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Remolcando a Jehová

James Morrow

Remolcando a Jehova es el tipo de libro que haría que Morrow fuera lapidado en un país menos secular. Su estilo satírico es comparable al de Jonathan Swift ya que es capaz de recrear la comedia mas elevada y baja a la vez. Entre sus objetivos se incluyen la Iglesia Católica, la comida rápida, los fabricantes de condones, el racionalismo pesimista, las compañías petrolíferas… Reírse de los Cuartos de Libra con Queso de McDonald’s o la interpretación de Charlton Heston de Moisés es sencillo; pero llegar hasta las consecuencias filosóficas y psicológicas de! descubrimiento del cuerpo de Dios es algo más complicado y Morrow salda con igual brillantez ambas tareas.

James Morrow

Remolcando a Jehová

Hemos dejado tierra y nos hemos embarcado. Hemos quemado los puentes que dejábamos atrás; no sólo eso, hemos ido aún más lejos y hemos destruido la tierra que dejábamos atrás. ¡Ahora, barquito, ten cuidado! A tu lado está el océano: no siempre ruge, por supuesto, y a veces se extiende como seda y oro y ensueños elegantes. ¡Pero llegarán las horas en que te des cuenta de que es infinito y de que no hay nada más impresionante que el infinito! ¡Oh, el pobre pájaro que se sentía libre y que ahora golpea la pared de su jaula! Ay de ti, cuando sientas nostalgia por la tierra, como si ésta hubiera ofrecido más libertad, y no haya ninguna «tierra».

—Friedrich Nietzsche, «En el horizonte del infinito», La gaya ciencia

Y añadió Yavé: «He aquí… retiraré mi mano, y me verás las espaldas, pero mi faz no la verás».

—Éxodo, 33, 23

A la memoria de mi suegro, Albert L. Pierce

AGRADECIMIENTOS

Tengo una deuda especial con mi amigo marinero preferente Gigi Marino, un escritor espléndido que me ha enseñado todo lo que quería saber sobre los petroleros. La perspicacia de mi editor, John Radziewicz, fue igual de valiosa, como lo fue el apoyo de mi agente, Merrilee Heifetz. A lo largo de todo el proceso de composición, he mantenido contacto directo con muchos amigos, colegas y familiares mientras trataba de descubrir sus reacciones a escenas determinadas además de su opinión general sobre la teotanatología. Cada una de las siguientes personas sabrá cuáles son las razones especiales por las que les estoy agradecido: Joe Adamson, Linda Barnes, Deborah Beale, Lynn Crosson, Shira Daemon, Sean Develin, Travis DiNicola, Daniel Dubner, Margaret Duda, Gregory Feeley, Justin Fielding, Robert Hatten, Michael Kandel, Glenn Morrow, Jean Morrow, Elisabeth Rose, Joe Schall, Peter Schneeman, el Dr. Alexander Smith, Kathryn Smith, James Stevens-Arce y Judith Van Herik. Y, por último, un agradecimiento caluroso al Congreso de Escritores de Sycamore Hill por mejorar la Eucaristía.

PRIMERA PARTE

Ángel

La extrañeza irreducible del universo se le puso de manifiesto por primera vez a Anthony Van Horne el día en que cumplió cincuenta años, cuando un ángel abatido llamado Rafael, un ser con alas blancas y luminosas y un halo que se encendía y se apagaba como un aro de neón, apareció y le habló de los días venideros.

Aquel año, 1992, los domingos de Anthony eran siempre iguales. A las cuatro de la tarde bajaba a la red del metro de Nueva York, cogía el tren A en dirección al norte hasta la calle 190, caminaba por las colinas rocosas del parque Fort Tryon y, tras mezclarse con los turistas, entraba en el simulacro de monasterio europeo conocido como el Claustro y se escondía detrás del altar de la capilla Fuentidueña. Allí esperaba, aguantándose la respiración y soportando la migraña, hasta que la muchedumbre se iba a casa.

El vigilante del primer turno, un jamaicano larguirucho que cojeaba, siempre hacía las rondas religiosamente, pero por norma general otro guardia empezaba el turno a medianoche: un estudiante escuálido de la Universidad de Nueva York que no hacía ninguna ronda, sino que entraba en la Sala de los Tapices del Unicornio con una mochila de nailon de color aguamarina repleta de libros de texto. Después de sentarse en el frío suelo de piedra, el estudiante encendía su linterna y se ponía a estudiar minuciosamente la Anatomía de Gray, repitiendo sin parar las partes del cuerpo humano.

Gluteus medius, gluteus medius, gluteus medius —salmodiaba en el recinto sagrado—. Rectus femoris, rectus femoris, rectus femoris.

Aquella medianoche en concreto, Anthony siguió su procedimiento habitual. Salió sigilosamente de detrás del altar de Fuentidueña, comprobó lo que hacía el estudiante (concentrado en su trabajo, estudiando las fisuras y los surcos del hemisferio cerebral izquierdo), luego avanzó por una arcada de columnas románicas coronadas por gárgolas que gruñían y bajó por un camino enlosado hasta la fuente de mármol que manaba agua a borbotones y que dominaba el claustro descubierto de Saint-Michel-de-Cuxa. Tras meter la mano en sus chinos recién lavados, Anthony sacó una caja de plástico translúcido y la puso en el suelo. Se quitó los pantalones, luego se sacó el jersey de algodón blanco, la camiseta inmaculada, los calzoncillos impecables, los zapatos lustrados y los calcetines limpios. Al final se quedó desnudo en la noche caliente, la piel bruñida por una luna naranja que flotaba por el cielo como una enorme calabaza en órbita.

Sulcus frontalis superior, sulcus frontalis superior, sulcus frontalis superior —decía el estudiante.

Anthony recogió la caja de plástico, la destapó y sacó una pastilla de jabón con forma de huevo. Con el jabón apretado contra el pecho, se inclinó hacia la fuente de Cuxa. En el estanque dorado se vio: la nariz rota, los ojos cansados y hundidos en ciénagas de carne, la frente alta erosionada por la espuma del mar y endurecida por el sol ecuatorial, la barba gris enmarañada que se extendía por la mandíbula alargada. Se enjabonó, dejó que la pastilla se le deslizara por los brazos y por el pecho como un trineo y la atrapó antes de que alcanzara las losas.

Sulcus praecentralis, sulcus praecentralis, sulcus praecentralis…

«Jabón de marfil», pensó Anthony mientras se enjuagaba, Procter and Gamble en su forma más pura. En ese momento exacto se sintió limpio, aunque sabía que el petróleo volvería a aparecer al día siguiente. El petróleo siempre volvía. Pues ¿qué jabón podía quitar la infinidad de litros negros que se habían vertido del casco agrietado del vapor Carpco Valparaíso, qué calibre de pureza podía borrar aquella mancha en particular?

Durante los meses fríos, Anthony había tenido una toalla de baño turco a mano, pero ahora estaban a mediados de junio —el primer día del verano, de hecho—, y le bastaría correr un poco por el museo para secarse. De modo que se puso los calzoncillos y empezó a correr. Pasó junto a la Sala Capitular Pontaut… la Sala de los Tapices de los Nueve Héroes… el Salón Robert Campin con su Anunciación hogareña: el ángel Gabriel informando a la virgen María de las intenciones de Dios, mientras ella está sentada en el salón burgués de los mecenas del artista, rodeada de pruebas de su inocencia (azucenas frescas, vela blanca, tetera de cobre reluciente).

En la entrada de la Capilla Langon, debajo de un arco redondeado, situado sobre dinteles tallados con acantos en flor, un hombre de unos sesenta años con una túnica blanca suelta lloraba.

—No —gemía, sus sollozos débiles y líquidos resonaban contra la piedra caliza—. No…

Si no fuera por las alas del hombre, Anthony podría haber supuesto que el intruso era un penitente como él. Sin embargo, ahí estaban, enormes y fosforescentes, surgían de los omóplatos con toda su improbabilidad emplumada.

—No…

El hombre resplandeciente levantó la vista. Un halo flotaba sobre su cabello blanco como la nieve, destellando con una luz rojo brillante: se encendía y se apagaba, se encendía y se apagaba. Tenía los ojos legañosos e hinchados. Gotitas plateadas le caían de los conductos lacrimales como gotas de mercurio líquido.

—Buenas noches —dijo el intruso, que respiraba convulsivamente. Se puso la mano en la mejilla y, como un papel secante apretado sobre una carta de una tristeza infinita, la palma absorbió las lágrimas—. Buenas noches y feliz cumpleaños, capitán Van Horne.

—¿Me conoce?

—Éste no es un encuentro casual. —El intruso tenía la voz temblorosa y fragmentada, como si estuviera hablando a través de las aspas de un ventilador en marcha—. Los ángeles conocemos bien tu programa: estas visitas secretas a la fuente, estas abluciones a escondidas…

—¿Angeles?

—Llámame Rafael —el intruso carraspeó—. Rafael Azarías. —Su piel, de un amarillo que aspiraba a ser dorado, brillaba a la luz de la luna como un sextante de latón. Olía a todas las maravillas suculentas que Anthony había probado en sus viajes, a papayas y a mangos, a guanábanas y a tamarindos, a guayabas y a guinepes—. Ya que soy, en efecto, el célebre arcángel que venció al demonio Asmodeo.

Un hombre alado. Con una túnica, con un halo, con delirios de divinidad: otro lunático de Nueva York, se figuró Anthony. No obstante, no opuso resistencia cuando el ángel extendió la mano, le rodeó la muñeca con cinco dedos gélidos y le volvió a llevar a la fuente de Cuxa.

—¿Crees que soy un impostor? —preguntó Rafael.

—Bueno…

—Sé sincero.

—Por supuesto que creo que es un impostor.

—Observa.

El ángel se arrancó una pluma del ala izquierda y la lanzó al estanque. Para el asombro de Anthony, un rostro humano conocido apareció bajo las aguas, reflejado con el tipo de profundidad artificial que asociaba con los cómics de tres dimensiones.

—Tu padre es un gran marino —dijo el ángel—. Si no estuviera jubilado, tal vez le habríamos elegido a él en vez de a ti.

Anthony se estremeció. Sí, era realmente él, Christopher Van Horne, el guapo y gallardo capitán del Amoco Caracas, del Exxon Fairbanks y de muchos otros barcos clásicos. —La frente muy erguida, los pómulos altos, la melena vaporosa de cabello gris perla—. JOHN VAN HORNE, decía su certificado de nacimiento, aunque al cumplir los veintiuno se había cambiado el nombre en homenaje a su mentor espiritual, Cristóbal Colón.

—Es un gran marino —afirmó Anthony. Tiró un guijarro al estanque, que transformó la cara de su padre en una serie de círculos concéntricos. ¿Era un sueño? ¿Un aura de la migraña?—. ¿Le habrían elegido para qué?

—Para el viaje más importante de la historia de la humanidad.

A medida que las aguas se fueron calmando, apareció otro rostro: delgado, tenso y aguileño, posado sobre el alzacuello blanco y tieso de un sacerdote católico.

—El padre Thomas Ockham —explicó el ángel—. Trabaja en el Bronx, en la Universidad de Fordham, dando clases de física de partículas y cosmología de vanguardia.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

—Nuestro Creador mutuo ha fallecido —dijo Rafael con un suspiro compuesto de dolor, agotamiento y pena profunda.

—¿Qué?

—Dios ha muerto.

Anthony dio un paso involuntario hacia atrás.

—Eso es una locura.

—Murió y cayó al mar —Rafael le sujetó con los dedos fríos la sirena que Anthony llevaba tatuada en el antebrazo desnudo y le acercó bruscamente—. Escucha atentamente, capitán Van Horne. Vas a recuperar tu barco.

Había un barco, un superpetrolero que medía cuatro campos de fútbol de largo, el orgullo de la flota de la Compañía Caribeña de Petróleo, con Anthony Van Horne al mando. Debería haber sido un viaje de rutina para el Carpco Valparaíso, un viaje de medianoche sin complicaciones desde Port Lavaca, espita del Oleoducto Trans-Texas, a través del Golfo y hacia el norte hasta las ciudades de la costa sedientas de petróleo. La marea era favorable, el cielo estaba claro y el práctico de puerto, Rodrigo López, acababa de guiarles por el estrecho de Nueces sin un rasguño.

—Hoy no chocará contra ningún iceberg —había bromeado López—, pero tenga cuidado con los traficantes de drogas, navegan peor que los griegos. —El práctico señaló con el dedo índice una mancha borrosa en la pantalla del radar de doce millas—. Eso podría ser uno.

Cuando López bajó a su lancha y salió para Port Lavaca, a Anthony le estalló una migraña en el cráneo. Las había sufrido peores —ataques que le hacían caer de rodillas y que rompían el mundo en fragmentos encendidos de cristales de colores—, pero aun así ésta seguía siendo demoledora.

—No tiene buen aspecto, capitán. —Buzzy Longchamps, el primer oficial, un alegre crónico, entró en el puente para empezar su guardia—. ¿Está mareado? —preguntó con una risotada.

—Salgamos de aquí. —Anthony se sujetó las sienes entre el pulgar y el dedo corazón—. Avante a toda máquina. Ochenta rpm.

—Avante a toda máquina —repitió Longchamps. Movió las dos palancas de mando hacia adelante—. Entrega rápida —dijo, encendiendo un Lucky Strike.

—Entrega rápida —afirmó Anthony—. Diez grados de timón izquierdo.

—Diez grados a la izquierda —repitió el marinero preferente al timón.

—Rumbo franco —dijo Anthony.

—Rumbo franco —dijo el marinero preferente.

Acercándose tranquilamente al radar de doce millas, el primer oficial tocó el objetivo amorfo.

—¿Qué es eso?

—Me imagino que un casco de madera, es probable que haya salido de Barranquilla —dijo Anthony—. No creo que lleve granos de café.

Longchamps se rió, con el Lucky Strike balanceándose entre los labios.

—Stu y yo nos las podemos arreglar aquí arriba. —El oficial le dio varios golpecitos en el hombro al marinero preferente, como si estuviera traduciendo sus palabras al código Morse—. ¿Verdad, Stu?

—Y que lo digas —dijo el marinero.

Anthony tenía el cerebro en llamas. Sus ojos estaban a punto de derretirse. «En caso de que hubiera cualquier peligro de navegación o meteorológico, siempre deberá haber dos oficiales en el puente en todo momento». Así decía una de las pocas frases del Manual del Carpco que no daban lugar a malentendidos.

—Estamos a sólo dos millas de mar abierto —dijo el oficial—. Un giro de veinte grados y estaremos a salvo.

Longchamps cogió el walkie-talkie bruscamente y le dijo a Kate Rucker, la marinera preferente que estaba de guardia en la proa, que estuviera ojo avizor por si aparecía un carguero ilegal.

—¿Estás seguro de que puedes encargarte de esto? —le preguntó Anthony al oficial.

—Pan comido.

Así que Anthony Van Horne dejó el puente; la última vez que lo haría como empleado de la Compañía Caribeña de Petróleo.

Anónimo como un pato salvaje, el vapor de caoba apareció en mitad de la noche a una velocidad de treinta nudos, cargado hasta los topes con cocaína sin tratar. Sin luces de navegación y con la timonera a oscuras. Cuando la marinera Rucker les advirtió a gritos por el walkie-talkie, el vapor estaba apenas a un cuarto de milla.

Arriba, en el puente, Buzzy Longchamps gritó: «¡Todo a estribor!», y el timonel respondió en el acto, con lo que puso al petrolero rumbo directo al arrecife Bolívar.

Echado en su litera, postrado por el dolor, Anthony sintió cómo el Valparaíso temblaba y daba una sacudida. Se puso en pie al instante y, antes de salir al pasillo, el espantoso olor a petróleo suelto le llegó a la nariz. Subió en ascensor a la cubierta de barlovento, salió a toda prisa y corrió por la pasarela central, muy por encima de la maraña retorcida de tubos y válvulas. Los gases se arremolinaban por todas partes, se extendían junto a los pendolones en grandes nubes y se derramaban por los lados como fantasmas en fuga. A Anthony le lloraban los ojos, le quemaba la garganta y las cavidades nasales se le quedaron en carne viva y ensangrentadas.

Desde la oscuridad un marinero gritó: «¡Virgen Santa!».

Anthony bajó por la escalera de en medio del barco, cruzó como una exhalación la cubierta de barlovento y se inclinó sobre la barandilla de estribor. Un reflector recorría la escena, todo el infierno apestoso: el agua negra, el casco roto, el petróleo denso y viscoso saliendo a borbotones por la brecha. Con el tiempo se enteraría de lo poco que les había faltado para hundirse aquella noche; se enteraría de cómo el arrecife Bolívar había rajado el Val como un abrelatas al cortar la tapa de la cena de un cócker spaniel. Pero en aquel momento sólo supo de los gases —y del hedor—, y de la lucidez peculiar que acompaña a un hombre cuando éste es consciente de que está experimentando el peor momento de su vida.

A la Caribeña de Petróleo apenas le importaba si el Val se perdía o se salvaba aquella noche. Un superpetrolero de ochenta millones de dólares era una minucia comparada con los cuatro mil quinientos millones que Carpco se vio obligada a pagar a la larga en indemnizaciones por daños y perjuicios, honorarios de abogados, sueldos de los miembros de grupos de presión, sobornos a pescadores de camarones de Texas, esfuerzos de limpieza que hicieron más mal que bien y una campaña agresiva para devolverle la buena imagen a la corporación. La brillante serie de mensajes televisados que Carpco encargó a las fábricas de vídeos de rock hollywoodenses, cada nuevo anuncio, que trivializaba la muerte de la Bahía de Matagorda con mayor descaro que su predecesor, excedió enormemente el presupuesto, tan ansiosa estaba la compañía por que se emitieran. «A menos que se fije mucho, es probable que no se dé cuenta de que le falta el lunar», entonaba el narrador del anuncio número doce sobre una fotografía retocada de Marilyn Monroe. «Del mismo modo, si estudia un mapa de la costa de Tejas…».

Anthony Van Horne se agarró a la barandilla, se quedó mirando el petróleo encharcado y sollozó. Si hubiera sabido lo que se avecinaba, quizá simplemente se habría quedado allí, paralizado por el futuro: los ochocientos kilómetros de playas ennegrecidas; los seiscientos acres de viveros de camarones echados a perder; la ceguera permanente de trescientos veinticinco manatíes; la asfixia por el petróleo de más de cuatro mil tortugas marinas y delfines piloto; la maceración letal de sesenta mil garzas azules, espátulas rosadas, ibis lustrosos y garcetas niveas. En cambio, subió a la timonera, donde las primeras palabras que salieron de la boca de Buzzy Longchamps fueron: «Capitán, creo que estamos en un buen lío».

Diez meses después, un jurado de acusación eximió a Anthony de todos los cargos de los que el Estado de Tejas le había acusado: negligencia, incompetencia, abandono del puente. Un veredicto desafortunado, puesto que si el capitán no era culpable, entonces otro tenía que serlo, otro llamado Compañía Caribeña de Petróleo: Carpco, con sus barcos con personal insuficiente, con tripulaciones agotadas, con su negativa rotunda a construir petroleros de doble casco y con su plan de emergencia de pacotilla en caso de vertido de petróleo (unas medidas que el juez Lucius Percy enseguida apodó «la mejor obra de ficción marítima desde Moby Dick»). En el mismo momento en que el sistema legal vindicaba a Anthony, sus jefes organizaban su venganza. Le dijeron que nunca volvería a estar al mando de un superpetrolero, una profecía que pasaron a cumplir al persuadir a los guardacostas de que le anularan la licencia. En menos de un año Anthony pasó del sueldo de seis cifras de un patrón de barco a los ingresos míseros de aquellos seres marginales que frecuentan los muelles de Nueva York y aceptan cualquier trabajo que les den. Descargó barcos hasta que las manos se le llenaron de callos. Amarró bulkcarriers y ro-ros. Arregló jarcias, amarras ayustadas, norays pintados y limpió tanques de lastre.

Y se duchó. Cientos de veces. La mañana después del vertido, Anthony se registró en el único Holiday Inn de Port Lavaca y estuvo bajo el agua humeante casi una hora. El petróleo no se iba. Después de cenar volvió a intentarlo. El petróleo siguió allí. Antes de irse a la cama, otra ducha. Inútil. Petróleo interminable, cuarenta y un millones de litros, un tumor de petróleo que se extendía hasta las profundidades de su carne. Antes de que acabara el año, Anthony Van Horne se duchaba cuatro veces al día, siete días a la semana. «Dejaste el puente», le decía una voz áspera al oído mientras el agua le golpeteaba el pecho.

Debe haber dos oficiales en el puente en todo momento…

—Dejaste el puente…

—Dejaste el puente —dijo el ángel Rafael, secándose las lágrimas plateadas con el dobladillo de la manga de seda.

—Dejé el puente —afirmó Anthony.

—No lloro porque dejaras el puente. Las playas y las garcetas me tienen sin cuidado hoy en día.

—Llora porque —tragó saliva— Dios ha muerto. —Las palabras sonaron increíblemente extrañas cuando las pronunció Anthony, como si de repente estuviera hablando senegalés—. ¿Cómo puede estar muerto Dios? ¿Cómo puede tener un cuerpo?

—¿Cómo puede no tenerlo?

—¿No es… inmaterial?

—Los cuerpos son inmateriales, esencialmente. Cualquier físico te lo dirá.

Gimiendo bajito, Rafael apuntó hacia el Salón Gótico Tardío con el ala izquierda y despegó, volando de manera vacilante y torpe, como una polilla dañada. Mientras Anthony le seguía, se dio cuenta de que el ángel se estaba desintegrando. Flotaban plumas en el aire como si fueran los restos de una lucha de almohadas.

—La materia es algo inconsistente —continuó Rafael, inmóvil en el aire—. Partículas. Muy particular. Apenas está ahí. Pregúntale al padre Ockham.

Posándose entre los tesoros medievales, la criatura le cogió la mano a Anthony —esos dedos fríos otra vez, como amarras mojadas en el mar Weddell—, y le condujo hasta un retablo anónimo del Renacimiento italiano en el rincón del sudeste.

—La religión se ha vuelto demasiado abstracta últimamente. Dios como espíritu, luz, amor; olvida esas bobadas neoplatónicas. Dios es una persona, Anthony. Te creó a imagen suya, Génesis 1,26. Tiene nariz, Génesis 8,20. Espalda, Éxodo 33,23. Se mancha los pies con excrementos, Deuteronomio 23,14.

—¿Pero eso no son sólo…?

—¿Qué?

—Ya sabe. Metáforas.

—Todo es una metáfora. Mientras, le están creciendo las uñas de los pies, un fenómeno inevitable en los cadáveres. —Rafael señaló el retablo, que según la leyenda representaba a Cristo y a la Virgen María arrodillados frente a Dios, intercediendo en favor de una familia florentina destacada—. Vuestros artistas siempre han sabido lo que hacían. Miguel Ángel Buonarroti pinta la Creación de Adán y un año después está Dios mismo en la Capilla Sixtina: un anciano con barba, perfecto. O mira a William Blake, ilustrando con diligencia a Job, acertándolo todo, Dios el padre, el anciano de los tiempos. O considera la evidencia que tienes ante ti… —y, en efecto, Anthony se dio cuenta de que allí estaba Dios, mirando desde el retablo: un patriarca barbudo, a la vez sereno y severo, amante y feroz.

Pero no. Era una locura. Rafael Azarías era un farsante, un estafador, un paranoico demente.

—Está usted cambiando de plumas.

—Me estoy muriendo —el ángel corrigió a Anthony. Así era. Su halo, antes tan rojo como el logotipo de Texaco, parpadeaba con una luz rosa anémico. Sus plumas ya no eran brillantes sino que emitían un aura cetrina y enfermiza, como si estuvieran infestadas de luciérnagas envejecidas. Venas escarlata diminutas le entrelazaban los globos oculares—. Todo el ejército celestial se está muriendo. Tal es la profundidad de nuestra pena.

—Habló de mi barco.

—Hay que rescatar el cadáver. Rescatarlo, remolcarlo y sepultarlo. De todas las naves de la Tierra, sólo el Carpco Valparaíso es capaz de hacerlo.

—El Val está destrozado.

—Lo reflotaron la semana pasada. En estos momentos está en Connecticut, ocupando casi todo el Astillero de Acero Nacional, a la espera de los nuevos accesorios que creas que se precisarán para el trabajo.

Anthony se quedó mirando el antebrazo ensimismado, estirando y contrayendo el músculo, haciendo que la sirena tatuada se inflara y se desinflara varias veces.

—El cuerpo de Dios…

—Exactamente —dijo Rafael.

—Supongo que es grande.

—Tres kilómetros de proa a popa.

—¿Boca arriba?

—Sí. Está sonriendo, por extraño que parezca. Sospechamos que es el rigor mortis o quizá eligió asumir esa expresión antes de fallecer.

El capitán se quedó mirando fijamente el retablo, observando la leche de la vida que manaba del pecho derecho de la Virgen. ¿Tres kilómetros? ¿Tres condenados kilómetros?

—Entonces, supongo que saldrá en el Times de mañana, ¿eh?

—Es poco probable. El cuerpo es demasiado denso para llamar la atención de los satélites meteorológicos y produce tanto calor que con un radar de largo alcance se detecta sólo como una zona de niebla de aspecto extraño —mientras el ángel guiaba a Anthony hacia el vestíbulo, le empezaron a caer las lágrimas otra vez—. No podemos dejar que se pudra. No le podemos dejar a merced de los depredadores y de los gusanos.

—Dios no tiene cuerpo. Dios no se muere.

—Dios tiene cuerpo y, por razones que nos son del todo extrañas, el cuerpo ha expirado —las lágrimas de Rafael no dejaban de llegar, como si estuvieran conectadas a una fuente tan fecunda como el Oleoducto Trans-Texas—. Llévale al norte. Deja que el Ártico le congele. Entierra sus restos. —Agarró un folleto del mostrador que promocionaba el Museo Metropolitano de Arte, con La leyenda de la Vera Cruz, de Piero della Francesca estampada en la portada—. Hay un iceberg gigante por encima de Svalbard sujeto de forma permanente a las costas altas de Kvitoya. Nadie va allá. Lo hemos vaciado: boca, pasillo, cripta. Sólo tienes que remolcarle al interior. —El ángel se arrancó una pluma del ala izquierda, se la llevó con cuidado hacia el ojo y mojó la punta con una lágrima plateada. Le dio la vuelta al folleto y empezó a escribir en el dorso en agua salada luminosa: «Latitud: ochenta grados, seis minutos, norte. Longitud: treinta y cuatro grados…»

—Está hablando con el hombre equivocado, Sr. Azarías. Usted quiere un patrón de remolcador, no un capitán de petrolero.

—Queremos un capitán de petrolero. Te queremos a ti. —La pluma de Rafael siguió moviéndose, arrojando letras tan brillantes y ardientes que a Anthony le hacían entrecerrar los ojos—. Tu nueva licencia te llegará por correo. Es del guardacostas de Brasil. —Como si echara una carta al correo, el ángel deslizó el folleto bajo el brazo izquierdo del capitán—. En cuanto se haya equipado al Valparaíso para el remolque, Carpco lo enviará a hacer un crucero de prueba a Nueva York.

—¿Carpco? Oh, no, esos cabrones otra vez no, «ellos» no.

—Claro que «ellos» no. Tu barco lo ha fletado un agente exterior.

—Los capitanes honestos no pilotan naves sin matrícula.

—Tranquilo, que tendrás una bandera: un estandarte del Vaticano, los colores de Dios. —El ángel fue presa de un ataque de tos que lanzó lágrimas y plumas al aire sofocante—. Cayó en el Atlántico a cero por cero grados, donde el ecuador se cruza con el primer meridiano. Empieza tu búsqueda allá. Es bastante probable que haya ido a la deriva, hacia el este, supongo, atrapado en la corriente de Guinea, así que puede que le encuentres cerca de la isla de Santo Tomé, pero claro, con Dios, ¿quién sabe? —Perdiendo muchas plumas por todo el camino, Rafael salió cojeando del vestíbulo y se dirigió hacia el claustro de Cuxa, con Anthony justo detrás suyo—. Recibirás una retribución generosa. El padre Ockham es un hombre acaudalado.

—Puede que Otto Merrick sea adecuado para un trabajo como éste. Creo que sigue con Atlantic-Richfield.

—Recuperarás el barco —dijo el ángel bruscamente, apoyándose en la fuente para recobrar el equilibrio. Respiraba de forma irregular, jadeando, como si lo hiciera a través de pulmones triturados—. El barco… y algo más…

Con el halo chisporroteando y las lágrimas que le caían, el ángel lanzó al estanque su pluma de escribir. Apareció un retablo, pintado con rojos saturados y verdes sucios que recordaban la televisión en color de los primeros años: seis figuras inmóviles sentadas alrededor de una mesa de comedor.

—¿Lo reconoces?

—Mmm…

El día de Acción de Gracias, 1990, cuatro meses después del vertido. Se habían reunido todos en el apartamento de su padre en Paterson. Christopher Van Horne presidía en el otro extremo de la mesa, dominante y elegante, con un traje de lana blanca. A su izquierda: la tercera esposa, una mujer gritona, flaca y autocompasiva llamada Tiffany. A su derecha: el mejor amigo del viejo de los scouts marinos, Frank Kolby, un bostoniano adulador y sin imaginación. Anthony estaba sentado frente a su padre, con su corpulenta hermana, Susan, una piscicultora de bagres de Nueva Orleans, a un lado y al otro su novia de entonces, Lucy McDade, una camarera baja y atractiva del Exxon Bangor. Todos los detalles eran correctos: el puro en la boca de papá, el mechero Ronson en la mano, la salsera de cerámica azul junto a su plato de puré de patatas y carne oscura.

Las figuras se movieron, respiraron, empezaron a comer. Mirando en el estanque de Cuxa, Anthony se dio cuenta, horrorizado, de lo que venía a continuación.

—Eh, mirad —dijo el viejo, dejando caer el mechero Ronson en la salsa—, es el Valparaíso. —El mechero se orientó verticalmente, la ruedecita hacia abajo y el depósito de gas hacia arriba, pero se mantuvo a flote.

—Ranita, cálmate —dijo Tiffany.

—Papá, no lo hagas —dijo Susan.

El padre de Anthony sacó el mechero de la salsera. La salsa marrón y grasienta le corría por los dedos, sacó su navaja suiza y cortó la funda de plástico del mechero. Cayeron gotas de butano aceitoso sobre el mantel de hilo. «¡Vaya por Dios, el Val ha empezado a hacer agua!» Dejó caer el mechero otra vez en la salsera, riéndose mientras el butano se mezclaba con la salsa. «¡Alguien debe de haberlo hecho chocar contra el arrecife! ¡Pobres aves marinas!»

—Ranita, por favor —gimió Tiffany.

—Los delfines piloto no tienen ninguna posibilidad —dijo Frank Kolby, soltando una carcajada grosera.

—¿Crees que el capitán dejó el puente? —preguntó papá con perplejidad fingida.

—Creo que ya has dicho lo que querías decir —dijo Susan.

El viejo se inclinó hacia Lucy McDade como si estuviera a punto de darle una carta.

—Este marinero tuyo dejó el puente. Apuesto a que tenía uno de sus dolores de cabeza y, pfft, se largó y ahora todas las garcetas y las garzas se están muriendo. ¿Sabes cuál es el problema de tu novio, Lucy bonita? ¡Cree que el pájaro viejo manchado de crudo no entra en su jaula!

Tiffany soltó unas risitas.

Lucy se puso roja.

Kolby se rió por lo bajo.

Susan se levantó para marcharse.

—Cabrón —dijo el alter ego de Anthony.

—Cabrón —repitió el Anthony observador.

—¿Alguien quiere salsa? —dijo Christopher Van Horne, alzando la salsera del plato—. ¿Qué os pasa, chicos, tenéis miedo?

—Yo no tengo miedo. —Kolby agarró la salsera y vertió salsa contaminada sobre su puré de patatas.

—Esto nunca te lo perdonaré —dijo Susan furiosa y salió indignada de la habitación.

Kolby se zampó una cucharada de puré.

—Sabe a…

La escena se congeló.

Las figuras se disolvieron.

Sólo quedó la pluma flotante.

—Ésa fue la peor parte de la Bahía de Matagorda, ¿no? —dijo Rafael—. Peor que las cartas llenas de insultos y amenazas de los ecologistas y que las amenazas de muerte de los pescadores de camarones: la peor parte fue lo que te hizo tu padre aquella noche.

—La humillación…

—No —dijo el ángel con mordacidad—. La humillación no. La franqueza brutal de todo aquello.

—No lo entiendo.

—Cuatro meses después del naufragio del Val, por fin alguien te estaba diciendo una verdad que el estado de Tejas había negado.

—¿Qué verdad?

—Eres culpable, Anthony Van Horne.

—Nunca dije lo contrario.

—Culpable —repitió Rafael, dándose un puñetazo en la palma de la mano como un juez blandiendo un martillo—. Pero más allá de la culpabilidad está la redención, o eso dicen. —El ángel se metió los dedos bajo las plumas del ala izquierda y se calmó un picor—. Cuando hayas terminado la misión, buscarás a tu padre.

—¿A papá?

El ángel asintió.

—A tu distante, caprichoso e infeliz padre. Le dirás que hiciste el trabajo. Y entonces, y esto te lo prometo, entonces recibirás la absolución que te mereces.

—Yo no quiero su absolución.

—Su absolución —dijo Rafael—, es la única que cuenta. La sangre es más densa que el petróleo, capitán. Los ganchos de ese hombre están clavados en ti.

—Me puedo absolver yo mismo —insistió Anthony.

—Ya lo has intentado. Las duchas no lo consiguen. La fuente de Cuxa no lo consigue. Nunca te verás libre de la Bahía de Matagorda, el petróleo nunca te dejará, hasta que Christopher Van Horne te mire a la cara y diga: «Hijo, estoy orgulloso de ti. Le llevaste a su tumba».

Un frío repentino recorrió el claustro de Cuxa. A Anthony se le puso de carne de gallina, los bultitos le cubrían la piel desnuda como bálanos colonizando el casco de un petrolero. Se agachó sobre el estanque y sacó la pluma que flotaba. ¿Qué sabía sobre Dios? Quizá Dios sí tenía sangre, bilis y todo lo demás; quizá sí podía morir. Los profesores de catequesis dominical de Anthony, promotores de una fe tan vaga y genérica que era imposible imaginar a nadie rebelándose contra ella (no hay presbiterianos de Wilmington que hayan dejado de practicar), nunca habían planteado tales posibilidades. ¿Quién podía decir si Dios tenía cuerpo?

—Papá y yo no nos hemos hablado desde Navidad. —Anthony se pasó la pluma suave y mojada por los labios—. Lo último que supe fue que él y Tiffany estaban en España.

—Entonces allí es donde le encontrarás.

Rafael se tambaleó hacia adelante, extendió las manos heladas y se desplomó en los brazos del capitán. El ángel era sorprendentemente pesado, extrañamente rollizo. Qué raro era el universo. Más raro de lo que Anthony había imaginado jamás.

—Enterrarle…

El capitán estudió el cielo tachonado de estrellas. Pensó en su sextante favorito, el que su hermana le había dado cuando se licenció por la Escuela Marítima de Nueva York, un facsímil perfecto del maravilloso instrumento con el que, casi dos siglos antes, Nathaniel Bowditch había corregido y enmendado todos los mapas del mundo. Además, el aparato funcionaba, distinguía Polaris en un instante, filtraba el resplandor de Venus, cribaba al ribeteado Júpiter de las nubes. Anthony nunca navegaba sin él.

—Tengo un sextante exacto y hermoso —le dijo Anthony a Rafael—. Nunca se sabe cuándo se estropeará el ordenador —añadió el capitán—. Nunca se sabe cuándo habrá que gobernarse por las estrellas —dijo el capitán del Valparaíso, con lo cual el ángel sonrió dulcemente y exhaló el último suspiro.

La luna adquirió una blancura misteriosa, recorriendo el cielo como el cráneo de Dios mientras, poco antes del amanecer, Anthony cruzaba el parque Fort Tryon hacia el oeste, acarreando el cuerpo de Rafael Azarías, que se estaba poniendo rígido, lo pasaba por encima del muro de contención y lo lanzaba boca abajo a las aguas frías y contaminadas del río Hudson.

Sacerdote

Thomas Wickliff Ockham, un buen hombre, un hombre que amaba a Dios, las ideas, los clásicos del cine y a sus hermanos de la Sociedad de Jesús, zigzagueaba por el local abarrotado de la Séptima Avenida, haciendo pasar su maletín con cuidado entre la aglomeración de pelvis y traseros. En la pared del otro extremo le llamaba un mapa, una red intrincada de líneas multicolores, como la palma de la mano nervada y sangrante de un Cristo cubista. Al llegar hasta él, se puso a trazar su recorrido. Se bajaría en la calle Cuarenta y dos. Cogería el tren N en dirección sur hasta Union Square. Caminaría hacia el este por la Catorce. Encontraría al capitán Anthony Van Horne de la Marina Mercante brasileña, zarparía en el vapor Carpco Valparaíso y enterraría un cadáver imposible.

Se sentó entre un coreano arrugado que tenía una maceta con un cactus en la falda y una mujer negra atractiva que llevaba un vestido hinchado de premamá. Para Thomas Ockham, la red del metro de Nueva York era una antesala del Reino: asiáticos codeándose con africanos, hispanos con árabes, gentiles con judíos, sin fronteras, todas las demarcaciones borradas, todos los hombres unidos a la Iglesia Universal e Invisible, el Cuerpo Místico de Cristo, aunque si la media docena de fotos brillantes que había en el maletín de Thomas decían la verdad, entonces, por supuesto, no había ningún Reino, ningún Cuerpo Místico, al estar muertos Dios y sus dimensiones varias.

Italia había sido diferente. En Italia todo el mundo tenía el mismo aspecto. Todos le habían parecido italianos…

La Iglesia se enfrenta a una crisis grave: así empezaba la petición críptica de la Santa Sede, una misiva oficial del Vaticano que salía del fax del departamento de física de la Universidad de Fordham. ¿Pero qué clase de crisis? ¿Espiritual? ¿Política? ¿Financiera? La misiva no lo decía. Grave, obviamente, lo bastante grave como para que la Sede insistiera en que Thomas cancelara sus clases de la semana y tomara el vuelo de medianoche a Roma.

Al coger un taxi en el aeroporto, le dijo al conductor que le llevara directamente a la Gesù. Ser un jesuíta en Roma y no recibir la comunión en la iglesia madre de la sociedad era como ser un físico en Berna y no visitar la oficina de patentes. En efecto, durante su último viaje al Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire de Génova, Thomas se había tomado un día libre y había hecho la peregrinación al norte indicada y, al final, se había arrodillado ante la misma mesa de palisandro en la que Albert Einstein había escrito el gran artículo de 1903, La electrodinámica de los cuerpos en movimiento, aquel matrimonio de inspiración divina de luz y materia, de materia y espacio, de espacio y tiempo.

De modo que Thomas bebió la sangre, consumió la carne y salió para el hotel Ritz-Reggia. Media hora después, estaba en el suntuoso vestíbulo estrechándole la mano al cardenal Tullio Di Luca, el secretario de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios del Vaticano.

Monsignor Di Luca no estaba muy hablador. Flemático como la luna y con el rostro no menos marcado y sombrío, invitó a Thomas a cenar en el elegante ristorante del Ritz-Reggia, donde su conversación nunca fue más allá de los escritos de Thomas, sobre todo de La mecánica de la gracia de Dios, su reconciliación revolucionaria de los físicos postnewtonianos con la Eucaristía. Cuando Thomas miró a Di Luca directamente a los ojos y le preguntó sobre la «crisis grave», el cardinale contestó que su audiencia con el Santo Padre sería a las nueve de la mañana en punto.

Doce horas después, el desconcertado sacerdote salió tranquilamente del hotel, cruzó el patio de San Damasco y se presentó a un maestro di camera con penacho en la soleada antecámara del palacio del Vaticano. Di Luca apareció al instante, tan adusto a la luz matutina como bajo los candelabros del Ritz-Reggia, acompañado por el célebre secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Eugenio Orselli, menudo, dinámico y con sombrero rojo. Uno al lado de otro, los clérigos cruzaron la puerta doble del estudio papal. Thomas hizo una pausa breve para admirar a la guardia suiza con sus picas de acero reluciente. Roma sabía lo que se hacía, decidió. Así era, la Santa Sede estaba en guerra, saliendo siempre al campo contra todos aquellos que querían reducir a los seres humanos a meros simios ambiciosos, a pedazos de protoplasma afortunados, a máquinas excepcionalmente inteligentes y complejas.

Armado con un báculo y cubierto con una capa de armiño, el Papa Inocente XIVse adelantó arrastrando los pies, una mano enguantada y enjoyada extendida, la otra manteniendo firme una tiara con forma de colmena que llevaba sobre la cabeza como un secador eléctrico que está cociendo el peinado de una matrona aburguesada. Thomas sabía que el amor del anciano por la ostentación había ocasionado debates tanto dentro del Vaticano como fuera, pero en general todos estaban de acuerdo en que, como el primer norteamericano en asumir la Silla de Pedro, tenía derecho a todo el boato.

—Seremos honestos —dijo Inocente XIV, nacido Jean-Jacques LeClerc. Tenía la cara gorda, redonda y extraordinariamente hermosa, como una lámpara hecha con una calabaza tallada por Donatello—. Usted no era el primer candidato de nadie.

«Un Papa canadiense», pensó Thomas mientras, sujetándose las gafas bifocales para que no se movieran, besaba el Anillo del Pescador. Antes, el supremo pontífice había sido portugués y su predecesor, polaco. El hemisferio norte se estaba convirtiendo en el sitio donde cualquier niño podía llegar a ser el Vicario de Cristo.

—Los arcángeles le consideran un poco demasiado intelectual —dijo Monsignor Di Luca—. Pero cuando el obispo de Praga no aceptó, les convencí de que usted era la persona indicada para el trabajo.

—¿Los arcángeles? —dijo Thomas, sorprendido de que un secretario papal albergara unas ideas tan medievales. ¿Era Di Luca un literalista bíblico? ¿Un imbécil? ¿Cuántas cabezas de chorlito pueden bailar en la pista del Vaticano?

—Rafael, Miguel, Chamuel, Adabiel, Haniel, Zafiel y Gabriel —explicó en mayor detalle el hermoso Papa.

—¿O es que la Universidad de Fordham ha eliminado a esas entidades en concreto? —una expresión desdeñosa pasó fugazmente por el rostro de Monsignor Di Luca.

—Aquellos que trabajamos en el averno subatómico —dijo Thomas—, aprendemos pronto que los ángeles no son menos verosímiles que los electrones. —Se estremeció de disgusto. No llevaba ni dos días en Roma y ya les estaba diciendo lo que querían oír.

El Santo Padre sonrió ampliamente y se le dibujaron unos hoyuelos en sus mejillas regordetas.

—Muy bien, profesor Ockham. En realidad fueron sus especulaciones científicas las que nos inspiraron para mandarle llamar. No sólo hemos leído La mecánica de la gracia de Dios sino también Supercuerdas y salvación.

—Posee una mente dura —dijo el cardenal Orselli—. Ha demostrado que sabe defenderse contra el modernismo.

—Ascendamos —dijo el Papa.

Subieron cinco pisos en el ascensor hasta la Sala de Proyección del Vaticano, una instalación sepulcral con sonido digital, asientos de terciopelo y un equipo capaz de proyectarlo todo, desde laserdiscs hasta diapositivas de linterna mágica, pero usado habitualmente, explicó Orselli, para las retrospectivas de Cecil B. DeMille y las reposiciones de medianoche de Las campanas de Santa María. Cuando los clérigos se hundían en la tapicería suntuosa, entró un joven bajo y de aspecto atormentado, con un estetoscopio que se le balanceaba en el cuello y el apellido CARMINATI bordado en rojo sobre su vestidura blanca. Acompañando al médico, había una criatura enfermiza, temblorosa y de cabello gris que, aparte de sus otros accesorios inquietantes (halo, arpa, túnica fosforescente), lucía un magnífico par de alas con plumas que le crecía de los omóplatos. Thomas intuyó que había algo nada trivial en el aire. Algo que no podía estar más lejos de Cecil B. DeMille y de Bing Crosby.

—Cada vez que se presenta —el cardenal Orselli señaló hacia el hombre del halo y soltó un suspiró trabajado—, nos convencemos más.

—Me alegro de que esté aquí, Ockham —dijo la criatura en la clase de voz débil y áspera que Thomas asociaba con las películas de gángsters de principios de los años treinta. Tenía la piel increíblemente blanca, más allá de los genes caucásicos, más allá incluso del albinismo; parecía estar modelado en nieve—. Me han dicho que es devoto —se puso de puntillas— y listo a la vez —con lo cual, para el asombro absoluto de Thomas, el hombre del halo batió las alas, subió dos metros y se quedó allí—. El tiempo es de fundamental importancia —dijo, dando vueltas alrededor de la sala de proyección con una torpeza que recordaba a Orville Wright saltando charcos sobre Kitty Hawk.

—Dios bendito —dijo Thomas.

El hombre del halo aterrizó delante de las cortinas rojas del proscenio. Tras apoyarse en el joven médico para recobrar el equilibrio, colocó su arpa en el atril y giró un par de botones de la consola. Las cortinas se abrieron; la habitación se oscureció; un cono de luz brillante se extendió desde la cabina de proyección y alcanzó la pantalla adornada con cuentas.

—El Corpus Dei —dijo la criatura con total naturalidad mientras una diapositiva en color de 35 mm aparecía ante los ojos del sacerdote—. El cuerpo muerto de Dios.

Thomas entrecerró los ojos, pero la imagen —un objeto grande y de forma humana flotando en un mar negro de bilis— seguía siendo confusa.

—¿Qué ha dicho?

La diapositiva siguiente encajó en su lugar con un «clic»: el mismo tema, una vista más cercana pero igualmente borrosa.

—El cuerpo muerto de Dios —insistió el hombre del halo.

—¿Puede enfocarlo mejor?

—No. —El hombre pasó tres fotos insatisfactorias más de la masa enigmática—. Las hice yo mismo, con una Leica.

—Tiene pruebas corroborantes —dijo el cardenal Orselli.

—Un electrocardiograma tan plano como una platija —explicó la criatura.

Cuando la última diapositiva desapareció, la lámpara de proyección volvió a inundar la pantalla con su resplandor inmaculado.

—¿Es esto una broma? —preguntó Thomas. ¿Qué otra cosa podía ser? En una civilización en la que los directores artísticos de los tabloides falsificaban fotos de Bigfoot y pilotos de OVNI, se necesitaría algo más que unas cuantas diapositivas de un no sé qué confuso para cambiar la imagen interior que Thomas tenía de Dios, y que ahora pasara a tener un aspecto tan antropomórfico.

De no ser porque le temblaban las rodillas.

Las manos se le estaban empapando de sudor.

Se quedó mirando la alfombra, contemplando las fibras gruesas que absorbían el ruido, y cuando levantó la vista los ojos del ángel le fascinaron: ojos dorados, chispeantes y eléctricos, como generadores Van de Graff en miniatura que arrojan esquirlas de relámpagos.

—¿Muerto? —dijo Thomas, con voz áspera.

—Muerto.

—¿La causa?

—Misterio absoluto. No tenemos ni idea.

—¿Usted es… Rafael?

—Rafael está en la ciudad de Nueva York, localizando a Anthony Van Horne, sí, el capitán Anthony Van Horne, el hombre que convirtió la Bahía de Matagorda en regaliz.

Mientras el ángel hacía subir las luces de la sala, Thomas vio que se estaba despegando. Pelos plateados le caían flotando del cuero cabelludo. Sus alas se exfoliaban como un tejado mexicano que perdía tejas.

—¿Y los otros?

—Adabiel y Haniel fallecieron ayer —dijo el ángel, recuperando el arpa del atril—. Empatia terminal. Miguel se está debilitando rápido, a Chamuel no le queda mucho en este mundo, Zafiel está en su lecho de muerte…

—Con lo que nos queda Gabriel.

El ángel punteó su arpa.

—En pocas palabras, padre Ockham —dijo Monsignor Di Luca, como si hubiera acabado de hacer una gran explicación, cuando en realidad no había explicado nada—, le queremos en el barco. Le queremos en el Carpco Valparaíso.

—El único transportador de crudo ultra grande que el Vaticano haya fletado jamás —amplió el Santo Padre—. Una nave mancillada, desde luego, pero ninguna otra es capaz de llevar a cabo la tarea, o eso dice Gabriel.

—¿Qué tarea? —preguntó Thomas.

—Rescatar el Corpus Dei —a Gabriel le caían lágrimas brillantes por las mejillas agrietadas. Le salían mocos luminosos de las narices—. Protegerle de aquellos —el ángel echó una mirada rápida hacia Di Luca— que explotarían su condición para sus propios fines. Darle un entierro decente.

—Una vez que el cuerpo esté en las aguas del Ártico —explicó Orselli—, la putrefacción se detendrá.

—Hemos preparado un lugar —dijo Gabriel, tocando de oído lánguidamente el Dies Irae en su instrumento—. Una tumba iceberg que linda con Kvitoya.

—Y usted estará en el puente de navegación todo el tiempo —dijo Di Luca, poniendo una mano con guante rojo sobre el hombro de Thomas—. Nuestro único contacto, manteniendo a Van Horne en el camino designado. Verá, ese hombre no es católico. Apenas es cristiano.

—El manifiesto del barco le incluirá como PAT: una Persona Además de la Tripulación —dijo Orselli—. De hecho, será la persona más importante del viaje.

—Permítanme que sea explícito. —Gabriel fijó sus ojos eléctricos directamente en Inocente XIV—. Queremos un sepelio honroso, nada más. Nada de trucos, Santidad. Guárdese sus funerales de mil millones de dólares, nada de esculturas de valor inestimable en la tumba ni de trincharlo para reliquias.

—Lo entendemos —dijo el Papa.

—No estoy seguro. Dirigen una organización tenaz, caballeros. Nos tememos que no saben cuándo hay que abandonar.

—Puede confiar en nosotros —dijo Di Luca.

Formando un semicírculo con el ala izquierda, Gabriel le rozó la mejilla a Thomas con la punta.

—Le envidio, profesor. Tendrá tiempo para entender por qué ocurrió este horrible acontecimiento, no como yo. Estoy convencido de que, si aplica todo su intelecto jesuíta al problema, reflexionando sobre ello noche y día mientras el Valparaíso surca el Atlántico Norte, seguro que da con la solución.

—¿Sólo por medio de la razón? —dijo Thomas.

—Sólo por medio de la razón. Casi se lo puedo garantizar. Dése hasta el final del viaje y, de pronto, la respuesta al misterio…

Un gemido áspero y gutural. El Dr. Carminati se acercó a toda prisa y, tras abrir la túnica del ángel, le apretó el estetoscopio contra el pecho blanco como la leche. Gimoteando suavemente, Inocente XIVse llevó la mano izquierda a los labios y se chupó las puntas de los dedos aterciopelados.

Gabriel se hundió en el asiento más cercano, el halo se oscureció hasta que acabó por parecer una guirnalda de flores muertas.

—Disculpad, Santidad —el médico se sacó el estetoscopio de las orejas—, pero deberíamos llevarle de nuevo a la enfermería ahora.

—Ve con Dios —dijo el Papa, alzando su mano húmeda, poniéndola de lado y grabando una cruz invisible en el aire.

—Recuerden —dijo el ángel—, nada de trucos.

El joven médico le pasó el brazo por los hombros a Gabriel y, como un hijo consciente de sus deberes que guía a su padre moribundo por el pasillo de la sala de oncología, le llevó fuera de la habitación.

Thomas estudió la pantalla vacía. ¿El cuerpo muerto de Dios? ¿Dios tenía cuerpo? ¿Cuáles eran las implicaciones cosmológicas de esta afirmación asombrosa? ¿Había desaparecido realmente o su espíritu sólo había desocupado una cáscara gratuita? (La pena profunda de Gabriel sugería que no se podía ser optimista ante la situación.) ¿Seguía existiendo el cielo? (Puesto que la vida después de la muerte consistía esencialmente en la presencia eterna de Dios, entonces la respuesta era lógicamente que no, pero estaba claro que la pregunta merecía ser estudiada con más profundidad.) ¿Y qué había del Hijo y del Espíritu Santo? (Suponiendo que la teología católica contara para algo, entonces estas personas también estaban inertes, puesto que la Trinidad era indivisible ipso facto, pero, aquí también, el asunto evidentemente se merecía la atención de un sínodo o quizá incluso de un Concilio Vaticano.)

Se giró hacia los otros clérigos.

—Hay algunos problemas.

—Un consistorio secreto ha estado reunido desde el martes —dijo el Papa, asintiendo con la cabeza—. El colegio de cardenales entero, quemando el aceite de medianoche. Estamos abordando todo el espectro: las causas posibles de la muerte, las posibilidades de resurrección, el futuro de la Iglesia…

—Nos gustaría que nos contestara ahora, padre Ockham —dijo Di Luca—. El Valparaíso leva anclas dentro de sólo cinco días.

Thomas respiró hondo, disfrutando de la absurda y sana hipocresía del momento. Históricamente, Roma había tendido a considerar a los jesuítas como prescindibles, algo a medio camino entre una molestia y una amenaza. Ah, pero, a la hora de la verdad, ¿a quién recurría el Vaticano? A los fieles e imperturbables guerreros de Ignacio de Loyola, a ellos.

—¿Puedo quedármela? —Thomas recogió una pluma perdida del suelo.

—Muy bien —dijo Inocente XIV.

La mirada de Thomas vagaba de acá para allá entre el Papa y la pluma.

—Hay un punto de su programa que me desconcierta.

—¿Acepta? —inquirió Di Luca.

—¿Qué punto? —preguntó el Papa.

La pluma emanaba un resplandor débil, como una vela encendida creada con el sebo de una oveja perdida y olvidada.

—La resurrección.

* * *

Resurrección: la palabra serpenteaba provocadora por la cabeza de Thomas cuando emergía de la humedad fétida de la estación de Union Square y empezaba a caminar por la calle Catorce. Todo era muy especulativo, por supuesto; la velocidad de desecación que Di Luca había escogido para el sistema nervioso central de un Ser Supremo (diez mil neuronas por minuto) rayaba en lo arbitrario. Sin embargo, suponiendo que el cardinale supiera de qué hablaba, seguía siendo una conclusión alentadora. Según el OMNIVAC-5000 del Vaticano, Él no estaría clínicamente muerto antes del dieciocho de agosto, un intervalo suficiente para transportarle por encima del círculo polar ártico, aunque había que admitir que el ordenador había hecho la predicción bajo protesta, gritando DATOS INSUFICIENTES durante todo el proceso.

El aire de junio caía con pesadez sobre la carne de Thomas, una capa agobiante del calor crudo de Manhattan. Tenía la cara empapada en sudor, lo que provocaba que las gafas bifocales le resbalasen por la nariz. A ambos lados de la calle, vendedores ambulantes trabajaban en el anochecer bochornoso, recogiendo sus casetes envueltos en plástico, sus relojes Cartier falsos y sus osos mecánicos tarados y los amontonaban en sus camionetas. A los ojos de Thomas, Union Square combinaba el exotismo de Las noches de Arabia con la banalidad básica del comercio americano, como si se hubiera trasplantado un bazar medieval persa al siglo veinte y Wal-Mart se hubiera hecho con él. Cada uno de los vendedores tenía una expresión totalmente impasible, la mirada traumatizada por la guerra y hastiada del soldado urbano de a pie. Thomas les envidiaba su ignorancia. Cualesquiera que fueran sus dolores actuales, cualesquiera las derrotas y los desastres que estuvieran sufriendo, al menos podían imaginar que un Dios vivo presidía el planeta.

Giró a la derecha y entró en la Segunda Avenida, caminó dos manzanas hacia el sur y, sacándose la pluma de Gabriel del bolsillo superior de la chaqueta, subió las escaleras de una casa de piedra rojiza veteada. Medias lunas de sudor le estropeaban los sobacos de la camisa negra, pegándole el algodón a la piel. Recorrió los nombres con la vista (Goldstein, Smith, Delgado, Spinelli, Chen: más pluralismo neoyorquino, otro indicio del Reino), luego apretó el botón con la etiqueta de VAN HORNE — 3 INTERIOR.

La cerradura sonó con un zumbido metálico. Thomas abrió la puerta, subió tres tramos de escaleras que olían a moho y se encontró cara a cara con un hombre alto, barbudo y oblicuamente guapo que no llevaba más que una toalla de baño blanca e impecable alrededor de la cintura. Estaba chorreando. Una sirena tatuada que se parecía a Rita Hayworth le decoraba el antebrazo izquierdo.

—Lo primero que tiene que decirme —dijo Anthony Van Horne—, es que no me he vuelto loco.

—Si es así —dijo el sacerdote—, entonces yo también me he vuelto loco, al igual que la Santa Sede.

Van Horne entró en el apartamento, desapareció y regresó sujetando un objeto que inquietaba a Thomas tanto por su familiaridad escalofriante como por sus resonancias escatológicas. Como miembros de una sociedad secreta ocupados en un ritual de iniciación, los dos hombres sostuvieron sus plumas, moviéndolas en círculos lánguidos. Por un momento breve, un entendimiento profundo y silencioso fluyó entre Anthony Van Horne y Thomas Ockham, los únicos individuos cuerdos de la ciudad de Nueva York que habían hablado con ángeles.

—Entre, padre Ockham.

—Llámeme Thomas.

—¿Una cerveza?

—Bueno.

No era lo que Thomas se esperaba. Le parecía que la morada de un capitán debería tener un aire de mar. ¿Dónde estaban las caracolas gigantes de Bora Bora, los elefantes de cerámica de Sri Lanka, las máscaras tribales de Nueva Guinea? Con media docena de cajas de Sunkist sirviendo de sillas y una bobina de cable AT T en vez de mesita, el sitio parecía más adecuado para un actor en paro o para un artista hambriento que para un marino de fortuna como Van Horne.

—¿Va bien una Old Milwaukee? —El capitán entró sigilosamente en la cocina estrecha—. Es lo único que me puedo permitir.

—Muy bien. —Thomas se sentó sobre una caja de Sunkist—. Ustedes los holandeses siempre han sido marinos mercantes, ¿no? Ustedes y sus fluytschips. Llevan esta vida en la sangre.

—Yo no creo en la sangre —dijo Van Horne, sacando dos botellas marrones y húmedas de la nevera.

—Pero su padre… él también fue marino, ¿verdad?

El capitán se rió.

—No fue nada más. Desde luego no fue un padre y tampoco fue muy buen marido, aunque creo que él pensaba que era ambas cosas. —Volvió tranquilamente a la sala de estar y le puso una Old Milwaukee en la mano a Thomas—. Para mi padre, las vacaciones significaban abandonar a su familia e irse a trabajar como un negro por el Pacífico Sur en un barco mercante de servicio irregular, esperando encontrar una isla desconocida. Nunca acabó de entender que el mapa del mundo ya se había trazado, que no quedaban terrae incognitae.

—¿Y su madre… también era una soñadora?

—Mi madre escalaba montañas. Creo que necesitaba llegar lo más lejos posible del nivel del mar. Un negocio peligroso, mucho más que la Marina Mercante. Cuando yo tenía quince años, se cayó del Anapurna. —El capitán se aflojó la toalla de baño y se rascó el abdomen delgado y tenso como un tambor—. ¿Ya tenemos tripulación?

—Señor, lo siento. —En el mismo momento en que la compasión aumentaba en Thomas, una compasión tan profunda como ninguna que hubiera conocido hasta entonces, sintió una extraña sensación de alivio. Era evidente que estaban viviendo en un universo no contingente, uno que no requería que siguiera produciéndose un aporte de lo Divino. El Creador había desaparecido y, aun así, sus invenciones vitales (la gravedad, la gracia, el amor, la piedad) perduraban.

—Hábleme de la tripulación.

Thomas desenroscó el tapón de la cerveza, selló los labios alrededor del borde y bebió.

—Esta mañana he contratado al administrador de cocina que usted quería. Sam nosequé.

—Follingsbee. Nunca me podré creer la ironía: el cocinero de mar que odia el pescado y el marisco. No importa. El hombre sabe exactamente lo que quiere el marinero de hoy en día. Lo imita todo: Taco Bell, Pizza Hut, Kentucky Fried Chicken…

—Buzzy Longchamps rechazó el puesto de primer oficial.

—¿Porque volvería a trabajar para mí?

—Porque volvería a trabajar en el Valparaíso. Supersticioso. —Thomas puso el maletín sobre la bobina de AT T, abrió los cierres y sacó su Biblia de Jerusalén—. Su segundo candidato dijo que sí.

—¿Rafferty? Nunca he navegado con él, pero dicen que sabe más sobre salvamento que ningún otro a este lado del…

La voz del capitán se fue apagando. Una mirada ausente se posó en sus ojos. Aspiró profundamente el aire húmedo, se pasó la uña del dedo índice por el vientre de la sirena tatuada, como si estuviera realizando una cesárea.

—El petróleo no desaparece —dijo en un tono apagado.

—¿Qué?

—La Bahía de Matagorda. Cuando estoy dormido, una garza entra volando en mi dormitorio, con petróleo negro que le gotea de las alas. Vuela en círculos por encima de mí como un buitre sobre el cuerpo de un animal muerto, chillando maldiciones. A veces es una garceta, a veces un ibis o una espátula rosada. ¿Sabía que cuando el lodo les alcanzó la cara, los manatíes se frotaron los ojos con las aletas hasta que se volvieron ciegos?

—Lo… siento —dijo Thomas.

—Totalmente ciegos. —Van Horne formó unas pinzas con la mano derecha y se apretó la frente entre el pulgar y el dedo anular. Con la izquierda levantó su Old Milwaukee y se trincó la mitad de la botella—. ¿Qué hay del segundo oficial?

—No debe odiarse, Anthony.

—¿Un jefe de máquinas?

—Odie lo que hizo, pero no se odie a sí mismo.

—¿Un contramaestre?

Thomas abrió su Biblia y sacó una serie de copias brillantes de 8 x 10 que el editor de fotografía de L’Osservatore romano había sacado de las diapositivas de 35 mm de Gabriel.

—Ocurrirá todo mañana: una convocatoria de oficiales en el sindicato, otra de marineros en Jersey City…

El capitán entró en su dormitorio, para regresar dos minutos después vestido con unos bermudas rojos y una camiseta blanca estampada con el tigre de Exxon.

—Todo un mamotreto, ¿eh? —dijo, mirando fijamente las fotos—. Tres kilómetros de largo, me dijo Rafael. Más o menos el tamaño del centro de Wilkes-Barre.

Arrastró el borde de la mano por el cuerpo borroso.

—Pequeño para una ciudad, grande para una persona. ¿Ha calculado su desplazamiento?

Thomas se dio el gusto de tomarse un buen trago de Old Milwaukee.

—Es difícil de decir. Cerca de unos siete millones de toneladas, supongo. —El placer de la cerveza fría era probablemente lo más cerca que había estado de pecar, la cerveza y el orgullo que sentía al verse mencionado en las notas a pie de página del The Journal of Experimental Physics, la cerveza, las notas a pie de página y las oblaciones viscosas que seguían a la compra ocasional de un Playboy—. Capitán, ¿cómo ve este viaje nuestro?

—¿Eh?

—¿Cuál es nuestro propósito?

Van Horne se dejó caer en el sofá roto.

—Le estamos dando un entierro decente.

—¿Dijo algo su ángel sobre la resurrección?

—No.

Thomas cerró los ojos, como si estuviera a punto de ofrecer a sus estudiantes universitarios una idea especialmente difícil y desconcertante, como las atractrices extrañas o la hipótesis de muchos mundos.

