones.

La voz de Burroni lo devolvió al presente.

– La declaración de…

Giró la hoja hacia él para leer el nombre.

– La declaración de LaFayette Johnson no ha sido de gran utilidad por el momento. Decía la verdad en cuanto a lo sucedido y actuó correctamente. Hay un registro que confirma que la llamada telefónica de la víctima a su móvil se hizo más o menos a la hora que dijo. Cuando descubrió el cuerpo llamó a la policía. Por ahora no se le puede excluir como sospechoso, pero…

La hipótesis quedó en suspenso, y Jordan concluyó por él.

– Pero tú no crees que haya liquidado a su principal fuente de ingresos.

– Exacto. Sin embargo, hay un detalle de su declaración que puede abrir una pequeña puerta.

– ¿Cuál?

– Mientras entraba en el edificio casi tropezó con un tío vestido con ropa de deporte, que salía. No logró verle la cara, pero ha dicho que salió corriendo de una forma extraña; iba un poco cojo, como si tuviera una rodilla más débil que la otra. Hemos investigado en el edificio y en los edificios vecinos. No hay nadie con esas características.

– Creo que es una pista que hay que tener en cuenta. ¿Qué más?

– Hemos logrado localizar a la muchacha que pasó la noche con tu sob… con la víctima. En cuanto se enteró del homicidio por las noticias se presentó voluntariamente. Cuando salí de la central todavía la estaban interrogando.

– ¿Cómo es?

– Del montón. Insignificante, se podría decir. Y un poco ajada. De esas que se dejan fascinar por la personalidad caprichosa de un pintor de moda. Trabaja de secretaria en una editorial de Broadway, no recuerdo el nombre.

– ¿Podría haberlo estrangulado ella?

– A juzgar por su físico, imposible.

– ¿Y la Científica qué dice?

– Están saturados. Hay montones de huellas, de fibras, pelos, cabellos, pinturas. Para clasificarlos necesitarían el doble de los medios que tienen a su disposición.

– Y esto es todo lo que tenemos por el momento…

No había resignación en el comentario de Jordan, solo era una simple constatación. Sabía por experiencia que casi todas las investigaciones partían de una absoluta incoherencia.

Como siempre en tales casos, Burroni aventuró una hipótesis.

– ¿Crees que podría ser un asesino en serie?

– No lo sé. Es muy pronto para decirlo. El mensaje en la pared y el tipo de asesinato dejan espacio más que suficiente a la hipótesis de que sea obra de un psicópata. Pero la víctima frecuentaba a personas, o tenía admiradores, a los que podría relacionarse con un acto aislado de este tipo, sin que necesariamente deba repetirse. Como en el asesinato de John Lennon…

– ¿Qué haremos?

– No será muy edificante, aunque sí necesario; debemos hurgar a fondo en la vida de Gerald Marsalis. Todo. Amigos, mujeres, clientes, proveedores de drogas…

Jordan vio la expresión de Burroni y le respondió antes de que preguntara:

– James, sé muy bien quién era mi sobrino y qué clase de vida llevaba. Eso no cambia las exigencias de la investigación. Quiero saberlo todo. El resto es problema mío.

– Es la mejor opción.

A Jordan le pareció captar cierto respeto en el tono distraído de este último comentario.

– ¿Hay gente disponible?

– Por supuesto. En este caso, la que quieras.

– Entonces pon también a alguien tras Johnson. No creo que salga nada, al menos en esta dirección. Pero si encontramos cualquier cosa que sirva para enviarlo a la cárcel, la sociedad nos lo agradecerá.

– Muy bien. ¿Es todo?

– Por ahora, me parece que sí. Y esperemos que me haya equivocado y que nunca lleguemos a saber quién es Lucy.

Burroni se levantó, cogió el sombrero y se lo puso.

– Buenas noches, Jordan. Gracias por el refresco.

– Nos vemos.

El detective le volvió la espalda y tras esquivar las mesas llegó hasta la puerta de vidrio. Jordan lo siguió con la mirada. Sin volverse, Burroni salió y mezcló sus pasos con los del resto de la gente que en aquel momento andaba por Nueva York.

Jordan se quedó solo, con la sensación poco placentera de ser una persona que no existía en un mundo lleno de gente que se contentaba con existir. Miró a su alrededor. En el local había caras, gestos, movimientos, colores, comida en los platos y líquidos en los vasos, cosas dichas y cosas escuchadas. Nada nuevo, nada extraño. Todos llevaban su uniforme, incluso los que creían que no lo tenían. Después del rabioso monólogo de Edward Norton en La hora 25, de Spike Lee, no quedaba mucho que decir sobre la gente de Nueva York.

Alguien había cambiado de canal y ahora el televisor situado en el fondo del local estaba sintonizado en el noticiario de la CNN. Tras una breve nota sobre la guerra en Irak, la atención se centró en las imágenes del homicidio de Jerry Kho, que era el suceso del día. Desde donde estaba no podía oír el comentario, pero vio cómo su hermano salía de la casa de Gerald, y cómo lo asaltaba una multitud de periodistas. Nadie, ni por la mañana ni ahora, había prestado atención a un hombre con casco que salía tranquilamente por el portal, aprovechando la distracción.

El plano general fue sustituido por un plano más corto en el que veía cómo Christopher Marsalis se marchaba en coche, dejando tras de sí un montón de preguntas sin respuesta. El coche que se alejaba llevándose a su hermano le trajo a la mente la misma imagen en otro coche, en otro lugar, otra noche. El momento exacto, casi tres años atrás, en que todo había comenzado.

O terminado.

Había pasado todo el fin de semana en la casa de campo de Christopher. Hacía buen tiempo y habían decidido quedarse también el lunes en aquella espléndida casa de madera, piedra y grandes ventanales que daban a la orilla del Hudson, en los alrededores de Rhinecliff. La propiedad también disponía de un enorme parque, un embarcadero privado y dependencias para el guarda y los agentes del servicio de seguridad. La casa era obra de un destacado arquitecto europeo. Parecía hecha a propósito para subrayar la diferencia de carácter de los dos hermanos; el toque artístico del azar había añadido una diferencia de doce años entre uno y otro. La vida desahogada del padre los encerró en una suerte de complicado laberinto delimitado por setos bajos. Lograban verse y hablarse, pero solo muy rara vez se encontraban.

Christopher era el rico; Jordan, el joven y atlético. Christopher era un líder y como tal necesitaba a la gente. Jordan se bastaba a sí mismo. Era un tipo solitario y prefería, cuando podía, los lugares donde no había gente. Christopher hacía saltar la caja fuerte; Jordan la abría con sensibilidad y delicadeza.

Aquella noche, después de la cena, Christopher recibió una llamada telefónica. Por la puerta abierta del estudio, Jordan oyó que hablaba con monosílabos entrecortados. Luego se presentó en la sala con su abrigo de cachemira de tres mil dólares. Jordan vio el reflejo verdoso de un par de fajos de billetes que desaparecían en sus bolsillos.

– Tengo que salir. Ponte cómodo y haz lo que te apetezca. Regresaré pronto.

– ¿Hay algún problema?

Christopher terminó de abotonarse el abrigo, y esto le permitió responder sin mirarlo a la cara.

– Tengo que encontrarme con LaFayette Johnson.

– ¿Quieres decir que ha venido desde Nueva York?

Christopher soltó al mismo tiempo una respuesta y una maldición.

– Por dinero, ese cabrón estaría dispuesto a aceptar una cita en el Titanic.

– ¿Quieres que te acompañe?

– No hace falta. Él basta para protegerme -contestó tocándose el bolsillo que contenía el dinero.

Jordan sabía cuál era el motivo del encuentro. Christopher compraba buena parte de los cuadros que vendía Gerald, a través de los manejos de ese sujeto poco claro que era su galerista. Sin embargo, no sabía si lo hacía para impedir que su hijo se metiera en problemas o para acallar su sentimiento de culpa.

Christopher salió de la casa, dejando a sus espaldas el ruido de la puerta al cerrarse. Poco después, Jordan oyó el chirrido de los neumáticos de su Jaguar sobre la grava del sendero de acceso y el ruido del motor que se perdía en la noche.

Solo quedó el silencio.

Jordan estaba acostumbrado al constante rumor de fondo de la metrópolis, esa especie de latido subterráneo que parecía ser el propulsor de todo lo que se agitaba en la superficie de Nueva York. Cada vez que estaba en esa casa recibía la total ausencia de sonido como una bendición.

Fuera, solo existía el invierno, el frío y las oscuras aguas del Hudson que corrían en una noche todavía más oscura. Jordan se dispuso a disfrutar del momento, abrigado y confortable, iluminado por las caprichosas llamas de la chimenea.

Encendió el televisor y se sentó en un sofá ante el aparato; sintonizó la ABC para ver Monday Night Football. Desde el Giants Stadium transmitían el partido entre los New York Giants y los Dallas Cowboys. Cogió una botella del delicioso whisky de dieciocho años elaborado especialmente para Christopher Marsalis y, sin darse cuenta, bebió media botella. Ni siquiera acabó de ver el partido. Allí, en el sofá, cayó en un sueño plácido y relajado, lleno de imágenes de una vida tranquila.

El sonido del teléfono le recordó que estaba solo. Cogió el teléfono sin hilos que estaba sobre una mesita, a su lado.

– ¿Diga?

– Jordan, estoy en un grave apuro.

– ¿Qué te sucede?

– He matado a un hombre.

– ¿Qué significa «he matado a un hombre»?

– Exactamente lo que he dicho. Volvía a casa después del encuentro con LaFayette. En un cruce apareció de pronto otro coche, a toda velocidad. Yo también iba un poco deprisa, y le he dado de lleno, pero no ha sido culpa mía.

– ¿Estás seguro de que ha muerto?

– Por Dios, Jordan. No soy médico pero he estado en la guerra. Sé cuando alguien está muerto.

– ¿Hay testigos?

– ¿A esta hora, en invierno? Estoy en pleno campo. Por este lugar pasan tres coches por semana.

– ¿Dónde estás?

– Hacia High Falls, en la otra orilla del Hudson, al sur. ¿Sabes dónde es?

– Sí, no hay problema. Cojo el coche y salgo para allá. No hagas nada. Y sobre todo no toques nada del coche de la víctima. ¿Me has entendido? Si surgen problemas, llámame al móvil.

– Jordan… apresúrate.

– Sí. Llegaré enseguida.

Al salir de la casa cogió al vuelo un abrigo y se lanzó a la carretera con su Honda. Encendió el navegador por satélite y siguiendo las indicaciones del GPS llegó al lugar del accidente. Cuando bajó del coche le bastó una ojeada para darse cuenta de la situación. El Jaguar estaba en la cuneta, a un lado del camino, más allá del cruce con respecto a la dirección por la que había llegado él. Tenía abollada la parte delantera izquierda y por la suspensión rota sobresalía una rueda torcida. Al otro lado del camino había una vieja camioneta con la chapa en las mismas condiciones y el morro vuelto hacia el otro lado. Por el parabrisas roto se entreveía la silueta de un cuerpo caído sobre el volante. Podían verse la huella de la frenada del Jaguar y el rozamiento de las ruedas del otro vehículo, que el violento choque había girado por completo en la dirección opuesta. En la tierra había vidrios y pedazos de faros y plástico, y en el aire, la languidez de lo ineluctable.

Se acercó a la camioneta y tocó el cuello del hombre, de mediana edad, que parecía dormido sobre el volante. No notó ninguna pulsación. Recorrió el lugar con la mirada. De Christopher no había rastro.

– Estoy aquí, Jo…

Salió de entre unos matorrales que flanqueaban ese lado del camino, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Su aliento se convertía en humo cuando hablaba.

– No estaba seguro de que fueras tú y he preferido salir del camino. ¿Ahora qué hacemos, Jordan?

Su actitud no era la de un hombre asustado, sino la de un hombre enfadado.

Jordan lo decidió, en un instante; para él fue como apostar al treinta y siete en la ruleta.

– Coge mi coche y ve a casa. No te muevas de allí.

– Pero ¿qué dices? ¿Te das cuenta de lo que significa?

– En la escala de valores es mucho más importante un buen alcalde que un buen policía. Haz lo que te digo.

Permanecieron de pie un instante, mirándose a los ojos, esos ojos azules que en realidad era lo único que tenían en común. Después Christopher subió al coche y encendió el motor. Antes de marcharse de aquel cruce y de aquella situación, se asomó por la ventanilla.

– Sé qué estás haciendo, Jordan, y no lo olvidaré.

Se quedó de pie allí, mirando las luces del coche que se volvieron cada vez más pequeñas, hasta desaparecer. Después Jordan llamó al despacho del sheriff de Rhinecliff. Encendió los intermitentes de los dos vehículos y se dispuso a esperar junto al Jaguar medio destruido, con la única compañía de sus pensamientos y de un muerto.

Encendió un cigarrillo.

tlack… tlack… tlack…

El rítmico relampagueo rompía el silencio y la oscuridad.

tlack… tlack… tlack…

El cigarrillo se terminó. Lo aplastó minuciosamente con el pie sobre el asfalto.

tlack… tlack… tlack…

Mientras oía las sirenas de los coches que se acercaban, supo que ese sonido y esas luces intermitentes en la noche se conservarían para siempre en su memoria. Al ayudante del sheriff que le tomó declaración le dio datos generales y declaró que era él quien iba al volante del coche que pertenecía a Christopher Marsalis. Lo sometieron a los inevitables controles de alcoholemia, y salió a la luz la media botella de whisky que había bebido.

Por fortuna las cosas salieron bien, porque la autopsia realizada a la víctima diagnosticó el deceso por infarto de miocardio. El conductor de la camioneta perdió el control porque ya estaba muerto en el momento de la colisión, por lo que no hubo consecuencias desde el punto de vista penal.

Quedaba un detalle. El detalle era que un teniente de la policía de Nueva York se había visto involucrado en un accidente mortal mientras conducía un coche en estado de embriaguez. Por si esto no bastaba, ese teniente era Jordan Marsalis, el hermano menor del alcalde. Los medios montaron tal escándalo que de las noticias saltó de inmediato a la política. La presión de la oposición se volvió insostenible y el partido de Christopher, de manera extraoficial pero muy claramente, señaló lo peligrosa que era aquella situación. Así, una mañana soleada como la que acababa de transcurrir, presentó su dimisión y devolvió la pistola y la insignia.

A partir de aquel día no volvió a beber una sola gota de alcohol ni a conducir un coche. Y no volvió a tener noticias de Christopher hasta el momento en que le llamó por teléfono para decirle que habían matado a Gerald.

Jordan sonrió con cierta amargura ante la taza sucia de café y el vaso por el que subían burbujas con desgana. La historia se repetía. Por la tarde su hermano le había dado las gracias con las mismas palabras que empleó aquella noche.

«Sé qué estás haciendo, Jordan, y no lo olvidaré.»

Sin embargo, lo había olvidado.

9

Jordan salió del restaurante, cruzó la calle y se dirigió hacia su casa. Debido a una rehabilitación que se estaba realizando alrededor del edificio contiguo al suyo habían montado un andamio. Las telas de protección creaban una zona de sombra que envolvía la entrada amenazadoramente. Cambió de mano el casco para buscar las llaves en el bolsillo. En ese momento oyó a su espalda una música muy fuerte que se aproximaba.

Sin un motivo preciso, Jordan intuyó que esa música significaba dificultades. Se volvió y la intuición se convirtió en certeza. Vio un flamante Mercedes oscuro que estaba aparcando frente a él, en ese lado de la calle. Por la ventanilla abierta salía a todo volumen el retumbo electrónico de un tema techno. Las puertas se abrieron y bajaron dos negros que avanzaron hacia él con un andar indolente y cargado de amenaza. Los dos llevaban ropa deportiva de colores llamativos y zapatillas de jogging. Uno llevaba un gorro de lana de rapero, y el otro, un pañuelo negro. Jordan pensó que eran dos perfectos representantes de cierta juventud de color.

A uno de los dos, el del gorro, no le había visto nunca. Al otro le reconoció de inmediato. Jordan no recordaba el nombre pero todos lo conocían por el apodo de Lord. Un tiempo atrás le mandó a la cárcel por posesión y venta de heroína. Durante el arresto se resistió e hirió a dos agentes.

– Hola, Lord. ¿Cómo es que te han dejado salir?

– Me he portado bien. Me rebajaron seis meses por buena conducta, teniente.

– Ya no soy teniente, Lord. Y me gustaría no tener que repetirlo, por hoy.

– Ah, sí, ya lo sé, teniente. Te echaron a patadas. Y ahora eres un ciudadano cualquiera. Exactamente como nosotros, ¿verdad, Hardy?

El silencioso Hardy no dio respuesta ni verbal ni gestual, aunque Lord no la necesitaba. En ese momento le bastaba con sentirse respaldado.

– ¿Sabes qué son tres años encerrado en la cárcel? ¿Alguna vez has estado ahí?

No dio a Jordan la oportunidad de responder; por otra parte no le interesaba. Solo quería continuar con su actuación. Se volvió hacia su amigo con el tono sarcástico del que comparte con un compañero un chisme embarazoso.

– Ah, lo olvidaba. Qué estúpidos somos. El teniente Marsalis no va a prisión, ni siquiera cuando deja seco a un pobre tío mientras conduce borracho como una cuba. Al señor hermano del alcalde le dan, como mucho, una reprimenda y después queda libre de andar por allí para mandar a más gente al otro barrio.

– No te vayas por las ramas, Lord. ¿Qué quieres?

Era una pregunta ociosa, con la que solo pretendía ganar tiempo. Jordan sabía la respuesta. Miró a su alrededor mientras cogía fuertemente el casco para usarlo como arma.

Lord dio un paso atrás y con un movimiento rápido abrió la cremallera de la chaqueta del chándal. Se la quitó y se quedó en camiseta. La dejó caer y levantó los brazos en alto, tensando los bíceps y los músculos del tórax en una pose de culturista.

– ¿Ves esto, teniente? Los conseguí rompiéndome el culo cuatro horas al día, durante los mil y pico días que pasé en la cárcel. ¿Y sabes qué pensaba mientras levantaba pesas?

– No. Sorpréndeme.

– Pensaba en el momento en que me encontraría contigo sin que tuvieras la protección de una placa de la policía.

Jordan vio unas sombras que se recortaban en el recuadro que dibujaba en el asfalto la luz que entraba a través del cristal de la puerta, a su espalda. No tuvo tiempo de volverse. La puerta se abrió y del zaguán salieron dos sujetos, que le empujaron por detrás y le inmovilizaron los brazos a la espalda. Oyó el ruido del casco que se le caía de la mano y rodaba por el asfalto.

Lord se acercó despacio.

– Pensaba en este momento.

Cuando ingresó en la policía, Jordan sabía que a veces un representante de la ley debía enfrentarse a momentos difíciles. Ahora la ironía de la vida lo ponía en una de esas situaciones cuando ya no era policía. Apoyándose en los hombres que lo tenían cogido por detrás, arqueó la pelvis y golpeó con los pies la cara de Lord. Oyó con claridad el sonido seco del cartílago de la nariz al romperse, y lo vio desaparecer de su campo visual. Mientras él trataba de liberarse de las manos que lo inmovilizaban, el silencioso Hardy cobró vida de pronto. Se colocó en la clásica postura de en guardia de boxeo y le asestó un puñetazo en el plexo solar. Jordan sintió que le salía por la boca la regurgitación ácida de la comida y poco después vio, como en cámara lenta, que el veloz puño de Hardy se dirigía hacia su cara. Cuando le pegó, antes incluso de sentir el dolor, sus ojos vieron un relámpago cegador de luz amarilla. El golpe lo empujó hacia atrás, y el apretón de los dos que lo sujetaban hizo de palanca. Al dolor de la cara respondió casi de inmediato el dolor del hombro derecho, que se le había dislocado.

Lord, mientras tanto, se había levantado y se acercaba, amenazador y sibilante; la sangre que bajaba por la nariz rota teñía de rojo sus dientes.

– Cabrón hijo de la gran puta, ahora te…

No llegó a decir qué se proponía hacer. Al otro lado de la calle, un poco más allá de la esquina, un coche de la policía se había detenido ante el restaurante y un agente se disponía a entrar en el local. Jordan oyó una voz alarmada a sus espaldas.

– Eh, ahí vienen los maderos. Mejor que nos larguemos.

Lord se acercó tanto que sus palabras llenas de rabia salpicaron de saliva y sangre su cara.

– Por ahora lo dejaremos. Pero esto no termina aquí, cabrón de mierda.

Le asestó un revés que movió hacia arriba la cabeza de Jordan, como si sintiera curiosidad por seguir con la mirada la mano que le había pegado. Notó que los de atrás aflojaban el apretón y cayó de rodillas, mientras los cuatro volvían velozmente al coche y desaparecían entre el golpear de puertas, el ruido de motores y el chirriar de neumáticos sobre el asfalto.

Notaba un zumbido en los oídos, por el golpe, y un dolor agudo en el hombro. Vio manchas de sangre en la piedra de los escalones; era suya. Se puso en pie y fue a coger el casco, con la mano izquierda. Luego entró en el vestíbulo y se acercó a una columna. Se colocó contra la pared y buscó un lugar de apoyo donde hacer palanca. Aspiró hondo y dio un golpe seco; ahogó un gemido de dolor cuando la articulación del hombro volvió a su lugar. Vio que unas gotas de sangre le caían en el pecho, ensuciándole la cazadora y la camisa. Sacó un pañuelo de papel y se taponó las fosas nasales. Llamó el ascensor y subió, intentando no ver su imagen maltrecha en el espejo.

Llegó ante la puerta, entró y encendió la luz. Vio que le esperaba su vieja casa y, sentada en el sofá, su vieja vida. Dejó el casco y fue al cuarto de baño. Vio una línea de luz que se filtraba por debajo de la puerta. Quizá se la había dejado encendida aquella mañana. En este momento tenía otras cosas en que pensar, más allá de sus pequeños despistes.

Empujó la puerta y a la luz ambarina del cuarto de baño se encontró ante una mujer completamente desnuda. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida.

Estaba de espaldas y se reflejaba en el espejo que tenía enfrente. Se estaba frotando el pelo con una toalla; cuando lo vio entrar se quedó inmóvil. No tuvo ninguna reacción, ni de sorpresa ni de miedo, y tampoco hizo el menor intento de cubrirse.

– ¿Debo considerar un peligro su presencia en mi cuarto de baño?

Su voz era dulce y tranquila; Jordan se quedó sin palabras. Esa aparición imprevista, pero sobre todo esa belleza intemporal, lo habían dejado totalmente indefenso. Lo único que podía hacer era seguir allí, de pie en el umbral, viendo a esas dos figuras que se reflejaban en el espejo, mientras apretaba contra su nariz un absurdo pañuelo manchado de sangre.

– No, perdone, yo…

– Entonces, ¿le molestaría cerrar la puerta y esperar fuera mientras me visto?

Jordan cerró la puerta con delicadeza; se sentía como un crío al que han sorprendido espiando por el ojo de la cerradura. Se refugió en el baño de la habitación de huéspedes. Encendió la luz y esta vez se encontró solo ante el implacable espejo. Observó su cara y confirmó que Lord y Hardy habían hecho un buen trabajo. El ojo se estaba hinchando, y la boca y la nariz estaban manchadas de sangre coagulada. Abrió el grifo y se lavó, disfrutando del placer del contacto del agua fría con el rostro tumefacto.

Se quitó la camisa y se secó con la parte limpia. Mientras iba por el pasillo para volver a la sala, oyó que del interior del otro baño llegaba el zumbido apagado de un secador de pelo. Jordan abrió el armario empotrado donde por la mañana había dejado su bolsa de viaje. La cogió y sacó una camisa limpia. Mientras se cambiaba, no lograba dejar de pensar en la mujer que acababa de ver en el cuarto de baño. Por mucho que buscara en su memoria y en sus experiencias, no conseguía encontrar a una mujer que pudiera, ni siquiera de lejos, compararse a aquella fascinante criatura. Cogió su bolsa y fue a dejarla en el sofá, al lado del casco.

Cuando apareció, ella llevaba un albornoz de microfibra azul. El pelo oscuro, todavía húmedo, destacaba el rostro, que era de una belleza tan peculiar que escapaba a cualquier canon. Los ojos grandes y líquidos que lo miraban eran de una increíble tonalidad entre avellana y dorado. Jordan pensó que el oro, para ser verdaderamente precioso, debería tener ese color.

– Bien, ¿puedo saber a qué debo el honor de su presencia?

– Vivo aquí.

– Qué extraño. Creía que acababa de alquilarlo. Quizá se me ha pasado por alto algún detalle.

Jordan volvió a experimentar la sensación de incomodidad que poco antes había sentido en el cuarto de baño.

– Creo que me he expresado mal. Yo vivía en este piso.

– ¿Usted es Jordan Marsalis?

– Sí. Y supongo que usted es la señora Guerrero…

– No exactamente, aunque esa definición me atañe en cierto modo. Me llamo Lysa.

Jordan le estrechó la mano que ella le tendía. Era tibia y suave. Le llegó un delicado aroma a vainilla que intensificó la agradable sensación táctil.

– Me habían dicho que llegaría usted dentro de tres días.

– Sí, así era en un principio, pero decidí adelantar el viaje porque en la agencia me avisaron que usted se iba hoy.

– Así debería haber sido, pero…

Jordan hizo con la mano un gesto que expresaba de manera concluyente la impotencia de un hombre contra lo imponderable.

– Como ve, los planes se hacen para cambiarlos. Le pido disculpas por haberla asustado. Me siento muy incómodo.

– ¿Siempre pierde sangre por la nariz cuando se siente incómodo?

Jordan se llevó una mano a la cara y la retiró manchada de rojo. La herida volvía a sangrar. Se dirigió hacia la cocina, buscando con la mirada algo con que detener la hemorragia.

– Disculpe. Hoy he tenido un mal día.

– No quisiera parecerle presuntuosa, pero ya me había dado cuenta. Siéntese en el sofá. Enseguida vuelvo.

Lo dejó solo; cuando volvió sostenía en la mano un neceser que tenía todo el aspecto de ser un botiquín de primeros auxilios. Lo apoyó en el sofá, junto a Jordan, y sacó algodón de un color amarillento.

– No se preocupe. Entre otras muchas cosas que he hecho en mi vida, también he sido enfermera. En todo caso, no creo que pueda empeorarlo.

Se colocó frente a él. De nuevo olió su perfume, que sabía a vainilla y a buenos pensamientos. Le palpó con delicadeza la nariz y el ojo; después le puso una mano bajo el mentón y le levantó la cabeza.

– A ver, eche la cabeza hacia atrás. Esto le arderá.

El perfume de Lysa desapareció bajo un olor penetrante y un ligero ardor cuando aplicó el hemostático. Poco después retrocedió unos pasos y le echó una mirada profesional.

– Muy bien, ya ha dejado de sangrar. Por si le interesa, la nariz no está rota. Sería un pecado, porque es una bonita nariz. Esta parte de la cara se le pondrá morada, pero no desentonará con el azul de sus ojos.

Jordan sintió que la mirada de Lysa penetraba hasta ese lugar secreto donde los hombres esconden las lágrimas.

– Tiene usted el aspecto de un hombre que ha tenido algo más que un simple mal día.

– Mucho más, creo. Hoy han asesinado a una persona a la que conocía.

– Hace un rato he visto en la televisión un noticiario en el que hablaban de la muerte de Gerald Marsalis, el hijo del alcalde. ¿Era pariente suyo?

«Gerald es historia. Es un nombre que ya no me pertenece.»

– Era mi sobrino. Christopher Marsalis es mi hermano.

Jordan no conseguía entender cómo aquella mujer había logrado extraer cosas de su interior de forma tan natural.

– Lo lamento mucho.

– Era un chico difícil, que llevaba una vida igualmente difícil. No es casual que haya tenido ese final.

Lysa se dio cuenta de que detrás de aquellas cínicas palabras se escondía mucho más, de modo que no preguntó nada. Jordan se puso de pie y cogió la bolsa y el casco.

– Bien, creo que ya la he importunado demasiado. Buenas noches, y discúlpeme otra vez.

Se dirigió hacia la puerta pero la voz cálida y sosegada de Lysa lo detuvo.

– Escuche, lamento que se vaya en este estado. Si quiere puede quedarse aquí esta noche. Ya conoce el piso. Hay dos dormitorios y dos cuartos de baño, así que no nos molestaremos. Ya decidirá mañana qué hacer.

– ¿Su marido no se lo tomará a mal si me quedo a dormir aquí?

Jordan siempre miraba a la gente a los ojos. Podía saber cuándo una persona mentía o decía la verdad, cuándo estaba dispuesta a mostrar su estado de ánimo o trataba de ocultarlo. Sin embargo, no logró dar un nombre a lo que veía ahora en los de Lysa.

– Teniendo en cuenta que me ha visto casi desnuda, creo que una visión completa podría servir para aclarar definitivamente cualquier equívoco entre nosotros.

Lysa se abrió el albornoz y esta vez se le mostró entera. El tiempo era como un pedazo de plástico transparente. Jordan tuvo la impresión de que si Lysa hubiera dejado caer al suelo el albornoz, este habría quedado suspendido en el aire, como por arte de magia, junto con su aliento. Ese momento terminó con la descortesía que solo el tiempo puede tener. Un instante, y Lysa volvió a desaparecer dentro de los pliegues de aquella prenda. Su voz reflejaba la misma expresión de desafío que había en su rostro.

– Como ha podido comprobar personalmente, soy al mismo tiempo la señora y el señor Guerrero.

Jordan buscó con frenesí las palabras adecuadas para aquella situación. Lysa pareció leerle el pensamiento.

– No hace falta que diga nada. Cualquier cosa que pueda decir ya la he oído por lo menos cien veces.

Lysa se ató el cinturón del albornoz y con un simple y ligero nudo hizo pedazos ese momento de debilidad. Se inclinó para coger del neceser un frasco de píldoras y se apoyó en el mostrador de granito de la cocina.

– Buenas noches, Jordan. Si siente dolor, tome un par de estas píldoras.

Sin decir más, desapareció por el pasillo hacia los dormitorios. Jordan se quedó solo y la sala donde habían estado ambos volvió a ser una simple habitación. Se acercó a la ventana, y del otro lado de los cristales encontró lo que había habido siempre. La noche, las luces, los coches y esa pulsación casi sobrenatural de humeantes alcantarillas.

Y, mezclado con todo eso, la gente que se hallaba en la ciudad o que llegaba a ella en busca de algo, sin saber que no estaba allí, que no estaba en ninguna otra parte. Simplemente, que había más lugares donde buscar.

En el fondo, lo que todos perseguían no era más que una ilusión.

En la planta de abajo, un estéreo a todo volumen hizo que entrara por la ventana abierta una canción llena de añoranza. A Jordan le pareció una perfecta banda sonora para aquel momento. Mientras escuchaba con renovado interés el sentido de las palabras, se preguntó cuántas veces habría mirado Lysa el mar sintiéndose morir por dentro por algo que le había sido negado.

Ahora, tan solo ahora

que mi mirada abraza el mar,

hago añicos el silencio

que me prohíbe imaginar

filas de mástiles erguidos y miles, miles de nudos marineros,

y huellas de serpientes frías e indolentes

con su lento andar antinatural,

y líneas en la luna, que en la palma cada una

es un lugar para olvidar;

y el corazón, este extraño corazón

que por un arrecife ya sabe navegar.

SEGUNDA PARTE

Roma

10

Ahora, tan solo ahora que mi mirada envuelve el mar,

comprendo al que ha buscado a las sirenas,

al que ha podido su canto amar,

dulce en la cabeza como un día

de festejo con dátiles y miel,

y fuerte como el viento que tórnase tormento

y el corazón quebranta al hombre y el bajel,

y entonces ya no hay anhelo o gloria

que puédase beber ni masticar,

ni piedra de molino de viento

que esa roca en el alma pueda triturar.

El brazo desnudo de un hombre salió de debajo de la manta y se estiró sobre la cama como una serpiente en una rama. La mano alcanzó el tablero empotrado en la pared, donde estaba el mando del estéreo y del televisor. Con una ligera presión del dedo sobre el botón interrumpió el camino de la música hacia la ventana abierta. El melancólico sonido de antaño del acordeón y de las cuerdas se detuvo apenas un instante antes de alcanzar los tejados de Roma.

La cabeza despeinada de Maureen Martini surgió enfurruñada de entre las sábanas.

– No, déjame escucharla una vez más.

Connor Slave respondió sin asomar la cabeza de debajo de las mantas. A pesar de que estas ahogaban el sonido, su protesta sonó divertida y Maureen la recibió con infantil satisfacción.

– Amor, ¿tienes idea de cuántas veces has escuchado esta canción?

– Siempre una menos de las que quiero.

– No seas egoísta. Y sobre todo no hagas que me arrepienta de haberla escrito. Piensa cuántas veces la he escuchado…

Al fin emergió la cabellera rizada de Connor, que bostezó y se frotó los ojos exagerando adrede un movimiento que le hacía parecer un gato. Aunque era músico, poseía una gestualidad instintiva y tan sugerente que sobre el escenario le permitía aumentar la intensidad de sus interpretaciones. Por el contrario, en la vida privada a veces era un auténtico payaso. Para su sorpresa, Maureen había descubierto poco a poco la cara más alegre de ese misterioso hombre que era Connor Slave; lograba hacerla reír hasta las lágrimas cuando imitaba a un gato que se lamía el pelo.

– ¡Vamos, hazlo!

– No.

– Vamos, te lo ruego, solo un momento.

– No. Si lo hago me meteré demasiado en el papel y tendré que salir a dar una vuelta por los tejados.

Maureen sacudió la cabeza y fingió estar enfadada mientras él se levantaba de la cama y, completamente desnudo, iba a asomarse a la ventana. La joven admiró su cuerpo delgado y bien formado, un cuerpo que podría ser el de un bailarín o el de un deportista. Desde la cama vio cómo se convertía en una silueta oscura dibujada a contraluz y cómo se movían sus cabellos mientras desentumecía con gesto perezoso los músculos del cuello. La muchacha pensó que eso era en realidad Connor Slave: la personificación de una sombra. Pertenecía a ese tipo de personas que no es posible medir con la imprecisión y la subjetividad de los cánones estéticos. Formaba un todo que ejercía una fascinación que nada tenía que ver con los rasgos físicos o con los movimientos, el color y la forma del cabello.

Maureen bajó de la cama y, también desnuda, fue a abrazarle por detrás. Aspiró su perfume, que sabía a música, a hombre y a ellos dos; mientras lo hacía su olor se mezcló con el aire de aquella primavera romana tan orgullosa de sí misma. En ese momento Maureen era feliz y no pensaba en nada.

Apoyó la cabeza contra el hombro de él y se quedó admirando aquel pequeño milagro que formaban su propia piel contra la de él. Le gustaba imaginar que alguien, quizá un alquimista genial y perverso, había hecho sus epidermis con los elementos adecuados para que se compenetraran; después había esperado pacientemente que se encontraran y confirmaran el éxito de su obra. Su sonrisa triunfal se había convertido en la sonrisa de ellos. Entre ella y Cooper había palabras, respeto y admiración y a veces cierto pudor por el lugar que cada uno ocupaba en el mundo. Sin embargo, Maureen no podía evitar estremecerse de placer con cada abrazo, que encerraba esa perfección que solo puede crear la casualidad.

– Hay algo que siempre he querido preguntarte.

– Dime.

– ¿Cómo es escribir una canción?

Connor respondió sin volverse; su voz pareció llegar de la soleada vista que tenía delante.

– No sabría explicártelo. Es una sensación extraña. Primero hay algo que no existe, o que quizá existe escondido en alguna parte y solo quiere que lo encuentren y lo lleven a la luz. No sé qué sienten los demás. En mi caso es algo que llega de pronto, desde dentro, y aunque todavía no lo conozca, ya sé que después no podré prescindir de ello. Hay cosas que uno cree que domina y que en cambio llegan a dominarte por completo. Es como…

Se volvió y la miró como si solo entonces, tras fijar los ojos en ella, hubiera encontrado la definición exacta. Su voz se volvió un soplo.

– Escribir una canción es como enamorarse, Maureen.

Desde el momento en que iniciaron su relación, ella siempre había sido reacia a definirla, por temor a que un sustantivo o un adjetivo pudieran dar a aquella historia una coherencia que no tenía. Ahora, su nombre mezclado con esas palabras le dio una sensación de debilidad y seguridad que al fin se decidió a definir como amor.

Permanecieron abrazados, mirando el sol que iluminaba esa postal de Roma compuesta por el rojo de los tejados y el azul del cielo. Maureen vivía en la calle della Polveriera, en la última planta de una vieja casa propiedad de su abuelo. Tras una buena remodelación, se había convertido en un espacioso y espléndido dúplex. Desde la terraza se contemplaba una increíble vista del horizonte de Roma. Por la noche se podía cenar allí sin más iluminación que el reflejo del Coliseo, rodeado de un halo de luz amarilla que lo teñía de color de oro fundido.

Connor se volvió otra vez hacia la ventana, buscando el abrazo de Maureen.

– ¿Por qué en ningún otro lugar del mundo se puede experimentar una sensación como esta?

Por un momento se quedaron en silencio, piel contra piel, mirando el día, seguros. Sentían que Italia, Estados Unidos y el resto del mundo solo podían llegar hasta la puerta de esa habitación, pero no entrar.

Maureen recordó el día en que se conocieron. Connor Slave estaba en Italia para hacer una gira de seis conciertos, tras el lanzamiento de su último álbum, Las mentiras de la oscuridad. La gira la había organizado la agencia de espectáculos Triton Communications, cuya promotora era la mejor amiga de Maureen, Marta Coneri. Cuando llegó el día de la actuación en Roma, pasó por casa de Maureen como un torbellino y la arrastró al concierto casi a la fuerza. Marta tenía el don de ponerla de buen humor y, cualidad absolutamente impagable, era una de las pocas mujeres de la vida social romana que no se dirigía a nadie llamándolo «amor».

– Maureen, creo que si tuviera una casa como esta también yo saldría poco. Pero entre poco y nunca hay una gran diferencia. Además, por este tío vale la pena hacer un viaje mucho más largo que de aquí al teatro Olímpico.

No aceptó excusas, y Maureen ya sabía que era prácticamente imposible convencer a Marta. Se encontró sentada en una butaca del teatro Olímpico, junto a una butaca vacía. En la sala se respiraba esa promiscuidad anónima de la que está compuesta cualquier público; se hallaban presentes todas las personalidades de Roma y todos aquellos que harían cualquier cosa por llegar a serlo.

Marta llegó poco antes del comienzo y se dejó caer en la butaca libre, a su derecha.

– Muy bien. El trabajo ya ha terminado. Ahora disfrutemos.

Maureen no pudo responder, porque las luces fueron apagándose despacio, acallando el rumor de fondo que suele recorrer el teatro antes del inicio de un espectáculo.

En la oscuridad, se oyó un arpegio de guitarra delicadamente sensual, un sonido suavizado por un delay que parecía hacerlo girar por las paredes de la sala. Sentada allí, en la oscuridad, Maureen tuvo la impresión de oírlo directamente en su cabeza. Luego una luz que provenía de arriba iluminó el centro del escenario y en ese haz tan blanco que parecía fluorescente apareció Connor, vestido de oscuro, con una camisa de cuello mao, de un rigor casi monástico. Inclinó la cabeza hacia el público, con los brazos flojos a los costados del cuerpo. En las manos sostenía un violín y un arco.

A las notas de la guitarra se sumó de pronto un sonido electrónico bajo y cenagoso, una vibración que llegaba hasta el vientre de los espectadores.

Después de ese giro armónico, Connor Slave comenzó a cantar y a alzar lentamente la cara. La fascinación que ejercía su voz ronca dejó en un segundo plano a la música. Era como frotar dos hojas de papel de lija sobre una capa de miel. La delicadeza y la solidez con que ese hombre sabía comunicar hicieron que Maureen tuviera la absurda sensación de que aquella canción estaba dedicada exclusivamente a ella. Luego paseó la mirada por la sala en penumbra y se dio cuenta, por las expresiones de los espectadores, de que quizá todos los presentes pensaban lo mismo.

Era una canción titulada «El cielo sepultado», una música suave con una letra llena de dolor que algún crítico inepto había estigmatizado y definido como cercana a la blasfemia. Hablaba de Lucifer, el ángel rebelde que en la oscuridad de los infiernos llora por él y por las consecuencias de su culpa, no tanto por haberse rebelado contra Dios sino por haber tenido la osadía de pensar.

Maureen escuchó la canción y aquellas palabras y se preguntó qué debía de agitarse en el ánimo del que la había escrito.

Extraño me resulta señalar uno cualquiera

y decir sí, el día es ese, aquel, allá;

que un día es solo un parpadeo

en el rostro inmóvil de la eternidad,

el día en que, llena mi alma de mal amor,

cambié las reglas de todo error.

Extraño me resulta ser yo el mejor

para decir «El cielo no es ya para mí»,

con su horizonte que devora el sol

y las sombras arrastra tras de sí,

el día en que, confiado en un dios más humano,

con el perdón las tinieblas confundí.

En el estribillo se sumó a la de Connor Slave la voz pura como el cristal de una bella vocalista, que salió de la penumbra del escenario para compartir con él la luz y la atención del público. El timbre y el color de las dos voces eran completamente diferentes; sin embargo se fundían en una armonización tan perfecta y delicada que parecían una sola. Esa unión vocal sincronizada sílaba por sílaba expresaba perfectamente el sentido de lo que estaban cantando: la luz y la sombra, la añoranza y el orgullo, la sensación desesperada del adiós tras una elección sin posibilidad de vuelta atrás.

El ángel que a tu lado volaba,

el ángel ha volado lejos,

ha volado lejos de aquí.

Expresaba el dolor del mal y el alivio de su cura.

Sin saber por qué, Maureen sintió instintivamente algo de lo que enseguida se avergonzó. Tuvo una estúpida y aguda sensación de celos por la mujer de la voz límpida que estaba compartiendo unos instantes de vida y de música con ese hombre sobre el escenario, con una entrega que difícilmente podía ser fingida.

Tal como llegó, ese momento pronto desapareció, porque en ese mismo instante Connor Slave dejó de cantar y se llevó el violín al hombro. Cuando comenzó a sonar, Maureen vio que aparecía la música y que el cuerpo de Connor Slave desaparecía. Su cuerpo estaba allí, delante de todos, pero él sin duda se hallaba en otra parte, en algún universo paralelo, aunque mantenía abierta una brecha de modo que pudiera entrar cualquiera que fuera capaz de seguirle. Quizá a causa de la letra de la canción que acababa de oír y de ese talento sobrenatural, Maureen pensó que, si el diablo existía, en ese momento estaba frente a ella tocando el violín. El concierto continuó y terminó, pero durante todo ese tiempo Maureen no consiguió, ni siquiera por un instante, librarse de la fascinación provocada por ese artista que tenía el don de estar en todas partes. Estaba con el público que le escuchaba, con la orquesta que le acompañaba, con la música que sonaba, y con cualquiera que quisiera ir con él, pero al mismo tiempo no estaba en ninguna parte y no pertenecía a nadie.

Mientras observaba cómo recibía la recompensa de los aplausos, Maureen pensó, por la expresión de su cara, que para él el trabajo no había terminado sino que comenzaba en aquel momento. Era como si para Connor Slave el verdadero trabajo fuera la vida diaria, y la verdadera vida solo se encontrara en esas pocas horas de música bajo las luces condescendientes de un escenario.

Luego, como ocurre siempre, la magia terminó cuando bajó el telón. Se encendieron las luces que suelen iluminar el mundo normal y los espectadores salieron de aquella hipnosis colectiva para recuperar su identidad en medio de un enredo de chaquetas, corbatas y prendas de colores.

Marta se volvió hacia ella con una expresión triunfal.

– ¿Qué te decía yo? ¿Es grandioso o no?

– Absolutamente extraordinario.

– Y hay más. Una pequeña sorpresa. Por eso quería que vinieras. Adivina adónde iremos a cenar.

– Marta, no creo que…

Marta la interrumpió con la expresión de alguien que ha llegado a una conclusión obvia.

– ¿Dónde, si no? Tu padre es el dueño de uno de los mejores restaurantes de Roma, por no decir de Italia. Es tan famoso que hasta tiene uno en Nueva York. Tú eres amiga mía y, por una conjunción astral increíble, esta noche he logrado convencerte de que salieras. Según tú, ¿adónde puedo llevar a un estadounidense genial y famoso, en todos los sentidos?

Marta no aceptó objeciones y cogió con firmeza las riendas de la velada.

Esperaron fuera del camerino hasta que Connor acabó de cambiarse y después de las presentaciones le llevaron hasta un Lancia Thesis oscuro que aguardaba en la entrada. Marta se sentó al lado del chófer, para que Maureen y Connor pudieran estar juntos en la penumbra de la parte posterior. Los dos empezaron a conversar mientras se metían en el tráfico de Roma rumbo al restaurante del padre de ella, en la calle dei Gracchi.

– ¿Cómo es que hablas un inglés tan perfecto? Pareces más estadounidense que yo.

– Mi madre es de Nueva York.

– ¿Y tiene la suerte de tenerte como hija y además vivir aquí, en Roma?

– Ya no. Prácticamente ninguna de las dos cosas. Mis padres se han divorciado y ella ha vuelto a Estados Unidos.

Desde el asiento delantero, Marta se metió en la conversación con su peculiar inglés con acento romano.

– Tal vez la conozcas; es una abogada muy famosa. Se llama Mary Ann Levallier.

Connor se volvió hacia ella; la sombra ocultó su rostro, lo que destacó su tono de voz.

– ¿Esa Mary Ann Levallier?

– Sí, esa…

Por su lacónica respuesta, Connor se dio cuenta de que era mejor no profundizar en ese tema. Abrió un poco la ventanilla del coche como si quisiera echar aquel momento de ligera incomodidad. Su sensibilidad hizo que subiera un escalón más en la escala de valores de Maureen. Había conocido a gente del espectáculo, en particular a músicos, pero nunca se había sentido atraída por ninguno de ellos. Desgraciadamente, había constatado que ciertos hombres no son tan grandes como su música.

Connor sonrió.

– Bien, me parece que lo que hago yo es más que evidente. ¿Qué haces tú en la vida?

El imparable entusiasmo de Marta trató de responder por ella.

– Pues… Maureen es…

Desde el asiento de atrás, esta la frenó con una mirada, antes de que se lanzara a una de sus amistosas promociones.

– Maureen es… una mujer fantástica.

La llegada al restaurante puso fin a esa parte de la conversación. Tras entrar, Maureen y sus acompañantes fueron acogidos por la simpatía y la profesionalidad de Alfredo, el histórico maître del local, que la conocía desde pequeña. Siguiendo una vieja broma de ambos, la abrazó y la saludó pronunciando su nombre según la costumbre del habla romana.

