/ Language: Español / Genre:sf_space / Series: Cultura

El uso de las armas

Iain Banks

Cheradenine Zakalwe es un agente de Circunstancias Especiales, la sección de élite para la que ningún medio resulta reprobable: la guerra, el espionaje y el asesinato son lícitos cuando lo que está en juego son los intereses de la Cultura. Zakalwe ha sido empujado a tomar parte en innumerables conflictos, habiéndole tocado pertenecer al bando perdedor en demasiadas ocasiones. Por ello, ha decidido retirarse. Pero Ciscunstancias Especiales necesita sus servicios en un planeta donde Zakalwe había servido anteriormente y donde está a punto de desencadenarse una guerra a gran escala, y la agencia sabe a qué puede recurrir para presionarle… Una nueva novela ambientada en el deslumbrante universo de “Pensad en Flebas” y “El jugador”.

Iain M. Banks

El uso de las armas

«Ligera destrucción mecánica»

Zakalwe haciendo su trabajo;
esas nubéculas de humo que giran perezosamente sobre la ciudad,
agujeros negros en el aire del mediodía, el resplandor del Punto de Impacto;
¿te han dicho lo que deseabas saber?
O azotado por la lluvia que te arranca la piel sobre el desierto de cemento,
isla fortaleza rodeada por las aguas;
caminaste entre las máquinas hechas pedazos,
y observaste mediante ojos libres de drogas
buscando artefactos de otra guerra,
y el lento castigo que desgasta el alma y la maquinaria.
Jugaste con plataformas, deslizadores y naves,
con armas, unidades y campos,
y escribiste una alegoría de tu regreso
con las lágrimas y la sangre de otros;
la vacilante poesía de tu ascenso
desde una mera gracia tambaleante.
Y aquellos que te encontraron
te hicieron suyo y te alteraron.
(«Eh, muchacho, tú contra nosotros, el hombre contra los proyectiles cuchillo.
Enfréntate a nuestra velocidad, nuestra inercia y nuestro secreto sangriento:
¡el camino que lleva al corazón de un hombre atraviesa su pecho!»)
Pobre niño salvaje…
Creían que eras su juguete, un resto viviente del pasado
y se felicitaban de haberte encontrado
porque la utopía engendra pocos guerreros.
Pero tú sabías que tu presencia creaba una incógnita
en cada plan trazado.
Te tomaste muy en serio nuestro juego
y comprendiste lo que ocultaban nuestros trucos
y nuestras glándulas alteradas,
y creaste tu propio significado con los huesos y los restos.
La trampa en que habían caído esas existencias de invernadero
no estaba hecha de carne,
y lo que nosotros nos limitamos a saber
tú lo sentiste
en lo más profundo de tus células deformes.

Rasd-Coduresa Diziet Embless Sma da’Marenhide. Agente de CE, Año 115 (Tierra, Calendario Khmer). Traducción propia del original marain. Inédito.

PRÓLOGO

—Dime, ¿qué es la felicidad?

—¿La felicidad? La felicidad…, la felicidad es despertar una soleada mañana de primavera sintiéndote agotado después de haber pasado tu primera noche con una hermosa y apasionada… asesina profesional.

—Mierda… Así que la felicidad se reduce a eso, ¿eh?

* * *

La copa de cristal reposaba entre sus dedos como si fuera una masa de luz sudorosa caída en una trampa. El líquido que contenía era del mismo color que sus ojos y giraba en lentos y perezosos remolinos bajo los rayos del sol mientras lo observaba con los párpados entrecerrados. La superficie iridiscente del líquido proyectaba reflejos sobre su rostro cubriéndolo con venillas de oro en continuo movimiento.

Apuró la copa y la contempló mientras el alcohol bajaba hasta llegar a su estómago. Sintió un cosquilleo en la garganta, y le pareció que la luz le hacía cosquillas en los ojos. Hizo girar la copa entre sus manos moviéndola deprisa pero con mucho cuidado, aparentemente fascinado por las desigualdades del pie y la sedosa lisura de las partes no talladas. La sostuvo delante del sol y entrecerró un poco más los párpados. El cristal centelleó como si contuviera un centenar de arco iris en miniatura, y los diminutos hilillos de burbujas atrapados en el esbelto tallo del recipiente brillaron con un resplandor que resultaba aún más dorado porque tenía el azul del cielo como fondo, y se fueron enroscando sobre sí mismos hasta formar una doble espiral.

Bajó la copa muy despacio y sus ojos se posaron sobre la ciudad sumida en el silencio. Contempló los tejados, los pináculos y las torres y, más allá de ellos, los grupos de árboles que indicaban la posición de los escasos parques de explanadas y caminos polvorientos; y su mirada se fue alejando hasta dejar atrás la distante línea de las murallas con sus dientes de sierra, las llanuras blanquecinas y las colinas azul humo que bailaban entre la calina que se extendía bajo un cielo sin nubes.

Movió el brazo sin apartar los ojos de aquel panorama y arrojó la copa por encima de su hombro lanzándola hacia la fresca penumbra del salón que había detrás de él. La copa se perdió entre las sombras y se hizo añicos.

—Bastardo —dijo una voz pasados unos segundos. La voz sonaba débil, como ahogada por una tela, y parecía tener cierta dificultad para articular las palabras—. Creí que era la artillería pesada. He estado a punto de cagarme de miedo…

—¿Quieres ver mierda por todas partes? Oh, diablos, y encima parece que he mordido el cristal… Mmmmm…, estoy sangrando. —Unos instantes de silencio—. ¿Me has oído? —Cuando volvió a hablar la voz pastosa sonó un poco más fuerte que antes—. Estoy sangrando… ¿Quieres ver el suelo lleno de mierda y sangre de noble cuna? —Un roce ahogado, un tintineo cristalino y, unos momentos después, otro murmullo:— Bastardo…

El joven del balcón giró lentamente sobre sí mismo dando la espalda a la ciudad y entró en el salón tambaleándose de forma casi imperceptible. El salón estaba lleno de ecos y la temperatura era unos cuantos grados más baja que en el balcón. El mosaico del suelo tenía miles de años y había sido cubierto en una época más reciente con una capa transparente a prueba de arañazos y golpes que protegía los diminutos fragmentos de cerámica. En el centro de la estancia había una gigantesca mesa para banquetes cubierta de tallas y adornos con sillas a su alrededor. Junto a las paredes se dispersaba una confusión de mesas de menor tamaño, más sillas, cómodas y armarios. Todas las piezas del mobiliario habían sido talladas en la misma madera oscura, y pesaban mucho.

Algunas paredes estaban adornadas con frescos de colores algo apagados, pero todavía impresionantes, en los que predominaban los campos de batalla; otras paredes estaban pintadas de blanco y acogían enormes mándalas formados por armas antiguas. Cientos de lanzas, cuchillos, espadas, escudos, mazas, lanzas, boleadoras y flechas habían sido cuidadosamente colocadas para crear grandes remolinos de filos y pinchos que hacían pensar en un diluvio de metralla emanado de una explosión imposiblemente simétrica. Armas de fuego bastante oxidadas se apuntaban las unas a las otras como dándose aires de importancia sobre el tiro obstruido de las chimeneas.

Las paredes también contenían unos cuantos cuadros ennegrecidos y varios tapices deshilachados, pero quedaban bastantes espacios vacíos que habrían podido acoger muchos más. Enormes ventanas triangulares de cristales multicolores arrojaban cuñas de luz sobre el mosaico y la madera. Los muros de piedra blanca se alzaban hasta el techo y terminaban en curvas rojas que sostenían enormes vigas de madera negra, que se extendían sobre toda la longitud del salón como si fueran una tienda gigantesca formada por una multitud de dedos angulosos.

El joven dio una patada a una silla y se dejó caer en ella.

—¿De qué sangre estás hablando? —preguntó.

Apoyó una mano sobre la superficie de la gran mesa para banquetes y se llevó la otra al cuero cabelludo moviéndola como si tuviera la cabeza cubierta por una espesa mata de pelo, aunque la llevaba afeitada.

—¿Eh? —exclamó la voz.

Parecía venir de algún lugar situado debajo de la gran mesa a la que acababa de sentarse.

—¿Qué conexiones aristocráticas ha podido tener un viejo vagabundo borracho como tú?

El joven apretó los puños y se frotó los ojos. Después los relajó y se dio masaje en la cara con las palmas.

El silencio duró bastante.

—Bueno… He sido mordido por una princesa.

El joven alzó los ojos hacia el techo atravesado por las vigas y dejó escapar un bufido.

—Se rechaza la prueba por insuficiente.

Se puso en pie y fue al balcón. Cogió los binoculares que había sobre la balaustrada y se los llevó a los ojos. Chasqueó la lengua, se tambaleó de un lado a otro como si fuera a perder el equilibrio, fue hacia las ventanas y se apoyó en una de ellas para evitar que el temblor de sus manos se transmitiera a los binoculares. Corrigió el foco, meneó la cabeza, volvió a dejar los binoculares sobre la balaustrada y se cruzó de brazos apoyando la espalda en la pared para contemplar la ciudad.

El panorama le hizo pensar en un horno para cocer pan. Tejados marrones y buhardillas agrietadas como cortezas y mendrugos de pan, polvo que parecía harina…

Los recuerdos surgieron de la nada y el panorama de calor y aire tembloroso que tenía delante se volvió primero gris y luego casi negro, y recordó otras ciudadelas (la ciudad de tiendas condenada a la destrucción que se extendía por el gran paseo para los desfiles que había debajo de ellos y la vibración que hacía temblar los cristales de las ventanas, la joven —muerta ahora—, hecha un ovillo sobre una silla en una torre del Palacio de Invierno). Hacía calor, pero no pudo contener un escalofrío, y expulsó los recuerdos de su mente con un considerable esfuerzo de voluntad.

—¿Y tú?

El joven volvió la cabeza hacia el salón.

—¿Qué?

—¿Has tenido algún tipo de relación con…, eh…, con quienes son mejores que nosotros?

El joven se puso muy serio.

—En una ocasión… —empezó a decir. Vaciló y tardó unos segundos en seguir hablando—. Conocí a alguien que era…, le faltaba muy poco para ser una princesa, y llevé una parte de ella dentro de mí durante un tiempo.

—¿Te importaría repetir eso? Llevaste…

—Una parte de ella dentro de mí durante un tiempo.

Silencio.

—¿No crees que habría debido ser al revés? —preguntó la voz en un tono muy cortés.

El joven se encogió de hombros.

—Fue una relación bastante extraña.

Volvió a contemplar la ciudad y sus ojos la recorrieron buscando humo, personas, animales o cualquier señal de movimiento, pero el paisaje estaba tan inmóvil y silencioso como si lo hubieran pintado. Lo único que se movía era el aire caliente que hacía bailotear las imágenes. El joven pensó que quizá hubiese alguna forma de hacer temblar un telón pintado para producir ese mismo efecto, pero no tardó en olvidarse de ello.

—¿Ves algo? —gruñó la voz desde debajo de la mesa.

El joven no dijo nada, pero se frotó el pecho a través de la camisa y los pliegues de la guerrera abierta que lo cubrían. Llevaba puesta una guerrera de general, pero no era general.

Se apartó de la ventana y cogió una jarra de gran tamaño que estaba sobre una de las mesitas que había junto a la pared. Alzó la jarra por encima de su cabeza y la fue inclinando cautelosamente con los ojos cerrados y el rostro levantado hacia ella. La jarra ya no contenía agua, por lo que no ocurrió nada. El joven suspiró, lanzó una rápida mirada al barco de vela pintado en uno de los lados de la jarra y volvió a colocarla delicadamente sobre la mesa dejándola en el mismo sitio donde estaba antes.

Meneó la cabeza, se dio la vuelta y fue hacia una de las dos gigantescas chimeneas del salón. Se encaramó al dintel y una vez allí contempló con gran atención una de las armas antiguas colocadas en la pared; un rifle de cañón anchísimo con la culata llena de adornos y un mecanismo de disparo carente de toda protección. Intentó separar el arma de la pared, pero estaba demasiado bien sujeta. El joven acabó desistiendo pasados unos momentos, bajó de un salto y aterrizó en el suelo con cierta torpeza.

—¿Has visto algo? —volvió a preguntar la voz en un tono levemente esperanzado.

El joven fue lentamente desde la chimenea hasta una esquina del salón en la que había una cómoda gigantesca cubierta de tallas e incrustaciones. La parte superior de la cómoda estaba ocupada por un gran número de botellas, al igual que una zona considerable del suelo a su alrededor. Rebuscó entre aquella colección de botellas —la mayor parte estaban vacías y tenían el gollete roto—, hasta encontrar una intacta y llena. Una vez la hubo encontrado se sentó en el suelo moviéndose despacio y, con gran cautela, rompió el cuello de la botella haciéndola chocar contra la pata de una silla cercana y vació en su boca el licor que no se había esparcido sobre sus ropas o creado charcos encima del mosaico. Se atragantó y tosió, dejó la botella en el suelo, se levantó y la hizo rodar hasta debajo de la cómoda de una patada.

Fue hacia otra esquina del salón en la que había un montón de ropas y armas. Cogió un arma desenredándola del amasijo de cinchas, hebillas y cartucheras que la ocultaba. La inspeccionó y la dejó caer sobre las demás. Apartó con la mano varios centenares de diminutos cargadores vacíos para coger otra arma que tampoco pareció satisfacerle. Cogió dos armas más, las inspeccionó, se colgó una del hombro y dejó la otra sobre un arcón cubierto por una alfombra. Después siguió hurgando en el montón de armas durante un buen rato y acabó con tres armas colgando del hombro. Casi toda la parte superior del arcón había quedado cubierta por una masa de piezas sueltas, armas y cargadores. El joven los barrió con la mano recogiéndolo todo en una bolsa de lona llena de manchas que dejó en el suelo.

—No —dijo.

La negativa coincidió con un sordo retumbar cuyo origen era imposible de precisar, un sonido que parecía venir más del suelo que del aire. La voz farfulló algo ininteligible desde debajo de la mesa.

El joven fue hacia las ventanas y dejó las armas sobre las losas del suelo.

Se quedó inmóvil durante unos momentos contemplando el paisaje.

—Eh —dijo la voz desde debajo de la mesa—. ¿Te importaría echarme una mano? Estoy debajo de la mesa.

—Y ¿qué estás haciendo debajo de la mesa, Cullis? —replicó el joven.

Se arrodilló para inspeccionar las armas. Golpeó los indicadores con la punta de un dedo, hizo girar los diales, alteró las coordenadas y pegó un ojo a las miras telescópicas para averiguar si funcionaban correctamente.

—Oh, ya sabes… Nada de particular.

El joven sonrió, se puso en pie y fue hacia la mesa. Se inclinó, metió un brazo por debajo del tablero y tiró de un hombre corpulento de rostro enrojecido que llevaba puesta una guerrera de mariscal de campo que le venía una talla demasiado grande. Su cabellera canosa estaba cortada casi al cero, y uno de sus ojos era una prótesis. El joven le ayudó a incorporarse poco a poco y el hombre se pasó lentamente la mano por la guerrera para quitarse unos cuantos trocitos de cristal que se habían pegado a la tela. Después dio las gracias al joven asintiendo muy despacio con la cabeza.

—Bueno… ¿Qué hora es? —preguntó.

—¿Qué? Deja de farfullar, Cullis.

—La hora. ¿Qué hora es?

—Es de día.

—Ja. —El hombre asintió como si supiera muy bien de qué estaba hablando—. Ya me lo imaginaba…

Cullis vio como el joven volvía a la ventana junto a la que había dejado las armas y dio un par de pasos alejándose de la gran mesa. Acabó llegando a la mesita sobre la que estaba la jarra para agua en la que había pintado un viejo barco de vela.

Alzó la jarra tambaleándose lentamente de un lado a otro, le dio la vuelta sobre su cabeza hasta dejarla en posición invertida, parpadeó, se pasó las manos por la cara y tiró del cuello de la guerrera.

—Ah… —dijo—. Ya me encuentro mejor.

—Estás borracho —dijo el joven sin apartar la mirada de las armas que estaba inspeccionando.

El hombre puso cara pensativa y pareció meditar en lo que acababa de decirle.

—Casi has conseguido que sonara como una crítica —replicó por fin en el tono más digno de que fue capaz.

Golpeó suavemente su ojo falso con la punta de un dedo y parpadeó unas cuantas veces. Giró sobre sí mismo intentando moverse de la forma más lenta y cautelosa posible hasta quedar de cara a la otra pared, la que estaba adornada con un fresco que representaba una batalla naval. El hombre clavó la mirada en un gigantesco navío de guerra y su mandíbula pareció tensarse ligeramente.

Echó la cabeza hacia atrás con un movimiento muy brusco. Hubo una tosecilla casi inaudible y un zumbido que acabó confundiéndose con una explosión no muy potente. Un jarrón colocado a tres metros de distancia del buque de guerra se desintegró convirtiéndose en una nube de polvo.

El nombre de la cabellera canosa meneó la cabeza con expresión entristecida y volvió a darse unos golpecitos en el ojo falso.

—Tienes razón —dijo—. Estoy borracho.

El joven se puso en pie sosteniendo en sus manos las armas que había seleccionado y se volvió hacia él.

—Si tuvieras dos ojos estarías viendo doble. Cógela.

Arrojó un arma hacia el hombre, quien alargó una mano para atraparla al vuelo. El arma chocó con la pared que tenía detrás y cayó al suelo haciendo mucho ruido.

Cullis parpadeó.

—Creo que debería volver a meterme debajo de la mesa —dijo.

El joven fue hasta la pared, cogió el arma, la inspeccionó y se la entregó. Cullis la aceptó y la sostuvo como si no supiera qué hacer con ella. El joven tiró de los brazos de Cullis hasta dejarlos curvados encima del arma y le llevó hasta el montón de ropas y armas.

El hombre de la cabellera canosa era más alto que el joven y su ojo bueno y su ojo falso —que en realidad era una micropistola ligera— siguieron al joven y contemplaron como cogía dos cartucheras del suelo, iba hacia él y se las colocaba sobre los hombros. Cullis siguió mirándole fijamente. El joven torció el gesto, alargó una mano y le hizo volver la cabeza. Después hurgó en uno de los bolsillos delanteros de la guerrera de mariscal de campo que le quedaba demasiado grande y sacó de ella lo que parecía —y era— un parche blindado, cuya tira de sujeción deslizó delicadamente sobre la rala cabellera canosa del hombre.

—¡Dios mío! —jadeó Cullis—. ¡Estoy ciego!

El joven volvió a alzar la mano y cambió la posición del parche.

—Disculpa. Me he equivocado de ojo.

—Eso está mejor. —El hombre de la cabellera canosa irguió los hombros y tragó una honda bocanada de aire—. ¿Dónde están esos bastardos?

Su voz seguía sonando pastosa. Cada vez que le oía hablar, el joven sentía deseos de carraspear para aclararse la garganta.

—No les veo. Lo más probable es que sigan ahí fuera. La lluvia de ayer ha mojado la tierra y no hay nubes de polvo que indiquen por dónde andan.

El joven puso otra arma sobre los brazos de Cullis.

—Bastardos…

—Sí, Cullis.

Después añadió un par de cajas de municiones a las armas que Cullis sostenía sobre sus brazos.

—Bastardos asquerosos…

—Tienes toda la razón, Cullis.

—Los… Hmmm… Creo que no me sentaría mal un trago, ¿sabes?

Cullis se tambaleó. Bajó la vista y contempló las armas que sostenía en sus brazos como si no comprendiera muy bien qué hacían allí.

El joven le dio la espalda para coger más armas del montón, pero cambió de opinión cuando oyó un ensordecedor ruido metálico a su espalda.

—Mierda —murmuró Cullis desde el suelo.

El joven fue hacia la cómoda repleta de botellas. Cogió todas las botellas llenas que pudo encontrar y volvió sobre sus pasos. Cullis roncaba pacíficamente bajo un montón de armas, cajas de munición, cartucheras y los restos destrozados de una silla para banquetes. El joven fue apartándolo todo, desabrochó un par de botones de la guerrera de mariscal de campo y deslizó las botellas entre la guerrera y la camisa. La guerrera le quedaba tan grande que había espacio más que suficiente.

Cullis abrió su ojo bueno y le contempló en silencio durante unos momentos.

—¿Qué hora dijiste que era?

El joven volvió a abrochar los botones.

—Creo que es hora de largarse.

—Hmmmm… Quizá tengas razón. Tú entiendes de eso más que yo, Zakalwe.

Cullis volvió a cerrar su ojo bueno.

El joven al que Cullis había llamado Zakalwe fue rápidamente hacia un extremo de la gran mesa, que estaba cubierta por una manta relativamente limpia sobre la que había un arma de gran tamaño y apariencia bastante terrible. La cogió y volvió hacia el corpachón que roncaba en el suelo. Cogió al hombre de la cabellera canosa por el cuello de la guerrera y fue retrocediendo hacia la puerta que había al otro extremo del salón arrastrando a Cullis. Se detuvo a recoger la bolsa de lona con el armamento que había seleccionado antes y se la colgó de un hombro.

Había logrado arrastrar a Cullis la mitad de la distancia que les separaba de la puerta cuando éste despertó. Su ojo bueno se abrió y le atravesó con una mirada bastante vidriosa. Sus posiciones respectivas hacían que el ojo quedara invertido.

—Eh.

—¿Qué pasa, Cullis? —gruñó el joven, y le arrastró un par de metros más.

La cabeza de Cullis se volvió lentamente observando el salón que se deslizaba a su alrededor.

—¿Sigues creyendo que bombardearán este sitio?

—Aja.

El hombre de la cabellera canosa meneó la cabeza.

—No —dijo. Tragó aire—. No… —repitió mientras volvía a menear la cabeza—. Nunca.

—Adelante, chicos, dadle la réplica —murmuró el joven mirando a su alrededor.

Pero todo siguió en silencio. Llegaron a las puertas y el joven las abrió de una patada. La escalera que llevaba hasta la entrada de atrás y el patio que había al otro lado de ella era de mármol verde ribeteado con filetes de ágata. El joven fue bajando lentamente por ella. Las armas y las botellas tintineaban, el arma que colgaba de su hombro le golpeaba el costado y los tacones de Cullis chirriaban sobre el mármol y chocaban con un golpe seco contra cada peldaño que le hacía bajar.

Cullis lanzaba un gruñido ahogado a cada peldaño. «Maldita sea, mujer. Ten más cuidado…», farfulló en una ocasión. El joven se detuvo y le miró fijamente. Cullis roncaba, y vio un hilillo de saliva que había empezado a deslizarse por una de las comisuras de sus labios. El joven meneó la cabeza y reanudó el descenso.

Se detuvo en el tercer rellano para echar un trago y permitió que Cullis roncara en paz durante unos momentos hasta que se sintió lo bastante fuerte para seguir. Acababa de agarrarle por el cuello de la guerrera y se estaba lamiendo los labios cuando oyó un silbido que se fue haciendo más y más estridente. Se arrojó al suelo y tiró de Cullis hasta dejarle medio encima de él.

La explosión se produjo lo bastante cerca para agrietar el vidrio de los ventanales y desprender unos fragmentos de yeso del techo. Las laminillas blancas cayeron grácilmente a través de las cuñas triangulares de luz solar y se posaron sobre los peldaños con un repiqueteo casi inaudible.

—¡Cullis! —Volvió a cogerle por el cuello de la guerrera y bajó un peldaño de un salto—. ¡Cullis! —gritó mientras sus pies patinaban sobre el suelo del rellano. Estuvo a punto de perder el equilibrio—. ¡Cullis, maldito gilipollas! ¡Despierta!

Otro aullido hendió el aire. La detonación hizo temblar todo el palacio y una ventana se desintegró en algún lugar de arriba. Una lluvia de yeso y cristales rotos cayó por el pozo de la escalera. El joven se tambaleó, y logró bajar otro tramo de peldaños con el cuerpo encorvado y sin soltar a Cullis. Sus labios se movían lanzando un chorro incesante de maldiciones ahogadas.

—¡Cullis! —rugió mientras dejaba atrás habitaciones vacías y exquisitos murales de un delicado estilo pastoral—. Maldito sea tu jodido culo de vejestorio, Cullis… ¡despierta!

Sus pies patinaron sobre el suelo de otro rellano. Las botellas tintinearon furiosamente y el cañón del arma chocó con los bajorrelieves que lo adornaban arrancándoles algunos trozos. El zumbido volvió a vibrar en sus oídos. El joven saltó hacia adelante, la escalera bailó y los cristales se hicieron pedazos sobre su cabeza. Los torbellinos de polvo blanco estaban por todas partes. El joven logró incorporarse y vio a Cullis sentado en el suelo quitándose los trocitos de yeso del pecho con una mano mientras se frotaba el ojo bueno con la otra. Una nueva explosión más alejada hizo temblar la escalera.

Cullis tenía el aspecto de alguien que se encuentra muy mal. Alzó una mano y la movió a través del polvo.

—Esto no es niebla y eso no era un trueno, ¿verdad?

—No —gritó el joven mientras bajaba a saltos por la escalera.

Cullis tosió y le siguió tambaleándose.

El joven llegó al patio justo a tiempo de ver la nueva andanada de proyectiles. Uno de ellos estalló a su izquierda cuando salía del palacio. Subió de un salto al semioruga e intentó ponerlo en marcha. La explosión destrozó el tejado de los aposentos reales. Un diluvio de tejas y baldosas cayó sobre el patio y los proyectiles improvisados se convirtieron en nubéculas de polvo creando sus propias explosiones tributarias de la detonación principal. El joven se puso una mano sobre la cabeza y hurgó debajo del salpicadero buscando un casco. Un trozo de mampostería de gran tamaño rebotó sobre el capó del transporte dejando una abolladura bastante profunda y una nube de polvo.

—Oh…, mieeeeeerda —dijo.

Logró encontrar un casco y se lo puso en la cabeza.

—¡Bastardos asque…! —gritó Cullis.

Tropezó cuando le faltaba muy poco para llegar al semioruga y se derrumbó sobre el polvo. Lanzó un juramento, se incorporó y saltó al vehículo. Dos proyectiles más cayeron a su izquierda haciendo impacto en los aposentos reales.

Las nubes de polvo creadas por el bombardeo empezaron a moverse por entre los edificios pegándose a las fachadas. La luz del sol se abrió paso a través del caos que se había adueñado del patio hendiéndolo como si fuera una cuña gigantesca que mezclaba las sombras con la claridad.

—Estaba convencido de que bombardearían los edificios del Parlamento —dijo Cullis en voz baja mientras contemplaba los restos llameantes de un camión que ardía al otro extremo del patio.

—¡Bueno, pues no lo han hecho!

El joven volvió a tirar de la palanca de encendido maldiciéndola ferozmente.

—Tenías razón. —Cullis suspiró y puso cara de perplejidad—. Oye, ¿qué habíamos apostado exactamente?

—¿A quién le importa eso ahora? —rugió el joven.

Su pie se movió velozmente pateando algo por debajo del salpicadero. El motor del semioruga tosió y cobró vida.

Cullis se quitó unos restos de teja del cabello mientras su camarada se pasaba la correa del casco por debajo del mentón y le entregaba otro casco. Cullis lo aceptó con un suspiro de alivio y empezó a abanicarse la cara con él mientras se daba palmaditas en el pecho más o menos allí donde estaba el corazón, como si estuviera intentando darse ánimos y convencerse de que todo iba bien.

Y un instante después apartó la mano y contempló con incredulidad el líquido rojo que la manchaba.

El motor dejó de funcionar. Cullis oyó la voz del joven insultándolo como si fuera un ser vivo y el chasquido metálico que se produjo cuando volvió a tirar de la palanca del encendido. El motor carraspeó y sus toses entrecortadas se convirtieron en un débil ronroneo acompañado por el silbido de los proyectiles que seguían cayendo del cielo.

Cullis bajó la vista y contempló el acolchado del asiento sobre el que estaba sentado. Una salva de explosiones atronó a lo lejos entre los remolinos de polvo. El semioruga se estremeció.

La superficie del asiento se había vuelto de color rojo.

—¡Médico! —gritó.

—¿Qué?

—¡Médico! —gritó Cullis para hacerse oír por encima de otra explosión mientras le enseñaba su mano manchada de rojo—. ¡Zakalwe, estoy herido!

La pupila de su ojo bueno estaba dilatada por el horror y la sorpresa. Los dedos de su mano temblaban incontrolablemente.

El joven puso cara de exasperación y le apartó la mano con brusquedad.

—¡Es vino, imbécil!

Se inclinó hacia adelante, sacó una de las botellas que había metido bajo la guerrera de Cullis y la dejó caer sobre su regazo.

Cullis miró hacia abajo, muy sorprendido.

—Oh —dijo—. Bien. —Metió la mano dentro de su guerrera y extrajo cautelosamente unos cuantos trocitos de cristal—. Ya me extrañaba que me quedara tan bien… —murmuró.

El motor cobró vida de repente y rugió como si los torbellinos de polvo y el temblor del suelo le hubieran puesto furioso. Las explosiones que se sucedían en los jardines creaban surtidores de tierra marrón, que salían disparados hacia lo alto pasando sobre el muro del patio para acabar aterrizando a su alrededor acompañados por los fragmentos de las estatuas destrozadas.

El joven luchó durante unos momentos con el cambio de marchas. El semioruga se puso en marcha de repente con tanta brusquedad que él y Cullis casi salieron despedidos de sus asientos. El vehículo se lanzó hacia adelante, salió del patio y empezó a moverse por la polvorienta carretera que había más allá. Unos segundos después, casi todo el edificio en el que habían estado sucumbió a la detonación combinada de los proyectiles enviados por una docena de piezas d e artillería de gran calibre y se desplomó sobre el patio, sepultando el recinto y todo lo que había a su alrededor bajo inmensos montones de cascotes y vigas destrozadas a las que se unieron nubes de polvo aún más voluminosas.

Cullis se rascó la cabeza y le murmuró algo al casco en cuyo interior acababa de vomitar.

—Bastardos —dijo unos segundos después.

—Tienes toda la razón, Cullis.

—Bastardos asquerosos.

—Sí, Cullis.

El semioruga dobló una esquina y se alejó rugiendo en dirección al desierto.

PRIMERA PARTE:

El buen soldado

1

Avanzó por la sala de turbinas arrastrando consigo un anillo eternamente cambiante compuesto de amistades, admiradores y animales —una nebulosa congregada alrededor del foco de atracción que era su persona—, hablando con los invitados, dando instrucciones a sus sirvientes, haciendo sugerencias y ofreciendo cumplidos a la multitud de artistas que les entretenían con espectáculos de lo más variado. La música llenaba el espacio saturado de ecos que había sobre las viejas máquinas de superficies relucientes, y se iba sedimentando discretamente entre la muchedumbre de invitados vestidos con ropajes multicolores que no paraban de hablar. Saludó con una grácil reverencia y una sonrisa al Almirante que acababa de pasar junto a ella, y los dedos de su mano hicieron girar el tallo de la delicada flor negra que sostenían acercando los pétalos a su nariz para que pudiera captar su embriagadora fragancia.

Dos de los hralzs que había a sus pies saltaron hacia arriba lanzando chillidos estridentes y sus patas delanteras intentaron encontrar un asidero en el liso regazo de su traje de noche. Sus hocicos húmedos se elevaron hacia la flor. La mujer se inclinó y golpeó suavemente los dos morros con la flor. Los animales saltaron al suelo, menearon las cabezas y empezaron a estornudar. Los invitados que había a su alrededor se rieron. La mujer se agachó para acariciar el lomo de un hralz. Rascó sus grandes orejas y sintió la tensión que el gesto provocó en la tela del traje. El mayordomo fue hacia ella abriéndose paso con gran educación por entre la multitud que la rodeaba, y la mujer alzó la cabeza.

—¿Sí, Maikril? —preguntó.

—El fotógrafo de Tiempos del Sistema —dijo el mayordomo en voz baja.

Fue irguiéndose lentamente al mismo tiempo que ella se incorporaba, pero aun así acabó teniendo que alzar los ojos hacia la mujer. La barbilla del mayordomo quedaba a la altura de sus hombros desnudos.

—¿Admiten su derrota? —preguntó ella sonriendo.

—Creo que sí, señora. Solicita una audiencia.

La mujer se rió.

—Muy bien expresado… ¿Cuántas han sido esta vez?

El mayordomo se acercó un poco más. Un hralz le gruñó y el mayordomo le contempló con una mezcla de temor y nerviosismo.

—Treinta y dos cámaras móviles, señora, y más de un centenar fijas.

La mujer acercó la boca a la oreja del mayordomo.

—Sin contar las que descubrimos al examinar a nuestros invitados —dijo en voz muy baja, como si hablara con un compañero de conspiración.

—Cierto, señora.

—Hablaré con él… Has dicho que era un hombre, ¿no?

—Sí, señora.

—Hablaré con él, pero no ahora. Llévale al atrio del oeste. Dile que estaré allí dentro de diez minutos y recuérdamelo cuando hayan pasado unos veinte.

Echó un vistazo a su brazalete de platino. El diminuto proyector que parecía una esmeralda identificó la estructura de sus retinas y emitió dos conos de luz que contenían un plano holográfico de la vieja central energética. El sistema de guía centró cuidadosamente la base de cada cono en uno de sus ojos.

—Muy bien, señora —dijo Maikril.

La mujer le puso una mano en el brazo.

—Iremos al parque, ¿de acuerdo?

El mayordomo movió la cabeza en un gesto casi imperceptible para indicar que la había oído. La mujer se volvió hacia el grupo de invitados que tenía más cerca, puso una expresión contrita y juntó las manos rogándoles que la perdonaran.

—Lo siento muchísimo. ¿Tendrán la bondad de disculparme unos momentos?

Inclinó la cabeza a un lado y sonrió.

* * *

—Hola… ¿qué tal? Ah, hola…, ¿cómo estáis?

Caminaron rápidamente por entre el gentío dejando atrás los arco iris grisáceos de las fuentes de drogas y el chapoteo de los surtidores de vino. La mujer iba delante envuelta en un susurro de faldas mientras el mayordomo intentaba que sus largas zancadas no le dejaran atrás. La mujer iba saludando a todos los invitados que se cruzaban en su camino. Ministros del gobierno y sus sombras, altos dignatarios y delegados de gobiernos extranjeros, estrellas de todas las magnitudes creadas por los medios de comunicación, revolucionarios y altos mandos de la Flota, personajes de la industria y el comercio y el séquito mucho más extravagante de quienes se beneficiaban de sus riquezas… Los hralzs intentaban morder los talones del mayordomo y sus garras patinaban sobre el reluciente suelo de mica. Los animales recuperaban torpemente el equilibrio y daban un salto cada vez que se encontraban con una de las muchas y valiosísimas alfombras esparcidas por la sala de turbinas.

La mujer se detuvo ante el tramo de peldaños que llevaba al parque —la estructura de la dínamo situada más hacia el este era tan grande que quienes estaban en el salón principal no podían ver la arboleda—, dio las gracias al mayordomo, ahuyentó a los hralzs, repartió unas rápidas palmaditas por su impecable peinado, alisó su ya inmaculadamente liso traje y se aseguró de que el único adorno de su gargantilla negra —una piedra blanca—, estuviera perfectamente centrado. En cuanto hubo quedado satisfecha empezó a bajar el tramo de peldaños que terminaba en las puertas del parque. Un hralz se había quedado inmóvil en el comienzo del tramo de peldaños observándola nerviosamente. El animal tenía los ojos llorosos, no paraba de dar saltitos sobre sus patas delanteras y gemía quejumbrosamente.

La mujer se volvió hacia él y le lanzó una mirada de irritación.

—¡Vete, Saltarín! ¡Largo de aquí!

El animal bajó la cabeza y se alejó lentamente sin hacer ningún ruido.

La mujer cerró las puertas a su espalda y sus ojos recorrieron la silenciosa extensión de verdor que el parque ofrecía a su mirada.

La negrura de la noche se acumulaba al otro lado de la curva cristalina de la semicúpula. Unos mástiles de gran altura esparcidos por entre los árboles sostenían luces que proyectaban sombras sobre los agrupamientos de plantas. Hacía calor, y la atmósfera olía a tierra y savia. La mujer tragó una honda bocanada de aire y fue hacia el otro extremo del recinto.

* * *

—Hola.

El hombre se volvió rápidamente y la vio inmóvil detrás de él con la espalda apoyada en un mástil de luces, los brazos cruzados delante del cuerpo y una leve sonrisa presente tanto en los ojos como en los labios. Su cabellera era del mismo color negro azulado que sus ojos; tenía la piel morena y estaba más delgada de lo que aparentaba vista en los noticiarios, donde su altura no impedía que resultara casi corpulenta. El hombre era alto y delgado, y estaba mucho más pálido de lo que aconsejaba la moda. La mayoría de personas habrían opinado que tenía los ojos demasiado juntos.

El hombre contempló las delicadas nervaduras de la hoja que seguía sosteniendo en una de sus frágiles manos y la soltó. Sus labios se curvaron en una sonrisa algo vacilante y emergió del arbusto tachonado de flores multicolores que había estado examinando. Se frotó las manos y puso cara de incomodidad.

—Lo siento —dijo moviendo una mano en un gesto cargado de nerviosismo—. Yo…

—No importa —dijo ella mientras extendía un brazo. Se estrecharon la mano—. Usted es Relstoch Sussepin, ¿verdad?

—Eh… Sí —dijo él, obviamente sorprendido.

Seguía sosteniendo la mano de ella entre sus dedos. Apenas se dio cuenta de lo que estaba haciendo, su nerviosismo e incomodidad parecieron hacerse todavía más intensos y se apresuró a soltarla.

—Diziet Sma.

La mujer inclinó la cabeza unos centímetros en un gesto muy lento y medido dejando que su cabellera oscilara hasta rozar sus hombros sin apartar la mirada de él ni un instante.

—Sí, claro… Ya lo sé. Eh… Encantado de conocerla.

—Me alegro —replicó ella asintiendo con la cabeza—. Lo mismo digo. He oído algunas de sus obras.

—Oh. —Las palabras de la mujer le produjeron un placer tan exagerado que sus rasgos adquirieron una expresión casi infantil y sus manos se unieron en una palmada, un gesto maquinal del que no pareció darse cuenta—. Oh. Eso es muy…

—No he dicho que me gustaran —añadió ella.

La sonrisa había quedado confinada a una de las comisuras de sus labios.

—Ah.

El hombre puso cara de abatimiento.

«Qué increíblemente cruel puedo llegar a ser algunas veces…», pensó la mujer.

—Pero la verdad es que me gustan, y mucho —dijo.

Su expresión se alteró de repente y comunicó una mezcla de jovialidad y arrepentimiento, como si le estuviera revelando un secreto que sólo ellos dos eran dignos de conocer.

El hombre dejó escapar una carcajada y la mujer sintió que la tensión que se había adueñado de sus músculos empezaba a relajarse. Todo saldría bien.

—Me he preguntado por qué me había invitado —confesó él. Los ojos hundidos en las cuencas brillaban un poco más que hacía unos momentos—. Todas las personas a las que he visto en la fiesta parecen tan… —se encogió de hombros como si le costara encontrar la palabra adecuada—, tan importantes. Es por eso que…

Movió la mano en un gesto más bien vago que parecía señalar el arbusto que había estado inspeccionando cuando le sorprendió.

—Entonces, ¿no cree que los compositores puedan ser considerados personas importantes? —preguntó ella en un tono de suave reprimenda.

—Bueno…, comparados con todos esos políticos, almirantes y hombres de negocios…, quiero decir que medido en términos de poder… Y ni tan siquiera soy demasiado conocido. Si hubiera invitado a Khu, a Savntreig o a…

—Oh, sí —dijo ella—. No cabe duda de que ellos han sabido orquestar admirablemente sus carreras.

El hombre guardó silencio durante unos momentos, acabó soltando una risita ahogada y miró hacia abajo. Tenía los cabellos muy finos y la luz del mástil situado sobre sus cabezas hacía que pareciesen brillar. La mujer pensó que quizá fuese mejor hablar del encargo ahora en vez de guardar el tema para su próxima entrevista, momento en el que se arreglaría para rebajar los números —aunque por el momento fueran números bastante lejanos— a una cifra un poco más acorde con una relación de amistad…, o quizá incluso para una cita privada que tendría lugar aún más tarde, cuando estuviese totalmente segura de que había logrado cautivarle.

¿Cuánto tiempo debía perder? El hombre era justamente tal y como ella deseaba que fuese, pero una amistad cargada de emociones y matices haría que el desenlace resultara mucho más significativo. Ese largo y exquisito intercambio de confidencias que se irían haciendo más y más íntimas, la lenta acumulación de experiencias compartidas, la espiral de esa lánguida danza de seducción, el ir y venir repetido una y otra vez donde cada paso les acercaría un poquito más a la meta hasta que toda esa maravillosa falta de prisas quedara sublimada en el calor del desquite y la satisfacción finales… Sí, resultaría mucho más satisfactorio de esa manera.

—Me halaga, Sma —dijo él mirándola a los ojos.

La mujer le devolvió la mirada alzando un poco el mentón. Era agudamente consciente de todos los matices y señales que componían el delicado tapiz de su lenguaje corporal. La expresión que había en su rostro ya no le parecía tan infantil. Sus ojos le recordaron la piedra de su brazalete. Sintió que la cabeza le daba vueltas, y tuvo que tragar aire.

—Ejem…

La mujer se quedó totalmente inmóvil.

El carraspeo había venido de atrás, a un lado de ella. Vio como la mirada de Sussepin se nublaba y cambiaba de dirección.

Sma mantuvo el rostro impasible mientras giraba sobre sí misma y clavaba los ojos en el armazón gris blanquecino de la unidad con tanta fijeza como si quisiera llenarla de agujeros.

—¿Qué ocurre? —preguntó en un tono de voz que habría sido capaz de arañar el acero.

La unidad tenía el tamaño de una maletita, y su forma era bastante parecida a la de ese objeto. Flotó lentamente hacia su rostro y la mujer la siguió con la mirada.

—Hay problemas, encanto —dijo la unidad.

La unidad se desvió a un lado mientras se inclinaba unos centímetros con respecto al suelo. El ángulo de su estructura hizo que la mujer tuviera la impresión de estar contemplando la negrura de tinta del cielo que se extendía al otro lado de los paneles que formaban la semiesfera cristalina.

Sma clavó la mirada en el suelo de ladrillos del parque y frunció los labios permitiéndose un meneo de cabeza tan leve que resultó casi imperceptible.

—Señor Sussepin… —Sonrió y extendió las manos hacia él—. Esto me resulta terriblemente molesto, pero… ¿tendría la bondad de…?

—Naturalmente.

El hombre ya se había puesto en movimiento y pasó rápidamente junto a ella asintiendo con la cabeza.

—Quizá podamos hablar después —dijo ella.

El hombre volvió la cabeza sin dejar de caminar hacia la salida del parque.

—Sí, yo… Le aseguro que me encantaría… Si…

Pareció perder la inspiración y volvió a asentir nerviosamente con la cabeza. Apretó el paso, llegó a las puertas que había al otro extremo del parque y salió por ellas sin mirar hacia atrás.

Sma se volvió en redondo hacia la unidad, la cual estaba zumbando inocentemente. La máquina había enterrado la parte superior de su estructura en una flor de colores bastante chillones y parecía absorta en su contemplación, pero acabó dándose cuenta de que estaba siendo observada y se apartó de los pétalos. Sma separó las piernas y apoyó un puño en una cadera.

—Así que encanto, ¿eh? —exclamó.

El campo de auras que envolvía a la unidad emitió un parpadeo que se desvaneció casi enseguida. La mezcla de perplejidad gris acero y contrición púrpura no resultó nada convincente.

—No lo entiendo, Sma… Se me escapó. Fue un mero desliz verbal, nada más.

Sma golpeó una rama muerta con la punta del pie y clavó los ojos en la unidad.

—¿Y bien? —preguntó.

—No va a gustarte —dijo la unidad en voz baja.

Retrocedió cosa de medio metro y su campo se oscureció para expresar toda la magnitud de la pena que sentía.

Sma vaciló. Apartó la mirada durante unos momentos, dejó que se le encorvaran los hombros y acabó tomando asiento sobre una raíz que asomaba del suelo. La tela del traje se arrugó alrededor de su cuerpo.

—Se trata de algo que guarda relación con Zakalwe, ¿verdad?

Los campos de la unidad se convirtieron en un arco iris. La reacción de sorpresa fue tan rápida que Sma tuvo la impresión de que quizá fuese sincera.

—Galaxias y nebulosas —dijo—. ¿Cómo…?

Sma movió una mano igual que si la pregunta fuese un insecto molesto al que quisiera alejar.

—No lo sé. El tono de tu voz, la consabida intuición humana… Ya iba siendo hora, ¿no? La vida empezaba a resultar demasiado agradable. —Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la rugosa corteza del tronco—. Adelante.

La unidad Skaffen-Amtiskaw descendió hasta quedar a la altura del hombro de la mujer y se acercó un poco más a ella. Sma abrió los ojos y la contempló.

—Volvemos a necesitarle —dijo.

—Ya me lo imaginaba.

Sma suspiró y apartó a un insecto que acababa de posarse sobre su hombro.

—Bueno, el caso es que… Sí, me temo que es la única solución. Tiene que ser él.

—Ya, pero… ¿he de ser yo?

—Es…, es el consenso de opinión general al que se ha llegado después de muchas discusiones.

—Magnífico —dijo Sma con voz apesadumbrada.

—¿Quieres oír el resto?

—¿Mejora?

—No, la verdad es que no.

—Diablos… —Sma se golpeó el regazo con las manos y las deslizó lentamente arriba y abajo alisando la tela del traje—. Supongo que será mejor que me entere de todo ahora.

—Tendrías que salir mañana.

—Oh… ¡Venga, unidad! —Sma ocultó el rostro entre las manos. Cuando alzó la cabeza vio que Skaffen-Amtiskaw había empezado a juguetear con una ramita—. Estás bromeando.

—Me temo que no.

—¿A qué viene todo esto? —Sma alzó una mano y señaló hacia las puertas que daban a la sala de turbinas—. ¿Qué pasará con la conferencia de paz? ¿Qué vamos a hacer con esa turba de ojos porcinos y manos acostumbradas a recibir sobornos? ¿Queréis echar por la borda el trabajo de tres años? Y ¿que ocurrirá con todo el jodido planeta que…?

—La conferencia seguirá adelante.

—Oh, claro. ¿Y ese «papel básico» que se suponía iba a desempeñar en ella?

—Ah —dijo la unidad mientras colocaba la ramita delante de la banda sensorial que había en la parte delantera de su estructura—, respecto a eso… Bueno…

—Oh, no.

—Oye, ya sé que no te hace ninguna gracia.

—No, unidad, no se trata de eso.

Sma se puso en pie y fue hacia la pared de cristal para contemplar la noche que se extendía al otro lado.

—Dizita… —dijo la unidad yendo hacia ella.

—No me hagas la rosca.

—Sma… No es real. Es un sustituto, ¿comprendes? Electrónico, mecánico, químico, electroquímico… Es una máquina controlada por una Mente. No está viva. No es un clon o…

—Sé muy bien lo que es, unidad —dijo ella colocando las manos a su espalda.

La unidad se acercó un poco más y proyectó un campo sobre sus hombros. Sma sintió el suave apretón, se apartó lo suficiente para liberarse de él y miró hacia abajo.

—Necesitamos tu permiso, Diziet.

—Sí… También lo sé.

Alzó los ojos buscando las estrellas doblemente ocultas por las nubes y las luces del parque.

—Si lo deseas puedes quedarte aquí, naturalmente. —La voz de la unidad estaba impregnada de remordimientos y parecía haber enronquecido un poco—. La conferencia de paz es importante, desde luego. Necesita…, necesita alguien que resuelva los pequeños problemas que irán surgiendo a medida que siga adelante, de eso no cabe duda alguna.

—Y ¿cuál es ese asunto tan condenadamente crucial que debo ir corriendo a resolver?

—¿Te acuerdas de Voerenhutz?

—Me acuerdo de Voerenhutz —respondió Sma con voz átona.

—Bueno, la paz ha durado cuarenta años pero no va a durar mucho tiempo más. Zakalwe trabajó con un hombre llamado…

—¿Maitchigh?

Sma frunció el ceño y volvió la cabeza unos cuantos centímetros hacia la unidad.

—Beychae. Su nombre es Tsoldrin Beychae, y se convirtió en presidente del grupo de sistemas después de nuestra intervención. Consiguió mantener en pie la estructura política mientras ocupó el poder, pero ya hace ocho años que abandonó el cargo para dedicarse al estudio y la contemplación…, mucho antes de lo que habría debido hacerlo, si quieres que te dé mi opinión al respecto. —La unidad emitió una especie de suspiro—. Las cosas han ido empeorando poco a poco desde ese momento. Beychae vive en un planeta cuyos líderes son sutilmente hostiles a las fuerzas que él y Zakalwe representaban y a las que prestamos nuestro apoyo, y están empezando a asumir un papel de primera fila en la disgregación del grupo. Ya han estallado varios conflictos a pequeña escala y se están incubando muchos más. La guerra a gran escala que involucrará a todo el grupo de sistemas es inminente.

—¿Y Zakalwe?

—Bueno…, básicamente se trata de una situación que requiere una intervención desde fuera. Zakalwe tendría que desplazarse al planeta para convencer a Beychae de que sigue siendo necesario, y suponiendo que no lo consiga debería persuadirle para que emita un comunicado en el que exprese su preocupación por la situación actual. Pero eso quizá requiera una cierta presión física, y lo que complica todavía más las cosas es que Beychae puede resultar muy difícil de convencer.

Sma pensó en lo que acababa de decirle sin apartar los ojos de la noche.

—Y ¿no podemos emplear ninguno de los trucos habituales?

—Los dos se conocen demasiado bien el uno al otro, y el único que tiene alguna posibilidad de convencerle es el auténtico Zakalwe…, y lo mismo ocurre con Tsoldrin Beychae y la maquinaria política del grupo de sistemas. La cantidad de recuerdos involucrados es excesivamente grande.

—Sí —dijo Sma en voz baja—. Hay demasiados recuerdos… —Se pasó la mano por los hombros desnudos como si tuviera frío—. Bueno, ¿y el armamento pesado?

—Hemos empezado a reunir una flota categoría nebulosa. El núcleo está formado por un Vehículo de Sistemas Limitado y tres Unidades Generales de Contacto estacionadas alrededor del sistema, con unas ochenta UGC esparcidas en un radio de un mes. Durante el año próximo tendría que haber unos cuatro o cinco VGS situados a una distancia de entre dos y tres meses…, pero queremos reservarlos como último recurso si todo lo demás fracasa.

—Las cifras de megamuerte nunca tienen muy buen aspecto y resultan algo engañosas, ¿verdad?

Sma usó un tono de voz bastante áspero.

—Si prefieres expresarlo de esa forma… —replicó Skaffen Amtiskaw.

—Oh, maldita sea —dijo Sma en voz baja, y cerró los ojos—. Bien… ¿A qué distancia se encuentra Voerenhutz? Se me ha olvidado.

—Sólo está a cuarenta días de distancia, pero antes tendríamos que recoger a Zakalwe, así que digamos…, unos noventa días para todo el viaje.

Sma se volvió hacia la unidad.

—Y ¿quién se encargará de controlar al sustituto si he de ir en la nave?

Alzó los ojos hacia el cielo.

—La Sólo era una prueba se quedará aquí ocurra lo que ocurra —replicó la unidad—. Han puesto a tu disposición al Xenófobo, un piquete ultrarrápido. Puede despegar mañana, un poco después del mediodía o incluso más temprano…, como desees.

Sma permaneció inmóvil durante unos momentos con los pies juntos y los brazos cruzados. Tenía los labios fruncidos y el rostro bastante tenso. Skaffen-Amtiskaw aprovechó esa pausa para dedicarse a la introspección, y acabó llegando a la conclusión de que la compadecía.

La mujer siguió inmóvil y en silencio durante unos segundos más, se levantó con un movimiento muy brusco y fue hacia las puertas que daban a la sala de turbinas. Sus talones repiqueteaban sobre el sendero de ladrillos.

La unidad fue detrás de ella a toda velocidad y se colocó junto a su hombro.

—Lo que desearía es que tuvieras un poco más de sentido de la oportunidad —dijo.

—Lo siento. ¿He interrumpido algo importante?

—Oh, no, nada de eso… Oye, ¿qué diablos es ese «piquete ultrarrápido» del que me has hablado antes?

—Es el nuevo nombre adjudicado a las antiguas Unidades de Ofensiva Rápida (Desmilitarizadas) —dijo la unidad.

Sma se volvió hacia ella. La unidad osciló en el aire, el equivalente a su encogimiento de hombros.

—Se supone que suena mejor.

—Y se llama nada menos que Xenófobo… Bueno, bueno. ¿Cuándo podemos recoger al sustituto?

—Al mediodía de mañana. ¿Tendrás tiempo suficiente para transmitir los…?

—Mañana por la mañana —dijo Sma.

La unidad se colocó delante de ella y abrió las puertas extendiendo un campo de su aura. Sma cruzó el umbral y subió los escalones que daban acceso a la sala de turbinas moviéndose tan deprisa que la falda de su traje se arremolinó alrededor de su cuerpo. Los hralzs doblaron la esquina a toda velocidad y se apelotonaron junto a ella chillando y dando saltos. Sma se detuvo y permitió que los animales le olisquearan el traje e intentaran lamerle las manos.

—No —dijo volviéndose hacia la unidad—. He cambiado de parecer. Lo haremos esta noche. Me libraré de esa multitud lo más pronto posible. Voy a hablar con el Embajador Onitnert. Busca a Maikril y dile que Chuzlei debe reunirse con el ministro en el bar de la turbina uno dentro de diez minutos. Transmite mis disculpas a los enviados de Tiempos del Sistema, haz que los lleven a la ciudad y regálale una botella de Flor Nocturna a cada uno. Cancela la cita con el fotógrafo, proporciónale una cámara fija y deja que tome… sesenta y cuatro fotos, e insiste en que necesita autorización completa para cada una. Quiero que alguien se encargue de buscar a Relstoch Sussepin y le diga que tiene una cita conmigo en mi apartamento dentro de dos horas. Oh, y…

Sma se quedó callada y se inclinó para tomar en sus manos el morro ahusado de uno de los gimoteantes hralzs que la rodeaban.

—Ya lo sé, Elegante, ya lo sé… —dijo mientras el animal se quejaba y le lamía la cara. Su vientre estaba mucho más abultado que el de los otros animales—. Quería estar aquí para ver nacer a tus bebés, pero me temo que no podrá ser… —Suspiró, rodeó al hralz con sus brazos y le alzó la cabeza con una mano—. ¿Qué me aconsejas, Elegante? Podría hacerte dormir hasta mi regreso y ni tan siquiera te enterarías de lo ocurrido, pero supongo que entonces tus amiguitos te echarían mucho de menos.

—Duérmeles a todos —sugirió la unidad.

Sma meneó la cabeza.

—Cuidad de ella hasta que regrese —dijo mirando a los otros hralzs—. ¿De acuerdo?

Depositó un beso en el hocico del animal y se incorporó. Elegante estornudó.

—Dos cosas más, unidad —dijo Sma abriéndose paso por entre el nervioso grupo de animales.

—¿De qué se trata?

—La primera es… No vuelvas a llamarme «Encanto», ¿de acuerdo?

—De acuerdo. ¿Cuál es la otra?

Dejaron atrás la masa reluciente de la turbina número seis, un monstruo que llevaba muchos años guardando silencio, y Sma se quedó inmóvil un momento observando a la multitud de invitados que tenía delante. Tragó una honda bocanada de aire e irguió los hombros. Dio un paso hacia el tumulto de la fiesta y sus labios empezaron a curvarse en una sonrisa casi automática.

—No quiero que el sustituto se acueste con nadie —dijo en voz baja mirando a la unidad.

—De acuerdo —replicó la unidad mientras iban hacia los invitados—. Después de todo… Bueno, en cierto sentido es tu cuerpo, así que me parece una petición muy razonable.

—Ahí es donde te equivocas, unidad —dijo Sma haciéndole una seña con la cabeza a un camarero que se apresuró a ir hacia ellos ofreciéndoles su bandeja llena de copas—. No es mi cuerpo, ¿entiendes?

* * *

Los vehículos aéreos de superficie flotaban alrededor de la antigua central de energía o se alejaban de ella. La gente importante ya se había marchado. Aún quedaban unos cuantos invitados, pero no la necesitaban. Estaba cansada, y ordenó a sus glándulas que produjeran un poco de «En forma» para animarse.

Salió al balcón sur de los apartamentos creados mediante la reconversión del antiguo bloque de oficinas de la central y contempló el valle y la hilera de luces que recorría toda la extensión del Camino del Río. Un vehículo aéreo pasó silbando sobre su cabeza, ascendió y acabó desapareciendo tras la línea curva en que terminaba la vieja presa. Sma lo fue siguiendo con la mirada hasta que se esfumó, se volvió hacia las puertas del apartamento, se quitó la chaquetilla y se la puso encima del hombro.

La música sonaba en algún lugar de la suntuosa suite que había debajo del jardín situado en el tejado, pero le dio la espalda y fue hacia el estudio. Skaffen-Amtiskaw la estaba esperando.

El sondeo necesario para obtener los datos que permitirían funcionar al sustituto sólo requirió un par de minutos. Sma salió de él con la mezcla de aturdimiento y desorientación habitual, pero se le pasó bastante deprisa. Se quitó los zapatos y fue por los pasillos sumidos en la penumbra dirigiéndose hacia el lugar del que procedía la música.

Relstoch Sussepin se levantó del sillón que había estado ocupando sin soltar la copa de Flor Nocturna que sostenía en una mano. El licor brillaba con un suave resplandor ambarino. Sma se quedó inmóvil en el umbral.

—Gracias por haberme esperado —dijo mientras dejaba caer la chaquetilla sobre un diván.

—Oh, no hace falta que me lo agradezcas. —Se llevó la copa de líquido ambarino a los labios, pareció cambiar de opinión y acabó acunándola con las dos manos sin haber tomado ni un sorbo—. ¿Qué…? Ah… ¿Había algo en particular que…?

Los labios de Sma se curvaron en una sonrisa levemente melancólica y apoyó las dos manos sobre los brazos del enorme sillón giratorio que tenía delante. Inclinó la cabeza y clavó la mirada en el cojín de cuero.

—Puede que me esté haciendo ilusiones —dijo—. Pero no tengo ganas de andarme con rodeos, así que… —Alzó los ojos hacia él—. ¿Quieres joder conmigo?

Relstoch Sussepin permaneció completamente inmóvil durante unos momentos. Después se llevó la copa a los labios, bebió lentamente una buena cantidad de licor y bajó la copa con mucha lentitud.

—Sí —dijo—. Sí. Lo deseé apenas…, apenas te vi.

—Sólo podremos estar juntos esta noche —dijo ella alzando una mano—. Sólo será esta noche, porque… Es difícil de explicar, pero a partir de mañana y durante medio año o puede que más tiempo…, me temo que estaré increíblemente ocupada. Será el tipo de ajetreo que… Bueno, será como si estuviese en dos lugares a la vez, ¿comprendes?

Relstoch se encogió de hombros.

—Claro. Lo que tú digas.

Sma se relajó y la sonrisa fue iluminando lentamente todo su rostro. Apartó el sillón giratorio, se quitó el brazalete que llevaba en la muñeca y lo dejó caer sobre el cojín de cuero. Después se desabrochó los botones del traje y se quedó inmóvil.

Relstoch Sussepin apuró su copa, la puso sobre un estante y fue hacia ella.

—Luces —murmuró Sma.

La intensidad de las luces empezó a disminuir apenas hubo pronunciado esa palabra, y un rato después el resplandor ambarino de las gotitas de líquido que habían quedado en el fondo de la copa era la única fuente de luz existente en toda la habitación.

XIII

—Despierta.

Despertó.

Estaba oscuro. Se estiró debajo de las mantas preguntándose quién le había ordenado que despertara. Nadie le hablaba en ese tono de voz…, ya no. Seguía estando medio dormido y la voz le había despertado cuando aún debía de faltar bastante para que amaneciera, pero eso no le había impedido darse cuenta de que su tono estaba impregnado de matices que llevaba veinte o quizá incluso treinta años sin oír. Impertinencia. Falta de respeto.

Apartó las sábanas que le cubrían la cabeza, sintió la cálida caricia del aire de la habitación y miró a su alrededor para averiguar quién había osado dirigirse a él de esa forma. Sólo había una luz encendida y la habitación se hallaba sumida en la penumbra. El miedo que se apoderó de él durante un instante —¿sería posible que alguien hubiera conseguido esquivar a los guardias y atravesar la pantalla de seguridad?— no tardó en ser sustituido por un furioso anhelo de averiguar quién había tenido la desfachatez de hablarle así.

El intruso estaba sentado en el sillón que había a los pies de la cama. Tenía un aspecto extraño, y su extrañeza resultaba… ¿Extraña? No se le ocurrió otra palabra mejor para definirla. Estaba envuelto en un aura indefinible y tan difícil de aprehender que apenas si parecía humano, y pensó que le recordaba a una proyección holográfica ligeramente desenfocada. Las ropas también resultaban bastante extrañas. Vestía un traje que le quedaba muy holgado y el colorido de la tela era tan chillón que resultaba visible incluso en la penumbra de la habitación. Iba vestido como un bufón o un payaso, pero su rostro de rasgos excesivamente simétricos estaba… ¿Ceñudo? ¿Serio? ¿O se trataba de una mueca despectiva? El aura que le envolvía hacía imposible identificar la emoción.

Alargó la mano para buscar sus gafas, pero lo que nublaba sus ojos era meramente el sueño. Los cirujanos le habían injertado un par de ojos nuevos hacía ya casi un lustro, pero sesenta años de miopía habían servido para grabar en lo más profundo de su ser la reacción maquinal de buscar unas gafas que habían dejado de estar allí cada vez que despertaba. Siempre había pensado que esa costumbre absurda era un precio muy pequeño a cambio del poder ver bien y ahora, con el nuevo tratamiento antivejez… Los últimos restos del sueño se fueron desvaneciendo. Se irguió en la cama, clavó la mirada en el desconocido y empezó a pensar que estaba soñando o que se enfrentaba a un fantasma.

El hombre parecía bastante joven. Tenía el rostro muy bronceado y su negra cabellera estaba recogida en una coleta, pero no era eso lo que le había hecho pensar en los muertos y los fantasmas. No, lo que había traído aquellos pensamientos era algo que acechaba en esos ojos oscuros hundidos en las cuencas y en la impresión de extrañeza indefinible que producía su rostro.

—Buenas noches, Etnarca.

El joven tenía una voz suave y mesurada, y hablaba muy despacio. Apenas la oyó pensó que parecía la voz de alguien mucho mayor, alguien lo bastante viejo para hacer que el Etnarca se sintiera repentinamente joven en comparación. Era una voz que daba escalofríos. Sus ojos recorrieron la habitación. ¿Quién era aquel hombre? ¿Cómo había entrado allí? Había guardias por todas partes, y se suponía que nadie podía entrar en el palacio sin su permiso. ¿Qué estaba ocurriendo? El miedo volvió a adueñarse de él.

La chica a la que había conocido la tarde anterior dormía en el otro extremo de la gran cama. Su cuerpo era un bulto informe tapado por las sábanas. La pared que había a la izquierda del Etnarca estaba ocupada por dos pantallas desactivadas que reflejaban la débil claridad de la lamparilla.

Estaba asustado, pero ya había logrado despabilarse y su mente había empezado a funcionar con la rapidez habitual. Había una pistola oculta en la cabecera de la cama. El hombre sentado a los pies de la cama no parecía estar armado (pero si no estaba armado… ¿qué hacía en su habitación?) y, de todas formas, el arma era un último recurso a utilizar sólo en caso de que se enfrentase a una situación realmente desesperada. Antes siempre estaba el código de voz. Los circuitos automáticos de los micrófonos y cámaras ocultos en la habitación sólo esperaban una frase prefijada para activarse. A veces deseaba intimidad, pero había momentos en los que quería disponer de una grabación a la que sólo él tendría acceso y, aparte de eso, el Etnarca siempre había sido consciente de que ni el mejor servicio de vigilancia del mundo podía eliminar del todo la posibilidad de que una persona no autorizada lograse entrar en su habitación.