—La Iglesia Católica no es una institución que abandone la esperanza fácilmente. Su posición es ésta: si bien es evidente que el corazón divino ha dejado de latir, puede que el sistema nervioso divino todavía presuma de algunas células sanas. En resumen, el Santo Padre propone que apliquemos la ciencia de la criónica a esta crisis. ¿Sabe a qué me refiero?

—¿Que deberíamos poner a Dios en hielo antes de que su cerebro muera?

—Exacto. Personalmente, creo que el Papa está siendo demasiado optimista.

Un destello misterioso pero totalmente razonable se apoderó de Van Horne, la luminiscencia inevitable de un hombre al que le han dado la oportunidad de salvar el universo.

—No obstante, si no está siendo demasiado optimista —dijo el capitán, con un ligero temblor en la voz—, ¿cuánto tiempo…?

—El ordenador del Vaticano quiere que crucemos el círculo polar ártico el dieciocho de agosto a más tardar.

Van Horne se trincó el resto de su cerveza.

—Maldita sea, ojalá tuviéramos el Val ahora. Zarparía con la marea de la mañana, con o sin tripulación.

—Su barco llegó al puerto de Nueva York anoche.

El capitán tiró la botella vacía sobre la bobina de AT T.

—¿Está aquí? ¿Por qué no me lo había dicho?

—No sé por qué. Lo siento. —Thomas recogió las fotos y las volvió a meter en la Biblia. Sabía perfectamente por qué. Era una cuestión de poder y control, una cuestión de convencer a este hombre extraño y obsesionado por el petróleo de que la Santa Madre Iglesia, no Anthony Van Horne, llevaba la voz cantante—. Muelle ochenta y ocho…

Con un frenesí de movimiento, el capitán se puso unas gafas de espejo y una gorra con visera de John Deere de talla única.

—Discúlpeme, padre. Tengo que ir a ver mi barco.

—Es tardísimo.

—No es necesario que venga.

—Sí lo es.

—¿Ah, sí? ¿Por qué?

—Porque el vapor Carpco Valparaíso está actualmente bajo jurisdicción vaticana —Thomas ofreció una sonrisa larga y vaga al capitán, que fruncía el ceño—, y nadie, ni siquiera usted, puede subir a bordo sin mi permiso.

En su vida y viajes, Anthony Van Horne había visto el Taj Mahal, el Partenón y a su ex novia Janet Yost sin ropa, pero nunca había contemplado una vista tan hermosa como el Carpco Valparaíso reconstruido, elevándose vacío en las aguas iluminadas por la luna junto al muelle 88. Soltó un grito ahogado. Hasta aquel momento exacto y mágico, no había creído del todo que aquella misión fuera real. Sin embargo, allí estaba, en efecto, el viejo y suave Val, atado al embarcadero por media docena de amarras de dacrón, dominando el puerto de Nueva York con toda la desproporción absoluta de una barca de remos en una bañera.

En algunos momentos poco habituales, Anthony pensaba que entendía la antipatía general hacia los transportadores de crudo ultra grandes. Un barco así no tenía arrufo, no había ninguna inclinación suave y ascendente en sus contornos, no tenía caída ni nada del ángulo sutil del mástil y la chimenea con el que los buques de carga tradicionales rendían homenaje a la Era de la Navegación. Con su tonelaje apabullante y su manga amplia, un transportador de crudo ultra grande no surcaba las olas; las oprimía. Barcos grandiosos, barcos monstruosos —pero le parecía que se trataba precisamente de eso: su majestuosidad tremenda, su glamour lento y pesado, la forma en que surcaban el planeta como yates diseñados para proporcionar cruceros de vacaciones para rinocerontes—. Estar al mando de un transportador de crudo ultra grande, caminar por sus cubiertas y sentirlo vibrar debajo de ti, amplificándote la carne y la sangre, era un gesto grandilocuente y desafiante, como mearse sobre un rey o tener tu propia organización terrorista internacional o guardar una cabeza termonuclear en el garaje.

Fueron hasta ella en una lancha llamada la Juan Fernández, pilotada por un miembro del servicio secreto vaticano, un sargento con aspecto de oso y cabello blanco desgreñado y una Colt .45 apretada y calentita contra la axila. Las luces brillaban en todas las plantas de la superestructura de la popa, las siete plantas culminaban en una congestión de antenas, chimeneas, mástiles y banderas. Anthony no estaba seguro de cuál de los estandartes actuales le inquietaba más: el símbolo de las llaves y la tiara del Vaticano o el famoso logo del estegosaurio de la Compañía Caribeña de Petróleo. Decidió que lo primero que haría sería pedirle a Marbles Rafferty que arriara la bandera de Carpco.

Mientras la lancha se deslizaba junto a la popa del Valparaíso, Anthony agarró la escala de Jacob y empezó a ascender a la cubierta de barlovento, con el padre Ockham justo detrás. Tenía que decir algo de este sacerdote fanático del control: el hombre tenía valor. Ockham subió por la pared lateral con un aplomo perfecto, una mano en el maletín, la otra en los travesaños, como si hubiera estado subiendo escaleras de cuerda toda la vida.

El aparejo de remolque recién instalado se alzaba nítidamente frente a los edificios de Jersey City perfilados contra el horizonte: dos cabrestantes poderosos atornillados a la cubierta de popa como un par de rollos de pianola gigantescos, enrollados no con amarras corrientes sino con cadenas muy resistentes, con eslabones tan gruesos como cámaras de rueda. Al final de cada cadena había un ancla enorme, veinte toneladas de hierro, un ancla para pescar una ballena, atar un continente, amarrar la luna.

—Está viendo una obra muy elaborada. —Ockham abrió el maletín y sacó una lista de control rosa cuadriculada sujeta a una tablilla con sujetapapeles de Masonite—. Las anclas las trajeron en ferrocarril desde Canadá, los motores llegaron en avión desde Alemania, los cabrestantes los importaron de Bélgica. Los japoneses nos vendieron las cadenas baratísimas, hicieron una oferta un diez por ciento más baja que USX.

—¿Pidieron ofertas para todo esto?

—La Iglesia no es una institución lucrativa, Anthony, pero sabe lo que vale un dólar.

Entraron en el ascensor y subieron tres pisos hasta la cubierta del administrador de la cocina. La cocina principal estaba abarrotada. Mujeres entusiastas, robustas y con aspecto de ser competentes, vestidas con tejanos y camisas de trabajo caquis, iban y venían por la gran cocina de acero inoxidable, llenando los congeladores y las neveras de provisiones: envases de helado, ruedas de queso, tablas de jamón, medias reses, sacos de cereales Cheerios, barriles de leche, reservas de aceite para ensalada selladas en bidones de 200 litros como gran parte del crudo de Texas. Un montacargas de horquilla Toyota alimentado con propano pasó dando resoplidos, el cuerpo naranja salpicado de herrumbre, las horquillas sosteniendo una tarima con un montón enorme de cajones de huevos frescos.

—¿Quién demonios son esta gente? —preguntó Anthony.

—Estibadores del Vaticano —explicó Ockham.

—A mí me parecen mujeres.

—Son carmelitas.

—¿Qué?

—Monjas carmelitas.

En el centro de la cocina estaba el corpulento Sam Follingsbee, con un delantal blanco y supervisando el caos como un policía dirigiendo el tráfico. Al ver a sus visitantes, el cocinero se acercó, caminando como un pato, y les saludó levantándose el sombrero grande y flexible con pinta de bollo de nata.

—Gracias por la recomendación, señor —Follingsbee agarró firmemente la mano de su capitán—. Necesitaba este barco, en serio —balanceando el vientre imponente hacia el sacerdote, preguntó—, ¿padre Ockham, verdad? —Ockham asintió con la cabeza—. Padre, estoy confuso, ¿cómo es que un viaje horrible de Carpco se merece los servicios de todas estas hermanas encantadoras, por no decir nada de usted?

—Éste no es un viaje de Carpco —dijo Ockham.

—Entonces, ¿qué pasa?

—Cuando estemos en alta mar, las cosas quedarán más claras. —El sacerdote tamborileó con los dedos huesudos sobre la lista de control—. Ahora yo haré una pregunta. El viernes presenté una solicitud para mil hostias de comulgar. Se parecen un poco a fichas de póquer…

Follingsbee se rió.

—Sé qué aspecto tienen, padre, está hablando con un ex monaguillo. No se preocupe. Tenemos todas esas hostias en el congelador número seis, no podrían estar más seguras. ¿Celebrará la misa cada día?

—Naturalmente.

—Yo estaré allí —dijo Follingsbee, regresando al centro del barullo—. Bueno, quizá cada día no. —Se fijó en una carmelita que empujaba una rueda de queso cheddar por el suelo como un niño jugando con un aro—. ¡Eh, hermana, llévelo en brazos, no lo haga rodar, joder!

El montacargas de horquilla se detuvo y una monja rellenita y rubicunda bajó de detrás del volante, con una ristra de salchichas ahumadas colgándole del cuello como un yugo. Su paso le pareció a Anthony sorprendentemente enérgico, como si se pavoneara, en realidad, si es que las monjas se pavoneaban. Al parecer, se movía al ritmo de cualquiera que fuera el concierto privado que estaba saliendo del walkman Sony que llevaba sujeto a la cintura con una correa.

—¡Tom! —la monja se arrancó los auriculares—. ¡Tom Ockham!

—¡Miriam, querida! ¡Qué maravilla! ¡No sabía que te hubiesen reclutado! —El sacerdote abrazó a la monja y le plantó un beso enérgico en la mejilla—. ¿Recibiste mi carta?

—Sí, Thomas. Las palabras más raras que he leído jamás. Y, aun así, no sé por qué, intuí que eran ciertas.

—Todo es cierto —afirmó el sacerdote—. Roma, Gabriel, las diapositivas, el electrocardiograma…

—Un asunto malo.

—El peor.

—¿No hay esperanzas?

—Ya me conoces, el eterno pesimista.

Anthony se mesó la barba. Las bromas entre Ockham y la hermana Miriam le desconcertaban. Parecía menos una conversación entre un sacerdote y una monja que entre dos actores de cine pasados de moda al toparse uno con otro en un plató de Hollywood veinte años después de su divorcio amistoso.

—Querida, te presento a Anthony Van Horne, el mejor marino vivo del planeta, o eso creían los ángeles —dijo Ockham—. Miriam y yo nos conocemos desde hace mucho —le dijo al capitán—. En Loyola todavía usan el libro de texto que escribimos a principios de los años setenta, Introducción a la teodicea.

—¿Qué es la teodicea? —preguntó Anthony.

—Es difícil de explicar.

—Suena a idiocia.

—Lo es en gran parte.

—La teodicea significa reconciliar la bondad de Dios con los males del mundo. —La hermana Miriam arrancó una salchicha ahumada y le dio un mordisco—. La cena —explicó, masticando despacio—. Capitán, quiero ir.

—¿Adónde?

—De viaje.

—Mala idea.

—Es una idea espléndida —dijo el sacerdote. Señaló hacia las salchichas—. ¿Te importaría? No he comido en todo el día.

—Una PAT es suficiente —aseguró Anthony.

Miriam arrancó otra salchicha y se la pasó a Ockham.

—Deje que se lo diga de otro modo —el sacerdote le dio un toque suave a Anthony con la tablilla—. El Santo Padre no se quedó del todo convencido con usted. No es demasiado tarde para que contrate a otro capitán.

Anthony empezó a sentir los primeros indicios insidiosos de una migraña en el cerebro. Se frotó las sienes.

—De acuerdo, padre. Muy bien. Pero no le gustará el trabajo. No se hace más que rascar herrumbre y pintar lo que hay debajo.

—Suena horrible —dijo la monja—. Acepto.

—¿Nos vemos en misa mañana? —preguntó Ockham, apretándole la mano a Miriam—. La catedral de Saint Patrick, a las 0800 horas, como decimos en la Marina Mercante.

—Faltaría más.

La hermana Miriam se puso los auriculares y volvió a su montacargas.

—Vale, nuestra cocina está en buenas condiciones —dijo Anthony, cuando él y Ockham se acercaban al ascensor—, pero ¿qué hay de lo demás? ¿Los pertrechos antidepredadores?

—Esta mañana hemos cargado seis cajas de repelente de tiburones Dupont —apuntó Ockham, devorando la salchicha—, además de quince bazocas T-62 —le echó un vistazo a la lista de control—, y veinte cañones lanzaarpones explosivos WP-17 Toshiba.

—¿La turbina de refuerzo?

—Llega mañana.

Subieron a la séptima planta, el puente. El lugar parecía intacto, helado, como si alguna sociedad histórica estuviera conservando el Carpco Valparaíso para el turismo, la pieza más nueva del Museo de Desastres Ecológicos. Incluso los prismáticos Bushnell ocupaban el sitio de costumbre en el compartimiento de lona junto a la pantalla del radar de doce millas.

—¿Baos de refuerzo de los tabiques de contención?

—En la bodega del castillo de proa —respondió Ockham.

—¿Hélice de emergencia?

—Mire hacia abajo, la verá amarrada a la cubierta de barlovento.

—No me ha gustado que me viniera con esa mierda de antes, amenazándome…

—A mí tampoco me ha gustado. Intentemos ser amigos, ¿vale?

Sin decir nada, Anthony agarró el timón, rodeando el disco de acero frío con las manos. Sonrió. En su pasado había una madre muerta, un padre voluble, un compromiso roto y cuarenta y un millones de litros de petróleo vertido. Su futuro no prometía mucho, aparte de vejez, migrañas crónicas, duchas inútiles y un viaje que olía a locura.

No obstante, en ese preciso momento, de pie en el puente de su barco y contemplando la hélice de emergencia, Anthony Van Horne era un hombre feliz.

En el centro saturado y sofocante de Jersey City, un huérfano de veintiséis años llamado Neil Weisinger se echó el petate al hombro, subió ocho tramos de escalera hasta el último piso del edificio Nimrod y entró en la Sala de Nueva York del Sindicato Marítimo Nacional. Unos treinta y cinco marineros y marineros preferentes abarrotaban la sala polvorienta, sentados nerviosos en sillas plegables, con sus bártulos metidos entre las piernas, la mitad dándole caladas a un cigarrillo, cada uno de ellos con la esperanza de obtener una litera en el único barco que tenía previsto atracar ese mes, el vapor Argo Lykes. Neil gruñó. Tanta competencia.

El instante en que acabó su último viaje (una excursión con una carga seca en el Stella Lykes, en un viaje de ida y vuelta hasta Auckland a través del canal), había hecho lo que hacen todos los marineros preferentes al desembarcar: correr inmediatamente a la sala del sindicato más cercana para que le sellaran su tarjeta de navegación con la fecha y la hora exactas. Nueve meses y catorce días después, la tarjeta había adquirido una antigüedad considerable, pero seguía sin ser una ganadora.

Neil sacó la tarjeta de la cartera —le gustaba inmensamente su foto de identificación, la forma en que el fuerte resplandor del estroboscopio había hecho que sus ojos negros brillasen y su cara angelical pareciera angular y austera—, y lanzó el rectángulo laminado en una caja de zapatos enganchada a la pared debajo de un póster que decía ENVÍELO EN UN BARCO AMERICANO: NO CUESTA MÁS. Tras meter la mano en la caja, le echó un vistazo a sus rivales. Malas noticias. Un rastafari con diecinueve días más en tierra que Neil. Otro judío como él llamado Daniel Rosenberg con once. Una china, An-mei Jong, con seis. Maldita sea.

Se sentó debajo de una ventana abierta, que tenía una capa gruesa de mugre de Jersey extendida por el cristal como mantequilla de cacahuete sobre una galleta salada. Claro que nunca se sabía. A veces ocurren milagros. Un petrolero de servicio irregular podría llegar del golfo Pérsico. El expedidor podría anunciar un trabajo de relevo en el puerto o uno de esos viajes cortos Hudson arriba que nadie quería a menos que estuviera tan arruinado como Neil. Una tripulación de neptunianos que respirasen metano podría aterrizar en Journal Square, el timonel muerto por una sobredosis de oxígeno, y contratarle en el acto.

—¿Alguna vez te has salvado por los pelos? —una voz tensa, ligeramente laríngea. Neil se dio la vuelta. Fuera de la ventana, un marinero estaba apoyado en la escalera de incendios, un joven musculoso, pecoso, de pelo castaño, que llevaba un polo rojo y una boina negra hecha jirones, y usaba el petate como almohada—. O sea, ¿por los pelos de verdad?

—No, yo no. Una vez, en Filadelfia, vi a un marinero preferente entrar con una tarjeta que tenía trescientos sesenta y cuatro días.

—¿Sudaba?

—Como un fogonero. Cuando pusieron la hoja, el tío se meó en los pantalones y todo.

—¿Consiguió una litera?

Neil asintió.

—Doce minutos y medio antes de que su tarjeta hubiera caducado.

—El Señor había salido en su defensa —el marinero pecoso se sacó una cadena de oro diminuta de debajo del polo y le echó un vistazo a la cruz que colgaba, como el Conejo Blanco consultando su reloj de bolsillo.

Neil se estremeció. No era la primera vez que se topaba con un apasionado admirador de Jesús. Por lo general, no le importaban. Una vez embarcados, solían ser tan diligentes como el que más, limpiando váteres y descascarillando herrumbre sin rechistar, pero su orden del día le ponía nervioso. La mitad de las veces, la conversación llegaba a la precaria posición del alma inmortal de Neil. En el Stella, por ejemplo, un adventista del Séptimo Día le había informado con gravedad de que se podía ahorrar «el problema del Armagedón» aceptando a Jesús en ese mismo momento.

—¿Qué haces en la escalera de incendios?

—Aquí se está más fresco —respondió el marinero pecoso, desenvolviendo un paquete de chicle Bazooka. Recorrió con la vista la tira cómica y se rió con satisfacción, luego se metió la pastilla rosa en la boca.

—Soy Neil Weisinger.

—Leo Zook.

Tras sacar su fiambrera de plástico de Bugs Bunny del petate, Neil salió por la ventana. Desde niño había sido un gran admirador de Bugs. El conejo era un solitario y eso le gustaba. Ningún amigo. Nada de familia. Listo, con recursos, rechazado por un mundo exterior. Bugs Bunny tenía algo un poco judío.

—Eh, Leo, he visto tres tarjetas ganadoras en la caja y ninguna te pertenece. —La escalera de incendios no parecía más fresca que la sala, pero la vista era espectacular, un panorama claro que se extendía desde el centro de la ciudad hasta la estatua de la Libertad—. ¿Por qué no te vas?

—El Señor me ha dicho que hoy conseguiría un barco. —Del compartimiento con cremallera de su petate, Zook recuperó un folleto destrozado titulado Encuentros con Jesucristo, cuyo autor era un tipo llamado Hyman Levkowitz—. Tal vez te parezca interesante —dijo, poniendo el folleto en la mano de Neil—. Es de un solista del coro de una sinagoga que encontró la salvación.

Neil abrió su fiambrera, sacó una manzana verde y empezó a pegarle mordiscos. Se guardó para sí un comentario despectivo. Dios era una idea muy buena.

En efecto, antes de darse cuenta de que su sitio estaba en los barcos, Neil había pasado dos años al otro lado del río en la Universidad Yeshiva, estudiando historia judía y jugando con la idea de convertirse en rabino. Sin embargo, el Dios de Neil no era la deidad paciente, accesible, de llamada directa en quien Leo Zook evidentemente basaba su vida. El de Neil era un Dios que había encontrado haciéndose a la mar, el radiante En Sof que estaba en alguna parte debajo de la dorsal más profunda de en medio del Atlántico y más allá de la estrella de navegación más alta, el Dios de la guardia de las cuatro de la madrugada.

—Hazte un favor: léelo —dijo Zook—. Te recomiendo la vida eterna sin ninguna reserva.

En aquel momento, Neil hubiera preferido la compañía de casi cualquier otra persona. La de un vendedor a domicilio de enciclopedias o la de un árabe, porque fueran cuales fueran sus otros defectos, sus compañeros árabes nunca intentaban convertirle a su religión. Por lo general, se limitaban a ignorarle, aunque a veces incluso llegaban a hacerse amigos suyos, especialmente cuando, durante las oraciones, les ayudaba a seguir en dirección a la Meca mientras el barco viraba. Al embarcarse, Neil siempre llevaba una brújula expresamente con esa intención.

Una mujer con forma de pera y con el porte de una verdulera salió de la oficina caminando como un pato y se dirigió al tablero.

—¡La sopa está lista! —gritó la mujer que se encargaba de las ofertas de empleo, mientras Neil y Zook volvían como podían a la sala. Se sacó dos chinchetas de la boca como si fueran dientes sueltos y clavó una hoja de puestos de trabajo en el corcho.

• PUESTOS DE MARINEROS EN ALTA MAR •

COMPAÑÍA: Argo Lykes

UBICADO EN: Muelle 86

ZARPA: Vapor Lykes Brothers

BARCO: 1500 viernes

TRAYECTO: Costa oeste Sudamérica

PUESTOS: Marineros preferentes: 2

HORARIO: 120 días en rotación

RELEVO DE: J. Pierce, F. Pellegrino

RAZÓN: Fin de contrato

—De acuerdo —dijo la expedidora—, ¿para quién son?

—Aquí no hay nadie que gane a diez meses más quince días, ¿eh? —comentó el rastafari.

—El otro es mío —apuntó Daniel Rosenberg.

La expedidora se miró el reloj.

—Suponiendo que no aparezca ninguna tarjeta ganadora en los próximos seis segundos —le guiñó el ojo a los vencedores—, son todos vuestros. Entrad en la oficina, chicos.

Poco a poco, la muchedumbre se dispersó, cuarenta hombres y mujeres decepcionados volviendo sin ninguna prisa y con aire taciturno a sus asientos. Ocho marineros recogieron sus tarjetas y, admitiendo la derrota, se marcharon. Los soñadores y los desesperados se sentaron a esperar.

—El Señor no nos fallará —dijo Zook.

Neil se dejó caer en la silla plegable más cercana. Por qué no lo reconocía: no tenía ninguna carrera, era un fracaso. De algún modo su abuelo se había forjado una vida honrosa y rodeada de glamour en el mar. Sin embargo, aquella época se había acabado. El sistema se estaba muriendo. Aconsejar a un joven que se incorporase a la Marina Mercante de los Estados Unidos era como aconsejarle que fuera a formar parte de un vodevil.

De niño, Neil nunca se había cansado de escuchar al abuelo Moshe contar sus aventuras marítimas, relatos maravillosos sobre cómo había luchado contra piratas en los ríos ecuatorianos, transportado hipopótamos a zoológicos franceses, jugando al gato y al ratón con submarinos nazis en el Atlántico Norte y, lo más impresionante de todo, cómo había ayudado a pasar clandestinamente a mil quinientos judíos desplazados por delante del bloqueo británico hasta Palestina en el Hatikvah, uno de los varios barcos mercantes de servicio irregular que Aliyah Bet había arrendado en secreto. Cuatro décadas después, el primer oficial Moshe Weisinger había abierto la correspondencia para encontrar un obsequio como muestra del agradecimiento del gobierno israelí: una medalla de bronce que llevaba la cara de David Ben-Gurion en bajorrelieve. Cuando el abuelo Moshe murió, Neil heredó la medalla. Siempre la llevaba en el bolsillo derecho de su pantalón, algo que agarrar en los momentos de tensión.

La puerta de la sala se abrió y un hombre arrugado y desgarbado que llevaba una camisa negra y un alzacuello católico entró y le plantó una hoja de puestos de trabajo en la mano a la expedidora.

—Anúncielo enseguida.

La expedidora clavó la hoja del sacerdote justo encima del anuncio del Argo Lykes.

—Bueno, urracas —dijo, volviéndose hacia los marineros aspirantes—, tenemos un petrolero de servicio irregular en el muelle ochenta y ocho y parece que empiezan desde cero.

• PUESTOS DE MARINEROS EN ALTA MAR •

COMPAÑÍA: Carpco Shipping

BARCO: Vapor Carpco Valparaíso

UBICADO EN: Muelle 88

ZARPA: 1700 jueves

TRAYECTO: Svalbard, océano Ártico

PUESTOS: Marineros preferentes: 18

MARINEROS : 12 Manipuladores de alimentos: 2

HORARIO: 90 días en rotación

RELEVO DE: No corresponde

RAZÓN: No corresponde

Gruñidos de consternación resonaron por la sala del sindicato. El Valparaíso, el infame Valparaíso, el deshonrado, roto y endemoniado Valparaíso. ¿No lo habían vendido a los japoneses y convertido en buque de transporte de residuos tóxicos? ¿Hundido en una prueba de misiles Tomahawk?

—¿Eso significa que estamos todos contratados? —preguntó un hombre rollizo con los dientes cariados, al que se le empezaba a notar la barba.

—Todos y cada uno de vosotros —contestó el sacerdote—. No sólo eso, sino que además podéis contar con más horas extras de las que os hayáis sacado en toda vuestra vida. Me llamo Thomas Ockham, de la Sociedad de Jesús, y pasaremos los próximos tres meses juntos.

Entonces, como si creyera que la Marina Mercante de los Estados Unidos era un cuerpo del ejército, el sacerdote saludó, dio una media vuelta brusca y se fue de la sala marcando el paso.

—Te dije que el Señor no nos fallaría —dijo Zook, lamiéndose un bigote de sudor.

Se abatió un silencio inquietante, que se depositó en el polvo y se pegó al humo de los cigarrillos. El Señor no les había fallado, pensaba Neil. Ni el Señor ni la Compañía Caribeña de Petróleo. Neil no transportaría judíos a Haifa ni hipopótamos a Le Havre en este viaje, no esquivaría ningún submarino nazi, pero al menos tenía un trabajo.

—Jesús aún no me ha dado la espalda —seguía diciendo el evangélico.

Un trabajo, y aun así…

—Cristo nunca le da la espalda a nadie.

Neil creía que no se debería resucitar un barco como el Valparaíso y, si lo hacían, un marinero preferente listo buscaría trabajo en otra parte.

—Sabéis, tíos, esto me da un poco de canguelo —comentó una mujer pechugona puertorriqueña con una camiseta ajustada de Menudo—. ¿Por qué nos embarcamos con un cura?

—Sí, ¿y por qué en el puto Titanic? —preguntó un viejo marinero curtido con AMO A BRENDA tatuado en el dorso de la mano.

—Os diré algo más —dijo el hombre rollizo—. Yo fui a Svalbard en un bulk-carrier una vez y os puedo decir a ciencia cierta que allí no encontraréis ni una sola gota de crudo. ¿Qué vamos a cargar, meado de morsa?

—Bueno, es genial tener un barco —dijo la esbelta An-mei Jong con entusiasmo forzado.

—Sí, claro —soltó el amante de Brenda con una falsa alegría.

Neil se metió la mano en el bolsillo derecho de los pantalones y apretó la medalla de Ben-Gurion de su abuelo.

—Vayamos a enrolarnos —dijo, cuando en realidad su impulso era salir corriendo de la sala, encontrar a un marinero parado deambulando por el puerto de la Undécima Avenida y darle su litera al pobre desgraciado.

Tormenta

Para un capitán de barco, dejar su embarcación en manos de un práctico de puerto era una experiencia dolorosa, un suplicio de desplazamiento no muy distinto al de un marido al encontrarse una marca de condón que no utilizaba en el bolso de su mujer. Sin embargo, Anthony Van Horne no era el típico capitán de barco. Los prácticos de puerto no hacían las reglas, pensaba, sino la Comisión Nacional de Seguridad del Transporte. De modo que, cuando una lancha abollada de la Autoridad Portuaria de Nueva York amarró junto al Carpco Valparaíso a las 1735 horas la tarde de la partida prevista, Anthony estaba totalmente dispuesto a ser cortés.

Entonces reconoció al práctico.

Frank Kolby. El viejo empalagoso Frank Kolby, el idiota que se había reído a carcajadas al ver al padre de Anthony representar el naufragio del Val en la salsera.

—Hola, Frank.

—¿Qué tal, Anthony? —El práctico entró en la timonera y se sacó sus pantalones impermeables negros—. Me habían dicho que eras tú quien estaba en el puente. —Llevaba un traje azul con chaleco, bien entallado y muy bien planchado, como si tratase de hacerse pasar por lo que no era, un guarda de aparcamiento con pretensiones—. Han empalmado el Val muy bien, ¿no?

—Me imagino que durará otro viaje —dijo Anthony, poniéndose las gafas de espejo.

Los remolcadores tocaron la bocina para avisar que estaban listos. Kolby dejó caer los pantalones impermeables junto a la bitácora de la brújula, luego alargó la mano hacia la consola de control y cogió rápidamente el walkie-talkie.

—¡Levad anclas!

Crujiendo, echando chorros de vapor, los cabrestantes del castillo de proa giraron, sacando lentamente del río dos cadenas cubiertas de algas. En la pantalla de televisión de proa Anthony vio cómo pegotes de limo negro se escurrían por el ancla de estribor como gelatina por un tenedor y caían sonoramente en el Hudson. Por un instante, imaginó que había visto el cadáver de Rafael Azarías abrazado a las uñas, pero entonces se dio cuenta de que sólo era un pedazo de barro con forma de ángel.

—¡Soltad amarras!

Encasquetándose la gorra de visera de John Deree hasta las cejas, Anthony abrió la puerta de estribor y cruzó el ala del puente con determinación. A lo largo de todo el muelle 88, estibadores con zapatillas rotas y camisetas raídas corrían de aquí para allá, desatando amarras de dacrón de los norays, soltando el petrolero. Pasaban gaviotas revoloteando por delante del sol poniente, graznando su interminable desaprobación del mundo. Media docena de remolcadores convergieron desde todas las direcciones, silbatos agudos sonaban como locos mientras las tripulaciones lanzaban cabos gruesos y enmarañados a los marineros preferentes emplazados en la cubierta de barlovento del Val.

Anthony aspiró una porción generosa de aire portuario —su última oportunidad, antes de desatracar, de saborear esa mezcla única de aceite de carbonera, agua de pantoque, aguas residuales sin tratar, peces muertos y guano de gaviotas—, y volvió a entrar.

—Avante poca —dijo Kolby—, veinte revoluciones.

—Avante poca. —El primer oficial Marbles Rafferty, un marino negro lúgubre de cuarenta y pocos años, delgado y muy encorvado, una especie de pierna de cordero humana, movió las dos palancas de mando hacia adelante con cuidado.

Suave y cautelosamente, como un banco de atunes lazarillo guiando a una ballena ciega a casa, los remolcadores empezaron la operación burda y a la vez tan elegante como un ballet de transportar el Valparaíso por el río y encararlo hacia la bahía alta de Nueva York.

—Diez grados a la derecha —dijo Kolby.

—Diez a la derecha —repitió el marinero preferente al timón, Karl Jaworski, un marinero barrigón que llevaba la designación de marinero preferente hasta los límites más profundos del eufemismo[1]. Con la mirada fija en el indicador, Jaworski le dio al timón un giro letárgico.

—Avante a velocidad media —ordenó Kolby.

—Avante a velocidad media —repitió Rafferty, adelantando los reguladores.

El Valparaíso bordeó la costa suavemente sobre trescientos conductores que se dirigían al oeste y que estaban atrapados en el embotellamiento habitual de las seis del túnel Holland.

—¿Es verdad que papá y su mujer están en España? —le preguntó Anthony al práctico.

—Sí —contestó Kolby—. En una ciudad llamada Valladolid.

—No había oído hablar nunca de ella.

—Cristóbal Colón murió allí.

Anthony reprimió una sonrisita. Pero, claro, ¿a qué otro sitio se arrastraría el viejo al final de su vida sino al lugar del fallecimiento de su ídolo?

—¿Sabes cómo puedo ponerme en contacto con él?

Mientras el práctico se sacaba una agenda electrónica Sanyo del chaleco, Anthony revivió en un instante aquel día de Acción de Gracias previo: Kolby comiéndose una porción de puré de patatas empapado en salsa de menudillos y fluido de mechero.

—Tengo su número de fax.

Anthony cogió un bolígrafo Chevron y un Navegante práctico americano de encima del ordenador Marisat.

—Dispara —dijo, abriendo el libro.

¿Por qué se identificaba su padre tan extremadamente con Colón? ¿Reencarnación? Si así fuera, entonces seguro que el espíritu que ocupaba a Christopher Van Horne no era el Colón visionario e inspirado que había descubierto el Nuevo Mundo. Era el Colón demente y artrítico de los viajes posteriores, el Colón que había tenido una horca instalada permanentemente en el coronamiento del barco para poder ahorcar a amotinados, a desertores, a rezongones y a todos aquellos que dudaban públicamente que hubieran llegado a las Indias.

—Marca el 011-34-28…

Anthony transcribió el número a lo largo del diagrama de la Osa Menor, llenando el carro con los dígitos.

—¡Fuera los remolcadores! —bramó Kolby.

A medida que el World Trade Center se erguía imponente, sus promontorios alzándose al anochecer como norays hechos para amarrar un barco inconcebiblemente colosal, un pensamiento inquietante se apoderó de Anthony. Este scout marino de setenta años, este gilipollas amigo del carámbano de su padre, estaba a doscientos metros de embarrancarles en los bancos de arena.

—¡A la derecha diez grados! —gritó Anthony.

—Estaba a punto de decirlo —soltó Kolby bruscamente.

—Diez a la derecha —repitió Jaworski.

—¡Lentísimo! —dijo Anthony.

—Y eso —dijo Kolby.

—Lentísimo —repitió Rafferty.

—Remolcadores de popa fuera —llegó el informe del contramaestre, saliendo con voz áspera del walkie-talkie.

—Tienes que estar un poco más despierto, Frank. —Anthony le hizo un guiño condescendiente al práctico—. Cuando el Val navega así de ligero, se toma su tiempecito en virar.

—Remolcadores de proa fuera —ordenó el contramaestre.

—Rumbo franco —dijo Anthony.

—Rumbo franco —repitió Jaworski.

Los remolcadores viraron hacia el norte, soltaron una sucesión alta y cachonda de pitidos de despedida y regresaron a toda máquina Hudson arriba como un conjunto de órganos de vapor marineros.

—Despierta a la sala de bombeo —dijo Kolby, arrancando el micro del interfono de la consola y pasándoselo al primer oficial—. Es hora de cargar un poco de lastre.

—No lo hagas, Marbles —dijo Anthony.

—Necesito lastre para navegar —protestó Kolby.

—Mira el sondímetro, por el amor de Dios. Si hasta los bálanos del casco se pueden enganchar al fondo con la polla.

—Éste es mi puerto, Anthony. Sé qué profundidad tiene.

—Nada de lastre, Frank.

El práctico enrojeció y bufó.

—Parece ser que ya no me necesitáis aquí arriba, ¿no?

—Eso parece.

—¿Quién es tu sastre, Frank? —preguntó Rafferty, con cara de póquer—. Me gustaría que me enterraran con un traje como ése.

—Que te jodan —espetó el práctico—. Que os jodan a todos.

Anthony le arrancó el walkie-talkie de la mano a Kolby.

—Bajad la escala real de estribor —ordenó al contramaestre—. Vamos a dejar al práctico dentro de diez minutos.

—Cuando la guarda costera se entere —gruñó Kolby, temblando de rabia mientras se volvía a poner los pantalones impermeables—, no pasará ni una semana antes de que vuelvas a perder la licencia de capitán.

—Presenta tu queja en portugués —dijo el capitán. La estatua de la Libertad pasó deslizándose junto al barco, alzando su antorcha infatigablemente—. Mi licencia es de Brasil.

—¿Brasil?

—Está en Sudamérica, Frank —dijo Anthony, sacando al práctico de la timonera a empujones—. Tú allá no llegarás nunca.

A las 1835 Kolby estaba en la lancha portuaria, regresando a toda velocidad al muelle 88.

A las 1845 el Valparaíso empezó a beberse la bahía alta de Nueva York, aspirando las mareas y metiéndolas en sus tanques de lastre.

A las 1910 la oficial de radiotelegrafía entró en el puente: era Lianne Bliss —“Chispas”, según la sagrada tradición marítima—, la hippy vegetariana, huesuda y pequeña que Ockham había descubierto el miércoles en la Organización Internacional de Capitanes, Oficiales y Prácticos.

—La isla Jay al teléfono. —Para alguien tan menuda, Chispas tenía una voz que retumbaba de manera asombrosa, como si estuviera hablando desde el fondo de un compartimiento de carga vacío—. Quieren saber qué nos proponemos.

Anthony entró agachándose en el cuarto de radiotelegrafía y encendió el micro transmisor receptor con el pulgar.

—Llamando a la estación de la guarda costera de la isla Jay…

—Adelante. Corto.

—Aquí el Carpco Valparaíso, con rumbo en lastre a Lagos, Nigeria, para cargar doscientos mil barriles de petróleo crudo. Corto.

—Roger, Valparaíso. Le informamos de que la borrasca tropical número seis, el huracán Beatrice, está soplando actualmente hacia el oeste desde Cabo Verde.

—Captado, isla Jay. Fuera.

A las 1934 el Valparaíso cruzó la línea etérea que separaba la bahía baja de Nueva York del océano Atlántico Norte. Veinte minutos después, el segundo oficial Spicer —Big Joe Spicer, el único marino a bordo que parecía hecho a la escala del petrolero—, entró en la timonera para relevar a Rafferty.

—Pon rumbo a Santo Tomé —le ordenó Anthony a Spicer. El capitán cogió el termo de café Exxon y su taza de cerámica Carpco y se sirvió la primera de las que esperaba serían unas quinientas tazas de café de Jamaica negro y espeso—. Quiero que estemos allí en dos semanas.

—He oído a la guarda costera mencionar un huracán —dijo Rafferty.

—Olvídate del maldito huracán. Esto es el Carpco Valparaíso, no el velero de un proctólogo. Si se pone a llover, pondremos los limpiaparabrisas en marcha.

—¿O’Connor puede darnos dieciocho nudos constantes? —preguntó Spicer.

—Eso espero.

—Entonces estaremos en el golfo de Guinea antes del diez. —El segundo oficial movió las palancas de mando hacia adelante, punto a punto—. ¿Avante a toda máquina?

El capitán miró hacia el sur, escudriñando las filas del oleaje gris y vítreo, el terreno eternamente cambiante del mar. «Y así empieza —pensó—, la gran carrera, Anthony Van Horne contra la muerte cerebral, la descomposición y los tiburones del mismo demonio.»

—¡Avante a toda máquina!

2 de julio.

Latitud: 37°7’N. Longitud: 58°10’O. Rumbo: 094. Velocidad: 18 nudos. Distancia recorrida desde Nueva York: 810 millas náuticas. Una brisa suave, n° 3 en la escala de Beaufort, sopla a través de la cubierta de barlovento.

Yo quería un diario de verdad, pero no tenía tiempo para ir a una papelería, así que corrí hasta la tienda Thrift Drug y te compré a ti. Según tu portada, eres una «Libreta de espiral oficial de Popeye el marino, copyright © 1959 King Features Syndicate». Cuando te miro la cara arrugada, Popeye, sé que eres un hombre en el que puedo confiar.

En este día, en 1816, la fragata francesa Medusa encalló junto a la costa oeste de África, dice mi Compañero de bolsillo del navegante. «De los 147 que se escaparon en una balsa, casi todos fueron asesinados por sus compañeros, que los lanzaron por la borda o se los comieron. Sólo 15 sobrevivieron.»

Creo que nosotros podemos hacerlo mejor. Para ser una compañía improvisada en el último minuto, parece un grupo bastante listo. Big Joe Spicer se trajo su sextante a bordo, siempre una buena señal en un oficial de derrota. Dolores Haycox, la tercera oficial, una mujer rellenita y curvilínea, pasó la prueba sorpresa que le hice sin ninguna dificultad. (Le hice calcular la distancia desde una hipotética costa escarpada basada en el intervalo entre el toque de la sirena de niebla de un barco y el eco.) Marbles Rafferty, el fúnebre primer oficial, es una elección especialmente poética para esta misión: su bisabuelo pertenecía a una familia de patrones de salvamento de los Cayos de Florida, aquellos marinos vanagloriosos del siglo XIX que fueron, Ockham me informa, «inmortalizados por John Wayne y Raymond Massey en Piratas del mar Caribe».

Ya sabía que Sam Follingsbee era un cocinero genial, pero era imposible distinguir el pollo frito de esta noche del de las recetas secretas del coronel Sanders, tanto el Original como el Extra Crujiente. Un talento extraño, este genio para la mediocridad. Crock O’Connor, el jefe de máquinas, es el tipo de inventor de historias afable de Alabama que asegura que inventó el tapón de media rosca de botella pero que no recibe derechos de autor por culpa de la bellaquería de un abogado sin escrúpulos especialista en patentes. Nos ha estado dando los 18 nudos, así que ¿quién soy yo para llamarle mentiroso? Lou Chickering, el rubio y guapo primer maquinista auxiliar —nuestro propio Billy Budd— es un actor de teatro de Filadelfia que una vez intentó alcanzar el éxito en Broadway y que ahora pasa sus horas libres organizando demostraciones de talento en la sala de juegos de los marineros. Su especialidad es Shakespeare e incluso a nuestros analfabetos les cautivó su representación de anoche de la canción de Ariel de La tempestad («Yace tu padre a cinco brazas…»). Bud Ramsey, el segundo maquinista, es un coleccionista de pornografía, un connaisseur de cerveza y un fanático del stud-poker con siete cartas. Es alentador, creo, cuando un hombre expone sus vicios. Además nos respaldan: 38 marineros contratados con gratitud —23 hombres y 15 mujeres— esparcidos por nuestras cubiertas, cocinas, salas de máquinas y estaciones de control de carga. Me gusta hojear sus currículums. A bordo tenemos un exterior centro de las ligas menores (Albany Bullets), un antiguo payaso (Circo de los hermanos Hunt), un ex convicto (atraco a mano armada), un soldador por puntos, un trabajador de una cadena de montaje de coches, una vendedora de Revlon, un cabo del ejército, un entrenador de perros, una profesora china de matemáticas (primeros años de enseñanza secundaria), un taxista, tres veteranos de la Tormenta del Desierto y un siux lakota de pura cepa llamado James Echohawk.

Una gran masa de petróleo vertido —uno de esos «residuos flotantes de petróleo particulado»—, ha cuajado junto a la costa de Camerún: ésa es la historia que le he estado dando a todo el que pregunta. Cuando Carpco se dio cuenta de que el Vaticano se había enterado del desastre, le ofreció un trato al Papa: quitadnos a Greenpeace y a la ONU de encima y nosotros quitaremos el asfalto inmediatamente. Además, no nos limitaremos a hundirlo. Lo llevaremos a tierra, lo cortaremos en trocitos y refinaremos los fragmentos convirtiéndolos en aceite gratis para las pujantes industrias africanas. Excelente, dijo Roma, pero enviaremos al padre Ockham para supervisar.

Es decir: una operación secreta, ¿lo captáis, tíos? Shh, shh, ¿entendéis? Por eso no les hacemos señales a los barcos que pasan ni encendemos las luces de navegación ni dejamos que nadie llame a casa.

—Vale, pero ¿por qué a esta velocidad de mil demonios? —quiere saber Crock O’Connor—. ¿Estamos practicando para ser el primer superpetrolero que gane la Copa América?

—El asfalto es una amenaza para la navegación —explico—. Cuanto antes lleguemos, mejor.

—Anoche dejé el vaso de zumo de naranja vacío en la mesa —insiste el hombre—, y la maldita cosa salió pitando hasta el borde y se cayó, sin dejar de cantar ni un instante. Estamos vibrando, capitán. Vamos a partir el puto casco.

La verdad es que tiene razón. Lleva tu transportador de crudo ultra grande en línea recta a 18 nudos con los compartimientos de carga vacíos y poco después empezarás a romperte a sacudidas como un Chevrolet del 57.

Hay formas de calmar un barco tembloroso sin perder demasiado tiempo. Estoy usando todos los trucos del libro: cambiando brevemente de velocidad, alterando ligeramente el rumbo, parando las máquinas por completo durante uno o dos minutos y bordeando la costa —cualquier cosa que rompa el ritmo de las olas golpeando la proa—. Hasta ahora funciona. Hasta ahora seguimos de una pieza.

Al amanecer vinieron las tortugas marinas.

Cientos de ellas, Popeye, nadando a través de mis sueños, con los caparazones brillando por el crudo de Texas. Luego llegaron las garcetas niveas, negras como cuervos, luego las espátulas rosadas, las garzas azules…

Me desperté sudando. Me duché, me sequé, leí el primer acto de La tempestad: Próspero invocando la tormenta y atrayendo el barco real a su isla encantada, Miranda enamorándose desesperadamente del príncipe náufrago Ferdinand. Y bebí un vaso de leche caliente. A las 0800 por fin volví a dormirme.

Las ganas de rezar eran intensas, pero Cassie Fowler, que a los cuarenta y un años sabía que no se debía creer en Dios, había logrado resistir hasta el momento. En las trincheras no hay ateos; le pareció que era una máxima inteligente: hábil, irónica y atractiva. Y estaba dispuesta a demostrar que no era cierta.

Durante unas quince horas calurosas, desdichadas y sedientas, Cassie había soportado su trinchera acuática, un bote neumático a la deriva en el Atlántico Norte, y en todo ese tiempo había sido consecuente consigo misma y nunca había pedido ayuda a Dios. Cassie era una mujer íntegra —una mujer que había pasado la primera década de su edad adulta escribiendo obras antirreligiosas, que perdían dinero y que se estrenaban fuera de Broadway (el tipo de sátiras que los críticos calificaban de «mordaces» cuando el autor era un hombre y de «estridentes» cuando era una mujer)—, una mujer que, habiendo dedicado la mayor parte de la treintena a adquirir un doctorado en biología, había optado por enseñar en el aburrido y retrógrado colegio universitario de Tarrytown, un sitio donde podía llevar a cabo pequeños experimentos descabellados (siendo su conclusión inicial que, si tiene la oportunidad, la rata macho de Noruega exhibe instintos de crianza hacia sus crías tan fuertes como la hembra), sin sentirse presionada por ganar una subvención o publicar sus resultados.

Si la situación de Cassie hubiera sido menos desesperada, habría sido cómica, a lo Samuel Beckett: maniobrando el bote neumático con una pala de ping-pong, achicándolo con una taza conmemorativa de Elvis Presley, protegiéndose el cuerpo vestido con un biquini con una toalla de playa de Betty Boop. «Socorro», decía jadeando por el micrófono transmisor receptor, haciendo girar frenéticamente la manivela del generador. «Por favor, alguien… en dirección al este… última latitud conocida, dos grados al norte… última longitud conocida, treinta y siete al oeste… ayúdenme.» No recibía respuesta. Ni una sola palabra. Como si estuviera rezando.

Sabía que hacia el este estaban las Rocas de Saint Paul, un archipiélago volcánico diminuto que se extendía a lo largo del ecuador. Las Rocas no prometían mucho —una oportunidad para recuperar fuerzas, y dejar de achicar agua durante un rato—, pero en este momento un destino sin sentido era mejor que nada.

Una recreación auténtica del histórico viaje de Charles Darwin realizado en una réplica exacta de su barco: «qué concepto tan maravilloso para un crucero —había pensado al leer el folleto—, una especie de vacaciones del Club Med para racionalistas.» Durante todo el vuelo a Inglaterra, Cassie se había imaginado presentando un informe a sus amigos de la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste, proyectando con orgullo sus diapositivas en color de 35 mm de los pinzones y de los lagartos autóctonos de las islas Galápagos (pensaba sacar unos cincuenta carretes de fotos), descendientes de las mismas bestias de cuyas anatomías Darwin había deducido que la Creación provenía no de la mano de Dios Todopoderoso sino de algo muchísimo más interesante —y continuó entregándose a fantasías alentadoras como aquella cuando, el 12 de junio, el Beagle II partió del puerto Charlestown, en Cornualles, con los veinticuatro camarotes atestados de una insólita colección de profesores de biología, naturalistas de sillón y universitarios mimados que no habían completado sus estudios y a los que sus padres exasperados estaban deportando—. El itinerario ideado por Aventuras Marítimas, S.A. hacía que el Beagle II siguiera la ruta exacta de Darwin, con la excepción de una media vuelta en Joas Pessoa para aprovecharse del canal de Panamá y ahorrarse siete meses. Una vez hubieran explorado las Galápagos, un avión con motor a reacción saldría de Guayaquil para llevarles de regreso a Inglaterra.

Nunca pasaron del ecuador. El huracán Beatrice no se limitó a hundir el Beagle II, lo desgarró como uno de los estudiantes de segundo curso de Cassie al diseccionar un cazón. Mientras el barco se hundía, Cassie se encontró sola en un mar glacial, aferrada a un palo y con su toalla de Betty Boop en la mano, asimilando amargamente el hecho de que entre las estratagemas por medio de las cuales Aventuras Marítimas mantenía el viaje organizado a las Galápagos por debajo de los mil dólares por persona estaba la eliminación de balsas y chalecos salvavidas y de pilas de reserva para la radio de onda corta. Sólo por un milagro de la casualidad logró pescar entre los restos flotantes un transmisor receptor que funcionaba con una manivela y subirse a bordo del bote neumático errante del Beagle.

—En dirección al este… última latitud conocida, dos grados al norte… última longitud conocida, treinta y siete al oeste… que alguien me ayude.

Inexorable y malicioso, el sol salió: su enemigo de un solo ojo, un depredador tan peligroso como cualquier tiburón. La toalla de Betty Boop la protegía de los rayos, pero la sed pronto se volvió intolerable. La tentación de hundir la taza de Elvis en el océano y beber era casi irresistible, aunque como bióloga sabía que eso sería fatal. Sí consumía medio litro de agua del mar, junto con esos veinticinco centímetros cúbicos de H2O ingeriría también una cantidad de sal mucho mayor de la que necesitaba el cuerpo. Si repetía, los riñones ya tendrían suficiente H2O para procesar la sal del primer medio litro, pero no el suficiente para procesar la sal del segundo medio litro. Si bebía una tercera vez… etcétera, etcétera, y nunca podría llevar la delantera. Inevitablemente, los riñones se volverían imperialistas y le robarían el agua a los otros tejidos. Se secaría, cogería fiebre, moriría.

—Ayúdenme —gemía Cassie, girando con mucho dolor la manivela del transmisor receptor—. Ultima latitud conocida, dos al norte… longitud, treinta y siete al oeste… agua… agua… No se lo pediré a gritos a Dios —juró—. No rezaré por que me libere.

De pronto aparecieron las Rocas de Saint Paul, seis agujas de granito que se alzaban del ecuador como estalactitas acuáticas, los picos escarchados con montículos cada vez más altos de excrementos de aves marinas. Por un instante saboreó la poesía peculiar del momento. El 12 de febrero de 1832 el Beagle original había anclado en ese mismo lugar. «Al menos desapareceré a la sombra de Darwin —pensó—. Al menos le he seguido hasta el final.»

Al anochecer, Cassie había arribado, maniobrando el bote neumático contra el lado de sotavento del islote. Con el transmisor receptor en la mano y la toalla de Betty Boop echada sobre el hombro, se encaramó a la aguja más alta, la piedra pómez recortada le rasgaba las manos y restregaba las rodillas. Una lata helada de Coca-Cola light flotaba en el aire justo fuera de su alcance; una jarra gélida de limonada le hacía señas desde un peñasco vecino; un géiser glacial arrojaba ponche hawaiano hacia el cielo desde una charca formada por la marea. Al alcanzar la cima, se irguió, con la toalla cayéndole por la espalda como la capa de un monarca. Era todo suyo, el pequeño y espantoso archipiélago entero. Su Alteza Real Cassie Fowler, emperatriz de Guano.

Los viajeros se abatían, un escuadrón tras otro, cormoranes descarados se posaban en sus hombros, alcatraces atrevidos le picoteaban el pelo. A pesar de todo, el terror y la miseria, se encontró deseando que sus estudiantes pudiesen ver aquellos pájaros; estaba dispuesta a dar una clase sobre la familia Sulidae en general y sobre el alcatraz patiazul en particular. El patiazul era un pájaro con visión. Mientras que su primo de calzado rojo ponía los huevos en un nido convencional construido cerca de la copa de un árbol, el patiazul utilizaba la imagen de un nido, una abstracción elegante que creaba formando un círculo con un chorro de guano en el suelo. A Cassie le encantaba el alcatraz patiazul, no sólo por su política (los machos hacían la parte que les correspondía de la empolladura y del cuidado de los polluelos), sino también porque ahí había una criatura para la que las distinciones entre vida, arte y mierda eran menos obvias de lo que todos suponían.

Por todos lados se interpretaban los crudos ritmos darwinianos: cangrejos comiendo plancton, alcatraces devorando cangrejos, peces grandes alimentándose de peces pequeños, una orgía eterna de muerte, festín, digestión y eliminación. Cassie nunca se había sentido tan conectada con la salvaje verdad evolucionista. Allí estaba la Naturaleza, la Naturaleza real, de pinzas rojas, de caca blanca, despojada de todo sentimiento rousseauniano, rapsódica como un herpes, romántica como una infección de levadura.

Con las últimas fuerzas que le quedaban ahuyentó a los pájaros, luego se agachó, como Job, entre el guano. Irónicamente, entre las obras de teatro que había escrito, su favorita, Historias bíblicas para adultos, n° 46: El culebrón, era una continuación audaz de Job. Dos mil años después de que Dios le torturara, intimidara y sobornara, el héroe regresa al estercolero para la revancha.

Su lengua era una piedra. Cassie estaba demasiado seca para llorar. No sucumbiré a la fe, juró, mirando fijamente al otro lado del mar vasto y anónimo.

En las trincheras no hay ateos. «Socorro», dijo Cassie con voz áspera, girando la manivela del transmisor receptor. «Por favor. Ayúdenme. El Beagle era un nombre estúpido para un barco», refunfuñó. «Los beagles son sabuesos, no barcos. Socorro. Por favor, Dios, soy yo», murmuró la darwinista que había dejado de practicar. «Soy Cassie Fowler. Las Rocas de Saint Paul. Los beagles son sabuesos. Por favor, Dios, ayúdame.»

4 de julio.

El cumpleaños de nuestra hermosa república. Latitud: 20°9’N. Longitud: 37°15’O. Rumbo: 170. Velocidad: 18 nudos. Distancia recorrida desde Nueva York: 1.106 millas náuticas.

Si no supiera que no es así, diría que Jehová mismo había enviado aquel huracán. No sólo sobrevivimos, sino que nos llevó 184 millas a 40 nudos y ahora llevamos casi un día de adelanto según lo previsto.

Probablemente un petrolero cargado podría haber partido esas olas grandes, pero nosotros tuvimos que dejarnos llevar por ellas, avante a toda máquina en los senos, lentísimo en las crestas. Había tanta espuma que las olas se volvieron de un blanco puro, como si el mar mismo hubiera muerto.

Teníamos a un buen hombre al timón, un chico de Jersey de cara redonda llamado Neil Weisinger y, de algún modo, nos abrimos camino con insolencia, pero sólo después de que un domo del Marisat se partiera en dos y un pendolón de estribor fuera arrancado de raíz. Sin mencionar 4 botes salvavidas que volaron al agua, 15 ventanas rotas en la camareta alta, 2 brazos rotos, 1 tobillo torcido.

En un viaje normal, siempre que la tripulación se emborracha y alborota, normalmente hago que recuperen la sobriedad de un susto agitando una pistola de bengalas. Sin embargo, si las cosas van como espero, al final acabaremos armando a los marineros con esas malditas armas antidepredadores. Estoy nervioso, Popeye. Un marinero cocido y una bazuca T-62 son una mala combinación.

No importa que las bebidas alcohólicas estén prohibidas en la Marina Mercante de los Estados Unidos. No somos un barco sin alcohol, lo sé. A juzgar por mi experiencia, calcularía que dejamos el puerto con unas 30 cajas de cerveza de contrabando y 65 botellas de licor escondido. Con los años he notado que el ron es especialmente popular. Fantasías de piratas, creo. Yo mismo tengo 4 botellas de mescal en la sala de navegación, recluidas debajo de Madagascar.

Hasta la fecha sólo hemos tenido un contratiempo sin importancia. Se suponía que el Vaticano nos iba a enviar la flor y nata de su colección de cine, pero o bien los rollos nunca llegaron o bien aquellas carmelitas se olvidaron de cargarlos y la única película que llegó a bordo es una copia en panorámica de 16 mm de Los diez mandamientos. Así que tenemos un cine de lujo y sólo una película para pasar en él. Es una peli bastante pésima y sospecho que estaremos tirando tomates a la pantalla mucho antes del décimo pase.

Hay cuatro o cinco vídeos por ahí y miles de cintas con títulos como Babs se come a Boston. Incluso tenemos la célebre Calígula. Pero un repertorio como ése tiende a dejar fríos a un tercio de los hombres y a casi todas las mujeres.

Siempre que saco la pluma de Rafael del arcón y la miro, me vienen a la mente las mismas preguntas. ¿Mi ángel dijo la verdad? ¿Papá es de verdad el único que me puede quitar el petróleo? ¿O Rafael estaba asegurándose del todo de que aceptaría la misión?

En cualquier caso, estoy calculando volver del Ártico pasando por España. Atracaré en Cádiz, le daré permiso a la tripulación para bajar a tierra y me subiré al primer autobús que vaya a Valladolid.

«Lo he hecho —le diré—. He acabado el trabajo.»

Aunque cero por cero grados seguía a medio océano de allí, Thomas Ockham se encontraba lidiando noche y día con las implicaciones escatológicas de un Corpus Dei. Aparte de toda la información que Roma solicitaba explícitamente —rumbo, velocidad, posición, fecha estimada del encuentro—, sus faxes diarios contenían toda la teología especulativa que creía que los cardenales podían soportar.

«A primera vista, Eminencia —le escribió a Di Luca el cuatro de julio—, la muerte de Dios es una noción escandalosa y debilitante. Pero ¿se acuerda de las riquezas que algunos pensadores extrajeron de este filón a finales de los cincuenta y principios de los sesenta? Estoy pensando en concreto en Post Mortem Dei de Roger Milton, en Cultura de la era poscristiana de Gabriel Vahanian y en Eclipse de Dios de Martin Buber. Es cierto, estos hombres no tenían un cuerpo real en las manos (ni nosotros, de momento). Me da la sensación, sin embargo, de que si miramos más allá de nuestra angustia inmediata, tal vez encontremos algunas sorpresas. De una forma extraña, todo este asunto es una confirmación categórica del judeocristianismo (si me permite usar ese oxímoron híbrido), una prueba de que sí que nos habíamos enterado de algo todos estos siglos. Me atrevería a decir que de una teotanatología sólida podrían emerger algunas ideas espirituales sorprendentes.»

A decir verdad, Thomas no creía en esas palabras valientes. A decir verdad, la idea de una teotanatología sólida le deprimía hasta el punto de la parálisis. El viejo sacerdote creía en el fondo del corazón que un país oscuro y violento se encontraba más allá del Corpus Dei, una arribada hacia la cual los transportadores de crudo ultra grandes navegaban solamente por su cuenta y riesgo.

«Estimado profesor Ockham —Di Luca le escribió el cinco de julio—, en estos momentos no nos interesa Martin Buber ni ningún otro cerebro ateo. Nos interesa Anthony Van Horne. ¿Escogieron los ángeles al hombre adecuado? ¿Le respeta la tripulación? ¿Fue su decisión de meterse de lleno en el huracán Beatrice sabia o fue precipitada?»

Al redactar el borrador de su respuesta, Thomas trató los asuntos que le preocupaban a Di Luca con toda la franqueza que pudo: «Nuestro capitán conoce bien su trabajo, pero a veces temo que su celo pondrá la misión en peligro. Está obsesionado con la fecha límite del OMNIVAC. Ayer entramos en un huso horario nuevo y, sólo con la mayor renuencia, ordenó adelantar los relojes…»

Thomas escribió la respuesta en la Smith-Corona portátil: la misma antigualla en la que había escrito La mecánica de la gracia de Dios. Firmó con una pluma de ángel mojada en tinta china, luego llevó la carta a la timonera.

Eran las 1700, una hora desde que el segundo oficial había empezado su guardia. Desde el principio, Big Joe Spicer le había parecido a Thomas el oficial más listo a bordo del Valparaíso, excluyendo a Van Horne. Desde luego era el único oficial que se traía libros al puente, libros de verdad, no colecciones de historietas compradas por catálogo o libros de bolsillo sobre niños con poderes telequinéticos.

—Buenas tardes, Joe.

—Hola, padre —girando noventa grados en su silla giratoria, el oficial descomunal le enseñó un ejemplar de Historia del tiempo de Stephen Hawking—. ¿Lo ha leído?

—Lo pongo como lectura obligatoria en Cosmología 412 —dijo Thomas, echándole una mirada nerviosa al marinero preferente de guardia, Leo Zook. El día antes, él y el evangélico habían entrado en una discusión breve y poco satisfactoria sobre Charles Darwin, en la que Zook estaba en contra de la evolución y Thomas señalaba su verosimilitud fundamental.

—Si lo he entendido —dijo Spicer, tamborileando con los nudillos en Historia del tiempo—, Dios se ha quedado sin trabajo.

—Quizá —comentó Thomas.

—No seas ridículo —replicó Zook.

—En el universo de Stephen Hawking —dijo Spicer, volviéndose hacia el evangélico—, Dios no tiene nada que hacer.

—Entonces Stephen Hawking se equivoca —sentenció Zook.

—¿Qué sabrás tú? ¿Acaso has oído hablar del Big Bang?

—Al principio fue el Verbo.

Thomas no sabía decidir si Zook realmente quería discutir Historia del tiempo o si estaba irritando a Spicer sólo para romper el aburrimiento, ya que el barco estaba en piloto automático en ese momento.

Sin morder el anzuelo, el oficial de derrota se volvió a girar hacia Thomas.

—¿Va a celebrar la misa hoy?

—A las quince cero cero horas.

—Estaré allí.

«Bien —pensó el sacerdote—, tú, Follingsbee, la hermana Miriam, Karl Jaworski y nadie más. La parroquia más escasa a este lado del primer meridiano.»

Al dirigirse hacia el cuarto de radiotelegrafía, preguntándose qué le beneficiaba más al mundo, el ateísmo entusiasta de un Hawking o la fe inquebrantable de un Zook, Thomas casi chocó con Lianne Bliss.

Mirando a su alrededor rápidamente, fue directa hasta el oficial de derrota y le dio la vuelta como un barbero apuntando a un cliente hacia un espejo.

—¡Joe, llama al jefe!

—¿Por qué?

—¡Llámale! ¡SOS!

Seis minutos después Van Horne estaba en el puente, oyendo cómo una superviviente del huracán Beatrice llamada Cassie Fowler al parecer había atracado un bote neumático en las Rocas de Saint Paul.

—Podría ser una trampa —le dijo el capitán a Bliss. Le goteaba agua fresca del pelo y de la barba, restos de una ducha interrumpida—. ¿No habrás roto el silencio radiofónico, verdad?

—No. Y no porque no quisiera. ¿A qué se refiere con una trampa?

Sin decir nada, Van Horne se dirigió al radar de doce millas y miró fijamente el objetivo: una bandada de alcatraces migratorios, sospechaba Thomas.

—Ponte a la corneta, Chispas —ordenó el capitán—. Dile al mundo que somos el Arco Fairbanks, en dirección al sur de las islas Canarias. A cualquiera que se comunique con nosotros dale las coordenadas de Fowler.

—¿Es necesario mentir? —preguntó Thomas.

—Cada orden que doy es necesaria. De lo contrario, no la daría.

—¿Puedo llamar a la mujer? —preguntó Bliss, volviendo a la caseta.

Van Horne pasó el dedo índice alrededor de la pantalla del radar, rodeando a los pájaros.

—Dile que hay ayuda en camino. Punto.

Con el ocaso, Bliss regresó al puente y ofreció su informe. Según parecía, el Valparaíso era el único barco a quinientos kilómetros de las Rocas de Saint Paul. Se había puesto en contacto con una docena de puertos desde Trinidad hasta Río y, entre los pocos oficiales de la guardia costera y los trabajadores de la Cruz Roja Internacional que entendían su mezcla desesperada de inglés, español y portugués, ni uno solo disponía de un avión o de un helicóptero con bastante capacidad de combustible para cruzar hasta la mitad del Atlántico y regresar.