– Hola, Maurinne. Qué sorpresa. Tenerte aquí es un acontecimiento digno de salir en televisión. Por lo visto no te gusta nuestra comida… Es una pena que tu padre no esté; creo que está en Francia, eligiendo vinos. Espero que pueda serte útil este pobre anciano…

Marta revoloteaba entre ellos, zumbando como una abeja entre las flores.

– Alfredo, la historia del pobre anciano no cuela. Aunque ha traído dos hijas al mundo, mi tía Ágata todavía suspira por ti y jura que nunca te ha olvidado.

No existía ninguna tía Ágata ni había allí ningún anciano, sino solo la alegría del que es joven y ha sabido mantenerse así. De pronto Maureen se sintió feliz por haber decidido salir con Marta aquella noche.

Alfredo los acompañó a la mesa; Maureen y Connor se sentaron el uno frente al otro. Él la miró con una expresión interrogante que daba a entender que no había entendido nada de la conversación en italiano.

– ¿Maurinne?

– Para Alfredo, tanto el inglés como yo somos algo muy particular.

Llegó la comida, y durante la cena continuaron hablando. Sus sonrisas eran cada vez más amplias y más frecuentes. Marta, la inigualable e irreductible Marta, supo poco a poco volverse invisible y muda. Maureen recordaba el momento exacto en que Connor la conquistó definitivamente. Fue cuando, por curiosidad, le preguntó qué tipo de música solía escuchar habitualmente.

– La mía.

– ¿Solamente?

– Sí.

En ese monosílabo había una gran serenidad. Maureen lo miró buscando vanidad y presunción en sus ojos. Pero encontró la mirada sincera de un hombre que sabe que posee todo lo que necesita.

– Sin embargo no es una música fácil.

– Nada es fácil. Quizá tampoco yo lo sea.

– Entonces tu éxito demuestra que la gente no es tan estúpida como algunos creen.

Connor sonrió divertido, como si aquella fuera una broma que se prolongaba desde hacía mucho tiempo.

– No es tan estúpida como creen algunos, ni tan inteligente como quisiéramos.

Maureen aceptó e hizo suyas la luz y la diversión de su sonrisa, y a partir de ese momento, aunque no siempre estuvieron juntos, ya no se separaron.

Como ahora, en que abrazados contemplaban Roma desde lo alto. El teléfono los sorprendió y los obligó a recordar que, bajo esos tejados que parecían no terminar nunca, todavía había un mundo que estaba vivo. De mala gana, Maureen se soltó del abrazo y fue a coger el teléfono sin hilos de la mesita de noche. Pulsó el botón que activaba la comunicación.

– ¿Diga?

– Hola, Maureen, soy Franco.

Maureen suspiró. El mundo no podía dejarse al margen durante mucho tiempo. En ese preciso momento, con esa llamada, el mundo acababa de romper la barrera de la ventana y al fin conseguía entrar.

– Hola, Franco. Dime.

– Ya han fijado la audiencia. Es para el jueves por la mañana.

– ¿Tan pronto?

– Temo que tu caso ha aparecido demasiado en las primeras planas y no se puede postergar más. Mientras tanto, ¿te han suspendido?

– Oficialmente no. Pero me han destinado a la Academia de la calle Piero della Francesca con funciones de asesora. En la práctica soy una especie de ordenanza.

– Ya sé que es difícil, Maureen. Pero, si puedes, hoy deberías pasar por mi casa. Hay unos papeles que necesito que firmes.

– ¿Te va bien dentro de una hora?

– Perfecto. Te espero y…

En el otro extremo de la línea hubo un instante de silencio. Maureen esperó durante lo que le pareció una eternidad.

– En fin… que no te preocupes.

– No estoy preocupada.

– Todo saldrá bien, Maureen.

– Sí, todo saldrá bien.

Dejó con suavidad el aparato sobre la mesita, aunque tenía ganas de hacerlo pedazos contra el cristal.

«Todo saldrá bien.»

Sin embargo, nada estaba saliendo bien.

No estaba saliendo bien lo que siempre había hecho con pasión a pesar de las noches de sueño interrumpido por una llamada telefónica. No estaba saliendo bien la actitud de ciertas personas que en el pasado le habían declarado su total confianza y que ahora se escondían en un silencio incrédulo. Nada estaba saliendo bien para aquel hombre maravilloso que estaba con ella, para su paciente espera hasta que una persona así llegara por fin a su vida.

Tampoco estaba saliendo bien para ella como mujer ni para la comisario Maureen Martini, a cargo de la Comisaría de Casilino de la Jefatura de Policía de Roma, que apenas quince días atrás había matado a un hombre.

11

Maureen entró en la penumbra del garaje, situado a un centenar de metros de su casa, donde guardaba el coche. En cuanto la vio llegar, Duilio, el encargado, salió de su caseta de cristal y fue a su encuentro. Aunque por su edad no era un hombre peligroso, siempre había declarado con simpatía y afecto que tenía debilidad por ella. Maureen aceptaba ese inocente cortejo que duraba desde hacía tiempo, porque nunca era insolente o fastidioso.

– Si quiere, le enciendo el motor, doctora Martini. Siempre es un placer conducir una joya como esta.

Maureen le tendió las llaves.

– De acuerdo, y diviértase.

Duilio desapareció en la oscuridad de la bajada. Mientras esperaba oír el ruido de su Boxster subiendo por la rampa, Maureen pensó que, en general, podía considerarse una mujer afortunada. Su familia era dueña del restaurante Martini casi desde siempre, y con el tiempo su padre, Carlo, gracias a una eficaz administración, había sabido transformarlo de la simple fonda que era en sus principios en uno de los referentes de la gran cocina italiana. Cuando conoció a la madre de Maureen y se casaron, la aventura prosiguió al otro lado del océano y ahora existía en Nueva York el famoso Martini's, donde no era difícil encontrar de vez en cuando a alguna estrella del cine o la televisión. Su madre, mientras tanto, se había convertido en una de las mejores abogadas criminalistas de la ciudad; poco a poco, su matrimonio se resquebrajó a causa de la distancia. Distancia en tiempo, en espacio, en mentalidad y en carácter.

Pero, sobre todo, a causa de la insalvable distancia de un amor terminado.

La relación de Maureen con su madre nunca había sido digna de llamarse así. Por otra parte, el temperamento frío y pragmático de Mary Ann Levallier dejaba poco espacio para una complicidad afectuosa y divertida como la que existía, en cambio, con su padre. Así, cuando llegó el momento del divorcio ella eligió quedarse a vivir con él en Roma, y después de licenciarse en Derecho decidió ingresar en la Policía del Estado.

Maureen recordaba perfectamente lo mal que se tomó su madre aquella decisión. Estaban sentadas en la terraza del Hilton, donde se alojaba cuando viajaba a Roma. Mary Ann estaba, como de costumbre, perfecta y elegante con su conjunto Chanel; cuidaba su aspecto de manera obsesiva, hasta en los menores detalles.

– ¿Policía, dices? Qué tontería. Pensaba que te labrarías un futuro en Nueva York. En mi estudio tratamos muchos casos junto con Italia. Podría haber un brillante porvenir para una abogada bilingüe con tu preparación.

– Una vez más, mamá, ¿por qué antepones lo que tú deseas para mí a lo que yo deseo?

– Por lo que acabas de decir, dudo que puedas tener las ideas claras con respecto a tus aspiraciones.

– No, claro que no las tengo. Sobre todo comparado contigo, que las tienes clarísimas. Es una cuestión de actitud. Yo deseo un trabajo que me permita atrapar a criminales y mandarlos a la cárcel, independientemente de lo que gane. En cambio, tu trabajo consiste en lo contrario: ayudas a los criminales a salir de la cárcel en función de lo que ganas.

Su madre la sorprendió una vez más con un lenguaje muy explícito.

– Eres una gilipollas, Maureen.

Maureen se permitió al fin el lujo de una sonrisa angelical.

– Solo un poco, por parte de madre…

Se levantó y se marchó. Dejó a Mary Ann Levallier con su cóctel de gambas, que probablemente la irritaba porque no combinaba con el color de su ropa.

Duilio salió del subterráneo del garaje conduciendo el Porsche con la capota abierta y se detuvo a su lado. Se apeó del coche y mantuvo la puerta abierta.

– Aquí está. Fin del sueño.

– ¿Qué sueño?

– Un agradable paseo por Roma con un coche como este, en un día como hoy y con una mujer tan hermosa como usted.

Maureen se sentó y le sonrió mientras se abrochaba el cinturón.

– A veces hay que lanzarse, Duilio.

– ¿A mi edad, doctora? Cuando era joven temía que las muchachas me dijeran que no. Ahora tengo pánico a que me digan que sí.

Maureen se vio obligada a reír, aunque en aquel momento no estaba de humor.

– Buenos días, Duilio.

– También para usted, doctora.

El Porsche era un regalo de su padre. Le causó un enorme placer, pero era un símbolo que la clasificaba entre la gente acaudalada. Maureen era una persona discreta, como todo el que está seguro de sí mismo. No solía usar aquel coche, y menos aún para ir a la comisaría. Por el bien de la convivencia, prefería no dar a sus colegas la posibilidad de considerarla una niña rica que había optado por entrar en la policía por esnobismo.

Se metió de lleno en el tráfico y recorrió con calma algunas callejuelas hasta desembocar en la calle dei Fori Imperiali. Oculta bajo las gafas de sol, trataba de hacer caso omiso de las miradas de los conductores de los coches que se detenían a su lado cuando el semáforo se ponía en rojo. Algunas eran amistosas; otras, curiosas, y muchas, envidiosas.

Mientras bajaba en dirección a Lungotevere, comenzó a sonar el móvil que había dejado en el asiento de al lado.

– Hola. Soy un hombre que está solo cerca del cielo. ¿Cuándo vuelves?

– Pero si acabo de salir…

– No vas a creerlo, pero es la misma excusa que le dio Ulises a Penélope cuando llegó a su casa, pasados veinte años.

– Entonces debemos sincronizar nuestros relojes. No han pasado ni siquiera veinte minutos.

– Mientes. Han pasado por lo menos veintiuno.

Maureen le agradeció la alegría que conseguía transmitirle; no la encontraba en absoluto fuera de lugar. Connor sabía muy bien adónde iba, y en qué estado de ánimo se encontraba. Era su modo de hacer que se sintiera acompañada en ese delicado momento.

– ¿Por qué no vas a pasear por Roma, admiras a bellas mujeres y dentro de una hora y media nos encontramos en la entrada del edificio del abogado?

– Prométeme que después iremos a cenar al restaurante de tu padre.

– ¿No estás harto de comer allí?

– No mientras sea gratis.

Maureen le dio la dirección del abogado y continuó su camino. Pese a lo que acababa de decirle, si había algo que no formaba parte de las preocupaciones de Connor era el dinero. Aunque sus discos comenzaban a darle considerables ganancias, Maureen tenía la sensación de que ni siquiera sabía cuánto dinero tenía en el banco. Cuando ella salió de casa, él estaba hablando por teléfono con Bono, el cantante de U2, acerca de un futuro proyecto; sus ojos brillaban como los de un niño.

Recorrió con calma el Lungotevere, disfrutando del resplandor del sol, que jugueteaba con las ramas de los árboles que flanqueaban el camino. Conducía sin prisa, con la capota abierta; notaba el aire cálido de la primavera en el pelo y una sensación de hielo en el corazón. A su izquierda, el lecho del río era un reflejo indeciso más allá del muro que lo delimitaba. Un camino de agua sucia que cortaba en dos la ciudad, que no estaba mucho más limpia.

Ella, que había pasado su vida entre Italia y Estados Unidos, podía entender el entusiasmo de Connor por Roma. Allí, a cada paso se respiraba el perfume de lo que los estadounidenses habían intentado construir obstinadamente: un pasado. Pero no habían tenido en cuenta que no se puede construir un pasado a medida, sino que viene impuesto por hechos ajenos a la voluntad. Ahora, lamentablemente, cuando algún norteamericano cualquiera se encontraba ante las ruinas de la Zona Cero podía entender qué se sentía al pasar junto a los restos del Coliseo.

Ruinas. Solo ruinas.

Y el recuerdo del dolor, que poco a poco se apagaba y dejaba imágenes de postal.

Todavía no había tenido la oportunidad de explicarle a Connor que esta ciudad no era más que apariencias. Roma era la mujer de Fellini en el cartel publicitario de la película. Era una amante vistosa, amigable, alcahueta, que te recibía con los brazos abiertos, ansiosa de venderte sus putas. Pero solo algunas lo eran en el verdadero sentido de la palabra.

Mientras, había pasado ante el Ministerio de Marina; en la plaza de las Bellas Artes dobló a la izquierda por el puente del Risorgimento. Cogió el viale Mazzini y, apenas pasada la plaza, tuvo la suerte de encontrar aparcamiento justo bajo el estudio del abogado penalista Franco Roberto.

Maureen llegó ante la entrada del edificio, llamó al portero automático y le respondió el ruido de la puerta al abrirse, una puerta de madera perfectamente restaurada. Subió a pie por la escalera hasta la primera planta, donde se hallaba la oficina de su abogado defensor. Aunque formaba parte de los riesgos de su trabajo, jamás habría imaginado que lo necesitaría tan pronto.

Cuando la vio entrar en su oficina, acompañada por su secretaria, Franco se levantó y cruzó la habitación para ir a su encuentro. Era un hombre alto y delgado, de tez morena, ojos castaños y pelo tan negro que tenía reflejos azules. No podía decirse que fuera guapo, pero la luz de la inteligencia iluminaba su mirada y su cara. Había sido un buen compañero en la universidad, y tras graduarse de forma brillante estaba abriendo nuevos caminos en la práctica de su profesión, no solo en Roma sino en toda Italia. Maureen sospechaba que cuando eran estudiantes a él no le habría desagradado que su amistad se convirtiera en algo más. Pero la actitud estrictamente cordial de Maureen le aconsejó dejar de lado esas intenciones, si las había.

Franco se acercó y la besó afectuosamente en las mejillas.

– Hola, comisario, ¿todo bien?

– Algunas cosas sí y otras no. Lamento que en esta ocasión te veas obligado a representar las «otras no».

– Haremos lo posible por convertirlas en «algunas sí».

Volvió a sentarse tras su escritorio y abrió la carpeta que tenía ante él. La había estudiado a fondo antes de que ella llegara. Maureen se sentó frente a él en uno de los elegantes sillones de piel.

– La situación es algo complicada, pero creo que una persona con tu hoja de servicio puede enfrentarse a esta audiencia con confianza.

– Franco, eres un hombre positivo por naturaleza y yo no soy una persona negativa. Pero no creo equivocarme si defino la situación como mucho más que complicada.

– ¿Quieres volver a hablar de ello?

Maureen se encogió de hombros. Aquella historia le estaba amargando la vida, y ni siquiera había comenzado. De repente, la tarde con Connor estaba muy lejana; le parecía un momento de su vida del que se había apoderado derribando una puerta y que en realidad, como todas las cosas robadas, no le pertenecía.

– De acuerdo -asintió Franco. Se puso de pie y fue a apoyarse contra el alféizar de la ventana abierta-. Trata de resumir los hechos.

– Ese albanés, Avenir Gallani, apareció en Roma de la nada y empezó a andar por ahí en coches de lujo, a frecuentar los locales de moda y a la gente del espectáculo presentándose como productor discográfico y cinematográfico. Su actitud y el dinero que gastaba empezaron a llamar la atención. Llegó una orden de arriba de tenerlo vigilado; había sospechas de que pudiera estar vinculado de algún modo con la mafia albanesa y en particular con un importante negocio de tráfico de estupefacientes. Confirmamos que en su país tenía antecedentes penales. Le pusimos bajo vigilancia durante casi un año, pero lo único que descubrimos fue que Avenir Gallani era un perfecto idiota. Tenía mucho dinero, cuya procedencia no era clara, pero no era más que un idiota. Pero al mismo tiempo era listo. Aunque, como sabes, ese tipo de gente no puede resistirse a la tentación de exhibir su astucia. Y por supuesto cayó en esa trampa. Empezó una relación con una aspirante a estrella de la televisión, una de esas que están dispuestas a todo con tal de prosperar en su carrera. Gallani se enamoró e intentó impresionar a su amada. Habíamos puesto micrófonos en su casa, y una noche oímos cómo se jactaba de que en pocos días cerraría un negocio de muchos millones de euros. Después produciría una película para lanzarla al estrellato. Intensificamos la vigilancia; lo seguíamos veinticuatro horas al día. Al final logramos descubrir que en el bosque de Manziana, al norte de Roma, en la Braccianese, se haría una importante entrega de drogas que Avenir había planeado a través de sus canales. Montamos la operación en colaboración con la policía de Viterbo. Cuando llegamos al lugar los sorprendimos en plena operación. Detuvimos a todos los involucrados, menos a Gallani, que nos vio llegar y consiguió huir. Yo lo perseguí a través del bosque, hasta que llegamos a un pequeño claro donde había un BMW aparcado. Él llegó al coche, abrió la puerta y se inclinó para coger algo del interior. Cuando se incorporó tenía una pistola en la mano. Me apuntó y disparó.

– ¿Cuántos tiros?

– Uno.

– ¿Y tú qué hiciste?

– Respondí.

Las palabras de Maureen resonaron en la habitación, secas como disparos de pistola.

– Y lo mataste.

El tono era de afirmación, no interrogativo.

Maureen respondió con un monosílabo que sonó como una confesión.

– Sí.

– ¿Y después qué ocurrió?

– Oí un ruido que venía de los matorrales que había a mi derecha. Me escondí detrás de un árbol y después me adentré en el bosque. Miré a mí alrededor pero no vi ni oí a nadie. Pensé que el ruido lo había causado algún animal al que había asustado el disparo.

– ¿Y después qué hiciste?

– Volví al coche.

– ¿Y qué encontraste?

– El cuerpo de Avenir Gallani, en la misma posición en que había caído.

Maureen jamás olvidaría aquel momento. Era la primera vez que mataba a alguien. Se quedó inmóvil, mirando ese cuerpo tendido en el suelo con la boca abierta, como si por allí hubiera huido la vida, y no por el agujero que tenía a la altura del corazón; la sangre había formado un charco sobre la hierba húmeda. Alrededor había luces que relampagueaban, gritos, órdenes dadas en tono imperioso, coches que llegaban y el ruido de neumáticos de coches que arrancaban. Ella seguía allí, todavía empuñando la pistola con una mano caída a un costado del cuerpo, sola frente a la responsabilidad de haber truncado una vida humana. Podía decirse que Avenir Gallani se había buscado y merecido sobradamente lo sucedido. En efecto, oyó unos pasos a su espalda y el comentario lapidario de uno de sus compañeros.

– Cuando vives tratando de romperle el culo al mundo, es inevitable que tarde o temprano el mundo te lo rompa a ti.

Todavía oía aquella voz cerca de su oreja, pero no lograba recordar a quién pertenecía.

La voz profesional del abogado Franco Roberto se superpuso a la del recuerdo.

– ¿Y la pistola?

Maureen borró aquella imagen de su mente y volvió al despacho.

– La pistola ya no estaba.

– ¿Ya no estaba, o no estuvo nunca?

Maureen se levantó de golpe.

– Pero ¿qué clase de pregunta es esta?

Franco meneó la cabeza. Maureen supo que había suspendido el examen.

– No es lo que yo te pregunte, sino lo que te preguntará el fiscal. Y no creo que esta sea la reacción más adecuada.

Maureen se dejó caer otra vez en el sillón.

– Discúlpame, Franco. Tengo los nervios destrozados.

– Entiendo. Pero no es el mejor momento para perder el control.

Maureen se rebeló contra la actitud paternalista de su amigo.

– Franco, ese hombre tenía una pistola, y la usó contra mí. No estoy loca, y no estoy mintiendo. Y sobre todo no soy estúpida. ¿Por qué debo seguir insistiendo en esta versión incluso contigo?

El silencio de su interlocutor solo le provocó desaliento.

– Pero tú me crees, ¿verdad?

– Lo que yo crea, Maureen, no es importante. A mí me pagan para pensar y para hacer pensar. Y lo que debo conseguir ahora es que los jueces piensen que esa pistola estaba ahí.

Maureen se dio cuenta de que en realidad él no había respondido a su última pregunta. Y pensó cómo podría Franco convencer a alguien de su inocencia, si él mismo no estaba convencido.

Tal vez el abogado vio ese pensamiento en su rostro, porque trató de aliviar la tensión.

– Ya verás como todo saldrá bien. Quiero darme la satisfacción de cobrar un buen cheque con el membrete de la Policía.

Cualquier representante de la ley que mate a una persona durante una acción policial debe ser sometido a juicio penal. En el caso en que se constate la legitimidad del hecho y se declare su inocencia, la Policía del Estado debe cargar con los gastos de la defensa.

Franco le hizo firmar los escritos y poderes que necesitaba; esa concesión a la burocracia no hizo más que aumentar la sensación de inexorabilidad que Maureen tenía en aquella oficina. Finalmente, con una última firma, concluyeron las formalidades de las que dependía su futuro. Se levantó del sillón y se asomó a la ventana. Abajo se veía el tráfico de la noche romana, caótico y agresivo. Desde lo alto vio la cabeza rizada de Connor que se acercaba andando. Le vio llegar bajo la ventana y alzar la vista para mirar el número del edificio.

Maureen, por primera vez desde su llegada al despacho, sonrió.

Franco se le acercó y siguió la dirección de su mirada.

– Esa persona tiene todo el aspecto de venir a buscarte.

– Así es.

– No sabría definir la expresividad con la que me lo has dicho, pero creo que te alegrará saber que ya no te necesito.

Maureen se volvió y le dio un rápido beso en la mejilla.

– Gracias, Franco. Gracias por todo.

– Anda, vete. Nadie merece el suplicio de esperarte.

En su impaciencia, captó el halago de aquellas palabras solo cuando ya se había marchado. Bajó la escalera en dirección hacia la salida con una sensación de liberación. Los hechos y los recuerdos con los que había debido enfrentarse le habían dejado un vacío en el estómago por la falta de Connor.

Con él se sentía distinta. Con él se sentía segura. Maureen sonrió con la incredulidad que muestra cualquier enamorado ante esa sensación: sentirse protegida por un hombre que se enfrentaba a la vida completamente desarmado. Fortalecida porque sabía que él la esperaba fuera, cogió el picaporte, tiró de la puerta hacia sí y salió a la calle. Lo que sucedió a continuación lo recordaría durante toda la vida con la secuencia rítmica de las imágenes de un proyector de diapositivas.

El ruido de la puerta que se cerraba.

La cara de Connor, que la esperaba de pie bajo un árbol, al otro lado de la calle.

La sonrisa con la que él le devolvió la suya, mientras cruzaba la calle para reunirse con ella.

La luz de sus ojos, que la miraban como siempre había deseado que la mirara un hombre.

La distancia de un paso.

El chirrido de neumáticos del Voyager con los cristales ahumados que llegaba a gran velocidad y se detenía frente a ellos.

Y las personas que bajaron corriendo del coche.

Cuatro hombres que, aquella noche que parecía que iba a ser mágica, les pusieron una capucha negra en la cabeza y se los llevaron.

12

Oscuridad.

El vago olor a moho de la tela que le envolvía la cabeza en una oscuridad polvorienta. Los saltos y los tumbos del coche que avanzaba por las calles de Roma. El ruido de las ruedas sobre una zona adoquinada. Una cuerda pegajosa le inmovilizaba las muñecas, y cualquier tentativa de gritar era inútil ya que le habían puesto una mordaza por encima de la capucha. Toda reacción era impedida por una voz con leve acento extranjero que le había susurrado al oído:

– No te muevas, o tu hombre morirá.

Para confirmar la amenaza, Maureen sintió la punta afilada de un cuchillo sobre la piel sensible de la garganta. Imaginó que también le habrían dicho lo mismo a Connor, y el miedo que debía de sentir él la desesperó más que la oscuridad en la que se encontraba.

Permaneció inmóvil y muda durante todo el trayecto. Tranquilizado por su falta de reacción, el hombre que iba a su lado disminuyó la presión de la hoja sobre su cuello. En un primer momento Maureen buscó alguna referencia para saber por dónde iban, pero el viaje se prolongó tanto que cualquier tentativa de memorizarlo era inútil.

Por la gradual disminución de las que interpretaba que eran paradas ante semáforos, Maureen dedujo que se alejaban del centro. Cuando el movimiento fue fluido e ininterrumpido, conjeturó que habían salido de la ciudad y se dirigían a algún lugar fuera de Roma.

Tras un trayecto que pareció interminable, el Voyager se detuvo con una frenada y un viraje brusco. Oyó que se abrían las puertas y unos brazos robustos la arrancaron del asiento. Los mismos brazos fuertes e implacables casi la levantaron del suelo mientras ella intentaba dar unos pasos a ciegas. Le quitaron la capucha y pudo respirar por fin el aire fresco de la noche. Lo primero que vieron sus ojos, después de tanta oscuridad, fueron los colores. El rojo de la tierra y el verde de la vegetación. Tres coches dispuestos en abanico iluminaban con la luz azulada de los faros una especie de gruta excavada en el terreno arcilloso, con dos amplias entradas enfrentadas, disimuladas por los polvorientos arbustos. Casi en el centro había un agujero que los faros dejaban en tinieblas.

En el lado opuesto a ella, Connor estaba de rodillas en la despiadada luz que iluminaba la escena. Tenía la camisa y la cara manchadas de tierra. Maureen supuso que el hombre que se hallaba de pie detrás de él lo había empujado violentamente al suelo, para obligarlo a subir a ese pequeño escenario improvisado donde se representaba el miserable triunfo de la fuerza sobre un hombre indefenso.

En el espacio que la separaba de Connor, en pie en medio de la gruta, había un hombre de espaldas.

Era alto y robusto, pero no pesado. La parte del cráneo que miraba hacia ella se desdibujaba por la sombra del pelo, muy corto. Por debajo del cuello de la chaqueta de piel que llevaba asomaba el dibujo de un tatuaje, desde la espalda hacia la oreja derecha, como una hiedra sobre un muro. Encendió un cigarrillo, y Maureen vio el humo a la luz de los faros.

El hombre seguía inmóvil; de repente, como si en aquel momento se acordara de su presencia, se volvió hacia ella. Maureen se encontró ante un rostro de líneas marcadas, envuelto en una barba descuidada que parecía la continuación del cabello.

Los ojos fríos y hundidos, fijos en ella, sintonizaban perfectamente con el cruel gesto de la boca. De la oreja izquierda pendía un extraño arete, una cruz estilizada con un minúsculo brillante en el centro, que acompañaba los movimientos de la cabeza reflejando y refractando la luz. Maureen vio que mientras la miraba, el hombre continuaba moviendo la cabeza como en un mudo y doloroso asentimiento a reflexiones que solo él conocía. Cuando hizo oír su voz, tenía el mismo acento que el hombre que le había hablado en el coche mientras la apuntaba con el cuchillo a la garganta.

– Aquí estamos, comisario. Espero que mis amigos no los hayan maltratado mucho durante el viaje.

– ¿Quién es usted?

– Cada cosa a su tiempo, doctora Martini. ¿O puedo llamarte Maureen?

– Repito: ¿quién es usted y qué quiere?

El hombre no respondió a su pregunta y en cambio formuló otra:

– ¿Sabes dónde estamos?

– No.

– Qué raro. Pensaba que habrías reconocido el lugar.

El hombre hizo un gesto hacia una de las entradas de la gruta.

– A algunos cientos de metros en aquella dirección, hace poco mataste a un hombre.

Se hizo un profundo silencio, como un epitafio. El hombre inclinó la cabeza y movió la tierra con un pie, como si debajo estuviera sepultado el cuerpo del muerto.

– Ya. Estamos en el bosque de Manziana. Qué extraña es la vida cuando organiza nuestro regreso a ciertos lugares, ¿verdad?

Levantó la cabeza de golpe, como si quisiera dar mayor fuerza a las palabras.

– Me llamo Arben Gallani.

El nombre quedó suspendido con su sonido extranjero; era al mismo tiempo la distancia que los separaba y la atadura que los unía.

– Soy el hermano de Avenir Gallani, el hombre que tú asesinaste.

– Yo no asesiné a nadie. Tú no puedes saber qué sucedió.

Arben lanzó la colilla del cigarrillo más allá del cono de luz de los faros. El humo salió de su boca como una sentencia.

– Sí lo sé. Yo estaba ahí.

Metió una mano bajo la chaqueta y sacó una pistola que llevaba en la cintura. Se la mostró a Maureen, sosteniéndola de manera que pudiera verla bien.

– Aquí tienes. ¿La reconoces?

– No la he visto en mi vida.

– Sí que la has visto, aunque solo por un instante. Era la que Avenir tenía en la mano cuando le disparaste.

Dejó caer el brazo al costado, como si de golpe la pistola se hubiera vuelto muy pesada.

– Yo estaba con él aquel día. No estaba de acuerdo con la operación, y él lo sabía. Aun así me pidió que lo acompañara, y yo no pude negarme. Uno siempre es débil con las personas que quiere, ¿verdad, Maureen?

Su mirada se detuvo un instante en Connor. Maureen, por primera vez en su vida, supo el significado de la palabra «miedo».

– Lo estaba esperando en el coche, pero entré un momento en el bosque a mear. Oí la refriega, imaginé que algo había salido mal y decidí no salir. Después, llegasteis vosotros.

Sacó del bolsillo una cajetilla de cigarrillos y encendió uno. Hablaba con calma, como si las cosas que estaba contando no le concernieran a él sino a otra persona.

– Avenir era impulsivo. Demasiado, a veces. Quizá la culpa también sea mía. Habría debido controlarle más, impedirle hacer tantas gilipolleces.

Arben hizo una pausa. Tenía los ojos fijos en ella, pero Maureen se dio cuenta de que no la veía. Estaba reviviendo la escena de aquel día, tal como ella la había revivido en su mente decenas de veces.

– Arrojé una piedra a los matorrales para distraer tu atención. Cuando te alejaste, salí, cogí la pistola y volví a esconderme. Sé que has tenido algunas dificultades por ello, pero no es problema mío.

Le sonrió con dulzura y Maureen tuvo la certeza de que aquel hombre estaba loco. Y era peligroso.

– Y por fin hemos llegado al motivo de este encuentro. ¿Crees que quiero matarte? No, querida mía…

Mientras hablaba, Arben Gallani se había acercado poco a poco a Connor.

– Creo que es hora de que sepas qué significa perder a una persona a la que amas.

«Oh, no.»

Maureen empezó a gritar, sin darse cuenta de que lo hacía solo en su mente.

«No, por Dios, no.»

Al notar el contacto del cañón frío, Connor cerró instintivamente los ojos. Maureen vio, o le pareció ver, que el nudillo de Arben se ponía blanco al apretar el gatillo.

«No, por Dios, no.»

Se oyó un disparo y la cabeza de Connor estalló. Un chorro de sangre mezclado con materia gris llegó hasta el coche que estaba aparcado al lado y manchó los faros que lo iluminaban. La desesperación de Maureen impulsó al fin su voz, que se abrió paso a través de la garganta seca de polvo y de horror. El alarido con que acompañó el cuerpo sin vida de Connor mientras caía expresaba el dolor, la furia y el adiós desesperado de cualquier mujer que, impotente, ve morir al hombre que ama. Connor se desplomó levantando una leve nube de polvo, pero era lo bastante grande como para sepultar en ella los sueños, los proyectos y la vida de ambos.

Arben se volvió y la miró con una ceja ligeramente arqueada. Maureen maldijo la expresión de fingida misericordia que tenía en el rostro.

– Es desagradable, ¿verdad?

Maureen le veía a través de las lágrimas que nublaban sus ojos.

– Te mataré por esto.

Gallani se encogió de hombros.

– Es posible. Pero tú vivirás. Para recordar. Y no solo esto…

Dejó caer la pistola al suelo, que ensució con la sangre del hombre al que acababa de matar. Arben se movió con indolencia hacia ella; cuando llegó a su lado le asestó de pronto un revés en la cara. Maureen cayó hacia atrás y se asombró de no haber sentido dolor, como si toda su capacidad de sufrimiento hubiera sido absorbida por la muerte del hombre al que había amado y que ahora yacía en medio de un charco de sangre. Sintió que las manos del hombre que estaba detrás de ella la sostenían y la ofrecían de nuevo a la furia de su jefe. Gallani no le concedió siquiera la dignidad de los puños. Continuó abofeteándola en la cara hasta que Maureen ya no vio sus manos manchadas de sangre. El dolor llegó de golpe. Maureen sintió que sus piernas cedían y que algo caliente y viscoso cubría sus ojos tumefactos y coloreaba sus lágrimas. Arben Gallani hizo entonces una seña con la cabeza. El hombre que la mantenía en pie la dejó resbalar a tierra y enseguida se acuclilló para impedir que se moviera. Otros dos hombres acudieron para ayudarlo. Cada uno se agachó a un lado para imposibilitarle cualquier movimiento de las piernas.

Arben sacó un cuchillo de un bolsillo; la hoja brilló por un instante como el diamante de su arete. Se inclinó sobre ella y comenzó a cortarle los pantalones. Maureen oía el ruido de la tela y sentía frío sobre la piel a medida que la lámina la desnudaba. A través del velo de sangre y dolor que por momentos le nublaba la vista, vio al hombre de pie entre sus piernas. Vio cómo se desabrochaba el cinturón y oyó el ruido de la cremallera que se abría como el de una espada que se desliza fuera de la vaina.

Arben se arrodilló y se tendió sobre ella. Maureen sintió el peso de su cuerpo, sus manos que hurgaban en ella y la abrían y la violencia de una penetración ruda y furiosa. Se refugió en el recuerdo de las cosas hermosas que había tenido y trató de olvidar que las había perdido para siempre. Dejó que un dolor mucho más grande la anestesiara contra aquella violación física que nada podía quitarle que no estuviera ya muerto dentro de ella. Mientras las embestidas la sacudían y la anulaban, a pocos centímetros de su cara el extraño arete con forma de cruz continuaba moviéndose rítmicamente, reflejando la luz de los faros, y centelleaba centelleaba cent… cent…

No llegó a experimentar la repugnancia de sentirse invadida por el placer de su verdugo. La piedad del destino le concedió al fin un refugio seguro. Mientras todo se volvía oscuridad, Maureen Martini pensó cuánto dolía morir.

13

Todavía oscuridad.

Luego, poco a poco, el despertar trajo consigo el recuerdo, y el recuerdo, la maldición del despertar.

Notó que su cuerpo estaba tendido entre sábanas ligeramente ásperas y, por el leve olor a desinfectante, dedujo que estaba en una habitación de hospital. En ese flotar entre nubes y algodón notó una extraña sensación de opresión en la cara. Trató de mover el brazo derecho y oyó el débil ruido de la cánula de una bolsa de suero que golpeaba contra el pie que la sostenía. Levantó con esfuerzo la otra mano y se la llevó a los ojos. Pasó los dedos por la suave consistencia de unas gasas sujetas con esparadrapo. Lejos, desde alguna parte, en este mundo o en algún otro, oyó unas voces que susurraban palabras sin apenas sonido. De pronto, ese diálogo murmurado se convirtió en el eco de unos pasos y después en la voz de su padre, llena de una angustia que ni siquiera el afecto conseguía enmascarar.

– Maureen, soy yo.

Su respuesta fue a un tiempo un saludo, un consuelo y un lamento.

– Hola, papá.

– ¿Cómo te sientes?

«¿Cómo me siento? Quisiera que esta oscuridad desapareciera para siempre y no volver a ver en mi memoria las imágenes de Connor cayendo al suelo. O quisiera ser yo la que desapareciera para siempre.»

Mintió.

– Bien. ¿Dónde estoy?

– En la policlínica Gemelli.

– ¿Desde cuándo?

– Te trajeron en muy mal estado. Te han mantenido en coma farmacológico durante dos días.

– ¿Cómo conseguisteis saber dónde estaba?

– Cuando te cogieron, Franco, tu abogado, estaba en la ventana y lo vio todo. Avisó de inmediato a la policía. Pero no consiguió apuntar el número de la matrícula, así que la búsqueda se limitó al tipo de coche que él describió. Después llegó la llamada telefónica…

– ¿Qué llamada?

– Un hombre con acento extranjero llamó a tu comisaría para avisar dónde podían encontrarte.

De pronto volvió a su mente la cara de Arben Gallani y su voz que le susurraba «Es desagradable, ¿verdad?» después del disparo. Y aquel arete con forma de cruz que se balanceaba y centelleaba ante sus ojos mientras…

– ¿Y Connor?

– Lamentablemente, Connor ha muerto. Han intervenido las autoridades estadounidenses y después de las obligadas formalidades lo llevarán a su país, dentro de pocos días. No sé si lo que voy a decirte podrá servirte de consuelo…

– ¿Qué?

– Connor ya se ha convertido en un mito. Y como todos los mitos vivirá para siempre.

A Maureen le costó no ponerse a gritar.

«No es justo que viva para siempre. Tenía derecho a vivir su tiempo, y yo tenía derecho a pasarlo con él.»

Junto con ese pensamiento llegó la aterradora convicción de ser la causa de todo, porque el día que disparó a Avenir Gallani, mató con el mismo proyectil a Connor. Volvió la cabeza hacia el otro lado para esconder las lágrimas invisibles que lloraba bajo las gasas y que el tejido absorbió como si fuera sangre. Lloró por ella misma y por ese hombre maravilloso que la había rozado apenas el tiempo suficiente para poder decirle adiós. Lloró por el mal que cualquiera es capaz de hacer y cualquiera está obligado a soportar. Lloró en silencio esperando que del cielo o del infierno le llegara el consuelo de la furia.

Luego su cuerpo de mujer se entregó a ese dolor infinito, y también las lágrimas terminaron.

– ¿Cuándo me sacarán las vendas?

Una segunda voz, baja y profunda, sustituyó a la de Carlo Martini.

– Doctora, soy el profesor Covini, el jefe de oftalmología del hospital Gemelli. Usted es una persona fuerte, por lo que le hablaré con franqueza. Temo que debo darle una mala noticia. Quizá ya existía con anterioridad una debilidad congénita de la que no sabía nada, pero la violencia que ha sufrido le ha provocado lo que se denomina, en términos médicos, un leucoma adherente postraumático. En pocas palabras, daños irreversibles en las córneas.

Maureen tardó un instante en comprender lo que acababa de decirle el médico.

Después, la furia llegó de pronto con una violencia como ningún hombre en la tierra habría podido jamás poseer.

«No.»

No lo permitiría.

No permitiría que Arben Gallani la privara no solo de la vista sino también de la venganza. Su voz, una voz que al fin reconocía, salió de su boca a través de las mandíbulas contraídas.

– ¿Estoy ciega?

– Técnicamente sí.

– ¿Qué significa «técnicamente sí»?

Maureen se alegró de no ver la expresión que debió de acompañar al tono de voz del médico.

– Existe la posibilidad de realizar una intervención quirúrgica, un trasplante. Es algo que ya se ha hecho, con un razonable índice de éxitos. En su caso, por desgracia, hay un problema. Trataré de explicarle cómo funciona. La córnea de un donante es un cuerpo extraño que se inserta artificialmente en el ojo del que la recibe. Por este motivo debe utilizarse una córnea totalmente compatible con la tipología genética del receptor. En caso contrario, en el momento en que se injerta o implanta la nueva córnea en el ojo receptor y el organismo no la reconoce o no la acepta, se produce esa reacción comúnmente llamada rechazo. Por los exámenes de sangre e histogenéticos que le hemos realizado, hemos comprobado que usted es una quimera tetragamética.

– ¿Qué significa eso?

– Usted es el producto de dos óvulos y dos espermatozoides. En la práctica, dos óvulos de su madre fueron fecundados por dos espermatozoides de su padre. En una etapa muy precoz de su desarrollo los dos embriones se fundieron en uno, lo que dio origen a un solo embrión en el cual coexisten dos tipos de células genéticamente distintas. En su caso hay un grave problema de compatibilidad. Resumiendo, el número de personas con esta característica es extremadamente reducido.

El profesor Covini hizo una pequeña pausa.

– Como ya le he dicho, esta era la mala noticia.

– Y después de todo esto, ¿puede haber una buena?

– Sí, la hay.

A la voz profesional del médico se superpuso el tono compasivo de su padre.

– He llamado a tu madre, a Nueva York. Cuando le conté lo sucedido y se enteró de tu estado, se puso enseguida en marcha. Entre sus conocidos hay un médico, William Roscoe. Para una patología como la tuya, actualmente no hay nadie mejor en el mundo.

La voz del profesor Covini volvió a competir con la del padre en la tarea de alentarla.

– Esta es la buena noticia de la que le hablaba. La explicación científica es larga y compleja, por lo que no la aburriré con datos que quizá le resultarían incomprensibles. Lo único que cuenta es que existe la posibilidad de un trasplante. He consultado personalmente al profesor Roscoe. Es uno de los mayores expertos en microcirugía ocular y además es un investigador que ha logrado progresos increíbles en el campo de los cultivos y los implantes de células estaminales embrionales. Por desgracia, deberá viajar a Estados Unidos, porque aquí, en Italia, la ley sobre la fecundación asistida prohíbe el cultivo y el uso de ese tipo de células, y es imposible realizar esta intervención. He hablado por teléfono con el profesor y ha surgido algo único y muy raro.

– ¿Qué?

– Tenemos un donante que podría ser compatible. El profesor Roscoe está en condiciones de inducir a células estaminales embrionales a diferenciarse en células linfocitarias capaces de inhibir de manera selectiva la respuesta inmune contra las córneas del donante, a fin de evitar un posible rechazo.

La voz de Carlo Martini concluyó en lugar del médico ese intervalo de esperanza.

– La única condición es que hay que hacerlo pronto. Un cliente importante del despacho de tu madre ha puesto a tu disposición su jet privado. Mañana partiremos hacia Estados Unidos y pasado mañana se hará la intervención. Siempre que tú estés de acuerdo y…

Maureen respondió dócilmente al ruego y a la esperanza que oía en la voz de su padre.

– Por supuesto que sí.

«Por supuesto que sí -pensó-. Lo haría aunque tuviera que padecer todas las penalidades del infierno.»

El profesor Covini puso fin a ese momento de fragilidad y volvió a imponer el implacable trato del médico con el paciente.

– Pues bien, muy bien. Ahora es mejor que la dejemos descansar, señor Martini. Por hoy, creo que ha sido suficiente.

– Como usted diga, doctor.

Sintió sobre la mejilla los labios de su padre y su voz en el oído, como si ese saludo fuera un secreto entre los dos.

– Adiós, tesoro. Nos vemos luego.

Una mano delgada y desconocida se apoyó por un instante sobre la suya.

– Le deseo lo mejor, señorita. Y créame que no es una frase de circunstancias. Nadie debería sufrir lo que ha sufrido usted.

Maureen le oyó hacer algo con el pie de la bolsa de suero y después sus pasos se alejaron de la cama. Tras el ruido de la puerta al abrirse y cerrarse se quedó sola en el silencio de la habitación. Probablemente el médico había puesto un sedante en el suero, porque comenzó a sentir una ligera somnolencia que poco a poco se convirtió en el deseo de dejarse llevar por el sueño.

Mientras esperaba la bendición de no pensar durante unas horas, se dijo que haría cualquier cosa que le pidieran. Haría lo que fuera con tal de poder ver aunque solo fuera un minuto.

No pedía más.

Un minuto solo.

El tiempo suficiente para grabar para siempre en sus ojos y en su memoria cómo el rostro sarcástico de Arben Gallani desaparecía en el abismo de un disparo de pistola.

Después podía volver la oscuridad.

TERCERA PARTE

Nueva York

14

Jordan condujo a velocidad moderada la Ducati por la rampa de acceso que llevaba al puente de Brooklyn. Había poco tráfico a esa hora del día; no obstante, la moto aceptó seguir sin prisa a la fila de coches que recorrían ordenadamente esa tira de metal y asfalto suspendida en el vacío.

Por capricho de Dios, los seres humanos ya no podían abrir las aguas y ahora estaban obligados a construir puentes. Jordan lo cruzó como un símbolo, como un trayecto obligado para llegar a una orilla opuesta, cualquiera que fuera. A sus espaldas se alzaba el One Police Plaza. Poco antes, cuando pasó cerca del edificio, a su izquierda, no se dignó echar siquiera una mirada a la central de policía que durante años había sido su lugar de trabajo.

Del mismo modo dejó atrás el New York City Hall, esa imitación de la Casa Blanca a pequeña escala donde su hermano administraba y sufría el poder que la ciudad le había otorgado.

En aquel momento, justo debajo de él se extendía el pequeño cañón urbano de Water Street. Si hubiera vuelto la cabeza hacia la derecha habría visto el techo de la casa donde un joven llamado Gerald Marsalis había cambiado su vida por la nada, hasta el extremo de morir con un nombre que no era el suyo.

Y el hombre que había matado a Jerry Kho todavía estaba libre.

Jordan mantenía la vista fija delante de sí, imaginando el reflejo de la otra parte del puente sobre la visera de su casco. No lo hacía por indiferencia, sino solo porque no tenía necesidad de mirar aquellos lugares para saber que existían. En su memoria no faltaba nada. Sus recuerdos eran tan nítidos como si acabara de adquirirlos y todavía llevaran la etiqueta con el precio que le habían costado.

Hay personas que prefieren pagar las consecuencias de sus actos a tener que decir un no. Jordan Marsalis era una de ellas. Nunca se había preguntado si era un defecto o una virtud.

Simplemente era así.

Lo descubrió mucho tiempo atrás, cuando Ted Kochinscky, un amigo suyo, le pidió mil dólares prestados. Jordan los necesitaba como el aire que respiraba y también sabía que probablemente nunca se los devolvería. Sin embargo le dio el dinero, porque lo que habría sentido al decir no habría sido peor que la pérdida de los mil dólares.

Por eso, una noche, hacía tres años, ocupó el lugar de su hermano en aquel coche y asumió la culpa de un accidente en el que nada tenía que ver.

Después llegó la decepción y la amargura por el comportamiento de Christopher, pero incluso entonces Jordan confirmó la «regla Kochinscky»: no se trataba de una historia entre él y su hermano, sino de algo a lo que debería enfrentarse cada vez que se mirara en un espejo. Con ello pagó parte de una deuda que creía tener con su hermano, una deuda que contrajo por él Jakob Marsalis, su padre. Christopher creció rodeado de dinero y de desprecio por su padre; Jordan, rodeado de su amor. Por ese motivo sentía, quizá equivocadamente, que le debía algo. Mientras cada uno de ellos llevaba su vida en los distintos lugares que el azar y la vida les habían asignado, sabían la existencia del otro. Cuando se conocieron, sus caminos ya estaban trazados desde hacía tiempo. Lo único que los vinculaba eran los ojos azules y esa figura masculina que planeaba sobre ellos. Y que en el recuerdo cada uno veía con distintos ojos.

