/ Language: Español / Genre:thriller

Yo Mato

Giorgio Faletti

Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato» Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

Giorgio Faletti

Yo Mato

Por un camino va

la muerte, coronada,

de azahares marchitos.

Canta y canta

una canción

en su vihuela blanca,

y canta y canta y canta.

Federico García Lorca

Primer carnaval

El hombre es uno y ninguno.

Carga desde hace años con su rostro pegado al cráneo y su sombra cosida a los pies, y todavía no ha logrado comprender cuál de las dos cosas pesa más. A veces experimenta el impulso irrefrenable de despegárselos, colgarlos en un clavo y quedarse allí, sentado en el suelo, como una marioneta a la cual una mano piadosa ha cortado los hilos.

Otras veces el cansancio lo borra todo y le impide darse cuenta de que lo único razonable es abandonarse a una carrera desenfrenada por el camino de la locura. A su alrededor no hay más que un continuo acoso de rostros, sombras y voces, personas que ni siquiera se plantean preguntas y aceptan pasivamente una vida sin respuestas pese al hastío o el dolor del viaje, y que se conforman con enviar alguna postal estúpida de vez en cuando.

Hay música donde él se encuentra ahora, hay cuerpos en movimiento, bocas que sonríen, palabras que se intercambian, y él está entre ellos, uno más para satisfacer la curiosidad de quienes verán cómo día tras día también esta fotografía se destiñe.

El hombre se apoya contra una columna y piensa que son todos inútiles.

Frente a él, al otro lado del salón, sentadas la una junto a la otra a una mesa cercana a la gran ventana que da al jardín, hay dos personas, un hombre y una mujer.

A la luz difusa, ella es sutil y dulce como la melancolía; tiene el cabello negro y los ojos verdes, tan luminosos y grandes que se ven claramente pese a la distancia. El joven no tiene ojos más que para ella y su belleza, y le habla al oído, para hacerse oír pese al estrépito de la música. Se cogen de la mano; ella ríe de las palabras de su compañero, echando la cabeza hacia atrás y escondiendo la cara en el hueco del hombro de él.

Hace un instante ella se ha vuelto, acaso alcanzada de algún modo por la fijeza de la mirada del hombre apoyado contra la columna, buscando el origen de su ligera incomodidad. Los ojos de ambos se han cruzado pero los de ella han pasado, indiferentes, sobre su cara, como sobre el resto del mundo que la rodea. Y ha regalado otra vez el milagro de esos ojos al hombre que la acompaña y que le corresponde con la misma mirada, impermeable a todo mensaje externo a la presencia de su amada.

Son jóvenes, hermosos, felices.

El hombre apoyado en una columna piensa que pronto morirán.

1

Jean-Loup Verdier pulsó el botón del mando a distancia y solo cuando se empezó a alzar la persiana metálica puso en marcha el motor, para no respirar el gas del tubo de escape en el espacio restringido del box. La luz de los faros penetró la pantalla negra de la oscuridad. Cuando la puerta se abrió por completo, apretó el acelerador y condujo despacio hacia fuera el Mercedes SLK. Apuntando el mando a distancia hacia la puerta con el brazo levantado por encima de la cabeza, pulsó la tecla para cerrar; mientras esperaba el «clang» de la puerta se quedó mirando el panorama que se abría ante el patio de su casa.

Montecarlo era un lecho de cemento sobre el mar. La ciudad casi no tenía forma; estaba envuelta en una ligera bruma que reflejaba las luces encendidas en la noche. Un poco más abajo, ya en territorio francés, podía ver los campos iluminados del Country Club donde probablemente se estaba entrenando alguna estrella del tenis internacional; a un costado se alzaba el Pare Saint-Román, uno de los rascacielos más altos de la ciudad. Más allá, hacia Cap d'Ail, bajo la roca de la ciudad vieja, se adivinaba el barrio de Fontvieille, arrancado al mar metro a metro, pedazo a pedazo.

Encendió al mismo tiempo un cigarrillo y la radio, sintonizada en Radio Montecarlo. Mientras conducía el coche por la rampa que llevaba a la calle, accionó el mando a distancia para abrir la verja. Dobló a la izquierda y bajó lentamente hacia la ciudad, disfrutando del aire ya caliente de finales de mayo.

Por la radio sonaba «Pride», un tema de U2, con su inconfundible ritmo de guitarra de fondo. Sonrió. Stefania Vassallo, la locutora que realizaba la emisión de Radio Montecarlo a aquella hora, sentía una auténtica pasión por «The Edge», el guitarrista del grupo irlandés. No perdía la ocasión de incluir algún tema de ellos en su programa. En la radio le habían tomado el pelo durante meses por el aire soñador que llevaba como un maquillaje cuando al fin logró obtener una entrevista con sus ídolos.

Mientras recorría la carretera llena de curvas que llevaba desde Beausoleil hacia el centro, se puso a marcar el ritmo con el pie izquierdo, al tiempo que Bono, con voz ronca y melancólica, contaba historias de un hombre llegado in the name of love.

Había un anticipo de verano en el aire, con ese aroma particular que solo tienen las ciudades que están a orillas del mar. Olor a sal, pinos, romero, voluptuosidad y vanidad. Promesas y apuestas. No cumplidas las primeras, perdidas las segundas.

El mar, los pinos, el romero y el florecimiento del verano seguirían allí todavía durante mucho, mucho tiempo después de que él y sus semejantes, que se afanaban en aquel lugar y en otros parecidos, se hubieran perdido en el olvido.

Sin embargo, viajaba con el coche descubierto, con el pelo al viento, promesas en el corazón y buenas apuestas a la vida.

Había cosas peores en el mundo.

A pesar de la hora, circulaba solo por la carretera.

Cogió la colilla del cigarrillo entre el pulgar y el índice, la lanzó al aire y siguió por el espejo retrovisor la parábola luminosa. La vio caer sobre el asfalto y dispersarse en minúsculas chispas. La última bocanada de humo se perdió en la misma ráfaga de viento.

Cuando llegó al final de la bajada, permaneció un instante indeciso, pensando qué calle coger para llegar a la zona del puerto. Mientras recorría la rotonda optó por girar hacia el centro y seguir por el bulevar d'Italie.

Los turistas comenzaban a afluir al principado. El Gran Premio de Fórmula Uno, recién concluido, señalaba el principio del verano monegasco. De allí en adelante, los días, las tardes y las noches de la costa serían un vaivén de actores y espectadores. Por un lado, limusinas con chófer y pasajeros de aire suficiente y aburrido. Por otro, autobuses cargados de gente sudorosa Iguales a los que se hallaban de pie ante los escaparates, con el reflejo de las luces en sus ojos. Sin duda algunos de ellos se preguntaban de dónde sacar tiempo para comprar aquella chaqueta, mientras que otros se preguntaban de dónde sacar el dinero. Eran el blanco y el negro, los dos extremos; en medio, se extendía una variada serie de matices de gris. Muchos vivían con el único fin de encandilar con falsas apariencias; otros, trataban de protegerse de ellas.

Jean-Loup pensó que las prioridades de la vida, al fin y al cabo, son bastante simples y reiterativas, y en pocos lugares del mundo era tan posible cuantificarlas como allí. La caza del dinero ocupa el primer puesto. Algunos lo tienen y todos los demás lo desean. Simple. Un lugar común se convierte en tal por la dosis de verdad que contiene. Tal vez el dinero no dé la felicidad, pero permite pasar mejor el tiempo mientras esta llega.

Así pensaban todos.

Sonó el móvil en el bolsillo de su camisa. Respondió sin siquiera leer en la pantalla el nombre del que llamaba; sabía perfectamente de quién se trataba. La voz de Laurent Bedon, el director y autor de Voices, el programa que Jean-Loup emitía cada noche por Radio Montecarlo, le llegó mezclada con el chasquido del aire en el micrófono del teléfono.

– ¿Crees que esta noche te dignarás honrarnos con tu presencia, o debemos prescindir de nuestra estrella?

– Hola, Laurent. Ya llego, estoy en camino.

– Estupendo. Ya sabes que a Robert se le altera el marcapasos cuando un locutor no está en la radio por lo menos una hora antes del comienzo de la emisión. Ya está echando humo por los cojones.

– ¿También por los cojones? ¿No le bastaba con el de los cigarrillos?

– Según parece, no.

Mientras tanto, el bulevar d'Italie se había convertido en el bulevardes Moulins. Los escaparates iluminados, a ambos lados de la calle, se abrían a un sinfín de promesas, como las miradas provocadoras de las prostitutas de lujo. Y, del mismo modo, bastaba un poco de dinero para convertirlas en realidad…

El ligero silbido electrónico del móvil, que se acoplaba con las ondas de la radio del coche, interrumpió la conversación. Jean-Loup se lo pasó a la otra oreja y el ruido cesó. Como si hubiera sido una señal convenida, Laurent cambió de tono.

– Bromas aparte, a ver si te das prisa, hombre. He tenido un par…

– Espera un momento. Los polis -le interrumpió Jean-Loup.

Bajó de golpe la mano y puso su mejor cara de póquer. Había llegado a un semáforo, en el cruce con la avenida de la Madone, y se había detenido a la izquierda. En la esquina, un policía de uniforme controlaba que los automovilistas siguieran al pie de la letra las instrucciones de su colega luminoso. Jean-Loup esperaba haber ocultado su teléfono con la rapidez suficiente para que no lo hubiera visto. En Montecarlo eran muy rigurosos con respecto al uso del móvil mientras se conducía. En aquel momento él no tenía ganas de perder tiempo en discusiones con un inflexible policía del principado.

Cuando la luz cambió a verde, Jean-Loup giró a la izquierda ante la mirada desconfiada del agente. Le vio volver la cabeza y seguir con los ojos el SLK mientras desaparecía por la corta bajada que pasaba ante el hotel Metropole. En cuanto se aseguró de hallarse fuera de su alcance, Jean-Loup volvió a acercar el móvil a la oreja.

– Ya ha pasado el peligro. Disculpa, Laurent. ¿Me decías?

– Te decía que he tenido un par de ideas razonables y quiero comentarlas contigo antes de salir al aire. Anda, apresúrate.

– ¿Plausibles, cómo? ¿Como el treinta y dos o el veintisiete?

– Vete al carajo, capullo -replicó Laurent, irónico pero un poco enfadado.

– Como decía no sé quién, no me deis consejos, sino orientación.

– Deja de decir estupideces y más bien apresúrate.

– Recibido. Ya estoy entrando en el túnel -mintió Jean-Loup. El otro cortó la comunicación. Jean-Loup sonrió. Laurent siempre definía sus nuevas ideas de aquel modo: razonables. Para hacerle justicia, debía admitir que en general lo eran. Lamentablemente para él, definía de la misma manera los números que intuía que saldrían en la ruleta, cosa que no sucedía casi nunca.

En el cruce giró a la izquierda para bajar por la avenida des Spelugues. A la derecha entrevió el reflejo de las luces de la plaza, con el hotel de París y el café de París uno frente al otro, como centinelas a ambos lados del casino, compartiendo las luces. Las barreras y las tribunas móviles que se erigían en aquel punto con motivo del Gran Premio se habían desmontado en un tiempo récord. Nada debía perturbar durante demasiado tiempo la sacralizad pagana de aquel lugar, por entero dedicado al culto al juego, el dinero y la apariencia.

Dejó atrás la plaza del Casino y emprendió a velocidad moderada la bajada que pocos días antes los Ferrari, los Williams y los McLaren habían recorrido a una velocidad absurda. Después de la curva del Portier sintió en la cara la brisa que venía del mar y vio las luces amarillas del túnel. Mientras lo atravesaba notó que el aire se volvía más fresco, inmerso en aquella luminosidad antinatural que mezclaba los colores y los volvía todos iguales. A la salida se encontró con el espectáculo del puerto iluminado, donde en aquel momento flotaban, con toda probabilidad, un centenar de millones de euros en barcos. En lo alto, a la izquierda, la Roca, con el palacio envuelto en luces difusas, parecía controlar con elegancia que nada perturbara el sueño del príncipe y su familia.

Pese a la costumbre, era un espectáculo que no podía dejar a nadie indiferente. Jean-Loup comprendía que un habitante de Osaka, de Austin o de Johanesburgo, ante una imagen como aquella, se quedara sin aliento y acabara, con codo de tenista de tanto hacer fotografías.

Ya casi había llegado. Bordeó el puerto, donde las tareas de desmontar las barreras procedían con mucha más calma, pasó ante las Piscinas y, después de la Rascasse, cogió la rampa del aparcamiento subterráneo, que descendía tres plantas bajo el gran edificio de la emisora.

Aparcó el coche en el primer lugar vacío que encontró y subió por la escalera. El eco de la música del Stars 'n Bars le llegó por las puertas abiertas del local. Era un lugar de encuentro obligado para los noctámbulos de Monaco, un vídeo-pub donde beber una cerveza o saborear algún plato de cocina tex-mex mientras se esperaba que la noche estuviera lo bastante avanzada para acudir a las discotecas y los locales de la costa.

Bajo la arcada de la gran construcción que albergaba a Radio Montecarlo, sobre el Quai Antoine Premier, había una gran cantidad de actividades heterogéneas: restaurantes, concesionarias de astilleros, galerías de arte, los estudios de Tele Montecarlo.

Jean-Loup llegó ante la puerta de cristal y accionó la campanilla del videoteléfono. Se puso frente a la telecámara de modo que abarcara solo un primerísimo plano de su ojo derecho.

La voz de Raquel, la secretaria, salió del aparato tan amenazadora como se proponía.

– ¿Quién es?

– Buenas noches, soy el señor Ojo por Ojo. ¿Puede abrirme, por favor?

Retrocedió para que la muchacha le reconociera. Por el videoteléfono sonó primero una risita ahogada, luego una voz condescendiente.

– Suba, señor Ojo por Ojo…

– Gracias. Venía a venderle una enciclopedia, pero a estas alturas me bastaría con un poco de colirio…

Poco después oyó el chasquido seco de la cerradura. Cuando llegó a la cuarta planta, la puerta automática del ascensor se deslizó hacia un lado y se encontró ante la cara mofletuda de Pierrot, de pie en el rellano con una pila de CD en las manos.

Pierrot era una especie de mascota de la radio. Tenía veintidós años pero el cerebro de un niño. Era un poco más bajo de lo común, tenía la cara redonda y los cabellos lacios. A Jean-Loup le daba la cómica impresión de que el muchacho sonreía constantemente a través de una piña.

Pierrot era el ser vivo más incorruptible que existía sobre la faz de la tierra. Tenía el don, que solo poseen ciertas personas simples, de inspirar simpatía a primera vista y de demostrarla solo a aquellos a quienes juzgaba que la merecían. Y su instinto fallaba muy rara vez.

Adoraba la música, y cuando hablaba de ella su mente -que solía perderse en los razonamientos más elementales- de pronto se volvía analítica y clara. Tenía una memoria de elefante en todo lo concerniente al inmenso archivo de la radio y a la música en general. Bastaba indicarle el título o tararear la melodía de una canción para verle salir como un cohete y volver poco después con el disco o el CD en las manos. Por su semejanza con el personaje de la película, en la radio le habían apodado «Rain Boy».

– Hola, Jean-Loup.

– Pierrot, ¿qué haces aquí todavía a esta hora?

– Esta noche mi mamá trabaja hasta tarde. Los señores tienen una cena. Pasará a buscarme «un poco más después».

Jean-Loup sonrió para sí. Ciertas expresiones de Pierrot pertenecían a un idioma enteramente propio, un lenguaje aparte, de cuyos candidos errores y absoluta inocencia con que los pronunciaba a veces surgían graciosas ocurrencias. La madre, que llegaría a buscarlo «un poco más después», trabajaba de empleada doméstica de una familia italiana residente en Montecarlo.

Jean-Loup había conocido a Pierrot y su madre hacía un par de años, ante la entrada de la radio. Casi no había reparado en ellos, hasta que la mujer se acercó y lo abordó con timidez, con la expresión de alguien que se disculpa por existir. Se dio cuenta de que le esperaban a él.

– Discúlpeme, ¿usted es Jean-Loup Verdier?

– Sí, señora. ¿Qué puedo hacer por usted?

– Disculpe la molestia, pero ¿podría firmarle un autógrafo a mi hijo, por favor? Pierrot escucha siempre la radio y usted es su locutor preferido.

Jean-Loup se fijó en el vestido humilde y en el pelo, que parecía haber encanecido antes de tiempo. La mujer debía de ser más joven de lo que aparentaba. Sonrió.

– Pues claro, señora. Me parece lo mínimo que puedo hacer por un oyente tan asiduo como él.

Mientras cogía la hoja de papel y el bolígrafo que la madre le alcanzaba, Pierrot se había acercado.

– Eres igual.

Jean-Loup se quedó perplejo.

– ¿Igual a qué?

– Igual como en la radio.

Jean-Loup se volvió hacia la mujer. Ella bajó la mirada y la voz.

– Verá, mi hijo es… cómo decirlo…

Calló, como si no encontrara una palabra que, sin embargo, sabía desde hacía mucho tiempo. Jean-Loup miró con atención a Pierrot, vio en su cara los rasgos de la diferencia y sintió pena por él y por la mujer.

«Igual como en la radio…»

De algún modo Jean-Loup había entendido que en su lenguaje Pierrot quería decir que era exactamente como se lo había imaginado al escuchar su voz por la radio. En ese momento el muchacho sonrió y fue como si la calle se iluminara. Y nació entonces la inmediata, instintiva simpatía que Pierrot tenía el extraño don de despertar.

– Mira, chaval, ahora que sé que me escuchas, puedo decir que este es un buen día. Así que lo mínimo que puedo hacer por ti es darte un autógrafo gigante. ¿Me sostienes esto, por favor?

Para tener libres las manos, dio al muchacho los papeles que llevaba bajo el brazo. Mientras Jean-Loup firmaba el autógrafo, Pierrot echó un vistazo a la primera hoja; luego levantó la cabeza y lo miró con cara de satisfacción.

– Three Dog Night -dijo con su voz tranquila.

– ¿Cómo?

– Three Dog Night. La respuesta a la primera pregunta es Three Dog Night. Y la segunda es Alan Allsworth y Ollie Alsall -repitió Pierrot con una pronunciación inglesa muy personal.

Jean-Loup recordó que la primera hoja contenía un cuestionario musical que había elaborado hacía pocas horas para el concurso del programa de la tarde.

La primera pregunta era: «¿Qué grupo de la década de los setenta cantaba la canción "Celébrate"?». Y la segunda: «¿Quiénes fueron los guitarristas de Tempest?».

Pierrot las había leído y respondido correctamente al instante.

Jean-Loup miró maravillado a la madre. La mujer se encogió de hombros, como si debiera disculparla también por aquello.

– Pierrot siente pasión por la música. Si fuera por él no compraríamos pan para poder comprar discos. Él es… bueno, es como es, pero cuando se trata de música recuerda todo lo que lee y escucha por la radio.

Jean-Loup señaló la hoja con las preguntas, que el muchacho todavía tenía en la mano.

– ¿Quieres tratar de responder las otras preguntas, Pierrot?

Una por una, sin vacilación, Pierrot le dio quince respuestas exactas casi al instante de leer las preguntas. Y ninguna era fácil. Jean-Loup estaba pasmado.

– Señora, esto es mucho más que buena memoria. ¡Su hijo es una enciclopedia!

Cogió las hojas de las manos del joven y respondió a la sonrisa de Pierrot. Luego le señaló la entrada de Radio Montecarlo.

– Pierrot, ¿te gustaría dar una vuelta por la radio y ver desde dónde se emite la música?

Le guió por los estudios, le mostró el lugar del que provenían las voces y la música que escuchaba en casa, y le ofreció una Coca-Cola. Pierrot lo miraba todo con expresión encantada, con los mismos ojos chispeantes con que la madre observaba la alegría en el rostro del hijo. Pero cuando entraron en el archivo, en el subterráneo, ante aquella cantidad de CD y discos de vinilo la cara de Pierrot se iluminó como una alma beata al entrar en el Paraíso.

Luego, cuando en la radio todos conocieron su historia (el padre se había marchado de la noche a la mañana en cuanto supo la minusvalidez del hijo, dejándolos solos y sin un céntimo) y, sobre todo, cuando comprobaron sus conocimientos musicales, encontraron la manera de que formara parte del equipo de Radio Montecarlo. La madre no podía creerlo. Pierrot no solo tenía un lugar donde quedarse mientras ella trabajaba, sino que además cobraría un pequeño salario.

Pero, sobre todo, era feliz.

Promesas y apuestas, pensó Jean-Loup. A veces alguna se cumplía, a veces alguna se ganaba. La suerte de Pierrot había cambiado. Tal vez no fuera mucho, pero era algo.

Pierrot subió al ascensor, sujetando los CD con una sola mano para poder pulsar el botón.

– Bajo al salón a dejar esto; después vengo a buscarte para ver tu emisión.

El salón era su forma personal de definir el archivo, pero ver la emisión no era, esta vez, una de sus acostumbradas alquimias lingüísticas; significaba que ese día podría colocarse detrás de la gran pared de cristal para escuchar y mirar con ojos arrobados a Jean-Loup, su mejor amigo, su ídolo absoluto. A la hora en que Jean-Loup salía al aire, por lo general Pierrot ya estaba en su casa y seguía la emisión por radio.

– Vale, te guardaré un lugar en primera fila.

La puerta se cerró sobre la sonrisa de Pierrot, mucho más luminosa que las asépticas luces del ascensor.

Jean-Loup atravesó el rellano y marcó en la cerradura alfanumérica la clave para abrir la puerta. En la entrada estaba el gran escritorio de madera donde Raquel desempeñaba al mismo tiempo las funciones de recepcionista y secretaria. La muchacha, una chica morena, grácil, de rostro delgado pero agradable, y que por lo general se mostraba muy a la altura de las circunstancias, lo recibió apuntándole con un dedo.

– Te expones a grandes riesgos, Jean-Loup. Un día de estos te dejaré fuera.

Jean-Loup se acercó y desvió el dedo como si fuera una pistola.

– ¿Nunca te han dicho que no apuntes así con el dedo? ¿Y si estuviera cargado y se disparara? Además, ¿por qué todavía estás aquí? También acabo de ver a Pierrot. ¿Acaso hay una fiesta de la que no estoy enterado?

– Ninguna fiesta; solo trabajo extra. Todo por culpa tuya; estás haciendo subir tanto la audiencia que nos condenas a los horrores del estajanovismo.

Indicó con la cabeza algún lugar detrás de ella.

– Ve a ver al jefe; hay novedades.

– ¿Buenas? ¿Malas? ¿A medias? ¿Al fin se ha decidido a pedirme en matrimonio?

– Prefiere decírtelo él. Está en el despacho del presidente -respondió Raquel, sonriente pero evasiva.

Jean-Loup dio unos pasos atenuados por la moqueta azul salpicada de pequeñas coronas estilizadas color crema, hasta la última puerta de la derecha. Llamó y abrió sin esperar que le respondieran. El jefe estaba sentado a su escritorio y, como siempre, hablaba por teléfono. A esa hora el aire del despacho evocaba un lugar místico donde el humo del cigarrillo que tenía entre los dedos se encontraba con el alma de los muchos que había fumado desde la mañana.

El director de Radio Montecarlo era la única persona que conocía Jean-Loup que fumara esos pestilentes cigarrillos rusos, con una larga boquilla de cartón que había que doblar antes de usar, según un ritual que tenía algo de vudú.

Con una seña, Robert le indicó que se sentara.

Jean-Loup se acomodó en un gran sillón de piel negra frente al escritorio. Mientras Robert concluía la conversación y cerraba la tapa del Motorola, el locutor agitó las manos como si quisiera disipar el humo.

– ¿Quieres convertir este despacho en un lugar de encuentro para los nostálgicos de la niebla? ¿Londres o muerte? ¿O mejor: Londres y muerte? ¿Ya sabe el presidente que en su ausencia infestas su despacho? Porque, si lo ignora, tengo con qué chantajearte hasta el final de tus días.

Radio Montecarlo, emisora en lengua italiana del principado, había sido absorbida por una sociedad que administraba un grupo de emisoras privadas con sede en Milán, Italia. La dirección, en Monaco, se hallaba por entero en manos de Bikjalo, y el presidente solo asistía a las reuniones importantes.

– Eres un canalla, Jean-Loup. Un puerco canalla sin cojones.

– No sé cómo puedes fumar esa asquerosidad. Estás a punto de superar el límite impalpable entre el humo y el gas neurotóxico. O tal vez ya lo hayas superado hace años y, sin saberlo, estemos hablando con tu fantasma.

Robert permaneció impasible, tan invulnerable al humor de Jean-Loup como al humo de sus cigarrillos.

– Mi silencio expresa una evidente superioridad frente a estos comentarios casi femeninos. No es para oír tus lamentables críticas a mis cigarrillos por lo que he estado esperando a que tu precioso trasero se posara en mi sillón. Y ojo, digo «precioso» porque es bien sabido por todos que esa es la parte de tu cuerpo con la que razonas…

El intercambio de bromas de este tipo formaba parte de un pequeño ritual que ambos practicaban desde hacía años; sin embargo, Jean-Loup pensaba que se hallaban muy lejos de poder considerarse amigos. En realidad, ese humor destructivo solo escondía la dificultad para llegar hasta el fondo de Robert Bikjalo. Tal vez fuera una persona inteligente, y sin duda era astuto. Un hombre inteligente a veces da al mundo más de lo que recibe; uno astuto intenta coger lo máximo y dar a cambio lo menos posible. Jean-Loup conocía bien las reglas del juego en el mundo de los medios de comunicación privados. Él era el locutor de Voices, el programa de mayor éxito de Radio Montecarlo, y la gente como Bikjalo te escuchaba solo en función de la audiencia que atrajeras.

– Solo quería decirte lo que pienso de ti y de tu programa, antes de arrojarte inexorablemente a la calle…

Se apoyó en el respaldo y al fin apagó el cigarrillo en un cenicero lleno de cadáveres. Dejó caer entre ambos un silencio de póquer, y luego prosiguió con el tono de quien se dispone a cantar un full de ases:

– Hoy he recibido una llamada sobre Voices. Era una persona muy cercana a palacio. No me preguntes quién; se dice el pecado, no el pecador…

El tono del director cambió de golpe. Una sonrisa de cuarenta dientes floreció en su cara al mostrar una escalera de color.

– ¡El príncipe en persona ha expresado su satisfacción por el éxito de la emisión!

Jean-Loup se levantó del sillón con una sonrisa parecida, estrechó la mano que le tendía Bikjalo y volvió a sentarse. El jefe continuó su vuelo en las alas del entusiasmo.

– Montecarlo siempre ha tenido una imagen de lugar rico, de centro internacional de evasión fiscal. Últimamente, con todos los escándalos financieros en Estados Unidos y la crisis económica que cunde en casi todas partes, estamos pasando momentos difíciles…

Dijo «estamos» como una amable concesión al mundo, pero su expresión no reflejaba una honda preocupación por los problemas ajenos. Cogió de la cajetilla un nuevo cigarrillo, dobló la boquilla, se lo introdujo entre los labios y lo encendió con el mechero del escritorio.

– Hace algunos años, en esta época del año, se veían dos mil personas en la plaza del Casino. Ahora, hay noches en que ese mismo lugar tiene un aire de day after que da miedo. El ímpetu que has logrado imprimir a Voices al orientar el programa hacia lo social le ha dado un nuevo cariz. Ahora el público puede ver Montecarlo como un lugar donde la solidaridad existe, donde se puede hacer una llamada telefónica para pedir ayuda. También para la radio, no te lo niego, ha sido muy revigorizador. Hay muchísimos patrocinadores nuevos en el horizonte, y esto te da la mejor medida del éxito del programa.

Jean-Loup arqueó una ceja y sonrió. Robert era ante todo un administrador, y para él el éxito significaba, en última instancia, un suspiro de alivio y una sensación de satisfacción a la hora de hacer el balance. Los tiempos heroicos de Radio Montecarlo, los de Jocelyn y Awanagana y Herbert Pagani, habían pasado. Ahora se vivían los tiempos de la economía.

– La verdad es que hemos sido hábiles, los dos. Sobre todo tú. Aparte del acertado formato del programa y de la forma en que lo has desarrollado después, el éxito se ha debido, ante todo, a tu capacidad de emitir tanto en francés como en italiano. Yo solo he cumplido con mi trabajo…

Bikjalo hizo un gesto vago de pretendida modestia. En todo caso, se refería a una muy buena intuición desde el punto de vista empresarial. La calidad del programa y la capacidad bilingüe del locutor le habían inducido a intentar una maniobra que había sabido realizar con la habilidad de un diplomático consumado. Había creado, sobre la base de la audiencia y los resultados, una especie de joint-venture con Europe 2, una emisora francesa que emitía desde París y tenía una línea editorial muy cercana a la de Radio Montecarlo.

Como resultado, ahora Voices llegaba a gran parte de los territorios italiano y francés.

Robert Bikjalo apoyó los pies sobre el escritorio y echó el humo del cigarrillo hacia lo alto. Jean-Loup pensó que era una pose muy institucional y alegórica. Probablemente el presidente no lo habría considerado del mismo modo.

El director prosiguió, triunfal:

– A finales del mes próximo se entregan los Music Awards. Me han llegado rumores de que han pensado en ti para presentarlos. Y después viene el Festival de Cine y Televisión. Estás llegando a la cumbre, Jean-Loup. Muchos personajes de la radio han tenido problemas a la hora de dar el salto hacia la imagen. Pero tú tienes buena apariencia, así que, si juegas bien tus cartas, es probable que provoques una encarnizada competencia entre la radio y la televisión.

Jean-Loup sonrió y miró el reloj. Se levantó de la silla.

– De momento, la única encarnizada competencia que hay es la de Laurent con sus nervios. Todavía no le he visto, y tenemos que revisar todo el material de esta noche.

– Dile de mi parte a esa especie de director y autor que le espera lo mismo que a ti.

Jean-Loup se dirigió hacía la puerta. Cuando estaba a punto de salir, Robert le llamó.

– ¿Jean-Loup?

Se volvió. Bikjalo seguía sentado en el sillón y se mecía con la expresión de un Silvestre que al fin se ha comido al canario.

– Dime.

– De más está decir que si todo esto de la televisión llega a buen puerto yo seré tu agente.

Mientras observaba su expresión falsamente bonachona y auténticamente predadora, Jean-Loup pensó que iba a vender caro su pellejo.

– He tenido que soportar durante mucho tiempo el humo de tus cigarrillos. Para obtener un porcentaje de mis ganancias deberás soportar por lo menos otro tanto.

Cuando cerró la puerta, Robert Bikjalo miraba el techo con aire soñador. Jean-Loup tuvo la impresión de que ya estaba contando el dinero que todavía no había ganado.

2

Jean-Loup, a través de la gran pared de cristal de la cabina de dirección, observaba la ciudad y los juegos de luces que se reflejaban en las aguas inmóviles del puerto. Arriba, envuelta en la oscuridad, se distinguía la presencia protectora del monte Agel, señalada por una pequeña constelación de luces rojas, las de la antena que permitía a Radio Montecarlo emitir en territorio italiano.

A su espalda, la voz de Laurent salió del interfono.

– Fin de la pausa, vuelta al trabajo.

Sin molestarse en responder, el locutor se apartó de la ventana y volvió a su puesto. Se puso los auriculares y se sentó ante el micrófono. Laurent, del otro lado del cristal, le hizo una seña con la mano abierta para indicarle que faltaban cinco segundos para el fin de la tanda publicitaria.

Laurent pinchó el breve jingle de Voices para anunciar la continuación del programa. Al menos hasta aquel momento, había sido una emisión tranquila, incluso divertida, sin las llamadas quejumbrosas que a veces debían soportar.

– Aquí Jean-Loup Verdier. Aquí Voices, en Radio Montecarlo, esperando que en esta hermosa noche de mayo nadie necesite nuestra ayuda, sino solo nuestra música. A ver, acaban de hacerme una seña de que hay una llamada.

En efecto, la luz roja en lo alto de la pared se había encendido y Laurent se la señalaba con el índice para confirmarle que había una llamada en la línea. Jean-Loup apoyó los codos sobre la mesa y se acercó al micrófono.

– ¿Diga?

Hubo un par de chasquidos y luego un silencio. Jean-Loup arqueó una ceja y miró a Laurent, que se encogió de hombros para indicar que el problema no era de ellos.

– Sí, ¿diga?

Al fin la respuesta llegó a través del aire, y las ondas de la radio la hicieron llegar a todos los oyentes. Se introdujo en las cajas de transmisión y en la mente y la vida de todos los que escuchaban. A partir de ese momento, y durante mucho tiempo, las tinieblas se volverían un poco más oscuras y haría falta mucho ruido para llenar todo aquel silencio.

– Hola, Jean-Loup.

Había algo antinatural en el sonido de aquella voz. Parecía extrañamente chata, sin expresión ni color, como si sonara a través de un tubo. Las palabras tenían un eco sofocado, como un avión que despega a lo lejos.

De nuevo, Jean-Loup miró con expresión interrogante a Laurent, que con el índice de la mano derecha trazó unos pequeños círculos en el aire para indicar que la distorsión provenía de la línea del que llamaba.

– Hola, ¿quién habla?

Del otro lado de la línea hubo un instante de vacilación. Después llegó la respuesta, casi un soplo en su reverberación antinatural.

– No tiene importancia. Soy uno y ninguno.

– Tu voz está distorsionada, se oye mal. ¿De dónde llamas?

Pausa. El ligero silbido de un avión que despega hacia no se sabe dónde.

El interlocutor no respondió a la pregunta de Jean-Loup.

– Tampoco eso tiene importancia. Lo único que importa es que ha llegado el momento de que hablemos, aunque esto signifique que después ni tú ni yo sigamos siendo los mismos.

– ¿En qué sentido?

– Yo seré pronto un hombre perseguido, y tú estarás del lado de los perros que ladran y dan caza a las sombras. Es una pena, porque ahora, en este preciso momento, tú y yo somos iguales, somos lo mismo.

– ¿En qué somos iguales?

– Para el mundo, los dos somos una voz sin rostro que se escucha con los ojos cerrados, imaginando. Fuera está lleno de gente que solo se preocupa de conseguir un rostro que mostrar con orgullo, de inventarse uno que sea distinto de todos los demás. Es el momento de salir, de ir a ver qué se oculta detrás…

– No comprendo qué quieres decir.

Otra pausa, lo bastante larga para pensar que la comunicación había finalizado. Después la voz volvió; podía percibirse el dejo de una sonrisa.

– Entenderás con el tiempo.

– No logro seguir tu razonamiento…

Otro breve silencio, como si el hombre al otro lado de la línea estuviera buscando las palabras.

– No te preocupes. A veces es difícil también para mí.

– Entonces, ¿por qué has llamado? ¿Por qué estás hablando conmigo?

– Porque estoy solo.

Jean-Loup se inclinó sobre la mesa y se cogió la cabeza entre las manos.

– Hablas como un hombre que está encerrado en una prisión.

– Todos estamos encerrados en una prisión. La mía me la he construido yo solo, pero no por eso es más fácil escapar.

– Lo lamento por ti. Me parece intuir que no te gusta la gente.

– ¿A ti te gusta?

– No siempre. A veces creo entenderla; y cuando no puedo, trato, al menos, de no juzgarla.

– Incluso en eso somos iguales. Lo único que nos hace distintos es que tú, cuando has terminado de hablar con ellos, tienes la posibilidad de sentirte cansado. Puedes irte a tu casa y apagar tu mente y todos sus males. Yo no. Yo, de noche, no puedo dormir, porque mi mal no descansa nunca.

– Entonces, ¿qué haces, de noche, para curar tu mal?

Jean-Loup decidió presionar un poco a su interlocutor, pero la respuesta se hizo esperar. Cuando llegó, fue como si un objeto envuelto en varias capas de papel saliera lentamente a la luz.

– Yo mato…

– ¿Qué signif…?

La voz de Jean-Loup fue interrumpida por una música que salía del receptor. Era una melodía melancólica y complicada; sin embargo, después de aquellas dos últimas palabras parecía flotar en el aire como una amenaza. Duró apenas unos diez segundos y luego, con la misma brusquedad con la que había comenzado, calló.

En el silencio que se hizo a continuación, todos oyeron con claridad el clic de la comunicación concluida. Jean-Loup levantó la cabeza hacia los demás. En la sala, solo había el rumor fresco del acondicionador de aire y el hielo de los pensamientos; sin embargo, fue como si todos, al mismo tiempo, se volvieran a mirar hacia el resplandor cegador de Sodoma y Gomorra en llamas.

Después de ese incidente, con grandes esfuerzos, lograron continuar el programa hasta finalizar la emisión. No llamó ningún otro oyente. O, mejor, tras la extraña llamada la centralita telefónica se saturó de llamadas, pero ninguna salió al aire.

Jean-Loup se quitó los auriculares y los dejó junto al micrófono. A pesar del aire acondicionado, tenía el pelo mojado, como si hubiera corrido.

«Ni tú ni yo seguiremos siendo los mismos.»

Durante el resto del programa solo había puesto música, y únicamente había comentado la extraña semejanza entre Tom Waits y el italiano Paolo Conté; ambos eran intérpretes atípicos y autores extremadamente significativos. Tradujo las letras de dos de sus canciones y subrayó su importancia. Por fortuna, él y su equipo disponían de diversas escapatorias para llenar las noches desesperadas, y esta sin duda era una de ellas. Tenían algunos números de teléfono a los que recurrían cuando el programa resultaba demasiado tibio. Llamaron a algunos artistas amigos para pedirles que intervinieran, y pasaron un cuarto de hora acompañados por la poesía y el humor de Francis Cabrel.

Se abrió la puerta de comunicación y asomó la cabeza, de Laurent.

– ¿Todo bien, Jean-Loup?

Jean-Loup lo miró como si no lo viera.

– Sí, todo bien.

Se levantó y salieron juntos del estudio; en el camino se cruzaron con las miradas perplejas y casi evasivas de Barbara y de Jacques, el técnico de sonido. La muchacha llevaba una blusa azul, y Jean-Loup notó dos grandes manchas de sudor bajo las axilas.

– Ha habido una avalancha de llamadas. Dos han preguntado si era una historia policíaca en capítulos y cuándo se emitía el siguiente. Después, por lo menos una docena de personas indignadas se han quejado por el truco sensacionalista al que hemos recurrido para aumentar la audiencia. Hasta el jefe ha llamado; ha llegado como un rayo y nos espera en el despacho del presidente. También cree que ha sido una broma de mal gusto, y nos ha preguntado si estamos locos. Parece que uno de los patrocinadores le ha telefoneado, y no precisamente para felicitarle.

Jean-Loup ya se imaginaba la escena: el despacho más lleno de humo de cigarrillos que de costumbre -si eso era posible-, y Bikjalo pronunciando un discurso algo menos entusiasta que el que le había ofrecido antes de la emisión.

– ¿Por qué la centralita no filtró la llamada?

– Nadie entiende qué ha sucedido. Raquel dice que la llamada no pasó por ella. Por un motivo que no se explica, llegó directamente a la línea del estudio. Habrá habido algún cruce, qué sé yo. Para mí, que la nueva centralita electrónica ha comenzado su lucha por la independencia. Ya verás, terminaremos peleando contra las máquinas, como en Terminator.

Salieron de la dirección uno al lado del otro, hacia el despacho de Bikjalo; no tenían el valor de mirarse a la cara. Entre ellos se alzaba la pared invisible de aquellas dos palabras:

«Yo mato…»

Pasaron perplejos ante el puesto de los ordenadores. Daba la impresión de que el sonido angustiante de aquella voz aún seguía flotando en el aire.

– ¿Y aquella música, al final? Me parece conocerla…

– A mí también. Si no me equivoco, es la banda sonora de una película. Creo que Un hombre y una mujer, un viejo filme de Lelouch. Del sesenta y seis, o quizá anterior.

– ¿Y qué significa?

– ¿A mí me lo preguntas?

Jean-Loup todavía estaba aturdido. Se enfrentaban a algo absolutamente nuevo, imposible de comparar con ninguna de sus anteriores experiencias radiofónicas. Sobre todo desde el punto de vista emocional.

– ¿Qué piensas tú?

– Una broma estúpida.

Laurent acompañó sus palabras con un gesto de indiferencia, pero aun así parecía que había hablado más para convencerse a sí mismo que para convencer al otro.

– ¿Eso crees?

– Pues sí. Dejando de lado el misterio de la centralita, creo que no ha sido más que un idiota que nos ha gastado una broma de pésimo gusto.

Se detuvieron frente a la puerta del despacho de Bikjalo, y Jean-Loup empuñó el picaporte. Al fin se miraron a la cara. Laurent reafirmó su pensamiento.

– Solo será algo que contar en el Sporting y reírse un rato.

Sin embargo, la expresión de Laurent revelaba que no estaba totalmente convencido de lo que decía. Jean-Loup empujó la puerta y, mientras entraban en el despacho del director, se preguntó si aquella llamada era una promesa o una apuesta.

3

Jochen Welder accionó el mando del cabrestante eléctrico y mantuvo pulsado el botón para hacer descender el ancla y un largo de cadena suficiente para fondear el Forever. Concluida la maniobra, apagó el motor. La embarcación, un espléndido velero de dos mástiles de veintidós metros, diseñado por su amigo Mike Farr y construido expresamente para él en el astillero Beneteau, comenzó a virar despacio. Empujado por una brisa ligera que soplaba en dirección a tierra, siguió la corriente, y quedó con la proa hacia el mar abierto. Arijane, que se había encargado de controlar el descenso del ancla, fue hacia él; atravesó el puente con paso desenvuelto, apoyándose solo de vez en cuando en la borda para amortiguar el efecto del leve balanceo de las olas. Jochen, con los ojos entornados, la contemplaba mientras se aproximaba, y admiró por enésima vez su figura esbelta, atlética, vagamente andrógina. Con una sensación de calor en la boca del estómago, absorbió la solidez de su cuerpo y el encanto de sus gestos. Sintió que el deseo ascendía como un pequeño dolor y pensó con gratitud en las casualidades del destino: le había ofrecido una mujer que ni siquiera de haber podido hacerla él con sus propias manos se habría acercado tanto a su ideal de perfección.

Todavía no había tenido el valor de decirle que la amaba.

Ella lo alcanzó cerca del timón, le pasó los brazos alrededor del cuello y le dio en la mejilla un beso suave. Jochen sintió el calor de su aliento y el aroma natural de su cuerpo, y pensó una vez más que no existe mejor perfume que el de una piel que huele bien. La de ella sabía a mar y a secretos por descubrir, poco a poco, sin prisa. La sonrisa de Arijane resplandeció en el contraluz del crepúsculo y Jochen, más que verlo, imaginó el reflejo centelleante de sus ojos.

– Bajaré a ducharme. Después, si quieres, puedes ducharte tú también, y sobre todo podrías afeitarte esta barba. Quizá entonces acepte cualquier propuesta que quieras hacerme después de cenar…

Jochen esbozó una sonrisa cómplice y se pasó una mano por el mentón, cubierto por una barba de dos días.

– Qué extraño, creía que a las mujeres os gustaban los hombres con la barba un poco descuidada…

Imitó la voz de los actores de las películas de aventuras de la década de los cincuenta.

– Esos que os rodean la espalda con un brazo y con el otro navegan hacia el horizonte.

Arijane, siguiendo el juego, anduvo hacia la escalera con el contoneo de una diva del cine mudo.

– No me cuesta nada imaginarme un viaje hacia el horizonte contigo, mi héroe, pero no creo que cambie mucho si me ahorras que lo haga con las mejillas ardiendo.

Desapareció como una actriz detrás de bastidores después de un golpe de efecto.

– Arijane Parker, tus adversarios te toman por una gran ajedrecista, pero ninguno de ellos sabe qué eres en realidad…

Ella asomó la cabeza un instante, curiosa.

– ¿O sea?

– ¡La comedianta más hermosa que he conocido!

– ¡Vale! Por eso soy tan buena jugadora de ajedrez; porque no me tomo nada en serio.

Y desapareció de nuevo. Jochen vio en el puente el reflejo de la luz encendida, y poco después oyó el agua de la ducha.

La sonrisa no se borraba de su cara.

Había conocido a Arijane hacía unos meses, en ocasión del Gran Premio de Brasil, en una recepción organizada por uno de los patrocinadores del equipo, una multinacional de ropa de deporte. Por lo general trataba de evitar los compromisos mundanos, en especial cuando se avecinaba una carrera, pero esa vez se trataba de un evento a beneficio del Unicef, y no había podido negarse.

Bastante incómodo, vagaba por los salones llenos de gente; le sentaba tan bien el esmoquin que nadie habría podido imaginar que lo había alquilado para la ocasión. En la mano, una copa de champán que no terminaba de beber; en el rostro, un aburrimiento que no conseguía disimular.

– ¿Es usted siempre tan divertido, o está haciendo hoy un esfuerzo especial?

Se dio la vuelta al oír el sonido de la voz y se encontró con la sonrisa y los ojos verdes de Arijane. También ella llevaba un esmoquin de hombre, con una camisa abierta, sin la clásica pajarita. En los pies, un simple par de zapatillas de deporte blancas. Con esa ropa y el pelo negro y corto, parecía una versión elegante de Peter Pan. Jochen, que había visto muchas veces su foto en los periódicos, reconoció enseguida a Arijane Parker, la excéntrica muchacha de Boston que había salido del anonimato poniendo entre la espada y la pared a los mejores campeones de ajedrez del mundo. Le había hablado en alemán, y Jochen había respondido en el mismo idioma.

– Como alternativa me habían propuesto fusilarme. Pero, como tengo unos compromisos para el fin de semana, no tuve más remedio que aceptar esto.

Con un movimiento de cabeza señaló el salón lleno de gente. La sonrisa de Arijane se acentuó y su expresión divertida dio a Jochen la sensación de haber superado un examen. Ella tendió una mano.

– Arijane Parker.

– Jochen Welder.

Al estrecharle la mano, Jochen tuvo la clara sensación de que aquel gesto tenía un significado particular, que en las miradas que intercambiaban había algo que las simples palabras no podían expresar. Luego salieron a la gran terraza, que parecía suspendida en el respiro silencioso de la noche brasileña.

– ¿Cómo es que hablas tan bien el alemán?

– La segunda mujer de mi padre, que casualmente es mi madre, es de Berlín. Por suerte siguió casada con él el tiempo suficiente para enseñármelo.

– ¿Y por qué la dueña de una cabeza tan hermosa decide tenerla inclinada durante horas y horas sobre un tablero?

Arijane arqueó una ceja y le devolvió la pelota, respondiendo a su pregunta con otra pregunta:

– ¿Por qué el dueño de una cabeza tan interesante decide esconderla en esa especie de cazuela en la que acostumbráis ponerla los pilotos?

Léon Uriz, el representante del Unicef que había organizado la velada, llegó en ese momento para reclamar su presencia en el gran salón. Jochen dejó a Arijane de mala gana y lo siguió, decidido a regresar cuanto antes para responder a la pregunta. Antes de cruzar el umbral de las grandes puertas de cristal se volvió a mirarla. Estaba de pie cerca de la balaustrada, observándole, con una mano en el bolsillo. Con una sonrisa y un gesto cómplice levantó hacia él la copa de champán que sostenía en la otra mano.

Al día siguiente, después de los entrenamientos libres del jueves, fue a verla al torneo. Su llegada provocó sensación entre el público y los periodistas. Resultaba evidente que la presencia de Jochen Welder, dos veces campeón del mundo de Fórmula Uno, en una partida de Arijane Parker no podía ser fruto de la casualidad, ni tampoco de un súbito interés por el ajedrez. Ella estaba sentada ante el tablero, separada del jurado y el público por una barrera de madera. Volvió la cabeza al oír los murmullos y, al verle, su expresión no cambió en absoluto, como si no le hubiera reconocido. Un instante después, su mirada se fijó otra vez en el tablero que la separaba de su adversario. Jochen admiró su concentración, su cabeza inclinada sobre el juego, la seductora incongruencia de esa figura delgada de mujer en un ambiente en general muy masculino. A partir de ese momento, Arijane cometió algunos errores incomprensibles. Él no entendía nada de ajedrez, pero lo intuyó por los comentarios del apasionado público que colmaba la sala. De golpe, ella se levantó y echó el rey sobre el tablero, en señal de rendición. Sin mirar a nadie, con la cabeza baja, salió por la puerta de madera que se abría al fondo de la sala. Jochen intentó alcanzarla, pero ella desapareció sin dejar rastro.

Las pruebas cronometradas y las obligaciones previas a la competición le impidieron buscarla, pero la mañana del Gran Premio, poco después de la rueda de prensa de los pilotos, se la encontró por sorpresa en el box. Mientras controlaba la ejecución de las modificaciones del coche que había propuesto a los mecánicos después de los ejercicios de calentamiento, la voz de Arijane lo sorprendió como en el primer encuentro.

– Debo decir que el mono no te sienta tan bien como el esmoquin, pero al menos es más alegre.

Se dio la vuelta y la vio frente a él; sus brillantes ojos verdes y el pelo medio oculto bajo una gorra. Llevaba una camiseta liviana, debajo de la cual se adivinaban los senos, y un pantalón corto, rojo, como casi todos los que allí estaban. Alrededor del cuello llevaba un cordón del que pendía un pase de la federación y un par de gafas de sol sostenidas por una tira de plástico. La sorpresa le había paralizado, tanto que Alberto Regosa, su ingeniero de pista, le soltó con tono burlón:

– ¡Eh, Jochen! ¡Si sigues con la boca abierta no podrás abrocharte el casco!

Apoyó una mano en la espalda de Arijane y respondió al mismo tiempo a ella y a la broma del amigo.

– Ven, salgamos de aquí. Podría presentarte a este individuo, pero no vale la pena, ya que mañana deberá buscarse otro trabajo.

La acompañó fuera del box mientras, con el dedo medio de la mano derecha oculta tras la espalda, contestaba a la broma del ingeniero. Después miró con descaro las hermosas piernas que dejaba ver el pantalón corto.

– La verdad, tampoco a ti te quedaba mal el esmoquin, pero prefiero esto. Siempre pesa una sombra de legítima sospecha sobre las piernas de una mujer con pantalones.

Los dos rieron; después, Jochen le explicó brevemente el ajetreo de la actividad del mundo de las carreras automovilísticas, que Arijane desconocía por completo. Le aclaró quién era quién y qué era esto y aquello; a ratos debía alzar la voz para imponerse al rugido de algún motor. Cuando llegó el momento de colocarse en la parrilla de salida, la invitó a presenciar la carrera desde el box.

– Me temo que ahora debo ir a ponerme la cazuela en la cabeza, como dices tú. Nos vemos después.

Antes de alejarse la confió al cuidado de Greta Ringer, la jefa de prensa del equipo. Luego subió a su coche y mientras los mecánicos le abrochaban el cinturón de seguridad levantó la cabeza y la miró. A través de la abertura del casco, los ojos de ambos volvieron a hablarse, en un idioma que por un instante le hizo olvidar la emoción de la competición. Para él la carrera concluyó enseguida, después de una decena de vueltas. Empezó bien, pero luego, cuando iba en cuarto lugar, la suspensión trasera, punto débil de su coche, cedió de golpe y dio una vuelta sobre sí mismo a la salida de una curva difícil. Chocó con violencia contra las barreras de protección, rebotó hacia el centro de la pista y al fin se detuvo, con su Klover F109 casi destrozado. Por radio avisó al equipo que todo estaba bien, y volvió a pie. Al llegar al box buscó a Arijane con la mirada, pero no la encontró. Solo después de haber explicado el motivo del accidente al director del equipo y a los técnicos pudo salir a buscarla. Estaba en la caravana, sentada junto a Greta, que se alejó discretamente cuando le vio llegar. Arijane se levantó y le rodeó el cuello con los brazos.

– Puedo aceptar que tu presencia me haga perder la semifinal de un torneo importantísimo, pero creo que me costará mucho más sentir que muero un poco cada vez que tú arriesgues la vida en estos circuitos. Ahora puedes besarme, si quieres…

Desde ese día no se separaron.

Jochen encendió un cigarrillo y se quedó solo, sentado en la penumbra, fumando y contemplando las luces de la costa. Había anclado el barco a poca distancia de Cap Martin, frente a Roquebrune y bajo la gran «V» azul que brillaba en la montaña: la insignia del Vista Palace, el gran hotel de lujo construido al borde de un abismo. A la izquierda resplandecía Montecarlo, hermosa y artificial como una dentadura nueva, inmersa en sus luces inmerecidas y en el dinero que no le pertenecía. Habían pasado tres días desde el Gran Premio y, después de las multitudes del fin de semana de la competición, la ciudad volvía rápidamente a su normalidad plastificada. Donde poco antes habían rugido los coches de carrera se reanudaba el tráfico perezoso y ordenado bajo el sol de mayo; pero el verano que se avecinaba en Montecarlo no habría de ser como los anteriores, ni para él ni para los demás.

Jochen Welder, a los treinta y cuatro años, se sentía viejo y tenía miedo.

El miedo era algo que conocía bien, un compañero habitual para todo piloto de Fórmula Uno, con el que se acostaba la víspera de cada carrera, fuera quien fuese la mujer que en ese momento compartiera su cama y su vida. Había aprendido incluso a reconocer su olor, en los monos impregnados de sudor colgados a secar en el box. Durante mucho tiempo había enfrentado y dominado su miedo, durante mucho tiempo lo había olvidado cada vez que se ponía el casco o subía al coche y se abrochaba el cinturón de seguridad, esperando la oleada de adrenalina que invadía sus venas. Ahora era distinto; ahora tenía miedo del miedo. Ese que sustituye el instinto con el razonamiento, que te hace despegar el pie del acelerador un segundo antes de lo necesario, y que un segundo antes de lo necesario te hace encontrar el pedal del freno. Ese que de golpe te deja mudo y habla solo a través de un cronómetro, que muestra cuan breve es un segundo para un hombre común y cuan largo, en cambio, para un piloto.

A su lado sonó el teléfono móvil. Estaba convencido de haberlo apagado; lo miró y tuvo la tentación de hacerlo en ese momento. Después, con un suspiro, lo sacó del estuche y pulsó el botón para iniciar la comunicación.

– ¿Dónde diablos te has metido, hombre?

La voz de Roland Shatz, su mánager, salió del aparato tan sonora como la de un presentador de un concurso televisivo. Jochen esperaba la llamada, pero aun así lo cogió un poco por sorpresa.

– De paseo… -respondió evasivo.

– ¡De paseo, y una mierda! ¿No sabes el revuelo que hay?

No lo sabía, pero podía imaginárselo fácilmente. Al fin y al cabo, un piloto que, teniendo una carrera ya casi ganada, la perdía por un error en la última curva siempre era objeto de airados comentarios en la prensa deportiva de todo el mundo. Sin darle tiempo a responder, Roland continuó con el mismo tono:

– El equipo ha intentado cubrirte de todas las formas posibles frente a los periodistas, pero Ferguson está furioso. En todo el Gran Premio no has hecho ni un solo adelantamiento; te has colocado delante solo porque los otros se salieron de la pista o tuvieron problemas de motor… ¡Así vas a echar por la borda toda una carrera! El titular más benévolo dice: «En Montecarlo, Jochen Welder pierde la carrera y el prestigio».

Intentó una débil protesta.

– Te dije que había algo en la suspensión…

El manager ni siquiera le permitió terminar.

– ¡Un carajo! Los informes de telemetría cantan mejor que Pavarotti. El coche estaba perfecto, y lo ha demostrado el motor de Malot, que resistió bien aunque en la parrilla él partió muy por detrás de ti.

Francois Malot era el segundo piloto de la escudería, un osado joven de mucho talento al que Ferguson, el director deportivo del Klover F1 Racing Team, consentía y favorecía desde hacía tiempo. Todavía no poseía la experiencia necesaria, pero era brillante en los entrenamientos y tenía coraje y temeridad para dar y regalar. Los profesionales del circuito estuvieron observando sus progresos desde su debut en Fórmula Tres, hasta que Ferguson les ganó de mano a todos al ofrecerle un contrato por dos años. El propio Shatz no había ahorrado esfuerzos para ocuparse de sus intereses al mismo tiempo que de los de Jochen. Así era la ley del mundo del deporte, y de la Fórmula Uno en particular; un planeta pequeñísimo donde el sol sale y se pone con una rapidez despiadada.

El tono de Roland cambió de pronto; su voz reflejaba la amistad que le ligaba a Jochen, más allá de las simples relaciones de trabajo. Aun así, daba la impresión de que él solo interpretaba al policía bueno y al policía malo de los interrogatorios hollywoodienses.

– Jochen, tenemos problemas. La semana próxima está prevista una sesión privada de prueba en Silverstone, con la Williams y la Jordán. Si he entendido bien, no te han convocado. Prefieren que Malot y Barendson hagan las pruebas de la nueva suspensión. Sabes qué significa, ¿verdad?

Claro que lo sabía. Conocía demasiado bien el mundo de las carreras para no saberlo. Cuando un piloto no está al corriente de las últimas novedades técnicas del equipo, lo más probable es que sea porque los responsables no quieran darle la posibilidad de pasar valiosas informaciones a una escudería rival. Es decir, no le renovarán el contrato.

– ¿Qué esperas que te diga, Roland?

– Nada, no espero que me digas nada. Solo quiero que, cuando corras, uses el cerebro y el pie como siempre has sabido hacerlo.

Un instante de silencio casi imperceptible.

– Estás con esa chica, ¿verdad?

A pesar suyo, Jochen sonrió.

Roland no tenía ninguna simpatía por Arijane, a quien ni siquiera se dignaba nombrar: apenas la mencionaba como «esa chica». Por otra parte, ningún manager sentía simpatía por una mujer a la que creía responsable de los malos resultados de un piloto suyo. Decenas de mujeres habían pasado por la vida de Jochen, y Shatz las había valorado como lo que eran: el complemento inevitable de una estrella del deporte que, como él, era el centro de la atención; una constelación de pequeñas y hermosas lunas que brillaban con la luz del campeón. Sin embargo, extrañamente, había levantado las antenas ante la aparición de Arijane, y se había puesto a la defensiva. Tal vez había llegado el momento de explicarle que Arijane no era la causa de su mal sino, en todo caso, el síntoma. Jochen habló con el tono de un padre amable que debe convencer a un niño terco para que se lave también el interior de las orejas.

– Roland, ¿no se te ha pasado por la cabeza que quizá la película ha llegado al final? Tengo treinta y cuatro años. A mi edad, muchos pilotos ya se han retirado, y los que todavía corren parecen la caricatura de lo que fueron.

Omitió adrede mencionar a los que habían muerto. Pero pensó en ellos; nombres, caras, ojos y risas de hombres jóvenes que de golpe se habían convertido en cuerpos envueltos en una carrocería retorcida, un casco echado hacia delante, una ambulancia nunca lo bastante veloz, un helicóptero nunca lo bastante rápido, un médico nunca lo bastante hábil.

Las palabras de Roland reflejaban una actitud rebelde.

– Pero ¿qué dices, Jochen? Sé tan bien como tú cómo es la Fórmula Uno, pero tengo un montón de propuestas de Estados Unidos. Todavía te quedan muchos años por delante para divertirte y ganar un montón de dinero sin correr riesgos.

Jochen no tuvo valor para frenar el ímpetu empresarial de Roland. Sin duda el dinero no era el incentivo capaz de cambiar su estado de ánimo; poseía dinero suficiente para dos generaciones. Lo había ganado arriesgando el pellejo a lo largo de todos aquellos años, y no había sucumbido, como tantos de sus colegas, a la tentación de comprarse un avión personal, un helicóptero, o a poseer casas esparcidas por todo el mundo. Renunció a explicar a Roland que el problema era otro: que por desgracia ya no se divertía. Por algún motivo, la cuerda se había roto. Por suerte, no había sucedido mientras él estaba haciendo equilibrios encima de ella.

– Vale. Podemos hablarlo luego.

Shatz comprendió que de momento no debía insistir.

– De acuerdo. Pero trata de estar en forma para España. El mundial todavía no ha terminado, y un par de bonitas carreras te ayudarán a ver las cosas de otro modo. Mientras tanto, ¡diviértete, donjuán!

Roland cortó la comunicación y Jochen se quedó mirando el aparato, casi como si pudiera ver, en la pantalla, el rostro preocupado de su manager.

– ¡Fantástico! Apenas me alejo un momento y ya te pones a hablar por teléfono. ¿Debo sospechar que hay otra mujer en tu vida?

Arijane salió de la cabina y se le acercó, secándose el pelo con una toalla.

– Era Roland.

– ¡Ah!

Ese monosílabo resumía toda la situación.

– No le resulto simpática, ¿verdad?

Jochen la atrajo hacia sí y rodeó su delgada cintura con los brazos. Apoyó la mejilla en su vientre y habló sin mirarla a la cara.

– No es ese el problema. Roland tiene sus preocupaciones, como todos, pero es un amigo y confío plenamente en su buena fe.

Arijane le acarició el cabello.

– ¿Se lo has dicho?

– No, he preferido no hablarlo por teléfono. Creo que se lo diré, a él y a Ferguson, en Barcelona, la semana próxima. De todos modos, haré el anuncio oficial de mi retirada al final de la temporada. No quiero que los periodistas me persigan todavía más que ahora.

La historia de Jochen y Arijane había sido un bocado muy apetitoso para la prensa de todo el mundo. Hacía meses que sus caras ocupaban las portadas de las revistas, y los cronistas de sociedad habían disfrutado inventando todo lo posible.

Jochen levantó la cara y buscó la mirada de Arijane. Su voz era un susurro emocionado.

– Te amo, Arijane. Te amaba ya antes de conocerte, y no lo sabía.

Ella no respondió. Se limitó a mirarlo bajo el reflejo de la luz de la cabina. Jochen sintió un pequeño escalofrío de inquietud; pero ya lo había dicho, y no podía ni quería volver atrás.

Segundo carnaval

La cabeza del hombre emerge del agua no muy lejos de la proa del Forever. A través del cristal de sus gafas de bucear, identifica la cadena del ancla y braceando con lentitud la alcanza. La aferra con la mano derecha y se queda observando el barco, cuyo casco de fibra de vidrio refleja la luz de la luna llena. Su respiración es acompasada y tranquila.

