/ Language: Español / Genre:thriller

La Rama Rota

Jonathan Kellerman

Hay algo espectral en este caso. El suicidio de un violador de niños, una red oculta de pervertidos, todos ellos gente de clase alta, y una aterrada niña que podría atar cabos sueltos… si el psicólogo infantil Alex Delaware logra hacerle recordar los horrores de que ha sido testigo. Pero cuando lo hace, la policía parece falta de interés. Obsesionado por un caso que pone en peligro tanto su carrera como su vida, Alex queda atrapado en una telaraña de maldad, acercándose más y más a un antiguo secreto que hace que incluso el asesinato parezca un asunto limpio.

Jonathan Kellerman

La Rama Rota

Título original: When the Bough Breaks, 1985

© por la traducción, Luis Vigil, 1987

Alex Delaware – #1

1

Parecía que iba a ser un buen día, así que lo último de lo que hubiera querido oír hablar era de un asesinato.

Una fría corriente del Pacífico había recorrido la costa durante los dos últimos días, empujando la polución hacia Pasadena. Mi casa anida al pie de las colinas, justo al norte de Bel Air, y se halla sobre un viejo camino de herradura que serpentea alrededor de Beverly Green, allá donde la opulencia deja paso a la horterada más claramente asumida. Es un vecindario de Porsches y coyotes, de malos alcantarillados y arroyos desviados.

Mi casa, en sí, son ciento setenta metros cuadrados de madera de pino tratada, tejas desgastadas por el tiempo y vidrios emplomados. En los suburbios elegantes quizá la considerasen una casucha, pero aquí en las colinas es un refugio rural… nada distinguido, pero sí con muchas terrazas, espacios abiertos, ángulos placenteros y sorpresas visuales. La casa había sido diseñada por y para un artista húngaro que se había arruinado tratando de colocar triángulos policromáticos de gran tamaño en las galerías de arte de La Ciénaga. Aquella pérdida para el arte había sido en mi beneficio, vía la subasta de un tribunal de Los Ángeles. En un día bueno -como era hoy- el lugar incluía una vista del océano, un parche cerúleo que atisbaba tímidamente por encima de las Palisades.

Había dormido solo y con las ventanas abiertas, sin importarme ni los ladrones, ni los locos asesinos a lo Manson y me había despertado a las diez, desnudo y con la ropa de cama tirada al suelo durante algún sueño olvidado. Sintiéndome vago y saciado de sueño, me erguí sobre los codos, volví a cubrirme con la sábana y contemplé las capas acarameladas de luz solar que entraban por la puerta estilo francés. Lo que finalmente me hizo levantar fue la invasión de mi intimidad por un moscardón que alternativamente buscaba trozos de comida putrefacta por encima de la sábana o atacaba en picado mi cabeza.

Fui arrastrando los pies hasta el cuarto de baño y comencé a llenar una bañera, tras lo que hice el camino de la cocina, en pos de algún alimento, y llevándome al moscardón conmigo. Puse el café a hervir y el moscardón y yo compartimos un pastelillo de cebolla. Las diez y veinte de una mañana de lunes y sin ningún sitio al que ir, sin nada que hacer. ¡Oh, bendita decadencia!

Ya hacía casi medio año desde mi jubilación anticipada y aún me asombraba el ver lo fácil que había resultado la transición de triunfador hiperactivamente trabajador a perezoso indolente. Era obvio que aquello era algo que ya estaba dentro de mí desde el principio.

Regresé al baño, me senté en el borde de la bañera masticando y tracé un vago plan para el día: un baño tranquilo, una ojeada rápida al periódico de la mañana, quizá una carrerita cañón abajo y regreso, una visita a…

El timbre de la puerta me arrancó violentamente de mi ensoñación.

Me até una toalla alrededor de la cintura y fui hasta la puerta delantera, justo a tiempo de ver entrar a Milo.

– Estaba abierta -me dijo, cerrando la puerta de un fuerte empujón y lanzando el Times sobre el sofá. Me miró y yo me apreté el nudo de la toalla.

– Buenos días, hijo de la Naturaleza. Le hice un gesto para que entrara.

– Realmente deberías cerrar la puerta con llave, amigo mío. Tengo dossiers en la comisaría que ilustran con toda claridad lo que le sucede a la gente que no lo hace.

– Buenos días, Milo.

Fui hasta la cocina y serví dos tazas de café. Milo me siguió como una enorme sombra, abrió la nevera y sacó una bandeja con pizza fría que yo no recordaba haber metido allí. Vino tras de mí, de regreso al salón, se desplomó sobre mi viejo sofá de cuero, un objeto procedente del viejo consultorio abandonado de Wilshire, equilibró la bandeja en su regazo y estiró las piernas.

Cerré el agua del baño y me coloqué frente a él, en una otomana de piel de camello.

Milo es todo un hombretón: uno ochenta y cinco, noventa kilos… con esa forma que tienen los hombres grandes de desmadejarse y quedar con sus miembros colgando cuando dejan de estar de pie. Aquella mañana parecía un enorme muñeco de peluche, puesto sobre los cojines… un muñeco con una cara ancha y placentera, casi infantil, si no hubiera sido por las cicatrices del acné que le festoneaban la cara y los cansados ojos. Unos ojos que eran asombrosamente verdes, aunque ahora ribeteados de rojo, y que limitaban por arriba con unas cejas pobladas y una espesa mata de cabello oscuro muy a lo Kennedy. Su nariz era ancha y de puente alto y sus labios gruesos, infantilmente suaves. Unas patillas, que hacía cinco años habían dejado de estar de moda, bajaban por las señaladas mejillas.

Como era habitual en él, copiaba el modo de vestir de los Brooks Brothers: un traje de gabardina color verde aceituna, un jersey amarillo de botones, una corbata a rayas bronce y doradas, camisa de cuello abotonado. El efecto final era tan de yuppie como pudiera serlo el Pato Donald con un mono color rojo.

Me ignoró y se dedicó a la pizza.

– Me alegra que hayas logrado llegar a la hora del desayuno.

Cuando su plato estuvo vacío, me dijo:

– Y bien, ¿qué tal andas, chico?

– Hasta ahora andaba bien. ¿Qué puede hacer por ti, Milo?

– ¿Y quién te dice que yo quiera que me hagas algo? – expulsó algunas migas del regazo hacia la alfombra -. Quizá sólo se trate de una simple visita.

– El que entres así, sin haber llamado antes, y con esa expresión de perro de caza en la cara me dice que no es una simple visita.

– ¡Vaya una capacidad de intuición! -se pasó las manos por la cara, como lavándosela sin agua-. Necesito un favor.

– Puedes coger el coche. No lo necesitaré hasta la noche.

– No. Esta vez no es eso. Necesito tus servicios profesionales.

Eso me hizo sobresaltar.

– No estás ya en las edades de las que yo me ocupaba – le contesté-. Además, ya no practico mi profesión.

– No bromeo, Alex. Tengo a uno de tus colegas tendido en una de las camillas de la morgue. Un tipo llamado Morton Handler.

Recordaba el nombre, pero no la cara.

– Handler es un psiquiatra.

– Psiquiatra o psicólogo, en estos momentos eso es una pequeña distinción semántica. Lo que ahora es él es un cadáver. Con el cuello cortado y algo de evisceración para acabar de completar el trabajo. Está junto a una amiga a la que le han dado el mismo tratamiento, pero peor: mutilación sexual, la nariz cortada. El lugar en donde lo hicieron, su casa, parece un matadero.

Dejé mi taza de café.

– De acuerdo, Milo, ya he perdido el apetito. Ahora dime qué tiene que ver todo esto conmigo.

Prosiguió como si no me hubiera oído.

– Me llamaron para que me hiciera cargo del caso a las cinco de la madrugada y desde entonces he estado metido hasta la rodilla en sangre y otras porquerías. Había un hedor terrible… la gente huele muy mal cuando muere. Y no te estoy hablando de la podredumbre, sino del hedor que sueltan antes de empezar a pudrirse. Pensaba que ya me había acostumbrado a ello; pero de vez en cuando me llega un poco de olor de ése y se me mete aquí -se clavó el índice en la barriga -. ¡A las cinco de la madrugada! Dejé a un amante muy irritado en la cama. Me parece tener la cabeza a punto de explotar. ¡Picadillo de carne a las cinco de la madrugada! ¡Jesús!

Se puso en pie y miró por la ventana, con la vista por encima de las copas de los pinos y los eucaliptus. Desde donde yo me hallaba podía ver humo subiendo en espiras indolentes desde alguna chimenea lejana.

– Realmente es muy bonito aquí arriba, Alex. ¿No te cansa nunca el estar en el paraíso y sin nada que hacer?

– No tengo ni una pizca de aburrimiento.

– Claro, supongo que no. Y no querrás oír hablar más de Handler y la chica.

– Deja de jugar al pasivo- agresivo, Milo, y escúpelo ya. Se volvió y me miró desde su altura. El grande y feo rostro mostraba nuevas señales de fatiga.

– Estoy deprimido, Alex -tendió su taza vacía como si fuera una especie de crecido y desencajado Oliver Twist-. Y es por eso por lo que voy a necesitar un poco más de esta bazofia inmunda.

Tomé la taza y se la volví a llenar. Se la bebió con gorgoteos muy audibles.

– Tenemos a un posible testigo. Una chica pequeña que vive en el mismo edificio. Está bastante confusa, insegura acerca de lo que vio. Le di una mirada y pensé en ti. Podrías hablar con ella, quizá probar con un poco de hipnosis para potenciar sus recuerdos.

– ¿No estudiáis Ciencias del Comportamiento justo para eso?

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un puñado de polaroids.

– Mira estas maravillas.

Miré las fotos por no más de un segundo. Lo que vi me revolvió el estómago. Se las devolví de inmediato.

– ¡Por lo que más quieras, no me enseñes cosas como ésas!

– Vaya una porquería, ¿no? Sangre y vísceras -vació la taza, inclinándola mucho para atrapar las últimas gotas -. Las Ciencias del Comportamiento sólo las ha estudiado un tipo del cuerpo que se pasa el día ocupado echando a los tipos raros que hay en el Departamento de Policía. Y su siguiente prioridad es hacer de consejero para los tipos raros que logran colársele. Si llenase una solicitud para solicitar ese tipo de ayuda, me pedirían que llenase otro impreso, como única respuesta. No quieren hacer cosas como ésa. Además, no saben nada acerca de niños. Tú sí.

– Pero yo no sé nada de homicidios.

– Olvídate del homicidio, eso es cosa mía. Tú habla con esa niña de siete años.

Dudé. Él tendió las manos. Las palmas eran blancas, estaban bien lavadas.

– ¡Oye, no espero que me lo hagas del todo gratis! Te invitaré a comer. Hay un restaurante italiano, clasificable entre lo mediano y lo aceptable, con unos gnocchi sorprendentemente buenos no muy lejos de…

– ¿El matadero? -hice una mueca-. No, gracias. Además, no se me puede comprar con un poco de pasta.

– Entonces, ¿qué puedo ofrecerte como soborno? Lo tienes todo… una casa en las colinas, un coche bonito, el vestuario de Ralph Lauren con zapatillas de footing a juego. ¡Cristo, si has logrado jubilarte a los treinta y tres y tienes un maldito tono moreno perpetuo! Sólo el hablar de todo ello ya me está poniendo de mal humor.

– Sí, pero, ¿soy feliz?

– Sospecho que sí.

– Tienes razón -pensé en las sangrientas fotos -. Y desde luego no necesito un pase gratuito para la cámara de los horrores del Museo de Cera.

– ¿Sabes? -dijo-. Apostaría que, bajo toda esa complacencia, se esconde un hombre joven muy aburrido.

– ¡Tonterías!

– ¡Nada de tonterías! ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Seis meses?

– Cinco y medio.

– Pues cinco y medio. Cuando te conocí… no, corrijo eso: poco después de que te conociera, eras un chico vibrante, con mucha energía, montones de opiniones. Tu mente trabajaba. Ahora de lo único que te oigo hablar es de bañeras calientes, de lo rápido que puedes correr un maldito kilómetro, de los distintos tipos de amaneceres que se pueden ver desde tu terraza… para hablar en tu jerga, eso es una regresión. Unos pantaloncitos cortos monísimos, patinaje sobre ruedas, jugar en el agua. Como la mitad de la gente de por aquí, estás funcionando al nivel mental de un niño de seis años.

Me eché a reír.

– Y tú me estás haciendo esa oferta… eso de meterme en medio de la sangre y la porquería, como una especie de terapia ocupacional.

– Alex, puedes gastarte el culo tratando de conseguir llegar al Nirvana a través de la Absoluta Inercia, pero no te va a funcionar. Es como decía Woody Allen en aquella película: si uno se endulza demasiado la vida, madura demasiado pronto y se pudre.

Me di palmadas en mi pecho desnudo.

– Aún no hay señales de podredumbre.

– Es algo interno, que llega desde dentro y aparece cuando uno menos se lo espera.

– Muchas gracias, doctor Sturgis.

Me lanzó una mirada de disgusto, fue hacia la cocina y regresó con la boca clavada en una pera.

– Es buena.

– Que te aproveche.

– De acuerdo, Alex. Olvídalo. Tengo a ese psiquiatra muerto y a esa chica, Gutiérrez, cortada en pedacitos. Tengo una niña de siete años que podría haber oído o visto algo, pero que tiene demasiado miedo como para poder aclararse. Te pido un par de horas de tu tiempo, y el tiempo es de lo que más te sobra, y lo único que obtengo son tonterías.

– ¡Alto ahí! No he dicho que no lo vaya a hacer. Pero tienes que darme tiempo para asimilarlo. Me acabo de despertar y tú entras de repente en mi casa y me dejas caer encima un doble asesinato.

Sacó su muñeca de debajo de la manga de la camisa y atisbo su Timex.

– Las diez treinta y siete. Mi pobre niño -me lanzó una mirada asesina y le dio un bocado a la pera, cayéndole el jugo por la barbilla.

– En cualquier caso, podrías recordar la última vez que tuve algo que ver con las cosas de la policía: fue traumático.

– Eso fue pura casualidad. Y tú fuiste una víctima, por así decirlo. No estoy interesado en mezclarte en esto. Sólo quiero que estés una hora o dos hablando con la pequeña. Y, como ya te he dicho, que pruebes con algo de hipnosis si te parece adecuado. Luego nos podremos comer esos gnocchi. Volveré a mi casa y trataré de reclamar los favores de mi amado, y tú quedarás libre para regresar a este, tu castillo en las nubes. Y fin. Luego, dentro de una semana, nos reuniremos para un acontecimiento puramente social, como zamparnos algo de sashimi en un restaurante japonés. ¿Vale?

– ¿Qué es lo que realmente vio la niña? -pregunté, mientras veía mi día de relajación escaparse por la ventana.

– Sombras, voces, dos tipos, quizá tres. Pero, ¿quién lo sabe en realidad? Es una niñita y está totalmente traumatizada. La madre está igualmente aterrada y, a primera impresión, no me ha parecido que sea ninguna física nuclear. No supe cómo lograr hacerme entender. Alex, traté de ser amable, de no presionarlas. Hubiera sido útil el poder contar con algún agente de los de la protección juvenil, pero no tenemos demasiados de ésos. El Departamento prefiere seguir contratando más y más agentes chupatintas, aunque ya los haya por docenas. Mordisqueó la pera hasta llegar al corazón.

– Sombras, voces. Eso es todo. Tú eres un especialista en lenguaje ¿no? Tú sabes cómo comunicarte con los pequeñitos. Si puedes conseguir que se te abra, estupendo. Si logra darte algo que se parezca a una identificación, fantástico. Si no, así estarán las cosas y al menos lo habremos intentado.

Especialista en lenguaje. Había pasado ya mucho tiempo desde que yo mismo había empleado esa frase… allá en las postrimerías del asunto Hickle, cuando de repente, me había hallado a mí mismo rodando fuera de todo control, con las caras de Stuart Hickle y de todos los niños a los que había hecho daño danzando dentro de mi cabeza. Milo me había llevado de copas. Y, hacia las dos de la madrugada, se había preguntado el motivo por el que los niños habían dejado que las cosas llegaran hasta aquel punto.

– No hablaron porque nadie sabía cómo escucharles – le dije-. De todos modos, ellos pensaban que la culpa era suya.

– ¿Si? -alzó la cara, con ojos cansinos, agarrando su jarra de cerveza con ambas manos-. Oigo cosas así cuando hablo con las chicas de juvenil.

– Ése es el modo en que piensan cuando son pequeños, unos egocéntricos. Es como si fueran el centro del universo. Mami resbala y se parte una pierna. Ellos se culpan a sí mismos.

– ¿Y cuánto dura eso?

– En alguna gente nunca desaparece. Para el resto de nosotros se trata de un proceso gradual. Cuando cumplimos los ocho o nueve, vemos las cosas con más claridad… pero, a cualquier edad, un adulto puede manipular a los niños, convencerles de que lo que pasa es por su culpa.

– Tontos -murmuró Milo-. Entonces, ¿cómo te las apañas para arreglarles el coco?

– Hay que saber cómo piensan los chicos a las distintas edades. Sus estadios de desarrollo. Hablas su idioma. Te conviertes en un especialista en lenguaje.

– ¿Eso es lo que tú haces?

– Eso es lo que yo hago.

Unos minutos más tarde preguntó:

– ¿Crees que el sentimiento de culpabilidad es malo?

– No necesariamente. Forma parte de eso que nos tiene en pie. Sin embargo, si se tiene mucho puede dejarle a uno baldado.

Asintió con la cabeza.

– Aja, me gusta eso que dices. Los comecocos siempre dicen que la culpa es algo que no hay que sentir. En cambio, tu opinión me parece más correcta. Te diré una cosa, no nos iría mal con un poco más de sentimiento de culpabilidad. El mundo está lleno de jodidos salvajes enloquecidos…

En aquel momento no había forma de que yo pudiera discutirle eso.

Hablamos un poco más. El alcohol tiraba de nuestra consciencia y empezamos a reír, luego a llorar. El barman dejó de secar los vasos y se puso a mirarnos.

Había sido un período bajo, gravemente bajo, de mi vida y recordaba quién había estado a mi lado para ayudarme a superarlo.

Contemplé a Milo y le vi mordisquear los últimos pedacitos de pera, con unos dientes curiosamente pequeños y afilados.

– ¿Dos horas? -le pregunté.

– A lo sumo.

– Dame una hora o así para prepararme y acabar unas cosas.

El haberme convencido para que le ayudara no parecía haberle animado mucho. Asintió con la cabeza y suspiró cansinamente.

– De acuerdo. Iré a comisaría y me ocuparé de mi trabajo pendiente -nueva consulta a su Timex-. ¿A mediodía?

– Perfecto.

Fue hasta la puerta, la abrió, salió al porche y lanzó el corazón de la pera sobre la baranda, hacia la maleza que había abajo. Empezando a bajar las escaleras se paró a la mitad y volvió la vista hacia mí. La brillante luz del sol le dio en el marcado rostro y lo convirtió en una máscara pálida. Por un momento, temí que fuera a ponerse sentimental.

No debía haberme preocupado.

– Escucha, Alex, ya que vas a quedarte aquí… ¿puedo tomar prestado ese Caddy? Eso está empezando a caerse a pedazos -señaló acusadoramente a su viejo Fiat-. Ahora es el starter.

– Lo que pasa es que estás enamorado de mi coche – entré en la casa, tomé el juego extra de llaves y se las tiré.

Las cazó al vuelo como un campeón de béisbol, abrió la puerta del Seville y se apretujó en el interior, ajustando el asiento para poder meter sus largas piernas. El motor se puso en marcha de inmediato, ronroneando con vigor. Con todo el aspecto del quinceañero que va por primera vez a una fiesta con el cacharro de su padre, se perdió al otro lado de la colina.

2

Mi vida había sido frenética desde la adolescencia: estudiante de sobresaliente para arriba, había entrado en la universidad a los dieciséis, pagándome los estudios trabajando de guitarrista, y había logrado un doctorado en la Universidad de California de Los Ángeles en Psicología Clínica, a la edad de veinticuatro. Había aceptado entrar como interno al norte, en el Instituto Langley Porter, y luego había regresado a Los Ángeles a completar un curso postdoctoral en el Centro Médico Pediátrico del Oeste. Acabado ya mi entrenamiento había conseguido un puesto en el cuadro médico del hospital y simultáneamente un puesto como profesor en la Facultad de Medicina afiliada al Centro Médico. Había visitado a montones de pacientes y publicado montones de artículos científicos.

A los veintiocho era ayudante de cátedra de Pediatría y Psicología y director de un programa de apoyo a los jóvenes enfermos. Tenía un título demasiado largo como para que mis secretarias pudieran memorizarlo y no dejaba de publicar artículos, construyéndome una torre de papel en cuyo interior vivía yo: estudios de casos, experimentos controlados, prospecciones, monografías, capítulos de libros de texto y un esotérico volumen, del que era autor en solitario, acerca de los efectos psicológicos de las enfermedades crónicas en los niños.

Mi estatus era exaltado, la paga no tanto. Empecé a hacer horas extra, buscándome pacientes privados en un consultorio realquilado a un analista de Beverly Hills. El número de mis pacientes fue en incremento, hasta que me encontré trabajando sesenta horas a la semana y corriendo entre el hospital y la consulta como una hormiga obrera enloquecida.

Entré en el mundo de los que estafan en los impuestos tras descubrir que, sin algunos olvidos y triquiñuelas legales, iba a estarle pagando a Hacienda más de lo que yo consideraba un buen sueldo anual. Contraté y despedí contables, compré terrenos en California, antes del boom y los vendí con unos beneficios de escándalo, comprando más. Me convertí en propietario de una casa de apartamentos que yo mismo controlaba: otras cinco a diez horas a la semana. Mantenía a un batallón de personal de servicios: jardineros, fontaneros, pintores y electricistas. Recibía montones de calendarios de Navidad.

A la edad de treinta y dos años llevaba un régimen de trabajo ininterrumpido que me tenía al borde de la extenuación, agarrando unas pocas horas de nervioso sueño de vez en cuando y levantándome para trabajar un poco más. Me dejé barba, para ahorrarme los cinco minutos del afeitado por las mañanas. Cuando me acordaba de comer, era comida de las máquinas expendedoras del hospital y la tragaba apresuradamente, mientras corría por los pasillos, con la bata blanca ondeando al viento, el bloc de notas en una mano, cual si fuera un increíble loco de la velocidad. Era un hombre poseído por una misión… aunque fuera una misión totalmente estúpida.

Era un hombre de éxito

En una vida como ésa, quedaba bien poco tiempo para el romance. Tuve alguna que otra relación carnal, frenética y sin significado, con enfermeras, doctoras internas, estudiantes graduadas y trabajadoras sociales. Sin olvidar a la secretaria cuarentona, de estupendas piernas, que, si me hubiera parado a pensar, me hubiera dado cuenta que no era mi tipo, que me cautivó durante veinte minutos de estremecimientos tras las estanterías repletas de archivadores del almacén de historiales clínicos.

De día eran reuniones de comité, trabajo burocrático, tratar de solucionar los pequeños enfrentamientos del equipo y más papeleo. Por la noche era enfrentarse con la marea de quejas paternas a las que llega a acostumbrarse el terapeuta infantil y dar ayuda y aliento a los pequeños atrapados en el fuego cruzado.

En mi tiempo libre recibía las quejas de los inquilinos, hojeaba el Wall Street Journal para medir mis pérdidas y ganancias y me abría paso entre montañas de cartas, la mayor parte de ellas de tipos de buen traje y sempiterna sonrisa que, al parecer, tenían el método infalible para hacerme rico. Fui nombrado Joven Excepcional, por una gente que, al parecer, lo que buscaban era venderme por cien dólares su directorio, encuadernado en piel, de los otros individuos similarmente honrados. A mitad del día había momentos en los que, de repente, me resultaba difícil respirar, pero no hacía caso de aquello: estaba demasiado ocupado como para poder dedicarme a la introspección.

En este remolino entró Stuart Hickle.

Hickle era un hombre silencioso, un técnico de laboratorio jubilado. Tenía todo el aspecto del vecino amable de las comedias costumbristas: alto, algo encorvado, cincuentón, amante de los jerseys gruesos y las pipas. Sus gafas de carey grueso colgadas de lo alto de una delgada y respingona nariz protegían unos ojos amables, del color del agua sucia. Tenía una sonrisa benigna y modales avunculares.

También tenía un apetito malsano por manosear las partes más privadas de los niños.

Cuando la policía logró por fin cazarlo, confiscaron unas quinientas fotos en color de Hickle haciendo de las suyas con docenas de niños y niñas de dos, tres, cuatro y cinco años; blancos, negros, hispánicos. No tenía manías en cuestiones de sexo o raza. Sólo le interesaban la edad y la imposibilidad de defenderse.

Cuando vi las fotos lo que me impresionó no fue su crudeza gráfica, a pesar de que eso ya resultaba suficientemente repulsivo. Fue la mirada en los ojos de los niños… una vulnerabilidad aterrada y, sin embargo, consciente. Era una mirada que decía: sé que esto está mal, ¿por qué me está sucediendo a mí? La mirada estaba en todas y cada una de las fotos, hasta en los ojos de las víctimas más pequeñas.

Era una personificación de la violación.

Me dio pesadillas.

Hickle tenía un acceso privilegiado a los pequeños. Su esposa, una huérfana coreana a la que había conocido cuando era soldado en Seúl, tenía un jardín de infancia muy concurrido, en el elegante barrio de Brentwood.

El Rincón de Kim tenía una sólida reputación como el mejor lugar en el que dejar a tus crios cuando uno tenía trabajo, o diversión, o, simplemente, quería estar solo. Cuando estalló el escándalo ya llevaba en funcionamiento desde hacía una década y, a pesar de las pruebas, hubo mucha gente que rehusó creer que la guardería hubiera servido como paraíso para los rituales pedofílicos de alguien.

El jardín de infancia había estado situado en un lugar muy alegre, ocupando una gran casa de dos pisos en una calle tranquila y residencial, no muy lejos de la universidad. En su último año cuidaba de unos cuarenta niños, la mayoría de ellos de familias de buena posición. La mayor parte de los niños al cuidado de Kim Hickle eran muy pequeñitos, porque ella era una de las pocas encargadas de guardería que aceptaba niños que aún no supieran hacer sus necesidades por sí solos.

La casa tenía un sótano -cosa rara en una zona con terremotos- y la policía había pasado mucho tiempo en aquella sala húmeda y cavernosa. Allí habían encontrado un viejo camastro militar, una nevera, un lavabo herrumbroso y cinco mil dólares en equipo fotográfico. El camastro mereció un escrutinio más a fondo, pues sirvió como base de una buena serie de fascinantes pruebas forenses sobre cabellos, sangre, sudor y semen.

La prensa se ocupó del caso Hickle con predecible interés. Aquél era un caso con mucho jugo, que incidía sobre los miedos primigenios de cualquiera, trayendo memorias del hombre del saco y los demás monstruos de cualquier niñez. Las noticias de la tarde de la tele habían tenido como protagonista a Kim Hickle huyendo de una muchedumbre de periodistas, con las manos sobre la cara. Clamaba su inocencia, su ignorancia. No había prueba alguna de complicidad, así que le cerraron la guardería, le revocaron la licencia y la dejaron estar. Ella puso una demanda de divorcio y partió con destino desconocido.

Yo tenía mis dudas acerca de su inocencia. Había visto bastantes de aquellos casos como para no saber que las esposas de los que molestan a los niños a menudo juegan un papel, explícito u oculto, en el montaje de aquellas sucias acciones. Habitualmente se trataba de mujeres que consideraban el acto sexual y la intimidad física como algo aborrecible y, con el fin de liberarse de sus tareas conyugales, acostumbraban a ayudar a sus hombres a hallar un sustituto. Podía incluso llegar a ser una parodia cruel de aquellos chistes sobre harenes… yo había visto un caso en el que el padre se había estado llevando a la cama, de modo regular, a tres de sus hijas, con mami llevando el control de la rotación.

También me resultaba difícil creer que Kim Hickle estuviera jugando arriba al Lego con los niños, sin enterarse de que abajo estaba Stuart molestándoles. No obstante, ellos la dejaron marchar.

En cuanto a Hickle, lo echaron a los lobos. Las cámaras de la televisión no se perdieron ni una sola imagen.

Hubo montones de interrupciones en el programa habitual para dar las últimas noticias del caso, repletas de entrevistas con los más charlatanes de mis colegas, y varios editoriales acerca de los derechos de los niños.

La palabrería duró dos semanas, luego la historia perdió atractivo y fue sustituida por la información de otras atrocidades, pues no faltan las historias poco agradables en Los Ángeles. La ciudad pare fealdad como un insecto predador pare sus larvas ensangrentadas.

A mí me consultaron en relación con el caso, a las tres semanas de la detención. Ahora la historia ya estaba en las páginas de atrás de los periódicos y alguien pensó al fin en las víctimas.

Las víctimas estaban pasando por un verdadero infierno.

Los niños se despertaban gritando en medio de la noche. Bebés que ya habían aprendido a hacer sus necesidades comenzaron de nuevo a cagarse encima. Niños que antes eran modositos y bien educados empezaron a pegar, morder y dar patadas sin provocación alguna. Y se daban muchos dolores de tripa y síntomas físicos ambiguos, así como los clásicos síntomas de la depresión: pérdida del apetito, inquietud, ensimismamiento, sensación de no valer nada.

Los padres estaban sumidos en un sentimiento de culpa y vergüenza, viendo o imaginando las miradas acusadoras de los familiares y amigos. Esposos y esposas se culpaban unos a otros. Algunos de ellos malcriaban a los niños agredidos, a base de mimarlos, incrementando así la inseguridad de sus hijos y molestando a sus hermanos. Más tarde, algunos de estos hermanos y hermanas llegaron a admitir haber deseado que también los hubieran molestado a ellos, con el fin de haber sido así merecedores del tratamiento especial. Luego, se habían sentido culpables por haber pensado en aquellas cosas.

Familias enteras se estaban viniendo abajo, aunque buena parte de su sufrimiento quedaba oscurecido por el ansia de sangre que el público mostraba en el caso, pidiendo la cabeza de Hickle. Y las familias podrían haber quedado para siempre en la oscuridad, hundidas en su confusión, culpa y miedo, de no haber sido por el hecho de que la tía abuela de una de las víctimas era una filántropa, miembro del Comité del Centro Médico Pediátrico del Oeste. La señora no dudó en preguntar, tan alto como le fue posible, por qué infiernos no estaba haciendo nada al respecto el hospital y que, en cualquier caso, dónde estaba el sentimiento de servicio al público de la institución. El presidente del Comité había aceptado la sugerencia de inmediato, viendo en ello la oportunidad de lograr una buena cobertura de su actuación por parte de la prensa. La última historia publicada sobre el Centro Médico había sido acerca de la aparición de salmonella en la ensalada de col de la cafetería, así que un poco de buena publicidad iba a ser bien recibida.

El director médico mandó una nota de prensa anunciando un programa de rehabilitación psicológica para las víctimas de Stuart Hickle, conmigo como terapeuta. La primera noticia que tuve de mi nombramiento fue cuando lo leí en el Times.

Cuando a la mañana siguiente llegué a su oficina, me hicieron pasar de inmediato. El director, un cirujano pediatra que llevaba ya veinte años sin operar y que había adquirido la untuosidad del burócrata bien alimentado, estaba sentado, sonriente, tras un reluciente escritorio del tamaño de un campo de hockey.

– ¿Qué es lo que pasa, Henry? -le dije, blandiendo el periódico.

– Siéntate, Alex. Estaba a punto de llamarte. El Comité decidió que eras perfecto, pluscuamperfecto, para este trabajo. Es un caso que requiere urgencia.

– Me halagan.

– El Comité recordó el maravilloso trabajo que llevaste a cabo con los Browning.

– Los Brownell.

– Sí, los comosellamen.

Los cinco niños de la familia Brownell habían sobrevivido al accidente de una avioneta que se había estrellado en las sierras y en el que habían muerto sus padres. Habían sufrido traumas físicos y psíquicos… expuestos a los elementos, medio muertos de hambre, amnésicos, mudos. Había trabajado con ellos durante dos meses y los papeles se habían enterado de la historia.

– ¿Sabes, Alex? -me estaba diciendo el director-. A veces, en medio de los trabajos por tratar de sintetizar la alta tecnología y en medio del pleno heroísmo que es tan fundamental a buena parte de la moderna medicina, resulta que uno pierde de vista el factor humano.

Era un perfecto pequeño discurso. Esperaba que recordase aquello cuando llegase el momento de preparar los presupuestos para el próximo año.

Siguió haciéndome la pelota, hablando de la necesidad de que el hospital estuviera «a la vanguardia de las empresas humanitarias», luego sonrió y se inclinó hacia adelante.

– Además, me imagino que hay una buena posibilidad de realizar investigaciones en este caso… digamos que te puede dar al menos para un par de artículos, a publicar en junio.

Junio era cuando me presentaba a oposiciones para obtener mi propia cátedra. Y el director estaba en el Comité de Selección de la Facultad de Medicina.

– Henry, tengo la impresión de que estás apelando a mis más bajos instintos.

– ¡Jamás se me ocurriría tal cosa! -me guiñó el ojo en plan cómplice-. Nuestro principal interés se halla en ayudar a esos pobres, pobres niños.

Agitó la cabeza.

– Es un asunto realmente repugnante. A ese hombre habría que castrarlo. Pura justicia de cirujano.

Me volqué, con mi acostumbrada monomanía, en el planteamiento del programa de tratamiento. Recibí permiso para llevar a cabo las sesiones de terapia en mi consulta privada, tras prometer que el Centro Médico se llevaría todos los honores.

Mi objetivo era lograr que las familias expresasen todos los sentimientos que habían mantenido bajo llave desde que habían salido a la luz los rituales subterráneos de Hickle, y ayudarles a compartir unos con otros esos sentimientos, con el fin de que vieran que no estaban solos. La terapia estaba pensada como un programa intensivo de seis semanas, usando grupos: los padres, los niños, sus hermanos y múltiples familias, así como tantas sesiones individuales cual fueran precisas. El ochenta por ciento de las familias se apuntaron y ni una sola lo dejó correr. Nos encontrábamos por la noche en mi consulta de Wilshire, cuando el edificio estaba vacío y silencioso.

Había noches en las que salía de las sesiones física y emocionalmente depleto, tras oír cómo la angustia fluía cual sangre de una herida abierta. Que nadie se atreva a decir lo contrario: la psicoterapia es una de las tareas más agotadoras que conozca la Humanidad. Yo he llevado a cabo toda clase de trabajos, desde recolectar zanahorias bajo el ardiente sol hasta sentarme en comités nacionales en lujosas salas de juntas, y no hay nada que pueda compararse al enfrentarse con la miseria humana, hora tras hora, y tener la responsabilidad de aliviar esa miseria usando únicamente tu mente y tu palabra. En sus mejores momentos es tremendamente animador, cuando ves que tu paciente se abre, respira, deja atrás el dolor. En los peores momentos es como hacer el surf en una letrina, luchando por mantener el equilibrio mientras te golpea ola tras pútrida ola.

El tratamiento funcionó. Los ojos de los niños volvieron a brillar. Las familias se tendieron las manos y se ayudaron unas a otras. Gradualmente, mi papel fue disminuyendo hasta el de simple observador.

Unos pocos días antes de la última sesión recibí una llamada de un periodista del National Medical News, una de esas revistas médicas que les regalan a los doctores y éstos dejan en sus salitas de espera. Su nombre era Bill Roberts, estaba en la ciudad y quería entrevistarme. El artículo estaría destinado a los pediatras, para alertarles acerca del problema de los abusos sexuales a los niños. Me pareció una causa notable y acepté hablar con él.

Eran las siete treinta de la tarde cuando saqué mi coche del parking del hospital y me dirigí hacia el oeste. No había mucho tráfico y llegué a la torre de granito negro y cristal que albergaba mi consulta hacia las ocho. Aparqué en el garaje subterráneo, atravesé las dobles puertas de cristal para entrar en un vestíbulo que estaba en silencio, si no contamos la música ambiental, y subí en el ascensor hasta el sexto piso. Se abrieron las puertas, fui pasillo abajo, giré la esquina y me detuve.

No había nadie esperándome, lo que no era muy habitual, pues siempre había comprobado que los periodistas son muy puntuales.

Me acerqué a la puerta de mi oficina y vi cómo un estilete de luz rasgaba diagonalmente el suelo. La puerta estaba entreabierta, quizá un par de centímetros. Me pregunté si el equipo nocturno de limpieza habría dejado entrar a Roberts. Si era así tendría una charla con el encargado del edificio acerca de esa ruptura de las medidas de seguridad.

Cuando llegué hasta la puerta supe que algo andaba mal. Había raspaduras alrededor de la manecilla y virutas de metal sobre la alfombrilla. Y sin embargo, como si estuviera siguiendo lo escrito en un guión, entré.

– ¿Señor Roberts?

La sala de espera estaba vacía. Entré en la consulta propiamente dicha. El hombre que estaba en mi sofá no era Bill Roberts. Jamás me lo habían presentado, pero le conocía muy bien.

Stuart Hickle estaba desplomado sobre los blandos cojines de algodón. Su cabeza -lo que quedaba de ella – estaba apoyada contra la pared, con los ojos mirando ausentes al techo. Sus piernas estaban espasmódicamente abiertas. Una mano estaba apoyada sobre un punto húmedo de su bajo vientre. Había tenido una erección. Las venas de su cuello se erguían en bajorrelieve. Su otra mano yacía inerte sobre su pecho; con un dedo engarfiado alrededor del gatillo de una fea pequeña pistola de acero azulado. El arma colgaba, con la culata hacia abajo y la boca del cañón a un par de centímetros de la abierta boca de Hickle. En la pared, tras su cabeza, había pedazos de cerebro, hueso y sangre. Una mancha escarlata decoraba el estampado verde suave del empapelado como si fuera la marca dejada por la mano de un niño. Más escarlata caía de la nariz, las orejas y la boca. La habitación olía a petardos y desechos humanos. Marqué en el teléfono.

El veredicto del forense fue muerte por suicidio. La versión final era algo así como esto: Desde su detención, Hickle había estado muy deprimido e, incapaz de soportar la humillación pública, había elegido la escapatoria de los samuráis. Había sido él quien, como Bill Roberts, había quedado citado conmigo, quien había forzado la cerradura y se había saltado la tapa de los sesos. Cuando la policía me había hecho escuchar grabaciones de su confesión, la voz me había resultado similar a la de «Roberts»… o, al menos, lo bastante parecida como para impedirme decir que no se semejaban.

En cuanto al porqué había elegido mi oficina para su canto del cisne, fue algo para lo que mis colegas comecocos consultados tuvieron una pronta respuesta: Debido a mi papel como terapeuta de las víctimas, yo era una figura paterna simbólica, que estaba deshaciendo el daño que él había perpetrado. Su muerte era un gesto, igualmente simbólico, de arrepentimiento.

Fin.

Pero incluso los suicidios -especialmente aquéllos que están conectados con casos criminales en curso – tienen que ser investigados, atados los cabos sueltos y allí se inició un pásale- a- otro- ese- muerto entre el Departamento de Policía de Beverly Hills y el de Los Ángeles. Beverly Hills aceptaba que el suicidio había tenido lugar en su propio campo, pero afirmaba que era una simple extensión de los crímenes anteriores… que habían sucedido en el territorio de Los Ángeles Oeste. Gol. A Los Ángeles Oeste le hubiera encantado devolver la pelota, pero el caso aún estaba en los papeles y lo que menos le hubiera gustado al Departamento hubiera sido un artículo sobre el incumplimiento de los deberes propios.

Así que la china le tocó a Los Ángeles Oeste. Especialmente le tocó al detective de Homicidios Milo Bernard Sturgis.

No empecé a tener problemas sino hasta una semana después de encontrarme con el cadáver de Hickle, lo cual es un retraso normal, porque yo me estaba negando a aceptar todo aquello y, además, estaba más que un poco atontado. Y puesto que, como psicólogo, se suponía que yo era capaz de enfrentarme con tales cosas, a nadie se le ocurrió preocuparse por mi estado de salud.

Me mantuve bajo control cuando estuve con los niños y sus familias, presentándoles una fachada que era tranquila, conocedora y aceptante. Parecía bajo control. En la terapia nos enfrentamos con la muerte de Hickle, con un énfasis respecto a ellos. A cómo estaban sobrellevándolo ellos.

La última sesión fue una fiesta durante la cual las familias me dieron las gracias, me abrazaron y me entregaron una reproducción enmarcada de la pintura de Braggs, El psicólogo. Fue una buena fiesta, con muchas risas y mucha suciedad en la alfombra, mientras se alegraban del estar mejor y, en parte, de la muerte de su atormentador.

Llegué a casa sobre la medianoche y me arrastré entre las sábanas sintiéndome vacío, frío e inerme, como un niño huérfano en un camino vacío. A la mañana siguiente empezaron los síntomas.

Estaba cada vez más inquieto y me costaba concentrarme. Las ocasiones en que me costaba respirar fueron incrementándose e intensificándose. Sin motivo alguno fui estando más y más ansioso, tenía una continua sensación de mariposeo en mi estómago, y sufría premoniciones de muerte.

Los pacientes comenzaron a preguntarme si me sentía bien. En este punto debía estar clara y visiblemente perturbado, pues se necesita de algo muy fuerte para apartar la atención de un paciente de sí mismo.

Tenía los bastantes estudios como para saber lo que me estaba sucediendo, pero no la suficiente introspección como para darle un sentido.

No había sido el hallar el cadáver, pues estaba acostumbrado a acontecimientos sobrecogedores, pero el hallazgo del cuerpo de Hickle había sido el catalizador que me había hundido en una crisis de grandes proporciones. Contemplando ahora las cosas con perspectiva, puedo ver que el haber tratado a sus víctimas me había permitido abandonar la loca carrera en que había estado metido durante seis semanas y que el final del tratamiento me había dejado con el tiempo suficiente como para dedicarme al peligroso pasatiempo de la auto evaluación. Y no me había gustado lo que había descubierto.

Estaba solo, aislado, sin ningún verdadero amigo en todo el mundo. Durante casi una década, con los únicos humanos con los que me había relacionado había sido con mis pacientes y, por definición, los pacientes toman de uno, no le dan.

La sensación de soledad llegó a hacerse dolorosa. Me fui hundiendo en mí mismo y me deprimí profundamente. Me excusé en el hospital por enfermedad, anulé las visitas de mis pacientes privados y pasé días en cama, mirando los seriales de la televisión.

El sonido y las luces de la televisión fluían sobre mí como alguna repugnante droga paralizadora, atontándome, pero no curándome.

Comía poco y dormía demasiado, me sentía pesado, débil e inútil. Mantenía el teléfono descolgado y no salía de la casa más que para meter las cartas con propaganda dentro y volver a retirarme a mi soledad.

En el octavo día de mi existencia fúnebre apareció en la puerta Milo, queriendo hacerme algunas preguntas. Llevaba un bloc de notas en la mano, tal cual un analista. Sólo que no tenía aspecto de analista: un tipo grande, algo encorvado, de pelo descuidado y ropa arrugada.

– ¿El doctor Alex Delaware? -preguntó, mostrándome su placa.

– Sí.

Se presentó y me miró. Estaba vestido con una bata vieja color amarillo. Mi descuidada barba había adquirido proporciones rabínicas y mi cabello parecía un estropajo electrificado. A pesar de las trece horas de sueño me notaba y me comportaba como adormilado.

– Espero no molestarle, doctor. En su oficina me dieron su número particular, pero parece tener el teléfono estropeado.

Le dejé entrar y se sentó, dando una ojeada al lugar. Montones muy altos de correspondencia sin abrir llenaban la mesa del comedor. La casa estaba a oscuras, con las cortinas corridas, y olía a rancio. En la tele se veía un serial lacrimógeno.

Apoyó el bloc en una rodilla y me dijo que las preguntas eran pura formalidad, parte de la investigación del forense. Luego hizo que reviviera la noche en que encontré el cadáver, interrumpiéndome para aclarar un punto, raspando, apuntando, tomando notas y mirándome. Era todo tediosamente según el procedimiento y, a menudo, mi mente divagaba, de modo que tenía que repetirme las preguntas. A veces yo hablaba tan bajo que él tenía que decirme que le repitiese mi respuesta.

Al cabo de veinte minutos me dijo:

– ¿Se encuentra usted bien, doctor?

– Muy bien -sin convencimiento.

– De acuerdo -meneó la cabeza, me hizo algunas preguntas más y luego bajó el lápiz y rió nervioso.

– ¿Sabe? Me encuentro un tanto raro preguntándole a un doctor cómo se siente.

– No tiene importancia.

Volvió a hacerme preguntas y, aun a través de mi embotamiento, pude ver que tenía una técnica curiosa: saltaba de tópico en tópico sin una aparente línea de investigación. Eso me desequilibraba y me ponía más en guardia.

– ¿Es usted ayudante de cátedra en la Escuela de Medicina?

– Sí.

– Es usted muy joven para serlo, ¿no?

– Tengo treinta y dos. Empecé pronto.

– Aja. ¿Cuántos chicos había en el programa de tratamiento?

– Sobre unos treinta.

– ¿Y padres?

– Quizá diez, once parejas, y media docena de desparejados.

– ¿Se habló del señor Hickle durante el tratamiento?

– Eso es confidencial.

– Claro, señor.

– Usted llevó a cabo ese tratamiento como parte de su trabajo en… -consultó sus notas-… el Hospital Pediátrico del Oeste.

– Fue un trabajo voluntario, en asociación con el hospital.

– ¿No le pagaron por hacerlo?

– Continué recibiendo mi sueldo y el hospital me relevó de todas mis otras tareas.

– ¿Había también padres en el grupo de tratamiento?

– Sí -creía haberlo mencionado.

– Supongo que algunos de ellos estaban muy irritados contra el señor Hickle.

El señor Hickle. Sólo un policía podía ser tan artificialmente educado como para llamar señor a un difunto pervertido. Claro que entre ellos usaban otro vocabulario, supongo. Una insoportable educación es un modo de mantener una barrera infranqueable entre el civil y el policía.

– Eso es confidencial, detective.

Sonrió, como para decirme: no puede culparme por haberlo intentado y garrapateó en su bloc.

– ¿Por qué tantas preguntas acerca de un suicidio?

– Pura rutina -contestó automáticamente, sin alzar la vista-. Me gusta llegar al fondo.

Me miró con aire ausente y luego preguntó:

– ¿Tuvo usted alguna ayuda para hacer funcionar los grupos?

– Animé a las familias a participar… para ayudarse a sí mismas. Yo era el único profesional.

– ¿Ayuda entre afectados?

– Exactamente.

– Algo así pasa también en el Departamento -lo dijo sin comprometerse-. Así que, poco a poco, se fueron haciendo cargo.

– Gradualmente. Pero yo siempre estaba presente.

– ¿Alguno de ellos tenía una llave de su consulta? Aja.

– ¡Claro que no! ¿Acaso cree que una de esas personas mató a Hickle y luego lo preparó todo para que pareciera un suicidio? -claro que lo creía, yo ya había pensado en esa posibilidad.

– No estoy sacando conclusiones. Simplemente, estoy investigando -aquel tipo era tan escurridizo que parecía un analista.

– Ya veo.

Abruptamente se alzó, cerró su bloc y se guardó el lápiz.

Me alcé para acompañarle a la puerta, me tambaleé y perdí el conocimiento.

Lo primero que vi cuando las cosas volvieron a estar enfocadas fue su grande y feo rostro inclinado hacia mí. Me notaba húmedo y frío. Tenía en la mano un trapo de cocina húmedo con el que estaba dejando caer gotitas sobre mi cara.

– Se desmayó. ¿Cómo se siente?

– Muy bien -desde luego me sentía cualquier otra cosa menos bien.

– No tiene un aspecto nada maravilloso. Quizá debiera llamar a un doctor, doctor.

– No.

– ¿Está seguro?

– No es nada. He tenido la gripe estos últimos días. Sólo necesito meterme algo en el estómago.

Fue a la cocina y volvió con un vaso de zumo de naranja. Lo fui sorbiendo poco a poco y comencé a notarme más fuerte.

Me senté y cogí yo mismo el vaso.

– Gracias-le dije.

– Estamos al servicio del ciudadano.

– Ahora ya me encuentro bien, de veras. Si no tiene más preguntas…

– No. Nada más por esta vez -se alzó y abrió algunas ventanas: la luz me hizo daño en los ojos. Apagó la tele.

– ¿Quiere comer algo antes de que me vaya? Que hombre tan extraño, tan materno.

– No me pasará nada.

– De acuerdo, doctor. Cuídese.

Tenía muchas ganas de verle irse, pero cuando ya no se oyó el ruido del motor de su coche, me sentí desorientado. No deprimido, como antes, sino agitado, inquieto, sin paz. Traté de mirar el serial de la televisión, pero no podía concentrar mi atención. Y ahora el diálogo me irritaba. Tomé un libro pero las palabras no entraban en foco. Di un trago al zumo de naranja y me dejó mal sabor en la boca y un pinchazo en la garganta.

Estuve así todo el mediodía. Sintiéndome miserable.

A las cuatro treinta llamó.

– ¿El doctor Delaware? Soy Milo Sturgis. El detective Sturgis.

– ¿Qué puedo hacer por usted, detective?

– ¿Cómo se siente?

– Mucho mejor, gracias.

– Eso es bueno. Hubo un silencio.

– Esto, doctor, sé que piso un terreno difícil, pero…

– ¿De qué me habla?

– ¿Sabe?, en Vietnam yo era sanitario. Veíamos muchos casos de algo llamado reacción aguda al estrés. Y me preguntaba…

– ¿Cree que eso es lo que yo tengo?

– Bueno…

– ¿Cuál era el tratamiento acostumbrado en el Vietnam?

– Los devolvíamos a la acción tan pronto como nos era posible. Cuando más trataban de evitar el combate, peor se ponían.

– ¿Cree que eso es lo que yo debería hacer? ¿Volver a meterme en el lío cotidiano?

– No puedo decírselo, doctor. Yo no soy psicólogo.

– Usted diagnostica, pero no da un tratamiento.

– Vale, doctor. Sólo quería saber si…

– No, un momento. Lo lamento. Agradezco que me haya llamado -estaba confuso, preguntándome qué motivo ulterior podría tener.

– Claro, seguro. No hay problema.

– De veras, muchas gracias. Sería un excelente matasanos, detective.

Se echó a reír.

– A veces eso forma parte de mi trabajo.

Después de que hubo colgado me sentí mejor de lo que me había sentido en muchos días. Al día siguiente le llamé a las oficinas de la División de Los Ángeles Oeste y le invité a tomar un trago.

Nos encontramos en Angela's, enfrente de la comisaría de Santa Mónica Boulevard. Era una cafetería que en la parte de atrás tenía un bar de cocktails, lleno de humo y poblado por varios grupos de hombres grandotes y solemnes. Me fijé en que pocos de ellos saludaban a Milo, lo que me pareció extraño. Siempre había creído que los policías se dedicaban a darse palmadas en las espaldas y maldecir de buen humor tras las horas de servicio. Esos hombres se tomaban el beber muy en serio. Y lo hacían en silencio.

Él tenía unas grandes posibilidades como terapeuta. Sorbía un Chivas, estaba reclinado en su asiento y me dejaba hablar. Ya no era un interrogatorio. Ahora me escuchaba, y yo vacié todo lo que llevaba en mi interior.

Sin embargo, cuando estaba terminando la velada, también él hablaba

Durante las siguientes dos o tres semanas Milo y yo descubrimos que teníamos muchas cosas en común. Éramos más o menos de la misma edad -él tenía diez meses más-, y habíamos nacido en el seno de familias trabajadoras, en ciudades medianas. Su padre había sido un obrero metalúrgico, el mío un montador eléctrico. También él había sido un buen estudiante, graduándose con honores en Purdue y luego sacando un título en Literatura en la Universidad de Indiana en Bloomington. Planeaba convertirse en maestro, cuando le habían llamado a filas. De algún modo, los dos años de Vietnam le habían transformado en policía.

Y no es que considerase que su trabajo estuviera enfrentado con sus inquietudes mentales. Me informó que los detectives de Homicidios eran los intelectuales de los Departamentos de Policía. El investigar un asesinato requiere poca actividad física y mucho trabajo mental. A veces, los veteranos de Homicidios violan el reglamento y no llevan arma alguna. Sólo montones de plumas y lápices. Milo llevaba su calibre 38, pero confesaba realmente no necesitarlo.

– Es un trabajo muy de oficina, Alex, con montones de papeleo, toma de decisiones y atención a los detalles.

Le gustaba ser un polizonte y disfrutaba cazando a los malos. A veces pensaba que tendría que intentar alguna otra cosa, pero no estaba muy seguro acerca de qué cosa podría ser.

Teníamos otros intereses en común. Ambos habíamos hecho algún tipo de entrenamiento en artes marciales. Mientras había estado en el ejército, Milo había seguido una mezcla de cursos de defensa personal. Y yo había estudiado esgrima y karate mientras estaba graduándome. Estábamos absolutamente fuera de toda forma, pero nos engañábamos a nosotros mismos diciendo que podríamos recuperarla si ello fuera necesario. Ambos apreciábamos la buena comida, la buena música y las virtudes de la soledad.

La relación entre ambos se desarrolló con premura.

Al cabo de unas tres semanas de conocernos me dijo que era homosexual. Me sorprendió y no supe qué decirle.

– Te lo digo ahora, porque no quiero que llegues a pensar que estoy tratando de ligarte.

De repente me sentí avergonzado porque ése, exactamente ése, había sido mi pensamiento inicial.

El que fuera gay era algo que, al principio, me resultó difícil de aceptar, a pesar de toda mi presunta sofisticación como psicólogo. Sí, sé todos los datos: que ellos representan del cinco al diez por ciento de prácticamente cualquier grupo humano. Que la mayoría de ellos tienen el mismo aspecto que usted o que yo. Que ellos pueden ser cualquiera: el carnicero, el panadero, el policía de Homicidios local. Y que la mayoría de ellos son razonablemente normales.

Y, sin embargo, los estereotipos no quieren despegarse de tu cerebro. Esperas que sean mariconas siempre haciendo posturitas, gritonas, afeminadas, o demonios de cráneo rapado y vestidos de cuero, o jovencitos muy a la moda, más in que nadie, o lesbianas bigotudas y mal ataviadas.

Milo no tenía aspecto de homosexual.

Pero lo era y se había sentido muy a gusto siéndolo desde hacía años. Ni lo mantenía absolutamente oculto, ni iba pregonándolo por ahí.

Le pregunté si lo sabían en el Departamento.

– No. Al menos no en el sentido de algo que puede ser puesto en un informe oficial. Simplemente, es algo que se sabe.

– ¿Y cómo te tratan?

– Desaprobadoramente, desde una cierta distancia… miradas frías. Pero, básicamente, es una cuestión de «déjame vivir y yo te dejaré vivir a ti». Andan escasos de personal y yo soy bueno. ¿Qué van a hacer, buscarse un escándalo y además perder un buen detective? Ed Davis era un homófobo, pero se fue y las cosas ya no andan tan mal.

– ¿Y qué hay de los otros detectives? Se alzó de hombros.

– Me dejan en paz. Hablamos del trabajo. No nos relacionamos socialmente.

Ahora tenía sentido la fría recepción que le habían dado en Angela's.

Y también era algo más comprensible aquel altruismo inicial de Milo, aquel esforzarse en ayudarme. Sabía lo que era sentirse solo. Un polizonte gay era alguien que vivía en una especie de limbo. Nunca podría ser uno de los compañeros de la comisaría, por muy bien que llevase a cabo su trabajo. Y la comunidad homosexual no podía sino sospechar de alguien que parecía un policía, actuaba como un policía y era un policía.

– Creí que debía decírtelo, visto que nos estamos haciendo amigos.

– No pasa nada, Milo.

– ¿No?

– No -desde luego no me sentía nada a gusto con la idea. Pero iba a intentar con todas mis fuerzas reconciliarme con ella.

Un mes después de que Stuart Hickle se metió un calibre 22 en la boca y me salpicó de cerebro el empapelado, hice algunos cambios trascendentales en mi vida.

Dimití de mi trabajo en el Pediátrico del Oeste y cerré mi consulta. Le pasé todos mis pacientes a un antiguo estudiante mío, un terapeuta de primera que estaba empezando a practicar y necesitaba trabajo. Había aceptado muy pocos clientes nuevos desde que había iniciado los grupos con las familias de El Rincón de Kim, así que hubo menos ansiedad de separación de la que uno hubiera esperado normalmente.

Vendí la casa de apartamentos, cuarenta en total, que había comprado siete años antes, obteniendo un gran beneficio. También dejé el dúplex en Santa Mónica. Parte del dinero, la porción que al cabo iría a parar a Hacienda, la metí en el mercado del dinero de alto rendimiento. El resto lo invertí en deuda municipal, que desgravaba impuestos. No era el tipo de inversión que iba a hacerme más rico, pero me iba a proporcionar una estabilidad económica. Me figuré que, si no me comportaba de un modo demasiado extravagante, podría vivir dos o tres años de los intereses.

Vendí mi viejo Chevrolet Dos y me compré un Cadillac Seville del setenta y nueve, el último año que los hicieron con buen aspecto. Era de color verde bosque con un interior en cuero viejo, muy cómodo y silencioso. Y con lo poco que iba a conducir, el que el cuentakilómetros estuviera muy alto no tenía ninguna importancia. Tiré la mayor parte de mi ropa vieja y me compré otra nueva, casi toda deportiva y confortable: jerseys de cachemir, pantalones anchos, zapatos de suela de goma, batas, pantalones cortos y así.

Hice que desembozaran las cañerías de la bañera que no había usado desde que había adquirido la casa, comencé a comprar verdadera comida y a beber leche. Saqué mi vieja guitarra de la funda y empecé a rasguearla en el porche. Escuchaba discos. Empecé a leer por el puro placer de la lectura, por primera vez desde la universidad. Me puse moreno. Me afeité la barba y descubrí que tenía un rostro, y que no estaba tan mal.

Tuve citas con buenas mujeres. Conocí a Robín y las cosas comenzaron a ir mejor.

Era tiempo de portarse bien con Alex. La jubilación anticipada, seis meses antes de mi trigésimo tercer cumpleaños.

Fue divertido mientras duró.

3

La última residencia de Morton Handler, si uno no cuenta el depósito de cadáveres, había estado en un conjunto de apartamentos de lujo, junto al Sunset Boulevard, en las Pacific Palisades. Había sido edificado en la ladera de una colina y diseñado para que tuviera el aspecto de una colmena: una cadena, vagamente interconectada, de unidades individuales, unidas por pasillos que habían sido colocados en lugares aparentemente elegidos al azar, con los apartamentos dispuestos de tal modo que cada uno de ellos tuviera una vista total del océano. El estilo era pseudo español: paredes encaladas, de un blanco deslumbrador, tejados de tejas rojas, ventanas enrejadas con filigranas de hierro. Los pedazos de tierra ocasionales estaban cubiertos con plantaciones de azaleas e hibiscos. Y había muchas otras plantas puestas en grandes macetones de terracota: palmeras, cocoteros, todo ello con un aspecto de provisionalidad, como si alguien estuviera planeando llevárselas en mitad de la noche…

El apartamento de Handler estaba a un nivel intermedio. La puerta delantera estaba sellada con una pegatina del Departamento de Policía de Los Ángeles. Un montón de huellas ensuciaban el sendero de terrazo cercano a la puerta.

Milo me llevó a través de una terraza repleta de piedras pulimentadas y cactus hasta una unidad que se hallaba a un ángulo del lugar del asesinato. En la puerta estaban pegadas letras adhesivas que formaban las palabras ENCARGADO EDIFICIO.

Milo golpeó con los nudillos.

Me di cuenta de que el lugar estaba asombrosamente silencioso. Al menos debía de haber allí cincuenta apartamentos, pero no se veía ni un alma. No había prueba alguna de que aquello estuviera habitado.

Esperamos unos minutos. Alzó el puño para golpear de nuevo justo antes de que se abriera la puerta.

– Perdón. Me estaba lavando el cabello.

La mujer podía haber tenido cualquier edad, desde los veinticinco hasta los cuarenta. Tenía una tez pálida con ese tipo de contextura que hacía que pareciese que un simple pellizco pudiera hacer que se desmoronase. Con grandes ojos marrones y cejas depiladas. Labios delgados, el inferior un poco carnoso. Su cabello estaba envuelto en una toalla naranja y el poco que sobresalía era de color castaño. Llevaba puesta una descolorida camisa de algodón, con un estampado ocre y naranja, y pantalones elásticos color herrumbre. En sus pies zapatillas oscuras. Sus ojos saltaron de Milo a mí. Tenía el aspecto de alguien a quien le han dado muchos palos y que se niega a creer que no se los vayan a empezar a dar de nuevo en cualquier momento.

– ¿Señora Quinn? Éste es el doctor Alex Delaware. Es el psicólogo del que le hablé.

– Encantada de conocerle, doctor.

Su mano era delgada, fría y húmeda y la retiró tan pronto como pudo.

– Melody está viendo la televisión en su habitación. No la he mandado a la escuela, después de todo por lo que ha pasado. Y la dejo que vea la tele para apartarle la cabeza de aquello.

La seguimos al interior del apartamento.

Llamarle apartamento era hacerle un favor. Lo que en realidad era es un par de armarios un poco grandes puestos juntos. Una posdata arquitectónica. Hey, Ed, tenemos cuarenta metros cuadrados de rincón detrás de la terraza 142 ¿Por qué no le ponemos un techo, cuatro paredes y le llamamos vivienda del encargado? Y así tendremos a algún desgraciado contento con hacer trabajos en la finca, por el privilegio de vivir en las Palisades…

La sala de estar estaba llena con un sofá floreado, una mesa rinconera y un aparato de televisión. Una imagen enmarcada del Monte Rainier que parecía haber sido arrancada del calendario de algún banco y algunas fotos amarillentas colgaban de una pared. Las fotos eran de gente endurecida, con cara de ser poco felices y parecían datar de la época de la búsqueda del oro.

– Mis abuelos -explicó ella.

Un cubículo- cocina era visible y del él surgía un aroma de bacon friéndose. Sobre la mesa se veían una bolsa grande de patatas con sabor a crema agria y cebolla, y un cartón de seis latas de cerveza.

– Muy interesante.

– Llegaron aquí en 1902. De Oklahoma -hizo que sonara como una excusa.

Había una puerta de madera sin pintar y detrás de ella llegó el sonido de repentinas risas y aplausos, campanadas y un timbre. Un concurso de televisión.

– Está viendo la tele ahí.

– Estupendo, señora Quinn. La vamos a dejar ahí tranquila, hasta que estemos preparados para ella…

La mujer hizo un gesto con la cabeza, asintiendo.

– Estando en la escuela, no tiene muchas posibilidades de ver los programas que hacen a esta hora. Por eso los ve ahora.

– ¿Nos podemos sentar, señora?

– Oh, sí, sí -revoloteó por la habitación como una polilla, tirando de la toalla que le cubría la cabeza. Trajo un cenicero y lo puso sobre la mesa. Milo y yo nos sentamos en el sofá y ella se sentó un una silla de tubo de aluminio y piel sintética que sacó de la cocina. A pesar de estar delgada sus caderas se desparramaron. Sacó un paquete de cigarrillos, encendió uno y chupó el humo hasta que se le hundieron las mejillas. Milo habló:

– ¿Qué edad tiene su hija, señora Quinn?

– Bonita. Llámenme Bonita. Mi hija se llama Melody. Justo cumplió los siete el mes pasado -el hablar de su hija parecía ponerla especialmente nerviosa. Inhaló con ansiedad de su cigarrillo y escupió un poco de humo. Su mano libre se abría y cerraba en rápida cadencia.

– Melody puede ser nuestra única testigo de lo que pasó aquí anoche – Milo me miró con un gesto de disgusto.

Sabía lo que estaba pensando: un complejo de apartamentos con de setenta a cien residentes y el único posible testigo era una niña.

– Me da miedo por ella, detective Sturgis, por lo que pueda pasarle si alguien más se entera de esto.

Bonita Quinn se quedó mirando el suelo, como si haciéndolo durante el suficiente tiempo fuera a revelarle los secretos místicos del Oriente.

– Le aseguro a usted, señora Quinn, que nadie más se va a enterar. El doctor Delaware ha actuado muchas veces como consejero especial de la Policía -mentía sin vergüenza alguna y con total credibilidad-. Comprende la importancia de mantener estas cosas en secreto. Además… – tendió la mano para darle unas palmadas tranquilizadoras en el hombro. Creí que iba a traspasar el techo del respingo-, cuando trabajan con sus pacientes todos los psicólogos se atienen al secreto profesional. ¿No es así, doctor Delaware?