Carraspeó para aclararse la garganta.

—Bien, bien… Qué sorpresa.

Su voz sonó tan tranquila y firme como de costumbre.

Se sintió tan complacido de sí mismo que no pudo evitar una leve sonrisa. Su corazón —el corazón que once años antes había pertenecido a una joven anarquista de constitución tan sana como atlética— latía un poco más deprisa de lo habitual, pero no lo bastante como para que debiera preocuparse.

—No cabe duda de que es toda una sorpresa —dijo mientras asentía con la cabeza.

Ya estaba. La alarma habría empezado a sonar en la sala de control del sótano y los guardias entrarían corriendo dentro de pocos segundos, aunque quizá prefirieran no correr riesgos y decidieran activar los cilindros de gas ocultos en el techo. La neblina que saldría de ellos haría que tanto el Etnarca como su visitante perdieran el conocimiento en una fracción de segundo. Tragó saliva y recordó que le habían advertido de que uno de los posibles efectos secundarios del gas era el peligro de que provocara una perforación de tímpanos, pero siempre podía conseguir un par nuevo de algún disidente joven y sano. Quizá ni tan siquiera fuese necesario recurrir a la cirugía. Se rumoreaba que el tratamiento antivejez había conseguido tales avances que podía acabar permitiendo la regeneración de órganos y miembros. Aun así, tener bien cubiertas las espaldas nunca estaba de más. La sensación de seguridad que le proporcionaban todas esas precauciones siempre le había resultado muy agradable.

—Bien, bien —se oyó decir, sólo por si los circuitos no habían captado bien el código—, no cabe duda de que es toda una sorpresa…

Los guardias llegarían en cualquier momento.

El joven vestido con aquellas ropas tan chillonas sonrió. Su espalda se movió en una ondulación bastante extraña y su cuerpo se inclinó hacia adelante hasta que los codos quedaron apoyados sobre las tallas que adornaban el pie de la cama. Sus labios se movieron para producir lo que quizá fuese una sonrisa. Metió la mano en un bolsillo de sus holgados pantalones negros y sacó de él una pistolita negra. Alzó el arma y apuntó con ella al Etnarca.

—Tu código no va a servirte de nada, Etnarca Kerian —dijo—. No habrá ninguna sorpresa que tú esperes y yo no. El centro de seguridad del sótano se encuentra tan muerto como todo lo demás.

El Etnarca Kerian clavó la mirada en aquella arma diminuta. Había visto pistolas de agua que tenían una apariencia más impresionante. «¿Qué está ocurriendo? ¿Ha venido a matarme?» El atuendo de aquel hombre no se parecía en nada al que cabía esperar de un asesino, y el Etnarca estaba seguro de que cualquier asesino mínimamente profesional se habría limitado a matarle mientras dormía. Cuanto más tiempo siguiera sentado en el sillón hablando más peligro corría, tanto si había cortado las conexiones con el centro de seguridad como si no lo había hecho. Quizá estuviera loco, pero lo más probable era que no fuese un asesino. Que un auténtico asesino profesional se comportara de esa forma era sencillamente ridículo, y sólo un asesino profesional extremadamente hábil y competente habría podido burlar el sistema de seguridad del palacio. Su corazón había empezado a latir mucho más deprisa, y el Etnarca Kerian intentó calmar la inesperada rebelión del órgano con aquellos razonamientos. ¿Dónde estaban los malditos guardias? Volvió a pensar en el arma oculta dentro de la cabecera que tenía a la espalda.

El joven cruzó los brazos delante del cuerpo y el cañón del arma dejó de apuntar al Etnarca.

—¿Te importa que te cuente una historia?

«Debe de estar loco…»

—No, no… ¿Por qué no me cuentas una historia? —replicó el Etnarca usando su tono más convincente de abuelo afable y jovial—. Por cierto… ¿cómo te llamas? Parece que me llevas ventaja en ese aspecto, ¿no crees?

—Sí, te llevo ventaja…, ¿verdad? —dijo la voz de anciano que brotaba de aquellos labios juveniles—. Bueno, en realidad se trata de dos historias, pero una de ellas ya la conoces. Las contaré al mismo tiempo, y espero que seas capaz de distinguir la una de la otra.

—Yo…

—Ssh —dijo el hombre, y se llevó la pistolita a los labios.

El Etnarca volvió la cabeza hacia la chica que dormía a su lado y se dio cuenta de que tanto él como el intruso habían estado hablando en voz muy baja. Si conseguía despertarla… Siempre había la posibilidad de que el intruso disparara primero contra ella, o quizá le distrajera lo suficiente para permitirle coger el arma guardada en el panel de la cabecera del lecho. El nuevo tratamiento le permitía moverse con una rapidez de la que había sido incapaz durante los últimos veinte años, pero aun así… Y ¿dónde se habían metido aquellos malditos guardias?

—¡Ya es suficiente, jovencito! —rugió—. ¡Quiero saber qué estás haciendo aquí! ¿Y bien?

Su voz —una voz capaz de hacerse oír en grandes salones y plazas sin necesidad de ningún medio de amplificación— creó ecos que resonaron por todo el dormitorio. Maldición, los guardias del centro de seguridad del sótano tendrían que haber podido oírle sin necesidad de micrófonos… La chica que dormía al otro lado de la cama no movió ni un músculo.

El joven sonreía.

—Todos están dormidos, Etnarca. Sólo quedamos tú y yo. Y ahora, la historia…

—¿Qué…? —El Etnarca Kerian tragó saliva y sus piernas se movieron debajo de las sábanas—. ¿Qué has venido a hacer aquí?

El intruso pareció levemente sorprendido.

—Oh… He venido a borrarte del mapa, Etnarca. Vas a ser eliminado. Y ahora…

Dejó el arma sobre el reborde del pie de la cama. El Etnarca clavó los ojos en ella. Estaba demasiado lejos para que pudiera cogerla, pero…

—La historia… —dijo el intruso, y se reclinó en su asiento—. Érase una vez, fuera del pozo de gravedad y muy muy lejos de él, había un país encantado que no conocía los reyes, el dinero, la propiedad o las leyes, pero donde todo el mundo vivía como un príncipe, era muy bien educado y no carecía de nada. Y esas personas vivían en paz, pero se aburrían, porque cuando se lleva mucho tiempo viviendo en él hasta el paraíso puede acabar resultando aburrido, y pensaron que hacer buenas obras sería una forma excelente de entretenerse. Decidieron hacer… Bueno, podría decirse que decidieron hacer visitas de caridad a quienes no eran tan afortunados como ellos, y siempre intentaban llevar consigo lo que consideraban el don más preciado de todos, el conocimiento y la información, y decidieron difundir ese don de la forma más amplia posible porque esas personas eran muy extrañas, ¿sabes? Eran tan extrañas que no podían soportar las jerarquías, y odiaban a los reyes y a todas las cosas que pueden oler a jerarquía…, incluso a los Etnarcas.

Los labios del joven se curvaron en una sonrisa casi imperceptible. El Etnarca le imitó. Se pasó la mano por la frente y cambió de posición en la cama como si intentara ponerse un poco más cómodo. Su corazón seguía latiendo a toda velocidad.

—Bien, el caso es que durante un tiempo una fuerza terrible amenazó con echar por tierra todo su programa de buenas obras, pero las personas de las que estoy hablando plantaron cara a esa fuerza y acabaron derrotándola, y salieron del conflicto siendo mucho más fuertes que antes y si no les hubiera importado tan poco el poder supongo que todos les habrían tenido un miedo terrible, pero eran tan raros que sólo se les tenía un poquito de miedo. Dada la inmensa escala en que se medía su poder eso era algo lógico e inevitable, ¿no te parece? Y una de las formas de utilizar ese poder que más les divertía era el interferir en sociedades que creían podían salir beneficiadas de la experiencia, y una de las formas más eficientes de llevar a cabo esa interferencia en la mayoría de sociedades es manipular a las personas que ocupan los puestos de mando.

»Muchos de ellos se convirtieron en médicos de los grandes líderes, y utilizaron las medicinas y los tratamientos que podían parecer cosa de magia a las civilizaciones comparativamente primitivas con las que estaban tratando, para asegurarse de que un líder beneficioso para su sociedad tuviera más posibilidades de sobrevivir. Es su sistema de interferencia preferido, ¿comprendes? Prefieren ofrecer vida a repartir muerte. Supongo que se les podría considerar blandos porque no les gusta nada matar, y puede que hasta ellos mismos estuvieran de acuerdo con esa descripción, pero su blandura es la misma que la del océano y… Bueno, pregúntale a cualquier capitán de barco lo inofensivo que puede llegar a ser el océano.

—Sí, comprendo —dijo el Etnarca.

Retrocedió unos centímetros y colocó una almohada detrás de su espalda mientras comprobaba disimuladamente cuál era su posición actual en relación al trozo de cabecera en el que estaba disimulado el panel que ocultaba el arma. El corazón le palpitaba enloquecidamente dentro del pecho.

—Y hacen muchas cosas más aparte de eso. Otro de los sistemas que utilizan para regalar vida en vez de repartir muerte es muy sutil. Se ponen en contacto con los líderes de ciertas sociedades que se encuentran por debajo de cierto nivel tecnológico, y les ofrecen lo único que esos líderes no pueden conseguir pese a toda la riqueza y el poder que han ido acumulando en sus manos… ¿Qué les ofrecen, me preguntarás? Pues les ofrecen una cura para la muerte y la recuperación de la juventud que han perdido.

El Etnarca clavó los ojos en el joven. Estaba empezando a sentirse más intrigado que aterrorizado, y se preguntó si se referiría al tratamiento antivejez.

—Ah… Veo que las piezas del rompecabezas van encajando en su sitio, ¿verdad? —El joven sonrió—. Bien… Has acertado, Etnarca Kerian. Esa cura de la que te acabo de hablar no es otra que el tratamiento al que te has estado sometiendo y que has estado pagando el año pasado y lo que llevamos de éste. Quizá recuerdes que prometiste pagar con algo más que platino… Supongo que recuerdas tu promesa, ¿no?

—Yo… No e-estoy se-seguro —tartamudeó el Etnarca Kerian intentando ganar algo de tiempo.

Si miraba por el rabillo del ojo podía ver el panel detrás del que estaba oculta el arma.

—¿Acaso no recuerdas que prometiste poner fin a las matanzas del Youricam?

—Quizá dije que revisaría nuestra política de segregación y traslados en…

—No —le interrumpió el joven agitando una mano—. Estoy hablando de las matanzas, Etnarca. Los trenes de la muerte, ¿recuerdas? Esos trenes donde los gases y humos de los motores acaban saliendo del último vagón… —Los labios del joven se fruncieron en una mueca sardónica y meneó la cabeza—. ¿No he conseguido refrescarte la memoria? ¿Estás seguro?

—No tengo ni la más mínima idea de qué estás hablando —dijo el Etnarca.

Las palmas de sus manos habían quedado cubiertas por una capa de sudor frío y viscoso. El Etnarca las pasó sobre la colcha para limpiárselas. Si conseguía llegar hasta el arma y cogerla quería estar seguro de que el sudor no haría que la culata se le escurriera de entre los dedos. El arma del intruso seguía allí donde la había dejado.

—Oh, pues yo creo que sí la tienes… De hecho, estoy seguro de ello.

—Si algún miembro de las fuerzas de seguridad ha cometido excesos se llevará a cabo una investigación lo más concienzuda posible que…

—Vamos, Etnarca… Recuerda que esto no es una conferencia de prensa.

El joven volvió a reclinarse en el asiento y sus manos se alejaron unos cuantos centímetros más del arma. El Etnarca tensó los músculos y sintió los temblores que recorrieron su cuerpo.

—Hiciste un trato y no lo has cumplido, y he venido a poner en vigor la cláusula de penalización. Fuiste advertido, Etnarca. Lo que se da también puede ser arrebatado. —El intruso se reclinó un poquito más en el sillón, recorrió el dormitorio sumido en la penumbra con los ojos y acabó clavando la mirada en el Etnarca. Cruzó las manos detrás de la cabeza y asintió lentamente—. Despídete de todo esto, Etnarca Kerian. Vas a…

El Etnarca giró rápidamente sobre sí mismo, golpeó el panel con un codo y toda una parte de la cabecera se alzó revelando un hueco. Arrancó el arma de sus soportes, volvió a girar y apuntó al intruso con ella. Su dedo encontró el gatillo y tiró de él.

No ocurrió nada. El joven siguió observándole con las manos detrás de la cabeza, meciéndose lentamente hacia adelante y hacia atrás en el asiento.

El dedo del Etnarca tiró del gatillo unas cuantas veces más.

—Funciona mucho mejor cuando está cargada —dijo el joven.

Metió la mano en uno de los bolsillos de su camisa y arrojó una docena de balas sobre la cama junto a los pies del Etnarca.

Las balas rodaron sobre sí mismas con un tintineo metálico y acabaron quedando inmóviles en un pliegue de la colcha reflejando la débil luz de la lamparilla. El Etnarca Kerian las observó en silencio.

—Te daré lo que quieras —dijo con voz pastosa. Notó que sus esfínteres empezaban a relajarse y tensó desesperadamente los músculos que los controlaban. Era como si hubiera vuelto a la infancia, como si el tratamiento antivejez le hubiera hecho retroceder en el tiempo mucho más de lo previsto—. Cualquier cosa, lo que tú quieras. Puedo darte más de lo que nunca hayas soñado. Puedo…

—No me interesa —dijo el joven meneando la cabeza—. La historia aún no ha terminado. Verás, esas personas tan bondadosas y educadas de las que te he estado hablando, esas personas tan blandas que prefieren regalar vida a repartir muerte… Cuando alguien no cumple su parte del trato que ha hecho con ellas, cuando hace algo tan feo como seguir matando pese a haber prometido que dejaría de hacerlo, ellas… Bueno, la idea de pagar con la misma moneda sigue sin gustarles. Prefieren usar su magia y su preciosa compasión, y aplican el mejor remedio existente después de la muerte. Y la gente que no ha cumplido sus promesas desaparece.

El intruso volvió a inclinarse hacia adelante y apoyó las manos en la cama. El Etnarca le contempló sin decir nada. Todo su cuerpo temblaba.

—Esas personas tan maravillosas hacen desaparecer a la gente mala —dijo el joven—. Y utilizan a personas como yo para que se encarguen de llevarse a esa gente mala. Y esas personas que se encargan de llevarse a la gente mala…, bueno, les gusta asustar a quienes no han cumplido su palabra, y tienden a vestir… —movió la mano señalando su abigarrado atuendo— ropas bastante informales; y, naturalmente, jamás tienen el más mínimo problema para entrar en un palacio por muy bien guardado que esté. La magia les permite entrar donde les dé la gana, ¿comprendes?

El Etnarca tragó saliva y logró controlar los temblores de su mano lo suficiente para que dejara caer el arma inútil que seguía sosteniendo entre los dedos.

—Espera —dijo intentando que no se le quebrara la voz. El sudor que brotaba de su cuerpo estaba empezando a empapar las sábanas—. ¿Me estás diciendo que…?

—Ya casi hemos llegado al final de la historia —le interrumpió el joven—. Esas personas tan agradables a las que tú calificarías de blandas borran del mapa a la gente mala, ¿comprendes? Se la llevan muy lejos, a un sitio en el que ya no pueden hacer ningún daño. No es un paraíso, pero tampoco es una prisión. Y puede que esa gente mala tenga que escuchar de vez en cuando como las personas tan agradables de las que te estoy hablando les explican con todo detalle lo mal que se han portado y ya nunca vuelven a tener la posibilidad de alterar el curso de la historia, pero llevan una existencia sana y provista de todas las comodidades y mueren pacíficamente en su cama…, todo gracias a las personas bondadosas y agradables.

»Y aunque algunos quizá puedan opinar que esas personas bondadosas y agradables son demasiado blandas, ellas están convencidas de que los crímenes cometidos por la gente mala son tan horribles que no se conoce ninguna forma de hacer que la gente mala sufra ni tan siquiera una millonésima parte de la agonía y la desesperación que han infligido a otros, así que castigarla no serviría de nada. El castigo sólo sería otra obscenidad que coronaría la vida del tirano con su muerte. —El joven puso cara de preocupación y acabó encogiéndose de hombros—. En fin… Ya te he dicho que algunas personas considerarían que son demasiado blandas.

Cogió la pistolita negra y se la guardó en un bolsillo de los pantalones.

Después se puso en pie muy despacio. El corazón del Etnarca seguía latiendo muy deprisa, y se dio cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas.

El joven se inclinó junto a la cama, cogió la ropa que había en el suelo y se la arrojó. El Etnarca la pilló al vuelo y la sostuvo delante de su pecho.

—La oferta que te hice antes sigue en pie —dijo el Etnarca Kerian—. Puedo darte…

—La satisfacción de un trabajo bien hecho. —El joven suspiró mientras se contemplaba atentamente las uñas de una mano—. Eso es lo único que puedes darme, Etnarca. No hay ninguna otra cosa que me interese. Vístete. Vas a hacer un viaje.

El Etnarca empezó a ponerse la camisa.

—¿Estás seguro? Creo que he inventado unos cuantos vicios nuevos que no eran conocidos ni tan siquiera en el viejo Imperio. Estaría dispuesto a compartirlos contigo si…

—No, gracias.

—¿Quiénes son esas personas de las que me has hablado? —El Etnarca se abrochó los botones de la camisa—. Y… ¿Puedo saber sus nombres?

—Limítate a vestirte.

—Bueno, sigo pensando que podríamos llegar a alguna clase de acuerdo. —El Etnarca se abrochó el cuello de la camisa—. Y la verdad es que todo esto resulta francamente ridículo, pero supongo que debería agradecerles el que no seas un asesino, ¿eh?

El joven sonrió, pareció quitarse algo de debajo de una uña y se metió las manos en los bolsillos del pantalón. El Etnarca apartó las sábanas de una patada y cogió sus pantalones.

—Sí —dijo el joven—. Pensar que vas a morir dentro de unos segundos debe de ser una experiencia bastante horrible.

—Las hay mucho más agradables —dijo el Etnarca mientras empezaba a ponerse los pantalones.

—Pero supongo que cuando descubres que no vas a morir debes sentir un alivio inmenso, ¿no?

—Hmmm.

El Etnarca dejó escapar una risita ahogada.

—Debe de ser algo parecido a lo que se siente cuando te sacan de tu aldea y estás convencido de que te van a fusilar… —dijo el joven con voz pensativa mientras observaba al Etnarca desde los pies de la cama—, y luego te dicen que no te ocurrirá nada peor que el ser llevado a otro sitio.

Sonrió. El Etnarca se quedó inmóvil.

—Te explican que el desplazamiento se hará por tren —dijo el joven, y sacó la pistolita negra del bolsillo de sus pantalones—. Te cuentan que viajarás en un tren que contiene a toda tu familia; tu calle; tu aldea entera…

El joven hizo girar un dial casi invisible incrustado en la culata de la pistolita negra.

—Y al final del trayecto resulta que el tren sólo contiene los gases del motor y montones de cadáveres. —Volvió a sonreír—. ¿Qué opinas, Etnarca Kerian? ¿Es algo parecido a lo que se debe de sentir en ese caso?

El Etnarca seguía sin mover un músculo y sus ojos no se apartaban del arma.

—Esas personas tan agradables viven en una sociedad a la que llaman la Cultura —le explicó el joven—. Y, personalmente, siempre me ha parecído que eran demasiado blandas… —Extendió el brazo que sostenía el arma—. Ya hace algún tiempo que dejé de trabajar para ellas. Ahora trabajo por mi cuenta.

El Etnarca contempló el par de ojos oscuros y carentes de edad que le observaban sin parpadear unos centímetros por encima del cañón de la pistolita negra. Movió los labios, pero se había quedado sin voz.

—Yo me llamo Cheradenine Zakalwe —siguió diciendo el joven. Alzó el arma hasta que el cañón quedó a la altura de la nariz del Etnarca—. Y tú…, tú ya no necesitas ningún nombre.

Disparó.

El Etnarca había echado la cabeza hacia atrás y se disponía a gritar. El proyectil le atravesó el paladar y acabó explotando dentro de su cráneo.

El cerebro del Etnarca se esparció sobre las tallas que cubrían la cabecera de la cama. El cuerpo se desplomó sobre las sábanas suaves como la piel de un bebé y se convulsionó manchándolas de sangre. Después se quedó inmóvil.

* * *

Contempló los charcos de sangre que se iban haciendo más grandes a cada momento que pasaba. Parpadeó un par de veces.

Empezó a quitarse la ropa de colores chillones moviéndose sin ninguna prisa y la metió en una mochila negra. El traje de una sola pieza que llevaba debajo era tan oscuro que parecía negro.

Cogió la máscara de camuflaje que había dentro de la mochila y se la puso alrededor del cuello, aunque no se la ajustó a la cara. Fue hasta la cabecera de la cama, arrancó el diminuto parche transparente que había pegado en el cuello de la chica dormida y retrocedió hacia las oscuras profundidades del dormitorio colocándose la máscara sobre la cara mientras se movía.

Activó la visión nocturna de la máscara, abrió el panel que daba acceso a la unidad de control del sistema de seguridad y quitó varias cajitas adheridas a ella. Después fue hacia el cuadro de tema pornográfico que ocupaba toda la pared detrás de la que estaba oculta la entrada al pasadizo secreto para que el Etnarca pudiera huir en casos de emergencia, y que llevaba hasta las alcantarillas y el tejado del palacio. Sus movimientos seguían siendo tan lentos y despreocupados como antes, y no hacía ningún ruido.

Antes de cerrar la puerta giró sobré sí mismo y contempló la sangre esparcida sobre las tallas de la cabecera. La sonrisa débil y algo vacilante volvió a curvar sus labios.

Después se perdió en la negrura de los subterráneos de piedra del palacio, confundiéndose con las tinieblas y desvaneciéndose como si fuera un pedazo de noche que hubiese cobrado vida.

2

La presa estaba incrustada entre las colinas tachonadas de árboles como si fuera un fragmento de una copa gigantesca que se había hecho pedazos. El sol de la mañana iluminaba el valle y sus rayos caían sobre la concavidad grisácea de la presa produciendo un cegador reflejo blanco. Detrás de la presa se extendían las oscuras y frías aguas de un lago cuyo nivel había bajado bastante desde la época en que fue construida la presa. El agua sólo llegaba hasta un poco menos de la mitad del inmenso baluarte de cemento, y los bosques circundantes ya habían reclamado más de la mitad de las pendientes que quedaron ocultas por las aguas del embalse en tiempos lejanos. Las embarcaciones de vela amarradas a los muelles formaban una hilera de cuentas a un lado del lago, y las olitas se estrellaban contra el metal reluciente de sus cascos.

Los pájaros hendían el aire trazando círculos en el calor del sol que reinaba sobre la sombra de la presa. Uno de ellos se dejó caer en picado y planeó hacia la presa y la carretera desierta que se deslizaba a lo largo de su curvatura. El pájaro movió las alas cuando parecía que iba a estrellarse contra las barandillas blancas que flanqueaban la carretera; pasó velozmente por entre las compuertas cubiertas de rocío, ejecutó un medio rizo, desplegó las alas y se precipitó hacia la central energética abandonada que se había convertido en el considerablemente excéntrico —y, aparte de ello, deliberadamente simbólico— hogar de la mujer llamada Diziet Sma.

El pájaro siguió bajando a toda velocidad hasta colocarse al nivel del jardín que cubría el tejado, extendió las alas hasta el máximo de su longitud y las movió en un tembloroso batir que hizo presa en el aire y terminó dejándole inmóvil. Sus patas se posaron en un alféizar del último piso de lo que había sido el bloque de oficinas y administración de la presa.

El pájaro pegó las alas al cuerpo, inclinó su cabeza oscura como el hollín a un lado y avanzó dando saltitos hasta llegar a la ventana abierta en la que revoloteaban unas cortinas rojas movidas por la brisa. Un ojo parecido a una cuenta de vidrio reflejaba la luz que irradiaba del cemento. El pájaro metió la cabeza bajo los pliegues de la tela que no paraba de ondular, y contempló la habitación sumida en la penumbra que se extendía al otro lado de la ventana.

—Llegas tarde —murmuró Sma con voz despectiva.

La casualidad había querido que pasara junto a la ventana en ese mismo instante. Tomó un sorbo del vaso de agua que llevaba en la mano. Acababa de darse una ducha, y las gotitas parecían perlas esparcidas al azar sobre su cuerpo moreno.

La cabeza del pájaro se volvió lentamente para ir siguiendo sus movimientos. Sma fue hasta el armario y empezó a vestirse. El pájaro volvió la cabeza en sentido contrario al anterior y sus ojos acabaron posándose en el hombre que estaba suspendido a algo menos de un metro sobre la base cuadrada que contenía los sistemas de la cama. El pálido cuerpo de Relstoch Sussepin se removió entre la calina del campo antigravitatorio emitido por la cama y rodó lentamente sobre sí mismo hasta quedar de lado. Sus brazos empezaron a deslizarse hacia los lados, pero el campo equilibrador de su lado de la cama se activó, tiró de ellos y los fue impulsando suavemente hasta dejarlos nuevamente pegados al cuerpo. Sma hizo unas cuantas gárgaras y tragó un sorbo de agua.

Skaffen-Amtiskaw se encontraba a cincuenta metros de distancia en dirección este. La unidad estaba flotando sobre el suelo de la sala de turbinas inspeccionando el desorden dejado por la fiesta. La parte de su mente que controlaba al sensor guardián disfrazado de pájaro echó un último vistazo a la telaraña de arañazos que cubría las nalgas de Sussepin y a las ya casi invisibles marcas de mordiscos que había en los hombros de Sma (un segundo después los hombros quedaron cubiertos por una camisa de muselina) y liberó al sensor guardián de su control.

El pájaro lanzó un graznido, saltó hacia atrás apartándose de la cortina y cayó del alféizar estremeciéndose, pero no tardó en desplegar las alas y dejó atrás la reluciente superficie de la presa. Sus estridentes chillidos de alarma rebotaron en las laderas de cemento y crearon ecos que le pusieron aún más nervioso de lo que ya estaba. Sma oyó aquella distante conmoción de temor retroalimentado cuando estaba abotonándose el chaleco, y sonrió.

* * *

—¿Has dormido bien? —preguntó Skaffen-Amtiskaw cuando se encontró con ella en la entrada de lo que había sido el edificio administrativo.

—He pasado una noche soberbia y no he pegado ojo.

Sma bostezó, ahuyentó con un gesto de la mano a los gimoteantes hralzs y les hizo retroceder hacia el vestíbulo de mármol del edificio donde el mayordomo Maikril permanecía inmóvil, sosteniendo un montón de correas en una mano con cara de sentirse bastante a disgusto. Después salió a la luz del sol y se puso los guantes. La unidad le abrió la puerta del vehículo. Sma llenó sus pulmones con el fresco aire matinal y bajó corriendo los peldaños. Los tacones de sus botas repiquetearon sobre las losas de mármol. Subió de un salto al vehículo, torció el gesto mientras se instalaba en el asiento del conductor y accionó el interruptor que controlaba la capota. La unidad se encargó de colocar su equipaje dentro del maletero. Sma dio unos golpecitos sobre los indicadores de batería del salpicadero y tiró del acelerador para sentir el gruñido del motor luchando contra el freno. La unidad cerró el maletero y flotó hacia el asiento de atrás. Sma saludó con la mano a Maikril, pero el mayordomo estaba persiguiendo a un hralz que intentaba huir por el tramo de escalones que daba acceso a la sala de turbinas y no se enteró. Sma rió, dio gas y quitó el freno.

El vehículo salió disparado hacia adelante entre un surtidor de gravilla, se metió por el camino que se extendía debajo de los árboles esquivando un tronco por escasos centímetros, y cruzó a toda velocidad los pilares de granito que sostenían las puertas de la central con un último bandazo de su parte trasera. Sma aumentó la velocidad y el vehículo se alejó por Riverside Drive.

—Podríamos haber ido volando —observó la unidad intentando hacerse oír por encima del silbido del aire.

Miró a Sma y sospechó que no le estaba prestando ninguna atención.

* * *

Bajó la escalera de piedra que había junto al muro del castillo pensando que la semántica de las fortificaciones era claramente pancultural. Alzó los ojos hacia el baluarte en forma de tambor. La calina hacía temblar los distantes contornos de la masa de piedra erguida sobre la colina protegida por varios recintos de murallas más. Sma cruzó la extensión de hierba seguida de cerca por Skaffen-Amtiskaw y salió del baluarte por una poterna.

El paisaje que se extendía ante ella terminaba en el nuevo puerto y los estrechos, donde los barcos se deslizaban en silencio bajo los rayos de sol siguiendo rumbos que les llevarían al océano o al mar interior. Bastaba con ir al otro lado del complejo de fortificaciones para oír el gruñido lejano con el que la ciudad revelaba su presencia, y la suave brisa que soplaba de esa dirección traía consigo su olor. Sma había pasado tres años allí y para ella el laberinto de edificios y calles siempre sería la Ciudad, pero suponía que cada ciudad tenía su olor.

Diziet Sma tomó asiento sobre la hierba, alzó las rodillas hasta que entraron en contacto con su mentón y contempló los estrechos y los puentes colgantes de la orilla más lejana que permitían acceder al subcontinente.

—¿Alguna cosa más? —preguntó la unidad.

—Sí. Habla con el comité de la Academia y diles que no podré formar parte del jurado…, y envía una carta pidiendo disculpas y algo más de tiempo a Petrain. —Frunció el ceño y se puso una mano sobre los ojos para protegerlos de los rayos del sol—. Me parece que eso es todo.

La unidad se colocó delante de Sma, arrancó una florecita y empezó a juguetear con ella.

—El Xenófobo acaba de entrar en el sistema —dijo.

—Qué gran noticia —replicó Sma con voz malhumorada.

Se lamió la yema de un dedo y lo pasó por la puntera de una bota para quitarle una motita de polvo.

—Y ese joven con el que compartiste tu cama acaba de despertar y le está preguntando a Maikril dónde te has metido.

Sma no dijo nada, aunque sonrió y sus hombros se estremecieron de forma casi imperceptible. Se acostó sobre la hierba pasando un brazo detrás de la nuca.

El cielo era de un color azul aguamarina manchado por las pinceladas blancas de las nubes. Podía oler el perfume de la hierba y el aroma de las florecitas que había aplastado con los pies. Inclinó la cabeza hacia atrás, contempló la muralla negra y gris que se alzaba a su espalda y se preguntó si la dilatada existencia del castillo habría conocido un ataque llevado a cabo en un día tan hermoso como éste, y se distrajo pensando si el cielo parecería tan ilimitado y las aguas de los estrechos tan frescas y límpidas en una situación semejante. No estaba segura, pero tenía la impresión de que cuando los hombres luchaban unos con otros tambaleándose y gritando para acabar cayendo al suelo mientras veían como el rojo de su sangre manchaba la hierba, hasta las flores debían perder una parte de su colorido y su perfume.

La niebla y la oscuridad de la lluvia y las nubes pegadas al suelo parecían ser el mejor telón de fondo para una batalla. Sma pensó que eran el único ropaje capaz de ocultar el vergonzoso espectáculo de la guerra.

Se estiró sintiéndose repentina e inexplicablemente cansada, y el fugaz recuerdo de lo que había ocurrido anoche la hizo estremecer, y fue como si tuviera en su mano un tesoro precioso que se le escurría inexorablemente de entre los dedos pero que éstos lograban coger antes de que cayera al suelo gracias a un milagro de destreza y velocidad. Una parte de su ser logró volver a capturar aquel recuerdo evanescente que estaba a punto de perderse en el confuso tumulto de su cerebro. Ordenó a sus glándulas que produjeran un poco de «Recuerda» y lo atrapó, saboreándolo y volviendo a experimentarlo hasta que sintió que su cuerpo se estremecía bajo la luz del sol, y faltó poco para que se le escapara un gemido ahogado.

Permitió que el recuerdo se escurriera definitivamente entre los dedos de su mente, tosió y se incorporó lanzando una rápida mirada de soslayo a la unidad para averiguar si ésta se había dado cuenta de lo ocurrido.

Skaffen-Amtiskaw se encontraba muy cerca de ella, pero parecía absorto en la recolección de florecillas silvestres.

Un grupo de niños que supuso serían escolares apareció por el sendero que llevaba a la estación del metro parloteando y gritando mientras se dirigían hacia la poterna. La ruidosa columna iba precedida y seguida por adultos cuyos rostros mostraban esa peculiar mezcla de cautela, cansancio y calma típica de los maestros y las madres de familia numerosa. Cuando pasaron junto a la unidad algunos niños la señalaron con el dedo, se rieron e hicieron preguntas a los adultos, pero éstos se apresuraron a hacerles cruzar el angosto umbral y las vocecitas chillonas no tardaron en esfumarse.

Sma se había dado cuenta de que sólo los niños reaccionaban de esa forma. Los adultos se limitaban a suponer que esa máquina aparentemente capaz de flotar en el vacío era un truco que no merecía su atención, pero los niños querían averiguar cuál era la naturaleza exacta del truco. Algunos científicos e ingenieros también se habían sorprendido mucho al verla, pero Sma suponía que uno de los lugares comunes adheridos a esas profesiones tan poco prácticas era el que nadie les creyera cuando insinuaban que allí ocurría algo raro. La unidad flotaba en el aire porque era capaz de generar un campo antigravitatorio, y su presencia en esta sociedad era tan inexplicable y chocante como la de una linterna en la Edad de Piedra, pero Sma se había sorprendido al descubrir lo decepcionantemente fácil que resultaba conseguir que nadie le prestara atención.

—Las naves acaban de llegar al punto de cita —dijo la unidad—. Han optado por una transferencia física del sustituto en vez de limitarse a utilizar el campo de desplazamiento.

Sma rió, arrancó un tallo de hierba y empezó a chuparlo.

—Parece que la vieja Sólo es una prueba no confía mucho en sus sistemas, ¿eh?

—Si quieres saber mi opinión, creo que chochea —dijo la unidad con una mezcla de irritación y altivez.

Estaba haciendo agujeros en los tallos delgados como pelos de las flores que había arrancado del suelo y los iba entrelazando unos con otros para crear una guirnalda.

Sma observó a la máquina mientras manipulaba esas florecitas con sus campos invisibles tan diestramente como la encajera que hace surgir un delicado dibujo de la nada.

La unidad no siempre se comportaba de una forma tan refinada.

* * *

La mente de Sma volvió al pasado, a unos veinte años atrás. Estaba en un planeta situado en una parte de la galaxia muy alejada de ésta, sobre el lecho de un mar seco condenado a una eternidad de ser azotado por el aullido de los vientos, y había buscado el refugio de la meseta que en tiempos fue una isla perdida dentro de la extensión de polvo que había sido el fondo de un mar. Se alojó en un pueblecito fronterizo situado al final de la línea de ferrocarril y empezó a hacer los preparativos para conseguir las monturas que le permitirían aventurarse en las profundidades del desierto y buscar al nuevo mesías.

Los jinetes entraron en la plaza al anochecer y fueron a la posada para llevársela con ellos. Habían oído comentarios sobre el extraño color de su piel y pensaban que bastaría para que les pagaran un buen precio por la forastera.

El posadero cometió el error de intentar razonar con ellos y acabó clavado en su propia puerta con una espada a través del estómago. Sus hijas lloraron por él antes de que se las llevaran.

Sma se apartó de la ventana intentando contener las náuseas y oyó el atronar de las botas sobre los peldaños de madera. Skaffen-Amtiskaw estaba cerca de la puerta. La unidad volvió su banda sensora hacia ella. Parecía muy tranquila, como si los gritos que llegaban de la plaza y de algún lugar de la posada no la afectaran en lo más mínimo. Alguien golpeó la puerta de su habitación y los puñetazos hicieron temblar el suelo creando nubéculas de polvo. Sma clavó los ojos en la puerta. Se había quedado sin estratagemas.

Se volvió hacia la unidad.

—Haz algo —murmuró tragando saliva.

—Será un placer —respondió Skaffen-Amtiskaw.

La puerta se abrió de golpe y se estrelló contra la pared de barro cocido. Sma se encogió sobre sí misma. Dos hombres vestidos con capas negras aparecieron en el umbral. Sma podía oler las vaharadas de pestilencia que brotaban de sus cuerpos. Uno de ellos dio un paso hacia adelante con la espada en una mano y la cuerda en la otra sin fijarse en la unidad que tenía al lado.

—Disculpe —dijo Skaffen-Amtiskaw.

El hombre lanzó una rápida mirada de soslayo a la máquina y siguió avanzando hacia Sma.

Y un instante después el hombre ya no estaba allí, y la habitación se llenó de polvo, y Sma sintió que le zumbaban los oídos, y las pellas de barro y los trocitos de papel cayeron lentamente del techo y revolotearon perezosamente por el aire. Sma volvió la cabeza hacia la pared y vio el interior de la habitación contigua a través del agujero situado al final de la recta imaginaria que había unido a Skaffen-Amtiskaw, el hombre y la pared. La unidad no se había movido ni un centímetro de su posición original, y Sma pensó que aquello era un desafío imposible a la ley de la acción y la reacción. Una mujer gritó histéricamente en la habitación de al lado. Sma volvió a contemplar el agujero y vio los restos del hombre incrustados en la pared sobre la cabecera de su cama. Había sangre por todas partes. El techo, el suelo, las paredes, la mujer…

El otro hombre entró a toda velocidad en la habitación, alzó un arma de cañón increíblemente largo y disparó a quemarropa contra la unidad. La bala se detuvo a un centímetro del morro de la unidad, se convirtió en un disco metálico que parecía una moneda y cayó al suelo con un clunk casi inaudible. El hombre desenvainó su espada y la hizo girar en un solo movimiento velocísimo. La hoja atravesó las nubes de polvo y humo, chocó con el campo rojizo que surgió de la nada a escasos centímetros de la unidad y se partió limpiamente en dos. Un segundo campo envolvió al hombre y le levantó del suelo.

Sma estaba encogida en un rincón con la boca llena de polvo y las manos sobre las orejas, y los gritos enloquecidos que oía eran los suyos.

El hombre se debatió frenéticamente en el centro de la habitación durante un segundo y se convirtió en una mancha borrosa que giraba sobre la cabeza de Sma. Hubo otro estruendo ensordecedor y Sma vio aparecer un nuevo agujero, ahora en el techo y muy cerca de la ventana que daba a la plaza. Los tablones del suelo vibraron y las nubes de polvo la hicieron toser.

—¡Basta! —gritó.

El trozo de pared que había encima del primer agujero empezó a agrietarse, el techo crujió y se fue abombando entre un diluvio de paja y pellas de barro. Sma tenía la boca y la nariz tan llenas de polvo que apenas podía respirar, pero logró ponerse en pie. La necesidad de aire se había vuelto tan desesperada que estuvo a punto de arrojarse por la ventana.

—Basta —graznó, tosiendo y escupiendo polvo.

La unidad fue hacia ella, le quitó el polvo de la cara con un campo y sostuvo el techo con una esbelta columna de energía. Los dos campos tenían un color rojo oscuro. La unidad parecía muy satisfecha de sí misma.

—Vamos, vamos… —dijo Skaffen-Amtiskaw mientras le daba palmadas en la cabeza con un campo.

Sma se asomó a la ventana para toser y balbucear sonidos ininteligibles. Sus ojos se posaron en la plaza que había debajo y el horror volvió a adueñarse de ella.

El cuerpo del segundo hombre yacía entre los jinetes convertido en un saco rojizo sobre el que flotaba una nube de polvo. Algo vibró junto al hombro de Sma y salió disparado hacia el grupo de hombres que seguían con los ojos clavados en la ventana. Todo ocurrió a tal velocidad que ni tan siquiera pudieron desenvainar sus espadas, y las hijas del posadero —sus captores las habían atado y colocado sobre dos de sus monturas— no tuvieron tiempo de comprender qué era aquella masa casi irreconocible que había aparecido en el suelo delante de ellas, por lo que transcurrieron unos segundos antes de que volvieran a gritar.

Un guerrero lanzó un rugido gutural, alzó su espada y corrió hacia la puerta de la posada.

Sólo consiguió dar dos pasos. Cuando el proyectil cuchillo pasó junto a él con los campos desplegados el rugido aún seguía brotando de sus labios.

Un campo le separó la cabeza de los hombros. El rugido se convirtió en un susurro ahogado curiosamente parecido al del viento y terminó en un gorgoteo que fue muriendo en la tráquea repentinamente dejada al descubierto. El cuerpo se desplomó sobre el polvo.

El proyectil cuchillo podía moverse más deprisa que cualquier ave o insecto, y era capaz de girar en ángulos imposibles para un ser vivo. El círculo casi invisible que trazó encerraba a la mayor parte de los jinetes, y fue acompañado por una especie de extraño tartamudeo.

Siete jinetes —cinco iban a pie, los otros dos aún no habían desmontado— se derrumbaron sobre el polvo convertidos en catorce fragmentos pulcramente delimitados. Sma intentó volver la cabeza hacia la unidad para ordenarle que detuviera el proyectil, pero las toses que seguían desgarrándole el pecho se convirtieron en arcadas. La unidad empezó a darle palmaditas en la espalda.

—Vamos, vamos… —dijo Skaffen-Amtiskaw con cierta preocupación.

Las dos hijas del posadero resbalaron lentamente de las monturas a las que habían estado atadas. El mismo círculo mortífero que había acabado con las vidas de los siete jinetes había cortado sus cuerdas. La unidad expresó su satisfacción con un temblor casi imperceptible.

Un hombre dejó caer su espada y echó a correr. El proyectil cuchillo le atravesó girando sobre sí mismo como un destello rojizo moviéndose a lo largo de un gancho, y terminó la trayectoria cercenando los cuellos de los dos jinetes que seguían en pie. La montura del último superviviente se encabritó delante del proyectil enseñándole los colmillos y amenazándole con las garras de las patas delanteras fuera de sus fundas. La diminuta máquina atravesó el cuello del animal y se incrustó en el rostro de su jinete.

El proyectil se detuvo después de haber recorrido un par de metros más mientras el cuerpo sin cabeza del jinete se deslizaba de la grupa de su tembloroso animal unos segundos antes de que éste cayera al suelo. El proyectil cuchillo giró lentamente sobre sí mismo como si revisara todo el trabajo que había hecho en tan pocos segundos y se dirigió hacia la ventana.

Las hijas del posadero se habían desmayado.

Sma estaba vomitando.

Las monturas enloquecidas saltaban, corrían y aullaban en el patio. Dos de ellas aún arrastraban consigo fragmentos de sus jinetes.

El proyectil cuchillo se lanzó hacia abajo y atravesó la cabeza de una montura frenética cuando estaba a punto de pisotear a las dos chicas, que seguían inmóviles sobre el polvo. Después proyectó un campo que recogió a las dos chicas y las llevó hasta la puerta, ante la que yacía el cadáver de su padre.

El esbelto huso metálico seguía tan impoluto como antes de entrar en acción. El proyectil fue ascendiendo sin prisas hasta la ventana —esquivando limpiamente los hilillos de bilis que salían de la boca de Sma—, y desapareció dentro de Skaffen-Amtiskaw.

—¡Bastardo! —Sma intentó golpear a la unidad con los puños. Después intentó darle patadas, y acabó cogiendo una silla que se hizo añicos al chocar con las placas metálicas—. ¡Bastardo! ¡Asqueroso bastardo cabrón!

—Sma… —dijo la unidad con voz tranquila. Seguía sosteniendo el techo y estaba inmóvil entre el torbellino de polvo que iba posándose poco a poco sobre el suelo de madera—. Me pediste que hiciera algo, ¿no?

—¡Máquina de mierda!

Sma le golpeó con una mesa que se hizo astillas.

—Sma, deberías vigilar un poco más tu lenguaje.

—¡Gilipollas presuntuoso, te dije que pararas!

—Oh. ¿De veras? Lo siento, pero… Me temo que no te oí.

Sma captó la despreocupación que impregnaba la voz de la máquina y se quedó inmóvil. Su mente estaba extrañamente despejada, y pensó que tenía dos opciones. Podía dejarse caer al suelo hecha un mar de lágrimas y tardar muchísimo tiempo en superar lo ocurrido, hasta el extremo de que quizá pasara el resto de su existencia viviendo bajo la sombra del contraste entre la fría calma de la unidad y su ataque de nervios, o…

Tragó una honda bocanada de aire, se calmó y fue hacia Skaffen-Amtiskaw.

—Muy bien —dijo—. Te has salido con la tuya…, por esta vez. Espero que disfrutes de las grabaciones cuando las repases. —Puso una mano sobre el flanco de la unidad—. Sí, disfruta de ellas. Pero si vuelves a hacer algo parecido… —Dio una palmadita sobre la lisa superficie de la placa que tenía delante—. Te convertirás en chatarra, ¿entendido?

—Por supuesto —dijo la unidad.

—Escombros. Piezas de repuesto. Irás al desguace.

—Oh, no, por favor…

Skaffen-Amtiskaw dejó escapar un suspiro.

—Hablo en serio. A partir de ahora usarás el mínimo de fuerza que requiera cada situación. ¿Lo has entendido? ¿Lo harás?

—Sí a las dos preguntas.

Sma giró sobre sí misma, cogió su bolsa de viaje y fue hacia la puerta deteniéndose el tiempo suficiente para contemplar la habitación contigua a través del agujero que había hecho el primer hombre al salir despedido. La mujer había huido. El cuerpo del hombre seguía incrustado en la pared, y los chorros de sangre que habían brotado de él parecían una aureola de excrementos rojizos.

Sma se volvió hacia la máquina y escupió en el suelo.

* * *

—El Xenófobo viene hacia aquí —dijo Skaffen-Amtiskaw. Su voz sonaba muy cerca. Sma alzó los ojos y vio la estructura metálica que reflejaba los rayos del sol flotando a unos centímetros de su rostro—. Toma.

La unidad extendió un campo y le ofreció la guirnalda de flores que había hecho.

Sma inclinó la cabeza. La máquina deslizó la guirnalda sobre su cabeza como si fuera un collar. Sma se puso en pie y fueron hacia el castillo.

* * *

La parte superior de la fortaleza se hallaba cerrada al público. El tejado estaba erizado de antenas, mástiles y un par de unidades de radar que giraban lentamente sobre su eje. Sma y la máquina esperaron a que el grupo de visitantes hubiera desaparecido tras la curva de la galería y se detuvieron ante una gruesa puerta metálica. Estaban dos pisos por debajo del tejado. La unidad utilizó su efector electromagnético para desactivar el sistema de alarma de la puerta y abrir las cerraduras electrónicas. Cuando hubo terminado con ellas deslizó un campo muy delgado dentro de la cerradura metálica, manipuló los pistones y abrió la puerta. Sma cruzó el umbral seguida muy de cerca por la máquina y ésta se encargó de volver a cerrar la puerta. Subieron al tejado y esperaron bajo la bóveda azul turquesa del cielo. El diminuto proyectil de observación enviado por la unidad varios minutos antes no tardó en hacerse visible y desapareció en el interior de Skaffen-Amtiskaw.

—¿Cuándo llegará? —preguntó Sma mientras escuchaba el silbido de la cálida brisa deslizándose por entre el bosque de antenas que se alzaba a su alrededor.

—Está por ahí —dijo Skaffen-Amtiskaw.

Proyectó un campo. Sma miró en la dirección que indicaba y apenas logró distinguir la curvatura de un módulo con capacidad para cuatro personas inmóvil muy cerca de ellos. Los sistemas del módulo habían conseguido una excelente imitación de la transparencia.

Sma contempló el bosque de mástiles y antenas durante unos momentos sintiendo la caricia del viento en sus cabellos y meneó la cabeza. Fue hacia el módulo y experimentó una fugaz sensación de mareo. El módulo tan pronto parecía estar como no estar allí. La puerta que se abrió ante ella reveló el interior del módulo con tanta brusquedad como si le mostrara un camino que conducía a otro mundo, y Sma supuso que en cierto sentido eso era exactamente lo que estaba haciendo.

Sma y la unidad entraron en el módulo.

—Bienvenida a bordo, Sma —dijo el módulo.

—Hola.

La puerta se cerró. El módulo se inclinó lentamente hasta quedar inmóvil sobre su parte posterior como si fuese un depredador que se dispone a saltar encima de su presa. Esperó a que una bandada de pájaros que volaba a cien metros de altura acabara de pasar por el espacio aéreo que iba a utilizar, despegó y empezó a acelerar. Una persona de vista muy aguda que la hubiese estado observando desde el suelo y que no hubiese parpadeado cuando no debía, quizá hubiera logrado ver una columna de aire tembloroso que salía disparada hacia los cielos desde el tejado de la fortaleza, pero no habría oído nada. El módulo podía moverse más silenciosamente que los pájaros incluso cuando se desplazaba a velocidades supersónicas. Le bastaba con ir colocando ante él capas de aire tan delgadas como un pañuelo de papel, moverse por el vacío así creado y devolver los gases al hueco delgado como una piel que había dejado atrás. La caída de una pluma producía más turbulencias que el módulo.

Sma estaba de pie ante la pantalla principal contemplando el rápido encogimiento del paisaje que se extendía debajo del módulo. Las capas concéntricas que formaban las defensas del castillo avanzaban desde los bordes de la pantalla moviéndose tan rápidamente como las olas en una película pasada al revés. El castillo se convirtió en un punto perdido entre la ciudad y los estrechos, la ciudad desapareció y el paisaje empezó a inclinarse a medida que el módulo se colocaba en el ángulo necesario para acudir a su cita con el piquete ultrarrápido Xenófobo.

Sma se sentó sin apartar la mirada de la pantalla. Sus ojos buscaron en vano el valle situado a las afueras de la ciudad, donde se encontraban la presa y la central energética.

La unidad también estaba observando la pantalla mientras se comunicaba con la nave que les esperaba y recibía la confirmación de que ésta ya había sacado el equipaje de Sma del maletero y lo había transferido a los aposentos que ocuparía durante el viaje.

Skaffen-Amtiskaw aprovechó que Sma estaba contemplando el cada vez más confuso paisaje desplegado en la pantalla del módulo para observarla. Tenía la impresión de que no estaba de muy buen humor, y se preguntó cuál sería el mejor momento para darle el resto de las malas noticias.

Porque pese a toda esa maravillosa tecnología que les rodeaba y por increíble que pareciera (y era realmente increíble y, que la unidad supiera lo ocurrido carecía de precedentes. En el nombre del caos, ¿cómo era posible que un montón de carne superara en ingenio y destruyera nada menos que a un proyectil cuchillo?) el hombre llamado Cheradenine Zakalwe había conseguido librarse de la vigilancia a que le sometieron después de que dimitiera por última vez.

Así pues y antes de hacer ninguna otra cosa la unidad y Sma tenían que empezar localizando al maldito humano. Suponiendo que fuera posible localizarle, claro está…

* * *

La silueta salió de detrás del radar que la había estado ocultando y cruzó el tejado moviéndose lentamente bajo las antenas que gemían impulsadas por el viento. Bajó la escalera de caracol, comprobó que no había nadie al otro lado de la gruesa puerta metálica y la abrió.

Un minuto después algo cuyo aspecto exterior era idéntico al de Diziet Sma se unió al grupo de visitantes justo cuando el guía empezaba a explicar cómo los considerables avances de la artillería, las aeronaves más pesadas que el aire y los cohetes habían acabado dejando obsoleta a la fortaleza.

XII

Compartían su nido de águilas con la carroza de gala del Mitoclasta, un abigarrado ejército de estatuas y un montón de cofres, cajas y armarios que contenían los tesoros de una docena de grandes casas nobiliarias.

Astil Tremerst Keiver hurgó en el cajón de un armario hasta encontrar una capa que le satisfizo, cerró la puerta del armario y se admiró en el espejo. Sí, no cabía duda de que aquella capa le sentaba estupendamente… Hizo unos cuantos giros y movimientos rápidos para admirar las ondulaciones de los pliegues de tela, sacó su rifle de ceremonias de la funda y recorrió la habitación moviéndose cautelosamente alrededor de la gran carroza mientras hacía ¡ki-shauw, ki-shauw! con la boca y apuntaba el cañón del rifle a cada ventanal protegido por un cortinaje negro ante el que pasaba (su sombra bailaba elegantemente sobre las paredes y se deslizaba por los grises perfiles de las estatuas), hasta que llegó a la chimenea, volvió a guardar el rifle en su funda y se dejó caer sobre un sillón tallado en un magnífico bloque de madera de sangre procurando que las facciones de su rostro adoptaran la expresión más imperiosa y temible de que eran capaces.

Y el sillón se hizo pedazos debajo de él. Cayó sobre las losas del suelo y el arma que colgaba de su hombro se disparó enviando un proyectil al ángulo que había entre el suelo y la curvatura de la pared que se alzaba a su espalda.

—¡Mierda, mierda, mierda! —gritó mientras inspeccionaba sus pantalones y su capa.

Los pantalones mostraban las señales del golpe y la capa había quedado agujereada por el proyectil.

La puerta de la carroza se abrió de repente y alguien salió a toda velocidad por ella chocando con un escritorio y haciéndolo astillas. El hombre sólo necesitó un segundo para recuperar el equilibrio y quedar inmóvil presentando el mínimo blanco posible —otra demostración de esa forma de moverse irritantemente marcial que poseía—, y el cañón del asombrosamente grande y feo cañón de plasma que sostenía en la mano se alzó apuntando al rostro del aspirante a vicerregente Astil Tremerst Keiver Octavo.

—¡Aaaaah! ¡Zakalwe! —se oyó chillar Keiver mientras se tapaba la cabeza con la capa. (¡Maldición!)

Keiver apartó la capa de su cabeza unos momentos después con toda la más que considerable dignidad de que podía ser capaz en ciertas ocasiones y vio que el mercenario ya se estaba levantando de entre los restos del escritorio. Sus ojos inspeccionaron rápidamente la habitación y su pulgar movió el interruptor que desactivaba el cañón de plasma.

Keiver se dio cuenta enseguida de la penosa similitud existente entre sus posturas respectivas, y se incorporó moviéndose lo más deprisa posible.

—Ah, Zakalwe… Te pido disculpas. ¿Te he despertado?

El hombre frunció el ceño, bajó la vista hacia los restos del escritorio y cerró de un manotazo la puerta de la carroza por la que había salido.

—No —dijo—. Tenía una pesadilla.

—Ah. Bien.

Keiver jugueteó con una de las incrustaciones que adornaban la culata de su arma mientras deseaba que Zakalwe no le hiciera sentir tan injustificadamente inferior. Fue hasta la chimenea y tomó asiento (esta vez con muchas más precauciones que la anterior) en un ridículo trono de porcelana situado a un lado del hogar.

El mercenario se sentó junto a la chimenea, dejó el cañón de plasma en el suelo delante de él y se estiró.

—Bueno, tendré que conformarme con la mitad del sueño que me correspondía.

—Hmmm —dijo Keiver sintiéndose un poco incómodo. Volvió la cabeza hacia la carroza de gala dentro de la que había estado durmiendo el mercenario y de la que había salido tan bruscamente hacía apenas unos momentos—. Ah… —Keiver se envolvió en los pliegues de la capa y sonrió—. Supongo que no conoces la historia de esa vieja carroza, ¿verdad?

El mercenario —también conocido como Ministro de la Guerra (¡ja!)—, se encogió de hombros.

—Bueno… —dijo—. La versión que ha llegado a mis oídos afirma que durante el Interregno el Archipresbítero le dijo al Mitoclasta que podría quedarse con los tributos, ingresos y almas de todos los monasterios sobre los que pudiera levantar su carroza usando un solo caballo. El Mitoclasta aceptó el desafío, examinó montones de castillos hasta encontrar éste y ordenó construir la torre en la que nos encontramos con dinero prestado por banqueros de otros países. Después cogió a su mejor corcel y lo utilizó para mover un sistema de poleas de lo más eficiente, que izó la carroza hasta la habitación en que estamos, y luego vinieron los Treinta Días Dorados durante los que reclamó para sí todos los monasterios del país… Ganó la apuesta y la guerra resultante acabó con el Sacerdocio Definitivo. El Mitoclasta pagó todas sus deudas y habría tenido un reinado largo y feliz de no ser porque el mozo de establo que cuidaba del corcel no pudo soportar que el animal muriera de agotamiento después de haber izado la carroza hasta aquí, y le estranguló con la brida manchada de sangre y espuma…, que, según la leyenda, se encuentra dentro de la base de ese trono de porcelana sobre el que estás sentado. En fin, eso es lo que he oído contar…

Clavó los ojos en Keiver y volvió a encogerse de hombros.

Keiver se dio cuenta de que tenía la boca abierta y se apresuró a cerrarla.

—Ah… Así que conoces la historia.

—No, ha sido un tiro a ciegas.

Keiver puso cara de no saber cómo reaccionar y acabó soltando una ruidosa carcajada.

—¡Infiernos! ¡Eres increíble, Zakalwe!

El mercenario removió los restos del trono de madera de sangre con la punta de una bota y no dijo nada.

Keiver era consciente de que debía hacer algo, y se puso en pie. Fue hasta la ventana más próxima, descorrió el cortinaje, abrió los postigos interiores, apartó los postigos exteriores y se quedó inmóvil con un brazo apoyado sobre el alféizar de piedra contemplando el paisaje que se extendía ante sus ojos.

El Palacio de Invierno estaba asediado.

Esparcidas entre las hogueras y zanjas que cubrían la llanura nevada había enormes estructuras de asedio construidas con troncos, lanzadores de proyectiles, piezas de artillería pesada y catapultas capaces de lanzar peñascos inmensos, proyectores de campo y reflectores alimentados por gas…, una asombrosa colección de flagrantes anacronismos, paradojas del avance científico y yuxtaposiciones tecnológicas. Y eso era lo que los hombres llamaban progreso…

—No estoy muy seguro de entenderlo —murmuró Keiver—. Los jinetes disparan proyectiles teleguiados desde sus sillas de montar; los reactores son derribados por flechas controladas a distancia; los cuchillos estallan haciendo más estragos que si fueran obuses y a veces rebotan en armaduras antiquísimas reforzadas por esos malditos proyectores de campos energéticos… ¿Cómo crees que acabará todo esto, Zakalwe?

—Si no cierras esos postigos y no vuelves a poner el cortinaje negro en su sitio dentro de tres segundos no tendrás que seguir preocupándote pensando en cómo acabará.

El mercenario había empezado a hurgar entre los leños del hogar con un atizador.

—¡Ja! —Keiver se apartó rápidamente de la ventana encorvándose sobre sí mismo y tiró de la palanca que controlaba los postigos exteriores—. ¡Tienes toda la razón! —Corrió el cortinaje y se frotó las manos para quitarse el polvo mientras se volvía hacia el hombre que seguía removiendo los troncos con el atizador—. Sí, tienes toda la razón…

Fue hacia el trono de porcelana y se dejó caer en él.

Naturalmente, al Señor Ministro de la Guerra Zakalwe le encantaba fingir que tenía cierta idea de cómo iba a terminar todo; afirmaba poseer una especie de explicación para lo que estaba ocurriendo, algo relacionado con las fuerzas exteriores, el equilibrio tecnológico y la errática escalada de la brujería militar. Siempre parecía estar haciendo vagas alusiones a temas y conflictos que se encontraban más allá del mero aquí-y-ahora, e intentaba establecer una francamente risible superioridad basada en el hecho de que no hubiera nacido allí; como si eso cambiara en algo la realidad de que era un simple mercenario —un mercenario con mucha suerte, desde luego—, que había logrado atraer la atención de los Herederos Sagrados y les había impresionado con una mezcla de hazañas absurdamente arriesgadas y planes más bien cobardes mientras que la persona a la que había unido su destino —él, Astil Tremerst Keiver Octavo, nada menos que aspirante a vicerregente— tenía a su espalda un linaje de mil años, la ventaja natural que le daba la edad y —sí, maldita sea, se trataba justamente de eso— la superioridad natural de la cuna. Después de todo, ¿qué clase de Ministro de la Guerra era tan incapaz de delegar sus funciones que se veía obligado a montar guardia en esta torre esperando un ataque que probablemente no llegaría jamás? Vivían tiempos revueltos, desde luego, pero aun así…

Keiver volvió la mirada hacia la figura inmóvil que mantenía los ojos clavados en las llamas de la chimenea y se preguntó qué estaría pasando por su cabeza.

«Sma es la culpable de todo. Ella fue quien me metió en este jaleo…»

Miró a su alrededor y contempló la confusión de muebles y objetos que abarrotaban la estancia. ¿Qué tenía que ver él con idiotas como Keiver, con toda esta chatarra histórica o con nada de cuanto le rodeaba? No se sentía parte de aquello, no podía identificarse con esas cosas y no les culpaba demasiado por no hacerle caso. Suponía que al menos tendría la satisfacción final de saber que les había advertido, pero eso no era algo que pudiera calentarte en una noche tan fría y lúgubre como la que estaba viviendo.

Había luchado. Había arriesgado su vida por ellos, había conseguido salir triunfante en algunas acciones de retaguardia francamente desesperadas y había intentado explicarles lo que debían hacer; pero cuando le escucharon ya era demasiado tarde y el limitado poder que le concedieron llegó cuando la guerra ya estaba prácticamente perdida. Pero, naturalmente, no podían hacer otra cosa, ¿verdad? Eran los que mandaban, y si toda su forma de vida acababa desvaneciéndose porque uno de los dogmas por los que se regían decía que las personas como ellos siempre sabían hacer la guerra mejor que el extranjero o el súbdito más experimentado…, bueno, entonces la injusticia quedaba automáticamente eliminada y el final se encargaba de saldar todas las cuentas pendientes. Y si ese final significaba sus muertes…, que murieran.

Mientras tanto y mientras duraran los suministros, ¿podía haber una situación más agradable que la actual? Se acabaron las caminatas y el pasar frío, los terrenos fangosos que apenas llegaban a la categoría de campamentos, las letrinas al aire libre, la tierra devastada a la que era imposible arrancar algo con que alimentarse… No había mucha acción y eso quizá acabara poniéndole nervioso, pero la falta de acción quedaba más que compensada por el hecho de que estar allí le permitía calmar el nerviosismo de las nobles damas que también habían quedado atrapadas en el castillo. Y las zonas más propensas al nerviosismo eran muy agradables de rascar, desde luego…

Y, aparte de eso, en lo más profundo de su corazón sabía que algunas veces el hecho de no ser escuchado podía considerarse una auténtica bendición. El poder traía consigo las responsabilidades. Siempre cabía la posibilidad de que esos consejos a los que no se había hecho caso fuesen acertados, y llevar a la práctica cualquier plan siempre exigía un cierto derramamiento de sangre. El mercenario prefería que fuesen otras las manos manchadas. El buen soldado obedecía las órdenes que se le daban, y si tenía una pizca de sentido común nunca se ofrecía voluntario…, y menos para cualquier aventura que pudiese terminar en un ascenso.

—Ja —dijo Keiver meciéndose de un lado a otro en el trono de porcelana—. Hoy hemos encontrado más semillas.

—Oh. Me alegro.

—Yo también.

La mayor parte de patios y jardines ya estaban siendo utilizados como pastos, y se había llegado al extremo de quitar los techos de los salones que tenían menos importancia arquitectónica para plantar hierba en ellos. Si no acababan hechos pedazos, en teoría eso podía permitirles alimentar a una cuarta parte de la guarnición del castillo durante un tiempo indefinido.

Keiver se estremeció y se tapó las piernas con los pliegues de la capa.

—Este castillo es muy frío… ¿No te parece que es muy frío, Zakalwe?

El mercenario se disponía a contestar cuando vio entreabrirse la puerta que había al otro extremo de la estancia.

Su mano fue rápidamente hacia el cañón de plasma.

—¿Va…, va todo bien? —preguntó una voz femenina.

Volvió a dejar el arma en el suelo y sonrió al rostro de rasgos delicados y piel bastante pálida que acababa de asomar por el umbral. La larga cabellera negra que lo enmarcaba caía en una línea vertical que seguía el contorno de la jamba de madera adornada con tallas y remaches.

