/ Language: Español / Genre:thriller

Obsesión

Jonathan Kellerman

Patty Bigelow pensaba que por fin había conseguido enderezar su vida, pero de repente, su rebelde hermana Leila abandona a su hija, Tanya, en la puerta de su casa. Tía y sobrina aprenden con dificultad a vivir juntas con la ayuda profesional del doctor Alex Delaware, psiquiatra. Ahora, quince años después, Tanya acude de nuevo a la consulta de Alex porque la única madre que ha tenido, Patty Bigelow, ha fallecido dejando a la joven un extraño legado: le confesó, en su lecho de muerte, haber matado a un hombre años atrás. Este acto de barbarie abrirá inevitablemente un túnel al pasado en el que los secretos, junto con los cadáveres, han sido profundamente enterrados.

Jonathan Kellerman

Obsesión

Nº 21, Serie Alex Delaware, 21

Capítulo 1

Patty Bigelow odiaba las sorpresas y hacía todo lo posible para evitarlas.

Dios tenía otras ideas.

El concepto de Patty de un ser supremo estaba a medio camino entre el «Ho, ho, ho» de Santa Claus y el ojo de fuego de Odín lanzando rayos.

Una cosa u otra, era un tío con barba blanca durmiendo en las nubes que, dependiendo de su humor, repartía regalos o jugaba a las canicas con los planetas.

Si le hubieran insistido, Patty se habría definido como agnóstica. Pero cuando la vida se ponía patas arriba, ¿por qué no ser como todos los demás y culpar a una fuerza suprema?

La noche en que Lydia le dio la sorpresa, Patty llevaba en casa un par de horas intentando relajarse después de un duro día en la unidad de Urgencias. Se regaló una cerveza, luego otra y cuando eso no funcionó, se sumergió en The Urge.

Primero se puso a ordenar el apartamento, hizo todas las cosas que no necesitaba hacer y acabó en la cocina utilizando un cepillo de dientes para raspar el cemento blanco de la encimera, limpió el cepillo de dientes con un cepillo de alambre que luego lavó con agua caliente hasta que quedó limpio. Seguía algo tensa, así que se guardó lo mejor para el final: arreglar los zapatos, pasarle un trapo a cada mocasín, zapatilla y sandalia, limpiarlos con una gamuza, ordenarlos por color y revisarlos, asegurándose de que todos tenían las puntas hacia fuera con exactamente el mismo ángulo.

Cuando estaba con las blusas y los suéteres… sonó el timbre.

La una y veinte de la madrugada en Hollywood, ¿quién diablos podía ser?

Patty se sintió molesta, luego nerviosa. Tenía que haber comprado aquella pistola. Cogió un cuchillo de trinchar y fue hasta la puerta; se aseguró de utilizar la mirilla.

Vio el cielo negro, no había nadie allí fuera… ah, sí, allí estaba. Cuando se dio cuenta de lo que Lydia había hecho, se quedó allí de pie, demasiado atónita como para echarle las culpas a alguien.

Lydia Bigelow Nardulli Soames Biefenbach era la hermana pequeña de Patty, pero había vivido mucho más a sus treinta y cinco años de lo que esta quería pensar.

Años de marginación, de camarera, de correr por el mundo siguiendo a tal o cual cantante o en el asiento de atrás de una Harley. Las Vegas, Miami, San Antonio, Fresno, México, Nuevo México, Wyoming, Montana. Sin tiempo para postales o para alguna llamada a su hermana, la única vez en que Patty tenía noticias de Liddie, había dinero de por medio.

Lydia fue rápida en hacerle saber que los arrestos solo eran tonterías de mierda, nada serio. Era su respuesta al silencio de Patty, cuando la llamaba para que fuera a buscarla al calabozo de algún pueblo en medio del campo y le sonsacaba el dinero de la fianza.

Siempre se lo devolvía, Patty se lo agradecía. Y otra vez la misma canción, seis meses más tarde y hasta el día de hoy.

Liddie podía ser eficiente cuando quería, pero no en lo relativo a los hombres. Antes, durante y después de los tres estúpidos matrimonios que tuvo, desfilaron una serie inacabable de perdedores de mirada vacía, dedos con uñas sucias, tatuados y con pirsin, a los que Liddie insistía en llamar «caris».

Todos estos imbéciles alrededor y milagrosamente sólo una criatura.

Hace tres años, Lydia pasó veintitrés horas empujando hacia fuera a su bebé, sola en algún hospital osteopático en las afueras de Missoula. Tanya Marie, dos kilos y cuatrocientos cuarenta gramos. Lydia le envió a Patty una foto de un bebé y Patty le envió dinero. La mayoría de recién nacidos están rojos y parecen monitos, pero este parecía muy guapetón. Dos años después, Lydia y Tanya aparecieron en la puerta de la casa de Patty, dejándose caer de camino a Alaska.

Ni palabra del porqué iban a Juneau, de si conocían alguien allí o si Liddie estaba limpia. Ninguna indirecta sobre quién era el padre. Patty se preguntaba si Lydia lo sabría.

Patty no era una de esas personas a las que le gustan los niños y se le puso un nudo en la garganta cuando vio a la pequeña agarrando la mano de Liddie. Esperaba encontrar una mocosa salvaje, dadas las circunstancias. Su sobrina resultó ser dulce y silenciosa, con un bonito pelo ralo de un color entre blanco y rubio, unos ojos verdes llenos de curiosidad como los que podría tener una mujer de mediana edad y unas manos que no paraban.

«Nos hemos dejado caer», se convirtió en una estancia de diez días. Patty acabó por pensar que Tanya era un encanto y no una molestia, pasando por alto la peste a pañales sucios.

Tan inesperada fue su llegada como el anuncio de Liddie referente a su partida.

Patty se sintió aliviada, pero también disgustada.

– Lo has hecho bien, Lid, es realmente toda una señorita.

De pie en el umbral de la puerta, mirando cómo Lydia tiraba de la niña con una mano y arrastraba una maltrecha maleta con la otra. Un taxi amarillo esperaba con el motor en marcha en la acera, escupiendo humo tóxico. El ruido aumentó en la parte baja del bulevar. Al otro lado de la calle, un vagabundo paseaba arrastrando los pies.

Lydia se apartó el pelo y sonrió. Su preciosa sonrisa de antaño estaba desfigurada por dos dientes frontales a los que les faltaba un trozo bastante grande.

– ¿Una señorita? ¿Quieres decir que no es como yo? Pat.

– Oye, para. Tómatelo como lo que ha sido -respondió Patty.

– Eh. Soy una guarra y me enorgullezco de ello -dijo Lydia golpeándose el pecho y contorneando el culo. Soltó una carcajada tan alta que incluso el taxista giró la cabeza.

Tanya apenas tenía dos años, pero debía saber que la reacción de su mamá estaba siendo poco apropiada porque hizo una mueca.

Patty quería protegerla.

– Todo lo que quise decir es que es estupenda, puedes traerla siempre que quieras.

Sonrió a Tanya, pero la niña miraba hacia la acera.

Liddie se rió.

– ¿Incluso con todos esos pañales llenos de mierda?

Ahora la niña miraba fijamente a lo lejos. Patty se le acercó y le tocó la parte de arriba de su cabecita. Tanya empezó a retroceder, luego se quedó inmóvil.

Patty se inclinó ligeramente y le habló bajito.

– Eres una niña buena, toda una señorita.

Tanya cruzó las manos frente a ella y puso la sonrisa más lastimosa que Patty había visto en toda su vida.

Como si una voz interior le hubiera enseñado a tocar los puntos clave del protocolo entre sobrina y tía.

Lydia repitió:

– ¿Incluso con los pañales llenos de mierda? Perfecto, lo recordaré, Pat, por si por una casualidad pasamos alguna vez por aquí cerca.

– ¿Qué hay en Juneau?

– Nieve.

Lydia se rió y sus pechos saltaron, apenas los sujetaba una camiseta rosa chillón con la espalda al aire. Ahora tenía tatuajes, demasiados. Su pelo parecía seco y basto, el contorno de los ojos se había arrugado y aquellas piernas largas de bailarina se estaban convirtiendo en unos muslos fofos. Todo esto y los dientes rotos gritaban «Chica fácil». Patty se preguntaba qué pasaría cuando la belleza de Lydia empezara a extinguirse.

– ¡Cuídate! -exclamó.

– Sí, claro -respondió Lydia, mientras cogía a la niña por su pequeña muñeca y la empujaba hacia el coche-, tengo mi propia forma de hacerlo.

Patty fue tras ellas. Se inclinó para mirar a los ojos a la niña mientras Lydia llevaba la maleta al taxi.

– Encantada de conocerte, pequeña Tanya.

Aquello sonó poco simpático. Pero, ¿qué sabía ella de niños?

Tanya se mordió el labio, apretó con fuerza.

Ahora, estaba allí, trece meses después, una calurosa noche de junio. Algo apestaba en el aire, Patty no sabía el qué y la niña estaba de nuevo en su puerta, más diminuta que nunca, vestía unos vaqueros demasiado grandes y una camiseta blanca desgastada, tenía el pelo más rizado, más amarillo que blanco.

Penetrante y persistente, exactamente de la misma manera. Sujetaba una orea de peluche medio descosida.

Esta vez, miró directamente a Patty.

Un ruidoso coche rojo, un Firebird, estaba aparcado exactamente donde lo estuvo el taxi. Uno de esos modelos trucados con un alerón, neumáticos gruesos y algo metálico sonando bajo el capó. El capó traqueteaba como un corazón en fibrilación.

Mientras Patty se acercaba al coche, el Firebird salió a todo gas, el rubio platino de Lydia apenas visible a través del cristal tintado del asiento del copiloto.

A Patty le pareció que su hermana saludó con la cabeza, pero siempre le quedó la duda.

La niña no se movió.

Cuando Patty volvió donde estaba ella, Tanya metió la mano en un bolsillo y sacó una nota.

Papel blanco del barato, membrete en rojo del Hotel Crazy Eight Motor, Holcomb, Nevada.

Bajo este texto, la letra de Lydia, bastante bonita para alguien que solo llegó a secundaria. Lydia nunca se esforzó por aprender a redactar correspondencia ni nada durante aquellos nueve años, pero las cosas le fueron bien.

La niña empezó a lloriquear.

Patty le cogió la mano, fría, pequeña y suave, y leyó la nota.

Querida hermana mayor:

Dijiste que era una señorita,

quizá contigo pueda llegar a serlo.

Tu hermana pequeña.

Capítulo 2

– No es el quién -dijo Milo-. Es el ¿sucedió acaso?

– Piensas que es una pérdida de tiempo -repliqué-. ¿No?

Me encogí de hombros. Ambos bebimos.

– Hablamos de una enfermedad terminal, puede que le afectase la cabeza -opinó-. Es solo una teoría más.

Acercó el vaso hacia él, dio vueltas con el palito creando pequeñas olas viscosas. Estábamos en la churrasquería, a unos tres kilómetros al oeste del centro, con dos chuletas delante, ensaladas más grandes que el jardín de muchos y unos Martinis helados.

La una y media del mediodía, una tarde fría de un miércoles, celebrábamos el final de un juicio por un asesinato pasional que había durado un mes entero. La acusada, una mujer cuyas pretensiones artísticas la condujeron a una relación mortal, nos sorprendió a todos declarándose culpable.

Cuando Milo salió de la sala del tribunal, le pregunté por qué había cedido la acusada.

– No ha dado ninguna razón. Puede que haya intentado conseguir la condicional.

– ¿Y podría haberla conseguido?

– Yo diría que no, pero si el zeitgeistse pone melancólico, ¡quién coño sabe!

– ¿Mucha palabrería esta mañana? -pregunté.

– Ética, ambiente social, elige lo que quieras. Lo que quiero decir es que en estos últimos años todo el mundo se cree capaz de erradicar el crimen. Así que hacemos nuestro trabajo demasiado bien y John Q. está contento. El Times acaba de emitir una de sus series sensibleras sobre cómo una cadena perpetua por asesinato realmente significa vivir y no es tan trágico. Más de todo esto y volvemos a los dulces días de la libertad condicional.

– Eso significa que la gente lee los periódicos.

Se enfurruñó.

Me habían citado como testigo de la acusación. Me había pasado cuatro semanas de guardia, tres días sentado en un banco de madera en un pasillo largo y gris del edificio del juzgado de lo penal, en Temple.

A las nueve y media de la mañana estaba haciendo un crucigrama cuando Tanya me llamó para decirme que su madre había muerto de cáncer un mes antes y que quería una sesión.

Hacía años que no las había visto a ella o a su madre.

– Lo siento mucho, Tanya. Puedo verte hoy.

– Gracias, doctor Delaware -su voz se cortó.

– ¿Hay algo que quieras contarme ahora?

– En realidad no; no es por el dolor. Es algo… Estoy segura de que pensará que es extraño.

Esperé. Me dijo algo:

– Seguramente creerá que estoy obsesionada.

– En absoluto -le respondí, acostado en el diván de la consulta.

– No lo estoy, de verdad doctor Delaware. Mi madre no habría… Lo siento, tengo que volver a clase. ¿Puede recibirme hoy un poco más tarde?

– ¿Qué tal sobre las cinco y media?

– Muchísimas gracias, doctor Delaware. Mi madre siempre le respetó.

***

Milo cortó el hueso; cogió un trozo de carne para inspeccionarlo. La iluminación hizo que su cara pareciera una lápida.

– ¿A ti esto te parece de primera calidad?

– Sabe bien -le dije-. Probablemente no tenía que haberte dicho nada de la llamada: confidencialidad. Pero si resulta ser algo importante, sabes que volveré.

El filete desapareció entre sus labios. Sus mandíbulas trabajaban y los granos de acné de sus mejillas parecían comas bailando. Usó la mano libre para quitarse un mechón de pelo negro de su frente moteada. Mientras tragaba añadió:

– Siento lo de Patty.

– ¿La conocías?

– Solía verla en Urgencias, cuando fui con Rick. «Hola, ¿qué tal?» «Que tenga un buen día.»

– ¿Sabías que estaba enferma?

– De ningún modo. Lo habría sabido si Rick me lo hubiera contado, pero teníamos una nueva regla: nada de hablar de trabajo fuera del horario laboral.

Cuando un caso está abierto, el horario de un detective de homicidios nunca acaba. Rick Silverman trabajaba en la unidad de Urgencias del Cedars desde hacía años. Los dos no paraban de hablar sobre los límites, pero sus planes se apagaron pronto.

– Entonces, ¿no tienes idea de si trabajaba todavía con Rick? -le pregunté.

– Misma respuesta. Confesar «algo terrible» que hizo, no tiene sentido, Alex. ¿Por qué desenterraría ella los trapos sucios de su madre?

Porque la joven consigue algo y no quiere dejarlo pasar.

– Buena pregunta.

– ¿Cuándo la trataste?

– La primera vez fue hace doce años, ella tenía siete.

– Doce años exactamente, no es una aproximación -dijo.

– Hay casos que no se olvidan.

– ¿Casos duros?

– Lo hizo bastante bien.

– El superloquero suma puntos de nuevo.

– Suerte -le dije.

Me miró. Comió un poco más de filete. Dejó el tenedor.

– Esto no es de primera, como mucho, excelente.

***

Dejamos el restaurante y Milo volvió al centro, a una reunión para arreglar el papeleo en la oficina del fiscal del distrito. Yo cogí la calle Seis hacia la terminal oeste en San Vicente, donde un semáforo en rojo me dio el tiempo necesario para llamar a urgencias del Cedars-Sinai. Pregunté por Richard Silverman y todavía estaba esperando cuando el semáforo se puso en verde. Colgué y seguí hacia el norte a La Ciénaga, luego al oeste por Grace Alien hasta el solar del hospital.

Patty Bigelow, fallecida a los cincuenta y cuatro años. Siempre había parecido tan fuerte…

Dejé el coche en una plaza del aparcamiento para visitantes y caminé hacia la puerta de entrada de la unidad de Urgencias, intentando recordar la última vez que hablé con Rick profesionalmente, cuando me envío a Patty y a Tanya.

Nunca.

Mi mejor amigo era un detective de homicidios gay, lo que no significaba ver con frecuencia al hombre con el que él vivía. En el transcurso de un año, había charlado con Rick media docena de veces cuando cogía el teléfono en su casa, siempre con tono suave, ninguno de los dos quería prolongarlo.

Coincidimos en algunas cenas para las celebraciones, Robin y yo nos reíamos y brindábamos por ellos, y eso era todo.

Cuando llegué a las puertas correderas de cristal, puse mi mejor cara de doctor. Me había vestido para el juicio con un traje azul de raya diplomática, camisa blanca, corbata amarilla y zapatos relucientes. El recepcionista apenas me miró.

Urgencias estaba tranquilo, algunos pacientes ancianos, languideciendo en camillas, ni tensión ni trazos de tragedia en el aire. Me acerqué al mostrador de pacientes y encontré a Rick caminando hacia mí, flanqueado por un par de residentes. Llevaban unos uniformes de hospital salpicados con algo de sangre y Rick una bata blanca larga. Los residentes llevaban unas chapitas. Rick no; todo el mundo sabe quien es.

Cuando me vio, les dijo algo a los demás y se marcharon.

Se acercó al lavabo y se restregó con Betadine, extendió la mano y me llamó:

– Alex.

Siempre tengo cuidado de no apretar demasiado los dedos que suturan vasos sanguíneos. El apretón de Rick fue la combinación habitual de firmeza y tentativa.

Su cara larga y delgada estaba coronada por finos rizos grises. Su bigote militar se conservaba marrón, pero las puntas habían desaparecido. Bastante elegante pero mejorable; sigue frecuentando el solárium. El tono de bronceado de hoy parecía reciente, puede que de una sesión a mediodía, en lugar de la comida.

Milo mide entre uno ochenta y cinco y uno noventa, dependiendo de cómo su humor afecte a su postura. Su peso está alrededor de los ciento ocho kilos, que es mucho. Rick llega al uno ochenta, pero a veces parece tan alto como Milo, el chicarrón le llamamos, porque siempre tiene la espalda recta y no pasa nunca de los setenta y ocho kilos.

Hoy le vi un poco encorvado, nunca antes lo había notado.

Dijo:

– ¿Qué te trae por aquí?

– Me he dejado caer para verte.

– ¿A mí? ¿Qué pasa?

– Patty Bigelow.

– Patty -repitió, mirando al cartel de salida-. Me vendría bien un café.

***

Nos servimos de la cafetera de los médicos y caminamos hasta una sala de reconocimiento vacía que olía a alcohol y metano. Rick se sentó en la silla del médico y yo me senté en la mesa.

Se dio cuenta de que el rollo de papel de la mesa necesitaba ser cambiado y dijo:

– Aparta un segundo.

Lo arrancó. Puso uno nuevo, lo sacudió y se lavó las manos de nuevo.

– Así que Tanya te ha llamado. La última vez que la vi fue apenas unos días después de la muerte de Patty. Necesitaba una mano para recoger los efectos personales de Patty, estaba con la burocracia del hospital, pero incluso después de ayudarla, me dio la impresión de que quería hablar de algo. Le pregunté si necesitaba algo más, me dijo que no. Luego, pasada una semana, me llamó por teléfono, me preguntó si aún ejercías o si trabajabas en exclusiva para la Policía. Le dije que por lo que sabía, siempre estabas disponible para antiguos pacientes. Me dio las gracias y de nuevo, tuve la impresión de que se contenía. No te dije nada por si ella no seguía adelante. Me alegro de que lo haya hecho. Pobre chiquilla.

– ¿Qué tipo de cáncer tuvo Patty? -pregunté.

– Pancreático. Para cuando se lo diagnosticaron, había afectado a todo el hígado. Un par de semanas antes, noté que tenía mal aspecto, pero Patty a medio gas rendía más que la mayoría de gente a toda máquina.

Rick parpadeó.

– Cuando vi que estaba ictérica, le insistí para que se lo examinara. Tres semanas más tarde nos abandonó.

– Hay criminales de guerra nazis que llegan hasta los noventa y ella muere. -Se masajeaba una mano con la otra-. Siempre imaginé a Patty como una de esas intrépidas mujeres colonizadoras que pueden cazar un visón o cualquier otra cosa, despellejarlo, carnearlo, cocinarlo y convertir los despojos en algo útil.

Se estiró uno de los párpados.

– Todos estos años trabajando con ella y no pude hacer nada para cambiar el final. Le conseguí la mejor oncóloga que conozco y me aseguré de que Joe Michelle, nuestro anestesista jefe, tratara personalmente el dolor.

– ¿Pasaste mucho tiempo con ella al final?

– No tanto como hubiera debido -dijo-, pasaba de vez en cuando, tuvimos alguna pequeña conversación y me echó. Se lo reproché para asegurarme de que de verdad quería que me fuera. Quería.

Se tiró del bigote.

– Durante todos estos años fue mi enfermera, pero aparte de algún café de forma ocasional en esta cafetería, nunca tuvimos mucho trato, Alex. Cuando entré, era uno de esos que solo pensaban en el trabajo, nada de bromas. Mis empleados se las arreglaron para hacerme ver que mis formas eran un error y amplié mi vida social. Celebración de fiestas, una lista con el cumpleaños de cada persona para asegurarme de que hubiera siempre pasteles o flores, todo este tipo de cosas para subir la moral del personal. -Sonrió-. Un año, en la fiesta de Navidad, el chicarrón aceptó ser Santa Claus.

– Vaya imagen.

– «Ho, ho, ho», refunfuñaba. Gracias a Dios no había niños que se sentaran en su regazo. Lo que quiero decir, Alex, es que Patty no estaba ni en esa fiesta ni en ninguna otra. Siempre se iba directa a casa cuando acababa su turno de trabajo. Cuando intentaba convencerla de algo diferente, solo conseguía un «Te quiero, Richard, pero me necesitan en casa».

– ¿La responsabilidad de una madre soltera?

– Eso creo. Tanya era la única persona a la que Patty permitía estar en su habitación en el hospital. Los adolescentes parecen más dulces. Estaba en el curso de preparación para empezar Medicina, pensaba en psiquiatría o neurología. Puede que le causaras buena impresión.

Se levantó, extendió los brazos sobre la cabeza. Se volvió a sentar.

– Alex, la pobre chiquilla no tiene ni veinte años y ya está sola. -Cogió el café, miró dentro de la taza, no bebió-. ¿Hay alguna razón por la que te hayas molestado en venir hasta aquí?

– Pensaba que a lo mejor había algo sobre Patty que debiera saber.

– Cayó enferma, murió, es un asco -dijo-. ¿Por qué me da la impresión de que esto no es lo que andas buscando?

Consideré cuánto debía contarle. Técnicamente, podía considerarlo como un médico de referencia. O no.

– El deseo de Tanya de verme no tiene nada que ver con el dolor -le dije-, quiere hablar sobre «algo terrible» que Patty confesó in extremis.

Movió la cabeza hacia delante.

– ¿Qué?

– Eso es todo lo que me ha dicho por teléfono. ¿Tiene algún sentido para ti?

– A mí me suena ridículo. Patty era la persona más moral que he conocido. Tanya está estresada. La gente dice todo tipo de cosas cuando está bajo presión.

– Podría ser.

Reflexionó durante un instante.

– Puede que ese «algo terrible» sea que Patty se sentía culpable por dejar a Tanya. O simplemente decía tonterías por lo enferma que estaba.

– ¿La enfermedad afectó su cognición?

– No me extrañaría, pero no es mi campo. Habla con su oncóloga. Tziporah Ganz.

Sonó su busca y leyó el mensaje de texto:

– Unidad de urgencias del Beverly Hills, llegada de infarto en breves momentos… Debo ir a intentar salvar una vida, Alex.

Me acompañó hasta las puertas de cristal y le agradecí su tiempo.

– Por lo que a mí respecta, estoy seguro de que todo este melodrama se quedará en nada. -Encogió los hombros-. Pensaba que el chicarrón y tú estaríais metidos en el juzgado por el resto del siglo.

– El caso se cerró esta mañana. Sorprendentemente se ha declarado culpable.

El busca sonó de nuevo.

– Puede que sea él dándome las buenas noticias… no, más datos de la ambulancia… varón de ochenta y seis años con pulso casi inexistente… al menos hablamos de alguien que ha disfrutado de toda una vida.

Guardó el busca.

– No quiero decir que sirva de algo hacer estos juicios de valor, claro.

– Claro.

Nos dimos de nuevo la mano.

– La principal «cosa terrible» es que Patty se ha ido. Estoy seguro de que todo será por el estrés de Tanya. La ayudarás a comprenderlo.

Mientras me giraba para marcharme, añadió:

– Patty era una enfermera estupenda. Tenía que haber asistido a alguna de aquellas fiestas.

Capítulo 3

Mi casa está bastante por encima de Beverly Glen, blanca como el papel y de ángulos afilados, una mancha pálida en el verde. A veces cuando me acerco, me parece un lugar extraño, decorado por alguien frío y poco sensible. En el interior, las paredes son altas y con grandes ventanales, suelo resistente, mobiliario poco estridente para suavizar las esquinas. Un silencio autoritario con el que vivo desde que Robin ha vuelto.

Esa semana estaba fuera, en una convención de lutieres en Healdsburg, mostrando dos guitarras y una mandolina. De no ser por el juicio, habría ido con ella.

Hemos vuelto después de dos rupturas, parece que nos va bien. Cuando empiezo a preguntarme por el futuro, me detengo. Para decirlo de forma elegante, eso es terapia de comportamiento cognitivo.

Junto con su ropa, los libros y sus lápices de dibujo, trajo un bulldog francés color beis de diez semanas y me concedió los honores de elegir su nombre. La perrita crecía rodeada de extraños, así que la bauticé Blanche.

Ahora tiene seis meses y es una bola chata, barrigona y arrugada de serenidad que pasa la mayor parte del día durmiendo. Su predecesor, un semental batallador de manchas llamado Spike murió en paz, de viejo. Lo recogí yo, pero él eligió a Robin como su objeto de deseo. Al menos, Blanche no hacía distinciones.

La primera vez que Milo la vio, dijo:

– Se podría llegar a decir que esta al menos es bonita.

Blanche hizo un sonido parecido a un ronroneo, frotó su huesuda cabeza contra su espinilla y abrió los labios.

– ¿Me está sonriendo o me lo parece a mí?

– Sonríe -respondí-. Lo hace.

Se agachó y la miró de cerca. Blanche le lamió la mano, se movió para acurrucarse.

– ¿Es de la misma raza que Spike?

– Se parecen como tú a Robin -dije.

***

Ningún ladrido de bienvenida cuando pasé por la cocina y entré en el lavadero. Blanche estaba durmiendo en su cajón, con la puerta abierta. Mi susurro de buenas tardes le hizo abrir uno de sus enormes ojos marrones. La colilla natural que les sirve de rabo a los bulldog franceses empezó a moverse frenéticamente pero el resto de su cuerpo permaneció inerte.

– Eh, bella durmiente.

Levantó el otro párpado, bostezó, consideró sus opciones. Finalmente, salió y se agitó para despertarse. La cogí y la llevé hasta la cocina. El ruido al abrir el bote de hígado habría hecho que Spike se volviera loco. Blanche me dejaba sujetar el bote mientras ella mordisqueaba con delicadeza.

La llevé a la habitación y la coloqué en una silla. Suspiró y volvió a dormirse.

– Eso es porque soy un tipo superinteresante.

Busqué en el armario del almacén el expediente de Tanya Bigelow, lo encontré en la parte de abajo de un cajón y lo leí por encima. Tratamiento inicial a los siete años, un seguimiento tres años después.

Nada relevante en mis notas. Ninguna sorpresa.

A las cinco y veinte sonó el timbre..

Una joven rubia, de piel clara, con una camisa blanca de cordones y vaqueros ajustados estaba de pie en el rellano de la puerta.

– Está exactamente igual, doctor Delaware.

Aquella niña más pequeña de lo normal se había metamorfoseado en toda una mujercita. Busqué en mi memoria alguna peculiaridad, me acordé de varias: la misma cara triangular, mentón cuadrado, pálidos ojos verdes. Labios temblorosos.

Me pregunto si la habría conocido de verla en la calle.

– Tú has cambiado un poco -dije, haciendo una señal para que entrara.

– Eso espero, por supuesto -replicó-. La última vez era una niña.

Los antropólogos dicen que el pelo rubio es atractivo porque pocas rubias siguen siéndolo con el tiempo, representa a la juventud. Los rizos amarillos de Tanya se habían suavizado en ondas de color miel. Llevaba el pelo largo, recogido con una cola alta, sujeta con palillos orientales negros.

Ningún parecido con Patty en absoluto.

¿Por qué tendría que haberlo?

Nos dirigimos hacia el pasillo. Mientras nos acercábamos al despacho, Blanche se levantó, se agitó y caminó hacia adelante. La cogí en brazos.

– Ahora sí, algo diferente -apuntó Tanya-. Los únicos animales que tenía la última vez eran aquellos magníficos peces.

– Todavía están aquí.

Se aproximó para acariciar al perro, cambió de idea.

– Su nombre es Blanche. Es muy cariñosa y sociable.

Tanya alargó con cuidado un dedo.

– Hola, guapa.

El cuerpecito rotundo y gelatinoso de Blanche era como el de un cachorro tembloroso. Una nariz húmeda y negra olisqueó en dirección a Tanya. Sus labios carnosos se ondularon.

– ¿Estoy antropomorfoseando, doctor Delaware, o está sonriendo?

– No lo estás, sonríe.

– ¡Qué mona!

– La volveré a dejar en su cajón y empezaremos.

– ¿Un cajón? ¿Es necesario?

– Hace que se sienta más segura.

Me miró dudosa.

– Piensa en un bebé en la cuna -dije- y ahora imagínalo dando vueltas por un espacio abierto.

– Lo imagino -respondió-, pero no la eches por mí. Me encantan los perros.

Tocó la parte superior de la cabeza de Blanche.

– ¿Quieres cogerla?

– Yo… si ella se siente bien.

Blanche aceptó bastante bien el transporte, ni un movimiento. Alguien debería estudiar su cerebro químicamente y empaquetarlo.

– Está tan calentita, eh, guapa, ¿es un doguillo?

– Un bulldog francés. Si pesa demasiado…

– No se preocupe, soy más fuerte de lo que parece.

Nos sentamos en unas butacas, una frente a la otra.

– Una piel agradable -dijo ella, acariciando un brazo-. Es como…

Miró hacia abajo, a Blanche.

– ¿La estoy sujetando correctamente?

– Perfecto.

Miró alrededor de la habitación.

– Nada de lo que hay aquí ha cambiado, pero el resto de la casa es totalmente diferente. Era más pequeña. Con madera en los laterales, ¿verdad? Al principio pensé que no tenía la dirección correcta.

– La reconstruimos hace algunos años. Un psicópata tomó la decisión por nosotros, quemando todo lo que poseíamos.

Tanya dijo:

– Resulta sumamente elegante.

– Gracias.

– Bien -contestó-. Aquí estoy.

– Me alegra verte, Tanya.

– Igualmente. -Miró alrededor-. Probablemente piense que debería hablar sobre la muerte de mi madre.

– Si lo deseas.

– En realidad, no, doctor Delaware, no estoy deprimida, esto ha sido una pesadilla. Nunca pensé que viviría algo tan terrible. Pero estoy manejando mi dolor todo lo bien que cabría esperar, ¿suena eso a depresión?

– Tú eres el mejor juez para saberlo, Tanya.

– Bien -asintió-, creo que lo estoy. No reprimo mis sentimientos. Al contrario, lloro. Dios mío. Lloro sin parar. Todavía me levanto por la mañana esperando verla, pero…

Sus ojos se empañaron.

– No ha pasado mucho tiempo -dije.

– A veces parece como si fuera ayer. A veces, es como si nunca se hubiese ido… creo que ya estaba enferma antes de decirlo.

– ¿No se sentía bien?

– Simplemente no era ella en las últimas semanas.

Lo mismo que Rick había dicho.

– No era algo que le impidiese seguir haciendo turnos dobles, cocinar u organizar la casa, pero perdió el apetito y empezó a perder peso. Cuando saqué el tema, dijo que no había ningún problema, que por fin podría estar delgada. Pero eso era lo raro, mi madre nunca había podido perder peso, no importa lo mucho que lo intentara. Estoy preparándome para estudiar Medicina, sé lo bastante de biología como para pensar en la diabetes. Una noche, casi no había tocado su cena, le hablé de lo que estaba pasando. Me contestó que solo era la menopausia, nada grave. Pero ella había empezado con la menopausia dos años antes y las mujeres normalmente ganan peso, no lo pierden. Se lo dije, pero me echó. Finalmente, una semana más tarde, se vio obligada a hacerse un examen.

– ¿Obligada por quién?

– El doctor Silverman notó el amarillo de sus ojos e insistió. Pero incluso con eso, antes de aceptar ver a un médico, se hizo un análisis de sangre en la unidad de urgencias. Cuando llegaron los resultados, el doctor Silverman ordenó un tac. El tumor se encontraba justo en medio del páncreas y había metástasis en el hígado, el estómago y los intestinos. Decayó muy rápidamente. A veces me pregunto si la conmoción de saberlo hizo que se rindiera. O si simplemente era el curso natural de la enfermedad.

Se sentaba con la espalda recta, los ojos secos. Acariciaba lentamente a Blanche. Alguien que no la conociera la habría considerado indiferente.

– ¿Cuánto tiempo estuvo enferma?

– Desde el día del diagnóstico, veinticinco días. La mayoría en el hospital, estaba demasiado débil para vivir en casa. Al principio intentó siempre demostrar su mal genio: se quejaba de que no le llevaban su bandeja a tiempo, decía que aquella flota de enfermeras no era como las enfermeras normales, no le cuidaban lo suficiente. En cada turno, insistía en leer su informe, hacía que la repitieran los controles de sus señales vitales. Supongo que así sentía que seguía teniendo el control. Mi madre siempre fue buena en mantener el control. ¿Le habló alguna vez de su juventud?

– Un poco.

– ¿Lo bastante como para saber lo que le sucedió en Nuevo México?

Asentí con la cabeza.

Apretó sus pequeñas manos.

– Es un milagro que pudiera convertirse en una persona tan maravillosa.

– Era una persona estupenda -dije yo.

– Era una persona increíble.

Tanya estudiaba un grabado en la pared izquierda.

– Aquella primera semana en el hospital, fue una déspota absoluta. Luego cayó demasiado enferma para luchar, casi todo el tiempo dormía y leía revistas para mujeres, lo que ella llamaba revistas de las celebridades. Ahí fue cuando supe que estaba realmente mal.

Metió los labios hacia adentro.

– US, People, Star, OK. Ese tipo de periodicuchos de los que siempre se había burlado cuando yo los compraba para leerlos el fin de semana. No soy una fan de los famosos, pero me paso quince horas a la semana en la biblioteca de la universidad y además, me preparo para la carrera de Medicina, ¿por qué no disfrutar de un pequeño desliz? A mi madre le encantaba bromear conmigo. Su lectura por placer consistía en libros de inversión, la sección de economía y algunas publicaciones para enfermeras. La gente solía subestimarla.

– Grave error de juicio -añadí.

Acariciaba a Blanche.

– Cierto, pero la imagen de chica pueblerina podía volverse en su contra. Me contó que antes de que conociera al doctor Silverman, nunca recibió lo que merecía de sus jefes. Él la apreciaba, se aseguró de que ella recibiera los ascensos que le correspondían… de cualquier modo, creo que puede ver que estoy trabajando para manejar mi dolor. No me reprimo. Justo al contrario, me fuerzo a mí misma a recordar todo lo que puedo. Como cuando tienes una astilla y se clava más hondo.

Asentí con la cabeza.

– A veces -dijo-, alucino, lloro, me canso tanto que no siento nada. Lo peor son las noches. Tengo sueños continuamente. Eso es normal, ¿no?

– ¿Sueños en los que ella aparece?

– Más que eso. Ella está ahí. Me habla. Veo cómo se mueven sus labios, oigo el sonido, pero no puedo entender las palabras, es frustrante… A veces, puedo olería, cómo olía por la noche, pasta de dientes y polvos de talco, es tan intenso… Luego me despierto y no está ahí y siento como si me desinflara. Pero sé que es lo normal. He leído varios libros sobre el dolor.

Recitó una media docena de títulos. Conocía cuatro. Dos eran buenos.

– Los encontré en la web, elegí los que mejor aceptación habían tenido. -Se estremeció y siguió-. Solo tengo que superarlo. Pero necesito que me ayude con… Y por favor, perdóneme porque ni siquiera estoy segura de que sea usted la persona con la que debería hablar. -Sus mejillas se colorearon-. Pensé en hablar con el doctor Silverman… me puse en contacto con usted porque mi madre le respetaba. Yo también, claro. Usted me ayudó… -Apretó de nuevo los labios. Golpeó un pulgar con el otro.

Me sonrió.

– No tiene permiso para enfadarse, ¿de acuerdo?

– ¿Por qué debería enfadarme?

– Para ser totalmente honesta, bien, se lo contaré. La verdadera razón por la que estoy aquí es porque usted trabaja con ese detective: el amigo del doctor Silverman. Habría ido directamente a hablar con el doctor Silverman, pero la verdad es que no le conozco tanto y usted era mi terapeuta, así que puedo contarle cualquier cosa. -Suspiró profundamente-, ¿verdad?

– Quieres que te ponga en contacto con el detective Sturgis.

– Si cree que puede ayudar…

– ¿Con…?

– Con la investigación -dijo-. Descubriendo exactamente lo que pasó.

– Ese «algo terrible» que tu madre confesó.

– No fue una confesión, fue como… había intención en ello, doctor Delaware, intención y determinación. Justo como reaccionaba mi madre cuando un problema debía resolverse. Estará pensando que soy ridícula, ella estaba enferma, le había afectado al cerebro. Pero aun estando tan enferma, era evidente que quería que le prestara atención.

– A aquello tan terrible.

Parpadeó.

– Me pican los ojos, ¿tendría un pañuelo, por favor?

Frotándose los párpados, suspiró.

La nariz de Blanche se hinchó. Tanya la miró.

– ¿Me está imitando?

– Piensa que es empatía.

– ¡Uau! Es la perrita perfecta para un psicólogo.

De repente, sonrió.

– ¿Ella cuándo se saca la licencia?

– Habla con ella -respondí-. Quiere ser abogada.

Cuando paró de reírse, preguntó:

– ¿Qué ha sido eso? ¿Terapia cómica?

– Tómatelo como una pausa para respirar.

– Bien… entonces, ¿puedo contarle exactamente lo que pasó?

Eso es para lo que me pagan.

– Te escucho -contesté.

Capítulo 4

– La segunda semana sufrió mucho -dijo-. Eso era lo más importante para todos menos para mi madre.

– Lo más importante para ella era…

– Acabar de arreglarlo todo. O como ella decía echar los restos al caldero. Al principio, me molestaba. Quería cuidarla, decirle cuánto la quería, pero cuando empezaba a hacerlo, ella cortaba por lo sano. «Hablemos de tu futuro», me decía penosa y lentamente, con dificultad. Ahora pienso en que será un futuro sin ella.

– Puede que eso la distrajera del dolor.

Los músculos alrededor de sus ojos se estremecieron.

– El doctor Michelle, el anestesista, le había enchufado un goteo de morfina. La idea era proporcionarle un flujo constante para que sintiera las menores molestias posibles. La mayoría del tiempo lo cerraba. Oí al doctor Michelle decir a una enfermera que debía estar sufriendo, pero no había nada que pudiese hacer. ¿Recuerda lo obstinada que podía llegar a ser?

– Tenía unas opiniones bien definidas.

– Los restos al caldero -decía-. Ella me enseñaba y yo tenía que tomar notas, había muchos detalles. Era como estar en el colegio.

– ¿Qué tipo de detalles?

– Económicos. La seguridad económica era muy importante para ella. Me habló de un fondo de inversiones que abrió para mi educación cuando yo tenía cuatro años. Ella pensaba que yo no tenía ni idea, pero yo solía oírla cuando hablaba con su agente por teléfono. Fingí sorprenderme. Había dos pólizas de vida de las que yo era la única beneficiaría. Se sentía muy orgullosa de haber liquidado la hipoteca, de no tener deudas. Entre mi trabajo y las inversiones, podría pagar los impuestos de propiedad y las facturas rutinarias. Me ordenó vender mi coche, de hecho, me indicó el valor de tasación y que me quedara el suyo, que era más nuevo y necesitaría menos mantenimiento. Me detalló cuánto podría gastar mensualmente, me dijo que pasara con menos si podía, pero que siempre fuera bien vestida, las apariencias cuentan. Luego estaban también todos los números de teléfono: agente, abogado, contable, fontanero, electricista. Ya se había puesto en contacto con todos, esperaban a que les llamara. Tenía que hacerme cargo de mi propia vida y ella esperaba que yo fuera lo suficientemente madura para arreglármelas. Cuando llegó a la parte sobre vender su ropa en un mercadillo o en eBay, empecé a llorar y le supliqué que parara.

– ¿Lo hizo? -pregunté.

– Las lágrimas siempre funcionaban con mi madre. Cuando era pequeña me aprovechaba de eso.

– Todos esos planes para tu futuro deben de ser abrumadores.

– Seguía hablándome sobre los impuestos de propiedad y yo pensaba: pronto ya no existirá. Eso la animaba, doctor Delaware, pero era duro. Yo tenía que repetir lo que había aprendido, como en un concurso de música pop.

– Saber que la habías entendido era un alivio para ella.

– Espero que sí. Solo deseo que hubiéramos podido pasar más tiempo… es egoísta, la clave es pensar en la persona que sufre, ¿verdad?

– Por supuesto.

Se abrazó a sí misma con una mano, mantuvo la otra sobre Blanche. Blanche le lamía la mano. Tanya empezó a llorar.

Al soltarse el pelo, dejó caer una melena rubia que sacudió con violencia antes de volver a hacerse el moño y enredar los palillos orientales.

– Bien -dijo-. Llegaré al punto final. Era viernes por la noche, fui al hospital más tarde de lo normal porque tenía laboratorio de química orgánica y mucho que estudiar. Mi madre parecía tan débil que no podía creer que hubiera cambiado tanto desde la mañana. Tenía los ojos cerrados, la piel color gris verdoso, sus manos eran como paquetes de palillos. Las revistas estaban apiladas a su alrededor, parecía como si se la hubiera tragado el papel. Empecé a asustarme. Abrió los ojos y susurró algo que no pude oír, así que acerqué el oído a sus labios.

Le daba vueltas a uno de los palillos.

– Al principio no pude ni notar su respiración y me alejé, asustada. Pero me estaba mirando directamente, todavía había luz en su interior. ¿Recuerda sus ojos? ¿Lo penetrantes y oscuros que eran? Estaban igual entonces, doctor Delaware, fijos en mí, mirándome. Movía los labios, pero estaban tan secos que el sonido no podía salir. Humedecí una toallita e hice una pequeña doblez con la que la rocé; me incliné y tocó mi mejilla con los labios. Entonces consiguió, de alguna manera, levantar la cabeza para acercarse, así que me incliné más. Pasó una de sus manos por detrás de mi cuello y apretó. Yo podía sentir el tubo del goteo rozando por detrás de mi oreja.

Miró alrededor y siguió:

– Necesito andar.

Colocó a Blanche en el suelo y se levantó. Blanche caminó y se sentó en mi regazo.

Tanya atravesó la habitación dos veces, luego, volvió a su butaca, pero siguió de pie. Se le soltó un mechón de pelo, que le cayó delante de uno de los ojos. Su pecho palpitaba.

– Su respiración era como el hielo. Empezó a hablar de nuevo, pronunciando las palabras con dificultad. Lo que dijo fue: «Actué mal». Luego, lo repitió. Le dije que ella no podría nunca haber hecho nada malo. Habló tan fuerte que me hizo daño en el oído: «Algo terrible, pequeña» y sentí como temblaba su voz.

Se masajeó las sienes, lo dejó, respiró profundamente.

– Esto es lo que no le dije por teléfono. Ella me dijo: «Lo maté. Cerca. Debes saberlo. Saberlo.» Todavía estoy intentando entenderlo. No había ningún hombre en su vida personal, así que no podía decir «cerca» hablando de una relación. Lo único que se me ocurre es que fuera literal. Alguien que viviese cerca de nosotros. He estado estrujándome el cerebro para ver si puedo recordar algún vecino que muriera de forma extraña, pero no puedo. Justo antes de venir a verle, vivíamos en Hollywood y recuerdo haber oído sirenas muy a menudo y una vez a un borracho que golpeó la puerta, pero eso es todo. Además, me cuesta creer que pudiera dañar a alguien de forma deliberada.

Se sentó.

– No sabes qué pensar -dije.

– Pensará que es una locura. También yo lo pensé. Me resistí a aceptarlo, pero no puedo dejar de pensarlo. No es por mis tendencias. Mi madre siempre quiso que yo aprendiera la verdad. A eso se refería cuando dijo: «Debes saberlo». Para ella era importante que yo lo entendiera, porque durante la última semana había estado organizando mi futuro y aquello era parte de él.

Seguí en silencio.

– Puede que sea una locura. Pero lo menos que puedo hacer es comprobarlo. Por eso pensé que quizá el detective Sturgis podría hacer una búsqueda con el ordenador en los lugares en los que vivimos para ver si ocurrió algo cerca, algo de lo que no nos enteramos, eso es todo.

La generación cibernética.

– El sistema informático lapd es bastante primitivo, pero se lo pediré. Antes de seguir con esto, deberías considerar si…

– Si estoy preparada para conocer algo tan terrible. La respuesta es no, la verdad es que no. En realidad, no creo que mi madre matara a nadie. Eso sería de locos. Lo que pienso es que en el peor de los casos, se vio involucrada en algún tipo de accidente del que se culpaba y quería asegurarse de que no se volvería en mi contra. Como en una acusación legal. Quería asegurarse de que yo estaría preparada.

Se reclinó en la butaca, se manoseaba el pelo, jugaba a esconder su mirada tras una cinta de tela larga y gruesa, la dejó caer.

– Después de que te dijera todo aquello, ¿qué dijiste tú? -pregunté.

– Nada, se quedó dormida. Fue como si se hubiera quitado una gran carga de encima y ya pudiera descansar en paz. Fue la primera vez desde que estaba hospitalizada que parecía tranquila. Me senté allí un momento. Entró su enfermera, comprobó sus señales vitales y abrió el goteo de morfina, dijo que estaría fuera de juego otras seis horas, que podía irme y volver más tarde. Me quedé por allí un poco más y al final me fui a casa porque tenía que estudiar para un examen.

Una de las manos arañaba el brazo de la butaca.

– La llamada llegó a las tres de la mañana, nos había dejado mientras dormía.

– Lo siento mucho, Tanya.

– Me dijeron que no había sufrido. Me gustaría pensar que se fue en paz porque fue capaz de expresar todo aquello antes de morir. Necesito honrar su memoria y seguir con esto. Desde que murió, he estado reviviéndolo cada día de mi vida. «Algo terrible.» «Lo maté. Cerca.» A veces parece ridículo, como una de esas escenas cursis que se ven en las películas antiguas: «El asesino es…» y luego la persona da un paso atrás y cierra los ojos. Pero sé que mi madre no habría perdido el tiempo y la energía que tenía si no fuera importante. ¿Hablará con el detective Sturgis?

– Naturalmente.

– Puede que si le dice cómo era mi madre, no pensará que estoy pirada. Estoy tan contenta de haber venido a verle. Usted sabe que ella era mucho más que la mejor de las madres. Yo no salí de su vientre y cuando Lydia me abandonó, lo más fácil habría sido mandarme fuera, a alguna parte, y haber seguido con su vida. En lugar de eso, me dio una vida.

– Tú le diste sentido a su vida, también.

– Así lo espero.

– Estaba orgullosa de ti, era evidente, Tanya.

– Se equivocaba, doctor Delaware. Sin ella yo no sería nada.

Echó una mirada rápida al reloj.

– Todavía tenemos tiempo -le dije.

– Esto es todo lo que tenía que contarle -se levantó de nuevo. Sacó del bolsillo un sobre blanco americano que me había traído. Se leía P. L. Bigelow en el membrete de la solapa, una dirección en la avenida Canfield. En el interior había una hoja doblada perfectamente en tres pliegues. Escrita a máquina, centrada.

Otras cuatro direcciones, cada una acompañada con la letra manuscrita de Tanya.

Avenida Cherokee, Hollywood. Vivimos cuatro años, desde que tenía tres hasta los cuatro.

Avenida Hudson, Hancock Park. Dos años, de los siete a los nueve más o menos.

Calle Cuarta, distrito de Wilshire. Un año, de los nueve a los diez.

Bulevar Culver, Culver. Dos años, de los diez a los doce, compramos el dúplex.

Había construido la cronología según su edad. Jugaba a ser adulta, pero su mundo se centraba en ella misma, como en los adolescentes.

– Puede que lo que pasara, fuera lo que fuera, sea relativamente reciente -dije.

Simulaba haberla creído.

– ¿En Canfield? No, aquí estaba todo muy tranquilo. Y yo ya era mayor cuando nos mudamos, me habría enterado si hubiese pasado algo en el vecindario. De todos modos, renuncio a cualquier confidencialidad, así que puede decirle todo lo que desee al detective Sturgis. Lo he dejado escrito aquí.

Sacó del bolso otro papel arrugado. Una nota manuscrita, redactada con un lenguaje rebuscado típico de la jerga legal de un amateur. Luego escribió un cheque, por la cantidad de una factura con descuento que le cobré a su madre diez años antes. Un veinte por ciento de lo que cobraría hoy en día.

– ¿Está bien así?

– Por supuesto.

Se dirigió hacia la puerta.

– Gracias, doctor Delaware.

– ¿Habló tu madre sobre algún caso de negligencia médica en el hospital?

– No. ¿Por qué?

– La unidad de Urgencias es de alto riesgo. ¿Y si un paciente que estuviera tratando hubiera muerto y ella se sintiera responsable?

– No es posible que hubiera causado la muerte de nadie, doctor Delaware. Ella sabía mucho más que algunos médicos.

– Los juicios no siempre dependen de la verdad-dije-. En un hospital, a veces los abogados van a por cualquier persona que tocara al paciente.

Se apoyó en la puerta.

– Negligencia. Dios mío, ¿por qué no pensé en eso? Puede que tenga algún juicio enorme pendiente y estuviera preocupada de que intentaran tocar el fondo de inversiones. Quería contarme más, pero no tuvo fuerzas. Usted es realmente brillante, doctor Delaware.

– Solo es una sugerencia.

– Pero muy buena. Parquedad científica, ¿verdad? Buscar la respuesta más simple. No puedo creer que no se me ocurriera.

– Has tenido muchas cosas en la cabeza. Llamaré al doctor Silverman ahora mismo.

Contacté con la unidad de Urgencias. El doctor Silverman estaba en una operación.

– Me devolverá la llamada. Si tengo algo que contarte, prometo llamarte de inmediato.

– Muchísimas gracias doctor Delaware, pero si me permite, ¿podemos confiar en que el doctor Silverman nos informará? Puede que sus abogados le hayan dicho que no hable con nadie, bien, perdone, es una idiotez. Estoy siendo una paranoica.

– ¿Sigues queriendo que hable con el detective Sturgis?

– Solo si el doctor Silverman le dice que no hubo negligencia por parte de mi madre, pero algo me dice que ha dado en el clavo. Ella siempre me decía que usted era brillante.

Hace diez años, el tratamiento que siguió conmigo fue prácticamente nada. Le sonreí y la acompañé fuera.

Cuando llegamos a su camioneta, le dije:

– Cuando esto esté resuelto, ¿quieres que continuemos con un par de sesiones más?

– ¿Para conseguir qué?

– Me gustaría saber algo más sobre cómo vives y a quién tienes para que te apoye.

– Mi vida no ha cambiado. El dúplex está completamente pagado y los inquilinos del piso de abajo son una familia muy amable, los Friedman. Su renta cubre los gastos y algunos extras. Están en Israel porque el doctor Friedman se ha tomado un año sabático, pero me adelantaron el alquiler de un año y tienen previsto volver. El seguro de mi madre y las inversiones cubrirán mis gastos hasta que acabe la universidad. Si acabara ingresando en alguna universidad privada, puede que tuviera que pedir un préstamo, pero los médicos se las arreglan, lo pagaré. Mis amigos de la escuela me apoyan, tenemos un grupo, todos nos preparamos para estudiar medicina, son muy majos y me entienden.

– Suena bien -le dije-, pero me sentiría mejor si estuvieras dispuesta a volver.