Nunca habían hablado a fondo de ello. Ambos sabían que omitirlo no significaba borrar su existencia. Sin embargo, por un acuerdo tácito, siempre lo dejaban pendiente, amenazándolos como una espada de Damocles, aunque sin saber sobre la cabeza de cuál pendía.

El mundo estaba lleno de gente que soñaba con volver al hogar. Jordan acababa de darse cuenta de que su viaje, el que creía haber aplazado, en realidad lo había iniciado hacía mucho tiempo. Su vida en Nueva York era solo una larga parada temporal, necesaria para saldar algunas cuentas antes de partir.

Y el corazón, este extraño corazón que por un arrecife ya sabe navegar…

Jordan volvió a pensar en los evocadores versos de esa canción. Connor Slave lo había comprendido; un hombre que, al contrario que Jerry Kho, se había enfrentado a la montaña por la ladera más difícil de escalar, no porque fuera la única sino porque creía que debía hacerlo por aquella.

Delante de Jordan un Volvo frenó bruscamente y el conductor se asomó por la ventanilla para insultar al del coche que le precedía. Giró hábilmente la moto hacia la izquierda y superó ese momento de estancamiento tanto en el tráfico como en sus pensamientos.

Bajó del puente, cogió Adams Street y siguió hasta pasar el cruce con Fulton, dejando a su izquierda Brooklyn Heights, un barrio nuevo para ricos, lleno de casas viejas perfectamente restauradas y con una increíble vista sobre Manhattan.

Pasó Boerum Place y siguió hacia el sur hasta llegar a la zona donde vivía James Burroni, el detective que colaboraba con él en la investigación del caso Marsalis, como ya lo llamaban los medios.

Le había telefoneado después de la enésima conversación con Christopher, en Gracie Mansion. Jordan siempre había pensado que los políticos vivían en un mundo aparte, privado y blindado y en el cual, pese a todas sus declaraciones, las necesidades de la gente no lograban influir en el principal objetivo de su trabajo: seguir siendo políticos.

Ahora, tras hablar con su hermano, se preguntaba por primera vez si realmente era un buen alcalde o si simplemente había sido el más hábil para lograrlo.

Desde el momento en que vio el cadáver de su hijo sentado grotescamente en el suelo del loft donde vivía, Christopher parecía una fiera enjaulada. Jordan no sabía si ello se debía a la desesperación de un padre o a la sensación de impotencia que estaba dando como primer ciudadano de Nueva York.

En todo caso, al cabo de quince días, las frenéticas investigaciones en torno a la muerte de Gerald llegaron a un punto muerto. Analizaron minuciosamente toda su vida y sacaron a la luz todo tipo de cosas, pero no hallaron ninguna pista útil. Los periódicos y los canales de televisión se lanzaron con avidez sobre cada novedad que aparecía. Incluso desenterraron la vieja historia del accidente automovilístico del pariente de Jerry Kho, el peintre maudit.

Después, cuando ya no hubo más noticias, simplemente las inventaron.

Por suerte lograron taparle la boca a LaFayette Johnson que, gracias a la imprevista popularidad de la que gozaba podía haber hecho mucho daño. Christopher consiguió convencerlo de que no hablara con los medios, con el único incentivo que le interesaba: el dinero. Gracias a esto y a las consecuencias que podía sufrir quien cometiera alguna indiscreción, no hubo ninguna filtración de información y todo quedó en meras conjeturas.

Lamentablemente, también para ellos.

Jordan aparcó la moto frente a la casa de Burroni, la primera de una fila de chalets con jardín que flanqueaban una calle sin salida en una zona popular. Apagó el motor de la Ducati y se quedó un instante mirando la construcción desde el otro lado de la calle. Se quedó sorprendido de lo que veía. Se había hecho otra idea, no de algo mejor, pero sí distinto.

Frente a la casa se veía un Cherokee blanco, de un modelo bastante antiguo. En ese momento se abrió la puerta y salió una mujer que llevaba de la mano a un niño de unos diez años. Era rubia, alta, con un rostro que aunque no era hermoso era expresivo y dulce. El niño era la copia exacta de Burroni, tanto que Jordan pensó que si tuviera que pedir una prueba de ADN el médico pensaría que era una broma.

Sin embargo, al cabo de un instante lamentó la ligereza de su pensamiento. El niño llevaba en la pierna derecha una férula metálica y cojeaba ligeramente mientras hablaba entusiasmado con su madre. Burroni salió detrás de ellos llevando dos maletas.

Alzó la cabeza y vio al hombre con el casco, sentado en la moto, al otro lado de la calle. Se detuvo un instante en medio del jardín. Jordan vio que le había reconocido. Mientras, la mujer y el niño habían llegado al coche y habían abierto la puerta posterior.

Burroni guardó las dos maletas en el maletero. Jordan esperó a que se despidiera de la mujer y se agachara para colocar en la cabeza del niño una gorra de béisbol. Oyó que le decía: «Hasta pronto, campeón»; mientras lo abrazaba vio que miraba hacia él.

Madre e hijo partieron en el coche y el niño se asomó por la ventanilla para saludar una última vez a su padre, que estaba de pie sobre la hierba del jardín. Jordan siguió el coche con la vista hasta el cruce. Cuando vio que se encendían los intermitentes para coger la curva de la derecha, aparcó la moto, se quitó el casco y cruzó la calle.

Mientras se acercaba al detective James Burroni, vio incomodidad en su cara, y Jordan la sintió a su vez. Pensó que le había sorprendido en un momento privado de debilidad y que con su presencia lo obligaba a compartirlo.

– Hola, Jordan. ¿Qué necesitas?

La actitud era circunspecta; el tono de voz no era brusco pero tampoco cordial. Pese a todo, Burroni no solía llamarle Jordan. Su relación no había mejorado ni empeorado en el curso de la investigación; sencillamente no podía definirse como una relación. Para ambos seguía siendo una situación temporal e impuesta.

Jordan decidió que, como había arrojado la primera piedra, podía también dar el primer paso.

– Hola, James. Quería hablarte. A solas y en privado. ¿Tienes un momento?

El detective hizo una seña hacia donde había partido el Cherokee.

– Mi mujer y mi hijo se han ido de vacaciones a casa de mi cuñada, en la costa, hacia Port Chester. Tengo quince días.

Jordan meneó la cabeza.

– Temo que no tenemos tanto… quince días. Ni tú ni yo.

– ¿Tan mal están las cosas?

– Pues sí.

En ese momento, Burroni pareció darse cuenta de que todavía estaban en medio del jardín.

– ¿Te apetece entrar y tomar algo?

Sin esperar respuesta, se volvió y se dirigió hacia la casa. Una vez dentro, echó una mirada a su alrededor. Era la típica casa de un norteamericano de clase media. Debía de saludar a los vecinos al ir y volver del trabajo; probablemente tendría una piscina inflable en el patio de atrás y seguramente los domingos hacían una barbacoa.

La tranquilidad, si no la felicidad.

Sobre un mueble bajo, junto a la puerta, había una foto de Burroni con su hijo. El niño blandía hacia el objetivo un bate de béisbol. Jordan pensó que a veces bastaban los hierros de una férula metálica para aprisionar a alguien.

«Hasta pronto, campeón.»

Burroni vio la dirección de su mirada. Jordan preferiría no haber oído esa sutil grieta en su voz.

– Mi hijo está loco por el béisbol.

– ¿Los Yankees?

– ¿Quiénes, si no?

El dueño de casa señaló un sofá de la sala.

– Siéntate. ¿Qué te apetece beber?

– Una Coca estará bien.

– De acuerdo.

Se marchó y volvió poco después con una bandeja, dos latas de Diet Coke y dos vasos. La dejó sobre la mesita, frente a Jordan, y se sentó en un sillón de piel situado a su izquierda, un poco gastado pero que parecía cómodo.

– Dime.

– ¿Hay novedades? -preguntó Jordan.

El detective meneó la cabeza mientras abría su lata.

– Nada. He intentado incluso con nuestros informadores, esos que frecuentan los ambientes intelectuales por los que se movía tu sobrino. Pero nada. Un montón de…

Hizo una pausa para beber y pensar lo que iba a decir. Jordan lo sacó del apuro.

– Ya. Lo imagino. Un montón de basura bajo la alfombra, pero nada que pueda sernos útil.

– Exacto. Los resultados de la autopsia ya los conoces. Y los de la Científica siguen sin ofrecer nada nuevo. Ya sabes cómo funciona. Muchos rastros pero ninguna pista.

También Jordan se vio obligado a reconocer su fracaso.

– Yo tampoco he logrado mucho. He hecho todo tipo de investigaciones y conjeturas sobre Snoopy, he tratado de descubrir qué relación puede haber entre mi sobrino, Linus y la mujer que el mensaje que encontramos en la pared señala como Lucy. Pero no he averiguado absolutamente nada. Además me estoy preguntando cuándo descubrirán los periodistas lo que milagrosamente hasta ahora hemos logrado mantener en secreto. Incluida mi participación en esta historia.

– ¿Y el alcalde qué dice?

– No puede decir nada, porque ha sido él quien ha querido que me ocupe yo, aunque sea extraoficialmente. Pero creo que está sometido a muchas presiones. Aparte de los sentimientos personales, su posición no es envidiable. La pregunta es evidente: ¿cómo puede defender a nuestros hijos si no ha sido capaz de defender al suyo? La política es una mierda, James.

– Siempre lo he pensado. Por eso todavía estoy en esto, en vez de trabajar detrás de un escritorio en una oficina.

Esta vez fue Jordan quien tomó un sorbo de su bebida mientras buscaba la mejor manera de decir lo que tenía que decir. Aquel no era el motivo principal por el que había ido allí, pero ahora había pasado a serlo.

– Hay algo que quisiera decirte, James. En lo que respecta a esta situación y a tu participación en ella, quiero que sepas que me encargaré de que lo que te han prometido se cumpla, sea cual sea el resultado de la investigación.

Burroni guardó silencio. Miraba su lata como si en ella estuvieran escritas las palabras que iba a decir.

– Lo que te dije la otra noche en el restaurante de debajo de tu casa, yo…

– No te preocupes. Tampoco yo me quedé corto. Ocurre de vez en cuando. Uno dice cosas de las que después se arrepiente.

La mirada de Burroni se detuvo una fracción de segundo en la foto de su hijo, listo para recibir una pelota que jamás le arrojarían. Fue un instante, pero Jordan lo vio.

«Hasta pronto, campeón.»

– ¿Sabes? A veces la vida no es tan fácil como parece -dijo Burroni.

– Te he dicho que no hay problema. No tienes por qué darme explicaciones.

Se miraron. Cuando Burroni habló, lo hizo como un hombre que entendía a otro que a su vez lo había comprendido.

– Debe de haber sido duro para ti, Jordan.

Jordan se encogió de hombros.

– Es duro para todos.

Cogió el casco del sofá y se levantó. Burroni lo imitó. Era más bajo que Jordan, aunque más robusto; sin embargo, en su casa, sin la eterna gorra en la cabeza, parecía extrañamente vulnerable y frágil.

– Ya nos veremos, James.

– Sí, supongo que sí -respondió, lacónico, el detective.

Pese a sus palabras, Jordan notó, por la voz, que no lo decía a la defensiva.

Poco después, mientras ponía la moto en marcha y miraba a través de la visera la figura de James Burroni de pie ante la puerta de su casa, se dijo que tal vez había hecho bien en ir a verlo.

Lo que acababa de decirle era cierto.

Había sido duro. Era duro para todos. Para Burroni, para Christopher, para él.

Pero si no se esforzaban, lo sería aún más para una mujer que tenía una cara y un nombre que ellos desconocían pero que en aquel momento era un blanco en los pensamientos de alguien que la llamaba Lucy.

15

Chandelle Stuart se puso en pie de golpe, con un movimiento de la cabeza que hizo que su pelo negro y lacio escondiera un rostro de pronto alterado por la cólera. Su elegante vestido oscuro de Versace se levantó lo suficiente sobre las piernas largas y delgadas para mostrar a los dos hombres que estaban sentados en el sofá, frente a ella, la franja de piel que dejaban al descubierto las medias.

– Pero ¿qué jodida mierda me están diciendo?

Su tono de voz era altanero, como el de una persona acostumbrada a mandar aunque no se hubiera ganado el derecho a ello. Se encaró por un instante a sus interlocutores; luego se volvió y con un brusco movimiento cogió una cajetilla de cigarrillos de una repisa situada a sus espaldas. Encendió uno como si con ese gesto quisiera incendiar el mundo. Se acercó a la gran cristalera que daba a una terraza suspendida sobre Central Park, y se quedó de espaldas, devorando el cigarrillo y dejándose devorar por la ira.

Del otro lado de los cristales, en el cielo que se extendía sobre la ciudad, nubes de temporal tomaban posiciones para tapar la luz del sol.

El abogado Jason McIvory volvió la mirada hacia Robert Orlik, el otro cincuenta por ciento de la firma McIvory, Orlik & Partners, un bufete de abogados que se ocupaba de gestionar patrimonios, y que tenía su sede en un elegante edificio del downtown, frente a Battery Park. La mirada de complicidad que intercambiaron era la de dos personas expuestas desde hacía mucho tiempo a los caprichos y al lenguaje vulgar de la mujer que tenían delante.

Y que estaban hartos de soportar.

Sin embargo, por el momento se limitaron a acomodarse mejor en el sofá y esperaron tranquilamente a que se calmara aquel enésimo acceso de rabia.

McIvory se cruzó de piernas y Chandelle Stuart, si se hubiera vuelto en ese momento, habría sorprendido una ligera sonrisa de satisfacción en su cara, que tenía cierto parecido con Anthony Hopkins. McIvory llevaba el cabello blanco peinado hacia atrás y un bigote fino y bien cuidado. Cuando consideró que había dado a la mujer un tiempo razonable para recomponerse, el abogado continuó el discurso que había interrumpido el histérico ataque de palabras soeces.

– Le estamos diciendo exactamente lo que ha oído, señorita Stuart. Usted ya no tiene un céntimo. O casi.

De nuevo Chandelle se volvió hecha una furia y de nuevo su pelo negro se movió alrededor de su cabeza con el flamear amenazador de una bandera pirata.

– Pero ¿cómo es posible, condenados inútiles?

McIvory indicó con una mano el maletín de piel que había dejado en el suelo frente a sus pies, apoyado contra una mesa baja de cristal que costaba varios miles de dólares. Chandelle Stuart estaba demasiado acalorada para advertir la indiferencia y la frialdad que había en ese gesto.

– Aquí tengo los resúmenes de cuentas. Los documentos de las operaciones están todos firmados por usted y en algunos casos, por si no lo recuerda, le solicitamos que nos librara de cualquier responsabilidad por ciertas… cómo decir… inversiones suyas no demasiado ortodoxas desde el punto de vista financiero.

Chandelle Stuart apagó el cigarrillo en el cenicero con un encarnizamiento que de buena gana habría aplicado a esos dos hombres. Su voz era sibilante como la de una serpiente que descubre que la han engañado.

– ¿Y quién me asegura que no han sido ustedes quienes me han estafado durante todos estos años?

Robert Orlik, que hasta ese momento había guardado silencio, tomó la palabra. Su voz era extrañamente parecida a la de su socio, como si tantos años de trabajar juntos los hubiera asemejado.

– Señorita, por la amistad que me ligaba a su padre, haré ver que no he oído lo que acaba de decir. Durante años me he mostrado dispuesto a soportar su actitud caprichosa y su pintoresco lenguaje de taberna, pero no estoy, no estamos, dispuestos a tolerar ninguna ultrajante insinuación sobre la corrección y la honestidad de nuestro trabajo. Dicho esto, para aclarar las cosas entre nosotros, quisiera retroceder un poco y atenerme a los hechos. Cuando murió su padre, Avedon Lee Stuart, hace siete años, le dejó un patrimonio que entre inmuebles, paquetes de acciones, obligaciones y líquido sumaba cerca de quinientos millones de dólares…

La mujer le interrumpió con el arrebato de un cura que oye blasfemar en la iglesia, pero también con el rencor del que lo está haciendo.

– Teníamos decenas de millones de dólares, pero ese hijoputa los despilfarró por ahí con sus gilipolleces.

– Lo lamento, pero debo contradecirla. Los cientos de millones eran apenas cinco, y ese dinero no se despilfarró, como dice usted. Su padre destinó la mayor parte del patrimonio familiar a algunas fundaciones de beneficencia que honrarán el apellido Stuart, destinado a perdurar en el tiempo.

– Y a ustedes casualmente se los designó administradores de ese patrimonio.

La mujer bajó la voz y pronunció esas palabras con aparente dulzura, con el fin de resultar más punzante, pero solo logró sonar falsa, y su insinuación no tuvo el efecto pretendido.

La mirada del abogado Orlik era la de un profesional. Chandelle Stuart solo era una persona que llevada por el deseo de jugar se había sentado a la mesa equivocada.

– Nuestro papel de administradores fiduciarios es un aspecto de la cuestión que a usted no le concierne. Al igual que el motivo por el cual su padre solo le dejó una parte de la herencia, debe de estar relacionado con hechos que no son de nuestro conocimiento y que no nos compete juzgar.

– Eso de la beneficencia y buen nombre del apellido Stuart son patrañas. Ese megalómano lo hizo solo porque en realidad me odiaba. Ese capullo de mierda me odió siempre.

«Si eso es cierto, es imposible reprochárselo. ¡Y me asombra que no te estrangulara en la cuna, maldita furcia!»

La cara de Robert Orlik, abogado experto y por ello zorro viejo, no dejó traslucir nada de este pensamiento tan ajustado al lenguaje de su cliente. Sumó ese enésimo comentario a los elementos que componían el cuadro general de su vida y particularmente de su relación con el ámbito jurídico. La gestión del patrimonio del testamento del difunto y de las actividades de Chandelle Stuart representaba un considerable número de horas facturadas que tenían un peso importante en las cifras del balance anual de McIvory, Orlik & Partners. Ahora que la parte correspondiente a la señorita sentada frente a ellos se encontraba de golpe a cero, la disponibilidad de los abogados y su capacidad de aguante habían sufrido una auténtica caída en picado.

– Si dejar a una hija quinientos millones de dólares significa odiarla, me habría gustado que mi padre hubiera albergado por mí esos sentimientos.

Se agachó y cogió del maletín una carpeta bastante voluminosa. La apoyó con delicadeza sobre la superficie de cristal, como si el peso de lo que contenía pudiera romperlo.

– Es todo culpa de ustedes. Deberían haberme aconsejado.

– Lo hicimos, pero debo recordarle que usted nunca ha querido hacernos caso. Su actividad como productora cinematográfica y teatral…

Tras su acceso de cólera, la negra realidad con que se enfrentaba Chandelle Stuart solo quedaba matizada por la habitual palidez de su rostro. Su piel parecía la de una vieja. Aun así mostró un último destello de altanería, un intento casi patético de desdén.

– He estudiado dirección teatral. Entiendo de cine. ¿Qué tiene de malo producir una película?

– No tiene nada de malo invertir dinero en la producción de una película. Solo hay una cosa que hay que tener presente. Si los filmes aportan un margen razonable de beneficios, esa actividad se convierte en un trabajo. Si no ocurre así, solo es un pasatiempo muy caro. En su caso, demasiado, diría yo.

– ¿Cómo se atreve a hablar de arte? ¿Qué entiende usted de eso?

– Muy poco, lo admito. Pero las cifras son mi oficio, y de eso sí que entiendo.

Cogió de la mesa la carpeta, la apoyó sobre las rodillas y comenzó a hojearla. Cuando encontró la página que buscaba sacó del bolsillo de la chaqueta unas gafas con montura de oro y se las colocó sobre la nariz.

Era el resumen de cuentas.

– Aquí está. Por ejemplo, ibis redibis, cojamos la novela de ese tal Levine. Usted pagó cuatro millones de dólares solo para arrebatarle los derechos a la Universal, que por otra parte ni siquiera estaba muy interesada en adquirirlos. Una maniobra del agente del autor, que hizo que pagara una fortuna por algo que habría podido conseguir por doscientos mil dólares. Si recuerda bien, nosotros le aconsejamos sentarse y esperar. En cambio, si me permite, usted se lanzó a por ello sin pensarlo dos veces.

– Era una novela fantástica. No podía dejarla escapar.

– Y no se le escapó. Solo que con esa cifra podría haber comprado la producción entera de Scott Levine. Y después está la película que hizo. ¿Quiere que hablemos de ella?

– Era muy buena. El estreno en Los Ángeles fue glorioso.

– Pero la taquilla fue un desastre. Perdió ciento cincuenta millones de dólares para rodar un filme que dio apenas dieciocho, si no me equivoco. ¿Quiere que también hablemos de Clowns, el musical que iba a ser el nuevo Cats? Una producción de decenas de millones que nunca llegó a representarse. Escrito y dirigido por usted, con música de un pianista de club nocturno al que conoció en un crucero.

– ¡Ese hombre era un genio!

El abogado hizo un gesto que excluía a su cliente del mundo de la realidad.

– Si eso es cierto, solo usted lo ha comprendido. El resto del mundo se obstina en hacerle tocar en un barco.

Orlik cerró la carpeta y volvió a dejarla sobre la mesa.

– Creo que es inútil continuar. Hay más casos como estos. Demasiados, y demasiado determinantes. Está todo aquí, documentado, en negro sobre blanco, a disposición de cualquier otro experto legal que usted desee consultar.

Chandelle tuvo un momento de vacilación, un instante en que casi se asemejó a un ser humano. Dejó caer los hombros y pareció derrotada, humillada, sobre todo consciente de las consecuencias de su elección.

– ¿Cuánto me queda?

McIvory volvió a coger las riendas de la conversación.

– Debemos pagar los impuestos atrasados y saldar las últimas deudas con los bancos. Si se venden todas las obras de arte que hay aquí dentro, creo que quizá pueda quedarle este piso y… digamos… doscientos mil dólares. Sin embargo, creo también poder afirmar que ya no puede usted permitirse vivir en esta casa.

Los nervios de Chandelle Stuart saltaron definitivamente. Su voz salió estrangulada y tenía la cara morada de intentar gritar lo más fuerte posible.

– Esta es mi casa. Este es el Stuart Building, el edificio de mi familia. No puedo irme de aquí. No me iré nunca, ¿entiende? ¡Nunca!

Por un instante, McIvory temió que se le rompieran las cuerdas vocales. Su grito histérico era tan agudo que casi llegaba al ultrasonido. El abogado levantó un brazo y consultó la hora en su elegante Rolex Stelline, para no tener que ver la mirada de esos ojos inyectados en sangre.

– Pero nosotros sí. Debemos marcharnos. Creo que le conviene quedarse un rato a solas para reflexionar sobre lo que le hemos dicho. Buenas noches, señorita Stuart.

Los dos abogados se pusieron de pie. Ahora que por fin se había cumplido el deseo de ambos profesionales, alimentado durante años, de propinar un par de buenos bofetones morales a esa mujer presumida y altanera, tenía un sabor amargo. No se sentían responsables del desastre financiero de su cliente, que a pesar de sus consejos había sido un ejemplo de obstinada autodestrucción. Estaban desconcertados por el absoluto vacío con el que se habían encontrado por enésima vez, incluso ahora que le habían arrojado a la cara que su vida, tal como la había vivido, había terminado para siempre.

Jason McIvory y Robert Orlik dieron media vuelta y se dirigieron hacia el ascensor, que llegaba directamente a la sala. Al ver que se marchaban, Chandelle se sintió perdida. La ira se convirtió en miedo, en una sensación viscosa y helada en el estómago. Por primera vez en su vida sintió que ya no dominaba el mundo, sino que esa sombra oscura que notaba encima y por dentro era la del mundo que se cernía sobre ella.

Dio unos pasos frenéticos y se interpuso entre los dos abogados y el ascensor. Aferró a Orlik por un brazo. Jamás habrían imaginado que oirían una voz implorante salir de la boca de aquella mujer.

– Esperen. Quizá podamos hablar. Mañana iré a su despacho y conseguiremos ponerlo todo en orden. Si vendemos la casa de Aspen y tal vez el rancho y todos los terrenos…

Pese a la habitual indiferencia producto de años de profesión, Robert Orlik tuvo por un segundo la tentación de mostrar algo de compasión por aquella niña rica y mimada, que se había encontrado al nacer en el paraíso terrenal y por estupidez lo había destruido con sus propias manos.

– Señorita, usted ya no tiene una casa en Aspen ni mucho menos un rancho y terrenos. Se vendieron, por orden suya, para financiar alguna película o cualquier otra empresa irrealizable. No sé cómo decírselo, Chandelle, pero usted ya no tiene nada.

Volvió la furia; fue otra tempestad tras un breve instante de calma.

– Es todo culpa de ustedes, malditos ladrones hijoputas. Me las pagarán, mamones de mierda. Ustedes y su bufete de maricones inútiles. ¿Han entendido lo que acabo de decirles? Haré que los expulsen del Colegio de Abogados. Haré que acaben en la cárcel.

La nueva explosión de ira hizo que se derrumbara la frágil pared de compasión de los dos abogados. Cualquier sentimiento que Chandelle Stuart pudiera despertar fue abatido por el feroz soplido del lobo.

La puerta del ascensor se abrió al fin ante ellos. Mientras Orlik entraba, McIvory se detuvo un instante en el umbral y se volvió hacia la mujer que lo miraba con la cara desfigurada por la ira y la impotencia.

– Hay algo que deseo decirle desde hace años. Usted ya no es una jovencita, así que permítame que me exprese por un momento en su lenguaje habitual.

Su sonrisa era cortés y profesional. El tono de voz, casi inaudible, como corresponde a una cautelosa, gratificante y anhelada venganza.

– Váyase a tomar por culo, señorita Stuart. Y para serle sincero, ni siquiera es un buen culo.

Chandelle Stuart se quedó por un instante sin aliento. Su boca dibujó una O perfecta en el estupor de su rostro. Sus ojos parecían salirse de las órbitas mientras buscaba las palabras que no lograba encontrar.

Desde el ascensor, lo último que vieron Jason McIvory y Robert Orlik, antes de que se cerrara la puerta, fue la figura de una mujer parecida a una arpía que se precipitaba hacia el gran piano de cola que había a sus espaldas, buscando desesperadamente algo que arrojarles.

Cuando se puso en marcha, guardaron silencio pero ambos se preguntaban cuánto debía de valer el jarrón chino que Chandelle Stuart sostenía en la mano y que acababan de oír cómo se estrellaba contra las puertas del ascensor.

16

Tras su arrebato de cólera, Chandelle Stuart quedó a solas con la nada.

Sus zapatos de Prada parecían los más indicados para emprenderla a patadas con los pedazos de un jarrón chino cuyo valor ignoraba por completo, como había ignorado el valor de la vida que sistemáticamente había arrojado por la borda. Pero en ese momento, la ironía necesaria para apreciar el sentido de ese gesto estaba muy lejos de su estado de ánimo.

Parecía que la ira hubiera multiplicado sus fuerzas. Cegada por la furia, se arrancó el vestido ligero que llevaba, y arrojó los jirones con violencia contra las paredes.

Se quedó solo con el sostén y unas bragas de encaje negro, además de las medias. Su cuerpo delgado y extremadamente pálido, aunque joven, mostraba la piel envejecida de quien lleva una vida fácil pero disoluta.

Empezó a andar por la casa, retorciéndose las manos.

Todo lo que lograba recordar, la única imagen que tenía ante sí, como proyectada sobre una pantalla, era la odiosa expresión de aquellos dos supuestos abogados.

Jason McIvory y Robert Orlik, dos malditos e inútiles hijoputas nacidos de la grandísima puta de su madre. Siempre los había odiado, desde el momento en que los vio a su lado en la lectura del testamento de su padre. Odió su sonrisa solapada cuando supieron por boca del notario que ella había sido casi desheredada. Negros y funestos como dos buitres, encaramados sobre sus sillas, con el pico curvo, a la espera de abalanzarse sobre la carroña todavía caliente de ese otro hijo de la gran puta que había sido su padre.

Todavía lo veía frente a ella, con su dinero y su patética simulación de la figura paterna, y su voz tranquila que se había visto obligada a soportar durante años, mientras él jodía con todas las furcias que se le cruzaban en el camino.

Maldito también él por toda la eternidad.

Chandelle alzó la cabeza hacia el techo, hacia una figura que flotaba en su recuerdo y que solo su inestable mente podía sentir como una verdadera presencia. Inició un diálogo a gritos con la nada, una función que, de haber sido una ficción, habría resultado la mejor interpretación de su vida.

– ¿Me oyes, Avedon Lee Stuart? ¿Me oyes, puñetero de mierda? Espero que puedas oírme desde el infierno al que te he mandado. Espero que sepas que fui yo quien te mandó a la tumba. Lo deseo con todas mis fuerzas. Lo deseo tanto que me mataría para poder decírtelo en persona. Pero no tendrás esa satisfacción. ¿Me oyes? Quémate tranquilamente en el infierno mientras puedas, porque cuando yo llegue te parecerá que estabas en el paraíso.

Perdida en ese histérico delirio, Chandelle se puso a saltar por el piso, mientras seguía desnudándose con frenesí hasta que se quedó solo con las bragas. Había llegado a su habitación que, como el resto de la casa, hablaba de dinero gastado a espuertas y de una vida disipada. La desnudez no la aplacó, ni la imagen reflejada en el gran espejo que se alzaba ante ella y que le mostraba a una mujer flaca, con unos senos pequeños y un poco marchitos, delgada casi hasta la anorexia y con el pubis completamente afeitado. Había una inocencia falsa y blasfema en su cuerpo desnudo, una fragilidad que desmentía su cara trastornada, con la mirada alterada y un hilo de saliva en las comisuras de la boca.

– Querías que estuviera a la altura de nuestra familia, ¿verdad? Me pedías que viviera… ¿cómo lo decías?

Estiró las piernas, apoyó las manos en los costados y levantó la pelvis. Trató de cambiar su voz estridente por una más profunda, y su cuerpo desnudo hizo un grotesco intento de imitar a una figura masculina.

– Ah, sí… Vivir según los principios en que se basa desde siempre la imagen pública de los Stuart.

Su voz volvió a llenarse de palabras ahogadas en una carcajada histérica.

– ¿Sabes qué he hecho yo, en cambio? Me he dejado follar por todos, todos los que he querido, todos los que se me ha antojado. ¿Me oyes, gran señor Stuart? Espero que esa mirada que me lanzaste antes de morir fuera porque sabías que fui yo quien te arrojó a ese lago de mierda en el que todavía estás nadando. Yo, tu hija, soy una puta. Yo, tu hija, soy quien te ha matado.

Este último grito de Chandelle se apagó como si la energía surgida de su crisis nerviosa se hubiera agotado de golpe. Se dejó caer de espaldas sobre la cama, con los brazos y las piernas abiertos, extenuada, aplacada, crucificada por su desesperación por aquella vida que la fortuna había desplegado delante de ella como un tapete rojo y que había resultado ser una trampa sin salida.

El contacto con la superficie del cubrecama de raso hizo que se estremeciera; sintió que los pezones se contraían con esa sensación de frescor que pronto se transformó en frío. Tendió una mano, cogió un borde de la colcha y se envolvió.

Lo que era un recuerdo de su vida pasada se convirtió en su única revancha contra el presente. Cerró los párpados y, en la oscuridad de sus ojos y su alma, empezaron a sucederse las imágenes de lo que ocho años atrás le había hecho su padre.

Tras morir su madre, Elisabeth, en un accidente de coche en los alrededores de la casa de montaña de la familia, a su padre no se le ocurrió otra cosa que sufrir una apoplejía. No por el dolor de la pérdida, sino porque entre los hierros retorcidos del coche se encontró, además del cadáver de la mujer, el de un joven profesor de esquí de Aspen, sentado en el asiento del conductor y con los pantalones bajados. Hasta un imbécil habría sabido que el coche se salió de la carretera porque en ese momento la pasajera estaba haciéndole una mamada al conductor. Y desde luego, el periodista que acudió al lugar del accidente no era imbécil. Escribió una nota que fue su fortuna y la causa del ataque que casi acabó con el último y desprevenido representante de la dinastía de los Stuart. El mundo de las finanzas, y no solo él, dio la espalda a Avedon Lee Stuart y a sus tan invocados principios que desde siempre habían sido la base de la imagen pública de su familia.

Lo internaron de urgencia y lo salvaron in extremis, aunque quedó casi completamente paralizado del lado derecho. Cuando los médicos creyeron que estaba fuera de peligro, Stuart decidió pasar el período de convalecencia en el piso de la familia, atendido por una multitud de enfermeras demasiado bien pagadas que se afanaban por atenderlo lo mejor posible.

Chandelle vivió la muerte de la madre con absoluta indiferencia, aunque en los funerales consiguió mostrar la expresión de circunstancias que corresponde a tan triste pérdida. La enfermedad del padre, reducido a una figura torcida, casi cubista, la llenó, en cambio, de asco y repulsión. Se encontraba en la casa con esa especie de hombre, tendido en una cama, alimentado con suero porque la boca fruncida de un lado le impedía ingerir cualquier cosa, con un perenne hilo de baba que le caía por un lado.

Nunca había querido a su padre, pero ahora ese ser en el que se había transformado le daba asco. Su repulsión y su mente perversa se aliaron para urdir un plan. Chandelle no tuvo el menor dilema moral. Pensó que era algo totalmente normal, la única solución para resolver sus problemas de una vez por todas. Tras unas pocas pero escogidas investigaciones, empezó a cuidar personalmente a quien en su interior definía con mofa como «el querido convaleciente».

Se transformó de repente en una hija devota y preocupada.

Con la excusa de atender personalmente a su padre, muchas veces reemplazaba a las enfermeras, mucho más interesadas en cobrar que en velar por él. Descubrió que había una vitamina que aumentaba considerablemente la coagulación de la sangre. Cada vez que se quedaba a solas con él, aprovechando los momentos en que se adormecía, inyectaba cantidades masivas de esta vitamina en la cánula del suero que le alimentaba.

Chandelle recordaba perfectamente la noche en que, después de la enésima dosis, su padre abrió los ojos y la vio de pie junto a la cama con la jeringa en la mano. Un instante después su mirada se perdió en el vacío del que ve que llega el final y solo puede aceptarlo para poner fin al miedo a la muerte.

Fascinada, Chandelle siguió las variaciones del diagrama que mostraban los latidos del corazón del enfermo en un monitor situado a un lado de la cama. Vio cómo disminuían progresivamente, hasta que finalmente comprobó con sus propios ojos que el corazón había dejado de latir.

Con la mirada de su padre todavía en los ojos, Chandelle salió de la gran habitación y cerró la puerta con delicadeza.

– Duerme -le susurró a la enfermera que estaba sentada fuera, con una revista en la mano.

La mujer confundió su sonrisa con la de una tierna hija; no sabía que era la de una persona que finalmente se siente libre.

También ahora, tendida sobre la cama, evocando aquella noche, sin darse cuenta apareció la misma sonrisa.

Los reproches y aquel recuerdo la habían tranquilizado. Se sentía agotada, con esa languidez que sabía cultivar y apagar a su antojo, según el capricho de su deseo y su constante busqueda de placer. De McIvory y Orlik, de sus odiosos rostros y de sus discursos llenos de frías cifras, no quedaba rastro ni recuerdo.

Aún envuelta con el cubrecama se volvió sobre un costado, hacia la mesita de noche. Cogió el teléfono y marcó un número.

Cuando oyó la voz que respondía no se preocupó siquiera de aclarar su nombre a la persona a la que había llamado.

– Hola, ¿Randall? Tengo ganas de divertirme un poco. Esta noche me vendría bien una experiencia algo picante. Un coche poco llamativo sería más adecuado. Hacia medianoche, digamos.

No esperó confirmación ni esperaba objeciones, que por otra parte eran impensables en la persona con la que acababa de hablar. Todos los meses le daba una buena suma de dinero y a veces, cuando le apetecía, algo más físico y personal…

Abrió un cajón que había bajo el teléfono. Metió una mano y movió los dedos hasta encontrar una bolsita, sujeta con cinta adhesiva a la parte superior del mueble.

Despegó cuidadosamente la cinta y extrajo un pequeño envoltorio de plástico lleno de polvo blanco. Lo abrió, metió los dedos y cogió una pizca. Lo acercó directamente a las fosas nasales y aspiró con fuerza, primero por una y después por la otra. Dejó la bolsita sobre la mesa, sin molestarse en volver a guardarla en su lugar. Sabía que esa noche la necesitaría, la necesitaría mucho…

Se relajó y sonrió atontada a un techo tan blanco como el polvo que acababa de inhalar.

Se quedó esperando la descarga de lascivia de la cocaína, tan parecida a un perfecto orgasmo. En ella la droga siempre tenía un efecto erótico, y pensando en la noche que le esperaba se sintió languidecer aún más.

Muy despacio metió una mano bajo el cubrecama. Abrió las piernas mientras deslizaba los dedos desde los senos hasta el ombligo y luego aún más abajo, hasta llegar a la hendidura.

Cuando la abrió con los dedos y la encontró húmeda, cerró los ojos, imaginó lo desconocido y se estremeció de placer.

17

Cuando volvió a mirar la hora vio que eran casi las nueve. Esa pequeña anticipación del placer que se había concedido, en lugar de saciarle dio a su cuerpo nuevas energías. Decidió que tenía hambre y que le apetecía comida japonesa. Se levantó de la cama y, apoyando las manos en la cintura, arqueó la espalda al tiempo que, complacida, se observaba en el espejo. Se había recobrado por completo de la crisis que había tenido. De nuevo era ella; fría y firme como siempre.

A pesar suyo, el capullo de su padre lo comprendió.

También lo entendieron esas dos sanguijuelas que se hacían pasar por sus abogados.

Ella les había hecho ver quién era Chandelle Stuart.

Ahora se daría una ducha caliente y después llamaría a Randall Haze y le pediría que viniera antes y reservara en el Nobu. Mientras esperaba que llegara la hora de realizar sus proyectos, podía ir a escuchar un poco de música a algún local del Bowery o hacer cualquier otra cosa que se le ocurriera.

Entró en el cuarto de baño y se sumergió en la bañera con ducha, hidromasaje y shiatsu. Mientras recibía sobre la piel la presión benéfica de los chorros pensó que debía ponerse guapa y perfumarse; sería una visión inalcanzable para los desconocidos con que se encontraría esa noche. Quería leer en sus caras la incredulidad y poco después ver en ellas el deseo y el placer que solo puede proporcionar un sueño que se hace realidad.

Se secó con calma el pelo lacio y brillante, que tenía reflejos azulados. Se puso desodorante bajo las axilas depiladas y se roció el cuerpo, en los puntos estratégicos, con una esencia elaborada expresamente para ella por una perfumería artesanal de Canal Street.

Se maquilló un poco más llamativamente que de costumbre y pasó del cuarto de baño al vestidor. Se puso ropa interior negra y unas medias con ligas, que le gustaban particularmente por el efecto que causaban en la imaginación masculina pero también porque eran muy cómodas y prácticas.

Eran utilísimas en caso de un inesperado ataque de lujuria.

De entre las prendas colgadas eligió un vestido negro de cóctel ligeramente corto que destacaría su figura esbelta y sus piernas largas.

Acababa de ponerse el vestido, y estaba esnifando una segunda raya de cocaína antes de llamar a Randall, cuando oyó que sonaba el portero automático.

Se preguntó quién podría ser a esas horas.

Los guardas de seguridad tenían línea directa con el piso, pero a primeras horas de la tarde dio el resto de la jornada libre al personal de servicio, para no tener a nadie dando vueltas por la casa mientras hablara con sus abogados.

Se acercó a la pequeña pantalla de vídeo que por comodidad había hecho instalar en el dormitorio. Cuando la conectó apareció en la pantalla un rostro encuadrado por la telecámara situada encima de la puerta de su ascensor privado, en el ala izquierda de la enorme entrada de mármol del Stuart Building.

A Chandelle le sorprendió verlo allí, y sobre todo verlo vestido de aquel modo. Llevaba una capucha, que parecía, aunque la imagen era algo borrosa, de un chándal. Hacía mucho que no se veían, y esa noche ella estaba del humor menos indicado para atenderlo, a pesar de lo que había significado para ella hacía tiempo.

Su voz sonó algo rara por el pequeño altavoz.

– Hola. ¿Eres tú, Chandelle?

– Sí, soy yo. ¿Qué quieres?

Al parecer, su tono brusco y poco cordial no desanimó al hombre que esperaba en el recuadro luminoso.

Le sonrió por la pantalla.

– ¿Puedo subir? Debo hablarte un instante.

– ¿Tiene que ser ahora? Estaba a punto de salir.

– Bastarán unos minutos. Tengo novedades que podrían interesarte mucho.

– Está bien. Te mando el ascensor. No hagas nada; lo manejo yo desde aquí.

Mientras atravesaba los mil trescientos metros cuadrados de su piso para llegar al salón al que daba la puerta del ascensor, Chandelle seguía preguntándose qué podía ser tan importante como para llevarle hasta su casa a esas horas.

Sobre todo, después de tanto tiempo.

Teniendo en cuenta cómo iba vestido, quizá había ido a correr al Central Park y al pasar ante el edificio se le había ocurrido ir a verla.

Manipuló los mandos para abrir la cabina en la planta baja. El ascensor únicamente iba a su piso y se manejaba mediante una cerradura con un código alfanumérico que solo conocía ella.

Mientras esperaba, rogó poder sacárselo de encima pronto. De repente se dio cuenta de que había sido víctima de una mentira. Intentó mantener la calma, aunque la persona que estaba subiendo seguía causándole una especie de sádica y perversa emoción. La había sentido en cuanto lo conoció, y desde entonces también cada vez que se encontraba en su presencia, por el placer que siempre le provocaba espiar sin que la vieran, saber sin que los demás supieran, poder imponer su voluntad ante la impotencia general.

Y el riesgo de ofrecerse enteramente al azar.

Si él hubiera sabido…

Por un momento tuvo la tentación de volver al dormitorio y esnifar otra raya de coca.

El sonido de las puertas que se abrían hizo que se detuviera en medio de la habitación. En el centro de la cabina, bajo la luz que venía del techo, había un hombre. Llevaba un chándal con la capucha puesta que proyectaba una sombra sobre su sonrisa, y tenía las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta.

Dio un paso hacia ella. La mujer alta y delgada que estaba de pie en medio de la sala con su vestido negro de cóctel sintió por primera vez qué fría podía ser a veces una sonrisa.

– Hola, Chandelle. Disculpa si te molesto en tu casa. Pero verás, como te he dicho, solo tardaré un instante.

Con un perfecto sentido de la oportunidad, las nubes que habían vigilado Nueva York durante toda la tarde ofrecieron el temporal que habían prometido. Un relámpago, un trueno y luego el estrépito de la lluvia, tan fuerte que corría por las baldosas de la terraza hasta el borde inferior de las puertas correderas.

El hombre siguió avanzando hacia ella. Cuando la alcanzó, sacó de la chaqueta la mano derecha. Chandelle pensó que quería estrecharle la mano, pero vio con un escalofrío que llevaba una pistola.

Estaba tan concentrada mirando el agujero negro del cañón que no se dio cuenta de que la sonrisa había desaparecido del rostro del hombre, ni percibió el tono sarcástico de su comentario.

– Solo un instante, aunque tengo la impresión de que para ti será algo largo.

El hombre hizo una pausa. Su voz se volvió suave como el terciopelo.

– Mi dulce Lucy…

Chandelle Stuart alzó de golpe la cabeza. Jamás sabría que su mirada era como la que le había lanzado su padre en el lecho de muerte.

Se oyó otro trueno y pudo verse otro relámpago, que dibujó en la pared la sombra de una mujer inútil que estaba a punto de morir.

18

Fuera, en la oscuridad, llovía a cántaros.

De pie, junto a la ventana que daba a la calle Dieciséis, Jordan miraba las gotas que caían del cielo sobre aquella ciudad desde la que tan poco cielo se veía. Una lluvia que resbalaba sobre las luces y las maravillas de Nueva York sin lograr formar parte de ellas, y que acababa torpemente aprisionada en las alcantarillas como simple agua.

Una vez, vio una vieja película en la que actuaba Elliot Gould, titulada Camino recto. En los títulos de presentación, gracias a un truco cinematográfico, el protagonista andaba por una calle concurrida avanzando normalmente mientras los coches y la gente iban hacia atrás, como en una película proyectada al revés.

Así era como se sentía él en ese momento.

No sabía si su modo de andar era el adecuado, pero estaba seguro de que él y la gente que lo rodeaba no iban en la misma dirección. No podía evitar pensar en sí mismo como en un cuerpo extraño insertado a la fuerza en un lugar del que había formado parte y al que ya no pertenecía.

Cuál de los dos había rechazado al otro no tenía ninguna importancia en la dirección del viaje.

Se apartó de la ventana y se acercó a la mesita situada frente al sofá. Cogió el mando y encendió el televisor. La imagen llegó por el Eyewitness Channel, la emisora de televisión que transmitía noticias las veinticuatro horas del día. Pasaban una noticia grabada durante la tarde. En primer plano se veía a un reportero cuyo nombre no recordaba, con un micrófono en la mano. A sus espaldas, una enorme cristalera a través de la cual se entreveían aviones y un charco brillante de lluvia sobre la pista de un aeropuerto.

– Un gran número de personas ha venido al aeropuerto a recibir el féretro con el cadáver de Connor Slave, el cantante secuestrado en Roma y cruelmente asesinado hace una semana mientras se encontraba en compañía de su novia, Maureen Martini, comisario de la policía italiana. Se dispondrá una capilla ardiente para que sus admiradores, que ya sumaban centenares de miles en todo el país, puedan despedirse de él. Los funerales están previstos para…

Jordan bajó el volumen; dejó solo las imágenes y el sonido de la lluvia detrás de los cristales. Otro joven que no envejecería. Que sonreiría para siempre con un rostro sin arrugas desde una fotografía de porcelana colocada en una lápida.

y líneas en la luna, que en la palma cada una es un lugar para olvidar…

La poesía de ese desafortunado artista reflejaba la amargura de Jordan. Con ese sexto sentido que da la lluvia cuando se prolonga desde hace horas, no le sorprendió que empezara a sonar el teléfono de su casa. Se quedó mirándolo, sin decidir si responder o no. Sus dudas las resolvió Lysa, que venía en bata por el pasillo y le tendía el inalámbrico.

– Es para ti.

Jordan se acercó y apoyó la oreja en el aparato todavía tibio por el contacto con la piel de Lysa.

– Jordan, habla Burroni. Tengo malas noticias.

– ¿Qué ha ocurrido?

– Temo que ya tenemos a Lucy.