—¿Qué dijo Fowler cuando le llamaste? —preguntó Thomas.

—Quería saber si yo era un ángel.

—¿Qué le dijiste?

Frunciendo el ceño, Bliss le lanzó una mirada furiosa a Van Horne.

—Le dije que no tenía autorización para responder.

Dejando Historia del tiempo encima de la terminal del Marisat, Spicer se dirigió a grandes zancadas hasta el timón y desconectó el piloto automático.

—Curso dos-siete-tres, ¿no?

—No —dijo Van Horne—. Mantenemos el curso.

—¿Que lo mantenemos? —dijo Zook, agarrando el timón.

—Es una broma —dijo Spicer.

—No puedo tirar veinticuatro horas, Joe. Es todo lo que ganamos con el Beatrice. Ponnos otra vez en micro de hierro.

Thomas se mordió la boca, los molares se le clavaban en la carne tierna de las mejillas internas. Nunca se había enfrentado a un dilema así. ¿El curso cristiano estaba hacia el oeste, por el ecuador, o hacia el sudeste, hacia Dios? ¿Cuántas neuronas divinas eran igual a un solo náufrago humano? ¿Un millón? ¿Mil? ¿Diez? ¿Dos? Su escepticismo respecto a la predicción del OMNIVAC no hacía mucho por mitigar su ansiedad. Con el tiempo, incluso una neurona salada podría demostrar que era tan valiosa científica y espiritualmente que empezaría a parecer que valía una decena de náufragos, dos decenas de náufragos, tres decenas, cuatro, las vidas de todos los náufragos desde Jonás.

Pero a Jonás lo habían librado, ¿no?

La ballena le había vomitado.

—Capitán, tiene que hacer que viremos —ordenó Thomas.

Cogiendo de un manotazo los prismáticos del puente, Van Horne soltó un resoplido enfadado.

—¿Qué?

—Le digo que haga que viremos. Déle la vuelta al Val y póngalo en dirección a las Rocas de Saint Paul.

—Parece que ha olvidado quién está al mando de esta operación.

—Y usted parece que ha olvidado quién la está pagando. No se imagine que no le pueden reemplazar, capitán. Si los cardenales se enteran de que no ha cumplido con un deber cristiano obvio, no dudarán en traernos por avión a otro patrón.

—Creo que deberíamos hablar en mi camarote.

—Creo que deberíamos virar el barco.

Van Horne alzó los prismáticos e, invirtiéndolos, miró a Thomas por los extremos equivocados, como si al reducir el tamaño del sacerdote también pudiera reducir su autoridad.

—Joe.

—¿Capitán?

—Quiero que traces un curso nuevo.

—¿Destino?

Endureciendo la boca y entrecerrando los ojos, Van Horne metió los prismáticos en su compartimiento de lona.

—Esa granja de guano que hay en medio del Atlántico.

—Bien —dijo Thomas—. Muy bien —añadió, preguntándose cómo, exactamente, justificaría ese desvío ante Di Luca, Orselli y el Papa Inocente XIV—. Créame, Anthony, los actos de compasión son el único epitafio que Él quiere.

Endecha

Cuando Cassie Fowler se despertó, le asombró menos ver que existía una vida después de la muerte que descubrir que precisamente a ella le habían dejado entrar. Parecía que toda su edad adulta, año tras año de fastidiar al Todopoderoso y de rendirle homenaje a la Ilustración, no había llegado a nada. Había sido salvada, extasiada, inmortalizada. Mierda. La situación hablaba mal de ella y peor de la eternidad. ¿Qué cielo digno de ese nombre aceptaría a una infiel tan ardiente como ella?

Era, sin duda, un lugar pío. Un Cristo pequeño de cerámica con ojos azules y labios rojo cereza colgaba sangrando de la pared del fondo. Un sacerdote delgado, adusto y huesudo rondaba junto a su almohada. A los pies de su cama un hombre grande se erguía imponente, la barba gris y la nariz rota evocando a todos los profetas del Viejo Testamento de los que se había enseñado a desconfiar.

—Tiene mucho mejor aspecto. —El sacerdote apoyó la mano sobre su mejilla cubierta de ampollas—. Me temo que no hay ningún médico a bordo, pero el primer oficial cree que no sufre de nada peor que de agotamiento combinado con deshidratación y quemaduras de sol graves. Le hemos estado untando con Noxzema.

Poco a poco, como un algodón de azúcar que se disuelve en la boca de un niño, la niebla se evaporó de la mente de Cassie. «A bordo», había dicho. «Primer oficial», había dicho.

—¿Estoy en un barco?

El sacerdote señaló al profeta.

—El vapor Valparaíso, al mando del capitán Anthony Van Horne. Llámeme padre Thomas.

Vinieron los recuerdos. Aventuras Marítimas… Beagle II… el huracán Beatrice… las Rocas de Saint Paul.

—¿El famoso Valparaíso? ¿El Valparaíso del vertido de petróleo?

—El Carpco Valparaíso —dijo el capitán con frialdad.

Cuando Cassie se sentó, el hedor medicinal del alcanfor le llenó la nariz. Un dolor le atravesó los hombros y los muslos: el mordisco terrible del sol ecuatorial, la piel enrojecida gritando bajo la capa de Noxzema. Dios Santo, estaba viva, era una ganadora, una niña mimada, una vencedora frente a todas las probabilidades.

—¿Cómo es que no tengo sed?

—Cuando no estaba farfullando por los codos —dijo el sacerdote—, consumió casi cuatro litros de agua fresca.

El capitán dio un paso hacia la luz, ofreciéndole una mandarina. Era más guapo de lo que había supuesto al principio, con una frente byronesca y la clase de virilidad triste y vulnerable que se solía encontrar en las estrellas masculinas de culebrones que iban de capa caída.

—¿Tiene hambre?

—Estoy famélica. —Al recibir la mandarina, Cassie llevó el pulgar a su polo norte y empezó a pelarla—. ¿De verdad farfullé?

—Bastante —respondió Van Horne.

—¿Sobre qué?

—Ratas noruegas. Su padre murió de un enfisema. En su juventud escribió obras de teatro. Oliver, que debe de ser su novio, se las da de pintor.

Cassie resopló, medio asombrada, medio fastidiada.

—Se las da de pintor —corroboró.

—No está segura de si quiere casarse con él.

—Bueno, ¿quién lo está?

El capitán se encogió de hombros.

Ella rompió un cuarto de esfera de mandarina y masticó. La pulpa sabía dulce, húmeda, crujiente —viva—. Saboreó la palabra, el vocablo sagrado. Viva, viva.

—Viva —dijo en voz alta e, incluso antes de que la segunda sílaba le pasara por los labios, sintió como la euforia se escabullía—. Treinta y tres pasajeros —murmuró, su voz a la vez acongojada y amarga—. Diez marineros…

El padre Thomas asintió enérgicamente con la cabeza. Ella se dio cuenta de que las cejas se le extendían sobre el puente de la nariz, enredándose como dos orugas grises al besarse.

—Es trágico —dijo el padre.

—Dios les mató con su huracán —aseguró ella.

—Dios no tuvo nada que ver.

—La verdad es que estoy de acuerdo con usted, aunque por razones bastante distintas de las suyas.

—No esté tan segura de eso —dijo el sacerdote, enigmáticamente.

Cassie se acabó la mandarina. En su continuación irreverente de Job, la amante del héroe no dejaba de repetir una frase del original, una y otra vez: «Y he escapado sólo yo para traerte la noticia.»

—¿Este es su camarote? —preguntó, señalando el Cristo de cerámica.

—Lo era. Me he mudado.

—Se olvidó el crucifijo.

—Lo dejé aquí a propósito —dijo el padre Thomas sin entrar en detalles.

—Disculpe mi ignorancia —dijo Cassie—, pero ¿los petroleros suelen llevar clérigos?

—Este no es un viaje normal, Dra. Fowler. —Los ojos del sacerdote se le abrieron mucho y se le desorbitaron, mirando rápidamente en todas direcciones como abejas que hubiesen perdido el rastro de su colmena—. De hecho, es anormal.

—Cuando hayamos cumplido nuestra misión —intervino el capitán—, le llevaremos de vuelta a los Estados Unidos.

—¿De qué está hablando?

—Durante las próximas nueve semanas —dijo Van Horne—, será nuestra invitada.

Cassie frunció el ceño, su cuerpo achicharrado se endurecía por la confusión y la ira.

—¿Nueve semanas? ¿Nueve semanas? De eso nada, yo empiezo a dar clases a finales de agosto.

—Lo siento.

—Llamen a un helicóptero, ¿vale? —Despacio, como un pez heroico, evolucionista, que se estuviera arrastrando hasta tierra firme, se levantó de la litera y sólo después de tocar con los pies la alfombra verde de pelo largo se molestó en preguntarse si iba vestida—. ¿Entienden? —Miró hacia abajo y vio que alguien le había cambiado el biquini por un quimono estampado con los signos del zodíaco. Pegada con la Noxzema, la seda se le enganchaba a la piel en pedazos grandes y amorfos—. Quiero que me fleten un helicóptero de la Cruz Roja internacional, cuanto antes mejor.

—No estoy autorizado para informar de nuestra posición a la Cruz Roja Internacional —dijo Van Horne.

—Por favor… mi madre, se volverá loca —Cassie protestó, sin saber si era mejor sonar desesperada o furiosa—. Oliver también. Por favor…

—Le permitiremos un mensaje breve a casa.

Un viejo panorama, y Cassie lo odiaba, el patriarcado ejerciendo su poder. Sí, señora, creo que al final podremos llegar a arreglarle el engranaje desmultiplicador, como si supiera qué demonios es un engranaje desmultiplicador.

—¿Dónde está el teléfono?

A Van Horne se le hincharon unas venas azules de la frente.

—No le estamos ofreciendo un teléfono, Dra. Fowler. El Valparaíso no es una granja a la que ha llegado por casualidad después de que se le pinchara una rueda.

—Entonces, ¿qué me están ofreciendo?

—Toda la comunicación se realiza a través del cuarto de radiotelegrafía del puente.

Un espasmo de dolor de la quemadura del sol le corrió por el cuello y la espalda a Cassie cuando seguía al padre Thomas por un pasillo de caoba reluciente y entraba en la claustrofobia repentina de la cabina de un ascensor. Cerró los ojos e hizo una mueca.

—¿Quién es Runkleberg? —preguntó el sacerdote mientras subían.

—¿Farfullé sobre Runkleberg? Llevo años sin pensar en él.

—¿Otro novio?

—Un personaje de una de mis obras de teatro. Runkleberg es mi Abraham del siglo veinte. Una hermosa mañana está fuera regando las rosas y oye la voz de Dios diciéndole que sacrifique a su hijo.

—¿Obedece?

—Su esposa interviene.

—¿Cómo?

—Le castra con las podaderas del seto y él muere desangrado.

El sacerdote tragó saliva de forma audible. El ascensor se detuvo en la séptima planta.

—Biología y teatro —la llevó por otro pasillo reluciente—, no son dos disciplinas a las que suela dedicarse una misma persona.

—Padre, sencillamente, no puedo quedarme en este barco.

—Pero cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que el biólogo y el dramaturgo tienen mucho en común.

—Nueve semanas no. Tengo que limpiar mi despacho, preparar mis clases…

—Son exploradores, ¿verdad? El biólogo busca descubrir las leyes de la naturaleza, el dramaturgo sus verdades.

—Nueve semanas es imposible. Me moriré de aburrimiento.

La caseta de radio del Valparaíso era una aglomeración de transmisores receptores, teclados, faxes y terminales de télex entretejidos por cables coaxiales. En medio del desorden holgazaneaba una mujer joven y esbelta con pelo color zanahoria y una piel con la tez del queso provolone. Cassie sonrió, agradecida por los distintivos que la telegrafista llevaba prendidos a la camisola roja a modo de medallas: un puño cerrado surgiendo del símbolo médico de Mujer, y el lema LOS HOMBRES LE TIENEN ENVIDIA AL ÚTERO. Sólo el colgante de la oficial, un cristal de cuarzo engastado en plata, le dio que pensar a Cassie, pero hacía tiempo que había aceptado el hecho de que, cuando se trataba de las afectaciones con las que a las feministas radicales les gustaba empobrecer sus mentes —terapia de cristales, neopaganismo, Wicca—, su escepticismo la colocaba categóricamente en una minoría.

—Me gustan tus distintivos.

—Te queda bien mi quimono —dijo la telegrafista con una voz tan profunda que podría haber venido de alguien el doble de su tamaño.

—Le toca un telegrama, Chispas —dijo el padre Thomas, saliendo de espaldas de la caseta—. Veinticinco palabras a su madre, punto. Nada sobre un barco llamado el Valparaíso.

—Roger. —La mujer alargó el brazo desnudo, los bíceps decorados con el tatuaje de una esbelta diosa marina surcando las olas como la pasajera de una tabla de surf—. Lianne Bliss, sagitario. Soy la que captó tu SOS.

La bióloga le estrechó la mano a Lianne Bliss, que la tenía resbaladiza por el sudor ecuatorial.

—Soy Cassie Fowler.

—Lo sé. Menuda aventura has tenido, Cassie Fowler. Sacaste la carta de la Muerte, y luego el Destino la invirtió.

—¿Eh?

—Lenguaje del tarot.

—Me temo que no creo en esas cosas.

—Tampoco crees en Oliver.

—Jesús.

—En un superpetrolero no hay privacidad. Cuanto antes lo sepas, mejor. Vale, el chico tiene pasta pero creo que deberías dejarle. Parece un presumido.

—Oliver es de los que devuelve el vino en un restaurante cuando no le gusta —reconoció Cassie, frunciendo el ceño.

—Según tengo entendido, planea ser el próximo Van Gogh.

—Demasiado cuerdo. Un pintor de domingo como mucho… estoy viva, ¿no, Lianne? Es increíble.

—Estás viva, cielo.

Y he escapado sólo yo para traerte la noticia.

Alargando el dedo índice, Cassie jugueteó con una tecla de telégrafo incorpórea, pulsando jerigonza distraídamente.

—Ahora que todos mis secretos se han revelado, ¿qué hay de los tuyos? ¿Odias tu trabajo?

—Me encanta mi trabajo. Tengo la oportunidad de escuchar las conversaciones de todo el condenado planeta. En una noche clara puedo sintonizar con un hombre de negocios de Tokio y su amante practicando el sexo a través de un teléfono móvil, con un par de traficantes de droga radioaficionados planeando un lanzamiento de opio en Hong Kong, con algunos neonazis despotricando juntos por la banda ciudadana en Berlín. Se lo puedo pasar todo por el hilo musical a las habitaciones de los marineros y ¿sabes qué quieren en realidad? ¡Béisbol de los Estados Unidos! Vaya desperdicio. Si vuelvo a oír otro partido de los Yankees, vomitaré. —Se llevó un lápiz azul de Carpco a la boca y chupó la punta—. Bueno… ¿qué le decimos a mamá?

El cuarto de radiotelegrafía, decidió Cassie, sería un escenario genial para una obra. Se imaginó una sátira de un acto situada únicamente en el complejo de comunicaciones central del cielo, con Dios en los diales, evitando los gritos de dolor y las llamadas de auxilio mientras intenta captar el estadio de los Yankees.

Cerrando los ojos, se centró en su madre: Rebecca Fowler de Hollis, New Hampshire, una pastora de la Iglesia Unitaria alegre y llena de energía cuya iconoclastia era tan fuerte que escandalizaba incluso a su propios feligreses. BEAGLE II HUNDIDO POR EL HURACÁN… SOY LA ÚNICA SUPERVIVIENTE… POR FAVOR DÍSELO A OLIVER…

Sus pensamientos perdieron el rumbo. Misión, había dicho Anthony Van Horne, un barco con una misión, y por la rara expresión que el padre Thomas había adoptado en su camarote, era la misión más siniestra desde que Saúl de Tarso había sufrido un ataque epiléptico y lo había llamado cristianismo.

—Deduzco que éste no es un viaje ordinario.

Lianne le dio un tirón al distintivo de la ENVIDIA AL ÚTERO.

—Es un maldita maniobra de encubrimiento, Cassie. Al parecer, la Santa Madre Iglesia ha detectado una bola enorme de alquitrán que se está coagulando junto a las costas de África, pero ha prometido no hablar del asunto si Carpco agarra la mierda esa y se la da a una organización benéfica. Personalmente, creo que el acuerdo entero apesta.

—Soy socia fundadora de la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste —dijo Cassie, ladeando la cabeza, dando a entender que lo comprendía, como si se diera por sentado que cualquier socio fundador de la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste no necesitaba que le informaran sobre los defectos de la Santa Madre Iglesia—. Una organización vital, creo, un verdadero baluarte —señaló el colgante de Lianne—, aunque no te gustaría nuestra opinión sobre esas cosas.

—¿Tetas pequeñas?

—Cristales mágicos.

—Me quitó el herpes.

—Lo dudo.

—¿Tienes una explicación mejor?

—El efecto placebo.

—¿Sabes qué, Cassie Fowler? Deberías pasar más tiempo en barcos. Haciendo de vigía en la proa, con el océano rugiendo a tu alrededor y el universo entero extendido sobre la cabeza… verás, así sabes que hay algún tipo de presencia eterna ahí fuera.

—¿Un viejo con barba? —dijo Cassie, reprimiendo una sonrisa burlona.

—Cielo, si he aprendido algo durante mis diez años en el mar, es esto: nunca confundas a tu capitán con Dios.

12 de julio.

Hace dos días llegamos a nuestro destino, 0°0’N, 0°0’E, a 600 millas de la costa de Gabón. Ambas zonas estaban despejadas y, debería habérmelo esperado, Rafael me dijo que el cuerpo se ha estado moviendo, empujado por la corriente.

Supongo que esperaba que encontraríamos algo.

Nuestra pauta de búsqueda es una espiral que se va expandiendo, de sur a norte, oeste a este, norte a sur, este a oeste, sur a norte, un rumbo que debería llevarnos cerca de Santo Tomé antes del martes. Estamos tejiendo una red en el mar, Popeye. Huecos grandes. Pero también es un pez grande.

Crock O’Connor sigue dándome mis 18 nudos, lo que significa que alcanzaremos el ecuador dos veces más antes de medianoche.

Esa Cassie Fowler me odia, lo sé. No hay duda de que es una de «esas personas». De las que abrazan árboles, aman a los bichos y besan a los calamares, las reconozco a un kilómetro, gente para la que un contaminador como Anthony Van Horne se merece que los hurones se lo coman vivo. Sin embargo, tengo que admitir una cosa: es una mujer atractiva, voluptuosa como la vieja Lorelei de mi brazo, con el pelo negro y rizado y una de esas caras largas y caballunas que de pronto parecen cómicas y al poco rato hermosas. He decidido ponerla a trabajar, rascando herrumbre, quizá fregando un váter o dos. En el Carpco Valparaíso nadie viaja gratis.

A la hora de la cena dicté una norma. «Llamadme en cuanto aparezca algo raro por cualquier zona, sea de noche o de día.» A lo que Joe Spicer replicó, con recelo: «Tanto alboroto por un asqueroso pedazo de asfalto».

No somos un barco feliz, Popeye. La tripulación está harta. Está cansada de avanzar en círculos a toda máquina y de ver Los diez mandamientos y de preguntarse qué les oculto.

Cada vez que cruzamos el 0° al norte, Spicer deja caer un centavo en el ecuador.

—Trae buena suerte —dice.

—La necesitaremos —respondo.

—Capitán, aquí hay algo extraño…

Anthony reconoció la voz del oficial de derrota, saliendo por el altavoz del interfono en medio de las interferencias: la voz del oficial y más, la misma mezcla de incredulidad y miedo con la que el primer oficial Buzzy Longchamps había pronunciado su veredicto, Capitán, creo que estamos en un buen lío, la noche en que el Val se incrustó en el arrecife Bolívar.

Fue tambaleándose hacia el interfono fijado en la pared, tirando de las sábanas, abriéndose camino como podía a través de su aturdimiento de insomne.

—¿Extraño? —masculló, apretando el interruptor—. ¿Qué es extraño?

—Perdone que le despierte —dijo Big Joe Spicer—, pero tenemos un objetivo.

Saliendo de la litera, Anthony se sacó un grano diminuto de arena del ojo y lo hizo rodar entre el pulgar y el índice, luego miró alrededor buscando los zapatos. Por lo demás, iba completamente vestido, hasta el chaquetón raído y la gorra de lona de los Mets. Desde que llegaron al cero por cero, había despojado su vida de irrelevancias, así pues, comía esporádicamente, dormía vestido y dejaba que la barba le invadiera la cara. Durante setenta y dos horas su mente sólo había conocido la caza.

Agarró la taza de Carpco, metió los pies nudosos en las zapatillas de tenis y, sin molestarse en atar los cordones, corrió al ascensor.

Un resplandor suave iluminaba el puente: las pantallas de radar, el sistema para evitar colisiones, la terminal del Marisat, el reloj. Eran las 0247. Spicer estaba encorvado sobre el radar de doce millas, toqueteando el control de perturbaciones por lluvia y nieve.

—Capitán, he visto el laserdisc de mi cuñado de Garganta profunda y casi todos los episodios de Granjero último modelo y le juro —señaló el objetivo—, que ésa tiene que ser la cosa más rara que se ha visto en un tubo de rayos catódicos.

—¿Un banco de niebla?

—Es lo que parecía en la pantalla del radar de quince millas, pero ya no. Ese mamotreto tiene volumen.

—¿Santo Tomé?

—He comprobado nuestra posición tres veces. Santo Tomé está a veinticuatro kilómetros en dirección contraria.

—¿El asfalto?

—Demasiado grande.

Anthony cerró el puño. Se le tensó el pecho. La sirena del antebrazo se puso rígida.

—Rumbo franco —le ordenó al timonel, el musculoso siux lakota, James Echohawk.

—Rumbo franco —repitió Echohawk.

Anthony fijó la mirada adormilada en el radar. En la pantalla aparecía una mancha irregular larga, trascendental como una sombra en una radiografía de un pulmón. Borrosa, sin forma y, sin embargo, sabía exactamente de quién era la imagen grabada electrónicamente que estaba contemplando.

—Bueno, ¿qué es?

—Si te lo dijera, no me creerías —Anthony agarró los reguladores y redujo la velocidad de ambas hélices a sesenta y cinco revoluciones por minuto. No había forzado a su barco a superar las velocidades recomendadas ni había atravesado el huracán Beatrice sólo para que chocaran contra su cargamento y se hundieran—. Haré el resto de tu guardia por ti, Joe. Ve a dormir un poco.

El segundo oficial miró a su capitán a los ojos. Señales silenciosas viajaron entre los hombres. La última vez que un oficial había abandonado el puente del Valparaíso, cuarenta y un millones de litros de petróleo se habían vertido en el Golfo de México.

—Gracias, capitán —dijo Spicer, yendo hasta la consola junto a Anthony—, pero creo que me quedaré.

—¿Cómo está el café de Follingsbee esta noche? —le preguntó Anthony al timonel—. ¿Bastante fuerte?

—Se podría imprimar un pendolón con él, capitán —dijo Echohawk.

—Bajemos otro punto, Joe. Sesenta revoluciones.

—A la orden. Sesenta.

Anthony cogió el termo de Exxon y echó café en el interior manchado de su taza de Carpco.

—Ve diez grados a la izquierda —dijo, con la mirada fija en el radar—. Estabiliza a cero-siete-cinco.

—Cero-siete-cinco —respondió Echohawk.

—La presión está bajando —apuntó Spicer, fijándose en el barómetro—. Ha bajado a novecientos noventa y seis.

Tras sacar los prismáticos de su compartimiento, Anthony miró hacia el horizonte a través del parabrisas mugriento y salpicado de gotas de lluvia. La presión estaba bajando: en efecto. Hubo un relámpago, que cayó del cielo como una pasarela torcida, iluminando cien mil cabrillas. Nubes grises y gordas flotaban en el cielo septentrional como ovejas acromegálicas.

—Cincuenta y cinco revoluciones.

—Cincuenta y cinco.

Anthony se bebió el café de un trago. Caliente, maravillosamente caliente, pero no lo suficiente para descongelarle las entrañas.

—Joe, quiero que hagas una llamada al camarote del padre Ockham —ordenó, tirando de la puerta que llevaba al ala de estribor. La tormenta se abalanzó hacia dentro, le salpicó la cara y alborotó los pelos de la barba—. Dile que venga aquí arriba inmediatamente.

—Son las tres de la madrugada, capitán.

—No se perdería esto por nada del mundo —dijo Anthony, saliendo de la timonera.

—¡La presión sigue bajando! —el segundo oficial gritó tras él—. ¡Novecientos ochenta y siete!

El instante en que Anthony salió a la noche turbulenta, le llegó el olor, que se enturbiaba de un lado a otro del ala del puente. Intenso y grávido, curiosamente dulce, no tanto la peste de la muerte como la fragancia de la transformación: hojas que se pudren en alcantarillas húmedas, lámparas hechas con calabazas que se arrugan en los umbrales suburbanos, plátanos que se ablandan con sus pieles correosas negras.

—¡Cincuenta revoluciones, Joe! —gritó a través de la puerta abierta.

—¡Cincuenta, capitán!

Entonces llegó el sonido, denso y en capas, una especie de gemido coral flotando por encima del zumbido de las máquinas y del rugido del Atlántico. Anthony levantó los prismáticos. Un tridente de electricidad largo y brillante arponeó el mar. Otros diez minutos, calculó, desde luego no más de quince, y tendrían contacto visual…

—Ese sonido —dijo el padre Ockham, poniéndose el panamá y abrochándose el impermeable de vinilo negro mientras corría hacia el ala.

—Es raro, ¿verdad?

—Triste.

—¿Qué supone que…?

—Una endecha.

—¿Eh?

En el mismo momento en que Ockham repetía la palabra, un relámpago le reveló la verdad. Endecha, ah, sí. En la luminosidad repentina Anthony vio a los dolientes, dando coletazos y revolcándose en el mar bullente, revoloteando por el cielo agitado. Manadas de narvales afligidos a estribor, manadas de rorcuales desconsolados a babor, bandadas de cormoranes huérfanos arriba. Otro relámpago y aparecieron aún más especies, gaviotas argénteas, grandes págalos, fuimares, pardelas, petreles, paquiptilas, frailecillos, focas leopardo, focas fétidas, focas peludas, belugas, manatíes… Multitudes y multitudes, la mayoría de ellas a miles de kilómetros de su hábitat y de su hogar, levantando las voces por la pena sobrenatural, una fusión de cada pulmón marítimo y cada laringe acuática que Dios había puesto en la Tierra.

—¡Diez grados a la derecha!

—¡Diez a la derecha!

—¡Cuarenta y cinco revoluciones!

—¡Cuarenta y cinco!

Milagrosamente, cada lengua mantenía su identidad en el mismo momento en que se unía al lamento general. Cerrando los ojos, Anthony se asió a la barandilla y escuchó, sobrecogido por las elegías silbadas de los delfines mulares, las oraciones guturales de los leones marinos y el lamento bajo y agudo de mil fragatas.

—El olor —dijo el sacerdote—. Es más bien…

—¿Afrutado?

—Exacto. No ha empezado a estropearse.

Anthony abrió los ojos.

—¡Joe, cuarenta revoluciones!

—¡Cuarenta, capitán!

Un relámpago, enorme, dirigiéndose hacia cero-uno-cinco.

Un relámpago, una serie de formas redondas y altas, todas elevándose al cielo.

Un relámpago, las formas otra vez, como montañas extendidas a lo largo de una costa, cada cual más alta que la siguiente.

—¿Lo ha visto?

—Sí —respondió el sacerdote.

—¿Y…?

Ockham, temblando, se sacó una Sony Handicam del bolsillo del impermeable.

—Creo que son los dedos de los pies.

—¿Los qué?

—Dedos de los pies. Acabo de perder una pequeña apuesta. La hermana Miriam creía que estaría en decúbito supino —a Ockham se le hizo un nudo en la garganta—, mientras que yo suponía…

—En decúbito supino —repitió Anthony—. Sonríe, me dijo Rafael. ¿Se encuentra bien, Thomas?

El sacerdote trataba de ver a través del visor de la Handicam, pero estaba temblando demasiado para colocar bien el ojo en el adaptador ocular. Se le derramaban lluvia y lágrimas por la cara en cantidades iguales.

—Se me pasará.

—¿No irá a desmayarse?

—He dicho que se me pasará. —En su segundo intento, Ockham logró elevar la Handicam y grabar un buen trozo de cinta—. Es bastante poético ver los dedos de los pies primero. La palabra en inglés, toe, tiene un significado especial en mi campo. T-O-E: Theory of Everything, Teoría del Todo.

—¿Todo?

—Estamos buscando una, los cosmólogos. —El sacerdote recorrió las falanges de dolientes con la cámara—. De momento, tenemos ecuaciones de TDT que funcionan a nivel submicroscópico, pero nada que —se le astilló la voz— se ocupe también de la gravedad. Es tan horrible.

—¿No tener una TDT?

—No tener un Padre celestial.

Otra explosión celeste. Sí, se dijo Anthony a sí mismo, no había duda: diez dedos pálidos y curtidos, rígidos por el rigor mortis, que se arqueaban en el cielo sombrío como cúpulas en forma de bulbo que coronasen una ciudad bizantina.

—¡Lentísimo!

—¡Lentísimo!

—Ojalá pudiera ayudarle —dijo Anthony.

—Sólo trate de entender. —El sacerdote volvió a guardarse la Handicam en el bolsillo del impermeable y se sacó las gafas bifocales—. Trate de entender —repitió, limpiando las lentes con la manga—. Inténtelo —dijo con voz quejumbrosa el padre Thomas Ockham, gritando por encima de la tormenta, del mar y de la música demente e irregular del velatorio.

«Antiguamente —pensaba Neil Weisinger—, los barcos mercantes tenían galeotes: ladrones y asesinos que morían encadenados a sus remos.» Hoy en día, tenían marineros preferentes: tontos e inocentones que se desplomaban sujetando sus pistolas de aguja neumáticas Black and Decker. Descascarillar y pintar, descascarillar y pintar, lo único que hacían era descascarillar y pintar. Incluso en un viaje tan extraordinario como éste —un viaje en el que había una isla enorme y carnosa junto a la aleta de estribor, atendida incansablemente por ballenas que gemían y aves que graznaban—, no se podía escapar del descascarillado, ni descansar de la pintura.

Neil estaba en la cubierta del castillo de proa, desconchando herrumbre de un puntal, cuando una voz chilló por el sistema de megafonía, acallando el ruido de su pistola de aguja y penetrando los tapones de goma que tenía en los oídos.

—¡Compañía del barco! —gritó Marbles Rafferty, el jaleo de la pistola entrecortaba sus palabras en sílabas—. ¡A-ten-ción! ¡Que-to-dos-los-ma-ri-ne-ros-se-pre-sen-ten-en-la-sa-la-de-o-fi-cia-les-a-las-die-ci-séis-quin-ce-ho-ras!

Neil apagó la pistola, se quitó los tapones.

—Repito: que todos los marineros se presenten…

Desde que la tía Sarah había ido con Neil al Yeshiva[2] y había insistido en que dejara de regodearse en la pena —habían pasado más de cinco años, señaló ella, desde las muertes de los padres de Neil—, el marinero preferente se había esforzado para evitar la autocompasión. La vida es intrínsecamente trágica, le había sermoneado su tía. Ya es hora de que te acostumbres.

—… dieciséis quince horas.

No obstante, había momentos, como el de ahora, en los que la autocompasión parecía ser la única emoción adecuada. 1615 horas: justo después de que acabara el turno. Había estado planeando pasar el descanso en su camarote, leyendo una novela de Star Trek con una Budweiser de contrabando en la mano.

Tras meter el cepillo de alambre en la botella de ácido clorhídrico, Neil levantó las cerdas empapadas de ácido y empezó a rociar el palo corroído. Un diálogo le corría por la mente, gemas verbales de Los diez mandamientos: «La belleza no es sino una maldición para nuestras mujeres…» «Que se escriba, que se haga…» «¡La gente ha sufrido la plaga de la sed! ¡Ha sufrido la plaga de las ranas, de los mosquitos, de los tábanos, de las enfermedades, de las pústulas! ¡Ya no puede soportar nada más!» El Val había partido de Nueva York con sólo una película en la bodega, pero al menos era buena.

Tardó unos veinte minutos en lavarse. A pesar de los tapones, las gafas protectoras, la mascarilla, la gorra y el mono, la herrumbre había traspasado y se le pegaba al pelo como caspa roja y le cubría el pecho como un eccema metálico, de modo que fue el último marinero en llegar.

Nunca había estado en la quinta planta. A los marineros preferentes del siglo veinte les invitaban a la sala de oficiales tan a menudo como invitaban a la Alhambra a los judíos del siglo catorce. Mesa de billar, candelabros de cristal, paneles de teca, alfombra oriental, cafetera de plata, barra de caoba… así que éste era el secretito escabroso de sus jefes: pasa las guardias mezclándote con el populacho, fingiendo que sólo eres otra urraca, luego escabúllete al Waldorf-Astoria para un cóctel. Que Neil supiera, toda la gente de abordo estaba allí (oficiales, marineros, sacerdote, incluso aquella náufraga, Cassie Fowler, que aún estaba roja y se le pelaba todo el cuerpo, pero en general con un aspecto mucho más sano que cuando la habían sacado de las Rocas de Saint Paul), con la excepción de Lou Chickering, probablemente en el cuarto de máquinas, y Big Joe Spicer, sin duda en el puente asegurándose de que no chocasen con la isla.

Van Horne se subió a la barra de caoba, vestido con su traje azul, la sobriedad de la sarga oscura rota de forma intermitente por botones y ribetes dorados.

—Bueno, marineros, todos lo hemos visto, todos lo hemos olido —le dijo a la compañía reunida—. Creedme, nunca ha habido un cadáver así, ninguno tan grande, ninguno tan importante.

La tercera oficial Dolores Haycox se pasó el peso de la pata de palo a la otra pierna.

—¿Un cadáver, capitán? ¿Ha dicho que es un cadáver?

«¿Un cadáver?», pensó Neil.

—Así es, un cadáver —dijo Van Horne—. Veamos… ¿Alguien quiere adivinar de qué?

—¿Una ballena? —aventuró Charlie Horrocks, el operador de bombeo que tenía aspecto de gnomo.

—Ninguna ballena podría ser tan enorme, ¿verdad?

—Supongo que no —dijo Horrocks.

—¿Un dinosaurio? —sugirió Isabel Bostwick, una limpiadora del Amazonas con los dientes salidos y un corte de pelo moderno.

—No estáis pensando en la escala correcta.

—¿Un alienígena del espacio sideral? —soltó el contramaestre alcohólico, Eddie Wheatstone, con la cara tan desfigurada por el acné que parecía una diana de tiro al arco gastada.

—No. No es un alienígena del espacio sideral… no exactamente. Nuestro amigo el padre Thomas tiene una teoría para vosotros.

Lentamente, con mucha dignidad, el sacerdote caminó en un círculo amplio, rodeando a la compañía, cercándoles con sus pasos.

—¿Cuántos creéis en Dios?

La sala de oficiales se llenó de muestras de sorpresa que resonaron contra la teca. La mano de Leo Zook se alzó. A Cassie Fowler le entró un ataque de risa.

—Depende de lo que quiera decir con Dios —dijo Lianne Bliss.

—No analicéis, limitaos a contestar.

Uno a uno, los marineros extendieron las manos hacia el cielo, moviendo los dedos, balanceando los brazos, hasta que la sala se asemejó a un jardín de anémonas. Neil se unió al consenso. ¿Por qué no? ¿Acaso no tenía su enigmático no-se-qué, su En Sof, su Dios de la guardia de las cuatro de la madrugada? Contó apenas seis ateos: Fowler, Wheatstone, Bostwick, un marinero corpulento llamado Stubby Barnes, un pastelero negro flaco llamado Willie Pindar y Ralph Mungo, el tío decrépito de la sala del sindicato que llevaba el tatuaje de AMO A BRENDA, y de esos seis sólo Fowler parecía segura de sí misma, yendo tan lejos como para meterse las manos en los bolsillos de sus pantalones cortos caquis.

—Yo creo en Dios, Todopoderoso —dijo Leo Zook—, creador del cielo y de la tierra, y en su único hijo, Jesucristo nuestro Señor…

El sacerdote carraspeó y la nuez chocó contra su alzacuello católico.

—Mantened la mano alzada si pensáis que Dios es esencialmente espíritu, un espíritu invisible e informe.

Nadie bajó la mano.

—Vale. Ahora, mantened la mano alzada si pensáis que, a fin de cuentas, nuestro Creador se parece bastante a una persona, una persona poderosa, tremenda, gigante, con huesos, músculos y todo…

La inmensa mayoría de los brazos bajaron, el de Neil entre ellos. Espíritu y carne: Dios no podía ser ambos. Los tres marineros que seguían con los brazos en alto le hicieron pensar.

—Ahora se refiere a Jesucristo —dijo Zook, con la mano revoloteando como un colibrí borracho.

—No —dijo el sacerdote—. No me refiero a Jesucristo.

A Neil le dio la sensación de que se caía. Metió la mano en el bolsillo de los tejanos y apretó la medalla de bronce que su abuelo había recibido por llevar clandestinamente refugiados al Estado naciente de Israel.

—Un minuto, padre, señor. ¿Está diciendo…? —tragó saliva y se repitió—. ¿Está diciendo…?

—Sí. Así es.

Con lo cual, el padre Thomas levantó una bola blanca y reluciente de la mesa de billar, la tiró hacia arriba, la atrapó y pasó a explicar la historia más grotesca y desorientadora que Neil había oído desde que supo que el Datsun en el que estaban sus padres había caído entre los arcos de un puente levadizo abierto en Woods Hole, Cape Cod, y había desaparecido bajo el barro. Entre la colección de absurdidades, el relato del sacerdote incluía no sólo a una divinidad muerta y un ordenador profético, sino también a ángeles que lloraban, a cardenales confundidos, narvales acongojados y un iceberg ahuecado atascado contra la isla de Kvitoya.

En cuanto acabó, Dolores Haycox señaló con su grueso dedo índice hacia Van Horne.

—Nos dijo que era asfalto —dijo quejumbrosa—. Asfalto, dijo.

—Mentí —admitió el capitán.

Del centro de la multitud, el jefe de máquinas Crock O’Connor, un hombre bajo y pálido, saltó.

—Me gustaría decir algo —dijo, arrastrando las palabras, mientras se limpiaba las manos grasientas en su camiseta de Harley-Davidson. Las quemaduras del vapor le habían llenado las mejillas y los brazos de motas—. Me gustaría decir que, en los treinta años que llevo en el mar, nunca había oído un montón de gilipolleces pasteurizadas, homogeneizadas y filtradas en frío como éstas.

La voz del sacerdote siguió moderada y calmada.

—Puede que tenga razón, Sr. O’Connor. Pero entonces, ¿cómo debemos interpretar la prueba que está flotando en estos momentos junto a la aleta de estribor?

—Una trampa que Satanás nos ha tendido —replicó Zook al instante—. Está poniendo a prueba nuestra fe.

—Un OVNI hecho de carne —propuso el jefe de cocina Sam Follingsbee.

—El monstruo del lago Ness —sugirió Karl Jaworski.

—Uno de esos experimentos biológicos del gobierno —soltó Ralph Mungo—, que se les ha ido de las manos.

—Apuesto a que no es más que goma —dijo James Echohawk.

—Sí —añadió Willie Pindar—. Goma y fibra de vidrio y cosas así…

—Vale, quizá sea una divinidad —admitió Bud Ramsey, el segundo maquinista auxiliar, que tenía cuello de pollo y cara de comadreja—, pero desde luego no es Dios.

Cayó el silencio sobre la sala de oficiales, pesado como un anclote, denso como una niebla del mar del Norte.

Los marineros del Valparaíso se miraron, lentamente, con ojos de pena.

El cuerpo muerto de Dios.

Sí, seguro.

—Pero ¿de verdad se ha muerto? —preguntó Horrocks en una voz aguda y castrada—. ¿Total y absolutamente muerto?

—El OMNIVAC predijo que sobrevivirían unas cuantas neuronas —explicó el padre Thomas—, pero creo que está trabajando con datos incorrectos. Aun así, cada uno de nosotros tiene derecho a albergar sus propias esperanzas.

—¿Por qué el cielo no se vuelve negro? —preguntó Jaworski—. ¿Por qué el mar no se seca y el sol no se apaga? ¿Por qué no se desmoronan las montañas, se vienen abajo los árboles y se caen las estrellas del cielo?

—Es evidente que estamos viviendo en una especie de universo no contingente y newtoniano —respondió el padre Thomas—. El reloj sigue haciendo tictac incluso después de que el relojero haya partido.

—Vale, vale, pero ¿cuál es la razón de su muerte? —preguntó O’Connor—. Tiene que haber una razón.

—De momento, el misterio del fallecimiento de nuestro Creador es tan denso como el misterio de su advenimiento. Gabriel me instó a que no dejara de pensar en el problema. Creía que, cuando el viaje acabara, la respuesta quedaría clara.

Lo que siguió fue una auténtica batalla campal teológica, la única vez, supuso Neil, en que toda la tripulación de un superpetrolero entablaba una conversación maratoniana sobre algo que no era un deporte profesional. La hora de la cena llegó y pasó. Salió la luna nueva. Los marineros se volvieron esquizoides, una compañía de Jekylls y Hydes, sus rachas de pesimismo sentimental alternando con negaciones nuevas (una conspiración de la CIA, una serpiente marina, un muñeco hinchable, un decorado de cine), luego vuelta al pesimismo sentimental, después aún más negaciones (la última boqueada del comunismo, el Coloso de Rodas emergiendo del fondo del mar, una distracción tramada por la Comisión Trilateral, una fachada que ocultaba algo verdaderamente insólito). A Neil le desconcertó su propia reacción. No estaba triste, ¿cómo podía estarlo? Perder a este ser supremo en particular era como perder a un pariente al que apenas conocías, al enigmático tío Ezra que te dio un billete de cincuenta dólares en tu Bar Mitzvah y desapareció de inmediato. Lo que Neil experimentó justo entonces fue libertad. Nunca había creído en el Dios severo y barbudo de Abraham y, sin embargo, de algún modo paradójico, siempre se sintió responsable ante las leyes de esa divinidad inexistente. Pero ahora YHWH no estaba mirando. Ahora las reglas ya no se aplicaban.

—¿Sabéis qué, marineros? —Van Horne saltó de la barra de caoba a la alfombra oriental—. Voy a cancelar todos los turnos para las próximas veinticuatro horas. Nada de descascarillar, nada de pintar, y no perderéis ni un sólo céntimo de la paga —nunca en la historia marítima, especuló Neil, un anuncio así había dejado de provocar una sola aclamación—. Desde este momento hasta las 2200 horas —dijo el capitán—, el padre Thomas y la hermana Miriam estarán a vuestra disposición en sus camarotes para consultas privadas. Y mañana, bueno, mañana empezaremos a hacer lo que se espera de nosotros, ¿de acuerdo? ¿Qué os parece? ¿Somos marinos mercantes? ¿Estamos preparados para mover la mercancía? ¿Podéis contestarme con un «a la orden» a eso?

Alrededor de un tercio de los marineros, Neil entre ellos, cantó con un ahogado y vacilante «a la orden».

—¿Estamos preparados para tender a nuestro Creador en una tumba ártica lejana? —preguntó Van Horne—. Quiero oíros. ¡A la orden!

Esta vez cerca de la mitad de la sala tomó parte. «¡A la orden!»

Un alarido agudo y lloroso salió disparado de la boca de Zook como un vómito. El evangélico se cayó de rodillas, apretándose las manos en señal de miedo y de súplica, temblando con grandes espasmos. A Neil le pareció un hombre que pasa por el momento monstruosamente consciente que sigue al harakiri: un hombre contemplando sus entrañas humeantes.

El padre Thomas se acercó corriendo, ayudó al angustiado marinero a ponerse en pie y le acompañó fuera de la sala de oficiales. La compasión del sacerdote impresionó a Neil y, sin embargo, intuía que no bastarían gestos como ése para salvar al Valparaíso de la terrible libertad a la que estaba a punto de amarrarse. Inevitablemente, se acordó del clímax de Los diez mandamientos: Moisés arrojando las Tablas de la Ley al suelo y privando, así, a los israelíes de su brújula moral, dejándoles sin saber seguro cuál era la posición de Dios en cuanto al adulterio, al robo y al asesinato.

—¡Compañía del barco… os podéis retirar!

«Entonces dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.»

«Amén», pensó Thomas Ockham cuando, envuelto en la ceñida privacidad gomosa de su traje de neopreno, avanzaba bajo el golfo de Guinea. Salvo que la cruz en esta ocasión era un ancla enorme y la Vía Dolorosa un canal sin señalar entre la quilla del Valparaíso y el Corpus Dei. A pesar de ser un submarinista con licencia de la Asociación Profesional de Instructores de Submarinismo, hacía unos quince años que Thomas no nadaba bajo el agua —desde que acompañó a Jacques Cousteau en su célebre descenso al cráter submarino del volcán que destruyó la antigua civilización griega de Tera—, y no se sentía del todo seguro de sí mismo. Pero ¿quién podía sentirse del todo seguro de sí mismo mientras trataba de enganchar un anclote de diez metros y veinte toneladas a su Creador?

Los doce submarinistas que constituían el Equipo A se habían distribuido a lo largo del anclote: Marbles Rafferty en la cruz, Charlie Horrocks en la uña izquierda, Thomas en la derecha, James Echohawk y Eddie Wheatstone manejando la caña, los otros aguantando el cepo, el arganeo y los primeros cinco eslabones de la cadena. A sesenta metros al sur, el Equipo B de Joe Spicer probablemente seguía el mismo ritmo que ellos, llevando su propio anclote, pero una cortina de burbujas y de oscuridad impedía que Thomas lo supiera con seguridad.

Con los brazos alzados y las palmas de las manos hacia arriba, los doce hombres movían las aletas, llevando el anclote sobre la cabeza como si fueran iroqueses transportando una canoa de guerra descomunal. A los veinte minutos, apareció la coronilla divina, ligeramente calva. Thomas levantó la muñeca, comprobó el indicador de profundidad. Dieciocho metros, perfecto: los compensadores de flotación estaban lo bastante inflados para contrapesar al anclote, pero no estaban tan llenos como para que los submarinistas flotaran por encima de su objetivo. Los vecinos del lugar pasaban junto a ellos —un mero gigante, un pez sierra verde guisante, un banco de roncadores—, sufriendo en silencio o lamentándose por debajo del umbral del oído de Thomas, ya que los únicos sonidos que percibía eran su propia respiración burbujeante y el sonido metálico ocasional de un tanque de oxígeno al golpear el anclote.

Serpenteando hacia la izquierda, los submarinistas pasaron nadando junto a una gran alfombra de cabello que se mecía y se distribuyeron a lo largo de la oreja. Cuando Rafferty dio la señal, cada uno de los hombres bajó la mano y encendió el reflector que llevaba sujeto con una correa al cinturón multiusos. Un juego de rayos recorrió los numerosos pliegues y rincones de la oreja, dibujando sombras curvadas profundas a lo largo del rasgo conocido como el tubérculo de Darwin. Thomas se estremeció. Al menos en el caso del Homo sapiens sapiens, el tubérculo de Darwin se consideraba un argumento fundamental a favor de la teoría de la evolución: el vestigio manifiesto de un antepasado con orejas erguidas. ¿Qué diablos significaba que Dios mismo luciera esa protuberancia cartilaginosa?

Avanzaron moviendo las aletas a través de la concha y entraron en el meato auditivo externo. Una sensación de mareo recorrió al sacerdote. ¿De verdad deberían estar haciendo esto? ¿Realmente tenían derecho? Estalactitas de cera calcificada colgaban de la pared del conducto del oído. Había vida adherida a las paredes: macizos de sargazos, una cosecha extraordinaria de cohombros de mar. La aleta izquierda de Thomas rozó un equinodermo, una Asterias rubens de cinco puntas que flotaba por la caverna como una estrella de Belén olvidada.

Al sacerdote le había llevado toda la mañana convencer a Crock O’Connor y al resto de la tripulación de la sala de máquinas de que abrir las membranas del tímpano de Dios no sería sacrílego —el cielo quería este remolque, Thomas había insistido, mostrando la pluma de Gabriel—, y ahora el fruto de sus esfuerzos surgía imponente ante él. Creado con picos, punzones para el hielo y moto-sierras sumergibles, el tajo irregular se extendía dieciséis metros en vertical, como la entrada de una carpa de circo salida directamente de los sueños más grandiosos de P. T. Barnum.

Cuando los doce hombres llevaron su cargamento a través del tímpano violado, el sobrecogimiento de Thomas se hizo absoluto. La oreja de Dios, el mismo órgano a través del cual Él se había oído decir: «Haya luz», el aparato exacto a través del cual la réplica del Big Bang le había llegado al cerebro. Rafferty volvió a hacer una señal y los submarinistas sacudieron las aletas con fuerza, provocando tornados de burbujas y vorágines de células desprendidas. Centímetro a centímetro, el anclote ascendió, pasando junto a los cilios ondulantes que cubrían la superficie interna de la membrana, hasta apoyarse al final contra los huesos enormes y delicados del oído medio. Malleus, incus, stapes, recitó Thomas para sí mientras los reflectores alcanzaban la tríada masiva. Martillo, yunque, estribo.

Otra señal de Rafferty. El Equipo A se movía con una sola mente, guiando la uña derecha del anclote sobre la protuberancia larga y firme del yunque, amarrando el Valparaíso a Dios.

Entonces: el momento de la verdad. Rafferty dio un empujón, deslizándose para liberarse del anclote y haciendo señas a los demás para que hicieran lo mismo. Thomas —todos— se soltaron. El anclote se balanceó colgado del yunque, el gran arganeo de acero oscilando como el péndulo de un formidable reloj newtoniano, pero los ligamentos aguantaron y el hueso no se rompió. Los doce hombres se aplaudieron, dando palmadas con sus guantes de neopreno en una ovación sorda y a cámara lenta.

Rafferty saludó al sacerdote. Thomas le devolvió el saludo. Sonrojado por el éxito, se abrazó a la cadena y, como Teseo enrollando el hilo, empezó a seguir aquel camino seguro de regreso al barco.

Cristo sonreía con suficiencia. Cassie estaba segura. Ahora que se fijaba, veía que la cara del crucifijo del padre Thomas tenía una expresión de total suficiencia. ¿Y por qué no? Jesús había tenido razón desde el principio, ¿no? El mundo sí había sido creado por un Padre antropomórfico.

Padre, no Madre: ésa era la cuestión. De algún modo, aunque pareciera increíble, los patriarcas que habían escrito la Biblia habían intuido la verdad de las cosas. El de ellos era el género que el universo refrendaba totalmente. La mujer era una mera sombra del prototipo.

Cassie daba más y más vueltas por el camarote, marcando un sendero irregular en la alfombra verde de pelo largo.

Por supuesto que quería encontrar una explicación convincente para el cuerpo. Por supuesto que estaría encantada si se pudiera demostrar que cualquiera de las fantasías paranoicas de la tripulación —plan de la CIA, conspiración trilateral, lo que fuera— era correcta. Sin embargo, no podía negar sus instintos: en cuanto el sacerdote había nombrado la cosa, había experimentado los presentimientos estremecedores de su autenticidad. Incluso si fuera una patraña, pensó, la infinidad de bobos e ignorantes del mundo, en caso de enterarse de su existencia, la aceptarían y explotarían de todas formas, del mismo modo en que habían aceptado y explotado el Sudario de Turín, las alucinaciones de Santa Bernadita y mil idioteces parecidas ante una absoluta refutación. Así que, fuera realidad o invención, verdad o ilusión, el cargamento de Anthony Van Horne amenazaba con marcar el comienzo de la Nueva Edad de las Tinieblas con la misma seguridad que el Proyecto Manhattan había marcado el comienzo de la Época de la Bomba.

Cassie se retorcía las manos, frotando un callo contra otro, consecuencias de las horas que había pasado desconchando el óxido de la pasarela que iba de babor a estribor.

De acuerdo, estaba muerto, un paso en la dirección correcta. No obstante, creía que ese hecho solo, si bien era de una relevancia indudable para personas como el padre Thomas y el marinero preferente Zook, no eliminaba el peligro. Un cadáver era algo demasiado fácil de racionalizar. El cristianismo lo había estado haciendo durante dos mil años. La esencia intangible del Señor, dirían los falócratas y los misóginos, su mente infinita y su espíritu eterno eran tan viables como siempre.

Inevitablemente, se acordó de su momento favorito en su irascible versión de cuando Abraham casi había sacrificado a Isaac: la escena en que la mujer de Runkleberg, Melva, se embadurna las manos con su flujo menstrual. «Protegeré la sangre de mi hijo con mi sangre», jura Melva. «De algún modo, de alguna forma —cueste lo que cueste—, impediré que ocurra esta cosa monstruosa.»

Lenta y metódicamente, Cassie quitó el crucifijo del mamparo, agarró el clavito y lo arrancó.

Apretando los dientes, se clavó la punta diminuta en el pulgar.

—Ay…

Al sacar el clavo, apareció una perla grande y roja. Entró en el cuarto de baño, se puso delante del espejo y empezó a pintar, mejilla izquierda, mandíbula izquierda, barbilla, mandíbula derecha, mejilla derecha, haciendo pausas frecuentes para extraer más sangre. Cuando se produjo el coagulo, una línea gruesa y borrosa se extendía alrededor de la cara de Cassie, como si llevara una máscara de sí misma.

De algún modo, de alguna forma —costara lo que costara—, enviaría al Dios del Patriarcado Occidental al fondo del mar.

Entonces, sólo entonces, de pie en el ala de estribor mientras el viento aullaba, el mar rugía y el gran cadáver cabeceaba detrás de él, sólo entonces se le ocurrió a Anthony que el remolque podría no funcionar. Su cargamento era grande, mayor de lo que había imaginado jamás. Suponiendo que las anclas aguantasen, que las cadenas siguiesen enteras, que las calderas continuasen de una pieza y que las maromas de los cabrestantes no se desgarrasen y éstos no se soltasen y volasen al océano, suponiendo todas estas cosas, el mero arrastre aún podría ser excesivo para el Val.

Se llevó el walkie-talkie a los labios, giró el selector de canales y sintonizó con la sala de máquinas.

—Van Horne al habla. ¿Tenemos vapor en cubierta?

—Como para hacer sudar a un cerdo —dijo Crock O’Connor.

—Vamos a probar ochenta revoluciones, Crock. ¿Podemos hacerlo sin cargarnos ninguna pieza interna?

—Sólo hay un modo de saberlo, capitán.

Anthony se volvió hacia la timonera para hacerle una señal con la mano al cabo de maniobra y darle la aprobación a Marbles Rafferty. Hasta entonces el Primer oficial se había desenvuelto de forma brillante en la consola, manteniendo la carcasa directamente a popa y a dos mil metros, haciendo que el Val llevara perfectamente el ritmo de la marcha de tres nudos de su cargamento. (Era una pena que la Operación Jehová fuera un secreto, ya que ésta era exactamente la clase de empresa que podría valerle a Rafferty el documento codiciado que le declarase «Capitán de los Estados Unidos de barcos a vapor o a motor de cualquier gran tonelaje en océanos».) El chico del timón también sabía lo que se hacía: Neil Weisinger, el mismo marinero preferente que había respondido de un modo tan magnífico durante el huracán Beatrice. Pero incluso con Simbad el marino a cargo de los reguladores y Horatio J. Hornblower al timón, Anthony sabía que levantar con el cabrestante este cargamento en concreto seguiría siendo la maniobra más peliaguda de su carrera.

Virando hacia popa, el capitán inspeccionó los cabrestantes: dos cilindros gigantescos de seis metros de diámetro, como bombos construidos para darle ritmo a la música de las esferas. Un kilómetro y medio más allá se alzaba el cráneo casi calvo de Dios, la melena blanca destellando a la luz del sol matutino, cada cabello tan grueso como un cable de transatlántico.

Los dolientes se habían ido. Quizá habían concluido con su deber —«una shivah[3] acuática», como le gustaba decir a Weisinger—, pero lo más probable era que fuera el barco lo que los había echado. Hasta cierto punto, creía Anthony, conocían toda la historia: la tragedia de la Bahía de Matagorda y lo que le había hecho a sus hermanos. No podían soportar estar en el mismo océano con el Carpco Valparaíso.

Alzó los Bushnells y enfocó. El agua estaba increíblemente clara, veía incluso las orejas sumergidas, las cadenas del anclote derramándose desde el interior como pus plateado. Veinticuatro horas antes, Rafferty había llevado un grupo de exploración en la Juan Fernández. Después de navegar hasta la plácida cala delimitada por los bíceps de sotavento y el pecho correspondiente, habían conseguido amarrar un embarcadero inflable, usando los pelos del sobaco como norays, y luego habían ascendido en rapel por el gran acantilado de carne. Cruzando el pecho, caminando alrededor del esternón, el primer oficial y su equipo no habían oído nada que con sinceridad pudieran llamar latidos. Anthony no lo había esperado. Aun así, seguía prudentemente optimista: la estasis cardiovascular no era lo mismo que la muerte cerebral. ¿Quién podía negar que una neurona o dos pudieran estar reponiéndose debajo de aquel cráneo de cinco metros de grosor?

El capitán cambió de canal para dirigirse a los hombres que estaban junto a los cabrestantes.

—¿Listos en la cubierta de popa?

Los maquinistas auxiliares se sacaron los walkie-talkies de los cinturones.

—Cabrestante de babor listo —dijo Lou Chickering en su voz de barítono de actor.

—Cabrestante de estribor listo —replicó Bud Ramsey.

—Soltad los ganchos —dijo Anthony.

Ambos maquinistas entraron en acción.

—Gancho de babor soltado.

—Gancho de estribor soltado.

—Conectad las ruedas dentadas —ordenó el capitán.

—Rueda de babor conectada.

—La de estribor conectada.

—Soltad frenos.

—Freno de babor fuera.

—El de estribor fuera.

Anthony se llevó el antebrazo a la boca y le dio un beso a su querida Lorelei.

—Bien, chicos, vamos a acercarle.

—Motor de babor encendido —dijo Chickering.

—El de estribor encendido —repitió Ramsey.

Arrojando humo negro, echando vapor caliente, las ruedas dentadas empezaron a girar, enrollando las grandes cadenas de acero. Uno a uno, los eslabones surgían del mar, goteando espuma y escupiendo rocío. Se deslizaban a través de los calces, se arqueaban por encima de los ganchos y caían en las cajas como pelotas de skee-ball anotando puntos.

—Necesito los largos de los cables, caballeros. Dádmelos.

—Dos mil metros en la cadena de babor —respondió Chickering.

—Dos mil en estribor —dijo Ramsey.

—¡Marbles, pongámonos en marcha! ¡Cuarenta revoluciones, por favor!

—¡A la orden! ¡Cuarenta!

—¡Mil quinientos en la cadena de babor!

—¡Mil quinientos en la de estribor!

Anthony y el primer oficial habían estado despiertos toda la noche, enfrascados en el Manual del salvador de la marina de EEUU de Rafferty. Con un remolque tan colosal, un espacio de más de mil cien metros haría que el Val no se pudiera gobernar. Pero una correa corta, de menos de novecientos metros, también podía significar un problema: si se aminoraba la marcha de pronto por cualquier razón —un eje partido, la explosión de una caldera— el cargamento se estrellaría contra la popa por el mero impulso.

—¡Cincuenta revoluciones! —ordenó Anthony.

—¡Cincuenta! —contestó Rafferty.

—¿Velocidad?

—¡Seis nudos!

—¡Rumbo franco, Weisinger! —le dijo Anthony al cabo de maniobra.

—¡Rumbo franco! —repitió el marinero preferente.

Las cadenas seguían llegando, por encima de los cabrestantes y a través de las escotillas, llenando los armarios cavernosos de acero como cobras amaestradas al volver a sus cestas de mimbre después de un duro día de trabajo.

—¡Mil metros en la cadena de babor!

—¡Mil metros en la de estribor!

—¿Velocidad?

—¡Siete nudos!

—¡Frenos! —gritó Anthony por el walkie-talkie.

—¡Freno de babor puesto!

—¡El de estribor puesto!

—¡Sesenta revoluciones!

—¡Sesenta!

Ambos cabrestantes se pararon al instante, chirriando y humeando mientras regaban la cubierta de popa de chispas de un naranja brillante.

—¡Desconectad las ruedas!

—¡Rueda desconectada!

—¡La de estribor desconectada!

—¡Enganchad los ganchos!

—¡Gancho de babor enganchado!

—¡El de estribor enganchado!

Algo ocurría. La velocidad del cadáver se había doblado, ocho nudos por lo menos. Por un momento, Anthony se imaginó una sacudida sobrenatural que hubiera impulsado el sistema nervioso divino, aunque la explicación real, sospechaba, estaba en la conjunción súbita de la corriente de Guinea y los vientos alisios del sudeste. Bajó los prismáticos. El Corpus Dei se levantó hacia adelante, de forma aplastante, inexorable, con espuma que salía volando de la coronilla mientras se venía encima del petrolero como un torpedo primigenio.

La táctica prudente era obvia: desbloquear las ruedas, soltar las cadenas, timón a la derecha en ángulo cerrado, avante a toda máquina.

Pero a Anthony no le habían contratado para ir a la segura. Le habían contratado para llevar a Dios al norte y, si bien no le entusiasmaba la idea de ser responsable de la segunda colisión del Valparaíso en dos años, o aquel maldito aparejo funcionaba o no lo hacía.

—¡Marbles, ochenta revoluciones!

—¿Ochenta?

—¡Ochenta!

—¡Ochenta! —dijo el oficial.

—¿Velocidad?

—¡Nueve nudos!

Nueve, bien: más rápido, seguro, que el cadáver que se aproximaba. Estudió las cadenas. ¡Estaban tensas! ¡Estaban tensas y el barco se estaba moviendo!

—¡Cabo de maniobra, diez grados del timón izquierdo! —Riéndose al viento, el capitán alzó los prismáticos y estudió la frente brillante e inmensa de Dios—. ¡Curso tres-cinco-cero!

—¡Tres-cinco-cero! —dijo Weisinger.

Anthony se volvió hacia la proa.

—¡Avante a toda máquina! —le gritó a Rafferty, y ya estaban en marcha, en marcha como una actuación de esquí acuático grandiosa, como una interpretación demente de Aquiles arrastrando a Héctor alrededor de los muros de Troya, como un anuncio absurdo de Boys Town, USA, el joven angelical llevando a su hermano lisiado a la espalda (No pesa, padre, es mi Creador)—, en marcha, remolcando a Jehová.

SEGUNDA PARTE

Dientes

A medida que el Valparaíso cargado avanzaba lentamente hacia el norte a través del golfo de Guinea, Cassie Fowler se dio cuenta de que su deseo de ver el cargamento destruido era más complicado de lo que había supuesto al principio. Sí, el cuerpo amenazaba con conferir aún más poder al patriarcado. Sí, era un golpe terrible a la razón. Sin embargo, estaba pasando algo más, algo un poco más personal. Si su querido Oliver era capaz de llevar a cabo una hazaña espectacular como aquella, utilizando el cerebro y su riqueza para la destrucción de Dios, surgiría ante sus ojos como un héroe, superado sólo por Charles Darwin. Cassie podría incluso, después de tantos años, aceptar su antigua proposición de matrimonio.

El 14 de julio, a las 0900 horas, Cassie fue al cuarto de radiotelegrafía y le soltó su discurso a Lianne “Chispas” Bliss. Tenían que enviarle un fax secreto a Oliver. Era necesario hacer un sabotaje inmediato y total. El futuro del feminismo pendía de un hilo.