– Vendré, lo prometo, doctor Delaware. En cuanto acaben los exámenes. -Sonrió-. No se preocupe, no he recaído en ninguno de mis antiguos problemas. Le agradezco su atención. Mi madre siempre decía que para usted era algo más que puro trabajo. Me dijo que le observara, para aprender lo que significa cuidar de un paciente.

– ¿Cuántos años tenías cuando te dijo aquello?

– Eso era por… justo antes de cuando vine a verle por segunda vez, nos acabábamos de mudar a Culver, así que… diez.

– A los diez años, ¿ya sabías que querías ser médico?

– Siempre he querido ser médico.

Mientras bajábamos las escaleras, me preguntó:

– ¿Cree usted en el Más Allá?

– Es un concepto reconfortante.

– ¿Quiere decir que no cree?

– Depende del día en que me preguntes.

Imágenes de mis padres pasaron rápidamente por mi mente. Mi padre, con la nariz roja, en el bar del Cielo. ¿Había procedimientos celestiales para un comportamiento impredecible? Puede que al final mi madre pueda ser feliz, acurrucada en una réplica celestial del Club de bridge.

– Bien -asintió-, ante todo sinceridad. Creo que al igual que yo. La mayoría del tiempo razono según una lógica científica, que me enseñen los datos. Pero al final, me encuentro creyendo en un mundo espiritual, porque siento que ella está conmigo. No es constante, solo a veces, cuando estoy sola. Estoy haciendo algo y noto su presencia. Podría ser mi necesidad emocional, pero solo parará el día que comience una terapia real.

Capítulo 5

– No, nada de eso, ni en la actualidad ni en el pasado. De hecho, llevamos una temporada muy agradable y tranquila, en cuanto a picapleitos se refiere. Y cuando los buitres acechan, evitan a las enfermeras. No tienen incentivo económico -dijo Rick.

– ¿Tenía Patty un segundo empleo?

– No mientras trabajó conmigo. Cuando quería un dinerito extra, hacía turno doble.

– ¿Dónde trabajó antes de venir al Cedars?

– En Kaiser Subset, pero solo durante un año. Descarta la posibilidad de negligencia médica, Alex.

– Bien, gracias.

– ¿Qué tal está Tanya?

– Tan bien como cabría esperar.

– Bien. Debo irme. Gracias por verla.

Directo al grano. Quirúrgico. Justo como su último caso.

***

– Sé que no estás trabajando mucho como terapeuta, Alex, pero esto suena más bien a una visita a la consulta del médico.

– ¿Quién es el paciente?

– La mejor enfermera con la que he trabajado, una mujer que se llamaba Patty Bigelow. Hace ya algunos años que su hermana le dejó a una niña, luego desapareció y reapareció a temporadas. La hermana murió en un accidente de moto y Patty adoptó a la niña, que ahora tiene siete años. So hace algunas preguntas sobre la relación entre padres e hijos. ¿Puedes verla?

– Claro.

– Te lo agradezco…

– ¿Algo más que deba saber?

– ¿Sobre qué? -respondió.

– Patty, la niña.

– Solo he visto de pasada a la niña. Una pequeña encantadora. Patty es superorganizada. Puede que demasiado para una niña.

– Una perfeccionista.

– Podría decirse. Es perfecta para la unidad de urgencias. Fue duro para ella admitir que tenía un problema. No sé por qué me eligió a mí para contarlo.

– Confía en ti.

– Quizá… Le daré tu número, debo irme.

***

Una hora más tarde, Patty me llamó.

– Hola, doctor. No me extenderé por teléfono porque usted vende su tiempo y no soy una aprovechada. ¿Cuándo estará disponible?

– Puedo verla hoy a las seis.

– No -respondió-, estoy de turno hasta las siete y Tanya sale de la guardería a las ocho, así que tengo toda la tarde ocupada. Mañana libro.

– ¿Qué tal sobre las diez de la mañana?

– Perfecto, gracias. ¿Debo llevar a Tanya?

– No, hablemos primero.

– Esperaba que dijera eso. ¿Cuáles son sus honorarios?

Se los dije, le comenté que le cobraría la mitad.

– Eso está muy por debajo de la media -me respondió-. El doctor Silverman me aseguró que usted no era barato.

Lo discutimos por un momento. La convencí.

– Normalmente no me rindo, doctor Delaware -dijo-. Puede que usted sea realmente la persona adecuada para Tanya.

Al día siguiente, a las nueve y cuarenta y dos, cuando yo estaba en el descansillo de la puerta, una minifurgoneta se detuvo frente a la casa. El motor paró, y el vehículo no se movió.

Una mujer con pelo corto y morena estaba sentada al volante, moviendo en el aire un talonario de cheques. Cuando me acerqué, lo apartó.

– ¿Señorita Bigelow?

Sacó la mano por la ventanilla. Compacta, con las uñas cortadas en forma cuadrada.

– Patty. Llego pronto, no quería molestarle.

– No se preocupe. Entre.

Salió del coche, sujetando un maletín negro.

– El historial médico de Tanya. ¿Tiene fotocopiadora?

– Sí, pero hablemos primero.

– Como prefiera.

Subió las escaleras delante de mí. Le eché unos cuarenta años más o menos. Bajita, con ojos oscuros y cara redonda. Vestía un suéter de cuello alto azul marino, unos vaqueros elásticos y unas zapatillas de deporte sin una sola mancha. La ropa no llegaba a estilizar un cuerpo varonil y ancho. Pelo moreno con alguna cana, con un corte de estilo tan desaliñado como si lo hubiera hecho un cortador de césped. Sin maquillaje, pero con una piel bonita, rojiza con un brillo apenas visible y sin arrugas. Olía a champú.

Cuando llegamos a las escaleras frente al rellano, me dijo:

– Muy bonito, el exterior.

– Sí, lo es.

Sin más conversación, nos dirigimos hacia el despacho. A medio camino, se detuvo para poner recta una fotografía con un dedo. Retrocedió medio paso, como si no la hubiera visto. Yo sí la vi, de todas formas; ella sonrió nerviosa.

– Lo siento.

– Mira -dije-, agradezco cualquier ayuda que me presten.

– Tenga cuidado con lo que pide, doctor.

***

Examinó mis diplomas y se sentó en el borde de la butaca.

– Veo un par de marcos torcidos más.

– Este es un país de terremotos -le respondí-. La tierra está siempre moviéndose.

– Tiene usted razón, vivimos en un bote de gelatina. ¿Lo ha intentado con la cera de sujeción Museum Wax? Abajo, apenas un poco en el centro del marco y cuando necesite quitarlo, podrá despegarlo sin dejar señal.

– Gracias por el truco.

Colocó el maletín de forma que el extremo frontal quedara alineado con la pata de la butaca y preguntó:

– ¿Puedo?

Se levantó antes de que yo pudiera contestar. Cuando acabó con las huellas, volvió a su butaca y cruzó las manos sobre las rodillas. Los mofletes se tintaron de un rubor aterciopelado. Pómulos prominentes. Los únicos rasgos de definición de una cara ancha y poco marcada.

– Lo siento de nuevo, pero de verdad que me saca de mis casillas. ¿Debo hablarle de Tanya o de mí?

– Dígamelo como prefiera -respondí.

– Bien. En pocas palabras, esta es mi historia, así entenderá a Tanya. Mi hermana y yo crecimos en un rancho en las afueras de Galisteo, Nuevo México. Nuestros padres eran alcohólicos, los dos. Mi madre era la cocinera del rancho, buena en la cocina, pero como madre no era como para dar palmas. Mi padre era capataz y cuando se emborrachaba, entraba en nuestra habitación y nos hacía cosas muy feas a mi hermana y a mí, no necesito entrar en detalles, ¿verdad?

– No a menos que lo prefiera.

– Prefiero no hacerlo. Aquello nos afectó de forma distinta a mi hermana y a mí. Ella se convirtió en una salvaje, fue a la caza de hombres, bebió y consumió cualquier tipo de droga que pudiera tener a mano. Nos dejó, en un accidente de moto. -Dio un suspiro corto y profundo-. Yo me convertí en una buenaza con los pies en la Tierra. Las dos no estábamos muy unidas. El resultado ha sido que no siento ningún interés por los hombres. Ninguno. Ni por las mujeres, por si siente curiosidad.

– Siempre siento curiosidad, pero eso no se me había ocurrido.

– ¿No? -dijo-. Hay gente que cree que soy un marimacho.

No dije nada.

– Mire, tras comprobar que Richard, el doctor Silverman, es el único que me consulta y ver lo rápido que la gente saca conclusiones, puedo entender que haya pensado que soy lesbiana.

– Trabajo muy duro para no sacar conclusiones de forma precipitada.

– No me molestaría ser gay, pero no lo soy. No me interesa nada que esté por debajo de la cintura. Si necesita una etiqueta, ¿qué tal la de asexuada? ¿Eso me clasifica como loca según su libro?

– No.

Otra sonrisa a medias.

– Probablemente está diciéndome esto porque quiere entablar una relación de esas con un nombre raro.

– Usted no está interesada en el sexo -respondí-. Es su derecho. Hasta ahí, no hay nada de locura.

– La sociedad cree que es algo raro.

– Entonces dejaremos a la sociedad fuera del despacho.

Sonrió.

– Sigamos: mi hermana Lydia, que pasó a ser Liddie, no podía mantener las piernas cerradas. Puede que Dios hiciera de las suyas, ¿no? Dos chicas repartiéndose el apetito sexual.

– Ella el lunes y usted el martes, pero ¿ella estaba ávida de sexo?

Se rió.

– El sentido de humor es importante en su profesión.

– También en la suya.

– ¿Sabe mucho de mi trabajo?

– El doctor Silverman me ha dicho que es usted la mejor enfermera con la que ha trabajado nunca.

– El tipo exagera -afirmó, pero sus ojos brillaron. -Bueno, puede que solo exagere un poco, de buenas a primeras, no puedo pensar en nadie mejor. La última noche, tuvimos a un tipo, un jardinero, que se había destrozado las dos manos con un cortacésped. Demasiada empatía y te deprimes continuamente… Hablando de cosas malas, a mi hermana le pasaron muchas, pero nada que no se ganara. Murió en el asiento trasero de una Harley camino a una gran concentración de motos en Dakota del Sur. Sin casco, igual que el genio que conducía. Cogió mal una curva, salieron volando fuera de la carretera.

– Lo siento.

Entrecerró los ojos.

– Lloré un poco, pero, esto va a sonar a frío, con la vida que llevaba Liddie ha sido un milagro que no sucediera antes. De todos modos, el objetivo de todo esto es explicar cómo me quedé con Tanya. Es la hija biológica de Liddie, pero un buen día, cuando Tanya tenía tres años, su madre decidió que ya no la quería y la abandonó en la puerta de mi casa. Literalmente, en medio de la noche, oí el timbre, salí y me encontré a Tanya agarrando con fuerza un peluche, una de esas ballenas asesinas, recuerdo de Alaska. Liddie había parado al lado de la acera y cuando fui a hablar con ella, el coche salió a toda velocidad. De eso hace cuatro años y no he vuelto a saber nada de ella, ni siquiera recibí la notificación de su muerte hasta después de un año del accidente, porque Liddie llevaba un carné falso; los agentes de tráfico tardaron un poco en saber quién era.

– ¿Cómo reaccionó Tanya?

– Lloró unos días, luego ya no. Alguna vez, me ha preguntado por Liddie, pero no con mucha frecuencia. Mi respuesta siempre ha sido que su madre la quería y que la había dejado conmigo porque yo podía cuidar de ella mejor. Compré un libro sobre cómo explicar la muerte a los niños, utilicé las partes con sentido y omití las partes que no lo tenían. En general, me pareció que Tanya lo había aceptado bastante bien. Luego se centró en sus cosas. Yo seguí diciéndole que su madre la quería, que la querría siempre. A la enésima vez de repetírselo, Tanya me miró y me dijo: «Tú eres mi madre. Tú me quieres». Al día siguiente empecé el proceso de adopción. -Entrecerró los ojos y apartó la mirada-. ¿Le servirá todo esto de ayuda?

– Es perfecto -dije.

– Quizá descubra algo de lo que yo no me di cuenta, pero parece que lo lleva bastante bien. Es una buena chica. Su maestra la ha puesto medio año por delante de su clase. Es madura para su edad, lo que tiene sentido, dado los años que ha pasado recorriendo el mundo con Liddie. Mi influencia también, puede. No soy una persona muy niñera, no conozco los trucos con los niños, así que la trato como si ella lo entendiera todo.

– Parece que está funcionando.

– Entonces, ¿por qué estoy aquí, eh? -Se miró los zapatos, los juntó. Separó un pie. -Puede que se haya dado cuenta de que soy un poco rara en lo referente al orden. Necesito tenerlo todo así, nada fuera de lugar, sin sorpresas. Puede que por las cosas que me hizo mi padre, pero a quién le importa el porqué, la cosa es que así soy y me gusta. Mantiene mi vida organizada y cuando uno está ocupado, créame, es una gran ayuda.

– Hacer que las cosas sean predecibles.

– Exacto. Como la forma en que cuelgo mi ropa. Todo está clasificado por color, estilo y longitud de manga. Las camisas en una sección, luego los vaqueros, luego los uniformes, etcétera. ¿Por qué perder tiempo mirando por la mañana? En un par de ocasiones, tuve un turno en el que tenía que levantarme cuando todavía era de noche; había cortes de luz. La casa estaba oscura como la boca de un lobo. Me vestí sin problema, porque sabía exactamente dónde estaba colgado todo.

– Funciona para ti.

– Seguro -respondió-. Pero ahora pienso que quizá debí guardarme algo de todo esto para mí, no haber involucrado a Tanya.

– ¿Está haciendo las mismas cosas?

– Siempre ha sido buena, para ser una niña, lo que me viene bien a mí. Limpiamos la casa juntas y nos divertimos haciéndolo. Pero después ha sido mucho más que eso. Ha adquirido esas pequeñas rutinas, no se va a dormir hasta que no mira debajo de la cama, al principio eran cinco veces, luego diez, ahora son veinticinco veces, puede que más. Y todavía más, tiene que alisar las cortinas y tocarlas, va al baño cinco veces seguidas, se lava las manos hasta que se quita el jabón. Una vez entré y estaba sacándole brillo a los grifos.

– ¿Cuánto tiempo hace que está ocurriendo todo esto?

– Empezó justo cuando estaba a punto de cumplir cinco años.

– Hace dos años.

– Más o menos. Pero no pasó nada grave hasta hace poco.

– ¿Algún cambio reciente?

– Nos mudamos a un sitio nuevo, conseguimos un subarrendamiento en una casa en Hancock Parle. Sin problemas, allí. Tanya está bien, salvo por Las rutinas.

– ¿Las rutinas empiezan siempre antes de irse a la cama?

– Ese es el momento cúspide -respondió-, pero lo está traspasando a otros momentos y empieza a afectar a su rendimiento escolar. No es que descuide sus obligaciones, es justo lo contrario. Rompe sus deberes y los vuelve a hacer, una vez y otra, hasta que la hago parar. Luego, empezó a ponerse realmente maniática con su almuerzo en la escuela. Si el sándwich no estaba cortado exactamente al bies, quería que le preparase otro.

Se agachó, tocó el maletín.

– ¿Quiere ver algo sobre sus datos?

– ¿Ha tenido alguna enfermedad poco habitual o heridas?

– No.

– Entonces leeré los datos más tarde. ¿Tiene información sobre su nacimiento?

– Nada. He tenido que recorrer cielos y montañas para asegurarme de que está vacunada. Lo está. Se lo agradezco a Liddie. -Se inclinó hacia delante-. Debe entender, doctor, que solo vi una única vez a Tanya antes de que Liddie la abandonara, cuando tenía dos años. Ella y Liddie se quedaron conmigo un par de semanas hasta dirigirse a Juneau, Alaska. Como le dije, no soy una persona muy niñera. Pero acabó gustándome, no habría podido pedir una hija mejor. Es solo que estos nuevos hábitos están haciendo que cuestione mi enfoque. He leído un poco sobre niños con trastornos obsesivo-compulsivos y se dice que puede ser genético, en el cerebro, la asimilación de serotonina, están probando varios medicamentos para el tratamiento.

– Hoy en día casi todo se le atribuye a los neurotransmisores.

– ¿No recomienda medicamentos por razones científicas? ¿O es que no le gustan porque los psicólogos no pueden utilizarlos?

– Los medicamentos tienen su lugar y si está interesada en esa vía, me será grato recomendarle un buen psiquiatra infantil. He comprobado que los niños con trastornos obsesivo-compulsivos responden bien a tratamientos no medicamentosos.

– ¿Como cuáles?

– Terapia cognitiva de comportamiento, otras técnicas para reducir la ansiedad. A veces basta con encontrar qué hace que el niño esté tenso y con mediarlo es suficiente.

– Tanya no parece nerviosa. Doctor, solo intensamente concentrada.

– Los trastornos obsesivo-compulsivos tienen sus raíces en la ansiedad. Sus hábitos cumplen su función y enmascaran la tensión, describiendo un patrón que crece gradualmente.

Pensó en aquello.

– Podría ser… escuche, no quería ofenderle con el comentario de los psicólogos.

– No me ha ofendido -dije-, usted es una consumidora bien informada que quiere lo mejor para su hija.

– Soy una madre que se siente mal porque cree que su hija está perdiendo el control. Y me culpo a mí misma porque necesito que todo sea predecible y que todos sean felices. Y esto es tan realista como la paz mundial.

– Yo también soy de esos que quieren llevarse bien con todos, señora Bigelow; si no lo fuera, habría sido abogado y cobraría más por hora.

Se rió.

– Ahora que he arreglado sus cuadros, parece un tipo bastante organizado. Entonces, ¿cree que podrá ayudar a Tanya simplemente hablando con ella?

– Mi enfoque será desarrollar una relación de esas con un nombre raro, veré si hay algo en su mente que usted desconoce, descubriré si ella está interesada en cambiar y la ayudaré a cambiar.

– ¿Qué pasa si ella no quiere cambiar?

– La experiencia me dice que los niños no son felices con todas estas rutinas. Lo que pasa es que no encuentran una salida. ¿Ha hablado con ella sobre todo esto?

– Empecé -respondió-. La semana pasada más o menos, cuando empezó a toquetear las cortinas. Creo que estaba perdiendo la paciencia y decirle que parara fue de tontos. Me echó una mirada que casi me parte en dos.

Mientras se tocaba el pecho izquierdo, continuó:

– Es como si la hubiera herido. Me sentí enseguida fatal, como una basura, y tuve que salir de la habitación y respirar. Cuando junté el suficiente sentido común como para volver y disculparme, la luz estaba apagada y ella ya estaba en la cama. Pero cuando me incliné para darle un beso, su cuerpo estaba completamente estirado y agarraba con fuerza las mantas, con las uñas de los dedos, ¿entiende lo que quiero decir? Me dije a mí misma que estaba traumatizándola y que había llegado el momento de pedir ayuda profesional. Hablé con Richard, el doctor Silverman, y la primera palabra que salió de su boca fue su nombre. Me contó que usted es el mejor. Después de conocerlo, me siento bien. Usted no juzga, escucha. Y eso no es algo que haga mucha gente. Así que ¿cuándo puede ver a Tanya?

– Tendré tiempo en un par de días, pero si es urgente, puedo hacer un hueco esta noche.

– No -dijo-. Creo que me las podré arreglar un par de días. ¿Algún consejo además de dejarla en paz y no decir nada estúpido?

– Explíquele a Tanya que va a llevarla a ver un médico que no aplica descargas eléctricas y que no le va a hacer ningún daño. Utilice la palabra «psicólogo» y dígale que ayudo a los niños que están nerviosos o preocupados, hablando con ellos, pintando y jugando. Dígale que no la obligaré a hacer nada que no quiera hacer.

Abrió el maletín, sacó un bloc de notas, garabateó unas palabras.

– Creo que lo he apuntado todo… suena bien, salvo por lo de jugar. A Tanya no le gustan los juegos. No la verá ni con una baraja de cartas.

– ¿Qué es lo que le gusta?

– Pintar está bien, es bastante buena pintando. También recorta muñecas de papel, maneja las tijeras como una profesional. Puede que en el futuro sea cirujana.

– Como Rick.

– Eso estaría bien, en mi opinión. Entonces, en un par de días, ¿a qué hora?

Concretamos una cita y añadió:

– Bien, muchas gracias.

Me pagó en efectivo. Sonrió.

– ¿Está seguro de que solo quiere la mitad?

Le sonreí de nuevo. Fotocopié los informes médicos de Tanya y le devolví los originales. Todavía quedaban cinco minutos, pero me dijo:

– Hemos hablado de todo. -Y se levantó.

– ¿Solo hablar la ayudará aun cuando se trate de algo genético?

– Puede que haya un componente genético -respondí-. La mayoría de las tendencias son una combinación de la naturaleza y la educación. Pero las tendencias no están programadas, como los tipos sanguíneos.

– La gente puede cambiar.

– Si no fuera así, me quedaría sin trabajo.

Aquella tarde, a las cinco, me llamó en horario laboral.

– Doctor, si fuera posible una cita esta misma noche… Tengo que hablar con usted. Tanya empezó a hacer los deberes, rompió lo que había hecho, lo volvió a hacer y luego se puso completamente histérica. Chillaba que nunca será capaz de hacer algo bien. Decía que yo me avergonzaba de ella, que era una niña mala, como Liddie. Nada de eso ha salido en la vida de mi boca, puede que se lo comunicara sin querer… Ahora mismo se ha calmado, pero es una calma que no me gusta. Demasiado tranquila. Normalmente va por ahí charlando. Todavía no le he dicho que tenía cita con usted. Si me dice que esta noche tiene un hueco, se lo explicaré en el coche.

– Vengan -respondí.

– Es usted un bendito.

***

Apareció una hora más tarde, con una niña pequeña y rubia cogida de la mano. En la otra manita llevaba un botecito blanco.

– Cera de sujeción Museum Wax -apuntó-. La recogí de camino. Esta es Tanya Bigelow, mi preciosa hijita. Tanya, este es el doctor Delaware, él va a ayudarte.

Capítulo 6

Milo tocó una esquina del periódico que había sacado de la urna.

– Bien, ¿eh?

Diez de la mañana. Al norte de Hollywood. Un viernes caluroso en el Valley, en el Du-par de la parte este de Laurel Canyon.

Le había dejado un mensaje a Tanya diciéndole que no cabía la posibilidad de negligencia médica y que contactaría con el detective Sturgis. Una hora más tarde, lo tenía ante mí señalando la primera plana del Times con un tenedor.

Una cobertura sorprendente sobre la inauguración de un programa de salud mental en Tahití, de la mano de una agente cinematográfica y un jefe de estudio retirado. Una fábrica de diplomas de doctorado para una, los bolsillos llenos y un capricho pasajero de mayo a diciembre para el otro. El punto primordial era la regresión a la vida pasada, un menú chino de juegos de meditación y toda la terapia que uno pueda tragarse por doscientos pavos, valiente desfachatez, no se admiten devoluciones. El sector esperado de clientes eran los «personajes públicos».

– Menuda primicia -dije.

– Probablemente algún reporterucho con un guión.

– La transmisión en cadena, es así, tío.

– La lacra del milenio. Los tiburones de Hollywood vendiendo salud mental, vaya idea. Si te lo tomas con humor, puede que al menos creen puestos de trabajo.

Me reí y le pasé el periódico.

– ¡Eh! -exclamó-. ¿Y tú qué piensas? Acepto una opinión de buen grado.

– Me pagan por dar mi opinión.

Refunfuñó algo sobre dogmatismo.

– ¿Cómo es eso? -pregunté-. Aceptar consejos sobre la vida de gente así es como dejar que un gorila te enseñe a bailar tango.

– Elocuente. Ahora ya puedo oír hasta el más mínimo detalle de tu pequeño misterio.

Nos habíamos zampado un buen montón de galletas y bebido bastante café como para que mi pulso empezara a acelerarse. Con Milo, la comida suaviza el proceso.

Conduje hasta fuera de Studio City porque Milo había estado en la otra cara de la colina desde medianoche, depurando los detalles de un homicidio entre gánsteres en Mar Vista cuyos tentáculos se habían extendido hasta Van Nuys y Panorama City. Otro de los grandes que por fin daba por cerrado. Una reunión más con el fiscal del distrito y podría cogerse dos semanas de vacaciones.

Rick tenía unos turnos muy estrictos y no podía viajar. Pésimo para Milo y una suerte para mí. Yo ya tenía planes para su tiempo libre.

Le conté todo lo que me había dicho Tanya.

– Primero, ¿desde cuando «algo terrible» es lo mismo que un asesinato? Alex, no voy a entrometerme en los detalles clínicos, pero dime solo la verdad: esta joven, ¿es estable?

– No hay nada que apunte a lo contrario.

– Lo que significa que no estás seguro.

– Lo está llevando bien -argumenté-. Teniendo en cuenta las circunstancias.

– ¿Su madre ofendió a algún vecino? ¿O no? ¿Qué es exactamente lo que quiere?

– No estoy seguro de que lo sepa. Me imagino que quiere que investiguemos un poco. Si no encontramos nada, tendré más autoridad para quitárselo de la cabeza. Si ni siquiera lo intento, la perderé como paciente. Va por al buen camino en cuanto al manejo del dolor, pero nos llevará un buen tiempo. Si se derrumba, me gustaría estar cerca para levantarla.

Milo jugaba con la esquina del periódico.

– Suena como si estuvieras un poco involucrado en el asunto.

– Si es mucho lío…

– No estoy diciendo que no, estoy contextualizando. Aunque quisiera decirte que no, hay temas personales por medio. Rick piensa que Patty era algo así como una santa. Es una alegría que estés disponible para echar una mano, Alex.

– Dejemos que el tiempo nos lo diga -contesté.

Dejó dinero en la mesa y yo se lo devolví.

– Perfecto, tu nivel de ingresos es mayor que el mío -respondió, levantando la mole de su cuerpo del reservado.

– ¿Cuándo empezamos? -pregunté. -¿Nosotros?

– Tú nos guiarás por el camino, yo seré tu leal servidor.

– Ah, claro -dijo-. Y yo tengo un paquete de regresión a tu otra vida para venderte.

***

Le acompañé a su coche mientras él repasaba la lista de direcciones. Las copió en su bloc.

– Ha estado moviéndose bastante, no… Así que la teoría de la jovencita es que su madre intentaba protegerla de algún tipo de venganza, ¿no?

– No llega a ser una teoría -le contesté-. Solo estaba descartando posibilidades.

– Aquí va una: la madre estaba afectada y decía cosas incoherentes.

– Tanya no está lista para considerar esa posibilidad.

– Le he preguntado a Rick sobre el tema del daño cerebral -comentó-. No quiso ni someterlo a discusión, todos vosotros, doctorcitos, sois iguales. Así que, de acuerdo, organicémonos para no tener que dar marcha atrás. Tú habla con la oncóloga de Patty y mira si puedes concretar algunos detalles médicos. Yo me pasaré por la oficina del tasador para encontrar las residencias anteriores de Patty antes de que ella se quedara con Tanya. Ella es de… ¿dónde dijiste?

– Nuevo México.

– ¿Qué parte de Nuevo México?

– Las afueras de Galisteo.

– Si ese algo tan terrible va más allá del estado, buena suerte -dijo resoplando-. Escúchame. Hablo como si realmente hubiera pasado.

– Te lo agradezco…

– Me cobraré tu gratitud con cualquier cosa de la que pueda aprovecharme en el momento más oportuno. Otra cosa más que podrías hacer es navegar un poco por Internet, mira si Patty aparece de algún modo por el ciberespacio. Prueba con esas cuatro direcciones. ¿Algo más que se te antoje?

– ¿No puedes hacer nada mejor con la base de datos del departamento?

– Las dos últimas veces fui capaz de cargarla sin hacer saltar los fusibles.

– Con una dirección determinada, ¿podrías encontrar los crímenes cometidos en las calles vecinas?

– Sí, claro, Bill Gates y yo lo estuvimos haciendo justo ayer. Pues no; es un desastre. Los casos recientes están siendo introducidos, pero la mayoría se han quedado en las cajas de cartón del almacén. La noción del departamento sobre modelos de localización de patrones es la asignatura pendiente del Consejo, y este cambia cada año. Puede que tengamos suerte y sea algo reciente. «Cerca», quizá. Podría ser la misma calle, en la misma manzana más abajo, pasada una calle, a quinientos metros del callejón sin salido, girando a la izquierda, o prueba a echar sal sobre tu hombro derecho. Por lo que sabemos, Alex, ella no se refería a cercanía geográfica. Sino a cercanía como la de un amigo.

– Tanya comentó que no tenía relaciones con hombres.

– ¿Y con mujeres? Un triángulo bisexual puede complicarse. Ocurrió con uno hace algunos años en Florida, la novia de una mujer disparó en el estómago al marido de esta para cobrar el dinero del seguro.

– Patty me dijo que era asexuada.

– ¿Le preguntaste sobre su sexualidad?

– Lo mencionó ella en la sesión preliminar.

– La sesión preliminar era sobre la niña, ¿por qué era relevante la vida sexual de la madre?

No tenía respuesta para tal pregunta.

– ¿Cuál era el contexto? Alex -preguntó.

– Hacerme saber que no era lesbiana. Pero no lo hacía para defenderse. Fue más como si quisiera decirme así soy yo. Luego me preguntó si yo pensaba que ella era anormal.

– Entonces, la ponía nerviosa que pudieras considerarla lesbiana. Lo que significa que probablemente fuera lesbiana. Y lo que se traduce en que podría haber hecho cosas de las que Tanya no tiene ni idea.

– Imagino que es posible.

– Las personas con secretos separan en partes lo que quieren que otra gente sepa, ¿verdad? Si vamos a excavar en la vida de esta mujer, Tanya podría conocer cosas que quizá no quiera saber. ¿Está preparada psicológicamente para eso?

– Si acaba excavando por sí misma, será peor que eso.

– ¿Lo haría?

– Es una jovencita muy decidida.

– ¿Obsesiva? Rick me ha dicho que Patty tenía tendencias en esa dirección. ¿La niña empezó a imitarla? ¿La trataste por eso?

– Muy bien, Sigmund -dije mirándolo fijamente.

– Todos estos años absorbiendo tu sabiduría, algo se me tenía que contagiar.

Abrió la puerta del coche.

– Prepárate para un nuevo mundo de falsos comienzos y finales mortales.

– Veo que eres optimista.

– El optimismo es la renuncia de los tontos que no tienen experiencia en la vida.

– ¿Qué es el pesimismo? -le pregunté.

– La religión sin Dios.

Entró en el coche, arrancó el motor.

– Acabo de pensar en algo -dije-. ¿Qué tal ese Isaac Gómez? Estaba recopilando algunas bases de datos bastante buenas.

– El genio, el novio de Petra… sí, quizá tenga algo de tiempo libre. No ha habido ni un solo asesinato este año en Hollywood. Si sigue así de tranquilo, los rumores dicen que Stu Bishop pasará a adjunto del jefe.

– ¿Qué ha estado haciendo Petra con su vida?

– Creo que ha desenterrado algunos viejos casos.

– La primera dirección de Patty y Tanya estaba en Hollywood -le dije-. Justo cuando había muchos asesinatos. Puede que Petra sepa algo más de todo esto.

– ¿Algún caso no resuelto en el que hubiera trabajado por casualidad? Sería muy bueno para un guión cinematográfico. Claro, llámala. Habla con el señor Gómez también, si Petra está de acuerdo.

– Lo haré, jefe.

– Sigue con esta actitud, ayudante, y puede que algún día te ascienda.

***

Salí por la parte sur del Laurel Canyon hacia la ciudad, aproveché el semáforo en rojo de Crescent Heights para llamar a la comisaría de Hollywood y preguntar por la detective Connor.

– Está fuera -respondió la empleada civil.

– ¿Todavía está trabajando ahí Isaac Gómez?

– ¿Quién?

– Un estudiante doctorando interno -especifiqué-. Estaba haciendo un trabajo de investigación sobre…

– No está en la lista – me interrumpió la empleada.

– ¿Puede conectarme con el contestador de la detective Connor, por favor?

– Su contestador está apagado.

– ¿Tiene otro número de teléfono para ponerme en contacto con ella?

– No.

Conduje hacia el este. En Fuller con Subset, un grupo de turistas con pinta de nórdicos se arriesgaron a cruzar corriendo un paso peatonal y casi son pulverizados por un tren de cercanías. Europeos ingenuos, creen que Los Ángeles es realmente una ciudad y que caminar por ella es legal. Puedo oír como se reiría Milo.

Mientras me acercaba a La Brea, el progreso continuaba su invasión: enormes tiendas cuadradas como cajas de zapatos, centros comerciales al aire y cadenas de restaurantes se extienden por las calles que hace tiempo albergaban antiguos moteles y palacios de tomaína.

Hay cosas que nunca cambian: prostitutos de ambos sexos y algunos de sexo desconocido, imposible saberlo, trabajaban en la calle con efervescencia. Mis ojos debían parecer inquietos porque un par de las chicas me hicieron gestos con la mano.

Me dirigía hacia el norte del bulevar Hollywood y al girar a la derecha pasé por delante del teatro chino, el teatro Kodak, las atracciones turísticas intentaban acaparar al gentío. Continué hacia la avenida Cherokee. Justo después de la zona más bulliciosa del bulevar se encuentran un par de discotecas cerradas con candado, miserables y tristes, así se ven los locales nocturnos con la luz del día. La basura estaba apilada en el bordillo y había mierda de pájaro por toda la acera.

Más al norte, el barrio ha sido rehabilitado con edificios de apartamentos relativamente limpios que garantizan la seguridad abriéndose paso entre las raídas estructuras de antes de la guerra que no ofrecían una pizca de seguridad.

La primera dirección en la lista de Tanya correspondía a una de las más viejas. Un edificio de tres plantas de color del ladrillo y de estuco, a pocos pasos por debajo del Franklin. Fachada sencilla, césped chino, charcos empantanados de agua residual que hacían difícil respirar. Tan monótonos a la vista como el vagabundo que empuja un carrito de la compra hacia ningún lugar. Sus ojos se cruzaron con los míos apenas un segundo de forma paranoica, sacudió la cabeza como si yo caminara con dificultad y sin esperanza por la vida.

Una puerta de cristal empañado cortaba el centro del edificio de ladrillo; dos de las viviendas de los bajos tenían entrada por la calle. Tanya se acordaba de los borrachos que aporreaban la puerta, así que aposté por una de ellas.

Salí y probé con el picaporte de la puerta de cristal. Frío y desagradablemente tosco, pero abierto.

En el interior, un pasillo largo enmoquetado de color gris y que olía a moho, perfumado con un ambientador de naranja. Veintitrés buzones por dentro de la puerta. Las puertas de color amarillento formaban una línea en el oscuro espacio. Muchas entrevistas, si alguna vez llegaran a hacerse.

Una puerta al final del pasillo se abrió y un hombre sacó la cabeza. Se rascó el codo de uno de los brazos. Unos sesenta años, pelo canoso y suelto como la pelusilla del diente de león, rodeado de una horrible luz. Esquelético, pero barrigón, vestía una chaqueta Dodger de satén azul y unos pantalones de pijama a rayas.

Se rascó de nuevo. Hizo un esfuerzo, movió la mandíbula y levantó la cabeza:

– ¿Sí?

– Ya me iba -contesté. Se quedó allí de pie, mirándome hasta que cumplí mi promesa.

***

Mi viaje hacia el sur de Highlands me llevó por unos tres kilómetros de laboratorios cinematográficos, servicios de grabación de cintas, almacenes de ropa y tiendas de atrezo. Toda esa gente a la que nunca le dan las gracias la noche de los Oscar.

Entre Merlose y Beverly, un par de edificios de apartamentos pertenecientes a antiguas viudas de la nobleza daban un toque de la elegancia de los años veinte. El resto, ni por asomo. Al girar por Beverly, llegué a la esquina sur del Wilshire Country Club y al Hancock Park.

***

La avenida Hudson es una de las calles principales del distrito. La segunda dirección de la lista de Tanya se correspondía con un edificio sólido de ladrillo de arquitectura Tudor, con el techo de pizarra a dos aguas, situado en la parte alta de un prado en pendiente levantado para plantar césped. Unas urnas de bronce de casi dos metros, que flanqueaban la puerta de entrada, albergaban unos limoneros salpicados con algunas frutas. Doble puerta de entrada bajo un arco de piedra caliza tallado con exuberancia. Una puerta negra de filigrana permitía ver un largo camino de adoquines. Un Mercedes blanco descapotable estaba aparcado tras un Bentley Flying Spur, diseño de los años cincuenta.

Aquí fue donde se acababan de mudar Patty y Tanya cuando vinieron a verme por primera vez. Alquilaban un apartamento en la casa. Los propietarios de la casa aparentemente no necesitaban ingresos extra. Patty se aseguró de que la mudanza no resultara estresante para Tanya. El contraste era obvio comparado al edificio triste de Cherokee y me hacía pensar que pasó algo, me preguntaba cuáles serían los detalles de esta transición.

Me senté allí y disfruté de la vista. No salió nadie de la mansión, ni de ninguna de las majestuosas viviendas vecinas. Salvo un par de ardillas bien lozanas en un sicómoro, ni un solo movimiento. En Los Ángeles el lujo se traduce en pretender que nadie más habita el planeta.

Llamé por teléfono a la oncóloga de Patty, Tziporah Ganz, y le dejé un mensaje en el contestador.

Una de las ardillas correteó hacia la parte izquierda del limonero, consiguió uno de los jugosos frutos y lo arrastró. Antes de que pudiera consumar el robo, uno de los laterales de la puerta doble se abrió y una criada bajita y morena, con un uniforme rosa, salió blandiendo una escoba. El animal le plantó cara, luego se lo pensó mejor. La criada se giró para volver a entrar en la mansión y me vio.

Se quedó mirándome fijamente.

Otra recepción hostil.

Me fui.

La tercera dirección no estaba muy lejos: la calle Cuarta, pasada La Jolla. Tanya volvió a mi oficina justo cuando acababan de dejar este lugar para mudarse a Culver City.

La casa resultó ser un dúplex de estilo renacimiento español en una agradable calle arbolada y con estructuras del mismo estilo. La única característica diferente del edificio en el que las Bigelow habían vivido era el pavimento de hormigón, en lugar de césped. El único vehículo a la vista era un Austin Mini rojo oscuro con matrículas personalizadas en las que se leía «plotgrl»: guionista.

Clase media y respetable mayoritariamente, pero un mundo totalmente diferente al de la avenida Hudson. Puede que Patty quisiera más espacio de lo que le ofrecía un apartamento alquilado en una mansión.

Mi última parada me condujo durante cuarenta minutos por un denso tráfico a un trecho mugriento del Bulevar Culver, justo al oeste de Sepúlveda y el paso a nivel 405.

En el solar había seis cuadrados idénticos con los marcos en gris y el techo de alquitrán que rodeaban las ruinas de una fuente de escayola. Dos niños de edad preescolar y tez morena jugaban en la suciedad, solos.

El clásico patio de búngalo en L. A. El clásico refugio de la población flotante, figuras del pasado, aquellos que casi llegaron a ser alguien.

Aquellos búngalos no eran mucho más grandes que una cabaña. La propiedad había sido descuidada hasta el punto de dejar que la pintura se pelara y el techo se ondulara, cubierto de piedras y combado. El tráfico rugía. El ruido de las ventanillas al tropezar con los ejes formaba una conga sincopada que marcaba el concierto de los motores.

Puede que cuando Patty viviera aquí fuera sensacional, pero esta parte de la ciudad nunca había estado muy de moda.

Ascendí por la escalera de la residencia y llegué a ella. Patty me había parecido una persona sólida y estable. Su casa modelo no se asemejaba en nada a esto.

Puede que necesitara apretarse el cinturón. Puede que ahorrara para la entrada de una casa propia. En dos años, lo consiguió y se hizo con un dúplex cerca de Beverlywood, con el salario de una enfermera.

Incluso así, tenía que tener mejores opciones que trasladar a Tanya a un vecindario tan rudimentario.

Entonces se me ocurrió otra posibilidad: aquella forma de ir de una a otra parte era lo que se solía ver en jugadores empedernidos y este tipo de gente cuyos hábitos llevan a su economía desde lo más alto hasta lo más bajo.

Patty había conseguido una propiedad en la parte oeste, un fondo de inversiones y dos pólizas de seguros de vida para Tanya con el salario de una enfermera.

Impresionante.

Realmente notable. Quizá fuera una jugadora espabilada del mercado de valores.

O hubiera adquirido alguna fuente de ingresos adicional.

Una enfermera de hospital con demasiado dinero conlleva un recelo obvio: ¿sustracción de medicamentos y reventa? Una camello furtiva no se corresponde con lo que sé de Patty, pero ¿acaso la conocía realmente?

Y sin embargo, si tenía una vida secreta de delincuente, ¿por qué sacarlo a la luz en una confesión en su lecho de muerte permitiendo que Tanya la descubriera?

Las personas con secretos separan en partes lo que quieren que otra gente sepa.

Hasta que algo hace añicos sus inhibiciones. ¿Sería la proclamación de Patty el producto agonizante de una mente confundida por la enfermedad? ¿Una puñalada alimentada por su estado de salud en el momento de su confesión y expiación?

Me senté en el coche y lo descarté. Imposible, demasiado feo. Simplemente, no me cuadraba.

Suena como si estuvieras un poco involucrado en el asunto.

– ¿Y qué? -dije en voz alta.

Apareció un tipo musculoso con un gorro de esquí echado hacia delante; escondía sus cejas, llevaba suelto un pit bull blanco con la nariz rosada. El perro paró, dio una vuelta, presionó el hocico contra la ventanilla del asiento de copiloto de mi coche, creando un pequeño capullo de rosa. No sonrió. Un gruñido grave repiqueteó en el cristal.

El tipo del sombrero también me miraba.

Mi día de las bienvenidas acogedoras. Me alejé despacio, lo bastante para que el perro no perdiera el equilibrio.

Nadie me lo agradeció.

Capítulo 7

El encuentro con el pit bull me hizo apreciar a Blanche. En cuanto llegué a casa, la saqué al jardín a dar un paseo, asegurándome de que la curiosidad no la lanzase al estanque de peces.

Un mensaje en el contestador: la oncóloga, Tziporah Ganz.

La volví a llamar, le conté que era el terapeuta de Tanya Bigelow y que tenía algunas preguntas para hacerle sobre el estado mental de Patty durante sus últimos días.

– ¿Tanya tiene problemas psicológicos? -preguntó. Su voz era suave, con un leve acento de Europa Central.

– No -dije-. Son solo los ajustes típicos, es una situación dura.

– Una situación trágica. ¿Por qué Tanya está preocupada por la demencia?

– No lo está, yo lo estoy. Patty dejó a Tanya encargada de un montón de detalles que podrían resultar onerosos. Necesito saber si las intenciones de Patty deben tomarse de forma literal.

– ¿Detalles? No le entiendo.

– Instrucciones post mórtem que Patty pensó que serían beneficiosas para Tanya. Tanya va a la escuela todo el día, trabaja a media jornada y se enfrenta a la vida en solitario. Estaba dedicada a su madre y ahora mismo su personalidad no le permite desviarse de los deseos de Patty. No quiero convencerla de lo contrario. Pero estoy buscando una salida, en caso de que se sintiera sobrepasada.

– Cuando una persona está a punto de morir suele tener un último momento de lucidez -me respondió-. Lo he visto otras veces, y Patty era una persona muy rigurosa. Desafortunadamente, no puedo darle una respuesta clara sobre su estado mental. Hablando estrictamente, no había razones clínicas para que la enfermedad afectara a su razonamiento: no había daño cerebral, ni neuropatía evidente. Pero cualquier enfermedad grave y sus efectos, deshidratación, ictericia, desequilibrio electrolítico, Pueden afectar a la cognición y Patty era una persona muy enferma. Si divide decirle a Tanya que Patty estaba afectada, no diré lo contrario. Sin embargo, no me sentiría cómoda si me cita como su fuente principal.

– Lo entiendo.

– Doctor Delaware, no quiero decirle cómo debe hacer su trabajo, pero la experiencia me ha demostrado que los supervivientes no quieren renunciar a sus responsabilidades aun cuando sean onerosas.

– La mía también -le contesté-. ¿En qué sentido era Patty rigurosa?

– Intentaba controlar todos los aspectos de su hospitalización. No la culpo por ello.

– ¿Se mostró dócil?

– No, porque no hubo tratamiento. Fue su decisión.

– ¿Usted estaba de acuerdo?

– Siempre es duro echarse a un lado y ver morir a una persona, pero, honestamente, no había nada que yo pudiese hacer por ella. El objetivo era hacer que sus últimos días fueran lo más confortables posible. Incluso para esto, prefirió lo mínimo.

– Resistiéndose al goteo de morfina, a pesar de los esfuerzos del anestesista.

– El anestesista es mi marido -añadió-. Es obvio que no soy imparcial, pero no hay nadie mejor que Joseph. Y sí, Patty se resistió. Y no estoy juzgándola. Era una mujer relativamente joven que supo de repente que iba a morir.

– ¿Habló alguna vez sobre eso?

– Rara vez y de una forma distante. Como si estuviera describiendo a un paciente. Creo que necesitaba despersonalizar una situación horrible. ¿De verdad está Tanya bien? Parecía madura para su edad, pero eso también puede ser un problema.

– Mantengo los ojos bien abiertos. ¿Hay algo más que pueda decirme?

– ¿Sobre Patty? Pruebe con esto: el año pasado mi hermano acabó en urgencias por un accidente de coche, bastante feo. Es dentista, estaba preocupado por una herida de compresión en una de las manos. Patty trabajaba aquella noche, Gil llegó y ella se ocupó de él. Gil quedó tan impresionado que escribió una carta a la administración de enfermería. Me dijo que conservaba la tranquilidad bajo presión, completamente inalterable, nada era más fuerte que ella. Cuando me llegó su caso, me acordé de su nombre y me sentí realmente triste. Ojalá hubiera podido hacer más por ella.

– Usted le dio lo que ella necesitaba -añadí.

– Le agradezco que lo diga. -Se oyó una risa nerviosa-. Buena suerte con Tanya.

***

Petra contestó en su teléfono móvil:

– Detective Connor.

La puse al corriente.

– ¿Dónde vivió exactamente esa mujer en Cherokee? -preguntó.

Le di la dirección.

– Creo que lo conozco. Una zona de tierra de siena salvaje, en las afueras, más bien poco elegante.

– Justo ahí.

– He participado en algunas redadas bastante cerca del lugar, pero nada en ese edificio exactamente. Volveré, en aquel entonces Cherokee era uno de los peores sitios. A los más veteranos les encantaba contar cómo solía ser aquello. No era el mejor lugar para criar a una hija.

– Tener una hija no estaba en sus planes. -Le expliqué cómo había llegado Tanya a la vida de Patty.

– El buen samaritano -contestó-. Una enfermera, en resumen. No suena como una de los malos.

– Dudo que lo sea.

– Una confesión in extremis, ¿eh? Esas nos encantan. Lo siento, Alex, nada de lo que he visto en antiguos casos se corresponde con esto. Prácticamente todo lo que he estado haciendo es ocuparme de indemnizaciones por meteduras de pata de otros. Lo de los libros de homicidios…, todos saben quien es el malo, pero alguien fue demasiado perezoso o simplemente no había pruebas suficientes. Pero volveré a mirar por si hay algo en la nevera.

– Gracias.

– Un «¿sucedió acaso?». Y se le ocurrió a Milo, ¿a él sólito?

– Está pidiendo el copyright mientras nosotros hablamos.

– Pues tiene razón. Quedarse con todo el mérito y con ninguna culpa: es típico de él.

– Son palabras que no existen en su vida -comenté- ¿Todavía está Isaac contigo?

– ¿Isaac? Ah, la base de datos. No, el niño prodigio ya no está con nosotros. Ha acabado su doctorado en Bioestadística y empieza en agosto Medicina en la universidad.

– Dos veces doctorado -dije-. ¿Cuántos años tiene?, ¿diez?

– Acaba de cumplir veintitrés, un poco vago. La pregunta es evidentemente por qué no tengo yo una copia de su cd-rom. La respuesta es que me la ofreció, pero con todos los problemas que el departamento ha estado teniendo por violación de la privacidad, primero tuvo que presentar un impreso de solicitud al Parker Center.

– ¿Le hicieron presentar una solicitud para donar sus propios datos?

– Por triplicado. Y los mandamases le mostraron su gratitud ignorándolo durante meses, paseando el formulario por varios comités, luego a la Community Relations, al consejo legal, los conserjes y los conductores del camión de cáterin. Todavía no hemos obtenido ninguna respuesta. Si los jefes no se juntan y se mueven un poco, puede que tenga que verme obligada a hacerme una copia yo misma de tapadillo. Es de locos. Aquí me tienes, cargando cajas y rompiéndome las uñas, cuando Isaac tiene un trabajo de años de delitos en un disco. Te habrás enterado de alguno.

– ¿Enterado de qué? -pregunté.

– Gracias, señor.

– ¿Qué tipo de problemas ha tenido el departamento con la privacidad?

– Mario Fortuno -contestó.

– El detective privado de las estrellas -dije-. Eso fue… ¿cuándo? ¿Hace tres años?

– Tres años y medio, cuando lo cogieron con una carga de explosivos, pero el tema principal era las escuchas telefónicas, y lo que he oído es que apenas acaban de comenzar las consecuencias.

– ¿Qué tienen que ver las grabaciones ilegales con las estadísticas sobre crímenes de Isaac?

– Fortuno consiguió acceder a los datos, puso nerviosa a mucha gente y generó una serie de amenazas poco sutiles contra ciudadanos que ofendieron a algunos peces gordos entre sus clientes. Una de las formas con las que consiguió la información, yo no te lo he contado, fue sobornar fuentes en el DMV, la compañía de teléfonos, varios bancos y el departamento.

– ¡Vaya!

– Pues sí, ¡vaya! Si Fortuno cantara, hay peces gordos de Hollywood y abogados defensores de alto nivel que se encontrarían sentados en el banquillo de los acusados.

– El código del silencio, ¿hasta ahí ha llegado?

– Al principio, sacó a la luz el tema de la omerta, al tipo le encantaba todo el rollo de la mafia. Pero por lo que he oído le han caído seis años más en una condena de nueve años y la vida en prisión no es muy agradable. Sea lo que sea lo que ha pasado o no, los mandamases oyen las palabras «disco compacto» y huyen en estampida al cuarto de los niños.

– ¿Hay algo que pueda impedirme, como ciudadano civil interesado, hablar con el dos veces doctor Gómez, que también es ahora mismo un ciudadano civil responsable?

– Vaya -dijo-, esa es una pregunta interesante. Este es su número de teléfono.

– Gracias Petra. Me alegro de haber hablado contigo.

– Igualmente -respondió-. Creo que hoy acabaré pronto y me quitaré todo este polvo de los archivos del pelo.

***

Isaac Gómez respondió desde el apartamento de sus padres en el distrito de Union.

– Hola, doctor Delaware.

– Enhorabuena, doctor Gómez.

– El doctor Gómez es un viejo de pelo canoso y anteojos -contestó-. Aunque si le preguntas a mi madre, ahora que tengo la titularidad es solo cuestión de tiempo que el Comité de los Nobel llame a mi puerta.

– Puede que tu madre no se equivoque tanto -dije-. ¿Preparándote para la escuela de medicina?

– No estoy seguro de que algún día se llegue a estar preparado. Asistí a un par de clases el semestre pasado y después de graduarme, me parecía regresivo, todos sentados en una sala, ninguna flexibilidad en el curriculum. Hay un factor que puede que lo haga más agradable. Mi novia irá a la misma clase.

– Enhorabuena de nuevo.

– Sí, es genial.

Heather Salcido era una jovencita guapa y delgada de pelo oscuro a la que Isaac salvó de un asesino. El mejor comienzo para cualquier romance.

– Ella ya ha hecho el curso de preparación para la escuela de medicina mientras se graduaba para enfermería. La convencí para hacer los exámenes de MCAT. Consiguió una puntuación alta, rellenó la ficha de admisión y entró. Todavía está un poco nerviosa, pero estoy seguro de que se lucirá. Esperamos que vernos todos los días facilite el proceso. ¿Por qué llamabas?

Se lo conté.

– Hacerte una copia de los discos -repitió-. Solo hay dos, sin problemas. Pero están encriptados y resultan verdaderamente inaccesibles sin experiencia en la decodificación.

– No desde que trabajé con los navajos y desbloqueé las transmisiones secretas de los nazis.