– Absolutamente -no me iba a dejar meter en el terreno, totalmente resbaladizo, de los derechos del niño a la intimidad.

Bonita Quinn hizo un extraño ruido gimiente, que resultaba imposible de interpretar. Lo más parecido que lograba recordar era el sonido que acostumbraban a hacer las ranas del laboratorio en la clase de Psiquiatría Fisiológica justo cuando las descerebrábamos clavándoles una aguja en lo alto del cráneo.

– ¿Y qué es lo que va a hacerle a ella todo eso del hipnotismo?

Pasé a mi voz de comecocos: las tonalidades calmadas y tranquilizadoras que se habían convertido en algo tan natural con los años de práctica, que ya las adoptaba automáticamente. Le expliqué que la hipnosis no era magia, que simplemente era una combinación de concentración enfocada y relajación profunda, que la gente tendía a recordar las cosas con más claridad cuando estaba relajada y que era por eso por lo que la policía la empleaba con los testigos. Que los niños entraban mejor en la hipnosis, porque estaban menos inhibidos y disfrutaban con las fantasías. Que no hacía ningún daño y que, en realidad, resultaba agradable para la mayor parte de los pequeños; además que uno no podía quedarse colgado en la hipnosis ni se le podía obligar a hacer algo contra su voluntad.

– Toda hipnosis -acabé- es auto hipnosis. Mi papel será simplemente ayudarle a su hija a hacer algo que sale de ella misma de un modo natural.

Probablemente sólo entendió el diez por ciento de todo aquello, pero pareció calmarla.

– Desde luego eso sí que puede decirlo, que es natural en ella. Se pasa todo el día soñando fantasías.

– Exacto. La hipnosis es eso.

– Los maestros se quejan de que está todo el día en las nubes, que no hace su trabajo.

Estaba hablando como si esperase que yo fuera a hacer algo al respecto.

Milo la interrumpió:

– ¿Le ha dicho Melody algo más acerca de lo que vio, señora Quinn?

– No, no -una negativa enfática con la cabeza-. No hemos hablado de ello.

Milo sacó su bloc de notas y pasó unas cuantas hojas.

– Lo que tenemos anotado es que Melody no podía dormir y estaba sentada en la sala… en esta habitación, alrededor de la una de la madrugada.

– Así debe de haber sido. Yo me meto a las once treinta y me levanté para fumarme un cigarrillo a las doce y veinte. Entonces ella estaba dormida y no la oí en el tiempo en que yo tardé en quedarme dormida. Y tendría que haberla oído. Compartimos la habitación.

– Aja. Y aquí dice que ella vio a dos hombres: «Vi a unos hombres grandes.» La pregunta del agente fue: «¿Cuántos?» Y ella contestó: «Dos, quizá tres.» Cuando le preguntaron qué aspecto tenían, lo único que pudo decir fue que eran oscuros -ahora estaba hablando conmigo -. Le preguntaron que si negros o latinos. Nada, sólo oscuros.

– Eso podría significar que vio sombras. Podría significar cualquier cosa para una niña de siete años -dije yo.

– Ya lo sé.

– Y podría significar que o fueron dos hombres, o un hombre y su sombra, o…

– No lo digas. O nada.

– No siempre cuenta la verdad de todo.

Ambos nos volvimos para mirar a Bonita Quinn, que había aprovechado los pocos segundos que la habíamos ignorado para apagar el cigarrillo y encender otro nuevo.

– No estoy diciendo que sea una mala chica, pero no siempre dice la verdad. No sé por qué quieren ustedes hacerle caso.

– ¿Ha tenido usted problemas con ella porque mienta de un modo crónico? -le pregunté -. ¿En cosas que no tenían mucho sentido… o lo hace para evitar verse en líos?

– Lo segundo. Cuando hay algo roto y yo sé que tiene que haber sido ella y no quiere que le dé una azotaina, me dice: yo no, mamá, yo no. Y yo le doy el doble de azotes – me miró buscando mi desaprobación-. Por no decirme la verdad.

– ¿Tiene usted otros problemas con ella? -le pregunté suavemente.

– Es una buena chica, doctor. Sólo eso de soñar despierta y los problemas para concentrarse.

– ¿Si? -tenía que comprender a aquella niña si es que quería ser capaz de hipnotizarla.

– El concentrarse… es algo que le resulta difícil.

No era de extrañar, en aquella pequeña celda, saturada de televisión. Sin duda los apartamentos eran Sólo para Adultos y se exigía que Melody Quinn se dejara ver lo mínimo. Hay una parte importante de la población del Sur de California a la que resulta ofensiva la visión de cualquiera que sea demasiado joven o demasiado viejo. Es como si no quisieran que se les recordase de dónde vienen y a dónde van con toda seguridad. Esta clase de negativa, unida a las estiradas de la piel de la cara, los trasplantes de cabello y el maquillaje, dan una reconfortante sensación de inmortalidad. Al menos durante un tiempo.

Estaba dispuesto a apostar a que Melody Quinn pasaba la mayor parte de su tiempo libre dentro de casa, a pesar de que el complejo contaba con tres piscinas y un gimnasio totalmente equipado. Por no mencionar el océano, que se hallaba a un kilómetro de distancia. Aquellos terrenos de juego estaban pensados únicamente para los adultos.

– La llevé a un doctor cuando vi que los maestros no dejaban de mandarme a casa esas notas diciéndome que no puede estar sentada quieta, que su mente vaga. Me dijo que era hiperactiva. Que era algo que tenía que ver con su cerebro.

– ¿Hiperactiva?

– Eso es. No me sorprendió. Su papá no estaba bien del todo de la azotea – se dio unas palmadas en la frente-. Tomaba las drogas prohibidas y vino, hasta que…

Se quedó callada de pronto, mirando a Milo con miedo.

– No se preocupe, señora Quinn, no estamos interesados en ese tipo de cosas. Sólo queremos averiguar quién mató al doctor Handler y a la señora Gutiérrez.

– Sí, al comecocos… -se interrumpió de nuevo, esta vez mirándome a mí-. Hoy no digo ni una buena.

Se obligó a sonreír débilmente.

Yo asentí para darle ánimos, sonriendo comprensivamente.

– Era un hombre amable ese doctor -algunos de mis mejores amigos son psicoterapeutas -. Bromeaba mucho conmigo y yo también lo hacía con él, preguntándole cuántos cocos había arreglado aquel día.

Se puso a reír, con una extraña risita, enseñando la dentadura en un estado que pedía una reparación a gritos. Para aquel entonces, yo ya había limitado su edad hacia la mitad de la treintena. En unos diez años más tendría ya el aspecto de una anciana.

– Es terrible lo que le sucedió.

– Y a la señora Gutiérrez.

– Sí, a ella también. Sólo que ella no me caía tan bien. Era mejicana, ¿saben?, pero mejicana de clase alta. De donde yo vengo los mejicanos hacen los trabajos sucios, la limpieza, pero ésta tenía vestidos caros y ese cochecito deportivo. Y además era una maestra.

No era fácil para Bonita Quinn, a la que habían educado en la creencia de que todos los mejicanos eran bestias de carga, verlos en la gran ciudad, tan lejos de los campos de las lechugas, y ver que algunos de ellos parecían gente de verdad. Mientras que a ella le tocaba hacer el trabajo del burro.

– Siempre se portaba como si fuera alguien superior a los demás. La saludabas y ella pasaba mirando a la lejanía, como si no tuviera tiempo para ti.

Dio otra chupada al cigarrillo y sonrió malévola.

– Esta vez no he metido la pata. Ambos la miramos.

– Ninguno de ustedes dos es un mejicano, así que no he vuelto a decir algo que no debía.

Estaba muy complacida consigo misma y me aproveché de esta sensación de ánimo para hacerle algunas preguntas más.

– ¿Está siendo medicada su hija por causa de su hiperactividad, señora Quinn?

– Oh, claro. El doctor me dio unas pildoras para ella.

– ¿Tiene usted la receta a mano?

– Tengo la botella -se alzó y regresó con un frasco color ámbar lleno de pastillas…

Lo tomé y miré la etiqueta. Ritalina. Hidroclorato de metilfenidato. Una superanfetamina que acelera a los adultos, pero que frena a los niños, y que es uno de los fármacos más comúnmente recetados a los niños de los Estados Unidos. La Ritalina es adictiva y potente, además de tener una multitud de efectos secundarios, siendo uno de los más comunes el insomnio. Lo cual podía explicar el porqué Melody Quinn estaba sentada una madrugada en una habitación a oscuras, mirando por la ventana.

La Ritalina es una droga encantadora cuando lo que uno desea es controlar a los niños. Mejora su concentración y reduce la frecuencia de los comportamientos problemáticos en los chicos hiperactivos… lo que suena muy bien, sólo que los síntomas de hiperactividad son muy difíciles de distinguir de los de la ansiedad, depresión, reacción aguda al estrés, o simple aburrimiento en la escuela. Yo he visto a chicos que eran demasiado inteligentes para la clase en que estaban y que por eso parecían ser hiper. Y no hablemos de los pequeñines que estaban pasando por los horrores de un divorcio de sus padres u otro trauma significativo.

Cualquier doctor que esté haciendo su trabajo de un modo correcto exigirá una valoración psicológica y social completa, antes de recetarle Ritalina u otra droga modificadora del comportamiento a un niño. Y hay muchos doctores buenos; pero algunos se escapan por la tangente, usando las pastillas a las primeras de cambio. Si esto no es un incumplimiento de los deberes profesionales, es algo que se le parece mucho.

Abrí el frasco y me dejé caer algunas pastillas en la palma de la mano. Eran de color ambarino, de las de veinte miligramos. Examiné la etiqueta. La dosis máxima recomendada era de sesenta miligramos. Muy fuerte para una niña de siete años.

– ¿Se las da tres veces al día?

– Aja. Eso es lo que dice ahí, ¿no?

– Sí, es lo que dice. ¿Empezó su doctor con algo más pequeño… con pildoras blancas o azules?

– Oh, sí. Primero la tuvimos tomando tres de las azules. Funcionaba bien, pero aún recibía las quejas de la escuela, así que me dijo que probase con éstas.

– ¿Y esta dosis le va bien a Melody?

– A mí me va muy bien. Si va a ser un día muy duro, con montones de visitantes que van a venir… a ella la pone muy nerviosa el ver mucha gente, cuando hay mucho jaleo… le doy una extra.

Ahora nos encontrábamos con una sobredosis.

Bonita Quinn debió haber visto la mirada de sorpresa y desaprobación que yo traté, sin conseguirlo, de ocultar, porque alzó la voz, con tono indignado.

– El médico me dijo que no había problema. Y es un hombre importante. Miren, en este sitio no se permite tener niños y me dejan quedar sólo porque se trata de una chica tranquila, o lo parece. La empresa M and M Properties, que es la propietaria de todo esto, me dijo que, a la primera queja que hubiera sobre mi niña… se acabó.

Sin duda aquello obraba maravillas con la vida social de Melody. Lo más probable es que nunca le hubieran dejado llevar a una amiguita a su casa de visita.

Había una cruel ironía en la idea de una niña de siete años prisionera en medio de todo aquel lujo para solteros dorados, metida dentro de un rincón escuálido en un lugar de ensueño anidado sobre el Pacífico, y atiborrada de Ritalina para cumplir con los deseos conjuntos del sistema escolar de Los Ángeles, una madre de escasas luces y la M and M Properties.

Examiné la etiqueta del frasco y encontré el nombre del doctor que lo había recetado. Y entonces las cosas empezaron a encajar.

L. W. Towle. Lionel Willard Towle, Doctor en Medicina. Uno de los pediatras mejor establecidos y respetados del Lado Oeste. No le conocía personalmente, pero sí su reputación. Estaba entre el personal directivo del Pediátrico del Oeste y en media docena más de hospitales de la zona. Era uno de los hombres importantes de la Academia de Pediatría. Conferenciante invitado, muy solicitado, en los seminarios sobre problemas del aprendizaje y del comportamiento.

El doctor Towle también era asesor a sueldo de tres empresas farmacéuticas. O, lo que es lo mismo, era un propagandista de las mismas. Tenía la reputación, especialmente entre los doctores más jóvenes y generalmente más conservadores acerca del uso de fármacos, de ser muy liberal en el empleo de su libreta de recetas. Nadie lo decía en voz demasiado alta, porque Towle llevaba mucho tiempo en la profesión y tenía montones de pacientes importantes y muy buenas relaciones, pero el consenso, susurrado, era que era una especie de Doctor Feelgood para los bebés. Me pregunté cómo una mujer como Bonita Quinn habría llegado a su consulta. Pero no había un modo fácil de preguntárselo sin parecer demasiado entrometido.

Le devolví la botella y me volví hacia Milo, que había estado sentado en silencio durante toda nuestra conversación.

– Tengo que hablar contigo un momento -le dije.

– Ahora volvemos, señora. Fuera del apartamento le dije:

– No puedo hipnotizar a esa niña. Está drogada hasta la coronilla. Sería un riesgo trabajar con ella y, además, hay pocas posibilidades de sacarle algo que merezca la pena.

Milo digirió lo que le decía.

– Mierda -se rascó la cabeza -. ¿Y si la tuviéramos unos cuantos días sin pastillas?

– Eso es una decisión médica. Si hacemos eso, nos estamos metiendo en un terreno que no es el nuestro. Necesitamos el permiso de su médico, con lo que mandamos al diablo el secreto.

– ¿Quién es ese doctor? Le hablé de Towle.

– Maravilloso. Pero quizá acepte dejarla unos días sin pastillas.

– Quizá. Pero no hay garantía de que nos vaya a contar algo. Esta niña lleva un año tomando estimulantes. ¿Y qué me dices de la señora Q? Ya está bastante aterrada, tal cual están las cosas. Saca a su querida hija de las pildoras y lo primero que hará es tenerla encerrada doce horas al día. En este lugar les gusta el silencio.

El complejo seguía tan silencioso como un mausoleo. Y eso a la una cuarenta y cinco del día.

– Al menos, ¿puedes echarle una mirada a la cría? Tal vez no esté tan dopada.

Al otro lado del camino, la puerta del apartamento de Handler estaba abierta. Pude dar una ojeada a la elegancia desordenada: alfombras orientales, antigüedades y muebles en acrílico rotos y volcados, así como paredes manchadas de sangre. Los técnicos del laboratorio de la policía trabajaban en silencio, como topos.

– En este momento ya debe haber tomado su segunda dosis, Milo.

– Mierda – se dio un puñetazo en la palma-. Sólo quiero que veas a la niña. Dame tu impresión. Quizá aún esté alerta.

No lo estaba. Su madre la trajo a la sala de estar y luego se fue con Milo. Miraba a la lejanía, chupándose el pulgar. Era una niña pequeñita. Si no hubiera sabido su edad, hubiera supuesto que tenía cinco años, quizá cinco y medio. Tenía una cara larga y seria, con unos ojos marrones demasiado grandes. Su liso cabello rubio le colgaba hasta los hombros, mantenido en su sitio por dos pasadores de plástico. Vestía tejanos y una camiseta de rayas azules, verdes y blancas. Tenía los pies descalzos y sucios.

La llevé a la silla y me senté frente a ella en el sofá.

– Hola, Melody. Soy el doctor Delaware. Soy psicólogo. ¿Sabes lo que es eso?

Sin respuesta.

– Soy de la clase de médico que no da inyecciones. Lo que yo hago es hablar con los chicos, y dibujar y jugar. Trato de ayudar a los niños que están tristes o irritados, o asustados.

A la palabra asustados enfocó la vista por un instante. Luego volvió a mirar más allá de mí y siguió chupándose el dedo.

– ¿Sabes por qué estoy hablándote? Un movimiento de la cabeza.

– No es porque estés mala o porque hayas hecho algo malo. Sabemos que eres una chica buena.

Sus ojos se movieron por la habitación, evitándome.

– Estoy aquí porque quizá hayas visto algo la noche pasada que es importante. Cuando no podías dormir y estabas mirando por la ventana.

No me contestó. Continué:

– ¿Qué tipo de cosas te gusta hacer, Melody? Nada.

– ¿Te gusta jugar? Asintió con la cabeza.

– A mí también me gusta jugar. Y me gusta patinar. ¿Tú patinas?

– Oh -oh- claro que no. Los patines hacen ruido.

– Y me gusta ver películas. ¿Tú ves películas? Murmuró algo. Me incliné, acercándome a ella.

– ¿Qué me has dicho, cariño?

– En la tele – su voz era débil y quebradiza, un sonido tembloroso y jadeante, como el viento cuando sopla a través de hojas secas.

– Aja. En la tele. Yo también miro la tele. ¿Qué cosas te gusta ver?

– Scuby – Du.

– Scuby – Du, ése es un buen programa. ¿Algún otro programa?

– Mi mamá mira los seriales.

– ¿A ti te gustan los seriales? Negó con la cabeza.

– Muy aburridos, ¿eh?

Algo así como una sonrisa, alrededor del pulgar.

– ¿Tienes juguetes, Melody?

– En mi habitación.

– ¿Me los puedes enseñar?

La habitación que compartía con su madre no tenía un carácter ni de adulto ni de niño. Era muy pequeña, con el techo bajo y una solitaria ventana situada alta en la pared, lo que le daba el aspecto de una celda. Melody y Bonita compartían una cama de matrimonio, que no estaba adornada con ningún tipo de cabecera. Estaba a medio hacer, con un cobertor fino doblado a los pies y que dejaba ver las sábanas arrugadas. En un lado de la cama había una mesita llena con botellas y botes de crema facial, loción para las manos, cepillos, peines y un trozo de cartón en el que había cogidas unas cuantas pinzas para el cabello. En el otro lado había una gran morsa de peluche comida por las polillas, de un atroz color turquesa. El único adorno en la pared era un dibujo de un niño. Un escritorio medio destartalado, hecho de pino sin pintar estaba cubierto con una manteleta de ganchillo y, con la televisión, eran los únicos otros muebles de la habitación.

En un rincón había un motoncito de juguetes.

Melody me llevó hacia él, dubitativa. Tomó una sucia y desnuda muñeca de plástico.

– Amanda -me dijo.

– Es muy bonita.

La niña se apretó la muñeca contra su pecho y la acunó.

– Seguro que la cuidas mucho.

– Lo hago – lo dijo en tono defensivo. Ésta era una niña que no estaba aconstumbrada a que la alabasen.

– Sé que lo haces -le dije con amabilidad. Miré a la morsa-. ¿Quién es?

– Gordo. Mi papi me lo regaló.

– Es guapo.

Fue hasta el animal, que era tan alto como ella, y lo acarició con dedicación.

– Mamá quiere que lo tire, porque es muy grande. Pero yo no la dejo.

– Gordo es muy importante para ti.

– Oh- oh.

– Papi te lo regaló.

Asintió, enfáticamente, y sonrió. Yo había pasado algún tipo de prueba.

Durante los siguientes veinticinco minutos estuvimos sentados en el suelo, jugando.

Cuando Milo y su madre regresaron, Melody y yo estábamos de muy buen humor. Habíamos construido y destruido varios mundos.

– ¡Vaya! Parecéis muy retozones -dijo Bonita.

– Estamos pasándolo muy bien, señora Quinn. Melody ha sido muy buena niña.

– Eso es bueno -se inclinó hacia su hija y le colocó una mano sobre la cabeza-. Eso es bueno, cariño.

Había una inesperada ternura en sus ojos, pero en seguida desapareció. Se volvió hacia mí y me preguntó:

– ¿Qué tal se ha portado durante el hipnotismo?

Me lo había preguntado del mismo modo en que podría haber preguntado qué tal iba su hija en aritmética.

– Aún no hemos hecho nada de hipnosis. Simplemente, Melody y yo nos estamos conociendo.

La aparté a un lado.

– Señora Quinn, la hipnosis requiere confianza por parte del crío. Normalmente, antes de emplearla paso algún tiempo con él. Y Melody se ha mostrado muy cooperativa.

– ¿No le ha dicho nada? -rebuscó en el bolsillo del pecho de su camisa y sacó otro cigarrillo.

– Nada importante. Con su permiso me gustaría venir otro rato mañana, para pasar algún tiempo más con Melody.

Me miró con sospecha, modisqueó el cigarrillo y al cabo se alzó de hombros.

– Usted es el doctor.

Volvimos con Milo y la niña. El estaba arrodillado sobre una pierna y le estaba mostrando su placa de detective. Los ojos de ella estaban muy abiertos.

– Si a ti no te importa, Melody, querría volver mañana para jugar otra vez contigo.

Ella alzó la vista hacia su madre y volvió de nuevo a chuparse el dedo.

– Por mí no hay inconveniente -dijo secamente Bonita-. Ahora, vete ya.

Melody se puso en pie de un salto y fue a la habitación. Se detuvo en la puerta y me lanzó una mirada indecisa. Le hice un gesto con la mano y ella me lo devolvió, tras lo que desapareció. Un momento más tarde la televisión empezó a berrear.

– Una cosa más, señora Quinn. Tendré que hablar con el doctor Towle antes de intentar la hipnosis con Melody.

– Está bien.

– Necesito que me dé su permiso para hablar con el doctor Towle sobre el caso. Supongo que se dará cuenta de que, por su profesión, él está obligado a mantener el secreto, tanto como yo.

– Está bien. Me fío del doctor Towle.

– Y quizá le pida que la mantenga sin medicación durante un par de días.

– Oh, de acuerdo, de acuerdo -hizo un gesto con una mano, ya exasperada.

– Muchas gracias, señora Quinn.

La dejamos en pie, frente a su apartamento, fumando frenéticamente, retirando la toalla que le cubría la cabeza y agitándola para que se le soltasen los cabellos bajo el sol del mediodía.

Me puse al volante del Seville y conduje lentamente, hacia Sunset.

– Deja de sonreír, Milo.

– ¿Cómo dices? -él estaba mirando por la ventanilla de su lado, con su pelo revoloteando como las alas de los patos.

– Sabes que me has cazado, ¿no es cierto? Una niña así, con esos ojazos, como si fuera una pintura de Keene…

– Si quieres dejarlo correr no me voy a alegrar, Alex. Pero tampo te lo voy a impedir. Y aún tenemos tiempo para los gnocchi.

– ¡Al diablo los gnocchi. Vamos a hablar con el doctor Towle.

El Seville estaba consumiendo gasolina con su habitual glotonería, por lo que me detuve en una gasolinera Chevron de autoservicio, en Bundy. Mientras Milo llenaba el depósito, yo conseguí el número de Towle de Información y lo marqué. Usé mi título y conseguí que me pusieran con el doctor en medio minuto. Le di una breve explicación del motivo por el que tenía que hablar con él y que si quería lo podíamos hacer entonces mismo, por teléfono.

– No -me dijo -. Tengo la oficina llena de chavales. Su voz era suave y tranquilizadora, el tipo de voz que un padre querría oír a las dos de la madrugada, cuando el bebé se está poniendo de color azul.

– ¿Ya qué hora le vendría bien que pasara a verle? No me contestó. Pude oír murmullos de actividad en el ambiente, luego voces apagadas. Volvió a la línea.

– ¿Qué tal le parece dejarse caer por aquí a las cuatro treinta? Hacia esa hora tengo un poco de tiempo libre.

– Le agradezco que me lo dedique, doctor.

– No es molestia -y colgó.

Salí de la cabina. Milo estaba sacando la manguera de la parte trasera del Seville, manteniendo la boca lo más apartada que le era posible, para que no le cayese una gota en el traje.

Me senté en el lugar del conductor y saqué la cabeza por la ventanilla.

– Limpíame el parabrisas, muchacho.

Puso cara de gárgola, lo cual no era muy difícil para él, y me hizo un gesto obsceno con el dedo. Luego empezó a limpiarlo con pañuelos de papel.

Eran las dos cuarenta y estábamos a sólo un cuarto de hora de la consulta de Towle. Eso nos daba más de una hora que matar. Ninguno de los dos estábamos con el suficiente buen humor como para catar una buena comida, así que regresamos al Oeste de Los Ángeles y fuimos a Angela's.

Milo pidió algo llamado una Tortilla De Luxe a La San Francisco. Resultó ser un horror de color amarillo brillante y rellena con espinacas, tomates, carne picada, chiles, cebollas y berenjena marinada. Se dedicó a ella con gusto, mientras yo me contentaba con un pepito de carne y una cerveza Coors. Entre bocados, fuimos hablando del asesinado de Handler.

– Es un rompecabezas, Alex. Tiene todos los signos del crimen de un psicópata que anda buscando emociones: ambos atados como salchichones en la alcoba, cual si fueran animales preparados para el matadero. Y las cinco docenas de cuchilladas. Parecía que esa chica se había encontrado con Jack el Destripador y su…

– Por favor, ahora no -señalé la comida.

– Perdona. Me olvido que estoy hablando con un civil. Te acostumbras a todo esto, tras estar metido en ello hasta el cuello durante años. No puedes dejar de seguir viviendo, así que aprendes a comer, beber y echarte pedos, a pesar de todo ello -se limpió los labios con la servilleta y le dio un largo trago a su cerveza -. Y, sin embargo, a pesar de la aparente locura, no hay señales de que la entrada fuera forzada. La puerta delantera estaba abierta. Normalmente, esto hubiera resultado desconcertante. Pero en este caso, siendo la víctima un psiquiatra, quizá tenga sentido; quizá conociera a ese tipo raro y le dejase entrar en casa.

– ¿Crees que pueda haber sido uno de sus pacientes?

– Es una posibilidad aceptable. Se dice que los psiquiatras a veces se relacionan con locos…

– Me sorprendería que resultase ser eso, Milo. Apostaría diez contra uno a que Handler tenía la típica consulta del lado Oeste: mujeres de mediana edad deprimidas, ejecutivos desilusionados y, para acabar de hacer el peso, algunas crisis de identidad de la adolescencia.

– ¿Será cierto que noto en su voz una cierta tonalidad de cinismo?

Me alcé de hombros.

– Esto es lo que ocurre en la mayoría de casos. Lo que se ofrece en esas consultas es amistad, a un alto precio… y no es que esto no sea valioso, no me interpretes mal. Lo que quiero decir es que nosotros los psiquiatras y psicólogos vemos a bien poca enfermedad mental real en las consultas. Los locos de verdad, los auténticos perturbados, ésos están hospitalizados.

– Handler trabajaba en un hospital antes de montárselo por su cuenta. En el Encino Daks.

– Quizá puedas encontrar algo allí -le dije, dubitativo. Estaba harto de ser un trapo de lágrimas, así que no le dije que el Hospital de Encino Daks era un lugar de almacenamiento de los descendientes suicidas de los ricos. Allí había muy poca psicopatología sexual.

Empujó su plato, apartándolo e hizo una seña a la camarera.

– Por favor, Bettijean, dame un buen pedazo de pastel verde de manzana, por favor.

– ¿Con helado por encima, Milo?

Se palmeó la tripa y lo consideró.

– ¡Infiernos! ¿Por qué no? De vainilla.

– ¿Y usted, señor?

– Café solo, por favor.

Cuando ella se hubo marchado, Milo continuó, más pensando en voz alta que hablando conmigo.

– De todos modos, parece como si el doctor Handler hubiera dejado entrar a alguien en su casa en algún momento entre la medianoche y la una y que, a consecuencia de esto, lo destriparon.

– ¿Y esa mujer, la Gutiérrez?

– La típica espectadora inocente. Se hallaba en el peor lugar en el peor momento.

– ¿Era la amiguita de Handler? Asintió con la cabeza.

– Desde hacía unos seis meses. Por lo que he averiguado, empezó como paciente y acabó por pasar del sofá a la cama.

Una historia no muy inusual.

– La ironía del asunto es que la cortaron con mucha más saña que al mismo Hadler. A él le cortaron el cuello y probablemente murió con bastante rapidez. Había algunos otros agujeros en su cuerpo, pero nada letal. En cambio parece como si el asesino se hubiera tomado más tiempo con ella. Lo cual tiene sentido si se trata de un loco sexual.

Podía notar como mi proceso digestivo empezaba a detenerse, así que cambié de tema.

– ¿Quién es tu nuevo amor?

Llegó el pastel. Milo sonrió a la camarera y se lanzó al ataque. Vi que, desde luego, el relleno era de color verde, de un verde brillante, casi luminoso. Alguien en la cocina estaba experimentando con los colorantes alimenticios. Me estremecí al pensar lo que podían llegar a hacer si se enfrentaban con un verdadero reto, como el hacer una pizza. Probablemente el aspecto final sería el de la paleta de un pintor enloquecido.

– Un médico. Un maravilloso médico judío -miró hacia los cielos -. Es un sueño hecho realidad.

– ¿Y qué pasó con Larry?

– Se ha ido a buscar fortuna a San Francisco. Larry era un negro, director escénico, con el que Milo había mantenido una relación intermitente durante unos dos años. Su último medio año había sido hoscamente platónico.

– Está metido en algún tipo de espectáculo, patrocinado por una de esas grandes empresas. Algo muy serio para la televisión educativa, en la línea de «Nuestra herencia agrícola: el amigo arado». Todo un programón.

– Malo, malo.

– No, la verdad es que deseo que le vaya muy bien. Bajo ese exterior neurótico se esconde un genuino talento.

– ¿Cómo conociste a tu doctor?

– Trabaja en la Sala de Emergencias de Cedars. Es nada menos que un cirujano. Yo estaba en un caso de atraco que acabó en agresión, él estaba colocando un tubo endovenenoso y nuestras miradas se cruzaron. El resto es ya historia.

Me reí tan fuerte que casi me sube el café por la nariz.

– Hace dos años que ha dejado de disimular lo que es.

Se casó mientras estaba en la Facultad de Medicina, tuvo un feo divorcio, fue excomulgado por su familia. No le faltó nada de todo el dramón. Es un tipo fantástico. Tienes que conocerlo.

– Me gustaría.

– Dame unos días para que repase toda la historia de la vida de Morton Handler y luego salimos un día por ahí.

– Trato hecho.

Eran las cuatro menos cinco. Acepté que el Departamento de Policía de Los Ángeles pagara mi comida. Milo dejó una enorme propina según la mejor tradición de la policía en el mundo entero. Camino de la calle le dio una palmada al trasero de Bettijean y la risa de ésta nos siguió al exterior.

El Santa Mónica Boulevard estaba comenzando a atascarse de tráfico y el aire empezaba a oler a polución. Cerré las ventanillas del Seville y puse el aire acondicionado. Coloqué en el cassette una cinta de Joe Pass y Stephane Grappelli. El sonido de Only a Paper Moon, tocado al estilo de los cuarenta llenó el coche. La música me hacía sentir bien. Milo dio una siestecita, roncando sonoramente. Metí el Seville en el tráfico y regresé a Brentwood.

4

La consulta de Towle estaba en una travesía de San Vicente, no muy lejos del Mercado Municipal del Condado de Brentwood, uno de los pocos mercados de barrio en el que las estrellas podían comprar sin que las asaltasen los curiosos. Se hallaba en un edificio diseñado a principios de los cincuenta, cuando estaban de moda los ladrillos color marrón claro, los techos bajos e inclinados y los cubos de cristal insertados en las paredes. Unas plantas de buganvilia y helechos hacían algo por aminorar la frialdad, pero aún así el edificio tenía un aspecto realmente severo.

Towle era el úncio ocupante del mismo y su nombre estaba dibujado en pan de oro en la puerta delantera de cristal. El aparcamiento estaba repleto de camionetas recubiertas de paneles de madera. Nos metimos junto a un Lincoln azul con un letrero en el parachoques que decía: «Hable en favor de los niños» que supuse que debía pertenecer al mismo buen doctor.

Dentro, la decoración no tenía nada que ver con el exterior. Era como si el decorador hubiera intentado compensar la dureza del edificio a base de atiborrar la sala de espera. El mobiliario era de madera estilo colonial, con cojines en los asientos. Las paredes estaban cubiertas con homilías bordadas y grabados almibarados de niñitos pescando y niñitas acicaléndose frente a espejos, colocándose los zapatos y el sombrero de mami. La sala estaba llena de niños y de mamas con aspecto de estar agotadas. El suelo estaba sembrado de revistas, libros y juguetes. En el aire flotaba un olor de pañales sucios. Si éste era el momento en que Towle tenía un poco de tiempo libre, no deseaba estar allí en una hora en que estuviese muy ocupado.

Cuando entramos, dos hombres no acompañados por niños, fuimos el centro de todas las miradas de las mujeres. Habíamos acordado antes que probablemente Towle estaría más a gusto hablando de doctor a doctor, así que Milo se buscó un asiento entre dos chavales de cinco años y yo fui hasta la ventanilla de la recepcionista. La chica que había al otro lado era una muchachita muy dulce con el cabello a lo Farrah Fawcett y la cara casi tan hermosa como la que imitaba. Estaba vestida de blanco y la galleta que llevaba colgada decía que se llamaba Sandi.

– Hola. Soy el doctor Delaware. Tengo una cita con el doctor Towle.

Obtuve una sonrisa acompañada por montones de hermosos y blancos dientes.

– Las citas no se están respetando demasiado esta tarde, pero entre. Estará con usted en un momento.

Atravesé la puerta, notando como varios pares de ojos maternos se clavaban en mi espalda. Algunas de ellas debían de llevar más de una hora esperando. Me pregunté por qué Towle no contrataría un ayudante.

Sandi me acompañó a la oficina del doctor, una habitación de paneles oscuros de unos cuatro por cuatro metros.

– Es sobre la niña Quinn, ¿no?

– Así es.

– Sacaré su historial -regresó con un sobre marrón y lo dejó sobre el escritorio de Towle. Tenía una señal roja. Vio que la miraba y me explicó:

– Los rojos son los hipers. Usamos códigos de colores. Amarillo para los enfermos crónicos, azul para las consultas especializadas.

– Muy eficiente.

– ¡Oh, no tiene usted idea…! -lanzó una risita y se puso una mano en una muy bien torneada cadera. Luego se inclinó y me dejó oler algo fragante-. ¿Sabe? Entre usted y yo le diré que esa pobre niña lo tiene crudo al estar creciendo con una madre como ésa.

– Entiendo lo que me quiere decir -asentí con la cabeza, sin comprender en lo más mínimo lo que estaba intentando decirme, pero esperando que fuera a explicármelo. Es lo que acostumbra a hacer la gente cuando uno no parece prestar atención a lo que dicen.

– Quiero decir que es tan despistada… me refiero a la madre. Cada vez que viene aquí se olvida algo, o pierde algo. En una ocasión fue su bolso. Otra se dejó las llaves del coche cerradas dentro. Realmente no se aclara demasiado.

Lancé una risita cómplice.

– Y no es que la pobre no lo haya pasado mal, trabajando en una granja de niña y luego casándose con ese tipo que acabó en pris…

– Sandi.

Ambos nos volvimos para ver a una mujer baja, de unos sesenta años, con el cabello cortado en forma de casco de color gris acero, que se hallaba en la puerta con los brazos cruzados. Sus gafas colgaban de una cadena que le rodeaba el cuello. También ella estaba vestida de blanco, pero en ella parecía un uniforme. Su galleta proclamaba que se trataba de Edna.

Supe al momento de quién se trataba: la mano derecha del doctor. Probablemente llevaba trabajando para él desde que había colgado la placa en la puerta y probablemente le estaba pagando la misma cantidad de dinero que al principio. Pero eso no importaba, ella no buscaba lucrarse. Ella estaba secretamente enamorada del Gran Hombre. Estaba dispuesto a apostar un montón de fichas de ruleta a que le llamaba Doctor. Sin apellido que acompañase al título. Simplemente Doctor. Como si fuera el único doctor que hubiera en el mundo.

– Hay que llenar algunos historiales -dijo.

– De acuerdo, Edna – Sandi se volvió hacia mí, me dio una mirada conspiradora que significaba «¿no es un rollo esta vieja bruja?» y se fue pasillo abajo.

– ¿Puedo hacer algo por usted? -me preguntó Edna, con los brazos aún cruzados.

– No, gracias.

– Bueno. Entonces, el doctor estará en seguida con usted.

– Muchas gracias -había que matarlos a cortesías. Su mirada me dejó bien claro que no aprobaba mi presencia allí. Sin duda cualquier cosa que alterase la rutina del doctor era considerado como una intromisión en el Paraíso. Pero, al fin, me dejó solo en el despacho.

Di una mirada en derredor de la habitación. El escritorio era de madera noble y estaba muy baqueteado. Estaba cubierto por montones de dossiers, revistas médicas, libros, correspondencia, muestras de fármacos y una jarra llena de clips para papel. La silla de escritorio y el sillón en el que yo estaba sentado habían sido en otro tiempo muebles de distinción, de cuero repujado, pero ahora ya estaban avejentados y cuarteados.

Dos de las paredes estaban cubiertas de diplomas. Lionel W. Towle había amasado, a lo largo de los años, una colección impresionante de papel. Grados académicos, certificados de estudios, una placa con mazo adherido que conmemoraba su pertenencia a algún tipo de tribunal médico, nombramientos como miembro honorario de esto y aquello, certificaciones de especialización, felicitaciones por servicios públicos rendidos en la nave hospital Hope, consultante en el Subcomité de Salud Infantil del Estado de California. Y más y más.

La otra pared exhibía fotografías. La mayor parte de ellas eran de Towle. Towle vestido de pescador, metido hasta la rodilla en algún río y alzando unas cuantas presas. Towle con un pez espada del tamaño de un Buick. Towle con el alcalde y un tipo bajito con ojos a lo Peter Lorre… y todos ellos sonrientes, estrechándose las manos.

Había una excepción en esta aparente autoobsesión. En el centro de la pared había colgado una foto en color de una mujer joven alzando en brazos a un niño pequeño. Los colores estaban ya pasados y, por el estilo de ropa que vestían los fotografiados, la foto debía tener tres décadas de antigüedad. Y tenía algo de ese desenfoque que indicaba que se trataba de una instantánea ampliada. Los tonos eran suaves, casi pasteles.

La mujer era hermosa, de rostro fresco, con un puñado de pecas a través de su nariz, ojos oscuros y un cabello castaño de largo mediano y ondulado natural. Llevaba puesto un vestido de aspecto muy ligero, sin mangas, en algodón a topos, y sus brazos eran delgados y gráciles. Estaban arropados en derredor del bebé, un chico, que parecía tener un par de años o menos. Era muy guapo. De mejillas sonrosadas, rubio, con labios como un piñón y ojos verdes. Estaba vestido con un trajecito de marinero, blanco, y sonreía en el abrazo de su madre. Las montañas y el lago que se veían a la distancia parecían reales.

– Es una hermosa foto, ¿no? -dijo la voz que había oído por el teléfono.

Era alto, al menos uno ochenta y ocho, y delgado, con el tipo de facciones que en las novelas malas describen como cinceladas. Era uno de los hombres de mediana edad más apuestos que jamás había visto. Su rostro era noble: una fuerte barbilla dividida en dos por un hoyuelo perfecto, la nariz de un senador romano, y ojos centelleantes del color de un cielo claro. Su espeso cabello, color blanco nieve, colgaba sobre su frente, al estilo de Carl Sandburg. Sus cejas eran blancas nubes gemelas.

Llevaba puesta una bata corta blanca sobre una camisa oxford azul, corbata color borgoña y pantalones gris oscuro con un sutil motivo cuadrado. Sus zapatos eran mocasines de cabritilla negra. Muy adecuado, de muy buen gusto. Pero la ropa no hace al hombre. É1 hubiera parecido un patricio vestido con un saco.

– ¿El doctor Delaware? Soy Will Towle.

– Alex.

Me levanté y nos estrechamos las manos. Su apretón era firme y seco. Los dedos que apretaban los míos eran enormes y me daba cuenta de la abundante fuerza que había tras ellos.

– Por favor, siéntese.

Tomó su lugar tras el escritorio, echó hacia atrás la silla y puso los pies sobre la mesa, descansándolos sobre un año de números atrasados de la Revista de Pediatría.

Respondí a su pregunta anterior.

– Es una bella foto. ¿Algún lugar en la costa noroeste del Pacífico?

– En el estado de Washington. El Bosque Nacional Olímpico. Estábamos allí de vacaciones en el cincuenta y uno. Yo era médico residente. Ésos eran mi esposa e hijo. Los perdí un mes más tarde, en un accidente de automóvil.

– Lo siento.

– Sí -una expresión lejana, adormecida, apareció en su rostro; fue un momento, hasta que salió de ella con un estremecimiento y volvió a enfocar la mirada.

– Lo conozco por su reputación, doctor Alex, así que es un placer el conocerle personalmente.

– Lo mismo digo.

– He seguido su carrera, porque tengo mucho interés en la pediatría del comportamiento. Me interesó sobre todo aquel trabajo que hizo con aquellos niños que fueron víctimas de Stuart Hickle. Muchos de ellos venían a mi consulta. Sus padres hablaban muy bien de usted.

– Gracias -me pareció que esperaba que dijera algo más al repecto, pero aquél era un caso que estaba cerrado -. Recuerdo haberle enviado cartas pidiéndole su consentimiento para tratarles.

– Claro, claro. Me encanta cooperar.

Ninguno de los dos hablamos, luego ambos hablamos al mismo tiempo:

– Lo que me gustaría… -dije yo.

– ¿Qué es lo que puedo…? -dijo él.

Nos interrumpimos. Nos echamos a reír, como buenos chicos, compañeros del Club Universitario. Le cedí la palabra. A pesar de su comportamiento educado presentía un tremendo ego acechando tras aquel flequillo blanco.

– Ha venido usted por la niña Quinn. ¿Qué puedo hacer por usted?

Le di los menos detalles posibles, insistiendo en la importancia de Melody Quinn como testigo y la naturaleza benigna de la intervención hipnótica. Acabé solicitándole que le permitiese abandonar la medicación con Ritalina durante una semana.

– ¿Realmente cree que esa niña le va a poder dar alguna información de importancia?

– No lo sé. Yo me he hecho la misma pregunta, pero ella es todo lo que tiene la policía.

– ¿Y cuál es el papel de usted en todo esto?

Me inventé un título al momento.

– Soy uno de sus consejeros especialistas. Me llaman, a veces, cuando hay un niño implicado.

– Ya veo.

Jugueteó con sus manos, construyendo arañas de diez patas y acabando con ellas.

– No sé qué decirle, Alex. Cuando empezamos a sacar a un paciente de lo que se ha determinado como dosificación óptima, a veces alteramos toda la red de respuesta bioquímica.

– Usted cree que tiene que estar medicada constantemente.

– Claro que sí. ¿Por qué, si no, iba a habérselo recetado? – no se mostraba ni irritado ni a la defensiva. Sonreía con calma y con una gran paciencia. El mensaje estaba claro: sólo un idiota iba a dudar de él.

– ¿Y no hay modo de reducir la dosis?

– Oh, ciertamente eso es posible, pero crea el mismo problema. No me gusta hacer experimentos cuando tengo la combinación ganadora.

– Ya veo -dudé, luego continué-. Debió de haber sido todo un problema para haber necesitado sesenta miligramos.

Towle se colocó unas gafas de lectura muy bajas sobre la nariz, tomó el dossier y lo hojeó.

– Déjeme ver, ah, sí. Humm. «La madre se queja de graves problemas en el comportamiento» -y, tras pasar algunas páginas más -. «Sus maestros informan de su fracaso en las tareas escolares. Tiene dificultad para mantener la atención durante períodos que sean algo más que muy cortos.» Ah… aquí hay una anotación posterior… «La niña pegó a su madre durante una discusión acerca de la necesidad de tener limpia la habitación.» Y una nota que dice: «Malas relaciones con su propia edad, pocas amistades.»

Estaba seguro que la discusión debía de haber tenido algo que ver con el tirar o no la morsa gigante. Gordo. El regalo de papi. En cuanto a las amistades… resultaba claro que la M and M Properties no iban a soportar aquel tipo de tonterías.

– Esto a mí me parece bastante grave, ¿no lo cree usted?

Lo que me parecía a mí era que todo aquello era pura caca de vaca. No había habido nada que se pareciese a una verdadera valoración psicológica. Nada como no hubiera sido aceptar sin dudas la palabra de la madre.

Miraba a Towle y veía en él a un farsante. Un farsante de muy buen aspecto, de cabello cano y muchas relaciones, así como los pedazos de papel adecuados en la pared. Ansiaba decírselo, pero aquello no iba a hacer ningún bien… ni a Melody, ni a Milo.

Así que hice una finta.

– No sabría decirle, usted es su doctor -el imitar una sonrisa de camaradería fue todo un ejercicio de autocontrol moral.

– Eso es cierto, Alex. Lo soy -se echó hacia atrás en su silla y se llevó las manos a la nuca-. Sé lo que está pensando: Will Towle es un recetapastillas. El uso de estimulantes no es sino otra forma de abusar de los niños.

– Yo no diría eso.

Apartó mi objeción con un gesto de la mano.

– No, no. Ya sé. Y no se lo tengo en cuenta. Su entrenamiento es comportaminterista y usted ve las cosas desde el punto de vista del comportaminterismo. Nos sucede a todos, todos perdemos la visión general a causa de nuestra profesión. Los cirujanos quieren solucionarlo todo cortando. Nosotros recetamos y ustedes analizan hasta el agotamiento.

Estaba empezando a sonar como un sermón.

– De acuerdo, los fármacos llevan aparejados riesgos. Pero es todo cuestión de analizar el riesgo y el beneficio. Consideremos a un niño como esa chica Quinn. ¿Con qué cuenta para empezar? Con unos genes inferiores… ambos padres son bastante limitados en lo intelectual -hizo que la palabra limitados sonase en forma cruel -. Pésimos genes y pobreza, más un matrimonio roto. Un padre ausente… aunque en algunos de los casos los niños están mejor sin el tipo de modelo de rol que les ofrecen sus padres. Malos genes, mal medio ambiente. La niña ya tiene dos puntos en su contra aun antes de salir de la matriz. ¿Es, pues, de extrañar que pronto veamos los signos evidentes: el comportamiento antisocial, el incumplimiento, los malos resultados escolares, el nada satisfactorio control de los impulsos?

Sentí un súbito impulso por defender a la pequeña Melody. Su genial doctor la estaba describiendo como una especie de marginada social absoluta. Pero me mantuve en silencio.

– Así que una niña como ésta… -se quitó las gafas y dejó el historial-… va a tener que portarse algo más que moderadamente bien en la escuela si es que va a lograr tener algo que se parezca a una vida decente. De lo contrario, no es más que otra generación de P.Q.N.V.U.M.

Protoplasma que no vale una mierda. Una de esas expresiones tan ingeniosas que ha imaginado la clase médica para describir a los pacientes especialmente infortunados.

El hacer el papel de complacido oyente de Towle no era la idea que yo tenía de un buen modo de pasar la tarde. Pero tenía la intuición de que aquello era alguna especie de ritual y que, si soportaba sonriente el que me largara aquella paliza didáctica, quizá al fin me diera lo que había ido a conseguir.

– Pero no hay modo en que una niña así logre triunfar, con sus genes y el medio ambiente luchando en su contra. No sin ayuda. Y ahí es donde entra en escena la medicación estimulante. Esas pildoras le permiten permanecer sentada el tiempo necesario y prestar atención el tiempo suficiente como para ser capaz de aprender algo. Controlan su comportamiento hasta el punto en que no pone en su contra a todos los que están a su alrededor.

– Tuve la impresión de que la madre usaba la medicación de un modo incontrolado… dándole una pildora extra los días en que hay un montón de visitantes al conjunto de apartamentos.

– Tendré que comprobar eso -no parecía preocupado-. Tiene que recordar, Alex, que esa niña no existe en un vacío. Hay un contexto social. Si ella y su madre no tuvieran dónde vivir esto no le iba a resultar muy terapéutico, ¿verdad?

Esperé, seguro de que aún había más. Seguro:

– Claro, me podría preguntar: ¿y qué hay de la psicoterapia? ¿Qué hay de la modificación del comportamiento? Y mi respuesta sería: Sí, ¿qué hay de ellos? No hay ninguna posibilidad de que esta madre desarrolle la capacidad de introspección necesaria para beneficiarse con éxito de la psicoterapia. Y le falta incluso la habilidad de siquiera cumplimentar un sistema estable de reglas y normas, necesario para la modificación del comportamiento. Con lo único que puede cumplir es con el suministrar tres pastillas al día a su hija. Pastillas que funcionan. Y no tengo ningún problema en decirle que no me siento ni un tanto así culpable al recetarlas, porque creo que son la única esperanza de la niña.

Era un gran final, que sin duda le proporcionaba grandes éxitos en el té de las Damas Auxiliares del Pediátrico del Oeste. Pero, en lo básico, era pura basura. Charlatanería pseudocientífica mezclada con mucho fascismo condescendiente. Había que dopar a los Untermenschen para convertirlos en buenos ciudadanos.

Se había ido calentando él mismo. Pero ahora volvía a estar perfectamente compuesto, tan apuesto y bajo control como siempre.

– No le he convencido, ¿verdad? -sonrió.

– No se trata de eso. Ha presentado usted algunos puntos muy interesantes, sobre los que tendré que pensar.

– Eso siempre es una buena idea, el pensarse las cosas – se frotó las manos -. Y, ahora, volvamos a lo que le trajo aquí… y perdóneme mi pequeña diatriba. ¿Cree usted realmente que sacando a esta niñita de los estimulantes la haremos más receptiva a la hipnosis?

– Lo creo.

– ¿A pesar de que su concentración será peor?

– A pesar de eso. Tengo inducciones que están especialmente indicadas para niños con cortos períodos de atención.

Las nevadas cejas se alzaron.

– ¿Oh, sí? Tendré que averiguar algo acerca de eso. ¿Sabe?, también yo he hecho algo de hipnosis. En el Ejército, para control del dolor. Sé que funciona.

– Puedo mandarle algunas publicaciones recientes.

– Muchas gracias, Alex – se alzó y estuvo claro que mi tiempo se había acabado -. Ha sido un placer el haberle conocido.

Otro apretón de manos.

– El placer ha sido mío, Will -esto empezaba a resultar nauseabundo.

La pregunta no hecha colgaba en el aire. Towle la atacó.

– Le diré lo que voy a hacer al respecto -me dijo, con una muy débil sonrisa.

– ¿Si?

– Voy a pensármelo.

– Ya veo.

– Sí. Pensaré en ello. Llámeme en un par de días.

– Lo haré, Will -y ojalá se te caigan los dientes y el cabello esta noche, so sacrosanto bastardo.

Camino hacia afuera, Edna me lanzó una mirada asesina y Sandi me sonrió. Las ignoré a las dos y rescaté a Milo del trío de enanos que estaba escalándolo como si fuera una de esas construcciones de un parque. Nos abrimos paso por entre la multitud, ahora en ebullición, de niños y madres y logramos llegar a salvo al coche.

5

Le conté a Milo todo mi encuentro con Towle mientras conducía de vuelta a mi casa.

– Juega a hacerse el interesante – su frente se arrugó y unas prominencias del tamaño de cerezas aparecieron justo por encima del borde de su mandíbula.

– Eso y algo más que no acabo de identificar. Es un tipo extraño. Se comporta de un modo muy cortés, casi obsequioso, y al cabo te das cuenta de que está jugando a sus juegos.

– ¿Y para qué tenía que hacerte ir allí si luego te iba a hacer ese papelón?

– No lo sé -era un rompecabezas, aquel tomarse un tiempo en una tarde tan atareada sólo para dar un sermón con toda tranquilidad. Toda nuestra conversación podría haber sido resumida en una charla de cinco minutos por teléfono-. Quizá sea su idea de la diversión. El pasarle la mano por la cara a otro profesional.

– ¡Vaya una diversión para un hombre tan atareado!

– Sí, pero el ego siempre tiene preferencia. Ya me he encontrado antes con tipos como Towle, obsesionados por estar al control, con ser el que manda. Hay muchos de ellos que son jefes de departamento, decanos y presidentes de comités.

– Y capitanes, e inspectores y jefes de la policía. -Justo…

– ¿Vas a llamarle, como te dijo? – parecía derrotado.

– Seguro, ¿qué tengo que perder?

– Claro.

Milo recuperó su Fiat y, tras algunos momentos de oraciones y tirar del starter logró ponerlo en marcha. Sacó la cabeza por la ventanilla y me miró cansado.

– Gracias, Alex. Voy a irme a casa y tirarme a la cama. Esto de no dormir está acabando conmigo…

– ¿Quieres echar una siesta aquí, antes de irte?

– No, gracias. Llegaré, si este montón de chatarra me lleva -dio una palmada a la abollada puerta-. Gracias de todos modos.

– Seguiré ocupándome de Melody.

– Estupendo. Te llamaré mañana -condujo un poco antes de que mi grito le hiciera detenerse. Retrocedió.

– ¿Qué pasa?

– Probablemente no es importante, pero he pensado que debía de decírtelo. La enfermera de la consulta de Towle me dijo que el padre de Melody está en la cárcel.

Asintió con la cabeza, con aire de sonámbulo.

– Como la mitad de este condado. Así son las cosas cuando la economía funciona mal. Gracias.

Y se marchó.

Eran las seis y cuarto y ya era oscuro. Me eché en la cama por unos minutos y cuando me desperté ya eran más de las nueve. Me levanté, me lavé la cara y llamé a Robin. No me respondió.

Me afeité de prisa, me puse un canguro y conduje hasta Hakata, en Santa Mónica. Bebí saké y comí sushi durante una hora, bromeando con el chef, que resultó tener una licenciatura en psicología por la Universidad de Tokio.

Llegué a casa, me desnudé y me di un baño caliente, tratando de borrar todo pensamiento acerca de Morton Handler, Melody Quinn y L.W. Towle, médico pediatra, de mi mente. Usé autohipnosis, imaginándome a Robin y a mí haciendo el amor en la cima de una montaña, en medio de una selva tropical. Enrojecido por la pasión, me levanté de la bañera y la volví a llamar. Tras diez timbrazos contestó, murmurando confusa, medio dormida.

Me excusé por haberla despertado, le dije que la amaba y colgué.

Medio minuto más tarde me llamó ella.

– ¿Eras tú, Alex? -sonaba como si estuviera soñando.

– Sí, cariño. Lamento haberte despertado.

– No, no hay problema… ¿qué hora es?

– Las once treinta.

– Oh, debo de haberme quedado dormida. ¿Qué tal estás, dulzura?

– Muy bien. Te llamé sobre las nueve.

– Estuve todo el día fuera, comprando madera. Hay un viejo fabricante de violines en el Simi Valley que se va a jubilar. Pasé seis horas eligiendo herramientas y rebuscando madera y marfil. Lamento que no me encontraras.

Sonaba exhausta.

– Yo también lo lamento, pero vuélvete a la cama. Duerme un poco y ya te llamaré mañana.

– Si quieres venir, puedes.

Lo pensé, pero estaba demasiado inquieto como para resultar una buena compañía.

– No, muñeca. Descansa. ¿Qué te parece si cenamos mañana? Elige tú el sitio.

– De acuerdo, querido -bostezó… un sonido suave y dulce-. Te quiero.

– Yo también.

Me llevó un tiempo quedarme dormido y, cuando finalmente lo logré, fue un dormir inquieto, marcado por sueños en blanco y negro, con mucho movimiento en ellos. No recuerdo de qué trataban, pero el diálogo era repetitivo y lento, como si todo el mundo estuviera hablando con labios paralizados y bocas llenas de arena húmeda.

A mitad de la noche me levanté, para comprobar si las puertas y ventanas estaban cerradas.

6

Me desperté a las seis de la mañana siguiente, lleno de una energía indefinida. Hacía más de cinco meses que no me había sentido así. La tensión no era mala del todo, pues con ella me llegaba una sensación de tener un propósito que cumplir. Pero, hacia las siete, había ido en incremento, por lo que paseaba por dentro de casa como un jaguar en su jaula.

A las siete treinta decidí que ya era bastante tarde. Marqué el número de Bonita Quinn. Estaba totalmente despierta y sonaba como si hubiera estado esperando mi llamada.

– Buenos días, doctor.

– Buenos días. Pensé que quizá pudiera pasar por ahí, para estar unas horas con Melody.

– ¿Por qué no? No tiene nada que hacer -bajó la voz -. ¿Sabe?, creo que usted le cayó bien. Estuvo hablando de cómo había estado jugando con ella.

– Eso es bueno. Haremos algunas cosas más hoy. Estaré ahí dentro de una media hora.

Cuando llegué, estaba vestida y preparada para salir. Su madre le había puesto un traje de verano de color amarillo pálido que dejaba al descubierto su blanca y huesuda espalda y sus brazos delgados como palitos. Su cabello estaba recogido hacia atrás en una cola de caballo, atado con una cinta amarilla. Agarraba un pequeño bolso de cuero. Yo había pensado pasar algún tiempo en su habitación y luego quizá llevarla a comer fuera, pero estaba bien claro que ella estaba deseando salir.

– Hey, Melody.

Ella apartó la mirada y se chupó el pulgar.

– Esta mañana estás muy bonita.

Sonrió tímidamente.

– Pensé que quizá podíamos dar un paseo con el coche. Ir a un parque. ¿Qué tal te suena eso?

– De acuerdo -la voz quebradiza.

– Muy bien -metí la cabeza en el interior del apartamento. Bonita Quinn estaba pasando la aspiradora, empujándola como si se tratase de una carretada de pescados. Llevaba una sudadera azul en la cabeza y un cigarrillo colgaba de sus labios. La televisión estaba puesta en un programa religioso, pero la pantalla estaba oscurecida por la nieve electrónica y el coro quedaba ahogado por el ruido de la aspiradora.

Le toqué el hombro. Dio un salto.

– Me la voy a llevar, ¿vale? -grité por encima del estrépito.

– Está bien -cuando habló, el cigarrillo se agitó como un cebo para truchas en un torrente saltarín.

Volví con Melody.

– Vamos.

Caminó junto a mí. A medio camino del aparcamiento su pequeña mano se había introducido en la mía.

A través de una serie de curvas por las colinas y afortunados atajos, conecté con la Ocean Avenue. Conduje hacia el sur, hacia Santa Mónica, hasta que llegamos al parque en la cima de la colina que dominaba la autopista Pacific Coast. Eran las ocho treinta de la mañana. El cielo estaba claro, salpicado únicamente con un puñado de nubes, como guijarros, que podían estar tan lejos como Hawaii. Hallé un lugar en el que aparcar en la calle, justo delante de la Camera Oscura y el Centro de Recreo para los Ciudadanos Mayores.

Aun a aquella hora temprana de la mañana el lugar estaba a rebosar. Los ancianos atestaban los bancos y el patio delantero. Algunos de ellos charloteaban sin cesar con otros, o consigo mismos. Otros miraban fijamente al paseo, en mudo trance. Chavalas de piernas largas con mínimas camisetas y pantaloncitos de satén que sólo cubrían la décima parte de su región glútea pasaban patinando, trasformando los senderos entre las palmeras en autopistas de carne. Algunas de ellas llevaban auriculares estéreo… aceleradas mujeres del espacio, con expresiones beatíficas congeladas en sus rostros perfectos a la califor- niana.

Los turistas japoneses tomaban fotos, se daban codazos los unos a los otros, señalaban y reían. Vagos mal vestidos estaban sin hacer nada junto a la barandilla que separaba el incierto acantilado del puro espacio vertiginoso. Fumaban tapando el cigarrillo con la mano y contemplaban al mundo con miedo y disgusto. Un número sorprendente de ellos eran hombres jóvenes. Todos tenían el aspecto de haber salido reptando de alguna profunda, oscura e improductiva mina.

Había estudiantes leyendo, parejas tendidas sobre la hierba, niños corriendo por entre los árboles y algunos encuentros furtivos que sospechosamente parecían compraventas de droga.

Melody y yo caminamos a lo largo del borde exterior del parque, mano con mano, hablando poco. Le ofrecí comprarle un barquillo de un vendedor callejero, pero me contestó que no tenía hambre. Recordé que la pérdida del apetito era otro de los efectos secundarios de la Ritalina. O quizá fuese que acababa de desayunar copiosamente.

Llegamos al sendero que llevaba al muelle.

– ¿Has montado alguna vez en un tío-vivo? -le pregunté.

– En una ocasión. Fuimos en una excursión del colegio a la Montaña Mágica. Las montañas rusas me asustaron, pero me gustó el tío-vivo.

– Vamos -señalé hacia el muelle-. Hay uno allí. Daremos unas vueltas.

En contraste con el parque, el muelle casi estaba desierto. Había alguna gente pescando acá y allá, en su mayoría viejos negros y asiáticos, pero sus expresiones eran pesimistas y sus cubos estaban vacíos. Los viejos tablones de madera del malecón estaban llenos de escamas secas que se habían quedado pegadas a ellos, lo que les daba el aspecto de tener lentejuelas bajo aquel sol matutino. Varios de los envejecidos tablones tenían rajas y, mientras caminábamos, pude ver fugazmente el mar que abajo golpeaba a las pilastras y se retiraba con un siseo de advertencia. A la sombra de la parte inferior de la tripa del muelle el agua se veía negra-verdosa. Había un fuerte olor a creosota y sal en el aire, un aroma maduro y crudo de soledad y horas malgastadas.

Los billares en donde yo acostumbraba a esconderme mientras jugábamos de niños habían sido cerrados. En su lugar había un salón de juegos electrónicos, lleno de máquinas de vídeo. Un solitario chico mejicano tiraba decidido de la manecilla de uno de esos robots pintarrajeados con colores escandalosos. El sonido del ordenador surgía en pips y creecks.

El tío-vivo se albergaba en un edificio que más semejaba un cavernoso granero y que parecía como si fuera a hundirse a la siguiente crecida de la marea. El que lo manejaba era un hombrecillo con una tripa del tamaño de un melón y la piel despellejándosele alrededor de las orejas. Estaba sentado en un taburete, leyendo un impreso de las carreras de caballos y pretendiendo que no estábamos allí.

– Nos gustaría montar en el tío-vivo.

Alzó la vista, nos repasó de una mirada. Melody estaba mirando los viejos carteles que había en una pared: Buffalo Bill, una imagen victoriana de unos enamorados.

– Un cuarto de dólar cada vez.

Le di un par de billetes.

– Téngalo girando un rato.

– Seguro.

La alcé hasta un gran caballo blanco y oro, con una pluma rosa por cola. La barra de latón en la que estaba empalado tenía tiras diagonales a lo largo. Seguro que subía y bajaba. Me puse en pie junto a ella.

El hombrecillo estaba hundido en su lectura. Tendió una mano, apretó un botón de un oxidado mando, tiró de una palanca y una versión reumática de El Danubio Azul surgió de una docena de altavoces ocultos. El carrusel empezó a andar lentamente, y luego fue girando, mientras los caballos, los monos, los carruajes empezaban a vivir, moviéndose en un contrapunto vertical a la revolución de la máquina.

Las manos de Melody se aferraron al cuello de su montura; miraba fijamente hacia adelante. De un modo gradual fue relajando su presa y se permitió mirar alrededor. Hacia la veinteava revolución estaba moviéndose con la música, con los ojos cerrados y la boca abierta en una risa silenciosa.

Cuando la música acabó al fin, la ayudé a bajar y descendió algo mareada al sucio suelo de cemento. Estaba lanzando risitas y agitando su bolso en un alegre ritmo, al compás del ya acabado vals.

Dejamos el granero y nos aventuramos hasta el extremo del muelle. Ella estaba fascinada por los enormes depósitos de cebo, repletos de estremecientes anchoas, asombrada por el contenedor de peces de roca frescos que estaba siendo alzado por un trío de musculosos y barbudos pescadores. Los pescados rojizos estaban muertos en un montón. La rápida ascensión desde el fondo del océano había hecho que las vejigas de aire de algunos de ellos hubieran estallado y salido por sus bocas. Unos cangrejos, del tamaño de abejas, correteaban por dentro y alrededor de los inertes cuerpos. Las gaviotas picaban para saquear y eran asustadas por las manos marrones de los pescadores.

Uno de los pescadores, un chico de no más de los dieciocho, la vio mirando fijo.

– Vaya espectáculo, ¿eh?

– Aja.

– Dile a tu papi que te lleve a sitios más bonitos en su día libre. -Se echó a reír.

Melody sonrió. No trató de corregirle. Alguien estaba friendo gambas. Vi cómo se le arrugaba la nariz.

– ¿Tienes hambre?

– Un poco. – Parecía inquieta.

– ¿Pasa algo?

– Mamá me dijo que no te pidiera muchas cosas.

– No te preocupes. Le diré a tu madre que has sido muy buena chica. ¿Has desayunado?

– Algo.

– ¿Qué has tomado?

– Un zumo. Y un trozo de donut. De esos con polvos blancos encima.

– ¿Eso es todo?