– ¡Santo cielo! ¿Quién es?

– Agárrate fuerte. Chandelle Stuart. La han encontrado en su casa esta mañana.

– ¿Dónde?

– En el Stuart Building, en Central Park West.

Jordan sintió las manos sudadas, como si la humedad de la lluvia que caía sobre los cristales hubiera logrado entrar en la habitación.

– Mierda. Esperaba que ese cabrón nos dejara un poco más de tiempo.

– Yo ya salgo para allá. ¿Quieres que pase a recogerte?

– Será mejor. Con esta lluvia no me parece conveniente usar la moto.

– De acuerdo. Ya salgo. En cinco minutos estaré ahí.

– Me visto y bajo.

De pie en medio de la habitación, Lysa lo miraba mientras se ponía la chaqueta de piel.

– Lamento que te hayan despertado, Lysa. No entiendo por qué no me han llamado al móvil.

– No te preocupes, no estaba durmiendo. ¿Problemas?

– Sí, han matado a otra persona, y todo hace pensar que este crimen tiene relación con el asesinato de mi sobrino.

– Lo lamento.

– También yo. Solo ruego que esta vez podamos encontrar algo que nos ayude a detener a ese loco.

Estaban el uno frente al otro en una casa que no pertenecía a ninguno de los dos, y Lysa tenía los ojos brillantes.

– Jordan, no sé qué se dice en estos casos.

– Me lo has dicho hace un momento. No es necesario decir nada más. Cualquier cosa que se diga ya se ha dicho centenares de veces.

Salió y cerró con delicadeza la puerta, como si el ruido de la hoja pudiera hacer pedazos el sentido de aquellas palabras. El ascensor no estaba en la planta del apartamento, así que decidió bajar por la escalera. Del piso de abajo no salía música. Pasó por delante de la puerta con un pensamiento piadoso hacia Connor Slave, que de ahora en adelante cantaría solo cuando alguien pulsara el botón play en un equipo de música.

Llegó a la salida justo cuando el Ford de la policía, con Burroni al volante, se detenía al otro lado de la calle. Mientras cruzaba la calle corriendo, vio que se inclinaba para abrir la puerta de su lado. Subió al coche, que olía a moqueta húmeda y escay, y cerró la portezuela.

A través del limpiaparabrisas vio el recuadro luminoso al otro lado del cual se alzaba, inmóvil y a contraluz, la figura de Lysa. Una presencia y una ausencia al mismo tiempo. Burroni, que había seguido su mirada, vio la ventana iluminada.

– ¿Esa es tu casa?

– Sí.

Burroni no preguntó, y él no quería hablar. Mientras el coche se separaba de la acera y de la mirada de Lysa, Jordan pensó en el momento en que se despertó a la mañana siguiente de conocerla.

Abrió los ojos y olió algo a lo que no estaba acostumbrado, al menos en su casa: el aroma de un café que no se había hecho solo. Se levantó y se puso los vaqueros y una camiseta. Antes de salir miró su aspecto en el espejo del cuarto de baño y vio todo lo que esperaba encontrar. La cara de un hombre que la noche anterior había recibido un respetable número de puñetazos.

Se lavó la cara, salió de la habitación y se reunió con Lysa Guerrero en la sala de estar. De nuevo experimentó esa sensación extraña al entrar en una habitación donde se hallaba…

«¿Ella o él?»

Recordaba ahora este pensamiento con la misma incomodidad que había sentido en aquel momento. Sin embargo, en la cara de Lysa y en su voz no había rastro de su conversación de la noche anterior.

Solo una sonrisa.

– Buenos días, Jordan. Yo solo puedo ver cómo están su ojo y su nariz. Pero, ¿cómo los siente usted?

– No los siento del todo. O, mejor, los siento pero trato de no notarlos.

– Estupendo. ¿Le apetece un café?

– ¿Merezco el privilegio?

– Es el primer día de mi primera estancia en Nueva York. También yo lo merezco. ¿Cómo le gustan los huevos?

– ¿Tengo derecho también a unos huevos?

– Pues claro. Si no, ¿qué clase de desayuno sería?

Lysa llevó los platos a la mesa y tomaron el desayuno prácticamente en silencio, con el sutil equilibrio de un carámbano que se inclina sin romperse del todo, cada uno con la cabeza ocupada por sus propios pensamientos.

Lysa interrumpió ese pequeño momento de paz abriendo la puerta a lo que sucedía en el exterior.

– Hace un momento han hablado de su sobrino por la televisión.

– Lo imagino. Esta historia será un infierno.

– ¿Y usted qué hará, ahora?

Jordan respondió con un gesto vago.

– Antes de nada buscaré un lugar donde alojarme. No quiero ir a casa de mi hermano, a Gracie Mansion. Demasiado visible. Estaré a la vista de todos y yo quiero estar lo más tranquilo posible. En la Treinta y ocho hay un hotel que…

– Escuche, voy a hacerle una propuesta. Teniendo en cuenta que mi marido ya no es un problema…

Notó un calor en el estómago. Jordan rogó que no fuera seguido de otro igual en la cara. Lysa continuó como si nada.

– Acabo de llegar a la ciudad y quiero hacer un poco el turista antes de buscar empleo. Por tanto, estaré fuera la mayor parte del tiempo. En cuanto a usted, seguramente esta historia terminará tarde o temprano, y entonces podrá marcharse. Mientras tanto, puede quedarse aquí, si quiere.

Hizo una pausa y ladeó un poco la cabeza. Un destello de desafío divertido estuvo a punto de fundir el oro de sus ojos.

– Salvo que para usted sea un problema…

– Por supuesto que no.

Jordan respondió demasiado deprisa y enseguida se sintió un idiota.

– Bien, entonces creo que ya podríamos empezar a tutearnos.

Jordan se dio cuenta de que no era una propuesta sino una decisión. Lysa se puso de pie y comenzó a recoger la mesa.

– ¿Te echo una mano?

– Por el amor de Dios, no. Creo que tienes cosas mucho más importantes que hacer.

Jordan miró el reloj.

– La verdad es que sí. Iré a darme una ducha y luego me pondré en marcha.

Se dirigió hacia la habitación, pero lo detuvo la voz de Lysa.

– También han hablado de ti, en ese noticiario que he visto en la televisión. Han dicho que fuiste uno de los mejores policías que Nueva York ha tenido jamás.

– Se dicen tantas cosas…

– Han dicho también el motivo por el cual ya no lo eres.

Se volvió y Lysa le miró con esos ojos que parecían el lugar en el que se cumplían todos los deseos. La respuesta de Jordan voló por la habitación como una toalla sucia de sangre en medio de un ring.

– Un motivo u otro, ¿qué más da?

– … esta noche el guardaespaldas.

La voz de Burroni le devolvió al coche que, golpeado por la lluvia, circulaba entre las luces de las farolas y sus reflejos en el asfalto.

– Discúlpame, James; estaba distraído. ¿Podrías repetir lo que estabas diciendo?

– He dicho que el crimen lo ha descubierto esta noche el guardaespaldas. Ha llamado a la central y lo he atendido yo. Por lo que me ha contado brevemente, y por el modo como estaba colocado el cadáver, podría ser lo que te he dicho.

– ¿Mi hermano lo sabe?

– Por supuesto. Se le ha avisado de inmediato, tal como había pedido. Ha dicho que le informemos si es lo que parece.

– Lo veremos muy pronto.

No dijeron más durante el resto del viaje, cada uno inmerso en unos pensamientos que habrían preferido dejar en casa.

Jordan conocía el Stuart Building, un edificio algo siniestro, de unas sesenta plantas; la parte superior estaba decorada con gárgolas que recordaban mucho al edificio Chrysler. Ocupaba toda la manzana entre la Noventa y dos y la Noventa y tres, sobre Central Park West, y daba al Central Park a la altura del Jackie Onassis Reservoir. El apellido Stuart significaba dinero, dinero de verdad. El viejo Arnold J. Stuart había acumulado una gran fortuna gracias al acero y a su falta de escrúpulos en los tiempos de los Frick y los Carnegie. A continuación los intereses de la familia se ampliaron y los Stuart invirtieron un poco en todas las ramas hasta convertirlas en auténticos troncos. Tras morir sus padres, primero uno y después el otro, unos años atrás, Chandelle Stuart fue la única heredera de una fortuna que tenía muchos, muchos ceros.

Y ahora, a pesar de todo su dinero, también ella había pasado a formar parte de esos ceros.

Cuando llegaron al lugar, Burroni aparcó el coche detrás del furgón de la brigada científica. Apagó el motor pero no dio señales de querer bajar enseguida. Los limpiaparabrisas dejaron de limpiar el cristal y el agua empezó a deslizarse por él.

– Jordan, hay algo que creo que debes saber. Después de lo que me has dicho hoy, me parece justo.

Jordan aguardó en silencio. No sabía qué estaba a punto de decirle Burroni, pero intuía que no debía de ser fácil.

– Es por ese tema del Departamento de Asuntos Internos. Yo lo acepté, aquel dinero. Me hacía falta. Kenny, mi hijo, tiene…

– Vale, James. Creo que también para ti ha sido duro.

Se miraron un momento y vieron las caras espectrales por la luz anaranjada de los faroles y los reflejos de las gotas del cristal en el interior del coche.

Luego Jordan cogió el tirador de la puerta.

– Anda, vamos a pisotear un poco esta mierda.

Abrieron las puertas casi al mismo tiempo y bajaron a la calle. Fueron corriendo hasta la entrada del rascacielos, dejando en la acera la marca de sus pasos, que la lluvia trataba en vano de limpiar.

19

Lo primero que vieron al entrar en el piso fue la figura inmóvil de una mujer sentada junto al piano. Era un Steinway de cola, negro y brillante, que debía de valer una fortuna. Ella estaba sobre un taburete de bar, lo bastante alto para mantener su espalda apoyada de tal modo que la caja del piano la sostuviera. La cara estaba vuelta hacia el teclado, como si escuchara arrobada una música sin sonido tocada por un músico invisible que únicamente ella podía oír y ver.

Llevaba un vestido negro de cóctel, escotado pero sobrio, y no se distinguían sus rasgos, ocultos por los cabellos largos y lacios que cubrían su rostro. Las piernas estaban cruzadas y el vestido corto dejaba entrever esa zona misteriosa, oculta por la ligera sombra del nailon, donde se superponían los muslos. A la altura de las rodillas, una sustancia brillante se extendía desde la pantorrilla ensuciando el tejido fino de las medias.

Era la imagen despiadada de una mujer en blanco y negro; la toma de un fotógrafo sin pudor, que la había sorprendido e inmortalizado en el momento íntimo de su muerte. Jordan, sin darse cuenta, habló con un tono de voz más bajo que el que habría usado normalmente, como si el macabro encanto de aquel concierto silencioso no pudiera interrumpirse.

– Igual que Lucy con Schroeder.

– ¿Quién es Schroeder?

– Es un personaje menor de Snoopy, un pequeño genio de la música, un fanático de Beethoven. Charles Schulz lo ha dibujado siempre, y solamente, ante su pequeño piano. Lucy está enamorada de él y le escucha tocar sentada exactamente en esta posición.

Se acercaron lentamente al cadáver. Burroni señaló los codos apoyados de modo que sostuvieran el cuerpo; estaban unidos a la laca negra del piano con una mancha de pegamento. La parte inferior de la espalda estaba pegada de la misma forma al respaldo del taburete. Para mantenerla en esa posición, habían unido las piernas cruzadas, a la altura de las rodillas, con una capa excesiva de sustancia adhesiva, que había chorreado hacia abajo.

– Está pegada, igual que tu sobrino. Pero esta vez nuestro dibujante lo ha hecho a lo grande.

– Así es. Y apuesto a que es de la misma marca. Ice Glue.

Jordan se puso los guantes de látex que le tendía Burroni, y luego examinó el cabello de la víctima y destapó la cara.

– Santo cielo…

En el rostro delgado y pálido los ojos muy abiertos de la víctima, fijos en el teclado, estaban vitrificados por la misma cola que su verdugo había usado para inmovilizar el resto del cuerpo. Jordan señaló a Burroni los cardenales que había alrededor del cuello, como pintadas paganas de un sacrificio humano.

– También la han estrangulado.

Jordan soltó los cabellos, que volvieron con la piedad de un telón a esconder aquellos ojos desmesuradamente abiertos en su antinatural estupor químico. Rodeó el piano para observar el cuerpo desde otro ángulo. Lo que vio entonces casi le hizo soltar una maldición pero consiguió reprimirla. La tapa del piano estaba abierta, y sobre la tablilla abatible donde suelen apoyarse las partituras había una hoja blanca con unas palabras en letra cursiva.

Era una noche oscura y tormentosa…

Sintió que le invadía el desaliento. Conocía demasiado bien el sentido pasado y futuro de esas palabras. Era una famosa frase de Snoopy, pero, al mismo tiempo, para alguien suponía una sentencia de muerte. Cuando Burroni llegó detrás de él, Jordan tuvo la sensación de que su mirada pasaba sobre sus hombros con el ruido de una flecha que se clavaba en la hoja y en su significado.

– ¡Hostia, no!

– Sí, por desgracia. Es otra advertencia. Si no encontramos a este hijoputa, pronto tendremos que ocuparnos de algún pobre tío al que él llamará Snoopy.

Jordan se apartó del piano y echó al fin una ojeada a su alrededor. Cuando se abrieron las puertas del ascensor que llegaba directamente al piso de Chandelle Stuart, lo primero que vieron fue el espectáculo espeluznante de su cadáver, dispuesto en esa especie de ikebana humano por la cruel fantasía de un loco. Ahora lograba por fin darse cuenta realmente del lugar donde se encontraban. El piso ocupaba toda la última planta del Stuart Building y, al menos por la parte que se podía ver, estaba decorado al más puro estilo minimalista, con muebles de aluminio y sillones y cortinajes hechos con telas de tenues tonalidades crema. Todo lo que los rodeaba reflejaba riqueza, heredada, indiferente, que lleva a considerar calderilla sumas que podrían cambiar la vida mísera del noventa por ciento de la población. Había cuadros y objetos de arte auténticos que reflejaban el poder de la familia Stuart. La gran pared de la derecha, que se alzaba frente a las cristaleras que daban a una enorme terraza con vistas al Central Park, estaba ocupaba únicamente por un solo cuadro, y nada hacía sospechar que no se tratara de un original. Era un estudio preliminar de La balsa de la Medusa, de Géricault, en tamaño natural, siete metros por cuatro, el mismo que el de la pintura definitiva expuesta en el Louvre.

La presencia, justamente en ese lugar, de aquel cuadro llevó a Jordan a confirmar, por enésima vez, la ironía que hay en el destino de los seres humanos.

Géricault. Jerry Kho.

Dos pintores, dos nombres con un sonido similar y unidos por la misma violenta desesperación, cada uno con su balsa personal para pintar y para navegar. Y ahora, sobre esa frágil cáscara sin esperanza también iba a la deriva el alma de Chandelle Stuart.

Se acercó al cuadro y observó un par de cosas que antes no había visto. Desparramados por el suelo, junto al ascensor, había fragmentos de un jarrón que al parecer había sido arrojado contra la puerta. El panel que cubría las puertas correderas lo mostraba con absoluta claridad. Por toda la sala, aquí y allá, había jirones de algo que parecía haber sido un vestido.

El médico forense se asomó por detrás de la pared que ocupaba el cuadro. Jordan y Burroni lo esperaron y cuando se reunió con ellos el patólogo respondió sin preámbulos a la pregunta que leía en sus miradas.

– Por ahora no puedo decir casi nada, salvo que la víctima fue estrangulada y que la muerte se puede situar aproximadamente entre las veintiuna y las veintitrés horas.

Jordan señaló al forense los fragmentos que había cerca del ascensor y los jirones de tela esparcidos por el suelo.

– Por lo visto, parece que hubo una lucha, aunque me parece que en la víctima no hay señales de ello.

El médico indicó sin mirarlo el cadáver apoyado contra el Steinway, a su derecha.

– En estas condiciones es imposible examinar mejor el cuerpo. Me pregunto cómo lo haremos para despegarlo del piano y llevárnoslo. Que Dios me perdone, pero si no fuera porque hay un cadáver diría que estamos en un gag de Mister Bean.

Aunque en el transcurso de su carrera había visto casi todas las variaciones que la muerte podía ofrecer, también él parecía bastante conmocionado por el espectáculo con que se había encontrado.

– Háganos saber los resultados de la autopsia lo antes posible.

– Desde luego. Tengo el presentimiento de que dentro de poco llegará una llamada y algún pez gordo me dirá que este caso tiene prioridad absoluta.

Los dejó y se reunió con los dos encargados de llevarse el cuerpo, que miraban el piano con una expresión de perplejidad.

– ¿Qué piensas, Jordan?

– La verdad, todavía no sé qué pensar. Y eso me preocupa.

– ¿Crees que es un asesino en serie?

– Es lo que parece; sin embargo en este asunto hay algo que no me convence. Sin duda se trata de una persona desequilibrada, y hay una simbología que nos convendría someter a un experto, pero me parece todo demasiado elaborado, demasiado rebuscado…

Burroni sabía que Jordan, como ya había hecho en casa de Gerald Marsalis, hablaba para sí mismo, como si necesitara oír el sonido de su voz para concentrarse mejor.

– En general, los asesinos en serie, en el momento que entran en contacto con la víctima, son más nerviosos, caóticos, menos fríos. No sé. Quizá sea mejor que mientras tanto vayamos a hablar con el guardaespaldas.

Burroni hizo una seña al agente que lo había recibido en el vestíbulo y acompañado hasta el piso, que permanecía de pie junto a la puerta del ascensor. El policía, un negro con un gran bigote y un físico robusto apenas suavizado por el uniforme azul oscuro, dejó su puesto para ir hacia él.

– ¿Dónde está la persona que encontró el cadáver?

– Por aquí.

Abriéndose paso entre los expertos de la Científica que estaban terminando su tarea, lo siguieron durante un rato, lo que no hacía más que confirmar el gran tamaño y la riqueza de aquella casa, hasta un amplio espacio que podía considerarse una especie de estudio. En las paredes de la derecha y la izquierda había estanterías altas, llenas de libros a los que se llegaba por medio de dos escaleras metálicas que se deslizaban sobre rieles. Una gran cristalera que había frente a la entrada daba a una terraza que con toda probabilidad continuaba la de la sala.

Detrás de un escritorio de estilo high-tech, ocupado en parte por una pantalla y el teclado de un ordenador, estaba sentado un hombre que se puso de pie cuando los vio entrar. Era un individuo alto, con el pelo entrecano peinado hacia atrás, un físico atlético y facciones angulosas. Una pequeña cicatriz junto al ojo derecho se lo estiraba ligeramente hacia arriba, lo que daba a su rostro una asimetría inquietante.

– Soy el detective Burroni, y este es un asesor de la policía, Jordan Marsalis.

En otro tiempo Jordan habría sonreído por esa definición, que podía significar cualquier cosa. Ahora hacía que se sintiera un intruso y estuvo tentado de mirar hacia otro lado. Su posición actual lo obligaba, en situaciones como aquella, a permanecer un paso por detrás y dejar a Burroni la parte oficial de la investigación.

– Supongo que he hablado con usted por teléfono, ¿señor…?

– Me llamo Haze. Randall Haze. Sí, soy yo quien los llamó cuando descubrí el cuerpo.

El hombre salió de detrás del escritorio, y Burroni y Jordan le estrecharon la mano que les tendía. Era un hombre fuerte, y se notaba. Resultaba evidente en la elasticidad de sus movimientos y en todo su cuerpo; esa dureza provenía de una larga experiencia en las calles y no de frecuentar falsos dojos donde se enseñan artes marciales o gimnasios donde se inflan los músculos con esteroides.

– Ante todo hay algo que quiero decirles. Creo que han estado tomando huellas por toda la casa…

– Evidentemente.

– También están las mías. Se lo digo antes de que lo descubran ustedes mismos. Estuve en la cárcel, hace un tiempo. Me cayeron cinco años, por agresión e intento de homicidio. No es una justificación, sino una simple explicación. Era un chaval un poco conflictivo, me equivoqué y lo pagué. Desde entonces he ido derecho.

– Muy bien, he tomado nota. Siéntese, señor Haze.

El hombre se dirigió hacia uno de los dos sillones de atrevido diseño situados frente al escritorio. Antes de sentarse estiró los pliegues de los pantalones del elegante traje gris oscuro que llevaba. Burroni fue hasta la puerta corredera y se quedó un instante de espaldas, mirando la oscuridad del otro lado de los cristales.

– ¿Desde cuándo trabajaba para la señorita Stuart?

– Alrededor de cinco años, meses más o menos.

– ¿Y sus tareas…?

– Guardaespaldas y secretario particular.

– ¿En qué consistía ese trabajo?

– Acompañaba a la señorita Stuart en situaciones personales, que no deseaba hacer… digamos… públicas.

Por el momento Burroni no consideró oportuno profundizar en esa cuestión.

– Anoche me llamó Chand… la señorita Stuart.

– ¿A qué hora?

– A eso de las ocho y media, me parece. De todos modos, me llamó por el móvil; los registros de la compañía telefónica lo confirmarán.

Burroni se volvió y en su cara se leía la impaciencia del que tiene que soportar que pretendan enseñarle su oficio.

– Bien. Si es necesario lo haremos. ¿Y qué quería?

– Me citó hacia la medianoche porque se proponía salir. Llegué aquí a las doce menos cuarto; subí al piso y encontré el cuerpo. Entonces cogí el teléfono y llamé a la policía.

– ¿Era normal que lo llamara a usted para salir a esa hora?

– En algunos casos sí. La señorita era una persona…

Randall Haze se interrumpió, inclinó la cabeza y se quedó mirando el suelo como si entre sus lustrosos zapatos de pronto se hubiera abierto un agujero. En ese momento Jordan decidió intervenir; fue a sentarse en el otro sillón.

– Señor Haze, escúcheme. Aquí hay algo que no entiendo, y cuando pasa eso me siento estúpido. A menos que sea la persona que tengo delante la que es estúpida, y no me parece que sea el caso. O sea, ¿hay algo que debamos saber?

Haze dejó escapar un suspiro. A Jordan le pasó por la cabeza la curiosa imagen de una válvula de seguridad que libera un exceso de presión.

– Verán, la señorita Stuart estaba enferma.

– ¿Qué entiende usted por «enferma»?

– No consigo encontrar otra palabra. Estaba enferma de la cabeza. Tenía gustos muy peligrosos, y la parte principal de mi trabajo era protegerla mientras los satisfacía.

– ¿Es decir…?

– Chandelle Stuart era una ninfómana, y le gustaba que la violaran.

Jordan y Burroni se miraron. Lo que Randall Haze acababa de decir significaba grandes complicaciones, y esa mirada entre ellos significaba que ambos lo sabían.

El guardaespaldas continuó su relato sin necesidad de más preguntas. Podía leerse en su cara el alivio de quien ha mantenido abierto durante demasiado tiempo un cubo de basura y ahora por fin puede taparlo.

– La he acompañado y protegido en situaciones que para la mayoría de las mujeres serían la más atroz de las pesadillas. En ciertos barrios, en ciertas noches, Chandelle quería que se la follaran diez, hasta doce hombres. Indigentes, vagabundos, gente de todas las razas…, daba asco solo mirarlos. Y eran relaciones muy peligrosas, con cualquiera, sin ninguna precaución contra toda esta mierda del sida que anda por ahí. Otras veces, yo debía permanecer oculto durante sus encuentros para evitar que a los sádicos con los que se entretenía se les fuera un poco la mano y le hicieran daño de verdad. Y además estaban las filmaciones.

– ¿Qué filmaciones?

– Las que hacía yo. Todo lo que sucedía aquí o donde fuera debía grabarlo con una cámara digital. Ella lo pasaba a DVD y después lo miraba. Se excitaba volviendo a verse en esas situaciones degradantes. Los discos deben de estar aquí, en algún lugar.

Hizo un gesto que indicaba la habitación o la casa o algún otro horrible lugar del mundo. Burroni y Jordan se miraron de nuevo.

– Supongo que la señorita Stuart le pagaba muy bien por estos servicios.

– Pues sí, claro. En lo que respecta al dinero, Chandelle Stuart era muy generosa. Cuando quería, sabía ser generosa en todo…

Esos puntos suspensivos significaban muchas cosas, y no todas podían contarse mirando a los ojos al interlocutor. Randall Haze inclinó otra vez la cabeza hacia abajo. El agujero entre sus zapatos quizá se había convertido en un abismo y ahora veía un cielo limpio al otro lado.

– Unas preguntas más y le dejamos libre. ¿Le parece que en la casa falta algo?

Burroni lo preguntó solo por costumbre. Tanto él como Jordan sabían muy bien que las probabilidades de que el móvil del homicidio fuera el robo eran casi nulas. Era más que nada una forma de salir de ese momento difícil.

– A primera vista, diría que no. Me parece que está todo en su lugar.

– ¿Y en los últimos tiempos ha notado algo, o a alguien, en particular que le haya hecho sospechar? ¿Algo extraño?

– No, salvo que consideremos extrañas las situaciones para las cuales se me llamaba.

Jordan introdujo una pregunta que le preocupaba particularmente.

– ¿Sabe usted si la señorita Stuart frecuentaba o trataba a un tal Gerald Marsalis? También se le conocía con el nombre de Jerry Kho.

– ¿Quién, el hijo del alcalde, el que mataron hace poco? He visto su foto en los periódicos. Por lo que sé, me parece que no. O mejor dicho, una vez que la acompañé al Pangya, una discoteca de la Lafayette, él estaba ahí. Se cruzaron e intercambiaron un saludo con la mano. Eso significaba que se conocían, pero durante todo el tiempo que yo trabajé para ella nunca la oí pronunciar su nombre ni puedo decir que se hayan tratado de ningún modo.

Jordan hizo una imperceptible seña de asentimiento a Burroni. El detective metió una mano en el bolsillo, extrajo una tarjeta y la tendió al hombre sentado en el sillón.

– Muy bien, señor Haze, creo que por ahora hemos terminado. Me gustaría continuar esta charla por la tarde, en el One Police Plaza. Cuando llegue, pregunte por mí.

Randall Haze cogió la tarjeta y se la guardó en un bolsillo de la chaqueta. Se levantó con un movimiento ágil y se despidió deseándoles una buena noche que Jordan y Burroni sabían que no tendrían.

El detective esperó el tiempo necesario para que se marchara el ahora desocupado guardaespaldas de Chandelle Stuart, y luego cogió el walkie-talkie que llevaba sujeto a la cintura.

– Habla Burroni. Está bajando un hombre. Pelo canoso y traje oscuro. Se llama Randall Haze. Mantenedlo vigilado, las veinticuatro horas. Pero os recomiendo la máxima discreción; el tío en cuestión sabe lo que hace.

Se quedaron a solas y volvieron a recorrer en silencio el camino que los había llevado hasta el estudio. Caminaron y pensaron hasta que llegaron a la sala, de donde ya habían retirado el cuerpo. En la laca brillante del piano habían quedado rastros de la cola y las líneas trazadas por la Científica para indicar los puntos donde habían estado apoyados los codos de la víctima.

– ¿Qué me dices, Jordan?

– Digo que estamos en un buen lío. Tenemos dos víctimas. Dos personajes muy discutibles desde ciertos puntos de vista pero pertenecientes a familias muy conocidas. También tenemos la misma forma de ejecución que las relaciona. Por ahora hemos logrado, por milagro, que no se filtre nada. Pero ¿cuánto tiempo crees que pasará hasta que toda esta historia salga a la luz, incluida mi participación en las investigaciones?

– Creo que eso significa que debemos actuar condenadamente deprisa.

– Así es. Y por muchos motivos. El más importante es que, si no nos apresuramos, dentro de poco tendremos tres víctimas.

– Y a propósito de ese Randall Haze, ¿qué te ha parecido?

– Has hecho bien en ponerlo bajo vigilancia, pero no sacaremos nada. También para él son válidas las conclusiones que sacamos de LaFayette Johnson.

– ¡Joder! Qué asunto… Lo que se llega a hacer por dinero.

Jordan meneó la cabeza. Miró un instante el piano, que no conservaba ningún recuerdo del concierto mortal del que acababa de ser testigo y protagonista.

– No es solo un asunto de dinero. Es más: diría que en este caso no tiene importancia. La vida es extraña, James. De veras, muy extraña…

Burroni tuvo otra vez la impresión de que Jordan Marsalis hablaba para sí mismo.

– Podrá parecerte increíble después de lo que nos ha contado, pero estoy convencido de que Randall Haze amaba a Chandelle Stuart.

El detective se volvió y miró a Jordan.

Se hallaba en medio de la estancia, frente al enorme cuadro colgado en la pared y miraba La balsa de la Medusa como si en ese preciso momento se hubiera dado cuenta de la presencia a bordo de un nuevo pasajero.

20

Subieron unos agentes al ascensor, cargados con cajas de cartón llenas de material. La policía había registrado todo el apartamento y requisado todo lo que creían que podía ser útil para la investigación. Eran objetos cotidianos, fragmentos de vida, aunque fueran caros como los de Chandelle Stuart. Agendas, documentos, disquetes, DVD, elementos que podían revelar el misterio de una existencia absurda y que ahora debían explicar el misterio de una muerte absurda.

El receptor que estaba en la cintura de Burroni emitió el doble bip de una llamada. El detective lo cogió y se lo acercó a la oreja.

– Detective Burroni.

Jordan, que estaba a pocos pasos de distancia, solo oyó un zumbido y unas palabras graznadas por el micrófono del aparato.

– Muy bien, enseguida bajamos.

Burroni devolvió el walkie-talkie a su lugar y se volvió hacia Jordan.

– Ha llegado el responsable de seguridad del Stuart Building. ¿Quieres que hablemos con él?

– No, ve tú, por ahora. Si no te molesta, quisiera quedarme a solas unos minutos.

Burroni asintió. Todavía no comprendía totalmente los métodos de investigación de Jordan Marsalis, pero los aceptaba. Por instinto sabía que no se trataba de simple experiencia ni de buena disposición, sino de auténtico talento. Ahora sabía que su fama no era gratuita. Haciendo balance, debía preguntarse quién había salido más perjudicado: si él al dejar de ser policía, o la policía al perderlo a él. El detective subió al ascensor y las puertas se cerraron sin ruido sobre la imagen de Jordan, de pie en medio de la sala, con expresión absorta.

Jordan permaneció en el piso a solas, a la espera de que la casa le hablara. En la escena de un crimen reciente, siempre había algo que quedaba aleteando en el aire, una señal invisible que no era posible descubrir con los polvos para tomar huellas dactilares ni con el Luminol ni con ningún otro medio de que dispusieran los investigadores y los expertos de la Científica. Jordan lo había notado a menudo, y cada vez había sentido que se le erizaba el vello. Era como si el narcisismo de la muerte no se apagara totalmente y dejara tras de sí una estela para arrancar un último e implacable aplauso. Habría deseado hacer lo mismo en el loft de Gerald, pero no había sido posible. Demasiada gente y demasiados recuerdos personales.

En aquella situación, la casa de Jerry Kho no habría dicho más que mentiras.

Con calma, tratando de abrirse a esa lógica que iba contra toda lógica, volvió a hacer el recorrido hacia el estudio en el que habían interrogado a Randall Haze. Entró en todas las habitaciones que antes apenas habían visto y escuchó, a través de las sensaciones que le transmitía la casa, una historia de pobreza en medio de todo ese dinero, de aburrimiento, de malestar y de una batalla perdida tras la tentativa de derrotarlos. Después de dar unas vueltas al azar por aquel espacio desolado, alcanzó al fin el estudio donde Haze les había revelado la parte oculta de la señorita Stuart.

Mientras hablaban con el guardaespaldas, algo le había llamado la atención, pero no lograba recordar qué. Por ese motivo estaba allí solo, a la espera de una respuesta que nadie más podía oír. Se sentó en el sillón que había ocupado durante el interrogatorio y dejó vagar los ojos por la estancia.

A sus espaldas había una estantería cargada de libros. A la izquierda, la puerta corredera que daba a una terraza que miraba hacia las luces de la ciudad. Frente a él, colgado en la pared que había detrás del escritorio, un Mondrian con sus líneas y sus cuadrados y sus colores en perfecto equilibro. A los lados del mueble, otras dos librerías iguales a la de la pared opuesta.

En el estante del lado izquierdo había…

Allí estaba. Jordan se puso de pie y se acercó a los cuatro volúmenes encuadernados en rojo oscuro que estaban alineados sobre el anaquel, a la altura de sus ojos. En la tapa había un logo, y debajo, unas palabras impresas en oro: «Vassar College – Poughkeepsie».

Conocía esa institución. Hasta finales de la década de los sesenta estaba reservado al sexo femenino y junto con otras seis instituciones formaba parte de una especie de lobby llamado «Las siete hermanas». Era muy exclusivo y costaba alrededor de cien mil dólares al año. Con el tiempo, el estado de las cuentas aconsejó a la presidencia abrir la escuela también a los varones. La orientación de las carreras privilegiaba los sectores creativos, como las artes plásticas, la escritura y diversos campos de la comunicación.

Jordan cogió uno de los volúmenes y lo abrió. Era un anuario que contenía las fotos de todos los alumnos de una carrera de dirección teatral y sistema audiovisual. Hojeó las páginas de papel satinado, hasta que encontró la foto que buscaba.

Desde una instantánea hasta la mitad del cuerpo, una Chandelle Stuart mucho más joven y menos cuidada lo miraba sin sonreír. Los ojos oscuros y algo fruncidos revelaban su carácter difícil; estaban parcialmente escondidos tras un par de gafas con las que quizá pretendía conseguir un aspecto intelectual. Jordan no pudo dejar de comparar esa mirada con la imagen que aún guardaba en la mente: los mismos ojos fijos y muy abiertos por el pegamento, como si el flash inesperado de la muerte los hubiera deslumbrado.

Después un detalle llamó su atención.

Se quedó de piedra.

Sujeto al pecho de Chandelle había un broche. Uno de esos pins que habían hecho furor a mediados de los años sesenta. Era blanco y el dibujo en negro era inconfundiblemente obra de la mano de Charles Schulz.

Y mostraba la cara de Lucy.

Jordan se encontró de repente con una sensación que no experimentaba desde hacía tiempo. La emoción ante la aparición de un rastro, ese entusiasmo que en su mente veía como una barrena que perfora la pared de una habitación oscura para dejar entrar un rayo de luz.

Nunca se lo había confesado a nadie, pero estaba firmemente convencido de que todo investigador que se lanzaba tras los pasos de un criminal en realidad lo hacía solo por sí mismo, que la búsqueda de la justicia era un pretexto y que el fin último era satisfacer esa exaltación que rayaba en la adicción.

A menudo se preguntaba si alguno de los asesinos a los que había dado caza se habría sentido del mismo modo en el momento del crimen. Y si él mismo quizá era un criminal en potencia a quien el azar había vestido de uniforme.

Cogió el móvil y marcó el número particular de su hermano en Gracie Mansion. Lo atendió de inmediato, lo que significaba que ya estaba despierto. O quizá todavía lo estaba.

– Diga.

– Chris, soy Jordan.

– Por fin. ¿Cómo estás?

– Mal. Estoy en la casa de Chandelle Stuart.

– Lo sé. ¿Qué tienes que decirme?

– De nuevo lo mismo. Creo que es el asesino de Gerald. Pegó a la víctima a un piano en una postura que recuerda a Lucy, el personaje de Snoopy.

– ¡Hostia!

– Ajá. Y por el momento, ni un rastro digno de llamarse así. Ahora estamos esperando los resultados de la autopsia y de los análisis de la Científica.

– Ya he llamado para ordenar que todo se haga a la mayor velocidad posible. Están todos trabajando. Dentro de poco tendrás los primeros resultados.

Jordan felicitó mentalmente al médico forense por el acierto de su vaticinio.

– Tengo que preguntarte algo. Más que nada, es una confirmación.

– Dime.

– Creo recordar que Gerald asistió a la universidad durante un par de años. ¿No sería, por casualidad, el Vassar de Poughkeepsie?

– Sí, ¿por qué?

– Creo que deberías llamar al rector y avisarle de que pronto iré a hacerle unas preguntas. Y quisiera ir solo.

– No hay problema. Lo haré enseguida. ¿Tienes algo?

– Tal vez sí, tal vez no. Tengo una intuición, pero antes de hablar quiero estar seguro.

– Bien. Mantenme informado, y cualquier cosa que necesites la tendrás. Lo único que nos faltaba era otro condenado maniático dando vueltas por esta ciudad.

– Hasta luego. Después hablamos.

Jordan cortó la comunicación y guardó el teléfono en el bolsillo.

En ese momento, precedido por un ligero crujido de zapatos sobre el suelo de madera, apareció en la puerta un agente.

Jordan lo miró sin hablar. Su silencio autorizó al policía a hacerlo.

– El detective Burroni me ha dicho que le pregunte si puede usted bajar. Hay algo que quiere que vea.

Jordan siguió al agente y el ruido de gorrión de sus zapatos. En silencio subieron al ascensor y también en silencio esperaron a que la cabina llegara, sin sacudidas, a la planta baja. Las puertas se abrieron con un rumor, como corresponde al ascensor de un edificio de lujo. La entrada principal del Stuart Building tenía forma de T; la parte más larga, la que daba a la calle, estaba flanqueada por una gran cristalera. El techo, altísimo, daba una sensación de espacio que aligeraba un poco el estilo retro de la construcción. Atravesaron el ala izquierda y avanzaron por un suelo de mármol que el arquitecto había utilizado sin ningún tipo de limitación. En el centro, frente a las dos puertas giratorias de la entrada, bajo la inevitable bandera estadounidense, se encontraba el puesto de seguridad y el mostrador de información. En ese momento estaba sentado allí un hombre con un uniforme negro; los miró pasar con curiosidad, quizá molesto con toda aquella agitación.

Pasaron por una puerta situada detrás del puesto de seguridad y subieron dos escalones, a una zona desde la cual se dominaba toda la entrada. Delante de una hilera de pantallas de televisión empotradas de forma que ofrecieran una visión panorámica, había otro hombre con un uniforme negro sentado de espaldas. A su lado, Burroni y un sujeto de mediana edad, alto, con entradas en el pelo, al que Jordan conocía bien. Se llamaba Harmon Fowley y era un ex policía. Tras jubilarse entró de asesor en la Codex Security, una empresa para la que, de vez en cuando, también había trabajado Jordan, después de dejar la policía.

Si a Fowley le sorprendió verlo allí, no lo dio a entender. La mano que le tendió no mostraba embarazo alguno.

– Hola, Jordan. Qué alegría verte.

– Lo mismo digo, Harmon. ¿Cómo andas?

– Vivo. En estos tiempos, eso ya es un lujo.

Jordan leyó por un instante en el rostro de Fowley su misma insatisfacción. Como muchas flaquezas humanas, ese momento pasó rápidamente, sin hacer víctimas.

– Lamento mucho lo de tu sobrino. Un asunto muy feo. Y si no he entendido mal, lo que ha ocurrido esta noche tiene algo que ver con ese crimen.

Jordan miró a Burroni y este asintió. Fowley sabía qué significaba la reserva en un caso así, y podía resultar una valiosa ayuda si no le trataban como a un intruso. Sin entrar en detalles, le puso al corriente de la gravedad de la situación.

– Sí. Pensamos que los dos casos están relacionados. De qué modo, todavía no lo sabemos, pero debemos trabajar deprisa, de lo contrario habrá otra víctima.

Burroni intervino para ratificar lo que acababa de decir Jordan.

– Condenadamente deprisa, diría yo. ¿Te molesta si miramos lo que hemos visto hace un momento?

Se pusieron detrás del hombre sentado frente a las pantallas, mientras Fowley explicaba un mecanismo operativo que Jordan conocía bien.

– Como podéis ver, la entrada está vigilada noche y día por cámaras de circuito cerrado. El registro se realiza en un DVD regrabable. Los conservamos durante un mes, y después el soporte se vuelve a utilizar. En el edificio hay tiendas, oficinas, restaurantes, y en las plantas superiores hay residencias particulares, a las que se accede por unos ascensores situados a los dos lados del vestíbulo. La única excepción era la señorita Stuart, que disponía de un ascensor privado, que controlaba ella desde su apartamento y estaba provisto de una cerradura con un código alfanumérico y un portero automático con vídeo.

– ¿La cámara del portero automático no conservaba un registro?

– No. No se consideró necesario, ya que la zona está vigilada por las otras cámaras.

Burroni señaló con la mano la serie de pantallas.

– Y mira lo que han captado esta noche.

Fowley apoyó una mano en la espalda del hombre sentado.

– Pásalo, Barton.

El hombre pulsó una tecla y en la pantalla central, mayor que las demás, empezaron a sucederse las imágenes. Era el registro de una cámara colocada frente a la entrada. Al principio vieron la figura de un hombre con chaqueta y corbata que recorría la vidriera de la izquierda y se acercaba a buen paso hacia la puerta giratoria. Cuando estaba a punto de entrar, una figura cruzó la calle corriendo y se colocó detrás de él. Llevaba un chándal con la capucha puesta y mantenía la cabeza baja para no mostrar la cara.

Jordan se aferró al borde del mueble. De golpe tuvo la absurda sensación de que en la sombra de aquella tela liviana no había un rostro humano sino una calavera que reía con sarcasmo y que tenía las órbitas vacías.

Mientras tanto, las imágenes seguían sucediéndose en la pantalla. El hombre pasó por la puerta giratoria y durante todo el tiempo intentaba interponer entre él y las cámaras a la persona que había entrado antes que él. Aun así, y pese a la poca visibilidad de las imágenes, se notaba que cojeaba de manera bastante llamativa de la pierna derecha. Cuando los dos llegaron al vestíbulo, el hombre del chándal, caminando a paso rápido, salió del campo visual de la pantalla, a la izquierda.

La perspectiva cambió de golpe, porque el encuadre pasó a otra cámara.

Ahora se veía al hombre de espaldas, con las manos en los bolsillos. Vieron cómo llegaba, con su andar vacilante, al ascensor privado de Chandelle Stuart. Le vieron llamar y a pesar de la distancia pudieron observar con claridad que utilizaba la manga del chándal para no dejar huellas en el botón del portero automático. Por los movimientos de la cabeza supieron que hablaba con alguien que estaba en el piso. Poco después se abrieron las puertas del ascensor, y el hombre entró en él. Las puertas se cerraron sobre su figura todavía vuelta de espaldas.

La voz de Jordan rompió el profundo silencio en que habían mirado aquella filmación de una muerte anunciada.

– ¿Qué hora era?

Fowley señaló el indicador de la pantalla.

– Las diez menos diez.

Jordan se situó al lado del agente que manipulaba los lectores DVD. Podía notarse en la habitación una sensación de incomodidad. Pese a toda la literatura sobre fantasiosos asesinos, en general los criminales de carne y hueso eran bastante predecibles y cometían muchos errores, por nerviosismo, por estupidez, por jactancia o por inexperiencia. Este parecía mucho más frío y decidido, y sobre todo mucho más inteligente de lo normal. La incomodidad se convirtió en angustia, y pronto se transformó en rabia.

– Maldito cabrón. Sabía que había cámaras de control. Esperó a que entrara alguien y lo usó de protección para no ser visible mientras atravesaba el vestíbulo. Y después se mantuvo constantemente de espaldas.

Fowley estaba pensando lo mismo que Jordan.

– Hay otra consideración que hacer. Estamos justo frente al Central Park, y la mayoría de las personas que viven aquí salen a correr con regularidad y a cualquier hora. Si os muestro otras filmaciones veréis decenas de figuras como esta. Además, al ver que de arriba le abrían, el agente que estaba de guardia no tuvo ninguna sospecha.

Burroni se apoyó en el mostrador y se inclinó hacia el hombre que les había mostrado la filmación.

– Barton, ¿cuál es su nombre?

– Woody.

– Pues bien, Woody, le pediré dos favores. El primero es que nos haga una copia de este vídeo. El segundo, si quiere echarnos una mano, es que mantenga la máxima reserva sobre lo que ha visto y oído esta noche. De ello puede depender la vida de otras personas.

Barton, un individuo con cejas tupidas y fruncidas, y el aspecto de ser un hombre de pocas palabras, confirmó con un gesto de la cabeza que había entendido la situación. Fowley intervino para confirmarlo.

– No habrá problema. Yo respondo por él. Barton es un tipo responsable.

Jordan empezó a sentir cierta impaciencia. Desde su llegada no había hecho más que almacenar datos, y ahora tenía la necesidad de encerrarse en algún lugar para reflexionar con calma. Quizá a Burroni le ocurría lo mismo, porque tendió la mano a Fowley en señal de despedida.

– Te lo agradezco. Nos has sido de gran ayuda.

– A vuestra disposición. Mucha suerte, Jordan.

– Buenas noches, Harmon.

Bajaron los escalones, atravesaron el vestíbulo y salieron al aire fresco de la calle. La lluvia se había reducido a unas gotas indecisas que caían de un cielo pálido. Todo lo que quedaba era un poco de agua en la acera, bajo sus zapatos. Llegaron junto al coche. Burroni fue el primero en decir lo que ambos estaban pensando.

– Es el mismo tío que LaFayette Johnson dijo que había visto entrar en la casa de tu sobrino.

– Eso parece. O él o su hermano gemelo. Esto nos pone ante dos deducciones obvias, quizá tres.

– ¿Las dices tú o las digo yo?

Jordan hizo una seña hacia el detective James Burroni.

– Dilas.

– La primera es que el sujeto que mató a Gerald Marsalis es el mismo que ha matado a Chandelle Stuart. La segunda es que ella conocía a su asesino, o de lo contrario no le habría abierto. La tercera es que, con toda probabilidad, también la primera víctima lo conocía.

– Exacto. Y queda una cuarta, pero, más que una deducción, a estas alturas ya es una obsesión…

Burroni frunció el entrecejo en una pregunta muda. Jordan le comunicó su conjetura.

– Es muy probable que la posible tercera víctima conozca también a la persona que se propone asesinarla. Y nosotros debemos descubrir quiénes son la una y la otra, antes de encontrarnos ante el cadáver de Snoopy, tal vez pegado a su casita.

21

Cuando Jordan abrió la puerta de la casa, estaba saliendo el sol.

Las nubes de lluvia, volubles, se habían ido siguiendo al viento y ahora una luz rojiza se deslizaba por las paredes de los rascacielos y desalojaba las sombras hacia el fondo de las calles. Para Nueva York aquella era otra noche para olvidar. No sería la última. Jordan solo habría deseado que fuera la última que estuviera obligado a ver. Dejó sus reflexiones fuera tras cerrar la puerta y lo recibió la tenue fragancia a vainilla que persistentemente flotaba en el aire tras la llegada de Lysa a aquella casa y a su vida.