– Bueno, ¿por qué no me das las direcciones exactas de tu lista y yo haré algunas comprobaciones para encontrar equivalencias? Será más rápido. Si no encuentro ninguna, programaré una función de búsqueda que presente los lugares geométricos en una red concéntrica de aumento constante en la que podamos ajustar el radio. ¿Tienes algún criterio geográfico en mente?

Cerca.

– Todavía no -contesté.

– De acuerdo, adoptaremos un enfoque empírico. Lo montaremos como una red de cortina y analizaremos qué patrones aparecen. Podría hacerlo en… ¿un par de días?

– Sería perfecto, Isaac. De verdad que te lo agradezco.

– Una complicación, doctor Delaware: Heather y yo nos vamos de viaje a Asia, las últimas vacaciones antes de la vuelta al trabajo. Cuando estemos allí no estaré disponible, porque Myanmar, antiguamente Birmania, es parte de nuestro itinerario y el Gobierno de allí es conocido por confiscar ordenadores y le impide la entrada a cualquier persona que lleve alguno.

– Puede que eso sea bueno para ti.

– ¿Y eso?

– Vacaciones puras y duras, sin estorbos.

– Eso es lo que dice Heather, pero para mí un ordenador no es ninguna molestia. Viajar sin uno me parece como dejarme un brazo o una pierna en casa. Será interesante ver cómo me adapto.

Hablaba de sí mismo como de un proyecto de investigación. Pensé en la indiferencia de Patty. Las murallas divisorias que todos construimos.

– Mientras tanto, dame esas direcciones y echaré un vistazo.

***

Dos horas navegando en mi ordenador particular no produjeron el mínimo indicio de Patty Bigelow, ningún crimen en ninguna de las cuatro direcciones.

Me preparé un sándwich tostado de queso y lo compartí con Blanche. Cuando sorbí el café, ella abrió la boca y suspiró. Puse la yema del dedo empapado de café en su lengua y ella retrocedió, sacudió la cabeza y escupió.

– Todos somos críticos -dije-. La próxima vez te prepararé un expreso.

Intenté localizar a Robin en el móvil, oí su voz en el contestador. Después de reflexionar un rato más sobre las elecciones de Patty respecto a sus casas, llamé a Tanya.

– No hubo negligencia -dijo-. ¿El doctor Silverman está seguro?

– Lo está.

– Está bien… ¿ha podido saber algo más?

– El detective Sturgis va a hacer algunas investigaciones introductorias.

– Genial -susurró, en voz baja.

– ¿Va todo bien, Tanya?

– Estoy un poco cansada.

– Cuando tengas más energía, me gustaría hablar contigo de nuevo.

– Claro -respondió-. Cuando quiera.

– No hablo de terapia -dije-. Me gustaría saber algo más sobre los lugares donde vivisteis tú y tu madre. Para conocer los antecedentes.

– ¡Oh! -exclamó-. Claro, puedo hacerlo. Tengo que ordenar un poco la casa, luego tengo que volver al campus para un grupo de estudio. Se supone que la universidad de verano es más tranquila, pero parece que los profesores no lo saben. Y con el sistema por trimestres, rara vez tiene uno tiempo para comprar libros antes de que lleguen los exámenes parciales. Podríamos vernos más tarde, digamos… ¿a las nueve y media?

– No tiene que ser esta noche, Tanya.

– Odio dejar cosas pendientes, doctor Delaware, si usted tiene tiempo, yo también, pero claro, no es correcto. Usted necesita sus noches.

– A las nueve y media está bien.

– ¿Está seguro?

– Totalmente.

– ¿Podría ser a las nueve y cuarenta y cinco, solo para estar seguros? Puedo volver a su despacho o puede venir a casa, quizá quiera conocer la casa que mi madre hizo.

– Me gustaría.

– ¡Genial! -exclamó-. Prepararé café.

Capítulo 8

A las nueve y veinte estaba acariciando a Blanche cuando mi línea de teléfono profesional sonó.

Se escuchó una voz amable:

– Te quiero.

– Yo también, ¿te estás divirtiendo?

– Llego a casa un día antes. Las conferencias han sido buenas, pero empiezo a sentirme como en la escuela. He vendido la réplica del F5. Uno de esos chicos de la web hizo subir la apuesta inicial.

Robin se pasó un año para conseguir la madera veteada de arce adulto y los tochos de pícea rosada para tallar con toda minuciosidad la mandolina. Trabajó doce meses dando golpecitos, cepillando y dando forma. Había llevado el producto ya acabado a Healdsburg solo para exponerlo.

– Debe haber tenido una puja inicial bastante alta, ¿verdad? -dije.

– Veintiún mil.

– ¡Vaya! Felicidades.

– Me duele desprenderme de ella, pero toda mujer tiene su precio. Imagino que… Espero exponer el domingo por la mañana y estar de vuelta a última hora de la tarde. ¿Cómo tienes el horario por la tarde?

– Flexible.

– ¿Ya se ha mudado la rubita a mi territorio?

– La rubita come galletitas y duerme todo el día.

– Las mosquitas muertas -dijo-, son las más peligrosas.

***

Conduje hasta la casa de Tanya, recordé la primera vez que la vi.

Una niña rubia y delgada, que llevaba vestido, calcetines cortos y unas sandalias brillantes. Apoyaba la espalda contra la pared de la sala de espera, como si la alfombra fuera un lago sin fondo.

Cuando salí de mi despacho, Patty acarició la mejilla de Tanya con dulzura. Tanya hizo un movimiento de cabeza serio, tan rápido que casi pareció un tic. Sus dedos, tan delicados como fideos, agarraron con fuerza la mano maciza de su madre. Un pie brillante daba golpecitos. El otro estaba quieto en la orilla de la costa imaginaria.

Me agaché a la altura de los ojos de la niña.

– Encantado de conocerte, Tanya.

Murmuró una respuesta. Todo lo que pude distinguir fue un «tú».

Patty dijo:

– Tanya ha elegido su ropa. Le gusta vestirse, tiene un gusto excelente.

– Muy guapa, Tanya.

Tanya suspiró, sentí el olor de la hamburguesa con cebolla.

– Vamos dentro -dije-. Tu mamá puede venir también, si quieres.

– No es necesario -respondió Patty. Abrazó a la pequeña y dio un paso atrás. Tanya no se movió.

– Estaré justo aquí, querida. Vas a estar bien, te lo prometo, de verdad.

Tanya la miró. Cogió aire profundamente, hizo otro pequeño movimiento serio con la cabeza y avanzó.

Observó los accesorios de la mesa de juego. Una casa de muñecas abierta por un lateral, figuritas de los miembros de la familia, lápices, lapiceros de colores, rotuladores, una pila de papel. Se quedó un rato mirando el papel.

– ¿Te gusta pintar?

Asintió con la cabeza.

– Si tienes ganas de pintar ahora, estaría bien.

Cogió un lápiz y dibujó lentamente un círculo pequeño. Se sentó y frunció el entrecejo.

– ¿Está muy desigual?

Sus pálidos ojos verdes me estudiaron. Dejó el lápiz.

– He venido aquí para cambiar mis hábitos.

– ¿Tu mamá te ha dicho eso?

– Me indicó que si yo quería, debía decírselo a usted.

– ¿Qué hábitos son los que más te molestan Tanya?

– Mi mamá ya se los dijo todos.

– Lo hizo. Pero me gustaría saber lo que tú piensas.

Mirada de desconcierto.

– Son tus hábitos -le dije-. Tú eres la encargada de todos ellos.

– Yo no quiero ser la encargada.

– Estás lista para dejar que desaparezcan.

Farfulló.

– ¿Cómo dices Tanya?

– Son malos.

– ¿Malos como si diesen miedo?

Movió la cabeza.

– Me mantienen ocupada.

El lápiz estaba a apenas un par de centímetros de donde estaba en un principio. Lo hizo rodar hasta su sitio. Colocó la punta y luego la goma. Volvió a colocar la punta e intentó, sin mucho éxito, alisar una esquina doblada del papel.

– Ese círculo desigual -dije-, podría ser el principio de la cara de una persona.

– ¿Puedo tirarlo?

– Claro.

Dobló y volvió a doblar la hoja a lo largo, la rompió lentamente por el pliegue, repitió el proceso con cada mitad.

– ¿Dónde? Por favor.

Apunté hacia la papelera. Tiró los trozos dentro, uno a uno, los vio caer y volvió a la mesa.

– Entonces, quieres cambiar tus hábitos.

Asintió con la cabeza.

– Mamá y tú estáis de acuerdo en eso.

– Sí.

– Mamá y tú sois un equipo.

Aquello pareció desconcertarla.

– Mamá y tú estáis casi siempre de acuerdo.

– Nos queremos.

– Quererse significa estar de acuerdo.

– Sí.

Dibujó un par de círculos. El diámetro de uno era el doble que el otro. Entrecerró los ojos, se encorvó y añadió varias figuras rudimentarias.

– Otra vez muy desigual -afirmó. Un nuevo viaje hasta la papelera.

– No te gustan en absoluto las cosas desiguales -le dije.

– Me gusta que esté bien.

Seleccionó una tercera hoja de papel, puso el lápiz encima y trazó unos círculos con el dedo. Miró hacia el techo. Daba golpecitos con los dedos de una mano, luego con la otra.

– ¿Qué tipo de cosas hacéis tu mamá y tú juntas?

Retiro el lápiz, lo giraba.

Cuando yo era pequeña, tuve una madre. Ella era demasiado débil y mi mamá se hizo cargo de mí… ella era la hermana de mi mamá.

– La otra madre.

– Se llamaba Lydia. Murió en un accidente. Mi mamá y yo nos ponemos tristes cuando nos acordamos de ella.

– ¿Piensas mucho en ella?

Apartó la pila de hojas, escogió una figurita femenina y la colocó en el salón de la casa.

– También tenemos un pez.

– ¿En casa?

– En la cocina.

– ¿En una pecera?

– No, no, en un cuenco.

– ¿Un pez de colores?

– No, no, los peces de colores son muy sucios, nos lo dijo el hombre.

– ¿Qué hombre?

– El de la tienda de animales. El señor Stan Park.

– ¿Qué tipo de pez os vendió el señor Stan Park?

– Un guppy. Muy pequeño.

– ¿El pececito tiene un nombre?

– Pensábamos que era una chica, pero la cola se le puso de color.

– Así que es un chico.

– Cambiamos el nombre.

– ¿De un nombre de chica a un nombre de chico?

– Era Charlotte y ahora es Charlie.

– ¿Qué piensa Charlie de ser un chico en vez de una chica?

– Es un pez. Él no piensa.

– ¿No piensa nunca en nada? Como «me pregunto cuando cambiará Tanya el agua».

– Su cerebro es muy pequeño para las palabras.

– Así que solo nada de aquí para allá y no se preocupa de nada -dije yo.

Silencio.

– ¿Te preocupa?

– Los peces tampoco tienen estómago -respondió-. La comida entra y sale, así que no hay que darles demasiada comida.

– Sabes mucho sobre peces.

– Estoy leyendo un libro.

Desvió sus diminutas manos hacia la pila de papel, arregló las esquinas.

– Yo también tengo algunos peces.

– ¿Guppies?

– No, se llaman koi. Son como guppies gigantes, pero con colores diferentes.

Me miró con escepticismo.

– ¿Dónde?

– Fuera, en un estanque. ¿Quieres verlos?

– Si mi mamá me deja.

Salimos y fuimos hasta el coche. Patty nos miró por encima del periódico.

– ¿Tan pronto?

– Tiene peces gigantes, mamá. -Los brazos de Tanya se abrieron de par en par.

– De verdad.

– Fuera, en un estanque gigante.

– Vamos a darles de comer -dije-. ¿Quiere venir con nosotros?

– Mmm… -dudó Patty-. No. Mejor os dejo a los dos para que os conozcáis.

Capítulo 9

En Beverwil y Pico, a poco más de medio kilómetro de la casa de Tanya, mi busca sonó.

– Soy Flora, doctor. El detective Sturgis ha llamado. Estará fuera un rato, pero puede intentar llamarle de nuevo en un par de horas.

– ¿Comentó de qué se trataba?

– No, doctor. Solo era él, tal y como es él.

– Lo que significa…

– Ya sabe -respondió-. Como él es siempre, un graciosillo. Me sugirió que con esta voz, debería estar en la radio vendiendo apartamentos en primera línea de mar en Colorado.

– Tiene una voz muy bonita, Flora.

– La tenía -dijo-, si por lo menos pudiera dejar de fumar. Parece simpático, ¿no?

– Depende de su perspectiva.

***

La avenida Canfield era estrecha, oscura y tranquila, pero sin el más mínimo indicio de alarma.

Ninguna razón por la que estar allí. Acabé pensando que aquello era real.

Dame un misterio y apuesta por mí.

Hace años, fui el terapeuta perfecto para Patty y Tanya. No llegaron a conocer la razón real, nunca lo quisieron.

Alexander es muy brillante, pero parece sentir una necesidad por la perfección absoluta que puede conducir a alguna tensión en la sala. Muy raramente catalogo a un niño como demasiado serio, pero este podría ser el caso.

Alexander necesita comprender que no todo el mundo en tercer grado aprende tan rápido como él lo hace y que cometer errores es aceptable.

Alexander está trabajando bien con los jóvenes de los primeros años de secundaria, pero necesita trabajar en mostrar un autocontrol mayor cuando los planes no van como está previsto.

Alex es un estudiante excelente, especialmente en ciencias, pero parece no asimilar el concepto de trabajo en equipo. Esperamos que la secundaria le enseñe a aceptarse a sí mismo como un miembro de un grupo…

Años y años de maestros con buenas intenciones, de reuniones con mis padres, les llevaron a pensar que aquello sería beneficioso.

«Es demasiado duro consigo mismo, señor y señora Delaware.»

Mi padre respondía siempre con aquella sonrisa jovial de complicidad. Mi madre, a su lado, dócil y en silencio, como una señorita con su vestido limpio y su único par de zapatos de tacón.

¿Cómo habría podido imaginarse alguno de aquellos maestros que cuando mi papi no se sentía jovial, la imperfección podía provocar ataques de ira tan predecibles como la mordedura de una serpiente?

Si se me caía un vaso, mi padre me azotaba en mi estrecha espalda de niño con su grueso cinturón de trabajo y yo pasaba los días posteriores ocultando bajo mi camisa, el suéter y el silencio los correspondientes moretones y arañazos.

Los maestros no tuvieron modo alguno de entenderlo cuando en la casa ya no había más que discusiones. Se sabe que mi madre llegó a encerrarse en su cuarto durante días; dejando a mi padre solo y echando chispas, apestando a cerveza y licores, tambaleándose por las otras cuatro habitaciones de la casa en busca de alguien a quien poder culpar.

Mi hermana, Em, con la que no hablo desde hace años, era rápida en olerse lo que se cocía y salía pitando, un as como escapista. Yo la consideraba egoísta porque las reglas la ponían a salvo: no se puede pegar a las chicas, por lo menos, no con una correa.

Los chicos era algo distinto…

Suficiente nostalgia, compañero de penas, es un pésimo aperitivo de autocompasión.

Además, ya lo he dejado todo atrás, cortesía de la terapia de capacitación requerida en mi programa de doctorado.

Un golpe de buena suerte: me asignaron por casualidad a una mujer amable y sensata. Los seis meses obligatorios se prolongaron a un año, luego dos, luego tres.

Los cambios que vi en mi forma de ser confirmaron mi elección de la carrera. Si uno sabe lo que hace, esto de la psicoterapia funciona.

En el último año de mi graduación, las explosiones cognitivas y las correcciones compulsivas habían desaparecido. Adiós, por lo tanto, a los rituales, invisibles o de cualquier tipo.

La muerte de aquella creencia casi religiosa por la que la simetría lo era todo.

Lo que no quiere decir que algunos vestigios no afloren de vez en cuando.

Los brotes ocasionales de insomnio, sentimientos repentinos de una tensión inexplicable.

Una preocupación que no conduce a ninguna parte.

La terapia me enseñó a aceptar todo esto como pruebas de mi condición humana y cuando charlaba con mis padres por teléfono, era capaz de colgar sin morderme las uñas hasta mancharme las palmas de sangre.

La mejor medicina fue cuidar a otras personas. Empecé por proponerme que cualquier padre que pusiera un pie en mi despacho saliera de él considerándome un compañero tranquilo, amable y comprensivo con el que compartir las psiques de sus hijos.

Varios años de éxito me han hecho creer que lo he conseguido.

A veces me permitía a mí mismo un poco de flexibilidad. Como la de seguir la recomendación de Patty Bigelow sobre la cera de sujeción Wax Museum. Porque eso solo era un tema doméstico, nada contrario a la geometría, ¿verdad?

La fe de mis pacientes me mantenía despierto por las noches, concibiendo los programas de tratamiento.

La fe de Patty Bigelow se resistió, no estaba seguro de habérmela ganado.

Ahora está muerta, su hija dependía de mí y yo estaba haciendo una visita a domicilio.

¿Demasiado involucrado?

***

El dúplex era de estilo español, no muy distinto al edificio de la calle Cuarta. Con estuco de tono melocotón, ventanas con parteluz y recuadros con azulejos de cristal de colores, un terreno llano con césped en lugar de aparcamiento. Un abedul joven justo en el centro.

Un cartel de la empresa de la alarma estaba sujeto a un poste a la izquierda. Las luces del segundo piso encendidas. Las escaleras estaban alumbradas con focos de alto voltaje.

Tanya abrió la puerta antes de que acabara de tocar el timbre. El pelo suelto le cubría los hombros como un chal. Parecía exhausta.

– Gracias a Dios que no he llegado tarde -dijo.

– ¿Una tarde dura de estudio?

– Dura, pero ha sido buena. Por favor, entre.

El salón tenía el suelo de roble, el techo en bóveda y estaba pintado de rosa pálido. La chimenea estaba revestida con azulejos color crema con lirios pintados. Un sofá lila con aspecto de ser barato estaba frente a un ventanal con cortinas y dos butacas a juego. En medio había una mesa de centro en madera descolorida con patas doradas de estilo rococó.

Patty me habló sobre si era un poco marimacho, pero había escogido una decoración delicada.

Por encima del sofá había colocadas una docena de fotografías, en la pared, a poca altura, enmarcadas de forma idéntica con imitación de madera.

La vida de Tanya desde su más tierna infancia hasta la adolescencia. Cambios predecibles en su corte de pelo, la ropa y el maquillaje hasta que aquella pequeñaja se convirtió en una bonita jovencita, pero a su estilo, sin los signos de rebelión típicos de una adolescente.

Patty no aparecía en ninguna, salvo en la última foto: Tanya con un sombrero carmesí y una toga, su madre con una chaqueta azul marino y un suéter de cuello alto blanco, sujetando un diploma y sonriendo.

– Aquí hay una que acabo de encontrar. -Tanya apuntó hacia la única foto en la mesa de centro. Un retrato con marco negro de la cara de una joven con un uniforme blanco.

Patty miraba hacia arriba con solemnidad, de una forma tan artificial, que parecía casi cómica. Me imaginé a algún fotógrafo de poca monta disparando por todos lados y dándole instrucciones de memoria. «Piensa en tu nueva carrera, querida… la barbilla más arriba, más, aún más. Ahí está. La próxima.»

– Parece tan optimista -apuntó Tanya-. Por favor, póngase cómodo. Prepararé café.

Volvió con una bandeja de plástico negra serigrafiada para darle una apariencia de laca. Había metido cinco Oreos en un plato como un silo en miniatura. Entre un par de tazas con la insignia de la universidad, un botecito contenía sobrecitos de leche en polvo sin contenido lácteo, azúcar y edulcorante, ajustados como si fueran folletos diminutos.

– ¿Leche y azúcar?

– Solo está bien -respondí.

Me senté en una de las butacas y ella escogió el sofá.

– No conozco a nadie que lo tome solo. Mis amigos creen que el café es un postre.

– ¿Manchado de café con mezcla de moca, soja y extra de chocolate?

Consiguió esbozar una sonrisa algo mustia, abrió tres sobres de azúcar y los echó en su taza.

– ¿Una galleta?

– No, gracias.

– Normalmente bebo té, pero el café es bueno para las largas noches de estudio.

Avanzó hacia la esquina delantera del sofá.

– ¿Seguro que no quiere una Oreo?

– Segurísimo.

– Creo que voy a coger una. Se dicen tantas cosas para no comerlas, pero a mucha gente le gusta ese efecto sándwich y yo soy de esos.

Hablaba rápido. Mordisqueaba rápido.

– Entonces… -dijo.

– Fui a cada dirección de las de tu lista. Hay de todos los colores y gustos.

– ¿La mansión en comparación con los demás apartamentos? -preguntó-. En realidad, solo vivíamos en una de las habitaciones de la mansión. Me acuerdo de que me parecía extraño, era una casa gigantesca, pero teníamos menos espacio que en un apartamento. Me preocupaba caer rodando encima de mi madre en medio de la noche.

– ¿Eso te pasó alguna vez?

– No -contestó-. A veces me cogía. Es más seguro. -Dejó la galleta-. Alguna vez roncó.

Sus ojos se humedecieron.

– Nos dejaban utilizar la piscina cuando mi madre tenía días libres, y los jardines era bonitos, muchos árboles enormes. Encontraba escondites y me imaginaba que estaba en un bosque en alguna parte del mundo.

– ¿Quién era el dueño de la casa?

– La familia Bedard -respondió-. El único que vivía allí era el abuelo: el coronel Bedard. La familia vino alguna vez, vivían bastante lejos. Querían que mi madre estuviese allí para cuidarlo por la noche; al acabar el día, su enfermera se iba a casa.

– Un hombre viejo -dije.

– Un anciano. Muy encorvado, extremadamente delgado. Tenía los ojos vaporosos, probablemente eran azules, al principio, pero en aquel entonces eran gris lechoso. No tenía pelo en la cabeza. Había una biblioteca enorme en la casa y se sentaba allí todo el día. Recuerdo que olía a papel. No era un olor basto, solo el aire un poco viciado, como les pasa a los más mayores.

– ¿Era agradable contigo?

– En realidad no decía ni hacía mucho, solo se sentaba en la biblioteca con una manta sobre las rodillas y un libro en las manos. Su cara estaba algo acartonada, debió de haber tenido un ataque al corazón, así que cuando intentaba sonreír no sucedía nada. Al principio me daba miedo, pero luego mi madre me dijo que era amable.

– ¿Se trasladó tu madre allí para ahorrar algo de dinero?

– Eso es lo que me imagino. Como le dije, doctor Delaware, la seguridad económica era importante para ella. Incluso en su tiempo libre.

– Leía libros sobre finanzas.

– ¿Quiere verlos?

***

Una habitación al final del pasillo había sido convertida en una oficina bien aprovechada. Estantes de estilo sueco en U y un escritorio, silla giratoria negra, armarios blancos para carpetas, ordenador de mesa e impresora.

– He estado mirando en sus carpetas, son asuntos de dinero -apuntó hacia unos estantes con montones de papeles de Forbes, Barron's, Money. Una colección de guías de inversión clasificadas, desde las de una estrategia razonable hasta las de publicidad charlatana improbable. El estante más bajo albergaba una pila de delgadas revistas ilustradas. La de arriba representaba una fotografía de la cara en primer plano de una actriz que había perdido a su marido a causa de otra actriz.

Ojos atormentados. Peinado y maquillaje perfectos.

– Las revistas -dijo Tanya-, el hospital las metió en cajas junto con sus efectos personales. Recogerlas fue un lío tremendo. Algún formulario que no completé. Podía ver la caja, justo allí detrás del mostrador, pero la encargada se comportaba como si fuera su dueña y señora, me dijo que tenía que ir a otro sitio para coger los formularios y ya estaba cerrado. Cuando empecé a llorar, cogió el teléfono e hizo una llamada personal, empezó a charlar como si yo no existiera. Llamé al busca del doctor Silverman y él simplemente fue detrás del mostrador y la cogió. En la parte de arriba de la caja estaba el brazalete de mi madre, sus gafas de lectura, la ropa que vestía cuando ingresó y esto.

Abrió un cajón del escritorio y sacó una cinta de plástico rota.

– ¿Y si volvemos y nos terminamos el café?

***

Después de dos sorbos, le dije:

– Entonces, cuando vivíais en Hudson, tu madre tenía dos trabajos.

– Sí, pero cuidar del coronel no era demasiado complicado, a las seis se iba a dormir y nosotras nos levantábamos temprano de todas formas para que mi madre pudiera llevarme al colegio y llegar al Cedars a tiempo.

– ¿Cómo se enteró de lo de la casa?

– Ni idea, ¿quizá por alguna nota en el tablón de anuncios del hospital? Nunca entraba en ese tipo de detalles conmigo, simplemente llegó un día y me dijo que nos mudábamos a una casa grande y bonita en un vecindario de clase alta.

– ¿Cómo te sentiste por aquello?

– Estaba acostumbrada a mudarme. Por los días que pasé con Lydia. Tampoco es que tuviera un millón de amigos en Cherokee.

– Hollywood podía resultar un barrio difícil en aquella época.

– No nos afectó.

– Menos cuando los borrachos golpeaban la puerta.

– Eso no pasaba muy a menudo. Mi madre se ocupó de aquello.

– ¿Cómo?

– Les chillaba a través de la puerta que se fueran y si eso no funcionaba, les amenazaba con llamar a la Policía. De hecho, no recuerdo que la llamara, así que debía funcionar.

– ¿Estabas asustada?

– ¿Quiere decir que podría ser eso? ¿Que algún borracho resultó peligroso y ella le tuvo que hacer algo?

– Todo es posible, pero es demasiado pronto para teorizar. ¿Por qué se fueron de la mansión?

– El coronel Bedard se murió. Una mañana mi madre fue a su habitación para darle las medicinas y allí estaba.

– ¿Fue molesto dejar aquel lugar tan bonito?

– No mucho, nuestra habitación era bastante pequeña. -Alcanzó la taza de café-. El coronel le caía bien a mi madre, pero no su familia. Las pocas veces que se dejaron caer por allí, ella siempre decía «Ya están aquí». Apenas lo visitaban, era triste. La noche posterior a su muerte, no podía dormir, y encontré a mi madre con la criada, se llamaba… Cecilia, ¿cómo lo recuerdo? De cualquier manera, mi madre y Cecilia estaban allí sentadas, cabizbajas. Mi madre me mandó de vuelta a la cama y empezó a hablar sobre lo importante que era el dinero para la seguridad, pero que nunca tenía que confundirse con la gratitud. Pensé que decía aquello por mí y le dije que yo la quería. Se rió, me besó con fuerza y me dijo «No es por ti, cariño. Tú eres mucho más lista que algunos de esos a los que llaman mayores».

– La familia del coronel no lo quería.

– Eso es lo que intento explicarle.

– ¿Ocurrió algo fuera de lo normal mientras vivían en la mansión?

– Solo la muerte del coronel -respondió-. Creo que no puede considerarlo como algo fuera de lo normal, dado la edad que tenía.

Mordía el borde de la Oreo.

– Bien -dije-, pasemos a la calle Cuarta.

– Era un dúplex, no tan grande como este, pero con mucho más espacio del que nunca habíamos tenido. Yo tenía mi propia habitación de nuevo, con un enorme vestidor. Los inquilinos de arriba eran asiáticos, tranquilos.

– Os quedasteis allí menos de un año.

– Mi madre decía que era demasiado caro.

– La primera vez que viniste a verme fue justo después de mudaros a la avenida Hudson. La segunda vez, justo después de mudaros de la calle Cuarta a Culver City.

– ¿Cree que mudarnos me causaba cierto estrés?

– ¿Lo hacía?

– Sinceramente, no lo creo, doctor Delaware. ¿Dije algo por aquel entonces sobre lo que me preocupaba?

– No -contesté.

– Creo que soy una persona bastante cerrada.

– Mejoras con mucha rapidez.

– ¿Resulta eso aceptable desde el punto de vista de un psicólogo? ¿Cambiar de comportamiento sin profundizar?

– Tú eres la mejor juez para saber lo que está bien para ti.

Sonrió.

– Siempre dice lo mismo.

***

Me sirvió otra taza de café. Secó unas gotitas del borde.

– Entonces, la calle Cuarta era demasiada cara -dije.

– El alquiler era bastante elevado. Mi madre quería ahorrar algo de dinero para poder comprar. -Miró la foto de su madre, luego al suelo.

– El bulevar Culver estaba en otro de esos barrios pobres -dije.

– No era tan malo. Me quedé en la misma escuela. Tenía los mismos amigos.

– Saint Thomas. ¿Incluso sin ser católica?

– ¿Se acuerda de eso?

– Tu madre pensó que era importante contármelo.

– ¿Que no éramos católicas?

– Que no había mentido sobre si erais o no católicas para conseguir que entraras.

– Mi madre era así-dijo sonriendo-. Se plantó delante del sacerdote y le dijo que no le importaba en absoluto que él intentara convencerme, pero que no se hiciera ilusiones.

– ¿Qué pensaba ella de la religión?

– Vive y deja vivir. Doctor Delaware, no quiero ser maleducada, pero debo estudiar un poco más. ¿Hay algo más de lo que pueda hablarle?

– Pienso que ya hemos tratado bastantes temas.

– Muchas gracias por venir hasta aquí, me hace pensar que… es casi como si usted pudiera visitarla. Y ahora, le insisto, llévese las Oreos, espere, le traeré una bolsita.

***

Se quedó de pie en el umbral de la puerta mientras yo bajaba las escaleras. Se despidió con la mano antes de cerrar la puerta. La avenida Canfield estaba más oscura, apenas iluminada con unas tenues farolas poco espaciadas entre sí.

Mientras caminaba hacia el Seville, me llamó la atención algo en el segundo piso. Un movimiento de ir y venir tras las cortinas del ventanal de Tanya.

Una figura caminando. Desaparecía durante unos instantes y volvía a reaparecer para cambiar de dirección.

El movimiento se repetía.

Esperé hasta que Tanya pasó veinte veces y luego me fui a casa.

Capítulo 10

Me comí una Oreo mientras llamaba por teléfono a Milo.

– ¿Sí? -gritó.

– ¿Te he despertado?

– ¡Ah! Eres tú. No, despertarme sería suponer que estaba durmiendo. Despierto y con ganas de fiesta, vacaciones, ¿te acuerdas?

– Enhorabuena.

– ¿Estás hablando con la boca llena?

Tragué.

– Ya no.

– ¿Un aperitivo gastronómico de media noche?

– Una galleta.

– ¿Con leche? Mi contacto de la compañía de teléfonos encontró las antiguas facturas de Patty. Cherokee fue su primera dirección en Los Ángeles. Según lo que le contaron a Petra algunos de los veteranos, el barrio era un gran mercado de droga por aquel entonces. Una elección interesante como residencia para una agradable y respetable enfermera, ¿no? Y se quedaron seis años.

La ocasión perfecta para sacar a la luz mis sospechas sobre las drogas, pero me eché atrás.

– Rick me contó que ella era muy ahorrativa, casi rozando la avaricia; puede que el alquiler bajo la atrajera. Incluso así, criar a una niña pequeña en una de las partes más conflictivas de Hollywood, no parece muy buena idea.

– Ella nunca se esperó tener que criar a una niña.

– Cierto… No me ha dado tiempo a buscar los casos de homicidio abiertos en las proximidades de ninguna de las casas, salvo Hancock Park. Lo único que he encontrado ocurrió en la calle June, un par de calles al este y otras tantas al sur. La víctima era un comerciante de diamantes llamado Wilfred Hong, tres enmascarados entraron con armas a las tres de la mañana tras desconectar la alarma. Dispararon al señor Hong mientras se sentaba en la cama, sin previo aviso, pero no a la señora Hong ni a los dos niños que dormían en el recibidor. Después de obligarla a abrir la caja fuerte, la ataron y escaparon con bolsas de piedras sueltas y efectivo. Hubo rumores sobre que el señor Hong debía dinero y gemas a mucha gente. Suena a profesionales con talento que conocieran el interior de la casa. Así que a no ser que Patty fuera miembro de alguna banda de ladrones de joyas de alto nivel, no vale la pena perder el tiempo. Si es que hay algo. ¿Alguna nueva idea sobre el asunto en general?

– No. Isaac me dijo que haría algunos cálculos.

– Buscar a mano en viejos libros de homicidios. Lo he estado pensando, Alex, antes de pasar más tiempo haciendo conjeturas, deberíamos visitar cada dirección para ver si podemos localizar a algún vecino que conociera a Patty. Si nadie recuerda algo remotamente homicida, creo que podríamos permitirnos dejarlo y tú podrías encontrar algún modo de hacer cambiar de opinión a Tanya.

– Bien -dije-. ¿Cuándo?

– Recógeme en casa mañana por la mañana, sobre las diez. Trae ropa de color chillón, cóctel de pina colada y ganas de fiesta.

– ¿Celebramos algo?

– Estoy de vacaciones, ¿recuerdas? O eso dicen.

– ¿Quiénes lo dicen?

– Los dioses de la falsa esperanza.

***

La casa pequeña y agradable que Milo comparte con Rick está en una de las calles de la parte oeste de Hollywood, a la sombra de la enorme mole de un color entre azul y verde del Design Center. Tranquila durante la semana y de un silencio aterrador los sábados.

Durante un año bastante seco, Rick plantó unos arbustos que resistieran a la sequía y que ahora sobrevivían medianamente bien un año húmedo. Mientras yo subía con el coche, vi a Milo de rodillas, arrancando las ramas secas. Se levantó rápidamente, como si le hubieran pillado haciendo algo bochornoso, dio unas palmaditas donde solía guardar su arma en la chaqueta y se acercó corriendo al coche.

La chaqueta era marrón, estaba algo acartonada y descolorida. Llevaba una camiseta amarilla de las que no se planchan, de cuello vuelto. Los pantalones cubiertos de un hollín gris caían sobre unas botas bajas de ante curtido.

– ¿Esta es tu ropa de vacaciones? -pregunté mientras nos alejábamos en el coche.

– En mi cabeza, hoy es un día de trabajo.

Unas cuantas calles más adelante añadió:

– Sin paga, me permito señalar.

– Pagaré el almuerzo.

– Iremos a algún sitio caro.

***

Al girar por el bulevar Hollywood y entrar en Cherokee, entrecerró los ojos y observó con minuciosidad el barrio. Cuando paré frente al edificio de ladrillo, dijo:

– Definitivamente, un lugar de mala muerte. ¿Alguna idea de cuál era su apartamento?

– Uno de estos de delante.

– No es lo que yo elegiría, si quisiera algo seguro… bien, vamos a molestar a alguien.

Tocamos en las dos puertas de las viviendas de la planta baja y solo hubo silencio. Cuando Milo abría la puerta de cristal de la entrada, le dije:

– Cuando estuve aquí, un viejo salió y se puso un poco territorial. Puede que haya estado por aquí.

– ¿Territorial? ¿En qué sentido?

– Mirándome, quería que me fuera.

– Indícame la puerta.

Sonaba una música al otro lado del panel de madera marrón. Janis Joplin ofrecía un trozo de su corazón.

Milo golpeó con fuerza. La música dejó de sonar y el tipo que yo había visto el día anterior abrió la puerta con una de esas latas de refresco Mountain Dew en una mano y un Kit Kat en la otra.

Le colgaba algo de pelo fino y canoso de la calva, en la parte alta de la cabeza. Tenía una cara acartonada llena de arrugas y huecos. No era simplemente la imagen del paso de los años, sino una mezcla turbia de las huellas del envejecimiento prematuro. Corregí mi cálculo dejándolo en unos cincuenta y pocos.

Vestía la parte de arriba de un pijama azul claro y la misma chaqueta Dodger. El raso azul estaba salpicado de motas de grasa y apolillado, descolorido en manchas rosas. Unos pantalones de chándal deshilachados rojos dejaban al descubierto unos tobillos blancos y sin pelo. Pies desnudos con unas uñas amarillentas recortadas de forma irregular. En las zonas en las que no le crecía la barba, la piel era pálida y anormal. Sus ojos, de un marrón apagado, luchaban por mantenerse abiertos.

La habitación a sus espaldas tenía un color como el de las natillas densas, había esparcidos envoltorios de comida, cajas de comida para llevar, tazas vacías y ropa sucia. Un aire fétido y caliente escapaba por el pasillo.

La placa de Milo no hizo mucho para que el tipo se espabilara. Se agarró al tope de la puerta y bebió soda. No mostró ninguna señal de acordarse de mí.

– Señor, estamos investigando a una inquilina que vivió aquí hace algunos años.

Nada.

– ¿Señor?

– ¿Sí? -sonó con voz ronca.

– Nos preguntábamos si la conocería.

Se limpió con la manga la nariz que le moqueaba.

– ¿A quién?

– Una mujer llamada Patricia Bigelow.

Silencio.

– ¿Señor?

– ¿Qué ha hecho?

Su voz se atascaba, arrastraba las palabras.

– ¿Por qué piensa usted que ella ha hecho algo?

– Ustedes no están aquí… porque quieran… porque les guste mi cocina.

– Usted cocina, entonces.

El tipo masticó la barrita de chocolate. En el interior de su boca había más agujeros que dientes.

Era un día cálido y estaba vestido para el frío. Un tragaldabas, dentadura picada. No hacía falta subirle las mangas para saber que no nos invitaría a pasar.

– Entonces se acuerda de Patty Bigelow -dijo Milo.

Ninguna respuesta.

– ¿Se acuerda?

– ¿Eh?

– Ha muerto.

Sus ojos marrones parpadearon.

– Eso no está bien -replicó el tipo.

– ¿Qué puede decirnos de ella, señor?

Pasaron diez segundos; luego un movimiento poco fluido, lento y prolongado de su cabeza, mientras el viejo adicto empujaba suavemente la puerta con la rodilla. Milo puso su gran mano en el pomo.

– ¡Eh!

– ¿Conocía bien a la señorita Bigelow o no?

Hubo un cambio en sus ojos marrones. Cierto recelo.

– No la conocía.

– Usted vivía aquí en la misma época que ella.

– Igual que otra gente.

– ¿Algunos de ellos siguen por aquí?

– Lo dudo.

– La gente viene y va.

Silencio.

– ¿Desde cuándo vive aquí?

– Hace veinte años. -Se miró la rodilla-. Tengo que ir a mear.

Intentó de nuevo cerrar la puerta con desgana. Milo la sujetó con rapidez y el tipo empezó a inquietarse y a parpadear.

– Vamos, necesito…

– Amigo, soy de homicidios, no me importa qué poción mágica te ayuda a pasar el día.

Los ojos del tipo se cerraron. Se balanceó. Cabeceó. Milo le dio un golpecito en el hombro.

– Créeme, tío, no estoy por la labor de hablar con ningún agente de estupefacientes.

Sus ojos se abrieron y con un tono de inocencia dijo:

– Estoy limpio.

– Y yo soy Condoleezza Rice. Dime simplemente lo que recuerdes de Patty Bigelow y desapareceremos de tu vida.

– No recuerdo nada.

Esperamos.

– Tenía una niña… ¿vale?

– ¿Qué recuerdas de la niña?

– Ella… tenía una.

– ¿Quién trajo a Patty por aquí?

– No sé.

– ¿Tenía amigos?

– No sé.

– ¿Era una mujer amable?

Se encogió de hombros.

– ¿Pasaste algún tiempo con ella?

– Nunca.

– ¿Nunca?

– No era mi tipo.

– Lo que significa…

Se miró de nuevo las rodillas.

– Que no era mi tipo.

– ¿Cuándo ella vivía aquí, ocurrió algo relacionado con algún crimen en las proximidades del edificio?

– ¿Qué?

– Un asesinato, secuestro, robo o algo así -aclaró Milo-. ¿Ocurrió algo de esto mientras Patty vivió aquí?

– No.

– ¿Cuál es su nombre?

Vaciló.

– Jordan.

– ¿Nombre o apellido?

– Les Jordan.

– ¿Leslie?

– Lester.

– ¿Segundo nombre?

– Marión.

– Como Brando.

Les Jordan cambió de posición.

– Tengo que mear.

Por la mancha que se extendía por su entrepierna, decía la verdad.

Se quedó mirándola. Ningún signo de bochorno, solo resignación. Sus párpados se agitaron.

– Os lo dije.

– Que tenga un buen día -le contestó Milo. Se dio media vuelta.

La puerta se cerró con un golpe.

***

La mayoría de los inquilinos no estaba. Los pocos que encontramos eran demasiado jóvenes para ser útiles.

De nuevo en el coche, Milo llamó por teléfono al detective Sean Binchy y le pidió que hiciera algunas comprobaciones en el historial criminal de Lester Marión Jordan.

Mientras esperábamos, le pregunté:

– ¿Ha vuelto Sean a homicidios?

– No, todavía sigue perdiendo el tiempo en robos armados y otros casos triviales. Pero el chico se siente agradecido por mi tutelaje, así que se permite a sí mismo… sí, Sean, no cuelgues, déjame coger un bolígrafo.

Cuando colgó, dijo:

– El encantador señor Jordan ha acumulado varios arrestos. Posesión de heroína, menuda sorpresa, y alborotos. Cinco desestimaciones, tres condenas, todo reducido a períodos cortos en la cárcel del condado.

– Eligió al abogado correcto -dije.

– O es un criminal de poca monta por el que no vale la pena desperdiciar espacio en la cárcel. Puede que al señor Rogers le gustaran sus vecinos, pero ¿no crees que Patty sería un poco más exigente?

– Quizá haya una razón para todo esto.

– ¿Cómo cuál?

Respiré profundamente, saqué a la luz mis sospechas sobre las drogas.

– ¿Una respetable enfermera traficando con drogas del hospital a escondidas? -dijo-. Rick la consideraba casi una santa y yo pensaba que tú estabas de acuerdo.

– Lo estoy. Solo pensaba que debía decírtelo.

– Traficante -repitió-. Jordan se puso un poco tenso cuando le presioné sobre si la conocía… ¿sabes lo que me parece interesante? Aquí está Patty, una presunta ciudadana legal viviendo en un barrio de mala muerte y cuando consigue salir de aquí, tiene que mudarse de aquí para allá cada dos años. Y sin embargo, un yonqui asqueroso como Lester Jordan consigue quedarse en la misma dirección veinte años.

– Quizá su familia sea la propietaria del edificio.

– O tiene una fuente continua de ingresos con la que consigue eludir el sistema judicial.

– Simples condenas por posesión, pero trafica -añadí.

– Ha llegado hasta aquí y sigue vivo, Alex. Tener cierto control sobre el producto le habría sido de gran ayuda. Una enfermera agradable y respetable se muda al edificio, ¿no ves la relación?

– Por el bien de Tanya, espero que esto solo sea una teoría.

– Tanya es quien decidió abrir la caja de Pandora.

– Lo que no significa que esté preparada para ver lo que hay dentro.

Los dos nos sentamos durante unos instantes.

– Lo de por qué Patty le contó todo esto, todavía queda fuera de mi alcance -dijo-. Por otro lado, puede que estuviera limpia y aquí estamos los dos, cavilando fuera de control. Se nos conoce por llegar a buenas teorías cavilando en nuestro tiempo libre.

– Algunas resultaron ser reales -dije.

– Escúchate -replicó-, pensaba que la clave estaba en ser siempre positivo. Signifique lo que signifique eso.

Me quedé en silencio.

– ¿Algún otro atisbo de sabiduría en esta coyuntura? -preguntó.

– No.

– Sigamos hacia la calle Cuarta.

***

La sombra moteada de los árboles altos embellecía el edificio. El mismo Mini Cooper estaba aparcado en el pavimento de hormigón, plotgrl.

Tanya había mencionado que unos asiáticos vivían arriba, así que nos dirigimos al dúplex de la planta baja. Cuando golpeamos la puerta, apareció una joven morena y delgada con una cola de caballo, de unos veintimuchos. Llevaba un lápiz detrás de una oreja. Vestía un suéter peludo rosa sobre unas mallas ajustadas negras. Nariz pecosa, ojos de color ámbar, barbilla puntiaguda. Unas curvas suaves moldeaban el suéter.

La placa de Milo le hizo sonreír tontamente.

– ¿Policías? No es nada común. Estoy justo en medio de una escena de un programa de polis. ¿Quieren ser mis consejeros técnicos?

– ¿Qué programa?

– Uno piloto -contestó-. El argumento principal es una joven detective que se quedó sorda debido a un disparo accidental. No puede oír a los malos así que tiene que desarrollar otros sentidos al máximo. Sobrecompensación, ya saben, ¿no? Es un as en el lenguaje de los signos, lo que acaba siendo crucial para capturar al asesino en serie.

– Suena interesante -apuntó Milo.

– Ahora mismo suena pésimo, porque lo que realmente se me da bien es la comedia. Pero mi agente dice que eso ya no vende. Al menos tengo la esperanza de que cuando acabe Sin oír al mal, puede que no resulte tan pésimo, ni demasiado inteligente para la programación en televisión.

Sacó una mano fuera, apretó la mía enérgicamente.

– Lisa Bergman. ¿Qué os trae por aquí en fin de semana, chicos?

Milo le sonrió.

– Comprobación de antecedentes. Usted es demasiado joven para ayudarnos.

– Soy mayor de lo que parezco, pero me venís de perla. ¿Podrían decirme al menos de qué se trata? Sin nombres, solo el argumento. Siempre puede usarlo como material.

– El argumento -repitió Milo-. Es que estamos investigando sobre una mujer que vivió aquí hace nueve o diez años.

– Nueve o diez años -comentó Lisa Bergman-, yo estaba en tercer curso en Reed.

– Eso es.

– ¿Está diciendo que pasó algo aquí?

– Una persona que nos interesa vivió aquí. ¿Quiénes son sus vecinos del piso de arriba?

– Cuatro estudiantes de derecho, más jóvenes que yo. ¿Qué hizo esa persona que tanto les interesa?

– Está muerta -respondió Milo.

– ¿Muerta como en un asesinato?

– Muerte natural, pero necesitamos esclarecer algunos detalles sobre su vida.

– ¿Cómo es eso?

– Temas económicos. Nada lo bastante jugoso como para la televisión.

– ¿Está seguro?

– ¿Le parece interesante algo como obligaciones y bonos municipales libres de impuestos?

– ¡Uf! -exclamó Lisa Bergman, sacó el lápiz de detrás de su oreja y con la punta rozó su labio, formando por un momento un pequeño hoyuelo-. Deberían ir a hablar con Mary Whitbread. Es la casera.

– ¿Dónde podemos encontrarla?

– Vayan a su porche -apuntó-. Cinco edificios más abajo, el verde, en la primera planta. Seguramente esté allí.

– ¿Una persona hogareña?

– No. Sale a comprar, pero normalmente está por aquí. Metiendo las narices por doquier.

– ¿Una entrometida?

– Entre usted y yo, se deja caer por aquí más de lo que debería -dijo Bergman-. Se supone que para asegurarse de que mantenemos la propiedad en buen estado, pero en realidad solo para husmear. Una vez, cometí el error de invitarla a tomar un café en casa. Una hora después, todavía estaba aquí y todas las ideas que tenía para escribir tiradas por la borda.

Sonrió.

– Puede que aquello fuera lo mejor.

Milo le dio las gracias y le deseó buena suerte con su guión.

– ¡Que bien le oiga Dios! -exclamó ella-. Si esto no funciona, tendré que volver a dedicarme a la organización de eventos.

***

El dúplex de Mary Whitbread estaba pintado de color verde menta con un ribete tornasolado, enfrente tenía un césped impecable, bajo la sombra de un sicómoro magníficamente retorcido.

El porche era fresco y con azulejos, bonitas flores en unos bonitos jarrones. Una voz jovial se oyó:

– ¡Un segundo!

Una puerta de laca negra se abrió.

Por la descripción de Lisa Bergman, esperaba una mujercita en bata de andar por casa. Mary Whitbread rondaba la cincuentena, era de tez morena, elegante y rubia. Tenía unos ojos azules enormes bajo unas cejas bien depiladas. Su blusa blanca de seda estaba estampada con eslabones dorados, cornetas y orquídeas rojas, un Versace o una imitación. Llevaba la blusa por dentro de unos pantalones de pinzas azul marino crespón. Cintura de avispa, caderas pronunciadas, pechos contundentes. Llevaba unas sandalias rojas con tacón de aguja que dejaban ver unas uñas con esmalte nacarado. El color de las uñas era como el carmesí de sus zapatos.

– Hola -saludó-. Si están aquí por el alquiler, lo siento, ya ha sido dado, la agencia no se ha acordado de borrarlo de la lista.

– Vaya, caramba -dijo Milo, mostrando la placa.

– ¿Policía? Dios mío -exclamó, mirándonos con ojos escrutadores-. Ahora que les miro, es evidente que no… entienden.

– Lo es.

Mary Whitbread salió del porche y sonrió.

– Lo que quería decir es que cuando veo a dos hombres buscando un apartamento para alquilar juntos, asumo, ya saben. Y tengo que decir que no me molesta en absoluto. De hecho, son mis inquilinos favoritos. Tan meticulosos, tienen muy buen ojo para la proporción.

Se atusó el pelo. Sonrió mostrando los dientes.

– Entonces, ¿cómo puedo ayudar a la Policía?

– Estamos investigando sobre una antigua inquilina.

– ¿Uno de los míos se ha metido en problemas?, ¿quién?

– Nadie está metido en ningún problema, señora Whitbread…

– Llámeme Mary. -Dio otro paso hacia delante, invadió el espacio personal de Milo.

– Nadie está metido en ningún problema, Mary. Uno de sus antiguos inquilinos ha fallecido y se están realizando algunas investigaciones finales sobre asuntos financieros.

– ¿Financieros? ¿Crímenes de oficina? -preguntó-. ¿Como el de Elron? ¿Worldcom?

– Nada tan monumental -respondió Milo-. Lo siento, pero no puedo entrar en los detalles.

Mary Whitbread hizo un mohín.

– Mal asunto. Ahora me dejan con la curiosidad.

Se inclinó hacia delante, tan cerca como para besarlo. Milo retrocedió dos pasos. Mary Whitbread avanzó rápidamente y ocupó el espacio que él acababa de dejar libre.

– De acuerdo, detective. Hablaré. ¿Quién es esa misteriosa persona?

– Patricia Bigelow.

Sus pestañas postizas se agitaron.

– ¿Patty? ¿Ha fallecido? ¿Cómo ha podido suceder algo así?

– Cáncer.

– Cáncer -repitió-. Eso es muy triste. Ella no fumaba.

– Se acuerda de ella.

– Soy una persona sociable. Mis inquilinos se quedan durante años, a menudo entablamos amistad.

– Patty Bigelow no se quedó mucho tiempo.

– No… imagino que no lo hizo… ¿cáncer? No podía ser muy mayor. -Frunció el entrecejo-. Aquella niña pequeña que tenía… ¿Támara? Perder a su madre… ¿está diciendo que Patty se vio involucrada en algún tipo de blanqueo de dinero o algo así?

Milo se puso un dedo sobre los labios.

– Lo siento, detective. Es que encuentro a la gente tan fascinante. Trabajé como asesora en pruebas para la selección de actores y, chico, aquello fue toda una lección de psicología. Pero su trabajo, vislumbrando la parte oscura, debe ser de una fascinación sin fin.

– Sin fin. ¿Qué puede contarnos sobre Patty Bigelow?

– Bueno -dijo-, pagaba a tiempo el alquiler, mantenía bien el apartamento. No tenía ningún tipo de problema con ella.

– ¿Alguien lo tuvo?

Más parpadeos de calistenia.

– No que yo supiera. Solo digo que nos llevábamos bastante bien. ¿Han estado en el apartamento en el que vivieron?

– La inquilina nos envió aquí.

– Lisa -añadió Mary Whitbread-. Una buena chica. Su padre paga el alquiler. Un abogado de divorcios de Beverly Hills. Ha estado financiando las aventuras de Lisa desde hace años. Este mes le toca ser guionista.

– ¿Quién vivía encima de Patty? -pregunté.

– Una pareja joven de… Indonesia. ¿O Malasia? Algún sitio de esos. Tenían apellido neerlandés, pero eran orientales… Henry, no, Hendrik. Hendrik y Astrid van Dreesen. Él estaba estudiando el doctorado, algo científico, ella era… vendedora o algo así… Lo de él era la electrónica, creo. No eran tan meticulosos con el mantenimiento como pueda pensar. Para ser orientales. Siempre solemos dar por hecho que serán cuidadosos, ¿no? Pero en general, buenos inquilinos. Se quedaron cuatro años, luego se mudaron a su país, fuera donde fuera.

– Durante el tiempo que la señorita Bigelow vivió aquí, ¿ocurrió algo fuera de lo normal en el vecindario?