– Aja -alzó la vista hacia mí, como si esperase ser castigada. Suavicé mi tono.

– Supongo que no tendrías hambre a la hora de desayunar, ¿eh?

– Aja -a tomar viento la teoría del desayuno copioso.

– Bueno, pues yo tengo mucha hambre -era cierto. Lo único que me había tomado era un café-. ¿Qué te parece si los dos comemos algo?

– Gracias, doctor Del… -se atragantó con mi apellido.

– Llámame Alex.

– Gracias, Alex.

Localizamos la fuente de los olores de cocina en un destartalado chiringuito situado entre una tienda de souvenirs y un puesto de venta de anzuelos y cebos. La mujer tras el mostrador era obesa y de un color blanco pastoso. El humo y el vapor subían en nubes alrededor de su rostro de luna, dándole un efecto de halo parpadeante. Unas freidoras chisporroteaban al fondo.

Compré una grasienta bolsa, grande y llena de cosas buenas: raciones, envueltas en papel de plata, de gambas y pescado frito, una bandeja de patatas fritas del tamaño de porras de policía, pozuelos de plástico, cerrados, con salsa tártara y ketchup, tubitos de papel con sal y dos latas de una cola de marca desconocida.

– No se olvide de esto, señor.

La gorda me tendía un puñado de servilletas de papel.

– Gracias.

– Ya sabe cómo son los crios -bajó la vista hacia Melody-. Disfruta con la comida, cariño.

Nos llevamos la comida del muelle y hallé un lugar tranquilo en la playa, no muy lejos del Centro de Longevidad Pritikin. Nos comimos nuestras grasientas viandas, mientras contemplábamos cómo hombres de mediana edad trataban de hacer footing alrededor de la manzana, movidos por el combustible que era la clase de comida sin gracia que el Centro debiera estar sirviendo aquellos días.

Comió como un camionero. Se estaba acercando el mediodía, lo que significaba que, normalmente, debería estar preparada a recibir su segunda dosis de anfetamina. Su madre no me había ofrecido la medicación para que me la llevara, y yo no había pensado, o no había querido, pedírsela.

El cambio de su comportamiento resultó evidente a mediados de la comida y fue siendo más obvio con cada minuto que pasaba.

Empezó a moverse más. Estaba más alerta. Su rostro se animó más. Se removía, como si se estuviese despertando de un largo y confuso sueño. Miraba en derredor, recién entrada en contacto con lo que la rodeaba.

– Míralos – señaló a un grupo de surfers, vestidos con trajes de goma, que flotaban sobre las olas en la distancia.

– Parecen focas, ¿no?

Lanzó una risita.

– ¿Podría meterme en el agua, Alex?

– Quítate los zapatos y mete los pies, pero sin alejarte de la orilla… donde el agua toca a la arena. Trata de no mojarte el vestido.

Me metí gambas en la boca, me incliné hacia atrás y la contemplé correr hasta el borde del agua, con sus delgadas piernas pateando las ondas. En una ocasión se volvió en mi dirección y me saludó con la mano.

La contemplé jugar de este modo durante unos veinte minutos o así. Luego me enrollé las perneras de los pantalones, me quité los zapatos y los calcetines y me uní a ella.

Corrimos juntos. Sus piernas funcionaban mejor a cada instante que pasaba; pronto fue una gacela. Lanzaba gritos y chapoteaba y siguió corriendo hasta que ambos nos quedamos sin respiración. Caminamos de regreso al lugar de nuestro picnic y nos desplomamos en la arena. Su cabello era una maraña, así que le solté las pinzas y se lo puse bien. Su diminuto pecho jadeaba. Sus pies estaban rebozados en arena desde el tobillo hasta abajo. Cuando al fin recuperó el aliento, me preguntó:

– He… he sido una niña buena, ¿no?

– Has sido maravillosa.

No parecía muy segura.

– ¿Acaso no lo crees tú, Melody?

– No sé. A veces pienso que soy buena y mamá se enfada mucho o la señora Brookhouse dice que soy mala.

– Siempre eres una buena chica. Incluso si alguien piensa que has hecho algo malo. ¿Comprendes lo que te digo?

– Creo que sí.

– No estás segura, ¿eh?

– Me… me lío.

– Todo el mundo se lía. Los niños, los padres y las madres. Y los doctores.

– ¿El doctor Towle también?

– Incluso el doctor Towle.

Estuvo digiriendo aquello durante un rato. Los grandes ojos oscuros saltaban de aquí a allí, moviéndose del agua a mi cara, al cielo y vuelta a mí.

– Mamá me dijo que me vas a hipnotizar -ella dijo himotizar.

– Sólo si tú lo quieres. ¿Recuerdas por qué pensamos que podía sernos de ayuda?

– Creo. ¿Para hacer que piense mejor?

– No. Ya piensas muy bien. Esto -le palmeé la cabeza- funciona bien. Queremos usar la hipnosis, hipnotizarte, para que nos puedas hacer un favor. Para que puedas recordar una cosa.

– Acerca de cuando al otro doctor le hicieron daño.

Dudé. Tenía el hábito de ser honesto con los niños, pero si no le habían dicho que Gutiérrez y Handler estaban muertos yo no iba a ser quien le diera la noticia. No si no tenía la posibilidad de estar cerca para poder recoger luego los pedazos.

– Sí. Acerca de eso.

– Le dije al policía que no recordaba nada. Todo estaba muy oscuro y eso.

– A veces la gente recuerda mejor después de que la hipnotizan.

Me miró, asustada.

– ¿Te da miedo el que te hipnotice?

– Aja.

– Eso está bien. Está bien el tener miedo de algunas cosas. Pero en realidad no hay nada que te pueda dar miedo en el que te hipnotice. En realidad es muy divertido. ¿Has visto a alguien al que le hayan hipnotizado?

– No.

– ¿Nunca? ¿Ni en los dibujos animados? Se le iluminó el rostro.

– Eso sí, cuando el tipo del sombrero en punta hipnotizó a Popeye y le salieron ondas de los dedos y Popeye salió por la ventana y no se cayó.

– Justo. Ese dibujo también lo he visto yo. El tipo del sombrero en punta le hacía hacer todo tipo de cosas raras a Popeye.

– Aja.

– Bueno, eso está bien para los dibujos animados, pero el hipnotismo de verdad no tiene nada que ver con eso – le di una versión para una niña de la explicación que le había dado a su madre…Y pareció creerme porque al miedo lo sustituyó una especie de fascinación.

– ¿Podemos hacerlo ahora?

Dudé. La playa estaba vacía, teníamos mucha intimidad. Y el momento era adecuado. Que Towle se fuera al infierno…

– No veo por qué no. Pero primero pongámonos bien cómodos.

Le hice que clavara la vista en una pequeña piedrecita brillante mientras la mantenía en la mano. Al cabo de unos instantes estaba parpadeando, en respuesta a la sugestión. Su respiración se hizo más lenta y se tornó regular. Le dije que cerrara los ojos y escuchase al ruido de las olas, golpeando contra la costa. Luego le dije que se imaginara estar descendiendo unas escaleras y pasando por una hermosa puerta que llevaba a uno de sus lugares favoritos.

– No sé dónde está, ni sé lo que hay dentro, pero es un lugar muy especial para ti. Me lo puedes decir o mantenerlo como un secreto, pero el estar ahí te hace sentirte tan cómoda, tan feliz, tan al control…

Un poco más de aquello y estaba en un profundo estado hipnótico.

– Ahora puedes oír el sonido de mi voz sin tener que escucharme. Sólo sigue disfrutando de tu lugar favorito y pásatelo muy bien.

La dejé ir por unos cinco minutos. En su pequeño y delgado rostro había una expresión angelical. Un suave viento agitaba los rizos sueltos de su cabello. Parecía diminuta, sentada en la arena, con las manos descansando en su regazo.

Le di una sugestión para que fuese hacia atrás en el tiempo, la llevé de vuelta a la noche del asesinato. Se puso en tensión por un instante, luego volvió a la respiración profunda y regular.

– Todavía te sientes totalmente relajada, Melody. Muy cómoda y totalmente al control. Pero ahora puedes verte a ti misma, como si fueras una estrella de las de la tele. Ahora te ves a ti misma saliendo de la cama…

Se entreabrieron sus labios y se pasó la lengua por ellos.

– Y te vas a la ventana y te sientas junto a ella, mirando hacia afuera. ¿Qué es lo que ves?

– Oscuridad -la palabra apenas si fue audible.

– Sí, es de noche. Y hay algo más.

– No.

– De acuerdo. Quedémonos sentados un rato más.

Unos minutos más tarde:

– ¿Puedes ver alguna otra cosa en la oscuridad, Melody?

– Oh- oh. Oscuridad.

Lo intenté unas cuantas veces más, y luego lo dejé correr. O bien no había visto nada y aquello de los dos o tres hombres había sido una invención, o estaba bloqueando. En cualquier caso no iba a sacar nada de ella.

La dejé disfrutar de su lugar favorito, le di sugerencias para que tuviera dominio sobre sí misma, control y para sentirse tranquila y feliz y la saqué suavemente de la hipnosis. Salió de ella sonriendo.

– ¡Esto ha sido divertido!

– Me alegra que te haya gustado. Parece que tenías un lugar favorito realmente bueno.

– ¡Me dijiste que no tenía que decirte cuál era!

– Es cierto, no tienes por qué hacerlo.

– Bueno, ¿y si quiero? -hizo un mohín,

– Entonces puedes.

– Humm – saboreó su poder por un momento -. Quiero decírtelo. Estaba dando vueltas en el tío-vivo. Girando y girando, más y más de prisa.

– Ésa ha sido una muy buena elección.

– Cada vez que daba una vuelta me sentía más y más feliz. ¿Podremos ir allí alguna otra vez?

– Seguro -ahora sí la has hecho buena, Alex. Te has metido en algo de lo que no te va a resultar fácil salir. Padre instantáneo, sólo hay que añadir sentido de culpa y agitar.

De vuelta al coche se volvió hacia mí.

– Alex, ¿no me dijiste que al hipnotizarte te resulta más fácil recordar?

– Puede.

– ¿Podría usarlo para recordar a mi papi?

– ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

– Nunca. Se fue cuando yo era una niña muy pequeña; él y mamá ya no viven juntos.

– ¿No te visita?

– No. Vive muy lejos. Una vez me llamó por teléfono, antes de las Navidades, pero yo estaba durmiendo. Mamá no me despertó. Me enfadé muchísimo.

– Lo entiendo.

– La pegué.

– Debías de estar realmente enfadada.

– Aja – se mordió el labio-. A veces me manda cosas.

– ¿Cómo Gordo?

– Sí, y otras cosas -buscó en su bolso y sacó lo que parecía ser el corazón de una fruta seca, o una semilla grande. Había sido tallado para que pareciese un rostro, una cara haciendo una mueca, con ojos de cuentas de vidrio y tiras de negro cabello acrílico pegadas a la parte superior. Una cabeza, una cabeza reducida. El tipo de basura repugnante que puedes hallar en cualquier tenderete de recuerdos para turistas en Tijuana. Por la forma en que lo aguantaba podría haber sido la Joya de la Corona de Kwarshiorkor…

– Muy bonito -di una vuelta a aquella cosa nudosa y se la devolví.

– Me gustaría verle, pero mamá dice que no sabe dónde está. ¿Podría ayudarme a recordarlo el que me hipnotizaras?

– Sería muy difícil, Melody, porque no lo has visto en mucho tiempo… Pero lo podemos intentar. ¿Tienes algo para ayudarte a recordarlo… una foto de él?

– Aja -buscó de nuevo en su bolso y sacó una doblada y mutilada instantánea. Probablemente la había manoseado tanto como a las cuentas de un rosario. Pensé en la foto en la pared de Towle. Ésta era la semana de los recuerdos en celuloide. ¡Ah, señor Eastman, si hubiera sabido que su pequeña caja negra iba a poder ser usada para conservar el pasado como el feto de un nonato en una botella con formol!

Era una desvaída foto en color de un hombre y una mujer. La mujer era Bonita Quinn en días más jóvenes, pero no mucho más hermosos. Incluso en la veintena había poseído una triste máscara como rostro que predecía un futuro inmisericorde. Vestía una ropa que mostraba demasiada cacha desnutrida. Su cabello era largo y liso y estaba separado en la mitad. Ella y su compañero estaban frente a lo que parecía ser un bar rural, el tipo de lugar en el cual tomar copas y que uno halla enfrente cuando da la vuelta a una inesperada curva en la autopista; las paredes del edificio eran de troncos mal desbastados. En la ventana se veía un cartel de la cerveza Budweiser.

Su brazo estaba en derredor de la cintura del hombre, que había colocado el suyo sobre el hombro de ella. Él vestía una camiseta de manga corta, tejanos y botas de cordones. Junto a él era visible la parte trasera de una motocicleta.

Era un tipo bien extraño. Un lado de él… el izquierdo, se caía y se le notaba algo más que una simple impresión de atrofia que iba a todo lo largo de ese costado, desde la cara al pie. Parecía mal hecho, como una fruta que ha sido partida en dos y luego vuelta a juntar pero no con demasiada precisión. Cuando uno dejaba de lado esa asimetría no tenía mal aspecto: alto, delgado, con un cabello lacio que le llegaba hasta los hombros, rubio, y con un espeso bigote.

Tenía en su rostro la expresión de los que se creen listos, que contrastaba con la solemnidad de Bonita. Era el tipo de mirada que uno ve en la cara de los matones locales, cuando entra en un pequeño bar de un pueblo desconocido. El tipo de expresión que uno se cuida muy bien de evitar, porque significa que van a haber problemas y nada más que problemas.

No me soprendía que su propietario hubiera acabado entre rejas.

– Aquí tienes – le devolví la foto y la guardó cuidadosamente en su bolso.

– ¿Quieres hacer otra carrera?

– No. Estoy bastante cansada.

– ¿Quieres volver a casa?

– Aja.

Durante el camino de regreso al apartamento estuvo muy quieta, como si volviera a estar dopada. Tuve la preocupante sensación de que no le había hecho ningún bien a aquella niña, que la había sobreestimulado, sólo para volverla a devolver a una rutina árida.

¿Estaba preparado para jugar el papel de chico bueno que va al rescate de un modo regular?

Pensé en la charla de despedida que uno de los profesores más veteranos de la escuela de graduados había dado a la clase de aspirantes a psicoterapeutas que estaban a punto de graduarse:

«Cuando uno decide ganarse la vida a base de ayudar a la gente que está envuelta en dolores emocionales, también está haciendo la elección de cargárselos a las espaldas durante un tiempo. Al infierno con todas esas chácharas de aceptar las propias responsabilidades, de afirmar el puesto que uno tiene en la vida. Todo eso es pura basura. Cada día de sus vidas van a chocar contra la impotencia. Sus pacientes van a marcarles, como esos pajarillos que se unen al primer ser vivo que divisan en cuanto sacan la cabeza fuera del cascarón. Y si no pueden soportar eso, mejor se hacen contables.»

Y, justo en aquel momento, un libro de caja lleno de hileras de números me hubiera resultado una agradable visión.

7

Fui al estudio de Robin a las siete y media. Habían pasado varios días desde la última vez que la había visto y la echaba en falta. Cuando me abrió la puerta llevaba puesto un vestido de gasa blanca que acentuaba el tono oliva de su piel. Su cabello caía suelto y tenía aros de oro en las orejas.

Me abrió los brazos y nos abrazamos durante largo rato. Entramos, aún abrazados.

Su casa es una vieja tienda en la Pacific Avenue en Venice. Como muchos otros estudios de los alrededores, no tiene cartel alguno, y las ventanas están pintadas en blanco opaco.

Me llevó a través de la parte delantera, el área de trabajo, que estaba llena de herramientas a motor: una sierra de mesa, otra de cinta, torno, montones de madera, moldes, escoplos, galgas y plantillas. Como de costumbre, la habitación olía a goma de carpintero y serrín. El suelo estaba lleno de virutas.

Abrió de un empujón las dobles puertas batientes y estuvimos en la zona de vivienda: sala de estar, cocina, altillo-dormitorio con baño, pequeña oficina. A diferencia del taller, su espacio personal no estaba atestado. Había hecho ella misma la mayor parte del mobiliario, y era de sólida madera, simple y elegante.

Me sentó en un blando sofá de algodón. En una bandeja de cerámica estaba dispuesto café con pastel y platos, tenedores y servilletas.

Se sentó junto a mí. Tomé su cara entre mis manos y la besé.

– Hola, cariño -puso sus brazos alrededor de mí. Podía notar la firmeza de su espalda a través del delgado tejido, una firmeza basada en una suavidad curvada y que cedía. Ella trabajaba con las manos y siempre me asombraba encontrar en ella esa especial combinación de músculos y voluptuosidad femenina. Cuando se movía, ya fuera manejando un pedazo de madera en derredor de las rapaces fauces de la sierra de banda o simplemente caminando, lo hacía con gracilidad y confianza. El haberla conocido era lo mejor que jamás me había ocurrido. Sólo por aquello había valido la pena el haber dejado mi trabajo.

Yo había estado husmeando por McCabe, la tienda de guitarras de Santa Mónica, rebuscando entre las viejas partituras de música y probando los instrumentos que colgaban de las paredes. Había estado mirando una guitarra particularmente atractiva, como mi Martin, pero aún mejor hecha. Había admirado el arte del fabricante, era un instrumento hecho a mano, y había pasado mis dedos sobre las cuerdas, que habían vibrado con perfecto equilibrio y sostenido. Tomándola de la pared la había tocado y había sonado tan bien como se veía, resonando como una campana.

– ¿Le gusta?

La voz era femenina y pertenecía a una deslumbrante criatura que estaría en la medianía de los veinte. Estaba muy cerca de mí y no sabía cuánto tiempo llevaba allí. Yo había estado perdido en la música. Tenía una cara en forma de corazón, culminada en una mata exuberante de cabellos castaños. Sus ojos eran como almendras, colocados muy separados, del color de la madera antigua. Era pequeña, de no más de uno cincuenta y cinco, con delgadas muñecas que se abrían en delicadas manos y largos y afilados dedos. Cuando sonreía sus dos incisivos superiores, mayores que los otros dientes, destelleaban marfil.

– Sí. Creo que es excelente.

– No es tan buena – se puso las manos en las caderas, unas caderas muy definidas. Tenía el tipo de silueta, de cintura pequeña, abundante busto y, en general, suavemente cóncava, que no podía ser camuflada por el mono que se había colocado sobre el jersey de cuello de cisne.

– ¿De veras?

– De veras – me cogió la guitarra de las manos y dio un golpecito en la madera-. Hay un punto, justo aquí, en donde la han lijado demasiado, es demasiado fina. Y el equilibrio entre la parte de arriba y la caja podría ser mejor.

Rasgueó unos acordes.

– Teniéndolo todo en cuenta, yo le daría un ocho en una escala del uno al diez.

– Parece ser usted una experta en el tema.

– Tengo que serlo. Yo la he hecho.

Aquella tarde me llevó a su taller y me mostró el instrumento en que estaba trabajando.

– Éste va a ser un diez. El otro fue uno de los primeros que hice. Una aprende con la experiencia.

Algunas semanas más tarde me admitió que había sido su modo de ligarme, su versión particular del viejo truco de ven a mi casa a ver los grabados chinos que tengo.

– Me gustó el modo en que tocaste. ¡Tanta sensibilidad!

Después de eso nos vimos de un modo regular. Me enteré de que era hija única, la hija muy especial de un ebanista de gran talento que le había enseñado todo lo que sabía acerca de cómo transformar la simple madera en objetos de auténtica belleza. Ella había probado en la universidad, graduándose en diseño, pero la excesiva reglamentación la había irritado, como también lo había hecho el que su padre supiera más de un modo intuitivo sobre forma y función que todos sus profesores y libros juntos. Cuando él murió, ella colgó los estudios, tomó el dinero que él le había dejado y lo invirtió en una tienda en San Luis Obispo. Conoció a músicos locales, que le llevaban sus instrumentos para que se los arreglara. Al principió era un trabajillo adicional, pues estaba tratando de ganarse la vida diseñando y construyendo mobiliario por encargo. Luego comenzó a tomarse un mayor interés en las guitarras, banjos y mandolinas que hallaban el camino hasta su mesa de trabajo. Leyó algunos libros acerca de cómo se hacen guitarras, descubrió que tenía todos los requisitos requeridos e hizo su primera guitarra. Sonaba bien y la vendió por quinientos dólares. Estaba enganchada. Dos semanas más tarde se trasladó a Los Ángeles, allá donde estaban los músicos, y abrió su tienda.

Cuando la conocí estaba fabricando un par de instrumentos al mes, al tiempo que se ocupaba de las reparaciones. Había escrito en las revistas especializadas y tenía una lista de espera de cuatro meses. Estaba empezado a ganarse la vida.

Probablemente la amé ya el primer día que la conocí, pero me costó un par de semanas el descubrirlo.

Pasados tres meses empezamos a hablar de vivir juntos, pero eso no sucedió. No había objeción filosófica por ninguna de las partes, pero la casa era demasiado pequeña para dos personas y mi casa no podía acomodar su negocio. Suena poco romántico el dejar que temas tan mundanos como el espacio y el confort se interpongan en el camino, pero estábamos pasándonoslo tan bien el uno con el otro, mientras manteníamos nuestra intimidad, que no teníamos el incentivo necesario para hacer un cambio. A menudo pasaba la noche conmigo, otras veces yo me desplomaba en su altillo. Algunas noches íbamos cada uno por nuestro camino separado.

No era una mala situación.

Sorbí el café y miré al pastel.

– Toma un poco, mi niño.

– No quiero ponerme como un cerdo antes de la cena.

– Quizá no vayamos a cenar -me acarició la nuca-. ¡Oh, cuanta tensión!

Empezó a masajear los músculos de la parte superior de mi espalda.

– Hace tiempo que no estabas de esta manera.

– Hay una buena razón para ello -y le conté la visita de Milo por la mañana, el asesinato, Melody, Towle.

Cuando hube acabado colocó sus manos en mis hombros.

– Alex, ¿realmente quieres meterte en una cosa como ésta?

– ¿Acaso puedo elegir? Veo los ojos de esa niña en mis sueños. Fui un tonto por dejar que me metieran en esto, pero ahora ya no hay forma de salir.

– Eres tan fácil de convencer… y tan bueno.

Me dio un suave puñetazo bajo la barbilla. La atraje hacia mí y hundí mi cara en su cuello. Olía a limón, a miel y a madera.

– De veras que te quiero.

– Yo también te quiero, Alex.

Nos desnudamos el uno al otro y, cuando estuvimos totalmente desnudos, la alcé en brazos y la subí por las escaleras al altillo. No deseando estar separado de ella ni por un segundo, mantuve mi boca pegada a la de ella mientras maniobraba para colocarme encima. Se aferró a mí, con brazos y piernas como tentáculos. Conectamos y estuve dentro.

8

Dormimos hasta las diez de la noche y entonces me desperté muerto de gana. Bajé a la cocina y preparé bocadillos de salami italiano y queso suizo, con pan moreno; encontré una jarra de vino de Borgoña y lo llevé todo arriba para una tardía cena en la cama. Compartimos besos con sabor a ajo, llenamos la cama de migas, nos dimos un abrazo y volvimos a quedarnos dormidos.

Nos despertó con sobresalto el teléfono.

Robin lo contestó.

– Sí, Milo, está aquí. No, no pasa nada. Ahora se pone. Me entregó el teléfono y se hundió en las sábanas.

– Hola Milo. ¿Qué hora es?

– Las tres de la madrugada.

Me senté y me froté los ojos. A través del tragaluz los cielos se veían negros.

– ¿Qué pasa?

– Es la niña… Melody Quinn. Le ha dado un ataque… se despertó gritando. Bonita llamó a Towle, que me llamó a mí. Exigió que vayas allí. Sonaba muy cabreado.

– Que le den por el culo. No soy su chico de los recados.

– ¿Quieres que le diga eso? Lo tengo aquí.

– ¿Estás allá ahora? ¿En la casa de la niña?

– Desde luego. Ni la lluvia, ni el granizo, ni la oscuridad impiden llegar a este probo funcionario público y todas esas memeces. Estamos teniendo una fiestecilla privada: el doctor, Bonita y yo. La niña está durmiendo. Towle le dio un pinchazo de algo.

– Seguro.

– La chica le contó a su mami lo de la hipnosis. Él quiere que estés aquí por si se despierta de nuevo… para rehipnotizarla o algo así.

– El muy tonto del culo… no ha sido la hipnosis lo que ha causado eso. La niña tiene problemas para dormir a causa de toda la droga que le ha estado metiendo en el cuerpo.

Pero ya no estaba totalmente convencido de aquello. La niña había estado perturbada tras la sesión en la playa.

– Estoy seguro de que tienes razón, Alex. Sólo quería darte la opción de que te llegaras aquí, para ver lo que estaba pasando. Si quieres que le diga a Towle que nada de nada, se lo digo.

– Espera un momento – sacudí la cabeza, tratando de aclararla-. ¿Dijo algo cuando se despertó, algo coherente?

– Yo sólo llegué al final. Me dijeron que era la cuarta vez que lo decía. Estaba gritando, llamando a su padre: «¡Oh papi, papi, papi!»… así, pero muy alto. Tanto su aspecto como la forma en que gritaba eran muy feos, Alex.

– Estaré ahí tan pronto como me sea posible.

Le di a la momia que dormía junto a mí un beso en el trasero, me levanté y me puse la ropa.

Corrí a lo largo del Pacífico, en dirección norte. Las calles estaban vacías y resbalosas por la niebla marina. Las luces de guía al extremo del muelle eran puntitos lejanos. Unos pocos barcos de pesca estaban colgados del horizonte. A esta hora los tiburones y otros predadores marinos estarían acechando por el fondo del océano. Me pregunté qué carnicerías estarían produciéndose, ocultas para la brillante piel exterior de las aguas; y cuántos de los predadores nocturnos cazarían en tierra firme, ocultos en los callejones, tras los botes de basura, escondidos entre las ramas y la hojarasca de los arbustos urbanos, con ojos enloquecidos y respiración jadeante.

Mientras conducía fui desarrollando una nueva teoría de la evolución. La maldad tenía su propia inteligencia metamórfica: los tiburones y las serpientes de colmillos como navajas de afeitar, los seres babeantes y venenosos que se ocultaban en el barro, no habían dado paso, en una progresión ordenada, a anfibios, reptiles, pájaros y mamíferos. Un solo salto cuántico había llevado a la maldad del mar a la tierra firme. De tiburón a violador, de anguila a degollador, de medusa venenosa a rompecráneos, con la ansia de derramar sangre justo en el centro de esa espiral.

La oscuridad parecía oprimirme, insistente y fétida. Pisé con más fuerza el acelerador y me abrí paso a su través.

Cuando llegué al complejo de apartamentos, Milo me esperaba en la puerta.

– Acaba de empezar otra vez, justo ahora.

La podía oír, ya desde antes de entrar en la alcoba.

La luz era débil. Melody estaba sentada muy tiesa en la cama, con el cuerpo rígido, los ojos muy abiertos pero desenfocados. Bonita estaba sentada junto a ella. Towle, vestido con ropa deportiva, estaba en pie al otro lado de la cama.

La niña estaba sollozando, con el sonido de un animal herido. Lloraba y gemía y se movía adelante y atrás. Luego el gemido fue creciendo en intensidad, gradualmente, como una sirena, hasta que estuvo aullando, con su aguda voz convertida en un asalto ululante y ensordecedor, al silencio.

– ¡Papi! ¡Papi! ¡Papi!

Tenía el cabello pegado contra la cara, pegajoso de sudor. Bonita trataba de agarrarla, pero ella manoteaba y daba golpes. La madre no podía con la niña.

Los gritos continuaban interminables; pero al fin se detuvo y comenzó a gemir de nuevo.

– Oh doctor -suplicó Bonita -, está empezando de nuevo. Haga algo.

Towle me vio.

– Quizá el doctor Delaware pueda ayudar -su tono de voz era poco agradable.

– ¡No, no, no quiero que ni se acerque a ella! ¡Él ha causado todo esto!

Towle no lo discutió. Hubiera jurado que estaba muy satisfecho con la situación.

– Señora Quinn… -comencé a decir.

– ¡No! ¡Apártese! ¡Fuera de aquí!

Sus gritos pusieron de nuevo en marcha a Melody, y empezó otra vez a llamar a su padre.

– ¡Para ya!

Bonita fue a por ella, poniendo la mano sobre la boca de la niña. Sacudiéndola.

Towle y yo nos movimos al mismo tiempo. La apartamos y él se la llevó aparte y le dijo algo que la calmó.

Yo fui junto a Melody. Estaba respirando con dificultad. Sus pupilas estaban dilatadas. La toqué. Se envaró.

– Melody -susurré-. Soy Alex. Todo va bien. Estás a salvo.

Mientras le hablaba se calmó. Yo seguí cuchicheándole, sabiendo que lo que dijera era menos importante que el modo en que lo dijese. Mantuve una entonación rítmica y baja, tranquila y calmante. Hipnótica.

Pronto se fue deslizando hacia la cama. La ayudé a recostarse. Sus manos se soltaron. Seguí hablando con ella de modo tranquilizante. Sus músculos comenzaron a relajarse y su respiración se hizo lenta y regular. Le dije que cerrara los ojos y lo hizo. Le acaricié el hombro y seguí hablando con ella, diciéndole que todo estaba bien, que estaba seguro.

Se acurrucó en posición fetal, tiró de la sábana para cubrirse y se puso el pulgar en la boca.

– Apaguen la luz -dije. La habitación quedó a oscuras-. Dejémosla sola.

Los tres salieron.

– Ahora vas a seguir durmiendo, Melody, y tendrás una noche tranquila y que te dejará muy descansada, con buenos sueños. Cuando te despiertes por la mañana te sentirás muy bien, muy descansada.

La podía oír roncar, aunque muy suavemente.

– Buenas noches, Melody – me incliné y le di un suave beso en la mejilla.

Ella murmuró una sola palabra:

– Pa-pá.

Cerré la puerta de la habitación. Bonita estaba en la cocina estrujándose las manos. Llevaba puesta una vieja bata de hombre en tela de toalla. Se había recogido el cabello hacia atrás en un moño, que había cubierto con un pañuelo. Tenía un color más pálido del que le recordaba y se estaba atareando en la limpieza.

Towle se inclinó hacia su maletín negro. Lo cerró con un chasquido, se irguió y se pasó los dedos por el cabello. Al verme se alzó todo lo que pudo y me lanzó una mirada asesina, dispuesto a echarme otro discurso.

– Espero que esté contento -dijo.

– No empiece -le advertí-. Nada de «ya se lo había dicho».

– Ya puede ver por qué me preocupaba la idea de manipular la mente de esta niña.

– Nadie ha manipulado nada -podía notar cómo la tensión me subía por las tripas. Era el compendio de toda figura hipócritamente autoritaria que yo jamás hubiera detestado.

Agitó la cabeza con aire condescendiente.

– Es obvio que su memoria necesita un buen repaso.

– Es obvio que es usted un maldito y sacrosanto mamón.

Los ojos azules centellearon. Apretó los labios.

– ¿Y que pasará si le llevo ante el Comité de Ética del Consejo Médico del Estado?

– Hágame el favor de hacerlo, doctor.

– Estoy pensándomelo muy seriamente -parecía un predicador calvinista, todo él dureza, autoridad y convicción en sus propias creencias.

– Hágalo y tendremos una pequeña charla acerca del uso adecuado de la medicación con estimulantes en los niños.

Sonrió.

– Se necesitará algo más que usted para ensuciar mi reputación.

– Estoy seguro de eso – yo tenía los puños apretados -. Usted tiene legiones de leales seguidores. Como esa mujer de ahí -apunté hacia la cocina-. Son desechos humanos que le llevan sus niños a usted y usted los manosea, les da un repaso rápido y la pastilla; los ajusta a las especificaciones que le señalan. Los hace buenos y silenciosos, atentos y obedientes. Adormecidos zombies pequeñitos. Es usted un maldito héroe.

– No tengo por qué escuchar esto -se adelantó.

– No, no tiene por qué, héroe. Pero ¿por qué no entra ahí y le dice lo que realmente piensa de ella? Protoplasma que no vale una mierda… ¿y que más? ¡Ah, si, malos genes, nula capacidad de introspección!

Se detuvo en seco.

– Tranquilo, Alex – Milo habló desde el rincón en tono de advertencia.

Bonita llegó de la cocina.

– ¿Qué es lo que pasa? -quiso saber. Towle y yo estábamos frente a frente, como boxeadores después de que suene la campana.

Él cambió su comportamiento y le sonrió de un modo encantador.

– Nada, querida amiga. Una siemple discusión profesional. El doctor Delaware y yo estábamos tratando de decidir lo que es mejor para Melody.

– Lo que es mejor es que ya no la hipnoticen más. Usted me lo ha dicho.

– Sí – Towle dio unos golpecitos con el pie, tratante de no parecer tan incómodo-. Ésa era mi opinión profesional.

Le encantaba aquella palabra, «profesional».

– Y sigue siéndola.

– Bueno, pues dígaselo a él -me señaló.

– De eso era de lo que estábamos hablando, amiga mía.

Debió de sonar demasiado suave, porque el rostro de ella se endureció y su voz bajó de tono de un modo sospechoso.

– ¿Y qué es lo que hay que hablar? No quiero ni a ése ni a ése -el segundo apuntado era Milo-… más por aquí.

Se volvió hacia nosotros.

– ¡Trata una de ser buena samaritana y ayudar a los polis y esto es lo que se obtiene! Ahora mi niña tiene ataques y da alaridos y yo voy a perder mi trabajo. ¡Sé que lo voy a perder!

Se le desplomó el rostro. Lo ocultó entre sus manos y empezó a llorar. Towle intervino como un gigoló de Hollywood, colocando los brazos alrededor de ella, consolándola, diciéndole que ya estaba bien.

La llevó hasta el sofá y la sentó, quedándose en pie junto a ella, dándole palmaditas en el hombro.

– Voy a perder mi puesto -decía ella entre las manos-. Aquí no les gustan los ruidos.

Descubrió el rostro y alzó su mirada llorosa hacia Towle.

– Vamos, vamos, todo irá bien. Yo me ocuparé de ello.

– Pero, ¿y qué hay de los ataques?

– También me ocuparé de eso -me lanzó una mirada punzante, llena de hostilidad y, estoy seguro, también con un poco de miedo.

Ella se sorbió los mocos y se limpió la nariz con la manga.

– ¡No comprendo por qué ha tenido que despertarse gritando ¡«papi, papi»! Ese bastardo nunca ha estado por aquí para levantar un dedo por nosotras, ni me ha dado un centavo para ayudar al mantenimiento de la niña. ¡No la quiere nada! ¿Por qué grita llamándolo, doctor Towle? – alzó la vista hacia él, como el novicio que espera la palabra de su superior.

– Vamos, vamos.

– Ese Ronnie Lee es un loco, eso es lo que es. ¡Mire esto! -se arrancó el pañuelo de la cabeza, la movió para apartarse el cabello y la bajó mostrando la coronilla. Lanzando un gemido separó los rizos en el centro de la misma-. ¡Miren esto!

Era fea. Una gruesa y desnuda cicatriz rojiza del tamaño de una gruesa lombriz. Una lombriz que hubiera horadado bajo la piel y se hubiese instalado allí. La epidermis alrededor estaba lívida y abotargada, mostrando los rastros de una mala cirugía, y estaba desprovista de cabello.

– ¡Ahora ya saben por qué siempre la llevo tapada! – gritó-. ¡Él me hizo esto! ¡Con una cadena! ¡Ronnie Lee Quinn! -escupió el nombre-. ¡Un bastardo loco y asesino! ¡Ése es el papi, papi, por el que está gritando ella! ¡Una basura!

– Vamos, vamos -dijo Towle. Se volvió hacia nosotros -. Caballeros, ¿tienen algo más de lo que hablar con la señora Quinn?

– No, doctor -dijo Milo y se giró para marcharse. Me tomó del brazo para llevarme fuera, pero yo sí tenía algo que decir.

– Dígaselo, doctor. Dígale que eso no son ataques, que son terrores nocturnos y que desaparecerían por sí solos si la mantienen tranquila. Dígale que no hay necesidad de más fenobarbitol, o Dilantina, o Tofranil.

Towle siguió dándole palmaditas en el hombro.

– Muchas gracias por su opinión profesional, doctor. Llevaré el caso del modo que crea más adecuado.

Seguía allí como si hubiera echado raíces.

– Vamos, Alex -Milo me sacó por la puerta.

El aparcamiento del complejo estaba repleto de Mercedes, Porsches, Alfa Romeos y Datsuns Z. El Fiat de Milo, aparcado frente a una toma de agua de los bomberos, parecía tan tristemente fuera de lugar en aquel sitio como un paralítico en una pista de carreras a pie. Nos sentamos dentro del mismo, muy hoscos.

– Vaya lío -dijo.

– El muy bastardo.

– Por un momento pensé que ibas a atizarle – dijo con una risita.

– Me tentó, el muy bastardo.

– Parecía que te estaba tomando el pelo. Pensé que entre vosotros os llevavais bien.

– Mientras estábamos en su terreno. En el campo intelectual éramos colegas, pero cuando las cosas se fueron al cuerno tuvo que buscar un chivo expiatorio. Es un egomaníaco. El Doctor es omnipotente. El Doctor lo puede arreglar todo. ¿No viste como ella lo adoraba, al Gran Padrecito Blanco? Probablemente le abriría las venas a la niña si él se lo ordenase.

– ¿Estás preocupado por la niña?

– ¡Ya lo creo que lo estoy! Sabes exactamente lo que va a hacer ahora, ¿no? Más droga y, en un par de días, esa niña va a ser una auténtica drogata, andará por las nubes.

Milo se mordisqueó el labio. Al cabo de un par de minutos dijo:

– Bueno, no hay ya nada que podamos hacer al respecto. Lamento haberte metido en esto.

– Olvídalo. La culpa no ha sido tuya.

– No, sí que ha sido culpa mía. He sido un vago, tratando de lograr solucionar el lío ese de lo de Handler con un milagrito. He estado evitando seguir la vieja rutina del desgastar la suela de los zapatos. Interrogar a los asociados de Handler, pedirle al ordenador la lista de los tipos malos con la navaja fácil e irlos tachando uno tras otro, después de comprobarlos. Rebuscar en los archivos de Handler. Todo el asunto estaba planteado mal desde el principio, basado en un gran interrogante, en una niña de siete años.

– Podría haber resultado ser una buena testigo.

– ¿Acaso son siempre fáciles las cosas? -puso en marcha el motor, tras tres intentos -. Lamento haberte echado a perder la noche.

– Tú no has sido. Ha sido él.

– Olvídalo, Alex. Los tontos del culo son como las malas hierbas: cuesta un horror deshacerse de ellos y, cuando lo logras, otro crece en el mismo lugar. Eso es lo que llevo haciendo desde hace ocho años: tirando líquido para matar las malas hierbas y viéndolas volver a crecer, más de prisa de lo que yo puedo eliminarlas.

Sonaba cansado y tenía aspecto de anciano. Salí del coche y me incliné hacia la ventanilla.

– Te veré mañana.

– ¿Cómo?

– Los archivos. Tenemos que repasar los archivos de Handler. Yo podré descubrir más rápido que tú cuáles son los peligrosos.

– Bromeas.

– Ni hablar. Llevo encima un Zeigarnik montruoso.

– ¿Un qué?

– Un Zeigarnik. Fue una psicóloga rusa que descubrió que los trabajos no acabados le dan tensión a la gente. Le dieron al fenómeno su nombre: el efecto Zeigarnik. Y, como la mayoría de los chicos con mucha suerte yo lo tengo muy grande.

Me miró como si estuviera diciendo tonterías.

– Aja. Correcto. ¿Y es lo bantante grande ese Zeigarnik como para que le dejes entrometerse en tu reposada vida?

– ¡Qué infiernos, la vida estaba volviéndose aburrida! – le di una palmada en la espalda.

– Como quieras -se alzó de hombros -. Saludos a Robin.

– Y tú saluda a tu doctor.

– Si sigue allí cuando regrese. Estas llamadas en mitad de la noche están poniendo a prueba nuestra relación – se rascó el rabillo del ojo y resopló.

– Estoy seguro de que lo soportará, Milo.

– ¿Oh, si? ¿Y por qué lo crees?

– Si estaba tan loco como para empezar fijándose en ti, seguro que lo está para aguantarte.

– Eres muy tranquilizador, amigo -puso el Fiat en primera y se marchó de prisa.

9

En el momento de su asesinato, Morton Handler había estado ejerciendo como psiquiatra desde hacía algo menos de quince años. Durante ese período había visitado o tratado a algo más de dos mil personas. Los historiales de esos pacientes estaban guardados en sobres marrones y metidos, ciento cincuenta por caja, en recipientes de cartón que estaban cerrados con cinta adhesiva y estampados con el sello del Departamento de Policía de Los Ángeles.

Milo llevó esas cajas a mi casa, ayudado por un pequeño detective, calvo y negro, llamado Delano Hardy. Resoplando y jadeando fueron metiendo las cajas en mi comedor. Pronto pareció que estuviera en pleno traslado, yéndome o llegando.

– No es tan malo como parece -me aseguró Milo-. No tendrá que mirarlos todos, ¿verdad, Del?

Hardy encendió un cigarrillo y asintió con la cabeza.

– Ya hemos realizado un repaso preliminar -me dijo -. Eliminamos a todos los que sabíamos que han fallecido. Imaginamos que era poco probable que resultasen sospechosos.

Los dos rieron. Un chiste de policías.

– Y el informe del forense -continuó-, dice que a Handler y a la chica los cortó alguien con mucho músculo. Al primer intento a él le hizo un corte en el cuello que llegó limpiamente hasta la espina dorsal.

– Lo que significa -le interrumpí -, que ha sido un hombre.

– Podría ser una dama infernalmente fuerte -se rió Hardy -, pero apostamos por un tío.

– Hay seiscientos pacientes del sexo masculino -añadió Milo-. Esas cuatro cajas de ahí.

– Además -dijo Hardy -, le hemos traído un regalito.

Me entregó un paquetito envuelto en papel de Navidades, verde y rojo, con un motivo de trompas y ramas de muérdago. Estaba atado con una cinta roja.

– No pude encontrar ningún otro papel -me explicó Hardy.

– Esperamos que te guste -añadió Milo. Empezaba a sentirme como si fuera la audiencia de una de esas comedias de chistes malos. En Milo se había producido una curiosa transformación: en presencia de otro detective se había distanciado de mí y había adoptado el comportamiento burlón, sabihondo y duro del policía veterano.

Desenvolví la caja y la abrí. Dentro, sobre un lecho de algodón, había una placa de identificación del Departamento de Policía de Los Ángeles, laminada en plástico. Llevaba una foto mía como la de mi carnet de conducir, con esa mirada extraña, como congelada, que parecen tener todas las fotos oficiales. Bajo la imagen estaba mi firma, también tomada del carnet, mi nombre impreso, mi grado académico y el título: «Consejero Especialista». La realidad imitaba a la ficción.

– Me habéis emocionado…

– Póntela -me dijo Milo-. Que sea un acto oficial. La galleta no era muy diferente a la que había usado en el Pediátrico de Oeste: llevaba detrás un imperdible. Me la colgué de la camisa.

– Muy atractivo – dijo Hardy-. Con eso y diez centavos puede hacer una llamada de teléfono local.

Buscó en su bolsillo y sacó un pedazo de papel doblado.

– Ahora, si me hace el favor de leer esto y firmarlo – me tendió una pluma.

– Aquí dice que no tienen que pagarme por esto.

– Justo – dijo Hardy con fingida y burlona tristeza -. Y si se corta con el borde de un papel mientras revisa el archivo, no puede ponerle un pleito al Departamento.

– Esto hace felices a los jefazos, Alex -me dijo Milo. Me alcé de hombros y firmé.

– Ahora -me dijo Hardy -, ya es usted un experto oficial del Departamento de Policía de Los Ángeles.

Dobló el papel y se lo metió en el bolsillo.

– Me recuerda al gallo aquel que no dejaba tranquilas a las gallinas del gallinero, de modo que lo castraron y lo nombraron «Consejero».

– Muy alentador, Del.

– Cualquier amigo de Milo lo es mío y todas esas chorradas…

Milo, mientras tanto estaba abriendo las cajas precintadas con una navaja de las del Ejército suizo. Sacó los historiales a docenas y fue haciendo cuidados montones que cubrieron la mesa del comedor.

– Están por orden alfabético, Alex. Puedes irlos mirando y separar los casos raros.

Acabó de disponer las cosas y él y Hardy se prepararon para marcharse.

– Del y yo estaremos hablando con los tipos malos del listado del ordenador.

– Nos dan el trabajo ya preparado -dijo Hardy. Se chasqueó los huesos de los dedos y buscó un lugar en el que dejar el cigarrillo, que ya había fumado hasta el filtro.

– Tírelo al retrete. Salió para hacerlo.

Cuando estuvimos solos, Milo me dijo:

– Realmente aprecio lo que estás haciendo, Alex. No te mates a trabajar… no trates de mirarlo todo hoy.

– Haré todo lo que pueda, hasta que me comiencen a doler los ojos.

– Vale. Te llamaremos un par de veces, para ver si tienes algo en lo que podamos trabajar mientras estamos por las calles.

Hardy regresó arreglándose el nudo de la corbata. Iba muy elegante con su traje azul marino de tres piezas, camisa blanca, corbata rojo sangre y brillantes zapatos negros acharolados. A su lado, a Milo se le veía más desmañado que nunca con sus pantalones colgando arrugados y su deformada chaqueta deportiva de franela.

– ¿Estás dispuesto? -preguntó Hardy.

– Dispuesto. -Adelante.

Cuando se hubieron ido puse un disco de Linda Rondstad en el tocadiscos. Y empecé mi investigación a los acordes de Poor, Poor pitiful Me.

El ochenta por ciento de los pacientes masculinos del archivo caía dentro de dos categorías: o bien ejecutivos adinerados, enviados a la consulta por sus médicos de cabecera, con una serie de síntomas relacionados con el estrés: anginas, impotencia, trastornos abdominales, dolores de cabeza crónicos, insomnios, erupciones cutáneas de origen desconocido… y luego los hombres deprimidos, de todas las edades. Revisé éstos y separé el restante veinte por ciento para una investigación más a fondo.

Cuando empecé no sabía nada acerca del tipo de psiquiatra que había sido Morton Handler, pero tras varias horas de revisar sus dossiers comencé a formarme una imagen de él, una imagen que distaba mucho de ser la de un santo.

Las notas de sus sesiones de terapia eran poco profundas, descuidadas y tan ambiguas que estaban desprovistas de todo sentido. Leyéndolas, resultaba imposible imaginar lo que había estado haciendo durante esas incontables horas de cuarenta y cinco minutos. Apenas si había mención alguna de planes de tratamiento, prognosis, historiales de estrés… cualquier cosa que hubiera podido ser considerada como significativa, médica o psicológicamente. Este modo descuidado de trabajar era aún más evidente en las notas tomadas en los últimos cinco o seis años de su vida.

En cambio, sus archivos financieros eran meticulosos y detallados. Sus honorarios eran altos, sus notas de reclamación a los deudores estaban redactadas con dureza.

Aunque durante los últimos años había hablado menos y recetado más, la frecuencia con la que recetaba medicación no era inusual. A diferencia de Towler, no parecía alguien comprado por las industrias farmacéuticas. Pero tampoco era demasiado bueno como terapeuta.

Lo que realmente me preocupaba era su tendencia, que de nuevo era más habitual durante sus últimos años, de introducir comentarios burlones en sus notas. Éstos, que ni siquiera se molestaba en disimular con la jerga profesional, no eran más que bromas sarcásticas a costa de sus pacientes; «Le gusta quejarse y sonreír como un bobalicón, alternativamente», era su descripción de un viejo con problemas de estabilidad en su humor. «Es poco probable que sea capaz de hacer algo constructivo», era su afirmación acerca de otro. «Quiere la terapia para disimular su vida, que es aburrida y sin sentido.» «Un deshecho total.» Y así muchos más.

Hacia última hora de la tarde había completado mi autopsia psicológica de Handler. Era una persona quemada, uno más entre las legiones de hormigas trabajadoras que han llegado a odiar su profesión elegida. Quizá hubo un tiempo en que sentía la responsabilidad: sus primeros historiales, aunque no inspirados, al menos eran decentes… pero al final, desde luego no la sentía. No obstante, había seguido en ello, día tras día, sesión tras sesión, no deseando perder unos ingresos del orden de las seis cifras y todo lo que lleva consigo la prosperidad.

Me pregunté cómo debía pasar el tiempo mientras sus pacientes escupían su torbellino interno. ¿Soñaba despierto? ¿Se dedicaba a sus fantasías (sexuales, financieras, sádicas)? ¿Planeaba el menú de la cena? ¿Hacía operaciones aritméticas mentalmente? ¿Contaba borreguitos? ¿Calculaba cuántos depresivos podrían bailar en la cabeza de una aguja de coser?

Hubiera sido lo que fuese, desde luego lo que no estaba incluido era escuchar a los seres humanos que estaban frente a él, convencidos de que su curación le importaba.

Aquello me hizo pensar en el viejo chiste, aquél acerca de un par de comecocos que, al final de la jornada, se encuentran en el ascensor. Uno de ellos es joven, un novato, y se ve claramente que está destrozado: la corbata mal anudada, el cabello enmarañado, doblado por la fatiga. Se vuelve y ve al otro, un veterano ya muy bregado, que está totalmente compuesto: moreno, en forma, cada cabello en su sitio, con un clavel recién cortado metido en el ojal de su solapa.

– Doctor – suplica el joven-, por favor, dígame cómo lo hace…

– ¿Cómo hago el qué, hijo?

– Estar sentado hora tras hora, día tras día, escuchando los problemas de la gente sin que éstos logren afectarle.

– ¿Y quién los escucha? -le contesta el gurú.

Muy divertido. A menos que le estuviera uno pagando noventa pavos por sesión a Morton Handler y lo único que lograse por su dinero fuera la secreta valoración de ser un quejica sonriente.

¿Acaso alguna de las víctimas de su malvada prosa habría descubierto lo farsante que era y le habría asesinado? Era difícil imaginar a alguien recurriendo a la elaborada técnica de matarife que había sido empleada con Handler y su amiguita sólo para vengar una afrenta así. Claro que uno nunca sabía… la ira es una cosa muy engañosa: a veces yace durmiente durante años, sólo para ser disparada por el estímulo aparentemente más trivial. Hay gente a la que han descuartizado por hacer una abolladura en el parachoques de un coche.

Aun así, me costaba creer que los depresivos y psicosomatizadores cuyos historiales yo había revisado fueran la materia prima con la que se moldean los que acechan en la noche. Aunque lo que realmente no quería creerme era que tuviéramos que enfrentarnos con dos mil sospechosos en potencia.

Eran ya casi las cinco. Saqué una cerveza Coors de la nevera, me la llevé al porche y me senté en una tumbona con los pies apoyados en la barandilla. Bebí y contemplé el sol sumergirse tras las copas de los árboles. Alguien del vecindario estaba haciendo sonar rock punk. Cosa extraña, no sonaba discordante.

A las cinco treinta Robin llamó.

– Hola, cariño. ¿Quieres venir esta noche? Pasan Cayo Largo por la tele.

– Seguro – le dije -. ¿Quieres que compre algo para comer? Se lo pensó un momento.

– ¿Qué te parecen salchichas con chile? Y cerveza.

– Yo ya te llevo ventaja en lo de la cerveza – en la mesa de la cocina había tres latas vacías y chafadas de Coors.

– Pues dame tiempo para alcanzarte, amor. Te veré sobre las siete.

No había tenido noticias de Milo desde la una treinta. Me había llamado desde Bellflower, cuando estaba a punto de interrogar a un tipo que había atacado a siete mujeres con un destornillador. Había muy poca similitud con el caso Handler, pero uno tenía que trabajar con lo que disponía.

Llamé a la División del Oeste de Los Ángeles y le dejé el recado de que estaría fuera aquella noche.

Luego llamé al número de Bonita Quinn. Esperé cinco timbrazos y, cuando nadie me contestó, colgué.

Humphrey y Lauren estaban maravillosos, como siempre. Las salchichas con chile nos dejaron eructando, pero satisfechos. Nos abrazamos y escuchamos un rato a Tal Farlow y Wes Montgomery. Luego tomé una de las guitarras que tenía por el estudio y toqué para ella. Escuchó, con los ojos cerrados, una débil sonrisa en los labios, luego me apartó suavemente las manos del instrumento y tiró de mí hacia ella.

Pensaba haberme quedado toda la noche allí, pero hacia las once me fui poniéndome nervioso.

– ¿Pasa algo, Alex?

– Ño -sólo que mi Zeigarnik me tiraba de la oreja.

– Es por ese caso, ¿no?

No dije nada.

– Estoy empezando a preocuparme por ti, cariño – puso su cabeza sobre mi pecho, una preciosa carga-. ¡Estás tan nervioso desde que Milo te metió en esto! No sé cómo eras antes, pero por lo que me has contado, parece como si volvieras a los buenos viejos tiempos.

– El viejo Alex no era tan mal tipo – reaccioné defensivamente.

Muy sabiamente, ella no dijo nada.

– No -me corregí -. El viejo Alex era un plasta. Te prometo que no lo voy a traer de vuelta, ¿vale?

– Vale -me dio un beso en la punta de la barbilla.

– Sólo necesito que me des un poco más de tiempo para dejar todo esto atrás.

– De acuerdo.

Pero, mientras me vestía, ella estuvo mirándome con una mezcla de preocupación, pena y confusión. Cuando yo fui a decir algo, ella se volvió. Me senté al borde de la cama y la estreché en mis brazos. La acuné hasta que sus brazos se deslizaron en derredor de mi cuello.

– Te amo -le dije-. Dame un poco de tiempo. Ella lanzó un cálido sonido y me apretó más. Cuando la dejé estaba durmiendo, con sus párpados estremeciéndose a causa del primer sueño de la noche.

Me hundí en los ciento veinte historiales que había dejado a un lado, trabajando hasta las primeras horas de la mañana. La mayor parte de ellos también resultaron ser documentos bastante banales. Noventa y uno de esos pacientes eran hombres con enfermedades psíquicas a los que Handler había visto como consultivo, cuando aún estaba trabajando en el Cedros del Sinaí, formando parte del equipo de enlace de psiquiatría. Otros veinte habían sido diagnosticados como esquizofrénicos, pero resultaba que eran seniles (con una media de edad de setenta y cinco años) pacientes del hospital de convalecientes en el que había trabajado durante un año.

Los nueve restantes eran interesantes. Handler los había diagnosticado a todos como pacientes con problemas de desórdenes psicópatas. Naturalmente, estos diagnósticos no eran muy de fiar, vista la poca fe que tenía yo en sus juicios. Pero, no obstante, valía la pena examinar más a fondo aquellos historiales.

Todos ellos se encontraban entre las edades de dieciséis y treinta y dos años. La mayor parte de ellos le habían sido enviados por organismos oficiales: el Departamento de Libertad Condicional, la Protección Juvenil de California, iglesias locales. Un par de ellos habían tenido fuertes encontronazos con la ley. Al menos a tres de ellos se les consideraba violentos. De éstos, uno de ellos le había dado una paliza a su padre, otro había acuchillado a un compañero de la escuela y el tercero había empleado un automóvil para pasarlo por encima de alguien con el que había tenido una discusión violenta.

Un puñado de angelitos.

Ninguno de ellos había estado sometido a terapia durante mucho tiempo, lo que no resultaba sorprendente. La psicoterapia no tiene demasiado que ofrecerle a la persona que no tiene conciencia, ni moral, ni, en la mayoría de los casos, deseo alguno de cambiar. De hecho y por su propia naturaleza, el psicópata es un insulto a la moderna psicología, con sus corrientes filosóficamente igualitarias y optimistas.

Los terapeutas se hacen terapeutas porque en lo más profundo de su ser están convencidos de que la gente es buena y tiene la capacidad de cambiar a mejor. La noción de que haya individuos que, simplemente, sean malvados, gente mala, y que esa maldad no puede ser explicada por ninguna de las combinaciones existentes de la naturaleza y la educación, es algo que ataca a las más íntimas sensibilidades del terapeuta. El psicópata es para psicólogos y psiquiatras lo que el paciente de cáncer terminal es para el médico: una prueba que camina y respira de su inutilidad y fracaso.

Yo sabía que esa gente existía. Afortunadamente había conocido a un muy pequeño número de ellos, en su mayoría adolescentes, pero también a algunos niños. Recuerdo en particular a un niño, que aún no había cumplido los doce años, pero que poseía un rostro tan cínico, endurecido y de una sonrisa tan cruel que habría hecho estar orgulloso, de tenerla, a un condenado a cadena perpetua en San Quintín. Y me había dado su tarjeta profesional: un brillante rectángulo de rabioso color rosa con su nombre en él, seguido de la palabra Negocios.

Y desde luego había resultado ser un muchachito muy emprendedor. Animado por mis seguridades de que todo sería confidencial, me había hablado orgullosamente de las docenas de bicicletas que había robado, de los robos en domicilios que había cometido, de las niñas quinceañeras que había seducido. ¡Estaba muy complacido consigo mismo!

Había perdido a sus padres a la edad de cuatro años, en un accidente de aviación, y había sido criado por una desconcertada abuela que trataba de convencer a todo el mundo, y sobre todo a sí misma, de que, en el fondo, él era un buen chico. Pero no lo era. Era un mal chico. Cuando le pregunté si se acordaba de su madre, había puesto cara obscena y me había contado que, en las fotos que había visto de ella, tenía pinta de ser una tía buena. Y no era una postura defensiva por su parte, ese era su verdadero yo.

Cuanto más tiempo pasé con él, más me iba descorazonando. Era como ir pelando una cebolla y encontrarse con que cada una de las capas internas sucesivas estaba aún más podrida que la anterior. Era un chico malo, y lo era irremediablemente. Lo más probable era que fuese a peor.

Y no había nada que yo pudiera hacer. No tenía la menor duda que acabaría por dedicarse a una carrera antisocial. Si la sociedad tenía suerte, se limitaría a jugar a ser un timador, a raterías. Si no, se iba a derramar mucha sangre. La lógica dictaba que lo que había que hacer con él era encerrarlo y tirar la llave, apartarlo de toda posibilidad de hacer daño, confinarlo para protegernos a los demás. Pero el sistema democrático dictaminaba otra cosa y, puestas las cosas en la balanza, incluso yo estaba de acuerdo en que no tenía que ser de otro modo.

Y, sin embargo, aún había noches en que pensaba en aquel crío de once años y me preguntaba si no vería algún día su nombre en los periódicos.

Dejé a un lado los nueve historiales.

Milo tendría algo más de trabajo ya preparado.

10

Tres días de la vieja rutina de gastar suela de zapatos habían desgastado mucho a Milo.

– La lista del ordenador fue un fracaso total -se lamentó, desplomándose en mi sofá de cuero-. Todos esos bastardos o están de vuelta en chirona, o están muertos, o tenían una coartada. Y el informe del forense no nos ha dado tampoco ninguna solución mágica: sólo seis páginas y media de sangrientos detalles explicándonos lo que ya sabíamos desde un principio, en cuanto vimos los cadáveres: que a Handler y Gutiérrez los habían cortado como para hacer relleno de salchichas.

Le traje una cerveza, que se bebió de dos largos tragos. Le traje otra.

– ¿Y qué me dices de Handler? ¿Hay algo acerca de él? – le pregunté.

– Oh, sí, desde luego acertaste con tu primera impresión. El tipo ese no era el Señor Ética en persona. Pero eso tampoco nos lleva a parte alguna.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Hace seis años, cuando estaba en la consulta de un hospital, hubo algo que olía mal… un fraude al seguro. Handler y algunos otros tenían un truquito: metían un momento la cabeza en el consultorio, le decían hola a un paciente, y lo cargaban como una visita completa, que se supone que tiene que durar entre cuarenta y cinco y cincuenta minutos. Luego hacían una nota en el historial y cargaban otra visita, hablaban con una enfermera y otra visita más, hablaban con un doctor, etc. etc. Era un monton de pasta… cada uno de ellos podía decir que había hecho treinta o cuarenta visitas al día, a setenta y ochenta billetes la visita. Cuéntalo tú mismo.

– No me sorprende. Siempre se ha hecho eso.

– Seguro que sí. De todos modos, la cosa estalló porque uno de los pacientes tenía un hijo que era doctor y éste empezó a sospechar al leer su historial y ver todas esas visitas psiquiátricas. Y sobre todo porque el viejo llevaba tres meses inconsciente. Se le fue a chivar al Director Médico, quien echó la caballería encima de Handler y los otros. Lo mantuvo todo en secreto, a condición de que esos comecocos rufianes dimitiesen o se marcharan.

Seis años antes. Justo antes de que las notas de Handler hubieran empezado a convertirse en una chapuza sarcástica. Debía haberle resultado muy duro pasar de ganar cuatrocientos de los grandes al año a un miserable centenar. Y, además, tener incluso que trabajar para ganárselos. Eso puede amargar a un hombre…

– ¿Y no ves una posibilidad en eso?

– ¿Cuál? ¿Venganza? ¿De quién? Eran las compañías de seguros las que estaban siendo timadas. Por eso lo pudieron estar llevando a cabo durante tanto tiempo. Nunca cobraron un céntimo a los pacientes, sólo facturaban a sus seguros -dio un trago de cerveza-. He oído cosas muy malas de las compañías de seguros, amigo, pero no me las imagino mandando a Jack el Destripador para vengar su honor.

– Entiendo.

Se puso en pie y paseó por la habitación.

– Este maldito caso es una putada. Ya llevo una semana y no he logrado absolutamente nada. El capitán lo ve como un callejón sin salida. Ha sacado a Del de este asunto y me ha dejado a mi con toda la mierda en las manos. Mala suerte para el marica.

– ¿Otra cerveza? -se la tendí.

– Sí, maldita sea, ¿por qué no? Ahogarlo todo en alcohol – daba vueltas inquieto -. Te diré una cosa, Alex, tenía que haberme hecho maestro. El Vietnam me dejó con un gran agujero psíquico, ¿entiendes? Todas aquellas muertes para nada. Pensé que el hacerme policía me ayudaría a llenar el agujero, al capturar a malvados y todas esas cosas; que podría darle algún sentido a todo. ¡Dios, como me equivocaba!

Agarró la Coors de mi mano, la inclinó hacia su boca y dejó que algo de la espuma le corriese por la barbilla.

– ¡Las cosas que veo… las cosas monstruosas que los supuestos humanos nos hacemos los unos a los otros! ¡La mierda a la que he llegado a acostumbrarme! ¡A veces todo me da ganas de vomitar!

Bebió en silencio durante unos minutos.

– Eres un tipo que sabe escuchar muy bien, Alex, maldita sea.

– Te devuelvo el favor, amigo.

– Aja, cierto. Y, ahora que lo mencionas, el caso Hickle fue otro caso bien enmierdado. Nunca me acabé de convencer de que fuera un suicidio. Aquello apestaba horrores.

– Nunca me dijiste eso.

– ¿Y qué querías que te dijese? No tengo prueba alguna. Solamente una sensación en lo más profundo de las tripas. Muchas veces tengo esas sensaciones en las tripas. Algunas veces me dan retortijones y me tienen despierto toda la noche. Parafraseando Del, con mis sensaciones en las tripas y diez centavos…

Aplastó la lata vacía entre su pulgar e índice, con la facilidad de alguien que aplasta a una mosca.

– El caso Hickle hedía hasta los cielos, pero yo no tenía prueba alguna. Así que lo di por perdido. Como una de esas deudas que nunca vas a cobrar. Nadie discutió, a nadie le importaba un pimiento, como a nadie le importará un pimiento cuando demos por perdidos a Handler y a la Gutiérrez. Hay que tener los archivos en orden, todo bien cerradito, selladito y adiós, hasta nunca.

Siete cervezas más, otra hora de divagar y autocastigarse y estuvo borracho como una cuba. Se desplomó sobre el sofá de cuero, cayendo como un bombardero B- 52 al que le han llenado las tripas de metralla.

Le quité los zapatos y los coloqué en el suelo, junto a él. Iba a dejarlo así, cuando me di cuenta de que había oscurecido.

Llamé al número de su casa. Me contestó una voz masculina, profunda y agradable.

– Hola.

– Hola, soy Alex Delaware, el amigo de Milo.

– ¿Si? -prevención.

– El psicólogo.

– Sí, Milo me ha hablado de usted. Soy Rick Silverman. El doctor, aquel sueño de hombre, ya tenía un nombre.