—¡Ah, Neinte! —exclamó Keiver.

Irguió el cuerpo lo estrictamente necesario para saludar con una reverencia a la joven (¡la princesa!) que —técnicamente al menos, aunque eso no excluía que en el futuro pudieran darse relaciones más productivas e incluso lucrativas— había sido confiada a su custodia.

—Entra —oyó que decía el mercenario.

(Maldito descarado… Siempre estaba tomando la iniciativa. ¿Quién creía ser?)

La joven entró en la habitación recogiendo los pliegues de su falda delante de ella.

—Creí oír un disparo…

El mercenario se rió.

—Ya hace un poco de eso —dijo, poniéndose en pie para acompañar a la joven hasta un asiento cerca del fuego.

—Bueno —replicó ella—, tenía que vestirme y…

La segunda carcajada del mercenario fue un poquito más ruidosa que la anterior.

—Mi señora… —dijo Keiver mientras se ponía en pie con cierto retraso y le hacía lo que ahora (gracias a Zakalwe, maldito fuese), parecería una inclinación excesivamente envarada—. Espero que no hayamos turbado la paz de vuestro sueño…

Keiver oyó la carcajada ahogada que salió de los labios del mercenario y el ruido de un tronco siendo acercado a las llamas. La princesa Neinte dejó escapar una risita. Keiver sintió que se le encendía el rostro y decidió unirse a las risas.

Neinte —era muy joven, pero ya poseía una belleza delicada y frágil que invitaba a protegerla— alzó las rodillas hasta pegarlas al cuerpo, se las rodeó con los brazos y clavó la mirada en las llamas de la chimenea.

Durante el silencio que siguió a ese cambio de postura (roto únicamente por el «Sí, bien…» del aspirante a vicerregente) los ojos del mercenario fueron de ella a Keiver. Los troncos ardían entre crujidos y las llamas color escarlata bailaban en el hogar, y el mercenario pensó que en aquel momento los dos jóvenes se parecían mucho a un par de estatuas.

«Me gustaría saber del lado de quién estoy aunque sólo fuera esta vez —pensó—. Me encuentro atrapado dentro de una fortaleza absurda repleta de riquezas y objetos de valor y atestada de nobles, algunos de ellos no muy espabilados… —contempló la expresión más bien vacua de Keiver—, enfrentándome a las hordas que hay al otro lado de los muros (fuerza bruta e inteligencia no muy elevada, garras y músculos enfurecidos) porque intento proteger a estos delicados y gimoteantes productos de un milenio de privilegios, y no tengo ni la más mínima idea de si estoy siguiendo el curso táctico o estratégico adecuado a la situación…»

Las Mentes nunca tomaban en consideración ese tipo de distinciones. Para ellas la estrategia y la táctica eran una sola cosa. La escala de valores de su álgebra moral dialéctica alcanzaba tales niveles de sofisticación que las tácticas acababan fundiéndose unas con otras hasta formar la estrategia, y la estrategia se desintegraba convirtiéndose en tácticas. Su álgebra era tan complicada que un simple cerebro de mamífero jamás podría llegar a comprenderla y dominarla.

Recordó lo que Sma le había dicho hacía mucho, mucho tiempo en aquel nuevo comienzo (un comienzo que había sido el resultado de inmensas cantidades de dolor y culpabilidad). Sma le había explicado que las Mentes trataban con lo intrínsecamente improbable e imprevisible, y que se movían por un terreno en el que era preciso ir forjando nuevas reglas a medida que avanzabas. Las reglas cambiaban continuamente y la naturaleza de las cosas jamás podía ser conocida o predicha de antemano, y ni tan siquiera se la podía juzgar con un mínimo grado de certidumbre real. Todo aquello sonaba muy sofisticado y abstracto, y el mercenario siempre había tenido la impresión de que trabajar con esas teorías debía ser un desafío de lo más interesante, pero al final los materiales básicos sobre los que se sostenían las teorías eran las personas y los problemas a resolver.

Aquí y ahora todo se reducía a esa joven. Apenas era una niña, pero estaba atrapada en el gran castillo de piedra con el resto de la crema o de las heces de aquella sociedad (según como lo miraras), y su vida o su muerte dependerían de lo buenos que fueran sus consejos y de si aquellos payasos eran capaces de hacer caso de ellos y ponerlos en práctica.

Contempló el rostro de la joven iluminado por las llamas y sintió algo más que un deseo distante (pues era atractiva), o un afán paternal de protegerla (pues era muy joven y él, pese a su apariencia física, era muy viejo). No sabía qué nombre dar a sus emociones. Era como si lo hubiera comprendido todo de repente, como si hubiera cobrado consciencia de la tragedia representada por todo aquel episodio. La Regla estaba a punto de ser quebrantada, el poder y los privilegios se desintegraban y todo el complejo sistema encarnado en esta niña se hallaba a punto de hacerse añicos.

El barro y la suciedad, el rey con pulgas… El robo se castigaba con la mutilación y los pensamientos que no encajaban dentro de la ortodoxia se castigaban con la muerte. La tasa de mortalidad infantil era tan astronómicamente elevada como infinitesimalmente reducida la esperanza de vida, y todo aquel horrendo paquete de injusticias estaba envuelto en un manto de riquezas y ventajas concebidas para mantener el oscuro dominio que quienes gozaban del conocimiento ejercían sobre los ignorantes (y lo peor de todo estaba en la pauta, en la repetición y la gran cantidad de variaciones retorcidas sobre el mismo tema depravado que se daban en tantos sitios distintos).

Su mente volvió a esa joven a la que todos llamaban princesa. ¿Moriría? El mercenario sabía que el curso de la guerra no les estaba siendo muy favorable, y la misma gramática simbólica que le ofrecía la perspectiva del poder si las cosas iban bien dictaba igualmente el que se pudiera prescindir de ella si iban mal. El rango exigía su tributo; y el desenlace del conflicto sería el encargado de escoger entre la reverencia obsequiosa o la puñalada por la espalda.

Observó su rostro a la parpadeante claridad de las llamas y se la imaginó convertida en una anciana. La vio encerrada en una mazmorra de paredes viscosas aguardando a que ocurriera algo y aferrándose a las esperanzas vestida con una tela de saco y con el cuerpo cubierto de piojos, la cabeza afeitada, los ojos dos agujeros oscuros en la piel maltrecha y, finalmente, vio como la sacaban de su encierro un día en que la nieve caía del cielo para clavarla a una pared con flechas o balas, o para que se enfrentara al filo helado del hacha blandida por el verdugo.

Naturalmente, también cabía la posibilidad de que todas esas imágenes fueran demasiado románticas. Quizá habría una desesperada huida para pedir asilo en otro país, un exilio amargo y solitario durante el que iría envejeciendo y perdiendo las fuerzas, estéril y senil, recordando continuamente esos viejos tiempos cada vez más dorados y hermosos, componiendo peticiones de auxilio que no servirían para nada, esperando el regreso y convirtiéndose lenta pero inexorablemente en una criatura muy parecida a la princesa mimada e inútil prevista por el condicionamiento al que había sido sometida desde que nació, pero sin ninguna de las compensaciones fruto de su posición que la habían acostumbrado a esperar.

Comprendió que la joven carecía de significado, y el comprenderlo le entristeció. No era más que otra parte irrelevante de otra historia que se dirigía hacia lo que probablemente sería una existencia más fácil y tiempos mejores para la mayoría de la población, y los cuidadosamente calculados empujoncitos con que la Cultura pretendía llevarla en lo que consideraba la dirección correcta influirían muy poco en el desenlace final. El mercenario sospechaba que el aquí y el ahora no tenían reservado nada demasiado bueno para la joven.

De haber nacido veinte años antes habría podido esperar un buen matrimonio, una propiedad que le daría grandes rentas, el acceso a la corte, hijos robustos e hijas con talento; y dentro de veinte años quizá hubiera podido aspirar a casarse con un comerciante astuto o incluso —en el improbable caso de que esta sociedad basada en la discriminación sexual se encaminara hacia esa dirección tan pronto—, a tener su propia vida y a desarrollarse como persona en las ciencias, los negocios, el hacer obras de caridad o lo que fuese.

Pero probablemente lo único que la esperaba era la muerte.

La torre de aquel gran castillo se alzaba como un risco de color negro sobre las llanuras nevadas, la fortaleza asediada era hermosa e imponente y contenía todos los tesoros de un imperio, y allí estaba él, sentado junto a los troncos que ardían dentro de una chimenea con una princesa hermosa y triste a muy poca distancia… Pensó que hubo un tiempo en el que solía soñar con esas historias. «Cómo las anhelaba, con qué desespero quería verlas convertidas en realidad… Me parecían la misma esencia de la vida, la materia prima de que estaba hecha. Entonces, ¿por qué siento como si tuviera la boca llena de cenizas? Tendría que haberme quedado en esa playa, Sma. Puede que me esté haciendo demasiado viejo para este tipo de cosas…»

Se obligó a apartar la mirada de la joven. Sma le había dicho que tenía una cierta tendencia a involucrarse demasiado en los asuntos de los demás, y no le faltaba su parte de razón. Había hecho lo que le pidieron que hiciese; le habían pagado y cuando todo esto terminara aún tendría un asunto del que ocuparse. Quería ser absuelto de un crimen pasado, e intentaría conseguir la absolución con todas sus fuerzas. «Livueta, di que me perdonas…»

—¡Oh!

La princesa Neinte acababa de fijarse en los restos del trono de madera de sangre.

—Sí, yo… —Keiver se removió en su asiento y puso cara de incomodidad—. Eso… Ah… Me temo que…, ummmm…, me temo que he sido yo. ¿Era tuyo? ¿Pertenecía a tu familia?

—¡Oh, no! Pero lo había visto muchas veces. Perteneció a mi tío el archiduque. Antes estaba en su cabaña de caza, y había una cabeza disecada enorme encima. Siempre le tuve bastante miedo, porque soñaba que se caería de la pared, que uno de los colmillos se me clavaría en la cabeza y me mataría. —Su mirada fue de un hombre a otro y acabó dejando escapar una risita nerviosa—. Qué fantasía tan tonta, ¿verdad?

—¡Ja! —exclamó Keiver.

(Mientras, él les observaba en silencio y se estremecía. E intentaba sonreír.)

—Bueno… —dijo Keiver lanzando una carcajada que sonó algo forzada—. Tienes que prometerme que no le contarás nunca a tu tío que rompí su trono, ¡o no volverá a invitarme a sus cacerías! —Keiver lanzó una segunda carcajada aún más ruidosa que la anterior—. De hecho… ¡Si se lo dices puede que sea mi pobre cabeza la que acabe adornando una de sus paredes!

La joven lanzó un chillido de pavor y se llevó una mano a los labios.

(Apartó los ojos y volvió a estremecerse. Arrojó un tronco a la chimenea y ni entonces ni después se dio cuenta de que lo que había echado a las llamas era un trozo del trono, y no un tronco.)

3

Sma siempre había sospechado que muchas tripulaciones de nave estaban locas. De hecho, incluso sospechaba que un cierto número de naves tenían graves problemas que resolver en el departamento de la cordura. El piquete ultrarrápido Xenófobo sólo contaba con veinte tripulantes, y Sma se había dado cuenta de que por regla general cuanto menos numerosa era la tripulación más raro resultaba su comportamiento. Saberlo hizo que estuviera preparada para enfrentarse a gente bastante rara incluso antes de que el módulo entrase en el hangar.

—¡Atchís! —El joven tripulante estornudó y se tapó la nariz con una mano mientras ofrecía la otra a Sma para ayudarla a bajar del módulo. Sma apartó la mano con bastante brusquedad mientras observaba la nariz enrojecida y los ojos llorosos del joven—. Llamo Ais Disgarb —dijo el tripulante mientras parpadeaba y ponía cara de sentirse algo ofendido—. En-venida a ordo.

Sma volvió a alargar la mano cautelosamente hacia él. La mano del tripulante estaba ardiendo.

—Gracias —dijo.

—Skaffen-Amtiskaw —dijo la unidad a su espalda.

—¿Tal?

El tripulante saludó a la unidad con la mano. Sacó un trocito de tela del interior de una manga y lo usó para secarse las lágrimas y sonarse la nariz.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Sma.

—No ucho —dijo el joven—. Toy estriado. —Señaló a un lado del hangar—. Vengan conmigo.

—Así que está resfriado… —dijo Sma asintiendo con la cabeza mientras empezaba a caminar junto a él.

El joven vestía un caftán, y daba la impresión de haberse levantado de la cama hacía poco.

—Sí —dijo.

Les precedió por entre el montón de embarcaciones auxiliares, satélites y demás parafernalia espacial del Xenófobo y fue hacia la parte trasera del hangar. Volvió a estornudar y sorbió aire ruidosamente por la nariz.

—Es omo una pecie e moda en la ave.

Habían empezado a pasar por entre dos módulos que estaban muy juntos. Sma se encontraba detrás del joven y aprovechó el que no le veía para volverse rápidamente hacia Skaffen-Amtiskaw. Sus labios se movieron articulando las palabras «¿Qué ha dicho?» sin hacer ningún ruido, pero la máquina se limitó a oscilar de un lado a otro con su equivalente al encogimiento de hombros humano. Después alteró los campos de su aura creando un telón de fondo rosado sobre el que aparecieron letras de color gris. Yo tampoco le he entendido, decía el mensaje.

—Ensamos que ría teresante relajar nuetros temas inmunes y pillar esfriados —explicó el joven mientras les llevaba al ascensor que había al otro extremo del hangar.

—¿Todos? —preguntó Sma. La puerta se cerró detrás de ellos y el ascensor se puso en marcha—. ¿Toda la tripulación?

—Sí, peo no tos al mimo empo. Los que san cuperado dicen ques muy vertido cuando se te pasa.

—Ya… —murmuró Sma.

Lanzó una rápida mirada de soslayo a la unidad y vio que el campo de sus auras se había vuelto de un color azul claro —respeto e interés—, pero en uno de los lados había un punto rojizo de gran tamaño que probablemente sólo ella podía ver. El punto se encendía y se apagaba a gran velocidad. En cuanto lo hubo visto tuvo que hacer un considerable esfuerzo para no echarse a reír.

—Sí, supongo que debe de ser muy divertido —dijo después de haber carraspeado para aclararse la garganta.

El joven volvió a estornudar.

—Tengo la impresión de que necesitan un permiso, ¿eh? —dijo Skaffen-Amtiskaw.

Sma le dio un codazo.

El joven tripulante se volvió hacia la máquina y la contempló con cara de perplejidad.

—Cabo e tener uno —respondió.

La puerta del ascensor empezó a abrirse y el joven volvió la cabeza hacia ella. Sma y Skaffen-Amtiskaw intercambiaron una rápida mirada y Sma bizqueó.

Entraron en un área de reuniones y diversión bastante grande cuyo techo y paredes estaban recubiertas por una madera de color rojo oscuro tan pulida y lustrosa que parecía brillar. El recinto contenía un gran número de sillones y sofás muy mullidos y unas cuantas mesitas bajas. El techo no era muy alto, pero estaba compuesto por ondulaciones de un material parecido al yeso que nacían de las paredes, y las linternas que lo adornaban hacían que resultara muy hermoso. El nivel de iluminación parecía indicar que estaban a principios de la mañana según el horario de la nave. Las personas que estaban sentadas alrededor de una mesa se pusieron en pie y fueron hacia ellos para darles la bienvenida.

—Sba —dijo el joven tripulante señalando a Sma con una mano.

Su voz parecía hacerse más pastosa e ininteligible a cada segundo que pasaba. El grupo de personas —la proporción de hombres y mujeres era similar—, la acogió con sonrisas y asentimientos de cabeza y empezó a presentarse. Sma asintió e intercambió unas cuantas palabras con ellas; la unidad se limitó a decirles hola.

Uno de los hombres se acercó a ella y le ofreció un bultito de pelos marrones y amarillos sosteniéndolo junto a su hombro como si fuera un bebé.

—Toma —dijo, y le pasó el animalito peludo.

Sma lo cogió con bastante reluctancia. Estaba caliente, poseía cuatro miembros colocados de la forma convencional, desprendía un olor bastante agradable y no se parecía a ninguna de las especies de animales que conocía. Tenía una cabeza muy grande con un par de orejas enormes, y apenas lo hubo cogido el animalito abrió unos ojos inmensos y la observó fijamente.

—Es la nave —dijo el hombre que había estado sosteniéndolo junto a su hombro.

—Hola —dijo el animalito.

Los ojos de Sma lo recorrieron de arriba abajo con cierta incredulidad.

—¿Eres el piquete ultrarrápido Xenófobo?

—Soy su representante. La parte con la que puedes hablar… Puedes llamarme Xenito. —El animalito sonrió y Sma pudo ver que sus dientes eran muy pequeños y redondeados—. Ya sé que la mayoría de naves utilizan un sensor o algún tipo de unidad remota, pero… —Volvió la cabeza hacia Skaffen-Amtiskaw—. Pueden llegar a ser un poco aburridos, ¿no te parece?

Sma sonrió y captó el rápido parpadeo del aura de Skaffen-Amtiskaw por el rabillo del ojo.

—Bueno… —dijo—. Sí, a veces pueden serlo.

—Oh, sí —dijo el animalito asintiendo con la cabeza—. Yo soy mucho más mono. —Se retorció entre sus dedos y puso cara de sentirse muy a gusto—. Bueno… —dijo, y se rió—. ¿Quieres que te enseñe tu camarote?

—Sí, buena idea —dijo Sma, y se puso el animalito encima del hombro.

Sma, la extraña unidad remota de la nave y Skaffen-Amtiskaw se dirigieron hacia la zona de camarotes y los tripulantes se despidieron de ellos diciendo que ya les verían después.

—Oooh… Qué suave y caliente eres —murmuró la diminuta criatura de color marrón y amarillo con voz soñolienta mientras se acurrucaba en la curva del cuello de Sma. Acababan de llegar al pasillo enmoquetado que llevaba a los aposentos de Sma. El animalito se removió y Sma se encontró dándole palmaditas en la espalda—. Por aquí —dijo en cuanto llegaron a una encrucijada—. Por cierto, esa pequeña sacudida significa que acabamos de abandonar nuestra órbita.

—Estupendo —dijo Sma.

—¿Me dejarás dormir contigo?

Sma se quedó inmóvil, apartó a la criatura de su hombro con una sola mano y la sostuvo delante de su cara.

—¿Qué has dicho?

—Oh, así nos conoceremos más pronto y nos haremos amigos enseguida —dijo el animalito parpadeando y bostezando como si estuviera a punto de quedarse dormido—. No creas que soy grosero. Dormir juntos es un sistema de crear lazos personales que siempre da resultados excelentes.

Sma era consciente de que Skaffen-Amtiskaw se encontraba detrás de ella y podía ver los reflejos de la bola roja en que se había convertido su campo. Acercó la criatura marrón y amarilla unos cuantos centímetros más a su cara.

—Escucha, Xenófobo

—Xenito.

—De acuerdo, Xenito. Eres una nave estelar que pesa un millón de toneladas y, aparte de eso, eres una Unidad de Ofensiva Rápida de la Clase Torturador. Aun suponiendo que…

—¡Pero estoy desmilitarizada!

—Incluso sin tus sistemas básicos de armamento, apuesto a que si quisieras podrías destruir planetas enteros…

—Oh, vamos… ¡Hasta la UGC más tonta es capaz de hacer eso!

—Entonces, ¿a qué vienen todas estas gilipolleces?

Agitó a la unidad remota cubierta de pelos con tanta violencia que oyó castañetear sus dientes.

—¡Era una broma! —gritó la unidad—. Vamos, Sma, ¿es que no tienes sentido del humor? ¿No sabes apreciar una buena broma?

—No estoy muy segura. ¿Te gustaría que te mandara a la zona de reunión de una buena patada en el culo?

—¡Ooooh! Venga, señora…, ¿cuál es su problema? ¿Tiene algún prejuicio contra los animalitos peludos o qué? Oye, Sma, sé muy bien que soy una nave y hago cuanto se me pide que haga, incluido el llevarte a ese destino que, si he de serte franco, no me ha sido especificado con mucha claridad, y te aseguro que soy muy eficiente. Si hubiera el más leve conato de acción real y tuviera que empezar a comportarme como una nave de guerra, el artefacto que tienes entre las manos se convertiría en un bulto fláccido desprovisto de vida, y puedo prometerte que lucharía con todos los recursos de que dispongo y toda la ferocidad que se me inculcó durante mi adiestramiento. Hasta que llegue ese momento procuro obrar igual que mis colegas humanos e intento divertirme sin causar ningún daño a nadie. Si tanto odias mi apariencia actual… De acuerdo, la cambiaré. Seré un sensor remoto de lo más corriente, o una voz sin cuerpo, o hablaré contigo a través del amigo Skaffen-Amtiskaw aquí presente o a través de tu terminal personal. Lo último que deseo es ofender a una invitada.

Sma frunció los labios, dio unas palmaditas en la cabeza de la criatura y suspiró.

—De acuerdo.

—¿Puedo conservar esta forma?

—Desde luego.

—¡Oh, qué bien! —El animalito se retorció de puro placer, abrió al máximo sus enormes ojos y la observó con expresión esperanzada—. Y ahora… ¿me haces unos cuantos mimos?

—Está bien.

Sma la acunó y le dio palmaditas en la espalda.

Cuando se dio la vuelta vio a Skaffen-Amtiskaw flotando con la parte delantera hacia arriba. Su campo de auras mostraba el naranja chillón utilizado por las unidades para indicar que habían sufrido alguna avería realmente grave o que se encontraban en una situación muy apurada.

* * *

Sma se despidió del animalito marrón y amarillo, vio como se alejaba por el pasillo que llevaba a la zona de reunión (el animalito se despidió de ella agitando una patita rechoncha), cerró la puerta del camarote y se aseguró de que el sistema de observación y seguimiento interno estaba desactivado.

—¿Cuánto tiempo tenemos que pasar a bordo de esta nave? —preguntó volviéndose hacia Skaffen-Amtiskaw.

—¿Treinta días? —sugirió Skaffen-Amtiskaw.

Sma apretó los dientes hasta hacerlos rechinar y contempló el recinto en el que se encontraban. El camarote era bastante cómodo, pero comparado con los espacios llenos de ecos de la central energética que había convertido en su casa resultaba más bien pequeño.

—Treinta días con una tripulación de masoquistas virales y una nave convencida de que es una especie de osito de peluche… —Meneó la cabeza y tomó asiento sobre el campo de la cama—. Unidad, me temo que la duración subjetiva de este viaje puede ser larguísima…

Sma se dejó caer de espaldas sobre la cama murmurando maldiciones ininteligibles.

Skaffen-Amtiskaw comprendió que no era el momento más adecuado para revelarle que Zakalwe había logrado escapar a la vigilancia.

—Bueno, creo que iré a dar un vistazo por ahí, si no te importa —dijo.

Fue hacia la puerta pasando por encima de la hilera de bultos y maletas que Sma había traído consigo como equipaje.

—Adelante.

Sma se despidió de la unidad con un lánguido agitar de brazo, se quijo la chaqueta y dejó que cayera sobre el suelo del camarote.

La unidad ya casi había llegado a la puerta cuando Sma se irguió bruscamente con el ceño fruncido.

—Espera un momento… —murmuró—. ¿A qué se refería la nave cuando dijo eso de que nuestro destino no estaba demasiado claro? Infiernos, ¿es que no sabe adonde hemos de ir?

«Oh, oh…», pensó Skaffen-Amtiskaw.

Giró sobre sí misma hasta que su banda sensora quedó apuntando hacia el rostro de Sma.

—Ah… —dijo.

Sma entrecerró los ojos.

—Vamos a recoger a Zakalwe, ¿verdad?

—Sí. Claro.

—Y no tenemos que hacer nada más, ¿verdad?

—Desde luego que no. Recogemos a Zakalwe, le explicamos lo que queremos de él y le llevamos a Voerenhutz…, es sencillísimo. Quizá nos pidan que nos quedemos un tiempo rondando por allí para ver qué tal va todo, pero eso aún no está confirmado.

—Sí, sí, ya me esperaba algo parecido, pero… ¿dónde está Zakalwe exactamente?

—¿Dónde está Zakalwe exactamente…? —repitió la unidad—. Bueno… Yo… Eso es… Quiero decir que…

—De acuerdo —dijo Sma con irritación—. Dame su situación aproximada.

—No hay problema —dijo Skaffen-Amtiskaw, y empezó a retroceder hacia la puerta.

—¿No hay problema? —exclamó Sma poniendo cara de perplejidad.

—Sí, no hay ningún problema. Te aseguro que lo sabemos. Sabemos dónde está.

—Estupendo. —Sma asintió con la cabeza—. ¿Y bien?

—Y bien ¿qué?

—Y bien… —repitió Sma en un tono de voz bastante más alto—. ¿Dónde está Zakalwe?

—Está en Crastalier.

—¿Cras…?

—Crastalier. Ése es nuestro destino.

Sma meneó la cabeza y bostezó.

—Nunca he oído hablar de ese sitio. —Volvió a dejarse caer sobre el campo de la cama y se estiró—. Crastalier… —Su bostezo se fue haciendo más profundo y acabó llevándose una mano a la boca—. Maldita sea… Bastaba con que lo dijeras cuando te lo pregunté por primera vez.

—Lo siento —dijo la unidad.

—Mmmm… Olvídalo. —Sma alzó un brazo y su mano se interpuso en la trayectoria del rayo emitido por el sistema de la cabecera que controlaba las luces del camarote. La intensidad de las luces empezó a disminuir y Sma volvió a bostezar—. Creo que voy a recuperar alguna de las horas de sueño de las que no pude disfrutar anoche. Quítame las botas, ¿quieres?

La unidad le quitó las botas con mucha delicadeza pero lo más deprisa posible, cogió su chaqueta con un campo y la colgó dentro de un armario empotrado, metió el equipaje dentro de ese mismo armario y salió del camarote sin hacer ningún ruido mientras Sma se daba la vuelta sobre el campo de la cama y sus ojos se iban cerrando lentamente.

—Por los pelos… —murmuró Skaffen-Amtiskaw antes de iniciar su inspección de la nave.

* * *

Sma había subido a bordo poco después de la hora del desayuno según el tiempo de la nave, y despertó a primera hora de la tarde. Estaba terminando de arreglarse mientras la unidad clasificaba sus ropas por clase de prenda y orden de color y las colgaba dentro del armario o las doblaba y las guardaba en los cajones, cuando oyó sonar el timbre de la puerta. Sma salió del diminuto cuarto de baño con la boca llena de pasta dentífrica. Sólo llevaba puestos unos pantalones cortos. Intentó ordenar a la puerta que se abriera, pero al parecer la pasta dentífrica impidió que el monitor de la habitación comprendiera su balbuceo, por lo que fue hacia la puerta y la abrió.

Sus ojos intentaron salirse de las órbitas, lanzó una mezcla de chillido y gorgoteo ahogado y retrocedió de un salto. Su cuello se tensó preparándose para el grito que no tardaría en salir de sus pulmones.

Un instante después de que sus pupilas se hubieran dilatado y el mensaje de saltar hacia atrás apartándose de la puerta hubiera recorrido la distancia que se interponía entre su cerebro y los músculos de sus piernas, algo se movió dentro del camarote a una velocidad tan elevada que casi resultaba invisible. El movimiento fue seguido por un retumbar ahogado y una mezcla de silbido y chisporroteo.

Los tres proyectiles cuchillo de que disponía la unidad estaban inmóviles entre ella y la puerta flotando a la altura de sus ojos, su esternón y su ingle. Sma los contempló en silencio a través del campo tembloroso que la máquina había desplegado delante de su cuerpo. El campo se esfumó un segundo después.

Los proyectiles cuchillo giraron perezosamente en el aire y desaparecieron en el interior de Skaffen-Amtiskaw con un leve chasquido metálico.

—No vuelvas a hacerme eso —murmuró la máquina, concentrando de nuevo su atención en la tarea de clasificar los calcetines de Sma.

Sma se limpió la boca y contempló al monstruo de tres metros de altura cubierto de pelos marrones y amarillos que parecía estar intentando fundirse con la pared metálica que había enfrente de la puerta de su camarote.

—Nave… Xenito, ¿qué infiernos estás haciendo?

—Lo siento —dijo aquella criatura colosal. Su voz seguía siendo casi tan estridente y aflautada como cuando tenía el tamaño de un bebé—. Me pareció que ibas a tener muchas dificultades para establecer una relación de cariño y proximidad con un animalito peludo, y pensé que una versión más grande de ese mismo animalito quizá…

—Mierda… —dijo Sma, y meneó la cabeza—. Entra —dijo mientras volvía al cuarto de baño—. ¿O es que sólo querías enseñarme lo mucho que has crecido?

Se enjuagó la boca para quitarse la pasta dentífrica, hizo unas cuantas gárgaras y escupió.

Xenito logró entrar por la puerta con ciertas dificultades, inclinó la cabeza para no chocar con el techo y acabó instalándose en un rincón del camarote.

—Siento lo ocurrido, Skaffen-Amtiskaw.

—No hay problema —replicó la otra máquina.

—Ah, sí que lo hay, Sma —dijo Xenito—. La verdad es que quería hablar contigo sobre…

Skaffen-Amtiskaw se quedó totalmente inmóvil durante una fracción de segundo. Ese brevísimo período de tiempo bastó para que la unidad y la Mente de la nave llevaran a cabo un intercambio de pareceres prolijo, detalladísimo y un tanto caldeado, pero Sma sólo se enteró de que Xenito tardó unos momentos en seguir hablando.

—… sobre el baile de disfraces en tu honor que se va a celebrar esta noche —improvisó la nave.

Sma le sonrió sin salir del cuarto de baño.

—Una idea encantadora, nave. Gracias, Xenito. Sí, ¿por qué no?

—Estupendo. Pensé que sería mejor que hablara contigo antes de poner en marcha los preparativos. ¿Tienes alguna sugerencia que hacerme sobre los disfraces?

Sma se rió.

—Sí. Creo que iré disfrazada de ti. Prepárame uno de esos trajes que llevas.

—Ja, ja… Sí, buena idea. De hecho creo que puede ser una elección bastante frecuente, pero impondremos la regla de que no puede haber dos personas con el mismo disfraz. Bien… Hablaré contigo más tarde.

Xenito abandonó el camarote y la puerta se cerró detrás de él. Sma salió del cuarto de baño y pareció algo sorprendida ante una marcha tan brusca, pero se limitó a encogerse de hombros.

—Ha sido una visita breve pero repleta de emociones —observó mientras hurgaba entre los calcetines que Skaffen-Amtiskaw acababa de ordenar cuidadosamente por orden cromático—. Esa máquina es bastante rara.

—¿Qué esperabas? —preguntó Skaffen-Amtiskaw—. Es una nave estelar.

* * *

«Podrías haberme dicho que estás ocultándole el tamaño del objetivo hacia el que nos dirigimos», le comunicó la Mente de la nave a Skaffen-Amtiskaw.

«Tengo la esperanza de que nuestros agentes ya habrán logrado averiguar dónde está el tipo al que buscamos y que nos darán una posición exacta —replicó la unidad—. En ese caso Sma no tiene por qué enterarse de que hemos tenido unos pequeños problemas de localización.»

«Desde luego, desde luego, pero… ¿no crees que deberías haber empezado no ocultándole nada?»

«¡Ja! ¡No conoces a Sma!»

«Oh… ¿Estás intentando decirme que tiene un temperamento tirando a fuerte?»

«¿Qué esperabas? ¡Es un ser humano!»

* * *

La nave preparó un banquete a cuyas bebidas y viandas añadió toda la gama de sustancias capaces de alterar la química cerebral de los seres humanos que la buena educación permitía emplear sin que se considerara necesario poner avisos advirtiendo del peligro en cada cuenco, plato, copa o recipiente de líquido. Comunicó a la tripulación la hora en que empezaría la fiesta y alteró la disposición de la zona de reuniones distribuyendo una considerable cantidad de espejos y campos inversores por el recinto (aparte de ella misma, la lista final de invitados sólo incluía a veintidós personas, con lo que conseguir que el lugar tuviera un aspecto lo suficientemente abarrotado fue uno de los mayores obstáculos a los que se enfrentó en su intento de provocar la sensación de que el acontecimiento social a celebrar iba a ser lo bastante orgiástico y desenfrenado).

Sma desayunó, fue acompañada en una gira por la nave —aunque había muy poco que ver, pues la mayor parte del espacio estaba reservado a los sistemas motrices—, y pasó casi todo el resto del día refrescando sus conocimientos sobre la historia y la estructura política de Voerenhutz.

La nave envió una invitación formal a cada miembro de la tripulación donde se dejaba bien claro que estaba totalmente prohibido Hablar del Trabajo. Tenía la esperanza de que esa prohibición y la cantidad de narcóticos incluidos en las bebidas y viandas del banquete bastarían para que nadie abordara el tema de cuál era su destino exacto. Había jugueteado con la idea de limitarse a explicar que tenían un pequeño problema al respecto y pedirles que no hablaran del asunto, pero sospechaba que había por lo menos dos tripulantes que se tomarían dicho ruego como un desafío intolerable a su integridad personal y se sentirían obligados a tratar el tema en cuanto se presentara la más mínima ocasión de hacerlo. Momentos como ése siempre le hacían pensar en si sería conveniente convertirse en una nave sin tripulación, pero Xenófobo sabía que si les pedía que se marcharan acabaría echando de menos a los humanos. En circunstancias normales su compañía resultaba bastante divertida.

La nave puso la música a un volumen bastante alto, llenó las pantallas con los hologramas más interesantes que pudo encontrar en sus archivos, y rodeó la zona de reunión con un fabuloso holopaisaje de color verde y azul repleto de arbustos flotantes y árboles suspendidos entre el cielo y la tierra repletos de extraños pájaros con ocho alas que hacían piruetas y revoloteaban. El paisaje terminaba en una capa de neblina blanca de la que asomaban nubes con forma de naves parecidas, que hacían pensar en gigantescas masas de algodón pegadas a riscos de roca color pastel tan altos que contemplarlos suponía correr el riesgo de dislocarse el cuello. Los riscos estaban adornados con otro despliegue de nubecillas realzadas por centelleantes cascadas azul y oro, y coronados por ciudades fabulosas repletas de pináculos y esbeltos puentes. Los solidogramas de figuras históricas famosas que la nave había conseguido incorporar a sus bancos de datos se paseaban por entre los invitados reforzando la ilusión de que la fiesta estaba muy concurrida, y aprovechaban cualquier ocasión de charlar con los seres humanos disfrazados. Aparte de todo eso la nave había prometido más sorpresas y diversiones en cuanto la fiesta estuviera un poquito más avanzada y el ambiente se encontrara lo bastante caldeado.

Sma acudió disfrazada de Xenito, Skaffen-Amtiskaw se convirtió en un modelo a escala de la nave y la nave decidió utilizar otro sensor remoto, una criatura acuática también de color marrón y amarillo que parecía un pez más bien gordo y de ojos saltones. El sensor flotaba dentro de una esfera de agua de un metro de diámetro encerrada en un campo de energía que se movía a la deriva por el recinto como si fuera un globo extraviado.

—Ais Disgarve, a quien ya has conocido antes —dijo el sensor presentándole al joven que la había recibido en el hangar el día antes. El agua hacía que su voz sonara un poquito burbujeante—. Y Jetart Hrine.

Sma sonrió, saludó a Disgarve con un asentimiento de cabeza —haciendo una nota mental para intentar acordarse de que se llamaba «Disgarve», y no «Disgarb»*—, y dedicó un segundo asentimiento de cabeza a la joven que tenía al lado.

—Hola otra vez. ¿Qué tal?

—La —dijo Disgarve.

Se había disfrazado de explorador en climas muy fríos, y su cuerpo estaba envuelto en un montón de pieles.

—Hola —dijo Jetart Hrine.

Era bajita, más bien rechoncha y tenía la piel tan negra que casi parecía azul. Daba la impresión de ser muy joven, y vestía una especie de uniforme militar antiguo de colores sorprendentemente chillones completado por el rifle de proyectiles perforantes que colgaba de uno de sus hombros.

—Ya sé que no debemos hablar del trabajo —dijo mientras tomaba un sorbo de su copa—, pero si he de ser franca Ais y yo nos hemos estado preguntando cuál es nuestro dest…

—¡Aaaaah! —gritó el sensor de la nave.

El campo que contenía su esfera de agua se desvaneció y el líquido se desparramó sobre los pies de Sma, Hrine y Disgarve. Los tres retrocedieron de un salto. El sensor en forma de pez se desplomó sobre la madera roja del suelo y empezó a retorcerse.

—¡Agua! —graznó.

Sma lo cogió por la cola.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó.

—Una avería en el campo. ¡Agua! ¡Deprisa!

Sma se volvió hacia Disgarve y Hrine, que parecían bastante perplejos. Skaffen-Amtiskaw se abrió paso rápidamente por entre los invitados que iban hacia ellos.

—¡Agua! —repitió el sensor retorciéndose frenéticamente.

El ceño de Sma se fue arrugando muy despacio debajo del traje cubierto de pelos marrones y amarillos, y volvió la cabeza hacia la mujer vestida de soldado.

—¿Qué ibas a decir, Hrine?

—Iba a… ¡Ooof!

El modelo a escala uno/quinientos doce del piquete ultrarrápido Xenófobo debajo del que se ocultaba Skaffen-Amtiskaw chocó con la mujer y la obligó a retroceder tambaleándose. La copa que sostenía en la mano resbaló de entre sus dedos y cayó al suelo.

—¡Eh! —exclamó Disgarve apartando a Skaffen-Amtiskaw de un manotazo.

Hrine parecía bastante irritada y empezó a frotarse el hombro poniendo cara de dolor.

—¡Lo siento! —dijo Skaffen-Amtiskaw en voz muy alta—. ¡Qué torpe soy!

—¡Agua! ¡Agua! —volvió a chillar el sensor debatiéndose en la mano peluda de Sma.

—¡Cállate! —dijo secamente Sma. Se acercó un poco más a Jetart Hrine interponiendo su cuerpo entre la mujer y Skaffen-Amtiskaw—. Hrine, ¿tendrías la bondad de completar la pregunta que ibas a formular hace unos momentos?

—Yo sólo quería saber por qué…

El suelo vibró y el paisaje que les rodeaba se estremeció. Chorros de luz cegadora cayeron sobre ellos, y cuando alzaron la cabeza vieron que las fabulosas ciudades multicolores que coronaban los riscos estaban empezando a quedar envueltas en gigantescas mareas luminosas que fueron desvaneciéndose lentamente para revelar nubes de escombros, torres que se desmoronaban y puentes que caían convertidos en millones de fragmentos. Los riscos se agrietaron y maremotos de lava hirviente y burbujeantes nubes de cenizas negras y grises emergieron de las grietas en un despliegue de olas que medían kilómetros de altura. Las olas chocaron con el tembloroso paisaje que se extendía por debajo de ellas. Las naves hechas de nubes se fueron hundiendo mientras los pájaros de ocho alas revoloteaban a tal velocidad que sus alas salían disparadas del cuerpo. Sma les vio precipitarse hacia el dosel de vegetación azulverdosa y esfumarse entre graznidos y aparatosas explosiones de hojas y plumas.

Jetart Hrine estaba contemplando el espectáculo con expresión de incredulidad. Sma la agarró por el cuello del uniforme con una pata peluda y la sacudió para atraer su atención.

—¡Está intentando distraerte! —gritó, y volvió la cabeza hacia el sensor en forma de pez que colgaba de su otra pata—. ¡Basta ya! —le gritó. Volvió a sacudir a la mujer. Disgarve intentó aflojar la presa de la pata que sujetaba a Hrine, pero Sma le apartó la mano con bastante brusquedad—. ¿Qué ibas a decir?

—¿Por qué no sabemos adonde vamos? —gritó Hrine con la boca casi pegada a la nariz de Sma.

La pregunta fue claramente audible a pesar de que la tierra estaba agrietándose para soltar chorros de llamas. Una inmensa silueta negra de ojos rojizos emergió del abismo que acababa de aparecer ante ellos.

—¡Vamos a Crastalier! —gritó Sma.

Un bebé humano tan grande como una montaña se materializó en el cielo. El bebé les observó con expresión beatífica, les saludó con una sonrisa radiante y empezó a girar sobre sí mismo envuelto en una aureola de líneas y dibujos multicolores.

—¿Y qué? —aulló Hrine. Los relámpagos surcaron el espacio que separaba al bebé celeste de la bestia surgida del abismo y el trueno retumbó en sus oídos—. ¡Crastalier es un Grupo Abierto! ¡Debe de tener medio millón de estrellas como mínimo!

Sma se quedó totalmente inmóvil.

Los hologramas volvieron a mostrar las imágenes anteriores al cataclismo. El estrépito se esfumó para ceder paso a la música, pero las nuevas melodías eran mucho más relajantes y el volumen había bajado mucho. Los tripulantes se observaron los unos a los otros con expresiones de perplejidad y hubo numerosos encogimientos de hombros.

El sensor en forma de pez y Skaffen-Amtiskaw intercambiaron una rápida mirada. El sensor se convirtió en el holograma de una raspa de pescado. Skaffen-Amtiskaw se envolvió en otro holograma que mostraba al modelo a escala de la nave girando locamente sobre sí mismo mientras se desintegraba y empezaba a echar humo. Sma se volvió lentamente hasta quedar de cara a las dos unidades y las observó en silencio. Las dos máquinas volvieron a su forma anterior.

—¿Un… Grupo… Abierto? —preguntó.

Se llevó las manos a la cabeza y se quitó la peluda cabeza marrón y amarilla del disfraz.

Los labios de Sma estaban curvados en lo que parecía una sonrisa. Experiencias anteriores habían hecho que Skaffen-Amtiskaw se pusiera terriblemente nervioso cada vez que veía aquella expresión.

«Oh, mierda.»

«Creo que nos hallamos ante un ser humano del sexo femenino extremadamente irritado, Skaffen-Amtiskaw.»

«No me digas… ¿Tienes alguna idea?»

«Ni una. Lo dejo en tus campos. Voy a sacar mi culo de pez de aquí lo más rápidamente posible.»

«¡Nave! ¡No puedes hacerme esto!»

«Puedo y voy a hacerlo. Es tu prototipo, ¿no? Ya hablaremos luego. Adiós.»

El sensor con forma de pez se quedó repentinamente fláccido en la pata que lo sostenía. Sma lo dejó caer sobre los charcos de agua que cubrían el suelo.

La unidad decidió prescindir del disfraz y flotó hacia el rostro de Sma con todos los campos puestos al mínimo de intensidad. Inclinó unos centímetros su parte delantera y se quedó totalmente inmóvil en esa posición.

—Sma —dijo en voz baja—. Lo siento… No te he mentido, pero te he engañado.

—Mi camarote —dijo Sma con voz tranquila después de haber guardado silencio durante unos momentos—. Disculpadnos —le dijo a Disgarve y Hrine, y se alejó hacia su camarote seguida por la unidad.

* * *

Estaba flotando sobre la cama en la posición del loto desnuda salvo por los pantalones cortos. El traje de Xenito yacía en el suelo. Sus glándulas estaban produciendo «Calma» a toda velocidad, y parecía más entristecida que furiosa. Skaffen-Amtiskaw había esperado una discusión a grito pelado, y el enfrentarse con una decepción tan mesurada había hecho que su preocupación y abatimiento alcanzaran nuevas cimas.

—Pensé que si te lo decía te negarías a venir.

—Unidad… Es mi trabajo, ¿no?

—Lo sé, pero parecías tener tan pocas ganas de marcharte que…

—¿Qué esperabas? Llevaba tres años allí, y ni tan siquiera os tomasteis la molestia de avisarme con tiempo. Pero, aun así, ¿cuánto tardé en acceder incluso después de que me hablaras del sustituto? Vamos, unidad… Me explicaste cuál era la situación y la acepté. No había ninguna necesidad de ocultarme que Zakalwe había logrado escapar a la vigilancia.

—Lo siento —dijo la unidad en voz muy baja—. Ya sé que pedirte disculpas no arregla las cosas, pero… Lo siento muchísimo, de veras. Por favor, di que podrás perdonarme algún día.

—Oh, tampoco hace falta que lleves demasiado lejos el numerito del arrepentimiento. Limítate a contarme lo que nos espera en el futuro.

—De acuerdo.

Sma dejó que su cabeza se inclinara sobre su pecho durante unos momentos y volvió a erguirla.

—Puedes empezar contándome cómo se las arregló Zakalwe para darnos esquinazo. ¿Con qué le estábamos vigilando?

—Con un proyectil cuchillo.

—¿Con un… proyectil cuchillo?

La expresión de perplejidad de Sma estuvo a la altura de la que podía esperarse ante semejante revelación. Alzó una mano y se frotó lentamente el mentón con ella.

—Un último modelo, para ser exactos —dijo la unidad—. Nanoarmas, efector, unidad deformante de monofilamentos… Cerebro valor coma siete.

—¿Y Zakalwe logró darle esquinazo a semejante bestia?

Sma parecía estar a punto de soltar la carcajada.

—No se limitó a darle esquinazo. Se lo cargó.

—Mieeeeerda… —jadeó Sma—. No le creía tan listo. Oye, ¿fue un caso de auténtica inteligencia o fue pura suerte? ¿Qué ocurrió? ¿Cómo lo hizo?

—Bueno, es muy secreto, compréndelo… —dijo la unidad—. Te ruego que no hables del asunto con nadie.

—Palabra de honor —dijo Sma con sarcasmo poniéndose una mano en el pecho.

—Bueno… —dijo la unidad dejando escapar una especie de suspiro—. Necesitó un año entero para prepararlo, pero el sitio donde le dejamos después de que hiciera su último trabajo para nosotros… Verás, los humanoides de ese planeta comparten el espacio vital con mamíferos marinos de gran tamaño e inteligencia similar a la suya. Es una relación simbiótica altamente viable con una gran cantidad de intercambios entre las dos culturas. Zakalwe utilizó lo que le habíamos pagado por su trabajo para comprar una empresa que fabricaba sistemas láser usados en la medicina y los aparatos de guía y señales. Su trampa era muy complicada, y exigía utilizar el hospital que los humanoides estaban construyendo en la costa de un océano para tratar las enfermedades de esos mamíferos marinos. Uno de los equipos médicos que estaban probando era un Scanner Magnético de Resonancia Nuclear…, uno muy grande.

—¿Un qué?

—Es la cuarta forma más primitiva de examinar las entrañas de un ser acuático promedio.

—Sigue.

—El aparato utiliza campos magnéticos extremadamente potentes. Se suponía que Zakalwe debía probar un láser incorporado a la máquina, ¿comprendes? La prueba tenía que hacerse un día en el que todo el personal estaba de vacaciones. Zakalwe se las arregló para atraer al proyectil cuchillo hasta allí…, y activó la máquina.

—Creía que los proyectiles cuchillo no utilizaban ningún tipo de magnetismo.

—Y no lo utilizan, pero la estructura del proyectil contenía la cantidad de metal suficiente para que cualquier intento de moverse demasiado deprisa provocara remolinos magnéticos que podían resultar altamente nocivos para su integridad física.

—Pero seguía siendo capaz de moverse, ¿no?

—No lo bastante deprisa para escapar al láser que Zakalwe había colocado en un extremo del scanner. Se suponía que el láser debía servir para funciones de iluminación y que ayudaría a producir hologramas de los mamíferos marinos, pero Zakalwe instaló un artefacto de potencia militar… El proyectil cuchillo acabó literalmente frito.

—Uf. —Sma asintió con la cabeza y clavó la mirada en el suelo—. Ese hombre nunca dejará de sorprenderme… —Alzó los ojos hacia la unidad—. Zakalwe debía de tener muchas ganas de escapar a la vigilancia, ¿no?

—Sí, eso parece —dijo la unidad.

—Así que… Quizá no quiera volver a trabajar para nosotros. Puede que no desee volver a tener noticias nuestras.

—Me temo que debemos tomar en consideración esa posibilidad.

—Incluso si logramos encontrarle.

—Así es.

—¿Y lo único que sabemos es que se encuentra en algún lugar de un Grupo Abierto llamado Crastalier?

La incredulidad que sentía resultaba claramente audible en su tono de voz.

—Bueno, sabemos algo más que eso —dijo Skaffen-Amtiskaw—. Si se largó inmediatamente después de freír al proyectil cuchillo y subió a la nave más rápida disponible el número de sistemas en los que puede estar se reduce a unos diez o doce. Por suerte el nivel tecnológico de esa metacivilización no es tan alto… —La unidad vaciló y siguió hablando—. Voy a serte sincero, Sma. Si hubiéramos actuado enseguida utilizando todos los medios a nuestro alcance quizá habríamos conseguido atraparle, pero creo que las Mentes encargadas de controlar este tipo de situaciones quedaron tan impresionadas por el truco de Zakalwe que… Bueno, pensaron que merecía salirse con la suya. Mantuvimos una vigilancia general sobre todo el volumen, pero la búsqueda sólo ha alcanzado niveles de intensidad realmente serios en los últimos días. Hemos empezado a traer naves y gente de todas partes. Estoy seguro de que acabaremos encontrándole.

—¿Has dicho diez o doce sistemas, unidad? —preguntó Sma meneando la cabeza.

—Veintitantos planetas y puede que unos trescientos habitáculos espaciales lo bastante grandes como para ser tomados en consideración…, sin incluir las naves, naturalmente.

Sma cerró los ojos y volvió a menear la cabeza.

—No puedo creerlo.

Skaffen-Amtiskaw pensó que sería mejor no decir nada.

La mujer abrió los ojos.

—¿Estarías dispuesta a transmitirles un par de sugerencias de mi parte?

—Desde luego.

—Que se olviden de los habitáculos y de todos los planetas que se aparten mucho del tipo Promedio; que busquen en…, desiertos, zonas templadas; bosques pero no junglas…, y que se olviden de las ciudades. —Se encogió de hombros y se frotó la boca con una mano—. Si está realmente decidido a seguir escondiéndose no le encontraremos jamás. Si lo único que deseaba es poner un poco de distancia entre él y nosotros para vivir su vida sin ser observado…, quizá tengamos una posibilidad. Oh, y que presten una atención especial a todas las guerras, naturalmente. Sobre todo a las guerras no demasiado grandes y…, las que sean interesantes. ¿Comprendes a qué me estoy refiriendo?

—Sí. Transmitido.

En circunstancias normales la unidad se habría tomado aquella pequeña exhibición de psicología aficionada aplicada a la investigación con un considerable sarcasmo, pero decidió que dada la situación actual lo mejor que podía hacer era refugiarse en las metáforas.

Skaffen-Amtiskaw hizo un esfuerzo de imaginación, se mordió una lengua de la que no disponía y transmitió las observaciones de Sma a la nave para que las enviara a la flota de búsqueda que se estaba desplegando por la zona hacia la que se dirigían.

Sma tragó una honda bocanada de aire. Sus hombros subieron y bajaron lentamente.

—Esa celebración de bienvenida a bordo… ¿Aún no ha terminado?

—No —replicó Skaffen-Amtiskaw, ligeramente sorprendido.

Sma saltó de la cama y empezó a ponerse el disfraz de Xenito.

—Bueno, no queremos que nos tomen por un par de aguafiestas, ¿verdad?

Acabó de ponerse el traje, se inclinó para coger la cabeza cubierta de pelos amarillos y marrones y fue hacia la puerta.

—Sma… —dijo la unidad, siguiéndola—. Pensé que te pondrías hecha una furia.

—Puede que acabe haciéndolo cuando se me hayan pasado los efectos de los montones de «Calma» que he segregado —admitió Sma mientras abría la puerta y se colocaba la cabeza del disfraz—. Pero hasta entonces… Bueno, prefiero no perder mi tiempo y mis energías enfureciéndome.

Avanzaron por el pasillo. Sma se volvió hacia los débiles campos de colores contritos que envolvían a la máquina.

—Venga, unidad… Se supone que vamos a un baile de disfraces, ¿no? Pero te aconsejaría que intentaras dar con algo un poquito más imaginativo que un modelo a escala, ¿de acuerdo?

—Hmmm… —dijo la máquina—. ¿Tienes alguna sugerencia al respecto?

—No se me ocurre nada. —Sma suspiró—. ¿Qué te quedaría bien? Quiero decir… ¿Cuál es el disfraz perfecto para un bastardo hipócrita, cobarde, mentiroso y presumido que es incapaz de sentir el más mínimo respeto por otra persona y que no confía en nadie?

Fueron acercándose al ruido y las luces de la fiesta. Sma llevaba bastante rato sin oír ni el más mínimo sonido procedente de la unidad, por lo que acabó girando sobre sí misma y vio a un joven apuesto y de proporciones clásicas aunque de aspecto curiosamente anónimo siguiéndola por el pasillo. Los ojos del joven se apartaron lentamente de su trasero y fueron subiendo hasta encontrarse con su mirada.

Sma dejó escapar una carcajada.

—Sí…, magnífico. —Dio unos cuantos pasos más—. Aunque pensándolo mejor…, creo que prefería el modelo a escala.

XI

Nunca escribía en la arena, y hasta el dejar pisadas en ella le disgustaba. Pensaba que era una especie de comercio desarrollado en un solo sentido. Él se encargaba de recorrer la playa, y el mar proporcionaba los materiales, mientras que la arena se limitaba a ser la intermediaria que desplegaba los artículos como si fuera el inmenso y húmedo mostrador de una tienda colosal. La simplicidad de ese acuerdo siempre le había complacido.

A veces se entretenía observando pasar los barcos, y había momentos en los que deseaba estar a bordo de una de esas diminutas siluetas oscuras que iban de camino a un lugar pintoresco y exótico, o —si hacía un cierto esfuerzo de imaginación— a un puerto tranquilo repleto de luces parpadeantes, risas afables, amigos y bienvenidas. Pero lo más normal era que ignorara el lento desplazarse de esos puntitos y siguiera concentrado en la tarea de recorrer la playa recogiendo cosas con los ojos clavados en la espuma marrón grisácea que cubría la curva de la playa. El horizonte estaba limpio y vacío, el viento canturreaba sobre las dunas y los pájaros marinos giraban sobre su cabeza lanzando chillidos estridentes agradablemente desprovistos de sentido e impregnados de una vaga irritación que hacían vibrar la bóveda del cielo.

Los vehículos terrestres chillones y ruidosos que le visitaban de vez en cuando llegaban del interior. Siempre estaban adornados con gran abundancia de metales relucientes y luces parpadeantes, tenían ventanillas de muchos colores y rejillas o paneles sobrecargados de adornos complicadísimos. Los banderines aleteaban a su alrededor y pinturas concebidas con grandes dosis de entusiasmo pero pésimamente ejecutadas parecían chorrear de sus flancos. Los vehículos venían por el camino arenoso que llevaba a la ciudad-aparcamiento gruñendo, tosiendo y eructando humos mientras sus mecanismos protestaban por el exceso de carga que debían soportar. Los adultos asomaban la cabeza por las ventanillas o permanecían en equilibrio inestable sobre las rampas laterales; los niños correteaban al lado de los vehículos, se agarraban a las tiras y escaleras que cubrían sus flancos o chillaban y protestaban sentados en el techo.

Venían a ver al hombre extraño que vivía en la pintoresca choza de madera de las dunas. Vivir en algo que estaba unido al suelo y que no se movía nunca —algo que ni tan siquiera podía moverse—, les fascinaba y, al mismo tiempo, les producía una leve sensación de repugnancia. Los visitantes clavaban la mirada en el punto donde la madera y el papel embreado se encontraban con la arena, meneaban la cabeza y caminaban lentamente alrededor de la choza como si estuvieran intentando averiguar dónde tenía las ruedas. Hablaban entre ellos tratando de imaginar lo que sería soportar el mismo paisaje y la misma clase de clima día tras día. Abrían la puerta y olisqueaban la oscura atmósfera impregnada de humo y olor a hombre del interior de la choza, y se apresuraban a cerrarla afirmando en tono muy enfático que vivir unido a la tierra sin moverse nunca del mismo sitio no podía ser sano. Insectos, podredumbre, atmósfera estancada… No, no podía ser nada sano.

Él no les hacía ningún caso. Comprendía su lenguaje, pero fingía no entender ni una sola palabra de lo que decían. Sabía que la siempre cambiante población de la ciudad-aparcamiento que había en el interior le conocía como «el hombre-árbol», porque les gustaba imaginar que había echado raíces y que estaba tan unido al suelo como su choza desprovista de ruedas. Lo más normal era que cuando venían estuviese fuera de la choza y no llegara a verles. Los visitantes pronto dejaban de interesarse en aquel extraño espectáculo y se dirigían a la playa para chillar cuando las olas les mojaban los pies, arrojar piedras al océano y construir castillitos de arena. Después regresaban a sus vehículos-hogares y se alejaban de regreso hacia el interior acompañados por un coro de chirridos, gruñidos y bocinazos y envueltos en un parpadear de luces, y volvían a dejarle solo.

Apenas pasaba un día sin que encontrara algún pájaro marino muerto, y tropezaba con los despojos de los mamíferos marinos traídos por las olas cada tres o cuatro. Las algas y las flores del mar yacían sobre la arena como las guirnaldas y confetti que cubren el suelo después de una fiesta, y cuando se secaban ondulaban al viento desenredándose lentamente para acabar desintegrándose y ser arrastradas hacia el mar o perderse tierra adentro en un último despliegue de colores y podredumbre.

En una ocasión encontró un marinero muerto cuyo cuerpo había sido deformado por la prolongada estancia en las aguas. El lento palpitar espumoso del mar movía rítmicamente una de sus piernas. El hombre contempló el cadáver durante un rato. Después vació la bolsa de lona que contenía el botín traído por las olas y tapó delicadamente la cabeza del marinero y la parte superior de su torso con ella. La marea estaba bajando, y el cuerpo no sería arrastrado playa arriba. El hombre fue a la ciudad-aparcamiento —por una vez el carrito de madera en el que transportaba los tesoros del mar no iba delante de él abriéndole camino—, y habló con el sheriff.

El día en que encontró la sillita pasó de largo junto a ella, pero cuando volvió a pasar por aquel trozo de playa vio que seguía allí. Siguió andando y al día siguiente se alejó en dirección opuesta caminando hacia un horizonte distinto, y pensó que la tempestad que se produjo durante la noche la habría hecho desaparecer, pero al día siguiente vio que estaba en el mismo sitio, así que se la llevó a su choza y la aseguró con lianas sustituyendo la pata que había perdido por una rama encontrada en la playa. Después colocó la sillita junto a la puerta de la choza, pero nunca se sentaba en ella.

Una mujer venía a la choza cada cinco o seis días. La conoció en la ciudad-aparcamiento poco después de llegar allí, al tercer o al cuarto día de una borrachera continuada en la que no pensaba introducir ningún intervalo de sobriedad. Pagaba a la mujer por las mañanas, y casi siempre le daba más dinero del que creía que esperaba recibir porque se daba cuenta de que aún no había logrado superar del todo el miedo que le inspiraba aquella extraña vivienda sin ruedas.

La mujer solía hablarle de sus antiguos amores o de sus viejas esperanzas y de las nuevas, y el hombre la escuchaba sin prestarle mucha atención sabiendo que ella estaba convencida de que no entendía lo que le contaba. Cuando hablaba con ella usaba otro lenguaje y las historias que salían de sus labios resultaban todavía menos creíbles que las de la mujer. La mujer se acurrucaba junto a él con la cabeza sobre la dura planicie de su pecho y él hablaba como si conversara con la negrura que se cernía sobre su lecho, y el frágil recinto de madera que les protegía era tan pequeño que su voz jamás creaba ecos. El hombre usaba palabras que ella jamás entendería para hablarle de esa tierra encantada donde todo el mundo poseía poderes mágicos, donde nadie tenía que enfrentarse a dilemas o elecciones dolorosas y la culpabilidad casi era desconocida, y la pobreza y la degradación eran cosas de las que debías hablar a los niños para que pudieran comprender lo afortunados que eran, y donde jamás había corazones rotos por la pena o la desgracia.

Le habló de un hombre, un guerrero que había trabajado para los hechiceros haciendo cosas que ellos no podían o no querían hacer personalmente, y le contó que el guerrero había tomado la decisión de no seguir trabajando para ellos. Aquel hombre se había embarcado en una campaña personal fruto de la obsesión, porque quería verse libre de una carga cuya existencia se negaba a admitir —y que ni tan siquiera los hechiceros habían sido capaces de descubrir—, y al final de esa campaña acabó descubriendo que no sólo había aumentado el peso con el que debía cargar, sino que su capacidad de seguir soportándolo no era infinita.

Y a veces le hablaba de otro tiempo y otro lugar muy alejado en el espacio y en el tiempo y aún más alejado en la historia, un lugar donde cuatro niños habían jugado juntos en un inmenso y maravilloso jardín, pero su paraíso acabó siendo destruido por las armas, y le hablaba del chico que se convirtió primero en un joven y luego en un hombre, pero que no consiguió librarse jamás del amor que sentía hacia una muchacha. Años después aquel lugar tan lejano fue el escenario de una guerra pequeña pero terrible, y el jardín desapareció. (Y el paso del tiempo hizo que el hombre consiguiera arrancar a la chica de su corazón.) Al final, cuando llevaba tanto rato hablando que ya estaba medio dormido y la noche había llegado a su hora más oscura y la mujer ya llevaba mucho tiempo viajando por la tierra de los sueños, a veces le contaba en susurros la historia de un gran navío de combate que dormía en un lecho de piedra pero que seguía siendo tan temible y poderoso como en el pasado, y le hablaba de las dos hermanas que habían tenido en sus manos el destino de esa nave de guerra, y de sus destinos, y de la Silla y del Constructor de Sillas.

Después se quedaba dormido, y cuando despertaba, la mujer y el dinero siempre habían desaparecido.

Entonces volvía la mirada hacia el oscuro papel embreado que cubría las paredes e intentaba conciliar el sueño, pero no lo conseguía y acababa levantándose de la cama para vestirse. Después salía de la cabaña y volvía a recorrer la playa que se extendía hasta perderse en el horizonte, moviéndose lentamente bajo el cielo de color azul o negro y los pájaros marinos que giraban sobre su cabeza entonando tenazmente sus canciones desprovistas de significado, como si el mar y la brisa que olía a sal pudieran entenderlas.

El clima cambiaba, pero el hombre nunca se tomaba la molestia de mantenerse al corriente de los pronósticos y nunca sabía en qué estación vivía, pero el clima oscilaba del sol y el calor al frío y las nubes, y a veces el granizo caía del cielo y los vientos soplaban alrededor de la choza abriéndose paso con un gemido quejumbroso por las grietas del papel embreado y las hendiduras que había entre los tablones, y sus manos invisibles removían la arena caída sobre el suelo de la choza esparciéndola a un lado y a otro como si los granos de arena fuesen un montón de recuerdos calcinados.

La arena se iba acumulando dentro de la choza llegando primero de una dirección y luego de otra, y el hombre la recogía cuidadosamente y la arrojaba por la puerta entregándola al viento igual que si hiciese una ofrenda, y cuando había terminado se sentaba a esperar la próxima tormenta.

Siempre sospechaba que aquellas lentas inundaciones de arena seguían una pauta, pero nunca se decidía a hacer el intento de averiguar en qué podía consistir. Cada tres o cuatro días tenía que llevar su carrito de madera a la ciudad-aparcamiento para vender las cosas que le había traído el mar y conseguir dinero que convertir en provisiones y pagar a la mujer que acudía a su cabaña cada cinco o seis días.

La ciudad-aparcamiento con que se encontraba a cada nueva visita era distinta de la que había visto durante su última estancia en ella. Las calles se creaban o se evaporaban en un cambio continuo que dependía de la llegada o la marcha de los vehículos-hogares, y todo estaba supeditado al sitio en que decidieran aparcar sus propietarios. Había algunas estructuras casi inmutables, como el recinto del sheriff, el depósito de combustible, el remolque del herrero y el área en que las caravanas de la luz y las reparaciones habían instalado sus talleres, pero incluso ellas cambiaban poco a poco y todo lo que había a su alrededor se encontraba en un estado de flujo continuo, por lo que la geografía de la ciudad-aparcamiento nunca era idéntica de una visita a otra. Aquella permanencia precaria le producía una extraña satisfacción secreta, y el ir allí no le disgustaba tanto como intentaba aparentar.