– ¿Fuera de lo normal como por ejemplo una estafa, un timo o un caso de blanqueo?

– ¿Cualquier cosa de la que se pueda acordar? -contestó Milo.

– Fuera de lo normal… bueno… no tenemos el tipo de problemas que pueden verse en un barrio de clase baja. Recuerdo un tirón de bolso, una pobre anciana a la que un mexicano le pisó los pies, era un ayudante de camarero en un restaurante de Wilshire… Pero aquello ocurrió después de que Patty se fuera… hubo algunos robos con allanamiento, pero la Policía atrapó a los culpables/ quienes fueran. -Chasqueó la lengua-. ¿Fue cáncer de pulmón? Cuando solicitó el alquiler me comentó que no fumaba. Y nunca vi ningún indicio de que lo hiciera.

– Estuvo aquí menos de un año -apunté yo-. ¿Por qué se iría?

– El alquiler estaba por encima de sus posibilidades -contestó Whitbread-. Con una niña en un colegio privado y religioso, debía ser una carga, aunque no sé por qué quiso algo así.

– ¿No es partidaria de los colegios privados religiosos?

– ¿Esos curas? Cada día hay un nuevo titular. Pero esa fue la elección de Patty. Cuando me dijo que estaba pasando por algunas dificultades, me dio la impresión de que quería que le bajase el alquiler, pero claro, eso era imposible.

– Claro.

– En el mercado inmobiliario, detective, si uno quiere buenos inquilinos, tienes que ser justo pero firme. La vivienda de Patty estaba en unas condiciones excelentes, con varias piezas del mobiliario originario de los años veinte. No se quedó vacía por mucho tiempo. Dos chicos gais, sin duda alguna, vivieron allí otros cinco años y solo la abandonaron porque se compraron una casa en la parte alta de la colina.

Frunció el entrecejo.

– ¿Adonde se mudó Patty? No me llamaron nunca para pedirme referencias.

– Culver City -respondió Milo.

– ¡Vaya! -exclamó Whitbread-. Eso es un poco degradante.

Sus ojos se movieron y se centraron en una mota sobre el hombro de él.

Un Hummer negro acababa de parar en el bordillo de la acera. Whitbread saludó con la cabeza. Puso su mano en mi brazo.

– Ha llegado mi hijo, ¿desea algo más, detective?

– No, señora.

– Entonces está bien, ha sido un placer hablar con ustedes. -Me dio con el codo y sonrió a Milo-. Si en algún momento les permiten dar algún detalle jugoso a los civiles, por favor, acuérdense de mí.

– Lo haremos -dijo-. Gracias por su tiempo.

Pasó haciendo un ruidito con sus tacones rojos, se apresuró hacia el Hummer y dio un golpecito en la ventanilla del copiloto. El cristal había sido tintado de negro. Igual que la parrilla y las llantas.

Mientras nos alejábamos, la puerta del conductor se abrió y salió un joven negro enorme, con un suéter de color cobre y zapatillas de deporte al juego. Poco más de veinte años, cabeza rapada, bigote recortado a navaja y perilla.

– ¿Ese es su hijo? -preguntó Milo-. Adoro esta ciudad.

– Siempre sorprende -contesté.

– Te echas a dormir la siesta y cuando te despiertas, tu código postal ha cambiado.

Mary Whitbread nos saludó con la cabeza.

El gigante hizo lo mismo, pero sin sentimiento.

Capítulo 11

– Esto es diferente -dijo Milo.

Estábamos cerca de la fuente seca en el centro del patio de los búngalos del bulevar Culver. El cuenco estaba agrietado, se había formado un poso de insectos muertos, con manchas imprecisas de sustancias orgánicas. Un camión de juguete roto estaba tirado en un lateral. Cuando entramos en la propiedad, los niños que estaban jugando en la suciedad desaparecieron volando.

Ningún timbre en las puertas combadas de las viviendas. Los golpes de Milo produjeron miradas de desconcierto y frases de negación murmuradas en español. Lo que pudimos ver del interior de las viviendas estaba oscuro y raído. Una uniformidad rancia y taciturna que denotaba una clara fugacidad.

– Puedo intentar averiguar quién era el propietario de la vivienda en aquel entonces, pero no creo que conduzca a nada. -Su pie golpeó la fuente-. Patty no le pidió referencias a la cotorra de Mary porque no las necesitaba para este antro.

– Puede que esa fuera la clave -dije.

– ¿Qué quieres decir?

– Se mudó para pasar desapercibida.

– ¿El dinero no fue el motivo? ¿Se asustó por haber comprado algo en el mercado ilegal? No lo sé, Alex. Si estaba huyendo, ¿por qué quedarse en la misma ciudad y seguir en el mismo trabajo?

– Pensaba en la culpabilidad, no en el miedo -dije-. Escapaba de sí misma.

– ¿De aquel «algo terrible» del que habla?

– Bajar un peldaño en la escala social en lo que respecta a la vivienda debió parecerle una forma de expiación.

– Un castigo a sí misma -dijo-. ¿Sin preocuparse de que, si lo hacía, Tanya también sufriría el castigo?

– Tanya dijo que no le importaba.

– Tanya me parece el tipo de niña que diría algo así.

– Debió de hacerlo con buena cara -añadí-. Pero los niños son flexibles. Lo principal seguramente era la relación entre ella y su madre.

– Y ahora está sola.

Caminamos hacia el coche.

– Quizá mudarse sí que fue una cuestión de dinero.

– ¿Inocente hasta que se demuestre lo contrario? Seguro, ¿por qué no? Y ahora que ya hemos tenido la clase de geografía, ¿qué es lo siguiente?

– Quizá deberíamos estrechar nuestra zona geográfica. Si algo pasó en la calle Cuarta, la cotorra de Mary lo recordaría, así que descartémoslo por el momento.

– A menos que Mary no quisiese que el vecindario se ensuciara con historias violentas.

– Yo creo que incluso así, disfrutaría contándonos un jugoso crimen, Pienso que no es nada probable que el asesinato en la calle June sea relevante y la única cosa fuera de lo normal que ocurrió en la mansión, si podemos decir que lo fue, fue la muerte del coronel Bedard bajo el cuidado de Patty.

– Nada fuera de lo normal, era viejo -comentó frotándose la cara, como si la estuviera lavando, pero sin agua.

– ¿Qué? -pregunté.

– Si quieres que sea creativo, puedo serlo.

– Adelante.

– Un viejo que sufre, una persona compasiva, puede que pensara que le estaba haciendo un favor ayudándole en aquel proceso.

– ¿Eutanasia?

– Querías que fuera creativo.

– Si Patty tuviera tendencia a jugar a ser Dios, ¿lo sabría Rick?

– Urgencias es una cosa, Alex. La gente va para que la salven. Pero ver a un anciano débil que se va apagando… Eso podría tocarle la fibra sensible a cualquiera. Nada premeditado, ella no era una criminal. Luego cayó enferma, tuvo aquella misma sensación y se lo soltó a Tanya. Quizá pensar en su propia muerte hizo que se obsesionara por haber acelerado el proceso de otra persona. O todo este rollo de la confesión in extremis es una mierda y deberías concentrarte en ayudar a Tanya a saber estar sola y yo debería pasar mis dos semanas de vacaciones viendo la tele.

– ¿A detectives sordas?

– ¡Por Dios! ¡No! Mi concepto del nirvana es pasarme un mes entero viendo Judge Judy, cocinando chili en el microondas y quedándome en la parra.

– Justicia y verdad -dije.

– Gente estúpida chillando. Si me gustaran las mujeres, intentaría salir con ella.

Me reí. Miré por fuera de la ventanilla del coche. Ninguno de los niños había vuelto a jugar a la fuente.

– Primero Patty es una traficante de droga y ahora una enfermera a favor de la eutanasia.

– Patty dijo que mató a un tipo, Alex.

– Eso dijo.

– Te diré una cosa -apuntó-. No tiene ningún sentido seguir la pista de la muerte del coronel Bedard. Pasara lo que pasara, el certificado acreditará la muerte natural.

Apuntó con la cabeza hacia el patio de los búngalos.

– Mirando este edén, seguro que hubo muchos crímenes callejeros en los alrededores durante aquellos años. Esperemos a ver si Isaac descubre algo. No es que esté más convencido hoy de que pasara algo de lo que lo estaba ayer. Pero si no fue eutanasia, mi próxima hipótesis tendría que ver con el mercado de drogas de Cherokee. Sobre todo, después de conocer a Lester Jordan. Déjame husmear un poco más, le haré a Jordan otra visita a domicilio.

Milo bostezó, se estiró y cerró los ojos.

– Suficiente por hoy. Vamos.

– ¿Hora de ver la tele? -pregunté.

Sus ojos se abrieron.

– No tan rápido, chaval. Te toca pagar un almuerzo de los caros.

– Claro -respondí-. Después podemos volver a hacerle una visita a Jordan.

– No, demasiado pronto. Iré yo solo mañana.

– ¿Qué necesitas que haga yo mañana?

Bajó la ventanilla y respiró el humo.

– Decídelo a cara o cruz, que es una forma bonita de decir que no tengo ni puñetera idea.

Llegué a casa a las tres, con la barriga llena de comida tailandesa y saqué a Blanche a dar un paseo por el jardín, renové su agua, la escuché hablar de su día, y la llevé a ella, y a su cuenco de comida, a mi despacho.

Ella empezó a comer mientras yo le daba otro vistazo al expediente de Tanya.

Empecé por el principio.

El círculo vicioso del comportamiento obsesivo-compulsivo está propulsada por la ansiedad. Las interferencias pueden anularse con SSRI, drogas que incrementan el flujo de la serotonina al cerebro. Pero no se conoce mucho sobre cómo los medicamentos psicoactivos afectan a los niños a largo plazo y cuando el paciente deja de tomar las pastillas, la banda vuelve a arrancar. La terapia de comportamiento cognitivo supone más tiempo y requiere una participación activa por parte del paciente, pero no presenta efectos secundarios y enseña al paciente ciertas habilidades de autoayuda que pueden perdurar. En la época en que Tanya vino a verme por primera vez, había tratado con éxito a niños con trastornos obsesivo-compulsivos, probando con una amplia variedad de metodologías de CBT.

Intentaba ver a cada paciente sin caer en los prejuicios, pero después de ejercer varios años, las ideas preconcebidas son inevitables y cuando ella llegó, yo ya tenía un plan en mente.

1. Reconstruir su confianza.

2. Encontrar el centro del ansia.

3. En el momento adecuado, pararse a reflexionar, exposición guiada, insensibilización, o alguna combinación; sustituir la tensión por relajación.

En la cuarta sesión, nuestra relación parecía fijada y ya estaba listo para trabajar. Tanya caminaba por el despacho, se sentó en la mesa de juegos y dijo:

– Se han ido.

– ¿Quiénes?

– Mis hábitos.

– ¿Se han ido?-pregunté.

– Ya no los hago.

– Eso es fantástico, Tanya.

Se encogió de hombros.

– ¿Cómo lo has hecho?

– Usted sugirió que yo me ponía nerviosa, así que cuando me pongo nerviosa, los aparto lejos de mí.

– ¿Los apartas?

– Me digo «Para, eso es estúpido» y pienso en otras cosas aquí dentro -dijo, dándose golpecitos en la sien.

¿Quieres el título de psiquiatría para tomar aquí, o te lo pongo para llevar?

– ¿En qué otras cosas dentro de tu cabeza?

– En pasear con mamá. Ir a Disneylandia.

– ¿Disneylandia es tu lugar favorito?

– El mundo en miniatura es aburrido -argumentó-. Me gustan las tazas giratorias. -Hacía girar una mano-. Me gusta la taza rosa.

– Entonces, has subido ya a las tazas giratorias con tu mamá.

– No -respondió. Parecía irritada-. En realidad no lo hemos hecho, mi mamá se marea cuando gira. Nosotras miramos.

– Te gustaría hacerlo.

– Finjo hacerlo. -Empezó a girar ambas manos. Rápido y de forma desigual como si fuera un conductor de autobús nervioso.

– Finges girar.

– Rápido.

– Eso hace que los hábitos nerviosos se vayan.

La duda avivó sus pálidos ojos verdes.

– Usted me dijo que los hábitos venían cuando estaba nerviosa.

– Tienes toda la razón, Tanya. Has hecho un gran trabajo.

– Yo no hice nada de nada -respondió.

– ¿Alguien te ayudó?

Movió la cabeza con empatía.

– Yo no hice nada la primera vez.

– Tú hiciste algo.

Se giró dándome la espalda.

– Miré debajo de la cama. Un poco. Me lavé las manos un montón de veces. La segunda vez no miré debajo de la cama y solo me lavé las manos una vez. Tengo que lavármelas. Para estar limpia, mi mamá dice que hay que usar el jabón y el agua antes de irse a dormir, y lavarse los dientes.

– Parece una buena idea.

– Lavarse solo una vez es una buena idea -dijo-. Más veces es estúpido.

– ¿Tu mamá te indicó que era estúpido?

– ¡No! Me lo dije a mí misma. -Cogió un lápiz, lo giró, golpeó la casa de muñecas.

– Estoy muy impresionado, Tanya.

Ninguna respuesta.

– Tienes que estar orgullosa de ti misma.

– Tener hábitos hacía que me cansara -replicó, sin darle importancia.

– Y ahora puedes manejarlos.

– Cuando me pongo nerviosa, me digo: «Estás nerviosa, no necesitas estos hábitos».

– Perfecto -añadí-. Podrías ser médico.

Jugaba con las muñecas. Cogió una con fuerza, poniendo cara de póquer. La soltó, se dejó llevar y sonrió.

– Mi mamá dice que no hay nadie perfecto, pero que yo casi lo soy.

– Tu mamá lo sabe.

Una risa tonta.

– Bueno…, ¿puedo dibujar?

***

La segunda vez, tres años después, esperaba un cierto desánimo debido a la recaída. Me sorprendió verla con la espalda bien erguida y dándose aires mientras entraba en el despacho. Seguía siendo pequeña para su edad, pero vestía como si fuese mayor: pantalones caqui de soldado ajustados, camiseta blanca bajo un suéter azul marino con cuello en pico, mocasines marrones inmaculados. Su pelo estaba peinado hacia afuera y liso. Mostraba indicios de madurez que empezaban a concretar el contorno de su cara.

La mesa de juegos que la había entretenido cuando tenía siete años fue ignorada tras una mirada. Se acomodó en uno de los sillones de piel, cruzó las piernas y dijo:

– Así que estoy aquí de nuevo.

– Me alegro de verte, Tanya.

– Lo siento. Lo he vuelto a hacer.

– ¿Tus hábitos?

– No, lo que quiero decir es que ya se han ido.

– ¿Te has curado otra vez?

– Mi mamá ha dicho que de todas formas tenía que venir.

– Eso no es nada que debas sentir.

– Tenía que venir hace unas semanas, pero tenía muchos exámenes, así que…

– Mientras tanto hiciste tú sola el trabajo.

– No quiero desperdiciar su tiempo. Ni el dinero de mi mamá. Mi mamá quería que viniese a verle de todas maneras. Quiere estar segura de que estoy bien.

– ¿Te sientes bien?

– Sí.

– Entonces me imagino que estarás bien -dije- ¡Caramba! Lo has hecho incluso más rápido que la primera vez. Estoy impresionado.

– La primera vez fue usted quien lo hizo de verdad -dijo ella-. Me explicó que estaba haciendo todas aquellas cosas porque me ponía nerviosa. Ahora lo entiendo. -Se estiró en la silla-. No sé por qué volvía empezar. Al menos esta vez no era tan malo. No tenía que comprobarlo todo una y otra vez.

– ¿Estabas nerviosa por algo?

– En realidad, no.

– Tu madre me ha contado que os habéis mudado.

– Me gusta.

– A veces hasta un cambio para mejor puede ponernos nerviosos.

Reflexionó sobre aquello.

– Me gusta.

– ¿Cómo te va la escuela? -pregunté.

– Bastante fácil -dijo-. Aburrida, estuve resfriada justo antes de que los hábitos volvieran. Mi mamá pensó que yo estaba cansada y por eso sucedió.

– A veces pasa.

– ¿Cada vez que me resfríe tengo que tener cuidado?

– No -respondí-. Pero cada vez que estés muy disgustada por algo, sería bueno que intentaras relajarte, ¿todavía sigue siendo Disneylandia tu lugar favorito?

– De ninguna manera -contestó-. Es inmaduro.

– Tienes un nuevo lugar.

Sus ojos se movieron de un lado a otro.

– Simplemente me digo a mí misma que tengo que relajarme.

– Entonces, el colegio te parece fácil.

– En algunas clases tengo que trabajar para conseguir sobresaliente.

– Sacar un sobresaliente es importante.

– Claro.

– ¿Te sientes presionada? -le pregunté.

– ¿Por mi mamá?

– Por alguien.

– Ella me dice que lo haga lo mejor que pueda, eso es todo. Pero…

Esperé.

– A veces -dijo-, es duro tener que estudiar cuando es tan aburrido, pero me obligo a mí misma. No me gusta tener que escribir trabajos ni los estudios sociales. Las ciencias y las matemáticas están bien, tienen sentido. Quiero ser médico. Ayudar a la gente es útil.

– Eso es lo que hace tu madre.

– Mi madre dice que los médicos son siempre los que se ocupan de todo, no las enfermeras. No me gusta tener que pedir cosas a la gente.

Pausa larga.

– Creo que mi madre ha estado un poco nerviosa.

– ¿Por qué?

– No me lo ha dicho.

– ¿Se lo has preguntado?

Sonrió.

– ¿Qué te hace tanta gracia, Tanya?

– Nunca se me ocurriría preguntarle.

– ¿Por qué no?

– Me contestaría que está bien y me preguntaría si yo estoy bien.

– No quieres preocuparla.

– Ya tiene bastantes cosas en que pensar.

Expresión de adulto. Me pregunté cuánto tiempo pasaría con niños de su edad.

– ¿Cómo notas que ha estado nerviosa, Tanya?

– No se queda mucho tiempo sentada, coloca rectas las fotografías. A veces hasta parece preocupada. -Estaba inquieta-. Yo estoy bien, de verdad, no creo que necesite volver de nuevo.

– Mientras estés aquí, ¿hay algo de lo que quieras hablar?

– ¿Cómo qué?

– Como de que tu madre esté nerviosa, de cómo te afecta.

– Por favor, no le cuente que se lo he dicho.

– Prometido -contesté-. La misma regla que cuando hablamos la primera vez.

– No le dirá nada a no ser que yo quiera -afirmó-. Lo hace cuando ya me he ido a la cama, piensa que no la oigo.

– ¿Ordenar la casa?

– Fregar el suelo a pesar de que esté limpio. Quitar latas de los estantes de la cocina y volverlas a poner. Oigo cómo abre y cierra las puertas y cuando a veces mueve las sillas y arañan el suelo. Lo hace por la noche porque no quiere que yo lo sepa. Quizá piense que me lo va a contagiar.

– ¿Cómo un resfriado?

– ¿Podría pasar algo así?

– No hay gérmenes de hábitos, pero a veces, cuando vivimos con otras personas, podemos imitarlas.

Se mordió el labio.

– ¿Debería intentar ayudar a mi madre con sus hábitos?

– ¿Qué piensas que diría ella si tu te ofrecieras a hacerlo?

Amplia sonrisa.

– Diría: «Estoy bien, cariño». Pero aun así, me gustaría ayudarla.

– Creo que lo mejor que puedes hacer por ella es lo que estás haciendo. Solucionar los problemas cuando puedes hacerlo y pedir ayuda cuando no.

Se tomó su tiempo para digerir aquello.

– Si vuelve a pasarme, volveré.

– Siempre me alegro de oírte. También está bien llamar para decir que las cosas van bien.

– ¿De verdad? -preguntó-. Puede que lo haga.

Nunca lo hizo.

***

Al día siguiente, Patty me llamó por teléfono.

– No sé lo que ha hecho, pero es un milagro. Va a verle y ya está bien.

– Tiene una gran facilidad para comprenderse a sí misma -contesté.

– Estoy segura de que lo hace, pero es evidente que usted sabe cómo guiarla. Muchísimas gracias, doctor. Es bueno saber que le tenemos cerca.

– ¿Hay algo más en que pueda ayudarla?

– No, no se me ocurre nada.

– ¿Ha ido bien la mudanza?

– Todo va bien. Gracias doctor, adiós.

Capítulo 12

Dejé de lado el expediente, me preguntaba si había alguna relación entre los síntomas de Tanya en su infancia y aquel «algo terrible» que ocupó las horas finales de Patty.

¿O tenía razón Milo y todo acabaría en un ataque de pensamientos obsesivos según los cuales una mujer que se pasó la vida entera manteniendo el orden, se enfrentaba al último desorden?

La primera visita de Tanya fue poco después de mudarse a la mansión Bedard. Un poco después de la muerte del coronel, pero puede que le afectase la tensión de Patty por tener al cuidado a un anciano.

«Lo maté».

Milo había tirado por los suelos la hipótesis de la enfermera asesina, pero sus intuiciones eran buenas. ¿Estaría Patty, una persona decente, luchando contra las consecuencias de un acto impulsivo y apabullantemente permanente?

¿Cómo podía yo saber que Patty era decente?

Porque todo el mundo lo decía.

Porque yo quería creerlo.

– Razonamiento coartado -dije en voz alta.

Blanche miró hacia arriba. Movió las pestañas. Se hundió de nuevo y volvió a sumirse en algún tipo de agradable sueño canino.

Seguí dándole vueltas, me di cuenta de que los síntomas de Tanya habían empezado dos años antes de que Patty la trajera a verme. Cuando aún vivían en Cherokee.

El segundo episodio fue después de mudarse de la calle Cuarta a Culver City. Puede que la tensión de Tanya se debiera a la transición, puede que no tuviera relación con nada criminal.

Manche volvió a mirar hacia arriba.

– Necesitas salir un poco más, rubiales. Vamos a dar una vuelta.

***

La avenida Hudson estaba imponente los sábados, intensamente tranquila.

El techo de pizarra de la mansión tenía un tono plateado con la luz del atardecer. El césped era verde mazapán; un entramado de madera decoraba la fachada, como barras de chocolate. Pero salvo un puñado de limones echados a perder, esparcidos por el suelo, todo estaba impecable.

El Bentley y el Mercedes de los años veinte estaban justo en el mismo sitio que el día anterior.

Los coches, el vecindario entero, mostraban que en un tiempo, hubo mucho dinero, pero no había ninguna razón por la que creer que la familia del coronel Bedard hubiera conservado la fortuna. Saqué a Blanche en brazos y caminé hacia la puerta doble de entrada. El timbre hizo sonar Debussy o algo parecido. Se oyeron pisadas rápidas seguidas de un clic detrás de la mirilla, una de las puertas se abrió y apareció la criada que había visto cuando intentaba cazar a aquella ardilla.

Rondaba los cuarenta largos, bajita, con una piel del color del té fuerte y pelo negro trenzado y recogido en dos lustrosos moños. Ojos negros cautelosos. Llevaba un uniforme rosa sin una sola mancha, ribeteado con lazos blancos. Medias y piernas arqueadas, como si quisiera sujetar un gran violonchelo. Agarraba con la mano una prenda de gamuza que había perdido el brillo en algunas partes.

Blanche ronroneó e hizo su mueca de siempre, tipo sonrisa. La expresión de la criada se suavizó y yo le enseñé mi placa de colaborador del Departamento de Policía de Los Ángeles.

Es una tarjeta plastificada de clip, caducada hace tiempo y bastante inútil, pero la impresionó lo suficiente como para contener un chasquido de desaprobación.

Tanya había mencionado el nombre del ama de llaves que trabajó cuando Patty vivía en la casa…: Cecilia. Esta mujer era lo bastante mayor como para haber estado allí hace doce años.

– ¿Es usted Cecilia?

– No.

– ¿Están los propietarios en casa?

– No.

– ¿El señor y la señora Bedard?

– No están en casa.

Blanche resopló.

– Pero viven aquí, ¿no es cierto?

– ¿Qué raza de perro es?

– Un bulldog francés.

– ¿Son caros?

– Vale la pena.

Se encogió de hombros.

– ¿Recuerda al coronel Bedard? -pregunté.

No hubo respuesta.

– El anciano que…

– No trabajo para él.

– Pero lo conoció.

– Cecilia trabajaba para él.

– ¿Conoce a Cecilia?

Tampoco hubo respuesta. Le mostré mi identificación.

– Mi hermana -contestó.

– ¿Dónde puedo encontrar a su hermana?

Una larga pausa.

– Ella no está metida en ningún lío, solo necesito hacerle algunas preguntas.

– Zacapa.

– ¿Dónde está eso?

– Guatemala.

Blanche resopló de nuevo.

– Bonito perro -dijo la mujer-, es como un monito.

Cuando dio un paso hacia atrás para cerrar la puerta, una voz masculina preguntó:

– ¿Quién está ahí, America?

Antes de que pudiera contestar, un hombre joven abrió de par en par la segunda puerta, dejando a la vista un recibidor de piedra caliza y mármol tan grande como para poder patinar en él. En los nichos de las paredes, bustos de personas fallecidas hace tiempo. La pared del fondo estaba presidida por un retrato de un hombre parecido a Georges Washington con peluca blanca. A la derecha del cuadro, un tratado, iluminado por las puertas de cristal, que exhibían unos extensos jardines.

– ¡Eh! -dijo el joven. Altura mediana, unos veintitantos, pelo oscuro encrespado, ojos marrones vacilantes. Tez clara, uno de esos príncipes encantados con aspecto de ídolos de los adolescentes con algún que otro exceso de grasa desde su infancia. Había perdido parte de su encanto. Vestía una camiseta azul arrugada, las mangas enrolladas hasta los codos, pantalones de explorador verde oliva, zapatillas de deporte amarillas con los cordones sueltos. Tenía rayas de bolígrafos en los dedos. El reloj de su muñeca izquierda mostraba signos de haber vivido grandes aventuras. Milo habría estado de acuerdo.

– La Policía -contestó America, atreviéndose a volver a tocar la frente de Blanche.

El joven la miraba, divertido.

– Bonito perro. ¿Policía? ¿Qué ocurre?

– No soy un agente de la Policía, pero estoy trabajando con el departamento en una investigación sobre una mujer que trabajó aquí hace aproximadamente diez años.

– ¿Está trabajando con quién?

Le enseñé la identificación.

– ¿Un doctorado? ¿En qué?

– Psicología.

– Excelente -observó-. Si todo sale bien, tendré uno de esos. No en psicología, en física. ¿Hace diez años? ¿Qué es? ¿Uno de esos viejos casos? ¿Está estableciendo un perfil?

– Nada sofisticado. Es una investigación sobre temas financieros.

– De alguien que trabajó aquí, ¿habla de Cecilia? Mi padre se negaba a pagar la Seguridad Social.

America se puso nerviosa.

– No es sobre Cecilia, sino una mujer llamada Patty Bigelow. Pero si Cecilia la recuerda, me sería de gran ayuda.

Miró a America. Ella le dijo:

– Ya le he dicho que Cecilia está en Guatemala.

– Recuerdo a Patty -dijo el joven-. La enfermera que cuidaba a mi abuelo. -Extendió la mano, suave y manchada de tinta-. Kyle Bedard. ¿Qué es lo que ha hecho esa mujer?

– Ha fallecido, pero no se trata de un homicidio. No puedo entrar en detalles.

– Silencio, es confidencial -susurró-. Suena interesante. ¿Quiere entrar?

– Señor -interrumpió America-, su padre dice que…

– No te preocupes, está bien -contestó Kyle.

La criada se alejó, retorciendo la gamuza, mientras él me invitaba a pasar.

Toda aquella piedra hacía que la temperatura bajase unos diez grados. Miré más de cerca la pintura colonial y Kyle Bedard dio un chasquido con la lengua.

– Mis padres pagaron por él más de lo que valía en Sotheby, porque algún especialista en pintura les convenció de que era una reliquia de la familia. En mi opinión, algún pintor de pacotilla hizo varias docenas de cuadros para los nuevos ricos Victorianos.

A su izquierda, había una puerta de nogal coronada por un pedículo de piedra caliza por la que se llegaba a la sala de lectura. El mobiliario era el de la típica biblioteca de burgués adinerado: habrían tenido que sacrificar a toda una manada para obtener todo aquel revestimiento de piel. Cortinas de terciopelo azules adornadas con borlas doradas que colgaban de una barra de metal grabada no dejaban entrar la luz diurna y reposaban sobre un suelo de parqué con incrustaciones metálicas. Una enorme alfombra persa azul y beis cubría la mayor parte de la madera.

El escritorio principal estaba esculpido y sobre él descansaban figuras en bronce de estilo Tiffany. Una lámpara de libélulas en cristal desprendía una luz de color amarillento. Los sillones de piel se combaban justo por el centro. Algunos cuadros de escenas de caza habían sido estratégicamente situados para completar la imagen del cuarto.

La habitación que Tanya me había descrito, con el anciano sentado en su silla de ruedas, leyendo, dormitando.

Pero había algunos elementos que más bien sobraban: un puf verde ácido en el centro de la alfombra, pilas de libros de texto, libretas y papeles sueltos, tres envoltorios vacíos de pollo frito, cajas de pizza para llevar, bolsas de patatas de varios sabores y colores, latas de refrescos y cerveza, servilletas arrugadas y una capa de migas.

Un portátil plateado de línea elegante descansaba en el puf, emitiendo una inquietante luz que parpadeaba mientras el salvapantallas iba transformándose: un Albert Einstein de ojos saltones se convertía en un triste Jim Morrison, luego en un conocido cómico empeñado en meterle el dedo en el ojo a otro y luego de nuevo en Albert. Estaba cargando un iPod con un cable eléctrico enroscado.

La biblioteca de un antiguo hombre de dinero convertida en un dormitorio de colegio.

La habitación olía a dormitorio.

– Estoy trabajando en unos cálculos, la soledad me ayuda -dijo Kyle Bedard.

– ¿Quién más vive aquí?

– Nadie. Mi padre está por algún sitio de Europa y mi madre vive en Deer Valley y Los Gatos.

– ¿Cálculos para su doctorado?

– Una matriz infinita.

– ¿En qué centro va a graduarse?

– En la Universidad, hice la licenciatura en Princeton, pero fue duro quedarme tan al este. Me di cuenta que ya había tenido suficiente hielo, aguanieve y demasiada gente que cree ser británica.

– ¿En qué área de la física está trabajando?

– En los láseres como fuente de energía alternativa. Si el comité acepta mi disertación, mi sueño es conseguir un puesto como ayudante de documentación con algún genio que esté trabajando en alguna investigación de vanguardia en los laboratorios del Lawrence Livermore. Sería genial formar parte de algo que cambie el rumbo del milenio.

– ¿Le falta mucho para acabar?

– Los datos ya los tengo y el trabajo escrito lo acabaré el año que viene. Pero usted ya ha pasado por esto, no hay nada seguro. Hay que pasar los orales y si algún miembro del comité la toma contigo, la has fastidiado. Tengo que practicar más como lameculos, pero el trabajo ocupa todo mi tiempo.

– Esa era mi actitud -contesté-, y acabó saliéndome bien.

– ¿Psicología? ¿Clínica?

Asentí con la cabeza.

– Gracias por esta pizca de terapia de autoconfianza, ¿nos sentamos? -apartó el portátil del puf y se dejó caer.

Coloqué una butaca para sentarme frente a él. Puse a Blanche en mi regazo.

– Tiene un perro muy idiosincrásico, parece una raza primate o algo así -dijo-. ¿Qué es? ¿Una especie de bulldog en miniatura?

– Un bulldog francés.

– ¿Quiere decir un bulldog con liberté?

Me reí. Él sonrió.

– Entonces se acuerda de Patty Bigelow.

– Recuerdo quién era. Mi abuelo estaba vivo en aquella época y mis padres todavía seguían juntos. Nosotros vivíamos en Atherton, no veníamos a verle muy a menudo. Siempre me gustaba venir aquí: a esta habitación, el olor de los libros. Ni se me ocurría entrar a la habitación de mis padres, Dios les prohibió aprender nada en absoluto. Aquí podía encontrar algo de paz y tranquilidad. Mi abuelo consiguió reunir cosas muy buenas en esta habitación, ediciones muy raras. -Señaló hacia los estantes-. ¿Cómo murió Patty?

– Cáncer.

– Una carga pesada. ¿Qué tipo de investigación financiera provoca algo así y por qué?

– Todo lo que puedo decirle es que su muerte ha destapado algunas cuestiones y la Policía está preguntando a las personas para las que trabajó.

– ¿Y le envían a usted para entrevistar a las personas locas?

Sonreí.

– ¿Está diciendo que Patty hizo algún tipo de desfalco? -preguntó-. Eso encajaría a la perfección con las ideas que mi madre tenía.

– No, no está bajo sospecha, de ningún tipo.

– ¿Confidencial? Podría sacar algo más de información. Si consigo esa beca de investigación en el Lawrence mis labios estarán sellados. -Flexionó el pie y el puf emitió un gemido-. Cáncer… No la recuerdo tan mayor… calculo que ahora rondaría los cincuenta.

– Cincuenta y cuatro.

– Demasiado joven -replicó-. Un tercio de las muertes se deben al cáncer. Un hecho que mi madre me recordaba a todas horas porque confundía el láser con la radiación, como si estuviera convencida de que fuera a freírme yo mismo… Patty tenía una hija, más joven que yo, siete u ocho años. Cada vez que veníamos de visita, corría a esconderse por ahí. Pensaba que para ella era un poco chocante. Una vez estaba aburrido y salí a pasear por el jardín trasero; ella estaba sentada en los matorrales, contando las hojas o algo así, hablando sola. Pensé que parecía sentirse sola, pero creí que se asustaría si la abordaba, así que la dejé. Debe ser duro, perder a tu madre.

El puf volvió a chirriar. De nuevo otro chirrido.

– Resulta curioso las cosas que uno recuerda.

– ¿Recuerda algo más sobre Patty Bigelow?

– Déjeme pensar -dijo-. Parecía que cuidaba bastante bien de mi abuelo y eso que al final él casi no se enteraba. Mi abuelo la apreciaba.

– ¿Su madre no? -pregunté.

– Mi madre tiene un sentido exagerado de las clases sociales.

– El desfalco cuadraría con la idea que ella tenía de Patty.

– Mi madre da por sentado que las clases marginadas roban, y por clase marginada se refiere a todo aquel que no sea tan rico como ella. Cuando yo estaba creciendo, las criadas tenían que abrir los bolsos para que pasara inspección cada vez que salían de casa. Es una persona muy desconfiada por naturaleza. No la veo muy a menudo. -Sonrió con un cierto disimulo-. No somos lo que se dice una familia muy unida. Golpeó con el pie una caja de pizza.

– Debería limpiar un poco la habitación, pero seguramente no lo haga. Cuando mi padre viene a casa y se enfada, mi excusa siempre es que estoy muy ocupado. La verdadera razón para no hacerlo es justo que mi padre se enfade. ¿Falta de madurez? -Echó hacia atrás la cabeza y se frotó un ojo-. En fin, había un poco de roce, ahora está mejor.

– ¿Cuándo vuelve su padre? -pregunté.

– Una semana, diez días, un mes, años luz. En principio, cuando tenga ganas. No trabaja. Vive de las inversiones de mi abuelo, lo que me parece un poco al estilo de Edith Wharton. Aun cuando uno no necesite trabajar, ¿por qué no hacer algo útil? Sus planes eran que yo me colocara en alguno de esos trabajos como agente de bolsa para salvar las apariencias, me casara con una joven rica y aburrida, criara a uno o dos hijos aburridos, como es de buen menester, y me retirara a edad temprana a una vida de calculada indolencia. Lo de la física enfada a mi madre de forma desmedida. Según ella es un trabajo de la clase media o baja, ideal para los judíos y los chinos. Está convencida de que voy a criar a una progenie de cerebritos.

– Una beca como signo de rebelión -apunté.

– Podría haber sido un peligroso delincuente, un desgraciado echado a perder por las drogas o haberme hecho miembro de un partido ecologista, pero desarrollar un trabajo ético parece todavía más subversivo… Así que, qué más recuerdo de Patty Bigelow… Era muy atenta con mi abuelo, se movía muy rápido, como en deambulación. Son los últimos pedacitos de mis recuerdos. Siempre corría de un sitio a otro, para asegurarse de que mi abuelo tuviese cuanto necesitase. Puede que todo fuese en beneficio de mi padre. En ese caso, no resultó. Mi padre piensa que cualquier uso indebido de energía es una pérdida. Y no hizo ni una mierda por mi abuelo. Se odiaban mutuamente.

– ¿Los típicos asuntos entre padre e hijo?

– Mire, comparados con ellos, mi padre y yo somos amigos del alma. El porqué, nunca nadie me dijo ni lo más mínimo sobre los ocultos trapos sucios de la familia. Mi abuelo apreciaba el valor del trabajo. Él lo consiguió todo por sí mismo, se alistó en la armada en el 39 y no como oficial del West Point, él empezó como suboficial técnico en Texas y acabó como teniente coronel encargado del sistema de comunicaciones de la ETO. Cuando acabó, encontró un trabajo en la televisión, se pasó a los elementos ópticos y luego a los electrónicos. Inventó algunos sistemas de resistencia, cédulas de suministro eléctrico y equipos de medición: osciladores y ese tipo de cosas. Él solo consiguió un montón de patentes y ganó el dinero suficiente como para que mi madre y mi padre se creyeran que formaban parte de la crema y nata de la aristocracia.

Golpeó con el dedo gordo del pie la caja de KFC.

– No sé por qué le cuento todo esto. Quizá es lo que ustedes suelen llamar inducción del estado de ánimo, usted quiere que yo hable y yo lo hago.

– Ese es un término bastante esotérico.

– Estudié algo de psicología en la licenciatura. Me pareció interesante, pero necesitaba algo menos impreciso. De todos modos, eso es todo lo que recuerdo sobre la señorita Bigelow.

– ¿Cómo acabó trabajando aquí?

– Yo era un niño, ¿por qué debería saberlo?

– Parece que eras un niño muy atento.

– En realidad, no mucho. -respondió-. De hecho, casi siempre estaba en mi propio mundo. Como la hija de Patty, sentado en los matorrales. Necesito volver a mis cálculos. El consumo de petróleo en el mundo depende de ello. Si me deja su número, cuando vuelva a hablar con mi padre le diré que le llame.

– Gracias. -Dejé a Blanche en el suelo y me puse de pie.

Trotó directa hacia él. Se puso de rodillas y le acarició el cuello. Ella le sonrió.

– Buena perrita. Desde luego que la perrita puede quedarse.

– La gente suele proponérmelo.

– Carisma -dijo-. Por lo que sé de mi abuelo, era algo que le sobraba.

– Un hombre que se hizo a sí mismo.

– Un bonito ideal -respondió-. Yo me conformaría con llegar a realizar algo.

Capítulo 13

Isaac Gómez me había mandado un correo electrónico.

Querido doctor D.:

Estos son los casos de homicidios abiertos cuyas víctimas eran hombres que he podido encontrar en el período de tiempo que me especificaste, están enumerados por orden cronológico. He utilizado un criterio geográfico de un radio de algo menos de medio kilómetro. No he encontrado casos abiertos justo en esas direcciones. Evidentemente, el número de casos cerrados es mayor.

1. Lugar geométrico avenida Cherokee:

A. Rigoberto Alfredo Martínez, 19; herida por disparo en la cabeza.

B. Leland William Armbruster, 43; herida por disparo en el pecho.

C. Gerardo Escobedo, 22; heridas múltiples por apuñalamiento en el pecho.

D. Christopher Blanding Stimple, 20; heridas por disparo en el pecho y torso.

2. Lugar geométrico avenida Hudson:

A. Wilfred Charles Hong, 43; heridas múltiples por disparo en la cabeza y el torso.

3. Lugar geométrico calle Cuarta: no hay casos de homicidios abiertos.

4. Lugar geométrico bulevar Culver:

A. D'Meetri Antoine Stover, 34; herida por disparo en el torso.

B. Thomas Anthony Beltran, 20; heridas por disparo en la cabeza y el torso.

C. Cesar Octavio Cruz, 21; herida por disparo en la cabeza. (Beltran y Cruz murieron durante el mismo incidente).

Saludos y buena suerte,

Isaac.

Le reenvié el texto a Milo, me mantuve ocupado con algo de papeleo durante un par de horas, sin respuesta.

Quizá haya empezado de verdad las vacaciones.

Quizá yo también debería hacerlo. Se acabó el trabajo durante el fin de semana.

***

Sin embargo, el domingo por la mañana me levanté temprano y empecé a buscar en la red los asesinatos que Isaac había encontrado. El asesinato sin resolver de Wilfred Hong aparecía en la página web de un comerciante de diamantes. Algunos detalles morbosos y advertencias para los colegas, pero ningún dato nuevo. No encontré nada de los casos en Hollywood, pero el doble asesinato de Cesar Cruz y Thomas Beltran aparecían en un artículo del archivo del Times. Cruz y Beltran eran miembros de la banda Westside Venice Boyzz, y ambos tenían un largo historial de antecedentes. Según la Policía, sus asesinatos habían sido catalogados como posible ajuste de cuentas entre bandas. Los taché de la lista, como a Hong.

Estuve navegando hasta el mediodía, probando con los demás casos desde diferentes puntos de vista. Empecé por la zona de la avenida Cherokee. Nada de tres de ellos, pero descubrí una noticia sobre la muerte de Christopher Blanding Stimple en la sección de sucesos de un periódico, The Philadelphia Inquirer. Stimple, joven nativo de Philly y atleta del instituto, elogiado en una nota necrológica breve y pagada. Su fallecimiento había sido catalogado como un accidente durante una visita de Chris en California.

¿La familia dando una versión aséptica de un homicidio por disparo? No debería haber ninguna razón por la que hacerlo en caso de asesinato, pero un caso de suicidio sí que podría avergonzarles. Quizá el oficial de homicidios cerró el caso como «Autoinfligido», pero una conclusión del tipo no llegó a aparecer en el informe del Departamento de Policía. En cualquier caso, no me imagino a Patty Bigelow disparando a un veinteañero con un arma de doble cañón, así que lo taché de la lista.

A las cuatro de la tarde, me fui a correr una extenuante carrera, me pegué una ducha, preparé café y arreglé la casa. A las seis y media, el coche de Robin paró frente a la casa.

Salió y me abrazó con todas sus fuerzas.

– ¿Por qué tenemos siempre que separarnos?

Mejillas húmedas. El repertorio de Robin no solía incluir lágrimas. Intenté apartar su cara para darle un beso. Me abrazó todavía con más fuerza.

***

Había hecho una reserva para cenar en el hotel Bel-Air. Ella dijo:

– Me encanta ese sitio, pero ¿te importaría si simplemente nos quedamos en casa? Estoy destrozada, echa polvo.

Lo cancelé y llamé a un restaurante en Westwood Village para que trajeran comida china.

Mientras deshacía la maleta, me preguntó:

– ¿Dónde está la rubia?

– Durmiendo.

– Buena chica.

Se dio un baño y se secó el pelo con una toalla, se maquilló un poco y apareció con un vestidito suelto sin mangas y nada más. Estábamos besándonos en la cocina cuando llegó la comida. Le di algo de propina al chico y dejamos que la comida se enfriara.

A las nueve, estábamos sentados cerca del estanque, echándole de forma aleatoria trocitos de rollitos de primavera y fideos a los koi.

– Son japoneses -dijo Robin-, pero seguro que les gusta lo chino mandarín.

– La diversidad está a la orden del día.

– Ya… es tan maravilloso.

Se estremeció y se frotó el lateral del cuello.

– ¿Te duele?

– Rígido después de conducir tanto tiempo. -Sonrió con una mueca-. Entonces, esa última posición…

– También es nueva para mí -añadí-. Creativa.

– Nada arriesgado.

Me levanté y le hice un masaje en la parte superior de los hombros.

– Esto está muy bien… un poco más abajo, abajo, perfecto… He aprendido una cosa este fin de semana. Todo este rollo de la convención se está quedando desfasado.

– Es demasiado similar al colegio.

– No solo las conferencias -comentó-. El ámbito social también: quién está ganando más dinero, quién se acuesta con quien.

– Tú has ganado bastante con el F5 -contesté.

– Un cheque bien gordo para una currante, pero calderilla para el Señor PuntoCom.-Giró la cabeza-. Un poco más abajo, sí…quizás aprenda a tocar.

– ¿Ni una nota?

– Ni siquiera una mala nota. Después de pagarme, quería ir a cenar. Quería hablar sobre las raíces históricas de la actividad de los lutieres.

– Eso está bien.

– No lo bastante bien. Me quedé en mi habitación viendo películas. -Una nueva mueca sonriendo-. No ha habido muchos argumentos, pero sí algunas posiciones interesantes.

– Ya veo.

– Cariño, todavía no has visto nada.

***

Una hora después:

– Es bueno volver a estar en casa.

– Alex -me dijo-. Soy yo la que estaba fuera.

– No importa.

Capítulo 14

Milo me llamó el lunes, justo después de las cuatro. Todos los casos de Culver City eran asuntos entre bandas. Los detectives de la ciudad tenían bastante claro quiénes habían sido los asesinos de Cruz, Beltran y Stover, aunque nadie hablaba. Siguiendo con la lista, el señor Wilfred Hong. Había consenso sobre que la esposa estaba metida. Estaba atada, pero no con demasiada fuerza. Un mes después del funeral, vendió la casa y se fue con sus hijos a Hong Kong.

– Quizá estaba asustada.

– No lo suficiente como para no echarse un nuevo novio. A ver si adivinas cómo se gana el tipo la vida.

– Vende gemas.

– Bingo. Avancemos hasta Hollywood. Gerardo Escobedo y Rigoberto Martínez están en la pila de casos abiertos de Petra. Escobedo se hacía llamar Marilyn y, para estar en concordancia, usaba peluca y maquillaje. A los diecinueve empezó con los chanchullos y estuvo así tres años, era conocido por meterse en el coche de cualquiera. Lo apuñalaron en algún lugar, probablemente un parque, por las hojas y las ramitas, y lo dejaron en un callejón cerca de Selma. Todo muy exagerado, dicen que fue una jugarreta que le salió mal. Martínez trabajaba como jardinero con un equipo en las afueras de Lawndale y tenía antecedentes por prostitución callejera. Un tío grande, casi ciento cuarenta kilos. Una vez entró con una chica en la habitación, la intimidó e intentó hacerse con todo su dinero. Probablemente se metió con el chulo equivocado. Christopher Stimple también tenía un buen historial de prostitución, cuatro redadas. Lo encontraron en una habitación alquilada con una escopeta cerca de él, posible suicidio, pero como nadie le había visto, el oficial de homicidios clasificó el caso como indeterminado.

– He encontrado en la red su necrológica -dije-. Un héroe del equipo de fútbol del instituto, la familia dijo que había sido un accidente.

– Más fácil para ellos. En cualquier caso, no me imagino a Patty volándole la tapa de los sesos a un chaval confundido. Lo que me lleva hasta Leland William Armbruster. Varón blanco, adicto a la heroína, delincuente convicto y uno de los molestos habituales del bulevar. En la calle se le conocía como Lowball. Tenía cuarenta y tres años cuando alguien le metió tres balas del veintidós en el pecho. ¿Por qué será que no me sorprende en absoluto que uno de sus socios más conocidos fuera Lester Marlon Jordan?

– Interesante -comenté.

– Puede llegar a ser fascinante. El cuerpo de Armbruster fue encontrado en Las Palmas, una calle más al este del apartamento de Patty y tres calles más al norte.

– ¿Jordan fue considerado sospechoso del homicidio?

– No, solo es un nombre que se menciona en el expediente. El detective que llevaba el caso murió hace un par de años, pero era una persona rigurosa. Entrevistó a Jordan y a otros del mismo círculo social de Lowball. Lo que parece claro es que cuando Lowball no estaba colocado, tenía una personalidad bastante desagradable. Uno de los informadores describió su voz como el chirrido de la zarpa de un gato al rallar el cristal. Otro sugirió que según Lowball, la heroína debería ser impuesta por las autoridades como modificador del comportamiento. Otro de los chismes que resulta interesante es que cuando el tío no conseguía heroína era capaz de tomarse cualquier cosa. Incluso algún vino encabezado, lo que le hacía ponerse de muy mala uva.

– Algunos borrachos golpeaban la puerta de Patty -dije-. Tanya me contó que a veces bastaba con gritar para que se fueran.

– Quizá con aquellos que no se iban era necesaria una reacción más contundente.

– Según Tanya, no hizo falta ir más allá.

– Según Tanya -repitió-. Una niña pequeña que dormía en la parte trasera. Alex, aun cuando ella intentara descubrir si estaba pasando algo, Patty la habría hecho callar y la habría mandado a la cama. Puede que Lowball y Patty tuvieran un altercado verbal y la cosa acabara poniéndose fea. Estaba convencido de que no encontraríamos nada al respecto y de repente aparece Armbruster. Que fuera un compinche de Jordan explicaría su reacción de desagrado cuando nombramos a Patty. También lo sitúa en el edificio. Puede que una de aquellas veces en las que Armbruster encontrara a Patty se le ocurrieran ciertas ideas. Vuelve tarde, de noche, golpea la puerta. Patty le grita para que se vaya, lo hace, pero de mala gana y decide que no va a decirle que no a sus instintos. El día siguiente, Patty sale, él la está esperando y como dicen, se produce una confrontación.

– Sería bueno saber si Patty tenía registrada algún arma.

– O sin registrar. Si quería estar protegida en la calle, puede que tuviese que incumplir la ley. Ya conoces los chanchullos para conseguir la licencia.

– Eso vale para estrella de cine, millonarios y amigos del sheriff.

– Pero no para una enfermera sin pasta. Era una mujer criada en un rancho, Alex. Su padre abusó de ella, se puso a trabajar por su cuenta y consiguió vivir su vida a su manera. Rick me dijo que la recordaba como a una mujer pionera. No me la imagino huyendo. Una veintidós no sería demasiado grande para el bolso de una mujer. Cuando Armbruster la atacó, ella estaba preparada. Puede que hasta se sintiera satisfecha al principio.

Se quedó en silencio. No parecía pensar en nada.

Milo tuvo que matar a varios hombres en Vietnam, algunos más en el cumplimiento de su deber. Yo había acabado con una vida. Defensa propia, no hubo dudas sobre la necesidad. Pero, a veces, se te pasa por la cabeza y comienzas a darle vueltas. Pienso en los hijos que mi «psicópata» nunca criará.

– Lleva esa carga durante todos estos años. -Milo continuó-: Luego cae enferma, se desatan las inhibiciones y se lo suelta a Tanya. ¿Hay algo que no te cuadre en todo esto?

– No mucho.

– Leland William Armbruster -dijo, saboreando el nombre-. Déjame que haga algunas investigaciones más y si no se descubre nada contradictorio, yo apostaría por el viejo Lowball como el supuesto difunto y le contaría a Tanya que su madre actuó con una clara justificación.

– Quizá fuera algo más que autodefensa -añadí-. Con Armbruster merodeando por el edificio de Patty, podía tomarla con Tanya. Teniendo en cuenta el historial personal de Patty y su dedicación como madre, estaría más que atenta ante cualquier posible amenaza contra la niña.

– Lowball, ¿un sórdido a quien le gustaba manosear a los críos? Seguramente, casi prefiero esta opción. Aunque no fuera verdad, si se lo explicamos así a Tanya, tendrá otra razón por la que sentirse bien por su madre… sí, me decanto por eso. Una historia muy jugosa con un final feliz y así todos comemos perdices.

***

Llamé a Tanya a las seis. Me devolvió la llamada a las ocho.

– Siento haber tardado tanto, doctor Delaware.

– ¿Estabas estudiando?

– ¿Qué otra cosa iba a hacer?

– ¿Cómo lo llevas?

– Razonablemente bien. ¿Hay alguna novedad?

– Tengo que hacerte una pregunta. ¿Sabes si tu madre tenía una pistola?

– Sí, y todavía la tengo yo. ¿Ha encontrado algo sobre un tiroteo cerca de alguna de nuestras casas?

– Ha pasado todo tipo de cosas, pero nada dramático, no es para tanto. El detective Sturgis piensa que si tu madre tenía una pistola nos sería útil para descartar algunas posibilidades. ¿Qué tipo de arma es?

– Una Smith and Wesson, semiautomática del calibre veintidós. Acabado metálico oscuro, tono azulado, con empuñadura de madera.

– Parece que la hayas tenido en tus manos.