La botella de cinco litros que carga a la espalda no permite inmersiones largas, pero es ligera, manejable y garantiza una autonomía suficiente para sus necesidades. Viste un mono de neopreno negro, anónimo, sin inscripciones ni accesorios de color, suficientemente grueso para brindarle una buena protección del frío durante el tiempo que permanezca en el agua. No puede usar una linterna, pero la claridad casi descarada del plenilunio le permite prescindir de ella sin dificultad. Intentando evitar el menor chapoteo, se desliza de nuevo bajo la superficie del agua, bordea la silueta del casco sumergido, cuya larga deriva, que se prolonga hacia las sombrías profundidades, se dibuja a contraluz. Luego emerge del lado de la popa de la elegante embarcación y se agarra a la escalerilla, que ha quedado baja.

Bien.

Esto le evitará inútiles acrobacias para subir a bordo. Desenrolla la cuerda que lleva alrededor de la cintura. Engancha un mosquetón a la escalerilla y ata al otro extremo de la cuerda el maletín con cierre hermético que ha traído consigo. Rápidamente comienza a quitarse la botella, las aletas y el cinturón de plomo, que deja atados a la escalerilla, a un metro por debajo de la superficie del agua.

No puede correr el riesgo de entorpecer sus movimientos, aunque conjetura que el factor sorpresa jugará a su favor: ya que es muy probable que los dos ocupantes del barco estén dormidos, debería resultarle bastante fácil cumplir con su cometido.

En el instante en que va a sacarse los plomos oye unos pasos sobre el puente. Se aparta de la escalerilla y se oculta a estribor, donde se vuelve invisible. Desde allí, entre las sombras, ve que la muchacha surge en lo alto de la escalerilla y permanece de pie allí, fascinada por el juego de la luz lunar sobre el mar en calma. Durante unos segundos, su albornoz blanco es un reflejo más; después, con un solo gesto felino, deja que se deslice hasta el suelo y queda desnuda bajo la luna.

Desde su puesto de observación, el hombre ve su perfil y admira su cuerpo esbelto y vigoroso, la línea perfecta de un pecho pequeño y firme; sigue con la mirada la curva de las nalgas, que se funde en las piernas largas y musculosas.

Con movimientos que parecen producir destellos de plata, la joven alcanza la escalerilla, extiende una pierna y con el pie prueba la temperatura del agua.

El hombre sonríe. Es la sonrisa afilada de un tiburón.

Le cuesta creer en su suerte.

Espera ardientemente que la joven no tema enfrentarse con el agua fría y sucumba a la tentación de un baño de mar bajo la luna llena. Como si hubiera leído su pensamiento, la muchacha se da la vuelta, comienza a bajar los peldaños y se desliza con suavidad en el agua; se estremece al contacto del mar frío, que le pone la carne de gallina y le endurece agradablemente los pezones.

Se aleja del barco nadando sin prisa, mar adentro, del lado opuesto al que se halla al acecho la figura con el mono negro. El movimiento silencioso con que el hombre se sumerge en el agua tiene la siniestra agilidad del predador que juega con su presa desprevenida, un juego cruel en el que siempre se apuesta a la muerte.

Ayudándose con las manos, el hombre vacía por completo sus pulmones valiéndose del respirador, para descender más velozmente; luego comienza a nadar en dirección a la muchacha. Muy pronto se encuentra debajo de ella; levanta la cabeza y la ve allá arriba, una mancha oscura a contraluz sobre la superficie del mar, moviendo los pies y las manos para mantenerse a flote. El hombre sube despacio; respira con bocanadas cortas para que las burbujas no delaten su presencia. Cuando la joven está al alcance de su mano, la agarra de los tobillos y tira con fuerza hacia abajo.

Arijane se da cuenta con estupor de la fuerza violenta que la arrastra bajo la superficie. La inmersión es tan súbita que ni siquiera tiene tiempo de llenar de aire los pulmones. De golpe se encuentra un metro bajo el agua, y casi enseguida nota que se afloja la presión en los tobillos. Patea instintivamente, para impulsarse hacia arriba, pero dos manos se apoyan con fuerza sobre sus hombros y la empujan más abajo, hacia el fondo, lejos de la superficie que brilla sobre su cabeza como una promesa sarcástica de aire y luz. Luego dos brazos rapaces le rodean el busto y le presionan el pecho; reconoce el contacto resbaladizo del neopreno de un traje de buzo que se adhiere a su espalda desnuda; nota un cuerpo desconocido junto al suyo, mientras el agresor le rodea la pelvis con las piernas para impedirle todo movimiento.

El terror le bloquea la razón con un muro de hielo.

Comienza a debatirse salvajemente, gimiendo, pero sus pulmones, ya con poco oxígeno, consumen en un instante todas sus escasas reservas. A medida que aumenta la necesidad de aire, Arijane siente que las fuerzas la abandonan poco a poco, mientras su cuerpo, inmovilizado por el apretón mortal de ese otro cuerpo agarrado con tenacidad al suyo, es arrastrado, de manera inexorable, hacia la noche sin luna del fondo del mar.

Se da cuenta de que está a punto de morir, de que alguien la está matando sin que se le conceda saber por qué. De sus ojos escapan lágrimas amargas, saladas, que van a confundirse con los millones de gotas anónimas del mar que, indiferente, la envuelve. Siente que la oscuridad de ese abrazo se dilata y comienza a formar parte de ella, como un frasco de tinta negra derramada en agua limpia. Una mano fría e implacable hurga con frenesí en cada parte de su cuerpo, dentro, fuera, como tratando de extinguir hasta la menor chispa de vida que encuentre, antes de alcanzar su joven corazón de mujer y detenerlo para siempre.

El hombre nota que el cuerpo que aferra se relaja de repente, en el instante mismo en que la vida lo abandona. Espera unos segundos y después gira el cadáver de frente a él, pasa los brazos por debajo de las axilas y comienza a mover los pies, enfundados en las aletas, para emerger al aire. A medida que se acerca a la superficie iluminada, el rostro de la joven deja de ser una mancha oscura y, poco a poco, va cobrando forma ante el cristal de las gafas. Aparecen las facciones delicadas, la nariz fina, la boca entreabierta, de la que salen unas últimas, pocas, burlonas burbujas de aire. Aparecen los espléndidos ojos verdes sin vida, fijos en la instantánea morbosa de la muerte, claramente visibles al aproximarse a esa luz que ya no pueden ver, que ya no les pertenece.

El hombre observa el rostro de la mujer a la que acaba de matar como un fotógrafo contempla cómo se revela una fotografía que le produce particular impaciencia. Cuando está totalmente seguro de la belleza de esa cara, el tiburón vuelve a sonreír.

Al fin la cabeza del hombre emerge del agua. Todavía sosteniendo el cadáver, se acerca a la escalerilla. Coge la cuerda que antes ha anudado a la estructura tubular y rodea el cuello de la muerta, para impedir que se hunda mientras él se quita la botella y el snorkel. El cuerpo se desliza bajo el agua y provoca un ligero remolino. El pelo de la joven flota a pocos centímetros de la superficie, siguiendo el chapoteo de las olas contra el casco, como los tentáculos de una medusa bajo la luz de la luna.

Se saca las aletas, la máscara y los plomos y los apoya con delicadeza sobre la cubierta, sin hacer el menor ruido. Una vez libre, se agarra con la mano izquierda a la escalerilla, suelta la cuerda que sujeta el cadáver y lo aferra con el brazo derecho. Sin esfuerzo aparente, sube los pocos peldaños de madera cargando el cuerpo de su víctima. Lo tiende sobre el puente, perpendicularmente a la eslora de la embarcación. Lo contempla durante un largo momento y luego se inclina para recoger el albornoz que la joven llevaba antes de su baño nocturno.

En un gesto de piedad tardía, lo extiende sobre la mujer acostada boca arriba, como para proteger aquel cuerpo, ya frío, del fresco de una noche que para ella no terminará jamás.

– ¿Arijane?

La voz llega de improviso desde el interior de la embarcación. El hombre gira por instinto la cabeza en esa dirección. Tal vez el compañero de la joven se ha despertado porque ha tenido la sensación de estar solo en la cabina. Tal vez en la cama ha extendido una pierna para buscar el contacto de la piel de su amada y no lo ha encontrado, en la luminosidad blanquecina que esparce la claridad de la luna.

Al no obtener respuesta, sin duda saldrá a buscarla.

Cubierto por el mono negro, que lo convierte en una sombra más oscura que las que proyecta la luna, el hombre se levanta y va a esconderse detrás del mástil mayor.

Desde su lugar de observación ve aparecer primero la cabeza y después el cuerpo del dueño del barco, que ha salido al puente a buscar a su mujer. Está desnudo. El hombre escondido ve que gira la cabeza a un lado y a otro, y luego fija la mirada en la popa, donde ve a su amada, tendida detrás del timón, cerca de la escalerilla. Ella tiene la cara vuelta hacia el lado opuesto y parece dormida, cubierta sin cuidado con su albornoz blanco. Él avanza un paso hacia ella; luego nota el suelo mojado bajo los pies, baja la vista y advierte unas huellas húmedas. Quizá piensa que la joven ha querido darse un baño de mar, y siente una oleada de ternura por ese cuerpo que parece abandonado al sueño bajo la claridad de la luna. Tal vez la imagina nadando con fluidez en el silencio nocturno, tal vez ve su cuerpo mojado recubrirse de reflejos plateados al salir del agua… Se le acerca despacio, acaso con el deseo de despertarla con un beso, llevarla a la cabina y hacerle el amor. Se acurruca a su lado y apoya una mano en el hombro que asoma del albornoz. El hombre del mono negro oye con claridad sus palabras.

– Mi amor…

La mujer no da ninguna señal de haber oído. Su piel está helada.

– Mi amor, no puedes quedarte aquí con este frío…

Tampoco esta vez hay respuesta. Jochen siente que una extraña angustia le produce un agujero en el estómago. Coge con suavidad la cabeza de Arijane entre sus manos, gira el rostro hacia él y encuentra los ojos, la mirada sin vida. El movimiento hace salir un hilo de agua de la boca entreabierta. De inmediato se da cuenta de que está muerta, y un alarido silencioso le atraviesa la mente. Se pone en pie de un salto y en ese preciso instante siente un brazo húmedo contra la garganta. Una presión violenta le obliga a arquear la espalda e inclinarse hacia atrás.

Jochen es un hombre de estatura apenas superior a la media y su cuerpo es el de un deportista, entrenado por largas sesiones de gimnasio y muchas horas de jogging, indispensables para soportar la enorme exigencia física de un Gran Premio. Pero su agresor es más alto que él e igualmente vigoroso; además, cuenta con la ventaja de la sorpresa y el aturdimiento provocado por el hallazgo de la muerte de Arijane. El piloto alza las manos de forma instintiva y aferra el brazo negro que le aprieta la garganta y le corta la respiración; trata con todas sus fuerzas de aflojar la presión que le ahoga. Con el rabillo del ojo ve un reflejo centelleante a su derecha. Una fracción de segundo después, el cuchillo que empuña el agresor, afilado como una navaja, atraviesa el aire con un leve silbido y describe un rápido arco de arriba hacia abajo.

El cuerpo de Jochen se agita con un estremecimiento cuando la hoja penetra entre las costillas y le traspasa el corazón. Nota en la boca el sabor de su propia sangre y muere mientras en sus ojos se refleja la sonrisa gélida de la luna.

El hombre sigue haciendo presión con el cuchillo hasta que el cuerpo de Jochen se convierte en un peso muerto entre sus brazos. Solo entonces afloja la mano y sostiene a su víctima por las axilas para amortiguar la caída sobre el puente. Se detiene un instante a contemplar los dos cuerpos sin vida a sus pies, mientras respira despacio para calmar su jadeo. Después agarra el cadáver del hombre por los brazos y comienza a trasladarlo a la cabina.

Tiene poco tiempo y mucho trabajo que hacer antes de que salga el sol.

Lo único que echa de menos en ese momento es la música.

4

Roger salió al puente del Baglietto y respiró el aire fresco de la mañana. Eran las siete y media, y el día se anunciaba espléndido. Después de la semana del Gran Premio, los propietarios del yate en el que había embarcado de tripulante se habían ido y habían dejado la embarcación a su cuidado hasta el crucero estival, que por lo general duraba un par de meses. Él se quedaría en Montecarlo otros dos meses por lo menos, totalmente tranquilo, sin la presencia agobiante del armador y su esposa, una pelma tan cargada de joyas que bajo el sol era necesario mirarla con gafas oscuras.

Donatella, la camarera italiana del Restaurant du Port, estaba terminando de poner las mesas de la terraza. Pronto llegarían a desayunar los empleados de las oficinas y las tiendas del puerto. Roger la observó en silencio hasta que ella se percató de su presencia. Le sonrió y con un gesto imperceptible se abrió un poco más la blusa.

– Qué buena vida, ¿eh?

Roger se sumó enseguida al jueguecito de seducción que ambos practicaban desde hacía algún tiempo. Adoptó una expresión afligida.

– Sí, pero podría ser mucho mejor…

Donatella cruzó los pocos metros que separaban la terraza del restaurante y la popa de la embarcación y se detuvo debajo de donde se hallaba Roger. La blusa abierta dejaba entrever el surco entre los pechos; Roger lo recorrió con la mirada. La muchacha se dio cuenta pero no dio la menor señal de fastidio.

– ¡Pues claro! Si en vez de usar tanto los ojos usaras mejor las palabras… Eh, pero ¿qué hace ese loco?

Roger giró la cabeza, siguió la mirada de la camarera y vio un Beneteau de dos mástiles que avanzaba directamente hacia los barcos anclados, a toda velocidad. En el puente no había nadie.

– Malditos imbéciles.

Dejó a Donatella, corrió a la proa del Baglietto y empezó a agitar los brazos con frenesí y a gritar:

– ¡Eh, los del dos mástiles! ¡Prestad atención!

Del barco no llegó ninguna señal de vida. Continuaba su curso, la punta enfilada hacia el muelle, sin disminuir la velocidad. Ya estaba a pocos metros y el choque parecía inevitable.

– ¡Eh, vosotros!

Roger lanzó un último grito desesperado y después se aferró a la barandilla, a la espera del impacto. Con un ruido seco, la proa del Forever golpeó al Baglietto en el costado izquierdo, se deslizó un poco más adelante y se encajó entre el casco del yate y el de la embarcación anclada al lado, inclinándose un poco. Por fortuna, el motor no tenía potencia suficiente para causar daños graves y las defensas ayudaron a amortiguar el golpe, pero, aun así, en el impecable barniz del yate quedó un largo rasguño parduzco. Roger, furioso, gritó en dirección al Forever.

– ¿Estáis locos, idiotas?

No hubo respuesta. Roger saltó del puente del Baglietto a la proa del Forever, mientras una pequeña multitud de curiosos se reunía en el muelle. Cuando alcanzó la popa vio algo que le dejó perplejo. La barra del timón estaba bloqueada. Alguien la había trabado con un bichero, firmemente sujeto con una cuerda. Un rastro rojizo salía del puente y bajaba por la escalerilla que conducía a la cabina. Había algo extraño y siniestro en todo aquello, y Roger sintió frío en el estómago. Bajó con lentitud la escalera, siguiendo la línea, que terminaba en un charco más oscuro al pie de la mesa. A Roger se le puso la carne de gallina cuando se dio cuenta de que era sangre. Se acercó, con las piernas temblorosas. Sobre la mesa, alguien había escrito dos palabras con sangre:

«Yo mato…»

La amenaza que contenía la inscripción y los puntos suspensivos eran aterradores. Roger tenía veintiocho años y no era un héroe; sin embargo, algo más fuerte que él le empujó hacia la puerta de lo que probablemente era el dormitorio. Se detuvo un instante, con la boca seca por la tensión, ante la hoja entornada, y después la empujó con un gesto decidido.

Notó una tufarada de olor dulzón, que le cogió de la garganta y le provocó náuseas. Ni siquiera tuvo fuerzas para gritar. Durante los años que le quedaran de vida, aquella visión le provocaría pesadillas cada noche.

El policía que estaba subiendo a bordo y la gente reunida en el muelle le vieron salir al puente como loco, doblarse por encima de la borda y vomitar en el mar; su cuerpo se sacudía con violentas convulsiones histéricas.

5

Frank Ottobre se despertó y tomó conciencia de su cuerpo, tendido entre las sábanas de una cama que no era la suya, en una casa que no era la suya, en una ciudad que no era la suya.

Un instante después, el recuerdo se filtró en su cabeza como el sol entre las persianas; el dolor seguía intacto, como la noche anterior. Si todavía había un mundo y en ese mundo había una forma de olvidar, su mente le prohibía ambas cosas. Comenzó a sonar el teléfono inalámbrico apoyado en la mesilla de noche, a su izquierda. Ottobre se volvió en la cama y tendió la mano hacia el aparato y su titilante señal roja.

– ¿Diga?

– Hola, Frank.

Cerró los ojos y enseguida vio el rostro que le evocaba esa voz. Nariz roma, pelo color arena, ojos grises, olor a loción para después de afeitar, andar indolente, gafas oscuras en ocasiones, y un traje gris que era casi un uniforme.

– Hola, Cooper.

– Ya sé que para ti es temprano, pero estoy seguro de que ya estabas despierto.

– Ya… ¿Qué sucede?

– Aquí, en este momento, prácticamente de todo. La locura total. Estamos de servicio durante las veinticuatro horas. Si fuéramos el doble de los que somos, todavía necesitaríamos el doble de hombres para hacerle frente. Todos realizan un gran esfuerzo por simular que no ha sucedido nada, pero tienen miedo. Y no podemos reprochárselo, porque nosotros también tenemos miedo.

Una breve pausa.

– ¿Y cómo estás tú?

«Sí, ¿cómo estoy yo?»

Frank se planteó la pregunta como si en ese preciso instante hubiera recordado que estaba vivo.

– Bien, supongo. Me divierto con la jet set de Montecarlo. El único peligro es que, entre tantos millonarios, corro el riesgo de creerme rico también yo. Me iré cuando me den ganas de comprarme un yate de cuarenta metros y encima me parezca algo normal.

Se levantó de la cama, desnudo, fue al baño en penumbras, con el teléfono pegado a la oreja, y se puso a orinar.

– Si consigues comprarlo, cuéntame cómo lo has hecho; quizá pruebe yo también.

Cooper no se había dejado engañar por su ironía, pero prefería seguirle el juego. Frank se lo imaginó sentado en su despacho, con una sonrisa tensa y, pintada en el rostro, la pena que sentía por él. Cooper era el de siempre. Él, en cambio, era un hombre que se estaba yendo a pique, y ambos lo sabían.

Otro instante de silencio; después, a Frank casi le pareció oír con claridad el silbido con que se deshinchaba el fingido buen humor de Cooper. Su voz se volvió más dura, más ansiosa.

– Frank, ¿no crees…?

Ya sabía lo que iba a decirle, y le interrumpió enseguida.

– No, Cooper. Todavía no. No quiero volver. Es demasiado pronto.

– ¡Frank, Frank, Frank! Ya ha pasado casi un año. ¿Cuánto tiempo crees que necesitarás para…?

En la cabeza de Frank, las palabras del amigo se perdieron en el enorme espacio que se abría entre Montecarlo y Estados Unidos. Oía solo las voces de sus pensamientos.

«Sí, ¿cuánto tiempo, Cooper? ¿Un año, cien años, un millón de años? ¿Cuánto necesita un hombre para olvidar que destruyó dos vidas?»

– Además, Homer ha dicho claramente que puedes volver al servicio cuando quieras, si eso te sirve de algo. En todo caso, nos serviría a nosotros. Sabe el cielo cuánto necesitamos a gente como tú en este momento… ¿No crees que estar aquí y volver a sentirte parte de algo…, llegar al final de todo esto…?

De pronto la voz de Frank fue como una hoja muy afilada que cortaba cualquier tentativa de acercamiento:

– Cooper, al final de todo esto hay una sola cosa.

El silencio de Cooper daba a entender que había una pregunta que gritaba en su cabeza, y que temía formularla, incluso en susurros. Al fin recuperó la voz, y la distancia que separaba Montecarlo de Estados Unidos no era nada comparada con la que se abría entre ambos.

– ¿Qué es, Frank? Por el amor de Dios…

– Dios no tiene nada que ver aquí. Es algo que me atañe a mí. A mí y solo a mí. Y tú sabes que es una lucha sin prisioneros.

Se apartó el teléfono de la oreja y se quedó mirando en la penumbra el dedo que presionaba la tecla para cortar la comunicación.

Alzó la vista hacia el cuerpo desnudo que se reflejaba en el gran espejo del cuarto de baño. Unos pies descalzos sobre el mármol frío del suelo; unas piernas musculosas; los ojos apagados, y el tórax, con cicatrices rojizas que lo atravesaban.

Movida como por voluntad propia, la mano derecha se alzó con lentitud para tocarlas. Sin hacer nada por reprimirlo, dejó que llegara el soplo cotidiano de muerte que habitaba en él.

Cuando se despertó, lo primero que vio fue el rostro de Harriet. Después, lentamente, también el de Cooper emergió de la niebla. Cuando logró enfocar el cuarto, vio a Homer Woods, sentado, impasible, en un pequeño sillón apoyado contra la pared frente a la cama; el pelo peinado hacia atrás; sus ojos azules le miraban sin expresión detrás de unas gafas con montura de oro.

Volvió la cabeza hacia su mujer y se dio cuenta, como en un sueño, de que se encontraba en una habitación de hospital. Distinguió la luz verdosa que se filtraba por las persianas venecianas, un ramo de flores en la mesa, los tubos que salían de su brazo, el bip monótono de un aparato; todo giraba. Trató de hablar, pero la voz no salía.

Harriet se inclinó y acercó su cara a la de él. Le apoyó una mano en la frente. Él sintió la mano pero no oyó las palabras, porque volvió a hundirse en ese lugar profundo del que apenas había emergido.

Cuando al fin volvió en sí y pudo hablar y saber, Homer Woods estaba allí, de pie al lado de Harriet.

Pero Cooper no.

La luminosidad de la estancia parecía distinta, pero era todavía -o de nuevo- luz de día. Frank se preguntó cuántas horas habían pasado desde su último despertar, y si Homer había permanecido allí todo aquel tiempo. Tenía el mismo traje, y también la misma expresión. Aunque Frank recordó que nunca le había visto otro traje ni otra expresión. Tal vez en su casa tenía un armario lleno de trajes y de expresiones todos iguales. En la oficina lo llamaban «Mister Husky» por sus ojos azules, que parecían de vidrio, como los de un husky.

Harriet volvió a ponerle una mano en la frente; una lágrima bajaba por su rostro. Una lágrima que parecía formar parte de ella, como si estuviera allí desde el principio de los tiempos.

– Hola, amor. Bienvenido.

Se levantó de la silla junto a la cama y posó sus labios sobre los de él, en un suave beso salado. Frank aspiró su aliento como un marinero el perfume de la costa, el aire del hogar al que regresa.

Con discreción, Homer retrocedió un paso.

– ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde estoy? -preguntó Frank con una voz afónica que no le parecía la suya. Sentía un dolor raro en la garganta y no recordaba nada. La última imagen que conservaba era la de una puerta que él abría de una patada mientras sus manos apuntaban el arma hacia el interior de una habitación. Después, un relámpago y un trueno y la sensación de que una mano enorme lo lanzaba por el aire, hacia una oscuridad sin dolor.

– Estás en el hospital. Has estado en coma durante una semana. Nos has dado un buen susto.

Ahora la lágrima parecía incrustada en el rostro de su mujer, como una arruga de la piel. Resplandecía como su dolor.

Ella se apartó un poco y miró de soslayo a Homer, dejándole tácitamente el resto de la explicación. Él se acercó a la cama y contempló a Frank a través del filtro de las gafas.

– Los dos Larkin habían hecho correr el rumor de que aquella noche habría un importante intercambio entre ellos y sus contactos. Un gran intercambio de mercancía y dinero, en un almacén abandonado. Lo habían tramado así para atraer a Harvey Lupe y a su banda; querían tentarlos a irrumpir en el lugar y llevárselo todo, las drogas y la pasta. El almacén estaba lleno de explosivos. La idea era desembarazarse de una vez por todas de sus principales rivales, con unos bonitos fuegos artificiales. Pero, en lugar de Lupe y sus secuaces, llegasteis tú y Cooper. El todavía estaba fuera, en el lado sur, cuando tú entraste por la parte de las oficinas. Cuando estalló el edificio, Cooper quedó parcialmente protegido por la estructura de un andamio y logró salir casi ileso; solo sufrió unos rasguños y unas quemaduras superficiales. Tú, en cambio, recibiste el mayor impacto de la explosión; fue una verdadera suerte que los Larkin fueran buenos traficantes pero pésimos pirotécnicos. Estás vivo de milagro. Ni siquiera puedo reprocharte que no esperaras a los refuerzos: si hubierais entrado todos juntos habría sido una matanza.

Ahora lo sabía todo, pero todavía no recordaba nada. Solo podía pensar en que él y Cooper habían trabajado durante dos años para atrapar a los Larkin, pero que, al final, los Larkin, sin querer, los habían atrapado a ellos.

Más exactamente, a él.

– ¿Qué tengo? -preguntó Frank, que recibía, sensaciones muy confusas de su cuerpo y veía, como si perteneciera a otro, su pierna derecha escayolada.

Le respondió un médico, que entró en la habitación a tiempo de oír la pregunta. Tenía el pelo precozmente salpicado de canas, pero el rostro y la actitud eran de un chaval. Le sonrió, ladeando la cabeza en un gesto ceremonioso.

– Buenos días, estimado señor. Soy el doctor Foster, uno de los responsables de que siga usted en este mundo. Espero que no me odie por ello. Yo le diré qué es lo que tiene. Unas costillas fracturaos, una lesión en la pleura, una pierna con fractura doble, agujeros de diversas características por todas partes, heridas serias en el tórax, traumatismo craneal. Y hematomas en todo el cuerpo, por lo que casi se le podría confundir con una persona de color. Además, tiene… o, mejor dicho, tenía… una esquirla de metal que se detuvo a un milímetro del corazón y que nos hizo sudar la gota gorda para quitársela.

Mientras hablaba había levantado el historial clínico colgado al pie de la cama; se acercó a la cabecera y pulsó un botón. Frank sintió el olor de su camisa recién lavada.

– Y ahora, si los presentes nos disculpan, creo que es hora de echar un vistazo a lo que hemos hecho para remediar el desastre.

Harriet y Homer Woods se encaminaron hacia la puerta en el mismo momento en que entraba una enfermera negra que empujaba un carrito cargado de material médico. Harriet, antes de salir, dirigió una mirada inquieta al monitor que controlaba el ritmo cardíaco de su esposo, como si juzgara que su presencia era indispensable para hacer funcionar a ambos. Luego volvió la cabeza y cerró la puerta.

Mientras el médico y la enfermera se atareaban alrededor de su cuerpo lleno de vendas y drenajes, Frank pidió un espejo. La enfermera, sin hacer comentarios pero sonriendo, cogió el que se hallaba colgado junto a la puerta y se lo puso delante.

Con una extraña ausencia de emoción, vio el rostro pálido y los ojos sufrientes de Frank Ottobre, agente especial del FBI, todavía vivo.

Espejo sobre espejo, ojos sobre ojos.

El presente se superpuso al recuerdo y, en el gran espejo del cuarto de baño, Frank reencontró su tiempo presente y sus ojos actuales, mientras se preguntaba si en verdad había valido la pena que todos aquellos médicos hubieran hecho tanto solo para devolverle esa vida.

Volvió a la alcoba y encendió la luz. Buscó el botón de las persianas en la hilera de interruptores que había al lado de la cama. Lo pulsó y, con un leve zumbido, la persiana comenzó a levantarse; la luz del sol se mezcló con la luz eléctrica.

Fue a la puerta cristalera, apartó las cortinas, tiró de la manija de la puerta corredera y el cristal se abrió suavemente.

Salió a la terraza.

A sus pies se extendía Montecarlo, cubierta de oro e indiferencia. Frente a él, bajo el sol que comenzaba a salir, un mar azul reflejaba el cielo sin verlo. Volvió a pensar en la conversación con Cooper. Del otro lado de ese mar, su país estaba en guerra. Una guerra que le concernía a él, a otros hombres como él, y a todos los que aspiraran a vivir bajo la luz del sol, sin sombras y sin miedos. Y él debería estar allí, para defender ese mundo y a esa gente.

En otro momento, lo habría hecho; en otro momento, habría estado en la primera fila con Cooper, Homer Woods y todos los demás. Ahora ese momento había pasado. Casi había dado la vida por su país, y las cicatrices que tenía encima lo testimoniaban.

Y Harriet…

Un soplo de brisa fresca llegó del mar y le hizo tiritar. Se dio cuenta de que todavía estaba desnudo. Mientras volvía a entrar se preguntó qué podría hacer el mundo por Frank Ottobre, agente especial del FBI, cuando ni él sabía qué hacer consigo mismo.

6

Al bajar del coche, el comisario Nicolás Hulot, de la Süreté Publique del principado de Monaco, vio el barco de vela encajado entre los otros dos, ligeramente inclinado hacia un lado.

Mientras avanzaba por el muelle, el inspector Morelli fue a su encuentro recorriendo el puente del Baglietto, embestido por el dos mástiles. Cuando se reunieron, el comisario se sorprendió de verle tan trastornado. Morelli era un excelente policía. Había hecho cursos de adiestramiento con el Mossad, el servicio secreto israelí. Había visto de todo. Sin embargo, estaba pálido y mientras le hablaba le costaba sostenerle la mirada, como si lo que pasaba fuera culpa suya.

– ¿Y bien, Morelli?

– Es una carnicería, comisario. En mi vida había visto nada semejante…

Soltó un largo suspiro y por un segundo Hulot tuvo la impresión de que iba a vomitar.

– Claude, cálmate y cuéntame. ¿Qué entiendes por «carnicería»? Me han dicho que se trata de un homicidio.

– Dos, comisario. Hay un cuerpo de hombre y uno de mujer… o al menos lo que queda de ellos.

El comisario Hulot se volvió para mirar a la multitud de curiosos reunida detrás de las vallas que delimitaban la zona. Tuvo un mal presentimiento. El principado de Monaco no era un lugar donde sucedieran aquellas cosas. Su policía era una de las más eficientes del mundo y el índice de criminalidad era tan bajo que solo existía allí y en los sueños de todo ministro del Interior. Había un policía por cada sesenta habitantes, y discretas cámaras de vídeo en todas partes. Todo se hallaba bajo control. Allí las personas se enriquecían o se arruinaban, pero no se mataban las unas a las otras. No había robos, ni homicidios, ni hampa.

En Montecarlo, por definición, nunca sucedía nada.

– ¿Alguien ha visto algo?

Morelli señaló con la mano a un hombre de unos treinta años que estaba sentado en la terraza del bar, entre un agente y un ayudante del médico forense. El local, que por lo general a esa hora rebosaba de gente y ropa de marca, estaba semidesierto. Habían retenido a todos los que podían ser útiles como testigos, pero se había prohibido la entrada a los clientes. El propietario, de pie en la entrada junto a una camarera de busto abundante, se retorcía nerviosamente las manos.

– Aquel muchacho es el marinero del Baglietto, el barco que embistió el dos mástiles. Se llama Roger no sé qué. Después de la colisión, subió a bordo para increpar a los tripulantes. No encontró a nadie en cubierta, de modo que bajó a la cabina, y allí los encontró. Todavía está conmocionado, pero dudo que sepa algo más. El agente Delorme, que es nuevo, subió a la embarcación después de él. Ahora está sentado en el coche; su estado no es mucho mejor.

El comisario volvió a mirar a los curiosos apiñados entre las vallas y el bulevar Albert Premier, donde una cuadrilla de operarios terminaba de desmontar la estructura de los boxes y de las tribunas erigidas para el Gran Premio. Iba a echar de menos el bullicio de la carrera, la agitación de la multitud y las pequeñas molestias que todo aquello implicaba a veces.

– Pues bien, vayamos a ver.

Subieron a la pasarela inestable del Baglietto y desde allí, gracias a otra pasarela tendida entre los puentes de las dos embarcaciones, pasaron al Forever. Hulot vio enseguida el timón bloqueado con el bichero, y luego el rastro de sangre ya coagulada que recorría el suelo de teca, descendía y desaparecía en las sombras de la cabina. A pesar de que el sol ya calentaba con fuerza, de pronto sintió que tenía las puntas de los dedos heladas.

¿Qué diablos había sucedido en ese barco?

Morelli le señaló los peldaños que llevaban a la cabina.

– Si no le molesta, le espero aquí, comisario. Con una vez me basta y me sobra por hoy.

Mientras bajaba los escalones revestidos con madera antideslizante, casi chocó con el doctor Lassalle, el médico forense, que se disponía a subir. El cargo que Lassalle desempeñaba en el principado era una sinecura, y su experiencia profesional era extremadamente limitada. Hulot no sentía por él ninguna estima, ni como persona ni como profesional. Había obtenido su puesto gracias a los contactos y las relaciones de su mujer, y disfrutaba de un buen salario y un cómodo tren de vida casi sin hacer nada. Para Hulot, era solo un médico «decorativo», que apenas cumplía con su trabajo. Su presencia allí solo significaba que era el único profesional disponible en aquel momento.

– Buenos días, doctor Lassalle.

– Buenos días, comisario.

El médico parecía aliviado de verle. Resultaba evidente que se encontraba ante una situación que le superaba.

– ¿Dónde están los cuerpos?

– Allí. Vaya usted a ver.

Ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra, Hulot vio que el rastro de sangre continuaba por el suelo y desaparecía detrás de una puerta abierta. A su derecha había una mesa plegable abierta, donde alguien había escrito dos palabras con sangre:

«Yo mato…»

Hulot sintió que las manos se convertían en dos pedazos de hielo. Se obligó a respirar profundamente por la nariz para calmarse. Le llegó entonces el olor dulzón de la sangre y de la muerte, ese olor que atrae angustia y moscas.

Siguió el rastro de sangre y entró en la cabina que se abría a la izquierda. Cuando fue hacia la puerta y vio lo que había en el interior, el frío de las manos se apoderó de todo su cuerpo, y lo convirtió en un único bloque de hielo.

Tendidos en la cama, uno al lado del otro, estaban los cadáveres de un hombre y una mujer, completamente desnudos. El cuerpo de la mujer no presentaba heridas aparentes, pero en el del hombre, a la altura del corazón, se veía una gran mancha rojiza que había empapado de sangre la sábana. Había sangre por todas partes: en las paredes, en las almohadas, en el suelo. Parecía imposible que aquellos dos pobres cuerpos sin vida pudieran contener tanta sangre.

El comisario se obligó a mirar las caras de los dos muertos. Pero ya no las había. El asesino había quitado por completo la piel de la cabeza, cuero cabelludo incluido, igual que se desuella un animal.

Se quedó un momento observando, impresionado, los ojos desmesuradamente abiertos hacia un techo que no veían, los músculos faciales enrojecidos de sangre coagulada, los dientes expuestos en una sonrisa macabra que la ausencia de labios no apagaría jamás.

Hulot tuvo la sensación de que su vida iba a detenerse allí para siempre, que él permanecería eternamente de pie en el umbral de aquella cabina, ante aquel espectáculo de horror y muerte. Por un instante rogó al cielo que la persona capaz de cometer semejante carnicería hubiera tenido al menos la misericordia de matar a esos dos desafortunados antes de infligirles tan atroz suplicio.

Se recobró a duras penas y fue a la cocina, donde Lassalle le esperaba. Morelli había hecho acopio de valor y había bajado; se hallaba de pie junto al médico y escrutaba el semblante del comisario para ver sus reacciones.

Hulot se dirigió primero al médico.

– ¿Su opinión, doctor?

Lassalle se encogió de hombros.

– La muerte tuvo lugar hace algunas horas. El rigor monis apenas ha comenzado, como parecen confirmarlo las manchas hipostáticas. Presumiblemente, el hombre murió por arma blanca, de un golpe limpio que le atravesó el corazón. En cuanto a la mujer, aparte de… -El médico hizo una pausa para tragar saliva-.Aparte de las mutilaciones, no se observan heridas, al menos en la parte frontal. No he movido los cuerpos, porque estamos esperando a la policía científica. Sin duda la autopsia aclarará muchas cosas.

– ¿Se sabe quiénes eran las dos víctimas?

Esta vez fue Morelli quien respondió.

– En el libro de navegación la embarcación está a nombre de una sociedad de Montecarlo. Todavía no lo hemos investigado.

– Los de la científica nos echarán la bronca. Con toda la gente que ha entrado y salido de este barco, la escena del crimen se ha contaminado, y quién sabe cuántas cosas se habrán perdido.

Hulot miró el suelo, el rastro de sangre. Aquí y allá había huellas de pisadas que no había visto antes. Cuando volvió la mirada hacia la mesa, le sorprendió darse cuenta de que lo hacía con la absurda esperanza de que la horrible inscripción ya no estuviera allí.

Oyó dos voces alteradas que provenían de cubierta. Subió los pocos escalones y se encontró de golpe en otro mundo, de sol, de luz, de vida, de aire fresco y salobre, sin ese olor a muerte que se respiraba abajo.

De pie en el puente, un agente se esforzaba por detener a un hombre de unos cincuenta y cinco años que gritaba en francés con fuerte acento alemán y que intentaba pasar el cordón policial.

– ¡Déjeme pasar, le digo!

– No se puede; está prohibido. No puede pasar nadie.

El hombre se debatía con fuerza contra el agente que le sujetaba los brazos. Tenía la cara roja y su actitud era casi histérica.

– ¡Le digo que tengo que pasar! Tengo que saber qué ha suc…

Cuando vio al comisario, el agente mostró una visible expresión de alivio.

– Disculpe, comisario, pero no hemos conseguido detenerle abajo.

Hulot le hizo un gesto para indicar que estaba todo en orden, y el agente soltó la presa. El hombre se acomodó el terno con expresión ultrajada y fue directo hacia el comisario; mostraba de forma ostensible su satisfacción de poder, al fin, hablar con alguien de igual jerarquía. Se detuvo ante él y se quitó las gafas de sol para mirarle directamente a los ojos.

– Buenos días, comisario. ¿Puedo saber qué está pasando en este barco?

– ¿Y yo puedo saber con quién estoy hablando?

– Me llamo Roland Shatz y le garantizo que es un nombre con cierto peso. Soy amigo del propietario de esta embarcación. Exijo una respuesta.

– Señor Roland Shatz, yo me llamo Hulot y es probable que mi nombre pese mucho menos que el suyo, pero soy comisario de la policía. Eso significa que, en este barco, el que hace las preguntas y exige respuestas, hasta nueva orden, soy yo.

Hulot vio con claridad la cólera en los ojos de su interlocutor. Shatz se le acercó un poco más y su voz se volvió baja y sibilante.

– Señor comisario… -dijo a pocos centímetros de su cara. Había un desprecio infinito en sus palabras-. Esta embarcación pertenece a Jochen Welder, dos veces campeón del mundo de Fórmula Uno, de quien soy el manager y amigo personal. También soy amigo personal de su alteza el príncipe Alberto, por lo que usted me dirá de inmediato qué ha sucedido en este barco y a sus ocupantes.

Hulot dejó que estas palabras quedaran flotando un instante entre ellos. Después su mano saltó con la velocidad del rayo, agarró a Shatz por el nudo de la corbata y la retorció hasta cortarle la respiración. La cara del otro se puso violácea.

– Ah, ¿así que quiere usted saber? Pues bien, ¡entonces venga a ver qué ha pasado, cabrón!

Estaba furioso. Sacudió con violencia al manager y le obligó a seguirle hasta la cabina.

– ¡Venga, amigo personal del príncipe Alberto! ¡Venga a ver con sus propios ojos qué ha pasado en este barco!

Se detuvo ante la puerta de la cabina y por fin le soltó. Le señaló con la mano los dos cuerpos tendidos en la cama.

– ¡Mire!

Roland Shatz recobró la respiración, para volver a perderla al instante. Cuando tomó conciencia de la escena que tenía ante sí, su rostro adquirió una palidez mortal. El blanco de sus ojos brilló como un breve relámpago en la penumbra, y luego cayó al suelo, desmayado.

7

Mientras bajaba hacia el puerto a pie, Frank vio el grupo de curiosos que observaba los coches de policía y los hombres de uniforme atareados en las embarcaciones atracadas en el muelle. Oyó a su espalda el sonido de una sirena que iba aumentando de volumen. Aminoró un poco el paso. Tamaño despliegue de fuerzas debía de significar algo más grave que lo que él alcanzaba a ver, un simple choque entre dos yates.

Además, estaban los periodistas. Frank tenía la suficiente experiencia para reconocerlos a primera vista. Merodeaban olfateando y buscando noticias con un frenesí que solo algo importante podía provocar. La sirena, que al principio sonaba lejana como un presentimiento, se convirtió en una realidad ensordecedora.

Dos coches de policía surgieron de golpe de la Rascasse, bordearon el muelle y frenaron delante de las vallas, que un agente se apresuró a retirar para dejarlos pasar. Los vehículos se detuvieron detrás de una ambulancia que estaba aparcada cerca del muelle, con las puertas posteriores abiertas.

A Frank le parecieron las fauces abiertas de una bestia dispuesta a engullir a su presa.

De los automóviles salieron varios hombres, algunos de uniforme, dos o tres de paisano. Se dirigieron a la popa de un gran yate anclado un poco más allá. De pie ante la pasarela, Frank vio al comisario Hulot. Los recién llegados se detuvieron un momento a hablar con él, y luego subieron juntos al puente del barco encajado entre los otros dos.

Frank rodeó con lentitud la muchedumbre y fue a apoyarse en el muro del lado derecho del bar. Desde allí podía observar con comodidad toda la escena.

De la cabina del dos mástiles subieron unos hombres, que transportaban a duras penas, sobre el puente inclinado, dos grandes bolsas de plástico herméticamente cerradas. Frank reconoció de inmediato los contenedores para cadáveres.

Siguió con los ojos el transporte de los cuerpos hasta la ambulancia, con una extraña indiferencia. Antes, las escenas de crímenes eran su habitat natural. Ahora contemplaba el espectáculo como algo que no le concernía, sin ese sentimiento de desafío que experimenta todo policía en presencia de un crimen, sin el estremecimiento de horror que provoca la muerte violenta en la gente común.

Mientras las puertas de la ambulancia se cerraban sobre su carga, el comisario Hulot y sus acompañantes bajaron en fila india la pasarela del Baglietto.

Hulot se encaminó enseguida hacia la pequeña multitud de periodistas que a duras penas conseguían retener dos agentes. Había reporteros de la prensa gráfica, cronistas de emisoras de radio, representantes de la televisión. El comisario llegó a ellos como un huracán sobre un cañaveral. Desde lejos, Frank imaginó el entrecruzamiento de preguntas, los micrófonos tendidos con movimientos espasmódicos hacia la boca del policía, con la esperanza de arrancarle alguna información, aunque solo fueran fragmentos a los que pudieran agregarse palabras que avivaran el interés del público. Cuando los periodistas no podían ofrecer la verdad, se contentaban con despertar la curiosidad.

Mientras hacía frente a la prensa, Hulot giró la cabeza hacia su lado y Frank se dio cuenta de que le había visto. El comisario abandonó a los periodistas con la expresión del policía que repite incansablemente «sin comentarios». Se marchó perseguido por un revuelo de preguntas que no podía o no quería responder. Se detuvo cerca de una valla e hizo señas a Frank para que se aproximara. De mala gana, el estadounidense se apartó de la pared, se abrió paso entre la gente, llegó ante Hulot y se detuvo del otro lado de la barrera de hierro.

Los dos se miraron. Sin duda no hacía mucho que el comisario había levantado, pero ya se le veía cansado, como si hiciera más de cuarenta y ocho horas que no dormía.

– Hola, Frank. Ven conmigo un momento.

Hizo una seña al agente apostado cerca de ellos, que apartó la barrera para permitirles pasar, y se sentaron a una mesa de la terraza del Restaurant du Port, bajo una sombrilla. Hulot dejó vagar su mirada por el lugar, como si aún no lograra entender qué pasaba. Frank se quitó las Ray-Ban y esperó.

– ¿Y bien?

– Dos muertos, Frank. Salvajemente asesinados -dijo sin mirarle.

Una pausa. Después volvió la cara hacia él.

– Y no se trata de dos muertos cualesquiera. Jochen Welder, el piloto de Fórmula Uno. Y Arijane Parker, su amiga del momento, una campeona de ajedrez bastante famosa.

Frank no dijo nada. Presentía que Hulot no había terminado.

– Ya no tienen cara. El asesino los ha desollado como a animales. Es un espectáculo horrible. Jamás en mi vida había visto tanta sangre.

Mientras tanto, la partida quejumbrosa de la ambulancia y del furgón de la policía científica hicieron comprender a los curiosos que ya no había nada más que ver, y fueron alejándose poco a poco, vencidos por el calor y llamados por otras ocupaciones. También los periodistas, que ya habían recogido todo lo que era posible obtener, iban dispersándose.

Hulot hizo una nueva pausa. Miró a Frank a los ojos, y en silencio dijo muchas cosas.

– ¿Quieres echar una ojeada?

Frank quería decir no. Dentro de él, todo decía no. Nunca más quería ver huellas de sangre o muebles volcados, ni tocar la garganta de un hombre tendido en el suelo para comprobar que estaba muerto. Él ya no era policía, ni siquiera era ya un hombre. No era nada.

– No, Nicolás. No quiero.

– No te lo pido por ti. Te lo pido por mí.

Frank Ottobre miró a Nicolás Hulot como si le viera por primera vez, aunque le conocía desde hacía años. En el pasado habían colaborado en una investigación conjunta entre el Bureau y la Süreté Publique, una historia de blanqueo internacional de dinero ligado al tráfico de drogas y al terrorismo. La policía monegasca, por su naturaleza y su eficiencia, mantenía vínculos constantes con las policías de todo el mundo, incluido el FBI. Frank, que hablaba muy bien tanto el francés como el italiano, había sido el encargado de seguir la investigación en el lugar. Se había sentido bien con Hulot, y enseguida se habían hecho amigos. Después de eso habían permanecido en contacto y, un verano, Frank y Harriet habían pasado unas vacaciones en Europa, en casa de Hulot y su esposa. A su vez, los Hulot estaban planeando un viaje a Estados Unidos cuando sucedió «lo de Harriet»…

Frank pensó que todavía no lograba dar nombre a los hechos, como si bastara con no mencionar la noche para que la oscuridad no llegara. En su cabeza, lo que había ocurrido era todavía «lo de Harriet».

Cuando se enteró, Hulot le llamó casi todos los días, durante meses. Hasta que al fin le convenció para que abandonara su reclusión y fuera a pasar algún tiempo en la Costa Azul, en su casa. Con la discreción de los verdaderos amigos, le procuró el piso que ahora ocupaba en Montecarlo, propiedad de André Ferrand, un hombre de negocios que pasaría algunos meses en Japón.

Ahora Hulot lo miraba como un marinero en dificultades mira a un salvavidas. Frank se preguntó quién de los dos era el marinero, y quién el socorrista. Eran dos hombres solos contra la fantasía cruel de la muerte.

Volvió a ponerse las gafas y se levantó con brusquedad, antes de que le dominara el impulso de volverle la espalda y huir.

– Vamos.

Como un autómata siguió al amigo hasta el Forever; notaba que el corazón le latía cada vez más fuerte. El comisario le indicó los peldaños que llevaban al interior del dos mástiles y le dejó pasar primero. Vio que el amigo se había fijado en el detalle del timón bloqueado pero no había dicho nada. Cuando llegaron al interior Frank miró a su alrededor, moviendo los ojos tras las gafas oscuras.

– Un barco de lujo, al parecer. Todo informatizado. Preparado para un navegante solitario.

– Ya. Por cierto que al propietario no le faltaba dinero. Pensar que se lo ganó arriesgando el pellejo durante años en un coche de carreras, para después terminar así…

Frank vio las pisadas del asesino, y también las que había dejado la brigada científica en su afán de encontrar otras huellas, más engañosas y menos evidentes. Había rastros de los que habían tomado huellas digitales, hecho mediciones y registros minuciosos. Aunque habían abierto todos los ojos de buey, todavía flotaba en el aire el olor a muerte.

– Los dos cuerpos fueron encontrados allí, en la habitación, acostados el uno junto al otro. Las huellas de pisadas corresponden a suelas de caucho. De un traje de submarinismo, tal vez. No hay huellas digitales. El asesino llevaba guantes y no se los quitó en ningún momento.

Frank recorrió el pasillo, hasta la cabina, y se detuvo en el umbral. Fuera todo estaba en calma, pero dentro era un infierno. A menudo había visto escenas como aquella. Había visto sangre salpicada hasta el techo, había visto auténticas matanzas. Pero en aquellas ocasiones se trataba de hombres que peleaban contra otros hombres, de forma despiadada, por motivos humanos: poder, dinero, mujeres o cosas semejantes. Eran criminales que luchaban contra otros criminales. En todo caso, hombres contra hombres.

Lo que observaba allí, en cambio, era la batalla de un individuo con sus demonios más íntimos, esos que devoran la mente como la herrumbre devora el hierro. Nadie mejor que Frank para comprenderlo.

Notó que le costaba respirar y volvió sobre sus pasos. Hulot esperó a que se acercara y reanudó su relato.

– En el puerto de Fontvieille, donde estaban anclados, nos han dicho que Jochen Welder y Arijane Parker salieron al mar ayer por la mañana. Como no regresaron, suponemos que decidieron echar anclas en algún lugar de la costa. No demasiado lejos, probablemente, ya que no tenían mucho combustible. El desarrollo del crimen no está del todo claro, pero tenemos una hipótesis bastante verosímil. Hemos encontrado un albornoz en el puente. Quizá la joven salió a tomar el aire, tal vez se dio un baño en el mar. El asesino debió de llegar desde tierra, a nado. De cualquier modo, la sorprendió, la arrastró bajo el agua y la ahogó. El cuerpo de la mujer no presenta heridas. Después, el asesino atacó a Welder en el puente y le apuñaló. Arrastró los dos cadáveres hasta la habitación y allí, con toda calma, realizó este… este trabajo, ¡santo Dios! Para terminar, llevó la embarcación hacia el puerto, bloqueó el timón de modo que apuntara al muelle, y se fue como había llegado.

Frank guardó silencio. A pesar de la penumbra, no se había quitado las gafas. Con la cabeza inclinada, parecía observar la línea de sangre que pasaba entre ellos.

– ¿Qué piensas?

– Si las cosas han ocurrido como tú dices, el tipo debió de actuar con mucha sangre fría.

Quería irse de allí, quería volver a su casa, quería no haber visto lo que había visto, quería no decir lo que estaba diciendo. Quería volver al muelle y proseguir con tranquilidad, bajo el sol, su paseo hacia la nada. Quería respirar sin darse cuenta de que lo hacía. Sin embargo, siguió hablando.

– Si llegó a nado hasta el barco, significa que no lo hizo en un ataque de locura sino que fue algo premeditado y preparado con cuidado. Sabía dónde estaban sus dos víctimas, y es muy probable que no las eligiera al azar, que fueran exactamente ellos a quienes quería matar.

El otro asintió como si acabara de oír algo que también él había pensado.

– Eso no es todo, Frank. Ha dejado esta especie de comentario sobre lo que ha hecho.

Hulot se apartó con un movimiento casi teatral, para revelar lo que había a su espalda. Ante los ojos de Frank apareció la mesa de madera y la inscripción delirante que parecía trazada por la mano de Satanás.

«Yo mato…»

Frank se quitó las gafas, como si la penumbra le impidiera comprender el significado de aquellas palabras.

– Si todo ha ocurrido según tu hipótesis, esta inscripción no es solo un comentario de lo que hizo, Nicolás. Significa que lo hará otra vez.

Tercer carnaval

El hombre cierra tras de sí la pesada puerta hermética.

La hoja vuelve a su lugar en silencio; encaja con precisión en la jamba de metal y se confunde con la pared. El volante de cierre, parecido al de un submarino, gira con facilidad entre sus manos. El hombre es fuerte, pero se nota que el mecanismo se engrasa con frecuencia para asegurar un perfecto funcionamiento. El hombre actúa meticulosamente. En el lugar en que se encuentra reinan el orden y la limpieza.

Está solo, encerrado en su refugio secreto, que excluye a los demás seres humanos, la luz del día y la fluidez del pensamiento. En su mente se agolpan y encuentran su exacto lugar la actitud furtiva del animal que vuelve a su guarida y la lúcida concentración del predador que ha identificado a su víctima, el rojo sangre del crepúsculo, voces que gritan y voces que susurran, paz y guerra.

La habitación es rectangular y bastante amplia. La pared de la izquierda está ocupada por entero por una estantería llena de aparatos electrónicos. Hay un equipo completo de grabación, compuesto por dos unidades Alesis de ocho pistas conectadas a un ordenador Macintosh. La instalación está formada por diversas máquinas para la manipulación del sonido, montadas en cascada a la derecha de la pared: compresores, filtros Focus Rite y Pro Tools, algunos racks de efectos musicales Roland y Korg. Y un escáner, con el que se pueden captar comunicaciones de radio de todas las frecuencias, incluida la de la policía.

Al hombre le gusta escuchar esas voces. Se mueven de una parte a otra del espacio; pertenecen a personas sin rostro y sin cuerpo; son la fantasía y la libertad de imaginar, son su voz en la cinta y su voz en la cabeza…

El hombre levanta la caja de cierre hermético que había dejado en el suelo para cerrar la puerta. A la derecha, contra la pared de metal, hay un tablón de madera sobre dos caballetes. Deposita allí la caja y se sienta en una silla, cuyas ruedas le permiten llegar con un simple movimiento a la pared opuesta, donde se hallan los mandos del equipo de grabación. Enciende frente a él una lámpara que, sumada al neón del techo, arroja una luz potente sobre la mesa donde se dispone a trabajar.

El hombre nota que la emoción acelera poco a poco los latidos de su corazón mientras acciona uno a uno los cierres de la maleta.

La noche no ha transcurrido en vano. El hombre sonríe. Fuera, en un día como cualquier otro, hay hombres que lo están buscando.

Perros de trapo con ojos de vidrio, inmóviles en el escaparate centelleante de su mundo canino. Otras voces en el aire, que se persiguen en vano, como vano es el sentido de su carrera.

Aquí, en la tranquilizadora penumbra, el hogar vuelve a ser el hogar; la justicia recupera su esencia; el paso, su eco. Aquí el espejo que no se ha hecho añicos refleja la piedra que cae al suelo, arrojada inútilmente. Sonríe y sus ojos brillan como estrellas que anuncian la realización de una antigua profecía. En el silencio absoluto, solo su mente percibe la música solemne que flota en el aire mientras él levanta lentamente la tapa de la maleta.

En el espacio limitado de su lugar secreto se esparce el olor de la sangre y del mar. El hombre siente que la angustia le aprieta el estómago. De pronto, el latido triunfal de su corazón se convierte en el tañido de una campana de muerte.

Se levanta con brusquedad, hunde las manos en la maleta y, con gestos delicados de coleccionista, extrae lo que queda de la cara de Jochen Welder, que gotea sangre y agua de mar. El cierre hermético no ha resistido y se ha filtrado agua salada. Inspecciona con cuidado los daños que ha causado la sal. En todos los puntos donde la ha tocado el agua marina, la piel está cocida y manchada de blanco. Los cabellos están resecos y enmarañados.

El hombre deja caer su trofeo en la maleta como si de repente le diera asco. Se desploma en la silla y se coge la cabeza con las manos sucias de sangre y sal. Indiferente, se pasa los dedos por el pelo y la frente y se inclina bajo el peso de la derrota.

Todo en vano. El hombre siente que la rabia llega desde lejos; es como el rumor de una carrera entre la hierba alta, el aliento ansioso, el trueno que retumba sobre los tejados entre murmullos de miedo.

Su ira estalla. Se levanta de golpe, coge la maleta, la levanta sobre su cabeza y la arroja contra la pared de metal, que resuena como un diapasón afinado con los repiques de muerte que el hombre lleva dentro. La maleta rebota y cae en el centro de la habitación. Gira sobre sí misma y queda de costado; la tapa está casi suelta por la violencia del choque contra la pared. Los pobres restos de Jochen Welder y de Arijane Parker se esparcen por el suelo. El hombre los mira con desprecio, como se mira un cubo de basura volcado en un callejón.

El acceso de ira dura poco. Pronto la respiración vuelve a la normalidad, el corazón se calma, las manos caen a los costados, rozando la tela de los pantalones. Los ojos vuelven a ser los del sacerdote que escucha en el silencio voces proféticas que solo él puede oír.

Habrá otra noche. Y muchas otras noches más. Y mil rostros de hombres cuya sonrisa apagará como una vela dentro de una estúpida calabaza vacía.

Se sienta de nuevo y empuja la silla hacia la pared cubierta de aparatos electrónicos. Busca en la estantería que rodea toda la habitación, atestada de discos de vinilo y CD. Saca uno y lo introduce en el equipo, casi con frenesí. Pulsa la tecla de inicio y una música de cuerdas se difunde por el lugar.

Es un sonido melancólico, que evoca el viento frío del otoño cuando sopla a ras de tierra y obliga a las hojas que descansan en el suelo a bailar una mórbida danza.

El hombre se relaja contra el respaldo de la silla. Sonríe otra vez. Su desaliento ya está olvidado, disuelto en la dulzura de la música.

Habrá otra noche. Y muchas otras noches todavía. Insinuante como la melodía que flota en espiral por la habitación, con la música llega la voz.

«¿Eres tú, Vibo?»

8

– Merde!

Nicolás Hulot arrojó el periódico que tenía en las manos sobre la pila que ya llenaba el escritorio. Todos, franceses e italianos, publicaban la noticia del doble homicidio. A pesar de los esfuerzos por mantener en secreto ciertas informaciones, se había filtrado todo. Las características de los crímenes bastaban de por sí para despertar la voracidad de los reporteros, como si fueran pirañas devorando una res. Pero, además, las víctimas eran dos personas famosas, por lo que los titulares derrochaban creatividad. Un campeón del mundo de Fórmula Uno y su amiga, una ajedrecista de renombre mundial.

Era una mina de oro que cualquier periodista excavaría con sus propias manos.

Un reportero especialmente hábil había logrado reconstruir paso a paso los acontecimientos, tal vez gracias al testimonio, probablemente bien remunerado, del joven tripulante que había descubierto los cuerpos. En cuanto al detalle de la inscripción sobre la mesa, la fantasía de los cronistas se había echado a volar con particular empeño.

Cada uno daba su interpretación personal pero dejaba abierta las puertas a la imaginación de los lectores.

«Yo mato…»

El comisario cerró los ojos, pero la imagen que aparecía en su mente no cambió. No lograba sacarse de la cabeza las dos palabras trazadas en la madera con la sangre de las víctimas. Esas cosas no sucedían en la realidad. Eran solo invenciones de los escritores para vender libros. Eran tramas de películas que algún guionista de éxito escribía cómodamente en su casa en una playa de Malibú mientras tomaba una copa. Eran hechos que investigaban policías estadounidenses con la cara de Bruce Willis o John Travolta, de físico atlético y pistola fácil, no un comisario monegasco ya más cercano a la jubilación que a la gloria.

Se levantó y fue hacia la ventana, con el andar de un hombre abrumado por el cansancio de un largo viaje.

Lo habían llamado de todos los niveles jerárquicos del principado, uno tras otro. A todos había dado las mismas respuestas, ya que todos le planteaban las mismas preguntas. Miró el reloj. De inmediato habría una reunión para coordinar las investigaciones policiales. Además de Luc Roncaille, el director de la Süreté, estaría Alain Durand, el procurador general de Monaco, que había decidido hacerse cargo de la investigación, en su calidad de juez de instrucción. También, al parecer, asistiría el asesor del Interior. Solo faltaba el príncipe, que, según el ordenamiento interno, era el jefe constitucional de las fuerzas policiales, pero todavía no se había dicho nada…

Se enfrentaría a todos ellos con lo único que tenía por el momento: poca información y mucha diplomacia.

Oyó que llamaban a la puerta y se dio la vuelta.

– Adelante.

La puerta se abrió y entró Frank, con la expresión de alguien que querría estar en otra parte.

Hulot se sorprendió de verle entrar, pero sintió un instintivo alivio. Sabía que esa visita era un gesto de gratitud, y también de solidaridad en medio de todas aquellas dificultades. Sin duda, Frank Ottobre, el Frank de antaño, habría sido el hombre ideal para llevar aquella investigación, pero Hulot sabía que su amigo no quería volver a ser policía, nunca más.

– Hola, Frank.

– Hola, Nicolás, ¿cómo estás?

Hulot tuvo la impresión de que Frank había hecho esa pregunta para evitar que se la hicieran a él.

– ¿Que cómo estoy? Pues ya puedes imaginártelo. Me ha caído en la cabeza un meteorito, cuando no estaba preparado ni para soportar una piedra. Estoy en una situación muy delicada. Los tengo a todos encima, como perros que han confundido mi trasero con un zorro.

Frank, sin responder nada, se sentó en el sillón que había frente al escritorio.

– Estamos esperando los resultados de la autopsia y los informes de la brigada científica, aunque al parecer serán poco o nada significativos. Los expertos han registrado el barco centímetro a centímetro, y no ha aparecido nada. Hemos hecho el análisis caligráfico de la inscripción de la mesa, pero tampoco tenemos resultados de momento. Estamos todos rezando para que no sea realmente lo que parece…

Observaba el rostro de su amigo por si veía el menor signo de interés. Sabía que la historia de Frank era un peso muy difícil de cargar. Desde la muerte de su esposa, en circunstancias muy traumáticas, parecía dominado por un deseo sistemático de autodestrucción, como si se sintiera culpable de todos los males del mundo.

Hulot había visto personas que habían caído en el alcohol, o en cosas peores, y gente que se había quitado la vida en un intento desesperado de poner fin a sus remordimientos. Frank, en cambio, se mantenía lúcido, íntegro, como si no se permitiera olvidar, como si quisiera cumplir cada día una condena sin atenuantes. La sentencia se había pronunciado, y él era, al mismo tiempo, el juez y el condenado.

