/ Language: Español / Genre:thriller

Compañera Silenciosa

Jonathan Kellerman

Un día en una fiesta, el psicólogo infantil Alex Delaware se reencuentra con un viejo amor, Sharon Ransom. Ella solicita su ayuda, pero Alex, demasiado embebido en sus propios asuntos sentimentales, no le hace caso. Dos días más tarde, Sharon se suicida. Alex no puede dejar de sentirse responsable de la desesperada decisión de Sharon. Y en parte por ello, en parte por resolver los enigmas de aquella relación -la mayoría creados por la oscura personalidad de Sharon- el psicólogo se embarca en una investigación en la que el dinero, el azar de los genes y un pasado trágico configuran el escenario de una prolongada orgía de sexo, dominio y manipulación psicológica al servicio de los menos nobles impulsos del ser humano.

Jonathan Kellerman

Compañera Silenciosa

Título original: SILENT PARTNER

Traducción cedida por Ultramar Editores, S. A., Barcelona

Éste se lo dedico a Bob Elias

Si los ricos pudiesen contratar a un pobre

para que muriese por ellos,

los pobres podrían vivir muy bien.

Dicho Yiddish.

Gracias especiales a

Steve Rubin, Beverly Lewis,

Stuart Vener,

David Aftergood y Al Katz.

1

Siempre he odiado las fiestas y, en circunstancias normales, jamás hubiera asistido a una en sábado.

Pero mi vida era un desastre. Había relajado mis pautas de conducta. Y me había metido de lleno en una pesadilla.

El jueves por la mañana yo era el buen doctor, sólo preocupado por mis pacientes, decidido a no dejar que mi propia basura se interpusiese en el camino de mi trabajo.

No le quitaba ojo al chico.

No había llegado aún a la parte en que les arrancaba las cabezas a los muñecos. Contemplé cómo tomaba de nuevo los coches de juguete y los lanzaba el uno contra el otro, en inevitable colisión.

– ¡Uto!

La reverberante concusión de metal contra metal bloqueó el gemido de la cámara de vídeo, antes de morir. El niño lanzó los coches a un lado, como si le quemasen los dedos. Uno de ellos dio una voltereta y quedó balanceándose sobre el techo, como si fuera una tortuga atrapada. Lo empujó con un dedo, luego me miró, como pidiéndome permiso.

Le hice un gesto de asentimiento con la cabeza y él agarró los coches de un tirón. Dándoles la vuelta entre sus dedos, examinó los brillantes bajos, giró las ruedas, simuló el sonido de los motores revolucionándose.

– Bruum, bruum. ¡Uto!

De un poco más de dos años, grandote y robusto para su edad, con ese tipo de coordinación fluida que predecía un héroe atlético. Cabellos rubios, facciones regordetas, ojos color uva pasa, que me hacían pensar en los muñecos de nieve, un puñado de pecas ámbar sobre la nariz y unos gruesos carrillos.

Un niño a lo Norman Rockwell: la clase de hijo del que estaría orgulloso cualquier padre con sangre estadounidense en las venas.

Claro que la sangre de su padre sólo era ya una mancha color óxido, en la raya de separación central, en algún punto a lo largo de la autopista de Ventura.

– ¡Bruum, Uto!

En seis sesiones, esto era lo más cerca a hablar a lo que había llegado… Me interrogué al respecto, me interrogué acerca de una cierta vidriosidad que había en sus ojos.

La segunda colisión fue súbita y más estrepitosa. Su concentración era intensa. Pronto pasaría a coger los muñecos.

Desde su silla en el rincón, la madre alzó la vista. Durante los últimos diez minutos había estado leyendo la misma página de un libro de bolsillo titulado: ¡Al éxito por la fuerza de voluntad! Cualquier pretensión de despreocupación era totalmente desmentida por su lenguaje corporal: estaba sentada muy tiesa al borde de la silla; se rascaba la cabeza, tiraba de su largo cabello oscuro como si fuese lana que se carda, o bien lo iba enroscando y desenroscando con sus dedos. Uno de sus pies marcaba un ininterrumpido ritmo de cuatro por cuatro, mandando oleadas de tensión que subían hacia arriba, por una pierna pálida, sin media, hasta desaparecer bajo el borde de su vestido estival.

La tercera colisión la sobresaltó. Bajó el libro y me miró, parpadeando con fuerza. Era casi hermosa, de ese tipo de mujeres que florece justo al final del bachillerato, y luego se marchita con rapidez. Le sonreí. Ella bajó la vista con gesto brusco, y la hundió en el libro.

– ¡Uto! -gruñó el niño, tomando un auto en cada mano y golpeándolos uno con otro como si fueran unos platillos, y soltándolos al impacto. Se deslizaron sobre la moqueta, en direcciones distintas. Respirando trabajosamente, el crío los siguió con andar tambaleante.

– ¡Uto! -los cogió y los tiró de nuevo con fuerza-. ¡Bruum! ¡Uto!

Repitió esta rutina varias veces, luego, bruscamente, lanzó los coches a un lado y empezó a inspeccionar la habitación con miradas hambrientas y furtivas. Buscando los muñecos, a pesar de que yo siempre los dejaba en el mismo lugar.

¿Un problema de memoria, o un simple rechazo a recordar? Con estas edades, lo único que uno podía hacer era suponer.

Que era justamente lo que yo le había dicho a Mal Worthy, cuando éste me había descrito el caso y pedido que lo atendiese.

– No vas a conseguir pruebas concluyentes.

– Ni siquiera lo voy a intentar, Alex. Sólo te pido que me des algo con lo que pueda trabajar.

– ¿Y qué hay de la madre?

– Como cabría esperar, un desastre.

– ¿Quién está trabajando con ella?

– Nadie por el momento, Alex. Traté de conseguir que fuera a ver a alguien, pero se negó. De modo que, si mientras haces tu trabajo con Darren se te escapa algo de terapia hacia Mamá, no seré yo quien presente objeciones. ¡Dios sabe que la necesita… Mira que pasarle algo así a una persona de su edad!

– Pero dime, para empezar, ¿cómo te viste metido en un caso de lesiones?

– Es un caso típico de segundo matrimonio. El padre trabajaba para mí, como hombre para todo. Yo me ocupé de su divorcio como un favor. Ella era la otra mujer, y me recordaba con cariño. En realidad, me ocupaba de muchos casos como éstos cuando empecé. Me siento bien al volver a ello. Pero dime, ¿cómo te sientes al trabajar con un niño tan pequeño?

– Los he tenido más pequeños. ¿Cómo se expresa?

– Si habla, yo no lo he oído. Ella afirma que, antes del accidente, estaba empezando a juntar algunas palabras, pero no me da la impresión de que sus padres ya hubiesen empezado a ahorrar para pagarle los estudios en la Cal Tech. Si pudieses probar que ha sufrido una pérdida en el Cociente de Inteligencia, yo podría convertir eso en dólares, Alex.

– Mal…

Rió, al otro lado de la línea telefónica.

– Lo sé, lo sé. Mi querido Señor… no, perdóname, querido Doctor Puro: ¡Dios me libre de atreverme a…!

– Me alegra tener noticias tuyas, Mal. Haz que me llame la madre, para concertar una cita.

– ¡… intentar influenciar indebidamente a un testigo experto! Sin embargo, mientras estés analizando la situación, puedes tratar de imaginar lo que va a ser el futuro para esa mujer: criando un bebé ella sola, sin contar con estudios ni profesión, sin tener dinero. Viviendo con esos recuerdos. Tengo fotos del accidente…, casi me hicieron vomitar la comida. En este caso hay algunos bolsillos muy hondos, Alex. Y vale la pena meter la mano en ellos.

– ¡Ñeco! -Había encontrado los muñecos. Tres hombres, una mujer, un niño. Pequeños, de plástico blando y sonrosados, de rostros comunes y facciones inexpresivas, con los cuerpos con todos sus detalles anatómicos y miembros de quita y pon. Junto a ellos otro par de autos, mayores que los dos de antes, uno rojo, otro azul. En el asiento trasero del azul había sido colocada una sillita de bebé en miniatura.

Me levanté y ajusté la cámara de vídeo para que estuviera enfocada hacia la mesa, y luego me senté en el suelo, a su lado.

Tomó los coches y colocó los muñecos, siguiendo una secuencia habitual: un hombre conduciendo, otro junto a él, la mujer tras el conductor, el bebé en su sillita. El coche rojo estaba vacío. Sobre la mesa quedaba un muñeco.

Aleteó con los brazos y se tiró de la nariz. Alejando el coche azul tanto cuanto le daba el brazo, apartó la vista de él.

Yo le di una palmadita en el hombro.

– Sin problemas, Darren.

Inspiró, espiró sonoramente, tomó el coche rojo y colocó ambos vehículos en el suelo, a medio metro de distancia el uno del otro, frente por frente. Volviendo a inspirar profundamente, hinchó las mejillas y lanzó un alarido, luego los hizo chocar con todas sus fuerzas.

El pasajero masculino y la mujer salieron volando y cayeron en la moqueta. El niño muñeco se quedó agarrado por el arnés, cabeza abajo.

Quien tenía prendada su atención era el muñeco conductor… que estaba tendido en el asiento delantero, no habiendo saltado por haberse quedado prendido de un pie al volante. Resoplando, el niño forcejeó para soltarlo. Tiró de él y lo retorció, comenzó a gruñir por la frustración, pero finalmente logró liberarlo. Lo mantuvo en alto, apartado de su cuerpo, examinó su rostro de plástico, y le arrancó la cabeza de un tirón. Luego, la colocó junto al bebé.

Oí un jadeo sobresaltado al otro lado de la habitación y me volví. Denise Burkhalter volvió a esconderse tras de su libro.

Sin darse cuenta de la reacción de su madre, el chico dejó caer el cuerpo descabezado, tomó la muñeca, la abrazó y la volvió a dejar. Luego volvió a los muñecos: el conductor decapitado y el pasajero del asiento delantero. Alzándolos por encima de su cabeza, los lanzó contra la pared, los vio golpearse contra ella y luego caer.

Miró al niño, boca abajo en su sillita, y tomó la cabeza que había colocado a su lado. Tras hacerla rodar por su palma, la tiró a un lado.

Dio un paso hacia el muñeco que no había tocado, el conductor del otro coche, dio otro paso, se quedó quieto, y luego se echó atrás.

La habitación estaba en silencio, si exceptuamos el zumbido de la cámara. Giró una página. Él se quedó quieto unos momentos, luego se sumergió en un estallido de hiperactividad tan brutal, que electrificó la habitación.

Lanzando risitas, se acunó de atrás hacia adelante, se retorció las manos y las hizo ondear en el aire, mientras escupía y balbuceaba. Corrió de un lado a otro de la habitación, dando patadas a las estanterías de libros, las sillas, la mesa, arrastrando los pies por los zócalos, arañando las paredes y dejando pequeñas manchas grasientas en el yeso. Su risa fue creciendo de tono, hasta dejar paso a una tos como un ladrido, para acabar en un estallido de llantos. Tirándose al suelo, tuvo un rato de rabieta, luego se encogió en la posición fetal y se quedó así, chupándose el pulgar.

Su madre siguió tras el libro.

Fui hasta él y lo alcé entre mis brazos.

Su cuerpo estaba en tensión y se mordía con fuerza el pulgar. Lo mantuve en mi regazo, le dije que todo iba bien, que era un buen chico. Sus ojos se abrieron por un instante luego se cerraron. Un aliento dulce de leche, mezclado con el olor, no desagradable, de sudor de bebé.

– ¿Quieres ir con Mami?

Un somnoliento gesto, asintiendo.

Ella aún no se había movido. Le dije:

– Denise. -Nada. Repetí su nombre.

Metió el libro en su bolso, se colgó éste del hombro, se alzó y cogió al niño.

Salimos de la biblioteca y caminamos hacia la parte delantera de la casa. Para cuando llegamos a la entrada, el bebé estaba durmiendo. Abrí la puerta y la mantuve abierta. Entró un soplo de aire frío. Era un suave estío que amenazaba con calentarse. De la distancia nos llegó el sonido de un cortacéspedes motorizado.

– ¿Hay alguna pregunta que quiera hacerme, Denise?

– No.

– ¿Cómo ha dormido el niño esta semana?

– Igual.

– ¿Seis o siete pesadillas?

– Más o menos. No las he contado… ¿tengo que seguir contándolas?

– Me ayudaría el saber lo que está pasando.

No hubo respuesta.

– La parte legal de la evaluación ya acabó, Denise. Tengo suficiente información para el señor Worthy. Pero Darren sigue luchando con lo sucedido…, lo que es absolutamente normal, después de lo que le ha pasado.

No hubo respuesta.

– Ya ha recorrido un largo camino -le dije-, pero todavía no ha sido capaz de interpretar el papel del… otro conductor. Todavía quedan en él mucho miedo y mucha rabia…, lo que también es muy normal. Le ayudaría el poder expresarlos. Me gustaría seguir viéndolo un poco más.

Ella miró al techo.

– Esos muñecos… -dijo.

– Lo sé. Es duro mirarlo.

Ella se mordió el labio.

– Pero a Darren le es de mucha ayuda, Denise. La próxima vez podemos intentarlo, quedándose usted esperando fuera. Él ya está preparado para eso.

– El venir aquí… está tan lejos… -dijo ella.

– ¿Mucho tráfico?

– Infernal.

– ¿Cuánto tiempo le ha llevado?

– Hora y tres cuartos.

Desde Tujunga a Beverly Glen. Un viaje de cuarenta y cinco minutos por autopista…, si uno se atrevía a ir por la autopista.

– ¿Las calles laterales estaban embotelladas?

– Ajá. Y para subir aquí el camino hace muchas curvas.

– Lo sé. A veces, cuando tengo que…

De repente, ella empezó a retroceder:

– ¿Por qué se aísla de este modo, viviendo aquí? Si quiere ayudar a la gente… ¿por qué se lo pone tan difícil a los demás?

Aguardé un momento, antes de contestarle:

– Sé que ha sido duro, Denise. Si prefiere que lo visite donde el señor Worthy…

– ¡Oh, olvídelo! -y ya estaba en la puerta.

La miré llevar a su hijo a lo ancho de la terraza y escaleras abajo. El peso del niño la hacía tambalearse. Su aire de desamparo me hacía sentir ganas de correr a ayudarla. Pero, en lugar de hacerlo, me quedé allí de pie y la contemplé luchar con el peso. Finalmente llegó al coche de alquiler, y se esforzó en abrir la puerta trasera con una mano. Inclinándose mucho consiguió meter el inerte cuerpo de Darren en el asiento del auto. Cerró la puerta de golpe, dio la vuelta para ir al sitio del conductor y abrió la puerta delantera.

Metió la llave en el encendido, bajó la cabeza hasta el volante y la dejó descansar allí. Y se quedó así sentada durante un rato, antes de conectar el motor.

De regreso a la biblioteca apagué la cámara de vídeo, saqué la casete, la etiqueté, y comencé mi informe, trabajando con lentitud, con mayor precisión de la ya habitual en mí.

Tratando de retrasar lo inevitable.

Varias horas más tarde la maldita tarea estaba terminada: acabado ya mi papel de auxiliador, de nuevo era alguien que, a su vez, necesitaba auxilio. Y me fui sumergiendo en una estupefacción, imparable como la marea que sube.

Sopesé la idea de llamar a Robin, y me decidí en contra. A nuestra última conversación se le podía llamar cualquier cosa menos triunfal… palabras educadas, mientras te mordías la lengua, que finalmente eran saboteadas por las cargas de profundidad del dolor y la ira.

– … libertad, espacio… pensé que eso ya lo habíamos dejado atrás.

– Bueno, yo nunca he dejado atrás la libertad, Alex.

– Ya sabes lo que quiero decir…

– No, realmente no lo sé.

– Simplemente, estoy tratando de descubrir qué es lo que quieres, Robin.

– Te lo he explicado una y otra vez. ¿Qué más te puedo decir?

– Si lo que deseas es espacio, ahora has puesto más de trescientos kilómetros entre ambos. ¿Te sientes más realizada?

– No se trata de realizarme.

– Entonces ¿de qué se trata?

– Vale ya, Alex. Para, por favor.

– ¿Parar? ¿De qué…, de tratar de solucionar esto?

– Para de tratar de comerme el coco. Suenas demasiado hostil.

– ¿Y cómo se supone que debo sonar, cuando una semana se ha alargado a un mes? ¿Dónde está el punto final?

– Me… me gustaría poderte contestar a eso, Alex.

– Maravilloso…, un cuelgue eterno. ¿Y cuál fue mi gran pecado? ¿El profundizar demasiado en nuestra relación? De acuerdo, puedo cambiar eso. Créeme…, puedo ser tan frío como el hielo. Mientras estudiaba mi carrera aprendí a distanciarme de los sujetos. Pero, si me echo atrás, diez a uno que me acusas de indiferencia masculina.

– ¡Basta ya, Alex! Me he pasado toda la noche despierta con Aaron. Justo en este momento no puedo copar con esto.

– ¿Copar con qué?

– Con todas tus palabras. Vienen contra mí como si fueran balas.

– ¿Y cómo se supone que vamos a poder arreglar algo sin usar palabras?

– No vamos a arreglar nada justo ahora, así que dejémoslo por el momento. Adiós.

– Robin…

– Dime adiós, Alex. Por favor, no quiero tener que colgarte el teléfono.

– Entonces, no lo hagas.

Silencio.

– Adiós, Robin.

– Adiós, Alex. Aún te amo.

Los hijos del zapatero van descalzos.

El comecocos se ahoga con sus propias palabras.

El desánimo se fue acumulando y me dio en la cara con toda su fuerza.

Me hubiera ayudado el tener alguien con quien hablar. Mi lista de confidentes era jodidamente corta.

Robin ocupaba el primer lugar.

Luego estaba Milo.

Milo se encontraba de vacaciones con Rick, de pesca por las Sierras. Pero, aunque su hombro hubiera estado disponible, no hubiera llorado en él.

A lo largo de los años, nuestra amistad había tomado un cierto ritmo: hablábamos de asesinatos y otras locuras, mientras nos tomábamos unas cervezas con algo para picar, y discutíamos sobre la condición humana, con el aplomo de un par de antropólogos observando una colonia de babuinos en libertad.

Cuando el montón de los horrores se hacía ya demasiado alto, Milo se cagaba en todo, y yo le escuchaba. Cuando estaba a punto de salirse de sus casillas, yo le ayudaba a volverle a ellas.

El polizonte tristón y el comecocos que le secaba las lágrimas. No estaba preparado para invertir los papeles.

Toda una semana de correo se había amontonado en la mesa del comedor. Yo había evitado abrirlo, temiendo las caricias superficiales de los mensajes publicitarios, los cupones de pedido de artículos inútiles y los planes ofreciendo supuestos modos para ser feliz con facilidad. Pero, justo en este momento, lo que necesitaba era el tener mi mente ocupada con menudencias, libre de los peligros de la introspección.

Llevé todo el montón a mi dormitorio, coloqué una papelera al lado de la cama, me senté, y comencé la selección. Debajo de todo el montón había un sobre color ante. En papel grueso de lino, con un remite de Holmby Hills, en letras plateadas en relieve, en la parte de atrás del sobre.

Mucho lujo. Alguna promoción de ventas de las caras. Di la vuelta al sobre, esperando ver la habitual etiqueta de destinatario hecha por ordenador, y vi mi nombre y dirección, impreso con una extravagante caligrafía plateada. Alguien se había tomado el trabajo de hacer las cosas bien.

Comprobé el matasellos… de hacía diez días. Abrí el sobre y saqué una tarjeta de invitación, también de color ante, bordeada en plata, con más caligrafía en ella:

QUERIDO DOCTOR DELAWARE,

QUEDA USTED CORDIALMENTE INVITADO A REUNIRSE

CON DISTINGUIDOS ALUMNOS Y MIEMBROS DE LA

COMUNIDAD UNIVERSITARIA, EN UN COCTEL AL AIRE LIBRE

Y RECEPCIÓN. EN HONOR DEL

DOCTOR PAUL PETER KRUSE,

CATEDRÁTICO DE PSICOLOGÍA Y DESARROLLO HUMANO,

DONACIÓN BLALOCK

CON MOTIVO DE SU NOMBRAMIENTO COMO

PRESIDENTE DEL DEPARTAMENTO DE PSICOLOGÍA

EL SÁBADO, 13 DE JUNIO DE 1987, A LAS CUATRO DE LA TARDE

SKYLARK

LA MAR ROAD

LOS ÁNGELES, CALIFORNIA 90077

S.R.C., EL DEPARTAMENTO DE PSICOLOGÍA

Kruse Presidente. Un cargo con donación, la más alta recompensa para una profesionalidad intelectual excepcional.

No tenía el menor sentido; aquel hombre era cualquier cosa menos un intelectual. Y, aunque habían pasado ya muchos años desde la última vez que yo había tenido algo que ver con él, no había razón alguna para creer que hubiera cambiado, para convertirse en un ser humano decente.

En aquellos tiempos, él había sido uno de esos tipos que dan consejos en las páginas de la prensa, y el niño mimado del circuito de las conferencias, armado como estaba con el exigido consultorio en Beverly Hills y un repertorio de lugares comunes, revestidos de jerga pseudocientífica.

Su columna había aparecido mensualmente en una de esas revistas para mujeres que se venden en los supermercados…, el tipo de basura impresa que publica artículos acerca de la última dieta milagrosa fulminante, seguida, en la página posterior, por recetas de tarta de chocolate con licor, y combina exhortaciones a «sea usted mismo» con tests de capacidad sexual pensados para que todo el mundo que los rellene acabe sintiéndose impotente.

Catedrático con donación. Sólo había llevado a cabo una especie de intentona de investigación…, algo que tenía que ver con la sexualidad humana, y que jamás había producido el más mínimo dato.

Pero no se había esperado de él que fuese académicamente productivo, porque no había sido un miembro, propiamente dicho, de la Facultad, sino un simple asociado clínico. Uno más de las docenas de profesionales que ejercían la Psicología, y que buscaban tener un tufillo académico a través de una asociación con la Universidad.

Los asociados daban, ocasionalmente, clases como invitados sobre sus especialidades (en el caso de Kruse, se había tratado de la hipnosis y de una forma manipuladora de la psicoterapia que él denominaba Dinámica de la Comunicación), y servían como terapeutas y supervisores de los estudiantes graduados de Psicología Clínica. Una formidable simbiosis, que liberaba a los catedráticos «de verdad» para llevar a cabo sus peticiones de donaciones y sus reuniones de comité, al tiempo que servía para facilitar a esos asociados permisos de aparcamiento en la zona de profesores, billetes preferentes para los partidos de fútbol americano del equipo universitario, y entrada en el Club de la Facultad.

De eso a Catedrático con una donación de Blalock. ¡Increíble!

Pensé en la última vez que había visto a Kruse… hacía unos dos años. Nos habíamos cruzado casualmente en el campus, y los dos habíamos fingido no ver al otro.

Él andaba camino del edificio de Psicología, ataviado con un traje a medida, de paño inglés, con parches de cuero en los codos, pipa humeante, una estudiante a cada brazo. Soltándoles algo muy profundo a las chicas, mientras les metía mano como el que no quiere la cosa.

Volví a mirar esa caligrafía en plata. Cóctel a las cuatro. ¡Ahora, demos todos un viva al jefe!

Probablemente tendría algo que ver con un enchufe conseguido en Holmby Hills, pero aun así el nombramiento desafiaba toda comprensión.

Comprobé la fecha de la fiesta… era dentro de dos días… y luego volví a leer la dirección al pie de la invitación.

Skylark. Alondra… Los muy ricos bautizaban a sus casas, como si fueran hijos.

La Mar Road, sin número. Traducción: toda la calle es nuestra, so pobretones.

Me imaginé la escena: cochazos, tragos aguados y un exhibicionismo anonadante, pavoneándose por sobre el césped color verde dólar.

No era la idea que yo tenía sobre cómo pasar un rato divertido. Lancé la invitación a la papelera y me olvidé de Kruse. Y también de mi etapa académica.

Pero no iba a ser por mucho tiempo.

2

Dormí mal y me desperté, el viernes, con el sol. Sin ningún paciente en agenda, me hundí en trabajos rutinarios: mandar por mensajero el vídeo de Darren a Mal, acabar otros informes, hacer cheques para pagar facturas y mandarlos por correo, alimentar a los koi y retirar con la redecilla las porquerías que había en su estanque, limpiar la casa hasta que reluciera. Todo eso me llevó hasta el mediodía y me dejó el resto del día libre para chapotear en mi desgracia.

No tenía hambre, así que probé a correr, pero no podía quitarme la constricción que sentía en el pecho, así que lo dejé antes de hacer un par de kilómetros. De vuelta en casa, me tragué una cerveza con tanta rapidez, que me provocó dolor en el diafragma, continué con otra y luego me llevé un paquete de seis a la alcoba. Me senté, en ropa interior, y contemplé pasar las imágenes por el televisor. Seriales: gente de aspecto perfecto sufriendo. Concursos: gente con aspecto perfecto, portándose como subnormales.

Mi mente comenzó a vagar. Contemplé el teléfono, tendí la mano hacia el receptor. La retiré.

Los hijos del zapatero…

Al principio pensé que el problema tenía algo que ver con los negocios…, con el abandonar la dura y mal compensada vida del artesano por el mundo de la alta tecnología.

Una multinacional musical de Tokio le había propuesto a Robin el adaptar varios de sus diseños de guitarra como prototipos para la producción en masa. Ella tenía que establecer las especificaciones y un ejército de robots cibernéticos haría el resto.

La llevaron en la primera clase de un vuelo a Tokio, le dieron una suite en el Hotel Okura, la atiborraron de sushi y de sake, la mandaron de vuelta a casa cargada de exquisitos regalos, resmas de contratos impresos en papel de arroz, y promesas de un lucrativo trabajo como consultora.

A pesar de esta maravillosa forma de tratar de convencerla, ella les dio calabazas, sin explicar nunca el porqué, aunque yo sospechaba que tenía algo que ver con sus raíces. Ella había sido criada como la hija única de un ebanista implacablemente perfeccionista, que adoraba el trabajo manual bien hecho, y de una ex cabaretera, que se había amargado la vida al tener que ganársela imitando a Betty Crocker, y que no adoraba nada. La hijita de su papá, había empleado las manos para hallarle un sentido al mundo. Había soportado los estudios hasta que su padre hubo muerto, y luego le había dado el mejor epitafio abandonándolos y dedicándose a crear muebles de artesanía. Finalmente, había hallado su rinconcito ideal en el mundo, como fabricante de guitarras: tallando, diseñando y realizando guitarras y mandolinas hechas por encargo.

Fuimos amantes durante dos años, antes de que ella aceptase venirse a vivir conmigo. E incluso entonces mantuvo su estudio en Venice. Tras regresar del Japón comenzó a escaparse allí, más y más. Cuando le pregunté el motivo, me contestó que tenía trabajo atrasado que recuperar.

Acepté su explicación: nunca habíamos pasado tanto tiempo juntos. Los dos éramos muy cabezotas, y habíamos luchado muy duro por conseguir nuestra independencia, moviéndonos en distintos mundos, entrando ocasionalmente en el del otro…, a veces parecía que al azar…, en apasionada colisión.

Pero las colisiones se fueron haciendo menos y menos frecuentes. Ella empezó a pasar noches en su estudio, justificándolo por la fatiga, rechazando mis ofertas de ir a recogerla para llevarla en coche a casa. Y yo estaba entonces lo suficientemente ocupado como para poder evitar pensar en ello.

Me había retirado de la práctica de la Psicología Infantil a la edad de treinta y tres años, después de recibir una sobredosis de miserias humanas, y había vivido confortablemente de las inversiones que había hecho en propiedades en el Sur de California. Al cabo, comencé a notar en falta mi trabajo clínico, pero continué negándome a aceptar el enredo de la psicoterapia a largo plazo. Me enfrenté al dilema a base de limitarme a las consultas forenses que me remitían abogados y jueces: evaluaciones para propuestas de libertad provisional, casos de trauma en los que intervenían niños, un caso criminal reciente que me había enseñado mucho acerca de la génesis de la locura…

Trabajo a corto plazo, con ninguna o muy poca continuidad. El lado quirúrgico de la psico. Pero ya era suficiente como para hacerme sentir de vuelta en la profesión.

Un bajón de trabajo, tras la Pascua, me dejó con mucho tiempo libre… tiempo que pasar solo. Y comencé a darme cuenta de lo muy lejos que habíamos derivado el uno del otro Robin y yo; y me pregunté si habría pasado algo por alto. Esperando que la cura fuese espontánea, aguardé a que ella regresase. Y, cuando no lo hizo, decidí acorralarla.

A ella le resbalaron mis preocupaciones, recordó súbitamente algo que se había olvidado en el estudio y, antes de que pudiera darme cuenta, había desaparecido. Tras esto, aún la vi menos. Las llamadas a Venice sólo servían para poner en marcha su contestador. Las visitas sin previo aviso eran enloquecedoramente insatisfactorias: habitualmente estaba rodeada por músicos de ojos tristones, abrazados a maltrechos instrumentos y cantando un tipo de blues u otro. Cuando la atrapaba a solas, usaba el rugido de las sierras eléctricas y los tornos, o el siseo de su pistola de pintar, para ahogar toda discusión.

Yo rechinaba de dientes, me echaba atrás, me decía a mí mismo que fuese paciente. Y me adapté creándome yo mismo una pesada carga de trabajo. Durante toda la primavera me dediqué a las evaluaciones, a escribir informes y a testificar, como un poseso. Comía con abogados, me quedaba atrapado en embotellamientos del tráfico. Ganaba montones de dinero y no tenía a nadie en quien gastarlo.

A medida que se fue acercando el verano, Robin y yo nos habíamos convertido en educados desconocidos. Aquello tenía que estallar por alguna parte. Y, a principios de mayo, sucedió.

Fue en una mañana de domingo, rica en esperanzas. Ella había venido a casa, a última hora de la tarde del sábado, para recoger algunos bocetos, y había acabado pasando la noche conmigo, haciéndome el amor con una determinación de llevar a cabo un trabajo bien hecho que me aterraba, pero que me parecía mejor que nada.

Cuando me desperté, tendí el brazo al otro lado de la cama, para tocarla, y palpé únicamente el percal. Se filtraban sonidos desde la sala de estar. Salté de la cama y la encontré vestida, con el bolso colgando del hombro, dirigiéndose a la puerta de la calle.

– Buenos días, nena.

– Buenos días, Alex.

– ¿Te marchas?

Asintió con la cabeza.

– ¿Qué prisa tienes?

– Muchas cosas que hacer.

– ¿En domingo?

– Domingo, lunes, poco importa. -Colocó la mano en el tirador de la puerta-. He hecho zumo… hay una jarra en la nevera.

Fui hasta ella, puse mi mano en su muñeca.

– Quédate un poco más.

Ella se soltó.

– De veras que tengo que irme.

– Vamos, date un respiro.

– No necesito un respiro, Alex.

– Al menos quédate un rato y hablemos.

– ¿De qué?

– De nosotros.

– No hay nada de que hablar.

Su apatía era forzada, pero de todos modos aquello colmó el vaso. Y muchos meses de frustración fueron comprimidos en unos pocos momentos de incendiario soliloquio:

Ella era una egoísta. Estaba obsesionada en sí misma. ¿Cómo se creía que se sentía uno, al tener que vivir como un ermitaño? ¿Qué había hecho yo para merecer un tal trato?

Luego siguió una lista muy completa de todas mis virtudes, de cada servicio que, desprendidamente, yo había llevado a cabo por ella, desde el día en que nos habíamos conocido.

Cuando hube terminado, ella dejó el bolso y se sentó en el sofá.

– Tienes razón. Necesitamos hablar.

Se puso a mirar por la ventana.

Le dije:

– Te estoy escuchando.

– Estoy tratando de ordenar mis pensamientos. Tu trabajo son las palabras, Alex. No puedo competir contigo en ese campo.

– Nadie necesita competir con nadie. Simplemente, háblame: dime lo que tienes en mente.

Ella agitó la cabeza.

– No sé cómo decir esto sin resultar dañina.

– No te preocupes por eso. Limítate a soltar lo que llevas dentro.

– Lo que usted diga, Señor Doctor. -Y luego-: Lo siento, es que me resulta muy difícil.

Esperé.

Apretó los puños, los abrió y extendió los dedos.

– Dale una ojeada a esta habitación… al mobiliario, a las obras de arte… Todo está exactamente del mismo modo en que estaba el primer día que la vi. Perfecta, como para una foto de revista de decoración… tu gusto perfecto. Durante cinco años, yo sólo he sido una invitada.

– ¿Cómo puedes decir eso? Ésta es tu casa.

Ella iba a replicarme, pero agitó la cabeza y apartó la mirada.

Me coloqué en su línea visual, señalé hacia la mesa de caballetes en madera de fresno, que había en el comedor.

– El único mueble que me importa es ése. Y es porque lo construiste.

Silencio.

– Sólo tienes que decirlo, y cogeré un hacha y lo haré todo astillas, Robin. Empezaremos a partir de cero. Juntos.

Ella ocultó su cara en las manos, la mantuvo así un tiempo y luego la alzó, con los ojos llorosos.

– No es un problema de decoración de interiores, Alex.

– ¿Cuál es el problema?

– Tú eres el problema. El tipo de persona que eres. Avasallador. Agobiante. El problema es que nunca me has preguntado si quería algo diferente… si tenía ideas propias.

– Nunca pensé que este tipo de cosas te importara.

– Nunca te hice saber que me importasen…, también yo soy el problema, Alex. Aceptando, siguiéndote, adaptándome a tus nociones preconcebidas. Y, entre tanto, he estado viviendo una mentira…, viéndome a mí misma como fuerte y autosuficiente.

– Eres fuerte.

– Ésa era la argumentación habitual de Papi: eres una chica fuerte, una hermosa chica fuerte. Acostumbraba a enfadarse mucho conmigo cuando me fallaba la confianza en mí misma, me gritaba y me decía, una y otra vez, que yo era diferente de las otras chicas. Más fuerte que ellas. Para él, el ser fuerte equivalía a usar tus manos, a crear. Cuando las otras chicas estaban jugando con sus muñecas Barbie, yo estaba aprendiendo a cómo cambiarle la hoja a una sierra de tira y rascándome los dedos hasta los huesos con el cepillo. Construyendo perfectas uniones de madera. Siendo fuerte. Durante años me tragué ese cuento. Y aquí estoy ahora, dándome por fin una buena mirada en el espejo, y lo único que veo en él es a otra débil mujer, viviendo de un hombre.

– ¿Lo de Tokio ha tenido algo que ver con todo esto?

– La oferta de Tokio me hizo ponerme a pensar acerca de lo que yo quería de la vida, y me hizo darme cuenta de lo muy lejos que estaba de ello… de lo dependiente que siempre he sido de alguien.

– Nena, yo nunca quise meterte bajo mi ala…

– ¡Ése es el problema! ¡Soy una nena… un maldito bebé! ¡Inerme y preparada para ser ajustada por el buen doctor Alex!

– Nunca te he visto como a una paciente -le dije-. ¡Por Dios, te amo!

– Amor -dijo ella-. Sea lo que sea lo que eso signifique.

– Yo sé lo que significa para mí.

– Entonces, eres mejor persona que yo, ¿vale? ¡Lo cual es la parte central del problema, ¿no?! El doctor Perfecto, Comecocos, Desfacedor de Entuertos. Bien parecido, inteligente, encantador, con dinero… y con todos esos pacientes que piensan que eres Dios.

Se alzó, caminó arriba y abajo.

– Maldita sea, Alex, cuando te conocí, tenías problemas…, estabas quemado, tenías todas aquellas dudas sobre ti mismo. Eras un ser humano, y yo podía ocuparme de ti. Yo te ayudé a superar aquello, Alex. Yo fui una de las principales razones para que lograses salir de aquel pozo. Alex. Lo sé.

– Lo fuiste. Y aún te necesito.

Ella sonrió.

– No. Ahora estás reparado, cariño. Perfectamente sintonizado.

Y ya no me queda nada que hacer a mí.

– Eso es una tontería. Me he sentido absolutamente hundido este tiempo que he estado sin verte.

– Es una reacción pasajera -afirmó ella-. Ya pasará.

– Debes de creer que soy absolutamente superficial.

Paseó un poco más, agitó la cabeza:

– Dios, me escucho a mí misma y me doy cuenta de que, finalmente, todo son celos; ¿no? Estúpidos celos infantiles. Es lo mismo que sentía por las chicas que estaban muy solicitadas por los chicos. Pero no puedo evitarlo… Y es que tú lo tienes todo organizado: corres tus cinco kilómetros, te das una ducha, trabajas un poco, ingresas tus cheques, tocas tu guitarra, lees tus revistas profesionales. Me jodes hasta que los dos nos corremos, luego te quedas dormido sonriendo. Compras pasajes para Hawai, y tenemos unas vacaciones. Apareces con una cesta de picnic, y comemos. Es una cadena de montaje, Alex, en la que tú eres el que aprieta los botones… y si algo me enseñó el viaje a Tokio, es que no quiero una cadena de montaje. Y lo más jodido del asunto es que, realmente, es una vida de coña. Si te dejase, te cuidarías por siempre de mí, harías de mi vida un perfecto sueño, cubierto de azúcar. Sé de montones de mujeres que matarían por tener algo así, pero no es lo que yo necesito.

Nuestras miradas se cruzaron. Yo me sentí aguijoneado, y aparté la vista.

– ¡Oh, Dios! -exclamó-. Te estoy haciendo daño. ¡No puedo soportarlo!

– Estoy bien. Continúa.

– Eso es todo, Alex. Eres un hombre maravilloso, pero el vivir contigo ha empezado a darme miedo. Corro el peligro de desaparecer.

Y ya has empezado a hablar de matrimonio. Si nos casásemos, aún perdería más de mi propia personalidad. Nuestros hijos acabarían viéndome como alguien aburrido, nada estimulante y muy amargado. Y, entre tanto, Papi estaría marchando por el ancho mundo, realizando sus actos heroicos. Necesito tiempo, Alex… y espacio para respirar. Para poder aclararme.

Se fue hacia la puerta.

– Ahora tengo que irme. Por favor.

– Tómate todo el tiempo que quieras -le dije-. Y todo el espacio. Sólo te pido que no cortes conmigo.

Se quedó, temblando, en el hueco de la puerta. Vino corriendo hacia mí, me besó en la frente, y se marchó.

Dos días más tarde volví a casa y encontré una nota en la mesa de fresno:

Querido Alex,

Me voy a San Luis. La prima Terry ha tenido un hijo. Voy a ayudarla, regresaré aproximadamente dentro de una semana.

No me odies.

Con amor,

R

3

En uno de los casos en que acababa de estar trabajando estaba involucrada una niña de cinco años como rehén de una malévola batalla por su custodia entre un productor de Hollywood y su cuarta mujer.

Durante dos años los padres, animados a seguir con la guerra por unos abogados que cobraban en tanto que ésta continuase, habían sido incapaces de llegar a un acuerdo. Finalmente, el juez se había hartado y me había pedido que le hiciese alguna recomendación. Yo había evaluado a la chica, y pedido que asignasen a otro psicólogo, para examinar a los padres.

El consultor que yo había recomendado era un antiguo compañero de estudios llamado Larry Daschoff, un agudo diagnosticador, cuya ética yo respetaba. Larry y yo habíamos seguido siendo amigos a lo largo de los años, recomendándonos a posibles clientes de nuestras respectivas especialidades, reuniéndonos de vez en cuando para comer o para una partida de frontón. Pero, como amigo, caía en la categoría de los no íntimos, por lo que me sorprendió que me llamase a las diez de la noche del viernes:

– ¿Doctor D? Habla el Doctor D -me gritó, tan jovial como siempre. Un huracán de sonidos rugía al fondo: neumáticos chirriantes y tiros de una tele puesta a todo volumen, compitiendo con lo que parecía ser el patio de una escuela en el descanso entre clases.

– Hola, Larry. ¿Qué pasa?

– Lo que pasa es que Brenda está en la Biblioteca de la Facultad de Derecho, empollando para su curso de postgraduada y dejándome a los cinco monstruos pequeños para mi solito.

– Las alegrías de ser padre.

– Ya, claro -el nivel del ruido creció. Una vocecilla gimió:

– ¡Papi! ¡Papi! ¡Papiii!

– Un segundo, Alex. -Colocó la mano sobre el micrófono, pero le escuché decir-: Espera hasta que haya acabado de hablar por teléfono. No, ahora no. Espera. Y si te molesta, mantente alejado de él. Ahora no, Jeremy, no quiero escucharlo. Estoy hablando por teléfono, Jeremy. Si no te tranquilizas, no habrá galletitas de cacao y te mandaré veinte minutos antes a la cama.

Volvió al aparato:

– Me he convertido en un fan instantáneo de la terapia aversiva, de la Jodida Doctora Anna Freud y Bruno Bettelheim. Probablemente, ambos se debieron de encerrar en sus cuartos para escribir sus libros, mientras otra persona cuidaba de sus hijos. Aunque, ¿llegó a tener hijos la vieja Anna? Me parece que se pasó toda la vida siéndole fiel a Papaíto. En cualquier caso, lo primero que voy a hacer el lunes es encargar media docena de porras eléctricas de esas para el ganado. Una para cada uno de ellos y otra para metérmela yo por el culo, por haber animado a Brenda a volver a la Facultad. Si a Robin se le ocurre alguna vez una idea creativa como ésa, cambia inmediatamente de tema de conversación.

– Seguro que lo haré, Larry.

– ¿Te encuentras bien, D?

– Sólo estoy algo cansado.

Era demasiado bueno como terapeuta, como para no saber que no se lo estaba contando todo. Y también era demasiado bueno como para proseguir con aquello.

– Hablando de otra cosa, D, he leído tu informe sobre el lío de los Featherbaugh, y estoy de acuerdo en todo. Con unos padres como ésos, lo que realmente seria mejor para el crío es quedarse huérfano. Quitando eso, estoy también de acuerdo en que algún tipo de estúpido arreglo de custodia conjunta será lo menos malo para el crío. ¿Quieres apostar sobre las posibilidades que hay de que lleguen a ponerse de acuerdo?

– Sólo si me dejas apostar a que no se pondrán.

– De eso nada. -Se volvió a excusar, le dio un alarido a alguien para que bajase el volumen de la tele. No le hicieron caso, pero no volvió a insistir-. La gente está bien jodida, ¿no es así, D? ¿Y qué te parece esto como resumen de todo lo aprendido por uno, tras trece años de husmear en el interior de las mentes? Ya nadie quiere trabajar en hacer que algo funcione… Dios sabe que yo no soy ningún regalo, ni tampoco lo es Brenda, y si nosotros hemos podido seguir juntos todos estos años, cualquiera debería ser capaz de lograrlo.

– Siempre he pensado que vosotros dos sois la pareja perfecta.

– Sí, claro, una de tantas… -se echó a reír-. Estamos hablando de un matrimonio a la italiana: mucha pasión, muchos gritos. Lo cierto es que, básicamente, ella sólo me aguanta por mis proezas sexuales.

– ¿Es eso cierto?

– ¿Es eso cierto? -me imitó, en tono de burla-. D, has sonado como uno de esos malos comecocos de la tele, y no con tu habitual tono chisporroteante de persona culta y educada. ¿Seguro que te encuentras bien?

– Estoy muy bien. De veras.

– Si tú lo dices… De todos modos, volviendo a la razón por la que te he llamado: ¿te ha llegado la invitación para la gran fiesta de Kruse?

– Está decorando, con gran elegancia, el fondo de mi papelera. ¿Te parece esto lo bastante chisporroteante?

– No, ni por asomo. ¿Es que planeas no ir?

– Debes de estar bromeando, Larry.

– No sé. Podría ser divertido, al estilo del mondo bizarro… ver cómo vive la otra mitad del mundo, quedarnos al margen haciendo malintencionados comentarios analíticos, mientras reprimimos nuestra envidia burguesa.

Recordé algo:

– Larry, ¿no fuiste por un tiempo ayudante de investigación de Kruse?

– No por un tiempo, simplemente por un semestre… y, sí, me estoy mostrando resentido. El tipo ése era sórdido. Mi excusa es que yo estaba en la ruina… recién casado, trabajando como un esclavo en la tesina, y con el dinero de mi beca agotado a mitad del semestre.

– No lloriquees tanto, Larry, que era un chollete: os pasabais todo el día sentados, viendo películas guarras.

– No eres justo, Delaware. Estábamos explorando las fronteras de la sexualidad humana. -Se echó a reír-. En realidad nos pasábamos todo el día sentados viendo a los alumnos de primero viendo películas guarras. ¡Oh aquellos buenos y lujuriosos años sesenta…! ¿Te imaginas tratando de hacer algo así, hoy en día?

– Todo eso que se ha perdido la ciencia.

– Sí, una auténtica catástrofe. A decir verdad, D, aquello era pura mierda. Y Kruse logró colocarlo en la Facultad, porque se trajo su propia financiación… una donación privada, para estudiar los efectos de la pornografía en la excitación sexual.

– ¿Y logró descubrir algo?

– Su mayor descubrimiento fue que las películas porno ponen cachondos a los alumnos de primero.

– Eso ya lo sabía yo, cuando estaba en primero…

– Tú siempre fuiste un adelantado, D.

– ¿Y lo publicó?

– ¿Dónde? ¿En Penthouse? No, usó los resultados para sus conferencias de pago y se dedicó a hacer propaganda de la porno como un saludable modo de lograr una satisfacción sexual, etcétera, etcétera. Luego, en la «nueva moralidad» de los ochenta, dio un giro total… Supuestamente, volvió a «analizar» sus datos. Y comenzó a dar conferencias acerca de cómo la pornografía contribuía a provocar la violencia contra las mujeres.

– Es todo un prodigio de integridad, nuestro nuevo Jefe de Departamento…

– ¡Oh, sí!

– ¿Cómo ha logrado llegar tan alto, Larry? ¡Si sólo era un ayudante a tiempo parcial!

– Ayudante a tiempo parcial, con enchufes a tiempo completo.

– ¿Tienen algo que ver con el nombre que hay en la invitación…, el tipo ése de la donación, Blalock?

– Has dado en el clavo. Es una familia de mucha pasta… acero, ferrocarriles… una de esas familias que se ganan un centavo cada vez que respira alguien al oeste del Mississippi.

– ¿Qué clase de enchufe tiene Kruse con él?

– Por lo que he oído decir la señora Blalock tuvo un crío con problemas, y Kruse era él terapeuta del niño. Debió de haber hecho algo bueno por él, porque Mami lleva años soltando dinero para el Departamento… bajo la condición de que lo administre Kruse. Así que lo han ido promocionando, le han dado todo lo que ha deseado. Y su última voluntad ha sido la de ser el Jefe del Departamento, así que, voilà, ahí tienes al ayudante a tiempo parcial.

– Cargos en venta -comenté-. No sabía que las cosas hubieran caído tan bajas.

– Tanto y aún más, Alex. Yo sigo dando esas charlas sobre terapia familiar, de modo que estoy lo bastante relacionado con el Departamento, como para saber que la situación financiera es desastrosa. ¿Recuerdas cómo acostumbraban a pasarnos por las narices la bondad de la investigación pura, cómo miraban por encima del hombro a cualquier cosa que les sonase a investigación aplicada? ¿Cómo Ratonero Frazier no paraba de decirnos que útil era una palabra obscena? Pues finalmente se les ha caído el pelo… ya nadie quiere dar dinero en donaciones para que se estudie el reflejo del parpadeo en las langostas decorticadas. Y, para acabarlo de arreglar, la matriculación de nuevos alumnos va a la baja… la Psicología ya no es una carrera universitaria de moda. Hoy en día todo el mundo, incluido mi primogénito, quiere hacer Empresariales, para tomar un atajo que lo lleve rápidamente a la felicidad y la buena vida. Lo que equivale a recortes en el presupuesto, despido de profesores, clases vacías. Han tenido congelada la contratación de personal durante los últimos diecinueve meses… y en esto se incluye a los mismísimos catedráticos. Kruse trae con él el dinero de los Blalock, así que puede comprarse el cargo. Según dice mi hijo mayor: el dinero canta, Pa. Y la mierda reina. ¡Joder! si incluso Frazier se ha subido al carro de los triunfadores…, lo último que he sabido de él es que estaba en el negocio de la venta por correspondencia, ¡comercializando cintas educativas sobre cómo dejar de fumar!

– Bromeas.

– En estas cosas no bromeo.

– ¿Qué sabe Frazier de cómo dejar de fumar? Lo que es más, ¿qué sabe él de nada humano?

– ¿Y desde cuándo ha sido eso importante? De todos modos, así están las cosas. Hablemos ahora del sábado: he logrado colocar a la totalidad de mis cinco encantos, por un período de tres horas del día de mañana. Podría emplear ese tiempo en hacer algo de músculo, ver un partido, o hacer alguna otra cosa comparablemente emocionante, pero la idea de ponerme guapetón y atiborrarme de tragos gratis y de canapés y tapas de haute-cuisine en algún palacete de Holmby Hills me apetece bastante.

– Seguro que los tragos son malos, Larry.

– Mejores que lo que estoy bebiendo ahora: zumo de manzana de ése que se hace con polvos. Tiene aspecto de orines. Pero es todo lo que me queda en la casa… me olvidé de ir de compras. Y he estado cebando a los críos con cereales azucarados durante los últimos dos días. -Suspiró-. Soy un hombre atrapado, D. Estamos hablando de fiebres caseras, en su estadio terminal. Ven a esa maldita fiesta e intercambia maledicencia cínica conmigo durante un par de horas, por favor. Yo responderé aceptando por los dos. Tráete a Robin, pavonéate con ella por toda la fiesta y demuéstrales a esos viejos ricos pedorreros que el dinero no lo puede comprar todo.

– Robin no podrá ir. Está fuera de la ciudad.

– ¿Negocios?

– Justo.

Pausa.

– Escucha, D, si tienes algún compromiso, no pasa nada…

Pensé en ello por un momento, consideré la perspectiva de otro día de soledad, y le dije:

– No, Larry. Estoy libre.

Y eso puso las ruedas en movimiento.

4

Holmby Hills es la zona de viviendas más cara de Los Ángeles, una pequeña bolsa de megarriqueza rodeada por Beverly Hills y Bel Air. Financieramente, se hallaba a años luz de mi vecindario, pero geográficamente sólo se encontraba a un kilómetro y medio, más o menos, hacia el sur.

Mi mapa situaba a La Mar Road justo en el corazón del distrito, un filamento serpenteante y sin salida, que acababa en las redondeadas colinas que dominan el Club de Campo de Los Ángeles. No estaba muy lejos de la Mansión Playboy, pero no me imaginaba que hubieran invitado a Hefner a la fiesta.

A las cuatro y cuarto me vestí con un traje de verano y me puse en camino, a pie. Había mucho tráfico en Sunset… Practicantes del surf y adoradores del sol que volvían de la playa, mirones en dirección este, agarrados a mapas de las mansiones de las estrellas de cine. Pero, nada más haberme adentrado unos cincuenta metros en Holmby Hills, todo se tornó silencioso y bucólico.

Las propiedades eran de una tremenda extensión, las casas estaban ocultas tras altos muros y puertas de seguridad y rodeadas por pequeños bosques. Sólo la entrevista silueta de un tejado de pizarra o de rojas tejas de estilo español flotando sobre el verde sugería que allí hubiese lugares habitados. Esto y el gruñido profundo de invisibles perros de defensa.

La Mar apareció tras una curva: una tira de asfalto de un solo carril, cuesta arriba, que hendía una pared de eucaliptos de quince metros de altura. En lugar de una placa municipal con el nombre de la calle, habían clavado en uno de los pinos una plancha barnizada, en madera, en la que, con letra rústica quemada en la madera, se indicaba: LA MAR. CALLE PRIVADA. SIN SALIDA. Debajo se veían las placas de tres compañías privadas de seguridad y la blanquirroja de la Bel Air Patrol. Era fácil saltarse la entrada yendo a setenta por hora, pero a pesar de eso, un Rolls Royce pasó a mi lado a toda velocidad, y la tomó sin dudarlo un instante.

Seguí el rastro que dejaba el tubo de escape del Rolls. A unos seis metros hacia dentro, unos dobles postes en piedra, marcados de nuevo con un signo de CALLE PRIVADA, se incrustaban en muros de piedra de dos metros y medio de alto, que culminaban en una verja de un metro más, de hierro forjado pintada de dorado. El hierro estaba decorado con enredaderas, en secciones de siete metros: hiedra, fruto de la pasión, madreselva y glicina. Una profusión controlada, tratando de aparentar como si fuese algo natural. Más allá de los muros había un telón grisverdoso: más eucaliptus del tamaño de un edificio de cinco pisos. Medio kilómetro más allá, el follaje aún se hacía más espeso, la ruta más oscura y fresca. Masas de musgo y líquenes recubrían las piedras de los muros, que seguían limitando la ruta. El aire olía húmedo y limpio, como con mentol. Un pájaro pió tímidamente, luego abandonó su canción.

El camino se curvaba, se enderezaba, y mostraba su punto final: una gigantesca arcada de piedra, cerrada por portones de hierro forjado. Docenas de coches estaban alineados en una doble hilera de cromados y pintura lacada.

A medida que me iba acercando pude ver que la división era deliberada: los relucientes coches de lujo en una cola, los utilitarios, todo terrenos y similares medios de transporte plebeyos en la otra. Encabezando los coches de ensueño se hallaba un impoluto cupé Mercedes blanco, uno de esos hechos por encargo, con un motor amañado, parachoques y embellecedores dorados… y una matrícula de las que le dan a uno pagando, y que proclamaba: PPK PHD. El coche de Kruse.

Unos guardacoches de chaquetas rojas mariposeaban en derredor de los vehículos recién llegados, como pulgas en el pelo de un perro en verano, abriendo puertas de coches y metiéndose en el bolsillo llaves de contacto. Hice el camino hasta los portalones y los hallé cerrados. A uno de los lados había un interfono, colocado en un poste. Junto al altavoz había un teclado, orificio de llave y telefonito.

Uno de los chaquetas rojas me vio, tendió la mano con la palma arriba y me dijo:

– Llaves.

– No hay llaves. He venido andando.

Sus ojos se entrecerraron. En su mano sostenía una llave de hierro de tamaño monumental, encadenada a un rectángulo de madera barnizada. En la madera estaba escrito al fuego: PUERTA DRA.

– Nosotros se lo aparcamos -insistió. Era moreno, robusto, de cara redonda, con una barbita de pelusilla y hablaba con acento mediterráneo. Su palma tembló.

– No traigo coche -le repetí-. He venido andando.

Cuando su rostro siguió sin mostrar comprensión, hice la pantomima de caminar con mis dedos.

Se volvió hacia otro aparcador, un chico negro bajo y delgado, y le susurró algo. Ambos me miraron fijamente.

Miré a la parte superior de la verja, y vi unas letras doradas: SKYLARK.

– Ésta es la casa de la señora Blalock, ¿no?

No hubo respuesta.

– ¿La fiesta de la universidad? ¿El doctor Kruse?

El barbudo se alzó de hombros y trotó hacia un Cadillac gris perla. El chico negro se adelantó.

– ¿Tiene una invitación, caballero?

– No. ¿Es necesaria?

– Bueeeno -sonrió, y pareció estar esforzándose en pensar-. No tiene usted coche, no tiene invitación…

– No sabía que fuese necesario traer ninguna de ambas cosas.

Chasqueó la lengua.

– ¿Acaso el coche sirve como garantía? -le pregunté.

La sonrisa desapareció.

– ¿Así que ha venido caminando?

– Eso es.

– ¿Y dónde vive usted?

– No muy lejos de aquí.

– ¿Vecino?

– Invitado. Me llamo Alex Delaware. Doctor Delaware.

– Un minuto -caminó hasta la caja, tomó el telefonito y habló. Colgándolo, me dijo de nuevo-: Un minuto.

Y corrió a abrirle las puertas a un Lincoln blanco alargado.

Esperé, mirando en derredor. Algo marrón y conocido me llamó la atención: un vehículo realmente patético, echado a un lado del camino, dejado aparte de los otros. En cuarentena.

Era fácil comprender el motivo: se trataba de un trasteado Chevrolet familiar, una ranchera de edad casi senil, comida por la herrumbre y manchada por pegotes de pintura mal aplicada. Le faltaba aire en los neumáticos, su parte de atrás estaba repleta de ropa arrugada, zapatos, cajas de cartón, contenedores vacíos de comida rápida y vasos de papel aplastados. En la ventana de atrás estaba pegada una pegatina amarilla, de forma romboide, que indicaba: MUTANTES A BORDO.

Sonreí, y me fijé en que el trasto había sido colocado de modo en que quedaba impedida su salida. Habría que mover a un montón de coches para que pudiese quedar libre.

Una pareja delgada, a la moda, bajó del Lincoln blanco y fue escoltada hasta el portalón por el aparcacoches barbudo. Éste colocó la gran llave en la cerradura, y marcó un código en el tablero, tras lo que se abrió una de las hojas de la puerta de hierro. Deslizándome hacia el interior, seguí a la pareja por un sendero inclinado, pavimentado con ladrillos negros con forma de escamas de pescado. Cuando pasé a su lado, el aparcador dijo: «¡Hey!», pero sin entusiasmo, y no hizo esfuerzo alguno por detenerme.

Cuando la puerta se hubo cerrado tras él, señalé al Chevy y le dije:

– Ese coche de color marrón… ¿quiere que le diga algo respecto al mismo?

Se acercó a mí, al otro lado de la verja forjada.

– ¿Sí? ¿Qué?

– Ese coche es propiedad del tipo más rico que hay en esta fiesta. Trátelo bien… es muy conocido por las grandes propinas que da.

Giró la cabeza de golpe y miró al viejo coche. Comencé a caminar. Cuando volví la vista, estaba jugando a hacer sonar los parachoques, creando un claro en derredor del Chevy.

A un centenar de metros más allá de la puerta, los eucaliptos dejaban paso a cielos libres, por encima de un césped que podría haber sido el de un campo de golf por su calidad, y que estaba perfectamente cortado. El césped estaba flanqueado por impecables columnas de cipreses italianos y plantas perennes, todo ello cuidadosamente podado. Las zonas más lejanas de la propiedad habían sido remodeladas con terraplenadoras, para formar colinas y valles. Los más altos de esos promontorios estaban en los límites de la propiedad, coronados por solitarios pinos negros y enebros californianos, podados para parecer que habían sido moldeados por el viento.

El sendero de escamas de pescado ascendía hacia un otero. Desde la cima del mismo llegaba un sonido de música: una sección de cuerda interpretando algo barroco. Mientras alcanzaba la parte alta, vi a un hombre de edad y de estatura elevada, vestido como un mayordomo tradicional, que caminaba hacia mí.

– ¿Es usted el señor Delaware? -Su acento se situaba en algún punto entre Londres y Boston; sus facciones eran suaves, generosas y regordetas. Su piel, colgante, era del color del salmón enlatado. Mechones de pelo color maíz rodeaban un cráneo pelado y bronceado por el sol. Un clavel blanco decoraba su solapa.

El prototipo del mayordomo de una obra de teatro.

– ¿Sí?

– Doctor Delaware, soy Ramey, y he venido a buscarle para acompañarle a la fiesta. Le ruego disculpe los inconvenientes, señor.

– No hay de qué. Supongo que los aparcacoches no están preparados para enfrentarse con peatones.

Coronamos la cima. Mi ojo fue atraído por el horizonte: hacia una docena de crestas de tejado de tejas color verde cobre, tres pisos de pared estucada en blanco y persianas verdes, pórticos con columnatas, balcones con balaustradas y galerías, puertas en arco y ventanas con montantes de abanico. Era como un monumental pastel de bodas, rodeado por hectáreas de natillas de color verde.

Unos jardines, de diseño formal, limitaban por delante la mansión: caminos de grava, más cipreses, un laberinto de setos podados, fuentes en piedra, estanques como espejos, cientos de parterres de rosas tan deslumbrantes, que parecían fluorescentes. Los invitados, agarrando copas de alto tallo, paseaban por los senderos, y admiraban las flores. Y también se admiraban a sí mismos en los estanques.

El mayordomo y yo caminamos en silencio, pateando la grava. El sol nos golpeaba desde arriba, espeso y cálido como mantequilla fundida. A la sombra de la más alta de las fuentes se encontraba un grupo, del tamaño de una filarmónica, de hoscos músicos, vestidos de etiqueta. Su director, un asiático joven de cabellos largos, alzó su batuta, y los músicos iniciaron un voluntarioso Bach.

Las cuerdas eran complementadas por el tintineo de las copas y el sonido apagado de las conversaciones. A la izquierda de los jardines, un enorme patio de losas de piedra estaba repleto de mesas blancas redondas, sombreadas por sombrillas de lona amarilla. En cada mesa había un centro de lilas, lirios púrpura y claveles blancos. Una carpa a rayas blancas y amarillas, lo bastante grande como para contener un circo, cobijaba a una barra de bar lacada en blanco y atendida por una docena de diligentes barmans. Unas trescientas personas estaban sentadas en las mesas, tomando copas. La mitad de esa cantidad estaba a la barra. Por entre todos ellos circulaban camareros con bandejas de bebidas y canapés.

– Ya estamos, señor. ¿Puedo servirle algo de beber, señor?

– Me iría bien una soda.

– Perdóneme, señor. -Ramey alargó su paso, adelantándose a mí, desapareciendo entre la multitud que rodeaba la barra, y emergiendo momentos después con un vaso helado y una servilleta de lino amarillo. Me entregó ambas cosas, justo en el momento en que yo llegaba al patio.

– Aquí tiene, señor. Le vuelvo a pedir excusas por las molestias.