– Mi madre me llevaba al rancho para que aprendiera a disparar cuando tenía unos catorce años. Ella aprendió de niña, pensaba que era una habilidad que yo debía tener. Era bastante buena, pero no me gustaba. En algún lugar del valle, con todos esos tipos vestidos de camuflaje. Le dije que no quería seguir y dijo que estaba bien, pero que si yo no iba a aprender a manejar bien el arma, le quitaría las balas por seguridad. ¿Está diciéndome que el detective Sturgis quiere analizar el arma?

– Si no te importa.

– Claro que no -contestó-. Sé que nunca le hizo daño a nadie. De todas formas…

– Estaba releyendo tus expedientes y la segunda vez que viniste a verme me contaste que tu madre estaba algo nerviosa.

– ¿Eso hice? -preguntó-, ¿le dije por qué?

– No, pero me contaste que estaba limpiando por la noche hasta muy tarde, cuando pensaba que tú dormías. Acababais de mudaros de la calle Cuarta, me preguntaba si estaba estresada por el cambio. Pero las dos coincidíais en que el traslado había ido bien.

– Sinceramente no recuerdo nada de eso, doctor Delaware… las ciencias de la mente son ambiguas, ¿verdad?

Me recordó a Kyle Bedard.

– Pueden serlo.

– He estado planteándome la psiquiatría como especialidad. Me pregunto si tengo esa habilidad para manejar este nivel de ambigüedad.

– Todavía te queda un largo camino que recorrer antes de decidirte -contesté.

– Imagino que sí -dijo-. Pero el tiempo pasa rápido cuando te haces mayor.

Capítulo 15

A no ser que seas un cirujano pendiente de un trasplante de corazón a la espera de un órgano, no llevas un teléfono o el busca al comedor del hotel Bel-Air.

Robin y yo decidimos que esa noche estaría bien un toque de glamur. Hicimos la reserva y llegamos a las nueve y cuarenta y cinco. Ella llevaba un vestido de tubo rojo con perlas negras y sin mangas que yo le compré hace años. Sus rizos castaños rojizos estaban marcados suavemente y su pelo brillaba gracias a un producto que olía bien. Yo llevaba un traje negro, camisa blanca y corbata roja. Me imagino que daba una buena impresión, como la de alguien que cuida al detalle los accesorios de caballero. La comida fue genial, el vino añejo y cuando nos fuimos a las once y media, me sentía bien.

Estábamos en la habitación, a punto de deslizamos bajo las sábanas, cuando sonó el teléfono.

– ¿Te he despertado? -preguntó Milo.

– Eso significaría que estaba durmiendo.

– No quería molestar, pero las cosas se han complicado.

***

El bulevar de Hollywood era, después de medianoche, un lugar de aceras mugrientas y neblina nocturna que hacía que el neón pareciese manchas de grasa. Los turistas ya se habían retirado, los duendecillos traviesos, las brujas y los diablillos salían de sus escondrijos.

Las discotecas, cerradas a la luz del día, amontonaban las miradas vacías de los críos y de aquellos que se aprovechan de ellos. Gorilas llenos de adrenalina en busca de pelea. Tipos nocturnos más allá de la categorización merodeaban cerca de la muchedumbre.

Estaba ya a medio camino de Cherokee cuando los cordones del Departamento de Policía y los agentes de uniforme encargados de protegerlos me pararan.

El nombre de Milo provocó una mirada y un movimiento afirmativo de cabeza, luego una conversación a escondidas por los dos canales de radio.

– Aparque en el lateral, señor, y siga a pie.

Me apresuré hasta el edificio de color ladrillo, Petra lo había definido como siena crudo. La mirada del artista. Las sombras oscurecían el estuco de un marrón apagado.

El agente en las puertas de cristal me hizo una seña para que entrara. Milo estaba un poco más apartado, junto a una puerta abierta, hablaba con una mujer delgada y pelirroja, lo bastante valiente para llevar melena.

Llevaba la insignia de homicidios en la solapa. Inspectora de Policía Leticia Mopp. De todas formas, Milo me la presentó.

– Encantada de conocerle-dijo, girándose de nuevo hacia él-. El rigor ha aparecido y desaparecido, ¿quiere echarle otro vistazo antes de empaquetarlo?

– ¿Por qué no? -contestó Milo-. Siempre he sido un tipo sentimental.

Mopp se echó hacia atrás y atravesamos una sala de estar repleta de basura y sustancias tóxicas. Las pocas superficies limpias estaban llenas de polvos de huellas.

Petra Connor apareció justo en la puerta de un minúsculo baño gris en la parte trasera. Delgada como un palo, piel color marfil y ojos oscuros. Llevaba el típico traje de chaqueta y pantalón negro. El pelo le estaba a juego con el traje, muy corto y recogido en un moñete brillante. Estaba con ella otro detective de Hollywood que no reconocí, aun más joven.

– Hola, Alex. Parece que todo va a parar al mismo lugar, después de todo. Él es Raul Biro.

Biro era compacto y ancho de hombros, llevaba un traje beis, camisa marrón y corbata amarilla. Sonrió y me hizo un gesto con la cabeza.

– Me encanta charlar con vosotros, chicos -dijo Petra-, pero nuestro trabajo aquí ya ha acabado de momento. ¿Hablamos mañana, Milo?

– Cuenta con ello.

– El primer caso nuevo en trece meses -apuntó-. Creía que había perdido el ritmo, pero ahora no lo tengo tan claro. No te importa, Raul, ¿verdad?

– Todavía me falta algo de experiencia -contestó Biro.

Los dos se fueron y Milo me acompañó al baño.

Lester Jordan estaba sentado, encorvado en la taza del váter, llevaba una bata de felpa azul cobalto que colgaba abierta sobre un cuerpo pálido y desolador. La cabeza le colgaba. El cuello de la bata le envolvía el cuello. Un torniquete con un trozo de un tubo de goma alrededor de su brazo izquierdo le marcaba las venas como una vieja manguera de jardín. El metal plateado de una jeringuilla destellaba en el azulejo mugriento del suelo a su derecha. No era un pico de los hechos en casa, era una jeringuilla de calidad médica, brillante, lustrosa y vacía. En la parte posterior del inodoro estaba la cucharilla para quemar y una bolsita de plástico vacía.

– Todos estos años y ahora, ¿una sobredosis? -pregunté.

Milo se puso los guantes. Con cuidado, casi con ternura, sujetó la barbilla del señor Jordan y levantó la cabeza del cadáver.

Alrededor del cuello de Jordan había otro torniquete. Una cuerda trenzada blanca, tan ajustada que casi se le marcaba en carne viva. Triple nudo en la parte de atrás. El tono armonizaba con el salón de Jordan, que tenía los ojos medio abiertos, secos, blancos como los botones de una camisa. Tenía la lengua colgando, negra e hinchada, como una berenjena en miniatura.

Milo bajó la cabeza con cautela.

– Vine a las diez y media para hablar con él sobre Leland Armbruster, me encontré con los faros y los controles de la carretera, el circo estaba montado. En el apartamento, Petra estaba tecleando números en el teléfono. Sonó mi teléfono. Me estaba llamando y me dijo:

– Saludos, Scotty.

– Karma.

– ¿A quién ofendí en una vida anterior?

– ¿Cuándo ha sido asesinado Jordan?

– El cálculo indica que hace entre ocho y quince horas. No hemos encontrado nada que sugiera que alguien le visitara, lo que concuerda con el escenario. Una ventana en la cara norte del edificio estaba abierta, hay algo de alboroto en el suelo, pero no hay huellas claras. Descubrieron el cuerpo de Jordan porque dejó la música puesta, alta, como la tenía cuando estuvimos aquí. Los vecinos de al lado dicen que era algo habitual en él, había un montón de quejas, pero el casero las ignoraba. Ya era una rutina, alguien tenía que golpear la puerta de Jordan lo bastante como para que él finalmente parara la música. Esta vez nada daba resultado y llamaron a la Policía.

– ¿Quiénes son los vecinos de al lado?

– Dos chicas -dijo-. Bailarinas de un espectáculo en el Pantages.

Miró detenidamente el cadáver de Jordan.

– Los agentes del coche patrulla llegaron una hora y media después, golpearon la puerta y no obtuvieron ninguna respuesta. Rodearon el edificio hasta el otro lado, vieron la ventana abierta y llamaron pidiendo refuerzos. Gracias a Dios han sido lo bastante hábiles como para no tocar luida, quizá encontremos alguna prueba física.

Dos conductores de la morgue llegaron con una camilla plegable. Salimos del baño y del edificio, caminamos hacia el coche de Milo. Esta noche no llevaba el coche Z, sino el Porsche 928 blanco de Rick.

– Jordan sobrevive tanto tiempo como drogadicto. Le visitamos para hablar con él de Patty y un par de días más tarde está muerto -dije.

– Llevaba un estilo de vida muy arriesgado, cualquier cosa es posible, pero es cuanto menos sorprendente. -Puso cara de asombro.

– Nadie remotamente alarmante sabía que habíamos hablado con Jordan, solo aquella guionista, Bergman, y la cotorra de Mary Whitbread.

– El sábado fui a Hudson y hablé con el nieto del coronel Bedard, pero el nombre de Jordan no se mencionó en ningún momento.

– ¿Un tipo que no hacía presagiar nada bueno?

– No creo -le resumí mi impresión sobre Kyle Bedard.

– Pero si está relacionado con Patty -añadió-, Jordan debió contárselo a alguien al que hayamos investigado y le hicieron callar por ello.

– Si hay alguien tan preocupado por mantener el pasado enterrado, la seguridad de Tanya está en serio peligro.

– Si Patty no hubiera sacado esto a la luz, nosotros no habríamos hablado con Jordan y la seguridad de Tanya no estaría ahora en peligro.

– Puede que Patty supiera que estaba ocurriendo algo, hablase o no. En cualquier caso, voy a casa de Tanya.

– Hazlo -dijo-. Yo voy a acostarme un rato y así mañana estaré fresco y listo para afrontar nuevos retos.

Pero cuando arranqué el Seville, el Porsche rugió tras de mí. Saqué la cabeza por la ventanilla del conductor y avanzó hasta mi lado.

– ¡Qué diablos! -gritó-, vamos juntos y ni se te ocurra decir una palabra.

***

La avenida Canfield estaba en silencio y tranquila a la una y cinco de la mañana. Milo y yo aparcamos y salimos.

Miró el cartel de la empresa de alarmas en el césped.

– Buen comienzo, voy a dar una vuelta por aquí para asegurarme de que todo está bien.

– Tanya tiene una pistola.

– Vaya.

Le conté lo de la veintidós de Patty.

– El mismo calibre que la que utilizaron con Lowball Armbruster. -Sacó una linterna de bolsillo-. Si me dispara, puedes quedarte con mi estuche de lápices de detective oficial.

Volvió a los tres minutos, levantó el dedo pulgar hacia arriba.

– Ningún indicio de disturbios, tiene una luz de seguridad en la puerta trasera y rejas en todas las ventanas de la parte trasera. Además está la alarma y me parece bastante seguro. Vamos a casa. Mañana proseguiremos la investigación con Petra.

– Nos preguntábamos cómo Jordan se las había arreglado para seguir en el edificio tanto tiempo -dije-. Ahora sabemos que el casero nunca hacía caso de las quejas sobre su música, aun cuando esto provocara que otros inquilinos dejaran el edificio.

– Contactos -argumentó-. Un asunto familiar, como dijiste.

– Me gustaría saber a quién pertenece la escritura del edificio y si ya era de su propiedad cuando Patty vivió en él.

– Petra ha obtenido el nombre del casero gracias a las bailarinas, espera.

Sacó el bloc de notas, utilizó la linterna de bolsillo, ojeó las páginas.

– Deer Valley Properties en Utah, pero lo gestiona una empresa del centro.

– La madre de Kyle Bedard vive en Deer Valley.

Se encogió de hombros, se quedó mirando fijamente la oscuridad de la calle.

– Caramba, caramba.

***

A la mañana siguiente, a las diez, estábamos ante la escalera frontal de la mansión de la avenida Hudson, oyendo las campanillas del timbre. Una hora antes, Milo había hablado con la empresa encargada de la gestión del edificio de Cherokee y había averiguado que Lester Jordan era el hermano de la señora Iona Bedard. Jordan aparecía en plantilla como revisor in situ, pero sus deberes eran ambiguos y su cheque semanal de trescientos dólares conducía a Deer Valley.

– La empresa estaba de acuerdo siempre que conservaran la gestión del edificio. -Miró el Bentley y el Mercedes-. ¿Qué hace esta gente para hacer dinero?

– Han nacido con un pan bajo el brazo.

La mujer llamada America abrió uno de los laterales de la doble puerta. Le sonreí. Sujetó con fuerza el mango de la escoba.

– ¿Está Kyle en casa?

– No.

– ¿Tiene alguna idea sobre dónde puede…?

– En el centro de estudios.

Aun no había acabado de darle las gracias cuando sonó el crujido de la pieza sólida de nogal al cerrarse.

– Vaya, la calidez de la chimenea y el hogar -replicó Milo.

***

El edificio de física en la Universidad era un ensamblaje de cristal, ladrillo blanco y paredes de mosaicos de los años sesenta que representaba una fusión de grandes épocas. Al otro lado de una fuente invertida surgía el edificio de física, donde yo obtuve mi carné de afiliado. Nunca antes me había fijado en los ambiguos tejemanejes que podía haber a kilómetros de distancia.

Milo y yo habíamos llegado preparados para pelearnos con un ejército de secretarias de departamento, pero Kyle Bedard estaba a plena vista, sentado en el borde de la fuente, se comía un sándwich y bebía zumo de naranja de una botella de plástico. Hablaba, entre mordisco y mordisco, con una joven.

Era pequeña, rubia y algo pija, vestía en rosa y caqui. Kyle llevaba una camiseta gris, vaqueros anchos y unas zapatillas de deporte viejas. Había cambiado sus lentillas por unas gafas de montura negra.

Mientras nos acercábamos, se ajustó las gafas, como si las enfocase.

La chica se giró.

– Hola Tanya -dije yo.

Capítulo 16

Milo agarró a Kyle por el codo y le indicó que se sentará al otro lado de la fuente. Tanya se apretó la mejilla con una mano y se quedó boquiabierta. Me senté a su lado.

– ¿Qué ocurre doctor Delaware?

– Este es el teniente coronel Sturgis. Necesita hablar con Kyle.

– ¿Sobre qué?

– ¿Cómo le has conocido Tanya?

Apretó aun con más fuerza la mano que tenía en la mejilla, creando varias manchas blancas. Se giró hacia mí.

– ¿Es…? ¿No irá a contarme nada espeluznante sobre él?

Todavía no.

– No. ¿Cómo…?

– Se puso en contacto conmigo mediante Facebook, comimos juntos ayer y decidimos repetirlo hoy. No es que me estuviera acechando, doctor Delaware. Me contó que un psicólogo de la Policía había ido a hablar con él sobre mi madre y que se acordó de cuando éramos niños y él venía de visita. Le dije que le conocía a usted y que también me acordaba de él. Siempre estaba leyendo libros. Parece una buena persona y es realmente inteligente.

– Estoy seguro de que lo es -contesté.

– ¿Hay algún problema?

– No con Kyle.

– Entonces, ¿por qué están aquí?

– Un hombre que vivía en el edificio de Cherokee fue asesinado ayer. El edificio es propiedad de la madre de Kyle. Lo consiguió como parte del acuerdo de divorcio, pero cuando vosotras vivíais allí pertenecía al coronel Bedard.

– ¿Todo está… relacionado?

– Es posible que tu madre consiguiera el trabajo en la mansión porque fuera recomendada por alguien de Cherokee.

– ¿Quién lo haría?

– Eso es lo que estamos intentando averiguar.

Cogió un yogur medio vacío y lo apretó.

– Todavía no entiendo por qué está hablando con Kyle. En aquel entonces apenas era un niño.

– El hombre que han asesinado se llamaba Lester Jordan, ¿te suena familiar?

Sacudió la cabeza.

– Vivía allí cuando vosotras estuvisteis. Un apartamento del primer piso, parte izquierda del pasillo, hacia el fondo.

– Nunca he oído nada sobre ese hombre, doctor Delaware. Mi madre nunca me dejó entrar en el edificio sola. ¿Quién lo ha matado?

– Todavía no lo sabemos.

– ¿Cree que Kyle lo sabe?

– Lester Jordan era el hermano de la madre de Kyle.

– Y ahora está… ¡Dios mío! ¿Cree que todo se debe a lo que yo empecé?

– No, no existe ninguna prueba de eso, Tanya.

– Pero usted piensa que es posible.

Se cogió un mechón de pelo y lo giró.

– ¡Dios mío! No pude olvidar el asunto y ahora, ese hombre está muerto.

– No debes culparte -le dije-. Cero responsabilidades.

– Esto es horrible.

– Tanya, Lester Jordan era un adicto a la heroína que llevaba un estilo de vida de alto riesgo, es un milagro que haya sobrevivido tanto tiempo. Y salvo que tu madre y ese hombre tuvieran algún tipo de relación cuando estaba vivo, no hay ninguna razón por la que pensar que están conectados.

– Claro que no tenían ningún tipo de relación. ¿Por qué se habría relacionado mi madre con un tipo así?

– No tiene porque tratarse de una relación social -dije-. Un adicto podría haber necesitado unos cuidados médicos de vez en cuando.

– ¿Está diciendo que le ayudó con las sobredosis?

– O para dejar el hábito.

O para alimentarlo.

– Nunca oí ni vi nada de todo eso -concluyó-. Pero yo era muy joven.

– Aunque tu madre hubiese ayudado a Jordan, eso no significa que tenga algo que ver con su muerte. Era un hombre con un largo historial delictivo. Estaba asociado con mala gente. El teniente coronel Sturgis está revisando sus antecedentes. Necesita hablar con los padres de Kyle, pero los dos están fuera de la ciudad. Kyle era la siguiente posibilidad.

Dejó el mechón de pelo y empezó a jugar con el yogur vacío.

– De verdad que no puedo imaginarme a mi madre relacionándose con un tipo así. Una de sus mayores preocupaciones era protegerme de las malas influencias.

– ¿Qué hay de aquellos borrachos que golpeaban vuestra puerta por las noches? -pregunté-. Podría haber sido un drogadicto con el mono.

– Podría ser. Nunca la vi abrir la puerta. Esa era la cuestión, mantenernos alejadas del mundo exterior.

– Un vecindario demasiado tosco -dije-, pero vivió allí durante seis años.

– ¿Qué quiere decir?

– Quizá se quedara tanto tiempo porque estaba ganando un dinero extra cuidando a Lester Jordan. Cuando el coronel necesitó a una enfermera, su familia se acordó de lo eficiente que había sido y le pidieron que se mudara.

– Ella nunca me contó nada de todo eso.

– No había ninguna razón por la que hablar de aquello con una niña de siete años.

El sonido de una palmada llamó nuestra atención. Milo había puesto la mano en el hombro de Kyle Bedard. Kyle se estremeció, sus ojos miraron a los de Tanya.

Ella se quedó mirándolo y él se giró de nuevo hacia Milo.

Milo habló un poco más con él, saludó a Kyle y le dedicó una sonrisa de oreja a oreja. Kyle volvió a mirar a Tanya y se dirigió hacia el edificio de física. Entró tocándose con torpeza las gafas y remangándose los pantalones.

– Se ha dejado el almuerzo -dijo Tanya.

– Puede que se haya quedado sin apetito -replicó Milo.

– Milo Sturgis. -Una mano grande avanzó ante ella.

– Tanya.

Milo se sentó junto a ella.

– Siento interrumpir.

– Teniente, nunca había oído nada sobre ese tipo, Jordan.

– No esperaba que lo hubieses hecho, Tanya.

– El tío de Kyle. ¿Cómo se ha tomado Kyle la noticia?

– Está un poco afectado -contestó Milo.

– ¿Cree que esto ha pasado por mí?

Milo miró los murales. Figuras de Prometeo lanzando por lo alto tubos de ensayo, sujetando calibradores, viendo saltar chispas.

– Eso sería una desfachatez mayúscula, Tanya. El estilo de vida que llevaba Jordan era lo que solemos clasificar como alto riesgo.

– El doctor Delaware ya me lo ha contado todo, pero ¿cómo podemos estar seguros de que no está relacionado?

– No podemos y por eso estamos aquí. Le dijiste al doctor Delaware que creías que tu madre había hecho «algo terrible» porque estaba intentando protegerte.

– Era más un presentimiento que un pensamiento racional, teniente, lo sentía.

– ¿Ella no dijo nada que realmente te hiciese pensarlo?

– No, fue simplemente su intensidad. Como si fuera muy importante que yo lo supiese. Ella solía decir que el conocimiento es poder. Sentí como si aquello fuera otro de sus ejemplos, señalándome de cierto modo. Por eso me puse en contacto con el doctor Delaware -miró hacia abajo-, para que él pudiera llevarme hasta usted.

Milo se rascó la nariz. Una paloma bajó en picado hasta el agua de la fuente. Bebió, tomó un baño, sacudió las plumas para secarlas y se fue.

– ¿Conoces las medidas de seguridad personales?

– ¿Estoy en peligro, teniente Sturgis?

– Todavía no estoy listo para introducirte en el programa de protección de testigos, pero me gustaría que tuvieses mucho cuidado.

– ¿En qué?

– En las cosas básicas. Deja todas las puertas y ventanas cerradas, conecta la alarma cuando estés en casa, mira a tu alrededor antes de salir del coche, no hables con extraños. Cosas que deberíamos hacer siempre.

– Soy consciente -dijo. Un trío de palomas se lanzaron en picado a la fuente-. ¿Debo considerar a Kyle un extraño?

– Ya no, supongo, Tanya, no puedo decírtelo con total seguridad. No creo que haya problema si quedas con él en un lugar público. En realidad, hasta podría resultar positivo si mientras tratas con él descubres algo útil.

– ¿Quiere que le espíe?

– A veces las cosas aparecen en medio de una conversación.

– ¿Como qué?

– Quizá Kyle recuerde algo sobre su tío que resulte útil para cerrar el caso.

– ¿Kyle ha dicho que fueran íntimos? -preguntó Tanya.

– Me ha dicho que los dos no tenían contacto desde hace años. -Milo sonrió-. Tanya, mi opinión es que la adicción de Jordan y su historial delictivo han sido los factores decisivos para su muerte. Pero el doctor Delaware me ha dicho que eres una joven madura y sensata, y a mí me lo parece. Así que estoy siendo bastante directo contigo. En este momento, no podemos descartar nada.

Tanya pensó sobre esto.

– Tiene sentido… puedo imaginar que Kyle no quisiera mantener contacto con alguien así. La cerveza es lo más fuerte que toma.

– ¿Cómo sabes eso? -pregunté.

Se puso roja.

– Estábamos hablando… valores. Supongo que puede sonar raro.

– Tanya, si toda la gente le diera tanta importancia a los valores, yo tendría más tiempo libre -afirmó Milo.

– Entonces, ¿estabais hablando de valores y salió el tema de las drogas? -pregunté.

– En realidad, yo saqué el tema. Mencioné que estaba pensando en hacer psicología y que todo eso de la revolución biológica me interesaba. Kyle me contó que tenía un primo que tomaba medicación para todo tipo de problemas de comportamiento y que por lo qué había visto, no estaba seguro de que fuera el camino correcto. Acabamos hablando de dónde está la línea entre el tratamiento y fomentar la dependencia química. De eso hablábamos cuando ustedes aparecieron.

Movía las rodillas.

– Quizá Kyle se muestre reticente a la medicación por los problemas de su tío.

– Es posible -dijo Milo.

– Si es una persona a la que debería evitar, dígamelo.

– Mantén los ojos abiertos y confía en tu instinto -contestó Milo.

Sus ojos se movieron hacia el recibidor del edificio de física.

– ¿Consideran el interior del recibidor del Bergson un lugar público?

– Por el momento, sí.

Se levantó, comenzó a recoger la comida y a meterla en la bolsa.

– ¿Has encontrado la pistola de tu madre? -preguntó.

Dejó de moverse.

– ¿Debo aprender a usarla?

– Me gustaría tenerla un par de días para hacer algunas pruebas.

– ¿Cree que fue utilizada en algún crimen?

– Estoy seguro de que no, pero querría comprobarlo. ¿Sabes dónde está?

Asintió con la cabeza.

– ¿Se la llevo a la oficina?

– ¿Y si la recojo yo? ¿Cuándo estarás en casa?

– ¿Hoy?

– Cuanto antes mejor.

– Déjeme ver… sobre las cinco o cinco y media. A las seis para estar seguros, si me quedo a estudiar un poco después del trabajo. -Comprobó el reloj-. Debería estar ya en la biblioteca.

– Adelante, nos vemos a las seis -dijo-. Ha sido un placer conocerte.

– El placer también ha sido mío -contestó ella-. Y gracias por dedicar su tiempo a ayudarme. Se lo agradezco de verdad.

Esta vez fue ella la que alargó la mano. Apretó el guante de Milo y luego me dio un abrazo rápido.

– Sé que he complicado las cosas… me siento segura teniéndoles a mi lado. Salude al doctor Silverman, teniente, mi madre lo adoraba.

Cuando se fue, Milo me preguntó:

– ¿Le has mentido, también?

– Pues sí.

– Mejor así.

Capítulo 17

– Una cosa sí es cierta -apuntó Milo mientras nos alejábamos en coche del campus-. No podemos protegerla veinticuatro horas al día, tiene que mirar a ambos lados de la calzada y ser sensata. ¿Crees que ha captado el mensaje?

– Seguramente -contesté-. Todo esto cambia lo que tenías planeado. ¿Qué has sabido de Kyle?

– El tío Lester era una persona non grata, ningún miembro de la familia mantenía el contacto con él. La última vez que Kyle recuerda haberlo visto fue justo después del divorcio de sus padres, y el viejo ya estaba muerto. Su madre y su padre estuvieron separados durante un tiempo y Kyle se vino de Atherton con ella para que pudiera recoger algunos objetos de arte que ella consideraba que le pertenecían. Cuando estaba haciéndose con todo lo que quería, Jordan llegó y Kyle contestó a la puerta. Jordan intentó entablar una conversación, pero su madre vio quién era y lo mandó entrar.

– ¿Kyle tenía alguna idea de por qué se dejó caer Jordan?

– No. Pero visto que Jordan era un adicto y que ella estaba manteniéndolo, en mi opinión Jordan tocó a su puerta para pedirle más dinero. ¿Qué mentira le has contado a Tanya?

– Le he sugerido que Patty podía haber ayudado a Jordan con su adicción, pero no le dije nada sobre que alimentase su hábito.

– Toda esa droga médica al alcance y un yonqui con una familia rica. Sí, encaja bastante bien, ¿verdad?

– Patty se quedó seis años -dije-. La familia debía pagarle para que mantuviera alejada de sus vidas a la oveja negra. El viejo cayó enfermo y sus necesidades pasaron a ser prioritarias. Cuando el coronel murió, ya era hora de que se mudara.

– Moviéndola de un lugar para otro, como una pieza de ajedrez.

– La madre de Kyle tenía unas ideas muy definidas sobre las clases sociales. -Le conté la historia de la inspección diaria de los bolsos.

– Absoluta basura -dijo-. Aunque tengamos razón sobre Patty y estuviera ayudando a Jordan, ¿por qué no enviarla de nuevo a Cherokee cuando el anciano murió?

– Jordan era familiar del señor Bedard. Supongo que el dueño no estaría muy contento de que se quedara viviendo sin pagar. Cuando se separó de su mujer, no hubo más indulgencia.

– Adiós y buen viaje a ti y a tu hermanito, el perdedor, que mira por donde, resultó ser colega de Lowball Leland Armbruster, que resultó ser asesinado de un disparo de una veintidós justo cuando Patty vivía a apenas unas calles de la escena del crimen y que además resultó tener una veintidós. Teníamos que transmitirle a Tanya una carga emocional con toda aquella mierda, Alex. No se equivocaba al establecer aquella conexión. Jordan sobrevivió veinte años enganchado a la droga, hablamos con él sobre Patty y, de repente, aparece muerto sentado en la taza del váter. Si balística comprueba que la pistola de Patty concuerda con la utilizada en el caso de Armbruster, hablaremos de asuntos mayores. Como que a alguien le interesase eliminar a los testigos.

– ¿Jordan vio cómo Patty disparaba a Armbruster? ¿Quién se sentiría amenazado por algo así?

– Solo digo que Jordan sabía algo sobre el tiroteo por lo que valía la pena matarlo.

De su teléfono móvil salió una especie de melodía hawaiana.

– Sturgis… hola, ¿qué tal…? ¿Lo has hecho? -Dibujó una amplia sonrisa-. Acabas de devolverme la fe en la tecnología, chico. Sí, hagamos eso. ¿En media hora? El doctor también estará allí, quizá lleguemos a comprenderlo desde un punto de vista intrapsíquico más profundo.

Colgó, seguía sonriendo.

– ¿Sean? -pregunté.

– Petra. El retrete de Jordan estaba limpio, igual que el umbral interior de la ventana abierta. Pero los técnicos habían conseguido una huella parcial de la palma de una mano de la cornisa exterior. La huella de la palma había sido catalogada en la AFIS y se había encontrado una correspondencia positiva. Un chico malo detenido por asalto el año pasado, ¿verdad que no resulta agradable cuando los chicos malos no aprenden la lección?

***

Nos sentamos con Petra en una sala de interrogatorio en la división de Hollywood. Raul Biro estaba fuera, entrevistando de nuevo a los vecinos del edificio de Lester Jordan en Cherokee.

La sala no tenía ventanas, hacía calor y olía a hamamélide de Virginia. Petra se había quitado la chaqueta negra. Debajo llevaba una camiseta gris de seda sin mangas. Tenía los brazos blancos, suaves, nervudos. Llevaba las uñas limpiamente pintadas en marrón oscuro, casi negro. Pintalabios del mismo color, medio tono más claro. Deslizó un formulario de arresto en medio de la mesa. Enganchados con un clip en la parte superior, fotos de algunas caras frente y de perfil.

– Caballeros -dijo Petra-, les presento a Robert Bertran Fisk.

La fotografía de Fisk era el vivo retrato de las virtudes de un cliché: semblante descentrado y huesudo, cabeza totalmente afeitada, ojos juntos carentes de vida, amenazantes y oscuros. Boca delgada, todavía más reducida por un bigote negro y denso, recto hacia la barbilla, como un palo de croquet.

Básicamente, un chico malo.

Su cuello estirado, nervudo y repleto de tatuajes, bastante más grueso que su mandíbula, era exagerado. Pero así eran Los Ángeles, donde la sutileza podía resultar un trampolín al olvido.

– Estás bromeando -replicó Milo-, lo habría confundido con un trabajador social de los que dan de comer a los sin techo.

Deslizó el dedo hacia la parte más baja.

Varón caucásico, veintiocho años, uno setenta y cuatro, sesenta y cuatro kilos. Una galería de arte viviente.

– Menudo chavalín -dijo Milo.

– Lo que no le impidió vérselas con un tío bien grande -respondió Petra-. La víctima de la agresión medía uno ochenta y cinco y pesaba ciento treinta kilos. Ocurrió el año pasado, en una discoteca del centro. Fisk trabajaba de guardaespaldas o algo así y empezó a discutir con otro tío cachas llamado Bassett Bowland.

Petra se arañaba los dedos.

– Primero Fisk hizo un par de movimientos de artes marciales, luego avanzó y con un movimiento de una sola mano, agarró a Bowland por la nuez y empezó a apretar. Estuvo a punto de romperle el cuello al tío antes de que la gente los separara. Bowland sobrevivió, pero sufrió daños vocales crónicos.

– ¿Fisk hizo eso hace un año y está fuera?

– Se declaró culpable de lesiones por delito menor, estuvo a la sombra. Las dos semanas que pasó en la cárcel del condado esperando para comparecer ante el juez, fue toda la sentencia que cumplió. De acuerdo con el expediente del caso, Bowland no quiso cooperar y los testigos desaparecieron.

– ¿Les presionaron para que se esfumaran?

– No me sorprendería, pero el obstáculo principal fue el propio Bowland. Se sentía humillado porque un tío la mitad que él le hubiera dado aquella paliza, se negó totalmente a declarar.

– ¿Tiene Fisk algún compinche?

– No es miembro de ninguna banda ni tiene colegas criminales -dijo Petra-. Parece más bien uno de esos que van por libre, merodea por las discotecas, a veces aparece en el escenario y monta el numerito.

Estudié aquella cara de pocos amigos.

– Apostaría a que no le han fichado muy a menudo.

Petra sonrió.

– Lo único que puedo deciros de él es que ha luchado en algunos de esos combates para chicos duros: esos bárbaros que se meten en una jaula metálica, con un subidón de testosterona y actúan como locos.

– ¿No te gustan los deportes competitivos? -preguntó Milo.

Le sacó la lengua.

– Tengo cinco hermanos y ya he fingido lo suficiente que me gustan los deportes competitivos. Ahora soy una mujercita y puedo admitir que los odio.

– A Fisk le basta una mano para hacerse con un tío enorme, pero tiene que utilizar una cuerda para el cuello de Jordan -apunté.

– Quizá no quiso dejar huellas en la piel de Jordan. O le dieron instrucciones para que utilizara una cuerda.

– Matón a sueldo -concluyó Milo.

– Fisk no lo hizo por la droga, no tiene antecedentes en narcóticos, justo lo contrario. Y en el cajón de Jordan había un dineral en heroína, pero ninguna prueba de dinero en efectivo, puede que fuera a por la pasta.

Milo sacudió una esquina del informe de arresto y dijo:

– ¿Qué quieres decir con justo lo contrario?

– Fisk parece ser uno de esos chiflados por la salud. Irwin Gold, el detective de la central encargado del arresto, nombró tres gimnasios diferentes a los que Fisk solía ir, también anotó que practicaba artes marciales, yoga y meditación. Fuimos a por él esta mañana a las tres. Por desgracia, Fisk ya no vive desde hace seis meses en la última dirección que conocemos. Se mudó poco después de salir de la cárcel, no dio ninguna dirección a la que enviarle su correspondencia.

– ¿Y su oficial de la condicional?

– Libertad total, sin condicional.

– Parece como si hubiera hecho una infracción por aparcamiento indebido, aunque intentó asfixiar a un tipo.

– Fisk no tenía antecedentes y dado el volumen de Bassett Bowland, supongo que alegarían autodefensa.

– Sin antecedentes -replicó Milo-. ¿Un tipo tan agresivo y seguía limpio a los veintiocho?

– O no le habían cogido todavía -contesté.

Petra pegaba puñetazos al aire como si boxeara.

– Quizá canalizaba su agresividad.

– Ya, la canaliza y luego de repente, está a punto de ahogar a Bowland y un año más tarde es un asesino.

– Puede que todo lo que hiciera fuese conocer a la persona correcta. Alguien que necesitaba que le hicieran un trabajito y que estaba dispuesto a pagarlo -dije yo.

– Eso me gusta. -Petra asintió con la cabeza.

– Por la manera en que murió Jordan, allí sentado, sin luchar, o estaba colocado o no se sorprendió al ver a Fisk.

– ¿Fisk entra por la ventana y Jordan no se sorprende? -preguntó Milo.

– Quizá otra persona dejó entrar a Fisk.

– La persona que lo contrató -añadió Petra-. Puede que el traficante de Jordan. Suministra a Jordan, este se establece y acapara la zona. No le habría resultado difícil entrar en la habitación y romper la ventana. Fisk podía estar esperando en la parte trasera del edificio, entra, se desliza detrás de Jordan y rodea su cuello con la cuerda.

Ninguno de nosotros habló durante unos minutos.

– ¿Para quién trabajaba Fisk como guardaespaldas? -preguntó Milo.

– Lo único que dicen las notas de Gold es que se describía a sí mismo como un guardaespaldas. Y Gold está ya retirado, viaja por el sureste de Asia, a saber dónde. Creo que es hora de empezar a visitar los gimnasios y las clases de yoga, ¡vaya plan!

– ¿Tampoco te gusta el ejercicio?

– ¿Todos esos autómatas vestidos de poliuretano, corriendo a toda prisa hacia ningún lugar y que creen que no morirán nunca? Que no cuenten conmigo.

– Amiga, un día te llevaré a correr.

– ¿Por qué? ¿Porque estoy delgada? La genética, compañero. Deberías ver a mis hermanos, un saco de huesos. Salvo Bruce, que se está ensanchando un poco; supongo que es individualismo creativo.

Milo se dio unas palmaditas en la barriga.

– Con lo que cuesta de criar. Eso y la ansiedad -añadió Petra-. Los nervios ayudan a comer.

– ¿Fisk te pone nerviosa?

– Me gustaría tenerlo sentado en esa silla. -Deslizó el informe hacia ella, lo metió en una carpeta fina azul-. Ahora os toca a vosotros jugar la baza, chicos. ¿Cuál es esa historia entre la víctima y la enfermera? Contadme la versión larga.

***

Cuando terminamos, dijo:

– Desenterrar el pasado amenaza los buenos tiempos de alguna persona. ¿Y si tiene algo que ver con los Bedard?

– La gente rica suele pagar a otros para que hagan el trabajo sucio por ellos -añadió Milo.

Petra trazó el contorno de una de sus cejas, tersa y negra.

– Quizá el que Fisk se declarara culpable en el caso fuera peor que el propio Bowland avergonzado por testificar.

– Le pagaron para mantenerle con la boca cerrada -dijo Milo.

– Si los Bedard están detrás de esto, uno de los suyos ha muerto.

– Uno de los de la señora Bedard. Ella y su maridito ya hace tiempo que están divorciados.

– Lo que significaría que el caballero puede estar detrás de todo -dijo ella-. Pero ella es la propietaria del edificio. ¿Cómo podía saber su ex que habíais estado por allí para hablar con Jordan? ¿Y si ella lleva tanto tiempo fuera de su vida, por qué debía él preocuparse?

Silencio.

– Puede que nos estemos equivocando -comentó Milo-. Jordan no era precisamente un encanto. Un tipo así podía tener muchos enemigos.

– Por otro lado -continuó Petra-, ahí estaba fastidiando y poniéndose en el punto de mira. -Se giró hacia mí-. Lo que me preocupa es que con un yonqui como Jordan, habría sido fácil simular un robo con allanamiento de morada con un final infeliz. Cajones abiertos, cosas desordenadas por todas partes. Por el contrario, Fisk lo limpia todo salvo la huella de la palma y deja un buen alijo de heroína bajo la ropa interior de Jordan. Deja a Jordan ahí sentado, con una cuerda de cortina alrededor del cuello y la música a todo volumen. Asegurándose así, de que van a descubrir a Jordan. Eso era un mensaje.

Se encogió de hombros.

– Una cuerda de cortina normal y corriente, en cualquier caso. No le deja muchas posibilidades al forense.

Abrió la carpeta azul y sacó una fotografía de la escena del crimen, la estudió, la puso sobre la mesa.

Lester Jordan desplomado sobre la taza del inodoro, yo ya había visto la escena real, pero la instantánea era todavía más brutal.

– Ahora que conocemos al bueno de Fisk -dijo ella-, creo que deberíamos hablar con alguien que haya visto su lado oscuro.

– El señor «Me da vergüenza testificar» -ironizó Milo.

– Tengo su dirección actual, en la parte norte de Hollywood. Intenté llamar por teléfono, contestó una voz de hombre, un poco ronca, y colgué. ¿Cómo haremos para someter al señor Bowland a una nueva humillación?

– Utilizaremos alguna recreación.

– Mientras que no tengamos que ponernos deportivas -apuntó Petra.

Capítulo 18

Bassett Bowland vivía en un complejo de apartamentos blancos de tres pisos en Laurel Canyon, al este de Saticoy. Tan al norte, Laurel deja de ser un cañón arbolado y frondoso y se convierte en un aglomerado turbio y ruidoso de locales comerciales de alquiler barato y viviendas del mismo tipo.

Los brillos incrustados en el estuco le daban al edificio el aspecto de una nevera de espuma de poliestireno. Un cartel en la parte frontal anunciaba que había viviendas en alquiler mensual. Un Camaro marrón de unos diez años en el garaje trasero se correspondía con el registro de Jordan en el Departamento de Vehículos Motorizados. Su estudio estaba en el último piso, justo al final del hueco abierto de la escalera.

Petra apretó el timbre. El murmullo resultante apenas resultaba audible con el ruido del tráfico de fondo.

Justo cuando iba a intentarlo de nuevo, la puerta se abrió y el espacio se llenó de carne humana.

– Un refrigerador con miembros, ¿eh? -susurró.

– ¿Bassett Bowland?

– Sí.

– Detective Connor. Estos son el teniente coronel Sturgis y Alex Delaware.

Bowland arrugó la parte delantera del cuello y frunció la boca. Mejillas hinchadas del tamaño de pomelos, que casi tapaban los ojos.

Pomelos rosas, el tono de su piel era el típico de la piel quemada crónica. El pelo lacio y rubio a mechas rozaba sus hombros. Rasgos porcinos más usuales en los hombres más pequeños. Llevaba una camiseta de Black System, pantalones cortos de color rojo deshilachados, sin zapatillas.

No era mucho mayor que Kyle Bedard, pero se encorvaba como un viejo.

– ¿Podemos entrar?

Bowland tosió, no se molestó en taparse la boca.

– Supongo que sí-sonó con una voz ronca, casi sofocada por el tráfico.

El apartamento era la típica vivienda de solterón con mobiliario barato y televisión de pantalla grande. El ajuste estaba en silencio. La cadena ESPN Classic: los Rams de L. A. estaban recibiendo una buena paliza del equipo de Dallas. Ya hace mucho tiempo que Los Ángeles no deposita su confianza en un equipo local.

Bowland miró el marcador, bostezó y se dejó caer en un sofá de piel negro. Había un cartón de leche de medio litro en la encimera azul claro de la cocina con el pico abierto. Un uniforme enorme verde oliva colgaba del pomo de uno de los armarios de la cocina. Bolsillos militares, charreteras.

– Nos gustaría hablar con usted sobre Robert Fisk -comenzó Petra.

Sus ojos redondos y brillantes se abrieron.

– ¿De quién?

Incluso con la puerta cerrada y el ruido del tráfico atenuado, a su voz le faltaba volumen.

– Es sospechoso de un crimen y estamos investigando.

– Un mierdecilla. ¿A quién ha jodido ahora? -preguntó con apenas un susurro flemático, cada palabra era un esfuerzo.

– Un tipo de Hollywood -contestó Petra-. ¿Fisk juega sucio?

– Es un hijo de puta -increpó Bowland-. Un cabrón hijo de puta de mierda.

El balón golpeó en el guante de uno de los receptores. Bowland movió los brazos y el torso.

– ¿Por qué se pelearon?

– Por nada.

– ¿Por nada?

– Me saltó encima.

– Cuéntenos.

Bowland inspiró por la nariz y exhaló el aire por la boca.

– Estaba trabajando. De gorila.

– En el Rattlesnake -continuó Petra.

– Aquella semana se llamaba así. -Hizo una pausa para respirar. Bowland se acarició la garganta-. Todavía me duele. Hijo de puta. Díganme donde está y no tendrán que perder el tiempo.

Levantó el puño. Sus ojos saltones pasaron del envalentonamiento a lo patético.

– No se culpe por sentirse así -dijo Petra, sentándose junto a él. Se mordió los labios, su lengua recorrió la parte inferior de una de las mejillas. Cada uno de sus muslos era tan ancho como el cuerpo de ella.

– Entonces, estaba trabajando en el Rattlesnake y ¿qué pasó?

– El cabrón entró con otros cabrones, todo iba bien. Luego el cabrón se levantó y decidió que quería bailar con su banda. Le dije que no lo hiciera, me sonrió y bajó del escenario, como si estuviera todo bien.

Bowland suspiró.

– Mientras le acompañaba abajo del escenario, empezó a charlar, haciéndose el gracioso, sabía que solo estaba haciendo mi trabajo, él también había pasado por ahí, tío. Como tú, si estuvieras allí, eres una marioneta, me entiendes, ¿no?

– Es un tipo pequeño, Bassett, ¿puedo llamarle Bassett?

– Bass, como la cerveza. -Bowland hizo girar sus dedos pulgar e índice juntos-. Entonces desea que el muy hijo de puta desaparezca.

– Bien, estaba cooperando con usted, haciéndose el bueno.

– Seguimos andando. Le dejé pasar hacia la barra, para que fuera a tomarse una copa, bien fría, pero el tío era uno de esos que no beben, para parecer más auténtico. Sacó la mano así.

Reprodujo el gesto con la mano.

– Yo no quería problemas y se lo hice saber, ¿sabe lo que quiero decir? En lugar de darme la mano me agarró por aquí. -Se tocó una de las muñecas-. El puto brazo se me quedó muerto, entonces me pegó en la rodilla y me cogió.

– Por el cuello -interrumpió Petra.

– Era como una puta garra de hierro -repitió Bowland-. Yo le daba golpes arriba a la cabeza mientras él me golpeaba.

Se acarició la rodilla.

– Me dislocó el hueso o algo así. Yo me caí y él seguía agarrándome con la mano. Me han contado que me pateó la espalda, pero soy un tipo grande, ya sabe, no me rompió nada.

Hablaba arrastrando las palabras y parecía exhausto. Jadeó y se dejó caer de nuevo con tanta fuerza como para mover el sofá.

– Un ataque sorpresa -apuntó Petra.

– La única forma que tuvo de hacerlo -replicó Bowland-. Y esa es toda la historia. Ahora, tengo que ir a dormir.

– ¿Ha trabajado duro?

Su respuesta fue un bostezo.

– ¿Qué tipo de trabajo tiene, Bass?

– Seguridad.

– ¿Dónde?

– En la casa de empeño, en Van Nuys. Persas. Tengo que ponerme eso, pago para que lo limpien.

– ¿Con quién fue Fisk aquella noche a la discoteca?

– Con otros hijos de puta. Esto es lo que va a recibir. -Sonrió mientras formaba con los dedos de la mano una pistola.

– Me cae simpático Bass, pero somos la ley, así que tenga cuidado.

– No quería decir eso -dijo Bowland-. Dios le dará su merecido.

– ¿Es religioso?

Bowland metió la mano por dentro de la camiseta y sacó un pequeño crucifijo.

– Todos pagan.

– Fisk no pagó porque usted no quiso testificar.

Bowland no contestó.

– Si un tío me hiciera eso, Bass, me gustaría que pasara una larga temporada entre rejas.

Bowland examinó su figura esbelta.

– Si un tío le hiciera eso, merecería la pena de muerte.

– ¿Al contrario que con usted?

– Sé cuidar de mí mismo.

– Estoy segura de que sí, pero aun así…

– ¿Qué? -preguntó Bowland-. ¿Voy al juicio y me pongo a llorar para que todos digan que soy una nenaza y que necesito que la Policía me defienda?

Cerró los ojos.

– ¿Qué más puede contarnos de Fisk? -añadió Petra.

– Nada.

– ¿Le había visto alguna vez antes de aquella noche?

– Un par de veces.

– ¿Siempre se movía con la misma gente?

– Sí.

– ¿Algún nombre?

– Uno se llamaba Rosie -apuntó Bowland- y otro Blazer.

– ¿Era Rosie su chica?

– Era un tipo negro, a veces pincha discos.

– ¿En el Rattlesnake?

– No.

– Entonces, ¿dónde?

– Ni idea.

– ¿Y cómo sabe que es pinchadiscos?

– Me lo dijo él.

– ¿Cuándo?

– Antes.

– ¿Antes de que Fisk le atacara?

– Usted y Rosie estaban hablando.

– Estábamos junto al escenario y me decía que lo de la banda estaba bien, pero que podía pinchar mucho mejor si lo hacía solo.

– ¿Había tenido problemas con él antes?

Movió la cabeza.

– Se comportó siempre.

– ¿Cuál es su apellido?

– Ni idea.

– ¿Y Blazer?

– Un tipo bajito, se apellidaba algo así como Pain.

– ¿Blazer Pain?

– Algo así -respondió Bowland.

– ¿Blanco o negro?

– Blanco, creo que es famoso.

– ¿Utilizaba la sala vip?

– No había en el Snake. El cabrón era simplemente un estúpido.

– ¿Estúpido? ¿A qué se refiere?

– Caminaba por allí como si fuera el centro de todo.

– ¿Blazer Pain? -preguntó Petra.

– Algo así.

– Robert Fisk solía andar con estos dos.

– Supongo que sí.

– ¿No lo sabe?

– Siempre está a tope de gente.

– Usted estaba en la puerta, veía quién entraba.

Bowland movió la cabeza.

– A veces estaba junto al escenario.

– La noche que Fisk le atacó, ¿dónde estaba situado?

– En el escenario.

– Entonces no sabe si Fisk entró con Rosie y Blazer.

– Los vi dentro. Rosie estaba con Blazer, luego Blazer se alejó y Rosie se quedó junto al escenario. Me pareció que Fisk estaba buscando a Blazer, luego volvió y dijo que quería bailar.

– ¿Buscaba a Blazer? ¿Por qué?

– Para tener al cabrón cerca, disimular, ya sabe.

Entrecerró los ojos, inclinó la cabeza.

– ¿Fisk era el guardaespaldas de Blazer?

Se encogió de hombros.

– ¿Blazer necesitaba a un guardaespaldas?

– Quizá pensaba que sí.

– ¿Conoce alguna razón por la que él necesitaría un guardaespaldas?

– Pregúntenle a él.

– Lo que quiero saber -aclaró Petra- es si él estaba metido en, actividades ilegales.

– Pregúntenle.

– ¿Dónde podemos encontrarle?

Bowland se rió.

– Quizá en Idiotilandia -bostezó-. Me voy a dormir.

– ¿Por qué está tan cansado? -preguntó Petra- Nunca he oído hablar de una casa de empeño con horario de noche.

– Tengo que estar allí a las ocho de la mañana.

– ¿Hasta qué hora?

– La una -contestó Bowland.

– Un trabajito de media jornada.

– Parece jornada completa. Dando vueltas y mirando toda esa mierda que compran los persas.

Petra se levantó.

– Bass, no parece un pelele, ¿fue la única razón por la que no testificó?

– Sí.

– ¿Ninguna otra razón?

– ¿Como cuál?

– ¿Le pagó alguien por quitarse de en medio?

– Si alguien me hubiera pagado, ¿cree que me pasaría el día de pie, vigilando toda esa mierda que compran los persas?

Echó hacia atrás la espalda, colocó las manos sobre su panza cervecera y miró al techo.

En lo que tardamos en llegar a la puerta, empezó a simular que roncaba.

Alto, de forma teatral. Mucho más alto de lo que habría podido hablar.

***

En el exterior, de pie junto al Accord, Petra nos dijo:

– Rosie y Blazer Pain, puede que el departamento los tenga en la lista de apodos.

– Rosie es un pinchadiscos -puntualicé-, Robert Fisk se cree un bailarín y Blazer va por ahí dándose aires de grandeza. Pain podría ser su nombre artístico.

– O algo algún rollo sadomaso.

– Lo de la discoteca -dijo Milo- Ya sabes de qué va la cosa. Puede que Jordan acabe siendo un drogata más.

– Gimnasios, no discotecas -corrigió Petra-. Bien. Si hay un sitio donde no tendremos que ir es Rattlesnake. Ya lo he comprobado y hace tres meses que cerró, después de que Fisk atacara a Bowland. Muchos de esos antros son piratas. Esto no será fácil.

– En Cherokee hay un par de sitios -dije-, junto al bulevar. A poca distancia a pie de la casa de Jordan.

– ¿Quieres decir que a Jordan le habría resultado fácil caminar hasta allí para comprar, vender o trapichear con lo que sea? -preguntó Petra-. El problema es que conozco esos sitios, El Bandito y Baila Baila. Se oye reggaeton, el sitio se llena de latinos, blancos y negros, no le habrían dejado pasar de la puerta.

Miró su reloj.

– Todavía tengo algo de tiempo antes de que salgan las alimañas nocturnas, quizá pueda cenar hoy con Eric, ¿tenéis planes, chicos?

– Nada complicado -contestó Milo-. Tengo que pasar a recoger una pistola.

– El arma que puede coincidir con el asesinato de Lowball Armbruster -señaló ella-. Aún estoy intentando localizar las balas que le extrajeron. El oficial de homicidios me aseguró que las tenían, pero después de tantos años, ya sabes lo que pasa.

– ¿No hay casquillos?

– No, o alguien los cogió después de que ellos los dejaran, o era un revolver.

– El arma de Patty era una semiautomática.

– ¿Patty es del tipo de personas que los recogería?

Asentí con la cabeza.