No era que no amara a Oliver tal como era: un hombre tierno, un ateo comprometido y probablemente el mejor presidente que la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste había tenido jamás, pero también era, le parecía a Cassie, un náufrago como ella cuyo barco había zozobrado en las costas de su inutilidad esencial, no sólo un pintor de domingo sino también un ser humano de domingo.

¿De qué mejor manera podía una persona adquirir un poco de amor propio que salvando a la civilización occidental de un regreso a la teocracia misógina?

—¿El futuro del feminismo? —dijo Lianne, jugueteando nerviosa con su colgante de cristal—. ¿Hablas en serio?

—Totalmente.

—¿Sí? Pues nadie excepto el padre Thomas tiene permiso para ponerse en contacto con el mundo exterior. Órdenes del capitán.

—Lianne, este maldito cuerpo es justo lo que el patriarcado ha estado esperando, una prueba de que el mundo fue creado por el matón machista del Antiguo Testamento.

—Vale, pero incluso si enviáramos un mensaje, ¿te creerían tus amigos escépticos?

—Claro que mis amigos escépticos no me creerían. Son escépticos. Tendrían que volar hasta aquí, hacer fotos, discutir entre ellos…

—Olvídalo, cielo. Podrían sacarme a patadas de la Marina Mercante por algo así.

—El futuro del feminismo, Lianne…

—Te he dicho que lo olvides.

A la mañana siguiente, Cassie lo volvió a intentar.

—Siglo tras siglo de opresión falocrática y al fin las mujeres están ganando un poco de terreno. Y ahora, bang, volvemos a la primera casilla.

—¿No estás reaccionando de forma un poco exagerada? Vamos a enterrarlo, no vamos a presentarlo en el puto programa de Oprah.

—Sí, pero ¿qué impedirá que alguien se encuentre con la tumba dentro de uno o dos años y descubra el pastel?

—El padre Thomas habló con un ángel —dijo Lianne, defendiéndose—. Está claro que hay una necesidad cósmica detrás de este viaje.

—También hay una necesidad cósmica detrás del feminismo.

—No deberíamos meternos con el cosmos, amiga mía. Desde luego que no.

El resto del día Cassie se propuso evitar a Lianne. Había presentado su caso completamente, subrayando las implicaciones políticas de muy mal presagio de un Corpus Dei macho. Era el momento de dejar que asumiera los argumentos.

Qué diferente era todo aquello del viaje anterior de Cassie. En el Beagle II te tiraban al suelo, te arrojaban de la litera, te sumían en ataques de náusea: sabías que estabas en el mar. Sin embargo, el Valparaíso parecía menos un barco que una gran isla de metal arraigada al fondo del océano. Para obtener alguna sensación de movimiento, tenías que bajar al puesto de observación de proa, una especie de patio de acero tendido por encima del agua, y ver cómo las olas se estrellaban contra las placas de la proa.

La tarde del 13 de julio, Cassie estaba en la proa, sorbiendo café, saboreando la puesta de sol —un espectáculo impresionante al que el rechoncho marinero de guardia Karl Jaworski parecía ajeno—, e imaginando las maravillas andróginas que había quizá a tres kilómetros bajo sus pies. El Hippocampus guttulatus, por ejemplo, el caballito de mar, cuyos machos incubaban los huevos en bolsas ventrales especiales; o los meros, que nacen como hembras (aunque la mitad están destinadas a sufrir un cambio de sexo en la edad adulta); o el lumpo, maravillosamente subversivo, una especie cuyos instintos maternales residían exclusivamente en los padres (siendo ellos los que oxigenaban los huevos durante la incubación y los que, después, protegían a los alevines). A su derecha, más allá del horizonte, se extendía el amplio y bochornoso delta del río Níger. A su izquierda, también escondida por la curva del planeta, estaba la isla Ascensión. Subió un calor sofocante que la envolvió en vapor ecuatorial, y decidió escapar al cine pequeño y agradable del Valparaíso. Cierto, ya había visto Los diez mandamientos, la última vez en la versión en laserdisc de Oliver —en concreto, la edición para coleccionistas del 35° aniversario—, de modo que no tendría demasiado impacto dramático, pero en aquel momento el aire acondicionado importaba más que la catarsis.

Bajó en ascensor a la tercera planta, abrió la puerta del cine y se zambulló al aire deliciosamente frío.

Daba la casualidad de que Cassie albergaba un afecto especial por Los diez mandamientos. Sin ella, nunca habría escrito su obra más encarnizada, Dios sin lágrimas (ahora se daba cuenta de que era un título profético), una sátira de un acto sobre las muchas expurgaciones que Cecil B. DeMille y compañía habían cometido al traspasar el Éxodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio a la pantalla. Había sido especialmente severa con el hecho de que DeMille no estuviera dispuesto a considerar las implicaciones morales de las Diez Plagas, con que no hubiera contado las injusticias que los hebreos habían sufrido a manos de su Padrino cuando deambulaban por el desierto (Yavé abatiendo a la gente que menospreció a Canaán, bombardeando con fuego a aquellos que se quejaron en Hormá, enviando serpientes contra los que refunfuñaron en el camino del monte Hor, azotando con una plaga a todos los que reincidieron en Peor), y con su omisión flagrante del discurso que Moisés había dado a sus generales después de subyugar a los Madianitas: «¿Por qué habéis dejado la vida a las mujeres? Fueron ellas las que arrastraron a los hijos de Israel a ser infieles. Matad de los niños a todo varón, y de las mujeres a cuantas han conocido lecho de varón; las que no han conocido lecho de varón, reserváoslas». Emparejada con Runkleberg, Dios sin lágrimas había estado en cartel dos semanas en Playwrights Horizons en la calle Cuarenta y dos oeste, un programa que obtuvo una reseña excepcional en Newsday, una crítica en Village Voice que la dejaba por los suelos y una carta de condena en la sección de cartas al director del Times, escrita por el mismo cardenal Terence Cooke. Fueran cuales fueran sus deficiencias artísticas, el homenaje de DeMille a la omnipotencia de Dios reconocía totalmente los límites de la vejiga. La película tenía un intermedio. Después de una hora y cuarenta minutos, cuando Moisés empezaba su audiencia con la zarza ardiente, surgían las ganas de orinar. Cassie decidió aguantar. No se acordaba exactamente de cuándo venía la pausa, pero sabía que era inminente. Además, se estaba divirtiendo, de un modo más o menos perverso. Las ganas aumentaron. Estaba a punto de marcharse in media res —Moisés volviendo a Egipto con el objetivo de liberar a su pueblo—, cuando la música se hizo más fuerte, la imagen se fundió y el telón se cerró.

Había dos mujeres delante de ella, Juanita Torres, la de los ojos almendrados, y la asmática An-mei Jong, que esperaban para usar el lavabo de mujeres de un solo váter. Allí estaba, meditando sobre su teoría de que el patriarcado provenía en gran medida de la flexibilidad urinaria, la capacidad envidiable del hombre de mear deprisa y corriendo, cuando una voz profunda y conocida la importunó.

—¿Quieres? —dijo Lianne, alargando una bolsa grande y medio vacía de palomitas de maíz—. Son al estilo vegetariano, sin mantequilla.

Cassie cogió un puñado.

—¿Habías visto esta película?

—Mis clases dominicales de catequesis fueron a mediados de los sesenta, una especie de renacer religioso. «La belleza no es sino una maldición para nuestras mujeres.» Puaj. Si no fuera por las palomitas de maíz de Follingsbee, me iría.

Una brecha, pensó Cassie. Una grieta en la armadura de Lianne.

—Mira lo que le hacen a la reina Nefertiti en la segunda parte.

—No me gusta lo que hacen con ninguna de las mujeres.

—Ya, pero mira lo que hacen con Nefertiti, DeMille y el patriarcado, mira lo que hacen. Fíjate en cómo, siempre que el faraón comete una atrocidad, perseguir a los hebreos con sus cuádrigas, etc., es porque Nefertiti le incitó a hacerlo. La misma historia de siempre, ¿verdad? Culpa a la mujer. El patriarcado nunca duerme, Lianne.

—No puedo enviarle un fax a tu novio.

—Lo entiendo.

—Podrían quitarme mi permiso de la Comisión Federal de Comunicaciones.

—Ya.

—No puedo enviarlo.

—Claro que no puedes —Cassie cogió una buena porción de palomitas de maíz de Follingsbee—. Mira lo que le hacen a Nefertiti.

16 de julio.

Latitud: 2°6’N. Longitud: 10°4’O. Rumbo: 272. Velocidad: 9 nudos cuando los vientos alisios del sudeste están con nosotros, 3 con el viento de proa. 6 de promedio. Lento, demasiado lento. A este paso, no cruzaremos el círculo polar ártico antes del 25 de agosto, una semana entera de retraso según lo previsto.

Más malas noticias. Los depredadores prometidos por fin han captado nuestro olor y a 6 nudos no podemos dejarlos atrás. Estamos matando una docena de tiburones en casi cada guardia y prácticamente el mismo número de serpientes de mar liberianas y de buitres de Camerún, pero siguen viniendo. Cuando me siente a escribir la crónica oficial de este viaje, a estos días sangrientos les pondré el apodo de la Batalla de la corriente de Guinea.

—¿Por qué no muestran un poco más de respeto hacia su Creador —le pregunto a Ockham—, como hicieron las marsopas y los manatíes la semana pasada?

—¿Respeto?

—Él los «hizo», ¿no? Se lo deben todo.

—Al ser partícipes de una comida así —dice Ockham—, es muy posible que le estén mostrando respeto.

La cubierta de popa cruje, los cabrestantes rechinan, las cadenas chirrían. Sonamos como Halloween. Dios no quiera que se rompa un eslabón. Una vez, cuando era tercer oficial en el Arco Bangkok, transportando napalm al golfo de Tailandia, vi cómo una sirga se partía por la mitad, cruzaba la toldilla como un látigo y cortaba al contramaestre en dos. El pobre desgraciado vivió tres minutos enteros después de aquello. Sus últimas palabras fueron: «¿Y qué hacemos en Vietnam?».

Esta mañana le he enviado un fax a papá. Le he dicho que he recuperado el Valparaíso y que ahora trabajo para el Papa Inocente XIV. «Si no tienes ningún inconveniente —he escrito— me pasaré por Valladolid en el viaje de vuelta.»

Las garcetas niveas me odian, Popeye. Las tortugas marinas claman por mi sangre.

Al menos una vez al día, me creo en la obligación de ir hasta Dios, de coger una bazuka o un cañón lanzaarpones y de unirme a la batalla. Ayuda a la moral de la tripulación. El trabajo es peligroso y agotador, pero se están desenvolviendo bien. Creo que ven nuestro cargamento como una de esas cosas por las que vale la pena luchar, como el honor o la bandera estadounidense.

Cada tarde, empezando alrededor de las 1800 horas, Cassie Fowler bebe café en el puesto de observación de proa. Ya he fingido toparme con ella tres veces. Creo que se está dando cuenta.

¿A qué lugares desconocidos te llevó tu pasión por Olivia, Popeye? ¿Te imaginaste alguna vez tumbado en la cubierta del castillo de proa en pleno monzón, haciendo el amor de manera salvaje mientras la lluvia caliente hacía brillar vuestros cuerpos desnudos? ¿Vuestros creadores han propiciado alguna vez un momento así, sólo para daros esa emoción?

Cuando los marineros creen que no miro, saquean el Corpus Dei, raspan pedazos de los cabellos, de los granos, de las verrugas y de los lunares y luego los mezclan con agua potable para hacer una especie de ungüento.

—¿Para qué es? —le pregunto a Ockham.

—Para lo que sea que les duela —responde.

An-mei Jong, explica el padre, se lo traga a cucharadas, esperando que le alivie el asma. Karl Jaworski se lo frota en las articulaciones artríticas. Ralph Mungo se lo pega en una vieja herida de la guerra de Corea que no deja de fastidiarle. Juanita Torres lo usa para los dolores menstruales.

—¿Ayuda? —le pregunto a Ockham.

—Dicen que sí. Estas cosas son tan subjetivas. Cassie Fowler lo llama el efecto placebo. Los marineros lo llaman grasa gloriosa.

¿Si me unto la frente con un poco de grasa gloriosa, Popeye, desaparecerán las migrañas?

—¡Tiburón junto a la rodilla de estribor! ¡Repito: tiburón junto a la rodilla de estribor!

Neil Weisinger se levantó de su lecho de carne sagrada, puso el cañón lanzaarpones explosivos WP-17 de pie dentro de un poro de la rótula y apretó el botón ENVIAR en su walkie-talkie Matsushita. El calor era insoportable, como si la corriente de Guinea estuviera a punto de hervir. Si no se hubiera embadurnado el cuello y los hombros con grasa gloriosa, seguro que ya se le habrían hecho ampollas.

—¿Curso? —preguntó por radio al contramaestre, Eddie Wheatstone, que estaba de guardia en esos momentos.

—Cero-cero-dos.

En sus cerca de doce viajes como marino mercante, Neil había realizado muchas tareas odiosas, pero ninguna tan odiosa como la vigilancia de depredadores. Si bien lavar váteres era degradante, limpiar tanques de lastre era asqueroso y descascarillar herrumbre indescriptiblemente aburrido, al menos esos trabajos no implicaban una amenaza inmediata para la vida. Ya había subido en ascensor dos veces al camarote del primer oficial, dispuesto a presentar una queja formal, pero en ambas ocasiones su valor le había abandonado en el último instante.

Sujetó el Matsushita a su cinturón multiusos, justo al lado del transmisor del WP-17, se llevó los gemelos a los ojos y miró hacia el este. Desde su puesto actual no podía ver a Eddie, había demasiada distancia, demasiada bruma, pero sabía que el contramaestre estaba allí, seguro, en el lado de sotavento de un dedo del pie de estribor, inspeccionando la bahía de mar picada que las piernas medio sumergidas de Dios habían creado.

Le dio a ENVIAR.

—¿Demora?

—Cero-cuatro-seis. ¡Mide seis metros, Neil! ¡Nunca había visto tantos dientes en una boca!

Tras sacar el cañón lanzaarpones del poro, Neil cruzó la playa arrugada y esponjosa que se extendía a lo largo de sesenta metros desde la rodilla hasta el océano. El agua se alzó, un muro alto y espumoso creado y recreado eternamente a medida que la gran rótula se abría pasó a través del Atlántico. «Operación Jehová», llamaba el capitán constantemente a este remolque singular, ignorando, según parecía, que para un judío como Neil la palabra Jehová era un tanto ofensiva, la secreta e impronunciable YHWH contaminada con vocales seculares.

Escudriñó las olas grandes y revueltas. Eddie tenía razón: un pez martillo de seis metros, nadando a lo largo de la costa como un enorme mazo orgánico criado para cerrar con clavos el ataúd divino. Sosteniendo en equilibrio el WP-17 sobre el hombro, Neil se llevó la mira telescópica al ojo y se arrancó el walkie-talkie del cinturón.

—¿Velocidad?

—Doce nudos.

—No nos corresponde hacer esto —Neil informó al contramaestre—. Te apuesto lo que sea a que va en contra de las reglas del sindicato. Sencillamente no nos corresponde. ¿Alcance?

—Dieciséis metros.

Curioso, pensó, cómo cada depredador se había delimitado su territorio culinario. Desde lo alto llegaban los buitres de Camerún, abatiéndose como ángeles degenerados al reivindicar las córneas y los conductos lacrimales. Desde abajo venían las serpientes marinas liberianas, que devoraban sin piedad la carne suculenta de las nalgas. La superficie pertenecía a los tiburones —los fieros marrajos, los maliciosos azules, los enloquecidos martillos— que mordisqueaban las mejillas blandas y barbudas y picoteaban la membrana tierna que había entre los dedos. Y, en efecto, en el instante en que Neil apuntó al pez martillo, éste se volvió bruscamente y nadó hacia el oeste, con toda la intención de morder la mano que le creó.

Rastreó al tiburón por medio de la mira telescópica, alineando la retícula con la joroba cartilaginosa del pez martillo mientras enlazaba el dedo alrededor del gatillo. Apretó. Con una explosión súbita y gutural el arpón saltó de la boca. Cruzando el mar como una bala, golpeó al atónito animal en la frente y le horadó el cerebro.

Neil aspiró una gran bocanada de aire húmedo africano. Pobre bestia, no se lo merecía, no había cometido ningún pecado. En el mismo momento en que el tiburón giraba sesenta grados e iba derecho hacia la rodilla, el marinero preferente no sintió nada más por él que piedad.

—¡Dale al interruptor, tío!

—¡Roger, Eddie!

—¡Dale!

Gritando de dolor, arrojando chorros de sangre, el tiburón se lanzó sobre la costa carnosa, rugiendo con tanta furia que Neil casi esperaba que le salieran patas y se pusiera a perseguirle a gatas. Asió con fuerza el cañón lanzaarpones contra su camisa de malla, bajó la mano hacia el transmisor del cinturón multiusos y le dio al interruptor.

—¡Corre! —gritó Eddie—. ¡Corre, por el amor de Dios!

Neil se dio la vuelta y corrió a través del terreno blanduzco. Segundos después oyó explotar la ojiva, el gruñido horrible de la dinamita triturando tejido vivo y vaporizando sangre fresca. Miró hacia atrás. La onda expansiva era húmeda y roja, una flor brillante que llenaba el cielo salpicándolo de trozos bulbosos de cerebro.

—¿Estás bien, tío? ¿No estás herido, verdad?

Mientras Neil se subía a la rótula, los despojos caían, una lluvia pegajosa de pensamientos de tiburón, todas las esperanzas muertas y todos los sueños rotos del pez martillo, salpicando los tejanos y la camisa del marinero.

—¡Lo juro, voy a ir directo a por Rafferty! —gimió—. ¡Voy a clavarle este arpón en la mismísima cara y a decirle que yo no me enrolé para aguantar esta mierda!

—Cálmate, Neil.

La sangre del pez martillo olía a pelo quemado.

—¡Mi abuelo nunca tuvo que volar tiburones!

—Dentro de treinta y cinco minutos habremos salido de aquí.

—¡Si Rafferty no me saca de esta guardia estúpida, le voy a arponear a él! ¡No bromeo! ¡Bang, justo en medio de los ojos!

—Piensa en lo bien que te sentará la ducha.

Neil se dio cuenta de que lo más extraño de todo —vibrando por la libertad—, lo más extraño, increíble y aterrador era que no bromeaba.

—¡Ya no hay Dios, Eddie! ¿No lo entiendes? ¡No hay Dios, no hay reglas, no hay ojos que nos vigilen!

—Piensa en los McNuggets de pollo de Follingsbee. Hasta te pasaré una de mis Budweisers.

Neil apoyó el cañón contra el tallo de un pelo especialmente grueso, se inclinó hacia delante y, tras mojarse los labios endurecidos por el sol, besó el metal caliente y vibrante.

—No hay ojos que nos vigilen…

A Oliver Shostak le daba la sensación de que era adecuado que la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste siguiera sólo una aproximación flexible de las Reglas de orden de Robert, ya que ni las reglas ni el orden tenían nada que ver con la razón de ser de la organización. La gente no lo entendía. Le decías «racionalista» al cretino medio de la nueva era y le hacías pensar en imágenes poco apetecibles: aguafiestas obsesionados con las reglas, zafios con una fijación con el orden, paladines de la lógica que pasan de puntillas sobre las cosas, que se pierden la esencia cósmica. Fiiiu. Un racionalista podía sentir el sobrecogimiento con la misma facilidad que un chamán. No obstante, tenía que ser un sobrecogimiento de calidad, creía Oliver, un sobrecogimiento sin ilusiones, del tipo que había sentido al intuir el tamaño del universo o al sentir la improbabilidad de su nacimiento o al leer el fax del vapor Carpco Valparaíso que en esos momentos llevaba en el bolsillo del chaleco.

—Empecemos —dijo, haciéndole una señal a la atractiva y joven estudiante de Juilliard que estaba tocando el clavicémbalo en el otro extremo de la habitación. La chica levantó las manos del teclado; la música se detuvo en mitad del compás, la Fantasía en re menor de Mozart deliciosamente complicada. No había mazo, por supuesto. No había mesa ni actas ni orden del día. Los dieciocho socios estaban sentados en un círculo informal, sumergidos en el esplendor de los mullidos sofás Récamier y los suntuosos divanes de terciopelo.

Oliver había designado la habitación él mismo. Se la podía permitir. Se podía permitir cualquier cosa. Gracias al ascenso casi simultáneo del feminismo, de la fornicación y de varias enfermedades venéreas importantes, el planeta estaba usando condones de látex en cantidades sin precedente y a finales de los ochenta el asombroso invento de su padre, el Shostak Supersensible, había aparecido como la marca de preferencia. Al final de la década, habían empezado a fluir cantidades increíbles de dinero hacia las arcas de la familia, una marea de beneficios que no dejaba de subir. A veces, a Oliver le parecía que, de algún modo, su padre había patentado el mismo acto del sexo.

Tomó un sorbo de brandy y dijo:

—El presidente reconoce a Barclay.

Descifrar el fax de Cassie había sido fácil. Estaba en Herejía, el código numérico que se habían inventado en el décimo curso del colegio para ocultar los documentos de la organización que habían fundado, el club de los Librepensadores (aparte de Cassie y de Oliver, el club había contado con sólo dos socios más, los solitarios, feos y tremendamente impopulares gemelos Maldonado). Esto no es una broma. Ven a verlo tú mismo. De verdad que estamos remolcando…

Cuando el vicepresidente de la Liga se levantó, todos los socios prestaron atención, no sólo para oír el informe de Barclay, sino también para sumergirse en su solemnidad. En los últimos años, los Estados Unidos de América habían logrado acoger a un desacreditador a jornada completa —un contrapeso a sus veinte mil astrólogos, cinco mil terapeutas de vidas pasadas y montones de sinvergüenzas que fabricaban rutinariamente éxitos de ventas sobre encuentros con ovnis y sobre la felicidad de las runas—, y aquel desacreditador era el rubio Barclay Cabot. Barclay, ese diablo guapo, tenía presencia en los medios de comunicación. La cámara le quería. Había participado en todos los programas de entrevistas importantes, demostrando cómo daba la impresión de que los charlatanes doblaban cucharas y leían mentes cuando en realidad no hacían nada parecido.

Empezó resumiendo la crisis. Dos semanas antes, la asamblea legislativa de Tejas había votado purgar todos los institutos del Estado de cualquier material del plan de estudios que no otorgara al llamado creacionismo científico una «equiparación de tiempo» con la teoría de la selección natural. No era que la Liga de la Ilustración dudara del resultado de un enfrentamiento entre la hipótesis de Dios y Darwin. Los fósiles mostraban a gritos la evolución; los cromosomas anunciaban claramente la ascendencia; las rocas declaraban su antigüedad. Lo que la Liga temía era que las editoriales de libros de texto de Estados Unidos simplemente eligieran eludir todo el asunto y volvieran a su recurso sin carácter de los años cuarenta y cincuenta, que omitieran por completo cualquier consideración de los orígenes humanos. Mientras, cada domingo, se seguiría enseñando el creacionismo sin que nadie pusiera objeciones.

En tono de complicidad, Barclay esbozó su plan para el comité. Al amparo de la noche, un pequeño subconjunto de la Liga, una especie de unidad de comandos atea, se arrastraría por el césped lujoso de la Primera Iglesia Baptista de Dallas —«el Pentágono del cristianismo», como decía Barclay—, y abriría con una palanqueta una ventana del sótano. Entraría a hurtadillas en la iglesia. Se infiltraría en la nave. Aseguraría los bancos y, entonces, tras desenfundar sus grapadoras Swingline, cogería las Biblias de una en una y, antes de volver a colocarlas en su sitio, fijaría con cuidado un resumen de treinta páginas de El origen de las especies entre el índice de materias y el Génesis.

Equiparación de tiempo para Darwin.

«Vaya un guión tan atrevido», pensó Oliver, tan audaz como la vez en que habían falseado una materialización de la Virgen María en el servicio religioso común de Boston, tan valiente como cuando habían eclipsado una concentración antiabortista en Salt Lake City contratando al grupo de rock de mala reputación Flesh Before Breakfast para que cantaran en medio de la calle Qué droga tenemos en Jesús.

—Los que estén a favor del contraataque propuesto…

Diecisiete síes retumbaron por el salón occidental de la Sala Montesquieu.

—Los que se opongan…

Inevitablemente, la secretaria encargada de los informes, la cascarrabias Sylvia Endicott, se puso en pie.

—No —dijo, gruñendo la palabra más que diciéndola—. No y no otra vez. —Sylvia Endicott: la guerrera viva más vieja del escepticismo, la mujer que en su juventud radical había dirigido una campaña perdedora para que quitaran CONFIAMOS EN DIOS de las monedas de la nación y una lucha igualmente infructuosa para que se instalara una placa en la esquina de la calle de Kansas City donde Sinclair Lewis había desafiado a Dios a que le matara—. Ya conocéis mi opinión sobre el creacionismo científico, oh, dechado de oximorones. Sabéis cuál es mi posición en cuanto a los baptistas de Dallas. Pero, vamos, gente. Este supuesto “contraataque” no es más que una travesura. Somos los hijos de François-Marie Arouet de Voltaire, por el amor de Dios. No somos los hermanos Marx, joder.

—Ganan los síes —dijo Oliver. Nunca le había gustado Sylvia Endicott, que decía cosas pomposas como «Oh, dechado de oximorones» siempre que obtenía la palabra.

—¿Cuándo dejaremos de ser una panda de diletantes y empezaremos a ser implacables? —insistió Sylvia—. Recuerdo cuando esta organización habría demandado a la asamblea legislativa de Tejas por censura de hecho.

—¿Quieres presentar una moción?

—No, quiero que adquiramos carácter.

—¿Algún asunto nuevo?

—Carácter, gente. ¡Carácter!

—¿Algún asunto nuevo? —repitió Oliver.

Silencio, incluso por parte de Sylvia. La vieja bruja de la razón se arrellanó en su silla. El fuego crepitó alegremente en el hogar. Por toda la ciudad, la noche calurosa de julio hervía a fuego lento, pero dentro de la Sala Montesquieu una utilización ingeniosa del aislamiento y de los aparatos de aire acondicionado simulaba perfectamente una noche helada de febrero. Era idea de Oliver. Él había cubierto los gastos. ¿Una extravagancia? Sí, pero ¿para qué ser rico si uno no satisfacía una o dos debilidades personales de vez en cuando?

—Yo tengo un asunto nuevo —dijo Oliver, metiendo la mano en su chaleco de seda y sacando el comunicado perturbador—. Este fax es de Cassie Fowler, que actualmente está a bordo del superpetrolero Carpco Valparaíso en algún lugar cerca de la costa de Liberia. Veréis el logo de Carpco —Oliver señaló el famoso estegosaurio—, justo aquí en el membrete. Así que está claro que el telegrama que su madre recibió la semana pasada era auténtico y que Cassandra está muy viva. Ésa es la buena noticia.

—¿Y la mala? —preguntó Pamela Harcourt, una mujer bonita y de ojos como piedras preciosas que era el norte de la revista batalladora y nada rentable de la Liga, El investigador escéptico (tirada: 1.042).

—La mala se divide en dos posibilidades. —Oliver levantó el dedo índice—. O Cassandra está sufriendo una crisis psicótica —añadió el dedo del corazón al ejemplo—, o el Valparaíso está remolcando el cadáver de Dios.

—¿Remolcando qué? —Taylor Scott, un joven delicado cuyo afecto por la Ilustración se extendía a llevar sobretodos y volantes, abrió su pitillera de plata.

—El cadáver de Dios. Obviamente es bastante grande.

Taylor sacó un cigarrillo turco y se lo metió entre los labios.

—No lo entiendo.

—Tres kilómetros de largo, dice aquí. Humanoide, desnudo, caucásico, macho y muerto.

—¿Eh?

Corpus Dei. ¿Cómo puedo decirlo más claro?

—Tonterías —dijo Taylor.

—Sandeces —dijo Barclay.

—Cassandra supuso que ésa sería nuestra reacción —dijo Oliver.

—Eso espero —dijo Pamela—. Oliver, querido, ¿de qué va todo esto?

—No sé de qué va —con la copa de coñac en la mano, Oliver se puso en pie y, saliendo del círculo de los racionalistas, caminó por el perímetro lentamente. En circunstancias normales, el salón occidental de la Sala Montesquieu era el sitio que más le gustaba del mundo, una conjunción relajante de ventanas con parteluces, paredes forradas de tela, grabados florales redouté franceses del siglo dieciocho y sus propios cuadros al óleo de famosos librepensadores adoptando poses características: Thomas Paine lanzando un ejemplar de La edad de la razón por la ventana de una catedral, el barón d’Holbach ofreciéndole una pedorreta al Papa León XII, Bertrand Russell y David Hume jugando al ajedrez con figuras de pesebre. (Dos semanas antes Oliver había añadido un autorretrato a la galería, un gesto que podría haber parecido presuntuoso si el cuadro no hubiese incluido una representación despiadadamente fiel de su barbilla vacilante y de su nariz mal proporcionada.) Sin embargo, esa noche el salón no le reconfortaba. Parecía lúgubre y húmedo, sitiado por ejércitos ignorantes.

—El petrolero tiene una especie de misión funeraria —continuó Oliver—. Hay una tumba en el Ártico. Se han visto ángeles. Mirad, reconozco que todo esto parece una locura absoluta, pero Cassandra nos invita a que inspeccionemos la prueba.

—¿La prueba? —preguntó Pamela—. ¿Cómo puede haber una prueba?

—Sugiere que volemos a Senegal, fletemos un helicóptero y reconozcamos el cargamento del Valparaíso.

—¿Por qué, di, por qué nos haces perder el tiempo así? —Winston Hawke, un hombrecito nervioso e intenso para quien la caída del comunismo soviético simplemente anunciaba la Verdadera Revolución que les esperaba, se puso en pie de un salto—. ¡Los baptistas lo están dominando todo —gritó el marxista—, los palurdos ya están en camino, los patanes han llegado a las puertas y tú nos estás soltando un rollo sobre un superpetrolero!

—Dejad que haga una moción —anunció Oliver—. Propongo que enviemos un destacamento a Dakar antes del atardecer de mañana.

—No puedo creerme que hables en serio —soltó el sabiondo Rainsford Fitch, un programador que pasaba las noches encorvado sobre su Macintosh SE-30, calculando complicadas refutaciones matemáticas de la existencia de Dios.

—Yo tampoco —dijo Oliver—. ¿Alguien quiere apoyar la moción?

La tesorera de la Liga, la matronil Meredith Lodge, una funcionaria de Hacienda cuya ambición de toda la vida era entregarle un cargo de impuestos a la iglesia mormona, abrió el libro de contabilidad.

—¿Es ésta la clase de empresa en la que deberíamos gastarnos el dinero?

—Yo lo pagaré todo —Oliver se pulió el coñac—. Los billetes de avión, el alquiler del helicóptero…

—¿Y puede saberse —dijo Barclay, sin hacer ningún esfuerzo para contener una sonrisita de suficiencia—, si el difunto Jehová les legó algo a sus criaturas?

—He preguntado si alguien quiere apoyar la moción.

—Ah, pero claro que sí —insistió Barclay—. ¡Todos hemos oído hablar de la voluntad de Dios! —se oyó una cascada de risas de apreciación por el salón—. Espero que me dejara algo bonito. El río Colorado, tal vez, o quizá un planeta pequeño en Andrómeda, o si no…

—Apoyo la moción —interrumpió Pamela, esbozando una sonrisa enérgica—. Y mientras estoy en ello, dejad que me presente voluntaria para dirigir el destacamento. A ver, ¿qué pasa, amigos? ¿De qué tenemos miedo? Todos sabemos que el Valparaíso no está remolcando a Dios.

«Menos mal que hay vehículos todoterreno», pensó Thomas Ockham mientras, poniendo el Jeep Wrangler en primera, lo conducía por la cuesta arrugada y esponjosa de la frente. Un coche normal y corriente —su Honda Civic, por ejemplo— ya habría sido derrotado, tras quedarse colgado en un grano o atascado en un poro. Todo aquello parecía un anuncio que se podía ver estampado fuera de una iglesia evangélica decadente de Memphis. EL SERMÓN DE HOY: SE NECESITA UN COCHE CON TRACCIÓN A CUATRO RUEDAS PARA CONOCER DE VERDAD AL SEÑOR.

Al levantar la mano de la palanca de cambios, rozó sin querer el muslo izquierdo de la hermana Miriam.

Al principio, ella no había querido acompañarle.

—No estoy preparada para conocerle de esa manera —había dicho, pero entonces Thomas había señalado que, si habían de sobreponerse al dolor, primero tendrían que enfrentarse al cadáver directamente, granos, poros, lunares, verrugas y todo—. La lógica del ataúd abierto —como había dicho él.

Luchando contra un viento de cara, el cadáver navegaba bajo esa mañana, tan bajo que los informes de radio de banda ciudadana que llegaban de los centinelas del torso hablaban de olas que rompían contra los pezones y de una charca formada por la marea que se arremolinaba en el ombligo. Es decir, que el Wrangler no haría el viaje entero aquel día: bajar por la mandíbula, subir por la nuez, cruzar el pecho y la barriga. Menos mal. Cuarenta horas antes Thomas había viajado a lo largo de todo el cuerpo, haciendo una pausa breve encima del abdomen para contemplar el gran cilindro venoso que flotaba entre las piernas (una vista realmente desconcertante, la bolsa escrotal se ondulaba como la cámara de gas de un zepelín inimaginable), y se resistía a repetir la experiencia con Miriam. No era sólo porque los tiburones habían causado una destrucción tan terrible, al arrancar el prepucio como una banda de mohels[4] sádicos. Incluso si hubiera estado en buenas condiciones, el pene de Dios seguiría figurando entre aquellas vistas que un sacerdote y una monja no podían compartir cómodamente.

Subieron hasta la cima de la frente y empezaron a bajar, dirigiéndose al desfiladero profundo y azotado por el viento donde crecía la gran nariz.

Técnicamente, por supuesto, sus gónadas no tenían sentido; incluso se podían reunir para disputar la autenticidad del cadáver. Pero una objeción así, le pareció a Thomas, olía a orgullo desmedido. Si su Creador hubiera querido (por las razones que fueran) darse una nueva forma a imagen de sus productos, habría seguido adelante y lo habría hecho. «Haya un pene», y habría un pene. En efecto, cuanto más pensaba Thomas en ello, más inevitable se volvía el apéndice. Un Dios sin un pene sería un Dios limitado, un Dios al que se le había cerrado alguna posibilidad, por lo tanto no sería ningún Dios en absoluto. En cierto sentido, era bastante noble por su parte haber refrendado este órgano tan controvertido. Inevitablemente, Thomas pensó en la hermosa Primera Epístola de San Pablo a los Corintios: «Y a los miembros que juzgamos más viles, a éstos ceñimos de mayor adorno…».

El Wrangler volvía a subir, conquistando la napia a ocho kilómetros por hora. Miriam metió una de sus cintas en el radiocasete, se dio cuenta de que la había puesto al revés, lo intentó otra vez. Apretó play. Al instante, el comienzo espectacular de Así habló Zaratustra de Richard Strauss surgió de los altavoces, una fanfarria popularizada por 2001: Una odisea del espacio de Stanley Kubrick, la gran película escatológica que Thomas y ella habían visto veinticuatro años antes en lo que el mundo laico habría calificado de cita.

Mientras que los genitales le producían una fascinación intrínseca al sacerdote, las cosas que le faltaban al cargamento del Val también le llamaban la curiosidad. No había suciedad debajo de las uñas, por ejemplo, nada de barro de la Creación —más pruebas para decir que el cadáver era una falsificación, aunque la acción limpiadora del mar ofrecía una explicación igualmente posible—. Las muñecas no exhibían ninguna marca de la crucifixión: un ejemplo de auto-curación divina, supuso Thomas, aunque un unitario podría aprovechar, y con razón, esta circunstancia para clamar contra la obsesión con la Trinidad del cristianismo convencional. La carne no mostraba ninguna de las quemaduras que normalmente resultarían de una zambullida a través de la atmósfera de la Tierra; era como si la carcasa no hubiera “caído” en el sentido literal sino que se hubiese materializado, o quizá había estado vivo durante la caída e, intencionadamente, se había eximido de la fricción y se había dejado perecer sólo al alcanzar el golfo de Guinea.

Cuando llegaron a la cima, Miriam dijo:

—Es una paradoja, ¿no?

—¿A qué te refieres?

—A cómo el hecho de Dios nos roba nuestra fe en Dios.

Thomas apagó el motor, luego giró un punto la llave de contacto para que la cinta siguiera sonando.

—Reconozco que la literalidad de todo esto es muy deprimente. Pero es importante intuir el misterio que hay tras la carne. ¿Qué es la carne en realidad? ¿Qué es la materia? ¿Lo sabemos? No. A su manera, la carroña es tan numinosa como la Hostia.

—Tal vez —dijo Miriam sin alterarse—. Podría ser —añadió sin emoción—. Seguro. Ya. Quiero recuperar mi fe, Tom. Quiero volver a sentir esa religión antigua.

Tirando del freno de mano con una mano, Thomas le dio un apretón afectuoso con la otra al hombro de su amiga.

—Supongo que podríamos intentar creer en un Dios sinónimo de algo que esté más allá del cuerpo: un Dios fuera de Dios. Pero Gabriel no nos dejó esa opción. Era un buen católico, mi ángel. Entendía la indivisibilidad final del cuerpo y el espíritu.

El sacerdote salió de la cabina y puso la palma de la mano sobre el capó de acero caliente. Un motor de Wrangler, un Homo sapiens sapiens, un ser supremo, en cada caso, el alma del objeto no se podía abstraer del objeto en sí. Igual que Einstein había demostrado la equivalencia fundamental entre la materia y la energía, también la iglesia de Thomas enseñaba la equivalencia fundamental entre la existencia y la esencia. No había ningún fantasma en la máquina.

Tras sacar su Handicam del compartimiento trasero, el sacerdote se volvió hacia el lago vidrioso del ojo izquierdo del cargamento. Ambos iris eran de un azul verdoso vibrante, el tono lujurioso de la sangre sin oxigenar. (Y Dios dijo: «Tenga yo ojos escandinavos».) Puso la cámara en pausa. Poco a poco, la escena se dibujó en la pantalla del visor: un marinero asustado en su turno de vigilancia de depredadores, bazuka lista, de pie junto a la costa de la córnea acuosa mientras escudriñaba el cielo en busca de buitres de Camerún. Más allá estaba la gran sonrisa congelada, cada uno de los dientes visibles centelleando como un glaciar tocado por el sol.

Dientes, ojos, manos, gónadas, tanto que contemplar y, sin embargo, Thomas también se vio reflexionando sobre aquellas partes que en ese momento estaban ocultas. ¿Se arremolinaba el pelo en el sentido de las agujas del reloj, como el de un ser humano? ¿Tenía las palmas de la mano encallecidas? ¿Tenía los molares dispuestos de un modo que sugerían una dieta en concreto? (Dada la popularidad del sacrificio animal en el Antiguo Testamento, era poco probable que hubiera sido vegetariano.) ¿Tenían algo singular las nalgas, evocadas de forma tan enigmática en el Éxodo 33:23?

—Entonces, claro —gritó Miriam por encima de Así habló Zaratustra—, está la cuestión del por qué. ¿Tienes alguna teoría, Tom?

Apretó el botón de la Handicam, conservando la mirada ciega y el rictus sonriente de Dios en una cinta de vídeo de un centímetro.

—Tengo planeado organizar mis pensamientos esta noche y enviarlos a Roma. Por instinto diría que fue una muerte por empatía. Murió de un caso grave de siglo veinte.

Miriam asintió con la cabeza.

—Últimamente, le hemos matado cien millones de veces, ¿no? Y ni siquiera nos molestamos en esconder los cuerpos.

«Qué mente tan ágil y sensual», pensó él.

—«Esconder los cuerpos» —repitió—. ¿Te importaría que te citara en mi fax para el cardenal Di Luca?

—Me sentiría halagada —confesó la monja, sonriendo de un modo espectacular. Como Dios, tenía los dientes perfectos: no era una sorpresa, la verdad, puesto que la pobreza de las carmelitas era rigurosamente digna, una pobreza con un plan dental.

Después de salir con dificultad del asiento del pasajero, Miriam sorteó la superficie alquitranada de una espinilla y fue con toda tranquilidad y seguridad hasta él. Su atuendo, reconoció él —salacot, vaqueros, sahariana ceñida y cerrada con botones de hueso—, despertaba en él cierta lascivia. Durante toda su juventud, Thomas había albergado una noción vaga de que, al levantar el borde del hábito de una monja, allí no se encontraría nada. Qué equivocado había estado. El tejano se le pegaba a las caderas, los muslos y las pantorrillas, perfilándola como la nieve amontonada en la que había caído el moribundo Claude Rains en el climax de El hombre invisible.

—«El loco saltó entre ellos y les atravesó con sus miradas» —dijo ella, recitando un pasaje famoso de La gaya ciencia—. «¿Adónde se ha ido Dios?», gritó. «Yo os lo diré. Nosotros le hemos matado, vosotros y yo. Todos somos sus asesinos.»

—«Pero, ¿cómo ocurrió?» —dijo Thomas, continuando el pasaje. Aquel día no podían escaparse de Nietzsche: Zaratustra en el radiocasete, La gaya ciencia en la lengua—. «¿Cómo pudimos bebernos el mar?» —apagó la Handicam—. «¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte entero?»

Regresaron al Wrangler, bajaron por la pendiente nasal occidental e improvisaron un camino a través de los pelos de la mejilla izquierda. En los bordes, la barba se había convertido en una especie de red de pesca, una inmensa telaraña natural que los apóstoles marineros tal vez habrían envidiado, atestada de meros, marsopas y agujas enredados. El Wrangler dio sacudidas y bandazos pero siguió su rumbo, serpenteando a velocidad constante en dirección este, hacia el bigote.

Dos cavernas se alzaban ante ellos, los túneles grandes y profundos por los que su cargamento había respirado y estornudado.

—Si te soy sincera —Miriam miró hacia las profundidades húmedas—, estoy aprendiendo más de lo que me gustaría.

—Tienes razón —apuntó Thomas, haciendo una mueca. Pantanos de mucosidad, rocas de mocos secos, pelos de la nariz del tamaño de un obelisco: éste no era el Señor de los Ejércitos con el que habían crecido—. Pero todavía no podemos irnos —giró el volante al máximo y, poniendo la marcha atrás, apoyó con cuidado el parachoques trasero contra la escarpadura alta que se extendía entre el labio superior y el orificio nasal derecho. Asomándose por la ventana, limpió la espuma del mar del retrovisor, un disco del tamaño de un platillo que sobresalía en el espacio sobre puntales de aluminio oxidados—. Una prueba —explicó.

—Supongo que siempre hay esperanza.

—Siempre —murmuró Thomas sin convicción.

Juntos estudiaron el espejo, observándolo con la misma intensidad absorta del profeta Daniel al contemplar como MENE, MENE, TEKEL, UPHARSIN, aparecían en la pared. La más leve nube les habría dejado satisfechos, la más ligera mancha, el más débil rastro de niebla.

Nada. La superficie permaneció burlonamente clara, obscenamente prístina. Dios, decía el espejo, estaba muerto.

Miriam le cogió la mano a Thomas y la apretó con tanta fuerza entre las suyas que se le acumuló la sangre en las puntas de los dedos.

—Entonces, claro, está la pregunta más dura de todas.

—¿Sí?

—Ahora que sabemos que ha muerto, que ha muerto de verdad, sin hacer ningún juicio, sin preparar ningún castigo, ahora que realmente sabemos todo esto —la monja brindó una sonrisita tímida—, ¿por qué deberíamos tener miedo de pecar?

26 de julio.

Latitud: 25°8’N. Longitud: 20°30’E. Rumbo: 358. Velocidad: 6 pésimos nudos. Estamos doblando el gran bulto del noroeste de África, siguiendo al revés el rastro de aquellos viajes audaces de exploración que organizó el príncipe Enrique el Navegante desde Portugal a partir de 1455. Si mi querido papá fue Cristóbal Colón en una vida previa, quizá yo fui el príncipe Enrique. Cuando el ignorante monarca murió, sus amigos le desnudaron y descubrieron que llevaba un cilicio.

Mi plan es increíblemente ingenioso. ¿Listo, Popeye? Voy a hacer volar el lastre. Todo: las 60.000 toneladas que recogimos en el puerto de Nueva York, las 15.000 (hasta ahora) con las que hemos estado compensando el combustible gastado de la carbonera. Y luego, ésta es la parte brillante, vamos a equilibrar el Val con la sangre de Dios.

Piénsalo. Una operación de bombeo sencilla y habitual que no durará más de 5 horas y habremos reducido nuestra carga de remolque en un 15 por ciento. Según Crock O’Connor, después podremos hacer funcionar ambos motores a una potencia estable de 85 revoluciones, quizá incluso de 90.

Por descontado, el padre Ockham se opondrá.

—Después de volar el lastre, estaremos a merced del cadáver —afirmó, siempre el profesor de Física—. Un viento fuerte podría separarnos cien millas de nuestro curso.

—Será como una transfusión —expliqué—. A medida que el agua sale disparada de los tanques de lastre, se verterá la sangre en los tanques de carga. Continuaremos estibados todo el tiempo.

—¿Está diciendo que va a drenar la esencia líquida de nuestro Creador y meterla en esos tanques de carga asquerosos?

Me imaginaba que debía decirle la verdad, aunque veía por dónde iba.

—Sí, Thomas, se puede decir así.

—Tendremos que obtener autorización de Roma.

—No tenemos por qué.

—Sí tenemos por qué.

El Vaticano se puso en contacto con nosotros en menos de una hora.

—El sínodo ha llegado a un consenso —dijo alguien llamado cardenal Tullio Di Luca—. Bajo ninguna circunstancia se puede profanar la sangre de Dios con petróleo seglar. Antes de la transfusión, deben fregar a fondo los tanques de carga.

—¿Fregarlos? —gemí—. ¡Eso nos llevará dos días!

—Entonces será mejor que empecemos de inmediato —dijo el padre, sonriendo y frunciendo el ceño a la vez.

Come más yogur, le había recomendado el médico a Neil Weisinger al comprobar los calambres, la diarrea y el dolor general que se había apoderado de sus intestinos poco después de cumplir los veinte años. El yogur, explicó el Dr. Cinsavich, aumentará el número de acidófilos y le ayudará en la digestión. Hasta aquel momento, Neil ni siquiera se había dado cuenta de que los intestinos almacenaban bacterias y mucho menos de que los bichos realizaran una función benigna. Así que probó la cura de yogur y, aunque no funcionó (de hecho sufría de intolerancia a la lactosa, una condición que con el tiempo venció a base de abstenerse de tomar productos lácteos), se quedó con un respeto intenso por su ecosistema interno.

Cuatro años después de la visita al Dr. Cinsavich, mientras Neil se metía en el tanque central número dos a bordo del vapor Carpco Valparaíso, se vio identificado totalmente con el proletariado microbiano que hervía en su interior. Era un trabajo de gérmenes, ese asunto ingrato y maloliente de fregar las tripas del barco, preparándolas para recibir la sangre de Dios. Aunque la máquina de limpieza había hecho un buen trabajo, pulverizando las bolas de alquitrán más grandes y sacándolas de allá, aún quedaba un residuo considerable que eliminar, gotas pegajosas de asfalto que se adherían a las escaleras y a las pasarelas como pedazos inmensos de goma de mascar que alguien hubiera desechado. Poco a poco, descendió —una mano bajo la otra, Leo Zook a su lado—, más abajo de la sala de molinetes del ancla y de la línea de carga, por debajo de la superficie arremolinada del mar, adentrándose en lo más profundo del casco. Fregaban a medida que bajaban, recogían la porquería con sus cucharones y la dejaban caer en un cubo de limpieza enorme de acero que colgaba junto a ellos de una cadena. Cada vez que el cubo estaba lleno, transmitían la noticia por medio de un walkie-talkie a Eddie Wheatstone, que estaba en la cubierta de barlovento y subía la carga.

El abuelo Moshe, sin duda, habría encontrado la redención en esa monotonía. De hecho, al viejo le gustaba el petróleo crudo. «El petróleo es un fósil fluido», le había dicho una vez a su nieto de diez años mientras estaban en el puerto de Baltimore mirando cómo un superpetrolero se deslizaba por el horizonte. «Recuerdos del pérmico, mensajes del cretáceo, aplastados y cocidos y convertidos en mermelada. Aquel barco es un cubo de historia, Neil. Aquel barco lleva dinosaurios líquidos.»

Tener a Zook de acompañante sólo empeoraba las cosas. Últimamente, la piedad del evangélico había tomado un cariz realmente feo, ya que había degenerado en un antisemitismo auténtico. Era cierto, tenía la mente traumatizada, el alma atormentada, la visión del mundo en llamas. Pero eso no era una excusa.

—Por favor, entiéndelo, yo no creo que tú seas responsable de esta cosa terrible que ha sucedido —dijo Zook, con gotas de sudor que le caían de debajo del casco y le corrían por la cara llena de pecas.

—Eso sí que es misericordioso por tu parte —dijo Neil con sorna. Su voz resonaba locamente en la gran cámara, ecos de ecos de ecos.

—Pero si tuviera que señalar a alguien con el dedo, que no va conmigo, pero si tuviera que señalar, lo único que podría decir es esto: «tu gente ya mató a Dios una vez, así que quizá también lo han hecho esta vez».

—No tengo ganas de oír estas gilipolleces, Leo.

—No me refiero a ti personalmente.

—Pos supuesto que sí.

—Hablo de los judíos en general.

Durante la primera hora en el tanque, el sol del mediodía iluminaba su camino, los rayos brillantes y dorados atravesaban inclinados la escotilla abierta, pero dieciséis metros más abajo tuvieron que encender las linternas eléctricas que llevaban sujetas a los cascos. Los haces de luz salían disparados hacia adelante unos cuatro metros y desaparecían, engullidos por la oscuridad. Neil carraspeó y se tragó sus mocos. Escupió. Un maldito minero submarino, eso es lo que era. ¿Cómo le había pasado aquello? ¿Por qué su vida había llegado a ser tan poca cosa?

Al final alcanzaron el fondo, una cuadrícula de paredes altas de acero que se extendían hacia afuera desde la sobrequilla, dividiendo el tanque en veinte sombríos compartimientos de carga, cada uno del tamaño de un garaje para dos coches. Neil desenganchó el cubo y respiró hondo. Por el momento todo iba bien: no apestaba a hidrocarburo. Buscó a tientas en su cinturón multiusos y sacó el walkie-talkie.

—¿Estás con nosotros, contramaestre? —le transmitió a Eddie.

—Roger. ¿Qué tiempo hace por allá abajo?

—Fenomenal, creo, pero estáte listo para echarnos un cable, ¿vale?

—Capisco.

Con el cubo de la limpieza a punto, Neil empezó la inspección, arrastrándose de un compartimiento a otro por unas alcantarillas de setenta centímetros de largo abiertas en los tabiques de contención, con Zook justo detrás. El compartimiento uno resultó estar limpio. El compartimiento dos no tenía ni una mancha. Uno podía comerse la comida en el suelo del tres y lamer alegremente las paredes del cuatro. El cinco era el espacio más puro hasta entonces, hogar de la misma máquina de limpieza, una montaña cónica de tubos y boquillas que se alzaba unos diecisiete metros. En el seis por fin encontraron algo que valía la pena quitar, un cuajarón de parafina pegado a una empuñadura. Lo metieron con el cucharón en el cubo y siguieron adelante.

Sucedió en el instante en que Neil puso el pie en el compartimiento siete. Al principio sólo notó el olor, el aroma espantoso de una burbuja de gas reventada, perforándole la nariz. Luego vino el cosquilleo en las puntas de los dedos y los dibujos en la cabeza: molinillos plateados, mandalas rojos, estrellas fugaces. Se le descolgó el estómago y se precipitó hacia abajo.

—¡Gas! —gritó por el walkie-talkie. No cabía duda de que la esfera maligna llevaba meses esperando allí, agazapada en la prisión de su propia superficie, y ahora la bestia había salido, liberada por las pisadas de Neil—. ¡Gas!

—¡Por Dios! —gimió Zook.

—¡Gas! —volvió a gritar Neil—. ¡Eddie, tenemos gas aquí abajo! —miró hacia el cielo. La escotilla flotaba a setenta metros sobre su cabeza, titilando en el aire viciado como una luna llena—. ¡Tira los Dragens, Eddie! ¡Compartimiento siete!

—¡Dios santo!

—¡Gas! ¡Compartimiento siete! ¡Gas!

—¡Dios!

—¡Quedaos ahí, tíos! —la voz de Eddie se oyó entre el ruido del walkie-talkie—. ¡Ya llegan los Dragens!

Ambos marineros lloraban, los conductos lacrimales se les contraían espasmódicamente, las mejillas bañadas en agua salada. A Neil se le hinchó la carne y se le durmió. Le picaba la lengua.

—¡Date prisa!

Zook se cogió el pulgar con la otra mano y se estiró los dedos. Uno… dos… tres… cuatro.

Cuatro. Era algo que aprendías durante la instrucción en el arte de la navegación. Un hombre gaseado en el fondo de un tanque de carga tiene cuatro minutos de vida.

—Ya llegan —dijo el evangélico, ahogándose con las palabras.

—Los Dragens —afirmó Neil, metiéndose la mano, inseguro, en el bolsillo lateral del mono. Sus manos habían cobrado vida propia y temblaban como cangrejos epilépticos.

—No, los jinetes —jadeó Zook, aún con los dedos levantados.

—¿Jinetes?

—Los cuatro jinetes. Plaga, hambre, guerra, muerte.

Cuando Neil logró soltar la medalla de Ben-Gurion, un chorro caliente de McNuggets de pollo a medio digerir le subió a toda prisa por la tráquea. Vomitó en el cubo de la limpieza. ¿En qué barco estaba? ¿En el Carpco Valparaíso? No. ¿En el Argo Lykes? No. ¿En el barco mercante de servicio irregular en el que el primer oficial Moshe Weisinger había llevado a mil quinientos judíos a Palestina? No, no era un barco mercante de ninguna clase. Era otra cosa. Un campo de concentración flotante. Birkenau con un timón. Y aquí estaba Neil, atrapado en una cámara de gas subterránea mientras el Kommandant la inundaba de Zyklon-B.

—Muerte —repitió, dejando caer la medalla de Ben-Gurion. El disco de bronce rebotó contra el borde del cubo y chocó contra el suelo de acero con gran estrépito—. Muerte por Zyklon-B.

—¿Eh? —dijo el Kommandant Zook.

El cerebro de Neil volaba, flotando fuera del cráneo, cabeceando sujeto al extremo de la médula espinal como un globo de carne.

—Sé a qué juegas, Kommandant. «¡Encerrad a esos prisioneros en las duchas! ¡Abrid el Zyklon-B!»

Como arañas descendiendo por hilos plateados, un par de equipos Dragen bajaron flotando desde la cubierta de barlovento. Atrapados en el haz de luz de la linterna del casco de Neil, los tanques de oxígeno tenían un resplandor de un naranja brillante. Las mascarillas negras y las mangueras azules giraban como locas, entrelazándose. Se lanzó hacia adelante, flexionó los dedos insensibles y empezó a aflojar el nudo gomoso.

—¿Zyklon qué? —dijo Zook.

Neil soltó una mascarilla con forma de pera. Se sujetó las correas frenéticamente. Alargó la mano, arqueó los dedos alrededor de la válvula, giró la muñeca. Atascada. Volvió a intentarlo. Atascada. Otra vez. ¡Se movió! Un centímetro. Dos. Tres. ¡Aire! Cerrando los ojos, inhaló, aspirando la dulzura por la boca, por la nariz, por los poros. Aire, oxígeno glorioso, una cataplasma invisible que le extraía el veneno del cerebro.

Abrió los ojos. El Kommandant Zook estaba sentado en el suelo; tenía la piel pálida como un champiñón, y por la forma de la boca sabía que estaba gimiendo. Una mano sujetaba la mascarilla en su sitio. La otra estaba sobre el tanque, enroscada sobre la válvula como una garrapata gigante chupando sangre.

—Ayúdame.

Neil tardó varios segundos en captar el apuro en que se encontraba Zook. El nazi estaba completamente inmóvil, congelado por alguna combinación espantosa de lesión cerebral y miedo.

—Plaga —dijo Neil. Arrastrando su tanque de oxígeno, cojeó hasta Zook.

—P-por favor.

La libertad corrió por Neil como un pico de cocaína. YHWH no estaba mirando. Nadie le vigilaba. Podía hacer lo que apeteciera. Abrir la válvula del Kommandant o cortarle la manguera por la mitad. Darle un poco de oxígeno del equipo que funcionaba o escupirle a la cara. Cualquier cosa. Nada.

—Hambre —dijo Neil.

El Kommandant dejó de gemir. Se le aflojó la mandíbula. Tenía los ojos apagados y casi en blanco, como si estuvieran hechos de cuarzo.

—Guerra —le susurró Neil al cadáver de Leo Zook.

Del bolsillo superior sacó la navaja suiza. Cogió la hoja larga con dos dedos y la giró hacia afuera. Agarró el mango rojo; clavó; la hoja atravesó la goma con la misma facilidad como si fuera jabón. Riéndose, deleitándose con su libertad, abrió una incisión grande e irregular a lo largo del eje de la manguera del nazi.

—Muerte.

Neil se agachó junto al hombre asfixiado, bebió el oxígeno delicioso y escuchó el estruendo lento y constante de los jinetes que se retiraban.

Plaga

Para Oliver Shostak, enterarse de que la divinidad ilusoria del judeocristianismo había habitado de verdad los cielos y la tierra, dirigiendo la realidad y dictando la Biblia, fue sin lugar a dudas la peor experiencia de su vida. En la escala de la desilusión, estaba muy por encima de su deducción a los cinco años de que Papá Noel era un embaucador, de su descubrimiento a los diecisiete de que su padre se follaba de forma habitual a la mujer que cuidaba a los pointers alemanes de la familia y del juicio que había sufrido al cumplir los treinta y dos años cuando le pidió a la conservadora de la galería Castelli de SoHo que exhibiera lo más destacado de su período de expresionismo abstracto. («El gran inconveniente de estos cuadros», había contestado la anciana obstinada, «es que no valen nada».) Sin embargo, no se podían negar los frutos de la reciente expedición de Pamela Harcourt: doce fotos a todo color, cada una mostraba un cuerpo grande, masculino, sonriente y en decúbito supino que era remolcado por las orejas hacia el norte a través del océano Atlántico. Las ampliaciones de 30 x 40 estaban colgadas en el salón occidental de la sala Montesquieu como los retratos de un antepasado, cosa que, en cierto modo, eran.

—Nuestros últimos trabajos han sido, si puedo hablar mitológicamente, hercúleos —comenzó Barclay Cabot, su rostro ojeroso lanzó un bostezo—. Nuestro itinerario incluyó paradas en Asia, en Europa, en Oriente Medio…

Oliver estaba obsesionado por las ampliaciones. Las odiaba. Ninguna feminista obligada a ver todo un festival de cine de Linda Lovelace se habría sentido más ofendida. Aun así, se negaba a admitir la derrota. En efecto, al recibir el comunicado nefasto de Pamela desde Dakar, había entrado en acción de inmediato, delegando a Barclay para que formara un comité ad hoc y lo llevara a hacer un viaje frenético alrededor del mundo.

Winston Hawke se acabó un pastelillo y se limpió las manos en su sudadera de Trotsky.

—Después de ochenta y cuatro horas de esfuerzos ininterrumpidos, nuestro equipo ha llegado a una conclusión aleccionadora.

Poniéndose en pie, Barclay se sacó un documento legal del bolsillo del chaleco.

—Si te presentas como agente de un gobierno extranjero ansioso por impedir que sus recursos financieros caigan en las manos equivocadas…

—Su propio pueblo, por ejemplo —dijo Winston.

—… hoy en día puedes obtener casi cualquier instrumento de destrucción masiva que se te antoje. Para ser precisos —Barclay leyó detenidamente el documento legal— el Ministerio de Defensa francés estaba dispuesto a alquilarnos un submarino de ataque de clase Robespierre equipado con dieciocho torpedos de lanzamiento adelantado. El Ministerio de Asuntos Exteriores iraní propuso vendernos los treinta y cuatro millones de litros de napalm excedente de Vietnam que le compró a la CIA americana en 1976, más diez cazas F-15 con los que despacharlo. La Marina argentina nos ofreció un alquiler de dos meses del acorazado Eva Perón y, si cerrábamos el trato al momento, nos hubieran dado seis mil cartuchos de regalo. Por último, siempre y cuando estuviéramos de acuerdo en ocultar la fuente, la República Popular de China nos habría concedido lo que llamaba un «acuerdo global» para un arma nuclear táctica y el sistema de entrega que eligiéramos.

—Cada una de estas ofertas se quedó en nada en cuanto los comerciantes se enteraron de que en realidad no representábamos a un Estado soberano —Winston escogió otro pastelillo—. Es inmoral y desestabilizador, dijeron, que unos particulares posean tecnologías como ésas.

—El único disidente de esta política fue una institución privada, la Asociación Nacional del Rifle de América —dijo Barclay—. Pero lo que nos querían vender, cuatro obuses M110 y siete misiles teledirigidos TOW, es inútil para nuestros propósitos.

Oliver refunfuñó bajito. Había esperado un informe más alentador… no sólo porque deseaba impresionar a Cassandra, cuyo fax contenía claramente un subtítulo —demuestra lo que vales, decía entre líneas, demuéstrame que eres un hombre de fortuna—, pero también porque realmente quería ahorrarle a su especie un milenio de ignorancia teísta y de superstición sin sentido.

—¿Así que han podido con nosotros? —preguntó Pamela.

—Hay un rayo de esperanza —apuntó Winston, devorando el pastel diminuto—. Esta tarde hemos hablado con…

El marxista se detuvo en la mitad de la frase, atónito por el ascenso de Sylvia Endicott, una subida tan brusca que fue como si los muelles de su silla Imperio se hubieran soltado de repente.

—¿Es que me he perdido algo? —preguntó la anciana en un silbido bajo y líquido—. ¿Alguna reunión crucial? ¿Estaba fuera de la ciudad durante una sesión de emergencia? ¿Cuándo aprobamos este asunto del sabotaje?

—Nunca lo presentamos a una votación formal —contestó Oliver—, pero está claro que ése es el consenso en la sala.

—No en esta parte de la sala.

—¿Qué dices, Sylvia? —gruñó Pamela—. ¿«Sentaos y no hagáis nada»?

—La tumba de Svalbard difícilmente será un sitio seguro —se apresuró a añadir Meredith Lodge—. Demonios, sospecho que es tan vulnerable como la pirámide de Keops.

—La única respuesta es la destrucción —dijo Rainsford Fitch.

Frunciendo terriblemente el ceño, Sylvia caminó arrastrando los pies hasta el busto de Charles Darwin que estaba colocado junto a la chimenea.

—Suponiendo por un momento que el Valparaíso esté remolcando de verdad lo que Cassie Fowler dice que está remolcando —empezó—, ¿no deberíamos tener el valor colectivo, si no la simple decencia, de admitir que todos estos años estábamos equivocados?

—¿Equivocados? —preguntó Rainsford.

—Sí. Equivocados.

—Ésa es una palabra más bien extrema —dijo Barclay.

—Es probable que sea hora de corregir nuestros estatutos —admitió Taylor Scott, dándole una calada a un cigarrillo turco—, pero tampoco deberíamos renegar ahora de todas nuestras tesis. El mundo teísta era una pesadilla, Sylvia. ¿Te has olvidado de las cazas de brujas del Renacimiento?

—Pero no estamos siendo honestos.

—¿El juicio de Galileo? ¿La masacre de los Incas?