– Ya le he dicho que no hay de qué. Gracias.

– ¿Desea usted algo que comer, señor?

– No, gracias. Ahora no.

Me hizo una pequeña reverencia y se marchó. Me quedé solo, dando sorbitos a mi soda, atisbando la multitud, en busca de un rostro amigo.

Pronto me resultó obvio que la multitud estaba dividida en dos grupos diferenciados, con un abismo sociológico entre ellos, que ya había quedado reflejado en la doble hilera de coches.

El centro de la escena estaba dominado por los muy ricos, cual si fueran una bandada de cisnes. Muy bronceados y totalmente desinhibidos en sus conservadores atavíos de haute couture, se saludaban unos a otros con besitos en las mejillas, reían suavemente, bebían sin parar y sin excesiva discreción, y no prestaban la menor atención al otro grupo, étnicamente diverso, que se hallaba sentado al lado.

La gente de la Universidad eran las urracas, vigilantes, sin perder detalle, repletas de charla nerviosa. En un movimiento reflejo, se habían congregado en pequeños grupitos apretados, y hablaban tras las manos, sin dejar de mover los ojos de aquí para allí. Algunos de ellos estaban conspicuamente atildados con sus trajes de grandes almacenes y vestidos largos, recién comprados para ese día tan especial; otros, deliberadamente, se habían vestido de un modo muy informal. Unos pocos seguían contemplando boquiabiertos lo que les rodeaba, pero la mayor parte se contentaba con observar los rituales de los cisnes, con una mezcla de pura envidia y analítico desprecio.

Había terminado la mitad de mi soda, cuando se produjo en la gente como una oleada que recorrió el patio, atravesando ambos campos. Paul Kruse apareció en el origen de la misma abriéndose diestramente camino por entre la multitud de ricos y sabios. De su brazo colgaba una pequeña mujer, rubia platino, de aspecto encantador, y que llevaba un vestido negro sin hombros y zapatos con tacones de ocho centímetros de alto. Estaría al inicio de la treintena, pero llevaba el cabello como una colegiala a punto de graduarse: largo y lacio hasta su cintura, con las puntas rizadas y en extravagantes ondulaciones. El vestido se le pegaba a la piel, como una capa de asfalto. Alrededor del cuello llevaba una gargantilla de diamantes. Mantenía los ojos clavados en Kruse, mientras éste sonreía y se trabajaba a su público.

Le di una buena mirada al nuevo Presidente del Departamento. Ya debía estar cercano a los sesenta años, y luchaba contra la entropía con la química y la buena compostura. Su cabello aún era largo, de un dudoso tono amarillo maíz, y lo llevaba cortado al estilo de moda, a lo surfista, con una onda que le caía sobre un ojo. Hubo un tiempo en que parecía un modelo masculino, con ese tipo de ruda guapura que es muy fotogénica, pero que de algún modo pierde bastante al ser traducida a la realidad. Aún resultaba evidente su apostura, pero ya tenía los rasgos caídos: su mandíbula parecía más débil, y su burda apostura se había descompuesto en algo que era fungoso y vagamente disoluto. El bronceado de su piel era tan profundo, que parecía algo que hubiesen dejado demasiado tiempo al horno. Esto lo colocaba en sincronía con la banda de los muy ricos, tal como lo hacia su traje hecho a medida. Pero el traje, que parecía ser muy ligero, tenía un conspicuo aspecto de paño inglés y llevaba refuerzos de cuero en los codos… en una concesión casi insultante a lo académico. Lo contemplé mostrar sus hileras de dientes, embellecidos con fundas, estrechar la mano de los hombres, besar a las señoras, y pasar al siguiente grupo de los que deseaban felicitarle.

– ¿A que lo hace bien? -dijo una voz a mis espaldas.

Me volví y contemplé ochenta kilos de carne picada, con nariz rota y bigote poblado, envasada en una lata redonda de uno sesenta y tres metros de altura, envuelta en un traje marrón a cuadros, camisa rosa, corbata negra de punto, y unos mocasines marrones muy deformados por el uso.

– Hola, Larry -comencé a tender mi mano, entonces vi que las dos suyas estaban ocupadas: un vaso de cerveza en la izquierda, un plato con alas de pollo, empanadillas de huevo y costillas parcialmente devoradas en la derecha.

– He estado allá donde las rosas -me dijo Daschoff-, tratando de imaginar cómo consiguen hacerlas florecer así… Probablemente las abonan con billetes de dólar viejos.

Alzó las cejas e inclinó la cabeza hacia la mansión.

– No está mal la choza -dijo.

– Cómoda.

Miró al director de la orquesta.

– Ése es Narahara, el niño prodigio. Dios sabe lo que cobrará.

Alzó el vaso hasta sus labios y bebió. La espuma dejó un reborde en la parte inferior de su bigote.

– Budweiser -dijo-. Esperaba algo más exótico. Pero, al menos, no está aguada.

Nos sentamos a una mesa vacía. Larry cruzó sus piernas con un esfuerzo y dio otro trago, más largo, a la cerveza. El movimiento hinchó su pecho y puso en tensión los botones de su chaqueta. Se la desabrochó y se repantigó en la silla. Llevaba un avisador cogido al cinturón.

Larry es casi tan ancho como alto, y anda como un pato, así que lo razonable es suponerle obeso. Pero en traje de baño se le ve tan firme como una pieza de carne de vaca congelada…, una curiosa mezcla de músculo hipertrofiado, apenas si recubierto de grasilla, el único tipo de menos de metro ochenta que jamás haya jugado de defensa para la universidad de Arizona. En otro tiempo, allá en la universidad, lo había visto levantar el doble de su peso en el gimnasio, sin jadear… y luego acabar con una serie de flexiones desde el suelo, con una sola mano.

Se pasó unos gordos dedos por su cabello, que parecía un estropajo de aluminio, se limpió el bigote, y contempló cómo Kruse hacia su numerito del anfitrión encantador, mientras atravesaba la muchedumbre. La ruta del nuevo Jefe del Departamento le llevaba a acercarse a nuestra mesa… lo bastante como para que pudiéramos observar la mecánica de su charla insulsa, pero no lo suficiente como para poder oír lo que decía. Era como ver un espectáculo de mimo, algo con un título como La Fiesta.

– Tu jefe está en una forma excelente -comenté.

Larry tragó más cerveza y alzó las manos.

– Ya te he dicho que estaba absolutamente pelado, D. Habría trabajado para el mismo diablo… me habría convertido en un Fausto de baratillo.

– No tienes que darme explicaciones, doctor.

– ¿Por qué no? ¡Aún sigue molestándome eso de haber participado en aquella cagada! -Más cerveza-. Todo un semestre echado a perder. Prácticamente, Kruse y yo no teníamos nada que ver el uno con el otro… Dudo que hablásemos más de diez frases en todo ese tiempo. A mí él no me gustaba, porque no tenía profundidad alguna y era un auténtico fantasma. Y yo no le caía bien a él porque era un hombre… y todos sus otros ayudantes eran mujeres.

– Entonces, ¿cómo fue que te contrató a ti?

– Porque los sujetos de su investigación eran hombres y no era muy probable que se relajasen mientras veían películas porno, si tenían delante chicas tomando notas. Ni tampoco era demasiado probable que les contestasen a las chicas las preguntas que él estaba haciendo: ¿Cuán a menudo se la meneaban? ¿Cuáles eran sus fantasías masturbatorias más habituales? ¿Lo hacían en los retretes públicos? ¿Cuán a menudo jodían y con quién? ¿Cuánto tiempo tardaban en correrse? ¿Cuál era su actitud más primaria, más profunda, hacia el sexo en general?

– Las fronteras de la sexualidad humana -dije.

Agitó la cabeza.

– Lo más triste de todo es que podría haber sido algo de valor. Mira la cantidad de datos clínicos que obtuvieron Masters y Johnson. Pero Kruse no era serio en lo de recolectar datos. Era como si solamente hiciese ver que los estaba recogiendo.

– ¿Y no se preocupaban los de la fundación que dieron el dinero para la investigación?

– No eran de ninguna fundación. La pasta era de mamones particulares…, ricachones locos por la porno. Él les prometió hacerlos personas respetables, darles el sello de aprobación académico a su afición.

Se volvió y miró a Kruse. La rubia del vestido negro se tambaleaba en sus zapatos de tacón alto.

– ¿Quién es la mujer que va con él?

– La Señora K. ¿No la recuerdas? ¡Es Suzanne!

Agité la cabeza.

– ¿No te acuerdas de Suzy Espatarrada? ¡Si era la comidilla del Departamento!

– Debí pasarme todo ese tiempo durmiendo.

– Debiste de estar muerto, D. Era famosa en todo el campus, una antigua actriz de porno, que adquirió su seudónimo por ser… muy flexible. Kruse se la encontró en alguna de esas fiestas de Hollywood, mientras estaba llevando a cabo sus «investigaciones». Entonces no debía de tener más de dieciocho o diecinueve años. Él abandonó a su segunda mujer por ella… ¿o fue a la tercera? ¿Quién se acuerda de estas cosas? El caso es que la matriculó en la universidad como estudiante de Literatura Inglesa. Creo que duró tres semanas… ¿aún no te suena?

Negué con la cabeza.

– ¿Cuándo fue eso?

– En el setenta y cuatro.

– En el setenta y cuatro yo estaba al norte, en San Francisco…, en el Langley Porter.

– ¡Oh, sí! Fue cuando hacías dos cosas a la vez: trabajabas como interno y dabas clases al mismo tiempo. Bueno, D: quizás el ser tan precoz te puso en el mercado del trabajo un año antes que a los demás, pero en cambio te perdiste el conocer a Suzy. Se suponía que ella tenía algo que ver en la investigación, y yo incluso trabajé con ella… toda una semana. Kruse la metió en el programa de estudio, para que trabajase como secretaria. No sabía escribir a máquina y liaba los archivos. Pero la verdad es que era una chica muy dulce, aunque bastante primaria.

El homenajeado y su esposa se habían ido acercando. Suzanne Kruse correteaba tras su marido como si la hubiesen atornillado a sus talones. Tenía un aspecto frágil, con hombros prominentes, un cuello muy lleno de nervios, partido en dos por la gargantilla de diamantes, un pecho casi plano, mejillas hundidas y una barbilla muy aguzada. Sus brazos estaban bien torneados pero eran nervudos y tenía las manos huesudas, acabadas en largos dedos delgados. Sus uñas eran largas y las llevaba lacadas de rojo. Se agarraban de la manga de su esposo, clavándose en el paño.

– Debe de ser auténtico amor -dije-. Ha seguido con él durante todos estos años.

– No apuestes ni un céntimo a que lo suyo sea una monogamia a la antigua. Kruse tiene reputación de ser un cazacoños de primera y se sabe que Suzy es muy tolerante con él. -Se aclaró la garganta-. Mejor dicho, es sumisa.

– ¿Literalmente hablando?

Asintió con la cabeza.

– ¿Te acuerdas de aquellas fiestas que Kruse acostumbraba a dar en su casa de Mandeville Canyon, el año en que entró en la Facultad? ¡Oh, claro… tú estabas en Frisco! -Se interrumpió, comió una empanadilla y rumió-. Espera, creo que aún seguían en el 75. Tú volviste en el 75, ¿no es cierto?

– Me gradué -le dije-. Trabajaba en el hospital. Me topé con él en una ocasión, no nos gustamos el uno al otro. No me hubiera invitado a sus fiestas.

– No se invitaba a nadie, D: era la política de las casas abiertas… en todos los sentidos del término.

Me dio un golpecito con el puño, bajo la barbilla.

– De todos modos tú seguramente no hubieras ido, porque siempre fuiste un buen chico, tan serio. Lo cierto es que yo tampoco pasé de la puerta: Brenda los vio untando el suelo con aceite Wesson, y me sacó a rastras antes de que ni pudiera saludar. Pero la gente que iba allí decía que aquello eran orgías de cinco estrellas… si es que a uno le gustaba joder con otros comecocos. Por así decirlo era una mezcla de Oh Calcuta! y de B.F. Skinner, lo que resulta un tanto aterrador, ¿no crees? Y Suzy Espatarrada era una de las principales atracciones: atada, sujeta con un arnés, amordazada y azotada.

– ¿Y cómo sabes tú todo eso?

– Los chismes del campus. Todo el mundo lo sabía…, no era ningún secreto. En aquel entonces, nadie consideraba que estas cosas fuesen pervertidas. Eran los tiempos anteriores al microbio: tiempos de libertad sexual, de liberarse el id, de ampliar los limites de la consciencia, etcétera. Incluso las más radicales de la liberación femenina de nuestra clase creían que Kruse estaba en la punta de lanza de algo que tenía un significado. O quizá fuese que se la ponía tiesa el ser dominador. En cualquier caso, era filosóficamente aceptable el fustigar a Suzy, porque con eso ella estaba satisfaciendo alguna necesidad suya propia.

– ¿Kruse era el que le daba los latigazos?

– Todo el mundo lo hacía. Era una verdadera actuación de grupo… Ella aceptaba la fustigación de cualquiera, sin distinción de credo, raza o sexo. Mira, fíjate en ella, observa cómo se agarra a él, como si en eso le fuera la vida. ¿No te parece una auténtica sumisa? Probablemente tenga una personalidad pasiva-dependiente, la pareja simbiótica perfecta para un adicto del poder como es Kruse.

A mi me parecía asustada. Pegada a su esposo, pero quedándose en un segundo plano. La contemplé adelantarse y sonreír cuando le hablaban, luego retirarse. Echándose hacia atrás su largo cabello, comprobando el esmalte de sus uñas. Su sonrisa era tan plana como una pegatina, sus oscuros ojos brillaban de un modo poco natural.

Se movió de un modo que hizo que el sol diese en su gargantilla de diamantes y lanzase chispas. Me hizo pensar en el collar de un perro.

Kruse se giró bruscamente para darle la mano a alguien, y cogió por sorpresa a su esposa. Estirando el brazo en busca de equilibrio, ella se agarró de la manga de él y, aferrándole con más fuerza casi se le pegó. Él continuó acariciando el hombro desnudo de ella, pero, por la atención que le prestaba, era como si acariciase una estatua.

Amor. Signifique lo que signifique eso.

– Poca autoestimación -dijo Larry-. Tienes que considerarte bien poco a ti mismo, para joder en la pantalla.

– Supongo que sí.

Acabó su cerveza.

– Voy a repostar, ¿quieres que te traiga algo?

Alcé mi vaso, medio lleno de soda.

– Aún estoy con esto.

Se encogió de hombros, y fue hacia el bar.

Los Kruse habían trazado un círculo en derredor a nuestra mesa, yéndose hacia una, repleta de urracas. Un siseo de charla sobre naderías; luego él se había echado a reír, con un sonido profundo y autosatisfecho. Le dijo algo a un estudiante graduado y le dio la mano al joven mientras repasaba con la vista a la hermosa esposa del estudiante. Suzanne Kruse no dejaba de sonreír.

Larry regresó.

– Pero dime -comentó-, ¿qué tal te van las cosas?

– De coña.

– Vale, a mí también. Y es por eso por lo que estamos aquí sin nuestras mujeres, ¿no?

Di un sorbito a la soda y lo miré. Mantuvo contacto ocular, pero se atareó con un ala de pollo.

La mirada del terapeuta. Preñada de preocupación.

Amistosa preocupación, pero yo no la quería. De repente, me entraron ganas de salir corriendo. Una rápida carrera de vuelta al arco de piedra, y adiós para siempre a la tierra del Gran Gatsby.

Pero, en lugar de hacerlo, empleé uno de mis propios trucos de comecocos. Le bloqueé la pregunta con otra pregunta:

– ¿Cómo le va a Brenda en la Facultad de Leyes?

Sabía perfectamente lo que yo estaba haciendo, pero de todos modos me contestó:

– Está entre el diez por ciento de alumnos con mejores notas, por segundo año consecutivo.

– Debes estar muy orgulloso de ella.

– Seguro. Si no fuera porque aún le queda otro año entero. Vuélveme a preguntar cómo me siento, dentro de un año, y ya veremos, si aún sigo funcionando.

Asentí con la cabeza.

– He oído decir que es un proceso realmente podrido.

Su sonrisa perdió calidez.

– Cualquier cosa que dé como resultado la producción de abogados debe de serlo, ¿no? Es como convertir solomillo en mierda. Mi parte preferida es cuando regresa al hogar y me hace el tercer grado con preguntas sobre la casa y los niños.

Se limpió la boca y se me acercó.

– Una parte de mí mismo lo entiende perfectamente: al fin y al cabo, ella es inteligente, más inteligente que yo, así que siempre supuse que acabaría dedicándose a otra cosa que no a las labores propias del hogar. Pero fue ella la que dijo que no, que su madre trabajaba todo el día y la había dejado siempre en manos de guarderías, canguros… y que siempre lo había resentido. Se quedó preñada en nuestra luna de miel, y nueve meses después tuvimos a Steven, y más tarde a los otros, como si fueran los terremotos secundarios que hay tras uno grande. Y, ahora, de repente, necesita hallarse a sí misma. Realizarse.

Agitó la cabeza.

– El problema es el momento que ha elegido. Aquí estoy yo, llegando, finalmente, a un punto en que no tengo que ir a la caza del cliente que me envía alguien. Mis socios son fiables, nuestro consultorio prácticamente marcha por sí solo. El chico pequeño empieza a ir a la escuela el año que viene, así que ahora podríamos habernos tomado algún tiempo para nosotros, viajar. Y, en lugar de esto, se larga a estudiar veinte horas al día, mientras yo hago del Señor Mamá.

Hizo una mueca.

– Ten cuidado, amigo mío. Aunque con Robin posiblemente sea distinto: ella ya ha tenido su carrera, puede que ya esté a punto para tener una vida tranquila.

– Robin y yo nos hemos separado -le dije.

Me miró, y volvió a agitar la cabeza.

– Mierda, lo siento. ¿Cuánto tiempo hace?

– Cinco semanas. Una vacación temporal que, de algún modo, se fue alargando.

Se acabó su cerveza.

– De veras que lo siento. Siempre pensé que vosotros dos erais la pareja perfecta.

– Yo también lo pensaba. -Mi garganta estaba seca y me ardía el pecho. Estaba seguro de que todo el mundo me estaba mirando, aunque, cuando giré los ojos en derredor, nadie lo estaba haciendo. Sólo Larry, con unos ojos tan amistosos como los de un perro.

– Espero que lo resolváis -me dijo.

Miré a mi vaso. El hielo se había derretido en un agüilla.

– Creo que me voy a tomar algo más fuerte.

Me abrí paso a codazos entre la multitud que atestaba el bar y pedí un gin tonic doble de ginebra que apenas si resultó tener el alcohol de uno normal. De regreso a nuestra mesa me topé de cara con Kruse. Me miró. Sus ojos eran de un color marrón claro con chispitas verdes, con unos iris inusualmente grandes. Éstos se agrandaron, al reconocerme… estoy seguro, y luego se apartaron y apuntaron a algún lugar por encima de mi hombro. Simultáneamente, adelantó su mano, que agarró firmemente a la mía, la cubrió con la otra y movió nuestros brazos arriba y abajo, mientras decía:

– ¡Qué alegría que haya podido venir!

Antes de que tuviera posibilidad de contestarle, había usado el apretón de manos como punto de apoyo para propulsarse más allá de mí, medio haciéndome girar sobre mí mismo, antes de soltarme y seguir.

Tácticas de político en período de elecciones. Me había manipulado con gran experiencia.

Otra vez.

Me giré, vi retirarse a su trasero embutido en el traje a medida, seguido por la centelleante cortina de los cabellos de su esposa, que se movían de un lado a otro, en contrapunto a los movimientos de su estrecho y apretado culo.

Ambos caminaron unos pasos, antes de ser atrapados por una alta y hermosa mujer de edad mediana.

Delgada e impecablemente ataviada con un vestido de cóctel en seda amarilla dorada, un prendido de rosas blancas y diamantes estratégicamente colocados, podría haber sido la Primera Dama de cualquier Presidente. Su cabello era de color castaño acentuado con bronce, y lo llevaba peinado hacia atrás, y recogido en un moño que coronaba un rostro largo, de fuerte mandíbula. Sus labios eran delgados y estaban moldeados en una media sonrisa.

Sonrisa de escuela privada para señoritas. Un saber estar, heredado en los genes.

Oí a Kruse decir:

– ¡Hola, Hope! ¡Todo es realmente hermoso!

– Gracias, Paul. Si tienes un momento, hay alguna gente que me gustaría presentarte.

– Naturalmente, querida.

El intercambio de palabras sonaba a ensayado, le faltaba calor, y había excluido a Suzanne Kruse. Los tres abandonaron el patio, Kruse y la Primera Dama lado a lado, la antes llamada Suzy Espatarrada siguiéndoles, como una sirvienta. Se dirigieron a un grupo de cisnes iluminados por la luz reflejada de uno de los estanques. Su llegada fue precedida por el cese de las conversaciones y la bajada de vasos. Se apretó mucha carne contra otra y, al cabo de un instante, los cisnes estuvieron escuchando arrobados a Kruse. Pero la dama de amarillo parecía aburrida. Incluso casi resentida.

Regresé a la mesa, di un largo trago al gin tonic. Larry alzó su vaso y lo chocó con el mío.

– Brindo por las chicas a la antigua, D. ¡Por que las muy jodidas vivan muchos años!

Yo me tragué lo que me quedaba de mi bebida y sorbí el hielo. No había comido en todo el día, y noté un zumbido que me subía por dentro, por lo que agité la cabeza para aclarármela. El movimiento hizo entrar algo amarillo dorado en mi campo de visión.

La Primera Dama había abandonado a Kruse. Escrutó el lugar, dio unos pasos, se detuvo e hizo un gesto con la cabeza hacia un punto amarillo en el césped: una servilleta tirada al suelo. Un camarero corrió a recogerla. Como un capitán en la proa de una fragata, la mujer de amarillo se hizo sombra sobre los ojos con una mano y siguió observando los alrededores. Se acercó a uno de los parterres de rosas alzó una flor y la estudió. Otro camarero apareció al instante a su lado con tijeras de jardinería. Un momento más tarde la flor estaba en su cabello y ella se apartaba de allí.

– La mujer del vestido amarillo -pregunté-, ¿es nuestra anfitriona?

– Ni idea, D. Éste no es exactamente mi círculo social.

– Kruse la llamó Hope.

– Entonces es ella: Hope Blalock. Descendiente de la nobleza.

Y, un momento más tarde, añadió:

– ¡Vaya anfitriona! ¿Te has fijado cómo nos tienen a todos fuera, que nadie entra en la casa?

– Como perros que aún no han aprendido a aguantarse el pis.

Rió. Levanto una pierna de la silla e hizo un sonido grosero con los labios. Luego, apuntó con su cabeza a una mesa cercana.

– Hablando de animales entrenados, observa a la gente de los laberintos y los electrodos.

Ocho o nueve estudiantes graduados estaban sentados, rodeando a un hombre que estaría a finales de los cincuenta. Los estudiantes se mostraban partidarios de la pana, los tejanos y las camisas de algodón puro, el cabello lacio y las gafas de aro metálico. Su mentor era un hombre cargado de espaldas, calvo y con una barbita blanca recortada. Su traje era de color barro, mala tela y un par de tallas demasiado grande. Lo cubría como el hábito de un monje. Hablaba sin parar y gesticulaba mucho con un dedo. Los estudiantes tenían los ojos vidriosos.

– El mismísimo Ratonero -dijo Larry-, y su alegre banda de Ratonosos. Probablemente estén hablando de algo muy erótico, como la correlación entre la defecación inducida por electroshock y el voltaje de estimulación, tras la frustración, experimentalmente inducida, de una respuesta de escape parcialmente reforzada, adquirida bajo pruebas ampliamente espaciadas. Eso en las jodidas ardillas.

Me eché a reír.

– Parece que ha perdido peso. Quizás esté usando sus propias cintas.

– De eso nada. Tuvo un ataque al corazón el año pasado…, es por eso por lo que abandonó el puesto de Jefe del Departamento y se lo pasó a Kruse. Lo de las cintas lo empezó justo después. ¡Jodido hipócrita! ¿Te acuerdas cómo acostumbraba a humillar a los estudiantes clínicos, cómo decía que no debíamos considerar nuestros doctorados como una tarjeta sindical que nos autorizase a dedicarnos a la consulta privada? ¡Vaya un mamón! Deberías ver los anuncios que usa para promocionar su timo sobre cómo dejar de fumar.

– ¿Dónde pone esos anuncios?

– En las revistas de tetas y culos. Un cuadradito en blanco y negro, en las páginas de atrás, entre los otros anuncios sobre escuelas militares, planes acerca de cómo hacerse rico y contactos con chicas orientales que quieren casarse. La verdad es que yo me enteré de eso porque uno de mis pacientes escribió pidiendo el método, y luego me trajo a mí la casete, para que la viera. «Use el sistema comportamentista para dejar de fumar», dice, y pone el nombre del Ratonero allí en el plástico, junto con su porquería de folleto multicopiado con una lista de sus acreditaciones académicas. Incluso es él quien narra toda esa maldita cosa, con su pomposo tono monótono, D. Tratando de parecer interesado en la gente, como si durante todos estos años hubiera estado trabajando con personas, en lugar de con roedores.

Le lanzó una mirada de asco:

– ¡Tarjeta sindical!

– ¿Está ganando dinero con eso?

– Si lo está ganando, no se lo está gastando en ropa.

El buscapersonas de Larry sonó. Lo tomó de su cinturón y se lo llevó al oído por un instante.

– El servicio de mensajes. Perdóname, D.

Detuvo a un camarero, le preguntó dónde estaba el teléfono más cercano, y fue mandado a la gran casa blanca. Lo contemplé caminar como un pato a través de los jardines, luego me levanté, pedí otro gin tonic y me quedé allí en la barra bebiéndomelo, disfrutando de mi anonimato. Estaba empezando a sentirme confortablemente atontado, cuando escuché algo que hizo sonar una alarma interior.

Tonos familiares, inflexiones.

Una voz del pasado.

Me dije a mí mismo que era mi imaginación. Luego escuché de nuevo la voz, y busqué entre la multitud.

La vi, por encima de varias espaldas.

Un estremecimiento, como de máquina del tiempo. Traté de mirar a otra parte, no pude.

Era Sharon, tan exquisita como siempre.

Supe su edad, sin calcularla. Treinta y cuatro. Su cumpleaños era en mayo, el quince de mayo… ¡Qué raro que aún me acordase…!

Me acerqué más y le di una buena ojeada: madurez, pero sin pérdida de belleza.

Un rostro que parecía surgido de un camafeo.

Ovalado, de huesos finos, mandíbula limpia. El cabello espeso, ondulado, negro y brillante como el caviar, peinado hacia atrás desde una frente alta y sin mácula, desparramándose sobre unos hombros cuadrados. Una piel blanca como la leche de persona que, en contra de la moda, rehuía al sol. Unas mejillas altas, claramente definidas, naturalmente enrojecidas con puntos rosa del tamaño de monedas. Orejas pequeñas y muy pegadas a la cabeza, con una única perla en cada una de ellas. Cejas negras, trazando un arco sobre ojos azul profundo muy separados. Una nariz fina y recta, con ventanas suavemente acampanadas.

Recordé el tacto de su piel… pálida como la porcelana, pero cálida, siempre cálida. Estiré el cuello para verla mejor.

Llevaba puesto un vestido de lino de color azul marino, que le llegaba hasta la rodilla, de manga corta y amplio. Era un camuflaje que no lograba su objetivo: los contornos de su cuerpo se enfrentaban al confinamiento de la ropa, y vencían. Pechos grandes y suaves, cintura de avispa, un amplio contorno de caderas que continuaban en largas piernas y tobillos esculturales. Sus brazos eran suaves tallos blancos. No usaba ni anillos ni brazaletes, sólo los pendientes de perlas y un collar a juego, cuyas perlas bailaban sobre su pecho. Zapatos azules con tacón de mediana altura añadían un par de centímetros a su metro sesenta y cinco. En una mano llevaba un monedero azul a juego. La otra mano lo estaba acariciando.

No llevaba anillo de casada. ¿Y qué?

Con Robin a mi lado, apenas si me hubiera fijado en ella.

O, al menos, de eso traté de convencerme a mí mismo.

Ella tenía puesta su mirada en un hombre. Uno de los cisnes, lo bastante viejo como para ser su padre. Con un rostro grande y cuadrado, bronceado y marcado por profundas arrugas. Ojos estrechos, azules, cabello cortado a cepillo del color del acero. Con buen tipo, a pesar de su edad, y perfectamente ataviado con un blazer azul cruzado y pantalones de franela gris.

Extrañamente infantil. Uno de esos viejos juveniles que pueblan los mejores clubs y casinos, y son capaces de llevarse a la cama a mujeres más jóvenes, sin que se rían de ellos.

¿El amante de Sharon?

Y todo eso, ¿qué me importaba a mí?

Seguí mirándola. Lo que estaba provocando la atención de ella no parecía ser nada amoroso. Ambos se encontraban en un rincón, y ella estaba discutiéndole algo, tratando de convencerle de algo. Sin apenas mover los labios, y tratando de parecer despreocupada. Él se limitaba a estar allí, escuchándola.

Sharon en una fiesta. No me cuadraba. Las odiaba tanto como yo.

Pero eso había sido hacía mucho, y la gente cambia. Y estaba claro que el dicho era aplicable a ella.

Alcé el vaso a mis labios y la contemplé tirarse del lóbulo de una oreja. Algunas cosas seguían igual.

Me fui aproximando, choqué contra la bien acolchada anca de una matrona y recibí una mirada asesina. Murmurando excusas, seguí adelante. La masa de bebedores no cedía el paso. Me abrí camino con todo mi peso, buscando el punto de vista ideal del mirón: deliciosamente cercano, pero a salvo, sin ser visto. Y diciéndome a mí mismo que todo era pura curiosidad.

De repente, ella se dio la vuelta y me vio. Se le tiñó el rostro de rosa al reconocerme y sus labios se entreabrieron. Clavamos la vista el uno en el otro. Como si estuviéramos bailando.

Bailando en una terraza. Un mosaico de luces en la distancia. Sin peso, sin forma…

Me sentí mareado, choqué con alguien. Más excusas.

Sharon seguía mirándome fijamente. El hombre del cabello a cepillo estaba de cara al otro lado, como pensativo.

Me retiré más lejos, fui tragado por la multitud y regresé a la mesa sin aliento, aferrando el vaso con tanta fuerza que me dolían los dedos. Conté hojas de la hierba hasta que regresó Larry.

– La llamada era a causa de la bebé -dijo-. Ella y su amiguita se enzarzaron en una pelea. Así que ahora tiene una rabieta y pide que la lleven a casa. La madre de la otra niña dice que las dos están histéricas…, demasiado cansadas. Lo siento, D, pero tengo que ir a recogerla.

– No te preocupes, yo también tengo ganas de marcharme.

– Ajá. Ha resultado ser todo un bodrio, ¿no? Pero, al menos, yo he podido echarle una ojeada al vestíbulo de la Gran Mansión: es lo bastante grande como para patinar allí dentro. Nos hemos equivocado de negocio, D.

– ¿Y cuál es el negocio justo?

– Casarte cuando joven con alguien de dinero, y pasarte el resto de tu vida gastándolo por un tubo.

Miró de nuevo hacia la mansión, luego paseó la vista por la propiedad.

– Escucha, Alex, ha sido bueno el volver a verte. Un poco de cotilleo entre machos, liberando nuestra hostilidad. ¿Qué te parece si nos vemos dentro de un par de semanas, jugamos un poco al billar en la universidad, e ingerimos algo de colesterol?

– Suena bien.

– De coña. Yo te llamo.

– Espero que lo hagas, Larry.

Tranquilizados por nuestras mentiras mutuas, dejamos la fiesta.

Él tenía prisa por irse, pero se ofreció a dejarme en casa. Yo le dije que prefería caminar, pero aguardé con él mientras el aparcacoches barbudo iba a por sus llaves. El maltrecho Chevy había sido recolocado, para permitirle una salida rápida. Y lavado. El aparcador tenía la puerta abierta y murmuró entre dientes un montón de «Señor», mientras esperaba que Larry se pusiera cómodo. Cuando Larry metió la llave en el encendido, el aparcador cerró la puerta suavemente y tendió la palma de la mano, sonriente.

Larry me miró, yo le guiñé un ojo. Larry hizo una mueca burlona, subió el cristal de la ventanilla y puso el motor en marcha. Caminé a lo largo de los coches y escuché el gemido del Chevrolet, seguido por una retahíla de maldiciones en algún idioma extranjero. Luego, un sonido de latas y un chirrido mientras el coche aceleraba. Larry pasó a toda velocidad, sacando la mano izquierda y saludándome.

Yo caminé algunos metros más, y oí a alguien llamarme. No estando interesado en quienquiera que fuese, no perdí el paso.

Entonces, la llamada se hizo más fuerte y clara:

– ¡Alex!

Miré por encima de mi hombro. Un vestido azul marino. Un cabello negro al viento. Largas piernas blancas corriendo.

Me alcanzó, con sus pechos sobresaltados, el labio superior perlado por el sudor.

– ¡Alex! ¡No me lo puedo creer: realmente eres tú!

– Hola, Sharon. ¡Qué sorpresa! ¿Qué tal te va? -El doctor Ocurrente, ése era yo.

– Muy bien. -Se tocó un labio, agitó la cabeza-: No, tú eres la única persona del mundo con la que no he de fingir lo que no es… No, las cosas no me han ido bien. Nada bien.

La facilidad con la que había pasado, de nuevo, a tener una familiaridad conmigo, ese borrar, sin esfuerzo alguno, todo lo que había pasado entre nosotros, me hizo levantar las defensas.

Se me acercó y olí su perfume: jabón y agua, con un toque de hierba fresca y flores de primavera.

– Siento oír eso -le dije.

– ¡Oh, Alex! -Colocó dos dedos en mi muñeca. Que se quedasen allí.

Noté su calor, me estremeció una sacudida de energía que surgía bajo mi cintura. De repente se me puso dura como una piedra. Y me sentí furioso por ello. Pero, por primera vez en mucho tiempo, estaba vivo.

– ¡Me alegra tanto verte, Alex! -Su voz, dulce y cremosa. Sus ojos color medianoche chisporroteaban.

– A mí también me alegra -aquello surgió espeso e intenso, en nada parecido al tono indiferente que yo había querido emplear. Sus dedos estaban quemando un agujero en mi muñeca. Me solté y metí mis manos en los bolsillos.

Si notó rechazo en mí, no lo mostró: simplemente dejó caer el brazo a su costado y siguió sonriendo.

– ¡Es tan curioso que nos hayamos topado así, Alex! ¡Es pura telepatía! Tenía muchas ganas de llamarte.

– ¿Por qué?

Un triángulo de lengua se movió entre sus labios y sorbió el sudor que yo había estado ansiando beber.

– Quería hablarte de… algunas cosas que han surgido. Ahora no es el mejor momento, pero si pudieses encontrar un rato para que charlásemos, te lo agradecería.

– ¿Y de qué cosas vamos a poder hablar después de todos estos años?

Su sonrisa era un cuarto de luna de luz blanca. Demasiado cercana. Demasiado blanca.

– Confiaba en que, después de tantos años, ya no estuvieras enfadado.

– No estoy enfadado, Sharon. Simplemente, desconcertado.

Ella se maltrató el lóbulo de la oreja. Sus dedos volaron hacia delante y rozaron mi mejilla, antes de apartarlos.

– Eres un buen tipo, Delaware. Siempre lo serás. Que todo te vaya muy bien.

Se volvió para irse. Le tomé la mano y se detuvo.

– Sharon, lamento que las cosas no te vayan bien.

Ella rió, luego se mordió el labio.

– No, realmente no me van bien. Pero no es cosa tuya.

Y, mientras estaba diciendo esto, se me acercaba, seguía acercándoseme. Me di cuenta de que estaba tirando de ella hacia mí, pero sólo con una infinitesimal presión: ella estaba dejando que la llevase.

Supe, en ese momento, que ella haría cualquier cosa que yo desease, y su pasividad provocó dentro de mí una extraña mezcla de sentimientos: piedad, gratitud… la alegría de ser, por fin, necesitado.

El peso entre mis piernas se hizo insoportable. Solté su mano.

Nuestros rostros estaban a unos centímetros el uno del otro. Mi lengua se esforzaba por pasar entre mis dientes, como una serpiente que quisiese salir de su vasija.

Un desconocido que usaba mi voz dijo:

– Si representa tanto para ti, podemos vernos y charlar.

– Representa mucho para mí -me contestó ella.

Quedamos para comer el lunes.

5

En el mismo momento en que ella desapareció tras las puertas de la mansión, supe que aquello había sido un error. Pero no estaba seguro de lamentarlo.

De vuelta a casa, comprobé si había algo en el servicio de contestadores, esperando tener alguna llamada de Robin, algo que me hiciera lamentarlo.

– No hay nada para usted, doctor Delaware -me dijo la telefonista. Creí detectar piedad en su voz, y me dije que me estaba dando la paranoia.

Esa noche me fui a dormir con la cabeza llena de imágenes eróticas. En algún momento, durante las horas de la madrugada, tuve un sueño húmedo. Me desperté pegajoso y agarrotado, y supe, sin tener que razonarlo, que iba a romper la cita con Sharon. No teniendo ganas de que llegase el momento de hacerlo, hice todo lo propio de una mañana normal: ducharme, afeitarme, beber café, dictar informes, matar otro par de horas archivando y hojeando revistas profesionales. A mediodía Mal Worthy me llamó y me dijo que anotase que el miércoles tendría que hacer una declaración, en el caso de Darren Burkhalter.

– ¿Trabajas en domingo, Mal?

– Voy a comer un brunch -me dijo-, y estoy esperando que me den mesa. El diablo no descansa nunca, y tampoco pueden hacerlo los chicos buenos. Vamos a tener siete abogados enfrente, Alex. Así que ya puedes tener bien sintonizado tu detector de estupideces.

– ¿Y por qué mandan a todo un ejército contra nosotros?

– Múltiples bolsillos. La compañía de seguros del otro tipo ha asignado a dos de sus mejores picapleitos de la ciudad, los albaceas del muerto mandan otro. El borracho que chocó con ellos era un constructor bastante importante, así que hay pasta por en medio. Y ya te dije lo de los frenos, lo que nos coloca delante a un representante de la fábrica de automóviles y otro del distribuidor que se ocupaba del mantenimiento del coche. El restaurante que le sirvió las copas hace el número seis. Y añádele un abogado del condado, porque afirmamos que la luz era inadecuada y había pocos conos en la división, y ya tienes un total de siete. ¿Te sientes intimidado?

– ¿Debería estarlo?

– Ni hablar. Lo que cuenta es la calidad, y no la cantidad, ¿de acuerdo? Lo haremos en mi oficina, lo que nos dará algo de ventaja, por lo del campo propio. Empezaré leyendo la lista de tus cualificaciones y, como siempre, alguno de ellos me cortará, antes de que parezca que eres la hostia, y pondrá en duda tu experiencia. Ya has hecho esto antes; sabes que se supone que lo que se busca con esto es lograr datos de un modo educado y correcto, pero yo estaré allí para cubrirte las espaldas si las cosas empiezan a ponerse feas. Los tipos del seguro serán los que probablemente ataquen con las flechas más envenenadas. Su responsabilidad es la más clara y son los que tienen más que perder. Me imagino que, más que atacar tu información por sí misma, lo que pondrán en duda será el propio concepto de trauma en su infancia; cuestionarán si se trata de un hecho científico o bien pura mierda de comecocos. Y, aunque existiese tal cosa, ¿cuán duraderos resultarán los daños? ¿Puedes probar que una experiencia traumática, a los dieciocho meses, va a deformar al pobre pequeño Darren de por vida?

– Nunca dije que pudiese hacerlo.

– Yo sé eso, y tú también lo sabes, pero por favor, Alex, muéstrate más sutil el miércoles. Lo importante es que ellos no pueden probar que no le pasará nada. Y si el asunto va a juicio, no te preocupes, que ya me cuidaré yo de que les toque a ellos el buscar pruebas para apoyar su postura. Un jurado va a sentir muchísima pena por un pobre bebé que se despierta de una siestecita en el coche, para encontrarse con la cabeza cortada de su papá volando por encima del respaldo del asiento de delante, para ir a caer a su lado. El grabar en vídeo tus sesiones ha sido un toque genial, Alex: al chico se le ve maravillosamente vulnerable. En caso de juicio, voy a mostrar cada segundo de grabación todos esos momentos de hiperactividad, junto con las Polaroid del accidente. No hay nada como una cabeza ensangrentada para poner en marcha los jugos de la simpatía, ¿no?

– Desde luego.

– ¡Joder, un jurado va a aceptar ese concepto, Alex! No van a ver cómo un crío va a poder volver a ser normal… y, reconozcámoslo, ¿cómo va a poder garantizar ninguno de nosotros que algo como eso pueda llegar jamás a curarse? El otro bando lo sabe. Ya han dejado caer insinuaciones de un posible acuerdo… Por ahora hablan de cantidades ridículas. Así que todo se reduce a una cuestión de cuánto y cuándo. Tu trabajo será de decirnos cómo son las cosas, pero sin caer demasiado en los tecnicismos. Tú te ajustas a aquella vieja fórmula de «por lo que yo como psicólogo, sé», y todo irá bien. Tengo a mi actuario trabajando horas extra, pues quiero tener a esos tipos tan atrapados, que incluso tengan que pagarle la residencia de ancianos cuando le toque.

Hizo una pausa y añadió:

– Es lo justo, Alex. La vida de Denise ha quedado destruida. Y éste es el único modo en que alguien como ella puede ganarle al sistema.

– Eres todo un caballero andante de blanca armadura, Mal.

– ¿Qué bicho te ha picado, Alex? -sonaba realmente herido.

– Nada, perdona. Es que estoy algo cansado.

– ¿Seguro que no te pasa algo raro?

– Seguro.

No dijo nada por un momento.

– De acuerdo, siempre que sigamos entendiéndonos…

– Nos entendemos perfectamente, Mal. Calidad, no cantidad.

Estuvo un momento en silencio, y luego dijo:

– Descansa y cuídate, Doc. Te quiero en tu mejor forma, para cuando te enfrentes con los siete enanitos.

Llamé a Sharon justo pasado el mediodía. Me contestó una máquina: últimamente, siempre me contestaban máquinas:

– Habla la doctora Ransom. No estoy en casa en este momento, pero me interesa mucho recibir su mensaje…

Incluso el sonido de su voz en la cinta me traía recuerdos…, el tacto de sus dedos en mi mejilla.

Y, de repente, tuve que librarme de ella, y decidí hacerlo ya mismo. Esperé al número de emergencia del servicio de contestadores que los terapeutas acostumbran a incluir al final de las grabaciones de sus contestadores automáticos. Pero no lo hubo.

Biip.

– Sharon -dije-, soy Alex. No podré verte el lunes. Buena suerte.

Corto y dulce.

Doctor Rompecorazones.

Una hora más tarde su rostro aún seguía en mi mente, una pálida y hermosa máscara, que entraba y salía de mi consciencia.

Traté de apartar la imagen de mi mente, pero sólo conseguí hacerla más viva. Me rendí a los recuerdos, me dije a mí mismo que sólo era un gilipollas salido, dejando que la cabeza de mi pene pensase por mi otra cabeza. Y, a pesar de todo, me fui hundiendo más y más en los recuerdos, dulcificados por el paso del tiempo, y me pregunté si habría hecho bien al romper la cita.

A la una, esperando cambiar una hermosa máscara por otra, telefoneé a San Luis Obispo. Me contestó la madre de Robin.

– ¿Sí?

– Hola, Rosalie. Soy Alex.

– ¡Oh! Hola.

– ¿Está Robin ahí?

– No.

– ¿Sabes cuándo volverá?

– Ha salido. Con amigos.

– Ya veo.

Silencio.

– ¿Y cómo está tu nena, Rosalie?

– Bien.

– Bueno, de acuerdo. Por favor, dile que la he llamado.

– Vale.

– Adiós.

Clic.

El privilegio de tener una suegra, sin haber pasado por el papeleo.

El lunes me peleé con el diario de la mañana, esperando que la venalidad y estupidez de la política internacional darían un aire trivial a mis propios problemas. Resultó efectivo, hasta que acabé con el diario. Luego, ese viejo sentimiento de vacío regresó.

Alimenté a los peces, lavé algo de ropa, bajé al aparcamiento, puse en marcha el Seville y fui en él hasta South Westwood, para comprar algunos alimentos. En algún lugar, entre los congelados y las conservas, me di cuenta de que mi carrito estaba vacío. Salí del supermercado sin comprar nada.

Había un multicine en la misma manzana del supermercado. Elegí una película al azar, pagué el precio reducido de un horario tan temprano, y me hundí en mi asiento, junto con parejas de quinceañeros que lanzaban risitas y otros hombres solitarios como yo. La película era una policiaca de clase B, que no contaba con las cualidades redentoras ni de un diálogo coherente ni de un guión comprensible. Me marché en mitad de una sudorosa escena de amor entre la heroína y el apuesto psicópata que iba luego a tratar de abrirla en canal, a modo de postre postcoital.

Fuera, ya estaba oscuro. Otro día vencido. Obligué a mi estómago a aceptar una hamburguesa de un restaurante de comida rápida, y me dirigí a casa. Entonces, recordé que el diario me había resultado temporalmente terapéutico.

Era ya el atardecer. Había una nueva edición. Un vendedor ciego lo estaba voceando en una esquina de Wilshire. Paré, compré un periódico y le pagué con un billete de dólar; no esperé el cambio.

De vuelta en casa llamé al servicio… el viejo Alex no quería saber nada de una máquina impersonal. Tampoco había mensajes.

Me desnudé y me quedé en calzoncillos, me llevé a la cama el Times y una taza de café instantáneo.

Un día de pocas noticias: la mayor parte del especial de la noche era un refrito de la edición matutina. Pero, de todos modos, me atiborré de subterfugios y chalaneos. Descubrí que mis ojos estaban viendo borroso. Perfecto.

Pero fueron repentinamente devueltos a foco por una historia que había en la página veinte.

Ni siquiera era un artículo, sino un simple relleno de página: unos cinco centímetros de columna, junto a un artículo sindicado sobre la estructura sociológica de las hormigas rojas de América del Sur.

Pero el titular llamó mi atención:

POSIBLE SUICIDIO DE UNA PSICÓLOGA

por Maura Bannon

Periodista de redacción

(Los Ángeles) Fuentes de la policía informan de que el fallecimiento de una psicóloga local, hallada muerta esta mañana en su casa de Beverly Hills, probablemente fue el resultado de una herida de arma de fuego, autoinfligida. El cuerpo de Sharon Ransom, de 34 años de edad, fue descubierto esta mañana en la alcoba de su casa, en Nichols Canyon. Aparentemente, había fallecido en algún momento de la noche del domingo.

Ransom vivía sola en la casa de Jalmia Drive, que también usaba como consultorio. Natural de Nueva York, estudió e hizo sus prácticas en Los Ángeles, donde se doctoró en 1981. No se le conocen parientes próximos.

El domingo por la noche. Unas pocas horas después de que yo la llamase.

Algo frío y apestoso como el gas de las alcantarillas se alzó de mis tripas y burbujeó en mi garganta. Me obligué a volver a leer el artículo. Una y otra vez.

Un relleno de unos cinco centímetros… Pensé en su cabello oscuro, ojos azules, vestido azul, perlas. Ese rostro tan singular, tan vivo, tan cálido.

No, tú eres la única persona del mundo con la que no he de simular lo que no es… No, las cosas no me han ido bien. Nada bien.

¿Una petición de ayuda? La intimidad implicada en aquello me había irritado. ¿Me habría impedido ver lo que realmente era?

No había parecido tan desesperada.

¿Y por qué yo? ¿Qué habría visto, en aquella ojeada apresurada por encima de los hombros de desconocidos, que la había llevado a pensar que yo era la persona adecuada a la que acudir?

Grave error…, el viejo Alex estaba obsesionado por sus propias necesidades: blancas y suaves caderas y grandes pechos.

No, las cosas no me han ido bien. Nada bien.

Siento oír eso.

Le había dado la comprensión de una máquina tragaperras.

Le había acercado a mí, no importándome una mierda.

Había disfrutado con la sensación de poder, mientras ella flotaba hacia mí, pasiva.

Si representa tanto para ti, podemos vernos y charlar… y te joderé hasta que me quede a gusto.

Representa mucho para mí.

Con una mano que era una garra arranqué la página del diario, la arrugué y la lancé al otro lado de la habitación.

Cerrando los ojos, traté de permitirme llorar. Por ella, por mí, por Robin. Por las familias que se deshacían, por un mundo que se hacía pedazos. Niños pequeños que veían morir a sus padres. Por cualquiera en el mundo que se lo mereciese.

Pero las lágrimas no acudieron.

Espera el pitido del contestador.

Aprieta el gatillo.

6

Luego, cuando hubo pasado algo del shock, me di cuenta de que ya en otra ocasión la había salvado. Quizás ella lo hubiese recordado, y hubiese construido su propia fantasía de máquina del tiempo.

Otoño de 1974. Yo tenía veinticuatro años, acababa de doctorarme, y aunque todavía no me acostumbraba a la novedad de que me llamasen doctor, seguía siendo tan pobre como un estudiante.

Hacía poco que había regresado a Los Ángeles del Langley Porter Institute de San Francisco, para comenzar mi trabajo en el Western Pediatric Hospital. El cargo iba acompañado de un título de los que hacen caer de espaldas: Becario Postdoctoral en Psicología Clínica y Desarrollo Humano por el Instituto Nacional de Salud Mental, conjuntamente concedido por el Hospital y su adjunta Facultad de Medicina. Mi trabajo consistía en tratar a los niños, enseñar a los internos, llevar a cabo investigaciones, y preparar uno o dos estudios que publicaría conjuntamente con el Psicólogo Jefe.

Mi paga era de quinientos dólares al mes, una cantidad que Hacienda acababa de declarar sujeta a impuestos. Apenas si me quedaba lo bastante como para pagar el alquiler y los gastos de un destartalado piso de soltero en la Overland Avenue, comida de la más barata, ropas de rebajas, libros de segunda mano, y los cuidados terminales para un Nash Rambler agonizante. No quedaba cubierta una acumulación de ocho años de préstamos del crédito estudiantil y otras deudas que ya llevaban demasiado tiempo archivadas bajo la categoría «Otras». Y un cierto número de cobradores de banco disfrutaban llamándome de todo a principios de cada mes.

Con el fin de ganar un dinero extra, me dediqué a tocar la guitarra por las noches con algunas orquestas de baile, que era el modo como había arañado algún extra en San Francisco. Trabajo irregular con paga desigual y toda la comida de bar que pudiera tragar entre actuaciones. También dejé saber al Departamento de Psicología que su ilustre graduado estaba dispuesto a aceptar encargos de enseñanza, a tiempo libre.

El Departamento me ignoró, hasta una tarde de noviembre cuando una de las secretarias hizo que me llamasen por el buscapersonas, en el Hospital.

– El doctor Delaware, por favor.

– Soy el doctor Delaware.

– ¿Alice Delaware?

– Alex.

– ¡Oh! Aquí pone Alice, pensé que era usted una mujer.

– No lo era la última vez que lo comprobé.

– Sí, supongo que no lo es. De todos modos, ya sé que tiene poco preaviso, pero si está libre a las ocho de esta noche, podríamos utilizarlo.

– Utilíceme.

– ¿No le interesa saber de qué se trata?

– ¿Por qué no?

– De acuerdo, necesitamos a alguien que supervise el Curso 305A, las prácticas clínicas para los estudiantes graduados de primer y segundo año. El catedrático que se ocupa de ella ha tenido que salir de la ciudad y no está disponible ninguno de los sustitutos habituales.

Había llegado el momento de rascar el fondo del barril.

– A mí me suena bien.

– De acuerdo. ¿Está usted licenciado?

– No, hasta el año que viene no lo estaré.

– ¡Oh! Entonces no estoy segura… Aguarde un momento. -Y, un instante después-: De acuerdo, como no está usted licenciado la paga serán ocho dólares a la hora, en lugar de quince, y nos reservamos el derecho de anular el acuerdo en cualquier momento. Y antes de que lo aceptemos, tendrá que llenar unos papeles.

– ¡Vaya retorcida de brazo que me ha hecho!

– ¿Cómo dice?

– Que ahora voy.

En teoría, la práctica clínica es el nexo de unión entre el aprender en los libros y el trabajo en serio, un modo de introducir a los futuros comecocos a la práctica de la psicoterapia, en un ambiente educativo.

En mi alma mater, el proceso se iniciaba pronto: durante su primer semestre, los alumnos graduados en Psicología Clínica tendrían pacientes a su cargo: estudiantes no graduados enviados por el Servicio de Consejería del campus, y gente pobre que buscaba tratamiento gratuito en la Clínica de la Universidad. Los diagnosticarían y llevarían a cabo el tratamiento, bajo la supervisión de un miembro de la Facultad. Y, una vez a la semana, mostrarían sus avances, o la falta de los mismos, a sus pares e instructores. A veces las cosas se mantenían en un nivel intelectual. A veces, se tornaban personales.

Psico 305A se desarrollaba en una especie de calabozo sin ventanas en el tercer piso de la mansión estilo Tudor que acogía el programa clínico. La habitación estaba desprovista de mobiliario, pintada de un color gris azulado y enmoquetada con una sucia alfombra dorada. En un rincón se hallaban un par de bates de gomaespuma, del tipo que recomiendan los consejero? matrimoniales para las buenas peleas incruentas entre esposos. En otro estaban amontonados los restos desmontados de un polígrafo.

Llegué cinco minutos tarde, pues «unos papeles» había resultado ser un montón de impresos. Siete u ocho estudiantes ya se encontraban allí. Se habían quitado los zapatos y recostado contra las paredes, estaban leyendo, charlando, fumando, haciendo una siesta. Ignorándome. La habitación olía a calcetines sucios, tabaco y humedad.

En su mayor parte era un grupo de gente de aspecto algo anticuado, como muy baqueteados…, refugiados de los sesenta con sus sarapes, tejanos descoloridos, camisetas de manga larga y joyas indias. Unos pocos vestían trajes. Y cada uno de ellos parecía serio y agobiado… estudiantes de nota alta, preguntándose si valía la pena soportar tanto.

– Hola, soy el doctor Delaware -dejé que el título resonase en mi garganta con alegría y una cierta sensación de culpa, notándome como un impostor. Los estudiantes me miraron de arriba abajo, nada impresionados-. Alex. El doctor Kruse no ha podido venir, así que yo voy a hacerme cargo de la clase esta noche.

– ¿Dónde está Paul? -preguntó una mujer a finales de los veinte. Era bajita y tenía un cabello prematuramente canoso, gafas de abuelita y una boca apretada, desaprobadora.

– Fuera de la ciudad.

– Hollywood no está fuera de la ciudad -dijo un hombretón barbudo, con camisa a cuadros y un mono de trabajo, que fumaba una pipa danesa de caprichosa forma.

– ¿Es usted uno de sus ayudantes? -me preguntó la mujer canosa. Era atractiva, pero tenía aspecto de ser gruñona, con nerviosos ojos de irritación: una puritana en tejanos, que me valoró cuidadosamente, aparentemente ansiosa por condenarme.

– No, ni lo conozco. Soy…

– ¡Un nuevo miembro de la Facultad! -proclamó el barbudo, como si estuviese descubriendo una conspiración.

Agité la cabeza.

– Recién graduado. Me doctoré el pasado junio.

– Felicidades -el barbudo aplaudió sin hacer sonido alguno. Unos pocos más lo imitaron. Sonreí, me senté en el suelo y adopté la posición del loto cerca de la puerta.

– ¿Cuál es el procedimiento habitual?

– Presentación de los casos -dijo una negra-. A menos que alguien tenga una crisis que quiera someter a discusión.

– ¿Tenemos alguna?

Silencio. Bostezos.

– De acuerdo. ¿A quién le toca presentar caso?

– A mí -dijo la negra. Era cuadrada, y llevaba un peinado afro coloreado con jenna que formaba un halo en derredor de una cara redonda, color chocolate. Vestía un poncho negro, tejanos y botas de vinilo rojas. Una carpeta de tamaño gigante yacía sobre su regazo-. Soy Aurora Bogardus, de segundo año. La semana pasada presenté un caso de un niño de nueve años con tics múltiples. Paul me hizo sugerencias. Tengo algunos datos adicionales.

– Adelante.

– Para empezar, diré que no funcionó nada El chico está empeorando. -Sacó un gráfico de su carpeta, lo fue recorriendo y dio un breve historial del caso para que me enterase de lo que pasaba, luego describió su plan inicial de tratamiento, que me pareció bien pensado, a pesar de que no hubiese dado resultado-. Y esto nos pone ya al día. ¿Alguna pregunta?

Siguieron veinte minutos de discusión. Las sugerencias de los estudiantes enfatizaban los factores sociales: la pobreza de la familia y sus frecuentes traslados, la ansiedad que probablemente estaba experimentando el niño, debido a la falta de amigos. Alguien comentó que el hecho de que el niño fuese negro era un factor creador de estrés de primera magnitud en una sociedad racista.

Aurora Bogardus parecía disgustada.

– Me parece que ésa es una cosa de la que yo me doy perfecta cuenta. En cualquier caso, tenemos que enfrentarnos con esos malditos tics en un nivel comportamientarista. Cuanto más se agita, más se irrita todo el mundo con él.

– Entonces, todo el mundo ha de aprender a enfrentarse con esa irritación -dijo el barbudo.

– De coña, Julian -le contestó Aurora-. Mientras tanto, a ese chico lo tienen aislado como a un leproso. Necesito acción…

– El sistema condicionante operativo…

– Si me hubieses estado prestando atención, Julian, habrías oído que tu sistema condicionante operativo no funcionó. Ni tampoco la manipulación de rol que Paul sugirió la pasada semana.

– ¿Qué tipo de manipulación de rol? -pregunté.

– Cambiar la programación. Forma parte de su aproximación hacia la terapia: la Dinámica de la Comunicación. Agitar la estructura familiar, hacerles cambiar sus posiciones de poder de modo que estén abiertos a nuevos comportamientos.

– ¿Hacerlos cambiar en qué modo?

Me lanzó una mirada cansina.

– Paul me hizo explicarles a sus padres y hermanos que también ellos debían de empezar a estremecerse y agitarse. De un modo exagerado. Dijo que, una vez que el síntoma se convirtiese en la norma familiar, dejaría de tener valor como rebelión para el muchacho y desaparecería de su repertorio de comportamiento.

– ¿Y eso por qué?

Ella agitó la cabeza:

– La teoría es de él, no mía.

No dije nada, pero mantuve una expresión de curiosidad.

– Vale, vale -aceptó-. Según Paul, los síntomas son comunicaciones. Y dado que la comunicación por tics ya no iba a ser única, el chico tendría que buscarse alguna otra manera de llevar a cabo su rebelión.

Aquello parecía mal concebido, potencialmente cruel, y me hacía sentir dudas acerca del doctor Paul Kruse.

– Ya veo -dije.

– ¡Hey, que yo también pensé que era una estupidez! -exclamó Aurora-. La semana que viene pienso decírselo a Paul.

– Seguro que lo harás -le dijo alguien.

– Espera y verás. -Cerró la gráfica y la volvió a meter en su carpeta-. Pero mientras, ese pobre chico no para de agitarse y moverse, y su autoestima se está yendo a la basura.

– ¿Has pensado en el Síndrome de Tourette? -le pregunté.

Descartó la pregunta con un fruncimiento de cejas.

– Naturalmente. Pero no maldice.

– No todos los pacientes con Tourette lo hacen.

– Paul dijo que los síntomas no se conformaban con la trama general de Tourette.

– ¿En qué modo?

Otra mirada cansina. Su respuesta le llevó cinco minutos y tenía graves fallos. Mis dudas acerca de Kruse crecieron.

– Sigo creyendo que deberías considerar que sea un Tourette -le dije-. No sabemos aún lo bastante acerca del Síndrome como para excluir casos atípicos. Mi consejo es que envíes el niño a un neurólogo pediátrico. Haldol podría ser el indicado.

– El buen modelo médico tradicional -dijo Julian. Apretó el tabaco de su pipa, la volvió a encender.

Aurora movió las mandíbulas como si masticase.

– ¿Cómo te sientes ahora? -le preguntó uno de los otros hombres. Era estrecho de espaldas y delgado, con un cabello herrumbroso atado en una cola de caballo, y un bigote caído y desigual. Vestía un arrugado traje de pana marrón, una camisa con botones en las aletas del cuello, una corbata extra-ancha, y zapatillas deportivas sucias. Y hablaba en una voz suave, musical, saturada de empatía, pero untuosa, como la de un confesor, o el presentador de un programa infantil-. Comparte tus sensaciones con nosotros, Aurora.

– ¡Oh, Cristo! -Se volvió hacia mí- De acuerdo, haré lo que me dice. Si lo que se necesita es el modelo médico, pues sea.

– Suenas frustrada -dijo la mujer canosa.

Aurora se volvió hacia ella:

– Vale ya de mierda, y sigamos adelante, ¿de acuerdo?

Antes de que Cabellos Canosos pudiera contestarle se abrió la puerta. Todos los ojos se alzaron. Todos los ojos se endurecieron.

Una hermosa chica de cabello negro estaba en el hueco de la puerta, llevando los brazos llenos de libros. Chica, no mujer…, tenía un aspecto juvenil, podría haber sido una estudiante aún no graduada, y, por un momento, pensé que debía de haberse equivocado de lugar.

Pero entró en la habitación.