Hulot se sentó y apoyó los codos sobre el escritorio. Frank guardaba silencio, inexpresivo, con las piernas cruzadas sobre el sillón. El comisario continuó como si ello le produjera un enorme cansancio.

– No tenemos nada. Nada de nada. Es probable que nuestro hombre llevara un traje de submarinismo, con aletas, guantes y capucha, y no se lo haya quitado en ningún momento. Por lo tanto, no ha dejado ninguna huella digital ni orgánica, es decir, ni vello, ni cabellos. Las marcas de pies y manos son tan normales que podrían pertenecer a millones de personas.

Hulot hizo una pausa. Los ojos de Frank parecían dos pedazos de carbón, oscuros como la mina de la que debían de haberse extraído.

– Hemos iniciado las investigaciones sobre las víctimas. Pero ya te imaginas la cantidad de gente que deben de haber conocido dos personas como ellas; con la vida que llevaban, siempre de aquí para allá…

De golpe la actitud del comisario cambió; se le había ocurrido.

Una idea.

– ¿Por qué no me ayudas, Frank? Podría llamar a tu jefe y pedirle que mueva los hilos que haga falta para que te incorpores a la investigación; eres una persona preparada e informada sobre los hechos. Ya ha sucedido antes, en realidad. Además, una de las víctimas era ciudadana estadounidense… Tienes exactamente la experiencia que se necesita en un caso como este. Hablas italiano y francés a la perfección, conoces los métodos de investigación y la mentalidad de las policías europeas. Conoces a la gente de esta región. Eres el hombre indicado en el lugar indicado.

La voz resbaló sobre el rostro de Frank como el viento que lleva un temporal, pero las nubes de sus ojos pertenecían a otra tempestad.

– No, Nicolás. Tú y yo ya no tenemos los mismos recuerdos. Yo ya no soy lo que era. Ni lo seré nunca más.

El comisario se levantó del sillón, rodeó el escritorio y se apoyó en él, de pie frente a Frank. Se inclinó ligeramente hacia él, como si quisiera dar más fuerza a sus palabras.

– ¿Nunca se te ha ocurrido pensar que lo que le pasó a Harriet no fue culpa tuya? ¿O, al menos, no del todo?

Frank volvió los ojos hacia la ventana. Apretó la mandíbula como si quisiera retener con los dientes una respuesta que ya había dado demasiadas veces. Su silencio aumentó la exasperación de Hulot, que levantó el tono de voz.

– ¡Por Dios, Frank! Has visto con tus propios ojos lo que ha sucedido. En algún lugar ahí fuera hay un asesino que ya ha asesinado a dos personas y podría volver a hacerlo. No sé qué tienes exactamente en la cabeza, pero ¿no crees que ayudar a encerrar a ese maníaco podría servirte para que te sintieras mejor? ¿No piensas que ayudar a los otros podría ser un modo de ayudarte también a ti mismo? ¿Darte la energía de volver a tu casa?

Frank devolvió la mirada a su amigo. Los suyos eran los ojos de un hombre que podía ir a cualquier lugar y sentir que no pertenecía a ninguno.

– No.

Ese monosílabo, pronunciado con voz tranquila, permaneció entre ambos como un muro. Por un instante quedaron inmóviles, como el fotograma de una película cuyo final desconocían.

Llamaron a la puerta y, sin esperar respuesta, entró Claude Morelli.

– Comisario…

– ¿Qué hay, Morelli?

– Ha venido un tío de Radio Montecarlo…

– Dile que de momento no recibo periodistas. Habrá una conferencia de prensa más adelante, cuando lo decida el director.

– No, comisario. Este no es periodista; lleva un programa musical nocturno. Ha venido con el director de la radio. Dicen que han leído los periódicos y que es posible que tengan alguna información sobre el asunto del puerto.

Hulot no supo cómo reaccionar. Cualquier pista sería un regalo del cielo. Pero temía que comenzara un desfile de mitómanos convencidos de saberlo todo sobre el doble homicidio, o dispuestos a confesar que eran ellos los asesinos. Aun así, no podía descartarse ninguna ayuda.

Ninguna.

Volvió a su lugar detrás del escritorio.

– Hazlos entrar -dijo.

Morelli salió. Como si fuera una señal convenida, Frank se levantó y se dirigió hacia la puerta. Antes de que la alcanzara, esta se abrió y volvió a entrar Morelli, acompañado por dos hombres. Uno era joven, de unos treinta años, de pelo largo y negro; el otro, de unos cuarenta y cinco años. Frank los miró sin prestarles mucha atención y se apartó para permitirles entrar. Aprovechó la ocasión para pasar por la puerta todavía abierta.

La voz de Nicolás Hulot le atajó:

– Frank, ¿estás seguro de que no quieres quedarte?

Sin decir una palabra, Frank Ottobre salió y cerró la puerta a sus espaldas.

9

Al salir de la jefatura de policía, Frank dobló a la izquierda en la calle Sufrren Raymond y, tras recorrer unos metros, salió al bulevar Albert Premier, el paseo que bordea el puerto. Una grúa se movía indolente contra un fondo de cielo azul. La cuadrilla de operarios todavía estaba trabajando para desmontar las estructuras de los boxes y cargarlas en camiones.

Todo se desarrollaba según las reglas.

Cruzó el bulevar y se detuvo en la Promenade del puerto a mirar las embarcaciones ancladas. En el muelle no quedaba rastro de lo sucedido el día anterior.

Habían remolcado el Forever; con toda seguridad se hallaba en alguna parte donde la policía pudiera analizarlo y proseguir las investigaciones. El Baglietto y el otro barco embestido continuaban allí, flotando sin memoria, golpeando suavemente sus defensas cuando el movimiento de las olas los acercaba. Las vallas habían sido retiradas. No había nada que ver.

El bar del puerto había vuelto a su actividad normal. Sin duda lo ocurrido había aumentado incluso la afluencia de clientes, de curiosos ávidos de ver el lugar donde había ocurrido el doble asesinato. Quizá el joven tripulante que había descubierto los cadáveres estaba ahora allí, disfrutando de su momento de popularidad y contando lo que había visto. O tal vez, mudo ante un vaso, trataba de olvidarlo.

Frank se sentó en el muelle de piedra.

Un niño pasó a toda velocidad en unos rollers, seguido por una niña más pequeña que apenas patinaba y que con voz quejumbrosa le pedía que la esperara. Más allá, un hombre aguardó con paciencía que su labrador negro terminara de hacer sus necesidades; después sacó del bolsillo una bolsa de plástico y una palita y recogió el producto de la incivilidad canina para ir a echarlo con diligencia a un cubo de basura.

Gente normal. Personas que vivían como tantas otras, como todas, quizá con más dinero, quizá con más felicidad o con la ilusión de poder procurársela más fácilmente. Tal vez todo era mera apariencia. Por muy dorada que fuera, una jaula era siempre una jaula, y cada uno era artífice de su propio destino. Cada uno construía o destruía su propia vida según las reglas que se había fijado. O que se negaba a fijarse. Nadie se salvaba.

Un barco salía del puerto; desde la proa, una mujer rubia, con un traje azul, agitó la mano para saludar a alguien en la orilla. De lejos se parecía a Harriet.

Frank sintió que una oleada de calor febril le subía del estómago hasta la cara. En un instante, otro mar se superpuso al mar, otro reflejo al reflejo, el recuerdo a la mirada.

Cuando al fin salió del hospital, él y Harriet alquilaron un chalet en la costa de Georgia, en un lugar aislado. Era una casa de madera, con techo de tejas rojas, construida entre las dunas a un centenar de metros del mar. En la parte delantera había una galería con grandes ventanas correderas, que en verano podían abrirse para convertirla en un patio.

De noche oían el viento que soplaba entre la escasa vegetación y el rumor de las olas del océano que rompían en la orilla. En la cama, Frank sentía a su mujer apretarse contra él antes de dormirse, como si tuviera una intensa necesidad de reafirmar su presencia, como si no lograra convencerse de que él realmente estaba allí con ella, vivo.

Pasaban el día en la playa, tomando el sol y nadando. Aquella parte de la costa estaba casi desierta. Los que buscaban el mar y la agitación de los balnearios concurridos iban a otros lugares, a los sitios de moda, donde podían ver a culturistas entrenándose o a muchachas jóvenes de pechos y nalgas operados que pasaban contoneándose, como si estuvieran haciendo una prueba para Los vigilantes de la playa.

Allí, tendido en su toalla, Frank podía exponerse al sol sin avergonzarse de su cuerpo flaco, de las muchas cicatrices rojizas y de la marca dolorida de la operación de tórax que había permitido quitarle la esquirla que por poco le había costado la vida.

De vez en cuando Harriet, tendida a su lado, recorría con los dedos la piel sensible de las cicatrices, y los ojos se le llenaban de lágrimas. Nunca hablaban de lo ocurrido. A veces se hacía el silencio entre ellos, cuando los dos pensaban en lo mismo -aunque de distinta forma-, cuando recordaban el sufrimiento de los meses anteriores y el precio que habían pagado.

Entonces no tenían valor para mirarse a los ojos. Cada uno giraba la cabeza hacia su pedazo de mar hasta que uno de los dos, siempre en silencio, encontraba la fuerza de volverse y abrazar al otro.

De cuando en cuando bajaban a aprovisionarse a Honesty, una aldea de pescadores, el centro habitado más cercano. Parecía más un pueblo de Escocia que de Estados Unidos; era tranquilo, sin ningún ansia de turismo, con casas de ladrillo y madera muy similares entre sí, que bordeaban la calle que seguía la línea de la playa y el malecón de cemento que contenía las olas durante los temporales invernales.

Almorzaban en un restaurante con grandes ventanas, cerca del embarcadero, con un suelo de madera que hacía resonar los pasos de los camareros. Bebían vino blanco tan frío que empañaba las copas y comían bogavante recién pescado; se ensuciaban los dedos y se salpicaban al utilizar las pinzas. Solían reír como chiquillos. Harriet trataba de no pensar en nada, y lo mismo hacía Frank.

No habían vuelto a hablar de ello, hasta el día de la llamada.

Estaban en casa, y Frank estaba cortando las verduras para la ensalada. Del horno salía un delicioso aroma a pescado y a patatas asadas. Fuera, el viento levantaba la arena de las dunas y el mar estaba salpicado de espuma blanca. Las velas solitarias de dos tablas de windsurf cortaban veloces las olas, y había un gran todoterreno aparcado en la playa. Harriet, que estaba en la galería, no había oído sonar el teléfono por culpa del viento. Frank se asomó por la puerta de la cocina con un gran pimiento rojo en la mano.

– Harriet. Teléfono. Responde tú, por favor, que yo tengo las manos ocupadas.

Su mujer fue hasta el viejo aparato colgado en la pared, que continuaba sonando con un ruido antiguo, y descolgó. Frank se quedó mirándola.

– ¿Diga?

Apenas le respondieron su expresión cambió, como cuando se recibe una mala noticia. Su sonrisa se desvaneció y guardó silencio por un instante. Después dejó el auricular junto al aparato y miró a Frank con una intensidad que atormentaría sus noches durante mucho tiempo.

– Es para ti. Homer.

Volvió la espalda y regresó a la galería, sin añadir nada. Frank fue hasta el aparato y cogió el auricular, todavía tibio por la mano de su mujer.

– ¿Sí?

– Frank, soy Homer Woods. ¿Cómo estás?

– Bien.

– ¿Bien de verdad?

– Sí.

Si Homer se percató de que le hablaba de modo telegráfico, no lo dio a entender. Continuó como si la última conversación entre ambos hubiera tenido lugar hacía solo diez minutos.

– Los hemos cogido.

– ¿A quiénes?

– A los Larkin. Esta vez los hemos sorprendido con las manos en la masa. Sin explosivos de por medio. Hubo un tiroteo y pillamos a Jeff Larkin. Encontramos una montaña de droga y otra de dólares, todavía más grande. Y papeles. Se han abierto nuevas perspectivas que prometen mucho. Con un poco de suerte, tenemos bastante material para encerrarlos durante mucho tiempo.

– Bien.

Ya antes había respondido con el mismo monosílabo, con el mismo tono, pero su jefe no lo notó.

Se imaginaba a Homer Woods en su despacho de madera oscura, sentado al escritorio con el teléfono en la mano, los ojos azules detrás de las gafas de montura de oro, inmutable como su terno gris y la camisa Oxford azul.

– Frank, hemos llegado a los Larkin gracias sobre todo a tu trabajo y al de Cooper. Aquí todos lo saben, y yo tenía que decírtelo. ¿Cuándo piensas volver?

– Francamente, no lo sé. Pronto, creo.

– Vale. No es mi intención presionarte. Pero recuerda lo que te he dicho.

– De acuerdo, Homer. Te lo agradezco.

Colgó y buscó a Harriet. Estaba otra vez sentada en la galería, mirando a dos jóvenes que habían desmontado sus tablas de windsurf y las cargaban en el techo del todoterreno.

Se sentó en silencio junto a ella. Se quedaron unos momentos mirando la playa, hasta que el coche de los muchachos se alejó, como si aquella presencia extraña, aunque lejana, fuera en sí misma un impedimento para toda conversación.

Fue Harriet la que rompió el silencio.

– Te ha preguntado cuándo piensas volver, ¿no es cierto?

– Sí.

Nunca se habían mentido, y Frank no pensaba empezar aquel día.

– ¿Y tú quieres?

Frank se volvió hacia ella, pero Harriet evitó encontrar su mirada. También él miró de nuevo el mar y las olas blancas de espuma que se perseguían bajo el viento.

– Harriet, soy policía. No he elegido esta vida por necesidad, sino porque me gustaba. Siempre he deseado hacer lo que hago, y no sé si me adaptaría a otra cosa. Ni siquiera sé si sería capaz. Hay un proverbio italiano que siempre me repetía mi abuela: «El que nace cuadrado no muere redondo».

Se levantó y apoyó una mano en la espalda de su mujer, que se había puesto ligeramente tensa.

– No sé cuál de las dos formas es la mía, Harriet, pero sé que no la quiero cambiar.

Entró en la casa; cuando se volvió a mirarla, Harriet ya no estaba Vio sus huellas en la arena, delante de la casa, que se dirigían hacia las dunas. Desde lejos, la vio caminar a lo largo de la orilla, una minúscula figura con el pelo agitado por el viento. La siguió con la mirada hasta que otras dunas la ocultaron de la vista. Frank pensó que querría estar sola y que en el fondo era justo que así fuera. Entró en la casa y se sentó a la mesa, ante una comida que ya no tenía ganas de comer.

De pronto se dio cuenta de que ya no estaba tan seguro de lo que acababa de decirle. Tal vez hubiera otra vida posible para ambos. Tal vez fuera cierto que el que nacía cuadrado no podía volverse redondo, pero uno podía suavizar las aristas, redondearlas, de modo que nadie se lastimara.

Sobre todo las personas que uno amaba.

Se concedió una noche para reflexionar. A la mañana siguiente volvería a hablar con ella. Seguro que juntos encontrarían una solución.

Pero para ellos no hubo una mañana siguiente.

Frank esperó el regreso de Harriet hasta avanzada la tarde. Entonces, mientras el sol se ponía y alargaba la sombra de las dunas como dedos oscuros sobre la playa, vio dos siluetas que se acercaban lentamente por la orilla. Entornó los ojos para protegerlos del reflejo del sol del crepúsculo. Las figuras todavía estaban demasiado lejos para poder distinguirlas. A través de la ventana abierta Frank veía las huellas de las personas que se aproximaban; quedaban marcadas detrás de ellos a cada paso, dejando un rastro que partía de las dunas. Su ropa aleteaba al viento, sus contornos eran temblorosos, como el vapor que se eleva del asfalto. Cuando se hallaban lo bastante cerca como para verlas mejor, Frank se dio cuenta de que uno de ellos era el sheriff de Honesty.

Sintió que la inquietud crecía en su interior como un siniestro presagio. Al fin se encontró frente a aquel hombre, que parecía más un contable que un policía, y su preocupación se convirtió en aterradora realidad. Con el sombrero en la mano y desviando la mirada, el sheriff lo puso al corriente de todo lo que había sucedido.

Hacía un par de horas, unos pescadores que navegaban costeando el litoral a doscientos metros de la orilla habían avistado desde su embarcación a una mujer cuya descripción coincidía con la de Harriet. Se hallaba de pie en la cima de un arrecife que interrumpía la larga sucesión de dunas que bordeaban la playa. Estaba sola, mirando hacia el mar. Cuando los hombres llegaron más o menos a su altura, la mujer se arrojó al agua. Al ver que no volvía a la superficie, de inmediato acercaron la embarcación a la costa para tratar de socorrerla. Uno de los pescadores se zambulló varias veces, pero, a pesar de sus esfuerzos, no lograron encontrarla. Enseguida avisaron a la policía, que comenzó la búsqueda, en vano hasta aquel momento.

El mar devolvió el cuerpo de Harriet dos días después, cuando las corrientes lo arrastraron hasta la playa de una bahía, a pocos kilómetros al sur de la casa.

Mientras procedía a la identificación, Frank se sintió como un asesino frente al cadáver de su víctima. Contempló el rostro de su mujer, tendida sobre la mesa del depósito de cadáveres, y con un movimiento de la cabeza confirmó, al mismo tiempo, la identidad de Harriet y su propia condena. Gracias al testimonio de los pescadores casi no hubo investigación, pero ello no sirvió para liberar a Frank de los remordimientos.

Había estado tan absorto en sí mismo que no había notado la profunda depresión en que había caído Harriet. No lo había notado nadie, pero eso no atenuaba en nada su culpa. Él habría podido comprender qué era lo que atormentaba a su mujer. Él debería haberlo comprendido. Ahora se daba cuenta de que había habido muchas señales de lo que le ocurría, pero él solo se compadecía de sí mismo y no les había hecho caso. La discusión después de la llamada de Homer había sido el golpe de gracia.

En definitiva, no era ni cuadrado ni redondo, simplemente era ciego.

Se marchó de aquel lugar dejando el cuerpo de su mujer encerrado en un ataúd; ni siquiera pasó por el chalet a hacer las maletas.

Desde entonces no había conseguido derramar una sola lágrima.

– ¡Mamá, mira! ¡Un hombre llorando!

La voz infantil le sacó del trance en que había caído. A su lado, una niña de pelo rubio y con un vestido azul fue apartada de un tirón por la madre, que le miró y sonrió, incómoda. Se alejó deprisa, llevando a la hija de la mano.

Frank no se había dado cuenta de que estaba llorando. Ni siquiera sabía desde cuándo lo estaba haciendo.

Sus lágrimas llegaban de muy lejos. No eran la salvación, no eran el olvido; simplemente un alivio, una pequeña tregua para poder respirar un instante, para sentir por un momento el verdadero calor del sol, ver el verdadero color del mar, oír los latidos de su corazón sin tener que escuchar también el sonido de un tambor de muerte.

Estaba pagando el precio de su extravío.

El mundo entero estaba pagando ese precio.

Se lo había repetido durante horas, después de la muerte de Harriet, sentado en un banco del jardín de la clínica St. James, donde le habían internado, pues estaba al borde de la locura. Lo había comprendido meses después, tras el desastre del World Trade Center, cuando vio por televisión aquellas torres que caían como solo pueden caer las ilusiones. Hombres que se lanzaban en aviones contra rascacielos en nombre de Dios, mientras alguien, cómodamente sentado en una oficina, pensaba ya en cómo aprovechar esa locura en la Bolsa. Hombres que se ganaban la vida fabricando y vendiendo explosivos, y que para Navidad daban a sus hijos regalos comprados con el producto de la muerte y la mutilación de otros niños. La conciencia era un accesorio cuyo valor fluctuaba según el precio del barril de petróleo. Y en medio de todo eso, nada tenía de sorprendente si de tiempo en tiempo surgía algún solitario extraviado que escribía su destino con letras de sangre.

«Yo mato…»

El remordimiento por la muerte de Harriet habría sido un compañero de viaje lo bastante cruel para no abandonarlo jamás; en sí mismo, habría sido castigo suficiente para el resto de sus días.

No podía olvidarlo. No podría olvidarlo ni aunque viviera una eternidad. Y no podría perdonarse aunque su vida durara el doble de la eternidad.

No podía poner fin a la locura del mundo. Solo podía poner fin a la suya, con la esperanza de que aquellos que aún eran capaces siguieran su ejemplo. Y borraran para siempre aquellas inscripciones de muerte. Se quedó un rato sentado en la piedra, llorando, indiferente a la curiosidad de los transeúntes, hasta que se dio cuenta de que no tenía más lágrimas.

Entonces se levantó y fue con paso lento hacia la jefatura de policía.

10

– Yo mato…

La voz permaneció un instante suspendida en el coche y parecía nutrirse del zumbido sofocado del motor para continuar resonando como un eco.

El comisario Hulot pulsó una tecla de la radio y silenció la voz de Jean-Loup Verdier, que reanudaba con dificultad la emisión. Después de la conversación con el locutor y Robert Bikjalo, el director de Radio Montecarlo, una pequeña y cruel esperanza había asomado detrás de la montaña que los investigadores trataban desesperadamente de escalar.

Quizá esa irrupción durante la emisión de Voices no fuera más que la llamada de un loco, una casualidad inaudita, una coincidencia de conjunciones astrales milenarias. Pero esas dos palabras, «Yo mato…», lanzadas como una amenaza al final de la comunicación, eran las mismas que se habían encontrado en la mesa de madera del yate, escritas con la sangre de dos víctimas inocentes.

Hulot frenó en un semáforo en rojo. Una mujer que empujaba un cochecito de bebé cruzó la calle delante de ellos. A su derecha, un ciclista con una bicicleta amarilla y un chándal azul de fibra se apoyó en el poste del semáforo, para no tener que quitar los pies de los pedales.

Alrededor, por todas partes había colores y calor. Llegaba el verano con sus promesas; se anunciaba en los bares abiertos, las calles llenas de gente, el paseo marítimo, donde hombres, mujeres y niños pedían una sola cosa: que aquellas promesas se cumplieran.

Todo era normal.

Únicamente en aquel coche detenido en un semáforo rojo, encendido como sangre en una bombilla, aleteaba una presencia que tenía el poder de oscurecer toda aquella luz y transformar los colores en tonalidades opacas en blanco y negro.

– ¿Alguna novedad de la brigada científica? -preguntó Frank.

El rojo pasó al verde, y Hulot volvió a arrancar. El ciclista se alejó con rapidez. Su vehículo de pedales permitía una velocidad superior a la de la columna de coches que avanzaba lentamente por la costa.

– Sí, ha llegado el informe del médico forense. Han hecho la autopsia en tiempo récord; se ve que alguien importante ha hecho arder los teléfonos, para obtener un resultado tan pronto. De cualquier modo, se han confirmado nuestras suposiciones. La chica murió ahogada, pero en sus pulmones no había agua de mar, lo que significa que murió antes de poder subir a la superficie. Por lo general, los pulmones se llenan de agua cuando el ahogado ha subido varias veces antes de hundirse definitivamente. En este caso, el asesino debió de sorprenderla en el agua y la arrastró hacia el fondo. Han examinado el cadáver meticulosamente. No hay ninguna señal, ninguna huella en el cuerpo. Lo han examinado desde todos los ángulos posibles con los instrumentos que tienen a disposición en el laboratorio.

– ¿Y el hombre?

El rostro de Hulot se ensombreció.

– El caso de Welder es otra historia. Lo mataron con arma blanca, de lámina muy afilada, que penetró de arriba abajo, entre la quinta y la sexta costilla, y le atravesó el corazón. La muerte fue casi instantánea. El asesino debió de atacarle en cubierta, donde comenzaban las manchas de sangre. A pesar del factor sorpresa, Jochen Welder era un hombre robusto. No demasiado alto, pero más que la mayoría de los pilotos de carreras. Y muy entrenado. Jogging y gimnasio. Así que el agresor debe de ser un individuo fornido, ágil y fuerte.

– ¿Los cadáveres fueron agredidos? Sexualmente, quiero decir.

Hulot negó con la cabeza.

– No. O, mejor dicho: Welder, con seguridad no. La mujer tenía rastros de esperma en la vagina, pero lo más probable es que tuviera relaciones con Welder poco antes de morir. Creo que el análisis de ADN lo confirmará en un noventa por ciento.

– Eso excluye el móvil sexual, al menos en el sentido clásico.

Frank lo dijo con el tono de quien descubre una servilleta intacta entre los escombros de su casa incendiada.

– En cuanto a huellas y otros restos orgánicos que pudiera haber en el barco, hemos encontrado montones, como podrás imaginar. También los hemos enviado a análisis de ADN, pero no creo que aporten nada interesante.

Pasaron Beaulieu y sus hoteles de lujo a la orilla del mar; los aparcamientos estaban llenos de coches relucientes que debían de oler a piel y madera, y que descansaban plácidamente a la sombra de los árboles de los parques. Por todas partes había macizos de flores de mil colores que relucían a la luz de aquel día espléndido. Por un instante, Frank se dejó distraer por las flores rojas de un hibisco.

Más rojo. Más sangre.

Su mente volvió al coche. Pulsó el botón de ventilación y al instante un chorro de aire frío fue directamente a su rostro.

– O sea que no tenemos nada.

– Nada de nada.

– ¿Y las mediciones antropométricas a partir de las huellas dactilares?

– Tampoco eso ha aportado nada relevante. Solo sabemos que es un individuo alto, de alrededor de un metro ochenta y un peso cercano a los setenta y cinco kilos. Es decir, un físico común a miles de personas.

– Un atleta, podría decirse.

– Sí, un atleta. Y muy hábil con las manos.

Frank tenía muchas preguntas que le rondaban en la cabeza, pero no quería molestar a su amigo, que parecía esforzarse por extraer el mayor número posible de conclusiones de los escasos datos de que disponía. Aguardó en silencio.

– Lo que les ha hecho a los cadáveres no es obra de un asesino cualquiera. Lo ha hecho con conocimiento y pericia. Sin duda, no era la primera vez que lo intentaba. Quizá es alguien que trabaja en el campo de la medicina…

Frank, a su pesar, echó por tierra las esperanzas de su amigo.

– Vale la pena intentar encontrar algo por ese lado, nunca se sabe. Pero sería demasiada suerte, me parece. Incluso banal, diría. Por desgracia, en ciertos aspectos la anatomía humana no es tan distinta de la de cualquier mamífero. Probablemente al asesino le haya bastado practicar con un par de conejos para poder hacerlo también en un ser humano.

– ¿Con conejos, dices? Cortar a seres humanos como conejos…

– Ese hombre es muy listo, Nicolás. Es un loco furioso, pero frío como el hielo. Hay que tener mucha sangre fría para hacer lo que él ha hecho, y luego enviar el barco hacia el muelle y marcharse tan tranquilamente como había llegado. Además, tiene la clara intención de desafiarnos, de tomarnos el pelo.

– ¿Te refieres a la música?

– Sí. Finalizó la llamada a Verdier con un fragmento de la banda sonora de Un hombre y una mujer.

Hulot recordaba haber visto la película de Lelouch hacía años, al principio de su relación con Céline, su esposa. También recordaba que aquella hermosa historia de amor le había parecido un buen augurio para su futuro.

Frank continuó hablando; recordó un detalle en el que no se habían fijado hasta aquel momento.

– En la película, el protagonista masculino es piloto de carreras.

– ¡Tienes razón! Lo mismo que Jochen Welder. Pero entonces…

– Exacto. El asesino no solo anunció por radio su intención de matar, sino que dejó una pista sobre la identidad de sus víctimas. En mi opinión, esto no ha terminado. Se propone matar otra vez. Y depende de nosotros impedírselo. Cómo, no lo sé, pero debemos hacerlo a toda costa.

El coche se detuvo en otro semáforo en rojo, en la breve cuesta al final del bulevar Carnot. Delante de ellos se extendía Niza, ciudad marina, descolorida y humana, muy alejada de la limpieza impecable y vítrea de Montecarlo y de su población de pensionistas de lujo.

Mientras conducía hacia la plaza Masséna, Hulot se volvió hacia Frank, sentado a su lado. Ottobre miraba fijamente hacia delante como Ulises a la espera del canto de las sirenas.

11

Nicolás Hulot detuvo su Peugeot 206 ante la verja de la central de policía de Auvare, en la calle de Roquebilliére.

Un agente de uniforme, que se hallaba de pie ante la caseta, avanzó con expresión seca para alejar a aquellos dos intrusos de la entrada reservada al personal de la policía. Desde la ventanilla del coche el comisario le mostró su credencial.

– Comisario Hulot, Süreté Publique de Monaco. Tengo una cita con el comisario Froben.

– Disculpe, comisario, no le había reconocido. A sus órdenes.

– ¿Puede avisarle, por favor?

– Enseguida. Pase.

– Gracias, agente.

Hulot avanzó unos metros y detuvo el coche a la sombra. Frank bajó y miró alrededor. El cuartel de Auvare era un complejo de construcciones de dos plantas, con muros de color cemento y techos rojos; los marcos de las puertas y las ventanas eran de madera oscura. Estaba formado por una serie de edificios rectangulares dispuestos en forma de damero, sin ninguna conexión entre ellos. En el lado más corto, el que daba a la calle, cada uno tenía una escalera exterior que llevaba a la planta superior.

El comisario se preguntó cómo veía el estadounidense todo lo que los rodeaba. Niza era una ciudad distinta, en un mundo diferente; quizá incluso otro planeta, cuya lengua él comprendía pero cuya mentalidad formaba parte solo de su cultura, no de su vida.

Casas pequeñas, cafés pequeños, personas pequeñas.

Ningún «sueño americano», ningún rascacielos que derribar; solo sueños pequeños, cuando los había, a veces descoloridos por el aire del mar, como los muros de algunas casas. Sueños pequeños, si pero que cuando se rompían provocaban grandes dolores.

Frente a la verja de entrada del centro, alguien había colgado un cartel contra la globalización. Unos se esforzaban por homogeneizar el mundo, mientras otros luchaban para no perder su identidad Europa, América, China, Asia… No eran más que manchas coloreadas en los mapas, siglas en los tableros de las agencias de cambio, nombres en los volúmenes de las bibliotecas. Ahora existía internet, existían los medios, las noticias en tiempo real. Señales de un mundo que se ampliaba o se reducía según quien lo mirara.

Lo único que acortaba verdaderamente las distancias era el mal, presente en todas partes, que hablaba un único lenguaje y escribía sus mensajes siempre con la misma tinta.

Frank cerró la portezuela y se volvió hacia Hulot.

El comisario vio a un hombre de treinta y ocho años que tenía los ojos de un viejo a quien la vida había negado la sabiduría. Vio un rostro moreno, latino, cubierto por una sombra más oscura que sus ojos, su pelo, la barba incipiente de sus mejillas. Un hombre de cuerpo atlético, fuerte, un hombre que había matado a otros hombres, protegido por una credencial y por la justificación de estar del lado de la justicia. Tal vez no existía cura ni antídoto para el mal. Pero había hombres como Frank Ottobre, que se habían vuelto inmunes a él.

La guerra no terminaba nunca.

Mientras Hulot cerraba el coche, vieron que el comisario Froben, de la brigada de homicidios -que colaboraba en las investigaciones-, salía por la puerta de la oficina de enfrente e iba hacia ellos.

Dirigió a Hulot una amplia sonrisa que mostró sus dientes grandes y regulares e iluminó su rostro de facciones marcadas. Tenia una complexión maciza, que tensaba la chaqueta de su traje de Galerías Lafayette, y la nariz rota de un aficionado al boxeo. Las pequeñas cicatrices alrededor de las cejas confirmaban esta hipótesis.

Froben estrechó la mano de Hulot. Su sonrisa se acentuó y sus ojos grises se volvieron dos grietas que hicieron que las cicatrices se fundieran en una telaraña de pequeñas arrugas.

– Qué tal, Nicolás. ¿Cómo estás?

– Eres tú quien debe decirme cómo estoy. Con la tormenta que se avecina, la ayuda de todos los amigos me sirve de mucho.

Froben miró a Frank, y Hulot hizo las presentaciones.

– Frank Ottobre, agente especial del FBI. Muy especial. Le he pedido que colabore en la investigación.

Froben no dijo nada, pero sus ojos expresaron consideración por el rango de Frank. Tendió su mano, de dedos grandes y fuertes, y le dedicó también a él la misma amplia sonrisa.

– Claude Froben, humilde comisario de homicidios.

Mientras aguantaba el vigoroso apretón, el estadounidense tuvo la sensación de que, de haber querido, Froben habría podido romperle los dedos. El hombre le cayó simpático de inmediato. Daba una impresión de fuerza y delicadeza a la vez. A Frank no le habría sorprendido saber que, después del trabajo, montaba con sus hijos maquetas de barcos y manipulaba las piezas más frágiles con asombroso cuidado.

Hulot fue directo al grano.

– ¿Alguna novedad sobre la cinta?

– Se la he confiado a Clavert, nuestro mejor técnico. Un mago, diría. La ha analizado con todos sus aparatos. Venid, os muestro el camino.

Froben los precedió; entraron por la puerta por la que él acababa de salir. Los guió por un corto pasillo, iluminado por una luz difusa que provenía de una ventana situada a sus espaldas. Hulot y Frank lo siguieron hasta que la nuca canosa de Froben, que terminaba en un cuello corto y macizo apoyado en unos hombros robustos, se giró y volvió a ver su rostro. Se detuvo delante de una escalera, a la izquierda, que llevaba al subterráneo. Hizo un ademán con su mano grande y cuadrada.

– Hacedme el favor…

Bajaron dos tramos de escalera y se encontraron en una amplia sala llena de aparatos electrónicos, iluminada por fríos tubos de neón que aumentaban la escasa claridad que proporcionaban unas claraboyas a la altura de la calle.

Sentado a una mesa de trabajo había un joven delgado; llevaba el pelo rapado para disimular una incipiente calvicie; vestía una bata blanca abierta sobre una camisa a cuadros que le caía por encima de los vaqueros. Llevaba unas gafas curvas con lentes amarillas.

Los tres se detuvieron detrás de la silla con ruedas sobre la que estaba sentado mientras, absorto, maniobraba los potenciómetros. Se volvió y los miró. Hulot se preguntó cómo lo hacía para que no le cegara el sol con aquellas gafas.

Froben no los presentó, pero el joven no se mostró sorprendido. Sin duda se dijo que si aquellos dos desconocidos estaban allí, debían de tener sus razones.

– Entonces, Clavert, ¿qué nos dices de la cinta?

El técnico se encogió de hombros.

– Poco, comisario. No tengo buenas noticias. He examinado la grabación con todos los aparatos de que dispongo, pero sin resultado. La voz está distorsionada y no hay manera de identificarla.

– ¿Es decir?

Clavert retrocedió un poco, al darse cuenta de que tal vez sus interlocutores no tuvieran los mismos conocimientos técnicos que él.

– Todas las voces humanas se mueven según unas frecuencias que forman parte de unas características personales; son tan identificables como las huellas de la retina y las huellas digitales. Hay cierta cantidad de tonos agudos, graves y medios que no varían aunque se trate de alterar la voz, hablando en falsete, por ejemplo. Es posible ver estas frecuencias mediante aparatos apropiados, y luego reproducirlas en un diagrama. Las máquinas que hacen falta son bastante comunes; forman parte del equipo habitual de un estudio de grabación. Sirven para equilibrar las frecuencias y evitar que una banda esté demasiado cargada de unas o de otras.

Se acercó al teclado de un ordenador Macintosh y puso la mano sobre el ratón. Tras una serie de clics apareció una pantalla blanca atravesada por líneas horizontales paralelas. Entre ellas se movían otras dos líneas, una verde y otra violeta, que eran bastante más largas y accidentadas.

Con la flecha del ratón, el técnico indicó la línea verde.

– Esta línea es la voz de Jean-Loup Verdier, el locutor de Radio Montecarlo. Este es el diagrama fónico que ha resultado después de analizarla.

Otro clic, y la pantalla mostró un gráfico en el que había una línea amarilla que se movía sobre un fondo oscuro, entre líneas paralelas azules. Clavert indicó la pantalla con un dedo.

– Las líneas azules horizontales -explicó- son las frecuencias. La línea amarilla que se desplaza entre ellas es la voz analizada. Si se toma la voz de Verdier en distintos momentos de la grabación y se la superpone a esta línea amarilla, se ve que se corresponden exactamente.

Volvió a la pantalla anterior e hizo clic en la línea violeta.

– Esta es la otra voz.

Volvió al gráfico, pero esta vez la línea amarilla se movía de manera entrecortada y en campos mucho más reducidos.

– En este caso, la persona que llamó por teléfono hizo pasar su voz por un aparato dotado de filtros que, gracias a una serie de distorsiones y compresiones del sonido, mezcla las frecuencias de las emisiones vocales y las altera por completo. Basta variar ligeramente los valores de uno de los filtros para obtener un gráfico completamente distinto cada vez.

Hulot hizo una pregunta:

– ¿Es posible que el análisis de la grabación permita reconocer el tipo de aparato utilizado? Así, tal vez se podría averiguar quién lo compró.

El técnico hizo un gesto dubitativo.

– No creo. Son máquinas que se encuentran con bastante facilidad. Las hay de distintas marcas y con capacidades variables según el precio y el modelo, pero para esta clase de uso sirven todas. Además, la electrónica está en continua evolución, por lo que hay un mercado de segunda mano bastante amplio. Estos aparatos se compran y se venden entre los fanáticos de las grabaciones caseras, casi siempre sin factura. En mi opinión, esta no es una vía factible.

Intervino Froben, intentando contrarrestar el derrotismo de Clavert.

– De todos modos veremos qué se puede hacer. Tenemos tan pocos elementos que no podemos despreciar nada.

Hulot se volvió y observó a Frank, que aparentemente estaba absorto en otros pensamientos, como si ya supiera suficiente. Sin embargo, el comisario tenía la certeza de que no se perdía ni una palabra de lo que estaban diciendo y estaba memorizando cada dato.

Volvió a dirigirse a Clavert.

– ¿Y qué puede decirnos acerca de que la llamada se haya recibido sin pasar antes por la centralita?

– Sobre eso no tengo una hipótesis precisa. Esencialmente, hay dos posibilidades. En general, las centralitas telefónicas disponen de números directos; basta conocerlos para evitar pasar por la telefonista. Sin duda, Radio Montecarlo no es la NASA en cuanto a seguridad, por lo que no es impensable que alguien los haya conseguido. La segunda hipótesis es un poco más complicada, aunque tampoco es de ciencia ficción. En realidad, me parece la más verosímil…

– ¿Y cuál sería? -le urgió Froben.

Clavert se apoyó en el respaldo de la silla.

– Según he averiguado, la centralita de Radio Montecarlo se rige por un programa de ordenador y tiene una función que permite ver en tiempo real el número telefónico del que llama. La finalidad es obvia…

Echó una mirada a su alrededor para comprobar que todos le comprendían.

– Pues bien, creo que en el momento de la llamada no apareció ningún número en la pantalla, de modo que quien llamó debió de conectar al teléfono un dispositivo electrónico que neutraliza esta función de la centralita.

– ¿Es difícil hacerlo?

– Bastante, sí, para un conocedor de electrónica y telefonía. Pero no hace falta ser un genio de las telecomunicaciones. Cualquier pirata informático puede hacerlo navegando por internet.

Hulot se sentía como un preso a la hora de salir a tomar el aire: mirase donde mirase no encontraba más que paredes.

– ¿Se puede saber si la llamada se hizo desde un teléfono fijo o desde un móvil?

– Con seguridad, no. Sin embargo, yo excluiría el móvil. Si este hombre ha utilizado la web, las comunicaciones por móvil son mucho más lentas y menos precisas. Y el que ha hecho todo esto es demasiado astuto para no haberlo tenido en cuenta.

– ¿Es posible hacer otros análisis de la cinta?

– Con los aparatos de que dispongo, no. Pero me propongo mandar una copia del DAT al laboratorio científico de Lyon, para ver si ellos encuentran algo más.

Hulot apoyó una mano en el hombro de Clavert.

– Vale. Prioridad absoluta. Si los colegas de Lyon aceptan ayudarnos, les brindaremos todo el apoyo necesario para obtener la máxima rapidez.

Para Clavert, el encuentro había concluido. De un bolsillo de la bata extrajo una tableta de goma de mascar, la desenvolvió y se la echó en la boca.

Por un instante se hizo el silencio. Cada uno de ellos, a su manera, pensaba en lo que se había dicho.

– Vamos, os ofrezco un café -dijo Froben al fin.

De nuevo los precedió por la escalera; en el rellano dobló a la izquierda y tras unos pocos pasos los condujo hasta una máquina de café, empotrada en un nicho. Extrajo de un bolsillo una ficha magnética.

– ¿Café para todos?

Los otros dos asintieron. El comisario introdujo la ficha, pulsó una tecla, la máquina se puso en movimiento con un zumbido y depositó un vasito de plástico en la bandeja.

– ¿Qué piensas, Frank? -preguntó Hulot al estadounidense, que continuaba en silencio.

Por fin Frank se decidió a hablar.

– No tenemos muchos caminos. Cualquier rumbo que cojamos parece no llevar a nada. Te lo había dicho, Nicolás: nos enfrentamos a un hombre muy astuto. Hay demasiadas coincidencias para pensar que simplemente ha tenido buena suerte. Por ahora, lo único que tenemos es esa llamada telefónica. Si tenemos un poco de suerte y él es suficientemente narcisista, llamará de nuevo. Si tenernos mucha suerte, llamará a la misma persona. Y si tenemos una suerte extraordinaria, cometerá un error. Es nuestra única esperanza de descubrirlo y atraparlo antes de que vuelva a matar.

Terminó su café y arrojó el vaso de plástico en el cubo de la basura.

– Creo -continuó- que es hora de hablar muy en serio con Jean-Loup Verdier y la gente de Radio Montecarlo. Me desagrada admitirlo, pero de momento estamos en sus manos.

Se encaminaron hacia la salida.

– Imagino que en el principado debe de haber… ¿cómo decirlo?… cierta agitación… -dijo Froben a Hulot.

– Pues mira, llamarlo «agitación» es como decir que Mike Tyson es «un tío nervioso». Tenemos una grave crisis. Montecarlo, como bien sabes, es una tarjeta postal. Para nosotros, la imagen lo es todo. Hemos gastado toneladas de dinero para garantizar ante todo dos cosas: elegancia y seguridad. Y de repente aparece este tío que lo estropea todo. Si esta historia no se resuelve deprisa, verás rodar muchas cabezas…

Hulot soltó un suspiro.

– Incluida la mía.

Llegaron a la salida y se despidieron. Froben se quedó mirándolos mientras se alejaban; su cara de boxeador reflejaba tanto solidaridad como alivio de no encontrarse en su lugar.

Hulot y Frank se encaminaron hacia el aparcamiento donde habían dejado el coche. Una vez dentro del vehículo, mientras encendía el motor, el comisario se volvió para mirar a Frank. Era casi «hora de la cena, y de pronto se sintió hambriento.

– ¿El café de Turín?

El café de Turín era una fonda sencilla, con mesas y bancos de madera, situada en la plaza Garibaldi; allí podrían comer un buen coquillage acompañado de una botella de Muscadet helado. Hulot había llevado allí a Frank y a su mujer durante su visita a Europa, y los dos habían quedado fascinados con el largo mostrador lleno de marisco y el personal con guantes de trabajo atareado en abrir las conchas. Con ojos brillantes veían pasar a los camareros con grandes bandejas llenas de ostras y enormes gambas rojas, para comer con mayonesa. Habían vuelto muchas veces, y el pequeño restaurante se había convertido en su sanctasanctórum gastronómico. Hulot vaciló en mencionar ese lugar; temía que el recuerdo pudiera perturbar a Frank. Pero el estadounidense parecía cambiado, o al menos decidido a cambiar. Si quería sacar la cabeza del agua, enfrentarse al pasado podría ayudarle. Frank hizo un gesto con la cabeza, aceptando a un tiempo la elección y los buenos propósitos de Hulot. Fueran cuales fuesen sus pensamientos, su cara no los reflejaba.

– Que sea el café de Turín.

Hulot se relajó imperceptiblemente.

– ¿Sabes? Estoy un poco cansado de moverme y hablar como el personaje de una película de televisión. Me da la impresión de ser una caricatura del teniente Colombo. Necesito media hora de normalidad. Tengo que relajarme un poco. Si no, me volveré loco.

Caía la tarde y las luces de la ciudad se habían encendido. Frank, en silencio, miraba por la ventanilla a la gente que salía, andaba por la calle y hablaba en las casas, en los bares, en los restaurantes, en los lugares de trabajo. Miles de personas con rostros anónimos.

Los dos sabían que las palabras de Hulot eran mentira. En medio de aquella gente tranquila había un asesino, y ellos no podrían pensar en otra cosa hasta que lo atraparan.

12

Detrás del cristal de la cabina de dirección, Laurent Bedon, el director del programa, hizo la cuenta atrás bajando uno a uno los dedos de la mano. Después señaló a Jean-Loup Verdier con el índice,

A su espalda se encendió la luz roja de puesta en el aire.

El locutor acercó ligeramente el sillón al micrófono, que se alzaba sobre un pie corto, apoyado en la superficie que tenía ante él.

– Hola a todos los que ya nos estáis escuchando y a todos los que nos escucharán en el transcurso de la noche. Tendremos música y relatos de personas que compartirán con nosotros su vida, aunque esas vidas no siempre marchen al ritmo de la música que querríamos escuchar…

Calló y se apartó un poco. El mezclador emitió las notas enmarañadas de «Born to Be Wild», de Steppenwolf.

Unos segundos después, de nuevo la voz cálida y persuasiva de Jean-Loup se fundió con la música.

– Estamos con vosotros y estamos listos, si podemos serviros de algo. Para quienes han puesto el corazón sin recibir otro a cambio, para quienes se han equivocado y han echado demasiada sal en la sopa, para quienes no tendrán paz hasta descubrir en qué tarro han escondido el azúcar, para quienes se arriesgan a ahogarse en el pequeño aluvión de sus lágrimas… Estamos aquí con vosotros y, a pesar de todo, como vosotros, estamos vivos. Esperamos vuestras voces. Esperad nuestra respuesta. Aquí Jean-Loup Verdier, desde Rio Montecarlo, en Voices.

Otra vez «Born to Be Wild». Otra vez la carrera de las guitarras distorsionadas bajando por una escala rocosa, levantando polvo y desplazando grava.

– ¡Joder, es bueno este tío!

Frank Ottobre, sentado al lado de Laurent en la cabina, no pudo evitar que el comentario saliera de su boca. El director se volvió para mirarlo con una sonrisa en los labios.

– ¿Verdad que sí?

– No me extraña que tenga éxito. Tiene una voz y una energía que llegan directamente al estómago.

Barbara, la operadora de sonido, sentada a su derecha, contra la consola de control, le indicó con un gesto que mirara hacia atrás. Frank hizo girar su silla y, en el recuadro de cristal de la puerta insonorizada, vio que Hulot le hacía señas.

Se levantó y se reunió con él fuera del estudio.

El comisario tenía el rostro cansado, de un hombre que ha dormido poco y mal. Frank observó las bolsas oscuras bajo los ojos, el cabello gris que necesitaba un corte, el cuello de la camisa sucio de sudor. Un hombre que en los últimos tiempos había visto y sentido muchas cosas que hubiera preferido desconocer; aunque tenía cincuenta y cinco años, aparentaba diez más.

– ¿Cómo van las cosas por aquí, Frank?

– Sin novedad. La emisión es un rotundo éxito. El locutor es un fenómeno. Ha nacido para esto. No sé cuánto le pagan, pero sin duda se lo merece. En lo que respecta a nosotros, nada de nada. Silencio absoluto.

– ¿Quieres una Coca-Cola?

– Soy estadounidense, pero mis abuelos paternos eran sicilianos, Nicolás. Por tradición soy más afecto al café que a la Coca-Cola.

– Que sea café, entonces.

Se encaminaron hacia la máquina automática, al fondo del pasillo. Hulot hurgó en sus bolsillos en busca de monedas. Frank exhibió con una sonrisa una tarjeta magnética.

– Mi pertenencia al FBI ha impresionado profundamente al director. Somos huéspedes de la radio, si no para comer, al menos para las bebidas.

Introdujo la tarjeta en la máquina, pulsó un botón y se inclinó coger el vaso lleno. El comisario bebió un sorbo de café y le encontró mal sabor. ¿O llevaba el mal sabor en su propia boca?

– Ah, me olvidaba. Ha llegado el informe del peritaje caligráfico…

– ¿Y?

– ¿Por qué me lo preguntas, si ya sabes la respuesta?

Frank meneó la cabeza.

– No conozco la respuesta en detalle, pero creo saber más o menos qué vas a decirme.

– Ah, claro, olvidaba que eres del FBI. Tienes tarjetas magnéticas e intuiciones fulminantes… El mensaje no se escribió a mano.

– ¿No?

– No. Ese hijo de puta ha usado una plantilla. Pegó las letras en un cartón, las recortó y luego llenó los espacios interiores con sangre. ¿Cómo lo has adivinado?

Frank meneó la cabeza.

– No he adivinado nada. Pero me parecía raro que un hombre que ha demostrado un cuidado maniático en no dejar marcas, cayera luego en un error tan burdo.

Hulot tiró la toalla y, con una mueca de disgusto, arrojó su café a medio beber en el cubo de la basura. Miró el reloj con un suspiro.

– Es hora de que vaya a ver si mi mujer todavía me reconoce. Hay dos coches en el aparcamiento, cada uno con dos agentes. Uno de más, nunca se sabe. Los otros muchachos están en sus puestos. Para cualquier eventualidad, estoy en casa.

– De acuerdo. Si pasa algo, te llamo.

– No debería decirlo, pero estoy contento de que estés aquí esta noche. De que estés aquí, en general. Hasta mañana, Frank.

– Buenas noches, Nicolás. Saluda de mi parte a tu mujer.

– Lo haré.

Frank vio cómo se alejaba su amigo, la espalda ligeramente encorvada bajo la chaqueta.

Hacía tres días que estaban de plantón en Radio Montecarlo, a la espera de que sucediera algo, después de haber llegado a un acuerdo con el director. Cuando, sentados en su oficina, le habían expuesto sus intenciones, Robert Bikjalo los miró con los ojos entornados, como para protegerse del cigarrillo pestilente que sostenía entre los dedos. Había evaluado el discurso del comisario Hulot mientras se quitaba una mota de ceniza de su camisa polo Ralph Lauren.

– ¿Así que ustedes creen que el hombre puede volver a llamar?

– No estamos seguros; es solo una suposición optimista. Pero si lo hiciera, necesitamos la colaboración de la radio.

Hulot y Frank se hallaban sentados frente a él, y Frank notó que la altura de los sillones estaba sabiamente calculada para que el director mirara a sus interlocutores desde arriba.

Bikjalo se volvió hacia Jean-Loup Verdier, sentado en un cómodo sofá que era igual que los sillones situados a la izquierda del escritorio.

El locutor se pasó una mano por el largo cabello oscuro y miró a Frank con sus ojos verdes y expresión interrogante. Después se restregó las manos con nerviosismo.

– No sé si soy capaz de hacer lo que me piden. Es decir, no sé cómo debo actuar. Una cosa es llevar un programa, hablar por teléfono con personas normales, y otra cosa es hablar con… con…

Frank comprendió que le costaba pronunciar la palabra «asesino» y acudió en su ayuda.

– Ya sé que no es fácil. Ni siquiera para nosotros es fácil tratar de entender qué puede tener ese hombre en la cabeza. Pero estaremos aquí, te daremos todas las indicaciones posibles y estaremos preparados para cualquier eventualidad. También hemos llamado a un experto.

Se volvió y miró a Nicolás, que hasta aquel momento había guardado silencio.

– Te asistirá un psicopatólogo, el doctor Cluny, un asesor de la policía que también colabora como negociador y habla con los criminales en casos con rehenes.

– Está bien, si ustedes me dicen qué debo hacer, estoy listo.

Jean-Loup miró a Bikjalo, para que dijera la última palabra.

El director tenía la vista fija en el filtro de cartón del cigarrillo ruso, mientras escuchaba con indiferencia.

– Es una gran responsabilidad…

Frank ya sabía adonde quería llegar. Se levantó del sillón e invirtió los papeles. Ahora era él quien miraba a Bikjalo desde arriba.

– Oiga, no sé si entiende la situación. Tal vez se le aclare definitivamente si le echa un vistazo a esto.

Frank se agachó y extrajo unas fotos de 20 x 30 del portafolio de Hulot, que estaba en el suelo, cerca del sillón. Las arrojó sobre el escritorio.

– Estamos tratando de dar caza a un hombre capaz de hacer esto.

Las fotos mostraban los cadáveres de Jochen Welder y Arijane Parker y sus cabezas desolladas. Bikjalo posó apenas la mirada en las imágenes y palideció.

Hulot sonrió para sí.

Frank volvió a sentarse.

– Este hombre todavía anda por ahí, y creemos que podría volver a hacer lo que ya ha hecho. Ustedes son nuestra única opción para atraparlo. No se trata de una estrategia para aumentar la audiencia, sino de cazar a un hombre, para evitar que haya más víctimas.

Los ojos de Frank se apartaron de los ojos hipnotizados de Bikjalo, al igual que una serpiente deja de mirar por un instante a la presa con la que juega. Cogió del escritorio la cajetilla de cigarrillos y la examinó con aparente curiosidad.

– Sin mencionar que este asunto, si se resuelve gracias a ustedes, puede dar a esta emisora y a Jean-Loup una popularidad que de otro modo no obtendrían ni en mil años.

Bikjalo se relajó. Empujó las fotos hacia Frank tocándolas con la punta de los dedos, como si quemaran. Se apoyó en el sillón, aliviado. La conversación volvía a unos parámetros que él podía manejar.

– De acuerdo. Si se trata de ayudar, si se trata de ser útiles, Radio Montecarlo no va a echarse atrás. Por otra parte, Voices es justamente eso: una ayuda para la gente que la necesita. Hay una sola cosa que querría pedirles a cambio, si es posible…

Una pausa. El silencio de Frank lo alentó a continuar.

– Una entrevista exclusiva con usted, realizada por Jean-Loup, en cuanto haya terminado todo. En primicia. Aquí, en la radio.

Frank miró a Hulot, que asintió con un imperceptible movimiento de la cabeza.

– Trato hecho.

Se puso de pie.

– Pronto llegarán nuestros técnicos con sus equipos para pinchar los teléfonos, y otras cosas que les explicarán en detalle. Comenzaremos esta misma noche.

– Bien. Diré a los nuestros que estén a su disposición para brindarles la máxima colaboración.

La reunión había concluido. Todos se levantaron. Frank vio la mirada un poco confundida de Jean-Loup Verdier y le dio un apretón tranquilizador en un brazo.

– Gracias, Jean-Loup. Te agradezco mucho que hayas aceptado. Estoy seguro de que lo harás muy bien. ¿Tienes miedo?

El locutor alzó los ojos claros, verdes como el agua marina.

– Sí, un miedo mortal.

13

Frank miró la hora. Jean-Loup presentaba el último bloque de publicidad antes del final de la emisión. Laurent hizo un gesto a Barbara. La operadora de sonido desplazó los cursores para hacer fundir la voz del locutor con la cinta grabada.

Tenían cinco minutos de pausa.

Frank se levantó y estiró el cuerpo.

– ¿Cansado? -preguntó Laurent mientras encendía un cigarrillo.

– No demasiado. Estoy acostumbrado a las esperas.

– ¡Dichoso usted! Yo me estoy muriendo de ansiedad -dijo Barbara al tiempo que se levantaba y sacudía su cabellera roja. El inspector Morelli, sentado en una silla apoyada contra la pared, alzó la vista del periódico deportivo que estaba leyendo. De pronto parecía más interesado en el cuerpo de la joven bajo el ligero vestido veraniego que en los acontecimientos del Campeonato Mundial de Fútbol.

Laurent hizo girar su sillón para quedar frente a Frank.

– Quizá no sea asunto mío, pero hay algo que querría preguntarle.

– Pregunte. Después le digo si es asunto suyo o no.

– ¿Qué se siente al hacer un trabajo como el suyo?

Frank le miró un instante como si no lo viera, y Laurent pensó que estaba pensando. No podía saber que en ese momento Frank Ottobre veía a una mujer tendida en la mesa de mármol de un deposito de cadáveres, una mujer que en las buenas y en las malas había sido su esposa. Una mujer que ninguna voz habría podido despertar.

– ¿Qué se siente al hacer un trabajo como el mío?

Frank repitió la pregunta como si tuviera necesidad de oírla de nuevo antes de responder.

– Al cabo de un tiempo, solo se tienen ganas de olvidar.

Laurent giró de nuevo hacia sus aparatos, incómodo. Tal vez había hecho una pregunta estúpida. No lograba sentir simpatía por ese estadounidense de cuerpo atlético y ojos fríos como la escarcha, que se movía y hablaba como si fuera ajeno al mundo que lo rodeaba. Una actitud que excluía cualquier tipo de contacto. Era un hombre que no daba nada, precisamente porque no pedía nada. Sin embargo, estaba allí, a la espera, y ni siquiera él parecía saber qué esperaba.

– Este es el penúltimo anuncio -dijo Barbara al tiempo que se sentaba de nuevo ante el mezclador. Su voz interrumpió ese momento de malestar. Morelli volvió a la crónica deportiva, pero continuó lanzando frecuentes miradas al pelo de la muchacha, que caía en cascada sobre el respaldo de la silla.

Laurent hizo una señal a Jacques, el operador de la consola. Fundido. Comenzó a sonar una música épica de Vangelis. Una luz roja se encendió en la cabina de Jean-Loup. Su voz volvió a sonar en la sala y en el aire.

– Son las once y cuarenta y cinco en Radio Montecarlo. Una noche acaba de comenzar. Estamos aquí con la música que queréis oír y las palabras que queréis escuchar. Nadie os juzga pero todos os escuchan. Esto es Voices. Llamadnos.

La cabina de dirección volvió a llenarse de una música lenta y rítmica, que evocaba las olas del mar. Detrás del cristal de su puesto de trabajo, Jean-Loup se movía tranquilo en un terreno que conocía a la perfección. En la cabina de dirección comenzó a relampaguear el LED de la línea telefónica. Extrañamente, Frank tuvo un escalofrío.

Laurent hizo un ademán hacia Jean-Loup, que asintió con un movimiento de cabeza.

– Alguien nos está llamando. ¿Diga?

Un instante de silencio, y después un ruido antinatural. De improviso, la música de fondo pareció convertirse en una marcha fúnebre. La voz que salió por los altavoces ya la habían oído todos; estaba grabada en una cinta e impresa en sus cabezas.

– Hola, Jean-Loup.

Frank se enderezó en la silla como si una descarga eléctrica le hubiera recorrido el cuerpo. Hizo chasquear los dedos en dirección a Morelli, que salió de pronto de su pereza, se levantó y cogió su walkie-talkie.

– ¡Aquí está, muchachos! Todos alerta.

– Hola, ¿quién habla? -preguntó Jean-Loup.

En la voz distorsionada del teléfono se adivinaba una especie de sonrisa.

– Ya sabes quién soy, Jean-Loup. Soy uno y ninguno.

– ¿Eres el que ya ha llamado una vez?

Morelli salió de la sala corriendo. Regresó poco después con el doctor Cluny, el psicopatólogo de la policía, que estaba en el pasillo, a la espera, como todos. El hombre cogió una silla y se sentó al lado de Frank. Laurent accionó el interfono, que permitía comunicarse directamente con los auriculares de Jean-Loup sin salir al aire.

– Hágale hablar lo más posible -dijo Cluny mientras se aflojaba la corbata y se desabrochaba el cuello de la camisa.

– Sí, amigo mío. He llamado una vez y llamaré más. ¿Los perros están ahí contigo?

La voz electrónica emitía estelas de fuego del infierno y la frialdad del mármol. La atmósfera de la sala parecía viciada, como si los acondicionadores, en vez de echar aire fresco, lo aspiraran.

– ¿Qué perros?

Una pausa. Luego la voz.

– Los perros que me dan caza. ¿Están ahí contigo?

Jean-Loup levantó la cabeza y los miró; parecía perdido. Cluny se acercó un poco al micrófono del interfono.

– Sígale el juego. Dígale todo lo que quiera oír, pero hágale hablar…

Jean-Loup reanudó la conversación. Su voz parecía de plomo.

– ¿Por qué me lo preguntas? Tú ya sabías que estarían aquí.

– Ellos no me importan. No son nada. Eres tú quien me importa.

– ¿Por qué yo? ¿Por qué me llamas a mí?

Otra pausa.

– Ya te lo he dicho: porque eres como yo, una voz sin rostro. Pero tú tienes suerte; de nosotros dos, tú eres el que puede levantarse por la mañana y salir a la luz del sol.

– ¿Y tú no puedes hacerlo?

– No.

Ese monosílabo seco contenía una negación absoluta, una negativa que no admite réplicas, una renuncia total.

– ¿Por qué? -preguntó Jean-Loup.

La voz cambió. Se volvió más leve, más blanda, como atravesada por ráfagas de viento.

– Porque alguien lo ha decidido así. Y yo no puedo hacer mucho…

Silencio. Cluny se volvió hacia Frank y susurró, sorprendido:

– Está llorando…

Después de una larga pausa, el hombre continuó.

– No puedo hacer mucho. Pero hay un solo modo de remediar el mal, y es combatirlo con el mismo mal.

– ¿Por qué hacer el mal, cuando a tu alrededor hay gente que puede ayudarte?

Una nueva pausa. Un silencio, como si reflexionara, y luego de nuevo la voz, una condena rabiosa.

– He pedido ayuda, pero lo único que he obtenido es lo que me ha matado. Díselo a los perros. Díselo a todos. No habrá piedad porque no hay piedad, no habrá perdón porque no hay perdón, no habrá paz porque no hay paz. Solo un hueso para tus perros…

– ¿Qué quieres decir?

Una pausa más larga. El hombre había recuperado el control de sus emociones. La voz fue de nuevo como un soplo de viento que venía de la nada.

– Amas la música, ¿verdad, Jean-Loup?

– Sí. ¿Y tú?

– La música no traiciona, la música es la meta del viaje. La música es el viaje mismo.