—No me he olvidado de esas cosas ni tampoco he olvidado la curiosidad científica que es el sine qua non de esta organización. —Sylvia se apretó el chal de lana, su protección principal contra el sucedáneo de invierno virulento de la Sala Montesquieu—. Deberíamos estudiar ese cadáver, no barrerlo debajo de la alfombra.

—Mirémoslo desde otro ángulo —dijo Winston—. Sí, en estos momentos están arrastrando una especie de entidad grande hacia el Ártico y, que nosotros sepamos, esta entidad colgó las estrellas, hizo girar la Tierra y moldeó a Adán en barro. Pero ¿significa eso que es Dios? ¿El que mueve y es inamovible? ¿La primera y última causa? ¿La razón de ser de todo? Está muerto, por el amor de Dios. ¿Qué clase de ser supremo la palma así?

—Un ser supremo falso —dijo Rainsford.

—Exacto —dijo Winston—. Un impostor, un farsante, un embaucador. El problema, por supuesto, es que esa lógica nunca impresionará a las masas crédulas. Una reliquia como ésta se convierte en una confirmación más de su fe. Ergo, para el bien de todos, en el nombre de la razón, hay que eliminar a este Dios-que-no-es-Dios.

—Winston, me horrorizas —con los brazos en jarras, Sylvia apuntó sus córneas arruinadas directamente al marxista—. ¿Razón, has dicho? ¿«En el nombre de la razón»? ¡Tú no estás repartiendo razón, sino fundamentalismo ateo!

—No juguemos con las palabras.

Sylvia se quitó el chal de un tirón, cojeó hasta el vestíbulo y tiró de la puerta de entrada.

—¡Damas y caballeros, no me dejan otra opción! —les espetó con rabia, mientras el calor de julio entraba en el salón glacial—. El honor me dicta un único camino: ¡debo renunciar a la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste!

—No te lo tomes tan en serio, Sylvia —dijo Pamela.

La anciana salió a la noche húmeda.

—¿Lo habéis entendido, fariseos intelectuales? —gritó por encima del hombro—. ¡Me voy, para siempre!

A Oliver se le contrajeron las tripas. Se le secó la garganta. Maldita sea, Sylvia tenía algo de razón.

—¡El saqueo de Jerusalén! —gimió Winston cuando la puerta se cerró de un portazo.

—¡El asedio de Belfast! —bramó Rainsford.

—¡La masacre de los hugonotes! —gritó Meredith.

Tenía algo de razón, pero nada más, decidió Oliver, un simple argumento racional y, mientras, los bosques se estaban quemando.

—Háblanos de ese rayo de esperanza —dijo Pamela.

Barclay se acercó al hogar dando grandes zancadas y se calentó las manos a las llamas furiosas.

—Es probable que no hayáis oído hablar nunca de la Sociedad de Recreación de la Segunda Guerra Mundial de Pembroke y Flume, pero es mas o menos lo que da a entender el nombre: un par de jóvenes empresarios teatrales ambiciosos que compran B-17, acorazados y cosas por el estilo que se han mandado a la reserva. Contratan a actores hambrientos, a marinos mercantes en paro y a aviadores de la Marina de baja, y luego viajan por ahí haciendo simulacros de los encuentros más importantes entre el Eje y los Aliados.

»El verano pasado, Pembroke y Flume pusieron en escena su versión de la campaña africana de Rommel, sustituyendo Túnez por el desierto de Arizona —continuó Winston, uniéndose a Barclay junto al fuego—. El invierno pasado, hicieron la contraofensiva de las Ardenas en las montañas Catskill. Da la casualidad de que este año es el cincuenta aniversario de la Batalla de Midway, de modo que tienen a un equipo de Hollywood trabajando en Martha’s Vineyard, reconstruyendo la base entera en espuma de poliestireno y en contrachapado. El uno de agosto, montones de aviones de combate japoneses clásicos despegarán de las reproducciones en fibra de vidrio a una escala 3:4 de los portaaviones Akagi, Soryu y Kaga, y luego bombardearán la base en mil pedazos. Al día siguiente, un escuadrón de aviones de bombardeo en picado del antiguo portaaviones americano Enterprise, la joya de la colección de Pembroke y Flume, hundirá los cuatro portaaviones japos.

—Lo que en realidad es un poco de trampa —respondió Barclay—. El Yorktown y el Hornet también enviaron aviones, pero Pembroke y Flume tienen un presupuesto reducido para operar. Por otra parte, usan bombas que no han estallado. El público paga, pero vale la pena.

—Pan y circo —dijo Winston, con sorna—. Sólo en la América del capitalismo tardío, ¿eh?

—El hecho relevante es éste: cuando hayan acabado, Midway, Pembroke y Flume no tienen ninguna perspectiva inmediata —dijo Barclay—. Estarán ansiosos por que les contratemos.

—¿Contratarles para qué? —preguntó Meredith.

—Para volver a representar toda la batalla entera, con munición nueva. Entre sus aviones de bombardeo en picado y sus cazas torpederos, estamos casi seguros de que podremos repartir bastante dinamita para hundir el cargamento de Van Horne.

Oliver sintió un estremecimiento rápido y delicioso de emoción cuando, tras levantarse de su diván, cruzó resuelto la alfombra Aubusson hasta el busto de Darwin. Le gustaba este asunto de Midway. Le gustaba mucho.

—¿Cuánto nos cobrarán?

—Ofrecieron unas cuantas cifras aproximadas a la hora de comer —dijo Winston, recorriendo con la vista una tarjeta de 3 x 5 hecha jirones—. Salarios, comida, gasolina, bombas, abogados, condiciones del seguro…

—¿Y el balance final?

—Un momento. —El dedo índice de Winston bailaba por el teclado de su calculadora de bolsillo—. Dieciséis millones, doscientos veinte mil, setecientos cincuenta dólares.

—¿Crees que podemos hacer que lo bajen hasta quince? —preguntó Oliver, deslizando el dedo por los surcos de mármol del entrecejo fruncido de Darwin.

No es que le importase. Si su hermana podía despilfarrar su fondo fiduciario coleccionando objetos de interés relacionados con Abraham Lincoln y si su hermano podía liquidarse el suyo haciendo películas biográficas sensibleras sobre estrellas del béisbol de la liga nacional, Oliver no tenía la más mínima intención de obstaculizar la financiación de un proyecto tan encomiable como éste.

—Tenemos muchas posibilidades —respondió Winston—. Verás, esos payasos nos necesitan de verdad. Casi perdieron la camisa en Pearl Harbor.

28 de julio.

Medianoche. Latitud: 30°6’N. Longitud: 22°12’O. Rumbo: 015. Velocidad: 6 nudos. Viento: 4 en la escala de Beaufort. Nos dirigimos hacia el norte cruzando la planicie abisal de cabo Verde, con las Canarias a estribor, las Azores justo delante, la Osa Menor justo encima.

Esta tarde, haciendo los preparativos para el transvase de sangre, hemos intentado perforarle la arteria carótida con una serie de cánulas conectadas, «la aguja hipodérmica más grande del mundo», como ha dicho Crock O’Connor. Tres metros debajo de la epidermis, Él se vuelve duro como el hierro. Sería más fácil reventar una pelota de fútbol con un plátano.

Suponiendo que no haya ningún motín en el ínterin, lo volveremos a intentar mañana.

¿Crees que lo del motín es una broma, Popeye? No lo es.

Algo extraño está pasando a bordo del Carpco Valparaíso. Cada vez que Bud Ramsey organiza una partida de póquer, uno de los jugadores hace trampas y todo el asunto se convierte en una pelea sangrienta. Aparecen pintadas en los tabiques de contención más rápido de lo que puedo ordenar que lo limpien con un chorro de arena: JESÚS SE ESTÁ CORRIENDO EN LOS PANTALONES, y cosas peores. (Yo no soy religioso, pero no permitiré esa mierda en mi barco.) Los marineros fuman constantemente cerca de los compartimientos de carga, rompiendo así la primera regla de seguridad en un petrolero.

Marbles Rafferty me informa de que no pasa ni una hora sin que alguien le aporree la puerta para denunciar un robo. Carteras, cámaras, radios, cuchillos.

Le dije a nuestro contramaestre, Eddie Wheatstone, que aprendía a aguantar bien la bebida o le ponía unos grilletes. Así que esta mañana, ¿qué hace el idiota? Se pone borracho perdido y destroza la máquina del millón de la sala de juegos, con lo que me ha obligado a meterle el culo en el calabozo.

El marinero preferente Karl Jaworski insistió en que sólo le había dado a Isabel Bostwick «un beso de buenas noches de amigo». Luego hablé con ella, una mujer de la limpieza, y me enseñó los cortes y los morados, y, después, se presentaron dos más, An-mei Jong y Juanita Torres, con marcas similares y quejas parecidas sobre Jaworski. Le metí en la celda de al lado de Wheatstone.

Hasta hace 48 horas, nadie había muerto en un barco bajo mi mando.

Leo Zook. Un marinero preferente. El pobre desgraciado pilló una dosis letal de gas de hidrocarburo mientras estaba limpiando el tanque central número 2. Ahora viene la parte preocupante de verdad. La manguera de su equipo Dragen estaba cortada en trozos y, cuando Rafferty llegó, el compañero de limpieza de Zook —Neil Weisinger, aquel chico valiente que se encargó del timón durante el Beatrice—, estaba agachado junto al cadáver con una navaja suiza en la mano.

Cada vez que me acerco a la celda de Weisinger y le pido que me cuente lo que pasó, sólo se ríe.

—El cadáver está ejerciendo su control —así es como Ockham explica nuestra situación—. No el cadáver en sí, sino la idea del cadáver, ésa es nuestra gran enemiga, ésa es la fuente de este desorden. En los viejos tiempos —dice el padre—, tanto si eras creyente, no creyente o un agnóstico confundido, en algún nivel, consciente o inconsciente, sentías que Dios te estaba observando y esa intuición te controlaba. Ahora ya estamos en una nueva era.

—¿Una nueva era? —digo yo.

Anno Postdomini Uno —dice él.

La Idea del Cadáver. Anno Postdomini Uno. A veces creo que Ockham desvaría, otras creo que tiene toda la razón. Odio encerrar a mi tripulación, especialmente sin haberle abierto todavía una brecha en la arteria carótida a Dios y con todo esto lleno de tiburones, pero ¿qué otra opción tengo? Me temo que somos un barco apestado, Popeye. El cargamento se nos ha metido dentro, produciendo esporas y desovando, y ya no estoy seguro de quién remolca a quién.

Una sensación de profundo pesar inundó a Thomas Ockham cuando, llevando puestos la sudadera de Fermilab y los tejanos Levi Strauss, descendió por la escalera estrecha que llevaba al calabozo improvisado del Valparaíso. Decidió que así es cómo debía haber pasado su vida, sin el collar, moviéndose entre los rechazados y los encarcelados, poniéndose de parte de los marginados del mundo. Jesús no había malgastado el tiempo preocupándose sobre supercuerdas o alguna TDT eternamente elusiva. El Señor había ido adonde le necesitaban.

Más abajo que la sala de bombeo, más abajo incluso que la sala de máquinas, las celdas se hallaban a lo largo de un pasillo de estribor oscuro atiborrado de cables blindados y tubos que transpiraban. Thomas avanzaba encorvado. Los tres prisioneros eran invisibles, encerrados tras puertas de acero remachadas improvisadas con placas de las calderas. Lento, vacilante, el sacerdote caminaba por la hilera, pasando junto al vándalo Wheatstone y el libidinoso Jaworski, parándose ante el caso que más le perturbaba, el marinero preferente Neil Weisinger.

Veinticuatro horas antes, Thomas se había puesto en contacto con Roma. «En su opinión, ¿nuestro caos ético actual proviene de una fuerza palpable generada por el proceso de la descomposición divina», decía la última frase de su fax, «o de un efecto psicológico subjetivo producido por la teotanatopsis, es decir, la Idea del Cadáver?».

A lo que Tullio Di Luca había respondido: «¿Cuánto tiempo de viaje calcula que se perderá a causa de estos hechos?».

Fuera de la celda, Big Joe Spicer estaba sentado en una silla plegable de aluminio, con una pistola de bengalas sujeta con una correa al hombro con aire amenazador y un póster central de Playboy abierto en la falda.

—Hola, Joe. He venido a ver a Weisinger.

Spicer frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Un alma atribulada.

—No, está feliz como una almeja con la marea alta. —El segundo oficial metió una llave maestra de un dorado apagado en el cerrojo y la giró de repente como un conductor de coche de carreras encendiendo el motor—. Escuche. Si el chico hace algún gesto de amenaza —le dio unas palmaditas a la pistola de bengalas—, pegue un chillido y vendré a incendiarle la cara.

—Ya no te veo en misa.

—Es como follar, padre. Hay que tener ganas.

Al entrar en la celda, Thomas casi se atragantó con el olor, una mezcla nociva de sudor, orina y heces tratadas con productos químicos. Desnudo hasta la cintura, Weisinger estaba tendido en la litera, mirando hacia arriba como la víctima de un entierro prematuro contemplando la tapa de su ataúd.

—Hola, Neil.

El chico se dio la vuelta. Tenía los ojos del gris mate y apagado de las bombillas caducadas.

—¿Qué quiere?

—Hablar.

—¿De qué?

—De lo que pasó en el tanque central número dos.

—¿Tiene un cigarrillo? —preguntó Weisinger.

—No sabía que fueras fumador —dijo Thomas.

—No lo soy. ¿Tiene uno?

—No.

—Le juro que me iría bien un cigarrillo. Murió uno que odiaba a los judíos.

—¿Zook odiaba a los judíos?

—Cree que nosotros matamos a Jesús. Dios. Una de esas personas. ¿Y qué día es hoy, a todo esto? Aquí abajo se pierde la noción del tiempo.

—Miércoles, veintinueve de julio, mediodía. ¿Le mataste?

—Dios. No. ¿A Zook? Lo deseaba. —Weisinger bajó de la litera y, tambaleándose hasta el mamparo, se arrodilló junto a la cisterna, una tetera de cobre abollada llena de un agua del color de la cerveza Abbaye de Scourmont—. ¿Ha tenido alguna vez un momento de claridad pura y candente, padre Tom? ¿Ha mirado alguna vez a un hombre que se estuviera asfixiando mientras usted agarraba con fuerza una navaja suiza? Le despeja el cerebro de todas las telarañas.

—¿Cortaste la manguera de Zook?

—Claro que la corté. —El chico se salpicó el pecho pálido con puñados de agua sucia—. Pero tal vez ya estuviera muerto, ¿se le había ocurrido?

—¿Lo estaba? —preguntó Thomas.

—¿Qué importaría?

—Mucho.

—Hoy en día no. El gato no está, Tommy. Nadie nos vigila. Las Tablas de la Ley: fizz, fizz, han desaparecido, como dos Alka-Seltzer disolviéndose en un vaso de agua. Sea sincero, ¿no lo siente usted también? ¿No se da cuenta de que está soñando con su amiga Miriam y sus tetas de talla mundial?

—No pretendo fingir que las cosas no se han vuelto confusas por aquí últimamente. —Thomas apretó los dientes con tanta fuerza que le subió un hormigueo por el oído medio derecho. En efecto, sus cavilaciones respecto a la hermana Miriam habían sido intensas últimamente, incluidos los atributos que Weisinger había especificado. Y, que el cielo le amparase, incluso les había puesto nombres—. Reconozco que la Idea del Cadáver amenaza este barco —Wendy y Wanda—. Reconozco que estamos sumidos en el Anno Postdomini Uno.

Fizz, fizz, puedo pensar lo que me dé la puta gana. Puedo pensar en coger una pistola de aguja Black and Decker y perforarle los ojos a mi tía Sara. Soy libre, Tommy.

—Estás en el calabozo.

Weisinger metió una taza de café de Carpco en la cisterna, se llevó el agua a los labios y bebió.

—¿Quiere saber por qué le asusto?

—No me asustas. —El chico aterrorizaba a Thomas.

—Le asusto porque me mira y ve que cualquiera de los que están en el Val podría encontrar la libertad que yo tengo. Joe Spicer, que está ahí afuera, podría. Rafferty podría. ¿Seguro que no tiene un cigarrillo?

—Lo siento. —Thomas se movió sigilosamente hacia la puerta y se detuvo, paralizado por los remaches de acero; eran patológicos y obscenos, furúnculos en la espalda de un robot leproso. Tal vez no estuviera hecho para este tipo de trabajo. Tal vez sería mejor que se ciñera a la mecánica cuántica y a sus meditaciones sobre por qué Dios había muerto. Miró a Weisinger y dijo—: ¿Te ayuda hablar conmigo así?

—O’Connor podría encontrarla.

—¿Te ayuda?

—Haycox podría.

—Siempre que tengas ganas de hablar, dile a Spicer que me mande a buscar.

—El capitán Van Horne podría.

—Quiero ayudarte de verdad —dijo el sacerdote, saliendo deprisa y a ciegas de la celda.

—Incluso usted podría encontrarla, Tommy —le gritó el chico—. ¡Incluso usted!

Cuando el taxi destartalado y hediondo se paró en el 625 de la calle Cuarenta y dos Oeste, Oliver se dio cuenta de que sólo estaban a una manzana de Playwrights Horizons, el teatro donde su obra favorita de Cassie, Runkleberg, se había estrenado en un programa doble con su menos favorita, Dios sin lágrimas. Señor, era un genio tan sexy. Por ella haría cualquier cosa. Por Cassandra robaría un banco, caminaría sobre brasas ardientes, enviaría a Dios al otro barrio de una explosión.

Vistas desde la acera, las oficinas de Nueva York de la Sociedad de Recreación de la Segunda Guerra Mundial de Pembroke y Flume sólo parecían la fachada de otra tienda de Manhattan, indistinguible de unos cuantos establecimientos similares que ocupaban el lado civilizado de la Octava Avenida, esa zona desmilitarizada más allá de la cual los sex-shops y los espectáculos de striptease aún no habían avanzado. Sin embargo, en cuanto los tres ateos entraron, ocurrió un desplazamiento curioso. Entrando a trompicones en el vestíbulo oscuro, con el maletín balanceándose a su lado, Oliver se sintió como si se hubiera caído por el tiempo y hubiera aterrizado en el despacho privado de un magnate del ferrocarril del siglo diecinueve. Una alfombra persa absorbió sus pisadas. Un espejo de cuerpo entero y de bordes dorados se alzaba ante él, flanqueado por globos luminosos de cristal tallado salidos directamente de la era de la luz de gas. Un reloj de pie inmenso anunció la hora, las cuatro de la tarde, tocando con tanta languidez como para sugerir que su verdadero propósito no era marcar el paso del tiempo sino exhortar a la gente a que se tomaran las cosas con más calma y a que saboreasen la vida.

Una mujer alta de cuello de cisne, con un sombrero de fieltro con ala curva de Mary Astor y un traje chaqueta azul cielo con hombreras, fue a su encuentro y, si bien era obvio que era demasiado joven para ser la madre de Pembroke y Flume, trató a los ateos menos como a clientes que como a un grupo de niños del barrio que hubiesen venido a jugar con sus hijos.

—Soy Eleanor —dijo, conduciéndoles a una oficina pequeña con paneles, afortunadamente con aire acondicionado. Las paredes estaban decoradas con pósters. PEMBROKE Y FLUME PRESENTAN LA BATALLA DE LAS ARDENAS (la T formada por la boca del cañón de un tanque)… PEMBROKE Y FLUME PRESENTAN ATAQUE CONTRA TOBRUK (grabado en las almenas de un puerto fortificado)… PEMBROKE Y FLUME PRESENTAN LA LUCHA POR IWO JIMA (escrito en sangre sobre una duna)—. Apuesto a que os apetecería algo frío y líquido, chicos. —Eleanor fue tranquilamente hasta una nevera Frigidaire de principios de los cuarenta y abrió la puerta, dejando ver un montón de etiquetas clásicas: Ruppert, Rheingold, Ballantine, Pabst Blue Ribbon—. Cerveza nueva en botellas viejas —explicó—. Budweiser, de hecho, de la bodega de la esquina.

—Yo me tomaré una Rheingold —dijo Oliver.

—Pabst para mí —dijo Barclay.

—Ah, las pseudoelecciones del capitalismo tardío —dijo Winston—. La mía que sea una Ballantine.

—Sidney y Albert están en la sala trasera escuchando su programa favorito. —Eleanor sacó las cervezas y las abrió con un abridor de Jimmy Durante pintado a mano—. La segunda puerta a la izquierda.

Cuando Oliver entró en la sala en cuestión —un santuario oscuro y acogedor decorado con pin-ups de Esther Williams y Betty Grable—, una voz de hombre aguda y atenuada le saludó:

—… donde descubrieron que el Dr. Seybold había perfeccionado su energizador cosmo-tómico. Escuchen ahora mientras Jack y Billy investigan esa casa de piedra solitaria conocida como el Castillo del Diablo.

Dos hombres jóvenes y pálidos estaban sentados en los extremos opuestos de un sofá de terciopelo verde, con una Ruppert en la mano e inclinados hacia la mesa de centro Chippendale en la que descansaba una antigua radio estilo catedral, aunque era obvio que el sonido provenía del magnetófono que tenía al lado, al que estaba conectado. Al reparar en sus visitas, uno de los hombres sacó un cigarrillo de un paquete amarillento de Chesterfield mientras que el otro se levantó, se inclinó cortésmente y le estrechó la mano a Barclay.

En la radio, un adolescente dijo: «¡Ballenazas y pececitos, Jack! ¿Te imaginas una nación extranjera que tuviera toda esa energía eléctrica por nada? ¡Nos veríamos reducidos a un país indigente!».

Barclay hizo las presentaciones. Como el nombre «Pembroke y Flume» parecía sugerir un equipo cinematográfico humorístico cuyos sellos característicos incluían la disparidad física entre sus componentes —Abbott y Costello, Laurel y Hardy—, a Oliver le sorprendió la similitud entre los empresarios teatrales. Podrían haber sido hermanos o incluso gemelos bivitelinos, una impresión que parecía reforzada por los trajes a juego a rayas rojas y negras, de chaquetas largas con hombreras y pantalones anchos de cintura alta, típicos de los años cuarenta, que colgaban de sus cuerpos alargados: cuerpos Giacometti, decidió Oliver, el artista. Ambos hombres tenían los mismos ojos azules, empastes dorados y pelo rubio engominado, y fue sólo gracias a un esfuerzo de concentración que distinguió el semblante abierto y sonriente de Sidney Pembroke del rostro más austero y un tanto siniestro de Albert Flume.

—Veo que Eleanor les ha ofrecido unas cervezas —dijo Pembroke, sacando la cinta—. Bien, bien.

—¿Qué estaban escuchando? —preguntó Winston.

Jack Armstrong, el chico típicamente americano.

—No tengo ni idea de lo que es.

—¿De verdad? —preguntó Flume con una mezcla de incredulidad y desdén—. No lo dice en serio.

Con lo cual los socios se pasaron el brazo por el hombro el uno al otro y cantaron.

¡Agitad la bandera por el Instituto Hudson, chicos,
mostradles que somos el primero!
¡Nuestro equipo será siempre el campeón,
conocido en el país entero!

—Hay programas mejores, por supuesto —aseguró Flume, encendiendo el cigarrillo con un Zippo plateado—. El avispón verde: «Va a la caza de las presas mayores: ¡los enemigos públicos que intentan destruir nuestra América!»

—E Inner Sanctum, si de verdad se tienen nervios de acero —añadió Pembroke.

Flume se volvió directamente hacia Oliver, dándole una larga calada al Chesterfield.

—Me han dicho que su organización desea contratar nuestros servicios.

—Me dieron una cifra que se aproximaba a los quince millones.

—¿Ah, sí? —dijo Flume enigmáticamente. Estaba claro que él era el socio dominante.

—¿Podría contarnos algo más sobre el objetivo? —preguntó Pembroke, ansioso—. Todavía no tenemos una idea clara.

A Oliver se le heló la sangre. Ya había llegado el momento en que debía explicar por qué destruir un cadáver de siete millones de toneladas que no pertenecía a ninguno de ellos era una línea de acción necesaria. Abrió el maletín y sacó una foto en color de 8 x 10 que puso en equilibrio sobre el mueble de la radio.

—Como saben —empezó—, los japoneses siempre han estado acomplejados por su altura.

—¿Los japos? —intervino Flume, con aspecto perplejo—. Así es.

Por el momento todo iba bien.

—Según la interpretación freudiana de la Segunda Guerra Mundial, buscaban expandirse horizontalmente para compensar su incapacidad genética para expandirse verticalmente. Como especialistas de aquel conflicto en particular, sin duda estarán familiarizados con esta teoría.

—Sí, claro —aseguró Pembroke, aunque Oliver se la había inventado el martes anterior.

—Bien, caballeros, en resumidas cuentas, el hecho es que a principios de este año un equipo de científicos japoneses que estaba en Escocia descubrió un modo de expandirse verticalmente. Explotando los últimos adelantos en la ingeniería genética, han desarrollado el asiático del futuro: la criatura humanoide gigantesca cuyo prototipo ven en esta foto. ¿Me siguen?

—Parece un guión rechazado del Avispón verde —soltó Flume, enrollándose la cadena de oro del reloj alrededor del dedo.

—Lo llaman el Proyecto Golem —dijo Barclay.

—La mayoría de los golems son judíos —añadió Winston—. Éste es japonés.

—¿Los japos están en Escocia? —dijo Pembroke.

—Los japos están por todas partes —recalcó Flume.

—Hasta ahora no han logrado dotar de vida a su golem —dijo Winston—, pero si algún día lo consiguen… bueno, ya se imaginan el peligro que una mega-especie así representaría para el medio ambiente, por no decir nada del sistema de la libre empresa.

—Jack Armstrong se cagaría en los calzoncillos —dijo Barclay.

—Por suerte, las próximas semanas nos ofrecen la oportunidad perfecta para parar en seco el Proyecto Golem —prosiguió Oliver—. Desde que empezó la época de calor, los científicos han estado buscando un modo de congelar el prototipo antes de que se pudra. Entonces, el pasado miércoles, decidieron engancharlo al superpetrolero Valparaíso y remolcarlo hasta más allá del círculo polar ártico.

Valparaíso, ése no es un nombre japonés —apuntó Pembroke.

—Tampoco lo es “Rockefeller Center” —dijo Winston.

—No entiendo por qué una empresa privada tiene que enmendar este asunto —dijo Flume—. Los Estados Unidos de América cuentan con la mayor marina del mundo. Mucho más grande que la mía y de Sid.

—Sí, pero no se puede usar la Marina americana sin la aprobación del Congreso —dijo Barclay.

—¿La CIA?

—Buena gente, pero nunca la movilizaríamos a tiempo —dijo Oliver.

—Está claro que éste es un trabajo para hombres de negocios preocupados como nosotros —intervino Winston—. Capitalismo vigilante, ¿eh?

—No soy de esos tipos místicos —dijo Barclay—, pero intuyo que no es una casualidad que su barco se llame Enterprise.

Oliver tomó un buen trago de cerveza.

—Así que, ¿qué opinan?

Pembroke le lanzó una mirada afligida a su socio.

—¿Qué opinamos, Alby?

Flume sacudió la ceniza del cigarrillo en un cenicero de peltre con la forma de Dumbo, el elefante volador.

—Opinamos que nos huele mal.

—¿Que les huele mal? —soltó Oliver, despegando la etiqueta de su botella de Rheingold.

—Tan mal como la bodega de un barco pesquero portugués.

—¿Ah, sí?

—Opinamos que esta cosa que quieren quitarse de en medio puede que sea un golem japonés y también puede que no lo sea. —Flume tomó una calada e hizo una «o» de humo—. También opinamos esto: el dinero manda. Ha mencionado quince millones. Es un buen comienzo. Un comienzo bueno de verdad.

—Es más que un comienzo —gruñó Oliver.

—En efecto. Pero resulta que…

—De acuerdo, dieciséis.

—Resulta que no nos está pidiendo que hagamos una representación normal. En ciertos aspectos, esto es algo auténtico. —Flume hizo dos «oes» esta vez, una dentro de la otra—. Las guerras acostumbran a pasarse del presupuesto.

—Puede que no baste un solo ataque para eliminar al objetivo —explicó Pembroke con más detalles—. Los aviones podrían tener que regresar al Enterprise y rearmarse.

—Última oferta —dijo Oliver—. Se acabó. Es fantástica. ¿Listos? Diecisiete millones de dólares. Por una cantidad así, podrían montar un musical sobre el texto de educación cívica que tenían en octavo, representarlo en la parte trasera de la luna y mantenerlo en cartel diez años.

Si los empresarios teatrales hubieran sido perros, decidió Oliver, se les habrían disparado las orejas hacia arriba y se hubieran quedado así.

—Cacique —murmuró Flume en una voz baja y reverente.

—¿Qué? —dijo Oliver.

—Operación Cacique. Un viejo sueño nuestro.

—Ya sabe… Normandía —dijo Pembroke con el mismo respeto.

—El día D —continuó Flume—. Es decir, si lo de los diecisiete millones de dólares va en serio, en serio de verdad, sin condiciones, entonces, con un poco de suerte, como quizá el trabajo resulte ser pan comido, ya saben, que baste con un ataque, bueno, sería probable que nos sobrara lo bastante para un Día D. Entero. Los bombardeos de diversión, el desembarco anfibio, la expansión a través de Francia. Una empresa arriesgada, seguro, pero predigo que reportará beneficios, ¿no, Sid?

—Diría que los suficientes para financiar Stalingrado —dijo Pembroke.

—O Arnhem, ¿eh? —añadió Flume—. Cuarenta mil paracaidistas aliados cayendo del cielo como aguanieve.

—O quizá incluso Hiroshima —dijo Pembroke.

—No —replicó Flume con firmeza.

—¿No?

—No.

—¿De mal gusto?

—Deplorable.

—La Segunda Guerra Mundial —suspiró Pembroke—. Nunca volveremos a ver algo igual.

—Vamos a dejar una cosa clara —dijo Oliver—. No pueden limitarse a dañar el golem, tiene que desaparecer sin dejar rastro.

—Corea fue como un callejón sin salida horrible —insistió Pembroke.

—Esperamos que separen las cadenas de remolque con una explosión —dijo Oliver—, y envíen a ese capullo directamente al Dorsal de Mohns.

—Vietnam tenía posibilidades —dijo Flume—, pero entonces los hippies se hicieron con él.

—Y ni nos hablen de la Operación Tormenta del Desierto —dijo Pembroke.

—Un videojuego pésimo —aseguró Flume.

—Una maldita miniserie —corroboró Pembroke.

—¿Me entienden? —preguntó Oliver—. El cargamento del Valparaíso tiene que desaparecer.

—No hay problema —contestó Flume—. Sólo que aquí seguimos la costumbre de la Marina de los EEUU, ¿vale? Nada de «el» antes del nombre de un barco. Es Valparaíso, no «el» Valparaíso. Enterprise, no «el» Enterprise. ¿Entendido?

Pembroke se acercó a la fotografía y clavó el dedo índice en el pecho de la carcasa.

—¿Por qué sonríe así?

—Si usted fuera así de grande —dijo Barclay—, también sonreiría.

—¿Tienen alguna razón para sospechar que no tendremos el campo libre para disparar? —preguntó Flume—. Cuando el Bombardero de Reconocimiento Seis hundió Akagi, el comandante McClusky tuvo que soportar todo tipo de mierda, cazas, barcos de protección, fuego antiaéreo. Valparaíso no lleva ningún cañón Bofor, ¿verdad?

—Por supuesto que no —dijo Winston.

—¿Ningún destructor de escolta?

—Nada parecido.

—Vaya —dijo Pembroke, sonando un tanto decepcionado—. Creo que deberíamos usar cazas torpederos Devastator TBD-1, ¿no, Alby?

—Está claro que serían los más efectivos contra un objetivo de esta clase —admitió Flume, asintiendo con la cabeza—. Por otra parte… —De repente el empresario teatral se quedó absorto y cerró los ojos.

—¿Por otra parte…? —dijo Winston.

—Por otra parte, fueron los aviones Dauntless SBD-2 de bombardeo en picado los que hicieron saltar a Akagi por los aires.

—Así que si bien los Devastator funcionarían mejor… —dijo Pembroke.

—Los Dauntless serían más exactos históricamente —apuntó Flume.

—Yo votaría por los Devastator —dijo Oliver.

—Una decisión difícil en ambos casos. ¿Se la dejamos al almirante, Sid?

—Buena idea.

Flume apagó el cigarrillo en el cenicero de Dumbo.

—Naturalmente, tiene que ser una operación relámpago. Me imagino que si Enterprise se mantiene a, digamos, unos doscientos cuarenta kilómetros al oeste del objetivo, los japos nunca sabrán de dónde llegaron los aviones.

—Lo último que queremos es que Japón se cabree con Alby y conmigo —explicó Pembroke—. Vamos a necesitar toda su cooperación para Guadalcanal.

—Pásense por Shields, McLaughlin, Babcock y Kaminsky el miércoles y ellos les darán un borrador para que se lo pasen a sus abogados —dijo Flume—. Probablemente tardaremos un par de semanas en concretar todos los detalles: calendario de pagos, representaciones y garantías, el papel de las indemnizaciones…

—Está diciendo que… ¿hemos hecho un trato? —preguntó Winston, entusiasmado.

—¿Diecisiete millones? —dijo Flume, alzando su Ruppert.

—Diecisiete millones —confirmó Oliver, levantando su Rheingold.

Dos botellas de cerveza antiguas se unieron, sonando en el aire caliente de Manhattan.

—¿Saben qué creo que deberíamos hacer ahora mismo? —dijo Pembroke—. Creo que deberíamos inclinar la cabeza y rezar.

Una brisa suave soplaba de un lado a otro de la proa del Valparaíso cuando Cassie bajaba la escalera y, como Julieta saliendo al balcón, se unía al marinero preferente Ralph Mungo en el puesto de observación de proa. El aire fresco le acarició la piel. Lentamente, el sudor se le evaporó de la cara. Por la mañana, gracias a Dios, habrían cruzado el paralelo treinta y tres y habrían dejado atrás para siempre el espantoso verano norteafricano.

Dándole caladas a un Marlboro, Mungo miraba el mar fijamente. La luna creciente estaba baja, fija en el cielo estrellado como una tajada de melón cantalupo. Cassie puso el termo de café en la barandilla, se metió la mano en el bolsillo de los pantalones cortos y sacó el fax codificado que Lianne había interceptado aquella tarde en el cuarto de radiotelegrafía.

Las cartas de amor de Oliver, con sus poemas empalagosos ilustrados con bocetos pornográficos, nunca le habían emocionado de verdad, pero estas palabras le llegaron hasta la médula. Al descodificarlas, había experimentado algo primario, el mismo tipo de sobrecogimiento que Darwin, Galileo y un puñado de otras personas debieron de sentir al darse cuenta de que estaban forjando el curso de la historia intelectual. Cierto, los detalles eran perturbadores: a pesar de su afecto por todo lo teatral, no le gustaba colocar el destino de la razón en manos de ninguna organización que se hiciera llamar Sociedad de Recreación de la Segunda Guerra Mundial de Pembroke y Flume. (Esos hombres no sonaban como los salvadores del humanismo secular; sonaban como un par de lunáticos.) Lo que a Cassie le parecía tan conmovedor era la racionalidad de Oliver, el hecho de que hubiera interpretado el cuerpo correctamente, como una amenaza y que se hubiera lanzado a combatirlo de inmediato. Su insistencia en la seguridad le pareció especialmente astuta. Por intuición se había dado cuenta de que si el Vaticano se olía un ataque inminente, desviarían la misión o levantarían defensas que la Sociedad de Recreación nunca podría esperar penetrar. «Éste será mi único comunicado», había escrito cerca del final.

Espera un ataque aéreo a 68°11’N, 2°35’O, a 240 kilómetros al este del punto de lanzamiento, isla Jan Mayen. Recreando Midway, los aviones cortarán las cadenas de remolque, abrirán una brecha en el objetivo y enviarán nuestros problemas al fondo de la Dorsal de Mohns…

Inclinándose sobre la barandilla, le otorgó al fax el mismo trato que le había infligido a la reseña tan negativa y virulenta que el Village Voice había hecho de su obra sobre Jefté, el guerrero del Libro de los Jueces que inmoló a su propia hija para mantener un pacto con Dios. «La sátira auténtica es a la risilla pueril lo que un buscapiés a un buscapleitos, una distinción a la que una joven autora llamada Cassie Fowler es claramente ajena…»

El bueno de Oliver. Nunca la había abandonado, ¿verdad? Incluso cuando era una dramaturga combativa y él un tarambana izquierdista que pintaba paisajes urbanos sombríos mientras esperaba la contribución de su fondo fiduciario. Allí estaría ella, sentada en el sótano de algún bar de la calle Broome o de alguna casa de empeños de la avenida D, una de esas reservas destartaladas de cucarachas que tenían la cara de llamarse teatros, junto a Broadway (un poco más lejos y hubiera estado en Queens), mirando un ensayo desastroso de Runkleberg o de Dios sin lágrimas, y de pronto aparecería Oliver, incluso si eran las tres de la madrugada, trayéndole café solo y bollos dulces, diciéndole que era la Jonathan Swift del Lower East Side.

Apenas había lanzado los trocitos de papel a la Corriente de Portugal cuando el mismísimo Anthony Van Horne bajó al puesto de observación, vestido con su andrajosa chaqueta de béisbol de los Mets y su gorra con visera de John Deere. Le invadió un ataque de culpabilidad. Este hombre le había salvado la vida y ahí estaba ella conspirando para abortar su misión.

—Tienes suerte, marinero, voy a hacerme cargo de tu guardia —Van Horne le dijo a Ralph Mungo. Un gran cardenal violeta, bañado en grasa gloriosa, se extendía desde el ojo derecho del viejo marinero—. ¿No te importa?

—A la orden, capitán —saludando, sonriendo, Mungo lanzó la colilla por la borda y subió la escalera a toda prisa.

—¿Observando las estrellas? —le preguntó el capitán a Cassie.

—Algo parecido. —Se llevó el termo a los labios y tomó un gran trago de café. Era la quinta vez que se había topado con él allí. Sospechaba que la estaba persiguiendo, una idea halagadora, pero lo último que quería justo en ese momento era que su adversario empezara a enamorarse de ella—. Es hora de que haya una mitología totalmente americana, ¿no cree? Mire, ahí está el Mito de la Familia. Allí está Igualdad. Allí está Una Nación Bajo Dios con Libertad y Justicia para Todos.

—Odia a nuestro cargamento, ¿no?

Cassie asintió con la cabeza.

—Por eso estoy aquí, es lo máximo que puedo alejarme de Él sin acabar en el agua. ¿Y qué hay de usted, capitán? ¿Odia a nuestro cargamento?

—Nunca le conocí —el capitán bostezó; el reflejo le invadió, le onduló la cara y los hombros—. Sólo sé que es un placer estar embarcado otra vez.

—Está exhausto, capitán.

—Hemos estado tratando de transvasar su sangre a los tanques —una forma de hacer que vayamos más rápido—, pero el cuello no quiere aceptar las cánulas —otro bostezo intrincado—. Lo peor es… no estoy seguro de qué palabra usar… la anarquía, Cassie. ¿Se ha fijado en el ojo morado de ese marinero? Se lo hizo en una pelea. Ha sido una semana de peleas a puñetazos, de intentos de violación, puede que hasta de un asesinato. He tenido que meter a tres hombres en el calabozo.

Una extraña combinación de terror y fastidio se apoderó de Cassie.

—¿Asesinato? Por Dios. ¿Quién ha muerto?

—Un marinero llamado Zook, se asfixió con gas en un compartimiento de carga. Ockham dice que estamos sometidos al cadáver. No al cadáver en sí, sino a la Idea del Cadáver. Con Dios fuera de escena, la gente ha perdido la razón principal para ser moral. No pueden evitar experimentar con el pecado.

Como siempre hacía en presencia de argumentos intelectualmente insostenibles, Cassie se metió la mano izquierda en el bolsillo y se pellizcó el muslo interno a través de la tela.

—¿No pueden evitarlo? Déme un respiro, Anthony. Todo esto es una coartada. Una coartada ingeniosa, pero nada más. Estos marineros suyos… ¿quiere saber qué opino? Se aprovechan de la carcasa para racionalizar sus crímenes. La muerte de Dios les resulta muy conveniente.

—Creo que va más allá. —Anthony se metió la mano en la chaqueta de béisbol y sacó una hoja de papel beige cubierto de letras negras borrosas y, por un instante horrible, Cassie se imaginó que quería enfrentarla a una copia del comunicado de Oliver—. Hágame un favor, doctora. Lea esto. Es de mi padre.

La carta estaba escrita a mano en papel de Exxon Shipping: unos garabatos apretados y ligeros que le parecieron extrañamente femeninos.

Querido Anthony:

Dices que quieres venir a visitarme, pero no es muy buena idea. A Tiffany enseguida le ponen nerviosa los invitados y es probable que tengas intención de sacar a relucir un montón de cosas por las que estás resentido, como el…

—Esto parece muy personal.

—Léalo.

… asunto del loro. Mi idea de un retiro relajado ¿puedes creerlo?—, incluye que mi primogénito no se pase por aquí a gritarme.

No creas que no tuve una sorpresa agradable al recibir tu carta. Eres un buen marino, hijo. Nervioso, pero bueno. Te merecías recuperar el Val, aunque no me imagino para qué necesita el Vaticano un transportador de crudo ultra grande.

¿Estáis transportando agua bendita?

Un abrazo,

papá.

—Bueno, ¿qué le parece?

—¿Quién es Tiffany?

—Mi madrastra. Una cabeza de chorlito importante. ¿Qué me está diciendo?

Una sensación de humildad por su mentalidad provinciana se apoderó de Cassie. Hasta entonces, las peores cargas que había tenido que soportar en su vida eran reseñas asquerosas en el Voice y estudiantes pánfilos en sus clases, nada remotamente comparable a un padre hostil, un cuello imposible de traspasar o la tripulación de un superpetrolero que se había enviciado.

—Yo no soy psicóloga… pero cuando dice que está resentido con él, tal vez esté diciendo en realidad que él está resentido con usted.

—Claro que está resentido conmigo. Le deshonré en la Bahía de Matagorda. Arrastré el apellido por una marea negra.

—¿Qué es este «asunto del loro»?

Anthony resopló, hizo una mueca y se puso las gafas de espejo.

—Cuando cumplí diez años, papá trajo un guacamayo escarlata de Guatemala.

—De la orden de los Psittaciformes y de la familia de los Psittacidae.

—Sí. Un ave preciosa. Llegó hablando en español. «Vaya con Dios» «¿Qué pasa?» Intenté enseñarle «Hola, pajarito sin cola», pero no se le quedó. La llamé Arco iris. Entonces, cuatro meses después, ¿qué hace papá? Decide que Arco iris nos está costando demasiado en comida para loros y facturas de veterinario y que además es ruidosa y sucia, así que nos lleva a mí y al pájaro en coche al otro lado de la ciudad a una tienda de animales y va al mostrador y dice: «Si viene alguien que quiera esta bestia miserable, me repartiré lo que recaude con usted, mitad y mitad».

—Qué malo.

—De hecho aquí hay una pauta. Tenía once años, ¿vale?, y lo que más quería para Navidad era un kit de Revell del USS Constitution de plástico, uno a la escala cuarenta y dos, doscientas treinta piezas separadas, con lona auténtica para las velas. Papá me compra el kit, seguro, pero no me deja montarlo. Dice que lo joderé.

—¿Así que lo hace él?

—Sí, y ahora viene la parte rara. Hace que un soplador de vidrio de Wilmington selle mi barco dentro de una botella para el agua grande y azul. Así que no puedo tocarlo, ¿vale? No puedo coger el Constitution ni jugar con él. En realidad no es mío. —Anthony volvió a coger el fax, hizo un taco con él y se metió la bola en la chaqueta—. El problema es que necesito a ese cabrón.

—No, no le necesita.

—Es el que puede quitarme el petróleo.

—¿La Bahía de Matagorda?

—Sí. No estaré libre hasta que papá me mire a la cara y me diga: «Buen trabajo, Anthony. Enterraste sus restos».

—Venga ya.

—Lo supe directamente de boca de Rafael.

—Me da igual de qué boca lo supo. —Una teoría completamente irracional decidió Cassie mientras se bebía lo que quedaba del café—. No tiene sentido. —La brisa se volvió desagradable, arañándole la cara, mordiéndole los dedos. Se subió la lengüeta de la cremallera de la cazadora de Lianne lo más arriba posible—. Necesito un poco de chocolate caliente de Follingsbee.

El capitán ladeó la cabeza. Aries se reflejaba en las dos lentes de sus gafas de espejo.

—Por mis sueños vuelan pájaros.

—¿Pájaros? ¿Se refiere a loros?

—Garcetas, ibis, garzas… chorreando de petróleo. Me ducho, pero no sirve. Sólo mi padre… ¿Entiende?

—No. No lo entiendo. Pero aunque lo hiciera… bueno, ¿qué pasa si su padre considera la absolución como sólo un regalo más? ¿Qué pasa si le da una conciencia tranquila y luego, bang, también se la quita?

—No lo haría.

—El hombre que le envió ese fax —Cassie señaló el bulto de la chaqueta de Anthony— no es un hombre del que se pueda fiar. —Empezó a subir la escalera, retirándose no tanto del frío como de ese hombre confuso, aterrador, extrañamente seductor, ese capitán que soñaba con garcetas cubiertas de petróleo—. ¿Sabe una cosa, capitán? Cuando regresemos a Nueva York, le compraré un guacamayo escarlata.

—Eso me gustaría, doctora.

—¿Sabe otra cosa? —se detuvo en el travesaño más alto—. No hay absolutamente ningún problema en odiar a nuestro cargamento. De verdad, no hay ningún problema.

3 de agosto.

En el día de hoy en 1924, mi Compañero de bolsillo del navegante observa que: «Joseph Conrad, autor de Lord Jim, Tifón y otros clásicos del mar, murió en Bishopsbourne, Inglaterra».

Empezaré con las buenas noticias. Por motivos que sólo ellos conocen, los depredadores han tirado la toalla. En lo referente a los buitres y las serpientes, calculo que nos hemos alejado demasiado de sus territorios. Por lo que respecta a los tiburones, bueno, ¿quién sabe lo que pasa por esas mentes antiguas?

Esta mañana hice que Rafferty recogiera todo el material antidepredador, sacara los cartuchos y las cargas y pusiese a buen recaudo las armas vacías en la bodega del castillo de proa. Ya no necesitamos todo eso y dado el ambiente anárquico actual que reina en el barco no me cuesta nada imaginar a los marineros haciendo uso criminal de un cañón lanzaarpones o de una bazuka.

Una vez más intentamos atornillar cánulas en la arteria carótida derecha de Dios y una vez más fracasamos, pero ésa no es la peor noticia. Las peleas y los robos continúan, pero ésa tampoco es la peor noticia. La peor noticia es el tiempo.

El cálculo exacto nos sitúa a 80 kilómetros al sur de las Azores. Es difícil saberlo con seguridad, porque las señales del Marisat no llegan y no vemos nada a más de 20 metros en ninguna dirección. Con la niebla sé qué hacer, pero esto es otra cosa, un mejunje tan espeso que ha cegado los dos radares. Olvídate de los sextantes.

Hace una hora le expliqué nuestras opciones a Ockham. O bien rompemos el silencio radiofónico y les preguntamos a los guardacostas portugueses dónde demonios estamos o reducimos la velocidad hasta ir a paso de tortuga para evitar estrellarnos contra las Azores.

—¿Algo así como a cuatro nudos?

—Algo así como a tres nudos.

—A esa velocidad no superaremos el plazo previsto —observó el padre.

—Correcto.

—Sus neuronas morirán.

—Sí, si le queda alguna.

—¿Usted qué prefiere? —Ockham quería saber.

—Rafael nunca mencionó neuronas —respondí.

—Gabriel tampoco. ¿Quiere que reduzcamos la velocidad?

—No, quiero que le salvemos el cerebro.

—Yo también, Anthony. Yo también.

A las 1355 rompimos el silencio radiofónico. En el fondo del corazón ambos sabíamos que no funcionaría. La maldita niebla devoraba todo lo que transmitíamos: emisiones de onda corta, señales en la banda ciudadana, transmisiones de fax.

He de irme, Popeye. He de volver para reducir a 10 revoluciones. La migraña que tengo ahora es la peor que he tenido jamás, a pesar de las aplicaciones generosas de grasa gloriosa. Es como si se me estuviera muriendo el cerebro, célula a célula a célula, apagándose junto con el de Dios.

Otra vez la música de Strauss, esta vez Salomé, cien voces operísticas que llenaban la cabina del Jeep Wrangler mientras Thomas conducía hasta las profundidades empapadas del ombligo. La ruta era peligrosa, una rotación cada vez más estrecha envuelta en un manto de niebla pegajosa, pero el Wrangler se abría camino, llevando al jesuíta y a la carmelita a través del terreno del ombligo como un burro llevando a unos turistas al Gran Cañón.

Reconocería que el viaje era un acto desesperado, un ultimo esfuerzo para desacreditar el cuerpo en cuestión, puesto que sólo invalidando el cadáver en sí esperaba poder invalidar la idea del Cadáver y así, quizá, acabar con la plaga que ahora hacía estragos a bordo del Valparaíso. A primera vista, por supuesto, el ombligo de su cargamento no tenía más significado teológico que sus verrugas («Haya un ombligo» y hubo un ombligo), y sin embargo algo de este rasgo en particular, con sus claras implicaciones de una generación previa, había hecho que surgiera en Thomas un optimismo inusitado. ¿Acaso un ombligo no anunciaba un Creador del Creador? ¿Acaso no denotaba un Dios antes de Dios?

A los pocos minutos, estaban en el fondo, medio acre de carne moteada con trozos de coral, muestras de algas y algún que otro cangrejo muerto. Thomas giró la llave de contacto, y apagó el motor junto con Salomé. Aspiró. La niebla le llenó los pulmones como vapor alzándose de un pantano mesozoico. Haciendo un movimiento que al sacerdote le pareció desconcertante, la hermana Miriam se inclinó y, con agresividad, giró la llave de contacto, devolviendo a Salomé a la vida.

Thomas se quitó el cinturón de seguridad, salió de la cabina y cruzó la ensenada húmeda y salobre. Cayó de rodillas y pasó la mano por la epidermis, buscando alguna pista que indicara que un cordón umbilical se había elevado, como una secuoya, desde este lugar: evidencia de una protodivinidad, señal de un precreador, prueba de una placenta inimaginable que flotaba por la Vía Láctea como una nebulosa de emisión.

Nada. Cero. Ni un nudo.

Se lo había imaginado. Aun así, insistía, masajeando el terreno como si estuviera intentando una variedad escatológica de resurrección cardiopulmonar.

—¿Ha habido suerte?

Hasta aquel momento, no se había dado cuenta de que Miriam estaba a su lado.

Desnuda.

Lo que le dejó atónito fue lo detallada que era, lo maravillosamente pormenorizada. Las venas azules le trazaban una telaraña por los pechos, las vueltas y los giros hirsutos de su vello púbico, la mirada ciclópea de su ombligo, el cordón del tampón colgando entre las piernas como un plomo. Sus granos. Sus pecas. Sus manchas de nacimiento, poros y costras. No era Miss Noviembre. Era una mujer.

De modo que Weisinger no se había equivocado. Cualquiera, incluso Miriam, podía encontrar la libertad que viaja en la estela de Dios.

—No —contestó Thomas, nervioso, levantando la mano del suelo de la cavidad. Un glups fuerte se le escapó de la garganta—. No s-siento nada.

—De lo que estamos hablando en realidad —dijo Miriam, respirando hondo—, es del gnosticismo, claro. —Su ropa, vaqueros, camisa de trabajo caqui, ropa interior, todo, estaba encharcada a sus pies. Al dar un paso vacilante hacia adelante, recordaba a la Venus de Botticelli emergiendo de su concha, una vieira humanoide e infinitamente deseable.

—Cierto. —El sudor le trazaba un círculo alrededor del cuello a Thomas. Se abrió el alzacuello empapado—. Rezamos para que nuestro cargamento r-resulte ser el D-Demiurgo —continuó, desabrochándose la camisa negra.

—Esperamos que no sea Dios.

—Pero el gnosticismo es una herejía —observó el sacerdote, saliendo de sus Levi’s—. No, peor que una herejía: es deprimente. Nos reduce a espíritus s-sofocados atrapados en carne de gran maldad.

El sonido frenético de un tambor salió de los altavoces del Wrangler.

—La Danza de los siete velos —explicó Miriam, nerviosa, contoneando las caderas épicas. Wendy y Wanda estaban en marcha, meneándose en oscilaciones hipnóticas—. Las trompetas y los trombones hablan después y luego se convierte en un vals. ¿Has bailado alguna vez en el ombligo de Dios, Tom?

El sacerdote se quitó la camisa y los calzoncillos.

—Nunca.

Las trompetas chillaron, los trombones balaron, una tuba solitaria atronó. Al principio, Thomas sólo miró, llevando únicamente los prismáticos puestos. Se imaginó que era Herodes Antipas, contemplando el baile increíblemente sensual que, en un paroxismo de pedofilia, le había encargado a su hijastra nubil, Salomé, sin adivinar jamás que su precio sería la cabeza de San Juan Bautista. Y los movimientos de Miriam eran realmente sensuales, no lujuriosos, no lascivos, sino sensuales, como la Canción de Salomón o las abluciones de Betsabé o Magdalena al lavarle los pies polvorientos al Señor.

Le cogió la mano a su amiga y le rodeó la cintura hermosa y abundante. Bailaron un vals: con torpeza al principio, como bufones, de hecho, pero entonces les invadió un engrama oculto, una sensibilidad latente para el ritmo y para la forma, y él la guió por el suelo gomoso con pasos atrevidos y rápidos. La extraña niebla flotaba por todas partes, mantas de bruma que envolvían los cuerpos que daban vueltas en un calor denso y delicioso. Algo se le despertó en las entrañas inactivas durante tanto tiempo. No siguió una erección. No le consumía la lujuria. Estaba contento. Este baile se adentró en algo más profundo que las entrañas, mucho más allá de la lujuria, le llevó de vuelta a una existencia antigua, presexual, que compartían con las esponjas y las amebas.

—Nadie mira —observó Miriam.

Los cuerpos se estrecharon con fuerza, como manos apretadas para rezar.

—Estamos solos —corroboró Thomas. Tan cierto, tan patéticamente cierto; eran huérfanos en el Anno Postdomini Uno, más allá del bien y del mal. Era como vivir dentro de un chiste picante. ¿Quién le cuida el conejo a la monja? El pastor. Se sentía sucio, perverso, condenado, extasiado.

Un temblor les acarició los pies descalzos.

—El Tribunal Supremo ha levantado la sesión —dijo Miriam.

Un segundo temblor, el doble de intenso que el primero.

—Al tribunal se lo han comido los gusanos.

Un estremecimiento aterrador sacudió el ombligo.

Se separaron, estirando los brazos hacia afuera para no perder el equilibrio. A Thomas le recorrió la confusión. ¿La resurrección? ¿Su baile era tan pecaminoso que había despertado a Dios del coma?

—¿Qué sucede? —dijo Miriam con la voz entrecortada. ¿Un tifón? ¿Un maremoto?

—No lo sé. Pero creo que en estos momentos estamos en el sitio equivocado.

Se vistieron apresuradamente y, sin terminar, Thomas hizo una pausa breve para observar un acto que nunca había visto, la extraña postura de yoga con la que una mujer se pone el sujetador. La carne bajo sus pies temblaba como un campo de aspic. El aire retumbaba por unas explosiones. El rocío salpicó en el desfiladero. Era como si el Corpus Dei entero se estremeciera, presa de un ataque de epilepsia póstumo.

Con los zapatos y los calcetines en la mano, volvieron corriendo al Wrangler, subieron y, tras acallar a Salomé, se fueron zumbando.

—¿Un remolino? —preguntó Miriam.

—Es posible.

—¿Una tromba?

—Podría ser.

Pisando a fondo, Thomas guió el Wrangler hasta la superficie de la barriga y, haciendo caso omiso de la niebla cegadora, empezó a seguir por el diafragma. Viró hacia el este y se detuvo. La Juan Fernández, gracias a Dios, estaba donde la habían dejado, atada al embarcadero de goma que Rafferty había amarrado al sobaco de estribor poco antes de que empezaran a remolcar el cuerpo. Abandonaron el Wrangler y bajaron por la escalera de Jacob, cruzaron a gatas el muelle que se balanceaba con violencia y saltaron a la lancha.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Thomas, colocándose detrás del volante.

—Culpable. —Miriam soltó amarras—. Pecamos, ¿no? Contemplamos nuestra desnudez.

—Pecamos —afirmó él, girando la llave de contacto. El motor se puso en marcha y se mantuvo encendido—. Eres hermosa, Miriam.

—Tú también.

Thomas viró la Juan Fernández y, acelerando al máximo, la pilotó por encima del codo sumergido. El paso a lo largo de la mejilla estaba picado y era traicionero y tardaron casi quince minutos en alcanzar el mar abierto. Justo delante estaba el superpetrolero, la camareta alta envuelta en niebla, el casco cabeceaba y se mecía como si estuviera haciendo el amor apasionadamente con el mar.

—¿Y cómo te sientes al ser culpable? —preguntó Thomas, gobernando la lancha por un rumbo definido por la cadena de remolque de estribor.

—Mal —respondió ella.

—Mal —corroboró él.

—No me siento tan mal al ser culpable —añadió, después de pensar un poco—, como bien al bailar.

En ese momento, desafiando la lógica, denegando la gravedad, desdeñando la física newtoniana, el Valparaíso empezó a alzarse. Bloqueando el volante con los codos, Thomas se arrancó los prismáticos y limpió el vaho con la manga. Se los volvió a poner. Sí, estaba sucediendo de verdad, un transportador de crudo ultra grande entero se movía hacia el cielo, cortinas enormes de agua del mar caían del casco y de la quilla. Gimió. En el universo nuevo y sin normas, ¿qué fuerza arcana estaba luchando por nacer? ¿Qué había traído la muerte de Dios?

Entonces llegó la respuesta. Una isla: una expansión de nueve kilómetros de calas recortadas y acantilados carmesíes que se liberaba del mar de Gibraltar como una ballena al surgir del agua, llevándose el petrolero consigo. Olas inmensas salían de la masa ascendiente arrojando espuma y restos flotantes cuando, al fluir hacia el sur, rompían contra el cráneo divino.

—Hostia —dijo Miriam—. Hostia bendita.

Un crack repentino resonó por la corriente de Portugal, como si se hubiera roto el cascarón de un huevo gigante: los huesos del oído de Dios al partirse, se dio cuenta Thomas, un sonido que ningún ser humano había oído jamás.

Cuando por fin la isla recién nacida se detuvo —dejando al Valparaíso embarrancado, el cuerpo a la deriva y todas las cartas de navegación del mar de Gibraltar obsoletas—, Miriam le cogió la mano nudosa y temblorosa al sacerdote.

—Jesús, Tom, le hemos perdido.

—Le hemos perdido —afirmó él.

—Le encontramos y ahora le hemos perdido. ¿Qué significa eso? ¿Es culpa nuestra?

—¿Nuestra? No lo creo.

—Pero pecamos —dijo la monja.

—No a esta escala —dijo él, señalando la masa de tierra errante.

Con lo cual, Thomas Wickliff Ockham, Sociedad de Jesús, con su Dios desaparecido y el amor propio destruido, se tiró contra el volante y lloró.

Isla

Anthony no podía parar de reír. Se daba cuenta de que, desde que habían salido a toda máquina del puerto de Nueva York, el universo había intentado gastarle una broma especialmente cruel y complicada y ahora, por fin, la había encontrado. Sacar una islita absurda del mar de Gibraltar. Embarrancar el barco de Van Horne. Robarle el cargamento.

Divertidísimo.

El puente era un hervidero de gente. Al deducir que el Val estaba encallado, casi todo el mundo que estaba por encima del rango de marinero preferente había ido, por instinto, a buscar a su capitán, a exigirle que explicara ese surgir insólito, a pesar de que el capitán del petrolero estaba tan perplejo como su tripulación. En aquel momento estaban todos entre las consolas de control y los radares —oficiales, maquinistas, jefe de cocina, operador de bombeo—, moviéndose inquietos como una congregación de milenaristas esperando el fin del mundo. Anthony notaba su hostilidad. Sentía su indignación. Sabía lo que estaban pensando. Nunca más, se prometía cada marinero. Nunca más navegaré con Anthony Van Horne.

—Supongo que debería apagar los motores —sugirió Dolores Haycox, la oficial de guardia, inclinándose hacia las palancas de mando.

Hasta aquel momento, Anthony no se había dado cuenta de que las hélices seguían moviéndose, girando en el espacio ineficazmente.

—Apágalos —dijo él, con una risilla.

—Ya no hay necesidad de coger el timón, ¿verdad? —preguntó James Echohawk, el marinero que estaba al timón.

—Verdad —respondió el capitán, con una risita.

—¿Qué es lo que le hace tanta puta gracia? —preguntó Bud Ramsey.

—No lo cogerías.

—Póngame a prueba.

—El universo.

—¿Eh?

Ahogando la risa, Anthony agarró el micrófono de megafonía:

—¡Escuchad, escuchad bien! ¡Como veis, marineros, estamos en un buen aprieto! —Sus palabras amplificadas retumbaron por la cubierta de barlovento y desaparecieron en las dunas envueltas en brumas que había más allá—. Tardaremos al menos tres días, tal vez cuatro, en sacar el barco de aquí cavando, tras lo cual encontraremos el cuerpo, lo volveremos a conectar —hizo un gran esfuerzo para creérselo—, ¡y nos pondremos manos a la obra otra vez!

Se dio cuenta de que el problema urgente no era liberar el Val sino simplemente bajar e inspeccionar los daños. Eran prisioneros de su barco, estaban aislados como el Constitution de plástico que su padre había sellado en la botella para enfriar el agua. Por todos los lados, el casco varado del petrolero se hundía en las arenas mojadas, una caída que ninguna pasarela o escalera de Jacob alcanzaban ni remotamente a sondear.

—Eh, tíos, ¿alguno de vosotros había oído algo parecido? —gimió Charlie Horrocks—. Una isla que saliera así de ninguna parte, ¿alguien lo había oído?

—Yo no —aseguró Bud Ramsey.

—Es inaudito —dijo Big Joe Spicer—. Incluso en un viaje raro como éste, es totalmente inaudito.

—Quizá el padre Thomas podría darnos una explicación —soltó Lianne Bliss—. Es un genio, ¿no? ¿Dónde está el padre Thomas?

—Si pasan más gilipolladas en este viaje —dijo Sam Follingsbee—, me voy a volver loco.

—¿De verdad cree que seremos capaces de sacar el barco cavando? —preguntó Crock O’Connor, frotándose la quemadura de vapor antigua que le cubría la frente.

Buena pregunta, decidió Anthony.

—Claro que sí. —El capitán se pasó el dedo índice por el ápice de la nariz rota—. La fe mueve montañas y la Marina Mercante de los Estados Unidos también.

—¿Quiere saber qué opino? —preguntó Marbles Rafferty—. Nuestra única esperanza es que esta maldita cosa vuelva a escurrirse hasta el sitio de donde vino, así de repente, chorreando agua, exactamente del mismo modo en que llegó.

—¿Sí? Pues yo no contaría con ello —intervino Dolores Haycox—. Si queréis que os diga, ha venido para quedarse y nosotros también, atrapados en nuestro paraíso privado.

—Paraíso privado —repitió Anthony—. Entonces tenemos derecho a ponerle un nombre. —Le rodeó el brazo fornido a Echohawk con la mano—. La siguiente entrada en el diario del contramaestre dice así: «A las 1645 horas, el Valparaíso encalló en la isla Van Horne».