– Le llamaba para decirle que Milo se detuvo aquí tras el trabajo para discutir un caso y que se ha… digamos intoxicado.

– Ya veo.

Sentí la absurda necesidad de explicarle al hombre que había al otro extremo del hilo que no había nada de raro entre Milo y yo, que simplemente éramos buenos amigos. La reprimí.

– En realidad, ha agarrado una buena curda. Se ha tomado once cervezas. Ahora está dormido. Sólo quería que usted lo supiese.

– Es muy considerado por su parte -dijo Silverman, con tono ácido.

– Si lo desea, lo despertaré.

– No, ya está bien así. Milo es un chico grande y es libre para hacer lo que más le plazca. No tengo necesidad de comprobar su coartada.

Sentía deseos de decirle: escucha, niño mal criado e inseguro, sólo he llamado para hacerte un favor, para que te quedases tranquilo. No me vengas ahora con esa delicada imaginación tuya. En cambio, probé a halagarle.

– De acuerdo, sólo pensé que tenía que llamarle para que lo supiese, Rick. Sé lo importante que es usted para Milo, y supuse que él hubiera querido que lo hiciese.

– ¡Oh, gracias! Le estoy muy agradecido -bingo-. Por favor, excúseme, yo también acabo de salir ahora mismo de una guardia de venticuatro horas.

– No hay problema -probablemente había despertado a aquel pobre diablo-. Escucha, y permíteme que te hable de tú, ¿qué te parece si un día vamos a alguna parte: tú y Milo, mi amiga y yo?

– Me gustaría, Alex. Seguro. Y manda a ese desgraciado a casa cuando esté sobrio. Ya arreglaremos luego los detalles.

– Lo haré. Me alegra haberte conocido.

– Lo mismo digo -suspiró-. Buenas noches.

A las nueve treinta, Milo se despertó con una expresión de tremenda desgracia en la cara. Comenzó a gemir, moviendo la cabeza de un lado a otro. Yo mezclé zumo de tomate, un huevo crudo, pimienta negra y salsa de Tabasco en un vaso alto, le hice sentarse agarrándolo por la espalda y se lo metí por la garganta. Se atragantó, tosió y abrió los ojos de repente, como si un rayo le hubiera bajado hasta la rabadilla.

Cuarenta minutos más tarde parecía igualmente desgraciado, pero estaba dolorosamente sobrio.

Lo llevé hasta la puerta y le metí los historiales de los nueve psicópatas bajo el brazo.

– Lectura para la cama, Milo.

Tropezó escaleras abajo, maldijo, hizo como pudo el camino hasta el Fiat, trasteó con la manecilla y se lanzó hacia dentro de un solo movimiento giratorio. Con la ayuda de la bajada, logró poner el motor en marcha.

Al fin solo, me metí en la cama, leí el Times, vi la tele… pero maldita sea si puedo decir lo que vi, excepto que había montones de chistes malos, y tetas que se movían de un lado a otro, y policías que parecían modelos de anuncio. Disfruté de la soledad durante un par de horas, sólo deteniéndome a pensar en asesinatos y ambiciones, y mentes malvadas y retorcidas, alguna vez que otra, antes de caer dormido.

11

– De acuerdo – dijo Milo. Estábamos sentados en una de las salas de interrogatorios de la División Oeste. Las paredes eran todas ellas pintura verde guisante y cristales de los que sólo se ve en un sentido. Un micrófono colgaba del techo. El mobiliario consistía en una mesa gris de metal y tres sillas plegables, también de metal. Había en el aire un olor rancio a sudor, y mentiras, y miedo; el hedor de la dignidad humana cuando es disminuida.

Había desparramado los historiales sobre la mesa y tomado el primero con un floreo.

– Aquí está la situación de tus nueve tipos malos. El número uno, Rex Alien Camblin, está encarcelado en Soledad, por atraco y daños físicos -dejó caer el historial.

– Número dos, Peter Lewis Jefferson, trabaja en un rancho en Wyoming. Su presencia allí ha sido comprobada.

– ¡Pobrecitas vacas!

– Tienes razón, este parecía un buen sospechoso. El número tres, Darwin Ward… no te lo vas a creer está en la Facultad de Leyes de la Universidad del Estado de Pennsylvania, siguiendo los cursos.

– Un abogado psicópata… después de todo, ¿qué tiene eso de raro?

Milo lanzó una carcajada y tomó el siguiente historial.

– Número cuatro… esto… Leonard Jay Helsinger, trabaja en la construcción del oleoducto de Alaska. Su localización también ha sido confirmada por el Departamento de Policía de Juneau. El quinto, Michael Penn, estudiante en la Northridge del Estado de California. Con él vamos a hablar -puso a un lado el historial de Penn -. Sexto, Lance Arthur Shattuck, pinche del cocinero del trasatlántico de lujo de la Cunard Line Helena, la Guardia Costera ha verificado que ha estado flotando en medio del Mar Egeo durante las últimas seis semanas. Séptimo, Maurice Bruno, viajante de comercio de la Presto Instant Print de Burbank… otro a entrevistar.

El historial de Bruno fue a parar encima del de Penn.

– Octavo, Roy Longstreth, farmacéutico de la cadena Thrifty's Drug, en la tienda de Beverly Hills. Otro más. Y, el último pero no el postrero, Gerard Paul Mendehall, cabo del Ejército de los Estados Unidos destinado en Tyler, Texas, presencia verificada.

Beverly Hills estaba más cerca que Northride o Burbank, así que nos dirigimos a la Thrifty's. La tienda de Berverly Hills resultó ser un cubo de ladrillos y cristal en Canon Drive, justo al norte de Wilshire. Compartía una manzana con boutiques muy de moda y una tienda de venta de helados de la Haagen Dazs.

Milo le enseñó la chapa discretamente a la chica que estaba tras el mostrador de venta de licores y consiguió ver al gerente, un negro de mediana edad y piel clara, en un abrir y cerrar de ojos. El gerente se puso nervioso y quiso saber si Longstreth había hecho algo malo. En el más puro estilo polizonte, Milo se salió por la tangente.

– Sólo queremos hacerle unas preguntas.

Tuve problemas en mantener la cara seria al oír aquello, pero esa frase tan hecha pareció satisfacer al gerente.

– No está aquí ahora. Viene a las dos treinta, trabaja en el otro turno.

– Volveremos. Por favor, no le diga que hemos estado aquí.

Milo le dio su tarjeta. Cuando nos fuimos, la estaba estudiando cual si fuera el mapa de un tesoro enterrado.

El viaje hasta Northridge fue un paseo de media hora por la Autopista Este de Ventura. Cuando llegamos al campus de la Universidad del Estado de California, nos dirigimos directamente a la oficina del registro. Milo obtuvo una copia de los horarios de clase de Michael Penn. Armado con esto y con la foto de carnet que le habían dado, logró localizarlo en sólo veinte minutos, mientras caminaba por un ancho campo de césped triangular, acompañado por una chica.

– ¿El señor Penn?

– ¿Si? -era un tipo de buen aspecto, estatura mediana, con anchas espaldas y largas piernas. Su cabello, color marrón claro, estaba cortado muy corto, a la moda estudiantil. Vestía una camisa Izod azul claro y tejanos, mocasines sin calcetines. Sabía por su historial que tenía veintiséis años, pero parecía cinco años más joven. Tenía un rostro placentero, sin arrugas, el verdadero tipo puramente americano. No parecía la clase de persona que tratara de arrollarle a uno con un Pontiac Firebird.

– Policía -de nuevo la placa-. Nos gustaría hablar con usted unos momentos.

– ¿Sobre qué? -los ojos castaños se estrecharon y la boca se contrajo.

– Preferiríamos hablarle a solas.

Penn miró a la chica. Era joven, de no más de diecinueve, baja, morena, con un corte de cabello a lo Dorothy Hamill.

– Permíteme un minuto, Julie -le hizo una caricia en la barbilla.

– Mike…

– Sólo será un minuto.

La dejamos allá y caminamos hasta un área de cemento en la que había mesas y bancos de piedra. Los estudiantes iban de un lado a otro como si estuvieran en una cinta transportadora. No había muchos parados por allí. Aquél era un campus de transeúntes: la mayor parte de los estudiantes trabajaban en empleos parte de su tiempo y apretaban las clases durante su tiempo libre. Era un buen sitio en el que obtener un título en ciencia de ordenadores o en empresariales, el de maestro o de contable. Si lo que uno quería era divertirse o unos tranquilos debates intelectuales bajo la sombra de un roble centenario, más valía irse a otra parte.

Michael Penn parecía furioso, pero estaba tratando de ocultarlo con todas sus fuerzas.

– ¿Qué es lo que quieren?

– ¿Cuándo fue la última vez que vio al doctor Morton Handler?

Penn echó la cabeza hacia atrás y se puso a reír a carcajadas.

– ¿A ese tonto del culo? He leído sobre su muerte. No se ha perdido nada.

– ¿Cuándo lo vio por última vez?

Ahora, Penn mostraba una sonrisa irónica.

– Hace años, agente -hizo que la palabra sonase a insulto- cuando estaba en terapia.

– Creo entender que no tenía usted un gran concepto de él.

– ¿De Handler? Era un médico del coco -como si eso lo explicase todo.

– Entonces no tiene usted un gran concepto de los psiquiatras.

Penn alzó las manos, con las palmas hacia arriba.

– Hey, escuchen. Todo aquello fue un gran error. Yo perdí el control de mi coche y un idiota paranoico afirmó que había tratado de matarlo con el auto. Me ficharon, me presionaron y luego me ofrecieron la libertad provisional si iba a ver a un comecocos. Me hizo pasar por toda esa basura de tests.

Esa basura de tests incluía el Inventorio Multifásico de Personalidad de Minnesota y un puñado de proyectivos. Aunque estén muy lejos de ser perfectos, son lo bastante fiables cuando se trataba de alguien como Penn. Yo había leído su perfil IMPM y de cada uno de los índices rezumaba la psicopatía.

– ¿No le gustaba a usted el doctor Handler?

– No ponga palabras en mi boca -Penn bajó la voz. Movía los ojos de un lado a otro, inquieto, nervioso. Tras el apuesto rostro había algo oscuro y peligroso. Handler no había equivocado el diagnóstico en este caso.

– Entonces le caía bien – Milo actuaba como un pez raya que ataca incansable.

– Ni me caía bien ni mal. No me servía de nada. No estoy loco. Y no lo maté.

– ¿Puede usted decirnos dónde se encontraba en la noche en que fue asesinado?

– ¿Cuándo fue eso?

Milo le dio la fecha y la hora.

Penn hizo chasquear sus nudillos y miró a través nuestro, como si estuviera fijándose en un blanco muy lejano.

– Seguro. Estuve toda la noche con mi chica.

– ¿Con Julie? Penn se rió.

– ¿Con ella? No, tengo una mujer madura, agente. Una mujer bien situada -su frente se llenó de arrugas y su expresión pasó de autocomplacida a agria -. Van a tener que hablar con ella, ¿no es así?

Milo asintió con la cabeza.

– Eso me joderá el plan.

– Vaya, Mike. Qué pena me da eso.

Penn le lanzó una mirada de odio, que luego cambió a suave inocencia. Podía manejar su rostro como si fuera un mazo de cartas, barajándolo, dando desde abajo, mostrando un naipe nueve a cada segundo.

– Mire, agente, todo aquel incidente quedó atrás, en mi pasado. Tengo un trabajo, voy a la universidad… voy a graduarme dentro de seis meses. No quiero que todo esto se eche a perder sólo porque mi nombre estaba en los archivos de Handler.

Sonaba como uno de esos personajes de las series de dibujos animados, el bueno, todo él pureza e inocencia.

– Tendremos que comprobar su coartada, Mike.

– De acuerdo, de acuerdo, háganlo. Pero no le expliquen demasiadas cosas, ¿de acuerdo? Sólo generalidades.

Sólo generalidades para que yo pueda inventarme algo. Uno podía casi ver las ruedas girando tras la alta y bronceada frente.

– Seguro, Mike – Milo sacó su lápiz y se dio con él golpecitos en los labios.

– Sonya Magary. Es la propietaria de la boutique para niños Puff n'Stuff de la Plaza del Oro en Encino.

– ¿Tiene a mano su número de teléfono? – le preguntó Milo con aire placentero.

Penn apretó las mandíbulas y se lo dio.

– Nosotros la llamaremos, Mike. Y no la llame usted primero, ¿eh? Nos gusta mucho la espontaneidad – Milo guardó su lápiz y cerró el bloc de notas-. Y que tenga un buen día.

Penn me miró a mí y luego a Milo, luego de nuevo a mí, como buscando un aliado. Luego se alzó y se marcho, caminando con largos y musculosos pasos.

– ¡Hey, Mike! -le llamó Milo. Penn se dio la vuelta.

– ¿En qué se va a graduar?

– En Marketing.

Mientras salíamos del campus lo pudimos ver, caminando con Julie. La cabeza de ella estaba sobre el hombro de él, el brazo de él alrededor de la cintura de ella. Estaba sonriéndole y hablando muy de prisa.

– ¿Qué piensas? -me pregutó Milo, mientras se colocaba tras el volante.

– Pienso que es inocente en lo que a este caso se refiere, pero me apostaría algo a que tiene en marcha algún tipo de negocio sucio. Se sintió verdaderamente descansado cuando descubrió el motivo real por el que estábamos aquí.

Milo asintió con la cabeza.

– Estoy de acuerdo. Pero, ¡que infiernos…! Ese dolor de cabeza le tocará a otro.

Volvimos a la autopista, dirigiéndonos hacia el este. Salimos en Sherman Oaks, fuimos a un pequeño restaurante francés cercano a Woodman, en Ventura, y allí comimos. Milo usó el teléfono para llamar a Sonya Magary. Volvió a la mesa agitando la cabeza.

– Ella le ama. «Ese buen chico, ese niño encantador… espero que no esté en problemas» – imitó el fuerte acento húngaro-. Confirma que estuvo con ella en la trágica noche. Sonaba muy orgullosa de ello. Casi esperé que me fuera a contar como era su vida sexual… con todo lujo de detalles y en technicolor.

Volvió a agitar la cabeza y casi hundió la cara en su plato de mejillones al vapor.

Caímos sobre Roy Longstreth en el mismo momento en que estaba saliendo de su Toyota en el aparcamiento de Thrifty's. Era bajo y de aspecto frágil, con ojos azules aguados y una barbilla poco formada. Prematuramente calvo, el poco cabello que tenía era en los costados de la cabeza y él se lo había dejado largo, cayéndole sobre las orejas, de modo que el efecto general era el de un fraile que llevaba demasiado tiempo meditando y había descuidado su aspecto. Un bigote marrón ratonil atravesaba su labio superior. No tenía nada de la fanfarronería de Penn, pero sí el mismo nerviosismo en sus ojos saltones.

– Sí, ¿qué es lo que desean? -inquirió con voz chillona después de que Milo le hiciera el numerito de la placa. Miró su reloj.

Cuando Milo se lo explicó, pareció como si fuera a echarse a llorar. Una ansiedad nada característica para un supuesto psicópata. A menos que todo aquello fuera una actuación. Uno nunca sabía qué trucos iban a emplear aquellos tipos cuando se veían obligados a ello.

– Cuando leí lo que había pasado supe que acabarían viniendo a por mí -el bigotillo insignificante temblaba como una ramita en medio de una tormenta.

– ¿Y por qué pensó eso, Roy?

– Por las cosas que él dijo de mí. Le dijo a mi madre que yo era un psicópata. Le dijo que no se fiara de mí. Probablemente estoy apuntado en alguna lista de mochales, ¿no es así?

– ¿Puede usted justificar dónde se hallaba en la noche del asesinato?

– Sí. En eso es en lo primero en que pensé cuando leí lo del asesinato… van a venir a por mí y me van a hacer preguntas sobre eso. Me aseguré de recordarlo, incluso lo escribí. Me escribí una nota a mí mismo: Roy, esa noche estuviste en la iglesia. Así, cuando vengan a preguntártelo, te acordarás de dónde estabas…

Podía haber seguido con aquello durante un par de días, pero Milo le cortó:

– ¿En la iglesia? ¿Acaso es usted una persona religiosa, Roy?

Longstreth lanzó una risa que estaba ahogada por el pánico.

– No, no. No de los de rezar. Es el grupo de solteros de Westside, en la Iglesia Presbiteriana de Bel Air… es el mismo sitio al que acostumbraba a ir Ronald Reagan.

– ¿Al grupo de solteros?

– No, no, no. A la Iglesia. Acostumbraba a seguir los cultos allí antes de que lo eligieran y…

– De acuero, Roy. ¿De qué hora a qué hora estuvo en el grupo de solteros de Westside?

El ver a Milo tomando notas aún le puso más nervioso.

Comenzó a dar saltitos, como una marioneta en manos de un marionetista con temblores.

– Desde las nueve a la una treinta… me quedé hasta el final. Ayudé a limpiar. Puedo decirles lo que sirvieron: fue guacamole y nachos, y también había jarras de vino marca Gallo y una salsa de gambas, y…

– Naturalmente hay mucha gente que le vio a usted allí.

– Seguro -dijo, luego se interrumpió -. Yo… yo en realidad no me mezclé mucho en los grupos. Ayudé atendiendo en el bar. Vi a montones de gente, pero no sé si alguno de ellos… si me recordarán.

Su voz había ido atenuándose hasta un susurro.

– Eso podría ser un problema, Roy.

– A menos que… no… sí… la señora Heatherington. Es una señora mayor. Ayuda a las funciones religiosas sin cobrar. Ella también se quedó a limpiar. Y estuvo sirviendo. Pasé mucho rato hablando con ella… puedo incluso contarles de hablamos. Fue acerca del coleccionismo. Ella colecciona Norman Rockwells y yo colecciono Icarts.

– ¿Icarts?

– Ya saben, los grabados de Art Deco.

Las obras de Louis Icart se cotizaban a un alto precio en aquellos tiempos, me pregunté cómo podría permitirse comprarlas un farmacéutico.

– Mi madre me regaló uno cuando tenía dieciséis años y me… -buscó la palabra correcta-… cautivó. Me regala uno para cada uno de mis cumpleaños y yo me he hecho con algunos más por mi cuenta. El doctor Handler también los coleccionaba, ¿saben? Eso…

Dejó que sus palabras muriesen.

– ¿Oh, sí? ¿Le mostró a usted su colección? Longstreth negó enérgicamente con la cabeza.

– No. Tenía uno en su consultorio. Me fijé en él y empezamos a hablar del tema. Pero luego lo usó en contra mía.

– ¿Y cómo fue eso?

– Tras la evaluación… ya saben que me mandaron a él por orden del juez, después de que me cazasen… -miró nerviosamente al edificio de la Thrifty's -… robando en una tienda.

Las lágrimas llenaron sus ojos.

– ¡Por Dios, tomé un tubo de cemento para plástico en la Sears y me atraparon! ¡Pensé que mi madre se moriría de la vergüenza! ¡Y temía que lo descubrieran en la Facultad de Farmacia… fue horrible!

– ¿Y cómo utilizó en contra de usted el que coleccionase Icarts? -preguntó pacientemente Milo.

– De alguna manera implicó, aunque se cuidó mucho de nunca decirlo concretamente, pero lo fraseó de un modo en que uno sabía lo que él quería decir, aunque nunca se le podría acusar de haberlo dicho…

– ¿Qué es lo que implicó, Roy?

– El que se le podría sobornar. Que si le regalaba un Icart o dos… incluso mencionó los que más le gustaban, podría escribir un informe favorable.

– ¿Y lo hizo usted?

– ¿El qué? ¿Sobornarle? ¡Nunca en la vida, eso hubiera sido deshonesto!

– ¿Y él insisitió al respecto? Longstreth se mordisqueó las uñas.

– Como ya le he dicho, lo hizo de un modo que no se le podía acusar de nada. Se limitó a decir que era un caso fronterizo: que tenía una personalidad psicopática, o algo menos estigmatizador: que tenía una reacción de ansiedad o algo así… que podía decantarme en cualquiera de los dos sentidos. Al final le dijo a mi madre que era un psicópata.

El demacrado rosto se contrajo con la ira.

– ¡Me alegra que esté muerto! ¡Ya está, ya lo he dicho! Eso es lo primero que pensé cuando lo leí en el periódico.

– Pero usted no lo hizo.

– ¡Claro que no! No hubiera podido. ¡Yo huyo de la maldad, no la abrazo!

– Hablaremos con la señora Heatherington, Roy.

– Sí. Pregúntenle sobre los nachos y el vino… creo que era Gallo Hearty Burgundy. Y también había un ponche de frutas con rodajas de naranja flotando en él. En un bol de cristal tallado. Y, al final, una de las mujeres se mareó y vomitó en el suelo. Yo ayudé a limpiarlo…

– Gracias, Roy. Ya puede marcharse.

– Sí. Lo haré.

Se dio la vuelta como un robot, una figura delgada con una corta bata azul de farmacéutico, y caminó hacia Thrifty's.

– ¿Y está vendiendo fármacos? -pregunté, incrédulo.

– Debe de estar, si es que no lo han puesto en alguna lista de dementes -Milo se metió el bloc de notas en el bolsillo y caminamos hacia el coche -. ¿A ti te ha parecido un psicópata?

– No, a menos que sea el mejor actor de toda la faz de la Tierra. Esquizoide, introvertido. En todo caso, preesquizofrénico.

– ¿Peligroso?

– ¿Quién sabe? Enfréntalo con el suficiente estrés y puede estallar. Pero yo creo que más bien elegiría la ruta del ermitaño: acurrucarse en la cama, tocársela, marchitarse, seguir así una década o dos, mientras mami le va ahuecando las almohadas.

– Si esa historia de los Icarts es cierta lanza algo más de luz sobre nuestra amada víctima.

– ¿Handler? Era todo un doctor Schweitzer.

– Eso -dijo Milo-. Justo el tipo de tío que uno desearía ver muerto.

Llegamos a Coldwater Canyon antes de que quedara atascado con los coches de los que volvían del trabajo a sus casas del Valle, y entramos en Burbank hacia las cuatro y media.

La Presto Instant Print era uno de las docenas de edificios de cemento gris que llenaban la zona industrial, cercana al aereopuerto de Burbank, como si fueran otras tantas lápidas desmesuradas. El aire olía tóxico y el rugido flatulento de los reactores estremecía el cielo a intervalos regulares. Me pregunté cuál sería la esperanza de vida de quienes pasaban allí las horas del día.

Maurice Bruno había ido hacia arriba en este mundo desde que se había hecho su historial. Ahora era uno de los vicepresidentes, encargado de las ventas. También resultaba que no se le podía ver, según nos dijo su secretaria, una morena flexible con una boca pensada para decir no.

– Entonces pásenos a su jefe – ladró Milo. Le metió la placa bajo la nariz. Estábamos ambos acalorados, cansados y descorazonados. El último lugar del mundo en el que deseábamos quedar embarrancados era en Burbank.

– Ustedes deben querer hablar con el señor Gershman – dijo, como si acabase de descubrir una gran verdad.

– Si usted lo dice, ése debe de ser con quien quiero hablar.

– Esperen un momento.

Se marchó contoneándose y regresó con su duplicado clónico, pero con peluca rubia.

– Soy la secretaria del señor Gershman -anunció el clone.

Decidí que debía ser el veneno que había en el aire. Causaba daños al cerebro, erosionaba el cortex cerebral hasta el punto en que los hechos más simples tomaban un aura de profundidad.

Milo inspiró profundamente.

– Querríamos hablar con el señor Gershman.

– ¿Puedo preguntarle acerca de qué?

– No. No puede. Ahora, llévenos con el señor Gershman.

– Sí, señor -las dos secretarias se miraron la una a otra, luego la morena apretó un botón y la rubia nos llevó a través de puertas dobles de cristal hasta una enorme área de producción, repleta de máquinas que mordisqueaban, machacaban, mordían, rugían y embadurnaban. Unas pocas personas se encontraban alrededor de los rabiosos monstruos de acero, con ojos opacos, las bocas entreabiertas, respirando vapores que apestaban a alcohol y acetona. El ruido, por sí sólo, ya era como para matarle a uno.

Giró súbitamente a la izquierda, probablemente esperando perdernos entre las fauces de uno de los gigantes, pero permanecimos tras ella, siguiendo los movimientos de su penduleante trasero hasta que llegamos a otro grupo de puertas dobles. Éstas las empujó y las soltó, obligando a Milo a tirarse hacia adelante para sujetarlas. Un pasillo corto, otro grupo de puertas y nos vimos enfrentados a un silencio tan completo que resultaba sobrecogedor.

El área para ejecutivos de la Presto Instant Print podría haber estado en otro planeta. Alfombras espesas de color ciruela con las que uno tenía que negociar con el fin de lograr recuperar sus tobillos, paredes forradas en auténtica madera de nogal. Enormes puertas, de grueso nogal, con nombres puestos en letras de bronce cuidadosamente centradas en la madera. Y silencio.

La rubia se detuvo al final del corredor, frente a una puerta especialmente grande, con unas letras doradas especialmente cuidadas que decían Arthur M. Gershman, Presidente. Nos dejó entrar en una sala de espera del tamaño de una casa mediana, nos hizo un gesto para que nos sentáramos en sillas que tenían el aspecto y el tacto de la masa de pan no horneada. Colocándose tras su escritorio, un artilugio de plexiglás y madera que permitía al mundo una visión perfecta de sus piernas, apretó un botón en una consola que parecía pertenecer a un centro de control de la NASA, movió un poco los labios, asintió con la cabeza y se puso de nuevo en pie.

– El Señor Gershman les verá ahora.

El sancta sanctorum era como cabía esperar: del tamaño de una catedral, decorado como algo concebido en las páginas del Architectural Digest, suavemente iluminado y confortable, pero con los suficientes ángulos duros como para mantenerle a uno despierto… Pero el hombre que había tras el escritorio era una completa sorpresa.

Vestía pantalones caqui y una camisa blanca de manga corta que necesitaba que la plancharan. Sus pies estaban calzados con unos Hush Puppies y, dado que estaban sobre la mesa, resultaban obvios los agujeros de las suelas. Estaría a mitad de los setenta, era calvo, usaba gafas y uno de los aros de éstas estaba reparado con esparadrapo, además tenía un gran tripón.

Estaba hablando por teléfono cuando entramos.

– Espera un momento, Lenny -nos miró-. Gracias Denise.

La rubia desapareció y él nos dijo:

– Un instante. Siéntense, pónganse algo -y señaló a un bar repleto, que cubría la mitad de una pared -. De acuerdo, Lenny, tengo a unos polizontes aquí, así que he de cortar. Sí, policías. No, no sé, ¿quieres preguntárselo tú? Ja ja. Claro, seguro que les digo eso, so caradura. Les contaré lo que hiciste en Palm Springs la última vez que estuvimos allí. Eso. Okey, el trabajo del Sahara en lotes de trescientos mil, posavasos y cerillas… nada de cajas, libritos. Ya lo he apuntado. Te doy una fecha de entrada para dentro de dos semanas. ¿Cómo? Olvídalo -nos hizo un guiño-. De acuerdo, vete a alguien de ahí, será por lo que a mí me importa… Me quedan uno o quizá dos meses antes de que me caiga muerto de tanto trabajo… ¿te crees que me importa si me anulan un pedido? Todo se lo va a llevar el tío Sam y Shirley y el principito de mi hijo, que va por ahí con un coche alemán. No, no, un BMW. Pagado con mi dinero. Eso. ¿Y qué puedes hacer, si todo se escapa a cualquier control? ¿Diez días? -hizo gesto de masturbarse con una mano y nos dedicó una gran sonrisa-. Te la estás machacando, Lenny. Al menos cierra la puerta y así nadie te verá. Doce días es lo más que puedo hacer. ¿Vale? Pues queda en doce. Vale. Te dejo, que estos cosacos se me van a llevar a rastras en cualquier momento. Adiós.

Tras haber colgado el teléfono de un golpe, el hombre se irguió como impulsado por un resorte.

– Artie Gershman.

Alzó una mano manchada de tinta. Milo la estrechó, luego lo hice yo. Era tan dura como el granito y repleta de callos.

Se sentó de nuevo y volvió a poner los pies sobre la mesa.

– Lamento el retraso- tenía la jovialidad de alguien que está rodeado por los suficientes autómatas, como Denise, como para que su intimidad esté a salvo-. Uno trata con los casinos y se creen que tienen derecho a tenerlo todo al instante. Son de la Mafia, ¿saben? Pero… ¿qué infiernos les estoy contando? Ustedes son policías, así que lo saben, ¿no? Y bien, ¿qué puedo hacer por ustedes, agentes? Ya sé que la situación de los aparcamientos es un problema. Si son esos bastardos de al lado, de la Chemco, los que se están quejando, lo único que quiero decirles es que se pueden ir al infierno metidos en una bolsa, porque sus trabajadores mejicanos están aparcando siempre en mi aparcamiento… y además tendrían ustedes que comprobar cuántos de ellos están en el país legalmente. Si quieren jugar en plan sucio, yo también puedo jugar a eso.

Hizo una pausa para recobrar el aliento.

– No es por el aparcamiento.

– ¿No? ¿Entonces por qué?

– Queremos hablar con Maurice Bruno.

– ¿Morry? Morry está en Las Vegas. Hacemos un montón de trabajo para allí, para los casinos, los hoteles y los moteles. Miren -abrió un cajón de su escritorio y nos lanzó un puñado de cajas de cerillas. Estaban representados la mayoría de los nombres famosos.

Milo se metió en el bolsillo unas cuantas.

– ¿Cuándo volverá?

– En unos pocos días. Se fue en un viaje de ventas hace un par de semanas, primero a Tahoe, luego a Reno, para acabar en Las Vegas… probablemente esté pasándoselo un poco bien, pues paga la empresa, que para eso tiene cuenta de gastos. Aunque, ¿a quién le importa? Es un vendedor sensacional.

– Pensé que era el vicepresidente.

– Vicepresidente encargado de las ventas. Es un vendedor con un bonito título, un salario mayor, una oficina más bonita… ¿qué es lo que les parece este lugar? Es como si un maricón lo hubiera instalado, ¿no?

Busqué una reacción en el rostro de Milo y no hallé ninguna.

– Mi esposa. Ella misma lo hizo. Este lugar era antes bonito. Había papeles por todas partes, un par de sillones, las paredes blancas… paredes normales de modo que uno podía oír el ruido de la fábrica, saber que todo seguía en marcha. Esto parece ahora la muerte, ¿saben? Esto es lo que me merezco por haberme buscado una segunda esposa. La primera esposa te deja en paz, la segunda quiere transformarte en una nueva persona.

– ¿Está usted seguro de que el señor Bruno está en Las Vegas?

– ¿Y por qué no iba a estar seguro? ¿A dónde podría haber ido si no?

– ¿Cuánto tiempo hace que el señor Bruno trabaja para usted, señor Gershman?

– ¿Hey, qué es esto? ¿Es por algún retraso en el pago de la pensión a sus hijos?

– No. Queremos hablar con él con referencia a la investigación que estamos llevando a cabo sobre un homicidio.

– ¿Homicidio? -Gershman se levantó de un salto-. ¿Asesinato? ¿Morry Bruno? Deben de estar bromeando, este tío es una joya.

Una joya que había sido un maestro colocando cheques sin fondos.

– ¿Cuánto tiempo lleva trabajando para usted?

– Déjenme ver… un año y medio, quizá dos.

– ¿Y no ha tenido ningún problema con él?

– ¿Problema? Les digo que es una joya. No sabía nada de este negocio, pero tuve un presentimiento y lo contraté. Es un vendedor increíble. Ha superado en ventas a todos los demás… incluso a los más veteranos… y eso ya lo logró al cuarto mes. Fiable, amistoso, jamás ha sido un problema.

– Ha mencionado usted los pagos de la pensión a sus hijos. ¿Está casado el señor Bruno?

– Divorciado – dijo tristemente el señor Gershman -. Como todo el mundo, mi hijo incluido. Hoy en día lo dejan correr con demasiada facilidad.

– ¿Tiene familia aquí, en Los Ángeles?

– No. Su esposa y los crios… creo que son tres, se marcharon al este. A Pittsburgh, o a Cleveland, a algún sitio en el que no hay mar. El los echaba a faltar, hablaba mucho de ello. Es por eso por lo que se presentó voluntario en La Casa.

– ¿La Casa?

– Sí, ese sitio para chicos, en Malibú. Morry acostumbraba a pasar los fines de semana allí, trabajando voluntariamente con los chicos. Le dieron un diploma. Vengan, se lo enseñaré.

La oficina de Bruno era la cuarta parte de la de Gershman, pero estaba decorada en el mismo estilo eclécticamente elegante. El lugar estaba tan limpio como una patena, lo que no resultaba sorprendente, visto que Bruno pasaba la mayor parte de su tiempo de viaje. Gershman señaló una placa enmarcada que compartía pared con media docena de premios a El Número Uno en Ventas.

– ¿Ven?: «Concedida a Maurice Bruno en reconocimiento a su servicio voluntario en pro de los niños sin hogar en La Casa de los Niños y bla, bla, bal». Ya les he dicho que es una joya.

El certificado estaba firmado por el alcalde, como testigo honorífico, y por el director del asilo de niños, un tal Reverendo Augustus J. McCaffrey y era todo él caligrafía y cenefas florales. Muy impresionante.

– Muy bonito -dijo Milo-. ¿Sabe en qué hotel reside el señor Bruno?

– Acostumbraba a ir al MGM, pero después del incendio, ya no sé. Volvamos a mi despacho y averigüémoslo.

De vuelta al Despacho Bonito, Gershman tomó el teléfono, apretó el interfono y ladró por el micrófono.

– Denise, ¿dónde está residiendo Morry en las Vegas? ¡Averígüelo!

Medio minuto más tarde zumbó el interfono.

– ¿Aja? Bien. Gracias, monada – se volvió hacia nosotros-. El Palace.

– ¿El Caesar's Palace?

– Aja. ¿Quieren que llame allí, para que puedan hablar con él?

– Si no le importa… Diremos que se lo carguen al Departamento de Policía.

– ¡Nia! -Gershman hizo un gesto con la mano -. Pago yo. Denise, llame al Caesar's Palace y haga que Morry se ponga al teléfono. Si no está allí, déjele un mensaje para que llame a…

– Al detective Sturgis, de la División Oeste de Los Angeles.

Gershman completó las instrucciones.

– No estarán pensando que Morry pueda ser sospechoso, ¿verdad? – nos preguntó cuando dejó el teléfono -. Es sólo como testigo, ¿no?

– Realmente no le podemos decir nada al respecto, señor Gershman – Milo era muy estricto en cuestiones de discreción.

– ¡No puedo creérmelo! -Gershman se dio una palmada en la cabeza-. ¡Realmente piensan que Morry puede ser un asesino! ¡Un tipo que trabaja con niños en el fin de semana… un tipo que jamás ha tenido una palabra más fuerte que otra con nadie de aquí… Vayan a preguntar por la casa, les doy permiso. ¡Si encuentran a alquien que tenga algo malo que decir acerca de Morry Bruno, me como esta mesa!

Le interrumpió el zumbador del interfono.

– Sí, Denise. ¿Cómo es eso? ¿Está segura? Quizá haya sido un error. Compruébelo de nuevo. Y luego llame al Aladdin, o al Sands quizá cambió de idea.

El rostro del viejo estaba solemne cuando colgó.

– No está en el Palace -dijo con la tristeza y miedo de alguien al que le van a arrancar del reconfortante calor de sus ideas preconcebidas.

Maurice Bruno no estaba en el Aladdin, o el Sands, ni en ningún otro de los principales hoteles de Las Vegas. Nuevas llamadas desde la oficina de Gershman revelaron el hecho de que no había registro en ninguna de las compañías aéreas de que hubiera ido de Los Ángeles a Las Vegas.

– Me gustaría su dirección y número de teléfono, si me hace el favor.

– Denise se lo dará -dijo Gershman. Lo dejamos sentado en su gran despacho, solo, con su barbilla mal afeitada apoyada en sus manos, frunciendo el ceño como un maltratado bisonte que ya lleva demasiados años residiendo en el Zoo.

Bruno vivía en Glendale, que normalmente hubiera estado a diez minutos en coche de la fábrica Presto, pero eran las seis de la tarde, había habido un accidente justo al oeste de Hollywood, en el trébol de Golden State, y la autopista esta estancada todo el camino desde Burbank hasta Pasadena. Pero cuando salimos de ella en Brand era ya obscuro y los dos estábamos de muy mal humor.

Milo giró hacia el norte y se dirigió hacia las montañas.

La casa de Bruno estaba en Armelita, una calle lateral a un kilómetro de donde acababa el paseo. Se hallaba situada en el final de un callejón sin salida y era una pequeña imitación del estilo Tudor, de un solo piso, frente a la que había un cuidado cuadrado de césped, con setos de tejos y arbustos de enebro metidos en los espacios vacíos. Dos grandes matorrales del árbol de la vida guardaban la entrada. No era el tipo de lugar que me hubiera imaginado para un soltero acostumbrado a ir por Las Vegas. Luego recordé lo que Gershman había dicho de su divorcio. Sin duda aquél era el hogar familiar, dejado atrás por la esposa y los hijos al huir.

Milo llamó al timbre un par de veces, luego golpeó fuerte con el puño. Cuando nadie le contestó se fue a su coche y llamó a la policía de Glendale. Diez minutos más tarde apareció un coche patrulla y de él salieron dos agentes uniformados. Ambos eran altos, robustos y de cabello color arena y tenían poblados, erizados y pajizos bigotes bajo sus narices. Se nos acercaron con esa marcha que sólo tienen los polizontes y los borrachos cuando están intentando con todas sus fuerzas aparentar que están sobrios, y conferenciaron con Milo. Luego se fueron a su radio.

La calle estaba silenciosa y desprovista de todo signo de que allí viviese algún ser humano. Siguió así mientras llegaban y aparcaban los tres coches patrulla adicionales y el Dodge sin marca alguna. Hubo una breve conferencia que pareció un corro de los que se hacen en el fútbol americano y luego desenfundaron pistolas. Milo volvió a tocar el timbre, esperó un minuto y luego abrió la puerta de una patada. Había empezado el asalto.

Yo me quedé fuera, mirando, esperando. Pronto se pudo oír el sonido de arcadas y vómitos. Luego empezaron a salir policías corriendo de la casa, dejándose caer sobre el césped, con sus manos tapándoles las narices, como en una escena de acción pasada al revés. Un policía particularmente apuesto se ocupó en echar el contenido de su tripa sobre los enebros. Cuando parecía que todos se habían retirado salió Milo a la puerta, con un pañuelo cubriéndole la boca y la nariz. Sus ojos eran visibles y entraron en contacto con los míos. Me ofrecían una elección.

Contra todo lo juicioso, saqué mi propio pañuelo, enmascaré la parte inferior de mi cara y entré.

El delgado algodón era poca defensa contra el cálido hedor que se alzó contra mí en cuanto crucé el umbral. Era como si puros gases de las alcantarillas y los pantanos se hubieran unido en una sopa burbujeante y arremolinada, tras lo que ésta se hubiera vaporizado y diseminado por el aire.

Con los ojos acuosos, luché contra la necesidad de vomitar y seguí la silueta de Milo, que avanzaba hacia la cocina.

Estaba sentado allá, ante la mesa de fórmica. La parte inferior de él, la que estaba vestida, aún parecía humana. El traje, azul cielo, de vendedor, la camisa color maíz con un pañuelo de cuello de seda azul. Los toques de distinción: el pañuelo en el bolsillo superior de la chaqueta, los zapatos con pequeños adornos colgantes en cuero, el brazalete de oro que colgaba en derredor de una muñeca plagada de gusanos.

Desde el cuello arriba era algo como lo que tiran a la basura los patólogos. Parecía como si le hubieran estado trabajando el cráneo con una barra de hierro, pues toda la parte delantera, lo que antes fue su cara, estaba hundida, pero realmente resultaba imposible saber a qué había sido sometida aquella masa hinchada y sanguinolenta que estaba unida a sus hombros… tan avanzado era el estado de descomposición en que se encontraba…

Milo comenzó a abrir ventanas y me di cuenta de que la casa se notaba tan caliente como si fuera el interior de un horno, calentada por los hidrocarbonos emitidos por la materia orgánica en descomposición. Era una rápida respuesta a la crisis de la energía: ahorre kilowatios, mate a un amigo…

No pude resistir más. Corrí hacia la puerta, jadeando y tiré el pañuelo cuando estuve fuera. Tragué ansiosamente, a borbotones, el frío aire exterior. Me temblaban las manos.

Ahora había mucha excitación en el vecindario. Los vecinos: hombres, mujeres y niños, habían salido de sus castillos, haciendo una pausa en medio de las noticias de la noche, interrumpiendo el comer sus festines recién descongelados, para mirar boquiabiertos a las parpadeantes luces carmesí y escuchar a la tartamudeante estática de la radio de los coches patrulla, contemplando la camioneta del forense que se había quedado aparcada en la acera con la fría autoridad de un déspota que preside un desfile. Algunos crios iban con sus bicicletas calle arriba, calle abajo. Las voces que murmuraban adquirían la tonalidad de las langostas cuando viajan en nube. Un perro ladraba. Bienvenidos a los barrios residenciales.

Me pregunté dónde habrían estado todos cuando alguien se había metido en la casa de Bruno, le había atizado hasta dejarlo hecho gelatina, cerrado todas las ventanas y abandonado allá para que se descompusiese.

Al fin salió Milo, con la cara verde. Se sentó en los escalones delanteros y colgó su cabeza entre las rodillas. Luego se levantó y llamó a los empleados de la oficina del forense, para que se acercasen. Habían llegado preparados, con mascarillas de gas y guantes de goma. Entraron con una camilla vacía y salieron llevando algo envuelto en un sudario de plástico negro.

– Ugh. ¡Qué asco! -le dijo una quinceañera a su amiga.

Era un modo tan elocuente de decirlo como cualquier otro.

12

Tres mañanas después de que descubriéramos la carnicería de Bruno, Milo quiso venir a revisar detenidamente el historial psiquiátrico del vendedor. Yo lo retrasé hasta la tarde. Movido por un instinto que no me resultaba nada claro, llamé a André Jaroslav a su estudio en Hollywood Oeste y le pregunté si tenía tiempo para ayudarme a poner al día mis conocimientos en karate.

– Doctor -dijo, con un acento tan espeso como el goulash-. ¡Cuánto tiempo desde que yo ver usted!

– Lo sé, André. Demasiado. Me he abandonado, pero espero que me puedas ayudar.

Se echó a reír.

– Hum. Tengo grupo intermedio a las once y clases privadas a las doce. Luego irme a Hawaii, doctor. Para coreografiar escenas de peleas para nuevo programa de televisión. Chica policía que hace judo y atrapa violadores. ¿Qué piensa?

– Muy original.

– Ja. Tener que trabajar con chica cabello rojo, esa Shandra Layne. Para enseñar a ella como tirar a hombres grandes. Como Wonder Woman, ¿ja?

– Ja. ¿Tienes tiempo antes de la once?

– Para tú, doctor… siempre. Ponerte en forma. Ven a las nueve y te daré dos horas.

El Instituto de Artes Marciales estaba situado en Donehy, en Santa Mónica, junto al club nocturno Troubadour. Era toda una institución en Los Ángeles, anterior a la locura por el kung-fu al menos en quince años. Jaroslav era un checo de piernas arqueadas que se había escapado en los años cincuenta. Tenía una voz chillona y aguda que él atribuía a que los nazis le habían pegado un tiro en la garganta. La verdad es que había nacido con el registro vocal de un capón histérico. No había sido fácil sobrevivir en la Praga de la postguerra, siendo un judío de voz chillona, pero Jaroslav había inventado su propio modo de hacerlo. Empezando de niño se había autoenseñado educación física, levantamiento de peso y las artes de la autodefensa. Cuando estaba en la veintena dominaba cualquiera de las doctrinas de las artes marciales, desde la esgrima con sable al hopkaido, y un montón de matones se habían llevado dolorosas sorpresas.

Me recibió a la puerta, desnudo de cintura para arriba, con un manojo de narcisos en la mano. La acera estaba repleta de tipos anoréxicos, de sexo indefinido, agarrándose a estuches de guitarra como si fueran salvavidas, chupando ansiosamente cigarrillos y contemplando el tráfico que pasaba con la incomprensión de los muy colgados.

– Audición -gimió, señalando con un dedo la puerta del Troubadour y mirándolos con ironía-. Los artesanos de la nueva era, doctor.

Entramos en su estudio, que estaba vacío. Colocó las flores en un jarrón. La sala de prácticas era una extensión de suelo de arce pulimentado bordeado por paredes blanqueadas. Fotos autografiadas de estrellas y cuasiestrellas colgaban en grupos. Fui a un vestidor con las tiesas prendas blancas que me entregó y surgí con el aspecto de un extra en una película de Bruce Lee.

Jaroslav estaba en silencio, dejando que su cuerpo y sus manos hablasen. Me situó en el centro del estudio y se quedó frente a mí. Sonrió levemente, ambos hicimos una reverencia y me llevó a través de una serie de ejercicios de precalentamiento que hicieron que me crugiesen las articulaciones. Había sido demasiado tiempo.

Cuando se hubieron desarrollado los katas introductorios, volvimos a inclinarnos. Él sonrió y pasó a barrer el suelo conmigo. Al final de una hora notaba como si me hubieran metido a presión por el triturador de desperdicios. Cada fibra muscular me dolía, cada sinapsis se estremecía en exquisita agonía.

Él siguió adelante, sonriendo y haciendo reverencias, a veces lanzando un alarido agudo, perfectamente controlado, tirándome de un lado a otro como un saco de patatas. Hacia el final de la segunda hora el dolor había dejado de ser inoportuno, para convertirse en un modo de vida, un estado de la conciencia. Pero, cuando nos detuvimos estaba empezando a sentirme de nuevo al control de mi cuerpo. Estaba respirando fuerte, estirándome, parpadeando. Mis ojos me ardían al ir goteando a su interior el sudor. Jaroslav parecía que sólo acababa de estar leyendo el diario de la mañana.

– Usted toma baño caliente, doctor. Que niña mona le haga masaje, usando loción de olmo escocés. Y recuerde: practicar, practicar, practicar.

– Lo haré, André.

– Usted llamarme cuando yo vuelva, en una semana. Le contaré lo de Shandra Layne y comprobaré si ha practicado – me clavó un dedo en la tripa, jocosamente.

– Trato hecho.

Tendió la mano. Yo también, para estrechársela, pero en seguida me puse en tensión, preguntándome si no me iría a derribar de nuevo.

– Ja, bien -dijo. Luego se echó a reír y me dejó ir.

La pulsante agonía me hacía sentirme recto y ascético. Comí en uno de los restaurantes montados en alguna de las docenas de congregaciones cuasi-hindúes que parecen preferir Los Ángeles a Calcuta. Una chica de ojos perdidos y perenne sonrisa, ataviada con ropajes blancos y algo así como un albornoz me sirvió. Tenía la cara de una niña rica unida a los modales de una monja y conseguía sonreír mientras hablaba, sonreír mientras tomaba nota y sonreír mientras se marchaba. Me pregunté si eso también haría daño.

Me acabé un plato repleto de lechuga picada, brotes, gramos de soja refritos y queso de cabra fundido, todo sobre un pan chapad, o sea una tostada sagrada, pasándolo con dos vasos de néctar de pina, coco y guava importado del sagrado desierto de Mojave. La cuenta fue nada menos que diez dólares y treinta y cinco centavos. Aquello explicaba las sonrisas.

Regresé a casa justo cuando Milo aparcaba un Matador color bronce, sin marcas de la policía.

– El Fiat murió al fin -me explicó-. He hecho que lo incineren y dispersen las cenizas sobre las plataformas petrolíferas marinas que hay frente a Long Beach.

– Te doy el pésame -tomé el historial de Bruno.

– Se aceptan contribuciones al pago del primer plazo de mi próximo trasto, preferiblemente a coronas de flores.

– Haz que el doctor Silverman te compre un coche.

– Estoy pensando cómo.

Me dejó leer unos minutos y luego preguntó:

– Entonces, ¿qué es lo que piensas?

– No se me ocurre nada genial. A Bruno lo mandó a ver a Handler el Departamento de Libertad Provisional tras su problema con los cheques sin fondos. Handler lo vio una docena de veces durante un período de cuatro meses. Cuando terminó el período de la libertad provisional, también terminó el tratamiento. Una cosa en la que me fijé es en que las notas de Handler acerca de él son relativamente benignas. Bruno fue uno de sus pacientes adquiridos más recientemente. En el momento en que inició su terapia, Handler estaba en su período más desagradable, y sin embargo no hay comentarios malévolos sobre él. Mira, aquí al principio, Handler le llama «un timador muy caradura» – pasé unas páginas-. Y un par de semanas más tarde Handler hace un comentario acerca de «la sonrisa de gato de Cheshire» de Bruno. Pero luego nada más.

– ¿Como si se hubieran hecho amigos?

– ¿Por qué dices eso?

Milo me entregó un trozo de papel.

– Toma. Mira esto.

Era un listado de la telefónica.

– Esto – señaló a un número de siete cifras rodeado por un círculo- es el número de Handler, el de su casa, no el de su oficina. Y este otro es el de Bruno.

Habían sido trazadas líneas entre los dos, como los lazos que cierran una bota de caña alta. Habían tenido montones de conexiones durante los últimos seis meses.

– Interesante, ¿eh?

– Mucho.

– Y aquí tienes algo más. Oficialmente, el forense dice que resulta imposible fijar el momento de la muerte de Bruno. El calor de dentro de la casa mandó al traste los cálculos basados en las tablas de descomposición… y con todos los palos que le han estado dando últimamente no se atreve a arriesgar el cuello y que quizá se lo corten si se equivoca. Pero uno de los chicos jóvenes de la oficina forénsica me dijo, extraoficialmente, que su suposición va de los diez a los doce días.

– Justo alrededor del momento en que asesinaron a Handler y Gutiérrez.

– O bien antes o justo después…

– Pero, ¿qué hay de los diferentes modos de operación?

– ¿Y quién te dice que la gente sea metódica, Alex? Francamente, hay otras diferencias entre ambos casos, aparte del modo en que fueron realizados. En el caso de Bruno parece que la entrada fue con reventón: hallamos ramas rotas bajo una ventana y marcas de una palanqueta en el marco… aquello antes fue la habitación de algún niño. Y el Departamento de Policía de Glendale cree que tienen dos tipos distintos de huellas de pisadas.

– ¿Dos? Entonces, quizá Melody sí que vio algo -Hombres oscuros. Dos o tres.

– Quizá, pero ya he abandonado esa línea de ataque. La niña nunca será una testigo fiable. En cualquier caso, a pesar de las discrepancias, parece que podríamos tener algo… el qué, no lo sé. Paciente y doctor, pruebas concretas de que mantuvieron algún tipo de contacto después de que hubiera terminado el tratamiento, ambos asesinados aproximadamente al mismo tiempo. Es demasiado, para ser simples coincidencias.

Estudió sus notas, pareciendo un profesor. Yo pensé acerca de Handler y Bruno y, de pronto, se me ocurrió.

– Milo, los roles sociales nos han impedido pensar correctamente.

– ¿De qué infiernos estás hablando?

– De los roles sociales… de los códigos de comportamiento prescritos. Como doctor y paciente. Psiquiatra y psicópata. ¿Cuáles son las características de un psicópata?

– La falta de conciencia.

– Justo. Y la imposibilidad de relacionarse con otra gente excepto a base de explotarlos. Los buenos tienen una fachada cuidada, atractiva, a menudo incluso son guapos. Habitualmente tienen una inteligencia superior a la normal. Manipulan sexualmente. Tiene predilección por meterse en timos, chantajes, fraudes.

Los ojos de Milo se abrieron mucho.

– Handler.

– Naturalmente. Hemos estado pensando en él como el doctor del caso y asumiendo su normalidad psicológica… su rol le ha protegido ante nuestros ojos. Pero examinémoslo más atentamente. ¿Qué es lo que sabemos de él? Estuvo involucrado en un fraude de seguros. Trató de chantajear a Roy Longstreth, usando su poder como psiquiatra. Sedujo al menos a una de sus pacientes, a Elaine Gutiérrez… ¿y quién sabe a cuántas más? Y todas estas notas maledicentes al margen de sus anotaciones… al principio pensé que eran una prueba de que se había quemado, pero ahora ya no sé. Fue algo muy frío, eso de pretender escuchar a la gente, aceptando su dinero, e insultándolos. Sus notas eran confidenciales, no esperaba que nadie las fuera a leer, así que en ellas podía mostrarlo todo, mostrar sus verdaderos colores. Milo, te digo que ese tipo se va pareciendo más y más al clásico psicópata.

– El doctor malvado.

– No es que sea una rara avis. Si pudo haber un Mengele, ¿por qué no docenas de Morton Handlers? ¿Qué mejor fachada para un psicópata inteligente que un título de doctor? Eso da un prestigio y credibilidad instantáneos…

– Un doctor psicópata y un paciente psicópata -lo rumió-. No amigos, pero sí compañeros en el crimen.

– Seguro, los psicópatas no tiene amigos, sólo víctimas y cómplices. Bruno debió ser un sueño hecho realidad para Handler, si éste estaba planeando algo y necesitaba la ayuda de alguien de su propia especie. Apostaría algo a que las primeras sesiones debieron ser increíbles, ambos unas hienas hambrientas, estudiándose el uno al otro, mirando por encima del hombro, olisqueando el terreno.

– Pero, ¿por qué Bruno en particular? Handler trató a otros psicópatas.

– Los otros eran demasiado bastos: pinches de cocinero, vaqueros, trabajadores de la construcción. Handler necesitaba a un tipo con buena apariencia y listo. Además, ¿cómo saber si alguno de esos tipos no fueron falsamente diagnosticados, de un modo deliberado, como ocurrió en el caso de Longstreth?

– Sólo por hacer de abogado del diablo por un momento… sucede que uno de esos tipos estudia leyes.

Pensé en ello por un momento.

– Demasiado joven. A los ojos de Handler era un punk endurecido. Dentro de algunos años, con un título y un barniz de sofisticación, quizá. Handler necesitaba a alguien estilo hombre de negocios para lo que trataba de llevar a cabo. A alguien realmente hábil. Y Bruno parece haberse ajustado perfectamente a sus necesidades: engañó a Gershman, que no es ningún tonto.

Milo se alzó y paseó por la habitación, pasándose los dedos por el cabello, creando una especie de nido de pájaro.

– Definitivamente me parece muy atractivo: el comecocos y el coco comido trabajando juntos en algo sucio – parecía divertido.

– No es la primera vez que sucede, Milo. Allá en el Este, hace unos años había un tipo… tenía muy buenas credenciales. Se casó con una hija de una familia muy rica y puso una clínica para los delincuentes juveniles… era en el tiempo en que aún los llamaban así. Usó las conexiones sociales de la familia de su mujer para organizar veladas de recogida de fondos para la clínica. Y, mientras corría el champán, los delincuentes juveniles estaban ocupados vaciando las casas de los asistentes a las fiestas. Al final lo atraparon con un almacén lleno de cristalerías y platería, pieles y alfombras. Y ni siquiera necesitaba aquellas cosas, lo estaba haciendo sólo por el reto que representaba. Lo mandaron a una de esas discretas instituciones en las hermosas colinas al sur de Maryland… y no me extrañaría que, en este momento, ya esté dirigiendo el establecimiento. El caso es que nunca llegó a los papeles, yo me enteré por los cotilleos profesionales, en las convenciones.

Milo sacó su lápiz. Comenzó a escribir, pensando en voz alta:

– Iremos a los pasillos de mármol de las altas finanzas. Informes bancarios, memorias de los agentes de bolsa, negocios realizados bajo nombres falsos. Ver lo que hay en las cajas fuertes de los bancos después de que los de Hacienda hayan hecho su trabajo sucio. Los registros del condado sobre compras de terreno. Los seguros hechos desde la consulta de Handler -se detuvo-. Espero que esto me lleve a alguna parte, Alex. Este maldito caso no me ha ayudado en lo que se refiere a mi estatus con el Departamento. El capitán busca el ascenso y quiere más y más detenciones. Handler y Gutiérrez no eran gente del ghetto cuya muerte pueda dejar que se vaya olvidando lentamente. Y está aterrado por la idea de que Glendale resuelva antes la muerte de Bruno y nos deje como a tontos. Recuerda lo que pasó con Bianchi.

Asentí con la cabeza: el jefe de la policía de un pueblo grande, Bellington, en Washington, que había cazado al Estrangulador de Hillside… algo que toda la maquinaria policial de Los Ángeles había sido incapaz de lograr.

Se alzó, se fue a la cocina y se comió la mitad de un pollo frío, de pie junto al fregadero. Lo hizo bajar con un litro de zumo de naranja y regresó limpiándose la boca.

– No sé por qué estoy luchando por no echarme a reír, viendo que estoy hasta el cuello de cadáveres y no logro una avance aparente; pero lo cierto es que me parece todo muy divertido: Handler y Bruno. Uno manda a un tipo al matasanos para que le arregle el coco y resulta que el médico está tan majara como el paciente, y sistemáticamente, organiza un lío con la terapia.

Puesto de aquel modo no sonaba a divertido. De todos modos se echó a reír.

– ¿Y qué me dices de la chica? -me preguntó.

– ¿La Gutiérrez? ¿Qué pasa con ella?

– Bueno. Estaba pensando en eso de los roles sociales. La hemos contemplado como la inocente espectadora que se ve implicada. Pero si Handler estaba en combinación con unos de sus pacientes, ¿por qué no con dos?

– No es imposible. Pero sabemos que Bruno era un psicópata, ¿tenemos alguna prueba al respecto sobre ella?

– No -admitió-. Buscamos el historial de Handler sobre ella, pero no lo pudimos encontrar. Quizá lo destruyó cuando cambió su relación. ¿Es eso habitual entre vosotros?

– ¿Cómo quieres que lo sepa? Yo no duermo nunca con mis pacientes… o con sus madres.

– No seas tan quisquilloso. Traté de hablar con su familia: la vieja y gruesa mamacita y dos hermanos, uno de ellos con esos ojos airados, de muy macho. No tienen padre, murió hace diez años. Los tres viven en un sitio muy pequeño en Echo Park. Cuando llegué allí estaban en medio del velatorio: el lugar estaba lleno de fotos de la chica, puestas en altarcitos. Y muchas velas, cestas con comida, vecinos llorosos. Los hermanos estaban con cara hosca y mamá apenas si hablaba ingles. Hice un intento por ser muy sensible, no violar ningún tabú cultural- y todo eso. Me llevé a Sánchez de la comisaría de Ramparts para que me tradujese. Compramos comida, procuramos no hacernos notar. No conseguí nada. No ver, no oír, no hablar. Honestamente, el Oeste de Los Ángeles es algo tan remoto como la Atlántida. Pero aunque hubieran sabido algo, puedes estar seguro que maldita si me lo iban a contar a mí.

– ¿Aunque ello hubiera servido para hallar al asesino? – pregunté.

Me miró cansinamente.

– La gente como ésa no cree que la policía pueda ayudarles, Alex. Para ellos, la policía son los bastardos que enchironan a sus cholos e insultan a sus chicas y que jamás esta a mano cuando por las noches llegan los coches a oscuras, a recorrer el barrio y disparar escopetazos a través de las ventanas de las casas. Lo que me recuerda que hablé con una amiga de la muerta. Su compañera de cuarto, que también es maestra. Ésta era visiblemente hostil. Me hizo saber, con toda claridad, que no quería saber nada de mí; a su hermano lo mataron hace cinco años en un tiroteo entre pandillas y como la policía no hizo entonces nada por ella o por su familia, ahora yo podía irme al infierno.

Se alzó y caminó por la habitación como un león cansado.

– Resumiendo: Elaine Gutiérrez es una incógnita, pero no hay nada que nos indique que no era tan pura como la nieve recién caída.

Se le veía miserablemente, plagado por las dudas.

– Es un caso muy duro, Milo. No te culpes tanto.

– Es curioso que digas eso, justo lo que mi madre me dice siempre: tranquilo, Milo Bernard, no seas tan prefeccionista… así es como lo prununcia ella. Toda mi familia tenía una larga tradición de pocos logros en la vida: dejar la escuela sin acabar ni siquiera los estudios secundarios, entrar a trabajar en la fundición, caer en una rutina vital de platos de plástico, televisión, fiestas en la iglesia y virutas de hierro que se te clavan en la carne. Tras treinta años, la bastante pensión y pagas por inhabilitación laboral como para poder pagarte un fin de semana en los Ozarks de tanto en cuando, si es que tenías suerte. Mi padre lo hizo, y su padre y mis dos hermanos. El plan de juegos Sturgis. Pero no lo hizo el prefeccionista… para empezar, el plan Sturgis funciona mejor si uno se casa y a mí me han gustado los chicos desde que tenía nueve años. Y, en segundo lugar y esto era aún más importante, yo creía ser demasiado inteligente para hacer lo que aquellos patanes estaban haciendo. Así que rompí el molde, espantándolos a todos. Y el tío listo que todos creían que iba a acabar abogado, o profesor, o al menos contable, va y se hace policía. ¿Qué tal está eso para un tipo que escribió una maldita tesis sobre el trascendentalismo en la poesía de Walt Whitman?

Se dio la vuelta y se quedó mirando a la pared. Había estado calentándose hasta aquel estado. Era algo que ya había visto antes y lo más terapéutico era no decir nada. Lo ignoré e hice algunos ejercicios gimnásticos.

– Maldito Jack La Lanne -murmuró.

Le costó diez minutos salir de aquello, diez minutos de apretar y abrir grandes puños. Luego llegó a alzar tentativamente los ojos, la inevitable sonrisita de borrego.

– ¿Cuánto por la terapia, doctor? Pensé un minuto.

– Una cena. Y en un buen sitio, nada de basuras. Se puso en pie y se estiró, gruñendo como un oso.

– ¿Qué te parecería algo de shushi? Hoy me siento todo un bárbaro, me comería esos pescados vivos.

Fuimos en coche hasta Oomasa, en el Little Tokyo. El restaurante estaba a rebosar, en su mayoría japoneses. Aquél no era un sitio de moda, ataviado en una elegancia falsa de biombos y barras de madera barnizada; el decorado era en cuero artificial de color rojo, sillas de respaldo duro y desnudas paredes blancas, únicamente decoradas por algunos calendarios de la Nikon. La solitaria concesión al estilo era un enorme acuario, a plena vista del bar de shushi, en el que unos bellos peces de colores luchaban por propulsarse a través de una burbujeante agua cristalina. Jadeaban y se estremecían, mutaciones poco adecuadas para sobrevivir en otra cosa que no fuera la más estéril de las cautividades, el producto de centenares de años de cuidadosa modificación de la naturaleza en Oriente: cabezas de león con sus rostros oscurecidos por brillantes excrecencias color fresa, moros negros de ojos saltones, celestiales con sus ojos forzados para siempre hacia el firmamento, ryukins tan sobrecargados por la superficie de sus aletas que apenas si podían moverse. Los miramos mientras bebíamos Chivas.

– Esa chica -dijo Milo -, la compañera de cuarto. Tuve la sensación de que podía ayudarme, que sabía algo sobre la forma de vida de Elaine, quizás algo acerca de ella y de Handler. Maldita sea su estampa, parecía que le hubieran cosido la boca.

Terminó su vaso y pidió otro. Le llegó y se tragó la mitad de golpe.

Una camarera se acercó dando pasitos de geisha y nos entregó toallas calientes. Nos frotamos las manos y la cara. Noté cómo se abrían mis poros, ansiosos de aire.

– Tú debes de ser muy bueno hablando con los maestros, ¿no? Probablemente lo estabas haciendo continuamente allá en los días en que te ganabas la vida honestamente.

– A veces los maestros odian a los psicólogos, Milo. Nos ven como unos enterados que vamos derramando perlas de sabiduría sobre ellos, mientras que a los maestros les toca apechugar con todo el trabajo sucio.

– Humm -el resto del escocés desapareció.

– Pero no importa, hablaré con ella para hacerte el favor. ¿Dónde puedo encontrarla?

– En la misma escuela en la que enseñaba la Gutiérrez. Al Oeste de Los Ángeles, no muy lejos de donde vives – escribió la dirección en una servilleta de papel y me la dio- Se llama Raquel Ochoa.

Lo deletreó, con una voz que empezaba a hacerse pastosa.

– Usa tu carnet -me dijo, con una palmada en la espalda.

Oímos un sonido chirriante por encima de nuestras cabezas. Alzamos la vista y nos escontramos con el chef encargado del shushi sonriéndonos y afilando sus cuchillos.

Ordenamos la comida. El pescado fresco, el arroz justamente un poco dulce. El rábano picante wasabe me limpió los conductos nasales. Comimos en silencio, sobre un fondo de música de samisen y charlas en idioma extranjero.