– Bueno -dijo Petra-, probablemente no sea nada, hay miles de veintidós por aquí. Mientras tanto, yo buscaré a Robert Fisk.

Cruzó los dedos.

– Nos vendría muy bien algo de suerte -concluyó Milo.

Capítulo 19

A las seis y cuarto paramos frente al dúplex de Tanya. Todavía quedaba una hora de luz, pero los faros de la entrada ya estaban encendidos y las cortinas descorridas.

La mirilla de la puerta estaba cubierta con una puerta diminuta. Antes de dar unos golpes en la puerta, se oyó un pequeño crujido, un ojo verde claro me examinó.

– Un segundo.

Se oyó un cerrojo, luego una vuelta más. Llevaba una camisa con botones en el cuello y una falda caqui, tenía un plato de galletas en la mano. Un invento con trocitos de chocolate de estilo daliniano, chocolate suave y líquido.

– Acabo de sacarlas del horno.

Milo cogió una, se la acabó en dos bocados.

– Me encanta tu estilo -dijo.

– ¿Qué me dicen de un café?

Mientras ella no estaba, cogió una galleta más.

– Jugar a ser el ama de su casa le ayuda a sentir que tiene el control. Es la única razón por la que me las como; es para apoyarla.

– Ya lo había pensado.

Andaba por el salón comedor, abrió las cortinas, miró hacia abajo, a la calle, se volvió hacia nosotros.

– Espacioso.

Para una niña pequeña.

Dejó caer las cortinas, se acercó a la mesa de centro y examinó la foto de la graduación de Patty.

Tanya se volvió y tenía una taza de café y una caja de madera.

– Aquí está.

Milo levantó las manos y cogió la caja. El interior era de espuma negra con un corte del perfil de una pistola que albergaba un arma azulada y pequeña.

Milo quitó el seguro. Descargada. La metió en una bolsa de plástico y olió el arma.

– Engrasada, ¿la ha utilizado alguien últimamente?

– Mi madre cuidaba todo lo que poseía, yo no la había visto desde hace años.

Cerró la bolsa, se la metió bajo el hombro y cogió otra galleta.

– ¿De verdad que no está intentado conseguir una equivalencia con el arma de algún crimen? -preguntó Tanya.

Milo me miró.

– Hemos sacado un caso de asesinato sin resolver de los archivos -le expliqué-. Otro drogadicto, un hombre que conocía a Lester Jordan. Le dispararon a un par de calles de vuestro apartamento en Cherokee con una veintidós justo cuando vosotras vivíais allí. No hay ninguna razón por la que pensar que tu madre tenga algo que ver con esto. Lo más probable es que este hombre y Jordan estuvieran involucrados en un lío de drogas. Pero tenemos que comprobarlo para que puedas quedarte tranquila.

– ¿Quedarme tranquila? Esto es… Dios mío, es tan increíble.

– No tengo por qué comprobarlo si no quieres que lo haga -dijo Milo.

– No -contestó-. Hágalo, quiero saberlo. Por favor.

– Por el momento, ya que estamos aquí, ¿le suena el nombre de Robert Fisk?

– No. ¿Quién es?

– Un desagradable maleante. Encontramos una huella de la palma de su mano en la repisa de la ventana.

– ¿Le han cogido? -preguntó Tanya.

– No, le estamos buscando. Haberle identificado debería acelerar el proceso.

– Robert Fisk -repitió ella-. ¿Ha matado a alguien?

– No que nosotros sepamos.

– ¿Tienen posibilidades de atraparlo?

– Al final lo haremos.

Se dio media vuelta.

– Toda esta historia de que tu madre hiciera algo terrible -dijo Milo- debe ser bastante perturbadora. Estoy seguro de que acabará en nada.

Le miró fijamente, observó los azulejos de la chimenea.

– Tanya, empezar todo esto en un primer momento fue muy valiente, pero como te he dicho, si no quieres continuar, no hay problema, no pasa nada.

– ¿No les fastidiaría?

– Ni lo más mínimo. Oficialmente, estoy de vacaciones. Dime una palabra e iré a por las camisas hawaianas.

Una tenue sonrisa.

– La comisaría de Hollywood se encargará de investigar la muerte de Lester Jordan, pero cualquier cosa relacionada con tu madre ha sido y continuará siendo no oficial.

Silencio.

– Lo que tú quieras, Tanya.

– No sé qué es lo que… -Se giró, nos miró cara a cara-. Lo siento, pensaba que podría asimilar lo que descubrieran, pero ahora que alguien, que dos personas han muerto…

– La realidad es dura, pero no hay razones por las que pensar que está relacionado con tu madre.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Milo le pasó una servilleta; miró las galletas.

– ¿Y qué si pasó algo? -preguntó Tanya.

– Todo lo que he oído de tu madre me hace pensar que era una persona formidable. Las posibilidades de que hiciera algo considerado remotamente criminal son bastante increíbles, nada probables.

Tanya se secó una lágrima, se dio unos golpecitos en la base de las manos, dejó caer los brazos.

– Cuando me lo contó, pensé que quería protegerme. Solo quiero saber de qué.

– Es muy probable que de nada, estaba enferma -respondió Milo.

Silencio.

– Ahora estamos aquí para protegerte.

Dejó caer la cabeza.

– ¿Tanya? -dije.

– Me consideraba una persona fuerte, lo siento, gracias. Muchas gracias. ¿Quieren otra galleta?

– Claro.

Me pasó la bandeja, luego a Milo. Primero la rechazó, luego cambió de idea. La tercera galleta le duró un bocado.

– ¿Otra? -preguntó Tanya.

– No, pero están deliciosas. ¿Puedo hacerte una pregunta sobre Kyle?

– ¿Qué? -Bajó la bandeja.

– ¿Habéis tenido ocasión de volver a hablar? Y si es así, ¿contó algo sobre su tío?

– Hablamos un poco. Yo tenía una clase y él tenía una cita con el tutor de su curso. Me comentó que, sinceramente, no podía sentir pena porque apenas conocía a Jordan. Pensaba que su madre podría tomárselo mal, Jordan era su único hermano, pero no estaba seguro, porque nunca había mencionado a Jordan. Hablamos un poco más sobre eso y luego me fui.

– ¿Un poco más?

– Eso es de lo que hablamos durante nuestro primer almuerzo, Kyle es hijo único, como yo. Hay aspectos que nos gustan a los dos, otros que no. Para mí lo peor era no tener a alguien con quien jugar. Kyle cree que corría el riesgo de ser egoísta y se esfuerza por ser altruista, trabaja en un comedor social, dona una parte de los beneficios de su fondo de inversión a la caridad cada año.

– Un buen chico -dijo Milo, agarrando la cuarta galleta-. Están estupendas.

– Es la masa.

– ¡Eh! -interrumpió Milo-. Todo el honor y ninguna culpa.

Sonrió, aunque parecía cansada.

– ¿Estás bien aquí, tú sola?

– Estoy bien -respondió. Me miró esperando un apoyo.

– Tanya sabe cuándo pedir ayuda si la necesita -añadí.

– Buena forma de pensar -intervino Milo-. Pero si necesitas ayuda, pídela.

– Gracias, teniente.

En la puerta, dijo:

– Es una buena persona, teniente Sturgis.

Milo se puso rojo bajo las orejas.

– ¿Sigue siendo correcto que hable con Kyle? -preguntó ella.

– Salvo si te da una razón para no hacerlo -afirmó Milo.

– ¿Como cuál?

– Si se muestra raro. ¿Te ha pedido que salgas con él?

– No, nada de eso. ¿Piensan que encontrarán pronto a ese tal Fisk?

– Todo el mundo está buscándolo. Hablando de él, tenemos un par de nombres más: Rosie y Blazer Pain.

– ¿Quiénes son?

– Dos tipos con los que solía ir Fisk.

– ¿Blazer Pain? Suena más a un grupo que a una persona.

– Robert Fisk se cree un bailarín y su compañero Rosie, un pinchadiscos, así que puede que exista una conexión musical -aclaré yo.

– ¿Un bailarín? -dijo-. Pero, ¿ha matado a alguien? -Se estremeció-. Cuando has hecho algo así, ¿cómo puedes vivir con eso?

Milo cogió el pomo de la puerta.

– Me imagino que puede ser duro.

Después de dejar la caja de la pistola en el maletero del Seville, se sentó en el asiento del copiloto.

– Sacar a la luz todo este tema de Patty es como volver a meter la pasta de dientes en el tubo. ¿Cuál es tu definición oficial como loquero sobre falsedad y perfidia?

– Los policías están autorizados a mentir.

– Esta pregunta va dirigida a ti.

– No tiene sentido alarmarla -respondí-. ¿Cuál es la alternativa? ¿Estás convencido de que la muerte de Jordan esté relacionada con Patty?

– No, pero cuanto más pienso en ello, más me inclino hacia esa teoría. Si obtenemos una equivalencia con el arma, va a ser más complicado mentirle a la chica. Aunque pienso que no necesita saberlo, a no ser que descubramos algún tipo de amenaza para ella.

– Intentar mantenerla apartada -dije-. Pero lo que no lo contemos nosotros, puede hacerlo Kyle.

– Da de comer a los mendigos, ¿piensas que lo haría?

– No lo sé.

– Tanya está colada por él, ¿verdad? Imagínatelo.

– ¿No te parece bien?

– Es un vago, uno de esos pavos, ¿o no? Y ella es una chica bien guapa.

Yo seguía conduciendo.

Después de dos calles más, añadió:

– Este tipo, Kyle, me parece más prepotente de lo que nos quiere hacer creer.

– ¿Y cuándo piensas dejar que la chica empiece a maquillarse y a salir con chicos?

Me miró fijamente.

– ¿De verdad puedes mantenerte tan distante?

– Una parte de mí querría llevarla a casa y hacer que Robin fuera su madre.

– ¿Y la otra?

– La otra me recuerda la importancia de conocer los límites.

– Debe ser bonito tener límites. -Cruzó los brazos por encima de la barriga-. El dúplex está bien, pero es un poco fantasmagórico, es como una niña jugando a las casitas. A su edad, yo vivía en una residencia de estudiantes. Un caos total, psicológicamente, pero al menos el silencio no era lo único que retumbaba en mi cabeza. ¿Quieres decirme que realmente está bien tan sola?

– Mantendré los ojos abiertos.

– Volveré a hablar con Kyle. Solo para que lo sepa.

– ¿Que sepa qué?

– Que soy una parte involucrada.

***

Robin estaba en el salón, recostada en un sofá, hojeando Acoustic Guitars de Gruhn y Cárter.

Salté sobre ella y la besé.

– ¿Pensando en nuevas ideas? -pregunté.

Bajó el libro y dijo:

– Apreciando lo bien que se trabajaba antes. Mi día ha ido bien, ¿y el tuyo?

Se lo conté sin entrar en detalles.

– Blazer Pain. ¿Estás seguro de que no te refieres a Blaise de Paine? -Lo deletreó.

– ¿Lo conoces?

– He oído ese nombre en las sesiones de grabación y no era por nada bueno. Es un mezclador, corta segmentos digitales de canciones de otras personas, las une y mezcla en las discotecas. Los primeros músicos tenían que vérselas con los sintetizadores y ahora esto.

– La piratería tecnológica básica.

– Pero es difícil pararlos. Los mezcladores utilizan trozos muy pequeños y no pueden identificarse fácilmente. Incluso si el segmento puede documentarse, a nadie se le ocurriría decir que alguien puede reclamar derechos de autor sobre una combinación de tonos. ¿Y cómo se podría establecer una comisión por derechos de autor? Los tipos como De Paine están por todas partes, pero nadie les persigue porque son un mal menor comparado con los contrabandistas más serios.

– Quizá vende otros productos -dije-. ¿Has oído alguna vez algo que lo relacione con drogas?

– No, pero no me extrañaría. Toda la gente de la noche se mueve en el ambiente X, la oxicodona, es la emoción del momento.

– Quizá una emoción retrógrada. Lester Jordan era un yonqui pasado de moda.

– Yo no diría que la heroína está pasada de moda. Nunca desaparece por completo.

– Blaise de Paine -dije-. No creo que sea eso lo que aparezca en su partida de nacimiento.

– Yo diría que no, querido. ¿Quieres que pregunte por ahí?

– Sería estupendo.

Se levantó.

– No quería decir ahora mismo -aclaré.

– No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. -Se ahuecó el pelo, levantó un puño-. Mírame, una chica detective.

***

Blaise de Paine dio como resultado veintiocho sitios cibernéticos, veinticinco de ellos apariciones en un chat llamado BitterMusician.com. Los otros tres consistían en el nombre de De Paine insertado en listas de asistentes a fiestas.

Dos inauguraciones de discotecas y el estreno de una película hindú de la que no había oído hablar en mi vida.

Los músicos apasionados incluían a De Paine dentro del grupo del conciliábulo usual de cerdos piratas digitales, pero no hablaban de él en particular.

Una búsqueda por imágenes dio como resultado cuatro fotos poco nítidas de un jovencito delgado de pelo negro en punta con mechas rubias y unos dientes exagerados que te quitaban las ganas de seguir mirando esa cara perfectamente olvidable. En cada fotografía, Blaise de Paine salía con unos abrigos demasiado largos, a pecho descubierto y con joyas de oro. Parecía que llevaba sombra de ojos. En las fotografías del grupo se veían caras muy jóvenes.

Ningún indicio de un Robert Fisk con cara de pocos amigos o algún tipo negro. Cuando combiné los nombres de Robert Fisk y Rosie con De Paine no obtuve nada.

Las imágenes todavía estaban en pantalla cuando Robin entró en el despacho.

– ¿Es él? Parece joven, pero es lógico, es un negocio de niños. He hecho algunas llamadas más y por lo que he podido saber las mezclas de De Paine son chapuzas de poca monta, probablemente no se trate de su fuente de ingresos principal porque no se le ha visto últimamente por las discotecas y a alguien le suena haber oído que De Paine tiene una casa de las caras en la colina, por encima del Strip. Las drogas encajarían como esa otra actividad comercial.

– Se viste de forma muy exuberante, así que le gusta llamar la atención. Me pregunto por qué no tendrá una página web.

– Es raro. Todo el mundo tiene una página web.

– Tú no.

– Me gusta mi privacidad y mis clientes saben cómo encontrarme.

– Exacto -dije.

– ¡Ah! -exclamó Robin-. Desenterrar todo este asunto se va poniendo interesante, ¿verdad?

Capítulo 20

A la mañana siguiente, le puse a Blanche una correa fina. Veinte minutos de ejercicio fue suficiente para ella, la cogí en brazos y cuando la llevaba de vuelta a casa, colocó su cabeza bajo mi barbilla.

El teléfono sonó cuando estaba sacando su cuenco con agua.

– La mala noticia es que todavía no hay nada sobre Robert Fisk -dijo Milo-, la otra mala noticia es que ninguna persona de las comisarías ha oído nada respecto a Blazer Pain o Rosie.

– Porque se llama Blaise de Paine.

Le puse al tanto de los detalles.

– Un estafador de la música. Se lo haré saber a Petra. La última mala noticia es que en la sala de pruebas siguen con problemas para localizar las balas utilizadas con Leland Armbruster. La parte teóricamente positiva es que Iona Bedard, la madre de Kyle, está en la ciudad para hablar con Petra sobre su hermano Lester. Se queda en el Beverly Hilton, estamos invitados a asistir a las diez de la mañana. Si te interesa, nos encontramos enfrente a menos cinco. Con el vestuario correcto. La conciencia social y todo eso.

***

El recibidor del Beverly Hilton era una vasta y luminosa amalgama de una construcción originaria de los años cincuenta y unas mejoras postmodernas en tonos marrón y beis.

Los turistas esperaban para ser atendidos en recepción. Ejecutivos duros y asustados empleados con placas donde se leía «Hola, me llamo…» que corrían a las reuniones. Milo se sentó de lado en un sofá marrón chocolate diseñado por alguien delgado, estaba bebiendo café y mirando a la gente con la desconfianza que nunca lo abandona.

El vestuario correcto era un traje ancho de hombros un tono más claro que el sofá. Alguna tela milagrosa con un tejido grueso que parecía un cereal para el desayuno. La camisa era apenas amarilla y la corbata azul eléctrico. No lleva botas de ante, sino unos zapatos acordonados marrones y brillantes que nunca antes había visto.

– Menudo brillo -dije.

– Son más viejos que Tanya. Ya no me los puedo poner. Juanetes.

Se frotó el bulto en cuestión.

– No obstante… -apunté.

– Protección, servicio y sufrimiento. Cuando uno es católico…

– ¡Eh! Chicos-interrumpió una voz.

Petra Connor avanzó a grandes zancadas hacia nosotros, llevaba un traje de chaqueta y pantalón marrón, un tono más oscuro que el sofá y un gran bolso beis.

– ¡Vaya, tío! -dijo mirando a Milo- ¡Vaya par de gemelos!

– Salvo para el doctor «Inconformista» -replicó Milo.

Petra tocó la manga de mi chaqueta de franela gris.

– Gracias por ahorrarnos tus chistes sobre mí, Alex. Gracias también por la información sobre Blaise de Paine, pero si es verdad que posee una casa en la colina, no podemos encontrarla, y no tiene ningún coche inscrito a su nombre. No estoy segura de si quiero dedicarle mucho tiempo, la clave está en Robert Fisk. La autopsia de Lester Jordan está programada para dentro de tres días, pero la primera impresión es clara. Cantidades masivas de narcóticos y tres cócteles llenos de alcohol, no es una gran sorpresa, encontramos una botella de ginebra casi vacía en la nevera de Jordan. Y este es el discurso más largo que he dado desde hace mucho tiempo.

***

Compartimos el ascensor con una familia sueca que nos miraba con cara sorprendida. La suite de Iona Bedard estaba en el extremo sur de la planta sexta. Una mujer de pelo negro empujó la puerta hasta abrirla.

– Llegan a tiempo -se giró dándonos la espalda y caminó hacia una butaca. Apoyó los pies en una otomana y alcanzó un cigarrillo rosa humeante de un cenicero.

La sala de estar era luminosa, grande y fría, con una amplia vista gris de Century City. El mobiliario era del mismo tono entre crudo y tierra del recibidor. Petra dijo entre dientes:

– Ahora me haré invisible. -Cerró la puerta.

Permanecimos de pie hasta que Iona dio una calada al cigarrillo y miró fijamente un cielo de tiza. El extremo de la mesa estaba repleto de revistas de moda y revistas mensuales de papel satinado que ofrecían juguetitos caros. Encima del montón, un mechero de platino brillante. Una bandeja cerca de sus pies tenía una jarra de té helado y un vaso vacío. Iona Bedard no nos invitó a tomar asiento y nos quedamos de pie.

– Gracias por recibirnos, señora -dijo Petra.

Bedard aspiró el humo y lo dejó salir por la nariz. Cincuenta y tantos, alta y de piernas largas. Tenía unos ojos grandes y oscuros, se había pintado la raya gruesa, a juego con su pelo ébano cardado. Su chaqueta de piel de poule negra y rosa y los pantalones grises se ajustaban a un cuerpo huesudo que manifestaba abnegación. Su piel mostraba con orgullo los efectos de la nicotina y de la exposición al sol. La excepción era su frente, lisa y brillante. Eso y una singular inclinación paralítica en el contorno exterior de sus párpados que anunciaban a gritos Botox.

– Voy a ayudarles, chicos. Si quieren resolver el asesinato de mi hermano, examinen con detalle a mi ex marido. ¿Tienen algo para escribir?

Petra sacó el bloc.

– Myron. Grant. Bedard -pronunció Iona Bedard-. Cincuenta y siete años, un metro ochenta y tres de altura, ciento nueve kilos, aunque miente y dice pesar menos. Sus direcciones son, escríbanlo: Avenida Park, 752, apartamento 13A, Nueva York 10021; Rancho Crookback, Aspen Valley, Colorado 81611, y un apartamento en Londres, que él llama pisito porque es un pretencioso. Ninne Carlos Place, Mayfair, W1; no recuerdo el código postal inglés, es de locos, pero debe ser suficiente para que lo encuentren. ¿Lo ha anotado todo?

– Lo he hecho, señora -contestó Petra-. ¿Por qué deberíamos estar buscando al señor Bedard?

– Porque siempre despreció a Lester.

– ¿Conflicto de intereses?

– Odio infundado -especificó Bedard, como si se lo estuviera explicando a un idiota-. Lester no era una persona fuerte. Myron no tolera a los débiles.

Petra anotó algo.

– ¿Podría ser más específica respecto a un móvil de asesinato, señora?

– ¿El odio no es suficiente?

– ¿Habían tenido algún conflicto el señor Bedard y el señor Jordan últimamente?

– No me sorprendería.

– Pero no sabe ningún motivo en particular por el que…

– Estoy intentado ayudaros, querida. Si supiese algo más, te lo diría.

– ¿Dónde está el señor Bedard actualmente?

– No tengo ni idea.

– Su hijo dijo que estaba en Europa -apuntó Milo.

– ¿Es eso lo que Kyle ha dicho? Entonces estoy segura de que es verdad. En el momento en que Kyle lo dijo.

– ¿Qué quiere decir?

– Myron está siempre moviéndose. Encuentre un grupo de fulanas y él no estará lejos.

– ¿Se desplaza entre sus tres residencias? -preguntó Petra.

– Y en complejos turísticos, yates alquilados, aviones privados y cualquier cosa que en ese momento le apetezca.

– ¿A quién pertenece la casa de la avenida Hudson?

Los ojos de Iona Bedard miraron hacia abajo. La sombra de los ojos era grisácea y brillaba. Se fijó en Milo, luego en mí, como si Petra hubiera sido expulsada de la habitación.

– Esa monstruosidad es también de Myron -se dirigió de nuevo a Petra-. No la había mencionado porque daba por sentado que lo sabían. Y porque nunca le encontrarán allí. Odia Los Ángeles. Se define a sí mismo como a un viajero del mundo.

– Aparte de Kyle, ¿vive alguien más allí?

– Kyle preferiría un pequeño apartamento, más apropiado para alguien de su edad. Myron se niega a pagarle uno.

– No es un hombre generoso.

– Cuando se trata de sus propias necesidades es todo un derrochador.

– ¿Está diciendo que el señor Bedard asesinó al señor Jordan y escapó a Europa?

Bedard dio un largo suspiro, de forma teatral y hastiada.

– La gente como Myron no hace nada por sí misma.

– Entonces hablamos de un asesino a sueldo.

– Le ofrezco una perspectiva, querido. Conecten los puntos.

– ¿Alguna idea de a quién podría contratar el señor Bedard para algo así?

– No trato con gente de esa calaña.

– El móvil del señor Bedard sería resentimiento.

– Myron despreciaba a Lester. Durante nuestro matrimonio, Lester fue un «asunto» para Myron.

– ¿De qué modo?

– El pobre Lester vivía de Myron. Lo único que yo pedía era un alojamiento básico para un miembro de la familia que se ha topado con algo más que su desgracia.

– El apartamento de Cherokee -apuntó Milo-. ¿Lester vivía allí gratuitamente?

Iona movió su cigarrillo.

– Era solo un pequeño apartamento en un edificio de veinte viviendas. Ni que quisiera cederle el Taj Mahal.

– El señor Bedard se oponía, pero cedió.

– Como si Myron hubiese ganado alguna vez un pavo. ¿Qué razón tenía para oponerse? Y Lester se ganaba el alojamiento. Se encargaba de gestionar el edificio.

– El señor Bedard heredó su riqueza -dijo Petra.

– Mi familia no pertenecía ni mucho menos a la clase media, querida, pero conocemos el valor del trabajo. Mi padre era un asesor financiero de alto nivel para Merrill Lynch y mi madre era una dotada pintora y una belleza de talla mundial que nunca salía al aire libre sin una sombrilla. La cultura era un componente fundamental en mi educación.

No había ninguna razón para que sonriera, pero lo hizo. El movimiento creó una cadena de arrugas faciales en lugares indeterminados, como si su cabeza estuviera atada a cuerdas invisibles, manipulada por un titiritero oculto.

– La familia de Myron tenía los medios para adquirir cultura, pero les faltaba la motivación. La mayoría de objetos de calidad en la casa de mi suegro los compraron según mis sugerencias. Estoy licenciada en Historia del Arte por el Weldon College. Diré algo a favor del anciano, estaba dispuesto a escuchar. Evidentemente no era algo genético.

– Cualquier cosa que pueda contarnos sobre la historia del señor Jordan nos sería útil -añadió Petra.

– ¿Qué quiere decir con historia?

– Quién era, sus amigos, sus intereses. Cómo se metió en el mundo de las drogas.

Iona Bedard apagó el cigarrillo rosa, vio como el humo ascendía. Levantó las gafas, miró la jarra.

Milo volvió a llenar el vaso de Bedard. Bebió y tocó de forma mecánica el cigarrillo. Miró el mechero platino.

Milo se lo encendió.

Tres inhalaciones después, dijo:

– La esencia de Lester iba más allá de su enfermedad.

– Estoy segura -contestó Petra-. Pero aun así, nos sería útil saber…

– La historia de Lester es la de un chico perfectamente normal que tuvo la desgracia de crecer en una familia en la que la normalidad no era suficiente. Mi padre era Bertran Jordan.

Hizo una pausa para dejar que asumiéramos aquello.

– Socio mayoritario en la oficina principal de Merrill en San Francisco. Mi madre era una Dougherty, sin ella, el Palacio de Bellas Artes no sería nada. Lester era mayor que yo. No era tan buen estudiante como yo, pero estaba dotado para la música. Todo lo que quería era hacer música, pero aquello era un anatema para mis padres. Lo decían con buenas palabras, pero su desaprobación fue dura para Lester.

– ¿Qué instrumento tocaba? -preguntó Petra.

– Clarinete, saxofón, oboe. Tonteó con la trompeta también.

– No encontramos ningún instrumento en su apartamento.

– Hacía años que Lester no tocaba. Sus sueños se esfumaron.

– ¿A causa de sus padres?

– A causa de la vida -contestó Iona Bedard-. Una persona con una constitución más fuerte quizá lo habría soportado, pero Lester era una persona artística y sensible y normalmente, los artistas no tienen fibra.

Volví a pensar en el comportamiento hosco de Jordan. Puede que las drogas y el paso del tiempo le cambiaran. O su hermana se equivocaba.

– Lester dio un paso más en su desafío a nuestro padre. Le echaron del colegio y se unió a un grupo de jazz itinerante. Fue entonces cuando tomó contacto con esos malos hábitos -continuó Iona.

– Heroína -dijo Petra.

Bedard la miró fijamente.

– Parece disfrutar recordándomelo.

– Solo intento esclarecer los hechos, señora Bedard. ¿A qué colegio asistió el señor Jordan?

– Al San Francisco State. Durante los años de agitación. ¿Aquel tipo oriental con sombrero…?

– ¿Cómo? -preguntó Petra.

Bedard se giró hacia nosotros.

– Ustedes son de esa época, explíquenle.

– Samuel Hayakawa -dije yo-, era el rector del S. F. State durante los sesenta. Era un campus politizado.

– Lester nunca participó en esas estupideces. Tampoco se convirtió en un jipi. Justo lo contrario, no servía para la política.

– Solo quería tocar -dijo Petra.

– Era un joven legal que acabó rodeándose de mala gente.

Al dejar su vaso encima del montón de revistas de moda, Bedard acuchilló dramáticamente el aire.

– Fin de la historia.

– ¿Quiénes eran sus últimos amigos? -preguntó Petra.

– No lo sé.

– Ahora es la propietaria del edificio de Cherokee.

– Una calderilla que me dieron los abogados de Myron. Voy muy poco. Es todo lo que recibí aparte de unas acciones moribundas y la casa en Atherton, en la que insistí, porque la compramos al principio y yo misma la decoré.

– Kyle mencionó un lugar en Deer Valley -comenté yo.

– Mi cabaña, soy la única que esquío. Milo apenas podía mantener el equilibrio, ¿para qué le habría servido? ¿Cuándo podré retirar a Lester del sitio ese donde ustedes lo tienen?

– Le daré todos los datos, señora -dijo Petra-, pero primero un par de preguntas más. ¿No tiene ningún conocimiento de las personas con las que su hermano Jordan se hubiese relacionado últimamente?

– ¿Tengo que repetirlo? -Bedard exhaló hacia un lado, tosió toscamente, se cubrió la boca con la mano con retraso.

– Como propietaria…

– Soy propietaria únicamente por el título, señorita. Me envían los cheques mensualmente, algo que miro con lupa para asegurarme de que la empresa que he contratado para la gestión no me roba más que la cantidad habitual.

– ¿Cuál es el nombre de esa empresa?

– Desfalcadores asociados. -Bedard celebró su idea tan ingeniosa con un chasquido-. Administración de fincas, Arthur I. Brass. Judío. Cuando se trata de dinero, es mejor tenerlos de tu parte. Ahora, si me perdonan…

– ¿Intentó Lester dejar las drogas alguna vez?

– Varias veces.

– ¿Cómo?

– Inscribiéndose en programas de esos de rehabilitación.

– ¿Quién lo financiaba?

– Lo hacía yo. Otro tema de discusión con Myron. Por lo que a él respectaba, Lester podía pudrirse.

– Hace algunos años, señora, hubo una enfermera que vivía en el edificio de Cherokee…

– La lesbiana -mencionó Iona Bedard-. Patricia no sé qué.

– Patricia Bigelow.

– Esa misma.

– Usted sabe que era lesbiana.

– Realmente parecía serlo. El pelo como un hombre. No es que tenga ningún prejuicio contra ella. Era muy profesional en su trabajo, eso se lo agradeceré siempre.

– ¿Cuál era su trabajo?

– Cuidar de Lester. Esa era mi idea. El día que Myron le enseñó el apartamento, yo estaba visitando a Lester y llegó con una nueva idea.

– ¿Myron le enseñó el apartamento personalmente?

– Por aquel entonces, lo hizo. Por la insistencia de su padre, pataleando y llorando todo el tiempo. Cuando el anciano sufrió el ataque al corazón, Myron contrató a una empresa para la gestión. No a Brass. Eran unos armenios que le robaron como a un ciego.

– Pero aquel día, cuando la señora Bigelow estaba mirando el apartamento para…

– Myron y yo acabamos de conseguir terminar nueve hoyos en el Wilshire. Yo me moría de ganas por almorzar algo ligero, pero Myron dijo que tenía que enseñar un apartamento en Cherokee. Dije que aprovecharía para visitar a Lester. Patricia apareció. Poco después, Myron me comentó que no estaba seguro de alquilarle el apartamento porque ella acababa de llegar a la ciudad y no tenía referencias de ningún tipo o dinero en efectivo. No es que los inquilinos que escogiera fueran ejemplares, pero pagaban en efectivo, parte del cual acababa en el bolsillo de Myron a escondidas de su padre. Por otra parte, dijo que se trataba de uno de los apartamentos que dan a la calle, que eran más difíciles de alquilar. Y era una enfermera, por lo que suponía que tendría un contrato fijo. Luego se puso a hablar por hablar. Así era Myron, incapaz de tomar decisiones si no afectaban directamente a su comodidad. Yo comenté que una enfermera podría venirnos bien, pensé en Lester enseguida porque acababa de pasar por un auténtico infierno.

– ¿Sobredosis? -preguntó Petra.

Iona la miró.

– Una persona amable se habría alegrado de tener la oportunidad de ayudar a un miembro de su familia. Pero todo lo relacionado con ayudar a Lester irritaba a Myron.

– La señora Bigelow se mudó y se quedó varios años.

– Eso, querida, es porque yo exploté la naturaleza mísera de Myron haciéndole saber que los hospitales y las enfermeras privadas eran caros y que podíamos tener una a domicilio.

– Un trueque -apuntó Petra.

– Inspiración -aclaró Bedard.

– ¿En qué consistía el trabajo de cuidar al señor Jordan?

– Controlarlo, asegurarse de que tenía comida, café. Patricia era masculina, pero conocía bien su trabajo. Por lo menos hubo tres veces en las que Lester pudo caer muy enfermo de no ser por su presencia.

– ¿Qué hizo?

– Lo reanimaba, estaba cerca de él, o lo que se haga en esos casos. Una vez tuvo que llamar a una ambulancia y cuando llegaron, Lester ya estaba de pie y no fue necesario llevarlo al hospital. No piensen mal, queridos. No era solo ese tipo de problemas. Cuando Lester se resfriaba o tenía la gripe, ella estaba allí.

– ¿Le suministró drogas alguna vez? -preguntó Milo.

– Claro que no.

– ¿Claro que no? -repitió Petra.

– Patricia me dijo que odiaba las drogas. Al principio ni siquiera quiso aceptar el trabajo por la naturaleza de la enfermedad de Lester. Lo que me pareció un poco quisquilloso, teniendo en cuenta su propio estilo de vida.

– ¿Qué la convenció?

– Alquiler gratis y mil dólares en efectivo al mes, que estoy segura que no declaraba al Estado. ¿Por qué me hacen tantas preguntas sobre ella?

– Su nombre salió a la luz cuando estábamos preguntando por su hermano.

– No sé por qué. Pero si quieren pruebas de la naturaleza odiosa de Myron, vayan y hablen con ella. Después del ataque al corazón del anciano, Myron anunció que las prioridades de su padre eran más importantes que las de Lester y que Patricia debía mudarse a Hudson. Ni que decir tiene que me puse furiosa. Era una excelente cuidadora y Lester se había acostumbrado a tenerla cerca. No crean que ella pudo ser leal, estaba Myron, con sus cuarenta monedas de plata.

– ¿Le ofreció una subida de sueldo?

– Otros mil dólares al mes y el uso sin coste de la habitación de invitados. Si tienen relación con el ministerio de Hacienda, tienen un buen caso, señores.

– Ha mencionado que el señor Bedard alquilaba a personas de dudosa reputación que pagaran en efectivo. ¿Alguien en particular? -preguntó Petra.

– Minorías -contestó-. Ese tipo de cosas.

– ¿Su hermano no se relacionaba con otros inquilinos?

Bedard sacó su segundo cigarrillo y dejó el vaso en el suelo con un cuidado exagerado.

– Usted no quiere entenderme, ¿verdad?

– ¿Entender qué, señora?

– Lester estaba enfermo, pero eso no le convierte en uno de ellos.

– ¿Cómo le fue a su hermano después de que la señora Bigelow se fuera?

– No muy bien -contestó Iona Bedard-. Myron se negó a pagar a otra enfermera o cualquier otro tratamiento adicional. En una ocasión, tuvieron que llevar a Lester al hospital del condado, que por lo que tengo entendido es un foso de serpientes. Myron disfrutó con el «Ya te lo había dicho». No repetiré las cosas que dijo de Lester.

– Lester tuvo algunos problemas legales también.

– Todo debido a su enfermedad. -Iona Bedard sacudió la ceniza en las proximidades del cenicero. Casi toda cayó en la alfombra-. Poco después de que el anciano muriera, mi matrimonio llegó a su fin, lo que debería haber sucedido hace años. Desintegrado. Las circunstancias me forzaron a suplicarle a Myron que permitiera a Lester quedarse en Cherokee y no se me da bien suplicar. Después del divorcio, insistí y lo conseguí, en quedarme con el edificio y así fue. Lester nunca resolvió su problema, pero la necesidad de droga parecía reducirse paulatinamente.

– Eso puede suceder con los adictos si viven lo suficiente -explicó Petra-. ¿De dónde procedía el apoyo económico de Lester?

Iona Bedard golpeó su pecho. Asintió con la cabeza quitándole importancia.

– Vamos chicos, estoy haciendo el trabajo por vosotros. Todo lo que tenéis que hacer es encontrar a ese desgraciado.

No nos movimos.

– Por favor -dijo Bedard, haciéndolo sonar como una orden.

– ¿El nombre de Robert Fisk significa algo para usted? -preguntó Petra.

– Había un Bobby Fisk en mi clase de secundaria en Atherton. Cirujano de a bordo en la marina.

– ¿Y algo de Rosie?

– ¿La remachadora feminista?

– ¿Blaise de Paine?

Iona Bedard se ahuecó el pelo. Soltó una carcajada.

– ¿Algo gracioso, señora? -insinuó Petra.

– Eso, señorita, no es un nombre real. Ahora, váyanse y hagan su trabajo.

Capítulo 21

Al volver, tuvimos el ascensor para nosotros solos. Petra se abanicó y sonrió.

– Debe haber sido un pésimo matrimonio.

– Si el vudú funcionara, el pobre Myron estaría frito.

– No nos ha dado ninguna prueba de que Myron tenga algo que ver con Lester, pero según ella, deberíamos seguirle la pista hasta Europa.

– El odio es una gran fuerza motriz.

– Estoy seguro de que él también la adora. Después de quince minutos, yo mismo la estrangularía. ¿Pero por qué? Durante diez años tuvo a Jordan alejado de su vida.

– Al contrario que todas esas minorías de dudosa reputación que compartían el estilo de vida de Jordan, pero que no eran como él.

– Suena a abnegación -dijo Petra- Hay una cosa en la que puede que tenga razón. De Paine es un apodo.

Cruzamos el vestíbulo en silencio. Milo y yo habíamos aparcado en el aparcamiento del hotel, pero Petra había dejado el Acura en la avenida Walden, al otro lado de Wilshire y la acompañamos.

Abrió el coche y dejó su bolso en el asiento del copiloto.

– ¿De dónde partimos, chicos?

– Por mí, seguiría la línea básica -especificó Milo.

– Concentraos en Fisk; cualquier otra cosa será solo una distracción. En cuanto a la señora Bigelow, no veo ningún vínculo contundente. Aunque le pasara drogas del hospital a Jordan, esa historia ya es agua pasada.

– Parece que sí -dijo Milo.

– ¿Lo dudas?

– Lo único que no me cuadra es que un día estamos hablando con Jordan sobre Patty y poco después está muerto.

– La única conexión posible sería que se fue de la lengua con alguien sobre algún secreto tan fuerte y malo que tuvieron que callarlo. ¿Cómo qué?

Ninguno de nosotros tenía una respuesta.

– De cualquier manera -dijo Petra- la clave es encontrar a Fisk.

– Un bailarín -comentó Milo-. Para ti están relacionados por el espectáculo.

– Jordan había sido músico. Volvemos a lo mismo, la música.

– Pero hacía años que Jordan no tocaba -argumentó Petra-. La única conexión musical que puedo ver es la droga.

– O algo antidroga, como si Jordan le hubiera vendido producto a la persona incorrecta.

– ¿Quién es la persona incorrecta?

– ¿Qué tal un chaval que va de enterado entre los músicos rarillos?

– ¿El papi ejecuta a Lester por pasar droga a su prole? Genial, me gustaría tratar a algún sospechoso más, puede que Fisk cante cuando le tengamos en custodia. Tengo a la DMV pisándole los talones, por los expedientes que faltan. Un Mustang noventa y nueve, en su momento rojo, del que debería haber pagado la tasa de matriculación hace seis meses. También he puesto una citación urgente para sus llamadas telefónicas, veamos que obtenemos. Con suerte, podré tenerlo antes de que «Cruella» llame a los jefazos y suelte sus lindezas sobre nosotros, simples obreros de clase media que no seguimos sus cultivadas instrucciones.

– ¿Te cubro las espaldas y busco al ex? -preguntó Milo.

Balanceó el bolso.

– Mandaré a Raul, así entrenará sus habilidades como detective a larga distancia.

– ¿Un tipo legal?

– Legal, pero real. Tranquilo, fuerte. Me gusta. Nos vemos, chicos.

***

Volvimos al aparcamiento del Hilton.

– Encontrarnos con Iona ha sido bueno por una cosa. Ahora entendemos las elecciones que Patty hizo respecto a sus residencias -dije.

– Mil dólares al mes en efectivo durante tres años suman treinta seis mil que no tenía que declarar. Luego Myron la lleva a Hudson y le aumenta el sueldo a dos mil. ¿Cuánto tiempo permaneció allí?

– Unos dos años.

– Otros cuarenta y ocho mil, lo que hace un total de ochenta y cuatro mil. Añade su salario en el hospital y cinco años sin pagar alquiler y la suma debe rondar las seis cifras. Hablamos de una buena cantidad, Alex. La desventaja es que no era un trabajo estable. Cuando el anciano muriera, sayonara.

– Se mudó a la calle Cuarta -dije-. Un sitio bonito ahora, pero se quedó menos de un año. Quizá no le cuadraba lo de pagar un alquiler. O estaba decidida a ahorrar dinero ahora que había conseguido algo. Incluso con un interés conservador, ochenta y cuatro mil dólares pueden doblarse en diez años. Si además jugó en la bolsa durante el bum, podría ser mucho mejor. Mudarse a Culver City significó vivir en un vertedero, pero también ser propietaria. Sin la ganancia de Myron Bedard, puede que nunca lo hubiera conseguido. Su cartera es lo que me hizo empezar a relacionarla con la droga, pero puede que se trate de una cierta habilidad en las inversiones.

– Con la ayuda de un poco de evasión fiscal.

– Eso también.

***

El correo electrónico de Isaac Gómez decía:

Hola, doctor D. Estamos en Bangkok, le estoy escribiendo desde un cibercafé y la conexión es débil, nos vamos moviendo, así que no se moleste en contestar. Me he levantado pensando en la investigación de ese crimen y me he dado cuenta de que he cometido un error metodológico limitándome a casos clasificados como homicidios y no a homicidios sin premeditación, asaltos con agravante o cualquier otra cosa que pudiera resultar un homicidio, pero que no fue catalogado como tal. Por desgracia, no hay nada que pueda hacer ahora mismo, pero cuando esté de vuelta en unas semanas, profundizaré un poco más en los datos y veré qué puedo descubrir. Con suerte, no me he dejado nada importante. Saludos de Heather. IG.

***

Lo pensé y acabé decidiendo que Isaac estaba hilando muy fino. Patty dijo que había matado a un hombre. Todos estaban trabajando sobre esa hipótesis, pero no me lo quitaba de la cabeza.

Estaba sentado en el sofá, contemplando un chupito caliente de Chivas, cuando Blanche entró en el despacho y acarició mi espinilla. Cuando me levanté, bailó a mi alrededor unos minutos, luego corrió hacia la puerta.

La seguí hasta la entrada, crucé la cocina hasta la puerta trasera. Se apresuró con una agilidad sorprendente por las escaleras hasta el estanque. Se concentró en el tarro cerrado que contenía la comida de los koi y empezó a darle golpecitos con su nariz chata.

– ¿Ahora te gusta el marisco? Saqué unas cuantas bolitas y se las ofrecí. Me giró la cabeza con desdén.

Golpeó con la cabeza la lata un poco más. Se quedó mirándome.

Cuando les eché comida a los peces, se giró para ver. Suspiró.

Dio un ladrillo ronco hasta que volví a echar más bolitas.

– ¿Altruismo? -dije.

Sé que los expertos lo llamarían antropomorfismo, pero sonrió de puro alegría. Lo juraría.

***

Robin nos encontró a los dos junto al agua. Blanche saltó de mi regazo y la saludó. El pez se movió rápidamente, como suelen hacer cuando notan los pasos en el camino de piedras.

– Están hambrientos -dijo Robin-. Les daré de comer.

– Ya han comido -repliqué- y de sobra, porque Blanche se ha designado a sí misma como cuidadora oficial.

– Lo sé. Ya lo hizo ayer. ¿Algún progreso en encontrar a Fisk?

– Todavía no.

– Estuve preguntando un poco más sobre Blaise de Paine. Lo único que puedo añadir es que posiblemente su casa en la colina esté en una de las calles de los pájaros. Pero no es muy fiable, querido, la persona que me lo dijo no estaba segura de dónde lo había oído o incluso si era de De Paine y no de algún otro sinvergüenza y no tenía ni idea de qué pájaro era. Nadie ha oído nada de un tal Fisk o Rosie, creo que hay un tal Mosey, ha trabajado de pinchadiscos.

– ¿Apellido?

Sacudió la cabeza.

– Seguramente no es el que buscáis. La persona que lo conoció comentó que era un tipo majo.

– ¿Dónde lo conoció?

– Una chica. Lo conoció en una fiesta, era una de las bailarinas, contratada por una agencia en Valley, no se acordaba del nombre.

– ¿Problemas de memoria?

– Quizás algo confundida por ciertas sustancias lúdicas.

– Las calles de los pájaros -dije-. Niebla sobre Los Ángeles, amigos que pierden el rumbo.

– Pobre George. ¿Te acuerdas de cuándo lo conocí?

– Hace diez años, cuando reparaba el Rickenbacher.

– Buen tipo, tan dotado, tan modesto.

Se sentó, apoyó la cabeza sobre mi hombro. Blanche nos miró mientras nos besamos. Trotó hasta las escaleras y nos observó con total serenidad.

Casi un trabajo de padre.

– Vamos dentro, movámonos -sugirió Robin.

Capítulo 22

A las cuatro de la tarde, Robin estaba haciendo un boceto y yo estaba en el ordenador buscando algo sobre Mosey el pinchadiscos.

Un resultado, ninguna imagen.

Moses Big Mosey Grant aparecía en una larga lista de gente a la que le daban las gracias por su contribución al éxito de un acto para recaudar fondos en un hospital.

El Western Pediatric, donde hice mis prácticas y luego trabajé.

La fiesta había sido organizada hacía un año en el Departamento de Endocrinología. La causa era la diabetes juvenil y la persona que daba las gracias era la directora, la doctora Elise Glass. Elise y yo habíamos trabajado juntos en varias ocasiones. Su número privado estaba en mi agenda.

– Hola, Alex -respondió-. ¿Estás recibiendo pacientes de nuevo o sigues con ese rollo de la Policía?

– Desde luego que sí. -Le pregunté sobre Moses Grant.

– ¿Quién?

– El pinchadiscos de tu fiesta benéfica el año pasado.

– ¿Mosey? Por favor, no me digas que se ha metido en problemas.

– ¿Le conoces personalmente?

– No, pero me acuerdo de él. Grande pero amable, y realmente bueno con los niños. ¿Me vas a dar un disgusto?

– No se ha metido en problemas, pero se le ha visto con alguien que sí lo ha hecho. Seguro que acaba por no ser nada.

– Eso espero. Primero nos hizo un descuento, luego insistió en trabajar sin cobrar y se quedó más horas extras. Sabía de qué estábamos hablando.

– ¿Pariente de un diabético?

– Él mismo era diabético. Por desgracia, no parecía controlarlo bien. Hacia el final de la tarde, se iba apagando rápidamente y tuve que darle un poco de zumo.

– ¿Cómo lo contrataste?

– La Oficina de Publicidad lo contrató. Parecía un osito de peluche, Alex.

– Seguro que lo es. ¿Tienes su número?

– Lo tendrán en Publicidad. Espera, no cuelgues, que Janice te los pase.

Esperé mientras la voz de una grabación me hablaba sobre nutrición y ejercicio.

– Publicidad, le habla Sue.

– Soy el doctor Delaware. Estoy planeando un evento y me han dicho que trabajan con un pinchadiscos excelente que se llama Moses Grant. ¿Saben cómo puedo ponerme en contacto con él?

– A ver, déjeme mirar.

Un nuevo mensaje grabado me indicaba las ventajas de las donaciones a la caridad.

– Le contactamos mediante un agente: The Party Line. Este es el número.

Central telefónica en Valley. Antes de intentarlo, escribí Moses Grant en el buscador y apareció una genealogía de páginas webs y una única referencia a un minero que murió en West Virginia hace ciento cinco años.

En el número de The Party Line contestó una voz masculina y ronca:

– Agencia, Eli Romaine.

– Estoy buscando a un pinchadiscos con el que trabajan: Moses Grant.

– Ya no lo contratamos -dijo Romaine-. Tengo a gente mejor. ¿Qué tipo de fiesta va a hacer?

– Para adolescentes -contesté-. Me han dicho que Grant es el mejor.

– No es ninguna lumbrera, sabe cómo apretar botones. ¿De qué tipo de fiesta para adolescentes hablamos? ¿Chicos haciendo de adolescentes o adolescentes haciendo de veinteañeros? Le pregunto porque la música es diferente, depende.

– Son chicos normales.

La carcajada de Romaine sonó como un aullido de nicotina.

– De acuerdo. Tengo a algunos chicos que pueden ir a ambas. Chicas también, pero para adolescentes siempre es mejor chicos. Sobre todo chicos con gancho. Tengo un par que podrían haber salido de una telenovela y que además saben los botones que hay que apretar. También tengo bailarinas, le aconsejo a las rubias, para calentar el ambiente. No cuestan tanto.

– ¿Grant no era tan bueno? -pregunté.

– ¿Quiere a alguien o no?

– ¿Se esfumó?

– Hace seis meses; entonces, ¿qué tipo de montaje quiere?

– Déjeme pensarlo.

– ¡Dios mío! -exclamó-. Esto no es por una fiesta para adolescentes, ¿qué le debe?, ¿dinero? No me haga perder el tiempo.

Clic.

Hablé con Petra por el móvil y le di el nombre de Moses Grant.

– Gracias -contestó-. Estoy de camino a San Diego. El Mustang de Robert Fisk ha aparecido cerca del aparcamiento de estacionamiento prolongado del Lindbergh Field. Voy a tener que ir de una aerolínea a otra. Me será útil. También puedo buscar el nombre de Grant en los manifiestos.

– Buena suerte.

– Si Fisk ha volado ya, la necesitaré. Adiós.

Dejé todo esto a un lado y me puse a pensar en Grant saliendo de escena hace medio año. El mismo período en que Robert Fisk dejó su apartamento y se volvió invisible.

¿Habría dejado Grant de trabajar en fiestas para Romaine porque había encontrado un curro mejor? Osito de peluche altruista o no, tocar en el escenario de una discoteca con Blaise de Paine o algún otro músico estrambótico debía resultar más atractivo que pinchar Raffi y Dan Crow para niños enfermos. O vérselas con adolescentes ansiosos por cumplir los veinte.

O quizá la desaparición de Grant no fue voluntaria. Un diabético que no controla el azúcar en sangre puede tener que hacer frente a todo tipo de complicaciones.

Me decidí a empezar por los hospitales y si esto no funcionaba, pasaría a las unidades de urgencia o de cuidado a largo plazo. La información que buscaba era confidencial y tendría que mentir a diferentes estratos de la burocracia médica. Una sonrisa y mi título me ayudarían.

***

El número 818 indicaba que el lugar más lógico por el que comenzar era Valley. Luego me acordé de un hospital en el que resultaría creíble.

– Voy de camino hacia el ordenador mientras hablamos -dijo Rick-. Existe un listado global de archivos de los pacientes hospitalizados. De los pacientes externos, no estoy seguro, deben estar clasificados por departamento. Entonces, ¿piensas que ese tal Grant puede tener algo que ver con Patty y ese tipo, Jordan?

– Grant fue visto en compañía del asesino de Jordan.

– El matón que dejó sus huellas.

– Milo te ha puesto al día.

– He estado dándole la lata para que me mantenga al corriente. No sé si te has dado cuenta, Alex, pero ha dado un giro radical con lo de Patty. Al principio tuve que poner todo de mi parte para que se tomara en serio las preocupaciones de Tanya. El asesinato de Jordan le ha hecho cambiar de opinión por completo, está convencido de que está relacionado con Patty. También está convencido de que ha sido culpa suya, porque sucedió justo después de que hablara con Jordan.

– No sabía que le había afectado tanto.

– Es la culpa lo que le come por dentro… bien, he accedido al Sistema Central de Informes, me parece que necesito un código… vaya, si vieras esto. Los códigos están enumerados justo aquí en el menú por departamento, es de idiotas. Bueno, estoy introduciendo el código de Urgencias y… aquí está: Grant, Moses Byron, varón, veintiséis años, 7502 Los Ojos, Woodland Hills… ¡caramba!

– ¿Qué?

– Parece ser que era uno de los nuestros. Vino a Urgencias por una hipoglucemia.

– ¿Cuándo?

– Hace dos meses y medio.

– Justo antes de que Patty enfermara.

– Se me están poniendo los pelos de punta, Alex.

– ¿Vino solo?

– Eso no aparecerá en el listado de informes a no ser que otra persona avalara el pago… vamos a ver… pagaron la cuenta al contado, 869,23 dólares, sin seguro médico ni pago compartido o servicio de Medi-Cal. O el cheque de Grant era bueno o pagaron en efectivo. Voy a localizar su expediente. Me puede llevar un rato, ¿prefieres música mala o silencio?

– Prefiero algo más tranquilo.

Unos minutos más tarde:

– El señor Grant llegó a nuestra puerta casi inconsciente a las cuatro y cuarenta de la madrugada de una noche de sábado. Yo estaba fuera, el médico que le atendió fue Pete Berger. Busquemos las notas de las enfermeras… vaya, chico, son de Patty. Uno de sus turnos dobles.