En la sala, que parecía vacía, vio que el televisor estaba encendido, con el sonido casi al mínimo. Dio unos pasos hacia el centro de la habitación y la vio. Lysa estaba recostada en el sofá, frente al aparato; respiraba suavemente mientras dormía, tapada con una liviana manta escocesa. Mientras la observaba en ese momento de indefensa intimidad, Jordan se sintió un intruso.

Apagó el televisor como si con ese gesto pudiera alejar al mismo tiempo su incomodidad. La falta de aquel apagado sonido despertó a Lysa. Advirtió su presencia, de pie detrás del sofá, y abrió un instante los ojos. Jordan se asomó por encima de él y le pareció que miraba el abismo con los pies apoyados en un suelo de cristal. El color de sus ojos era el tesoro de los piratas, era la sombra de las nubes sobre un campo de espigas, era tener enfrente algo que hasta entonces ni siquiera sabía que fuera posible soñar.

Se sintió estúpido mientras se dejaba llevar por aquellos pensamientos.

Lysa cerró de nuevo los ojos, se volvió de costado y se acurrucó con la sonrisa perezosa y tranquila de una persona que al fin se siente segura.

– Ah, ya has vuelto.

La naturalidad con que su voz soñolienta pronunció aquellas pocas palabras y la familiaridad que contenían penetraron como un estilete en la coraza de Jordan. Él siempre había vivido solo, y cuando una voz le preguntaba el motivo de aquella soledad, prefería no contestar. En el pasado su vida se había cruzado muchas veces con otras. Hombres con los cuales había intercambiado palabras y gestos de afecto y de confianza, y mujeres que llegaban con la promesa de algo que confundían con el amor. En suma, a todos ellos les había permitido sembrar solo un poco de viento, y todos se habían marchado tras recoger su pequeña tempestad.

Lysa abrió otra vez los ojos y volvió en sí con un sobresalto, como si la llegada de Jordan la hubiera cogido por sorpresa en un estado de duermevela. Se sentó en el sofá y enseguida se levantó.

– ¿Qué hora es?

– Las seis y media.

– ¿Qué ha ocurrido esta noche?

– Ya sabes que ha muerto otra persona.

Lysa no pidió más explicaciones, y Jordan se lo agradeció interiormente.

– Estaba mirando la televisión para ver si hablaban de ello, y me quedé dormida.

– Es extraño, pero esta vez hemos logrado impedir que se filtrara cualquier información a los bárbaros de los medios. Roma, por lo que sé, está a salvo. Por el momento, al menos.

Lysa fue a la cocina. Su voz le llegó junto con el ruido del frigorífico que se abría.

– ¿Te apetece un café?

– No, gracias; ya he desayunado en el bar de enfrente. Ahora lo único que necesito es una ducha que me convierta de nuevo en un ser humano.

Tras dejar a sus espaldas la promesa de un delicioso aroma a café, Jordan se dirigió hacia la habitación de huéspedes, se desnudó y dejó las prendas desordenadamente sobre la cama. Mientras lo hacía se vio obligado a admitir lo absurdo de aquella situación.

«En el fondo, no ha cambiado nada.»

Sin embargo, le había bastado desplazarse unos metros por su casa para comprobar que se había convertido en un huésped. Entró en el cuarto de baño y encontró en el espejo su imagen de siempre, aunque no conseguía definirla del todo. Ya no era la misma persona que hacía poco más de dos semanas rondaba por aquel piso con un casco en la mano, la expectativa de un viaje por delante y un signo de interrogación al final del camino.

Las cosas habían cambiado.

Las ganas de huir aún seguían allí, pero ahora temía saber de qué.

Abrió el grifo y se metió bajo la ducha. Se enjabonó la piel con la esperanza de arrancar aquel olor penetrante y dulzón de la cola y la pegajosa sensación de mugre que siempre sentía tras acudir al lugar de un crimen.

Comenzó su juego habitual con el regulador de la temperatura del agua.

Caliente. Fría.

«Gerald. Chandelle.»

Caliente. Fría.

«Linus. Lucy.»

Caliente. Fría.

«La manta. El piano.»

Y Lysa…

«Caliente. Fría.»

Con un gesto enfadado movió la palanca y cortó el chorro de agua. Salió goteando y se puso el albornoz. Se secó y se afeitó rápidamente. Poco después, el líquido de la loción para después del afeitado le trajo el habitual escozor placentero y reconfortante. Se puso unas gotas de colirio en los ojos enrojecidos por la falta de sueño y volvió a observar su imagen en el espejo. Durante un segundo se sorprendió tratando de mirarse con los ojos de Lysa. Pero al instante siguiente se sorprendió por ello, por lo que siempre había sido él y por lo que era ella.

El sonido del móvil lo devolvió a la realidad. Fue a coger el aparato, que había dejado sobre la cama, y contestó mientras empezaba a vestirse.

– Diga.

– Hola, Marsalis. Soy Stealer, el médico forense.

– Qué rapidez.

– Ya le había dicho qué pasaría. Quizá debería haber sido profeta en lugar de patólogo. En fin, la autopsia todavía no está terminada, pero creo que hay un par de cosas que le será útil saber.

– Lo escucho.

– Aparte de confirmarle que la causa de la muerte fue asfixia por estrangulación, debo decirle que la víctima tuvo una relación sexual. Y, por lo que se observa, la tuvo después de ser asesinada.

– ¿Quiere decir que el asesino primero la estranguló y después la violó?

– Exacto. Hemos encontrado rastros de lubricante de un preservativo. Espero que lo que voy a decirle se deba a una casualidad, porque de lo contrario me da miedo pensar hasta qué punto de burla y de locura puede llegar este individuo.

Jordan aguardó con calma la conclusión del patólogo.

– El profiláctico era de esos que tienen efecto retardante para el hombre y estimulante para la mujer.

– Dios santo, pero ¿con qué clase de loco perverso tenemos que vérnoslas?

– Pues con un loco perverso que ha tenido bastante mala suerte. Ha sucedido algo bastante lamentable… Para él, evidentemente. El preservativo era defectuoso.

– ¿Y entonces?

– En la vagina de Chandelle Stuart ha quedado una pequeña cantidad de líquido seminal. Pequeña pero suficiente para hacer el análisis de ADN. Ya lo he pedido.

Jordan sostuvo el teléfono con el hombro y se sentó en la cama para ponerse los calcetines.

– Perfecto.

– Así es. No es habitual que un asesino deje su tarjeta de visita.

– Ya. Lástima que no nos dé el nombre, el apellido y la dirección.

– Ese ya no es mi problema.

Jordan interpretó que Stealer no pretendía ser sarcástico; solo reconocía sus límites.

– Sí… ¿Marcas en el cuerpo?

– Rastros de cola en las muñecas. Probablemente se mezcló con el pegamento de la cinta adhesiva.

A Jordan no le sorprendió; en realidad lo daba por descontado. Del mismo modo que había dado por descontado que la cola empleada para pegar el cuerpo de Chandelle Stuart al piano era la misma con la que se había fijado la manta a la oreja de Gerald.

– ¿Otros detalles?

– Además de los cardenales del cuello, nada. A pesar de las apariencias, no hay señales de lucha. El único detalle curioso es que bajo las uñas hemos encontrado unos minúsculos fragmentos de fibra. La brigada científica ha comprobado que son iguales a las del vestido rasgado que encontramos en el suelo.

– Como si se lo hubiera arrancado ella misma.

– Exacto. Por lo demás, hay algunos cardenales aquí y allá, pero bastante anteriores a la fecha de la muerte.

Pensando en la declaración de Randall Haze, a Jordan no le costó imaginar cómo se los había hecho.

– Una última cosa, aunque no sé si servirá.

– A estas alturas, todo sirve. Dígame.

– En las ingles hay rastros de una pequeña intervención de cirugía plástica; creo que pudo haberse hecho para borrar un tatuaje. Por el momento es todo lo que puedo decirle.

– Me parece más que suficiente. Se lo agradezco, Stealer.

– Que tenga usted un buen día.

– Si llega a serlo, será gracias a usted.

Jordan colgó y echó el móvil sobre la cama. Abrió el armario y eligió una camisa limpia. Mientras terminaba de vestirse, en su interior crecía tímidamente cierto optimismo. Se puso el reloj y miró la hora. Eran casi las siete, y pese a la noche sin dormir se sentía despierto y activo. La adrenalina que le aportaban las nuevas pruebas había sustituido con eficacia las horas que habría pasado dando vueltas en la cama, persiguiendo una intuición que no se dejaba capturar.

Cogió el casco y la cazadora. Pensó que era un día perfecto para dar un paseo en moto. Hasta Poughkeepsie, tal vez. Quedaba más o menos a mitad de camino entre Nueva York y Albany, y con la Ducati llegaría en poco tiempo. Volvió a la sala. Mientras tanto, Lysa también se había cambiado y estaba de pie frente a la ventana. Por encima de los tejados, el sol había dejado de ser una promesa y ahora era una realidad luminosa en un cielo azul y límpido de comienzos de verano.

Cuando oyó sus pasos en el suelo de madera, se volvió hacia él. Lo que dijo al verlo entrar en la habitación parecía en realidad un pensamiento en voz alta.

– Tienes los ojos del mismo color.

– ¿De qué?

– Del cielo.

– En este momento es lo único que tenemos en común.

Se quedaron un instante en silencio. Luego la mirada de Lysa se detuvo en el casco y la cazadora que él sostenía en la mano.

– ¿Sales?

– Sí. Tengo algo que hacer.

A Jordan le gustó ese cambio de tema; siempre se sentía incómodo ante los comentarios sobre su aspecto físico. Lysa seguía mirando el casco, fascinada.

– ¿Cómo es ir en moto?

– Es peligroso, siempre. Y veloz, si quieres. Pero la recompensa es que puedes encontrar la libertad.

Lysa lo miró en silencio. Jordan empezaba a conocer esos momentos en los que una sonrisa irónica se deslizaba por la comisura de su boca y sus ojos adoptaban una expresión socarrona.

Cuando habló, sus palabras eran una provocación disfrazada de inocencia.

– ¿Crees que yo la encontraría?

Jordan respondió sin pensar.

– Solo hay un modo de averiguarlo. Debo ir a un lugar cerca de aquí. ¿Te gustaría venir conmigo?

Cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir, las palabras ya habían salido y era imposible echarse atrás.

– No tengo casco.

Jordan se encontró en la situación del jugador que está obligado a volver a tirar para tratar de recuperarse. Por otra parte, era él quien había hecho girar la rueda y había lanzado la bola. Ahora no tenía otro remedio que esperar y ver qué número saldría.

– No hay problema. Al otro lado de la calle, en la Sexta, hay una tienda donde suelo comprar cosas para la moto. Podemos pasar por allí y comprarte uno.

– A esta hora estará cerrada.

– El dueño es amigo mío y duerme en la trastienda. No se pondrá contento, pero se despertará.

– De acuerdo. Dame un segundo.

Lysa desapareció por el pasillo; volvió poco después, vestida con unos vaqueros, una chaqueta de piel y botas de estilo vagamente country. Se había recogido el pelo en una cola de caballo. Para Jordan, estaba más luminosa que el día que los esperaba fuera.

– Lista.

Jordan no estaba totalmente seguro de poder decir lo mismo. Pero como no era más que un hombre, en ese momento hizo lo único que podía hacer: mentir.

– También yo lo estoy.

Sin embargo, mientras bajaban la escalera se sintió bien, mejor que en mucho tiempo. Como todos los seres humanos, también él gastaba más fantasía en buscar excusas que en vivir. Así, prefirió atribuir aquella nueva sensación a su entusiasmo por la investigación, antes que admitir que se debía a la perspectiva de pasar un día en compañía de Lysa.

22

La moto significaba viajar sin necesidad de palabras.

Jordan recordaba que, a partir de un momento de su vida, no le había resultado ni fácil ni difícil prescindir de la comodidad de tener un techo sobre la cabeza o de la danza hipnótica de los limpiaparabrisas o de la comodidad de un cenicero. Había sido algo natural, tanto como prescindir de aquellas dos ruedas. La moto era la espera bajo un paso elevado con la mirada vuelta hacia el cielo y aguardando que parara la lluvia. Era el ojo de un cíclope encendido en la noche. Era velocidad cuando convenía pero, como le había dicho a Lysa, sobre todo era libertad, de la que nunca se tiene bastante. Incluso ahora, que no era libre del todo. Sobre todo ahora que, como en todas las pequeñas hipocresías humanas, apartaba la mirada para no descubrir por qué no lo era.

En Amazing Race, la tienda de su amigo, compraron un casco integral para Lysa. Jordan vio cómo desaparecía su cara en el ritual de ponerse el casco, lo que de algún modo daba a todo motociclista algo de épico, de tiempos en que la tecnología solo se representaba con una armadura hecha con el martillo de un herrero. Era un insaciable deseo de aventura, o quizá la necesidad inconfesada de esconderse con la excusa de protegerse.

Lo único visible de Lysa eran los ojos, enmarcados en la pequeña ventana del liviano casco de fibra Kevlar que habían elegido. Jordan vio cómo desaparecían tras el plástico oscuro de la visera, y enseguida los añoró.

Encendió deprisa la moto para que el ruido del motor tapara ese pensamiento.

Notaba que su pasajera se movía en perfecta sincronía con las exigencias de la conducción y del camino, que imponen no huir de los propios miedos sino lanzarse hacia ellos y vencerlos. Lysa parecía saber instintivamente que en la moto lo más indicado es lo menos natural. Dejarse absorber por el vacío era el único modo de evitar que este la tragara.

Era la compañera de viaje ideal.

«El compañero de viaje ideal.»

Jordan se impuso ese malvado matiz para recordar quién y qué era él, pero sobre todo para no perder de vista quién y qué no era Lysa.

Se aferró al acelerador como un alcohólico a la botella.

Sentía la potencia del motor y la sensación de gravedad de la aceleración. Tenía el camino por delante, debajo y a sus espaldas, y a pesar de todo Lysa seguía allí, dócil y flexible en las curvas, presente y ausente, pegada a él para recordarle, a su pesar, que existía. Aunque ahora el viento hacía que su perfume a vainilla se perdiera detrás de ellos.

Salieron de Nueva York y cogieron la autopista West Side, que iba hacia el norte; luego Jordan eligió la carretera 9, que en algunos tramos corría paralela a las vías del ferrocarril a orillas del Hudson. Pasaron ante la academia de West Point, que se alzaba sobre las aguas del río, tan firme como sus principios y sus reglas. Pasaron ante la cárcel de Sing Sing, cortada en dos por el ferrocarril; allí, personas encerradas en un patio escuchaban la libertad del silbido del tren del otro lado de los muros, antes de que el pitido de los guardias los llamara de vuelta a las celdas.

Los acogió con los brazos abiertos el verde cambiante de la vegetación de finales de primavera, que renacía siempre maravillada de sí misma y que tal vez por ello lograba encantar.

Pasaron casas, bordearon pequeños amarres en los que había barcos fondeados bajo el sol, listos para salir a remontar el río durante el verano. En algún momento encontraron embotellamientos de tráfico, pero los sorteaban con un salto de esas botas de las siete leguas que eran las dos ruedas sobre las que corrían.

Jordan se sentía en paz; no pensaba en nada y deseaba que ese viaje durara para siempre.

Sin embargo, cuando se cree poder tomar el pulso al tiempo, es el tiempo el que muestra su propio pulso. Y siempre lleva reloj.

Así, también ese viaje terminó, como había empezado.

Velozmente.

Llegaron a Poughkeepsie desde el río y pasaron junto a la estación, una construcción de ladrillos rojos donde en aquel momento dormitaba un solo taxi. Entraron en la ciudad y Jordan vio desfilar, flanqueando las calles, las típicas casas de clase acomodada. Recorrieron una de las tantas avenidas Raymond que hay en Estados Unidos y pasaron ante iglesias, asociaciones de veteranos y una cantidad imprecisa de semáforos y restaurantes. Después de un cruce se encontraron ante un muro bajo. Del otro lado se entreveía a cierta distancia un edificio imponente.

Jordan supo que habían llegado al Vassar College.

Dobló a la derecha siguiendo los carteles y, mientras recorrían durante un largo trecho la calle que bordeaba el campus, se dio cuenta de que el terreno sobre el cual se extendía debía de ser inmenso.

Prosiguieron hasta que el muro dio paso a una construcción más alta, con cierto aspecto medieval, aunque no consiguió definir su estilo. Allí se abrían tres arcos, el más amplio era la entrada para vehículos del college, donde se hallaba la caseta de vigilancia.

Jordan se detuvo a la sombra y se quitó el casco. Se encontró ante un guarda que llevaba un uniforme de color avellana; tenía el pelo muy corto y un rostro rubicundo que recordaba a Patoso, el infante de marina con exceso de peso de La chaqueta metálica.

– Buenos días. Soy Jordan Marsalis. Tengo una cita con el rector Hoogan.

Christopher conocía personalmente a Travis Hoogan, el rector del Vassar College. La reacción del guarda confirmó a Jordan que su hermano había hecho la llamada que le había pedido, y que había conseguido lo que buscaba. Desde su puesto, el guarda dirigió a Jordan y a su pasajera una sonrisa que lo clasificaba en la categoría de personas simpáticas a primera vista.

– Buenos días, señor Marsalis. Me han avisado de su llegada. Creo que el rector está en el campo de golf; le ruega que lo espere usted en el comedor mientras le aviso con el busca.

Salió de su pequeño fuerte y señaló con la mano un lugar frente a ellos.

– Recorra el camino y al fondo gire a la derecha. Hay carteles con indicaciones. Encontrará el campo de golf a la derecha. Al frente está el salón comedor. Puede aparcar la moto en la plazoleta que encontrará inmediatamente después del refectorio.

Jordan pasó el brazo por la abertura del casco y, sosteniéndolo a la altura del codo, condujo lentamente la moto por el camino arbolado y flanqueado de parterres de flores y un envidiable césped inglés.

Frente a ellos se elevaba la enorme silueta del Vassar College, un edificio de aspecto severo, de ladrillos oscuros y grandes ventanas blancas. Tenía una parte central y dos alas que se alargaban a derecha e izquierda y que parecían construidas en una época posterior.

Sobre la fachada, dos placas recordaban que el college se había erigido el Anno Domini 1881, gracias a la generosidad y el talento de Matthew Vassar, su fundador.

En la parte más alta del tejado, sujeta a un asta blanca, ondeaba una bandera estadounidense. Daba la impresión de que su objetivo era el de recordar a los jóvenes que asistían al college qué significaba aquel lugar para ellos y para el país al que pertenecían.

El conocimiento y la seguridad.

Hubo un tiempo en el que también Jordan tuvo sus certezas. Sabía dónde estaba, quién era y a qué pertenecía. Poco a poco su identidad se convirtió en solo una probabilidad y luego se disolvió en la constante dificultad de comprender.

Cogieron el camino de la derecha y siguieron las indicaciones del guarda. Pasaron junto a otras construcciones, que unos carteles identificaban como teatro, piscina, gimnasio, pista de tenis. Al ver el campo de golf, Jordan tuvo que admitir que la cuota de cien mil dólares al año tenía su justificación.

Llegaron al aparcamiento y Jordan apagó la moto.

En cuanto bajó, Lysa se quitó el casco y respiró hondo. Su pelo oscuro se transformó en una cascada que buscaba su cauce natural, mientras la mano lo desordenaba para que recobrara su forma.

Levantó la cabeza de golpe y el pelo volvió a caer sobre sus hombros, brillante y perezoso como serpientes al sol. Por un instante Jordan tuvo la idea absurda de que tendría que mirar su cara en un espejo para no convertirse en una piedra. En efecto, cuando Lysa se volvió hacia él, pensó que su sonrisa y sus ojos brillaban de tal forma que podrían petrificar hasta a la Medusa.

Lysa miró a su alrededor. A Jordan le pareció que era feliz.

– ¡Qué hermoso!

– ¿Qué es hermoso?

Lysa hizo un gesto que parecía querer indicar el mundo o la vida o tal vez solo aquel momento.

– Todo. Este día, el sol, el viaje, la moto. Este absurdo lugar. Y pensar que es una universidad… Conozco gente que sería feliz con pasar aquí aunque solo fuera una semana de vacaciones.

– Pues nosotros tendremos que contentarnos con un día. Al menos es gratis.

Jordan se dirigió hacia el edificio bajo que se hallaba a pocas decenas de metros, delimitado y semioculto por un seto formado por distintas especies, meticulosamente cuidado para dar una impresión silvestre y natural. Lysa lo alcanzó y ambos recorrieron en silencio el trayecto hasta el comedor.

Por su lado pasó velozmente una chica, con unos pantalones ajustados de color rojo, una camiseta verde y un par de zapatillas de deporte a la espalda, atadas por los cordones. Llevaba unas sandalias de tipo japonés, y su pelo teñido de rojo parecía distribuido en puñados irregulares. Fuera de aquel contexto, parecería una joven indigente que todavía debe decidir cómo y dónde pasar el día. Allí, en cambio, no era más que una joven original de buena familia, en un college prohibitivo. Jordan pensó en su sobrino, en el mismo lugar, de la misma manera, algunos años atrás.

Quizá aquella muchacha, a su modo, era realmente una joven indigente.

La siguieron por una corta escalinata; por una puerta de cristal que daba al parque entraron en el autoservicio, un salón grande, con las paredes pintadas de amarillo claro. Algunos jóvenes se hallaban en la zona de servir; otros estaban sentados a las mesas, hablando.

Se respiraba un aire de informalidad, aunque contra la pared de la izquierda había un cajero automático. La muchacha del pelo rojo se dirigió hacia la máquina e introdujo su tarjeta. Jordan sonrió. Informales, hip-hop, artistas bohemios, pero con tarjetas de crédito generosamente otorgadas por la familia y quizá aceptadas con suficiencia.

Cuando entraron, todas las cabezas masculinas se volvieron hacia Lysa con perfecta sintonía. El suave murmullo de conversación se interrumpió de golpe. Si Jordan no hubiera estado tan concentrado observando esa actitud, habría visto que también las miradas de muchas chicas se fijaron en él del mismo modo.

En ese momento, por la puerta de cristal de un lateral entró un hombre que llevaba a la espalda una bolsa de golf con unos palos. Era casi tan alto como Jordan, y debía de tener unos sesenta años; su cabello, de color indefinible, era algo ralo en la parte superior de la cabeza y más largo de lo normal. Escondía sus ojos tras un par de gafas sin montura, y tenía el aspecto de un tío que sabe muchas cosas y por el solo hecho de saberlas está seguro de sí mismo. Un hombre tranquilo, que había visto todo lo que deseaba de la vida, y tenía la certeza de que lo que no deseaba en realidad no le servía.

Se acercó a ellos con una sonrisa.

– Jordan Marsalis, supongo. Soy Travis Hoogan, el rector de este antro de perdición.

Jordan le estrechó la mano que le tendía.

– Un placer conocerlo. Ella es Lysa Guerrero.

Los ojos de Hoogan se iluminaron con malicia mientras retenía la mano de Lysa un instante más de lo debido.

– Señorita, es una verdadera maravilla verla. Su presencia en esta tierra nos dice, a los pobres mortales, que los milagros existen. Por lo que no perderé la esperanza de mejorar jugando al golf.

Lysa rió, echando atrás la cabeza.

– Si es usted tan bueno en el campo de golf como diciendo cumplidos, creo que pronto lo veremos en algún Master.

El rector se encogió de hombros.

– Oscar Wilde decía que el problema no es envejecer por fuera, sino saber mantenerse joven por dentro. Pero créame que saberlo no me sirve de nada. Gracias, de todos modos.

Jordan no le había explicado a Lysa por qué habían ido a Vassar. Después de los cumplidos, con el tacto que la caracterizaba, Lysa le demostró que sabía que debía de tratarse de algo importante. Y que quizá los dos hombres debían hablarlo a solas.

– Creo que ustedes tienen que hablar. Mientras lo hacen, espero que no tenga usted inconveniente si echo una mirada por ahí.

Hoogan, con un gesto, le concedió una imaginaria llave del college.

– Si lo tuviera, temo que los miembros masculinos del consejo de administración pedirían mi dimisión.

Lysa fue hacia la puerta y salió. Dos jóvenes que entraban se hicieron a un lado para dejarla pasar; se quedaron un instante en el umbral, se miraron y salieron detrás de ella.

Hoogan sonrió mientras la seguía con la mirada.

– Tal vez no sea un milagro, pero se le parece mucho. Es usted un hombre afortunado, señor Marsalis.

Jordan habría querido decirle que también Lysa era un hombre y que justamente por eso él no era afortunado en absoluto.

Concluido ese pequeño intercambio, Travis Hoogan le dio a entender que estaba al corriente de la gravedad de la situación en la que se encontraban.

– Cuando me anunció su visita, Christopher me dijo que están en una situación muy difícil. Lamenté mucho lo de Gerald y espero que en su visita aquí encuentre algo que pueda serle útil para descubrir quién lo mató.

– Yo espero lo mismo.

– ¿Vamos a mi despacho? Creo que allí podremos hablar sin que nadie nos moleste.

Mientras seguía a Hoogan fuera del refectorio, Jordan vio a Lysa de pie bajo un árbol, con el casco en la mano y concentrada en atraer a una ardilla que la miraba con curiosidad desde una rama.

Lysa sonreía, y Jordan de nuevo pensó que la veía feliz.

23

El despacho del rector del Vassar College era exactamente como Jordan lo había imaginado. Olía a piel y a madera y había en el aire un leve aroma a tabaco de pipa. Jordan se preguntó cuánto habría de verdadero en aquella estancia que parecía extraída de una ilustración del Saturday Evening Post. La decoración habría hecho las delicias de cualquier comerciante de muebles de colección. Las únicas notas fuera de lugar eran la pantalla de cristal líquido y el teclado del ordenador.

Hoogan se sentó tras el gran escritorio situado frente a la ventana, que daba al camino que Jordan y Lysa habían recorrido hacía un rato. Cerró las cortinas para evitar un fastidioso contraluz a la persona que se sentara ante él. Al entrar había pedido a su secretaria, una muchacha de aspecto despierto y sonrisa maliciosa, que no le pasara llamadas. La joven tomó nota y antes de que desaparecieran por la puerta tuvo tiempo de echar una mirada de aprobación hacia Jordan.

La actitud de Travis Hoogan ya no tenía la ligereza de poco antes. Jordan se dio cuenta de que era un hombre con el que se podía contar y que se ganaba el sueldo. Ahora que lo veía sentado en su despacho se confirmaba la buena impresión que le había causado a primera vista.

Se preguntó cuántos jóvenes se habrían sentado en el lugar que ahora ocupaba él, a la espera de un discurso del rector del Vassar. Quizá incluso Gerald, su sobrino, habría esperado, aburrido, hablar con el rector Travis Hoogan.

– La respuesta es sí.

– ¿Cómo dice?

– Estaba usted preguntándose si su sobrino estuvo en este despacho. La respuesta es sí, más de una vez.

Hoogan aprovechó la sorpresa de Jordan para quitarse las gafas y limpiarlas con un paño húmedo que extrajo de un cajón. Cuando volvió a ponérselas, Jordan vio que tenía los ojos grises.

– El padre, en cambio, casi nunca.

No lo dijo como una acusación, sino como un simple dato, aunque en su voz había cierto pesar. Hoogan se apoyó contra el respaldo de la silla.

– Mire, señor Marsalis, entre los jóvenes que vienen a estudiar aquí, solo algunos lo merecen, porque solo algunos de veras quieren hacerlo. Con esto pretendo decir que la mayoría de los estudiantes son personas… cómo expresarlo… a las que sus familias aparcan aquí. A veces por un acuerdo tácito. Do ut des. No me molestes, y no te molestaré.

– ¿Y Gerald a qué categoría pertenecía?

– Probablemente su sobrino estaba loco, señor Marsalis. Y si no lo estaba había construido muy bien su personaje.

Jordan se vio obligado a admitir que aquella descripción se adaptaba perfectamente a aquello en lo que se había convertido Jerry Kho. Hoogan continuó su discurso.

– Las carreras que se estudian en el Vassar College se dirigen hacia diversos campos artísticos, como las artes figurativas, la narración literaria, la dirección teatral. Son campos en los cuales no se puede comprar el talento pero en los que es posible aplazar la aceptación de su carencia. Sin embargo, Gerald sí tenía talento. Y mucho. Pero estaba convencido de que debía acompañarlo de elecciones vitales igualmente intensas. No sé cómo llegó a semejante idea, pero puedo decirle que la seguía como un dogma. Y hay algo más. Lo que le he dicho a propósito de la poca presencia de su hermano…

Hizo una pausa, como si necesitara aclarar un recuerdo un poco empañado.

– Era Gerald quien rehuía las visitas de su padre. Creo que lo odiaba. Tengo la sospecha de que este era uno de los motivos por los que se comportaba de esa forma. Su rebeldía parecía ser una señal, un deseo de estar presente continuamente en la vida de Christopher. Creo que él hizo lo posible para esconder a los demás el carácter de su hijo. Después, a partir de cierto momento, ya no pudo seguir haciéndolo.

De repente, Jordan vio la imagen de Burroni con su hijo.

«Hasta pronto, campeón.»

Quizá si Gerald hubiera tenido a alguien que le dijera una frase como esa, de esa forma, nunca se habría convertido en Jerry Kho. Desgraciadamente, Jordan tendría que archivar aquella hipótesis con otras que jamás podría confirmar.

– ¿Gerald tenía amigos cuando estudiaba aquí?

Hoogan hizo un gesto y una mueca que expresaban su pesar.

– Ah, en cuanto a eso, habría podido tener decenas. En su condenado mundo, era una especie de ídolo. Pero estaba demasiado ocupado demostrando que no necesitaba a nadie. Ni siquiera a nosotros.

El rector apoyó los codos sobre el escritorio y se inclinó un poco hacia Jordan.

– Seguí su vida, cuando se marchó. Si me permite que sea sincero, me dolió mucho su muerte, pero no me sorprendió.

«Tampoco a mí.»

Jordan había iniciado ese preámbulo acerca de Gerald para conocer la actitud de Hoogan. Ahora que había comprobado que estaba a la altura de la situación, le pareció que había llegado el momento de contarle el motivo de su viaje a Poughkeepsie.

– Hay algo que quizá no sepa, señor Hoogan. ¿Ha visto las noticias hoy?

– No, he estado todo el tiempo en el campo de golf.

– Anoche asesinaron a Chandelle Stuart en su piso de Nueva York. También ella estudió aquí, en el Vassar. Más o menos al mismo tiempo que Gerald.

En las palabras de Jordan, además de una información, se ocultaba una pequeña esperanza. El rector, por su parte, de pronto pareció afligido y confuso. Volvió a limpiar sus gafas, sin necesidad.

– Sí, lo sé, la recuerdo muy bien. ¿Cómo ha sucedido?

– Señor Hoogan…

El rector lo interrumpió con un gesto de la mano.

– Por favor, tutéame.

A Jordan le alegró aquella actitud, porque daba mayor peso a lo que tenía que decirle.

– Pues bien, Travis. Lo que te diré ahora es confidencial. Hasta el momento hemos logrado milagrosamente que no se filtrara nada, y no queremos perder esta pequeña ventaja. La forma de llevar a cabo el asesinato es tal que permite vincularlo con el de mi sobrino.

– ¿Qué elementos tenéis para creerlo, si puedo saberlo?

Pese a todo, Jordan se sintió un poco incómodo mientras le contaba cómo se habían realizado los delitos. Todo Peter Pan que se respete sentiría lo mismo.

– Te parecerá increíble, pero la persona que los ha matado ha dispuesto sus cuerpos de un modo que recuerda a dos personajes de Snoopy.

– ¿Te refieres a Charlie Brown y a los demás?

– Exacto. Gerald estaba sentado contra una pared con una manta pegada a la oreja, y Chandelle, junto a un piano. Linus y Lucy.

Travis Hoogan no pidió ninguna aclaración, por lo que Jordan supo que el rector conocía bien a todos los personajes de esa historieta.

– Y en la casa de la Stuart encontramos una pista que nos lleva a pensar que la próxima víctima será Snoopy.

Travis Hoogan, el rector del Vassar College de Poughkeepsie, un hombre que había hecho de las palabras su vida, en ese momento no encontraba ninguna.

– Santo cielo. ¡Pero es una locura!

– Creo que es la palabra justa. ¿Esto te dice algo?

– Absolutamente nada. No solo en cuanto a las historietas, sino también a una posible relación entre Gerald y Chandelle. Esto es muy pequeño; aquí se sabe todo. Además, en este caso eran dos personas tan particulares… Y no tengo conocimiento de ninguna relación entre tu sobrino y esa pobre muchacha.

– ¿Qué recuerdas de ella?

– Rica e insoportable. Pero añádele un componente morboso. El hecho de que haya muerto no cambia el recuerdo que tengo de ella.

– ¿Salía con alguien?

– En su caso vale lo mismo que he dicho para tu sobrino, pero por lo contrario. Gerald no quería a nadie; a Chandelle, en cambio, nadie la quería. La única persona con la que realmente tuvo algo que podría parecerse a una relación fue Sarah Dermott, creo.

Jordan sintió que avanzaba, que algo se abría, eslabón a eslabón, espiral tras espiral.

– ¿Cómo era esa chica?

Hoogan se volvió hacia la pantalla del ordenador y tecleó durante unos instantes. Se quedó un momento leyendo lo que apareció en ella.

– Aquí está. Sarah Dermott, de Boston. Estudió aquí con una beca. Formaba parte de ese pequeño porcentaje del que te hablaba antes. Era inteligente, dotada y muy ambiciosa.

El leve énfasis que dio a la palabra «muy» le hizo entender que Sarah Dermott debía de serlo muchísimo.

– Ella y Chandelle asistían al mismo curso de dirección. Creo que la soportó durante un tiempo porque estaba convencida de que un miembro de la familia Stuart podía serle útil, pero al final tuvo que darse por vencida. Chandelle era demasiado, incluso para alguien tan ambicioso como ella.

– ¿Dónde puedo encontrar a esa Sarah Dermott?

– En Los Ángeles. Es directora de cine en Hollywood; creo que firmó un contrato con Columbia. Estuvo aquí hace poco, en una reunión de ex alumnos.

– Me parece que podría serme útil hablar con ella.

– No hay problema.

Hoogan cogió un teléfono inalámbrico que estaba sobre el escritorio y pulsó una tecla.

– Señorita Spice, ¿podría llamar a Sarah Dermott a Los Ángeles, por favor? Pásela a mi línea.

Al cabo de un momento sonó el teléfono.

Hoogan cogió el auricular y se lo llevó a la oreja.

– Sarah, soy Travis Hoogan, de Vassar.

Hizo una pausa, la estrictamente necesaria para que llegara la respuesta desde el otro lado de Estados Unidos.

– Muy bien, gracias. Tengo aquí conmigo a una persona que necesita hablarte, y creo que es algo muy importante.

Jordan cogió el teléfono que le tendía Hoogan.

– Señorita Dermott, buenos días. Soy Jordan Marsalis, de la policía de Nueva York.

Pensó que en el fondo no era una mentira, sino solo una verdad a medias; trataba de olvidar que no seguir perteneciendo a la policía cambiaba mucho el sentido de lo que acababa de afirmar. La voz que le respondió era la de una mujer muy atareada. Precisa y concisa. Cortés hasta donde se le permitía a una mujer que había hecho carrera.

– ¿En qué puedo ayudarlo?

– Lamento molestarla, pero ha ocurrido algo muy grave. Han asesinado a Chandelle Stuart.

La noticia interrumpió durante unos instantes la carrera de Sarah Dermott.

– Oh, Dios mío, ¿cuándo?

– Anoche. Pero hay algo más. Le advierto que le estoy revelando información reservada, por lo que confío en su discreción.

Mientras pronunciaba estas palabras, Jordan se preguntó cuánto tiempo tardaría la historia en volverse de dominio público si continuaba hablando con cualquiera. Se aseguró de que si rompía los huevos al menos pudiera hacer una tortilla.

– Tenemos motivos para pensar que la persona que ha cometido el crimen es la misma que hace poco mató a Gerald Marsalis. No sé si se ha enterado de su muerte.

– Sí. Me enteré de lo de Gerald por la CNN.

En ese momento Sarah Dermott pareció reparar en el nombre con que se había presentado Jordan.

– Aguarde un momento. ¿Usted es pariente suyo?

– Sí. Gerald era mi sobrino.

– Lo lamento mucho. Era un chico difícil, pero lamento que haya terminado así.

La urgencia de Jordan no le concedía ni una pausa, aun a riesgo de parecer insensible.

– ¿Lo conocía usted?

La respuesta fue inmediata, sin necesidad de reflexión.

– Nadie lo conocía de veras. Se veía que tenía talento, pero lo llevaba todo al límite. Era cerrado, introvertido y rebelde, a veces violento. Y estaba solo.

Jordan pensó que esa definición aportaba algún detalle al perfecto retrato de Gerald que ya tenía.

– ¿Y Chandelle Stuart?

– Lo mismo, pero sin el talento. Creo que yo fui la única con quien se abrió un poco. En Vassar no se relacionaba casi con nadie, aunque corrían rumores bastante creíbles de que fuera del campus llevaba una vida agitada, un poco excesiva. Si la está investigando, creo que sabrá a qué me refiero.

– Perfectamente. ¿Qué puede decirme de las relaciones entre ellos?

Un instante de silencio del otro lado de la línea. Los recuerdos de Sarah Dermott eran una respuesta, pero no de una certeza absoluta.

– Normales. Por lo que recuerdo, en el college cada uno andaba por su lado. Gerald era muy hostil, y Chandelle era demasiado rica para que pudiera haber un verdadero vínculo entre ellos.

– Le haré una pregunta que podrá parecerle extraña, pero le ruego que reflexione antes de responder.

– Diga.

– ¿Nunca oyó a Chandelle o a Gerald hacer referencia a algo relacionado con Snoopy, Linus, Lucy o cualquier cosa por el estilo?

– No creo… Aunque espere, ahora que lo pienso, una vez sucedió algo.

El corazón de Jordan dio un doble salto mortal. Deseó, por el bien de todos, que aterrizara de pie.

– Un día entré en su habitación. Chandelle estaba en la ducha. Mientras esperaba que saliera, me acerqué al escritorio y vi una nota escrita a mano.

– ¿Recuerda qué decía?

– Sí. Las palabras exactas eran: «Es para mañana. Pig Pen».

– ¿No tiene usted alguna idea de quién podía ser esa persona que firmaba Pig Pen?

– No.

Para Jordan, aquel monosílabo se llevó todas sus esperanzas.

– ¿Y qué sucedió después?

– Chandelle salió del cuarto de baño y me vio mirando la nota. La cogió del escritorio y la rompió. Después volvió al baño. Pienso que fue a tirar los pedazos al váter, porque poco después oí el ruido de la cisterna.

– ¿No le pareció una actitud rara?

– Con Chandelle Stuart todo era raro.

Jordan la conocía desde hacía muy pocas horas, pero no le costó creerlo.

– ¿No se le ocurre nada más? Algún detalle…

– No. Pero si quiere puedo intentarlo.

Del otro lado, la voz parecía entusiasmada. Jordan recordó que estaba hablando con alguien que trabajaba en el cine, siempre a la caza de nuevas ideas.

«Si piensas hacer una película de esto, Sarah Dermott, al menos cuéntame cómo termina.»

– Cualquier otra cosa que recuerde nos será útil. Le pediré su teléfono al rector Hoogan y volveré a llamarla.

– De acuerdo. Mucha suerte, y dele mis saludos a Travis.

– Se los daré. Buenos días y gracias otra vez.

Cortó la comunicación y devolvió el inalámbrico a Travis. Luego se puso de pie, como hacía siempre que quería reflexionar.

– ¿Alguna novedad?

– Otro personaje de Snoopy. Pig Pen.

– Ese no lo conozco. ¿Quién es?

– Un personaje menor, que en determinado momento casi desapareció. Es un muchachito que tiene la característica de atraer el polvo. Siempre está tan sucio que la única vez que fue limpio a una fiesta no le dejaron entrar porque no lo reconocieron.

– Ahora que lo dices, ya lo recuerdo. ¿Te lo ha nombrado Sarah?

– Sí. Y esto, en vez de resolver las cosas, las complica todavía más.

Hoogan estiró los brazos en un gesto de impotencia.

– Lo lamento, pero no puedo ayudarte más de lo que he hecho.

– Cada pequeño paso nos acerca a la meta.

Jordan se dio cuenta de la torpeza con la que se había expresado.

– Dejando de lado esa frase digna de las galletas de la fortuna, de veras te lo agradezco mucho. Te digo lo mismo que le he dicho a Dermott: cualquier cosa que recuerdes, házmela saber.

– Cuenta con ello.

Hoogan hizo lo que debía hacer. Se levantó y miró el reloj.

– Creo que es la hora del almuerzo. Considérate invitado oficialmente, pero si aceptas un consejo, rechaza con cortesía pero con firmeza. La comida del Vassar, aunque buena, no está a la altura de tu compañera. Y ciertos profesores son un aburrimiento. ¿Volvéis a Nueva York?

– Sí.

– A unos kilómetros de aquí hay un restaurante excelente, y no tendrás que desviarte mucho del camino de regreso. Es un viejo remolcador anclado junto a la orilla del río. Muy sugestivo. Es el lugar al que iría yo si me acompañara una persona como Lysa.

Jordan cogió el casco de la silla donde lo había dejado. Mientras seguía hablando, Hoogan salió de detrás del escritorio.

– Esa mujer tiene los ojos más increíbles que he visto en mi vida. Nadie que tenga unos ojos así puede ser una mala persona. Quizá pueda hacer daño, pero solo si bajas primero la mirada.

No había presunción paternalista en sus palabras, sino solo la manifestación de su sensibilidad. Con una sonrisa, ese hombre extraordinario le tendió la mano.

– Buena suerte, teniente Marsalis. Eres un hombre muy capaz, pero creo que aun así la necesitarás.

– Yo creo lo mismo. Ya nos veremos, Travis. No es necesario que me acompañes. Recuerdo el camino.

Jordan dejó el despacho del rector y desanduvo el camino que lo había llevado desde el comedor hasta allí. Cuando regresó, el lugar estaba lleno de jóvenes que hacían cola mientras otros ya estaban sentados a las mesas, comiendo. Le bastó seguir las miradas de algunos de ellos para saber dónde encontrar a Lysa.

Se hallaba del otro lado de la puerta de cristal, apoyada contra el muro, junto a la escalinata, y miraba absorta los árboles del parque. Llegó hasta su lado sin que se diera cuenta.

– Aquí estoy.

Lysa volvió la cabeza hacia él.

– ¿Todo bien? ¿Has encontrado lo que esperabas?

Trató de ser positivo.

– Algo, pero tendré que esforzarme para llegar hasta el final. Mientras tanto, creo que nos merecemos un almuerzo como es debido.

– ¿Dónde?

Jordan respondió con un leve toque de misterio.

– Un amigo me ha aconsejado un lugar aquí cerca…

Poco después vio cómo los ojos de Lysa desaparecían de nuevo detrás de la visera del casco. Mientras se ponía el suyo, no logró dejar fuera de esa barrera protectora las palabras de Hoogan.

«Nadie que tenga unos ojos así…»

24

El restaurante recomendado por Travis Hoogan era un viejo remolcador restaurado, amarrado en un embarcadero protegido por un brazo de cemento sobre el Hudson de modo que formara un pequeño muelle. Era una barcaza que la paciencia y la dedicación de alguien habían devuelto a una forma y un esplendor quizá incluso superiores a los originales. En la tranquilidad de su refugio, entre pequeños yates de líneas esbeltas y alargadas, esa embarcación corta y maciza que antaño se encargaba de remolcar grandes vapores daba la impresión de ser un gigante en calma, un gran león tranquilo que miraba con benevolencia cómo jugaban sus cachorros.

Cuando Jordan detuvo la moto y vio cómo se llamaba el lugar, se alegró de poder esconder su sonrisa bajo la visera del casco.

Steamboat Willie.

Era el título de uno de los primeros dibujos animados de Walt Disney. En ese momento pensó que los dibujos se cernían sobre él; el azar parecía empeñado en que fueran los protagonistas de su vida. Tal vez era su vida la que iba transformándose lentamente en una historieta. La suya y la de todas las personas envueltas en aquella absurda historia. Quizá estaban todas allí, mudas y sin saberlo, con la cabeza cubierta de bocadillos llenos de diálogos que alguien les escribía y que nadie parecía poder cambiar.

Bajaron de la Ducati y Jordan vio de nuevo el ritual del pelo de Lysa que salía del casco como si tuviera vida propia. Por su seguridad prefirió atribuir al nerviosismo de ese difícil momento de su vida lo que experimentaba cada vez que veía aquel gesto natural.

Se acercaron a la pasarela de madera apoyada contra el azul oscuro del casco. Subieron a bordo con la sensación de precariedad que daba el pequeño puente suspendido sobre el agua y entraron en la penumbra del restaurante, que olía a madera encerada y, por una extraña sugestión, a mar. Los muebles eran de riguroso estilo marinero, con bronces brillantes y mesas cubiertas con manteles de una rústica tela de color azul, como el barco.

Un camarero bastante joven se dirigió rápidamente hacia ellos con un andar que a Jordan le recordó el movimiento de un resorte. Tenía un aspecto simpático y una cara bronceada que le daba más la apariencia de un camarero de barco en alta mar que de un restaurante montado en un viejo remolcador anclado a la orilla de un río.

– Buenos días, señores. ¿Les apetece comer dentro, o prefieren disfrutar de este bonito día y quieren que les prepare una mesa en cubierta?

Su actitud profesional se evaporó de repente y en un tono amistoso y cómplice les dijo:

– Si me permiten un consejo, fuera la vista es mejor, y no hay nadie.

Jordan, indeciso, miró a Lysa y dejó que ella eligiera.

– Creo que fuera sería perfecto.

Siguieron al muchacho y se sentaron a una mesa a la sombra de una pérgola de madera laminada, cerca de la proa. El camarero dejó sobre la mesa dos menús forrados con tela encerada, y los dejó solos para darles tiempo a decidir.

Jordan cogió uno y lo abrió. Empezó a leerlo, pero su mente volvió donde estaban sus pensamientos.

Recordó lo que había sucedido en el despacho de Travis Hoogan y en lo que le había revelado Sarah Dermott por teléfono. Según las reglas, debería haber llamado a Burroni y contarle de inmediato las novedades, pero prefirió tomarse un poco de tiempo para analizar lo que acababa de descubrir.

¿Qué papel tenía este cuarto personaje de Snoopy, después de Linus, Lucy y Snoopy? Los dos primeros habían revelado su identidad en el momento de su muerte. Snoopy, quienquiera que fuese, corría el mismo riesgo, suponiendo que en aquel momento no estuviera ya recibiendo la visita de un hombre con el rostro oculto por la capucha de una chaqueta de chándal y que cojeaba un poco de la pierna derecha.