El camino de tierra polvorienta estaba lleno de roderas y nunca se hacía más corto. El hombre siempre albergaba la esperanza de que los desplazamientos de la ciudad-aparcamiento fueran acercando lentamente su ajetreo y sus luces a la choza en que vivía, pero su deseo jamás se había visto cumplido y el hombre se consolaba pensando que si la ciudad se acercara las personas que la habitaban y su torpe curiosidad también estarían más cerca de él.

Una chica de la ciudad-aparcamiento —la hija de uno de los comerciantes con los que trataba— parecía más interesada por él que por las otras personas con las que tenía contacto. Siempre le daba algo de beber y le traía golosinas que cogía del remolque de su padre, y rara vez le dirigía la palabra. Se limitaba a entregarle lo que había traído, le sonreía tímidamente y se alejaba caminando muy deprisa con su ave marina —le habían cortado la mitad de cada ala, incapacitándola para volar— contoneándose detrás de ella sin dejar de graznar.

El hombre nunca le había dicho nada que no debiera decirle, y siempre apartaba la mirada de su esbelto cuerpo moreno. No sabía cuáles eran las leyes de cortejo por las que se regían los habitantes de la ciudad-aparcamiento, y aunque aceptar las golosinas y las bebidas siempre le había parecido el camino más sencillo y menos problemático a seguir no quería entrometerse más de lo estrictamente necesario en las vidas de aquella gente. Se dijo que la chica y su familia no tardarían en marcharse a otro sitio, y siguió aceptando sus pequeñas ofrendas con un asentimiento de cabeza que no iba acompañado por palabras o sonrisas, y no siempre bebía o comía todo lo que le entregaba. También se había dado cuenta del joven que parecía estar por allí cada vez que la chica le daba algo. El joven solía observarle con una expresión peculiar, y el hombre comprendió que deseaba a la chica, y a partir de entonces procuró apartar los ojos lo más rápidamente posible cada vez que su mirada se encontraba con la de él.

El joven le siguió un día mientras volvía a la choza perdida entre las dunas. Se plantó delante e intentó hacerle hablar. Después le golpeó en el hombro, acercó su cara a la del hombre y se puso a gritar. El hombre fingió que no le entendía. El joven trazó líneas sobre la arena delante de él y el hombre pasó sobre ellas empujando su carrito y le contempló parpadeando lentamente, con las dos manos rodeando las varas del carrito, y los gritos del joven se hicieron más airados y se inclinó para trazar otra línea sobre la arena que se interponía entre ellos.

El hombre acabó hartándose y cuando el joven volvió a clavarle un dedo en el hombro le agarró por la muñeca, le retorció el brazo hasta hacerle caer sobre la arena y le mantuvo inmovilizado durante unos momentos tirando de la articulación del hombro mientras medía cuidadosamente —al menos eso esperaba— la fuerza que ejercía. No quería romperle nada, pero deseaba causarle un dolor lo bastante intenso para que el joven quedara incapacitado durante dos o tres minutos, el tiempo que necesitaría para alejarse lentamente sobre las dunas empujando su carrito.

La táctica pareció funcionar.

Dos noches después —la noche después de que la mujer hubiera ido a la choza y de que él hubiera vuelto a hablarle de aquel terrible navío de combate, de las dos hermanas y del hombre que aún no había obtenido el perdón por lo que había hecho— la chica llamó a su puerta. El ave marina con las alas inutilizadas saltó y lanzó sus graznidos estridentes mientras la chica lloraba y le decía que le amaba y que había discutido con su padre, y él intentó apartarla de un empujón, pero la chica se escabulló por debajo de su brazo, se derrumbó sobre su cama y siguió llorando.

El hombre contempló la negrura sin estrellas de la noche y acabó clavando la mirada en los ojos del ave marina mutilada, que había dejado de graznar. Después fue hasta la cama, cogió a la chica en vilo y la sacó de la choza cerrando la puerta con un golpe seco y pasando el pestillo.

Sus gritos y los graznidos del ave marina entraron por las hendiduras que había entre los tablones durante un rato invadiendo el interior de la choza de una forma tan inexorable como los granos de arena que traía el viento. El hombre se tapó las orejas con las manos y tiró de las sucias mantas para ocultar su cabeza.

Su familia, el sheriff y puede que unas veinte personas más de la ciudad-aparcamiento se presentaron a la noche siguiente.

La chica había sido encontrada esa tarde en el sendero que llevaba a su choza. Estaba muerta, y la habían golpeado salvajemente antes de violarla. El hombre se quedó inmóvil en el umbral de la choza contemplando aquellos rostros iluminados por las llamas de las antorchas. Sus ojos se encontraron con los del joven que deseaba a la chica, y le bastó con mirarle para comprender lo que había ocurrido.

No podía hacer nada. La culpabilidad que brillaba en un par de ojos no era nada comparada con el fuego de la venganza que bailoteaba en los de los demás, así que cerró la puerta de un manotazo, corrió hasta el otro extremo de la choza y derribó los frágiles tablones de madera para alejarse hacia las dunas y la oscuridad.

Aquella noche tuvo que luchar con cinco de ellos y faltó poco para que matara a dos, pero al final encontró al joven y a uno de sus amigos buscándole sin demasiado entusiasmo cerca del sendero.

Dejó inconsciente al amigo y sus manos se cerraron sobre la garganta del joven. Cada uno de ellos llevaba un cuchillo. El hombre se los quedó, llevó al joven hasta la choza con la hoja de un cuchillo rozando su garganta.

Prendió fuego a la choza.

Cuando la luz hubo atraído a una docena de hombres subió a la duna más alta de las que rodeaban la hondonada manteniendo inmovilizado al joven con una mano.

Los hombres de la ciudad-aparcamiento alzaron la cabeza hacia el extranjero iluminado por las llamas. El hombre dejó que el joven se derrumbara sobre la arena y arrojó los dos cuchillos haciendo que se clavaran junto a sus pies.

El chico cogió los cuchillos y se lanzó sobre él.

El hombre se movió, permitió que el joven pasara junto a él y le desarmó. Cogió los dos cuchillos y los arrojó delante del joven con la empuñadura hacia abajo. El joven volvió a atacarle blandiendo un cuchillo en cada mano y, una vez más, el hombre permitió que pasara junto a él —el movimiento fue tan rápido que apenas resultó visible— y le quitó los cuchillos de entre los dedos. Le puso la zancadilla y arrojó los cuchillos antes de que hubiera conseguido levantarse de la arena. Los cuchillos se hundieron en la arena a un centímetro de su cabeza, uno a la derecha y el otro a la izquierda. El joven gritó, cogió los dos cuchillos y se los arrojó.

El hombre movió la cabeza de manera imperceptible y los cuchillos pasaron silbando junto a sus orejas. Los hombres que les observaban a la parpadeante claridad de las antorchas movieron la cabeza para seguir la trayectoria que debían trazar hasta perderse en las dunas que había detrás de ellos, pero cuando volvieron la mirada hacia él con expresiones de perplejidad y sorpresa vieron que el forastero tenía un cuchillo en cada mano, y comprendieron que los había pillado al vuelo. El hombre volvió a arrojarlos delante del joven.

El joven los cogió y lanzó un alarido gutural. Sus manos ensangrentadas se movieron torpemente para agarrarlos por las empuñaduras y volvió a lanzarse sobre el forastero, quien le derribó, le arrancó los cuchillos de las manos y sostuvo uno de los codos del joven sobre su rodilla con el brazo tenso durante un segundo interminable como si se dispusiera a rompérselo…, y acabó soltándolo. El hombre volvió a coger los cuchillos y los depositó en las palmas del joven.

Oyó los sollozos ahogados por la negrura de la arena y sintió el peso de las miradas que les observaban.

Se preparó para echar a correr y miró a su espalda.

El ave marina saltó y movió frenéticamente sus alas mutiladas golpeando el aire y la arena con ellas hasta que consiguió llegar a lo alto de la duna. Inclinó la cabeza y contempló al forastero con un ojo encendido por los reflejos de las llamas.

Los hombres de la hondonada parecían haber quedado paralizados por el bailotear de las llamas.

El ave marina fue hacia el joven que seguía sollozando sobre la arena y dejó escapar un graznido ensordecedor. Movió las alas, volvió a graznar y su pico buscó los ojos del joven.

El joven intentó quitársela de encima, pero el ave dio un gran salto, graznó y movió las alas, y las plumas salieron disparadas por los aires y cuando el joven le rompió un ala el ave se desplomó sobre la arena con la cola apuntando hacia su rostro y le lanzó un chorro de excrementos casi líquidos.

El rostro del chico entró en contacto con la arena y los sollozos hicieron temblar su cuerpo.

El forastero contempló los rostros de los hombres inmóviles en la hondonada mientras su choza se iba derrumbando y los remolinos de chispas anaranjadas se alzaban hacia el silencio del cielo nocturno.

El sheriff y el padre de la chica acabaron subiendo a la duna y se llevaron al joven, y una luna después la familia de la chica se marchó de la ciudad-aparcamiento y dos lunas después el cuerpo envuelto en cuerdas del joven fue arrojado a un agujero recién excavado en el promontorio rocoso más cercano y sepultado debajo de un montón de piedras.

Los habitantes de la ciudad-aparcamiento no volvieron a dirigirle la palabra, aunque un comerciante seguía aceptando los objetos que recogía de la playa. Los ruidosos vehículos de colores chillones dejaron de recorrer el sendero arenoso para venir a verle, y le sorprendió descubrir que les echaba de menos. Montó una pequeña tienda junto a los restos ennegrecidos de la choza.

La mujer dejó de visitarle, y no volvió a verla nunca. Se consoló pensando que conseguía tan poco dinero a cambio de sus hallazgos que no podría haberle pagado el que se acostara con él y seguir comiendo.

Y descubrió que lo peor de todo era el no tener a nadie con quien hablar.

* * *

Vio a la silueta sentada en la playa unas cinco lunas después de haber prendido fuego a su choza. Se quedó inmóvil durante unos momentos sin saber qué hacer y acabó yendo hacia ella.

Se detuvo cuando estaba a unos veinte metros de la mujer e inspeccionó concienzudamente un trozo de red caído sobre la señal de la marea. El trozo de red aún conservaba los flotadores y los primeros rayos del sol matinal los hacían brillar como si fuesen un manojo de soles atrapados en la tierra.

Miró a la mujer. Estaba sentada con las piernas cruzadas delante del cuerpo y los brazos apoyados en el regazo con los ojos fijos en el mar. Vestía un traje sencillo y sin adornos. El cielo y la tela eran del mismo color.

Fue hacia ella y dejó caer su nueva bolsa de lona a su lado. La mujer no se movió.

Se sentó junto a ella, adoptó la misma postura y, como ella, clavó los ojos en el mar.

Esperó hasta que las olas hubieran chocado contra la arena rompiéndose y alejándose hacia el mar, y tosió para aclararse la garganta antes de hablar.

—Ha habido algunos momentos en los que tenía la sensación de que me estaban observando —dijo.

Sma tardó un poco en responder. Las aves marinas giraban en el aire llamándose unas a otras en un lenguaje que el hombre seguía sin comprender.

—Oh, es una sensación muy común —dijo por fin.

El hombre deslizó una mano sobre la arena alisando la ondulación dejada por una ola.

—No soy un objeto de tu propiedad, Diziet.

—No —dijo Sma volviéndose hacia él—. Tienes razón. No eres un objeto, y no somos tus dueños. Lo único que podemos hacer es preguntarte…

—¿Qué?

—Si estás dispuesto a volver. Tenemos un trabajo para ti.

—¿De qué se trata?

—Oh… —Sma alisó la tela que cubría sus rodillas—. Queremos que nos ayudes a convencer a una pandilla de aristócratas de que deben olvidar el pasado y entrar en el próximo milenio. Tendrías que trabajar desde dentro.

—¿Por qué?

—Es importante.

—¿Hay algo que no lo sea?

—Y esta vez podemos pagarte lo que te mereces.

—La última vez fuisteis más que generosos. Montones de dinero y un cuerpo nuevo… ¿Qué más puede pedir un hombre? —Movió la mano señalando primero la bolsa de lona que había dejado caer junto a ella y luego los harapos manchados por la sal que vestía—. No te dejes engañar por esto. No he perdido mi paga. Soy rico…, de hecho, aquí se me consideraría riquísimo. —Contempló las olas que venían hacia ellos y las vio convertirse en espuma y volver a alejarse—. Quería disfrutar de la vida sencilla durante una temporada.

Dejó escapar algo que parecía una risa ahogada y se dio cuenta de que era la primera risa que salía de sus labios en todo el tiempo que llevaba allí.

—Lo sé —dijo Sma—. Pero esto es distinto. Te repito que esta vez podemos pagarte lo que te mereces.

El hombre la miró.

—Basta. Deja de hacerte la enigmática. ¿De qué estás hablando?

La mujer volvió la cabeza hacia él y clavó los ojos en su rostro. El hombre tuvo que hacer un considerable esfuerzo de voluntad para no desviar la mirada.

—Hemos encontrado a Livueta —dijo.

El hombre siguió mirándola a los ojos durante un tiempo, parpadeó y acabó apartando la vista. Carraspeó, contempló las aguas iridiscentes que se extendían ante ellos y tuvo que limpiarse los ojos con una mano. Sma le observaba en silencio. El hombre se llevó una mano al pecho sin darse cuenta de lo que hacía y se lo frotó lentamente acariciándose la piel justo por encima del corazón.

—Ya… ¿Estáis seguros de haberla encontrado?

—Sí, estamos seguros.

El hombre siguió contemplando las olas en silencio y de repente tuvo la sensación de que ya no le traían cosas. Habían dejado de ser mensajeras de las tormentas lejanas que le ofrecían su botín, y se habían convertido en un sendero, un camino, otra especie de oportunidad igualmente lejana que parecía hacerle señas.

«¿Es así de sencillo? —se preguntó—. Una palabra, un nombre surgido de los labios de Sma y digo que sí a todo arrojándome de nuevo en sus brazos… ¿Y todo a causa de ella?»

Esperó a que unas cuantas olas más se hubieran estrellado contra la arena. Las aves marinas seguían graznando sobre sus cabezas.

—De acuerdo —suspiró, y se pasó una mano por entre los enredados mechones de su cabellera—. Cuéntamelo todo.

4

—No podemos olvidar que la última vez en que pasamos por todo esto Zakalwe la cagó —insistió Skaffen-Amtiskaw—. Creo recordar que acabó congelándose el trasero en ese Palacio de Invierno, ¿verdad?

—Tienes razón —dijo Sma—, pero cagarla no es propio de él. De acuerdo, metió la pata…, y no sabemos por qué. Ha tenido tiempo más que suficiente para pensar en lo ocurrido, y puede que quiera una ocasión de demostrar que sigue siendo capaz de hacer este tipo de cosas. Puede que estuviera deseando que le encontráramos.

—Cielo santo —suspiró la unidad—. Sma la Cínica ha empezado a tomar sus deseos por realidades… Espero que no estés perdiendo las facultades tú también.

—Oh, cállate.

Sma volvió la cabeza hacia la pantalla del módulo y observó el planeta que se iba acercando a ellos.

* * *

Llevaban veintinueve días a bordo del Xenófobo.

La fiesta de disfraces concebida para romper el hielo había cumplido su función con un éxito aplastante. Sma despertó en el área de recreo. Estaba en una pequeña sala repleta de almohadones, se hallaba tan desnuda como el día en que nació y a su alrededor había una confusión de miembros y torsos igualmente desnudos. Movió cautelosamente un brazo hasta sacarlo de debajo de las voluptuosas curvas de Jetart Hrine, se puso en pie con cierta dificultad y contempló los cuerpos que respiraban o roncaban apaciblemente a su alrededor fijándose sobre todo en los hombres, y caminó de puntillas por entre la tripulación dormida —avanzando con gran cautela y estando a punto de perder el equilibrio varias veces por culpa de los almohadones mientras sus músculos se quejaban y temblaban—, hasta llegar a la agradable solidez del suelo de madera rojiza. El resto de la zona ya volvía a estar limpio y ordenado. Apenas salió de la sala Sma vio un par de mesas que contenían pulcros montoncitos de prendas y pensó que la nave debía haberse encargado de clasificar las ropas de todo el mundo.

Sma se dio masaje en los genitales para aliviar un leve cosquilleo que la estaba molestando y torció el gesto. Se inclinó hacia adelante para echarles un vistazo y vio que la piel estaba de color rosa fuerte y daba la impresión de hallarse algo irritada. Toda la zona parecía un poco viscosa, y decidió que sería mejor darse un baño.

Se encontró con la unidad a la entrada del pasillo. El brillo rojizo que teñía sus campos debía ser, en parte, un mudo comentario al aspecto de Sma.

—¿Has dormido bien? —preguntó la unidad.

—No vuelvas a empezar con eso, ¿de acuerdo?

La unidad se puso junto a su hombro y la siguió hacia el ascensor.

—Parece que te has hecho muy amiga de la tripulación, ¿eh?

Sma asintió.

—A juzgar por lo molida que estoy creo que me he hecho amiga íntima de todos. ¿Dónde está la piscina de esta nave?

—Encima del hangar —dijo la máquina.

Sma y Skaffen-Amtiskaw entraron en el ascensor.

—¿Grabaste algo interesante anoche? —preguntó Sma apoyándose en la pared del ascensor mientras empezaban a bajar.

—¡Sma, te aseguro que nunca sería capaz de cometer semejante falta de educación! —exclamó la unidad.

—Hmmm…

Sma enarcó una ceja. El ascensor se detuvo y abrió la puerta.

—Aun así… ¡Qué recuerdos! —casi jadeó la unidad—. Tu voracidad y tu resistencia dicen mucho en favor de tu especie…, supongo.

Sma se zambulló en el estanque de remolinos, emergió unos momentos después y escupió un chorro de agua dirigido a Skaffen-Amtiskaw, quien lo esquivó y retrocedió hacia el ascensor.

—Bueno, te dejaré sola para que disfrutes del baño. A juzgar por lo que ocurrió anoche, cuando los instintos primitivos se apoderan de ti ni tan siquiera una inocente unidad ofensiva está a salvo.

Sma le lanzó una rociada de agua con la mano.

—Sal de aquí, orinal presumido.

—Y no creas que el decirme cosas bonitas te servirá de nada… —consiguió replicar la unidad antes de que la puerta del ascensor se cerrara delante de ella.

Sma no se habría sorprendido demasiado si la atmósfera de la nave hubiera estado algo tensa durante un par de días después de la fiesta, pero la tripulación no pareció dar ninguna importancia a lo ocurrido y Sma acabó llegando a la conclusión de que en el fondo todos eran buena gente. La moda de los resfriados no duró mucho, por suerte, y Sma fue creándose su propia rutina particular y se adaptó a ella. Pasaba la mayor parte del día estudiando todo lo referente a Voerenhutz e intentando adivinar en cuál de las civilizaciones interrelacionadas hacia las que se dirigían podía estar Zakalwe…, y pasándoselo bien con el tipo de actividades que había practicado al final de la fiesta, aunque desde luego no a la misma escala ni con el abandono casi frenético al que estaba claro había sucumbido durante su primera noche a bordo.

Llevaban diez días de viaje cuando la Sólo es una prueba le comunicó que Elegante había tenido gemelos y que tanto la madre como los cachorros se encontraban bien. Sma empezó a codificar un mensaje dando instrucciones al sustituto para que felicitara a la madre con un gran beso de su parte, pero comprendió que la máquina dejada en su lugar ya lo habría hecho. Aquello la irritó, y acabó limitándose a enviar un acuse de recibo.

Se mantuvo al corriente de las últimas novedades producidas en Voerenhutz. Cada transmisión de Contacto era más sombría que la anterior. Los conflictos locales que se habían producido en una docena de planetas amenazaban con intensificarse hasta alcanzar la categoría de guerra a gran escala. Conseguir una respuesta directa cada vez resultaba más difícil, y Sma acabó medio convencida de que aun suponiendo que lograran encontrar a Zakalwe nada más llegar y pudieran convencerle de que les acompañara llevándole hasta allí sin bajar ni un segundo de la velocidad máxima permitida por el diseño del Xenófobo, las posibilidades de que llegara a Voerenhutz a tiempo de que su presencia alterara significativamente la situación eran del cincuenta por ciento en el mejor de los casos.

—Mierda galáctica… —exclamó la unidad un día.

Sma estaba en su camarote revisando informes cautelosamente optimistas sobre la conferencia de paz que estaría desarrollándose en su lejano hogar (debía admitir que cuando pensaba en la vieja central energética usaba esa palabra, y estaba empezando a echarlo de menos).

—¿Qué pasa?

Se volvió hacia la máquina.

La unidad giró sobre sí misma y la enfocó con su banda sensora.

—Acaban de alterar el curso del ¿Cuáles son las aplicaciones civiles?

Sma esperó en silencio.

—Es un VGS de la clase Continente —dijo la unidad—. Subclase Veloz, uno de los limitados.

—Hace un momento dijiste que era un Vehículo General y ahora dices que es un Vehículo Limitado. Decídete.

—Oh, perdona. Quería decir que es una serie limitada…, se trata de un modelo más rápido que la luz. Cuando se pone en marcha y acelera al máximo puede ser aún más veloz que esta bestezuela en la que viajamos —dijo la unidad, yendo hacia ella con los campos iluminados por una extraña mezcla de púrpura y verde oliva que Sma creía recordar indicaba «Respeto atemorizado». De una cosa sí estaba segura, y era que jamás se la había visto utilizar antes—. Va hacia Crastalier —añadió Skaffen-Amtiskaw.

—¿Crees que es por nosotros? ¿Por Zakalwe? —preguntó Sma frunciendo el ceño.

—Nadie quiere abrir la boca, pero es justamente lo que pienso. Todo un Vehículo General de Sistemas sólo para nosotros… ¡Uf!

—Uf —dijo Sma poniendo mala cara.

Pulsó una tecla y la pantalla le mostró una imagen con lo que había delante del Xenófobo, que seguía moviéndose velozmente a través de los sistemas estelares con rumbo a Crastalier. La falsa representación de la pantalla mostraba a las estrellas que tenían delante como puntitos blanco-azulados, y con un cierto grado de aumento se podía ver toda la estructura del Grupo Abierto.

Sma meneó la cabeza y volvió a concentrar su atención en los informes sobre la conferencia de paz.

—Zakalwe, maldito gilipollas… —murmuró—. Será mejor que aparezcas lo más pronto posible.

Cinco días después y cuando aún se encontraban a cinco días de su destino, la Unidad General de Contacto Cierto, la gravedad es ínfima les envió un mensaje desde las profundidades del Grupo Abierto anunciándoles que había logrado encontrar la pista de Zakalwe.

* * *

El globo blanco y azul ya ocupaba toda la pantalla. El módulo inclinó su morro y se preparó para sumergirse en la atmósfera.

—Estoy empezando a tener la sensación de que esto va a ser una debacle absoluta —dijo la unidad.

—Sí —dijo Sma—, pero no estás al mando de la operación.

—Hablo en serio —dijo la máquina—. Zakalwe ha logrado burlar la vigilancia a que le teníamos sometido. No quiere que le encontremos, no se dejará convencer y aun suponiendo que se produzca un milagro y logremos persuadirle de que debe ayudarnos no podrá convencer a Beychae. Ese tipo ha decidido meterse en un callejón sin salida, y está acabado.

Y la mente de Sma se dejó invadir por los recuerdos. Volvía a estar en aquella playa que terminaba en el horizonte, y el hombre estaba sentado en silencio junto a ella contemplando como las olas llegadas del océano subían y bajaban por la húmeda extensión de arena.

Sma tuvo que hacer un esfuerzo para volver a la realidad.

—Sigue siendo lo bastante bueno para convertir en chatarra a un proyectil cuchillo —dijo mirando a la máquina.

Volvió la cabeza hacia la pantalla y observó el océano cubierto de calina y nubes que se iba desplegando debajo del módulo. Estaban acercándose al punto donde empezaba la capa de nubes.

—Entonces estaba trabajando para él mismo. Con nosotros será otro Palacio de Invierno…, lo presiento.

Sma meneó la cabeza, aparentemente hipnotizada por el paisaje de nubes y la curva del océano.

—No sé qué ocurrió allí. Quedó atrapado en ese asedio y se negó a hacer nada para escapar. Le advertimos, y al final se lo explicamos con toda claridad, pero él no quería…, no podía hacer nada. No entiendo qué le sucedió, de veras. Fue como si hubiera dejado de ser el Zakalwe de siempre.

—Bueno, recuerda que perdió la cabeza en Fohls. Puede que perdiera algo más que la cabeza… Quizá lo perdió todo allí. Quizá no logramos rescatarle a tiempo…

—Logramos rescatarle a tiempo —dijo Sma.

Las palabras de la unidad hicieron que Fohls también volviera a su mente. Estaban atravesando una gruesa capa de nubes y la pantalla sólo mostraba una masa grisácea. Sma no se tomó la molestia de ajustar la longitud de onda, y se dedicó a contemplar la luminosa falta de rasgos distintivos del interior de la capa de cúmulos por la que se estaban moviendo.

—Aun así fue una experiencia traumática —dijo la unidad.

—Desde luego, pero…

Sma se encogió de hombros. La pantalla volvió a mostrar el océano y las nubes, y el módulo aumentó levemente el ángulo de su descenso hacia las olas mientras incrementaba la aceleración. El mar pareció salir disparado a su encuentro. Sma desactivó la pantalla y le lanzó una mirada algo avergonzada a Skaffen-Amtiskaw.

—Nunca me ha gustado ver los descensos —confesó. La unidad no dijo nada. El silencio se adueñó del interior del módulo durante unos momentos—. ¿Aún no hemos llegado? —preguntó Sma por fin.

—Estamos haciendo nuestra pequeña imitación de un submarino —dijo la unidad en un tono de voz algo seco—. Llegaremos a tierra dentro de quince minutos.

Sma volvió a activar la pantalla, ajustó los mandos para que mostraran una imagen sónica y contempló el fondo del mar que desfilaba rápidamente por debajo de ellos. El módulo no paraba de maniobrar, girando, hundiéndose y alterando la velocidad para esquivar a las criaturas marinas mientras seguía la pendiente cada vez más pronunciada de la meseta continental que terminaría llevándoles a tierra firme. La imagen de la pantalla resultaba un poco desconcertante. Sma volvió a desactivarla y miró a la unidad.

—Estará bien y vendrá con nosotros. Seguimos sabiendo dónde está esa mujer, ¿no?

—¿Livueta la Despectiva? —replicó la unidad con voz burlona—. Creo recordar que la última vez no le trató demasiado bien. Si tu seguro servidor no hubiese estado allí para salvarle Zakalwe habría acabado con la cabeza hecha trocitos… ¿Qué razón puede tener Zakalwe para querer verla de nuevo?

—No lo sé. —Sma frunció el ceño—. Se niega a hablar del asunto, y Contacto aún no ha tenido tiempo de llevar a cabo una investigación completa sobre el que creemos es su planeta de origen. Tengo la impresión de que todo eso está relacionado con algo de su pasado…, algo que hizo antes de que oyéramos hablar de él. No lo sé… Creo que la ama, o que la amó, y sigue creyendo que la ama…, o quizá sólo quiera…

—¿Qué? ¿Qué es lo que quiere? Venga, dímelo.

—¿Que le perdone?

—Sma, basta con pensar en todas las cosas que Zakalwe ha hecho desde que le conocemos para comprender que si hubiera que empezar a perdonárselas haría falta inventar una divinidad exclusiva para él.

Sma volvió la vista hacia la pantalla desactivada y meneó la cabeza.

—La vida no funciona así, Skaffen-Amtiskaw —dijo en voz baja.

«Ni así ni de ninguna otra forma…», pensó la unidad, pero no dijo nada.

* * *

El módulo emergió en un muelle desierto situado en el centro de la ciudad, se quedó inmóvil durante unos momentos flotando entre las algas y la basura y alteró la textura de sus campos externos haciéndola un poco más rugosa para que los desperdicios aceitosos que bailoteaban sobre las olitas no pudieran adherirse a ella.

Sma vio cerrarse la escotilla superior y bajó de la unidad para pisar la maltrecha superficie de cemento del muelle. El noventa por cien de la masa del módulo estaba sumergida, y parecía un bote de quilla plana que hubiera decidido convertirse en tortuga. Sma intentó alisar los pliegues de los pantalones más bien vulgares que, por desgracia, estaban haciendo furor en aquel lugar y momento, y contempló los almacenes vacíos y medio en ruinas que parecían rodear el muelle desierto. El gruñido ahogado de la ciudad podía oírse al otro lado del círculo de edificios, y Sma descubrió que aquellos sonidos lejanos le resultaban curiosamente reconfortantes.

—Oye, ¿qué habías dicho de no buscar en las ciudades? —preguntó Skaffen-Amtiskaw.

—No seas maleducado —replicó Sma. Dio una palmada y se frotó las manos. Bajó la vista hacia la unidad y sonrió—. Bien, viejo amigo… Ha llegado el momento de que empieces a comportarte como si fueras una maleta vieja. Ah, y no te olvides del asa.

—Espero que comprendas que todo esto me resulta tan humillante como te imaginas que debe resultarme —dijo Skaffen-Amtiskaw con tranquila dignidad.

La unidad proyectó el solidograma de un asa y giró sobre sí misma hasta quedar apoyada en el suelo. Sma cogió el asa e intentó levantarla.

—Una maleta vacía, idiota —gruñó.

—Oh, disculpa, ha sido un descuido —murmuró Skaffen-Amtiskaw, y se apresuró a disminuir su peso.

* * *

Sma abrió la cartera llena de dinero que había sido sacado de un banco del centro de la ciudad pocas horas antes por el efector del Xenófobo, siempre dispuesto a ayudar, y pagó al taxista. Se quedó inmóvil durante unos momentos viendo pasar la atronadora hilera de transportes de tropas que iba avenida abajo y acabó tomando asiento en un banco de piedra situado junto a una tira de árboles y césped para contemplar la ancha acera, la avenida que se extendía más allá de ella y el impresionante edificio de piedra que había al otro lado. Colocó a la unidad junto a ella. El tráfico desfilaba rugiendo a toda velocidad; los transeúntes iban y venían por la acera moviéndose con la premura de quienes llegan tarde a sus destinos.

«Bueno —pensó—, por lo menos parece que tienen casi todas las características del tipo Promedio…» Nunca le había gustado tener que soportar alteraciones físicas para pasar desapercibida entre los nativos. La civilización del planeta en que se encontraba ya era capaz de viajar por el sistema, y los nativos estaban bastante acostumbrados a ver aspectos físicos distintos al suyo, e incluso algún que otro alienígena. Su estatura era superior a la media, naturalmente, pero Sma había aprendido a pasar por alto las ocasionales miradas de curiosidad.

—¿Sigue ahí dentro? —preguntó en voz baja alzando la mirada hacia los centinelas armados que montaban guardia delante del Ministerio de Asuntos Extranjeros.

—Está hablando de montar una especie de negocio o fundación con uno de los jefazos —murmuró la unidad—. ¿Quieres oír lo que dicen?

—Hmmm… No.

Disponían de un sensor en la sala de conferencias, una máquina diminuta con la apariencia de una mosca que se paseaba por las paredes y el techo.

—¡Uf! —exclamó la unidad—. ¡Ese tipo es increíble!

Sma no pudo contenerse y miró a la unidad.

—¿Qué ha dicho? —preguntó frunciendo el ceño.

—¡No me refiero a Zakalwe! —jadeó la unidad—. La Cierto, la gravedad es ínfima acaba de averiguar lo que nuestro maníaco ha estado haciendo aquí.

La UGC seguía en órbita actuando como apoyo invisible del Xenófobo. Los procedimientos y el equipo de Contacto les habían proporcionado casi toda la información de que disponían y seguían recopilando datos a cada momento que pasaba, y su sensor en forma de mosca estaba grabando todo lo que ocurría en la sala de conferencias. Aparte de eso, la UGC continuaba investigando en los ordenadores y bancos de datos de todo el planeta.

—¿Y bien? —preguntó Sma.

Otro transporte de tropas pasó rugiendo por la avenida.

—Ese tipo ha perdido la cabeza. ¡Sufre una auténtica locura provocada por el poder! —murmuró la unidad como si hablara consigo misma—. Olvídate de Voerenhutz. Tenemos que sacarle de aquí aunque sólo sea por estos pobres nativos…

Sma se inclinó y asestó un codazo a la maleta-unidad.

—Maldita sea, ¿de qué estás hablando?

—De acuerdo, ahí va. Zakalwe es todo un jodido magnate, ¿entendido? Nivel megapoderoso con intereses y conexiones por todas partes gracias a lo que trajo consigo después de haber liquidado al proyectil cuchillo…, lo que le pagamos la última vez más intereses y beneficios de sus inversiones. Y ¿cuál es el núcleo del imperio comercial que ha levantado aquí? Pues nada menos que la tecnología genética.

Sma pensó en lo que acababa de oír durante unos momentos.

—Oh, oh —dijo por fin.

Apoyó la espalda en el banco y cruzó los brazos delante del cuerpo.

—No sé lo que te estarás imaginando, pero te aseguro que es mucho peor. Sma… Este planeta cuenta con cinco autócratas de edad bastante avanzada que compiten entre ellos para conseguir la hegemonía. Bien, pues la salud de los cinco está mejorando por momentos… De hecho, están rejuveneciendo, y eso no debería ser posible hasta dentro de veinte o treinta años.

Sma no dijo nada. Estaba empezando a sentir una especie de extraño vacío en el estómago.

—La corporación de Zakalwe está recibiendo montañas de dinero de cada autócrata —se apresuró a seguir diciendo la unidad—. También recibía dinero de un sexto carcamal, pero murió hace veintiún días…, asesinado. El sexto carcamal era el Etnarca Kerian, y controlaba la otra mitad de este continente. Su asesinato es lo que ha provocado toda esta actividad militar. Ah, con excepción del Etnarca Kerian todos esos autócratas tan repentinamente rejuvenecidos están dando señales de un comportamiento benévolo que no es nada natural en ellos, y ese ablandamiento empezó justo después de producirse esa sospechosa mejora de salud.

Sma cerró los ojos y tardó unos momentos en volver a abrirlos.

—¿Y está funcionando? —preguntó.

Tenía la boca seca.

—¡Ni soñarlo! Los cinco autócratas siempre han corrido peligro de ser eliminados por un golpe de estado…, montado por sus propios militares, como regla general. Peor aún, el asesinato de Kerian ha encendido la mecha de una bomba que no tardará en estallar. ¡Este lugar pronto alcanzará el nivel supercrítico! Ah, y puedo asegurarte que lo que asoma por el horizonte eventual no va a ser agradable… Estos chiflados disponen de bombas termonucleares. ¡Zakalwe está loco! —chilló la unidad de repente. Sma siseó para indicarle que no hablara tan alto, aunque sabía que la unidad debía estar protegiendo su conversación con un campo sónico para que sólo ella pudiera oír sus palabras—. Debe de haber descifrado el código genético utilizando sus propias células —siguió diciendo la unidad—. Ha logrado duplicar el tratamiento antivejez que le administramos…, ¡y lo está vendiendo! Vende el tratamiento a cambio de dinero y favores, y está intentando conseguir que esos dictadores monomaniacos se comporten como si fueran personas decentes. ¡Sma! ¡Está intentando crear su sección de Contacto particular! ¡Y te aseguro que la está cagando al cien por cien!

Sma le atizó un puñetazo.

—Cálmate, maldita sea…

—Sma —dijo la unidad en un tono de voz casi lánguido—, no he perdido la calma, pero estoy intentando hacerte comprender la enormidad de la cagada a nivel planetario que Zakalwe ha logrado montar aquí. LaCierto, la gravedad es ínfima ha tenido que enfriar sus circuitos, y mientras hablamos las Mentes de Contacto están despejando sus mesas de trabajo intelectuales en una esfera cada vez más grande que tiene como centro este planeta e intentan decidir qué infiernos pueden hacer para poner algo de orden en este horrendo embrollo. El VGS ya había puesto rumbo hacia aquí, pero si no lo hubiera hecho le habrían ordenado que viniera a toda velocidad. El surtidor de mierda que va a saltar por los aires tendrá el tamaño de un cinturón de asteroides, y todo gracias a los ridículos planes filantrópicos de Zakalwe, y Contacto tendrá que poner manos a la obra para el planeta no acabe sumergido en mierda. —La unidad guardó silencio durante unos momentos—. Eh…, acabo de recibir una transmisión… —Parecía bastante aliviada—. Dispones de un día para convencer a Zakalwe de que debe venir con nosotros, y si no lo consigues nos lo llevaremos por la fuerza. Desplazamiento de emergencia, ¿comprendes? Han anulado todas las restricciones.

Sma tragó aire muy despacio.

—Y aparte de eso…, ¿va todo bien?

—Sma, creo que no es momento de bromear —dijo la unidad en un tono de voz muy serio—. ¡Mierda! —exclamó un segundo después.

—¿Qué ocurre ahora?

—La reunión ha terminado, pero Zakalwe el Loco no va a coger su coche… Se dirige hacia el ascensor que da acceso al sistema de tubos subterráneos. Destino…, base naval. Hay un submarino esperándole.

Sma se puso en pie.

—Un submarino, ¿eh? —Se alisó la tela de los pantalones—. Volvemos al muelle, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Cogió a la unidad y empezó a caminar buscando un taxi.

—Acabo de hablar con la Cierto, la gravedad es ínfima y le he pedido que envíe un radiograma falso —dijo Skaffen-Amtiskaw—. El taxi debería estar aquí de un momento a otro.

—Y luego dicen que nunca hay uno cerca cuando lo necesitas…

—Estás empezando a preocuparme, Sma. Creo que te tomas este lío con demasiada calma.

—Oh, no te preocupes. Ya me dejaré invadir por el pánico cuando tenga tiempo. —Sma tragó una bocanada de aire y la exhaló lentamente—. Oye, ¿puede ser ese taxi?

—Creo que sí.

—¿Cómo se dice «A los muelles?»

La unidad se lo explicó y Sma pronunció la frase lo mejor posible. El taxi se puso en marcha y se fue abriendo paso entre el tráfico. Cada vez había más vehículos militares.

* * *

Seis horas después aún estaban siguiendo al submarino que zumbaba, gorgoteaba y vibraba abriéndose paso por entre las capas del océano en dirección al mar ecuatorial.

—Sesenta kilómetros por hora —gimió la unidad hecha una furia—. ¡Sesenta kilómetros por hora!

—Para ellos eso es ir bastante deprisa. ¿Por qué no intentas ser algo más comprensivo con una pobre máquina que no ha tenido tanta suerte en la vida como tú?

Sma estaba observando la pantalla. El submarino les llevaba un kilómetro de delantera y seguía avanzando por el océano. La llanura abisal quedaba varios kilómetros por debajo de ellos.

—Sma, esa máquina no es pariente mía —dijo la unidad con voz cansina—. No es más que un submarino, ¿comprendes? La inteligencia más sofisticada que lleva dentro es la del capitán humano. Fin de la exposición y doy por ganado el caso.

—¿Sigues sin tener alguna idea de hacia adonde vamos?

—No. El capitán tiene órdenes de llevar a Zakalwe a donde quiera ir, y Zakalwe no ha vuelto a abrir la boca después de indicarle que siguiera este rumbo. Su destino puede ser cualquiera entre un montón de islas y atolones, y aparte de eso hay miles de kilómetros de costa en otro continente, aunque a esta velocidad ridícula tardaríamos varios días en llegar.

—Investiga las islas y esa costa de la que hablabas. Tiene que haber una razón para que haya seguido este rumbo.

—¡Ya están siendo investigadas! —replicó secamente la unidad.

Sma la miró. Los campos de Skaffen-Amtiskaw se encendieron con un delicado matiz purpúreo que indicaba contrición.

—Sma, este… hombre… la cagó irremisiblemente en su última misión. Ese último trabajo nos costó cinco o seis millones, y todo porque se negó a abandonar el Palacio de Invierno para hacer lo que se esperaba de él. Podría mostrarte escenas de terror que te llenarían la cabellera de canas, y ahora está muy cerca de provocar una catástrofe planetaria. Después de lo que le ocurrió en Fohls ha intentado convertirse en un filántropo aficionado…, y no hace más que cometer errores. Si logramos convencerle de que vaya a Voerenhutz…, bueno, me preocupa la clase de caos que pueda engendrar allí. Ese hombre significa malas noticias para todos. Olvídate de Beychae. Liquidar a Zakalwe sería hacerle un gran favor al universo.

Sma clavó los ojos en el centro de la banda sensora de la unidad.

—Uno —dijo—, no hables de las vidas humanas como si fueran un factor colateral que apenas tiene importancia. —Tragó aire—. Dos… ¿Recuerdas la matanza en el patio de aquella posada? —preguntó con voz tranquila—. ¿Te acuerdas de los tipos que atravesaron paredes y de lo que ocurrió cuando diste rienda suelta a tus proyectiles cuchillos?

—Uno, lamento haber ofendido tus sensibilidades de mamífero. Dos… Sma, ¿cuándo dejarás de recordarme lo que ocurrió allí?

—¿Recuerdas lo que te dije que sería de ti si intentabas volver a hacer algo semejante?

—Sma —dijo la unidad con voz cansada—, si estás intentando sugerir que se me puede ocurrir la idea de matar a Zakalwe y si hablas en serio… Bueno, la única réplica que puedo darte es que estás diciendo tonterías.

—Limítate a recordar lo que te dije entonces, ¿de acuerdo? —Sma volvió la cabeza hacia la pantalla y el paisaje submarino que desfilaba lentamente por ella—. Tenemos órdenes.

—Estamos de acuerdo sobre el curso de acción a seguir, Sma. Pero… No nos han dado órdenes, ¿recuerdas?

Sma asintió.

—Creo que hemos llegado a un consenso sobre el rumbo de acción que debemos seguir, ¿no? Entramos en contacto con Zakalwe y le llevamos a Voerenhutz. Si dejas de estar de acuerdo conmigo durante alguna etapa del plan siempre puedes largarte. Me asignarán otra unidad ofensiva y seguiré adelante.

Skaffen-Amtiskaw guardó silencio durante unos momentos.

—Sma —replicó por fin—, de todas las cosas que me has dicho desde que te conozco creo que ésa es la más ofensiva y la que más me ha herido, y te aseguro que me has dicho muchas cosas desagradables, pero… Voy a pasar por alto ese comentario porque los dos estamos sometidos a una tensión considerable. Dejaré que mis acciones hablen por sí mismas. Haremos lo que has dicho. Nos pondremos en contacto con el señor Jode-planetas y le llevaremos a Voerenhutz, pero, si este viaje se prolonga mucho más todo el asunto quedará fuera de nuestras manos o de nuestros campos, lo que prefieras, y Zakalwe despertará a bordo del Xenófobo o de la UGC preguntándose qué le ha ocurrido. Lo único que podemos hacer es esperar y ver qué curso toman los acontecimientos.

La unidad hizo una pequeña pausa.

—Vaya, parece que esas islitas ecuatoriales quizá sean nuestro destino —dijo—. Más de la mitad pertenecen a Zakalwe.

Sma asintió en silencio mientras observaba al submarino que seguía avanzando por el océano. Dejó que el silencio se prolongara durante un rato, se rascó la parte inferior del abdomen y acabó volviéndose hacia la unidad.

—Oye, respecto a esa…, hmmm…, especie de orgía durante la primera noche a bordo del Xenófobo, ¿seguro que no tienes nada grabado?

—Ni un milisegundo.

Sma se volvió hacia la pantalla y frunció el ceño.

—Ya… Lástima.

* * *

El submarino estuvo nueve horas debajo del agua y acabó emergiendo cerca de un atolón para soltar una lancha neumática que se dirigió hacia la orilla. Sma y la unidad observaron a la silueta que bajó de ella y caminó sobre la playa de arena dorada por los rayos del sol dirigiéndose hacia un complejo de edificios de poca altura. El complejo era un hotel elegantísimo reservado a la clase dirigente del país en el que había estado antes de subir al submarino.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Sma.

El hombre que había desembarcado en la playa llevaba unos diez o doce minutos en tierra firme.

El submarino había vuelto a desaparecer apenas recuperó su lancha neumática para poner rumbo hacia el puerto del que había zarpado.

—Se está despidiendo de una chica —dijo la unidad, y acompañó sus palabras con un suspiro.

—¿Nada más?

—Parece ser lo que le ha traído hasta aquí.

—¡Mierda! ¿Y no podría haber venido en avión?

—Hmmm… No, no hay pista de aterrizaje, pero aparte de eso el atolón se encuentra en una zona desmilitarizada bastante bien protegida. No se permiten vuelos inesperados de ninguna clase, y el próximo vuelo autorizado no saldrá hasta dentro de un par de días. El submarino era la forma más rápida de…

La unidad no llegó a completar la frase.

—¿Skaffen-Amtiskaw? —preguntó Sma.

—Bueno… —murmuró la unidad—. La chica acaba de hacer añicos un montón de adornos y un par de muebles muy valiosos, ha salido corriendo y se ha arrojado encima de la cama llorando…, pero aparte de eso no pasa nada. Zakalwe sigue sentado en el centro de la sala de estar con un combinado en la mano y… Voy a repetirte exactamente lo que ha dicho: «De acuerdo, Sma, si eres tú ven y habla conmigo».

Sma volvió la cabeza hacia la pantalla. La imagen mostraba el atolón, con la masa verde de la isla central que parecía a punto de ser aplastada entre los vibrantes tonos verdes y azules del océano y el cielo.

—¿Sabes una cosa? —murmuró Sma—. Creo que me encantaría matar a Zakalwe…

—Eso nos traería problemas. ¿Superficie?

—Superficie. Vamos a hablar con ese gilipollas.

X

Luz. Un poco de luz, no mucha. Una atmósfera cargada y maloliente, y dolor por todas partes. Quería gritar y retorcerse, pero no lograba tragar el aire suficiente para mover ni la más pequeña parte de su cuerpo. La sombra oscura agazapada en su interior empezó a destruir todos sus pensamientos, y no tardó en perder el conocimiento.

* * *

Luz. Un poco de luz, no mucha. Sabía que el dolor también estaba allí, pero ahora no le parecía tan importante. Su opinión sobre el dolor había sufrido un cambio considerable. El dolor podía ser controlado con mucha facilidad. Bastaba con alterar tus procesos mentales y pensar en él como si fuera otra cosa. Se preguntó de dónde había surgido esa idea, y creyó recordar que le habían enseñado un procedimiento para conseguir esos efectos.

Todo era una metáfora. Cada cosa era esa cosa y, al mismo tiempo, una metáfora. Por ejemplo, el dolor era un océano y él estaba flotando a la deriva sobre sus aguas. Su cuerpo era una ciudad, y su mente una ciudadela. Todas las comunicaciones entre una y otra parecían haber sido cortadas, pero aún conservaba el poder dentro de la ciudadela que era su mente. La parte de su consciencia que le estaba explicando pacientemente que el dolor no era doloroso y que cada cosa representaba a otra era como…, como…, descubrió que le resultaba muy difícil encontrar una comparación adecuada. Un espejo mágico, quizá.

La luz se desvaneció mientras seguía pensando en todo aquello y volvió a deslizarse en la oscuridad y la inconsciencia.

* * *

Luz. Un poco de luz (ya había estado aquí antes, ¿verdad?), no mucha. Parecía haber salido de la fortaleza que era su mente, y ahora se encontraba en un bote azotado por la tempestad. Las imágenes bailoteaban ante él.

La luz fue aumentando lentamente de intensidad hasta que se hizo casi dolorosa. El terror se adueñó de él, y al principio no entendió el porqué, pero se fue dando cuenta de que la metáfora del bote frágil que no paraba de crujir se había convertido en realidad. El bote se bamboleaba sobre un hirviente océano negro apresado entre los dientes de una galerna que no paraba de aullar, aunque ahora había luz y parecía venir de algún lugar situado sobre su cabeza, pero cada vez que intentaba ver su mano o el bote en el que se encontraba descubría que seguía siendo incapaz de ver nada. Los chorros de luz caían sobre sus ojos, pero parecía como si pudiesen revelar nada de cuanto le rodeaba. La idea le aterrorizó. El bote desapareció en las entrañas de una ola y volvió a quedar sumergido en el océano del dolor que ardía en cada poro de su cuerpo. Alguien fue lo bastante bondadoso para accionar un interruptor perdido en alguna parte y permitir que se fuera deslizando poco a poco hacia el seno de la oscuridad, el silencio y… la ausencia de dolor.

* * *

Luz. Un poco de luz. Sí, lo recordaba. La luz le mostró un bote que bailoteaba sobre las olas en un inmenso océano oscuro. Muy lejos, tanto que por ahora resultaba inalcanzable, había una gran ciudadela que se alzaba sobre una islita. Y también había sonidos. Sonidos… Eso era nuevo. Había estado aquí antes, pero sin sonidos. Aguzó el oído al máximo, pero no logró comprender las palabras. Aun así, acabó convenciéndose de que quizá estaba oyendo una voz y de que la voz le hacía preguntas.

Alguien le estaba haciendo preguntas… ¿Quién? Esperó una réplica del exterior o de las mismas profundidades de su ser, pero la réplica no llegó de ninguna parte. Se sintió perdido y abandonado, y lo más terrible de aquella sensación era el convencimiento de que la causa de aquel abandono no estaba en otra persona, sino en él mismo.

Tomó la decisión de entretenerse haciéndose unas cuantas preguntas. ¿Qué era esa ciudadela? La ciudadela era su mente. Se suponía que la ciudadela mandaba sobre una ciudad, que era su cuerpo, pero al parecer había perdido el control de la ciudad, y ahora sólo quedaba el castillo, la fortaleza en la que podía refugiarse… El bote y el océano…, ¿qué eran? El océano era el dolor. Ahora estaba en el bote, pero antes había estado flotando en el océano, sumergido hasta el cuello en el agua con las olas rompiendo sobre su cabeza. El bote era… algo que le habían enseñado, una técnica que le estaba protegiendo del dolor. No le permitía olvidar que estaba allí, pero mantenía sus peores efectos lejos de él para que no le debilitasen y le dejaba en libertad de pensar.

«Ya he averiguado algo —pensó—. Y ahora…, ¿qué es la luz?»

Tendría que dejar esa pregunta para más tarde. ¿Qué son esos sonidos? No, ahora no.

Se hizo otra pregunta. ¿Dónde está ocurriendo todo esto?

Examinó sus ropas empapadas, pero no encontró nada en ninguno de los bolsillos. Buscó la etiquetita que pensaba debía estar cosida en el cuello de su camisa, pero parecía haber sido arrancada. Registró el bote, pero no encontró ninguna respuesta, por lo que intentó imaginarse a sí mismo en la fortaleza lejana que se alzaba sobre las olas, y se imaginó entrando en un gigantesco almacén repleto de cacharros, tonterías y recuerdos enterrados en lo más profundo del castillo…, pero descubrió que todo estaba confuso y que los detalles se le escapaban. Sus ojos se cerraron y lloró de pura frustración mientras el bote temblaba y bailaba debajo de él.

Cuando volvió a abrir los ojos vio que tenía en la mano un trocito de papel sobre el que había escrita la palabra FOHLS. La sorpresa fue tan grande que el papelito se escurrió entre sus dedos. El viento se apoderó de él y se lo llevó hacia el cielo oscuro que parecía flotar sobre las olas negras. Pero la palabra había quedado grabada en su mente. Fohls… Era la respuesta. Un planeta llamado Fohls.

Sintió un alivio muy grande, y hasta un poquito de orgullo. Había descubierto algo.

¿Qué estaba haciendo aquí?

Un funeral. Le pareció que recordaba algo sobre un funeral pero, naturalmente, no podía ser el suyo…, ¿o sí?

¿Estaba muerto? Pensó en aquella pregunta durante un buen rato. Suponía que era posible. Quizá existía otra vida y… Bueno, suponiendo que existiera una vida después de la muerte eso explicaba bastante bien su situación actual. El océano de dolor podía ser un castigo divino. ¿Y la luz? ¿Sería una divinidad? Alargó el brazo por encima de la borda y metió la mano en el dolor. El dolor invadió su cuerpo y se apresuró a retirar la mano. Si la luz era una divinidad no cabía duda de que era bastante cruel. «¿Y todo lo que hice por la Cultura? —quiso preguntar—. ¿Es que esas buenas obras no sirven para compensar parte de las cosas malas que hice? Aunque también cabe la posibilidad de que esos bastardos tan seguros de sí mismos hubieran estado equivocados…» Dios, le encantaría poder volver y decírselo. ¡Ah, casi podía imaginarse la expresión en el rostro de Sma!

Pero no creía estar muerto. No había sido su funeral. Podía recordar la torre de tejado plano que se alzaba en los acantilados dominando el mar, y recordaba haber ayudado a llevar el cuerpo de un viejo guerrero hasta esa torre. Sí, alguien había muerto y la ceremonia tenía como fin disponer de su cuerpo.

Sintió un tirón extraño en lo más profundo de su ser.

Se agarró a los maderos medio podridos del bote y alzó la cabeza hacia el océano que se hinchaba y rugía a su alrededor.

Había un navío. De vez en cuando podía ver un navío que se encontraba muy lejos de allí. Apenas si era más que un puntito, y casi todas las olas se interponían entre él y el navío, pero no le cabía duda de lo que era.

Fue como si un agujero se acabara de abrir en algún lugar de su cuerpo, y sintió que sus entrañas se precipitaban por él.

Creía haberlo reconocido.

El bote se partió en dos y cayó al agua que había debajo. Se debatió durante unos momentos moviéndose frenéticamente en las profundidades y salió del agua. Volvía a haber aire, y vio el océano que se extendía debajo de él y una manchita minúscula que se movía sobre la superficie, y se dio cuenta de que estaba cayendo hacia ella. Era otro bote. Chocó con él, lo atravesó y siguió moviéndose primero a través del agua y luego del aire, y dejó atrás las dos mitades de un bote destrozado, y luego llegó otra capa de agua y otra capa de aire…

«Eh —pensó una parte de su mente mientras seguía cayendo—, esto se parece mucho a la descripción de la Realidad hecha por Sma.»

… atravesó más olas y hendió el agua emergiendo al aire, dirigiéndose hacia una nueva serie de olas…

Aquello no iba a detenerse. Recordó que la Realidad descrita por Sma se hallaba en un continuo proceso de expansión. Podías caer a través de ella durante toda la eternidad, durante un tiempo realmente eterno, no sólo hasta el fin del universo, sino literalmente para siempre…

«No puedo seguir así», pensó. Tendría que enfrentarse con el navío.

Aterrizó sobre los maderos de un bote.

El navío estaba mucho más cerca. Era realmente enorme, una mole oscura erizada de cañones, y venía en línea recta hacia él. La proa creaba una inmensa V de espuma blanca.

Mierda… No conseguiría moverse lo bastante deprisa para esquivarlo. Las crueles curvas de la proa venían a toda velocidad hacia él. Cerró los ojos.

Hace mucho, mucho tiempo existió un…, un navío. Un navío muy grande que había sido creado para destruir las cosas. Otros navíos, gente, ciudades… Era muy grande, y había sido diseñado para matar gente y para proteger las vidas de quienes viajaban dentro de él.

Intentó no recordar cuál era el nombre de aquel navío gigantesco. Lo que hizo fue imaginárselo en el centro de una ciudad, y se sintió bastante confuso, y no logró entender cómo había podido ir a parar allí. Una razón inexplicable hizo que el navío de combate empezara a parecerle un castillo, y aquello tenía sentido y, al mismo tiempo, no lo tenía. Estaba empezando a tener mucho miedo. El nombre de aquel navío era como una inmensa criatura marina que se estrellaba contra el frágil casco de su bote, como un ariete que embestía las murallas de la fortaleza. Intentó expulsarlo de su mente. Sabía que sólo era un nombre, pero no quería oírlo porque siempre que lo oía le entraban ganas de vomitar.

Se tapó los oídos con las manos, y el truco funcionó durante unos momentos. Pero el navío de combate atrapado en su lecho de piedra del centro de la ciudad disparó sus inmensos cañones y los agujeros negros escupieron cegadoras llamaradas blancoamarillentas, y supo lo que iba a ocurrir e intentó gritar para no oír aquel estrépito, pero cuando llegó hasta él comprendió que los cañones acababan de pronunciar el nombre del navío, y el nombre hizo pedazos su bote, destruyó el castillo y vibró dentro de sus huesos y por los espacios de su cráneo y resonó eternamente en el interior de ellos como si fuese la carcajada de un dios enloquecido.

La luz desapareció, y volvió a hundirse en la oscuridad alejándose de aquel horrible sonido acusador mientras lanzaba un suspiro de alivio.

* * *

Luz. «Staberinde —dijo una voz muy tranquila desde algún lugar de su cuerpo—. Staberinde. No es más que una palabra…»

Staberinde. El navío de combate. Le dio la espalda a la luz y volvió a internarse en la oscuridad.

* * *

Luz. Y también había sonidos. Una voz. ¿En qué había estado pensando antes? (Recordaba algo referente a un nombre, pero prefirió ignorar ese recuerdo.) Funeral. Dolor. Y el navío de combate. El navío estaba allí. O quizá había estado allí. Por lo que sabía sobre él era posible que siguiera existiendo…, pero también había algo sobre un funeral. «El funeral es la razón de que estés aquí. Eso es lo que te confundió antes. Creíste que habías muerto, pero estabas vivo…» Aún le quedaban algunos recuerdos borrosos sobre botes, océanos, castillos y ciudades, pero ya no podía verlos.

El contacto llegó desde algún punto del espacio que le rodeaba. No era dolor, sino un contacto. El contacto y el dolor eran dos cosas distintas…

Otra vez. Era como el roce de una mano; una mano que le acariciaba el rostro causándole más dolor, pero aun así seguía siendo un roce, no dolor puro, y estaba claro que se trataba de una mano. Le dolía la cara. Debía de tener un aspecto terrible.

«¿Dónde estoy?» La colisión. Funerales. Fohls.

La colisión. «Oh, sí, claro. Me llamo…»

El esfuerzo que exigía recordarlo era demasiado grande.

«Entonces…, ¿a qué me dedico?»

Eso es más sencillo. Eres un agente a sueldo de la civilización humanoide más avanzada.., bueno, quizá no lo sea, pero no cabe duda de que es la civilización humanoide más enérgica y decidida que existe en toda la… ¿Realidad? (No.) ¿Universo? (No.) ¿Galaxia? Sí, galaxia…, y te habían enviado allí para que les representaras en un…, un…, un funeral, y subiste a nada menos que un estúpido aeroplano para que te llevara al lugar donde te recogerían y te sacarían de aquel sitio, cuando de repente ocurrió algo a bordo y todo…, y había visto llamas y…, y esa vieja jungla acercándose a toda velocidad…, y luego la nada y el dolor, y no había nada que no fuese el dolor. Después había flotado a la deriva en el dolor entrando y saliendo de él.

La mano volvió a acariciar su rostro, y esta vez también había algo que ver. Pensó que parecía una nube, o la luna vista a través de una nube, como la presencia de un círculo invisible cuyo resplandor puede ser percibido a través de la masa blanca.

«Puede que las dos cosas estén relacionadas —pensó—. Sí; aquí viene de nuevo y…, sí, están relacionadas. Tacto, sensación; la mano vuelve a deslizarse sobre mi rostro. Garganta… Tragar, agua o algún otro líquido. Te están dando algo de beber. Por la forma en que baja parece que estás…, sí, estás erguido, no acostado de espaldas. Las manos, tus manos son… una sensación abierta…, desnudez…, te sientes muy abierto, muy vulnerable. Estoy desnudo…»

Pensar en su cuerpo hizo que volviera a sentir dolor. Decidió que sería mejor olvidarse del cuerpo. Intentó pensar en otras cosas.

«¿Por qué no vuelves a probar con el accidente? Volvías del funeral y entonces el desierto…, no, eran montañas. ¿O era una jungla?» No podía recordarlo. «¿Dónde estamos? Jungla, no…, desierto, no… Entonces, ¿dónde estamos?» No lo sabía.

«Dormía», pensó de repente. Era de noche y estaba durmiendo en su asiento del avión, y apenas tuvo el tiempo justo para despertar en la oscuridad y ver las llamas y empezar a comprender lo que había ocurrido antes de que la luz estallara dentro de su cabeza. Y después de eso, el dolor… Pero no había visto ninguna clase de terreno flotando/subiendo velozmente hacía él para recibirle, porque todo estaba muy oscuro.

* * *

Cuando volvió a recuperar el conocimiento todo había cambiado. Se sentía muy vulnerable y expuesto. Abrió los ojos e intentó recordar lo que era ver y fue distinguiendo manchones de luz polvorienta que flotaban en una penumbra amarronada, y vio cacharros y recipientes de fango junto a una pared de tierra o de barro, y una chimenea en el centro de la habitación, y lanzas apoyadas en una pared, y otras clases de armas blancas. Tensó el cuello para erguir la cabeza y pudo ver otra cosa. Vio el tosco marco de madera al que estaba atado.

El marco de madera tenía la forma de un cuadrado y había dos diagonales que creaban una X dentro de ese cuadrado. Estaba desnudo y las correas le inmovilizaban las manos y los pies uniendo una extremidad a cada arista del cuadrado. El marco de madera estaba apoyado en la pared formando un ángulo de unos cuarenta y cinco grados. Una gruesa correa de cuero unía su cintura al centro de la X, y todo su cuerpo estaba cubierto de sangre y pintura.

Relajó los músculos del cuello.

—Oh, mierda —se oyó graznar.

Todo aquello tenía muy mal aspecto.

¿Dónde infiernos estaba la Cultura? Tendrían que estar rompiéndose el culo para rescatarle. Era su obligación, ¿no? Él hacía los trabajos sucios que le encargaban y la Cultura cuidaba de él. Ése era el trato. ¿Dónde diablos estaban ahora que les necesitaba?

El dolor volvió a atacarle desde casi todas las direcciones, pero a esas alturas ya se había convertido en una especie de viejo amigo. Estirar el cuello de esa forma le había dolido. Le dolía la cabeza (lo más probable era que estuviese conmocionado); tenía la nariz fracturada, las costillas rotas o en bastante mal estado, un brazo y las dos piernas rotas… Y aparte de eso también había muchas posibilidades de que hubiera sufrido heridas internas, porque el dolor no sólo venía de fuera —de hecho los dolores internos eran mucho más intensos que los otros—, y tenía la sensación de haberse convertido en un recipiente hinchado lleno de sustancias putrefactas.

«Mierda —pensó—. Puede que me esté muriendo…»

Movió la cabeza, torció el gesto (el dolor llegó en un chorro de sensaciones casi palpables, como si el movimiento hubiera agrietado un cascarón protector que le recubría la piel) y contempló las cuerdas que le unían al marco de madera. Se dijo que ese tipo de tracción no era la forma más adecuada de tratar a un paciente que había sufrido fracturas múltiples y se rió, pero la risa apenas duró una fracción de segundo porque la primera contracción de los músculos de su estómago bastó para que sus costillas le enviaran una terrible punzada de dolor. Era como si tuviese los huesos al rojo vivo.

Podía oír sonidos. Algún que otro grito lejano, y los chillidos de los niños, y una especie de ladridos.

Cerró los ojos, pero los sonidos no se hicieron más claros. Volvió a abrirlos. La pared era de barro y probablemente se encontraba por debajo del nivel del suelo, porque el espacio que le rodeaba estaba lleno de gruesas raíces con los extremos aserrados. La iluminación llegaba de dos pozos casi verticales, y los rayos de luz solar que caían sobre él estaban levemente inclinados, así que…, debía de estar cerca del ecuador y era más o menos mediodía. «Debajo del suelo», pensó, y sintió deseos de vomitar. Un gran descubrimiento, aunque no demasiado agradable… Se preguntó si el aeroplano estaría siguiendo el curso previsto cuando se produjo el accidente y a qué distancia del lugar donde se estrellaron se encontraría ahora. Bueno, preocuparse de eso ahora no serviría de nada, ¿verdad?