De golpe, como la vez anterior, sonó por el teléfono, lenta y persuasiva, la voz de una guitarra eléctrica. Pocas notas, suspendidas solares, el juego de un músico con su instrumento.

Frank reconoció las primeras notas de «Samba para ti» domesticadas por los dedos y la fantasía de quien la tocaba. Solo la guitarra, en una introducción exasperada, alargada hasta el espasmo, a la que respondió un aplauso estrepitoso.

De repente, como había llegado, la música cesó.

– Este es el hueso que te han pedido los perros. Ahora debo irme, Jean-Loup. Esta noche tengo cosas que hacer.

El locutor hizo la pregunta con voz temblorosa:

– ¿Qué tienes que hacer esta noche?

– Ya sabes qué hago de noche, amigo mío. Lo sabes muy bien.

– No lo sé. Te lo ruego, dímelo.

Silencio.

– No es mi mano la que lo ha escrito, pero ya saben todos qué hago de noche…

Otra pausa que fue como el suspenso de un redoble de tambor.

– Yo mato…

La voz desapareció de la línea pero permaneció en sus oídos como un cuervo en los hilos del teléfono. Las últimas palabras fueron el relámpago de un flash. Por un instante sus caras y sus cuerpos se transformaron en un reflejo, como si hubieran perdido la profundidad que permite que el aire llegue a los pulmones.

Frank fue el primero en recobrarse.

– Morelli, llama a los muchachos y pregunta si han logrado algo. Laurent, ¿estamos seguros de que se ha grabado todo?

El director estaba apoyado en el tablero, con el rostro entre las manos. Barbara respondió por él.

– Sí. ¿Ahora puedo desmayarme?

Frank la miró. Su cara era una mancha blanca bajo una madeja de pelo rojo. Las manos le temblaban un poco.

– No, Barbara, ahora la necesito. Haga hacer enseguida una copia de la llamada; la necesito en cinco minutos.

– Ya está hecha. Había preparado una segunda grabadora en pausa; la he puesto en marcha un segundo después del inicio de la llamada. Basta con rebobinar la cinta.

Morelli echó a la joven una mirada de admiración, de modo tal que no le pasara inadvertida.

– Excelente. Muy hábil. ¿Morelli?

Morelli apartó los ojos de Barbara y se ruborizó, como si le hubieran sorprendido en falta.

– Ya viene uno de los técnicos. Por lo que he entendido, no creo que haya buenas noticias.

En ese momento entró en el estudio un joven de tez negra, de evidente origen africano. Frank se puso de pie.

– ¿Y bien?

El técnico se encogió de hombros. En su cara oscura se reflejaba decepción.

– Nada. No hemos logrado localizar la llamada. Ese desgraciado debe de haber usado algún aparato muy eficaz…

– ¿Móvil o teléfono fijo?

– No lo sabemos. También disponemos de una unidad de control por satélite, pero no hemos captado ninguna entrada de llamada, ni de un teléfono fijo ni de un móvil.

Frank se volvió hacia el psicopatólogo, que todavía estaba sentado en su silla, pensativo, atormentándose con los dientes la parte interior de la mejilla.

– ¿Doctor Cluny?

– No sé; tengo que escuchar la cinta. Lo único que puedo decir es que nunca, en toda mi vida, había visto un sujeto parecido.

Frank extrajo el móvil de su chaqueta y marcó el número de Hulot. Después de una pequeña espera el comisario respondió. Seguramente no dormía.

– Nicolás, aquí estamos. Nuestro amigo ha vuelto a aparecer.

– He escuchado la emisión -dijo de inmediato el comisario-. Me estoy vistiendo. Llego enseguida.

– Bien.

– ¿Todavía estáis en la radio?

– Sí, todavía estamos aquí, te esperamos.

Frank cerró el teléfono.

– Morelli, en cuanto llegue el comisario, reunión general. Laurent, también necesito su ayuda. Si no me equivoco, he visto una sala de reuniones cerca de la oficina del director. ¿Podemos hablar allí?

– Claro.

– Muy bien. Barbara, ¿se puede escuchar la cinta en esa sala?

– Sí, hay un DAT y todo lo que queramos.

– Perfecto. Hay poco tiempo; tenemos que volar.

En la confusión se habían olvidado por completo de Jean-Loup. Su voz llegó a través del interfono.

– ¿Ya ha terminado todo?

A través del cristal le vieron apoyado en el respaldo de su sillón, firme, inmóvil. Frank pulsó el botón que le permitía hablar con él.

– No, Jean-Loup. Desgraciadamente esto es solo el comienzo. De todos modos, tú has estado muy bien.

En el silencio que siguió vieron que Jean-Loup apoyaba con lentitud los brazos sobre la mesa y escondía en ellos la cabeza.

14

Hulot llegó poco después, al mismo tiempo que Bikjalo. El director parecía algo turbado. Entró en la emisora a unos pasos del comisario, como si distanciarse de él significara automáticamente distanciarse de toda aquella historia. Quizá acababa de darse cuenta de lo que significaba. En la radio había hombres armados dando vueltas; en el aire flotaba una tensión nueva, desconocida. Había una voz, y con esa voz había llegado la sensación de la muerte.

Frank esperaba apoyado en la pared de madera clara, delante de la puerta de la sala de reuniones. A su lado estaba Morelli. Los dos parecían hijos del mismo silencio. Entraron juntos en la estancia, donde todos los demás estaban sentados alrededor de la larga mesa, esperando. El ligero murmullo de los comentarios se interrumpió. Las grandes cortinas estaban recogidas; las ventanas estaban abiertas. De fuera llegaban los rumores ahogados del tranquilo tráfico nocturno de Montecarlo.

Hulot se colocó a la derecha de Frank, dejándole de forma tácita la misión de dirigir la reunión. Llevaba la misma camisa y no parecía más descansado que al marcharse, hacía solo un rato.

– Ya estamos todos. Aparte del comisario y del señor Bikjalo, que han escuchado la emisión en sus casas, esta noche estábamos todos aquí. Todos hemos oído lo que ha pasado. Los elementos de que disponemos no son muchos. Desgraciadamente, no ha sido posible averiguar de dónde provenía la llamada…

Frank hizo una pausa. El joven negro y su colega, que estaban sentados con aire abatido, se movieron incómodos en sus sillas.

. -No es culpa de nadie. Por cierto que el hombre que ha llamado no improvisa y sabe qué hacer para evitar que lo localicen. La técnica que por lo general usamos para este fin hoy se ha utilizado contra nosotros. Por eso, no hay ninguna ayuda en este sentido. Pienso que, antes de formular hipótesis, quizá pueda proporcionarnos algún indicio volver a escuchar la grabación.

El doctor Cluny asintió con la cabeza, y esto pareció resumir el parecer de todos.

Frank se dirigió a Barbara, que se hallaba de pie al fondo de la sala, apoyada en un mueble en el que había un equipo de sonido.

– Barbara, ¿puede poner la cinta?

La joven pulsó una tecla y la estancia volvió a llenarse de fantasmas. Oyeron una vez más la voz de Jean-Loup, del mundo de los vivos, y la del hombre, desde un lugar en las sombras. La grabación llegó hasta las últimas palabras:

– Yo mato…

Al final Bikjalo dejó escapar un comentario liberador:

– ¡Este hombre está loco!

El doctor Cluny se sintió obligado a hacer un comentario profesional. Su mirada de miope se ocultaba tras las gafas de montura de carey y oro. La nariz afilada y ligeramente aguileña parecía el pico de un búho sabio. El psicopatólogo se dirigió a Bikjalo, pero hablaba para todos.

– En sentido estricto, sin duda se trata de un loco. Pero tengamos en cuenta que este individuo ya ha matado a dos personas de una manera espantosa, lo que demuestra una furia interior explosiva, pero también una lucidez que raramente se encuentra en la ejecución de un crimen. Llama y no es posible descubrirle. Mata y no deja rastros de ningún tipo, salvo algunas marcas insignificantes. Es un hombre al que no hay que subestimar, porque él no nos subestima. Nos desafía, pero no nos subestima.

Se quitó las gafas, que dejaron dos manchas rojas en el puente de la nariz. Probablemente Cluny nunca usaba lentillas. Volvió a ponérselas enseguida, como si se sintiera incómodo sin ellas.

– Sabía perfectamente que nosotros estaríamos aquí -prosiguió-; sabe que la caza ha comenzado; no es casual que haga referencia a los perros. Es un hombre inteligente, tal vez de cultura superior a la media. Y sabe que nosotros andamos a tientas en la oscuridad, porque nos falta el elemento clave de casi cualquier delito…

Hizo una pausa. Frank notó que Cluny era decididamente hábil para atraer la atención sobre lo que decía. Bikjalo debía de pensar lo mismo, porque le miraba con interés casi profesional. El psicopatólogo continuó:

– El móvil nos es totalmente desconocido. No sabemos cuál es el resorte que ha empujado a este hombre a matar y a hacer lo que ha hecho luego. Es solo un ritual que para él tiene un significado preciso, aunque no lo conozcamos. Su locura por sí sola no puede proporcionar un indicio, porque no es evidente. Este hombre vive entre nosotros, como una persona normal; hace las cosas que hacen todas las personas normales: toma un aperitivo, compra el periódico, va al restaurante, escucha música. Sobre todo escucha música. Este es el motivo por el que llama aquí, a un programa que ofrece ayuda a las personas que tienen problemas. Aquí él encuentra una ayuda que no quiere recibir, y la música que le gusta escuchar.

– ¿Por qué dice usted «ayuda que no quiere recibir»? -preguntó Frank.

– Su no al ofrecimiento de ayuda ha sido perentorio. Ya ha decidido que nadie puede ayudarle, sea cual sea su problema. El trauma que arrastra debe de haberle condicionado hasta tal extremo que ha hecho estallar la furia latente que sujetos como él llevan dentro desde la infancia. Odia al mundo, y es muy probable que crea que el mundo está en deuda con él. Debe de haber padecido humillaciones terribles, al menos desde su punto de vista. La música debe de ser uno de los pocos refugios de su vida. De hecho, los únicos indicios que nos llegan de él hablan el lenguaje de la música. Ese fragmento musical es un mensaje. Nos ha dado otra pista, que guarda relación con la que nos dio en la primera llamada. Es un desafío, pero es también un ruego inconsciente. En el fondo, nos pide que le detengamos, si podemos, porque él solo no se detendrá jamás.

– Barbara, ¿podemos volver a escuchar la parte de la grabación donde está la música?

– Por supuesto.

La joven pulsó un botón. Casi de inmediato la sala se llenó con las notas de una guitarra, perdida en una versión de «Samba para ti» menos rigurosa, más suelta que de costumbre. Se oía una ovación del público al sonar las primeras notas, como en un concierto en directo, cuando un cantante toca los primeros acordes y los espectadores los reconocen de inmediato.

Cuando terminó, Frank miró a los presentes.

– Les recuerdo que en la primera llamada el fragmento musical era un indicio para saber quiénes serían sus víctimas. Pertenecía a la banda sonora de una película que cuenta la historia de un piloto de carreras y su compañera. Un hombre y una mujer. Como Jochen Welder y Arijane Parker. ¿Alguien tiene alguna idea de qué puede significar este nuevo fragmento?

Desde el otro extremo de la mesa, Jacques, el encargado de sonido, carraspeó, como si le costara tomar la palabra en aquel contexto.

– Yo diría que es una canción que conocemos todos…

– No hay que dar nada por sentado -le reprendió Hulot con amabilidad-. Imagine, aunque le parezca una tontería, que en esta sala nadie sabe nada de música. A veces ciertos indicios llegan de donde menos se espera.

Jacques se sonrojó un poco y levantó la mano derecha para disculparse.

– Quería decir que la canción es muy famosa. Se trata de «samba pa ti», de Carlos Santana. Tiene que ser una actuación en directo, puesto que hay público. Y debe de ser un público muy numeroso, como el de un estadio, por la intensidad de la respuesta, aunque a veces las grabaciones en directo se completan posteriormente en el estudio y se añaden aplausos previamente grabados.

Laurent encendió un cigarrillo. El humo voló hacia la ventana y desapareció en la noche. Permaneció suspendido en el aire el ligero olor a azufre de la cerilla.

– ¿Eso es todo?

Jacques se ruborizó de nuevo y guardó silencio. Hulot lo sacó del apuro. Lo miró sonriendo.

– Gracias, chaval, eso ya es un excelente comienzo. ¿Alguien puede añadir algo? ¿Esta canción tiene algún significado particular? ¿Se la ha asociado, a lo largo del tiempo, con algún acontecimiento extraño, algún personaje específico, alguna anécdota?

Muchos de los presentes se miraron, intentando ayudarse recíprocamente a recordar.

Frank propuso otro camino.

– ¿Alguno de ustedes reconoce esta interpretación? Si se trata, como parece, de una grabación en directo, ¿tienen ustedes idea de dónde se realizó? ¿O en qué disco se encuentra? ¿Jean-Loup?

El locutor estaba sentado en silencio al lado de Laurent, absorto, como si aquella conversación no le concerniera. Todavía parecía turbado por la charla telefónica con la voz desconocida. Alzó la mirada y negó con la cabeza.

– ¿Es posible que sea una grabación pirata? -preguntó Morelli.

Barbara hizo un gesto negativo.

– No creo. El sonido es antiguo, tanto técnica como artísticamente. Es una grabación vieja, hecha en analógico, no en digital. Es un disco de vinilo, de 33 revoluciones; se oyen los ruidos de fondo. Pero la calidad es buena. No parece la grabación de un aficionado, teniendo en cuenta las limitaciones técnicas de la época. Yo creo que se trata de un elepé comercial convencional, a menos que sea una vieja maqueta que nunca llegó a convertirse en disco.

– ¿Una maqueta? -preguntó Frank, mirando a la joven.

No podía menos que compartir la admiración de Morelli. Barbara tenía un cerebro de primer orden, además de un cuerpo soberbio. Si el inspector quería probar suerte, le convendría ponerse a su altura.

– Una maqueta es una prueba de grabación que se hacía como paso previo a la producción del disco, antes de la era de los CD -aclaró Bikjalo por ella-. En general se hacían pocas copias, en materiales fácilmente deteriorables, que se usaban para controlar la calidad de grabación. Algunas maquetas se han convertido en objetos de culto y son muy buscadas por los coleccionistas. Sin embargo, una de sus características era que, cada vez que se utilizaban, empeoraba la calidad del sonido en progresión geométrica. No, yo no diría que en este caso se trate de una maqueta.

De nuevo se hizo el silencio, como para confirmar que ya se había dicho todo lo que se podía decir.

Hulot se levantó, indicando que la reunión había concluido.

– Señores, es inútil que les recuerde la importancia que el menor indicio puede tener en este caso. Tenemos a un asesino en libertad que de algún modo juega con nosotros proporcionándonos indicios de lo que parece ser su único objetivo: matar de nuevo. Cualquier cosa que se les ocurra, a cualquier hora del día o de la noche, no tengan reparo en llamarnos, a mí, a Frank Ottobre o al inspector Morelli. Antes de marcharse, apunten los números.

Se levantaron todos. Uno a uno salieron de la sala. Los dos técnicos de la policía se fueron primero, como si quisieran evitar el enfrentamiento directo con Hulot. Los otros esperaron para que Morelli les diera una tarjeta con los números de teléfono. El inspector se entretuvo un poco más al dárselos a Barbara, que no pareció molesta por ello. En otra situación, Frank habría considerado que el interés del policía era una falta, pero en aquel momento le pareció una revancha que se tomaba la vida.

Lo dejó pasar.

Se acercó a Cluny, que hablaba en voz baja con Hulot.

Los dos se apartaron ligeramente para hacerlo partícipe de la conversación.

– Quería hacerles notar -dijo el psicopatólogo- que en la llamada hay un indicio importante para evitarnos confusiones o Pérdidas de tiempo…

– ¿Cuál? -preguntó Hulot.

– El sujeto nos ha dado la prueba de que no se trataba de una broma y que es realmente él quien ha asesinado a esos dos pobres desdichados del barco.

Frank asintió con la cabeza.

– «No es mi mano la que lo ha escrito»…

– Exacto. Solo el verdadero asesino podía saber que el mensaje se escribió de forma mecánica y no a mano. No lo he comentado delante de todos porque me parece que es una de las pocas cosas relativas a la investigación que no es de dominio público.

– Exacto. Gracias, doctor Cluny. Buen trabajo.

– De nada. Hay algunos análisis que debo hacer. Lenguaje, tensión vocal, sintaxis y cosas así. Continuaré estudiándolo hasta que surja algo. Hágame llegar una copia de la cinta.

– La tendrá. Buenas noches.

El psicopatólogo salió de la sala.

– ¿Y ahora? -preguntó Bikjalo.

– Ustedes ya han hecho lo que podían -respondió Frank-. Ahora nos toca a nosotros.

Jean-Loup parecía trastornado. Sin duda habría preferido prescindir de aquella experiencia que había vivido. Quizá lo sucedido no era tan excitante como había imaginado.

«La muerte nunca es excitante; la muerte es sangre y moscas», pensó Frank.

– Has estado muy bien, Jean-Loup. Yo no lo hubiera hecho mejor. La costumbre no sirve de nada. Cuando hay que vérselas con un asesino,siempre es la primera vez. Ahora ve a tu casa y trata de no pensar en ello…

«Yo mato…»

Todos sabían que aquella noche no habría lugar para el sueño. No mientras alguien salía de su casa en busca de un pretexto para desahogar su ferocidad y de otra presa para aliviar su locura. Los susurros que sonaban en su cabeza se volvían gritos que podían mezclarse con los alaridos de una nueva víctima.

Jean-Loup bajó los hombros, derrotado.

– Gracias. Sí, creo que iré a casa.

Se despidió y salió, cargado con un fardo lo bastante pesado para inclinar espaldas más robustas. En el fondo era solo un hombre poco más que un joven, que emitía música y palabras por la radio-

Hulot se dirigió hacia la puerta.

– Bien, vámonos nosotros también. Aquí ya no podemos hacer nada, por el momento.

– Os acompaño. Yo también salgo. Voy a casa, aunque creo que esta noche será difícil dormir… -dijo Bikjalo al tiempo que cedía el paso a Frank.

Cuando llegaron a la puerta, oyeron que alguien marcaba desde fuera el código de la cerradura. La puerta se abrió y apareció Laurent. Parecía muy agitado.

– Menos mal que todavía estáis aquí -dijo-. Se me ha ocurrido una idea. ¡Ya sé quién puede ayudarnos!

– ¿Con qué? -preguntó Hulot.

– Con la música. Sé quién puede ayudarnos a identificarla.

– ¿Quién?

– ¡Pierrot!

A Bikjalo se le iluminó el rostro.

– ¡Claro, Rain Boy!

Hulot y Frank se miraron.

– ¿Rain Boy?

– Es un joven que viene a la emisora a echar una mano y se ocupa del archivo -explicó el director-. Tiene veintidós años, pero el cerebro de un niño. Es el protegido de Jean-Loup, y el chaval se desvive por él; se arrojaría al fuego si él se lo pidiera. Lo llamamos Rain Boy porque es como el personaje de Dustin Hoffinan en la película Rain Man. Tiene limitaciones notables, pero cuando se trata de música es un verdadero ordenador. Es su único don, pero es fenomenal.

Frank miró la hora.

– ¿Dónde vive ese tal Pierrot?

– No lo sé con exactitud. Su apellido es Corbette y vive con su madre en las afueras de Mentón, me parece. El marido era un cabrón que los abandonó en cuanto supo que el hijo era deficiente. ¿Alguien tiene la dirección o el número de teléfono?

Laurent se dirigió deprisa al ordenador del escritorio de Raquel.

– Responde el contestador automático, tanto en el número de la casa como en el móvil de la madre.

El comisario Hulot miró el reloj.

– Lo lamento por la señora Corbette y su hijo, pero creo que esta noche tendrán un despertador fuera de programa…

15

La madre de Pierrot era una mujer gris con un vestido gris.

Sentada en una silla de la sala de reuniones, miraba con ojos aturdidos a los hombres que rodeaban a su hijo. La habían despertado en plena noche, y se había asustado mucho cuando por el intercomunicador le habían dicho que era la policía. Luego le pidieron que despertara a Pierrot, los hicieron vestir deprisa y los metieron en un coche que partió a una velocidad que les dio miedo.

Habían dejado atrás el edificio de apartamentos donde vivían. A la mujer le preocupaban los vecinos; menos mal que a esa hora de la noche nadie los había visto salir en un coche patrulla, como dos delincuentes. Su vida era ya bastante triste, cargada de habladurías y murmullos a su paso, como para añadirle otros.

El comisario, que era el más viejo del grupo y tenía cara de buena persona, la tranquilizó: no tenía nada que temer; necesitaban a su hijo para algo muy importante. Ahora que se encontraban allí, ella se preguntaba para qué podría servir la ayuda de alguien como Pierrot, el hijo al que ella quería como si fuera un genio pero que la gente consideraba a duras penas un idiota.

Miró ansiosa a Robert Bikjalo, el director de Radio Montecarlo el que permitía que su hijo trabajara allí, en un lugar seguro, y se ocupara de lo que más amaba en el mundo: la música. ¿Qué tenía que ver la policía? Rogó que la ingenuidad de Pierrot no le hubiera hecho cometer alguna tontería. No habría soportado que le quitaran a su hijo… La idea de quedarse sola, sin él, y de que él se hallara en alguna parte sin ella, la aterrorizaba. Sintió que los dedos fríos de la ansiedad le cogían y le apretaban el estómago. Con tal que…

Bikjalo le dirigió una sonrisa tranquilizadora, intentando confirmarle que todo estaba bien.

La mujer se volvió y observó al hombre más joven, de rostro duro y barba crecida, que hablaba francés con un ligero acento extranjero; se había puesto en cuclillas para estar a la altura de la cara de Pierrot, que estaba sentado en una silla. El hijo le miraba con curiosidad y escuchaba lo que le decía.

– Disculpa por haberte despertado a estas horas, Pierrot, pero necesitamos tu ayuda para una cosa importante. Una cosa que solo tú puedes hacer…

La mujer se relajó. La cara de ese hombre infundía temor, pero su voz era tranquilizadora y amable. Pierrot le escuchaba sin miedo, y hasta parecía orgulloso de aquella aventura nocturna fuera de programa, del viaje en coche patrulla y de verse convertido de pronto en el centro de atención.

La madre experimentó una profunda sensación de ternura y protección por ese extraño hijo que vivía en un mundo propio, hecho de música y pensamientos puros. Donde también las «palabras sucias», como las llamaba él, tenían el sentido ingenuo de un juego de niños.

El hombre más joven continuó con su voz mesurada:

– Ahora te haremos oír una canción, una música. Escúchala atentamente. Fíjate si la reconoces y si puedes decirnos qué es o en qué disco está. ¿De acuerdo?

Pierrot guardó silencio. Después asintió de modo casi imperceptible.

El hombre se levantó y pulsó una tecla de la grabadora que estaba a su espalda. Las notas de una guitarra invadieron la sala. La mujer observó la cara de su hijo, tensa por la concentración, mientras escuchaba, absorto, el sonido que salía de los altavoces. Pocos segundos después la música terminó. El hombre volvió a ponerse en cuclillas junto a Pierrot.

– ¿Quieres volver a oírla?

Siempre en silencio, el muchacho hizo un movimiento negativo con la cabeza.

– ¿La reconoces?

Pierrot volvió los ojos hacia Bikjalo, como si para él fuera el único referente.

– Está -dijo en voz baja.

El director se acercó.

– ¿Quieres decir que la tenemos?

De nuevo Pierrot hizo un gesto afirmativo con la cabeza, como para dar mayor peso a sus palabras.

– Sí, está, en el salón…

– ¿Qué salón? -preguntó Hulot.

– El salón es el archivo. Está abajo, en el semisótano. Es el lugar donde trabaja Pierrot. Allí hay miles de discos y CD y él los conoce todos, uno por uno.

– Si sabes en qué lugar del salón está, ¿quieres ir a buscárnosla? -preguntó Frank con suavidad. El muchacho les estaba brindando un servicio impagable y no quería asustarlo.

Pierrot volvió a mirar al director, pidiéndole permiso.

– Ve, Pierrot. Tráenosla, por favor.

Pierrot se levantó de la silla y atravesó la sala con su cómico andar balanceante. Desapareció por la puerta seguido por los ojos ansiosos y maravillados de la madre.

El comisario Hulot se acercó a la mujer.

– Señora, me disculpo otra vez por la forma grosera en que la hemos despertado y traído aquí. Espero que no se hayan asustado mucho. No puede imaginar lo útil que podría sernos su hijo esta noche. Le agradecemos muchísimo haberle permitido ayudarnos.

La mujer, orgullosa de su hijo, se cerró con gesto cohibido el cuello del sencillo vestido que se había puesto apresuradamente sobre el camisón.

Poco después Pierrot volvió, tan silenciosamente como se había ido. Llevaba bajo el brazo la cubierta un poco gastada de un disco de 33 revoluciones. Llegó ante ellos y la apoyó en la mesa. Retiro del interior el disco de vinilo, con un cuidado reverente, para no tocar los surcos.

– Es este. Aquí está -dijo Pierrot.

– ¿Quieres dejárnoslo escuchar, por favor? -preguntó al joven, con la misma voz atenta.

El muchacho se acercó al equipo y lo manipuló como un experto. Pulsó un par de teclas, levantó la tapa del tocadiscos y puso el disco en la bandeja. Empujó la tecla de inicio. El plato comenzó a girar. Pierrot cogió delicadamente el cabezal de la aguja y lo apoyó en el disco.

Del aparato salieron las mismas notas que un desconocido les había hecho oír hacía solo un rato, como un desafío sarcástico a que intentaran detener sus pasos aquella noche.

Hubo un momento de entusiasmo general. Todos, de algún modo, encontraron la forma de elogiar el pequeño triunfo personal de Pierrot, que los miraba con una amplia sonrisa dibujada en su cara inocente.

La madre lo contemplaba con una devoción que aquel éxito había reavivado. Un instante, apenas un instante en que el mundo parecía haberse acordado de su hijo y le había dado un reconocimiento que hasta entonces le había negado.

Se echó a llorar. El comisario apoyó una mano en su hombro.

– Gracias, señora. Su hijo ha estado grandioso. Ahora los llevarán a su casa en uno de nuestros coches. ¿Mañana trabaja usted?

La mujer alzó la cara cubierta de lágrimas, sonreía, cohibida por aquel instante de debilidad.

– Sí, trabajo de sirvienta para una familia de italianos que viven aquí, en Montecarlo.

El comisario le sonrió a su vez.

– Déle el nombre de esa familia al señor de la chaqueta marrón, el inspector Morelli. Trataremos de conseguirle unos días de vacaciones pagadas para compensarla por la molestia de esta noche. Así podrá estar un poco con su hijo, si quiere…

El comisario se volvió hacia Pierrot.

– En cuanto a ti, chaval, ¿te gustaría pasar un día en un coche de la policía, hablar por radio con la central y ser un policía honorario?

Quizá Pierrot no supiera qué era un policía honorario, pero ante la idea de pasear en un coche patrulla sus ojos se iluminaron-

– ¿Me daréis también las esposas? ¿Y podré hacer sonar la sirena?

– Claro, cuanto quieras. Y tendrás un bonito par de esposas brillantes solo para ti, siempre que nos prometas que antes de arrestar a alguien nos pedirás permiso.

Hulot hizo una señal a un agente para que se encargara de llevar a su casa a Pierrot y a su madre. Mientras salían, oyó que el muchacho decía a la mujer:

– Ahora que soy «policía en horario», arrestaré a la hija de la señora Narbonne, que siempre se burla de mí; la pondré en prisión y…

Nunca supieron el destino que esperaba a la pobre hija de la señora Narbonne, porque dejaron de oír la voz de Pierrot cuando los tres llegaron al final del pasillo.

Frank, apoyado en la mesa, miraba pensativo la cubierta del disco que el muchacho había sacado del archivo.

– Carlos Santana. Lotus. Grabación en directo hecha en Japón en 1975…

Morelli cogió la tapa en sus manos y la observó atentamente, girándola en los dos sentidos.

– ¿Por qué este hombre nos ha hecho oír una canción extraída de un disco grabado en Japón hace casi treinta años? ¿Qué nos quiere decir?

Por la ventana, Hulot miraba el coche que se alejaba con Pierrot y su madre. Se dio la vuelta y consultó la hora. Las cuatro y media.

– No lo sé, pero debemos tratar de comprenderlo lo antes posible.

Hizo una pausa que expresaba el pensamiento de todos. Si no es ya demasiado tarde…

16

Alien Yoshida firmó el cheque y se lo entregó al encargado del catering.

Para la fiesta en su casa había hecho viajar expresamente de París parte del personal de su restaurante preferido, Le Pré Catelan, en el Bois de Boulogne. Le había costado un ojo de la cara, pero había valido la pena. Todavía conservaba en la boca el sabor refinado de la sopa de ranas y pistachos que formaba parte del menú extraordinario de aquella noche.

– Gracias, Pierre. Todo ha estado soberbio, como de costumbre. Como verá, he añadido al importe del cheque una propina para ustedes.

– Gracias a usted, señor Yoshida. Generoso como siempre. No se moleste en acompañarme; conozco el camino. Buenas noches.

– Buenas noches, amigo mío.

Pierre hizo una ligera inclinación, que Yoshida devolvió. El hombre se fue caminando en silencio y desapareció por la puerta de madera oscura. El dueño de la casa esperó hasta oír el ruido del coche que se ponía en marcha; cogió de la mesa un mando a distancia y lo apuntó hacia un panel de madera que cubría la pared de su izquierda. El panel se abrió silenciosamente y aparecieron una serie de pantallas conectadas a otras tantas cámaras de circuito cerrado emplazadas en distintos puntos de la casa. Vio el coche de Pierre salir por el portón de entrada y a los hombres de seguridad cerrarlo a sus espaldas.

Estaba solo.

Atravesó el gran salón en el que se veían por todas partes los restos de la fiesta. Como de costumbre, el personal encargado del catering había retirado todo lo que les pertenecía y se había marchado con discreción. Al día siguiente llegaría la servidumbre para terminar el trabajo. A Alien Yoshida no le gustaba tener gente en su casa. Las personas a su servicio llegaban por la mañana y se iban por la noche. En caso de necesidad, solicitaba a alguna de ellas que se quedara, o bien recurría a una empresa externa. Prefería ser el único dueño de sus noches, sin temor a que orejas y ojos indiscretos llegaran por casualidad a saber algo que quería guardar exclusivamente para él.

Salió al jardín por las enormes cristaleras abiertas a la noche. Fuera, un inteligente juego de luces creaba efectos de sombra entre plantas de tallo alto, matas y macizos de flores, mérito de un diseñador de jardines que él había hecho venir de Finlandia. Se desató la pajarita del elegante esmoquin de Armani y se desabotonó la camisa blanca. Se quitó los zapatos de charol sin desatarlos. Se inclinó y se quitó también los calcetines de seda, que dejó detrás de sí. Le encantaba sentir los pies descalzos sobre la hierba húmeda. Se dirigió hacia la piscina iluminada, que de día daba la sensación de terminar directamente en el mar y que en aquel momento parecía una enorme aguamarina engastada en la oscuridad de la noche.

Se recostó en una tumbona de teca al borde de la piscina, extendió las piernas y miró a su alrededor. Se veían pocas luces en el mar, bajo la luna menguante. Ante él, más allá del promontorio a contraluz, se adivinaba el resplandor de Montecarlo, de donde habían llegado la mayor parte de los invitados a la velada.

A su izquierda, estaba la casa.

Se volvió para mirarla. Amaba esa casa y se consideraba un privilegiado por tenerla. Admiró las líneas de estilo retro, la elegancia de la construcción unida a un rigor funcional fruto del genio de un arquitecto que la había proyectado para la «divina» de la época, Greta Garbo. Cuando la había adquirido, después de haber permanecido cerrada durante años, la había hecho reformar por otro arquitecto genial: Frank Gehry, el responsable del proyecto del Museo Guggenheim de Bilbao.

Le había dado carta blanca; la única exigencia fue que mantuviera intacto el espíritu de la casa. El resultado había sido espectacular: un gran refinamiento sumado a la tecnología más avanzada. Aquella residencia dejaba a todo el mundo con la boca abierta, tal como le había pasado a él la primera vez que entró. Había pagado sin chistar una cifra con una cantidad de ceros que parecía infinita.

Se apoyó en el respaldo de la tumbona y movió la cabeza para desentumecer las articulaciones de la nuca. Introdujo una mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó una cajita de oro. Abrió la tapa y vertió en el dorso de la mano una pizca de polvo blanco. Acercó la mano a la nariz, aspiró la cocaína directamente y se pasó dos dedos por la nariz para quitar los restos de polvo.

Todo lo que le rodeaba era una demostración de éxito y poderío. Sin embargo, Alien Yoshida no se hacía ilusiones. Recordaba todavía muy bien a su padre, que se rompía la espalda descargando de los vagones refrigerados las cajas de pescado fresco que llegaban de la costa, para después cargarlas en su camioneta y abastecer a los restaurantes japoneses de la ciudad. Recordaba cuando volvía a casa después del trabajo, precedido por un olor a pescado que, aunque se lavara, no lograba quitarse de las manos. Recordaba la deteriorada casa familiar, en aquel barrio igualmente deteriorado de Nueva York, en la que siempre había que arreglar el techo y la instalación sanitaria. Todavía conservaba en los oídos el borboteo de los viejos tubos cada vez que se abría un grifo, todavía veía el agua herrumbrosa que salía por ellos. Había que esperar un par de minutos antes de que se volviera transparente y pudiera lavarse.

Él había crecido allí; era hijo de un japonés y una estadounidense, a caballo entre las dos culturas, gaijin para la mentalidad estrecha de la comunidad japonesa y medio amarillo para los estadounidenses blancos. Para todos los demás, negros, puertorriqueños, italianos, era un chaval mestizo como tantos otros que andaban por las calles de la ciudad.

Sintió la sacudida de lucidez de la cocaína, que empezaba a hacerle efecto. Se pasó una mano por el pelo tupido y sedoso.

Hacía tiempo que no se hacía ilusiones. Nunca se las había hecho. Toda aquella gente que había estado allí esa noche ni siquiera le habría mirado si él no se hubiera convertido en lo que era ahora si no tuviera los miles de millones de dólares que poseía. Probablemente a ninguno de ellos le importaba saber si era en realidad un genio o no. Lo que les interesaba era que su genio le había hecho ganar una fortuna que le colocaba entre los diez hombres más ricos del mundo.

El resto contaba poco y no le importaba a nadie. Una vez alcanzado el resultado, no servía en absoluto saber cómo se había alcanzado. Para todos ellos, él era el brillante creador de Sacrifiles, el sistema operativo que disputaba a Microsoft el mercado mundial de la informática. Yoshida tenía dieciocho años cuando lo había lanzado y había creado Zen Electronics con la financiación de un banco que había creído en el proyecto, después de que él mostrara a un grupo de pasmados inversores la simplicidad operativa de su sistema.

Billy La Ruelle debería estar con él, compartiendo el éxito. Billy La Ruelle, su amigo del alma, estudiante, como él, de la escuela de informática, que un día había llegado a su casa con la idea genial de un sistema operativo revolucionario adaptable a MS-DOS. Ambos trabajaron en el secreto más absoluto durante meses, incluidas las noches, en sus dos ordenadores conectados en red. Desgraciadamente, Billy se cayó del tejado un día que subieron a arreglar la antena del televisor, antes del partido decisivo de desempate entre los 45 y los Lakers. Resbaló por las tejas inclinadas como un patín en el hielo y quedó colgando del canalón. Yoshida se quedó mirándole, inmóvil, sin hacer nada, mientras Billy le rogaba que le ayudara. Su cuerpo estaba suspendido en el vacío y se oía el crujido siniestro de la chapa que poco a poco cedía con el peso. Yoshida veía los nudillos de las manos blancos por el esfuerzo de agarrarse al borde cortante del canalón y, con ello, a la vida.

Billy se precipitó con un grito, mirándole desesperadamente, con los ojos muy abiertos. Se estrelló con un ruido sordo contra el asfalto del garaje y quedó inmóvil, el cuello doblado en un ángulo antinatural. El pedazo de canalón desprendido voló sarcásticamente y quedó encajado en la canasta de baloncesto fijada al muro del patio donde él y Billy se enfrentaban en las pausas del trabajo.

Mientras la madre de Billy salía de la casa corriendo y gritando, Yoshida fue a la habitación de su amigo, cogió en unos disquetes todo lo que contenía el ordenador y borró el disco duro de manera que no quedara ningún rastro.

Se guardó los disquetes en el bolsillo posterior de los vaqueros y corrió al patio, junto al cuerpo sin vida de Billy.

La madre estaba sentada en el suelo, con la cabeza del hijo sobre las piernas, y le hablaba acariciándole el pelo. Alien Yoshida derramó lágrimas de cocodrilo. Se inclinó y notó la consistencia dura de los disquetes que abultaban el bolsillo. Un vecino llamó a una ambulancia, que llegó enseguida, precedida por un sonido de sirena extrañamente similar al lamento de la madre de Billy. Los hombres bajaron y se llevaron sin prisa el cuerpo de su amigo cubierto por una sábana blanca.

Una vieja historia. Una historia para olvidar. Ahora sus padres vivían en Florida y su padre había logrado al fin quitarse el hedor a pescado de las manos. De todas formas, gracias a los dólares del hijo, ahora todos estaban dispuestos a definirlo como perfume. Yoshida había pagado el tratamiento de desintoxicación alcohólica de la madre de Billy y les había procurado, a ella y a su marido, una casa en un barrio residencial, donde vivían sin problemas gracias al dinero que les hacía llegar cada mes. La madre de su amigo, en una ocasión en que se habían encontrado, le había besado las manos. Aunque él se las lavó, durante mucho tiempo sintió que aquel beso le quemaba la piel.

Se levantó de la tumbona y volvió a la casa. Se quitó la chaqueta y se la echó al hombro, sosteniéndola con un dedo. Sintió la humedad de la noche que impregnaba el tejido ligero de la camisa y lo adhería a la piel.

Cortó una gardenia blanca y se la llevó a la nariz. Pese a tenerla anestesiada por la cocaína, consiguió percibir la delicada fragancia.

En el salón, sacó del bolsillo de la chaqueta el mando a distancia. Pulsó un botón y las cristaleras blindadas se cerraron sin ruido, deslizándose sobre rieles perfectamente engrasados. También apagó las luces; solo dejó la claridad suave de algunos apliques.

Ahora estaba solo, al fin. Había llegado el momento de dedicar un poco de tiempo a sí mismo y a su placer. A su placer secreto.

Las modelos, los banqueros, las estrellas de rock, los actores que se apiñaban en sus fiestas no eran más que salpicaduras de color en un muro blanco, rostros y palabras que se olvidaban con el mismo desparpajo con que buscaban hacerse notar. Alien Yoshida era un hombre guapo. Había heredado de su madre estadounidense las proporciones y el físico alto y esbelto de los yanquis, y del padre, el cuerpo delgado y fibroso de los orientales. Su rostro era una mezcla de las dos razas, con una armonía refinada de rasgos, con el encanto arrogante del mestizaje. Su dinero y su aspecto atraían a la gente. Su soledad despertaba curiosidad.

Las mujeres, en especial, exhibían senos, miradas y cuerpos cargados de promesas, muy simples de verificar, en esa búsqueda obsesiva de contratos que era la vida. Rostros tan abiertos y tan fáciles de leer que aun antes de comenzar ya se leía la palabra «fin».

Para Alien Yoshida el sexo era el placer de los estúpidos.

Del salón pasó a un corto pasillo que llevaba a la cocina y al comedor. Se detuvo ante una superficie de caoba. Pulsó un botón a su derecha y la pared se deslizó.

Frente a él, apareció una escalera.

La bajó con cierta impaciencia. Tenía una cinta nueva para ver, un vídeo inédito que le habían entregado el día anterior. Todavía no había tenido tiempo para hacerlo como le gustaba, cómodamente sentado en su salita de proyección con pantalla líquida, saboreando cada instante del rodaje mientras tomaba una copa de champán helado.

El día que había dejado que Billy La Ruelle cayera del tejado, Alien Yoshida no solo se había vuelto uno de los hombres más ricos del mundo, había descubierto, además, otra cosa, que cambiaría su vida. Ver los ojos desmesuradamente abiertos y el rostro aterrorizado de su amigo mientras pendía en el vacío, sentir la desesperaron en su voz mientras le pedía ayuda, le había gustado.

Se dio cuenta más tarde, en su casa, cuando se desnudó para ducharse y vio que los calzoncillos estaban manchados de esperma.

En aquel trágico momento que había causado la muerte de su amigo, él había tenido un orgasmo.

Desde entonces, desde el preciso instante de aquel descubrimiento, había seguido sin remordimientos el camino de su placer, del mismo modo que había seguido sin remordimientos el camino de la riqueza.

Sonrió. Su sonrisa fue como una telaraña luminosa en su rostro indescifrable. Era verdad que el dinero lo compraba todo. La complicidad, el silencio, el delito, la vida y la muerte. Por dinero los seres humanos estaban dispuestos a matar, a infligir sufrimiento y a recibirlo. Él lo sabía bien, cada vez que una nueva cinta se sumaba a su colección y él desembolsaba un precio exorbitante.

Las cintas contenían filmaciones de auténticas torturas y muertes; hombres, mujeres y a veces niños, recogidos de la calle, llevados a lugares seguros y filmados mientras eran sometidos a todo tipo de torturas antes de ser asesinados frente al ojo indiferente de una videocámara.

En su videoteca tenía auténticas «joyas». Una adolescente envuelta poco a poco en alambre de púas antes de ser quemada viva. Un negro literalmente desollado, hasta transformarse en una única mancha roja de sangre. Sus alaridos de dolor eran música para los oídos de Yoshida mientras bebía a sorbos el champán helado y esperaba consumar su placer.

Y era todo real.

La escalera desembocaba en un amplio recinto iluminado. A su izquierda dos billares Hermelin, uno tradicional y otro estadounidense, expresamente construidos y traídos de Italia. Colgados en la pared, los tacos y todo lo necesario para jugar. Sillones y sofás rodeaban un mueble que escondía un bar, uno de los tantos diseminados por la casa.

Atravesó la estancia y se detuvo ante la pared del frente, cubierta con un panel de raíz de madera fina. A su derecha, en un pedestal de madera de alrededor de un metro y medio de altura, había una escultura de mármol del período helénico que representaba una Venus jugando con Eros, iluminada por una lámpara halógena que pendía del techo.

No se entretuvo contemplando la delicadeza de la obra o la tensión entre los dos personajes que el artista había logrado transmitir con su arte. Posó las manos en la base de la escultura y empujó La tapa de madera rotó sobre sí misma y mostró el interior hueco de la cubierta de madera. Adosado al fondo se veía el panel de una cerradura de teclado.

Yoshida marcó el código alfanumérico, que solo él conocía, y la pared de caoba se deslizó suavemente hacia un costado; casi desapareció en el muro de la izquierda.

Del otro lado se abría su reino. El placer que le esperaba, secreto, como debía ser el placer para volverse absoluto.

Estaba a punto de cruzar el umbral cuando sintió un violento golpe en su espalda, un dolor agudo y, de inmediato, el alivio de la oscuridad.

Cuarto carnaval

Cuando Alien Yoshida vuelve en sí, tiene la mirada nublada y le duele la cabeza.

Trata de mover un brazo, pero no lo logra. Aprieta los párpados para recuperar la nitidez de la visión. Vuelve a abrir los ojos y descubre que se halla en un sillón, en medio de la estancia. Tiene las manos y las piernas atadas con alambre metálico. Su boca está cubierta con un pedazo de cinta adhesiva.

Frente a él, sentado en una silla, hay un hombre que le mira en silencio. Un hombre del que no se ve absolutamente nada.

Viste una especie de bata común de trabajo, de tela oscura, por lo menos cuatro o cinco tallas más grande que la que le corresponde. Tiene la cara oculta por un pasamontañas negro, y la parte descubierta, a la altura de los ojos, está protegida por un par de grandes gafas oscuras de espejo. En la cabeza, un sombrero negro de alas bajas. Las manos están cubiertas por guantes, también negros.

La mirada aterrorizada de Yoshida recorre la figura. Bajo la bata, los pantalones, negros como todo el resto, comparten la misma característica que las otras prendas: son mucho más grandes que el aparente tamaño del hombre. Caen, largos, sobre los zapatos de tela, formando pliegues, como los de los adolescentes que visten según la moda hip-hop.

Yoshida ve algo extraño: a la altura de las rodillas y de los codos hay unos rellenos que tensan la tela de la ropa, como si la persona sentada frente a él tuviera las piernas y los brazos más abultados de lo normal.

Permanecen en silencio durante un tiempo que a Yoshida le parece interminable; el hombre no se decide a hablar, y él no puede hacerlo.

¿Cómo lo ha hecho para entrar? Aunque Yoshida se hallaba solo en casa, la propiedad tiene un servicio de vigilancia infranqueable, compuesto por hombres armados, perros y cámaras. ¿Cómo ha logrado superar esas barreras?

Y, sobre todo, ¿qué quiere de él? ¿Dinero? Si este es el problema, puede darle cuanto quiera. Cualquier cosa que desee. No hay nada que el dinero no pueda comprar. Nada. Si al menos pudiera hablar…

El hombre continúa mirándole en silencio, sentado en la silla.

Yoshida emite un gemido indistinto, sofocado por la cinta adhesiva que le presiona la boca. La voz del hombre sale de esa mancha oscura que es su cuerpo.

– Hola, señor Yoshida.

La voz es cálida y armoniosa, pero, extrañamente, al hombre atado en el sillón le parece más dura y cortante que el hilo metálico que le aprieta las piernas y los brazos.

Abre de par en par los ojos y de nuevo emite un gemido indistinto.

– No se esfuerce por tratar de comunicarse mucho, no logro entenderle. Y en todo caso lo que podría decirme no reviste ningún interés para mí.

El hombre se levanta de la silla con movimientos antinaturales, a causa de la ropa enorme y las extrañas prótesis de las rodillas y los codos.

Se coloca a su espalda. Yoshida trata de girar la cabeza para vigilarle. Oye de nuevo la voz, que le llega desde un punto situado detrás de él.

– Tiene usted aquí un hermoso lugar, un lugar discreto, donde gozar de sus pequeños placeres privados. En la vida hay placeres que rara vez se pueden compartir con alguien. Yo le entiendo, señor Yoshida. Creo que nadie mejor que yo puede entenderle…

Mientras habla, el hombre vuelve frente a él. Señala con un gesto el espacio que los rodea.

La estancia rectangular en que se encuentran no tiene ventanas. La aireación está garantizada por un sistema de ventilación cuyas bocas se abren en los muros casi a la altura del techo. En el fondo, apoyada contra la pared, hay una cama con sábanas de seda, encima de la cual pende un cuadro, única concesión a la simplicidad casi monacal de la habitación. Las dos paredes laterales están cubiertas de espejos, para evitar la sensación de claustrofobia y dar la ilusión óptica de un espacio más grande.

Frente a la cama, una serie de pantallas de cristal líquido, dispuestas según un esquema de multivisión y conectadas a un grupo de videograbadoras VHS y DVD. De tal manera que al proyectar una película el espectador está rodeado por las imágenes y se siente en el centro de la acción.

Hay, además, videocámaras de filmación que captan todas las zonas de la estancia, de manera que no quede excluido ni un solo ángulo. También estas cámaras están conectadas al sistema de grabación y proyección.

– ¿Es aquí donde se relaja usted, señor Yoshida? ¿Es aquí donde se olvida del mundo cuando quiere que el mundo se olvide de usted?

La voz cálida del hombre poco a poco transmite frío. Yoshida lo siente en las piernas y los brazos, que van perdiendo sensibilidad por la escasa circulación. Nota que el alambre metálico se clava en su carne, exactamente como esa voz lo hace en su cabeza.

Con sus movimientos artificiales, el hombre se inclina hacia una bolsa de tela apoyada en el suelo, al lado de la silla en la que estaba sentado. Saca un disco, un viejo elepé con la cubierta protegida por una funda de nailon.

– ¿Le gusta la música, señor Yoshida? Esta es celestial, créame. Es para verdaderos entendidos, como usted…

Se acerca al equipo de alta fidelidad situado contra la pared de su izquierda y lo examina. Se vuelve hacia Yoshida y la luz de la estancia se refleja brevemente en el espejo de las gafas.

– Felicitaciones; no ha olvidado nada. Había preparado una alternativa por si usted no tenía tocadiscos, pero veo que está muy bien equipado.

Conecta el aparato y pone el disco en el plato después de haberle quitado con cuidado la cubierta. Apoya la aguja en el vinilo.

Las notas de una trompeta salen de los altavoces y se esparcen en el aire. Es una música triste, tenue, evocadora, de una melancolía que quita el aliento, sufrimientos agudos que solo piden ser olvidados. Es la música sin memoria que la memoria desea para dejar de existir.

El hombre permanece un instante inmóvil, escuchando, la cabeza un poco ladeada. Yoshida imagina con sus ojos entrecerrados detrás de las gafas oscuras. Pero dura apenas un momento; después el hombre se recobra.

– Hermoso, ¿verdad? Robert Fulton, uno de los grandes. Quizá el más grande de todos. Y, como todos los grandes, un incomprendido…

Se acerca con curiosidad al tablero de los mandos de la instalación de vídeo.

– Espero entender algo. No quisiera que su equipo fuera demasiado complicado para mis escasos conocimientos, señor Yoshida… No, me resulta todo bastante claro.

Manipula unos botones y los monitores se encienden, con el habitual efecto de nieve cuando no hay una película. Unas manipulaciones más, y al fin las videocámaras empiezan a funcionar. En las pantallas aparece la figura de Yoshida, inmovilizado en el sillón, frente a una silla vacía.

El hombre parece complacido consigo mismo.

– Estupendo. Este equipo es extraordinario. Por otra parte, no esperaba menos de usted.

El hombre regresa frente a su prisionero, hace girar la silla y se sienta a horcajadas. Apoya los brazos deformados en el respaldo. Las prótesis de los codos tensan la tela de su bata.

– Se preguntará qué quiero de usted, ¿verdad?

Yoshida emite un nuevo gemido prolongado.

– Lo sé, lo sé. Si piensa que es su dinero lo que quiero, tranquilícese. El dinero no me interesa; ni el suyo ni el de ningún otro. Estoy aquí para hacer un intercambio.

Yoshida suelta un resoplido por la nariz. Menos mal. Sea quien sea este hombre, cualquiera que sea su precio, quizá haya una forma de llegar a un acuerdo. Si no quiere dinero, sin duda será algo que el dinero pueda comprar. No hay nada que el dinero no pueda comprar, se repite. Nada.

Se relaja en el sillón. La presión del alambre metálico parece algo menos fuerte, ahora que entrevé un atisbo de luz, una posibilidad de negociación.

– Estuve echando un vistazo a sus cintas mientras usted dormía, señor Yoshida. Me parece que usted y yo tenemos muchas cosas en común. A los dos, de algún modo, nos interesa la muerte de personas que nos son desconocidas. A usted, para su íntimo placer; a mí, porque debo hacerlo…

El hombre inclina la cabeza como si examinara la madera lustrosa de la silla. Yoshida tiene la impresión de que sigue un razonamiento propio, y que ese razonamiento, por un instante, le ha llevado lejos de allí. En su voz hay ese sentido de ineluctabilidad que es la esencia misma de la muerte.

– Aquí terminan las cosas en común entre nosotros. Usted lo hace por interpósita persona; yo estoy obligado a hacerlo solo. Usted mira cómo matan otros, señor Yoshida…

El hombre acerca su cara sin semblante.

– Yo mato…

De golpe Yoshida comprende que no tiene salida. Acuden a su mente las primeras páginas de todos los periódicos que han publicado el homicidio de Jochen Welder y Arijane Parker. Hace días que los informativos repiten los detalles escalofriantes de esos dos crímenes, incluida la firma con sangre dejada por el asesino en la mesa de un barco. Las mismas palabras que acaba de pronunciar el hombre sentado ahora frente a él. Lo invade el desaliento. Nadie vendrá en su rescate, porque nadie conoce la existencia de la habitación secreta. Aunque sus vigilantes le buscaran, al no encontrarle en la casa saldrían a buscarle fuera.

Yoshida vuelve a gemir y se mueve en la silla, presa del pánico.

– Usted tiene algo que me interesa, señor Yoshida, algo que me interesa mucho. Por eso le he hablado de un intercambio.

Se levanta y va a abrir el mueble que contiene las cintas VHS.

Saca una cinta virgen, le quita la envoltura y la coloca en la video-grabadora.

Pulsa el botón REC, para iniciar la grabación.

– Algo para mi propio placer, a cambio de algo que le dará placer a usted.

Con un movimiento fluido, introduce una mano en el bolsillo de la bata y al retirarla extrae un puñal que lanza un centelleo siniestro. Se acerca a Yoshida, que se agita salvajemente, olvidándose del alambre que le corta la carne. Con el mismo movimiento fluido le clava el puñal en un muslo. Los gemidos desesperados del prisionero se convierten en un grito de dolor sofocado por la cinta adhesiva que le tapa la boca.

– Esto es lo que se siente, señor Yoshida.

Este enésimo «señor Yoshida», pronunciado con voz sorda, suena en la estancia como un elogio fúnebre. El puñal manchado de sangre baja de nuevo, sobre el otro muslo de la víctima.

El movimiento es tan rápido que esta vez Yoshida casi no experimenta dolor, solo una sensación de frío en la pierna. Y enseguida, nota la humedad tibia de la sangre que gotea hacia la pantorrilla.

– Es extraño, ¿verdad? Quizá las cosas cambian cuando se ven desde una óptica distinta. Pero ya verá que al final quedará igualmente satisfecho. También esta vez obtendrá su placer.

El hombre, con fría determinación, continúa apuñalando a su víctima atada al sillón, mientras sus gestos se graban y se reflejan en las pantallas. Yoshida es apuñalado una y otra vez. Ve cómo la sangre forma grandes manchas rojas en su camisa blanca, al tiempo que el hombre alza y baja, en la habitación y en las pantallas, la hoja de su puñal, una y otra vez. Ve sus propios ojos, enloquecidos por el terror y por el dolor, llenando el espacio indiferente de las pantallas.

La música de fondo, entretanto, ha cambiado. La trompeta desgarra el aire con notas agudas sostenidas por un ritmo acentuado, Una sonoridad de percusiones étnicas que evoca rituales tribales y sacrificios humanos.

El hombre y su puñal prosiguen su ágil danza alrededor del cuerpo de Yoshida; en todas partes abre heridas por las que se cuela la sangre, sobre la tela de las ropas, sobre el suelo de mármol.

La música y el hombre se detienen al mismo tiempo, como en un ballet ensayado hasta el infinito.

Yoshida aún está vivo y consciente. Siente que la sangre y la vida fluyen de las heridas abiertas en todo su cuerpo, que ya no es más que dolor. Una gota de sudor baja por la frente y le quema el ojo izquierdo. El hombre le limpia la cara empapada con la manga de su bata ensangrentada. Un rastro rojizo, redondo como una coma, queda marcado en su frente.

Sangre y sudor. Sangre y sudor, como tantas otras veces. Y, sobre todo, la mirada impasible de las cámaras.

El hombre jadea bajo el pasamontañas de lana. Se acerca a la videograbadora y pulsa el botón para rebobinar la cinta. Cuando la ha vuelto al inicio pulsa PLAY.

En las pantallas, ante los ojos semicerrados de Yoshida y su cuerpo que se desangra lentamente, comienza todo otra vez. De nuevo la primera puñalada, la que le ha atravesado el muslo como un hierro candente. Y después la segunda, con su soplo frío. Y después las otras…

Ahora la voz del hombre es la del destino, morbosa e indiferente.

– Esto es lo que le ofrezco. Mi placer por su placer. Tranquilícese, señor Yoshida. Relájese y vea cómo muere…

Yoshida siente que la voz le llega como a través de un espacio lleno de algodón. Sus ojos están fijos en la pantalla. Mientras la sangre abandona poco a poco su cuerpo, mientras el frío va subiendo y ocupa cada célula, no consigue evitar sentir su enfermo placer.

Cuando la luz abandona sus ojos, ya no se sabe si está contemplando el infierno o el paraíso.

17

Margherita Vizzini cogió la rampa de acceso al aparcamiento de Boulingrins, en la plaza del Casino. Había poca gente por allí a esa hora de la mañana; tanto los ricos como los desesperados todavía dormían, y para los turistas de paso era demasiado temprano. Los que circulaban eran personas que se dirigían al trabajo, como ella. Margherita pasó de la luz del sol, de las personas sentadas en el café de París para desayunar, de los macizos de flores coloridos y ordenados, a la penumbra calurosa y húmeda del aparcamiento. Detuvo su Fiat Stilo e insertó en la máquina su tarjeta de abonada. La barrera se levantó y ella avanzó a marcha lenta hacia el interior.

Venía todas las mañanas de Ventimiglia, Italia, donde vivía. Trabajaba en las oficinas de títulos del ABC, el Banco Internacional de Monaco, en la plaza del Casino, justo enfrente de una tienda de Chanel.

Había sido una verdadera suerte encontrar ese puesto en Montecarlo. Y sobre todo, haberlo conseguido sin ninguna relación o recomendación. Después de obtener la licenciatura en economía y comercio con muy buenas calificaciones, le habían hecho diversas propuestas de trabajo, como sucede siempre a los estudiantes que destacan, pero la del ABC la había sorprendido.

Había ido a una entrevista sin abrigar muchas esperanzas pero, para su gran asombro, la habían elegido y contratado. El cargo presentaba varias ventajas: primero, un sueldo inicial sensiblemente más alto que el que hubiera cobrado en Italia; luego, el hecho de que, cuando se trabajaba en Montecarlo, las condiciones fiscales eran una historia muy distinta…

Margherita sonrió. Era una joven bonita, de pelo castaño, corto, y cara simpática, agradable. Un puñado de pecas en su pequeña nariz daban a su rostro la expresión picara de un elfo.

Un coche que daba marcha atrás para salir de su plaza la obligó a detener el suyo. Aprovechó ese momento para mirarse en el espejo retrovisor. Lo que vio la satisfizo.

Aquel día iría Michel Lecomte al banco, así que tenía que estar guapa.

«Michel…»

Al pensar en Michel y sus miradas tiernas experimentó una grata sensación de calor en la boca del estómago. Lo que los ingleses definen como tener «el estómago lleno de mariposas». Hacía ya un tiempo que había entre ambos un agradable juego de seducción, muy atrayente en su sutileza. Y ahora había llegado el momento de apretar un poco el acelerador.

El camino quedó libre. Enfiló por la rampa y comenzó a descender a la profundidad del aparcamiento, que ocupaba varios pisos bajo la plaza. Tenía su plaza de aparcamiento en la penúltima planta, en un espacio reservado para los empleados y funcionarios del banco.

Conducía con prudencia pero con desenvoltura. Bajó varios niveles; en algunos tramos los neumáticos rechinaban en el suelo brillante cuando ella viraba para tomar la curva de la rampa siguiente. Al fin llegó a su planta. El espacio reservado para ellos quedaba al fondo, detrás del muro divisorio.

Giró un poco a la izquierda para sortear el muro, y le sorprendió ver que el sitio estaba ocupado por una gran limusina, un brillante Bentley negro con cristales oscuros.

¡Qué extraño! Rara vez se veía esa clase de coches en el aparcamiento subterráneo. En general, esos vehículos los conducía un chófer vestido de oscuro, que, de pie junto a la puerta posterior abierta, ayudaba a subir y bajar a los pasajeros. O bien se dejaban con descuido ante las puertas del hotel de París y se encargaba a alguien que los aparcara en un lugar conveniente.

Probablemente pertenecía a un cliente del banco. El hecho de que fuera un Bentley excluía cualquier protesta, así que Margherita decidió aparcar en la plaza libre de al lado.

Quizá distraída por estos pensamientos, cometió un pequeño error de cálculo, y mientras maniobraba chocó contra la parte posterior izquierda de la limusina. Oyó el ruido de un faro de su coche que se rompía, mientras que la pesada berlina absorbía el golpe con una leve sacudida de la suspensión.

Margherita dio marcha atrás con suavidad, como si esta precaución pudiera anular el pequeño desastre que había causado. Luego miró con ansiedad la parte posterior del Bentley. Vio un arañazo en la carrocería, no muy grande pero bastante visible; había quedado con la marca del plástico gris de su parachoques.

Se secó las palmas de las manos en el volante.

Ahora debería ocuparse de todos los fastidiosos trámites que implicaba el incidente, y no digamos del embarazo de tener que confesar a un cliente del banco el daño que le había ocasionado.

Bajó de su coche y se acercó a la limusina, a la altura de la ventanilla posterior. Le pareció que dentro había alguien, una silueta borrosa que apenas distinguía debido a los cristales polarizados.

Acercó la cabeza, protegiéndose los ojos con las manos para evitar el reflejo. Sí, parecía que había alguien en el asiento posterior.

Le resultó extraño. Si así fuera, sin duda la persona se habría apeado al notar el choque.

Entornó los ojos. En ese momento la figura de dentro se inclino y se deslizó a un lado; la frente quedó apoyada contra la ventanilla.

Margherita vio con horror el rostro de un hombre, todo rojo de sangre; sus ojos sin vida la miraban muy abiertos; los dientes estaban completamente al descubierto, en una sonrisa de calavera.

Salto hacia atrás y, casi sin darse cuenta, comenzó a gritar.

18

Frank Ottobre y el comisario Hulot no habían dormido nada.

Habían pasado la noche delante de la cubierta muda de un disco, escuchando una y otra vez una cinta que no les había dicho gran cosa. Habían elaborado y descartado todas las hipótesis y habían pedido ayuda a cualquiera que supiera algo de música. También Rochelle, un inspector fanático de los equipos de alta fidelidad y poseedor de una increíble discoteca, se había concentrado en los dedos ágiles de Carlos Santana que atormentaban las cuerdas de una guitarra.

Habían navegado por internet, buscando en todos los sitios posibles alguna indicación que pudiera servirles para descifrar el mensaje del asesino.

Nada.