«Es para mañana. Pig Pen.»

¿Qué iba a suceder «mañana»? ¿Quién era Pig Pen?

Por ahora era solo el nombre de una figura de dos dimensiones, dibujada en tinta por un genio llamado Charles Schulz. Además, ese «mañana» ya hacía tiempo que se había descompuesto en muchos ayeres, y no proporcionaba una respuesta fácil. Y aludía directamente a la cuarta dimensión, la más hostil a ellos: el tiempo.

– Si me dices dónde estás, podría ir o al menos llamarte por teléfono.

La voz de Lysa llegó desde muy lejos, pero lo devolvió a la unidad de tiempo y lugar. Jordan dejó el menú sobre la mesa y se encontró con la sonrisa irónica de su compañera de viaje y el camarero, que lo miraba con un bolígrafo y una libreta en la mano.

Jordan se dio cuenta de que se había quedado ciego y sordo mientras Lysa pedía la comida.

– Discúlpame. Estaba pensando, y creo que me he perdido algo. ¿Tú ya has elegido?

– Hace varios minutos.

– Entonces, agilizaremos las cosas; lo que es bueno para ti también lo será para mí.

El camarero era un tío comprensivo. Asintió con la cabeza y garabateó algo en su libreta.

– Muy bien, entonces serpiente frita para los dos.

El muchacho reaccionó ante la sorpresa de Jordan con una sonrisa cautivadora.

– No se preocupe, señor, es una especialidad de la casa. El chef la cocina de tal forma que quedan tiernos hasta los anillos del cascabel.

Tras la carcajada de Lysa, se alejó por el puente con su raro paso elástico. Jordan y su compañera se quedaron a la sombra de un toldo, en la cubierta de aquel barco que ya no navegaría nunca. Él volvió la cabeza hacia la izquierda. Vista desde allí, la otra orilla del río era un lugar lejano y muy distinto, poblado de gente extraña, como todo horizonte que se respete. La sensación de que la gente que estaba del otro lado lo viera del mismo modo demostraba la relatividad de cualquier punto de observación.

Volvió a mirar a Lysa.

«Nadie que tenga unos ojos así…»

Se dio cuenta de que no sabía nada de ella. No sabía nada de su vida ni de por qué había ido a Nueva York. No sabía si nunca le había preguntado nada por temor a ser indiscreto o por temor a lo que Lysa pudiera decirle.

Durante el poco tiempo que llevaban conviviendo bajo el mismo techo, en realidad apenas se habían cruzado; intentaban seguir las directrices que pretendían imponer a su vida o que se veían obligados a aceptar. Cualesquiera que fueran las suyas, Lysa parecía poseer un arma envidiable: un carácter alegre pero resuelto y una optimista ironía con la que enfrentarse a cualquier cosa poco agradable que encontrara en el camino.

Solo una noche en la que él llegó muy tarde, mientras atravesaba de puntillas el pasillo, al pasar por delante de su habitación le pareció, en el silencio de la casa, oír que lloraba. Pero cuando volvieron a verse, por la mañana, en su cara no quedaba ni rastro de ese llanto, si lo había habido.

– ¿Cómo es que entre tú y Christopher hay tanta diferencia de edad?

Jordan respondió tratando de dar a su voz la ligereza de lo evidente.

– Bueno, es una historia muy simple. Mi padre era un hombre guapo, sin un céntimo, y que jugaba muy bien al tenis. La madre de Christopher era una mujer guapa, muy rica, y que también jugaba muy bien al tenis. Se conocieron y se enamoraron. Solo había un pequeño detalle. Él era un joven con unas cualidades que en ciertos ambientes se consideran defectos; ella era una chica que había nacido y se había criado en uno de esos ambientes. Antes del matrimonio los padres de ella le hicieron firmar a mi padre un contrato prenupcial que era más largo que un listín telefónico. Las cosas marcharon bien durante un tiempo, hasta que sucedió lo inevitable. Mi padre se dio cuenta, poco a poco, de que su mujer cada vez formaba más parte de su ambiente, mientras que él lo hacía cada vez menos. Cuando le pidió que se marchara con él para empezar otra vida juntos, se encontró frente a una rotunda y horrorizada negativa; mientras, el suegro ya le había tendido la alfombra roja que llevaba hacia una puerta abierta. Mi padre salió de aquella casa como había entrado. Sin un céntimo en el bolsillo y con dificultades cada vez mayores para ver a su hijo. Después conoció a mi madre, y doce años después de Christopher nací yo. La primera vez que nos vimos, él ya había iniciado su carrera política y yo acababa de salir de la Academia de Policía. Por unos hechos ajenos a nosotros éramos dos hermanos que se encontraban frente a frente sin tener sentimientos fraternos. Pese a todo, la cosa siguió adelante hasta hoy.

Jordan sabía que sus palabras eran la introducción a la siguiente pregunta de Lysa. Se relacionaba con el motivo por el cual, una noche de hacía unos años, ocupó un lugar que no era el suyo en un coche destrozado. No creía que estuviera preparado para responder a eso, por lo que recibió con alivio la llegada del camarero con dos platos en la mano.

La comida que había pedido Lysa no era serpiente frita, sino un excelente pescado cocinado en una delicada salsa de albahaca y leche de coco. Mientras comenzaban a comer, Jordan decidió abordar la conversación que hasta ese momento había evitado.

– Creo que, en general, mi vida no es muy interesante. Tú, en cambio, todavía no me has contado nada de ti.

Lysa adoptó una expresión que acompañó con un gesto de la mano que no armonizaba demasiado con la sombra que pasó durante un instante por sus ojos. Una sombra fugaz pero suficiente para oscurecer toda la luz y optimismo que pudieran contener. Se ocultó detrás de una sonrisa que, sin embargo, no conseguía velar la amargura.

– Lo mío es muy sencillo. Basta decir que para mí nada ha sido nunca simple.

Lysa hizo una larga pausa.

«Nunca.»

Incómodo por la cruda naturalidad con la que había dicho esta palabra, Jordan volvió de nuevo la mirada hacia la otra orilla del Hudson. Y de nuevo se encontró ante el eterno juego de las dos riberas. El lugar donde se encontraba Lysa era el del «nunca», y en la otra orilla estaba el espejismo del «siempre». Sin embargo, en su caso significaban lo mismo.

La voz de Lysa se lo contaba a él y a sí misma.

– Nací en un pequeño pueblo en medio del campo, cuyo nombre no te diría absolutamente nada. Ya sabes, un lugar de esos donde todos lo saben todo de todos. Mi padre era un pastor metodista, y mi madre, el tipo de mujer que solo podía ser la esposa de un hombre así. Devota, silenciosa y servicial. Trata de imaginar la vergüenza de un hombre obsesionado con Dios que ve crecer con orgullo a su único hijo varón, hasta que se da cuenta de que, a los catorce años, ¡comienzan a crecerle los senos! Me escondieron como si yo fuera un castigo por todos los pecados del mundo, hasta que su amor por Dios fue mayor que el amor por su hijo, varón o mujer o lo que fuera. A los dieciséis años, cuando me fui de casa, no tuve ni siquiera que tocar la puerta para ver cómo se cerraba a mis espaldas.

Jordan no estaba seguro de querer oír más. Él siempre había vivido en un mundo donde las cosas eran blancas o negras, donde se excluía todo posible matiz intermedio. Después de lo que le ocurrió vio, contra su voluntad, todos los matices posibles del gris. Las personas que había conocido en los últimos tiempos lo ponían frente a un número ilimitado de posibilidades. Y Lysa era una de ellas.

No obstante, ahora conseguía al fin dar un nombre a la atracción que ejercía en él. Rara vez la belleza es sinónimo de carácter. El carácter procede del sufrimiento, y una persona hermosa en general no ha tenido que esforzarse por conquistar nada, porque siempre encuentra a otras personas dispuestas a hacer cualquier cosa para regalárselo. Esto valía tanto para los hombres como para las mujeres. Habría podido valer incluso para Lysa, que había vivido haciendo equilibrios en la línea de separación. Salvo una diferencia que antes solo podía intuir pero que ahora empezaba a confirmar.

Para ella nada había sido simple.

«Nunca.»

Esas cinco letras hablaban de hierro y de roca pero también de algo extremadamente frágil que se escondía debajo.

– Después, solo fui de un lugar a otro. La historia de siempre. Yo te persigo a ti, que la persigues a ella, que lo persigue a él. Huir de personas que me buscaban cuando descubrían cómo era, y ver huir por el mismo motivo a personas a las que buscaba yo.

– ¿Nunca hubo nadie?

– Oh, sí. Como en todas las buenas historias de decepción, hubo un poco de ilusión. Hubo un hombre en el lugar de donde vengo ahora. Era alegre y simpático. Actor. Debería haber sabido que, cuando se vive fingiendo el amor, es fácil verlo también donde no lo hay. Pero cuando estábamos juntos me hacía reír hasta las lágrimas.

– ¿Y después qué pasó?

– Lo que pasa siempre. Las risas terminaron y quedaron las lágrimas.

Lysa cambió de expresión y dio a su voz un tono ligero, por pudor o por temor a abrirse demasiado. Volvió a ser la de siempre, alegre y oculta. Jordan tuvo una visión fugaz de una vida transcurrida huyendo y buscando. De qué, solo ella podía saberlo.

– Y aquí estoy. ¿Conoces la historia del soñador, el loco y el psiquiatra? -preguntó Lysa.

– No.

– Es un chiste, pero es un buen ejemplo. El soñador construye castillos en el aire, el loco vive en ellos y el psiquiatra cobra el alquiler.

Jordan se dio cuenta de repente de que debía hablar claro con aquella mujer. Y no le gustaba lo que se proponía decirle, porque sabía que tampoco le gustaría a ella.

– Hay algo que debo decirte.

Lysa revolvió delicadamente con el cuchillo una parte del pescado que tenía en el plato.

– Te escucho.

– Creo que tendré que buscar otro lugar donde quedarme.

– Entiendo.

Seca, breve, casi indiferente.

Jordan meneó la cabeza.

– No, no creo que lo entiendas.

Apoyó los cubiertos sobre el plato. No quería perder la atención de Lysa, ni que la distrajera cualquier gesto que no fuera su voz.

– Cuando era pequeño, vivía con mi familia en Queens. En la casa de al lado vivía otro niño, Andy Masterson. Como es natural, a menudo jugábamos juntos. Un día sus padres le regalaron un cochecito eléctrico. Recuerdo cómo andaba por ahí sentado en esa maquinita de plástico rojo, con los ojos brillantes de alegría. Yo sabía que no podía tener uno igual y me quedaba mirándolo con el deseo de dar al menos una vuelta, cosa que no sucedió nunca.

– Tu amigo Andy no era un niño demasiado generoso.

– Creo que no. Pero no se trata de eso.

Jordan fijó los ojos en los de Lysa.

– Recuerdo cuánto deseaba ese cochecito rojo. Lo deseaba desesperadamente, con todas mis fuerzas. Lo deseaba con la intensidad y la melancolía que solo puede sentir un niño.

– Me parece que para un niño debió de ser un problema muy serio.

Jordan respiró hondo, como antes de una apnea profunda.

– No, fue un problema pequeño. El problema serio es que ahora te deseo a ti mucho más que a aquel coche.

Enseguida se dio cuenta de que no había seguido el consejo del rector Hoogan. Mientras pronunciaba esas palabras bajó la mirada.

Cuando volvió a alzarla, vio la profunda mirada de Lysa; sus ojos no habían cambiado de expresión. Luego endureció el semblante y se levantó de la mesa. Sabía que él no había terminado y trataba de adelantar ese fin.

Habló sin mirarlo, con una voz que expresaba el cansancio de un déjà-vu.

– Creo que tienes razón. Quizá sea mejor que busques otro lugar donde quedarte. No tengo más hambre. Si me disculpas, te espero junto a la moto.

Se alejó con el pelo bailando sobre la espalda, movido por su andar y por la brisa que llegaba del río. Jordan se quedó solo, como jamás se había sentido en la vida; solo con sus pequeños remordimientos y sus miserables vergüenzas de hombre insignificante.

Esperó unos instantes; luego llamó al camarero y pagó la cuenta. El muchacho comprendió, por su expresión, que algo había cambiado entre ellos. Aceptó la propina y le dio las gracias sin recurrir a su habitual buen humor.

Jordan bajó por la pasarela, buscando a Lysa con la mirada. Un poco más adelante vio la mancha roja de la Ducati, y al lado la figura de ella, con la cara ya oculta bajo el casco. Como ya había sucedido antes, sintió nostalgia de su rostro, pero sabía que en ese momento no había sonrisa bajo la visera oscura. Ni para él ni para nadie.

Sin decir nada, Jordan se refugió a su vez en la protección del casco, subió a la moto y encendió el motor esperando sentir detrás de sí la presencia de su pasajera.

Cuando supo, por el ligero movimiento del asiento, que ella se había sentado, puso la marcha y aceleró. Iniciaron un mudo viaje de regreso a Nueva York, dejando pronunciar al viento las palabras que ellos no eran capaces de decirse; ese viento que con el mismo gesto distraído dispersa las nubes y los perfumes.

25

Maureen Martini se despertó con una fuerte sensación de escozor en los ojos. Se pasó suavemente los dedos sobre las gasas sujetas con esparadrapo, como si ese leve gesto pudiera aliviar la molestia. Le habían advertido que sucedería, pero eso solo no bastaba para hacer cesar el irritante hormigueo.

Después de la operación, las heridas habían cicatrizado con una rapidez que sorprendió hasta al profesor Roscoe, el cirujano que realizó el trasplante. Aquella rápida recuperación había acentuado el buen humor general, y ese día descubrirían si estaban o no en lo cierto. A las once en punto le quitarían las vendas y la dejarían sola ante el futuro.

Un futuro que podría vivir, pero quizá a tientas.

Por ese motivo, durante la noche durmió poco y mal. Oscuridad, sábanas y una carrera de obstáculos entre el optimismo y el pesimismo, una alternancia continua de todos los estados de ánimo que cabían en el estrecho espacio entre el quizá sí y el esperemos que no. El sueño, a su modo, tenía la tarea de restablecer las justas proporciones; durante unas horas la unía al resto del mundo en un lugar sin color donde volvería a encontrarse sola al llegar el día.

En uno de los pocos instantes en que se deslizó en una suerte de duermevela, se encontró inmersa en un extraño sueño, que le impresionó por la extraordinaria nitidez de las visiones y del que incluso ahora, después de haberse despertado, recordaba la secuencia de imágenes.

Se hallaba en la habitación de un niño. No era el cuarto de su infancia en Roma, porque no reconocía los muebles y por la ventana se veía vegetación y la orilla de un río. En el sueño, estaba sentada tras un escritorio y veía sus manos que dibujaban. El dibujo representaba a un hombre y a una mujer. La mujer estaba apoyada en una mesa, y el hombre, de pie detrás de ella. Pese a los trazos infantiles, el dibujo era muy preciso y se veía claramente que los dos estaban haciendo el amor. Luego se abría una puerta a su izquierda y entraba en la habitación un hombre con bigote. Ella le mostraba el dibujo con el orgullo y la inocencia que solo puede tener un niño. El hombre lo miraba y luego se enfadaba muchísimo. Ella veía cómo se movían sus labios y también cómo se enfurecía mientras agitaba la hoja ante sus ojos. El hombre rompía el dibujo; luego la cogía de la mano y, arrastrándola, la metía en un cuarto trastero. Maureen recordaba con todo lujo de detalles la cara del hombre que desaparecía en la oscuridad tras la puerta que se cerraba.

Luego se despertó, empapada en sudor, y se encontró con la misma oscuridad.

Estaba en Manhattan, en el piso de su madre, en la última planta de un edificio de ladrillos oscuros, en el número 80 de Park Avenue, no muy lejos de la Grand Central Station. Maureen habría preferido quedarse en el piso que tenía su padre en el centro, pero era evidente que, en su estado, durante la convalecencia necesitaría la ayuda de otra mujer.

Así, después de la operación aceptó a regañadientes pasar un tiempo en casa de Mary Ann Levallier. Pese a la natural preocupación de su madre por lo que le había ocurrido, Maureen no quiso hacerse excesivas ilusiones sobre la relación de ambas, que en su mente podía resumirse en pocas y sintéticas palabras: impaciencia contra suficiencia. Entre ellas había un afecto atávico, genético, casi institucional, que sin embargo no contemplaba un sentimiento parecido a la amistad.

Atenuados por los cristales dobles, desde abajo le llegaban los ruidos del tráfico de Nueva York. Era la ciudad que mejor conocía, después de Roma. Y en esas dos ciudades, entre millones de seres humanos, un día encontró a alguien que por fin lograba conocerla. La suya había sido siempre una historia suspendida entre dos mundos diferentes: formaba parte de ambos, pero en realidad no pertenecía a ninguno de ellos. La única persona capaz de hacer de intermediaria era alguien que experimentara lo mismo, movida por una música que aspiraba al cielo aunque estuviera obligada a permanecer en esta tierra. Una persona que había descrito las mentiras de la oscuridad y que en esa oscuridad se había convertido en la única verdad.

Una única persona.

Y ahora…

Desde el momento en que despertó en la policlínica Gemelli, después de aquella horrible experiencia, su vida fue una continua sucesión de sensaciones monocromáticas. La oscuridad que vendaba sus ojos exigió a todos los demás sentidos que entendieran por aproximación lo que sucedía a su alrededor. Incluso el viaje de Roma a Nueva York consistió en una serie de emociones fragmentadas, sin el hilo que proporcionan las imágenes y que constituyen el esqueleto del recuerdo.

Solo ahora que ya no la tenía se veía obligada a reconocer el peso determinante de la vista. Los desplazamientos se habían convertido en ruidos de motores y turbinas de aviones; los aromas y los olores, en extraños incidentes del trayecto. Las personas no eran más que voces y perfumes. A veces un contacto con otra piel hacía que se sintiera todavía un ser humano. En esa oscuridad sin paredes, el pendiente de Arben Gallani seguía su centelleante balanceo y el cuerpo ensangrentado de Connor no había cesado ni un solo instante de caer en el polvo.

En todo ese tiempo, en su mente, Maureen no había dejado de gritar.

La voz del profesor William Roscoe, el cirujano que la operaría, era solo una voz más que por un momento había sobresalido por encima de ese largo grito silencioso. Grave, de barítono, agradable, daba seguridad al sonido de un acento que Maureen no conseguía identificar pero que no era el seco y penetrante de Nueva York. Notaba su presencia al lado de la cama. Olía a bata limpia y a hombre recién afeitado.

– Señorita Martini, la intervención a la que la someteremos es relativamente simple y tiene un postoperatorio rápido. Le implantaré dos córneas nuevas y utilizaré el cultivo de células estaminales para evitar cualquier problema de rechazo relacionado con su peculiaridad genética. Pienso que en pocos días estaremos en condiciones de quitarle las vendas, y en cuanto a la posibilidad de que vuelva usted a ver, puedo anticiparle que es casi una certeza. La única complicación es que después deberá someterse a un par de pequeñas intervenciones más, que servirán para reforzar con otras células estaminales la estabilidad definitiva de las córneas nuevas. Por otra parte, temo que después de la intervención tendrá que llevar durante un tiempo unas gafas oscuras, pero eso no hará más que añadir un toque de misterio a su encanto natural. ¿He sido suficientemente claro, o hay algo que desee que le explique?

– No, todo está absolutamente claro.

– Quédese tranquila. Como le he dicho, a lo sumo en una semana volverá a ver.

Maureen pagó con optimismo el optimismo del médico.

– Seguro que volveré a ver -respondió con confianza.

«Seguro que volveré a ver. No para lo que quiero ver, sino para lo que debo ver. Y será una cara frente al cañón de una pistola…»

La operación no fue más que el chirriar de las ruedas de una camilla, más olor a desinfectante, voces en una sala de operaciones llena de luces de las cuales sentía solo el calor, el pinchazo de una aguja en el brazo y después la nada. En definitiva, la anestesia solo fue un salto a una oscuridad más profunda, durante la cual pudo permitirse el lujo de no pensar.

Cuando despertó de la anestesia, la esperaban las voces y las manos de su padre y de su madre. Y el perfume de ella, discreto y exclusivo. Maureen trató de imaginársela, sentada junto a la cama, elegante pese a todo y cuidada hasta en el menor detalle. Una mezcla de clase y dominio de sí misma. En otros momentos lo habría definido como frialdad, pero ahora, en ese trance, volvía a concederle el beneficio de la duda. Sin embargo, le habría gustado que una repentina amnesia fruto de la preocupación maternal hubiera hecho que descuidara, al menos por una vez, la simetría de los pliegues de su fular.

Decidió no encender la radio que habían colocado en la mesita situada junto a la cama. En parte para que su madre y la criada no supieran que se había despertado, pero sobre todo para no dar con un programa en el que un pinchadiscos cualquiera se empeñara en un despiadado homenaje a la vida y la música de Connor Slave.

Un par de días atrás oyó que se proponían organizar un gran homenaje en el Carnegie Hall. Gracias a la tecnología digital y a un complejo programa de ordenador, era posible manipular las imágenes de vídeo y de las apariciones televisivas de Connor y crear una figura suya tridimensional. Habría proyectores holográficos que, en cascada virtual sobre el escenario, sincronizarían las imágenes virtuales con un concierto real, con una orquesta compuesta por músicos de carne y hueso.

Era un suplicio del que Maureen no se recuperaría jamás.

Verlo en el escenario con la consistencia de un fantasma, saber que era solo un títere animado por los hilos de una máquina, y aun así, sentir el impulso de subir corriendo a abrazarlo y tocar con las manos sus cabellos, para comprobar que solo era aire teñido de ilusión.

El escozor en los ojos se había calmado, y sintió ganas de ir al lavabo. Esa necesidad tan física y banal hizo que se sintiera viva. No quería llamar a su madre, y menos aún quería someterse a las atenciones de Estrella, la criada de origen español que la cuidaba, mientras pronunciaba palabras confusas con suave acento latino alternadas con términos en español.

Hasta esa pequeña obstinación en valerse por sí misma era una conquista. Conocía la habitación, aunque no muy bien. La había visto en otros momentos, cuando todavía no había aprendido a usar la memoria de murciélago por la que ahora se veía obligada a dejarse guiar.

Se levantó de la cama y, tanteando, se dirigió despacio hacia el cuarto de baño con pasos atentos. Eludió un mueble y rodeó un sillón. Puso una mano sobre la superficie fría y lisa de la pared y la deslizó hasta alcanzar la puerta. Buscó el picaporte y lo hizo girar hasta conseguir abrirlo. Empujó la hoja y guiándose por ella la siguió hacia el interior. Un solo paso inseguro y de golpe…

«… hay luz y la cara de una mujer teñida de azul debajo de mí. Estamos tendidos en el suelo y alrededor todo es blanco y hay manchas de color y yo estoy sobre el cuerpo de ella y siento una parte que no sabía que poseía que se mueve dentro y fuera de ella caliente y húmeda y veo su cara violácea que se va destiñendo poco a poco. La veo pero no me llega su voz. La observo mientras se pierde con un gemido que no puedo oír entre las volutas de humo del orgasmo y también yo de golpe me incorporo y debajo de mí está la sorpresa de un pene que agarro y sacudo y veo gotas de esperma que salpican todo mi alrededor mientras también yo caigo en la trampa sin fondo de un placer fuerte y desconocido. Después estoy en el suelo y…

»… estoy de pie delante del espejo y mi cara me mira, una cara roja como si estuviera cubierta con la sangre de mis heridas. Me observa desde el recuadro brillante que da hacia otro mundo, que parece haber hecho de la locura su regla elemental. Mis labios se mueven mientras apunto un dedo como una pistola hacia mi imagen y…

»… voy hacia la puerta del fondo de esta enorme habitación tan luminosa y la abro y en la sombra del rellano hay una figura inmóvil que ahora avanz…»

Maureen se encontró de rodillas en el suelo con las manos apretadas contra las sienes, de nuevo hundida en la oscuridad. Estaba exhausta, como después de una pesadilla o de un orgasmo. Probablemente era esta última sensación. Se sentía vacía como si el placer que había experimentado en ese momento de desfallecimiento hubiera sido real, pero con la percepción antinatural de haberlo vivido con el cuerpo de un hombre. La mano que había sentido que se deslizaba sobre el pene era la suya, al igual que había sentido cómo se precipitaba el chorro de líquido seminal para salir prepotente y presuntuoso por una parte del cuerpo que no debía y no podía tener.

Se inclinó despacio hacia delante hasta apoyar la frente caliente, febril, sobre el refrescante mármol del suelo.

«No es posible. No es posible…»

La puerta de la habitación se abrió un momento antes de que sucumbiera al pánico, que hace de la oscuridad el mejor lugar donde tender sus emboscadas.

– ¡Madre de Dios! ¿Qué le sucede, señorita? Espere, que la ayudo.

Oyó la voz alarmada y el paso suave de Estrella, que se le acercaba. Desde una parte lejana del piso le llegó el sonido rítmico de los tacones de su madre.

Después, el consuelo de dos manos fuertes y por suerte conectadas a unos ojos seguros.

– Venga usted, señorita, apóyese en mí; la llevaré a acostarse en la cama.

Estrella la ayudó a erguirse y la guió por la habitación apoyándola contra su cuerpo robusto, mientras Maureen intentaba, sin lograrlo, que su corazón latiera más pausadamente. La voz enérgica de Mary Ann Levallier la sorprendió a mitad de camino.

– ¿Qué ocurre, Maureen? ¿Te has hecho daño?

Ahí estaba: impaciencia contra suficiencia.

– No es nada, mamá. He tropezado y me he caído.

– Estrella, pero ¿cómo es posible? Creí que había sido clara. La señorita no debe quedarse sola ni un instante.

Maureen meneó la cabeza.

– No es culpa suya. Es solo mía. He querido ir sola al baño, y he resbalado. Ya estoy bien.

Pasada la angustia, percibía en la voz de su madre un enfado que sobrepasaba el alivio.

– Me sorprende que en tu estado todavía tengas ganas de hacer estas demostraciones de valentía. No puedo creerlo. ¿Qué sentido tiene?

Habría querido explicarle el sentido de eso que ella definía desde siempre como «demostraciones de valentía». Muchas veces lo había intentado, desde que era una niña, pero Mary Ann Levallier siempre se había negado a besar el sapo que su hija le tendía con orgullo. Para ella era solo un asqueroso animal que jamás tendría la posibilidad de convertirse en príncipe.

Los cuentos solo eran cuentos.

Maureen pensó que era inútil intentar hacérselo entender ahora. La dejó con su escepticismo y cambió de tema.

– ¿Qué hora es?

– Las nueve y media. Creo que ya es hora de que te prepares. Sabes que a las once tenemos una cita con el doctor Roscoe.

«¿Cómo podría olvidarlo? He estado contando cada segundo.»

– Sí, ya me visto.

– Perfecto. Yo voy a pedir un coche para las diez y media. Estrella, quédese aquí, y esta vez preste atención a lo que hace.

La discusión con la madre y el breve descanso en la cama la distrajeron de la angustia que le había provocado la imprevista aparición de esas imágenes salidas de la nada. Se levantó y buscó el apoyo de la criada, más para que se sintiera útil tras las palabras de la dueña de la casa que porque realmente lo necesitara.

Se dejó guiar hasta el cuarto de baño y aceptó los comentarios latinos de Estrella mientras la ayudaba a desnudarse.

– Qué bonito cuerpo tiene, señorita. Ni un gramo de grasa. Parece una estrella de cine.

Maureen guardó silencio mientras imaginaba a la voluminosa mujer y su cara madura, que debía de haber sido hermosa en otros tiempos. Abrió el grifo y salió agua tibia, en lugar de la ducha helada que le había caído encima poco antes. Siempre rodeada de los cautos cuidados de Estrella, se obligó a hablar con ella para no pensar más en lo que había sucedido ni en lo que sucedería dentro de poco.

Se secó con una toalla que era solo un tejido sin color, se vistió con prendas que había aprendido a reconocer al tacto y se peinó el pelo con unas manos que no eran las suyas y que aceptaban el veredicto de ojos diferentes de los suyos.

– Listo, señorita. Confíe en mí, está usted guapísima.

Las palabras de Estrella extrañamente le recordaron a Duilio, el encargado del garaje donde guardaba su coche en Roma. Quizá ese hombre existía todavía, al otro lado de aquella inmensa habitación oscura en la que ella estaba confinada. Quizá aún existía Roma. Quizá existía todavía el mundo.

«Quizá exista yo todavía…»

Cuando su madre, con la voz y los tacones de siempre, acudió para avisarle de que el coche ya esperaba en la calle, la siguió para intentar obtener una respuesta a esa pregunta.

Salió de la casa para ir a descubrir si había recuperado la vista y trató de dejar encerrado a sus espaldas el terror de haber perdido la razón.

26

Maureen aceptó el asiento y el rechinar de la silla de ruedas como un alivio para su sentido del equilibrio. En cuanto se apeó del coche, ella y su madre fueron recibidas por un enfermero que las esperaba. Luego otro hombre desconocido, con un perfume dulzón y aliento a dentífrico, la empujaba ya por los pasillos del hospital Holy Faith, donde la habían operado. Maureen no estaba muy segura de tener presente la arquitectura del edificio. Los hospitales suelen mirarse un instante y se borran enseguida, para olvidar que existen. Conocía Nueva York lo bastante bien para recordar que el Holy Faith quedaba en el Lower East Side, un poco más abajo de la mancha verde del Tompkins Square Park. Muchas veces, durante su breve estancia, se había preguntado si desde su ventana se verían las copas de los árboles. Y cada vez se respondía que tal vez no las vería nunca más desde ningún lugar.

Después de la charla con Estrella, Maureen hizo todo el viaje en silencio y dejó a su madre la tarea de dirigir al chófer, que hablaba inglés con un fuerte acento ruso y que para ella era solo una más entre tantas voces.

Trató de imaginar qué cara podía tener.

Esa cadencia de tonos guturales le trajo a la memoria otra, vinculada irremediablemente a la imagen de un pendiente en forma de cruz con un pequeño diamante en el centro. Maureen trató de pensar en otra cosa, del mismo modo en que se cambia de tema en una conversación, pero cuando se habla con la propia mente casi nunca es posible. El recuerdo se fundió con la extraña experiencia de hacía rato, y pronto volvió a enfrentarla al miedo. Dudaba si hablar de ello con el profesor Roscoe, pero al final decidió no hacerlo. En ese teatro en que se había convertido su cabeza, la escena era tan clara y nítida como esa especie de alucinación que la había sorprendido en la puerta del cuarto de baño. Imaginaba al cirujano, al que había dado un rostro provisional, incómodo mientras buscaba las palabras adecuadas para aconsejarle la ayuda de un buen psicólogo. Y lo último que necesitaba en ese momento era estar rodeada de personas que dudaran de si la experiencia sufrida había hecho mella de algún modo en su raciocinio.

Avanzaron por el pasillo en un silencio acolchado, solo interrumpido por los pasos de alguien con quien se cruzaban

«¿un médico?, ¿un enfermero?, ¿otro ciego como yo?»

y algún intermitente y fugaz olor a medicinas. El Holy Faith era un hospital pequeño y no tenía una sección de primeros auxilios, por lo que no había altavoces que hicieran llamadas de urgencia a los médicos. Se trataba, principalmente, de un instituto de investigaciones avanzadas, provisto de un número de camas muy limitado. Las curas y las intervenciones que se practicaban con las técnicas más modernas se dirigían exclusivamente a problemas oftalmológicos. El doctor William Roscoe era uno de los principales especialistas del mundo en este campo. Pese a que aún era joven, según algunos colegas sus investigaciones en células estaminales totipotentes le acercaban a pasos agigantados al premio Nobel.

Y, si todo marchaba como él había predicho, también ocuparía un lugar de honor en el santuario privado de Maureen Martini.

La silla de ruedas frenó suavemente y las manos expertas del que la empujaba la hicieron trazar una curva hacia la derecha. Oyó el ruido de una puerta que se abría y la silla entró en una habitación donde de pronto notó la mano de su padre que ya se tendía para acariciarle la mejilla. Ni siquiera aunque se pasara un siglo haciendo cursos de oratoria lograría disfrazar la angustia de su voz.

– Hola, tesoro.

– Hola, papá.

– Verás como todo saldrá bien.

La voz del profesor Roscoe se mezcló con la de Carlo Martini, igual, si no en el timbre, al menos en la intención.

– Estoy absolutamente de acuerdo, señorita. ¿Cómo se siente?

– Bien, supongo.

– Apuesto a que anoche no durmió mucho.

Maureen se preguntó cómo podía notarse con tanta claridad la sonrisa en una voz aunque no se viera a la persona que hablaba.

– Creo que ha acertado -bromeó Maureen.

– Es normal que esté un poco alterada. Señora Wilson, dele un ansiolítico.

– Preferiría que no lo hiciera.

– En medicina no existe la democracia, señora comisario. Y dado que yo prefiero que sí, estoy seguro de que le hará bien tomarlo.

La voz de su madre llegó en apoyo del médico.

– Te ruego, Maureen, que hagas exactamente lo que te dice el doctor.

Oyó los pasos de una persona que se acercaba. La enfermera le puso en la mano un vasito de plástico con una píldora y otro vaso lleno de agua, y la ayudó a tomarla.

La voz de Roscoe sonaba satisfecha.

– Muy bien. Señora Wilson, ¿será tan amable de bajar las persianas y encender al mínimo esa pequeña luz que hay sobre mi escritorio?

Maureen oyó el ruido del taburete que el médico acercaba para situarse frente a ella.

– Muy bien. Ahora vamos a ver qué hemos hecho.

Una presión bajo el mentón le levantó la cara, y poco después sintió dos manos expertas que despegaban con delicadeza los esparadrapos.

Primero uno…

«señorteloruegoseñorteloruegoseñorteloruego»

… y después el otro.

«señorteloruegoseñorteloruegoseñorteloruego»

Maureen notó una sensación de liberación y el aire fresco sobre el ligero sudor de los párpados cerrados. En ese momento el tiempo pareció detenerse. Al igual que su respiración. Le parecía que todos los habitantes del mundo se hallaban del otro lado de la ventana espiando el juego que el destino estaba practicando en aquella estancia.

– Ahora, señorita, abra lentamente los ojos.

Maureen lo hizo.

«¡señorteloruegoseñorteloruegoseñorteloruego!»

Y seguía viendo oscuridad.

Sintió que el corazón estallaba dentro de su pecho en un latido enorme, como si hubiera querido darle una última y estruendosa señal de su presencia allí antes de dejar de latir para siempre.

Después de esa oscuridad llegó una luz inesperada y vio una figura de hombre inclinada sobre ella con las manos alzadas hacia su rostro. Un solo instante. Tal como había llegado, esa milagrosa claridad se apagó, como en la secuencia de una película proyectada al revés.

Y todo volvió a ser negro.

Maureen oyó que su voz le salía de la boca reseca sin la presión del aliento. También su muda plegaria la había engullido la noche.

– No veo.

La voz del profesor Roscoe llegó luminosa con un mensaje de calma y esperanza.

– Espere un instante. Es normal. Debe dar a sus ojos tiempo para acostumbrarse a la luz.

Maureen cerró de nuevo los párpados, molesta por un ligero ardor, como si tuviera arena en los ojos.

Cuando volvió a abrirlos vio el amanecer más hermoso del mundo. Vio una luz rosada y tenue que surgía en el hechizo de una consulta médica y un hombre con el mismo rostro de antes, inclinado sobre ella con una bata blanca y la mancha coloreada de los cuadros en la pared y una bendita lámpara encendida como un faro sobre un escritorio y una enfermera con el pelo rojo en el fondo de la sala y su madre con un conjunto azul y su padre con una colmada esperanza en la cara y la acostumbrada corbata a rayas en el cuello y al fin logró concederse, después de todo lo ocurrido, el lujo de unas pocas, preciosas lágrimas de alegría.

El hombre de la bata blanca le sonrió y le habló; al fin el profesor Roscoe, además de una voz, tenía un rostro.

– ¿Cómo se siente ahora, señorita?

Permaneció un instante en silencio antes de darse cuenta de que ese retumbo que sentía en los oídos provenía de algún lugar del interior de su pecho.

Pero también ella sonrió.

– Doctor, ¿le han dicho alguna vez que es usted un hombre guapísimo?

William Roscoe se enderezó y dio un paso atrás. Una mueca tiñó de ironía su rostro bronceado.

– Más de una vez, Maureen, más de una vez. Pero es la primera vez que una mujer lo hace después de que la haya curado. En general, en cuanto me ven bien dejan de decirlo. Discúlpeme la confianza, pero ante ciertos resultados todavía tengo tendencia a entusiasmarme un poco.

Mary Ann Levallier y Carlo Martini guardaron silencio, con la expresión del que ve pero no comprende qué está sucediendo. Cuando comprendieron el sentido de ese diálogo entre Maureen y el médico, se precipitaron a estrecharla entre los brazos, sin darse cuenta de que se estaban abrazando también entre ellos.

Maureen dejó que la emoción de sus padres la contagiara. Un cuento de hadas que esta vez se había hecho realidad. Había besado al sapo, y el sapo se había convertido en príncipe, y ella al fin lograba verlo.

– Bien, señores, después de este comprensible arrebato, ¿puedo continuar con mi trabajo?

Roscoe se hizo lugar entre los seis brazos y tendió una mano a Maureen.

– Venga, por favor. Permítame echarle una mirada un poco más a fondo. Póngase lentamente de pie. Puede que sienta un ligero vahído, después de tanto tiempo sin ver.

La ayudó a llegar hasta unas máquinas situadas en el fondo de la consulta. Hizo que se sentara en un taburete y apoyara el mentón en un soporte.

– Tranquila. Impresiona un poco pero no es doloroso.

Roscoe se sentó frente a ella y comenzó a hacer un examen concienzudo, con unas cortas luces azules e instrumentos que le rozaban los ojos dejándole un pequeño escozor y provocando un lagrimeo natural.

– Muy bien.

Se levantó y la ayudó a salir de aquellas máquinas que recordaban a las de una historia de ciencia ficción.

– Como le dije, durante un tiempo deberá usar gafas oscuras. La sensación de molestia que experimenta se atenuará gradualmente. La señora Wilson le dará un antibiótico en gotas y un colirio que deberá aplicarse tal como he escrito en la receta. Nada de ordenador y poca televisión. Trate de no cansarse demasiado, duerma todo lo que pueda y vuelva a verme dentro de una semana, para un control. Según vaya la recuperación decidiremos cuándo insertar las otras células.

Tendió las manos en un gesto de artista de circo tras un doble salto mortal.

– Bien, señores, esto es todo. Por mí, pueden marcharse.

Mientras se desarrollaba el ritual de los saludos y los agradecimientos, Maureen se tomó unos instantes para fijar definitivamente en su memoria la figura del profesor William F. Roscoe. Era unos diez centímetros más alto que ella y su cara era la de hombre no hermoso pero sí atractivo; tenía las sienes algo canosas y el color sano del que hace mucha vida al aire libre. No le sorprendería verlo, con su físico enjuto, al timón de un velero. Además tenía una sonrisa contagiosa y una capacidad natural para comunicarse.

Salieron de la consulta. El camino de regreso a casa fue para Maureen un espectáculo fantástico. Las baldosas de color verde claro del hospital Holy Faith le parecieron los mosaicos de piazza Armerina, el sol que la esperaba fuera tenía la luz de las Maldivas, y el chófer de la limusina que la había llevado solo era un inofensivo hombre de cierta edad con un curioso acento ruso.

Despidió con un abrazo a su padre, que ahora podía regresar a Roma en un estado de ánimo totalmente distinto al del viaje a Nueva York. Durante el trayecto hacia Park Avenue los ojos de Maureen se tomaron la revancha. Mary Ann Levallier iba en silencio, mientras su hija absorbía los colores y las imágenes junto a cualquier estímulo externo a través de ese sentido durante tanto tiempo anulado. Le parecía ver los ruidos del tráfico, los olores y los perfumes de la ciudad mientras recorrían el Bowery. El reloj electrónico de Virgin, en Union Square, parecía una obra de arte y no un simple monumento al tiempo que pasa, y la Grand Central Station era un lugar mágico con trenes que partían quién sabía hacia dónde.

Cuando entraron en el piso las recibieron la alegría y la emoción de Estrella, que la siguió aprensiva hasta su habitación, como si todavía necesitara una guía. Maureen le pidió que la dejara sola y que bajara un poco las persianas antes de salir.

Aunque no compartía los gustos de su madre en cuanto a decoración, esa habitación en penumbras le pareció maravillosa. Tras toda aquella tensión, ahora se sentía agotada. Se sentó en la cama y comenzó a quitarse los zapatos. Se acostó y decidió concederse una pequeña y breve transgresión, después de un período de oír voces sin cara por la radio.

Cogió el mando a distancia, encendió el televisor y lo sintonizó en el Eyewitness Channel.

– Continúan las investigaciones en torno al misterioso homicidio de Chandelle Stuart, única heredera de la fortuna de los magnates del acero, a quien encontraron muerta hace dos días en su piso del Stuart Building, en Central Park West…

En la pantalla aparecía la imagen de una mujer con el pelo oscuro y un rostro afilado. La boca era un pliegue duro que le daba un aspecto lascivo.

– A pesar de la extrema reserva que mantienen las autoridades, fuentes fidedignas vinculan este crimen con el de Gerald Marsalis, más conocido como Jerry Kho, el pintor que era hijo del alcalde y al que se encontró asesinado en su estudio hace tres semanas. Una conferencia de prensa…

Las palabras del locutor se perdieron en el limbo del que Maureen acababa de salir. En el televisor había aparecido el rostro de un hombre, y ese rostro anuló de golpe todas las buenas sensaciones que le habían regalado los últimos instantes vividos.

Maureen conocía ese rostro.

Lo había visto aquella misma mañana, durante lo que ella había tomado por una alucinación.

Era el hombre que le había hecho vivir la sensación antinatural de poseer un pene y le había impuesto su sonrisa cruel en un espejo asomado a un mundo sin más allá, con el semblante de un color rojo demoníaco, como si estuviera cubierto con la sangre de mil heridas.

27

El taxi se detuvo al final del parque Carl Schurtz, a la altura de Gracie Mansion. Después de haber pagado la carrera a un taxista con turbante que parecía haber hecho del ajo su único alimento, Maureen se apeó con alivio y se dirigió por el sendero asfaltado, en leve pendiente, que llevaba a la residencia oficial del alcalde de Nueva York. Desde su izquierda llegaban los gritos de unos niños, desde la zona de juegos del pequeño parque. Más abajo había una plazoleta con una estatua de Peter Pan que se había utilizado en centenares de películas. Pensó que en realidad todo Nueva York era un enorme plató cinematográfico, lleno de lugares que uno había visto tantas veces como para perder las ganas de conocerlos de verdad.

Con estas reflexiones, Maureen llegó a un banco y se sentó, con la sensación alienante de ser obligada contra su voluntad a ocupar el lugar que alguien le había asignado en una historia de locos. Vista desde fuera, parecía solo una mujer guapa sentada en el parque, que descansaba unos instantes antes de proseguir su jornada.

Y exactamente era esto lo que Maureen debería ser en aquel momento. Una persona normal con una vida normal, sin recuerdos y sobre todo sin recuerdos que no fueran suyos. En un primer momento, el descubrimiento que hizo el día anterior la trastornó: aquellas imágenes violentas habían llegado como mensajes de un lugar desconocido, y luego tuvo la intuición de que quizá llegaban de un lugar donde se había cometido un crimen.

Y de nuevo la víctima era ella.

De nuevo y todavía.

Primero a través de sus ojos y ahora a través de los ojos de otro, que, sin ningún sentido y por un motivo que no conseguía explicar, ahora eran los suyos.

Maureen se quitó las gafas y las dejó a un lado, sobre el banco, para poder llorar sin obstáculos en el refugio seguro de sus manos apoyadas contra la cara. El día anterior, tras ver en la televisión las imágenes de ese joven asesinado y descubrir quién era y qué le había sucedido, tardó pocos minutos en salir del estado en el que estaba. Su raciocinio acudió en su ayuda, y se aferró a él como a una cuerda de salvación tendida sobre un abismo.

Cogió el teléfono y llamó al doctor Roscoe al hospital Holy Faith. Cuando oyó su voz tuvo una sensación de seguridad, como la presencia reconfortante de un amigo en una situación desesperada.

– Hola, Maureen. ¿Pasa algo malo? ¿Se encuentra usted bien?

En la voz del médico había una ansiedad que Maureen creyó justo disipar.

– No, todo está bien. Ningún problema físico, si a eso se refiere. Simplemente quería preguntarle algo, si es posible.

– Dígame.

– ¿Usted conoce la identidad del donante? ¿Sabe a quién pertenecían las córneas que me ha implantado?

Hubo un instante de reflexión al otro lado. Maureen no logró interpretar el sentido. Tal vez Roscoe le diría que no lo sabía, tal vez lo sabía y no se lo diría.

– No. Recibimos la comunicación de que había órganos disponibles y cuál era la tipología genética del donante, pero su identidad nos es absolutamente desconocida. La extracción se hace en otra parte y, por motivos que podrá usted comprender fácilmente, se mantiene en una reserva absoluta.

Maureen se quedó perpleja. Probablemente, como médico ya se había enfrentado a preguntas semejantes, tanto de un lado como del otro. Personas que querían saber quién era el donante, o parientes que pedían conocer la identidad de quien se había beneficiado con la desaparición de un hijo, un marido, un hermano del que habían recibido un órgano, y hacerse así la ilusión de que al menos una parte de él aún seguía viva.

– Maureen, sé qué está sintiendo. Es comprensible, y más aún para usted, que ha llegado a esto después de una terrible experiencia. Esta no es la mejor actitud. Trate de no pensar en nada más que en usted misma. A veces los recuerdos son monstruos. Depende de usted y del tiempo la posibilidad de domarlos día tras día.

Maureen sintió de nuevo la tentación de hablar con él de la experiencia que acababa de vivir. Ansiaba la liberación que podía dar una confidencia así, pero sospechaba que entonces pasaría de una jaula a otra y estaría rodeada de personas que la creerían una alucinada y tendrían en sus manos las llaves de esas jaulas.

No, era algo que por el momento debía manejar sola.

– Tal vez sea como usted dice.

– Sin duda lo es. No lo digo por presunción, sino por experiencia. Relájese y acepte lo que le ha dado la vida. Y si no le gusta, con toda seguridad encontrará dentro de usted la fuerza para cambiarlo.