– ¿Qué escribió?

– Material de consumo básico… bien, menciona que a Grant lo trajeron unos amigos, sin nombres… uno de ellos le dijo a la enfermera encargada que Grant había tomado una dosis de insulina poco antes de sentirse débil y que casi se había desmayado. Le suministramos un poco de azúcar, controlamos sus constantes vitales, encontramos algo raro con la ondas R de su EEG y le recomendamos que se quedara en observación. Grant se negó, cogió el alta en contra del consejo de los médicos, nunca le volvimos a ver.

– ¿Lo recordará Pete Berger?

– ¿Después de miles de pacientes desde entonces? En absoluto. Y el residente rotó del Olive View. Déjame que hable con ellos dos de todos modos, quédate ahí.

Diez minutos más tarde:

– Ninguno de ellos se acuerda de Grant y menos de sus amigos. Estoy seguro de que Patty se habría acordado, tenía una memoria sorprendente.

– Lo que podría ser el punto clave -dije-. Ella vio algo mientras cuidaba de Grant que la alteró. Poco después, cae enferma, pero no puede quitárselo de la cabeza.

– Supongo, pero ¿qué pudo irritarla tanto? Te comenté que parecía agotada dos semanas antes del diagnóstico. Di por sentado que se trataba de la enfermedad, que se la estaba comiendo. ¿Quieres decir que podía ser estrés emocional?

– Ahora mismo es solo una teoría, pero establecería otro vínculo entre Patty y Lester Jordan. Ella cuidó de él y de un colaborador del tipo que lo mató.

– Hablando de él -replicó-, Milo me explicó tus sospechas sobre si Patty robaba drogas. He vuelto a comprobar los inventarios por catálogo y no noto nada raro en el último año. Siempre he tenido un cuidado muy especial con esas cosas, Alex. No me engaño a mí mismo pensando que todo es perfecto y un control después de doce meses no puede aclarar nada sobre un hurto de drogas hace años, pero insisto en seguir pensando que si hubiera pasado algo, me habría dado cuenta. Además, me cuesta imaginarme a Patty involucrada con algo así.

– A mi también.

– Y eso de que Tanya tiene un fondo de inversión ha estado carcomiéndome.

– ¿No te ha contado Milo la nueva teoría sobre eso?

– No. He tenido turno los últimos dos días, no lo he visto.

Le conté lo de los pagos en efectivo de Myron Bedard a Patty más los cinco años de alquiler gratuito.

– Eso me hace sentir un poco mejor -añadió-. Ves, ¿qué te dije de ser muy eficiente? Pero tengo que serte sincero, cuando yo no comprobaba el armario de los medicamentos, le mandaba hacerlo a Patty.

– No hay ninguna prueba de que robara drogas, Rick.

– Creo que solo quería oírtelo decir. ¿Hay algo más que pueda hacer por ti?

– No -respondí-. Gracias por ayudarme con lo de Grant.

– Claro. Escucha, quizá sea mejor que el chicarrón no sepa hasta que punto estoy metido en esto. Le gusta tenerme apartado de los asuntos turbios.

Capítulo 23

La reunión tuvo lugar al día siguiente. A las nueve de la noche en mi casa; Petra fue la primera en aparecer, a menos diez, a pesar de que venía en coche desde San Diego.

– Un camión de los grandes ha volcado cerca de Irvine, un caos de tráfico en todo el trayecto hasta Newport y la batería de mi móvil se ha muerto. Gracias a Dios que había salido pronto y me he cambiado de ropa en el coche.

Eso iba por la camiseta de cuello vuelto negra, el pantalón de chándal color carboncillo y las zapatillas de deporte blancas. Después de pasarse por el baño, aceptó una batería para el móvil y una taza de café, y empezó a hablar con Robin. Cuando regresé, estaban hablando de bolsos y Blanche estaba en el regazo de Petra.

– Mírala -dijo Petra-, nacida para ser una estrella.

– Ya sé que la piel de pata de avestruz suena gore, pero la prefiero a la de la propia avestruz.

– ¿Es esa que tiene un estampado más ancho en vez de puntos? -preguntó Petra-. ¿Un poco como la piel de cocodrilo, pero con las esquinas más suaves?

– Exacto.

– ¡Pues sí! Es bonita. Pobre pajarito, aunque dicen que los avestruces son malos, así que si uno quiere racionalizar, ahí tiene una vía escapatoria.

– La de vaca también es bonita -replicó Robin-. No es que yo me limite exclusivamente al cáñamo.

Me fui para servirme yo mismo una taza.

Milo llegó con un trozo de pizza colgando de una mano y manchas de salsa de tomate sobre el labio. Los hombros y la espalda de su abrigo estaban cubiertos de un fino polvo gris y algunas bolitas de papel dispersadas. Sus pantalones de tweed eran demasiado abrigados para una noche tan cálida.

Cogió un bote de medio litro de leche de la nevera, abrió la boquilla y chupó.

– ¿Quieres una galleta? -preguntó Robin.

– ¿Son caseras?

– Milanos de menta.

– Muy amable, jovencita, pero no me conformo con cualquier cosa.

Robin se rió y llevó a Blanche al dormitorio.

Milo, Petra y yo nos sentamos alrededor de la mesa de la cocina.

– Así que habéis encontrado las balas -dijo Petra.

– Después de dos días rebuscando. Algún genio de la sala de pruebas escribió un cinco en lugar de un tres y luego otro genio lo confundió con un ocho e introdujo el código del año incorrecto. También lo habían guardado en la otra parte de la sala, con cajas del sesenta y dos -contestó Milo.

– Quizá esperaban que resolvieras un par de casos abiertos mientras estabas por allí. -Petra se inclinó y le sacudió el polvo de la chaqueta.

– He hablado con Bob Deal de balística y ha aceptado hacer unas pruebas comparativas mañana. ¿Algo nuevo con las compañías de vuelo?

– Ojalá -dijo Petra-, el nombre de Fisk no aparece en ningún vuelo de salida desde el día de la muerte de Jordan y tampoco el de Moses Grant. Muchas huellas en el Mustang de Fisk, pero las únicas que han dado una equivalencia en el SAID son las suyas. Stu ha conseguido que San Diego lo examine al detalle, por el tiempo. Han estudiado el interior y el maletero, no han encontrado fluidos corporales. Yo he conseguido un extenso requerimiento para todos los registros de teléfono de Fisk, pero no he encontrado ninguna línea fija y si utiliza un móvil, es de tarjeta.

– Costumbres de chicos malos -dijo Milo-. ¿Algún documento en el coche?

– La antigua inscripción en el registro y algunos envoltorios de barritas energéticas. Bastante limpio, pero no extrañamente limpio, como si lo hubiera limpiado hace poco. Volvamos a nuestra víctima por un momento, Lester Jordan solo tenía una línea fija de teléfono, pero tampoco parecía tener una gran vida social, unas veinte llamadas al mes. Las únicas llamadas no metropolitanas eran a Iona Bedard en Atherton y de la última hacía ya setenta y cuatro días.

– Una familia muy unida -intervino Milo.

– Típico de esta gente. Los otros teléfonos a los que Jordan llamaba eran restaurantes de comida para llevar y teléfonos públicos. Las llamadas a cabinas eran normalmente bastante tarde, por la noche, lo que concuerda con que Jordan vendía droga. Raul ha barrido el edificio de arriba abajo, la mayoría de los inquilinos ni siquiera sabía quién era Jordan, no es uno de esos lugares en lo que te apetece saludar a tus vecinos por el pasillo. Y nadie sabía nada de que Jordan fuera el administrador, así que si Iona quiere endosárselo por el tema del pago de impuestos, es solo un chanchullo de ella. Pero algunos sí dijeron que habían notado un ir y venir de gente de bajos fondos en el apartamento de Jordan a altas horas de la madrugada. Pero la heroína que dejaron sigue sin indicar que Jordan muriera porque era un camello. O quizá Fisk realmente no aguanta las drogas.

– Aun así -replicó Milo-, habría un móvil económico.

– Quizá -contestó ella-, Fisk o quien fuera, entró sin problemas. Dejaron la ventana abierta. En cuanto a Moses Grant, no tiene ningún antecedente criminal. Bassett Bowland vio a Grant en el Rattlesnake con Fisk y De Paine, pero no observó ningún comportamiento sospechoso. Salvo que haya alguna nueva información, no creo que valga la pena dedicarle mucho tiempo a Grant.

– Pues aquí va una nueva información -dije-, un par de semanas antes de que Patty enfermera, trató a Grant en el Cedars.

– ¿De qué?

– Nivel bajo de azúcar. Es diabético.

– Él está enfermo, ella es enfermera y el Cedars es el centro de urgencias de la parte occidental. Miles de personas van por allí, Alex.

– Grant llegó con amigos.

Petra se pasó el pelo por detrás de una oreja y se frotó la sien con el dedo pulgar.

– Una complicación más -dijo-. Bien, ¿qué más sabemos sobre Grant?

– Según su casera en Woodland Hills -adelantó Milo-, era un inquilino modelo. No hacía ruido, no tenía visitas, hasta utilizaba auriculares para tocar la guitarra. De repente, hace seis meses, dejó de pagar el alquiler sin avisar. La casera le puso varias demandas y ganó, pero aún no ha cobrado, porque no pueden encontrarlo.

– Hace seis meses Robert Fisk dejó de pagar su alquiler -dije.

– ¿Se mudaron juntos, los dos? -preguntó Petra-. Está bien, buscaremos a Grant, aunque hasta ahora no nos haya dado muy buen resultado.

Sacó una hoja de papel y la deslizó sobre la mesa. Una hoja de fax del Departamento de Policía de San Diego, una ampliación del permiso de conducir de Grant ocupaba el centro de la hoja.

– Es todo un osito, este grandullón.

Milo miró detenidamente la foto. Los músculos de su cuello se marcaron cuando me pasó el papel.

Moses Grant sonreía a la cámara del DMV. Cara redonda y oscura. Cabeza afeitada, bigote recortado y perilla.

Dos metros, unos ciento catorce kilos por lo menos.

El gigante que salió del Hummer en casa de Mary Whitbread:

«Ha llegado mi hijo», nos dijo.

«¿Ese es su hijo? Adoro esta ciudad.»

Milo se lo contó a Petra.

– ¿La madre de Grant era la casera de Patty? -preguntó-. ¿Por qué allá donde vaya esta mujer, hay algún tipo de significado oculto?

– Dimos por sentado que Grant era el hijo de Mary porque fue el único en salir del coche -expliqué-. ¿Y si conducía el coche porque estaba llevando a alguien que prefirió permanecer oculto? Las ventanillas del Hummer estaban tintadas de negro, no había forma de saber quién podía estar dentro.

– En aquel momento, Lester Jordan todavía estaba vivo, pero no por mucho tiempo -añadió Milo-. Mary Whitbread fue la última persona con la que hablamos sobre Patty. Poco después, Jordan estaba muerto.

Petra volvió a coger la hoja.

– ¿El hijo de Whitbread es Fisk? -preguntó-. Grant va con Fisk participa en el incidente de la discoteca, conduce para él. La madre de Fisk le cuenta algo sobre Patty que le preocupa y se encarga del asunto… Lo que significaría que el segundo hombre del apartamento sería Grant. Sin embargo, aún no sé por qué Jordan lo dejó entrar. A menos que Grant no fuera en realidad un inocente osito.

Petra soltó una carcajada y preguntó:

– ¿Conoces a algún juez que firme una orden de arresto basándose en eso? Pero al menos tengo un lugar donde empezar a buscar.

– Hay otro candidato a hijo de Whitbread -apunté-. Blaise de Paine el mezclador de música. He encontrado fotos suyas en Internet. Es rubio como Whitbread. Se viste de forma extravagante y sale con gente guapa lo que encaja con un coche llamativo.

– Vayamos a echarle un vistazo al pequeñín -resolvió Petra.

Nos dirigimos a mi despacho. Descargué las imágenes.

– Parece un niño jugando a disfrazarse -comentó Petra-, uno de esos nostálgicos… Mary-Whit-bread, vaya… Pan… «Pain» es «Bread» en francés.

Silencio.

Milo examinó la pose de Blaise de Paine.

– Este tipo no va vestido -dijo-, va disfrazado… va de interesante ¿Cómo se dice en francés artista de mierda?

– Un ladrón pretencioso -contesté-. Me pregunto que más nos está ocultando.

Capítulo 24

Petra utilizó su contraseña del Departamento de Policía de Los Ángeles para acceder a la base de datos del Centro Nacional de Información Criminal.

El sistema obtuvo dos tipos con el apellido Whitbread. Francis Arthur, varón blanco, veintiocho años, en libertad condicional por sentencia por el atraco a un banco cuarenta y nueve meses antes y con domicilio en Lawrence, Kansas. Jerry Lee, varón amerindio, cincuenta y dos años, cumpliendo la segunda parte de una condena de dieciocho años por robo armado en el centro penitenciario de Dakota del Norte.

Una comprobación del coche dio como resultado el permiso de conducir de Mary Whitbread y el de Peterson Ewan Whitbread, emitido hace cuatro años y con domicilio en la misma dirección: calle Cuarta. La ficha de Peterson le adjudicaba veintiocho años. Un metro setenta y cuatro, cincuenta y nueve kilos, rubio con ojos azules.

Cuatro años antes, llevaba el pelo largo y liso. Sus ojos entrecerrados denotaban aburrimiento. Menos sombra de ojos, botas remachadas y ropa descuidada de discoteca, una cara de niño del montón soñando en la oscuridad.

– Peterson Whitbread no resulta ideal como nombre artístico, ahora entiendo por qué se lo inventó -dijo Petra-. Vivir con veinticuatro añitos en casa de mamá, tampoco debía ser bueno para su imagen.

– Una de las fuentes de Robin creía que él vivía en una de las calles de los pájaros -argumenté yo.

– Los negocios debían irle bien. ¿Qué calle?

– No lo sé.

– ¿Quién es la fuente?

– Nadie importante. -Les conté los detalles.

Petra se inclinó para acercarse a la pantalla.

– Lleva sombra de ojos… parece que lleve esmalte de uñas también. «El Michael Jackson albino.» -Se reclinó-. Un chavalín fanfarrón como este seguro que utilizaría a un matón de alquiler. Pero si pagó para que asesinaran a Jordan Lester por algo relacionado con Patty, el móvil debe remontarse a cuando Patty estaba al cuidado de Jordan. Eso situaría a Whitbread entre los diez y los dieciséis años.

– La adolescencia es una psicopatía temporal, ¿no? -preguntó Milo.

– A veces es permanente -contestó Petra-. ¿Qué tipo de vínculo puede haber entre un adolescente malo y una cívica enfermera legal por el que valga la pena matar a una persona?

– En mi opinión, lo único que pueda relacionar a un jovencito gamberro, a un yonqui y a una enfermera es lo que ya sabéis.

– Si Patty estuvo metida en el tráfico de drogas con ese gamberro -añadió Petra-, ¿por qué alquilaría un apartamento, años después, a la madre del chico?

– Quizá ese algo tan terrible ocurrió después de que se mudara a la calle Cuarta -respondí.

– Entonces, ¿cuál es la conexión con Jordan?

– Que dejara de ser vecina de Jordan no significa que perdiera el contacto con él.

– ¿Una relación duradera? De acuerdo, está bien. Pero no olvidemos que Isaac no encontró ningún caso de homicidio en la calle Cuarta o sus alrededores durante la época en que Patty vivió allí.

– Isaac ha estado dándole vueltas.

Entré en mi cuenta de correo y descargué el correo electrónico de Bangkok.

Petra lo leyó y dijo:

– Así es un superdotado, nunca está satisfecho. Pero pensémoslo por un segundo, aceptemos que la iniquidad de Patty sucediera en la calle Cuarta o cerca de allí, pero que no llegó a cometerse un asesinato. ¿Qué pasó? ¿Y si exageró delante de Tanya porque estaba en fase terminal, afectada por la enfermedad? ¿Y cómo puede conducir a la muerte de Jordan el conocimiento de un crimen no capital?

– Quizá lo que Patty quiso decir con lo de matar a alguien fue que le suministraba drogas que le mataron -argumenté.

– ¿No solo pasaba drogas a su paciente privado? Eso la convertiría en una chica mala.

Petra y Milo me miraron.

– Tomáoslo como queráis -respondí.

– Ahora me toca a mí -dijo Petra-. Volvamos a nuestro jovencito Whitbread. Es un tío que roba música para vivir y a lo mejor, también pasa droga. No debería preocuparse demasiado por un paso en falso de hace más de una década.

– ¿Y si se cometió un asesinato? -pregunté-. Algo que nunca llegó a descubrirse y por eso Isaac no obtuvo ningún resultado. Patty no participó directamente, pero fue cómplice del silencio y aquello la carcomió durante años.

– Antes de disponerme a aceptar esa teoría -dijo Milo-, veamos si su pistola se corresponde con las balas de Leland Armbruster.

Petra se alejó de la pantalla.

– Chicos, esto empieza a sonar al típico examen «Escoja una opción de la columna A» y no veo nada que me convenza. Lo que necesito son pruebas concretas de un vínculo entre los participantes.

– ¿Y si los amigos que llevaron a Grant a urgencias eran Whitbread, De Paine y Robert Fisk? Patty reconoce a De Paine de sus años en la Cuarta. Aquello resucita el sentimiento de culpabilidad. Poco después, cae enferma y comienza a obsesionarse sobre el camino que no tomó y se armó todo este lío. Por lo que sabemos, De Paine también reconoció a Patty. Se alteró y se vino abajo. Luego llegamos nosotros y empezamos a hablar del pasado y vuelve a caer en estado de ansiedad.

– ¿Le diría su madre que fuisteis a hablar de Patty? -preguntó Petra-. ¿Y qué tiene que ver Jordan con esto?

– Quizá Jordan participó en lo que sucedió, fuera lo que fuera, y ella lo sabía. De Paine estaría preocupado por si podía confiar en que Jordan mantendría la boca cerrada.

– Todos estos años la mantuvo cerrada -replicó Milo.

– No sé -contesté-, pero sí De Paine hacía negocios con Jordan, eso explicaría el escenario del crimen. Jordan dejó que De Paine entrara y este abrió la ventana trasera para que Fisk lo hiciera a su vez. O puede que De Paine lo hiciera él mismo y Fisk solo le apoyara. Si Jordan se quedó profundamente dormido no debió resultar muy difícil asesinarlo.

Petra cruzó las piernas, se acarició un tobillo.

– ¿De Paine lo tiene todo calculado y no se lleva la droga de Jordan? -dijo Petra.

– Es lo bastante inteligente como para ser prudente -contestó Milo.

– A mí lo que me parece -interrumpió Petra-, es que lo inteligente habría sido llevarse la droga, Milo. Nos habría conducido directamente a un robo de heroína.

– ¿Y cómo concuerda todo esto con las decisiones que tomó Patty para cambiar de domicilio? Entiendo lo de pasar de cuidadora de Jordan a enfermera particular a domicilio del anciano con el doble de salario, pero sigo haciéndome la misma pregunta: si sabía que De Paine había estado involucrado en un delito grave, ¿por qué aceptó ser la inquilina de su madre? He observado que se quedó menos de un año, pero aun así es demasiado tiempo para exponer a una niña a una pésima influencia. No tenía ninguna respuesta.

Petra se levantó y fue a buscar otra taza de café. Milo llamó por teléfono a Rick y le dijo que no le esperara despierto.

Cuando Petra volvió, se sentaron uno al lado del otro en el sofá de piel.

Petra sonrió.

– ¿Qué? -preguntó él.

– Parecemos sus pacientes, consejos matrimoniales o algo así. -Juntó las piernas, frunció el ceño de forma exagerada-. Doctor, he intentado que nuestra relación funcione, pero él no se comunica.

– Sí, sí, sí -replicó Milo.

– Se acabó el tiempo, les enviaré la factura -dije yo.

La risa se les acabó pronto.

– De Paine parece el vínculo de unión de todo esto. Debía conocer a Patty de su época en su edificio y solía moverse con Robert Fisk -apuntó Milo.

– Veámoslo desde otra perspectiva -intervine-. Patty no conocía a De Paine hasta que se mudó a su edificio. Lester Jordan los conocía a los dos, pero Patty no fue consciente de ello hasta bastante más tarde.

– Entonces, ¿cómo llegó Patty a ser la inquilina de Mary Whitbread? ¿Jordan la aconsejó? ¿Y por qué aceptaría ella consejos de un yonqui?

– Puede que lo conociera por algo más que por eso.

– ¿Eran amigos?

– Ella era una enfermera compasiva, quizá vio la humanidad que Jordan escondía-respondió-. Después de trasladarse, mantuvieron el contacto.

– O continuaron con sus negocios -aludió Petra.

– Eso también -admití-. Existe otro modo por el que Patty pudo enterarse del alquiler en la calle Cuarta. ¿Y si Myron Bedard le hubiera ayudado a encontrar un nuevo alojamiento?

– ¿Por qué habría hecho Myron tal cosa?

– Había cuidado muy bien de su padre.

– ¿Un tipo rico y benevolente? -preguntó Petra-. ¿Qué relación habría entre él y Whitbread? ¿Y entre De Paine y Jordan?

– La propiedad de los Bedard -respondí-. Puede que Myron fuera el propietario del dúplex de Whitbread en aquel entonces, o algunos de los apartamentos vecinos. O estaba relacionado de algún otro modo con Whitbread. Iona dijo que era un mujeriego. Mary es una mujer atractiva. Diez años antes, no debía tener mal aspecto.

– Myron tenía una novia -tarareó Petra-. Mataba dos pájaros de un tiro: le mandaba un inquilino y acallaba su consciencia por desalojar a una madre soltera con una bonita niña.

Petra se giró hacia Milo.

– Es una teoría tan buena como otra cualquiera -le replicó.

– ¿Un joven gamberro se asocia con el yonqui que resulta ser el cuñado del tierno novio de mamá?

– ¿De qué hablan los hombres con sus amantes? -pregunté.

– «Mi mujer no me entiende» -contestó Petra.

– En el caso de Bedard, «mi mujer no me entiende y además tengo que cargar con el inútil yonqui de mi cuñado». Si Peterson Whitbread era un criminal precoz con un pie en el mundo de las drogas, oír esto podría haberle suscitado cierto interés. Se pone en contacto con Jordan y los dos acaban haciendo negocios. Es posible que Patty no supiera que estaban en contacto cuando se mudó al edificio de Mary. Pensó que estaba progresando en la vida, que se mudaba a un dúplex más espacioso. En cambio, se vio envuelta en un crimen junto con el hijo de su casera y Jordan.

– Patty le dijo a Tanya que había matado a un vecino -añadió Milo-. No ocurrió nada en la calle Cuarta o alrededores.

– Lo que dijo en realidad fue un hombre «cerca». Cherokee, Hudson y la calle Cuarta abarcan un amplio abanico socioeconómico, pero están cerca desde el punto de vista geográfico.

– Saqué una guía de carreteras de una estantería, hojeé buscando una página, hice tres círculos rojos y le pasé el libro a Petra.

– Sí, están cerca… entonces, deberíamos ampliar el perfil geográfico a… ¿toda la región central de Wilshire? Fantástico.

– Pero si estoy en lo cierto, el crimen ocurrió cuando Patty vivía en la calle Cuarta y eso estrecha el marco de tiempo a menos de un año. También explicaría por qué Patty no se quedó más tiempo allí. Hizo o vio algo, y quiso marcharse.

– ¿Si estaba tan asustada, por qué no abandonó del todo la ciudad?

– Quizá no se trataba de su seguridad personal, pero si de culpabilidad, quizá se trataba de huir psicológicamente.

La mirada entre ellos fue cortante. Típico de un loquero.

– ¿Y si encontrarse con Whitbread en urgencias fue algo más que un mal recuerdo? -dijo Milo-. Imaginad que le hiciera a Patty algún comentario intimidatorio.

– ¿Cómo le va a tu pequeñaja? ¿Eh? -añadió Petra-. ¿Pero por qué Patty no lo comunicaría inmediatamente? ¿O acaso utilizó su arma?, ¿has encontrado cuándo la inscribió, Milo?

– No lo hizo.

– Cuando tuvo lugar aquella visita a urgencias, ella ya estaba en fase terminal -dije.

– Aún mejor -respondió Petra-. Sabe que va a morir. Quizá estaba nerviosa porque Whitbread podría herir a Tanya y decidió ir hasta él y zas.

– Tú no has sido capaz de localizarlo -afirmé-. ¿Por qué ella debería haber tenido más suerte que tú?

– Todos estos años sin decir ni pío, ¿por qué iba a amenazarla justo ahora?

– Quizá no fue una amenaza, solo un comentario sutil que la atormentaba. Ella tenía un tipo de mente muy especial: era obsesiva, su mente no paraba ni un momento. Aprendió a controlarlo, hay gente que lo hace. Pero los instintos permanecen y el estrés puede reavivarlos. Añade ciertos problemas cognitivos debidos a la enfermedad y no hay forma de saber cómo podía llegar a razonar.

Petra se mordió el labio.

– Mi cerebro está listo para una parada técnica… su casa en Culver City, no está tan lejos de las otras tres casas, ¿no? ¿Cuánto puede haber? ¿Unos ocho kilómetros al sureste?

– Es otra página totalmente distinta del mapa -respondí-. En el sentido literal y figurado. Y lo que es más importante, no está relacionado con los Bedard. Se fue para aclararse consigo misma.

Petra cerró la guía de carreteras.

– Una cosa fácil que puedo hacer mañana es comprobar quién era el propietario del edificio de Whitbread en aquel entonces. Si el nombre de Myron aparece en la escritura, estaré dispuesta a seguir escuchando -hizo una mueca-. Esto va a encantarle.

– ¿A quién?

– A Cruella. Por mucho que me pese admitirlo, tenía razón. Encontrar a su ex y hablar con él es algo que tenemos que hacer. Pero si vuelve a llamarme «cariño» con ese tono, le giro la cara de una bofetada.

***

Estuvimos jugando con el ordenador durante una hora más. Intentamos, sin éxito, saber algo más sobre Moses Grant y Peterson Whitbread o Blaise de Paine.

– Chicos, se me cierran los ojos, vamos a dejarlo -acabó diciendo Petra.

– Una pregunta: ¿corre Tanya peligro?

– Si estás en lo cierto y Peterson amenazó a Patty por algún oscuro secreto, el peligro es significante. ¿Cómo es la seguridad de la casa?

– Decente -contestó Milo-. Ya le di un sermón y pareció comprenderlo. También hice algunas comprobaciones en la calle. Nada sospechoso, en mi opinión.

– Diecinueve años y vive sola -apuntó Petra-. No sé cómo me las arreglaría. ¿Qué es lo que sabe ella de todo esto?

– Le contamos lo del asesinato de Jordan -le dije-. Quería saber si tenía algo que ver con su madre y le dijimos que no existía ninguna prueba directa.

– ¿Se lo tragó?

– Quizá.

– Bien -contestó-, si algo de lo que hemos estado hablando esta noche es remotamente cierto, no vais a poder esconderle la verdad durante mucho tiempo… ¿está visitándote para recibir terapia, Alex?

– No sigue sesiones regularmente, solo cuando lo necesita. ¿Hasta dónde debo contarle?

Petra miró a Milo.

– Es tu homicidio, detective Connor -contestó él.

– Bien -dijo-, no me gustaría que conozca cada detalle de la investigación, pero necesita saber lo suficiente para entender que debe tener cuidado. ¿Tiene algún otro sitio en el que pueda vivir en caso necesario?

– No tiene ningún familiar -respondí-. Dice tener amigos.

– ¿Dice? ¿Crees que te está mintiendo?

– Dice que estudia con otros compañeros, pero nunca me ha hablado de una relación puramente social. Y no hay nada en su casa que huela a vida estudiantil.

– Suena a alguien demasiado mayor para su edad. Perder a un progenitor puede hacerte algo así. ¿Piensas que el embalse no podrá resistir la presión?

– Estoy vigilando el nivel del agua.

– Ahora tiene una relación -intervino Milo-. Kyle Bedard la localizó en la página web de Facebook, dice que sintió curiosidad tras hablar con nosotros de cuando Tanya y Patty vivían en la casa de su abuelo. Le advertimos que podía involucrarse demasiado, pero ya sabes cómo son los jóvenes.

– ¿Crees que está acechándola por alguna razón peligrosa?

– Seguramente no, pero ¿quién sabe? ¿Es una evaluación correcta, Alex?

Asentí con la cabeza.

– Un enredo más de los Bedard -comentó Petra-. Alex, quizá deberías guiarla lejos de él. De alguna manera, está resultando que esta familia extiende sus tentáculos por todas partes.

– Pero no le des detalles sobre la investigación.

Petra suspiró y jugueteó con el pelo.

– Tenemos una deuda moral para protegerla, pero asustarla por nada no puede ser bueno para su salud mental. ¿Podemos confiar en que no le filtrará información a Kyle o a alguien más?

– Creo que sí.

– Entonces sigue tu instinto.

– Puede que mientras hablas con ella, descubras si se acuerda de Blaise de Paine -sugirió Milo.

– Lo haré.

Petra se levantó y les hizo un gesto con la cabeza.

– Acompañadme al coche, chicos.

***

A la mañana siguiente, a las nueve, le dejé un mensaje a Tanya para que me llamara.

A la una todavía no había tenido noticias suyas. A y diez, Milo me llamó por teléfono.

– Por fin, bingo. Cuando Patty se mudó al dúplex de la calle Cuarta, la propietaria era Mary Whitbread, además del propio edificio de Mary y otros dos cercanos. Pero dos años antes, todas las propiedades pertenecieron a la fundación de la familia Bedard.

– ¿Myron se las vendió?

– La fundación lo hizo. Los miembros del consejo de administración eran el anciano y Myron.

– ¿Consiguió una ganga?

– ¿Un caramelito para su amante? No soy un experto, pero las cifras no parecen bajas, quizá Mary tenía su propia fuente para conseguir pasta. Tu idea de que fue Myron quien mandó a Patty allí comienza a verse más claramente. El otro gran hallazgo es que las balas que extrajeron del cuerpo de Armbruster no coinciden con la pistola de Patty.

– ¡Gracias a Dios!

– Raul y Petra han comenzado esta mañana a buscar la pista de Myron en Europa. En cuanto a mí, cero. El resultado final de la autopsia de Lester Jordan no es muy profundo: «Método de asesinato: estrangulamiento, modo de muerte: homicidio». Robert Fisk todavía no ha aparecido y Petra no ha podido encontrar las direcciones actuales de Blaise de Paine o Moses Grant. Pero oye, si la vida fuera demasiado fácil, empezaríamos a pensar que no somos más que monos con piel fina.

– ¿No tenemos un diseño inteligente según tú?

– No cuando leo el periódico.

Blaise de Paine es potencialmente accesible -sugerí-, conocemos a su madre. La opinión de Petra sobre eso, y yo coincido con ella, es que volver a visitar ahora mismo a Mary Whitbread dispararía muchas alarmas y aumentaría el riesgo de una nueva desaparición de algún cómplice. Lo que pudimos hacer fue localizar una dirección para el Hummer, no es un coche muy común. No había ninguna matriculación inscrita por De Paine o Peterson Whitbread, pero puede que utilizara otro apodo. Estoy esperando a que la DMV me envíe una lista por fax de todas las inscripciones de la marca Hummer. Mientras tanto, he estado preguntando a algunos representantes, pero no ha habido suerte. Teniendo en cuenta cómo le gusta a De Paine llamar la atención, me he preguntado si no sería de alquiler y empecé por el aparcamiento de Budget en Beverly Hills, porque tienen todo tipo de soluciones para un día. Hace un par de años le alquilé a Rick un Lamborghini para su cumpleaños. Acabó con un tremendo dolor de espalda, pero eso ya es otra historia. Por desgracia, el único Hummer negro de su lote ha estado alquilado a largo plazo a un equipo cinematográfico. Los otros tres son plateado, rojo y un descapotable amarillo, hablamos de tener buen gusto. Estaba a punto de llamar a Hertz.

– El de color amarillo suena perfecto para tu próximo cumpleaños.

– Sí, claro -contestó-. Rhino conduce un Bumblebee.

***

Al ver que Tanya aún no había contestado a las tres, lo intenté de nuevo.

– Hola -respondió una voz suave, tensa.

– ¿Mal momento?

– No… de hecho estaba a punto de llamarle. El señor Fineman, el contable de mi madre, me pidió que buscara unos impuestos pagados y encontré algo en el fondo de un cajón.

– ¿Qué?

– Bueno, no estoy segura de lo que significa. ¿Podría enseñárselo?

– Por supuesto. Deberías saber algo: la pistola de tu madre no coincide con ningún crimen conocido y ha sido descartada en el caso del que hablamos.

– Genial -respondió. Una total frialdad robótica.

– ¿Va todo bien, Tanya?

– Sí… había pensado salir hacia el campus a las cinco. Podría dejarme caer a menos diez. Si no está muy ocupado.

– Te estaré esperando.

– Son las cuatro y media, ¿verdad?

– Perfecto.

Colgó el teléfono mientras yo le decía adiós.

Capítulo 25

Llegó cinco minutos antes, traía un sobre acolchado. Llevaba enfundados unos guantes grises de punto a pesar de que el clima era templado.

En el despacho, rasgó la solapa del sobre y sacó una foto y una hoja con renglones doblada en dos.

En la fotografía aparecían Patty y Lester Jordan uno junto al otro en la habitación sucia y polvorienta que ocupaba el salón de Jordan. Su pelo era oscuro, ralo y pegado a la cabeza. Ojos huecos, piernas combadas. Una camiseta gris marcaba una mole que no pasaba desaperciba.

Tanya desplegó el papel con renglones y me lo pasó. Las arrugas estaban sucias y las esquinas enrolladas. Se podía leer una nota en tinta azul que decía:

***

Al supuesto ruiseñor de Florencia: te devuelvo esto porque no te importo un comino. No sé por qué crees que profesionalmente es correcto hacer lo que has hecho. Ese viejo bastardo rico, podría encontrar a quien quisiera para que le cambiaran los pañales, pero ¿quién cuidará de mí y me reanimará cuando lo necesite? Puedo entender que otros se dejen manipular por un rico cabrón, pero ¿por qué tú, Pat? Tú siempre dijiste que el dinero no te importaba. Siempre decías que la honestidad lo era todo para ti, Pat. Evidentemente, toda esa palabrería sobre la honestidad era la típica mierda que nos sueltan en todos esos putos cursos de rehabilitación. No me tomes el pelo, Pat, no soy tonto, me has hecho daño, mucho daño. Y sabes a lo que eso me conduce, Pat. ¿Qué más se supone que puedo hacer ahora, Pat? ¿Y de quién será la culpa si caigo a lo más hondo, Pat?

Disfruta el resto de tu vida.

Les.

***

– Dice que no está loco -dijo Tanya-, pero esto es rabia. Es increíble tanta arrogancia. ¿Reanimarlo? Lo encontró con una sobredosis, seguramente le salvó la vida y en vez de agradecérselo, intenta hacer que se sienta culpable. Y la última parte: ya sabes a lo que eso me conduce. La está amenazando con una sobredosis otra vez, ¿verdad? Da a entender que sería su culpa. ¡Cómo puede creerse alguien con ese derecho!

– Es un adicto que solo piensa en sus propias necesidades -le contesté.

– Probablemente se convirtió en un adicto porque era un egoísta. Y un débil. Como esa gente que no puede vivir en sociedad.

Sus mejillas eran de color rosa fuerte, tenía los hombros tan encogidos que la solapa se le subía por encima de las orejas. Sacudió la cabeza y movió el pelo, que llevaba suelto, lo recogió con la mano y lo enrolló.

Me senté y la invité a hacer lo mismo. No se movió, al final se dejó caer en el sofá.

– Cuidó muy bien de él -dije-. Esa era la razón por la que el padre de Kyle quería que cuidara de su padre.

– El rico cabrón con dinero. ¿Acaso no tenía derecho a gastar su dinero como él quisiera? El coronel estaba muriéndose, doctor Delaware. Cuidar de él fue una buena forma de que mi madre ocupara su tiempo.

– Jordan no lo era.

– Mire cómo la trataba, doctor Delaware. No puede pretender que este sermón sea racional. No me interesan los problemas que tenía, no había excusa. Además, no es que él y mi madre fueran amigos íntimos. Después de ver la foto, apenas recuerdo vagamente haberle visto, ni siquiera sabía su nombre. Kyle apenas lo conocía. Jordan fue muy afortunado de tener a una enfermera profesional como vecina. Cuando llegó la hora de mudarse, debería haberle dado las gracias, y no haberla amenazado con echarse a perder.

Se golpeó las rodillas.

– Es que estoy tan cansada de la gente que no es justa…

– Tienes razón, debería haberle estado agradecido.

– Después de todo lo que hizo por él, desde el fondo de su corazón.

– Tu madre era una de las personas más buenas que he conocido, pero sabemos que le pagaban por cuidar de Jordan.

– ¿Cómo lo han sabido?

– La madre de Kyle nos lo contó.

– Ella.

– ¿La conoces? ¿A ella?

– Kyle me dijo lo increíblemente egocéntrica que puede llegar a ser, nunca tuvo tiempo para él. Puede que provenga todo de esa rama de la familia.

Volvió a apartarse el pelo.

– Vale, la pagaban, ¿por qué no? Pero eso no cambia las cosas. Mi madre tenía derecho a mudarse.

– Por supuesto que tenía derecho -añadí-. Entonces, tú y Kyle habéis estado hablando.

– Nos hemos visto en el campus un par de veces y ayer fuimos al Coffee Bean y le pregunté sobre Jordan, pero como le he dicho, él apenas lo conocía.

– ¿Ha visto la nota y la fotografía?

– No. ¿Debo mantenerlo en secreto?

– Por el momento, sería una buena idea. ¿Qué piensa Kyle de su padre?

– Está bien con él. ¿Por qué?

– La detective que investiga la muerte de Jordan quiere hablar con cualquier familiar que pueda encontrar. Ha estado buscando a Myron Bedard, pero no ha sido capaz de localizarlo. Supuestamente está en Europa.

– Lo está -contestó-. En París. Ayer llamó a Kyle y le ofreció un vuelo de ida, pero Kyle está demasiado ocupado con su tesis doctoral. ¿Por qué quiere hablar con la familia esa detective?

– A menudo una investigación empieza por ahí.

– Pensaba que era un asesinato por drogas.

– Nadie está seguro de lo que es, Tanya.

Dejó escapar un largo suspiro.

– Entonces, la pagaban. ¿Por qué debía donar su tiempo?

– No quiero molestarte…

– No lo hace. Aprecio su honestidad. Eso significa que respeta mi inteligencia.

Se levantó y dio unos pasos por el despacho. Intentó poner recta una fotografía que estaba sujeta con cera, se sentó y dio un golpecito a la foto con el dedo.

– Quizá significó algo para ella.

– ¿Quiere decir que la hizo sentirse culpable?

– No, pero era una persona compasiva -apunté-. Quizá el dolor de Jordan la afectara.

– Supongo… Estoy tan enfadada. No es un sentimiento al que esté acostumbrada. No me gusta.

Se frotó la cara con las manos. Miró hacia arriba.

– Están volviendo a aparecer, mis hábitos. Siento que estoy perdiendo el control. La casa está tan silenciosa por la noche…; es peor que el ruido. No puedo dormir. La última noche me enganché a las cortinas más de media hora y luego me lavé las manos hasta que se me quedaron así.

Se quitó un guante y me enseñó los nudillos, casi en carne viva y arrugados.

– Podemos trabajar en esto -le dije.

– ¿Podemos o debemos?

– Debemos.

Capítulo 26

– ¿Qué piensas de la hipnosis?

– Nunca he pensado nada en absoluto.

– Básicamente es una relajación profunda y una concentración muy centralizada. Se te daría bien.

– ¿Se me daría bien? ¿Por qué?

– Eres inteligente.

– ¿Soy susceptible?

– Cualquier hipnosis implica autohipnosis -aclaré-. La capacidad de recibir es una habilidad que mejora con la práctica. A las personas inteligentes y creativas se les da mejor porque se sienten cómodas siendo imaginativas. Creo que es una buena opción para ti en estos momentos porque podemos obtener resultados rápidos y volver al excelente progreso que hiciste cuando eras una niña.

Sin respuesta.

– ¿Tanya?

– Si usted lo dice.

Empecé con la respiración rítmica, profunda. Tras espirar tres veces, abrió los ojos.

– ¿Dónde está Blanche?

– Durmiendo en su cesta.

– Vaya.

– Espera. -Fui a buscar a la perra, la dejé en el sofá junto a Tanya. Acarició su cabeza. Volvimos al ejercicio de respiración. Al momento, el cuerpo de Tanya comenzaba a perder conciencia y Blanche estaba ya dormida, sus mofletes se hinchaban y se movían.

Conté hacia atrás desde cien, utilizando mi tono monocorde de inducción. Ajusté el ritmo de mi voz a los ronquidos de Blanche. Cuando iba por el setenta y cuatro, los labios de Tanya se separaron y sus manos se quedaron inmóviles. Comencé a introducir sugestiones. Encuadrando los impulsos en cada suspiro para aprovechar las oportunidades de relajación.

En el veintiséis, la luz de mi móvil parpadeó.

– Ve hacia el fondo, más al fondo -repetí.

Tanya se desplomó. Cuando desapareció la tensión, parecía una niña.

Por ahora, todo bien. Si no me pongo a pensar en todo lo que teníamos por delante.

***

Cuando pasó una hora, le di las instrucciones posthipnosis para que practicara y prolongara su relajación hasta despertar.

Tuvo que hacer varios intentos para que sus ojos se abrieran.

– Me siento… es sorprendente… gracias. ¿Estaba hipnotizada?

– Lo estabas.

– No me siento… es raro. No estaba segura de poder hacerlo.

– Tienes un don natural.

Tanya bostezó. Blanche lo hizo a continuación. Tanya se rió, se estiró, se tocó los dedos del pie.

– Quizás algún día pueda hipnotizarme para estudiarme mejor.

– ¿Tienes problemas de concentración?

– No -respondió rápidamente-. En absoluto. Estaba bromeando.

– En realidad -dije-, relajarte te ayudaría con los exámenes.

– ¿En serio?

– Sí.

– Bien. Lo recordaré. -Cogió el bolso-. Practicaré todos los días, ¿me ha dicho algo de esto?

– Lo he hecho.

– Es un poco… extraño. Estoy mirándole directamente, pero es como si usted… estuviera cerca y lejos al mismo tiempo. Y todavía puedo oír su voz dentro de mi cabeza. ¿Qué más me dijo que debía hacer?

– Nada más -contesté-. Tú eres la que tiene el control. No yo.

Rebuscó dentro del bolso.

– Mmm… sé que tengo un cheque aquí…

– ¿Cuándo te gustaría volver?

– ¿Puedo llamarle? -Sacó un sobre blanco y lo dejó en la mesa-. Firmado y listo, puedo irme. -Sus ojos se movieron hasta la carta de Jordan y su foto.

– Puede quedárselas. No las quiero.

– Se las pasaré al teniente Sturgis.

Tanya se puso tensa.

– Mi madre le ayudó con su adicción. ¿No sé cómo puede eso relacionarla con la muerte de Jordan.

– Yo tampoco, pero será mejor que tenga todos los datos. Me gustaría fijar otra sesión, Tanya.

– ¿De verdad cree que debería hacerlo?

– Si es cuestión de dinero…

– No, en absoluto. Lo estoy llevando muy bien en el apartamento. No me paso del presupuesto.

– Pero…

– Doctor Delaware, aprecio de verdad lo que ha hecho por mí, lo que está haciendo. Es solo que no quiero ser demasiado dependiente.

– Yo no considero que seas dependiente.

– Estoy de nuevo aquí.

– Tanya, ¿cuántas chicas de diecinueve años serían capaces de hacer lo que tú estás haciendo?

– Ya casi tengo veinte -replicó-. Lo siento, gracias por el cumplido. Es solo que… mire a Jordan. Toda esa rabia porque no podía librarse de su dependencia. Mi madre me enseñó lo importante que es cuidar de uno mismo. No me convertiré en uno de ellos.

– ¿Ellos?

– Los débiles, los que se autocompadecen. No puedo aguantar ser así.

– Lo entiendo. Pero yo solo veo a alguien lo suficientemente inteligente como para pedir ayuda cuando lo necesita.

– Gracias… de verdad que me siento bien, lo que hemos hecho hoy ha sido realmente útil. -Movió los brazos para manifestarlo-. La chica de goma. Practicaré. Si se me olvida algo, me pondré enseguida en contacto con usted.

No contesté.

– Lo prometo -insistió-. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

En la puerta de entrada, dijo:

– Gracias por confiar en mí, doctor Delaware. No hace falta que me acompañe.

La vi bajar hacia el coche. No miró en ningún momento hacia atrás.

***

Lunes, la luz parpadeante era un mensaje en el contestador telefónico. El detective Sturgis había llamado.

Le conté a Milo lo de la misiva del enojado Lester Jordan.

– Así que el tío era un cabrón, eso ya lo habíamos comprobado personalmente -replicó.

– Puede que nos aclare algunas cosas. Por la nota, parece claro que Patty le ayudó a recuperarse de una sobredosis, pero no hay ningún indicio de que le suministrara algo más que TLC.

– Genial -respondió-. Mientras tanto, tenemos a un montón de sospechosos esperando. He localizado un Hummer negro matriculado hace tres años a nombre de QuickKut Music, con domicilio en la avenida Oriole, en el bloque mil cuatrocientos. He quedado con Petra dentro de una hora en el cruce de Sunset con Doheny, cerca de la tienda de licor Gil Turner. Vente con nosotros, si te apetece.

***

Las calles con nombre de pájaros ascienden hacia las colinas por encima del Strip, justo al este de Trousdale Estates, resultan una proeza angosta, sinuosa y caprichosamente pavimentada de los ingenieros.

Sinsonte, Curruca, Sinsonte Castaño, Alondra y Tanagra.

El camino de la Urraca de América, en el que George Harrison se sentaba solitario en una casa de alquiler a esperar a un agente de prensa que se hubiera equivocado de calle, contemplando una vasta porción de la ciudad envuelta en un velo de niebla y nocturnidad.

Era fácil perderse en la ascensión. Calles sin salida diseminadas al azar, sin señales de aviso de vía sin salida, hacían pensar que alguien en la oficina de planificación urbanística se había divertido jugando a los dardos. Peligrosos escalones que hacían que salir a hacer footing fuera un deporte de riesgo debido a la ausencia de aceras. Porches y Ferraris pegados al borde. Las casas, la mayoría ocultas por los setos y muros, iban desde palacios estilo paladino a cajas sin ninguna influencia reconocible. Se ensamblaban unas junto a otras como sardinas en lata, al borde de la calle. Si uno entrecierra un poco los ojos en esas calles, las colinas parecen temblar, aun cuando el suelo está quieto.

La parte positiva son unas vistas impresionantes, entre las mejores de todo Los Ángeles, y unas mansiones con un valor que ronda las siete u ocho cifras.

Un ladronzuelo de veintiocho años que viva de la música necesitaría unos ingresos extra muy elevados para conseguir vivir allí y, evidentemente, la respuesta más obvia era la droga. A pesar de esto, recordé lo que le había dicho a Milo sobre que Patty no estaría involucrada en el tráfico de drogas. La nota de Jordan era personal, de rabia por haber perdido una red de seguridad emocional, no parecía preocupado porque le cortaran parte del suministro.

El pecado de Patty había sido hacer su trabajo demasiado bien.

Y sin embargo, tenía que haber cometido algún acto perverso, algo lo bastante serio como para perseguirla durante el resto de su vida. Y probablemente, Lester Jordan había muerto por aquello.

***

Cuando llegué a la tienda de licores, Milo salió de su coche, desplegó un mapa y preguntó en voz alta si la topografía de la avenida Oriole nos permitiría llegar a algún punto estratégico. Cogió el sobre acolchado sin hacer ningún comentario, lo dejó en el asiento del copiloto y volvió a coger el mapa.

Petra llegó en su Accord.

Los dos se pusieron a estudiar las coordenadas de la calle, decidieron aparcar en la parte baja de Oriole y caminar. Utilizaríamos el coche de Petra como transporte porque resultaba discreto.

– No es lo bastante bueno como para que lo tomen por uno del lugar -dijo, dándole un golpecito al capó-. Aunque puede que piensen que soy una secretaria personal.

***

Tomó la avenida Doheny dirección norte, utilizó la palanca de cambios para conducir sin problemas.

– Funciona bien el engranaje, detective Connor -apuntó Milo.

– Tuve que aprender a conducir mejor que mis propios hermanos.

– ¿Por amor propio?

– Supervivencia.

Cada nueva propiedad parecía estar en construcción o renovación, y los consiguientes efectos abundaban: polvo, estruendo, trabajadores de un lado a otro de la calzada y boquetes en el asfalto a causa de la maquinaria pesada.

A medida que ascendíamos, las casas se hacían más pequeñas y sencillas. Resultaba evidente que algunas de las más raquíticas habían formado parte de antiguas fincas. La avenida Oriole empezaba por el bloque mil trescientos. Aparcamos al principio y comenzamos la ascensión a pie hacia la cima.

Las piernas largas y delgadas de Petra habían sido creadas para la escalada y mis ratos de autocastigo dedicados a correr hacían que la subida no fuera un gran reto. Pero Milo estaba jadeando e intentaba ocultarlo.

Petra le echó una mirada. Milo se puso por delante de nosotros. Respiraba con dificultad.

– Vosotros… ya sabéis… ¿CPR?

– Te has tomado el último año para reciclarte, pero no te has animado mucho, teniente.

Se quedó mirándome, levanté las manos.

El sonido del roce de sus botas de ante pasó a regular la cadencia de la marcha.

***

Al llegar al bloque mil cuatrocientos apareció una señal de calle sin salida.

Mil cuatrocientos sesenta y dos significaba la cima de la colina, o casi.

– ¡Genial! -exclamó Milo jadeando. Se frotó la parte inferior de la espalda y siguió caminando con dificultad.

Pasamos frente a una enorme casa blanca de estilo moderno, luego varias casas cuadradas con una fachada simple de los años cincuenta. En lo que en mi pueblo conocemos como palabrería de vendedor de casas, eufemísticamente podría definirse como el encanto de la arquitectura de mediados de siglo.

En cuanto a unas vistas del demonio, tenía razón.

Milo se apresuró hacia arriba. Secándose la cara con un pañuelo, aspiró aire y apuntó con el dedo.

Espacio vacío donde debería estar el 1642.

Lo único que quedaba era una mancha lisa de suciedad marrón no mucho más grande que la plataforma de una caravana, rodeada por una cadena. La puerta estaba abierta. Una construcción permitía colgar paquetes en la valla.

Un hombre se levantó en el extremo más alejado del solar, a pocos metros del precipicio, mirando un paisaje lleno de humo.

Milo y Petra examinaron los vehículos cercanos. El más próximo era un BMW 740 dorado, aparcado en la cima de la calle sin salida.

– El coche no es mucho más grande que la propiedad -dijo Milo-. La prosperidad de Los Ángeles.

– Por eso no pinto paisajes -respondió Petra.

Haciendo caso omiso de nosotros, el hombre se encendió un cigarrillo, se quedó mirando fijamente y fumó.

Milo tosió.

El hombre se dio la vuelta.

Petra saludó.

El hombre no devolvió el saludo.

Entramos en el solar.

Bajó el cigarrillo y nos miró.

Cuarenta y pocos, un metro setenta y seis o setenta y ocho, con hombros amplios, brazos corpulentos y firmes, y una panza redonda y contundente. Una cara cuadrada y morena acabada en una barbilla desmesurada. Llevaba una camisa de etiqueta azul claro con puños franceses, unos gemelos de oro macizo con forma de avión, pantalones azul marino bastante arrugados, unos mocasines negros que el polvo había vuelto grises. El botón superior de la camisa estaba desabrochado. El pelo gris del pecho estaba erizado y llevaba una cadena de oro sobre la piel. Un cordel rojo y fino rodeaba su muñeca derecha. De la cinturilla colgaban un busca y un móvil.

Unas Ray-Ban cruzadas ocultaban las ventanas de su alma. El resto de su cara era un espejo de desconfianza.

– Esto es propiedad privada. Si quieren disfrutar de la vista sin pagar, vayan a Mulholland.

Petra mostró la placa.

– ¿Policía? ¿Qué? ¿Se ha vuelto loco?

– ¿Quién señor?