—Qué modesto por su parte —dijo Rafferty.

—No le estoy poniendo mi nombre. Mi padre se pasó toda la vida intentando encontrar una isla desconocida. Un gilipollas de cuidado, mi papá, pero se lo merece.

Anthony se sacó la pluma de ángel del bolsillo superior de su chaquetón y se rascó la frente, que le picaba, con el cañón. Cadenas, pensó. Sí. Cadenas. Las cadenas de remolque eran increíblemente gruesas, pero la de un ancla sería una escalera perfecta. Encendió el interfono y se puso en contacto con la sala de máquinas y ordenó a Lou Chickering que enviara a alguien hacia la proa con instrucciones para que soltaran el anclote de babor.

—Crock me ha dicho que estamos varados —protestó Chickering—. Hemos ido a parar a un atolón, ¿no?

—Algo parecido.

—¿Tiene miedo de que nos vayamos a la deriva?

—Tú baja la maldita ancla, Lou.

Rafferty se metió un Pall Mall entre los labios.

—Si quiere, capitán, estaría encantado de dirigir un grupo de exploración.

Era el siguiente paso lógico, pero Anthony sabía que él debía ser el primer hombre en calibrar el mundo de su padre.

—Gracias, Marbles, pero estoy reservando ese trabajo en concreto para un servidor. Es una cuestión personal. Esperadme a última hora de la noche.

—¿Mantenemos el curso actual? —preguntó el primer oficial, con cara de póquer.

—Mantenemos el curso actual —dijo Anthony sin parpadear.

Bajó en ascensor a la tercera planta, tras visitar primero su camarote y luego la cocina principal para abastecerse para la conquista de la isla Van Horne: comida, agua, brújula, linterna, botella de mescal Monte Alban con gusano encurtido de Oaxaca incluido. Descendió a la cubierta de barlovento, empujó la moto de trial de O’Connor por la pasarela, entró en el castillo de proa y se metió a cuatro patas en los tramos húmedos y llenos de residuos de la sala de molinetes del ancla.

El descenso por la cadena del ancla fue muy peligroso y doloroso —los eslabones estaban resbaladizos y el metal tosco le raspó las palmas de las manos—, pero a los quince minutos Anthony estaba en la superficie esponjosa de la isla.

Escamosa y arenosa, roja como el clarete, la materia de la que estaban compuestas las dunas de alrededor parecía más motas de herrumbre que la arena de azúcar moreno que uno solía encontrarse a lo largo del paralelo 35. La falta de vida del lugar le turbaba. No parecía tanto una isla del mar de Gibraltar como un meteoro extraído de la corteza de algún planeta singularmente inerte y estéril.

Las heridas del Val eran feas y profundas. La mitad inferior del timón estaba doblada unos diez grados. Tenía la quilla dentada como un cuchillo de trinchar. El árbol de la hélice de babor se había soltado y la misma hélice estaba vertical en las dunas como las aspas de un molino de viento medio enterrado. Daños graves, sin duda, pero no de tal gravedad que un patrón listo no pudiera compensar por medio de algunas maniobras astutas y unos cuantos trucos profesionales. Todo era cuestión del casco, el único órgano verdaderamente vital del barco. Anthony se quedó mirando las placas incrustadas de bálanos; los frotó con los dedos, los rozó con la pluma. Una juntura irregular se extendía sesenta metros a lo largo del lado de estribor como una cicatriz quirúrgica, prueba de su encuentro fatídico con el arrecife Bolívar, pero no parecía que la soldadura hubiera sufrido daños. En efecto, el casco entero parecía intacto. Suponiendo que lograran soltar el petrolero cavando, era casi seguro que flotaría.

Dio un paso atrás. Como el arca descansando en el Ararat, el petrolero estaba sobre una montaña de arena, barro, coral, piedras y conchas. La bandera del Vaticano colgaba sin vida de la driza. Las cadenas de remolque caían impotentes de la popa, tocaban las dunas y se perdían en el mar. Tras ponerse las gafas de espejo, Anthony escudriñó la cala, esperando que su cargamento hubiera flotado milagrosamente hasta los bajos, pero no vio más que rocas recortadas y grumos de niebla fibrosa.

Sacó la brújula de la mochila de lona, se orientó y se dirigió resueltamente hacia el norte.

Cuanto más se alejaba Anthony, más obvio era que la isla Van Horne había yacido bajo un importante vertedero de alta mar. Al ascender del fondo oceánico, la isla había traído consigo la basura de medio continente. Era el cubo de basura de Italia, la papelera de Inglaterra, el pozo séptico de Alemania, el orinal de Francia.

Tapándose la boca y la nariz con la mano, pasó a toda prisa junto a un montón enorme de residuos químicos, cientos de bidones de doscientos litros apilados en una especie de pirámide azteca postindustrial. Un kilómetro más allá estaban los restos de unos mil automóviles, los chasis arrancados, amontonados uno junto al otro como esqueletos flanqueando el paseo de un osario. Luego venían los electrodomésticos: batidoras, tostadoras, neveras, cocinas baratas, microondas, lavaplatos, todo tirado al azar aunque, en conjunto, formaban un escenario extrañamente coherente, un telón de fondo para una comedia posteísta protagonizada por una Donna Reed envejecida y demente rumiando sola en la cocina, conspirando para envenenar a su familia.

Cayó el anochecer, que le robó el calor a la isla y ennegreció las arenas rojas. Anthony se subió la cremallera del chaquetón, sacó la botella de Monte Alban de la mochila y, después de tomarse un trago largo y caliente, siguió adelante.

Una hora después, se encontró entre los dioses.

Cuatro, para ser exactos: cuatro ídolos de granito de unos cinco metros de alto, cada uno al mando de una esquina diferente de una plaza de losa embarrada. Anthony emitió un grito ahogado. Ya era extraño que la isla Van Horne siquiera existiera, pero mucho más que el lugar hubiera sido la sede de una comunidad humana, la respuesta atlántica, quizá, a aquella tribu triste que se había establecido en la isla de Pascua. Al norte se alzaba la estatua de un bebedor rechoncho que alzaba un odre por encima de la boca abierta y soltaba un torrente de vino. Al este, un glotón de mejillas gordas, con la barriga del tamaño de una bola de demolición, intentaba ingerir un jabalí vivo entero de un solo mordisco grandioso. Al sur, un comedor de opio de ojos saltones devoraba un ramo de amapolas. Al oeste, un aficionado a la sodomía, poseído por una erección tan enorme que parecía que estuviera montado en un balancín, se preparaba para copular con una manatí hembra. Deambulando entre los ídolos, Anthony se sintió como si le hubieran transportado al pasado, de vuelta a una época en la que los pecados principales se celebraban, no, no se celebraban exactamente: era más como si el pecado no se hubiera inventado todavía y la gente sencillamente actuara según se lo pedían sus impulsos, sin preocuparse demasiado por la opinión de un hipotético ser supremo sobre tales conductas. Los dioses de la isla Van Horne no hacían leyes, no dictaban sentencias, no pedían consuelo.

Cuando la noche cayó en el panteón, Anthony encendió la linterna. En el centro de la plaza una losa pesada de mármol descansaba encima de las patas delanteras incorpóreas de un león de piedra. El capitán roció la superficie del altar con el rayo de la linterna. Barro. Conchas aplastadas de ostras. El esqueleto de un mero. Alcantarillas de sangre.

Más allá, en una pared alta y solitaria aparecía una serie de escabrosos frisos con instrucciones. Anthony se dio cuenta de que era una especie de manual de uso para el altar, que incluía la mejor forma de colocar a la víctima, el ángulo adecuado en el que introducir el cuchillo y el método correcto para sacar el contenido de un abdomen humano.

Según los frisos, los dioses de la isla eran entendidos en entrañas. Al parecer, una vez extraídos de sus moradas viscosas, los duodenos, los yeyunos y los ileones se traspasaban a soperas de barro y se colocaban delante de los ídolos como boles humeantes de fideos. Un fragmento irregular con forma de estrella de una de esas soperas estaba a los pies de Anthony. Lo pisoteó con una mezcla de miedo e indignación, como si estuviera chafando una cucaracha. En lo que llevaba de viaje, no le había cogido mucho afecto a su cargamento, ese viejo sonriente avinagrado, ese juez de sonrisa burlona pero, de pronto, el monoteísmo judeocristiano le parecía un importante paso adelante.

El cansancio empezó a apoderarse de los huesos del capitán. Sacó el Monte Alban, tomó un buen trago, luego barrió la basura de la losa y subió. Otro trago. Se estiró, se echó. Otro. En el Anno Postdomini Uno, un hombre podía beber todo lo que le apeteciera.

Anthony bostezó. Se le cerraron los párpados. Lemuria, Pan, Mu, Dis, la Atlántida: ser un marino mercante significaba haber oído hablar de decenas de mundos perdidos. Basándose sólo en la posición del Val, al norte de Madeira, al este de las Azores, justo después de los Pilares de Hércules, la Atlántida era la candidata más probable, pero sabía que se necesitaría algo más que simple geografía para hacerle dar un nuevo nombre a la isla de su padre.

Se despertó con el sonido de un grito, un grito retumbante de «¡Anthony!», y por un instante creyó que el borracho, el glotón, el comedor de opio o el sodomita había cobrado vida y le estaba llamando. La luz del sol le bañó las sienes, los rayos calientes cortaban la niebla. Se desabrochó el chaquetón.

—¡Anthony! ¡Anthony!

Levantándose de la losa, se dio cuenta de que estaba oyendo la voz de catedrático de Ockham.

—¡Padre!

Vestido con la sudadera de Fermilab y un panamá, el sacerdote jadeaba a la sombra del sodomita. Se le veía aturdido, traumatizado, como lo estaría cualquier hombre de su vocación al contemplar los pormenores descarnados de la bestialidad.

—Estábamos encima del cadáver cuando se partieron los huesos del oído —dijo Ockham—. El ruido más terrible que he oído en mi vida, el crujido de la fatalidad. No sé cómo, logramos llegar a la Juan Fernández.

—Thomas, me alegro de verle —dijo Anthony, tocándole el brazo al sacerdote con la botella vacía de Monte Alban. Con la decadencia que proliferaba entre la tripulación y los dioses de piedra que surgían del fondo marino, era un placer estar con alguien que había oído hablar del Sermón de la Montaña—. Todo se está desmoronando y ahí está usted, un puerto en la tormenta.

—Ayer bailé desnudo en el ombligo de Dios.

Anthony se estremeció y tragó saliva.

—¿Ah, sí?

—Con la hermana Miriam. —El sacerdote se cogió el cuello de la sudadera y se separó el algodón pegajoso del pecho—. Un patinazo. La Idea del Cadáver. Ya he recuperado el control. De verdad.

—Padre, ¿qué está pasando? Esta isla no tiene sentido.

—Miriam y yo discutimos sobre el problema a la hora de la cena.

—¿Se les ha ocurrido algo?

—Sí, pero es bastante descabellado. ¿Está listo? Supongo que no está al corriente de la llamada teoría del caos…

—No.

—… pero uno de sus conceptos clave es la «atractriz extraña», el fenómeno que aparentemente hay debajo de la turbulencia y de otros acontecimientos en apariencia fortuitos. Como el Val y su cargamento viajaban hacia el norte, podrían haber generado una variedad única de turbulencia y el cuerpo, esto es sólo una suposición, el cuerpo se convirtió en una atractriz extraña. Pues bien, aquí está el quid de la cuestión. El orden viejo y pagano se vería especialmente vigorizado por una atractriz de este tipo. ¿Lo entiende? Cuando el Corpus Dei pasó por encima, este mundo se vio atraído por él de manera natural, ansioso de hacerse valer otra vez. ¿Me sigue?

—¿Está diciendo que su cuerpo actuó como un imán?

—Exactamente. Un imán metafísico, capaz de hacer descender brumas sobrenaturales del cielo al mismo tiempo que extraía a una civilización pagana del suelo oceánico.

—¿Por qué no pasó algo así en el golfo de Guinea?

—Me imagino que no hay civilizaciones paganas en el fondo del golfo de Guinea.

—He oído decir que la Atlántida estaba aquí por alguna parte.

—Yo, por el contrario, estoy bastante seguro de que la Atlántida nunca existió.

—Entonces seguiremos llamándola isla Van Horne.

Dirigiéndose hacia el glotón, Anthony reflexionaba sobre la combinación peculiar de terror y éxtasis esculpida en la cara del jabalí condenado a morir. La teoría del caos… atractrices extrañas… imanes metafísicos. Jesús.

—No dejaremos que este lugar nos derrote, ¿verdad? —dijo el capitán—. Quizá nuestro barco se haya encallado y hayamos perdido el cargamento, pero seguiremos oponiendo resistencia. Haremos que los marineros caven un canal.

—No —dijo Ockham—. No es posible. —Su tono era sombrío y solemne—. Han abandonado, Anthony.

—¿Quién ha abandonado?

—La tripulación.

—¿Qué?

—Pasó más o menos a medianoche. Sacaron a Wheatstone, a Jaworski y a Weisinger del calabozo, luego improvisaron un puente y descargaron un montón de cosas por la borda: utensilios de cocina, proyectores de vídeo, alguna maquinaria pesada, casi toda nuestra comida…

—No me creo lo que estoy oyendo.

—Además de quizá una docena de cajas de licor de contrabando y unos doscientos paquetes de seis cervezas.

—¿Y entonces?

—Se largaron. Se han ido, Anthony.

—¿Que se han ido? —En los pliegues calientes y ensangrentados del cerebro del capitán una migraña empezó a echar raíces—. ¿Adónde?

—Les vi por última vez cruzando las dunas hacia el norte.

—¿Los oficiales también? ¿Los maquinistas?

—Spicer, Haycox, Ramsey.

—¿Quién se quedó?

—Miriam, por supuesto, y además Rafferty, O’Connor, nuestra náufraga, la oficial de radiotelegrafía…

—¿Cassie se quedó? Bien.

—Su modo de correspondemos, supongo.

—¿Alguien más?

—Chickering. Follingsbee. Conmigo, tiene a ocho personas de su parte.

—Un motín —dijo Anthony. La palabra se convirtió en estiércol en su boca.

—Deserción más bien.

—No, un motín. —Agarrando la botella vacía de mescal por el cuello, la rompió contra la rodilla izquierda del glotón, lanzando el gusano encurtido al aire. Se iban a enterar. Una cosa era romper cada una de las leyes conocidas en tierra y otra muy diferente violar el primer precepto del mar. ¿Volverse contra su capitán? Ya puestos, se podría tomar lejía, disparar un rayo láser contra un espejo, hacerle al diablo un cheque sin fondos—. ¿Qué piensan que conseguirán con esta mierda?

—Es difícil saberlo.

—Vamos a darles caza, Thomas.

—Spicer mencionó un objetivo.

—¡Les daremos caza y les colgaremos de los pendolones! ¡Hasta el último amotinado! ¿Qué objetivo?

—Dijo que les iban a dar a sus prisioneros, palabras textuales, «el castigo que se merecen».

Cuando Cassie se enteró de que Big Joe Spicer, Dolores Haycox, Bud Ramsey y la mayor parte de la tripulación habían perdido el seso, saqueando el petrolero y huyendo por las arenas, le invadió una furia tal como no había sentido desde que el Village Voice había dicho de su obra sobre Jefté, «la clase de noche teatral que le da mala fama al humor petulante e inmaduro». Sin una tripulación, no había forma de liberar el barco; sin un barco, no se podía atrapar la carcasa y reanudar el remolque; sin el remolque, los mercenarios de Oliver no localizarían ni hundirían su objetivo. Mientras, la maldita cosa estaba cabeceando en el mar de Gibraltar, donde cualquier estúpido podía tropezar con ella. Quizá cualquier estúpido había tropezado con ella. Que Cassie supiera, una panda de fundamentalistas tejanos podía estar ocupada transportando el Corpus Dei hacia la bahía Galveston, con la intención de convertirlo en la pieza central de un parque temático cristiano.

Lo que más la frustraba era la debilidad del razonamiento de los desertores, el modo en que estaban explotando el cuerpo de Dios para justificar su decisión falaz de abrazar la anarquía.

—Lo están usando como excusa —se quejó al padre Thomas y a la hermana Miriam—. ¿Cómo es que no se dan cuenta?

—Sospecho que sí se dan cuenta —dijo el sacerdote—. Pero aman su libertad recién descubierta, ¿entiendes? No pueden dejar de seguirla, desde el principio hasta el límite.

—Es la lógica de Iván Karamazov, ¿no? —intervino Miriam—. Si Dios no existe, todo está permitido.

El sacerdote frunció el ceño.

—Uno también piensa en Schopenhauer. Sin un ser supremo, la vida se vuelve estéril y pierde el sentido. Espero que Kant tuviera razón, espero que la gente posea una especie de sentido ético innato. Creo recordar que en alguna parte habló entusiasmado sobre: «los cielos estrellados sobre mí y la ley moral dentro de mí».

Crítica de la razón práctica —dijo Miriam—. Estoy de acuerdo, Tom. Los desertores, todos nosotros, hemos de hacer el salto de la fe de Kant, su salto fuera de la fe, debería decir. Hemos de ponernos en contacto con nuestras conciencias congénitas. Si no, estamos perdidos.

Cassie decidió que Thomas y Miriam gozaban de, ya no una compenetración y un afecto, sino una pasión que muchas parejas casadas habrían envidiado.

—Yo hice ese salto hace años —dijo—. Échenle un vistazo realista a la segunda parte de Los diez mandamientos y verán que Dios no sabe nada sobre la bondad.

—Bueno, yo no iría tan lejos, desde luego —dijo Miriam.

—Yo sí —aseguró Cassie.

—Ya lo sé —dijo el padre Thomas, secamente.

—No es que Kant fuera ateo —añadió la monja, fijando los dientes exquisitos en una sonrisa adusta.

A medida que transcurría el día, Cassie se encontró pensando, inevitablemente, en Dios sin lágrimas, su deconstrucción en un acto de Los diez mandamientos. Dios no sabía nada sobre la bondad, la bondad no sabía nada sobre Dios, era tan desgarradoramente obvio y, sin embargo, unas tres cuartas partes de la compañía del barco había sucumbido ante la Idea del Cadáver. Era enloquecedor.

Aquella noche su sueño la llevó fuera de la isla, por el Atlántico y de vuelta a la ciudad de Nueva York, donde se encontró sentada en el centro de la primera fila de Horizons Playwrights, asistiendo al estreno de Dios sin lágrimas. Arriba, en el escenario, el resplandor de un foco alcanzó al profeta Moisés agachado en la base de una duna del mar Muerto, sorteando preguntas de un entre-vistador oculto que quería saberlo todo sobre «la legendaria versión íntegra de la obra maestra cinematográfica de DeMille».

El público estaba compuesto totalmente de los oficiales y la tripulación del Valparaíso. A la izquierda de Cassie estaba sentado Joe Spicer, acariciando a una criatura que oscilaba entre ser una rata de alcantarilla o un cangrejo bayoneta. A su derecha: Dolores Haycox, atando nudos metódicamente con una serpiente marina liberiana. Detrás de ella: Bud Ramsy, fumándose una amarra de dacrón.

Moisés sube la duna y acaricia las Tablas de la Ley, que sobresalen de la arena como las orejas de una gorra de Mickey Mouse.

ENTREVISTADOR: ¿Es cierto que el corte original de DeMille duraba unas siete horas?

MOISÉS: Ajá. Los exhibidores insistieron en que lo redujera a cuatro, (alza un montón de película cinematográfica.) Durante la última década, he logrado reunir pedazos de casi todas las escenas perdidas.

ENTREVISTADOR: ¿Por ejemplo?

MOISÉS: Las plagas de Egipto. Las copias del estreno incluían sangre, tinieblas y granizo, pero les faltaban todas las que eran realmente interesantes.

El foco pasa a dos mujeres egipcias mayores de clase trabajadora, Baketamon y Nellifer, alfareras de oficio, que están cogiendo barro de los bancos del Nilo.

ENTREVISTADOR: Habladme de las ranas.

BAKETAMON: Era difícil saber si teníamos que reír o llorar.

NELLIFER: Abrías el cajón de tus innombrables y, pum, una de esas cabronas te saltaba a la cara.

BAKETAMON: No dejes que nadie te diga que Dios no tiene sentido del humor.

ENTREVISTADOR: ¿Cuál fue la peor plaga?

BAKETAMON: Yo diría que las pústulas.

NELLIFER: ¿Las pústulas, es una broma? Las langostas fueron mucho peores que las pústulas.

BAKETAMON: Los mosquitos también fueron bastante malos.

NELLIFER: Y los tábanos.

BAKETAMON: Y la peste mortífera que cogió el ganado.

NELLIFER: Y la muerte de los primogénitos. Ésa la odió mucha gente.

BAKETAMON: Claro que a Nelli y a mí no nos tocó.

NELLIFER: Tuvimos suerte. Nuestros primogénitos ya estaban muertos.

BAKETAMON: El mío murió con el granizo.

NELLIFER: ¿Congelado?

BAKETAMON: A porrazos.

NELLIFER: El mío había estado sufriendo de diarrea crónica desde que tenía un mes, así que cuando las aguas se convirtieron en sangre, zas, de repente, el niño se deshidrató.

BAKETAMON: Nelli, estás perdiendo la cabeza. Fue tu segundo hijo el que murió cuando las aguas se convirtieron en sangre. Tu primogénito murió con las tinieblas, cuando se bebió aquel aguarrás sin querer.

NELLIFER: No, mi segundo hijo murió mucho después, ahogado cuando el mar Rojo volvió a reunir sus aguas. Mi tercer hijo se bebió el aguarrás. Una madre recuerda estas cosas.

ENTREVISTADOR: Estaba seguro de que estaríais más resentidas por vuestros suplicios.

NELLIFER: Al principio pensamos que las plagas eran injustas. Luego llegamos a comprender nuestra depravación innata y nuestra maldad intrínseca.

BAKETAMON: Sólo hay una persona buena en todo el universo y es el Señor Jehová.

ENTREVISTADOR: ¿Os habéis convertido al monoteísmo?

BAKETAMON: (asintiendo con la cabeza) Amamos a Dios con todo nuestro corazón.

NELLIFER: Toda nuestra alma.

BAKETAMON: Todas nuestras fuerzas.

NELLIFER: Además, nunca se sabe lo que nos hará la próxima vez.

BAKETAMON: Hormigas de fuego, puede.

NELLIFER: Abejas asesinas.

BAKETAMON: Meningitis.

NELLIFER: Me quedan dos hijos.

BAKETAMON: Yo todavía tengo una hija.

NELLIFER: El Señor da.

BAKETAMON: Y el Señor quita.

NELLIFER: Bendito sea el nombre del Señor.

Cassie estudió al público. Aureolas relucientes de razón pura flotaban sobre Joe Spicer, Dolores Haycox y Bud Ramsey, inflamándoles las caras con el brillo sagrado del escepticismo. Intuía que la ilustración estaba a punto de prevalecer. A medida que Dios sin lágrimas progresara, era inevitable que los desertores del Valparaíso acabaran por percibir y rechazar la falacia fatídica en la que estaban basando su rebelión.

El foco vuelve a dirigirse a Moisés, que está sobre la duna.

ENTREVISTADOR: Cuando subiste al Monte Sinaí, Jehová te ofreció mucho más que el Decálogo.

MOISÉS: DeMille lo filmó todo, Marty, las seiscientas doce leyes, cada una de ellas destinada al suelo de la sala de montaje.

Baja una pantalla de proyección trasera, en la que aparece un pasaje de Los diez mandamientos. El dedo índice de Dios en dibujos animados está grabando afanosamente el Decálogo en la pared del Sinaí. Al grabar la última regla, NO DESEARAS, el fotograma se congela de repente.

DIOS: (voz en off) Ahora vamos a por los detalles. (redoble) Cuando hagas la guerra a los pueblos enemigos y el Señor, tu Dios, te los dé en tus manos y hagas cautivos, si entre ellos vieres a una mujer hermosa y la deseas, la tomarás por mujer.

ENTREVISTADOR: He de admirar a DeMille por usar algo así. Deuteronomio 21:10, ¿verdad?

MOISÉS: Has acertado, Marty. Era un realizador cinematográfico con más agallas de lo que imaginan sus detractores.

DIOS: (voz en off) Si mientras riñen dos hombres, la mujer del uno, interviniendo para librar a su marido de las manos del que le golpea, agarrase a éste por las partes vergonzosas, le cortarás las manos sin piedad.

ENTREVISTADOR: ¿«Partes vergonzosas»? ¿DeMille usó eso?

MOISÉS: Deuteronomio 25,11.

DIOS: (voz en off) Cuando uno tenga un hijo indócil y rebelde, lo tomarán su padre y su madre y lo llevarán a los ancianos de su ciudad y le lapidarán todos los hombres de la ciudad.

MOISÉS: Deuteronomio 21:21.

ENTREVISTADOR: Y yo que siempre había creído que DeMille tenía miedo de la controversia.

MOISÉS: Era un magnate con huevos, Marty.

ENTREVISTADOR: Malditas cadenas de teatro.

MOISÉS: (asintiendo con la cabeza) Se creen que el mundo es suyo.

Joe Spicer se puso en pie de un salto, lanzó su cangrejo de herradura y dijo:

—¡Tíos, hemos estado cometiendo un grave error epistemológico!

—¡Schopenhauer confundía el culo con las témporas! —afirmó Dolores Haycox, tirando a un lado su serpiente marina liberiana—. ¡El significado de la vida no viene de Dios! ¡El significado de la vida viene de la vida!

—¡Capitán, tiene que perdonarnos! —suplicó Bud Ramsey.

En ese momento Cassie se despertó.

6 de agosto.

Ockham no bromeaba. Los cabrones nos desplumaron. Hasta que podamos formar un grupo de pesca, tendremos que comer cualquier cosa que les cayera o que no quisieron desde un principio.

Me estoy quemando, Popeye. Ardo con auras de migrañas y visiones relucientes de lo que les haré a los amotinados cuando les coja. Me veo pasando por la quilla a Ramsey, la parte inferior del Val cubierta de bálanos raspándole la piel como un pinche de cocina pelando una patata. Me veo cortando a Haycox en dados pequeños y perfectos y lanzándolos al mar de Gibraltar, un aperitivo para los tiburones. ¿Y Joe Spicer? A Joe Spicer le ataré a una placa Butterworth y le azotaré hasta que el sol se le refleje en la columna.

Bienvenido a Anno Postdomini Uno, Joe.

A las 1320 Sam Follingsbee me entregó un inventario: una penca de plátanos, dos docenas de perritos calientes, algo más de un kilo de Cheerios, cinco barras de pan, cuatro rodajas de queso americano Kraft… No puedo seguir, Popeye, es demasiado deprimente. Le dije al cocinero que elaborara un sistema de racionamiento, algo que nos permita seguir adelante lo que queda del mes.

—¿Y después? —preguntó.

—Rezaremos —respondí.

Aunque los amotinados entraron en la bodega del castillo de proa y se largaron con todas las armas antidepredadores, no pensaron en saquear el armario de la camareta alta, así que no tienen proyectiles para las bazukas ni arpones para los WP-17. En lo que respecta al armamento más potente, nos hemos desarmado eficazmente. Por desgracia, también arrancaron dos alfanjes de adorno de la sala de oficiales, seis o siete pistolas de bengalas y un puñado de detonadores. Dados este arsenal y su superioridad numérica, no veo forma alguna de atacar su campamento y ganar.

Así que nos sentamos. Y esperamos. Y sufrimos.

Chispas no deja de intentar ponerse en contacto con el mundo exterior. No hay suerte. Sé cómo ocuparme en caso de encallar, de que haya escasez de alimentos, y quizá incluso de un motín, pero esta niebla interminable me está sacando de quicio.

A las 1430 Ockham y la hermana Miriam llenaron sus mochilas y salieron para el norte, hacia el otro lado de las dunas, a buscar a esos cabrones.

—Suponemos que Immanuel Kant no se equivocaba —explicó el padre—. Hay una ley moral natural, un imperativo categórico, latente en el alma de todas las personas.

—Si podemos hacer que los desertores lo entiendan —dijo Miriam—, es muy posible que se recuperen.

¿Sabes que creo, Popeye? Creo que están a punto de hacer que les maten.

Encontraron a los desertores por su risa: chillidos de placer primitivo y gritos de alegría posteísta sonando desde el otro lado de las arenas mojadas. El corazón le latió más rápido a Thomas, que sacudió el crucifijo en miniatura que llevaba metido entre el pecho y la sudadera.

Frente a ellos, una cadena de dunas altas y húmedas crepitaban al sol. Uno junto a la otra, el jesuita y la carmelita subieron, haciendo una pausa a medio camino para beber de sus cantimploras y secarse el sudor de la frente.

—Da igual lo mucho que se hayan hundido, tenemos que ofrecerles amor —insistió Miriam.

—Nosotros también hemos estado allí, ¿no? —dijo Thomas—. Sabemos los estragos que puede hacer la Idea del Cadáver. —Al alcanzar la cima, se llevó los prismáticos a los ojos. Se estremeció, paralizado por una visión tan asombrosa que competía con la reciente Danza de los Siete Velos de Miriam—. Señor…

Un anfiteatro de mármol se extendía por el suelo del valle, la fachada rota por nichos en forma de arco en los que residían estatuas de dos metros y medio de hombres desnudos que llevaban cabezas de toros, de buitres y de cocodrilos, la puerta principal vigilada por un hermafrodita esculpido felizmente ocupado en un acto de autoplacer de una destreza excepcional. Construida para dar cabida a varios miles de espectadores, ahora contenía a apenas treinta y dos. Cada uno de los desertores se estaba poniendo ciego de comida mientras miraba el espectáculo chabacano y frenético que se desarrollaba abajo.

En el centro del campo rocoso, el montacargas de horquilla Toyota del Val iba a toda velocidad en círculos desenfrenados, los dientes de acero amenazando a un marinero aterrorizado que sólo llevaba puestos zapatillas de deporte y bañador negro. Sin poderlo evitar, Thomas pensó en la última vez que había visto el montacargas en acción, la noche en que él y Van Horne había visto cómo Miriam transportaba una caja de huevos frescos a la cocina. En aquel momento era como si el mismo montacargas, como la tripulación, se hubiera vuelto depravado, presa de una versión análoga y tecnológica del pecado.

Giró la rueda de enfoque. El marinero amenazado era Eddie Wheatstone, el contramaestre alcohólico que Van Horne había encarcelado por destruir la máquina del millón de la sala de juegos. El contramaestre tenía la cara cubierta de sudor. Sus ojos parecían a punto de reventar. Thomas recorrió el anfiteatro con los prismáticos y enfocó. Joe Spicer estaba sentado detrás del volante, llevaba puesta una camiseta de Michael Jackson y unos pantalones cortos caqui y tenía una lata de Coors en la mano: el sensible Joe Spicer, el oficial más civilizado de la Marina Mercante, el hombre que se traía libros al puente, estaba ahora cautivado por la Idea del Cadáver. Hizo otro recorrido con los prismáticos y enfocó. Cerca del rastrillo se encogía de miedo el fofo Karl Jaworski, el famoso libidinoso del barco, en calzoncillos de algodón y mocasines indios. Neil Weisinger, que sólo llevaba puesto un suspensorio, estaba acurrucado junto a la pared del norte como en estado catatónico.

La desigualdad entre Wheatstone y Spicer era indignante. Cierto, el contramaestre iba armado, llevaba un ancla sin cepo de la Juan Fernández en la mano derecha, pero se echara al lado que se echara, el montacargas le seguía, con los cuernos rajando el aire neblinoso como los colmillos de un elefante a la carga. Wheatstone se cansaba con cada minuto que pasaba; el sacerdote casi vio cómo el ácido láctico le contaminaba la sangre al pobre hombre, consecuencia del intento desesperado de sus músculos por quemar todo el azúcar.

—Es aún peor de lo que imaginábamos —comentó Thomas, dándole los prismáticos a su amiga—. Se han pasado a los dioses.

Miriam enfocó el campo y se estremeció.

—¿Esto es el futuro, Tom, venganza parapolicial, ejecuciones públicas? ¿Es ésta la forma de la era posteísta?

—Hemos de tener fe —dijo él, cogiendo los prismáticos otra vez.

Milagrosamente, en aquel momento Wheatstone tomó la iniciativa. Mientras un grito bestial le surgía de los labios —un aullido como el que Thomas había oído por última vez en un exorcismo—, el contramaestre hizo girar el ancla sobre la cabeza, al parecer con la intención de pinchar una rueda. Soltó el cabo. El ancla voló, alcanzó el cuerno derecho del montacargas y se clavó en el barro. Los paganos estallaron en aplausos, en reconocimiento por un gesto inútil bien hecho.

Segundos después, animaban a Spicer a que contraatacara.

—¡Cógele, Joe!

—¡Atropella a ese cabrón!

—¡Vamos!

—¡Dale!

—¡Vamos!

Riéndose como un maníaco, Spicer sacó una red de carga del compartimiento trasero del montacargas y la dejó caer hábilmente sobre el contramaestre aterrorizado. Wheatstone tropezó y se cayó boca abajo. Cuanto más luchaba, más se enredaba, pero no fue hasta que empezó a deslizarse hacia adelante, el cuerpo le rebotaba contra las rocas afiladas, la frente se abría camino por entre el barro como un arado haciendo un surco, que Thomas se fijó en la amarra de dacrón que iba desde la red de carga hasta el parachoques trasero.

—¡Tom, va a matar a ese hombre!

Spicer remolcaba a su presa dando vueltas y más vueltas, como si estuviera representado una parodia grotesca de la misión del Val. Wheatstone gritaba. Daba patadas y sacudía los brazos y las piernas. Empezó a deshacerse, sus órganos, líquidos, salían por los intersticios de la red de carga como tomates chafados empapando el fondo de una bolsa de la compra.

Cuando quedó claro que Wheatstone estaba muerto, dos marineros fornidos corrieron al campo, cortaron la amarra y lanzaron el cuerpo atado del contramaestre hacia el rastrillo.

Los paganos se pusieron en pie de un salto y vitorearon.

—¡Sí, Joe!

—¡Así se hace!

—¡Sí, Joe!

—¡Así se hace!

El sacerdote y la monja corrieron al valle, gimoteando consternados, la arena mojada se les pegaba a las botas. Juntos atravesaron la puerta principal y entraron en el mundo que había bajo las gradas, un laberinto de túneles viscosos y encenagados en los que el botín del Val —bazukas, neveras, cajas, generadores diesel, consolas de videojuegos—, estaba tirado como los restos de un barco arrojados sobre la playa. La luz del día les atrajo. Apareció una rampa. Se abalanzaron al aire libre.

Un río de vino bajaba fluyendo por las escaleras de mármol; salchichas abandonadas se pudrían bajo los asientos; trozos de pizza mordisqueados y manzanas medio comidas se estropeaban al calor. Mientras Karl Jaworski cruzaba la arena corriendo —como alma que lleva el diablo—, Thomas y Miriam ascendían unas cuantas hileras y se detenían, jadeando, entre Charlie Horrocks, sus rasgos enterrados en una rodaja enorme de sandía, y Bud Ramsey, con los labios sellados alrededor de una botella de Budweiser. Thomas tardó varios segundos en darse cuenta de que Dolores Haycox y James Echohawk, echados en los asientos que tenía justo en frente, estaban entablando relaciones sexuales con energía.

—¡Hola, padre Tom! —dijo Ramsey. Tenía la barbilla salpicada de espuma de cerveza—. Buenas, Miriam.

—Una fiesta genial, ¿eh? —dijo Horrocks, saliendo del trozo de sandía.

Haycox y Echohawk gimieron al unísono, avanzando a tientas hacia un orgasmo de una intensidad que, en una era previa, probablemente sólo podrían haber imaginado.

A la izquierda de Horrocks, las tres víctimas de Karl Jaworski, la robusta Isabel Bostwick, la esbelta An-mei Jong y la exótica Juanita Torres, se habían acurrucado juntas y enviaban besos hacia Spicer. Bostwick lamía un caramelo turco. Jong chupaba de una botella de champán Cook’s. Llevando sólo el sujetador y las bragas, Torres agitaba un par de pompones que había improvisado rasgando su camiseta de Menudo y atando las tiras a unas pistolas de aguja.

A pesar del intenso frenesí del campo, a pesar del espantoso hecho de que Spicer había logrado de algún modo poner a Jaworski contra la pared sur y en aquel momento iba derecho hacia él, a Thomas le pareció que lo que ese anfiteatro albergaba en realidad era una especie de Nichtige de Barth: una nada ontológica donde antes había estado la gracia de Dios, la gravedad ciega de la nada devorando toda la bondad y la piedad como un agujero negro dándose un festín de luz. Jaworski cayó de rodillas. En consecuencia, Spicer bajó la horquilla del montacargas. En una exhibición coral de pura felicidad, Bostwick, Jong y Torres se alzaron a una y gritaron juntas:

—¡Mata!

Thomas veía lo que estaba a punto de suceder. Le rogó a Dios que no pasara.

—¡Mata!

—¡Mata!

En el mismo momento en que la súplica tomaba forma en los labios del sacerdote, el cuerno izquierdo del montacargas golpeó de lleno a Jaworski, se le hincó en el abdomen con la suavidad de la lanza de Longinos al clavarse en el Salvador crucificado.

—¡Diana! —chilló Jong cuando Jaworski, empalado, ascendió.

—¡No! —bramó Thomas—. ¡No! ¡No!

—Calma, tío —dijo Ramsey—. No te pongas histérico.

Spicer dio marcha atrás. Jaworski, gritando de agonía, colgaba en la horquilla, retorciéndose como un escarabajo en un alfiler de sombrero.

—¡No! —gimió Miriam.

—¡Así! —chilló Torres.

—¡De puta madre! —gritó Bostwick.

Con el ceño fruncido pensativamente, Spicer manejaba los controles del montacargas, hundiendo el diente aún más a medida que subía y bajaba al hombre ensartado una y otra vez. Jaworski se agarraba a la vara de acero mojado, bañando las manos en su propia sangre al intentar, con valentía pero en vano, liberarse.

—¡Spicer, Spicer, Spicer es cojonudo! —gritó Bostwick—. ¡Como Spicer no hay ninguno!

A Thomas le entraron unas ganas terribles de vomitar que le desgarraron el estómago y le quemaron la tráquea, cuando los mismos marineros que antes se habían deshecho de Wheatstone sacaron, deslizándolo, el cadáver de Jaworski de la horquilla y lo tiraron con indiferencia al barro. Miriam, llorando, le cogió la mano a su amigo y le hundió la uña del pulgar en la palma con tanta fuerza que le hizo sangre. Él ahogó las náuseas gracias a la fuerza de voluntad.

—¡Vamos, vamos, Joe, Joe! —gritó Torres, agitando los pompones—. ¡Vamos, vamos, Joe, Joe! ¡Vamos, vamos, Joe, Joe!

Con el ancla lista, Neil Weisinger se dirigió hacia el centro del campo a trompicones. Spicer, aminorando la marcha, salió en su persecución.

—¡Deteneos! —gritó Miriam. Thomas tuvo que admitir que sonaba mas como una profesora disciplinando a una guardería que como la voz de la razón evocando el espíritu de Immanuel Kant—. ¡Deteneos ahora mismo!

Spicer lanzó la red.

Falló.

El chico se retiró, el ancla se balanceaba junto a él, los pies desnudos chapoteaban en el barro. Arrojando gases negros por el tubo de escape, el montacargas se le vino encima a diez, quince, veinticinco kilómetros por hora. Spicer elevó la horquilla a la altura del vientre de Weisinger.

—¡Vamos!

—¡Vamos!

El chico se detuvo, se giró, esperó.

—¡Mata!

—¡Mata!

De pronto el ancla despegó, volando derecha al asiento del conductor.

—¡Vamos!

—¡Vamos!

Actuando por instinto, Spicer viró bruscamente, el mismo impulso patético, supuso Thomas, con el que un soldado que se mete en un granizo de metralla alza los brazos para intentar detener las balas.

—¡Mata!

—¡Mata!

El ancla aterrizó entre las piernas del segundo oficial. Chillando de dolor, soltó el volante y se buscó la entrepierna a tientas.

—¡Vamos!

—¡Vamos!

El montacargas chocó contra la pared a unos cincuenta kilómetros por hora, una colisión de tal fuerza que lanzó a Spicer de la cabina y le envió dando vueltas por el aire. El hombre de ciento cuatro kilos cayó de pie. Todos pudieron oír el ruido que hicieron los fémures cuando se le partieron. Se desplomó, apuñalado por sus propios huesos, y empezó a dar patadas en la arena.

—¡Weisinger, Weisinger, Weisinger es cojonudo! ¡Como Weisinger no hay ninguno!

El chico no perdió el tiempo. Después de recuperar el ancla del asiento del montacargas, cruzó la arena como una exhalación y se inclinó sobre Spicer. Estudió a la multitud. Al principio Thomas supuso que Weisinger simplemente quería saborear el momento, ¿dónde, cuándo y en qué otras circunstancias se pondría alguien de pie para ovacionar a un marinero preferente?, pero luego se dio cuenta de que el chico estaba esperando una señal.

En un gesto extrañamente sincrónico, treinta y dos manos salieron disparadas hacia adelante con los pulgares en alto.

Con una coordinación igualmente asombrosa, treinta y dos muñecas se giraron.

Los pulgares bajaron.

—¡Neil, no! —chilló Thomas, poniéndose en pie—. ¡Soy yo, Neil! ¡Soy el padre Thomas!

—¡No lo hagas! —gritó Miriam.

Weisinger se puso a trabajar, golpeando implacable con el ancla, amarrándose a Spicer.

Un hombre enorme con el pecho descubierto se giró hacia Thomas, rezumando la dulzura enfermiza del whisky. La barba negra, el cutis malo, una cara como la del glotón de granito del otro extremo de la isla. Thomas le reconoció como el marinero llamado Stubby Barnes. El hombre había venido a misa dos veces.

—Eh, tendría que tranquilizarse, padre. Usted también, hermana. —Con la mano derecha sostenía una botella vacía de Cutty Sark contra el pecho—. ¡No quiero faltarles al respeto, pero ésta no es su fiesta!

—¡No, tranquilízate tú! —gritó Thomas.

—Cálmese. —Stubby Barnes levantó la botella por encima de la cabeza.

—¡No, cálmate tú!

—Podemos hacer lo que nos dé la gana, tío —insistió Barnes, dejando que el Cutty Sark saliera volando.

—¡Escuchad a vuestra conciencia congénita!

La botella le dio de lleno a Thomas, medio kilo de cristal que se estrelló en su sien. Sintió la sangre caliente que le corría por la cara, haciéndole cosquillas en las mejillas y luego no sintió nada en absoluto.

7 de agosto.

Va de mal en peor. Ayer a las 0915 Ockham y la hermana Miriam regresaron tambaleándose al barco, el padre sangrando por una herida fea en la cabeza. Sus noticias me dejaron de piedra. Los amotinados han ejecutado a Wheatstone y a Jaworski en una especie de rodeo de locos. Joe Spicer también está muerto, asesinado cuando el marinero preferente Weisinger le dio la vuelta a la tortilla.

Si quieres saber qué opino, Spicer se llevó su merecido.

¿Has probado el mescal, Popeye? Pega tan fuerte como las espinacas, te lo prometo, y alivia el dolor. No sé cómo, pero los cabrones no vieron mi suministro. Le he puesto nombre a los bichos de las botellas que quedan. Gaspar, Melchor, Baltasar, los Tres Gusanos Magos.

No debería beber, por supuesto. Soy vulnerable. Es probable que papá sea un alcohólico y en algún momento tuve una tía borrachina que incendio su propia casa, además de un primo que le daba al ron y que disparó al cartero por traerle el cheque de la prestación social del tamaño equivocado. Pero qué demonios, estamos en el Anno Postdomini Uno, ¿no? Es la era en que todo vale.

Tenemos exactamente diez días para llevar a Dios al Ártico.

Anoche me pulí la primera botella, dejando a Gaspar varado como el Val, después de lo cual enloquecí un poco. Me clavé un Marlboro encendido en la palma de la mano, casi echo el estómago vomitando, bajé por la cadena del ancla y me revolqué en la arena. Me desperté junto a la quilla, sobrio pero atontado, apretando contra el pecho un cucharón de aluminio para la sopa.

Cassie fue quien me encontró. Qué criatura tan triste debo de haberle parecido, con óxido pegado a la barba y la ropa empapada de mescal. Me guió para que volviera a subir por la cadena, me llevó a la cocina principal y se puso a darme aspirinas y café.

—Yo no choqué contra esta isla —insistí, como si ella hubiera dicho que lo había hecho.

—Esta isla chocó contra ti.

—¿Soy repugnante, doctora? ¿Soy total y absolutamente asqueroso? ¿Huelo como el suspensorio de Davy Jones?

—No, pero deberías afeitarte esa barba.

—Me lo pensaré.

—Siempre he odiado las barbas.

—¿Ah, sí?

—Es como besar a un estropajo metálico.

La palabra besar se quedó flotando en el aire. Los dos nos dimos cuenta.

—Creo que me estoy volviendo loco —le confesé—. Traté de sacarnos cavando con una cuchara sopera.

—Eso no es una locura.

—¿Ah, no?

—Habría sido una locura si hubieras usado una cucharita de postre.

Entonces, echando la cabeza hacia atrás de manera insinuante, o eso pareció, me dejó solo con mi resaca.

Cuando Thomas entró en la arena vacía, surgieron espejismos nacidos del calor del final de la tarde que se retorcieron y titilaron sobre la arena ensangrentada. El montacargas estaba inerte en la esquina sudeste, con el cuerno derecho limpio y el izquierdo deslustrado con Karl Jaworski.

Tanto a Van Horne como a Miriam les había aterrorizado la idea de una segunda misión para ver a los desertores. «Señor, Tom —había dicho la monja—, la próxima vez te ejecutarán a ti», pero el sentido del deber de Thomas exigía no sólo que enterrara a los muertos sino que intentara una vez más ayudar a los vivos a encontrar la ley moral kantiana que tenían dentro.

Como un conquistador plantando la bandera española en el Nuevo Mundo, clavó la pala de acero en el suelo. A diez metros de allí, el cuerpo perforado de Jaworski yacía pudriéndose a la sombra del hermafrodita esculpido. Más allá, los restos de Eddie Wheatstone (dentro de la red) estaban tirados sobre el cadáver de Joe Spicer, que tenía todas las vísceras esparcidas por fuera. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas desde sus ejecuciones, pero el proceso de descomposición estaba totalmente en marcha, y llenaba la nariz al sacerdote con su fetidez ácida.

Lamiéndose el sudor de los labios, cogió la pala de nuevo y se puso manos a la obra. La arena, aunque pesada, se cavaba con la misma facilidad que la nieve recién caída y el trabajo proseguía sin esfuerzo, tanto que decidió que si la racionalidad llegaba alguna vez a caer sobre la isla Van Horne entonces excavar al varado Valparaíso podría resultar ser más factible de lo que había supuesto. Una hora después, una tumba colectiva estaba abierta en el centro del campo.

Tiró los cadáveres dentro, rezó por sus almas y volvió a tirar la arena con la pala.

Seguir el rastro de los desertores fuera del anfiteatro no supuso ningún problema. Colillas, lengüetas de latas de cerveza, corchos de botellas de vino, cáscaras de cacahuetes, cortezas de naranja y pieles de plátano marcaban el camino. Inevitablemente, Thomas pensó en Hansel y Gretel, que dejaron caer piedrecitas para poder reunirse con su dócil padre y su maliciosa madrastra. Al parecer, incluso una familia disfuncional era mejor que ninguna.

La ruta le llevó a través de terreno típico —por delante de electrodomésticos en evidente deterioro y de bidones de doscientos litros tirados, junto a montículos de ruedas de automóvil amontonadas como rosquillas carbonizadas gigantes— y entonces, de repente, apareció: la muralla.

Era inmensa, veinte metros desde los cimientos hasta las almenas, construida del mármol más puro, cada bloque blanqueado como un hueso. Caracteres de trazos delgados decoraban el portalón; los fonemas olvidados de una lengua que hacía mucho tiempo que no se hablaba. Entró.

La música retronaba en el corazón de la ciudad, guitarras amplificadas, teclados de alta tecnología. A Thomas le pareció más una advertencia que una canción, el tipo de sonido con el que una ciudad podría alertar a sus ciudadanos sobre la llegada de cabezas nucleares. Había barro por todas partes, mazacotes gruesos y marrones del fondo del mar que caían de las cornisas y rezumaban de los balcones. Envueltos en el manto de las brumas omnipresentes, los templos, las tiendas y las casas estaban en un estado penoso, los tejados aplastados por el peso del mar de Gibraltar, las fachadas borradas por las corrientes submarinas. Pero ¿podían explicar los procesos naturales por sí solos aquella destrucción o Dios, también, había tenido parte en ella? ¿Era ésa otra de aquellas ciudades perversas que el Todopoderoso había elegido erradicar personalmente, hermana de Babilonia, emparentada con Gomorra?

Rodeado de columnas estriadas, un edificio público enorme se alzaba imponente sobre el sacerdote, sus puertas de bronce abiertas grabadas con bajorrelieves de imágenes de las cuatro divinidades reinantes de la isla. Subió las escaleras, entró en el vestíbulo abovedado y se dirigió hacia el pasillo alfombrado de barro que había más adelante. La música, ahora más fuerte, le asaltó el cerebro. Al pasar junto a las habitaciones, se imaginó que estaba deambulando por uno de esos museos prácticos a los que a los padres de clase alta les gustaba llevar a los niños, aunque aquí las piezas expuestas eran estrictamente para adultos. Un espacio, a juzgar por los mosaicos, había sido un antro de opio. Otro, una cabina de masturbación, tenía frescos decorados con lo que parecían pósters centrales de alguna revista erótica antediluvianos. Había un cubículo para la pederastia. Para la bestialidad. Sadomasoquismo. Necrofilia. Incesto. Una obsesión tras otra perversión tras otra, un Museo de Historia Antinatural.

El pasillo dio la vuelta a una esquina y se abrió a un patio enlosado, bordeado de soportales espaciosos y aireados y abarrotado de desertores del Valparaíso, la mayoría de ellos desnudos. «Una variedad tan increíble de tonos de piel —pensó Thomas—: marfil, rosa, bronce, azafrán, beige, dorado, pardo, cacao, alazán, sombra, ocre, azúcar de arce.» Era como contemplar un tarro de frutos secos surtidos o un muestrario de Whitman’s. Muchos de los marineros se habían pintado, se habían dibujado flechas sinuosas y serpientes enroscadas en el cuerpo con uvas chafadas, los jugos aún les corrían por los brazos y las piernas como sudor violeta. De pared a pared, el patio vibraba con una combinación de comilona, bacanal, orgía, pelea y torneo de discoteca con muchos juerguistas que participaban en las cinco posibilidades —bebiendo, comiendo, fornicando, peleando, bailando—, simultáneamente. El humo de la marihuana se mezclaba con la niebla. Luces estroboscópicas iluminaban el anochecer. A lo largo del soportal sur, Ralph Mungo y James Echohawk se batían en duelo con los alfanjes de adorno que habían robado de la sala de oficiales, mientras que a unos metros de allí, ocho hombres formaban un círculo, cada uno enchufado en otro, un carrusel de sodomía. Había latas de cerveza aplastadas y botellas de licor vacías desparramadas por el suelo. Había montones de condones usados tirados por todas partes como una plaga de planarias gigantes, un hecho que dio a Thomas un atisbo de esperanza: si los juerguistas estaban lo bastante cuerdos como para preocuparse por el embarazo y el sida, podrían estar lo bastante cuerdos para reflexionar sobre el imperativo categórico. Los brazos ondulaban, las caderas bailaban el shimmy, los pechos se bamboleaban, los penes se balanceaban, era el aeróbic sibarita del Anno Postdomini Uno.

—¡Hola, Tommy! —Neil Weisinger se acercó con aire resuelto, un cigarrillo sin encender en la boca, rompiendo alegremente un pollo a la parrilla en dos—. ¡No esperaba verte aquí! —dijo, arrastrando las palabras.

—Esa música…

—Scorched Earth, de Suecia. El álbum se llama Chemotherapy. Tendrías que ver lo que hacen en el escenario. Leen entrañas.

Dominando el patio había una mesa de banquetes de obsidiana pulida, cuya superficie sostenía no sólo cuatro jamones enormes y dos medias reses sino también un generador diésel, un reproductor de compact disc y un proyector de video RCA Colortrak-5000 que rociaba de imágenes concupiscentes una sábana blanca que colgaba espectral en el interior del soportal del norte. Thomas no había visto la célebre Calígula de Bob Guccione, pero adivinó que ésa era la película. La cámara hacía un travelling a lo largo de la cubierta principal de un trirreme romano en el que casi todo el mundo estaba en celo.

—Una fiesta cojonuda, ¿eh? —dijo Weisinger, agitando la mitad del pollo bisecado delante de la cara de Thomas. El aire apestaba a semen, tabaco, alcohol, vómito y hierba—. ¿Quieres cenar?

—No.

—Vamos, come.

—He dicho que no.

El chico exhibió una botella de Löwenbrau.

—¿Cerveza?

—Neil, te vi en el anfiteatro el martes.

—Trinqué bien a Spicer, ¿verdad? Le cogí como un valiente vaquero gentil enlazando a un novillo.

—Un acto inmoral, Neil. Dime que lo entiendes.

—Esto no parece más que otra botella de Löwenbrau —dijo Weisinger—, pero es mucho, mucho más que eso. La corriente la trajo a la playa ayer. Dentro había un mensaje. Pregúntame qué mensaje.

—Neil…

—Vamos, pregunta.

—¿Qué mensaje?

—«Tendrás cualquier otro dios que te apetezca», decía. «Desearás a la mujer de tu prójimo». ¿Seguro que no quieres cerveza?

—No.

—«Le darás por el culo a tu prójimo.»

A dondequiera que Thomas mirase, se despilfarraba comida a gran escala. Había enormes calderos desatendidos sobre fuegos de madera que el mar había arrastrado hasta la playa, que reducían rápidamente ruedas enteras de queso cheddar, muenster y suizo a un alquitrán incomible. Cinco marineros de la tripulación de máquinas y cinco de la tripulación de cubierta mantenían una batalla encarnizada con lo que parecía la reserva entera de huevos frescos del Valparaíso. Charlie Horrocks, Isabel Bostwick, Bud Ramsey y Juanita Torres arrancaron las tapas de latas envasadas al vacío y se ducharon alegremente con crema de almejas, sopa de verduras, judías en salsa de tomate, salsa de chocolate y caramelo líquido. Se lamían unos a otros como unas gatas limpiando a sus crías. Los restos se derramaban por su carne y desaparecían entre las losas.

Zigzagueando entre el embrollo de cuerpos, Thomas se abrió camino hasta la mesa de banquetes. Estudió la placa metálica del generador: 7500 VATIOS, 120/240 VOLTIOS, UNA FASE, CUATRO TIEMPOS, REFRIGERADO POR AGUA, 1800 RPM, 13.2 HP, la única pieza de discurso racional de todo el museo. La música sonaba en un tono enfebrecido, sierras de cinta que morían de cáncer. Apagó el compact disc.

—¿Por qué coño has hecho eso? —se lamentó Dolores Haycox.

—¡Vuelve a ponerlo! —gritó Stubby Barnes.

—¡Tenéis que escucharme! —Thomas se inclinó hacia el Colortrak-5000, que en esos momentos proyectaba a Malcolm McDowell metiéndole el puño lubricado en el ano a un hombre que se estremecía de dolor, y apretó EJECT.

—¡Vuelve a poner la película!

—¡Pon la música!

—¡Que te jodan!

¡Calígula!

—¡Escuchadme! —insistió Thomas.

—¡Scorched Earth!

¡Calígula!

—¡Scorched Earth!

¡Calígula!

—¡Estáis usando el cadáver como excusa! —gritó el sacerdote—. ¡Schopenhauer estaba equivocado! ¡Un mundo sin Dios no pierde sentido ipsofacto!

La comida llegaba de todos los puntos de la brújula: aluviones de patatas hervidas, salvas de pan italiano, cañonazos de pomelos. Un coco grande y áspero le rasguñó la mejilla izquierda a Thomas. Una granada se le hizo añicos en el hombro. Huevos y tomates le explotaron contra el pecho.

—¡Tenéis una ley moral kantiana dentro!

Alguien volvió a poner Calígula. Bajo la persuasión de la lengua de la mujer de un senador romano, un gran pene erecto que no pertenecía al senador soltó su contenido lechoso como un volcán arrojando lava. Thomas se frotó los ojos. El órgano en erupción se le quedó grabado, flotando en su mente como la imagen posterior de una bombilla de flash mientras huía del Museo de Historia Antinatural.

—¡Immanuel Kant! —gritaba el sacerdote desesperado, corriendo por las calles de la ciudad. Se metió la mano debajo de la sudadera de Fermilab y apretó el crucifijo, como si quisiera chafar el Cristo y la Cruz hasta formar un solo objeto—. ¿Immanuel, Immanuel, dónde estás?

Hambruna

Vista a través de la ventana helada del Cessna bimotor, la isla Jan Mayen le pareció a Oliver Shostak uno de sus objetos favoritos del mundo, el sujetador francés de encaje blanco que le había regalado a Cassie cuando cumplió treinta años. Había dos manchas simétricas correspondientes a las copas, la Baja Mayen y la Alta Mayen, masas de terrenos montañosos unidas por un puente de granito natural. Alzó los binoculares y recorrió la costa con la mirada hasta llegar al fiordo Eylandt, una hendidura tan cruda y recortada que parecía la secuela de un intento fracasado de extracción de un diente.

—¡Ahí está! —afirmó Oliver por encima del rugido de los motores—. ¡Ahí está Point Luck! —gritó, llamando a la bahía por el nombre con que Pembroke y Flume insistían en que se la llamara.

—¿Dónde? —preguntaron Barclay Cabot y Winston Hawke al unísono.

—¡Allá… al este!

—¡No, aquello es el fiordo Eylandt! —le corrigió el piloto del Cessna, un nombre curtido, oriundo de Trondheim, que se llamaba Oswald Jorsalafar.

No, pensó Oliver, Point Luck: ese pedazo sagrado del noroeste pacífico de la isla Midway donde, el 4 de junio de 1942, tres portaaviones americanos habían estado al acecho para tenderle una emboscada a la Marina Imperial japonesa.

Recorrió el horizonte con los binoculares una y otra vez. No había ni rastro del Enterprise, pero no le sorprendía. Sólo en el mejor de los casos, Pembroke y Flume habrían hecho ya la travesía desde Cape Cod hasta el océano Ártico. Lo más probable era que todavía estuvieran al sur de Groenlandia.

La única pista de aterrizaje de Jan Mayen se extendía a lo largo del extremo oriental de su única población, una estación de investigación científica con el nombre altisonante de ciudad de Ibsen. Cuando el Cessna aterrizó, la estela de la hélice provocó un tornado de nieve, hielo, ceniza volcánica y botellas vacías de cerveza Frydenlund. Oliver pagó a Jorsalafar, le dio una propina generosa y, llevándose la mochila al hombro, se unió al mago y al marxista en la fría marcha hacia el oeste.

A la luz pálida de los rayos del sol de medianoche, la ciudad de Ibsen se mostraba como una colección de barracones Quonset oxidados y de casas ruinosas de madera, cada una colocada sobre cimientos de grava para que no se hundiera en el suelo ilusorio llamado permafrost. Al llegar a la plaza central Oliver, Barclay y Winston se dirigieron al hostal Hedda Gabler, un motel en dos niveles injertado en una taberna creada en un hangar de aluminio corrugado para aviones. Un letrero de neón que decía BAR SUNDOG se encendía y se apagaba en la ventana de la taberna; un faro en la tundra.

El gerente del hostal, Vladimir Panshin, un expatriado ruso con el aspecto rudo y desenfadado de un campesino de Brueghel, no se tragó el cuento de los ateos de que eran miembros desafectos de la jet set en busca de aquellos lugares exóticos y emocionantes que las agencias de viajes no conocían. («Quienquiera que les dijera que Jan Mayen es emocionante —dijo Panshin—, debe de tener un orgasmo cuando se limpia los dientes con hilo dental») Pero, en última instancia, sus sospechas no importaban. Estuvo encantado de registrar a los ateos en el Gabler y de venderles la media libra de queso Gouda (cinco dólares americanos), los cuatro litros de leche de reno (seis dólares) y la docena de barritas de cecina de caribú (un dólar cada una) que necesitaban para la excursión del día siguiente.

Oliver durmió mal aquella noche —los ronquidos ciclónicos de Winston combinados con el reto de digerir un carísimo estofado de perdiz blanca—, y a la mañana siguiente sólo se despertó con la ayuda del café más fuerte del Gabler. A las ocho, hora de Jan Mayen, los ateos pasaron caminando penosamente junto a los límites de la ciudad y entraron en la tundra inexplorada que había más allá.

Después de una hora de caminata hicieron una pausa para comer y extendieron el picnic sobre el istmo estrecho de una roca que marcaba el camino hacia la Alta Mayen. El queso estaba mohoso, la leche agria, la cecina dura y llena de arena. Inevitablemente, Oliver se imaginó al cargamento de Anthony Van Horne creando aquel istmo en concreto: las manos gigantescas bajando del cielo, pellizcando la isla por el medio. La visión le alarmó y le deprimió. ¿Qué harían los científicos de la ciudad de Ibsen si algún día descubrían que sus teorías intrincadas del uniformismo y de la tectónica de placas no tenían ningún sentido? ¿Cómo reaccionarían al enterarse de que la respuesta verdadera al enigma geomórfico era, quién lo hubiera dicho, la intervención divina?

Al cruzar a la Alta Mayen, los tres hombres siguieron un sendero cubierto de piedra pómez que atravesaba las estribaciones de las montañas Carolus, un viaje muy entretenido gracias a una actuación particularmente deslumbrante de la aurora boreal. Si Oliver se hubiera traído su material de dibujo, habría intentado pintar el fenómeno, esforzándose en captar en el lienzo los arcos diáfanos, los remolinos etéreos y los fantasmagóricos titileos carmesíes. Por fin, el fiordo Eylandt estaba ante ellos, una extensión tranquila de agua azul acero salpicada irregularmente con pedazos gigantes de masas flotantes de hielo. El gran temor de Oliver era que el Enterprise se retrasara y tuvieran que acampar en la tundra, de modo que se alegró bastante cuando lo vio anclado, con cuatro hidroaviones PBY amarrados a popa. Su felicidad no duró. El portaaviones se veía viejo, débil, pequeño. Era pequeño, lo sabía: la mitad que el Valparaíso, veinte veces más pequeño que Dios. Las seis decenas de aviones de combate amarrados a la cubierta de vuelo no parecían ni remotamente capaces de cumplir con su cometido.

Barclay accionó su código de señales portátil, enviando ráfagas de luz eléctrica al otro lado del fiordo. D-I-V-I-N-I-D-A-D, el nombre en clave de su campaña.

El Enterprise respondió: A-H-O-R-A-V-E-N-I-M-O-S.

Los ateos bajaron gateando por la pared del acantilado, un descenso peligroso a través de musgo resbaladizo, trozos recortados de piedra pómez y una planta espinosa de espíritu mezquino que les rasgó las botas de piel de foca y les hizo sangrar los tobillos. Llegaron a la playa al mismo tiempo que la lancha del portaaviones: una lancha a motor con el interior de madera que lucía una cubierta de lona sobre el timón y llevaba una bandera de 48 estrellas, históricamente exacta. Vestido con una cazadora de aviador del Memphis Belle, Sidney Pembroke estaba sentado en la cubierta de proa, saludando con la mano enmitonada.

—¡Bienvenidos a Point Luck! —Un chorro de aliento condensado salió de la boca de Pembroke. Incluso con el aire del Ártico, que le ponía las mejillas coloradas, seguía pareciendo anémico—. ¡Saltad a bordo, chicos!