Mi primer pensamiento fue: hay un agujero en el tiempo, y ella se ha caído por él. Tenía una belleza oscura, dolorida, como la de una actriz de una de esas películas en blanco y negro que pasan a última hora en el cine-club de la tele, esas películas en las que el bien y el mal se desdibujan, las imágenes se pelean por la atención con una sinuosa música de fondo de jazz, y todo termina en un modo ambiguo.

Vestía un traje de punto muy ceñido de color rosa, veteado de blanco y dividido por un cinturón blanco de cuero, y zapatos rosa con tacones medianos. Su cabello había sido peinado y lacado, cada rizo puesto en su lugar, cada mechón en su sitio, reluciente. Su rostro estaba empolvado, maquillado, sus labios brillantes con un rosa de aspecto húmedo. El vestido le llegaba hasta las rodillas. La pierna que se veía era hermosa, y estaba envuelta en nailon transparente. Sus joyas eran de auténtico oro, sus uñas largas y pintadas… con un colorido de pintura idéntico al de su vestido, pero de precisamente un tono más oscuro.

Y su perfume… La fragancia del mismo se abrió paso a través del rancio hedor de la habitación: olía a jabón y agua, a hierba fresca, y a flores de primavera.

Toda ella curvas y prominencias, blancura de porcelana y rosa polvoreada, montada sin fallo alguno. Casi dolorosamente fuera de lugar en aquel mar de ropa tejana y descuido deliberado.

– Suzy Requesón -murmuró alguien.

Ella lo oyó y parpadeó, tras lo que miró en derredor, por un sitio en el que sentarse. No había lugares vacíos, y nadie se movió. Me hice a un lado y dije:

– Aquí.

Me miró interrogativamente.

– Él es el doctor Delaware -le explicó Julian-. Alex. Ha soportado los ritos y rituales de este Departamento y, aparentemente, ha logrado salir indemne.

Ella me dedicó una fugaz sonrisa, se sentó junto a mí, doblando las piernas debajo de su cuerpo. Se vio una buena cantidad de muslo blanco. Tiró del vestido para bajarlo hasta sus rodillas, lo que hizo que la tela se tensase sobre sus pechos y acentuase su rotundidad. Sus ojos eran grandes y brillantes, color azul medianoche, tan oscuros que las pupilas se confundían con los iris.

– Lamento llegar tarde -dijo. Con una voz dulce y cremosa.

– ¿Eso es nuevo? -comento la canosa.

– ¿Algún seguimiento más que presentar? -pregunté.

Nadie me contestó.

– Entonces, supongo que podemos pasar a ver material nuevo.

– ¿Y qué hay de Sharon? -dijo Cola de Caballo, haciendo una mueca burlona hacia la recién llegada-. No has compartido nada en absoluto con nosotros en todo el semestre, Sharon.

La chica de cabello negro agitó la cabeza.

– Realmente no tengo nada preparado, Walter.

– ¿Y qué es lo que hay que preparar? Sólo tienes que elegir un caso y ofrecernos los beneficios de tu sabiduría.

– O, al menos de la sabiduría de Paul -añadió Julian.

Risitas, gestos de asentimiento con la cabeza.

Ella se tiró del lóbulo de la oreja, y me miró buscando ayuda.

La pulla acerca de Kruse ayudaba a explicar la tensión que había acompañado la entrada de la chica. Fueran cuales fuesen sus habilidades terapéuticas en manipular roles, este supervisor había dejado que su grupo fuera envenenado por el favoritismo. Pero yo era un ayudante contratado temporalmente, o sea que no era cosa mía el arreglar la situación.

Le pregunté:

– ¿Has hecho alguna presentación durante el semestre?

– No -alarmada.

– ¿Tienes algún caso del que pudiéramos hablar?

– Yo… supongo que sí. -Me lanzó una mirada que era más de autocompasión que de resentimiento: Me estás haciendo daño, pero no es culpa tuya.

Algo preocupado, le dije:

– Entonces, adelante.

– El caso del que podría hablar es el de una mujer a la que llevo viendo hace dos meses. Es una estudiante de diecinueve años. Los tests iniciales demuestran que cae dentro de los límites normales en todas las mediciones, pero con un índice en la Escala MMPI de Depresión un poco demasiado elevado. Su amigo es un estudiante de un curso superior. Se conocieron la primera semana del semestre y han estado saliendo desde entonces. Ella se autopresentó en el Centro de Consejería, a causa de los problemas en la relación entre ambos…

– ¿Qué tipo de problemas? -pregunto Canosa.

– Una ruptura en la comunicación. Al principio podían hablar el uno con el otro. Luego, las cosas empezaron a cambiar. Ahora están bastante mal.

– Sé más específica -dijo Canosa.

Sharon pensó.

– No estoy segura de lo que…

– Esos dos, ¿joden? -preguntó Walter Cola de Caballo.

Sharon se puso colorada y miró a la moqueta. Se ruborizaba a la antigua… y eso que yo creía que ya no se hacía. Algunos de los estudiantes parecieron estar molestos, por lo mal que ella lo estaba pasando. El resto parecía estar disfrutando.

– Dilo claro -inquirió Walter, acorralándola-. ¿Joden?

Ella se mordió el labio.

– Sí, tienen relaciones.

– ¿Cuán a menudo?

– La verdad es que no he llevado un control…

– ¿Por qué no? Podría ser un parámetro importante…

– Vale ya -intervine-, dale una oportunidad de que acabe.

– Nunca terminará -dijo Canosa-. Ya hemos pasado antes por esto: el suyo es un comportamiento defensivo terminal. Si no nos enfrentamos al mismo, si no lo cortamos por lo sano, estaremos dando vueltas en vano durante toda la sesión.

– No hay nada a lo que enfrentarse -afirmé-. Dejad que exponga los hechos. Luego los discutiremos.

– Justo -dijo Canosa-. Acabamos de oír a otro macho protector… Haces que esa característica surja en ellos, Princesa Sharon.

– Tranquila, Maddy -dijo Aurora Bogardus-. Déjala hablar.

– Claro, claro. -Canosa cruzó los brazos sobre su pecho, se recostó contra la pared, lanzó una mirada asesina y esperó.

– Adelante -le dije a Sharon.

Ella había permanecido en silencio, alejada del enfrentamiento, del mismo modo como un padre dejaría que se las apañasen solos sus hijos, en una pelea privada entre ellos. Al fin, prosiguió donde lo había dejado. ¿Era aquello calma, o es que estaba al borde del abismo?

– Ha habido una ruptura en su comunicación. La paciente dice que ama a su novio, pero que nota que se están separando el uno del otro. Ya no pueden hablar de las cosas sobre las que antes acostumbraban a conversar.

– ¿Qué tipo de cosas? -inquirió Julian, entre una nube de humo.

– Todo tipo de cosas.

– ¿Todo? ¿Incluso lo que van a tomar para desayunar? ¿Si prefieren las patatas o el relleno del pavo?

– En el punto actual, sí. Se ha producido una ruptura total…

– Ruptura -intervino Maddy-. Has usado esa palabra varias veces sin explicar qué es lo que quieres decir con ella. Trata de clarificar en lugar de reafirmar. Operacionaliza la palabra ruptura.

– Las cosas se han deteriorado -dijo Sharon, haciéndolo sonar como una pregunta.

Maddy se echó a reír.

– De coña. Eso lo aclara todo, perfectamente.

Sharon bajó la voz:

– La verdad es que no sé a dónde quieres llegar Maddy.

Maddy agitó la cabeza, disgustada, y dijo, no dirigiéndose a nadie en especial:

– ¿Por qué perder el tiempo en esta mierda?

– Apoyo la moción -dijo alguien.

– Sigamos con el caso -dije-. ¿Por qué cree esa chica que se ha producido esa ruptura, Sharon?

– Lo hemos estado discutiendo durante varias sesiones. Ella afirma que no lo sabe. Al principio, pensaba que él había perdido interés por ella y que estaba teniendo relaciones con otra. Él lo niega… y se pasa todo su tiempo libre con ella, así que, ahora, ella cree que le dice la verdad. Pero, cuando están juntos, él no habla y parece irritado con ella… o, al menos, eso es lo que ella siente. Todo surgió de repente, y ha ido a peor.

– ¿Y pasó algo más en ese momento? -pregunté-. ¿Algún acontecimiento que les provocase estrés?

De nuevo se ruborizó.

– ¿Fue cuando empezaron a hacer el amor, Sharon?

Asentimiento con la cabeza.

– Más o menos.

– ¿Tuvieron problemas sexuales?

– Es difícil saberlo.

– Una mierda -dijo Maddy-. Debería de ser fácil saber si uno ha hecho adecuadamente su trabajo.

Me volví hacia ella y le pregunté:

– ¿Y cómo harías para obtener ese tipo de información, Maddy?

– Hay que ser real, establecer una relación. -Subrayaba cada frase con un dedo-. Conocer las defensas específicas del cliente…, estar preparada para la mierda de su defensa, y pasar por encima de la misma. Y, en el caso de que esto no funcione, hay que afrontar el problema, y no dejarlo de lado; hasta que el cliente sepa que vas en serio. Entonces, simplemente hay que ir a por ello… ¡sacar a colación el tema, por Dios! Ella ya ha estado viendo a esta mujer durante dos meses. Ya debería de haber hecho todo esto.

Miré a Sharon.

– Lo he hecho -contestó ella, aún ruborizada-. Hemos hablado de sus defensas. Pero todo eso lleva tiempo. Hay problemas.

– Seguro que los hay -aceptó Julian.

– Problemas se-xua-les -afirmó Maddy-. Di esa palabra fea que empieza con «S», cariño… La próxima vez te resultará más fácil.

Risas dispersas. Sharon parecía estar soportándolo con calma, pero yo no la perdía de vista.

– Comparte los problemas con nosotros -estaba urgiéndola Walter, mientras jugueteaba con su cola de caballo.

– Ellos… ella no está satisfecha -dijo Sharon.

– ¿Se corre? -preguntó Julian.

– No creo.

– ¿No lo crees?

– No. No, no lo hace.

– Entonces, ¿qué estás haciendo tú para ayudarla a correrse?

Se volvió a morder el labio.

– Habla -la pinchó Maddy.

Las manos de Sharon empezaron a temblar. Entrelazó los dedos para ocultarlo.

– Hemos… hemos hablado acerca… de reducir su ansiedad, de relajarla.

– ¡Oh, Cristo, echándole la culpa a la mujer! -exclamó Maddy-. ¿Quién dice que sea ella quien tiene un problema? ¿No lo tendrá él? ¿No será que es un incompetente? ¿No será que era la primera vez para él?

– Ella dice que él… lo hace bien. Que es ella la que está nerviosa.

– ¿Has llevado a cabo algo de relajación muscular profunda? -preguntó Aurora-. ¿Desensibilización sistemática?

– No, nada tan estructurado. Aún le resulta difícil hablar del tema.

– Me pregunto por qué -dijo Julian.

– Estamos aún trabajando en tratar de permanecer en calma -dijo Sharon. Sonaba a autodescriptivo.

– Resulta difícil mantenerse en calma respecto a las cuestiones primarias -la sosegó Walter-. ¿Han practicado el sexo oral?

– Esto…, sí.

– Esto, ¿en qué modo?

Volvió a mirar hacia abajo, a la moqueta.

– En el habitual.

– No sé qué es lo que eso significa, Sharon. -Miró a los otros-. ¿Lo sabe alguno de vosotros?

Sonrisas orquestadas y negativas con la cabeza. Un grupo de depredadores. Me los imaginé dentro de unos años, como terapeutas hechos y derechos. Aterrador.

Sharon miraba al suelo, luchando con sus manos en una batalla perdida.

Pensé en intervenir, me pregunté si esto vulneraría las normas del grupo. Y decidí que no me importaba si lo hacía. Pero el mostrarme demasiado protector podría hacerla aún más daño, a la larga.

Mientras yo estaba deliberando, Walter le dijo:

– ¿Qué tipo de sexo oral?

– Creo que todos sabemos lo que es el sexo oral -dije.

Las cejas de él se arquearon:

– ¿Lo sabemos? Me pregunto yo… ¿alguien más se lo pregunta?

– Todo esto es una estupidez -dijo Aurora-. Y tengo demasiadas cosas que hacer.

Se puso en pie, se metió la carpeta bajo el brazo y salió de estampida de la habitación. Dos o tres más la siguieron de inmediato.

La puerta fue cerrada de golpe. Un tenso silencio siguió. Los ojos de Sharon estaban húmedos y el lóbulo de su oreja estaba escarlata de tantos tirones.

– Pasemos a otra cosa -dije.

– ¡De eso nada! -gritó Maddy-. Paul dice que no hay que andarse con contemplaciones… ¿Por qué habría de ser ella la excepción?

Su ira parecía alzarla del suelo.

– ¿Por qué infiernos ha de salvarla alguien a ella, cada vez que se encierra en su comportamiento defensivo, y nos deja fuera? -y, a Sharon-: ¡Esto es la realidad, muñeca, no una jodienda de juego en una asociación estudiantil femenina!

– Una jodienda. En una asociación estudiantil femenina no estaría tan mal -dijo Julian. Y sorbió su pipa ostentosamente.

– Con calma -dije.

Sonrió, como si no me hubiera oído, y estiró y volvió a cruzar sus piernas.

– Lo siento, Alex, nada de calmarse -me informó Walter-. Son las normas de Paul.

Una lágrima cayó por la mejilla de Sharon. Se la limpió.

– Hacen lo habitual -dijo.

– ¿Y eso significa…?

– Que se chupan.

– ¡Ah! -exclamó Walter-. Ahora ya vamos a algún sitio.

Alzó las manos, con las palmas arriba, los dedos engarfiados.

– Ánimo, adelante.

El gesto parecía obsceno. Sharon también lo notó. Apartó la vista de él y dijo:

– Eso es todo, Walter.

– Vaya, vaya -dijo Julian, alzando la pipa con aspecto de maestro-. Operacionalicemos. ¿Se la mama ella a él? ¿O es él quien se lo come a ella? ¿O han avanzado hasta llegar a un chupársela en común, el viejo truco del sesenta y nueve?

Las manos de Sharon volaron a su rostro. Tosió para evitar llorar.

– ¿La Princesa está triste? -dijo Maddy-. ¡Vaya mierda!

– ¡Basta ya! -ladré yo.

El rostro de Maddy se oscureció.

– Ya ha salido otra figura autoritaria paterna.

– Tranquilos -dijo alguien-. Que todo el mundo mantenga la calma.

Sharon se puso en pie, recogiendo de un tirón sus libros, luchando con ellos para mantenerlos en equilibrio, toda ella blancas piernas y crujiente nailon.

– Lo siento, por favor perdonadme. -Agarró con fuerza la manija de la puerta, la giró y salió corriendo.

– Catarsis -dijo Walter-. Podría ser una apertura.

Lo miré, los miré a todos: vi sonrisas de buitres, satisfacción complacida en sí mismos. Y otra cosa…, un destello de miedo.

– Se acabó la clase -dije.

La atrapé justo cuando llegaba a la calle.

– ¿Sharon?

Siguió corriendo.

– Espera un momento. Por favor.

Se detuvo, sin dejar de darme la espalda. Me puse frente a ella. Sharon miró hacia abajo, al pavimento, luego arriba al cielo. La noche no tenía estrellas. Su cabello se fundía en ella de modo que sólo era visible su rostro. Una pálida máscara flotando en el aire.

– Lo siento -dije.

Ella negó con la cabeza.

– No, ha sido culpa mía. He actuado como un bebé, de un modo totalmente inapropiado.

– No hay nada inapropiado en que no quieras que te pisoteen. ¡Vaya un grupo…! Debería haberlos tenido con riendas más corta», tendría que haberme dado cuenta de lo que iba a pasar.

Finalmente me miró a los ojos. Y sonrió.

– No hay problema. Nadie podría haberse dado cuenta.

– ¿Siempre es así esta clase?

– A veces.

– ¿Y lo aprueba el doctor Kruse?

– El doctor Kruse dice que tenemos que enfrentarnos a nuestros propios sistemas defensivos, antes de poder llegar a ayudar a otros. -Una risita-. Supongo que a mí aún me queda mucho camino por hacer.

– Lo harás muy bien -le dije-. A la larga, todas estas cosas resultan irrelevantes.

– Es muy amable por su parte el decir eso, doctor Delaware.

– Alex. Y tutéame.

Su sonrisa se hizo más amplia.

– Gracias por venir a ver cómo estaba, Alex. Creo que será mejor que vuelvas a clase.

– La clase ha terminado. ¿Estás segura de que ya estás bien?

– Estoy muy bien. -Cambió su peso de una pierna a otra, tratando de equilibrar el movimiento de los libros.

– Trae, deja que te ayude con eso. -Algo en ella hacía surgir el sir Lancelot que había en mí.

Ella me dijo:

– No, no es problema… -pero no me impidió que se los cogiese.

– ¿Dónde está tu coche?

– Voy caminando. Vivo en la Escuela Mayor: Curtis Hall.

– Puedo llevarte en mi coche a Curtis.

– Realmente no es necesario.

– Sería un placer para mí.

– Bueno, en tal caso, me gustaría que lo hicieses.

La dejé en los dormitorios de chicas, y quedamos citados para el siguiente sábado.

Me esperaba en la esquina cuando llegué a recogerla, vistiendo un suéter amarillo de cachemira, una falda escocesa negra y amarilla, calcetines altos negros y mocasines. Me dejó abrirle la puerta. Y, en el mismo momento en que mi mano tocó el volante, la de ella estuvo encima, cálida y firme.

Comimos en una de esas pizzerías-cervecerías, ruidosas y llenas de humo, que se encuentran junto a todo campus universitario. Colocados en una mesa de un rincón, vimos en la tele dibujos del Correcaminos, comimos y bebimos, y nos sonreímos el uno a otro.

Yo no podía apartar la vista de ella, quería saber más acerca de ella, deseaba forjar una intimidad instantánea, imposible. Me fue dando bocaditos de información sobre sí misma: que tenía veintiún años, que había crecido en la Costa Este, que se había graduado en una pequeña escuela superior femenina, que se había venido al Oeste para graduarse. Luego desvió la conversación hacia asuntos académicos.

Recordando las insinuaciones de los otros alumnos, le pregunté acerca de su relación con Kruse. Me dijo que él era su asesor de Facultad, e hizo que eso sonase a poco importante. Cuando le pregunté cómo era él, me contestó que dinámico y creativo, y luego cambió de tema, otra vez.

Lo dejé correr, pero sin dejar de sentir curiosidad. Tras aquella clase tan desagradable, había hecho mis averiguaciones acerca de Kruse, me había enterado que era uno de los asociados clínicos, un recién llegado, que ya se había ganado una cierta reputación por ir siempre detrás de las faldas y buscando ser el centro de la atención.

No era el tipo de mentor que yo hubiera considerado adecuado para alguien como Sharon. Aunque la verdad era, ¿qué sabía yo acerca de Sharon? ¿Y qué era lo adecuado para ella?

Traté de enterarme de más cosas acerca de ella. Se escapó ágilmente a mis preguntas, desviando continuamente el tema de la conversación hacia mí.

Experimenté una cierta frustración, y por un instante comprendí la ira de los otros estudiantes. Luego recordé que acabábamos de conocernos: yo estaba siendo demasiado impulsivo, esperando mucho, demasiado pronto. Su comportamiento sugería una procedencia de una familia de viejos ricos, y un ambiente protegido, conservador. Precisamente el tipo de crianza que habría hecho hincapié en los peligros de una intimidad inmediata.

Y, sin embargo, estaba la cuestión de que su mano acariciase la mía, del claro afecto que había en su sonrisa. No estaba haciéndose la estrecha.

Hablamos de psicología. Ella se sabía muy bien lo que le habían enseñado, pero no dejaba de aceptar la superioridad de mis conocimientos. Yo notaba en Sharon una autentica profundidad, bajo aquel exterior de Suzy Requesón. Y algo más: un talante placentero. Una amabilidad de gran dama, que me cazó por agradable sorpresa, en aquella época de habitual e insultante ira femenina, disfrazada de liberación.

Mi diploma decía que yo era un médico de la mente, un sabio a la edad de veinticuatro años, gran árbitro de las relaciones humanas. Pero las relaciones humanas aún me asustaban. Las mujeres aún me asustaban. Desde la adolescencia me había sumergido en un régimen de estudio, trabajo, más estudio…, tratando de sacarme a mí mismo del purgatorio proletario, y esperando que el factor humano se solucionase para mí, al mismo tiempo que mis objetivos de carrera. Pero nuevos objetivos estaban apareciendo continuamente y, a los veinticuatro, aún seguía en ello, con una vida social limitada a encuentros casuales y a un obligado sexo calisténico.

Mi última cita había sido hacía más de dos meses… Una breve y mala aventura con una hermosa rubia de Kansas, interna en neonatología, que me había pedido una cita, mientras nos encontrábamos en la cola de la cafetería del Hospital. También había sido ella quien había sugerido el restaurante, luego pagado su parte de la comida, invitado a sí misma a mi apartamento, espatarrada de inmediato en el sofá, tomando una pastilla de tranquilizante, y puesto de mal humor cuando yo me había negado a tomarme otra. Un momento después, el enfado ya estaba olvidado, y ella estaba en pelota picada, sonriendo y señalándome a su entrepierna.

– Esto es Los Ángeles, amigo. Come coño.

Dos meses.

Y ahora, aquí estaba yo, sentado frente a una recatada belleza que me hacía sentirme un Einstein y se limpiaba la boca, aun a pesar de tenerla limpia. Yo bebía sus vientos. A la luz de las velas colocadas sobre botellas de Chianti de aquella pizzería, todo lo que ella hacía me parecía especial: rechazar la cerveza prefiriendo una Seven Up; reírse como una cría de las desventuras del Coyote en los dibujos animados; enrollar hilos de queso fundido en su dedo, antes de metérselos entre sus perfectos dientes blancos.

Un centelleo de lengua rosada.

Construí un pasado para ella, uno que olía a las sensibilidades propias de una rica familia de blancos protestantes y anglosajones: mansiones de verano, cotillones, bailes de puesta de largo, cacerías de zorros. Docenas de pretendientes…

El científico que había en mí cortó las fantasías en su raíz: eran absolutas conjeturas, memeces. Ella te ha dejado espacios vacíos, y tú los estás llenando con fantasías desquiciadas.

Hice otra intentona por averiguar quién era. Me contestó sin decirme nada, y me puso de nuevo a hablar de mí.

Me rendí a las fáciles sensaciones de autocomplacencia de la propia biografía. Ella lo hacía fácil: era una oyente de primera, con su barbilla apoyada en sus nudillos, mirándome con esos enormes ojos azules, dejando bien claro que cada palabra que yo pronunciaba era monumentalmente importante. Jugueteando con mis dedos, riendo mis chistes, moviendo su cabello con golpes de la cabeza, de modo que le diera la luz a sus pendientes.

En ese momento en el tiempo, yo era un don que Dios le había hecho a Sharon Ransom. Y eso me hacía sentir mejor que cualquier otra cosa de la que tuviese recuerdo.

Sin necesidad de todo eso, su sola belleza ya me hubiera hecho picar. Aun en aquel vocinglero local, atestado de lujuriosos cuerpos jóvenes y rostros que le habrían partido el corazón a más de uno, la belleza de ella era como un imán. Me parecía obvio que cada hombre que pasaba se inclinaba y la acariciaba visualmente, mientras que las mujeres la valoraban con feroz agudeza. Ella permanecía ajena a todo ello, centrada en mí.

Me oí abrirme, hablarle de cosas en las que no había pensado desde hacía años.

Cualesquiera problemas con los que ella se hallase, los solucionaría como terapeuta.

Desde el principio la deseé físicamente, con una intensidad que me estremecía. Pero algo en ella, una fragilidad que yo apreciaba o imaginaba, me hacía contenerme.

Durante media docena de citas todo siguió casto y puro: manitas y besitos de despedida, un inspirar profundamente aquel ligero y fresco perfume. Y yo volvía a casa empalmado, pero extrañamente contento, subsistiendo de recuerdos.

Mientras nos dirigíamos hacía su dormitorio, tras la séptima velada juntos, ella me dijo:

– No me dejes aún, Alex. Gira esa esquina.

Me dirigió a una oscura calle lateral, llena de sombras, adyacente a uno de los campos de deportes. Se inclinó, apagó el motor, se quitó los zapatos, y pasó, por encima el respaldo del asiento, a la parte trasera del Rambler.

– Ven -me dijo.

La seguí atrás, alegrándome de haber limpiado el coche. Me senté junto a ella, la tomé en mis brazos, la besé en los labios, los ojos, el dulce punto bajo su cuello. Ella se estremeció, tuvo un respingo. Toqué su pecho y noté tamborilear a su corazón. Nos besamos más veces, con mayor profundidad, más largamente. Le puse la mano en la rodilla. Ella se estremeció y me lanzó una mirada que me pareció de temor. Alcé la mano y ella la volvió a colocar, entre sus rodillas, apretándola en un suave y cálido cepo. Luego abrió las piernas y yo me lancé a explorar, recorriendo las columnas de blanco mármol. Ella estaba abierta de piernas, había echado la cabeza hacia atrás tenía los ojos cerrados, estaba respirando por la boca. No llevaba ropa interior. Le subí las faldas y vi un generoso triángulo, tan suave y negro como la piel de la marta cibelina.

– ¡Oh, Dios! -dije, y comencé a darle placer.

Ella me mantuvo alejado con una mano y asió la cremallera de mi bragueta con la otra. En un segundo estuve libre y apuntando a lo alto.

– Ven a mí -dijo.

La obedecí.

7

Con Milo fuera de la ciudad, mi único otro contacto policial era con Delano Hardy, un atildado detective negro, que a veces trabajaba con Milo. Hacía algunos años, Delano me había salvado la vida. Yo le había comprado una guitarra: una Fender Stratocaster clásica, que Robin había restaurado. Estaba claro quién estaba en deuda con quién, pero de todos modos le llamé.

El recepcionista de la Comisaría del Oeste de L.A. me dijo que el detective Hardy no volvería hasta la mañana siguiente. Me pregunté si llamarlo a casa, pero sabía que era un hombre muy de familia, siempre tratando de arañar un poco de tiempo que dedicar a sus hijos, así que le dejé un mensaje para que me llamase.

Entonces pensé en alguien al que no le molestaría que lo llamase a casa. Ned Biondi era uno de esos periodistas que vivía para las historias que publicaba. Cuando yo lo había conocido, era un reportero de local, pero había ido progresando hasta llegar al cargo ejecutivo de subdirector, aunque aún conseguía meter un artículo en el periódico, de vez en cuando.

Ned estaba en deuda conmigo. Yo había ayudado a revertir el descenso de su hija hasta casi la muerte por anorexia. Le había costado un año y medio el pagarme, luego había añadido a su deuda personal el haberse aprovechado de un par de noticiones que yo había dejado caer en su regazo.

Justo después de las nueve de la noche lo encontré en su casa de Woodland Hills.

– Iba a llamarte, Doc.

– ¿Sí?

– Sí, acabo de regresar de Boston. Anne-Marie te envía su cariño.

– ¿Qué tal le va?

– Aún sigue más delgada de lo que nos gustaría, pero por lo demás está de maravilla. Este otoño ha empezado sus estudios de asistenta social, tiene un trabajo a tiempo parcial, y se ha encontrado un nuevo noviete para sustituir al bastardo que la dejó tirada.

– Dale recuerdos míos.

– Lo haré. ¿Qué pasa?

– Quería preguntarte algo sobre un artículo que hay en la última edición de hoy. El suicidio de una psicóloga, en la página…

– Veinte. ¿Qué pasa con eso?

– Yo conocía a esa mujer, Ned.

– ¡Oh, vaya! Mala suerte.

– ¿Hay algo más que lo que habéis publicado?

– No hay razón para que lo haya. No era exactamente lo que se dice un notición. De hecho, creo que nos llegó por teléfono, de Relaciones Públicas de la policía; nadie fue al lugar de los hechos. ¿Hay algo que sepas y yo debiese saber?

– Nada en absoluto. ¿Quién es Maura Bannon?

– Es una cría…, una estudiante en prácticas. De hecho, es amiga de Anne-Marie. Está haciendo un semestre de trabajo de prácticas de sus estudios: un poco aquí, un poco allí. Ella fue la que se empeñó en que se publicase esa nota. Es aún una nena inocente, y pensó que eso de que una comeco… psicóloga se suicidase era una noticia interesante. Aquellos de nosotros que estamos más familiarizados con el mundo real nos sentimos menos emocionados, pero le dejamos meterlo en el ordenador, para que se callase… y al final resulta que lo usan en la Sección Primera como relleno. La chavala está que no cabe en sus zapatos. ¿Quieres que te llame?

– Si tiene algo que contarme…

– Dudo que lo tenga. -Una pausa-. Doc, la dama en cuestión… ¿la conocías bien?

Mi mentira fue un puro reflejo:

– Realmente no. Pero fue un shock, eso de ver el nombre de alguien que conocía.

– Debe de haberlo sido -dijo Ned, pero su tono se había tornado cauteloso-. Supongo que primero llamaste a Sturgis.

– Está fuera de la ciudad.

– Ajá. Escucha, Doc, no quiero parecer insensible, pero si hay algo acerca de esa dama que pudiera darle garra a esa historia, no me molestaría escucharlo.

– No hay nada, Ned.

– Vale. Perdona que fisgonee… es la fuerza de la costumbre.

– Tranquilo, lo entiendo. A ver si nos vemos pronto, Ned.

A las once treinta di un paseo por la oscuridad, en dirección a Mulholland, escuchando a las cigarras y los pájaros nocturnos. Cuando regresé a casa una hora más tarde, el teléfono estaba sonando.

– Dígame.

– Doctor Delaware, soy Yvette, a su servicio. Me alegra haber podido ponerme en contacto con usted. Hace veinte minutos llegó una llamada para usted de su esposa, desde el norte, en San Luis Obispo. Me dejó un mensaje, y deseaba asegurarse de que usted lo recibía.

Su esposa. Era como si te abofeteasen en una quemadura del sol. Llevaban años cometiendo el mismo error. Sólo que en otro tiempo había resultado divertido.

– ¿Cuál es el mensaje?

– Que está de viaje y va a ser difícil ponerse en contacto con ella. Que se pondrá en contacto con usted cuando le sea posible.

– ¿Ha dejado algún número?

– No, no lo ha hecho. Doctor Delaware, suena usted cansado. ¿Ha estado trabajando demasiado?

– Algo así.

– Cuídese, doctor Delaware.

– Lo mismo le digo.

De viaje. Difícil ponerse en contacto. Debería haberme sentido dolido, pero no lo estaba: me sentía descansado, liberado de un peso.

Desde el sábado, apenas si había pensado en Robin. Había llenado mi mente con Sharon.

Me sentía como un adúltero, avergonzado pero encantado.

Me arrastré a la cama y me quedé dormido, abrazado a mí mismo. A las dos cuarenta y cinco de la madrugada me desperté, nervioso y picajoso. Tras ponerme algo de ropa bajé al aparcamiento y puse en marcha el Seville. Conduje hacia el sur, en dirección a Sunset, luego al este por Beverly Hills y Boystown, hacia el extremo oeste de Hollywood y Nichols Canyon.

En esta hora, incluso el Strip estaba muerto. Tenía las ventanillas abiertas, dejando que el hiriente fresco me mordisquease el rostro. En Fairfax giré hacia la izquierda y viajé hacia el norte, doblando en dirección a Hollywood Boulevard.

Si mencionas el Boulevard, a la mayoría de gente le viene, inevitablemente, una de dos imágenes: o los buenos viejos tiempos del Teatro Chino de Grauman y el Paseo de las Estrellas, con sus estrenos mundiales de etiqueta, las noches iluminadas por los neones. O la calle tal cual es ahora: sucia y violenta, prometiendo violencia sin motivo.

Pero al oeste de este escenario, justo después de pasar La Brea, Hollywood Boulevard muestra otra cara: un par de kilómetros de barrio residencial, en una calle arbolada, con edificios de pisos decentemente conservados, viejas y señoriales iglesias, y casas de dos plantas apenas si maltratadas por el tiempo, que se alzan sobre bien cuidados céspedes. Mirando desde lo alto esta mancha de barrio de clase media se halla una sección de la Cordillera de Santa Mónica que atraviesa ondulante Los Ángeles, como si fuese una espina dorsal deforme. En esta parte de Hollywood las montañas parecen adelantarse amenazadoras, presionando contra la frágil dermis de la civilización.

Nichols Canyon empieza a un par de manzanas al este de Fairfax, un carril y medio de serpenteante asfalto, que surge del lado norte del Boulevard y corre paralelo a un torrente, seco en verano. Pequeñas casas rústicas se alzan detrás del torrente, ocultas por masas de matorrales, accesibles únicamente gracias a pequeños puentes artesanos. Pasé junto a una estación terminal del Departamento de Agua y Energía, iluminada por altas lámparas de arco que lanzaban una cegadora luz brillante. Justo detrás de esa central se hallaba un terreno baldío de control de inundaciones, limitado por una cadena, y luego casas más grandes, distribuidas separadamente en un terreno más llano.

Algo salvaje y rápido cruzó corriendo el camino y se zambulló en los matorrales. ¿Un coyote? En los viejos tiempos, Sharon me había dicho que los había visto, aunque yo nunca me había encontrado con ninguno.

Los viejos tiempos.

¿Qué infiernos esperaba yo ganar al inhumarlos? ¿Al pasar en coche frente a su casa, como un quinceañero enamorado, que confía en poder divisar a su amada?

Estúpido. Neurótico.

Pero yo ansiaba hallar algo tangible, algo que me confirmase el que alguna vez ella había sido real. Que yo era real. Seguí adelante.

Nichols giraba hacia la derecha. La ruta se convertía en Jalmia Drive y era comprimida a un solo carril, aún más oscura bajo la bóveda de árboles. El camino se inclinaba, luego se hundía y, finalmente, acababa sin previo aviso en una pared sin salida, tapizada de bambú y en la que se abrían varios senderos para coche muy inclinados. El que yo andaba buscando estaba señalado por un buzón blanco sobre una estaca y una puerta de tela metálica, también blanca, que colgaba un poco de sus postes.

Me puse a un lado, aparqué, paré el motor y salí. Aire frío. Sonidos nocturnos. La puerta era poco resistente y estaba abierta, seguía siendo tan poca cosa como barrera como lo había sido hacia unos años. Alzándola, para evitar que rozase contra el cemento, miré en derredor y no vi a nadie. Abrí la puerta y pasé dentro. Cerrándola tras de mí, empecé a subir.

A ambos lados del sendero había plantadas palmeras, yucas, aves del Paraíso, y un platanero gigante. Las clásicas plantas de jardinería decorativa de los años cincuenta en California. Nada había cambiado.

Subí, sin que nadie me molestase, sorprendido por la ausencia de toda presencia policial. Oficialmente, el Departamento de Policía de Los Ángeles trataba los suicidios como si fuesen homicidios, y la burocracia departamental se movía a paso de tortuga. Tan pronto después de la muerte, el dossier debía de seguir abierto, y el papeleo apenas si comenzado.

Debería de haber carteles de advertencia, una cuerda limitando la escena del crimen, algún tipo de señal.

Nada.

Entonces escuché un sonido de encendido y el rugido de un motor de coche de gran potencia. Que se hacía más fuerte. Me colé por debajo de una de las palmeras y me oculté entre la vegetación.

Un Porsche Carrera blanco apareció dando la vuelta a la parte superior del sendero y rodó silenciosamente, bajando en punto muerto, con los faros apagados. El coche pasó a pocos centímetros de mí y pude ver la cara del conductor: cincelada a golpes de hacha, cuarentona, con ojos que eran rendijas y una piel extrañamente moteada. Un ancho bigote negro extendiéndose por sobre labios delgados, formando un fuerte contraste con un cabello blanco como la nieve y espesas cejas igualmente blancas.

Un rostro que no era fácil de olvidar.

Cyril Trapp. El Capitán Cyril Trapp. De Homicidios, Comisaría del Oeste de Los Ángeles. El jefe de Milo, en otro tiempo un vividor y borrachín, con una ética muy flexible; pero ahora uno de esos cristianos renacidos, todo él santurronería religiosa y odio feroz a lo que le pareciese irregular.

Durante el pasado año, Trapp había hecho todo lo posible para quemar a Milo…, porque un polizonte gay era de lo más irregular que pudiera hallarse. De mente cerril, pero no estúpido, Trapp había llevado a cabo su persecución de manera sutil evitando algo que pudiera ser tomado como un claro hostigamiento al homosexual. Así, había decidido nombrar a Milo «especialista en crímenes sexuales» y asignarle todo asesinato de homosexuales que se daba en la jurisdicción Oeste de Los Ángeles. Y eso era todo lo que le encomendaba, exclusivamente.

Aquello había aislado a mi amigo, le había estrechado los confines de su vida, y lo había hundido en un baño de sangre y entrañas: niños prostituidos, destruidos y destructores. Cadáveres que se descomponían porque los conductores de la funeraria no aparecían a recogerlos, por miedo a coger el sida.

Cuando Milo se había quejado, Trapp había insistido en que, simplemente, estaba utilizando el conocimiento especializado de Milo en «la cultura de los desviados». La segunda queja originó una mala notación, por insubordinación, en su expediente.

El seguir con la queja hubiera representado presentarse ante consejos de revisión y contratar a un abogado… y la Asociación Benéfica de la Policía no era muy probable que le ayudase en un caso como el suyo. Y también hubiese causado una incesante atención de la prensa, que habría convertido a Milo en el Policía Paladín de los Gays. Y eso era algo para lo que él no estaba preparado… probablemente nunca lo estaría. Así que seguía remando en la mierda, trabajando de modo compulsivo y volviendo a caer en la bebida.

El Porsche desapareció sendero abajo, pero aún podía escuchar su motor pulsando en punto muerto. Luego el chirrido de una puerta de coche, pisadas de suela blanda, el chirrido de la puerta de la propiedad. Finalmente, Trapp se marchó… tan silenciosamente que supe que seguía conduciendo en punto muerto.

Esperé unos, minutos y salí de entre el follaje, pensando en lo que había visto.

¿Un capitán comprobando un suicidio rutinario? ¿Un capitán del Oeste de Los Ángeles metiéndose en un suicidio de la División de Hollywood? Aquello no tenía ningún sentido.

¿O era la visita algo personal? El uso del Porsche en lugar de un coche de la Policía sin distintivos parecía indicarlo.

¿Trapp y Sharon relacionados? Era demasiado ridículo, si quiera para pensarlo.

Demasiado lógico para descartarlo.

Reanudé mi caminata, subí hasta la casa, y traté de no pensar en ello.

Nada había cambiado: las mismas altas extensiones de hiedra. Tan altas que englobaban el edificio. La misma superficie circular de cemento, en lugar de césped. En el centro de la superficie, un parterre circular alzado, limitado por rocas de lava y albergando un par de enormes palmeras cocoteras.

Más allá de las palmeras una casa baja, de una sola planta: estucada en gris, la parte delantera sin ventanas y plana, escudada por una fachada de tiras verticales de madera, y marcada con el número de la calle, de gran tamaño. El techo casi era plano y estaba cubierto de piedrecitas blancas. A un lado había un garaje, separado. No había coche ni signos de que hubiera nadie en la casa.

A primera vista, era una casa fea. Una de esas edificaciones «modernas», que se habían extendido por Los Ángeles de postguerra, y que han soportado mal el paso del tiempo. Pero yo sabía que, dentro, había belleza. Una piscina de formas irregulares, acabada en un abismo, que se pegaba al lado norte de la casa y daba la ilusión de fundirse con el espacio. Paredes de cristal que permitían una ininterrumpida visión del cañón que quitaba el aliento.

La casa me había causado una gran impresión, aunque no me había dado cuenta de ello hasta años más tarde, cuando llegó el momento de comprarme una casa propia y me encontré decantándome por una ecología similar: remota en lo alto de una colina, cristal y madera, la fusión de lo interior y lo exterior y la impermanencia geológica que caracterizan el vivir en los cañones de Los Ángeles.

La puerta delantera no era muy visible: simplemente otra sección en la fachada de tiras. Probé de abrirla. Estaba cerrada. Miré de nuevo en derredor y me fijé en algo que era diferente: un cartel atado al tronco de una de las palmeras.

Me acerqué a contemplarlo mejor y forcé la vista: había justo la suficiente luz de las estrellas como para poder diferenciar las letras:

EN VENTA

Lo había puesto una compañía inmobiliaria con una oficina en North Vermont, en el distrito de Los Feliz. Debajo había otro cartel, más pequeño. El nombre y el número de teléfono de la persona encargada de la venta: Mickey Mehrabian.

La habían sacado al mercado sin esperar ni a que se enfriase el cadáver.

Aunque se tratase de una investigación rutinaria de caso de suicidio, aquello tenía que ser la legalización de un testamento más rápida de toda la historia de California.

A menos que la casa no le hubiese pertenecido. Pero ella me había dicho que sí era suya.

Me había dicho muchas cosas.

Memoricé el número de Mickey Mehrabian. Y, cuando estuve de vuelta en el Seville, lo anoté.

8

A la mañana siguiente, llamé a la oficina inmobiliaria. Mickey Mehrabian resultó ser una mujer con una voz a lo Lauren Bacall, con algo de acento extranjero. Concerté con ella una cita, para ver la casa a las once, y pasé la siguiente hora pensando en la primera vez que la había visto.

Tengo algo que enseñarte, Alex.

Sorpresa, sorpresa. Ella estaba llena de sorpresas.

Yo esperaba que estuviera rodeada de pretendientes; pero siempre estaba disponible cuando la llamaba para salir, incluso casi sin previo aviso. Y jamás se quejaba cuando la crisis de un paciente me obligaba a romper una cita. Nunca me empujó ni me presionó para lograr de mi un compromiso de ningún tipo…, era el ser humano menos exigente que jamás hubiera conocido.

Hacíamos el amor en casi cada ocasión en que nos veíamos, a pesar de que nunca pasábamos la noche juntos.

Al principio me rogó que no fuésemos a mi casa, deseaba hacerlo en el asiento de atrás del coche. Cuando llevábamos ya varios meses saliendo, moderó su intransigencia, pero incluso cuando compartía mi cama, la trataba como si fuera el asiento trasero del coche… no acabando nunca de desnudarse del todo, jamás quedándose dormida. En una ocasión, tras despertarme varias veces de mi propia somnolencia postcoital y hallarla sentada al borde de la cama, totalmente vestida y tirándose de la oreja, le pregunté qué era lo que la preocupaba.

– Nada. Simplemente, es que soy muy inquieta…, siempre lo he sido. Tengo problemas para dormir en otro sitio que no sea mi propia cama. ¿Te molesta?

– No, naturalmente que no. ¿Hay algo que yo pueda hacer?

– Llévame a casa. Cuando te venga bien.

Me adapté a sus necesidades: follar y escapar. Eso le quitó algunos flecos a mi placer, pero quedaba aún el suficiente como para que siguiese volviendo a por más.

Su placer… La falta del mismo, era algo que no cesaba de roerme la mente. Llevaba a cabo todos los gestos propios del apasionamiento, moviéndose con energía… una energía que yo estaba seguro que no era erótica; pero nunca se corría.

No era que no respondiese a los estímulos: se mojaba con facilidad, siempre estaba dispuesta. Parecía disfrutar con el acto; pero el clímax no formaba parte de su repertorio. Cuando yo había acabado, ella también… habiéndome dado algo de ella misma, pero no la totalidad.

Yo sabía perfectamente bien que esto no era lo correcto, pero su dulzura y belleza…, la emoción de poseer a la hermosa que, de eso estaba seguro, todo el mundo deseaba…, eso me mantenía. Seguro, era una fantasía de adolescente, pero una parte de mí no estaba tan lejos de la adolescencia.

Su brazo rodeando mi cintura ya era suficiente para ponérmela dura. El pensar en ella daba paso a ensoñaciones diurnas que llenaban mis sentidos. Dejé de lado mis dudas.

Pero, al cabo, la situación empezó a carcomerme demasiado: yo deseaba dar tanto como estaba recibiendo, porque realmente sentía algo por ella.

Y, naturalmente, por encima de todo eso mi ego masculino estaba pidiendo a gritos ser reconfirmado. ¿Acaso iba demasiado rápido? Trabajé en aumentar mi resistencia. Ella me cabalgaba, incansable, como si estuviésemos llevando a cabo algún tipo de competición atlética. Traté de ser dulce, pero eso no me condujo a parte alguna; así que cambié e hice el papel de cavernícola. Experimenté con las posiciones, la toqué como si fuese una guitarra, la trabajé arriba y abajo hasta que estuve empapado en sudor y me dolió todo el cuerpo, la cubrí con ciega devoción.

Nada de ello tuvo efecto.

Recordé las inhibiciones sexuales que había mostrado en la clase práctica. El caso que la había tenido desconcertada: la ruptura de comunicaciones. El doctor Kruse dice que tenemos que enfrentarnos a nuestros propios sistemas defensivos antes de que podamos ayudar a otros.

El ataque contra sus defensas la había llevado hasta las lágrimas. Luché por hallar un modo en que comunicarme sin hacerla pedazos. Compuse y descarté mentalmente diversas peroratas antes de lograr, finalmente, un monólogo que me parecía mínimamente dañino.

Elegí soltárselo mientras yacíamos derrengados en la parte trasera del Rambler, aún conectados, con mi cabeza en su pecho cubierto por el suéter, sus manos acariciándome el cabello. Ella no dejó de acariciarme mientras me escuchaba, luego me besó y me dijo:

– No te preocupes por mí, Alex. Estoy bien.

– Quiero que tú también lo disfrutes.

– Oh, lo hago, Alex. ¡Me encanta!

Comenzó a mover sus caderas, haciéndomela poner tiesa, luego enlazándome con sus brazos, mientras yo seguía creciendo dentro de ella. Forzó mi cabeza hacia abajo, tapó mi boca con la suya, apretando la presión de su pelvis y sus brazos, haciéndose cargo de la situación, aprisionándome. Arqueándose y tragando, girando y soltando, aumentando el ritmo, hasta que me exprimió el placer en largas y convulsas oleadas. Grité, gloriosamente inerme, notando cómo mi espina dorsal se hacía pedazos, cómo se me descoyuntaban las articulaciones. Cuando me quedé quieto, de nuevo empezó a acariciarme el cabello.

Aún seguía erecto y empecé a moverme de nuevo. Ella se escapó de debajo, se alisó la falda, sacó un estuche de maquillaje y empezó a arreglarse la cara.

– Sharon…

Colocó un dedo sobre mis labios.

– Eres tan bueno conmigo -me dijo-. ¡Maravilloso!

Cerré los ojos, me dejé flotar por unos instantes. Cuando los volví a abrir, ella estaba mirando a la lejanía, como si yo no estuviese allí.

Desde esa noche, yo abandoné la idea de un amor perfecto y me dediqué, avaramente, a recibir sin dar. Ella recompensó mi aceptación con devoción y sometimiento, a pesar de que era yo el que estaba siendo moldeado.

El terapeuta que había en mí sabía que yo estaba equivocado. Pero empleé la racionalización de ese terapeuta para acallar mis dudas.

No servía de nada empujarla, ella cambiaría cuando estuviese preparada para el cambio.

Llegó el verano y se acabó mi empleo. Sharon había completado su primer año con las mejores notas en todos los exámenes. Yo había pasado mi examen de licenciatura y tenía una oferta de trabajo en la Western Pediatric, para cuando llegase el otoño. Era hora de celebraciones, pero no iba a tener sueldo alguno hasta el otoño. El tono empleado en las cartas de mis acreedores se había tornado amenazador. De modo que, cuando me llegó la oportunidad de ganar algo de dinero, me agarré a ella como a un clavo ardiendo: una actuación de ocho semanas en una banda de baile, allá en San Francisco, tocando en tres actuaciones por noche, seis noches por semana en el Mark Hopkins. Cuatro de los grandes, más comida y alojamiento en un Motel de la Lombard Street.

Le pedí que se viniera al norte conmigo, le describí visiones de desayunos en Sausalito, buenas funciones de teatro, el Palacio de las Bellas Artes, una excursión a pie al Monte Tamalpais.

– Me encantaría -me contestó ella-, pero tengo cosas de las que ocuparme.

– ¿Qué tipo de cosas?

– Asuntos familiares.

– ¿Problemas en casa?

Me contestó muy rápidamente:

– ¡Oh, no! Lo habitual…

– Eso no me explica nada -le dije-. No sé lo que es lo habitual, porque nunca me hablas de tu familia.

Un suave beso, un encogerse de hombros.

– Es una familia como cualquier otra.

– Déjame imaginarlo: quieren devolverte a la civilización, para poder arreglar tu boda con uno de los buenos partidos locales.

Ella se echó a reír, me volvió a besar.

– ¿Con un buen partido? Lo dudo.

Le puse el brazo alrededor de la cintura, le di un beso.

– Oh, sí… ya puedo verlo: dentro de unas semanas cogeré el periódico y veré tu foto en las páginas de sociedad, y dirá que te has comprometido con uno de esos tipos que tienen apellidos compuestos y hacen carrera como banqueros inversionistas.

Eso la hizo lanzar una risita.

– No creo que pase eso, cariño.

– ¿Y por qué no?

– Porque mi corazón te pertenece.

Tomé su rostro en mis manos, la miré a los ojos.

– ¿De veras, Sharon?

– Naturalmente, Alex. ¿Qué crees?

– Creo que, después de todo este tiempo, no te conozco muy bien.

– Me conoces mejor que nadie.

– Y eso sigue siendo poco.

Ella se tironeó la oreja.

– Realmente, eres lo que más me interesa, Alex.

– Entonces, vente a vivir conmigo cuando regresemos -le dije-. Me haré con un sitio mejor, mayor.

Ella me besó, tan intensamente, que me creí que aceptaba. Luego se apartó y me dijo:

– No es tan simple.

– ¿Por qué no?

– Porque las cosas son… más complicadas. Por favor, no hablemos de esto ahora.

– De acuerdo -le dije-. Pero considéralo.

Ella me lamió la parte de debajo de la barbilla, y añadió:

– Ñam. Considera tú esto.

Empezamos a morrearnos. La apreté contra mí, me hundí en su cabello, en su carne. Era como bucear en una tina de nata dulce.

Le desabroché la blusa, y le dije:

– De veras que voy a echarte en falta. Ya te echo ahora mismo.

– ¡Qué bonito es lo que dices! -afirmó-. Nos lo pasaremos bien en septiembre.

Entonces, comenzó a bajarme la cremallera de la bragueta.

A las diez cuarenta, fui en busca de la vendedora de fincas. El suave verano había empezado, finalmente, a marchitarse, dejando paso a temperaturas más altas y a un aire que olía como salido de un horno. Pero Nichols Canyon aún tenía un aspecto fresco: bañado por el sol, lleno de sonidos campestres. Era difícil pensar que Hollywood, con los sempiternos buscadores de dinero y los cazadores de famosos, se hallase a pocos metros de distancia.

Cuando llegué a la casa, la puerta de malla metálica estaba abierta. Subiendo con el Seville hasta la casa, lo aparqué junto a un gran Fleetwood Brougham, color borgoña, con tapacubos de alambres, una antena de teléfono en la parte de atrás y una matrícula que indicaba SELHOUS, una contracción de «vendo casas».

Una morena alta salió del coche. A mediados de los cuarenta, con el cuerpo firme por la práctica del aeróbic, y de buen tipo en sus tejanos descoloridos con ácido, botas de tacón alto, y una especie de blusa de escote cuadrado, en ante negro, decorada con lentejuelas. Llevaba un bolso de piel de serpiente y se adornaba con bisutería de diseño: piezas grandes de cristal y ónice y unas gafas de sol hexagonales, de cristales teñidos en azul.

– ¿Doctor? Soy Mickey -una amplia sonrisa se extendió automáticamente bajo las gafas de sol.

– Alex Delaware.

– ¿Doctor Delaware?

– Sí.

Se subió las gafas hasta la frente, estudió la capa de suciedad que cubría mi Seville, luego mis ropas…, pana vieja, camisa de trabajo desteñida, sandalias.

Estaba haciéndome mentalmente un informe a lo Dun and Bradstreet: Dice que es un doctor, pero esta ciudad está llena de artistas del timo. Conduce un Caddy, pero de hace ocho años. ¿Otro que quiere vivir mejor de lo que puede? ¿O alguien que tuvo y no retuvo?

– Hermoso día -dijo, con una mano en la manija de la puerta, aún escrutándome, aún desconfiada. El encontrarse con desconocidos en lo alto de las colinas debía ser algo intranquilizante para una mujer.

Sonreí, traté de parecer inofensivo y le contesté:

– Hermoso. -Y miré a la casa. A la luz del día, la sensación de familiaridad se hacía más fuerte. Mi pedacito personal de ciudad fantasma. Estremecedor.

Ella confundió mi silenciosa contemplación con una sensación de disgusto, y se apresuró a decir:

– Desde dentro hay una vista fabulosa. Realmente es excepcional, una maravilla… creo que fue diseñada por uno de los estudiantes de Neutra.

– Interesante.

– Acaba de ser puesta a la venta, doctor. Ni siquiera hemos publicado aún anuncios… de hecho, ¿cómo lo supo usted?

– Siempre me ha gustado el Nichols Canyon -le contesté-. Y un amigo que vive aquí cerca me dijo que esta casa quedaba libre.

– ¡Oh! Perdone, pero… ¿en qué es usted doctor?

– Psicología.

– ¿Y se ha tomado el día libre?

– Medio día. No es muy frecuente que pueda hacerlo.

Miré el reloj y traté de parecer preocupado por la hora. Eso pareció tranquilizarla. Reapareció su sonrisa.

– Mi sobrina quiere ser psicóloga. Es una chica muy lista.

– Maravilloso. Que tenga suerte.

– ¡Oh!, yo creo que la suerte nos la hacemos nosotros, ¿no le parece, doctor?

Sacó llaves de su bolso y fuimos hacia la puerta delantera. Daba a un pequeño patio: unas pocas plantas en macetas, campanillas de cristal que el viento hacía tintinear y cuyo sonido yo recordaba, que colgaban sobre el dintel, silentes en aquel aire caliente y quieto.

Entramos y ella inició su charla de ventas, una perorata muy bien ensayada.

Yo hice ver que la escuchaba, asentí y dije «ya» o «claro» en los momentos adecuados, y me obligué a seguirla en lugar de ir yo por delante, pues conocía la casa mejor que ella.

El interior hedía a líquido limpiamoquetas y ambientador de pino. Todo deslumbrantemente limpio, expurgado de muerte y desorden. Pero a mí me parecía tristón y sobrecogedor, como un museo del terror.

La parte delantera de la casa era una única zona abierta, que reunía sala de estar, comedor, estudio y cocina. La cocina era un auténtico crimen decorativo: armarios color verde aguacate, sobre de las mesas en formica color coral, de bordes redondeados, y una repisa mesa de desayuno metida en un rincón. El mobiliario era de madera rubia, telas sintéticas en colores pastel y patas delgadas de hierro negro…, el tipo de cosas puestas de moda por la jet-set de postguerra que siempre parecen estar preparándose para despegar y salir volando. Las paredes, en yeso de superficie irregular y color marrón claro estaban decoradas con retratos de arlequines y serenos paisajes. Unas estanterías de libros seguían repletas de volúmenes de psicología. Los mismos.

Una habitación indiferente y apática, pero cuya falta de atractivos proyectaba el ojo hacia el este, hacia una pared de cristal tan transparente que parecía invisible. Paneles de cristalera, segmentados por una puerta corredera, también de cristal.

Al otro lado había una estrecha terraza, de suelo de terrazo, bordeada por una barandilla de hierro blanco; más allá de la barandilla algo que llenaba la vista… y la mente, un paisaje de cañones, picos, cielos azules, follaje estival.

– ¿No es una maravilla? -me dijo Mickey Mehrabian, extendiendo un brazo, como si el panorama fuese un cuadro que ella hubiera pintado.

– Realmente lo es.

Salimos a la terraza. Me sentí mareado, recordé una velada de baile, de guitarras brasileñas.

Tengo algo que enseñarte, Alex.

A finales de septiembre regresé a L.A., antes que ella volviese, con cuatro mil dólares más en mi haber, e infernalmente solitario. Se había marchado sin dejarme dirección ni teléfono, ni nos habíamos cruzado una simple postal. Debería haber estado irritado, pero ella era en lo único que podía pensar mientras conducía costa abajo.

Fui directamente a Curtis Hall. La encargada de su piso me dijo que se había dado de baja en el dormitorio, y no iba a regresar allí aquel semestre. No había dejado dirección alguna ni número de teléfono.

Me marché, irritado y mísero, seguro de haber tenido razón: su familia la había seducido para que volviese a la Buena Vida, rodeada por chicos ricos, nuevos juguetes. Nunca regresaría.

Mi apartamento me parecía más sórdido que nunca. Lo evité, pasando tanto tiempo como me era posible en el Hospital, en donde los retos de mi nuevo trabajo servían para distraerme. Tomé todo un grupo de casos de la lista de espera, y me presenté voluntario para el turno nocturno en la Sala de Emergencias. Al tercer día, ella apareció en mi oficina, con aspecto muy feliz, casi enfebrecida por la dicha.

Cerró la puerta, besos profundos y abrazos. Dijo alguna cosa acerca de haberme echado en falta, dejó que mis manos recorriesen sus curvas. Luego se apartó, ruborizada y riendo.

– ¿Está libre para la comida, doctor?

Me llevó al aparcamiento del Hospital, hasta un brillante descapotable: un Alfa Romeo Spider nuevo de trinca.

– ¿Te gusta?

– Claro, es estupendo.

Me tiró las llaves.

– Tú conduces.

Comimos en un restaurante italiano en Los Feliz escuchando óperas y tomando canolli de postre. De regreso al coche, me dijo:

– Tengo algo que enseñarte, Alex -y me dirigió hacia el oeste, hacia Nichols Canyon.

Mientras subía por el sendero hacia la casa gris de techo de piedrecitas, me dijo:

– ¿Qué le parece, doctor?

– ¿Quién vive aquí?

– Su segura servidora.

– ¿La has alquilado?

– ¡No! ¡Es mía! -Salió del coche y se fue a la puerta delantera.

Me sorprendió hallar la casa amueblada, y aún más con la anticuada decoración, estilo años cincuenta, del lugar. Vivíamos en unos tiempos en que lo orgánico era rey: tonos terrosos, velas de iluminación hechas a mano, y batiks. Así que todo ese aluminio y plástico, los colores planos y fríos, parecían superados, casi como de chiste.

Pero ella fue flotando por el interior, envuelta en su orgullo de propietaria, tocando y poniendo bien cosas, abriendo unas cortinas para dejar al descubierto una pared de cristal. La vista me hizo olvidar el aluminio.

Desde luego, aquello no era, ni por asomos, el chamizo de un estudiante. Pensé: es una mantenida…, alguien le ha puesto la casa. Alguien lo bastante mayor como para haber comprado muebles de los cincuenta.

¿Kruse? Ella nunca me había confirmado esa supuesta relación…

– Entonces… ¿qué piensa usted, doctor?

– Realmente impresionante. ¿Cómo te lo has montado?

Ella estaba en la cocina, sirviendo 7-Up en dos vasos. Hizo un mohín.

– La verdad es que no te gusta.

– No, no. ¡Es fantástica!

– Tu tono de voz me dice otra cosa, Alex.

– Sólo me estaba preguntando cómo te las apañas para tener todo esto. Financieramente hablando.

Hizo un gesto teatral y me contestó con una voz a lo Mata Hari:

– Tengo una doble vida.

– ¡Aja!

– ¡Oh, Alex, no seas aguafiestas! No me he acostado con nadie para conseguir esto.

Eso me estremeció, y le dije:

– No estaba implicando que lo hubieses hecho.

Su sonrisa era malévola.

– Pero si cruzó por tu mente, mi dulce Príncipe.

– ¡Jamás! -Miré a las montañas. El cielo era color agua de mar clara, sobre un horizonte de marrón rosado. Seguía la coordinación de colores de los cincuenta-. Nada ha cruzado por mi mente. Simplemente, es que no estaba preparado para esto. No te veo, ni sé nada de ti durante todo el verano y, ahora… esto.

Me dio el refresco, puso su cabeza en mi hombro.

– Es hermoso -le dije-. No tanto como tú, pero hermoso. Disfrútalo.

– Gracias, Alex. Eres tan maravilloso…

Nos quedamos allá un rato, dando sorbitos. Luego abrió la puerta corrediza y salimos a la terraza. Un espacio estrecho y blanco, que colgaba sobre una caída en vertical. Era como subirse a una nube. El olor yesoso de los matorrales secos subía de los cañones. A la distancia se veía el letrero de HOLLYWOOD, medio caído, astillado, el cartel de unos sueños hechos añicos.

– También hay una piscina -me dijo-. Al otro lado.

– ¿Quieres que nos bañemos en pelotas?

Sonrió y se reclinó en la barandilla. Le toqué el cabello, metí la mano bajo su suéter y le hice un masaje en la espina dorsal.

Ella lanzó un sonido de satisfacción, se recostó contra mí tendió el brazo hacia atrás y me acarició la barbilla.

– Creo que debería explicártelo -dijo-. Lo que pasa es que es un tanto liado.

– Tengo tiempo -le dije.

– ¿Lo tienes? -me dijo, repentinamente excitada. Se volvió hacia mí, tomándome el rostro con sus manos-. ¿No tienes que regresar de inmediato al hospital?

– No hay nada más que reuniones hasta las seis. Debo estar en la Sala de Emergencias a las ocho.

– ¡Maravilloso! Podemos quedarnos sentados un rato aquí, y contemplar el atardecer. Luego te llevaré de regreso.

– Me ibas a explicar… -le recordé.