Estaban frente a una puerta cerrada y no lograban encontrar la llave. Fue una noche de muchos cafés y, por mucho azúcar que le pusieran, de sabor amargo en la boca. El tiempo pasaba y, con él, las esperanzas se desvanecían.

Del otro lado de la ventana, más allá de los tejados, el cielo se iba volviendo azul. Hulot se levantó del escritorio y fue a mirar por la ventana. En la calle el tráfico aumentaba poco a poco. Para la gente común aquella sería una nueva jornada de trabajo después de una noche de sueño. Para ellos, otro día de espera después de una noche de pesadilla.

Frank, sentado con una pierna sobre el apoyabrazos de su sillón, parecía muy ocupado contemplando el techo. Hulot se apretó el puente de la nariz y soltó un suspiro de cansancio e impotencia.

– Claude, hazme un favor.

– Diga, comisario.

– Ya sé que no eres camarero, pero eres el más joven y debes pagar por ello. Ve a ver si es posible conseguir un café un poco mejor que el de las máquinas.

Morelli sonrió.

– No veía la hora de que me lo pidiera. También a mí me apetece un café como es debido.

Mientras el inspector salía del despacho, Hulot se pasó la mano por el pelo canoso, más ralo en la nuca.

Cuando llegó la llamada supieron que habían fracasado.

Hulot se llevó el receptor a la oreja y le pareció que aquel pedazo de plástico pesaba cien kilos.

– Hulot -dijo, lacónico.

Escuchó lo que le decían y palideció.

– ¿Dónde?

Otra pausa.

– Está bien, llegamos enseguida.

Nicolás reapareció y escondió el rostro entre las manos.

Durante la conversación, Frank se había puesto de pie. El cansancio parecía haber desaparecido en un instante; de pronto mostraba la tensión de un perro de caza ante una presa. Miraba a Hulot con la mandíbula apretada; los ojos, un poco enrojecidos, eran dos grietas.

– Tenemos un cadáver, Frank, en el aparcamiento subterráneo que está frente al casino. Sin cara, como los otros dos.

Hulot se levantó del escritorio y se dirigió hacia la puerta, seguido por Frank. Por poco no se tropezaron con Morelli, que entraba con una bandeja y tres tazas.

– Comisario, aquí está el caf…

– Morelli, deja el café y llama un coche. Han encontrado otro cadáver. ¡Deprisa!

Tras salir del despacho, Morelli se dirigió a un policía que pasaba `por el pasillo.

– Dupasquier, rápido, un coche abajo. Volando.

Bajaron en un ascensor que parecía venir de la cima del Himalaya.

Salieron y en el patio encontraron un coche que los esperaba con el motor en marcha y las puertas abiertas. Todavía no habían acabado de cerrarlas cuando el vehículo ya arrancaba.

– A la plaza del Casino. Conecta la sirena, Lacroix, y no te preocupes por los neumáticos -dijo Hulot al chófer, un muchacho joven de aspecto despierto, que no se hizo rogar y partió con un chirrido de caucho.

Recorrieron la subida de Sainte-Dévote y llegaron a la plaza con el estridente silbido de la sirena, entre cabezas que se daban vuelta a su paso. La pequeña muchedumbre de curiosos que se apiñaba frente a la entrada del aparcamiento parecía la réplica de la que había ocupado el puerto unos días atrás. Delante del casino se extendía la mancha de color de los jardines públicos, llena de macizos de flores y palmeras. A la izquierda, en el gran parterre de la rotonda frente al hotel de París, un hábil jardinero componía con flores la fecha del día. Frank pensó que, para la nueva víctima, alguien la había compuesto con sangre.

El coche patrulla se abrió paso con ayuda de los agentes, entre decenas de ojos que miraban ansiosos intentando distinguir el rostro de quienes iban dentro. Entraron en el aparcamiento y bajaron con un chirrido de neumáticos hasta el penúltimo nivel, donde esperaban otros dos coches con las luces giratorias encendidas, que lanzaban estelas luminosas contra los muros y los techos.

Frank y el comisario se apearon como si los asientos quemaran. Hulot habló con un agente y señaló los otros coches.

– Dígales que apaguen esas luces; si no, en cinco minutos estaremos todos ciegos.

Se acercaron al gran Bentley oscuro aparcado contra el muro. Apoyado contra el cristal de la ventanilla manchada de sangre estaba el cadáver de un hombre.

Al verlo, Hulot apretó los puños hasta que los nudillos le quedaron blancos.

– ¡Hostia! ¡Hostia! ¡Hostia! -exclamó, como si ese acceso de ira pudiera de algún modo cambiar el horror que contemplaba.

– Es él, maldita sea.

Frank sintió que el cansancio de la noche en blanco se convertía en desaliento. Mientras ellos se hallaban en el despacho tratando desesperadamente de descifrar el mensaje de un loco, había dado un nuevo golpe.

Hulot se volvió hacia los policías que estaban a sus espaldas.

– ¿Quién lo ha encontrado?

Se acercó un uniformado.

– He sido yo, comisario. O, mejor dicho, he sido el primero en llegar. Estaba aquí para trasladar un coche, y he oído gritar a la muchacha…

– ¿Qué muchacha?

– La que ha encontrado el cuerpo. Está sentada en su coche, trastornada, llorando sin parar. Trabaja en el banco ABC, aquí arriba. Mientras aparcaba su coche ha chocado contra el Bentjey, ha bajado a comprobar los daños y entonces lo ha visto…

– ¿Nadie ha tocado nada?

– No, no he dejado que se acercara nadie. Esperábamos que llegaran ustedes.

– Bien.

Frank fue al coche a buscar un par de guantes de látex y se los puso mientras volvía junto a la limusina. Probó la cerradura de la puerta delantera, del lado del conductor. La cerradura saltó. El coche no estaba cerrado con llave.

Entró en el vehículo y observó el cadáver. El hombre llevaba una camisa blanca tan empapada de sangre que apenas se veía el color original. Los pantalones eran negros, probablemente de un traje de etiqueta. La tela estaba muy rasgada, producto de numerosas puñaladas. Al lado del cadáver, sobre el asiento de piel, la inscripción, trazada con sangre.

«Yo mato…»

Asomándose por encima del asiento de cuero acolchado, cogió cuerpo por la espalda e intentó levantarlo para apoyarlo contra el respaldo, de modo que no resbalara. En ese momento oyó que algo caía con un ruido sordo en el suelo del coche.

Bajó, fue a abrir la otra puerta, del lado del cadáver, y se puso en cuclillas. Hulot, de pie tras él, se inclinó hacia delante para ver mejor, con los brazos a la espalda. No llevaba guantes y no quería tocar nada.

Desde su posición, Frank vio enseguida lo que había oído caer en la moqueta del coche. Casi oculta bajo el asiento delantero había una cinta VHS; con toda probabilidad estaba en el regazo del cadáver y el movimiento la había desplazado. Cogió un bolígrafo del bolsillo de la chaqueta y lo introdujo en uno de los dos agujeros. La levantó y se quedó observándola un instante; luego cogió una bolsa de plástico, puso dentro la cinta de vídeo y la cerró herméticamente.

Durante esa operación vio que el muerto estaba descalzo y tenía unas marcas profundas en las muñecas. Frank cogió una mano y probó la flexibilidad de los dedos. Levantó los pantalones para comprobar si también tenía marcas en los tobillos.

– A este desdichado lo inmovilizaron con algo muy resistente, tal vez alambre metálico. A juzgar por la coagulación de la sangre y la movilidad de los miembros, no ha muerto hace mucho. Y no ha muerto aquí.

– Por el color de las manos, yo diría que ha muerto desangrado a causa de las heridas.

– Exacto. Si hubiera muerto aquí, habría mucha más sangre en los asientos, en el suelo del coche y en la ropa. Además, me parece el lugar menos apropiado para el trabajo que debía hacer el asesino. No, a este pobre hombre lo han asesinado en otra parte y después lo han metido en el coche.

– Pero ¿por qué tomarse tantas molestias?

Hulot retrocedió para permitir que Frank se levantara.

– Quiero decir, ¿por qué correr el riesgo de transportar un cadáver de un lado para otro, de noche, en coche, y correr el riesgo de ser descubierto?

Frank miró a su alrededor, perplejo.

– No lo sé. Pero es una de las cosas que debemos descubrir.

Guardaron silencio unos instantes; contemplaron el cadáver apoyado en el respaldo, con los ojos desmesuradamente abiertos en el espacio estrecho de su lujoso ataúd.

– A juzgar por lo que queda del traje y del coche, debía de ser un tío rico.

– Veamos a nombre de quién está esta carroza.

Rodearon el Bentley y abrieron la puerta del acompañante. Frank pulsó un botón del salpicadero para abrir la guantera. La portezuela se deslizó hacia fuera sin ruido. Cogió un estuche de piel en el que había varios documentos, entre ellos el permiso de circulación del vehículo.

– Aquí está. El coche está a nombre de una sociedad, la Zen Electronics.

– ¡Santo cielo! Alien Yoshida…

La voz del comisario reflejaba estupefacción.

– El dueño de Sacrifiles.

– Mierda, Nicolás. Ahí tenemos el significado del indicio.

– ¿A qué te refieres?

– El tema de Santana, el que hemos oído una y otra vez. El disco se grabó en vivo en Japón. Yoshida era mitad estadounidense, mitad japonés. ¿Y recuerdas las canciones de Santana? Hay una que se titula «Soul Sacrifice», ¿entiendes? ¡Sacrifice! Es un juego de palabras con «Sacrifiles». Y, si no me equivoco, en Lotus hay una canción que se titula «Kioto». No me sorprendería que Yoshida haya tenido algo que ver también con esa ciudad.

Hulot señaló el cadáver.

– ¿Tú dices que es él? ¿Que este es Alien Yoshida?

– Apostaría todo el oro de Fort Knox. Y me viene otra cosa a la cabeza…

Hulot lo miraba, perplejo. En la mente de Frank iba abriéndose camino una idea descabellada.

– Nicolás, si Yoshida ha sido asesinado en otra parte y después lo han transportado para que se lo encontrara en la plaza del Casino de Montecarlo, ha sido por un motivo muy preciso.

– ¿Cuál?

– ¡Este hijo puta quiere que nosotros nos ocupemos de la instigación!

Hulot pensó que, si lo que decía Frank era cierto, no había límite a la locura de aquel hombre, así como tampoco tenía límite su sangre fría. Tuvo un mal un presagio; por lo que les esperaba, por el asesino con que se enfrentaban, por los muertos que ya cargaban a la espalda.

Un ruido de neumáticos anunció la llegada de la ambulancia y del coche del médico forense. Casi enseguida apareció por la rampa también el furgón de la brigada científica.

Hulot se apartó para ir a recibirlos. Frank permaneció solo junto a la puerta abierta. Mientras reflexionaba, su mirada se paró en el estéreo del coche. Asomaba algo. Lo sacó.

Era un cásete completamente rebobinado. Lo miró durante un instante y luego lo introdujo en el equipo, que se puso en marcha. Todos los que se hallaban cerca pudieron oír claramente las notas burlonas de «Samba para ti».

19

Cuando volvieron a la central, la entrada del edificio estaba abarrotada de periodistas.

– Que el diablo se los lleve, malditos buitres.

– Era de prever, Nicolás. En el aparcamiento nos libramos, pero no se puede esquivar siempre a esta gente. Piensa que esta es la menor de todas las dificultades que tenemos.

Hulot se dirigió al chófer, el mismo que los había llevado a la ida:

– Aparca en la parte trasera. Ahora no tengo ningunas ganas de hablarles.

El coche avanzó y se detuvo en la puerta para vehículos. Al ver al comisario en el interior del coche, los reporteros se desplazaron con un movimiento tan simultáneo que parecía fruto de un concienzudo ensayo general.

La barrera todavía no se había levantado y ya el vehículo se hallaba rodeado de personas y preguntas. Hulot se vio obligado, a su pesar, a bajar el cristal de su ventanilla. El vocerío de los periodistas aumentó de intensidad. Un sujeto pelirrojo y pecoso prácticamente introdujo la cabeza en el coche.

– Comisario, ¿sabe quién es el cadáver del aparcamiento?

Detrás de él, una periodista de Nice Matin a la que Hulot conocía bien se coló, apartando con brusquedad a su colega.

– ¿Cree que el asesino es el mismo que mató a Jochen Welder y a Arijane Parker? ¿Nos enfrentamos a un asesino en serie?

– ¿Qué nos dice de la llamada de esta noche a Radio Montecarlo -gritó otro, asomándose a sus espaldas.

Hulot levantó las manos para detener la avalancha de preguntas.

– Señores, por favor. Ustedes son profesionales y saben muy bien que en este momento no puedo decirles nada. Más tarde habrá un comunicado del director. Por ahora, eso es todo. Disculpen. Vamos, Lacroix.

Avanzando lentamente para no atropellar a nadie, el coche cruzó la entrada de vehículos y la barrera bajó tras ellos.

Se apearon todos; Hulot se pasó las manos por la cara. Estaba ojeroso, por la noche de insomnio y por el nuevo horror que acababa de ver.

Tendió a Morelli la cinta VHS que tenía en el bolsillo, la que había encontrado en el coche de la víctima. Los de la científica se la habían devuelto enseguida, en cuanto vieron que no tenía huellas.

– Claude, manda hacer una copia de seguridad y házmela llegar. Y envíame un televisor y un vídeo. Después llama a Niza y habla con Clavert; dile que me llame apenas haya analizado la cinta de esta noche. No es que espere mucho, pero nunca se sabe. Nosotros estaremos en mi despacho.

Subieron los pocos escalones de la escalera exterior y se detuvieron ante la puerta de cristal. Frank la empujó y entró primero. Desde el momento en que se habían visto en la radio, la noche anterior, él y Hulot no habían permanecido casi ni un instante a solas. Delante del ascensor, el comisario pulsó el botón y las puertas se abrieron con un chirrido.

– ¿Qué piensas?

Frank se encogió de hombros.

– El problema no es qué pienso, sino que no sé qué pensar. Este hombre es un caso aparte. En todas las investigaciones que he llevado, siempre había algo dejado al azar, algún indicio que revelaba que el asesino sufría por ser lo que era. Este, en cambio, actúa con una lucidez impresionante.

– Es cierto. Y mientras tanto, ya tenemos tres muertos.

– Hay una cosa en particular que me pregunto, Nicolás.

– ¿Cuál?

– Aparte de que no sabemos el motivo por el que arranca Ia piel del cráneo de sus víctimas, en el primer caso, el de Jochen \X/elder y Arijane Parker, se trataba de un hombre y una mujer. Ahora tenemos un solo cadáver, de un hombre. ¿Cuál es el nexo de unión? O, mejor dicho, si excluimos por el momento a la mujer ¿qué vincula a Jochen Welder, dos veces campeón del mundo de Fórmula Uno, con Alien Yoshida, empresario de informática de relevancia mundial?

Hulot se apoyó en la pared de metal del ascensor.

– Los puntos en común más evidentes son la fama y la edad, ya que los dos rondaban los treinta y cinco años. Y quizá también el atractivo físico.

– De acuerdo. Entonces, ¿cómo encaja Arijane Parker? ¿Por qué una mujer?

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Hulot bloqueó la célula fotoeléctrica en la mano.

– Tal vez al asesino le interesaba Jochen Welder, pero ella se cruzó en su camino y se vio obligado a matarla.

– También en eso estoy de acuerdo. Pero, entonces, ¿por qué utilizó con ella el mismo procedimiento?

Atravesaron el pasillo hasta el despacho de Hulot. Las personas con las que se cruzaban los miraban como a dos veteranos.

– No lo sé, Frank. No sé qué decir. Tenemos tres muertos y ninguna pista que valga la pena. La única que teníamos no logramos descifrarla a tiempo, por lo que ahora cargamos con un muerto más en la conciencia. Aunque, pensándolo ahora, era bastante simple.

– Una vez leí que todos los enigmas son simples una vez que se conoce la solución.

Entraron en el despacho. La luz del sol dibujaba unos cuadrados de luz en el suelo. Fuera era casi verano, pero dentro parecía que el invierno se resistía a marcharse.

Hulot fue al escritorio, cogió el teléfono y marcó el número directo de Froben, el comisario de Niza. Frank se sentó en el sillón, en la misma postura que pocas horas antes.

– ¿Claude? Habla Nicolás. Escucha, ha habido un problema… Mejor dicho, tengo un problema más, para ser exactos. Hemos encontrado otro cadáver, en un coche. El mismo procedimiento que los otros dos. La cabeza completamente desollada. En los documentos el coche figura a nombre de Zen Electronics, la sociedad de Alien Yoshida, ya sabes, el…

El comisario calló, interrumpido por su interlocutor.

– ¿Cómo? Espera., estoy aquí con Frank. Pondré el manos libres, así también lo oirá él. Repite lo que has dicho.

Pulsó un botón del teléfono y se oyó la voz de Froben, algo distorsionada por el amplificador.

– He dicho que estoy en la casa de Yoshida, en Beaulieu. Casas de mil millones. Megamultimillonarios. Servicio de vigilancia y cámaras por todas partes. Nos llamaron esta mañana, alrededor de las siete. El personal de servicio no vive aquí; vienen todos alrededor de las seis y media. Hoy, en cuanto llegaron, comenzaron a poner orden después de una fiesta que el dueño de la casa había dado anoche. Cuando bajaron a la planta inferior encontraron abierta la puerta de una habitación cuya existencia ignoraban.

– ¿Qué significa «cuya existencia ignoraban»?

– Significa lo que he dicho, Nicolás. Una habitación cuya existencia ignoraban, un cuarto secreto que se abre mediante una cerradura de combinación que está escondida en la base de una estatua.

– Disculpa. Continúa.

– Cuando entraron, encontraron un sillón completamente cubierto de sangre. También había sangre en el suelo y en las paredes. Un lago, como ha dicho literalmente el hombre de seguridad que nos llamó, y te aseguro que no exageraba. Estamos aquí desde hace un buen rato, y la brigada científica todavía sigue trabajando. Ya he comenzado a interrogar a algunos miembros del servicio, pero hasta ahora no he obtenido nada.

– Le ha matado allí, Claude. Llegó, mató a Yoshida, hizo su trabajo de mierda, lo cargó en el coche y después abandonó coche y cadáver en el aparcamiento del casino.

– El jefe de seguridad, un ex policía llamado Valmeere, me ha dicho que esta noche, alrededor de las cuatro, vio salir el coche de Yoshida.

– ¿Y no vio quién conducía?

– No. Dice que el coche tiene cristales ahumados y no se puede ver el interior. Además era de noche y con el reflejo de las luces es peor todavía.

– ¿Y no le ha parecido extraño que Yoshida saliera solo a esa hora de la madrugada?

– Lo mismo le he preguntado yo. Valmeere me ha respondido que Yoshida era un tío extraño. De vez en cuando salía solo. Valmeere le había advertido que no era seguro andar solo por ahí, pero no logró hacérselo entender. ¿Quieres saber hasta qué punto era extraño el señor Yoshida?

– Dime.

– En la habitación encontramos una colección de cintas snuff como para darte escalofríos. Con cosas que ni siquiera imaginas. Uno de mis muchachos las vio y tuvo que salir a vomitar. ¿Quieres que te diga algo?

Froben continuó sin esperar la respuesta.

– Si a Yoshida le gustaba ese tipo de películas, ha tenido el fin que merecía.

Las palabras de Froben reflejaban con claridad su repugnancia. Así era la vida de un policía. Siempre se creía haber tocado fondo, y cada vez sucedía algo que desbarataba esa convicción.

– Está bien, Claude. Hazme llegar cuanto antes los resultados del registro del lugar: fotos, huellas, si las hay, y todo lo demás. Y haz lo posible para que podamos efectuar una inspección más tarde. Te lo agradezco.

– No hay de qué. Nicolás…

– ¿Sí?

– El otro día solo lo pensé, pero ahora te lo confieso abiertamente. ¿Me creerías si te dijera que no querría estar en tu lugar?

– Te creo, amigo mío. Claro que te creo…

Hulot colgó el auricular como si fuera extremadamente frágil.

Frank, apoyado en el respaldo del sillón, miraba por la ventana un trozo de cielo azul, sin verlo. Su voz parecía llegar desde mil kilómetros y mil años de distancia.

– ¿Sabes, Nicolás? A veces, cuando pienso en las cosas que suceden en el mundo, cosas como esta, o como lo del World Trade Center, las guerras y todo lo demás, pienso en los dinosaurios.

El comisario lo miró sin hablar. No comprendía adonde quería llegar.

– Desde hace mucho, todos tratan de entender por qué se extinguieron. Se preguntan por qué unos animales que dominaban el mundo desaparecieron de golpe. Quizá de todas las explicaciones la más válida sea también la más simple. Quizá murieron porque todos enloquecieron. Igual que nosotros. Eso es lo que somos: solo pequeños dinosaurios. Y nuestra locura, tarde o temprano, será la causa de nuestro fin.

20

Morelli introdujo la cinta en el vídeo y casi de inmediato aparecieron en la pantalla las barras coloreadas del inicio de la grabación. Hulot bajó las persianas para eliminar los reflejos. Frank, sentado en su solitario sillón, miraba hacia el aparato, instalado en la pared frente al escritorio.

A su lado se hallaba Luc Roncaille, director de la Süreté Publique del principado de Monaco; había llegado de improviso al despacho de Hulot mientras Morelli y un agente montaban el televisor y el vídeo en una mesita con ruedas.

Era un hombre alto, bronceado, con las sienes canosas, una versión europea de Stewart Granger. Frank lo había mirado con instintiva desconfianza. El hombre tenía más aspecto de político que de policía. Un bello rostro que reflejaba una carrera basada más en las relaciones públicas que en la práctica sobre el terreno. Cuando Hulot lo presentó, él y Frank se estudiaron un instante, evaluándose mutuamente. Al mirarlo a los ojos, el estadounidense llegó a la conclusión de que Roncaille no era estúpido. Quizá un oportunista, pero desde luego no era estúpido. Frank tuvo la clara sensación e que, si tuviera que arrojar a alguien al mar para no ahogarse él, lo haría sin el menor problema. O, en todo caso, no se ahogaría solo, apenas se había enterado del hallazgo del cadáver de Yoshida, se les había echado encima. Por el momento no había causado dificultades, pero sin duda había acudido allí con la intención de obtener información suficiente para quedar bien parado ante sus superiores. El principado de Monaco era un pañuelo, sí, pero no era un país de opereta. Había reglas estrictas que respetar y una buena organización estatal que era la envidia de muchas otras naciones.

Lo confirmaba el hecho de que su policía era considerada una de las mejores del mundo.

Por fin aparecieron las imágenes en la pantalla. Primero vieron al hombre atado al sillón, la boca tapada con cinta adhesiva, los ojos abiertos de par en par por el miedo; miraba algo a su izquierda. Todos reconocieron de inmediato en ese rostro desencajado a Alien Yoshida; su foto había aparecido muchas veces en las primeras planas de los periódicos de medio mundo. Después entró en escena una persona de negro. Hulot se quedó sin aliento. Al mirar al hombre y su vestimenta, por un instante Frank pensó en un defecto de la cinta o de la filmación, a causa de las protuberancias de los codos y las rodillas. Después se dio cuenta de que formaban parte del camuflaje, y de golpe se dio cuenta de la clase de persona que estaban viendo.

– ¡Grandísimo hijo puta! -exclamó entre dientes.

Los presentes se dieron la vuelta instintivamente para mirarlo. Frank hizo un gesto, excusándose por haber perturbado la visión, y todos volvieron a concentrarse en las imágenes. Con los ojos desmesuradamente abiertos por el horror, vieron cómo la figura de negro apuñalaba de forma científica a la persona inmovilizada en el sillón, de modo que ninguna de las puñaladas fuera letal. Vieron sus movimientos, antinaturales a causa de la ropa, con los que abría heridas que no cicatrizarían nunca; vieron la sangre que se extendía a cámara lenta por la tela de la camisa blanca de Yoshida, como flores que necesitaran nutrirse de su vida para poder abrirse.

Vieron la muerte en persona, bailando alrededor de un hombre, saboreando su dolor y su terror a la espera de llevárselo consigo por toda la eternidad.

Después de un rato que pareció durar siglos, la figura de negro se quedó quieta. El rostro de Yoshida estaba empapado de sudor. El hombre extendió un brazo y se lo enjugó con la manga de su bata. En la frente del prisionero quedó un rastro rojizo, una coma de vida en aquel ritual de muerte.

Había sangre por todas partes. En el mármol del suelo, en Ia ropa, en las paredes. El hombre de negro fue hacia los aparatos de audio dispuestos a lo largo de la pared de su derecha y extendió la mano hacia una de las máquinas. De pronto se detuvo y ladeó la cabeza, como si hubiera tenido un pensamiento inesperado. Después se volvió hacia la cámara que había a su espalda y se inclinó, indicando con un ademán delicado al hombre que agonizaba en el sillón.

Giró de nuevo, pulsó un botón, y en el vídeo cayó la nieve del invierno y del infierno.

En el despacho, el silencio tenía una voz distinta para cada uno de los presentes.

Frank fue transportado de golpe al pasado, a una casa a la orilla del mar, a imágenes que nunca habían dejado de pasar, como una interminable cinta de vídeo, ante sus ojos. El recuerdo, de nuevo, provocó dolor, y el dolor se volvió odio, que Frank repartió a partes iguales entre él mismo y aquel asesino.

Hulot levantó las persianas y la luz del sol volvió a la estancia como una bendición.

– Jesús bendito, pero ¿qué cosa diabólica está sucediendo aquí?

La voz salió como una plegaria de la boca de Roncaille.

Frank se levantó del sillón. Hulot vio el fulgor de su mirada. Por un instante tuvo la sensación de que, si la figura de negro del vídeo se hubiera quitado las gafas de espejo, también en sus ojos habrían podido ver el mismo fulgor.

Agua al agua, fuego al fuego, locura a la locura. Y muerte a la muerte.

Hulot se estremeció como si el aire acondicionado hubiera traído de golpe un soplo de viento del polo Norte. Y quizá la voz de Frank venía del mismo lugar.

– Señores -dijo Frank-, en esta cinta hemos visto a Satanás en persona. Quizá este hombre es un loco de atar, pero tiene también una lucidez y una astucia sobrehumanas.

Señaló con la mano el aparato todavía encendido, en el cual seguía el efecto de la nieve..

Han visto ustedes cómo iba vestido. Han visto los codos y as rodillas. No sé si era su intención grabar la cinta cuando fue a la casa de Yoshida; probablemente no, porque no podía conocer la existencia de esa habitación secreta y la perversión particular del dueño de casa. Quizá improvisó. Quizá sorprendió a su víctima mientras abría su sanctasanctórum y le divirtió la idea de que pudiéramos verlo mientras mataba a ese infeliz. No, tal vez el término más apropiado sea «admirarle». Esto, en lo que concierne a su locura. Morelli, ¿puedes retroceder la cinta?

El inspector apuntó el mando a distancia y la cinta comenzó a rebobinarse. Al cabo de pocos segundos Frank le indicó con un gesto que la detuviera.

– Está bien así, gracias. ¿Puedes parar la imagen en un momento en el que se vea bien a nuestro hombre?

Morelli pulsó un botón y la imagen se congeló en la figura de negro con el puñal levantado. Una gota de sangre que caía de la hoja quedó inmóvil en el aire. El jefe de policía cerró los ojos con asco; sin duda ese tipo de espectáculo no formaba parte de su trabajo habitual.

– Aquí está.

Frank se acercó a la pantalla e indicó el brazo levantado del asesino, a la altura del codo.

– El hombre sabía que en la casa había cámaras. O al menos estaba al tanto de que hay cámaras de control en casi todo el principado. Sabía que, al llevar el Bentley al aparcamiento de Boulingrins, corría el riesgo de que le filmaran. Y sobre todo sabía que uno de los parámetros corrientes de identificación se basa en las mediciones antropométricas que pueden efectuarse mediante el análisis de una grabación de vídeo. Hay valores que son propios de cada individuo: el tamaño de las orejas, la distancia de las muñecas a los codos, la distancia de los tobillos a las rodillas. Y pueden obtenerse con los aparatos de que disponen las brigadas científicas de las policías de todo el mundo. Por eso se puso esa especie de prótesis en las piernas y los brazos. De ese modo, no tenemos ninguna posibilidad de averiguar algo. Ni rostro, ni cuerpo. Solo la estatura, es un dato común a millones de personas. Por eso les digo que lúcido y astuto, además de loco.

– ¿Precisamente aquí tenía que actuar ese maniático?

Quizá Roncaille oía crujidos siniestros que amenazaban con apearle de su sillón de jefe de la Süreté. Miró a Frank tratando a recobrar una apariencia de calma.

– ¿Qué se proponen ustedes hacer ahora?

Frank miró a Hulot. El comisario entendió que le estaba cediendo la palabra en consideración a Roncaille.

– Estamos investigando en distintos frentes. Tenemos pocas pistas Pero alg0 es algo. Esperamos que lleguen de Lyon los resultados de los nuevos análisis de las cintas de las llamadas. Cluny, el psicopatólogo, está preparando un informe sobre el individuo, basado en esas cintas. Están los resultados del registro del barco, del coche de Yoshida y de su casa. No esperamos obtener gran cosa de todo esto, pero tal vez se nos ha escapado algo. Las autopsias no han revelado mucho más que los primeros exámenes. El único vínculo cierto que tenemos con el asesino son las llamadas que ha hecho a Radio Montecarlo antes de sus asesinatos. Estamos controlando las emisiones durante las veinticuatro horas. Desgraciadamente, como ya hemos visto, el hombre tiene una astucia y una preparación solo comparables a su crueldad. Hemos montado una unidad, a cargo del inspector Morelli, que recibe las llamadas y controla todas las señales sospechosas…

Morelli se sintió obligado a intervenir.

– Han llegado muchísimas llamadas y, después de este nuevo homicidio, creo que llegarán todavía más. Algunas son delirantes, como historias de extraterrestres y ángeles vengadores, pero en las demás no pasamos nada por alto. De más está decir que para controlarlo todo se necesita tiempo y personal, y no siempre los tenemos.

– Ya veré qué puedo hacer -dijo Roncaille-. Puedo pedir refuerzos a la policía francesa. No hace falta que les diga que el principado prescindiría gustosamente de este asunto. Siempre hemos dado una imagen de seguridad, de isla feliz en medio de los horrores que ocurren en otras partes del mundo. Ahora que este loco nos desafía con estos asesinatos, debemos demostrar una eficacia acorde a esa imagen. En pocas palabras, debemos atraparle lo más deprisa posible. Antes de que mate a otras personas.

Roncaille se levantó y alisó las arrugas de sus pantalones de lino

– Bien, los dejo trabajar. Les confieso que muy pronto tendré que comunicar al procurador general la información que acaban de darme. Es un deber del que me libraría de buena gana… Hulot manténganos informados a cualquier hora del día o de la noche. Suerte, señores.

Se dirigió a la puerta, la abrió, salió del despacho y la cerró con delicadeza a sus espaldas. El sentido de sus palabras, pero en particular el tono de su voz, dejaban muy claro lo que quería decir ese «debemos atraparle». El significado exacto era: «ustedes deben atraparlo»; tampoco pasaba inadvertida la amenaza de represalias en caso de que fracasaran.

21

Frank, Hulot y Morelli se quedaron en la habitación, sintiendo el gusto amargo de la derrota. Habían tenido una pista y no la habían descifrado. Habían tenido la posibilidad de detener a un asesino, y ahora tenían tan solo otro cadáver con el cráneo desollado tendido en la mesa del depósito de cadáveres. De momento, Roncaille solo había ido a explorar, a dar una vuelta de reconocimiento a la espera de la verdadera batalla, a advertirles que de allí en adelante se desatarían fuerzas que tal vez exigirían cortar muchas cabezas. Y que la suya no caería sola. Punto y aparte.

Llamaron a la puerta.

– Adelante.

Por la puerta entornada asomó el rostro de Claude Froben.

– Comisario Froben, vengo a dar el parte.

– Ah, hola Claude, pasa.

Froben se dio cuenta enseguida del ambiente de derrota que se respiraba en la estancia.

– Buen día a todos. Me he cruzado con Roncaille, ahí fuera. Mal momento, ¿eh?

– Peor no podría ser.

– Ten, Nicolás, te he traído un regalo. Revelado en tiempo récord exclusivamente para ti. Para lo demás, lo lamento; tendrás que esperar todavía un poco.

Dejo en el escritorio el sobre marrón que llevaba en la mano. Frank se levantó del sillón y fue a abrirlo. Contenía unas fotos en blanco y negro, una versión estática de lo que ya habían visto en el vídeo, una habitación vacía que era la imagen metafísica de un crimen. La habitación donde una figura de negro había matado a un hombre de alma más negra aún.

Miró rápidamente las fotos y se las pasó a Hulot, que las dejó en el escritorio sin siquiera mirarlas.

– ¿Habéis encontrado algo? -preguntó a Froben, sin mucha esperanza.

– Mis muchachos han registrado esa habitación, y la casa en general, con sumo cuidado. Hay muchas huellas, pero ya sabes que a veces tener muchas huellas es como no tener ninguna. Si me das las del cadáver, podemos compararlas para intentar una identificación definitiva. Hemos encontrado cabellos en el sillón, y aunque es casi seguro que pertenecen a Yoshida…

– De eso no hay la menor duda. Y el muerto es él -le interrumpió Hulot.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro?

– Antes de continuar, me parece justo que veas algo.

– ¿Qué?

Hulot se apoyó en el respaldo y se volvió hacia Morelli.

– Siéntate y agárrate fuerte. Morelli, pon la cinta, por favor.

El inspector apuntó el mando a distancia y de nuevo la pantalla se llenó con aquella danza macabra. Su puñal parecía una aguja que cosía la muerte en la ropa de Yoshida, un traje rojo de sangre para el carnaval del infierno. Froben miraba con los ojos muy abiertos. Cuando la película terminó, con la reverencia satisfecha del hombre de negro, tardó algunos instantes en encontrar las palabras.

– ¡Cielo santo! ¡Aquí ya no estamos en la tierra!… Casi he sentido el impulso de hacer la señal de la cruz. ¿Qué puede haber en la cabeza de ese hombre?

– Todo el talento que la locura puede poner a disposición de la maldad: sangre fría, inteligencia y astucia. Y ni siquiera el menor atisbo de piedad.

Las palabras de Frank contenían su propia condena tanto corno la condena al asesino al que se enfrentaban. Ninguno de los dos podía detenerse. Uno continuaría matando hasta que el otro lo atrapara. Y, para lograrlo, Frank debía dejar a un lado su mente de hombre racional para ponerse, también él, un traje negro.

– Froben, ¿qué nos dices de las cintas encontradas en la casa de Yoshida?

Por un instante Froben pareció aliviado de que la conversación hubiera cambiado de rumbo. En los ojos del estadounidense había una luz que le intimidaba. Por momentos su voz tenía el sonido del que susurra fórmulas mágicas para evocar fantasmas.

– Se parece a lo que acabamos de ver: cosas que hielan la sangre en las venas. Hemos comenzado una investigación, ya veremos adonde nos lleva. Las cosas que hay allí dentro me hacen pensar que el difunto señor Yoshida no era en vida un tipo mucho mejor que el hombre que le ha matado. Cosas para perder por completo la fe en los seres humanos… En mi opinión, ese sádico ha tenido el fin que se merecía.

Hulot, sentado al escritorio, dio al fin voz a sus pensamientos:

– Según vosotros, ¿por qué el asesino ha sentido la necesidad de grabar esta cinta?

Frank se acercó a la ventana y se apoyó en el alféizar de mármol; miraba una calle que no veía.

– No la ha hecho para nosotros.

– ¿Qué quieres decir?

– Hay un momento, hacia el final de la grabación, en el que el asesino se ha bloqueado. Solo en ese momento ha pensado en nosotros. Entonces se ha girado y nos ha hecho la reverencia. No, no ha grabado la cinta para nosotros… ¿Y para quién, entonces?

Froben se dio vuelta, pero solo vio la espalda y la nuca del estadounidense.

– La ha hecho para Yoshida.

– ¿Para Yoshida?

Frank volvió lentamente al centro de la habitación.

– Está muy claro. Ya han visto ustedes que le hirió de modo que ninguno de los cortes fuera mortal. A veces el mal utiliza una extraña forma de homeopatía. El asesino le hizo volver a ver en esta cinta su propia muerte.

Quinto carnaval

El hombre ha regresado.

Ha cerrado con cuidado tras de sí la puerta hermética de su guarida de paredes de metal. Silencioso y solo, como siempre. Ahora de nuevo se ha encerrado lejos del mundo, tal como el mundo se ha cerrado lejos de él.

Sonríe mientras apoya con suavidad una bolsa de tela oscura en la mesa de madera que está contra la pared. Esta vez está seguro de no haber cometido errores. Se sienta y enciende la lámpara con gesto solemne y ritual. Hace saltar las hebillas de la mochila y abre la bolsa con los mismos movimientos ceremoniosos. Saca una caja negra de cartón encerado. La apoya en la superficie y la contempla un instante, como si fuera un regalo que uno no abre enseguida para prolongar el placer de descubrir qué hay dentro.

La noche no ha transcurrido en vano. El tiempo se ha sometido dócilmente a sus necesidades. También otro hombre inútil se ha sometido a sus necesidades y le ha proporcionado lo que él buscaba. Ahora la música se ha liberado, y en su cabeza resuena la marcha triunfal de la victoria.

Abre la caja e introduce con cuidado las manos. La luz de la lámpara ilumina la cara de Alien Yoshida mientras la extrae con delicadeza del embalaje de cartón. Caen unas gotas de sangre, que se juntan con otras en el fondo de la caja. La sonrisa del hombre se ensancha. Esta vez ha sido muy precavido. Ha usado como soporte para su trofeo la cabeza de un maniquí de plástico ligero, como los que usan los peluqueros para poner las pelucas.

Mia con atención la máscara fúnebre y encuentra una nueva razón para sonreír. Piensa que nada ha cambiado. Del vacío de un entupido maniquí humano al plástico inerte de otro muñeco.

Pasa con delicadeza las manos por la piel tirante, acaricia los cabellos a los que la muerte ha quitado el brillo, comprueba que no haya daños en la piel o en el cuero cabelludo. Solo algunas manchas de sangre perturban la belleza de ese rostro.

Excelente trabajo. Se relaja un instante contra el respaldo de la silla y cruza las manos detrás de la nuca. Arquea la espalda para estirar los músculos del cuello.

El hombre está cansado. La noche ha sido provechosa, pero agotadora. La tensión acumulada acaba por cobrar su precio.

El hombre bosteza, pero todavía no ha llegado el momento de descansar. Antes debe terminar su trabajo. Se levanta, coge de un mueble una caja de pañuelos de papel y un frasco de líquido desinfectante y vuelve a sentarse a la mesa. Comienza a limpiar con suavidad las manchas de sangre de la máscara.

Ahora la música que suena en su cabeza tiene el sonido sosegado de algunas melodías New Age, ondea en el suave contrapunto de coros simples. Hay un instrumento étnico, quizá una flauta de Pan, que le acaricia la mente con el mismo movimiento delicado con que él acaricia lo que ha sido el rostro de un hombre.

Ya ha terminado. En la mesa, junto a la máscara, hay unos pañuelitos manchados de color rosáceo. El hombre admira con ojos entornados su obra maestra.

Desde que ha entrado casi no ha hecho ruido, pero aun así le llega la voz, llena de aprensión.

«¿Eres tú, Vibo?»

El hombre levanta la cabeza y mira hacia la puerta que se abre cerca de la mesa a la que está sentado.

– Sí, soy yo, Paso.

«¿Cómo has tardado tanto? Me he sentido solo, aquí en la oscuridad.»

El hombre experimenta un nerviosismo que, sin embargo, no adivina en su voz. Vuelve la cara hacia el vano en penumbra de puerta entornada, a su izquierda.

– No he ido a divertirme, Paso. Lo que he ido a hacer lo he hecho por ti…

Hay un ligero tono de recriminación, que provoca una respuesta inesperadamente sumisa.

«Lo sé, Vibo, lo sé. Lo lamento. Discúlpame. Es solo que el tiempo no pasa cuando tú te vas.»

El hombre siente una oleada de ternura. Su breve cólera se calma. De pronto es el león que recuerda los juegos infantiles de los cachorros. Él es el lobo que defiende y protege a los más débiles de su manada.

– Todo está bien, Paso. Ahora dormiré aquí, contigo. Y además te he traído un regalo.

Voz sorprendida. Voz impaciente.

«¿Qué es, Vibo?» En la cara del hombre reaparece la sonrisa. Vuelve a poner la máscara en la caja y cierra la tapa. Apaga la lámpara que hay frente a él. Esta vez todo debería ser perfecto. Todavía sonriendo, coge la caja y va hacia la puerta de la que vienen la oscuridad y la voz.

Con el codo pulsa un interruptor de luz, a su izquierda.

– Algo que te gustará, ya verás.

El hombre entra en la habitación. Es una estancia austera, con paredes de metal pintado de gris, color plomo. A la derecha, una cama de hierro muy espartana, y al lado, una mesilla de noche de madera, de igual sencillez. En la superficie del mueble, una lámpara y nada más. La manta estirada, sin una arruga. La almohada y la parte de la sábana doblada sobre la manta están perfectamente limpias.

Paralelo a la cama, a más o menos un metro de distancia, hay un cofre de cristal de un par de metros de largo, apoyado sobre dos caballetes de madera parecidos a los que sostienen la mesa de la otra habitación. El fondo del cofre está conectado mediante un agujero a un tubo de goma de juntas herméticas que termina en una pequeña máquina apoyada en el suelo, entre las piernas del caballete más cercano a la puerta. De la máquina sale un cable de electricidad que termina en una toma de corriente.

Tendido en el cofre hay un cuerpo momificado. Es el cadáver de un hombre de aproximadamente un metro ochenta de estatura, cornpletamente desnudo. Los miembros resecos revelan una complexión muy parecida a la del hombre, aunque ahora la piel apergaminada se ha retirado y deja ver las costillas; las articulaciones de las rodillas y los codos sobresalen como en los miembros de algunos de animales.

El hombre se acerca y apoya la mano en el cristal. El calor dibuja un leve halo en el vidrio limpísimo.

Su sonrisa se hace más amplia. Levanta la caja y la mantiene suspendida sobre el cadáver, a la altura del rostro apergaminado.

«Anda, Vibo, dime qué es.»

El hombre contempla el cuerpo con afecto. Recorre con la mirada el rostro descarnado de ese ser al que alguien, con habilidad quirúrgica, ha extirpado por completo la piel y el cuero cabelludo. El hombre devuelve con una sonrisa misteriosa la sonrisa del cadáver, busca con los ojos sus ojos apagados, escruta con ansia la fijeza de su expresión, como si percibiera algún movimiento en los músculos resecos, que tienen el color de la cera gris.

– Ya verás, ya verás. ¿Te apetece oír un poco de música?

«Sí. No. No, después. Enséñame qué hay ahí dentro. Déjame ver qué me has traído.»

El hombre da un paso atrás, como si jugara con un niño al que es preciso refrenar para defenderlo de su propia impaciencia.

– No, es un momento importante, Paso. Hace falta un poco de música. Espérame, vuelvo enseguida.

«No, anda, Vibo, después. Ahora hazme…»

– Tardaré solo un segundo. Espera.

El hombre apoya la caja en una silla plegable de madera, abierto junto al cofre transparente y desaparece por la puerta. El cadáver se queda solo, inmóvil en su pequeña eternidad, mirando el techo. Poco después se oyen las notas dolorosas del «Instrumental Solo» de Jimi Hendrix en Woodstock. El himno estadounidense, traducido por la guitarra distorsionada, ha perdido sus ecos triunfales. No están en él los héroes ni sus banderas; solo la añoranza del que ha partido a una estúpida guerra cualquiera y el llanto de quien, por esa misma estúpida guerra jamás le ha visto regresar.

La luz en la otra habitación se apaga y el hombre reaparece en el hueco oscuro de la puerta.

– ¿Te gusta esta, Paso?

«Claro. Sabes que siempre me ha gustado. Pero ahora, anda, déjame ver qué me has traído…»

El hombre se acerca a la caja colocada sobre la silla. La sonrisa no ha abandonado su cara ni un solo instante. Levanta la tapa con gesto solemne y la apoya en el suelo, al lado de la silla. Coge la caja y la apoya en el cofre, a la altura del pecho del cuerpo que está tendido dentro.

– Ya verás, te gustará. Estoy seguro de que te quedará muy bien.

Extrae de la caja, con movimientos cuidadosos, el rostro de Alien Yoshida pegado a la cabeza de maniquí como una máscara de plástico. La cabellera se mueve como si aún tuviera vida, como si la agitara un viento que allí, bajo tierra, no podrá llegar jamás.

– Aquí tienes, Paso. Mira.

«Oh, Vibo, de veras es hermoso. ¿Es para mí?»

– Por supuesto que es para ti. Ahora mismo te lo pongo.

Con la máscara en la mano izquierda, el hombre oprime con la derecha un botón que hay en la parte superior del cofre. Se oye el leve silbido del aire que llena el ataúd transparente. Ahora el hombre puede levantar la tapa, que se abre mediante una bisagra dispuesta en el lado derecho del cofre.

Sosteniendo la máscara con las dos manos, la apoya con cuidado sobre el rostro del cadáver y la mueve delicadamente para hacer encajar las aberturas de los ojos en los ojos vidriosos del muerto, la nariz en la nariz, la boca en la boca. Pasa con precaución infinita una mano detrás de la nuca del cadáver, para levantarla y adherir la máscara también por la parte posterior, alisando los bordes para que no se formen pliegues.

La voz es impaciente y temerosa a la vez.

«¿Cómo me queda, Vibo? ¿Me dejas ver?»

El hombre se aleja un paso y contempla, inseguro, el resultado de su trabajo.

– Espera. Espera solo un instante. Falta algo…

El hombre se acerca a la mesa de noche, abre el cajón y retira un peine y un pequeño espejo. Regresa junto al muerto con la ansiedad de un pintor que vuelve a un cuadro incompleto, al que solo falta una última y definitiva pincelada de color para convertirse en una obra maestra.

Con el peine arregla la cabellera de la máscara, ya opaca, sin brillo como para darle un toque de la vida que ya no tiene. El hombre es padre y madre en este momento. Es la abnegación sin tiempo y sin límite. En sus gestos hay una ternura y un afecto infinitos, como si albergara dentro de sí vida y calor suficientes para los dos, como si la sangre de sus venas y el aire de sus pulmones alcanzaran para él y el cuerpo sin memoria que está tendido en el ataúd de cristal.

Levanta el espejo ante el rostro del muerto, con expresión de triunfo.

– ¡Listo!

Un instante de silencio, de estupefacción. La guitarra deshilachada de Jimi Hendrix evoca el campo de batalla recorrido por el silencio de la muerte. Evoca las heridas de todas las guerras y la búsqueda de sentido de todos los que han muerto por valores sin valor.

Una lágrima de emoción cae del rostro del hombre sobre el rostro del cadáver cubierto por la máscara. Parece una lágrima de alegría del muerto.

«Vibo, ahora también yo soy guapo. Tengo cara, como todos los demás.»

Sí. Paso, eres verdaderamente guapo, mucho más que todos los demás.

«No sé cómo agradecértelo, Vibo. No sé qué habría hecho sin ti. Primero…»

Hay emoción en la voz. Hay gratitud y añoranza. Hay el mismo afecto y la misma abnegación que en los ojos del hombre.

«Primero me has liberado de mi mal y ahora me has regalado… me has regalado esto, un rostro nuevo, un rostro guapísimo. ¿Cómo podré recompensarte?»

No debes ni siquiera decirlo, ¿entendido? No debes decirlo jamás. Lo he hecho por ti, por nosotros, porque los demás están en deuda con nosotros y deben restituirnos todo lo que nos han robado. Haré lo que sea para resarcirte por lo que te han hecho, te lo prometo…

Como si quisiera subrayar toda la amenaza contenida en esta promesa, la música se transforma de golpe en la energía arrasadora de «Purple Haze»; la mano de Hendrix atormenta las cuerdas de metal en su carrera ruidosa hacia la libertad y la aniquilación.

El hombre baja la tapa, que se cierra sin ruido sobre la guía de goma. Se acerca al compresor apoyado en el suelo y pulsa el botón. Con un zumbido la máquina se pone en marcha y comienza a aspirar el aire del interior del ataúd. Por efecto del vacío, la máscara se adhiere aún mejor al rostro del muerto y provoca una leve arruga a un lado, que da al cadáver la expresión de una sonrisa satisfecha.

El hombre se dirige hacia la cama, se quita la camiseta negra que lleva y la arroja sobre una banqueta apoyada contra la estructura de hierro de la cama. Continúa desvistiéndose hasta quedar desnudo. Desliza el cuerpo atlético entre las sábanas, apoya la cabeza en la almohada y permanece tendido boca arriba mirando el techo, en la misma posición que el cuerpo tendido en el ataúd iluminado.

Apaga la luz. De la otra habitación llega solo la claridad atenuada de los LED rojos y verdes de los aparatos electrónicos, furtivos como ojos de gato en un cementerio.

La música ha terminado.

En el silencio sepulcral, el hombre vivo se hunde en un sueño sin sueños, como el de los muertos.

22

Frank y Hulot llegaron a la plaza central de Eze Village, tras dejar atrás la fábrica de perfumes Fragonard. Frank recordó con el corazón compungido que Harriet había comprado algunos frascos de esencias en el viaje que realizaron ambos a Europa. Volvió a ver su cuerpo delgado y pleno bajo la tela del ligero vestido de verano mientras tendía la muñeca para recibir las gotas de agua de Colonia de muestra. Volvió a verla frotándose esa parte con la mano y esperar que el líquido se evaporara, antes de sentir, casi con sorpresa, el aroma combinado de la piel con el perfume.

Era uno de esos perfumes el que llevaba el día que…

– ¿Estás aquí, o debo ir a buscarte?

La voz de Nicolás apagó de golpe las imágenes que Frank tenía ante los ojos. Se dio cuenta de que estaba completamente abstraído.

– No, estoy aquí. Solo un poco cansado.

En realidad, el más cansado de los dos era Nicolás. Tenía los ojos inflamados y enrojecidos del que ha pasado una noche de insomnio y tiene la imperiosa necesidad de una ducha tibia y una cama fresca, en ese orden. Frank había subido al Pare Saint-Román y había dormido algunas horas por la tarde, pero él se había quedado en el despacho para terminar todo el trabajo burocrático que la investigación policial conlleva. Cuando lo dejó en la central, Frank había pensado que el día en que los policías ya no estuvieran obligados a perder la mitad de su tiempo rellenando papeles se salvarían a la vez las selvas amazónicas y muchas posibles víctimas de criminales.

Ahora iban a cenar a casa de Hulot y su mujer, Céline. Dejaron atrás el aparcamiento, los restaurantes y las tiendas de souvenirs, doblaron a la izquierda y cogieron la calle que llevaba a la parte más alta de la zona. Un poco más abajo de la iglesia que domina Eze se alzaba la casa de Nicolás Hulot; era un chalet de revoque claro y tejados oscuros, construido en equilibrio sobre el valle. Frank se había preguntado muchas veces de qué recursos habría echado mano el arquitecto para impedir que la fuerza de gravedad lo hiciera rodar cuesta abajo.

Aparcaron el Peugeot y Frank siguió a Nicolás mientras abría la puerta. Entraron en la casa. Frank se quedó de pie en el recibidor, mirando alrededor. Nicolás cerró la puerta a sus espaldas.

– Céline, hemos llegado.

La cabeza morena de la señora Hulot asomó por la puerta de la cocina, al final del pasillo.

– Hola, querido. Hola, Frank. Sigues tan guapo como siempre, por lo que veo. ¿Cómo estás?

– Hecho polvo. Lo único que puede reanimarme es tu cocina. Y a juzgar por el aroma, me parece que hay grandes probabilidades de curación.

La señora Hulot esbozó una sonrisa que iluminó su rostro bronceado. Salió de la cocina secándose las manos con un trapo.

– Ya está casi listo. Nic, ofrécele a Frank algo para beber mientras esperáis. Estoy un poco retrasada. He perdido mucho tiempo ordenando la habitación de Stephane. Le he dicho mil veces que trate de ser un poco más ordenado, pero no hace caso. Cuando sale siempre deja su cuarto hecho un desastre.

Volvió a la cocina con un revoloteo de faldas. Frank y Nicolás se miraron. En los ojos del comisario apareció la sombra de una pena que no terminaría jamás.

Stéphane, el hijo veinteañero de Céline y Nicolás Hulot, había muerto unos años atrás, a consecuencia de un accidente automovilístico, tras un largo coma. La mente de Céline se había negado a aceptar su muerte. Seguía siendo la mujer de siempre, dulce, inteligente y graciosa, sin que su personalidad se hubiera alterado en nada. Simplemente se comportaba como si Stéphane anduviera a diario por la casa, en vez de ser una foto y un nombre en la lápida de un cementerio. Tras visitarla algunas veces, los médicos consultados habían aconsejado a Hulot que siguiera el inofensivo juego de su esposa; creían que, en definitiva, aquello la protegía de daños psíquicos más graves.

Frank, que conocía el problema de Céline Hulot, se había adaptado a la situación desde su primer viaje a Europa. Lo mismo hizo Harriet cuando ambos estuvieron de vacaciones en la Costa Azul.

Después de la muerte de Harriet, la amistad con Nicolás se había hecho más profunda. Cada uno conocía la pena del otro, y solo en virtud de ese vínculo Frank había aceptado volver al principado de Monaco.

Hulot se quitó la chaqueta y la colgó en un perchero Thonet hecho con madera de haya curvada al vapor, situado contra la pared de la izquierda. Toda la casa estaba decorada con muebles de coleccionista, fruto de una cuidadosa búsqueda, que transportaban a la época en que se había construido la casa.

Hulot llevó a Frank al salón, que se abría a un amplio balcón terraza desde el cual se dominaba la costa.

Fuera, la mesa para la cena estaba puesta con gusto, adornada con un ramo de flores amarillas y violeta dispuestas en un florero en el centro del inmaculado mantel. Se respiraba un ambiente hogareño, de cosas sencillas pero bien elegidas, de amor por una vida tranquila, sin ostentaciones. Se notaba la unión indisoluble de Nicolás y su mujer, el dolor por lo que ya no estaba, la añoranza por todo lo que habría podido ser y no había sido.

Frank lo percibía con claridad en el aire. Era un estado de ánimo que conocía a la perfección; esa sensación de pérdida que la vida conlleva inevitablemente cuando toca a alguien con la mano dura del dolor. Sin embargo, en vez de sentirse asustado, encontraba cierta paz en los ojos vivos de Céline Hulot, que había tenido coraje de sobrevivir al hijo muerto refugiándose en su inocente locura.

Frank la envidiaba, y estaba seguro de que el marido experimentaba el mismo sentimiento. Para ella los días no eran números que una mano tachaba cada noche; para ella el tiempo no era esperar interminablemente a alguien que no llegaría nunca. Céline tenía la sonrisa feliz del que está en una casa vacía pero sabe que la persona amada regresará en unas horas.

– ¿Qué te apetece beber, Frank? -preguntó Hulot.

– El aroma habla de comida francesa. ¿Qué me dices de un aperitivo francés? Yo propondría un Pastis.

– Vale.

Nicolás fue al mueble bar a preparar las bebidas. Mientras tanto, Frank salió al balcón y se quedó mirando el panorama. Desde allí se dominaba una larga extensión de costa, ensenadas, bahías y cabos que avanzaban sobre el mar como dedos tendidos que indicaban el horizonte. El rojo del ocaso anunciaba otro día azul que a ellos les era negado.

Quizá aquella historia le había marcado definitivamente, pero a la mente de Frank acudió el título de un álbum de Neil Young, Rust Never Sleeps.

La herrumbre no duerme nunca.

Delante de sus ojos se extendían todos los colores del paraíso. Agua azul, montañas verdes que se hundían en el mar, el oro rojo del cielo… aquel ocaso tan dulce lastimaba el corazón.

Pero pisando el suelo estaban ellos, los hombres de esta tierra, iguales a los hombres de otros cientos de lugares, en guerra con todas las cosas y de acuerdo en una sola: el intento desesperado de destruirlo todo.

«Nosotros somos la herrumbre que no duerme nunca.»

A su espalda oyó llegar a Nicolás. Lo vio a su lado, con dos vasos en las manos, llenos de un líquido opaco y lechoso. El hielo tintineó contra el cristal cuando Nicolás le pasó el aperitivo.

– Ten, siéntete francés durante uno o dos sorbos; después vuelve a ser estadounidense, que por ahora me sirves así.

Frank se llevó el vaso a los labios y notó el sabor y el perfume punzante del anís en la boca y la nariz. Bebieron con calma, en silencio, el uno al lado del otro, solos y decididos ante algo que parecía no tener fin. Había pasado un día desde que encontraron el cadáver de Yoshida, y no había sucedido nada. Un día consumido inútilmente a la caza de un indicio, de una pista. Una actividad frenética, una carrera agotadora por un camino que se perdía en el horizonte. Tregua. Eso era lo que deseaban. Solo un breve instante de tregua. Sin embargo, también en ese momento en que estaban a solas, había otra presencia que no lograban exorcizar.

– ¿Qué hacemos, Frank?

El estadounidense se tomó un momento para beber otro sorbo.

– No lo sé, Nicolás. De veras que no lo sé. No tenemos casi nada. ¿Hay novedades de Lyon?

– Han terminado el análisis de la primera cinta, pero en esencia no ha dado más resultados que los de Clavert en Niza. Creo que con la segunda ocurrirá lo mismo. Cluny, el psicopatólogo, ha dicho que mañana me hará llegar un informe. He mandado también una copia del vídeo del coche, por si hay alguna indicación de las medidas físicas, pero si es como tú has dicho, tampoco eso nos servirá…

– ¿Novedades de Froben?

– Ninguna. En la casa de Yoshida no han encontrado nada. Todas las huellas de la habitación donde le mataron son suyas. Las pisadas son del mismo tamaño que las encontradas en el barco de Jochen Welder, lo que confirma que el asesino calza un cuarenta y tres. Los pelos del sillón corresponden al muerto; la sangre es de su grupo, 0 Rh negativo.

– ¿Y en el Bentley han descubierto algo?

– Lo mismo. Huellas de Yoshida a montones. En el volante hay otras huellas que estamos comparando con las de los vigilantes que conducían el coche de vez en cuando. He ordenado un estudio caligráfico de la inscripción del asiento, pero ya habrás visto que era muy similar a la primera. Igual, diría.

– Ya.

– Nuestra única esperanza es que continúen las llamadas a Jean-Loup Verdier y que ese maniático cometa al fin un error que nos permita cogerle.

– ¿Crees que habría que poner bajo protección a ese chaval? Para evitar problemas, ya lo he hecho. Me ha llamado y me ha dicho que su casa está rodeada de periodistas. Le he pedido que no hable con ellos y he aprovechado para apostar un coche con dos agentes. Oficialmente, para llevarlo y traerlo de la radio sin que lo molesten. En realidad me siento más seguro así, aunque he preferido no decirle nada, para no asustarlo. Por lo demás, continuaremos vigilando la radio, como ya estamos haciendo.

– Ya. ¿Algo sobre las víctimas?

– Seguimos investigando con la policía alemana y con tus colegas del FBI. Estamos hurgando en la vida de los dos, pero por ahora no ha surgido nada. Tres personas famosas, dos estadounidenses y un europeo, de vida intensa pero sin ningún punto en común entre ellas, excepto los que ya hemos considerado. No los une nada de nada, salvo el hecho de haber sido brutalmente asesinados por el mismo loco.

Frank terminó su Pastis y apoyó el vaso en la baranda de hierro forjado. Se le veía inquieto.

– ¿Qué ocurre, Frank?

– Nicolás, ¿nunca tienes la sensación de que algo te ronda en la cabeza, pero no sabes qué? Como cuando quieres recordar, por ejemplo, el nombre de un actor que conoces muy bien pero que en ese momento, por muchos esfuerzos que hagas, no te viene a la mente.

– Pues claro, me ha sucedido muchísimas veces. Pero a mi edad es algo muy habitual.

– Hay algo que he visto o he oído, Nicolás. Algo que debería recordar pero que no me viene a la cabeza. Y me vuelve loco, porque presiento que es un detalle importante…

– Entonces espero que te venga a la mente lo antes posible, sea lo que sea.

Frank dio la espalda a la espléndida vista, como si le distrajera de sus reflexiones. Se apoyó contra la baranda y cruzó los brazos sobre el pecho. Su cara reflejaba el cansancio de una noche de insomnio y el estado febril que lo mantenía en pie.

– Veamos, Nicolás. Tenemos un asesino amante de la música. Un entendido que, antes de cada homicidio, llama a un locutor de éxito de Radio Montecarlo para anunciar sus intenciones. Deja un indicio musical que no se entiende como tal, y acto seguido mata a dos personas, un hombre y una mujer. Hace que se los encuentre en un estado aterrador y de una forma que parece un escarnio. Firma los crímenes con la inscripción YO MATO…, en sangre. No deja huellas. Es un hombre frío, astuto, preparado y despiadado; según Cluny, de una inteligencia superior a la media. Tan seguro está de sí mismo, que en la segunda llamada nos da otro indicio, también ligado a la música, que nosotros no logramos descifrar. Y mata de nuevo, de manera todavía más despiadada que la anterior, en un contexto que parece un acto de justicia, pero con un sentido de burla aún más pronunciado: el cásete en el coche, el vídeo con la grabación de la muerte, la reverencia, la misma inscripción que la vez anterior. Ninguno de los cadáveres presenta signos de violencia sexual, por lo que no es un necrófilo. Pero a las tres víctimas les arranca la piel de la cara y el cuero cabelludo. ¿Por qué? ¿Por qué lo hace?

– No lo sé, Frank. Espero que el informe de Cluny nos dé alguna pista. Yo me he roto la cabeza, pero no logro formular una hipótesis razonable.

– Debemos descubrirlo a cualquier precio. Si logramos saber por qué lo hace, estoy casi seguro de que al mismo tiempo sabremos también quién es y dónde encontrarlo.