13

Me desperté tan tieso como si me hubiera rociado con almidón; las agujetas se habían apoderado de mis músculos, un souvenir de mi bailecito con Jaroslav. Luché contra ellas haciendo una carrera de tres kilómetros cañón abajo y vuelta. Luego practiqué movimientos de karate en el patio de atrás, entre los comentarios divertidos de dos ruiseñores que interrumpieron su pelea doméstica el suficiente tiempo como para mirarme atentamente y luego dedicarme lo que debía ser el equivalente avícola de una pedorreta.

– Volad hasta aquí abajo, pequeños bastardos -les gruñí-, y os enseñaré quién es el más macho.

Me respondieron con un griterío hilarante.

El día estaba convirtiéndose en uno de esos que te destrozan los pulmones, con los sucios dedos de la polución tendiéndose sobre las montañas para ahogar el cielo. El océano estaba oscurecido por un sudario sulfuroso de basura flotando en el aire. Mi pecho me dolía en armonía con la rigidez de mis junturas y, hacia las diez, ya estuve a punto para dejarlo correr.

• Planeé mi visita a la escuela en la que enseñaba Raquel Ochoa para que coincidiese con la hora de comer, esperando encontrarla libre. Eso me dejó el bastante tiempo para un largo baño caliente, una ducha fría y un desayuno, cuidadosamente ensamblado, de huevos con champiñones, tostadas de pan integral, tomates a la plancha y café.

Me vestí informalmente con unos pantalones marrón oscuro, una chaqueta deportiva de pana color tostado, camisa a cuadros y corbata marrón de punto. Antes de marcharme marqué un número que ahora ya me resultaba familiar. Bonita Quinn me contestó:

– ¿Si?

– Señora Quinn, soy el doctor Delaware. Sólo la llamo para saber cómo está Melody.

– Está muy bien – su tono hubiera congelado una jarra de cerveza -. Muy bien.

Antes de que yo pudiera decir más colgó.

La escuela estaba en una parte de la ciudad habitada por clase media, pero podría haber estado en cualquier lugar. Tenía la vieja y familiar distribución de las ciudadelas de la enseñanza por toda la ciudad: edificios color carne, dispuestos en el clásico estilo penintenciario, rodeados por un desierto de asfalto negro y controlados por una verja de tela metálica de tres metros de altura. Alguien había tratado de alegrarlo a base de pintar un mural de niños jugando a lo largo de uno de los edificios, pero no bastaba para lograr tal propósito. Lo que sí ayudaba era la visión y la escucha de verdaderos niños jugando: corriendo, saltando, tropezando, persiguiéndose los unos a los otros, aullando como posesos, tirando pelotas, llorando con el fervor de los realmente acosados («¡Maestra, me ha pegado!»), sentados en corros, intentando alcanzar el cielo. Un pequeño grupo de maestros, de caras aburridas, los contemplaban desde los laterales.

Subí las escaleras delanteras y no tuve problema para hallar la oficina de dirección. El plano interno de las escuelas era tan predecible como su poco atractivo exterior.

Yo antes me preguntaba el motivo por el que todas las escuelas que yo conocía eran tan irremisiblemente feas, tan predeciblemente opresivas, luego había empezado a salir con una enfermera cuyo padre era uno de los principales arquitectos de la empresa que había estado construyendo escuelas durante los últimos cincuenta años. Sus sentimientos hacia él no acababan de ser definidos y hablaba mucho de él: un hombre melancólico y borrachín, que odiaba a su mujer y aún despreciaba más a sus hijos, y que contemplaba al mundo como una serie de tonalidades del desencanto, con escasas variaciones entre ellas. Todo un Frank Lloyd Wright.

La oficina apestaba a líquido de multicopista. Su única ocupante era una mujer negra de unos cuarenta años, muy adusta y encerrada en una fortaleza de madera ya muy maltratada. Le enseñé mi credencial, que no le interesó en lo más mínimo y le pregunté por Raquel Ochoa. El nombre tampoco pareció interesarle demasiado.

– Es una de las maestras de aquí. De cuarto curso – añadí.

– Es la hora de comer. Pruebe en el comedor de maestros.

El tal comedor resultó ser un lugar sin aireación, de siete metros por cinco, en el que habían sido apiñadas mesas y sillas plegables. Una docena de hombres y mujeres estaban acurrucados sobre sus comidas de bolsa y café, riendo, fumando, masticando. Cuando yo entré cesó toda actividad.

– Estoy buscando a la señorita Ochoa.

– No la encontrarás aquí, cariño -me dijo una mujer fortachona de cabellera rubio platino.

Varios de los maestros se rieron. Me dejaron allí en pie durante un rato y, al cabo, un tipo con cara joven y ojos viejos me dijo:

– En la habitación 304. Probablemente.

– Gracias.

Me marché. Estaba ya a mitad de pasillo cuando ellos comenzaron a hablar de nuevo.

La puerta de la 304 estaba entreabierta. Entré. Hileras de banquetas escolares desocupadas llenaban cada metro cuadrado de espacio, con la excepción de un estrecho trozo en la parte de delante, que había sido reservado para la mesa del profesor, un rectángulo con forma de caja, en metal, tras el que estaba sentada una mujer hundida en el trabajo. Si me había oído entrar no dio señales de ello, pues continuó leyendo, haciendo anotaciones, tachando errores. Una bolsa marrón sin abrir estaba colocada junto a su codo. La luz entraba en chorro a través de partículas de polvo que danzaban, suspendidas, en los haces de sol. Aquella suavidad tan a lo Vermeer estaba en claro conflicto con la severidad utilitaria de la sala: crudas paredes blancas, una pizarra peliculada por residuos de tizas, una sucia bandera americana.

– ¿Señorita Ochoa?

El rostro que se levantó parecía salido de un mural de Rivera. Una piel rojizo- marrón, estirada muy tirante sobre unos huesos claramente definidos pero delicadamente construidos, labios líquidos y unos fundentes ojos negros, enmarcados por gruesas cejas oscuras. Su cabello era largo y liso, partido en el centro y cayéndole espaldas abajo. Parte azteca, parte española, parte desconocida.

– ¿Si? -su voz era suave en volumen, pero el timbre era defensivamente duro. Algo de la hostilidad que había descrito Milo era inmediatamente aparente. Me pregunté si era una de aquellas personas que había convertido la vigilancia psicológica en todo un arte.

Fui hasta ella, me presenté y le mostré la identificación. Ella la inspeccionó.

– ¿Doctor en qué?

– En psicología.

Me miró con desdeño.

– Como la policía no ha logrado satisfacción, ¿ahora manda a los comecocos?

– No es tan simple.

– Evíteme los detalles -volvió los ojos a su papeleo.

– Sólo quiero hablar con usted unos minutos. Acerca de su amiga.

– Le dije a aquel detective grandote todo lo que sabía.

– Es sólo una comprobación.

– ¡Qué minuciosos! -tomó su lápiz rojo y comenzó a dar trazos airados sobre el papel. Lo sentí por los estudiantes cuyo trabajo estaba siendo objeto de su escrutinio en aquel momento en particular.

– Esto no es una investigación psicológica, si es eso lo que la preocupa. Es…

– No me preocupa nada. Ya le dije todo a él.

– Él no lo cree así.

Dio un golpe con el lápiz. La punta se rompió.

– ¿Me está llamando usted mentirosa, señor doctor? – su forma de hablar era correcta y articulada, pero aún tenía un deje latino.

Me alcé de hombros.

– Las etiquetas no son importantes. Sí lo es el averiguar tanto como sea posible de Elaine Gutiérrez.

– Elena -escupió ella-. Y no hay nada que contar. Deje que la policía haga su trabajo y que no sigan enviando científicos a husmear y molestar a la gente ocupada.

– ¿Demasiado ocupada como para ayudar a encontrar al asesino de su amiga?

La cabeza se irguió de una sacudida. Se echó hacia atrás, de un manotazo, un mechón de cabello rebelde.

– Por favor, vayase – dijo entre dientes -. Tengo trabajo que hacer.

– Sí, ya lo sé. Usted ni siquiera come con los otros maestros. Es en demasiado delicada y seria… en eso es lo que tuvo que convertirse para salir del barrio… y eso la coloca por encima de las normas de la cortesía habitual.

Se puso en pie, en todo su metro y medio de altura. Por un momento pensé que me iba a abofetear, porque echó la mano hacia atrás. Pero se contuvo y me miró.

Podía notar la oleada de ácido que venía en mi dirección, pero mantuve la mirada. Jaroslav hubiera estado muy orgulloso de mí.

– Estoy ocupada -dijo al fin, pero había un tono como de súplica en la afirmación, cual si estuviera tratando de convencerse a sí misma.

– No quiero llevármela de crucero. Sólo quiero hacerle algunas preguntas acerca de Elena.

– ¿Qué clase de psicólogo es usted? No habla como ellos acostumbran.

Le di una historia, resumida y vaga, acerca de mi relación con el caso. Me escuchó y creí ver que se suavizaba.

– Un psicólogo de niños. Podríamos usar a alguien como usted por aquí.

Miré alrededor de la sala y conté cuarenta y seis banquetas en un espacio para veintiocho.

– No sé qué es lo que iba a poder hacer… ¿quizás ayudarla a atarlos?

Ella se echó a reír, luego se dio cuenta de lo que estaba haciendo y cortó, como si de una mala conexión telefónica se tratase.

– No vale la pena hablar de Elena -me dijo -. Sólo se metió… en líos, por su relación con ese…

Se le acabó la voz.

– Sé que Handler era un mal tipo. El detective Sturgis, ese poli grandote, también lo sabe. Y posiblemente usted tiene razón en que ella sólo fue una víctima inocente. Pero vamos a asegurarnos, ¿vale?

– ¿Hace esto muy a menudo? Quiero decir el trabajar para la policía -estaba evadiendo mi pregunta.

– No, estoy jubilado.

Me miró con incredulidad.

– ¿A su edad?

– Me quemé.

Esto si que fue un gol. Dejó que la máscara le cayera un poco y apareciese la humanidad que había debajo.

– Desearía poder permitírmelo. Eso de jubilarme.

– Sé lo que quiere decir. Debe ser una locura trabajar con toda esta burocracia – lancé el cebo de la simpatía… al fin y al cabo, los administrativos son el objeto de todas las iras de los enseñantes. Si no picaba con aquello, ya no sabía qué iba a poder utilizar para establecer una buena relación. Me miró con suspicacia, buscando señales de que estaba mostrándome paternalista con ella.

– ¿No trabaja nada, nada? -me preguntó.

– Hago alguna investigación en plan free- lance. Eso ya me tiene lo bastante ocupado.

Charlamos un poco más, acerca de las vaguedades del trabajo escolar. Ella evitó cuidadosamente hablar de nada personal, manteniéndolo todo en el reino de la sociología popular… lo pútridas que son las cosas cuando los padres no quieren verse implicados, emotiva e intelectualmente, con sus hijos, lo difícil que es enseñar cuando la mitad de los chicos vienen de hogares rotos y están tan alterados que apenas si pueden concentrarse, la frustración de tratar con unos administradores que han dado ya todo por perdido y cuya única ambición en la vida es aguantar hasta que llegue el momento de cobrar sus pensiones, la ira que provoca el hecho de que el salario inicial de un maestro es inferior al de un basurero. Ella tenía veintinueve años y había perdido ya todo rastro de idealismo, que le hubiera aún quedado tras la transición del Este de Los Ángeles al mundo de la burguesía angloparlante.

Cuando se ponía a hacerlo, desde luego hablaba sin parar, con sus ojos negros lanzando chispas, las manos gesticulando… revoloteando por los aires como dos golondrinas marrones.

Yo me senté frente a ella, como si fuera el chico favorito de la maestra y la escuché, dándolo eso que todo el mundo quiere cuando está descargando: empatia, un gesto de comprensión. Parte de ello estaba calculado: yo quería abrir una brecha en ella, con el fin de averiguar más acerca de Elena Gutiérrez… pero parte era mi vieja personalidad terapéutica, totalmente genuina.

Estaba empezando a pensar que había logrado abrirme paso hasta ella, cuando sonó el timbre. De nuevo se convirtió en una maestra, el árbitro de lo bueno y lo malo.

– Tiene que irse ya. Los niños van a regresar.

Me alcé y me apoyé en su escritorio.

– ¿Podemos hablar más tarde? ¿De Elena?

Ella dudó, mordisqueándose el labio. El sonido de la estampida comenzó como un rumor débil hasta hacerse atronador. Voces de timbre agudo fueron gritante cada vez más cerca.

– De acuerdo. Acabo a las dos treinta.

La oferta de invitarla a tomar una copa hubiera sido un error. Manténlo todo muy profesional, Alex.

– Gracias. La esperaré en la verja.

– No. Espéreme en el aparcamiento para profesores. En el lado sur del edificio -lejos de los ojos curiosos.

Su coche era un polvoriento Vega blanco. Caminó hacia el mismo llevando un montón de libros y papeles, que le llegaba hasta la barbilla.

– ¿Puedo ayudarla?

Me entregó la carga, que debía de pesar al menos cinco kilos, y se tomó un minuto en hallar las llaves. Me fijé en que se había maquillado: se había puesto sombra en los ojos, lo que acentuaba la profundidad de sus órbitas. Tenía el aspecto de una chica de dieciocho años.

– No he comido aún -me dijo. Era menos una insinuación para una invitación que una queja.

– ¿No lleva su bolsa marrón?

– La tiré. Me preparo unas comidas espantosas. Y en un día como éste no hay quien se las trague. Hay un sitio que dan buenas costillas, en Wilshire.

– ¿Quiere que vayamos en mi coche? Ella se miró al Vega.

– Claro, ¿por qué no? Además, voy baja de gasolina. Tire eso en el asiento delantero -dejé los libros y ella cerró el coche-. Pero yo me pagaré mi comida.

Salimos del terreno escolar. La llevé hasta el Seville. Cuando lo vio se le alzaron las cejas.

– Debe de ser usted un buen inversor.

– He tenido suerte, de vez en cuando.

Se hundió en el suave cuero y lazó un suspiro. Yo me metí tras el volante y puse en marcha el motor.

– He cambiado de idea -me dijo-. Usted paga la comida.

Comió meticulosamente, cortando la carne en pequeños pedacitos, pinchando cada uno de ellos por separado y metiéndoselos en la boca, limpiándose ésta con la servilleta después de cada tercer bocado. Apostaría algo a que era muy dura a la hora de dar notas.

– Era mi mejor amiga -dijo, dejando el tenedor y tomando el vaso de agua-. Crecimos juntas en el Este de Los Angeles. Rafael y Andy, sus hermanos, jugaban con Miguel.

A la mención de su hermano muerto, sus ojos se nublaron y luego se hicieron tan duros como la obsidiana. Apartó el plato. Se había comido sólo la cuarta parte de su comida.

– Cuando nos trasladamos a Echo Park, los Gutiérrez se trasladaron con nosotros. Los chicos siempre se estaban metiendo en líos: pequeñas travesuras, bromas pesadas. Elena y yo éramos buenas chicas. Unas santitas, en realidad; las monjas nos querían mucho -sonrió -. Estábamos tan unidas como si fuéramos hermanas. Y, como si fuéramos hermanas, había mucha competitividad entre nosotras. Ella siempre fue más bonita.

Leyó la duda en mi rostro.

– De veras. Yo era una niña muy delgadita. Tardé mucho en desarrollarme. Elena era voluptuosa, blandita. Los chicos la seguían a todas partes con la lengua caída. Ya incluso cuando ella tenía once años y yo doce. Mire -buscó en su bolso y sacó una foto. Más memorias fotográficas-. Éstas somos Elena y yo. En la escuela secundaria. Dos chicas estaban recostadas en una pared repleta de pintadas. Vestían uniformes de esos de los colegios católicos: blusas bancas de manga corta, faldas grises y zapatones. Una era pequeñita, delgada y oscura. La otra le pasaba una cabeza, tenía curvas que el uniforme no podía ocultar y una tez sorprendentemente clara.

– ¿Era rubia ella?

– Sorprendente, ¿no? Algún alemán que violó a una antepasada, sin duda. Luego aún se le aclaró más, hasta parecer toda una americana. Se sofisticó, cambió su nombre a Elaine, gastó cantidad de dinero en ropa, en su coche – se dio cuenta de que estaba criticando a la muerta y rápidamente cambió de canción-. Pero, debajo de todo aquello, era una persona con verdaderos valores. Era una maestra realmente dotada… y no hay muchas así. Enseñaba a los niños retardados, ¿sabe?

Las clases que daba Elena no eran para minusválidos, pero sí para niños que tenían problemas para aprender. Esa categoría podía incluirse desde niños brillantes con problemas perceptivos específicos, hasta chavales cuyos problemas emocionales se inmiscuían en el camino hacia el aprender a leer y escribir. El enseñar a los retardados era muy duro. Podía ser una frustración constante o un reto estimulante. Todo dependía de las motivaciones, energía y talento del maestro.

– Elena tenía un verdadero don para hacerles abrirse a ella… esos niños con los que nadie quiere trabajar. Tenía paciencia. Viéndola, uno nunca lo hubiera supuesto: era muy… vistosa. Usaba mucho maquillaje y se vestía en plan provocativo. A veces parecía una furcia, pero no tenía ningún miedo a tirarse por el suelo con los chicos, ni le importaba ensuciarse las manos. Lograba meterse en sus cabezas. Estaba muy dedicada a ellos. Los niños la querían mucho. Mire.

Otra foto. Elena Gutiérrez rodeada por un grupo de niños sonrientes. Ella estaba arrodillada y los niños se le estaban subiendo encima, le tiraban del borde de la falda, le ponían las cabezas en el regazo. Era una joven alta y bien hecha, más guapa que hermosa, con una mirada abierta y natural, con su cabello amarillo en un peinado muy estudiado, que rodeaba un rostro ovalado y contrastaba de forma espectacular con sus facciones hispánicas. Exceptuando esas facciones, ella era la clásica chica de California, el tipo que debiera haber encontrado uno tirada boca abajo en la arena de Malibú, con la parte superior del bikini suelta y la suave espalda morena expuesta al sol. Una chica para los anuncios de colas y las demostraciones de camionetas con el interior decorado, una chica que bajase corriendo al super, con sujetador y un pantalón corto, a por un cartón de seis cervezas. Una chica que no debiera haber acabado como carne maltrecha y sin vida en un cajón refrigerado, en la otra parte de la ciudad.

Raquel Ochoa tomó la foto de mis manos y creí ver celos en su rostro.

– Está muerta – dijo, metiéndola de nuevo en su bolso y frunciendo el entrecejo, como si yo hubiera cometido algún tipo de herejía.

– Parece que la adoraban -comenté.

– Así era. Ahora han puesto en su lugar a una vieja chocha, a la que no le interesa un pimiento enseñar a esos chicos. Lo han hecho ahora que Elena… se ha ido.

Empezó a llorar, usando su servilleta para tapar su rostro a mi mirada. Sus delgados hombros se estremecían. Se hundió en el asiento, como tratando de desaparecer, sollozando.

Me alcé, me coloqué a su lado y le puse los brazos alrededor de sus hombros. Parecía tan frágil como una tela de araña.

– No, no. Estoy bien -pero se acercó más a mí, hundiéndose en las arrugas de mi chaqueta, como haciendo un agujero en el que pasar el largo y frío invierno.

Mientras la abrazaba, me di cuenta de que me agradaba. Olía bien. Tenía entre mis brazos a una persona sorprendentemente sueve y femenina. Tuve la fantasía de alzarla en mis brazos, ligera y vulnerable, y llevarla hasta la cama, en donde podría hacer callar sus gemidos de dolor con la panacea definitiva: el orgasmo. Una fantasía estúpida, porque se necesitaría algo más que una follada y un abrazo para resolver sus problemas. Estúpida porque este encuentro no había sido para eso. Noté un molesto calor y tensión en mi bajo vientre. La tumescencia, alzando su inoportuna cabeza cuando menos se la necesitaba. Sin embargo, la seguí asiendo, hasta que fueron disminuyendo los sollozos y su respiración se tornó regular. Pensando en Robin, la solté al fin y regresé a mi lado de la mesa.

Ella evitó mis ojos, sacó su maquillaje y se arregló la cara.

– Esto ha sido una verdadera tontería.

– No, no lo ha sido. Así es como se hacen las eulogias.

Lo pensó un momento y consiguió mostrar una débil sonrisa.

– Sí, supongo que tiene razón -se inclinó sobre la mesa y colocó una pequeña mano sobre la mía -. Gracias, la echo tanto a faltar.

– Lo comprendo.

– ¿De veras? -apartó la mano, repentinamente enfadada.

– No, supongo que no. Nunca he perdido a nadie que representara tanto para mí. ¿Aceptaría usted un serio intento de lograr empatia?

– Lo lamento, he sido muy mal educada… desde el momento en que apareció usted. Ha sido tan duro; todos esos sentimientos… la tristeza, el vacío, y la ira contra el monstruo que lo hizo… Porque tuvo que ser un monstruo, ¿no?

– Sí.

– ¿Lo cazarán ustedes? ¿Lo cazará ese detective grandote?

– Es un tipo muy capaz, Raquel. A su estilo, es alguien muy dotado. Pero tiene muy poco con lo que ir adelante.

– Sí. Supongo que yo podría ayudarles, ¿no es así?

– Nos iría muy bien.

Encontró un cigarrillo en su bolso y lo encendió con las manos temblorosas. Dio una profunda chupada y lanzó el humo.

– ¿Qué es lo que quiere saber?

– Para comenzar, ¿qué tal si empezásemos con aquello tan sabido: tenía algún enemigo?

– La respuesta también es sabida: no, era una chica muy querida y muy popular. Y, además, quienquiera que hiciese aquello no era conocido de ella; ella no conocía a gente así -se estremeció, enfrentándose a su propia vulnerabilidad.

– ¿Salía con muchos hombres?

– Las mismas preguntas -suspiró-. Salía con unos pocos hombres antes de conocerle a él. Luego, ya sólo eran ellos dos, como pareja.

– ¿Cuándo empezó a verlo?

– Empezó como paciente casi hace un año. Me resulta difícil saber cuándo empezó a acostarse con él. Ella no hablaba conmigo sobre ese tipo de cosas.

Me podía imaginar que la sexualidad había sido un tópico tabú para aquellas dos buenas amigas. Con la educación que habían recibido tenían que haber tenido muchos conflictos. Y, con lo que yo había visto de Raquel y oído de Elena, era seguro que se habían dedicado a resolver esos conflictos de modos muy diferentes: una se había convertido en la chica de las fiestas, la mujer que es de un hombre; la otra, atractiva pero viéndose en conflicto con el mundo. Miré al otro lado de la mesa al oscuro y serio rostro y supe que su cama estaría llena de espinas.

– ¿Le contó que estaba teniendo un asunto?

– ¿Un asunto? Eso era demasiado ligero y aéreo. Él violó su ética profesional y ella picó – echó humo con el cigarrillo-. Ella estuvo hablándome en risitas de él, durante una semana, y luego se puso seria y me dijo lo maravilloso que era. Yo sumé dos más dos y me salió cuatro. Un mes más tarde él ya vino a buscarla a nuestra casa. Ya era oficial.

– ¿Cómo era él?

– Como usted dijo antes, un tipo raro. Demasiado bien vestido: chaqueta de terciopelo, pantalones hechos por un sastre, moreno de lámpara solar, con la camisa desabrochada para enseñar mucho vello del pecho… un vello gris y ensortijado. Sonreía mucho y en seguida empezó a mostrarse familiar conmigo. Me estrechaba la mano y la retenía demasiado tiempo. Se eternizaba con un beso de despedida… claro que no hacía nada de lo que una pudiera acusarle.

Las palabras casi eran idénticas a las que había dicho Roy Longstreth.

– ¿Escurridizo?

– Exactamente. Resbaladizo. Ya antes había buscado ella a ese tipo de gente. Yo no lo podía comprender… era una persona tan buena, tan real. Supongo que eso tiene algo que ver con el que perdiera a su papá cuando era tan niña. No tuvo un buen modelo del rol masculino. ¿Suena esto pausible?

– Seguro -la vida nunca era tan simple como los textos de psicología, pero la gente se sentía bien cuando encontraban respuestas.

– Él era una mala influencia para ella. Cuando comenzó a salir con él fue cuando se tiñó el cabello, se cambió de nombre y se compró toda esa ropa. Incluso fue y se compró uno de esos nuevos coches… un Datsun Z turbo.

– ¿Y cómo se lo podía permitir? -el coche costaba más de lo que ganaba un maestro en un año.

– Si está pensando que quizás él lo pagó, olvídelo. Se lo compró ella, a plazos. Ésa era otra de las cosas típicas de Elena: no tenía ni idea del valor del dinero. Tenía un agujero en la mano, por el que se le escapaba. Siempre bromeaba acerca de que iba a tener que casarse con un tipo rico, para poder pagar sus caprichos.

– ¿Se veían muy a menudo?

– Al principio sólo una o dos veces por semana. Pero hacia el final era como si se hubiera ido a vivir con él, yo ya casi nunca la veía. Sólo pasaba a recoger algunas cosas y a invitarme a que saliera con ellos.

– ¿Y usted aceptaba?

Se sintió sorprendida por la pregunta.

– ¿Bromea? No podía soportar el estar con ellos. Yo tengo mi propia vida. No necesitaba para nada ser la que está de más.

Una vida, sospechaba yo, de dar notas a los exámenes escritos hasta las diez y luego irse a la cama, con el camisón bien abotonado, con una novela de terror y una taza de cacao caliente.

– ¿Tenían amigos, otras parejas con las que se relacionasen?

– No tengo ni idea. Estoy tratando de decirle… que yo me mantenía alejada -una cierta tonalidad apareció en su voz y yo me retiré.

– Ella comenzó como paciente. ¿Tiene usted idea del motivo por el que empezó a ir a un psiquiatra?

– Me dijo que estaba deprimida.

– ¿Y usted no cree que lo estuviera?

– Hay gente con la que es difícil decirlo. Cuando yo me deprimo todo el mundo lo puede ver. Me encierro, no quiero saber nada de nadie. Es como si me hiciese pequeña y me metiese dentro de mí misma. Pero con Elena, ¿quién podía decirlo? No es que tuviera problemas para comer o para dormir, no, simplemente estaba un poco más callada.

– ¿Pero ella decía que estaba deprimida?

– No me lo dijo, hasta después de contarme que estaba yendo a ver a Handler… cuando yo le pregunté el porqué. Me dijo que se sentía hundida, que el trabajo la agobiaba.

Yo traté de ayudarla, pero ella me dijo que necesitaba algo más. Yo nunca fui muy amiga de psiquiatras y psicólogos – sonrió en plan de excusa-. Si una tiene amigos y familiares debería apañarse con ellos.

– Si con eso basta, estupendo. A veces es como dijo Elena, a veces se necesita más.

Ella apagó su cigarrillo.

– Bueno, supongo que es una suerte para ustedes que tanta gente esté de acuerdo con eso.

– Supongo que sí.

Se produjo un silencio incómodo. Lo rompí:

– ¿Le prescribió él alguna medicación?

– No, que yo sepa. Sólo hablaba con ella. Iba a verle cada semana, y después dos veces por semana, cuando murió uno de sus estudiantes. Entonces sí que estaba claro que se sentía deprimida: estuvo llorando durante días enteros.

– ¿Cuándo fue eso?

– Déjeme ver… fue poco después de que empezó a ir a ver a Handler, quizá después de que ya estuvieran saliendo… no lo sé. Hará unos ocho meses.

– ¿Cómo sucedió?

– Un accidente, un atropello. El chico estaba caminando por una carretera oscura por la noche y un auto le golpeó. Eso la destruyó a ella. Había estado trabajando con él durante meses. Era uno de sus milagros: todo el mundo pensaba que era mudo, pero Elena le hizo hablar – agitó la cabeza -. Un milagro. Y que entonces todo se vaya al diablo, así… Es algo tan sin sentido.

– Los padres del chico debieron de quedarse destrozados.

– No, no tenía padres. Era huérfano, venía de La Casa.

– ¿La Casa de los Niños? ¿En Malibú Canyon?

– Seguro. ¿Qué es lo que le sorprende? Nos contratan para darles una educación especial a algunos de sus niños. Lo hacen con varias escuelas locales. Forma parte de un fondo estatal, o algo así. Para ir introduciendo a los niños sin familia en la comunidad.

– No me sorprende nada -mentí -. Lo que sucede es que me parece muy triste que una cosa así le suceda a un huérfano.

– Sí. La vida no es justa -tal declaración pareció darle alguna satisfacción.

Miró a su reloj.

– ¿Algo más? Tengo que irme.

– Una cosa más. ¿Recuerda el nombre del chico que murió?

– Nemeth. Cary o Corey. Algo así.

– Gracias por su tiempo. Me ha sido de mucha ayuda.

– ¿Si? No veo cómo, pero me alegra, si esto le lleva más cerca de ese monstruo.

Tenía una visión tan concreta del asesino, que Milo hubiera sentido envidia.

Fuimos de vuelta a la escuela y la acompañé hasta su coche.

– De acuerdo -dijo ella.

– Gracias de nuevo.

– No hay de qué. Si tiene más preguntas puede volver otra vez -era lo más atrevida que se iba a mostrar… para ella era el equivalente a invitarme a su casa. Me hizo sentir triste, al saber que no había nada que yo pudiese hacer por ella.

– Lo haré.

Sonrió y me tendió la mano. Yo se la estreché, cuidando no retenerla demasiado.

14

Nunca he creído demasiado en las coincidencias. Supongo que se debe a que la noción de que la vida está gobernada por la colisión al azar de las moléculas en el espacio, me llega hasta lo más hondo de mi identidad profesional. Después de todo, ¿para qué pasar todos estos años aprendiendo cómo ayudar a la gente a cambiar, si el cambio deliberado es una pura ilusión? Pero, aun si yo estuviera dispuesto a aceptar a los hados que todo lo predeterminan, me hubiera resultado difícil ver como una coincidencia el hecho que Cary o Corey Nemeth (fallecido), estudiante de Elena Gutiérrez (fallecida) hubiera sido residente de la misma institución en la que Maurice Bruno (fallecido) trabajaba como voluntario.

Era hora de enterarse de más cosas sobre La Casa de los Niños.

Me fui a casa y busqué entre las cajas de cartón que tenía almacenadas en el garaje desde que dejé el trabajo, hasta hallar los archivos de teléfonos de mi vieja oficina. Encontré el número de Olivia Brickerman en el Departamento de Servicios Sociales y lo marqué. Trabajadora social durante más de treinta años. Olivia sabía más de los intríngulis oficiales que cualquiera otra persona en la ciudad.

Una grabación me contestó, informándome que el D.S.S. había cambiado de número de teléfono. Marqué el nuevo número y otra grabación me dijo que esperara. Una cinta de Barry Manilow entró en la línea. Me pregunté si la ciudad pagaría derechos por usar aquella grabación: música para esperar que se ponga el encargado de su caso.

– Departamento de Servicios Sociales.

– La señora Brickerman, por favor.

– Un momento, señor -dos minutos más de Manilow y luego-: Ya no trabaja en esta oficina.

– ¿Podría usted decirme dónde podría encontrarla, por favor?

– Un momento -y de nuevo me informaron de quién escribía la música que hacía a todo el mundo cantar-. La señora Brickerman trabaja ahora en el Grupo Médico- Psiquiátrico de Santa Mónica.

Así que, finalmente, Olivia había abandonado el sector público.

– ¿Tiene usted su número?

– Un momento, señor.

– No se moleste, gracias -colgué y consulté las páginas amarillas en la sección Servicios de Salud Mental. El número pertenecía a una dirección en Broadway en donde Santa Mónica se acerca a Venice, no lejos del estudio de Robin. Llamé.

– Grupo Médico- Psiquiátrico de Santa Mónica.

– La señora Olivia Brickerman, por favor.

– ¿Quién la llama?

– El doctor Delaware.

– Un momento -la línea quedó en silencio. Aparentemente el uso de la música ambiental para amenizar las esperas telefónicas no era algo en que estuviera de acuerdo el Grupo.

– ¡Alex! ¿Cómo estás?

– Muy bien, Olivia, ¿y tú?

– Maravillosamente. Pensé que estabas en alguna parte de los Himalayas.

– ¿Y por qué pensabas eso?

– ¿No es ahí donde se va la gente cuando quiere hallarse a sí misma? ¿A algún sitio frío y con poco oxígeno y con un hombrecillo con barba, sentado en la cima de una montaña, masticando raicillas y leyendo un ejemplar de una revista del corazón?

– Eso fue en los sesenta, Olivia. En los ochenta uno se queda en casa y se empapa en agua caliente.

– ¡Ja!

– ¿Cómo está Al?

– Tan extrovertido como siempre. Cuando me marché esta mañana estaba acurrucado sobre el tablero, murmurando algo sobre la defensa pakistaní o alguna otra naarishkeit.

Su esposo, Albert D. Brickeran, era el experto en ajedrez del Times. En los cinco años que yo lo había conocido jamás le había oído pronunciar más de doce palabras seguidas. Era difícil imaginar lo que él y Olivia, Miss Sociabilidad del año 1930, reelegida como tal cada año hasta 1980, podían tener en común. Pero llevaban casados treinta y siete años, habían criado cuatro hijos y parecían felices el uno con el otro.

– Así que finalmente dejaste el Departamento de Servicios Sociales.

– Sí, ¿puedes creerlo? ¡Incluso los percebes pueden ser arrancados!

– ¿Y qué fue lo que te llevó a una actuación tan impulsiva?

– Te diré, Alex, podría haber seguido allí. Desde luego, el sistema olía mal… ¿qué sistema no huele mal? Pero ya estaba acostumbrada a ello, como una se acostumbra a una verruga. Me agrada pensar que aún estaba haciendo un buen trabajo… aunque, te lo aseguro, las historias se hacían cada vez más y más tristes. ¡Tanta miseria! Y con los recortes en los fondos, la gente recibía menos y menos… y se irritaba más y más. Se vengaban en los empleados asignados a sus casos. A una chica la acuchillaron en una de las oficinas del centro. Al final había guardas armados en cada oficina. ¡Pero qué infiernos, yo nací en Nueva York! Entonces mi sobrino, el hijo de mi hermana, Steve, acabó en la Facultad de Medicina y decidió hacerse psiquiatra… ¿puedes creértelo, otra persona dedicada a la salud mental en la familia? Su padre es cirujano y ésta era la manera más segura que tenía él para rebelarse. De cualquier modo, él siempre ha estado muy unido a mí y era un chiste habitual en la familia el que, cuando empezase a trabajar, rescataría a la Tía Livvy del Departamento de Servicios Sociales y se la llevaría a su consultorio. ¿Y quieres creer que eso es exactamente lo que hizo? Un día me escribe una carta, me dice que viene a California a unirse a un grupo y que necesitan a una trabajadora social para los recién llegados y los casos de corta duración y, ¿no me gustaría intentarlo? Así que aquí estoy, con vistas a la playa, trabajando para el pequeño Steve… aunque, naturalmente, no le llamo así delante de la otra gente.

– Es estupendo, Olivia. Suenas muy feliz.

– Lo soy. Bajo a la playa a la hora de comer, leo un libro y me pongo morena. Después de veintidós años, finalmente siento que realmente vivo en California. Quizá pueda empezar a patinar sobre ruedas, ¿eh?

La imagen de Olivia, que estaba construida más o menos como Alfred Hitchcock, pasando zumbando sobre patines me hizo reír.

– ¡Ah, ahora te ríes! ¡Espera y verás! -se carcajeó -. Pero ya basta de autobiografía. ¿Qué puedo hacer por ti?

– Necesito alguna información sobre un lugar llamado La Casa de los Niños, en Malibú.

– ¿El sitio de McCaffrey? ¿Estás pensando en mandar a alguien allí?

– No. Es una larga historia.

– Mira, si es tan larga, ¿por qué no me das una oportunidad de husmear en mis archivos? Ven a mi casa esta noche y te lo contaré todo en persona. Estaré trabajando al horno y Albert meditando en su tablero. Hace tiempo que no te vemos.

– ¿Qué estarás haciendo al horno?

– Strudel, pirogis, galletas.

– Iré. ¿A qué hora?

– Sobre las ocho. ¿Te acuerdas del lugar?

– No ha pasado tanto tiempo, Olivia.

– Dos veces más de lo que tú te crees. Oye, no quiero ser una yenta, pero si no tienes una amiguita, hay una jovencita, también psicóloga, que ha venido aquí a trabajar. Los dos tendríais hijos realmente brillantes.

– Gracias. Pero tengo a alguien.

– Maravilloso. Tráetela.

Los Brickerman vivían en Hayworth, no muy lejos del distrito de Fairfax, en una pequeña casa de estuco beig, con un tejado de tejas españolas. El enorme Chrysler de Olivia estaba aparcado en el caminito de la entrada.

– ¿Qué es lo que yo hago aquí, Alex? -me preguntó Robin, mientras nos acercábamos a la puerta delantera.

– ¿Te gusta el ajedrez?

– No sé cómo se juega.

– No te preocupes por eso. Ésta es una casa en la que no tienes por qué ir con cuidado con lo que dices. Tendrás suerte si te dan la oportunidad de hablar. Tú come galletas y pásatelo bien.

Le di un beso y llamé al timbre.

Olivia lo contestó. Estaba igual… quizá con unos kilos de más, con su cabello como una masa de rizos cubierta de jenna, su rostro sonrosado y abierto. Vestía una túnica, con un estampado hawaiano, que ondulaba cuando se reía. Abrió los brazos y me hundió contra su pecho, que tenía el tamaño y la consistencia de un pequeño sofá.

– ¡Alex! -me soltó y me mantuvo al largo de sus brazos -. Ya no más barba… antes te parecías a D.H. Lawrence, ahora pareces un estudiante recién graduado.

Se volvió y le sonrió a Robin. Las presenté.

– Me encanta conocerte. Eres muy afortunada, es un chico encantador.

Robin enrojeció.

– Entrad.

La casa estaba impregnada con buenos y dulzones aromas de horneado. Al Brickerman, todo un profeta con cabello y barba blancos, estaba sentado, inclinado sobre un tablero de ébano y arce, en la sala de estar. Estaba rodeado por montones de cosas: libros en estanterías y en el suelo, fotografías de hijos y nietos, menorahs, recuerdos, muebles demasiado tapizados, vestido con una bata vieja y zapatillas.

– Al, Alex y su amiga están aquí.

– Humm – gruñó y alzó la mano sin apartar la mirada de las piezas del tablero.

– Es bueno volverte a ver, Al.

– Humm.

– Es un verdadero esquizoide -le confió Olivia a Robin -, pero es pura dinamita en la cama.

Nos llevó a la cocina. Aquella habitación era la misma que cuando la casa había sido construida, cuarenta años antes: baldosas amarillas con bordes marrones, un estrecho fregadero de porcelana, los alféizares de las ventanas repletos de plantas en macetas. La nevera y la cocina eran viejas Kenmore. Un cartel de cerámica colgaba sobre la puerta que llevaba al porche del servicio: ¿Cómo puede uno alzar el vuelo como un águila, cuando está rodeado de pavos?

Olivia me vio mirándolo.

– Fue mi regalo de despedida de cuando me fui del Departamento de Servicios Sociales. Me lo hice yo misma – nos trajo una bandeja de galletas, aún calientes.

– Tomad. Coged algunas antes de que me las coma todas. Mirad esto… me estoy volviendo una obesa -se palmeó el trasero.

– Más para amar -le dije y ella me dio un pellizco en la mejilla.

– Humm. Son excelentes -dijo Robin.

– Una mujer de buen gusto. Venga, sentaos. Colocamos sillas en derredor a la mesa de la cocina, con la bandeja ante nosotros. Olivia comprobó el horno y luego se sentó también.

– Dentro de unos diez minutos tendréis strudel. De manzanas, pasas e higos. Esto último es una improvisación para Albert -señaló con un dedo hacia la sala de estar-. Su sistema se le emboza, de vez en cuando. Bien, entonces quieres saber cosas acerca de La Casa de los Niños. No es que sea algo que me importe, pero, ¿podrías decirme el porqué?

– Tiene que ver con un trabajo que estoy haciendo para el Departamento de Policía.

– ¿La policía? ¿Tú?

Le conté acerca del caso, dejando fuera los detalles más sangrientos. Ella ya conocía a Milo, que le caía maravillosamente, pero nunca había sabido que fuéramos tan amigos.

– Es un chico agradable. Le tendrías que buscar una mujer agradable, como la que has encontrado para ti – sonrió a Robin y le dio otra galleta.

– No creo que eso funcionase, Olivia. Es un gay. Eso no la detuvo, sólo la frenó algo.

– ¿Y qué? Entonces, búscale un chico agradable.

– Ya tiene uno.

– Bien. Perdóname, Robin, acostumbro a hablar demasiado. Es por todas esas horas que paso con los clientes, escuchándolos y diciendo aja, aja. Luego llego a casa y ya puedes imaginarte la profundidad de la relación conversatoria que mantengo con el Príncipe Albert. De todos modos, Alex, ¿fue Milo quien te dijo que hicieras esas preguntas sobre La Casa?

– No exactamente. Estoy siguiendo mis propias pistas. Ella miró a Robin.

– ¿Tienes aquí a un Philip Marlowe?

Robin le lanzó una mirada de incomprensión.

– ¿Es eso peligroso, Alex?

– No. Sólo quiero comprobar algunas cosas.

– Ten cuidado, ¿me oyes? -me apretó el bíceps. Tenía la mano la fuerza de uno de esos gorilas de bar-. Asegúrate que tiene cuidado, cariño.

– Lo intentaré, Olivia. Pero yo no lo controlo.

– Lo sé. Estos psicólogos, se acostumbran tanto a estar en posiciones de autoridad que no saben escuchar consejos. Déjame contarte unas cosas de este chico guapo. La primera vez que lo vi fue cuando era un interno, asignado por tres semanas al Departamento de Servicios Sociales, para que se enterase de lo que es la vida para la gente que no tiene dinero. Al principio se mostraba como un sabelotodo, pero yo pude ver que era algo especial. Era lo más listo que jamás se haya visto sobre dos patas, y tenía compasión por los seres humanos. Su gran problema era ser demasiado duro consigo mismo, trabajaba hasta agotarse. Estaba haciendo el doble de trabajo que cualquier otro y pensando que no hacía nada. No me sorprendió cuando despegó como un cohete, con ese título tan rimbombante, los libros y lo demás, pero me temí que iba a acabar por quemarse.

– Y tuviste razón, Olivia -admití.

– Pensé que se habría ido a los Himalayas o algo así – se echó a reír, y siguió hablando con Robin -. Para congelarse y así poder volver a disfrutar de California. Tomad más, los dos.

– Estoy rellena -Robin se tocó su lisa tripa.

– Probablemente tengas razón, manten tu figura, ya que la tienes. Yo ya empecé como un barril, así que nunca tuve nada que mantener. Dime, cariño, ¿lo quieres?

Robin me miró y luego me puso el brazo alrededor del cuello.

– Lo quiero.

– Estupendo. Yo os declaro marido y mujer. ¿Y a quién le importa lo que él diga?

Se alzó y fue al horno, atisbando por la ventanilla de cristal.

– Aún faltan algunos minutos. Creo que los higos tardan más en cocinarse.

– Olivia, ¿qué me dices de La Casa de los Niños? Suspiró y su pecho suspiró con ella.

– De acuerdo, aparentemente eres muy serio en eso de jugar a ser policía -se sentó-. Después de que me llamaste miré mis viejos archivos y saqué lo que pude hallar. ¿Queréis café?

– Por favor -le dijo Robin.

– Yo también tomaré.

Regresó con tres tazones humeantes, con crema de leche y azúcar, en una bandeja de porcelana sobre la que habían serigrafiado una vista del Parque de Yellowstone.

– Es delicioso, Olivia -dijo Robin, dando sorbitos.

– Es Kona, de las Hawaii. Este vestido también es de allí. Mi hijo pequeño, Gabriel, está allí. Trabaja en importaciones y exportaciones. Le va muy bien.

– Olivia…

– Sí, sí, de acuerdo. La Casa de los Niños. Fundada en 1974 por el Reverendo Augustus McCaffrey como un lugar de refugio para los niños sin hogar. Lo dice todo en el folleto…

– ¿Tienes aquí ese folleto?

– No, está en la oficina. ¿Quieres que te mande uno por correo?

– No te molestes. ¿Qué clase de niños hay allí?

– Niños abandonados y maltratados, huérfanos, algunos que se han escapado de los correccionales. Antes, a éstos los metían en la cárcel, pero éstas se llenaron demasiado con asesinos, violadores y atracadores de catorce años, así que ahora intentan buscarles a los más inocentes un hogar adoptivo o un sitio como La Casa. En general estas instituciones reciben los chicos que nadie quiere, aquellos para los que no se puede hallar una familia adoptiva. Muchos de ellos tienen problemas físicos o psicológicos: espásticos, ciegos, sordos, retrasados. O son demasiado mayores para resultar atractivos como hijos adoptivos. También están allí los hijos de las mujeres que están en las cárceles: la mayoría drogadictas y alcohólicas. A éstos tratábamos de colocarlos en familias, pero a menudo no los quería nadie. Resumiendo, encanto, los casos crónicos del Tribunal de Protección de Menores.

– ¿De dónde salen los fondos para un lugar como ése?

– Mira, Alex, tal como están montados los sistemas federal y estatal, alguien que sepa moverse entre el papeleo, puede sacar más de mil dólares por mes y crío, si sabe cómo hacer correctamente sus facturas. Los chicos con problemas físicos o mentales aún reciben más… a uno le pagan por todos esos servicios especiales. Además, por lo que he oído, ese McCaffrey es maravilloso para lograr donativos privados. Tiene buenas relaciones… el terreno de ese sitio es un buen ejemplo. Veinte acres en Malibú, que antes pertenecían al gobierno. Allí internaron a los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Luego lo usaron como un campo de trabajo para los criminales de primera vez: timadores, políticos y gente así. Él logró que el condado se lo cediese en un contrato a largo plazo. Noventa y nueve años y con un alquiler puramente nominal.

– Debe ser un buen hablador.

– Lo es. Un buen chico de los que ya no hay. Antes era misionero allá abajo, en Méjico. He oído que llevaba un sitio parecido allá.

– ¿Y por qué volvió arriba?

– ¿Quién sabe? Quizá se hartó de no poder beber el agua. O quizá sentía nostalgia de los Kentucky Fried Chicken… aunque según me han dicho, ahora también tienen de eso allá abajo.

– ¿Qué hay del lugar ese? ¿Es bueno?

– Ninguno de esos sitios es una utopía, Alex. Lo ideal sería una casita en las afueras, con una verja de madera rodeándola, cortinas de ganchillo y un prado, mami, papi y Rover el perro. La realidad es que hay más de diecisiete mil chavales en los archivos del Tribunal de Protección de Menores, sólo en el condado de Los Ángeles. ¡Diecisiete mil niños a los que nadie quiere! Y están entrando en el sistema mucho más deprisa de lo que éste… ahora diré una palabra terrible… puede procesarlos.

– Es increíble -dijo Robin. Tenía una expresión perturbada en el rostro.

– Nos hemos convertido en una sociedad de odiadoras de niños, cariño. Cada vez hay más y más abusos y abandono. La gente tiene hijos y luego cambia de idea. Los padres no quieren tener la responsabilidad de los niños, así que se los pasan al gobierno… ¿qué tal suena esto dicho por una vieja socialista, Alex? Y luego están los abortos… espero que esto no te ofenda, pues yo estoy por la liberación femenina tanto, si no más, que cualquier otra mujer. Ya estaba aullando por la igualdad salarial antes de que Gloria Steinem entrase en la pubertad. Pero aceptemos la realidad, esto del aborto generalizado que ahora tenemos no es otra cosa que un método de control de la natalidad, otra escapatoria para la gente que quiere eludir su responsabilidad. Y está matando niños, al menos en un cierto sentido, ¿no? Quizá sea mejor que el tenerlos y luego tratar de deshacerse de ellos… no sé.

Se secó el sudor de la frente y luego se pasó la servilleta de papel por el labio superior.

– Perdonadme, eso ha sido una tediosa filípica. Se alzó y se estiró la ropa.

– Dejad que mire como está el strudel. Volvió con una bandeja humeante.

– Soplad, está caliente. Robin y yo nos miramos.

– Tenéis caras tan serias. Os he estropeado el apetito con mis palabras, ¿no?

– No, Oivia – tomé un trozo del strudel y di un mordisco-. Está delicioso y estoy de acuerdo contigo.

Robin parecía muy seria. Habíamos discutido el tema del aborto en muchas ocasiones, sin llegar a conclusión alguna.

– En respuesta a tu pregunta, es un buen sitio. Sólo puedo decirte que cuando yo estaba en el Departamento de Servicios Sociales no teníamos ninguna queja. Ofrecen lo básico, el sitio parece limpio, el lugar es ciertamente bonito… la mayor parte de esos niños jamás habían visto una montaña como no fuera en la tele. Y llevan a los chicos en autobús a las escuelas públicas, cuando tienen necesidades especiales. De lo contrario, les dan clases en la propia casa. Dudo que alguien les ayude con los deberes… allí no hay nada de eso de preguntarle a papá, pero McCaffrey mantiene en marcha ese lugar y presiona para que la comunidad siempre esté involucrada. Eso significa que está en las noticias. ¿Por qué quieres saber tantas cosas, crees que la muerte de ese chico resulta sospechosa?

– No, no hay razón para sospechar nada -pensé en su pregunta-. Creo que simplemente estoy tratando de pescar algo.

– Bueno, pues cuida de no ir en busca de sardinas y acabar pescando un tiburón, querido.

Mordisqueamos el strudel. Olivia llamó hacia la sala de estar:

– Al… ¿quieres algo del strudel… del de los higos? No hubo respuesta que yo pudiese oír, pero sin embargo, ella puso algo del pastel en un plato y se lo llevó.

– Es una buena mujer -dijo Robin.

– Una entre un millón. Y muy dura.

– E inteligente. Deberías de hacerle caso cuando te dice que tengas cuidado, Alex. Por favor, deja a Milo el hacer de detective.

– Tendré cuidado, no te preocupes -le tomé la mano, pero ella la apartó. Estaba a punto de decirle algo cuando Olivia regresó a la cocina.

– El muerto… el vendedor… ¿dices que trabajaba voluntariamente en La Casa?

– Sí. Tenía un certificado en su oficina.

– Probablemente era uno de los miembros de la Brigada de Caballeros. Es algo que se inventó McCaffrey para conseguir que la gente de negocios se preocupase por ese lugar. Consigue que las empresas hagan que sus ejecutivos trabajen allí, voluntariamente, durante los fines de semana. Cuánto de ello es voluntario por parte de los «Caballeros» y cuánto es presión de sus jefes es algo que no sé. McCaffrey les da escudos bordados para las chaquetas e insignias de solapa, y certificados firmados por el alcalde. También se ponen a buenas con sus jefes. Lo útil que esto sea para los chicos ya no te lo puedo decir.

Pensé en Bruno, el psicópata, trabajando con chicos sin hogar.

– ¿Hay algún tipo de selección de los voluntarios?

– Lo habitual. Entrevistas, algunos tests de esos de papel y lápiz. Y ya sabes, mi buen amigo, para lo que sirven ese tipo de cosas.

Asentí con la cabeza.

– No obstante, como te he dicho, nunca tuvimos protestas. Yo tendría que darle a ese lugar un aprobado, Alex. El problema principal es que se trata de una operación demasiado grande, para que los crios tengan algún tipo de atención personalizada. Una buena casa adoptiva sería definitivamente preferible a tener a cuatrocientos o quinientos chavales juntos en un solo sitio… y ésos son los que tiene. Aparte de eso, La Casa es un lugar tan bueno como cualquier otro.

– Es bueno oír eso -pero, de algún modo perverso, me sentía defraudado. Hubiera sido bueno descubrir que aquel lugar era todo un infierno. Algo que lo conectase con los tres asesinatos. Desde luego, eso hubiera supuesto la miseria para cuatrocientos chicos. ¿Me estaba convirtiendo yo en otro miembro más de esa sociedad de odiadores de crios, que había descrito Olivia? De repente el strudel me supo a papel cubierto de azúcar y la cocina me resultó opresivamente calurosa.

– Bueno, ¿hay algo más que quieras saber?

– No, gracias.

– Ahora, cariñito -se volvió hacia Robin -, habíame de ti y de cómo conociste a este chico impetuoso…

Nos fuimos una hora más tarde. Puse mi brazo alrededor de Robin. Ella no lo rechazó, pero tampoco me respondió. Caminamos hacia el coche en un silencio que resultaba tan incómodo como los zapatos de un desconocido.

Ya dentro, le pregunté:

– ¿Qué es lo que va mal?

– ¿Por qué me has traído aquí esta noche?

– Pensé que te gustaría.

– ¿Que me gustaría hablar de muertes y malos tratos a niños? Alex, esto no ha sido una simple visita a unos amigos.

No tenía nada que decir, así que puse en marcha el coche y lo desaparqué.

– Estoy demasiado preocupada por ti -me dijo-. Las cosas que has estado describiendo ahí dentro son espeluznantes. Y lo que ella ha dicho de los tiburones es cierto. Eres como un niño pequeño a la deriva sobre una balsa, en medio del océano. No te das cuenta de lo que pasa alrededor tuyo.

– Sé lo que estoy haciendo.

– Justo -se puso a mirar por la ventanilla.

– ¿Qué tiene de malo el que quiera involucrarme en algo más que las bañeras calientes y el footing?

– Nada, pero, ¿no podría ser algo menos peligroso que el jugar a Sherlock Holmes? ¿Algo de lo que tú supieras?

– Yo aprendo muy rápido.

Me ignoró. Atravesamos calles oscuras y vacías. Una llovizna llenó de gotitas el parabrisas.

– No me gusta oír hablar de cómo le hunden la cara a la gente. Ni de cómo a los niños los atropellan autos que ni siquiera paran a ayudar -me dijo.

– Eso forma parte de lo que hay por ahí -hice un gesto hacia la oscuridad de la noche.

– ¡Bueno, pues yo no quiero tener nada que ver con ello!

– Lo que estás diciendo es que sólo estás dispuesta a ir en el viaje, mientras el paisaje sea bonito.

– ¡Oh, Alex, deja de ser tan melodramático! Lo que acabas de decir parece sacado de un serial televisivo.

– Y sin embargo es cierto, ¿no?

– No, no lo es… y no trates de ponerme a la defensiva. Yo quiero al hombre que conocí al principio… alguien que estaba satisfecho consigo mismo y no tan lleno de inseguridad que tiene que ir por ahí tratando de probarse a sí mismo. Eso es lo que me atrajo de ti. Ahora eres como… un poseso. Desde que te has metido en esas pequeñas intrigas tuyas, ya no has estado por mí. Te hablo y tu mente está en algún otro lugar. Es como ya te he dicho antes… estás volviendo a los días de antes, los malos días.

Había algo de verdad en esto. Las últimas mañanas me había estado despertando muy pronto, con un tenso sentido de urgencia en las tripas, la vieja necesidad obsesiva de llevar a cabo el trabajo. Pero lo más curioso, es que no quería deshacerme de aquello.

– Te prometo -le dije -, que tendré cuidado.

Ella agitó la cabeza, presa de la frustración, se inclinó hacia adelante y puso la radio. Muy fuerte.

Cuando llegamos a su puerta me dio un casto besito en la mejilla.

– ¿Puedo entrar?

Se me quedó mirando un momento y al fin me dedicó una sonrisa resignada.

– ¡Oh, infiernos! ¿Por qué no?

Arriba en el altillo la miré desnudarse a la escasa ración de luz de Luna que dejaba entrar la claraboya. Se quedó sobre un pie, desabrochándose la sandalia, y sus pechos colgaron bajos. Una pincelada diagonal de iluminación la convirtió en blanca, luego en gris, al girarse, después se hizo invisible al meterse bajo las sábanas. Tendí los brazos hacia ella, excitado, y bajé su mano hacia mí. Ella me tocó por unos segundos y luego apartó los dedos, moviéndolos hacia arriba y dejándolos descansar en mi cuello. Me hundí en el santuario que había entre su cuello y la arqueada dulzura debajo de su barbilla.

Nos quedamos dormidos así.

Por la mañana su lado de cama estaba vacío. La oí hacer ruido y supe que estaba abajo en el taller.

Me vestí, descendí las estrechas escaleras y fui hasta ella. Llevaba puesto un mono de peto y una camisa de trabajo de hombre. Su boca estaba cubierta por un pañuelo, sus ojos por lentes protectoras.

El aire estaba lleno de polvo de madera.

– Te llamaré luego -grité por encima del estrépito de la sierra de mesa.

Ella se detuvo por un momento, me hizo un gesto con la mano y luego siguió trabajando. La dejé rodeada por sus herramientas, sus máquinas, su arte.

15

Llamé a Milo a la comisaría y le di un informe completo sobre mi entrevista con Raquel Ochoa y la conexión con La Casa de los Niños, incluyendo la información que me había dado Olivia.

– Estoy muy impresionado -me dijo-. Te equivocaste de profesión.

– Entonces, ¿qué es lo que piensas? ¿Habría que investigar a ese McCaffrey?

– Espera un minuto, amigo. Ese hombre se ocupa de cuatrocientos chicos y uno de ellos muere en un accidente de tráfico. Eso no es prueba de nada sucio.

– Pero resulta que ese chico era un estudiante de Elena Gutiérrez. Lo que quiere decir que, probablemente, habló de su caso con Handler. Y no mucho después de su muerte, Bruno empezó a trabajar voluntariamente en ese lugar. ¿Todo es una coincidencia?

– Probablemente no. Pero no entiendes cómo funcionan las cosas por aquí. Yo estoy en el retrete con este caso. Hasta el momento, los archivos bancarios no me han dicho nada… todo en sus cuentas corrientes parece correcto. Tengo que trabajar aún algo más en ello, pero el hacerlo yo solo me lleva tiempo. Cada día, el capitán me mira con esa expresión de ¿Todavía sin lograr progresos, Sturgis? Me siento como un escolar que no ha hecho los deberes en casa. Cada día espero que me aparte de este caso y me meta en algún trabajo bien asqueroso.

– Si las cosas están tan mal, uno supondría que saltarías de alegría ante la posibilidad de una nueva pista.

– En eso tienes razón: una pista. No una conjetura basada en una serie de tenues asociaciones.

– A mí no me parecen tan tenues.

– Míralo desde este otro punto de vista… yo empiezo a husmear en casa de McCaffrey, que tiene relaciones que van todo el camino desde el centro de la ciudad hasta Malibú. Él hace unas cuantas llamadas de teléfono estratégicas… nadie le podría acusar de obstrucción a la justicia, porque yo no tengo ninguna razón legítima para estarlo investigando, y me veo apartado de este caso más rápido de lo que tú puedas tardar en escupir.

– De acuerdo -admití -, pero, ¿qué hay del aspecto mejicano? Ese tipo estuvo allí años y, de repente, se marcha, aparece en Los Ángeles y se convierte en un triunfador.

– La movilidad hacia arriba no es un delito, y a veces un cigarro es sólo un cigarro, doctor Freud.

– Mierda. No te soporto cuando te pones tan chistoso.

– Alex, por favor. Mi vida no es lo que se dice precisamente de color rosa. No necesito que, además de todo lo otro, me vengas tú con mamonadas.

Yo parecía estar desarrollando un talento para alienarme con aquellos que tenía más cercanos. Aún tenía que llamar a Robin, para averiguar a dónde la habían llevado los sueños de la noche anterior.

– Lo lamento. Supongo que estoy demasiado metido en esto.

No me lo discutió.

– Has hecho un buen trabajo. Me has sido de mucha ayuda. Pero a veces las cosas no concuerdan, por el simple hecho de que uno haya realizado un buen trabajo.

– Así, ¿qué es lo que vas a hacer? ¿Dejarlo correr?

– No. Miraré qué hay en el historial de McCaffrey… con mucha discreción. Especialmente la parte de Méjico. Y voy a continuar estudiando los archivos financieros de Handler y Bruno y, puesto a hacer, añadiré los de la Gutiérrez. Incluso voy a llamar a la Oficina del Sheriff de Malibú y le pediré una copia del informe del accidente de ese chico. ¿Cómo me dijiste que era su apellido?

– Nemeth.

– Muy bien. Esa parte debería ser fácil.

– ¿Hay algo más que quieras de mí?

– ¿Cómo? ¡Oh, nada! Has hecho un gran trabajo, Alex, quiero que sepas que te lo digo en serio. Ahora yo te relevaré. ¿Por qué no te tomas las cosas con más calma durante un tiempo?

– De acuerdo -le dije sin entusiasmo-. Pero tenme informado.

– Lo haré -me prometió -. Adiós.

La voz al otro lado era femenina y muy profesional. Me saludó con la cantinela de la cancioncilla de un anuncio de detergentes, una voluptuosidad que lindaba con lo obsceno.

– ¡Buenos Días, ésta es La Casa!

– Buenos días. Querría hablar con alguien acerca de la posibilidad de convertirme en miembro de la Brigada de Caballeros.

– ¡Aguarde un momento, señor!

En veinte segundos estuvo en la línea una voz masculina.

– Tim Kruger. ¿En qué puedo servirle?

– Me gustaría hablar acerca de unirme a la Brigada de Caballeros.

– Sí, señor. ¿Y a qué empresa representa usted?

– A ninguna. Estoy interesándome como particular.

– Oh, ya veo -la voz perdió buena parte de su amistosidad. La interrupción de la rutina provoca esto en mucha gente… les saca de quicio, los pone sobre guardia -. ¿Y cuál es su nombre, por favor?

– Doctor Alexandre Delaware.

Debió ser a causa del título, porque de nuevo cambió de marcha, al instante.

– Buenos días, doctor. ¿Qué tal está usted?

– Muy bien, gracias.

– Estupendo. ¿Y en qué especialidad está doctorado, si es que puedo preguntárselo?

Puedes.

– Soy psicólogo infantil. Jubilado.

– Excelente. No se nos presentan voluntarios muchos profesionales de la salud mental. Yo mismo soy graduado en consejería, y estoy al cuidado de la selección de candidatos para La Casa.

– Me imagino que la mayor parte de ellos lo deben considerar como algo demasiado parecido al trabajo -le dije -. Pero como yo he estado un tiempo apartado de este campo, la idea de volver a trabajar con niños me atrae.

– Maravilloso. ¿Y qué es lo que le ha traído hasta La Casa?

– Su reputación. He oído hablar de su buen trabajo. Y que están ustedes bien organizados.

– Bueno, muchas gracias, doctor. ¡Desde luego tratamos de hacer lo mejor para nuestros chicos!

– Estoy seguro de que así es.

– Damos una visita en grupo para los posibles Caballeros. La próxima está programada para el viernes de la semana próxima.

– Déjeme mirar en mi agenda -dejé el teléfono, miré por la ventana, hice media docena de flexiones de piernas y volví a cogerlo-. Lo siento, señor Kruger, pero ése es un mal día para mí. ¿Cuándo es la siguiente?

– Tres semanas después.

– Eso es mucho tiempo. Esperaba empezar antes -traté de mostrarme delicado y justo un poquito impaciente.

– Hum. Bueno, doctor, si no le importa algo un poco menos preparado que la orientación de grupo, yo podría acompañarle en una visita privada. No habrá tiempo para montar el audiovisual, pero de todos modos, como psicólogo, seguro que ya sabe mucho de estas cosas.

– Eso suena muy bien.

– De hecho, si está usted libre esta tarde, podría prepararla para entonces. El Reverendo Gus está hoy aquí y a él le gusta conocer a todos los posibles Caballeros… aunque no siempre sea posible, con la de viajes que tiene que hacer. Esta semana graba para el programa de Merv Griffin y luego vuela a Nueva York para salir en un programa de «A.M. América».

Me comunicó la noticia de las actividades televisivas de MacCaffrey con la solemnidad de un cruzado descubriendo el Santo Grial.

– Hoy sería perfecto.

– Excelente. ¿Alrededor de las tres?

– A la tres.

– ¿Sabe exactamente dónde estamos?

– No exactamente. ¿En Malibú?

– En Malibú Canyon -me dio la dirección exacta y luego añadió-: Ya que está aquí podrá llenar nuestros cuestionarios de selección. En un caso como el suyo, doctor, será una formalidad, pero tenemos que cumplir con las reglas. Aunque no creo que los tests psicológicos sean muy válidos para preseleccionar a un psicólogo ¿no es así?

– No creo. Nosotros los escribimos y podemos hacerles decir lo que queramos.

Se rió, tratando de parecer un buen colega.