– Él. Troupe, el abogado. -Ladeó la cabeza hacia la casa, hacia el sur-. Ya se lo he dicho. Todas las licencias están en regla, no hay nada que podáis hacer.

Tenía un acento particular, algo familiar, pero no era capaz de localizarlo.

– ¿Y ahora, de qué se está quejando otra vez?, ¿del ruido? Estuvimos nivelando la semana pasada, ¿cómo se puede nivelar sin hacer ruido?

– No estamos aquí por eso, señor…

– Avi Benezra. Entonces, ¿qué es lo que quieren?

Localicé el acento. Unos cuantos años antes, trabajamos con un superintendente israelí de la Policía llamado Daniel Sharavi. La entonación de Benezra estaba más marcada, pero era similar.

– Estamos buscando a los residentes del 1642 -declaró Petra.

Benezra se quitó las gafas, dejando al descubierto unos ojos suaves de color avellana, entrecerrados a causa de la risa.

– Ja, ja… muy divertido.

– Me habría gustado intentar serlo, señor.

– ¿Los residentes? Quizá se refiera a los gusanos y bichos. -Benezra soltó una carcajada-. ¿Quién es su fuente de información? ¿ La CIA?

– ¿Desde hace cuánto tiempo no hay casa?

– Un año. -Señaló con el pulgar hacia la casa vecina-. Troupe consiguió hacernos callar durante un año, así que la propiedad cayó en la ruina.

– ¿Un tipo irritante?

– Un cabrón irritante -contestó Benezra-. Un abogado.

– ¿Está en casa?

– Nunca está en casa -replicó-. Por eso está como loco por quejarse. Quizá quieran decirle que pare de molestarme. ¿Saben por qué está loco? Él quería comprarla, construyó una piscina, pero no estaba dispuesto a pagarlo que valía. Ahora yo no quiero venderla. Voy a construir yo mismo. ¿Por qué no? -Hizo un gesto hacia las vistas del paisaje-. Será algo tipo… todo de cristal, con vistas a Palos Verdes.

– Espléndido -añadió Petra.

– Es lo que yo hago -insistió Benezra-. Construyo, soy constructor. ¿Por qué no hacerlo finalmente para mí?

– Entonces, ¿derribó la casa hace un año?

– No, no, no. Hace un año que está vacía. La eché abajo hace cinco meses y ahora mismo no me da más que dolores de cabeza, el cabrón se queja al consejo de zona y al alcalde. -Hizo girar el dedo sobre la sien-. Por fin, he conseguido el consentimiento.

– ¿Desde cuándo es propietario, señor Benezra?

Benezra sonrió.

– ¿Está interesada en comprarla?

– Me gustaría.

– La compré hace cinco años, la casa estaba hecha una mierda, pero con esto…

Volvió a mirar con orgullo el paisaje. Fumó, hizo sombra con la mano sobre los ojos y se quedó mirando cómo un avión de pasajeros ascendía desde Inglewood.

– Utilizaré todo el cristal que me permitan con la nueva normativa sobre energía. Acabo de construir una fabulosa, de estilo mediterráneo, en la avenida Angelo, ochocientos treinta y seis metros cuadrados, mármol, granito, equipo Home Theater, lista para vender. Luego, mi esposa decide que quiere irse allí a vivir. De acuerdo, ¿por qué no? Luego, me divorcio y ella se queda con la casa. ¿Y qué hago? ¿Debería haber luchado?

– ¿Ha alquilado la propiedad alguna vez a un hombre llamado Blaise de Paine?

– ¡Vaya hombre! -exclamó Benezra-. Ese tío. Sí, fue el último.

– ¿Un inquilino problemático?

– Si llamas inquilino problemático a un tío que lo destroza todo y no paga, sí. Para mí fue problemático. Mi culpa, rompí las reglas, me tomó por idiota.

– ¿Por idiota? -preguntó Petra.

– Estoy utilizando un lenguaje educado porque es usted una señora.

Petra sonrió y dijo:

– ¿Qué reglas rompió?

– Las reglas de Avi. Dos meses por anticipado, más una fianza por desperfectos para empezar. A él se lo dejé en un mes y sin fianza. Estúpido, Tenía que haberlo sabido por el aspecto que tenía.

– ¿Qué aspecto tenía?

– Rock & Roll -contestó Benezra-. El pelo, ya saben. Pero venía recomendado.

– ¿Por quién?

Benezra se echó para atrás las gafas de sol.

– Un tipo.

– ¿Qué tipo?

– ¿Es importante?

– Puede serlo.

– ¿Qué es lo que ha hecho?

– ¿Quién lo recomendó? -repitió Petra.

– Escuchen -dijo Benezra-. No quiero tener problemas.

– Si no ha hecho nada…

– No he hecho nada. Pero el tipo que lo recomendó, es un poco famoso, ¿saben?

– ¿Quién?

– Yo no sé nada de sus problemas.

– ¿Qué problemas? Señor.

Benezra aspiró aire, fumó con avidez.

– Para lo que yo lo contraté es legal. Lo que haga para otra gente, no lo quiero ni saber.

– Escuche -dijo Petra-, ¿de quién estamos hablando?

– Un tipo que contraté.

– ¿Para hacer qué?

– Vigilar a mi mujer. Ella quería quedarse la casa de Angelo, ochocientos treinta y seis metros cuadrados, puede patinar dentro, de acuerdo, acepto. Quería las joyas, de acuerdo. ¿Pero mi barco? ¿Propiedades que yo ya tenía antes de conocerla? Nada, nada, nada de acuerdo. Sabía lo que estaba haciendo con ya saben quién y quizás aquel tipo podría probarlo, así evitaría que ella fuera de prepotente.

– Tenemos divorcio por acuerdo mutuo en California.

– Eso es oficialmente -replicó Benezra-. Pero no con todos sus elegantes amigos, recaudadores de fondos para obras benéficas y almuerzos en el Spago. No le parecerá bien que todos sepan que no es tan perfecta. Lo contraté para que consiguiera pruebas.

– Hablamos de un investigador privado.

– Sí.

– Porque su mujer…

– Usted es una mujer. ¿Qué cree que hizo?

– ¿Buscó alguna otra cama en la que dormir?

– No alguna otra cama. Buscó a otro tipo, su oculista. -Golpeó una de las lentes de las gafas-. Pagué diez mil dólares por el Lasik para que no tuviera que llevar lentillas, nada de irritación. Y ella me lo pagó buscándose otro tipo de tratamiento.

Dio un chasquido con la lengua.

– Es bueno que pueda tomárselo con tan buen humor -apuntó Petra.

– ¿Y qué? ¿Debería ponerme a llorar?

– ¿Cuál es el nombre del investigador privado?

– Ese tan famoso -contestó Benezra-. Fortuno.

– Mario Fortuno.

– Sí, ¿todavía está en la cárcel?

– Por lo que sé, sí.

– Bien, cogió mi dinero y no hizo nada. De lo demás, no tengo ni idea.

– ¿Le dijo Fortuno cómo había conocido a Blaise?

Benezra movió el dedo.

– Un amigo de un amigo, de un amigo, de un amigo. «Es un tío legal, Avi, confía en mí», me dijo. -Se rió a pierna suelta-. Creo que me dejé algún amigo más.

– ¿Qué más le contó Fortuno sobre De Paine?

– Nada más. Fui estúpido, pero pensé que un tío así, que estaba trabajando para mí, ¿por qué me engañaría? Incluso le rebajé el alquiler porque la casa estaba hecha una mierda, iba a derribarla pronto.

Volvió a girarse hacia el paisaje y dijo:

– Miren esto.

Petra le enseñó una de las fotos de la fiesta que sacamos de Internet.

– ¿Es esta la persona de la que hablamos?

– Es él. ¿Qué ha hecho?

La fotografía de la DMV de Moses Grant produjo un movimiento de negación.

– A ese nunca lo he visto. ¿Quién es? ¿Un gánster de Watts?

La fotografía de la cara de Robert Fisk provocó un gesto de sorpresa, levantó las cejas.

– Ese estuvo aquí, lo he visto un par de veces. Puede que viviera aquí, a pesar de que el trato era para solo una persona, son menos de cincuenta y seis metros cuadrados, una habitación, un baño. Antes era el garaje de ese cabrón en los años cincuenta. Él compró dos años antes y piensa que debería ser todo como en aquel entonces, no quiere pagar el precio de mercado. Me está volviendo loco. Iba a dejarlo como espacio verde, pero que se olvide, la construiré a cinco centímetros del límite.

Petra agitó la foto de Fisk.

– ¿Qué le hace pensar que esta persona estaba viviendo aquí?

– Un día vine a por el alquiler y era el único que estaba en casa. No llevaba camiseta, con unos tatuajes de escándalo, estaba haciendo ejercicio frente a la ventana, en una colchoneta, sabe a qué me refiero, ¿no? Yudo, kárate, algo así. Estaba todo lleno de ropa y basura. Intenté entablar conversación. Yo aprendí krav maga, un estilo israelí de kárate, en la armada. Él me dijo que sí, que lo conocía, luego cerró los ojos y volvió a aspirar y expirar mientras estiraba los brazos. Le dije que sentía molestarle, pero que qué pasaba con el alquiler. Me dijo que no sabía nada, que solo estaba de visita. Todos esos tatuajes, por toda esta parte -añadió tocándose el pecho- y hasta el cuello. ¿Es un mal tipo?

– Nos gustaría hablar con él. ¿Qué más nos puede contar sobre De Paine y Mario Fortuno?

– Eso es todo. -Benezra miró el reloj-. Le contraté para descubrir algo sobre ella. Me dijo que estaba viéndose con su oculista… ¡pues muchísimas gracias!, menudo hallazgo, superdetective… Eso ya lo sabía porque a pesar de que veía a la perfección, ella seguía concertando citas con él.

Sacudió la cabeza.

– Trece mil dólares para eso, muchísimas gracias. Debería pudrirse en la cárcel.

– Entonces, ¿Fortuno no siguió adelante? -preguntó Milo.

– Siempre tenía excusas -contestó Benezra-. «Necesito tiempo, Avi.» «Tenemos que estar seguros de que las pruebas serán auténticas, Avi.» «La consulta del oculista está cerrada, Avi. Puede que cueste un poco más, Avi.»

Una amplia sonrisa cruzó su rostro.

– Finalmente me di cuenta de que me estaban tomando el pelo por partida doble. Ahora estoy pensando en querellarme contra mi abogado del divorcio, al fin y al cabo, fue él quien me recomendó a Fortuno. Le llamé y me dijo que Fortuno también lo había estafado a él.

– ¿Cómo?

– Lo contrató para que redactara unos documentos y no le pagó.

– El nombre de su abogado, por favor.

– Vaya -protestó Benezra-, esto se está complicando. Está bien, por qué no. He acabado con él. Marvin Wallace. Roxbury con Wilshire.

Benezra dio una última calada al cigarrillo y lo lanzó con los dedos. Voló a través del solar.

– Siempre excusas para no hacer su trabajo, ese Fortuno. Al fin ha tenido lo que se merecía.

– ¿Qué merecía? -preguntó Petra.

– Lo que le habéis dado, chicos. Una temporada en la cárcel.

Capítulo 27

Dejamos a Benezra elogiando la maravillosa vista y bajamos por la avenida Oriole.

Petra llamó al capitán Stuart Bishop y le contó los detalles, luego colgó.

– Hará algunas llamadas, pero quiere una reunión.

– ¿Cuándo?

– Tan pronto como volvamos a Hollywood.

– ¿Nosotros?

– Tú y yo. Stu es un genio en comunicación entre comisarias. -Se giró hacia mí-. Tu asistencia es opcional, pero obviamente eres bienvenido. Dice que te dé las gracias por lo de su sobrino.

El año pasado el hijo de la hermana pequeña de Bishop, en edad preescolar, se asustó al oír las noticias de la noche. Un niño bien adaptado; con un par de sesiones fue suficiente.

Confidencialmente, lo único que podía hacer era sonreír.

Petra me sonrió también.

– Ya pensaba que responderías así.

***

El despacho del capitán en la división de Hollywood era un espacio sobrio y blanco en una esquina animada por algunos dibujos hechos por sus seis hijos rubios y montones de fotografías de la familia. Una taza blanca de byu Cougars y una caja de doce botellas de agua de Trader Joe compartían lugar en una cómoda. Una ventana se había resquebrajado un par de centímetros y dejaba entrar el aire, el calor y el ruido de la calle.

Stu era un hombre delgado, con un afeitado apurado y pelo rubio que se convertía en gris en la sien. Llevaba unos tirantes de piel trenzada sobre una camiseta rosa ajustada, una corbata de seda turquesa, pantalones de traje a cuadros escoceses y unos relucientes zapatos de vestir. Cogió agua, nos ofreció una botella a cada uno. Milo la aceptó.

Era el hijo de una próspera familia mormona de Flintridge. Stu había abandonado el departamento cuando estaba todavía en el tercer grado, frenando de forma anticipada una rápida carrera para cuidar de su mujer, enferma de cáncer. Khaty Bishop se recuperó, pero Stu siguió trabajando en seguridad para empresas y de forma ocasional como asesor cinematográfico hasta que el nuevo jefe lo volvió a captar para hacerlo capitán.

El nuevo jefe era un amigo del oftalmólogo del padre de Stu con el que jugaba al golf, pero no se quejó mucha gente. El misántropo amoral al que Stu sustituyó había sido asesinado con un disparo por su celosa mujer en un garaje. Solo tres policías asistieron al funeral, fuera de servicio. Eso junto con la experiencia en la calle de Stu, su reputación por apoyar a sus colegas y una habilidad óptima para manejarse a los jefazos sin tener que vender su alma se traducían en una luna de miel que parecía no acabar nunca.

Como antigua asociada de Stu, Petra estaba en una buena posición para ascender a la administración. De momento, estaba aguantando con el trabajo de detective.

Llenó su taza de agua, dio un sorbo y se reclinó en su silla.

– No podíais haber sido más oportunos, en cuanto se refiere a hablar con Fortuno. Se ha convertido en una persona de interés excepcional para el Gobierno Federal y nadie quiere que un asunto trivial como un asesinato se meta por medio. No es de ámbito público, pero he llamado a San Luis Obispo, donde está oficialmente encarcelado, he sabido que hace un mes unos agentes del FBI y un abogado del Estado lo sacaron y lo transfirieron al centro de detención del núcleo urbano. Cuando llamé allí lo único que obtuve fue un muro de silencio y luego me derivaron a un agente de la oficina del FBI en la sede federal. Conozco al agente especial e intentó jugar al escondite conmigo y al final me dijo que Fortuno había estado pasando un mes en un hotel a costa de los impuestos de todos los ciudadanos.

– Se lo estará pasando pipa -replicó Milo.

– Puedo imaginármelo.

– A pesar de que Fortuno estaba metido en todo ese rollo del código de silencio -añadió Petra.

– Una temporadita a la sombra puede cambiarte la actitud -argumentó Milo.

– Y que lo digas -dijo Stu-. Un vigilante adjunto de San Luis me contó que había aflojado la lengua en contra de unos peces gordos.

– Pensaba que San Luis era como un complejo vacacional -dijo Petra.

– Tienen pistas de tenis y dormitorios, pero sigue siendo una prisión. I os idiotas que secuestraron el autobús escolar de Chowchilla están allí y también Charleton Jennings.

– ¿Los asesinos de polis pueden jugar al tenis? -protestó Milo.

– Lo hacen después de trabajar de acuerdo con el sistema durante treinta años.

Silencio entre polis, sepulcral.

– ¿Tienes alguna idea de sobre quién va a cantar Fortuno? -preguntó Petra.

– Me ha echado alguna indirecta extraoficialmente. Si mi religión me permitiera apostar, lo haría por algún tipo de manipulación a gran escala del abogado de la defensa y algún tipo del mundo del espectáculo.

– Directo a la cima de la cadena alimenticia. -Milo silbó.

– Desde luego que se va a poner muy interesante -añadió Stu-. Las niñeras de Fortuno no estaban muy contentas de tener que compartirlo con nosotros, pero no pueden arriesgarse a que desbaratemos sus planes si acudimos a la prensa. El trato es que podéis verlo esta tarde a las siete, una hora, sin prórroga. Les di vuestros tres nombres, me imaginé que también usted, doctor Delaware, querría analizar al tipo.

– En los hoteles también hay sofás, ¿por qué no? -respondí.

– ¿Qué hotel? -preguntó Petra.

– Aún no lo sé. Alguien tiene que llamarme a las seis y yo os llamaré a vosotros.

Petra sacudió las manos.

– ¡Qué intriga!

– A los federales les ayuda a olvidarse de que casi todo lo que hacen es pasar hojas -dijo Stu, pasando la palma de la mano por encima de su escritorio limpio y haciendo una mueca. -Al contrario que nosotros.

– Si alguna vez echas de menos ver sangre fresca… -bromeó Petra.

– Ten cuidado con lo que dices. -Stu se levantó, encogió los hombros bajo la chaqueta del traje. Lo estiró con suavidad-. Tengo una reunión sobre presupuestos en el centro. Te llamo a las seis, Petra. Ha sido un placer veros, chicos.

Sujetó la puerta para que pasáramos. Cuando pasé junto a él, me dijo:

– Sé que no puede decir nada, pero gracias de nuevo por lo de Chad.

***

Loews Beverly Hill era el típico caso de publicidad engañosa, situado en Pico con Beverwil, unos ochocientos metros al sur de la glamurosa ciudad.

Cogimos diferentes coches, aparcamos donde el lavadero y nos encontramos en el vestíbulo.

Los mismos colores de tonos marrones que habíamos visto en el Hilton.

El ojo artístico de Petra lo captó enseguida.

– Bienvenidos al mundo beis, déjense la imaginación fuera.

Nadie se fijó en nosotros mientras cruzábamos hacia los ascensores. Ningún signo de una seguridad especial, y, cuando llegamos al piso once, el pasillo estaba vacío.

Petra golpeó la puerta de la suite 112 y solo se oyó silencio. Luego, unos pasos. Una cadena aguantaba la puerta entreabierta apenas dos centímetros. Lo bastante como para ver la pupila expandida de un ojo marrón claro.

– Identificación -dijo una voz juvenil.

Petra enseñó su placa.

– Todas.

Milo sacó su credencial. Yo enseñé con rapidez mi placa, a lo que siguió un… ¿Qué es eso?… pero sin ningún comentario sobre la fecha de caducidad.

– El doctor Delaware es nuestro asesor de conducta -afirmó Petra.

– Este no es un caso de perfiles -replicó la voz.

Otra voz gritó desde detrás:

– Déjalos entrar, me siento solo.

La puerta cerró de golpe. Unas voces apagadas fueron en ascenso, luego se hizo el silencio.

– Tenía que haber traído mi Aston Martin con su silla de eyección y haberme lanzado al maldito… -protestó Milo.

La puerta se abrió de par en par. Un joven con el pelo rubio rojizo con un traje gris, camisa blanca y corbata azul dijo:

– Agente especial Wesley Wanamaker.

Su cara iba a juego con su voz juvenil. Volvió a echar un vistazo a nuestras identificaciones y finalmente se apartó.

Una suite de dos habitaciones, apenas un tono más claro que el color crudo. Un tono ambiguo vestía unas paredes de fácil mantenimiento. Las cortinas de oscurecimiento aniquilaban una vista hacia el Este que Avi Benezra habría apreciado. El aire estaba saturado con olor a pizza y sudor. Una caja de dominó grasienta estaba en un extremo de la mesa.

Un hombre pálido, con pelo canoso, saludó desde un sofá beis fuerte en el centro del salón. De unos sesenta más o menos, estrecho de espaldas, encorvado y con el pelo erizado en la parte posterior del cuello. Vestía un traje negro de cachemira con cuello de pico, pantalones color crema que parecían nuevos, mocasines Gucci negros sin calcetines. Tenía en las manos un vaso con algo naranja. Al acercarnos, le guiñó un ojo a Petra y la misma voz que habíamos oído reclamar nuestra presencia dijo:

– Ya hacía tiempo, chicos. Y chica.

– Realmente mucho tiempo, señor Fortuno -contestó Petra-, como si alguna vez nos hubiéramos conocido.

– Cuando uno está enamorado -dijo Fortuno-, todos son tus amigos.

– Entonces bien, ya que somos todos colegas, estoy segura de que se alegrará de contarnos lo que necesitamos sobre Peterson Whitbread, alias…

El agente especial Wesley Wanamaker dio un paso y se puso entre Petra y Fortuno.

– Antes de llegar más lejos, necesitamos aclarar las reglas. El señor Fortuno es un criminal convicto bajo la custodia del FBI. Como tal, sus movimientos y conversaciones deben ser controlados siempre por el FBI. No está permitida ninguna pregunta sobre investigaciones federales abiertas. Tendrán una hora para hablar con el señor Fortuno sobre los temas aprobados… -Se desabrochó el abrigo, sacó un reloj de bolsillo-. Ya han pasado tres minutos. ¿Entendido?

– Sí, señor -respondió Petra.

Cuando Wanamaker le dio la espalda, Milo dijo entre dientes:

– Gilipollas.

Wanamaker se giró y lo miró a la cara, Milo añadió:

– ídem, agente «W».

– Doctor -dijo Wanamaker-. Necesito que me dé su confirmación explícita también, ya que está de servicio en cumplimiento de la ley por parte de un organismo local.

– Tiene mi confirmación.

– ¿Pero han oído al tipo? -replicó Fortuno-. Se cree un tío importante.

Wanamaker echó hacia atrás el abrigo y dejó al descubierto un arma en su hombro. Echó otro vistazo rápido al reloj.

– Ya han pasado cuatro minutos.

– ¿Podemos empezar? -argumentó Petra.

Wanamaker se apartó. Fortuno se tocó la nariz.

No había ninguna silla a la vista, así que nos quedamos de pie frente a él. Su sonrisa desenfadada se debilitaba por la palidez verdosa de la cárcel. El pelo canoso era fino, echado hacia atrás con gomina, rizado detrás de las orejas. Una barbilla pequeña y afilada, una nariz redonda colorada por el Gin Blossom. Unos ojos entrecerrados hiperactivos del color de las cenizas de un cigarrillo con marcadas ojeras en la piel. Hacía rozar su dedo índice con el pulgar.

Otra vaga sonrisa, estropeada, como de saurio. Un engendro de humano y camaleón en época de celo.

– Señor Fortuno -dijo Petra-, estamos aquí por Peterson Whitbread alias Blaise de Paine. Por favor, díganos todo lo que sepa de él.

– ¿Quién dice que estoy al corriente de algo? -preguntó Fortuno. Entonación plana, de la región central. Tono de énfasis en la palabra «corriente». Como si la acabara de memorizar.

– Usted le recomendó como inquilino para una casa en la avenida Oriole.

– ¿Cuándo fue eso?

– Poco antes de que entrara en la cárcel.

– Chico, mi memoria debe estar oxidándose. -Fortuno señaló la caja de la pizza-. Quizá haya tomado demasiados carbohidratos.

Petra se giró hacia Wanamaker.

– Los temas no federales no quedan dentro de la normativa de conformidad.

– Lo que significa -añadió Milo- que puede tomarnos el pelo mientras usted sigue mirando el reloj.

– Si no va a cooperar, Mario, díganoslo y nos iremos -le aclaró Petra.

Fortuno se puso nervioso. Forzó una sonrisa y dijo:

– Una feminista.

Petra se dio media vuelta. La seguimos.

Cuando llegó a la puerta, Fortuno añadió:

– Facilísimo. Hoy no hay almuerzo gratis.

– Hablar con alguien que tiene de niñera a un federal y en un hotel de cuatro estrellas -refunfuñó Milo.

Wesley Wanamaker frunció el ceño.

– No se inquiete, señorita progresista. No quiero que me inviten a comer, solo un aperitivo, esos hors-d'oeuvre franceses, y no pretendo que sea en el Ivy o The Dome o Hans Rockenwagner. Me encanta ese lugar.

– ¿Otra vez comida? -preguntó Wanamaker-. Ya hemos hablado de eso. Nuestro presupuesto diario está muy ajustado y nadie, a excepción del FBI, está autorizado a…

– No hablo de cocina, «don Poca Imaginación». -Se dirigió a nosotros-. Estos chicos no captan muy bien lo de las metáforas y los símiles.

– Típicamente inglés -apuntó Milo.

– Periodismo -contestó Fortuno-. Escuela Universitaria de Chicago; hice un año, hasta que la perfidia y la falsedad se cruzaron en mi camino.

Petra tocó el pomo de la puerta.

– Estoy hecho polvo, ustedes acaban de llegar.

Petra giró el pomo, sacó un pie al pasillo y Fortuno dijo:

– Déjenme que hable con el loquero.

– La puerta debe permanecer cerrada en todo momento -comentó el agente especial Wanamaker.

– Nada de entrevistas particulares, Mario -dijo Petra.

– ¡Vaya hombre! Otra que se lo toma todo al pie de la letra. ¿Qué les pasa? ¿Lo único que tienen en la cabeza son concursos de la tele y videojuegos?, ¿ya nadie lee a los clásicos? -Sacudió la cabeza-. Venga aquí, querida, no se altere por eso, en realidad soy una persona muy sociable.

– Explosivos y ametralladoras, ¿le suena a sociable?

– Ese tema está fuera de discusión, oficial -protestó el agente especial Wanamaker.

El arresto de Fortuno salió en los periódicos durante semanas.

– Cierre la puerta, oficial.

Petra obedeció, lanzó una mirada profunda y oscura a Fortuno.

– Tiene unos ojos enternecedores maravillosos. No se ofenda, soy una persona paternal y amistosa, nada lascivo. Lo que intento hacer es explicarles que puedo ofrecerles cierta satisfacción con respecto a su asunto. Pero el loquero es el único que puede hacer que me sienta predispuesto.

– Nueve minutos -apuntó Wanamaker.

Petra lo ignoró y se acercó a Fortuno.

– Entonces, ¿es posible que pueda ayudarnos?

– Aún mejor, digamos que es probable.

– ¿Qué es lo que quiere del doctor Delaware?

– Acérquese, querida -dijo Fortuno-. Hablarle desde tan lejos me destroza la garganta. Todos los refrigerantes artificiales del sistema de aire acondicionado resecan los senos nasales, y no me dejan abrir la ventana. Ni las cortinas, vivo como un mandado.

– De todos modos, está nublado -replicó Wanamaker-. Deja de quejarte.

– ¿Cómo sé que puede ayudarnos? -preguntó Petra.

– ¿Qué es lo que ha pasado? -contestó él-. El individuo del que hablamos es un jovencito gamberro sin talento que roba las canciones de otros y las arregla, o como dicen en estos tiempos «las mezcla».

Los tres volvimos a nuestras posiciones originales, frente al sofá.

– Doctor Alexander Delaware -dijo Fortuno-, usted tiene una gran reputación en la calle por ayudar a los niños. Ansiedad, fobia… me gustó aquel artículo que publicó sobre los problemas para dormir. Podía haberlo utilizado con algunos de los míos, tengo ocho. De cinco mujeres, pero eso es otra historia. Journal of Nervous and Mental Disease, en julio, hace cinco años. ¿Me engaña mi memoria?

Le habían dado mi nombre a los federales unas horas antes. Fortuno se las había arreglado para conseguir información sobre mí.

– ¿Qué puedo hacer por usted? -pregunté.

– Uno de mis hijos, el más joven, Philip, de seis años. Tranquilo, un niño muy tranquilo, ¿sabe a qué me refiero?

– ¿Tímido?

– Eso también. Sumamente tranquilo. Se sienta y dibuja, no sale a jugar, no le gustan los deportes. Su madre es joven, no tiene mucha experiencia como madre. Con Philip es demasiado incauta. Está malcriándolo por completo. Antes iba a una escuela privada, pero ahora está en una pública, debido a que ahora estoy económicamente afectado. ¿Estoy siendo lo suficientemente claro?

– Philip tiene problemas en la escuela nueva.

– Los otros niños no parecen tenerle aprecio. En la escuela pública, tienes a algunos granujillas que van de duros. Un niño fuerte, con capacidad de recuperación, podría arreglárselas. Pero Philip, con lo tranquilo que es, no se las arregla tan bien. Si yo estuviera allí, quizá pudiera ayudarlo, pero no estoy allí y eso me causa un gran pesar. Su madre me ha contado que Philip vuelve a casa llorando. A veces no duerme bien. -Se aclaró la garganta-. Y ha empezado a tener… «accidentes». Número uno y número dos. Lo que no aumenta precisamente su popularidad entre su grupo de coetáneos. Y como yo estoy lejos de casa, me siento en parte culpable por todo esto. Luego me entero de que viene a visitarme y ¡quién lo iba a decir!, siento una gran adoración por Santa Ana, que me ha enviado a alguien para que me ayude con el problema.

– Me encantará ver a Philip.

– Como le he dicho, mis fuentes de ingresos son limitadas. Sin embargo, creo que esto cambiará dentro de algún tiempo futuro y cuando ese momento llegue, le recompensaré de muy buen gusto.

– Entiendo.

Fortuno dio unas palmadas, como si estuviera llamando a un sirviente.

– Excelente. ¿Cuándo verá a Philip?

– Dígale a su madre que me llame.

– Lo hará. Viven en Santa Barbara.

– Eso está a ciento cuarenta y cinco kilómetros. Quizá lo mejor sea que le recomiende a alguien del lugar.

Fortuno apretó los labios y cerró tanto los ojos que parecían dos líneas negras.

– Quizá no.

– Es un viaje demasiado largo para su hijo y…

– Usted conducirá hasta donde esté Philip -afirmó-. Cuando me encuentre en la posición adecuada, le compensaré por la gasolina y por su tiempo. De su casa directo a la mía, como hacen los abogados. Como yo hacía antes. No me refiero a un psicoanálisis a largo plazo freudiano o junguiano. Una visita, quizá dos, tres o cuatro… una consulta. En uno de esos artículos que escribió, usted decía que en muchas ocasiones la terapia para niños puede realizarse a corto plazo. Journal of Clinical and Consulting.

– No puedo garantizarlo en todos los casos, señor Fortuno.

– No le pido una garantía, doctor Delaware. Dos sesiones, quizás tres, cuatro. Después, si cree que las necesidades de Philip serían mejor atendidas por un experto de la zona, lo aceptaré. Pero quiero que usted empiece a hacer rodar la pelota, doctor Delaware. Encuéntrese con mi hijo cara a cara y cuénteme los detalles. Es un niño muy tranquilo.

– De acuerdo -contesté.

Otra palmada.

– Excelente. ¿Cuándo?

– Dígale a su madre que me llame.

– Deme algo más concreto. -Era una orden, no una petición. Se sentó derecho, animado por la sensación de control.

– Dígale que me llame y le prometo que conduciré hasta allí y veré a Philip tan pronto como pueda -insistí-. Usted ha hecho lo que podía, el resto depende de ella.

Fortuno respiró profundamente.

– Le llamará pronto. Quizá Philip pueda venir a visitarle a esa bonita casa blanca. Y verá esos bonitos pececitos en el estanque.

Sentí como se me ponía un nudo en la garganta.

– Me alegraré de poder enseñárselos.

– Basta de asuntos personales.

Capítulo 28

– Blaise de Paine -dijo Mario Fortuno-. Un tío corrompido.

– ¿Cómo?

– No apruebo el robo, pero… -Se aclaró la garganta-. A lo largo de mis años de profesión, me he visto obligado a tratar con individuos de dudosa moralidad. Un poco como les pasa a ustedes, detectives. A usted también -dirigiéndose a mí-, debido al largo tiempo que lleva colaborando para el cumplimiento de la ley. Mi hijo Philip será un soplo de aire fresco para usted.

– ¿Qué negocios le relacionaban con De Paine? -preguntó Petra.

– Su profesión, tal y como es, lo sitúa en varias discotecas y similares. En algunos de esos locales nocturnos existen lo que suelen llamar salones vip, allí las inhibiciones se relajan, sin dejar de mencionar los aseos equipados con mirillas y cámaras ocultas por individuos de dudosa ética.

– Le vendió fotos incriminatorias de algunos famosos.

– Tenga cuidado -advirtió Wanamaker.

– Wesley, le debo algo a esta buena gente.

– Tenga cuidado.

Fortuno suspiró.

– Hilando fino, lo que creo que puedo contarles dentro de lo que el agente especial Wesley me permite es que el señor De Paine se vio en posesión de datos relativos a varios tipos que me interesaban por razones que no puedo explicarles ni les explicaré.

– ¿También vendía droga? -preguntó Petra.

Fortuno miró a Wanamaker. El agente permaneció en silencio.

– De hacerlo, no me sorprendería. Sin embargo, no tengo constancia propia de tales transacciones y, además, sentía una aversión extrema por las sustancias tóxicas porque no permiten oxidificar el cuerpo. -Levantó el zumo de naranja-. Vitamina C.

– ¿Con qué sustancias comerciaba De Paine?

– Yo definiría sus actividades como… eclécticas.

– ¿Heroína?

– No me sorprendería.

– ¿Cocaína?

– La misma respuesta.

– ¿Éxtasis?

– Detective Connor -replicó Fortuno-. El jovencito era un tipo con iniciativa. Una clase de persona con la que seguro ambos estamos familiarizados.

– ¿Qué le dio a De Paine por su información? -preguntó Petra.

– No, no. -Wanamaker movió un dedo.

– ¿Le dio a cambio datos personales para narcóticos?

– Cambie de tema, detective -declaró Wanamaker.

Las mejillas de Fortuno temblaron.

– Wesley, desde que mantengo esta estrecha relación contigo, con tus colegas y con tus superiores, ¿ha habido alguien, una sola persona, que haya obtenido una sola prueba que sugiera que estoy relacionado activamente en temas de narcóticos, aparte de ayudar a los hijos de algunos clientes a desengancharse y sentar la cabeza?

Wanamaker miró el reloj.

– ¿Cuánto tiempo estuvieron usted y De Paine haciendo negocios? -preguntó Petra.

– Una temporada.

– ¿Meses o años?

– Lo último.

– ¿Cuántos años?

– Tendría que comprobar mis archivos.

– Haga una aproximación, arriésguese.

– Cinco es un número lo suficientemente redondo.

– ¿Qué hay de Robert Fisk?

– ¿Quién es ese, detective?

– Un asociado reconocido de De Paine. -Petra le enseñó el retrato.

– Parece una persona extremamente rencorosa. Ojos llenos de maldad… ¿era este el tío que hacía el trabajo sucio de De Paine?

– ¿Por qué me pregunta eso?

– Porque De Paine era un mariquita que evitaba cualquier confrontación y porque no creo que pierdan su valioso tiempo para visitarme por un hurto menor.

– No conoce a Fisk.

– Nunca he oído hablar de él, nunca antes le había visto.

– ¿Y qué hay de Moses Grant? -Mostró la foto de la DMV.

– Esta persona -dijo Fortuno-, la vi en compañía de De Paine. Creo que De Paine lo llamaba su «pinchadiscos». Otro presunto músico conocido. Si usted llama a eso música.

– ¿A eso?

– En tiempos menos avanzados, a eso se le habría llamado ritmos de la jungla. Siendo como soy de Chicago, Sinatra es más mi estilo.

– Sinatra era de Nueva Jersey.

– Su música es más valorada en Chicago.

– Hábleme de Moses Grant.

– Lo vi en compañía de De Paine varias veces, tres o cuatro. Nunca hablaba en mi presencia. Me parecía su lacayo. Creo que lo vi conduciendo el coche del señor De Paine.

– ¿Qué tipo de vehículo era?

– Eran dos vehículos, para ser más exactos. Uno de esos coches que consumen una barbaridad, un Hummer, y un Lexus sedán. El Lexus pertenece a la madre del señor De Paine.

– Mary Whitbread.

Fortuno dio un chasquido con la lengua.

– ¿Qué es lo que le resulta gracioso? -dijo Petra.

– Cómo ha conseguido que todos la conozcan por ese nombre.

– La conoce.

– Eso -admitió Fortuno- es toda una historia.

– Tenemos tiempo.

– Cuarenta y un minutos, para ser exactos -intervino Wanamaker.

Fortuno se quitó un mocasín, metió un dedo entre los dedos del pie, lo hundió y se rascó, había algo que parecía preocuparle.

– Mary Whitbread -repitió Petra.

– Su nombre de cuna es Maria Baker. Su ciudad natal es Chicago.

– Crecimos en diferentes vecindarios. Conocí a Maria cuando yo trabajaba como agente de la ley.

– ¿Era policía?

– Pretendía llegar a serlo. Pero en poco tiempo toda la perfidia y corrupción me… No se ofendan, señores gendarmes, pero Chicago era apenas una ciudad en aquellos tiempos y a veces era difícil distinguir a los malos de los buenos.

– ¿Qué tipo de colaboración tenía con la Policía?

– Hice algún trabajillo de asesoramiento en temas de seguridad para varios políticos. De forma ocasional tuve que colaborar con sus homólogos de la Ciudad del Viento, debido a mi familiaridad con ciertos individuos de ascendencia italiana…

– No, no -dijo Wanamaker.

– Wesley -protestó Fortuno-, llega un punto en el que deben aprender a confiar un poco en los demás. No tengo ninguna intención de romper nuestro trato por la simple razón de que lo que más me conviene es no hacerlo. Los hechos que interesan a la detective Connor son anteriores a cualquiera de los asuntos que le conciernen y solo estoy dándole información del contexto.

– Désela de algún otro modo.

Fortuno cerró los labios, masticó un chicle rosa pálido.

– Conocí a Maria Baker hará unos treinta años.

– ¿Dónde?

– Si mal no recuerdo la primera vez fue en el club llamado The Hi Hat. Maria bailaba allí, así como en otros locales nocturnos. -Sonrisa de cocodrilo-. Sin ropa. The Hat y algunos otros pertenecían a varios tipos de… cierta ascendencia mediterránea. De vez en cuando, Maria tenía un lío romanticón con algunos de ellos, así como con otros individuos.

– ¿Otros?

– Cómicos, músicos y gentuza variada. -Fortuno sonrió-. Maria era más bien… una chica fácil. Por desgracia, llegó un día en el que uno de esos individuos de una cierta ascendencia falleció en circunstancias poco naturales y Maria Baker estaba preocupada por su propia seguridad. Yo acababa de mudarme a Los Ángeles y dada mi asociación con las fuerzas de la ley en ambas ciudades no me era difícil facilitarle su traslado a la ciudad. Maria se adaptó bien al clima. Desde el punto de vista meteorológico y profesional.

– Su profesión era el estriptis.

– Así como otros aspectos que abarcan los espectáculos.

– Se hizo profesional de selección de artistas -apuntó Milo.

Fortuno comenzó a desternillarse de risa.

– ¿Qué le resulta tan gracioso? -preguntó Petra.

– ¿Quién le dijo eso?

– Ella.

– María, María -ironizó Fortuno y tarareó unos compases de la melodía de West Side Story-. Eso sí que era música, Leonard Bernstein… Detectives, lo más parecido a la selección de artistas que ha hecho alguna vez Maria Baker es quitarse la ropa para caballeros en Canoga Park.

– ¿Actriz porno?

– Estoy seguro de que ninguno de nosotros es un devoto del género -respondió Fortuno-. Sin embargo, todos sabemos que el Hollywood auténtico está en Canoga Park.

– ¿Mary Whitbread era su nombre artístico? No suena muy sexi.

– Ese género se basa en los clichés, detective. O antes lo hacía, cuando los productos que se exhibían en los teatros y cines eran considerados esenciales. Uno de los elementos habituales es el de la inocente sirvienta viciosilla. Uno de sus más que conocidos éxitos fue un largometraje llamado Losing her Innocence. El argumento de la historia estaba trillado, pero seguía dando resultado. Una camarera de la época victoriana viaja a Londres y es seducida por caballeros, duques y demás nobleza.

– La camarera era Mary Whitbread.

– Hace treinta años -apuntó Fortuno-, tenía el aspecto de una «vecinita alegre». El director pensó que era tan perfecta que utilizó su nombre real como base para su nombre artístico.

– Baker se convirtió en Whitbread.

Fortuno cerró los ojos.

– La esencia de una pureza victoriana de grandes ojos. Aunque sus orificios estaban más que explorados.

– ¿Quién era el director?

– Un caballero llamado Salvatore Grasso. Fallecido.

– ¿En circunstancias poco naturales?

– Si considera poco natural un derrame cerebral…

– Una pureza victoriana de grandes ojos -repitió Milo-. Es usted un admirador de su trabajo.

– Al contrario, teniente Sturgis. Me aburre -contestó, entrecerrando los párpados-. Como creo que también le aburre a usted.

– ¿Su relación con Mary se convirtió alguna vez en algo personal?

– Conmigo -contestó- todo es personal. -Le dio la espalda a Milo y miró de frente a Petra de forma lasciva-. ¿Que si me la follé?

Petra no tuvo la menor reacción.

– La respuesta es sí. Me la follé. Me la follé como me dio la gana, por todos los lados y en numerosas ocasiones. Eso no me convierte en miembro de un selecto club. Tampoco era una relación sentimental.

– Sexo casual.

– Querida, su generación no lo inventó.

– Hablemos de esa relación.

– Lo acabo de hacer.

– La ayudó a mudarse a Los Ángeles, la ayudó a entrar en el cine porno y probó usted mismo la mercancía.

– Yo no la ayudé a entrar en el porno. La presenté a varios individuos. Y que yo probara la mercancía fue con mutuo consentimiento.

– Blaise de Paine tiene veintiocho años. Lo conoce desde que nació.

– Lo conozco.

– ¿Qué puede contarnos de él?

– Nada más de lo que les he contado.

– ¿Cómo es la relación entre De Paine y su madre?

– Como es cualquier relación.

– ¿No se llevan bien?

– Puede que Mary se considere una madre maravillosa.

– ¿No lo es?

– Las actrices -respondió Fortuno-, creen que son el centro del mundo.

– ¿Quién es su padre?

Fortuno levantó las palmas de las manos.

– ¿Hay algo más que no sepa? -argumentó Petra.

– Hay muchas, muchas cosas que no sé, detective Connor. En este caso, la paternidad sería difícil de determinar. Como les he dicho, Mary era ecléctica.

– ¿Era?

– Hace tiempo que no mantengo contacto con ella.

– ¿Por qué?

– Perdió el interés por sus relaciones como cortesana y encontró una pasión sustitutiva.

– ¿Cuál?

– El sector inmobiliario. Ahora es propietaria de varios edificios, recauda el alquiler, cree que le da un aire de nobleza.

– ¿Cómo consiguió el dinero para comprar los edificios?

– Con la profesión más antigua del mundo -contestó Fortuno-, follando.

– ¿Con alguna persona en particular?

– Justo lo contrario.

– ¿Qué tal algunos nombres de sus benefactores?

– ¿Qué tal no? -interfirió Wanamaker.

– No nos importa ninguno de los desgraciados a los que va a delatar, a menos que hayan estado involucrados en el asesinato -dijo Petra.

– ¿Qué asesinato? -preguntó Fortuno.

– Un hombre llamado Lester Jordan.

Fortuno no reaccionó, pero parecía que le costaba no alterarse.

– No lo conozco -añadió.

– ¿Está seguro de eso?

– No puedo estar seguro.

– ¡Hombre! -exclamó Petra-. Aquí nos tiene, pensando que era usted la enciclopedia personalizada y mire cuántas lagunas en su base de datos.

Fortuno volvió a tocarse la nariz. Se la frotó con afán.

– La vida -comentó- a veces es decepcionante.

– ¿Con quién más solía andar De Paine?

– No me fijo con quienes solía relacionarse un gamberro como él.

– No le gustaba.

– No tenía…

– Código moral, lo sé -declaró Petra-. Al contrario que todos sus demás clientes y vendedores.

– La información es poder, detective. Yo ofrezco un servicio legítimo.

– El Gobierno Federal parece creer algo diferente.

Wanamaker se aclaró la garganta.

– De Paine destrozó la casa que le había alquilado al señor Benezra y dejó a deber varios meses de alquiler -mencionó Petra.

– Eso no me sorprende.

– ¿Usted sabía que era un tipo de moral baja, pero le dio buenas referencias?

– El señor Benezra me pidió que lo ayudara a encontrar un inquilino para poco tiempo en una propiedad hecha pedazos, ya que pensaba demolerla de inmediato. Dio la coincidencia que había estado hablando con Mary y dio la coincidencia de que me había comentado que su hijo estaba buscando un alojamiento.

– ¿A pesar de que llevaba tiempo sin verla?

– Me llamó.

– ¿Por qué?

– Para que ayudara a su hijo a encontrar un alojamiento.

– ¿Dónde estaba viviendo entonces?

– Eso no me lo dijo.

– Mary Whitbread es propietaria de varias fincas -dijo Petra-. ¿Por qué su hijo necesitaba buscar un alojamiento?

– Mejor se lo preguntan a ella.

– ¿No le quería cerca?

– Eso es bastante posible -respondió Fortuno.

– Le había causado problemas.

– No estoy al corriente de los detalles, pero les vuelvo a decir, eso mejor…

– La idea de que De Paine esté involucrado en un asesinato no le sorprende.

– No es tan fácil escandalizarme, detective.

– ¿Dónde vivió De Paine cuando abandonó la casa de la avenida Oriole?

Movimiento largo y lento de la cabeza. Algunos cabellos canosos se soltaron y Fortuno los aprisionó de nuevo en su sitio.

– Les he dicho todo lo que sé.

Petra esperó.

Fortuno bebió del vaso con zumo de naranja.

Wanamaker cogió su reloj de bolsillo.

– Lo sé, la cara y cruz de la burocracia -añadió Petra-. Se dirigió a Fortuno. Cuéntenos algo más sobre Blaise de Paine.

Fortuno se acabó el zumo de naranja, se secó el labio con la parte de atrás de la manga. Luego secó la manga en el sofá y dejó algo de pulpa pegada en un cojín.

– Si fuera uno de nosotros, Mario, ¿dónde lo buscaría?

– Mmm… -dudó Fortuno-. Yo le diría cherchez la femme. Lo que en francés significaría que, detrás de cada hombre, hay una mujer inteligente. En este caso, la mamma.

– Políglota -comentó Milo.

– A las mujeres les gusta mi habilidad con el lenguaje, teniente. No creo que estas cosas le preocupen. Wesley, creo que es hora de cenar. Doctor Delaware, cuando vea a Philip, dígale que su padre le quiere.

Capítulo 29

Nos sentamos en el bar del hotel y nos tomamos unas Coca-Colas.

– Un tipo tranquilo -dijo Milo-. Fortuno está preocupado por si su hijo es gay.

– ¿Eso era lo que quería decir? -preguntó Petra.

Su respuesta fue una sonrisa disimulada.

– Gracias por aceptar ver a su hijo, Alex -añadió Petra.

– Santa Barbara es bonita en esta época del año.

– El señor «Información Privilegiada» finalmente no nos ha dicho mucho, aparte de que la madre de De Paine era una chica a la que le gusta el sector inmobiliario. Algo que no es muy raro en Los Ángeles. ¿Cómo es la señora Whitbread?

– Amigable, coqueta, buen aspecto en general -respondió Milo.

– Su hijo vende fotografías escabrosas. Ella las protagoniza -dije.

– ¡Bienvenidos al mundo de Freud!

– De Paine vino de visita cuando estábamos allí, así que sigue habiendo algún tipo de relación. Fortuno tiene razón: vigilémosla y puede que nos conduzca hasta él.

– El día que hablamos con ella, De Paine estaba justo ante nuestros ojos -comentó Milo, arrugando el rostro.

Petra se bajó las gafas.

– Todo lo que oímos sobre este tío acaba volviéndose desagradable. Pero no es el sospechoso oficial del asesinato de Jordan, así que no tengo modo de poder pinchar la línea telefónica de su madre, ¡dónde está Fortuno cuando lo necesitamos! Respecto a la vigilancia, la calle Cuarta es bastante tranquila, respetable y relativamente normal. No es el sitio ideal para una operación de vigilancia. ¿Alguna idea?

– De noche sería más fácil -apuntó Milo.

– Cierto… de acuerdo. Hablaré con Raul.

– Fortuno nos ha confirmado que Mary se metió en el mundo inmobiliario con la ayuda de algunos novios ricos. Sabemos que Myron Bedard le vendió cuatro edificios, incluyendo los dos dúplex en la calle Cuarta. Lo que confirma nuestras sospechas de que era su amante. También respalda nuestra teoría de que De Paine conoció a Lester Jordan por medio de Bedard. Estoy segura de que lo que asustó a Patty ocurrió durante los meses que vivió en la calle Cuarta.

– Mary y su hijo acompañaban a Myron cuando este iba a cobrar a sus inquilinos en Cherokee. ¿El chaval coincide con Jordan y ve una oportunidad? -teorizó Milo.

– De uno u otro modo -continuó Petra-, no he tenido suerte en lo de encontrar a Myron Bedard. O a alguna otra persona, que nos sirva. ¿Por qué será que tengo un acuciante presentimiento de que Fortuno ha estado jugando con nosotros?

– Jugó conmigo para que aceptara comenzar una terapia con su hijo -contesté-. Quizá realmente le preocupe su hijo, pero lo que necesitaba era, sobre todo, sentir que tenía el control. Lo que me ha parecido interesante es que se andaba por las ramas en todos los temas de los que le hablabas excepto en Mary Whitbread.

– Tienes razón, no ha tenido ningún problema en proporcionar todo tipo de detalles al respecto. Inclusive por dónde se lo hacía. Pero, ¿no será otra estrategia?

– Le guarda rencor. O como mínimo le trae sin cuidado lo que pueda pasarle a ella o a su hijo. Si supiese más, nos lo habría contado.

– Fotos escabrosas a cambio de droga -añadió Petra.

Sonó una música tenue en su bolso y sacó un móvil con las ocho primeras notas de Time after time.

– Connor. Hola Raul, ¿qué…? Estás bromeando. Dame la dirección. Estaré ahí en treinta o cuarenta minutos.

Colgó y se puso de pie.

– Ha aparecido Moses Grant.

– Excelente -dijo Milo.

– En realidad, no.

***

El escenario del crimen está al cargo de la Policía, pero el cuerpo le pertenece al juez de instrucción.

Los tres permanecimos de pie lejos del escenario, a un lado de la luz blanca de los focos, mientras una investigadora llamada Sally Johanson, bajo el mando del juez de instrucción, se enfundaba los guantes y manejaba el cuerpo enorme de Moses Grant para ponerlo boca arriba. Dos detectives de la División Central llamados David Saunders y Kevin Bouleau esperaban de pie cerca. Los dos eran negros, treinta y pocos, vestidos con trajes oscuros con un buen corte.

Uno o dos metros más lejos, Raul Biro, con una americana en espiguilla y pantalones grises, examinaba el escenario.

Por tercera vez, Johanson intentaba obtener una vista frontal sin éxito.

Grant había sido abandonado cerca de la 110 dirección norte, justo por encima de Chinatown; los coches pasaban zumbando a apenas unos metros. El cálculo era de uno o dos días por la descomposición y por cómo se había hinchado. A pesar de que era un espacio abierto, el olor era inconfundible y se adhería a mis senos nasales, como suele pasar.

Sally Johanson hizo un gesto de dolor.

– ¡Dios mío! ¡Mi espalda! Se movió para pedir ayuda. Los dos conductores de la ambulancia que habían llegado junto con el coche blanco se enfundaron los guantes y los tres juntos acabaron de darle la vuelta.

El chándal de terciopelo verde salvia de Grant combinaba con los arbustos y los eucaliptos jóvenes. Los miembros de una brigada de limpieza de matorrales de la cárcel del condado lo habían encontrado. Ya se habían ido, conducidos de vuelta a la comodidad de la cárcel. La rampa estaba bloqueada por un coche patrulla, pero la autopista seguía abierta y el rugido de los autos era constante.

– Una aquí -dijo Johanson, apuntando a una herida pequeña, pero limpia en la frente de Grant. Sus manos se movieron hacia la turgencia del torso de Grant-. Dos, tres, cuatro, cinco… y una aquí. -Indicando un desgarrón en el terciopelo justo en el centro de la ingle-. Alguien odiaba a este pobre desgraciado.

– ¿Heridas de defensa? -preguntó Petra.

– No, nada. -Comprobó Johanson.

– El que le disparó le miraba de frente y él le dejó hacerlo -apuntó Milo.

– Cualquier persona que le disparara debía ser más baja que Grant -añadió David Saunders. El disparo en la entrepierna o el de las abdominales podrían haber sido los primeros. Grant cayó y el asesino siguió disparando.

– Un tiro en la entrepierna me hace pensar en un ajuste de cuentas -dijo Kevin Bouleau-. ¿Se buscó problemas con algún marido?

– No que nosotros sepamos -respondió Petra.