La voz de Céline penetró en esa conversación llena de sombras más oscuras que la noche que, entretanto, había caído sobre ambos.

– ¡Eh, vosotros! Ya basta de pensar en el trabajo.

Dejó en medio de la mesa una fuente de comida humeante.

– Aquí tenéis: bouilhbaisse. Plato único pero abundante. Frank, si no te sirves por lo menos dos veces lo tomaré como una ofensa personal. Nicolás, ¿quieres ocuparte del vino, por favor?

Frank se dio cuenta de que tenía hambre. Ante la sopa de pescado de la señora Hulot, los insípidos bocadillos que habían comido en el despacho parecían un recuerdo lejano. Se sentó a la mesa Y desplegó la servilleta sobre las rodillas.

– Dicen que la comida es la verdadera cultura de los pueblos. ¡Si es así, tu bouillabaisse está declamando versos inmortales!

Céline rió, iluminando con la luz de su sonrisa su bello rostro moreno de mujer mediterránea. Las sutiles arrugas que le rodeaban los ojos, en vez de disminuirlo, aumentaban su encanto.

– Eres un adulador, Frank Ottobre. Pero es agradable oír esas cosas.

Hulot observaba a Frank por encima de las flores del centro de mesa. Sabía lo que llevaba dentro, y sabía que, a pesar de todo, por afecto hacia Céline y hacia él lograba de forma natural ser una de las personas más amables y corteses que conocía. Ignoraba qué era lo que Frank estaba buscando, pero deseó que lo encontrara deprisa, para que tuviera un poco de paz.

– Eres un muchacho de oro, Frank -dijo Céline, levantando su vaso para brindar por él-.Y tu esposa es una mujer con suerte. Lamento que no haya venido contigo esta vez, pero nos veremos la próxima. La llevaré de compras, ¡y que tiemble tu cuenta corriente!

Frank, sin pestañear siquiera, mantuvo la sonrisa. Solo una sombra pasó velozmente por sus ojos, pero se disolvió enseguida en el calor de la mesa. Levantó su vaso y respondió al brindis.

– Vale. Ya sé que no hablas en serio. Eres la mujer de un policía, y sabes que después del tercer par de zapatos corres el riesgo de que te acusen de irresponsable.

Céline rió de nuevo y el momento pasó. Una a una se habían encendido las luces de la costa, que en la noche marcaban la frontera entre la tierra y el mar. Los tres siguieron durante un rato saboreando la excelente comida y bebiendo buen vino, en un balcón suspendido en la oscuridad, donde una luz ambarina marcaba la frontera entre ellos y el vacío.

Eran dos hombres, dos centinelas montando guardia en un mundo en guerra donde la gente mataba y moría, a los que por unas horas una mujer en paz transportaba a un mundo amable en el que nadie podía morir.

23

Frank se detuvo en la plazoleta central de Eze, al lado de un cartel que prometía la llegada de un taxi. En la parada no se veía ningún vehículo. Miró a su alrededor. A pesar de ser casi medianoche, había mucho movimiento. Llegaba el verano y los turistas comenzaban a afluir a la costa, a la caza de vistas pintorescas que pudieran llevarse a casa esmeradamente registradas en un carrete de fotos.

Vio que una gran berlina oscura atravesaba despacio la plaza y se dirigía hacia él. El coche se detuvo a su altura. Se abrió la puerta del conductor y bajó un hombre. Era al menos un palmo más alto que Frank, de complexión robusta pero de movimientos ágiles. Tenía la cara cuadrada y el pelo castaño cortado al estilo militar. El hombre rodeó el coche y se detuvo ante él. Sin motivo aparente, Frank tuvo la impresión de que bajo la chaqueta de buen corte llevaba una pistola. No sabía quién era, pero de inmediato pensó que era un tío peligroso.

El hombre lo miró con unos inexpresivos ojos de color avellana. Frank calculó que debía de tener más o menos su edad, algunos años más, quizá.

– Buenas noches, señor Ottobre -dijo en inglés.

Frank no mostró sorpresa alguna. Una señal de respeto cruzó los ojos del hombre, pero enseguida se volvieron neutros.

– Buenas noches. Veo que ya sabe mi nombre.

– El mío es Ryan Mosse y soy estadounidense, como usted.

Frank le pareció reconocer el acento de Texas.

– Encantado.

La afirmación contenía una pregunta implícita. Con la mano, Mosse le indicó el automóvil.

– Si tiene usted la gentileza de aceptar dar un paseo por Montecarlo, en el coche hay una persona que quisiera hablarle.

Sin esperar la respuesta, fue a abrir la puerta posterior. Frank observó que en el interior había una persona. Vio unas piernas de hombre con pantalón oscuro, pero no le fue posible distinguir el rostro.

Frank miró a Mosse a los ojos. También él podía ser un tipo peligroso, y era mejor que el otro lo supiera.

– ¿Existe alguna razón particular por la que debería aceptar su invitación?

– La primera es que se evitaría una caminata de varios kilómetros hasta su casa, visto que los taxis son difíciles de encontrar a esta hora. La segunda es que la persona que querría hablar con usted es un general del ejército de Estados Unidos. La tercera, que esta conversación podría ayudarle a resolver un problema que le tiene a mal traer en este momento…

Sin mostrar la menor emoción, Frank dio un paso hacia la puerta abierta y subió al coche. El hombre sentado dentro era bastante mayor, pero parecía cortado por el mismo patrón. Su físico era más pesado, a causa de la edad, pero transmitía la misma sensación de fuerza que el otro. El pelo, completamente canoso, aunque todavía tupido, lucía el mismo corte militar. En la tenue luz del coche, Frank vio que le observaban un par de ojos azules que destacaban, extrañamente juveniles, en el rostro bronceado y arrugado. Le recordaron a los de Homer Woods, su jefe. Pensó que si ese hombre le hubiera dicho que era su hermano no se habría sorprendido en absoluto. Llevaba una camisa clara, abierta en el cuello, arremangada. En el asiento delantero, Frank vio una chaqueta del mismo color que los pantalones.

Fuera, Mosse cerró la puerta.

– Buenas noches, señor Ottobre. ¿Puedo llamarle Frank?

– Por ahora creo que bastará con «señor Ottobre», ¿monsieur…? -Frank usó adrede esta palabra en francés.

El rostro del hombre se iluminó con una sonrisa.

– Veo que la información que me han dado sobre usted era correcta. Puedes arrancar, Ryan.

Mosse, mientras tanto, había vuelto al volante del coche. El automóvil se puso en marcha con suavidad, y el viejo volvió a dirigirse a Frank.

– Disculpe la grosería con la que lo hemos abordado. Me llamo Nathan Parker y soy general del ejército de Estados Unidos.

Frank estrechó la mano que le tendía. El apretón del hombre era decidido, pese a su edad. Frank imaginó que debía de hacer ejercicio diariamente para tener ese físico y esa fuerza. Guardó silencio, esperando.

– Y soy el padre de Arijane Parker.

Los ojos del general buscaron en los de Frank una muestra de sorpresa, sin encontrarla. Pareció satisfecho. Se apoyó en el respaldo del asiento y cruzó las piernas en el limitado espacio del vehículo.

– Adivinará usted por qué estoy aquí.

Apartó un instante la mirada, como si observara algo por la ventanilla. Fuera lo que fuese, quizá solo él lo veía.

– He venido a encerrar el cuerpo de mi hija en un ataúd y a llevarla de nuevo a Estados Unidos. El cuerpo de una mujer degollada como un animal en el matadero.

Nathan Parker se volvió otra vez hacia él. A la luz huidiza de los faros de los coches con que se cruzaban, Frank distinguió el centelleo de sus ojos. Se preguntó si los encendía la ira o el dolor.

– No sé si habrá perdido usted a un ser querido, señor Ottobre…

De pronto Frank lo odió. Evidentemente la información que había obtenido sobre él incluía lo ocurrido a Harriet. Y supo que el general no lo veía como un dolor que tenían en común, sino simplemente como una moneda de cambio. Parker prosiguió como si nada.

– No he venido hasta aquí a llorar a mi hija. Soy un soldado, Señor Ottobre. Y un soldado no llora. Un soldado se venga.

La Voz del general era tranquila, pero transmitía una furia letal.

– Ningún maniático hijo de puta puede hacer lo que ha hecho y quedar impune.

– Hay hombres trabajando e investigando por ese mismo motivo -dijo Frank con tranquilidad.

Nathan Parker se volvió con brusquedad hacia él.

– Frank, excepto usted, esta gente no sabría dónde ponerse un supositorio aunque les hicieran un dibujo. Y, además, usted sabe muy bien cómo son las cosas en Europa. No quiero que este asesino termine encerrado en una institución mental y lo dejen en libertad al cabo de un par de años; quizá incluso hasta se disculpan.

Hizo una breve pausa y miró otra vez por la ventanilla. El coche recorrió el final de la calle que bajaba de Eze y dobló a la izquierda para tomar la basse corniche hacia Montecarlo.

– Le propongo lo siguiente: Organizaremos un equipo de hombres competentes y proseguiremos las investigaciones por nuestra cuenta. Puedo contar con toda la colaboración que quiera: FBI, Interpol, incluso la CÍA, si hace falta. Puedo hacer venir un grupo de hombres mejor preparados y adiestrados que cualquier policía. Jóvenes despiertos que no hacen preguntas y se limitan a obedecer. Usted podría dirigir ese grupo…

Señaló con la cabeza al hombre que conducía el coche.

– El capitán Mosse colaborará con usted. La investigación proseguirá hasta que cojan al asesino. Y cuando le cojan, me lo entregarán a mí.

Mientras tanto el coche había entrado en la ciudad. Tras dejar atrás el Jardín Exotique, iban por el bulevar Charles III, pasando por la calle Princesse Caroline hasta el puerto.

El viejo soldado miró por la ventanilla el lugar donde habían encontrado el cuerpo mutilado de su hija. Apretó los ojos como si le costara ver. Frank pensó que no tenía nada que ver con su vista, sino que era un gesto instintivo, producto de la violenta cólera que se agitaba en ese hombre. Parker siguió sin volverse. Quizá no lograba despegar los ojos del puerto, donde los yates iluminados esperaban tranquilamente un nuevo día de mar.

– Allí es donde encontraron a Arijane. Era hermosa como el sol y muy inteligente. Era una muchacha extraordinaria. Una rebelde. Distinta de su hermana, pero extraordinaria. No estábamos siempre de acuerdo, pero nos respetábamos, porque éramos iguales Y me la han matado como a un animal.

La voz del militar tembló levemente. Frank permaneció en silencio, dejando que el padre de Arijane siguiera con sus pensamientos.

El coche bordeó el puerto y se dirigió a la entrada del túnel. Nathan Parker se apoyó en el respaldo. Las luces amarillas del túnel pintaron en sus rostros colores antinaturales.

Cuando salieron nuevamente al aire libre y a la noche, en la zona de Larvotto, mientras el coche enfilaba por la calle Portier, al fin el viejo rompió el silencio.

– Y bien, ¿qué me dice, Frank? Soy amigo personal de Johnson Fitzpatrick, el director del FBI. Y, si es necesario, puedo llegar todavía más arriba. Le garantizo que si acepta mi propuesta no se arrepentirá. Su carrera podría experimentar un progreso notable. Si es el dinero lo que le interesa, no hay problema. Puedo ofrecerle suficiente para que no vuelva a preocuparse por él el resto de su vida. Piense que es un deber, un acto de justicia, no solo una venganza.

Frank siguió en silencio, como durante todo el discurso del general Parker. También él se tomó una pausa para mirar por la ventanilla. El coche iba por el bulevar des Moulins. En breve doblaría a la derecha por la corta subida que llevaba al Pare Saint-Román. Entre todos los datos que sabía de él, sin duda también figuraba el lugar donde vivía.

– Mire, general, no siempre todo es tan fácil como parece. Usted se comporta como si todos los hombres tuvieran un precio. Para serle franco, también yo pienso como usted: hay un precio para todo. Ocurre, simplemente, que usted no ha logrado entender el mío.

La ira fría del general brillaba más que las luces de la entrada del edificio.

– Es inútil que juegue al héroe sin mancha ni miedo, señor Ottobre…

«señor Ottobre», pronunciado con voz sorda, sonó amenazador.

– Sé muy bien quién es usted. Los dos estamos hechos de la misma pasta.

El coche se detuvo suavemente ante la puerta de cristal del Pare Saint-Román. Frank abrió la puerta y se apeó. Se quedó un instante de pie junto al automóvil, apoyado en la puerta. Bajó la cabeza para que el viejo, desde dentro, pudiera verlo.

– Puede ser, general Parker. Pero no por completo. Ya que parece saberlo todo sobre mí, sin duda sabrá también lo de la muerte de mi mujer. Sí, sé perfectamente lo que significa perder a un ser querido. Sé lo que significa vivir con fantasmas. Quizá sea cierto que los dos estamos hechos de la misma pasta. Pero hay una diferencia entre usted y yo: cuando yo perdí a mi mujer lloré. Tal vez no sea un soldado.

Cerró con cuidado la puerta del coche y empezó a alejarse. El viejo bajó los ojos buscando una respuesta, pero cuando volvió a alzarlos Frank Ottobre ya no estaba allí.

24

Apenas se despertó, sin siquiera levantarse de la cama, Frank marcó el número directo del despacho de Cooper, en Washington. En la costa eran las cuatro de la tarde, y calculaba que le encontraría allí. Respondió al segundo timbrazo.

– Cooper Danton.

– Hola, Cooper, soy Frank.

Si se asombró, Cooper no lo dio a entender.

– Hola, monstruo. ¿Cómo estás?

– Hecho una mierda.

Cooper no dijo nada. El tono de voz de Frank no era el de costumbre. A pesar de su afirmación, había una vitalidad nueva con respecto a la conversación anterior. Esperó en silencio.

– Me han metido en una investigación de un asesino en serie, aquí, en Monaco. Una cosa de locos.

– Sí, en los periódicos he leído algo sobre el asunto. Ha aparecido también en la CNN. Pero Homer no me ha comentado que estuvieras en el caso. ¿Es tan feo como dices?

– Peor, Cooper. Estamos persiguiendo sombras. Ese maniático parece hecho de aire. Ni una pista. Ni un indicio. Y además se burla de nosotros. Estamos haciendo el ridículo. Y ya tenemos tres muertos.

– Veo que ciertas cosas también suceden en la vieja Europa, no solo en Estados Unidos.

– Ya. Por lo que parece, no tenemos la exclusiva… ¿Cómo va todo por allí?

– Todavía siguiendo la pista de los Larkin. Jeff ha muerto pero nadie lo echará de menos. Osmond está a la sombra, pero no habla. De todos modos, tenemos indicios que prometen. Una vía en el sudeste asiático, un nuevo camino de las drogas. Veremos qué sucede.

– Cooper, necesito un favor.

– Lo que quieras.

– Necesito información sobre un tal general Parker y un capitán llamado Ryan Mosse, del ejército de Estados Unidos.

– ¿Parker, has dicho? ¿Nathan Parker?

– Sí, él.

– Mmm, un pez gordo, Frank. Y cuando digo «gordo» quizá me quedo corto. El tío es una leyenda viviente. Héroe de Vietnam, mente estratégica de la guerra del Golfo y de la intervención de Kosovo. Cosas de este tipo. Forma parte del Estado Mayor y es muy cercano a la Casa Blanca. Te garantizo que cuando habla le escuchan todos, incluido el presidente. ¿Qué tienes tú que ver con Nathan Parker?

– Una de las víctimas era una de sus hijas. Y ha venido con el cuchillo entre los dientes, porque no confía en la policía de aquí. Temo que esté organizando una especie de comando para librar una guerra personal.

– ¿Cómo has dicho que se llama el otro?

– Mosse, capitán Ryan Mosse.

– A ese no lo conozco. En todo caso me informaré y veré que logro encontrar. ¿Cómo lo hago para hacerte llegar el informe?

– Tengo una dirección privada de correo electrónico, aquí en Monaco. Te mando enseguida un mensaje para que la tengas. Sera mejor que no me mandes nada a la central de policía; es un asunto que prefiero mantener al margen de las investigaciones oficiales. Ya tenemos bastantes complicaciones. Esto quiero arreglarlo por mi cuenta.

– Está bien. Enseguida me pongo a trabajar.

– Te lo agradezco, Cooper.

– No tienes por qué. Para ti, lo que sea. Eh… ¿Frank?

– ¿Sí?

– Me alegro por ti.

Frank sabía muy bien a qué se refería su amigo. No quiso quitarle la ilusión.

– Lo sé, Cooper. Adiós.

– Suerte, Frank.

Cortó la comunicación y arrojó sobre la cama el teléfono inalámbrico. Se levantó y, desnudo como estaba, fue al cuarto de baño. Evitó mirar su reflejo en el espejo. Abrió el grifo de la ducha e hizo correr el agua. Entró en el receptáculo y se acurrucó en el suelo, sintiendo el golpe del agua fría en la cabeza y la espalda. Se estremeció y esperó el alivio del chorro que poco a poco se volvía tibio. Se irguió y comenzó a enjabonarse. Mientras el agua arrastraba la espuma, trató de abrir su mente. Intentó dejar de ser él mismo y transformarse en otro, alguien sin forma y sin rostro, al acecho en alguna parte.

Una idea comenzó a abrirse camino.

Si era verdad lo que sospechaba, la pobre Arijane Parker había sido en verdad una de las muchachas más desafortunadas de la tierra. Le invadió la amargura. Una muerte inútil, salvo en la mente retorcida del asesino.

Cerró el grifo y el chorro de agua cesó. Permaneció un instante goteando, mirando el agua que se iba en un pequeño remolino por el desagüe.

«Yo mato…»

Tres puntos suspensivos, tres muertos. Y no había terminado. En algún rincón de su cerebro había algo que trataba desesperadamente de salir a la luz, un detalle encerrado en una habitación oscura, que golpeaba con fuerza contra una puerta cerrada e intentaba hacerse oír.

Salió de la ducha y cogió el albornoz del perchero que había a su derecha. Repasó mentalmente sus conclusiones. No era una certeza, sino una hipótesis muy razonable, que restringía el campo de las investigaciones sobre las posibles víctimas. Todavía no sabían por que, no sabían cómo ni cuándo, pero por lo menos podían conjeturar quién.

Sí era así. No se equivocaba.

Salió del cuarto de baño y atravesó el dormitorio en penumbra. Se encontró en la sala iluminada por una puerta cristalera que daba a un balcón y se dirigió a la habitación que era el estudio del propietario del piso, donde había un ordenador. Se sentó al escritorio sacó la funda de protección y encendió el aparato. Se quedó un instante observando el teclado, y luego se conectó a internet. Afortunadamente, Ferrand, el dueño de la casa, no tenía nada que esconder, al menos en ese ordenador, y había dejado la contraseña en la memoria. Envió a Cooper un mensaje con la dirección de correo electrónico a la que debía mandarle la información que necesitaba. Apagó el aparato y fue a vestirse, aún sumido en sus pensamientos, estudiándolos desde nuevas perspectivas para ver si hacían agua en alguna parte. En ese momento sonó el teléfono.

– ¿Diga?

– Frank, habla Nicolás.

– Justamente iba a llamarte. Se me ha ocurrido una idea; no es gran cosa, pero podría ser un punto de partida.

– ¿Qué?

– Creo haber comprendido el objetivo de nuestro hombre.

– ¿Es decir?

– Lo que le interesa son los hombres. Jochen Welder y Alien Yoshida. Ellos eran sus verdaderas víctimas.

– ¿Y dónde encaja Arijane Parker, entonces?

– La pobre ha servido solo como conejillo de Indias. Era la primera vez que ese maniático desollaba a alguien, y quería tener con quien practicar antes de dedicarse al verdadero trabajo, es decir, la cabeza de Jochen Welder.

El silencio del otro lado indicaba que Hulot estaba pensando. Poco después hizo oír su voz otra vez.

– Si es así y excluimos a las mujeres el círculo de las posibles víctimas se restringiría bastante…

– Exacto, Nicolás. Hombres de alrededor de los treinta, treinta y cinco años, famosos y de buen aspecto. No es gran cosa, pero me parece un avance. No hay miles de personas que respondan a esa descripción.

– Es una hipótesis que vale la pena tener en cuenta.

– También porque por el momento no tenemos otra mejor… ¿por qué me llamabas?

– Frank, estamos hasta el cuello. ¿Has leído los periódicos?

– No.

– No hay un solo periódico en toda Europa que no dedique la primera página a este asunto. Llegan periodistas de televisión de todas partes. Roncaille y Durand están oficialmente en pie de guerra. Deben de haber soportado presiones espantosas, desde el ministro del Interior hasta el propio príncipe.

– Me imagino. Alien Yoshida no era un cualquiera.

– Y que lo digas. Roncaille me ha dicho que ha intervenido el cónsul de Estados Unidos en Marsella, como portavoz de vuestro gobierno. Si no obtenemos algo, temo que mi cabeza corra serio peligro. Y tenemos otro problema…

– ¿Cuál?

– Jean-Loup Verdier. Está derrumbándose. Una multitud de periodistas prácticamente se ha instalado frente a su casa. Lo mismo en la radio. Bikjalo está contentísimo, porque el programa tiene una audiencia digna de la Fórmula Uno. Jean-Loup, en cambio, está asustado y quiere suspender el programa.

– ¡Por Dios, no puede hacer eso! Es nuestro único contacto con el asesino.

– Eso lo sabemos nosotros, pero ¡ve a explicárselo tú! He intentado ponerme en su pellejo, y no puedo evitar darle la razón. No podemos perderle. Si ese loco se queda sin interlocutor, tal vez decida suspender las llamadas. No dejará de matar, pero ya no tendremos el menor indicio. Y si encuentra a otro, tal vez en otra radio o quién sabe dónde, pasará un tiempo antes de que logremos reorganizar la vigilancia. Y eso significará más muertos.

Debemos hablarle, Frank. Y quisiera que lo hicieras tú.

– ¿Por qué?

– Porque tú tienes sobre él más influencia de la que tengo yo. Es solo una sensación, pero «FBI» causa más efecto que «Süreté publique)›

– Está bien. Me visto y voy para allá.

– Te mando un coche. Nos vemos en casa de Jean-Loup.

– Vale.

Mientras decía las últimas palabras, Frank ya se dirigía al dormitorio. Escogió al azar una camisa y un par de pantalones, se puso los calcetines y los zapatos y una chaqueta sin forro, de tela ligera Sin mirar, se guardó en los bolsillos lo que había sacado la noche anterior, mientras pensaba cómo plantear el asunto a Jean-Loup Verdier. Se estaba derrumbando, y era comprensible. Debían encontrar la manera de convencer a ese muchacho. Se dio cuenta de que pensaba en Jean-Loup como «ese muchacho», aunque probablemente tenía pocos años menos que él.

Frank se sentía mucho más viejo. Ciertamente si se es policía se envejece mucho más pronto. Quizá algunos ya nacen viejos y lo descubren en el contacto con otra gente que sigue más uniformemente el hilo del tiempo. Si así era, acaso para Jean-Loup Verdier ese hilo se había cortado de golpe.

Salió al pasillo y llamó el ascensor. Mientras lo esperaba cerró con llave la puerta del piso. Las puertas se abrieron sin ruido a su espalda, lanzando un haz de luz más viva en la claridad mortecina del pasillo.

Subió y pulsó el botón de planta baja. Iban a atraparle, de esto estaba seguro. Antes o después cometería un error y le cogerían. El problema era cuántas víctimas habría hasta que llegara ese momento.

El ascensor se detuvo con una leve sacudida y las puertas se abrieron al elegante vestíbulo de mármol del Pare Saint-Román. Frank salió y vio por la puerta de cristal que fuera, a la izquierda, ya le esperaba un coche patrulla. Probablemente ya debían de estar por la zona, porque habían llegado muy pronto. El encargado le vio y le hizo una señal desde la portería. Frank se acercó.

– Buenos días, monsieur Ottobre -dijo en francés.

– Buenos días.

El hombre le dio un sobre blanco, anónimo, sin sello, que solo llevaba su nombre escrito a mano.

– Anoche, después de que entró, dejaron esto para usted.

– Gracias, Pascal.

– No hay de nada. Dovere, M'sieur.

Frank cogió el sobre y lo abrió. Dentro había una hoja doblada en tres. La sacó y leyó el mensaje escrito con letra nerviosa pero clara.

Solo los hombres pequeños no cambian de parecer. No me haga cambiar de parecer sobre su verdadera valía. Necesito su ayuda y usted necesita la mía. Le dejo mi dirección en la costa y los números de teléfono en los que puede encontrarme.

Nathan Parker

Al final había una dirección y dos números. Mientras subía al coche patrulla, Frank no pudo evitar pensar que en aquel momento en Monaco no había un solo loco sanguinario, sino por lo menos dos.

25

El coche patrulla dejó atrás Montecarlo y cogió el camino hacia Beausoleil y la A 8, la autopista que une Monaco con Niza y, del otro lado, con Italia. Sentado en el asiento de atrás, Frank abrió la ventanilla para que el aire entrara libremente. Releyó el mensaje del general y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. Volvió a mirar por la ventanilla. El paisaje desfilaba ante sus ojos como una serie indistinta de manchas de color.

Parker era una complicación indeseada. Aunque sus intenciones fueran únicamente privadas, ese hombre representaba el Poder, con P mayúscula. Sus declaraciones no eran meros alardes. Muy al contrario. Realmente podía disponer de los medios a los que había hecho referencia.

Ello significaba que, además de las fuerzas policiales, habría otros hombres, más rudos en su manera de investigar. Estarían obligados al anonimato, sí, pero no estarían obligados a respetar los límites legales, y quizá por eso serían mucho más eficientes.

El hecho de que se movieran en un ámbito reducido y frágil como el principado de Monaco no bastaría para frenar la sed de venganza de Nathan Parker. Era bastante viejo y no le importaban las consecuencias que podía tener en su carrera. Y, si las cosas eran como había dicho Cooper, era también lo bastante poderoso para cubrir a sus esbirros. Además, en el caso de que capturara al asesino, la prensa explotaría la historia de un padre destrozado que solo buscaba justicia; el único que había logrado algo donde todos los demás habían fracasado. Se convertiría en un héroe, y, en consecuencía, sería intocable. Estados Unidos, en aquel momento, tenía desesperada necesidad de héroes. Tanto la opinión pública como el gobierno estadounidense se pondrían de su lado. Las autoridades del principado se negarían a aceptarlo durante un tiempo, pero después se verían obligados a tragar. Game over. Y después estaba Jean-Loup. Otra patata caliente. Debía encontrar la forma de hacerle desistir de una decisión que, por otra parte, era más que razonable. Una cosa es ser popular por ser el locutor de un programa de radio de éxito, y otra muy distinta, saltar a la primera página de los periódicos por ser el interlocutor de un asesino. Eran motivos suficientes para destrozar los nervios de cualquiera. Jean-Loup no era un simple hombre del espectáculo; tenía cerebro y sabía usarlo. No era -o al menos no le había causado esa impresión- un monigote, como tantos otros personajes del mundo del espectáculo que Frank había conocido. Tenía todo el derecho de estar asustado.

Un asunto feo. Y el tiempo de que disponían se agotaba con suma rapidez, marcado minuto a minuto por un cronómetro que las altas autoridades del principado sostenían en sus manos y no cesaban de controlar.

El coche disminuyó la velocidad cerca de una casa situada a la derecha del camino. Era una construcción que se alzaba en la ladera; entre una fila de cipreses se vislumbraba el techo, que desde allí dominaba todo Montecarlo. Debía de tener una vista excepcional. Sin duda era la casa del locutor. En la calle se veían diversos coches aparcados y también un par de furgonetas que llevaban las siglas de emisoras de televisión. Un grupo de corresponsales y cronistas mantenía el lugar en estado de sitio. Un poco más allá había un coche patrulla. Al verlos llegar, cierta agitación se apoderó de los periodistas. El policía que iba sentado en el lugar del acompañante cogió el micrófono de la radio.

– Aquí Ducross. Estamos llegando.

La verja de hierro, que se veía pasada la curva, comenzó a abrirse.

Mientras el coche reducía la velocidad para entrar, los periodistas se acercaron para ver quién iba en el interior. Dos policías salieron del coche de vigilancia para impedirles que accedieran a la propiedad.

Bajaron por una rampa pavimentada con baldosas antideslizantes rojas y llegaron a la persiana metálica del garaje. Nicolás Hulot ya había llegado y le esperaba de pie en el patio. Le saludó a través de la ventanilla abierta.

– Hola, Frank. ¿Has visto el barullo de allí fuera?

– Lo he visto, sí. Es normal, diría. Me habría sorprendido lo contrario.

Frank bajó del coche y observó la construcción.

– Jean-Loup Verdier debe de ganar bastante dinero para poder permitirse un lugar así.

Hulot sonrió.

– Hay una historia sobre esta casa. ¿No la has leído en los periódicos?

– No, es un placer que gustosamente te dejo a ti.

– Lo han publicado en casi todos. Jean-Loup la heredó.

– Felicitaciones a los parientes.

– No la heredó de un pariente. Parece un cuento, pero se la dejó una anciana viuda, bastante rica, a cuyo perro él salvó la vida.

– ¿Al perro?

– Sí, en la plaza del Casino, hace algunos años. El perro de la señora en cuestión se había escapado y estaba cruzando la calle. Jean-Loup se lanzó a cogerlo cuando ya casi estaba bajo las ruedas de un coche. Por poco no le atropello también a él. La mujer lo abrazó y lo besó, llorando de gratitud, y la cosa terminó allí. Unos años después, un notario citó a Jean-Loup y se encontró con que era dueño de esta casa.

– ¡Qué historia! Creía que esas cosas solo sucedían en las películas de Walt Disney… A simple vista, diría que el regalo vale un par de millones de dólares.

– O tres, tal como están los precios de las casas en esta zona.

– Pues mejor para él. ¿Vamos a cumplir con nuestro deber?

Hulot indicó con la cabeza.

– Es allá. Ven.

Atravesaron el patio y pasaron ante una mata de buganvillas rojas que cubrían el lado derecho de la fachada. Más allá de las matas había una explanada en la que se había construido una piscina.

– Mmm, muy grande pero sí lo bastante para no confundirla con una bañera.

Jean-Loup y Bikjalo estaban sentados a una mesa bajo una pérgola de vid americana, ante los restos del desayuno. La presencia del director era una prueba inequívoca de la crisis que atravesaba Jean-Loup. Tanta solicitud por parte de aquel hombre significaba que temía por su gallina de los huevos de oro.

– Hola, Jean-Loup. Buenos días, señor director.

Bikjalo se puso de pie con una expresión de alivio dibujada en el rostro. Habían llegado los refuerzos. Jean-Loup, en cambio, parecía molesto con su llegada y le costaba mirarlos.

– Buenos días, señores. Le estaba diciendo a Jean-Loup…

Frank lo interrumpió con cierta brusquedad. No quería abordar el tema de inmediato, para que Jean-Loup no se sintiera presionado. Era un momento delicado, y prefería ponerle cómodo antes de enfrentar la cuestión.

– ¿Es café eso que veo en la mesa?

– Pues sí…

– ¿Está reservado para los de la casa, o hay también para las visitas?

Al tiempo que Hulot y Frank se sentaban a la mesa, Jean-Loup fue a coger dos tazas de una mesa de servicio a su espalda. Mientras el locutor servía el café del termo, Frank lo observó atentamente. Se le notaba en la cara que había pasado la noche dando vueltas en la cama. Sufría una gran presión, y era comprensible. Pero no debía, no podía aflojar, y había que hacérselo entender.

Hulot se llevó la taza a los labios.

– Mmm, muy bueno. En la central deberíamos tener un café así.

Jean-Loup sonrió con desgana. Su mirada vagaba; evitaba detenerse en ellos, en especial en Frank. Bikjalo volvió a sentarse, en la más apartada. Con ese gesto parecía querer mantener la distancia y dejar la situación en manos de los recién llegados. La tensión se palpaba en el aire.

Frank decidió que había llegado el momento de coger el toro por los cuernos.

– Y bien, ¿cuál es el problema, Jean-Loup?

Finalmente el locutor encontró la fuerza para mirarlo a los ojos A Frank le sorprendió no encontrar miedo, como había esperado sino cansancio y preocupación. Acaso era el temor de no lograr interpretar un papel que le quedaba grande. Pero no miedo. Jean-Loup apartó la vista y se preparó para pronunciar un discurso que quizá ya había pronunciado para sí mismo muchas veces:

– El problema es muy simple: no puedo.

Frank guardó silencio, esperando que Jean-Loup continuara. No quería darle la impresión de someterlo a un interrogatorio.

– Yo no estaba preparado para todo esto. Cada vez que oigo esa voz por el teléfono pierdo diez años de vida. Y cuando pienso que después de hablar conmigo ese hombre va… va…

Prosiguió como si le costara un enorme esfuerzo. Quizá a ningún hombre le guste mostrar sus debilidades, y en eso Jean-Loup era un hombre como todos los demás.

– … ese hombre va a hacer lo que hace… Eso… me destroza. Y me pregunto: ¿por qué yo? ¿Por qué tiene que hacerme esas llamadas justo a mí? Desde que ha comenzado esta historia ya no tengo vida. Vivo encerrado en mi casa, como un delincuente; no puedo asomarme a una ventana sin oír que los periodistas gritan mi nombre; no puedo sacar la nariz fuera sin que me rodee gente que me hace preguntas. No puedo más.

Bikjalo se sintió obligado a intervenir.

– Pero, Jean-Loup, ¡es una situación que se presenta una sola vez en la vida! En este momento tienes una popularidad increíble, eres una de las personas más conocidas de Europa. No hay canal de televisión que no te requiera, no hay periódico que no hable de ti. Cada día llegan a la radio propuestas de productores cinematográficos que quieren hacer una película sobre toda esta…

Una mirada abrasadora de Hulot lo cortó en seco. Frank pensó que aquel hombre era un capullo de la peor clase. Un capullo codicioso. Con gusto le habría dado un puñetazo.

Jean-Loup se levantó de la silla con gesto imperioso.

– Quiero que me aprecien porque hablo con la gente, no por que hablo con un asesino. Y además, ya conocen ustedes a los periodistas. Cuando hayan agotado los argumentos, comenzarán a preguntarse lo mismo que me pregunto yo: ¿Por qué él? Si no logran encontrar una respuesta, la inventarán. Y me destruirán.

Frank conocía suficientemente los medios para compartir esa preocupación. Y tenía la suficiente estima por Jean-Loup para intentar convencerlo con mentiras.

– Jean-Loup, las cosas son exactamente como dices. Te considero una persona demasiado inteligente para querer convencerte de lo contrario. Comprendo muy bien que no te sientas preparado para todo esto; por otra parte, ¿quién lo estaría? Yo he dedicado la mitad de mi vida a encerrar a criminales, y sin embargo creo que en tu lugar tendría las mismas preocupaciones y las mismas reacciones. Pero no puedes rendirte, no puedes hacerlo ahora.

Previendo una posible objeción, agregó:

– Sé que la culpa de todo esto también es nuestra. Si nosotros hubiéramos sido más hábiles, ya habría terminado todo. Pero, lamentablemente, no es así. Ese hombre todavía está libre, y mientras así sea solo querrá una cosa: seguir matando. Es preciso que lo detengamos.

– No sé si podré volver a sentarme ante un micrófono, simulando que no pasa nada, esperando oír esa voz.

Frank bajó la cabeza. Cuando volvió a levantarla, Hulot vio una expresión distinta en su rostro.

– En la vida hay cosas que buscas y otras que vienen a buscarte. No las has elegido, y ni siquiera las querrías, pero llegan y después ya no eres el mismo. En ese momento, hay dos soluciones: o escapas procurando dejarlas atrás, o te detienes y te enfrentas a ellas. Cualquier solución que elijas te cambia, y solo tú tienes la posibilidad de escoger, bien o mal. Tenemos a tres muertos, asesinados de una manera escalofriante. Si no nos ayudas, habrá otros. Si decides ayudarnos, puede que la situación te haga pedazos, pero después tendrás todo el tiempo y la fuerza para recuperarte. Si escapas, igualmente te hará pedazos pero, además, los remordimientos te perseguirán durante el resto de tu vida.

Jean-Loup se sentó lentamente en la silla. Incluso el cielo y el parecían haber callado.

– De acuerdo. Haré lo que me piden.

– ¿Seguirás con el programa?

– Sí.

Hulot se relajó en su silla. Bikjalo no logró reprimir un gesto casi imperceptible de satisfacción. Para Frank, ese monosílabo, pronunciado a media voz, fue como el primer tic de un reloj que volvía a ponerse en funcionamiento.

26

Frank acompañó a Hulot hasta el coche. Jean-Loup y Bikjalo se quedaron sentados a la mesa junto a la piscina. Cuando se marcharon, el director de Radio Montecarlo, todavía inquieto porque el locutor había estado a punto de abandonar, pasó un brazo por los hombros de Jean-Loup y le susurró consejos, como el entrenador de un boxeador derrotado.

La primera impresión que Frank había tenido de ese hombre, en el fondo, había sido correcta. En el desempeño de su trabajo, había adquirido con el tiempo un instinto casi animal para reconocer a la gente. Todavía no lo había perdido. Al parecer, no bastaba con decidir dejar de ser un perro para dejar de serlo.

«El que nace cuadrado no muere redondo…»

Y esto valía tanto para él como para Bikjalo o cualquier otro.

Hulot abrió la puerta del Peugeot pero permaneció un momento de pie contemplando la fantástica vista de la costa. Daba la impresión de no tener ganas de volver a la investigación. Se volvió hacia Frank. El estadounidense vio en sus ojos la necesidad de un descanso sereno, sin sueños. Sin figuras de negro, voces que susurraran al oído «Yo mato…» y que provocaban un despertar poblado de fantasmas aún peores que los del sueño.

– Has estado muy bien con el muchacho… Con él y conmigo.

– ¿A qué te refieres?

– Sé que me estoy apoyando bastante en ti en esta investigación. No creas que no me doy cuenta. Cuando te pedí que colaboraras intenté convencerme de que era para ayudarte a ti, cuando en realidad me sirve sobre todo a mí.

En un lapso muy breve, los papeles de ambos parecían haberse invertido, con esos pequeños o grandes hechos imprevistos que la vida presenta continuamente de manera bastante sarcástica.

– No es así, Nicolás. Al menos no es exactamente así. Quizá la locura de ese hombre al que perseguimos sea contagiosa y nos está volviendo locos también a nosotros. Pero si este es el camino para cogerle, debemos recorrerlo hasta que todo haya terminado.

Hulot se sentó al volante y encendió el motor.

– En lo que has dicho hay un riesgo implícito…

– ¿Cuál?

– Que, una vez aceptada la locura, uno ya no consiga librarse de ella. Lo has dicho tú mismo, no hace mucho, ¿recuerdas, Frank? Somos pequeños dinosaurios, solo pequeños dinosaurios…

Cerró la puerta y puso el coche en marcha. La verja automática se abrió, activada por el agente que se hallaba fuera, en la calle. Frank se quedó mirando cómo el coche salía por la rampa y desaparecía. Durante toda la conversación con Nicolás, los agentes que le habían acompañado hasta allí habían permanecido a un lado, hablando entre ellos, de pie junto al coche. Frank se sentó en el asiento posterior. Los policías subieron también y el agente sentado en el asiento del acompañante lo miró en silencio, con expresión interrogativa.

– Volvemos a Pare Saint-Román. Sin prisa -dijo Frank al cabo de un instante de vacilación.

Necesitaba estar solo un rato, para reflexionar. No había olvidado al general Parker y sus intenciones; solo lo había dejado a un lado de momento. Necesitaba saber un poco más de él y de Ryan Mosse antes de tomar una decisión y saber qué actitud adoptar. Esperaba que Cooper ya hubiera reunido la información que necesitaba, aunque todavía era pronto.

El coche avanzó. Subida, verja, calle. Izquierda. Otra multitud de periodistas entre las matas, al acecho. Frank los miró atentamente mientras volvían a la actividad, como perros atentos al paso de otro perro. También estaba el pelirrojo que hacía un rato había metido la cabeza en el coche del comisario. Cuando Frank pasó delante de ellos, el reportero, apostado al lado de un Mazda descapotable, le devolvió la mirada, pensativo.

Frank se dijo que pronto los periodistas comenzarían a perseguirlo también a él, en cuanto supieran quién era y qué hacía allí. No había ninguna duda de que no tardarían en enterarse de qué papel desempeñaba él en aquel asunto. Hasta aquel momento seguían concentrados en bocados más suculentos, pero tarde o temprano alguno de ellos iría tras él. Sin duda muchos tendrían algún contacto en la policía, lo que la prensa llama «una fuente fiable».

Los reporteros desfilaron delante de la ventanilla del coche; eran la vanguardia de un mundo que, antes que nada, quería saber la verdad. Y el mejor periodista no era el que lograba averiguarla, sino el que conseguía hacer que la suya fuera la más creíble.

A marcha lenta, como había solicitado Frank, el coche cogió en sentido opuesto el camino que habían recorrido para llegar hasta la casa de Jean-Loup. Mientras bajaban, Frank vio por primera vez a la mujer y al niño.

Salieron casi corriendo de una calle sin asfaltar que se encontraba a un centenar de metros de donde se hallaban los periodistas, a la izquierda. Frank reparó en ellos porque la mujer llevaba al niño de la mano y parecía asustada. Se detuvo al principio de la calle y miró a su alrededor como si se encontrara en un lugar desconocido y no supiera adonde ir. Mientras el coche los pasaba, Frank tuvo la clara impresión de que la mujer huía de algo. Tendría poco más de treinta años; llevaba unos cómodos pantalones deportivos a cuadros, en varias tonalidades de azul, y una blusa delicada, azul oscuro, de tela tornasolada, por fuera de los pantalones. Ese color destacaba el magnífico y largo cabello rubio que le llegaba casi hasta los hombros. La tela y el pelo combinaban armoniosamente y parecían competir buscando reflejos extraños bajo el sol de mayo. Era alta, y de movimientos armoniosos pese a andar deprisa.

El niño, de unos diez años, parecía alto para su edad. Llevaba vaqueros y una camiseta de algodón roja; miraba, inseguro, con sus ojos azules un poco extraviados, a la mujer que lo sostenía de la mano.

Frank volvió la cabeza y apoyó la frente en el cristal de la ventanilla, para no perderlos de vista. Entonces vio al capitán Ray Mosse, del ejército de Estados Unidos, que llegaba corriendo y se detenía ante la mujer y el niño. Cogió a ambos del brazo y los obligó a seguirlo por la misma calle de donde venían. Frank apoyó una mano en el hombro del conductor.

– Deténgase.

– ¿Cómo?

– Deténgase aquí un instante, por favor.

El conductor frenó y paró con suavidad el coche a la derecha. Los dos agentes se miraron. El que iba sentado en el lugar del acompañante se encogió de hombros. Estadounidenses…

Frank bajó, cruzó y cogió una callejuela que conducía a una casa algo apartada de las demás. Vio la espalda de tres personas. Un hombre robusto que empujaba con firmeza a una mujer y a un niño.

– ¿Esto forma parte de sus investigaciones, capitán Mosse?

Al oír la voz, el hombre se puso tenso, con lo que obligó a que la mujer y el niño se detuvieran bruscamente. Volvió la cabeza y al ver a Frank no se mostró en absoluto sorprendido.

– ¡Ah, pero si es nuestro agente especial del FBI! ¿Qué pasa, boy scou? ¿Vas a hacer tu buena acción del día? Si vas a la plaza del Casino y tienes un poco de paciencia, con suerte encontrarás a una ancianita a la que puedas ayudar a cruzar la calle…

Frank avanzó hacia el trío. La mujer, de ojos azules como los del niño, lo miraba con una mezcla de esperanza y curiosidad. Le impresionó la belleza de aquellos ojos y se asombró de que le impresionara.

El niño forcejeó para soltarse.

– Me haces daño, Ryan.

– Ve a casa, Stuart. Y no te muevas de allí.

Mosse le soltó. Stuart se volvió hacia la mujer, que asintió con la cabeza.

– Ve, Stuart.

El niño dio dos pasos hacia atrás sin dejar de mirarlos; después se dio la vuelta y corrió hacia la verja pintada de verde.

– También tú, Helena. Ve a casa y descansa.

Mosse apretó con fuerza el brazo de la mujer; Frank vio que los músculos se le tensaban bajo la camisa. El capitán la obligó a apartar la vista de Frank.

– Mírame. ¿Has entendido lo que he dicho, Helena?

La mujer ahogó un gemido de dolor. Hizo una leve afirmación con la cabeza. Cuando la soltó, ella lanzó una última mirada desesperada hacia Frank; luego se volvió y siguió al niño por el mismo camino. La verja verde se abrió y se cerró tras ellos.

«Como la verja de una prisión», pensó Frank.

Los dos hombres quedaron frente a frente. Por la manera en que Mosse lo miraba, Frank supo perfectamente cuál era la forma de pensar del capitán, sin duda la misma que la de Parker. Quien no estaba con ellos estaba contra ellos. Quien no los seguía era su enemigo y debía asumir las consecuencias.

Una breve ráfaga de viento agitó las matas que flanqueaban la calle. Cesó enseguida, y el follaje volvió a su inmovilidad, acentuando así la tensión entre los dos hombres.

– Veo que te las apañas muy bien con las mujeres y los niños… Pero no creo que sea suficiente para alguien que ha venido aquí con miras mucho más ambiciosas… ¿No te parece, capitán Mosse?

Frank sonrió, y el otro le devolvió la sonrisa. Una sonrisa de burla.

– Me parece que también tú sabes apañártelas con las mujeres, ¿verdad, Frank? Ah, disculpa, olvidaba que Frank te resulta excesivamente familiar… ¿Cómo querías que te llamaran? Ah, sí, señor Ottobre…

Pareció reflexionar sobre lo que acababa de decir y se movió un poco hacia un lado. Ese movimiento, en realidad, tenía la finalidad de permitirle plantarse con firmeza sobre sus piernas, como si esperara un ataque de un momento a otro.

– Muy bien, señor Ottobre. Creo que para ti las mujeres son la excelente excusa para esconderte. No se puede esperar nada señor Ottobre. Cerrado por defunción. Quizá tu muj…

Frank avanzó tan rápidamente que el otro, aunque lo esperaba no lo vio venir. El puño le golpeó en plena cara; se desplomó en el suelo; un hilo de sangre le salía de la boca. Sin embargo, no pareció muy afectado. Sonrió otra vez, con un brillo triunfal en los ojos.

– Lo lamento, pero no tendrás mucho tiempo para pensar en el error que has cometido.

Se puso en pie con agilidad y casi al mismo tiempo le asestó una patada, un velocísimo maegeri con la pierna izquierda. Frank eludió el golpe atajándolo con el antebrazo, por lo que perdió un poco el equilibrio. De inmediato se dio cuenta del error que había cometido. Mosse era un magnífico luchador; la patada había conseguido su objetivo. El capitán se deslizó hasta el suelo y con la pierna derecha barrió las piernas de Frank, que cayó pesadamente. A duras penas logró darse la vuelta y amortiguar el golpe con el hombro. Frank pensó que hace tiempo no se habría dejado sorprender así. Hace tiempo no habría…

Mosse se le echó encima como un rayo. Le inmovilizó las piernas con las suyas y lo bloqueó con una llave con el brazo derecho. En su mano izquierda apareció como por arte de magia un cuchillo militar, que apuntaba a la garganta de Frank. Los dos permanecieron inmóviles, tensos, como una escultura caída en el suelo. Parecían esculpidos en mármol. El capitán tenía los ojos brillantes, encendidos por el combate. Frank se dio cuenta de que aquello le gustaba, que luchar era su razón de ser. Era una de esas personas para las que un enemigo vale más que un tesoro.

– Y bien, señor Ottobre, ¿qué piensas ahora? Y sin embargo dicen que eres hábil… ¿Tu instinto de boy scout no te ha dicho que es mejor no meterse con los que son más grandes que tú? ¿Que pasa con tu olfato, señor Ottobre?

La mano que sostenía el cuchillo se movió, y Frank notó que la punta le penetraba en una fosa nasal. Temió que Mosse quisiera cortársela y le acudió a la mente la imagen de Jack Nicholson en Chinatown. Se preguntó si también Mosse habría visto esa película; la incongruencia de ese pensamiento le hizo sonreír. Esto pareció irritar aún más a su adversario, y notó que la hoja avanzaba hacia e cartílago de la fosa nasal.

– Ya basta, Ryan.

La orden, seca, llegó desde atrás; la presión de la hoja disminuyó de inmediato. Frank reconoció la voz del general Parker. Sin volverse, después de una última e imperceptible presión del brazo contra su cuello, Mosse soltó la presa. Esa presión quería decir que el enfrentamiento entre ellos no había terminado; solo quedaba aplazado.

«Un soldado no llora. Un soldado no olvida. Un soldado se venga.»

El capitán se levantó y se sacudió el polvo de los livianos pantalones de verano. Frank se quedó un instante mirando a los dos hombres que lo amenazaban, uno al lado del otro, muy similares físicamente porque, en realidad, eran iguales. A la mente de Frank acudió el recuerdo de su abuela italiana y sus omnipresentes proverbios.

«Dime con quién andas y te diré quién eres.»

No era casualidad que el general y el capitán fueran inseparables, que tuvieran los mismos propósitos y con toda probabilidad los mismos métodos para alcanzarlos. Lo que acababa de suceder allí no significaba nada, no había ni vencedor ni vencido. No había sido más que una fanfarronada, excrementos con los que Mosse había marcado el territorio. Frank temía más lo que podría suceder a continuación.

– Debería utilizar otra orden para su doberman, general. Dicen que platz es más eficaz.

Mosse se puso rígido, pero Parker lo frenó con un movimiento del brazo.

Tendió la otra mano a Frank. Sin dignarse mirarlo, Frank se levanto solo y se sacudió la ropa. Un poco jadeante, se plantó frente a los dos hombres; a los ojos azules y fríos de Parker y a la mirada del capitán Mosse, que ahora había perdido todo brillo y reflejaba de nuevo el limbo en que vivía su mente.

Una gaviota pasó planeando sobre ellos. Voló hacia el mar por cielo azul, lanzando su grito ronco, como una burla.

Parker se dirigió a Mosse.

– Ryan, por favor, ¿quieres ir a la casa a controlar que Helena no haga alguna otra tontería? Te lo agradezco.

Mosse lanzó una última mirada a Frank. Por un instante sus ojos relampaguearon.

«Un soldado no olvida.»

Se dio la vuelta y se dirigió a la casa. Frank, viéndolo alejarse, pensó que Mosse habría andado de la misma forma aunque el camino estuviera cubierto de cadáveres humanos, y que probablemente, si Ryan Mosse hubiera encontrado la inscripción «Yo mato…» escrita con sangre, él habría escrito debajo: «Yo también…».

Era un hombre sin piedad, y más le valdría no olvidarlo.

– Debe disculpar usted al capitán Mosse, señor Ottobre.

En la voz del general no había rastro de ironía, pero Frank no se hizo ilusiones. Sabía muy bien que en otro momento, en otras circunstancias, todo habría sido distinto. La orden de Parker no habría llegado y Ryan no se habría detenido.

– El… cómo decirlo… a veces se preocupa en exceso por la suerte de nuestra familia. A veces se excede un poco, lo admito, pero es una persona de confianza y muy apegada a nosotros.

Frank no lo dudaba. Solo albergaba dudas con respecto a cuáles serían los límites de los excesos del capitán, límites seguramente trazados por el general. Según Frank, debían de ser bastante flexibles.

– La mujer que ha visto hace un rato es mi hija, Helena. La hermana mayor de Arijane. El niño que la acompañaba es Stuart, mi nieto. Su hijo. Ella…

La voz de Parker se suavizó, y hasta apareció una nota de tristeza.

– Verá… para decirlo sin rodeos… ella sufre una forma grave de agotamiento nervioso. Muy grave. La muerte de Arijane ha sido el golpe de gracia. Hemos tratado de ocultárselo, pero ha sido imposible.

El general bajó la cabeza. A pesar de todo, a Frank le costaba verlo en el papel de padre viejo y abatido. No se le escapó que había definido al niño ante todo como su nieto, y después como hijo de Helena. Tal vez el sentido de la jerarquía y la disciplina formaban parte no solo de su vida pública sino también de su vida privada. Con cierto cinismo, Frank se preguntó si la presencia de la hija y el nieto en Montecarlo no sería una pantalla para esconder las reales intenciones de Parker.

– Arijane era distinta, más fuerte. Una mujer con un carácter de acero. Era hija mía. Helena, en cambio, ha salido a la madre y es frágil. Muy frágil. A veces hace cosas de las que no se da cuenta, corno hoy. Una vez se fugó y vagó durante dos días antes de que lográramos encontrarla, en un estado penoso. Y esta vez habría sido igual. La tenemos constantemente vigilada, para evitar que corra ningún peligro, tanto por ella como por los demás.

– Lo lamento por su hija, general. Por Helena y sobre todo por Arijane, aunque eso no cambia en absoluto mi opinión sobre usted y sus intenciones. Quizá en su lugar me comportaría de la misma manera, no lo sé. Pero formo parte de esta investigación y haré todo lo posible por atrapar a ese asesino; de eso puede estar seguro. Y de la misma manera haré todo lo posible por impedir que usted siga adelante por su camino, sea el que fuere.

Parker no tuvo la reacción violenta de la noche anterior. Tal vez ya había archivado la negativa de Frank a colaborar, con la inscripción «Tácticamente irrelevante».

– Me doy por enterado. Es usted un hombre de carácter, pero no le sorprenderá saber que yo también lo soy. Por lo tanto, le aconsejo que preste mucha atención si cruza ese camino mientras esté pasando yo, señor Ottobre.

Esta vez sí había cierta ironía, y Frank se dio cuenta. Sonrió.

– Tendré en cuenta su consejo, general, pero espero que no le moleste si mientras tanto continúo la investigación a mi manera. De todos modos le agradezco, señor Parker…

Ironía con ironía.

Frank se dio la vuelta y recorrió los pocos metros que le separaban de la calle principal. Sentía en la espalda la mirada fija del general. A su derecha se entreveía, más allá de los setos y la vegetación e los jardines, el tejado de la casa de Jean-Loup. Mientras cruzaba a calle para volver al coche que lo esperaba, Frank se preguntó si el echo de que Parker hubiera alquilado una casa a pocos metros de del locutor era una mera coincidencia o una acción premeditada.

27

Desde el balcón de su piso, en el Pare Saint-Román, Frank vio cómo el coche que lo había llevado a su casa se alejaba por la calle des Giroflées y el bulevar d'Italie. Probablemente los agentes se habían detenido abajo para recibir órdenes de la central antes de marcharse, porque había tenido tiempo de subir, entrar en el piso, abrir la puerta cristalera y salir al balcón. Trató de imaginar sus comentarios sobre todo aquel asunto y sobre él en particular. Hacía tiempo que se había dado cuenta de la actitud general en lo que concernía a su parte en el affaire, como decían allí. Salvo Nicolás y Morelli, los policías monegascos lo consideraban con un cierto y comprensible chovinismo. No le ponían trabas, desde luego, porque en el fondo perseguían un objetivo común, pero sí había cierta desconfianza. Sus antecedentes y la amistad con Hulot eran un salvoconducto suficiente para garantizarle la colaboración de todos, pero no necesariamente su simpatía.

Solo puertas medio abiertas para el primo de América.

Qué más daba; él no estaba allí para hacerse popular, sino para atrapar a un asesino. Un trabajo que podía llevar a cabo perfectamente sin recibir continuas palmadas en la espalda.

Miró el reloj. Las dos y media de la tarde. Se dio cuenta de que tenía hambre. Se dirigió hacia la pequeña cocina. Había pedido a Amélie, la mujer de la limpieza empleada por André Ferrand, que solo comprara lo indispensable. Con lo que encontró en el frigorífico se preparó un bocadillo. Abrió una Heineken, volvió al balcón y se sentó a comer en una tumbona que el propietario del piso había dejado en el balcón. Apoyó su comida en el cristal de la mesa Se quitó la camisa y se quedó bajo el sol con el torso desnudo. Por una vez no miro sus cicatrices, por visibles que fueran. Ahora las cosas habían cambiado. Había otros problemas en que pensar.

Levantó los ojos hacia el cielo sin nubes. Las gaviotas daban vueltas por el aire, observando a los hombres y cazando peces. Eran los únicos puntos blancos en aquel azul casi chillón. El día era espléndido. Desde el comienzo de toda aquella historia, parecía que el tiempo había decidido no preocuparse por las miserias humanas y avanzar hacia el verano por su cuenta. Ninguna nube había ido, ni siquiera por un instante, a tapar el sol. Daba la impresión de que alguien, desde alguna parte, había decidido dejar que fueran los seres humanos quienes administraran la luz y la oscuridad, amos y señores de sus propios eclipses.

Paseó la mirada a lo largo de la costa.

Montecarlo, bajo el sol, era una pequeña y elegante colmena con demasiadas abejas reina. Muchos se comportaban como tales, sin serlo. Fachada, solo fachada. Personas apoyadas en puntales para sostener una elegante fragilidad, como algunos decorados de película. Detrás de la puerta, tan solo la línea lejana del horizonte. Y ese hombre vestido de negro, que con una reverencia burlona iba abriendo una a una todas esas puertas y con una mano enguantada les indicaba el vacío que había detrás.

Terminó el bocadillo y bebió directamente de la pequeña botella el largo sorbo de cerveza que había dejado para el final.

Volvió a mirar el reloj. Las tres de la tarde. Quizá, si no andaba por ahí con algún lío entre manos, pudiera encontrar a Cooper en su despacho, en la gran construcción de piedra que era la sede del FBI, en la calle Nueve, en Washington. Cogió el inalámbrico y marcó el número.

Cooper respondió al tercer timbrazo, como de costumbre.

– Cooper Danton.

– Hola, Coop, soy Frank otra vez.

– Hola, viejo. ¿Estás bronceándote al sol de la Costa Azul?

– Más bien me estoy olvidando del sol de la Costa Azul. Nuestro amigo me hace vivir de noche, Cooper. Estoy blanco como la nieve.

– Ya. ¿Novedades de tu investigación?

– Oscuridad total. Las pocas bombillas que teníamos se están fundiendo una a una. Y como si no bastara con el hijo puta ese, llega el general Parker con su matón para complicar las cosas. Ya sé que te estoy dando la lata, pero ¿ya has averiguado algo sobre el general y su esbirro?

– Sí, muchas cosas; espero que no te asuste trabajar duro. Te estaba mandando un mensaje de correo electrónico con un archivo adjunto, pero te me has adelantado por unos segundos.

– Envíamelo de todos modos, pero anticípame algo por teléfono, mientras tanto.

– Vale. Resumo: General Parker, Nathan James, nacido en Montpellier, Vermont, en 1937. De familia no riquísima, pero sí de clase media alta, muy acomodada. A los diecisiete años se fue de casa y falsificó sus documentos para poder ingresar en el ejército. El primero de su curso en la academia militar. Brillante oficial, de carrera rapidísima. Implicado en el asunto de Cuba de 1963. Condecorado en Vietnam. Brillantes operaciones en Nicaragua y en Panamá. Donde quiera que hubiera que mostrar los músculos, pegar y usar el cerebro, ahí estaba él. Pronto pasó a formar parte del Estado Mayor del ejército. Mente estratégica oculta de Tormenta del Desierto y de la guerra de Kosovo. El presidente ha cambiado un par de veces pero él sigue en su puesto, lo que significa que sabe muy bien lo que hace. Y también ahora, con este asunto de Afganistán, su opinión pesa. Tiene dinero, apoyo, poder y credibilidad. Un tío que puede mearse en la cama y afirmar que ha sudado mucho. Es un tío duro. Muy duro, Frank.

Cooper hizo una pausa para tomar aliento y darle tiempo para asimilar los datos.

– ¿Y del otro qué me dices?

– ¿Quién? ¿El capitán Ryan Mosse?

Frank volvió a notar la punta del cuchillo de Mosse en la nariz' y se la frotó para disipar la sensación.

– Exacto. ¿Has averiguado algo?

– ¡Vaya que sí! Capitán Mosse, Ryan Wilbur, nacido el 2 de marzo de 1963 en Austin, Texas. De él hay mucho menos. Y mucho más al mismo tiempo.

– ¿Qué quieres decir?

– A partir de cierto momento, Mosse se convirtió en la sombra de Parker. Donde está uno está el otro. Mosse daría su vida por el general.

– ¿Por algún motivo en particular, o solo porque siente fascinación por Parker?

– La fidelidad de Mosse está ligada a los motivos por los que Parker fue condecorado en Vietnam. Entre otras cosas, cruzó las líneas de los Charlies con un soldado herido a la espalda, y le salvó el pellejo.

– Y ahora me dirás su nombre.

– Pues sí. Ese soldado era el sargento Willy Mosse, el padre de Ryan.

– Perfecto.

– Desde entonces los dos se hicieron amigos. O, mejor dicho, Mosse padre se convirtió en una especie de súbdito de Nathan Parker. El general, por su parte, se ocupó del hijo del sargento, lo ayudó a ingresar en la academia militar, lo recomendó, e incluso lo protegió en algunos casos.

– ¿Por ejemplo?

– Para ser breve, Frank, este Mosse es una especie de psicópata; tiene una pronunciada tendencia a la violencia gratuita y a meterse en problemas. En la academia casi mató a golpes a un compañero de curso, y un tiempo después, en Arizona, acuchilló a un saldado, por un asunto de mujeres, durante una fiesta en honor al ejército. En la guerra del Golfo, procesaron a un sargento porque lo amenazó con un M-16 para intentar frenarlo durante uno de sus raptos de violencia en un enfrentamiento con un grupo de prisioneros desarmados.

– Menudo pájaro…

– De lo peor. Con las plumas llenas de mierda. En todas esas ocasiones, las cosas se han tapado. A que no adivinas gracias a quién.

– Al general Nathan Parker, imagino.

– Adivinaste. Por eso te digo que tengas cuidado, Frank. Esos dos juntos son Satanás y su horcajo. Mosse es el brazo armado de Parker. Y no creo que tenga demasiados escrúpulos para usarlo.

– Tampoco yo lo creo, Coop. Gracias por todo. Espero tu correo. Hasta pronto.