Pero ya había entrado en la casa y conectado el estéreo. Me llegó una lenta música brasileña: de suaves guitarras y una discreta percusión.

– Llévame tú -dijo, de vuelta en la terraza. Serpenteando sus brazos en derredor de mí-. En el baile, se supone que es el hombre el que tiene que llevar.

Nos acunamos juntos, vientre contra vientre, lengua contra lengua. Cuando la música terminó, me tomó de la mano y me llevó, por un corto pasillo hasta su alcoba. Más muebles teñidos, con sobres de cristal, una lámpara de pie, una cama baja y ancha con una cabecera cuadrada y teñida. Por encima, dos estrechas y altas ventanas.

Se quitó los zapatos. Mientras yo me quitaba los míos, me fijé en algo que había en las paredes: burdos dibujos infantiles de manzanas. Lápices de colores sobre papel basto, color amarillento. Pero enmarcados con marcos caros y cristal.

Extraño, pero no pasé mucho tiempo preocupado por aquello: ella había corrido cortinas opacas sobre las ventanas y hundido la habitación en las tinieblas. Olí su perfume y noté su mano agarrándome el paquete.

– Ven -me dijo… una voz sin cuerpo, y sus manos se apoyaron en mis hombros con sorprendente fuerza. Me empujó hacia abajo y me hizo descender hacia la cama, se colocó encima mío y me besó con fiereza.

Nos abrazamos y rodamos, hicimos el amor totalmente vestidos. Ella sentada, con la espalda contra el cabezal de la cama, las piernas abiertas y forzadas hacia arriba, que mantenía agarradas por detrás de las rodillas. Yo, arrodillado frente a ella, como si estuviera rezando, empalándola mientras me agarraba a la parte superior de la cabecera.

Una posición muy incómoda, de asiento trasero de coche. Cuando se hubo acabado, se deslizó de debajo mío, y me dijo:

– Ahora te lo explicaré: soy huérfana. Mi padre y mi madre murieron el año pasado.

Mi corazón aún latía con fuerza. Le dije:

– Lamento…

– Eran personas maravillosas, Alex. Muy apuestos, muy educados, y muy al día.

Una forma nada apasionada de hablar de los padres fallecidos de uno, pero lo cierto era que la pena podía adoptar muchas formas. Lo importante era que ella estaba hablando, abriéndose.

– Papi era el director de arte de una de las grandes editoriales de Nueva York -me explicó-. Mami era diseñadora de interiores. Vivíamos en Manhattan, en la Park Avenue, y teníamos una casa en Palm Beach y otra en Long Island… en Southampton. Yo era su única hijita.

Esta última frase fue pronunciada con especial solemnidad, como si el no tener hermanos fuera un honor realmente notable.

– Eran gente muy activa, viajaban mucho sin mí. Pero eso no me molestaba, porque sabía que me amaban muchísimo. El año pasado estuvieron de vacaciones en España, en un pueblecito de Mallorca. Y estaban volviendo a casa después de una fiesta, cuando su coche se despeñó por un precipicio.

La tomé entre mis brazos. La noté suelta y relajada, como si hubiese estado hablando del tiempo. Incapacitado para leer su rostro en la oscuridad, escuché, tratando de hallar una tonalidad en su voz, una respiración agitada, alguna prueba de pena. Nada.

– Lo lamento por ti, Sharon.

– Gracias. Ha sido muy duro. Es por esto por lo que no quería hablarte de ellos… no podía soportarlo. Intelectualmente, sé que no es el mejor modo de enfrentarse a la situación, que el mantener una cosa así embotellada sólo lleva a una pena patológica y aumenta el riesgo de todo tipo de síntomas. Pero afectivamente, no podía hablar de ello. Lo intenté muchas veces, pero no podía.

– No te presiones a ti misma. Cada uno vamos a nuestro propio ritmo.

– Sí. Sí, eso es cierto. Sólo te estoy explicando el porqué no te podía hablar de ellos. El porqué, en realidad, aún no puedo.

– Lo comprendo.

– Sé que lo comprendes. -Un beso profundo-. Eres justo lo que yo necesito, Alex.

Pensé en el modo constreñido en el que habíamos hecho el amor.

– ¿Lo soy?

– ¡Oh, Dios, sí! Paul… -se detuvo.

– ¿Paul qué…?

– Nada.

– ¿Me aprueba Paul?

– No es eso, Alex. Pero, sí… Sí, te aprueba. Siempre le hablo de lo maravilloso que eres y él me dice que le alegra que haya encontrado alguien que es tan bueno para mí. Le caes bien.

– No nos conocemos.

Pausa.

– Le cae bien lo que yo le he contado de ti.

– Ya veo.

– ¿Qué te pasa, Alex?

– Parece que tú y Paul habláis mucho…

Noté como su mano tanteaba y me agarraba el miembro, lo apretó suavemente, lo masajeó. Esta vez no respondí y bajó los dedos dejándolos descansar sobre mi escroto.

– Es mi Consejero de Facultad, Alex. Supervisa mis casos. Eso significa que hemos de conversar -suave toqueteo-. Pero no hablemos de él ni de nadie más, ¿vale?

– Vale. Pero aún siento curiosidad para saber de dónde ha salido la casa.

– ¿La casa? -dijo ella, sorprendida-. ¡Oh, la casa! De mi herencia, naturalmente. Era de ellos, de mis padres. Los dos habían nacido en California, y vivieron aquí antes de mudarse al Este…, antes de que yo naciese. Yo era su única hijita, así que ahora es mía. El ejecutar el testamento llevó un tiempo, había un montón de papeleo. Ése fue el motivo por el que no pude ir contigo a San Francisco: tenía que solucionar todo eso. El caso es que ahora tengo una casa y algo de dinero… hay un fondo en fideicomiso, que administran allí. De ahí es de donde he sacado para el Alfa. Ya sé que es un poco escandaloso, pero me gusta… ¿no te parece?

– Es muy guapo.

Siguió un rato hablando del coche, de los sitios a los que podríamos ir con él.

Pero lo único en que yo pensaba era en la casa… Podríamos vivir en ella, juntos. Ahora yo estaba ganando mi buen dinerito, así que podría pagar los recibos, pagar todos los gastos…

– Ahora tienes más sitio -le dije, mordisqueándole la oreja-. Sitio bastante para dos.

– Oh, sí… después de ese cuarto en el dormitorio universitario, ya tenía yo ganas de estar más ancha. Y puedes venir a visitarme siempre que quieras, Alex. Nos lo pasaremos muy bien, ya verás.

– …de buen tamaño, especialmente si se consideran los estándares actuales.

Mickey Mehrabian seguía insistiendo con su cháchara de las ventas.

– Tiene un tremendo potencial para una nueva decoración, unas posibilidades inacabables, y en el precio está incluido todo lo que hay dentro. Algunos de estos muebles son auténticos clásicos deco, doctor… se los puede quedar o puede venderlos. Y todo está como nuevo. Este lugar es una auténtica joya, doctor.

Dimos una vuelta por la cocina y caminamos por el corto pasillo que llevaba a las alcobas. La primera puerta estaba cerrada. La pasó de largo. Yo la abrí y entré.

– ¡Oh, sí! -dijo-. Éste es el dormitorio principal.

El olor a detergente/desinfectante era más fuerte aquí, mezclado con otros olores industriales: el amoníaco de un limpiador de cristales, el picor de los componentes de un insecticida, el inconfundible olor de la lejía. Un cóctel tóxico. Habían quitado las cortinas: sólo quedaba una maraña de cuerdas y poleas. Y todo el mobiliario había desaparecido. Habían arrancado la moqueta, dejando al descubierto un suelo de maderos afeados por los clavos de la moqueta. Las dos altas ventanas revelaban un paisaje de copas de árboles y tendido eléctrico. Pero ni había brisa, ni disolución del baño químico.

Ni dibujos de manzanas.

Oí un zumbido. Ella también lo oyó. Ambos buscamos la fuente del mismo, y la hallamos de inmediato.

Una masa de tábanos, volando en círculos en el centro de la habitación, una nube animada, con sus bordes moviéndose amébicamente.

Señalando el punto exacto.

A pesar de los esfuerzos por limpiar el aura de la muerte, los insectos sabían… habían detectado, con sus primitivos pequeños cerebros de tábano, lo que había pasado exactamente en aquella habitación. En aquel punto.

Recordé algo que Milo me había dicho: Las mujeres matan en la cocina y mueren en la alcoba.

Mickey Mehrabian vio la expresión de mi rostro y la confundió con remilgos.

– Es lo que pasa por tener las ventanas abiertas en este tiempo del año -dijo-. No es un problema del que haya que preocuparse. ¿Sabe?, quien vende es muy abierto a los tratos, tremendamente flexible. Estoy segura de que no tendrá problema alguno para incluir cualquier reparación o ajuste que haya que hacer como contingencias en el contrato de compra, doctor.

– ¿Y por qué vende ese buen señor?

Volvió a aparecer la amplia sonrisa.

– No es un señor… en realidad es una empresa. Una gran empresa. Tiene montañas de propiedades, y las va renovando regularmente.

– ¿Especulación?

La sonrisa se congeló.

– Ésa es una fea palabra, doctor. Inversión.

– ¿Quién vive aquí ahora?

– Nadie. El inquilino se trasladó recientemente.

– Y se llevó la cama.

– Sí. Sólo le pertenecía el mobiliario de la alcoba… creo que era una mujer -bajó la voz a un susurro conspirativo-. Ya sabe cómo es la gente de L.A., siempre yendo y viniendo. Vamos a ver los otros dormitorios.

Salimos de la habitación de la muerte.

– ¿Vive usted solo, doctor Delaware?

Tuve que pensar antes de contestarle:

– Sí.

– Entonces, puede usar una de las alcobas como estudio. O incluso para visitar a sus pacientes.

Pacientes. Según el diario, Sharon había visitado aquí a sus pacientes.

Me pregunté qué estaría pasando con los pacientes que ella trataba. El impacto que su muerte estaría teniendo en ellos.

Luego me di cuenta de que había alguien más en su vida. Alguien en quien el impacto sería tremendo.

Mi mente aceleró. Quise salir de allí.

Pero dejé que Mickey me diera una vuelta por todo aquello, dejé que su charla continuase un tiempo, antes de consultar mi reloj y decir:

– ¡Uff! Voy a tener que irme.

– ¿Cree usted que nos va a hacer una oferta de compra, doctor?

– Necesito tiempo para pensármelo. Gracias por habérmela enseñado.

– Si lo que busca es un lugar con vistas, tengo otras propiedades que podría visitar.

Di unos golpecitos en mi reloj.

– Me encantaría, pero ahora no puedo.

– ¿Por qué no concertamos una cita para otro día?

– No tengo tiempo ni para eso -le corté-. La llamaré cuando esté libre.

– Estupendo -me contestó fríamente.

Salimos de la casa y ella cerró con llave. Caminamos en silencio hacia nuestros respectivos Cadillac. Antes de que ella pudiera abrir la puerta de su Fleetwood, una sospecha de movimiento llamó nuestra atención. El crujido del follaje… ¿animales que tenían allá su madriguera?

Un hombre salió a la carrera de entre el verde y comenzó a escapar tan deprisa como podía.

– ¡Oiga usted! -gritó Mickey, luchando por mantenerse en calma, con todas sus fantasías acerca de locos criminales adquiriendo de repente vida.

El que corría miró hacia atrás, nos divisó, tropezó, cayó y se volvió a poner en pie.

Joven. Con el cabello alborotado. Los ojos desorbitados. La boca abierta como en un alarido silencioso. Aterrado o loco, o ambas cosas.

Pacientes…

– ¡Esa puerta! -exclamó Mickey-. Habrá que arreglarla. Mejor seguridad…, no hay problema.

Yo estaba mirando al que corría, y le grité:

– ¡Espere!

– ¿Qué sucede? ¿Lo conoce?

El fugitivo volvió a acelerar y desapareció por la curva del sendero. Escuché ponerse en marcha un motor, y a mi vez eché a correr, hacia la parte baja del sendero. Llegué allí justo cuando una vieja camioneta se ponía en marcha. Rascando el embrague, haciendo eses, yendo demasiado deprisa, sin demasiado control. Tenía algunas letras pintadas en blanco en la puerta, pero no podía leerlas.

Corrí de vuelta a mi coche, me metí en él.

– ¿Quién es? -insistió Mickey-. ¿Lo conoce?

– Aún no.

9

Conseguí alcanzarle, le hice señales con las luces largas y le toqué la bocina. Me ignoró, y ocupó toda la ruta, serpenteando y acelerando. Luego hubo más rascadas de embrague, cuando trató de cambiar de marcha. La camioneta quedó en punto muerto, se fue frenando mientras el motor se aceleraba al darle gas sin desembragar. De repente, pisó el freno y se detuvo del todo. Yo me quedé atrás y lo pude ver a través del cristal trasero de la cabina, luchando, trasteando, frenético.

La camioneta se caló. La puso en marcha y se caló de nuevo. Comenzó a caminar en punto muerto, adquiriendo algo de velocidad al ir cuesta abajo, luego frenando, patinando, reduciendo la marcha al mínimo.

En el terreno baldío cerrado por una cadena soltó el volante y alzó las manos. La camioneta patinó, giró sobre sí misma, se dirigió directamente hacia la cadena que hacía de verja.

La golpeó, pero sin fuerza…, ni siquiera se abolló el parachoques. Me coloqué detrás suyo. Los neumáticos giraron locos por un momento, luego el motor murió.

Antes de que yo tuviera oportunidad de salir del coche, él ya estaba fuera de su camioneta, tambaleándose, con los brazos colgando como los de un gorila, una botella en una mano. Cerré el coche. Él estaba justo a mi lado, dando patadas a los neumáticos del Seville, apretando la puerta con ambas manos. La botella estaba vacía. Vinacho. La alzó, como para estrellarla contra mi ventana, se le escapó de las manos y le cayó al suelo; intentó seguirla en su descenso, lo dejó correr y me miró. Sus ojos estaban hinchados, acuosos, circundados de escarlata.

– Voy… a matarte… jodío tío -hablar pastoso. Gestos teatrales-… ¿coño… me sigues…?

Cerró los ojos, se tambaleó, cayó hacia adelante y se golpeó la frente con el techo del coche.

El comportamiento de quien tiene el cerebro dañado por ser un borrachín de toda la vida. Pero su vida no había sido tan larga… ¿qué debía de tener, veintidós o veintitrés?

Le dio una patada al coche, agarró la manija de la puerta, se le escapó y trastabilló. Era poco más que un crío. Con una cara de bebé bulldog. Bajo: metro sesenta, metro sesenta y cinco, pero de aspecto fortachón, con hombros caídos y brazos robustos, bronceados por el sol. Cabello rojo, hasta los hombros, descuidado, sin peinar. Un bigotillo fino y una barba del color de la pelusa. Pecas en la frente y mejillas. Vestía una camiseta de manga corta manchada de sudor y pantalones con las perneras acortadas, calzaba zapatillas de tenis sin calcetines.

– Joder, tío -dijo, y se rascó un sobaco. Sus manos eran regordetas, llenas de callos y costras, cubiertas de suciedad.

Siguió tambaleándose, finalmente perdió todo equilibrio y cayó sobre su trasero.

Se quedó así un buen rato. Yo me deslicé por los asientos y salí por el lado del pasajero del Seville. Me miró, sin moverse, y dejó que sus ojos se le cerrasen, como si no tuviese fuerzas para mantenerlos abiertos.

Caminé hacia su camioneta. Una Ford de treinta años de edad, mal conservada. Unas letras blancas desalineadas proclamaban en la puerta del vehículo: D. J. RASMUSSEN, CARPINTERÍA Y ANDAMIAJES. Bajo esto, un apartado de correos en Newhall. En la plataforma de la camioneta había dos escaleras, una caja de herramientas y un par de mantas pisadas por unas piezas de metal para que no se las llevase el aire.

El interior estaba lleno de botellas vacías…, más vinacho, licor Southern Confort, varias marcas de refresco con vino.

Me metí la llave de encendido en el bolsillo, le quité la tapa del distribuidor y regresé a donde estaba sentado.

– ¿Es usted D. J.?

Mirada vidriosa. De cerca hedía a fermento y vómito.

– ¿Qué estaba haciendo allá arriba?

No hubo respuesta.

– ¿Fue a presentar sus últimos respetos? ¿A la doctora Ransom?

El vidriado se disipaba rápidamente. Estaba en el buen camino.

– Yo también -le dije.

– Te jooodan -seguido de un eructo pútrido, que me hizo echarme atrás. Murmuró, trató de mover una mano pero no pudo. Cerró los ojos, y pareció dolerle algo.

– Yo era amigo de ella -le dije.

Eructo y gorgoteo. Parecía a punto de vomitar. Di otro par de pasos atrás, y aguardé.

Una arcada en seco, que no dio paso a nada. Se abrieron sus ojos, que no miraron a nada.

– Yo era amigo de ella -repetí-. ¿Y usted?

Gimió. Otra arcada en seco.

– ¿D.J.?

– ¡Oh, tío… me estás…! -se perdió su voz.

– ¿Qué?

– Comiendo… el jodido… coco…

– No quiero hacer eso -le dije-. Sólo pretendo comprender por qué ha muerto ella.

Más gemidos.

Se pasó la lengua por los labios, trató de escupir y acabó babeando.

– Si ella era para usted algo más que una amiga, puede resultarle duro -le dije-. El perder una terapeuta puede ser como perder a una madre.

– Te jodan.

– ¿Era ella su doctora, D. J.?

– ¡Te jodan! -Tras varios esfuerzos consiguió ponerse en pie, venir hacia mí, caer sobre mí…

Tan desmadejado como un montón de harapos, sus brazos fuertes pero pesados por el alcohol, sin poder hacer nada con ellos. Lo detuve con facilidad, con una sola mano en su pecho. Luego lo tomé de un brazo y lo volví a sentar.

Le mostré la tapa y las llaves.

– ¡Hey, tío…! ¿Qué…?

– No está en condiciones de conducir. Voy a quedarme con esto, hasta que me demuestre que ya puede volver a hacerlo.

– Te jodan -con menos convicción.

– Hable conmigo, D. J. Luego lo dejaré en paz.

– ¿De… qué?

– De si era paciente de la doctora Ransom.

Una exagerada negativa con la cabeza:

– No, no… no estoy… loco.

– ¿Y cuál era su relación con ella?

– Puta espalda.

– ¿Tiene dolores de espalda?

– Me hice daño… en el jodido trabajo. -Recordándolo, se mordió el labio.

– ¿Y la doctora Ransom le estaba ayudando a superar el dolor?

Asentimiento con la cabeza.

– Y… después… -hizo un débil intento por quitarme las llaves-. ¡Dame esa mierda!

– Después, ¿qué…?

– ¡Dame mi mierda, tío!

– Después que ella le ayudó con lo de su dolor, ¿qué pasó?

– ¡Te jodan! -aulló. Los nervios de su cuello se hincharon; lanzó puñetazos alocadamente, falló, trató de levantarse, pero no pudo alzar el culo del suelo.

Tras el tratamiento… Yo había pulsado un botón. Y eso me hizo ponerme a pensar.

– ¡Joder, después nada! ¡Joder, nada! -Aleteó con los brazos, maldijo, trató de levantarse y no pudo.

– ¿Quién le mandó a ver a la doctora Ransom, D. J.? Silencio.

Repetí la pregunta.

– Te-jo-dan.

– Puede haber otros pacientes que se sientan tan mal como usted, D.J.

Mostró una sonrisa enfermiza, luego un débil negar con la cabeza.

– No… no.

– Si podemos saber quién se los mandaba a ella, podemos tratar de encontrarlos. Ayudarlos.

– No hay… jodida manera.

– Alguien debería ponerse en contacto con ellos, D. J.

– Yo… ¿Eres un… jodido Robin Hood?

– Soy un amigo. ¿Quién le mandó a verla, D. J.?

– Doctora.

– ¿Qué doctora?

– Carmen.

– ¿La doctora Carmen? Lanzó una risita.

– Carmen… Doctora.

– ¿Carmen Doctora?

Asentimiento de cabeza.

– ¿Quién es Carmen?

– Te jodan.

– ¿Cuál es el apellido de esa Carmen Doctora?

Unos pocos rodeos más, antes de que me dijese:

– Judía de Bev… Hills… Wein…

No sabía si me estaba dando un apellido o pidiéndome vino en alemán.

– ¿Vino?

– Doctora Wein-joder.

– ¿Wein-algo? ¿Weinstein? ¿Weinberg?

– Garden… un jardín, crece, crece, crece…

– ¿Weingarden? ¿La doctora Weingarden?

– Judía… bocazas…

Se derrumbó y desplomó sobre un costado, quedándose echado.

Le di unos golpecitos. Estaba fuera de este mundo. Tras copiar el número del apartado de correos de la puerta de la camioneta, rebusqué entre las botellas de la cabina, hallé una que estaba medio llena y la vacié. Luego vacié el aire de dos neumáticos, tomé una de las mantas de la plataforma de la camioneta, oculté las llaves bajo las otras dos, guardé la tapa del distribuidor en el compartimento inferior de su caja de herramientas y me dije que, si podía superar todo aquello, es que ya estaría lo bastante sobrio como para poder conducir. Luego, lo tapé con la otra manta y lo dejé dormir la mona.

Me marché en mi coche, diciéndome que usaría el apartado de correos para ponerme en contacto con él, dentro de unos días. Le animaría a que se buscase un nuevo terapeuta.

Dios sabía que necesitaba de esa ayuda. A través de la neblina del alcohol se adivinaba un potencial para la violencia… uno de esos toritos jóvenes, muy liados, metidos en una olla a presión, que dejaban que las cosas se fueran poniendo más y más difíciles, hasta que resultaban insoportables; luego, un día, sin previo aviso, estallaban con puños, nudilleras, navajas, cadenas y armas de fuego.

No era, exactamente, lo que se dice un cliente habitual de una consulta particular. ¿De dónde lo habría sacado Sharon? ¿Cuántos más como él habría tratado? ¿Y cuántas personalidades frágiles más estarían a punto de saltar en pedazos, porque ya no había nadie para mantenerlas de una sola pieza?

Recordé la repentina ira de Rasmussen, cuando le pregunté qué había pasado cuando se había terminado el tratamiento para el dolor.

Una fea suposición que no me era posible justificar, pero que de todos modos no quería abandonarme, era que su relación con Sharon había ido más allá del tratamiento. Y se había convertido en algo lo bastante fuerte, como para hacerlo volver a la casa. ¿En busca de algo? ¿Qué?

Pisándole los pasos a Trapp…

¿Acaso Sharon habría estado acostándose con ambos? Me di cuenta de que me había preguntado lo mismo del vejete rico de la fiesta. Y sobre Kruse, hacía años.

Tal vez me estaba dejando llevar…, proyectando. Suponiendo relaciones sexuales, que quizá no existiesen, porque mi propia unión con ella había sido carnal.

Tal cual hubiera dicho Milo: Estrechez de miras, amigo.

Pero, estrechas o no, no podía quitarme esas ideas de la cabeza.

Llegué a casa a la una treinta, y hallé mensajes de Maura Bannon, la estudiante de periodismo, y del detective Delano Hardy. Cuando le llamé a mi vez, Del estaba hablando por otra línea, así que tomé el listín y busqué a una doctora Weingarden en Beverly Hills.

Había dos doctores con ese apellido, un tal Isaac en Bedford Drive y una tal Leslie en Roxbury.

Isaac Weingarden contestó él mismo al teléfono. Sonaba a viejo, con una suave y amable voz y acento de Viena. Cuando me enteré de que era psiquiatra, estuve seguro de que él era el Carmen de la liada palabrería de D. J.; pero negó saber nada de Sharon o de Rasmussen.

– Suena usted agitado, joven. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?

– No, gracias.

Telefoneé al consultorio de Leslie Weingarden. Su recepcionista me dijo:

– Ahora está con un paciente.

– ¿Le podría decir que es un asunto relacionado con Sharon Ransom?

– Un momento.

Escuché unos minutos de música de Mantovani. Luego:

– La doctora no puede ser molestada. Me ha dicho que me dé su número y que ella le llamará.

– ¿Podría decirme usted si la doctora Weingarden le mandaba pacientes a la doctora Ransom?

Duda.

– No tengo ni idea, señor. Sólo le repito lo que la doctora me ha dicho que le contestase.

A las dos y cuarto me llamó Del Hardy.

– Hola, Del. ¿Qué tal te va?

– Ocupado. Pero con este calor que viene, aun vamos a tener más trabajo. ¿Qué puedo hacer por ti?

Le conté lo de Sharon, que había visto a Cyril Trapp, y la apresurada venta de la casa.

– Trapp, ¿eh? Interesante. -Pero no sonaba interesado. A pesar de ser uno de los pocos detectives que se mostraba cordial con Milo, esa cordialidad no llegaba a amistad. Trapp era una carga que no deseaba compartir.

– Nichols Canyon pertenece a la División de Hollywood -me dijo-. Así que ni siquiera sé quién lleva el caso. Con la sobrecarga de trabajo que tenemos, todas las comisarías están tratando de sacarse de encima, a toda prisa, lo rutinario; y muchas cosas se resuelven por teléfono.

– ¿Así de deprisa?

– No es usual -me contestó-, pero nunca se sabe.

No le dije nada.

– ¿Y dices que era amiga tuya? -me preguntó.

– Sí.

– Supongo que podría hacer algunas preguntas.

– Realmente te lo agradecería, Del. El diario decía que no habían sido hallados familiares; pero yo sé que tenía una hermana… gemela. La conocí hace seis años.

Yo era su única hijita. Otra sorpresa.

– ¿Nombre?

– Shirlee, con dos es. Estaba impedida y vivía en una casa de tratamiento en Glendale, South Brand, un par de kilómetros después de la Galleria.

– ¿El nombre de ese sitio?

– Sólo estuve una vez allí, y no me fijé.

– Lo comprobaré. -Bajó la voz-. Escucha, acerca de lo de Trapp. El Capitán no estaría trabajando en un suicidio, que no puede darle ninguna gloria. Así que el que estuviese allí se debería probablemente a algo personal…, quizá un negocio de la propiedad. Algunos tipos buscan las propiedades de los recién fallecidos, tratan de conseguirlas baratas. No es de muy buen gusto, pero ya sabes cómo son las cosas…

– Los buitres en la escena del crimen -dije.

Él se echó a reír.

– Lo has captado. Hay otra posibilidad… ¿era rica la víctima?

– Provenía de una familia de pasta.

– Entonces, eso podría ser -dijo, sonando más descansado-. Alguien apretó unos botones y de lo alto llegó la orden de mantenerlo todo en silencio, archivarlo rápidamente. Trapp estaba antes en la División de Hollywood…, quizás alguien se acordó de esto, y le pidió la devolución de un favor.

– ¿Un servicio personal?

– Es algo que está pasando continuamente. Lo importante de ser rico es poder tener cosas que nadie más puede tener ¿no? Hoy en día, cualquiera se puede comprar un Mercedes a plazos. La droga, las ropas, tres cuartos de lo mismo. Pero la intimidad… ése es el lujo más caro de esta ciudad.

– De acuerdo -le dije. Pero me estaba preguntando quién apretaría los botones. De inmediato pensé en el viejo ricacho de la fiesta. No había modo de seguir aquello con Del, así que le volví a dar las gracias.

– No tienes que dármelas -me dijo-. ¿Has sabido algo de Milo?

– No. ¿Y tú? Creo que vuelve el lunes.

– Ni palabra. La lista de servicios dice que ha de estar de vuelta en la oficina el lunes. Conociendo a Milo, eso significa que estará en la ciudad el sábado o el domingo, paseando arriba y abajo y maldiciendo. Y, por lo que a mí respecta bienvenido sea de vuelta: las alimañas andan por ahí a manadas.

Cuando hubo colgado, busqué en las páginas amarillas por si veía una casa de reposo en South Brand, y no hallé nada. Unos minutos más tarde me llamó Mal Worthy para recordarme la declaración del día siguiente. Parecía preocupado acerca de mi estado mental, y no dejaba de preguntarme si me encontraba bien.

– Estoy bien -le dije-. Ni Perry Mason podría ganarme en esto.

– Mason era un gatito inofensivo. Vete con cuidado con esos tipos de los seguros. Por cierto, Denise dice que se acabaron las sesiones para Darren. Quiere hacer las cosas ella, a su manera. Pero eso es privado: en lo que se refiere al otro bando el crío seguirá en tratamiento el resto de su vida. Y aun después.

– ¿Qué tal le va a Darren?

– Por el estilo.

– Convéncela para que siga con el tratamiento, Mal. Si quiere a otro, ya le recomendaré alguien.

– Está muy decidida, Alex, pero yo sigo intentándolo. Mientras tanto, me preocupa más el ponerle comida en la mesa. Ciao.

Pasé el par de horas siguientes preparándome para la declaración, hasta que fui interrumpido por el teléfono.

– ¿Doctor Delaware? Soy Maura Bannon, del L. A. Times.

Sonaba como si tuviera trece años, tenía una voz aguda con un poco de ceceo y un acento de Nueva Inglaterra y la costumbre de convertir sus afirmaciones en preguntas.

– Hola, señorita Bannon.

– ¿Ned Biondi me dio su número? Me alegra haberle encontrado… ¿me pregunto si nos podríamos ver?

– ¿Con qué motivo?

– ¿Usted conocía a la doctora Ransom? ¿Creo que me podría dar algunos datos acerca de ella?

– No creo que pueda ayudarla en eso.

– ¿Oh? -sonaba desencantada.

– Hace años que no veía a la doctora Ransom.

– ¡Oh! ¿Pensaba… bueno, ya sabe, estoy tratando de dar una imagen equilibrada, de establecer algún contexto? ¿Para el perfil? ¿Es una cosa tan rara, una psicóloga matándose ella misma de ese modo… lo de hombre muerde perro, ya sabe? Y a la gente le gustaría saber el porqué.

– ¿Ha logrado enterarse de algo más de lo que puso en el artículo?

– No, no lo he logrado, doctor Delaware. ¿Hay algo más de qué enterarse? Porque, si lo hay, desde luego me gustaría averiguarlo. Creo que la policía me ha estado ocultando cosas: les he dejado varios avisos de llamadas, pero nadie me ha vuelto a llamar. -Una pausa-. No creo que me estén tomando en serio.

La intimidad, el lujo más caro.

– Me gustaría ayudarla -le dije-, pero en realidad no tengo nada que añadir.

– El señor Biondi me dijo…

– Si he llevado al señor Biondi a pensar otra cosa, lo siento, señorita Bannon.

– De acuerdo -aceptó ella-. ¿Pero si descubre algo hágamelo saber, por favor?

– Haré lo que pueda.

– Gracias, doctor Delaware.

Me repantigué en la silla, miré afuera por la ventana, y noté cómo me llegaba la soledad.

La desgracia ama la compañía… Cuanto mayor es la del otro, mejor resulta la compañía. Llamé a información de Newhall y pedí el teléfono de D. J. Rasmussen. No estaba en el listín. Pensando en mi otra conexión con el joven borracho, llamé a la consulta de la doctora Leslie Weingarden.

– Estaba a punto de llamarle a usted -me dijo la recepcionista-. La doctora podrá verle tras visitar a su último paciente, sobre las seis.

– Realmente no necesito una cita. Sólo quería hablar con ella por teléfono.

– Le digo lo que ella me ha dicho, señor Delaware.

– Las seis está bien.

10

El edificio donde estaba Leslie Weingarden era una construcción de tres pisos en ladrillo rojo, con una cornisa de piedra caliza y marquesinas verde bosque, sito en el corazón del distrito médico de Beverly Hills. El interior estaba forrado con paneles de roble color madera y moquetas verde y rosa. La lista de ocupantes daba los nombres de varias docenas: doctores en medicina general, dentistas, un puñado de psiquiatras.

Uno de éstos me llamó la atención: KRUSE, P. P., NUM. 300. Tenía sentido: ésta era la zona de los divanes. Pero, unos años antes, había tenido otra dirección.

La oficina de Leslie Weingarden estaba en la planta baja, hacia la parte posterior del edificio. La placa de su nombre daba como especialidades suyas la Medicina Interna y la Salud de la Mujer. Su sala de espera era pequeña y decorada con alegría, pero poco gasto: papel de pared impreso en blanco y negro, sillones demasiado mullidos, con tapicería de algodón y mesita estilo danés moderno, unas cuantas obras de arte en reproducciones impresas, una planta en una maceta, metida dentro de un cesto grande de paja. No había pacientes, pero quedaban claros restos del paso del tráfico cotidiano: envoltorios de chicle, un tubo de aspirinas vacío y una lima de uñas usada en la mesita, revistas abiertas en los sillones.

Di un golpecito en la separación de cristal, y esperé algunos segundos antes de que se descorriera, abriéndose. Una mujer hispana, en la cincuentena, me miró desde dentro.

– ¿Puedo ayudarle?

– Soy el doctor Delaware, tengo una cita con la doctora Weingarden.

– Avisaré que está usted aquí.

Esperé media hora, hojeando las revistas, preguntándome si alguna de ellas había publicado la columna de Paul Kruse. A las seis treinta, se abrió la puerta de la habitación interior y apareció una mujer de buen tipo, alrededor de la treintena.

Era pequeñita, muy delgada, con cabello corto y muy fijado, y un rostro alerta. Llevaba unos pendientes de plata, grandes y aparatosos, una blusa de seda blanca, unos pantalones de gabardina con pinzas, color gris claro y zapatos de ante gris. De su cuello colgaba un estetoscopio. Debajo se veía una gruesa cadena de oro. Sus facciones eran delicadas y regulares, sus ojos casi almendrados y de color marrón oscuro. Como Robin. Usaba poco maquillaje. No lo necesitaba.

Me puse en pie.

– ¿Señor Delaware? Soy la doctora Weingarden. -Tendió la mano y se la estreché. Sus huesos eran delgados; su presión, firme y seca. Colocó sus manos en jarras-. ¿Qué puedo hacer por usted?

– Usted le mandaba pacientes a una psicóloga llamada Sharon Ransom. No sé si se habrá enterado, pero está muerta, se suicidó el domingo. Quería hablarle de ella. Sobre cómo ponerme en contacto con esos pacientes.

No vi señales de asombro:

– Sí, lo leí en el diario. ¿Qué relación tiene usted con ella y con sus pacientes?

– Principalmente personal, en parte profesional. -Le entregué mi tarjeta.

La examinó.

– También es usted psicólogo. Entonces es doctor Delaware, Bea me dijo Señor. -Se metió la tarjeta en el bolsillo-. ¿Era usted su terapeuta?

La pregunta me sorprendió:

– No.

– Lo digo porque, desde luego, le hacía falta uno. -Frunció el ceño-. ¿Por qué esa preocupación por sus pacientes?

– Me he topado con uno de ellos hoy: D. J. Rasmussen. Él me dio su nombre.

Eso la hizo tener un sobresalto, pero no dijo nada.

– Estaba borracho -le dije-. Borracho como una cuba, realmente hecho una esponja. Supongo que ya estaba desequilibrado para empezar, y que ahora corre el riesgo de que sufra algún tipo de desfondamiento. Quizá caiga en la violencia. El perder un terapeuta puede ser como perder un padre. Me he estado preguntando cuántos otros de sus…

– Sí, naturalmente, entiendo todo eso. Pero lo que todavía no comprendo es lo que le preocupa a usted. ¿Cuál es su implicación en esto?

Pensé en la mejor manera de responder.

– Probablemente, en parte, sea pura sensación de culpa. Sharon y yo nos conocíamos bien, en tiempos de la universidad. Llevaba años sin verla y, el sábado pasado, nos encontramos por azar en una fiesta. Parecía preocupada por algo, y me pidió hablar conmigo. Concertamos una cita. Pero me lo pensé mejor y la anulé al día siguiente. Esa noche, ella se suicidó. Supongo que aún me estoy preguntando si yo podría haberlo impedido. Y, si me es posible, me gustaría evitar más dolor.

Jugueteó con su estetoscopio, y me miró.

– Lo dice en serio, ¿o no? No trabajará usted para ningún abogado marrullero, ¿verdad?

– ¿Y por qué iba a hacerlo?

Ella sonrió:

– Así que quiere entrar en contacto con los pacientes que le haya mandado a ella, ¿no?

– Y que me diga de otros doctores que le puedan haber mandado pacientes.

La sonrisa se enfrió.

– Eso resultaría difícil, doctor Delaware. No es una buena idea, ni mucho menos…, aunque, en cualquier caso, no es que tuviera muchos pacientes. Y no tengo ni idea de quien más podía mandarle pacientes. Si bien, desde luego, lo lamento por ellos.

Se detuvo, pareció estar buscando palabras:

– Sharon Ransom era una… ella y yo… Bueno, contésteme antes: ¿por qué anuló la cita con ella?

– No quería verme envuelto con ella. Es… era una mujer muy complicada.

– ¡Desde luego que lo era! -Consultó su reloj y se quitó el estetoscopio-. De acuerdo, voy a hacer una llamada y comprobar los datos de usted. Si es quien dice ser, hablaremos. Pero primero iremos a comer.

Me dejó en la sala de espera. Regresó un rato después, y me dijo:

– De acuerdo -sin mirarme.

Caminamos una manzana, hasta una cafetería en Brighton. Ella pidió un bocadillo de atún con pan moreno y té de hierbas. Yo jugueteé con unos huevos revueltos de la consistencia de la goma.

Comió rápidamente, sin ceremonias. Pidió un pijama para postre y se acabó la mitad antes de apartar el plato.

Tras limpiarse la boca, dijo:

– Cuando me dijeron que alguien quería hablarme de Sharon, francamente, me puse nerviosa. Me causó problemas y hacía ya tiempo que no trabajábamos juntas.

– ¿Qué clase de problemas?

– Un momento. -Llamó a la camarera y le pidió otro té. Yo pedí café. Con las bebidas nos trajeron la nota.

La tomé.

– Yo pago.

– ¿Comprando información?

Sonreí:

– Me estaba hablando de los problemas que le causaba Sharon.

Ella agitó la cabeza:

– Amigo, no sé si quiero meterme en esto.

– Será confidencial -le prometí.

– ¿Legalmente? ¿Como si fuera usted mi terapeuta?

– Si eso la hace sentirse cómoda…

– Una respuesta muy de comecocos… Sí, me hace sentirme cómoda. Lo que tenemos aquí es un tema muy delicado: estamos hablando de problemas éticos -se le endurecieron los ojos-. No había modo de que yo pudiera evitarlo, pero trate de explicarle esto a un tribunal de honor. Y cuando un abogado marrullero se encuentra con algo como esto, se dedica a repasar el historial del paciente y atacar a todos los médicos que aparecen en el mismo, incluso a los que sólo se cruzaron con él en los pasillos de un hospital.

– Lo último que pasaría por mi mente sería meterme en un juicio por esto.

– En eso coincidimos. -Palmeó la mesa con una mano con la suficiente fuerza como para que saltase el salero-. ¡Maldita sea! Ella me utilizó: sólo pensar en ello me pone furiosa. Lamento que esté muerta, pero no logro apenarme por ello. Abusó de mí.

Sorbió su té.

– No la conocí hasta el año pasado. Entró, se presentó, y me invitó a comer. Yo sabía lo que estaba haciendo: buscando que le mandasen pacientes. Bueno, no hay nada malo en eso. Yo sólo llevo trabajando desde hace un año, y también he tenido que pedir muchos favores. Y la primera impresión que me dio fue realmente buena: era brillante, hablaba bien, parecía saber muy bien lo que quería hacer. Y su currículum era realmente magnífico: montones de variada experiencia clínica. Además, estaba aquí mismo, en este edificio. Y siempre es bueno eso de yo te mando un cliente mío, tú me mandas uno tuyo. Casi toda mi clientela son mujeres, y la mayor parte de ellas se iban a sentir más cómodas con una terapeuta que con un hombre; así que me dije, ¿por qué no?, hagamos una prueba. Lo único que me preocupaba era que fuese tan guapa, pues me dije que quizás eso resultase amenazador para el ego de algunas mujeres. Pero me dije a mí misma que ése era un modo de pensar sexista, así que empecé a mandarle pacientes… no demasiados, gracias a Dios. El mío es un consultorio pequeño.

– ¿Tenía su oficina en el tercer piso? ¿Con el doctor Kruse?

– Justo con ése. Sólo que él jamás estaba allí: siempre estaba ella sola. Una vez me hizo subir; es un lugar pequeño, con una sala de espera del tamaño de un sello de correos y una habitación de consultas. Ella era la ayudante psicológica de Kruse, o algo así. Y tenía su licencia.

– Un certificado de ayudantía.

– Lo que sea. Todo en orden.

Ayudante psicológica. Un cargo temporal, destinado a darle experiencia a un nuevo doctorado, bajo la supervisión de un psicólogo licenciado. Sharon se había doctorado hacía seis años, así que hacía ya tiempo que podía haber solicitado su licencia normal. Me pregunté por qué no la tendría. ¿Qué habría hecho durante estos seis años?

– Kruse le escribió una sensacional carta de recomendación -continuó-. Él era catedrático de la Facultad, así que supuse que su opinión era digna de crédito. Realmente esperaba que todo iría bien, así que fue un buen palo el ver que no era así.

– ¿Aún tiene ese currículum?

– No.

– ¿Recuerda algo de lo que decía?

– Sólo lo que le he dicho. ¿Por qué?

– Voy a tratar de investigar hacia atrás. ¿Y cómo fue que abusó de usted?

Me lanzó una aguda mirada.

– ¿Quiere decir que no se lo imagina?

– Supongo que será algo que tendrá que ver con un mal comportamiento sexual… con el irse a la cama con sus pacientes. Pero la mayoría de la clientela de usted son mujeres. ¿Es que ella era lesbiana?

Se echó a reír.

– ¿Ella lesbiana? Sí, veo por qué puede haber pensado eso. Francamente, no sé qué es lo que era. Yo me crié en Chicago y nada de esta ciudad me sorprende ya. Pero no, no se acostaba con mujeres… que yo sepa. Estamos hablando de hombres. Los maridos de las pacientes. Los novios. Los hombres no van a terapia sin que los empujen. Las mujeres tienen que hacerlo todo: conseguir que les den un terapeuta, concertar la cita. Mis pacientes me pedían que les recomendase alguien, y yo mandé media docena de ellos a Sharon. Y ella me dio las gracias llevándoselos a la cama.

– ¿Cómo lo descubrió usted?

Pareció molesta.

– Estaba repasando la contabilidad, comprobando los impagados y la gente que no había seguido acudiendo a consulta, y me di cuenta de que la mayor parte de las mujeres cuyos maridos le había enviado, no habían pagado o seguido con las visitas. Era algo que se notaba a la legua, porque con el resto de mi clientela no había problemas, la fidelidad de mis pacientes era casi perfecta. Empecé a hacer unas llamadas, para averiguar qué había pasado. La mayor parte de las mujeres no querían ni hablar conmigo… algunas incluso me colgaron; pero dos sí que hablaron. La primera de ellas me dio en todo el morro: al parecer su marido había visitado a Sharon para algunas sesiones… algo que tenía que ver con estrés en el trabajo. Ella le enseñó a relajarse; eso fue todo. Pero, unas semanas más tarde, ella le llamó y le ofreció una sesión de seguimiento. Gratuita. Cuando él se presentó, ella trató de seducirlo; al parecer la cosa fue muy fuerte: se quitó la ropa. ¡Cristo, aquí mismo, en la oficina! Él la dejó plantada, se fue a casa y se lo contó a su mujer. Ésta estaba como loca, gritándome que debería estar avergonzada de asociarme con una mala puta, liante y amoral como aquélla. La segunda que me contestó fue peor: lloraba y lloraba y no paraba.

Se frotó las sienes, sacó una aspirina de su bolso y se la tragó con té.

– Increíble, ¿no? ¡Visitas de seguimiento gratuitas! Aún estoy esperando que caiga el otro zapato… como, por ejemplo, una cita a juicio. He perdido mucho sueño por culpa de esto.

– Lo siento -le dije.

– No tanto como yo. Y ahora me dice usted que Rasmussen está a punto de estallar. Maravilloso.

– ¿Era uno de ellos?

– Oh, sí, un auténtico príncipe. Su novia fue la que no paraba de llorar. Ella era una de mis pacientes, no demasiado sofisticada, con vagas quejas psicosomáticas: necesitaba atención. Llegué a conocerla un poco y comenzó a abrírseme acerca de él… de cómo bebía demasiado, se drogaba, la maltrataba. Pasé mucho tiempo aconsejándola, tratando de mostrarle que él era un perdedor, que tenía que dejarlo. Naturalmente, no lo hizo: era una de esas mujeres pasivas que tuvieron un padre dominante y que siempre están ligando con sustitutos de papá. Luego me dijo que el desgraciado se había hecho daño en el trabajo, que le dolía la espalda, y que estaba pensando en poner una querella por daños y perjuicios. Fue su abogado el que le sugirió que fuera a visitarse a un comecocos… ¿conocía yo a alguno? Pensé que esto era una oportunidad ni que pintada para conseguir algo de ayuda para su cabezón, y lo mandé con Sharon, hablándole a ella de los otros problemas de él. ¡Y vaya si lo ayudó! ¿Cómo se lo ha encontrado?

– Estaba esta mañana en casa de Sharon.

– ¿En su casa? ¿Le dio a ese gilipollas su dirección privada? ¡Vaya idiota!

– Tenía una consulta allí.

– Oh, sí… el periódico mencionó eso. De hecho, tiene sentido, porque se fue de este edificio después de que la afease su conducta con los pacientes. ¿Tiene un diagnóstico para Rasmussen?

– Algún tipo de problema con la personalidad. Posibles tendencias violentas.

– En otras palabras, un buscaproblemas. Maravilloso. Él es el eslabón más débil, alguien que odia a las mujeres y tiene escaso control de sus impulsos. Y ya tiene a un abogado picapleitos. Excelente.

– No pondrá un pleito por hostigamiento sexual -le dije-. Pocos hombres lo harían. Les avergonzaría.

– ¿Por ser un ataque frontal contra el viejo machismo? ¡Ojalá tenga usted razón! Hasta el momento, nadie ha hecho nada, pero eso no quiere decir que no vayan a hacerlo. Y, aunque me libre de complicaciones legales, ya me ha costado mucho en lo que se refiere a mi reputación… cada paciente habla mal de mí a otros diez. Y ninguno de los que me dejaron por culpa de Sharon me pagó los trabajos que ya les había hecho… y estamos hablando de una cantidad de cuatro cifras, sólo de gastos de laboratorio. No estoy aún lo bastante establecida como para poder permitirme perder una cantidad así sin resentirme…, hay una saturación excesiva de doctores, aquí en el Lado Oeste. ¿Dónde tiene usted su consulta?

– Aquí en el West Side, pero yo trabajo con niños.

– Oh. -Tamborileó con sus uñas en el borde de la taza de té-. Posiblemente le debo de sonar muy mercenaria, ¿no? Ahí está usted, todo altruismo, hablando de ayudar a los pacientes, y todo eso del Juramento Hipocrático… y a mí lo único que me preocupa es cubrirme las espaldas. Pero no voy a excusarme por ello, porque si yo no me cubro las espaldas, nadie lo va a hacer por mí. Cuando salí de la Northwestern para ir de interna al Harbor General, conocí al mejor tipo del mundo, y me casé con él tres semanas más tarde. Un guionista de la tele, que estaba buscando material en los hospitales para una miniserie. ¡Zas, el flechazo! Y, de repente, tuve una casa en Playa del Rey, y la iba a tener hasta que la muerte nos separase. Él me dijo que le enloquecía que yo fuese una doctora, y que jamás me abandonaría. Dos años más tarde me abandonó. Limpió nuestra cuenta conjunta en el banco y se largó a Santa Fe con una chavalina. Me ha costado dos años salir de ese agujero.

Miró dentro de la taza, como para leer el futuro en las hojas, como hacen las gitanas.

– He trabajado demasiado duro para llegar hasta aquí y ver cómo una ninfómana lo echa todo a perder. Así que no, no voy a llamar a ninguno de los hombres que se tiró, para ver cómo les ha afectado su muerte. Son todos grandecitos…, pueden soportarlo. Probablemente ya lo hayan convertido mentalmente en una conquista, y se crean unos machos irresistibles. Déjelo dormir usted también, doctor Delaware. Déjelo enterrado.

Había ido alzando la voz. La gente la estaba mirando. Se dio cuenta y la bajó.

– De todos modos, ¿cómo puede llegar a convertirse en terapeuta una persona así? ¿Es que nadie hace comprobaciones?

– No las suficientes -le contesté-. ¿Y cómo reaccionó ella cuando usted la enfrentó a los hechos?

– De un modo muy extraño. Se me quedó mirando con esos grandes ojazos azules, toda ella inocencia, como si no supiese de qué estaba hablando; luego empleó conmigo todos los trucos profesionales, como si estuviese tratando de hacerme la terapia a mí. Cuando yo hube terminado, se limitó a decirme: «Lo siento», y se marchó. Sin explicaciones, sin nada de nada. Al día siguiente la vi llevándose cajas de la oficina.

– Como su supervisor, Kruse era responsable de ella. ¿Habló usted con él?

– Lo intenté. Debo de haberle llamado unas veinte veces. Incluso le eché mensajes por debajo de la puerta. Nunca me contestó. Me cabreé mucho, pensé en ponerle un pleito. Pero al final me dije «al diablo con todo», y lo dejé correr.

– El nombre de él sigue aún en la lista de los inquilinos. ¿Acaso trabaja aquí?

– Como ya le he dicho, jamás lo he visto. Y, cuando lo andaba buscando, hablé con el conserje, y me dijo que él tampoco lo había visto nunca. Apostaría diez contra uno a que Kruse montó este despacho para ella. Probablemente también se acostaba con él.

– ¿Por qué dice eso?

– Porque ella conseguía lo que quería de los hombres jodiendo, ¿no? Ése era su sistema. Probablemente también consiguió su título en la cama.

Pensé en ello, y me perdí en mis pensamientos.

Ella me preguntó:

– No va a seguir con eso de buscar a sus pacientes para hablar con ellos, ¿verdad?

– No -le contesté, tomando en ese momento la decisión-. Lo que me ha dicho da otra luz a las cosas. Pero deberíamos hacer algo acerca de Rasmussen. Es una bomba de tiempo.

– Que estalle por sí mismo… ¡y que se vaya al infierno!

– ¿Y si le hace daño a alguien?

– ¿Y qué es lo que puede hacer usted para impedirlo?

No tenía respuesta a eso.

– Escuche -me dijo-. Quiero que una cosa quede muy clara: yo me quedo fuera… fuera de toda la mierda, fuera de las preocupaciones. ¿Lo entiende?

– Lo entiendo.

– Desde luego, espero que realmente lo entienda. Si usa algo de lo que le he dicho para relacionarme con ella, negaré haberlo dicho. Los historiales de los pacientes que Sharon visitó ya han sido destruidos. Si menciona mi nombre, le pondré un juicio por vulnerar un tema confidencial.

– Tómeselo con calma -le dije-. Ya ha dejado muy claro su punto de vista.

– Desde luego, eso espero. -Me arrancó la nota de la mano y se puso en pie-. Yo pagaré mi parte, gracias.

11

Sesiones de seguimiento gratuitas. Aquello me devolvía a la memoria algo que me había esforzado mucho en olvidar. Conduciendo hacia casa, me pregunté cuántos hombres habrían sido víctimas de Sharon, cuánto tiempo llevaba sucediendo aquello. Ahora, me resultaba imposible imaginar a un hombre en su vida sin suponerle una relación carnal.

Trapp. El ricachón. D. J. Rasmussen. ¿Todos ellos víctimas?

Me intrigaba, especialmente, Rasmussen. ¿Seguía relacionado con ella en el momento de su muerte? Eso podría explicar por qué le había causado tanto impacto su pérdida. Por qué se había emborrachado hasta quedar estupefacto, y peregrinado hasta la casa.

Encontrándose allí con otro peregrino: conmigo.

De todos modos, ¿cómo puede llegar a convertirse en terapeuta una persona así? ¿Es que nadie hace comprobaciones?

Yo no había efectuado ninguna comprobación cuando ella había formado parte de mi vida, pero ya hacía tiempo que había racionalizado esto diciéndome a mí mismo que yo había sido joven e inocente, demasiado inmaduro para hacer otra cosa mejor que lo hecho. Y, sin embargo, hacía tan sólo tres días, me había sentido muy excitado por ella y dispuesto a volverla a ver. Dispuesto a empezar… ¿qué?

El que hubiese anulado mi cita con ella me era de poco consuelo. ¿Qué hubiera pasado si me hubiera llamado, con emoción en la voz, para decirme lo maravilloso que yo era? ¿Hubiera resistido al notarme necesitado? ¿Me hubiese negado a tener la oportunidad de saber cuál era su «problema», y quizás a solucionarlo?

No tenía una respuesta honesta. Lo que ya indicaba mucho sobre mi buen juicio. Y mi salud mental.

Caí de nuevo en las dudas sobre mí mismo, dudas que socavaban mi propia estima y que yo había creído resueltas durante mi terapia de entrenamiento: ¿qué derecho tenía yo a moldear otras vidas, cuando no podía ni enderezar la mía propia? ¿Qué era lo que hacía de mí un experto en los hijos de los demás, cuando nunca había criado a uno propio?

El doctor Experto. ¿A quién demonios estaba engañando?

Recordé la sonrisa de madrina de mi terapeuta: Ada Small, voz suave, acento de Brooklyn, ojos dulces. Aceptación incondicional: incluso los mensajes duros estaban en ella endulzados por la amabilidad…

… Alex, tu fuerte necesidad de estar siempre controlando, no es una cosa tan mala, pero, en un cierto momento la tendremos que examinar…

Ada me había llevado por un largo camino; había tenido suerte de ser asignado a ella. Ahora éramos colegas, que nos recomendábamos mutuamente, que discutíamos pacientes; hacía tiempo que no me había relacionado con ella como paciente. ¿Podría volver alguna vez a enseñarle mis cicatrices?

Sharon no había tenido tanta suerte con quien le había sido asignado: Paul Peter Kruse. Un adicto del poder. Pornógrafo. Fustigador de sumisas. Apenas si podía imaginarme lo que debía de haber sido la terapia con él. Y, sin embargo, ella había seguido mucho tiempo con él, tras graduarse, siempre como su ayudante, en lugar de sacarse su propia licencia.

Haciendo sus cochinadas en el lugar que él había alquilado. Esto decía casi tanto de ella como lo decía de él, y me pregunté quién sería el que llevaría la voz cantante en su relación.

Explotadores. Víctimas.

Pero su última víctima había sido ella misma. ¿Por qué?

Me obligué a mí mismo a dejar de pensar en aquello y traté de llenar mi mente con el rostro de Robin. Sin importar como fueran a acabar las cosas, lo que una vez tuvimos fue real.

En el mismo momento en que llegué a casa, llamé a San Luis Obispo.

– Hola.

– Hola, Robin.

– ¿Alex? Ma me dijo que habías llamado. Traté de ponerme en contacto contigo muchas veces.

– Acabo de volver. Tu Ma y yo tuvimos una encantadora conversación.

– Oh. ¿Te dio un mal trago?

– Nada fuera de lo normal. Pero lo importante es, ¿cómo te está tratando a ti?

Se rió.

– Puedo soportarlo.

– ¿Estás segura? Suenas como agotada.

– Estoy agotada, pero eso no tiene nada que ver con ella. Ha resultado que Aaron es un chillón… y Terry se pasa la noche en pie, así que he estado sustituyéndola… En toda mi vida nunca había estado tan exhausta.

– Bien. Quizás así añores los viejos tiempos y regreses.

Silencio.

– De cualquier modo -le dije-, creí que debía llamarte y preguntarte cómo te iban las cosas.

– Soportables. ¿Y cómo te van a ti, Alex?

– De coña.

– ¿De veras?

– Bueno, ¿creerías de semi-coña?

– ¿Qué es lo que pasa, Alex?

– Nada.

– Suenas como si llevases un peso encima.

– No es nada -le dije-. Es que, hasta el momento, ésta no ha sido una gran semana.

– Lo siento, Alex. Sé que has sido muy paciente…

– No -le interrumpí-, no tiene nada que ver contigo.

– ¿Oh? -exclamó, pareciendo más vejada que tranquilizada.

– Alguien que conocí en los tiempos de la universidad se ha suicidado.

– ¡Qué espanto!

– Sí que lo es.

– ¿Conocías bien a esa persona?

Eso me hizo pensar.

– No -le dije-, realmente no.

– Y sin embargo -añadió ella-, el oír esas cosas siempre le deja a uno desazonado.

– ¿Qué te parece si cambiamos de tema?

– Seguro… ¿acaso he dicho algo malo?

– No, nada. Es que no tengo ganas de seguir hablando de ello.

– De acuerdo -aceptó ella.

– De todos modos, si tienes algo que hacer…

– No tengo prisa por ir a ningún sitio.

– Vale.

Pero ya encontramos poco más de lo que hablar, y cuando colgué me sentí vacío. Y llené el vacío con recuerdos de Sharon.

El segundo otoño seguimos como amantes, por llamarlo de algún modo. Cuando lograba ponerme en contacto con ella, siempre me decía que sí, siempre tenía cosas dulces que decirme, estimulantes bocados de conocimiento académico que compartir. Me susurraba al oído, me frotaba la espalda, abría sus piernas para mí con la facilidad con que se ponía rojo en los labios, insistiendo en que yo era su hombre, el único hombre de su vida. Pero el problema estaba en ponerse en contacto con ella: nunca estaba en casa, nunca dejaba una pista acerca de dónde pudiera estar.

No es que me matase tratando de hallar dónde se encontraba. El hospital era mi amo durante cincuenta horas a la semana, y había aceptado pacientes particulares por la noche, con el fin de ahorrar para el pago inicial de una casa de mi propiedad. Me mantenía ocupado resolviendo los problemas de los demás e ignorando los míos propios.

En un par de ocasiones me dejé caer por su domicilio sin previo aviso, llegando hasta su sendero, sólo para hallarme con la casa gris cerrada, el aparcamiento vacío. Dejé de intentarlo y pasé un par de semanas sin verla. Pero, a última hora de un sábado por la noche, atrapado en el enloquecedor tráfico de parar y ponerse en marcha de Sunset, tras una desgarradora velada con los padres de un inmisericordemente deformado niño recién nacido, me encontré ansiando un hombro sobre el que poder llorar. Y, como una paloma mensajera que vuelve al nido, tomé la dirección norte, hacia Hollywood Boulevard, y giré en Nichols Canyon. Cuando subí por el sendero, el Alfa Romeo estaba aparcado allí.

La puerta delantera estaba abierta, así que entré.

La sala de estar se hallaba brillantemente iluminada, pero vacía. La llamé. No hubo respuesta. Repetí la llamada. Nada.

Busqué en su alcoba, medio esperando hallarla con otro hombre. Medio deseándolo.

Pero allí estaba ella, sola, sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, con los ojos cerrados, como meditando.

Había entrado en su cuerpo muchas veces, pero ésta era la primera vez que la veía desnuda. No tenía defecto alguno, era increíblemente perfecta. Evité el tocarla y le susurré:

– Sharon.

No se movió.

Me pregunté si estaría dedicada a algún tipo de autohipnosis. Había oído que Kruse era un experto hipnotizador. ¿Le habría dado lecciones particulares?

Pero parecía más anonadada que en trance… con el ceño fruncido, jadeando con rapidez y poco profundamente. Sus manos comenzaron a temblar. Me fijé en que tenía algo en la derecha.

Una pequeña foto en blanco y negro, en papel, del tipo antiguo con los bordes ondulados.

Me acerqué más y la miré. Dos pequeñas niñas de cabello negro, de dos o tres años de edad. Gemelas idénticas, con rizos a lo Shirley Temple, sentadas lado por lado en un banco de jardín en madera, con claros cielos y oscuras montañas de granito, que se cernían al fondo. Montañas perfectas, de postal, lo bastante perfectas como para que pareciesen un decorado de fotógrafo.

Las gemelas tenían un aspecto solemne, de pose. Demasiado solemne para su edad. Las habían disfrazado con vestidos idénticos de vaquera: zahones, chalecos con flecos de cuero, camisas con lentejuelas… y sostenían unos cucuruchos de helado igualitos. Copias en papel carbón la una de la otra, exceptuando un pequeño detalle: una niña agarraba el helado con la mano derecha, la otra con la izquierda.

Gemelas de espejo.

Sus facciones eran serias, supermaduras.

Las facciones de Sharon, al cuadrado.

Yo era su única hijita.

Sorpresa, sorpresa.

La miré, le toqué el hombro desnudo, esperando el habitual calor. Pero su tacto era frío y seco, extrañamente inorgánico.

Me incliné hacia ella y la besé en la nuca. Dio un salto, gritando como si la hubiesen golpeado. Lanzando puñetazos cayó hacia atrás en la cama, con las piernas muy abiertas, en una inerme caricatura de la bienvenida sexual, jadeando, mirándome.

– Sharon…

Me miraba como si yo fuera un monstruo. Su boca se abrió en un alarido silencioso.

La foto cayó al suelo. Al recogerla, vi algo escrito atrás. Una sola frase, con letra segura.

S y S. Compañeras silenciosas.

Di la vuelta a la foto y volví a mirar a las gemelas.

– ¡No! -aulló, mientras daba un salto y cargaba contra mí-. ¡No, no, no! ¡Dame, dame! ¡Mía, mía, mía!

Lanzó zarpazos para hacerse con la foto. Su furia era absoluta, la transformación infernal. Estremecido, tiré la foto sobre la cama.