– ¿Alguna otra pregunta?

– Creo que no.

– Excelente. Le veré a las tres.

Malibú es tanto una imagen como un lugar. La imagen es transmitida a las salas de estar de los Estados Unidos por la televisión, es salpicada en las pantallas cinematográficas, grabada en los surcos de los elepés y blasonada en las portadas de las novelas baratas. La imagen tiene que ver con extensiones ilimitadas de arena; cuerpos desnudos, bronceados y aceitados; balón-volea en la playa; cabellos blanqueados por el sol; hacer el amor bajo una manta, con la cadencia del coito acorde con la subida y bajada de las olas; casitas de un millón de dólares que se tambalean sobre pilastras hundidas en una tierra que no es tan firme sino que, en realidad, baila el hula-hula cuando llueve; coches deportivos, algas y cocaína.

Todo lo cual es válido, pero limitado.

Hay otro Malibú, un Malibú que incluye los cañones y los senderos de tierra que se esfuerzan en cruzar la cordillera de Santa Mónica. Este Malibú no tiene océano. La poca agua que posee se encuentra en forma de arroyos que gotean a través de gargantas sombreadas y desaparecen cuando sube la temperatura. Hay algunas casas en este Malibú, y manadas de coyotes que acechan por la noche, haciéndose con gallinas, una zarigüeya, un sapo gordo. Hay bosquecillos de abundante sombra, en los que las ranas de los árboles crían con tanta abundancia que uno llega a pisarlas creyendo que está poniendo el pie en suave tierra gris. Hasta que ésta se mueve. Hay montones de serpientes: reyes, de liga y de cascabel, en este Malibú. Y aislados ranchos en los que la gente vive bajo la ilusión de que nunca ha llegado la segunda parte del siglo veinte. Caminos de herradura, marcados por humeantes montones de estiércol de caballo. Cabras. Tarántulas.

También hay muchos rumores rodeando a este segundo Malibú, el que no tiene playa. De asesinatos rituales, llevados a cabo por cultos satánicos. De cadáveres que nunca serán… que nunca podrán ser hallados. De gente perdida mientras iba de excursión y de los que nunca más se ha vuelto a saber. Historias de horror, quizá tan falsas como las que contaba la abuela junto al fuego.

Giré en la autopista Pacific Coast, subiendo por la Rambla Pacífica y atravesé la frontera de un Malibú al otro. El Seville subió con facilidad la inclinada pendiente. Tenía puesto a D jango Reinhardt en el cassette y la música del Gitano estaba en sincronía con el vacío que se desplegaba ante mi parabrisas: la tira serpentina de la autopista, asaltada un momento por el implacable sol del Pacífico y al siguiente sombreada por el eucaliptus gigante. Una torrentera deshidratada a un lado, una caída vertical en el espacio al otro. Un camino que urgía al cansado viajero a seguir, que ofrecía promesas que jamás podría cumplir.

Yo había dormido intranquilo la noche anterior, pensando en Robin y en mí mismo, viendo las caras de los niños: Melody Quinn, los innumerables pacientes que había tratado a lo largo de los años, los restos de un chico llamado Nemeth, que había muerto a unos kilómetros en este mismo camino. Me pregunté qué sería lo último que habría visto, qué impulso había cruzado una sinapsis crucial en el ultimísimo de los momentos, justo antes de que un gigantesco monstruo-máquina cayese rugiendo sobre él desde la nada… ¿Y qué sería lo que le habría llevado a caminar aquella solitaria extensión de la ruta en medio de la noche?

Ahora la fatiga, amamantada por la monotonía del trayecto, estaba trazando un camino, lento pero inexorable, a lo largo de mi espina dorsal, de modo que tenía que luchar por mantenerme alerta. Puse la música más fuerte y abrí todas las ventanillas del coche. El aire olía a limpio, pero estaba sazonado con el aroma de algo que se quemaba… ¿un puente lejano?

Tan ocupado estaba en la lucha por mantener la claridad de mi conciencia, que casi me perdí el cartel que el condado había levantado, anunciando la salida para La Casa de los Niños a tres kilómetros.

La desviación en sí era fácil saltársela, al estar a sólo unos cientos de metros tras una curva aguda en la carretera. El camino era estrecho, apenas si lo bastante amplio para que pasasen dos vehículos en direcciones opuestas, y muy sombreado por árboles. Subía casi un kilómetro en una incesante cuesta, lo bastante inclinada como para descorazonar a cualquier caminante, como no fuera el más decidido. Claramente, aquel lugar no había sido pensado para atraer a los visitantes a pie. Era perfecto para un campo de trabajo, una granja penal, un centro de reclusión, o cualquier otro tipo de actividad que se quisiera mantener alejada de los ojos curiosos de los extraños.

El camino de acceso terminaba en una barrera formada por una verja de alambre entrelazado de cuatro metros de alto. Unas letras de metro veinte deletreaban La Casa de los Niños, en aluminio pulimentado. A la derecha se alzaba un cartel, pintado a mano, con dos enormes manos que sostenían a cuatro niños: blanco, negro, marrón y amarillo. Una garita de guardia se hallaba a unos tres metros del otro lado de la verja. El hombre uniformado que había dentro me miró y luego habló a través de un interfono pegado a la verja.

– ¿Puedo ayudarle? -la voz surgía acerada y mecánica, como una expresión humana hecha puré de bytes, dada a comer a un ordenador y regurgitada.

– Soy el doctor Delaware. Tengo una cita a las tres con el señor Kruger.

La puerta se deslizó, abriéndose.

Al Seville le permitieron un breve rodar, antes de que fuera detenido por una barrera mecánica pintada a barras naranja y blancas.

– Buenas tardes, doctor.

El guardia era joven, con bigote, solemne. Su uniforme era gris oscuro, conjuntando con sus ojos. La repentina mirada no me engañó. Me estaba escudriñando.

– Se reunirá usted con Tim en el edificio de la administración. Siga recto por ese camino y luego tuerza a la izquierda. Puede aparcar en el parking para visitantes.

– Gracias.

– De nada, doctor.

Apretó un botón y el brazo a rayas se alzó en saludo.

El edificio de la administración tenía el aspecto de haber servido para el mismo propósito en los días del internamiento de los japoneses. Tenía las formas chatas y airadas de la arquitectura militar, pero no cabía duda de que la pintura: un mural representando un cielo azul claro lleno con nubes de algodón en rama, era una creación contemporánea.

La oficina de la recepción estaba forrada con una imitación barata de madera ocupada por una señora, el tipo perfecto de la abuela, vestida con un guardapolvo de algodón incoloro.

Me presenté y recibí a cambio una sonrisa de la abuela.

– Tim vendrá en seguida a por usted. Por favor, siéntese y póngase cómodo.

Había poco de interés que mirar. Parecía que el papel de las paredes hubiera sido tomado en préstamo de un motel. Había una ventana pero sólo permitía la visión del aparcamiento. A la distancia se veía una espesa extensión de bosque: eucaliptus, cipreses y cedros… pero desde donde yo estaba sentado sólo resultaban visibles las partes inferiores de los árboles, una extensión ininterrumpida de gris-marrón. Traté de ocuparme con un ejemplar, de dos años de antigüedad, de la California Highways.

No fue una espera demasiado larga.

Un minuto después de que yo me hubiera sentado se abrió una puerta y entró un hombre joven.

– ¿El doctor Delaware? Me puse en pie.

– Tim Kruger -nos estrechamos las manos.

Era bajo, en la segunda parte de los veinte y tenía la constitución física de un luchador, todo él duro y anguloso, y dotado con esa cantidad extra de músculos en los lugares estratégicos. Tenía un rostro que estaba bien formado, aunque demasiado impasible, como el de un muñeco de plástico al que no le hubieran dejado suficiente tiempo en el horno. Una barbilla fuerte, orejas pequeñas, una nariz recta y prominente con una forma que presagiaba convertirse en bulbosa a mediana edad, el bronceado de alguien que pasa mucho tiempo al aire libre, ojos marrón amarillentos bajo espesas cejas, una frente baja casi totalmente oculta por una enorme mata de cabello color arena. Vestía pantalones color trigo, una camisa de manga corta azul claro y una corbata azul y marrón. Colgando de la parte superior de la camisa llevaba una placa que indicaba T. Kruger, M.A., MFCC, Director de Admisiones.

– Estaba esperando a alguien un poco mayor, doctor. Me dijo usted que estaba jubilado.

– Y lo estoy. Creo que uno debe retirarse pronto, cuando aún puede disfrutar del retiro.

Se echó a reír con ganas.

– Tiene mucha razón en eso. Espero que no haya tenido problemas para encontrarnos.

– No. Su explicación fue excelente.

– Estupendo. Podemos empezar la visita, si usted lo desea. El Reverendo Gus está por alguna parte. Hacia las cuatro volverá para verle a usted.

Me aguantó la puerta abierta.

Cruzamos el aparcamiento y tomamos un sendero de grava.

– La Casa -comenzó a explicarme-, está situada en una extensión de algo más de diez hectáreas. Si nos paramos aquí, podremos tener una buena vista de toda la distribución.

Nos hallábamos en la cima de una elevación, sobre unos edificios, un campo de juego, caminos que se extendían y una cortina de montañas al fondo.

– De esas diez sólo tres están siendo empleadas, el resto es espacio abierto, lo que creemos que es muy bueno para los chavales, muchos de los cuales vienen de las partes más atestadas de la ciudad -podía divisar las formas de los niños, que caminaban en grupos, jugaban con pelotas, o estaban sentados solos en la yerba-. Hacia el norte -señaló una extensión de campos abiertos -, está lo que llamamos la Pradera. Por ahora es casi toda alfalfa y hierbajos, pero hay planes de iniciar una huerta allí, este verano. Al sur está el Bosquecillo -indicó los árboles que yo había visto desde la oficina-. Es un terreno de arboleda protegida, perfecto para excursiones por la naturaleza. Hay una abundancia sorprendente de vida salvaje por allí. Yo soy del Noroeste y, antes de llegar aquí, creía que la única vida salvaje que uno podía encontrar en Los Ángeles estaba en Sunset Strip. Sonreí.

– Esos edificios de allí son los dormitorios.

Se giró y señaló un grupo de diez grandes barracones prefabricados, del tipo Quonset de los militares. Como el edificio de la administración, alguien había caído sobre ellos con una brocha despreocupada, y las paredes de metal ondulado habían sido festoneadas con trazos multicolores, lo que había dado un resultado extrañamente optimista.

Se volvió de nuevo y dejé que mi mirada siguiese su brazo.

– Ésa es nuestra piscina, de tamaño olímpico. Una donación de Majestic Oil -la piscina brillaba verde, un agujero en la tierra repleto de gelatina. Un nadador solitario cortaba el agua, marcando un camino de espuma-. Y allá están la enfermería y la escuela.

Me fijé en un grupo de edificios color ceniza al extremo más alejado del campus, allá donde el perímetro del núcleo central se encontraba con el borde del Bosquecillo. No dijo lo que eran.

– Vamos a dar una ojeada a los dormitorios.

Le seguí colina abajo, contemplando el idílico panorama. El terreno estaba bien cuidado, el lugar estaba vibrante de actividad y, al parecer, ésta estaba bien organizada.

Kruger caminaba con largos y musculosos pasos, la barbilla al viento, escupiendo datos y hechos, describiendo la filosofía de la institución como una que combinaba «la estructura y la tranquilidad de la rutina con un medio ambiente creativo que anima a que se produzca un saludable desarrollo». Era absolutamente positivo, acerca de La Casa, su trabajo, el Reverendo Gus y los chicos. La única excepción era su grave lamento de las dificultades de coordinar el «cuidado óptimo» con el mantenimiento de los asuntos financieros de la institución muy al día. Sin embargo, incluso esto fue seguido con una afirmación de comprensión profunda de las realidades económicas de los ochenta y algunos cánticos laudatorios del sistema de la libre empresa.

Estaba bien enterado.

El interior del barracón Quonset de color rosa brillante era de un frío y desnudo blanco sobre un suelo de tablones de madera. El dormitorio estaba vacío y nuestros pasos producían ecos. Había un aroma metálico en el aire. Las camas de los niños eran literas dobles de hierro colocadas, como en los cuarteles, perpendicularmente a las paredes, y acompañadas por armarios bajos y estantes atornillados a las paredes metálicas. Había un intento de decoración: algunos de los niños habían colgado imágenes de superhéroes de los cómics, atletas, personajes de la serie televisiva infantil Calle Sésamo… pero la ausencia de toda fotografía familiar o cualquier otra evidencia de una conexión reciente, humana, resultaba muy impactante.

Conté que había lugar para que durmieran cincuenta niños.

– ¿Cómo mantienen organizados a tantos chicos?

– Es un reto – admitió -, pero hemos tenidos bastante éxito. Usamos consejeros voluntarios de la Universidad de California, de Northridge y otras universidades. Ellos consiguen una acreditación preliminar de trabajo psiquiátrico y nosotros ayuda gratuita. Nos gustaría tener un equipo profesional, pagado y a tiempo completo, pero eso es imposible financieramente hablando. Ahora tenemos un equipo de dos consejeros por dormitorio y los entrenamos para que usen la modificación del comportamiento… espero que usted no esté opuesto a eso.

– No, si se usa de un modo adecuado.

– Oh, desde luego. No podría estar más de acuerdo con usted. Minimizamos los adversivos fuertes, usamos una economía de vales y montones de refuerzos positivos. Esto requiere una supervisión… y ahí es donde entro yo.

– Parece tener usted la situación muy por la mano.

– Lo intento -me hizo una sonrisita de esas de «vamos, ya»-. Querría haberme doctorado, pero no tenía el dinero.

– ¿Dónde estudió?

– En la Universidad de Oregón. Conseguí graduarme allí en consejería. Y antes lo hice en psiquiatría en Jedson.

– Pensaba que todos los que iban a Jedson eran ricos… – la pequeña universidad de las afueras de Seattle tenía la reputación de ser un refugio para los cachorros de los ricos.

– Eso es bastante cierto -hizo una mueca -. Ese lugar parece un club de campo. Yo entré con una beca de atletismo. Carreras en pista y béisbol. En mi primer año me rompí un ligamento y, de repente, me convertí en persona non grata.

Sus ojos se oscurecieron momentáneamente, hirviendo con el recuerdo de una injusticia casi enterrada en el olvido.

– De todos modos, me gusta lo que estoy haciendo: hay que tomar muchas decisiones y tengo grandes responsabilidades.

Hubo un ruido apagado en el extremo más alejado de la sala. Ambos nos giramos hacia el mismo y vimos movimientos, bajo las mantas de una de las literas inferiores.

– ¿Eres tú, Rodney?

Kruger caminó hacia la litera y dio unas palmadas a una prominencia que se agitaba. Un chico se sentó, manteniendo las mantas hasta su barbilla. Era regordete, negro y parecía de unos doce años, pero era imposible calcular su edad exacta, porque su rostro mostraba los claros estigmas del síndrome de Down: cráneo alargado, facciones aplanadas, ojos muy hundidos y muy juntos, barbilla huidiza, orejas colgadas muy bajas y lengua prominente. Y la expresión de asombro tan típica de los retrasados.

– Hola, Rodney – Kruger habló suavemente -. ¿Qué es lo que pasa?

Yo le había seguido y el niño me miró interrogativamente.

– No pasa nada, Rodney. Él es un amigo. Ahora, dime lo que te pasa.

– Rodney malito -las palabras sonaban arrastradas.

– ¿Qué es lo que te hace daño?

– La tripa duele.

– Hum. Tendremos que hacer que te vea el doctor cuando realice su visita.

– ¡No! -chilló el crío-. ¡No docto!

– Vamos, Rodney -Kruger se mostraba paciente-. Si estás malo habrá que hacerte una revisión.

– ¡No docto!

– De acuerdo, Rodney, de acuerdo -Kruger hablaba con tono tranquilizador. Tendió la mano y tocó al chico suavemente en la parte superior de la cabeza. Rodney se puso histérico. Sus ojos se desorbitaron y su mandíbula tembló. Gritó y se echó hacia atrás, tan violentamente que se dio un golpe con la cabecera metálica de la cama en la nuca. Se tapó la cara de un tirón con las mantas, mientras lanzaba un alarido de protesta ininteligible.

Kruger se volvió hacia mí y suspiró. Esperó hasta que el chico se hubo calmado y le habló de nuevo.

– Hablaremos luego de lo del doctor, Rodney. Pero dime, ¿dónde se supone que deberías estar ahora? ¿Dónde está tu grupo en este momento?

– Comida.

– ¿Y tú no tienes gana?

El chico negó con la cabeza.

– Tripa duele.

– Bueno, pues no puedes estar ahí echado tú solo. O te vas a la enfermería y llamaremos alguien para que te mire, o te unes a tu grupo para comer.

– No docto.

– De acuerdo, no doctor. Ahora, levántate.

El chico reptó hasta salir de la cama, lo más lejos que pudo de nosotros. Ahora podía ver que era mayor de lo que había supuesto. Al menos tenía dieciséis y mostraba en la barbilla el incio de una barba. Me miró, con los ojos muy dilatados por el miedo.

– Éste es un amigo, Rodney, el señor Delaware.

– Hola, Rodney -tendí la mano. Él la miró y negó con la cabeza.

– Se amistoso, Rodney. Así es como se ganan los puntos positivos, ¿te acuerdas?

Una negativa con la cabeza.

– Vamos, Rodney. Estréchale la mano.

Pero el chico retrasado estaba decidido. Cuando Kruger dio un paso adelante se retiró, manteniendo las manos delante de su rostro.

Siguió así durante unos momentos, en una clara lucha de voluntades. Al fin Kruger lo dejó correr.

– Muy bien, Rodney -dijo suavemente -, nos olvidaremos por hoy de la buena urbanidad, porque estás malo. Ahora corre a reunirte con tu grupo.

El chico retrocedió, apartándose de nosostros, rodeando la cama en un amplio círculo. Aún negando con la cabeza y manteniendo las manos delante de su cara, como un boxeador tronado, se alejó. Cuando estuvo cerca de la puerta dio un salto y medio corrió, medio se arrastó, hasta salir fuera, desapareciendo en el brillo del sol.

Kruger se volvió hacia mí y me sonrió débilmente.

– Éste es uno de los más difíciles. Diecisiete años y funcionando como si tuviera tres.

– Parece tener verdadero pánico a los doctores.

– Tiene miedo a muchas cosas. Como la mayoría de los chicos con Down ha tenido muchas complicaciones médicas: cardíacas, infecciones, complicaciones dentales. Añádale a todo eso el modo de pensar distorsionado que se produce en el interior de esa cabecita y ya verá lo que le da la suma. ¿Ha tenido muchas experiencias con retrasados mentales?

– Algunas.

– Yo he trabajado con cientos de ellos y no puedo recordar uno solo que no tuviera problemas emocionales graves. Ya sabe, la gente se cree que son iguales a los otros chicos, sólo que más lentos. Y no es así.

Una traza de irritación había ido apareciendo en su voz. Yo la atribuí al haber perdido la partida de poker psíquico con el chico retrasado.

– Rodney ha recorrido un largo camino -me explicó-. Cuando llegó aquí ni siquiera sabía hacer él solo sus propias necesidades. Y eso tras trece hogares adoptivos – movió la cabeza-. Es realmente patético. Alguna de la gente a la que el condado les entrega crios no son adecuados ni para cuidarse de perros, y ya no digamos de niños.

Parecía dispuesto a lanzarse a una perorata, pero se contuvo y volvió a colocar la sonrisa en su cara.

– Muchos de los chicos que nos llegan son los casos con bajas probabilidades de adopción: retrasados mentales, defectuosos, con mezcla de razas, que han ido entrando y saliendo de hogares adoptivos o que sus familias los han ido tirando al cubo de la basura. Cuando llegan aquí no tienen ni idea de cuál es el comportamiento social adecuado, no saben nada de higiene, ni poseen las habilidades básicas para vivir día a día. Muy a menudo empezamos de cero. Pero estamos satisfechos de nuestros progresos. Uno de los estudiantes va a publicar un informe sobre nuestros resultados.

– Ése es un modo excelente de que recoger datos.

– Sí. Y, para ser francos, eso nos ayuda también a recoger dinero, lo que a menudo es lo más necesario, doctor, cuando se quiere mantener en marcha un lugar grande como La Casa. Venga -me cogió del brazo-. Vamos a ver el resto de las instalaciones. Nos dirigimos a la piscina.

– Por lo que he oído, el Reverendo McCaffrey tiene un gran talento para recoger fondos.

Kruger me dio una mirada de reojo, tratando de valorar la intención que llevaban mis palabras.

– Lo es. Es una persona maravillosa y logra sus propósitos. Y eso le lleva la mayor parte de su tiempo. Pero aun así las cosas siguen siendo difíciles. ¿Sabe?, él dirigía otra casa para niños en Méjico, pero tuvo que cerrarla. Allí no había ayuda por parte del gobierno, y la actitud del sector privado era que lo mejor que podía pasar con los campesinos es que se murieran de hambre.

Ahora estábamos al lado de la piscina. El agua reflejaba el bosque, verdinegro y manchado con trazos de esmeralda. Había un fuerte olor a cloro mezclado con sudor. El solitario nadador aún estaba en el agua haciendo piscinas… usando el estilo mariposa y con mucho músculo tras el mismo.

– ¡Hey, Jimbo! -gritó Kruger.

El nadador alcanzó el extremo alejado, alzó la cabeza del agua y vio el saludo de la mano del consejero. Se deslizó sin esfuerzo hacia nosotros y se empujó hasta sacar medio cuerpo del agua. Estaba al inicio de la cuarentena, llevaba barba y era muy musculoso. Su cuerpo, tostado por el sol, estaba cubierto por vello mojado y enmarañado.

– Hola, Tim.

– Doctor Delaware, éste es Jim Halstead, nuestro entrenador en jefe. Jim, el doctor Alexander Delaware.

– En realidad soy el entrenador único – Halstead hablaba con una voz profunda que emergía de su abdomen-. Le estrecharía la mano, pero la mía está más bien mojada.

– No se preocupe-sonreí.

– El doctor Delaware es un psicóloco infantil, Jim. Está haciendo una visita a la casa como posible Caballero.

– Me encanta haberle conocido, doctor, y espero que se una a nosotros. Esto es muy bonito, ¿no le parece? – extendió un largo y moreno brazo hacia el cielo de Malibú.

– Maravilloso.

– Jim trabajaba antes en plena ciudad -dijo Kruger -. En la Escuela Superior de Artes Manuales. Luego supo lo que más le convenía.

Halstead se echó a reír.

– Tardé demasiado en descubrirlo. Soy un tipo tranquilo, pero cuando un mono con cuchillo te amenaza porque le mandas que hagas unas flexiones, entonces dices basta.

– Estoy seguro de que esas cosas no pasan aquí – comenté.

– Ni hablar -retumbó-. Los chicos son estupendos.

– Lo que me hace recordar, Jim, que tengo que hablar contigo de un programa que tendremos que preparar para Rodney Broussard -le interrumpió Kruger-. Algo para ayudarle a que tenga confianza en sí mismo.

– Cuando quieras.

– Luego hablamos, Jim.

– De acuerdo. Vuelva por aquí, Doc.

El peludo cuerpo entró en el agua, un rápido torpedo, y nadó como una foca hasta el fondo de la piscina.

Dimos un paseo de medio kilómetro alrededor de la periferia de la institución. Kruger me mostró la enfermería, una pequeña habitación inmaculadamente blanca con una mesa de exámenes y un camastro, de cromados resplandecientes y hediendo a antiséptico. Estaba vacía.

– Tenemos una enfermera a media jornada, que trabaja por las mañanas. Por razones obvias no nos podemos permitir un doctor.

Me pregunté si Majestic Oil u otro benefactor no podría donar el salario de un médico empleado a parte de su tiempo.

– Pero tenemos la suerte de contar con un cuadro de doctores voluntarios, algunos de los mejores de la comunidad, que trabajan de modo rotatorio.

Mientras íbamos caminando nos cruzábamos con grupos de chicos y consejeros. Kruger les saludaba con la mano y los consejeros le devolvían el saludo. La mayor parte de las veces los chicos no respondían. Como Olivia había predicho y Kruger confirmado, la mayoría de ellos tenían claros hándicap, físicos o mentales. Los chicos parecían superar a las chicas en tres por una, la mayoría de los pequeños eran negros o hispánicos.

Kruger me hizo entrar en la cafetería, que era de techo alto, paredes estucadas y meticulosamente limpias. Unas mujeres mejicanas que no hablaban nada, se encontraban tras una partición de cristal, impasibles, y servían con tenacillas en las manos. La comida era la típica de las instituciones: estofado, carne picada usada de un modo creativo, gelatina, verduras demasiado cocidas y salsa espesa.

Nos sentamos en una mesa estilo de las de picnic y Kruger fue por detrás del mostrador de la comida a una salita trasera. Emergió con una bandeja con café y pastas danesas. Las pastas parecían de primera calidad. No había visto nada similar tras el cristal, en el mostrador.

Al otro lado de la sala, un grupo de niños estaban sentados en una mesa comiendo y bebiendo bajo los ojos vigilantes de dos consejeros estudiantes. En realidad, hubiera sido más correcto decir que estaban intentando comer. Aun desde la ditancia podía ver que sufrían de parálisis cerebral, algunos de ellos estaban espásticamente rígidos, otros se estremecían en movimientos involuntarios de cabeza y miembros, y tenían que luchar para llevar la comida de la mesa a su boca. Los consejeros los miraban y, a veces, les animaban verbalmente. Pero no les ayudaban físicamente y buena parte de la gelatina y la pasta estaba yendo a parar al suelo.

Kruger mordió con mucho gusto una pasta de chocolate. Yo tomé una de canela y jugueteé con ella. Él sirvió los cafés y me preguntó si tenía que explicarme algo más.

– No. Todo parece muy impresionante.

– Muy bien. Entonces, déjeme que le hable acerca de la Brigada de Caballeros.

Me dio una historia resumida del grupo de voluntarios, insistiendo en la sabiduría que había mostrado el Reverendo Gus al lograr el apoyo de las empresas locales.

– Los Caballeros son individuos maduros, de éxito. Ellos representan la única posibilidad que tienen estos chicos de encontrarse con un modelo de rol masculino estable. Ellos son personas que han logrado situarse, la crema de nuestra sociedad y, como tales, les dan a nuestros chicos una poco común ojeada de lo que es el éxito. Les enseñan que, desde luego, es posible lograr ese éxito. Pasan tiempo aquí en La Casa con los crios, y se los llevan fuera… a acontecimientos deportivos, películas, obras de teatro, a Disneylandia. Y a sus casas para comidas en familiar. Esto da a los niños acceso a un estilo de vida que jamás han conocido. Y también es muy valioso para los hombres. Pedimos un compromiso por seis meses y un sesenta por ciento se apuntan a una segunda o tercera ronda.

– ¿Y no puede ser frustrante para los chavales -le pregunté -, el probar lo que es esa buena vida que está fuera de su alcance?

Estaba preparado para ésta.

– Buena pregunta, doctor. Pero nosotros no ponemos énfasis en que nada esté fuera del alcance de nuestros niños. Queremos que sientan que lo único que los limita es su propia falta de motivación. Que tienen que responsabilizarse de sí mismo. Que pueden alcanzar el cielo… ése es el título de un libro escrito por el Reverendo Gus para los chicos: Tocar el cielo. Tiene historietas, juegos, páginas que colorear. Les enseña un mensaje positivo.

Era como Norman Vicent Peale con un toque de jerga psicológica humanista. Miré más allá y vi a los niños paralíticos batallando con su comida. Ninguna cantidad de contacto con los miembros de las clases privilegiadas les iba a conseguir a ellos el llegar a ser miembros del Club de Yates, una invitación para el Baile de Debutantes de la más alta sociedad de San Marino o un Mercedes en el garaje.

Hay límites al poder del pensamiento positivo.

Pero Kruger tenía su guión y se adhería al mismo. Yo debía de admitir que era muy bueno en ello, que había leído todas las publicaciones adecuadas y que podía citar estadísticas como uno de los genios de la Rand Corporation. Era el tipo de plática que estaba destinada a hacer que la mano de uno se le fuese sola hacia la cartera.

– ¿Quiere alguna otra cosa? -me dijo tras acabar una segunda pasta. Yo ni había tocado la primera.

– No, gracias.

– Entonces regresemos. Son casi las cuatro. Pasamos rápidamente por el resto del lugar. Había un corral para pájaros en el que una docena de gallinas picoteaban las barras como palomos skinnerianos, una cabra atada al extremo de una larga cuerda que estaba comiendo basura, hamsters corriendo incesantemente en norias de plástico y un basset que ladraba medio a desgana al cielo que oscurecía. La escuela había sido en otro tiempo un cuartel, el gimnasio un almacén de la Segunda Guerra Mundial, según me informó. Ambos habían sido remodelados, artística y creativamente, por muy poco dinero, por alguien que tenía una mano maestra para el camuflaje. Felicité al diseñador.

– Es obra del Reverendo Gus. Su mano puede notarse en cada centímetro cuadrado de este lugar. Es un hombre muy singular.

Mientras nos dirigíamos a la oficina de McCaffrey volví a ver, de nuevo, los edificios de color ceniza, al borde del bosque. Desde más cerca podía ver que se trataba de cuatro estructuras, con techos de cemento, sin ventanas y semienterradas en tierra, como si fueran bunkers, con rampas como túneles que descendían hasta puertas de hierro. Kruger no daba ninguna muestra de que fuera a explicarme lo que eran, así que se lo pregunté.

Miró por encima de su hombro.

– Almacenes -dijo casualmente-. Venga. Regresemos.

Habíamos hecho un círculo completo, volviendo al edificio administrativo, cubierto de cúmulos. Kruger me escoltó hacia el interior, me estrechó la mano, me dijo que esperaba tener noticias mías y que me prepararía los materiales selectivos mientras yo estaba hablando con el Reverendo. Luego me entregó a las buenas manos de la Abuela, la recepcionista, que se despegó de su Olivetti y me suplicó dulcemente que esperase unos pocos instantes al Gran Hombre.

Tomé un ejemplar del Fortune y trabajé muy duro en tratar de interesarme por un artículo sobre el futuro de los microprocesadores en la industria de las máquinas-herramienta, pero las palabras se emborronaban y se convertían en marchas grises gelatinosas. Las futuradas tenían ese efecto en mí.

Apenas sí había tenido la oportunidad de descruzar las piernas cuando se abrió la puerta. Aquí eran muy estrictos en cuestiones de puntualidad. Comencé a sentirme como un trozo de materia prima… realmente no importaba de qué clase, que estaba siendo llevada a lo largo de una cadena de montaje: fundida, moldeada, manipulada, apretada e inspeccionada.

– El Reverendo Gus le verá ahora -dijo la Abuela. Había llegado el momento, supuse, del pulimentado final.

16

Si hubiera estado en pie fuera, hubiera tapado el sol.

Tenía un metro noventa y cinco de alto y pesaba más de ciento cincuenta kilos, una montaña con forma de pera, de carne pálida vestida con un traje de color gamuza, camisa blanca y corbata de seda negra del ancho de una toalla para manos de un hotel. Sus zapatos de color tostado eran del tamaño de pequeños botes de vela, sus manos como sacos de arena gemelos. Llenaba el hueco de la puerta. Unas gafas de concha negra colgaban encima de una nariz carnosa que biseccionaba una cara tan aterronada como un pudding de tapioca. Lunares, lobanillos y poros abiertos se abrían camino a lo largo de sus caídas mejillas. Había un toque de África en lo aplanado de su nariz, los labios llenos, tan oscuros y húmedos como el hígado crudo y el cabello de ricitos en caracolillo y del color de las cañerías oxidadas. Sus ojos eran pálidos, casi sin color. Había visto ojos como aquellos antes. En los salmonetes, metidos en cajas entre hielo.

– Doctor Delaware, soy Augustus McCaffrey.

Su mano devoró la mía y luego la liberó. Su voz era extrañamente suave. Por el tamaño que él tenía había esperado algo del estilo de la sirena de un remolcador. Y lo que había surgido era sorprendentemente lírico, apenas si un barítono, suavizado por la cansina cadencia del profundo Sur… Louisiana, supuse.

– Entre, por favor.

Le seguí, como un hindú tras la pista de un elefante, hasta su oficina. Era amplia y con buenas ventanas, pero no más elegantemente montada que la sala de espera. Las paredes estaban cubiertas con la misma imitación de madera y estaban desprovistas de toda decoración, excepto el gran crucifijo de madera que colgaba sobre el escritorio, que era un rectángulo de fórmica y acero que parecía excedente del gobierno. El techo era bajo, de cuadrados blancos perforados, que colgaban de una rejilla de aluminio. Había una puerta tras el escritorio.

Me senté en una de un trío de sillas tapizadas en vinilo. Él se aposentó en una silla giratoria que gruñó en protesta, entrelazó los dedos y se inclinó hacia adelante sobre el escritorio, que ahora parecía uno de esos en miniatura que hacen para los niños.

– Espero que Tim le haya dado una visita completa y haya contestado a todas sus preguntas.

– Me ha sido de una gran ayuda.

– Bien -arrastró la palabra, convirtiéndola en tres sílabas -. Es un joven muy capacitado. Selecciono mi equipo con mucho cuidado.

Entrecerró los ojos.

– Tal como selecciono a todos los voluntarios. Sólo queremos lo mejor para nuestros niños.

Se echó hacia atrás y puso las manos sobre su tripa.

– Me complace sobremanera que un hombre de su talla haya considerado el unirse a nosotros, doctor. Nunca hemos tenido un psicólogo infantil en la Brigada de Caballeros. Tim me dice que está usted jubilado.

Me contempló jovialmente. Estaba claro que esperaba que yo explicase mi situación.

– Sí. Así es.

– Hum – se rascó tras una oreja, aún sonriendo. Esperando. Yo le devolví la sonrisa.

– ¿Sabe? -dijo al fin -, cuando Tim mencionó su visita pensé que su nombre me resultaba familiar, pero no lograba situarlo. Luego me vino de repente, justo hace unos momentos. Usted dirigió aquel programa para esos niños que fueron víctimas del escándalo en la guardería, ¿no es así?

– Sí.

– Un trabajo maravilloso. ¿Qué tal van esos chicos?

– Muy bien.

– Usted… se retiró justo después de que el programa se hubo acabado, ¿no es cierto?

– .

La enorme cabeza se agitó tristemente.

– Un asunto muy penoso. Si no recuerdo mal el hombre aquel se mató.

– Lo hizo.

– Doblemente trágico. Los pequeñines maltratados de aquel modo y la vida de un hombre echada a perder sin posibilidad de salvación. O… -sonrió -, para usar un término más secular, sin posibilidad de rehabilitación. Son exactamente lo mismo, la salvación y la rehabilitación, ¿no lo cree usted así, doctor?

– Puedo ver similitudes en ambos conceptos.

– Ciertamente, todo depende de la perspectiva de cada uno. Le confieso – suspiró -, que a veces encuentro difícil el divorciarme de mi entrenamiento religioso, cuando estoy enfrentándome con temas referentes a las relaciones humanas. Naturalmente, debo esforzarme en hacerlo, visto el aborrecimiento que muestra nuestra sociedad incluso a la más mínima relación entre Iglesia y Estado.

No estaba protestando. El ancho rostro estaba insuflado con una gran calma, nutrido por el dulce fruto del martirio. Parecía en paz consigo mismo, tan contento como un hipopótamo puesto al sol en un charco de barro.

– ¿Cree usted que ese hombre… el que se mató… podría haber sido rehabilitado? -me preguntó.

– Es difícil de decir. Yo no le conocí. Aunque las estadísticas sobre el tratamiento de pedófilos de toda la vida no son demasiado animadoras.

– Las estadísticas -jugueteó con la palabra, dejandola rodar lentamente por su lengua. Le encantaba el sonido de su propia voz -. Las estadísticas son números fríos, ¿no es así? Con ninguna consideración hacia el individuo. Y, según me ha informado Tim, en un nivel matemático las estadísticas no tienen relevancia alguna para el individuo. ¿Es eso correcto?

– Cierto.

– Cuando la gente cita estadísticas me recuerda aquel chiste acerca de la mujer Okie… los chistes sobre los Okies, la gente de Oklahoma, estaban muy de moda antes de que usted naciese. Resulta que esa Okie había dado a luz a diez niños con relativa ecuanimidad, pero se mostró muy agitada al enterarse de que estaba preñada con el onceavo. Su doctor le preguntó el porqué, después de haber pasado por las labores del encontrarse en estado y parir en diez ocasiones, se mostraba repentinamente tan desmoralizada. Y ella le contestó que había leído que cada onceavo niño nacido en Oklahoma era indio, y que, ¡maldita sea si ella iba a criar a un piel roja!

Se rió, con su tripa agitándose, los ojos rendijas oscuras. Sus gafas se le deslizaron por la nariz y él las volvió a subir.

– Eso, doctor, resume mi punto de vista acerca de las estadísticas. ¿Sabe? La mayor parte de los niños de La Casa eran estadísticas antes de llegar aquí… números de historial de un doctor en los archivos del Tribunal de Protección de Menores, códigos para que los encargados de casos del Departamento de Servicios Sociales los catalogasen, valoraciones en los tests del Cociente de Inteligencia. Y todos esos números decían que no había esperanza para ellos. Pero nosotros los cogemos y trabajamos extenuantemente para transformar esos números en pequeños individuos. A mí no me importa el Cociente de Inteligencia de un niño, yo lo que quiero es ayudarle a que pueda reclamar su derecho de nacimiento a ser un ser humano: las oportunidades, una salud y un bienestar básicos y, si me permite un lapsus de clérigo, un alma. Pues hay un alma en cada uno de esos niñitos, aun en los que sólo funcionan a un nivel vegetativo.

– Estoy de acuerdo en que es bueno el no estar limitado por los números -su hombre, Kruger, había hecho buen uso de las estadísticas cuando éstas le iban bien para sus propósitos y hubiera apostado a que La Casa empleaba uno o dos ordenadores para listar los números correctos, cuando la ocasión lo requería.

– Nuestro trabajo consiste en efectuar cambios. Es algún tipo de alquimia. Y es por esto que los suicidios… cualquier tipo de suicidio, me entristecen tan profundamente. Pues todos los hombres son capaces de salvarse. Ese hombre era un perdedor, en el sentido más definitivo de la palabra. Pero, naturalmente -bajó la voz -, el que abandona se ha convertido en el arquetipo del hombre moderno, ¿no es así doctor? Se ha puesto de moda el alzarse de hombros en signo de impotencia, tras una mínima simulación de esfuerzo. Todo el mundo desea soluciones rápidas y sin esfuerzo.

Incluyendo, no cabía duda alguna, aquellos que se jubilaban a los treinta y dos.

– Cada día suceden milagros, justo en este lugar. Chicos que habían sido dados por casos perdidos ganan un nuevo sentido de sí mismos. Un crío que no sabe dominarse aprende a controlar sus tripas -hizo una pausa, tal cual un político tras una frase que merece un aplauso -. Los niños llamados retrasados aprenden a leer y escribir. Milagros pequeños, quizá, cuando se los mide con los del Hombre caminando sobre la Luna, o quizá no.

Sus cejas se arquearon, los gruesos labios se abrieron para mostrar unos dientes de caballo, muy separados entre sí.

– Naturalmente, doctor, si usted cree que la palabra milagro es indebidamente sectaria, podemos sustituirla por éxito. Ésa sí es una palabra con la que puede identificarse el americano medio: el éxito.

Viniendo de cualquier otro, podría haber sido un sermón de baratillo, propio de uno de esos predicadores dominicales de tres al cuarto. Pero McCaffrey era bueno y sus palabras tenían la convicción de alguien que ha sido ordenado para que lleve a cabo una misión sagrada.

– ¿Podría preguntarle -me interrogó con tono placentero-, por qué se retiró usted?

– Quería tener un cambio de ritmo, Reverendo. Tiempo para ordenar mi tabla de valores.

– Le comprendo. La reflexión puede ser profundamente valiosa. Sin embargo, espero que no se ausente usted por demasiado tiempo de su profesión. Necesitamos gente buena en su campo.

Aún estaba predicando, pero ahora estaba mezclando el sermón con una dosis de masaje a mi ego. Comprendí por qué lo apreciaban tanto los jefazos de las grandes empresas.

– De hecho, he empezado a echar en falta el trabajar con niños. Que es el motivo por lo que me he puesto en contacto con ustedes.

– Excelente, excelente. La pérdida de la psicología será en nuestro beneficio. Usted trabajó con el Pediátrico del Oeste, ¿no es así? Creo recordar haberlo leído en el periódico.

– Allí y en una consulta particular.

– Es un hospital de primera. Enviamos allí a muchos de nuestros niños cuando surge la necesidad de cuidados médicos. Estoy relacionado con varios de los médicos de su plantilla y muchos de ellos han sido muy generosos… en la entrega de sí mismos.

– Son unos hombres muy ocupados, Reverendo; debe usted de ser muy persuasivo.

– En realidad no; no obstante, me doy perfecta cuenta de la existencia de una necesidad humana básica de dar, o si lo prefiere, de una motivación altruística. Sé que esto choca de frente con la psicología moderna, que limita la noción de la motivación a la autogratificación, pero estoy convencido de que tengo la razón. El altruismo es algo tan básico como el hambre y la sed. Usted, por ejemplo, satisfizo sus propias necesidades altruísticas dentro de los límites de su profesión elegida. Pero, cuando dejó de trabajar, volvió ese hambre. Y -abrió los brazos -, aquí está.

Abrió un cajón de su escritorio, sacó un opúsculo y me lo entregó. Era muy deslumbrante y estaba muy bien hecho, tan cuidado como el informe trimestral de un conglomerado industrial.

– En la página seis podrá ver una lista parcial de nuestro directorio.

La hallé. Para ser una lista parcial era impresionante, extendiéndose a todo lo largo de la página y en letra pequeña. Y resultaba deslumbradora: incluía dos supervisores del condado, un miembro del consejo municipal, el alcalde, jueces, filántropos, grandes nombres del mundo del espectáculo, abogados, hombres de negocios y muchos médicos, algunos de cuyos nombres reconocí. Como L. Willard Towle.

– Todos esos son hombres muy atareados, doctor. Y, sin embargo, hallan el tiempo necesario para nuestros niños. Porque sabemos llegar hasta el recurso interno, la fuente del altruismo.

Fui pasando páginas. Había una carta de recomendación del gobernador, muchas fotos de chavales pasándoselo bien, y aún más fotos de McCaffrey. Su enorme masa aparecía con un traje de mil rayas en el show televisivo de Donahue, con smoking en una gala benéfica en el Music Center, con chandal y un grupo de sus jóvenes en la línea de llegada de las Olimpiadas Especiales. McCaffrey con personalidades de la televisión, con líderes del movimiento por los derechos civiles, con cantantes de música country y presidentes de bancos.

A mitad del folleto encontré a McCaffrey fotografiado en una sala que reconocí como el salón de conferencias del Pediátrico del Oeste. Junto a él, con el cabello cano brillando, estaba Towle. Al otro lado había un hombrecillo, con aspecto de rana, cuadrado, hosco incluso cuando sonreía. Era el tipo con ojos a lo Peter Lorre cuya fotografía había visto en la consulta de Towle. El texto bajo la foto lo identificaba como el Honorable Edwin G. Hayden, juez supervisor del Tribunal de Protección de Menores. La ocasión era la charla que había dado McCaffrey al equipo médico sobre: «La asistencia social a los niños: pasado, presente y futuro».

– ¿Está muy implicado en La Casa el doctor Towle? – pregunté.

– Pertenece a nuestro Comité y es uno de los médicos que hacen un trabajo rotatorio. ¿Lo conoce usted?

– Nos hemos visto. De un modo casual. Pero le conozco muy bien por su reputación.

– Sí, es toda una autoridad en la pediatría del comportamiento. Sus servicios nos son muy valiosos.

– Estoy seguro de ello.

Pasó el siguiente cuarto de hora enseñándome su libro, un volumen impreso localmente, de tapas blandas y lleno de lugares comunes muy edulcorados y una parte gráfica de primer orden. Le compré un ejemplar, por quince pavos, después de que me largó una versión más sofisticada de la petición de dinero envuelta en palabrería que antes me había soltado Kruger. El ambiente de la oficina, con sus muebles que parecían comprados en un saldo, daba credibilidad a su petición. Además, me había aprobado en lo que a pensamiento positivo se refería y aquél parecía un precio bajo por un descanso en el acoso.

Tomó los tres billetes de cinco dólares, los dobló y los metió ostentosamente en un cepillo para limosnas que tenía sobre su escritorio. El receptáculo estaba empapelado con el dibujo de un niño de aspecto solemne con unos ojos que rivalizaban con los de Melody Quinn en tamaño, luminosidad y la habilidad de proyectar una sensación de dolor interno.

Se puso en pie, me dio las gracias por haber venido y tomó mi mano entre las dos suyas.

– Espero verle pronto de nuevo, doctor. Ahora era mi turno de sonreír.

– De eso puede estar seguro, Reverendo.

La Abuela me estaba aguardando y, en cuanto entré en la sala de espera vino con un montón de impresos unidos por grapas y un par de lápices del número dos y punta muy afilada.

– Puede llenar esto aquí mismo, doctor Delaware – me dijo dulcemente.

Yo miré mi reloj.

– Uff, es mucho más tarde de lo que me imaginaba. Tendré que irme a toda prisa.

– Pero… -enrojeció.

– ¿Qué le parece si me da todo eso, para que me lo lleve a casa? Los llenaré y se los mandaré por correo.

– ¡Oh, no! ¡No puedo permitírselo! ¡Éstos son tests psicológicos! -apretó los papeles contra su pecho-. Las reglas dicen que tiene usted que llenarlos aquí.

– Bueno, pues entonces tendré que volver en otra ocasión – hice gesto de irme.

– Espere. Deje que se lo pregunte a alguien. Le preguntaré al Reverendo Gus si es…

– Me dijo que se iba a retirar para un período de meditación. No creo que desee que le molesten.

– Oh -estaba desorientada-. Tengo que preguntárselo a alguien. Espéreme aquí, doctor, y encontraré a Tim.

– Seguro.

Cuando se hubo ido, me deslicé por la puerta sin que nadie me viera.

El sol ya casi se había puesto. Era ese período de transición del día, cuando la paleta de colores diurnos va siendo rascada lentamente, con los colores desapareciendo para revelar una capa gris, ese segmento ambiguo del crepúsculo cuando todo se ve como un poco borroso en los bordes.

Caminé hacia mi coche, desconcertado. Había pasado tres horas en La Casa y había aprendido poco más que el Reverendo Augustus McCaffrey era un viejo astuto con unas glándulas carismáticas superactivas. Se había tomado el tiempo necesario para examinarme y había querido que yo me diese cuenta de ello. Pero sólo un paranoico hallaría algo ominoso en aquello. Estaba fanfarroneando, demostrándome lo bien informado y preparado que estaba. Lo mismo se podía decir de su ostentación de la abundancia de amigos que tenía en altos cargos. Era un puro flexionar los músculos psicológicos. El poder respetaba al poder, la fuerza gravitaba hacia la fuerza. Cuantas más conexiones pudiera mostrar McCaffrey más iba a lograr. Y aquél era el camino hacia la pasta abundante. Esto y los limosneros decorados con enanitos de ojos tristes.

Tenía la llave en la puerta del Seville y estaba de cara al campus de la institución. Se veía vacío y silencioso, como una granja bien llevada después de que se había hecho todo el trabajo. Probablemente era la hora de cenar, con los chicos en la cafetería, los consejeros vigilándoles y el Reverendo Gus soltándoles una elocuente bendición.

Me sentía como un tonto.

Estaba a punto de abrir la puerta cuando capté un movimiento cerca de la arboleda del Bosquecillo, a varios cientos de metros en la distancia. Era difícil estar seguro, pero creí ver una lucha, oír el sonido de gritos apagados.

Puse las llaves del coche otra vez en mi bolsillo y dejé que el ejemplar del libro de McCaffrey cayese a la grava. Ño había nadie más a la vista, excepto el guardia en la garita de la entrada y su atención estaba enfocada en la dirección opuesta. Necesitaba acercarme sin ser visto. Cuidadosamente, recorrí el camino que bajaba la colina en la que se hallaba el aparcamiento, manteniéndome a la sombra de los edificios siempre que me era posible. Las formas en la distancia se estaban moviendo, pero lentamente.

Me apreté contra la pared rosa flamenco del dormitorio situado más al sur, que era lo más lejos que podía llegar sin abandonar la cobertura. El suelo estaba húmedo y reblandecido, el aire podrido con los vapores que salían de un cercano contenedor de basuras. Alguien había tratado de escribir JODER en la pintura rosa, pero el metal ondulado era una superficie hostil y sólo había admitido rasguños, como de uña de pollo. Ahora los sonidos eran más fuertes y más claros, y eran definitivamente gritos de dolor… sonidos animales, quejumbrosos y fuertes.

Pude ver tres siluetas, dos grandes y una mucho más pequeña. La pequeña parecía estar caminando en el aire.

Me acerqué más, centímetro a centímetro, atisbando por la esquina. Las tres figuras pasaron ante mí, quizá a unos diez metros de distancia, moviéndose a lo largo del borde sur de la institución. Caminaban a través del cemento que rodeaba a la piscina y llegaron bajo la iluminación de una luz amarilla antiinsectos que estaba fijada al alero de la caseta de la piscina.

Fue entonces cuando los vi claramente, como congelados en un destello de la luz limón.

La figura pequeña era Rodney y parecía suspendida porque estaba siendo llevada en el firme abrazo de Halstead, el entrenador, y de Tim Kruger. Lo aferraban por debajo de los brazos, con lo que sus pies colgaban a centímetros por encima del suelo.

Eran unos hombres fuertes, pero el chico estaba luchando con ellos. Se estremecía y pateaba como un hurón atrapado en un cepo, abría su boca y lanzaba un gemido sin palabras. Halstead apretaba una peluda mano sobre la boca, pero el chico lograba soltarse y gritaba de nuevo. Halstead lo amordazaba otra vez y siguieron así hasta que desaparecieron de mi línea de visión; los sonidos alternos de los gritos y los gruñidos apagados era como un enloquecido solo de trompeta que fue haciéndose más débil y al final se perdió en la lejanía.

Entonces sólo hubo silencio y yo estuve solo, con la espalda contra la pared, bañado en sudor, con la ropa mojada y pegada a mi cuerpo. Quería realizar algún acto heroico, romper la atontadora inercia que se había solidificado alrededor de mis tobillos como si fuera cemento de secado rápido.

Pero yo no podía salvar a nadie. Era un hombre que estaba fuera de su elemento. Si los seguía, habría una explicación racional para todo y una manada de guardias para llevarme rápidamente afuera, tomando cuidada nota de mi cara para que nunca más se abrieran las puertas de La Casa ante ella.

No me lo podía permitir, aún no.

Así que allí me quedé, pegado a la pared, enraizado en aquel silencio de ciudad fantasma, sintiéndome mal e inerme. Apreté los puños hasta que me hicieron daño y escuché el seco y urgente sonido de mi propia respiración, que era como el raspar de botas contra los tochos de callejones.

Forcé la imagen del forcejeante chico fuera de mi mente.

Cuando estuve seguro de que nadie me veía, regresé a hurtadillas a mi coche.

17

La primera vez que llamé, a las ocho de la mañana, no me contestó nadie. Media hora más tarde la Universidad de Oregón estaba ya abierta al público.

– Buenos días. Aquí Educación.

– Buenos días. Soy el doctor Gene Adler y les llamo desde Los Ángeles. Estoy con el Departamento de Psiquiatría del Centro Médico Pediátrico del Oeste de Los Ángeles. En la actualidad estamos buscando personal para trabajar como consejeros. Uno de los candidatos ha afirmado en su curriculum que obtuvo el Grado de Master en Consejería para la Educación de su Departamento. Y, como parte de nuestra comprobación rutinaria de credenciales, me pregunto si me podrían corroborar este dato.

– Le pasaré a Marianne, que está en Certificaciones. Marianne tenía una voz cálida y amistosa, pero cuando le repetí mi historia me dijo, firmemente, que sería necesario que hiciese una petición por escrito.

– Por mí no hay inconveniente -le dije -, pero eso llevará tiempo. El trabajo para el que se ha prestado esa persona se le dará a uno de los que se han presentado, competitivamente, para el mismo. Y planeamos tomar una decisión antes de veinticuatro horas. Es una simple formalidad esto de la comprobación de los curriculums, pero nuestro seguro de responsabilidad civil especifica el que debemos de hacerlo. Si lo prefiere puedo hacer que el candidato la llame para autorizarles a facilitar esa información. Al fin y al cabo es a él a quien le interesa.

– Bueno… supongo que no hay nada de malo en ello. Lo único que usted desea es saber si esa persona recibió un grado ¿no? ¿Nada más personal que eso?

– Así es.

– ¿Quién es el candidato?

– Un caballero llamado Timothy Kruger. Su curriculum dice que obtuvo un Master ahí, hace cuatro años.

– Un momento.

Se ausentó por diez minutos, y cuando regresó al teléfono parecía alterada.

– Bueno, doctor, su formalidad ha resultado ser una cosa muy útil. No tenemos datos de que se le haya concedido un grado a ninguna persona de ese nombre en los últimos diez años. Tenemos la información de que un tal Timothy Jay Kruger asistió a las clases de la escuela de graduación, hace cuatro años, durante un semestre, pero no a las de Consejería, sino a las de Enseñanza. Y se fue después de ese único semestre.

– Ya veo. Es muy preocupante. ¿Hay algún dato del motivo por el que abandonó?

– Ninguno. Pero, ¿acaso importa eso ahora?

– No, supongo que no… ¿está usted absolutamente cierta respecto a esto? No querría poner en peligro la carrera del señor Kruger…

– No hay ninguna posibilidad de duda -sonaba ofendida-. Lo he comprobado y vuelto a comprobar, doctor, y luego se lo he preguntado al Jefe del Departamento, el señor Gowdy y él se mostró muy seguro: ningún Timothy Kruger se ha graduado aquí.

– Bueno, eso zanja la cuestión, ¿no es así? Y desde luego da una nueva luz sobre este tal señor Kruger. ¿Podría usted mirarme una cosa más?

– ¿Qué es lo que quiere?

– El señor Kruger también ha indicado una especialización en sus estudios preuniversitarios, en psicología, obtenida en el Jedson College en el estado de Washington. ¿Estará incluido este tipo de información en sus archivos?

– Lo estará en su inscripción en la Escuela de Graduados. Debemos de tener una copia, pero no veo por qué necesita usted el que…

– Marianne, voy a tener que informar de esto al Comité Estatal de Examinadores sobre Ciencias del Comportamiento, porque en este asunto anda por medio un permiso de trabajo estatal. Y quiero tener todos los datos.

– Ya veo. Déjeme mirar. Esta vez regresó al momento.

– Tengo aquí una copia del informe de Jedson, doctor. Sí que le dieron un diploma de especialización, pero no fue en psicología.

– Entonces, ¿en qué fue? Ella se echó a reír.

– En Artes Dramáticas. En actuación.

Llamé a la escuela en la que enseñaba Raquel Ochoa e hice que la sacaran de clase. A pesar de ello, pareció contenta de volverme a oír.

– Hey. ¿Cómo anda la investigación?

– Nos estamos acercando -le mentí -. Por eso la he llamado. ¿Llevaba Elena un diario, o algún tipo de archivo?

– No. Ninguna de nosotras hemos sido escritoras de diarios. Jamás los hemos tenido.

– ¿Ni libretas de notas, grabaciones magnetofónicas, nada de eso?

– Las únicas cintas que le vi eran de música… tenía un cassette en su coche nuevo… y algunas cintas que Handler le dio para ayudarla a relajarse. Para dormir. ¿Por qué?

Ignoré la pregunta.

– ¿Dónde están sus efectos personales?

– Eso usted debería de saberlo. La policía los tenía. Supongo que se los entregarían a su madre. ¿Qué es lo que sucede? ¿Han encontrado algo?

– Nada definido. Nada de lo que pueda hablar. Estamos tratando de hacer que las cosas se ajusten unas con otras.

– No me importa como lo hagan, sólo cácenlo y castíguenlo. ¡Ese monstruo!

Rebusqué un pedazo rancio de falsa confianza y lo embadurné bien por mi voz:

– Lo haremos.

– Sé que usted lo hará.

Su fe me hacía sentir intranquilo.

– Raquel, no estoy cerca de los archivos. ¿Tiene a mano la dirección de su madre?

– Seguro -me la dio.

– Gracias.

– ¿Tiene usted la intención de visitar a la familia de Elena?

– Creo que puede serme útil hablar con ellos en persona. Hubo un silencio al otro extremo. Al fin me dijo:

– Son buena gente. Pero quizá se le cierren a usted.

– Ya me ha pasado eso en otras ocasiones. Ella se echó a reír.

– Creo que sería mejor si yo fuese con usted. Casi soy un miembro más de su familia.

– ¿No sería una molestia para usted?

– No. Quiero ayudar. ¿Cuándo le gustaría ir?

– Esta tarde.

– Muy bien. Saldré pronto, les diré que no me encuentro bien. Venga a recogerme a las dos treinta. Apunte mi dirección.

Vivía en un barrio modesto del Oeste de Los Ángeles, no muy lejos de donde las autopistas de Santa Mónica y San Diego se unen en amoroso matrimonio, un área de bloques de apartamentos poblada por solteros que no se podían pagar la zona de Marina.

Se la veía a una manzana de distancia, esperando en la esquina, vestida con una blusa de crepé color sangre de pichón, falda de tejano azul y botas estilo Oeste de cuero repujado.

Subió al coche, cruzó sus marrones piernas, que no llevaban medias, y sonrió.

– Hola.

– Hola. Gracias por hacer esto.

– Ya le he dicho que esto es algo que deseo hacer. Quiero sentirme útil.

Conduje hacia el norte, rumbo a Sunset. Había jazz en la radio, algo de estilo free y átono, con solos de saxófono que sonaban como sirenas de la policía y tambores como el corazón de un detenido.

– Cambíelo, si no le gusta.

Tocó algunos botones, jugueteó con el mando y halló una emisora de rock suave. Alguien estaba cantando acerca de un amor perdido y viejas películas, entrelazando ambas cosas.

– ¿Qué es lo que quiere que le digan ellos? -me preguntó, arrellanándose.

– Si Elena les contó algo sobre su trabajo… específicamente del chico que murió. Y cualquier cosa sobre Handler.

Había montones de preguntas en sus ojos, pero las mantuvo allí.

– El hablarles acerca de Handler va a ser muy delicado. A la familia no le gustaba la idea de que ella saliese con un hombre que era mucho mayor. Y que además… -dudó-, era un anglo. En situaciones como ésta la tendencia es a negar todo lo que pasa, ni siquiera admitir su existencia. Es algo cultural.

– Hasta cierto punto es humano.

– Hasta cierto punto, quizá. Pero nosotros los hispanos lo hacemos más. En parte es a causa del catolicismo, el resto es por nuestra sangre india. ¿Cómo puede uno sobrevivir en algunas de las regiones desoladas en las que hemos vivido sin negar la realidad? Una sonríe y pretende que todo es verde y fértil y que hay cantidad de agua y de comida, y así el desierto no parece tan malo.

– ¿Alguna sugerencia sobre cómo podría yo darle la vuelta a esa negativa?

– No lo sé -estaba sentada con las manos cruzadas sobre el regazo, como una escolar bien educada -. Creo que será mejor que yo empiece a hablar. Cruz, la mamá de Elena, siempre me ha querido mucho. Quizá yo pueda darle la vuelta. Pero no espere milagros.

No tenía por qué preocuparse por eso

Echo Park es un pedazo de Latinoamérica transportado a las polvorientas y empinadas calles que, aguantadas por terraplenes de hormigón, que ya habían empezado a desmoronarse y se encuentran a ambos lados de Sunset Boulevard, se alzan entre Hollywood y el centro. Las calles tienen nombres como Macbeth y Macduff, Bonnybrae y Laguna, pero son cualquier cosa menos poéticas. Ascienden hacia el sur y luego caen hasta el ghetto de Union District. Hacia el norte también suben, encontrándose con el pequeño parque, centrado por un lago, que da al área su nombre, luego continúan por áridos senderos y se pierden en la incongruente tierra salvaje que mira desde arriba al Dodger Stadium y el Elysian Park, hogar de la Academia de Policía de Los Ángeles.

Sunset cambia cuando deja Hollywood y entra en Echo Park. Los cines pornos y los moteles por horas dejan paso a las boticas y bodegas, a tiendas de discos latinos y a una variedad infinita de chiringuitos de comidas: puestos de venta de tacos, restaurantes de pescado peruanos, hamburgueserías… y restaurantes latinos de primera categoría, peluquerías con los escaparates guardados por cráneos de porexpán con pelucas rubias, pastelerías cubanas, consultorios médicos y bufetes de abogados, bares y clubes sociales. Como muchas áreas pobres, la parte de Sunset en Echo Park está continuamente atestada de tráfico peatonal.

El Seville se fue abriendo paso, lentamente, a través de la muchedumbre de la tarde. En el paseo se notaba un ambiente tan urgente y crujiente como el tocino frito que escupían las freidoras de los puestos de comida. Había chicos que mostraban tatuajes caseros, madres quinceañeras llevando niños gordos en destartalados cochecitos que amenazaban con desmontarse cada vez que subían o bajaban una acera, jugadores de cartas callejeros, charlatanes, consejeros legales de inmigración con camisas almidonadas, mujeres de la limpieza en sus horas libres, abuelas, vendedores de flores, un torrente incesante de niños de ojos castaños.

– Es muy extraño -me dijo Raquel-, el volver aquí en un coche tan espectacular.

– ¿Cuánto hace que se fue usted de aquí?

– Un millar de años.

No parecía desear decir más de ello, así que lo dejé correr. En la Fairbanks Place me dijo que girara a la izquierda. La casa de los Gutiérrez estaba al extremo de un callejón retorcido, que llegaba hasta una cima y luego se convertía en un sendero de tierra que llevaba más allá de la colina. Medio kilómetro más y podríamos haber sido los únicos seres humanos del universo.

Me fijé en que tenía la costumbre de morderse: los labios, los dedos, los nudillos, cuando estaba nerviosa. Y ahora se estaba mordisqueando el pulgar derecho. Me pregunté qué clase de hambre satisfacería aquello.

Conduje cuidadosamente, apenas si había espacio para un solo vehículo, pasando junto a jóvenes vestidos con camisetas y trabajando en viejos coches con la dedicación de sacerdotes en santuarios, y niños chupándose los dedos pringados de caramelo. Hacía mucho, la calle había estado plantada con olmos que habían crecido hasta hacerse enormes. Sus raíces deformaban la acera y en las grietas crecían hierbas. Algunas ramas rozaban el techo del coche. Una vieja con piernas inflamadas envueltas de harapos empujaba un carrito de supermercado lleno de recuerdos hacia arriba de una cuesta que no tenía nada que envidiar a las de San Francisco. Las pintadas cubrían cada centímetro cuadrado de espacio libre, proclamando la inmortalidad de Little Wille Chacón, los Echo Parque Skulls, Los Conquistadores, los Lemoyne Boys y la lengua de María Paula Bonilla.

– Allí -señaló a una casa, estilo cabaña, pintada de verde claro y techada con papel asfáltico de color marrón. El patio delantero era seco y marrón, pero estaba circundado por esperanzados planteles de geranios y grupos de amapolas naranjas y amarillas. En la base de la casa había una hilera de piedras y sobre la entrada un pórtico que daba sombra a un viejo porche de madera en el que se encontraba sentado un hombre.

– Ése es Rafael, el hermano mayor. El que está en el porche.

Encontré un lugar de aparcamiento junto a un Chevy sin ruedas y colocado sobre montones de ladrillos. Giré las ruedas hacia la acera y puse el freno de mano. Salimos del coche y el polvo hizo remolinos alrededor de nuestros tacones.

– ¡Rafael! -llamó ella y saludó con la mano. El hombre del porche tardó un minuto en alzar la vista, tras lo que levantó la mano… parecía que con debilidad.

– Yo antes vivía justo al doblar la esquina -dijo ella, haciéndolo sonar como si fuera una confesión. Me guió media docena de escalones arriba y luego a través de una puerta mosquitera metálica, abierta.