– Ya está en tu ordenador. Adiós amigo mío, cuídate.

Frank cortó la comunicación y se quedó de pie en medio de la habitación con la cabeza levemente inclinada a un lado. La información de Cooper solo había añadido nombres, fechas y hechos a su opinión sobre aquellos dos tipos. Mala gente para tener enfrente a la luz del sol. Y terrible para tener a la espalda, en la sombra.

Sonó el interfono. Frank fue a responder.

– ¿Sí?

La voz del encargado sonaba un poco embarazada. Le hablaba en inglés.

– Mister Ottobre, está subiendo una persona que quiere verlo. No he podido prevenirlo antes, pero… comprenda usted, yo…

– No se preocupe, Pascal. No hay problema.

Se preguntó quién sería aquella visita que había alterado tanto al encargado. En ese momento llamaron a la puerta. ¿Por qué no había usado el timbre?

Se hizo a un lado y abrió.

Se encontró ante un hombre de mediana edad, alto como él, indiscutiblemente estadounidense. Se parecía vagamente a Robert Redford, pero con el pelo más oscuro. Su bronceado era el justo y vestía con elegancia, aunque sin ostentación. Llevaba un traje azul con la camisa abierta, sin corbata. El reloj era un Rolex pero con correa de piel, muy distinto de esos bloques de oro macizo que abundaban en Monaco. El hombre le dirigió una mirada cálida. De persona, no de personaje.

A Frank le resultó simpático de entrada.

– ¿Frank Ottobre?

– El mismo.

El hombre tendió la mano.

– Encantado de conocerle, señor Ottobre. Me llamo Dwight Durham y soy el cónsul de Estados Unidos en Marsella.

Frank, sorprendido, vaciló un instante y enseguida le estrechó la mano. Aquella sí era una visita inesperada. Tal vez su cara reflejó el pensamiento, porque el diplomático lo miró con expresión divertida y su sonrisa dibujó una arruga en la mejilla.

– Si considera inoportuna mi visita, puedo marcharme. Pero si cree que puede perdonar mi impertinencia y me invita a entrar, me gustaría conversar con usted.

Frank se recobró de la sorpresa inicial. Sí, el hombre le resultaba muy simpático. Se miró el tórax desnudo y, extrañamente, no sintió vergüenza de mostrar sus cicatrices a un extraño. Durham, en todo caso, no dio señales de haberse fijado en ellas.

– Discúlpeme, me ha sorprendido un poco, pero ya está. Como ve usted, por motivos de patriotismo siempre recibo a los diplomáticos de mi país vestido como Rambo. Pase, señor Durham.

El cónsul dio un paso adelante. Se dirigió a una persona que se encontraba en el pasillo; un hombre alto y robusto que llevaba una pistola bajo la chaqueta y unas siglas escritas en la cara. Podía ser FBI, CÍA o DEA o cualquier otra, pero sin duda no pertenecía al ejército de salvación.

– ¿Puede esperarme aquí, por favor, Malcolm?

– No hay problema, señor.

– Gracias.

Durham cerró la puerta y avanzó hasta el centro de la sala, mirando a su alrededor.

– Bonito lugar. Una vista magnífica.

– Así es. Por cierto sabrá usted que soy solo un huésped en este piso, e imagino que también sabrá los motivos de mi presenta aquí.

En realidad, Frank dijo estas palabras para evitar una inútil pérdida de tiempo. Sin duda, antes de llegar allí Durham había obtenido toda la información que necesitaba. A Frank hasta le parecía ver la mano de una secretaria que depositaba en un escritorio una carpeta con su nombre y su currículo.

Frank Ottobre, el hombre cuadrado, el hombre redondo.

Su expediente debía de haber pasado por tantas manos que a Frank ya ni siquiera le importaba. Solo quería hacer saber a Dirham que entre ellos no había lugar para incomodidades o inútiles acrobacias coloquiales.

El cónsul lo entendió y pareció apreciarlo. Era difícil que Frank en ese momento de su vida, inspirara simpatía. Durham tuvo el pudor de no fingirla; sabía que la consideración y el respeto eran una alternativa suficientemente adecuada.

– Tome asiento, señor Durham.

– Dwight, llámeme solo Dwight. Y, por favor, tutéeme.

– Vale. Dwight, entonces. Lo mismo digo. ¿Te apetece tomar algo? Mi bar no está muy bien provisto, pero… -dijo, al tiempo que salía al balcón a recuperar la camisa.

– ¿Podría ser una Perrier?

Nada de alcohol. Bien. Mientras pasaba por delante de él camino a la cocina, Durham se sentó en el sofá. Frank observó que los calcetines eran de idéntico color que los pantalones. Un hombre ton-sur-ton. Cuidadoso, pero no obsesivo.

– Creo que sí. ¿Servicio «salvaje Oeste»?

Durham sonrió.

– Por supuesto. El servicio «salvaje Oeste» estará muy bien.

Volvió con una botella de Perrier y un vaso y se los dio sin ceremonias. Mientras Dwight se servía el agua con gas, Frank fue a sentarse en el otro sillón.

– Supongo que te preguntarás por qué he venido.

– No, ya te lo estás preguntando tú. Supongo que ahora me lo dirás.

Durham contempló las burbujas en su vaso como si fueran de champán.

– Tenemos un problema, Frank.

– ¿Tenemos?

– Sí, tenemos. Tú y yo. Yo soy cara y tú eres cruz. O viceversa. Pero en este momento somos dos caras de la misma moneda. Y estamos en el mismo bolsillo.

Bebió un sorbo de agua y dejó el vaso en la mesita baja de cristal que tenía delante.

– Antes que nada, querría aclararte que mi visita solo tiene oficial lo que tú quieras atribuirle. Yo la considero absolutamente extraoficial, una simple conversación entre dos civiles. Te confieso que esperaba encontrarme a otra clase de persona. No precisamente a Rarnbo, pero sí quizá a Elliot Ness. Me alegro de haberme equivocado.

Volvió a coger el vaso, como si se sintiera más seguro teniéndolo en la mano.

– ¿Quieres que te cuente la situación?

– No estaría mal. En este momento, un repaso general me resultaría útil.

– Bien. Puedo decirte que el homicidio de Alien Yoshida no ha hecho más que acelerar algo que ya empezó con la muerte de Arijane Parker. Estás al tanto de la presencia del general Parker en el principado, ¿verdad?

Frank hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Dwight prosiguió, aliviado y al mismo tiempo preocupado al ver que lo sabía.

– Ha sido una suerte que el azar te haya llevado donde estás ahora, porque eso me ha ahorrado la incomodidad de exigir la presencia de un representante nuestro en las investigaciones. Estados Unidos, en este momento, tiene un problema de imagen. Por ser un país que ha decidido asumir el liderazgo de la civilización moderna, por creerse la única y verdadera superpotencia mundial, hemos sufrido un fuerte golpe con lo ocurrido el 11 de septiembre. Nos han golpeado justo donde éramos más fuertes, donde nos sentíamos invulnerables, es decir, en nuestro propio país…

Miró por la ventana; su figura se reflejaba parcialmente en el cristal, que las primeras sombras de la tarde transformaban en espejo.

– Y en medio de esta situación llega este asunto… Dos estadounidenses asesinados, justo aquí, en el principado de Monaco, Uno de los estados más seguros del mundo. Cómico, ¿verdad? ¿No da la impresión de que la historia se repite? Con la complicación de que además hay un padre desolado que ha decidido actuar por su cuenta, un general del ejército de Estados Unidos que quiere utilizar para sus fines personales los mismos métodos terroristas que combatimos. Como comprenderás, hay razones para temer otro gran problema a escala internacional…

Frank miró a Durham, impasible.

– ¿Entonces?

– Entonces debes atrapar a ese asesino, Frank. Debes atraparlo tú. Antes que Parker, antes que la policía de aquí. A pesar de la policía de aquí, de ser necesario. En Washington quieren que esta investigación sea un trofeo para Estados Unidos. Lo quieras o no, debes ser más que Elliot Ness, debes quitarte la camisa y convertirte en Rambo.

Frank pensó que, en una situación distinta, él y Durham habrían podido ser grandes amigos. En el poco rato transcurrido en su compañía se había confirmado su simpatía por ese hombre.

– Sabes que lo atraparé, Dwight. Pero por ninguno de los motivos que acabas de decirme. Quizá seamos la cara y la cruz, pero solo por azar estamos en la misma moneda y en el mismo bolsillo. Yo atraparé a ese asesino, y vosotros podéis dar a ese hecho el significado que queráis. Os pido una sola cosa.

– ¿Qué?

– Que no me obliguéis de ningún modo a aceptar vuestros motivos como si fueran también los míos.

Dwight Durham, cónsul de Estados Unidos, no dijo nada. Tal vez no había entendido, o tal vez había entendido demasiado bien. Pero, al parecer, estaba conforme. Se levantó del sillón y con las manos se alisó los pantalones. La conversación había terminado.

– Muy bien, Frank. Creo que nos lo hemos dicho todo.

Frank se levantó a su vez. Los dos se dieron la mano al contraluz de aquella tarde de verano. Fuera el sol se ponía. Pronto caería la noche; una noche llena de voces y de asesinos en la sombra. Y cada uno buscaría a tientas, en la oscuridad, su escondite.

– No te molestes en acompañarme; conozco el camino. Adiós, Frank. Buena suerte. Sé que sabrás coger el toro por los cuernos-

– Este toro tiene muchos cuernos, Dwight. No será fácil abatirlo.

Durham fue hasta la entrada y abrió la puerta. Frank entrevió la silueta de Malcolm, de pie en el pasillo, mientras volvía a cerrarse.

De nuevo solo, cogió otra cerveza del frigorífico y volvió al sillón que había ocupado su huésped.

«Somos la misma moneda… ¿Cara o cruz, Dwight?»

Se relajó y trató de olvidarse de Durham y de su conversación. La diplomacia, las guerras y las maniobras políticas. Bebió un sorbo de cerveza.

Intentó un ejercicio que no practicaba desde hacía algún tiempo y que él llamaba «la apertura». Cuando una investigación llegaba a un punto muerto, se sentaba a solas y trataba de liberar la mente, de dejar que cada pensamiento pudiera unirse libremente a los otros, como un rompecabezas mental en el que las piezas encajaban de manera casi automática. Sin una voluntad precisa, sino dejándose guiar por el inconsciente. Una suerte de pensamiento paralelo mediante imágenes, que a veces le había dado buenos frutos. Cerró los ojos.

«Arijane Parker y Jochen Welder.

La embarcación, encajada en el muelle, los mástiles levemente inclinados hacia la derecha. Los dos muertos tendidos en la cama, desollados, los dientes al descubierto en una risa sin odio.

La voz por la radio.

La inscripción, roja como la sangre.

"Yo mato…"

Jean-Loup Verdier. Sus ojos extraviados.

El rostro de Harriet.»

¡No, eso no, ahora no!

«De nuevo la voz por la radio.

La música. La cubierta del disco de Santana.

Alien Yoshida.

Su cabeza apoyada contra el cristal de la ventanilla.

El asiento claro, de nuevo la inscripción roja.

La mano, el cuchillo, la sangre.

Las imágenes de la película.

El hombre de negro y Alien Yoshida.

Las fotos de la habitación, sin ellos.

La película. Las fotos. La película. Las fotos. La pe…»

De golpe, con un salto casi involuntario, Frank Ottobre se encontró de pie frente al sillón. Era un detalle tan pequeño que su mente lo había grabado y archivado corno algo secundario. Tenía que volver de inmediato a la central de policía para comprobar si lo que había recordado era cierto. Quizá fuera una simple ilusión pero tenía que agarrarse a esa pequeñísima esperanza. En aquel momento deseó tener mil dedos para poder cruzarlos todos.

28

Cuando Frank llegó a la central de policía, en la calle Notari, ya estaba avanzada la tarde. Había ido a pie de Pare Saint-Román hasta allí, abriéndose paso entre los caminantes en el crepúsculo que colmaban las calles casi sin verlo. Se sentía agitado. Siempre que perseguía a un criminal experimentaba esa sensación de ansiedad, de frenesí, como una voz interna que lo apremiaba y lo incitaba a correr. De pronto, cuando la investigación había llegado a un punto muerto y todas sus conjeturas no habían llevado a nada, surgía esa pequeña iluminación. Algo brillaba bajo el agua, y Frank no veía el momento de zambullirse, para descubrir si en verdad era una luz o apenas un espejismo producto de un reflejo.

Cuando llegó a la entrada, el agente de guardia lo dejó pasar sin hacerle ningún comentario. Frank se preguntó si cuando hablaban de él le llamarían por su nombre o le definirían simplemente como «el estadounidense».

Subió la escalera hacia el despacho de Nicolás Hulot.

Recorrió el pasillo y llegó ante la puerta. Golpeó un par de veces con los nudillos y accionó el picaporte. El despacho estaba vacío.

Se quedó un instante, perplejo, en el pasillo. Decidió entrar de todos modos. Estaba ansioso por comprobar si su idea se correspondía con la realidad, y Nicolás no le reprocharía que lo hubiera echo en su ausencia.

En el escritorio de madera encontró el legajo con todos los informes y los expedientes relativos al caso. Lo abrió y buscó el sobre que contenía las fotos de la casa de Alien Yoshida que les había llevado Froben después de la inspección del lugar. Las estudió atentamente. Se sentó al escritorio, cogió el teléfono y marcó el número del comisario de Niza.

– ¿Froben?

– Sí, ¿quién habla?

– Hola, Claude, soy Frank.

– Hola, yanqui. ¿Cómo andas?

– ¿Puedo hacerte una pregunta?

– Ya he leído los periódicos. ¿Las cosas están de veras tan mal?

– Sí. Pero incluso suspiramos de alivio porque no son todavía peores.

– Qué desastre… Dime, ¿en qué puedo ayudarte?

– Respóndeme a un par de preguntas.

– Te escucho.

– En la casa de Yoshida, ¿sabes si alguien había tocado algo antes de que llegarais vosotros a hacer el registro y las fotos?

– No creo. La criada que descubrió la habitación del crimen ni siquiera entró; por poco se desmayó al ver toda aquella sangre. Llamó enseguida a los de seguridad. Como recordarás, Valmeere, el jefe de los vigilantes, es ex policía y conoce el procedimiento. Nosotros, como es obvio, no hemos tocado nada. Las fotos que os he dado son de la casa tal como la encontramos.

– Gracias, Claude. Disculpa, pero necesitaba estar totalmente seguro.

– ¿Tienes alguna pista?

– No sé. Espero que sí. Debo verificar un detalle, pero no quiero ilusionarme antes de tiempo. Otra cosa…

El silencio al otro lado del teléfono indicaba que Froben estaba esperando.

– ¿Recuerdas si en la discoteca de Yoshida había un elepé de vinilo?

– No. De eso estoy seguro, porque uno de mis hombres, qué es un apasionado de la música, observó que en el equipo estéreo había un tocadiscos pero que en los estantes solo había CD. Incluso hizo un comentario al respecto…

. -Estupendo, Froben. No esperaba menos de ti..

– Vale. Si necesitáis algo, aquí estoy.

– Muchas gracias, Claude. Eres un amigo.

Cortó y se quedó pensativo un instante. Había llegado el momento de verificar si ese hijo puta había cometido un pequeño error el primero desde el comienzo de aquel asunto. O si lo había cometido él, al confundir luciérnagas con faroles.

Abrió el cajón del escritorio donde estaba la copia de la cinta VHS que habían encontrado en el Bentley de Yoshida. Sabía que Nicolás la tenía allí, junto con las cintas de las grabaciones de la radio. La cogió y fue a introducirla en el vídeo conectado al televisor. Encendió los aparatos y pulsó la tecla play en el mando a distancia.

En la pantalla aparecieron las barras de colores y luego la secuencia grabada. Aunque viviera cien años y debiera ver esas imágenes cada día, jamás lograría hacerlo sin experimentar un escalofrío. Volvió a ver la figura de negro con el puñal en la mano y sintió un nudo en la garganta y una opresión que le cerraba el estómago. Una sensación de furia que no se aplacaría hasta que le cogiera.

«Aquí está, ya casi llegamos…»

Sintió la tentación de pulsar la tecla de avance rápido, pero temía que el detalle se le escapara. Por fin la proyección llegó al momento que él esperaba. Para sus adentros, lanzó un pequeño grito de alegría.

«Sí, sí, sí…»

Detuvo la imagen con la tecla de pausa. Era algo tan pequeño que no se habría atrevido a comentarlo con nadie, por temor a encontrarse ante la enésima decepción. Pero ahora estaba allí, ante sus ojos y valía la pena considerarlo. Un detalle insignificante, cierto, tanto como para no haberlo tenido en cuenta hasta aquel momento pero era lo único que tenían.

Miró con atención la imagen fija en la pantalla. El asesino alzaba el puñal sobre Alien Yoshida. La víctima lo miraba con los ojos muy abiertos, las manos y las piernas inmovilizadas por el alambre de acero, la boca cerrada por la cinta adhesiva, una mueca de dolor y terror en el rostro. Frank pensó que ese hombre moriría de nuevo cada vez que alguien mirara la cinta. Y ahora que sabían que clase de hombre era, cada vez merecería esa muerte.

En aquel momento se abrió la puerta del despacho y entró Morelli. Se detuvo en el umbral, asombrado de encontrarlo allí.

Frank notó que, más que sorprendido, parecía incómodo.

Se sintió un poco culpable por el malestar del inspector.

– Hola, Claude, disculpa que haya entrado, pero no había nadie y tenía la imperiosa necesidad de comprobar algo…

– No hay problema. Si buscabas al comisario Hulot, está reunido, en la sala grande, en la planta de abajo. También están los jefes.

Frank se olió algo raro. Si se había organizado una reunión para analizar cómo iba la investigación hasta el momento y para coordinar las intervenciones, le parecía extraño que no le hubieran avisado. Desde el primer momento se había esforzado en actuar con discreción, para no incomodar a Nicolás. Se mantenía siempre un paso por detrás de él y tomaba la iniciativa solo cuando él se lo pedía, ya que no quería dejar en mal lugar al comisario ante los ojos de nadie: ni de sus superiores ni -sobre todo- de sus subalternos.

El estado de ánimo de Nicolás era harina de otro costal. Le había afectado bastante su arrebato de la mañana en casa de Jean-Loup, pero lo entendía perfectamente, tanto desde el punto de vista humano como desde el profesional.

Ellos sí eran dos caras de la misma moneda, sin importar quien fuera cara y quién cruz. Entre ellos no había problemas.

Relacionó aquella reunión casi furtiva con la visita de DwigM Durham. Era muy probable que las autoridades del principado vieran el asunto de la misma manera, pero desde una óptica opuesta, después de la intervención del cónsul, su presencia allí ya no se veía como una cuestión personal, casi un pacto entre caballeros, sino como una cuestión oficial.

Frank se encogió de hombros. No tenía ganas de encontrarse involucrado en un enredo diplomático. Ni le importaba. Lo único que quería era agarrar a aquel asesino, meterlo en prisión y tirar la llave. En cuanto a quién correspondía el mérito, que lo decidiera los encargados de tomar esas decisiones.

Morelli se había repuesto de su inicial sorpresa.

– Yo bajo a reunirme con ellos. ¿Vienes?

– ¿Te parece buena idea?

– Sé que te han llamado un par de veces, pero el teléfono comunicaba.

Era posible. Había estado mucho rato al teléfono con Cooper, cuando llegó Durham había apagado el móvil, que por otra parte usaba muy poco. Casi siempre se quedaba guardado en un cajón, en el piso de Pare Saint-Román.

Frank se levantó, recogió las fotos que acababa de examinar y fue a sacar la cinta del vídeo. Se la llevó consigo.

– ¿En la sala de reuniones hay algún aparato para ver la cinta?

– Sí, hay todo lo necesario.

Salieron del despacho, recorrieron en silencio el pasillo y bajaron por la escalera. El rostro de Frank era una máscara de piedra. En la planta inferior, hicieron a la inversa el trayecto que poco antes habían hecho en la planta de arriba. Cuando llegaron a la penúltima puerta de la derecha, Morelli llamó.

– Adelante -dijo alguien desde dentro.

En la gran estancia pintada en dos tonos de gris había varias personas sentadas alrededor de una larga mesa rectangular: Nicolás Hulot, el doctor Cluny, Roncaille, el director de la Süreté, y otro par de personas a las que Frank no había visto nunca.

Cuando él entró hubo un instante de silencio general.

La sensación de que algo le olía mal aumentó. Los hombres allí reunidos adoptaron la actitud de quien es sorprendido con las manos en la masa. Por supuesto, estaban en su territorio y tenían todo el derecho de hacer las reuniones que quisieran, con él o sin él. Un así, la actitud general confirmaba su primera sensación. Nicolas no tenía valor para mirarlo a los ojos y parecía incómodo, como Morelli poco antes. Frank pensó que su actitud podía deberse a otro motivo. En su ausencia, debían de haberle dado una buena reprimenda por los resultados negativos de las investigaciones hasta ese momento.

Roncaille fue el primero en recobrarse. Se puso de pie y dio unos pasos hacia él.

– Buenas noches, Frank, tome asiento. Estábamos analizando la situación mientras lo esperábamos. Creo que no conoce usted al doctor Alain Durand, el procurador general, que se ocupa personalmente del caso…

Señaló a un hombre bajo de pelo rubio y ralo, y ojos pequeños y hundidos detrás de unas gafas sin montura. Llevaba un elegante traje gris que sin embargo no lograba darle la buena presencia que sin duda él creía poseer. Lo saludó con un movimiento de cabeza.

– Y el inspector Gottet, de la Computer Crime Unit…

Esta vez fue el hombre sentado a la izquierda de Durand el que le saludó con un gesto de la cabeza. Era un muchacho joven, bronceado, de pelo oscuro, que probablemente frecuentaba los gimnasios en su tiempo libre, las playas en verano y los centros de bronceado artificial en invierno. Parecía más un yuppie que un policía.

Roncaille se dirigió a las personas que acababa de presentar.

– Él es Frank Ottobre, agente especial del FBI, colabora con la policía del principado para las investigaciones del caso «Ninguno».

Frank fue a sentarse a la derecha de Cluny, casi frente a Nicolás. Buscó su mirada, pero no la encontró. Hulot continuaba observando un punto fijo, como si hubiera perdido algo.

Roncaille volvió a su lugar.

– Bien, ahora que ya estamos todos, podemos continuar. Frank, estábamos a punto de escuchar el informe del doctor Cluny, que ha examinado las cintas de las llamadas del sujeto.

Esta vez fue Frank quien asintió en silencio. Cluny acercó la silla a la mesa y abrió la carpeta que tenía delante. Se aclaró la voz, como si comenzara una clase en la universidad.

– Después de un profundo examen he llegado a conclusiones que, en general, confirman mis observaciones en el momento de las llamadas. Se trata de un individuo extremadamente complejo con unas características que hasta ahora nunca me había encontrado. En su modus operandi hay particularidades que lo colocan con claridad en la categoría de asesino en serie. Por ejemplo, la territorialidad, que lo induce a actuar solo en el ámbito del principado. Y el hecho de que prefiera usar un arma blanca, que le permite un contacto directo con la víctima. El hecho de que desollé a las víctimas puede considerarse al mismo tiempo un ritual fetichista y un overkilling en su sentido estricto. Mediante la mutilación de los cadáveres el asesino demuestra su total dominio sobre la persona a la que ha decidido matar. Incluso el período de calma entre un homicidio y otro forma parte del cuadro general. Hasta aquí, todo parecería responder a un comportamiento habitual…

– ¿Pero…? -intervino Durand con una voz de bajo que sonaba exagerada para su físico menudo.

Cluny hizo una pausa de efecto. Se quitó las gafas y se apretó el puente de la nariz, como Frank ya le había visto hacer. Parecía tener una particular habilidad para concentrar la atención de los demás en sus palabras. Volvió a ponerse las gafas y asintió con la cabeza en dirección a Durand.

– Exacto. Aquí comienzan los «pero»… El sujeto tiene un gran dominio léxico y una capacidad de abstracción muy fuera de lo común. Utiliza imágenes, muchas de las cuales son casi poéticas; podríamos incluir aquí esa definición que da de sí mismo, «uno y ninguno». Además de su aguda inteligencia, es un hombre de elevado nivel cultural, con estudios superiores, quizá humanísticos, al contrario de la mayoría de los asesinos en serie, que suelen ser individuos de clase media baja y de escasa cultura. Hay algo en particular que me deja perplejo…

Otra pausa. Frank observó que el psicopatólogo repetía la pantomima de quitarse las gafas y apretarse la nariz. Durand aprovechó para limpiar las suyas.

«Disfruta de nuestros aplausos, Cluny. Sí, estamos todos pendientes de ti, pero sigue adelante, por favor. Y decídete a usar lentes de contacto de una vez por todas.»

– Me refiero a que el asesino, en el transcurso de la conversación, manifieste que se siente casi obligado a matar. Si en la raíz de su patología hay hechos de su vida comunes a este tipo de alteraciones de la personalidad… es decir, familia opresiva, padre o padres dominantes, maltratos o humillaciones y abusos semejantes… el impulso de matar podría considerarse bastante normal. Pero aquí se observa una actitud que en general se encuentra en los casos de desdoblamiento de personalidad, como si en el sujeto coexistieran dos personas… Y con esto volvemos al «uno y ninguno»…

Frank pensaba que todas aquellas consideraciones eran simplemente estupideces.

No eran más que un bonito ejercicio de estilo. En aquel caso específico, trazar el perfil del asesino podía resultar útil, pero no determinante. Ese asesino no era solo un hombre que actuaba, sino un hombre que pensaba antes de actuar. Y pensaba con una lucidez excepcional. Para atraparlo, ellos debían ser más lúcidos que él.

No lo dijo, por temor a que esta simple observación se interpretara como admiración.

Intervino Durand y, por lo que dijo, Frank se vio obligado a admitir que no era estúpido. Sabía cómo llevar adelante una reunión como aquella.

– Señores, esta conversación queda entre nosotros, nadie nos está escuchando. No se trata de una competición para ver quién es más hábil. Les pido que pongan sobre la mesa todas sus dudas, hasta la que parezca más banal. Nunca se sabe de dónde puede salir una idea. Comenzaré yo: ¿Qué se puede decir de la relación del asesino con la música?

Cluny se encogió de hombros.

– Ese es otro aspecto controvertido. «Uno y ninguno», una vez más. Por un lado se observa una pasión evidente por la música, puesto que parece conocerla y apreciarla mucho. La música debe de ser, para este hombre, un refugio primario, una especie de escondrijo mental. Por otro lado, que se valga de ese medio para darnos una pista sobre su siguiente víctima nos involucra en un juego donde la música pasa a ser algo destructivo, un arma con que nos desafía. Se considera superior a nosotros, pero al mismo tiempo tiene un complejo de inferioridad y frustración que le empuja a ofrecernos esas pistas. ¿Ven ustedes? De nuevo «uno y ninguno»…

Hulot levantó una mano.

– Diga, comisario.

– El hecho de que quite la piel del cráneo a sus víctimas, aparte de las motivaciones psicológicas, ¿qué finalidad práctica puede tener, en su opinión? Es decir, ¿qué hace con la cara y el cuero cabelludo de esos desdichados? ¿Para qué le sirven?

En la sala se hizo el silencio. Era una pregunta que cada uno de los ya se había planteado muchas veces. Ahora se había formulado en voz alta, y la pausa significaba que ninguno de ellos había encontrado una respuesta.

– Sobre este punto, como cada uno de nosotros, solo puedo formular hipótesis, y de momento todas serían igualmente válidas…

– ¿Podría tratarse de un hombre de apariencia horrible, que se venga de ello con sus víctimas? -preguntó Morelli.

– Sí, es posible. Pero tenga usted presente que un aspecto físico repugnante, o monstruoso, es de por sí bastante llamativo. Una apariencia física repulsiva es lo que más despierta la fantasía de la gente, según la ecuación «feo igual a malo». Si anduviera circulando por la zona una especie de Frankenstein, sin duda alguien ya nos lo habría señalado. Alguien así no pasa inadvertido.

– De todos modos, creo que es una posibilidad que no podemos descartar a priori -intervino Durand con su voz de bajo.

– Desde luego que no. Como ninguna de las otras, desgraciadamente.

– Gracias, doctor Cluny.

Roncaille puso momentáneamente punto final a aquel aspecto del análisis y se dirigió al inspector Gottet, que hasta entonces había escuchado en silencio.

– Su turno, inspector.

Gottet tomó la palabra; sus ojos brillaban con el fulgor de la eficiencia.

– Hemos evaluado todas las razones posibles por las que las llamadas telefónicas del «sudes» no han podido interceptarse.

Gottet miró a Frank; este sintió el impulso de sonreír y se contuvo a duras penas. Gottet era un verdadero fanático. La definición de «sudes» era una contracción de los términos «sujeto desconocido», que solía usarse durante las investigaciones en Estados Unidos pero que allí nadie solía utilizar.

– Desde hace un tiempo disponemos de un nuevo sistema de detección de llamadas de telefonía móvil, el DCS 1000, apodado el «Carnívoro». Si la llamada llega por esa vía, no hay problema…

Frank había oído hablar de ese aparato en Washington, cuando todavía se hallaba en estado experimental. No sabía que ya se estuviera empleando. Pero había muchas cosas de las que no estaba al corriente. Gottet reanudó su exposición.

– En lo que atañe a la telefonía fija, podemos entrar directamente en el ordenador de la radio, el que dirige la centralita, y controlar todas las entradas con una búsqueda de señal exterior, ya provengan de la compañía telefónica o de otras fuentes, en particular de internet…

Hizo una pausa de efecto, aunque sin obtener los resultados magnéticos de Cluny.

– Como quizá sepan ustedes, vía internet es posible, con los programas apropiados y cierta habilidad, hacer llamadas telefónicas sin ser interceptado. A menos que del otro lado haya alguien igualmente hábil, o más. Por esto hemos solicitado la colaboración de un pirata informático que ha salido del anonimato; ahora es un asesor independiente de los hackers. De vez en cuando trabaja para nosotros, a cambio de que pasemos por alto algunas de sus malas pasadas. Aplicamos a esta búsqueda la mejor tecnología disponible. La próxima vez no se nos debería escapar…

La intervención de Gottet fue mucho más breve que la de Cluny, acaso porque había muchas menos cosas que decir en ese campo. Para todos ellos, el misterio de por qué no se habían interceptado las llamadas era como una mancha en una camisa recién lavada. Se habrían subido las mangas hasta las axilas con tal de limpiarla.

Durand recorrió con la mirada a los presentes.

– ¿Alguna otra cosa que añadir?

Hulot, que parecía haberse recuperado de la incomodidad del principio, había recobrado su sangre fría.

– Por nuestra parte, continuamos con la investigación de Ia vida privada de las víctimas, aunque no esperamos mucho por ese lado. Mientras tanto, seguimos vigilando Radio Montecarlo. Si e asesino vuelve a llamar y nos da un nuevo indicio, estamos listos para intervenir. Hemos organizado una unidad especial de policías de paisano, con algunas agentes de la policía femenina, para controlar el lugar. También disponemos de una unidad de intervención compuesta Por los mejores tiradores y equipados para visión nocturna. Hemos contratado expertos musicales para ayudarnos a descifrar el próximo mensaje, si lo hay. Una vez descifrado, pondremos bajo vigilancia a la probable víctima. Esperamos que el asesino cometa un error, aunque hasta hoy, por desgracia, se haya mostrado infalible.

Durand los miró desde el extremo de la mesa. Frank logró ver al fin que sus ojos eran de color avellana. Se dirigió a todos y a ninguno en particular, con su voz de barítono.

– Señores, es inútil que les recuerde cuan importante es que nosotros no cometamos más errores. Esto ya no es una simple investigación policial, sino mucho más. Debemos atrapar a ese individuo lo antes posible. Antes de que los medios nos hagan pedazos.

«Y los del Consejo de Estado, si no el príncipe en persona», pensó Frank.

– Cualquier cosa que surja, háganmela saber de inmediato, sea la hora que sea. Señores, cuento con ustedes.

Durand se levantó y todos lo imitaron. El procurador general se dirigió hacia la puerta, seguido por Roncaille, que probablemente quería aprovechar la ocasión para hacer relaciones públicas.

Morelli esperó que los dos se hubieran alejado lo suficiente y salió a su vez, tras dirigir a Hulot una mirada que expresaba solidaridad.

El doctor Cluny, que había permanecido de pie al lado de la mesa, recogía la carpeta con sus apuntes.

– Si necesitan ustedes mi presencia en la radio, cuenten conmigo -dijo.

– Nos vendría muy bien, doctor -repuso Hulot.

– Entonces nos vemos más tarde.

También Cluny abandonó la sala, y Frank y Nicolás se quedaron solos.

El comisario señaló con un gesto la mesa a la que habían estado sentados.

– Sabes que yo no he tenido nada que ver con esto, ¿verdad?

– Por supuesto. Cada uno tiene sus propios problemas.

Frank pensaba en Parker. Se sentía culpable por no haber hablado todavía con Nicolás sobre el general y Ryan Mosse.

– Si vienes a mi despacho, tengo algo para ti.

– ¿Qué?

– Una pistola. Una Glock 20. Creo que es un arma que conoces bastante bien.

Una pistola. Frank creía que nunca más necesitaría un arma.

– No creo que me haga falta.

– Ojalá, pero a estas alturas considero necesario que todos estemos preparados para cualquier eventualidad.

Frank guardó silencio un instante. Se pasó la mano por la mejilla, donde la barba iba formando una sombra oscura. Hulot advirtió su vacilación.

– ¿Qué pasa, Frank?

– Nicolás, quizá he encontrado algo…

– ¿Qué?

Frank cogió de la mesa el sobre y la cinta de vídeo que había llevado a la reunión.

– He traído estas cosas, pero en el último momento he decidido no decir nada delante de los demás, porque es un detalle tan insignificante que conviene verificarlo antes de incluirlo en la investigación. ¿Recuerdas que te dije que había algo que se me escapaba? Algo que habría debido recordar pero que no lograba enfocar. Pues bien, por fin he visto una luz. Una discrepancia entre la filmación y las fotos de la casa de Alien Yoshida, las que nos ha traído Froben.

– ¿Qué discrepancia?

Frank extrajo una foto del sobre y se la pasó a Hulot.

– Mira el mueble. El del estéreo, detrás del sillón. ¿Qué hay encima?

– Nada.

– Exacto. Y ahora mira aquí…

Frank cogió la cinta VHS y fue al televisor con videograbadora incorporada puso la cinta, todavía rebobinada hasta el punto que le interesa. Congeló la imagen y señaló con la mano un punto en la pantalla detrás de las dos figuras en primer plano:

– Mira. Aquí, en ese mismo mueble, se ve la cubierta de un disco, un elepé de vinilo. En la casa de Yoshida no había ninguno; me lo ha confirmado el propio Froben. Ni uno solo. En las fotos, en cambio, no hay ni rastro de esta cubierta. Eso significa que el asesino no pudo resistirse a llevar de su casa la música de fondo para su nuevo crimen. La imagen está un poco desenfocada, por la mala calidad de la copia, que se hizo a toda prisa, pero estoy seguro de que si analizamos el original con las máquinas adecuadas podremos llegar a saber de qué elepé se trata. El hecho de que el asesino no lo haya dejado en la escena del crimen significa que este disco tiene un significado particular. Para él, o en un sentido absoluto. No olvidemos que ese maldito hijo de puta tiene un sentido del humor muy macabro. Creo que difícilmente se resistiría a hacer una última burla, de haber podido. Repito: tal vez no sea nada importante, pero es lo primero que sabemos del asesino a pesar suyo. Aunque pequeño, es el primer error que comete…

Un largo instante de silencio. Fue Frank quien lo rompió.

– ¿Hay algún modo de hacer analizar la cinta sin llamar mucho la atención? -le preguntó a Hulot.

– Aquí, en el principado, no. Déjame pensar… Podría recurrir a Guillaume, el hijo de los Mercier, unos amigos. Tiene una pequeña empresa de producción que realiza videoclips y cosas así. Apenas está comenzando, pero sé que es muy hábil. Puedo intentarlo con él.

– ¿Es de fiar?

– Es inteligente. Era el mejor amigo de Stéphane. Si se lo pido yo, mantendrá la boca cerrada.

– Bien. Creo que vale la pena comprobar la filmación, pero con suma discreción.

– Opino lo mismo. Como bien dices, aunque pequeño es lo único que tenemos.

Se miraron, y esa mirada significaba muchas cosas. Ellos eran verdaderamente las dos caras de una misma moneda y estaban en el mismo bolsillo. La vida no había sido amable con ninguno de los dos, pero ambos habían tenido el valor de volver a entrar en el juego, cada uno a su manera. Hasta el momento se habían sentido por completo a merced de los acontecimientos que desbarataban, una vez más, su existencia. Ahora, gracias a un pequeño descubrimiento, casi por casualidad, en esa habitación gris, suspendida en el aire como una cometa en el viento, revoloteaba una pequeña esperanza.

29

Laurent Bedon apagó la máquina de afeitar eléctrica y se miró al espejo.

A pesar de haber dormido hasta tarde, las horas de sueño no habían borrado las huellas de los excesos de la noche anterior. Había vuelto al alba, borracho, y se había echado sobre la cama ya casi dormido antes de llegar a ella. Ahora, a pesar de la larga ducha y de haberse afeitado, tenía las ojeras y la palidez del que no ve la luz del sol desde hace mucho tiempo. La claridad implacable del tubo de neón del cuarto de baño no hacía más que subrayar su aspecto enfermizo.

«Por Dios, parezco un muerto.»

Cogió el frasco de loción para después de afeitar y se lo echó en abundancia; el líquido hizo que le ardieran los labios. Se peinó el pelo erizado y se puso desodorante en las axilas. Después, ya se consideró listo para afrontar una nueva noche.

En la habitación su ropa estaba desparramada en un desorden que el definía como endémico. Antes tenía una mujer que iba a limpiar y le dejaba el piso en un orden precario, que él desbarataba; ahora su economía ya no le permitía afrontar el gasto de una empleada doméstica. Ya era bastante que no lo hubieran echado a la calle, teniendo en cuenta que llevaba cuatro meses de retraso en el pago del alquiler.

En los últimos tiempos le había ido realmente mal. La noche anterior, en el casino de Mentón, se había dejado una bonita suma de dinero. Que no era suyo, además. Había pedido un nuevo anticipo a Bikjalo, que primero había protestado pero al final se había, resignado a firmarle de mala gana un cheque. Había empujado el cheque hacia él diciendo que ese era el último.

Con ese dinero habría podido tapar algunos agujeros de su crítica situación económica. Como el alquiler de los dos míseros cuartos en ese edificio de Niza en el que no había cucarachas porque incluso a ellas les daba asco. Era algo increíble.

El Crédit Agricole le había embargado el coche porque después de la tercera cuota había dejado de pagar. A la mierda con ellos. Y a la mierda con monsieur Plombier, el hijo puta del director, que lo había tratado de mendigo cuando él había ido a protestar, y además le había cancelado la tarjeta de crédito y el talonario de cheques.

Pero esas no eran sus preocupaciones principales. Ojalá. Debía un montón de euros a ese delincuente de Maurice, una deuda que había contraído cuando todavía se pagaba en francos. Había ido aguantando con algún pago de vez en cuando, pero la paciencia de ese usurero de mierda no duraría eternamente. Todo el mundo sabía qué le esperaba a quien no pagaba sus deudas a esa escoria. Corrían rumores nada tranquilizadores a ese respecto. Era lo que decía la gente, pero en ese caso específico Laurent sospechaba que podía considerarse la palabra de Dios.

Se sentó en la cama y se pasó las manos por el pelo. Miró a su alrededor. Lo que veía le disgustaba. Todavía no lograba creer que estuviera viviendo en aquella ratonera de la calle Ariane.

Maurice se había quedado, como parte del pago de la deuda, con su bonito piso en Acrópolis, pero los intereses del resto crecían a tal velocidad que en poco tiempo, a falta de algo mejor, se quedaría también con sus cojones, por el simple placer de oírlo cantar con voz de soprano.

Se vistió lo mejor que pudo, tras encontrar un pantalón y una camisa no entre las prendas limpias, sino entre las menos sucias. Recogió de debajo de la cama los calcetines del día anterior; no tenía ni menor idea de cómo habían llegado hasta allí. No recordaba siquiera haberse desvestido. El espejo del armario le devolvió una imagen con ropa que no era mucho mejor que la del cuarto de baño.

Cuarenta años. Y se hallaba en ese estado. Si no cambiaba pronto en breve se convertiría en un vagabundo. No tendría dinero ni para comprarse hojas de afeitar. Siempre que antes no interviniera Maurice para resolver el asunto por él…

Sin embargo, la noche anterior había sentido muy cerca la buena fortuna. Pierrot le había dado los números, y por lo general los números de Pierrot le daban suerte. Un par de veces había salido del casino con una sonrisa de oreja a oreja gracias a Rain Boy. Pero sus ganancias se habían esfumado en un abrir y cerrar de ojos, como todo el dinero ganado sin esfuerzo.

Había cambiado el cheque de Bikjalo a un tipo que conocía, que rondaba por los alrededores del casino a la espera de tíos como él, hombres con una luz febril en los ojos, acostumbrados a seguir el rebote de la bola en la ruleta. El hombre se había quedado con una buena tajada de «comisión», como la llamaba ese rufián, pero a continuación Laurent había entrado en el salón de juego con las mejores intenciones, sin saber que estaba a punto de pavimentar un nuevo tramo del camino al infierno.

Un desastre. Ni un solo golpe ganador. Nada. El crupier recogía mecánicamente sus jugadas, una a una, con la cara profesional de todos los crupieres. Una vuelta de ruleta, lanzar la bolita y las manos hábiles de ese idiota enviaban las fichas de color a reunirse con las de la jugada anterior. En su caso convertidas en humo.

En realidad los crupieres detestan a los perdedores. Y él llevaba escrito en la cara que era un perdedor. Ni siquiera una ficha de propina pour les employés que por lo general acompaña el pleno.

Humo por humo, si hubiera quemado el dinero en la chimenea habría salido ganando. Solo que ahora ya no tenía ni chimenea. Ahora la de su piso calentaba a Maurice, o vaya a saber a quién.

Se levantó de la cama y encendió el ordenador, colocado en precario equilibrio en una especie de escritorio en la alcoba. Era un PC velocísimo, con un procesador Pentium IV de 1.600 megas, un giga de RAM y dos discos duros de 30 gigas cada uno, lo único que le quedaba. Sin el ordenador se habría sentido perdido. Allí estaban sus notas, sus guiones para el programa, las cosas que escribía cuando estaba melancólico. Es decir, casi siempre. Y navegar por internet era una evasión virtual de la cárcel en que vivía.

Cuando la máquina se encendió, vio que había un mensaje en su buzón. Lo abrió. Era un texto muy breve, de remitente desconocido, en caracteres Book.

¿Necesitado de dinero? Ha llegado el tío de América…

Se preguntó quién podía ser el imbécil que le hacía aquella broma. Alguno de sus amigos que conocía su situación, seguro.

Sí, pero ¿quién? ¿Jean-Loup? ¿Bikjalo? ¿Alguien de la radio? Y además, ¿qué significaba «el tío de América»? Por un instante pensó en el estadounidense, el agente del FBI, el que investigaba los asesinatos, con esos ojos que daban más escalofríos que la voz del asesino. Quizá era una forma de presionarlo. Pero no le parecía que Ottobre fuera el tipo de hombre que recurriera a esos ardides, sino más bien alguien que te aplastaba contra una pared hasta que escupías incluso los calcetines.

Volvió a su mente todo aquel asunto. Esas llamadas eran un auténtico maná del cielo para Jean-Loup, que se estaba haciendo más popular que los Beatles. De momento lo estaba pasando mal, pero al final, cuando cogieran al asesino, saldría más que airoso. Aquel chaval levantaba el vuelo mientras él permanecía en tierra con la nariz hacia arriba, mirándolo volar. Como un gilipollas. Y pensar que era él quien lo había llevado a la radio, tras conocerlo por casualidad en la puerta del café de París, en la plaza del Casino, unos años atrás. Había sido testigo del salvamento del perro gracias al cual había heredado la hermosa casa de Beausoleil. Se enteraron solo un par de años después: haber salvado el perro de la vieja había sido como comprar el número ganador de la lotería,

El destino de Laurent, en cambio, era siempre el mismo: ser espectador de la suerte de los demás. Estar allí para ver que a alguien le iluminaba un rayo de luz que, de haberse desviado un metro, habría podido iluminarlo a él.

Después del incidente del perro había entablado conversado con aquel muchacho de pelo oscuro y ojos verdes que miraba a su alrededor un poco avergonzado por haberse convertido de pronto en el centro de atención. Una cosa había llevado a la otra. A Laurent le había sorprendido ese algo especial que transmitía Jean-Loup, una sensación de calma y facilidad para comunicarse, algo a lo que no había logrado dar un nombre preciso pero que era lo bastante fuerte para no dejar indiferente al interlocutor. En especial a alguien corno él.

Bikjalo, que no era ningún estúpido, lo captó de inmediato cuando él se lo presentó como posible locutor de Voices, el programa que Laurent tenía en mente desde hacía tiempo. Jean-Loup tenía la indudable ventaja de ser idóneo y costar poco dinero, porque era un novato. Un principiante absoluto. Un nuevo programa de éxito y una nueva voz en el aire, con costo cero, o casi. Al cabo de dos semanas de grabar pruebas, en las que Jean-Loup había confirmado día tras día las expectativas que había sobre él y su talento, al fin Voices salió al aire. Empezó bien y fue cada vez mejor. El muchacho agradaba a la gente. Les gustaba su forma de hablar y de comunicar, con fantasía, imágenes y metáforas osadas que llegaban a todos los oyentes.

«También a los asesinos», pensó Laurent con amargura. El programa se había transformado, casi sin quererlo, desde el episodio fortuito del rescate de dos muchachos perdidos en el mar, en un programa con connotaciones sociales que se había convertido en el orgullo de la radio y del principado. Atraía como la miel a los patrocinadores.

El locutor, por su parte, se había convertido en la estrella de un programa que había ideado él, Laurent, y en el que participaba cada vez menos y se le marginaba cada vez más.

– A la mierda con todos. Eso va a cambiar, tiene que cambiar -murmuró para sí.

Puso a imprimir sus anotaciones para la emisión de aquella noche y la HP 990Cxi comenzó de depositar las hojas en la bandeja.

Ya cambiarían de parecer con respecto a él. Todos, uno por uno. En especial Barbara.

Pensó en su cabellera esparcida en la almohada, en el perfume Su piel. Había tenido una aventura con ella, una aventura intensa a la cual se había entregado en cuerpo y alma, antes de arruinarlo. Ella había demostrado que deseaba estar a su lado, pero era el intento desesperado de quien vive con un adicto. Después de algunas idas y venidas, lo abandonó definitivamente cuando se dio cuenta de que no podía luchar contra las otras cuatro mujeres de su vida: picas, diamantes, corazones y tréboles.

Se levantó de la silla desvencijada, juntó las hojas y las puso en una carpeta. Cogió la chaqueta del sillón que le servía de perchero y se dirigió a la puerta.

Salió al rellano, un festival de desolación igual al interior del piso en que vivía. Cerró la puerta con un suspiro. El ascensor no funcionaba. Una nueva perla en el collar del administrador.

Bajó por la escalera bajo una luz amarillenta, rozando con una mano el empapelado beis que, como él, había conocido tiempos mejores.

Llegó al zaguán y abrió la puerta de cristal de la entrada, de estructura de metal rigurosamente oxidada. Con la pintura descascarillada sobre la masilla reseca. El portal era muy distinto a los de los elegantes palacios de Montecarlo o de la hermosa mansión de Jean-Loup. Fuera, el barrio se hallaba inmerso en la penumbra de la noche, esa luz de un azul intenso que solo los ocasos de verano dejan tras de sí como un recuerdo del sol y que daba una apariencia de humanidad a aquel lugar desolado. La Ariane no era la Promenade des Anglais o la Acrópolis. Hasta aquel vecindario no llegaba el perfume del mar, y si lo hacía era mezclado con el olor penetrante de los cubos de basura.

Debía recorrer por lo menos tres manzanas para coger el autobús que lo dejaría en el principado. Tanto mejor. Una caminata le sentaría bien, le aclararía las ideas y le borraría de la mente la cara de Plombier y su banco de mierda.

Vadim salió de la sombra de la esquina del edificio. Fue tan veloz que Laurent no lo vio llegar. Antes de poder entender que estaba sucediendo, vio que lo alzaban del suelo y lo pegaban al muro al tiempo que un brazo le apretaba la garganta y el aliento del hombre, con olor a ajo y piorrea, se derramaba en su cara.

– Dime, Laurent, ¿por qué cuando estás en dificultades no te acuerdas de los amigos?

– Pero ¿qué dices? Sabes que yo…

Una presión del brazo contra el cuello le cortó el aliento.

– Nada de mentiras, compañero. Anoche, en Mentón, te fue bastante bien durante un rato, pero no pensaste que el dinero que estabas jugando era de Maurice.

Vadim Rohmer era el matón de Maurice, su brazo violento, su cobrador. Maurice no se hallaba en condiciones, gordo y flácido como estaba, de agarrar a alguien y doblarle un brazo tras la espalda hasta hacerle llorar. O bien de empujarle contra una pared y hacerle sentir cómo el revoque áspero le raspaba la piel, con tanta fuerza como para causarle una jaqueca.

Pero Vadim sí, esa escoria. Tan escoria como el tío que le había cambiado el cheque la noche anterior en el bar frente al casino. Estaba seguro de que él le había delatado, ¡que el infierno se lo tragara! Laurent deseó que Vadim le hubiera aplicado un tratamiento tan poco civilizado como el que él estaba recibiendo en ese momento.

– Yo…

– ¡Yo… qué, mendigo de mierda! Hay cosas de Maurice y de mí que todavía no has entendido. Que su paciencia tiene un límite, y también la mía. Me parece que ya es hora de refrescarte un poco la memoria.

El puñetazo en el estómago lo dejó sin aliento. Notó que iba a vomitar; una bocanada de ácido le llenó la boca seca. Se le doblaron las piernas. Vadim lo enderezó sin esfuerzo y lo mantuvo en pie cogiéndole por el cuello de la camisa con un apretón férreo.

Laurent vio que el puño del matón volvía a levantarse. Sabía que el blanco era su rostro y que el golpe sería tan potente como el choque contra la pared que tenía a su espalda. Cerró los ojos y se Puso tieso, esperando.

El puñetazo no llegó.

Volvió a abrir los ojos cuando notó que el apretón del cuello se aflojaba.

Un hombre alto y robusto, de cabello castaño muy corto, había llegado por detrás de Vadim; le había agarrado con el pulgar y el índice un mechón de pelo, a la altura de la oreja, y tiraba con violencia hacia arriba.

Por la sorpresa y el dolor, Vadim había soltado su presa.

– Pero ¿qué con…?

La mano del hombre soltó a Vadim, que dio un paso atrás para hacer frente al recién llegado. Le miró de la cabeza a los pies.

Vio una camisa inflada de músculos y una cara sin el menor indicio de temor. El aspecto de ese tío era mucho menos tranquilizador que la figura indefensa y enfermiza de Laurent. En particular los ojos que le miraban sin expresión alguna, como si el individuo no tuviera propósitos violentos sino la única intención de pedir alguna información.

– ¡Vaya! Veo que han llegado los refuerzos -dijo Vadim con voz no tan segura como habría querido.

Quiso asestar al intruso el puñetazo destinado a Laurent. La reacción fue instantánea. En lugar de retroceder, el adversario eludió el golpe con un sencillo desplazamiento de la cabeza, dio un pequeño paso hacia delante y, tras coger a Vadim por un hombro y rodearlo con los brazos, hizo presión hacia abajo con todo el peso de su cuerpo.

Laurent oyó con claridad el sonido de un hueso que se rompía, con un crac, tan seco que ponía la carne de gallina. Vadim soltó un grito y cayó hacia delante, agarrándose el brazo herido. El hombre retrocedió, giró con agilidad sobre sí mismo en una especie de pirueta para darse impulso y pateó la cara del otro. Un hilo de sangre salió de la boca de Vadim, que cayó al suelo sin un quejido y se quedó inmóvil.

Laurent se preguntó si estaría muerto. No, su desconocido salvador parecía demasiado hábil para matar por azar. Sin duda era de esos que, si mataban a alguien, lo hacían porque habían querido hacerlo.

Le dio un ataque de tos. Se agachó, agarrándose el estómago, un hilo de saliva biliosa le colgaba de los labios.

El hombre que había llegado en su auxilio lo ayudó a incorporarse sosteniéndolo por el codo.

– Al parecer, he llegado justo a tiempo, ¿verdad, señor Bedon?-dijo en un pésimo francés con un fuerte acento extranjero.

Laurent lo miró sorprendido, sin comprender. Estaba seguro o haberlo visto nunca en su vida. Sin embargo, el tío acababa de salvarle de la paliza de Vadim y sabía su nombre. ¿Quién diablos era?

– ¿Habla usted inglés?

Laurent afirmó con la cabeza. El hombre mostró cierto alivio, prosiguió en inglés, con un acento que parecía más de Estados Unidos que de Inglaterra.

– Menos mal. Como se habrá dado cuenta, no domino mucho su idioma. Pero se estará preguntando quién soy y por qué lo he ayudado a salir de esta…

Indicó con un gesto el cuerpo de Vadim tendido en el suelo.

– Esta… digamos… situación embarazosa.

Laurent asintió de nuevo, en silencio.

– Señor Bedon, o bien no lee su correo electrónico o bien tiene poca confianza en el tío de América…

El asombro de Laurent se podía leer en su rostro. Ahora se explicaba el mensaje que había encontrado en el ordenador. Pero debía haber otra explicación. Desde luego aquel hombre no le había salvado el culo para desaparecer enseguida, después de haber trazado una Z en la pared, como el Zorro.

– Me llamo Ryan Mosse y soy estadounidense. Tengo una propuesta que hacerle. Muy, muy ventajosa para usted desde el punto de vista económico.

Laurent lo miró un instante sin hablar. Le gustó la forma en que había subrayado las palabras «muy ventajosa desde el punto de vista económico». De pronto el estómago dejó de molestarle. Se irguió, respirando hondo por la nariz. Sintió que su cara recuperaba poco a poco el color.

Mientras tanto, el hombre miraba a su alrededor. Si le disgustaba la miseria del barrio, no lo dio a entender. Miró atentamente el edificio.

– La casa es lo que es, pero no creo que haya venido usted a comprarla -dijo Laurent.

– No, pero si llegamos a un acuerdo, quizá sea usted quien pueda comprarla, si le interesa.

Mientras se arreglaba la ropa, el cerebro de Laurent funcionaba a mil por hora.

Resumiendo: No tenía la más remota idea de quién podía ser aquel sujeto, ni qué quería de él… ¿Cómo había dicho que se llamaba? Ah, sí, Ryan Mosse. Se lo había dicho él mismo. Y había dicho también una cifra.

Muy considerable, parecía.

Laurent miró otra vez a Vadim, todavía tendido en el suelo, inmóvil. El hijo puta tenía la nariz y un labio rotos, y se iba formando un pequeño charco de sangre cerca de su boca, en el asfalto. En aquel momento de su vida, que alguien lo salvara de un matón como Vadim y le hablara de dinero, de mucho dinero, era la mejor tarjeta de presentación.

Sexto carnaval

En su agujero, lejos del mundo, el hombre escucha música. En el aire flotan las notas del minuetto de la Sinfonía N° 5 de Franz Schubert. Encerrado en su caja de metal, el hombre escucha atentamente las notas tocadas por los arcos, imagina el movimiento de brazos de los músicos y la concentración de la orquesta mientras interpreta la sinfonía. Ahora su imaginación planea como una skycam cinematográfica que se mueve en el espacio y en el tiempo. De pronto ya no está en su lugar secreto, sino en un gran salón de paredes y bóvedas decoradas con frescos, iluminado desde arriba por la luz de cientos de velas en enormes arañas que cuelgan del techo. Dirige la mirada hacia la derecha; la imagen es muy nítida, tan verdadera que parece real. Su mano estrecha la de una mujer que se mueve junto a él, con él, al ritmo sinuoso de la danza, hecha de pasos elegantes, de pausas y reverencias ensayadas una y otra vez para que fluyan como el vino que se echa en una copa. La mujer no es capaz de resistir la fijeza de su mirada, que promete la creación del mundo y su destrucción. De vez en cuando vuelve sus ojos de largas pestañas hacia los espectadores, buscando que le confirmen esa increíble sensación de ser ella la elegida. Hay admiración y envidia en los ojos de todos los presentes, que, de pie a los lados del salón, los contemplan bailar.

El sabe que esa noche será suya.

En la claridad incierta de la estancia, a la luz danzante de una vela, confusa entre los encajes y puntillas de la enorme cama con dosel la verá emerger de las sedas que la cubren como el cáliz de un capullo de rosa.

Son los derechos del rey.

Pero ahora todo eso no cuenta. Ahora bailan y son hermosos Y lo serán todavía más cuando…

«¿Estás ahí, Vibo?»

La voz llega dulce, como siempre, ansiosa como solo esa voz sabe ser. Su sueño, la imagen que se ha creado con los ojos cerrados se pierde, se apaga.

Es el regreso a la realidad, la presencia del otro, la preocupación, la responsabilidad. Ha sido solo un instante de pausa, desvanecido como unos copos de nieve primaveral. No hay lugar para los sueños; nunca lo ha habido, nunca lo habrá. En otro tiempo podían soñar, cuando vivían en aquella gran casa entre las colinas, cuando lograban escabullirse lejos de los cuidados obsesivos de aquel hombre que los quería ya adultos, cuando ellos solo deseaban ser niños. Cuando deseaban correr, no marchar. Pero, también en aquel tiempo, había una voz capaz de romper cualquier encanto que su imaginación hubiera logrado crear.

– Sí, estoy aquí, Paso.

«¿Qué haces? No te oía.»

– Solo estaba reflexionando…

El hombre deja que la música continúe. Que sea el último apéndice de sus pobres espejismos. Ya no bailará con una mujer hermosa. Se levanta y va a la otra habitación, donde un cuerpo sin vida yace en el ataúd de cristal.

Pulsa el interruptor de la luz. Un reflejo se enciende en la arista del cofre transparente. Se apaga cuando él avanza y cambia la perspectiva. Se enciende otro, pero es solo y siempre lo mismo. Pobres, pequeños espejismos. Ya sabe qué encontrará. Otra ilusión rota, otro espejo mágico hecho pedazos, a sus pies.

Se acerca al cuerpo desnudo tendido en el interior, desliza la mirada por los miembros resecos que tienen el color del pergamino viejo, lentamente, de los pies hasta la cabeza cubierta por es cara que hasta hace poco pertenecía a otro hombre.

Se le oprime el corazón.

Nada es para siempre. La máscara ya presenta las primeras señales de deterioro. El pelo está seco y opaco. La piel, manchada y rugada. Dentro de poco, a pesar de sus cuidados, será igual a la del rostro que oculta. Contempla ese cuerpo con ternura infinita con los ojos delicados del afecto imborrable.

Entristecido, aprieta las mandíbulas con la furia de la rebelión.

No es verdad que el destino es ineluctable. No es verdad que solo se puede ser espectador de la alternancia del tiempo y los acontecimientos. Él puede cambiar, él debe cambiar esa injusticia eterna, él puede reparar las cosas equivocadas que el destino distribuye a manos llenas en ese nido de serpientes que es la vida humana. Al azar, sin mirar, sin preocuparse si lo que sucede destroza una existencia o la arroja para siempre a la oscuridad.

Oscuridad significa sombra. Sombra significa noche. Y noche significa que la caza debe continuar.

El hombre sonríe. ¡Pobres perros estúpidos! Ladridos y dientes al descubierto para esconder su miedo. Ojos nictálopes para hurgar en la oscuridad, la sombra, la noche, para descubrir de dónde llegará la presa que se ha transformado en cazador.

Él es uno y ninguno. Él es el rey.

El rey no tiene preguntas, solo respuestas. El rey no tiene curiosidad, solo certezas.

La curiosidad se la deja a los demás, a todos los que se preguntan, a todos los que de algún modo la tienen en los ojos, en los gestos, en el jadeo, en el ansia de vida que a veces es tan denso que se puede respirar. La vida tiene un olor tan complejo, y sin embargo es tan fácil de reconocer…

El olor de la vida está en los tranvías del verano, llenos de gente con demasiadas axilas y demasiadas manos. Está en el olor a comida y meados de gato, que en ciertos callejones ahoga. Está en el agudo olor a herrumbre y sal que devora el metal, en el olor a desinfectante y en la nube áspera de la pólvora.

También, y sobre todo, en el presagio de la disolución, hay las preguntas eternas: «¿cuándo?» y «¿dónde?».

Cuando será el último soplo de aliento, retenido con un gruñido animal, con los dientes apretados para no dejarlo salir, porque después no habrá otro, nunca más. Cuándo, a qué hora del día o de che, fijado en un reloj ya sin cuerda, será ese último segundo y no otro, que dejará el resto del tiempo al mundo, que prosigue en otros giros y otras carreras. Dónde, en qué cama, asiento de coche, ascensor, playa, sillón, en qué habitación de hotel el corazón sentirá ese dolor agudo, la espera interminable, curiosa e inútil del siguiente latido, después de ese intervalo que parece cada vez más largo, y todavía más largo, infinito. A veces todo es tan rápido que ese último sobresalto es la calma al fin, pero no la respuesta, porque durante ese relámpago deslumbrante no hay tiempo de entenderla, a veces ni siquiera de sentirla.

El hombre sabe qué es lo que debe hacer. Ya lo ha hecho y lo hará de nuevo, todas las veces que sea necesario.

Hay tantas máscaras allí fuera, llevadas por personas que no merecen ni esa ni otra apariencia.

«¿Qué pasa, Vibo? ¿Por qué me miras así? ¿Hay algún problema?»

El hombre lo tranquiliza; su boca sonríe, sus ojos chispean, su voz protege.

– No, Paso, absolutamente nada. Te miro y veo que estás guapísimo. Y pronto lo estarás más todavía.