—¡Hay mucha sopa de tomate calentita Campbell’s en Enterprise! —gritó Albert Flume, también sin sangre en las venas, desde detrás del timón—. ¡Mmm, mmm, bien! —Se había cambiado el traje a rayas por la imagen del saboteador: chaleco de vicuña, jersey azul de cuello redondo, gorra negra de punto, como Anthony Quinn en Los cañones de Navarone.

Tras rodear el regulador con un guante de piel de becerro de bombardero, Flume puso el motor en punto muerto. Junto a él había un hombre de mandíbula de granito y barriga abultada que llevaba el sencillo uniforme caqui de un oficial naval americano en el momento de ganar la Segunda Guerra Mundial. Tenía los hombros decorados con estrellas de almirante.

Oliver se adentró en los bajos, y se estremeció cuando el agua helada entró a borbotones por los rasgones de sus botas de piel de foca, y subió por encima del espejo de popa, con Barclay y Winston justo detrás. El hombre de la Marina salió agachándose de la cubierta de lona y sonrió, con una pipa de madera de brezo apagada sujeta entre los dientes.

—Usted debe de ser el Sr. Shostak —dijo el almirante, sometiendo a Oliver a un apretón de manos enérgico—. Yo soy Spruance, Ray Spruance. Siempre uso la marca de condones de su padre. Caray, apuesto a que eso del sida le ha sido de gran ayuda a su familia, ¿verdad? No hay mal que por bien no venga.

Oliver hizo una mueca y dijo:

—Éstos son mis colegas: Barclay Cabot, Winston Hawke.

—El placer es todo mío, muchachos.

—¿Cómo se llama en realidad? —preguntó Winston, aguantándose una sonrisita de complicidad.

—Da igual, Sr. Hawke. Durante las próximas dos semanas, seré Raymond A. Spruance, contraalmirante, Marina de los Estados Unidos, al que se le ha encomendado el aspecto táctico de esta operación.

—¿En contraposición al estratégico? —preguntó Oliver. Empezaba a entender cómo pensaban esos idiotas.

—Sí. La estrategia está a cargo del almirante Nimitz, que está en Pearl Harbor.

—¿Dónde está Nimitz en realidad?

—En Nueva York —dijo Flume.

—A él no le estamos pagando, ¿no? —preguntó Oliver.

—Claro que le estamos pagando. —Tras poner el motor en marcha, Flume condujo la lancha fuera de la playa.

—¿Por qué le estamos pagando si no hace nada?

—Sí que hace algo.

—¿Qué?

—Ray se lo acaba de decir. Estrategia.

—Pero ya conocemos la estrategia.

—Mirad, chicos —les espetó el intérprete de Spruance, sacándose rápidamente la pipa de madera de brezo de la boca—, si no pudiera imaginarme el viejo Chesty Nimitz en Pearl, planeando nuestra estrategia, no tendría valor para hacer esto.

—Pero no está en Pearl —dijo Oliver—. Está en Nueva York.

—Podríamos enviarle a Pearl Harbor si quisieras —dijo Flume—, pero te costaría un dineral.

Oliver se mordió la lengua y no dijo nada.

—Sabe, nunca había oído mencionar el capitalismo vigilante hasta que Sidney y Albert me hablaron de ello —Spruance ofreció a los ateos un guiño malicioso de complicidad—, pero debo decir que estoy impresionado.

—Hay gente que cree que estamos fuera de lugar —dijo Winston—, pero eso no nos impedirá que cumplamos con nuestro deber patriótico.

—Eh, que a mí no tienen que convencerme —replicó Spruance—. Llevo años diciendo que los japos son una amenaza mucho mayor para los Estados Unidos ahora que en 1942.

Mientras Flume pilotaba a través del fiordo, Pembroke bajó de la cubierta de proa, se limpió un mancha de guano de éider de la cazadora de aviador y se acercó a Winston.

—Bueno, ¿qué te parece el destacamento dieciséis? —preguntó Pembroke, señalando hacia el Enterprise.

—Sólo veo un barco —dijo Winston.

—Bueno, para nosotros es un destacamento —soltó Pembroke en un tono ofendido—. El destacamento dieciséis. Tenemos a Enterprise, su lancha, cuatro PBY…

—Ya.

—Un destacamento, ¿no?

—Y que lo digas.

—¿Fueron bien las cosas en Martha’s Vineyard? —preguntó Barclay.

—De maravilla —respondió Pembroke—. Se agotaron las localidades.

—Lo vimos todo desde el yate de motor de mi padre —dijo Flume—. Una verdadera butaca de primera fila.

—Alby trajo un picnic alucinante.

—Todo es mejor con la encarnizada Batalla de Midway desarrollándose a tu alrededor.

—La ensalada de patata es mejor y también lo es el pastel de chocolate.

—Excepto Soryu, ¿te lo puedes creer? No se hundió —afirmó Flume, maniobrando la lancha con cuidado a lo largo del portaaviones.

—¿Ah, no? —preguntó Oliver.

—No, siguió flotando incluso después de que McClusky descargara una de sus bombas directamente por la chimenea de popa —le respondió Spruance—. Eh, no se preocupe, hijo. Lanzaremos cincuenta veces más de TNT sobre su golem del que lanzamos sobre Soryu. —El almirante saltó atléticamente desde la lancha a la pasarela—. Los mejores torpedos y las mejores bombas destructoras de toda la maldita marina. Artillería de vanguardia.

Al desembarcar, Oliver subió las escaleras tambaleantes tras Spruance, una ruta que les llevó directamente por delante de una nave del hangar. Un marinero de mediana edad con uniforme de alférez estaba encorvado sobre el fuselaje de un Devastator TBD-1, haciéndole pequeños ajustes al motor.

—Por lo que calculamos —dijo Oliver, hablando por encima del bramido de las masas flotantes de hielo—, el Valparaíso no cruzará el círculo hasta dentro de unos cinco o seis días.

—Vale, pero será mejor que empecemos a enviar patrullas enseguida, sólo para asegurarnos —dijo Spruance—. Nuestros PBY harán el trabajo. Reconocimiento de vanguardia.

—¿Hay algún peligro de que el Val pase sin que lo veamos?

Spruance miró a Oliver a la cara. El viento del Ártico le despeinó el pelo de tordillo al almirante.

—El PBY es el mejor avión de reconocimiento de su época, Sr. Shostak. ¿Entiende? El mejor de su época.

—¿Qué época?

—Mil novecientos cuarenta y dos.

—Pero estamos en mil novecientos noventa y dos.

—Eso es una cuestión de opinión. De todos modos, tenemos un equipo de radar totalmente nuevo en el puente de Enterprise.

—¿Un radar de vanguardia? —Oliver ya se sentía mejor. El Devastator era una máquina de aspecto realmente aterrador. Irradiaba una especie de altivez tecnológica, el desprecio del metal por la carne.

—Un radar de vanguardia —repitió el intérprete de Ray Spruance con una señal de aprobación enfática—. Todo Panasonic.

Un gruñido bajo y constante. Un dolor agudo en lo más hondo de las tripas. «¿Hambre?», se preguntó Neil Weisinger, empezando a recuperar el conocimiento. Sí, ésa era la palabra, hambre.

Liberándose de la maraña de cuerpos que dormían y roncaban, el joven marinero echó un vistazo a su reloj digital. 10 de agosto. Miércoles. Nueve de la mañana. Maldita sea, había estado durmiendo dos días enteros. Le picaban los ojos. Tenía espasmos en la vejiga. Caminó lentamente y con mucho cuidado entre los escombros —las latas de Miller Lite y las botellas de champán Cook’s, los huesos de pollo y las cáscaras de huevo, los CD subidos de tono y las cintas de vídeo clasificadas X— y, después de caminar completamente desnudo por el soportal del sur, meó abundantemente sobre un fresco bucólico precioso que representaba a un rebaño de carneros violando en masa a una pastora pechugona.

—Menudo fiestón —gruñó Charlie Horrocks, acompañando a Neil en el urinario improvisado.

—El acontecimiento social de la temporada —masculló Neil. Señor, era maravilloso ser pagano. Las opciones eran tan sencillas. ¿Vodka, ron o cerveza? ¿Oral, anal o vaginal?

—Alguien ha estado jugando al fútbol con mi cabeza —dijo el operador de bombeo.

—Alguien ha estado jugando al billar con mis huevos —dijo Neil. Era evidente que sus juergas habían acabado, aunque si eso se debía a que incluso los paganos se cansan del placer o porque la fiesta se había quedado sin combustible (no había más cerveza en los barriles ni sopa en los cazos ni pan en las cestas ni potencia en los testes), el marinero no lo sabía—. ¿Qué hay para desayunar?

—Ni idea.

En el soportal oeste, un estómago grande y resonante gruñó. Otro retomó el grito. Un tercero se unió a ellos. Un gorgoteo coral llenó el aire, como si el museo fuera un laberinto de tuberías de desagüe defectuosas. Tambaleándose sin rumbo hacia la mesa de banquetes, Neil se dio cuenta de pronto de lo encostrado que estaba, de lo amplia que era la variedad de sustancias secas que se le pegaban a la piel y le enmarañaban el pelo. Se sintió como una extensión de la isla misma, un depósito de desechos.

—Me comería una vaca —dijo Juanita Torres, poniéndose una camiseta de seda.

—Un rebaño de vacas —añadió Ralph Mungo—. Una generación de vacas.

Pero no había vacas en la isla Van Horne.

—Eh, tenemos un problema —apuntó Dolores Haycox, el oficial de grado más alto entre los desertores, ahora que a Joe Spicer le habían destripado con un ancla sin cepo. Hablaba con vacilación, como si no estuviera segura de si debía asumir el mando o no. Si optaba por hacerlo, decidió Neil, sería mejor que se pusiera algo de ropa—. Creo que deberíamos, ya sabéis, hablar —dijo la tercera oficial.

El agua potable, afirmaron todos, no era un problema: la niebla omnipresente depositaba continuamente litros de rocío en los diversos canalones y cisternas de la ciudad. La comida era otra cuestión. Incluso con un racionamiento estricto, era probable que no quedaran bastantes provisiones para satisfacer el apetito durante más de un día.

—Jopé… me siento tan estúpido —admitió Mungo.

—Estúpida, estúpida, estúpida —dijo Torres.

—Estúpido como un buey —puntualizó Ramsey.

—Si pensamos demasiado en el pasado —dijo Haycox, colgándose un petate de lona hecho jirones alrededor de la cintura—, acabaremos volviéndonos locos.

Ramsey quería que se pusieran a recorrer la isla de inmediato. A pesar de su aparente esterilidad, alegaba, el lugar podría muy bien esconder unos cuantos crustáceos o una especie comestible de alga. Sin embargo, los juerguistas habían visto demasiados acres de barro sin vida y de arena yerma como para entusiasmarse demasiado con esa idea.

Horrocks sugirió que regresaran al Valparaíso y suplicaran por una porción de las sobras que pudieran haber pasado por alto cuando estaban saqueando el barco. Este panorama parecía prometedor hasta que James Echohawk señaló que, si existían esas provisiones, los leales al capitán no tenían razón alguna para ser generosos con ellos.

Fue Haycox la que ofreció una esperanza auténtica. Argumentó que debían fabricar una balsa con la mesa de banquetes y enviarla hacia el este. Después de llegar a la civilización —lo más probable era que fuera Portugal, aunque tal vez Marruecos estaba más cerca—, la tripulación buscaría a las autoridades y se encargaría de que enviaran un barco de rescate. Si la balsa no podía llevar a cabo un viaje así, la tripulación regresaría de inmediato a la isla Van Horne, cargada de los peces de alta mar que sin duda pescarían durante la travesía.

Siguiendo las órdenes de Haycox, los desertores se vistieron y pasaron la mañana hurgando en busca de comida. Cortaron la grasa de los huesos de jamón, sacaron la pulpa de los huesos de albaricoque, arañaron trocitos de huevo de los fragmentos de las cáscaras, sacaron pegotes de raviolis Chef Boyarde de las latas de acero y extrajeron con cincel trozos de pizza de las losas. Cuando habían dejado el museo limpio, los marineros volvieron sobre sus pasos hasta el anfiteatro, siguiendo el camino de su despilfarro, recogiendo todas las cortezas de naranja y pieles de plátano como si fueran piedras preciosas.

Al entrar en la arena, Neil se quedó perplejo por un momento al darse cuenta de que los cadáveres de Wheatstone, Jaworski y Spicer no se veían por ninguna parte, pero entonces se fijó en un montículo de barro en el centro del campo, prueba de que alguien —el padre Thomas, lo más probable—, los había enterrado. Un olor de mil demonios subía de la tumba, tan intenso, que mató al instante cualquier idea de resolver la hambruna incipiente por medio de la ingestión de los antiguos camaradas de a bordo.

A las 1530 los paganos estaban de vuelta en la ciudad, revisando la cosecha del día. Ascendía a poco más de doce kilos, que Haycox dividió en dos reservas iguales, guardando la primera en el petate —cebo, explicó— y repartiendo la segunda al momento. Con glotonería, Neil agarró su parte, un conglomerado de corazones de manzana, uvas Concord y cachos de salchichas de Frankfurt amalgamadas con caramelos turcos y queso cheddar fundido. Tras divisar un lugar sombreado debajo de la mesa de banquetes, se sentó, encendió un Marlboro y le dio una calada.

Se quedó mirando su comida. Le salió un gemido agudo de la laringe. Eso no era comida. Era comida travestida, una imitación cruel de comida, que le atormentaba del mismo modo en que la voz de un niño muerto atormenta a sus padres.

Devoró la ración en cuatro mordiscos grandes.

—Tengo un trabajo para ti.

Neil levantó la vista. Dolores Haycox estaba de pie ante él, su forma baja y fornida envuelta ahora en un mono beige de Exxon.

—Necesitamos pontones —dijo ella, entregándole a Neil un juego de pistolas de aguja que funcionaban con pilas—. Cuatro.

—A la orden.

—Llévate a Mungo, a Jong y a Echohawk. Encuentra algunos bidones de doscientos litros. Que estén bien. Vacíalos.

Le dio una calada a su Marlboro.

—Entendido.

—Vamos a salir de este lío, Weisinger.

—Y que lo digas, capitana Haycox.

Después de media hora de excursión a través de una marisma plagada de aerosoles y pañales desechables, Neil y sus tres camaradas de barco llegaron al vertedero de sustancias químicas más cercano, un pantano oscuro y viscoso en el que había montones de bidones de doscientos litros tirados como trozos de piña suspendidos en gelatina. La mayoría de los bidones estaban agrietados y goteaban, pero Mungo no tardó en descubrir un grupo que, al parecer, habían sido sellados contra la corrosión del agua salada por los que los habían tirado, haciendo un esfuerzo por aplacar sus conciencias o para cubrirse las espaldas. Los marineros encendieron las pistolas de aguja y se pusieron a trabajar, quitando el óxido de las tapas con el cuidado extremo que ponen los neurocirujanos al cortar lóbulos frontales: había que soltar las tapas pero sin que sufrieras ningún daño en el proceso.

Mientras Neil soltaba su tapa, le llegaron dos imágenes turbadoras.

Leo Zook, asfixiándose.

Joe Spicer, sangrando.

Reuniendo todos sus poderes paganos, toda la fuerza del Anno Postdomini Uno, se arrancó sus rostros lívidos de la mente.

Destapó el bidón, lo puso de lado y miró con una fascinación aterrorizada como algo que parecía una mucosidad negra y olía a azufre quemado fluía hacia el norte. Enroscó la tapa con fuerza. A los pocos minutos, Mungo, Jong y Echohawk estaban vaciando sus bidones respectivos: un torrente súbito de porquería amarilla apestosa, un chorro constante de sirope marrón hediondo, un hilo lento de pus violeta y acre.

Como Sísifo haciendo rodar su piedra, Neil empezó a empujar el bidón por la marisma, seguido por sus compañeros, y al atardecer los cuatro pontones estaban a salvo dentro de las murallas de la ciudad.

Los desertores se levantaron al amanecer, llevaron la mesa de banquetes a la playa y amarraron los bidones con alambres y correas de ventiladores, gorroneadas del cementerio de coches más cercano. A las 0800 la nave, bautizada Cornucopia, estaba lista para hacerse a la mar. La capitana Haycox asumió una posición de mando en la proa, justo al lado de los barriles de agua fresca. Echohawk, nombrado primer oficial, llevaba el timón. Ramsey y Horrocks se sentaron en medio de la balsa, asiendo fuertemente con los puños dos cables de arranque cuyas abrazaderas habían retorcido para formar anzuelos. Mungo y Jong cogieron un par de parachoques corroídos de Datsun y se pusieron a remar.

En la playa, Neil miró cómo la Cornucopia chocaba contra las olas y desaparecía en las lejanas aguas oscuras. Cuando la niebla envolvió la balsa, dio la vuelta y se unió a la marcha pequeña y solemne que regresaba a la ciudad.

Durante los dos días siguientes, Neil y sus compañeros se quedaron en el museo, holgazaneando en el patio embarrado como londinenses del siglo catorce sometidos a la Peste Negra. Hablaban en gruñidos. Soñaban con comida. No sólo con las delicadezas acuáticas que la misión de la capitana Haycox les había prometido (crema de langosta, sopa de abadejo, pastel de pez aguja), no sólo con la comida de imitación de franquicias de la cocina de Follingsbee, sino con los platos marineros como los de antes: galletas, picadillo de galletas saladas, bollos del guardiamarina, arroz con melaza. La niebla se hizo más densa. Las oraciones flotaron hacia el cielo. Cayeron lágrimas. Neil se imaginó que el razonamiento de cada marino no era diferente al suyo. Sí, Haycox y su tripulación podrían romper el pacto, pescar alegremente hasta llegar a Portugal y no preocuparse jamás de salvar a sus compañeros abandonados, pero eso constituiría una traición a escala cósmica. Hay honor entre los hambrientos, intuyó el marinero preferente. Una fraternidad incomprensible une a aquellos que piensan seriamente en cortarse sus propios dedos del pie y masticar la carne de los huesos.

—Os odio —murmuró Isabel Bostwick—. Os odio a todos. A vosotros… hombres, a vosotros y vuestras canalladas. Hay una línea muy delgada entre una orgía consensual y una violación, eso es algo que he aprendido en este viaje, una línea muy fina.

—Yo no vi que te preocuparas por ninguna línea fina durante la fiesta —dijo Stubby Barnes.

—Será mejor que no esté embarazada —se quejó Juanita Torres.

—Si no paramos de hablar —intervino Neil—, perderemos las fuerzas.

A la mañana del tercer día, la pequeña compañía de la Cornucopia entro tambaleándose en el museo. Tenían las caras desinfladas y surcadas de arrugas, como si estuvieran pintadas en globos de helio que estuvieran expeliendo el aire. Las noticias eran malas por partida doble. No sólo había una barricada infranqueable de trombas y vorágines rodeando la isla Van Horne, sino que sus bahías y ensenadas estaban tan desprovistas de peces como los mares polvorientos de la luna.

—Sólo nos comimos lo que nos correspondía —dijo Haycox, dejando labolsa del cebo en las losas.

Uno a uno, los marineros que se habían quedado avanzaron y cada uno de ellos metió la mano en la bolsa y sacó la cantidad que le tocaba. La porción de Neil consistía en media barrita de Three Musketeers en la que había siete pasas, un caramelo LifeSaver de cereza y seis cereales Alpha-Bits cubiertos de azúcar, C, T, I, S, B, E. No pudo evitar darse cuenta de que las letras, reordenadas, decían BISTEC.

17 de agosto.

Rumbo: a ninguna parte. Velocidad: 0 nudos.

Regresaron hace veinticuatro horas, débiles, mareados y asustados, saliendo a trompicones de la niebla como, en palabras de Ockham, «una panda de extras de La noche de los muertos vivientes». Nunca había visto una pandilla de marineros tan desaseados en mi vida. Conducidos por su falsa capitana, Dolores Haycox, tiraron las armas, bazukas, cañones lanzaarpones, pistolas de bengalas, detonadores y alfanjes de adorno, y se reunieron a la sombra del casco.

Su llegada no sorprendió a Ockham. Al regresar de la ciudad, me dijo que sus provisiones se habrían terminado antes del día 9, tan frenética era su bacanal. Suponiendo que el padre lo hubiera calculado correctamente, los amotinados habían aguantado durante más de una semana después de comerse el último bocado.

Impresionante.

Al momento en que les vi, ordené que subieran el ancla, dejando a los cabrones encerrados afuera. Es como una locura de sitio a la inversa, los defensores atrapados comiendo, el ejército exterior muriéndose de hambre. No soy un hombre cruel. No soy el capitán Bligh. Sin embargo, si no les doy a Rafferty y a los otros que me son leales lo que nos queda de nuestras reservas, no tendrán la energía para seguir llevando a la Juan Fernández en las expediciones de pesca que son nuestra última, mejor y única esperanza. Hasta ahora, nadie ha llegado a más de tres kilómetros de la costa antes de toparse con un muro de turbulencias de seis metros, imposible de penetrar para una embarcación pequeña. No obstante, dentro de la zona navegable seguro que encontraremos peces.

Anoche le ordené a Follingsbee que hiciera un inventario nuevo, esta vez añadiendo todo lo que se pueda considerar remotamente como comida.

1,3 kilos de cereales Cheerios

1 kilo de pasas Sun Maid

3 tubos de pasta de dientes Colgate de 350 ml

2 barras de pan de trigo entero Pepperidge Farm

1 lata de judías verdes Libby’s de 1 kilo

1 tarro de mayonesa Hellman’s de 1,5 kilos

1 tarro de grasa gloriosa de 350 gr.

4 botellas de jarabe para la tos de Vick’s de 350 ml

1 kilo de palomitas de maíz (recogidas del suelo de nuestro cine)

2 latas de zumo de tomate Campbell’s de 4 litros

6 zanahorias

1 manojo de brécol

6 perritos calientes Oscar Mayer (será mejor que los guardemos casi todos para cebo)

607 hostias para comulgar

311 bálanos sacados del timón y del casco raspando (fue una suerte que los cosecháramos antes de que llegaran los amotinados)

76 percebes de la madera (ídem)

1 plátano

1 rodaja de queso americano Kraft (la guardaremos para una emergencia)

Sam ha calculado nuestras raciones para la semana que viene. ¿Tienes curiosidad por saber el menú a bordo del transatlántico de lujo Valparaíso? Desayuno: 10 Cheerios, 120 ml de zumo de tomate. Comida: 7 judías verdes, 2 hostias para comulgar. Cena: 2 bálanos, 30 gr de pan, 1 dado de zanahoria, 8 pasas. El capitán, de vez en cuando, se tomará un trago de mescal.

Un viento de fuerza doce ha pasado por la isla Van Horne esta mañana, y ha traído consigo grandes chubascos. ¿Me imaginé que la acumulación sería suficiente como para alzarnos y liberarnos? Claro que sí. ¿Soñé con que los vientos se llevaban la niebla? Sólo soy humano, Popeye.

Los amotinados han decidido protegerse de las futuras tormentas. Sus hogares son chabolas grotescas y retorcidas improvisadas con puertas de Toyotas y capós de Volvo, que sobresalen de la arena como iglúes de acero.

—Por favor, dadnos de comer —dice con voz entrecortada su emisario de turno, un marinero llamado Barnes, que lleva sólo un pequeño bañador rosa. Al parecer, había sido un verdadero cerdo de matanza antes de la hambruna. Su piel fláccida le cuelga del torso como gotas de cera que se deslizan por el cilindro de una vela.

—No nos sobra nada —le respondo.

—Yo tenía una vida —gime el marinero—. Hice cosas. Fui camarero, estuve en Borneo, tuve cuatro chicos, organicé picnics para la iglesia. Tenía una vida, capitán Van Horne.

Da la casualidad de que mañana acaba el plazo del OMNIVAC para llevar a Dios al círculo polar ártico. Veo su cerebro desintegrándose, Popeye, cada neurona entrando en el olvido con una explosión repentina y brillante, como cinco mil millones de flashes que se disparan en una rueda de prensa apocalíptica.

Durante los tres primeros días a bordo del Enterprise, el entretenimiento favorito de Oliver fue estar en el puesto de observación de proa y dibujar los PBY cuando se marchaban en sus patrullas de reconocimiento diarias. Saliendo a toda prisa sobre sus panzas planas, zigzagueando entre las masas flotantes de hielo, los cuatro hidroaviones replegaban de pronto los flotadores estabilizadores y empezaban su ascenso torpe, luchando por subir al cielo como una bandada de garzas artríticas alzándose de una marisma.

Al final de la semana, los PBY habían hecho setenta y tres misiones distintas, sin divisar nada que se pareciera a un superpetrolero arrastrando un golem.

—¿Crees que un huracán lo ha desviado? —preguntó Winston.

—¿Cómo demonios voy a saberlo? —respondió Oliver.

—Si el cuerpo ha empezado a pudrirse, podría estar empapándose de agua salada —dijo Barclay—, unos cuantos miles de toneladas de más podrían reducir la velocidad de Van Horne a la mitad.

—Quizá el problema sea mecánico —dijo Winston—. Los barcos mercantes están construidos para irse a pique. Así es como funciona el capitalismo.

Para Oliver, ninguna de esas teorías explicaba en absoluto el hecho de que el Valparaíso llevara un retraso tan deplorable. La mañana del veintidós de agosto fue al camarote del intérprete de Ray Spruance y le preguntó si el Enterprise tenía un fax.

Enterprise, no «el» Enterprise —dijo el almirante, mordisqueando la boquilla de su pipa de madera de brezo—. Claro que tenemos uno, un Mitsubishi-7000.

—Quiero enviar un mensaje a nuestra agente del petrolero.

—¿Desde cuándo tenemos una agente en el petrolero?

—Es una larga historia. Es mi novia, Cassie Fowler. Es evidente que ha pasado algo.

—En este momento, Sr. Shostak, cualquier comunicación con Valparaíso sería mala idea. El silencio radiotelegráfico absoluto ocupó un lugar crucial en la victoria americana en Midway.

—Midway me importa una mierda. Estoy preocupado por mi novia.

—Si Midway le importa una mierda, no debería estar en este barco.

—Dios… ¿es que ustedes siempre tienen que vivir en el pasado?

El almirante frunció el ceño, manifiestamente desconcertado. Chupó su pipa.

—Sí, amigo —dijo al final—, la verdad es que sí tenemos que vivir siempre en el pasado y si usted se lo pensara un minuto también querría vivir allí. —Con los ojos centelleando, Spruance daba vueltas compulsivamente por su camarote, como un lobo enjaulado—. ¿Se da cuenta de que hubo un tiempo en que los Estados Unidos de América tenían sentido? ¿Un tiempo en que mirabas un cuadro de Norman Rockwell de un soldado pelando patatas para mamá y te emocionabas y nadie se reía de ti? ¿Un tiempo en que los Dodgers estaban en Brooklyn como se suponía que debían estar y no había ningún negrata pegando tiros por nuestras ciudades y cada día escolar empezaba con el Padrenuestro? Todo es historia, Shostak. La gente tiene miedo de su propia comida, por el amor de Dios. En los años cuarenta nadie comía yogur ni huevos sin colesterol ni malditas salchichas de Frankfurt de pavo.

—Sabe, almirante, si no deja que me ponga en contacto con Cassie Fowler puede que salga y contrate a otro grupo de mercenarios y ya está.

—No me engañe. Usted me gusta, amigo, pero no dejaré que me engañen.

—Hablo en serio, Spruance, o como diablos se llame —le espetó Oliver bruscamente, complacido de descubrir que tenía reservas inesperadas de impertinencia—. Mientras yo pague, yo mando.

Oliver tardó más de una hora en escribir un fax que cumpliera con las normas del almirante. El mensaje debía transmitir curiosidad por la posición del Valparaíso y, aun así, ser lo bastante ambiguo para que, si caía en lo que Spruance insistía en llamar «manos enemigas» y si ese enemigo lograba descifrar el código (estaba en Herejía), nadie sospechara que el cargamento del petrolero había sido elegido como objetivo.

—Eres la ocupante más apreciada de mi corazón, queridísima Cassandra —escribió Oliver—, aunque en qué cámara resides ahora es algo que no sé.

A las 1115 horas, el oficial de radio del Enterprise, un actor latino escuálido llamado Henry Ramírez, introdujo la carta de Oliver en el Mitsubishi-7000. A las 1116, un mensaje apareció en la pantalla del ordenador concomitante.

TRANSMISIÓN INTERRUMPIDA — PERTURBACIONES ATMOSFÉRICAS EN EL PUNTO DE RECEPCIÓN.

—¿Mal tiempo? —preguntó el intérprete de Spruance.

—Hoy no hay tormentas en ninguna parte del Atlántico Norte —respondió Ramírez.

Una hora después, el oficial de radio volvió a intentarlo. TRANSMISION INTERRUMPIDA — PERTURBACIONES ATMOSFÉRICAS EN EL PUNTO DE RECEPCIÓN. Después hizo un tercer intento. TRANSMISIÓN INTERRUMPIDA — PERTURBACIONES ATMOSFÉRICAS EN EL PUNTO DE RECEPCIÓN.

Sin embargo, no era una «perturbación atmosférica» de verdad, decidió Oliver; era algo mucho más siniestro. Era la Nueva Edad de las Tinieblas, que se extendía por el planeta y esparcía su ignorancia impenetrable por todas partes, como el petróleo que salía a borbotones del casco roto del Valparaíso y no había nada, absolutamente nada, que un simple ateo rico pudiera hacer al respecto.

Cassie agarró la bitácora de la brújula y la abrazó con la desesperación de una vagabunda borrachina que recupera el equilibrio con la ayuda de una farola. Ya no lograba imaginarse cómo era tener la cabeza clara, no recordaba un tiempo en el que moverse, respirar o pensar hubiera sido algo sencillo. Cogiéndose el vientre inflamado, se quedó mirando el radar de doce millas. Niebla, siempre niebla, como la emisión de un canal de televisión por cable demente, dedicado a la anomia y al miedo existencial, el canal Malestar.

De pronto, ahí estaba el padre Thomas, ofreciéndole una mano en forma de cuenco. Tenía un montón de Cheerios (sin duda, de los que le correspondían del racionamiento), en la palma de la mano. Su generosidad no la sorprendió. El día anterior, le había visto inclinarse por encima de la barandilla de estribor del Val y, en un acto benevolente y prohibido, tirar un puñado de percebes para los pobres desgraciados que gemían en la ciudad de las chabolas.

—No me los merezco.

—Come —ordenó el sacerdote.

—Ni siquiera se supone que debería estar en este viaje.

—Come —repitió.

Cassie comió.

—Es usted una buena persona, padre.

Pasó la mirada nublada por el radar de doce millas, por el radar de quince millas y por el terminal Marisat, y se concentró en la playa. Marbles Rafferty y Lou Chickering estaban saliendo de la Juan Fernández, tras acabar de regresar de otra búsqueda marina evidentemente desastrosa. Saltaron a las olas y, después de recoger el equipo de pesca, caminaron hasta la costa.

—Ni siquiera una cámara de neumático vieja —suspiró Sam Follingsbee, desplomado sobre la consola de control—. Qué lástima, tengo una receta fantástica para hacer caucho vulcanizado con salsa de crema.

—Cállate —dijo Crock O’Connor.

—Si al menos hubieran encontrado una o dos botas. Probaríais mi cuir tartare.

—He dicho que te calles.

Cogiendo el ejemplar de Historia del tiempo del difunto Joe Spicer que había sobre el Marisat, Cassie se lo metió debajo del cinturón de cuero que Lou Chickering le había prestado. Como por arte de magia, pareció que el libro le aliviaba los dolores de estómago. Cojeó hasta el cuarto de radiotelegrafía.

Lianne Bliss estaba sentada fielmente en su puesto. El puño sudoroso sujetaba el micrófono de onda corta.

—… el vapor Carpco Valparaíso —murmuraba—, treinta y siete grados, quince minutos, al norte…

—¿Hay suerte?

La oficial de radio se arrancó los auriculares. Tenía las mejillas hundidas, los ojos inyectados de sangre; parecía una fotografía antigua de sí misma, un daguerrotipo o un grabado a media tinta, gris, descolorido y arrugado.

—A veces oigo algo, parte de programas deportivos de los Estados Unidos, informes meteorológicos de Europa, pero no logro comunicar. Es una pena que los marineros no estén aquí. Hay grandes noticias. Los Yankees van los primeros. —Lianne se volvió a poner los auriculares y se inclinó hacia el micrófono—. Treinta y siete grados, quince minutos, al norte. Dieciséis grados, cuarenta y siete minutos, al oeste. —Se quitó los auriculares otra vez—. Lo peor son los gemidos, ¿no crees? Esos pobres desgraciados. Al menos a nosotros nos dan las hostias para comulgar.

—Y los bálanos.

—Los bálanos me cuestan mucho. Los como, pero me cuesta.

—Lo entiendo —Cassie rozó la diosa del mar de los bíceps de Lianne—. La última vez que estuve en un aprieto así…

—¿Las rocas de Saint Paul?

—Así es. Me comporté de manera vergonzosa, Lianne. Recé para que Dios me librara.

—No te preocupes, cielo. Yo en tu lugar habría hecho lo mismo.

—En las trincheras no hay ateos, dicen, y es tan cierto, tan jodidamente cierto. —Cassie tragó saliva, saboreando el regusto de los Cheerios—. No… no, estoy siendo demasiado dura conmigo. Esa máxima no es un argumento contra el ateísmo, sino contra las trincheras.

—Exacto.

Un marea fría y gris le inundó la mente a Cassie.

—Lianne, hay algo que deberías saber.

—¿Sí?

—Creo que estoy a punto de desmayarme.

La oficial de radio se levantó de la silla. Movió la boca, pero Cassie no oyó ninguna palabra.

—Ayúdame… —murmuró Cassie.

La marea formó una cresta y se estrelló contra su cráneo. Se deslizó hacia abajo lentamente, a través del suelo del cuarto de radiotelegrafía… a través de la superestructura… de la cubierta de barlovento… del casco… de la isla… del mar.

Se hundió en la profundidad verde.

En el silencio denso.

—Esto es para ti.

Una voz profunda, más profunda incluso que la de Lianne.

—Es para ti —repitió Anthony, pasándole una rodaja de queso americano rancio, con las esquinas arrugadas y el centro habitado por una mancha de moho verde.

Ella parpadeó.

—¿He estado… inconsciente?

—Sí.

—¿Mucho tiempo?

—Una hora. —El tigre de Exxon sonreía desde la camiseta de Anthony—. Sam y yo acordamos que a la primera persona que se desmayara le tocaría la ración de emergencia. No es mucho, doctora, pero es tuya.

Cassie dobló la rodaja en cuatro partes, se metió el montón irregular en la boca y lo engulló, agradecida.

—G-gracias…

Se levantó de la litera. El camarote de Anthony era el doble de grande que el suyo, pero estaba tan abarrotado de cosas que parecía estrecho. Había libros y revistas esparcidos por todas partes, un tomo de Las obras completas de Shakespeare de Pelican en el escritorio, una pila de Diarios meteorológicos del marino en el lavabo, un Manual de Carpco y un Chicas de Penthouse en el suelo. Había un cuaderno de espiral en la mesa, cuya portada mostraba un retrato pintado con aerógrafo de Popeye el marino.

—Tomarás un poco, ¿no? —preguntó Anthony, enseñándole una botella medio vacía de Monte Alban. MEZCAL CON GUSANO, decía la etiqueta. Sin esperar una respuesta, echó un poco en dos tazas de cerámica de Arco.

—Es un calvario ser bióloga. Sé demasiado. —Como los dolores empezaban otra vez, Cassie apretó la mano contra el Historia del tiempo que llevaba sujeto con el cinturón—. Las grasas fueron las primeras en desaparecer y ahora son las proteínas. Casi siento cómo los músculos se me están deshaciendo, crujiendo, partiendo. El nitrógeno flota sin trabas, se desparrama por nuestra sangre, por los riñones…

El capitán tomó un sorbo largo de mescal.

—¿Por eso la orina me huele a amoníaco?

Ella asintió con la cabeza.

—El aliento también me apesta —dijo, pasándole una taza de Arco.

—Cetosis. El olor de la santidad, solían llamarlo, en la época en que la gente ayunaba por Dios.

—¿Cuánto falta para que…?

—Depende un poco de cada uno. Los tipos grandes como Follingsbee podrían durar otro mes. Rafferty y Lianne, cuatro o cinco días, quizás.

El capitán apuró el mescal.

—Este viaje empezó tan bien. Mierda, incluso pensé que le salvaríamos el cerebro. Ya debe de ser picadillo, ¿no crees?

—Es muy probable.

Anthony se sentó detrás de la mesa, volvió a llenarse la taza y sacó un sextante dorado de entre las cartas de navegación y las tazas de café de espuma de poliestireno.

—¿Sabes, doctora? Voy lo bastante contento como para decirte que creo que eres una mujer increíblemente atractiva y absolutamente maravillosa.

El comentario despertó en Cassie una extraña conjunción de placer y aprensión. Se acababa de abrir una puerta al caos y ahora sería mejor que la cerrara de un golpe.

—Me siento halagada —respondió, tomándose un trago caliente de Monte Alban—. No olvidemos que estoy casi comprometida.

—Yo estuve casi comprometido una vez.

—¿Ah, sí?

—Sí. Janet Yost, una contramaestre de Embarcaciones Chevron. —El capitán divisó a Cassie a través del sextante; una sonrisa lasciva le torció los labios, como si, de algún modo, el instrumento le hubiera vuelto la blusa transparente—. Nos acostamos durante casi dos años, transportando cargas desde Alaska. Una o dos veces hablamos de boda. Por lo que a mí respecta, era mi novia. Luego se quedó embarazada.

—¿De ti?

—Aja.

—¿Y…?

—Y me acojoné. Un bebé no es el mejor modo de empezar un matrimonio.

—¿Le pediste que abortara?

—No con tantas palabras, pero ella sabía cuál era mi opinión. Yo no estoy hecho para la paternidad, Cassie. Mira a quién tengo por modelo. Es como un cirujano que aprende el oficio de Jack el Destripador.

—Quizá podrías haber… buscado por ahí, ¿no? Conseguido un poco de orientación.

—Lo intenté, doctora. Hablé con marinos que tenían hijos, caminé hasta esa tienda de juguetes tan grande del norte de la ciudad, F.A.O. Schwarz, y compré uno de esos muñecos tan realistas, para llevármelo a casa y sostenerlo mucho en brazos. Me dio bastante vergüenza comprarlo, te lo aseguro, como si fuera una especie de accesorio sexual. Y, bueno, no nos olvidemos de los viajes que hice al hospital Saint Vincent’s con el propósito de estudiar a los recién nacidos y ver qué tipo de criaturas eran. ¿Te das cuenta de lo fácil que es entrar a hurtadillas en la sala de maternidad? Actúa como un tío y ya está. Ninguna de estas gilipolleces funcionó. Hasta el día de hoy, los bebés me asustan.

—Estoy segura de que podrías superarlo. Alexander pudo.

—¿Quién?

—Una rata de Noruega. Cuando le obligué a que viviera con sus crías, empezó a cuidarlas. Los caballitos de mar también son buenos padres. Y los lumpos. ¿Janet abortó?

—No fue necesario. La madre Naturaleza intervino. Cuando me di cuenta, también habíamos perdido nuestra relación. Una época espantosa, peleas terribles. Una vez me tiró un sextante, así es como me rompí la nariz. Después de aquello, procuramos estar en barcos separados. Quizá sólo estábamos bien de noche. No tuve noticias suyas durante tres años enteros, pero entonces, cuando el Val chocó contra el arrecife Bolívar, me escribió para decirme que sabía que no era culpa mía.

—¿Fue culpa tuya?

—Abandoné el puente.

Apretando los dientes, Cassie apoyó ambas manos contra Historia del tiempo y preguntó:

—¿Encontraremos comida ahí fuera?

—Y tanto, doctora. Te lo garantizo. ¿Estás bien?

—Grogui. Dolores abdominales. Supongo que no tienes más queso.

—Lo siento.

Cassie se estiró sobre la alfombra. El cerebro se le había convertido en una esponja, una Polymastia mamillaris que chorreaba Monte Alban. Había una nube de mescal entre su psique y el mundo, flotando en el espacio como una gasa de teatro, iluminada por detrás, con estrellas titilantes impresas. Un guacamayo escarlata volaba por las constelaciones, el mismo pájaro que había prometido comprarle a Anthony cuando estuvieran en casa, y de pronto estaba mudando de plumas, una por una, hasta que sólo quedó la piel desnuda y viva, huesuda, blanda y comestible.

Pasaron los minutos. Cassie se durmió, se despertó, se durmió…

—¿Me estoy muriendo? —preguntó.

Ahora Anthony estaba sentado junto a ella, con la espalda apoyada contra la mesa, acunándola en sus brazos desnudos y sudorosos. Su sirena tatuada parecía anoréxica. Despacio, extendió la palma de la mano, la línea de la vida bisecada por tres objetos que parecían galletas saladas con forma de palotes gruesos y pequeños.

—No morirás —dijo él—. No dejaré que nadie muera.

—¿Galletas saladas?

—Gusanos encurtidos de mescal. Gaspar, Melchor, Baltasar.

—¿G-gusanos?

—Todo carne —insistió, llevándole lánguidamente a Gaspar, o quizá era Melchor o tal vez Baltasar, a la boca. La criatura era rubísima y estaba segmentada: se dio cuenta de que no era un gusano auténtico, sino la larva de alguna polilla mexicana—. Frescos de Oaxaca.

—Sí. Sí. Bien.

Con cuidado, Anthony introdujo a Gaspar. Ella sorbió, el reflejo de supervivencia más viejo, mojándole los dedos al capitán, empapando su larva. Sonrió lleno de satisfacción, una complacencia similar a la que una madre experimenta al amamantar —nada mal, decidió ella, para un hombre que había sido presa del pánico ante el embarazo de su novia—. Hizo trabajar la mandíbula. Gaspar se desintegró. Tenía un sabor sin refinar, agudo, medicinal, una mezcla de mescal crudo y entrañas de Lepidoptera.

—Dime lo que me has dicho antes —dijo Cassie—. Eso de que yo era… ¿cómo lo dijiste?… «una mujer maravillosamente atractiva…»

Le dio a Melchor.

—Una mujer increíblemente atractiva…

—Sí —ella devoró la larva—. Eso.

Entonces le tocó a Baltasar.

—Creo que eres una mujer increíblemente atractiva y absolutamente maravillosa —Anthony le informó por segunda vez aquel día.

Mientras Cassie masticaba, una ligera sensación de bienestar se apoderó de ella, fugaz pero real. El trigo de General Mills, el queso de Kraft, los gusanos de Oaxaca. Se lamió los labios y se dejó llevar por el sueño. La fe no existía a bordo del Carpco Valparaíso, ni la esperanza tampoco, pero de momento, al menos, había caridad.

Fuera cual fuese la causa de que el Valparaíso no apareciese en las aguas árticas, Oliver no pudo evitar darse cuenta de que la Sociedad de Recreación de la Segunda Guerra Mundial se estaba beneficiando mucho del retraso. Según el contrato que la Liga de la Ilustración había firmado con Pembroke y Flume, cada marinero, piloto y artillero tenía que recibir «sueldo de combate» por cada día que sirviera a bordo del portaaviones. No era que los hombres no se lo ganaran. Sus comandantes les hacían trabajar día y noche, como si estuvieran en guerra. Sin embargo, Oliver se sentía resentido. Su dinero, decidió, era como los pechos grandes de Cassie. Durante todo el instituto, ella nunca supo con certeza por qué la invitaban a salir constantemente, o, mejor dicho, lo había sabido y no le gustaba. A una persona se la debería valorar por lo que daba, creía Oliver, no por lo que poseía.

El hombre bajo y feo que interpretaba al capitán de corbeta Wade McClusky, el oficial al mando del Grupo Aéreo Seis, exigía que sus dos escuadrones realizaran dos misiones de práctica al día, lanzando bombas de madera y torpedos de espuma de poliestireno a los icebergs del fiordo Tromso. Mientras, el tipo que hacía de capitán del portaaviones, un irlandés fornido con un bigote de puntas retorcidas, hacía que sus hombres mantuvieran la cubierta de vuelo completamente despejada de hielo y de nieve, incluso durante aquellas horas en las que los aviones de combate no efectuaban sus vuelos rutinarios. Para los marineros atribulados del capitán George Murray, la guardia de combate a bordo del Enterprise era como vivir en un infierno de un barrio residencial, un mundo en el que el camino de entrada de tu casa medía trescientos metros y había que espalarlo incluso en pleno verano.

Una hora después de que la nonagésima misión consecutiva de PBY no encontrara al Valparaíso, Pembroke y Flume llamaron a Oliver a su camarote. Durante la Segunda Guerra Mundial, esas dependencias espaciosas habían hecho las veces de sala de oficiales, pero los empresarios teatrales las habían convertido en una suite de dos dormitorios con un salón amueblado con miras a una ostentación de la época victoriana tardía.

—La tripulación se está irritando —empezó Albert Flume, guiando a Oliver hacia un diván lujoso que recordaba al sofá del Odalisque de Delacroix.

—Nuestros pilotos y artilleros se están volviendo locos. —Sidney Pembroke desenvolvió una imitación de barra de caramelo Baby Ruth de alrededor del año 1944—. Si no pasa algo pronto que mejore la moral, pedirán que les enviemos a casa.

—Es decir, querríamos empezar a conceder permisos para bajar a tierra a los muchachos.

—Con sueldo de combate.

Oliver les lanzó una mirada furiosa y apretó los puños.

—¿Permiso para bajar a tierra? ¿Adónde? ¿A Oslo?

Flume negó con la cabeza.

—No hay modo de llevarles allá. Los PBY están ocupados con el reconocimiento y no podemos contratar pilotos de avionetas sin llamar la atención.

—Anoche nos dimos una vuelta por la ciudad de Ibsen —dijo Pembroke—. Un sitio aburrido en general, pero aquel Bar Sundog tiene posibilidades.

Oliver frunció el ceño.

—No es más que un hangar viejo para aviones.

—Te lo diremos sin rodeos —dijo Pembroke, devorando alegremente su barra de caramelo—. Suponiendo que estés dispuesto a financiarnos, Alby y yo tenemos intención de convertir el Sundog en un clásico Club de la Organización de los Servicios Unidos. Ya sabes, un segundo hogar, un lugar donde los chicos puedan conseguir un sandwich gratis, bailar con una cabaretera guapa y oír a Kate Smith cantar God Bless America.

—Si lo que vuestra gente quiere es entretenimiento —dijo Oliver—, Barclay hace un número de mago de puta madre. El año pasado salió en el programa Tonight, y dejó en ridículo a curanderos que usaban la oración y la fe.

—¿Dejó en ridículo la oración y la fe? —Flume abrió la nevera, sacó una Rheingold y la abrió—. ¿Qué es, un ateo?

—No, en absoluto.

—No pretendemos menospreciar las aptitudes de tu amigo —dijo Pembroke—, pero nos imaginábamos algo más del estilo de Jimmy Durante, Al Jolson, las Andrews Sisters, Bing Crosby…

—¿Esa gente no está muerta?

—Sí, pero no es tan difícil encontrar a imitadores.

—También importaremos a un grupo de mujeres jóvenes y atractivas para trabajar en la sala —dijo Flume—. Ya sabes, el tipo de chica agradable, sencilla y normal que reparte cigarrillos, se ofrece a bailar y quizá deja que le des un beso furtivo o dos.

—Nada de jovencitas tontas, por supuesto —dijo Pembroke—. Chicas sanas, que aspiren a ser reconocidas como actrices y que sepan que hay algo más en la vida que bares de topless y concursos de camisetas mojadas.

—Ahora mismo son las tres de la madrugada en Manhattan —dijo Flume—, pero si empezamos a llamar hacia la hora de la cena podremos ponernos en contacto con las agencias de talentos pertinentes.

—¿De verdad creéis que el actor medio de Nueva York dejará lo que este haciendo para coger el primer avión a Oslo? —preguntó Oliver.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque para el actor medio de Nueva York —dijo Flume, tragando Rheingold—, que le paguen un sueldo de la escala salarial para imitar a Bing Crosby en una isla recóndita del océano Ártico es lo más cerca que ha estado de un trabajo en muchos años.

27 de agosto.

En la entrada que hice el 14 de julio, te expliqué lo que oí, vi y sentí la primera vez que puse los ojos en nuestro cargamento. Para mi regocijo más absoluto, Popeye, no fue nada comparado con mi segunda epifanía.

A las 0900 estaba fuera de la timonera, con los prismáticos alzados, viendo a los amotinados echados por las calles de su ciudad de chabolas. Hasta aquel momento, no me había dado cuenta de lo mucho que importan nuestras débiles raciones. Nosotros, al menos, nos podemos mover.

Una fragancia fuerte pasó flotando por el ala del puente. Entonces: un tamborileo bajo y profundo. Me giré hacia la playa.

Y ahí estaba, el promontorio glorioso de la nariz de Dios, alzándose a lo lejos como el mismo Monte del Sinaí. Mi migraña se desvaneció. El corazón me dio un vuelco. El tamborileo continuaba, el bum-bum-bum constante de las olas chocando contra Las axilas.

Si este cambio asombroso se debe básicamente a rachas de vientos aislados, a corrientes poco convencionales, a la teoría del caos o a una forma póstuma de intervención divina es algo que, la verdad, no sé.

Sólo sé que Él ha vuelto.

Después de un examen de conciencia considerable y de mucha agonía mental, Thomas decidió empezar por el pecho. Dada su inmensidad, argumentó, mutilar este rasgo constituiría una violación menor que un asalto igual en la frente o en las mejillas. Incluso así, no estaba en paz consigo mismo. La ética situacional siempre le había dado que pensar. Si el Valparaíso no se hubiera quedado sin comunicación con el mundo exterior, no había duda de que Thomas habría enviado un fax a Roma, solicitando las opiniones oficiales de los cardenales sobre la deofagia.

El capitán y las ocho personas que le eran leales hicieron la travesía en la Juan Fernández y, tras maniobrar junto a las costillas de estribor, desembarcaron en el muelle inflable. Se echaron las mochilas y petates diversos al hombro, subieron como pudieron la escalera de Jacob y, con Van Horne a la cabeza, empezaron la caminata mareante hacia el este, a través de la clavícula, y hacia el sur, a lo largo del esternón. De los cinturones de los leales colgaban cacharros como si fueran llaves gigantes de calabozo; su sonido metálico hacía de contrapunto al estruendo que salía retumbando de las axilas.

Al fin llegaron al borde de la areola, un prado rojo y carnoso sobre el que predominaba la forma alta y como un pilar del pezón. Thomas se detuvo, se giro, se quitó el panamá. Le pidió a los fieles que se sentaran. Todos obedecieron, incluso Van Horne, aunque el capitán guardó las distancias, y se recluyó a la sombra de un lunar.

Thomas abrió su mochila y sacó el equipo sagrado: candelabros, cáliz, copón, bandeja de plata, frontal (la joya de su colección, de seda pura, impreso con el Vía Crucis). Los fieles esperaban el sacramento ansiosa pero respetuosamente, todos excepto Van Horne y Cassie Fowler, a quienes se les veía muy fastidiados. «Ocho comulgantes», pensó Thomas con una sonrisa irónica, lo máximo que había tenido en una misa en el Valparaíso, tanto antes como después de que la muerte de Dios se conociera a bordo del petrolero.

La hermana Miriam metió la mano en su petate y sacó el altar: un altar de ética situacional, tuvo que admitir Thomas, ya que en realidad era una cocina Coleman que funcionaba con gas propano. Mientras Miriam desdoblaba las patas de aluminio y las clavaba en la epidermis blanda, Thomas extendió el frontal como una manta para un picnic y sujetó las esquinas con candelabros.

—¿No puede ir más deprisa? —rezongó Fowler.

—Hace lo que puede —dijo Miriam bruscamente.

Cuando Sam Follingsbee le pasó a la monja un cuchillo de trinchar eléctrico, Crock O’Connor le dio una de las motosierras sumergibles que había usado para abrirle los tímpanos a Dios y ella, a su vez, le pasó estos instrumentos a Thomas. Con el fin de ir más rápido, eligió prescindir de los preliminares normales —la incensación de los fieles, el Lavabo, el Orate Fratres, la lectura de los dípticos—, e ir directamente al asunto de la Deconsagración. Pero aquí se quedó encallado. No había ningún antídoto para la transubstanciación en el misal, ningún procedimiento reconocido para volver a convertir el cuerpo divino en pan diario. Quizá bastaría simplemente con invertir las famosas palabras de la Ultima Cena: Accipite et manducate ex hoc omnes, hoc est enim corpus Meum. «Tomad y comed, éste es mi cuerpo». «Muy bien —pensó—. Seguro. ¿Por qué no?»

Thomas se agachó. Tiró de la cuerda de arranque. La motosierra se encendió al instante, zumbando como un avispón de una película de terror. Salían nubes de humo negro de la caja protectora del motor. Gimiendo en voz baja, el sacerdote bajó la sierra, la cogió con más fuerza y la clavó en su Creador.

Apartó la sierra bruscamente.

—¿Qué pasa? —dijo Miriam con la voz entrecortada.

Sencillamente, no estaba bien. ¿Cómo podía estarlo?

—Es mejor morirse de hambre —murmuró.

—Tom, tienes que hacerlo.

—No.

—Tom.

Bajó la sierra otra vez. Los dientes, girando, mordieron la carne, soltaron un chorro de plasma rosado.

Alzó la sierra.

—Deprisa —bramó Lou Chickering.

—Por favor —gimió Marbles Rafferty.

Volvió a meter con cuidado la máquina humeante en la herida. Lánguido, renuente, arrastró la hoja a lo largo de una trayectoria horizontal. Entonces hizo un segundo corte, en ángulo recto con el primero. Un tercer corte. Un cuarto. Pelando la zona de la epidermis, insertó la sierra hasta la caja protectora y empezó la búsqueda de carne de verdad.

Pleni sunt caeli et terra gloria Tita —recitaba Miriam mientras preparaba el altar. «El cielo y la tierra están llenos de tu gloria». Abrió una caja de cerillas de cocina Diamond, encendió una, protegió con las manos la llama vulnerable y encendió el quemador de la izquierda—. Hosanna in excelsis. —Thomas se dio cuenta de que, por instinto, estaban optando por el modo solemne: una Eucaristía del viejo estilo, en latín y todo.

La niebla silbó al tocar el fuego. Miriam cogió la sartén de hierro de cuarenta y cinco centímetros de Follingsbee y la puso encima del quemador.

Meum corpus enim est hoc —murmuró Thomas, cortando y haciendo tajadas mientras desacralizaba los tejidos—, omnes hoc ex manducate et acci pite. —Cuando la sangre densa y magenta manó a borbotones hasta la superficie, Miriam cogió el cáliz, se arrodilló y recogió varios litros—. Omnes eo ex bibite et accipite —dijo el sacerdote, filtrando la santidad de la sangre. Siguió trabajando con la sierra, soltando al fin una muestra de carne de tres libras. Tenía que ser así. No existía otra opción. Si no lo hacía él, lo haría Van Horne.

Apagó la hoja vibrante, llevó el filete al altar y lo dejó caer en la sartén. La carne chisporroteó; los jugos rosados salían de lo más profundo de su interior. Surgió una fragancia maravillosa, el aroma dulce de la divinidad dorada a fuego vivo, que hizo que a Thomas se le hiciera la boca agua.

—Ya está hecha —dijo Cassie Fowler, furiosa—. Ya está hecha, joder.

—Paciencia —gruñó Miriam.

—Me cago en la hostia marina…

Pasaron sesenta segundos. Thomas cogió la espátula y le dio la vuelta al filete. Una cuestión de equilibrio: debía cocerlo el tiempo suficiente para matar los agentes patógenos, pero no tanto como para destruir las proteínas valiosísimas que sus cuerpos pedían a gritos.

—¿Qué toca ahora? —preguntó Van Horne con un bufido.

—El fragmento de la Hostia —respondió Miriam.

—A la mierda —le espetó él.

—A la mierda tú —le contestó ella.

Thomas deslizó la espátula por debajo de la carne y la pasó a la bandeja de plata. Respiró y, encendiendo el cuchillo de trinchar, dividió el gran bistec en nueve porciones iguales, cada una del tamaño de un pastelillo.

Haec commixtio —dijo, cortando un pedacito de su parte— corporis et sanguinis Dei. —Hizo la Señal de la Cruz con la partícula encima del cáliz y la dejo caer dentro—. Fiat accipientibus nobis. —«Esta conmixtión del Cuerpo y de la sangre de Dios sea para los que vamos a recibirla»—. Amén.

—Deje de alargarlo —balbuceó Fowler, con la voz entrecortada.

—Esto es sádico —gimió Van Horne.

—Si no os gusta —dijo Miriam—, encontrad otra iglesia.

Apretando su porción entre el pulgar y el índice, sintiendo como el calor pegajoso le corría por la palma de la mano, Thomas se la llevó a los labios. Abrió la boca.

Perceptio corporis Tui, Domine, quod ego indignus sumere praesumo, non mihi proveniat in condemnationen.

«La participación de vuestro Cuerpo, oh Señor, que yo indigno me atrevo a recibir, no sea para mí motivo de condenación». Hundió los dientes en la carne. Masticó despacio y engulló. El sabor le dejó estupefacto. Esperaba algo manifiestamente elegante y valioso —carne asada al estilo de Londres, quizá, o ternera alimentada con leche—, pero en cambio evocaba la versión de Follingsbee del Big Mac.

Entonces el sacerdote pensó: claro. Dios había existido para todos, ¿no? Había pertenecido a las multitudes de la comida rápida, a todas aquellas madres obesas que Thomas siempre veía en el McDonald’s de la avenida Bronxdale, pidiendo Happy Meals para su prole gordinflona.

Corpus Tuum, Domine, quod sumpsit, adhaereat visceribus meis —dijo. «Vuestro Cuerpo, Señor, que he recibido, permanezca estrechamente unido a mis entrañas». Sintió un arranque súbito y eléctrico, aunque no sabía si se debía a la carne en sí o a la Idea de la Carne—. Amén.

Una miríada de sensaciones retozaron entre sus papilas gustativas cuando, con la bandeja de plata en la mano, se acercó a Follingsbee. Más allá del gusto de hamburguesa había algo que no era distinto al Pollo Frito de Kentucky y más allá había indicios de una Triple de Wendy’s.

—Padre, esto me sabe mal.

—Estoy seguro de que podrías haberlo cocinado mejor. No se lo digas al sindicato de cocineros.

Follingsbee se estremeció.

—Yo fui monaguillo, ¿recuerda?

—No hay ningún problema, Sam.

—¿Lo promete? Parece pecaminoso.

—Lo prometo.

—¿Está bien? ¿Seguro?

—Abre la boca.

El chef separó los labios.

Corpus Dei custodiat corpus tuum —dijo Thomas, introduciendo la porción de Follingsbee. «El Cuerpo de Dios guarde tu cuerpo»—. Come despacio —le advirtió— o te pondrás enfermo.

Mientras Follingsbee masticaba, Thomas siguió por la cola, Rafferty, O’Connor, Chickering, Bliss, Fowler, Van Horne, la hermana Miriam, colocando una porción en cada lengua.

Corpus Dei custodiat corpus tuum —les decía—. No demasiado rápido —advertía.

Los comulgantes hacían trabajar las mandíbulas y tragaban.

Domine, non sum dignus —recitó Miriam, lamiéndose los labios. «Señor, yo no soy digno».

Domine, non sum dignus —dijo Follingsbee, con los ojos cerrados, saboreando su salvación.

Domine… non… sum… dignus —murmuró Bliss con voz quejumbrosa, temblando de asco hacia sí misma. Para una vegetariana comprometida como Lianne Bliss, aquello era obviamente un suplicio terrible.

Domine, non sum dignus —dijeron Rafferty, O’Connor y Chickering al unísono. Sólo Van Horne y Fowler permanecieron callados.

Dominus vobiscum —Thomas le dijo a los fieles, pisando la areola.

Bajo la dirección del capitán los leales sacaron sus machetes, estiletes y navajas suizas y se pusieron manos a la obra, agrandando de forma sistemática la hendidura original a medida que trinchaban más filetes para sus camaradas de la ciudad de las chabolas y, una hora después, habían desollado el cuerpo lo bastante para llenar todas las cazuelas y sartenes.

—Huele a maduro —comentó Van Horne, apretándose la nariz al unirse a Thomas en la areola.

—Cuando no a podrido —reconoció el sacerdote, viendo cómo Miriam embutía un filete sangriento en el copón.

—Sabe, es probable que crea en Él más fervientemente ahora mismo que cuando estaba vivo. —El capitán dejó caer la mano y abrió los orificios nasales—. Es un puro milagro, ¿no cree?

—No sé qué es. —Abanicándose con el panamá, Thomas se volvió hacia los comulgantes.

—Eso o su cuerpo quedó atrapado en la cresta de la corriente de las Canarias, entró en la corriente del Atlántico Norte…

Ite —Thomas anunció en una voz fuerte y clara.

—… y luego volvió al punto de partida.

—Missa est.

—¿Y usted qué cree, padre? ¿Un milagro o la corriente del Atlántico Norte?

—Creo que todo es la misma cosa —dijo el sacerdote aturdido, exhausto y saciado.

Festín

Aplausos frenéticos y vítores delirantes le dieron la bienvenida a Bob Hope cuando éste, vestido con un uniforme verde y ancho de faena y una gorra blanca de golf, salió al escenario de la Cantina del Sol de Medianoche. El foco le alcanzó la nariz famosa y compleja, pintando su contorno adorado.

—Os aseguro que me lo estoy pasando de fábula aquí en la isla de Jan Mayen —empezó el humorista, saludando con la mano a su público: ciento treinta y dos pilotos y artilleros de la Marina, la mayoría de ellos con cazadoras de aviador marrón oscuro con cuellos de piel negra, más doscientos diez marineros con lepantos blancos y pañuelos azules atados al cuello—. Todos sabéis qué es Jan Mayen. —Dio unos golpecitos al micrófono de la pista, produciendo un toc amplificado—. ¡El paraíso terrenal con carámbanos!

Los militares aullaron para mostrar su acuerdo. Risotadas de alegría.

Oliver, sentado solo, no se rió. Se pulió su segunda cerveza Frydenlund de la noche, eructó y se arrellanó aún más en la silla. Una tragedia terrible, estaba seguro, les había ocurrido a Cassandra y al Valparaíso. Un tifón, una vorágine, un tsunami, o quizá la fuerza era humana, ya que sin duda había otras instituciones además de la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste que deseaban quitar de en medio a la carcasa de Dios; instituciones que no vacilarían en hundir un superpetrolero o dos para conseguirlo.

Albert Flume y su compañero se acercaron tranquilamente a la mesa de Oliver.

—¿Te importa si nos sentamos aquí?

—Adelante.

—¿Otra cerveza? —preguntó Sidney Pembroke, señalando el par de botellas vacías.

—Sí, ¿por qué no?

—Anoche dormí en el cuartel con los muchachos —dijo Bob Hope. Con las manos en los bolsillos, se inclinó hacia el micrófono—. Ya sabéis qué es el cuartel. Dos mil catres separados por juegos de dados individuales.

Un clásico de Hope. Los pilotos, los artilleros y los marineros casi se caían de las sillas.

—Alby, lo hemos hecho bien —dijo Pembroke.

—No hay duda de que es una de nuestras mejores producciones —aseguró Flume—. ¡Eh, chica de mis sueños! —llamó a una cabaretera guapa, con el pelo rubio miel, cuando ésta, meneando las caderas, llevaba una fuente de sandwiches de jamón al otro lado de la sala—. ¡Tráele a nuestro amigo Oliver una Frydenlund!