¿Qué más podía ver? Unos bancos bastante rudimentarios. Un almohadón arrugado… Parecía como si alguien lo hubiera usado para sentarse delante de él y observarle. Supuso que la persona que se había sentado en el almohadón debía de ser la propietaria de la mano que sintió deslizándose sobre su rostro…, suponiendo que el roce no hubiera sido una ilusión. El círculo de piedras colocado bajo uno de los agujeros del techo no contenía ninguna hoguera. Las lanzas estaban apoyadas en la pared, y había más armas dispersas por el recinto. No eran armas de combate. Debían de ser armas ceremoniales, o quizá las usaran como instrumentos de tortura. Sus fosas nasales captaron una vaharada de un olor repugnante. Comprendió que era el olor de la gangrena, y que debía de venir de su cuerpo.

Sintió que empezaba a balancearse al borde de la inconsciencia. No estaba muy seguro de si se adormilaba o de si iba a perder el conocimiento, pero le daba igual porque una cosa sí estaba muy clara, y era que no se hallaba en condiciones de enfrentarse a una situación semejante…, y fue entonces cuando vio entrar a la chica. Llevaba un recipiente de barro en una mano, y lo dejó en el suelo antes de mirarle. Intentó hablar, pero no lo consiguió. Quizá el «Mierda» de hacía un rato sólo había existido en su imaginación. Contempló a la chica e intentó sonreír.

La chica se marchó.

Haber visto a la chica le había reanimado un poco. «Un hombre…, eso significaría malas noticias», pensó. Una chica significaba que la situación quizá no fuese tan mala como parecía a primera vista. Quizá…

La chica volvió a entrar con un cuenco en la mano. Le lavó y frotó su cuerpo hasta quitarle la sangre y la pintura que lo cubrían, lo cual le dolió un poco. Cuando le lavó los genitales no ocurrió nada, cosa que no le sorprendió mucho. Aun así, le habría gustado que esa parte de su cuerpo diera alguna señal de vida aunque sólo fuera para guardar las apariencias.

Intentó hablar, pero no lo consiguió. La chica le dejó sorber un poco de agua de otro cuenco y eso le permitió emitir una especie de graznido carente de significado. La chica volvió a dejarle solo.

Tardó un rato en regresar y cuando lo hizo venía acompañada por algunos hombres. Los hombres llevaban mucha ropa encima, y le pareció que su atuendo era muy extraño. Plumas, pieles, huesos, corazas hechas con placas de corteza unidas mediante tendones…, había un poco de todo. Sus cuerpos estaban pintados, y trajeron consigo recipientes y ramitas que utilizaron para volver a cubrirle el cuerpo de dibujos.

Cuando hubieron terminado de pintarle retrocedieron un par de pasos y se quedaron inmóviles observándole. Quiso decirles que el rojo nunca le había sentado bien, pero su boca se negó a producir ningún sonido. Sintió que volvía a sumergirse en la oscuridad.

* * *

Cuando recuperó el conocimiento descubrió que se estaba moviendo.

El marco al que estaba atado ya no se encontraba en la penumbra de aquel recinto subterráneo. Vio el cielo encima de él. Una luz cegadora invadió sus ojos, el polvo entró en su boca y su nariz y los gritos y los alaridos resonaron en su mente. Estaba temblando como una víctima de la fiebre, y el dolor le desgarraba los miembros fracturados. Intentó gritar y alzar la cabeza para ver algo más, pero sólo había ruido y polvo. Sus heridas internas parecían haber empeorado. La piel de su vientre estaba muy tensa.

El marco cambió bruscamente de posición y pudo ver la aldea debajo de él. Era bastante pequeña. Había unas cuantas tiendas, algunas chozas de barro y paja y varios agujeros en el suelo. Debía de estar en una zona semiárida. La vegetación —la del perímetro ocupado por la aldea había sido dominada a fuerza de pisotearla— se esfumaba enseguida desapareciendo en una neblina amarillenta. El sol apenas si era visible, y se encontraba muy cerca del horizonte. No tenía ni idea de si estaba amaneciendo o si faltaba poco para el anochecer.

Lo único que podía ver con cierta claridad eran los cuerpos. Estaban delante de él. El marco se encontraba encima de un montículo y había sido unido a un par de postes, y los habitantes de la aldea estaban arrodillados debajo de él con la cabeza gacha. Había unos cuantos niños a los que el adulto más cercano obligaba a bajar la cabeza, unos cuantos ancianos que eran mantenidos en pie por los que les rodeaban y representantes de toda la gama de edades intermedias.

La chica fue hacia él flanqueada por dos hombres. Los hombres inclinaron la cabeza, se apresuraron a arrodillarse y volvieron a ponerse en pie mientras hacían un signo extraño con una mano. La chica no se movió. Tenía la mirada fija en un punto situado entre sus ojos y vestía un traje de color rojo. Intentó recordar qué llevaba puesto antes, pero no lo consiguió.

Uno de los hombres sostenía en sus manos un gran recipiente de barro. El otro blandía una espada muy larga de hoja curva y ancha.

—Eh… —graznó.

No consiguió emitir ningún otro sonido. El dolor estaba empeorando a cada momento que pasaba. La posición en que le habían colocado no le estaba haciendo ningún bien a las fracturas de sus miembros.

El cántico parecía girar dentro de su cabeza; el ángulo de los rayos solares iba cambiando lentamente y las tres personas que tenía delante se convirtieron en muchas siluetas temblorosas que se tambaleaban entre la desolación de calina y polvo que le rodeaba.

¿Dónde infiernos estaba la Cultura?

Un rugido insoportable invadió su cabeza y el resplandor difuso en cuyo centro estaba el sol empezó a palpitar. La espada se movió a un lado trazando un arco resplandeciente; el recipiente de barro brillaba al otro lado. La chica fue hacia él, se le plantó delante y le agarró por los cabellos.

El rugido estaba adueñándose de sus oídos y no se daba cuenta de si gritaba o si guardaba silencio. El hombre de su derecha alzó la espada.

La chica siguió tirando de sus cabellos para tensarle el cuello. Sintió el rechinar de sus huesos rotos, y el grito que salió de sus labios fue tan potente que pudo oírlo por encima del rugido. Clavó los ojos en la túnica de la chica y el polvo sobre el que estaba inmóvil.

«¡Bastardos!», pensó, y ni tan siquiera entonces estuvo muy seguro de a quiénes se refería.

Logró gritar una sílaba.

—¡El…!

Y la hoja se hundió en su cuello.

El nombre murió en su boca. Todo había terminado, pero seguía y seguía.

No sintió ningún dolor. El rugido fue disminuyendo lentamente de intensidad. Estaba contemplando la aldea y las siluetas inclinadas ante el marco de madera. La imagen cambió. Aún podía sentir la tensión en las raíces de sus cabellos y cómo se transmitía a la piel de su cuello. Sintió que se movía.

La sangre del fláccido cuerpo sin cabeza goteaba sobre el pecho.

«¡Ése era yo! —pensó—. ¡Era yo!»

Volvió a sentir el movimiento. El hombre de la espada estaba limpiando la hoja con un trapo. El hombre que sostenía el recipiente de barro intentó eludir la mirada ya algo vidriosa de sus ojos y acercó el recipiente a su cuerpo. Vio la tapa en su otra mano.

«Ah, con que era para eso…», pensó. Estaba tan aturdido que se sintió invadido por una extraña calma. El rugido pareció hacerse más fuerte y, al mismo tiempo, irse esfumando. Todo se estaba volviendo de color rojo. Se preguntó cuánto tiempo podía seguir aquello. ¿Cuántos minutos era capaz de sobrevivir un cerebro sin oxígeno?

«Ahora sí que tengo dos partes limpiamente separadas», pensó recordando las fantasías de antes, y cerró los ojos.

Y pensó en el corazón que había dejado de latir, y comprendió todo lo que se le había escapado hasta aquel momento, y sintió deseos de llorar pero ya no podía hacerlo. La había perdido. Otro nombre empezó a formarse en su mente. Dar…

El rugido desgarró los cielos. Sintió que los dedos de la chica dejaban de sujetar sus cabellos. La expresión de pavor que se fue extendiendo por el rostro del hombre que sostenía el recipiente de barro era tan exagerada que casi resultaba cómica. Las siluetas inclinadas ante él alzaron la cabeza. El rugido se convirtió en un alarido. El vendaval que surgió de la nada levantó torbellinos de polvo e hizo tambalearse a la chica que le había estado agarrando de los cabellos. Una masa oscura se movió velozmente por el cielo y su sombra cayó sobre la aldea.

«Demasiado tarde…», pensó, y su mente se fue sumiendo en la negrura.

Los ruidos duraron unos segundos más —quizá fuesen gritos—, y sintió el impacto de algo estrellándose contra él, y su cabeza rodó locamente por el suelo con el polvo entrando en sus ojos y sus fosas nasales a cada giro…, pero todo aquello estaba empezando a dejar de interesarle, y cuando la oscuridad se cerró a su alrededor casi sintió alivio. Puede que alguien volviera a cogerle después.

Pero fue como si aquello le ocurriera a otro.

* * *

Después de que llegara el ruido terrible y la gran roca negra se posara en el centro de la aldea —justo después de que la ofrenda del cielo hubiera sido separada de su cuerpo para que pudiera unirse al aire—, todo el mundo huyó corriendo por entre los remolinos de niebla para alejarse de aquella luz que aullaba. La gimoteante población de la aldea se congregó alrededor del manantial.

La sombra oscura volvió a aparecer encima de la aldea cuando sus corazones sólo habían tenido tiempo de latir cincuenta veces y fue subiendo por entre las hilachas de neblina que se interponían entre el cielo y la tierra. Esta vez no hubo ningún rugido, y la sombra se alejó muy deprisa acompañada por un ruido semejante al del viento, moviéndose con tal celeridad que no tardó en esfumarse.

El chamán envió a su aprendiz para que le informara de cómo estaban las cosas, y el joven tembloroso desapareció entre la niebla. Volvió poco después y el chamán condujo a los aún aterrorizados habitantes de la aldea hasta sus moradas.

El cuerpo de la ofrenda celeste seguía colgando fláccidamente del marco de madera colocado sobre el montículo. Su cabeza había desaparecido.

El sacerdote y su aprendiz pasaron mucho tiempo cantando, moliendo entrañas o viendo siluetas entre la niebla, y después de tres trances acabaron decidiendo que lo ocurrido era un buen presagio y, al mismo tiempo, una advertencia. Sacrificaron un animal de carne propiedad de la familia de la chica que había dejado caer la cabeza de la ofrenda celeste al suelo y, a falta de ésta, colocaron la cabeza del animal dentro del recipiente de barro.

5

—¡Dizita! Infiernos, ¿qué tal estás? —Alargó un brazo para cogerla de la mano y la ayudó a saltar desde el techo del módulo que acababa de emerger al muelle de madera. Después la rodeó con sus brazos—. ¡Me alegra mucho volver a verte!

Se rió. Sma descubrió que no tenía muchas ganas de devolverle el abrazo y se limitó a darle unas palmaditas en la cintura, pero él no pareció darse cuenta del poco entusiasmo que puso en el saludo.

La soltó y bajó la mirada con el tiempo justo de ver a la unidad saliendo del módulo.

—¡Y Skaffen-Amtiskaw! Vaya, vaya… ¿Siguen permitiendo que vayas por ahí sin vigilancia?

—Hola, Zakalwe —dijo la unidad.

Pasó un brazo alrededor de la cintura de Sma.

—Venid conmigo y almorzaremos.

—De acuerdo —dijo ella.

Fueron por el pequeño muelle de madera hasta un sendero de piedra que atravesaba la arena y que terminó llevándoles hasta la sombra de los árboles. Los árboles eran de color azul o púrpura, y tenían inmensas copas plumosas parecidas a nubes oscuras que contrastaban con el azul claro del cielo. Una brisa cálida que tan pronto se calmaba como aumentaba de intensidad tiraba de ellas haciéndolas ondular. La parte superior de los troncos era de un blanco plateado, y la corteza exudaba una delicada fragancia. Se encontraron con dos grupos de personas mientras iban por el sendero, y a cada encuentro la unidad flotó hacia arriba hasta ocultarse en la copa de un árbol.

El hombre y la mujer fueron siguiendo las avenidas bañadas por los rayos del sol que se extendían debajo de los árboles hasta llegar a un gran estanque cuyas aguas mostraban los temblorosos reflejos de una veintena de chozas blancas. Un pequeño hidroavión flotaba junto a un diminuto muelle de madera. Se dirigieron hacia el complejo de chozas y subieron el tramo de peldaños que llevaba hasta un balcón desde el que se dominaba el estanque y el angosto canal que iba desde allí hasta la laguna que se encontraba al otro extremo de la isla.

Los rayos de sol cambiaban continuamente de dirección al atravesar las ondulantes copas de los árboles. Las sombras se deslizaban sobre el suelo y parecían bailar encima de una mesita y de las dos hamacas que había en el porche.

Movió la mano indicando a Sma que se instalara en la primera hamaca. Se volvió hacia la sirvienta que acababa de salir al balcón y le pidió que trajera un almuerzo para dos personas. Skaffen-Amtiskaw descendió lentamente en cuanto la sirvienta se hubo marchado y se posó sobre el murete del porche volviendo su banda sensora hacia el estanque. Sma se acomodó cautelosamente en la hamaca.

—Zakalwe, esta isla… ¿Es tuya?

—Hum… —Miró a su alrededor como si no supiera qué responder y acabó asintiendo con la cabeza—. Oh, sí, es mía.

Se quitó las sandalias y se derrumbó sobre la otra hamaca dejando que oscilara locamente de un lado a otro. Cogió una botella que había en el suelo y aprovechó cada balanceo de la hamaca para ir echando un poco de licor en los dos vasos que había sobre una mesita. Cuando hubo terminado de llenar los vasos puso un pie en el suelo y aumentó el balanceo para entregarle el suyo a Sma.

—Gracias —dijo ella.

La contempló en silencio durante unos momentos, tomó un sorbo de su vaso y cerró los ojos. Sma clavó la mirada en las manos que sostenían el vaso sobre su pecho y observó el letárgico ondular del líquido primero en una dirección y luego en otra. Alzó un poco la cabeza para observar el rostro del hombre y vio que no había cambiado. El cabello era un poco más oscuro de como lo recordaba, y lo llevaba peinado de tal forma que revelaba su despejada frente de piel morena y recogido con una coleta en la nuca. Parecía estar en tan buena forma física como siempre y, naturalmente, no había envejecido en lo más mínimo. La estabilización de su edad fue una parte del pago por su último trabajo.

Los párpados del hombre se fueron abriendo lentamente y sus ojos le devolvieron la mirada mientras sus labios se curvaban en una sonrisa perezosa. Sma pensó que sus ojos parecían haber envejecido, pero quizá fuera un truco de la luz.

—Bien… —dijo—. ¿A qué estás jugando, Zakalwe?

—¿Qué quieres decir, Dizita?

—Me han enviado a buscarte porque quieren que hagas otro trabajo. Ya debes de habértelo imaginado, por lo que dime ahora mismo si estoy perdiendo el tiempo o no. No me encuentro de muy buen humor, ¿comprendes? No me apetece discutir contigo intentando convencerte de que…

—¡Dizita! —exclamó él poniendo cara de sentirse muy ofendido. Sacó las piernas de la hamaca y puso los pies en el suelo—. No seas así, ¿quieres? —le suplicó, acompañando sus palabras con una sonrisa muy persuasiva—. Te aseguro que no estás perdiendo el tiempo. Ya he hecho el equipaje.

La expresión que había en su rostro moreno no podía ser más afable y sincera, y la intensidad de su sonrisa resultaba casi infantil. Sma le contempló con una mezcla de alivio e incredulidad.

—Entonces… ¿A qué venían todas esas carreras y fintas?

—¿De qué carreras y fintas estás hablando? —replicó él en un tono impregnado de inocencia mientras volvía a reclinarse en su hamaca—. Tenía que venir aquí para despedirme de una amiga íntima, y eso es todo. Estoy listo para partir. ¿Qué ocurre?

Sma le contempló con la boca abierta durante unos segundos, la cerró y acabó volviéndose hacia la unidad.

—¿Nos vamos ya?

—No es necesario —replicó Skaffen-Amtiskaw—. El curso que está siguiendo el VGS os da dos horas de margen. Cuando hayan transcurrido podéis subir al Xenófobo, y llegar al punto de cita con el VGS en treinta horas. —La unidad giró sobre sí misma para dirigir su banda sensora hacia el hombre—. Pero necesitamos estar seguros. Una teratonelada de VGS con veintiocho millones de personas a bordo se dirige hacia aquí a toda velocidad, y si tiene que esperar un tiempo habrá que avisarla para que vaya iniciando las operaciones de frenado, así que… Debemos saberlo con seguridad. ¿Estás realmente dispuesto a venir con nosotros? Y no cuando te apetezca, sino esta tarde…

—Unidad, acabo de decir que iré con vosotros. Iré, ¿entendido? —Se acercó un poco más a Sma—. Repito la pregunta de antes. ¿En qué consiste ese trabajo?

—Voerenhutz —dijo ella—. Tsoldrin Beychae.

La miró y sonrió enseñando una dentadura blanquísima.

—Vaya, así que el viejo Tsoldrin aún no se ha metido en su agujero, ¿eh? Bueno, me alegrará volver a verle…

—Tendrás que convencerle de que debe volver a ponerse el uniforme de trabajo.

Él movió una mano como si aquello fuera lo más sencillo del mundo.

—Oh, te aseguro que no habrá ningún problema —dijo tomando un sorbo de su vaso.

Sma le contempló en silencio mientras bebía y meneó la cabeza.

—¿No quieres saber por qué, Cheradenine? —preguntó.

Él alzó una mano disponiéndose a responder con ese gesto cuyo significado era el mismo que el de un encogimiento de hombros, pero cambió de opinión.

—Hummm… —suspiró—. Claro. ¿Por qué, Diziet?

—La población de Voerenhutz se está dividiendo en dos grupos enfrentados. El que lleva las de ganar quiere poner en marcha una política de terraformación bastante agresiva y…

—Eso de la terraformación… —Dejó escapar un eructo—. Es algo parecido a redecorar un planeta, ¿verdad?

Sma cerró los ojos durante un par de segundos.

—Sí. Es… algo parecido. Sea cual sea la palabra que utilices ser partidario de la terraformación demuestra una considerable falta de sensibilidad ecológica, por decirlo suavemente. Esas personas se hacen llamar los Humanistas y también quieren poner en vigor una escala variable de derechos cuyo efecto básico será el de darles una excusa legal para apoderarse de todos los mundos a los que les permita echar mano su capacidad militar…, aunque estén habitados por seres inteligentes. En estos momentos ya hay una docena de guerras locales, y cualquiera de ellas puede convertirse en un conflicto a gran escala. Los Humanistas están haciendo cuanto pueden para que las guerras se extiendan porque parecen darles la razón, ¿comprendes? Su argumento es que el Grupo de Sistemas padece un grave exceso de población y que necesita encontrar nuevos planetas habitables.

—Aparte de eso los Humanistas se niegan a admitir que las máquinas puedan ser plenamente conscientes —dijo Skaffen-Amtiskaw—. Explotan a los ordenadores protoconscientes y afirman que sólo la experiencia subjetiva humana posee un valor intrínseco. En resumen, son una maldita pandilla de fascistas del carbono.

—Comprendo. —El hombre asintió y se puso muy serio—. Y vosotros queréis que el viejo Beychae se alíe con los Humanistas, ¿verdad?

—¡Cheradenine! —dijo Sma con voz irritada.

Los campos de Skaffen-Amtiskaw se habían convertido en una aureola de luz tan gélida que casi parecía sólida.

Su reacción pareció sorprender y herir a su interlocutor.

—¡Pero se llaman Humanistas!

—Zakalwe… Han escogido ese nombre como habrían podido escoger cualquier otro.

—Los nombres son importantes —dijo él, y parecía hablar muy en serio.

—Desde luego, pero que hayan escogido llamarse Humanistas no les convierte automáticamente en los buenos de la historia.

—De acuerdo. —Miró a Sma y sonrió—. Lo siento. —Inclinó la cabeza e hizo un visible esfuerzo por tomarse todo aquello más en serio—. Quieres que tire en la dirección opuesta, ¿no? Igual que la última vez…

—Sí —dijo Sma.

—Perfecto. No parece un trabajo muy difícil. ¿Habrá que jugar a los soldaditos?

—No.

—Acepto la misión —dijo él asintiendo con la cabeza.

—¿He oído un rechinar de dientes o era sólo mi imaginación? —murmuró Skaffen-Amtiskaw.

—Limítate a enviar la señal —dijo Sma.

—De acuerdo —dijo la unidad—. Señal enviada. —Manipuló sus campos hasta crear la impresión de que estaba mirando fijamente al hombre recostado en la hamaca—. Pero te advierto que será mejor que no cambies de parecer luego.

—Skaffen-Amtiskaw, lo único que podría disuadirme de viajar con la encantadora Sma hasta el planeta Voerenhutz es la idea de que eso pueda exigirme pasar un período de tiempo soportando tu compañía. —Se volvió hacia Sma y la observó con cierta preocupación—. Supongo que vendrás conmigo, ¿verdad?

Sma asintió. Tomó un sorbo de su vaso mientras la sirvienta empezaba a colocar varios platos sobre la mesa que había entre las hamacas.

—¿Así de sencillo, Zakalwe? —preguntó cuando la sirvienta hubo vuelto a entrar en la choza.

—¿Así de sencillo qué, Diziet?

La observó por encima de su vaso sin dejar de sonreír.

—Te marchas después de… ¿Cuánto tiempo? ¿Cinco años? Cinco años construyendo tu imperio, poniendo en práctica tus planes para conseguir que el mundo sea un lugar más seguro, utilizando nuestra tecnología e intentando utilizar nuestros métodos… Y ¿estás preparado para dar la espalda a esos planes durante todo el tiempo que pueda exigirte esta misión? Maldita sea… Accediste incluso antes de saber que debías ir a Voerenhutz, y por lo que sabías podría haberte pedido que viajaras hasta el otro extremo de la galaxia…, podría haberte pedido que fueras a las Nubes. Podrías haber estado accediendo a embarcarte en un viaje de cuatro años de duración.

—Me gustan los viajes largos —replicó él mientras se encogía de hombros.

Sma le observó en silencio durante unos momentos. Parecía estar tan lleno de vida, tan tranquilo y libre de preocupaciones… Sma sintió una vaga irritación.

El objeto de su observación volvió a encogerse de hombros y cogió algo de fruta de un platito.

—Y aparte de eso ya he hecho todos los arreglos precisos para que se ocupen de mis negocios hasta que vuelva.

—Si queda algo a lo que regresar —observó Skaffen-Amtiskaw.

—Oh, te aseguro que todo seguirá aquí —replicó él, y escupió una pepita que pasó volando sobre el murete del porche—. Si lo dices por esta gente… Bueno, les encanta hablar de la guerra, pero no son de los que se suicidan.

—Oh, entonces no hay ningún problema —dijo la unidad, y giró sobre sí misma.

El hombre se limitó a sonreír.

—¿No te apetece comer, Dizita? —preguntó señalando con la cabeza el plato que no había tocado.

—He perdido el apetito —dijo Sma.

El hombre saltó de la hamaca y se frotó las manos.

—Vamos a nadar un rato —dijo.

Le observó en silencio mientras intentaba atrapar peces en una laguna rodeada de rocas nadando de un lado a otro con sus pantalones como único atuendo. Sma se había quedado en ropa interior.

Vio como se inclinaba muy despacio con los ojos clavados en la superficie de la laguna. Su rostro se reflejaba en el agua. Parecía tan absorto en la captura de los peces que cuando habló dio la impresión de estar dirigiéndose a los peces y al agua.

—Sigues teniendo muy buen aspecto, ¿sabes? —dijo de repente—. Espero que te sientas halagada.

Sma siguió secándose con una toalla.

—Soy demasiado vieja para dejarme impresionar por los halagos, Zakalwe.

—Tonterías.

Se rió y el agua onduló debajo de su boca. Frunció el ceño y fue sumergiendo las manos con mucha lentitud.

Sma siguió observándole y vio la concentración que se adueñaba de sus rasgos mientras iba hundiendo las manos en el agua. El reflejo de sus brazos ondulaba lánguidamente.

El hombre volvió a sonreír y entrecerró los ojos. Tenía los brazos metidos en el agua casi hasta la altura del hombro. Se lamió los labios y sus manos se tensaron en un movimiento casi imperceptible.

Saltó hacia adelante y dejó escapar un grito de excitación. Curvó las manos sacándolas del agua y fue hacia las rocas junto a las que se había sentado Sma. Alargó los brazos hacia ella para que viera lo que tenía en las manos y su sonrisa se hizo un poco más ancha. Sma inclinó la cabeza y vio un pececillo de escamas iridiscentes, una criatura azul, verde, rojo y oro que parecía una mancha de luz atrapada removiéndose en el recipiente formado por las manos del hombre. Apoyó la espalda en una roca sin dejar de ofrecerle lo que tenía en las manos y Sma frunció el ceño.

—No le hagas nada y vuelve a dejarlo donde estaba, Cheradenine.

La tristeza se adueñó de sus rasgos. Sma se disponía a añadir algo en un tono de voz más amable, pero él se le adelantó. Volvió a sonreír y arrojó el pececito a las aguas de la laguna.

—Como si fuera capaz de hacer otra cosa…

Se sentó junto a ella.

Sma volvió la cabeza hacia el mar. La unidad estaba en la playa a unos diez metros detrás de ellos. Sma alisó cuidadosamente el vello casi invisible que cubría sus antebrazos hasta dejarlo lo más aplanado posible.

—Zakalwe, ¿por qué has hecho todas esas cosas?

—¿Cosas como administrar vuestro elixir de la juventud a nuestros gloriosos líderes? —Se encogió de hombros—. Me pareció que era una buena idea —confesó con voz jovial—. No lo sé. Pensé que quizá podría… Pensé que interferir en una sociedad quizá fuera mucho más fácil de como os gustaba presentarlo. Pensé que un hombre con un plan sólido que no estuviera interesado en el poder o en mejorar su posición podría… —Volvió a encogerse de hombros y la miró—. Puede que todo acabe saliendo bien. Nunca se sabe…

—Zakalwe, no va a funcionar. Lo único que has conseguido es empeorar la situación y crear un nuevo embrollo del que deberemos ocuparnos.

—Ah —dijo él asintiendo con la cabeza—. Así que vais a intervenir… Pensé que quizá decidierais hacerlo.

—Es difícil de explicar, pero… Creo que estamos obligados a intervenir.

—Os deseo suerte.

—Suerte… —empezó a decir Sma, pero cambió de parecer y se calló.

Le contempló en silencio mientras se pasaba una mano por los mechones de su cabellera empapada.

—Diziet…, ¿voy a tener muchos problemas?

—¿Por esto?

—Sí…, y por lo del proyectil cuchillo. ¿Estás enterada de ese asunto?

—Sí, estoy enterada. —Sma meneó la cabeza—. Cheradenine, no creo que vayas a tener más problemas de los que estás acostumbrado a tener por el mero hecho de ser quien eres.

El hombre volvió a sonreír.

—Odio la…, la tolerancia de la Cultura.

—Bien… —dijo ella deslizando la blusa por encima de su cabeza—. ¿Cuáles son tus términos?

—Ya que he accedido supongo que puedo pedir una buena paga, ¿no? —Se rió—. Los mismos honorarios que la última vez…, dejando aparte el rejuvenecimiento, claro. Con un incremento del diez por ciento en el medio de intercambio negociable.

—¿Exactamente los mismos?

Sma le contempló con cierta tristeza. Su cabellera empapada se agitó como una cortina cuando meneó la cabeza.

El hombre asintió.

—Exactamente los mismos.

—Zakalwe, eres idiota.

—Sigo intentando cambiar.

—No servirá de nada.

—No puedes estar segura.

—Puedo hacer una conjetura razonable basada en los datos de que dispongo.

—Y yo puedo seguir teniendo esperanzas. Oye, Dizita, lo que haga es asunto mío y si quieres que te acompañe tendrás que acceder a mis condiciones, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

La observó con un leve brillo de suspicacia en los ojos.

—¿Seguís sabiendo dónde está?

Sma asintió.

—Sí, lo sabernos.

—Entonces… ¿trato hecho?

Sma se encogió de hombros y volvió la cabeza hacia el mar.

—Oh, sí, trato hecho. Pero sigo pensando que cometes un error. No creo que debas volver a verla. —Le miró a la cara—. Es un consejo.

El hombre se puso en pie y se quitó los granos de arena que se le habían pegado a las piernas.

—Lo recordaré.

Volvieron al complejo de chozas y la laguna situada en el centro de la isla. Sma se sentó sobre un murete y esperó a que acabara de despedirse de su amiga. Aguzó el oído pensando que no tardaría en escuchar gritos o el sonido de algo rompiéndose, pero sólo hubo silencio.

El viento tiraba de sus cabellos y le sorprendió descubrir que se sentía muy a gusto. El perfume de los árboles flotaba a su alrededor y sus sombras en continuo movimiento hacían que el suelo pareciera moverse al mismo ritmo que las ráfagas de la brisa. El aire, los árboles y la luz ondulaban y bailaban como las sombras y los resplandores que cubrían la superficie de la laguna. Sma cerró los ojos y los sonidos acudieron a ella como animales domésticos para acariciarle los oídos. Los murmullos de las copas plumosas hacían pensar en enamorados que bailaban su última danza, y los sonidos del océano giraban entre las rocas y se deslizaban sobre las arenas doradas. Sma intentó comprender el mensaje que le traían, pero no lo consiguió.

Quizá no tardaría mucho en volver a la casa que se alzaba bajo el muro blanco y gris de la presa.

«Qué idiota eres, Zakalwe —pensó—. Podría haberme quedado en casa; podrían haber enviado al sustituto… Maldita sea, probablemente habría bastado con que enviaran a la unidad y aun así habrías accedido igual…»

Le vio salir de la choza. Parecía alegre y descansado, y se había puesto una chaqueta. Una sirvienta distinta a la que les había traído el almuerzo le seguía con su equipaje.

—Ya nos podemos ir —dijo.

Fueron hacia el muelle con la unidad flotando por encima de sus cabezas.

—Ah, por cierto… —dijo Sma—. ¿Por qué has pedido un diez por ciento más que la última vez?

Él se encogió de hombros. Acababan de llegar al pequeño muelle de madera.

—La inflación.

Sma frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

SEGUNDA PARTE:

Una misión

IX

Si pasas la noche durmiendo junto a una cabeza llena de imágenes se produce una especie de osmosis y acabas compartiendo alguna de sus imágenes, o eso pensaba él. Por aquel entonces pensaba mucho; quizá más de lo que lo había hecho en ningún otro momento de su vida, o quizá fuese que era más consciente del proceso y de la identidad básica que existe entre el pensamiento y el tiempo que transcurre. A veces tenía la sensación de que cada instante que pasaba junto a ella era una cápsula de sensaciones carentes de precio que debía ser envuelta con mucha ternura para guardarla cuidadosamente en un lugar inviolable alejado de cuanto pudiera hacerle daño.

Pero sólo llegó a ser plenamente consciente de eso más tarde, y por aquel entonces aún no lo sabía. Cuando se hallaba a su lado creía que sólo había una cosa de la que estuviera lleno, y esa cosa era su presencia.

Solía contemplar su rostro dormido bañado por los primeros rayos de sol que atravesaban los ventanales de aquella casa que no era la suya, y observaba su piel, sus cabellos y su boca entreabierta fascinado por aquella inmovilidad tan llena de vida, tan aturdido por el mero hecho físico de su existencia como si ella fuese una especie de estrella viviente que dormía sin tener ni idea del poder incandescente que encerraba. La facilidad con que conciliaba el sueño y la despreocupación con que se entregaba a él nunca dejaban de asombrarle. No podía creer que una belleza semejante fuera capaz de sobrevivir sin algún esfuerzo consciente de una intensidad casi sobrehumana.

Cada mañana pasaba un buen rato inmóvil en la cama observándola y escuchando los sonidos de la brisa y los crujidos casi imperceptibles con que la casa respondía a las ráfagas de viento. La casa le gustaba cada vez más. Le parecía cómoda, y… No, era algo más que mera comodidad. La casa y él parecían encajar de una forma misteriosa, aunque sabía que en circunstancias normales la habría odiado y no habría podido vivir en ella.

Pero su situación actual le permitía apreciar todo lo que tenía de bueno y verla como una especie de símbolo. Abierta y cerrada, débil y fuerte, exterior e interior… Cuando la vio por primera vez pensó que cualquier tormenta un poco fuerte bastaría para acabar con ella, pero al parecer aquellas casas rara vez se derrumbaban. Las tormentas no eran muy frecuentes y cuando llegaban la gente se refugiaba en el centro de la estructura y se acurrucaba alrededor del fuego dejando que las capas de distinto grosor que les servían de protección temblaran y oscilaran sobre sus postes erosionando gradualmente la fuerza del viento para proporcionarles un núcleo de calma en el que se estaba a salvo.

Aun así —y se lo había dicho cuando vio la casa por primera vez desde el camino desierto que llevaba al océano—, podía arder con mucha facilidad y su situación aislada en pleno centro de la nada podía atraer a los ladrones. (Ella le miró como si pensara que se había vuelto loco, pero acabó besándole.)

Esa vulnerabilidad le intrigaba y le preocupaba. Era un aspecto en el que la casa y ella se parecían mucho, y en el caso de ella influía tanto sobre su realidad de mujer como sobre su poesía. Sospechaba que era muy similar a sus imágenes favoritas, a los símbolos y metáforas que utilizaba en los poemas que tanto le gustaba oírle leer en voz alta pero que nunca lograba entender del todo (había demasiadas alusiones culturales, y también estaba ese lenguaje sorprendente que aún no había logrado dominar del todo. Seguía usando las palabras que no debía, y sus errores siempre la hacían reír). Su relación física le parecía más completa y, al mismo tiempo, más desafiantemente compleja que cualquiera de las relaciones similares que había conocido. La paradoja de que la encarnación más física del amor y el ataque personal fueran una y la misma cosa seguía molestándole, y había momentos en los que casi llegaba a producirle un auténtico malestar físico, como cuando luchaba por comprender las afirmaciones y promesas que podían hallarse implícitas en el seno de la alegría y el placer físico de que estaba disfrutando.

El sexo era una infracción, un ataque y una invasión, y no lograba verlo de otra forma. Por muy mágico e intensamente disfrutado o voluntariamente llevado a cabo que pudiera parecer, cada acto llevaba dentro de él un acorde oculto de codicia y rapacidad. La poseía, y aunque ella pudiera salir beneficiada en términos de placer provocado y en el amor cada vez más grande que él le profesaba, seguía siendo la que sufría aquel acto que se había desarrollado dentro de ella y con ella como objeto. Era consciente de lo absurdo que resultaría el llevar demasiado lejos la comparación entre el amor y la guerra; y había tenido que soportar la risa y bastantes momentos incómodos por haber intentado explicarla («Zakalwe —decía ella cuando intentaba hablarle de esos temas—, veo que tienes serios problemas personales…» Después sonreía, le contemplaba envuelta en la negra nube de su cabellera y deslizaba sus frescos y esbeltos dedos alrededor de su cuello), pero los sentimientos, los actos y la estructura de una y otra actividad le parecían tan próximas y tan evidentemente emparentadas que una reacción semejante sólo servía para aumentar todavía más la confusión que llevaba dentro.

Pero intentaba que eso no le molestara demasiado, y después de todo siempre le quedaba la posibilidad de mirarla y envolverse en la adoración que sentía hacia ella —una sensación que resultaba tan intensa y tangible como la de ponerse un abrigo cuando hacía frío—, y podía ver su vida y su cuerpo, sus estados de ánimo, expresiones, palabras y movimientos igual que si formaran un campo de una cohesión perfecta en el que podía sumergirse como si fuese un erudito que acaba de encontrar el tema de estudio que le mantendrá ocupado durante el resto de su existencia.

(Una vocecita perdida en las profundidades de su cabeza solía decirle que eso se acercaba más a la verdad. «Sí, se supone que debe de ser así porque te permite olvidarte de todo lo demás. La culpabilidad, los secretos y las mentiras; el navío, la silla y el otro hombre… Ahora puedes olvidarte de todo eso, ¿verdad?» Pero él siempre intentaba no escuchar esa vocecita.)

* * *

Se conocieron en un bar del puerto. El acababa de entrar y pensó que sería mejor asegurarse de que sus licores eran tan buenos como le habían dicho. Ella estaba sentada en la oscuridad del reservado contiguo, e intentaba librarse de un hombre.

—Me estás diciendo que nada dura eternamente —oyó que protestaba el hombre con voz quejumbrosa.

«Bueno —pensó—, eso no es ninguna novedad…»

—No —oyó que replicaba ella—. Te estoy diciendo que salvo poquísimas excepciones nada dura eternamente, y no hay ninguna obra o pensamiento del hombre que se encuentre entre esas excepciones.

La mujer siguió hablando, pero él no la escuchó. «Eso está mucho mejor —pensó—. Me gusta… Parece interesante. Me pregunto qué aspecto tendrá…»

Sacó la cabeza del reservado y les echó un vistazo. El hombre estaba llorando, y la mujer… Bueno, tenía una cabellera muy abundante y un rostro de los que no se olvidan con facilidad, con unos rasgos tan marcados que casi resultaban agresivos. Su cuerpo no estaba nada mal, y era bastante joven.

—Lo siento —dijo—, pero… Sólo quería hacer una pequeña observación, y es que la frase «Nada dura eternamente» puede ser una afirmación…, bueno, por lo menos hay algunos idiomas en que lo es…

Apenas hubo pronunciado esas palabras le pasó por la cabeza que en su idioma no lo era. Aquella gente tenía varios términos para referirse a las distintas clases de nada. Sonrió, se refugió en la penumbra de su reservado sintiéndose repentinamente incómodo y lanzó una mirada de acusación a la copa de licor que tenía delante. Después se encogió de hombros y pulsó el timbre para llamar al camarero.

Oyó gritos en el reservado contiguo, el ruido de algo que caía al suelo y un chillido ahogado. Alzó la cabeza y vio al hombre yendo rápidamente hacia la puerta del bar y saliendo por ella. Parecía muy enfadado.

La chica se materializó junto a él. Estaba empapada.

Alzó los ojos hacia su rostro y vio que estaba mojado. La chica empezó a secárselo con un pañuelo.

—Gracias por su contribución —dijo con voz gélida—. Estaba logrando llevar el asunto a una conclusión más o menos tranquila y educada hasta que usted se entrometió.

—Lo lamento muchísimo —dijo él, pero no lo lamentaba en lo más mínimo.

La chica hizo una bola con el pañuelo y lo estrujó sobre su copa. El líquido goteó de la tela y se mezcló con el licor.

—Hmmm —dijo él—, qué detalle por su parte… —Movió la cabeza señalando las manchas oscuras esparcidas sobre su chaqueta gris—. ¿Son de su bebida o de la de él?

—De ambas —dijo ella.

Dobló cuidadosamente el pañuelo y se dispuso a darle la espalda.

—Le ruego que me permita invitarla a beber algo.

La chica vaciló, y el camarero escogió ese preciso instante para venir hacia su mesa. «Es un buen presagio», pensó él.

—Ah —dijo volviendo la cabeza hacia el camarero—. Tomaré otro…, lo que sea que he estado bebiendo, y para esta señora…

Ella bajó la vista hacia su copa.

—Tomaré lo mismo —dijo, y se sentó delante de él.

—Considérelo como una…, una indemnización —dijo él buscando la palabra en el vocabulario que le habían implantado antes de su llegada.

La chica puso cara de perplejidad.

—«Indemnización»… Ya no me acordaba de esa palabra. Tiene algo que ver con la guerra o con hacer daño a otra persona, ¿verdad?

—Sí —dijo él, y ahogó un eructo llevándose una mano a los labios—. Es algo así como… ¿una compensación por los daños causados?

La chica meneó la cabeza.

—Su vocabulario me parece maravillosamente enigmático, pero su gramática resulta de lo más extraño.

—No soy de aquí —dijo él como sin darle importancia.

Era cierto. El resto de su vida había transcurrido a una distancia mínima de cien años luz de aquel lugar.

—Shias Engin —dijo ella asintiendo con la cabeza—. Escribo poemas.

—¿Se dedica a la poesía? —preguntó él, muy complacido—. La gente que escribe poesía siempre me ha fascinado. Hace tiempo intenté escribir poemas.

—Sí —dijo ella, y le lanzó una mirada algo recelosa—. A veces sospecho que todo el mundo lo ha intentado. Y usted es…

—Cheradenine Zakalwe. Me gano la vida luchando en las guerras.

La chica sonrió.

—Hace trescientos años que no hay ninguna guerra… ¿Aún se acuerda del oficio?

—Sí… Aburrido, ¿verdad?

La chica se reclinó en el asiento y se quitó la chaqueta.

—¿Viene de muy lejos, señor Zakalwe?

—Oh, vaya… Lo ha adivinado. —Puso cara de abatimiento—. Sí, soy un alienígena. Ah, gracias.

El camarero acababa de traerles lo que habían pedido. Cogió las copas y le pasó una a la joven.

—Tiene un aspecto extraño —dijo ella después de observarle en silencio durante unos momentos.

—«¿Extraño?» —dijo él en un tono de voz algo indignado.

La joven se encogió de hombros.

—Distinto. —Tomó un sorbo de su copa—. Pero no mucho… —Se inclinó hacia adelante y apoyó los codos sobre la mesa—. ¿Por qué es tan similar a nosotros? Sé que no todos los alienígenas son humanoides, pero hay muchos que sí lo son. ¿Por qué?

—Bueno —dijo él, y volvió a llevarse una mano a la boca—. Intentaré explicárselo… —Eructó—. Las nubes de polvo y la sustancia libre de la galaxia son…, son lo que la alimenta, y su alimento es considerablemente difícil de digerir. Ésa es la razón de que haya tantas especies humanoides. La última cena de las nebulosas no les sentó demasiado bien, y aún no han conseguido librarse del regusto que les dejó en la boca.

La chica sonrió.

—La verdad siempre resulta sencilla y fácil de entender, ¿no le parece?

La miró fijamente y meneó la cabeza.

—No, la verdad nunca resulta sencilla… Todo es muy complicado. Pero… —Alzó un dedo—. Creo que conozco la auténtica razón y voy a revelársela.

—¿Cuál es?

—El alcohol que hay en las nubes de polvo. Esa maldita sustancia está por todas partes… En cuanto una especie inteligente inventa el telescopio y el espectroscopio y empieza a examinar lo que hay entre las estrellas, ¿qué cree que encuentra? —Alzó la copa y golpeó la mesa con ella—. Montones de sustancias distintas, de acuerdo, pero… La sustancia que más abunda es el alcohol. —Tomó un sorbo de licor—. La galaxia creó a las especies humanoides para que la libraran de todo ese alcohol.

—Vaya… —dijo ella. Se puso muy seria y asintió con la cabeza—. Todo empieza a cobrar sentido. —Le observó con atención—. Bueno, ¿y por qué está aquí? Espero que no habrá venido a iniciar alguna guerra.

—No, estoy de permiso. He venido aquí porque quiero alejarme una temporada de las guerras, y por eso escogí este lugar.

—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?

—Hasta que empiece a aburrirme.

La chica le sonrió.

—¿Y cuánto tiempo cree que tardará en ocurrir eso?

—Bueno… —Le devolvió la sonrisa—. No lo sé.

Dejó su copa sobre la mesa mientras la chica apuraba la suya. Alargó la mano hacia el timbre para llamar al camarero, pero la chica ya había puesto un dedo sobre él.

—Ahora me toca a mí —dijo—. ¿Lo mismo?

—No —dijo él—. Creo que esta vez me apetece algo totalmente distinto.

* * *

Cuando intentó tabular su amor y hacer una lista con todo lo que le atraía de ella descubrió que tendía a empezar por los hechos más visibles —su belleza, su actitud ante la vida, su creatividad—, pero si pensaba en el día que acababa de transcurrir o si se limitaba a observarla se daba cuenta de que un pequeño gesto, una palabra, un paso o un movimiento de sus ojos o de su mano exigían la misma atención. Al final siempre acababa rindiéndose y se consolaba recordando unas palabras que ella había murmurado poco después de que se conocieran. Si entiendes algo del todo nunca podrás amarlo, eso era lo que había dicho… Siempre que hablaban del tema ella afirmaba que el amor era un proceso, no un estado. Si lo atrapabas y lo inmovilizabas acababa marchitándose. Él no estaba tan seguro, aunque parecía haber logrado encontrar una serenidad límpida e insondable oculta en lo más profundo de su ser cuya existencia nunca había imaginado…, y todo gracias a ella.

La realidad de su talento —no, de su genio— también jugaba un papel importante en todo aquello. Esa capacidad de ser más que el objeto de su amor y de ofrecer un aspecto totalmente distinto al mundo exterior hacía que su ya considerable incredulidad se volviera aún más grande. Era lo que él sabía que era aquí y ahora —completa, rica e inconmensurable—, y pese a ello, cuando los dos estuvieran muertos (y descubrió que ahora podía pensar de nuevo en su muerte sin sentir miedo), habría como mínimo un mundo y quizá muchas culturas que la conocerían en una faceta totalmente distinta. Para el futuro sería una poetisa, una creadora de conjuntos de significados que para él sólo eran palabras sobre una página o títulos de los que le hablaba algunas veces.

Le había dicho que un día escribiría un poema sobre él, pero que ese momento aún tardaría un poco en llegar. Pensó que quería oírle contar la historia de su vida, pero ya le había explicado que jamás podría hacerlo. No necesitaba confesarse ante ella. El acto de la confesión había dejado de ser necesario porque su mera presencia ya le había liberado del peso que soportaba, aunque no lograba entender cómo lo había conseguido. Ella insistía en que los recuerdos eran interpretaciones, no la verdad, y afirmaba que el pensamiento racional no era más que otro poder instintivo.

Podía sentir el lento proceso de polarización de su mente y cómo iba pareciéndose cada vez más a la suya. Todos sus prejuicios y todas las cosas que ocultaba iban moviéndose poco a poco, y acabarían alineándose en el campo magnético de la imagen que ella representaba para él.

Le había ayudado, y ni tan siquiera era consciente de ello. Había logrado acceder a algo tan enterrado que ya se había acostumbrado a considerarlo inaccesible para siempre, y le había devuelto la salud y la integridad. Quizá fuera eso lo que más le confundía. El efecto que aquella persona estaba teniendo sobre unos recuerdos tan terribles que se había resignado hacía ya mucho tiempo a que fueran volviéndose más y más potentes con la edad le resultaba incomprensible, pero ella parecía capaz de irlos acorralando y eliminando, desintegrándolos en fragmentos manejables que arrojaba a la basura, y ni tan siquiera se daba cuenta de lo que estaba haciendo. No tenía ni idea de hasta dónde llegaba su influencia.

La abrazó.

* * *

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó casi al final de la primera noche que pasaron juntos.

—Soy más viejo y más joven que tú.

—Eso no son más que paparruchas enigmáticas. Responde a mi pregunta.

Él torció el gesto en la oscuridad.

—Bueno… ¿Cuántos años vivís?

—No lo sé. Ochenta, puede que noventa…

Tuvo que recordar cuánto duraba el año en aquel planeta. Sí, no había mucha diferencia.

—Entonces tengo…, unos doscientos veinte años, ciento diez y treinta.

Ella dejó escapar un silbido y apoyó la cabeza en su hombro.

—Puedes escoger, ¿eh?

—Más o menos. Nací hace doscientos veinte años, he vivido ciento diez y físicamente tengo unos treinta.

La risa vibró en su garganta. Sintió el roce de sus pechos sobre su torso cuando se le puso encima.

—¿Estoy jodiendo con un anciano de ciento diez años?

Parecía divertida.

Él puso las manos sobre el liso frescor de su espalda. —Sí. Increíble, ¿verdad? Todas las ventajas de la experiencia sin ninguno de sus in…

Ella le besó antes de que pudiera acabar la frase.

* * *

Apoyó la cabeza sobre su hombro y la atrajo hacia él. Sintió como se removía en sueños y sus brazos le rodearon atrayéndole hacia ella. Acercó la nariz a su hombro y aspiró el olor de su piel respirando el aire que había estado sobre su carne y que olía a ella, el aire que había sido convertido en perfume aunque ella nunca se ponía perfumes y se conformaba con su propio olor. Cerró los ojos para concentrarse mejor en aquellas sensaciones. Los abrió para volver a contemplarla mientras dormía, acercó su cabeza a la de ella y le puso la lengua debajo de la nariz para sentir el chorro del aliento. Quería estar en contacto con la hebra de su vida. La punta de su lengua y el huequecito que había entre sus labios y su nariz encajaban con tanta perfección como si hubieran sido creados con el único fin de complementarse.

Vio como sus labios se entreabrían y volvían a cerrarse. Arrugó la nariz y movió los labios, primero hacia arriba y luego hacia los lados. Observó todo aquello sintiendo un placer inefable y secreto, tan fascinado como el niño que juega al escondite con un adulto que desaparece una y otra vez debajo de la cama.

No se había despertado. Volvió a apoyar la cabeza en su hombro.

* * *

La primera mañana permaneció muy quieto en la cama mientras ella inspeccionaba minuciosamente su cuerpo a la claridad grisácea del alba.

—Tantas cicatrices, Zakalwe… —murmuró meneando la cabeza mientras sus dedos iban trazando líneas invisibles sobre su pecho.

—Siempre estoy metiéndome en líos —admitió él—. Podría librarme de ellas, pero… me ayudan a… recordar.

La miró y vio como apoyaba el mentón en su pecho.

—Vamos… Admite que te encanta enseñárselas a las chicas.

—También hay algo de eso.

—Ésa debió de ser bastante peligrosa, suponiendo que tengas el corazón en el mismo sitio que nosotros…, y todo lo demás parece estar en el mismo sitio. —Deslizó la yema de un dedo alrededor de una cicatriz bastante pequeña que tenía cerca de un pezón. Sintió que se envaraba, alzó los ojos hacia él y pensó que de repente parecía tener todos los años que afirmaba y unos cuantos más. Se incorporó y le pasó una mano por el pelo—. Aún no se ha curado del todo, ¿verdad?

—Ésa… —Intentó sonreír, y deslizó un dedo sobre la minúscula depresión que había en su carne—. Por extraño que te parezca es una de las más antiguas.

Sus rasgos recuperaron la expresión habitual y el brillo que le había encendido los ojos se fue esfumando.

—¿Y ésta? —preguntó ella en tono jovial poniéndole la mano en una sien.

—Una bala.

—¿En una gran batalla?

—Bueno…, más o menos. En un coche, para ser exactos. Iba con una mujer.

—¡Oh, no! —exclamó ella.

Se llevó una mano a la boca fingiendo estar horrorizada.

—Fue muy embarazoso.

—Bueno, no hablemos de ella… ¿Y ésta?

—Láser…, un haz de luz muy concentrada —le explicó al ver que ponía cara de no entenderle—. Ya hace mucho tiempo.

—¿Y ésta?

—Eh… Una combinación de varias cosas, con insectos al final.

—¿Insectos?

Se estremeció.

(Y de repente volvía a estar allí, en el volcán inundado. Ya había pasado mucho tiempo de eso, pero todo seguía estando dentro de él…, y pensar en lo ocurrido seguía siendo menos peligroso que pensar en aquel otro cráter que había encima de su corazón y que servía de morada a otro recuerdo aún más antiguo. Se acordaba muy bien de la caldera del volcán, y volvió a ver aquella laguna de aguas estancadas con la piedra en el centro y los muros que rodeaban el estanque envenenado. Volvió a sentir el lento descenso de su cuerpo y la cercanía de los insectos… Pero aquella implacable concentricidad había dejado de tener importancia. El aquí era el aquí, y el ahora el ahora.)

—Será mejor que no te lo cuente —dijo sonriendo—. Me temo que no te gustaría.

—Creo que aceptaré tu palabra al respecto —murmuró ella. Asintió lentamente con la cabeza y su larga cabellera negra subió y bajó acompañando al gesto—. Ya sé lo que voy a hacer… Le daré un beso a cada una para que se cure del todo.

—Puede ser un trabajo muy largo —dijo él viendo como se apartaba y se levantaba de la cama.

—¿Tienes mucha prisa? —preguntó ella antes de besarle un dedo del pie.

—No tengo ninguna prisa. —Sonrió y se recostó en las almohadas—. Tómate todo el tiempo que quieras. Puedes tomarte toda la eternidad…

* * *

Notó que se movía y miró hacia abajo. Se frotó los ojos con los nudillos, se dio unos golpecitos en las mejillas y en la nariz y le sonrió mientras sus cabellos se desparramaban sobre la almohada. Ella le miró y sonrió. Había visto unas cuantas sonrisas por las que habría sido capaz de matar, pero nunca se había encontrado con una sonrisa por la que estuviera dispuesto a morir. ¿Qué podía hacer salvo devolvérsela?

—¿Por qué siempre te despiertas antes que yo?

—No lo sé. —Suspiró. La brisa movió las engañosamente frágiles paredes de la casa y pareció imitar el suspiro que había salido de sus labios—. Me gusta mirarte mientras duermes.

—¿Por qué?

Rodó sobre sí misma hasta ponerse de espaldas, volvió la cabeza hacia él y su negra melena se deslizó hasta rozarle. Apoyó la cabeza sobre aquel campo oscuro y perfumado, se acordó del olor de su hombro y se preguntó si su cuerpo olería de una forma distinta cuando estaba dormido a cuando estaba despierto.

Le rozó el hombro con la cara y la oyó reír mientras encogía el hombro y acercaba la cabeza a la suya. Le dio un beso en el cuello y respondió antes de que se le olvidara la pregunta.

—Cuando estás despierta te mueves, y eso hace que se me escapen algunas cosas.

—¿Qué cosas?

Sintió la caricia de sus labios sobre su coronilla.

—Todo lo que haces. Cuando estás dormida apenas te mueves, y puedo darme cuenta de todo. Entonces tengo tiempo suficiente para observarte.

—Qué extraño… —dijo ella muy despacio.

—¿Sabías que hueles igual cuando estás dormida que cuando estás despierta?

Apoyó la cabeza en la palma de una mano y le sonrió.

—Tú… —empezó a decir ella, pero acabó bajando la mirada. Cuando volvió a alzar la cabeza su sonrisa estaba impregnada de tristeza—. Me encanta oír esa clase de tonterías —dijo por fin.

Pero él también oyó las palabras que no había llegado a pronunciar en voz alta.

—Quieres decir que te encanta oír esa clase de tonterías ahora, pero que habrá un momento aún no determinado del futuro en el que no podrás soportarlas.

(La afirmación le pareció espantosamente banal apenas hubo salido de sus labios, pero ella también tenía sus cicatrices.)

—Supongo que sí —dijo ella, y le cogió una mano.

—Piensas demasiado en el futuro.

—Bueno, entonces puede que el estar juntos sirva para que cada uno libere al otro de sus obsesiones.

Se rió.

—Supongo que te he puesto la réplica en bandeja, ¿no?

Ella le acarició la cara y le miró a los ojos.

—No debería enamorarme de ti, Zakalwe… Hablo en serio.

—¿Por qué no?

—Hay muchas razones. Todo el pasado y todo el futuro; porque eres quien eres y porque yo soy quien soy… Todo.

—Detalles —dijo él, y movió una mano como indicando que no tenían ninguna importancia.

Ella rió, meneó la cabeza y la inclinó. Su cabellera le ocultó el rostro y cuando emergió de ella le miró fijamente.

—Me preocupa que no dure mucho.

—Nada dura eternamente, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo —dijo ella asintiendo lentamente con la cabeza.

—¿Crees que esto no durará?

—En estos momentos… Me parece… No lo sé. Pero si alguna vez queremos hacernos daño el uno al otro…

—Basta con que no nos lo hagamos —dijo él.

Vio como sus párpados bajaban lentamente y su cabeza se fue inclinando hasta que él alargó una mano y la puso debajo de su mentón.

—Quizá sea así de sencillo —dijo ella—. Puede que el pensar en el futuro sea una forma de evitarse las sorpresas desagradables. —Alzó la cabeza y le miró—. ¿Te preocupa? —preguntó.

Vio que le temblaba la cabeza, y la expresión que había en sus ojos era casi de dolor.

—¿El qué?

Sonrió y se inclinó hacia ella para besarla, pero ella ladeó la cabeza para indicar que no quería que la besara y él se echó hacia atrás.

—El que…, el que no pueda creer con la fuerza suficiente para dejar de tener dudas —dijo ella.

—No. No me preocupa.

La besó.

—Qué extraño… Esa lengua con la que captamos todos los sabores no sabe a nada —murmuró ella con los labios pegados a su cuello, y los dos se echaron a reír.

Había noches en las que creía ver al auténtico fantasma de Cheradenine Zakalwe. Estaba inmóvil en la oscuridad mientras ella dormía o no decía nada, y el fantasma entraba atravesando los muros, una silueta oscura y terriblemente material cuyas manos sostenían una inmensa arma mortífera cargada y lista para hacer fuego. La silueta le miraba y el aire que la rodeaba parecía rezumar…, no, era algo peor que el odio. Era una mezcla de burla y desprecio. En esos momentos siempre era muy consciente de que estaba inmóvil junto a ella tan ridículamente apresado en la telaraña del amor como si fuera un adolescente romántico, y se daba cuenta de que estaba acostado con los brazos rodeando a una joven hermosa y que tenía mucho talento por la que estaría dispuesto a hacer cualquier cosa, y sabía sin la más mínima sombra de duda que para lo que había sido —para aquello en lo que se había convertido o lo que siempre fue—, esa clase de amor y devoción tan inequívoca, completa y altruista era un acto vergonzoso, algo que debía ser destruido y eliminado del mundo, y sabía que el auténtico Zakalwe alzaría su arma, le miraría a la cara a través de la mira telescópica y dispararía sin vacilar y sin que le temblara la mano.

Pero después de esas fantasías siempre acababa dejando escapar una risita y se volvía hacia ella para besar o ser besado, y entonces no había ninguna amenaza o peligro bajo este sol o bajo cualquier otro que pudiera separarle de ella.

—No olvides que hoy tenemos que ir a ver ese krih. Esta mañana, de hecho…

—Oh, sí —dijo él.

Rodó sobre sí mismo hasta quedar de espaldas y contempló como ella se incorporaba y estiraba los brazos bostezando y abriendo los ojos con un gran esfuerzo de voluntad para obligarles a que vieran el techo. Los músculos de sus párpados se fueron relajando poco a poco, cerró la boca y le miró apoyando un codo en la cabecera de la cama.

—Pero puede que no esté atrapado —dijo ella mientras empezaba a peinarle los mechones con los dedos.

—Mmm…, puede que no —murmuró él.

—Puede que cuando miremos ya no esté allí.

—Cierto.

—Pero si continúa estando allí subiremos.

Él asintió con la cabeza, le cogió una mano y le apretó suavemente los dedos.

Ella sonrió, le dio un beso muy rápido, saltó de la cama y fue hacia el otro extremo del dormitorio. Apartó las cortinas traslúcidas que aleteaban impulsadas por la brisa y cogió los binoculares colgados del gancho que había clavado en un poste. Él siguió observándola desde la cama y vio como se llevaba los binoculares a los ojos para examinar la ladera que dominaba la casa.

—Sigue ahí —dijo.

Su voz sonaba muy lejana. Cerró los ojos.

—Entonces subiremos. Puede que esta tarde…

—Deberíamos hacerlo.

Su voz sonaba tan lejana…

—Iremos.

Lo más probable era que el animal no estuviera atrapado. Su especie podía llegar a tales extremos de estupidez que debía de haberse ido adormilando hasta el punto de entrar en una especie de hibernación. Había oído comentar que les ocurría con una relativa frecuencia. De vez en cuando los krihs dejaban de comer y clavaban sus inmensos ojos llenos de imbecilidad en algo que les había llamado la atención hasta el extremo de fascinarles, los iban cerrando lentamente a medida que el sueño se adueñaba de ellos y acababan entrando en coma por puro accidente. La primera lluvia o un pájaro que se le posara encima bastarían para despertarle, pero siempre cabía la posibilidad de que estuviera realmente atrapado. El cuerpo de un krih estaba cubierto por un pelaje muy espeso, y a veces se enredaba en los arbustos o en la rama de un árbol y el animal quedaba inmovilizado. Subirían hasta donde estaba. El paisaje era muy hermoso, y pensó que un poco de ejercicio que no se realizara en posición horizontal no le sentaría nada mal. Se tumbarían sobre la hierba y hablarían, contemplarían el mar que cabrilleaba envuelto en las ondulaciones de la calina y quizá tuvieran que liberar al animal o despertarlo, y ella lo miraría con esa expresión que él ya había aprendido a interpretar —«No me distraigas», decían sus rasgos en esos momentos—, y después se encerraría a escribir otro poema.

Él ya había aparecido en muchas de sus últimas obras como un amante sin nombre, aunque el conocerle no había alterado sus costumbres de escritora y no había conservado ninguna. Decía que algún día escribiría un poema sobre él, quizá cuando le hubiera contado más cosas sobre su vida.

La casa murmuraba y se movía en un casi imperceptible flujo continuo difundiendo la luz y atenuándola. Los distintos grosores y texturas de las cortinas y telas que formaban los muros y divisiones de la casa se rozaban continuamente unos con otros creando murmullos ahogados, como murmullos o conversaciones secretas que nunca podrían ser entendidos del todo.

Ella seguía estando muy lejos. Se llevó una mano a la cabeza y tiró distraídamente de un mechón de cabellos mientras removía los papeles que había esparcidos sobre el escritorio con la punta de un dedo. Él seguía observándola. Su dedo vagó sobre lo que había escrito ayer y jugueteó con los pergaminos trazando lentos círculos alrededor de ellos, flexionándolos y creando curvas fugaces, observado por ella y por él.

Los binoculares olvidados colgaban de su otra mano con la correa hacia abajo, y los ojos que la observaban desde la cama recorrieron lentamente su cuerpo recortado contra la luz del exterior. Pies, piernas, nalgas, vientre, torso, pechos, hombros, cuello; cara, cabeza y cabellos… Sus ojos no olvidaron ni una sola parte de ella.

El dedo siguió moviéndose a lo largo de la superficie de madera sobre la que esa misma tarde escribiría un poema muy corto sobre él, uno que él copiaría sin decírselo por si no quedaba satisfecha de los versos y acababa decidiendo no conservarlo, y el deseo de él continuó creciendo, y la calma que se fue adueñando del rostro de ella hizo que dejara de ver como se movía el dedo, y uno de los dos sólo era una imagen fugaz que pronto dejaría de estar allí, apenas una hoja atrapada entre las páginas del diario del otro, y lo que habían creado convenciéndose el uno al otro con palabras, empezó a desvanecerse lentamente en el silencio.

—Hoy tendré que trabajar un rato —dijo ella como si hablara consigo misma.

Hubo un silencio.

—¿Eh? —exclamó él.

—¿Hmmmm?

Su voz parecía venir de muy lejos.

—¿Qué te parece si desperdiciamos un poco de tiempo?

—Hermoso eufemismo, señor —dijo ella con voz pensativa, como si hablara desde una gran distancia.

Alzó la mirada hacia ella y sonrió.

—Ven y ayúdame a dar con otro mejor.

Ella sonrió, y sus ojos se encontraron con los de él.

Y el silencio duró mucho rato.

6

Se rascó la cabeza y apoyó la culata del arma en el suelo de la minibodega. Cogió el arma por el cañón y pegó un ojo al agujero para observar su interior mientras se balanceaba ligeramente de un lado a otro.

—Zakalwe —dijo Diziet Sma—, hemos desviado de su curso dos meses a veintiocho millones de personas y un trillón de toneladas de nave espacial para que llegues a tiempo a Voerenhutz. Te agradecería que esperaras a terminar el trabajo antes de volarte la cabeza.

Sus palabras le hicieron girar rápidamente sobre sí mismo. Sma y la unidad acababan de entrar en la minibodega. Una cápsula de viajes se estaba alejando velozmente por el tubo que tenían detrás.