Se despidió del doctor Roscoe, la persona que sin saberlo la había salvado de una pesadilla y la había metido en otra. Colgó el teléfono. Paseó la mirada por la habitación y se preguntó con los ojos de quién estaba mirando. Se encontraba, por motivos diferentes, en el mismo estado de ánimo que el día anterior, mientras esperaba saber si recuperaría la vista.

Con una sola diferencia.

Esta vez pudo ver al otro lado de los cristales cómo la noche se dirigía hacia el alba, sin sueños porque no había dormido ni siquiera un instante. Durante un rato vagó entre sus pensamientos como en un bosque impenetrable, y cada vez que creía haber hallado una salida se encontraba ante la decepción de volver al punto de partida.

Al fin, lo irracional la llevó a aferrarse a lo único que le quedaba de racional. Era policía y tenía la posibilidad de contribuir a resolver un crimen. Cómo, todavía lo ignoraba. Y mucho menos con quién.

Su miedo a la reacción de aquellos ante quienes se encontraría aún persistía, pero era un riesgo que debía correr. Era el único camino que le quedaba. O al menos el único que creía que debía recorrer, para no volverse loca de verdad. Este era el motivo por el cual en aquel momento se hallaba sentada en un banco pintado de verde en el parque que se extendía frente a Gracie Mansion. Sabía que el alcalde Marsalis conocía bien a su madre y esperaba que eso, además de cualquier información que pidiera sobre su hoja de servicio en Italia, mitigaría en cierta medida la enormidad de lo que se proponía exponer.

Pero ahora que estaba a punto de llegar a su meta no encontraba el valor para levantarse, entrar en aquel lugar y decir lo que tenía que decir.

Se preguntó si un culpable, antes de ir a entregarse, se sentiría del mismo modo. Cogió las gafas y se las puso para, por lo menos, pensar que en efecto la protegían. Se levantó y se dirigió hacia la verja y hacia el vacío que se abría ante ella.

28

– Pero ¿es posible que no se pueda encontrar el menor indicio en esta historia de mierda?

Christopher Marsalis se levantó del escritorio de su despacho y se quedó de pie como si no supiera qué epílogo dar a su inesperado arrebato. Se había remangado, por lo que podían verse sus robustos antebrazos, y llevaba el cuello de la camisa desabrochado. La corbata era una mancha de color sobre la chaqueta oscura, que estaba arrojada descuidadamente sobre el respaldo de la silla.

Se pasó una mano por el pelo blanco y miró a los dos hombres que lo observaban en silencio sentados frente a él. Volvió a sentarse, con expresión afligida.

– Disculpadme. Creo que estoy un poco nervioso.

Jordan no dijo nada. Nunca había oído a su hermano pedir disculpas por nada. Era bastante significativo que lo hiciera justo en aquel momento.

El detective James Burroni, en cambio, se sintió aludido.

– Señor alcalde, le garantizo que hemos seguido todos los caminos posibles. Desde que Jordan tuvo esa intuición en cuanto a Chandelle Stuart, hemos dado un pequeño paso adelante. Algunos hombres del departamento están interrogando discretamente a los profesores que formaban parte del cuerpo docente del Vassar College en la época de los hechos. Estamos investigando incluso en la United Feature Syndicate, la editorial de Snoopy. Gracias a ellos hemos iniciado una investigación entre los herederos de Charles Schulz, para ver si hay algo útil entre las notas y cartas que ellos tienen.

Christopher apartó la silla del escritorio para ponerse más cómodo. Estaba ojeroso. Jordan se dio cuenta de que no debía de haber dormido mucho desde que había empezado aquel asunto.

– Detective, estoy seguro de que están ustedes haciendo todo lo posible. Lo que me enfurece es que no hagamos más que girar los pulgares mientras hay un maldito asesino en serie que está planeando otro homicidio.

Jordan hizo oír al fin su voz, al tiempo que se levantaba de la silla.

– Quizá tengas razón, pero no me convence del todo. A los asesinos en serie les gusta la publicidad, quieren que sus actos se hagan públicos, para obtener de los medios la gratificación que buscan. En nuestro caso no hay la menor señal de un intento de romper el secreto que hasta ahora hemos conseguido mantener sobre estos delitos.

– Tal vez sea como tú dices, pero no logro encontrar una definición mejor para alguien que anda por ahí matando a personas inspirándose en tiras cómicas que se hicieron para divertir a la gente.

– La clave de todo está precisamente ahí, en mi opinión. Solo que no logro comprender cómo.

Al usar el verbo en singular había cargado sobre sí la responsabilidad de ese estancamiento, y Burroni se lo agradeció. Desde el momento en que entró en esa habitación no había podido quitarse de encima cierta incomodidad. No todos los días un simple policía era admitido en el sanctasanctórum del alcalde, lo cual, además de la falta de resultados, era el principal causante de su estado de ánimo.

Jordan empezó a andar por la sala, en ese modo suyo de reflexionar en voz alta que Burroni ya reconocía y valoraba. Escuchó en silencio su frío análisis de los hechos, que era impersonal como si una de las víctimas no hubiera sido su sobrino ni se hallara en presencia del padre. El detective solo entendía instintivamente aquella capacidad de concentración.

– Razonemos. Tenemos a una persona que comete crímenes inspirándose en una historieta. La primera víctima es alguien importante. Es un pintor famoso, pero es también el hijo del alcalde de Nueva York. Por algún motivo, podría ser incluso una venganza contra él, pero la forma en que se cometió el delito lo excluye. Después llega una segunda víctima. Esta vez es una mujer, que también pertenece a una familia importante de la ciudad. El nuevo homicidio tiene la misma inspiración que el anterior. Una tira de historietas, popular en todo el mundo, que se ha publicado en este país entre las tiras diarias y dominicales de por lo menos ciento cincuenta periódicos: Snoopy.

Jordan hizo una pausa, como si siguiera una idea que se había asomado un instante y había desaparecido de pronto.

– En las dos ocasiones hemos encontrado un indicio sobre la persona que será atacada a continuación, pero siempre es distinto y no parece contener nada digno de tener en cuenta. El primer asesinato se vincula con la figura de Linus, neurótico y cerebral, siempre con su manta pegada a la oreja en los momentos de pánico. Cerca de la escena del crimen se observa a un hombre que lleva un chándal y que cojea un poco de la pierna derecha. En el segundo crimen se trata de Lucy, la hermana de Linus, que está loca por Schroeder, un pequeño genio de la música. También en su caso sucede lo mismo, en lo que concierne a la posición del cuerpo. Después se averigua que las dos víctimas estudiaron en el mismo lugar y que es probable que las dos conocieran a la persona que las mató. Lo cual nos lleva a preguntarnos si también la tercera víctima, a la que se ha señalado como Snoopy, ha sido alumno o alumna del Vassar College y si conoce a un hombre que lleva un chándal, cojea un poco de la pierna derecha y del cual, no lo olvidemos, poseemos un elemento importantísimo. Gracias a su descuido y al azar tenemos una muestra de ADN.

Jordan miró a Burroni y a Christopher como si acabara de darse cuenta de su presencia en la habitación.

– Pero sobre todo debemos tener muy presente que ahora contamos con otra ventaja, aunque pequeñísima, sobre el asesino, ínfima, pero la tenemos.

Christopher mostró una esperanza que se había introducido como una cuña en el rigor del razonamiento de su hermano.

– ¿Cuál?

– Tenemos un nombre. Pig Pen. Otro personaje de Snoopy, menos popular que los otros tres. Y la persona a la que buscamos no sabe que lo tenemos. Repito: es muy pequeña, pero teniendo en cuenta la oscuridad en la que nos encontrábamos, al menos es una luz.

Guardó silencio durante unos segundos, una pausa durante la cual cada uno de ellos tuvo tiempo de asimilar y pensar en todo lo que Jordan acababa de decir.

Burroni fue el primero en reaccionar; se levantó de la silla, como hipnotizado.

– Señor alcalde, si me lo permite, quisiera pasar por la central para mirar los informes de mis hombres en el college y ver si hay novedades con respecto a lo que hemos dicho.

Christopher le tendió la mano.

– Se lo agradezco, detective. A pesar de todo, sé que están ustedes haciendo un buen trabajo y no lo olvidaré cuando llegue el momento.

Mientras Burroni le estrechaba la mano, Jordan volvió la cabeza hacia la ventana para ocultar su instintiva reacción ante aquellas palabras. Nadie mejor que él sabía qué endeble era la memoria de su hermano. Pero que ahora se lo hubiera dicho a Burroni era un cambio importante. Esta vez sería él quien le recordaría las promesas.

– Hasta luego, Jordan. Nos vemos.

– Sí. Mantenme al corriente.

El detective salió de la habitación y cerró con suavidad la puerta a sus espaldas. Jordan y Christopher se quedaron a solas. No habían tenido tiempo de intercambiar ni siquiera una sílaba cuando la puerta volvió a abrirse y apareció en el umbral Ruben Dawson, el impecable factótum y asesor del alcalde.

– ¿Qué sucede, Ruben?

A Jordan le sorprendió notar cierta indecisión en el comportamiento de Dawson, que se acercó al escritorio antes de dar una respuesta precisa a la pregunta.

– Ha ocurrido algo extraño. Acaba de llamarme el guarda de la entrada. Dice que hay una mujer que quiere hablar con usted. Se ha presentado como una comisario de la policía italiana.

– ¿Y qué quiere?

Las palabras de Ruben Dawson los llenaron de asombro.

– Ha dicho que podría tener novedades sobre el homicidio de su hijo.

29

De pie ante una verja de color crema, Maureen esperaba.

Del otro lado de las rejas se entreveían sedanes de color oscuro aparcados en el terreno delantero, y junto a ellos, la mancha roja de una moto. Una moto italiana, según le pareció ver.

La escena que había imaginado se cumplía exactamente. Cuando ella se aproximó, el policía de servicio, un individuo con una mandíbula cuadrada, salió de la casa y avanzó hacia ella.

– Buenos días, señorita. ¿En qué puedo ayudarla?

– Buenos días, agente. Me llamo Maureen Martini y soy comisario de la policía italiana. También soy ciudadana estadounidense. Debo hablar urgentemente con el alcalde.

Tendió al agente su identificación y su pasaporte. Por cortesía el policía cogió los documentos en la mano pero no hizo el menor ademán de abrirlos.

– Creo que es un mal momento para hablar con el alcalde.

Maureen esperaba esa reacción. Pese a la molestia que le causaba, se quitó un instante las gafas de sol y miró al agente directamente a los ojos.

– Dejemos que lo decida él. Dígale solamente que tengo información sobre el homicidio de su hijo.

El tono y el significado de sus palabras cayeron como un chorro de agua caliente en la expresión glacial de su interlocutor.

– Aguarde aquí un momento.

El agente de uniforme azul entró en su caseta y Maureen lo vio, a través del cristal, coger el teléfono mientras controlaba la identificación y el pasaporte. Intercambió unas palabras con alguien que estaba al otro extremo de la línea.

Luego, mientras escuchaba la respuesta, Maureen vio que asentía con la cabeza.

Poco después el agente regresó y le devolvió los documentos.

– Pase. Saldrá alguien a recibirla.

Maureen cruzó la verja y atravesó el pequeño patio. Se dirigió hacia la puerta de entrada, que daba a una galería que ocupaba toda la fachada. Mientras subía los escalones, se abrió la puerta y apareció en el umbral un mayordomo con un aspecto muy anglosajón.

El acento del hombre que la invitó a entrar era el que había imaginado.

– Por favor, señorita, el alcalde la espera. Por aquí, sígame usted.

Maureen estaba tan tensa que no prestó la menor atención a todo lo que la rodeaba. Apenas vio a un tipo con una chaqueta de gamuza y un sombrero redondo y negro que pasó a su lado y le echó una ojeada de curiosidad. Tenía la mirada fija en una mota blanca de la chaqueta negra del mayordomo, que destacaba como la luz de Times Square. Al final del pasillo, el hombre se detuvo ante una puerta. Llamó suavemente y, sin esperar respuesta, la abrió y dio un paso al costado.

– Por favor, señorita.

Maureen dio un par de pasos y se encontró en una habitación que tenía todo el aspecto de ser un pequeño estudio. La puerta se cerró sin ruido a sus espaldas.

En la habitación había dos personas.

De pie entre ella y la ventana había un hombre alto, con el pelo canoso. Tenía unos increíbles ojos azules y, a primera vista, el rostro y la actitud del hombre que uno desearía tener al lado en un momento de peligro. El otro, parecido pero mayor, estaba sentado al escritorio; tenía la actitud de alguien que está acostumbrado al poder y, en la cara, las señales del desgaste que este provoca. Sus ojos eran tan azules como los del otro hombre, pero más apagados, y su cuerpo, con cierto exceso de peso, hablaba de demasiadas cenas oficiales y muy poco ejercicio.

Al entrar ella en el despacho, el hombre se levantó educadamente, pero en su mirada había aprensión, curiosidad y desconfianza.

Le sorprendió que la mano que le tendía el hombre estuviera tan seca.

– Buenos días, señorita. Soy Christopher Marsalis. Y este es mi hermano, Jordan.

El hombre alto no se movió ni dijo nada. Se limitó a saludarla con un simple gesto con la cabeza.

– Buenos días, señor alcalde. Le pido disculpas por presentarme de forma quizá inoportuna. Soy comisario de la policía italiana.

– Habla usted un perfecto inglés. Y su aspecto me resulta conocido. ¿No nos hemos visto ya alguna vez?

Maureen sonrió y reveló el parentesco que jamás habría mencionado de no ser por las circunstancias que la habían llevado a Gracie Mansion.

– Creo que conoce usted a mi madre. Es abogada criminalista, aquí, en Nueva York. Se llama Mary Ann Levallier. Todos dicen que nos parecemos mucho.

«Pero lo dicen solo los que no nos conocen de veras.»

Ni su cara ni su voz revelaban lo que estaba pensando. Prefería evitar cualquier otro comentario, de modo que rápidamente se presentó, para poder contar el motivo de su presencia allí.

– Me llamo Maureen Martini.

Solo cuando dijo su nombre pareció atraer la atención del hombre que le habían presentado como Jordan Marsalis. Dio un paso hacia ella, y sus ojos revelaban la misma pregunta cautelosa que expresó con la voz.

– Discúlpeme, señorita. Tal vez mi pregunta pueda resultarle dolorosa, pero ¿es usted la prometida de Connor Slave?

Maureen le agradeció mentalmente que hablara de Connor como si todavía viviera, porque era exactamente así como ella pensaba en él a cada instante.

– Sí, soy yo.

Hasta el alcalde conocía la historia, pero el comentario que hizo parecía solo una fórmula de cortesía. Maureen no podía saber que había definido de la misma forma la muerte de su hijo.

– Ha sido una gran pérdida.

A continuación, se hizo un silencio mientras cuatro ojos estaban fijos en ella.

Maureen supo que había llegado el momento. Trataría de expresar en pocas palabras un hecho difícilmente comprensible.

– Iré directamente al grano. Veo que conocen ustedes las circunstancias en que Connor y yo nos vimos envueltos. Debido a ello sufrí lesiones que hicieron necesario un trasplante de córneas. Por un problema relacionado con ciertas incompatibilidades genéticas, los posibles donantes eran extremadamente escasos. Sin embargo, encontraron a uno.

Maureen fijó los ojos en la atónita mirada azul de Christopher Marsalis. De algún modo sabía cómo iba a terminar aquello, y al mismo tiempo temía saberlo.

– Tengo serios motivos para creer que ese donante era Gerald Marsalis.

– Es posible. Yo mismo autoricé que extrajeran sus órganos cuando me enteré de que pertenecía a una asociación de donantes. Si es así, me alegra saber que gracias a ello usted haya recobrado la vista. Pero todo esto, ¿qué relevancia puede tener con respecto a la investigación de su muerte?

Maureen se quitó las gafas de sol. La luz que entraba por la ventana era como un cuchillo para sus ojos, pero sus palabras iban a ser mucho más dolorosas. Pensó que era justo ofrecerle a su interlocutor una mirada, además de una voz.

– Sé que lo que voy a decirle le parecerá imposible. En realidad, para mí también lo es. Es una locura, pero vivo obsesionada por visiones recurrentes de la vida de su hijo.

Maureen sintió que caía en la habitación el silencio de la compasión. El alcalde miró a su hermano, buscando alguna complicidad en su expresión. Le habló con una incomodidad que trató de ocultar con un tono de voz calmado y mesurado, al tiempo que intentaba, con dificultades, seguir mirándola a los ojos.

– Señorita, no quiero subestimar la experiencia que ha tenido usted. Sé que a veces no es fácil aceptar ciertos hechos. Se lo digo por experiencia personal. Su madre es una persona capaz y una buena amiga. Sin embargo, creo que debería usted permitirme…

Maureen esperaba esa reacción. Entró en aquella estancia con la absoluta certeza de que, cuando hubiera dicho lo que le sucedía, la respuesta sería aquella. No podía culparlos. Ella habría reaccionado del mismo modo si alguien le hubiera contado una historia parecida.

No obstante, continuó por el camino que había elegido recorrer.

– Señor alcalde, con el debido respeto, no me habría presentado aquí si no tuviera una razonable certeza de que lo que le digo es cierto. Me doy cuenta de que la palabra «razonable», en este caso, pueda parecerle fuera de lugar. Soy policía y me han adiestrado para basarme en hechos reales y no en conjeturas esotéricas o extrasensoriales. Créame que he reflexionado mucho antes de venir aquí, pero ahora que lo he hecho no cambiaría mi versión ni siquiera ante una junta de psiquiatras.

Se puso de pie, sintiéndose desnuda e indefensa ante el juicio de los dos hombres. Tenía que admitir que había sido ella misma quien les había dado el motivo para que se sintieran de ese modo. Volvió a ponerse las gafas oscuras y dijo lo que le quedaba por decir, todo de un tirón, sin mirar a la cara a ninguno de ellos en particular.

– Estoy viviendo durante un tiempo en la casa de mi madre. Si cree usted que estoy loca, llámela. Si piensa ofrecerme el beneficio de la duda, llámeme a mí. Señores, les pido disculpas por la molestia.

Se volvió y se dirigió hacia la puerta, dejando a sus espaldas un silencio que sabía que era de estupor, embarazo y compasión.

Cuando estaba a punto de coger el picaporte, su mirada cayó sobre una foto colocada en un marco de madera junto a la puerta. Dos hombres se estrechaban la mano y sonreían al objetivo. A uno lo conocía muy bien: era Ronald Reagan, el ex presidente de Estados Unidos. Vio que el otro era Christopher Marsalis, con el bigote y el pelo oscuros, mucho más joven y delgado a como se lo veía ahora. No lo reconoció enseguida porque había cambiado mucho, pero sus ojos azules eran inconfundibles. Maureen se dio cuenta, con sorpresa, de que ya lo había visto, no con el aspecto que tenía ahora, sino con el de la foto.

«Era el mismo hombre que en el sueño había entrado en su cuarto y le había roto un dibujo.»

Se puso rígida y habló sin volverse, por temor a leer la reacción en el rostro de los dos hombres que había dejado, perplejos, a sus espaldas.

– Hace mucho tiempo su hijo estaba haciendo un dibujo. Era infantil, pero muy preciso, de un hombre y una mujer que hacían el amor apoyados en una mesa. Usted entró en la habitación y él se lo mostró. Usted se enfureció, mucho. Rompió la hoja y como castigo encerró a su hijo en un cuarto trastero.

Solo al terminar, Maureen se volvió. Como un efecto gráfico en un ordenador, vio que la expresión de circunstancia se borraba del rostro de Christopher Marsalis y se convertía de golpe en estupor. Lo siguió con la mirada mientras se levantaba sin hablar e iba a mirar por la ventana. Maureen, por enésima vez, se asombró de cuántas connotaciones diferentes podía tener el silencio, como si la ausencia de palabras tuviera más posibilidades de expresión que las palabras mismas. La voz del alcalde de Nueva York llegó desde un rincón de la habitación pero sonaba deshilachada por un largo viaje en el tiempo y en el recuerdo.

– Es verdad. Sucedió hace muchos años. Gerald era un niño. En ese momento mi mujer todavía vivía, aunque ya había empezado a entrar y salir de los hospitales. Yo era mucho más joven que ahora y a causa de su enfermedad hacía más de un año que no tenía relaciones con ella. Había una criada muy guapa que trabajaba en casa, y yo…

Hizo la pausa que Maureen esperaba. El instante de incertidumbre antes de una confesión, por pequeña o grande que sea.

– Sucedió en la cocina. Fue algo instintivo y no volvió a repetirse. Gerald debió de habernos visto sin que nos diéramos cuenta. Cuando me mostró el dibujo estaba muy orgulloso y él no sabía lo que habíamos hecho. Solo se sentía orgulloso de su pequeña obra de arte. Yo tuve miedo de que pudiera mostrarle el dibujo a algún extraño, y lo rompí. Después le hice jurar que no hablaría de ello con nadie, y para hacerle entender que había hecho algo mal le encerré en el cuarto trastero. Era solo un niño, pero creo que nunca me lo perdonó.

Maureen volvió a ver la puerta que se cerraba sobre una cara roja de rabia. Imaginó a un niño en la oscuridad de aquel cuartucho, solo con las mentiras de la oscuridad, que transforma en monstruos de la fantasía la realidad visible y las formas inequívocas de la luz.

Jordan Marsalis acudió en ayuda de su hermano y se interpuso entre ella y el momento de debilidad de Christopher.

– Señorita Martini, como ya ha dicho antes, usted es policía, con todo lo que ello significa. También yo lo he sido, así que los dos sabemos de qué estamos hablando. Admitirá usted que en esta situación hay elementos poco normales, de difícil clasificación. Para ser más explícitos: si dijéramos algo así en un tribunal, cada uno de nosotros se vería obligado a asistir a dos sesiones de análisis por semana. Sin embargo, no me queda otra elección que tener en cuenta lo que nos ha dicho. ¿Hay algo más que usted…?

Maureen se dio cuenta de que trataba de encontrar una definición verosímil para un concepto que a ella misma también le costaba expresar en palabras.

– ¿Me está usted preguntando si he visto algo más?

– Exacto.

La palabra pareció abrirse paso desde la garganta hasta los dientes de Jordan.

Maureen, con la misma sensación de liberación que había mostrado el alcalde hacía un instante, salió de la soledad en que la había dejado su experiencia y contó las imágenes que llevaba grabadas en el cerebro. La mujer acostada bajo ella, la cara teñida de azul, la figura amenazadora de un hombre envuelto en la sombra de la escalera, que empuñaba una pistola y cuyo rostro no había logrado ver.

Estaba tan concentrada en su relato que no podía ver el efecto de sus palabras en los hombres con quienes compartía su angustia. La historia terminó en un silencio que dejó en la habitación una gran sensación de vacío. A Maureen no le habría sorprendido si de repente los objetos empezaran a flotar en el aire.

El alcalde fue el primero en hablar, y su voz fue el diapasón que rompía el cristal.

– Es una locura.

Maureen sabía que el comentario no iba dirigido hacia ella. Solo reflejaba el absurdo de una situación que lo obligaba, a pesar suyo, a dejar de lado la incredulidad. No había ninguna explicación, pero aunque la hubiera habido no habría cambiado nada de aquel indefinible testimonio que acababan de escuchar.

Jordan parecía menos conmocionado. Se sentó en la silla situada frente a ella y se apoyó con calma contra el respaldo.

– Creo que es el momento de idear una línea de acción. Tenemos dos víctimas. Las circunstancias de esas muertes nos hacen pensar que los asesinatos están relacionados entre sí por algún elemento que no conseguimos definir. Lo único que hemos logrado encontrar que vincule a Gerald Marsalis y a Chandelle Stuart es que ambos estudiaron en el Vassar College de Poughkeepsie.

Cogió unas fotos en color que estaban sobre una mesa y las empujó hacia Maureen.

– Este college.

Maureen tendió un brazo y acercó la foto hacia sí. Cogió una en la mano y…

«… estoy en un sendero que corta en dos un gran prado verde y al caminar me cruzo con unos chavales que me miran sin saludarme y a quienes tampoco saludo y ante mí hay una gran construcción austera llena de ventanales y levanto el brazo para mirar la hora y de golpe acelero el paso y echo a correr hacia la entrada y…

»… estoy en una habitación y mi campo visual es limitado como si las imágenes me llegaran a través de agujeros y además de mí en la habitación hay otras dos personas, un hombre y una mujer vestidos de oscuro que llevan máscaras de plástico que representan a dos personajes de Snoopy. Una es Lucy y la otra es Snoopy. El corazón me late con fuerza y vuelvo la cabeza siguiendo la dirección de la mirada de los otros dos…

»… y veo la espalda de un hombre inclinado sobre la mesa donde se entrevé un cuerpo tendido, parece un niño, y de golpe el hombre levanta el brazo hacia lo alto y en la mano derecha empuña un cuchillo completamente rojo de sangre y hay más sangre que gotea de sus manos y le mancha las mangas de la chaqueta y aunque no le oigo sé que el hombre de espaldas con la cabeza vuelta hacia el techo está gritando y yo…

»… estoy todavía con el hombre y la mujer vestidos de oscuro que llevan las máscaras de Lucy y Snoopy pero estamos en otra parte y el hombre se apoya en la pared y se levanta la máscara y muestra una cara joven y morena de chico mojada de lágrimas y poco después la esconde entre las manos y resbala contra la pared hasta sentarse en el suelo y ella…»

Maureen fue absorbida como por un remolino hacia el lugar donde se hallaba antes; se encontró arrodillada en el suelo. Vio ante sus ojos un trozo del suelo de madera en medio de dos zapatillas de deporte. Se dio cuenta de que los fuertes brazos que la sostenían eran los de Jordan Marsalis.

Aunque la voz era la de Jordan, parecía venir de muy lejos.

– ¿Sucede algo, señorita?

Maureen oyó otra voz muy lejana. Finalmente se dio cuenta de que era la suya.

– Un asesinato. Ha habido un asesinato.

– ¿De qué habla? ¿Qué asesinato?

No llegó a oír esta última pregunta. Su cuerpo se volvió muy pesado y se desmayó; aquella pausa era como una balsa de salvamento lanzada por una mano piadosa, antes de que llegara la helada certeza del terror.

30

Cuando Maureen volvió en sí, lo primero de lo que se dio cuenta fue que estaba tendida en el suelo y que una mano sostenía su cabeza. Poco después, notó la sensación de arena en los ojos que le causaba la luz. Volvió a cerrarlos con una mueca de fastidio.

– Las gafas.

Alargó una mano y sintió bajo la palma la superficie pulida del suelo de madera. Las buscó a tientas a su lado; probablemente se le habían caído cuando se desmayó. Percibió un movimiento a sus espaldas, notó que las patillas se deslizaban delicadamente detrás de sus orejas y luego sintió el bienvenido alivio de las gafas oscuras. Abrió los ojos y se alegró de que los dos hombres no se los vieran, porque estaban brillantes a causa de las lágrimas. Trató de recobrar la respiración normal y calmar los latidos de su corazón.

La voz de Jordan le llegó de lejos, tras romper esa aura que trataba de reconstruir a su alrededor.

– ¿Está usted bien?

– Sí -respondió Maureen.

«No», pensó.

«Nada está bien. Si este es el precio que debo pagar por ver prefiero volver a la oscuridad y a las imágenes de mis pesadillas, no a las de otro.»

– ¿Desea beber algo?

Maureen negó con la cabeza. Las imágenes de lo que había visto desaparecían de sus ojos como las partes de un rompecabezas que se desmonta pieza a pieza. Solo la angustia permanecía en el estómago como una hoja de hielo y acero. Trató de sentarse y se encontró ante la cara de Jordan. Sintió el olor de su aliento. Olía a hombre bueno y sano y solo en el fondo se notaba un ligero aroma a tabaco. Sin duda había sido él quien la sujetó y la recostó con cuidado en el suelo para que no cayera.

– Ayúdeme a ponerme en pie, por favor.

Jordan pasó las manos bajo sus axilas y con delicadeza pero aparentemente sin esfuerzo la sostuvo mientras se levantaba. La guió para que volviera a sentarse en la silla donde estaba cuando…

– ¿Se siente bien? -preguntó Jordan.

– Sí, gracias. Ya pasó.

– ¿Qué ha sucedido?

Maureen se pasó una mano por la frente. A pesar de lo que les había contado a los dos hombres hacía un momento, no podía evitar una sensación de vergüenza por ese nuevo…

«este nuevo… ¿qué?»

Al fin Maureen decidió definirlo como «episodio». Ni siquiera en su interior quería emplear la palabra «ataque».

– He visto algo.

Christopher Marsalis salió del rincón de la habitación en que se había refugiado para aliviar su inesperada desazón. Se sentó en la silla situada frente a ella, del otro lado del escritorio.

– ¿Qué?

Maureen señaló las fotos esparcidas por la mesa.

– He visto el Vassar College. Pero no tal como es ahora, sino como era hace mucho tiempo.

– ¿Y cómo puede saberlo?

Maureen indicó con un dedo los árboles junto al sendero que llevaba a la gran construcción del fondo.

– Estos árboles eran más pequeños cuando los he visto.

– Continúe.

Una breve vacilación. Después, las palabras que se agolpaban para salir.

– Estaba allí y corría por un sendero hacia el edificio que se ve en la foto. Luego, de pronto estaba en otro lugar. Con Lucy y Snoopy.

Todavía bajo la impresión de lo que había presenciado en su mente, Maureen no vio el sobresalto de Christopher Marsalis ni la mirada de espanto que lanzó a su hermano. Los dos hablaron casi al unísono.

– ¿Lucy y Snoopy?

Maureen no notó el ansia de sus voces, solo la sorpresa. Se apresuró a explicar en detalle lo que había visto.

– No estoy loca. Lo que quiero decir es que estaba con dos personas que llevaban máscaras que representaban a Lucy y a Snoopy. También yo llevaba una máscara…

Jordan se sentó ante ella y le cogió las manos.

– Maureen, disculpe si la interrumpo…

Ese contacto sin malicia la reconfortó. La tranquilizó oír que la llamaba por su nombre.

Era familiar, era protector, era… humano.

Lo que experimentaba ella, en cambio, no lo era en absoluto. Y no estaba segura de hallarse en condiciones de enfrentarse a ello. Tenía terror a que su mente la traicionara y resbalara en ese abismo del cual quizá jamás lograría volver. Aquello ante lo que se encontraba no estaba hecho de simples visitas a ese lugar donde nacían las formas ficticias de los sueños o las pesadillas. Era internarse en un agujero negro lleno de imágenes procedentes del peor lugar que podía existir: la realidad.

Los ojos azules de Jordan lograron superar también la pantalla polarizada de las gafas.

– Hay algo que no le he dicho. Y creo que lo que ha sucedido ahora disipará cualquier resto de perplejidad. ¿Conoce usted Snoopy?

– ¿Y quién no?

– Bien. El que mató a Gerald y a Chandelle dejó los cuerpos en una posición que recuerda a dos de sus personajes. Mi sobrino tenía una manta pegada a una oreja y un dedo en la boca, como Linus. Chandelle Stuart estaba apoyada en un piano, como Lucy cuando escucha tocar al pequeño Schroeder. Y el asesino nos ha dejado un indicio de que la próxima víctima será justamente Snoopy.

La voz de Jordan era tranquila y despertaba confianza; Maureen lo admiró por cómo conseguía disimular la impaciencia ante la velocidad con que sin duda creía que pasaba el tiempo.

– Usted ha mencionado un asesinato -prosiguió Jordan.

– Sí. En la habitación donde estábamos había una persona de pie delante de una mesa. Sobre ella estaba tendido un cuerpo pequeño, de un niño o una niña, quizá. No logré verlo bien porque el hombre estaba de espaldas y me tapaba la vista. Después levantó los brazos y en la mano derecha tenía un cuchillo ensangrentado.

– ¿Y luego?

– Luego de golpe me encontré en otro lugar. Estaban otra vez los dos con las máscaras, y la persona que llevaba la de Snoopy se la quitó y lloraba.

– ¿Y le ha visto usted la cara?

– Sí.

– ¿Sabría reconocerlo?

– Creo que sí.

– Dios santo.

Jordan se levantó de golpe y de pronto empezaron a agolparse palabras por los hilos del teléfono y corriente eléctrica por los cables de alta tensión. Con el dedo índice apuntó hacia su hermano, que se había quedado mirándolos en silencio.

– Christopher, llama pronto al rector Hoogan. Dile que tenemos que entrar urgentemente en la base de datos del Vassar y que nos dé la contraseña de acceso.

Christopher se puso de inmediato al teléfono. Con una frase Jordan borró la expresión interrogativa de Maureen y compartió con ella su esperanza.

– Lo único que tenemos que podría ser probable es que también ese Snoopy fuera uno de los alumnos del Vassar. Si es así, a través de los archivos del college podremos intentar identificarlo y ponerle bajo protección, si todavía estamos a tiempo.

La voz agitada de Christopher Marsalis, que hablaba por teléfono, subió de tono y superó la de Maureen y la de Jordan.

– Travis, te digo que es cuestión de vida o muerte. Me importa un comino la privacidad. Dentro de un cuarto de hora te hago llegar todas las órdenes que quieras, pero ahora dame lo que te he pedido. Y dámelo ya.

Esperó unos instantes y enseguida volvió al ataque. El acaloramiento de la conversación hizo que le salieran unas leves manchas rojas en las mejillas.

– Le ha dado a Hoogan mi dirección de correo electrónico privada. En unos instantes nos enviará el archivo con la contraseña para entrar.

– Muy bien. Maureen, ¿cómo te llevas con el ordenador? -preguntó Jordan.

La situación en que se hallaban contribuyó a facilitar el trato entre ambos. Eran dos desconocidos, pero sobre todo eran dos policías.

– Hice un curso avanzado sobre delitos informáticos. No soy un hacker, pero me defiendo.

– Estupendo.

Arrastrados por la fuerza magnética que parecía desprender Jordan, se trasladaron a otro estudio, en el ala opuesta de la casa, un lugar más amplio y lleno de aparatos electrónicos. Había ordenadores con monitores de plasma, impresoras, escáneres, fax y fotocopiadoras.

Ruben Dawson, irreprochablemente vestido y tan lacónico como siempre, estaba sentado en un sillón delante de un teclado. La entrada del trío no cambió su expresión. Jordan se preguntó si existía algo en el mundo capaz de alterar la superficie de ese lago helado que era el secretario del alcalde.

Las palabras agitadas de Christopher no hicieron mella en su impasibilidad.

– Ruben, abre mi correo personal. Tiene que haber un mensaje del Vassar College de Poughkeepsie. Después deja libre el lugar.

Dawson abrió el programa y pronto apareció en la pantalla una cascada de títulos, escritos en negrita, que indicaban los mensajes aún no abiertos. Se levantó y, sin una arruga ni en el rostro ni en la ropa, dejó su lugar a Maureen.

Maureen se quitó las gafas y se sentó ante el teclado. Encontró el mensaje que provenía del Vassar College. Lo abrió y poco después fue al sitio indicado por el enlace. Cuando se abrió y apareció la solicitud de contraseña, escribió el nombre de usuario y la contraseña que les había adjuntado el rector.

Accedieron a una pantalla donde había una secuencia de fechas que correspondían a los años académicos. La lista parecía interminable.

– ¿Y ahora?

Jordan se volvió hacia su hermano, sin apartar los ojos de la pantalla.

– Christopher, ¿en qué año estuvo Gerald en el college?

– En el 92 y en el 93, me parece.

Ese «me parece» decía mucho de las relaciones entre padre e hijo.

Arriba, a la izquierda, había una pequeña ventana con las herramientas para definir los criterios de búsqueda.

– Propongo que veamos el período entre 1992 y 1994. ¿Hay algún criterio para reducir la búsqueda? ¿Es posible separar a los hombres de las mujeres? -preguntó Jordan.

Maureen se encogió de hombros.

– Me temo que no. Es la base de datos de una universidad, no un programa de investigación. Suele existir la posibilidad de llegar a una ficha personal si se conoce el nombre, pero creo que cualquier recorrido inverso será un poco difícil.

Jordan apoyó las manos en los hombros de la mujer. No era un gesto de exceso de confianza, sino de solidaridad.

– Ahora creo que tendremos que ver algunas caras. Esperemos que entre ellas esté la que buscamos.

Empezaron a mirar una larga serie de rostros. Chicos y chicas que ya estaban en otra parte convertidos en hombres y mujeres, distribuidos por la casualidad en algún lugar, transformados en lo que habían elegido ser o debatiéndose en lo que se habían visto obligados a convertirse. En esa larga, interminable, sucesión de rostros se hacía patente la sensación del paso del tiempo y de su ineluctabilidad. Patente también era el escozor de la arena en los ojos de Maureen a causa de las emanaciones luminosas de la pantalla. Cuando en ese desfile silencioso y carente de alegría, vio las caras de Gerald Marsalis y Chandelle Stuart, Maureen intentó no pensar que para algunos de ellos el tiempo había terminado, evitó que volviera el recuerdo de Connor.

Se concentró en una lista sin fin de nombres: Alan, Margaret, Jamie, Robert, Allison, Scarlett, Loren…

– ¡Aquí está! ¡Es él!

Un joven con el cabello de color castaño rojizo y unos rasgos delicados les dirigía una sonrisa tímida, congelada en una foto de hacía diez años. Maureen se estremeció al pensar que en aquel momento la versión adulta de aquella imagen se hallaba en alguna parte, sin saber que ellos estaban luchando contra el tiempo para salvarle la vida.

La voz de Jordan llegó desde atrás.

– Alistair J. Campbell, nacido en Filadelfia el…

La voz de Christopher Marsalis interrumpió la exposición de datos personales.

– Pues claro. Es el hijo de Arthur «Águila» Campbell, el campeón de golf. Su padre es inglés pero vive en Estados Unidos desde hace años. Creo que ya debe de tener la ciudadanía estadounidense. Ahora vive en Florida y juega en el circuito sénior.

Maureen completó la ficha biográfica del muchacho que seguía mirándolos sonriendo tímidamente.

– Sí, pero Alistair Campbell es también escritor. Figuró hace un par de años en la lista de los más vendidos con una novela que generó, además, bastante sensación. Me parece que se titulaba El alivio de un hombre acabado. La he leído. Creo que la publicó Holland & Castle.

Fue Jordan quien dijo en voz alta lo que estaban pensando todos.

– Y la frase que encontré en el piano en la casa de Chandelie Stuart recuerda a Snoopy cuando se las da de escritor.

Hubo un instante de calma tensa, el breve lapso de tiempo entre el relámpago y el trueno. Luego Jordan sacó el móvil de la chaqueta como si quemara.

Marcó un número. Expuso los hechos deprisa, pero claramente.

– Burroni, soy Jordan. Escúchame y toma nota. Tenemos otro nombre. Ex alumno del Vassar College. Es escritor. Se llama Alistair Campbell y publica en una editorial que se llama Holland & Castle. Su padre es Arthur Campbell, un campeón mundial de golf que vive en Florida. Tal vez él sea Snoopy. ¿Has tomado nota?

Se quedó escuchando y luego asintió satisfecho tras la respuesta.

– Perfecto. Búscalo, pero con discreción y sin crear alarma. Debemos encontrarlo antes que nuestro hombre.

Jordan cortó. Se hizo el silencio en la habitación. Solo se oía el ligero zumbido de una pantalla y de sus pensamientos. Ahora que la máquina se había puesto en movimiento y que había una pequeña esperanza, solo quedaba esperar y rogar que con eso bastara. Todos sabían que era un viaje en el que descubrirían si a la llegada les aguardaba otro cadáver o no.

Maureen se levantó de la silla y se volvió hacia Jordan. Instintivamente, desde el primer momento lo había considerado su único referente, como un animal cazador al que basta el olfato para reconocer a su semejante. Acaso también Jordan sentía lo mismo. Lo miró a los ojos y pareció que le leyera los pensamientos. Luego, casi como una confirmación, expresó en voz alta la hipótesis que todos tenían en la cabeza.

– Tal vez el vínculo que une a las víctimas es justamente lo que tú has dicho. Todos fueron testigos de un asesinato. Y si no conseguimos encontrar a Alistair Campbell a tiempo, quizá nunca sepamos cuál fue.

Maureen no respondió. Se puso las gafas oscuras porque le dolían los ojos y la incomodaba sentirse protagonista en ese momento y de ese modo. Con ese gesto recuperó la soledad y se volvió impermeable a las miradas de las personas que estaban presentes en la habitación. De ese modo, obtuvo la respuesta a una pregunta que nunca había hecho. Jamás se lo había preguntado a Connor, pero ahora sabía qué gélida sensación podía tenerse frente al calor de un aplauso.

31

– Al West Village, en la esquina de Bedford y Commerce.

Alistair Campbell dio al taxista la dirección de su casa y se relajó apoyándose contra el respaldo de un asiento que había visto tiempos y resortes mejores. El conductor se alejó de la terminal del aeropuerto JFK, donde acababa de aterrizar el avión; el taxi se sumó a la fila de coches amarillos que se dirigían hacia la ciudad.

Las luces de Nueva York estaban encendidas pero en realidad aún no habían iniciado su batalla contra la oscuridad. Después de todo el tiempo que había pasado en su casa de Saint Croix, en las islas Vírgenes, volver a encontrarse con los resplandores de colores de la ciudad lo intimidaba y lo sorprendía, como siempre. Cada regreso era un alivio y una angustia a la vez. Alistair Campbell era hombre, además de escritor. Pero era un hombre sin valor, y ello hacía de él un escritor frágil e inseguro. Como todas las personas inseguras necesitaba continuas confirmaciones, y esa ciudad iluminada que se acercaba como si quisiera tragarse el coche en el que viajaba parecía la única capaz de dárselas. Cuando las confirmaciones y los halagos agotaban su poder taumatúrgico y se convertían en necesidades apremiantes y objeto de nuevos miedos, sabía que había llegado el momento de volver a su isla.

En su casa a la orilla del mar la noche era noche y el día traía el sol y la posibilidad de levantarse y después de andar unos pasos por la arena, llegar al océano y poder mear en él.

El móvil que llevaba en un bolsillo empezó a sonar con un timbre atenuado. Lo apagó sin ni siquiera mirar el visor. Había programado el aparato para que le indicara las horas de las diversas píldoras que debía tomar a lo largo del día. Abrió la cremallera de la mochila que llevaba y sacó del compartimiento interior un comprimido de amiodarona. Hacía tiempo que su corazón manifestaba una tendencia a la fibrilación auricular, y solo con ese fármaco podía mantenerla a raya.

Se puso la cápsula en la boca y, debido a la costumbre, consiguió tragarla sin necesidad de agua.

Había tenido que adaptarse a su cardiopatía desde la infancia, cuando se vio que era un niño delgado y propenso a fatigarse. Hubo un momento en que los médicos temieron incluso que sufriera una cardiomiopatía dilatante, una patología degenerativa que hace que el corazón se agrande progresivamente hasta que impide los latidos casi por completo; entonces es necesario un trasplante.

Cuando su padre, Arthur Campbell, el gran «Águila» Campbell, el hombre que había hecho más big shots en la historia del golf, supo que su hijo no sería jamás un campeón ni en su deporte ni en ningún otro lo dejó a un lado como a otras tantas cosas sin importancia. Por otra parte, estaba tan ocupado en mantener viva su leyenda que no le quedaba mucho tiempo para ocuparse de la miserable realidad de quienes lo rodeaban, aunque se tratara de su propio hijo.

La madre, Hillary, se comportaba de forma exactamente opuesta y provocó, si ello era posible, daños aún mayores. Lo puso bajo sus sofocantes alas protectoras y le enseñó qué era el miedo y la huida.

Y desde ese momento Alistair no hizo más que tener miedo y huir.

El móvil volvió a sonar, esta vez con el campanilleo imperioso de una llamada. Abrió la tapa del Samsung y vio en la pequeña pantalla el nombre y la foto de Ray Migdala, su agente literario.

– Diga.

– Hola, Alis. ¿Dónde estás?

– Acabo de aterrizar. Ahora estoy en un taxi, casi llegando a casa.

– Muy bien.

– ¿Has leído el material que te envié?

– Desde luego. Lo terminé anoche.

– Y ¿qué me dices?

Hubo un instante de silencio que fue como una alarma para la impaciencia y el entusiasmo de Alistair.

– Creo que debemos vernos.

– Joder, Ray, cuánto misterio. ¿Te ha gustado o no?

– Precisamente de eso quiero hablarte cuando nos veamos. ¿Te viene bien mañana por la mañana, o estás muy cansado por el viaje?

– No, hablemos ahora. Y habla claro, al menos por una vez en tu vida.

Ray Migdala tomó esas palabras como una pequeña instigación, y no le costó responder a la provocación.

– Como tú quieras. He leído tu nueva novela y es una mierda. Creo que esta vez he sido bastante claro.

– Pero ¿qué dices? ¿La has leído bien? Yo la encuentro muy buena.

– Entonces será mejor que sepas que eres el único que la encuentra muy buena. He hablado con Haggerty, tu editor de Holland & Castle, y es del mismo parecer.

Quizá en aquel momento Ray recordó el estado de salud de Alistair y se dio cuenta de que había sido demasiado duro. Cambió de tono y trató de echar un poco de bálsamo en las heridas.

– Alis, te lo digo por tu bien. Si sigues con esto los críticos te machacarán.

– Sabes muy bien cómo es la crítica, Ray. En los resultados comerciales no influyen para nada.

– En este caso, yo no estaría tan seguro. De todos modos, te informo que Ben Ayeroff, el director editorial, no tiene la intención de verificar tu afirmación.

Notó un síntoma de pánico. Ahora la ciudad que se acercaba ya no parecía un lugar donde encontrar las confirmaciones y los elogios que necesitaba, sino un sitio amenazador donde el fracaso siempre estaba al acecho. El túnel Queens Midtown, en el que estaban a punto de entrar, parecía un abismo sin salida, un gusano de la arena del planeta Dune.

Alistair respondió tratando de mantener firme la voz.

– ¿Qué quieres decir?

– En pocas palabras, que no tienen intención de publicar tu libro. Incluso están dispuestos a renunciar al anticipo que ya te han dado.

– Me importa un comino. Hay otras editoriales en el mundo. Knopf, Simon & Schuster y…

Aquel arrebato de orgullo sin convicción se apagó muy pronto; bastaron unas cuantas palabras.

– Lo sé, pero esta vez soy yo quien no tiene intención de ir a presentarlo. No quiero matarte con mis propias manos.

Esta aclaración alteró ligeramente los latidos en el pecho de Alistair Campbell. Leyendo entre líneas, estaba claro que a Ray le preocupaba mucho más su reputación que la de su cliente.

– Tal vez debamos dar un paso atrás, Alis. Y perdóname si soy demasiado franco. Publicaste tu primera novela con Holland & Castle porque al mismo tiempo tu padre aceptó publicar para ellos una biografía suya. La verdad es que tu novela era muy mediocre y no le llamó la atención a nadie, pero el editor recuperó las pérdidas con los abundantes beneficios que dejaron las ventas del otro libro. Lo sabías, ¿verdad?