La agarró de un tirón, la apretó contra su pecho, se puso a cuatro patas y gateó hacia atrás, hasta que estuvo tocando el cabezal. Su mano libre daba manotazos al aire entre nosotros, creando una tierra de nadie. Su cabello estaba enmarañado, enloquecido como el de una Medusa. Se puso de rodillas, se estremeció y tambaleó, con sus grandes senos yendo de un lado a otro.

– Sharon, ¿qué es lo que pasa…?

– ¡Vete! ¡Vete!

– Cariño…

– ¡Vete! ¡Lárgate! ¡Vete! ¡Vete! ¡Lárgate! ¡Vete!

El sudor le caía a chorros, corriéndole por el cuerpo. En la nieve que era su piel surgieron calientes parches sonrosados, como si estuviese ardiendo por dentro.

– Sharon…

Me siseó como una serpiente, luego gimió y se enroscó en posición fetal, apretando la foto contra su pecho. Vi cómo este subía y bajaba con cada trabajosa respiración. Di un paso adelante.

– ¡No! ¡Lárgate! ¡Lárgate!

La mirada en sus ojos era asesina.

Retrocedí, saliendo de la habitación, corrí fuera de la casa, sintiéndome mareado, con ganas de vomitar, como si me hubiesen atizado en la tripa.

Seguro de que, fuera lo que fuese lo que habíamos tenido entre nosotros, aquello se había acabado.

Y no sabía si eso era bueno o malo.

12

El miércoles por la mañana estaba de regreso en Beverly Hills, en el ático en el que estaban las oficinas de Trenton, Worthy y La Rosa. Esperando para hacer mi declaración en una sala de conferencias forrada de madera de palisandro, decorada con arte abstracto y amueblada con sillones de cuero color mantequilla y una mesa de cristal ahumado del tamaño de un campo de fútbol.

Mal estaba sentado junto a mí, desmañadamente a la moda con un traje de seda natural color plateado, barba de cinco días y cabello por la espalda. Detrás nuestro había una pizarra sobre un atril de palisandro, y un colgador de ropa del que colgaba una maleta de piel de becerro…, la pasada de Mal para superar a los portadores crónicos de maletín. Al otro lado de la mesa había una informadora legal, con su estenógrafo. Y, rodeándola, estaban ocho… no siete, abogados.

– La compañía de seguros ha mandado a tres -me susurró Mal-. Esos tres primeros.

Miré al trío: jóvenes, con trajes de rayitas, fúnebres.

Su portavoz era un tipo alto, prematuramente calvo, llamado Moretti, que debía andar a principios de la treintena. Tenía una mandíbula carnosa y hendida, hombros anchos y todo el encanto de un sargento instructor. Una de las secretarias de Mal sirvió café y pastas y, mientras comíamos, Moretti se preocupó mucho de hacerme saber que había obtenido un Master de Psiquiatría en Stanford. Mencionó los nombres de catedráticos famosos, trató, sin lograrlo, de hacerme hablar de temas profesionales, y me contempló sobre el borde de su taza de café, con agudos ojos marrones.

Cuando presenté mi informe se colocó en el borde del sillón. Cuando acabé, él fue el primero en hablar. Los otros abogados le cedieron la palabra. Como cualquier manada de lobos, habían elegido a su asesino de cabeza, y estaban muy satisfechos de quedarse sentados, viendo como él abría las primeras heridas.

Me recordó que la ley me obligaba a decir la verdad, tal como si estuviera ante el tribunal, y que cometería perjurio si testificaba en falso. Luego extrajo de su maletín un montón de artículos fotocopiados, del grosor de un listín telefónico, e hizo todo un espectáculo de apilarlos encima de la mesa, rebuscando entre ellos, ordenándolos e igualando los bordes. Alzando el artículo de arriba, dijo:

– Me gustaría leerle algo, doctor.

– Seguro.

Sonrió.

– En realidad no le estaba pidiendo permiso, doctor.

– En realidad no se lo estaba dando.

La sonrisa desapareció. Mal me dio un codazo por debajo de la mesa. Alguien tosió. Moretti trató de ganarme a mirarnos a los ojos, finalmente se puso un par de gafas octogonales, sin aro, se aclaró la garganta y comenzó a leer. Finalizó un párrafo, antes de volverse hacia mí.

– ¿Le resulta conocido, doctor?

– Sí.

– ¿Recuerda la fuente?

– Es la introducción de un artículo que publiqué en La Revista de Pediatría en 1981. En el verano de 1981, creo. Agosto.

Examinó la fecha del artículo, pero no comentó nada.

– ¿Recuerda lo que decía en el artículo, doctor?

– Sí.

– ¿Podría resumírnoslo?

– El artículo describe un estudio que hice de 1977 a 1980, cuando estaba en el Hospital Pediátrico del Oeste. La investigación se hizo con fondos del Instituto Nacional de la Salud Mental, y trataba de descubrir los efectos de las enfermedades crónicas en el ajuste psicológico de los niños.

– ¿Era un estudio bien planeado, doctor?

– Creo que sí.

– Eso cree. Díganos lo que hizo usted en ese estudio bien planeado… y sea específico respecto a la metodología.

– Administré varios tests de ajuste psicológico a una muestra de niños enfermos, y a un grupo de control de niños saludables. Los grupos eran parejos en lo que se refiere a clase social, estatus marital de los padres, y tamaño familiar. No había diferencia significativa entre los grupos.

– ¿No había diferencia significativa en ninguna medición de ajuste psicológico?

– Exacto.

Moretti miró a la informadora legal.

– Habla muy deprisa, ¿lo ha cogido?

Ella asintió con la cabeza. Y luego, de nuevo a mí:

– En favor de aquellos de nosotros que no están familiarizados con los términos psicológicos, especifique qué es lo que quiere decir diferencia significativa.

– Que los grupos eran estadísticamente indiferenciables. Los tanteos medios de esas mediciones eran similares.

– ¿Medios?

– Del medio… el listón del cincuenta por ciento. Matemáticamente, ésa es la mejor medida de la tipicidad.

– Sí, claro, pero… ¿qué significa todo esto?

– Que los niños enfermos crónicos pueden desarrollar algunos problemas, pero que el estar enfermos no los convierte inevitablemente en neuróticos o psicóticos.

– Espere un momento -dijo Moretti, dando palmadas sobre el montón-. Yo aquí no veo mencionados problemas, doctor. Su descubrimiento básico fue que los niños enfermos eran normales.

– Eso es cierto. De todos modos…

– Así lo dice usted aquí, doctor. -Alzó el artículo, lo abrió por una página y clavó un dedo en ella-. Justo aquí, en la Tabla Tres: «Los resultados del Estado de Ansiedad de Spielberger, los resultados de la Autoestima de Rosenberg, los resultados de Ajuste de Achenbach se hallaban todos…», y estoy citándole literalmente: «dentro de los límites normales». Puesto en un idioma coloquial, eso significa que esos chicos no eran más nerviosos o inseguros o desajustados o neuróticos que sus pares sanos, ¿no es así, doctor?

– Esto está empezando a sonar argumentativo -dijo Mal-. Estamos aquí para hallar datos.

– Cuasi-datos, en el mejor de los casos -afirmó Moretti-. Esto es psicología, no ciencia.

– Ha sido usted quien ha citado el artículo, abogado -le dijo Mal.

– La información que nos da su testigo parece estar contradiciendo su propia obra publicada, abogado.

– ¿Le gustaría que contestase a su pregunta? -le dije a Moretti.

Se quitó las gafas, se recostó y me dio un cuarto de sonrisa.

– Si puede hacerlo…

– Lea la sección de discusiones -le dije-. Específicamente los tres últimos párrafos. Listo varias áreas de problemas con los que tienen que enfrentarse los niños crónicamente enfermos, durante toda su vida: dolor y molestias, interrupción de la escolaridad debido a los tratamientos y hospitalización, cambios en el cuerpo causados tanto por la enfermedad como por el tratamiento, rechazo social, sobreprotección por los padres. En general, los niños logran superar esos problemas, pero los problemas siguen existiendo.

– La sección de discusiones -intervino Moretti-. Ajá… el lugar en el que los investigadores dejan caer sus conjeturas. Pero sus propios datos… sus estadísticas, dicen otra cosa. Realmente, doctor…

– En otras palabras -interrumpió Mal, volviéndose hacia mí-, lo que está usted diciendo, doctor Delaware, es que los niños enfermos y los niños traumatizados se enfrentan a una constante avalancha de retos…, que la vida es para ellos agónica…, pero que algunos de ellos pueden llegar a sobreponerse a su problemática.

– Sí.

Mal pasó la vista arriba y abajo por la mesa, evitando a Moretti, estableciendo momentáneo contacto ocular con cada uno de los otros abogados.

– No hay razón para penalizar a un niño porque sepa sobreponerse a los retos, ¿verdad, caballeros?

– Pero, ¿quién es aquí el testigo? -espetó Moretti, blandiendo la fotocopia.

– No hay razón por la que penalizar a un niño por enfrentarse a su trauma -afirmó Mal.

– ¿Trauma? -exclamó Moretti-, en este artículo no hay nada sobre niños traumatizados. Estos son niños enfermos crónicos… Crónicos, o sea a largo plazo. Darren Burkhalter es un caso único. No tiene un dolor continuado ni cambios físicos a los que enfrentarse. Incluso será menos vulnerable a los problemas que alguien disminuido crónicamente.

Se permitió una amplia sonrisa.

Para él, todo aquello era un juego. Pensé en niños pequeños jugando en un callejón a ver quién meaba más lejos, y le dije:

– Ése es un buen punto, señor Moretti: los niños traumatizados y los crónicamente enfermos son dos cosas totalmente distintas. Es por eso por lo que me preguntaba el porqué siquiera habría citado usted ese artículo.

Un par de los otros abogados sonrieron.

– Tocado -me susurró Mal al oído.

Uno de los otros abogados del seguro estaba susurrándole algo a la oreja de Moretti. El líder no estaba contento con lo que le estaba diciendo, pero escuchó impasiblemente, luego dejó la fotocopia de lado.

– De acuerdo, doctor, hablemos de la misma noción del trauma de la primera niñez. Su conclusión, tal cual yo la entiendo, es que Darren Burkhalter quedará con una cicatriz emocional de por vida, a causa de estar presente durante el accidente de automóvil.

– Pues lo ha entendido mal -le dije. Moretti se puso rojo. Mal alzó las cejas y lanzó un silbidito.

– Oiga, doctor…

– Lo que yo he dicho, señor Moretti, es que durante mi examen del mismo, Darren Burkhalter exhibió los clásicos síntomas de trauma para un niño de su edad. Problemas para dormir, pesadillas, fobias, agresividad, hiperactividad, pataletas, períodos de incremento del deseo de permanecer agarrado a alguien. Según tanto su madre como la profesora de su jardín de infancia, no mostraba ninguno de esos comportamientos antes del accidente. Resulta razonable suponer que están relacionados con éste…, aunque no pueda probarlo con datos irrefutables. Y no está claro si esos problemas se transformarán o no en desarreglos crónicos, aunque el riesgo de ello es alto si no prosigue la psicoterapia. Adicionalmente, Darren Burkhalter está retrasándose en el habla y el desarrollo del lenguaje… en la actualidad ya está varios meses por detrás de la media. Resulta imposible juzgar cuánto de esto es debido al trauma, pero vale la pena pensar en ello cuando se considera el futuro de este niño.

– Desde luego, resulta imposible juzgarlo -afirmó Moretti-. Por lo que he leído en la literatura de su campo, resulta que la inteligencia es determinada primariamente por lo genético. Y lo que mejor puede predecir el CI de un niño es el Cociente de Inteligencia de su padre… lo dijeron Katz, Dash y Ellenberg en 1981.

– El CI de este padre jamás volverá a ser comprobado con un test -dijo Mal-. A cambio, yo solicité que la señora Burkhalter se hiciera un test del CI, pero usted se opuso, señor Moretti.

– Ya ha pasado por bastantes tensiones, abogado.

– No importa -dijo Moretti-, podemos hacer suposiciones a partir de lo que sabemos de esa gente. Ni el señor ni la señora Burkhalter acabaron los estudios medios. Ambos colgaron los estudios y trabajaban en empleos serviles. Eso indica un caudal genético inferior a la media para esa familia. Yo no esperaría que Darren llegase a la media, ¿y usted, doctor Delaware?

– Desde luego no es así de simple -le dije-. El CI paterno predice el CI de un niño mejor que la mayoría de los otros factores, pero aun así no es un factor de predicción muy bueno, pues sólo se le puede suponer exactitud para un veinte por ciento de la variación. Katz, Dash y Ellenberg enfatizan eso en la continuación de su estudio, realizado en 1983. Uno de cada cinco, señor Moretti…, no es una probabilidad sobre la que apostar.

– ¿Le gusta a usted confiar en el azar, doctor?

– No. Por eso acepté este caso.

La informadora sonrió.

Moretti se volvió hacia Mal.

– Abogado, yo le rogaría que le advierta usted a su testigo que mantenga un comportamiento adecuado.

– Considérese advertido, doctor Delaware -me dijo Mal, luchando por suprimir una sonrisa. Se tiró de los puños de la camisa y consultó su Rolex-. ¿Podemos proseguir?

Moretti se volvió a colocar las gafas y estudió algunos papeles.

– Doctor Delaware -me dijo, y luego hizo una pausa, como anticipando que iba a darme un buen golpe-. Vamos ya, doctor Delaware… no me irá a decir que, si no fuese por el accidente, se habría podido esperar que Darren Burkhalter fuese a llegar a ser un físico nuclear, ¿verdad?

– Nadie sabe lo que podría haber sido Darren, o lo que podrá ser -le dije-. Ahora mismo los hechos son que, tras un severo trauma psicológico, su lenguaje se halla por debajo de la media, y está sufriendo un severo estrés.

– ¿Cómo era su lenguaje antes del accidente?

– Su madre nos informa de que estaba empezando a hablar. Sin embargo, después del trauma…

– Su madre -me cortó Moretti-. Y usted basa sus conclusiones en lo que ella le dice…

– Junto con otros datos.

– Tales como la entrevista que le hizo a la maestra de su jardín de infancia.

– Tales como eso.

– ¿Es esa profesora uno de sus testigos expertos?

– Me pareció muy creíble, y que entendía muy bien a Darren. Me informó que sus padres estaban muy metidos en la educación del niño, que lo querían mucho. Su padre, en especial, había puesto mucho interés en…

– Sí, hablemos de su padre. Gregory Joe Burkhalter tenía antecedentes criminales. ¿Sabía esto, doctor?

– Sí, lo sé. Una condena por robo sin agravantes, hace varios años.

– Robo, doctor. Y cumplió condena por ello.

– ¿Y a qué viene esto? -inquirió Mal.

– A lo que viene, señor Worthty, es a que su experto, basando su opinión en una persona que no sería reconocida como experta ante un tribunal, desea montar un caso en base a que ese padre habría sido una fuente principal de estímulo intelectual para ese niño, de lo que se deduciría una importante pérdida material y emocional, debida la muerte del dicho padre. Y ese padre era un criminal, mínimamente educado…

– Señor Moretti -le dije-, ¿es usted de la opinión que sólo merece dolerse de la pérdida de padres educados?

Me ignoró.

– … y, lo que es más, los datos referentes a este caso, indican que se trataba de una persona social y emocionalmente empobrecida…

Siguió así un rato, aumentando el volumen y la velocidad de su voz, casi brillando por la emoción del combate. Mal también estaba atrapado por la justa, tenso, esperando a responder.

Más meadas en el callejón. Y que la verdad se fuese al carajo. Empezó a atacarme a los nervios, y le interrumpí, alzando la voz para hacerme oír por encima de la marea de palabrería legal:

– Señor Moretti, es usted el típico caso de escaso conocimiento, que acaba convirtiéndose en peligroso.

Moretti se semialzó en su sillón, se contuvo y se volvió a sentar. Mostró los dientes.

– ¿Se está sintiendo acorralado, doctor?

– Se suponía que ésta era una reunión para hallar datos. Si usted quiere oír lo que yo tengo que decir, estupendo. Si lo que desea es seguir jugando a satisfacer su ego, entonces no seguiré perdiendo mi tiempo.

Moretti chasqueó la lengua.

– Señor Worthy, si esto es una muestra de cómo se comportaría su experto ante un tribunal, va a tener usted muchos problemas, abogado.

Mal no dijo nada. Pero garabateó en su bloc de notas: ¿He creado un monstruo?, y lo tapó con la mano.

No se le escapó a Moretti:

– ¿Es algo que deberíamos tener registrado, abogado?

– Sólo jugueteaba -le dijo Mal, y comenzó a dibujar una mujer desnuda.

– Estábamos hablando de los traumas de la infancia -le dije a Moretti-. ¿Quiere usted que hable de eso o ya he terminado?

Moretti trató de parecer divertido.

– Puede hablar, si tiene algo que añadir a su informe.

– Dado que usted ha extraído conclusiones falsas de mi informe, tengo mucho que añadir. Darren Burkhalter está sufriendo una reacción de estrés postraumático que puede llegar a transformarse en problemas psicológicos a largo plazo. Una breve terapia de juego y consejería para la madre han conseguido una cierta reducción de los síntomas, pero está indicado mucho más tratamiento. -Me dirigí a los otros abogados-. No estoy diciendo que los problemas psicológicos a largo plazo sean inevitables, pero tampoco puedo decir que no vayan a surgir. Ningún experto razonable lo haría.

– ¡Oh, por todos los cielos! -exclamó Moretti-. ¡Ese niño tiene dos años de edad!

– Veintiséis meses.

– Eso no importa. Tenía dieciocho meses en el momento del accidente. ¿Está usted diciéndome que está dispuesto a presentarse ante un tribunal, y a testificar bajo juramento que, cuando tenga veintiséis años de edad, podría estar afectado psicológicamente por un accidente que tuvo lugar cuando era un bebé?

– Eso es, exactamente, lo que le estoy diciendo. Una escena traumática, tan impresionante y sangrienta, enterrada en su subconsciente…

Moretti resopló.

– ¿Qué aspecto tiene un subconsciente, doctor? Jamás he visto ninguno.

– Y, no obstante, usted lo tiene, señor Moretti. Como yo y cualquiera de los que hay en esta habitación. En términos simples, un subconsciente es un cajón de almacenamiento psíquico. La parte de nuestra mente en la que metemos las experiencias y sentimientos con los que no queremos enfrentarnos. Cuando nuestras defensas están bajas, el cajón se inclina y parte del material acumulado se desparrama: sueños, fantasías, comportamientos aparentemente irracionales o incluso autodestructivos, que llamamos síntomas. El subconsciente es real, señor Moretti. Es lo que a usted le hace soñar con vencer. Y también es buena parte de lo que le motivó a usted para llegar a convertirse en un abogado.

Eso le afectó. Se esforzó en parecer frío, pero los ojos le parpadearon, se le abrieron las ventanas de la nariz, y su boca se apretó tanto que pareció hacer un mohín.

– Gracias por esta dosis de sabiduría, doctor. Mándeme su cuenta… aunque, a juzgar por lo que le está cobrando al señor Worthy, no sé si podré permitirme pagarle. Entre tanto, concretémonos al accidente.

– La palabra accidente no describe, ni con mucho lo que experimentó Darren Burkhalter. Sería más correcto llamarlo desastre. El niño estaba durmiendo en el coche y siguió durmiendo hasta el momento del impacto. La primera cosa que vio al despertarse fue la cabeza decapitada de su padre, volando por encima del asiento delantero y cayendo junto a él, con las facciones aún en convulsiones.

Algunos de los abogados se estremecieron.

– No le cayó en el regazo por unos pocos centímetros -continué-. Darren debió pensar que se trataba de algún juguete porque trató de cogerla. Cuando apartó la mano y la vio cubierta de sangre, se dio cuenta de lo que era en realidad… se puso histérico. Y siguió histérico durante cinco días completos, señor Moretti, aullando: «¡Pa!», totalmente fuera de control.

Hice una pausa para dejar que esa imagen calase.

– Señor Moretti, él sabía lo que estaba sucediendo: lo ha representado en mi consulta, cada vez que ha venido a ella. Claramente, es lo bastante mayor como para formar un recuerdo duradero. Si lo desea, le citaré estadísticas respecto a eso. Y ese recuerdo no desaparecerá simplemente porque usted lo desee.

– Un recuerdo que usted mantiene vivo, a base de hacerle repetir la escena, una y otra vez -dijo Moretti.

– Así que lo que está usted aseverando -dije-, es que la psicoterapia lo está haciendo ponerse peor. Y que deberíamos limitarnos a olvidarlo todo, o a hacer ver que no sucedió.

– Tocado por partida doble -susurró Mal.

Moretti tenía los ojos desorbitados.

– Es su postura la que está bajo escrutinio, doctor. Quiero ver cómo apoya todo esto de los traumas de la temprana edad con datos.

– Me encantará hacerlo.

Tenía mi propio montón de artículos, que saqué, y comencé a citar referencias, a largarle números, y a darle una conferencia, un tanto maníaca, sobre el desarrollo de la memoria en los niños y sus reacciones al desastre y el trauma. Usé la pizarra para resumir mis hallazgos.

– Generalizaciones -exclamó Moretti-. Impresiones clínicas.

– ¿Preferiría usted algo más objetivo?

Sonrió.

– Eso estaría bien.

– Perfecto.

Una secretaria entró un carrito con el monitor de vídeo, colocó una casete en el magnetoscopio, bajó la intensidad de las luces y apretó el botón PLAY.

Cuando hubo terminado, se produjo un silencio mortal. Finalmente Moretti hizo una mueca y comentó:

– ¿Planea una segunda carrera en el negocio del cine, doctor?

– Ya he visto y oído bastante -dijo otro de los abogados. Cerró su maletín y apartó su sillón de la mesa. Varios otros hicieron lo mismo.

– ¿Alguna pregunta más? -inquirió Mal.

– No -le contestó Moretti. Pero parecía muy satisfecho y sentí el mordisco de la duda. Me hizo un guiño y me saludó-. Nos veremos ante el tribunal, doctor.

Cuando todos se hubieron marchado Mal se dio una palmada en la rodilla e hizo unos pasos de baile.

– ¡Les has dado justo en los cojones! ¡Vaya maravilla! Esta misma tarde empezarán a hacerme sus ofertas.

– He defendido el caso con más fuerza de lo que pretendía -expliqué-. Ese bastardo me puso frenético.

– Lo sé, lo hiciste de maravilla. -Comenzó a recoger sus papeles.

– ¿Y qué me dices de la andanada de Moretti cuando se retiraba? -le pregunté-. Parecía con muchas ganas de ir a los tribunales.

– Pura bravuconería. Para no quedar en ridículo ante sus compadres. Puede que sea el último en llegar a un acuerdo, pero, créeme, lo hará. Vaya hijo de puta, ¿eh? Tiene reputación de ser un litigador con un corazón de piedra, pero tú le diste su merecido…, tu puyazo acerca del subconsciente le dio en todo el morro Alex.

Agitó la cabeza muy contento.

– Dios sabe lo muy apretado que ha debido de tener su esfínter para no cagarse en ese mismo momento en los pantalones. «Y también es buena parte de lo que le motivó a usted para llegar a convertirse en un abogado». No te lo dije, Alex, pero el papito de Moretti fue un psiquiatra famoso de Milwaukee, que hizo mucho trabajo forense. Moretti debió de odiarlo, porque realmente tiene manía persecutoria para los comecocos.,., por eso lo destinaron a este caso.

– Un Master de Stanford en Psico -dije-. Bla bla bla bla bla.

Mal alzó el brazo en fingido terror.

– ¡Chico, te has convertido en un malvado bastardo, ¿no?!

– Simplemente, estoy harto de tantas memeces. -Caminé hasta la puerta-. No me llames por un tiempo, ¿vale?

– ¡Hey, no te equivoques conmigo, Alex! No te estoy dando la bronca. Si te digo que me gusta, es porque realmente me gusta.

– Me siento halagado -le dije. Y lo dejé entregado a sus triunfos y sus cálculos.

Cuando regresé a casa, el teléfono estaba sonando. Lo tomé, al mismo tiempo que la operadora del servicio de avisos lo hacía, escuché la voz de Del Hardy pidiendo por el doctor Delaware, y le dije a la telefonista que ya contestaría yo.

– He descubierto unas pocas cosas -me dijo-. No pude lograr que me fuesen de mucha ayuda en Hollywood, pero hablé con uno de los forenses. ¿Estás de humor para escuchar este tipo de cosas?

– Adelante.

– Vale, en primer lugar está la hora de la muerte…, entre las ocho de la tarde y las tres de la madrugada del sábado. La segunda cosa es la causa de la muerte: una bala de calibre veintidós en el cerebro. Atravesó limpiamente la corteza cerebral y rebotó, por dentro, como es normal que ocurra con una bala de pequeño calibre, causando cantidad de daños. La tercera, que había cantidad de alcohol y barbitúricos en la sangre…, estaba al borde de la dosis letal. El forense también halló algunas viejas cicatrices entre sus dedos de los pies, que parecían picos… ¿supiste si esta dama estuvo alguna vez colgada de las drogas duras?

– No -le dije-, pero hace mucho que no sabía de ella.

– Ajá, la gente cambia. Eso es lo que nos mantiene ocupados a nosotros.

– Drogas y una bala -dije.

– Estaba decidida -aseveró Del-, lo que no es muy corriente, especialmente en una mujer. Claro que, si realmente deseaba asegurarse, lo que debería haber hecho era meterse el arma en la boca, así da directamente en la médula, lo que acaba con el sistema autónomo y corta la respiración. Pero la mayor parte de la gente no sabe esto y, como lo ven en la tele, se creen que el tiro en la sien…

Se cortó.

– Lo siento -me dijo.

– No pasa nada -le aseguré-. Con tanta droga en su sangre, ¿no debería de haber estado demasiado adormilada para poder dispararse?

– No de inmediato -dijo Del-. Y, mira, ahora viene la parte interesante: el forense me dijo que su oficina manejó el caso con celeridad, por orden del jefe; su plazo habitual es de seis a ocho semanas, en esta época del año. También les dieron órdenes de no hablar de ello con nadie.

– ¿Y por qué tanto secreto?

– El patólogo tuvo la clara impresión de que se trataba del habitual caso de gente rica, en el que se engrasan las ruedas al máximo, y se mantiene todo en silencio.

– El Departamento facilitó información a la prensa.

– Información controlada -subrayó Del-. Eso es estrategia: si uno no dice nada respecto a algo, y alguien descubre que te lo estás reservando, en seguida empiezan a hablar de una conspiración. Es más seguro decir lo que quieres que se sepa; eso te hace parecer abierto y sincero. No es que haya demasiado que decir en este caso: un suicidio puro y simple, sin pruebas de que haya nada raro detrás. En cuanto a lo de la combinación de drogas y pistola, el patólogo tenía dos suposiciones: A, que ella se preparó un cóctel de drogas y alcohol, esperando así acabar con todo, y luego cambió de idea y decidió terminar aún más rápido, o quizá de un modo más dramático, y tomó la pistola. Para mí, eso tiene sentido: el suicidio es un mensaje, ¿no? Vosotros los comecocos me enseñasteis eso… es la declaración final que uno le hace al mundo. Y la gente puede llegar a ser muy cuidadosa acerca del modo en que la redacta, ¿no?

– Justo. ¿Cuál es la B?

– La droga y el alcohol la hicieron superar sus inhibiciones, armarse del valor suficiente como para pegarse un tiro. Cuando se notó lo bastante ida, apretó el gatillo. Claro que, lo mires del modo que lo mires, el resultado es el mismo.

– ¿Dejó alguna nota?

– No. Mucha gente no la deja, ¿no es así?

– Así es.

– Como dice ese tipo, el canadiense Mac-como-se-llame, el medio puede ser el mensaje por sí mismo.

– ¿Quién es el detective al cargo del caso?

– Un tipo llamado Pinckley. Precisamente ayer se fue de vacaciones, a Hawai.

– Muy conveniente.

– Yo no armaría mucho jaleo por eso -me dijo Del-. Las vacaciones son programadas con mucha anticipación. Y Pinckley es un surfista de cuidado…, antes competía a nivel nacional. Se va allí cada año, por esta época, con el fin de cazar las olas más grandes, en Wiamea. Llamé a Hollywood y lo confirmé; la lista de tareas había sido establecida hacía meses.

– ¿Y quién se ha hecho cargo, al irse Pinckley?

– No había nada de lo que hacerse cargo, doctor. El caso está cerrado.

– ¿Y qué hay de eso de que Trapp estuviera en casa de ella?

El policía bajo la voz:

– Oye, te he dicho que había averiguado unas pocas cosas, ¿recuerdas? Eso no incluía el entrar en la oficina de mi capitán y someterlo a tercer grado.

– De acuerdo, perdona.

– No es necesario que te excuses. Pero debo de ser cuidadoso.

– ¿Algo más, Del?

Pausa.

– ¿Dices que la conocías mucho? ¿Como cuánto?

– Han pasado seis años desde la última vez que la vi.

– ¿Lo bastante como para saber que no era una Hermanita de la Caridad?

– Lo bastante para eso.

– Vale. Si fueras un pariente cercano, o su marido, no te diría esto. Es estrictamente «off the record». Mi contacto en Hollywood me dice que por la Comisaría corre un rumor de que, cuando entraron en su casa, uno de los técnicos halló una película porno oculta debajo de su colchón… Nada sofisticado, sólo un rollo pequeño de ocho milímetros en blanco y negro. Pero un rollo en el que salía ella. Puede que fuera una doctora, pero tenía otros talentos…

Jadeé tratando de respirar.

– ¿Doc?

– ¿Sigue esa película en el almacén de pruebas, Del?

– No todo llega al almacén de pruebas.

– Ya veo.

– En un caso como éste, eso es lo mejor para esa dama. ¿Qué te parece mejor: que esa jodida cosa esté en el cajón de la ropa interior de algún poli, del que sólo lo saque alguna vez, de trancas a barrancas, para un pase privado, o que la prensa se haga con ella… «La Doctora tenía una Vida Secreta»? Ya sabes lo que harían con eso. Lo que te quiero decir es que esa película no es una de las que hace Disney.

– ¿Qué había en ella?

– Lo que te puedes imaginar.

– ¿No podrías ser más específico, Del?

– ¿Realmente quieres escuchar esto?

– Adelante.

Suspiró.

– De acuerdo. Lo que me han dicho es que era una de esas escenitas de doctor y paciente. Ya sabes… de esas que empieza con un chequeo y acaban en sexo. Ella era la paciente, y un tipo era el médico. -Pausa-. Esto es todo lo que sé. Yo no la he visto.

– ¿Dejó algo, como un fichero de pacientes?

– No lo pregunté.

– ¿Y qué hay de esa venta tan rápida de la casa?

– Con el caso cerrado, no había ya ninguna razón por la que no vendiesen.

– ¿Era ella la propietaria de la casa?

– No comprobé eso.

– ¿Y qué hay de la hermana gemela? ¿La ha localizado alguien?

– No hay Shirlee Ransom alguna en nuestros archivos, lo que no quiere decir nada…, no era ninguna criminal. Pero en Tráfico tampoco la tenían.

– No es muy probable… ella no podría conducir un coche.

– Lo que digas. En cualquier caso, el buscar herederos no es asunto nuestro, Doc. El abogado que esté ocupándose de que se cumpla su testamento tendrá que contratar a un detective privado. Y, para contestar a tu próxima pregunta, te diré que no, que no sé quién es ese abogado.

– Vale -dije-, gracias por tu tiempo.

– No hay problema, encantado de dedicártelo. Cuando lo tengo.

Lo que era una forma educada de decirme: Ya no me molestes más.

13

Una película porno.

La «investigación» de Kruse.

Explorando los límites de la sexualidad humana.

Larry se había reído de ello, pero con una cierta vergüenza. El trabajar para Kruse era una fase de su carrera que, claramente, deseaba olvidar. Ahora iba a serle recordada de nuevo. Llamé a su oficina en Brentwood, utilizando la línea privada, que no estaba controlada por el servicio de mensajes.

– Estoy con un paciente -me dijo, en voz baja-. ¿Puedo llamarte a menos cuarto?

Lo hizo, exactamente a las 2,45, mordisqueando algo y hablándome entre bocados.

– ¿Ya me echabas en falta, D? ¿De qué me quieres hablar?

– De Sharon Ransom.

– Oh, sí… leí lo que pasó. ¡Oh, Dios… lo había olvidado! Vosotros dos estabais liados entonces, ¿no es cierto?

– Ella estaba en la fiesta, Larry. Me la tropecé cuando tú fuiste a hacer tu llamada. Hablé con ella el día antes de que muriese.

– Jesús! ¿Tenía mal aspecto?

– Estaba un poco hundida. Me dijo que las cosas no le iban bien. Pero no me dijo nada tremendo, nada que pusiese en marcha ninguna alarma. No obstante, tú y yo sabemos el valor que tiene eso.

– Ajá, la vieja intuición profesional. Daría lo mismo que usásemos un tablero ouija de adivinación…

Silencio.

– Sharon Ransom -dijo-. Irreal. Antes era muy guapa.

– Seguía siéndolo.

– Irreal -repitió-. No la vi desde la universidad, jamás me la encontré en reuniones o convenciones.

– Vivía en L.A.

– Una dama misteriosa. Siempre lo pareció.

– ¿Trabajó en el proyecto de la porno, Larry?

– No mientras yo estuve en él. ¿Por qué?

Le dije lo de que era la ayudante de Kruse. Y lo de la película.

– Bienvenido a Hollywood, el país de las cosas raras -me dijo, pero no parecía asombrado, y yo lo comenté.

– Eso es porque no estoy asombrado, D. Quizá me hubiera sorprendido en cualquier otro, pero no en ella.

– ¿Y por qué eso?

– A decir verdad, siempre pensé que era rara.

– ¿En qué sentido?

– Nada muy visible, pero había algo en ella que no ligaba…, como un cuadro hermoso que está colgado torcido.

– Nunca me dijiste nada de esto.

– Si te hubiera dicho que tu amiguita era un poco rara en lo que se refería a su personalidad, ¿me hubieras escuchado con calma, para decirme luego: «¡Ostras, Larry, gracias!»

– No.

– Exacto, no. Por el contrario, muy posiblemente te hubieras cabreado de mala manera, y posiblemente no me hubieras vuelto a hablar. No, no, amiguito, el tío Larry mantiene la boca cerrada. La primera norma de la terapia es: cuando no estés seguro, no digas nada. Y yo no estaba seguro. No es como si la estuviera diagnosticando de un modo formal… esto sólo era una impresión. Además, tú parecías estar disfrutando, y no me parecía que fueras a casarte con ella.

– ¿Por qué no?

– Ella no parecía de esas que se casan.

– ¿Qué más parecía?

– Una de esas personas que siempre están por ahí, y por las que uno acaba destruyendo su vida, D. Pero imaginé que tú eras demasiado listo para caer en eso… y lo fuiste, ¿no?

Pausa.

– Déjame hacerte una pregunta y no te ofendas -me dijo-: ¿Era buena en la cama?

– En realidad no.

– ¿Hacía todo lo que hay que hacer, pero la verdad es que no le iba la cosa?

Me asombré.

– ¿Qué es lo que te hace decir eso?

– Al hablarme de la película, me he dado cuenta de qué era lo que ella me recordaba: una de esas actrices porno que Kruse acostumbraba a tener en sus películas. Conocí a algunas cuando trabajaba para él. Esas chicas rezumaban sex-appeal, y parecía que le pudieran chupar la sangre a las rocas, pero a uno le daba la impresión de que todo era una capa superficial, algo que se quitaban con el maquillaje. La sensualidad no estaba integrada en sus personalidades…, sabían cómo separar sus sentimientos de su comportamiento.

– Separar -dije-, ¿como en los casos límite?

– Exacto. Pero no me tomes equivocadamente: no estoy diciendo que Sharon fuese un caso límite, ni siquiera que lo fuesen esas actrices. Pero todas tenían en ellas algo de esa cualidad de caso límite. ¿Me he acercado al blanco?

– Has dado de lleno en el centro -le dije-. Tenía las típicas cualidades del caso límite. Y, durante todo este tiempo, jamás lo consideré así.

– No te culpes por eso, D. Tú estabas yéndote a la cama con ella…, tenías un caso grave de ceguera de coño. De quien menos hubiera esperado un diagnóstico sobre ella es de ti. Pero lo que no me sorprende es que ella hiciese una película guarra.

Un caso límite de desorden de la personalidad. Si Sharon se había merecido esa diagnosis, yo había estado flirteando con el desastre.

El paciente caso límite es la pesadilla de los terapeutas. Durante mis años de entrenamiento, antes de que decidiese especializarme en niños, traté más casos de ésos de los que hubiese sido normal, y comprobé lo anterior, a las bravas.

O, mejor dicho, intenté tratarlos. Porque los casos límite nunca mejoran. Lo mejor que puedes lograr es ayudarlos a ir tirando, sin que te arrastren al interior de su patología. A primera vista parecen normales, a veces incluso supernormales, llevando a cabo trabajos de alta presión y siendo excelentes en ellos. Pero caminan de continuo por una cuerda floja que va de la cordura a la locura, son incapaces de cimentar relaciones, incapaces de conseguir penetrar en las cosas, nunca están libres de una profunda y corrosiva sensación de inutilidad y de ira, que, inevitablemente, les lleva hacia la autodestrucción.

Son los crónicamente deprimidos, los determinadamente adictivos, los compulsivamente divorciados, los que viven yendo de un desastre emocional al siguiente. Saltarines de cama en cama, gente a la que hay que hacerles lavados de estómago para sacarles el veneno, tipos que se tiran a la autopista, y esos otros a los que vemos sentados en los bancos, con los ojos tristes, los brazos llenos de pinchazos y con unas heridas psíquicas que jamás pueden ser suturadas. Sus egos son tan frágiles como el azúcar hilado, sus psiques están irreversiblemente fragmentadas, como un rompecabezas al que le faltan algunas piezas cruciales. Interpretan papeles a la maravilla, son excelsos en ser cualquiera menos ellos mismos, ansían la intimidad, pero la rechazan cuando la hallan. Algunos de ellos gravitan hacia las tablas o la pantalla; otros llevan a cabo sus actuaciones de maneras más sutiles.

Nadie sabe cómo o por qué un caso límite se convierte en un caso límite. Los freudianos dicen que es debido a una privación sentimental durante los primeros dos años de la vida; los ingenieros bioquímicos echan las culpas a un cableado defectuoso. Ninguna de las dos escuelas afirma ser capaz de ayudarlos demasiado.

Los casos límite van de terapeuta en terapeuta, esperando hallar la fórmula mágica que los libere de su sensación de vacío. Y se vuelven hacia las fórmulas químicas, devorando tranquilizantes y antidepresivos, alcohol y cocaína. Se ponen en manos de gurus y vendedores de paraísos, de cualquier timador carismático que les prometa solucionarles de inmediato su dolor. Y acaban tomando unas vacaciones temporales en los hospitales psiquiátricos o los presidios, saliendo de ellos con buen aspecto y llenando de esperanzas a todo el mundo. Hasta la siguiente recaída, real o imaginada, hasta la siguiente excursión al daño autoinfligido.

Lo que no hacen es cambiar.

Ada Small me había hablado en una ocasión de ello… y había sido la única vez que recuerdo haber notado ira en su voz:

Mantente apartado de ellos, Alex, si quieres parecer competente. O cada vez te harán quedar como un estúpido. Trabajarás en lograr una relación con ellos durante meses, incluso años, finalmente creerás que ya lo has logrado, y que ya estás preparado para hacer algún trabajo significativo, quizás incluso lograr poner en marcha algún cambio, y te dejarán en la estacada al siguiente momento. Te quedarás preguntándote qué será lo que has hecho mal, incluso si habrás elegido la profesión adecuada. Y no serás tú…, son ellos. Pueden parecer estar maravillosamente bien en un momento dado, para estar al borde del abismo en el siguiente.

Al borde del abismo.

Más que con cualquier otro paciente psiquiátrico, cabe esperar que los casos límite intenten suicidarse. Y que lo logren.

– Yo acostumbraba a estar perdiendo el tiempo por ahí con actrices -me estaba diciendo Larry-. Llegué a conocer bastante bien a algunas de ellas y empecé a comprenderlas…, a comprender su promiscuidad, el cómo era que hacían lo que hacían. Desde el punto de vista de un caso límite, la promiscuidad puede ser una adaptación medio decente, la partición perfecta: un hombre para la amistad, otro para la estimulación intelectual, otro para el sexo. Partir, partir, partir, limpia y claramente. Si no se puede lograr la intimidad, desde luego esto es mejor que la soledad. El dividir también es un modo excelente para autodistanciarse del hecho de que la jodan en la pantalla, y de que los tipos se la meneen en su cara. Esto también vale para el trabajo de la que hace strip-tease. Al fin y al cabo, es un trabajo como otro cualquiera. Quiero decir, ¿cómo, si no, podrías hacerlo y luego irte a casa y prepararte macarrones con queso rayado y hacer el crucigrama? Las chicas me admitieron que tenía razón, que cuando estaban ante la cámara era como el mirar a otra persona haciendo todo aquello.

– Disociación -dije.

– Al máximo grado.

Pensé en toda la fragmentación de la vida de Sharon. El modo rutinario, finalmente desapasionado, en que hacía el amor. La negativa a vivir conmigo, a vivir con nadie. La frialdad con la que había hablado de sus padres muertos. El dedicarse a una profesión consistente en ayudar a la gente, y seducir a sus pacientes. El graduarse, pero jamás obtener su licencia para ejercer. La horrible noche en que la había hallado con la foto de su gemela.

Soy su única hijita.

Las mentiras.

El círculo vicioso.

El asociarse con un tipo como Kruse.

– ¿Filmó Kruse alguna vez a sus estudiantes, Larry?

– ¿Crees que él le hizo hacer la película?

– Es lógico. Era su supervisor. Y estaba metido en la porno.

– Supongo que sí. Excepto que lo suyo no eran las peliculitas mudas, en blanco y negro. Lo suyo eran producciones de media hora de duración, en color y sonorizadas. Se suponía que eran ayudas maritales para las parejas con disfunciones sexuales, pseudodocumentales con una advertencia al principio, y un tipo con una voz que se parece a la de Orson Welles haciendo una narración en «off», mientras la cámara rueda. Además, Kruse empleaba actores y actrices. Profesionales. Nunca vi a un estudiante en ninguna de sus películas.

– Pudo haber películas que tú no vieses.

– Estoy seguro de que las había. Pero, ¿tienes alguna prueba de que él la filmase a ella?

– No, sólo es una corazonada.

– ¿Y qué es lo que sabes de esa película, además de que ella actuaba?

– Se supone que era una de esas historias de seducción del doctor por la paciente. La persona que me la ha descrito tampoco la ha visto, y ahora la película ha desaparecido.

– Así que, básicamente, de lo que me estás hablando es de una información de tercera mano…, de la vieja radio macuto. Y ya sabes cómo va mejorando la versión, cada vez que se cuenta. Quizá ni siquiera era ella.

– Quizá.

Pausa.

– ¿Quieres tratar de averiguarlo?

– ¿Y cómo?

– Puede que yo consiga hacerme con una copia. Mis viejos contactos del proyecto de investigación.

– No sé -dudé.

– Claro -dijo-. Sería un tanto mórbido… Olvida que lo mencioné. ¡Ostras, se me acaba de encender la lucecita! Tengo a un paciente esperándome en la salita. ¿Tienes algo más en mente?

Luché con mis sentimientos. Curiosidad… no, Delaware dilo tal cual es: voyeurismo… esto, enzarzado en mortal combate con el miedo de enterarme de verdades aún más repugnantes.

Pero le dije:

– Mira a ver si te puedes hacer con la película.

– ¿Estás seguro?

No lo estaba, pero me escuché a mí mismo diciendo que sí.

– De acuerdo -me contestó-. Me pondré en contacto contigo tan pronto como sepa algo.

La conversación del día anterior con Robin…, mi irritabilidad, el modo en que las cosas habían resultado, aún seguía carcomiéndome la mente. A las cuatro la llamé. Me contestó la última persona con la que deseaba hablar.

– ¿Sí?

– Soy yo, Rosalie.

– No está aquí.

– ¿A qué hora esperas que regrese?

– No lo ha dicho.

– De acuerdo. ¿Me harías el favor de decirle…?

– No voy a decirle nada. ¿Por qué no lo dejas correr? Ella no quiere estar contigo. ¿Es que no resulta claro de ver?

– Lo será cuando me lo diga ella, Rosalie.

– Escucha. Sé que se supone que eres muy listo y todo eso, pero no lo eres tanto como te imaginas. Tú y ella os creéis que ya sois creciditos, os pensáis que lo sabéis todo, que no necesitáis consejos de nadie. Pero ella sigue siendo mi niña, y no me gusta que la gente la presione.

– ¿Te crees que yo la presiono?

– Cuando a uno le molesta que le digan algo… Ayer, después de que habló contigo, estuvo mohína todo el resto del día, del mismo modo en que se ponía cuando era una niña y no lograba hacer lo que le venía en gana. Gracias a Dios la llamaron unos amigos, así que quizá finalmente pueda pasárselo bien. Es una buena chica, y no tiene por qué pasar esos malos tragos. Así que… ¿por qué no la olvidas?

– No voy a olvidar nada: la amo.

– Mamarrachadas. Palabrería.

Rechiné los dientes.

– Tú dale mi recado, Rosalie.

– Haz tú mismo tu trabajo sucio.

Blam, teléfono colgado.

Me quedé quieto, tieso de rabia, sintiéndome aislado e inerme. Y me fui enfadando con Robin, por dejarse proteger como una niña.

Luego me calmé y me di cuenta de que Robin no tenía ni idea de que la estaban protegiendo, no tenía motivo alguno de esperar que su madre la fuera a proteger. Ellas dos nunca habían tenido una relación muy estrecha. Papi se había ocupado de ello. Ahora, Rosalie estaba tratando de reafirmar sus derechos maternos.

Sentí pena por Rosalie, pero eso sólo calmó en parte mi ira. Y aún seguía queriendo hablar con Robin, para ver de solucionar la situación. ¿Por qué demonios estaba resultando ser tan difícil?

El teléfono no era el medio adecuado para hacer aquello. Necesitábamos estar un tiempo a solas, el ambiente adecuado.

Llamé a dos compañías aéreas para informarme sobre los horarios de vuelo a San Luis. En ambas, unos mensajes grabados me pidieron que esperara. Cuando sonó el timbre de la puerta, colgué.

Sonó de nuevo. Fui a la puerta y observé por la mirilla: vi un rostro conocido, ancho, grande y como nudoso, de un aspecto casi juvenil, a excepción de los orificios del acné, que cubrían las mejillas. Un áspero cabello negro, ya algo canoso, muy cortado, en un estilo pasado de moda, junto a las orejas y dejado largo en la parte alta, con una onda a lo Kennedy que le caía sobre una baja y cuadrada frente y unas patillas que llegaban a la parte baja de los carnosos lóbulos de las orejas. Una gran nariz, de puente muy alto, un par de ojos asombrosamente verdes bajo peludas cejas negras. Una piel pálida, ahora lacada por el brillante rosa de la quemadura del sol, con la nariz roja y empezando a pelarse. Y la totalidad de ese feo rostro, haciendo una mueca de disgusto.

Abrí la puerta.

– ¿Cuatro días antes, Milo? ¿Sentías nostalgia de la civilización?

– Pescado -me dijo, ignorando la pregunta y alzando una nevera metálica portátil. Me miró-. Tienes un aspecto espantoso.

– Oye, gracias. Pues tú, pareces un yogur de fresa. Y batido de abajo arriba.

Hizo una mueca.

– Me pica por todas partes. Toma, cógelo. Tengo que rascarme.

Me pasó la nevera. El peso me hizo dar un paso hacia atrás. La llevé al interior de la casa, y la coloqué en un mostrador de la cocina. Él me siguió y se desplomó en una silla, estirando sus largas piernas y pasándose las manos por la cara, como si se la lavase sin agua.

– Bueno -dijo abriendo los brazos-. ¿Qué te parece? Igualito que el modelo de una de esas revistas de caza y pesca, ¿no?

Llevaba puesta una camisa a cuadros rojos y negros, pantalones color caqui, abombados en los tobillos, unas botas altas de lazos y suela de goma, y un chaleco caqui de pescador con una docena de compartimentos cerrados por cremalleras. De uno de los bolsillos colgaban cebos para trucha. Del cinto le pendía un cuchillo de pesca metido en una funda. Había ganado peso: debía andar cerca de los noventa y cinco kilos… y la camisa le venía estrecha, con los botones tirantes.

– Asombroso -comenté.

Gruñó y se aflojó los cordones de las botas.

– Rick -me dijo-. Me obligó a ir de compras, insistió en que teníamos que ir más machos que nadie.

– ¿Y lo lograsteis?

– Oh, sí. Íbamos vestidos tan a lo duro, que les dimos un susto de muerte a los peces. Los muy mamoncillos saltaban del río directos a nuestra sartén, llevando ya una rodaja de limón en la boca.

Reí.

– ¡Hey! -exclamó-. ¡El tipo aún se acuerda de cómo se ríe uno! ¿Qué pasa, amigo, quién se ha muerto?

Antes de que le pudiera contestar, ya estaba de pie, abriendo la nevera portátil y sacando de ella dos grandes truchas envueltas en plástico.

– Dame una sartén, mantequilla, ajo, y cebollas… no, perdóname, ésta es una casa de clase alta… chalotas. Dame chalotas. ¿Tienes algo de cerveza?

Saqué una Grolsch de la nevera, la abrí y se la di.

– ¿No me acompañas? -me preguntó, echando la cabeza atrás y bebiendo de la botella.

– Ahora mismo no. -Le di la sartén y un cuchillo y volví a rebuscar en la nevera, que estaba casi vacía-. Aquí está la mantequilla. No hay chalotas. Ni tampoco ajo, sólo esto.

Miró a la agostada media cebolla de Bermudas que sostenía en mi mano. La tomó y dijo:

– Vaya, vaya… me está usted fallando, doctor Suave. Voy a tener que denunciarle a la Patrulla Alimentaria.

Tomó la cebolla, la cortó por la mitad y, de inmediato, sus ojos empezaron a lagrimear. Apartándose y frotándoselos, me dijo:

– Aún mejor, vamos a jugar a cazadores y recolectores. Mi cazar, cocinar.

Se sentó, a beberse la cerveza. Yo alcé la trucha y la inspeccioné. Había sido abierta y limpiada como por un experto.

– Bonito, ¿eh? -me dijo-. Es lo bueno de llevarte un cirujano contigo.

– ¿Dónde está Rick?

– Durmiendo un poco, ahora que puede. Tiene una guardia de veinticuatro horas en la Sala de Emergencias, luego veinticuatro horas libres y ha de volver de nuevo para el turno del sábado por la noche… heridas de arma de fuego y todo tipo de estupideces malvadas. Después de eso tendrá que empezar a ir a la Clínica Gratuita, a aconsejar a pacientes de sida. Vaya tipo, ¿eh? De repente, resulta que estoy viviendo con Schweitzer.

Estaba sonriendo, pero su voz mostraba irritación, y me pregunté si Rick y él estarían por pasar otro período malo. Esperaba que no: yo no tenía ni la energía ni la voluntad de enfrentarme a ello.

– ¿Qué tal son las grandes extensiones salvajes?

– ¿Y qué te puedo decir? Hicimos todo eso de la acampada de los boy scouts…, mi papaíto hubiese estado muy orgulloso de mí. Hallamos un sitio maravilloso, cerca del río, corriente abajo de las aguas turbulentas. El último día que estuvimos allí se acercó a nosotros una canoa llena de gente del tipo ejecutivo, que iban costeando: banqueros, técnicos en ordenadores… ya conoces el tipo de persona. Se portan de un modo tan modoso todo el año, que en el momento en que se alejan de casa les da el muermo y se convierten en idiotas balbucientes. Bueno, el caso es que esos cretinos nos llegan río abajo, borrachos como una cuba y más ruidosos que el estampido supersónico de un avión, nos ven, se bajan los pantalones y nos enseñan el culo…

Lanzó una sonrisa malévola.

– Si hubieran sabido a quién les estaban enseñando sus culos… ¿eh? ¡Pánico en la Convención Republicana!

Reí y comencé a freír la cebolla. Milo fue a la nevera, tomó otra cerveza y regresó, con aspecto serio.

– No hay nada ahí dentro -me dijo-. ¿Qué pasa?

– Tengo que ir a comprar.

– Ah, ya. -Metió la mano bajo la camisa y se rascó el pecho. Paseó arriba y abajo por la cocina y me dijo-: ¿Y cómo está la encantadora señora Castagna?

– Trabajando duro.

– Ah, ya. -Siguió paseando.

La cebolla se tornó traslúcida. Añadí más mantequilla a la sartén y puse las truchas en ella. Sisearon y chispearon, y el olor a pescado fresco llenó la cocina.

– ¡Ah! -dijo-. No hay nada como un amigo en casa, que se ponga a la cocina. ¿También sabes limpiar los cristales?

– ¿Por qué has regresado tan pronto? -le pregunté.

– Demasiada belleza prístina y virgen…, ya no podíamos soportarlo. Es asombroso las cosas que uno descubre acerca de su penoso yo, allá en la naturaleza salvaje. Parece que los dos somos un par de adictos de la porquería urbana. Todo ese aire limpio y aquella calma nos daba repeluznos. -Bebió más cerveza, agitó la cabeza-. Ya sabes cómo somos… un matrimonio ideal, hasta que pasamos demasiado tiempo juntos. Pero ya basta de la dulce agonía de las relaciones. ¿Cómo están esas truchas?

– Ya casi están.

– Vete con cuidado de no hacerlas demasiado.

– ¿Quieres acabarlas tú?

– ¡Uy, qué sensible!

Le serví una trucha y media y puse la otra media en mi plato. Luego llené dos vasos de agua helada y los llevé a la mesa. Tenía una botella de vino blanco por alguna parte, pero no estaba fría. Además, yo no tenía ganas de beber, y lo que menos necesitaba Milo en este momento era más alcohol.

Miró el agua como si estuviese polucionada, pero de todos modos la bebió. Tras acabar su trucha en escasos momentos, contempló mi comida sin tocar.

– ¿Qué pasa? -le pregunté.

– ¿No tienes apetito?

Negué con la cabeza.

– Acababa de comer justo cuando apareciste.

Me lanzó una larga mirada.

– Muy bien, pásamela.

Cuando la media trucha hubo desaparecido, me dijo:

– De acuerdo dime qué infiernos te está carcomiendo.

Pensé en hablarle de Robin. En lugar de esto, le hablé de Sharon, cumpliendo mi promesa a Leslie Weingarden, y dejando fuera lo de las seducciones a sus pacientes.

Me escuchó sin hacer comentario alguno. Se levantó y rebuscó en la nevera algo de postre y se encontró con una manzana, que devoró en cuatro bocados.

Limpiándose la cara, dijo:

– Trapp, ¿eh? ¿Estás seguro de que era él?

– Es difícil confundirlo, con ese cabello blanco y esa piel.

– Sí, la piel -aceptó-. Es algún tipo de enfermedad rara. Se la describí a Rick y me dio un nombre para ella, pero lo he olvidado. Una condición de autoinmunidad… el cuerpo se ataca a sí mismo, parasitando el propio pigmento. Nadie sabe qué es lo que lo causa, pero en el caso de Trapp, yo tengo una teoría: ese hijo de perra está tan lleno de veneno, que su propio sistema no puede soportarlo. Quizá tengamos suerte, y se vaya borrando hasta desaparecer.

– ¿Qué es lo que piensas de eso de que estuviera en la casa?

– ¿Quién sabe? Nada me gustaría más que tener algo contra ese hijoputa, pero no está muy claro que eso sea un delito. Quizás él y tu fallecida amiga estuviesen liados, y volvió allí a asegurarse de que no habían quedado pruebas de eso. Sucio, pero no ilegal. -Agitó la cabeza-. Claro que si ella estaba liada con él, entonces es que estaba loca.

– ¿Y qué me dices de la venta apresurada de la casa? -le pregunté-. ¿Y de la hermana gemela? Yo sé que existe… que existió, porque yo la conocí, hace seis años. Si está viva, ella es la heredera de Sharon.

– Seis años es mucho tiempo, Alex. ¿Y quién te dice que no la hayan encontrado? Del tenía razón… eso es cosa de los abogados. Seguro, seguro, huele a gato encerrado, pero eso no quiere decir que ese gato sea ilegal, o que el asunto que se quiere encubrir sea escabroso. Amigo, esto es normal cuando se trata con los muy ricos. El año pasado tuvimos un robo de artículos de arte en Bel Air: trece millones de dólares de obras impresionistas francesas, volados. Así -chasqueó los dedos-. El chef de la mansión era quien lo había hecho y luego se había largado a Mónaco. Nosotros hicimos todo el papeleo, y la familia contrató detectives privados. Recuperaron las obras y, unos meses más tarde, el cocinero tuvo un accidente con agua hirviendo.

»Y, hablando de accidentes, el pasado abril la hija quinceañera de un "importante fabricante", allá en los Palisades, se cabreó con la mujer de la limpieza de la familia por tirarle una de sus revistas, así que le metió la mano en el triturador de basuras. Adiós dedos, pero la criada cambió de idea respecto al presentar una denuncia. Se jubiló anticipadamente, a dos mil por dedo, y se volvió a Guatemala. Y también está el presentador de ese programa de entrevistas de la tele… todo el mundo lo conoce, en la pantalla es un tipo increíblemente encantador e ingenioso. Su hobby es emborracharse y mandar mujeres al hospital. La cadena de televisión ha añadido dos millones anuales a su salario, para control de daños. ¿Alguna vez has leído algo al respecto? ¿Lo has visto en el noticiario de la tele? Son gente rica que se ven en situaciones incómodas, Alex. Barren lo que sea bajo la alfombra y se mantienen lejos de los tribunales. Pasa continuamente.

– Así que lo que me dices, es que lo olvide todo.

– No tan deprisa, Llanero Solitario. No he dicho que yo lo fuera a olvidar. Seguiré investigándolo, pero por razones puramente egoístas… por la posibilidad de conseguir algo contra Trapp. Y hay algo en esa historia de la película que me interesa: Harvey Pinckley, el tipo que cogió la llamada. Era uno de los chicos de Trapp, cuando éste estaba en Hollywood. Un lameculos de primera.

– Del habló de él como si no fuese un mal tipo.

– Del no lo conoce, yo sí. Además, Del es un buen tipo, pero nuestra relación ha sido un tanto gélida desde hace un tiempo.

– ¿Por la política del Departamento?

– Por problemas maritales… su mujer le está causando muchos problemas. Está seguro de que ella le pone cuernos. Eso lo ha convertido en todo un antisocial.

– Lamento oír eso.

– Yo también. Era el único en toda la División que alguna vez me trató como a un ser humano. Y no te equivoques… no nos estamos cortando el cuello los unos a los otros; pero no va a esforzarse por ayudar a alguien… a nadie. En cualquier caso, el momento es adecuado para una pequeña recogida de información extracurricular. No tengo que presentarme hasta el lunes, y Rick o estará durmiendo o trabajando todo el fin de semana.

Se alzó, caminó arriba y abajo.

– La holgazanería es la madre de todos los vicios, amigo. Y ya sabes que yo no soy vicioso. Sólo que no esperes nada dramático, ¿eh?

Asentí con la cabeza, llevé los platos al fregadero y empecé a lavarlos.

Vino, y me colocó una gran y carnosa mano en el hombro.

– Pareces muy hundido. Enfréntate a ello, doctor, esa amiga era algo más que una amiga.

– Hace ya mucho tiempo, Milo.

– Pero por la cara que pones cuando hablas de ella, la historia no es tan antigua… ¿O es que hay algo más en esa cosa aterradora que tú tienes por mente?

– Nada más, Milo.

Apartó su mano.

– Considera una cosa, Alex. ¿Estás preparado para escuchar más basura acerca de ella? Porque, por lo que ya sabemos, una vez comencemos a escarbar, lo que vamos a encontrar no va a ser un tesoro.

– No hay problema -dije, tratando de parecer despreocupado.

– Ya veo -dijo él. Y fue a buscarse otra cerveza.

14

Cuando se hubo marchado, mi despreocupación se derrumbó. ¿Cuánta más mierda deseaba hallar, visto que ni lograba encontrarle sentido a la que ya había hallado hasta el momento?

Sesiones de seguimiento gratuitas.

Yo también había tenido mi seguimiento.

La escena con la foto de su gemela me había dejado anonadado, dolorido, incapacitado para concentrarme en el trabajo. Tres días más tarde empecé a llamarla, sin lograr respuesta. Cuatro días después reuní todo mi valor y regresé a la casa de Jalmia. No había nadie en ella. Inquirí en el Departamento de Psico y me dijeron que estaba de baja temporal. Ninguno de sus profesores parecía preocupado por ello, no era la primera vez que tenía una de estas ausencias… «por asuntos familiares»…, y luego siempre recuperaba las clases perdidas, era una estudiante realmente excepcional. Me sugirieron que hablase con su consejero, el doctor Kruse.

Cuando Kruse no me contestó, tras toda una semana de llamadas telefónicas, busqué la dirección de su oficina y me llegué hasta allí. El edificio eran cinco plantas de acero anodizado y cristal color bronce en Sunset, cerca de Doheny, con un vestíbulo en granito y moqueta marrón, y un ruidoso restaurante francés que se abría a la calle como café con terraza, en la planta baja. El directorio listaba una extraña mezcla de inquilinos: cerca de un tercio de psicólogos y psiquiatras, el resto empresas relacionadas con el cine…, compañías productoras, agencias, publicistas y agentes de actores.

La oficina de Kruse se hallaba en el piso alto. Su puerta estaba cerrada. Me arrodillé, abrí la tapa del buzón para la correspondencia y atisbé al interior. Oscuridad. Me alcé y miré en derredor. En el piso sólo había otra oficina, que acababa de llenarlo… Era de una empresa llamada Creative Image Associates. Sus puertas dobles también estaban cerradas.