El hombre del porche no se había levantado. Nos contemplaba con aprensión, curiosidad y algo más que no podía identificar. Era pálido y delgado, hasta el punto de ser esquelético, con la misma curiosa mezcla de facciones hispánicas y coloración clara que su difunta hermana. Sus labios no tenían sangre, sus ojos eran de párpados pesados. Parecía ser víctima de alguna enfermedad del sistema. Vestía una camisa blanca de manga larga y llevaba las mangas arrolladas hasta justo los codos; le hacía globo alrededor de la cintura, porque era varios números demasiado grande. Sus pantalones eran negros y parecían como si en otro tiempo hubieran sido parte del traje de un hombre gordo. Sus zapatos estaban cuarteados en las puntas y los llevaba sin anudar, con las lengüetas saliendo y mostrando unos gruesos calcetines blancos. Su cabello era corto y lo llevaba peinado hacia atrás.

Estaba a mitad de los veinte, pero tenía el rostro de un anciano, una máscara cansina y desconfiada.

Raquel fue hasta él y le dio un beso ligero en lo alto de la cabeza. Él alzó la vista hacia ella, pero no se movió.

– Hola, Rocky.

– ¿Cómo estás, Rafael?

– Okey -asintió con la cabeza y por un momento pareció como si ésta se le fuera a despegar del cuello. Dejó que sus ojos se clavasen en mí; tenía dificultades para enfocarlos.

Raquel se mordió el labio.

– Venimos a verte, y a Andy, y a tu mami. Éste es Alex Delaware, trabaja con la policía. Está dedicado a la investigación del caso… de Elena.

El rostro mostró alarma, luego las manos se apretaron a los brazos del sillón. Después, como respondiendo a la indicación de un director escénico para que se relajase, me sonrió, se arrellanó un poco y me hizo un guiño.

– Vale -dijo.

Tendí mi mano. Él la miró, desconcertado, la reconoció como la de un amigo largo tiempo perdido, y extendió su propia y delgada garra.

Su brazo estaba penosamente desnutrido, un montón de palos sostenidos juntos por el papel de envolver. Mientras nuestros dedos se tocaban, su manga se fue más hacia atrás y vi las señales de punzadas. Había montones. La mayoría tenía aspecto de ser antiguas, como hinchadas manchas de carbón, pero algunas eran frescas y sonrosadas. Una, en particular, no era ninguna antigualla, mostrando aún una gotita de sangre en el centro.

Su apretón de manos era húmedo y trémulo. Lo solté y el brazo cayó inerte a su costado.

– Hola, amigo – dijo, apenas si audible -. Qué bueno que viniste.

Se volvió, perdido en su propio sueño-infierno atemporal. Por primera vez escuché la música de otro tiempo que salía de una radio a transistores barata, que estaba en el suelo junto a su sillón. La mala caja de plástico reverberaba con la estática. La reproducción del sonido era atroz, la música tenía la cualidad fangosa de unas notas que hubieran sido filtradas a través de un kilómetro de barro. Rafael tenía la cabeza echada hacia atrás, estaba en éxtasis. Para él era como si el Coro Celestial le estuviera trasmitiendo directamente a sus lóbulos temporales.

– Rafael -sonrió ella.

Él la miró, sonrió, asintió con la cabeza y ya estuvo ido. Se lo quedó mirando, con lágrimas en los ojos. Me moví hacia ella y se apartó, airada y avergonzada.

– Maldita sea.

– ¿Cuánto tiempo hace que se pincha?

– Años, pero pensé que lo había dejado. La última noticia que tuve era de que lo había dejado -alzó la mano hacia su boca, se tambaleó como si se fuera a caer. Yo me coloqué para cogerla, pero ella se afianzó-. Se quedó colgado en el Vietnam. Volvió a casa con una adicción muy fuerte. Elena empleó montones de horas y de dinero para tratar de ayudarle a salir de eso. Lo intentó una docena de veces, pero cada vez volvía a caer de nuevo. Pero ahora ya llevaba un año sin pincharse, y Elena estaba muy contenta. Incluso había conseguido un trabajo para hacer paquetes en Lucky's, en Alvarado.

Se enfrentó a mí, con las aletas de su nariz vibrando, los ojos flotando como lirios negros en un estanque salado, los labios temblando como cuerdas de un arpa.

– Todo se está viniendo abajo.

Se agarró el poste del porche para sostenerse. Yo me puse tras ella.

– Lo siento.

– Siempre fue el más sensible. Silencioso, nunca tenía citas con chicas, no tenía amigos. Le pegaban muchas palizas. Cuando su padre murió, trató de hacerse cargo, de ser el hombre de la casa. La tradición dice que debe de hacerlo el hermano mayor. Pero no funcionó, nadie le tomaba en serio. Se reían de él. Todos lo hacíamos. Así que lo dejó correr, como si hubiera fallado en algún tipo de examen final. Dejó de ir a la escuela, se quedaba en casa y leía cómics o miraba la televisión todo el día… se limitaba a mirar a la pantalla. Cuando el Ejército dijo que lo necesitaba, pareció contento. Cruz lloró al verlo marcharse, pero él era feliz…

Lo miré, sentado tan bajo que casi estaba paralelo al suelo. Tragado por el sueño de los drogotas, su boca estaba abierta y roncaba sonoramente. La radio tocaba la canción «Papaíto está en casa».

Raquel se atrevió a darle otra mirada y luego apartó la cabeza, disgustada. Tenía una expresión de noble sufrimiento, como la de una virgen azteca que estuviese haciendo acopio de valor para el sacrificio final.

Puse mis manos en sus hombros y ella se echó hacia atrás entre mis brazos. Se quedó así, tensa y sin ceder un ápice, permitiéndose una mísera ración de lágrimas.

– Esto es un comienzo realmente infernal – dijo. Inhalando profundamente, soltó luego el aliento con un aroma de té del Canadá. Se secó los ojos y se dio la vuelta-. Debe de pensar usted que lo único que hago es llorar. Venga, vamos dentro.

Abrió la puerta mosquitero, que dio un fuerte golpe contra la madera de la puerta de la casa.

Entramos en una pequeña habitación-recibidor, amueblada con reliquias viejas pero bien cuidadas. Era cálida y oscura, con las ventanas cerradas y cubiertas con amarillentas persianas de pergamino… era una habitación poco acostumbrada a los visitantes. Unas gastadas cortinas de encaje estaban recogidas con lazos, a ambos lados de las ventanas y unos cobertores a juego cubrían los brazos de los asientos: un sofá y un sillón, que estaban tapizados en pana de color verde oscuro, con los puntos desgastados brillantes y del color de loros de la jungla; y dos mecedoras de enea. Una pintura de los dos hermanos Kennedy muertos, en terciopelo negro, colgaba encima de la chimenea. Y sobre las mesillas de al lado de los sillones, también cubiertas con mantelillos de encaje, se veían tallas en madera y ónice mejicano. Había dos lámparas de pie, con pantallas de cuentas, un Jesús agonizante, en yeso, que colgaba de la pared encalada junto a una naturaleza muerta consistente en una cesta de naranjas. Retratos familiares en adornados marcos cubrían otra pared y, suspendida muy por encima de éstos, se encontraba una gran foto de la graduación de Elena. Una araña corría por donde la pared y el techo se unían.

Una puerta hacia la derecha revelaba un pedazo de mosaico blanco. Raquel fue hasta allí y atisbo.

– ¿Señora Cruz?

La apertura de la puerta se agrandó y una baja y gruesa mujer apareció, con el trapo de secar platos en la mano. Llevaba un vestido azul estampado, sin cinturón, y su cabello gris-blanquecino estaba recogido en un moño y aguantado por una peineta de imitación de tortuga. De sus orejas colgaban pendientes de plata y puntos salmón de colorete marcaban sus mejillas. Su piel tenía el aspecto delicado, suave como de bebé, común a las mujeres mayores que han sido hermosas.

– ¡Raquelita!

Dejó el trapo, salió y ambas se abrazaron durante largo rato.

Cuando me vio sobre el hombro de Raquel, sonrió.

Pero su rostro se cerró tan firmemente como la caja fuerte de un prestamista. Se soltó y me hizo una pequeña reverencia.

– Señor -dijo con demasiada deferencia y miró a Raquel, enarcando una ceja.

– Señora Gutiérrez.

Raquel habló con ella rápidamente en español. Yo capté las palabras «Elena», «policía» y «doctor»; y acabó con una pregunta.

La anciana escuchó educadamente, y luego negó con la cabeza.

– No -algunas cosas son iguales en cualquier idioma. Raquel se volvió hacia mí.

– Dice que no sabe nada más de lo que ya le dijo a la policía en la primera ocasión.

– ¿Puede preguntarle acerca del chico ese, Nemeth? De eso no le preguntaron la otra vez.

Se volvió para hablar, pero se interrumpió.

– ¿Por qué no nos lo tomamos con calma? Ayudaría mucho si comiéramos algo, si la dejásemos ser nuestra anfitriona, que nos invite.

Yo tenía verdadera hambre y se lo reconocí. Ella le pasó el mensaje a la señora Gutiérrez, que asintió con la cabeza y regresó a su cocina.

– Sentémonos -dijo Raquel.

Yo tomé el sillón y ella se puso en un rincón del sofá. La señora volvió con galletas y fruta, y café caliente. Le preguntó algo a Raquel.

– A ella le gustaría saber si esto es bastante, o si preferiría algo de chorizo hecho en casa…

– Haga el favor de decirle que esto está muy bien. No obstante, si cree que caso de aceptar el chorizo las cosas irán mejor, entonces estaré muy contento de hacerlo.

Raquel habló de nuevo. Unos momentos más tarde, me enfrentaba a un plato de salchicha con pimentón, arroz, judías refritas y ensalada aliñada con aceite y limón.

– Muchas gracias, señora – dije en español y ataqué el plato.

No podía entender mucho de lo que estaban hablando, pero sonaba a chismorreos. Las dos mujeres se toqueteaban mucho, dándose palmaditas en las manos, acariciándose las mejillas. Sonreían y parecían haberse olvidado de mi presencia.

De repente cambió el viento y las risas se transformaron en lágrimas. La señora Gutiérrez salió corriendo de la habitación, buscando el refugio de su cocina.

Raquel agitó la cabeza.

– Estábamos hablando de los viejos tiempos, cuando Elena y yo éramos niñitas. Como jugábamos a secretarias entre los matorrales, haciendo ver que eran escritorios y máquinas de escribir. Fue demasiado para ella.

Eché el plato a un lado.

– ¿Cree que deberíamos irnos? -le pregunté.

– Esperemos un poco -me llenó la taza de café y se sirvió otra ella-. Será más respetuoso.

A través de la mosquitera podía ver la rubia coronilla de Rafael sobre el borde de su sillón. Su brazo había caído, de forma que sus uñas tocaban el suelo. Estaba más allá del placer o el dolor.

– ¿Ha hablado de él? -pregunté.

– No. Como ya le he dicho, es más fácil negar la realidad.

– Pero, ¿cómo puede estar sentado ahí afuera, pinchándose, justo delante de ella, sin ocultarlo en absoluto?

– Antes acostumbraba a llorar mucho por eso. Pero, al cabo de un tiempo aceptas el hecho de que las cosas no van a ser tal como a ti te gustaría que fueran. Y, créame, ella ya ha tenido mucho entrenamiento en ese respecto. Si uno le pregunta acerca de él, dirá que está enfermo. Tal cual si tuviera un constipado, o la viruela. Es sólo cuestión de hallar la cura adecuada. ¿Ha oído usted hablar de los curanderos?

– Sí. Muchos de los pacientes hispánicos del hospital los usaban al mismo tiempo que la medicina convencional.

– Pero, ¿sabe cómo actúan? A base de preocuparse por sus pacientes. En nuestra cultura consideramos al profesional frío y distante como a alguien que no se preocupa, alguien que tanto puede echarte el mal de ojo, como curarte. En cambio, el curandero no ha tenido ninguna educación formal y no dispone de los recursos de la tecnología, si acaso sólo tiene algunas hierbas y polvos de serpiente; pero se preocupa. Vive en la comunidad, es una persona cálida y familiar, tiene una tremenda relación con sus pacientes. En cierto modo, es más un psicólogo popular que un doctor. Es por eso por lo que le sugerí a usted que comiese… para establecer una relación personal. Le he dicho que es usted una persona que se preocupa… de lo contrario ella no hubiera abierto la boca. Hubiera sido muy educada, toda una señora, Cruz pertenece a la vieja escuela, pero le hubiera dejado igualmente a oscuras.

Dio un sorbito de su café.

– Es por eso por lo que la policía no averiguó nada cuando vino aquí, por lo que nunca descubren nada en Echo Park, o el Este de Los Ángeles o San Fernando. Son demasiado profesionales. No importa lo bien intencionados que estén, aquí los vemos como robots anglos. Usted sí que se preocupa, doctor, ¿no?

– Sí.

Me tocó la rodilla.

– La señora Cruz llevó a Rafael a un curandero hace años, cuando empezó a dejar de ir por la escuela. El hombre le miró a los ojos, y dijo que estaban vacíos. Le dijo a ella que era una enfermedad del alma, no del cuerpo. Que el chico tendría que serle entregado a la Iglesia, como sacerdote o monje, para que pudiese hallar un papel útil para él mismo.

– No fue un mal consejo. Volvió a dar otro sorbo a su café.

– No. Algunos de ellos son muy sofisticados. Viven gracias a su talento. Quizá si ella le hubiera hecho caso hubiera evitado que cayera en la adicción, ¿quién sabe? Pero no podía resignarse a perderlo. No me sorprendería que se culpe a sí misma por lo que se ha convertido. Que se culpe por todo.

Se abrió la puerta de la cocina. La señora Gutiérrez entró, llevando un brazalete negro alrededor del brazo y una cara nueva que era algo más que maquillaje. Una cara endurecida para soportar el baño de ácido de un interrogatorio.

Se sentó junto a Raquel y le susurró algo en español.

– Dice que le puede hacer usted las preguntas que desee.

Asentí, con lo que esperé pareciese obvia gratitud.

– Por favor, dígale a la señora que quiero expresarle mi dolor ante la trágica pérdida y también que aprecio mucho el que tenga tiempo, durante su período de luto, para hablar conmigo.

La anciana escuchó la traducción y aceptó mis palabras con un rápido movimiento de la cabeza.

– Raquel, pregúntele sí Elena hablaba a veces de su trabajo, especialmente durante el último año.

Mientras Raquel hablaba, una sonrisa nostálgica apareció en el rostro de la anciana.

– Dice que únicamente para quejarse que a los maestros no nos pagan lo bastante. Que eran muchas horas de trabajo y que los niños podían mostrarse difíciles.

– ¿Hablaba de algún niño en particular? Una conferencia en susurros.

– Ningún niño en particular. La señora quiere recordarle que Elena era una maestra de un tipo especial, que ayudaba a los niños con problemas para aprender. Todos sus niños tenían dificultades.

Me pregunté si el haberse criado con un hermano como Rafael tendría alguna relación con la elección de especialidad que había hecho la mujer muerta.

– ¿Habló en alguna ocasión del chico que mataron, del tal Nemeth?

Tras oír la pregunta, la señora Gutiérrez asintió, tristemente, y luego habló.

– Sólo lo mencionó una o dos veces. Dijo que estaba muy triste por lo sucedido, que era una tragedia -me tradujo Raquel.

– ¿Nada más?

– Sería muy rudo seguir con eso, Alex.

– De acuerdo, pues pruebe otra cosa; ¿parecía tener Elena más dinero del habitual, recientemente? ¿Compró algún regalo caro para alguien de la familia?

– No. Dice que Elena siempre se estaba quejando de que no tenía bastante dinero. Era una chica a la que le gustaban las cosas bonitas, las cosas buenas. Un minuto – escuchó a la otra mujer, afirmando con la cabeza-. Y esto no siempre era posible, ya que la familia no era rica. Ni siquiera cuando su esposo estaba con vida. Pero Elena trabajaba muy duro y se compraba cosas. A veces a crédito, pero siempre cumplía con los pagos. Jamás tuvieron que llevársele otra vez nada de lo que había comprado. Era una chica de la que una madre podía sentirse orgullosa.

Me preparé para más lágrimas, pero no hubo ninguna. La doliente madre me miraba con una expresión fría y negra de reto. Atrévase, me estaba diciendo, a ensuciar la memoria de mi niñita.

Aparté la mirada.

– ¿Cree que ahora le podemos preguntar respecto a Handler?

Antes de que Raquel me pudiera contestar, la señora Gutiérrez escupió; gesticuló con ambas manos, alzó la voz y lanzó lo que parecía ser una retahila de maldiciones. Acabó la diatriba volviendo a escupir.

– ¿Necesita que se lo traduzca? -me preguntó Raquel.

– No se moleste -repasé en mi mente, buscando una nueva línea de interrogación. Normalmente, lo que yo hubiera hecho hubiera sido empezar hablando de cosas sin trascendencia, naderías y sutilmente ir pasando a las preguntas directas. No estaba satisfecho con el modo tan crudo en que estaba llevando a cabo esta entrevista, pero el trabajar por medio de un traductor es como hacer cirugía usando guantes de jardinero.

– Pregúntele si nos puede decir alguna otra cosa que nos pueda ayudar a cazar al hombre que., dígaselo usted como mejor crea.

La vieja escuchó y contestó vehementemente.

– Dice que nada. Que el mundo se ha convertido en un lugar loco, lleno de demonios. Que un demonio debe de haberle hecho aquello a Elena.

– Muchas gracias, señora -dije en español, y luego a Raquel-: Pregúntele si podría mirar los objetos personales de Elena.

Raquel se lo preguntó y la anciana deliberó. Me miró detenidamente, de la cabeza a los pies, suspiró y se puso en pie.

– Venga -me dijo y me llevó a la parte de atrás de la casa.

Los restos dejados por la marea de los ventiocho años de vida de Elena Gutiérrez habían sido metidos en cajas de cartón y éstas guardadas en un rincón de lo que, en esta pequeña casa, pasaba por ser el porche de la entrada de servicio. Había una puerta con ventana por la que se veía el patio trasero. Allí crecía un albaricoque, retorcido y deforme, extendiendo sus ramas cargadas de frutos sobre el podrido techo de un garaje para un solo coche.

Al otro lado del pasillo había una pequeña alcoba con dos camas, el cuarto de los dos hermanos. Desde donde yo estaba arrodillado podía ver una cómoda de madera y estantes construidos con tablones sin pulir, que descansaban sobre ladrillos. Los estantes contenían un estéreo barato y una modesta colección de discos. Un cartón de Marlboro y un montón de libros de bolsillo compartían la parte de encima de la cómoda. Una de las camas estaba perfectamente hecha, la otra era un lío de sábanas arrugadas. Entre ellas había una solitaria mesilla de noche en pino que contenía una lámpara con pie de plástico, un cenicero y un ejemplar de una revista de desnudos española.

Sintiéndome como un mirón, me acerqué a la primera de las cajas y comencé mi prospección de arqueología moderna.

Cuando hube revisado tres cajas caí en un estado de ánimo totalmente negro. Mis manos estaban sucias de polvo, mi mente llena de imágenes de la chica muerta. No había nada de sustancial, sólo los pedazos rotos que salen a la superficie en cualquier excavación prolongada. Ropa que olía a la chica, semivacías botellas de cosméticos… recuerdos de que alguien había tratado una vez de hacer que sus cejas pareciesen espesas y relucientes, de dar a su cabello aquel lustre Clairol, cubrir sus arruguillas y dar brillo a sus labios, y oler bien en los lugares precisos. Trozos de papel con notas para acordarse de recoger huevos en Vons y vino en Vendóme y otros criptogramas, recibos de la tintorería, comprobantes de la tarjeta de crédito, libros… muchos libros, la mayoría biografías y poesías, recuerdos: un ukelele en miniatura de Hawaii, un cenicero de un hotel en Palm Springs, botas de esquiar, un disco casi lleno de pildoras de control de la natalidad, viejos planes de estudios, memorándums del Director, dibujos de los niños… ninguno de un chaval llamado Nemeth.

Era algo demasiado parecido al robar tumbas para mi gusto y comprendí, más que nunca, por qué Milo bebía en exceso.

Quedaban dos cajas. Me dirigí a ellas, trabajando con más rapidez, y casi había acabado cuando el rugido de una motocicleta llenó el aire y luego murió. Se abrió la puerta trasera y sonaron pisadas.

– ¿Qué coño…?

Tenía diecinueve o veinte, era bajo y muy musculoso, llevaba una camiseta de tirantes marrón, muy sudada, que dejaba ver todos sus músculos, pantalones caqui empapados en grasa y unas botas de trabajo recubiertas de suciedad. Su cabello era espeso y estaba despeinado, colgaba hasta sus hombros y estaba mantenido en su sitio por una cinta de cuero anudada. Tenía unas facciones finas, casi delicadas, que había tratado de ocultar dejándose bigote y barba. El bigote era negro y exuberante, caía sobre sus labios y brillaba como la piel de la marta cibelina. La barba era un breve triángulo de pelusa en su barbilla. Se le veía como al chico que hace de Pancho Villa en la obra de teatro del colegio.

De su cinturón colgaba una anilla llena de llaves y éstas tintinearon cuando vino hacia mí. Sus manos estaban apretadas en sucios puños y olía a aceite de motor.

Le enseñé mi identificación del Departamento de Policía de Los Ángeles. Maldijo, pero se detuvo.

– Escucha, tío. Los tuyos ya estuvieron aquí la semana pasada. Les dijimos que no teníamos nada… – paró y contempló el contenido de la caja de cartón, extendido por el suelo-. Mierda, si ya mirasteis esto la otra vez. Acababa de empaquetarlo, tío, preparándolo para los de la beneficencia…

– Sólo es una comprobación final – le dije amistosamente.

– Claro, tío. Pero, ¿por qué los de la bofia no aprendéis a hacer bien las cosas la primera jodida vez?

– Acabaré en un momento.

– Ya has acabado, tío. Fuera.

Me puse en pie.

– Déme unos minutos más para recogerlo todo.

– Fuera, tío -indicó con el pulgar la puerta trasera.

– Estoy tratando de investigar la muerte de su hermana, Andy. No estaría mal que usted cooperase.

Dio un paso más, acercándose. Había manchas de grasa en su frente y bajo sus ojos.

– No me vengas ahora con eso de Andy, tío. Ésta es mi casa y yo soy el señor Gutiérrez. Y no me vengas con esas mierdas de que estás investigando. Nunca vais a cazar al tipo que le hizo eso a Elena porque no os importa un pimiento. Entras a la fuerza en una casa, husmeas las cosas personales y nos tratas como a campesinos. Sal a la calle y busca a ese hombre, tío. Si esto fuera Beverly Hills ya lo hubierais cazado, si hubiera hecho eso a la hija de un rico…

Su voz se le quebró y se calló para ocultarlo.

– Señor Gutiérrez -le dije con suavidad -, la cooperación de la familia puede ser de una gran ayuda en estos…

– ¡Hey, tío, ya te lo he dicho! Esta familia no sabe nada de esto. ¿Crees que conocemos a un jodido loco como el que pudo hacer eso? ¡La gente de por aquí no actúa de ese modo, tío!

Dio una ojeada a mi placa, leyéndola con esfuerzo, moviendo los labios. Murmuró la palabra «experto» un par de veces antes de captar el significado.

– ¡Hey, tío, no puedo creérmelo! ¡Ni siquiera eres un verdadero policía, sino un jodido experto! ¿Y a ti te han mandado aquí? ¿En qué eres doctor, tío?

– Doctor en psicología.

– ¡Eres un comecocos, tío… mandan aquí a un jodido comecocos! ¿Es que se creen que hay algún loco aquí? ¿Crees que alguien de esta familia está loco, tío? ¿Lo crees?

Ahora me estaba echando el aliento. Sus ojos eran suaves y marrones, con unas pestañas tan largas y tan soñadoras como los de una chica. Ojos como aquellos podían hacerle a uno tener dudas sobre sí mismo, llevarle a uno a adoptar posturas exageradamente de macho.

Pensé que aquella familia tenía bastantes problemas, pero no contesté a su pregunta.

– ¿Qué joder haces aquí, husmeándonos el coco, tío? Mientras hablaba, me iba rociando con gotitas de saliva. Un globo de ira se hinchó en mi tripa. Automáticamente, mi cuerpo asumió una posición defensiva de karate.

– No es eso, y puedo explicarlo. ¿O está usted decidido a portarse como un verdadero imbécil?

Lamenté las palabras en el mismo momento que salían de mi boca.

– ¿Imbécil? ¡Maldita sea, tú eres el imbécil, tío! -su voz se alzó una octava y me agarró por la solapa de la chaqueta.

Estaba dispuesto, pero no me moví. Está en pleno duelo, me decía a mí mismo. No es responsable de lo que hace.

Aguanté su mirada y él se echó atrás. Ambos hubiéramos dado la bienvenida a una excusa para dejarlo correr. ¿Ni para eso servía el ser civilizados?

– ¡Lárgate, tío! ¡Ahora!

– ¡Antonio!

La señora Gutiérrez había entrado en el pasillo. Se veía a Raquel tras ella. Contemplándola, me sentí repentinamente avergonzado: había hecho un brillante trabajo de echar a perder una situación delicada. ¡Vaya un psicólogo…!

– Mamá, ¿tú dejaste entrar a este tío?

La señora Gutiérrez se excusó con los ojos y habló con su hijo en español. Él pareció fundirse bajo el dedo que agitaba su mamá y su aspecto airado.

– Ya te lo dije antes, mamá, no les importa un… -se detuvo y continuó en español. Sonaba como si se estuviera defendiendo, con todo su machismo convertido de pronto en impotente.

Siguieron el uno y el otro durante un rato. Luego él se metió con Raquel. Pero ella no se mordió la lengua:

– Ese hombre está tratando de ayudarte, Andy. ¿Por qué no le ayudas tú a él, en lugar de echarlo?

– No necesito la ayuda de nadie. Vamos a cuidarnos de nosotros mismos, como hemos hecho siempre.

Ella suspiró.

– ¡Mierda! -él fue a su habitación, salió con un paquete de Marlboro e hizo todo un espectáculo del encender uno y metérselo en la boca. Desapareció, momentáneamente, tras una nube azul, luego sus ojos relampaguearon de nuevo, yendo de mí a su madre, a Raquel y de nuevo a mí. Sacó la anilla-llavero de su cinturón y agarró las llaves entre los dedos, como si fuera un improvisado «puño de hierro».

– Ahora me voy, tío. Pero será mejor que cuando vuelva te hayas jodidamente ido.

Abrió la puerta de una patada y se marchó contoneándose. Escuchamos el tronar de la motocicleta al ponerse en marcha y el alarido disminuyente de la máquina mientras aceleraba yéndose.

La señora Gutiérrez dejó caer la cabeza y le dijo algo a Raquel.

– Le pide a usted perdón por la rudeza de Andy. Él ha estado muy alterado desde la muerte de Elena. Está trabajando en dos empleos y se siente muy presionado.

Yo alcé una mano para detener la apología.

– No hay necesidad de ninguna explicación. Sólo espero no haberle causado a la señora molestias innecesarias.

La traducción resultaba superflua. La expresión en el rostro de la madre era más que elocuente.

Rebusqué por las dos últimas cajas con bien poco entusiasmo y no obtuve nuevas iluminaciones mentales. Seguía notando el regusto amargo de mi confrontación con Andy. Experimentaba el mismo tipo de vergüenza que uno siente cuando ha profundizado demasiado, cuando ha visto y oído más de lo que uno necesitaba o deseaba. Como cuando un niño se entromete en el hacer el amor de sus padres, o un excursionista aparta una piedra de una patada, sólo para encontrarse debajo con algo viscoso.

Había visto antes familias como la de los Gutiérrez; había conocido docenas de Rafaeles y Andys. Era como un molde: el vago y el super-chico, interpretando sus papeles con deprimente predictibilidad. Uno incapaz de enfrentarse con la vida, el otro tratando de ocuparse de todo. El vago dejando que los demás cuidasen de él, evitando sus responsabilidades, dejando pasar la vida pero sintiéndose como… un vago. El superchico, competente, compulsivo, trabajando en dos empleos, e incluso tres cuando la situación lo requería, compensando la falta de dedicación del vago, ganándose la adoración de la familia, rehusando doblegarse bajo el peso de su carga, manteniendo su rabia bajo control… pero no siempre.

Volví a reembalar las cosas tan correctamente como me fue posible.

Cuando volvimos a salir al porche, Rafael aún seguía estupefacto. El sonido del Seville poniéndose en marcha le despertó con un sobresalto, y parpadeó rápidamente, como si saliese de un mal sueño; se alzó con esfuerzo y se limpió la nariz con la manga. Miró en nuestra dirección, sin comprender nada. Raquel volvió la cara, como una turista que evita a un pordiosero leproso. Mientras yo apartaba el coche vi cómo una chispa de reconocimiento iluminaba sus facciones dopadas, y luegos éstas registraban aún más incomprensión.

La oscuridad que se acercaba había disminuido el nivel de actividad en Sunset, pero aún había mucha vida en las calles. Las bocinas de los coches sonaban, risas sonoras se elevaban sobre el humo de los escapes y música de mariachis sonaba muy fuerte desde las puertas abiertas de los bares. Aparecieron trazas de neón y parpadeaban luces en las laderas de las colinas.

– Realmente lo eché todo a perder -dije.

– No, no puede culparse de ello -con el humor en que ella estaba, el animarme le requirió un esfuerzo. Aprecié su buena voluntad y se lo hice saber-. Se lo digo en serio,

Alex. Se mostró usted muy sensible con Cruz… puedo ver el porqué era usted un buen psicólogo. Le cayó usted bien.

– Obviamente, no se puede decir lo mismo del resto de la familia.

Permaneció en silencio unas cuantas manzanas.

– Andy es un buen chico… nunca se unió a las bandas, y eso que por no hacerlo tuvo que aguantar muchos castigos. Espera mucho de sí mismo. Ahora, todo ha caído sobre sus espaldas.

– Y, con todo ese peso, ¿para qué anda buscándose nuevos problemas?

– Sí, tiene razón, siempre está buscándose nuevos problemas… pero, ¿acaso no lo hacemos todos? Sólo tiene dieciocho años, quizá madure…

– No dejo de preguntarme si había algún modo en que yo hubiera podido manejar mejor las cosas -le conté los detalles de mi enfrentamiento con el chico.

– Eso de llamarle imbécil no mejoró las cosas, pero tampoco hubiera sido diferente de no habérselo dicho. Entró buscando pelea. Cuando los latinos se ponen así, hay bien poco que se pueda hacer. Añádale alcohol a eso y comprenderá el porqué cada sábado por la noche llenamos las salas de emergencias de los hospitales con heridos de cuchilladas.

Pensé en Elena Gutiérrez y Morton Handler. Ellos no habían llegado a una sala de emergencias. Me permití seguir un poco con esa línea de pensamiento, luego frené hasta pararlo y dejé caer esa idea en un depósito oscuro de algún lugar al sur de mi subconsciente.

Miré a Raquel. Estaba sentada muy tiesa en el blando cuero, rehusando abandonarse a la comodidad. Su cuerpo estaba quieto, pero sus manos jugueteaban nerviosamente con el borde de su falda.

– ¿Tiene apetito? -le pregunté. Cuando dudes, aférrate a lo básico.

– No. Pero si usted quiere puede comer algo.

– Aún tengo el sabor del chorizo.

– Entonces, puede llevarme a casa.

Cuando llegamos a su apartamento ya era de noche y las calles estaban vacías.

– Gracias por haberme acompañado.

– Espero haberle sido de ayuda.

– Sin usted, la cosa hubiera sido un desastre.

– Gracias – sonrió y se inclinó hacia mí. Empezó como un beso en la mejilla pero uno de nosotros, o los dos, se movió y se convirtió en un beso en los labios. Luego un dubitativo mordisquito, repleto de calor y deseo, que rápidamente se hinchó hasta ser un jadeante y hambriento bocado de adulto. Nos acercamos el uno al otro, simultáneamente, sus brazos echándose alrededor de mi cuello, mis manos en su cabello, su rostro, entre sus omoplatos. Nuestras bocas se abrieron y nuestras lenguas bailaron un lento vals. Respiramos pesadamente, agitándonos, luchando por acercarnos aún más.

Nos besamos como dos quinceañeros durante unos minutos incesantes. Yo desabroché un botón de su blusa. Ella lanzó un sonido profundo, cogió mi labio inferior entre sus dientes, lamió mi oreja. Mi mano se deslizó por la cálida seda de su espalda, trabajando sin que yo la dirigiera, soltando la presilla de su sujetador, rodeando su pecho. El pezón, duro como una piedra y húmedo, anidó en mi palma. Ella bajó una mano y unos dedos delgados manejaron mi bragueta.

Yo fui quien la detuvo.

– ¿Qué es lo que te pasa?

No hay nada que uno pueda decir en una situación como aquella que no suene a lugar común o a totalmente idiota, o quizá a ambas cosas. Opté por las dos.

– Lo lamento. No lo tomes como algo personal.

Ella se irguió de un tirón, se atareó en cerrar, abrochar y arreglarse el cabello.

– ¿Y de qué otro modo puedo tomármelo?

– Eres muy deseable.

– Mucho.

– ¡Maldita sea, me atraes! Me gustaría mucho hacer el amor contigo.

– Entonces, ¿qué es lo que pasa?

– Hay un compromiso.

– No estás casado, ¿verdad? Al menos no actúas como si estuvieras casado.

– Hay otros compromisos, además del matrimonio.

– Ya veo -aferró su bolso y puso la mano en la manecilla -. Esa persona con la que estás comprometido… ¿le importaría a ella?

– Sí. Y lo que es más importante, me importaría a mí. Ella se echó a reír, al borde de la histeria.

– Lo siento -dijo, al recuperar el aliento-. Es tan puñeteramente irónico. ¿Te crees que hago esto a menudo? Ésta es la primera vez, en mucho tiempo, en que estoy interesada en un hombre. La monja echa una canita al aire y va y se topa de cara con un santo…

Se rió de nuevo, nerviosamente. Ese sonido, frágil y febril, me puso muy incómodo. No me gustaba nada encontrarme con que la frustración de alguien me caía encima, pero supuse que ella tenía derecho a ese momento de estrellato catártico.

– No soy ningún santo, puedes creerlo.

Me tocó la mejilla con los dedos. Era como si me la abrasasen con tizones encendidos.

– No, sólo eres un buen tipo, Delaware.

– Tampoco me siento como un buen tipo.

– Te voy a volver a besar -dijo -, pero esta vez va a ser un beso casto. Como debería haberlo sido en la primera ocasión.

Y lo hizo.

18

Me esperaban dos sorpresas a mi llegada a casa.

La primera era Robin, con mi bata amarilla desgastada puesta, estirada en el sofá de cuero, bebiéndose un té caliente. Un fuego ardía en el hogar y en el estéreo sonaba Desesperado de los Eagles.

Llevaba colgada del cuello una fotografía de Lassie cortada de una revista, como si fuera una de esas pancartas de los hombres-anuncio.

– Hola, cariño -me dijo. Tiré la chaqueta sobre el sillón.

– Hola. ¿A qué viene eso del perro?

– Es mi modo de decirte que me he portado como un mal bicho y que lo lamento.

– No tienes nada que lamentar -le quité la foto. Me senté junto a ella y tomé sus manos en las mías.

– He estado muy mal contigo esta mañana, al dejarte que te fueras de esa manera, Alex. En el mismo momento en que se cerró la puerta empecé a echarte a faltar. Ya sabes lo que pasa cuando la mente empieza a darte vueltas; ¿qué pasará si le sucede algo… y si no lo vuelvo a ver nunca más? ¡Te volverías loca! No podía trabajar, en ese estado no podía jugar con las máquinas. Había echado a perder el día. Te llamé pero no contestabas. Así que aquí estoy.

– La virtud tiene sus recompensas -murmuré entre dientes.

– ¿Qué dices, querido?

– Nada -cualquier tentativa de narrarle mi inicio de infidelidad sufriría en el intento, acabando o en algo que parecería un deseo de ponerme una corona: «Sí, resistí heroicamente los lujuriosos intentos contra mi virtud de una vampiresa». O, lo que aún sería peor, se asemejaría a una confesión.

Me eché a su lado. Nos abrazamos, nos dijimos cosas bonitas, hablamos como unos niños pequeños, nos acariciamos el uno al otro. Yo estaba muy excitado de cintura para abajo, en parte por el residuo de la sesión en el coche con Raquel, en otra parte mayor por la situación del momento.

– Hay dos filetes gigantes en la nevera, y una buena ensalada y vino de Borgoña y pan nuevo -susurró, haciéndome cosquillas en la punta de la nariz con su meñique.

– Eres una persona muy oral -reí.

– ¿Y es eso una neurosis, doctor?

– No. Es maravilloso.

– ¿Y qué te parece esto? ¿Y esto?

La bata se abrió. Se arrodilló sobre mí, dejándola caer sobre sus espaldas. Iluminada por detrás por el brillo del fuego, parecía una figura estatuaria, gloriosa y dorada.

– Vamos, cariño -me mimó -, quítate esas ropas.

Y se ocupó de ello con sus propias manos.

– Te amo -me dijo más tarde -. Aunque seas catatónico.

Yo rehusé moverme, y seguí tendido en el suelo, abierto de brazos y piernas.

– Tengo frío.

Me tapó, se puso en pie y se estiró, luego se echó a reír complacida.

– ¿Cómo puedes ir por ahí dando saltitos, después de lo otro? -gruñí.

– Las mujeres son más fuertes que los hombres -dijo jocosamente, y se dedicó a bailar por la habitación, ronroneando, estirándose aún más, de modo que los músculos de sus pantorrillas subieron en las torneadas columnas de sus piernas como burbujas alzándose por el nivel de un carpintero. Sus ojos reflejaban una luz naranja, de fiestas infantiles del Día de Todos los Santos. Cuando se movió así, un estremecimiento me recorrió.

– Sigue moviéndolo todo de esa manera y yo te enseñaré quién es el más fuerte.

– Luego, chicarrón -me hizo cosquillas con el pie y saltó apartándose de mis garras tendidas, con fluida agilidad.

Cuando los bistecs estuvieron a punto la comida de la señora Gutiérrez era un vago recuerdo, por lo que devoré con mucho apetito. Nos sentamos lado a lado en la mesita de la cocina, mirando, a través de los cristales emplomados, cómo las luces se apagaban en las colinas, como si fueran las linternas de un lejano grupo de rescate. Apoyó su cabeza en mi hombro. Mi brazo la rodeó, mientras las yemas de mis dedos reseguían al tacto su rostro. Nos turnamos bebiendo de un único vaso de vino.

– Te quiero -dije.

– Yo también te quiero -me besó bajo la barbilla. Y, después de más sorbitos-: Hoy estuviste investigando esos asesinatos, ¿no es así?

– Sí.

Tomó fuerzas con un trago largo y volvió a llenar el vaso.

– No te preocupes – me tranquilizó -, no te voy a dar la bronca otra vez. No puedo hacer ver que me gusta lo que estás haciendo, pero no voy a intentar controlarte.

La apreté contra mí, a modo de gracias.

– Quiero decir que a mí no me gustaría que tú te portases así conmigo, de modo que yo no lo voy a hacer contigo.

Estaba haciendo la típica definición de la libertad individual, pero la preocupación seguía metida dentro de su voz, como un moscón dentro de una gota de ámbar.

– Tengo cuidado de mí mismo.

– Sé que lo tienes -aceptó, con demasiada rapidez-. Eres un hombre inteligente y puedes cuidar de ti mismo.

Me pasó el vino.

– Si quieres hablar de ello, te escucharé, Alex. Dudé.

– Cuéntamelo, quiero saber lo que está pasando.

Le hice un resumen de lo que había pasado en los últimos dos días, acabando con mi enfrentamiento con Andy Gutiérrez, pero dejando fuera los diez minutos turbulentos con Raquel.

Me escuchó, preocupada y atenta, lo digirió, y me dijo:

– Comprendo el porqué no puedes dejarlo correr. Son tantas cosas sospechosas, sin un hilo que las conecte…

Tenía razón. Era un Gestalt a la inversa, en el que el total era mucho menos que la suma de las partes. Un conjunto desconectado de músicos, rascando, soplando, golpeando, y todos ellos ansiando un director. Pero ¿quién infiernos era yo para hacerme el Ormandy?

– ¿Cuándo se lo vas a contar a Milo?

– No se lo voy a contar. Hablé con él esta mañana y, básicamente, me dijo que me cuidara de mis propios asuntos, que me mantuviese apartado.

– Pero es su trabajo, Alex. Él sabrá lo que hay que hacer.

– Cariño, a Milo le va a dar un ataque cuando le diga que he visitado La Casa.

– Pero ese pobre chico, el retrasado… ¿no hay nada que él pudiera hacer?

Negué con la cabeza.

– No es bastante. Tendrán una explicación para eso. Milo tiene sospechas… apostaría que muchas más de lo que me ha dejado ver, pero está limitado por las reglas y los procedimientos.

– Y tú no lo estás -dijo, suavemente.

– No te preocupes.

– No te preocupes tú. Yo no voy a intentar detenerte. Lo que dije, lo dije en serio.

Bebí más vino. Mi garganta se había constreñido y el frío líquido era astringentemente suavizador.

Se alzó y se quedó en pie tras de mí, poniendo sus brazos sobre mis hombros. Era un gesto no muy diferente al que yo le había ofrecido a Raquel justo unas pocas horas antes. Se inclinó hacia adelante y jugueteó con la línea de vello que biseccionaba verticalemente mi abdomen.

– Yo estoy aquí, Alex, por si me necesitas.

– Siempre te necesito, pero no para meterte en una letrina como ésta.

– Siempre que me necesites, aquí estaré.

Me alcé de la silla y la atraje hacia mí, besando su cuello, sus orejas, sus ojos. Ella echó hacia atrás la cabeza y yo puse mis labios en el cálido pulso que había en la base de su garganta.

– Vamonos a la cama y acurruquémonos el uno contra el otro -dijo ella.

Puse la radio y sintonicé la KKGO. Sonny Rollins estaba extrayendo una sonata líquida de su trompeta. Enchufé una luz suave y aparté la sábana.

La segunda sorpresa de la velada estaba allí: un sobre blanco tamaño carta de negocios, sin señal alguna y parcialmente cubierto por la almohada.

– ¿Esto estaba aquí cuando llegaste?

Ella se había quitado la bata. Ahora se la llevó al pecho, buscando cubrirlo, como si el sobre fuera un intruso, vivo y que respirase.

– Podría ser. No entré en el dormitorio.

Lo abrí, rasgándolo con la uña de mi pulgar, y saqué la solitaria hoja de papel en blanco que había dentro, doblada. La página estaba desprovista de fecha, dirección o cualquier logotipo que la identificase. Era sólo un rectángulo blanco, repleto de líneas de escritura a mano que caían, pesimísticamente, hacia abajo. La letra, apretada y arañesca, me resultaba familiar. Me senté al borde de la cama y leí:

Querido Doctor:

Dejo esto esperando que duermas en tu cama en el próximo futuro, y que así tengas la oportunidad de leerlo. Me tomé la libertad de forzar la puerta trasera para entrar y dejarlo aquí… por cierto deberías ponerle una cerradura mejor.

Esta tarde he sido sustituido en el trabajo que efectuaba respecto al caso H-G. El capitán cree que el caso será beneficiado por la infusión de sangre fresca. La nada oportuna elección de las palabras fue suya. Tengo mis dudas acerca de su motivación para esto, pero lo cierto es que no he establecido nuevos récords en el trabajo detectivesco, de modo que no me encontraba en posición de discutir con él.

Debo haber parecido bastante hundido por la noticia, porque de repente se ha mostrado muy amistoso conmigo y me ha sugerido que me tomase un descanso. De hecho, se ha mostrado muy al corriente de mi ficha personal, sabiendo que yo había acumulado cantidades de tiempo de vacaciones no usado, y urgiéndome a que me lo tomara.

Al principio no me mostré excesivamente contento con la idea, pero luego he empezado a considerarla como excelente. He hallado mi lugar en el sol: un simpático y pequeño oasis llamado Ahuacatlán, justo al norte de Guadalajara. Algunas comprobaciones preliminares vía conferencia a larga distancia me han revelado que el dicho burgo está extremadamente adecuado para que disfrute de algunos de mis intereses recreativos. En especial la caza y la pesca.

Espero estar fuera durante dos o tres días. El contacto telefónico es tenue e indeseable… a los nativos les preocupa mucho el guardar su intimidad. Te llamaré cuando regrese. Mis saludos a Stradivarius (¿o es Stradivarieta?), y no te metas en problemas.

Te aprecia, Milo

Se la di a Robin para que la leyera. La acabó y me la devolvió.

– ¿Qué es lo que dice… que le han echado a patadas del caso?

– Sí. Probablemente a causa de presiones externas. Pero se va a Méjico a comprobar el pasado de McCaffrey. Aparentemente, cuando llamó allá abajo por teléfono sacó lo bastante como para que le interesase comprobarlo más a fondo.

– ¿Y lo está haciendo a espaldas de su capitán?

– Debe creer que merece la pena – Milo era un hombre valiente, pero no era ningún mártir. Deseaba conservar su pensión tanto como cualquier otro.

– Entonces tú tenías razón. Acerca de La Casa -se metió bajo la ropa de la cama y se cubrió hasta la barbilla. Se estremeció, y no era de frío.

– Sí -el tener razón nunca me había parecido tan poco reconfortante.

La música de la radio llegó a un climax, tras girar algunas esquinas y de repente hizo una inesperada pirueta. Un batería se había unido a Rollins, y abofeteaba un tam – tam tropical en sus tambores… Sólo se me ocurría pensar en caníbales y lianas repletas de serpientes. Cabezas reducidas…

– Abrázame.

Me metí junto a ella y la besé y la abracé y traté de actuar con calma. Pero durante todo el tiempo mi mente estaba en otro lugar, perdida en algún trozo congelado de tundra, flotando mar adentro.

19

El vestíbulo de entrada al Centro Médico Pediátrico del Oeste estaba forrado con placas de mármol grabadas con los nombres de benefactores, muertos ya hacía tiempo. Dentro, el vestíbulo principal estaba lleno con los heridos, los enfermos y los condenados. Padres se mordían las uñas, se peleaban con impresos del seguro y trataban de no pensar en las pérdidas de las masculinidad resultantes de los encontronazos con la burocracia. Los bebés correteaban, colocando sus manos en el mármol, apartándolas rápidamente al notar el frío y dejando tras de sí sucios recuerdos. Un altavoz llamaba nombres y los elegidos se tambaleaban hasta el mostrador de admisiones. Una dama de cabello azulado, con el uniforme a rayas verdes y blancas de los voluntarios de hospitales estaba sentada tras el mostrador de informaciones, tan desconcertada como aquellos a los que se le había mandado asistir.

En un rincón lejano del vestíbulo, niños y mayores estaban sentados en sillas de plástico y miraban la televisión. El aparato sintonizaba un serial que sucedía en un hospital. Los doctores y las enfermeras de la pantalla vestían de un blanco impoluto, tenían el cabello arreglado de peluquería, rostros perfectos y dientes que irradiaban un destello mucoso mientras conversaban en tonalidades lentas, delicadas y bajas acerca del amor, el odio, la angustia y la muerte. Los doctores y las enfermeras que se abrían paso a codazos por el vestíbulo eran, en su conjunto, mucho más humanos: de ropas arrugadas, con ojos de sueño, acosados. Los que entraban se apresuraban, respondiendo a buscapersonas y llamadas telefónicas de emergencia. Los que salían lo hacían con la premura de presos que se escapan, temiendo llamadas de regreso a sus salas en el último momento.

Yo me había puesto mi bata blanca y placa del hospital y llevaba un maletín, cuando las puertas automáticas me permitieron entrar y el guardián, de unos sesenta años y nariz rojiza, me saludó al pasar:

– Buenos días, doctor.

Bajé en ascensor hacia el sótano, junto a una derrotada pareja de negros en la treintena y su hijo, un marchitado chico grisáceo de nueve años, que estaba en una silla de ruedas. En el semisótano se nos unió una técnica de laboratorio, una chica gorda que llevaba una cesta con jeringas, agujas, tubos de goma y tubos de cristal llenos con el jarabe rubí de la vida. Los padres del chico en la silla de ruedas miraron con ansia la sangre; él giró la cabeza hacia la pared.

El viaje terminó en un estremecimiento. Fuimos vomitados a un pasillo amarillo mugriento. Los otros pasajeros giraron a la derecha, hacia el laboratorio. Yo fui en la otra dirección, llegué a una puerta señalada «Historiales Médicos», la abrí y entré.

Nada había cambiado desde que yo me había ido. Tuve que ponerme de lado para pasar por el estrecho pasadizo abierto entre los montones de historiales, amontonados desde el suelo al techo. Aquí nada de ordenadores, nada de intentonas de alta tecnología para ordenar las decenas de millares de carpetas marrones en algo que pareciese un sistema coherente. Los hospitales son instituciones conservadoras, y el Pediátrico del Oeste era el más retrógado de todos, dando al progreso la misma bienvenida que un perro le da a la sarna.

Al final del corredor había una pared gris desnuda. Justo frente a ella se sentaba una joven filipina, de aspecto adormilado, que estaba leyendo una revista de modas.

– ¿Puedo ayudarle?

– Sí. Soy el doctor Delaware. Necesito el historial de uno de mis pacientes.

– Podía haber hecho que su secretaria nos llamase, doctor, y se lo hubiéramos enviado.

Seguro. Dentro de dos semanas.

– Se lo agradezco, pero necesito verlo ahora mismo y mi secretaria aún no ha llegado.

– ¿Cómo se llama el paciente?

– Adams. Brían Adams -la sala estaba dividida alfabéticamente. Había elegido un apellido que la llevaría al extremo más alejado de la sección A- K.

– Si me llena este formulario, yo misma se lo buscaré. Llené el impreso, mintiendo con toda naturalidad. Ella no se molestó en mirarlo y lo dejó caer en un archivador metálico. Cuando se hubo ido, oculta tras los montones, yo fui a la parte L- Z de la habitación, busqué entre las N y hallé lo que buscaba. Me lo guardé en el maletín y regresé.

Ella volvió minutos más tarde.

– Tengo aquí tres Brian Adams, doctor. ¿Cuál de ellos es?

Miré los tres y elegí uno al azar.

– Éste es.

– Si me firma esto – alzaba un segundo formulario-, puedo dejarle llevárselo en préstamo durante veinticuatro horas.

– No habrá necesidad de eso. Lo puedo examinar aquí. Hice toda una pantomima de parecer muy estudioso, mientras hojeaba el historial médico de Brian Adams, de once años, admitido cinco años antes para un rutinaria tonsiloctomía; chasqueé la lengua, agité la cabeza, tomé algunas notas sin sentido, y se lo devolví.

– Gracias. Me ha sido usted de una gran ayuda.

No me contestó, habiendo regresado ya al mundo del camuflaje cosmético y el vestuario diseñados para el segmento sadointelectual.

Hallé una sala de conferencias vacía, pasillo abajo, junto al depósito de cadáveres, cerré la puerta por dentro y me senté para examinar las crónicas finales de Cary Nemeth.

El chaval había pasado las últimas veintidós horas de su vida en la Unidad de Cuidados Intensivos del Pediátrico del Oeste, ni un segundo de las cuales había estado consciente. Desde un punto de vista médico era un caso abierto y cerrado: sin esperanzas. El interno que lo había admitido había tomado sus notas de un modo factual y objetivo, titulándolas Auto contra Peatón, en esa extraña jerga de la medicina que hace que las tragedias suenen a acontecimientos deportivos.

Había sido traído por una ambulancia, aplastado, golpeado, con el cráneo hecho trizas, con todas sus funciones corporales perdidas, excepto las más rudimentarias. Y, sin embargo, millares de dólares habían sido gastados en retrasar lo inevitable, y se habían escrito las suficientes páginas como para hacer un historial médico del tamaño de un libro de texto. Las hojeé: notas de las enfermeras, con su contabilidad compulsiva de entradas y salidas, con el niño reducido a centímetros cúbicos de fluido y fontanería; gráficos de la UCI, notas de progresos, ése sí que era un chiste cruel, consultas a neurocirujanos, nefrólogos, neurólogos, radiólogos, cardiólogos; pruebas de sangre, rayos X, scanners, desviaciones, suturas, alimentaciones intravenosas, suplementos nutritivos parenterales, terapia respiratoria y, finalmente, la autopsia.

Cosido con una grapa al interior de la contraportada estaba el informe del Sheriff, otro ejemplo de reducción a través de la jerga. En su igualmente precioso dialecto, Cary Nemeth era la V, o sea la Víctima.

La V había sido arrollada desde atrás mientras caminaba hacia abajo por la Malibú Canyon Road, justo antes de la medianoche. Iba descalzo y vestía un pijama, amarillo, tenía buen cuidado en señalar el informe. No habían señales de frenada, lo que había llevado al Diputado del Sheriff que hacía el informe a suponer que la V había sido impactada con toda la fuerza del coche. Y, por la distancia a la que había sido lanzado el cuerpo, se estimaba la velocidad del vehículo entre los sesenta y cinco y los ochenta y cinco kilómetros por hora.

El resto era papeleo, un bocadillo de cartulina para algún ordenador del centro.

Era un documento deprimente. Nada de él me sorprendía. Ni siquiera el hecho de que el pediatra de Cary Nemeth, el médico que había firmado el certificado de defunción, fuera Lionel Willard Towle, Doctor en Medicina.

Dejé el historial metido bajo un montón de placas de rayos X y caminé hacia el ascensor. Dos chavales de once años se habían escapado de una sala y estaban haciendo una carrera de sillas de ruedas. Pasaron dando alaridos, con sus tubos intravenosos agitándose como látigos, y yo tuve que echarme a un lado para evitarlos.

Tendí la mano hacia el botón del ascensor y oí mi nombre:

– ¡Hola, Alex!

Era el Director Médico, que venía charlando con un par de internos. Los despidió y se acercó a mí.

– Hola, Henry.

Había ganado unos cuantos kilos desde la última vez que lo había visto, con su papada luchando contra los confines del cuello de su camisa. Su complexión era poco saludablemente rubicunda. Tres cigarros sobresalían del bolsillo del pecho.

– ¡Qué coincidencia! -me dijo, entregándome una mano flaccida-. Estaba a punto de llamarte.

– ¿De veras? ¿Y para qué?

– Hablemos en mi oficina.

Cerró la puerta y se metió tras su escritorio.

– ¿Qué tal te van las cosas, hijo?

– Muy bien, papi.

– Bien, bien -sacó un cigarro de su bolsillo e hizo movimientos masturbatorios, arriba y abajo, con el envoltorio de celofán -. No me voy a andar con rodeos, Alex. Sabes que ése no es mi estilo… siempre voy directo al grano, ésa es mi filosofía. Hay que decir lo que uno piensa y que la gente sepa en dónde te encuentras.

– Por favor, hazlo.

– Sí. Hum. Eso es lo que voy a hacer – se inclinó hacia adelante, ya fuera para vomitar o preparándose para transmitir una grave confidencia-. He… he recibido una queja acerca de tu conducta profesional.

Se recostó en el sillón, placenteramente expectante, como un crío que espera que estalle un petardo.

– ¿Will Towle?

Sus cejas saltaron hacia el cielo. Pero no había petardos allá arriba, así que descendieron de nuevo.

– ¿Lo sabías?

– Di que ha sido una deducción afortunada.

– Sí. Bueno, pues estás en lo cierto. Está indignado por algún intento de hipnosis que has hecho u otra tontería por el estilo.

– Está cargado de puñetas, Henry.

Sus dedos se pelearon con el celofán. Me pregunté cuánto tiempo había pasado sin hacer cirugía.

– Comprendo tu punto de vista; sin embargo, Will Towle es un hombre importante, al que no se le puede tomar a la ligera. Está pidiendo una investigación, algún tipo de…

– ¿Caza de brujas?

– No me estás poniendo esto nada fácil, jovencito.

– No me da miedo ni Towle ni ningún otro. Estoy retirado, Henry, ¿o es que lo habías olvidado? Comprueba cuándo fue la última vez que recibí mi sueldo.

– No se trata de eso…

– De lo que se trata, Henry, es que, si Towle tiene algo en contra mía, que me lleve ante el Comité del Estado. Estoy preparado a intercambiar acusaciones. Te aseguro que será una experiencia muy educativa para todos los implicados.

Sonrió untuosamente.

– Me caes bien, Alex. Te digo esto para que estés advertido.

– ¿Advertido de qué?

– La familia de Will Towle ha donado cientos de millares de dólares a este hospital. Muy posiblemente hayan pagado la silla en la que en este momento estás sentado.

Me puse de pie.

– Gracias por avisarme.

Sus ojillos se endurecieron. El cigarro se partió entre sus dedos, llenando su mesa de trocitos de tabaco. Miró hacia abajo, a su chupete perdido, y por un momento me pareció que estaba a punto de echarse a llorar. Sería muy divertido en el sofá de un analista.

– No eres tan independiente como te crees ser. Está el asunto de tus privilegios como miembro de la plantilla.

– ¿Estás diciendo que, porque Will Towle se ha quejado de mí, corro el peligro de perder el derecho a practicar aquí?

– Lo que te estoy diciendo es que no levantes olas. Llama a Will, pídele excusas. No es un mal tipo. De hecho, vosotros dos tendríais que tener mucho en común. Él es un experto en…

– Pediatría del Comportamiento. Ya lo sé. Henry, ya he oído esta tonada y no tocamos en la misma banda.

– Recuerda esto, Alex: el estatus de los psicólogos en el equipo médico siempre ha sido muy tenue.

Un viejo discurso me vino a la mente. Algo acerca de la importancia del factor humano y de cómo se interrelacionaba con la medicina moderna. Pensé en echárselo en cara. Luego le miré al rostro y me di cuenta de que no había nada que hacer.

– ¿Eso es todo?

No tenía nada más que decir. Su tipo de persona pocas veces tiene algo que decir, una vez que la conversación ha ido más allá de los tópicos generales, los dobles sentidos, o las amenazas.

– Buenos días, doctor Delawere -me dijo.

Me fui en silencio, cerrando al puerta tras de mí.

Estaba de vuelta en el vestíbulo, que se había vaciado de pacientes y ahora estaba repleto con un montón de visitantes de algún grupo de damas voluntarias. Las damas tenían escrito en sus rostros que venían de familias con dinero antiguo y buena educación… eran como universitarias ya creciditas. Escuchaban arrobadas, mientras un lacayo de la administración les largaba una perorata prefabricada acerca de cómo el hospital estaba a la vanguardia del progreso médico y humanitario y todo era para los niños. Asentían con sus cabezas, tratando de no mostrar su ansiedad.

El lacayo peroraba acerca de cómo los niños eran el tesoro del futuro. Y lo único que venía a mi mente era la visión de huesos de pequeños, molidos en harina para beneficio del molino de alguien.

Di la vuelta y caminé hasta el ascensor.

El tercer piso del hospital albergaba la mayor parte de las oficinas administrativas, que tenían la forma de una T invertida, forradas con paneles de madera oscura y enmoque-tadas con algo que tenía el color y la consistencia del musgo. La oficina del equipo médico estaba situada en la parte de abajo del tallo de la T, en una suite de paredes acristaladas con vista a las colinas de Hollywood. La elegante rubia que estaba tras el mostrador era alguien a quien no había contado con ver, pero me arreglé la corbata y entré.

Ella alzó la vista, pensó si no reconocerme, luego se lo pensó mejor y me otorgó una sonrisa principesca. Extendió la mano con los modos imperiosos de alguien que ha estado en el mismo trabajo el suficiente tiempo como para hacerse ideas de ser irremplazable.

– Buenos días, Alex.

Sus uñas eran largas y estaban cubiertas por una espesa capa de pintura nacarada, como si hubiera saqueado las profundidades del océano para colmar su vanidad. Tomé la mano y la manejé con el cuidado que estaba exigiendo.

– Cora.

– ¡Qué alegría volverte a ver! ¡Ha pasado mucho tiempo!

– Sí que lo ha pasado.

– ¿Vas a volver con nosotros…? Oí que habías dimitido.

– No, no voy a volver. Y sí, sí lo hice.

– ¿Disfrutando de tu libertad? – me favoreció con otra sonrisa. Su cabello parecía más rubio, más maltratado, su figura más llena, pero aún de primera clase, y estaba embutida en un vestido de punto de color chartreuse que hubiera intimidado a alguien de unas proporciones menos heroicas.

– Lo hago. ¿Y tú?

– Haciendo lo mismo de siempre – suspiró.

– Y haciéndolo bien, seguro.

Por un momento pensé que el halago había sido un error. Su rostro se endureció y mostró algunas nuevas arrugas.

– Ya sabemos -proseguí-, quién hace que las cosas marchen realmente aquí.

– Oh, vamos – flexionó su mano como si fuera un abanico.

– Desde luego no son los doctores -resistí el impulso de llamarla «vieja amiga».

– ¡Desde luego que no! Es asombroso que veinte años de educación no le den a uno ni una pizca de sentido común. Yo soy sólo una pobre esclava asalariada, pero al menos se dónde está arriba y dónde abajo.

– Estoy seguro de que nunca serás la esclava de nadie, Cora.

– Bueno, no sé -unas pestañas tan espesas y oscuras como plumas de cuero fueron bajadas coquetamente.

Ella estaba al principio de la cuarentena y, bajo la inmisericorde luz fluorescente que iluminaba la oficina, se le veía cado uno de esos años. Pero estaba muy bien formada, con buenas facciones; era una de esas mujeres que mantienen la forma de la juventud, pero no la textura. En otro tiempo, hacía siglos, había parecido juvenil, despreocupada y atlética, mientras nos revolcábamos por el suelo de la oficina de historiales médicos. Había sido un asunto de una sola vez, seguido de un boicot mutuo. Pero ahora ella estaba flirteando, con el recurso borrado por el paso del tiempo.

– ¿Te han tratado bien? -le pregunté.

– Tan bien como cabría esperar. Ya sabes cómo son los doctores.

Hice una mueca.

– Soy un accesorio más -dijo -. Si algún día trasladan la oficina, me llevarán con el resto del mobiliario.

Miré su cuerpo, arriba y abajo.

– No creo que nadie te pueda confundir con el mobiliario. Ella rió nerviosamente y se retocó el cabello con un gesto reflejo.

– Gracias -el autoescrutinio se hizo demasiado perturbador, por lo que me puso a mí bajo los focos.

– ¿Qué es lo que te ha traído aquí?

– Estoy atando cabos sueltos… acabando unos historiales incompletos, papeleo. No me he preocupado demasiado de estar al día en mi correo. Me parece que recibí un aviso de que estaba retrasado en el pago de mis cuotas colegiales.

– No recuerdo haberte mandado ninguno, pero podría haberlo hecho alguna de las otras chicas. Estuve fuera un mes. Por una operación.

– Lamento oír eso, Cora. ¿Todo va bien ahora?

– Problemas femeninos -sonrió-. Dicen que estoy muy bien.

Su expresión indicaba que los que decían tal cosa eran unos redomados mentirosos.

– Me alegro.

Cruzamos nuestras miradas; por un momento, pareció tener veinte años, inocente y esperanzada. Me dio la espalda, como si quisiera que esa imagen fuera la que me quedase en la mente.

– Déjame comprobar tu ficha..

Se alzó y abrió un archivador laqueado en negro, del que sacó una carpeta azul.

– No -me dijo- estás al correinte. Recibirás una notificación para el pago del próximo año, en un par de meses.

– Gracias.

– No hay por qué. Volvió a guardar la carpeta.

– ¿Hace una taza de café? -inquirí en modo casual. Me miró, luego miró su reloj.

– No me toca un descanso hasta las diez, pero, ¿qué infiernos? Sólo se vive una vez… ¿no?

– Justo.

– Déjame ir al cuarto de las niñas y arreglarme un poco.

Se ahuecó el cabello, recogió su bolso y salió de la oficina para ir al lavabo que estaba al otro extremo del pasillo.

Cuando vi que la puerta se cerraba tras ella me acerqué al archivador. El cajón que ella había abierto estaba marcado «Personal, A- G». Dos cajones más abajo hallé lo que buscaba. Y fue a parar al interior del buen maletín.

Estaba esperando junto a la puerta cuando ella regresó, lavada sonrosada y hermosa, y oliendo a pachuli. Tendí mi brazo y ella lo cogió.

Tomando el café del hospital la estuve escuchando. Me habló de su divorcio, una herida de siete años de antigüedad que no acababa de cicatrizar, de la hija quinceañera que la estaba volviendo loca de hacer excatamente lo mismo que ella había hecho cuando era una adolescente, problemas con el coche, la insensibilidad de sus superiores, la injusticia de la vida.

Era extraño el llegar a conocer, por primera vez, a una mujer en cuyo cuerpo yo me había introducido. En el juego de palabras cruzadas que es el apareamiento actual, había mucha más intimidad en sus narraciones de penas y pesares que la que había habido en el abrir de sus piernas.