«¿En serio? No me digas que…»

El hombre suaviza con una tierna reserva sus intenciones.

– Calla. Está prohibido hablar. Secreto de los secretos, ¿recuerdas?

«Ah, ¿es un secreto de los secretos? Entonces solo se puede hablar bajo la luna llena…»

El hombre sonríe al evocar sus juegos de niños. En los pocos momentos en que no aparecía aquel hombre a estropearles la fantasía con el único juego que les permitía.

– Ya, Paso. Y la luna llena vendrá pronto. Muy pronto…

El hombre se da la vuelta y se dirige a la puerta. En la otra habitación, la música ha terminado. Ahora hay un silencio que parece la natural continuación de esa música.

«¿Adonde vas, Vibo?»

– Regreso enseguida, Paso.

Se vuelve para mirar con una sonrisa el cuerpo tendido en ataúd de cristal.

– Antes debo hacer una llamada.

30

Estaban todos sentados en la sede de Radio Montecarlo, a la espera, como cada noche. La evolución del caso había provocado tal revuelo que se había triplicado el número de personas que habitualmente se hallaban en el edificio a esa hora.

Se les había sumado el inspector Gottet, con un par de hombres que habían instalado una red de ordenadores mucho más potentes que los que había en la radio. Con él había llegado también un joven de unos veinticinco años, de aire despierto, pelo corto, castaño con mechas rubias, y un piercing en el lado derecho de la nariz. Trabajaba con muchos disquetes y CD-ROM y movía los dedos a tanta velocidad sobre el teclado que a Frank, de pie detrás de él, le costaba seguirlo.

El joven se llamaba Alain Toulouse, pero en el mundo de los piratas informáticos le conocían con el seudónimo de «Pico». Cuando le presentaron a Frank, esbozó una sonrisita de listo y los ojos le brillaron con malicia.

– Del FBI, ¿eh? -dijo-. Entré ahí, una vez. No, más de una vez diría. Antes era fácil; ahora se ha vuelto mucho más complicado ¿Sabes si también a ellos los asesoran piratas?

Frank no supo responder, pero al joven ya no le interesaba la respuesta. Ya había vuelto a su trabajo.

Ahora tecleaba a la velocidad de la luz, al tiempo que explicaba qué iba haciendo.

– Antes que nada, instalaré un firewall para proteger el sistema. Si alguien intenta entrar, me daré cuenta. Por lo general solo se busca impedir el acceso a los ataques externos, pero en este caso se trata de descubrir el ataque sin que el intruso se dé cuenta. He insertado un programa creado por mí, que nos permitirá enganchar la señal y seguir hacia atrás el recorrido que ha hecho. También podría ser un «caballo de Troya»…

– ¿Qué significa «caballo de Troya»? -preguntó Frank.

– Es una forma de denominar a una comunicación enmascarada, que viaja escondida por otra, como algunos virus. Para ello estoy insertando también una defensa en esa parte, pues no querría que la señal que interceptemos, cuando la interceptemos…

Hizo una pausa para desenvolver un caramelo y ponérselo en la boca. Frank observó que Pico no tenía la menor duda de que podría interceptar la llamada; debía de tener mucha confianza. Por otra parte, esa actitud formaba parte de la filosofía de los piratas informáticos. Audacia e ironía, que los llevaba a ejecutar hazañas no exactamente criminales, sino que pretendían demostrar a sus víctimas su capacidad de burlar cualquier vigilancia, cualquier muro de protección. Por sus intenciones, personificaban una especie de modernos Robin Hood con ratón y teclado en lugar de arco y flechas.

Pico reanudó su exposición mientras masticaba vigorosamente el caramelo que se le pegaba a los dientes y al paladar.

– No querría que se introdujera un virus que se liberara cuando se intercepte la señal. Si pasara eso, perderíamos la señal y también la posibilidad de seguirla, junto con nuestro ordenador, por supuesto. Un virus así puede fundir el disco duro. Si este tío es capaz de hacer algo por el estilo, quiere decir que es endiabladamente inteligente y el virus no sería precisamente inofensivo…

Bikjalo, que hasta ese momento había guardado silencio, sentado a un escritorio colocado detrás de los ordenadores, hizo una pregunta:

– ¿Crees que algún colega tuyo podría jugarnos una broma durante la operación?

Frank le lanzó una mirada que el director no vio. Pico hizo girar la silla para mirarlo a la cara, incrédulo ante su abismal ignorancia del mundo telemático.

– Somos piratas informáticos, no delincuentes. Ninguno de nosotros haría nada parecido. Yo estoy aquí porque ese tío no se limita a entrar donde no debiera y firmar «Mierda» para demostrar su paso. Es alguien que mata, es un asesino. Ningún pirata digno de ese nombre haría nunca una cosa semejante.

Frank le apoyó una mano en el hombro, en un gesto de confianza y también de disculpa por las palabras de Bikjalo.

– Desde luego. Continúa. Me parece que en este campo no hay nadie que pueda enseñarte algo.

Se volvió hacia Bikjalo, que se había puesto de pie para colocarse al lado de ellos.

– Aquí no tenemos nada más que hacer. ¿Vamos a ver si ya ha llegado Jean-Loup?

Con gusto le habría pedido que se marchara y les permitiera trabajar tranquilamente. Ya tenían bastantes problemas para añadir uno más. Pero por diplomacia no podía. La atmósfera de colaboración en la radio era perfecta, y no quería estropearla de ninguna manera. Ya había demasiada tensión.

– Buena idea.

El director lanzó una última mirada perpleja al ordenador y a Pico, que ya se había olvidado de ellos y otra vez movía los dedos sobre el teclado, entusiasmado con aquel nuevo desafío. Dejaron el rincón de los ordenadores y llegaron al escritorio de Raquel justo cuando entraban Jean-Loup y Laurent.

Frank observó al locutor. Se le veía un poco mejor que por la mañana, pero seguía habiendo una sombra en sus ojos. Frank conocía esas sombras. Se necesitaría mucha luz y mucho sol, cuando aquel asunto terminara, para disiparlas.

– Hola, muchachos. ¿Estáis listos?

Laurent respondió por los dos:

– Si, el guión está listo. Lo difícil es pensar que la emisión debe seguir adelante de todos modos, que entre las llamadas normales están esas otras. ¿Cómo marchan las cosas por aquí?

La puerta de la entrada se abrió otra vez y la figura de Hulot permaneció un instante encuadrada en el vano como una foto desenfocada. Frank pensó que, desde su llegada a Montecarlo, parecía haber envejecido diez años.

– Ah, estáis aquí. Buenas noches a todos. Frank, ¿puedo hablarte un momento?

Jean-Loup, Laurent y Bikjalo se apartaron un poco para que Frank y el comisario pudieran hablar.

– ¿Qué pasa?

Los dos se acercaron a la pared opuesta, junto a los dos paneles de cristal que cubrían el tablero de las conexiones telefónicas, los empalmes con el satélite y las máquinas de conexión ISDN.

– Todo está en su lugar. La unidad de intervención está alerta En la comisaría de policía hay doce hombres en espera que pueden partir como un rayo a donde sea. Las calles están llenas de agentes de paisano: tíos con expresión inocente, hombres que pasean un perro, parejas con cochecitos de bebé y cosas así. Tenemos cubierta toda la ciudad. Si hace falta, pueden actuar en un instante. Eso, suponiendo que la víctima esté aquí, en Montecarlo. Si, en cambio, el señor Ninguno ha decidido ir a buscar a su víctima a quién sabe dónde, hemos alertado a todas las fuerzas de policía de la costa. Ahora solo nos queda ser más astutos que el asesino. Por lo demás, estamos en las manos de Dios.

Frank señaló a dos personas que entraban en aquel momento, acompañadas por Morelli.

– Y en las manos de Pierrot, a quien Dios ha tratado tan mal…

Pierrot y su madre llegaron hasta donde se hallaban ellos y se detuvieron. La mujer apretaba la mano del joven como si fuera su tabla de salvación. Parecía que, en lugar de ofrecer seguridad, la buscara en la figura inocente del hijo, que vivía aquella historia como una ocasión en la que podía participar en algo de lo que en general quedaba excluido.

Era él, solo él, Pierrot, el muchacho despierto, el que conocía la música que contenía el salón. Le había gustado mucho lo que había sucedido la vez anterior, cuando todos los mayores lo observaban con ansiedad, esperando que les dijera si el disco estaba o no estaba, para pedirle que partiera a buscarlo. Le gustaba estar allí todas las noches, en la radio, con Jean-Loup, mirándolo por el crista aguardando al hombre que hablaba con los diablos, en vez de quedarse en su casa y oír solo la voz que salía del estéreo.

Le gustaba aquel juego, aunque comprendía que no era en realidad un juego.

A veces soñaba con eso por la noche. Por primera vez agradecía no tener, en el pequeño piso donde vivían, una alcoba solo para él sino dormir en la cama grande con su madre. Se despertaban y tenían miedo los dos, y no lograban dormirse hasta que por la persiana se filtraba la luz rosa del alba.

Pierrot se soltó de la mano de la madre y corrió hacia Jean-Loup, su ídolo, su mejor amigo. El locutor le desordenó el pelo.

– Hola, chaval, ¿cómo estás?

– Bien, Jean-Loup. ¿Sabes que mañana quizá pasee en el coche patrulla?

– ¡Qué bien! Entonces, ¿ya eres policía también tú?

– Claro, un policía en horario.

Al oír el nuevo calambur involuntario de Pierrot, Jean-Loup sonrió y le atrajo hacia sí, estrechándole la cabeza contra su pecho y despeinándolo aún más.

– Mirad a nuestro policía «en horario», enfrentándose en un duro cuerpo a cuerpo con su acérrimo enemigo, el terrible «Doctor Cosquillas»…

Empezó a hacerle cosquillas, mientras Pierrot reía sin parar. Luego se alejaron rumbo a la sala de control, seguidos por Laurent y Bikjalo.

Frank, Hulot y la madre contemplaron la escena en silencio. La mujer sonreía encantada al ver la amistad entre Jean-Loup y su hijo, sacó un pañuelo de la bolsa y se sonó la nariz. Frank vio que estaba limpio y planchado. También la ropa de la mujer, aunque modesta, estaba en perfectas condiciones.

– Señora, nunca le agradeceremos lo suficiente la paciencia que tiene con nosotros.

– ¿Yo? ¿Yo, paciencia con ustedes? Soy yo quien debe agradecerles todo lo que están haciendo por mi hijo. Se lo ve tan cambiado… Sí no fuera por esta horrible historia, estaría muy contenta.

Hulot la reconfortó con una voz que transmitía calma. Frank sabía que la calma, en ese momento, era algo de lo que no disponía.

– Quédese tranquila, señora. Terminará todo muy pronto, y será también gracias a Pierrot. Ya buscaremos la forma de que todo el mundo lo sepa. Su hijo se convertirá en un pequeño héroe.

La mujer se alejó por el pasillo, la espalda ligeramente encorvada, con su andar tímido y lento. Frank y Hulot se quedaron solos.

En aquel momento la sintonía de Voices sonó en el pasillo y comenzó la emisión. Sin embargo, esa noche el programa carecía de espíritu, y todos lo percibían, incluido Jean-Loup. Había una tensión casi eléctrica en el aire, pero no se contagiaba al programa Llegaron algunas llamadas, normales, rutinarias, filtradas por Raquel con ayuda de la policía. A todos se les pedía que no hablaran de los crímenes, y si aun así alguien aludía al tema, Jean-Loup desviaba con habilidad la conversación hacia asuntos menos difíciles de tratar. Todos sabían que cada noche millones de oyentes sintonizaban la frecuencia de Radio Montecarlo. El programa, además de en Italia y Francia, ahora se emitía en muchos otros países de Europa, a través de las networks que habían adquirido los derechos. La escuchaban, la traducían y la comentaban, todos a la espera de que sucediera algo. Para la radio era un negocio colosal. El triunfo de la sabiduría latina.

Mors tua, vita mea.

Frank pensó que hechos como el que estaban viviendo eran un poco la muerte de todos. Nadie salía realmente vencedor.

Se sorprendió al descubrir el sentido de lo que acababa de pensar.

Nadie sale verdaderamente vencedor.

Recordó la astucia de Ulises. El significado intrínseco de la definición que el asesino daba de sí mismo, la ironía, el sentido sarcástico del desafío. Se convenció aún más de que se enfrentaban a un hombre fuera de lo normal, y debían atraparlo lo antes posible. En la primera ocasión que se presentara.

Tocó con gesto instintivo su pistola, que tenía colgada al costado, bajo la chaqueta. La muerte de ese hombre, ya fuera en sentido real o figurado, significaba para muchos, verdaderamente, la vida.

Se encendió la luz roja de la línea telefónica. Laurent pasó la llamada a Jean-Loup.

– ¿Diga?

Un silencio, y después una voz deformada.

– Hola, Jean-Loup. Mi nombre es uno y ninguno…

Todos los presentes se quedaron petrificados. Jean-Loup, detrás del cristal de la cabina de emisión, se puso pálido, como si toda su sangre hubiera desaparecido de golpe. Barbara, sentada al mezclador se alejó de golpe del aparato como si se hubiera convertido en un peligro mortal.

. – ¿Quién eres? -preguntó, turbado.

– No importa quién soy. Lo importante es que esta noche golpeo de nuevo, pase lo que pase…

Frank se levantó como si hubiera descubierto que estaba sentado en una silla eléctrica.

Cluny, sentado a su izquierda, se levantó a su vez y le cogió de un brazo.

– No es él, Frank -le susurró.

– ¿Cómo que no es él?

– Se ha equivocado. Este ha dicho «Mi nombre es uno y ninguno». El otro dice: «Soy uno y ninguno»

– ¿Y cuál es la diferencia?

– En este caso, es una gran diferencia. Además, la persona que está hablando es inculta, comete errores gramaticales. Esto es una broma de algún imbécil.

Casi como confirmación de las palabras del psicopatólogo, se oyó una risotada pretendidamente satánica y la comunicación se interrumpió. Morelli entró a la carrera.

– ¡Lo tenemos!

Frank y Cluny lo siguieron al pasillo. Hulot, que en ese momento estaba en el despacho del director, llegaba también corriendo seguido a un paso de distancia por Bikjalo.

– ¿Sí?

– Sí, comisario. La llamada procede de los alrededores de Mentón.

Frank enfrió el entusiasmo generalizado; por un instante, también él se había dejado llevar.

– El doctor Cluny dice que podría no ser él, que podría tratarse de un imitador.

El psicopatólogo consideró que debía intervenir. El uso del condicional dejaba abierta una puerta que Cluny se apresuró a cerrar.

– Aunque la voz suena igualmente deformada, el lenguaje no es el mismo que el de la persona que ha llamado otras veces. Estoy seguro de que no es él.

– Maldito, quienquiera que sea. ¿Ya has advertido al comisario de Mentón? -preguntó el comisario a Morelli.

– Enseguida, en cuanto hemos localizado la llamada. Han salido para allá como un rayo.

– Por supuesto. No iban a dejar escapar la posibilidad de cogerlo ellos…

El comisario evitaba mirar a Cluny, como si no tenerlo en su campo visual excluyera la posibilidad planteada por el psicopatólogo.

Transcurrió un cuarto de hora interminable. Oían, por los altavoces del fondo del pasillo, la música y la voz de Jean-Loup, que proseguía la emisión a pesar de todo. Sin duda decenas de llamadas estarían obstruyendo la centralita. Sonó el aparato de radio que Morelli llevaba a la cintura, y el inspector se tensó como una cuerda de violín.

– Inspector Morelli.

Se quedó escuchando. La desilusión se pintó en su rostro como una nube que poco a poco esconde el sol. Ya antes de que le pasara el aparato, Hulot sabía que habían fracasado.

– Comisario Hulot.

– Hola, Nicolás. Habla Roberts, de Mentón.

– Hola. Dime.

– Estoy en el lugar. Nada, falsa alarma. Ha sido un capullo más colocado que una chimenea que quería impresionar a su chica. ¡Fíjate que el gilipollas ha hecho la llamada directamente desde su casa! Cuando los hemos cogido casi se han cagado encima del miedo, él y la muchacha…

– Ojalá se mueran del miedo, esos dos imbéciles. ¿Puedes arrestarlos?

– ¡Pues claro! Además de entorpecer la investigación, este cabrón tiene en la casa un bonito pedazo de queso.

Con ese término Roberts quería decir que tenía hachís.

. -Bien. Llévatelos y mételes un buen susto. Y haz que se entere la prensa. Para que sirva de ejemplo. Si no, dentro de poco nos volverán locos con esta clase de llamadas. Te lo agradezco, Roberts.

– De nada. Lo lamento, Nicolás.

– La verdad, yo también. Adiós.

El comisario cortó la comunicación y miró a Cluny; en sus ojos la esperanza se había apagado de golpe.

– Tenía usted razón, doctor. Una falsa alarma.

Cluny parecía incómodo, como si se sintiera culpable de haber acertado.

– Pues yo…

– Buen trabajo, doctor -intervino Frank-. Muy buen trabajo. Lo que ha sucedido no es culpa de nadie.

Volvieron lentamente a la cabina de control, al fondo del pasillo, donde se reunieron con Gottet.

– ¿Y?

– Nada. Una pista falsa.

– Me parecía extraño que resultara tan simple. Pero en un caso como este puede pasar cualquier cosa.

– Va todo bien, Gottet. Lo que acabo de decirle al doctor Cluny vale también para ti. Buen trabajo.

Entraron en la cabina de control, donde todos estaban a la espera de noticias. Al ver la desilusión pintada en sus rostros, tuvieron la respuesta antes de hacer la pregunta. Barbara se distendió un poco y se apoyó en el mezclador. Laurent se pasó una mano por el pelo, en silencio.

En ese momento la señal roja comenzó a relampaguear otra vez. El locutor, tenso, bebió un sorbo de agua del vaso que tenía sobre la mesa y se acercó al micrófono. Primero solo hubo un silencio. Ese silencio que todos habían aprendido a reconocer. Después, el sonido ahogado, el eco antinatural.

Al fin llegó la voz. Todos giraron lentamente la cabeza hacia los altavoces, como si esa voz les hubiera entumecido los músculos del cuello.

– Hola, Jean-Loup. Tengo la impresión de que estaban esperándome…

Cluny se inclinó hacia Frank.

– ¿Oye? Construcción perfecta. Propiedad del lenguaje. Este sí es él.

Esta vez Jean-Loup no vaciló. Sus manos apretaban tan fuerte la mesa que sus nudillos estaban blancos, pero nada de eso se reflejaba en su voz.

– Sí, te estábamos esperando. Sabes que te esperábamos.

– Aquí me tenéis, pues. Los perros ya estarán agotados de correr tras las sombras. Pero la caza debe continuar. La mía y la de ellos.

– ¿Por qué dices «debe»? ¿Qué sentido tiene todo esto?

– La luna es de todos, y todos tienen derecho a aullarle.

– Aullar a la luna significa dolor. Pero también se le puede cantar. Se puede ser feliz en la oscuridad, a veces, si se ve una luz. Santo cielo, también se puede ser feliz en el mundo, créeme.

– Pobre Jean-Loup. También tú crees que la luna es verdadera, cuando es solo una ilusión… ¿Sabes qué hay en la oscuridad del cielo, amigo mío?

– No, pero supongo que me lo dirás tú.

El hombre no reparó en la ironía amarga de esa frase. O quizá sí, pero se sentía superior.

– Ni Dios ni luna, Jean-Loup. La palabra justa es «nada». No hay absolutamente nada. Y yo estoy tan acostumbrado a vivir en esa nada que ya no le presto atención. Por todas partes, adondequiera que dirija la mirada, está la nada.

– Estás loco -dejó escapar Jean-Loup a pesar suyo.

– También yo me lo he preguntado muchas veces. Es muy probable que así sea, aunque he leído en alguna parte que no es de locos dudar si uno lo es. Pero no sé qué significa desear serlo, como me ocurre a veces.

– También la locura puede terminar, puede curarse. ¿Que podemos hacer para ayudarte?

El hombre desdeñó la pregunta, como si no existiera solución.

– Pregúntame qué puedo hacer yo para ayudaros a vosotros. Toma, este es el nuevo hueso. Para los perros, que se persiguen la cola tratando desesperadamente de morderla. En un loop. Un bonito loop que gira, gira, gira… Como en la música. Donde también hay un loop que gira, gira, gira…

La voz se desvaneció con un efecto de fundido. Por los altavoces; como la vez anterior, de pronto salió la música. Ninguna guitarra esta vez, ninguna música de rock con sabor a revival, sino un tema dance muy actual. El triunfo de la electrónica y las mezclas. La música terminó de forma tan abrupta como había comenzado. El silencio que le siguió destacó la importancia de la pregunta de Jean-Loup.

– ¿Qué significa? ¿Qué quiere decir?

– Yo he planteado la pregunta; la respuesta debéis darla vosotros. La vida está hecha de esto, amigo mío: preguntas y respuestas. Solo preguntas y respuestas. Cada hombre se arrastra detrás de sus preguntas, a partir de las que lleva escritas desde su nacimiento.

– ¿Qué preguntas?

– Yo no soy el destino. Yo soy uno y ninguno, pero soy fácil de entender. Cuando el que me ve comprueba quién soy, en una fracción de segundo resuelve esa pregunta: saber cuándo y dónde. Yo soy la respuesta. Para él, yo significo «ahora». Para él, significo «aquí».

Una pausa. Después, la voz silbó una nueva condena.

– Por eso yo mato…

Un clic metálico cortó la comunicación, dejando en el aire un eco que parecía el de la hoja de una guillotina. En su mente, Frank vio caer una cabeza degollada.

«No, esta vez no, por Dios.»

El inspector Gottet ya estaba hablando con los suyos.

– ¿Lo han localizado?

La respuesta, que repitió un instante después, fue como la fórmula de un maleficio que les quitó el poco aire que tenían en los pulmones.

– Nada. Imposible. Ninguna señal enganchable. Pico dice que este individuo debe de ser un auténtico fenómeno. No ha logrado ver nada. Si viene de la web, la señal está tan bien enmascarada que nuestros aparatos no consiguen distinguirla. Esa escoria nos ha engañado otra vez.

– ¡Maldito sea! ¿Alguien ha reconocido el fragmento?

El que calla otorga. En este caso, el silencio general tenía Un significado negativo.

– Hostia. Barbara, una cinta con la música, cuanto antes. ¿Dónde está Pierrot?

Barbara ya se había puesto en movimiento y estaba haciendo la copia.

– En la sala de reuniones -dijo Morelli.

Reinaba una ansiedad febril. Todos sabían que debían actuar deprisa, deprisa, deprisa. Quizá en aquel mismo momento el autor de la llamada ya salía para emprender una nueva cacería. Alguien en alguna parte, estaba viviendo, sin saberlo, los últimos minutos de su vida. Fueron a buscar a Rain Boy, el único de ellos capaz de reconocer esa música a la primera.

En la sala de reuniones, Pierrot estaba sentado cerca de su madre, cabizbajo. Cuando llegaron los miró con ojos llenos de lágrimas y volvió a bajar la cabeza.

Frank, como la vez anterior, se puso en cuclillas junto a la silla. Pierrot levantó un poco la cara como si le avergonzara que lo vieran con los ojos acuosos.

– ¿Qué ocurre, Pierrot? ¿Algo anda mal?

El muchacho hizo un gesto afirmativo.

– ¿Te has asustado? No debes tener miedo; estamos todos aquí, contigo.

Pierrot tenía una expresión desolada.

– No tengo miedo. Ahora también yo soy policía…

– Entonces, ¿qué ocurre?

– No conozco la música -respondió, afligido.

En su voz había auténtico dolor. Paseó la mirada a su alrededor, como si acabara de perder la gran oportunidad de su vida. Le caían lágrimas por la cara.

Frank se sintió perdido. Pese a todo, se esforzó por sonreírle.

– Tranquilízate, no tienes por qué preocuparte. Te la haremos oír de nuevo, y verás cómo la reconoces. Es difícil, pero puede lograrlo. Estoy seguro de que lo lograrás.

Barbara entró casi a la carrera, con un disco en la mano. Lo puso en el lector y lo hizo girar.

– Escucha atentamente, Pierrot.

Las percusiones electrónicas del tema inundaron la estancia. El martilleo reiterativo de la música dance, era semejante al latido del corazón humano. Ciento treinta y siete golpes por minuto. Un corazón acelerado por el miedo, un corazón que en alguna parte podía detenerse de un momento a otro.

Pierrot escuchó en silencio, con la cabeza baja. Cuando la música terminó, alzó la cara y una tímida sonrisa asomó en su boca.

– Está -dijo despacio.

– ¿La has reconocido? ¿Está en el salón? Ve a buscarla, por favor.

Pierrot asintió, se levantó de la silla y salió con su andar entrecortado. Hulot hizo una señal a Morelli, que fue a acompañarlo.

Al cabo de una espera que les pareció interminable, ambos regresaron. Pierrot apretaba un CD entre las manos.

– Aquí está. Es una compilación.

Pusieron el disco en el lector y pasaron las pistas hasta que lo encontraron.

Era exactamente el mismo tema que el asesino les había hecho oír poco antes. Pierrot fue festejado como un héroe. La madre fue a abrazarlo como si acabaran de concederle el premio Nobel. En sus ojos había una luz de orgullo que a Nicolás Hulot le encogió el corazón.

Frank leyó el título en la cubierta de la compilación.

– «Nuclear Sun», de Roland Brant. ¿Quién es este Roland Brant?

Nadie lo conocía. Se precipitaron todos hasta un ordenador. Tras una rápida búsqueda en internet, el nombre apareció en un sitio de Italia. Roland Brant era el seudónimo de un locutor italiano, Un tal Rolando Bragante, y «Nuclear Sun» era un tema musical que había tenido cierto éxito en las discotecas hacía unos años.

Mientras tanto, Laurent y Jean-Loup habían concluido la emisión y se habían reunido con ellos. Ambos estaban conmocionados como si acabaran de pasar un temporal y aún llevaran dentro un poco de esa tormenta.

Laurent los puso al tanto de las características de la música dance, un ambiente con sus propias peculiaridades dentro del mercado discográfico.

– Es habitual que los locutores adopten un seudónimo. A vece es una palabra inventada, pero en la mayoría de los casos es un nombre inglés. Hay tres o cuatro también en Francia. Por lo general son músicos que se han especializado en música de discoteca.

– ¿Qué significa «es un loop»? -preguntó Hulot.

– Es un término que se usa en música electrónica cuando se emplea el ordenador. El loop sirve de base, es la esencia de la pieza. Se coge un fragmento rítmico y se lo hace girar sobre sí mismo, de modo que sea siempre perfectamente igual.

– Ya, tal como ha dicho ese cabrón. Un perro que se persigue la cola.

Frank cortó esas reflexiones para volver sobre la urgencia del momento. Había algo mucho más importante que debían descifrar.

– Tenemos un trabajo que hacer. ¿No os viene nada a la mente? Pensad en alguien famoso, de entre treinta y treinta y cinco años, que pueda tener algo en común con los elementos que nos ha dado el asesino. Aquí, en Montecarlo.

Frank, obsesionado, se paseaba entre ellos repitiendo esas palabras. Su voz parecía perseguir una idea, como los ladridos de una jauría de perros al perseguir un lobo.

– Un hombre joven, atractivo, famoso. Alguien que frecuenta esta zona. Que vive aquí o está aquí en este momento. CD, compilación, «Nuclear Sun», discoteca, música dance, un locutor italiano con nombre inglés, un seudónimo. Pensad en los periódicos, en la prensa amarilla, en la jet set…

Su voz era como la fusta de un jinete que incita a su cabalgadura a una carrera desenfrenada. La mente de cada uno de ellos galopaba de la misma manera.

– ¡Vamos, deprisa! ¿Jean-Loup?

El locutor meneó la cabeza. Se lo veía agotado y resultaba evidente que ya no se podía esperar nada de él.

– ¿Laurent?

– Lo lamento, no se me ocurre nada.

De pronto Barbara alzó la cabeza y agitó su cabellera roja. Frank vio que se le iluminaba el rostro.

Se acercó a ella.

– Díganos, Barbara.

– No sé… quizá…

Frank se lanzó como un halcón sobre su expresión dubitativa.

– Barbara, no hay «quizá». Diga un nombre, si se le ha ocurrido alguno. No importa si se equivoca.

La muchacha paseó un instante la mirada por los presentes, disculpándose por si decía una estupidez.

– Pues… creo que podría ser Roby Stricker.

31

Rene Coletti tenía unas ganas tremendas de mear.

Respiró profundamente por la nariz. La vejiga llena le estaba provocando unas terribles punzadas en la barriga. Le parecía estar en una de esas películas de ciencia ficción científica, donde las tuberías de la astronave comienzan a perder vapor y aparece una señal roja de peligro mientras una voz metálica repite: «Atención, en tres minutos esta nave se destruirá, atención…».

Era normal que esa necesidad fisiológica llegara en el momento menos oportuno, según la lógica destructiva de la casualidad, que, siempre que puede tocar los cojones a los seres humanos, lo hace.

Estuvo tentado de bajar del coche e ir a hacerlo a cualquier rincón en penumbra, indiferente a la poca gente que paseaba por el muelle o al otro lado de la calle. Miró con avidez el muro que se alzaba a su derecha.

Encendió un cigarrillo para distraerse y sopló el humo del Gitanes sin filtro por la ventanilla abierta. En el cenicero del coche había suficientes colillas para testimoniar que su espera duraba ya un buen rato. Alargó la mano para apagar el estéreo sintonizado en Radio Montecarlo, puesto que el programa que le interesaba ya había terminado.

Había aparcado su Mazda MX-5 en el puerto, cerca de la Piscine, mirando hacia el edificio en que se hallaba la sede de la radio, que en aquel momento debía de estar abarrotada de policías. Había seguido la emisión y había escuchado con los oídos muy abiertos la llamada del asesino. Estaba sentado en el coche, a la espera, como muchos de sus colegas de la redacción de su periódico, France Soir, que ahora sin duda navegaban por internet a la caza de información- En aquellos momentos, una multitud de cerebros funcionaban a pleno rendimiento para poder descifrar el nuevo mensaje lanzado a través del éter por «Ninguno», como le habían bautizado en la prensa escrita. Un apodo que ya había pasado a ser de uso corriente; ahora todos lo llamaban así. El poder de los medios. Quizá los policías, entre ellos, también lo llamaban así antes de que el nombre les fuera impuesto por la fantasía de un periodista.

A los investigadores, la lógica; a los periodistas, la imaginación. Pero el que poseía una no carecía necesariamente de la otra.

Él mismo era un caso evidente de ello. O al menos así lo esperaba.

Comenzó a sonar el móvil, apoyado en el asiento del pasajero. El timbre era una canción de Ricky Martin que su sobrina le había obligado a adoptar, tras bajarla de internet. Odiaba esa musiquilla, pero nunca había aprendido lo suficiente sobre el funcionamiento del móvil para poder cambiarla.

Fantasía y lógica, pero horror a la técnica.

Cogió el móvil y activó la comunicación.

Sus tuberías deberían aguantar todavía un poco.

– ¿Diga?

– Coletti, soy Barthélémy.

– Te escucho.

– Tenemos un indicio. Un increíble golpe de suerte. Giorgio, nuestro corresponsal en Milán, es amigo de la persona que compuso la pieza, la que Ninguno ha hecho oír por la radio. Hace dos minutos nos han llamado de Italia y nos dan todavía algunos minutos de ventaja antes de advertir a la policía.

«Estupendo. Esperemos que a nadie le cueste el pellejo. Y esperemos que yo no me mee encima.»

– ¿Entonces?

– Se titula «Nuclear Sun». El autor es un italiano, un locutor que se llama Rolando Bragante, alias Roland Brant. ¿Has entendido?

– Pues claro que he entendido, no soy imbécil. Mándame un texto con los datos, por si acaso.

– ¿Dónde estás?

– Frente a la radio. Todo bajo control. Hasta ahora no ha sucedido nada.

– Mantente alerta. Si los polis se dan cuenta se pondrán locos.

– Ya sé cómo se ponen.

– Nos vemos -le saludó Barthélémy, lacónico.

– Avísame si hay novedades.

Apagó el teléfono. Un locutor italiano con seudónimo inglés. Un tema de música de discoteca titulado «Nuclear Sun».

¿Qué diablos quería decir?

Sintió una punzada en el vientre. Se decidió. Arrojó la colilla por la ventanilla, abrió la puerta y se apeó del coche. Fue hasta el otro lado, bajó un par de escalones y se escondió en un rincón oscuro, oculto por el coche. Aprovechó un entrante del muro, al lado de una persiana metálica cerrada de una tienda. Se desabrochó la bragueta y se liberó, con un suspiro de alivio. Le pareció que volaba. Miró a sus pies el reguero amarillento de orina que bajaba como un arroyo por el terreno en ligera pendiente.

Dejarse ir, en un caso así, era un placer casi sexual, una satisfacción de la parte física y lúdica de un ser humano. Como cuando era niño y hacía pipí con su hermano en la nieve, dibuj…

Un momento. Le vino una imagen. La nieve. ¿Qué tenía que ver la nieve? Vio una foto en una revista, una figura masculina con traje de esquí fotografiada al pie de un remonte con una bella muchacha al lado. Había nieve, mucha nieve. Tuvo una intuición tan precisa que le dejó sin aliento.

Mierda. Roby Stricker. Tenía que ser él. Y si era él, la exclusiva era suya.

Sus evoluciones fisiológicas no daban señales de aplacarse. La emoción del hallazgo le provocó un ataque de nerviosismo. Interrumpió el chorro, aun a riesgo de ensuciarse las manos. Ya se había metido a veces en asuntos en los que el riesgo de ensuciarse las manos era casi una certeza; este no sería el más desagradable. Pero ¿dónde encontraría a Roby Stricker a esa hora?

Dio una enérgica sacudida a su instrumento y lo guardó en el calzoncillo. Volvió deprisa al coche, sin abotonarse la bragueta.

«Hay un asesino dando vueltas por esta ciudad, Rene -se dijo-. ¿A quién le importa si llevas los pantalones abotonados o no?»

Se sentó y cogió el móvil. Llamó a Barthélémy, a la redacción.

– Otra vez Coletti. Necesito un dato.

– Dime.

– Roby Stricker. S-t-r-i-c-k-e-r, con «c» y «k». Roby debería de corresponder a Roberto. Vive aquí, en Montecarlo. Si tenemos mucha suerte, podría figurar en el listín. Si no, encuéntralo como sea, pronto.

El periódico no era desde luego la policía, pero también ellos disponían de sus canales de información.

– Espera un momento, no cuelgues.

Pasaron unos momentos que a Coletti le parecieron interminables, más largos incluso que los que había pasado con la vejiga llena. Al fin Barthélémy volvió al aparato.

– ¡Bingo! Vive en el edificio Les Caravelles, en el bulevar Albert Premier.

Coletti contuvo el aliento. No podía creer en su buena suerte. Quedaba a un centenar de metros del lugar donde él había aparcado.

– Estupendo. Sé dónde es. Hablamos luego.

– Rene, te lo repito: mantente alerta. No solo por los polis. Ninguno es un tipo peligroso; ya ha liquidado a tres personas.

– Pues cruza los dedos, hombre. Quédate tranquilo, que me cuidaré. Pero si esto termina como creo, daremos un golpe sensacional…

Cortó la comunicación.

Por un instante volvió a oír la voz por la radio.

«Yo mato…»

A pesar suyo, se estremeció. Aun así, la fuerza de la exaltación y a adrenalina anulaban toda prudencia. Como hombre, Coletti tenía muchos límites, pero como periodista conocía bien su oficio y estaba dispuesto a correr cualquier riesgo. Sabía reconocer una noticia bomba cuando se presentaba. Una noticia para perseguir, par abrir como una ostra y hacer ver a todo el mundo si contenía una perla o no. Y esta vez la perla estaba allí, grande como un huevo de avestruz.

Cada uno tiene sus drogas; esa era la suya.

Miró la fachada iluminada de Radio Montecarlo. Había algunos coches patrulla aparcados en la explanada frente a la entrada. Se encendió la luz azul de uno de los faros giratorios y un automóvil se puso en movimiento. Coletti se relajó. Era el coche escolta que todas las noches acompañaba a Jean-Loup Verdier a su casa. Los había seguido varias veces y ya sabía qué harían: subirían hasta la casa del locutor, se meterían por la verja y buenas noches a todos. Los agentes permanecerían de guardia y harían imposible cualquier tentativa de contacto.

Habría pagado la mitad de la fortuna de Bill Gates para poder entrevistar a ese hombre, pero era imposible, por el momento. El lugar estaba blindado, a la entrada y a la salida. Había vigilado esa casa lo suficiente para saber que era imposible.

Demasiadas cosas se habían revelado imposibles últimamente, Había tratado por todos los medios de que el periódico lo enviara a Afganistán a cubrir la guerra. Era una historia que él sentía en los huesos, y sabía que habría podido contarla mejor que cualquier otro, como ya había hecho con la ex Yugoslavia. Pero habían preferido a Rodin, quizá porque creían que era más joven y estaba más hambriento, más dispuesto a arriesgarse. Quizá había detrás algún chanchullo político, alguna recomendación de alguien, de la que él no estaba al tanto.

Abrió la guantera del salpicadero y sacó su cámara digital, una Nikon 990 Coolpix. La puso en el asiento del acompañante y Ia revisó como hace un soldado con su arma antes de una batalla. Las baterías estaban cargadas y tenía cuatro tarjetas de 128 megas. Podía fotografiar la tercera guerra mundial, de haber sido necesario. Bajó del Mazda sin preocuparse de echarle la llave. Escondió la cámara bajo la chaqueta, para que no se notara. Dejó atrás el coche y la Piscine y se encaminó en la dirección opuesta. Unos metros más adelante se encontró ante la escalera que conducía a la Promenade. Allí un coche normal pero con la luz intermitente de la policía en el techo salió de la Rascasse y pasó velozmente delante de él.

Coletti alcanzó a ver que en el interior iban dos personas. Imagino quiénes serían: el comisario Hulot y el inspector Morelli. O quizá ese tío moreno de cara sombría al que había visto salir aquella mañana de la casa de Jean-Loup Verdier y que le había miado al pasar en coche ante él. Cuando los ojos de ambos se cruzaron, Coletti había experimentado una sensación extraña.

Era un hombre que parecía llevar el diablo dentro. Coletti sabía mucho de demonios, y también sabía reconocer a quienes los acarreaban consigo. Quizá valiera la pena averiguar algo más de ese personaje…

Hacía tiempo que el periodista había renunciado a seguir a los coches patrulla. Los policías no eran estúpidos, y le habrían descubierto enseguida. Lo habrían detenido, y adiós a su exclusiva. No debía cometer ningún error.

Además, debido a la falsa alarma de la primera llamada, los polis debían de andar de muy mal talante. Coletti no habría querido estar en el lugar del que la había hecho, si le habían cogido. Y él no pensaba arrojarse de cabeza en una situación parecida.

Si la siguiente víctima de ese maníaco era realmente Roby Stricker, lo usarían de cebo, y el único lugar donde podían hacerlo era su casa. De modo que él solo debía encontrar un lugar adecuado donde colocarse, desde el cual poder ver sin ser visto. Si sus deducciones eran justas y atrapaban a Ninguno, sería el único testigo ocular y el único reportero que tendría la foto de la captura.

Si lo lograba, valdría su peso en oro.

En los alrededores no había casi nadie. Seguramente todo el mundo en la ciudad había escuchado el programa y oído la nueva llamada de Ninguno. Sabiendo que había un asesino suelto, no habría mucha gente que quisiera salir a dar un tranquilo paseo nocturno.

Coletti fue hacia la entrada iluminada de Les Caravelles. Cuando llegó delante de la puerta de cristal soltó un suspiro de alivio: la cerradura era normal, y no una de clave numérica. Hurgó en un bolsillo, como un inquilino cualquiera que busca las llaves.

Sacó un llavero que le había regalado un informador, un tío listo al que en una ocasión había ayudado a salir de un aprieto. Era un hombre que adoraba el dinero, viniera de donde viniera, ya fuera el que el periodista le daba por los datos que le pasaba, o el que él mismo que se procuraba entrando a robar en pisos sin vigilancia.

Metió el utensilio en la cerradura y la puerta se abrió. Coletti entró en el vestíbulo del edificio de lujo y echó una mirada a su alrededor. Espejos, sillones de piel, alfombras persas en el suelo de mármol. A esa hora no había vigilancia, pero durante el día debía de haber un encargado inflexible.

Sintió que el corazón se le aceleraba.

No era miedo.

Era adrenalina pura. Era el paraíso en la tierra. Era su trabajo.

A su derecha había dos puertas de madera. Una tenía una placa de latón en la que ponía: «Conserje». La otra, en el ángulo opuesto, debía de llevar al subterráneo. Ignoraba en qué piso vivía Roby Stricker, y despertar al encargado a esa hora para preguntárselo no le parecía la mejor táctica. Pero podía coger el ascensor de servicio, ir hasta la última planta y desde allí bajar por la escalera hasta identificar el piso que buscaba. Después encontraría un buen lugar desde donde observar, aunque tuviera que colgarse del exterior de una ventana, como ya había hecho en alguna ocasión.

Las Reebok que calzaba no hicieron ningún ruido mientras alcanzaba la puerta del subterráneo. La empujó, rogando que no estuviera cerrada. Tenía su utensilio, es cierto, pero cada segundo ahorrado era un segundo ganado. Lanzó un suspiro de alivio. La puerta estaba entornada. Del otro lado, oscuridad total. Bajo el reflejo de las luces del vestíbulo se veía la escalera que bajaba hacia las sombras. Dispuestas a intervalos regulares, brillaban como ojos de gato las pequeñas luces rojas de los interruptores eléctricos.

No podía encender la luz. Bajó los dos primeros escalones a tiempo que acompañaba la puerta que se cerraba. Agradeció mentalmente la eficiencia del que mantenía tan bien engrasadas las bisagras. Giró sobre sí mismo y se movió a tientas, buscando la pared con la mano. Comenzó a bajar despacio, prestando atención par no tropezar. El corazón le latía tan fuerte que no le habría sorprendido que resonara en todo el edificio. Extendió el pie y se dio cuenta que había llegado al final de la escalera. Tanteando con una mano la pared de revoque áspero, comenzó a avanzar con lentitud. Hurgó en los bolsillos de la chaqueta y se dio cuenta de que, con el nerviosismo, se había olvidado en el coche, junto con los cigarrillos, el mechero Bic de dos liras, que ahora habría podido serle muy útil. Confirmó una vez más que la prisa es siempre mala consejera. Continuó avanzando a tientas. Apenas había dado algunos pasos en aquella oscuridad absoluta cuando sintió que una mano de hierro le apretaba la garganta y su cuerpo golpeaba con violencia contra la pared.

Séptimo carnaval

En el gran piso silencioso hay un hombre sentado en un sillón en la oscuridad.

Ha pedido quedarse solo, él, que siempre ha tenido terror a la soledad, a las habitaciones vacías, a la penumbra. Los otros se han ido después de haberle preguntado una última vez, antes de salir, con una nota de ansiedad en la voz, sí estaba realmente seguro de querer quedarse allí, sin nadie que lo cuidara.

Ha respondido que sí, tranquilizador. Conoce tan bien esa gran casa que puede moverse libremente, sin nada que temer.

Las voces se han disuelto en los ruidos de los pasos que se alejan, de una puerta que se cierra, de un ascensor que baja. Poco a poco esos ruidos se transforman en silencio.

Así que ahora está solo, y piensa.

En la calma de esta noche de finales de mayo piensa en el vigor de los años pasados. Piensa en su breve verano, que se precipita hacia el otoño de los años que vendrán, que ya no recorrerá sobre las puntas de los pies, sino con las plantas firmemente asentadas sobre el suelo, aprovechando cualquier sólido asidero para no caer.

Por la ventana abierta entra el perfume del mar. Tiende una mano y enciende una lámpara colocada sobre una mesita, a su lado. Casi nada cambia para sus ojos, que ya se han vuelto un teatro de sombras. Vuelve a pulsar el botón. La luz se apaga, al soplo de su suspiro sin esperanza, como una vela. El hombre sentado en el sillón piensa ahora en lo que le espera. Deberá habituarse al olor de las cosas, a su peso, a su voz, cuando todas queden anegadas en el idéntico color.

El hombre sentado en el sillón es ciego.

Hubo un tiempo en que no era así. Hubo un tiempo en que vivía de la luz, y de su ausencia y de su esencia. Un tiempo en que sus ojos se fijaban un punto que estaba «allá» y con un salto podía transportar su cuerpo hasta allí, mientras la música parecía hecha de luz, una luz que ni siquiera los aplausos podían alterar.

Así de breve ha sido su danza.

Desde el nacimiento de su gran pasión hasta el ansioso descubrimiento de su talento y el fulgor estupefacto del mundo que lo confirmó, transcurrió apenas un instante. Ciertamente, hubo momentos de placer tan intenso que bastarían para colmar una vida entera, momentos que otros no experimentarán nunca, ni aunque vivieran un siglo.

Pero el tiempo, ese estafador que trata a los humanos como juguetes y a los años como minutos, ha volado y le ha arrebatado con una mano lo que con tanta abundancia le había prodigado con la otra.

Multitudes enteras admirando su gracia, la elegancia de sus pasos, las palabras silenciosas de cada gesto suyo, cuando parecía que toda su figura surgía de la música misma, tal era su fusión con la armonía dentro de la cual se movía.

Todavía conserva, en los ojos casi apagados, los recuerdos. Una luz tan fuerte que casi podría reemplazar la que va perdiendo. La Scala de Milán, el Bolshoi de Moscú, el Théátre Princesse Grace de Montecarlo, el Metropolitan de Nueva York, el Royal Theatre de Londres. Una infinidad de telones que se abrían en silencio y se cerraban entre los aplausos de cada éxito suyo. Telones que no se abrirán nunca más.

Adiós, ídolo de la danza.

El hombre se pasa una mano por el pelo brillante y tupido.

Ahora sus manos son sus ojos.

El tejido áspero del sillón, el tejido suave de sus pantalones en las piernas musculosas, la seda de la camisa en el tórax, siguiendo la línea definida de los pectorales. La sensación lisa de la mejilla afeitada por otro, hasta encontrar el hilo incoloro de la lágrima que ahora se la humedece. El hombre ha pedido, y ha conseguido, quedarse solo, él, que siempre ha tenido terror a la soledad, a las habitaciones vacías, a la penumbra.

Y de golpe siente que esa soledad se ha roto, que ya no está solo en el piso.

No es un ruido, no es una respiración, ni unos pasos. Es una presencia que él advierte, con un sentido que ignora poseer, como un primitivo instinto de murciélago. Una mano ha arrebatado, otra mano ha dado.

Ahora puede sentir muchas más cosas.

La presencia se convierte en un andar liviano, ágil, sin ruido. Una respiración tranquila y acompasada. Alguien está recorriendo el piso y se acerca. Ese andar silencioso ahora se ha detenido a su espalda. El hombre domina el instinto de volverse a mirar, pues lo sabe inútil.

Huele el perfume, el agradable olor de una piel mezclado con una buena agua de Colonia. Reconoce la esencia pero no a la persona.

Eau d'Adrien, de Annick Goutal. Un perfume que sabe a cítricos, a sol y a viento. Lo compró para Boris, tiempo atrás, en una tienda de París, cercana a la place Vendóme, el día después de una actuación triunfal en la Opera. Cuando todavía…

Vuelve a oír los pasos. El recién llegado avanza más allá del sillón, que está de espaldas a la puerta. Vislumbra la sombra de su cuerpo mientras se coloca enfrente.

El hombre sentado en el sillón no está sorprendido. No tiene miedo. Solo siente curiosidad.

– ¿Quién eres?

Un instante de silencio; después el hombre que está de píe responde al hombre sentado con una voz profunda y armoniosa:

– ¿Acaso importa?

– Sí, a mí me importa mucho.

– Mi nombre quizá no te diga nada. No es importante que sepas quién soy. Solo quiero que sepas qué soy y por qué estoy aquí.

– Eso lo imagino. He oído hablar de ti. Te esperaba, creo. Quizá dentro de mí esperaba que vinieras.

El hombre sentado se pasa una mano por el pelo. Quisiera pasarla también por el pelo del otro, por su cara, por su cuerpo, porque ahora las manos son sus ojos.

La misma voz profunda, tan rica en armonías, le responde en la oscuridad:

– Ahora estoy aquí.

– Imagino que no hay nada que yo pueda decir o hacer.

– No, nada.

– Entonces ha terminado. Creo que será mejor así, en cierto sentido. Yo nunca habría tenido el coraje.

– ¿Quieres música?

– Sí, creo que sí. No, estoy seguro. La quiero.

Oye una serie de pequeños ruidos, el zumbido del lector de CD que se abre y vuelve a cerrarse, acentuado por la oscuridad y el silencio. No ha encendido la luz. Debe de tener ojos de gato si le basta la débil claridad que llega del exterior y los LED del equipo para orientarse.

Al cabo de un instante las notas de una trompeta se elevan oscilantes, en la habitación. El hombre sentado no conoce el tema, pero ese instrumento le recuerda la melancólica melodía compuesta por Niño Rota para la banda sonora de La strada, de Fellini. Bailó esa música en la Scala de Milán, al inicio de su carrera; era un ballet basado en la película y había una primera bailarina cuyo nombre no recuerda, pero sí la gracia sobrenatural de su cuerpo. El hombre sentado en el sillón se dirige a la oscuridad de la que viene la música, que es la misma en la habitación y en sus ojos.

– ¿Quién es?

– Se llama Robert Fulton. Un músico grandioso…

– Lo oigo. ¿Qué representa para ti?

– Un viejo recuerdo. De ahora en adelante será también tuyo,

Un largo silencio inmóvil. El hombre sentado tiene por un instante la sensación de que el otro se ha ido. Pero cuando le habla, su voz llega de la cercana oscuridad.

– ¿Me permites pedirte un favor?

– Sí, si puedo.

– Quisiera tocarte.

Un leve rumor de tela. El hombre de pie se inclina hacia delante. El hombre sentado siente el calor de su aliento, un aliento que sabe a hombre. Quizá un hombre al que en otros tiempos y en otra ocasión habría procurado conocer mejor…

Extiende las manos, las posa en ese rostro, lo recorre con las yemas hasta encontrar el pelo. Sigue la línea de la nariz, explora con los dedos los pómulos y la frente. Ahora las manos son sus ojos, y ven por él.

No siente miedo. Tenía curiosidad, y ahora solo está sorprendido.

– Así que eres tú -murmura.

– Sí -responde el otro sencillamente, y se levanta.

– ¿Por qué lo haces?

– Porque debo.

El hombre sentado se contenta con esta respuesta. También él, en el pasado, hacía lo que creía que debía hacer. Tiene una última pregunta. En el fondo es solo un hombre. Un hombre que no teme el fin de todo, pero sí el dolor.

– ¿Sufriré?

El hombre sentado no puede ver que el hombre de pie ha extraído una pistola con silenciador de una bolsa de tela que lleva en bandolera. No ve el cañón dirigido hacia él. No ve en el metal bruñido el reflejo amenazador de la poca luz que llega de la ventana.

– No, no sufrirás.

No ve el nudillo que se blanquea cuando el dedo aprieta el gatillo. La respuesta del hombre de pie se mezcla con el silbido sofocado de la bala que, en la oscuridad, le hace estallar el corazón.

32

– No tengo ninguna intención de vivir prisionero hasta que esta historia haya terminado. ¡Y sobre todo no me gusta que me usen de cebo!

Roby Stricker dejó sobre la mesa su vaso de Glenmorangie, se levantó del sillón y fue a mirar por la ventana de su piso. Malva Reinhart, la joven actriz estadounidense que estaba sentada en el otro sillón, posaba sus fantásticos ojos violeta, justificación de tantos primeros planos, alternativamente sobre él y sobre Frank. Callada y perdida, parecía despojada de golpe del personaje que interpretaba en público, rico en miradas demasiado largas y en escotes demasiado cortos. Había perdido la expresión de agresiva suficiencia que mostró como un trofeo cuando Frank y Hulot los habían abordado a la salida de Jimmi'z, la discoteca más exclusiva de Montecarlo.

Se hallaban en la plazoleta asfaltada contigua al Sporting d'Été, un poco más allá de la puerta de cristal del local, a la izquierda de la luz azul del cartel. Estaban hablando con un hombre. Frank y Hulot habían bajado del coche y se habían dirigido hacia ellos. La Persona con la que él y Malva hablaban en aquel momento se alejo y los dejó solos bajo el resplandor de los faros.

– ¿Roby Stricker? -preguntó Nicolás.

El los miró sin entender.

– Si -respondió con voz no del todo segura.

– Soy el comisario Hulot, de la Süreté Publique, y él es Frank Ottobre, del FBI. Tenemos que hablaros. ¿Podéis acompañarnos, Por favor?

Pareció incómodo al enterarse de quiénes eran. Más tarde Frank comprendió por qué; se hizo el distraído cuando vio que el joven se desembarazaba de un pequeño sobre de cocaína. Stricker indicó con la mano a la joven que se hallaba a su lado, que los miraba sorprendida. Hablaban en francés, y ella no entendió una sola palabra.

– ¿Los dos, o solamente yo?… Ella es Malva Reinhart y…

– No estás arrestado, si es eso lo que te preocupa -intervino Frank, en italiano-. Pero te conviene venir con nosotros, por tu propio interés. Tenemos razones para creer que corres un grave peligro, y quizá también tu amiga.

Poco después, en el coche, le pusieron al corriente de todo. Stricker palideció como un muerto y Frank pensó que, si hubiera estado de pie, se le habrían aflojado las piernas. A continuación lo tradujo al inglés para que se enterara Reinhart, que también perdió las palabras y el color. Una joven y sensual actriz de nuestros días transportada de golpe al mundo del cine mudo en blanco y negro.

Llegaron al piso de Stricker, en La Condamine, cerca de la central, y no pudieron evitar quedarse estupefactos por la audacia de aquel loco homicida. Si su objetivo era en verdad Stricker, había un siniestro y sarcástico desafío en esa elección, ya que se proponía matar a alguien que vivía a un centenar de metros de la sede de la policía.

Frank se quedó con el joven y la muchacha, mientras Nicolás, después de haber inspeccionado el piso, iba a dar órdenes a Morelli y a sus hombres, apostados alrededor del edificio y formando una red de seguridad imposible de atravesar.

Antes de irse, Hulot llamó a Frank a la entrada, para darle un walkie-talkie y pedirle que llevara la pistola. Sin hablar, Frank se abrió la chaqueta para mostrarle la Glock colgada a la cintura. Al rozar el metal frío del arma sintió un leve estremecimiento.

Ahora, Frank dio un paso hacia el centro de la habitación y respondió con paciencia a las protestas de Stricker.

– Antes que nada, tratamos de garantizar tu seguridad. Aunque no la veas, casi toda la policía del principado está apostada en los alrededores. En segundo lugar, no queremos usarte de cebo; solo te pedimos que colabores porque eso podría ayudarnos a atrapar al hombre que buscamos. Te garantizo que no corres riesgo alguno. Vives en Montecarlo, y sabes qué está sucediendo de un tiempo a esta parte, ¿verdad?

Roby se volvió hacia él sin cambiar de posición, de espaldas a la ventana.

– No pensarás que tengo miedo, ¿verdad? Simplemente no me gusta esta situación. Me parece todo tan… ¡tan exagerado!

– Me alegra que no tengas miedo, pero no por eso debes subestimar a la persona a la que nos enfrentamos. Así que aléjate de esa ventana.

Stricker intentó mantenerse impasible pero volvió al sillón fingiendo la frialdad de un consumado aventurero. En realidad su nerviosismo se notaba a simple vista.

Frank le conocía desde hacía menos de una hora, y no le faltaban ganas de marcharse y dejarlo librado a su destino. Stricker encarnaba tan fielmente el estereotipo del hijo de papá que, en otras circunstancias, Frank hubiera creído que allí había una cámara oculta.

Roberto Stricker, «Roby» para la prensa del mundo del espectáculo, era italiano, pero tenía un apellido alemán que podía pasar también por inglés. De poco más de treinta años, era lo que suele definirse como un muchacho guapo. Alto, atlético, bonito pelo, bonita cara, bonito gilipollas. Era hijo de un multimillonario, propietario, entre muchas otras cosas, de una cadena de discotecas en Italia, Francia y España, llamadas No Nukes, que tenían por logo un sol sonriente. De ahí la asociación que había hecho Barbara con «Nuclear Sun», la pieza de música dance que el asesino les había hecho escuchar durante la última emisión, y con Roland Brant, seudónimo inglés del italianísimo locutor Rolando Bragante. Roby Stricker vivía en Montecarlo haciendo lo que su naturaleza y el dinero del padre le permitían: nada de nada. Los periódicos sensacionalistas abundaban en notas sobre sus hazañas amorosas y sus vacaciones, ya fuera esquiando en Saint Moritz con la top model del momento o jugando al tenis en Marbella con Bjorn Borg. Con toda probabilidad el padre le daba dinero suficiente para mantenerlo apartado de los negocios familiares; debía contabilizar aquellas sumas como «mal menor».

Stricker cogió otra vez el vaso, pero volvió a apoyarlo cuando vio que el hielo se había deshecho del todo.

– ¿Qué queréis que haga?

– En realidad, en estos casos no hay mucho que hacer. Solo hay que tomar las medidas adecuadas y esperar.

– Pero ¿por qué ese loco furioso me ha escogido a mí? ¿Pensáis que puede ser alguien que conozco?

«Si ha decidido matarte, no me sorprendería que te conociera Y hasta lo felicitaría, ¡pedazo de inútil!»

En homenaje a Stricker, Frank pensó estas cosas en italiano. Se sentó en un sillón.

– Es probable. Para serte franco, aparte de lo que sabe todo el mundo, incluido tú, no tenemos ninguna información sobre este asesino, salvo sus criterios de elección de las víctimas y lo que les hace después de haberlas matado…

Siguiendo su pensamiento, Frank había hablado de nuevo en italiano, subrayando levemente la crudeza de la palabra «asesino» con el único fin de asustar a Roby Stricker. No creyó oportuno traducir sus palabras al inglés y asustar todavía más a la muchacha, que, del miedo, se estaba mordiendo una uña hasta casi hacerse sangre. Aunque…

«Dime con quién andas y te diré quién eres.»

Si esos dos estaban juntos, por algo sería. Como Nicolás y Céline Hulot. Como Nathan Parker y Ryan Mosse. Como Bikjalo y Jean-Loup Verdier.

Por amor. Por odio. Por interés.

En el caso de Roby Stricker y Malva Reinhart, quizá se tratara de una banal y visceral atracción entre cáscaras vacías.

El walkie-talkie que Frank llevaba a la cintura vibró. ¡Qué extraño! Por prudencia, habían decidido silenciar la radio. Ninguna precaución parecía excesiva, en vista del hombre al que se enfrentaban. Un sujeto capaz de manipular con tanta pericia la telefonía y las comunicaciones seguramente podía introducirse en cualquier frecuencia de radio de la policía. Se levantó del sillón y fue a la entrada del piso antes de sacar el aparato de la cintura y acercárselo la boca. No quería que aquellos dos oyeran su conversación.

– Frank Ottobre.

– Frank, soy Nicolás. Quizá lo hemos atrapado.

Frank se sintió como si hubieran disparado un cañonazo cerca de sus oídos.

– ¿Dónde?

– Aquí abajo, en el cuarto de las calderas. Uno de mis hombres ha sorprendido a un sospechoso que se escabullía por la escalera que va al subterráneo y lo ha detenido. Todavía están ahí. Voy para allá.

– Llego enseguida.

Volvió a la otra habitación como un rayo.

– Quedaos aquí y no os mováis. No abráis a nadie excepto a mí.

Los dejó solos, llenos de estupor y de miedo. Abrió y volvió a cerrar en un solo movimiento la puerta de entrada. El ascensor no estaba en la planta. No tenía tiempo de esperar que llegara. Se dirigió a la escalera y bajó los escalones de dos en dos.

Llegó al vestíbulo en el instante en que Hulot y Morelli entraban en el edificio. Un agente de uniforme vigilaba la puerta del subterráneo.

Bajaron a la débil luz de una serie de lamparillas empotradas en la pared y protegidas por una rejilla. Frank pensó que todos los edificios de Montecarlo tenían las mismas características: muy cuidados en las fachadas, miserables en los detalles menos visibles. Hacía calor allí abajo, y olía a basura.

El agente los precedió. Detrás de un recodo del pasillo encontraron a un agente que montaba guardia junto a un hombre sentado en el suelo, apoyado en la pared, levemente inclinado, con las manos tras la espalda. El policía llevaba un par de gafas infrarrojas para visión nocturna.

– ¿Todo en orden, Thierry?

– Sí, comisario, yo…

– ¡Oh, no, santo cielo!

El grito de Frank interrumpió las palabras del policía.

El hombre sentado en el suelo era el periodista pelirrojo que había visto frente a la central de policía cuando se había descubierto el cadáver de Yoshida, y luego ante la casa de Jean-Loup Verdi.

– Es un periodista, maldita sea.

El reportero aprovechó la ocasión para hacerse oír.

– Pues claro que soy periodista. Rene Coletti, de France Soir ¡Es lo que le he repetido a este cabeza dura desde hace diez minutos! Si me hubiera permitido mostrarle mi carnet, habríamos evitado toda esta gilipollez.

Hulot, furioso, se agachó frente a Coletti. Frank temió que fuera a golpearlo. Si lo hubiera hecho, lo habría entendido y lo habría defendido ante los tribunales de los hombres y de Dios.

– Si te hubieras quedado en tu lugar esto no te habría sucedido, imbécil. Por si te interesa saberlo, en estos momentos estás en serios problemas.

– Ah, ¿sí? ¿Qué delito he cometido?

– De momento, obstaculizar una investigación policial. Después, con más calma, encontraremos alguna otra cosa. ¡Como sino bastara con que nos rompamos el lomo para dar caza a ese asesino, encima tenemos que tropezar todo el tiempo con reporteros entrometidos como tú!

Hulot se levantó e hizo una seña a los agentes.

– Sáquenlo y llévenselo.