—¿Eh? —exclamó, y les saludó con la mano—. Oh… Hola.

Se había puesto una camisa blanca con las mangas subidas y unos pantalones negros, y llevaba los pies descalzos. Cogió el rifle de plasma, lo sacudió, le dio unos golpecitos en uno de los lados con la mano libre y lo alzó apuntando el cañón hacia el otro extremo de la minibodega. Tomó puntería y tiró del gatillo.

Hubo un estallido luminoso que se desvaneció casi enseguida, el arma saltó hacia atrás chocando contra su hombro y una especie de chasquido creó ecos que bailotearon por el espacio de la minibodega. Clavó los ojos en la pared situada a unos doscientos metros de distancia que marcaba el final del recinto y en el reluciente cubo negro de unos quince metros de arista inmóvil bajo las luces del techo. Examinó atentamente el distante objeto negro, volvió a alzar el arma y contempló la imagen aumentada que aparecía en una de las pantallas del rifle de plasma.

—Qué extraño… —murmuró, y se rascó la cabeza.

Una bandejita que sostenía una jarra metálica y un vaso de cristal tallado flotaba junto a él. Se volvió hacia ella, cogió el vaso y tomó un sorbo sin apartar los ojos del arma.

—Zakalwe… —dijo Sma—. ¿Se puede saber qué estás haciendo?

—Prácticas de tiro —replicó él, y volvió a tomar un sorbo del vaso—. ¿Quieres beber algo, Sma? Pediré otro…

—No, gracias. —Sma se volvió hacia el otro extremo de la minibodega y contempló el cubo negro con cara de perplejidad—. ¿Qué es eso?

—Hielo —dijo Skaffen-Amtiskaw.

—Exacto. —Asintió con la cabeza y dejó el vaso en el suelo para manipular los controles del arma—. Hielo.

—Hielo coloreado de negro —dijo la unidad.

—Hielo —dijo Sma asintiendo con la cabeza sin entender nada—. Y.. ¿Por qué hielo?

—Porque —dijo él con un cierto tono de irritación—, esta…, esta nave de nombre tan increíblemente estúpido y los veintiocho trillones de personas que van a bordo de ella y su hipermontillón de tonelaje no han podido proporcionarme ni un miserable gramo de basura decente, solamente por eso. —Alteró la posición de dos indicadores incrustados en un lado del arma y volvió a tomar puntería—. Un jodido trillón de toneladas y no hay ni un átomo de basura…, aparte de su cerebro, supongo. —Volvió a tirar del gatillo. Su hombro y su brazo fueron impulsados hacia atrás, y el destello luminoso brotó del cañón del arma acompañado por el mismo chasquido de antes—. ¡Esto es ridículo! —exclamó.

—Pero ¿por qué disparas contra ese cubo de hielo? —insistió Sma.

—Sma, ¿estás sorda o qué? —casi gritó él—. Porque este parsimonioso montón de sistemas inservibles afirma no disponer de ningún objeto inútil o desperdicio mínimamente decente con el que pueda hacer prácticas de tiro.

Meneó la cabeza y abrió un panel de inspección disimulado en la culata del arma.

—¿Y por qué no utilizas hologramas como hace todo el mundo? —preguntó Sma.

—Los hologramas están muy bien, Diziet, pero… —Giró sobre sí mismo y le alargó el rifle de plasma—. Toma, sostenlo un momento, ¿quieres? Gracias. —Hizo algo en los mecanismos revelados por el panel de inspección que acababa de abrir mientras Sma sostenía el arma con las dos manos. El rifle de plasma medía un metro y veinticinco centímetros de longitud, y pesaba mucho—. Los hologramas van muy bien para la calibración y todas esas tonterías, pero si quieres…, si quieres familiarizarte con un arma tienes que…, tienes que destruir algo, ¿comprendes? —La miró—. Tienes que sentir el retroceso y necesitas ver los restos de aquello contra lo que has disparado, y esos restos tienen que ser auténticos… Esa mierda holográfica no sirve de nada. Tienes que disparar contra algo real.

Sma y la unidad intercambiaron una rápida mirada de soslayo.

—Sostén este…, este cañón —dijo Sma volviéndose hacia la máquina.

Los campos de Skaffen-Amtiskaw brillaban con el suave resplandor rosado que indicaba diversión. La unidad la liberó del peso del arma y el hombre siguió hurgando en sus entrañas.

—Zakalwe, creo que un Vehículo General de Sistemas no piensa en términos de basura —dijo Sma. Olisqueó el contenido de la jarrita metálica, puso cara de duda y acabó arrugando la nariz—. Para su forma de pensar sólo existe la materia que está siendo utilizada y la materia susceptible de ser reciclada y convertida en otra clase de materia que podrá volver a ser utilizada. La basura sencillamente no existe, ¿comprendes?

—Claro —murmuró él—. Acabas de repetir el mismo sermón idiota que me soltó hace un rato.

—Y lo que hizo fue proporcionarte un poco de hielo para que jugaras con él, ¿eh? —dijo la unidad.

—No me quedó más remedio que conformarme con ese maldito cubo de hielo. —Asintió con expresión distraída, cerró el panel de inspección haciéndolo encajar en su sitio con un chasquido metálico y cogió el arma que la unidad había estado sosteniendo mediante sus campos—. Todo parece estar en orden, pero no consigo que este maldito trasto funcione.

—Zakalwe… —dijo la unidad emitiendo una especie de suspiro—. No me sorprende que no funcione. Esa arma debería estar en un museo. Tiene ciento diez años de antigüedad, ¿sabes? Ahora fabricamos pistolas mucho más potentes que ese rifle.

Tomó puntería sin hacer caso de lo que había dicho la unidad, tragó aire, chasqueó los labios y dejó el arma en el suelo para tomar otro trago del vaso de cristal tallado. Después se volvió hacia la unidad.

—Pero este rifle es una auténtica preciosidad —replicó alzando el arma y dándole vueltas entre los dedos. Dio unos golpecitos sobre los controles y diales que cubrían la oscura masa de la culata—. Quiero decir que… Anda, échale un vistazo. ¡Tiene un aspecto de lo más mortífero!

Lanzó un gruñido de admiración, volvió a colocarse en posición de disparo y tiró del gatillo.

El disparo salió tan desviado como los anteriores. El hombre suspiró, meneó la cabeza y clavó los ojos en el arma.

—No funciona —dijo con voz quejumbrosa—. Se niega a funcionar y eso es todo… Siento el retroceso, pero no funciona.

—¿Me permites? —preguntó Skaffen-Amtiskaw.

Fue hacia el arma. El hombre le lanzó una mirada teñida de suspicacia y acabó ofreciéndole el arma.

Todas las pantallas del rifle de plasma se activaron de golpe con un ruidoso acompañamiento de chasquidos y zumbidos mientras los paneles de inspección se abrían y volvían a cerrarse en una fracción de segundo. La unidad le devolvió el arma.

—No le ocurre nada —dijo Skaffen-Amtiskaw.

—Ya —murmuró él aceptando el rifle que le ofrecía.

Sostuvo el arma con una mano delante de su cabeza, dio una palmada en la culata con la otra mano e hizo girar el rifle tan deprisa que se movió como la hélice de un avión delante de su rostro y su pecho sin apartar los ojos ni un segundo de la unidad mientras hacía todo aquello. Tensó la muñeca haciendo que el arma se quedara inmóvil con el cañón apuntando hacia el lejano cubo de hielo negro y tiró del gatillo, todo eso en un solo gesto lleno de fluidez sin que sus ojos hubieran dejado de observar a la unidad ni un instante. El arma pareció volver a disparar, pero el cubo de hielo siguió intacto.

—Así que funciona, ¿eh? Y una mierda… —dijo.

—¿Cuáles fueron los términos exactos de tu conversación con la nave cuando pediste tu «basura» para hacer prácticas? —preguntó la unidad.

—No me acuerdo —replicó él en un tono de voz bastante alto e irritado—. Le dije que sólo una perfecta cretina podía carecer de algo de basura contra la que disparar, y la nave me dijo que cuando la gente quería disparar contra un poquito de mierda auténticamente inútil utilizaba hielo y yo dije: «De acuerdo, cohete gilipollas, pues proporcióname un poco de hielo», o algo parecido. —Extendió las manos hacia la unidad—. Creo que eso fue todo.

Abrió los dedos y dejó que el rifle cayera de su mano.

La unidad lo cogió al vuelo con un campo antes de que hubiera chocado contra el suelo.

—¿Por qué no pruebas a pedirle que despeje la bodega para hacer prácticas de tiro? —le sugirió—. No, mejor aún… Sé más preciso y pídele que despeje un espacio en su zona de protección de la trampilla.

Volvió a ofrecerle el arma y el hombre la cogió.

—De acuerdo —dijo muy despacio con una mueca desdeñosa.

Miró a su alrededor como si se dispusiera a entablar conversación con el aire y puso cara de vacilación. Se rascó la cabeza, miró a la unidad, dio la impresión de que iba a decirle algo y acabó desviando la mirada mientras señalaba a Skaffen-Amtiskaw con un dedo.

—Tú… Será mejor que se lo pidas tú. Ese montón de estupideces sonará un poco menos ridículo si lo dice otra máquina.

—Muy bien. Ya está —replicó la unidad—. Bastaba con pedírselo, ¿entiendes?

—Hmmmm —murmuró él.

Su mirada de suspicacia fue de la unidad al cubo de hielo negro colocado en el otro extremo de la bodega. Alzó el arma y apuntó hacia la masa de agua en estado sólido.

Disparó.

La culata del arma volvió a estrellarse contra su hombro y el cegador destello luminoso proyectó la sombra de su cuerpo detrás de él. El sonido que acompañó al disparo fue tan estrepitoso como el de una granada al detonar. Un haz de claridad blanca tan delgado como un lápiz atravesó toda la longitud de la minibodega y unió el arma al cubo de quince metros de arista convirtiéndolo en un millón de fragmentos que se esparcieron entre un estallido de luz y vapor creando una nube de vapor negro que se fue hinchando rápidamente y empezó a subir hacia el techo del recinto.

Sma siguió inmóvil con las manos a la espalda mientras observaba el chorro de fragmentos de cincuenta metros de altura que chocó con el techo de la minibodega rebotando en todas direcciones. La metralla negra recorrió la misma distancia y se estrelló contra las paredes laterales del recinto, y una marea de relucientes proyectiles negros se deslizó por el suelo yendo hacia donde estaban. La mayoría de ellos acabaron quedando atrapados en alguno de los obstáculos que cubrían el suelo de la mini-bodega, aunque unos cuantos recorrieron una considerable distancia por el aire antes de caer al suelo y lograron dejar atrás a los dos humanos y la unidad para repiquetear contra la pared del fondo. Skaffen-Amtiskaw extendió un campo hacia el suelo y cogió un trozo de hielo que tendría el tamaño de un puño y que había caído junto a los pies de Sma. Los ecos de la explosión resonaron unas cuantas veces en las paredes y acabaron desvaneciéndose.

Sma sintió la lenta relajación de los músculos de sus oídos.

—¿Contento, Zakalwe? —preguntó.

El hombre parpadeó, desactivó el arma y se volvió hacia la unidad.

—Parece que ahora ya funciona —gritó.

Sma asintió con la cabeza.

—Sí.

—Tomemos un trago —dijo él mientras le hacía una seña con la cabeza.

Cogió el vaso de cristal tallado y se lo llevó a los labios mientras iba hacia la escotilla del tubo.

—¿Un trago? —repitió Sma poniéndose junto a él y señalando con la cabeza el vaso del que estaba bebiendo—. ¿Y qué estás haciendo ahora?

—Apurar la última gota, eso es lo que estoy haciendo —replicó él casi gritando.

Cogió la jarrita metálica y echó los restos de su contenido en el vaso de cristal tallado.

—¿Hielo? —preguntó la unidad sosteniendo ante ella el goteante trozo de materia negra.

—No, gracias.

Algo se movió increíblemente deprisa dentro del tubo y una cápsula pareció materializarse de la nada abriendo la puerta para que subieran a ella.

—¿Qué es eso de la…, la zona de protección de la que hablabas antes? —preguntó el hombre volviéndose hacia Skaffen-Amtiskaw.

—La protección contra explosiones internas del Vehículo General de Sistemas —explicó la unidad apartándose para permitir que los humanos subieran primero a la cápsula—. Elimina los efectos de cualquier detonación más potente que la de un pedo trasladándola al hiperespacio. La onda expansiva, la radiación…, todo va a parar allí.

—Mierda —dijo él poniendo cara de disgusto—. ¿Quieres decir que puedes hacer estallar una bomba atómica dentro de estas cabronas y que ni se enterarían?

La unidad osciló de un lado a otro.

—Oh, te aseguro que la Mente del VGS se enteraría, pero lo más probable es que nadie más se diera cuenta de lo ocurrido.

El hombre se había quedado inmóvil después de entrar en la cápsula con los ojos clavados en la puerta que ya estaba empezando a cerrarse. La unidad y Sma se dieron cuenta de que le costaba un poco mantener el equilibrio.

—Vosotros… La Cultura no tiene ni la más mínima idea de lo que es el juego limpio, ¿verdad? —preguntó meneando la cabeza con expresión apenada.

* * *

Su última estancia a bordo de un VGS había tenido lugar diez años antes, poco después de que estuviera a punto de morir en Fohls.

—¿Cheradenine…? ¿Cheradenine?

Oyó la voz, pero no estaba muy seguro de si la mujer hablaba con él. Tenía una voz muy hermosa. Quería contestarle, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. Todo estaba muy oscuro.

—¿Cheradenine?

La voz estaba impregnada de paciencia. También había un poco de preocupación, pero estaba acompañada por una considerable esperanza. El tono de voz era afable, incluso cariñoso. Intentó acordarse de su madre.

—¿Cheradenine? —repitió la voz.

Estaba intentando despertarle, pero ya estaba despierto. Trató de mover los labios.

—Cheradenine…, ¿puedes oírme?

Consiguió mover los labios y dejó escapar el aire. Le pareció que había logrado producir un sonido. Intentó abrir los ojos. La oscuridad bailoteó delante de él.

—¿Cheradenine…? Sintió el contacto de una mano sobre su rostro. Unos dedos muy suaves le acariciaron la mejilla. «¡Shias!», pensó, pero expulsó rápidamente ese recuerdo encerrándolo en el lugar de su mente donde guardaba todos los demás.

—E… —logró decir.

No era más que el inicio de un sonido.

—Cheradenine… —dijo la voz. Ahora sonaba mucho más cerca de su oído—. Soy Diziet…, Diziet Sma. ¿Te acuerdas de mí?

—Diz… —logró decir después de un par de fracasos.

—¿Cheradenine?

—Sí… —se oyó jadear.

—Intenta abrir los ojos, ¿quieres?

—Intenta… —dijo.

La luz llegó de la nada, como si el percibirla no tuviese nada que ver con el haber abierto los ojos. Las cosas necesitaron algún tiempo para irse definiendo, pero acabó viendo un techo pintado de un color verde claro iluminado desde los lados mediante el resplandor en forma de abanico creado por las luces ocultas, y el rostro de Diziet Sma inclinado sobre él.

—Bien hecho, Cheradenine. —Sma le sonrió—. ¿Qué tal te encuentras ahora?

Tuvo que pensar unos momentos en lo que acababa de preguntarle antes de poder responder.

—Muy raro —dijo por fin.

Empezó a devanarse los sesos intentando recordar cómo había llegado hasta aquel lugar. ¿Estaba en alguna especie de hospital? ¿Cómo había llegado ahí?

—¿Dónde estoy? —preguntó.

El enfoque directo quizá fuese el mejor. Intentó mover las manos, pero no lo consiguió. Sma se dio cuenta del esfuerzo que estaba haciendo y alzó la mirada para contemplar algo que se hallaba por encima de su cabeza.

—Estás en el VGS Optimista congénito. Todo va bien…, te pondrás bien.

Y de repente volvía a estar en el marco de madera y la chica estaba inmóvil delante de él. Abrió los ojos y la vio. Era Sma. Todo estaba envuelto en una especie de neblina luminosa. Luchó con sus ligaduras, pero no cedieron ni un milímetro. No había esperanza. Sintió el tirón en sus cabellos y el impacto de la hoja, y vio a la chica de la túnica roja contemplándole desde algún lugar por encima de su cuerpo decapitado.

Todo empezó a girar velozmente. Cerró los ojos.

El momento pasó tan deprisa como había llegado. Tragó saliva. Aspiró un poco de aire y volvió a abrir los ojos. Por lo menos parecía capaz de hacer aquellas dos cosas sin muchas dificultades… Sma estaba contemplándole con cara de alivio.

—¿Lo has recordado?

—Sí. Acabo de recordarlo.

—¿Y te pondrás bien?

Empleó un tono de voz bastante serio que, aun así, seguía siendo tranquilizador.

—Me pondré bien —dijo él, y añadió—: Sólo ha sido un arañazo.

Sma se rió, apartó la mirada de su rostro durante unos momentos y cuando volvió a mirarle él pudo ver que se estaba mordiendo el labio inferior.

—Eh —dijo—. Esta vez he escapado por muy poco, ¿no?

Sonrió.

Sma asintió.

—Ya puedes decirlo. Unos segundos más y tu cerebro habría empezado a sufrir daños muy serios, unos minutos más y habrías muerto. Si hubieras aceptado que te implantaran un sensor habríamos podido localizarte días antes de que…

—Oh, Sma, vamos… —dijo él en voz baja—. Ya sabes que odio esos artefactos.

—Sí, ya lo sé —dijo ella—. Bueno, tanto da… Tendrás que hacer reposo durante un tiempo. —Sma le alisó el cabello apartándole los mechones que le habían caído sobre la frente—. El nuevo cuerpo tardará unos doscientos días en estar totalmente desarrollado. Quieren que te pregunte si prefieres dormir durante todo el proceso o si deseas mantener el ciclo vigilia/sueño normal…, o cualquier opción intermedia, claro. Es cosa tuya, ¿comprendes? Hagas lo que hagas no tendrá ninguna interferencia en el proceso.

—Hmmmm. —Pensó en lo que acababa de decirle—. Supongo que podré disponer de unas cuantas diversiones, ¿no? Escuchar música, ver películas o lo que sea, leer…

—Si te apetece… —dijo Sma encogiéndose de hombros—. Si quieres incluso puedes atracarte con un montón de fantasías mentales grabadas en cinta.

—¿Y bebida?

—¿Bebida?

—Sí. ¿Puedo emborracharme?

—No lo sé —dijo Sma alzando la cabeza y desviando la mirada a un lado.

Una voz que parecía estar más lejos murmuró algo que no logró entender.

—¿Quién es ése? —preguntó.

—Stod Perice.

La cabeza de un joven entró en el campo visual de Zakalwe. Estaba invertida, pero logró captar su asentimiento.

—Soy médico. Hola, señor Zakalwe. Cuidaré de usted sea cual sea la decisión que tome en lo que respecta al tiempo de espera.

—Si opto por que me duerman…, ¿soñaré? —preguntó él mirando fijamente al médico.

—Depende del grado de profundidad que escoja. Podemos sumirle en un sopor tan profundo que esos doscientos días le parecerán un segundo, y también puede pasar cada segundo de esos doscientos días teniendo sueños lúcidos. Lo que usted quiera.

—¿Qué hace la mayoría de la gente?

—Prefieren la desconexión y despertar con un cuerpo nuevo sin haberse dado cuenta del tiempo transcurrido.

—Ya me lo imaginaba. ¿Puedo emborracharme mientras esté conectado con el maldito como-se-llame al que estoy conectado?

Stod Perice sonrió.

—Estoy seguro de que podemos arreglarlo. Si quiere incluso podemos administrarle drogas glandulares. Es la ocasión ideal para…

—No, gracias. —Cerró los ojos durante un momento e intentó menear la cabeza—. Me conformaré con pillar alguna borrachera de vez en cuando.

Stod Perice asintió.

—Bueno, creo que podremos proporcionárselas.

—Estupendo. ¿Sma? —La miró fijamente y Sma enarcó las cejas—. Quiero seguir despierto —dijo.

Los labios de Sma se fueron curvando en una lenta sonrisa.

—Lo presentía.

—¿Estarás por aquí?

—Podría hacerlo —dijo la mujer—. ¿Te gustaría que viniera a verte de vez en cuando?

—Sería un gran detalle por tu parte.

—Creo que me gustará. —Asintió y puso cara pensativa—. De acuerdo. Iré viniendo para ver cómo aumentas de peso.

—Gracias. Y gracias por no haber traído contigo a esa maldita unidad… Ya me imagino la clase de pésimos chistes de mal gusto que habría hecho.

—Sí… —replicó Sma con voz algo vacilante.

Su tono de voz hizo que volviera a alzar los ojos hacia ella.

—Sma…, ¿qué ocurre?-le preguntó.

—Bueno…

Sma parecía sentirse bastante incómoda.

—Cuéntamelo.

—Skaffen-Amtiskaw… —dijo con voz entrecortada—. Te ha enviado un regalo. —Metió la mano en un bolsillo y sacó de él un paquetito que sostuvo ante sus ojos con expresión algo avergonzada—. Yo… No sé qué es, pero…

—Bueno, no tengo manos para abrirlo, ¿verdad? Adelante, Sma.

Sma desenvolvió el paquetito y examinó el regalo. Stod Perice se inclinó sobre su hombro para echarle un vistazo y se apresuró a girar sobre sí mismo mientras se llevaba una mano a la boca y emitía una tosecilla ahogada.

Sma frunció los labios.

—Puede que decida solicitar otra unidad de escolta.

Había cerrado los ojos cuando Sma empezó a desenvolver el paquetito y aún no los había abierto.

—¿Qué es? —preguntó.

—Un sombrero.

Se echó a reír. Sma necesitó un poco más de tiempo, pero también acabó riendo (aunque cuando volvió a casa la unidad tuvo que esquivar unos cuantos objetos). Stod Perice dijo que con el tiempo sería un regalo muy útil.

Y horas después, cuando Sma bailaba lentamente en los brazos de una nueva conquista y Stod Perice se hallaba cenando con unos amigos y les contaba la anécdota del sombrero y la vida continuaba como de costumbre en todos los recintos de la gran nave, él seguía despierto y contemplaba la tenue claridad rojiza que iluminaba el techo de aquella parte del hospital, recordando que unos cuantos años antes y a muchísima distancia de allí Shias Engin había acariciado las heridas de su cuerpo y pensar en ello hizo que volviera a sentir el frescor de aquellos dedos esbeltos y ágiles moviéndose sobre la carne nueva y las cicatrices, y pudo captar el olor de su piel y el cosquilleo de su cabellera deslizándose sobre él.

Y dentro de doscientos días tendría un cuerpo nuevo. Y («¿Y ésta? Lo siento… Aún te duele, ¿verdad?») la cicatriz que tenía encima del corazón habría desaparecido para siempre, y el corazón que latiría debajo del pecho ya no sería el mismo de antes.

Y entonces comprendió que la había perdido.

No había perdido a Shias Engin, a quien había amado o había creído amar y a la que no cabía duda perdió años antes, sino a ella, a la otra, a la mujer real, la que había vivido dentro de él durante un siglo de sueño helado.

Siempre había estado convencido de que no la perdería hasta el momento de su muerte.

Ahora sabía que no era así, y el conocimiento y el peso de aquella pérdida hicieron que sintiera una tristeza abrumadora.

Movió los labios y murmuró su nombre en el silencio de la noche rojiza.

La unidad de vigilancia médica que observaba continuamente todas sus reacciones vio las gotitas de fluido que brotaban de los conductos lacrimales truncados del hombre y se preguntó sin demasiado interés qué le estaría ocurriendo.

* * *

—Bueno, ¿y cuántos años tiene ahora el viejo Tsoldrin?

—Ochenta años relativos —dijo la unidad.

—¿Y crees que estará dispuesto a volver a la vida activa sólo porque yo se lo pido? —preguntó él contemplando a Skaffen-Amtiskaw con cierto escepticismo.

—Eres la única solución que se nos ha ocurrido —dijo Sma.

—Oye, ¿no podíais permitir que el pobre viejo siguiera envejeciendo en paz?

—Hay muchas cosas en juego, Zakalwe, y tienen mucha más importancia que la tranquilidad espiritual de un político de edad avanzada.

—¿A qué cosas te refieres? ¿El universo? ¿La vida tal y como la conocemos?

—Sí. Decenas, puede que centenares de millones de veces…

—Muy filosófica.

—Tú tampoco permitiste que el Etnarca Kerian envejeciera en paz, ¿verdad?

—Tienes toda la razón —dijo él, y reanudó sus paseos por la armería—. Ese viejo cabrón se merecía haber muerto un millón de veces.

El recinto de la minibodega reconvertida alojaba un asombroso despliegue de armamento procedente de la Cultura y de otras muchas sociedades. Sma pensó que Zakalwe parecía un niño en una juguetería. Estaba seleccionando equipo y lo iba cargando en una plataforma que Skaffen-Amtiskaw se encargaba de guiar con sus campos siguiéndole mientras él iba y venía por los pasillos examinando el contenido de los estantes y cajones repletos de armas que disparaban proyectiles, rifles láser, proyectores de plasma, granadas de todos los tamaños posibles, efectores, cargadores de plano, armaduras pasivas y activas, artefactos de vigilancia y detección, trajes de combate, proyectiles más o menos autónomos y por lo menos una docena de clases de ingenios ofensivos o defensivos más que no había logrado identificar.

—Zakalwe, nunca podrás cargar con tantos trastos…

—Oh, esto no es más que la lista inicial —dijo él. Alargó la mano hacia un estante y cogió un arma bastante rechoncha que parecía no tener cañón—. ¿Qué es esto?

—Un arma capaz de emitir radiación coherente…, un rifle de asalto, para ser más exactos —dijo Skaffen-Amtiskaw—. Cuenta con siete baterías de potencia equivalente a catorce toneladas de almacenamiento convencional y siete posibilidades de disparo distintas, desde el disparo individual hasta un máximo de cuarenta y cuatro coma ocho kiloproyectiles por segundo en posición de ráfaga. Ah…, el tiempo mínimo de duración de la ráfaga es de ocho coma setenta y cinco segundos, y el peso del arma varía en función de las baterías que utilice, yendo desde un mínimo de dos kilos y medio hasta un máximo de siete veces esa cifra. La frecuencia de radiación que emite va desde la luz semivisible hasta los rayos X.

—No está muy bien equilibrada —dijo él mientras la sopesaba en sus manos.

—El arma se encuentra en la configuración usada para el almacenamiento. Echa toda la parte superior hacia atrás.

—Hmmm. —Siguió las instrucciones de la unidad y fingió que tomaba puntería con el arma—. Veamos, ¿qué te impide poner la mano con que sostienes el arma en el punto de donde sale el haz?

—¿El sentido común, quizá? —sugirió la unidad.

—Ya. Creo que seguiré fiel a mi anticuado rifle de plasma… —Dejó el arma sobre el estante del que la había cogido—. Bueno, Sma, el que los ancianos estén dispuestos a abandonar su apacible retiro por ti debería complacerte mucho, ¿no? Maldición, a veces pienso que debería estar consagrando mis horas libres a la jardinería o cualquier ocupación parecida en vez de viajar hasta los confines de la galaxia metiéndome en montones de líos para hacer vuestros trabajitos sucios…

—Oh, claro —dijo Sma—. Aún recuerdo lo mucho que me costó convencerte de que renunciaras a cuidar de tu «jardín» para venir con nosotros. Mierda, Zakalwe, pero si ya tenías hecho el equipaje…

—Debí de captar lo apremiante de la situación gracias a mi asombroso sentido telepático. —Cogió una gigantesca arma negra de un estante y la alzó con las dos manos gruñendo a causa del esfuerzo que se vio obligado a hacer—. Mierda santa… ¿Hay que dispararla o basta con utilizarla como ariete?

—Es un cañón manual idirano. —Skaffen-Amtiskaw suspiró—. No lo menees tanto. Es una antigüedad de muchísimo valor.

—No me extraña. —Logró volver a dejar el arma sobre el estante sin que se le cayera y siguió caminando por el pasillo—. Sma, ahora que lo pienso… Soy tan viejo que el tiempo que me queda debería valer el triple que el de un hombre joven. Creo que esta ridícula excursión en la que me habéis embarcado debería saliros mucho más cara.

—Bueno, si quieres ver las cosas bajo el prisma económico, creo que nosotros deberíamos cobrarte por… ¿Qué te parece si te imponemos una multa por infringir la legislación sobre patentes? Devolviste la juventud a esos vejestorios utilizando nuestra tecnología.

—Olvídalo. No tienes ni idea de lo que se siente cuando llegas a ser tan viejo tan pronto.

—Oh, claro, pero supongo que eso se aplica a todo el mundo, ¿no? Tú sólo hiciste tratos con los bastardos más peligrosos y hambrientos de poder del planeta.

—¡Estamos hablando de sociedades terriblemente jerarquizadas! ¿Qué esperabas? Además, si hubiera permitido que el tratamiento fuese accesible a toda la población… ¡Piensa en la explosión demográfica que se habría producido!

—Zakalwe, ya pensé en todo eso cuando tenía quince años. Los habitantes de la Cultura aprendemos ese tipo de cosas en la escuela. Es una parte de nuestra historia y del entorno en el que crecemos, ¿comprendes? Todas las cosas de las que me estás hablando son agua pasada… Ésa es la razón de que hasta un colegial se encuentre en condiciones de comprender que cometiste una estupidez. Para nosotros tú eres un colegial. Ni tan siquiera quieres envejecer… No existe ninguna actitud más inmadura.

—¡Vaya! —exclamó él deteniéndose de repente y cogiendo algo de un estante—. ¿Qué es esto?

—No lo entenderías —dijo Skaffen-Amtiskaw.

—¡Menuda preciosidad! —murmuró mientras sostenía aquel arma asombrosamente complicada en sus manos y le daba vueltas—. ¿Qué es? —jadeó.

—Sistema de Micro Armamentos, Rifle —le explicó la unidad—. Es… Oh, mira, Zakalwe, posee diez sistemas de armamento distintos, por no hablar del sistema de vigilancia semiconsciente, los componentes del campo reactivo, la unidad antigravitatoria o los acumuladores de energía controlables mediante frecuencias intermedias, y antes de que me lo preguntes te diré que todos los controles están en el lado equivocado porque se trata de una versión para zurdos, y el equilibrio es adaptable, al igual que ocurre con el peso y la inercia independiente variable. Se necesita medio año de adiestramiento para aprender a utilizarlo sin correr peligro, y no hablemos del tiempo que hace falta para aprender a utilizarlo de forma mínimamente competente, así que… No, no puedes llevarte uno.

—No quiero uno —dijo él acariciando el arma—. Pero… ¡Qué artefacto! —Volvió a dejarlo en el estante y miró a Sma—. Dizita, ya sé lo que piensa tu gente y supongo que respeto vuestras ideas, pero… Vuestra existencia no es la mía. Yo vivo en lugares peligrosos donde siempre hay algún tipo u otro de amenaza al acecho. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. No tardaré mucho en morir, así que… ¿Por qué he de cargar con el peso adicional de ir envejeciendo, aunque sea muy despacio?

—No intentes ocultarte detrás de la necesidad, Zakalwe. Podrías haber cambiado de vida. No tienes por qué llevar ese tipo de existencia. Podrías haberte unido a la Cultura convirtiéndote en uno de nosotros. Podrías haber intentado vivir como nosotros, pero…

—¡Sma! —exclamó, y se volvió hacia ella—. Esa vida es para gente como tú, no para alguien como yo. Crees que obré mal al pediros que estabilizarais mi edad y consideras que la inmortalidad…, no, incluso el mero hecho de pensar en la inmortalidad es algo reprobable. De acuerdo, puedo entenderlo. En vuestra sociedad y teniendo en cuenta la existencia que lleváis me parece lógico. Vivís vuestros trescientos cincuenta o cuatrocientos años y sabéis que no habrá nada que os impida llegar al final de vuestra existencia. Morís sin llevar las botas puestas, pero yo… No funcionaría. Yo no poseo esa certidumbre. Yo disfruto contemplando el paisaje desde el borde del precipicio, Sma. Me gusta sentir la caricia del vendaval en mi rostro, y sé que moriré más pronto o más tarde, y lo más probable es que muera de una forma violenta. Puede que incluso de una forma estúpida, porque así es como suele ocurrir. Logras escapar a las bombas atómicas y a los asesinos más temibles…, y de repente te atragantas con una espina de pescado y mueres asfixiado, pero… ¿a quién le importa eso? Vuestra sociedad se basa en la ausencia de cambios y la mía…, la mía se basa en la edad. Pero los dos podemos estar seguros de una cosa, y es que ambos moriremos.

Sma clavó los ojos en el suelo y juntó las manos detrás de la espalda.

—De acuerdo —dijo—. Pero no olvides quién te ha proporcionado ese paisaje visto desde el borde del precipicio.

Él la miró y sonrió con cierta tristeza.

—Sí, no olvido que me habéis salvado la vida. Pero también me habéis mentido. Me enviasteis…, no, escucha y no me interrumpas…, me enviasteis a misiones condenadamente estúpidas en las que acabé descubriendo que me hallaba en el lado opuesto a aquel en que creía estar, me obligasteis a luchar por aristócratas incompetentes a los que me habría encantado estrangular en guerras donde no sabía que estabais apoyando a los dos bandos, me llenasteis las pelotas con semen alienígena que se suponía debía meter en el útero de una pobre hembra…, faltó muy poco para que me mataran…, hubo una docena de ocasiones o más en que escapé a la muerte por los pelos y…

—Nunca me has perdonado el que te regalara ese sombrero, ¿verdad? —preguntó Skaffen-Amtiskaw con un tono de amargura muy poco convincente.

—Oh, Cheradenine… —dijo Sma—. No intentes fingir que no te lo has pasado bien.

—Sma, no todo ha sido «diversión», créeme. —Se apoyó en un armario de cristal que contenía viejas armas de proyectiles y la miró—. Y lo peor de todo llega cuando se os ocurre dar la vuelta a los malditos mapas…

—¿Qué? —preguntó Sma, perpleja.

—Cuando dais la vuelta a los mapas —repitió él—. ¿Tienes idea de lo increíblemente molesto e irritante que resulta llegar a un sitio y descubrir que su sistema cartográfico no se rige por los principios que han sido utilizados al confeccionar los mapas de que dispones? Oh, la razón puede ser cualquier estupidez, como por ejemplo el que alguien crea que la aguja de una brújula apunta al cielo cuando otras personas creen que es más pesada y siempre apunta hacia abajo, o porque el mapa se ha hecho guiándose por el ángulo de inclinación respecto al plano galáctico, o… Comprendo que esto quizá te parezca trivial, pero te aseguro que puede ponerte muy nervioso.

—Zakalwe, no tenía ni idea de que… Permite que te ofrezca mis más sinceras disculpas y las de toda la Sección de Circunstancias Especiales…, no, las de todo Contacto y…, no, te pido disculpas en nombre de toda la Cultura y…, no, será mejor que te pida disculpas en nombre de todas las especies inteligentes y…

—Sma, zorra implacable, estoy intentando hablar en serio.

—No, no creo que estés intentando hablar en serio. Eso de los mapas…

—¡Pero te aseguro que es verdad! ¡Los mapas están del revés!

—Entonces debe de existir alguna razón para ello —dijo Diziet Sma.

—¿Cuál? —preguntó él.

—La psicología —dijeron Sma y la unidad al mismo tiempo.

* * *

—¿Dos trajes? —preguntó Sma un rato después.

Estaba observándole mientras terminaba de escoger el equipo que necesitaría. Seguían en la minibodega utilizada como armería, pero Skaffen-Amtiskaw les había abandonado diciendo que se le ocurrían formas de pasar el tiempo más interesantes que ver a un niño escogiendo juguetes.

Había hablado con un tonillo tan claramente acusatorio que el «niño» se quedó quieto y alzó los ojos hacia su rostro.

—Sí, dos trajes. ¿Qué pasa?

—Zakalwe, sé que ese tipo de trajes pueden utilizarse para mantener prisionero a alguien. No son una mera protección.

—Sma… Si tengo que sacar a ese tipo de un ambiente hostil sin contar con ayuda directa de vosotros porque tenéis que manteneros lo más lejos posible dando la impresión de pureza y nobles motivos habituales en la Cultura, por muy falsos que sean, me apresuro a añadir, necesitaré ciertas herramientas, y un par de auténticos trajes JTT son dos de las herramientas que necesitaré.

—Un traje —dijo Sma.

—Sma, ¿es que no confías en mí?

—Un traje —repitió Sma.

—¡De acuerdo, maldita sea!

Se inclinó sobre el montón de equipo que había ido escogiendo, cogió un traje y lo apartó de un manotazo.

—Cheradenine… —dijo Sma adoptando un tono de voz súbitamente conciliador—. Recuerda que necesitamos la…, la aquiescencia y el compromiso de Beychae, no su mera presencia física. Esa es la razón por la que no podíamos limitarnos a suplantarle o a manipular su mente y…

—Sma, creo que me estás enviando allí precisamente para que manipule su mente, ¿no?

—De acuerdo, tienes razón —dijo Sma en un tono de voz repentinamente nervioso. Hizo entrechocar sus manos dando una palmada casi inaudible y puso cara de sentirse incómoda—. Por cierto, Cheradenine… Eh… ¿Cuáles son tus planes? Sé que no debo pedirte un perfil de misión ni nada tan remotamente formal como eso, pero… ¿cómo piensas arreglártelas para llegar hasta Beychae?

—Haré que sea Beychae quien quiera llegar hasta mí —dijo él, y suspiró.

—¿Cómo?

—Me bastará con una palabra.

—¿Una palabra?

—Un nombre.

—¿Qué nombre? ¿El tuyo?

—No. Cuando trabajé como consejero de Beychae se suponía que mi nombre debía ser mantenido en secreto, pero a estas alturas supongo que ya se habrán producido muchas filtraciones. Resultaría demasiado peligroso, así que utilizaré otro nombre.

—Aja.

Sma le contempló con expresión francamente expectante, pero él no dijo nada más y volvió a concentrar su atención en la tarea de escoger el equipo que se llevaría consigo.

—Beychae se encuentra en esa universidad de la que me has hablado, ¿verdad? —preguntó sin mirarla.

—Sí. Se pasa la vida en los archivos, pero hay muchos archivos. Beychae se desplaza continuamente, y siempre hay centinelas a su alrededor.

—Muy bien —dijo él—. Si quieres hacer algo útil, intenta averiguar todo lo que puedas sobre cuáles son las necesidades y deseos de esa universidad.

Sma se encogió de hombros.

—Beychae vive en una sociedad capitalista. ¿Qué opinarías del dinero?

—Oh, te aseguro que de eso ya me encarga… —empezó a decir él, pero no terminó la frase callado. Alzó la cabeza y le lanzó una mirada impregnada de suspicacia—. Supongo que dispongo de la máxima capacidad de maniobra posible en cuanto respecta a gastar dinero, ¿verdad?

—Gastos ilimitados —dijo Sma asintiendo con la cabeza.

—Estupendo… —dijo él. Sonrió y la contempló en silencio durante unos momentos—. ¿Cuál será la fuente del dinero que voy a utilizar? ¿Una tonelada de platino? ¿Sacos de diamantes? ¿Mi propio banco particular?

—Bueno…, más o menos algo así como tu banco particular, sí —dijo Sma—. Después de la última guerra hemos estado construyendo algo llamado la Fundación Vanguardia. Es un imperio comercial comparativamente ético que se ha ido expandiendo con rapidez, pero de una forma bastante discreta. Tus gastos ilimitados serán financiados por esa entidad.

—Perfecto. Teniendo en cuenta que puedo gastar sin ninguna clase de limitaciones supongo que optaré por ponerme en contacto con esa universidad y le ofreceré montones de dinero, pero sería mejor disponer de alguna cosa más concreta con la que pudiéramos tentarles.

—De acuerdo —dijo Sma asintiendo con la cabeza. Frunció el ceño y movió una mano señalando el traje de combate—. Oye, ¿cómo llamaste antes a ese trasto?

—Oh —dijo por fin después de haberla contemplado durante unos momentos como si no supiera de qué le estaba hablando—. Es un traje JTT.

—Sí, un «auténtico traje JTT», eso es lo que dijiste…, pero creía conocer toda la nomenclatura y nunca había oído utilizar ese acrónimo. ¿Qué quiere decir?

—Quiere decir traje jódete-tú-también.

Zakalwe sonrió.

Sma chasqueó la lengua.

—No me lo digas… Tendría que habérmelo imaginado, ¿verdad?

* * *

Dos días después estaban en el hangar del Xenófobo. El piquete ultrarrápido había salido de la bodega del VGS el día anterior para poner rumbo hacia el sistema de Voerenhutz. Las velocidades que alcanzó habían sido muy considerables, por lo que la operación de frenado sería bastante drástica. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, y ya había empezado a colocar todo el equipo que necesitaría dentro de la cápsula que le llevaría hasta la superficie del planeta donde se encontraba Tsoldrin Beychae. La primera etapa de su viaje por el interior del sistema se realizaría en un módulo rápido con capacidad para acoger a tres personas, que se estacionaría en la atmósfera de un gigante gaseoso cercano. El Xenófobo aguardaría en el espacio interestelar y estaría preparado para prestarle su ayuda si ésta llegaba a ser necesaria.

—¿Estás seguro de que no quieres que Skaffen-Amtiskaw vaya contigo? —le preguntó Sma.

—Estoy totalmente seguro. Puedes quedarte con ese gilipollas aerotransportado, y espero que disfrutes de su compañía.

—¿Quieres alguna otra unidad?

—No.

—¿Un proyectil cuchillo?

—¡Diziet, no! No quiero a Skaffen-Amtiskaw ni a ningún otro trasto que se crea capaz de pensar por sí mismo.

—Eh, tranquilo, puedes hablar de mí con toda libertad —murmuró Skaffen-Amtiskaw—. Como si no estuviera aquí…

—Ojalá no estuvieras aquí, unidad.

—Te aseguro que yo también adoro la soledad, y en cuanto a eso de que ojalá no estuvieras aquí lo suscribo con todo mi entusiasmo —dijo la máquina.

—Si yo fuera tu fábrica ya habría desguazado a todos los modelos de tu serie por defectuosos —replicó él mirando fijamente a la unidad.

—Francamente —dijo Skaffen-Amtiskaw con voz altiva—, nunca he entendido qué puede haber de tan maravilloso en algo con un ochenta por cien de agua.

—Bueno, bueno… —dijo Sma—. Ya conoces todos los datos relevantes para la misión, ¿verdad?

—Sí —dijo él poniendo cara de cansancio.

Se inclinó para colocar el rifle de plasma dentro de la cápsula y el gesto hizo ondular la esbelta musculatura de su cuerpo bronceado. Sólo llevaba puestos unos pantalones cortos. Sma vestía una túnica con capucha, y su cabellera aún estaba algo revuelta a causa de la almohada. Según el horario de la nave, era casi de madrugada.

—¿Sabes con qué personas has de ponerte en contacto? —preguntó Sma—. ¿Y recuerdas quién está a cargo de qué, y en qué bando…?

—¿Y lo que he de hacer si mi línea de crédito se corta de repente? Sí, lo sé todo y me acuerdo de todo.

—Si…, cuando entres en contacto con Beychae dirígete a…

—El encantador y soleado sistema de Impren —canturreó él—, donde hay montones de nativos amistosos que viven en una amplia gama de habitáculos ecológicamente irreprochables y que son de lo más neutral.

—Zakalwe… —dijo Sma. Le cogió el rostro entre las manos y le besó—. Espero que todo salga bien.

—Yo también, por extraño que pueda parecerte —dijo él.

Le devolvió el beso y fue Sma la que acabó apartándose. Meneó la cabeza, sonrió y fue recorriendo el cuerpo de la mujer con la mirada.

—Ah… Algún día, Diziet.

Sma meneó la cabeza e intentó sonreír, pero la sonrisa no le salió demasiado sincera.

—No a menos que esté inconsciente o muerta, Cheradenine.

—Oh. Entonces…, ¿puedo seguir albergando esperanzas?

Sma le dio una fuerte palmada en el trasero.

—En marcha, Zakalwe.

Se metió dentro del traje de combate blindado y los servomecanismos fueron cerrando los sellos a su alrededor. Alzó una mano y activó el casco.

Cuando miró a Sma su expresión se había vuelto muy seria.

—Asegúrate de que sabéis dónde…

—Sabemos dónde está —se apresuró a decir Sma.

Contempló el suelo del hangar durante unos momentos como si no la hubiera oído, alzó la cabeza y sonrió.

—Estupendo —dijo mirándola a los ojos mientras hacía entrechocar sus manos enguantadas—. Bien, tengo que partir. Nos veremos luego…, si hay suerte.

Entró en la cápsula.

—Cuídate, Cheradenine —dijo Sma.

—Sí, cuida de ese repugnante trasero hendido tuyo —dijo Skaffen-Amtiskaw.

—Puedes estar seguro de que lo cuidaré —dijo él, y se despidió de los dos enviándoles un beso con la punta de los dedos.

* * *

Del Vehículo General de Sistemas al piquete ultrarrápido al módulo a la cápsula al traje inmóvil sobre el frío polvo del desierto con un hombre dentro de él.

El hombre subió el visor y contempló lo que le rodeaba mientras se limpiaba las gotitas de sudor de la frente. Estaba anocheciendo. La luz de las dos lunas y los últimos rayos del sol que caían sobre la meseta le permitían ver la roca cubierta de escarcha blanquecina del final de la meseta sobre la que se encontraba. Más allá estaba el inmenso tajo a través del desierto que acogía la vieja ciudad semiabandonada en la que vivía Tsoldrin Beychae.

Las nubes flotaban a la deriva por el cielo, y el polvo iba cubriéndolo todo.

—Bueno… —suspiró el hombre sin dirigirse a nadie en particular, y alzó los ojos para contemplar otro cielo que tampoco le resultaba familiar—. Aquí estamos de nuevo.

VIII

El hombre se encontraba sobre un pequeño promontorio de arcilla y contemplaba las raíces del árbol que iban siendo reveladas por el gorgoteo del torrente de agua amarronada. La lluvia caía sobre él, y el cada vez más caudaloso riachuelo de aguas marrones embestía las raíces del árbol envolviéndolas en chorros de espuma. La lluvia había reducido la visibilidad a unos doscientos metros y había empapado hacía ya mucho rato el uniforme del hombre pegándoselo a la piel. La tela del uniforme era de color gris, pero la lluvia y el barro la habían vuelto de un marrón oscuro. Había sido un precioso uniforme que le sentaba estupendamente, pero la lluvia y el barro lo habían reducido a la categoría de unos harapos.

El árbol se fue inclinando lentamente y cayó sobre el torrente marrón proyectando un surtidor de fango que cayó sobre el hombre, quien retrocedió un par de pasos y alzó el rostro hacia la bóveda grisácea del cielo para dejar que la lluvia fuese lavando la capa de fango de su piel. El gran árbol caído bloqueaba el turbulento torrente de agua marrón y no tardó en desviar una parte del caudal hacia el promontorio de arcilla. El hombre tuvo que retroceder un poco más siguiendo una tosca pared de roca hasta llegar a una explanada de cemento lleno de grietas y baches que se extendía por delante de él hasta terminar en una casita feísima que parecía encogerse sobre la cima de la colina de cemento. El hombre se quedó inmóvil observando el lento hincharse del río marrón. Las aguas fueron royendo el pequeño istmo de arcilla y el promontorio acabó derrumbándose. El árbol perdió su punto de apoyo en aquel lado del río, giró sobre sí mismo impulsado por el torrente y dio comienzo al viaje que le llevaría hasta el valle y las colinas que había más allá. El hombre contempló la precaria orilla que se extendía al otro lado del torrente y las raíces del gran árbol que asomaban de la tierra como cables rotos, acabó dándose la vuelta y subió lentamente la cuesta que llevaba a la casita.

Caminó a su alrededor. El cuadrado de cemento sobre el que se hallaba tenía casi medio kilómetro de lado y seguía estando rodeado por el agua. Las olas marrones acariciaban sus contornos en todas direcciones. Las torres de las viejas estructuras metálicas que llevaban muchísimo tiempo sin ser reparadas se alzaban por entre los velos de lluvia como gigantes acuclillados sobre la resquebrajada superficie de cemento, y hacían pensar en las piezas olvidadas de un juego colosal. La inmensidad de cemento que la rodeaba hacía que la casita resultara ridícula, y el mero hecho de su proximidad a las máquinas abandonadas hacía que pareciese aún más grotesca.

El hombre caminó alrededor del edificio volviendo la cabeza en todas direcciones, pero no descubrió nada que deseara ver y acabó entrando en él.

La asesina se encogió sobre sí misma en cuanto abrió la puerta. La sillita de madera a la que estaba atada se encontraba apoyada en una cómoda. El equilibrio era bastante precario y el brusco movimiento de su cuerpo hizo que las patas se deslizaran con un chirrido sobre el suelo de piedra. La sillita y la chica cayeron al suelo con un estrépito considerable. La cabeza de la chica se estrelló contra las losas de piedra y el dolor la hizo gritar.

El hombre dejó escapar un suspiro. Fue hacia ella —las suelas de sus botas gemían a cada paso que daba— y tiró de la silla hasta apoyar las patas en el suelo mientras apartaba de una patada un trozo de cristal desprendido de un espejo roto. La chica colgaba fláccidamente de sus ataduras, pero el hombre sabía que su desmayo era fingido. Maniobró la silla hasta dejarla en el centro de la habitación observando atentamente a la chica todo el rato y manteniéndose lo más lejos posible de su cabeza. Cuando la estaba atando la chica se las había arreglado para darle un cabezazo en la cara, y faltó muy poco para que el impacto le rompiera la nariz.

Examinó sus ataduras. La cuerda que le inmovilizaba las manos por detrás de la silla estaba algo deshilachada. La chica debía de haber estado intentando cortarla con el trozo de espejo roto que había encontrado sobre la cómoda.

El hombre la dejó en el centro de la habitación colgando como un fardo inerte pensando que podría observarla mejor en esa posición, fue hacia la cavidad tallada en uno de los gruesos muros de la casita que contenía la cama y se dejó caer sobre ella. Las sábanas estaban sucias, pero el cansancio y el haber quedado calado hasta los huesos hicieron que no le importase demasiado.

Escuchó el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado, el susurro del viento que entraba gimiendo por el marco de la puerta y las grietas de los postigos y el lento golpeteo de las gotas que lograban deslizarse a través de las hendiduras del techo para acabar cayendo sobre las losas del suelo. Aguzó el oído intentando captar el sonido inconfundible de los helicópteros, pero no había ninguno cerca. Carecía de radio y, de todas formas, no estaba muy seguro de que supieran dónde debían buscarle. La búsqueda sería todo lo intensa que permitía el mal tiempo, pero los observadores estarían concentrando sus esfuerzos en localizar su vehículo, y el vehículo había desaparecido arrastrado por la avalancha marrón del torrente. Lo más probable era que necesitaran días para encontrarle.

Cerró los ojos y empezó a quedarse dormido casi enseguida, pero era como si la consciencia de haber sido derrotado no estuviera dispuesta a permitirle ni tan siquiera esa vía de escape, y logró encontrarle incluso allí llenando su mente con imágenes de inundación y derrota acosándole con tal persistencia que acabó expulsándole del único sitio en el que podía reposar para devolverle al dolor continuado de la vigilia. Se frotó los ojos, pero el agua sucia que se había deslizado sobre sus manos hizo que se los llenara de granitos de arena y motas de tierra. Limpió un dedo lo mejor que pudo frotándolo con las mugrientas sábanas y se lavó los ojos con un poco de saliva, porque temía que si permitía que las lágrimas fluyeran de ellos quizá pasaría el resto de su vida llorando.

Volvió la cabeza hacia la chica. Estaba fingiendo que empezaba a recuperar el conocimiento. Pensó que ojalá hubiera tenido las energías y el tipo de temperamento necesarios para ir hacia ella y golpearla, pero estaba demasiado cansado y era excesivamente consciente de que un acto semejante sería más bien patético. Usarla para desahogar la frustración de ver a todo un ejército derrotado no serviría de nada. Golpear a un individuo —especialmente a una mujer indefensa y bizca—, sería un intento tan lamentablemente ridículo y mezquino de hallar una compensación a un desastre de tales magnitudes que aun suponiendo que lograra salir de aquella situación con vida siempre lamentaría haber hecho algo semejante.

La joven dejó escapar un gemido bastante melodramático. Un hilillo de mucosidad se desprendió de su nariz y cayó sobre la tela de su chaquetón.

El hombre puso cara de asco y apartó la mirada.

Oyó que tragaba aire ruidosamente por la nariz. Cuando volvió a mirarla tenía los ojos abiertos y estaba observándole con una considerable malevolencia. Su bizquera no era demasiado pronunciada, pero le irritaba bastante más de lo que habría resultado lógico esperar de un defecto tan pequeño. Pensó que si hubiera podido darse un baño y ponerse algo decente casi la habría encontrado bonita, pero en las circunstancias actuales… Su cuerpo estaba enterrado dentro de un grueso chaquetón manchado de barro y su rostro quedaba casi totalmente oculto por el cuello del chaquetón y por su larga y sucia cabellera. Pellas de barro casi iridiscente unían las puntas de algunos mechones a la tela del chaquetón. La chica se removió de una forma bastante extraña, como si estuviera rascándose la espalda contra la silla. El hombre no logró decidir si estaba comprobando la resistencia de las cuerdas que la inmovilizaban o si tenía problemas con las pulgas.

Dudaba que la hubieran enviado para matarle, y estaba casi seguro de que su uniforme de auxiliar correspondía a lo que era en realidad. Lo más probable era que la hubiesen dejado atrás durante una retirada y se hubiera dedicado a vagabundear de un lado a otro porque estaba demasiado asustada o era demasiado estúpida u orgullosa para rendirse, hasta que vio su vehículo justo cuando estaba teniendo dificultades en la hondonada invadida por las aguas del torrente. Su intento de matarle había sido valeroso, pero bastante risible. El disparo que acabó con su chófer dio en el blanco por pura casualidad; el segundo proyectil se deslizó a lo largo de su sien dejándole aturdido mientras ella arrojaba el arma vacía a un lado y saltaba dentro del compartimento blandiendo su cuchillo. El vehículo sin conductor había empezado a resbalar por una pendiente cubierta de hierba y terminó cayendo al torrente de aguas marrones.

Qué acto tan increíblemente estúpido… Había momentos en que las heroicidades le revolvían el estómago porque le parecían un insulto al soldado que sopesaba los riesgos de la situación y tomaba decisiones tranquilas y astutas basadas en la experiencia y la imaginación practicando el tipo de ciencia militar discreta y nada amante del exhibicionismo que no ganaba medallas, pero sí guerras.

El impacto del proyectil hizo que cayera al asiento posterior del compartimento mientras el vehículo bailaba y se agitaba de un lado a otro atrapado en las garras del torrente que había adquirido una fuerza tan inesperada gracias a la lluvia. La mujer casi consiguió enterrarle bajo el grosor de su voluminoso chaquetón. Estar atrapado en una posición tan incómoda con la cabeza aún vibrando a causa del disparo que le había arañado el cráneo, hizo que no pudiera quitársela de encima con un buen puñetazo. Durante aquellos minutos de absurdo y frustrante confinamiento la lucha con la chica le pareció un microcosmos de la llanura enfangada en la que había quedado atascado su ejército. Poseía la fuerza necesaria para dejarla sin sentido de un solo golpe, pero lo reducido del campo de batalla y el peso del chaquetón que la protegía le habían estorbado y habían logrado mantenerle aprisionado hasta que fue demasiado tarde.

El vehículo chocó con la isla de cemento y volcó arrojándoles sobre la corroída superficie grisácea. La chica dejó escapar un grito y alzó el cuchillo que había permanecido todo aquel tiempo envuelto en los pliegues del chaquetón verde, pero el gesto le proporcionó la largamente esperada ocasión de asestar el puñetazo y sentir el satisfactorio impacto de sus dedos contra su mentón.

La chica se derrumbó sobre el cemento. El hombre se volvió con el tiempo justo de ver la superficie metálica de la capota deslizándose a lo largo del filo de cemento. El vehículo seguía estando de lado y la marea marrón hizo que se hundiera casi inmediatamente.

Se volvió hacia ella y sintió la tentación de patear aquel cuerpo inconsciente, pero se conformó con patear el cuchillo y enviarlo dando vueltas por los aires en dirección al río para que siguiera al vehículo que había desaparecido bajo las aguas.

* * *

—Perderéis —dijo la joven casi escupiendo las palabras—. No podréis vencernos.

Estaba tan irritada que se removió haciendo vibrar la sillita.

—¿Qué? —exclamó el hombre volviendo a la realidad.

—Venceremos —dijo ella.

Se agitó con tal violencia que las patas arañaron el suelo de piedra.

«Maldición —pensó él—, ¿por qué se me habrá ocurrido atarla a una silla?»

—Puede que tengas razón —dijo con voz cansada—. De momento las cosas tienen un aspecto bastante…, bastante húmedo, lo admito. ¿Te sientes mejor ahora?

—Vas a morir —dijo la chica mirándole fijamente.

—Oh, sí —dijo él—. No hay cosa más segura que la muerte.

Alzó los ojos para contemplar las goteras del techo.

—Somos invencibles. Nunca nos rendiremos.

—Bueno, creo recordar ocasiones anteriores en que habéis demostrado ser francamente fáciles de vencer.

Repasó mentalmente la historia de aquel planeta y suspiró.

—¡Fuimos traicionados! —gritó la chica—. Nuestros ejércitos jamás han sido derrotados. Fuimos…

—Lo sé, lo sé… Os apuñalaron por la espalda.

—¡Sí! Pero nuestro espíritu jamás morirá. Nosotros…

—¡Oh, vamos! ¡Cállate de una vez! —Sacó las piernas de la cama y se encaró con ella—. Ya he oído esas gilipolleces antes. «Nos robaron la victoria, los de la retaguardia nos dejaron abandonados a nuestra suerte, los medios de comunicación estaban contra nosotros…» Mierda. —Se pasó una mano por entre los empapados mechones de su cabellera—. Sólo quienes son muy jóvenes o muy estúpidos creen que las guerras son algo reservado a los militares. Basta con que las noticias puedan viajar más deprisa que un jinete o un ave entrenada para transportar mensajes y toda la maldita nación se encuentra luchando. Ése es vuestro espíritu y vuestra voluntad, no el recluta pegado al terreno. Si perdéis perdéis, y deja de gimotear. Si no hubiera sido por esta jodida lluvia ya habríais sido derrotados. —Alzó una mano al ver que la chica tragaba aire disponiéndose a replicarle—. Y no, no creo que Dios esté de vuestro lado.

—¡Hereje!

—Gracias.

—¡Espero que tus hijos mueran! ¡Y lo más lentamente posible!

—Hmmm —dijo él—. No estoy demasiado seguro de reunir las cualificaciones adecuadas, pero si las poseo me temo que deberás esperar mucho tiempo para verles morir. —Se dejó caer sobre la cama, puso cara de perplejidad y volvió a incorporarse apoyándose en un codo—. Mierda… Deben empezar a lavaros el cerebro de muy jovencitos, ¿no? Lo que acabas de decir es algo terrible, pero teniendo en cuenta que eres una mujer aún me lo parece más.

—Nuestras mujeres son más hombres que vuestros hombres —se burló la mujer.

—Y aun así os las arregláis para reproduciros… Supongo que no debe de haber mucho donde escoger, ¿eh?

—¡Espero que tus hijos sufran y tengan una muerte horrible! —aulló la chica.

—Bueno, si es lo que sientes… —Suspiró y volvió a tumbarse en la cama—. En tal caso, me temo que no puedo desearte ningún destino peor que ser la gilipollas que está claro eres.

—¡Bárbaro! ¡Infiel!

—A este paso pronto te quedarás sin insultos, y te aconsejaría que dejaras unos cuantos en reserva para más tarde. Aunque me parece que mantener fuerzas en reserva nunca es algo que se os haya dado muy bien, ¿verdad?

—¡Os aplastaremos!

—Eh, tranquila. No puedo estar más aplastado… —Agitó lánguidamente una mano—. Y ahora, haz el favor de callarte, ¿quieres?

La chica volvió a aullar y se debatió haciendo temblar la sillita.

«Quizá debería agradecer esta ocasión de olvidar las responsabilidades del mando —pensó—. Los cambios minuto a minuto que se producen en todo aquello que esos imbéciles no saben resolver por sí solos y que te atrapan de una forma tan implacable y segura como el barro; el continuo chorrear de informes sobre unidades inmovilizadas, arrastradas por las aguas, atrapadas, diezmadas por las deserciones o retirándose de posiciones vitales, los gritos pidiendo ayuda, relevos, refuerzos, más camiones, más tanques, más balsas, más comida, más radios…» Cuando las cosas llegaban más allá de cierto punto ya no podía hacer nada. Lo único que podía hacer era acusar recibo de los informes, replicar, rechazar, ganar tiempo, ordenar que siguieran resistiendo…, nada, nada. Los informes seguían llegando y se acumulaban como si fuesen un mosaico de papel compuesto por un millón de piezas del mismo color revelándole la imagen de un ejército que se iba desintegrando poco a poco después de que la lluvia lo hubiera reblandecido igual que a una hoja de papel volviéndolo frágil, desgarrable y más insustancial a cada momento que pasaba.

Quedar atrapado aquí le había permitido escapar a todo aquello, pero en lo más profundo de su ser no lo agradecía y no se alegraba de ello. Estaba furioso y no soportaba el encontrarse alejado de las decisiones, el tener que dejarlo todo en las manos de los demás, el quedar distanciado del centro y de saber lo que estaba ocurriendo. Su nerviosismo y su preocupación eran curiosamente parecidos a los de la madre cuyo hijo acaba de partir hacia la guerra, y la inercia imparable de aquel proceso y su impotencia para detenerlo hacían que sintiera deseos de llorar o ponerse a dar gritos aun sabiendo que no servirían de nada. (Entonces se le pasó por la mente que en realidad aquel proceso no requería la existencia de ninguna clase de fuerzas enemigas. La batalla era él y el ejército que estaba bajo su mando enfrentándose a los elementos. El tercer bando en discordia resultaba superfluo.)

Primero las lluvias, después el que hubieran alcanzado una intensidad sin precedentes, después el corrimiento de tierras que le había separado del resto del convoy de mando, después esta condenada idiota aspirante a asesina…

Volvió a erguirse y apoyó la cabeza en las manos.

Quizá había intentado estar en todas partes a la vez. La semana pasada sólo había dormido diez horas, y eso podía haber nublado su mente haciéndole tomar decisiones equivocadas. O… Quizá había dormido demasiado. Se preguntó si una hora o dos más despierto habrían podido cambiar significativamente la situación actual.

—¡Espero que te mueras! —graznó la voz de su prisionera.

Frunció el ceño y la miró preguntándose por qué había interrumpido el curso de sus pensamientos, y deseó que se callara de una vez. Quizá debiera amordazarla.

—Te estás retirando —observó—. Hace un minuto me aseguraste que moriría.

Volvió a dejarse caer sobre la cama.

—¡Bastardo! —la oyó gritar.

La miró, y pensó que tan prisionero era él tumbado en la cama como ella atada en la sillita. Los mocos estaban volviendo a acumularse debajo de su nariz. Se apresuró a apartar la mirada.

Oyó un resoplido seguido por un escupitajo. Si hubiera tenido fuerzas para ello habría sonreído. La chica acababa de mostrarle su desprecio escupiendo. ¿Qué era su hilillo de saliva comparado con el diluvio que estaba ahogando a una máquina de guerra en cuya creación y adiestramiento había invertido dos años enteros de su vida?

Y ¿por qué, oh, por qué de entre todos los objetos posibles había tenido que atarla nada menos que a una silla? Quizá fuera un intento de obrar contra sí mismo y conseguir que el destino y el azar parecieran redundantes. Una silla; una chica atada a una silla…, más o menos la misma edad, quizá un poco mayor…, pero la misma delgadez, con un chaquetón engañoso que se esforzaba por crear la impresión de que era más corpulenta y no lo conseguía. Más o menos la misma edad, más o menos la misma silueta…

Meneó la cabeza mientras intentaba que sus pensamientos se alejaran de aquella batalla y aquel fracaso.