Alistair lo sabía demasiado bien. Recordaba la humillación que sufrió cuando su madre le informó del acuerdo y le convenció de que no era más que un paso necesario para darse a conocer.

– Desde luego que lo sabía, pero ¿qué tiene que ver? La primera era una obra juvenil, y se consideró como tal.

– Exacto. Por eso logré hacer leer la segunda. Cuando presentaste esa pequeña obra maestra que era El alivio de un hombre acabado, el éxito llegó. Y con el favor de la crítica…

Ray dejó la frase sin terminar; era una evidente réplica al anterior juicio de Alistair sobre las reseñas literarias.

– No sé cómo decírtelo. Tu tercera novela no parece ni de lejos escrita por la misma persona que escribió El alivio de un hombre acabado.

Fue una suerte que Ray, del otro lado del teléfono, no pudiera ver la expresión de Alistair. Si hubieran estado el uno frente al otro, quizá su agente hubiera visto cuánta verdad había en lo que acababa de decir.

«No parece ni de lejos escrita por la misma persona.»

De haber podido, Alistair Campbell se habría reído.

En la gran casa de Vermont donde estaban casi siempre solos él y su madre, había una especie de factótum que casi habían heredado del propietario anterior. Se llamaba Wyman Sorhensen y vivía en una casita al final del parque. Desde que Alistair le recordaba, había estado siempre igual. Un hombre con el pelo blanco, alto y flaco, que daba la impresión de haber nacido viejo y haber vestido siempre una ropa que parecía una talla más grande que la que correspondía a su cuerpo.

Pero tenía una voz tranquila y la sonrisa y los ojos más serenos del mundo.

Para Alistair se convirtió en la única y verdadera referencia, ya que la presencia paterna era cada vez más borrosa y su madre lo había aislado por completo de todos, cubriéndolo con las redes de su afecto y su preocupación. Wyman era la única persona que no lo trataba como a un enfermo sino como a un niño normal y lo compensaba de la prohibición de jugar, sudar y reír con otros niños.

Le enseñó todo lo que sabía, con la complicidad de dos náufragos que se enfrentaban al resto del mundo, ese mundo que a Alistair le estaba vedado y a Wyman no le interesaba para nada. Parecía un personaje de ciertas novelas de Steinbeck, un hombre que se había construido una cómoda morada en su personal Tortilla Flat.

De él aprendió el amor por los libros y la lectura, él le hizo descubrir un universo de evasión y viajes, sin moverse un palmo de su silla colocada bajo el pórtico de la pequeña casa del parque. Gracias a él entendió la importancia de las palabras y la fantasía, aunque no estuviera muy familiarizado con ellas. Gracias a él, mucho tiempo atrás, maduró en Alistair la idea de matricularse en el Vassar College para orientarse hacia la escritura; esa fue la primera decisión que tomó contra la voluntad de su madre.

El viejo murió tranquilamente en su cama cuando él tenía catorce años; pasó de la vida a la muerte a través del filtro indoloro de la noche y el sueño. Alistair todavía pensaba con ternura que el viejo Wyman Sorhensen había merecido con creces ese privilegio.

No le dieron permiso para asistir al funeral porque, según Hillary Campbell, podía ser una emoción demasiado fuerte y perjudicial para la endeble constitución de su hijo. De modo que aquella mañana vagó por el parque, sintiéndose por primera vez verdaderamente solo. Llegó a la casa de su amigo y encontró la puerta abierta. Entró, un poco incómodo, como si violara la intimidad y la confianza de una persona que ya no podía defenderse. Pese a ello, comenzó a curiosear entre las cosas de Wyman, mientras se preguntaba adónde iría a parar todo aquello, ya que el viejo no tenía parientes.

Después abrió aquel cajón.

En el interior de madera había una pesada carpeta con la tapa negra, atada con un cordel rojo. En la cubierta había una etiqueta blanca con un título escrito con pluma: El alivio de un hombre acabado.

La sacó del cajón y la abrió. En el interior había centenas de hojas numeradas, escritas a mano con una caligrafía nerviosa y menuda. Parecía casi imposible que en la era de los ordenadores alguien hubiera podido escribir a mano semejante cantidad de páginas, con la paciencia y la dedicación de otra época.

Alistair cogió la carpeta y la llevó a su habitación, donde la escondió entre sus objetos más íntimos. Leyó aquella novela, que Wyman había escrito a lo largo de todos aquellos años sin mencionarla jamás a nadie. Alistair no la entendió del todo, pero la cuidó como un secreto precioso, primero como la reliquia de su mejor amigo y después como un pequeño tesoro que podría utilizar en el futuro.

Y, efectivamente, la utilizó.

Después de la indiferencia del público y la crítica hacia su primera novela, decidió publicarla con su nombre, tras hacer unas pequeñas modificaciones necesarias para adaptar la historia a su época y a su manera de expresarse.

La entrada en el túnel de Queens interrumpió la comunicación. La desaparición de la voz de Ray lo rescató de sus pensamientos. Esperaría a llegar al otro lado antes de reanudar una conversación que le había causado ansiedad y que ahora lo aterraba.

Cuando salieron al aire libre pulsó la tecla de llamada del móvil como si estuviera sentado en una silla eléctrica y ese fuera el botón que la accionaba.

Ray atendió al primer timbrazo.

– Disculpa, entramos en el túnel y se cortó.

– Te decía que no hay por qué preocuparse. Ayeroff fue duro pero no taxativo. Creo que si me esfuerzo hasta estarán dispuestos a darte el tiempo necesario para que escribas una novela como tú sabes.

«No, yo no sé. La persona que sabía murió hace mucho tiempo y ahora soy yo el hombre acabado, pero sin alivio alguno.»

Debería haberlo gritado hasta romperse las cuerdas vocales, pero guardó silencio, como había hecho siempre en su vida.

– Ya verás como todo se arregla. Hay cosas peores. ¿Te has enterado de lo que ha pasado aquí, en Nueva York?

– No. Ya sabes que cuando estoy en Saint Croix desconecto por completo.

– Pues se ha desatado una locura. Han asesinado al hijo del alcalde. Y también a Chandelle Stuart.

Alis Campbell tuvo una impresionante serie de extrasístoles, y luego un sudor helado cubrió su frente. Sintió que la mano con que sostenía el móvil se humedecía, como si del teléfono hubiera salido un vapor de hielo seco.

Hizo una pregunta cuya respuesta ya sabía, pero no quiso renunciar a una pequeña esperanza.

– ¿Quién? ¿La hija de esa familia del acero?

– Sí. No se sabe casi nada, pero parece que ha sido el mismo asesino. Podría ser un buen punto de partida para una novela policíaca.

Alistair Campbell se encontró de pronto sin voz; su lengua parecía de esparto.

– ¿Todavía estás ahí?

– Sí, aquí estoy. ¿Cómo ha sucedido?

– Repito: oscuridad absoluta. No se ha filtrado ninguna indiscreción. Solo se sabe lo que te he dicho. Es comprensible, dado que está de por medio el hijo de Christopher Marsalis.

La voz de Ray Migdala expresó al fin una ligera preocupación por el cambio de tono de su voz.

– ¿Qué pasa, Alis? ¿Te encuentras bien?

– Discúlpame, solo estoy un poco cansado. Tranquilo, estoy bien.

Pero no estaba bien en absoluto.

De golpe volvía a sentir el sabor a vinagre del miedo y el ilusorio placebo de la huida como remedio. Habría querido decirle al taxista que diera la vuelta y regresara al aeropuerto, así podría volver a la quietud de su isla. Solo se lo impidió la certeza de que hasta el día siguiente no habría aviones que pudieran llevarlo.

– Bien, entonces hablamos mañana y estudiamos la situación.

– De acuerdo. Hasta mañana.

Cerró la comunicación mientras el taxista cogía la Primera Avenida y luego la calle Treinta y cuatro. Se apoyó contra el respaldo. Desde ese momento, con los ojos muy abiertos y fijos en una ventanilla sucia que no veían, el trayecto hasta su casa se llenó de imágenes desenfocadas, estelas de carteles luminosos y coches en movimiento.

Sentía una molesta pulsación en las sienes y volvió a coger la caja de píldoras que llevaba en la mochila. Con la misma brusquedad que antes cogió un comprimido de Ramipril para la presión, sin ni siquiera mirar los avisos horarios del teléfono.

Dos nombres continuaban rebotando en su cabeza como un salvapantallas de un ordenador enloquecido.

«Gerald y Chandelle.»

Y una palabra.

«Asesinados.»

No tuvo tiempo de abandonarse a los recuerdos y al pánico que podían provocar. El taxi se detuvo ante su casa casi sin que se diera cuenta de la distancia recorrida. Pagó la carrera y bajó del coche. Mientras buscaba las llaves en la mochila, se dirigió hacia la casa baja de madera clara y aspecto acogedor y a los tres escalones que subían a la puerta de entrada con su picaporte de bronce.

Bedford era una calle estrecha y corta, una transversal de Hudson, algo escondida, y a aquella hora estaba tranquila y en silencio. La única luz encendida era la de una sastrería anacrónica, en la esquina de Commerce. La luz indicaba que alguien estaba trabajando todavía, pero en ese momento Alistair Campbell estaba tan absorto que no le prestó atención. Tampoco prestó atención a un viejo coche aparcado un centenar de metros más atrás, que se ponía en marcha y avanzaba despacio, con los faros apagados. No oyó ni vio que el coche se detenía, con la puerta abierta, ni al hombre que se apeaba y se acercaba. Llevaba un chándal con la capucha puesta y cojeaba levemente de la pierna derecha. Alistair Campbell había subido los escalones y estaba metiendo la llave en la cerradura; en ese momento vio un brazo que entraba en su campo visual. Sintió un paño húmedo contra la nariz y la boca. Trató de soltarse, pero su agresor lo apretaba con fuerza mientras le rodeaba el cuello con el otro brazo.

Intentó respirar pero notó en las fosas nasales un penetrante olor a cloroformo. Sintió un leve ardor en los ojos y su vista se empañó; poco a poco sus piernas cedían. Su cuerpo delgado se aflojó en los brazos del agresor, que lo sostuvo sin esfuerzo.

Un instante después el hombre lo dejó en el asiento posterior de un desvencijado Dodge Nova. Luego, con el rostro oculto por la capucha se sentó al volante y, sin encender los faros, el coche se apartó de la acera y fue a mezclarse sin prisa con las luces y los demás coches.

32

Alistair Campbell estaba desnudo y aterrorizado.

Su cuerpo aterido estaba sumido en la oscuridad del maletero de un coche que olía a calcetines usados y a cloaca y que avanzaba velozmente, con la dureza de una suspensión estropeada. Después de la agresión frente a la puerta de su casa, no llegó a perder el conocimiento; le entró un extraño sopor que hacía más pesado su cuerpo, como si de pronto los huesos se hubieran transformado en plomo.

Las primeras y bruscas curvas que trazó el conductor le hicieron resbalar del asiento gastado al suelo del coche. Con el olor polvoriento del tapete bajo la nariz, circularon durante un rato que le pareció interminable; desde abajo veía las luces de la ciudad que desfilaban encima de sus ojos hasta desvanecerse casi del todo. En cierto momento se detuvieron en una zona desierta donde había poca luz.

Se veía un resplandor amarillo e intermitente a cierta distancia. Quizá fuera un faro que indicaba el camino del puerto a los marineros, o una señal de peligro para los aviones, o simplemente las lágrimas de un hombre aterrado que velaban la imagen de una estrella en la noche.

Oyó el golpe de la puerta delantera que se abría y poco después notó una ráfaga de viento que entraba por la puerta de su lado. El aire olía a herrumbre y algas, y a pesar de su embotamiento logró tener un pensamiento lúcido. Se dio cuenta de que debían de encontrarse en algún lugar cercano al agua, aunque jamás conseguiría saber o recordar cuál.

En su campo visual empañado por el narcótico y la oscuridad apareció un hombre vestido con un chándal barato de felpa y con la cara cubierta por un pasamontañas con aberturas por las que se entreveían los ojos y la boca. Lo cogió con dos manos enfundadas en guantes negros, lo levantó con la misma facilidad con la que habría cogido un paquete ligero y lo hizo sentarse en el asiento posterior, con las piernas hacia fuera. Alistair sintió que sus piernas pendían en el vacío con la lasitud antinatural de un muñeco sometido por completo al poder del ventrílocuo.

Sin otra reacción posible más que el miedo, vio que su agresor sacaba de un bolsillo un rollo de cinta adhesiva y un grueso cúter. No sabía dónde, pero en esa semioscuridad de claridades lejanas la hoja encontró luz suficiente para lanzar un centelleo amenazador; con unos gestos rápidos y precisos el hombre le tapó la boca con un pedazo de cinta y le ató las manos, con los brazos delante del cuerpo.

Lo cogió y lo sostuvo sin esfuerzo mientras lo arrastraba hacia la parte posterior del coche. Apuntaló al prisionero apoyándolo contra su cuerpo duro y macizo y lo mantuvo en esa posición sosteniéndolo con un brazo alrededor de la cintura, mientras con la mano libre abría la cerradura del maletero.

Lo metió dentro de un empujón. Alistair sintió que la mano de su secuestrador le levantaba las piernas y colocaba el resto del cuerpo en el oscuro hueco. La luz de una linterna lo deslumbró. Caía sobre él desde lo alto como algo mortal, extraterrestre, una luz sobrenatural que llegaba de ese lugar maldito donde se esconden todas las pesadillas que la locura humana decide hacer reales.

Vio que la hoja del cúter entraba en el cono de luz delante de sus ojos. Su corazón desbocado no dejó espacio para la vergüenza; su cuerpo se libró de cualquier inhibición y se orinó y defecó encima.

Finalmente emitió un alarido desesperado que el hombre no tuvo en cuenta, como tampoco dijo una palabra cuando vio la mancha oscura que se ensanchaba en sus pantalones. Con calma pero con destreza empezó a cortar las prendas livianas que llevaba su prisionero. Alistair sentía un estremecimiento, que no solo era de frío, cada vez que la hoja rozaba su piel.

Lágrimas que no despertaban ninguna piedad seguían saliendo de sus ojos. Corte tras corte, estremecimiento tras estremecimiento, gota tras gota, quedó desnudo frente a esa luz estéril, rodeado de esos trapos que olían a orina, mierda y miedo, que ahora eran su única vestimenta. El cierre de la puerta sumó oscuridad a la oscuridad y lo dejó solo en compañía de su terror y su hedor.

En el silencio, oyó ruido de puertas que se cerraban y luego el arranque del motor; entonces supo que aquel no había sido más que un alto pero no el destino final. El Dodge volvió a ponerse en marcha, y ahora él viajaba encerrado en el retumbo desquiciado del coche y de sus pensamientos.

¿Quién era ese hombre?

¿Qué quería de él?

Volvieron a su mente las palabras de Ray, que hacía poco -¿una hora?, ¿un siglo?- había oído que salían del teléfono con el ruido del hielo que se rompe bajo los pies.

Gerald Marsalis y Chandelle Stuart habían muerto.

Aquellos a los que en otros tiempos conocía como Linus y Lucy habían sido asesinados por alguien que los había buscado y encontrado. Y ahora él estaba encerrado, atado y desnudo en el maletero de un coche que tal vez lo llevaba hacia el mismo destino.

Sintió que, bajo la cinta adhesiva que le cubría la boca, sus dientes comenzaban a castañetear con el ritmo incontrolable del miedo. Por algo sucedido mucho tiempo atrás, su alma de cobarde había programado el remordimiento del mismo modo que él programaba el móvil para que le recordara cuándo debía tomar sus píldoras.

Le bastaba con despertarse para encontrar un recuerdo claro y vivo en su mente, como si todo aquello estuviera sucediendo en ese preciso instante frente a sus ojos. Durante años había querido contarlo, pero no encontraba el valor. Indirectamente, había tratado de hacerlo en sus libros, a través de las palabras, un confíteor literario oculto en la metáfora; pero sabía que esos signos no significaban la liberación de la confesión y menos aún una posibilidad de absolución ante el tribunal del espejo.

Al cabo de un rato -¿una hora?, ¿un siglo?-, Alistair oyó que el coche se detenía con una sacudida, como si hubiera subido a un bordillo. A causa del brusco movimiento, sus manos atadas chocaron dolorosamente contra los testículos.

Sobre el ronquido del motor al ralentí, oyó el sonido de una puerta que se abría. Poco después, un ruido metálico seco y luego otro, como de una cadena de ancla que se deslizara y luego el chirrido de una verja al abrirse sobre un quicio al que le hacía falta aceite.

Otra vez la puerta del coche que se cerraba y otra vez el movimiento, mientras el Dodge recorría lentamente un camino bastante largo y lleno de baches. Tras un breve trayecto, se detuvo al fin y el motor se apagó.

Alistair oyó de nuevo el chirrido de la portezuela abierta y luego un rumor de pasos sobre la grava; cada paso iba acompañado de un golpe sordo de su corazón. Se abrió el maletero y la luz de la linterna, esta vez apuntada hacia abajo, le permitió entrever la silueta del hombre, que sostenía en la mano derecha unos largos alicates para cortar metal y los apoyaba en el hombro. Echó una breve ojeada a su pasajero, mientras iluminaba por un instante el hueco del maletero; luego, como si estuviera satisfecho con lo que había visto, volvió a cerrarlo, dejando en los ojos de Alistair una mancha amarilla como único recuerdo de la luz.

Todos los sonidos del exterior llegaban al prisionero a través de las pulsaciones que sentía en los oídos. Los latidos bajo las costillas y después una serie interminable de extrasístoles, se convirtieron de golpe en el paroxismo de la fibrilación, que con el tiempo Alistair había aprendido a reconocer y a temer. Sintió que se le cortaba el aliento, y a partir de ese momento parecía que la respiración no podía llevar a los pulmones su indispensable carga de oxígeno.

En condiciones normales respiraría por la boca, aspirando con avidez el aire que necesitaba para sobrevivir, pero en esa situación, con la cinta adhesiva que se lo impedía, solo disponía de las fosas nasales para aferrarse a la vida. El polvo y el olor de sus propios excrementos eran como una película que poco a poco contribuía a cerrar los agujeros a través de los cuales aquel aire estancado y viciado podía dirigirse al interior de su caja torácica.

El corazón ya solo era una sucesión de contracciones cortas y desesperadas, sin el familiar consuelo del latido sistólico

«pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc»

un sudor ácido le empezó a bajar por la frente hasta llegar a los ojos. Trató de alzar los brazos para enjugarse la cara, pero la posición en que se encontraba y la cinta adhesiva que le apretaba las muñecas le impedían realizar tal movimiento.

De fuera llegó un nuevo ruido seco y metálico, como el de un candado cortado, y luego el rechinar de una puerta corredera.

Esta vez, los pasos sobre la grava que se acercaban tendrían que haber sido una carrera muy veloz para ganar a los desenfrenados latidos del corazón

«pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc»

oyó saltar la cerradura del maletero y la puerta se abrió de golpe. Justo en el momento en que un hilo de luz penetraba en el interior, Alistair oyó un grito sofocado y vio que su agresor hacía un movimiento con el brazo izquierdo para sostener el derecho, como si la tapa del maletero, al abrirse, lo hubiera herido.

A la luz de la linterna que había apoyado en el techo del coche para tener las manos libres, el hombre se subió instintivamente la manga del chándal para ver la gravedad de la herida. Una marca roja de sangre surcaba la piel a lo largo de la muñeca y…

Desde su lugar de observación, Alistair abrió mucho los ojos a causa de la sorpresa.

En el antebrazo derecho de su secuestrador había un gran tatuaje que representaba un demonio con cuerpo masculino y etéreas y multicolores alas de mariposa.

Alistair conocía ese tatuaje y conocía al que lo llevaba. Sabía cuándo y dónde se lo había hecho y quién tenía uno igual.

El efecto del líquido que había aspirado ya había pasado por completo. Con los ojos reducidos a dos grandes e inútiles monedas que no podían pagar el precio de su vida, empezó a gemir, dar tirones y patalear en un ataque histérico mientras el corazón

«pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc»

era ya un latir ininterrumpido que le clavaba espinas en la garganta y el pecho.

Como si lo hubiera sorprendido su propio gesto, el hombre se bajó deprisa la manga del chándal y cerró en parte el maletero, apoyándose en el coche con el cuerpo. A través de la rendija que quedaba abierta, Alistair vio cómo se inclinaba, y se sujetaba el brazo como si el dolor fuera muy fuerte, mientras una mancha roja de sangre aumentaba y empapaba la manga del chándal.

En ese momento, desde un lugar indefinido de la oscuridad del lugar en que se hallaban, llegó una voz.

– ¡Eh! ¿Qué sucede aquí? ¿Quiénes sois? ¿Cómo habéis entrado?

El peso sobre el maletero se aligeró y la chapa se elevó un poco, liberada del cuerpo del hombre. Ese movimiento hizo que la linterna cayera del techo del coche y se apagara.

Alistair oyó los pasos de alguien que se acercaba deprisa, seguidos por el ruido sobre la grava de las pisadas de su secuestrador, que se alejaba del coche.

– Eh, tú, ¡alto ahí!

Por un lado del Dodge pasó velozmente un hombre que corría tras su agresor, que huía. El eco de los pasos de los dos hombres se hizo más débil y se desvaneció a lo lejos.

Silencio.

Una breve espera y, al cabo de siglos, aún silencio.

Alistair alzó la cabeza y empujó con la frente la tapa del maletero. La puerta se abrió del todo y le permitió mirar el lugar donde se encontraba. Era un terreno enorme, iluminado solo por unas pocas luces lejanas. A su izquierda, a mucha distancia, quizá del otro lado del río, las luces familiares de Nueva York. A su derecha, al límite de donde alcanzaba su mirada, se divisaban unas farolas, y unas casas y un camino que bordeaba una zona señalada por una alambrada.

Esas luces y esas casas significaban que había coches, gente, ayuda.

Que había vida.

Apoyando las piernas contra los laterales del maletero, logró con esfuerzo girar y sentarse. Levantó las manos atadas y como pudo se arrancó la cinta que le tapaba la boca. Sin hacer caso del ardor de los labios, bebió como si fuera de un seno materno el aire húmedo de la noche mientras el corazón todavía latía su danza guerrera en el pecho. Le parecía que de un momento a otro estallaría y transformaría su cuerpo desnudo en una lluvia de fragmentos ensangrentados que alimentarían a los pocos y enclenques arbustos que había cerca del coche

«pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc»

tratando de no golpearse la cabeza contra la tapa de chapa que se balanceaba sobre él, Alistair se volvió y se arrodilló. Apoyó las manos en el borde del maletero y consiguió salir del hueco, dejando atrás la ropa sucia y rota como testimonio de su miserable humanidad ante la presencia de la muerte.

Dio unos pasos vacilantes hacia las luces lejanas, sin prestar atención a la dureza del camino de tierra que debía recorrer. No se detuvo a observar el gran almacén industrial ante el cual se había detenido el coche, un Nova de quince años de antigüedad, con la carrocería toscamente reparada, con restos de masilla. Dejó a sus espaldas aquella puerta abierta a la oscuridad del interior de la construcción y, atraído como una mariposa nocturna por la ilusión de claridad que tenía delante, se dirigió hacia lo que en ese momento representaba la única esperanza de sobrevivir.

Volvió a ver como un relámpago el tatuaje ensangrentado bajo la débil luz de la linterna y la figura amenazadora del hombre que lo llevaba. Alistair sabía quién era y sabía qué sería capaz de hacer si regresaba, aunque ignoraba sus motivos.

Este pensamiento lo aterrorizó y su cerebro buscó la energía necesaria para ordenar a sus piernas entumecidas que se movieran.

Echó a correr hacia esas luces del fin del mundo movido por el pánico y con un dolor sordo en los oídos y en el pecho

«pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc pa-tuc»

sin preocuparse por sus pies descalzos que, como en un cuento de terror, empezaron casi enseguida a dejar manchas de sangre tras de sí, como un rastro sobre la grava.

33

El Ford Corona blanco y azul de la policía bajó despacio por la rampa del puente Williamsburg y dobló a la derecha, dejando atrás una plaza llena de autobuses dormidos sobre sus neumáticos. En esa zona vivían principalmente judíos ortodoxos, con sombrero negro, barba y largos bucles a ambos lados de la cara, pero a esa hora no se veía a casi nadie. Los carteles de las tiendas, de las carnicerías y los supermercados que vendían carne y productos kosher estaban apagados, y las persianas metálicas bajadas, como ojos que no ven y oídos que no oyen.

Manhattan, con todos sus colores, estaba muy lejos, tanto que casi parecía un lugar imaginario. Por aquella zona, en aquel momento, solo circulaban algunos automóviles y las ondas de radio de los satélites que dirigidos hacia abajo se cruzaban con las plegarias de las sinagogas que iban hacia lo alto.

La agente Serena Hitchin, una bella mujer negra de veintinueve años, iba al volante, y Lukas First, su compañero, iba sentado a su lado con el cuerpo echado hacia delante. Tenía la cabeza vuelta hacia ella, sonreía y marcaba, golpeando con las manos en el salpicadero de plástico del vehículo, el ritmo de alguna melodía.

– Tú que entiendes de esto, ¿voy bien así?

Serena había iniciado, hacía ya un tiempo, una relación con un miembro del repertorio de Stomp, un musical ya mítico, lleno de números de percusión, que se representaba desde hacía varios años en el Orfeus, un teatro de la calle Segunda, en el East Village. Lukas sabía qué importante era aquella relación para su compañera, pero no perdía la ocasión de provocarla; podía hacerlo porque se llevaban muy bien.

La mujer se rió del torpe intento de su compañero.

– Eres un desastre, Lukas. La música no es tu fuerte.

Lukas adoptó una voz y una expresión de suficiencia mientras volvía a apoyarse contra el respaldo.

– ¡Qué raro! De pequeño cantaba en el coro de la iglesia.

– Fue en ese momento cuando Dios apareció durante la función, te señaló con el dedo y dijo: «O él o yo».

Lukas se volvió hacia ella con los índices cruzados, como si Serena fuera un vampiro.

– Calla, blasfema. Si él hubiera aparecido me habría señalado y habría dicho: «Aquí tenéis mi obra maestra. Un día este hombre será grande».

Serena rió, mostrando sus perfectos dientes blancos.

– Eres un tozudo. ¿Sigues pensando lo mismo?

– Por supuesto. Ya verás como tarde o temprano sucederá. Mi nombre en Broadway en un cartel luminoso y yo iré de visita al distrito, en un coche que os dejará a todos verdes de envidia. Mira lo que le ha pasado al capitán Shimmer…

Lukas First era un hombre muy atractivo, sobre todo con el uniforme, que le sentaba de maravilla. Por amor al arte había asistido a algunos cursos de declamación y de vez en cuando obtenía pequeños papeles como actor de reparto. En el distrito todos recordaban aún el orgullo con que había anunciado su participación en una película de Woody Allen. Los arrastró a todos al cine, y cuando al fin llegó la escena en que se lo veía, de espaldas, durante apenas dos segundos, empezaron las burlas, que duraron días.

Lukas confirmó sus pensamientos asintiendo con la cabeza, mientras abría una ventanilla para encender un cigarrillo. Había llegado a un tácito acuerdo con su compañera, que le permitía hacerlo solo de esa manera y cuando nadie lo veía.

– El capitán sí que ha tenido suerte.

El capitán Shimmer, del que hablaba Lukas, era el protagonista de una especie de historia de la Cenicienta en pleno Departamento de Policía de Nueva York. Había trabajado de asesor en el cine y, cuando se jubiló, todavía bastante joven, volvió a ese ambiente; ahora interpretaba a menudo papeles de policía en películas y programas de televisión. Era una referencia para todos aquellos que soñaban con dar un golpe ganador, que cambia totalmente la vida.

– Y tú has tenido suerte al entrar en la policía, Luke. Apuesto a que nunca dejarás este trabajo. Te gusta demasiado.

Lukas arrojó el cigarrillo por la ventanilla y echó la última bocanada de humo. Luego se giró hacia la mujer y adoptó una actitud intencionadamente pomposa.

– Es cierto. Yo he nacido para ser policía. Pero también me gusta la idea de haber nacido para ganar un Oscar algún día. Y entonces aprovecharé para agradecer a mi ex compañera, Serena Hitchin, que su confianza y su apoyo me ayudaron a alcanzar mi objetivo.

Era una noche tranquila, estaban satisfechos y contentos con su vida y con lo que hacían, y no había ningún motivo para no bromear.

Pero, como siempre sucede, el motivo para no hacerlo se presentó enseguida.

La radio comenzó a graznar y poco después salió de ella una voz que, pese al deficiente sonido de los altavoces, tenía un tono oficial.

– Atención. Comunicado para todos los coches patrulla. Hay un aviso de alerta máxima del One Police Plaza. Se trata de un secuestro. La víctima es un hombre de raza blanca, de alrededor de treinta años, un metro ochenta de estatura, delgado, pelo castaño. Se llama Alistair Campbell. Es posible que el hombre que lo ha secuestrado sea el responsable de los asesinatos de Gerald Marsalis y Chandelle Stuart. El secuestrador se ha escapado al volante de un Dodge Nova muy viejo y con evidentes marcas de masilla en la carrocería. Repito: alerta máxima.

Lukas lanzó un silbido.

– ¡Coño! Con toda la reserva que rodea a este caso, hacer un comunicado así, por la frecuencia normal y con el riesgo de ser interceptado por los medios, significa que los peces gordos deben de estar desesperados.

– También tú lo estarías si fueras el alcalde de Nueva York y hubieran matado a tu hijo de esa forma.

– Ya, supongo que sí.

El momento de relajación había pasado. Ya había sucedido otras veces, y lo haría otras muchas. Siempre surgía algo que llegaba sin avisar para recordarles qué significaba recorrer las calles con un uniforme azul y en un coche con las siglas NYPD. Pero lo habían aceptado y debían vivir con ello, al igual que lo habían hecho tantos otros colegas que ya no podían contarlo.

Mientras hablaban, al comienzo de la calle Robling, doblaron a la derecha por la calle que bajaba hacia el río East. Cruzaron la avenida White y se encontraban en la calle Clymer, ante el cartel del Brooklyn Navy Yard.

Del otro lado de la alambrada oxidada que delimitaba el terreno, distinguieron la silueta de unos viejos vagones de metro, que esperaban a que los destruyeran. En la oscuridad, unas construcciones altas de ladrillos oscuros, muchas de ellas en ruinas y abandonadas, se alzaban sobre la calle y la miraban desde unas ventanas con los cristales rotos; también ellas esperaban convertirse en una rehabilitada zona residencial o en un ejemplo de arqueología industrial.

Serena dobló a la izquierda y el coche avanzó lentamente por la avenida Kent, en dirección al sur, hacia Brooklyn Heights. Bordearon el almacén donde se aparcaban los coches abandonados, que luego se subastarían en lotes.

Lukas se distrajo un instante mientras miraba absorto todos esos vehículos que esperaban a un nuevo propietario después de haber sido en cierta forma traicionados por el anterior.

– Santo cielo. ¿Qué coño es aquello?

Al oír la voz alarmada de Serena, el agente volvió de golpe la cabeza hacia la calle.

A la escasa luz de las farolas, se veía a un hombre que había salido por una abertura de la alambrada y se dirigía corriendo hacia ellos con las manos alzadas. Salvo por unos jirones de ropa que bailaban sobre sus hombros, estaba completamente desnudo y se movía como si cada paso le costara un enorme esfuerzo. Cuando vio que se trataba de un coche de la policía, se detuvo de repente, con una expresión a la vez de alivio y de sufrimiento. Se llevó las manos al pecho y cayó lentamente de rodillas. Quedó inmóvil, como una imagen congelada, en medio de la calle.

Serena detuvo el automóvil y ella y Lukas bajaron, dejando las puertas abiertas. Mientras se acercaban, la mujer vio por el rabillo del ojo que su compañero había sacado la pistola.

Llegaron frente al hombre que estaba de rodillas; respiraba con dificultad y los miraba con los ojos llenos de lágrimas, como si aquello fuera un milagro. A la luz de los faros lograron distinguir al fin con claridad sus facciones.

– Serena, los rasgos corresponden a los del hombre que acaban de describir por la radio.

– Está bien, quédate vigilando, Luke.

Mientras Lukas controlaba los alrededores con la pistola preparada, la mujer se arrodilló en el suelo junto al hombre, que la miraba en silencio con las dos manos apretadas contra el pecho. Su respiración era una especie de estertor, y había un fuerte olor a excrementos. Serena Hitchin dirigió la mirada hacia el interior de los muslos, donde había algo que por la consistencia y el hedor podía ser de naturaleza fecal.

– ¿Es usted Alistair Campbell?

El hombre hizo un cansado gesto de afirmación con la cabeza; luego cerró los ojos y se dejó caer lentamente sobre el suelo. Venciendo el asco por aquel penetrante olor y tratando de contener las náuseas, Serena se apresuró a sujetarle la cabeza para evitar que se golpeara contra el asfalto.

Apoyó los dedos en su cuello. Los latidos eran los de un corazón desbocado.

– Está sufriendo un ataque cardíaco. Su corazón late muy deprisa. Debe de estar fibrilando. Llama a una ambulancia.

Sin abandonar su actitud vigilante, Lukas fue hacia el coche. Poco después Serena oyó que se ponía en contacto con la central y pedía asistencia médica y refuerzos.

Volvió a fijar su atención en aquel pobre hombre lleno de miedo, vergüenza y dolor en que alguien había transformado a Alistair Campbell.

El hombre alzó los párpados. Su voz era un soplo enfermo que salía con dificultad del cuerpo, tras pasar junto al tambor de un corazón en plena crisis.

Serena oyó que susurraba unas palabras, pero demasiado bajo para poder descifrarlas.

– ¿Qué ha dicho? No le he entendido.

La persona identificada como Alistair Campbell levantó un poco la cabeza, y ese gesto pareció costarle un esfuerzo enorme. Serena colocó una mano bajo su cabeza para sostenerlo y se agachó para acercar la oreja a su boca.

Sus palabras débiles casi se perdieron en el ruido de los pasos de Lukas, que se acercaba corriendo.

– Dentro de poco llegará la amb…

Serena hizo un gesto con la mano.

– Calla un momento.

Enseguida volvió a inclinarse sobre el hombre tendido en el suelo, pero vio que sus ojos se contagiaban poco a poco de la oscuridad que se extendía más allá de la alambrada del otro lado de la calle; la negrura se apoderaba lentamente de él, como en invierno la niebla del río. Por la boca medio abierta, sus palabras salieron con el último aliento, junto con la vida.

La agente supo que cualquier ayuda era inútil. Vio que los latidos rápidos y fragmentados del corazón se volvían más lentos, se debilitaban y desaparecían. Un instante después tenía bajo los dedos la carne tibia de un cuerpo donde la sangre ya no correría.

Serena Hitchin, como cada vez que se veía obligada a presenciar una vida que se extinguía, experimentó una sensación de pérdida que sabía que los años de servicio no conseguirían atenuar. Levantó una mano, cerró los ojos del muerto y rogó que alguna de las plegarias que se elevaban en aquel momento en algún lugar tuvieran suficiente fuerza para acompañar el alma de aquel desdichado.

34

La verdadera lucha era contra el tiempo, como siempre.

Sentado en el asiento del pasajero de un coche que recorría las calles de Nueva York con la luz giratoria encendida, Jordan miraba hacia delante, mientras veía desfilar las luces y las sombras a su lado como si fueran ellas las que se movían y no el coche. Tenía la sensación de estar en uno de esos primitivos efectos especiales que utilizó Mack Sennett para dar sensación de movimiento en la época del cine mudo, cuando las personas y los objetos se quedaban quietos y detrás de ellos corría un enorme cilindro con un paisaje dibujado.

Y quizá fuera así en realidad.

Todos los que estaban envueltos en aquella historia creían ir hacia delante, mientras que era el mundo el que corría rápidamente junto a ellos, falso y engañoso, como si se burlara de su incapacidad para moverse.

Burroni conducía muy concentrado; los reflejos de la calle en su rostro deformaban por momentos sus facciones con una alternancia de claro y oscuro, que hizo pensar a Jordan en una persona en continua mutación, aunque sabía que en su interior había un solo estado de ánimo: la seguridad de haber fracasado.

En el asiento de atrás iba Maureen Martini, silenciosa y sola. Jordan admiraba la entereza de aquella mujer, dividida entre la realidad de lo tangible y algo que no tenía ninguna explicación racional. Y no había ningún motivo para pensar que pudiera tenerla en el futuro. Pocas personas habrían sabido aceptar lo que le estaba sucediendo a ella solo con el apoyo de su inquebrantable certeza de no estar loca.

Gracias a ella habían identificado a Snoopy. Cuando lo hicieron, todos tenían demasiada prisa y demasiada vergüenza para detenerse a reflexionar acerca del cómo. Llamaron a casa de Alistair Campbell pero no respondió nadie. Y el móvil registrado a su nombre estaba apagado. Buscando en internet encontraron el nombre de su agente literario. Se comunicaron con Ray Midgala, que los puso al corriente de la última llamada telefónica de Campbell, que hacía poco había llegado al JFK e iba hacia su casa. Avisaron a Burroni y poco después él y Maureen se dirigieron, en el coche de policía que estaba apostado permanentemente en Gracie Mansion, hacia la dirección que les había dado Migdala.

Durante el trayecto llegó la noticia.

La radio del vehículo comenzó a chasquear y el agente que conducía sacó el receptor del soporte.

– Agente Lowell.

– Habla el detective Burroni. ¿Jordan Marsalis está contigo?

Por una vez, la voz salió extrañamente clara por los altavoces. Y Jordan supo, por el tono, que serían malas noticias. Cogió el micrófono que le tendía el policía.

– Soy yo, James. Dime.

– Acabo de llegar al lugar y he encontrado una patrulla. Estaban aquí porque un tío que tiene una sastrería frente a la casa de la persona en cuestión denunció al 911 que había presenciado un secuestro.

Jordan experimentó una sensación gélida, como si la temperatura del coche en el que viajaba hubiera bajado de golpe por debajo de cero. No consideró oportuno proseguir la conversación por radio.

– Llego en dos minutos. Hablaremos allí.

Cuando poco después llegaron a la esquina de Bedford y Commerce, delante de la casa de Alistair Campbell había aparcados un coche patrulla y el vehículo de servicio de Burroni. El detective estaba en la acera, con un sujeto de cierta edad, alto y moreno, mestizo y vestido de un modo que recordaba al Londres de Carnaby Street en la década de los setenta.

Bajaron del coche justo frente a ellos. Burroni miró sorprendido a Maureen, y luego a Jordan con expresión interrogativa.

– No hay problema, James. Es Maureen Martini, comisario de la policía italiana. Después te cuento.

Casi en el mismo momento, Jordan se preguntó perplejo qué le contaría después. Burroni no respondió. Hizo una simple seña con la cabeza en dirección a la mujer y se volvió otra vez hacia la persona que tenía delante.

– Señor Sylva, repita lo que ha visto, por favor.

El hombre inició su relato aderezado con un acento sudamericano que Maureen identificó como portugués. Indicó con la mano el escaparate iluminado que se veía a sus espaldas.

– Yo estaba en mi tienda, trabajando. Se detuvo un taxi y bajó Alis.

– ¿Por «Alis» quiere decir Alistair Campbell?

– Sí. Lo conozco desde hace años y los amigos lo llaman así.

– Continúe.

– Pagó la carrera y fue hacia la puerta de entrada. Detrás de él llegó un coche y ese fulano abrió la puerta…

Burroni lo interrumpió y lanzó una mirada significativa a Jordan.

– Describa cómo era.

Incluso antes de que el señor Sylva hablara, Jordan sabía qué iba a decir.

– No le vi la cara porque llevaba un chándal de felpa con la capucha puesta, pero puedo decir que era algo más alto de lo normal y que cojeaba un poco de la pierna derecha.

– Y después ¿qué sucedió?

– Bajó del coche, se acercó a Alis por detrás y lo agredió. Le puso un brazo alrededor del cuello, como para estrangularlo, y él debió de desmayarse, porque el otro lo sujetó y lo metió en el coche, en el asiento de atrás. Luego volvió a sentarse al volante y arrancó.

– ¿No cogió el número de la matrícula?

– No tuve tiempo. Como ve usted, no hay mucha luz, y él arrancó con los faros apagados. Pero recuerdo bien el coche. Era un Dodge Nova muy estropeado, de un color indefinible. Tenía la carrocería llena de manchas de masilla.

El final de la declaración significó para Jordan, Maureen y Burroni el silencio que marca el fin de toda esperanza. Se quedaron de nuevo sin palabras y sin gestos, con el único recurso de emitir un aviso por radio para encontrar el coche del secuestrador.

Y eso hicieron.

Pocos minutos después llegó el aviso de una patrulla, en Williamsburg: habían encontrado a Alistair Campbell.

Estaba muerto.

Jordan se agarró al tirador de la puerta mientras el coche doblaba a la izquierda para coger la avenida Kent y dirigirse hacia las luces intermitentes que se divisaban del otro lado de la línea de vallas. Siguiendo las instrucciones, se habían bloqueado todas las posibles vías de acceso a la calle. Encima de sus cabezas oyeron el ruido de las aspas de un helicóptero, pero no consiguieron distinguir si era de la policía o de algún canal de televisión.

Casi todas las casas que daban sobre la avenida Kent tenían las ventanas abiertas y estaban llenas de gente que se había asomado por la curiosidad que siempre provoca el espectáculo de la muerte. Jordan pensó con amargura que nunca le había parecido más pertinente la expresión «escena del crimen».

Cuando llegaron ante las vallas, un policía hizo una seña a dos de sus compañeros y levantaron las barreras lo necesario para dejar pasar el coche.

Avanzaron lentamente y se detuvieron detrás de un vehículo de la policía aparcado en medio de la calle. Un poco más adelante, tendida sobre el asfalto a la luz de los faroles, había una sábana blanca bajo la cual se adivinaba la silueta de un cuerpo humano.

A Maureen, la cruda luz de los faros y el reflejo azulado sobre la sábana le recordaron otros coches, otros faros, otra escena, ocurrida a miles de kilómetros de distancia pero muy viva en su cabeza.

«Es desagradable, ¿verdad?»

Sí. Era desagradable. Siempre era horrible ver a un ser humano asesinado por otro ser humano, tendido en la calle cubierto solo por la delgada piedad de una tela de algodón.

Un agente joven y atlético estaba de pie cerca del coche. Cuando los vio bajar se dirigió hacia ellos.

– Soy el agente First. Estábamos patrullando la agente Hitchin y yo. Nosotros lo hemos encontrado.

– Soy el detective Burroni. Me ocupo de este caso.

El detective no se molestó en presentar a las personas que le acompañaban. En parte porque no hacía falta, pero sobre todo porque no sabía cómo justificar su presencia en el lugar de un crimen.

– ¿Ya estaba muerto cuando le encontraron?

El agente negó con la cabeza. Un mechón de pelo jugueteó sobre la frente.

– No. Salió corriendo de aquella verja y vino hacia nosotros. Estaba completamente desnudo y parecía aterrorizado. Cuando nos vio cayó de rodillas, casi desmayado. Por su apariencia pensamos que podía ser la persona que estábamos buscando. Se lo preguntamos y lo confirmó con un movimiento de cabeza. Después supongo que tuvo un ataque cardíaco. Cuando nos encontró, su corazón estaba fibrilando.

Jordan se apartó unos pasos del grupo y se quedó mirando a su alrededor, como si aquello no le interesara. Burroni ya empezaba a conocerlo y sabía que, por el contrario, no se le escapaba nada de lo que decía el agente.

– ¿Dijo algo antes de morir?

– No lo sé. Cuando expiró, yo estaba en el coche pidiendo refuerzos y una ambulancia. Mi compañera estaba con él en el momento de la muerte.

Jordan se aproximó y por primera vez hizo oír su voz.

– ¿Dónde está tu compañera?

El agente First hizo una seña con la mano hacia el otro lado de la alambrada, donde la luz del coche patrulla iluminaba los almacenes industriales.

– La agente Hitchin está en el lugar donde hemos encontrado el coche que se utilizó para el secuestro.

Jordan fue hasta donde yacía el cuerpo, bajo la sábana. Se acuclilló y levantó un borde de la tela. El agente First, Maureen y Burroni se acercaron y se quedaron de pie detrás de él.

– Pobre hombre. Le han tratado muy mal.

Maureen se acuclilló junto a Jordan. Con una mano levantó la fina sábana hasta descubrir el cadáver casi por completo.

– Debía de estar realmente aterrado. Huele a excrementos, y probablemente son suyos.

En su voz había compasión, pero también firmeza ante lo que acababa de suceder. Jordan tuvo que admitir que su admiración por aquella mujer no dejaba de aumentar.

– Sí. Para haber llegado a esto y a sufrir un ataque cardíaco, debe de haber sentido terror. Creo que deberíamos echar una ojeada al vehículo.

Volvieron a subir al coche y dejaron al agente First de guardia junto al cuerpo, a la espera de la brigada científica y del médico forense. Recorrieron a poca velocidad el tramo de calle sin asfaltar que llevaba al almacén. Dejaron atrás la escena del crimen, la gente inmóvil en las ventanas, la espera morbosa del bis que la muerte ofrece siempre. Junto al coche desfilaron las manchas de unos escasos arbustos de ciudad, que sin embargo habían conseguido crecer en aquel sitio adverso, más fuertes que el smog y la lluvia acida.

Cuando llegaron al final del sendero se encontraron ante la silueta de un almacén situado a la izquierda del enorme terreno, a un lado de la obra de construcción de una nueva estructura. Allí, delante de una puerta corredera abierta a la oscuridad del interior, había aparcados dos coches de la policía, junto al Nova en el cual, según la descripción de Sylva, había huido el secuestrador de Alistair Campbell. El maletero estaba abierto y un agente lo inspeccionaba con una linterna. Cuando Burroni, Maureen y Jordan bajaron de su coche y se acercaron, el policía se apartó un poco para permitir que los recién llegados vieran lo que miraba él, y también para alejarse del penetrante hedor.

– ¿No ha encontrado nada?

– Aquí no hay más que trapos con un olor que da náuseas. El maletero ya estaba abierto cuando llegamos. Dentro del coche todavía no hemos mirado; los esperábamos a ustedes.

– Bien.

Burroni sacó de un bolsillo unos guantes de látex y se los pasó a Jordan.

– Creo que esto te corresponde a ti hacerlo.

El gesto no era una capitulación, sino una aceptación. Jordan se lo agradeció con una inclinación de cabeza que deseó que no se tragara la oscuridad.