Coloqué una nota bajo la placa del nombre de Kruse, dejándole mi nombre y número de teléfono, y pidiéndole que se pusiera en contacto conmigo, tan pronto le fuera posible, para un asunto relacionado con S. R. Luego, volví a ir a la casa de Jalmia.

La mancha de aceite del aparcamiento estaba seca, las hojas empezaban a marchitarse. El buzón estaba atestado con al menos una semana de correspondencia. Repasé las direcciones de las cartas, todo era propaganda, no había nada que me diera una pista de a dónde podría haberse ido.

La mañana siguiente, antes de dirigirme al Hospital, regresé al Departamento de Psico y conseguí la dirección privada de Kruse, mirando en los archivos de la Facultad. En las Pacific Palisades. Fui allí aquella tarde, y me puse a esperar que llegara.

Era a finales de noviembre, el mejor tiempo del año para L. A. El cielo justo se había oscurecido, pasando de un azul estilo El Greco a ser estaño brillante, y estaba hinchado con nubes de lluvia y tenso con la carga eléctrica.

La casa de Kruse era grande, rosada y de estilo español, en una calle privada que salía de Mandeville Canyon, justo un breve paseo desde la autopista de la costa y las altas y golpeantes mareas del otoño. La calle era estrecha y tranquila, las propiedades cercanas de gran tamaño, pero la de Kruse estaba abierta, sin altos muros o verjas.

La Psicología había sido buena con él. La casa era grácil, con más de cincuenta metros de jardín planificado a cada lado, adornada con terrazas, tejados estilo Monterrey, ventanas en madera trabajada a mano, vidrios emplomados. Dando sombra al lado sur del césped había un pino negro hermosamente retorcido…, un bonsai gigante. Y un par de plantas brasileñas de orquídeas habían salpicado el césped, recién cortado, con flores violetas. Un sendero semicircular, hecho de baldosas morunas, trazaba una U invertida a través del césped.

Al anochecer se prendieron unas luces coloreadas del exterior, y subrayaron los puntos más destacados de la decoración externa. Ni había coches ni sonido alguno. Más aislamiento al buen estilo cañón. Sentado aquí, recordé la casa de Jalmia… ¿sería la influencia del amo? Pensé en la historia de la herencia de Sharon, y me pregunté de nuevo si no le habría puesto Kruse la casa.

También me pregunté qué le habría pasado a la otra cría de la foto.

Apareció poco después de las ocho, conduciendo un Mercedes negro descapotable, de dos plazas, adornado en dorado y con la capota bajada. Forzó el motor para subir el sendero sin parar. Y, en lugar de abrir la puerta, pasó las piernas por encima de ella. Su largo cabello * amarillo era revoloteado de un modo perfecto por el viento; de su cuello colgaba de una cadena de oro unas gafas de sol de esas de espejo. No llevaba maletín, sólo una pequeña bolsa colgada al hombro, en piel de becerro, que hacía juego con sus botas. Vestía una chaqueta gris deportiva, en cachemira, jersey de cuello de cisne, en seda blanca, y tejanos negros. Un pañuelo negro de seda, con un reborde escarlata, se desparramaba desde el bolsillo del pecho de la chaqueta.

Mientras se dirigía a la puerta delantera, yo salí del Rambler. El ruido de la puerta al cerrarse le hizo darse la vuelta. Me miró. Corrí hacia él y me puse a la luz.

– Doctor Kruse, soy Alex Delaware.

A pesar de todos mis mensajes, mi nombre no provocó señal alguna de reconocimiento.

– Soy amigo de Sharon Ransom.

– Hola, Alex, soy Paul. -Una media sonrisa. Su voz era baja, surgida del pecho, modulada como la de un locutor de radio.

– Estoy tratando de localizarla -le dije.

Asintió con la cabeza, pero no me contestó. El silencio se alargó. Me sentí obligado a hablar.

– Desde hace más de dos semanas no está en su casa. Me preguntaba si usted sabría dónde está, doctor Kruse.

– A usted le preocupa ella -me dijo, como respondiéndome a una pregunta que yo no le había hecho.

– Sí, me preocupa.

– Alex Delaware -dijo.

– Le he llamado a usted varias veces, le he dejado mensajes en su oficina…

Gran sonrisa. Dio un cabezazo para colocarse el cabello. La masa amarilla saltó hacia atrás, luego reposó sobre su frente.

– Me encantaría poder ayudarle, Alex, pero no puedo.

Comenzó a caminar hacia su puerta.

– Por favor, doctor Kruse…

Se detuvo, se giró, miró por encima de su hombro, volvió sus ojos hacia mí y sonrió de nuevo. Pero la sonrisa tenía un giro agrio en las comisuras, como si el verme le pusiera enfermo.

A Paul le caes bien. Le cae bien lo que le he contado de ti.

– ¿Dónde está, doctor Kruse?

– El hecho de que ella no se lo dijese implica algo, ¿no?

– Sólo dígame si está bien. Si va a volver a L. A. o se ha ido para siempre.

– Lo lamento -me dijo-. No puedo hablar con usted de nada de esto. La confidencialidad del terapeuta…

– ¿Es usted su terapeuta?

– Soy su supervisor. E inherente a la relación de la supervisión hay bastante psicoterapia.

– El decirme si ella está bien no va a violar la confidencialidad.

Él negó con la cabeza, y entonces algo raro pasó con su cara.

La parte superior siguió siendo, toda ella, puro escrutinio: anchas ondas rubias y ojos marrón pálido con pintitas verdes que se clavaban en los míos con la intensidad de un Svengali. Pero de la nariz abajo, sus facciones se le habían soltado, con su boca retorciéndose en una mueca estúpida, casi de payaso.

Dos personalidades compartiendo un rostro. Tan extraño como uno de esos monstruos de circo, y el doble de desazonante, porque tras aquella cara había una hostilidad, un deseo de ridiculizar. De dominar.

– Dígale que me preocupo por ella -le pedí-. Dígale que, haga lo que haga, aún me preocupa.

– Que tenga usted una buena noche -dijo él. Y se metió en su casa.

Una hora más tarde, de vuelta en mi apartamento, yo estaba furioso, decidido a tirar de la cadena, para que ella y toda aquella mierda desapareciera de mi vida. Un mes después ya me había acostumbrado a la soledad y a una carga de trabajo aplastante, consiguiendo fingirme contento con todo aquello, de un modo lo bastante convincente como para hasta creérmelo yo, cuando llamó ella. Eran las once de la noche, acababa de llegar a casa, tan cansado que parecía que me hubiesen apaleado, y estaba muerto de hambre. Cuando oí su voz, mi resolución se derritió como la nieve vieja bajo el nuevo sol.

– He vuelto. Lo siento…, puedo explicártelo todo -me dijo-. Ven a mi casa dentro de una hora. Te compensaré por todo, lo prometo.

Me duché, me puse ropa limpia, y conduje hasta Nichols Canyon, preparado para hacer preguntas comprometidas, sin compasión. Ella me estaba esperando a la puerta, con un vestido de punto, color rojo llama y con mucho escote, que apenas si podía contenerla dentro. En su mano había una copa con algo rosa y que olía fuertemente a fresas. Tanto, que ocultaba su perfume…, nada de flores de primavera.

La casa estaba brillantemente iluminada. Antes de que yo pudiera hablar, tiró de mí hacia dentro y apretó su boca contra la mía, serpenteando con su lengua para meterla entre mis dientes, y manteniéndonos unidos a base de presionar con fuerza mi nuca, con una de sus manos. Su aliento estaba cargado de alcohol. Era la primera vez que la veía beber otra cosa que no fuera 7-Up. Cuando se lo comenté, se echó a reír, y lanzó la copa contra la chimenea. Se destrozó y dejó líneas de color rosa manchando la pared.

– Daiquiri de fresas, cariño. Supongo que estoy de un talante tropical. -Su voz era ronca, ebria. Me besó de nuevo, con más fuerza, y comenzó a ondular contra mí. Cerré los ojos y me hundí en la dulzura alcohólica del beso. Se apartó de mí. Abrí los ojos y la vi despojándose del vestido rojo, tambaleándose y lamiéndose los labios. La tela se le agarró a las caderas, cedió tras un tirón y cayó al suelo, convertida en un vulgar trapo rojo. Dio un paso, alejándose de mí, para que pudiera mirarla bien: sin sujetador, con un liguero de puntilla negra, medias de rejilla y zapatos de tacón de aguja.

Se pasó las manos por el cuerpo.

En lo abstracto, aquello no era más que una comedieta clasificada X, una burla de las imágenes de los catálogos de ropa interior erótica, una payasada. Pero ella era cualquier cosa menos abstracta, así que me quedé allí pasmado, alelado.

La dejé desnudarme con una práctica que al tiempo me excitaba y me asustaba.

Demasiado ágil en aquello.

Demasiado profesional.

¿Cuántas otras veces lo habría hecho?

¿A cuántos otros hombres? ¿Quién la habría enseñado?

Al infierno con todo aquello. No me importaba, la deseaba. Y ella me la tenía ya entre sus manos, masajeándola, mordisqueándola.

Nos abrazamos de nuevo, desnudos. Sus dedos viajaron sobre mi cuerpo, arañando, haciéndome heriditas. Puso mi mano entre sus piernas, cabalgó mis dedos, los envolvió.

– Ñam -dijo, volviendo a echarse atrás, haciendo piruetas y exhibiéndose.

Tendí la mano hacia el interruptor de la luz.

– No -me dijo-. Déjala brillar. Quiero verlo, verlo todo.

Me di cuenta de que las cortinas estaban abiertas. Nos hallábamos ante la pared de cristal, totalmente iluminados, dándole un espectáculo gratuito a Hollywood.

Apagué la luz.

– Aguafiestas -dijo ella y se arrodilló ante mí, sonriendo. Coloqué mis dedos sobre su cabello, sentí cómo me la envolvía con sus labios y caí hacia atrás, perdido en un vórtice de placer. Ella retrocedió un instante para recuperar el aliento, y me dijo-: ¡Vamos, las luces! Quiero verla.

– En la alcoba -jadeé. Alzándola en brazos, la llevé pasillo abajo mientras seguía besándome y acariciándomela. Las luces del dormitorio estaban encendidas, pero las altas ventanas nos daban intimidad.

La coloqué encima del cubrecamas. Se abrió como lo hace un libro por la página favorita. Me puse encima.

Ella arqueó la espalda y alzó sus piernas en el aire. Me metió en ella y movió rítmicamente sus caderas, manteniéndome a la distancia de sus brazos, para así poder contemplar el pistoneo que fundía nuestras carnes.

En otro tiempo ella había estado casada con la modestia, pero ya se había divorciado…

– ¡Estás dentro de mí, oh Dios! -Se dio pellizcos en los pezones, se tocó ella misma, se aseguró de que yo la estuviera mirando.

Me cabalgó, me la retiró, me la tomó en su mano, se la frotó por la cara, me la colocó entre sus pechos, me la acarició con la suave maraña de sus cabellos. Luego se metió debajo mío, tiró de ella con fuerza y me lamió el ano.

Un momento más tarde estábamos unidos, de pie, con la espalda de ella contra la pared. Luego, me colocó cerca del pie de la cama y se sentó encima mío, mirando por encima de mi hombro al espejo que había en su tocador. No satisfecha con esto, me apartó de un empujón y me llevó a tirones al baño. De inmediato me di cuenta del motivo: los altos armarios con espejos en dos costados, espejos que podían ser movidos y colocados en posición, para disfrutar de vistas laterales, de vistas traseras. Después de preparar su escenario, se sentó en la fría repisa de mosaico, temblorosa y con la piel de gallina, me volvió a meter dentro suyo, y comenzó a correr la vista de un lado a otro.

Acabamos en el suelo del baño, ella acurrucada encima mío, tocándose, trazando un sendero vaginal arriba y abajo de mi pecho, luego volviéndose a empalar.

Cuando yo cerré mis ojos, ella gritó:

– ¡No! -y los abrió con sus dedos. Finalmente se perdió en el placer, abrió la boca mucho, y gimió y gruñó. Sollozó y se tapó el rostro.

Y se corrió.

Yo estallé un momento más tarde. Ella se liberó, me lamió con fuerza y siguió moviéndose, golpeándose con fuerza contra las baldosas, usándome egoístamente, llegando por segunda vez al clímax.

Volvimos tambaleantes a la alcoba y nos quedamos dormidos uno en los brazos del otro, con las luces aún encendidas. Dormí y me desperté sintiéndome como drogado.

Ella no estaba en la cama. La encontré en la sala de estar con el cabello recogido con pinzas, vestida con unos apretados tejanos y una camiseta de tirantes… otro nuevo aspecto. Sentada en una tumbona, bebiendo otro daiquiri de fresas y leyendo una revista técnica, sin darse cuenta de mi presencia.

La contemplé meter un dedo en la bebida, sacarlo cubierto de espuma rosa y lamérselo.

– Hola -dije, sonriendo y estirándome.

Ella me miró. Su expresión era extraña: plana, aburrida. Luego se calentó y se tornó fea. Despectiva.

– ¿Sharon?

Dejó la copa sobre la moqueta y se levantó.

– De acuerdo -me dijo-. Ya has conseguido lo que deseabas, so canallesco cipote. Ahora, date el piro de aquí, coño. ¡Lárgate de una jodida vez de mi vida… lárgate!

Me vestí apresurado, descuidadamente, sintiéndome tan poco valioso como una roña. Pasé corriendo junto a ella, salí de la casa y me metí en el Rambler. Con manos temblorosas puse en marcha el coche y me abalancé Jalmia abajo.

Sólo cuando estuve en Hollywood Boulevard me tomé algo de tiempo para respirar.

Pero el respirar me hacía daño, como si me hubieran envenenado. De repente deseé destruirla. Chupar su toxina y escupirla fuera de mi cuerpo.

Aullé.

Con la cabeza llena de pensamientos asesinos, pasé a toda velocidad por calles oscuras, tan peligroso como un conductor borracho.

Entré en Sunset, pasé clubs nocturnos y discotecas, rostros sonrientes que parecían burlarse de mi desgracia. Para cuando llegué a Doheny, mi rabia había pasado a ser una tristeza que me mordisqueaba. Y asco.

Ya se había acabado…, no más jodiendas mentales.

Ya se había acabado.

El recordarlo me había bañado en un sudor frío.

Sesiones de seguimiento.

Ella también había tenido su seguimiento. Con pastillas y una pistola.

15

El jueves por la mañana llamé a la oficina de Paul Kruse en la universidad, sin realmente saber muy bien lo que le iba a decir. Estaba fuera, y la secretaria del departamento no tenía ni idea de cuándo iba a regresar. Busqué el número de su consultorio en el listín. Tenía dos lugares de trabajo: el de Sunset, y el que había alquilado para Sharon. No hubo respuesta en ninguno de los dos. La misma vieja canción… y yo me había hecho un virtuoso de tanto ejecutarla. Pensé en volver a llamar a las compañías aéreas, pero no me hacía ninguna gracia seguir sufriendo al teléfono. Al fin mis pensamientos fueron interrumpidos por un golpe a la puerta: un mensajero que llegaba con un talón de Trenton, Worthy y La Rosa y dos grandes paquetes, envueltos como para regalo, también de la firma de abogados.

Le di una propina y, cuando se hubo marchado, abrí los paquetes: uno contenía una caja de Chivas Regal, el otro una caja de Moët y Chandon.

Una propina para mí. Y, mientras me preguntaba por qué sería, sonó el teléfono.

– ¿Llegó ya? -me preguntó Mal.

– Hace un minuto.

– O-yee… ¿No es eso calcular bien? No te lo bebas todo de golpe.

– ¿Y a qué viene ese regalo, Mal?

– El motivo es que hemos logrado un acuerdo con una cantidad que alcanza las siete cifras. Todo ese talento legal se ha reunido y han decidido dividirse la cantidad a pagar entre ellos.

– ¿Moretti también?

– Especialmente Moretti. La compañía de seguros está poniendo la parte más grande. Llamó un par de horas después de tu intervención, Alex, ni siquiera jugó a hacerse el difícil. Y cuando él se derrumbó, los demás fueron cayendo como fichas de dominó. A Denise y al pequeño Darren les acaba de tocar la lotería, doctor.

– Me alegro por ellos. Trata de conseguir que los dos se busquen algo de ayuda médica.

– El ser ricos les va a ayudar; pero seguro, la presionaré. Por cierto, después de que llegamos a una cifra, Moretti me pidió tu número de teléfono. Estaba muy impresionado.

– Me siento halagado.

– Se lo di.

– Pierde el tiempo.

– Eso es lo que yo pensé, pero no era a mí a quien le tocaba decirle que se fuese a tomar por el culo. Hazlo tú mismo. Me imagino que lo disfrutarás.

A la una en punto fui a hacer otro intento de comprar vituallas. En la sección de verduras, mi carrito colisionó con el empujado por una mujer alta, de cabello castaño.

– Uf, lo siento -desenganché, me puse a un lado y fui hasta donde los tomates.

– No, la culpa es mía -me dijo, animosamente-. Esto se pone a veces como la autopista, ¿no?

El supermercado estaba casi vacío, pero le dije:

– Ya lo creo.

Me sonrió con unos dientes muy blancos y muy regulares y la miré mejor. A finales de los treinta o en el bien conservado principio de los cuarenta, con una espesa mata de cabello que rodeaba un rostro redondo, hermoso. Nariz respingona y pecas, ojos del color del mar encrespado. Llevaba unos pantalones muy cortos, de tela tejana, que promocionaban unas largas y morenas piernas de corredora, y una camiseta de manga corta color lavanda que hacía lo mismo por unos altos y agudos pechos. Alrededor de un tobillo se veía una cadenita de oro. Sus uñas eran largas y plateadas, las de los dedos índices llevaban incrustadas unas esquirlas de diamante.

– ¿Qué es lo que opina de esto? -me dijo, pasándome un melón cantalupo-. ¿Demasiado duro para estar maduro?

– No, no lo creo.

– Justo en su punto, ¿no es así? -Una amplia sonrisa, una pierna inclinada y descansando sobre la otra. Se estiró y la camiseta subió, mostrando un estómago plano y bronceado.

Giré el melón en mis palmas y le di un par de golpecitos con los nudillos.

– Justo en su punto. -Cuando se lo devolví, nuestros dedos se tocaron.

– Soy Julie.

– Alex.

– Te he visto antes por aquí, Alex. Compras montones de verduras chinas, ¿no?

Un palo de ciego y un fallo… pero, ¿por qué hacerla sentirse mal?

– Ya lo creo.

– Me encanta el bok choy -me dijo, mientras alzaba en una mano el cantalupo. Colocándolo en su carrito, pasó su atención a una piña envuelta en plástico-. Humm, todo parece tan bueno y maduro hoy. Ñamñam.

Yo metí en mi carrito unos tomates, seleccioné una lechuga y un manojo de chalotas y comencé a alejarme rodando.

– Abogado, ¿verdad?

Le sonreí y negué con la cabeza.

– Hum, veamos… arquitecto.

– No, soy psicólogo.

– ¿De verdad lo eres? ¡Me encantan los psicólogos! El mío me ayudó mucho.

– Eso es estupendo, Julie. -Comencé a empujar mi carrito, alejándome-. Me alegra haberte conocido.

– Escucha -me dijo-. Estoy en esa dieta limpiadora de una-comida-por-día, sólo al mediodía… montones de carbohidratos complejos, y aún no la he comido hoy. Estoy hambrienta, y hay un bar en la parte de atrás, en el que dan pasta, ¿te gustaría comer conmigo?

– Me encantaría, Julie, pero no puedo. Gracias de todos modos.

Esperó a que yo intentara algún seguimiento. Cuando no lo hice, se le mudó la faz.

– No es nada personal -le expliqué-, sólo es un mal momento.

– Seguro -dijo ella y apartó la cara con gesto despectivo. Mientras me alejaba, la oí murmurar-: ¡Joder, es que todos los que son guapos, son maricas!

A las seis vino a verme Milo. A pesar de que no tenía que regresar a la Comisaría hasta el lunes, estaba vestido como para trabajar: un ajado traje de tejido barato, una camisa de lavar-y-usar, una corbata atroz y botas del desierto.

– Me he pasado todo el día haciendo de detective -me dijo, tras cogerse una cerveza y comentarme que era un buen chico, por haber vuelto a llenar mi despensa-. La División de Hollywood, el forense, el Archivo Municipal, el Catastro y Seguridad. Tu doctora es un maldito fantasma. Desde luego, daría algo por saber lo que está pasando.

Se sentó a la mesa de la cocina. Yo me coloqué frente a él, y esperé a que acabase la cerveza.

– Es como si nunca la hubieran procesado a través de ningún sistema -me explicó-. Tuve que hacerme el despistado en Hollywood haciendo ver que buscaba otra cosa, mientras miraba si hallaba algún informe acerca de ella. Nada. Ni en papel, ni en el ordenador central. No pude hallar ni quién llamó la noche en que ella murió, ni quién le cogió la llamada. Nada tampoco en el forense…, ni informe de la autopsia, ni ficha de almacenamiento en el depósito, certificado de defunción, entrega a familiares. Quiero decir que hay asuntos con más o menos tapadera, pero esto parece cosa de la Dimensión Desconocida.

Se frotó la cara con la mano.

– Uno de los patólogos es un tipo al que Rick conoció en la Facultad de Medicina. Normalmente logro que me hable «off the record», que me dé los resultados antes de que escriba el informe final, que me haga especulaciones acerca de cosas que no puede poner en el informe. Pensé que, por lo menos, me podría conseguir una copia del informe. No ha habido manera. Hizo todo un teatro para mostrarme que no había informe, y me dejó claro que no debía pedirle favores referentes a este caso.

– ¿El mismo patólogo con el que habló Del?

– No. Ése era Itatani. Hablé primero con él, y lo mismo… El telón ha caído con fuerza sobre esto. Confieso que estoy intrigado.

– Quizá no fue suicidio.

– ¿Alguna razón para pensar eso?

– Tenía a mucha gente enfadada con ella.

– ¿Qué gente?

Le conté lo de las seducciones de los pacientes, sin mencionar el nombre de Leslie Weingarden.

– Muy bonito, Alex. ¿Y por qué no me lo contaste al principio?

– Es de una fuente confidencial. No puedo darte más detalles.

– Jesús. -Se levantó, caminó arriba y abajo-. Me pides que te cave un agujero, y no me das la pala. Jesús, Alex.

Se fue a por otra cerveza.

– Ya es bastante malo el volver a estar en el mundo real -me dijo-, sin encima tener que estar todo el día con las ruedas patinando.

– No fue mi intención el mandarte a dar palos de ciego…

– Zas, zas.

Luego agitó la mano.

– Pero, ¿a quién quiero engañar…? No lo he hecho por ti, lo he hecho por mí: por Trapp. Y aun así, no creo que en esto haya un gran gato encerrado. Ransom se mató ella misma. Era una mal ajustada… y lo que me has dicho lo corrobora.

Al borde del abismo. Asentí con la cabeza.

– ¿Has encontrado algo acerca de la hermana gemela?

– Nada. Otro fantasma. No hay ninguna Shirlee Ransom en nuestros archivos, ni en los de nadie. Si te acordases del nombre de ese hospital en el que la viste, podríamos buscar en los archivos de transferencia de negocios o en los de bancarrotas. Pero, incluso encontrándolo, el seguir la pista de los pacientes individuales sería un trabajo casi imposible.

– No puedo acordarme porque nunca lo supe, Milo. ¿Y si mirásemos en los archivos de la Medi-Cal?

– Me dijiste que la Ransom era rica. ¿Por qué iba a estar su hermana acogida a la asistencia médica del Estado?

– Sus padres eran ricos, pero eso fue hace años. El dinero se acaba. Además…

– Además -añadió él-, con todas las mentiras que contaba, ya no sabes qué creer.

Asentí.

– Desde luego mentía. Como en eso de ser dueña de la casa de Jalmia. El lugar es propiedad de una gran empresa, tal cual te dijo esa agente inmobiliaria. Una empresa de gestión llamada Western Properties, que es propiedad de un holding, que es propiedad de una empresa de ahorros y préstamos, que es propiedad de la Magna Corporation. Creo que ahí se acaba el organigrama, pero no lo juraría.

– La Magna -dije-. ¿No es ésa la empresa de Leland Belding?

– Lo fue hasta que murió. Ni idea de quién es ahora el propietario. -Bebió cerveza-. El viejo multimillonario ermitaño. Ése era un tipo al que uno se podía imaginar dando el telonazo que han dado a este caso, pero lleva enterrado… ¿cuánto? ¿Cinco años?

– Algo así. ¿No hubo quien dijo que no había muerto?

– ¿Quién? ¿El tipo que escribió ese libro lleno de mentiras? Se mató después de que descubriesen su engaño, lo que es una buena indicación de que tenía algo de lo que avergonzarse. Incluso esos chalados que ven conspiraciones por todas partes no se creen ésta. De todos modos, sea quien sea su propietario, la empresa sigue viva… El funcionario me dijo que es una de las principales propietarias de terrenos al oeste del Mississippi…, millares de parcelas. La casa de la Ransom resulta ser una de ellas. Con este tipo de propietario, ya puedes entender lo de la venta rápida.

Se acabó la cerveza y se levantó a por una tercera.

– ¿Cómo está tu hígado? -le pregunté.

– Como una rosa. Mamá. -Deliberadamente, tragó como un gorrino-. De acuerdo, ¿dónde nos encontramos? Magna, los archivos de la Medi-Cal para la hermana. Muy bien, creo que puede valer la pena intentarlo, por si así la encontramos, aunque no sé qué demonios sacaremos de encontrarla. ¿Estaba muy impedida?

– Muchísimo.

– ¿Podía hablar?

– No.

– Maravilloso. -Se limpió la espuma de los labios-. Si deseo entrevistar vegetales, siempre puedo ir a un restaurante vegetariano. Lo que voy a hacer es ir a Jalmia y hablar con los vecinos, quizá fue alguno de ellos el que hizo la llamada, y sepa algo acerca de ella.

– ¿Acerca de ella y Trapp?

– Eso estaría muy bien.

Se fue a la sala de estar, conectó la televisión, puso los pies en alto y vio las noticias de la tarde. Al cabo de unos momentos ya estaba dormido. Y yo estaba recordando una instantánea en blanco y negro y pensando, a pesar de todo lo que él había dicho, en Shirlee Ransom. Me fui a la biblioteca y llamé a Olivia Brickerman.

– Hola cariño -me dijo-. Ahora mismo acabo de llegar y he empezado a atender al Príncipe Alberto.

– Si te he interrumpido a mitad de algo…

– ¿Cómo? ¿Ahora a las ciruelas y los cereales hinchados con leche se les llama algo? Espera un segundo y estaré contigo.

Cuando volvió a ponerse al aparato dijo:

– Ya está, ya le he preparado su comida.

– ¿Cómo está Al?

– Sigue siendo el alma de la fiesta.

Su esposo, un gran maestro y antiguo columnista especializado en ajedrez del Times, era un hombre de cabello y barba canos, que tenía el aspecto de un profeta del Antiguo Testamento y del que se sabía que podía pasarse días enteros sin hablar.

– Lo sigo teniendo en casa por el ardiente sexo que me da -añadió-. Y, dime, ¿cómo estás tú, hermoso?

– Muy bien, Olivia. ¿Y qué me dices de ti? ¿Aún sigues disfrutando de un trabajo en el sector privado?

– En realidad, en este momento me siento bastante abandonada por el sector privado. ¿Te acuerdas cómo me metí en este grupo de privilegiados? ¿Que el chico de mi hermana Steve, el psiquiatra, queriendo rescatarme del infierno del funcionariado me montó este trabajo como coordinadora de subsidios? Bueno, durante un tiempo estuvo bien, nada demasiado estimulante, pero la paga era buena, no había borrachines vomitando sobre mi escritorio, y a la hora de la comida podía bajar caminando a la playa. Entonces, de repente, Stevie acepta un empleo en no sé qué hospital en donde curan a los drogadictos, allá en Utah. Y es que resulta que se aficionó al esquí, ahora es como una religión para él. «Me va la nieve cantidá, tía», así de mal habla el señor médico. Educado en Yale… El caso es que el tipo que lo ha sustituido es un auténtico cabrón, muy frío, que piensa que las asistentas sociales están a un peldaño por debajo de las secretarías. Ya estamos teniendo fricciones. Así que, si te enteras de que me he retirado definitivamente, no te sorprendas. Y basta ya de hablar de mí. ¿Qué tal te van a ti las cosas?

– Bien.

– ¿Qué tal está Robin?

– Muy bien -le dije-. Muy ocupada.

– Aún espero una invitación, Alex.

– Un día de éstos.

– Conque un día de éstos, ¿eh? Tú asegúrate de echar el nudo, mientras yo aún esté funcionando y pueda disfrutarlo. ¿Quieres oír un chiste cruel? ¿Qué es lo que tiene de bueno la enfermedad de Alzheimer?

– ¿Qué es?

– Que cada día tienes que conocer gente nueva. ¿No es cruel? El cabrón me lo ha contado. ¿Crees que lo habrá hecho con doble intención?

– Probablemente.

– Eso era lo que me imaginaba. ¡El muy hijo de puta…!

– Olivia, necesito que me hagas un favor.

– Y yo que pensaba que ibas tras de mi cuerpo…

Pensé en el cuerpo de Olivia, que se parecía al de Hitchcock, y no pude evitar el sonreír.

– Eso también -le dije.

– ¡Pura boquilla! ¿Qué es lo que necesitas, guapetón?

– ¿Aún tienes acceso al archivo de Medi-Cal?

– ¿Bromeas? Tenemos Medi-Cal, Medicare, Short-Doyle, Workman's Comp, CCS, AFDC, FDI, ATD… todos los archivos que puedas imaginarte, esto es una sopa de letras. Esta gente no se andan con chiquitas a la hora de hacer facturas: saben cómo sacarle hasta el último dólar a una petición legal. El cabrón volvió a la Universidad tras su período como médico residente, y sacó un Master en leyes.

– Estoy tratando de localizar a una antigua paciente: estaba impedida, necesitaba ayuda crónica, y estaba hospitalizada en una pequeña clínica de rehabilitación, en Glendale…, en el South Brand. El lugar ya no existe, y no puedo recordar su nombre. ¿Te suena alguna campanilla?

– ¿En Brand Boulevard? No. Hay montones de sitios que ya no existen. Las grandes empresas se lo están comiendo todo… Estos mismos chicos listos se han vendido a uno de los gigantes, de Minneapolis. Bueno, si ella está totalmente impedida, debería estar en la ATD, si sólo era parcial y trabajaba, podría ser en el FDI.

– La ATD -dije-. ¿Podría estar también en la Medi-Cal?

– Seguro. ¿Cuál es el nombre de esa persona?

– Shirlee Ransom, con dos es. Treinta y cuatro años de edad, nacida en mayo, el quince de mayo de 1953.

– ¿Diagnosis?

– Tenía múltiples problemas. Los principales probablemente fuesen neurológicos.

– ¿Probablemente? ¡Pensaba que era paciente tuya!

Dudé.

– Es un asunto complicado, Olivia.

– Ya veo. No estarás metiéndote otra vez en problemas, ¿verdad?

– Nada de eso, Olivia. Sólo sucede que en este tema hay compromisos de mantener la confidencialidad. Lamento no poder explicarte más. Así que si te es mucha molestia…

– Deja de ser tan buen chico. Al fin y al cabo, no me estás pidiendo que haga nada ilegal… ¿no?

– No.

– De acuerdo, en lo que se refiere a hacerme con los datos, nuestro acceso directo se limita a los pacientes tratados en California. Si tu señorita Ransom sigue siendo tratada en algún lugar de este estado, yo podré obtenerte los datos de inmediato. Si salió del estado, tendré que contactar al archivo central, en Minnesota, y esto llevará tiempo, quizás incluso una semana. En cualquier caso, si está recibiendo dinero del Gobierno, te conseguiré una dirección.

– ¿Así de fácil?

– Seguro, todo está en los ordenadores. Todos estamos en la lista de alguien. Incluso algún cabrón con un ordenador gigante tiene archivado lo que tú y yo hemos tomado para desayunar, cariño.

– La intimidad, el más caro de los lujos.

– Ya lo puedes decir -asintió ella-. Si supieras cómo empaquetarla y la pusieras en el mercado, te ibas a ganar un billón de dólares.

16

El viernes por la mañana reservé una plaza en un vuelo del sábado para San Luis, en la Sky West. A las nueve de la mañana me llamó Larry Daschoff, para decirme que había localizado una copia de la película porno.

– Me equivocaba. La hizo el mismo Kruse; debió de ser por algún tipo de compulsión privada. Si aún quieres verla, tengo una hora y media entre pacientes -me dijo-. Del mediodía a la una treinta. Reúnete conmigo en este lugar, y tendremos una sesión de cine matinal.

Me recitó una dirección de Beverly Hills. Era la hora de desenterrar a los antiguos cadáveres. Me sentía inquieto, sucio.

– ¿D?

– Nos veremos allí.

La dirección era en North Crescent Drive, en los Beverly Hills Flats…, la pradera de lujo que se extendía desde el Santa Mónica Boulevard hasta Sunset, y desde el oeste de Doheny al Beverly Hilton Hotel. Las casas que hay en los Flats van desde casitas de dos dormitorios, que no destacarían en un barrio de viviendas para obreros, hasta mansiones lo bastante grandes como para dar cabida al ego de un político. Y las casitas las venden a millón y medio.

Lo que en otro tiempo fue un tranquilo barrio acomodado para doctores, dentistas y gentes del mundo del espectáculo, se ha convertido ahora en un almacén de los nuevos, muy nuevos ricos; de un dinero ostentoso, llegado del extranjero y de cuestionable origen. Y todo ese dinero ha traído consigo una manía por construir monumentos, que no es moderada ni por la tradición ni por el buen gusto, de modo que, cuando entré en coche por Crescent, me pareció que la mitad de los edificios estaban en diversos estadios de construcción. Y los productos finales hubieran enorgullecido a una Disneylandia: un castillo almenado de piedras grises, sin foso, pero con pista de tenis; una mini-mezquita de estilo pseudoárabe; un pastel de trufa, mezcla de estilo italiano y holandés; una casa encantada surgida de un comic de terror; una fantasía postmoderna de forma libre…

La ranchera de Larry estaba aparcada frente a una pseudocasa de pueblo pseudofrancés, estilo pseudorregencia, color verde guisante, con detalles de hotel de la cadena Ramada Inn: paredes estucadas con pintas fluorescentes, múltiples buhardillas, marquesinas a rayas blancas y verdes, ventanas con persianas, adornos color oliva. El césped estaba formado por dos cuadrados de hiedra, partidos por un sendero de cemento. De la hiedra surgían estatuas de yeso blanco: querubines desnudos, la ciega Justicia en agonía, una copia de la Pietà, una carpa saltando. En el aparcamiento había una flotilla de coches: un Thunderbird rosa vivo del 57, dos Rolls-Royce Silver Shadow, uno en plata otro en oro, y un Lincoln Town Car marrón con un techo en vinilo rojo y el logotipo de un famoso diseñador en uno de sus cristales ahumados.

Aparqué. Larry me hizo un gesto y salió del Chevy. Me vio mirando a la casa y dijo:

– Bastante rebuscado, ¿no?

– ¿Quién es esa gente?

– Son los Fontaine, Gordon y Chantal. Hicieron su dinero con los muebles para jardín allá en el Medio Oeste…, esas cosas de tubo de aluminio y tela plástica. Vendieron su negocio por una fortuna, hace varios años, se vinieron a Beverly Hills, y se jubilaron. Dan mucha pasta a la caridad, distribuyen pavos gratis entre los pobres del Skid Row para la fiesta de Acción de Gracias; son el prototipo de los abuelos bondadosos…, que es lo que son. Pero les encanta la porno. Los muy jodidos casi la veneran. Ellos son los donantes particulares de los que te hablé, los que dieron los fondos para la investigación de Kruse.

– Una buena gente, sencillita, ¿no?

– Realmente lo son, D. No están metidos en el sadomasoquismo o en cosas con niños. Sólo en el buen sexo tradicional, en celuloide… Ellos afirman que eso ha rejuvenecido su matrimonio, y pueden llegar a ponerse auténticamente evangélicos cuando hablan del tema. Cuando Kruse estaba montando su investigación, oyó hablar de ellos y les dio un sablazo para obtener fondos. Y ellos se sintieron tan felices de que, por fin, alguien fuese a educar al mundo acerca de los beneficios terapéuticos del erotismo, que soltaron la pasta sin poner ningún problema; le debieron de llegar a dar un par de cientos de los grandes. Así que ya puedes imaginarte cómo se sintieron cuando él cambió de acera y se pasó al grupo de los pro-censura. Y aún siguen quemados con él. Cuando les llamé, Gordon me recordaba como el asistente de investigación de Kruse, y me hizo saber que, en lo que a ellos respecta, Kruse no es más que la mierda más grande de este mundo. Quiero decir que fue algo catártico para él. Cuando se detuvo para respirar, le dejé bien claro que yo tampoco soy un gran fan de Kruse, y le expliqué lo que buscábamos. Se calmó y me dijo que desde luego, que viniésemos. Creo que la idea de ayudarnos le emocionó mucho. Como ocurre con todos los fanáticos, le encanta practicar el exhibicionismo.

– ¿Y qué razón le diste para querer ver la película?

– Que la estrella había muerto, que éramos viejos amigos de ella y que deseábamos recordarla por todo lo que había hecho. Habían leído lo del suicidio en el periódico, y pensaron que iba a ser un velatorio muy adecuado.

Me volvió la sucia sensación de ser un mirón.

Larry me leyó el rostro y me dijo:

– ¿Escalofríos?

– Me parece como si fuera… un ladrón de cadáveres.

– Desde luego que sí, es pura necrofilia…, como lo son los entierros. Si quieres que lo dejemos, sólo tengo que entrar ahí y decírselo.

– No -dije-. Hagámoslo.

– Trata de no poner cara de sentirte tan torturado -me dijo-. Uno de los motivos por el que nos reciben, es porque les dije que tú sentías simpatías por su hobby.

Crucé los ojos, puse cara de lujuria, y jadeé sonoramente.

– ¿Qué tal esto?

– Te mereces un Oscar.

Llegamos a la puerta delantera, una hoja sólida de madera, pintada verde oliva brillante.

– Tras la puerta verde -dijo Larry-. Muy sutil.

– ¿Estás seguro de que tienen la película?

– Gordon me lo aseguró. Y también me dijo que tenía otra cosa que posiblemente nos interesase.

Llamó al timbre, que sonó con los primeros compases del «Bolero» y se abrió la puerta. Una criada filipina, de blanco uniforme, se hallaba en el hueco: era pequeña, de unos treinta años, con gafas y el cabello recogido en un moño.

– ¿Sí?

– El doctor Daschoff y el doctor Delaware vienen a ver a los señores Fontaine.

– Sí -aceptó la criada-. Pasen.

Entramos en un vestíbulo de dos pisos de alto, con un mural pastoral: cielos azules, verde hierba, corderos peludos, balas de pienso, un pastor tocando la flauta de Pan a la sombra de un ancho sicomoro.

Frente a ese paraíso pastoral, una mujer estaba sentada desnuda en una silla de lona: gorda, de mediana edad, canosa, de piernas muy gruesas. Tenía un lápiz en una mano y un cuaderno de crucigramas en la otra, y no dio muestras de habernos visto entrar.

La criada nos vio mirándola y golpeó con los nudillos en la canosa cabeza.

Hueca.

Una escultura.

– Un Lombardo original -nos dijo-. Muy caro. Como eso.

Indicó hacia arriba con el índice. Del techo colgaba lo que parecía ser un móvil de Calder. En su derredor habían colgado luces de árbol de Navidad… un candelabro a lo hágaselo-usted-mismo.

– Montones de dinero -dijo la criada.

Directamente frente a nosotros había una escalera con una alfombra color esmeralda, que hacía espiral hacia la izquierda. El espacio que había bajo las escaleras terminaba en un alto biombo chino. Las otras habitaciones también estaban cerradas por biombos.

– Vengan -nos dijo la criada. Se volvió. Su uniforme no tenía espalda y sí un corte de escote muy bajo por detrás tanto, que le llegaba más allá del inicio de la división de los glúteos. Se veían montones de piel morena desnuda. Larry y yo nos miramos el uno al otro. Él se encogió de hombros.

La criada corrió una parte del biombo chino, y nos llevó unos metros más allá, hasta otro biombo. Su caminar se hizo cimbreante y la seguimos hasta mitad del pasillo, a una puerta de metal verde. En la misma había una cerradura normal y otra electrónica. Se tapó una mano con la otra y marcó un código de cinco cifras en la electrónica, insertó una llave en la normal, la giró, y la puerta se deslizó, abriéndose. Entramos en un pequeño ascensor, con paredes acolchadas y tapizadas con brocado dorado en el que estaban incrustadas miniaturas en marfil: escenas del Kama Sutra. Apretó un botón, y descendimos. Los tres estábamos hombro contra hombro. La criada olía a talco de bebé. Y parecía aburrida.

Salimos a una pequeña y oscura antecámara y la seguimos a través de unas puertas dobles, correderas, a la japonesa.

Al otro lado había una enorme habitación de altas paredes y sin ventanas… al menos de trescientos metros cuadrados, y tapizada en madera lacada en negro; silenciosa, fresca y apenas iluminada.

A medida que mis ojos se acostumbraban a la penumbra pude distinguir detalles: librerías cerradas con rejillas de latón, mesas de lectura, ficheros, vitrinas, y escaleras de biblioteca para alcanzar los estantes altos, todo ello con el mismo acabado en ébano. Por encima de nosotros, un techo plano de corcho negro. Abajo, suelos enmoquetados en negro. La única luz provenía de unas lámparas de lectura, con pantallas de color verde, que había sobre las mesas. Oí el zumbido del aire acondicionado. Vi rociadores contra incendios en el techo, alarmas de humos. Un gran barómetro en una pared.

Sin lugar a dudas, una habitación destinada a albergar tesoros.

– Gracias, Rosa -dijo una nasal voz masculina desde el otro lado de la habitación. Forcé la vista y vi unas siluetas humanas: un hombre y una mujer, sentados lado a lado, en una de las mesas más lejanas.

La criada hizo una reverencia, se dio la vuelta, y se marchó contoneándose.

– La pequeña Rosita Ramos… allá en los sesenta era todo un talento… Las Mamas del Supermercado, Chicas del Ginza, Elija una de la sección X.

– El buen servicio es tan difícil de encontrar -susurró Larry. Y, en voz alta-: ¡Hola, gente!

La pareja se levantó y vino hacia nosotros. A tres metros de distancia, sus rostros adquirieron claridad, como los de unos actores de película, tras un fundido.

El hombre era más viejo de lo que me había esperado… los setenta, o muy cerca de ellos; bajo y robusto, con un espeso y lacio cabello blanco, que llevaba peinado hacia atrás, y un rostro relleno, a lo Xavier Cugat. Llevaba gafas de montura negra, una camisa blanca tipo guayabera sobre pantalones marrones, y unas zapatillas de piel color café.

Incluso sin zapatos, la mujer era quince centímetros más alta. A finales de la cincuentena, delgada y de facciones finas, con una elegancia natural, cabello rojo cortado a lo caniche y con un rizado que parecía propio, y ese tipo de piel blanca, pecosa, en la que en seguida se notan las marcas. Su vestido era de seda tailandesa, color lima, con un dragón impreso y cuello mandarín. Llevaba joyas de jade color manzana, medias negras de encaje y zapatillas de ballet negras.

– Gracias por recibirnos -dijo Larry.

– El placer es nuestro, Larry -dijo el hombre-. Ha pasado mucho tiempo. Pero perdóneme, ahora es doctor Daschoff, ¿no?

– Doctor en Psico… -dijo Larry, con tono algo despectivo.

– No, no -dijo el hombre, regañando con un dedo-. Se ganó usted ese título…, muéstrese orgulloso del mismo.

Estrechó la mano de Larry.

– Rondan muchos terapeutas por L. A. -añadió-. ¿A usted le van bien las cosas?

– ¡Oh, Gordie, no seas tan entrometido! -dijo la mujer.

– Me va muy bien, Gordon -le contestó Larry. Y, volviéndose hacia ella-. Hola, Chantal. Hacía mucho tiempo…

Ella hizo una inclinación y tendió su mano:

– Lawrence.

– Éste es el doctor Alex Delaware, un viejo amigo y colega. Alex: Chantal y Gordon Fontaine.

– Alex -dijo Chantal, volviendo a saludar con su inclinación-. Estoy encantada.

Tomó mi mano entre las suyas. Su piel era cálida, suave y húmeda. Tenía unos grandes ojos castaños y una línea de mandíbula que parecía como cincelada. Su maquillaje era una gruesa capa, casi una mascarilla, pero no podía ocultar las arrugas. Y había dolor en sus ojos: en otro tiempo había sido una señora fenomenal, y aún estaba tratando de acostumbrarse a pensar en sí misma en el tiempo pasado del verbo.

– Encantado de conocerla, Chantal.

Apretó mi mano y la soltó. Su marido me miró de arriba abajo y me dijo:

– Doctor, tiene usted una cara fotogénica… ¿no ha actuado nunca?

– No.

– Sólo se lo pregunto porque parece que, en L. A., todo el mundo ha hecho de actor, en un momento u otro. -Y luego, hablando con su esposa-: Diría que es de tu tipo, ¿no te parece?

Chantal le dedicó una fría sonrisa.

Y Gordon me explicó:

– Tiene debilidad por los hombres de cabello rizado. -Pasándose una mano por sobre su propia cabellera lacia, la alzó y mostró un cráneo pelado-. Tal como era el mío, ¿no, cariño?

Se volvió a colocar la peluca y la ajustó con unas palmaditas.

– Así que Larry le habló de nuestra pequeña colección, ¿no?

– Sólo de un modo genérico.

Asintió con la cabeza.

– ¿Sabe usted eso que dicen acerca de que la adquisición del arte ya es un arte en sí misma? Pues eso es una pura memez; aunque se necesita una cierta determinación y… presencia de ánimo para adquirir obras de un modo significativo, nosotros hemos trabajado como esclavos para tratar de lograr eso. -Abrió los brazos, como bendiciendo la habitación-. Lo que ve aquí ha costado de reunir dos décadas y no-le-diré-cuántos-dólares.

Me sabía mi papel:

– Me encantaría que me lo mostraran.

La siguiente media hora fue empleada en dar una vuelta comentada a la habitación negra.

Allá estaban representados todos y cada uno de los géneros de la pornografía, en asombrosa cantidad y variedad, y estaban catalogados y etiquetados con una precisión digna del Instituto Smithsoniano. Gordon Fontaine correteaba de un lado a otro, guiándome con fervor, usando un módulo portátil de control remoto para encender y apagar las luces, para abrir y cerrar los armarios. Su mujer permanecía en segundo plano, insinuándose entre Larry y yo, sonriendo muchísimo.

– Observen. -Gordon descorrió un cajón para grabados y desató los nudos de varios portafolios de litografías eróticas, reconocibles sin necesidad de leer las firmas de las mismas: Dalí, Beardsley, Grosz, Picasso.

Pasamos a una vitrina cerrada con cristales y protegida por una alarma que albergaba un viejo manuscrito en inglés, escrito en pergamino e iluminado con dibujitos de campesinos copulando y animales de granja en celo.

– Pre-Guttenberg -nos informó Gordon-. Apócrifos chaucerianos. Chaucer fue un escritor muy preocupado por el sexo. Claro que esto nunca te lo cuentan en la clase de Literatura en la escuela.

Otros cajones estaban llenos con dibujos eróticos, que iban desde la Italia renacentista hasta el Japón: acuarelas de cortesanas ataviadas con kimonos y entrelazadas con estoicos hombres muy acrobáticos y dotados de un tremendo equipo sexual.

– Sobrecompensación -dijo Chantal. Me tocó el brazo.

Nos mostraron armarios expositores llenos de talismanes de la fertilidad, estatuillas eróticas, parafernalia, ropa interior antigua. Al cabo de un rato comenzó a nublárseme la vista.

– Esto lo usaban las chicas de Brenda Allen -me dijo Gordon, señalando a un conjunto de ropa interior de seda amarilleante-. Y eso rojo viene de un burdel de Nueva Orleans, en donde tocaba el piano Scott Joplin.

Acarició el cristal.

– Si pudiesen hablar… ¿eh?

– También tenemos otra ropa interior que es comestible -nos dijo Chantal-. Está ahí, en esa vitrina refrigerada.

Pasamos junto a más artilugios sexuales, colecciones de bromas de sociedad obscenas y artículos de regalo porno, discos de canciones soeces y lo que Gordon proclamó que era «la mejor colección del mundo de consoladores. Seiscientas cincuenta y tres piezas, caballeros, procedentes de todo el mundo. En todos los materiales imaginables, desde la madera de sándalo hasta el diente de morsa».

Una mano acarició mi trasero. Me giré un cuarto y vi a Chantal sonreír.

– Nuestra bibliothèque -dijo Gordon, señalando una pared de estantes atiborrados de libros.

Tratados de tamaño gigante, encuadernados en piel y con el borde de las páginas dorado; libros actuales, tanto de bolsillo como en edición de lujo, miles de revistas, muchas de ellas aún envueltas en plástico y cerradas, con portadas que no dejaban nada a la imaginación: hombres con erecciones inmensas, mujeres de ojos desorbitados, bañadas en semen. Títulos como Azafatas doblemente jodidas, o Artes y Orificios.

Los Fontaine parecían conocer personalmente a muchos de los modelos y hablaban de ellos con una preocupación casi de padres. («Ése es Johnny Strong… se retiró hace un par de años y ahora está vendiendo seguros allá en Tiburón.» «Mira, Gordie, ésta es Laurie Ruth Sloan, la mismísima Reina de la Leche.» Y, a mí: «Se casó con un tipo de mucha pasta, pero que es un auténtico fascista y ya no la deja expresarse a través de su arte.»)

Traté de parecer interesado.

– Adelante -ordenó Gordon-. ¡A por lo más importante!

El clic del módulo de control remoto hizo que uno de los estantes de libros se apartase. Detrás había una puerta, color negro mate, que se abrió al empujón de Larry. Dentro había una gran sala de proyecciones y almacén de filmoteca. Dos de las paredes estaban cubiertas por películas en latas de metal o videocasetes. Tres filas de sillones de cuero negro, de tres sillones por fila. Montada en la pared de atrás estaba una reluciente instalación de equipo de proyección.

– Éstas son las copias más claras que jamás haya podido ver -dijo Gordon-. Aquí está toda película explícitamente sexual importante que jamás se haya hecho. Y están todas pasadas a cintas de vídeo. También estamos esforzándonos en conservar los originales. Nuestro restaurador es uno de los mejores: veinte años en los archivos de uno de los grandes estudios, otros diez en el American Film Institute. Y el director de nuestra filmoteca es un bien conocido crítico de cine, cuyo nombre debe de permanecer en secreto…

Se aclaró la garganta:

– … debido a su total acojonamiento.

– Impresionante -dije.

– Esperamos donárselo a alguna de las universidades importantes -dijo Chantal-…Algún día.

– Lo que ella quiere decir con ese «algún día» es cuando yo me haya muerto -aclaró Gordon.

– ¡Oh, calla, Gordie… yo me iré primero!

– Ni hablar de eso, cariño. No vas a dejarme solo con mis memorias y mi manita -agitó en el aire una palma carnosa.

– ¡Oh, vamos, Gordie! ¡Te las apañarías muy bien tú solo!

Gordon le dio unas palmaditas en la mano. Ambos intercambiaron miradas afectuosas.

Larry miró su reloj.

– Naturalmente -reconoció Gordon-. Yo ya estoy jubilado y me he olvidado de las presiones del tiempo. Ustedes lo que querían era ver la película de Shawna.

– ¿Quién es Shawna? -pregunté.

– Shawna Blue es el nombre que la Hermosa Sharon usaba en esta cinta.

– Nosotros siempre la llamamos la Hermosa Sharon -explicó Chantal-. Porque era una chica tan bella, prácticamente sin mácula. Shawna Blue fue su seudónimo.

Agitó la cabeza.

– ¡Qué pena que se haya ido… y suicidándose!

– ¿Les parece sorprendente? -le pregunté.

– Naturalmente -me contestó ella-. Destruirse a sí misma… ¡qué horror!

– ¿La conocía bien?

– Nada bien. Creo que le vi una sola vez… ¿tengo razón, Gordie?

– Sólo una.

– ¿Cuántas películas hizo?

– Idéntica respuesta -me contestó Gordon-: Sólo una y no fue una realización comercial. Se suponía que era con propósitos educativos.

La forma en que él dijo se suponía me hizo preguntarle:

– ¿Tiene sus dudas sobre ello?

Frunció el ceño.

– Nosotros pusimos el dinero para hacerla, en el buen entendido de que sería educativa. Las tareas propias de la producción fueron llevadas a cabo por ese bicho repugnante llamado P. P. Kruse.

– Pipí Kruse -exclamó Chantal-. ¡Qué apropiado!

– Él aseguró que formaba parte de su investigación -dijo Gordon-. Nos dijo que una de sus estudiantes había aceptado actuar en una película erótica, como parte de su trabajo del curso.

– ¿Cuándo fue eso?

– En el setenta y cuatro -me contestó-. Hacia octubre o noviembre.

No mucho después de que Sharon empezase sus estudios. El muy bastardo era rápido…

– Se suponía que todo era parte de las investigaciones que ella estaba llevando a cabo -me explicó Gordon-. Veamos: no nacimos ayer, y nos pareció que todo estaba como cogido con pinzas, pero Kruse nos aseguró que todo era claro y legal, nos enseñó papeles aprobados por la universidad. Incluso trajo a Sharon a vernos a casa… Ésa fue la única vez que la vimos. Parecía muy vivaracha, muy a lo Marilyn… hasta en el cabello. Y ella nos confirmó que todo formaba parte de su trabajo.

– Marilyn -dije-, como la Monroe.

– Sí. Ella proyectaba la misma personalidad, inocente pero erótica.

– ¿Era rubia?

– Platino -intervino Chantal-. Como la luz del sol brillando sobre el agua clara.

– La Sharon que nosotros conocimos tenía el cabello negro -comentó Larry.

– Bueno, de eso no sé nada -aceptó Gordon-. Quizá Kruse nos mintiese acerca de quién era ella. Mintió acerca de todo lo demás. Le abrimos nuestra casa, le dimos libre acceso a nuestra colección, y él cambió de bando y lo usó todo para hacerles la rosca a los partidarios de la censura.

– Dio una conferencia para varios grupos religiosos -dijo Chantal, golpeando el suelo con el pie-. Y con toda su sangre fría dijo cosas terribles acerca de nosotros… nos llamó pervertidos, sexistas. Y si hay algún hombre que no sea sexista, ése es Gordie.

Se calmó un poco y añadió:

– No usó nuestros nombres, pero sabíamos que se estaba refiriendo a nosotros.

– Su propia esposa era una estrella del porno -dije-. ¿Cómo explicó esto a los grupos religiosos?

– ¿Suzy? -inquirió Gordon-. Yo no la llamaría una estrella… Tenía un estilo adecuado, pero era estrictamente de segunda fila. Supongo que pudo decirles que la había salvado de una vida de pecado. Pero lo más probable es que nunca tuviese que dar explicaciones: la gente tiene poca memoria. Después de casarse con él, Suzy dejó de trabajar, desapareció del mundo. Probablemente la convirtió en una dócil mujercita de su casa; es de ese tipo de personas, ¿saben? Está obsesionado por el poder.

Esto concordaba con algo que me había dicho Larry en la fiesta. Un adicto del poder.

– Adelante -dijo Gordon. Fue a la parte de atrás de la sala y comenzó a trastear con el equipo de proyección.

– Kruse acaba de ser nombrado Jefe del Departamento de Psicología -dije.

– Escandaloso -exclamó Chantal-. ¿Es que nadie sabe lo que se hace?

– Parece que no -acordé yo.

– Todo a punto -dijo Gordon desde atrás-. Que todo el mundo se ponga cómodo.

Larry y yo nos sentamos en los sillones de los extremos de la primera fila. Chantal se colocó entre nosotros. La habitación se tornó negra, la pantalla de un blanco fantasmal.

– Examen médico -anunció-. Interpretada por la difunta señorita Shawna Blue y el difunto señor Michael Starbuck.

La pantalla se llenó de pelos danzantes, seguidos por parpadeantes números de cuenta atrás. Yo estaba sentado rígido, conteniendo la respiración, y diciéndome a mí mismo que había sido un idiota por venir. Luego flotaron ante mí unas imágenes en blanco y negro y me perdí en ellas.

No había banda sonora, sólo el zumbido de la proyección rompiendo el silencio. Unas letras, que parecían de máquina de escribir, en blanco sobre un granuloso fondo blanco proclamaban:

EXAMEN MÉDICO

INTÉRPRETES:

SHAWNA BLUE

MICKEY STARBUCK

UNA PRODUCCIÓN DE CREATIVE IMAGE ASSOC.

Creative Image. Un nombre en una puerta… los vecinos de Kruse en la oficina de Sunset Boulevard. O sea que, después de todo, no eran vecinos, sino otra de las dos caras del doctor K…

DIRIGIDA POR

PIERRE LE VOYEUR

Una panorámica, temblorosa y saltarina, en blanco y negro, de la sala de consultas de un doctor…, de las de antes, con aparatos esmaltados, camilla de exámenes en madera, cartel de graduación de la vista, visillos en las ventanas, un cuadrado de seis diplomas enmarcados, clavados en la pared.

La puerta se abrió, una mujer entró.

La cámara la persiguió, pasando largo tiempo clavada en el ondular de sus nalgas.

Joven, hermosa y bien dotada, con largo cabello ondeante rubio platino. Llevaba puesto un vestido de punto, ceñido y de mucho escote, que apenas la podía contener.

La película era en blanco y negro, pero yo sabía que el vestido era de color rojo llama.

Un parpadeante primer plano agrandó un bello rostro, que hacía un mohín.

El rostro de Sharon, no cabía duda…, a pesar de la peluca.

Me sentí enfermo y lleno de dolor. Miré a la pantalla como un niño mira a un bicho aplastado.

La cámara se retiró hacia atrás. Sharon hizo un contoneo, se miró en el espejo, se ahuecó el cabello. Luego un rápido zoom: más mohín de los morritos, unos grandes ojos mirando al espectador.

Clavándose en los míos.

Un plano de cuerpo entero, paso a las caderas, una serie de rápidos saltos de la boca a las manos y a los pechos.

Vulgar, lo más barato de lo barato. Pero perversamente mágico: ella había vuelto a la vida, estaba allá arriba, sonriente y llamándome hacia ella…, inmortalmente congelada en luces y sombras. Tuve que reprimir mis deseos de tender las manos para tocarla. De pronto, sentí deseos de arrancarla de la pantalla, de llevarla hacia atrás en el tiempo. De rescatarla.

Me agarré a los brazos del sillón. El corazón me batía en el pecho, llenándome los oídos como el oleaje del invierno.

Se estiró lánguidamente y se lamió los labios. La cámara se acercó tanto, que su lengua pareció alguna especie de gigantesco gusano de mar. Más primerísimos planos: húmedos dientes blancos. Una inclinación hacia delante, a propósito, para mostrar escote. Un paisaje de pezones, parecido a los cráteres de la Luna. Manos acariciándose los pechos, pellizcándolos.

Estaba retorciéndose, exhibiéndose, claramente disfrutando de ser el centro de la atención.

Déjala brillar. Quiero verlo. Verlo todo.

Pensé en los espejos en ángulo, comencé a sudar. Finalmente, concentrándome en los temblores y el incesante zoom pude devolverla a un mundo bidimensional.

Exhalé, cerré los ojos, decidido a mantener un cierto distanciamiento. Pero, antes de que hubiera exhalado totalmente el aliento, algo cayó sobre mi rodilla y se quedó allí: la mano de Chantal. La observé por el rabillo del ojo. Miraba directamente al frente, con la boca ligeramente entreabierta.

No hice nada, esperando que ella no explorase. Dejé que mis ojos volvieran a clavarse en la pantalla.

Sharon estaba llevando a cabo un lento, sinuoso strip-tease, desnudándose hasta quedar con liguero negro, medias de rejilla y zapatos de tacón alto: una parodia de los catálogos de ropa interior sexy; tocándose, inclinándose, masajeándose, actuando para la cámara.

Contemplé moverse sus manos. Las noté.

Pero algo estaba mal. Había algo en las manos… que no estaba bien.

Cuanto más trataba de imaginar qué era, más se me escapaba. Era como un rompecabezas de los difíciles. Dejé de intentarlo, y me dije que ya me vendría.

La cámara se tornó ginecológica, se movió hacia arriba, centímetro a centímetro.

Sharon, ahora en la camilla de exámenes, se acariciaba y miraba la vagina.

La cámara se volvió al pomo de la puerta, mientras éste giraba. Se abrió la misma. Entró un hombre, alto, moreno y de anchas espaldas, llevando una carpeta de clip. Cerca de los cuarenta, con larga bata blanca, lamparilla de frente y estetoscopio.

Tenía un rostro estrecho, como hambriento… ojos oblicuos inclinados hacia abajo, nariz rota, labios largos pero estrechos, sombra de barba mal afeitada. Sus ojos eran saltones, como los de una puta que está liando a un cliente por la calle. Se había puesto brillantina en el cabello hasta que tuvieron el brillo de zapatos recién cepillados, y se había hecho la raya en el centro. Un bigotito delgado recorría todo el largo de su labio superior.