Se dio cuenta de que la chica le estaba mirando y volvió a menear la cabeza.

—Cállate, cállate —dijo con voz cansada.

Sabía que el tono empleado no resultaba nada convincente, pero se sentía incapaz de hablar con más autoridad.

Y la chica se calló. Increíble…

Las lluvias y ella… A veces deseaba que le fuera posible creer en el Destino. Quizá hubiese momentos en que la fe en los dioses ayudara un poco. A veces —como ahora, cuando todas las cosas se volvían contra él y cada curva del camino que seguía le hacía enfrentarse con otro salvaje retorcimiento del cuchillo clavado en su herida, otro golpe de martillo sobre los morados que ya tenía— quizá le reconfortaría pensar que todo estaba predestinado y decidido de antemano, que todo estaba escrito y que bastaba con que te limitaras a ir pasando las páginas de un gran libro inviolable e imposible de alterar… Quizá nunca llegaras a tener la oportunidad de escribir tu propia historia (con lo cual incluso su nombre, ese pobre intento de fijar condiciones, se estaría burlando de él).

No quería saber qué debía pensar. ¿Sería un destino tan ridículo y asfixiante como parecían creer ciertas personas?

No quería estar aquí. Quería estar allí donde el ajetreado ir y venir de los informes y las decisiones bastaba para ahogar cualquier otro tráfico de ideas que pudiera tener lugar dentro de su mente.

—Estáis siendo derrotados. Habéis perdido esta batalla, ¿verdad?

Pensó en no responder, pero se dio cuenta de que la chica interpretaría su silencio como una señal de debilidad y seguiría hablando.

—Qué observación tan aguda e inteligente —suspiró—. Me recuerdas a algunas de las personas que planearon esta guerra. Ellas también son bizcas, estúpidas e incapaces de moverse…

—¡No soy bizca! —gritó la chica.

Se echó a llorar. El peso de los sollozos que hicieron temblar su cuerpo y crearon más pliegues en su chaquetón la obligó a inclinar la cabeza hacia adelante y la sillita crujió ruidosamente.

Su larga y sucia cabellera le ocultaba la cara y caía desde su cabeza hasta las enormes solapas de su chaquetón. El llanto la había encorvado hacia adelante de tal forma que sus brazos quedaban casi al nivel del suelo. Deseó tener la energía necesaria para ir hacia ella y consolarla o destrozarle la cabeza…, cualquier cosa que pudiera acabar con todo aquel estrépito innecesario.

—De acuerdo, de acuerdo, no eres bizca… Lo siento.

Se echó hacia atrás con un brazo encima de los ojos albergando la esperanza de que su tono de voz hubiera sonado convincente, pero con la seguridad de que había resultado tan poco sincero como realmente era.

—¡No quiero tu simpatía!

—Lo siento de nuevo. Retiro lo que había retirado antes.

—Bueno… Yo no… No es más que… un pequeño defecto, y no impidió que la junta de reclutamiento me aceptara.

(Recordó que también estaban reclutando niños y jubilados, pero no se lo dijo.) La chica intentó limpiarse la cara con las solapas del chaquetón.

Tragó aire por la nariz haciendo mucho ruido y cuando alzó la cabeza echando el cabello hacia atrás él vio una enorme gota de mocos suspendida en la punta de la nariz de la chica. Se puso en pie sin pensarlo —el cansancio que se había adueñado de su cuerpo lanzó un alarido de muda indignación—, y arrancó un trozo de la cortinilla que colgaba sobre el nicho de la cama mientras iba hacia ella.

La chica le vio venir sosteniendo el trozo de tela entre los dedos de una mano y gritó con toda la fuerza de sus pulmones. El esfuerzo de anunciar al mundo regido por la lluvia que había fuera del edificio que estaba a punto de ser asesinada la dejó sin aire. Sus convulsiones hacían bailar la silla, y el hombre tuvo que saltar hacia adelante y poner un pie sobre una de las varillas que había entre las patas para impedir que cayera al suelo.

Le puso el trozo de tela sobre la cara.

La chica dejó de luchar. Su cuerpo se quedó totalmente fláccido. No intentó oponer resistencia o debatirse, pues sabía que sus esfuerzos serían totalmente inútiles.

—Estupendo —dijo él sintiendo un gran alivio—. Y ahora, sopla por la nariz.

La chica le obedeció.

El hombre apartó el trozo de tela, lo dobló, volvió a colocarlo sobre su cara y le dijo que volviera a soplar por la nariz. La chica lo hizo. El hombre volvió a doblar el trozo de tela y se lo pasó por la nariz frotándosela con bastante fuerza. La chica chilló, y el hombre pensó que debía de tener la piel de esa zona algo irritada. Volvió a suspirar y arrojó el trozo de tela al suelo.

No fue a la cama porque acostarse sólo parecía servir para adormilarle y hacerle pensar, y no quería dormir porque tenía la sensación de que quizá no volviera a despertar y no quería pensar porque eso no le llevaría a ninguna parte.

Giró sobre sí mismo y fue hacia la puerta, que estaba tan cerca de él como cualquier otro punto del edificio y seguía entreabierta. Las gotas de lluvia repiqueteaban en el umbral.

Pensó en los otros comandantes. Maldición… El único en el que confiaba era Rogtam-Bar, y todavía le faltaban unos cuantos años para que pudiera asumir el mando. Odiaba que le colocaran en situaciones de aquel tipo. Aterrizar en una estructura de mando ya establecida —y normalmente corrupta y dominada por el nepotismo—, y verse obligado a asumir tal cantidad de obligaciones y deberes que cualquier ausencia o vacilación, e incluso cualquier descanso, permitían que los imbéciles de los que estaba rodeado tuvieran la ocasión de estropearlo todo siempre, había sido su peor pesadilla. «Pero, naturalmente —se dijo a sí mismo—, ¿acaso ha existido algún general que aceptara con alegría la perspectiva de asumir el mando y se sintiera feliz por poder ejercerlo?»

Bueno, tampoco les había dejado gran cosa, ¿verdad? Unos cuantos planes tan enloquecidos que estaba casi totalmente seguro no podrían salir bien, sus intentos de utilizar armas no demasiado obvias… Una parte demasiado grande de todo lo que había intentado hacer seguía estando dentro de su cabeza. El interior de su cabeza era el único lugar donde podía disfrutar de la soledad, ese pequeño recinto de intimidad en el que ni tan siquiera la Cultura podía penetrar, aunque se daba cuenta de que si no lo hacían era por sus molestos y puntillosos prejuicios, no porque no estuviesen en condiciones de asaltarlo…

Se había olvidado de su prisionera. Era como si dejara de existir en cuanto apartaba los ojos de ella, como si su voz y sus intentos de liberarse fueran los resultados de una absurda manifestación sobrenatural.

Abrió la puerta de par en par. Si observabas la lluvia con la atención suficiente podías acabar viendo cualquier cosa. La lentitud de los ojos hacía que las gotas se transformaran en rayitas que se confundían unas con otras y volvían a emerger convertidas en claves de las formas que llevabas dentro de tu cabeza. Las siluetas entrevistas duraban apenas un latido del corazón y se iban sucediendo en un desfile interminable.

Vio una silla, y un barco que nunca podría navegar; vio a un hombre con dos sombras y vio lo que no podía ser visto; un concepto; el impulso infinitamente adaptable de sobrevivir, de alterar todo lo que estaba a su alcance para facilitar ese objetivo y de eliminar, añadir, destrozar y crear para que un conjunto de células determinado pudiera seguir adelante y tomar decisiones, y seguir moviéndose, y seguir tomando decisiones sabiendo que por lo menos estaba vivo, aunque eso fuera lo único de lo que podía estar mínimamente seguro.

Y tenía dos sombras y era dos cosas al mismo tiempo. Era la necesidad y era el método. La necesidad resultaba obvia. Derrotar todo lo que se oponía a su vida, ésa era la necesidad, y el método…, el método era acumular y alterar los materiales y las personas adaptándolos a ese objetivo guiándose por el credo de que todo podía ser utilizado, de que nada podía ser excluido del combate, de que todo era un arma y no había que olvidar nunca la capacidad de manejar esas armas, de encontrarlas y escoger la más adecuada para apuntar y hacer fuego en un momento concreto; ese talento, esa capacidad, ese uso de las armas…

Una silla, y un barco que nunca podría navegar, un hombre con dos sombras y…

—¿Qué vas a hacer conmigo?

La chica habló en un hilo de voz bastante tembloroso. El hombre se volvió hacia ella y la miró.

—No lo sé. ¿Qué crees que voy a hacer contigo?

La chica le miró. Tenía las pupilas dilatadas por el horror. Parecía estar haciendo acopio de aliento para lanzar otro grito. El hombre no lo entendía. Acababa de hacerle una pregunta de lo más normal y pertinente, y ella actuaba como si hubiera dicho que iba a matarla.

—Por favor, no… Oh, por favor, no, oh, por favor, por favor, no… —volvió a sollozar, ahora casi sin lágrimas.

Se dobló sobre sí misma como si se le hubiera roto la espalda, y su rostro implorante se inclinó casi hasta las rodillas.

—Por favor no… ¿Qué?

Estaba perplejo.

La chica no pareció oírle. Su fláccido cuerpo sacudido por los sollozos siguió en la misma posición.

El hombre se había dado cuenta de que era en momentos como éste cuando dejaba de comprender a las personas. No podía entender lo que estaba ocurriendo dentro de sus mentes y debía conformarse con ver cómo se convertían en objetos insondables a los que no podía llegar. Meneó la cabeza y empezó a dar vueltas por la habitación. El recinto olía mal y había mucha humedad, y bastaba con observarlo un poco para darse cuenta de que esa atmósfera tan desagradable no era ninguna novedad. Aquel lugar siempre había sido un agujero infecto. El hombre pensó que debió de ser la morada de algún analfabeto que había decidido convertirse en guardián de las máquinas inservibles construidas durante una era fabulosa mucho más avanzada, que había sido hecha pedazos hacía ya mucho tiempo por el conspicuo amor a la guerra del que se complacía en dar muestras esta especie. La casita era horrible, y la vida allí debió de ser igualmente horrible…

¿Cuándo vendrían? ¿Cuánto tiempo necesitarían para encontrarle? ¿Creerían que había muerto? ¿Habían captado el mensaje que envió por radio después de que el corrimiento de tierras le separara del resto del convoy de mando?

¿Había obrado de la forma correcta?

Quizá no lo había hecho. Quizá estuviera abandonado a sus propios recursos; quizá creían que una búsqueda no serviría de nada… No le importaba demasiado. Ser capturado no haría que se sintiera peor de lo que ya se sentía en aquellos momentos. Su mente ya se había ahogado en el dolor, y si acababa tomando esa decisión…, bueno, casi lo agradecería. Sí, sabía que podía hacerlo. Lo único que necesitaba era la decisión de tomarse esa molestia.

—Si vas a matarme… ¿Querrás hacerlo deprisa?

Las constantes interrupciones de la chica estaban empezando a irritarle.

—Bueno, la verdad es que había decidido dejarte vivir, pero sigue lloriqueando y quejándote y puede que cambie de parecer.

—Te odio.

Parecía incapaz de pensar en otra cosa.

—Yo también.

La chica se echó a llorar. Sus sollozos eran más ruidosos que los de la última vez.

Volvió a contemplar la lluvia y vio la mole del Staberinde.

«La derrota, la derrota…», murmuraba la lluvia. Los tanques hundiéndose en el barro, los hombres rindiéndose bajo aquella lluvia torrencial mientras todo se iba desintegrando poco a poco…

Y una joven estúpida, y una nariz que no paraba de moquear… Era risible. Lo excelso y lo mezquino habían decidido compartir el mismo lugar y el mismo instante, lo soberbiamente vasto y lo miserablemente absurdo se rozaban como un noble horrorizado al ver que debería compartir un carruaje con campesinos borrachos y sucios que vomitaban continuamente y no paraban de copular…, la seda y las pulgas.

La risa era la única respuesta posible, la única réplica que no podía ser superada con otra o humillada mediante las carcajadas. La risa era el más bajo de todos los denominadores comunes imaginables.

—¿Sabes quién soy? —preguntó de repente volviéndose hacia la chica.

La idea acababa de pasarle por la cabeza. Quizá no supiese quién era, y no le habría sorprendido en lo más mínimo descubrir que había intentado matarle por la sencilla razón de que viajaba en un vehículo muy grande y no porque hubiera reconocido al Comandante en Jefe de todo el ejército. Oh, sí, no le sorprendería nada descubrirlo, y de hecho casi lo esperaba.

La chica alzó la mirada.

—¿Qué?

—¿Sabes quién soy? ¿Sabes cómo me llamo o cuál es mi rango?

—No. —La chica escupió en el suelo—. ¿Debería saberlo?

—No, no…

Se rió y volvió a darle la espalda.

Contempló el muro gris de la lluvia durante unos momentos observándolo en silencio como si fuera un viejo amigo, acabó girando sobre sí mismo, fue hacia la cama y se dejó caer en ella.

El gobierno se enfadaría muchísimo. Oh, las cosas que les había prometido… Las riquezas, las tierras, el aumento de recursos, prestigio y poder se les escaparían de entre los dedos. Si la Cultura no le sacaba pronto de aquí le fusilarían. Le harían pagar la derrota con la muerte. La victoria habría sido suya, pero la derrota sería exclusivamente de él. Era la reclamación habitual en esa clase de situaciones.

Intentó convencerse de que casi lo había conseguido. Sabía que estaba muy cerca de la victoria, pero los únicos momentos en que era realmente capaz de pensar y podía hacer el intento de reunir todos los hilos dispersos de su vida para que formaran un dibujo coherente siempre coincidían con la derrota y la parálisis. Sus pensamientos volvieron al navío de combate Staberinde y a lo que representaba; y volvió a pensar en el Constructor de Sillas, y en los ecos de la culpabilidad que seguían sonando detrás de esa descripción tan banal…

Esta vez la derrota resultaba más soportable porque pertenecía a una variedad distinta y más impersonal. Era el comandante del ejército, la persona responsable ante el gobierno y podían destituirle, así que en última instancia la responsabilidad de lo que ocurriese recaería sobre ellos y no sobre él. Además, en aquel conflicto no había nada personal. No había tenido ningún contacto con los líderes del enemigo. Sus oponentes eran unos extraños de los que sólo conocía sus costumbres militares, sus sistemas de acumulación de fuerzas y sus pautas favoritas de movimiento de tropas. La perfecta limpieza de ese cisma interpuesto entre los dos bandos parecía suavizar la lluvia de golpes que caía sobre él…, un poco.

Envidiaba a las personas que podían nacer, crecer y madurar junto a quienes les rodeaban, hacer amistades y aposentarse en un lugar con un conjunto de gente conocida para llevar existencias corrientes y nada espectaculares en las que no había riesgos, envejeciendo y siendo sustituidos poco a poco mientras sus hijos venían a verles…, y morir chocheando a una edad avanzada sintiéndose satisfechos de todo lo que había ocurrido antes.

Jamás habría creído que podría sentir esas emociones y que llegaría a anhelar con tanta desesperación una existencia semejante, unas desesperaciones tan poco profundas y unas alegrías tan limitadas; que desearía no tensar en ningún momento la textura de la vida o el destino y conformarse con la pequeñez, el carecer de influencia y el ser poco importante.

Ahora le parecía que aquella situación debía de ser muy dulce e infinitamente deseable, porque una vez te hallabas metido en ella, cuando estabas allí… ¿Habría algún momento en el que sintieras la horrible necesidad de alcanzar esas alturas, el impulso de hacer lo que él había hecho? Lo dudaba. Se volvió hacia la chica atada a la silla.

Pero todo aquello era una estupidez. No tenía sentido. Estaba pensando puras y simples tonterías. Si fuera un ave marina…, pero, naturalmente, tú eres tú y nunca podrás ser un ave marina. Si fueses un ave marina tendrías un cerebro minúsculo y estúpido, y las tripas de pescado medio podridas serían tu plato favorito y te encantaría arrancar a picotazos los ojos de los animalitos que comen hierba; no sabrías lo que es la poesía y jamás podrías apreciar el acto de volar de una forma tan completa como el humano que te observa desde el suelo deseando ser tú.

Quien siente el deseo de ser un ave marina merece convertirse en una.

—¡Ah! El jefe del campamento y la fiel seguidora. Pero me temo que no lo ha entendido bien, señor. Se supone que debería haberla atado a la cama…

El hombre dio un salto, giró sobre sí mismo y su mano fue velozmente hacia la pistolera que colgaba de su cintura.

Kirive Socroft Rogtam-Bar cerró la puerta de una patada, se quedó inmóvil delante del umbral y se sacudió para quitarse las gotas de lluvia que hacían relucir su larga capa mientras sonreía irónicamente. El que pareciera tan fresco y ofreciera un aspecto tan pulcro y atildado resultaba especialmente irritante teniendo en cuenta que llevaba varios días sin dormir.

—¡Bar!

Casi echó a correr hacia él. Los dos hombres se abrazaron y se echaron a reír.

—El mismo que viste y calza, general Zakalwe. Ah, señorita… Hola. General, me estaba preguntando si querría viajar conmigo aunque sea en un vehículo robado. Tengo un Anf ahí fuera y…

—¿Qué?

Abrió la puerta de un manotazo e intentó ver algo a través de la cortina de agua que caía del cielo. Un gigantesco y algo maltrecho camión anfibio estaba aparcado a unos cincuenta metros de distancia junto a una de las imponentes estructuras metálicas.

—Es uno de sus camiones —dijo riendo.

Rogtam-Bar asintió poniendo cara de disgusto.

—Sí, eso me temo. Y parece que quieren recuperarlo.

—¿De veras?

Volvió a reír.

—Sí. Por cierto, me temo que el gobierno ha caído. Les han obligado a abandonar el poder.

—¿Qué? ¿Debido a lo que está ocurriendo?

—Es la impresión que tengo. Creo que estaban tan ocupados echándote la culpa por perder su estúpida guerra que no comprendieron que la gente también les consideraba culpables a ellos. En resumen, que actuaron con su estupidez habitual… —Rogtam-Bar sonrió—. Oh, y esa loca idea tuya… ¿Te acuerdas del comando que enviamos para que colocara cargas explosivas en el depósito de Maclin? Bueno, pues funcionó. El agua del depósito fue hacia la presa y el embalse no pudo vérselas con un incremento de líquido tan repentino. Los informes del departamento de inteligencia dicen que la presa no ha llegado a romperse, pero… ¿cuál es la frase que utilizaron? Ah, sí… El embalse «se llenó hasta rebosar». Bien, el caso es que una considerable cantidad de agua acabó en el valle y la inundación arrastró a la mayor parte del Alto Mando del Quinto Ejército…, y a un gran número de sus efectivos, a juzgar por los cuerpos y las tiendas que hemos visto pasar flotando junto a nuestras líneas durante las últimas horas. Y pensar que todos estábamos convencidos de que ese hidrólogo al que nos hiciste llevar de un lado a otro toda la semana pasada era otra de tus locuras… —Rogtam-Bar hizo entrechocar sus manos enguantadas—. Bien… Su situación debe de ser bastante desesperada. Me temo que hay rumores de que han solicitado una conferencia de paz. —Sus ojos recorrieron al general de arriba abajo—. Pero sospecho que si quieres empezar a discutir los términos de la paz con nuestros amigos del otro bando tendrás que ofrecer una imagen algo más cuidada… ¿Qué has estado haciendo, general? ¿Estuviste luchando en el barro?

—Sí, pero sólo con mi conciencia.

—¿De veras? ¿Y quién ganó?

—Bueno, fue una de esas raras ocasiones en que la violencia no consigue resolver nada.

—Conozco muy bien ese escenario táctico. Suele presentarse cuando uno está intentando decidir si descorcha otra botella o se va a la cama. —Bar movió la cabeza señalando hacia la puerta—. Después de usted… —Sacó un paraguas de grandes dimensiones de debajo de la capa, lo abrió y lo sostuvo sobre sus cabezas—. ¡General, permítame! —Después volvió los ojos hacia el centro de la habitación—. ¿Y tu amiga?

—Oh. —Se volvió hacia la chica, que llevaba un buen rato contemplándoles con expresión horrorizada—. Sí, mi público cautivo… —Se encogió de hombros—. He visto mascotas más extrañas. Llevémosla con nosotros.

—Nunca pongas en duda las decisiones de tus superiores —dijo Bar, y le entregó el paraguas—. Ocúpate de este trasto y yo me ocuparé de ella. —Le lanzó una mirada tranquilizadora a la chica y se llevó una mano a la visera de la gorra—. Le aseguro que utilizo la palabra en su sentido más literal, señora.

La chica dejó escapar un alarido ensordecedor.

Rogtam-Bar torció el gesto.

—¿Hace eso con mucha frecuencia? —preguntó.

—Sí, y ten cuidado con tu cabeza cuando la levantes. Faltó poco para que me rompiera la nariz.

—Habría sido una pena, teniendo en cuenta lo atractiva que es su forma actual… Le veré en el Anf, señor.

—De acuerdo.

Logró hacer pasar el paraguas por el umbral y empezó a bajar por la pendiente de cemento silbando suavemente.

—¡Bastardo infiel! —gritó la chica de la silla.

Rogtam-Bar fue hacia ella moviéndose con mucha cautela y se colocó detrás de la silla.

—Tienes suerte —dijo—. Normalmente no me paro a recoger autoestopistas, ¿sabes?

Alzó la silla con la chica atada a ella y las llevó hasta el vehículo dejándolas caer en la parte de atrás.

La chica no paró de gritar durante todo el trayecto.

—¿Estuvo así de ruidosa todo el rato? —preguntó Rogtam-Bar mientras ponía la marcha atrás y hacía retroceder el vehículo anfibio hacia las aguas.

—Casi todo.

—Me sorprende que pudieras pensar.

Se volvió hacia Rogtam-Bar, pero no dijo nada. Después alzó los ojos hacia los torrentes de lluvia que caían del cielo y sonrió con cierta melancolía.

* * *

Después del acuerdo de paz fue degradado y despojado de varias medallas. Se marchó a finales de aquel año, y la Cultura no dio ni la más mínima señal de que le hubiera disgustado su forma de manejar el asunto.

7

La ciudad estaba construida dentro de un desfiladero que medía dos kilómetros de altura y diez de anchura. El desfiladero serpenteaba a lo largo del desierto durante ochocientos kilómetros creando una herida irregular en la corteza del planeta. La ciudad sólo ocupaba treinta de esos kilómetros.

Estaba inmóvil en el borde del desfiladero contemplando lo que había dentro de él y enfrentándose a la asombrosa confusión de edificios, casas, calles, escaleras, desagües para las lluvias y líneas de ferrocarril que formaban un todo grisáceo envuelto en delgadas capas de niebla que flotaban bajo el nebuloso círculo rojizo del sol poniente.

Las nubes iban rodando por el interior del desfiladero como las aguas que escapan perezosamente de una presa agrietada.. Las masas algodonosas se encallaban tozudamente en los recovecos y hendiduras de la arquitectura y se iban filtrando poco a poco por ellas para seguir adelante con la lentitud de los pensamientos cansados.

Había algunos sitios en los que los edificios de mayor altura llegaban al borde rocoso y se desparramaban sobre el desierto, pero el resto de la ciudad daba la impresión de no poseer la energía o la inercia que habrían podido llevarla tan lejos y se había conformado con permanecer dentro del desfiladero, protegida de los vientos y mantenida a una temperatura bastante agradable por el microclima natural de la hendidura que la acogía.

La ciudad tachonada de lucecitas parecía extrañamente callada y carente de movimiento. Aguzó el oído y acabó logrando captar un sonido procedente de un suburbio envuelto en la niebla que le recordó el aullido de algún animal salvaje. Alzó los ojos hacia el cielo y pudo ver los puntitos lejanos de las aves que trazaban círculos sobre la ciudad girando lentamente en aquella atmósfera inmóvil y fría. Las aves planeaban sobre las terrazas, las calles que hacían pendiente y los caminos zigzagueantes, y eran la fuente de aquel distante y ronco griterío.

Bajó la mirada y vio trenes que se movían en silencio, delgadas líneas de luz que entraban y salían lentamente de los túneles. El agua aparecía bajo la forma de trazos negros en los acueductos y los canales. Había caminos y carreteras por todas partes, y los vehículos reptaban sobre ellos iluminando la noche con faros tan diminutos como chispas mientras correteaban de un lado a otro igual que si fueran las minúsculas presas naturales de aquellas aves que giraban en las alturas.

El anochecer de otoño era bastante fresco, y podía sentir la mordedura del aire que le acariciaba. Se había quitado el traje de combate y lo había dejado dentro de la cápsula antes de que ésta se enterrara en una hondonada arenosa. Ahora llevaba las ropas holgadas que volvían a ser populares en la ciudad. Aquel estilo de indumentaria había estado de moda durante su último trabajo allí, y el haber estado lejos de la ciudad el tiempo suficiente para que el ciclo de la moda diese una vuelta completa hizo que se sintiera extrañamente complacido. No era supersticioso, pero la coincidencia le divertía.

Se acuclilló y deslizó una mano sobre el borde del desfiladero. Cogió un puñado de guijarros y hierbajos y dejó que fueran cayendo por entre sus dedos. Suspiró, se fue incorporando lentamente y se puso los guantes y el sombrero.

El nombre de la ciudad era Solotol, y Tsoldrin Beychae vivía en ella.

Se quitó unos granos de arena del viejo impermeable —una prenda fabricada en un planeta muy lejano y cuyo valor se limitaba a lo puramente sentimental—, colocó unas gafas de cristales casi negros sobre el puente de su nariz, cogió la algo maltrecha maleta que había dejado en el suelo y empezó el descenso hacia la ciudad.

* * *

—Buenas noches, señor. ¿En qué puedo ayudarle?

—Me gustaría ocupar sus dos últimos pisos, si es tan amable.

El recepcionista puso cara de perplejidad y acabó inclinándose hacia adelante.

—Disculpe, señor. ¿Qué…?

—Me gustaría ocupar los dos últimos pisos del hotel. —Sonrió—. Me temo que no he hecho ninguna reserva. Lo siento.

—Aaaah… —exclamó el recepcionista mientras contemplaba su reflejo en los cristales oscuros de las gafas que tenía delante con cierta preocupación—. ¿Los dos…?

—No quiero una habitación, una suite o un piso, sino dos, y no quiero dos pisos cualquiera. Quiero los dos últimos pisos. Si tiene clientes que estén ocupando alguna habitación de los dos últimos pisos, le sugiero que hable con ellos, sea lo más cortés posible y les pida que acepten una habitación en otro piso. Yo pagaré sus facturas hasta el momento actual.

—Comprendo… —dijo el recepcionista del hotel. No parecía estar muy seguro de si debía tomarse todo aquello en serio o no—. Y… ¿Cuánto tiempo tiene pensado quedarse el señor?

—Indefinidamente. Puedo pagarle un mes por adelantado. Mis abogados le enviarán el dinero mañana a la hora de almorzar como muy tarde. —Abrió la maleta y sacó de ella un fajo de billetes que puso sobre el mostrador de la recepción—. Si lo prefiere pagaré en efectivo el alojamiento de esta noche.

—Comprendo —dijo el recepcionista sin apartar los ojos del dinero—. Bien, si el señor tiene la amabilidad de rellenar este impreso…

—Gracias. Ah, también deseo un ascensor reservado para mi uso personal y acceso al tejado. Supongo que una llave sería la mejor solución a ese problema, ¿no le parece?

—Aaah… Desde luego. Comprendo. Discúlpeme un momento, señor.

El recepcionista fue a hablar con el gerente del hotel.

Consiguió que le hicieran un descuento por utilizar dos pisos enteros y accedió a pagar lo que le pedían por el uso del ascensor y el tejado, con lo que la suma de dinero que le costaría alojarse allí volvió a ser la misma que al comienzo de las negociaciones, pero siempre le había gustado regatear.

—Y… ¿El nombre del señor?

—Me llamo Staberinde.

* * *

Escogió una suite en una esquina del último piso desde la que se dominaba toda la profundidad del cañón que albergaba a la ciudad. Abrió todos los armarios, gabinetes y puertas, los postigos de las ventanas, los balcones y armaritos de drogas y medicinas y lo dejó todo abierto. Entró en el cuarto de baño de la suite y se aseguró de que hubiera agua caliente. Sacó un par de sillas del dormitorio y cuatro más del vestíbulo y las llevó a la suite contigua. Encendió todas las luces y recorrió la suite inspeccionándolo todo.

Contempló los dibujos de los tapices, cortinas, alfombras y ropas de cama, los murales y las pinturas que había en las paredes y las tallas y adornos de los muebles. Llamó al servicio de habitaciones para que le trajeran algo de comer y cuando lo que había pedido llegó en un carrito con ruedas fue de una habitación a otra empujando el carrito delante de él, y comió vagabundeando por los silenciosos recintos del hotel contemplando cuanto le rodeaba y, de vez en cuando, echando un vistazo a un sensor minúsculo que se suponía debía avisarle de si había algún sistema de vigilancia cerca. No había ninguno.

Se detuvo delante de una ventana para contemplar el exterior y se pasó la mano distraídamente por el pecho para frotarse una pequeña cicatriz que ya no estaba allí.

—¿Zakalwe? —preguntó una vocecita desde su pecho.

Bajó la mirada y sacó un objeto parecido a una cuenta de collar de un bolsillo de su camisa. Se lo puso en una oreja, se quitó las gafas oscuras y las guardó en el bolsillo del que había sacado el objeto.

—Hola.

—Soy yo, Diziet. ¿Estás bien?

—Sí. He encontrado alojamiento.

—Estupendo. Escucha, hemos descubierto una cosa… ¡Algo que nos irá de maravilla!

—¿De qué se trata? —preguntó.

El nerviosismo que impregnaba la voz de Sma le hizo sonreír. Apretó un botón para correr las cortinas.

—Hace tres mil años hubo un tipo que se convirtió en un poeta muy famoso. Escribía sus versos sobre tablillas de cera incrustadas en marcos de madera, y escribió un grupo de cien poemas cortos que siempre afirmó eran lo mejor que había escrito en toda su existencia. Pero no consiguió publicarlos, y decidió convertirse en escultor. Derritió la cera de noventa y ocho de las tablillas conservando la número uno y la cien para hacer un modelo de cera con el que fabricó un molde de arena, y acabó obteniendo una figura de bronce que aún existe.

—Sma, toda esa historia que me estás contando… ¿lleva a alguna parte? —preguntó él.

Pulsó otro botón para descorrer las cortinas porque le gustaba ver la ondulación de los pliegues.

—¡Espera! Cuando descubrimos Voerenhutz e hicimos el examen total rutinario de cada planeta también obtuvimos un holograma de la estatua de bronce, naturalmente, y encontramos restos del molde original y de la cera en un escondite.

»¡Y la composición de la cera no encajaba!

»¡Era distinta a la de las dos tablillas que aún se conservaban! La UGC esperó hasta haber terminado el examen total e hizo un poco de trabajo detectivesco. El tipo que escribió los poemas y modeló la estatua de bronce acabó convirtiéndose en monje y llegó a ser abad de un monasterio. Mientras estaba al mando de la comunidad añadieron un edificio al recinto, y la leyenda afirma que el abad solía ir allí para contemplar los noventa y ocho poemas teóricamente perdidos. Uno de los muros del edificio es doble. —Sma fue subiendo la voz hasta alcanzar un tono casi triunfal—. ¡Y adivina lo que hay en el hueco!

—¿Los restos de los monjes desobedientes que fueron emparedados?

—¡Los poemas! ¡Las tablillas de cera! —chilló Sma. Cuando volvió a hablar usó un tono de voz algo más bajo—. Bueno, la mayoría… El monasterio fue abandonado hace unos doscientos años, y parece que un pastor encendió una hoguera cerca de la pared en algún momento del tiempo transcurrido desde entonces. Tres o cuatro tablillas fueron derretidas por el calor, ¡pero el resto sigue allí!

—¿Y eso es bueno?

—¡Zakalwe, esas tablillas son uno de los mayores tesoros literarios perdidos de toda la historia del planeta! Tu amigo Beychae reside en la universidad de Jarnsaromol, y esa universidad posee la mayor parte de los pergaminos manuscritos del poeta, las dos tablillas restantes y la famosa estatua de bronce. ¡Darían cualquier cosa por echar mano a las otras tablillas! ¿No lo entiendes? ¡Es la solución perfecta!

—Sí, supongo que no suena nada mal.

—¡Maldito seas, Zakalwe! ¿Es lo único que se te ocurre?

—Dizita, una racha de suerte tan buena como ésta nunca dura mucho tiempo. La ley de los promedios pronto nos traerá desgracias.

—No seas tan pesimista, Zakalwe.

—De acuerdo, no lo seré.

Suspiró y volvió a correr las cortinas.

Diziet Sma lanzó un bufido de exasperación.

—Bueno, pensé que te gustaría saberlo… Falta poco para la partida. Que duermas bien.

El canal emitió un zumbido indicando el final de la comunicación. Curvó los labios en una sonrisa melancólica, y dejó la diminuta terminal colgando de su oreja como si fuera un pendiente.

Dio órdenes de que no le molestaran, puso la calefacción al máximo y abrió todas las ventanas. Pasó algún tiempo examinando los balcones y las cañerías de las paredes; bajó por una de ellas hasta casi llegar al suelo y recorrió toda la fachada fijándose en las cornisas, los tubos metálicos, los alféizares y hendiduras y comprobando su solidez. Vio luces en una docena escasa de habitaciones. Volvió a su piso cuando consideró que ya conocía lo suficientemente bien el exterior del hotel.

Se apoyó en la barandilla del balcón sosteniendo un cuenco humeante en una mano. De vez en cuando se llevaba el cuenco a la cara e inhalaba los vapores que brotaban de él; el resto del tiempo se dedicaba a contemplar el panorama de luces de la ciudad silbando suavemente entre dientes.

La contemplación de aquel tapiz luminoso le hizo pensar que la mayoría de ciudades parecían lienzos, pero Solotol era como un libro a medio abrir, una V ondulante cubierta de tallas y desniveles que se hundía en las profundidades del pasado geológico del planeta. Las nubes que flotaban sobre el desfiladero y el desierto reflejaban la acumulación de luces de la ciudad y brillaban con un resplandor rojoanaranjado.

Supuso que visto desde el otro extremo de la ciudad el último piso totalmente iluminado y los demás prácticamente a oscuras debían de hacer que el hotel tuviera un aspecto bastante extraño.

Había olvidado que la estructura del desfiladero hacía que Solotol resultara muy distinta a las demás ciudades. «Aun así, también tiene muchas cosas en común con ellas —pensó—. Todo se parece un poco…»

Había estado en tantos lugares distintos y había visto tal variedad de lo similar y lo totalmente distinto que ambos fenómenos le asombraban…, pero el hecho seguía siendo cierto. Esta ciudad no era tan distinta a las muchas que había conocido a lo largo de su existencia.

Se encontraran donde se encontrasen la galaxia hervía de vida y sus alimentos básicos seguían replicándole y atormentándola con su sabor, tal y como le había dicho a Shias Engin (y pensar en ella hizo que volviera a sentir el roce de su piel y oyera el sonido de su voz), pero sospechaba que si la Cultura realmente lo desease habría podido encontrar sitios mucho más exóticos y espectacularmente distintos a los que enviarle. La excusa que le daban era que estaba adaptado a ciertos tipos de planeta, sociedad y guerra. Era una criatura limitada a lo que en una ocasión Sma había definido como «un nicho marcial».

Sonrió y aspiró otra bocanada de vapores del cuenco de drogas.

* * *

El hombre dejó atrás arcadas vacías y tramos de peldaños desiertos. Se cubría con un viejo impermeable de un estilo desconocido que, aun así, conseguía resultar vagamente anticuado, y llevaba unas gafas de cristales muy oscuros. Su caminar era rápido y fluido, y quien le hubiera observado un rato habría acabado pensando que no tenía ningún tic o gesto peculiar que le hiciera fácil de identificar.

Entró en el patio de un gran hotel que lograba producir una impresión simultánea de opulencia y ligero abandono. Los jardineros vestidos de colores oscuros que estaban rastrillando las hojas caídas en una piscina que parecía bastante antigua le miraron como si no tuviese ningún derecho a estar allí.

Unos hombres estaban pintando el interior del porche y el comienzo del vestíbulo, y el recién llegado tuvo que dar un rodeo para entrar en el hotel. Los pintores usaban una pintura especial de poca calidad mezclada según fórmulas muy antiguas, cuyo fabricante garantizaba que se agrietaría, perdería el color y empezaría a descascarillarse de la forma más irreprochable un año o dos después de haber sido aplicada.

El vestíbulo estaba muy adornado. El hombre tiró de un grueso cordoncillo color púrpura que colgaba sobre una esquina del mostrador de recepción. El recepcionista no tardó en materializarse ante él.

—Buenos días, señor Staberinde —le saludó sonriendo—. ¿Ha tenido un paseo agradable?

—Sí, gracias. Haga el favor de ordenar que me suban el desayuno.

—Inmediatamente, señor.

«Solotol es una ciudad de arcos y puentes donde las escaleras y los pavimentos se deslizan al lado de edificios altísimos y saltan sobre cañadas y torrentes de caudal impetuoso mediante esbeltos puentes colgantes y frágiles arcadas de piedra. Los caminos fluyen junto a las orillas de los cursos de agua serpenteando y pasando por encima y por debajo de ellos; las líneas ferroviarias se despliegan en una confusión de raíles y niveles girando por una red de túneles y cavernas donde convergen las carreteras y los depósitos subterráneos, y los pasajeros que viajen en uno de los trenes podrán contemplar las galaxias de luces que se reflejan sobre las oscuras aguas cruzadas por la trayectoria inclinada de los funiculares subterráneos, los muelles y los caminos que permiten acceder a esas profundidades.»

Estaba sentado en la cama con las gafas oscuras sobre una almohada, desayunando y viendo la cinta de presentación del hotel en la pantalla de la suite. Oyó el zumbido del teléfono de estilo antiguo y alargó una mano para quitar el sonido de la pantalla.

—¿Diga?

—¿Zakalwe?

Era la voz de Sma.

—Cielo santo. ¿Sigues ahí?

—Estamos a punto de abandonar la órbita.

—Bueno, no os entretengáis por mí. —Hurgó en un bolsillo de su camisa y cogió la terminal en forma de cuenta—. ¿Por qué estás usando el teléfono? ¿Hay problemas de saturación en el transceptor o qué?

—No, pero quería asegurarme de que en un caso de necesidad podríamos interferir su sistema telefónico.

—Estupendo. ¿Nada más?

—No mucho. Hemos logrado obtener nuevos datos sobre la situación de Beychae. Sigue en la universidad de Jarnsaromol, pero se ha desplazado al anexo número cuatro de la biblioteca. Está considerado como el depósito más seguro de la universidad, y se encuentra a cien metros por debajo de la ciudad. Su nivel de seguridad siempre es muy bueno, y cuentan con guardias propios, aunque no llegan a la categoría de un servicio de vigilancia militar.

—Ya, pero… ¿dónde vive? ¿Dónde duerme?

—En los apartamentos del conservador de las colecciones y fondos universitarios. Están en un edificio contiguo a la biblioteca.

—¿Va a la superficie alguna vez?

—No que sepamos.

Alzó la cabeza hacia la ventana y lanzó un silbido.

—Bueno, eso puede ser un problema y puede no serlo.

—¿Qué tal van las cosas por ahí?

—Estupendamente —murmuró dando un mordisco a un pastelillo—. Estoy esperando a que abran las oficinas. Dejé un mensaje en la centralita de los abogados para que me telefonearan. Cuando lo hayan hecho empezaré a armar jaleo.

—De acuerdo. No creo que tengas problemas. Ya hemos enviado las instrucciones necesarias y deberías conseguir todo lo que te haga falta sin ninguna clase de dificultades. Si tienes algún problema ponte en contacto con nosotros y les enviaremos un cablegrama saturado de indignación.

—Bien… Sma, he estado pensando en eso y… ¿Qué dimensiones exactas tiene ese imperio comercial de la Cultura? Se llama Corporación Vanguardia, ¿no?

—Fundación Vanguardia. Oh, es lo bastante grande.

—Sí, pero… ¿cómo de grande? ¿Hasta dónde puedo llegar?

—Bueno, no compres nada más grande que un país. Oye, Cheradenine, sé todo lo extravagante que creas necesario para armar ese jaleo del que hablabas. Lo único que queremos es que entres en contacto con Beychae y le convenzas…, y deprisa.

—Sí, sí, de acuerdo.

—Vamos a abandonar la órbita, pero nos mantendremos en contacto. Recuerda que si necesitas ayuda estaremos aquí.

—Sí. Adiós.

Dejó el auricular sobre su soporte y volvió a activar el sonido de la pantalla.

«Las cavernas naturales y artificiales están esparcidas por las paredes rocosas del desfiladero en una profusión casi tan abundante como la de los edificios que cubren los distintos niveles de la superficie. Muchas de las primeras fuentes de energía hidroeléctrica de la ciudad se encuentran allí y siguen zumbando en sus cavidades de roca, y aún sobreviven algunos talleres y pequeñas fábricas que se ocultan bajo los riscos y las estribaciones pizarrosas. Las rechonchas chimeneas que asoman en la superficie del desierto son lo único que delata su posición. Este río ascendente de vapores y humos calientes forma una especie de contrapunto a la red de conductos del alcantarillado y tubos usados para el drenaje que también aparece ocasionalmente en la superficie, y que crea un complicado dibujo esparcido por toda la textura de la ciudad…»

El teléfono volvió a zumbar.

Se inclinó sobre los mandos y quitó el sonido de la pantalla.

—¿Diga?

—¿Señor… Staberinde?

—Sí.

—Ah, sí, buenos días. Me llamo Kiaplor, de…

—Ah, los abogados.

—Sí. Gracias por su mensaje. Acabo de recibir un cablegrama que le otorga pleno acceso a los ingresos y recursos de la Fundación Vanguardia.

—Lo sé. ¿Qué opina del contenido del cablegrama, señor Kiaplor? ¿Le parece claro o tiene alguna duda?

—Hmmm… Yo… sí, el cablegrama lo deja todo muy claro…, aunque el grado de discrecionalidad individual que permite no tiene precedentes, sobre todo teniendo en cuenta las sumas de dinero a su disposición, pero… Bueno, el comportamiento de la Fundación Vanguardia nunca ha sido demasiado convencional.

—Bien. Mi primera orden es que transfieran inmediatamente los fondos suficientes para cubrir una estancia de un mes en los dos últimos pisos del Excelsior a la cuenta del hotel. Después querré comprar unas cuantas cosas.

—Ah…, sí. ¿Como cuáles?

Puso cara pensativa y se limpió los labios con una servilleta.

—Bueno… Para empezar, una calle.

—¿Una calle?

—Sí. No quiero una calle muy ostentosa, y no hace falta que sea muy larga, pero quiero una calle entera que se encuentre no muy lejos del centro de la ciudad. ¿Cree que podrá empezar a buscar una que responda a esas especificaciones inmediatamente?

—Ah… Sí, bueno, naturalmente podemos empezar a buscarla, pero…

—Perfecto. Iré a verle a su despacho dentro de dos horas y me gustaría poder tomar una decisión respecto al asunto de la calle en ese momento.

—¿Dos…? Hmmm… Bueno… Ah…

—La celeridad es absolutamente esencial, señor Kiaplor. Ponga a trabajar en ello a sus mejores empleados.

—Sí. Muy bien.

—Sí. De acuerdo. Adiós.

Volvió a activar el sonido de la pantalla.

«Desde hace centenares de años apenas si se han construido edificios nuevos. Solotol es un monumento, una institución, un museo. Las fábricas y la mayor parte de la población la han abandonado. Tres universidades hacen que algunas zonas de la ciudad cobren un poco de vida durante parte del año, pero son muchos quienes opinan que la atmósfera general de Solotol es arcaica e incluso mortecina, aunque también hay quienes disfrutan con la sensación de estar viviendo en lo que realmente es un trozo del pasado. Solotol carece de rascacielos; los trenes siguen desplazándose sobre raíles metálicos y los vehículos de superficie deben permanecer en ella porque está prohibido sobrevolar la ciudad o volar dentro de ella. En muchos aspectos Solotol es una ciudad triste y envejecida, y hay grandes zonas de la ciudad que se hallan deshabitadas o sólo son ocupadas durante una parte del año. La ciudad sigue siendo una capital, pero no representa la cultura a la que pertenece; es una gigantesca exhibición y aunque son muchos los que acuden a visitarla son muy pocos los que deciden quedarse a vivir en ella.»

Meneó la cabeza, volvió a ponerse las gafas oscuras y desactivó la pantalla.

* * *

Cuando el viento soplaba en la dirección adecuada, disparaba enormes bolas hechas con billetes mediante un viejo cañón concebido para lanzar cohetes de fuegos artificiales que había descubierto en uno de los jardines del tejado. Los billetes caían tan lentamente como si fueran copos de nieve que se hubiesen adelantado a la llegada del invierno. Hizo adornar la calle con guirnaldas, cintas y globos, y llenó las mesas, las sillas y los bares ordenando que sirvieran bebida gratis. Pasarelas cubiertas aumentaron la longitud de la calle y la música alegró su atmósfera; había toldos de colores chillones que protegían las zonas más importantes —como los bares y los estrados de las bandas que tocaban música—, pero se habría podido prescindir de ellos pues hacía un día muy soleado y bastante más caluroso de lo que era habitual en esa estación. Se asomó a una ventana del último piso de uno de los edificios más altos que había en la calle, contempló al gentío que iba y venía por ella y sonrió.

La vida de la ciudad durante la temporada baja era bastante monótona y aburrida, y el carnaval había atraído una gran atención. Contrató a camareros para que se encargaran de servir las drogas, viandas y bebidas que había ordenado traer; prohibió el tráfico de vehículos, y las caras malhumoradas y las personas que intentaban acceder a la calle sin una sonrisa en los labios eran obligadas a llevar máscaras de payaso hasta que se hubieran animado un poco. Apoyó los codos en el alféizar de la ventana, tragó una honda bocanada de aire y sus pulmones aspiraron la embriagadora fragancia de un bar muy concurrido que se encontraba justo debajo de donde estaba. Los vapores de las drogas lograban llegar hasta la ventana y se inmovilizaban a esa altura formando una nube. Sonrió y pensó que aquel espectáculo era capaz de animar a cualquiera. Todo iba estupendamente.

La gente paseaba por la calle y las parejas o los grupos conversaban intercambiando sus cuencos humeantes entre risas y sonrisas. Escuchaban a las bandas de música y contemplaban a la gente que bailaba o acogían con ruidosos vítores cada disparo del cañón. Muchos de ellos se reían de las hojitas repletas de chistes políticos que se repartían con cada cuenco de drogas o comida y cada máscara o artículo festivo; y también reían de las gigantescas banderolas de colores chillones que ocultaban las fachadas de los viejos edificios y colgaban sobre la calle. Las leyendas de las banderolas también eran absurdas o humorísticas. ¡pacifistas contra paredes! y ¿Los expertos? ¿qué saben ellos?, eran dos de los ejemplos más fáciles de traducir.

Había juegos y competiciones de ingenio y fuerza, había flores gratis, sombreros de fiesta y un puesto callejero de Halagos muy concurrido en el que bastaba con entregar unas monedas, un sombrero de papel o lo que fuese para que te dijeran lo encantador, agradable, bueno, modesto, tranquilo, seguro de ti mismo, sincero, respetuoso, guapo, jovial y altruista que eras.

Contempló el abigarrado espectáculo que se extendía por debajo de él. Se había subido las gafas hasta la frente y la montura rozaba el nacimiento de su negra cabellera sujeta con una coleta. Sabía que si se mezclaba con el gentío que había invadido la calle tendría la sensación de estar un poco distanciado de todo lo que ocurría, pero aquel punto de observación le permitía mirar hacia abajo y pensar en la multitud como si fuese una entidad única con muchos rostros distintos. Los visitantes se encontraban lo bastante lejos como para presentar un solo tema, y estaban lo bastante cerca para introducir sus variaciones armoniosas en él. Disfrutaban, reían, eran animados a comportarse de forma ridícula o a tomar drogas, se dejaban cautivar por la música y acababan ligeramente trastornados por aquella atmósfera de bullicio y jovialidad.

Su atención acabó centrándose en dos personas.

Las dos personas eran un hombre y una mujer que caminaban lentamente por la calle contemplando todo lo que les rodeaba. El hombre era alto y tenía los cabellos oscuros. Llevaba el pelo bastante corto, y apenas se fijó en él comprendió que alguien había pasado muchas horas para conseguir aquel desorden aparentemente casual de mechones no muy cuidados. Iba vestido con mucha elegancia y sostenía una boina negra en una mano. Una máscara colgaba de la otra.

La mujer era casi tan alta como él, y un poco más delgada. Su traje entre gris y negro era muy parecido al del hombre, aunque lucía un mándala de pliegues blancos alrededor del cuello. Tenía una lustrosa melena negra que le llegaba hasta los hombros y se movía como si hubiera montones de admiradores observándola.

El hombre y la mujer caminaban el uno al lado del otro sin tocarse e intercambiaban algún que otro comentario limitándose a inclinar la cabeza hacia su acompañante mientras miraban en dirección opuesta, quizá para contemplar aquello de lo que estaban hablando.

Siguió observándoles durante unos segundos hasta quedar convencido de que sus rostros aparecían en la selección de fotos que había inspeccionado cuando se estaba preparando para la misión a bordo del VGS.

Desplazó la cabeza unos centímetros a un lado para asegurarse de que la terminal que parecía un pendiente podía enfocarles desde el mejor ángulo posible y le ordenó que tomara una instantánea de la pareja.

El hombre y la mujer desaparecieron unos segundos después debajo de las pancartas y banderolas colocadas al otro extremo de la calle. Habían atravesado todo el carnaval sin tomar parte en él.

La celebración callejera no daba señales de terminar. Un chaparrón hizo que la multitud buscara refugio bajo los toldos y lonas y en los portales de los edificios de un solo piso que flanqueaban la calle, pero el aguacero duró poco y los visitantes seguían llegando a cada momento. Los niños corrían de un lado a otro agitando cintas de colores que enroscaban alrededor de los postes, las personas, los puestos callejeros y las mesas. Las bombas de humo explotaban creando bolas de incienso y vapores coloreados y los que habían sido atrapados por la detonación se alejaban con paso tambaleante riendo y tosiendo mientras se golpeaban las espaldas los unos a los otros y gritaban joviales reprimendas a los niños risueños que huían corriendo para arrojar más bombas.

El espectáculo estaba dejando de resultarle interesante y no tardó en apartarse de la ventana. Fue hasta una vieja cómoda cubierta de polvo y se sentó encima de ella. Clavó los ojos en el suelo con expresión pensativa y se frotó lentamente el mentón con la mano, alzando la mirada cada vez que un racimo de globos se deslizaba junto a la fachada para acabar perdiéndose en el cielo. Vistos desde dentro de la habitación los globos tenían el mismo aspecto que cuando los observaba desde la ventana.

Se puso en pie, fue hacia la escalera y bajó el angosto tramo de peldaños. Los tacones de sus botas hacían crujir la vieja madera. Llegó al final de la escalera, cogió el impermeable que había dejado encima de la barandilla y salió por la puerta trasera que daba acceso a otra calle.

Se deslizó en el asiento trasero del vehículo que le esperaba. El chófer puso en marcha el motor y empezaron a dejar atrás las hileras de viejos edificios. Llegaron al final de la calle y torcieron por un camino bastante empinado perpendicular a la calle que acababan de abandonar y aquella en que se celebraba el carnaval. Pasaron junto a un vehículo negro. El hombre y la mujer iban dentro de él.

Volvió la cabeza y vio que el vehículo negro se había puesto en marcha y les estaba siguiendo.

Le ordenó al chófer que no hiciera caso del límite de velocidad. El vehículo aceleró, pero sus perseguidores mantuvieron la distancia. Se agarró al asa que había encima de la ventanilla y contempló la ciudad que desfilaba al otro lado del cristal. Estaban atravesando una de las antiguas zonas gubernamentales. Los edificios eran enormes masas de color gris cuyas paredes estaban aparatosamente adornadas con fuentes y canalillos. Los chorros y cortinas de agua resbalaban sobre sus fachadas creando un tapiz de olas verticales que caían al suelo imitando el deslizarse del telón de un teatro. Había un poco de maleza, pero no tanta como esperaba. No podía recordar si habían dejado que el agua de las paredes se helara, si habían cerrado las válvulas o si habían utilizado algún fluido anticongelante. La mayoría de los edificios que dejaban atrás estaban rodeados de andamios. Los obreros que rascaban y limpiaban las piedras desgastadas por el tiempo volvieron la cabeza para observar a los dos vehículos que atravesaban velozmente las plazas y las avenidas.

Se agarró con más fuerza al asa y empezó a examinar un montón de llaves.

El chófer detuvo el vehículo en una calleja muy antigua que estaba cerca de las orillas del gran río. Abrió la puerta, bajó de un salto y corrió hacia una puertecita incrustada en la fachada de un edificio muy alto. El vehículo que les seguía entró rugiendo en la calleja justo cuando cerraba la puerta, pero no echó el pestillo. Bajó un tramo de peldaños y abrió varias puertas cuyas bisagras oxidadas chirriaron. Cuando llegó al nivel más bajo del edificio vio que el funicular ya le estaba aguardando en la plataforma. Abrió la puerta, entró y tiró de la palanca.

El mecanismo se puso en marcha y la cabina sufrió unas cuantas sacudidas, pero éstas cesaron apenas empezó a subir por la pendiente. Volvió la mirada hacia las ventanillas de atrás. El hombre y la mujer acababan de llegar a la plataforma. Sonrió y vio que alzaban la cabeza un segundo antes de que el funicular desapareciera en el interior del túnel. La pequeña cabina siguió moviéndose por la pendiente que acabaría llevándola hasta el final del túnel.

Salió a la plataforma exterior del funicular en el punto donde la cabina que subía se cruzaba con la que bajaba y saltó a la otra cabina. La cabina a la que acababa de saltar siguió bajando impulsada por el peso del agua tomada del arroyo cercano a la terminal de la vieja línea de funicular con que había llenado sus tanques de lastre. Se quedó inmóvil durante unos momentos, saltó de la cabina cuando ésta había recorrido una cuarta parte del trayecto de bajada aterrizando sobre el tramo de peldaños que había junto a la vía y subió rápidamente por una escalera de metal muy larga que terminaba en otro edificio.

Cuando llegó al final de la escalera sudaba un poco. Se quitó el viejo impermeable y volvió al hotel llevándolo encima del brazo.

* * *

La habitación era muy blanca y de apariencia muy moderna, con unos ventanales de gran tamaño. El mobiliario estaba incrustado en las paredes plastificadas y la luz procedía de unos abultamientos que se confundían con el techo. Un hombre estaba inmóvil delante de una ventana contemplando la primera nevada invernal que caía sobre el paisaje grisáceo de la ciudad. Faltaba poco para que anocheciera, y la última claridad de la tarde ya se iba desvaneciendo. Una mujer yacía de bruces sobre un sofá blanco con los codos hacia fuera y las manos juntas debajo de la cara. Tenía los ojos cerrados y un hombre muy robusto de cabellera canosa y rostro lleno de cicatrices estaba dando masaje al cuerpo de piel pálida y untado de aceite que reposaba sobre el sofá. Las manos del masajista amasaban y pellizcaban con una aparente falta de contemplaciones.

El hombre inmóvil delante de la ventana observaba los copos de nieve que caían de dos formas distintas. La primera consistía en considerarlos como una sola entidad y requería mantener los ojos clavados siempre en el mismo punto, con lo que los copos de nieve se convertían en un torbellino borroso y las corrientes de aire y ráfagas de viento que los hacían moverse de un lado a otro se ponían de manifiesto en las pautas de círculos, espirales y descenso continuo que creaban. La segunda exigía contemplar la nevada considerando que los copos eran entidades independientes. El hombre escogía un copo que se encontrara a una altura considerable en la confusa galaxia de tonos grises sobre grises que era la nevada y eso le permitía ver un sendero, un descenso individualizado que se iba abriendo paso por entre la silenciosa premura de la nevada.

Los copos se iban depositando sobre la negrura del alféizar acumulándose sin cesar pero de forma casi imperceptible hasta formar una blanda cornisa blanca. Algunos copos chocaban con el cristal de la ventana, se quedaban pegados a él durante unos momentos y acababan siendo desprendidos por el viento, que se los llevaba.

La mujer parecía dormida. Sus labios estaban curvados en una leve sonrisa, y la geografía de su rostro se iba alterando continuamente con cada cambio de la presión que el hombre de la cabellera canosa ejercía sobre su espalda, sus hombros y sus flancos. Su carne untada de aceite se movía primero en una dirección y luego en otra, y los dedos que se deslizaban sobre ella parecían capaces de ejercer una fuerza terrible sin causar la más mínima fricción. Los dedos alisaban la piel y volvían a llenarla de arrugas como si quisieran imitar el movimiento que el mar producía en las algas que cubren su fondo. Las nalgas de la mujer quedaban ocultas por una toalla negra. Su cabellera estaba suelta y se desparramada sobre una parte de su rostro, y sus pálidos senos eran dos óvalos alargados aplastados bajo la esbeltez de su cuerpo.

—Entonces, ¿qué debemos hacer?

—Necesitamos más datos.

—Como siempre. De vuelta al problema…

—Es un extranjero. Nos queda el recurso de la deportación.

—¿Con qué excusa?

—No hace falta que demos ninguna razón, aunque no nos costaría demasiado inventar alguna.

—Eso podría hacer estallar la guerra antes de que estemos preparados para utilizarla en nuestro provecho.

—Shhh… No debemos hablar de la guerra, ¿recuerdas? Oficialmente estamos en los mejores términos imaginables con todos los miembros de nuestra Federación, así que no hay ningún motivo de preocupación. Todo se encuentra bajo control.

—Dijo un portavoz oficial… ¿Crees que deberíamos librarnos de él?

—Quizá sería lo más prudente. Puede que nos sintiéramos más tranquilos si no estuviera aquí… Tengo la horrible sensación de que ha venido con una misión que cumplir. Se le ha dado pleno acceso a los recursos financieros de la Fundación Vanguardia, y esa organización tan decidida a envolverse en el misterio se ha opuesto a cada uno de nuestros pasos durante los últimos treinta años. La identidad y localización de quienes la controlan y de sus ejecutivos ha sido uno de los secretos mejor guardados del sistema, y los extremos de reserva a los que han llegado carecen de precedentes. Y ahora este hombre surge de la nada gastando dinero a manos llenas y de la forma más vulgar posible, y manteniendo un perfil público bastante visible aunque coquetamente tímido…, justo cuando más incomodidades y problemas puede provocarnos.

—Puede que ese hombre sea la Fundación Vanguardia.

—Tonterías… Supongamos que se trata de alguna entidad palpable, ¿de acuerdo? En tal caso nos enfrentamos a una interferencia alienígena o a una máquina filantrópica que se rige por el testamento que algún magnate ya fallecido dictó obedeciendo a los remordimientos de su conciencia…, incluso es posible que se trate de una máquina controlada por la transcripción de una personalidad humana, o un sistema inteligente que ha adquirido la autoconsciencia por una serie de casualidades sin que haya nadie que pueda controlarlo. Creo que el resto de posibilidades han ido quedando descartadas a lo largo de los años. Staberinde es un títere. Gasta dinero con la desesperación de un niño mimado al que le preocupa que esa generosidad no vaya a durar mucho. Se comporta como un campesino que acabara de ganar la lotería. Es repugnante… Pero te repito que obra impulsado por un propósito y que tiene una misión.

—Si le matamos y resulta que era alguien importante podríamos provocar la guerra demasiado pronto.

—Quizá, pero tengo la sensación de que debemos hacer justo lo que no se espera de nosotros. Aun suponiendo que no haya ninguna otra razón, debemos obrar así para demostrar nuestra humanidad y explotar al máximo nuestra ventaja intrínseca sobre las máquinas…

—Desde luego, pero… ¿no hay ninguna posibilidad de que pueda sernos útil?

—Sí.

El hombre inmóvil delante de la ventana contempló su reflejo en el cristal y sonrió. Sus dedos repiquetearon sobre la parte interior del alféizar.

La mujer del sofá seguía con los ojos cerrados y su cuerpo se movía obedeciendo el lento desplazarse de las manos que le masajeaban la cintura y los flancos.

—Espera un momento. Había ciertas conexiones entre Beychae y la Fundación Vanguardia, así que…

—Así que utilizar a ese tal Staberinde quizá nos permita persuadir a Beychae de que debe ponerse de nuestra parte.

El hombre alzó una mano y deslizó un dedo sobre el cristal siguiendo la trayectoria de un copo de nieve que se movía al otro lado. Observó el descenso del copo con tanta atención que acabó bizqueando.

—Podríamos…

—¿Qué?

—Adoptar el sistema Dehewwoff.

—¿El…? Necesitamos más datos.

—El sistema Dehewwoff de castigo mediante la enfermedad. Es una especie de pena capital escalonada, ¿comprendes? Cuanto más serio es el crimen más grave es la enfermedad que se inocula al culpable. Los delitos menores se castigan con una simple fiebre, la pérdida de los medios de subsistencia y el pago de los gastos médicos; las contravenciones más serias se castigan con una enfermedad que puede durar meses y que va acompañada de dolor y una larga convalecencia, facturas y ninguna simpatía hacia el enfermo, y que a veces deja secuelas y marcas que aparecerán después. Los crímenes realmente horrendos se castigan inoculando enfermedades a las que es muy difícil sobrevivir. La muerte es casi segura salvo que haya una intervención divina y una recuperación milagrosa. Naturalmente, cuanto más baja es la clase social del culpable más virulento ha de ser el castigo, pues no debemos olvidar que los obreros y los trabajadores manuales tienen constituciones más robustas que las clases altas. Las combinaciones y la posibilidad de provocar recaídas proporcionan una considerable sofisticación a la idea básica.

—De vuelta al problema..

—Y odio esas gafas oscuras, recuérdalo.

—Repito lo que he dicho. De vuelta al problema…

—… necesitamos más datos.

—La respuesta de siempre.

—Y creo que deberíamos hablar con él.

—Sí. Y después… Le mataremos.

—Calma. Hablaremos con él. Prepararemos un nuevo encuentro y le preguntaremos qué quiere y, quizá, quién es. Seremos lo más discretos posible, obraremos con cautela y no le mataremos a menos que sea imprescindible.

—Estuvimos a punto de hablar con él.

—Nada de rabietas, ¿eh? Fue ridículo. No estamos aquí para perder el tiempo persiguiendo vehículos y corriendo detrás de reclusos idiotas. Hacemos planes. Pensamos. Enviaremos una nota al hotel del caballero…

—El Excelsior. Francamente, pensaba que un establecimiento tan respetado no se habría dejado seducir con tanta facilidad por el dinero.

—Cierto. Después iremos a él o haremos que él venga hasta nosotros.

—Bueno, creo que no deberíamos ir a él. Y en cuanto a lo de que él venga hasta nosotros, quizá no quiera. Siento mucho que… Debido a un imprevisto… Un compromiso previo me impide… Me temo que dadas las circunstancias actuales no sería productivo, quizá en otra ocasión… ¿Puedes imaginarte lo humillante que resultaría eso?

—Oh, de acuerdo. Le mataremos.

—De acuerdo en que intentaremos matarle. Si sobrevive hablaremos con él. Si sobrevive él querrá hablar con nosotros. Plan muy recomendable. Debemos estar de acuerdo. No cabe duda y no nos queda otra opción; mera formalidad.

La mujer se quedó callada. El hombre de la cabellera canosa siguió amasándole las caderas con sus manazas y las zonas libres de cicatrices de su rostro quedaron cubiertas por extraños dibujos hechos con sudor. Las manos empezaron a girar y desplazarse sobre el trasero de la mujer y ésta se mordió el labio inferior de forma casi imperceptible mientras su cuerpo se movía en una lánguida imitación de la naturaleza, una sinfonía de murmullos y golpes ahogados de manos que se precipitaban sobre una llanura blanca.