Nos separamos como amigos.

– Vuelve otra vez a visitarme, Alex.

– Lo haré.

Caminé hacia el aparcamiento, maravillándome de la facilidad con que me podía poner la máscara del engaño. Siempre me había gratificado a mí mismo con una autoconside-ración de integridad. Pero, en los últimos tres días, me había convertido en un experto en robo con disimulo, ocultamiento de la verdad, mentira descarada con faz imperturbable y putañeo emocional.

Debía de ser a causa de las malas compañías.

Fui hasta un coquetón restaurantito italiano en el Oeste de Hollywod. El local acababa de abrir y yo estaba solo en mi cubículo de la parte de atrás. Ordené escalopines al Marsala, un acompañamiento de linguini con ajo y aceite y una Coors.

Un camarero que arrastraba los pies me trajo la cerveza. Mientras esperaba la comida abrí el maletín y examiné mi botín.

La ficha de Towle tenía cuarenta páginas de largo. La mayor parte consistía en fotocopias de sus diplomas, certificados y premios. Su curriculum vitae eran veinte páginas de baladronadas, marcadamente desprovistas de toda cita a publicaciones científicas… había sido coautor de un breve informe cuando era un interno y no había vuelto a escribir nada desde entonces… y en cambio estaba lleno de entrevistas en la radio y televisión, conferencias a grupos de personas no médicas, servicios voluntarios a La Casa y otras organizaciones similares. Y, sin embargo, era catedrático con todas las consecuencias de ello en la Facultad de Medicina. ¿Dónde estaba aquí el rigor académico?

El camarero me trajo la ensalada y un cesto con panecillos. Tomé la servilleta con una mano e iba a meter de nuevo el historial en el maletín con la otra, cuando algo en la primera página de la ficha resumen atrajo mi atención.

En la casilla marcada como universidad en la que cursó sus estudios él había indicado: Jedson Colege, Bellevue, Washington.

20

Me fui a casa, llamé al Los Ángeles Times y pedí por Ned Biondi, en Noticias Locales. Biondi era uno de los redactores jefes del periódico, un tipo bajito y nervioso, que parecía salido de la película Primera Página. Yo había tratado a su hija quinceañera de anorexia nerviosa hacía unos años. Biondi, con su salario de periodista, no había podido lograr reunir el dinero para el tratamiento (eso complicado por su tendencia a apostar por el caballo equivocado en Santa Anita). Pero la chica tenía problemas y yo había hecho la vista gorda. Le había costado año y medio liquidar la deuda. Su hija había quedado curada tras unos meses de irle arrancando capas de odio a sí misma, que estaban sorprendentemente osificadas tratándose de alguien que sólo tenía diecisiete años de edad. La recordaba claramente, una chica alta y morena, que vestía pantalones cortos de corredora y camisetas que acentuaban el aspecto esquelético de su cuerpo; una muchacha de rostro ceniciento y de piernas como palillos que pasaba de períodos profundos y depresivos de silencio ensimismado a ataques de hiperactividad durante los cuales estaba dispuesta a entrar en cualquier categoría de competición olímpica, con una dieta de sólo trescientas calorías diarias.

Había logrado meterla en el Pediátrico del Oeste, en donde había permanecido durante tres semanas. Luego, tras meses de psicoterapia, el tratamiento había logrado tener efecto, y eso la había permitido enfrentarse con una madre que era demasiado hermosa, un hermano que era demasiado atlético y un padre que era demasiado ocurrente…

– Biondi.

– Ned, soy Alex Delaware.

Le llevó un segundo reconocer mi nombre, sin el título.

– ¡Doctor! ¿Cómo está usted?

– Estoy bien, ¿y cómo está Anne Marie?

– Muy bien. Está acabando su segundo año en Wheaton… en Boston. Tiene algunas buenas notas y otras no tan buenas, pero éstas no le dan pánico. Aún es demasiado exigente consigo misma, pero parece estarse ajustando bien a los altos y los bajos de la vida, tal como los llamó usted. Su peso se ha estabilizado en cuarenta y uno.

– Excelente. Déle recuerdos de mi parte cuando hable con ella.

– Desde luego que lo haré. Y muchas gracias por haber llamado.

– Bueno, en realidad hay algo más que un seguimiento profesional de un caso.

– ¿Oh? -a su voz llegó una tonalidad expectante, el condicionamiento a la vigilancia que tiene alguien que vive de abrir cajas cerradas.

– Necesito un favor.

– Diga cuál.

– Voy a volar hacia el norte, a Seattle, esta noche. Necesito obtener algunos documentos en una pequeña universidad que hay allí, Jedson.

– Hey, eso no es lo que esperaba. Creía que lo que quería era que le hiciera una buena crítica de un libro suyo en la edición dominical o algo parecido. Esto suena a cosa seria.

– Lo es.

– Jedson, lo conozco. Anne Marie iba a tratar de matricularse allí… creímos que un lugar pequeño representaría menos presiones para ella, pero era un cincuenta por ciento más caro que Wheaton, Reed u Oberlin… y eso que esos sitios no son precisamente gratuitos. ¿Qué documentos necesita de allí?

– No se lo puedo decir.

– Doctor -dijo riéndose -, perdone la expresión, pero es usted un calientabraguetas. Yo soy un husmeador profesional. Colóqueme delante algo extraño y se me pone tiesa.

– ¿Y qué le hace pensar que esto es extraño?

– Los doctores que van por ahí tratando de meterse en los archivos ajenos no son una cosa común. De hecho, si la memoria no me falla, son los comecocos los que se acostumbran a encontrar con que se les meten en sus consultas y acaban con un cadáver en ellas.

– No puedo explicárselo ahora, Ned.

– Soy bueno guardando secretos, Doc.

– No. Aún no. Confíe en mí. Ya lo hizo antes.

– Eso ha sido pegar bajo el cinturón, Doc.

– Lo sé. Y no le daría un golpe bajo si esto no fuera importante. Necesito su ayuda. Quizá esté detrás de algo, quizá no. Si lo estoy, usted será el primero en enterarse.

– ¿Es algo grande?

Pensé en ello por un momento.

– Podría ser.

– De acuerdo -suspiró-, ¿qué es lo que quiere que haga?

– Voy a dar su nombre como referencia. Si alguien le llama, quiero que apoye mi historia.

– ¿Y cuál es esa historia? Escuchó.

– Eso parece bastante inofensivo. Naturalmente -añadió jocosamente-, si le descubren probablemente me encontraré sin trabajo.

– Tendré cuidado.

– Aja. ¡Qué infiernos, al fin y al cabo ya me queda poco para que me den el reloj de oro! – hubo una pausa, como si estuviera imaginándose cómo iba a ser su vida tras la jubilación. Aparentamente no le gustó lo que imaginó, porque cuando volvió a ocupar la línea, había brío en la voz y me ofreció el lamento priápico del reportero-: Voy a volverme mochales tratando de pensar de qué va todo esto. ¿Está seguro de que no quiere darme ni una pista de lo que anda detrás?

– No puedo, Ned.

– De acuerdo, de acuerdo. Vaya tras de su madeja y piense en mí si por el ovillo obtiene un jersey.

– Lo haré. Gracias.

– Oh, infiernos, no me dé las gracias. Aún me siento mal por haber tardado tanto tiempo en pagarle. Ahora miro a mi niña y veo a una damisela sonriente y de mejillas sonrosadas, toda una belleza. Aún es algo demasiado delgada para mi gusto, pero al menos no es un cadáver ambulante como antes. Es normal, por lo menos hasta donde yo alcanzo a ver. Ahora puede sonreír. Y eso se lo debo a usted, doctor.

– Que siga bien, Ned.

– Lo mismo digo.

Colgué. Las palabras de agradecimiento de Biondi me hicieron tener un instante de dudas acerca de mi retiro de la profesión. Luego pensé en cuerpos ensangrentados y la duda se alzó y se sentó en la parte trasera del coche de muertos.

Me costó varios falsos intentos el encontrar a la persona adecuada en el Jedson College.

– Relaciones Públicas, señora Dopplemeier.

– Señora Dopplemeier, soy Alex Delaware, escritor del Los Angeles Times.

– ¿Qué puedo hacer por usted, señor Delaware?

– Estoy escribiendo un artículo sobre las pequeñas universidades del Oeste, concentrándome en las instituciones que no son muy conocidas, pero no obstante excelentes desde un punto de vista académico: Claremont, Occidental, Reed, etc. Me gustaría incluir a Jedson en el trabajo.

– ¿Oh, realmente? – sonaba sorprendida, como si fuera la primera vez que alguien hubiera etiquetado a Jedson como excelente en lo académico -. Eso sería muy agradable, señor Delaware. Me complacería mucho contestarle ahora mismo a todas las preguntas que tenga en mente.

– No era en eso en lo que yo pensaba. Verá, intento darle al artículo una visión más personal. Mi director está menos interesado en las estadísticas que en el sabor local. El fondo del artículo es que las universidades pequeñas ofrecen un mayor grado de contacto y de… intimidad, que es algo que les falta a las grandes universidades.

– ¡Qué cierto es eso!

– Lo que estoy haciendo es visitando los campus, charlando con el profesorado y los estudiantes… es un artículo con mis impresiones subjetivas.

– Comprendo exactamente lo que busca. Lo que usted quiere destacar es la parte humana…

– Exactamente. Ése es un modo maravilloso de expresarlo.

– Yo trabajé dos años en un periódico local en New Jersey antes de venir a Jedson -dentro del alma de cada relaciones públicas se esconde un homúnculo periodístico, que se impacienta por ser liberado y gritar «¡ Exclusiva!» a los oídos del mundo.

¡Ah, un alma gemela!

– Bueno, ya lo he dejado, pero de vez en cuando pienso en volver a ello.

– No es un modo de hacerse rico, pero uno nunca deja de confiar en ello, señora Dopplemeier.

– Margaret.

– Margaret. Pensaba volar hasta ahí esta noche y me pregunto si podría mañana hacerle una visita.

– Déjeme ver -oí ruido de papeles-. ¿Qué le parece hacia las once?

– Excelente.

– ¿Hay algo que quiere que le tenga preparado?

– Una cosa que andamos mirando es lo que les suceda a los graduados de las pequeñas universidades. Me gustaría oír de sus alumnos con más éxito: doctores, abogados, este tipo de personas.

– Yo misma no he tenido tiempo de familiarizarme con la lista de los antiguos alumnos… llevo aquí muy pocos meses. Pero haré preguntas por aquí y veré si puedo encontrar a alguien que le pueda ayudar.

– Se lo agradecería.

– ¿Dónde puedo ponerme en contacto con usted, caso de que me fuera necesario?

– Estaré de viaje la mayor parte del tiempo, pero puede dejar un mensaje a mi jefe del Times, Edward Biondi. – Le di el número de Ned.

– Muy bien. Entonces quedamos para mañana a las once. La universidad está en Bellevue, justo en las afueras de Seattle. ¿Sabe dónde se encuentra esto?

– ¿En la costa este del Lago Washington? -años atrás había sido profesor invitado en la Universidad de Washington y había visitado la casa de quien me había invitado, en Bellevue. Lo recordaba como un pueblo- dormitorio de clase media y alta, con casas agresivamente modernas, céspedes cuadrados trazados con regla y centros comerciales ocupados por tiendas de comida para gourmets, galerías de antigüedades y tiendas de ropa cara.

– Así es. Si viene desde el centro, coja la 1- 5 hasta la 520 que gira en el Puente Flotante de Evergreen Point. Vaya todo el camino a través del puente hasta la orilla este, gire al sur en Fairweather y continúe a lo largo de la costa. Jedson se encuentra en la Bahía de Meydenbauer, nada más pasar el club de yates. Yo estoy en el primer piso del Crespi Hall. ¿Se quedará usted a comer?

– No se lo puedo asegurar. Depende cómo ande de tiempo -y de lo que encuentre.

– Por si acaso, tendré algo preparado para usted.

– Es muy amable por su parte, Margaret.

– Cualquier cosa por un compañero periodista, Alex. Mi siguiente llamada fue a Robin. Tardó nueve timbrazos en contestar.

– Hey -estaba sin aliento-. Tenía en marcha la sierra grande y no te oía. ¿Qué pasa?

– Me voy a ir de la ciudad un par de días.

– ¿A Tahití sin mí?

– Nada tan romántico, a Seattle.

– Oh. ¿Trabajo de detective?

– Llámalo mejor investigaciones biográficas – le dije lo de que Towle había estudiado en Jedson.

– Desde luego andas detrás de ese tipo, ¿no?

– Él también anda tras de mí. Cuando he estado en el Pediátrico esta mañana Henry Bork me cazó en el pasillo, me metió en su oficina y me dio una versión no demasiado sutil del viejo apretar las tuercas. Parece ser que Towle ha estado poniendo en cuestión mi ética en público. No hay quien se lo quite de encima, como las setas venenosas después de una inundación. Él y Kruger comparten alma mater y eso me hace desear conocer algo más acerca de las muy nobles aulas de Jedson.

– Déjame ir contigo.

– No. Va a ser puro trabajo. Cuando todo esto haya acabado, te llevaré a unas verdaderas vacaciones.

– El pensar que vas a ir tú solo me deprime. En esta época del año aquello es muy triste.

– No me pasará nada. Tú cuida de ti misma y trabaja un poco. Te llamaré cuando llegue allí.

– ¿Estás seguro de que no quieres que te acompañe?

– Sabes que me encanta tu compañía, pero no va a haber tiempo para hacer turismo. Ibas a pasarlo mal.

– De acuerdo – me dijo de mala gana-. Te echaré a faltar.

– Yo también a ti. Te amo. Cuídate.

– Lo mismo te digo. Te amo, cariño. Adiós.

– Adiós.

Tomé el vuelo de las nueve de la noche, que salía del aeropuerto de Los Angeles y aterrizaba en el Sea – Tac a las once y veinticinco. Alquilé un Nova en la Hertz, no era como el Seville, pero tenía una radio FM que alguien había dejado sintonizada en una emisora de música clásica. Una fuga de órgano de Bach en clave menor surgía del altavoz y yo no la corté: la música se ajustaba a la perfección a mi estado de ánimo. Confirmé mi reserva en el Westin, salí del aeropuerto, conecté con la autopista interestatal y me dirigí hacia el norte, al centro de Seattle.

El cielo estaba tan duro y frío como una pistola. Minutos después de que me metí en el asfalto la pistola demostró estar cargada: disparó un trueno y el agua comenzó a caer. Pronto era uno de esos torrentes airados que caen de los cielos del Noroeste y que convierten las autopistas en kilómetros de mojacoches para los que conducen.

– Bienvenido al Noroeste del Pacífico -dije en voz alta.

Los pinos y los abetos crecían en masas opacas a ambos lados del camino. Carteles iluminados anunciaban moteles rústicos y restaurantes de carretera que ofrecían comidas de maderero. Exceptuando a los semirremolques que gemían bajo cargas de troncos, yo era el único viajero de la carretera. Pensé lo bonito que sería estar dirigiéndome a una cabana en la montaña, con Robin a mi lado, con el maletero lleno de útiles de pesca y provisiones. Noté una repentina sensación de soledad y ansié un contacto humano.

Llegué al centro, poco después de la medianoche. El Westin se alzaba como un gigantesco tubo de ensayo, de acero y cristal, en medio del oscuro laboratorio que era la ciudad. Mi habitación del séptimo piso era decente, con una vista al Puget Sound y el puerto hacia el oeste, Washington y las islas hacia el este. Me saqué los zapatos que tiré por el suelo y me estiré en la cama, cansado, pero demasiado nervioso para poderme dormir.

Llegué a tiempo de ver las noticias del cierre en la estación local de televisión. El presentador era un tipo de cara de palo y ojos bizcos, e informaba de las noticias del día de un modo totalmente impersonal. Le daba idéntico énfasis a la narración de un asesinato en masa en Ohio que a los resultados de los partidos de hockey. Lo corté a media frase, apagué las luces, me desnudé en la oscuridad y miré las luces del puerto hasta quedarme dormido.

21

Un millar de metros de espeso bosque escudaban al campus de Jedson de la ruta de la costa. El bosque daba paso a dos columnas gemelas de piedra, grabadas con números romanos, que indicaban el origen de un sendero pavimentado que atravesaba la universidad por su centro. El camino acababa en una plaza circular centrada por un reloj de sol, maltratado por el tiempo, situado bajo un gigantesco pino.

A primera vista, Jedson parecía una de esas pequeñas universidades del Este que se especializan en parecerse a Harvard, en miniatura. Los edificios estaban construidos con ladrillos enmohecidos por el tiempo y embellecidos con cornisas de piedra y mármol, con techos de pizarra y cobre… diseñados en una era en la que la mano de obra era barata y los moldeados intrincados, los arcos de expansión, las gárgolas y cariátides estaban a la orden del día. Incluso la hiedra parecía auténtica, cayendo desde los tejados de pizarra, chupando los ladrillos, recortada para dejar libres las ventanas, hundidas y emplomadas.

El campus era pequeño, quizá un kilómetro cuadrado y cuarto, y estaba repleto de oteros sombreados por árboles, setos imponentes de robles, pinos, sauces, olmos y abedules claros reseguidos en mármol y bordeados por asientos de piedra y monumentos en bronce. Todo muy tradicional, hasta que uno miraba hacia el oeste y veía praderas muy cuidadas que se hundían hacia el muelle y el puerto privado que había más allá. Los amarraderos estaban ocupados por carenados yates con puentes en teca, de quince metros y aún más largos, coronados por antenas de radar y sonar y otras de radio; claramente muy siglo veinte y obviamente Costa Oeste.

La lluvia había pasado y un triángulo de luz atisbaba bajo los repliegues color carbón del cielo. A alguna distancia del puerto, una armada de barcos de vela cortaba un agua que parecía papel estaño. Los botes estaban ensayando algún tipo de ceremonia, pues cada uno de ellos giraba alrededor de la misma boya y desplegaba velas spinnakers de colores ultrajantes: naranjas, púrpuras, escarlatas y verdes, como las plumas de la cola de alguna bandada de pájaros tropicales.

Sobre un pedestal había un mapa cubierto de metacrilato y lo consulté para localizar el Crespi Hall. Los estudiantes que pasaban parecían gente muy silenciosa. En su mayor parte eran de mejillas coloradas y cabello paja, con el color de sus ojos pasando el espectro desde el azul claro hasta el azul oscuro. Sus estilos de peinado parecían estar caramente ejecutados pero todos databan de la época de Eisenhower. Los pantalones llevaban dobladillo, los zapatos eran todos de cuero bueno y había las bastantes camisas y polos decorados con cocodrilos como para haber dejado despoblados los Everglades. Un eugeneticista se hubiera sentido orgulloso al observar las espaldas rectas, los físicos robustos y la seguridad en sí mismos demostrada por aquellos hijos de nobles cunas. Me sentí como si hubiera muerto y me hallara en el cielo de los arios.

El Crespi era un romboide de tres pisos con un frontis de columnas jónicas en mármol blanco con venas varicosas. La oficina de relaciones públicas estaba oculta tras una puerta de nogal marcada con escritura dorada. Cuando la abrí, la puerta crujió.

Margaret Dopplemeier era una de esas mujeres altas y angulosas predestinadas a la soltería. Trataba de ocultar su desgarbado cuerpo en un traje marrón de paño inglés con forma de tienda de campaña, pero los ángulos y líneas rectas se destacaban a través. Tenía una cara de mandíbula grande, unos labios sin compromisos, y un cabello marrón-rojizo cortado en una melenita incongruentemente infantil. Su oficina apenas si era mayor que el interior de mi coche; era evidente que las relaciones públicas no era una de las cuestiones vitales para los dirigentes de Jedson, y tuvo que estrecharse entre el borde de su escritorio y la pared para venir a recibirme. Fue una maniobra que hubiera parecido poco grácil realizada por la Pavlova y Margaret Doplemeier la convirtió en un incómodo movimiento, muy patoso. Sentí pena por ella, pero tuve buen cuidado en no mostrarlo: estaba a mediados de los treinta y, a esa edad, las mujeres como ella han aprendido a apreciar la confianza que tienen en sí mismas. Es una forma tan buena como cualquier otra con la que soportar la soledad.

– Hola, usted debe ser Alex.

– Lo soy. Encantado de conocerla, Margaret.

Su mano era gruesa, dura y callosa… quizá de demasiado frotársela con la otra o lavar a mano. No estaba seguro.

– Por favor, siéntese.

Tomé una silla de espalda recta y me senté incómodamente.

– ¿Café?

– Por favor. Con crema.

Detrás de su escritorio había una mesa con una bandeja de calentar. Vertió café en un tazón y me lo entregó.

– ¿Ha decidido ya lo de la comida?

La perspectiva de verla a través de una mesa durante una hora más no me emocionaba. No era por lo poco agraciado de su tipo ni por su serio rostro. Parecía dispuesta a contarme la historia de su vida, y yo no tenía gana alguna de llenar mi cabeza de material innecesario. Decliné su oferta.

– Entonces, ¿qué le parece picar algo?

Me trajo una bandeja con queso y galletas saladas, no pareciendo muy confortable en el rol de anfitriona. Me pregunté por qué había caído en el campo de las relaciones públicas. Un trabajo como bibliotecaria me habría parecido más adecuado para ella. Luego se me ocurrió que, en Jedson, las relaciones públicas debían de estar muy emparentadas con el trabajo de las bibliotecarias, un empleo de escritorio que debía tener mucho de recortar y mandar cartas y poco de contactos cara a cara.

– Gracias -tenía apetito y el queso era bueno.

– Bien -miró por encima de su escritorio, halló unas gafas y se las puso. Tras los cristales sus ojos se hicieron más grandes y suaves-. Usted quiere tener una idea acerca de Jedson.

– Eso es… Tener una idea personal acerca del lugar.

– Es un lugar único. Yo soy de Wisconsin y estudié en Madison, con otros cuarenta mil estudiantes. Aquí sólo hay dos mil. Todo el mundo se conoce.

– Es como una gran familia -saqué una pluma y un bloc de notas.

– Sí -a la palabra familia, había fruncido la boca -. Se podría decir que sí.

Trasteó con unos papeles y empezó a recitar:

– El Jedson College fue fundado en 1858 por Josiah T. Jedson, un emigrante escocés que hizo una fortuna en la minería y los ferrocarriles. Eso es tres años antes de que se fundara la Universidad de Washington, así que somos en realidad el centro más antiguo de la ciudad. La intención de Jedson era crear una institución de enseñanza superior, en la que los valores tradicionales coexistieran con la educación en las artes y las ciencias básicas. Hasta el día actual, los fondos principales para el mantenimiento del College provienen de la anualidad que recibimos de la Fundación Jedson, aunque también tenemos otras fuentes de ingresos.

– Tengo entendido que la matrícula es bastante alta.

– La matrícula – frunció el entrecejo -, es de doce mil dólares al año, más la pensión, gastos administrativos y otros misceláneos.

Silbé.

– ¿Conceden ustedes becas?

– Cada año se concede un pequeño número de becas para los estudiantes merecedores de las mismas, pero no hay ningún programa amplio de ayuda financiera.

– Entonces, no están ustedes interesados en atraer estudiantes de un amplio abanico socioeconómico.

– No especialmente, no.

Se quitó las gafas, dejó a un lado el material escrito que tenía preparado y me miró miopemente.

– Espero que no sigamos con esa línea particular de preguntas.

– ¿Y por qué no, Margaret?

Movió los labios, como comprobando el tamaño de diversas palabras no pronunciadas y rechazándolas todas.

– Alex -dijo-, ¿puedo hablarle off the record, de un escritor a otro?

– Naturalmente -cerré el bloc y me metí la pluma en el bolsillo interior de la chaqueta.

– No sé cómo expresar esto -jugueteó con una solapa de paño, arrugando la gruesa tela y luego alisándola -. Ese artículo… su visita, no le han caído muy bien a la administración. Como habrá podido deducir de la grandiosidad de lo que nos rodea, las relaciones públicas no es un tema demasiado bien visto por el Jedson College. Después de que hablé con usted ayer, les conté lo de su visita a mis superiores, creyendo que les iba a complacer. De hecho, fue todo lo contrario. No se puede decir que exactamente me palmearan la espalda.

Hizo una mueca, como recordando una azotaina particularmente dolorosa.

– No quise meterla en problemas, Margaret.

– No tenía por qué saber que iba a pasar eso. Como le dije, soy nueva aquí. Ellos hacen las cosas de otra manera. Es un modo de vida diferente… tranquilo, conservador. En este lugar es como si no pasase el tiempo.

– ¿Y cómo atrae a los estudiantes una universidad que no quiere llamar la atención sobre sí misma?

Ella se mordisqueó el labio.

– No quiero hablar de eso.

– Margaret, es off the record. Ahora no me deje con la miel en los labios.

– No es importante – insistió, pero su pecho se estremecía y en los planos y agrandados ojos se podía ver un conflicto.

– Entonces, ¿a qué vienen esos secretos? Nosotros, los escritores, hemos de ser sinceros los unos con los otros. Ya hay bastantes censores por ahí.

Pensó en esto por un largo tiempo. En su rostro era evidente la indecisión, y yo no pude dejar de sentirme como todo un desalmado.

– No quiero tener que irme de aquí – me dijo al fin -. Tengo un bonito apartamento con vistas al lago, mis gatos y mis libros. No quiero… perderlo todo. No quiero tener que hacer las maletas y volverme al Medio Oeste. A kilómetros de tierras llanas sin montañas, sin modo de establecer una perspectiva. ¿Me entiende?

Su modo de hablar y tono eran quebradizos… conocía muy bien aquello, porque lo había visto en incontables pacientes de terapia, justo antes de que las defensas se derrumbasen con estrépito. Ella quería soltar su lengua y yo iba a ayudarla, siendo un buen bastardo manipulador…

– ¿Comprende lo que le quiero decir? -me preguntaba ella.

Y me oí a mí mismo contestar, tan suave, tan dulce:

– Claro que sí.

– Cualquier cosa que yo le diga ha de ser confidencial. No debe de ser publicada.

– Se lo prometo. Soy escritor de artículos de tipo general, no tengo aspiraciones de convertirme en un Woodward o un Bernstein.

Una débil sonrisa apareció en sus anchas y no muy definidas facciones.

– ¿No aspira a eso? Pues yo sí lo hice, en un tiempo. Tras cuatro años en el periódico estudiantil de Madison, creí que iba a conmover al mundo del periodismo. Pasé todo un año sin lograr un trabajo escribiendo… tuve que hacer de camarera. ¡Lo odiaba! Luego trabajé para una revista sobre perros, escribiendo articulitos encantadores sobre caniches y schnauzers. Me traían a las pequeñas bestias a la oficina, para que les hiciéramos fotos y ensuciaban la moqueta. Hedía. Cuando eso se fue al cuerno, pasé dos años cubriendo reuniones sindicales y fiestas de ancianos en New Jersey y eso fue lo que acabó de quitarme las pocas ilusiones que me quedaban. Ahora, lo único que busco es un poco de paz.

De nuevo se quitó las gafas; cerró los ojos y se hizo un masaje en las sienes.

– Cuando miramos las cosas a fondo, eso es lo que, en realidad, todos deseamos.

Abrió los ojos y miró en mi dirección, forzando la vista. Por la forma que se esforzaba yo debía de ser para ella poco más que una mancha. Traté de parecerle una mancha en la que se podía confiar.

Se metió un par de trozos de queso en la boca y los hizo trizas con sus mandíbulas como cizallas.

– No sé cuánto de todo esto va a servirle para su artículo – me dijo-. Especialmente si lo que quiere es una historia sin complicaciones.

Yo forcé una risa.

– Ahora que me ha picado la curiosidad, no me deje en la estacada.

Ella sonrió.

– ¿De un escritor a otro?

– De un escritor a otro.

– Oh – suspiró -, supongo que tampoco es tan importante.

Luego, entre bocados de queso, me dijo:

– En primer lugar, el Jedson College no está interesado en atraer a gente de fuera. Punto. Es una universidad, pero sólo lo es de nombre y en su estatus formal. Lo que realmente es el Jedson College, en su funcionamiento, es una jaula. Un lugar para que los miembros de la clase privilegiada tengan a sus hijos durante cuatro años, antes de que los chicos se metan en el negocio de papi y las chicas se casen con los chicos y se conviertan en buenas amitas de casa y empiecen, unos y otros, su ascenso social. Los chicos se gradúan en dirección de empresas o en económicas, las chicas en historia del arte o economía del hogar. El aprobadillo logrado con dignidad es el objetivo común. La gente demasiado brillante es mal vista aquí. Algunos de estos últimos entran en las facultades de leyes o medicina, pero cuando han terminado su entrenamiento ya han regresado al rebaño.

Sonaba amargada, como una de esas chicas a la que nadie saca a bailar y está describiendo la fiesta de fin de curso.

– Los ingresos medios anuales del tipo de familia que envía a sus chicos a estudiar aquí están por encima de los cien mil dólares. Piense en ello, Alex. Aquí todo el mundo es rico. ¿Ha visto el puerto?

Asentí con la cabeza.

– Esos juguetitos flotantes pertenecen a los estudiantes – hizo una pausa como si ella misma no acabase de creérselo-. El aparcamiento parece el del Grand Prix de Monte Cario. Y, a diario, esos chicos visten de cachemir y ante.

Una de sus descarnadas y ásperas manos halló a la otra y la acarició. Miró de pared a pared por su pequeño cubículo, como buscando micrófonos ocultos. Me pregunté qué era lo que la ponía tan nerviosa. Así que Jedson era un centro para chicos ricos. Stanford también había empezado de aquel modo, y quizá hubiera acabado igualmente estancado, de no ser por alguien que había descubierto que, el no dejar entrar a los judíos y asiáticos listos y a otra gente de raros apellidos y alta inteligencia, llevaba a una eventual entropía académica.

– El ser rico no es ningún crimen -dije.

– No es sólo eso. Es la absoluta estupidez que acompaña a la riqueza. Yo estuve en Madison durante los sesenta, allí había un sentido de solidaridad social. Activismo. Estábamos luchando para acabar con la guerra. Ahora es el movimiento contra las armas nucleares. La universidad puede ser un vivero para la toma de conciencia. Pero aquí no crece nada…

Me la imaginé quince años antes, vestida con pantalón caqui y camiseta de manga larga, manisfestándose y gritando eslogans. El radicalismo había luchado una batalla, perdida de antemano, por sobrevivir, erosionado por tener demasiado de nada. Pero ella aún podía sentir alguna nostalgia…

– Es especialmente duro para los profesores -me estaba diciendo-. No para los de la Vieja Guardia, sino para los Jóvenes Leones… así es como se autodenominan. Vienen aquí a causa de los problemas por lograr trabajo, con su típico liberalismo académico y puntos de vista avanzados. Duran dos, quizá tres años. Esto es intelectualmente estultificante… para no hablar de la frustración de ganar sólo quince mil dólares al año, cuando el guardarropa de un estudiante ya cuesta más que eso.

– Lo cuenta usted como si lo supiese de buena tinta…

– Lo sé. Había… un hombre. Un buen amigo mío. Llegó aquí a enseñar filosofía. Era brillante, un graduado de Princeton, un auténtico intelectual. Esto lo devoraba. Me lo explicaba, me decía lo que era el colocarse frente a una clase y hablar de Kierkegaard y Sartre y ver a treinta pares de ojos perdidos en la lejanía… Ubermensch U, así la llamaba, la universidad de los infrahumanos. Se marchó el año pasado.

Se la veía dolida. Cambié de tema.

– Mencionó usted a la Vieja Guardia. ¿Quiénes son esos?

– Graduados de Jedson que desarrollan un interés por algo que no sea el hacer dinero. Siguen hasta conseguir doctorados en humanidades, en temas totalmente inútiles como Historia, o Sociología, o Literatura… y luego vuelven aquí arrastrándose, para enseñar. Jedson se cuida de los suyos.

– Supongo que les resulta más fácil el relacionarse con los estudiantes, visto que provienen del mismo ambiente social.

– Así debe ser, pues ellos siguen. La mayoría de ellos son mayores… últimamente no han habido muchos estudiosos que regresen a su alma mater. Es posible que la Vieja Guardia esté disminuyendo. En realidad, algunos de ellos son bastante decentes. Tengo la impresión de que aquí siempre fueron unos marginados… los que no se adaptaban. Supongo que incluso las clases privilegiadas tienen de éstos.

La expresión de su rostro hablaba de su experiencia personal con el dolor del rechazo social. Debió haberse dado cuenta de que corría el peligro de cruzar la frontera entre el comentario social y el striptease psicológico, porque se echó atrás, se puso las gafas y sonrió agriamente.

– ¿Qué tal está esto para una buena relaciones públicas?

– Para ser usted nueva en el lugar, parece que ha llegado hasta el fondo.

– Algo de ello lo he visto por mí misma. Otras cosas me las han contado.

– ¿Su amigo el intelectual?

– Sí.

Se detuvo y tomó un gran bolso, de imitación piel. No le costó mucho hallar lo que estaba buscando.

– Éste es Lee – me dijo y me entregó una foto de ella y un hombre varios centímetros más pequeño. El hombre estaba quedándose calvo, aunque tenía mechones de espeso, rizado y negro cabello sobre cada oreja, un bigote muy poblado y gafitas redondas sin aro. Vestía una desteñida camisa azul de trabajo y tejanos y calzaba botas altas de lazos de montañero. Margaret Dopplemeier estaba ataviada con un sarape que acentuaba su tamaño, pantalones de pana muy anchos y sandalias planas. Ella tenía el brazo alrededor de él, y parecía al tiempo materna e infantilmente dependiente.

– Ahora está en Nuevo Méjico, trabajando en su libro. Necesita la soledad, dice.

Le devolví la foto.

– Los escritores necesitan eso a menudo.

– Sí. Hablamos sobre eso una y otra vez -guardó de nuevo su reliquia, tendió la mano hacia el queso, pero luego volvió a retirarla, como si repentinamente hubiera perdido el apetito.

Dejé que pasara un momento de silencio, luego hice un arabesco, apartándome en tangente de su vida.

– Lo que me está diciendo resulta fascinante, Margaret: Jedson está perfectamente montado y se matricula justo la gente que necesita. Es un sistema que se perpetúa a sí mismo.

La palabra «sistema» puede ser un buen catalizador para alguien que haya coqueteado con la izquierda. La hizo ponerse de nuevo en marcha.

– Absolutamente; el porcentaje de alumnos cuyos padres son graduados de Jedson es increíblemente alto. Apostaría que los dos mil estudiantes provienen de no más de quinientas o seiscientas familias. Cuando preparo listas, los mismos apellidos aparecen una y otra vez. Es por eso por lo que me sobresalté cuando usted lo llamó una gran familia. Me pregunté cuánto sabría ya.

– Nada, hasta que llegué aquí.

– Sí. Le he contado demasiado, ¿no?

– En un sistema cerrado, lo menos que desea el establishment es que haya publicidad -insistí.

– Naturalmente. Jedson es un anacronismo. Sobrevive en el siglo veinte a base de seguir siendo pequeño y manteniéndose apartado de las primeras páginas. Mis instrucciones eran de darle a usted de comer, darle de beber, ocuparme de que diera un agradable paseito por el campus y luego escoltarle hasta el exterior con poco o nada sobre lo que escribir. Los directivos de Jedson no quieren salir en el Los Ángeles Times. No quieren que cosas tales como la igualdad de oportunidades en la matriculacion o la búsqueda de la excelencia educativa asomen sus feas caras por estos andurriales.

– Aprecio mucho su honestidad, Margaret.

Por un momento pensé que se iba a echar a llorar.

– No lo haga sonar como si yo fuese una especie de santa. No lo soy, y lo sé. El que haya hablado con usted ha sido una cobardía, un engaño. La gente de aquí no son unos malvados. Yo no tengo ningún derecho a dejarlos así, al descubierto. Han sido buenos conmigo. Pero me canso de estar siempre mostrando una careta, de acudir a tomar el té con buenas señoras que pueden pasarse todo el día hablando de las distintas modalidades en la loza de lujo, o de cómo disponer correctamente una mesa… ¿se creería que aquí dan una asignatura que consiste en cómo poner bien una mesa?

Se miró las manos como si no se las imaginase sosteniendo algo tan frágil como la loza de lujo.

– Mi trabajo es pura pretensión, Alex. Es un puro servicio de envío de correspondencia ennoblecido. Pero no lo voy a dejar -insistió, como debatiéndolo con un adversario invisible -. Aún no. No en este momento de mi vida. Me despierto y veo el lago. Tengo mis libros y un buen equipo estéreo. Puedo coger moras de las zarzas no muy lejos de aquí. Me las como por la mañana con nata.

No dije nada.

– ¿Me traicionará usted? -me preguntó.

– Claro que no, Margaret.

– Entonces márchese. Olvídese de Jedson y no la incluya en su artículo. Aquí no hay nada que le interese a alguien de fuera.

– No puedo.

Se sentó muy tiesa en su silla.

– ¿Por qué no? -había terror e ira en su voz, algo decididamente amenazador en su mirada. Yo podía comprender la huida de su amante hacia la soledad. Estaba seguro que la agonía mental de la masa estudiantil de Jedson no era de lo único que había escapado.

Para mantener nuestras líneas de comunicación abiertas, no tenía otra cosa que ofrecerle más que la verdad, y la oportunidad de ser una más en la conspiración. Inspiré profundamente y le conté la verdadera razón de mi visita.

Cuando hube acabado, mostraba la misma expresión. Yo quisiera haberme echado atrás, pero mi silla estaba a escasos centímetros de la puerta.

– Es curioso -dijo-, debería sentirme usada, explotada, pero no es así. Tiene usted un rostro honesto. Incluso sus mentiras suenan a verdades.

– No soy más honesto de lo que pueda serlo usted. Simplemente quiero conseguir algunos datos. Ayúdeme.

– ¿Sabe?, yo fui miembro de la organización izquierdista estudiantil, la SDS. En aquellos días, los policías eran para nosotros los «cerdos».

– Éstos no son aquellos días, y no soy un policía. Además, no estamos hablando de teorías abstractas, ni polemizando sobre la revolución. Esto es un crimen triple, Margaret, y abuso de niños y quizá más. Nada de asesinatos políticos, sino gente inocente cortada en sangrientos pedacitos, hecha picadillo, desechos humanos. Y niños aplastados por coches en carreteras de cañones solitarios.

Se estremeció, me dio la espalda, se pasó una uña no pintada por encima de una muela, y luego me volvió a dar la cara.

– ¿Y cree usted que uno de ellos, uno de Jedson, ha sido el responsable de todo eso? -la idea en sí le resultaba deliciosa.

– Creo que dos de ellos han tenido algo que ver en el asunto.

– ¿Y por qué está usted haciendo esto? ¿No dice usted que es psiquiatra?

– Psicólogo.

– Lo que sea. ¿Qué saca usted de esto?

– Nada. Nada que usted pueda creer…

– Vamos a verlo.

– Quiero que se haga justicia. Es algo que no me deja dormir.

– Le creo -dijo en voz baja.

Se fue durante veinte minutos y cuando regresó traía un montón de libros de gran tamaño, encuadernados en piel azul marroquinada.

– Éstos son los anuarios, si es que sus estimaciones sobre su edad son correctas. Le voy a dejar con ellos y me iré a buscar en los archivos de alumnos. Ciérrese por dentro cuando me haya ido y no conteste aunque llamen. Yo haré tres llamadas y luego dos, ésa será nuestra contraseña.

– A sus órdenes.

– Ja -rió, y por primera vez pareció atractiva.

Timothy Kruger me había mentido acerca de ser un chico pobre que justo había logrado entrar en Jedson. Su familia había donado un par de los edificios, e incluso una pura lectura por encima de los anuarios dejaba bien claro que los Kruger eran Muy Importantes. En cambio, la parte acerca de sus proezas atléticas era cierta: se había signi-ficado en las pistas de carreras, en pelota base y en lucha grecorromana. Había fotos de él saltando obstáculos, lanzando la jabalina y, más adelante, en una sección dedicada al teatro, en los papeles de Hamlet y Petruchio. La impresión que me dio era que constituía toda una figura en el campus. Me pregunté cómo habría acabado en La Casa de los Niños, trabajando con una titulación falsa.

La foto de L. Willard Towle mostraba que, en su juventud, había sido uno de esos rubios tipo Tab Hunter. Las notaciones que había bajo su nombre mencionaban la presidencia en el Club de los PreMed y en la Sociedad Honorífica de Biología. También había un asterisco que llevaba a una nota a pie de página que aconsejaba al lector que fuese a la última página del libro. Obedecí las instrucciones y llegué a una foto orlada en negro… la misma foto que había visto en la oficina de Towle, de su esposa e hijo contra un fondo de lago y montañas. Había una inscripción bajo la foto:

In Memoriam Lilah Hutchison Towle

1930- 1951

Lionel Willard Towle, Jr. 1949- 1951

Bajo la inscripción había unas líneas de poesía:

Que rápidamente que llega la noche,

Para ahogar nuestras esperanzas,

Y para apagar nuestros sueños;

Pero aún en la noche más oscura,

El rayo de la paz sigue iluminándonos.

Estaba firmado «S»

Yo estaba volviendo a leer el poema cuando la llamada codificada de Margaret Dopplemeier sonó en la puerta. Corrí el pestillo y entró llevando un sobre de color marrón. Cerró la puerta, se fue a su escritorio, abrió el sobre y dejó caer de su interior dos fichas de siete y medio por doce y medio centímetros.

– Vienen directamente del sagrado archivo de alumnos – le dio una mirada a una y me la entregó-. Aquí está su doctor.

El nombre de Towle estaba arriba, escrito a mano con letra elegante. Bajo él había varias anotaciones, de diferentes manos y distintos colores de tinta. La mayoría eran abreviaciones y códigos numéricos.

– ¿Me la puede explicar?

Rodeó el escritorio y se sentó junto a mí, tomó la ficha y la estudió.

– No hay nada misterioso en esto. Las abreviaciones son simplemente para ahorrar espacio. Los cinco dígitos tras el apellido son el código del alumno, para los envíos de correspondencia, necesidades de archivo y cosas así. Después tiene el número 3, que significa que es el tercer miembro de su familia que viene a Jedson. Eso de med no necesita explicación… es un código de dedicación, y el F.- med quiere decir que la medicina también es la ocupación principal de la familia. Si fueran navieros pondría nav y si banqueros bnq, etc. El G:51 indica el año en que se graduó. C.J, 148793 indica que se casó con otra estudiante de Jedson y da su código para poder consultar su ficha. Aquí hay algo interesante… hay una crucecita entre paréntesis (+) tras el código de la esposa, lo que quiere decir que está muerta, y la fecha de su muerte es 17/6/51… ¡murió cuando aún era estudiante aquí! ¿Sabía usted eso?

– Lo sabía. ¿Habría modo de averiguar algo más acerca de esa muerte?

Pensó un instante.

– Podríamos mirar los periódicos locales de esas fechas, buscando una nota necrológica o un obituario.

– ¿Y la revista de los estudiantes?

– El Spartan es un bodrio -dijo despectivamente -, pero supongo que sí hablaría de una cosa así. Los números atrasados se guardan en la biblioteca, al otro lado del campus. Podemos pasar luego por allí. ¿Cree que puede ser interesante?

– Podría ser, Margaret. Quiero saber todo lo que pueda de esa gente.

– Van der Graaf -exclamó.

– ¿Qué es eso?

– El profesor Van der Graaf, del Departamento de Historia. Es el más viejo de la Vieja Guardia, lleva en Jedson más tiempo que cualquier otra persona que yo conozca. Además es un chismoso de cuidado. Me senté a su lado en una fiesta campestre y el buen anciano me contó toda serie de chismes: quién se iba a la cama con quién, los trapos sucios del profesorado y cosas así.

– ¿Y le dejan que cuente esas cosas?

– Tiene casi los noventa, esta podrido de dinero de su familia, no está casado y no tiene herederos. Esperan que un día de estos la palme y le deje la pasta a la universidad. Es catedrático honorífico desde quien sabe cuánto tiempo. Tiene aquí una oficina y siempre está metido en ella, haciendo ver que escribe libros. No me sorprendería que hasta durmiese ahí. Sabe más sobre Jedson que nadie.

– ¿Y cree que hablará conmigo?

– Si le apetece. De hecho, pensé en él cuando me dijo usted por teléfono que quería saber cosas sobre alumnos que se hayan hecho famosos. Pero luego pensé que sería muy arriesgado dejarle a solas con un periodista. Una nunca sabe qué es lo que va a hacer o decir.

Lanzó una risita, disfrutando de la habilidad del viejo al rebelarse desde una posición de poder.

– Naturalmente, ahora que sé lo que usted quiere – continuó-, pienso que hablar con él le vendría al dedillo. Pero necesitará inventarse algo para explicar el porqué quiere que le hable de Towle, aunque me imagino que eso no debe de ser un gran problema para alguien tan inventivo como lo es usted.

– ¿Qué tal le suena esto?: soy un periodista de la revista Medical World News; digamos que me llamo Bill Roberts… Y el doctor Towle acaba de ser elegido Presidente de la Academia de Pediatras, por lo que estoy escribiendo un artículo acerca de sus estudios…

– Suena bien. Voy a llamarle ya.

Tendió la mano hacia el teléfono y yo le di otra mirada a la ficha de alumno de Towle. La única información que ella no me había explicado era una columna de datos fechados bajo la indicación general $, que supuse que serían donaciones a Jedson. Promediaban los diez mil dólares al año. Towle era un hijo agradecido.

– Hola, profesor Van der Graaf -estaba diciendo ella -, soy Margaret Dopplemeier de Relaciones Públicas. Sí, estoy bien, gracias, ¿y usted? Muy bien… oh, estoy segura que podremos arreglarlo, profesor.

Tapó el micrófono con la mano y me hizo un guiño, susurrando las palabras: «está de buenas».

– No sabía que le gustase la pizza, profesor. No. No, tampoco a mí me gustan las de anchoas. Sí, me gustan los Duesenbergs. Sí, ya sé que a usted también le gustan… sí, ya lo sé. La lluvia caía a mares, profesor. Sí, me gustaría. Sí, cuando mejore el tiempo. Con la capota bajada. Yo llevaré la pizza.

Coqueteó con Van der Graaf durante unos minutos y, al fin, llegó al tema de mi visita. Escuchó, me hizo un signo de asentimiento, cerrando el índice y el pulgar en un okey, y volvió a flirtear. Tomé la ficha de Kruger.

Era el quinto miembro de su familia que iba a Jedson y se listaba su graduación como ocurrida hacía cinco años. No había mención alguna acerca de su actual trabajo, en cuanto a la familia, se decía que se dedicaba al com, trans y finc. No había mención alguna a un matrimonio, ni había donado dinero alguno a la universidad. Sin embargo, había un dato interesante bajo la notación REL-F -decía Towle. Finalmente las tres letras BDA estaban escritas con trazo grueso en la parte inferior de la ficha. Margaret acabó con el teléfono.

– Le recibirá. Siempre que yo le acompañe y me comprometa, le cito textualmente: «a darme un buen masaje, jovencita. Así contribuirá a prolongar la vida de un fósil viviente». El muy viejo verde… -lo dijo afectuosamente.

Le pregunté acerca del nombre de Towle en la ficha de Kruger.

– REL- F es relaciones familiares. Aparentemente los dos personajes que le interesan a usted son primos o algo así.

– ¿Y entonces por qué no está él puesto en la ficha de Towle?

– Esa categoría de dato debe de ser nueva, posiblemente la añadieron después de que Towle se graduase y, en lugar de remontarse hacia atrás y ponerla en todo el archivo, probablemente sólo la fueron indicando en las fichas nuevas. Lo que sí es interesante es ese BDA. Quiere decir que lo han borrado del archivo.

– ¿Y por qué han hecho eso?

– No lo sé. Y aquí no lo dice. Nunca lo diría. Probablemente por alguna falta. Con su historial familiar ha tenido que ser algo muy gordo. Algo que hizo que la escuela quisiera lavarse las manos en lo que a él se refiere. -Me miró-. Esto se está poniendo interesante, ¿no?

– Mucho.

Volvió a meter las fichas en el sobre y lo cerró en su escritorio.

– Ahora le llevaré con Van der Graaf.

22

Un ascensor que era una jaula dorada nos llevó al quinto piso de un edificio rematado por una cúpula que estaba a un extremo del campus. Abrió sus fauces y nos soltó en un silencioso vestíbulo, decorado con un zócalo de mármol y tapizado de polvo. El techo era cóncavo y en yeso, sobre el que había sido pintado un ya descolorido mural de querubines soplando trompetas: estábamos dentro de la concha de la cúpula. Las paredes eran de piedra y soltaban un olor de papel en putrefacción. Una ventana con paneles en forma de rombos separaba dos puertas de madera. Una de ellas llevaba la mención SALA DE MAPAS y parecía no haber sido abierta en generaciones. La otra no decía nada.

Margaret golpeó con los nudillos en la puerta sin letrero y, al ver que no obtenía respuesta, la abrió. La habitación que reveló era espaciosa y de techo alto, con ventanas de catedral que daban una vista del puerto. Cada centímetro posible de espacio en las paredes había sido ocupado por estantes repletos de libros raídos, puestos al azar. Aquellos libros que no habían hallado un lugar de descanso en los estantes se hallaban en montones, precariamente equilibrados, por el suelo. Había una mesa de caballetes en el centro de la habitación, que estaba llena de montones de manuscritos y aún más libros. Un globo terráqueo sobre un soporte con ruedas y un escritorio de patas con forma de garras habían sido arrinconados contra un ángulo. Encima del escritorio se veía una caja de esas de la MacDonalds de llevarse la comida a casa, y un par de servilletas de papel, arrugadas y grasientas.

– ¿Profesor? -dijo Margaret, y luego a mí-: Me pregunto a dónde habrá ido.

– ¿Jugamos al escondite? -la voz venía de algún lugar tras la mesa de caballetes.

Margaret se sobresaltó, el bolso se le cayó de las manos y su contenido se desparramó por el suelo.

Una cabeza apergaminada apareció atisbando por sobre los bordes arrugados de un montón de papel amarillento.

– Lamento haberla asustado, cariño -la cabeza estaba echada hacia atrás en una carcajada silenciosa.

– Profesor -dijo Margaret-. ¿No le da vergüenza? Se inclinó a recoger sus cosas.

Él salió de detrás de la mesa con aspecto de niño regañado. Hasta ese momento yo había creído que estaba acurrucado. Pero cuando su cabeza no subió más, me di cuenta que todo el tiempo había estado de pie.

Medía menos de un metro y medio. Su cuerpo era de un tamaño normal, pero estaba doblado por la cintura, con su columna formando una S y con su deformada espalda cargada con una joroba del tamaño de una mochila bien repleta. Su cabeza parecía demasiado grande para su figura y era como un huevo arrugado coronado por un mechón de cabello blanco y muy fino. Cuando se movía parecía un escorpión adormecido.

Tenía una expresión de falsa contricción, pero el centelleo de sus llorosos ojos azules decía más que su boca sin labios y las comisuras caídas.

– ¿Puedo ayudarte, cariño? -su voz era seca y tenía un acento muy culto.

Margaret recogió sus últimos efectos personales del suelo y los metió en el bolso.

– No, gracias profesor. Ya lo tengo todo -recobró el aliento y trató de parecer compuesta.

– Pero, ¿a pesar de todo tendremos ese picnic con pizza?

– Sólo si se porta bien.

Él junto sus manos, como rezando.

– Te lo prometo, cariño -afirmó.

– De acuerdo, profesor. Éste es Bill Roberts, el periodista del que le hablé. Bill, le presento al profesor Van der Graaf.

– Hola, profesor.

Me miró bajo párpados adormilados.

– No te pareces a Clark Kent -me dijo.

– ¿Cómo?

– ¿No se supone que los periodistas deben parecerse a Clark Kent, la identidad secreta de Superman?

– No tenía noticias de que eso estuviera regulado por la Asociación de la Prensa.

– A mí me entrevistó un periodista después de la Guerra… la grande, la Segunda. Quería saber qué lugar tendría esa guerra en la Historia. Y él se parecía a Clark Kent -se pasó una mano por su cráneo, lleno de manchas del hígado-. ¿No tienes unas gafas o algo así jovencito?

– Lo siento, pero tengo unos ojos perfectamente sanos. Me dio la espalda y fue hacia una de sus librerías.

Había una gracia rara, como reptiloide, en sus movimientos: su deforme cuerpo parecía moverse hacia un lado, cuando en realidad se estaba moviendo hacia adelante. Se subió lentamente a una escalera baja, tendió el brazo hacia arriba y tomó un volumen encuadernado en piel, bajó y regresó.

– Mira – me dijo, abriendo el libro que pude ver que era una colección de tebeos encuadernados -. Esto es lo que yo quiero decir.

Su tembloroso dedo apuntaba a un dibujo del mejor de los periodistas del Daily Planet entrando en una cabina telefónica.

– Clark Kent. Éste sí que es un periodista.

– Estoy segura de que el señor Roberts sabe quién es Clark Kent, profesor.

– Entonces que vuelva cuando se parezca más a él, y hablaremos -nos espetó el viejo.

Margaret y yo intercambiamos miradas de impotencia. Ella iba a decir algo cuando Van der Graaf echó hacia atrás su cabeza y lanzó una seca carcajada.

– ¡Inocentada! -se reía de muy buena gana de su propio ingenio, hasta que su risa se disolvió en un ataque de tos y flemas.

– ¡Oh, profesor! -le riñó Margaret.

Se enfrentaron el uno con el otro, en un torneo verbal. Comencé a sospechar que su amistad estaba bien establecida. Me quedé a un lado, sintiéndome como el asistente involuntario a uno de esos espectáculos de seres monstruosos de las ferias.

– Admítelo, cariño -él estaba diciendo -. ¡Te había engañado!

Dio pataditas al suelo, con plena satisfacción.

– ¡Te habías creído que ya estaba totalmente senil!

– No es usted más senil que yo -le contestó ella-. Simplemente es un crío malcriado.

Mis esperanzas de obtener información fiable de aquel enano jorobado estaban disminuyendo por momentos. Me aclaré la garganta.

Dejaron de hablar y me miraron. Una burbuja de saliva se había formado en la comisura de la retorcida boca de Van der Graaf. Sus manos vibraban con falso Parkinsons. Margaret se alzaba frente a él con las piernas abiertas.

– Y ahora quiero que coopere con el señor Roberts – le dijo con severidad.

Van der Graaf me lanzó una mirada aviesa.

– Oh, de acuerdo -gimió-, pero sólo si me llevas alrededor del lago en mi Doosie.

– Ya le he dicho que lo haría.

– Tengo un coche Duesenberg del treinta y siete -me explicó -. Un carruaje maravilloso. Cuatrocientos garañones relinchantes bajo una capota rubí brillante. Escapes cromados. Consume gasolina con una voracidad despreocupada. Yo ya no puedo conducirlo y Maggie es una moza robusta; siguiendo mis instrucciones podría manejarlo. Pero rehusa.

– Profesor Van der Graaf, hubo una buena razón para que yo rehusara: estaba lloviendo y no quise ponerme tras el volante de un automóvil que vale doscientos mil dólares en un tiempo peligroso.

– ¡Bah! Yo llevé a ese juguete de aquí a Sonoma en el cuarenta y cuatro. Se agranda ante las adversidades metereológicas.

– De acuerdo, le llevaré. Mañana, si el señor Roberts me da un buen informe de su comportamiento.

– Yo soy el profesor. Yo doy las notas.

Ella le ignoró.

– Tengo que volver a la biblioteca, señor Roberts. ¿Sabrá hallar usted el camino de regreso a mi oficina?

– Desde luego.

– Le veré cuando haya acabado, entonces. Adiós, profesor.

– Mañana a la una. Llueva o haga sol -gritó él, mientras ella se alejaba.

Cuando la puerta se hubo cerrado, me invitó a sentarme.

– Yo me quedaré de pie, no encuentro una silla que se me adapte. Cuando era un chico, papá llamó a carpinteros y tallistas en madera, tratando de hallar un modo de sentarme cómodamente. Sin conseguirlo; no obstante, produjeron algunas esculturas abstractas realmente fascinantes – se rió, y se aferró a la mesa de caballetes para sostenerse-. He pasado de pie la mayor parte de mi vida y al cabo probablemente eso haya sido beneficioso. Tengo unas piernas que parecen fundidas en acero. Y mi circulación es tan buena como la de alguien con la mitad de mi edad.

Me senté en un sillón de cuero. Ahora nuestros ojos estaban a la misma altura.

– Esta Maggie -dijo-, ¡vaya una chica! Flirteo con ella, trato de animarla… Parece estar tan sola la mayor parte del tiempo.

Revolvió los papeles y sacó de entre ellos una petaca.

– Whisky escocés. Encontrará dos vasos en el cajón superior derecho del escritorio. Haga el favor de tomarlos y sea tan amable de entregármelos.

Encontré los vasos, que no parecían estar demasiado limpios. Van der Graff echó en cada uno de ellos unos tres centímetros de whisky, sin dejar caer una sola gota.

– Aquí tiene.

Le vi dar un sorbito a su bebida y yo seguí su ejemplo.

– ¿Cree usted que aún seguirá virgen? ¿Es tal cosa posible en nuestros días? -se enfrentó con las preguntas como si fueran una cuestión epistemológica.

– Realmente no sabría decírselo, profesor. Sólo la conozco desde hace una hora.

– No puedo imaginármelo, la virginidad en una mujer a su edad. Y, sin embargo, me resulta igualmente increíble la sola idea de esas caderas de lechera rodeando a un par de cachas de fornicador.

Bebió algo más de whisky y contempló la vida sexual de Margaret Dopplemeier en silencio, con la mirada perdida en el vacío. Finalmente dijo:

– Es usted un hombre joven paciente. Ésa es una cualidad poco común.

Asentí con la cabeza.

– Me imagino que empezaremos cuando usted esté dispuesto, profesor.

– Sí, confieso que tengo una buena parte de comportamiento infantil. Es un requisito de mi edad y condición. ¿Sabe cuánto tiempo hace que no he dado una clase o escrito un artículo serio?

– Me imagino que bastante.

– Más de dos décadas. Desde entonces he estado aquí arriba dedicado a largas y solitarias temporadas de lo que supuestamente es un profunda actividad mental… en realidad, lo que hago es vaguear. Y, sin embargo, soy catedrático honorífico. ¿No cree que un sistema que tolera tal insensatez es absurdo?

– Quizá exista la sensación de que se ha ganado usted el derecho a una jubilación con todos los honores.

– ¡Bah! -hizo un gesto con la mano-. Eso suena demasiado parecido a la muerte. Jubilación con honores y los gusanos mordisqueándole ya a uno los dedos de los pies. Le quiero confesar, joven, que jamás me gané nada. Escribí sesenta y tres artículos en prestigiosas publicaciones científicas, y todos menos cinco eran pura basura. Codirigí tres libros que nadie nunca leyó y, en general, llevé una vida de niño mimado. Ha sido todo maravilloso.

Se acabó el whisky y dejó el vaso sobre la mesa con mucho estrépito.

– Me mantienen aquí por que tengo millones de dólares en un fondo libre de impuestos que mi padre me legó, y porque esperan que yo se los legue a ellos – sonrió con una mueca -. Quizá lo haga, quizá no. Tal vez lo teste todo a alguna organización de negros, o alguna otra cosa igualmente escandalosa. Un grupo que luche por los derechos de las lesbianas, quizá. ¿Existe alguna cofradía así?

– Estoy seguro que debe de haberla.

– Sí, en California sin duda. Y, hablando de esto, usted quiere hablar de Willie Yowle que está en Los Ángeles, ¿no es eso?

Repetí la historia acerca del Medical World News.

– De acuerdo -suspiró -, si insiste… Tratraré de ayudarle. Dios sabe que no entiendo el porqué alguien puede llegar a interesarse en Willie Towle, pues jamás puso el pie en este campus alguien más insípido que él. Cuando me enteré que había llegado a ser médico, me asombré mucho, nunca le pensé intelectualmente apto para una cosa tan avanzada. Naturalmente, su familia está muy enraizada en la práctica de la medicina… uno de los Towles fue el médico personal del General Grant, en la Guerra Civil, ahí tiene ya una nota de interés para su artículo, y me imagino que el conseguir a que admitieran a Willie en la Facultad de Medicina no les debió resultar muy difícil.

– Pues resultó ser luego un doctor de mucho éxito.

– Eso no me sorprende. Hay diferentes tipos de éxito: uno requiere una combinación de rasgos de personalidad que Willie desde luego poseía: perseverancia, falta de imaginación, un conservadurismo innato. Y, desde luego, un buen cuerpo recto y una cara convencionalmente atractiva es algo que tampoco va mal. Apostaría a que no fue subiendo por ser un profundo pensador científico o un investigador innovador. Sus puntos fuertes son de una naturaleza más mundana, ¿no es así?

– Tiene la reputación de ser excelente doctor -insistí-. Sus pacientes sólo cuentan cosas buenas de él.

– Sin duda les dice exactamente lo que ellos desean oír. Willie siempre fue muy bueno en esto. Muy popular: presidente de esto y de aquello. Fue estudiante mío en un curso sobre la Civilización Europea, y era un verdadero encanto. Sí, profesor, no, profesor. Siempre estaba a mano para correrme la silla… ¡Dios, como odiaba que me ayudasen! Y eso sin tener en cuenta el hecho de que casi nunca me sentaba.

Hizo una mueca al recordar aquello.

– Sí, había en él un cierto encanto banal. Y a la gente le gusta eso en sus médicos, creo que a eso le llaman buenos modales. Naturalmente los ensayos que les hacía hacer como exámenes eran muy reveladores en su caso, pues mostraba su verdadera personalidad. Predecible, exacto pero no iluminador, gramáticamente correcto, sin llegar a ser buen escritor -hizo una pausa-. No es éste el tipo de información que usted se esperaba, ¿no?

Sonreí.

– No exactamente.

– Esto no lo van a poder publicar, ¿verdad? -parecía desencantado.

– No. Me temo que se espera que el artículo sea laudatorio.

– Bravo, hurra, y todo ese bla, bla, bla; o, traduciéndolo una pura caca, ¿correcto? Qué aburrido. ¿No le aburre a usted el tener que escribir esas tonterías?

– A veces. Me ayuda a pagar las facturas.

– Sí, que arrogante ha sido por mi parte el no tomar eso en cuenta. Yo nunca tuve que pagar facturas, mis banqueros lo han hecho por mí. Siempre he tenido más dinero del que podía gastar, y eso le lleva a uno a una terrible ignorancia. Es una falta muy común entre los ricos indolentes: somos increíblemente ignorantes. Y nos casamos entre nosotros, lo que lleva a aberraciones tanto psicológicas como físicas -sonrió, se llevó una mano atrás y se palmeó la joroba -. Todo este campus es un lugar de refugio para los cachorros de los indolentes, ignorantes y intermezclados ricos. Incluyendo a su doctor Willie Towle. Él desciende de uno de los medios ambientes más opresivos que existen. ¿Lo sabía?

– ¿Por ser el hijo de un doctor?

– No, no -me recriminó como si fuera un pupilo especialmente estúpido-. Es uno de los Doscientos. ¿No ha oído hablar de ellos?

– No.

– Vaya al cajón inferior de mi escritorio y saque el mapa viejo de Seattle.

Hice lo que me decía. El mapa estaba doblado y bajo varios ejemplares de Playboy.

– Démelo – me dijo impaciente. Lo abrió y lo desplegó sobre la mesa-. Mire aquí.

Me puse junto a él. Su dedo apuntaba a un punto en el extremo norte del estrecho. A una pequeña isla con forma de diamante.

– La Isla de Brindamoor. Unos ocho kilómetros cuadrados de un terreno asombrosamente poco atractivo, sobre el que están situadas las doscientas mansiones que no tienen rival en ningún otro lugar de los Estado Unidos. Josiah Jedson edificó allí su primera mansión, que era una monstruosidad gótica… y otros como él lo imitaron. Tengo primos que residen allí… la mayor parte de nosotros tenemos algún grado de parentesco… Eso a pesar que mi padre construyó nuestra casa en tierra firme, en Windermere.

– Apenas si se la ve.

La isla era un puntito en el Pacífico.

– Y eso es lo que ellos quieren, muchacho. En muchos de los mapas antiguos la isla ni tiene nombre. Como puede imaginar, no hay acceso por tierra. El ferry hace un viaje de ida y vuelta desde el puerto, cuando el tiempo y las mareas lo permiten, y no es inusitado que durante dos o tres semanas no haya viaje alguno. Algunos de los residentes tienen aviones privados y pistas de aterrizaje en sus propiedades. La mayoría están muy contentos de permanecer en su espléndido aislamiento.

– ¿Y el doctor Towle creci