El Clásico Gigoló se topa con la Rubia Estúpida.

Miró a Sharon, enarcó las cejas e hizo carotas para la cámara.

Ella se señaló al bajo vientre y puso expresión de dolor.

Rascándose la cabeza él consultó su carpeta, luego la dejó y se quitó el estetoscopio. Se inclinó sobre la paciente, dobló las rodillas, y metió su cabeza entre las piernas de ella, hurgando, toqueteando, husmeando. Alzó la vista y se encogió de hombros.

Ella le hizo un guiño a la cámara, empujó la cabeza de él hacia abajo y comenzó a estremecerse, todo al mismo tiempo.

Él se alzó, simulando que trataba de respirar. Ella le volvió a empujar hacia abajo. El resto era predecible: la erección de él bajo los pantalones, ella forzándole a colocarse encima suyo, chupándole los dedos de una mano.

Luego lo apartó, y se atareó con la cremallera de la bragueta del hombre. Los pantalones le cayeron a los tobillos. Ella le quitó la bata: no llevaba camisa, tan sólo una corbata. Ella tiró de la corbata hasta que lo tuvo donde quería. Lo tomó oralmente, él desencajado y atragantándose.

Mientras él se subía a la mesa y la montaba, los dedos de Chantal comenzaron a caminar, como una araña, por encima de mi pierna. Coloqué mi mano sobre ellos, impidiendo que siguiesen avanzando, le di un apretón amistoso, y le deposité suavemente la mano en su regazo. Ella no pronunció sonido, no movió ni un músculo.

Cambios de posturas cómicamente rápidos. Primeros planos de sus rostros, contorsionados. Él diciéndole algo, explicándole lo siguiente que tenía que hacer… una serie de rápidos empujones, un retirarse, y la lechosa prueba de un clímax, saltando por los aires.

Ella recogió algo de semen de su vientre con la yema de sus dedos Y lo lamió. Volvió a guiñarle el ojo a la cámara.

Pantalla oscura.

Un examen médico convertido en un encuentro carnal. Sesiones de seguimiento gratuitas…

Me sentí sofocado, irritado. Triste.

– Bueno -dijo al fin Gordon-. Esto es todo.

Chantal se puso en pie con rapidez, se alisó el vestido.

– Excúsenme, tengo que ocuparme de algo…

– ¿Todo va bien, cariño?

– Todo muy bien, querido. -Le besó en la mejilla, nos hizo una pequeña reverencia y nos dijo-: Me ha encantado volverle a ver, Lawrence. Encantada de conocerle, doctor Delaware.

Salió de la sala.

– El fallecido Mickey Starbuck -dije-. ¿Cómo murió?

Gordon aún seguía mirando por donde se había marchado su esposa. Tuve que repetir la pregunta.

– Sobredosis de cocaína, hace varios años. El pobre Mickey quiso pasarse al cine corriente, pero no pudo. Existe una terrible discriminación contra los actores del cine explícitamente sexual. Acabó conduciendo un taxi. Tenía un alma sensible, realmente era un buen chico.

– Dos actores, dos suicidios por sobredosis -dijo Larry-. Suena a maldición.

– Tonterías -dijo Gordon secamente-. Los actores de las películas explícitas son como los de cualquier otro sector de la industria del espectáculo. Con egos frágiles, inestables, con grandes subidas y tremendas caídas. Alguna gente no puede soportarlo.

– ¿Y la compañía productora? -dije-. Creative Image Associates… ¿era una tapadera para Kruse?

Gordon asintió con la cabeza.

– Para su protección. ¡Qué estúpido fui al no oler algo podrido cuando la montó! Si realmente había logrado la aprobación de la universidad, ¿para qué ese montaje de una empresa fantasma? Cuando vi el producto acabado, supe qué era lo que, exactamente, había hecho; pero no descubrí su jugada… él era el doctor, el experto. En ese tiempo pensábamos que era brillante, un visionario. Me imaginé que alguna razón tendría.

– ¿Y qué era lo que había hecho?

– Vuelva a sentarse y se lo enseñaré. -Regresó a la parte trasera de la sala, la habitación tornó a estar en oscuridad, y en la pantalla apareció otra película.

Ésta no tenía ni título, ni nombres de actores…, sólo la saltarina acción en imágenes granuladas, con un trabajo de cámara aún más de aficionado que el anterior, pero claramente inspiradora de la otra.

El escenario: la consulta de un doctor, con el mismo tipo de mobiliario, el mismo cuadrado de diplomas.

Las estrellas: una muy hermosa mujer de cabellos rubios en ondas, de largas piernas, muy bien provista, pero varios centímetros más baja que Sharon, con los huesos más pequeños, las facciones algo más llenas. Lo bastante parecida como para ser la gemela de Sharon.

La gemela. Shirlee. No, esto era imposible. La Shirlee que yo había conocido estaba impedida desde la infancia…

Si Sharon me había contado la verdad.

Lo que era mucho «si».

El filme número dos estaba corriendo a la velocidad con la que se movían los policías de la Keystone en las antiguas películas cómicas: strip-tease, ahuecado del cabello, un hombre alto entrando por la puerta.

Primer plano de él: cuarentón, de cabello brillante, con bigotito como pintado a lápiz. Bata blanca, estetoscopio, carpeta de clip.

Un vago parecido al fallecido Mickey Starbuck, pero nada que llamase la atención.

Y nada de expresión lujuriosa. Este doctor parecía estar mostrando auténtica sorpresa ante la vista de la rubia desnuda que yacía abierta de piernas en la camilla.

Tampoco nada de planos cambiantes. Una cámara estacionaria, planos largos de todo el campo y ocasionales primeros planos, que estaban menos interesados por lo erótico que por la identificación de los actores.

De él.

La rubia se levantó y se frotó contra el doctor. Se mostró ante él, se pellizcó los pezones, se alzó de puntillas y le lamió el cuello.

Él negó con la cabeza, señaló a su reloj.

Ella lo apretó contra su cuerpo y le clavó las caderas.

Él comenzó a apartarse de nuevo, luego se dejó ir… como alguien que se derrite. Permitiendo que lo acariciase.

Ella atacó.

Luego, la misma progresión que en la película de Sharon. Pero diferente.

Porque esto no era teatro. El doctor no estaba actuando.

No le hacía carotas a la cámara, porque no sabía que hubiese una cámara.

Ella se arrodilló ante él.

La cámara estaba concentrada en el rostro de él.

Auténtica pasión.

Estaban sobre la mesa.

La cámara estaba concentrada en el rostro de él.

Él estaba perdido en ella. Ella estaba al control.

La cámara estaba concentrada en el rostro de él.

Una cámara oculta.

Un documental… esto era un auténtico espiar a través del agujero de una cerradura. Cerré los ojos, pensé en otra cosa.

La belleza rubia trabajando como una profesional.

Una gemela de Sharon… pero de otro tiempo. El peinado de él y su bigotito de lápiz eran auténticos.

Contemporáneos…

– ¿Cuándo hicieron esto? -le pregunté a Gordon, mirando hacia atrás.

– En mil novecientos cincuenta y dos -me dijo con voz ahogada, como resintiendo la intromisión.

El doctor estaba encabritándose y rechinando los dientes. La rubia lo ondeaba sobre su cuerpo como si fuera una bandera. Le hizo un guiño a la cámara.

Pantalla en blanco.

– La madre de Sharon -dije.

– No puedo probarlo -dijo Gordon, regresando a la parte delantera de la habitación-. Pero con ese parecido tendría que serlo, ¿no? Cuando vi a la Hermosa Sharon, me recordó a alguien. No podía acordarme de quién, porque no había visto esta película en mucho tiempo…, en años. Es bastante poco común, un auténtico artículo de coleccionista. Tratamos de no exponerlo a desgastes innecesarios y posibles roturas.

Se detuvo, expectante.

– Le agradecemos que nos lo haya enseñado, señor Fontaine. Es muy interesante.

– Es un placer. Cuando vi el producto de Kruse acabado, me di cuenta de a quién me recordaba ella. Supongo que fue intencional: le dimos total acceso a nuestra colección, y pasó un montón de tiempo en la filmoteca. Debió descubrir la película de Linda y decidió copiarla Madre e hija…, un tema interesante; pero debería de haber sido sincero en su actitud.

– ¿Conocía Sharon esta primera película?

– No se lo puedo decir. Como ya le he explicado, sólo la vimos una vez.

– ¿De qué Linda habla? -le preguntó Larry.

– Linda Lanier. Era una actriz… o, al menos, lo deseaba ser. Una de esas muñecas hermosas que inundaron Hollywood tras la guerra…, bueno, supongo que aún siguen haciéndolo. Creo que consiguió un contrato en uno de los estudios, pero nunca llegó a trabajar.

– ¿Tenía el tipo de talento equivocado? -le preguntó Larry.

– ¿Quién sabe? Nunca se quedó el tiempo suficiente para que nadie lo comprobase. Ese estudio, en especial, era propiedad de Leland Belding. Acabó siendo una de las chicas de sus fiestas.

– El multimillonario ermitaño -dije-. La Magna Corporation.

– Ustedes dos son demasiado jóvenes para recordarlo -dijo Gordon-, pero en su tiempo fue un tipo realmente importante, un hombre del Renacimiento: industria aeronáutica, armamentos, navegación, minería. Y las películas. Se inventó una cámara que aún usan hoy en día. Y una faja para mujer que no se mueve, basada en el diseño aeronáutico.

– Cuando dice una chica de sus fiestas, ¿quiere decir una puta? -le pregunté.

– No, no. Eran más como azafatas. Acostumbraba a dar montones de fiestas. El ser dueño de un estudio le daba acceso a un montón de chicas, y las contrataba como azafatas. Los bienpensantes trataron de sacarle punta a esto, pero jamás pudieron probar nada.

– ¿Y qué hay del doctor?

– Era un verdadero doctor. La película también era real… la vérité que hay en ella casi es abrumadora, ¿no? Ésta es la copia original, y la única que queda.

– ¿Y dónde la consiguió usted?

Negó con la cabeza.

– Secreto profesional, doctor. Bástele saber que hace mucho que la tengo, y que me costó un montón. Podría hacer copias y recuperar mi inversión original, con beneficios, pero eso abriría las puertas a las reproducciones múltiples y diluiría el valor histórico del original, y me niego a renunciar a mis principios.

– ¿Cómo se llamaba el hombre que hacía de doctor?

– Ya sabe que era un doctor de verdad… -Se interrumpió-. Pero no sé su nombre.

Una mentira. Con lo fanático del tema y voyeur que era, no habría descansado hasta descubrir cada detallito referente a su tesoro.

Creí comprender su reticencia. Y le dije:

– Esta película era parte de una conspiración para efectuar un chantaje, ¿no es cierto? Y el doctor era la víctima.

– Ridículo.

– Entonces, ¿qué otra cosa puede ser? Él no sabía que lo estaban filmando.

– Una de esas bromas pesadas de Hollywood -dijo-. Errol Flynn hacía agujeros en las paredes de sus retretes, y usaba una cámara oculta para filmar a sus amigas sentadas a la taza.

– Vulgar -murmuró Larry.

El rostro de Gordon se oscureció.

– Lamento que piense usted de ese modo, doctor Daschoff. Todo era hecho con la mejor intención, jocosamente, como una auténtica broma.

Larry no dijo nada.

– Da lo mismo -comentó Gordon, caminando hacia la puerta de la sala y abriéndola-. Estoy seguro de que ustedes, caballeros, tendrán que regresar con sus pacientes.

Nos guió a través de la sala negra hasta el ascensor.

– ¿Qué le pasó a Linda Lanier? -pregunté.

– ¿Quién sabe? -dijo. Luego comenzó a aleccionarnos sobre la relación entre las normas culturales y el erotismo, y continuó su disertación, hasta que salimos de su casa.

17

Nunca lo había visto así -me dijo Larry, cuando estuvimos de nuevo en la acera.

– Sus creencias están siendo atacadas -le dije-. Le gusta pensar en su afición como algo inofensivo, como el coleccionismo de sellos. Pero uno no usa los sellos de correos para hacer chantajes. Agitó la cabeza.

– Ya fue bastante estremecedor el contemplar a Sharon pero esa segunda película era muy distinta… era algo realmente malvado. Ese pobre tipo metiéndola y sacándola, sin saber que estaba haciendo su debut cinematográfico.

Volvió a agitar la cabeza.

– Chantaje. Mierda, esto se está volviendo más y más raro, D. Para poner peor las cosas, esta mañana he recibido una llamada de un viejo compañero de asociación estudiantil, y que me cuenta lo de un tipo al que conocimos Brenda y yo en la universidad, y que también acabó de comecocos; terapeuta del comportamiento, con un consultorio con muchos clientes allá en Phoenix. Resulta que se tiraba a su secretaria, y ésta va y le pasa las purgaciones, él se las pasa a su esposa y ésta le echa de casa, y empieza a hablar mal de él por toda la ciudad, cargándosele la clientela. Hace un par de días él entra en la antigua casa de ambos, le abre la tapa de los sesos de un tiro a la mujer, y luego se vuela la suya. Esto no dice nada demasiado bueno de nuestra profesión, ¿no crees? Aprendes cómo hacer tests, escribes una conferencia y te gradúas. Envías un talón y renuevas tu licencia. Nadie te revisa a ti tu psicopatología.

– Quizá los psicoanalistas estén en lo correcto -dije-, al hacer que los candidatos a serlo pasen por un análisis a largo plazo, antes de permitirles cualificarse.

– Vamos, D. Piensa en todos los analistas con los que te has topado que son auténticos tipos raros. Y todos nosotros tuvimos nuestras terapias de entrenamiento. Uno puede ser terapeutizado hasta el mismísimo ying-yang y seguir siendo un ser humano podrido. ¿Quién sabe?, quizá ya seamos sospechosos desde el principio. Acabo de leer un artículo que era un estudio de los historiales familiares de psicólogos y psiquiatras. Un montón de nosotros tenía madres gravemente deprimidas.

– Yo también lo he leído.

– Desde luego, conmigo concuerda -me dijo-. ¿Qué me dices de ti?

Asentí con la cabeza.

– ¿Lo ves? Eso es: de niños tuvimos que cuidarnos de nuestras mamis, y así aprendimos a ser hiperadultos. Luego, cuando crecimos, buscamos a otros depresivos de los que cuidarnos; eso, en sí mismo, no es malo, si antes hemos podido abrirnos camino por entre nuestra mierda personal. Pero, si no lo logramos… No, no hay una respuesta sencilla, D. Que el que compre se ande con muchísimo cuidado.

Lo acompañé hasta la ranchera.

– Larry, ¿podría la cinta de Sharon tener algo que ver con las investigaciones de Kruse?

– De ningún modo.

– ¿Y qué hay de los papeles de la universidad que vio Gordon?

– Falsos -me contestó-. E ilógicos: aun en esos tiempos, ninguna universidad se hubiese metido en camisas de once varas como ésas. Kruse le debió enseñar algunos papeles fulleros; y Gordon se lo creyó, porque quería creérselo. Además, Kruse nunca usó papeleo para nada… él y el Departamento se mostraban entre sí un sentimiento de mutua apatía. Ellos tomaron la pasta que él les proporcionó, le dieron un laboratorio en el sótano que nadie usaba, y no quisieron nunca saber lo que estaba haciendo. Comparado con todos los otros experimentos fraudulentos que estaban haciendo los psicólogos sociales, su trabajo parecía benigno.

Se detuvo, pareció preocupado:

– ¿Qué infierno era lo que buscaba al filmarla así?

– ¿Quién sabe? Lo único en que puedo pensar es en algún tipo de terapia radical. Trabajando con los pecados de la madre…

Pensó en ello.

– Ajá. Quizás. Ese tipo de locura sería muy propia de su estilo: control total de la vida del paciente, sesiones maratonianas, hipnosis de regresión… derribar las defensas. Si en este proceso ella descubrió que su mamita era una putilla, eso la haría totalmente vulnerable.

– ¿Y si lo descubrió porque Kruse se lo dijo? -pregunté-. Él tenía acceso a la filmoteca de Fontaine, podría haber estado curioseando en ella y hallado la cinta de Linda Lanier. Su parecido con Sharon era asombroso…, así que sumó una y otra cosas. Luego investigó a la Lanier, se enteró de algunos detalles feos…, quizás incluso del chantaje. Sharon me contó una historia inventada acerca de unos padres ricos, sofisticados. Parece como si se hubiese estado ocultando de la realidad. Kruse pudo haberle enseñado la película cuando estaba bajo hipnosis, usándola para derrumbarla del todo, para tenerla absolutamente bajo su control. Luego sugirió un modo en el que ella podría enfrentarse al trauma y superarlo, a base de hacer una película propia…, una especie de teatro catártico.

– Jodido bastardo -dijo. Y luego-: Ella era una chica lista, D. ¿Cómo podría caer en eso?

– Lista pero confundida: piensa en todas esas características límites de las que hablamos. Y tú mismo me dijiste lo persuasivo que puede llegar a ser Kruse: consiguió que radicales partidarias de la liberación femenina pensasen que el azotar a su esposa era algo noble. Y eso con mujeres a las que sólo conocía de un modo casual. En cambio, de Sharon era el supervisor, su terapeuta de entrenamiento, y además ella se quedó con él después de lograr el doctorado, como su asistente. Jamás logré comprender realmente la relación que había entre ellos, pero sabía que era intensa. La película fue hecha poco después de que ella regresase a L. A., lo que significa que estaba lavándole el cerebro ya desde el principio.

– O quizá -dijo él-, ya la conociese de antes.

– Quizá.

– Terapia más cine porno. -Parecía hosco-. Nuestro estimado Jefe de Departamento es todo un príncipe azul.

– ¿Crees que deberíamos poner a la universidad al corriente de sus métodos?

– ¿Dedicarnos a gritar «¡al lobo!»? -Se tironeó el bigote-. Brenda me dice que las leyes que protegen el buen nombre son muy liadas. Kruse tiene dinero…, nos podría tener años en los tribunales; y, acabase como acabase la cuestión, nos iban a vapulear de lo lindo a lo largo del proceso. ¿Estás preparado para algo así?

– No lo sé.

– Bueno, pues yo no. Deja que la universidad haga su propio jodido trabajo detectivesco.

– ¿Que se ande con cuidado el comprador?

Colocó su mano sobre la manija de la puerta, pareció algo molesto.

– Escucha, D: tú estás medio retirado, no dependes de nadie ni nadie depende de ti, y tienes todo el tiempo del mundo para ir por ahí mirando películas guarras. Yo tengo cinco hijos, una mujer en la Facultad de Leyes, la presión de la sangre alta, y una hipoteca no más baja. Perdóname que no quiera hacer de caballero de la blanca armadura, ¿vale?

– De acuerdo -acepté-. Tómatelo con calma.

– Créeme que lo intento, pero la realidad no deja de agarrarme por los huevos.

Se metió en el coche.

– Si hago algo -le dije-, no te implicaré en ello.

– Buena idea. -Consultó su reloj-. Tengo que ponerme a rodar. No puedo decir que lo haya pasado bomba, pero desde luego ha sido algo distinto.

Dos películas. Otro nexo con un multimillonario muerto.

Y un productor de películas de aficionado, haciéndose pasar por su sanador.

Conduje hacia casa decidido a ponerme en contacto con Kruse antes de salir para San Luis al día siguiente. Decidido a lograr que, de una manera u otra, el muy bastardo hablase conmigo. Volví a probar en su oficina; seguía sin haber respuesta. Iba a marcar su número de la universidad, cuando sonó el teléfono.

– Diga.

– El doctor Delaware, por favor.

– Al habla.

– Doctor Delaware, soy la doctora Leslie Weingarden. Tengo entre mis manos una crisis, en la que creo que me podría ayudar.

Parecía muy nerviosa, casi sin aliento.

– ¿Qué clase de crisis, doctora Weingarden?

– Algo relacionado con la conversación que tuvimos -me dijo-. Preferiría no hablar de ello por teléfono. ¿Podría arreglar las cosas para venir a mi oficina en algún momento de esta tarde?

– Deme veinte minutos.

Me cambié de camisa, me puse una corbata, llamé a mi servicio de contestador, y me dijeron que había llamado Olivia Brickerman.

– Me pidió que le dijese que el sistema está fuera de servicio, sea lo que sea eso, doctor. Que tratará de conseguirle lo que desea, en cuanto funcione de nuevo.

Le di las gracias y colgué. De vuelta a Beverly Hills.

Dos mujeres estaban sentadas, leyendo, en la sala de espera. Ninguna de ellas parecía estar de buen humor.

Di unos golpecitos en la partición de cristal. La recepcionista salió y me dejó entrar. Pasamos varias salas de examen y nos detuvimos ante una puerta marcada PRIVADO, a la que llamó. Un segundo más tarde se abrió parcialmente y salió Leslie. Estaba perfectamente maquillada, con cada cabello en su sitio, pero se la veía desencajada y asustada.

– ¿Cuántos pacientes hay ahí afuera, Bea? -le preguntó a la enfermera.

– Sólo un par. Pero una de ellas es una pesada.

– Diles que ha surgido una emergencia…, que estaré con ellas tan pronto como me sea posible.

Bea salió. Leslie me dijo:

– Apartémonos de la puerta.

Fuimos pasillo abajo. Se apoyó contra la pared, exhaló el aire y se retorció las manos.

– ¡Ojalá aún fumase! -Suspiró-. Gracias por haber venido.

– ¿Qué sucede?

– D. J. Rasmussen: está muerto. Y su novia está ahí dentro, desmoronándose por completo. Llegó hace media hora, justo cuando yo estaba volviendo de comer, y se derrumbó en la sala de espera. La metí aquí dentro a toda prisa, antes de que llegasen los otros pacientes, y desde entonces no la he podido dejar. Le he inyectado una dosis de Valium…, diez miligramos. Eso pareció calmarla durante un rato, pero al cabo empezó a deshacerse otra vez. ¿Aún quiere ayudar? ¿Cree que puede conseguir algo hablando con ella?

– ¿Cómo murió él?

– Carmen…, la novia, dice que, en los últimos días, él había estado bebiendo muchísimo. Más de lo habitual. Tenía miedo de que se fuera a poner violento con ella, porque esto era lo que habitualmente hacía; pero en lugar de tal cosa, se echó a lloriquear, se deprimió profundamente, comenzó a hablar de lo mala persona que era, de todas las cosas terribles que había hecho. Ella trató de hablarle, pero él sólo siguió deprimiéndose, continuó bebiendo. A primera hora de esta mañana, ella se despertó y encontró mil dólares en efectivo sobre su almohada, junto con algunas fotos privadas de ambos y una nota que decía: «Adiós». Saltó de la cama, vio que había sacado sus armas de fuego del armero, pero no lo pudo hallar. Entonces oyó ponerse en marcha su camión y corrió tras de él. Llevaba el camión lleno de armas y ya había empezado a beber otra vez: podía olerlo en el aire. Trató de detenerlo, pero él la apartó de un empujón y se marchó en el camión. Ella se metió en su coche y lo siguió. Viven en Newhall… aparentemente allí está lleno de caminos serpenteantes y de cañones. Él iba acelerando y sin poder aguantar el rumbo fijo, a más de cien. Ella no podía mantenerse detrás y se equivocó en un cruce. Pero volvió atrás, se puso junto a él… y vio cómo se caía por un precipicio: el camión dio varias vueltas de campana, se estrelló en el fondo, y estalló. Justo como en la tele, lo describió ella.

Leslie se mordió una uña.

– ¿Sabe esto la policía?

– Sí. Ella los llamó. Le hicieron algunas preguntas, le tomaron declaración, y le dijeron que se fuese a casa. Según ella, no parecía preocuparles demasiado. A D. J. lo tenían en su vecindario por un pendenciero, con todo un historial de conducir borracho. Dice que oyó a uno de los policías murmurar: «Las jodidas calles serán ahora más securas». Esto es todo lo que sé y, Jesús, lo siento… ¿Puede usted ayudarla?

– Lo intentaré.

Entramos en su oficina privada: pequeña, tapizada de libros, amueblada con un escritorio de pino y dos sillones, decorada con carteles monos, plantas, jarras de cerveza de recuerdo, cubos-marco de fotografías. En uno de los sillones estaba sentada una joven regordeta con mala piel. Vestía una blusa blanca, pantalones de tejido elástico de color marrón, y sandalias planas. Su cabello era negro y largo, con mechas blancas y despeinado; sus ojos estaban orlados de rojo e hinchados. Cuando me vio, giró la cara y la hundió en sus manos.

– Éste es el doctor Delaware, Carmen -dijo Leslie-. Doctor Delaware, Carmen Seeber.

Me senté en el otro sillón.

– Hola, Carmen.

– Carmen, el doctor Delaware es un psicólogo. Puedes hablar con él.

Y, tras decir esto, se fue de la habitación.

La joven mantuvo su rostro cubierto, y ni se movió ni habló. Al cabo de un rato, dije:

– La doctora Weingarden me ha contado lo de D. J. Lo siento mucho.

Ella empezó a sollozar, con sus hombros caídos y sacudidos por los estremecimientos.

– ¿Hay algo que pueda hacer por ti, Carmen? ¿Necesitas algo?

Más sollozos.

– En una ocasión hablé con D. J. -le dije-. Parecía una persona con muchos problemas.

Un borbotón de lágrimas.

– Debe de haber sido muy duro para ti el haber estado viviendo con él, visto lo que bebía. Pero, aun así, lo notas muchísimo en falta; y te resulta imposible de creer el que se haya ido.

Comenzó a balancearse, agarrándose la cara.

– ¡Oh Dios! -gimió-. ¡Oh Dios! ¡Oh Dios, ayúdame! ¡Oh Dios!

Le di palmaditas en el hombro. Se estremeció, pero no se apartó.

Nos quedamos así sentados un rato, ella implorando la ayuda divina, yo absorbiendo su pena, alimentándola con pequeños bocaditos de empatía. Dándole pañuelos de papel y un vaso de agua, diciéndole que nada de aquello era culpa de ella, que lo había hecho lo mejor que sabía, que nadie podría haberlo hecho mejor. Que estaba bien el tener aquel sentimiento, el estar dolida.

Finalmente ella alzó la vista, se sonó la nariz, y me dijo:

– Es usted un hombre bueno.

– Gracias.

– Mi papá era un hombre bueno. ¿Sabe?, murió.

– Lo siento.

– Se fue hace mucho, cuando yo estaba, ¿sabe?, en el jardín de infancia. Volvía a casa con las cosas que habíamos hecho para el Día de Acción de Gracias, ¿sabe?, pavos de papel y sombreros de los Peregrinos… y vi cómo se lo llevaban en la ambulancia.

Silencio.

– ¿Qué edad tienes, Carmen?

– Veinte.

– Has pasado por muchas cosas en veinte años.

Sonrió.

– Supongo que sí. Y ahora Danny. Él también era bueno, ¿sabe? Aunque tenía mala baba cuando bebía. Pero, en el fondo era bueno. No me causaba muchos problemas, ¿sabe? Y me llevaba a sitios, me traía cosas, de todo.

– ¿Cuánto tiempo hacía que os conocíais?

Pensó.

– Unos dos años. Yo conducía ese camión-cantina, ¿sabe?, uno de esos que llaman carros de cucarachas. Lo llevaba a todas las obras, y Danny estaba trabajando en una de las construcciones, haciendo el andamiaje.

Asentí, para animarla.

– Le gustaban los burritos, ¿sabe? -siguió-. Quiero decir carne y patatas, pero no frijoles… los frijoles le hacían peerse, ¿sabe? Yo creía que era un chico guapo, así que le daba platos gratis… el jefe no se enteraba, ¿sabe? Luego empezamos a vivir juntos, ¿sabe?

Me miró, con cara de niña.

Le sonreí.

– Nunca, jamás, pensé que lo fuera a hacer, ¿sabe?

– ¿El matarse?

Balanceó la cabeza. Por sus mejillas pecosas corrieron lágrimas.

– Cuando bebía y se ponía muy cabreado, ¿sabe?, hablaba sobre cómo la vida era una mierda, ¿sabe?, que era mejor estar muerto, que un día lo iba a hacer, ¿sabe?, y que les dieran por allá a todos. Luego, cuando se hizo daño en la espalda… ¿sabe?, el dolor, el no poder trabajar… estuvo muy deprimido. Pero nunca pensé… -Se derrumbó de nuevo.

– No había modo de saberlo, Carmen. Cuando una persona toma la decisión de matarse, no hay modo de pararla.

– Ajá -aceptó, entre sollozos-. Una no podía parar a Danny cuando tomaba una decisión, eso seguro. Era muy testarudo, ¿sabe?, un verdadero cabezota. Traté de pararlo esta mañana, pero él siguió adelante, ¿sabe?, como si no me estuviera oyendo, lleno de alcohol y tirando adelante… ¿sabe?, como si lo persiguieran todos los demonios.

– La doctora Weingarden dice que habló de algunas cosas malas que había hecho.

Ella asintió con la cabeza.

– Estaba muy hundido. Dijo que era, ¿sabe?, un gran pecador.

– ¿Y sabes por qué estaba tan hundido?

Se encogió de hombros.

– Acostumbraba a meterse, ¿sabe?, en peleas, pegaba a la gente en los bares… nada realmente fuerte, pero le había hecho daño a alguna gente. -Sonrió-. Era pequeño pero, ¿sabe?, muy duro. Peleón. Y le gustaba fumar yerba y beber, lo que le hacía ponerse muy peleón… pero era un buen tipo, ¿sabe? No hizo nada realmente malo.

Queriendo saber cuál era el apoyo con el que podía contar, le pregunté acerca de su familia y amigos.

– No tengo familia -dijo-. Ni tampoco la tenía Danny. Y no tengo amigos, ¿sabe? Quiero decir que a mí no me importaba, pero a Danny no le gustaba la gente… quizá fuese porque su papá le pegaba siempre y eso le hizo, ¿sabe?, odiar a todo el mundo. Por eso él…

– ¿Él qué?

– Lo liquidó.

– ¿Mató a su padre?

– Cuando era un niño… ¡en autodefensa! Pero los polis le hicieron una putada, ¿sabe?, lo mandaron a un reformatorio hasta que tuvo los dieciocho. Salió y se hizo su vida, pero no le gustaba tener amigos. Lo único que le gustábamos éramos yo y los perros: ¿sabe?, tenemos dos mezclados de Rottweiler, Dandy y Paco. Lo querían mucho. Han estado llorando todo el día, y lo van a echar a faltar de mala manera.

Lloró un largo rato.

– Carmen -le dije-, estás pasando por malos momentos. Te ayudaría tener a alguien con quien hablar. Me gustaría conectarte con una doctora, una psicóloga como yo.

Alzó la vista.

– Podría hablar con usted.

– Yo… yo no acostumbro a hacer este tipo de trabajo.

Hizo un gesto de irritación con los labios.

– Es la pasta, claro. Usted no acepta a los de Medi-Cal, ¿verdad?

– No, Carmen. Es que soy un psicólogo de niños. Yo trabajo con niños.

– Claro, lo entiendo -dijo, con más tristeza que ira. Como si ésta fuera la última injusticia en una vida llena de ellas.

– La persona con la que quiero mandarte es muy buena, y tiene mucha experiencia.

Hizo un mohín, se frotó los ojos.

– Carmen, si hablo con ella y te doy su número, ¿la llamarás?

– Ni hablar. -Agitó la cabeza violentamente-. ¡No quiero a una doctora!

– ¿Y por qué no?

– Danny tenía una doctora. Y lo lió.

– ¿Lo lió?

Escupió al suelo.

– ¡Se lo tiró! ¿Sabe? Siempre me decía: «Una mierda, Carmen, nunca hemos hecho nada», pero venía de verla, ¿sabe?, y tenía esa mirada en los ojos y olía a haber hecho el amor… era repugnante. No quiero hablar de ello. Y no quiero una doctora, ni hablar.

– Leslie Weingarden es una doctora.

– Es diferente.

– La doctora Small, la persona que quiero que veas, también es diferente. Tiene unos cincuenta años, es muy amable nunca haría nada deshonesto.

No parecía convencida.

– Carmen, me ha visitado a mí…

No comprendió.

– Ha sido mi doctora.

– ¿De usted? ¿Por qué?

– A veces yo también necesito hablar. Todo el mundo lo necesita. Ahora, prométeme que la irás a ver en seguida. Si no te gusta, te buscaré a otra persona. -Saqué una tarjeta con el número de mi contestador, y se la di.

Cerró una mano encima de la cartulina.

– Simplemente, creo que no está bien -dijo.

– ¿Qué es lo que no está bien?

– El que ella se lo tirase. Una doctora debería, ¿sabe?, saber lo que se hace.

– Tienes toda la razón.

Eso la sorprendió, como si fuera la primera vez que alguien estuviera de acuerdo con ella.

– Algunos doctores no deberían de ser doctores -le dije.

– Quiero decir -añadió agresiva-, que podría ponerla un pleito o algo así.

– No hay nadie a quien poner un pleito, Carmen. Si estás hablando de la doctora Ransom, está muerta. Ella también se mató.

La mano le voló a la boca.

– ¡Oh, Dios mío, no lo sabía…! Quiero decir que, ¿sabe?, deseé que pasase… pero yo no… Ahora es… ¡Oh, Dios mío!

Se santiguó, se apretó las sienes, miró al techo.

– Carmen, nada de todo esto es culpa tuya. Tú eres una víctima.

Negó con la cabeza.

– Una víctima. Quiero que entiendas esto.

– No… no entiendo nada. -Lágrimas-. Todo esto es demasiado, ¿sabe?… demasiado… No entiendo nada.

Me incliné hacia delante, olí su angustia.

– Carmen, me quedaré aquí contigo tanto tiempo como me necesites. ¿De acuerdo? ¿De acuerdo, Carmen?

Asentimiento.

Pasó media hora antes de que se hubiera compuesto, y cuando se secó los ojos, pareció haber recobrado también algo de su dignidad.

– Es usted muy bueno -me dijo-. Estoy bien. Ya puede irse.

– ¿Qué me dices de la doctora Small, la terapeuta que quiero que veas?

– No sé.

– Por lo menos una vez.

Una sonrisa macilenta.

– De acuerdo.

– ¿Prometido?

– Prometido.

Le tomé la mano, se la apreté por un instante y luego fui a recepción y le dije a Bea que la vigilase. Usé el teléfono de una de las salas de examen vacías para llamar a Ada. La telefonista de su servicio me dijo que estaba a punto de entrar en una sesión.

– Es una emergencia -dije, y me conectaron.

– Alex -dijo Ada-. ¿Qué pasa?

– Tengo a una joven en crisis que me gustaría que vieses tan pronto como te sea posible. No es una clienta de las buenas, Ada… tendrías que aceptarla por la Medi-Cal y no es un caso nada brillante. Pero cuando te cuente los detalles creo que estarás de acuerdo en que es importante que la visiten.

– Cuéntame.

Cuando hube terminado, ella dijo:

– ¡Qué terrible! Has hecho bien en llamarme, Alex. Puedo quedarme y verla a las siete. ¿Puede estar aquí a esa hora?

– Me ocuparé de que esté. Muchas gracias, Ada.

– Es un placer, Alex. Pero ahora tengo una visita y no puedo entretenerme más.

– Lo entiendo. Gracias de nuevo.

– No hay problema. Te llamaré después de que la haya visto.

Regresé a la oficina privada y le di a Carmen el número.

– Todo está arreglado -le dije-. La doctora Small te verá hoy mismo, a las siete de la tarde.

– De acuerdo.

Le apreté la mano y salí, me encontré a Leslie entre salas de examen y le dije lo que había organizado.

– ¿Qué tal le parece? -me preguntó.

– Muy frágil, y aún está acolchada por el shock; los días inmediatos siguientes pueden ser realmente malos. No tiene ningún sistema de apoyo. Es verdaderamente importante para ella que vea a alguien.

– Tiene sentido. ¿Dónde está la consulta de esa terapeuta?

– En Brentwood. En San Vicente, cerca de Barrington. -Le di la dirección y la hora de la cita.

– Perfecto. Yo vivo en Santa Mónica. Saldré de la oficina sobre las seis treinta. La llevaré allí yo misma. Hasta entonces, le haremos de niñeras. -Un momento de duda-. ¿Es buena esa persona a la que la manda?

– La mejor. Yo mismo me he visitado con ella.

Este fragmento de autoconfesión había tranquilizado a Carmen, pero irritó a su doctora.

– Honestidad californiana -dijo. Y luego-: ¡Jesús, lo siento! Ha sido usted realmente amable al venir aquí en cuanto lo llamé… lo que pasa es que me he convertido en una cínica total. Sé que esto no es bueno: he de llegar a una situación en la que pueda volver a confiar en la gente.

– Es duro -dije, pensando en mi propio sentido de la confianza, que estaba justamente desmoronándose.

Jugueteó con un pendiente.

– Escuche, realmente quiero darle las gracias por venir aquí. Dígame cuál es su tarifa, y le haré un talón ahora mismo.

– Olvídelo -le contesté.

– No, insisto. Me gusta pagar lo que debo.

– Ni hablar, Leslie. Jamás esperé cobrar por esto.

– ¿Está seguro? Sólo quiero que se convenza de que no trato de explotarle.

– Jamás sospeché tal cosa.

Parecía incómoda. Se quitó el estetoscopio y se lo fue pasando de mano en mano.

– Sé que, la primera vez que estuvo usted aquí, yo le parecí absolutamente mercenaria, pensando únicamente en mí misma. Lo único que puedo decirle es que yo no soy así. Quería llamar a esos pacientes, no dejaba de darle vueltas a eso en la cabeza. No me culpo por la muerte de Rasmussen…, era una auténtica bomba de tiempo. Todo era cuestión de cuándo. Pero esto me ha hecho darme cuenta de que tengo una responsabilidad, de que tengo que empezar a actuar como una médica. Cuando le dejé con Carmen, fui al teléfono y empecé a llamar. Logré ponerme en contacto con un par de las mujeres. Sonaban normales, me dijeron que sus maridos estaban también normales, cosa que espero sea cierta. De hecho, todo fue mejor de lo que me esperaba: se mostraron menos hostiles que la primera vez. Quizá pasé la barrera, no sé. Pero el caso es que establecí contacto. Lo seguiré intentando hasta que lo haya hecho con todas, y que las jodidas fichas de dominó caigan donde caigan.

– Por si le sirve de algo, le diré que está haciendo lo que debe.

– Me sirve de mucho -dijo, con repentina intensidad. Luego pareció azarada y miró a la puerta de una de las salas de examen-. Bueno, tengo que irme, debo tratar de aferrarme a los pacientes que me quedan. Gracias otra vez.

Duda.

Se puso de puntillas, me besó en una mejilla. Atrapado por sorpresa, yo moví la cabeza y nuestros labios se rozaron.

– Eso ha sido una estupidez -dijo ella.

Antes de que pudiera decirle que no lo había sido, se marchó a ver a su siguiente paciente.

18

Ya casi eran las cinco para cuando llegué a la universidad. El departamento de Psico se estaba vaciando y sólo quedaba una secretaria en la oficina del mismo. Fui derecho al directorio de profesorado de la Facultad y lo ojeé sin que ella hiciera comentario alguno. Quizá fuese la chaqueta de pana. Kruse ya estaba listado como Presidente y el número de su oficina era el 4302. Tomé nota de su dirección privada…: seguía siendo el mismo sitio, en los Pacific Palisades.

Subí corriendo los cuatro pisos, dándome cuenta de que, repentinamente, me había vuelto la energía; por primera vez en mucho tiempo me sentía imbuido de un propósito, justiciero en mi ira.

Nada como un enemigo para limpiar el alma de uno.

Su oficina estaba al extremo de un largo pasillo blanco. Unas puertas dobles de caoba tallada habían reemplazado el habitual contrachapado departamental. El suelo que estaba frente a la puerta había sido cubierto con una lona sobre la que había una capa de serrín. Del interior llegaba el sonido de sierras y martillos.

Las puertas no estaban cerradas. Pasé a una anteoficina y hallé a unos operarios colocando unas placas de parquet y martilleando molduras de caoba, a otros subidos en escaleras pintando las paredes de un rico y brillante color borgoña. Candelabros de latón en las paredes en lugar de fluorescentes en el techo, un sillón de cuero aún envuelto en plástico. El aire olía a madera quemada, cola y pintura. Una radio de transistores en el suelo aullaba música country.

Uno de los trabajadores me vio, apagó su sierra de marquetería y se bajó de su taburete. Estaría cerca de los treinta, de tamaño mediano pero robusto, con enormes hombros. Una gamuza ondeaba del bolsillo trasero de sus sucios tejanos, y sobre su cabello rizado llevaba una gorra de béisbol, con la visera doblada. Su negra barba estaba blanqueada por el polvillo, al igual que lo estaban sus peludos brazos de Popeye. Su cinturón de herramientas estaba repleto con los útiles de su oficio y colgaba bajo sobre sus caderas, tintineando mientras venía hacia mí.

– ¿Profesor Kruse? -me dijo con una aguda voz infantil.

– No, también yo lo ando buscando.

– Maldita sea, como todo el mundo. Si sabe dónde se le puede encontrar, dígale que se venga aquí, en seguida. Algunas de las cosas que nos han llegado no coinciden con los planos. No sé si es que han vuelto a cambiar de idea o qué, pero no podemos seguir mucho más hasta que alguien lo aclare, y el jefe está de viaje, estudiando otro trabajo.

– ¿Cuándo fue la última vez que vio a Kruse? -le pregunté.

Sacó la gamuza y se secó el rostro.

– La semana pasada, cuando estábamos preparándolo todo según los planos, haciendo el trabajo más duro de acondicionamiento y el cuarto de baño. No volvimos hasta ayer, porque los materiales no habían llegado. Y todo iba acelerado, porque se supone que éste es un trabajo urgente. Y, ahora, tenemos problemas: no paran de cambiar de idea acerca de lo que desean.

– ¿Quién?

– Kruse y su esposa. Se suponía que ella tenía que haber venido aquí hace una hora, para repasarlo todo con nosotros, pero no se ha presentado. Y tampoco contestan al teléfono. Cuando el jefe vuelva de Palm Springs se va a poner como una fiera, pero no sé cómo infiernos se supone que podemos apañárnoslas si no aparece el cliente.

– ¿Trabajan ustedes para la universidad?

– ¿Nosotros? Infiernos, no. Somos de la Chalmers Interiors, de Pasadena. Éste es un trabajo de encargo: cambiar las baldosas del baño, colocar un techo encofrado en la oficina grande, mucha madera, muebles antiguos, alfombras persas, un hogar falso de mármol. -Se frotó el índice con el pulgar-. Mucha pasta.

– ¿Y quién paga?

– Ellos… los Kruse. A horas y tarifa extra. A uno le parece que lo menos que podían hacer es aparecer.

– Parece.

Se volvió a meter la gamuza en el bolsillo.

– Se gana fácil, se gasta fácil, ¿eh? No sabía que los profesores ganasen tanto. ¿También lo es usted?

– Sí, pero no de aquí… de Crosstown.

– En Crosstown tienen un mejor equipo de fútbol americano -dijo. Se quitó la gorra y se rascó la cabeza, luego me dedicó una amplia sonrisa-. ¿Está usted aquí espiando para el otro bando?

Le devolví la sonrisa.

– No, sólo busco al doctor Kruse.

– Bueno, pues si lo ve, dígale que se ponga en contacto con nosotros, o mañana nos iremos a otro lugar. Sólo tengo medio día de trabajo para un equipo de dos hombres. El jefe no querrá decidir por él.

– Lo haré, señor…

– Rodríguez, Gil Rodríguez. -Tomó un trozo de madera del suelo y usó un lápiz de carpintero para marcarme su nombre y número de teléfono-. Yo también trabajo por mi cuenta… pintura, yeso. Y puedo arreglar cualquier cosa que no lleve dentro un ordenador. Y si tiene usted algunas entradas de fútbol que quiera vender, estaré contento de sacárselas de las manos.

El tráfico en Sunset estaba imposible. La entrada a Bel Air por Stone Canyon estaba cortada por una barricada de obras públicas, lo cual empeoraba aún más las cosas, y el sol se estaba hundiendo en los Palisades cuando llegué a la casa de Kruse. Era la misma hora del día que la primera vez que había estado allí, pero no había un cielo borrascoso como en la otra ocasión, ahora era todo él inocencia azul, fundiéndose con las nubes de la mar.

Después de lo que me había dicho Rodríguez, yo había esperado hallar el aparcamiento vacío; pero había coches aparcados frente a la casa: el Mercedes blanco arreglado con la matrícula PPK PHD que había visto en la fiesta, y un viejo Toyota de un color crema de guisantes. Pasé junto a ellos, llamé a la puerta con los nudillos, esperé, llamé más fuerte, y luego usé el timbre.

Podía oír el campanilleo interno, y cualquiera que hubiese dentro también podría oírlo. Pero nadie contestó. Entonces miré abajo y vi un montón de correo en los escalones delanteros, mojado y estropeado. Y vi el orificio del buzón repleto de revistas y más correspondencia.

Llamé de nuevo, miré en derredor. Hacia un lado había un patio semicerrado, plantado con perennes y bugambilias trepadoras. Acababa en una puerta en arco, hecha con maderas envejecidas.

Fui a la puerta y la empujé. Se abrió. Pasé por ella y caminé hacia la parte trasera de la propiedad, a lo largo del lado sur de la casa. Crucé bajo un emparrado de madera y me encontré en un gran patio trasero: una suave extensión de césped, con los límites marcados por altos árboles, parterres de flores de formas naturales, una piscina de rocas con fuente de burbujas y una cascada en la parte trasera que caía sobre una placa de cristal.

Oí un clic. El patio fue bañado por una suave y colorinesca luz y la piscina centelleó color zafiro. Temporizadores.

No brillaba ninguna luz desde dentro de la casa, pero una bombilla color rosa, colocada sobre un abedul iluminaba lo más destacado de un patio interior que tenía un toldo de tela y un suelo de baldosas mexicanas. Y varios grupos de lujoso mobiliario de té. Loción para el sol sobre una mesa, toallas de baño arrugadas sobre algunas de las sillas, con aspecto de llevar allí ya algún tiempo. Olí moho y luego algo más fuerte. Un baño interrumpido…

Una de las puertas francesas estaba abierta. Lo bastante como para que el hedor saliese fuera. Lo bastante como para poder entrar.

Me coloqué el pañuelo sobre la nariz y la boca, e introduje la cabeza lo bastante como para ver una pesadilla coloreada de rosa. Usando el pañuelo tanteé buscando el interruptor de la luz, y lo hallé al fin.

Dos cadáveres, desparramados por sobre un desierto de alfombra berebere, apenas si reconocibles como humanos, de no ser por la ropa que cubría lo que quedaba de sus torsos.

Me dio una arcada, miré a otra parte y vi altos techos con vigas vistas, muebles de hinchada tapicería. De gusto. Un buen decorador.

Luego abajo de nuevo, al horror…

Miré a la alfombra. Traté de perderme en la maldita alfombra: bien tejida. Inmaculada. Exceptuando las manchas que estaban ennegreciéndose.

Uno de los cadáveres llevaba un traje de baño de mujer, de dos piezas, con un dibujo de flores color rosa. El otro unos pantalones cortos Speedo, en otro momento blancos, y una camisa hawaiana azul pavo real con un estampado de orquídeas rojas.

La brillante tela destacaba sobre la glutinosa carne, color marrón verdoso. Rostros reemplazados por una masa de carne oleosa, agujereada. Carne cubierta por cabello… cabello rubio en los dos. El cabello del cuerpo del biquini más claro y mucho más largo. Coronado por una corteza marrón.

Tuve otra arcada, me apreté el pañuelo contra la boca y nariz, aguanté la respiración, me sentí ahogar, y me aparté de los cadáveres, retrocediendo.

Salí de nuevo, de vuelta al patio trasero.

Pero justo mientras estaba retrocediendo, mis ojos se sintieron atraídos, a través de las puertas francesas, hacia la parte posterior de la casa, arriba de una escalera de peldaños de baldosas.

La escalera de atrás. Barandilla de hierro curvada.

En el escalón superior otro montón en putrefacción.

Un vestido rosa. Lo que parecía ser cabello oscuro. Más podredumbre, más manchas oscuras, goteando escaleras abajo, como uno de esos repugnantes juguetes que son una masa viscosa.

Me di la vuelta y corrí, más allá de la piscina, a través del césped hasta un parterre de flores iluminadas por el alumbrado nocturno, todas ellas de tonalidades malvas y azules que no eran de este mundo.

Me incliné hacia ellas y aspiré su perfume.

Dulce. Demasiado dulce. Mis tripas se revolvieron. Traté de vomitar, pero no pude.

Corrí a lo largo del lateral de la casa, de vuelta al patio delantero, a través del césped de la parte frontal.

Camino vacío, silencioso. ¡Todo este horror, y nadie con quien compartirlo!

Volví al Seville, me senté dentro del coche oliendo a muerte. Saboreándola.

Al fin, a pesar de que el hedor seguía conmigo, me creí ya capaz de conducir, y me dirigí hacia el sur, Mandeville abajo, luego al este por Sunset. Deseando tener una máquina del tiempo, algo que pudiese girar hacia atrás las agujas del reloj.

Girarlas del todo…

Pero estaba dispuesto a conformarme con un cigarro fuerte, un teléfono y una voz amistosa.

19

Encontré una farmacia y una cabina de teléfono en Brentwood. Milo lo cogió a la primera llamada, escuchó lo que tenía que decir, y me dijo a su vez:

– Sabía que había una razón para volver a casa pronto.

Veinte minutos más tarde llegó, por Mandeville y Sunset, y me siguió de vuelta a la casa del crimen.

– Tú quédate aquí -me dijo, y le esperé en el Seville, chupando una panatela barata, mientras él daba la vuelta por detrás. Un poco más tarde reapareció, secándose la frente. Se metió en el asiento del pasajero, me tomó un cigarro del bolsillo de la camisa y lo encendió.

Lanzó algunos anillos de humo, y luego comenzó a tomarme declaración, de un modo fríamente profesional. Tras llevarme hasta mi descubrimiento de los cadáveres, bajó su bloc de notas y me preguntó:

– ¿Para qué viniste aquí, Alex?

Le hablé de las películas porno, del accidente fatal de D. J. Rasmussen, de cómo había vuelto a surgir de nuevo el nombre de Leland Belding.

– La mano de Kruse estaba detrás de la mayor parte de estas cosas.

– Ya no queda mucho de esa mano -comentó-. Los cuerpos llevaban ahí un tiempo.

Dejó a un lado su bloc.

– ¿Tienes alguna suposición acerca de quién pudo ser?

– Rasmussen era un tipo explosivo -dije-. Mató a su padre. Durante los últimos días había estado hablando acerca de ser un pecador, de haber hecho algo terrible. Podría ser esto.

– ¿Y por qué iba a matar a Kruse?

– No lo sé. Quizá culpase a Kruse por la muerte de Sharon… Estaba patológicamente unido a ella, sexualmente unido.

Milo pensó un rato.

– ¿Qué es lo que has tocado ahí dentro?

– El interruptor de la luz… pero con un pañuelo.

– ¿Qué más?

– La puerta… creo que eso es todo.

– Piensa en más cosas.

– Eso es de todo de lo que me acuerdo.

– Vamos a reseguir tus pasos.

Cuando lo hubimos hecho, me dijo:

– Vete a casa, Alex.

– ¿Esto es todo?

Una mirada a su Timex.

– Los chicos de investigación en el lugar del crimen llegarán aquí de un momento a otro. Vete. Desaparece antes de que empiece la fiesta.

– Milo…

– Vete, Alex. Déjame hacer mi maldito trabajo.

Me marché, aún saboreando la podredumbre a través del amargor del tabaco.

Todo lo que Sharon había tocado se estaba convirtiendo en muerte.

No pudiendo dejar de estar siempre hurgando en las mentes, me pregunté qué sería lo que la habría hecho ser de aquel modo. Qué clase de trauma infantil. Entonces, algo me impactó: el modo en que había actuado aquella terrible noche en que me la había encontrado con la foto de su gemela. Dando patadas y puñetazos, aullando, derrumbándose y acabando en posición fetal. ¡Tan parecido al comportamiento de Darren Burkhalter en mi consulta! Las reacciones al horror en su vida, que yo había capturado en cinta de vídeo y luego revivido para un auditorio de abogados, sin caer en la conexión.

Un trauma de la primera niñez.

Hacía mucho me lo había explicado. Continuando luego con una muestra de cariño, tierno y amoroso. Mirando hacia atrás, lo veía como una manifestación bien ensayada. ¿Más teatro?

Era en el verano de 1981, en un hotel de Newport Beach, repleto de psicólogos en una convención. Dentro de un bar de cócteles, que dominaba el puerto: grandes ventanales teñidos, paredes tapizadas con papel aterciopelado color rojo, sillones con ruedecitas. Oscuro y vacío y oliendo a la fiesta de la noche anterior.

Yo había estado sentado a la barra, mirando al agua, contemplando a unos yates, de proas afiladas como dagas, cortar la superficie, que parecía de cristal soplado, del puerto deportivo. Dando sorbitos a una cerveza y comiendo un bocadillo reseco, mientras le prestaba media atención a las quejas del barman.

Éste era un hispano bajo y con un gran tripón, de manos rápidas y un cobrizo rostro de indio. Lo contemplé secar vasos como si fuera una máquina.

– Lo peor que he visto, sin duda alguna, sí señor. En cambio, ahí están los vendedores: de seguros, de ordenadores, de lo que sea… los vendedores sí que son unos buenos bebedores. Y los pilotos también.

– Eso me anima mucho -le dije.

– Se lo digo yo, los vendedores y los pilotos. Pero, ustedes los psicos… nada de nada. Incluso los maestros que tuvimos el año pasado eran mejores, y eso que no valían gran cosa. Mire cómo está este sitio… muerto.

Girando la tapa de una botella de cebollitas de cóctel, vertió el jugo en la pica y puso las perlitas en una bandeja.

– De todos modos, ¿cuántos de ustedes han venido a esta cosa?

– Unos pocos miles.

– Unos pocos miles. -Agitó la cabeza-. Mire este lugar. ¿Qué es lo que pasa, están ustedes demasiado ocupados analizando a otra gente? ¿O es que no les dejan pasárselo bien?

– Quizá -le dije, reflexionando acerca de lo aburrida que había sido la convención. Pero las convenciones siempre lo eran. La única razón por la que yo había asistido a ésta era porque me habían pedido que preparase un informe acerca del estrés en la niñez.

Habiendo ya leído mi informe, contestado a las inevitables preguntas malintencionadas, estaba disfrutando de un poco de soledad antes de volverme a L. A., a realizar mi guardia nocturna en el pabellón de adolescentes.

– Quizá ustedes deberían de estudiarse a sí mismos, amigo. Analizar el motivo por el que no les gusta divertirse.

– Buena idea. -Puse algo de dinero sobre la barra y le dije-. Tómese un trago a mi salud.

Miró a los billetes.

– Seguro, gracias. -Encendiendo un cigarrillo, se sirvió una cerveza y se inclinó hacia delante-. De todos modos, yo soy de los del vive y deja vivir. Si alguien no quiere divertirse, está bien; pero al menos que entre aquí y pida algo, ¿entiende lo que le digo? Infiernos, que no se lo beba… lo puede analizar. Pero que pida algo y deje una propina. Que deje algo para un hombre que trabaja.

– Para un hombre que trabaja -brindé, alzando mi copa. La dejé sobre la barra, vacía.

– ¿Otra copa, Doc? Invita la casa.

– Me tomaré una Coke.

– Era de imaginar. Un ron con Coca en marcha, sin ron y sin alegría.

Puso la bebida sobre la barra y estaba a punto de decir algo más, cuando se abrió la puerta del bar y dejó entrar el ruido del vestíbulo. Sus ojos saltaron al fondo de la sala y exclamó:

– ¡Vaya, vaya!

Miré por sobre mi hombro y vi a una mujer de blanco. De largas piernas, bien formada, con una nube de cabellos oscuros. En pie junto a la máquina de cigarrillos, la cabeza moviéndose de un lado al otro, como quien explora un territorio desconocido.

Me era familiar. Me volví para mirarla mejor.

Sharon. Definitivamente Sharon. En un vestido de lino hecho por una modista, con zapatos y bolso a juego.

Me vio y me hizo un gesto con la mano, como si estuviésemos ciados.

– ¡Alex!

Y de inmediato estuvo a mi lado. Agua y jabón, hierba fresca…

Se sentó en el taburete que había junto al mío, cruzó las piernas y se bajó la falda hasta encima de sus rodillas.

El barman me hizo un guiño.

– ¿Algo de beber, señora?

– Seven-Up, por favor.

– Sí, señora.

Después de que le sirvió la bebida y se hubo apartado, ella me dijo:

– Tienes un excelente aspecto, Alex. Me gusta esa barba.

– Me ahorra tiempo por las mañanas.

– Bueno, me parece que te queda bien. -Dio un sorbito, jugueteó con la paletita de agitar-. No dejo de oír cosas buenas de ti, Alex. Éxitos académicos, todas esas publicaciones. He leído muchos de tus artículos. He aprendido mucho de ellos.

– Me alegra oír eso.

Silencio.

– Finalmente me gradué -dijo-. El mes pasado.

– Felicidades, doctora.

– Gracias. Me costó más tiempo del que pensé que necesitaría. Pero me vi metida en trabajo clínico y no me dediqué a escribir mi tesis con la diligencia que debería haberle dedicado.

Seguimos sentados en silencio. A algunos pasos de distancia, el barman estaba silbando «La Bamba» y atareándose con el picador de hielo.

– Es bueno verte otra vez -me dijo.

No contesté.

Me tocó el brazo. Miré a sus dedos hasta que finalmente los retiró.

– Quería verte -dijo al fin.

– ¿Para qué?

– Quiero explicarte…

– No hay necesidad de explicar nada, Sharon. Es historia antigua.

– No para mí.

– En esto tenemos diferencia de opiniones.

Se me acercó más, y me dijo:

– Sé que lo eché todo a perder -con un susurro ahogado-. Créeme, lo sé. Pero eso no cambia el hecho de que, después de todos esos años, aún sigues conmigo. Buenos recuerdos, recuerdos muy especiales. Energía positiva.

– Percepción selectiva -afirmé.

– No. -Se acercó unos centímetros, volvió a tocarme el brazo-. Pasamos algunos momentos maravillosos, Alex. Eso no lo olvidaré nunca.

No dije nada.

– Alex la forma en que… acabamos, fue horrible. Debiste de pensar que era una psicótica… lo que sucedió fue psicótico. ¡Si supieras cuántas veces he querido llamarte, para explicarte…!

– Entonces, ¿por qué no lo hiciste?

– Porque soy una cobarde. Me escapo de las cosas. Es mi estilo…, tú lo comprobaste la primera vez que nos vimos, en la clase práctica. -Sus hombros cayeron-. Algunas cosas nunca cambian…

– Olvídalo. Como ya te he dicho, es historia antigua.

– Lo que teníamos era algo especial, Alex. Y yo permití que fuese destruido.

Su voz siguió suave, pero con mayor tensión. El barman nos miró. Mi expresión hizo que sus ojos volviesen a su trabajo.

– ¿Lo permitiste? Eso suena a bastante pasivo.

Ella se echó atrás, como si la hubiese escupido en la cara.

– De acuerdo -aceptó-. Yo lo destruí. Yo estaba loca. Fue un tiempo de locura en mi vida… no creas que no me ha sabido mal, un millar de veces, todo aquello.

Se tironeó del lóbulo de la oreja. Sus manos eran suaves y blancas.

– Alex, el encontrarte aquí hoy no ha sido ningún accidente. Yo nunca asisto a convenciones, ni tenía intención de venir a ésta. Pero cuando recibí el folleto por correo dio la casualidad de que vi tu nombre en el programa y, de repente, deseé verte de nuevo. Estuve en tu conferencia, me quedé en la parte de atrás de la sala. El modo en que hablaste…, tu humanidad. Pensé que podría tener una oportunidad.

– ¿Una oportunidad de qué?

– De ser amigos. De olvidar los malos sentimientos.

– Considéralos olvidados. Misión cumplida.

Ella se inclinó hacia delante, de modo que nuestros labios casi se tocaban, agarró mi hombro y susurró:

– Por favor, Alex, no seas vengativo. Déjame que te lo muestre.

Había lágrimas en sus ojos.

– ¿Que me muestres qué?

– Un lado diferente de mí. Algo que nunca le he mostrado a nadie.

Caminamos a la parte delantera del hotel, y esperamos a los aparcacoches.

– Coches separados -dijo ella, sonriente-. Así podrás escaparte cuando lo desees.

La dirección que me dio estaba en la parte sur de Glendale, la parte baja de la población, llena de aparcamientos de los negocios de venta de coches usados, casas en ruinas, pensiones para transeúntes, tiendas de empeños y restaurantes de baratillo. A casi un kilómetro al norte del Brand, la Glendale Galleria estaba en construcción: un tributo en ladrillo a la nueva riqueza. Pero, aquí abajo, boutique aún era una palabra en francés.

Ella llegó antes que yo, y estaba sentada en su pequeño Alfa rojo, frente a un edificio de un solo piso, estucado en marrón. El lugar tenía un aspecto que recordaba a una cárcel: ventanas estrechas, con barrotes, la puerta delantera una plancha de acero pulimentado, nada de decoración externa, excepto un sediento árbol liquidámbar que lanzaba sus escasas sombras sobre el tejado de papel asfáltico.

Se reunió conmigo en la puerta, me dio las gracias por venir, y luego apretó el timbre que había en medio de la puerta de acero. Unos momentos más tarde ésta fue abierta por un hombre robusto, negro como el carbón, con el cabello corto y una barbita de chivo. Llevaba un pendiente de diamantes en una oreja, y una chaqueta de uniforme color azul sobre una camiseta de manga corta y tejanos. Cuando vio a Sharon le dedicó una sonrisa llena de fundas de oro.