Los copos de nieve seguían cayendo del cielo.

VII

—¿Sabes una cosa? —dijo mirando a la roca—. Tengo la sensación realmente desagradable de que me estoy muriendo…, pero ahora que pienso en ello la verdad es que en este momento todos mis pensamientos y sensaciones son muy desagradables. ¿Qué opinas de ello?

La roca no dijo nada.

Había llegado a la conclusión de que la roca era el centro del universo y podía probarlo, pero la roca se negaba a aceptar su obviamente importantísimo papel dentro del esquema global de las cosas —o, por lo menos, no quería aceptarlo de momento—, lo cual le dejaba reducido a hablar consigo mismo o con los pájaros y los insectos.

Todo volvió a ondular. Cosas que parecían olas o nubes de aves carroñeras cayeron sobre él girando lentamente a su alrededor y atraparon su mente haciéndola pedazos y dejándola tan maltrecha como si fuese una fruta madura que estalla bajo la ráfaga de proyectiles surgida de una ametralladora.

Intentó alejarse a rastras lo más disimuladamente posible. Era consciente de lo que vendría a continuación. Su vida desfilaría a toda velocidad ante él. Qué idea tan increíble…

Tuvo suerte y el desfile se limitó a fragmentos de su vida, como si las imágenes fueran un reflejo de su cuerpo destrozado, y recordó cosas como el estar sentado en un bar de un pequeño planeta mientras sus gafas oscuras creaban extraños dibujos de luces y sombras en el cristal de la ventana; se acordó de un sitio donde el viento era tan terrible que acabaron adquiriendo la costumbre de juzgar su severidad por el número de camiones que se llevaba cada noche; recordó una batalla de tanques librada en los inmensos campos dedicados al monocultivo que parecían mares de hierba, un amasijo de locura, desesperación sumergida y comandantes de pie sobre los tanques y las zonas de cosecha incendiada con las llamas que se iban extendiendo poco a poco ardiendo en la noche, una masa de oscuridad en continuo crecimiento anillada por el fuego —las tierras de cultivo eran la razón y el trofeo por el que se libraba la guerra, y fueron destruidas por ella—; recordó una manguera que se desplegaba bajo el agua iluminada por los haces luminosos de los reflectores y el silencioso retorcerse de sus anillos; recordó la blancura que no terminaba nunca y la lenta guerra tectónica de represalias y desgaste de los icebergs en forma de meseta que chocaban unos con otros, el amargo final de un sueño apacible y silencioso que había durado un siglo.

Y un jardín. Se acordó del jardín. Y de una silla.

—¡Grita! —gritó.

Empezó a mover frenéticamente los brazos arriba y abajo intentando conseguir el impulso suficiente para remontar el vuelo y alejarse de…, de…, apenas sabía de qué, y lo único que consiguió fue tambalearse de un lado a otro. Sus brazos aletearon unas cuantas veces y proyectaron a lo lejos unas cuantas bolitas de guano más, pero el paciente anillo de aves se cerró un poco más a su alrededor esperando a que muriera mientras se limitaba a contemplarle con ojos llenos de paciencia sin dejarse engañar por aquella penosa imitación de la conducta de un congénere.

—Oh, está bien… —murmuró.

Se dejó caer hacia atrás llevándose una mano al pecho y clavó los ojos en la bóveda azul claro del cielo. Y, de todas formas, ¿qué podía haber de tan terrible en algo como una silla? Decidió seguir arrastrándose.

Fue reptando alrededor de la charca de agua abriéndose paso por entre las bolitas oscuras de excremento que las aves habían ido acumulando allí y consiguió llegar hasta un sitio desde el que podía divisar las aguas del lago. No podía seguir adelante, así que se quedó inmóvil, volvió por donde había venido y rodeó la charca en sentido contrario al de antes apartando las bolitas negras de mierda de ave mientras pedía disculpas a los insectos cuya paz perturbaba con sus movimientos. Cuando llegó al punto en el que había estado antes se detuvo y evaluó la situación.

La brisa cálida le traía el olor a azufre que emanaba de las aguas del lago.

… y un instante después volvía a estar en el jardín recordando el aroma de las flores.

* * *

Hubo un tiempo en el que existía una gran casa que se alzaba en el centro de una propiedad limitada en tres de sus lados por un río muy ancho que se encontraba a medio camino entre las montañas y el mar. La propiedad tenía bosques muy antiguos y pastizales de una hierba magnífica; colinas de poca altura repletas de animales tímidos que se asustaban con mucha facilidad, caminos serpenteantes y arroyuelos cruzados por puentecitos; había templetes, pérgolas, lagos ornamentales, paisajes y perspectivas falsas y casitas de verano tan apacibles como rústicas.

El paso de los años y las generaciones hizo que muchos niños nacieran y se criaran en la gran casa y que jugaran en los maravillosos jardines que la rodeaban, pero hubo cuatro en particular cuya historia acabó siendo importante para personas que nunca habían visto la casa y que ignoraban el apellido de la familia. De los cuatro dos eran hermanas y se llamaban Darckense y Livueta; uno de los dos niños restantes era su hermano mayor y se llamaba Cheradenine y los tres compartían el apellido familiar, Zakalwe. El cuarto niño no era pariente suyo, pero había nacido en el seno de una familia que llevaba mucho tiempo siendo aliada de la suya y se llamaba Elethiomel.

Cheradenine era el mayor de los cuatro, y tenía vagos recuerdos de la agitación que se produjo cuando la madre de Elethiomel llegó a la gran casa en visible estado de embarazo hecha un mar de lágrimas y rodeada por sirvientes que intentaban consolarla, guardias gigantescos y doncellas llorosas. Durante los días siguientes la atención de la casa entera pareció centrarse en la mujer que llevaba al bebé dentro de su útero, y aunque sus hermanas siguieron con sus juegos alegrándose de que las niñeras y el cortejo de guardianes que les rodeaban hubieran relajado un poco su vigilancia Cheradenine empezó a sentir celos de aquel niño que aún no había nacido.

El destacamento de la caballería real llegó a la casa una semana después, y aún recordaba a su padre de pie al final del espacioso tramo de escalones que llevaba hasta el patio hablando con voz tranquila mientras sus hombres se movían con silenciosa rapidez por la casa apostándose detrás de cada ventana. Cheradenine se apresuró a ir en busca de su madre y corrió por los pasillos con una mano extendida delante de él como si sostuviera unas riendas invisibles dándose golpes en la cadera con la otra mano para imitar el ruido de los cascos de un caballo y fingir que era un jinete. Un, dos, tres, un, dos, tres… Cuando encontró a su madre vio que estaba con la mujer que llevaba al bebé dentro de ella. La mujer lloraba, y su madre le ordenó que se marchara.

El bebé llegó esa misma noche después de que todos hubieran oído los gritos de la madre.

Cheradenine se dio cuenta de que la atmósfera de la gran casa sufrió un cambio considerable después de aquello, y también se dio cuenta de que todos parecían mucho más atareados que antes pero, también, menos preocupados.

Durante unos cuantos años pudo atormentarle, pero Elethiomel empezó a crecer más deprisa que él y fue tomando represalias hasta que los dos niños acabaron llegando a una tregua no muy sólida. Tenían los mismos maestros e instructores, y Cheradenine fue dándose cuenta poco a poco de que Elethiomel era su favorito. Siempre aprendía las cosas más deprisa que él, siempre era elogiado por el rápido desarrollo de sus capacidades y todos pregonaban lo avispado, inteligente y precoz que era. Cheradenine hizo cuanto pudo para ponerse a su altura y el mero hecho de no rendirse le granjeó unos cuantos elogios, pero sus esfuerzos nunca parecieron ser apreciados en su justo valor. Los instructores que les enseñaban las artes de la guerra fueron más imparciales y supieron reconocer los méritos de cada uno. Cheradenine era el mejor con los puños y en la lucha libre; Elethiomel era más diestro con las armas blancas y las armas de fuego (siempre que estuviera bajo la supervisión adecuada, pues había momentos en que podía dejarse llevar por el entusiasmo), aunque Cheradenine utilizaba el cuchillo casi tan bien como él.

Las dos hermanas no se habían dejado influir por las opiniones de los maestros y querían a ambos por un igual, y los cuatro pasaban los largos veranos y los cortos y duros inviernos jugando juntos, y —aparte del primer año después de que Elethiomel naciera— también pasaban unos cuantos días de cada primavera y cada otoño en la gran ciudad que había río abajo donde los padres de Darckense, Livueta y Cheradenine poseían una gran mansión. Pero ninguno de los cuatro disfrutaba demasiado con aquellas estancias en la ciudad. El jardín era muy pequeño y los parques públicos siempre estaban atestados. Cuando iban a la ciudad la madre de Elethiomel siempre se mostraba más callada y sus ataques de llanto se hacían más frecuentes, y de vez en cuando se ausentaba durante unos días. Antes de partir siempre parecía muy excitada, y siempre volvía de aquellas misteriosas desapariciones con los ojos llenos de lágrimas.

Era otoño y estaban en la ciudad. Los cuatro niños intentaban mantenerse lo más alejados posible del mal humor de los adultos cuando un mensajero llegó a la casa.

No pudieron evitar oír los gritos, por lo que abandonaron la guerra infantil que estaban librando y salieron corriendo del cuarto de juegos para meter la cabeza entre los barrotes de la barandilla y bajar la vista hacia el gran salón. El mensajero estaba inmóvil con la cabeza gacha y la madre de Elethiomel lloraba y gritaba. El padre y la madre de Cheradenine, Livueta y Darckense la abrazaban y le hablaban en un tono firme y tranquilo. Su padre acabó despidiendo al mensajero con un gesto de la mano y la mujer histérica cayó al suelo sin hacer ningún ruido con una hoja de papel arrugada entre los dedos de una mano.

Su padre alzó la mirada y les vio, pero sus ojos se posaron en Elethiomel, no en Cheradenine. Poco después les ordenaron que se fueran a dormir.

Regresaron a la casa rodeada de jardines unos cuantos días después de la aparición del mensajero. La madre de Elethiomel no paraba de llorar y no bajaba al comedor.

* * *

—Tu padre era un asesino. Le ejecutaron porque mató a mucha gente.

Cheradenine estaba sentado sobre el parapeto de piedra con las piernas colgando en el vacío. Hacía un día precioso y el viento susurraba entre las ramas de los árboles. Las hermanas reían y chillaban cerca del parapeto mientras recogían flores de los arriates que había en el centro de la estructura. El barco de piedra se encontraba en el lago del oeste, y quedaba unido al jardín por una calzada de losas. Estuvieron jugando a piratas un rato y cuando se cansaron decidieron investigar los arriates de flores que había en la cubierta superior de las dos con que contaba el barco. Cheradenine tenía junto a él una colección de guijarros y los iba arrojando uno por uno a la inmóvil superficie de las aguas produciendo ondulaciones que hacían pensar en un blanco de arquería porque intentaba que cada nuevo proyectil diera en el mismo sitio que el anterior.

—No hizo ninguna de las cosas que dicen —replicó Elethiomel. Bajó la vista y golpeó el baluarte de piedra con el pie—. Mi padre era un buen hombre.

—Si era bueno, ¿como es que el rey ordenó que le mataran?

—No lo sé. La gente debió de contar historias sobre él. Contaron mentiras.

—Pero el rey es muy listo —dijo Cheradenine con un tono triunfal, y arrojó otro guijarro hacia el círculo de ondulaciones que se iba haciendo cada vez más grande—. No hay nadie que sea tan listo como él. Por eso es el rey, ¿verdad? Si fueran mentiras él lo habría sabido.

—No me importa lo que dijeran —insistió Elethiomel—. Mi padre no era malo.

—Lo era, y tu madre también debió de hacer cosas muy malas porque si no jamás la habrían obligado a pasar tanto tiempo encerrada en su habitación.

—¡Mi madre no ha sido mala! —Elethiomel alzó los ojos hacia el otro niño y sintió una tensión inexplicable detrás de su nariz y sus ojos, como si tuviera un globo dentro de la cabeza y éste se fuera hinchando poco a poco—. Mi madre está muy enferma. ¡No puede salir de su habitación!

—Eso es lo que ella dice —replicó Cheradenine.

—¡Mirad! ¡Tenemos millones de flores! ¡Mirad! ¡Vamos a hacer perfumes! ¿Queréis ayudarnos? —Las dos hermanas acababan de aparecer detrás de ellos con los brazos llenos de flores—. Elly…

Darckense intentó coger a Elethiomel del brazo.

El niño la apartó de un manotazo.

—Oh, Elly… Sheri, no, por favor —dijo Livueta.

—¡No ha sido mala! —gritó Elethiomel clavando los ojos en la espalda del otro niño.

—Sí que lo ha sido —canturreó Cheradenine, y arrojó otro guijarro al lago.

—¡No lo ha sido! —aulló Elethiomel.

Echó a correr, extendió las manos hacia la espalda de Cheradenine y le empujó con mucha fuerza.

Cheradenine chilló y se cayó del parapeto. Su cabeza chocó con la pared de piedra mientras caía. Las dos niñas gritaron al mismo tiempo.

Elethiomel se inclinó sobre el parapeto y vio como Cheradenine caía en el centro del círculo de olitas que había creado arrojando guijarros. Su cuerpo desapareció durante unos momentos, emergió a la superficie y notó en el agua sin moverse con el rostro hacia abajo.

Darckense gritó.

—¡Oh, Elly, no!

Livueta dejó caer sus flores y corrió hacia los peldaños. Darckense seguía gritando y se acuclilló con la espalda pegada al parapeto de piedra aplastando las flores contra su pecho.

—¡Darkle! ¡Ve corriendo a la casa! —gritó Livueta desde la escalera.

Elethiomel seguía con los ojos clavados en el cuerpo que flotaba sobre las aguas y vio que se removía débilmente produciendo un reguero de burbujas. Podía oír los pasos de Livueta creando ecos en la cubierta inferior.

Elethiomel deslizó la mano por el parapeto y los guijarros cayeron al agua alrededor del niño unos segundos antes de que Livueta saltara al estanque para rescatar a su hermano mientras Darckense seguía gritando.

* * *

No, no era eso. Tenía que ser algo peor que eso, ¿verdad? Estaba seguro de que recordaba algo relacionado con una silla (también recordaba algo acerca de un bote, pero tampoco parecía tratarse de aquello). Intentó pensar en todas las cosas desagradables que pueden ocurrirte estando sentado en una silla y las fue descartando una por una al comprender que no le habían ocurrido a él o a nadie que conociera —al menos por lo que podía recordar—, y acabó llegando a la conclusión de que aquella extraña obsesión centrada en una silla no tenía ninguna razón particular de ser. Su mente había decidido construir toda una fijación basada en una silla como habría podido escoger cualquier otro objeto, y no había nada que hacer al respecto.

También estaban los nombres, por supuesto. Nombres que había utilizado, nombres falsos que nunca le habían pertenecido… ¡Utilizar el nombre de un navío de combate! Parecía increíble. Qué persona tan idiota, qué niño tan travieso… Sí, eso era lo que estaba intentando olvidar. No entendía cómo había podido ser tan estúpido. Ahora todo le parecía tan claro, tan obvio… Quería olvidar el navío de combate. Quería enterrarlo en lo más profundo de su ser, por lo que jamás habría debido utilizar su nombre.

Ahora se daba cuenta de que fue un error. Ahora lo comprendía. Ahora, cuando ya era demasiado tarde para hacer algo al respecto…

Las gigantescas magnitudes de su estupidez hicieron que sintiese deseos de vomitar.

Una silla, un navío, un…, otra cosa que había olvidado.

* * *

Los chicos aprendieron a trabajar el metal y las chicas aprendieron alfarería.

—Pero no somos campesinos, ni…, ni…

—Artesanos —dijo Elethiomel.

—No quiero oír ni una sola protesta más, y aprenderéis algo de lo que significa el trabajar con las manos —dijo el padre de Cheradenine mirando fijamente a los dos chicos.

—¡Pero esas cosas son para los que no han nacido en una familia noble!

—Lo mismo podría decirse del aprender a escribir y el manejar los números. Dominar esas habilidades no os convertirá en oficinistas, al igual que trabajar el hierro no os convertirá en herreros.

—Pero…

—Haréis lo que se os ordene hacer. Si os parece que eso encaja mejor con las ambiciones marciales que ambos afirmáis poseer, os doy permiso para que intentéis forjar espadas y armaduras durante vuestras lecciones.

Los chicos intercambiaron una rápida mirada.

—También podéis decirle a vuestro profesor de retórica que os he dado instrucciones de preguntarle si es aceptable que un par de jóvenes de buena cuna empiecen casi todas las frases con una palabra tan lamentable como «Pero». Eso es todo.

—Gracias, señor.

—Gracias, señor.

Cuando hubieron salido de la habitación los dos se confesaron que trabajar los metales quizá no fuera tan horrible como habían temido al principio.

—Pero tenemos que decirle a Narizotas lo de que siempre decimos «Pero». ¡Nos hará copiar algo!

—No, no lo hará. Tu viejo dijo que «podíamos» decírselo a Narizotas, y eso no es lo mismo que ordenarnos que se lo digamos.

—Ja. Sí.

Livueta también quería aprender a trabajar los metales, pero su padre se negó a permitirlo porque no consideraba que fuera adecuado para una dama. Livueta insistió. Su padre no quiso acceder. Livueta lloró y gritó, y acabaron llegando al compromiso de que podría estudiar carpintería.

Los chicos forjaron cuchillos y espadas, Darckense hizo cacharros de fango y Livueta los muebles para una casita de verano que se encontraba en uno de los bosques de la propiedad. Fue en esa casita de verano donde Cheradenine descubrió…

* * *

No, no, no, no quería pensar en eso, muchas gracias. Sabía lo que vendría a continuación.

Maldición, prefería pensar en ese otro momento horrible, el día en que cogieron el rifle de la armería…

No, la verdad es que no quería pensar en nada. Intentó dejar de pensar golpeándose la cabeza contra el suelo, alzando los ojos hacia el azul del cielo y golpeándose la cabeza una y otra vez contra aquellas pálidas rocas escamosas que se extendían debajo de él allí donde había apartado las bolitas de guano, pero el dolor resultaba excesivo, las rocas se limitaban a ceder hundiéndose en la blandura del suelo y de todas formas estaba tan débil que incluso una mosca mínimamente decidida habría podido con él, así que acabó dejándolo.

¿Dónde estaba?

Ah, sí, el cráter, el volcán inundado…, estamos en un cráter; un viejo cráter de un viejo volcán que lleva mucho tiempo apagado y lleno de agua, y en el centro del cráter había una islita y él estaba en esa islita, y contemplaba las paredes del cráter que se alzaban alrededor de la islita, y era un hombre, no un niño, y era un hombre afable y encantador y se estaba muriendo en la islita y…

—¿Gritar? —murmuró.

El cielo le contempló con expresión dubitativa.

Era azul.

* * *

Fue Elethiomel quien tuvo la idea de coger el rifle. La armería no estaba cerrada con llave, pero se encontraba vigilada. Los adultos siempre parecían preocupados y con muchas cosas que hacer, y habían hablado de enviar a los niños lejos de allí. El verano había terminado y aún no habían ido a la ciudad. Estaban empezando a aburrirse.

—Podríamos escaparnos.

Estaban caminando por un sendero cubierto de hojas caídas que serpenteaba a través de la propiedad. Elethiomel había hablado en voz muy baja. Ahora ni tan siquiera podían dar un paseo sin ir acompañados por algunos centinelas. Los hombres se mantenían a treinta pasos por delante de ellos y a veinte por detrás. ¿Cómo podías jugar con tantos centinelas alrededor? Si se quedaban cerca de la casa se les permitía ir sin centinelas, pero eso resultaba todavía más aburrido.

—No digas bobadas —replicó Livueta.

—No es ninguna bobada —dijo Darckense—. Podríamos ir a la ciudad. Sería divertido.

—Sí —dijo Cheradenine—. Tienes razón. Sería divertido.

—Y ¿por qué queréis ir a la ciudad? —preguntó Livueta—. Podría…, podría resultar peligroso.

—Porque esto es muy aburrido —dijo Darckense.

—Sí, lo es —dijo Cheradenine.

—Podríamos coger un bote y escapar en él —dijo Cheradenine.

—Ni tan siquiera haría falta que remáramos o nos preocupáramos del timón —dijo Elethiomel—. Basta con que nos dejemos llevar por la corriente y acabaremos llegando a la ciudad.

—Yo no iré a la ciudad —dijo Livueta mientras pateaba un montón de hojas.

—Oh, Livvy… —dijo Darckense—. No seas aguafiestas. Ven con nosotros. Tenemos que hacer las cosas juntos.

—Yo no iré a la ciudad —repitió Livueta.

Elethiomel apretó los labios y le atizó una terrible patada a un enorme montón de hojas haciéndolas saltar por los aires con un ruido tan fuerte como el de una explosión. Dos de los centinelas que les precedían giraron rápidamente sobre sí mismos, se relajaron y volvieron a apartar la mirada.

—Tenemos que hacer algo —dijo.

Clavó los ojos en los centinelas que caminaban delante de ellos admirando los enormes rifles automáticos que se les permitía utilizar. Nunca le habían dado permiso para tocar un arma de verdad. Tenía que conformarse con pistolitas de balines y carabinas ligeras.

Cogió al vuelo una hoja que pasaba junto a su rostro.

—Hojas… —Se la puso delante de los ojos y la hizo girar entre los dedos—. Los árboles son terriblemente estúpidos —dijo mirando a los demás.

—Pues claro —dijo Livueta—. No tienen nervios ni cerebro, ¿verdad?

—No me refería a eso —replicó él estrujando la hoja en su mano—. Lo que quiero decir es que… Bueno, que son una estupidez. Todo este desperdicio cada otoño… Un árbol que conservara sus hojas no tendría que perder el tiempo haciendo que volvieran a crecerle. Crecería hasta ser más alto que cualquier otro árbol, y acabaría convirtiéndose en el rey de todos los árboles.

—¡Pero las hojas son muy hermosas! —exclamó Darckense.

Elethiomel meneó la cabeza e intercambió una mirada algo despectiva con Cheradenine.

—¡Chicas! —dijo en tono burlón, y se rió.

* * *

Había olvidado cuál era la otra palabra cuyo significado era idéntico al de la palabra «cráter». Había otra palabra aparte de cráter o, más precisamente, había una palabra que se usaba para referirse a un cráter volcánico de gran tamaño; estaba totalmente seguro de que había otra palabra, la dejé aquí mismo hace un momento y algún bastardo me la ha robado, maldito bastardo…, si consiguiera encontrarla yo…, la dejé aquí mismo hace un momento y ahora…

¿Dónde estaba el volcán?

El volcán estaba en una gran isla de un mar interior en alguna parte.

Contempló las distantes cimas de las paredes del cráter que le rodeaban e intentó recordar dónde se encontraba esa «alguna parte». Mover la cabeza hizo que sintiera una punzada de dolor en el hombro allí donde uno de los ladrones le había clavado su cuchillo. Al principio trató de proteger la herida asustando a las nubes de moscas, pero estaba casi seguro de que ya habían depositado sus huevos en ella.

(No muy cerca del corazón; por lo menos seguía llevándola allí dentro, y la podredumbre necesitaría algún tiempo para extenderse tanto. La muerte llegaría antes de que la progenie de las moscas hubiera logrado abrirse paso llegando hasta ella y su corazón.)

Pero, ¿por qué no? Adelante, gusanitos, sed mis invitados. Comed hasta reventar. Lo más probable es que cuando aparezcáis ya lleve algún tiempo muerto, y eso os ahorrará el dolor y los tormentos que sufriríais cuando intentara librarme de vosotros rascándome con las uñas hasta sangrar… Gusanitos queridos, pobres y encantadores gusanitos. (Pobrecito yo, que soy el que acabará devorado…) Se quedó inmóvil y pensó en la pequeña charca alrededor de la que orbitaba tan inexorablemente como una roca capturada por la gravedad. La charca se hallaba en el fondo de una depresión de pequeño tamaño, y tenía la impresión de que llevaba una eternidad intentando alejarse de aquellas aguas pestilentes, el barro viscoso, las moscas que se apelotonaban a su alrededor y la mierda de ave sobre la que se veía obligado a deslizarse… Y no lo conseguía. Fuera por la razón que fuese siempre parecía acabar volviendo al punto de partida, pero no paraba de pensar en ello.

La charca tenía muy poca profundidad y el fondo rocoso. El agua contenía grandes cantidades de barro, y apestaba. El pequeño estanque era una visión horrible y repulsiva que se había ido hinchando hasta dejar atrás sus límites normales gracias a los vómitos y la sangre que había ido derramando dentro de él. Lo único que deseaba era marcharse de allí, interponer la máxima distancia posible entre él y la charca… Cuando estuviera lo bastante lejos ordenaría una incursión de bombarderos pesados para que acabara con ella.

Reanudó el lento arrastrarse alrededor de la charca desplazando las bolitas de guano y los insectos ocultos entre ellas y fue dirigiéndose hacia el lago para acabar regresando a su posición original. Se quedó inmóvil y clavó los ojos en la charca y la roca.

¿Qué había estado haciendo?

Había estado ayudando a los nativos, como de costumbre. Les había asesorado y dado los mejores consejos posibles, al principio manteniendo controlados a los lunáticos y calmando los ánimos y luego poniéndose al frente de un pequeño ejército; pero los nativos dieron por sentado que les traicionaría y que acabaría utilizando el ejército al que había entrenado como base sobre la que construir una estructura de poder personal. La víspera de su victoria, la mismísima hora en que asaltaron el Santuario… Ése fue el momento que escogieron para liquidarle.

Le llevaron a la sala de calderas y le desnudaron; logró escapar, pero los soldados ya habían empezado a bajar por la escalera y tuvo que echar a correr. Se vio obligado a ir hacia el río, y acabaron acorralándole. El impacto de la zambullida estuvo a punto de hacerle perder el conocimiento. Las comentes se apoderaron de él y su cuerpo giró lenta y perezosamente sobre sí mismo. Despertó por la mañana debajo de la armazón que cubría un cabestrante en una de las enormes barcazas usadas para desplazarse por el río. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. Vio un cabo que colgaba junto a la popa, y supuso que habría trepado por él. Seguía teniendo un terrible dolor de cabeza.

Cogió la ropa colgada de una cuerda que se estaba secando detrás de la garita del timón, pero le vieron. Saltó por la borda con la ropa en la mano y nadó hasta la orilla. La persecución no había cesado, y no le quedó más remedio que seguir alejándose de la ciudad y el Santuario, los únicos lugares donde la Cultura podía buscarle. Pasó horas intentando dar con una forma de ponerse en contacto con ellos.

Los ladrones le atacaron cuando la montura que había robado estaba bordeando un cráter volcánico lleno de agua. Le golpearon, le violaron, le cortaron los tendones de las piernas y le arrojaron a las pestilentes aguas amarillentas del cráter. Intentó alejarse a nado usando sólo sus brazos —las piernas flotaban como dos apéndices inútiles detrás de él—, mientras se retorcía para esquivar las piedras que le arrojaban los ladrones.

Sabía que una de aquellas rocas acabaría aceitándole más tarde o más temprano, por lo que intentó utilizar una parte del maravilloso adiestramiento que le había proporcionado la Cultura. Hiperventiló sus pulmones lo más deprisa posible y se sumergió. Sólo tuvo que esperar un par de segundos. Una roca de gran tamaño cayó al agua chocando con la hilera de burbujas que había dejado al sumergirse. Se agarró a la roca como si fuera una amante en cuanto descendió hacia él y dejó que le hundiera en las oscuras profundidades del lago desconectando sus sentidos para sumirse en el trance que le habían enseñado. Su último pensamiento fue que el trance quizá no funcionara y que podía no volver a despertar nunca, pero no le importó demasiado.

Antes de sumergirse había grabado en su mente la cifra «diez» y la palabra «minutos». Despertó envuelto en una oscuridad impenetrable; recordó lo ocurrido y sacó los brazos de debajo de la roca. Movió las piernas intentando llegar a la luz, pero no sucedió nada. Utilizó los brazos y la superficie acabó acogiéndole después de un período de tiempo indeterminado. El aire jamás había tenido un sabor tan delicioso.

Las paredes del cráter eran muy lisas. La islita rocosa era el único sitio al que podía llegar nadando. Las aves emprendieron el vuelo lanzando chillidos estridentes cuando llegó a la orilla chapoteando ruidosamente.

«Bueno —pensó mientras reptaba sobre las rocas abriéndose paso por entre el guano—, al menos no han sido los sacerdotes… Si hubieran sido ellos ahora sí que me encontraría en una situación realmente apurada.»

Los calambres llegaron unos minutos después infiltrándose en cada articulación y quemándole por dentro como si estuviera lleno de ácido, y deseó haberse encontrado con los sacerdotes.

Tenía que hacer algo para que su mente olvidara el dolor, y siguió hablando consigo mismo. Se dijo que la Cultura vendría a buscarle con una nave maravillosa que descendería del cielo, y que en cuanto estuviera a bordo de ella todo iría bien.

Estaba seguro de que vendrían a buscarle. Le encontrarían, le curarían y estaría a salvo, oh, sí, no correría ningún peligro y cuidarían muy bien de él y quedaría libre del dolor, volvería a su paraíso y sería como…, como volver a la infancia; como volver a estar en el jardín. Pero la parte más maliciosa y suspicaz de su mente se empeñaba en recordarle que a veces hasta los jardines eran peligrosos, y que en ellos también podían ocurrir cosas malas.

* * *

Darckense convenció al centinela de la armería para que fuera con ella por el pasillo hasta doblar la esquina y la ayudara a abrir una puerta atascada. Cheradenine entró sigilosamente en la habitación y cogió el rifle automático guiándose por la descripción que le había dado Elethiomel. Salió de la armería con el rifle oculto debajo de una capa y oyó a Darckense dándole las gracias efusivamente al centinela. Se encontraron en el guardarropa del salón posterior para murmurar con voces emocionadas envueltos en el reconfortante olor de la ropa mojada y la cera para suelos, y se pasaron el arma del uno al otro para sostenerla y acariciarla. El rifle automático pesaba mucho.

—¡Sólo has traído un cargador!

—No vi ninguno más.

—Dios, Zak, debes de estar ciego… Bueno, supongo que tendremos que conformarnos con eso.

—Aj… Está pringosa —dijo Darckense.

—Es aceite —le explicó Cheradenine—. Sirve para impedir que se oxide.

—¿Dónde se supone que vamos a esconderla? —preguntó Livueta.

—La dejaremos aquí y volveremos después de cenar —dijo Elethiomel quitándole el arma a Darckense—. Hoy tenemos que estudiar con Narizotas, y siempre se queda dormido enseguida. Mamá y papá estarán muy ocupados atendiendo a ese coronel. Podemos salir de la casa, llegar al bosque sin que nos vean y disparar el arma allí.

—Claro, y probablemente nos matarán —dijo Livueta—. Los centinelas pensarán que somos un grupo de terroristas.

Elethiomel meneó la cabeza pacientemente.

—Livvy, eres tonta. —Alzó el arma y la apuntó con ella—. Tiene un silenciador. Qué creías que era esa cosa, ¿eh?

—Ah —dijo Livueta mientras apartaba a un lado el cañón del arma—. ¿Y tiene seguro?

Elethiomel puso cara de duda, aunque la mueca sólo duró una fracción de segundo.

—Claro —dijo en voz alta. Se encogió sobre sí mismo y volvió la cabeza hacia la puerta cerrada que daba al salón—. Clareo —murmuró—. Vamos. La dejaremos aquí y volveremos por ella cuando hayamos logrado librarnos de Narizotas.

—No puedes dejarla aquí —dijo Livueta.

—Te apuesto lo que quieras a que sí puedo.

—Esa cosa apesta —dijo Livueta—. El aceite huele mucho. Se darán cuenta de que está aquí en cuanto entren. ¿Y si papá decide ir a dar un paseo?

Elethiomel pareció preocupado. Livueta pasó junto a él y abrió una ventanita.

—¿Y si la escondemos en el barco de piedra? —sugirió Cheradenine—. Nadie va allí durante esta época del año.

Elethiomel pensó en lo que acababa de decir. Después cogió la capa que Cheradenine había utilizado para esconder el rifle y lo envolvió en ella.

—De acuerdo. Toma, escóndelo.

* * *

Seguía sin haber retrocedido lo suficiente, o quizá no había logrado avanzar todo lo que quería, no estaba seguro. El lugar correcto…, eso era lo que estaba buscando. El lugar correcto… La situación era muy importante, y en aquel tipo de situaciones el lugar lo era todo. Por ejemplo, esta roca…

—Por ejemplo tú, roca —dijo.

Entrecerró los ojos y la contempló en silencio.

Ah, sí, aquí tenemos esta fea roca más o menos plana que se conforma con permanecer inmóvil y no hacer nada limitándose a ser amoral y aburrida, y la roca se alza como una isla en el centro de esta charca de aguas contaminadas. La charca es un laguito minúsculo en una pequeña isla y la isla se encuentra dentro de un cráter inundado. El cráter es un cráter volcánico, y el volcán forma parte de una isla que se halla en un gran mar interior. El mar interior es como un lago gigante en un continente y el continente es como una isla perdida en los mares del planeta. El planeta es como una isla en el mar de espacio que contiene el sistema, y el sistema flota dentro del grupo de sistemas, que es como una isla en el mar de la galaxia, que es como una isla en el archipiélago de su macizo local, que es una isla dentro del universo, y el universo es una isla que flota en el mar de espacio formado por los Continuos, y éstos flotan como islas en la Realidad, y…

Pero había un factor común presente en toda la cadena de los Continuos, el Universo, el Macizo Local, la Galaxia, el Grupo de Sistemas, el Sistema, el Planeta, el Continente, la Isla, el Lago, la Isla…, y ese factor común era que la roca siempre estaba allí. ¡Y eso quería decir que la ROCA, ESA JODIDA Y HORRENDA ROCA QUE TENÍA DELANTE, ERA EL CENTRO DEL UNIVERSO Y DE LOS CONTINUOS Y DE TODA LA REALIDAD!

La palabra era caldera. El lago estaba dentro de una caldera volcánica inundada. Alzó la cabeza, contempló las inmóviles aguas amarillentas que se alejaban hacia los riscos del cráter y creyó ver un barco de piedra.

—Grita —dijo.

—Vete a la mierda —oyó que replicaba el cielo, no muy convencido.

* * *

El cielo estaba lleno de nubes y el anochecer había llegado más pronto de lo acostumbrado. Narizotas había necesitado más tiempo del habitual para quedarse dormido detrás de su escritorio, y casi decidieron dejarlo todo para mañana, pero pensaron que no podrían esperar tanto tiempo. Salieron sigilosamente de la habitación, procuraron adoptar expresiones lo más normales posible conteniendo el deseo de correr y caminaron hasta el salón de la parte de atrás para coger sus botas y las chaquetas.

—¿Ves? —murmuró Livueta—. Incluso con la ventana abierta huele un poco a aceite.

—Yo no huelo nada —mintió Elethiomel.

Las salas para banquetes donde el coronel y su séquito estaban siendo agasajados aquella noche daban a los parques que había junto a la fachada principal de la casa, y el lago con el barco de piedra quedaba detrás de ellos.

—Vamos a dar un paseo por el lago, sargento —le explicó Cheradenine al centinela que les dio el alto en el sendero de gravilla que llevaba hasta el barco de piedra.

El sargento asintió y les dijo que se dieran prisa porque no tardaría en anochecer.

Llegaron al barco y encontraron el rifle allí donde Cheradenine lo había escondido, debajo de un banco de piedra que había en la cubierta superior.

Elethiomel levantó el rifle de las losas que formaban la cubierta y el arma chocó con un canto del banco.

Hubo un chasquido metálico y el cargador se desprendió del rifle. Después oyeron el ruido de un alambre soltándose, y las balas repiquetearon sobre las losas.

—¡Idiota! —dijo Cheradenine.

—¡Cállate!

—Oh, no… —dijo Livueta.

Se inclinó y empezó a recoger las balas.

—Volvamos —murmuró Darckense—. Estoy asustada.

—No te preocupes —dijo Cheradenine dándole unas palmaditas en la mano—. Ven, ayúdanos a buscar las balas.

Parecieron necesitar una eternidad para encontrar las balas, limpiarlas y volver a meterlas dentro del cargador, y aun así todos pensaron que probablemente faltaban algunas. Cuando hubieron conseguido colocar el cargador en su sitio ya casi había anochecido del todo.

—Está demasiado oscuro —dijo Livueta.

Se hallaban agazapados junto a la balaustrada contemplando las aguas del lago y la casa que se alzaba al otro lado. Elethiomel sostenía el rifle en sus manos.

—¡No! —dijo—. Aún podemos ver.

—No, no se ve lo suficientemente bien para disparar —replicó Cheradenine.

—Dejémoslo para mañana —sugirió Livueta.

—No tardarán en darse cuenta de que no hemos vuelto —murmuró Cheradenine—. ¡No tenemos tiempo!

—¡No! —dijo Elethiomel.

Sus ojos no se apartaban del centinela que caminaba lentamente por el sendero. Livueta volvió la cabeza en esa dirección. El centinela era el sargento que les había dado el alto.

—¡Te estás comportando como un idiota! —dijo Cheradenine.

Alargó una mano para coger el arma. Elethiomel la apartó.

—Es mía. ¡No la toques!

—¡No es tuya! —siseó Cheradenine—. Es nuestra. ¡Pertenece a nuestra familia, no a la tuya!

Puso las dos manos sobre el arma. Elethiomel tiró de ella.

—¡Basta! —dijo Darckense con un hilo de voz.

—No seáis tan… —empezó a decir Livueta.

Volvió la cabeza hacia el final del parapeto. Le parecía haber oído un ruido que venía de allí.

—¡Dámela!

—¡Suelta!

—Por favor, estaros quietos, por favor, por favor. Volvamos a la casa, por favor…

Livueta no les oyó. Estaba muy quieta, tenía la boca seca y no apartaba los ojos de lo que había al otro lado del parapeto de piedra. Un hombre vestido de negro acababa de coger el rifle que el sargento había dejado caer al suelo. El sargento yacía sobre la gravilla. Algo metálico brilló en la mano del hombre vestido de negro reflejando las luces de la casa. El hombre sacó el fláccido cuerpo del sargento del sendero de gravilla y lo echó al lago.

Livueta apenas podía respirar. Se escondió detrás del parapeto y movió las manos frenéticamente intentando llamar la atención de los dos chicos.

—Ba… —dijo.

Los chicos seguían luchando por el rifle.

—Ba…

—¡Es mío!

—¡Suelta!

—¡Basta! —siseó, y les golpeó en la cabeza. Los dos alzaron los ojos hacia ella—. Alguien acaba de matar al sargento.

—¿Qué?

Los dos chicos miraron por encima del parapeto. Elethiomel seguía sosteniendo el arma.

Darckense se hizo un ovillo y empezó a llorar.

—¿Dónde?

—Allí. ¡Eso que hay en el agua es su cuerpo!

—Oh, claro —murmuró Elethiomel—. Y ¿quién…?

Los tres vieron la silueta negra que avanzaba hacia la casa manteniéndose entre las sombras de los arbustos que bordeaban el sendero. Un instante después una docena de hombres empezaron a moverse a lo largo del lago caminando sin hacer ningún ruido sobre la angosta tira de césped. Sus cuerpos eran manchones de oscuridad apenas visibles sobre la gravilla.

—¡Terroristas! —exclamó Elethiomel.

Los tres volvieron a ocultarse detrás del parapeto. Darckense seguía llorando.

—Avisa a la casa —dijo Livueta—. Dispara el rifle.

—Quita el silenciador —dijo Cheradenine.

Elethiomel luchó con el grueso tubo metálico en que terminaba el cañón.

—¡Se ha atascado!

—¡Déjame probar!

Los tres lo intentaron.

—Bueno, es igual —dijo Cheradenine—. Dispara.

—¡Sí! —murmuró Elethiomel. Alzó el arma y la sopesó—. ¡Sí! —dijo.

Se arrodilló, apoyó el arma sobre el parapeto de piedra y tomó puntería.

—Ten cuidado —dijo Livueta.

Elethiomel apuntó a los hombres vestidos de negro que se movían por el sendero en dirección a la casa y tiró del gatillo.

El arma pareció estallar. Toda la cubierta del barco de piedra quedó iluminada. El ruido fue tremendo. Elethiomel fue arrojado hacia atrás mientras el arma seguía disparando balas trazadoras que se perdían en el cielo nocturno. Su espalda chocó con el banco. Darckense chilló con toda la fuerza de sus pulmones y se levantó de un salto un segundo antes de que se empezaran a oír disparos cerca de la casa.

—¡Darkle, agáchate! —gritó Livueta.

Finos haces luminosos chisporrotearon y bailaron sobre el barco de piedra.

Darckense siguió gritando sin moverse durante unos momentos y echó a correr hacia la escalera. Elethiomel meneó la cabeza y alzó los ojos cuando pasó corriendo junto a él. Livueta trató de agarrarla por una pierna, pero no lo consiguió. Cheradenine intentó hacerla caer al suelo.

Los haces luminosos descendieron un poco e hicieron saltar trocitos de roca envueltos en nubéculas de polvo de las superficies de piedra que les rodeaban. Darckense llegó a las escaleras sin dejar de gritar ni un solo instante.

La bala le entró por la cadera. El tiroteo y los gritos de Darckense no impidieron que los tres oyeran con toda claridad el sonido del impacto.

Él también resultó herido, aunque por aquel entonces no tenía ni idea de cuál había sido el arma responsable de su herida.

El ataque a la casa fue rechazado y Darckense sobrevivió. Estuvo a punto de morir a causa de la conmoción y la pérdida de sangre, pero sobrevivió. Los mejores cirujanos del país lucharon por reconstruir su pelvis. El proyectil la había destrozado convirtiéndola en una docena de fragmentos principales y un centenar de astillas diminutas.

Los trocitos de hueso se esparcieron por todo su cuerpo. Encontraron fragmentos en sus piernas, en un brazo y en sus órganos internos, e incluso encontraron uno en su mentón. Los cirujanos del ejército estaban acostumbrados a tratar ese tipo de heridas, y disponían del tiempo (la guerra aún no había empezado) y los incentivos (el padre de Darckense era un hombre muy importante) necesarios para hacer una labor lo más concienzuda posible con ella, pero aun así y suponiendo que todo fuese bien en el futuro Darckense tendría considerables dificultades para caminar hasta que hubiese terminado de crecer.

Uno de los trocitos de hueso no se conformó con viajar por el cuerpo de Darckense y entró en el suyo alojándose justo encima del corazón.

Los cirujanos del ejército dijeron que la operación sería demasiado peligrosa y afirmaron que su cuerpo acabaría rechazando el trocito de hueso por sí solo.

Pero su cuerpo decidió no rechazarlo.

* * *

Volvió a arrastrarse alrededor de las aguas pestilentes.

¡Caldera! Sí, ésa era la palabra.

(Ese tipo de señales eran muy importantes, y había logrado encontrar la que estaba buscando.)

«Victoria», se dijo mientras se incorporaba apartando unas cuantas bolitas de guano y pedía disculpas a los insectos. Había llegado a la conclusión de que todo se arreglaría. Lo sabía, y también sabía que al final siempre acabas ganando y que incluso cuando pierdes no llegas a enterarte de que has sido derrotado porque la vida no era más que un combate interminable, y de todas formas estaba en el centro exacto de aquel ridículo volcán, y la palabra era Caldera, y la palabra era Zakalwe, y la palabra era Staberinde, y…

* * *

Fueron a buscarle. Bajaron del cielo en su maravillosa nave y se lo llevaron de allí y le curaron…

—Nunca aprenderán —oyó que decía el cielo, y el suspiro llegó con toda claridad a sus oídos.

—Jódete —dijo él.

* * *

Años después Cheradenine volvió a la casa después de haber terminado sus estudios en la academia militar. Preguntó por Darckense a un jardinero que hablaba en monosílabos y fue enviado en una dirección determinada. Atravesó el bosque y caminó sobre la blanda alfombra de hojas que llevaba hasta la puerta de la casita de verano.

Oyó un grito en el interior y reconoció la voz de Darckense.

Subió corriendo los peldaños, desenfundó su pistola y abrió la puerta de un puntapié.

El rostro perplejo y algo asustado de Darckense giró hacia él para contemplarle por encima del hombro. Sus manos estaban alrededor del cuello de Elethiomel. Elethiomel siguió inmóvil con los pantalones a la altura de los tobillos y las manos sobre las caderas desnudas de Darckense —los pliegues de su vestido se hinchaban sobre ellas—, y le miró sin perder la calma.

Elethiomel estaba sentado en la sillita que Livueta había construido hacía ya muchos años durante sus clases de carpintería.

—Hola, viejo amigo —dijo mirando fijamente al joven que parecía haberse olvidado de la pistola que sostenía entre los dedos.

Cheradenine clavó la mirada en los ojos de Elethiomel durante un momento, giró sobre sí mismo, guardó la pistola en la funda y la cerró. Salió de la casita de verano cerrando la puerta detrás de él sin hacer ningún ruido.

Antes de alejarse oyó el llanto de Darckense y la risa de Elethiomel.

* * *

La isla en el centro de la caldera había recuperado su silencio habitual. Unas cuantas aves alzaron el vuelo y se posaron encima de ella.

La presencia del hombre había alterado a la isla. Ahora parecía tener impreso un sencillo pictograma en blanco sobre negro que ocupaba toda la depresión central, un círculo dibujado por el sendero de excrementos negros amontonados para dejar al descubierto la blancura de la roca, con un rabillo de una longitud cuidadosamente calculada inclinándose hacia un lado (el otro extremo apuntaba hacia la roca, que servía como punto central).

Era el signo convencional para pedir socorro utilizado en aquel planeta, y sólo se podía ver desde una aeronave o desde el espacio.

* * *

Ya habían pasado algunos años desde la escena en la casita de verano. Una noche en que los bosques ardían y el mundo vibraba con el lejano retumbar de la artillería un joven mayor del ejército subió de un salto a uno de los tanques que se encontraban bajo su mando y ordenó al conductor que atravesara el bosque siguiendo el camino que serpenteaba entre aquellos troncos venerables.

Dejaron atrás el cascarón semidestrozado de la mansión reconquistada y el rojo de los incendios que iluminaba aquel interior que había sido tan espléndido en el pasado (las llamas se reflejaban sobre las aguas del lago ornamental y bailaban junto a los restos de un barco de piedra).

El tanque se abrió paso a través del bosque aplastando arbolillos y destruyendo los puentecitos que cruzaban los arroyos.

Vio el claro con la casita a través de los árboles. La parpadeante claridad blanca que la iluminaba parecía casi ultraterrena, como si procediera del mismísimo Dios.

Llegaron al claro. Un obús-estrella había caído del cielo y el paracaídas había quedado atrapado en las ramas de los árboles. El proyectil silbaba y chisporroteaba emitiendo una luz blanca y pura de gran potencia que revelaba el claro y todo lo que había en él.

La luz permitía ver la sillita de madera dentro de la casa de verano. El cañón del tanque apuntaba al pequeño edificio.

—¿Señor? —preguntó el comandante del tanque contemplándole con cierta preocupación desde la escotilla que tenía debajo.

El mayor Zakalwe bajó los ojos hacia él.

—Fuego —ordenó.

8

La primera nevada del año iba cubriendo las pendientes más altas de la ciudad. Los copos de nieve bajaban flotando del cielo entre gris y marrón y se acumulaban sobre las calles y los edificios haciendo pensar en una sábana arrojada encima de un cadáver.

Estaba cenando solo en una mesa muy grande. La pantalla que había colocado en el centro de la habitación mostraba las imágenes de unos prisioneros liberados en otro planeta. Las puertas del balcón estaban abiertas y dejaban entrar versiones en miniatura de la nevada que caía sobre la ciudad. La elegante alfombra de la habitación estaba cubierta de una escarcha blanquecina allí donde la nieve había logrado sedimentarse, y de manchas oscuras en los lugares donde el calor de la estancia había logrado fundirla volviendo a convertirla en agua. La ciudad era una masa de sombras y contornos grises entrevistos en la oscuridad. Las luces trazaban líneas y remolinos debilitados por la distancia y los torbellinos de nieve.

La oscuridad llegó como una gigantesca bandera negra agitada sobre el desfiladero, atrajo hacia sí los tonos grises de los límites de la ciudad y cuando los hubo incorporado a su masa realzó las manchitas de las luces que ardían en las calles y los edificios como si quisiera recompensarlas por su persistencia.

El silencio de la pantalla se unió al silencio con que caían los copos. La luz proyectó un sendero sobre el caos silencioso de la nevada que caía en el exterior. El hombre se levantó. Cerró las puertas y los postigos y después corrió las cortinas.

* * *

El día siguiente amaneció muy soleado y la ciudad se podía divisar con toda la nitidez que permitía la gran curva del desfiladero. Los edificios y las líneas de las carreteras y los acueductos resaltaban con tanta claridad como si acabaran de ser dibujadas, y los rayos de sol daban un nuevo brillo incluso a la piedra gris más descolorida. La nieve cubría la mitad superior de la ciudad; por debajo de ella la temperatura siempre alcanzaba niveles superiores y la nieve había caído en forma de lluvia. La claridad y limpidez del nuevo día también quedaban puestas de relieve allí. El hombre volvió la cabeza hacia la ventanilla y contempló el panorama. Cada detalle era un placer para la vista. Fue contando los arcos y los vehículos, y siguió los contornos del agua, los caminos y las vías a través de todas sus circunvoluciones y escondites. Inspeccionó cada reflejo del sol, entrecerró los ojos ante cada ave convertida en un puntito que giraba por los cielos y ni los cristales oscuros de sus gafas impidieron que se fijara en cada ventana rota.

El vehículo era el más largo y esbelto de todos los que había adquirido o alquilado hasta la fecha. Tenía capacidad para ocho pasajeros y poseía un motor rotatorio tan enorme como poco eficiente conectado a ambos ejes. El chófer había recibido orden de bajar la capota. El hombre se relajó en el asiento de atrás y se dedicó a disfrutar la caricia del aire fresco en su rostro.

El pendiente-terminal emitió un zumbido.

—¿Zakalwe?

—¿Sí, Diziet? —respondió.

Pensó que si hablaba en un tono de voz lo bastante bajo el rugido del viento impediría que el chófer oyera su conversación, pero aun así decidió subir el cristal que podía interponerse entre la cabina y el compartimento de los pasajeros.

—Hola. Bien… Hay un ligero retraso en la transmisión, pero casi no se nota. ¿Qué tal va todo?

—Aún no hay nada nuevo. Me hago llamar Staberinde y estoy causando sensación. Soy propietario de las Líneas Aéreas Staberinde, hay una calle Staberinde, unos Grandes Almacenes Staberinde, unos Ferrocarriles Staberinde, una emisora Staberinde…, incluso hay un crucero de lujo llamado Staberinde. He gastado el dinero como si fuese hidrógeno y me ha bastado una semana para edificar un imperio comercial que muchas personas no conseguirían crear en toda una vida. Soy una de las personas de las que más se habla en todo el planeta, puede que incluso en todo el sistema…

—Sí. Pero, Cher…

—Esta mañana he tenido que salir del hotel por un túnel de servicio que lleva a un anexo. El patio estaba atestado de periodistas. —Lanzó una rápida mirada por encima de su hombro—. Es increíble, pero parece que he conseguido despistar a los sabuesos…

—Sí, Che…

—Maldición, hasta es probable que todas estas locuras estén retrasando el estallido de la guerra. La gente prefiere esperar a ver en qué nueva extravagancia se me ocurrirá gastar el dinero a pelear.

—Zakalwe, Zakalwe… —dijo Sma—. Estupendo, soberbio, pero… ¿qué esperas conseguir con todo eso?

Suspiró y volvió la cabeza hacia los edificios medio en ruinas que desfilaban velozmente junto al vehículo. El extremo superior de los riscos no estaba muy lejos.

—Se supone que servirá para que el nombre de Staberinde aparezca con tal frecuencia en todos los medios de comunicación que hasta un recluso dedicado al estudio de viejos documentos polvorientos acabará oyéndolo.

—¿Y?

—Y Beychae y yo usamos una estratagema en la guerra. La bautizamos «estrategia Staberinde», pero era un secreto entre nosotros dos, ¿comprendes? Estrictamente entre nosotros dos… Ese nombre significa algo para Beychae porque yo le expliqué su…, su origen. Si oye esa palabra tendrá que preguntarse qué está ocurriendo.

—Parece una teoría magnífica, Cheradenine, pero de momento no ha funcionado, ¿verdad?

—No. —Suspiró y frunció el ceño—. Oye, ese sitio en el que se encuentra… Tienen acceso a las noticias, ¿verdad? ¿Estás segura de que no es un prisionero?

—Hay un acceso a los medios de comunicación, pero no es directo. Lo tienen muy bien protegido, y ni tan siquiera nosotros podemos averiguar lo que está ocurriendo ahí dentro. Ah, y estamos seguros de que no se encuentra prisionero.

Pensó en silencio durante unos momentos antes de seguir hablando con Sma.

—¿Qué tal anda la situación prebélica?

—Bueno, el conflicto a gran escala sigue pareciendo inevitable, pero el tiempo probable para que estalle se ha incrementado en un par de días y ahora está calculado en de ocho a diez días después de que se produzca un acontecimiento-gatillo lo bastante viable. Así que… Parece que de momento podemos seguir siendo moderadamente optimistas.

—Hmmm. —Se frotó el mentón y contempló las aguas heladas de un acueducto situado a cincuenta metros por debajo del nudo viario—. Bueno —dijo—, voy a la universidad y desayunaré con el decano. Estoy preparando la Beca Staberinde, la Sociedad Académica Staberinde y la Cátedra Staberinde, y puede que acabe decidiendo crear el Colegio Mayor Staberinde. Quizá debería hablarle de esas importantísimas tablillas de cera…

—Sí, me parece buena idea —dijo Sma después de un breve silencio.

—De acuerdo. Supongo que no tienen ninguna relación con esos viejos documentos en los que Beychae ha decidido enterrar su nariz, ¿verdad?

—No —dijo Sma—, pero las tablillas deben encontrarse en el mismo sitio donde está trabajando. Supongo que podrías pedir que te dejaran echar un vistazo a su sistema de seguridad, o decir que quieres ver dónde las guardan sin que sospechen nada.

—Muy bien, le hablaré de las tablillas.

—Asegúrate de que no tiene problemas de corazón antes de sacar a relucir el tema.

—Lo haré, Diziet.

—Una cosa más… Esa pareja por la que preguntaste, la que fue a tu fiesta callejera…

—Sí.

—Pertenecen a la Gobernación. Es el término que utilizan para referirse a la clase de grandes accionistas locales que dan órdenes a los directivos de las corporaciones…

—Sí, Diziet, me acuerdo de ese término.

—Bueno, pues esos dos viven en Solotol y su palabra es ley. Tenemos la seguridad de que los directivos seguirán casi al pie de la letra todas sus sugerencias en lo que concierna a Beychae, y eso quiere decir que el gobierno hará lo mismo. Ah, naturalmente su posición hace que a efectos prácticos se encuentren por encima de la ley… No te metas con ellos, Cheradenine.

—¿Quién, yo? —preguntó él en su tono de voz más inocente.

Sonrió y sintió la fría y seca caricia del viento en su rostro.

—Sí, tú. Eso es todo desde aquí. Espero que tengas un desayuno agradable.

—Adiós —dijo él, y cortó la transmisión.

La ciudad seguía deslizándose al otro lado de las ventanillas. Los neumáticos del vehículo giraban sobre la oscura superficie de la calzada creando una mezcla de siseo y chirrido. Subió un poco la calefacción para no tener frío en los pies.

Aquella parte de la carretera que iba por debajo de los riscos estaba muy poco concurrida. El chófer redujo la velocidad al ver un cartel y unas luces que se encendían y apagaban delante de ellos y apenas consiguió obedecer a tiempo las instrucciones de los carteles indicando un desvío y una ruta de emergencia que había detrás. El vehículo patinó, se internó por una rampa y acabó en una calzada de cemento flanqueada por muros muy altos que la convertían en una especie de canal.

Llegaron a una explanada situada a considerable altura por encima de la cual sólo se veía cielo. Las líneas rojas que indicaban el desvío se perdían al final de la explanada. El chófer redujo la velocidad, se encogió de hombros y volvió a dar gas. La protuberancia de cemento hizo que el morro del vehículo saltara hacia arriba ocultando lo que había más allá.

Cuando el chófer vio lo que había al otro lado de la pequeña colina de cemento lanzó un grito de miedo e intentó frenar mientras hacía girar el volante. El vehículo se inclinó hacia adelante, las ruedas entraron en contacto con el hielo y empezaron a patinar.

La sacudida le había hecho oscilar en el asiento y la brusca desaparición del paisaje le había irritado un poco. Alzó la cabeza hacia el chófer y se preguntó qué estaba ocurriendo.

Alguien les había engañado para que salieran de la carretera y se metieran en uno de los conductos que evacuaban el agua de las tormentas. La carretera poseía sistemas de calefacción y no se helaba nunca, pero la superficie del conducto estaba cubierta por una lámina de hielo. Habían entrado en él por una de las varias docenas de orificios esparcidos que formaban un semicírculo cerca del borde. El conducto propiamente dicho llevaba a las profundidades de la ciudad, medía más de un kilómetro de longitud y estaba cruzado a intervalos irregulares por puentes y viaductos.

El vehículo se había desviado un poco cuando el chófer lo hizo avanzar por encima del promontorio de cemento que protegía el orificio y ahora estaba empezando a resbalar de lado con las ruedas girando a toda velocidad y el motor rugiendo, cayendo cada vez más deprisa por la pared del conducto que se extendía bajo ellos.

El chófer hizo un nuevo intento de frenar, trató de poner la marcha atrás y acabó intentando llevar el vehículo hacia los lados del conducto, pero la velocidad del descenso no paraba de aumentar y la capa de hielo apenas ofrecía asideros. Cada irregularidad de la superficie hacía que las ruedas y el chasis del vehículo vibraran ruidosamente. El aire silbaba junto a ellos y los neumáticos acusaban la velocidad del descenso lateral chirriando quejumbrosamente.

Clavó los ojos en las paredes del conducto que desfilaban junto a él a una velocidad casi ridícula. El vehículo seguía girando lentamente sobre sí mismo mientras bajaba. El chófer chilló al ver que se dirigían hacia el inmenso soporte de un puente. La parte trasera del vehículo chocó con el soporte y todo el chasis saltó unos centímetros por los aires al estrellarse con el pilar de cemento. Los fragmentos de metal saltaron a su alrededor o se incrustaron en el hielo y empezaron a deslizarse rápidamente detrás de ellos. El vehículo estaba girando más deprisa, pero ahora en dirección opuesta.

Puentes, desagües tributarios, viaductos, edificios, acueductos e inmensas cañerías… Había toda una gama de estructuras alzándose sobre el conducto, y todas pasaron como el rayo por encima del vehículo que seguía girando y dejándolas atrás envuelto en los rayos del sol. Unas cuantas caras les contemplaron con expresiones de asombro desde parapetos o ventanas abiertas.

Miró hacia adelante y vio que el chófer intentaba abrir la portezuela.

—¡Eh! —gritó mientras intentaba detenerle.

El vehículo siguió deslizándose sobre las irregularidades del hielo envuelto en un estrépito ensordecedor. El chófer saltó.

Se arrojó sobre el asiento delantero y sus dedos rozaron los tobillos del chófer, pero no consiguieron agarrarlos. Aterrizó encima de los pedales, puso las manos sobre las palancas y controles y se instaló en el asiento. Los giros del vehículo se iban haciendo más rápidos y el metal chimaba y gruñía cada vez que chocaba con las protuberancias y rejillas incrustadas en la pendiente. Tuvo un fugaz atisbo de una rueda y trocitos de adornos metálicos rebotando de un lado a otro detrás del vehículo. Otro impacto con un soporte de cemento que le hizo vibrar los dientes arrancó todo un eje que salió volando por los aires y estalló contra una de las patas de hierro que sostenían un edificio, creando un surtidor de ladrillos machacados, cristales y metal destrozado que se dispersó en todas direcciones como si fuera metralla.

Puso las manos sobre el volante y lo hizo girar de un lado a otro, pero el vehículo siguió precipitándose por el conducto. Había pensado mantener el morro apuntado hacia adelante hasta que el lento incremento de temperatura que se producía a medida que se bajaba por el desfiladero convirtiese la cuesta de hielo en una superficie fangosa, pero si el volante estaba inutilizado quizá fuera mejor saltar sin esperar ni un segundo más.

El volante giró a tal velocidad que le quemó las manos. Los neumáticos chirriaron y la brusca sacudida le arrojó hacia adelante. Su nariz chocó con el salpicadero. «Creo que eso era un trozo sin hielo», pensó. Miró hacia adelante y vio que se acercaba al punto en que la capa dejaba de ser una superficie más o menos uniforme e iba quedando confinada a las sombras de los edificios.

El vehículo casi se había enderezado. Volvió a coger el volante y pisó el freno con todas sus fuerzas, pero no pareció servir de nada. Intentó poner la marcha atrás. La caja de cambios emitió un chirrido ensordecedor que le hizo torcer el gesto, y las salvajes oscilaciones del pedal se transmitieron a su pie. El volante volvió a cobrar vida y la conservó unos segundos más que la otra vez. La sacudida volvió a arrojarle hacia adelante. Había conseguido no soltar el volante, e intentó no hacer caso de la sangre que brotaba de sus fosas nasales.

El mundo se había convertido en un rugido continuo. El viento, los neumáticos y el vehículo rugían. El rápido aumento de la presión atmosférica hizo que sintiera un sordo palpitar en los oídos. Miró hacia adelante y vio hierbajos verdes sobre el cemento.

—¡Mierda! —gritó.

Estaba acercándose a otro promontorio. Comprendió que aún no había llegado al fondo y que tenía por delante un nuevo tramo de conducto.

Recordó que el chófer había dicho algo sobre unas herramientas guardadas dentro del primer grupo de asientos para pasajeros. Lo echó hacia atrás y cogió la herramienta más grande que encontró, abrió la portezuela de un manotazo y saltó.

Chocó con el cemento y estuvo a punto de perder la herramienta. El vehículo empezó a patinar delante de él, se salió del último retazo de hielo y fue hacia la extensión de hierbajos y maleza. Las ruedas que le quedaban crearon surtidores de espuma. Rodó sobre sí mismo hasta quedar de espaldas y sintió el roce de la espuma en su rostro mientras seguía deslizándose por la pendiente cubierta de maleza. Agarró la herramienta con las dos manos, la deslizó entre su pecho y la parte superior de un brazo y la dirigió hacia el cemento que había debajo del agua y la maleza.

El metal vibró entre sus dedos.

El promontorio venía hacia él. Apretó con más fuerza. El extremo de la herramienta se hundió en la superficie llena de asperezas haciendo temblar todo su cuerpo y nublándole la vista. Una de sus axilas estaba empezando a acumular una bola de hierbajos arrancados que crecía a toda velocidad, y pensó que los hierbajos parecían un mechón de vello mutante.

El morro del vehículo chocó con el promontorio. Pudo ver como salía disparado por los aires y desaparecía dando vueltas sobre sí mismo. El impacto con el promontorio casi le hizo perder la herramienta. Se puso en pie y logró reducir un poco la velocidad de su descenso, pero no lo suficiente. El promontorio quedó atrás. Las gafas oscuras se desprendieron de su rostro, y tuvo que contener el impulso irracional de intentar agarrarlas al vuelo.

El conducto continuaba durante medio kilómetro más. El techo del vehículo chocó con la pendiente de cemento y los fragmentos metálicos desprendidos por el impacto siguieron bajando hacia el río que había en el fondo de la gran V del desfiladero. La caja de cambios y el eje restante se separaron del chasis y acabaron chocando con unas cañerías que cruzaban el conducto. Las cañerías se rompi