– Buenas tardes, doctora Ransom. -Su voz era aguda y amable.

– Buenas tardes, Elmo. Éste es el doctor Delaware, un amigo mío.

– Me alegra conocerle, señor. -A Sharon-: Está arreglada y peripuesta y preparada para usted.

– Eso es estupendo, Elmo.

Se echó a un lado y entramos en una sala de espera con un suelo en linóleo color sangre de buey y amueblada con sillas de plástico naranja y mesas verdes. A un lado había una oficina marcada RECEPCIÓN, con una ventana que era un cuadrado de metacrilato amarillento. Pasamos al lado y llegamos a otra puerta de acero en la que se indicaba: PROHIBIDA LA ENTRADA. Elmo seleccionó una llave de una gruesa anilla y abrió la cerradura.

Entramos a la luz y a un jaleo tremendo: una larga y alta sala, con ventanas cerradas por contraventanas de acero y un techo fluorescente que irradiaba una fría y plana imitación de la luz del sol. Las paredes estaban cubiertas por hojas de plástico verde esmeralda, el aire era cálido y rancio.

Y, por todas partes, movimiento. Como un ballet dejado al azar.

Docenas de cuerpos, agitándose, balanceándose, tropezando, brutalizados por la Naturaleza y el dedo del sino. Miembros congelados o atrapados en un inacabable espasmo ateoide. Bocas caídas, babeantes. Espaldas encorvadas, espinas dorsales rotas, miembros que faltaban o estaban atrofiados. Contorsiones y muecas nacidas de cromosomas echados a perder y caminos neurales descarrilados, todo ello convertido en más cruel por el hecho de que todos aquellos pacientes eran jóvenes… quinceañeros o adultos de poca más edad, que nunca conocerían los placeres que da la falsa inmortalidad de la juventud.

Algunos de ellos se agarraban a andadores y medían su avance en milímetros. Otros, contraídos y rígidos como estatuas de yeso, se encabritaban y luchaban contra los confines de sillas de ruedas. Los que más tristeza causaban de entre ellos estaban derrumbados, flácidos como invertebrados, en carritos de lados altos y cochecitos metálicos que se parecían, en un tamaño desmesurado, a los de los bebés.

Nos abrimos paso entre un mar de ojos vidriados, tan inertes como botones de plástico. Más allá de caras sin cordura que nos contemplaban desde el santuario de cuero de unos protectores de cabeza, una audiencia de rostros inertes, no perturbados por el menor destello de consciencia.

Una galería de deformidades…, una cruel muestra de todo lo que podía echarse a perder en la caja en la que llegan los humanos.

En un rincón de la sala una televisión grande, con antena interior, atronaba a todo volumen con un programa de concurso, con los chillidos de los participantes compitiendo con la cháchara sin palabras y los alaridos inconexos de los pacientes. Los únicos que miraban el programa eran la media docena de enfermeros de chaquetas azules. Nos ignoraron mientras pasábamos.

Pero los pacientes sí que se dieron cuenta. Como imantados, se agolparon hacia Sharon, comenzaron a acumularse en su derredor rodando en sus sillas o trastabillando. Pronto estuvimos totalmente rodeados. Los enfermeros ni se movieron.

Ella metió la mano en su bolso, sacó una caja de pastillas de goma y comenzó a distribuirlas. Cuando vació una caja apareció otra. Y otra.

También repartía otra clase de dulzura, besando cabezas deformes, abrazando cuerpos contrahechos. Llamando a los pacientes por su nombre, diciéndoles el buen aspecto que tenían. Ellos competían por sus favores, suplicaban les diese las pastillas de goma, lloraban presa del éxtasis, la tocaban como si fuese milagrosa.

Parecía más feliz de lo que jamás la hubiese visto: completa. Una princesa de cuento de hadas, reinando sobre el país de los deformes.

Finalmente, acabadas las pastillas de goma, dijo:

– Eso fue todo, gente. Tengo que irme.

Gruñidos, gemidos, unos minutos más de caricias y apretones. Un par de enfermeros se acercaron y comenzaron a separar a los pacientes. Finalmente pudimos apartarnos. Se reanudó el caos.

Elmo dijo:

– Desde luego, la quieren mucho. -Sharon no pareció oírlo.

Los tres caminamos hasta el extremo de la gran sala, hacia una puerta señalada UNIDAD DE PACIENTES INTERNOS, que estaba protegida por una verja de hierro de acordeón, que Elmo corrió. Otro giro de una llave y la puerta se abrió a su vez y luego se cerró tras de nosotros, y todo quedó en silencio.

Caminamos por un pasillo cubierto por el mismo plástico chillón, y pasamos un par de galerías vacías, que hedían a enfermedad y desesperación, una puerta con una ventana de cristal y rejilla metálica que nos permitió ver a varias chaparras mujeres mexicanas trabajando en una humeante cocina industrial, otro pasillo verde y, finalmente, una puerta que era otra hoja de acero, marcada PRIVADO.

Al otro lado un nuevo ambiente: mullidas alfombras, suave iluminación, paredes empapeladas, aire perfumado y música… los Beatles, tal como los interpretaba una somnolienta orquesta de cuerda.

Cuatro puertas marcadas PRIVADO. Cuatro puertas de roble, provistas de mirillas de latón. Elmo abrió una de las puertas y dijo:

– Ya está.

La habitación era color marrón claro y decorada con litografías de los impresionistas franceses. Más alfombras gruesas y luz suave. Molduras y decoraciones en roble en el techo. Buenos muebles: un chiffonier antiguo, un par de fuertes sillas de roble. Dos generosas ventanas en arco, con barrotes y cerradas por un cristal opaco, pero cubiertas con cortinas de puntillas. Floreros estratégicamente colocados. El lugar olía como un prado, pero yo no estaba prestando atención a los toques del decorador.

En el centro de la habitación había una cama de hospital, cubierta por un edredón rosa perla, que cubría hasta el cuello a una mujer morena.

Su piel era blanco-grisácea, sus ojos grandes y de un profundo azul…, el mismo color que los de Sharon, pero peliculados e inmóviles, apuntados directamente hacia el techo. Su cabello era negro y espeso, desparramado por sobre la mullida almohada, decorada con una orla de puntillas. El rostro que enmarcaba estaba demacrado, reseco, inmóvil como una mascarilla en yeso. Su boca estaba entreabierta: un agujero negro tachonado con dientes raquíticos.

Un débil movimiento agitaba el edredón. Una respiración débil, luego nada, después reignición, anunciada por un gemido, como de muñeco de juguete cuando lo aprietas.

Estudié su cara. Era menos un rostro que el apunte de un rostro… un andamiaje anatómico, despojado del adorno de la carne.

Y, en algún lugar entre las ruinas, un parecido. Un recuerdo de Sharon.

Ésta la estaba agarrando, acunándola, besándole el rostro.

Gemido de muñeco.

Una silla giratoria, junto al lecho, contenía una jarra y vasos, un peine y cepillo para el cabello en carey, y unos útiles de manicura a juego. Lápiz de labios, pañuelos de papel, cosméticos, esmalte de uñas.

Sharon señaló a la jarra. Elmo llenó un vaso con agua y se lo entregó, luego se fue.

Sharon inclinó el borde del vaso hacia los labios de la mujer. Parte del agua se le vertió barbilla abajo. Sharon secó la pálida piel y la besó.

– Me gusta tanto verte, encanto -le habló-. Elmo dice que te portas muy bien.

La mujer siguió tan en blanco como la cáscara de un huevo. Sharon la arrulló como una paloma, y la fue acunando. El edredón fue cayéndose, mostrando un inerte espectro que era un cuerpo envuelto en una bata rosa de franela, contraído, patético… demasiado frágil para ser viable. Pero la respiración continuaba.

– Shirlee, tenemos visita. Es el doctor Alex Delaware. Es un buen hombre. Alex, te presento a la señorita Shirlee Ransom, mi hermana. Mi gemela. Mi compañera silenciosa.

Yo, simplemente, me quedé allí. Ella acarició el cabello de la mujer.

– Clínicamente es ciega y sorda…, funcionamiento cortical mínimo. Pero yo sé que nota a la gente, que tiene alguna conciencia de lo que la rodea. Puedo notarlo…, ella emite pequeñas vibraciones. Una tiene que estar sintonizada a ellas, tiene que estar en contacto físico con ella para notarlas.

Tomó mi mano, la puso sobre una frente fría y seca.

Y, volviéndose hacia Shirlee:

– ¿No es cierto, cariño? Sabes lo que está pasando, ¿no? Hoy estás casi zumbando.

Y, con una breve mirada, me invitó:

– Dile algo, Alex.

– Hola, Shirlee.

Nada.

– Eso es -dijo Sharon-. Está zumbando.

No había dejado de sonreír, pero había lágrimas en sus ojos. Soltó mi mano, habló con su hermana:

– Es Alex Delaware, cariño. Ya te he hablado de él. Es guapo, ¿verdad? Guapo y bueno.

Aguardé, mientras ella hablaba con una mujer que no podía oírla. Le cantó, le cotilleó cosas de la moda, la música, recetas de cocina, los acontecimientos de actualidad.

Luego dobló hacia abajo el edredón, hacia arriba la bata y dejó al descubierto unas costillas de despojo de pollo, patitas de palito, rodillas puntiagudas, piel suelta color gris cieno…, como los restos de una forma femenina tan patéticamente marchita, que tuve que mirar hacia otro lugar.

Sharon dio la vuelta a su hermana, suavemente, buscándole ulceraciones de la cama. Frotando, acariciando y masajeando, flexionando y estirando piernas y brazos, haciendo girar la mandíbula, examinándola tras de las orejas, antes de taparla de nuevo.

Después de volver a arroparla con el edredón y ahuecarle la almohada, le dio un centenar de pases al cabello con el cepillo, le secó el rostro con un trapo húmedo y maquilló las secas mejillas con base y colorete.

– Quiero que se parezca lo más posible a una dama. Para mantener su moral. Por su propia imagen femenina.

Alzó una mano inerte, inspeccionó unas uñas que eran sorprendentemente largas y sanas.

– ¡Qué bonitas las tienes, Shirl! -Volviéndose hacia mí-: ¡Las tiene tan sanas…, crecen más rápidas que las mías! ¿No es curioso, Alex?

Luego, nos sentamos en el Alfa y Sharon lloró un poco. Después, empezó a hablar en aquellas tonalidades átonas que había usado para contarme la muerte de sus padres:

– Ambas nacimos siendo absolutamente iguales. Copias de papel carbón una de la otra… quiero decir que nadie nos distinguía la una de la otra. -Lanzó una carcajada-. A veces, ni nosotras mismas nos podíamos diferenciar.

Recordando la fotografía de las dos niñas pequeñas, dije:

– Había una diferencia: erais gemelas idénticas de espejo.

Eso pareció estremecerla.

– Sí. Eso…, ella es zurda, yo soy diestra. Y los rizos de nuestro cabello van en direcciones opuestas.

Apartó la vista de mí, dio unos golpecitos al aro de madera del Volante.

– Es un extraño fenómeno, eso de los monozigotos de imagen de espejo, hablando desde un punto de vista científico. Bioquímicamente, no tiene ningún sentido. Dada una estructura genética idéntica en dos individuos, no debería haber ninguna diferencia entre ellos, ¿cierto? Y aún menos una inversión de los hemisferios cerebrales.

Sus ojos adquirieron una expresión soñadora, y los cerró.

– Te agradezco mucho que hayas venido. Realmente significa mucho para mí.

– Yo también estoy contento de haber venido.

Me tomó la mano, la suya temblaba.

– Adelante -le dije-. Me estabas hablando de lo muy similares que sois las dos.

– Copias de papel carbón -prosiguió-. E inseparables. Nos queríamos la una a la otra con una intensidad que nos salía de lo más profundo de nuestras entrañas. Vivíamos la una para la otra, lo hacíamos todo juntas, llorábamos histéricamente cuando nos separaban, hasta que ya nadie lo volvió a intentar. Éramos más que hermanas, más que gemelas… compañeras. Compañeras psíquicas, compartiendo una consciencia. Como si cada una de nosotras sólo pudiese estar completa en presencia de la otra. Teníamos nuestros propios idiomas, dos de ellos, uno hablado y el otro de gestos y miradas secretas. Nunca dejábamos de comunicarnos… incluso en nuestro sueño tendíamos las manos y nos tocábamos. Y compartíamos las mismas intuiciones, las mismas percepciones.

Se detuvo.

– Probablemente esto te suene extraño. Es difícil explicárselo a alguien que nunca ha tenido un gemelo, Alex; pero créeme: todas esas historias que se cuentan acerca de sincronía de sensaciones son ciertas. Desde luego lo fueron para nosotras. Aun ahora, a veces me despierto en medio de la noche con un dolor en mi tripa o un calambre en un brazo. Y llamo a Elmo y éste me dice que Shirlee ha pasado una mala noche.

– No me parece extraño. Ya he oído eso antes.

– Gracias por decir eso. -Me besó en la mejilla, se tironeó el lóbulo de la oreja-. Cuando éramos pequeñas tuvimos una maravillosa vida juntas: Mami y Papi, el gran piso de Park Avenue…, todas aquellas habitaciones, con cómodas y armarios en los que nos podíamos meter dentro. Nos encantaba ocultarnos…, nos encantaba ocultarnos al mundo. Pero nuestro lugar favorito era la casa de verano en Southampton. La propiedad llevaba generaciones en la familia. Hectáreas de hierba y arena. Una vieja y enorme monstruosidad de casa blanca, con suelos crujientes, mobiliario de enea que se estaba haciendo pedazos de viejo, antiguas y polvorientas alfombras, un hogar en piedra. Se alzaba en lo alto de un farallón que dominaba el océano y que descendía hasta el agua en un par de lugares. Nada muy elegante: sólo un par de torturados pinos viejos y dunas perezosas. La playa se extendía en forma de creciente, muy ancha y húmeda, y llena de hoyitos de almejas. Había un atracadero, con barcas de remos aseguradas al mismo…, danzaban a las olas, golpeaban contra la madera deformada. Eso nos asustaba, pero de un modo amable… y nos gustaba asustarnos a Shirl y a mí.

»En otoño, el cielo siempre tenía esa maravillosa tonalidad gris, con puntitos amarilloplateados allá donde el sol se abría camino. Y la playa estaba llena de cangrejos herradura y ermitaños, y medusas e hilos de algas que acababan en la orilla, en grandes enredos. Nos tirábamos sobre esos líos, nos envolvíamos con ellos, totalmente pringosas, y fingíamos ser dos princesitas sirenas con nuestros vestidos de seda y collares de perlas.

Se detuvo, se mordió el labio, y siguió:

– En el lado sur de la propiedad había una piscina. Grande, rectangular, de baldosas azules, con caballitos de mar pintados en el fondo. Mami y Papi nunca acabaron de decidirse por si querían una piscina abierta o cubierta, así que llegaron a un compromiso y construyeron sobre ella una casita, de enrejado blanco a los lados y con un techo encima, y el enrejado cubierto por hiedra salvaje. La usábamos mucho en verano, llenándonos de sal en el océano y luego quitándonosla con el agua dulce. Papi nos enseñó a nadar cuando teníamos dos años, y aprendimos con rapidez… nos acostumbramos al agua como dos pequeños renacuajos, solía decir él.

Otra pausa para recobrar el aliento. Un largo período de silencio que me hizo preguntarme si no habría acabado. Cuando habló de nuevo, su voz era más débil.

– Cuando acababa el verano, nadie le prestaba demasiada atención a la piscina. Los cuidadores no siempre limpiaban a fondo y el agua se ponía verde por las algas, olía mal. Shirl y yo teníamos prohibido ir allí, pero eso sólo lo hacía más atractivo. En el momento en que nos quedábamos solas, corríamos allí, atisbábamos a través del enrejado, veíamos aquel agua apestosa y nos imaginábamos que era una laguna llena de monstruos. Monstruos repugnantes que surgirían de entre aquella podredumbre y nos atacarían. Y decidimos que el mal olor era porque los monstruos estaban llenando el agua con sus excrementos…, caca de monstruo. -Sonrió, agitó la cabeza-. Bastante repulsivo, ¿no? Pero exactamente el tipo de fantasías que se imaginan los niños para dominar sus miedos.

Asentí con la cabeza.

– El único problema, Alex, fue que nuestros monstruos se materializaron.

Se secó los ojos, sacó la cabeza por la ventanilla e inspiró profundamente.

– Perdona -dijo.

– No pasa nada.

– Sí, sí lo pasa. Me dije a mí misma que mantendría la compostura. -Más inspiraciones profundas-. Era un día frío, un sábado gris. A finales de otoño. Teníamos tres años de edad, llevábamos puestos vestidos iguales de lana, con leotardos gruesos de lana y zapatos de charol, recién estrenados, que le habíamos suplicado a Mami nos dejase usar, a cambio de prometerle que no los rayaríamos en la arena. Era nuestro último fin de semana en la playa, hasta la siguiente primavera. Nos habíamos quedado más de lo que hubiésemos debido, pues la casa tenía una mala calefacción, y el frío estaba colándose desde el océano, era ese estilo de helor agudo, de la Costa Este, que se te mete en los huesos y se queda allí. El cielo estaba tan lleno de nubes de lluvia que casi era negro… y daba ese extraño olor como de moneda vieja que desprende el cielo de la costa antes de una tormenta.

»Nuestro chófer se había ido al pueblo a llenar el depósito y hacer que revisasen el coche antes de hacer el viaje de vuelta a Manhattan. El resto de la servidumbre estaba atareado, limpiando la casa. Mami y Papi estaban sentados en el solárium envueltos con mantas, tomándose un último martini. Shirl y yo correteábamos de una habitación a otra, desempaquetando lo que había sido empaquetado, abriendo lo que había sido cerrado, riendo y bromeando y, en general, metiéndonos en el camino de todo el mundo. Nuestro nivel de travesura era alto, porque sabíamos que no íbamos a volver allí por un tiempo, y estábamos decididas a sacarle todo el jugo posible al día, en lo que a diversión se refería. Finalmente, Mami y la servidumbre tuvieron ya bastante. Nos colocaron unos abrigos gruesos, nos pusieron chanclas de goma sobre nuestros zapatos nuevos, y nos mandaron con el aya a recoger conchas.

»Corrimos a la playa, pero la marea estaba subiendo y se había llevado todas las conchas, y las algas estaban demasiado frías para poder jugar con ellas. El aya empezó a flirtear con uno de los jardineros. Nos escapamos, y nos dirigimos directamente a la piscina.

»La puerta estaba cerrada, pero no con llave; el candado estaba en el suelo. Uno de los cuidadores había empezado a vaciar y limpiar la piscina; había cepillos y redes, y productos químicos y montones de algas por todas partes alrededor de la piscina…, pero el hombre no estaba allí. Y se había olvidado de cerrar. Nos colamos dentro. Dentro estaba oscuro; a través del enrejado sólo se veían cuadrados de cielo negro. El agua sucia estaba siendo succionada por medio de una manguera del jardín que iba hasta un sumidero de grava. Quedaban aún unas tres cuartas partes del agua, que ahora era verde ácido y burbujeante, y olía peor que nunca, con el gas sulfhídrico mezclado con todos los productos químicos que había vertido el trabajador. Nuestros ojos empezaron a escocernos. Comenzamos a toser, luego nos echamos a reír. ¡Aquello era realmente monstruoso…, nos encantaba!

»Empezamos a fingir que los monstruos se estaban alzando de la masa pútrida, y comenzamos a perseguirnos la una a la otra por la piscina, aullando y riéndonos, poniendo caras de monstruo, yendo más y más deprisa y poniéndonos frenéticas… en un estado hipnótico. Todo se desdibujó: sólo nos veíamos la una a la otra.

»El cemento estaba resbaladizo con todas aquellas algas y la espuma de los productos químicos. Nuestras chanclas eran de suela pulida y empezamos a patinar por allá. Eso también nos gustó: nos imaginamos que estábamos en una pista de hielo, tratamos deliberadamente de patinar. Nos lo estábamos pasando muy bien, perdidas en el momento, enfocadas en nuestros propios interiores… como si fuéramos un solo ser. Y dimos vueltas y vueltas, aullando y resbalando y patinando. Entonces, de repente, vi a Shirl lanzarse en una gran patinada y seguir patinando; y vi una expresión terrible aparecer en su rostro mientras extendía los brazos para equilibrarse. Pidió auxilio. Supe que aquello ya no era juego, y corrí a agarrarla, pero caí de culo y justo en ese momento ella lanzó un horrible alarido y se hundió, pies por delante, en la piscina.

»Me puse en pie, vi sobresalir su mano, con sus dedos cerrándose y abriéndose, me lancé hacia ella, pero no la podía alcanzar, así que me eché a berrear y gritar pidiendo ayuda. Resbalé de nuevo y corrí a caerme de culo, finalmente pude ponerme en pie y corrí al borde de la piscina. La mano de ella había desaparecido. Aullé su nombre, y eso hizo acudir al aya. La cara que había puesto mi hermana, la sorpresa, el terror mientras se hundía, seguían conmigo, y no dejé de berrear, mientras el aya me preguntaba dónde estaba. No podía contestarle. La había absorbido, me había convertido en ella. ¡Yo sabía que ella se estaba ahogando, yo misma podía sentir que no me era posible respirar y me ahogaba, saboreaba el agua pútrida llenando mi nariz, mi boca y mis pulmones!

»El aya me estaba zarandeando, abofeteándome. Yo estaba hiperventilando, pero de algún modo conseguí señalar a la piscina.

«Entonces llegaron Mami, y Papi y parte de la servidumbre. El aya se tiró al agua. Mami estaba gimiendo a gritos: «¡Mi nenita, ay mi nenita!», mordiéndose los dedos… manchándose la ropa de rojo. El aya estaba buceando, saliendo a la superficie y jadeando, cubierta de porquería. Papi se quitó los zapatos a patadas, se arrancó la chaqueta y se zambulló. Una zambullida perfecta. Un momento más tarde salió a la superficie con Shirlee en brazos. Estaba inerte, totalmente cubierta de porquería, pálida y con cara de muerta. Papi trató de hacerle la respiración artificial. Mami aún jadeaba… ¡sus dedos chorreaban sangre! El aya estaba desplomada en el suelo, también ella aparentemente muerta. Las criadas estaban sollozando. Los cuidadores miraban…, pensé que a mí. ¡Me estaban culpando a mí! Empecé a aullar y arañarles, alguien dijo: «Lleváosla de aquí», y todo se puso oscuro.

El contarme la historia la había hecho quedar bañada en sudor. Le di mi pañuelo. Lo tomó sin comentario alguno, se secó el rostro, y continuó:

– Me desperté de vuelta ya en Park Avenue. Era el día siguiente, alguien debía de haberme dado un sedante. Me dijeron que Shirlee había muerto, y la habían enterrado. Ya no se volvió a hablar de ella. Mi vida había cambiado, estaba vacía…, pero no quería hablar de aquello. Ni siquiera ahora puedo hablar de aquello. Baste con decir que tuve que reconstruirme, que aprender a ser una nueva persona. Una compañera sin compañera. Lo llegué a aceptar, a vivir en mi cabeza, apartada del mundo. Y, al cabo, dejé de pensar en Shirlee…, dejé de hacerlo de un modo consciente. Hice todo lo que se esperaba de mí: siendo una buena chica, sacando buenas notas, no alzando jamás la voz. Pero estaba vacía… me faltaba algo. Así que decidí hacerme psicóloga, para descubrir qué era ese algo. Me trasladé aquí, te conocí, comencé realmente a vivir. Pero entonces todo volvió a cambiar, al morir Mami y Papi. Tuve que regresar al Este para hablar con su abogado. Era un hombre agradable: un hombre apuesto, de aspecto paternal; lo recordaba vagamente de algunas fiestas en casa. Me llevó a la Russian Tea Room y me habló del fondo en fideicomiso, de la casa; me habló un montón de mis nuevas responsabilidades, pero no acababa de ser claro y de decirme cuáles eran. Cuando al fin le pregunté de qué me estaba hablando, se puso claramente nervioso y pidió la cuenta.

«Salimos del restaurante, caminamos por la Quinta Avenida, pasando frente a todas aquellas bonitas tiendas que tanto le habían gustado a Mami. Caminamos en silencio durante varias manzanas y, al fin, me habló de Shirlee. De que no había muerto, que estaba comatosa cuando Papi la había sacado de la piscina, y se había quedado así: dañada, con funcionamiento cerebral mínimo. Y durante todo el tiempo en que yo la había creído muerta, había estado viviendo en una institución médica, en Connecticut. Mami era toda una dama, muy señora ella pero no era fuerte, no sabía cómo enfrentarse a la adversidad.

»El abogado me dijo que se daba cuenta de que aquello me llegaba como un auténtico shock, que lamentaba que yo me sintiese mal, por creer que todos me habían estado mintiendo; pero que aquello era lo que Papi y Mami habían creído mejor. Sin embargo, ahora mis padres habían desaparecido y, dado que yo era su pariente más próximo, Shirlee era responsabilidad mía. Pero aquello no tenía que convertirse en una carga para mí. Él…, su firma legal, asumirían la tutoría de mi hermana, se ocuparían de todas las cuestiones financieras, administrarían su fondo en fideicomiso, para asegurarse de que siguiesen siendo pagados sus gastos médicos. No había ninguna necesidad por mi parte de alterar mi forma de vida. Tenía unos papeles que yo debía firmar, y ellos se ocuparían del resto.

»Me desbordó una ira de la que no me creía capaz, comencé a gritarle allá mismo, en la Quinta Avenida, exigiendo verla. Trató de convencerme para que no lo hiciera, me dijo que debía al menos esperar hasta que se me pasara el shock. Pero yo insistí, tenía que verla de inmediato. Pidió una limusina. Viajamos a Connecticut. El sitio era grande y de aspecto agradable: una vieja mansión de piedra, prados bien cuidados, un gran porche-solario, enfermeras con uniformes almidonados, doctores con acento alemán. Pero ella necesitaba algo más que esto: necesitaba ver a su compañera. Le dije al abogado que ella se iba a venir conmigo a mi regreso a California, así que la tuviesen preparada para viajar en una semana.

»De nuevo trató de hacerme cambiar de idea. Me dijo que ya antes había visto este tipo de cosa: el sentido de culpabilidad del superviviente. Y, cuanto más hablaba, más me enfadaba yo… ¡pobre hombre! Pero, como yo ya era mayor de edad, no tenía elección. Regresé a L. A. llena de buenos propósitos, orgullosa con el deber cumplido…, ya no era una estudiante más en la maquinaria universitaria, era una mujer con una misión en la vida. Pero en el mismo momento en que entré en mi habitación del Colegio Mayor, cayó sobre mí lo tremendo que era todo aquello. Me di cuenta de que mi vida ya no volvería a ser la misma, que ya nunca sería normal. Me enfrenté a ello no parando ni un instante, dándole órdenes al abogado, trasladándome a la casa, firmando papeles. Convenciéndome a mí misma, Alex, de que estaba al cargo de todo. Le encontré este hospital…, no tiene un aspecto demasiado agradable por fuera, pero la tratan de un modo muy especial. Elmo es fantástico, está totalmente dedicado a los cuidados personalizados.

Alzó mi mano hasta su mejilla, luego la colocó sobre su regazo y la apretó allí, firmemente.

– Y ahora te toca el turno, Alex. Tu entrada en este follón. La noche en que me hallaste con la foto era poco después de que hubieran traído a Shirlee en avión… ¡vaya trabajo sólo el sacarla de un avión y meterla en una ambulancia! Llevaba días sin dormir y estaba en tensión y fatigada. La foto había llegado en una caja con otros papeles de la familia: estaba en el bolso de Mami el día en que murió.

«Comencé a mirarla, y me caí dentro de ella, como Alicia se cayó agujero abajo. Estaba tratando de integrarlo todo, de recordar los buenos viejos tiempos. Pero al mismo tiempo me sentía muy irritada por haber sido engañada, por el hecho de que mi vida entera había sido un engaño…, cada momento teñido de mentiras. Me sentía mala, Alex, llena de náuseas. Tenía arcadas que me surgían de lo más profundo del estómago. Era como si la foto me hubiese atrapado… me estuviese devorando del mismo modo que la piscina se había tragado a Shirlee. Me quedé como atontada, lo estuve durante días…, estaba colgando de mi cordura por un hilo cuando llegaste tú.

»No te oí llegar, Alex. Ni te vi hasta que estuviste encima de mí. Y parecías irritado, como juzgándome. Regañándome. Cuando tomaste la foto del suelo y la examinaste, fue como si me hubieses invadido, o te hubieras abierto paso con violencia al interior de mi dolor privado. Y yo quería ese dolor para mí sola…, quería algo para mí sola. Así que estallé. Lo siento mucho.

Devolví la presión de su mano.

– No pasa nada.

– El siguiente par de semanas fue horrible, una pura pesadilla. Me preocupaba lo que había hecho contigo y conmigo; pero, francamente, no tenía fuerzas para poder hacer algo al respecto, me culpaba porque no podía obligarme a sentir algo más de emoción. Tenía tanto de lo que preocuparme: mi rabia contra mis padres por haberme mentido, mi dolor por haberlos perdido, mi ira contra Shirlee por regresar tan estropeada, por ser incapaz de responder a mi amor. En ese tiempo no me di cuenta de que estaba vibrando, tratando de comunicarse conmigo. Eran demasiados cambios a la vez. Como una maraña de cables cargados que se entrecruzaban y me abrasaban el cerebro. Me busqué ayuda.

– Kruse.

– A pesar de lo que tú opines de él, me ayudó, Alex. Me ayudó a recomponerme. Y me dijo que tú vendrías a buscarme, lo que me haría saber que te preocupabas por mí. Y yo me preocupaba por ti…, por esto finalmente me obligué a verme contigo, a pesar de que Paul me dijo que aún no estaba preparada. Y tenía razón: me porté como una ninfomaníaca porque me sentía que no valía nada, que había perdido el control, y pensaba que te debía algo. El actuar como una bomba erótica me hacía sentir que controlaba la situación, como si estuviera despojándome de mi vieja personalidad y adoptando una nueva; pero sólo por poco tiempo. Luego, mientras tú dormías, sentí desprecio por lo que yo había hecho, y sentí desprecio por ti. Y lo eché todo encima tuyo, porque tú estabas allí.

Apartó la mirada.

– Y, porque tú eras bueno, yo eché a perder lo que teníamos, pues era incapaz de tolerar la bondad. Alex: no creía merecerme la bondad. Y, después de tantos años, aún lamento aquello.

Me quedé sentado, tratando de asimilarlo todo.

Se inclinó hacia mí y me besó. Gradualmente, el beso fue calentándose y haciéndose más profundo y nos encontramos apretados el uno contra el otro, tocándonos, con nuestras lenguas bailando. Después, ambos nos apartamos.

– Sharon…

– Sí, lo sé -dijo ella-. Otra vez no. ¿Cómo sabrías si estás a salvo?

– Yo…

Colocó un dedo sobre mis labios.

– No hay razón para dar explicaciones, Alex. Es historia antigua. Sólo quería demostrarte que no soy totalmente mala.

Me quedé en silencio, no le dije lo que me pasaba por la cabeza. Que quizá podríamos volver a empezar… lenta, cuidadosamente. Ahora que los dos habíamos crecido.

– Ahora te dejaré ir -cortó ella el silencio.

Volvimos, cada uno en su coche.

De vuelta de la casa de Kruse, me quedé sentado en mi sala de estar, con las luces apagadas y le di vueltas a todo, una y otra vez, dentro de mi cabeza: Park Avenue, veraneos en Southampton. Mami y Papi. Martinis en el solárium. Estereotipos de la alta sociedad.

Mi vida entera había sido un engaño… cada momento teñido de mentiras.

Pensé en Shirlee Ransom. Vegetativa. Chillando como un muñeco. Me pregunté si algún retazo de la historia habría sido cierto.

Si amaba a su gemela, ¿cómo podía haberse matado, abandonando a una impedida sin esperanza alguna de curación?

A menos que Shirlee también estuviera muerta.

S y S, compañeras silenciosas.

Un par de niñitas, hermosas, de cabello oscuro. Montañas al fondo. Cornetes de helado en manos opuestas.

Gemelas de espejo. Ella es zurda, yo diestra.

De repente me di cuenta de lo que me había estado preocupando de la película porno…, aquello que todo el rato había estado en la punta de mi lengua y no había podido expresar.

Sharon era diestra, pero para acariciar, para dar masajes en la película, había preferido la mano izquierda.

El actuar como una bomba erótica me hacía sentir que controlaba la situación, como si me estuviera despojando de mi vieja personalidad y adoptado una nueva.

¿Cambiando? ¿Probando una nueva identidad?

La mano izquierda. La siniestra… Siniestra: algunas culturas primitivas consideraban aquello como malvado.

Colocándose una peluca rubia y convirtiéndose en una chica mala… una zurda chica siniestra.

De repente, algo de la historia del accidente en la piscina me empezó a preocupar…, algo que no me había preocupado seis años antes, cuando quería creerla.

Los detalles, las imágenes tan coloristas.

Demasiado complejo para una niña de tres años. Demasiado para ser recordado por alguien que casi era un bebé.

Detalles practicados. ¿O una mentira bien aprendida? ¿Se la habían enseñado? ¿Le habían amplificado la memoria?

Como se hace mediante la hipnosis.

Como hacia Paul Kruse, experto hipnotizador. Cineasta amateur. Profesional de lo sórdido.

Ahora estaba seguro de que él había sabido lo suficiente como para llenar todos los espacios en blanco. Y había muerto con ese conocimiento. De un modo horrible, sangriento, llevándose a dos personas más con él.

Y yo, más que nunca, quería saber el porqué.

20

Sintiéndome infectado, portador de alguna espantosa enfermedad, anulé mi vuelo a San Luis, encendí la tele, y me busqué algo de compañía electrónica.

El asesinato de los Kruse era la noticia que abría el telediario de las once, completa con barridos de las cámaras portátiles de la casa del crimen y fotos de archivo de Paul y Suzanne en sus mejores tiempos.

La tercera víctima era identificada como Lourdes Escobar, de veintidós años, nativa de El Salvador, que trabajaba como criada de los Kruse. Su foto mostraba a una mujer joven, de rostro abierto, con cabello negro muy liso y ojos oscuros.

Víctima inocente, pronunció el comentarista, bajando su voz y rezumando ironía. Había huido de la guerra civil y pobreza de su tierra natal, empujada por el sueño de una vida mejor, sólo para hallar una muerte violenta, entre el lujo seductor de la ciudad de Los Ángeles…

Ese tipo de filosofía barata significaba que no sabía mucho de lo que hablaba.

Fui pasando de uno a otro canal, ansioso de información. Los tres informativos eran similares en estilo y falta de datos, con los periodistas de calle hablando con los comentaristas del estudio, en lugar de con la audiencia, preguntándose en voz alta si alguno de los pacientes de Kruse se habría vuelto homicida, o si simplemente era uno más de los hechos sangrientos que ocurrían al azar en L. A.

Absorbí predicciones acerca de las previsibles buenas ventas que iban a hacer las armerías y las tiendas de animales que ofrecían perros guardianes feroces.

Un periodista se llevó una mano a una oreja, y dijo:

– Un momento, vamos a escuchar una declaración de la policía.

La cámara pasó a Cyril Trapp, aclarándose la boca. Su camisa era de perfecto azul televisivo. Su cabello blanco brillaba como un casco de acero. Bajo los focos, su piel moteada era del color de las sábanas sucias. Su bigote se agitaba mientras se mordisqueaba la mejilla. Estableciendo contacto ocular con la cámara, leyó una declaración escrita en la que se prometía que la totalidad de los medios investigadores del Departamento de Policía de Los Ángeles serían empleados en la resolución de aquellos horribles asesinatos. Una sonrisa apretada y un agitar de la cabeza.

– Esto es todo lo que puedo revelar por el momento -y se marchó.

El periodista añadió:

– Pues ya está, Keith y Kelly. Esto fue una información en directo desde la escena del…

Apagué el televisor, preguntándome cómo sería que estuviera Trapp en la escena del crimen, y esperé que me llamase Milo, para informarme al respecto. Como a la una no me había llamado aún, me desnudé y me metí entre las sábanas, con la boca seca y tan tenso, que me dolía el paladar. Intenté probar con la respiración profunda, pero en lugar de relajarme, acabé poniéndome en un estado de hipersensibilidad, con los ojos muy abiertos. Abrazándome a la almohada como a una amante, traté de llenar mi mente con imágenes placenteras. No se me ocurrió ninguna. Finalmente, algo antes de la madrugada, logré hundirme en el sueño.

A la mañana siguiente, llamé a Milo a la comisaría, y me dijeron que aún estaba de vacaciones. No me contestó nadie en su casa.

Me dediqué al periódico de la mañana. A diferencia de lo ocurrido con la muerte de Sharon, los asesinatos de los Kruse estaban siendo tratados como noticias importantes: un gran titular, proclamando DOCTOR Y ESPOSA ASESINADOS hacía de bandera sobre la mitad superior de la página 3. Firmaba el artículo un periodista de redacción llamado Dale Conrad, un nombre que reconocí, porque en el pasado había cubierto temas sobre la ciencia del comportamiento…, generalmente haciendo trabajos más bien malos.

El artículo sobre los Kruse no era una excepción. A pesar de todo ese espacio de página, Conrad no había logrado saber nada sobre los asesinatos que no hubiese sido cubierto ya en las retransmisiones de la noche anterior. La parte principal del artículo era información biográfica sobre Kruse. Tenía sesenta años a la hora de su muerte, el doble de la edad de su esposa, a la cual el artículo describía únicamente como una ex-actriz. El lugar de nacimiento de Kruse había sido la ciudad de Nueva York, su familia era gente de dinero. Había sido nombrado oficial de complemento en Corea y destinado a una unidad de Guerra Psicológica, recibido su doctorado de una universidad en el sur de Florida, luego, ayudado por sus conexiones sociales y su columna en la prensa, se había montado una lucrativa consulta en Palm Beach, antes de trasladarse a California. Se destacaba su reciente nombramiento como Jefe del Departamento de Psicología, y se informaba que su predecesor, el Profesor Milton Frazier, había declarado que estaba anonadado por la muerte sin sentido de su estimado colega.

El asesinato de Lourdes Escobar sólo era reseñado en un último párrafo, añadido como para remediar un olvido: «También fue hallado el cadáver de la empleada de hogar».

Dejé el periódico. Nueva York, familia de dinero, conexiones con la buena sociedad… Todo me recordaba el falso pasado que se había creado Sharon.

¿Había sido una invención total? Con una madre estrella fracasada de Hollywood o no, ella había vivido como una chica rica: las ropas, el coche, la casa. Quizá Linda Lanier hubiese hecho dinero… El sueño de toda prostituta, realizado.

O quizá lo hubiera logrado de otro modo. Pasándole a su hija el usufructo de un pedazo selecto de ladera de colina, que en otro tiempo debió de ser de algún multimillonario muerto que la había empleado. Pero que aún seguía siendo propiedad de la multinacional de ese multimillonario, que lo había puesto a la venta al día siguiente mismo de la muerte de Sharon.

Demasiadas preguntas. Me estaba empezando a doler la cabeza.

Me vestí, cogí un bloc y un par de rotuladores, y salí de casa. Caminando cañada abajo, crucé Sunset y entré por el extremo norte del campus de la universidad. Eran las once y veinte cuando pasé por las puertas de la biblioteca de investigación.

Me dirigí directamente hasta la sección de referencias, jugueteé con el índice informatizado MELVYL, y hallé dos libros acerca de Leland Belding en los fondos de la universidad.

El primero era un volumen de 1949 titulado Diez Magnates. El segundo era El Multillonario Ermitaño de Seaman Cross. Sorprendido, porque pensaba que la editorial había recogido todos los ejemplares, anoté el número de petición, y comencé a buscar algo acerca de Lanier, Linda, pero no hallé nada.

Dejé el ordenador e hice un poco de investigación de baja tecnología: dos horas pasadas volviendo las páginas del índice de publicaciones periódicas. Tampoco había allí nada sobre Linda Lanier, pero si más de un centenar de artículos sobre Leland Belding, que se extendían desde mediados de los treinta a mediados de los setenta. Seleccioné lo que esperaba fuese media docena de referencias representativas, y luego tomé el ascensor hasta las estanterías de libros y comencé a buscar sus fuentes. Hacia las dos treinta estaba encastillado en un cubículo de lectura en el cuarto piso, rodeado por montones de revistas encuadernadas.

Los artículos más antiguos acerca de Belding se encontraban en revistas de la industria aeronáutica, escritos mientras el magnate aún tenía poco más de la veintena. En ellos, se alababa a Leland Belding como un prodigio técnico y financiero, un genio del diseño de aeroplanos y equipo auxiliar, con tres patentes a su nombre por cada año de su vida. En cada uno de ellos era empleada la misma fotografía, una imagen publicitaria, acreditada a la L. Belding Industries: el joven inventor sentado en la carlinga de uno de sus aviones, con casco y anteojos, y su atención fija en el panel de instrumentos. Un hombre apuesto, pero de aspecto frío.

La enorme fortuna de Belding, su precocidad, su apuesto pero infantil aspecto y su timidez lo convertían en un héroe apetecible para los medios de comunicación, y el tono de los artículos más antiguos de la prensa popular era casi reverencial. Un artículo lo nombraba el Soltero Más Apetecible de los EE.UU. de 1937. Otro lo designaba como lo más parecido a un príncipe heredero que hubiese producido América.

Un perfil de anteguerra en el Collier's resumía su ascenso a la fama: había nacido en una familia de mucho dinero, en 1910, siendo hijo único de una rica heredera de Newport, Rhode Island, y un vaquero de Texas convertido en gentilhombre ranchero.

Otra foto oficial de empresa: Belding parecía asustado de la cámara, y estaba de pie, en mangas de camisa enrolladas hasta los codos, con una gran llave inglesa en una mano, junto a una gigantesca pieza de maquinaria en acero. A la edad de treinta años había adquirido un aspecto monacal: frente alta, boca sensible, gafas de cristales gruesos que no podían ocultar la intensidad de sus ojos redondos y oscuros. Un Midas de los tiempos modernos, según el artículo, representando lo mejor del ingenio estadounidense combinado con la buena vieja virtud del trabajo duro. Aunque había nacido con una cucharilla de plata sobre la lengua, Belding jamás había dejado que el metal perdiese su brillo: había practicado un horario laboral de veinte horas diarias y no le daba miedo ensuciarse las manos. Tenía una memoria fotográfica, conocía por su nombre a todos y cada uno de sus cientos de empleados, pero no soportaba a los tontos, ni tenía paciencia para las frivolidades de la buena sociedad y sus fiestas.

Su vida idílica de hijo único había sido cruelmente cercenada cuando sus padres habían perecido, en un accidente, mientras regresaban en coche, de una fiesta, a la casa que tenían alquilada en la isla española de Ibiza, justo al sur de Mallorca.

Otra capa de sedimento. Dejé de leer, traté de darle algún sentido a esto. Cuando vi que no podía, volví a la lectura.

En el momento del accidente, Belding tenía diecinueve años, estaba terminando sus estudios, en Stanford, de Física e Ingeniería. Los había abandonado, regresado a Houston para dirigir el negocio petrolero de la familia, y lo había expandido de inmediato para entrar en la fabricación de equipos de perforaciones petrolíferas, usando diseños que había desarrollado como proyectos de sus estudios. Un año más tarde había diversificado a la maquinaria pesada, había tomado lecciones de vuelo, demostrado tener un talento natural para el tema y aprobado fácilmente el examen para piloto. Y había empezado a dedicarse a la construcción de aviones. En cinco años había dominado la industria aeronáutica, inundando el campo con innovaciones técnicas.

En 1939 había consolidado sus propiedades en la Magna Corporation (nota de prensa de la empresa: «… si el señor Belding se hubiera graduado en Stanford, hubiera recibido un magna cum laude»), y trasladado de Texas a Los Ángeles, en donde había edificado las oficinas centrales del complejo de empresas, así como una fábrica de montaje de aviones, y un aeropuerto privado, en una enorme propiedad en las afueras, en El Segundo.

Los rumores acerca de una oferta pública de acciones había atraído la atención de los inversores en Bolsa, pero tal oferta jamás se había materializado, y Wall Street lo había lamentado sin tapujos, llamando a Lee Belding un simple vaquero que acabaría por abarcar más de lo que podía agarrar. Belding no ofreció comentario alguno a esta opinión, y siguió ramificándose a las navieras, los ferrocarriles, las propiedades inmobiliarias y la construcción.

Obtuvo un contrato para una ampliación del Ministerio del Trabajo en Washington, luego construido casas económicas en Kentucky, y una base militar en Nevada; después, se había enfrentado a la Mafia y a los Sindicatos, con el fin de crear La Casbah, el mayor y más ostentoso casino que jamás se había visto bajo el sol de Las Vegas.

Al llegar su treinta cumpleaños ya había incrementado treinta veces la fortuna heredada, era uno de los cinco hombres más ricos del país, y, desde luego, el más amante de permanecer oculto, rehusando conceder entrevistas y no asistiendo a acontecimientos públicos. La prensa se lo perdonaba: al hacerse el huidizo se convertía en un personaje más apetecible y les daba más libertad en sus especulaciones.

La intimidad, el más caro lujo…

No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando comenzó a agriarse la luna de miel que los Estados Unidos habían tenido con Leland Belding. Mientras la nación enterraba a sus muertos, y los trabajadores se enfrentaban a un incierto futuro, algunos periodistas de tendencias izquierdistas comenzaron a señalar que Belding había usado la guerra para convertirse en multimillonario, mientras seguía encerrado en su ático de las oficinas principales de la Magna Corporation.

Subsiguientes husmeos revelaron que, entre 1942 y 1945, el capital de la Magna Corporation se había cuadruplicado, debido a haber conseguido del gobierno millares de contratos militares. Magna había sido el principal suministrador de las Fuerzas Armadas en bombarderos, sistemas de navegación para aviones, armas antiaéreas, tanques y vehículos blindados, e incluso en raciones de rancho enlatadas y uniformes de los soldados.

En los editoriales habían empezado a aparecer calificativos tales como bandolero, explotador y sanguijuela de la clase obrera mientras que los comentaristas aseguraban que el lema de Leland Belding era siempre recibir, recibir, y nunca dar; un egoísta obsesionado por la acumulación de riqueza sin la menor traza de espíritu patriótico. Uno de los articulistas había señalado que jamás había hecho una donación a la caridad, que no había dado ni un centavo a los empréstitos de Guerra.

Pronto siguieron los rumores de corrupción…, pudiéndose leer entre líneas que todos aquellos contratos no habían sido conseguidos a base de presentar el pliego de oferta más bajo. Hacia 1947, los rumores se habían convertido en acusaciones y adquirido la suficiente credibilidad como para que el Senado de los EE.UU. les prestase oído. Había sido creado un Subcomité, al que se le había encargado la investigación de la génesis de los beneficios bélicos de Leland Belding y de hurgar en las interioridades de la Magna Corporation. Belding ignoró el furor y dedicó su talento al cine, se compró un estudio e inventó una cámara portátil que prometía revolucionar la industria.

En noviembre de 1947, el Subcomité del Senado realizó sus audiencias públicas.

Hallé un resumen de su actuación en una revista de negocios: un punto de vista conservador, sin fotos, todo él letra pequeña y árida prosa.

Pero no lo bastante árida como para ocultar la naturaleza escandalosa de la principal acusación contra Belding:

Que era menos un magnate de la industria que un chulo de lujo.

Los investigadores del Subcomité afirmaron que Belding había conseguido inclinar hacia su empresa la decisión de los contratos a base de preparar «fiestas locas» para los funcionarios de la Oficina de la Guerra, agentes de compras del Gobierno, legisladores. Esas orgías habían tenido lugar en aisladas casas de las colinas de Hollywood compradas por la Magna Corporation expresamente como «locales para fiestas», y en ellas había películas porno, ríos de alcohol, «petardos» de marihuana, así como espectáculos de danza y ballet acuático ejecutados por legiones de muchachas desnudas, «de moral dudosa».

Esas mujeres, que eran descritas como «profesionales de las fiestas», eran aspirantes a actrices, elegidas por el hombre que regia el estudio de Belding, un «antiguo consultor de negocios» llamado William Houck (alias Billy) Vidal.

Las audiencias habían durado más de seis meses; luego, de modo gradual, lo que había prometido ser una historia jugosa había empezado a marchitarse. Al comité le resultó imposible presentar testigos de las famosas fiestas, como no fueran los competidores comerciales de Belding, que testificaban de oídas y se derrumbaban al ser interrogados por los representantes de la otra parte. Y el multimillonario en persona se negó a testificar, a pesar de las citaciones al respecto, alegando la posibilidad de poner en peligro la seguridad nacional. Y en esto le había apoyado el Departamento de Defensa.

Billy Vidal sí que se presentó…, en compañía de la flor y nata del talento legal. Negó que su función principal fuera el buscarle mujeres a Leland Belding, se describió a sí mismo como un consultor de negocios para la industria cinematográfica, un hombre de éxito, con oficinas en Beverly Hills antes de conocer a Leland Belding, y había aportado documentos demostrándolo. Su amistad con el joven magnate se había iniciado cuando ambos eran estudiantes en Stanford, y él era un gran admirador de Belding. Negó toda implicación en nada ilegal o inmoral. Y una legión de testigos le apoyaron. Se prescindió de Vidal.

Cuando las citaciones para presentar los libros de contabilidad de la empresa fueron rechazadas por la Magna, de nuevo amparándose en la seguridad nacional, y esta vez con el apoyo tanto del Departamento de Defensa como del de Estado, el Subcomité llegó a una vía muerta, y a su vez murió.

Los senadores intentaron evitar el ridículo a base de hacerle una suave reprimenda a Leland Belding, tomando nota de sus valiosas aportaciones a la defensa nacional, pero sugiriéndole que, en el futuro, fuese más cuidadoso con su contabilidad. Luego, asignaron a unos funcionarios, para que recopilasen un informe en base a lo tratado en las audiencias, y votaron su autodisolución. Los cínicos hicieron notar que, en vista de que una de las acusaciones era que ciertos miembros del Congreso habían estado en las listas de invitados a las fiestas de Belding, todo aquello no había sido otra cosa que el típico ejemplo de que no se puede poner a los lobos de centinelas en el gallinero. Pero, llegados a este punto, el tema ya no le interesaba realmente a nadie; ahora el país estaba henchido de optimismo, dedicado a la reconstrucción, y decidido a pasar una década jodidamente buena. Y si algunos divertidos vividores habían disfrutado de una cierta vida alegre, pues mejor para ellos.

Locales para fiestas. Una conexión con la industria del cine. Películas porno. Quería saber algo más sobre cómo había llegado el ruboroso Belding a esta vida tan disipada.

Pero antes de que pudiera regresar a la sección de índices para buscar si había algo acerca de William Houck Vidal, los altavoces del techo dieron el aviso de que la biblioteca iba a cerrar en quince minutos. Recogí mis dos libros y tantos periódicos sin leer como podía llevar y fui en línea recta hacia las fotocopiadoras, donde pasé los diez minutos siguientes echando monedas en una de las máquinas. Luego bajé y usé mi tarjeta de identidad de la Facultad para tomar prestados los libros. Armado con mis tesoros, me dirigí a casa.

21

Un Volkswagen Rabbit blanco estaba situado frente a mi aparcamiento, bloqueando al Seville. Una joven se hallaba recostada en él, leyendo un libro.

Cuando me vio, se irguió de un salto.

– ¡Hey! ¿Doctor Delaware?

– Sí.

– ¿Doctor Delaware? Soy Maura Bannon. Del Times? ¿El articulo sobre la doctora Ransom? ¿Me preguntaba si podría hablar con usted…, aunque sólo fuera un momento?

Era alta y delgada como un palo, de unos veinte años de edad, con una larga cara pecosa que necesitaba ser acabada. Vestía un chándal amarillo y zapatillas deportivas blancas. Su cabello, cortado a lo paje, estaba teñido de naranja, con tonalidades rosadas, del mismo color que las cejas que coronaban sus ojos marrón claro. Tenía unos dientes superiores claramente salidos, con demasiado espacio entre los incisivos superiores.

– ¿Cómo ha averiguado dónde vivo, señorita Bannon?

El libro que llevaba entre las manos era Ecos en la oscuridad de Wambaugh, que había marcado en varios puntos con papeles amarillos.

– Nosotros los periodistas tenemos nuestros métodos -me sonrió. Esto le daba el aspecto de tener unos doce años.

Cuando vio que yo no le devolvía la sonrisa, me dijo:

– Hay un dossier sobre usted en el periódico. De hace unos años. Cuando estuvo implicado en la captura de aquellos tipos que abusaban de niños.

La intimidad, el lujo más caro.

– Leyendo los recortes acerca de usted he visto que es una persona dedicada -me dijo-. Alguien a quien no le gustan las idioteces. E idioteces es lo que me están dando.

– ¿Quiénes?

– Mis jefes. Todo el mundo. Primero me dicen que me olvide del tema de la Ransom. Luego, cuando les pido cubrir el asesinato de los Kruse, se lo dan a ese memo de Dale Conrad… quiero decir que ese tipo jamás se levanta de su mesa. ¿Tiene tanto empuje como un caracol alimentado con sedantes? Cuando traté de entrar en contacto con el señor Biondi, su secretaria me dijo que había salido… que se había ido a la Argentina, a hacer un cursillo de español. ¿Y, luego, me pasó un encargo de él: que fuese a cubrir una historia sobre un caballo de circo… en Anaheim?

Una suave y cálida brisa soplaba de algún lugar del otro lado de la cañada. Agitó los puntos de su libro.

– ¿Una lectura interesante? -le pregunté, aguantando mis propios libros de modo que no pudiera ver los títulos.

– Fascinante. Yo quiero llegar a escribir sobre crímenes… ¿llegar hasta el corazón del bien y el mal? Así que necesito sumergirme en cuestiones de vida o muerte. Y creí que había de hacerlo con el mejor: este hombre fue policía, tiene una sólida base experimental. Y la gente de esta historia era tan extraña… exteriormente respetable pero totalmente enloquecida. ¿Como la gente en este caso?

– ¿Qué caso?

– En realidad, casos. ¿La doctora Ransom? ¿El doctor Kruse? Dos psicólogos muriendo la misma semana…, dos psicólogos que estaban relacionados el uno con el otro. ¿Si estaban relacionados en vida, quizá también lo estén en la muerte? Lo que puede querer decir que a la Ransom también la mataron, ¿no cree usted?

– ¿Cómo estaban relacionados?

Hizo un gesto como regañando a un niño pequeño, dando cachetitos en el aire.

– Venga ya, doctor Delaware, usted ya sabe de lo que le estoy hablando. Ransom fue una de las alumnas de Kruse. Más aún: una alumna aventajada. Y él fue el Presidente del Tribunal para su doctorado.

– ¿Cómo sabe eso?

– Tengo mis fuentes. Venga, doctor Delaware, deje de ser tan huidizo. Usted es un graduado del mismo programa. Y usted la conoció a ella, así que hay muchas posibilidades de que también lo conociese a él, ¿no?

– Muy eficiente.

– Sólo hago mi trabajo. ¿Ahora me hará el favor de hablar conmigo? No voy a abandonar esta historia.

Me pregunté cuánto sabría en realidad, y qué hacer con ella.

– ¿Quiere un café? -le pregunté.

– ¿Tiene té?

Una vez dentro de la casa dijo:

– Manzanilla, si tiene. -Inmediatamente empezó a examinar el decorado-. Bonito. Muy de L. A.

– Gracias.

Su mirada pasó sobre el montón de papeles y el correo sin abrir sobre la mesa y olisqueó. Me di cuenta de que el lugar había adquirido un olor agrio, de no vivir nadie allí.

– ¿Vive solo? -me preguntó.

– Por el momento. -Fui a la cocina, guardé mis materiales de investigación en un armario, le preparé una taza de té y para mí otra de café instantáneo, lo coloqué todo en una bandeja con crema de leche y azúcar, y lo llevé a la sala de estar. Ella estaba medio sentada medio echada en el sofá. Me senté frente a ella.

– En realidad -le dije-. Yo ya había salido del campus para cuando el doctor Kruse llegó a la Universidad. Me gradué el año antes.

– Dos meses antes -dijo ella-. En junio del 74. También encontré la tesina de usted.

Enrojeció, al darse cuenta de que había revelado sus «fuentes», y trató de recuperarse poniendo aspecto hosco:

– Aún apostaría a que usted lo conoció.

– ¿Ha leído la tesina de la Ransom?

– La he hojeado.

– ¿De qué hablaba?

Ella subió y bajó la bolsita de té en el agua y miró ésta oscurecerse.

– ¿Por qué no contesta a algunas de mis preguntas antes de que yo responda a las suyas?

Pensé en el aspecto que habían tenido los Kruse muertos. Y Lourdes Escobar, D. J. Rasmussen. Cadáveres amontonándose. Conexiones con las altas finanzas. Dinero con el que engrasar las ruedas.

– Señorita Bannon, no creo que sea bueno para usted el proseguir con este caso.

Dejó la taza sobre el plato.

– ¿Qué se supone que significa eso?

– Que el hacer ciertas preguntas puede resultar peligroso.

– ¡Anda que no! -dijo, alzando la vista al cielo-. No puedo creérmelo. ¿Proteccionismo sexista?

– El sexismo no tiene nada que ver con ello. ¿Qué edad tiene usted?

– ¡Eso no importa!

– Pues si que importa, en lo que se refiere a la experiencia.

– Doctor Delaware -dijo, poniéndose en pie-. Si todo lo que va a hacer es ponerse paternalista, me largo de aquí.

Esperé.

Se sentó.

– Para su información, le diré que he trabajado cuatro años como periodista.

– ¿En el periódico de la escuela?

Se ruborizó, esta vez más intensamente. Adiós, pecas.

– Tiene usted que saber que el trabajo en el colegio me llevó a una serie de historias sórdidas. Debido a una de mis investigaciones, dos empleados de la librería fueron despedidos por estafa.

– Felicidades. Pero ahora estamos hablando de un nivel totalmente distinto. No me gustaría que la enviasen de vuelta a Boston en una caja.

– ¡Venga ya! -exclamó, pero había miedo en sus ojos. Lo enmascaró con la indignación-. Creo que me equivoqué respecto a usted.

– Supongo que sí.

Caminó hasta la puerta. Se detuvo y dijo:

– Esto está podrido, pero no importa.

Dispuesta para la acción. Lo único que yo había hecho era abrirle el apetito.

– Puede que tenga usted razón… respecto a eso de que puede haber una conexión entre ambas muertes -le dije-. Pero, en este punto, lo único que tengo son suposiciones, nada que merezca la pena discutir.

– ¿Suposiciones? ¡También usted ha estado husmeando! ¿Por qué?

– Eso es personal.

– ¿Estaba usted enamorado de ella?

Bebí café.

– No.

– ¿Entonces por qué es tan personal?

– Es usted una jovencita enormemente entrometida.

– Eso es algo que lo provoca el ambiente, doctor Delaware. Y, si es tan peligroso, ¿cómo es que está bien que usted husmee?

– Yo tengo conexiones con la policía.

– ¿Conexiones con la policía? ¡No me haga reír! La policía es la que está encubriéndolo todo. Descubrí… gracias a conexión, que han hecho todo un Watergate en el caso de la Ransom. Todos los informes legales han desaparecido… como si nunca hubiera existido.

– Mi conexión es diferente. Fuera de la masa general. Honesto.

– ¿Ese tipo gay del caso de los niños violados?

Esto me cazó por sorpresa.

Pareció complacida consigo misma. Un pececillo dorado nadando contento por entre las barracudas.

– Quizá podamos cooperar -le dije.

Me ofreció lo que quería ser una sonrisa dura, de mujer entendida.

– ¡ Ah! ¿Llegó la hora de cepillar la espalda? Pero, ¿por qué iba yo a querer cooperar?

– Porque sin hacer tratos no va a ir usted a parte alguna… esto se lo aseguro. He descubierto alguna información con la que usted jamás se podrá hacer, material que no le serviría de nada en su estado actual. Yo voy a seguirle la pista. Le daré los derechos exclusivos de publicación, si el publicarlo no va a resultar perjudicial para su salud.

Pareció ultrajada.

– ¡Oh, esto es maravilloso! ¿Es correcto que el fuerte y grandote bravo vaya de caza, pero la squaw se quede a salvo dentro del tipi?

– Lo toma o lo deja, Maura. -Comencé a recoger las tazas.

– Esto hiere.

La despedí con un gesto.

– Entonces, hágalo a su manera. A ver qué saca en claro.

– Me está acorralando, y pasándoselo bien demostrando lo poderoso que es.

– ¿Quiere escribir usted sobre crímenes? Yo le ofrezco una posibilidad… no una garantía, de poder hacerse con una historia de crímenes. Y vivir lo bastante para verla impresa. Su alternativa es tirar hacia adelante como un búfalo que carga a ciegas; en cuyo caso o bien la despedirán de inmediato y la mandarán a casa en un vuelo económico, o facturarán en la bodega de carga, en el mismo estado físico en que quedaron los Kruse y su criada.

– La criada -dijo-. Nadie habla de ella.

– Eso es poique ella era de usar y tirar, Maura. Ni dinero, ni conexiones: basura humana, enviada directamente al montón del abono.

– Eso es muy crudo.

– Ésta no es una fantasía de quinceañera que quiere ser una detective como las de la tele.

Tamborileó con el pie, se mordió una uña.

– ¿Lo hacemos por escrito? -preguntó.

– ¿Hacer qué por escrito?