En realidad, el orgullo de los empresarios teatrales estaba justificado. En apenas tres días se las habían arreglado para convertir el Bar Sundog en un club de la Organización de los Servicios Unidos de los años cuarenta. A excepción de que se podía conseguir cerveza, la Cantina del Sol de Medianoche era del todo auténtica, hasta los altavoces ondulados en las vigas, el letrero de SÓLO MILITARES que había sobre la puerta principal y los pósters LOS LABIOS INDISCRETOS HUNDEN BARCOS Y NIMITZ NO TIENE LÍMITES de las paredes. Al principio, Vladimir Panshin se había opuesto a la transformación, pensando que su clientela habitual estaría furiosa, pero entonces se dio cuenta de que por cada científico de la ciudad de Ibsen que no acudiera al menos dos miembros de la Sociedad de Recreación ocuparían su lugar.

El acondicionamiento le había costado a Oliver casi ochenta y cinco mil dólares, casi todo en los carpinteros y en los electricistas que habían traído de Trondheim, pero esa suma no era nada comparada con el porcentaje considerable de su cuenta bancaria que Pembroke y Flume habían consumido para conseguir a la gente con talento. La oficina del sindicato de actores de Nueva York había enviado a unas veinte ingenuas y coristas, todas más que dispuestas a ponerse delantales de cóctel y flirtear con una panda de esquizofrénicos de mediana edad que creían que estaban combatiendo en la Segunda Guerra Mundial. De la Agencia William Morris habían venido Sonny Orbach y sus Harmonicoots, dieciséis músicos septuagenarios que, cuando estaban lo bastante borrachos de Frydenlund, se convertían en una auténtica reencarnación de la orquesta de Glenn Miller. No obstante, el verdadero golpe maestro de los empresarios teatrales fue localizar a los increíblemente talentosos y desconocidos crónicos Hermanos Kovitsky: Myron, Arnold y Jake, alias la Gran Máquina de la Nostalgia Americana (imitadores del circuito del borscht cuyo repertorio se extendía más allá de opciones obvias como Bob Hope y Al Jolson llegando al mundo enrarecido de la imitación femenina). Myron hacía una Kate Smith de primera clase, Arnold una Marlene Dietrich creíble, Jake una Ethel Merman pasable y una Frances Langford decididamente extraña. Fusionando sus falsetes en una armonía tensa de tres partes, los Hermanos Kovitsky podían hacerle jurar a uno que estaba oyendo a las Andrews Sisters cantando Don’t Sit Under the Apple Tree (with Anyone Else but Me).

Oliver se miró el reloj. Las cinco de la tarde. Maldita sea. El intérprete del comandante Wade McClusky debería haberse presentado hacía más de una hora.

—Sabéis, hace unos días comprendí que en realidad el general Tojo pide poco —bromeó Hope—. Un poco de China, un poco de Australia, un poco de Filipinas…

Según él mismo, Wade McClusky era un as divisando objetivos. Cuando aún era alférez, se le conocía como el hombre que podía reconocer una fábrica de aviones camuflada, a tres millas de altura, aunque Oliver no tenía muy claro si era el auténtico Wade McClusky, el auténtico intérprete de Wade McClusky o la versión llevada a la ficción del auténtico intérprete de Wade McClusky que se vanagloriaba de ese talento. En cualquier caso, diez horas antes, el robusto líder del Grupo Aéreo Seis se había encargado personalmente de la operación de reconocimiento, asumiendo el mando del hidroavión PBY de nombre codificado «Fresa Ocho». A Oliver le pareció que era un desarrollo prometedor. Así que, ¿por qué McClusky no había regresado todavía? ¿Llevaba el Valparaíso cañones Bofors después de todo? ¿Había sacado Van Horne a Fresa Ocho del cielo de un disparo?

Hope le hizo una señal a la preciosa y curvilínea Dorothy Lamour —Myron Kovitsky con peluca, maquillaje, traje de noche y pechos de látex—, para que viniera al escenario. Sonriendo, tirando besos, Lamour se deslizó desde el otro lado de la cantina, acompañada de coros de silbidos de admiración.

—Sólo quería que vierais por lo que estáis luchando, muchachos —otro clásico de Hope—. Ayer, Crosby y yo estábamos…

—¡Atención, todos! ¡Atención! —una voz sin aliento salió de los altavoces, saltando y silbando como una cerveza Moxie al encontrarse con un cubito de hielo—. ¡Les habla el almirante Spruance desde Enterprise! ¡Grandes noticias, soldados! ¡Hace apenas cuatro horas, dieciséis B-25 del ejército despegaron del portaaviones Hornet bajo el mando del teniente coronel James H. Doolittle y lanzaron unas cincuenta bombas destructoras en el centro industrial de Tokio!

Resonaron gritos y aplausos por toda la Cantina del Sol de Medianoche.

—¡No se conoce el alcance de los daños —continuó el intérprete de Spruance—, pero el presidente Roosevelt ha calificado el bombardeo aéreo de Doolittle como «un golpe importante a la moral del enemigo»!

Los recreadores de la guerra patearon el suelo. Desconcertadas pero buscando la aprobación de los soldados, las cabareteras dejaron sus bandejas de sandwiches y vitorearon.

—¡Eso es todo, soldados!

Cuando el tumulto se apagó, el foco giró hacia la esquina nororiental, justo cuando Sonny Orbach y sus Harmonicoots, de traje de etiqueta, se pusieron a interpretar con brío una imitación de Pistol Packin’ Mama de Glenn Miller. Levantándose de un salto, los clientes de la Cantina del Sol de Medianoche empezaron a bailar el jitterbug, juntos, con sus cabareteras y, en el caso de un artillero de cola increíblemente afortunado, con la misma Dorothy Lamour.

En la mesa de al lado, una cabaretera pelirroja alegre estaba ocupada en ganarse su sueldo compartiendo una Coca-Cola con un marinero macizo de cuarenta y pocos años.

—… no tendría que preguntarte adónde vas —estaba diciendo la cabaretera cuando Oliver sintonizó con su conversación.

—Así es —respondió el marinero—. Los japos tienen espías por todas partes.

—Pero sí puedo preguntarte de dónde eres.

—Georgia, señora. Un pueblecito llamado Peach Landing.

—¿De verdad?

—Newark, en realidad.

—Jolines, nunca había conocido a nadie de Georgia. —La cabaretera le hizo ojitos—. ¿Tienes novia, marinero?

—Y tanto, señora.

—¿Llevas su foto contigo, por casualidad?

—Sí, señora. —Con una sonrisa tímida, el marinero se sacó la cartera de sus pantalones acampanados, extrajo una fotografía pequeña y se la pasó a la cabaretera—. Se llama Mindy Sue.

—Parece un encanto, marinero. ¿Te la chupa?

—¿Qué?

A las 1815 horas, el rugido inconfundible de los motores Pratt y Whitney de un hidroavión PBY pasó sobre la Cantina del Sol de Medianoche, haciendo vibrar las botellas de Frydenlund. Una expectativa deliciosa inundó a Oliver. Seguro que era Wade McClusky, dirigiéndose hacia el fiordo más cercano en el Fresa Ocho. Seguro que el Valparaíso había sido divisado.

Después de Pistol Packin’ Mama, Glenn Miller siguió con Chattanooga Choo-Choo, entonces los focos volvieron a iluminar el escenario para las Andrew Sisters, que cantaron The Boogie-Woogie Bugle Boy of Company B (en algún momento, Myron se había escabullido y se había cambiado de traje). Luego vino Bing Crosby cantando suavemente Pack Up Your Troubles in Your Old Kit Bag, tras lo cual Hope se acercó con aire despreocupado a su colega. Meciéndose para atrás y para adelante, los dos ofrecieron su famosa interpretación de Mairzy Doats.

—Hablando de yeguas —dijo Flume cuando Hope y Crosby le dieron la bienvenida a Frances Langford al escenario—, ¿sabías que nuestros submarinos solían llevar cubos de entrañas de caballo en sus misiones?

Oliver no estaba seguro de haber oído bien.

—¿Cubos de…?

—Entrañas de caballo. A veces entrañas de oveja. De ese modo, siempre que los nazis lanzaban sus cargas de profundidad, el comandante del submarino mandaba las cosas ésas a la superficie ¡y el enemigo creía que había dado en el blanco!

—Qué guerra tan alucinante —dijo Pembroke, suspirando de admiración.

I’m in the mood for love —cantaba Frances Langford.

—¡Has venido al sitio adecuado, nena! —gritó un marinero cachondo.

Simply because you’re near me…

La puerta de la entrada se abrió de golpe y un pequeño vendaval atravesó la Cantina del Sol de Medianoche. Amoratado de frío, el curtido intérprete de Wade McClusky entró dando grandes zancadas y se dirigió a la mesa de Oliver. Cristales de hielo relucían en su cazadora de aviador. Tenía nieve en los hombros como si fuera un caso prodigioso de caspa.

—¡Qué contento estoy de verte! —gritó Oliver, dándole una palmada en la espalda al líder del grupo—. ¿Ha habido suerte?

Sonriendo, tirando besos, Frances Langford se puso a cantar la melodía que la identificaba, Embraceable You.

—Dame un minuto, joder. —McClusky se sacó un paquete de caramelos de menta verde Wrigley de la cazadora, luego se metió una barrita en la boca como un médico introduciendo un depresor—. ¡Eh, monada! —llamó a la cabaretera pelirroja, que seguía bebiendo Coca-Cola con el marinero macizo—. ¡Tráenos una cerveza Frydenlund!

Embrace me, my sweet embraceable you —cantaba Frances Langford—. Embrace me, my irreplaceable you…[5]

—¿Sabes?, existe una historia maravillosa relacionada con ese número —dijo Pembroke—. La señorita Langford estaba visitando un hospital de campaña en el desierto africano. Había habido una gran batalla de tanques unos días antes esa semana y a algunos de los chicos les habían disparado y estaban bastante mal.

—Hope sugirió que les cantara algo —dijo Flume—, así que, por supuesto, Frances salió con Embraceable You. Y cuando miró hacia la cama más cercana… nunca adivinarías lo que vio.

—¿Encontraste al Valparaíso? —inquirió Oliver—. ¿Encontraste el golem?

—No encontré ni una puta cosa —dijo McClusky, aceptando la cerveza que le daba la cabaretera.

—Vio a un soldado sin brazos —dijo Pembroke—. Se le habían quemado los dos. ¿No es una historia maravillosa?

La brisa del final de la tarde levantaba motas de óxido de las dunas, las lanzaba sobre las amuradas de estribor y las esparcía por la cubierta de barlovento como perdigones. Anthony se puso las gafas de espejo y, mirando con dificultad a través de la tormenta de arena, estudió la procesión que se acercaba. Su estómago, lleno, ronroneaba de satisfacción. Como portadores de un féretro transportando un ataúd pequeño pero de una gran carga emocional —el ataúd de una mascota, de un niño, de un enano querido—, Ockham y la hermana Miriam llevaban un cajón de aluminio por la pasarela. Al bajar a cubierta, colocaron la caja a los pies de Anthony. La abrieron.

Empaquetados en papel de cera, había sesenta sandwiches en categorías, filas y capas ordenadas. Cerrando los ojos, Anthony inhaló la fuerte fragancia. El gran avance de Follingsbee había ocurrido poco menos de una hora después de la Eucaristía invertida, cuando había descubierto que la epidermis de su cargamento se podía chafar hasta obtener una pasta que poseía todas las cualidades positivas de la masa del pan. Mientras Rafferty y Chickering habían freído las hamburguesas, Follingsbee había hecho los panecillos. Según la opinión de Anthony, el hecho de que le iba a dar a su tripulación no sólo carne sino una imitación de su cocina favorita casi garantizaba el final del motín.

El capitán se inclinó sobre la barandilla. El emisario de aquel día de la ciudad de las chabolas era un hombre mayor, con cara de bacalao, desnudo hasta la cintura y que llevaba pantalones de ciclista negros. Estaba sentado inmóvil entre las brumas densas y el remolino de óxido, con los brazos abiertos en un gesto de súplica; las costillas sobresalían de su torso arrugado como las placas de una marimba.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Anthony al hombre hambriento.

—Mungo, señor. —El marinero se puso en pie, y tropezó hacia atrás, y se desplomó contra la hélice tirada del petrolero como un duende crucificado en un trébol gigante—. Marinero preferente Ralph Mungo.

—Encuentra a tus camaradas de barco, Mungo. Diles que se presenten aquí de inmediato.

—A la orden.

—Dales un mensaje.

—¿Qué mensaje?

—Van Horne es el pan de la vida. ¿Lo has entendido?

—Sí.

—Procuremos no exaltarnos —dijo Ockham, rodeándole el hombro a Anthony con la palma de la mano.

—Repítelo —ordenó Anthony al marinero.

—Van Horne es el pan de la vida. —Mungo se apartó del tornillo de ajuste. Respirando con dificultad, se marchó tambaleándose—. Van Horne es el pan…

Veinte minutos después aparecieron los amotinados, cayéndose y arrastrándose por las dunas neblinosas y pronto todos ellos estaban apiñados alrededor de la hélice. La alegoría le gustó a Anthony. Arriba: él, el capitán Van Horne, patrón del Valparaíso, espléndido en su traje azul de gala y su gorra trenzada. Abajo: ellos, mortales abyectos, prosternados en la mierda. No había salido a atormentarles. No deseaba robarles la voluntad o reclamarles el alma. Sin embargo, aquel era el momento de hacer entrar en vereda de una vez por todas a esos traidores, aquel era el momento de enterrar la Idea del Cadáver en el agujero más profundo y oscuro a este lado de la fosa de las Marianas.

Anthony sacó un paquete del cajón.

—Esta olla es como cualquier otra, marineros. Primero el sermón, después el bocadillo —carraspeó—. «Llegada la tarde, se le acercaron los discípulos, diciéndole: despide, pues, a la muchedumbre para que vayan a las aldeas y se compren alimentos». —Había pasado la guardia de doce a cuatro de la tarde hojeando la Biblia de Jerusalén de Ockham, estudiando los grandes precedentes: el maná del cielo, el agua de la roca, la alimentación de los cinco mil—. «Jesús les dijo: dadles vosotros de comer. Pero ellos le respondieron: no tenemos aquí sino cinco panes y dos peces.»

Quitándose el panamá, Ockham le apretó la muñeca a Anthony.

—Corta el rollo, ¿vale?

Hasta entonces Follingsbee había sacado cuatro variedades bien diferenciadas. La favorita del cocinero era la hamburguesa básica, mientras que Rafferty encontraba que el Filete de Pescado era inmejorable (el sabor a pescado provenía del tejido de la areola) y Chickering prefería el Cuarto de Libra con Queso (la cuajada cultivada a partir de la linfa divina). A nadie le gustaban demasiado los McNuggets.

—«Partió los panes y se los dio a los discípulos» —insistió Anthony—, «y éstos a la muchedumbre.» —Lanzó el bocadillo por la borda—. «Y comieron todos y se saciaron…»

El Filete de Pescado formó un arco hacia los amotinados. Alargando la mano, el marinero preferente Weisinger lo atrapó. Incrédulo, desenvolvió el papel de cera y se quedó mirando el regalo. Frotó el panecillo. Olió la carne. Lágrimas de gratitud le corrieron por la cara en surcos paralelos. Hizo una bola estrujando el papel, la lanzó a un lado, se llevó el bocadillo a la boca y pasó los labios por las fibras empanadas y jugosas.

—Come —ordenó Anthony.

Poniendo un dedo índice bajo la nariz, Weisinger enganchó el otro por encima de los dientes inferiores y se abrió la mandíbula haciendo palanca. Introdujo el Filete de Pescado, mordió un trozo grande. Tragó. Engulló. Se estremeció. Un sonido de arcadas le salió de la garganta, como un barco rascando el fondo. Segundos después vomitó la ofrenda, y se manchó la falda con una mezcla pegajosa de grasa ámbar y bilis verde mar.

—¡Mastícalo! —gritó Anthony—. ¡No te estás zampando cacahuetes en el puto antro de un muelle! ¡Mastícalo!

Weisinger rompió un bocado pequeño y volvió a intentarlo. Su mandíbula se movía despacio, con parsimonia.

—¡Está bueno! —exclamó el marinero con voz áspera—. ¡Está muy bueno!

—¡Claro que está bueno! —gritó Anthony.

—¿De dónde lo han sacado? —preguntó Ralph Mungo.

—¡Todas las cosas buenas vienen de Dios! —chilló la hermana Miriam.

Anthony sacó un Cuarto de Libra con Queso del cajón.

—¿Quién es vuestro capitán? —gritó al viento.

—¡Tú! —chilló Dolores Haycox.

—¡Tú! —insistió Charlie Horrocks.

—¡Tú! —intervinieron Ralph Mungo, Bud Ramsey, James Echohawk, Stubby Barnes, Juanita Torres, Isabel Bostwick, An-mei Jong y unos cuantos más.

Con el Cuarto de Libra en la mano, Anthony sacó el brazo por encima de la barandilla.

—¿Quién es el pan de la vida?

—¡Tú! —gritó un coro de amotinados.

Agitó el bocadillo.

—¿Quién os puede perdonar vuestros pecados contra el barco?

—¡Tú!

Saltando a un lado, la hermana Miriam le cogió el Cuarto de Libra a Anthony y lo lanzó al aire. Como un receptor atrapando un pase, Haycox enganchó el paquete y al instante arrancó el papel transparente.

—No tenía ningún derecho a hacer eso —Anthony informó a la monja—. Sólo es una pasajera, por el amor de Dios.

—Sólo soy una pasajera —afirmó ella—. Por el amor de Dios —repitió, torciendo el gesto.

Ockham hurgó en el cajón y sacó cuatro hamburguesas y cuatro cajas de McNuggets.

—¡Os tocan dos por persona! —gritó, tirando los paquetes por encima de la barandilla—. ¡Comed despacio!

—Muy despacio —dijo Miriam, lanzando seis Filetes de Pescado. Llovían bendiciones del cielo. La mitad de los paquetes los cogieron en el aire, la mitad chocó contra la arena. A Anthony le impresionó no sólo el orden con que los amotinados recuperaron la carne que se había caído, sino el hecho de que ningún marinero cogió más de lo que le tocaba.

—Me temen —observó.

—¿Se siente orgulloso de eso? —preguntó Ockham.

—Sí. No. Quiero recuperar mi barco, Thomas.

—¿Cómo se siente al ser temido? ¿Sube a la cabeza?

—Sí que sube.

—¿Nada más?

—Está bien, seré sincero… seguro, estoy tentado de que me besen el culo. Estoy tentado de convertirme en su dios. —Anthony miró fijamente a Ockham—. Si usted tuviera mi poder —dijo el capitán, con un tono que rezumaba sarcasmo—, no hay duda de que lo usaría sólo para el bien.

—Si yo tuviera su poder —dijo el sacerdote, cerrando el cajón—, intentaría no usarlo para nada.

28 de agosto.

Les he salvado, Popeye, y de momento soy su dios. En realidad, no me adoran a mí, por supuesto, es la Idea del Cuarto de Libra. Da igual. Siguen haciendo lo que yo diga.

Su sed es tremenda, pero no paran de excavar. El sol brilla sin piedad, les quema a través de la bruma y les fríe la espalda y los hombros, pero siguen dándole, sólo se detienen el tiempo necesario para devorar bocadillos o aplicarse capas protectoras de grasa gloriosa en la piel.

—Han descubierto el imperativo categórico —me dice Ockham.

—Han descubierto el vientre lleno —le corrijo.

Yo soy su dios, pero la hermana Miriam es su salvadora. Cantimplora en mano, va de un excavador a otro. Inevitablemente, evoca a Debra Paget trabajando en las canteras de ladrillos en Los diez mandamientos, dando agua a los esclavos hebreos.

Puede que Cassie sea una cínica y un cerebro, pero desde luego está haciendo la parte que le toca para sacarnos de aquí, repartiendo agua junto a Miriam y a veces incluso excavando. Miro a hurtadillas. Hasta el día que muera, retendré la imagen de una mujer bella, de cabello negro como el azabache, con unos tejanos cortados y una camiseta de Harley-Davidson, sacando al Carpco Valparaíso con una pala.

Cuando empezamos a seguir esta dieta, todos supusimos que nos cambiaría de algún modo. ¿Lo ha hecho? Es difícil saberlo. Hasta ahora no he visto nada verdaderamente asombroso, ningún gran salto en la velocidad de lectura de nadie o en la destreza para hacer nudos. Aunque nuestras evacuaciones han sido increíblemente pálidas y coherentes —es como cagar jabón— eso no es precisamente un milagro (Chispas señala que se puede obtener el mismo resultado con comida macrobiótica). Cierto, los marineros tienen toneladas de energía, una cantidad fenomenal, pero Cassie insiste en que no está ocurriendo nada sobrenatural. «Su carne actúa como la pluma mágica de Dumbo —dice—, nos permite aprovechar nuestros poderes latentes».

Con Spicer y Wheatstone muertos, hemos tenido que redistribuir nuestras funciones. Dolores Haycox parece estar completamente rehabilitada, así que la hemos convertido en nuestra segunda oficial, y hemos ascendido a James Echohawk a tercer oficial. El contramaestre nuevo es Ralph Mungo. Me siento inclinado a volver a meter a Weisinger en el calabozo, pero Ockham está convencido de que Zook murió antes de que el chico le cortara la manguera y ahora mismo necesitamos todas las manos disponibles.

Mientras la gente de Rafferty desmonta la montaña, los hombres de O’Connor reparan los daños, pulen la quilla con pedazos de chatarra y ponen recto el árbol de la hélice de babor a base de golpes de mazo. Resulta que la hélice tirada tiene una fisura de dos metros en una hoja, pero parece que el tornillo de refuerzo está bien y ése es el que montaremos.

Esta mañana Rafferty y Ockham hicieron inmersiones de exploración. Su informe fue alentador. Tal como sospechábamos, los huesos del yunque se partieron en las dos orejas, pero el padre dice que casi seguro que podremos agarrarnos bien a los estribos.

Esta bien, lo reconozco: seguro que su cerebro ya es papilla. No dejo de repetirme que no importa. Los ángeles querían un entierro decente, nada mas. Sólo un entierro decente.

Durante las últimas veinticuatro horas, Sam Follingsbee ha ido mucho mas allá de McDonald’s, y ha encontrado formas increíblemente creativas para preparar los filetes. Le frustra que se engulleran tantas especies y tantos condimentos durante la hambruna, pero es un hacha para arreglárselas. La arena loca, por ejemplo, tiene un sabor decididamente a pimienta. El cuerpo mismo suministra otros productos esenciales: fragmentos de verruga como champiñones, peladuras de lunar como dientes de ajo, trozos de conducto lacrimal como cebollas. Lo más sorprendente de todo es que, combinando un condensador de agua fresca y un horno microondas para formar un artilugio que causa una fermentación rápida, nuestro chef puede destilar la sangre de Dios en algo que sabe exactamente a un Borgoña de primera clase.

Los nombres que Sam le da a sus platos —Dieu Bourguignon, Caldo Domine, Pater Stroganoff, Sopa de falsa Tortuga—, no expresan ni remotamente lo mucho que llenan y lo deliciosos que son. Créeme, Popeye, ningún paladar humano ha conocido jamás maravillas como éstas.

Dieu Bourguignon

8 kg de carne, en dados

7 tazas de caldo

42 cebollas pequeñas, en rodajas

1,2 kg de champiñones, en rodajas

14 tazas de Borgoña

7 dientes de ajo

Marinar la carne en el vino y el caldo durante 4 horas. Sacar la carne y reservar la marinada. Dorar las cebollas en 3 sartenes gruesas y reservar. Dorar la carne en las mismas sartenes. Añadir la marinada, llevar a ebullición, tapar y hervir a fuego lento 2 horas. Volver a echar las cebollas a las sartenes, añadir los champiñones y los dientes de ajo y hervir a fuego lento, tapado, 1 hora más. Para 35 personas.

A pesar de todo, el pobre cocinero se preocupa por nuestra nutrición. Ha estado probando todo lo que se le ocurre, extrayendo selenio, yodo y otros minerales del mar de Gibraltar y mezclándolos en las recetas, pero no basta.

—Lo único que en realidad recibimos son grasas y proteínas —me dice—. Alguien que se esté recuperando de una hambruna necesita vitamina C, capitán. Necesita vitamina A, el complejo vitamínico B, calcio, potasio…

—Tal vez podríamos hacerle explotar el hígado —sugiero.

—Ya lo había pensado. Para llegar allá, habría que atravesar ochenta y cinco metros de la carne más dura del planeta, una excavación que podría durar al menos tres semanas.

No ha habido ningún brote de escorbuto en un barco mercante americano desde 1903, Popeye, pero puede que ese dato feliz esté a punto de cambiar.

Cuando la campana de la cena sonó por fin, un toque bajo de la sirena de niebla del Valparaíso, como un shofar[6] anunciando el Rosh Hashanah, Neil Weisinger se miró las manos. Apenas las reconocía. Tenía las palmas llenas de ampollas como nidadas de huevos diminutos rojos. Un callo blanco le cubría la raíz de cada dedo.

Clavó la pala en la arena mojada, cogió su fiambrera de Bugs Bunny y se sentó. Le dolía la espalda. Tenía un dolor punzante en los brazos. A su alrededor, marineros sudorosos abrían sus fiambreras y cubos diversos y sacaban sus McNuggets, Cuartos de Libra y Filetes de Pescado, para devorarlos con fervor glotón. Estaban orgullosos de sí mismos. Se lo merecían. En apenas cuatro días y medio habían desmontado una montaña de trescientas mil toneladas y habían bajado el petrolero más grande del mundo al nivel del mar.

Neil dirigió la mirada hacia la cala. El sol poniente brillaba en el ojo de estribor de su cargamento. La bruma envolvía como un manto el archipiélago de los dedos de los pies. La marea llegó lánguidamente, susurrando debajo del casco del Valparaíso y salpicando la quilla. Se imaginó la luna como una especie de madre cariñosa que tapara con cuidado la costa sur de la isla con una manta de olas y siguió imaginándose esa tierna escena cuando, tras recoger la fiambrera, empezó su marcha pequeña y audaz alejándose del barco.

Se metió una mano en el bolsillo del pantalón y pasó el dedo por el borde estriado de la medalla de Ben-Gurion de su abuelo. Sabía que en cualquier momento su valor podía abandonarle. Con los nervios a flor de piel, se uniría a sus compañeros en la huida de aquel maldito lugar. Sin embargo, siguió caminando, pasando junto a las dunas carmesíes y los bidones de doscientos litros, los Volvos oxidados y los neumáticos Goodyear podridos, siguiendo la costa envuelta en brumas.

Más adelante, había una higuera mediterránea clásica, encaramada en una loma de arena y en cuanto Neil vio las ramas llenas de frutos, decidió no aventurarse más lejos. Ahí estaba: su Zarza Ardiendo privada, el sitio donde por fin se encontraría con la esencia incognoscible de YHWH, el mirador desde el que finalmente contemplaría al Dios de la guardia de las cuatro de la madrugada. Ascendió la loma y acarició el tronco. Frío, basto, duro. Una roca. Siguió explorando con las puntas de los dedos. Ramas, corteza, hojas, frutos: roca, todo, un árbol convertido en piedra, como la mujer de Lot se convirtió en sal. Daba igual. La cosa serviría.

Un hombre dijo:

—Asombroso.

Neil se dio la vuelta. El padre Thomas estaba a su lado, con unos tejanos negros y una cazadora amarilla y el sudor que le goteaba por debajo del panamá.

—¿Qué le pasó? —preguntó Neil.

—El mar de Gibraltar está lleno de minerales, así es como Follingsbee ha estado condimentando nuestras comidas. Sospecho que petrificaron las fibras.

Neil se sacó la camiseta de malla y, secándose la frente, miró hacia el sur. La luna estaba realizando su milagro hidráulico, inundando la cala con la marea y haciendo levitar al petrolero centímetro a centímetro.

—¿Sabe guardar un secreto, padre? Cuando el Val se marche esta noche, yo estaré junto a esta higuera.

—¿No vienes con nosotros? —el padre Thomas frunció el ceño, enredando sus cejas tupidas.

—Es lo que un cristiano llamaría un acto de contrición.

—Leo Zook estaba muerto antes de que sacaras la navaja —protestó el sacerdote—. Y en cuanto a Joe Spicer… fue en defensa propia, ¿no?

—Tengo una imagen en la cabeza, padre, una escena que se repite una y otra vez. Estoy en el tanque central número dos y lo único que tengo que hacer es alargar la mano y abrir la válvula de oxígeno de Zook. Un simple giro de la muñeca, nada más. —Neil abrazó el tronco inmortal—. Si pudiera volver atrás y hacerlo…

—Tenías el cerebro lleno de gas de hidrocarburo. Te estaba destrozando el juicio.

—Quizá.

—No podías pensar con claridad.

—Murió un hombre.

—Si te quedas aquí, tú morirás.

Neil arrancó un higo de piedra.

—Quizá sí, quizá no.

—Claro que morirás. No te puedes comer eso y nos vamos a llevar a Dios con nosotros.

—¿De verdad cree que nuestro cargamento es Dios?

—Es una pregunta difícil. Discutámoslo en el barco.

—Desde que tengo memoria, mi tía Sarah me ha estado diciendo que estoy atrapado dentro de mí, «Neil, el ermitaño, llevando a rastras su cueva privada adonde quiera que vaya», y ahora me voy a convertir en uno de verdad, un ermitaño igual que…

—No.

—… que Rabbi Shimon.

—¿Quién?

—Shimon bar Yochai. A finales del siglo II, Rabbi Shimon se metió en un agujero en el suelo y se quedó allí, y ¿sabe qué le ocurrió al final?

—Se murió de hambre.

—Compartió la esencia incognoscible del Creador. Encontró al En Sof.

—¿Quieres decir que vio a Dios?

—Vio a Dios. El Dios verdadero, sin forma y sin nombre, el Dios de la guardia de las cuatro de la madrugada, no ese King Kong de ahí.

—Que sepamos, esta isla loca podría volver a hundirse de pronto y regresar al sitio de donde vino. —El padre Thomas se quitó el panamá y se pasó una mano atrofiada por el pelo—. El caos es… caótico. Te ahogarás como una rata.

Neil pasó los dedos por la corteza de piedra.

—Si Él me perdona, me librará.

—Una acción así… es irresponsable, Neil. Hay gente en casa que se preocupa por ti.

—Mis padres han muerto.

—¿Y qué hay de tus amigos? ¿De tus parientes?

—No tengo amigos. Mis tías no me soportan. Adoraba a mi abuelo, pero murió hace… ¿cuánto?… seis años.

El sacerdote cogió una roca. La lanzó al aire, la cogió, la lanzó, la cogió.

—Seré sincero —dijo al final—. A este En Sof tuyo, yo también quiero conocerlo, en serio. —Se volvió a poner el sombrero, se lo caló hasta las mismas cejas—. A veces creo que mi iglesia cometió un error fatal al convertir a Dios en hombre. Amo a Jesucristo, de verdad, pero es demasiado fácil imaginarle.

—Entonces, ¿tengo su bendición?

—No, mi bendición no. Pero…

—¿Qué?

—Si esto es lo que te pide la conciencia…

Suspirando, el padre Thomas extendió el brazo derecho. Neil alargó la mano. Los dedos magullados se entrelazaron. Las palmas maltratadas se unieron.

—Adiós, marinero preferente Weisinger. Adiós y buena suerte.

Neil se sentó junto al tronco inmortal.

—Vaya con Dios, padre Thomas.

El sacerdote se dio la vuelta, bajó la loma y regresó hacia el oleaje susurrante.

Dos horas después, Neil no se había movido. El viento nocturno le refrescó la cara. Las estrellas se asomaban a través de la niebla como velas brillando detrás de ventanas cubiertas de escarcha. La luz de la luna se derramaba y glaseaba los rompientes, transformaba las dunas en montículos de gemas centelleantes.

Con la fiambrera en la mano, Neil trepó al árbol, avanzando rama a rama, como si estuviera escalando un palo mayor. Cuando se colocó en un recodo, los dos motores del Valparaíso se encendieron, sus silbidos y resoplidos provocaron un eco que fue de un lado a otro de la isla Van Horne y, al cabo de pocos minutos, el barco salía del puerto. Las cadenas de remolque se tensaron, los eslabones chirriaron unos contra otros como las muelas del juicio de un inmenso dragón insomne. El barco siguió moviéndose, avante a toda máquina. El marinero fue presa del pánico. No era demasiado tarde. Aún podía concederse un indulto, abalanzándose hasta la playa y pidiendo a gritos que el petrolero se detuviese. En el peor de los casos, podía incluso tratar de perseguirlo a nado.

Los músculos del estómago se le contrajeron espasmódicamente. Los jugos digestivos borbotearon. Sacó su medalla de Ben-Gurion y frotó el perfil del anciano con el pulgar. Así, ya estaba mejor, sí, sí. A partir de entonces, cualquier día, a cualquier hora, el árbol se volvería cálido, más cálido, caliente, empezaría a echar humo, ardería. Y no se consumiría.

Neil Weisinger abrió la fiambrera de Bugs Bunny, sacó un Cuarto de Libra con Queso y se la comió muy, muy despacio.

TERCERA PARTE

Edén

El dos de septiembre, a las 0945 horas, el Carpco Valparaíso atravesó la niebla. La claridad vibrante y cortante del mundo —el destello del Atlántico Norte, el resplandor azur del cielo, las plumas blancas brillantes de los petreles que pasaban—, hizo llorar de alegría a Thomas Ockham. Así es cómo se debió de sentir el mendigo ciego cuando, después de que Jesucristo le dijera que visitara la piscina de Siloé y se quitara el lodo de los ojos, de repente descubrió que veía.

A las 1055 el fax de Lianne Bliss se puso en marcha, y arrojó lo que Thomas supuso que era la última de una serie de transmisiones histéricas desde Roma, de las que ésta se distinguía principalmente por ser la primera en llegar. ¿Por qué había cortado Ockham la comunicación?, quería saber el Vaticano. ¿Dónde estaba el barco? ¿Cómo estaba el Corpus Dei? Buenas preguntas, legítimas, pero que Thomas era reacio a responder. Aunque el resurgir súbito de una civilización pagana perdida era algo que no podía haber anticipado o prevenido, intuía que, de todos modos, Roma encontraría la manera de culparle, por la isla Van Horne, por el retraso intolerable, por la disolución de su cargamento, por todo.

Al principio, ni Thomas ni nadie más de a bordo se dio cuenta de lo mucho que se había agriado el cadáver. Su inocencia permaneció intacta aún el cuatro de septiembre, cuando el petrolero cruzó el paralelo cuarenta y dos, la latitud de Nápoles. Entonces el viento cambió. Era un hedor que iba más allá del simple olfato. Después de hurgar en los orificios nasales y los senos de todo el mundo, los gases buscaron los sentidos restantes: arrancaron lágrimas de los ojos de los marineros, les quemaron la lengua y restregaron la piel. Algunos marineros incluso afirmaron que oían el terrible olor, gimiendo desde el otro lado del mar como las voces de las sirenas tentando a la tripulación de Ulises para que encontraran la muerte. Cada vez que un grupo de cocineros iba en la Juan Fernández a buscar filetes comestibles de entre la putrefacción creciente, tenía que llevarse equipos Dragen consigo y respirar aire embotellado.

Irónicamente, el ablandamiento de la carne significó que Van Horne por fin pudo meter las cánulas en la arteria carótida: un gesto patético en ese momento, pero Thomas entendía la necesidad del capitán de hacerlo. El cinco de septiembre, a las 1415, Charlie Horrocks y su grupo de la sala de bombeo iniciaron la gran transfusión. Aunque nunca habían absorbido cargamento en marcha, en menos de seis horas los hombres de Horrocks habían logrado sacar trescientos veinte mil litros de agua salada de los tanques de lastre y echarlos al mar mientras canalizaban al mismo tiempo la misma cantidad de sangre a los compartimientos de carga del Valparaíso.

Y funcionó. Desde el primer instante, el barco empezó a navegar a una velocidad constante de nueve nudos, un tercio más rápido que en cualquier momento desde el principio del remolque.

Los oficiales cumplían con sus guardias religiosamente. Los marineros descascarillaban y pintaban a conciencia. Los cocineros recogían filetes con diligencia. Sin embargo, sólo cuando los marineros empezaron a responder a sus obligaciones con su malhumor de costumbre, sólo cuando las escaleras de cámara del Val empezaron a sonar con quejas profanas y maldiciones espeluznantes, estuvo seguro Thomas de que la normalidad había regresado al barco.

—Se ha acabado —le dijo a la hermana Miriam—. Por fin se ha acabado. Gracias a Dios por Immanuel Kant.

—Gracias a Dios por Dios —contestó ella, cortante, mientras mordía un Cuarto de Libra con Queso.

Al despuntar el Día del Trabajador[7], frío y nublado, el sacerdote vio que ya no podía negar, ni a sí mismo ni a Roma, el retraso lamentable que llevaba la Operación Jehová. En efecto, su cargamento era ya tan maloliente que se preguntó, medio en serio, si esta señal de su desventura podría haberse extendido hacia el este por el océano, hasta las mismas puertas del Vaticano. Su fax fue sincero y detallado. Estaban a tres mil kilómetros del círculo polar ártico. El barco se había encallado en una isla desconocida del mar de Gibraltar (37 al norte, 16 al oeste), y les había dejado atrapados en una montaña de óxido durante veintiséis días. Durante este intervalo, no sólo el relativismo ético sembrado por la Idea del Cadáver había florecido hasta llegar al caos total, sino que el mismo cuerpo había sufrido sin duda la putrefacción y la desorganización neurológica. Sí, el imperativo categórico kantiano ya tenía a todo el mundo a raya y sí, el plan de la transfusión del capitán había incrementado la velocidad de forma considerable, pero ninguno de esos hechos afortunados compensaba ni remotamente el paréntesis en la isla. Sólo en la cuestión de la hambruna se censuró Thomas, ya que se negó a especificar la fuente de su salvación. Le daba la sensación de que el Papa Inocente XIVaún no estaba preparado para la receta de Sam Follingsbee de Dieu Bourguignon.

El sínodo sólo tardó un día en absorber las noticias, debatirlas y actuar en consecuencia. El ocho de septiembre, a las 1315, salió la respuesta de Di Luca.

Estimado profesor Ockham:

¿Qué podemos decir? Van Horne ha fracasado, usted ha fracasado, la Operación Jehová ha fracasado. No hay palabras para describir el desconsuelo del Santo Padre. Según el OMNIVAC-2000, no sólo se ha perdido la mente divina, sino que la carne concomitante también se ha corrompido. Para cuando empiece el proceso de congelación, la degeneración será tan profunda que Le deshonrará, Cuyos restos nosotros debíamos salvar, por ser los elegidos. Está claro que en este momento se impone un cambio de estrategia.

Hemos decidido impregnar el Corpus Dei con un líquido conservante, un procedimiento que el OMNIVAC cree que se realizará sin complicaciones, puesto que Van Horne ya ha trasvasado el 18 por ciento de la sangre.

Con este fin, Roma ha fletado otro transportador de crudo ultra grande, el vapor Carpco Maracaibo, ha llenado la bodega de formaldehído en el puerto de Palermo y lo ha enviado hacia el oeste por el Mediterráneo. A los oficiales y a la tripulación del Maracaibo se les ha notificado que están en una misión para requisar un objeto de atrezzo de una película de contenido desmesuradamente pornográfico, para así impedir la producción. No necesitamos que su amigo Immanuel Kant nos diga que una treta así es de una moral ambigua, pero nos da la sensación de que la verdadera identidad del cuerpo ya la conocen demasiados individuos.

Al recibir este mensaje, ordenará a Van Horne que cambie de dirección y vuelva a visitar la isla a la que otorgó su apellido, para encontrarse allí con el Maracaibo. Yo estaré a bordo, dispuesto a vigilar las inyecciones de formaldehído y el transporte posterior del cuerpo a su última morada.

Atentamente,

Tullio Di Luca, Mons, Secretario de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios

Salvo la acusación grosera y sin fundamento del primer párrafo, aquella carta incluso complació a Thomas. Milagrosamente, parecía que iba a tener una segunda oportunidad de discutir con Neil Weisinger para convencerle de que dejara su penitencia suicida, un asunto que le había estado preocupando desde que se fueron de la isla Van Horne. No le resultaba menos atractiva la idea de dejar todo el asunto sórdido y apestoso de la Operación Jehová en la falda de Di Luca. En aquel momento, lo único que quería Thomas era irse a casa, instalarse en su despacho húmedo de Fordham (cómo lo echaba de menos, su péndulo de Foucault en miniatura, las fotografías fractales enmarcadas, el busto de Aquino), y empezar a dar clases en un nuevo semestre de Caos 101.

—Tiene que ser una broma —dijo Van Horne tras leer el comunicado de Di Luca.

—Creo que no —dijo Thomas.

—¿Se da cuenta de lo que pide este hombre? —Levantando la pluma de Rafael de su mesa, Van Horne la hizo serpentear por el aire congestionado de Dios—. Me está pidiendo que renuncie al mando.

—Sí. Lo siento.

—Parece que a usted también le ponen de patitas a la calle.

—En mi caso, no me arrepiento. Nunca quise este trabajo.

Van Horne se colocó detrás de su mesa, abrió un cajón y sacó un sacacorchos, dos vasos de espuma de poliestireno y una botella de Borgoña.

—Es una lástima que le dijera a Di Luca que volamos el lastre. Lo tendrá en cuenta en sus cálculos cuando empiece a perseguirnos. —El capitán giró el sacacorchos con la misma autoridad con que había llevado el problema de introducir las cánulas en el cuello de su cargamento—. Por suerte, llevamos una buena ventaja. —Sacando el corcho de un tirón, Van Horne echó una cantidad generosa de Château de Dieu en cada vaso—. Tenga, Thomas… aleja la peste.

—¿He de entender que pretende desobedecer las órdenes de Di Luca?

—Nuestros ángeles nunca dijeron nada sobre un embalsamiento.

—Ni dijeron nada sobre atractrices extrañas, Eucaristías invertidas o lastrar el Val con sangre. Este viaje ha estado lleno de sorpresas, capitán, y ahora estamos obligados a virar el barco.

—¿Y no saber nunca por qué murió? Gabriel dijo que tenía que ir hasta el final, ¿recuerda?

—Ya no estoy interesado en saber por qué murió.

—Sí, lo está.

—Sólo quiero irme a casa.

—Lo esencial es esto: no me fío de sus amigos de Roma —Van Horne rompió el fax de Di Luca en dos mitades perfectas—, y, lo que es más, sospecho que usted tampoco se fía de ellos. Bébase el vino.

Thomas, haciendo una mueca, se llevó el vaso a la boca. Bebió un sorbo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo en espiral, de la cabeza a los pies. Se sentía como si estuviera experimentando el destino que Poe había ideado para el protagonista de El pozo y el péndulo, excepto que en este caso la bisección estaba ocurriendo a lo largo del eje del prisionero. Sólo después del tercer sorbo, la mitad de Thomas que estaba en deuda con la Santa Madre Iglesia venció a la mitad que compartía las sospechas del capitán.

—¿Sabía que el marinero preferente Weisinger se quedó en la isla? —preguntó Thomas.

—Me lo dijo Rafferty.

—El chico cree que va a tener una experiencia religiosa importante.

—Una experiencia de inanición importante.

—Exacto.

—No viraremos —dijo Van Horne.

—Cuando los cardenales se enteren de que se ha convertido en un renegado, se volverán irracionales, ¿se da cuenta, no? Le… sólo Dios sabe lo que harán. Enviarán a la fuerza aérea italiana tras usted con misiles crucero.

Van Horne se bebió el Borgoña de un trago.

—¿Qué le hace pensar que los cardenales se van a enterar de que me he convertido en un renegado?

—Usted tiene sus responsabilidades, yo tengo las mías.

—Por Dios, Thomas, ¿he de prohibirle la entrada al cuarto de radiotelegrafía?

—No tiene derecho.

—Hagamos que sea oficial. ¿Vale? A partir de este momento, el cuarto es zona prohibida para usted. Que sea todo el maldito puente. Si le cojo enviando a Di Luca tan siquiera un puto movimiento de ajedrez, le encerraré en el calabozo y tiraré la llave por la borda.

A Thomas se le coaguló un nudo helado en el estómago.

—Anthony, he de decirle algo. He de decirle que nunca en toda mi vida he tenido un enemigo, pero hoy, me temo que usted se ha convertido en mi enemigo. —Hizo una mueca—. Como cristiano, por supuesto, debo intentar amarle de todas formas.

Van Horne atravesó el culo de su vaso de espuma de poliestireno con el índice.

—Ahora deje que yo le diga algo. —Le lanzó al sacerdote una sonrisa enigmática—. Cuando los cardenales obtuvieron sus servicios, Thomas Ockham, consiguieron un hombre mucho mejor del que se merecían.

9 de septiembre.

Latitud: 60°15’N. Longitud: 8°5’E. Rumbo: 021. Velocidad: 9 nudos. Temperatura del mar: –2° Celsius. Temperatura del aire: –3° y bajando.

Gracias a Dios por los vientos del oeste que han llegado de Groenlandia, como cuando Grant tomó Richmond, y se han llevado el hedor. Puedo respirar otra vez, Popeye. Veo con claridad, oigo perfectamente, pienso claro.

Aunque mi decisión de amordazar a Ockham y secuestrar el cuerpo se hizo cuando la peste era más densa, estoy seguro de que hice lo correcto. Suponiendo que podamos mantener nueve nudos, habremos dejado la carga y empezado el viaje a Manhattan antes de que Di Luca haya cruzado el círculo siquiera. Si el hombre quiere jugar a taxidermistas después de eso, muy bien.

Ayer, Sam Follingsbee me lo dijo sin rodeos: o les damos vitaminas a la tripulación o empezamos a convertir la sala de oficiales en una enfermería. Así que cambié de rumbo, a mi pesar, como te imaginarás, y a las 1315 el Val estaba a tres kilómetros de la Bahía de Galway y sus tiendas de comestibles famosas en el mundo entero.

—¿Quieres que te dejemos aquí? —le pregunté a Cassie, esperando fervientemente que desperdiciara la oferta—. Es probable que puedas coger un avión que salga del aeropuerto de Shannon antes de la puesta de sol.

—No —respondió sin vacilar.

—¿No se cabrearán tus jefes?

—Este viaje es la cosa más interesante que me ha sucedido jamás —dijo, cogiéndome de la mano y dándome un apretón nada casto (o así me lo pareció)—, y tengo que acabarlo.

El jefe de la cocina dirigió la expedición. A las 1345 él y el jefe de pastelería, Willie Pindar, partieron en la Juan Fernández, con los bolsillos llenos de listas de la compra y cheques de viaje de American Express.

Unos minutos después de que Sam se marchara, apareció un bote de fibra de vidrio con un arpa dorada en el lado, husmeando nuestras cadenas de remolque como un perro lobo irlandés olfateándole los huevos a su compañero de camada. El patrón sacó el megáfono y exigió una reunión y no tuve elección. Con el Vaticano buscándonos en el Maracaibo, no iba a irritar también al resto de la cristiandad militante.

El comandante Donal Gallogherm de los guardacostas de la República de Irlanda resultó ser uno de esos hijos de la gran puta grandullones y ordinarios que Pat O’Brien solía interpretar en las películas. Subió al puente con su segundo comandante, el vivaz Ted Mulcanny, y entre los dos me hicieron sentir nostalgia, no por la ciudad de Nueva York actual, sino por la ciudad de Nueva York de la leyenda de Hollywood, la Nueva York de los policías irlandeses afectuosos que aporreaban con sus porras en el trasero a los Chicos del Callejón sin Salida. Y, básicamente, eso eran estos payasos: un par de polis irlandeses que hacían su ronda acuática desde el cabo Slyne hasta la Bahía de Shannon.

—Qué nave tan impresionante —dijo Gallogherm, dando zancadas por la timonera como si el lugar fuera suyo—. Invadió toda la pantalla del radar.

—Nos hemos desviado un poco del rumbo —apuntó Dolores Haycox, la oficial de guardia—. El maldito Marisat… siempre está fallando.

—Llevan una bandera de conveniencia muy rara —comentó Gallogherm.

—Ya la ha visto —le dije.

—¿Ah, sí? Pues, ¿sabe qué pensamos el Sr. Mulcanny y yo? Pensamos que este petrolero suyo sin ruta fija contraviene unas cuantas normas, así que tendremos que ver su derecho de tránsito de petróleo crudo.

—¿El derecho de tránsito de qué? —pregunté, deseando haber atropellado su bote cuando tuve ocasión—. Buf.

—¿No lo tienen? Es un requisito indispensable para cruzar aguas territoriales irlandesas con un superpetrolero cargado.

—Vamos lastrados —protestó Dolores Haycox.

—Y una mierda. Están en lo alto de la línea de carga, marinerita, y si no presentan un derecho de tránsito de petróleo crudo de inmediato, nos veremos obligados a retenerles en Galway.

—Oiga, Comandante —pregunté, entendiendo—, ¿no tendría usted por casualidad uno de esos «derechos de tránsito de petróleo crudo» en el bote?

—No estoy seguro. ¿Tú qué dices, Teddy?

—Precisamente esta mañana me fijé en que había un documento así revoloteando por mi mesa.

—¿Está… en venta? —pregunté.

Gallogherm me mostró la mayoría de sus dientes.

—Pues ahora que lo menciona…

—Dolores, creo que tenemos una pila de, ¿cómo se llaman?, cheques de viaje de American Express en la caja fuerte —dije.

—Cuesta ochocientos dólares americanos —dijo Gallogherm.

—Cuesta seiscientos dólares americanos —le corregí, mientras la oficial se iba a buscar los cheques.

—¿Querrá decir setecientos?

—No, quiero decir seiscientos.

—¿Querrá decir seiscientos cincuenta?

—Quiero decir seiscientos.

—Sí, claro que sí —dijo Gallogherm—. Entonces, por supuesto —se apretó la nariz—, está el asunto grande y fragante de los residuos que están remolcando.

—Huele igual que un inglés —dijo Mulcanny.

Sabía exactamente cómo enredarles.

—La verdad, comandante, es que se trata del cuerpo muerto y podrido de Dios Todopoderoso.

—¿La qué? —soltó Mulcanny.

—Tiene un sentido del humor escandaloso —dijo Gallogherm, más divertido que ofendido.

—¿El Dios católico o el protestante? —preguntó Mulcanny.

—Teddy, hijo, ¿no sabes reconocer cuándo te están haciendo una broma? —Gallogherm me hizo un guiño de complicidad—. En fin, que lo que tenemos aquí es un capitán ambicioso que resulta que ha convertido su superpetrolero en una chalana de basura freelance, ¿he acertado? ¿Y dónde tenía intención de verterla este capitán ambicioso?

—Allá por el norte. Svalbard.

Haycox regresó a tiempo para oír a Gallogherm decir:

—En cualquier caso, tendremos que ver su derecho de tránsito de residuos sólidos.

—Será mejor que no se le vaya la mano, comandante.

—Los derechos de tránsito de residuos sólidos normalmente van a seiscientos dólares americanos, pero esta semana están sólo a quinientos.

—No, esta semana están sólo a cuatrocientos. Es más, si ustedes dos, piratas, no dejan de jodernos, les garantizo que este chanchullo suyo no tardará en salir en la primera plana del Irish Times.

—No se atreva a juzgarme, capitán. No tiene ni idea de lo que he visto en mi vida. Irlanda es una nación en guerra. No tiene ni idea de lo que he visto.

Con expresión adusta, firmé y anoté cheques de viaje por valor de mil dólares.

—Aquí tiene su peaje asqueroso —gruñí, untando a Gallogherm.

—Ha sido un placer hacer negocios con usted.

—Ahora lárguese de mi barco.

A las 1600, Follingsbee y Pindar aparecieron con las provisiones. Si se hace un cálculo del dinero que nos estafó Gallogherm, cada naranja nos costó cerca de un dólar veinticinco y el resto fue igual de abusivo. Al menos es material de calidad, Popeye, boniatos jugosos, coles crujientes, patatas irlandesas fuertes. Tendrías envidia de nuestras espinacas.

Ahora es medianoche. Un mar picado a ambos lados del barco. La Osa Menor está en lo alto. Ante nosotros están las Islas Feroe, a ciento treinta kilómetros por la forma en que vuela el petrel, y luego es mar abierto hasta Svalbard. Justo ahora hablaba Rafferty por el interfono y me decía que el reflector de proa ha distinguido «un iceberg con la forma del logo de Paramount Pictures».

Nos dirigimos hacia el gélido mar de Noruega, equilibrados con sangre, avante a toda máquina, y vuelvo a sentirme como un capitán.

Con la jarra de cerveza en la mano, Myron Kovitsky fue arrastrando los pies hasta el taburete del piano, se sentó y, tras ajustarse la nariz de Jimmy Durante, empezó a golpear las teclas. Se rascó la narizota y alzó su voz grave, cantando con la música de John Brown’s Body.

Volábamos en nuestros bombarderos a treinta putos metros.
Hacía un tiempo de mierda, puta lluvia y puta aguanieve.
La brújula oscilaba hacia el puto Sur y hacia el puto Norte.
Pero hicimos un puto aterrizaje en el Estuario del puto Forth.

Durante dejó de tocar y mostró a la muchedumbre una gran sonrisa de chiflado. Los hombres del Enterprise se revolvieron incómodos en los asientos. Nadie aplaudió. Oliver sintió vergüenza ajena. Impertérrito, Durante tomó un trago de Frydenlund y se puso a cantar el estribillo.

¿A que la Marina es una puta mierda?
¿A que la Marina es una puta mierda?
¿A que la Marina es una puta mierda?
Hicimos un puto aterrizaje en el Estuario del puto Forth.

Levantándose del taburete, Durante dijo:

—¡Buenas noches, Sra. Calabash, dondequiera que esté!

Eran tiempos difíciles en la Cantina del Sol de Medianoche. Muerta de aburrimiento y harta del frío, la Gran Máquina de la Nostalgia Americana había empezado a adulterar su repertorio con canciones subidas de tono que, a pesar de su autenticidad histórica, estaba claro que no eran nada que Jimmy Durante, Bing Crosby o las Andrews Sisters hubieran cantado en público. Las cabareteras estaban cansadas de fingir que estaban chifladas por los pilotos y los marineros, y los pilotos y los marineros estaban cansados de que las cabareteras estuvieran hartas de ellos. En cuanto a Sonny Orbach y sus Harmonicoots, habían desaparecido del mapa por completo, se habían ido a reencarnar a la orquesta de Glenn Miller en un bar mitzbah de Connecticut, un compromiso contraído hacía mucho tiempo que habían insistido en respetar a pesar de la oferta de Oliver de doblarles el sueldo. Aquellos soldados que aún tenían ganas de bailar se vieron obligados a conformarse con las flojas aptitudes al piano de Myron Kovitsky o con el fonógrafo Victrola de Sidney Pembroke que hacía chirriar los discos originales de 78 rpm de Albert Flume, de Tommy Dorsey, de Benny Goodman y del auténtico Glenn Miller.

Oliver tenía que reconocerlo: su gran cruzada estaba a punto de fracasar. A base de quedarse sentados sin hacer nada durante tres semanas, Pembroke y Flume habían acumulado lo suficiente en igualas para poner en escena un Día D de primera clase y, aunque la idea de hundir un golem japonés seguía atrayéndoles, estaban mucho más ansiosos por llegar a casa y localizar una maqueta a un precio razonable de Normandía. Además, incluso si Oliver lograba convencer de algún modo a todo el mundo para que se quedase en Point Luck hasta que un vuelo de reconocimiento de PBY divisara el Val, era bastante posible que, debido al terrible tiempo ártico, el almirante Spruance se negara a dar luz verde. Los alerones y los trenes de aterrizaje se pegaban durante los viajes rutinarios. Los cables de combustible se atascaban. La cubierta de vuelo se congelaba antes de que los hombres del capitán Murray pudieran despejarla: una placa de hielo intacta tan inmensa como el espejo del telescopio Hubble.

Oliver pasó esos días sombríos en el bar, garabateando al azar en su bloc de dibujo mientras intentaba pensar en razones por las que no importaba no destruir el Corpus Dei después de todo.

—Chicos, quiero haceros una pregunta —anunció, dando los últimos toques a una caricatura de Myron Kovitsky—. Esta campaña nuestra… ¿está justificada realmente?

—¿A qué te refieres? —preguntó Barclay, mezclando con destreza una baraja de cartas.

—Quizá habría que dejar el cuerpo en paz —dijo Oliver—. Quizá incluso habría que sacarlo a la luz, como insistía Sylvia Endicott el día que dimitió. —Giró sobre el taburete del bar y se colocó cara a cara frente a Winston—. Una revelación podría incluso desencadenar tu Verdadera Revolución, ¿no? Cuando todo el mundo sepa que Él la ha palmado, dejarán sus iglesias y empezarán a construir el paraíso de los trabajadores.

—No sabes mucho sobre el marxismo, ¿verdad? —Winston coloco dos docenas de tapones sueltos de Frydenlund formando un martillo y una hoz—. Hasta que les den algo mejor con qué sustituirla, las masas nunca abandonarán la religión, con cadáver o sin él. Por supuesto, una vez que la justicia social triunfe el mito de Dios desaparecerá —chasqueó los dedos—, así.

—Anda, no digas tonterías. —Barclay hizo que la reina de picas saltara del paquete como por arte de magia—. La religión siempre existirá, Winston.

—¿Por qué lo crees?

Al Jolson subió al escenario tambaleándose por la borrachera.

—Por una palabra —dijo Barclay—. Muerte. La religión la soluciona, la justicia social no. —Girándose hacia Oliver, hizo que la jota de corazones saltara a la falda de su amigo—. Pero qué más da, ¿no? Odio ser franco, Oliver, pero creo que es muy probable que el barco de Cassie se haya hundido.

Mientras Oliver se estremecía, Jolson empezó a cantar a capella:

Me encanta ver a Shirley hacer aguas menores,
sabe mear con un chorro tan chulo.
Sabe mear de todos los colores,
y el vapor no deja que le veas el culo.

Y en ese instante la voz cargada de interferencias del intérprete de Ray Spruance salió como una explosión de los altavoces.

—¡Atención, todo el mundo! ¡Les habla el almirante! ¡Buenas noticias, chicos! ¡Los primeros partes del mar del Coral indican que el Destacamento diecisiete ha dañado de gravedad los portaaviones japoneses Shohu y Shokaku, evitando así que el enemigo ocupara Port Moresby!

Un solo marinero aplaudió. Un piloto solitario dijo:

—Qué bien.

—Se está dejando unos cuantos detalles —dijo el intérprete de Wade McClusky, sentándose con los tres ateos en el bar—. Tiene miedo de mencionar que perdimos Lexington en esa batalla en concreto.

—La verdad: la primera víctima de la guerra —dijo Winston.

—¡Atención! —continuó Spruance—. ¡Atención! ¡Que todos los hombres adscritos al Destacamento diecisiete se presenten en el barco de inmediato! ¡Esto no es un ejercicio! ¡Todos los hombres de Bombardeo de Reconocimiento Seis, de Torpedo Seis y de Enterprise se presentarán de inmediato! —Spruance cambió de pronto a un tono jovial y campechano—. ¡Fresa Diez acaba de divisar al enemigo, muchachos! ¡Ese golem japonés está en aguas árticas y vamos a tenderle una emboscada a ese mamón!

—Eh, camaradas, ¿lo habéis oído? —chilló Winston.

—¡Lo conseguimos, tíos! —gritó Barclay—. ¡Tenemos a la irracionalidad cogida por los huevos!

Oliver abrazó el cuaderno de bocetos y besó la caricatura de Myron Kovitsky. ¡El Valparaíso se mantenía a flote! ¡Cassandra estaba viva! Se la imaginó de pie en una de las alas del puente del petrolero, escudriñando el cielo en busca de los escuadrones prometidos. «Voy para allá, cariño —pensó—. Aquí llega Oliver a salvar tu Weltanschauung».

McClusky se acercó resuelto al Victrola de Pembroke y, tras separar el enorme altavoz cónico, se lo llevó a la boca como un megáfono.

—¡Bueno, muchachos, ya habéis oído al almirante! ¡En marcha, a demostrar a esos japos que no tienen derecho a meterse con el orden natural de las cosas!

Así que ya había llegado, la coyuntura agridulce que cada hombre había esperado con paciencia suprema, el momento en que debía buscar a su cabaretera favorita y decirle au revoir. Conteniendo lágrimas medio de cocodrilo, medio verdaderas, el marinero que Oliver tenía más cerca le apretó la mano con fuerza a su mejor chica, una mujer regordeta con dos coletas y hoyuelos, y le juró solemnemente que le escribiría todos los días. La cabaretera, a su vez, permitió que el marinero le sacara jugo al dinero de Oliver, asegurándole que llevaría su breve encuentro en el corazón para siempre. Por toda la Cantina del Sol de Medianoche se intercambiaban números de teléfono, junto con besos fugaces y recuerdos sentimentales (broches y mechones de pelo por parte de las mujeres, prendedores de corbata e insignias de aviación por parte de los hombres). Incluso Arnold Kovitsky se dejó llevar por el ambiente, fue hasta el micrófono con decisión y se transformó en Marlene Dietrich cantando Lili Marlene.

Los soldados temblaron y lloraron, aturdidos por la belleza pura de todo aquello: la canción, las despedidas, la llamada a las armas.

Un aviador rubio de mejillas sonrosadas cuya insignia decía que se llamaba BEESON se giró hacia McClusky y alzó la mano.

—¿Sí, teniente Beeson?

—Comandante McClusky, ¿tenemos tiempo para un último foxtrot?

—Lo siento, marinero, el tío Sam nos necesita ahora mismo. ¡A sus puestos de combate, soldados!

14 de septiembre.

Latitud: 66°50’N. Longitud: 2°45’O. Rumbo: 044. Velocidad: 7 nudos. Temperatura del mar: –5° Celsius. Temperatura del aire: –11° y bajando.

A las 0745 ocurrieron dos acontecimientos trascendentales. El Valparaíso cruzó el círculo ártico y yo me afeité la barba. Una operación de importancia. Tuve que pedirle prestado un par de tijeras de carnicero a Follingsbee y, despues, gasté media docena de cuchillas de afeitar desechables de Ockham.

El hielo envuelve nuestro cargamento, una costra suave que va de la cabeza a los pies como la tripa que envuelve una salchicha. Cuando lleguemos a Kvitoya, su carne estará sólida como el mármol.

—Ve, la putrefacción se ha detenido, tal como predijeron nuestros ángeles —dije, acercándome a grandes pasos a Ockham—. No necesitamos el maldito formaldehído del Vaticano.

El padre estaba en la cubierta de popa, observando cómo el grupo de la sala de bombeo se deslizaba por el esternón de Dios. Últimamente, el patinaje sobre hielo se ha convertido en el entretenimiento principal de la tripulación, y ha llegado a eclipsar tanto al stud-poker como al ping-pong. Su equipo es una chapuza —cuchillos fijados a borceguíes— pero funciona bien. Para mayor protección contra el frío, se cubren las manos, los pies y la cara con grasa gloriosa. Ockham me miró a la cara y sonrió, obviamente, aliviado de que volviéramos a hablarnos.

—Alguien debería ponerse en contacto con Roma y decirle que Él por fin está estable —dijo, mientras Bud Ramsey se caía de culo—. Seguro que preferiría no tener a Di Luca persiguiéndonos en el Maracaibo.

No podía disputar la lógica del hombre e incluso le permití redactar el mensaje (lo hizo en su camarote. Venderán orejeras en el infierno antes de que vuelva a dejar que Ockham suba al puente). A las 1530 Chispas envió por fax las buenas noticias a Roma y a las 1538 salió un segundo comunicado, éste a la soleada España. Sólo tenía doce palabras. «Espérame en Valladolid el mes próximo tanto si quieres como si no», le dije a mi padre.

Nos estamos acercando mucho al final, Popeye. Después de la cena de esta noche, el mejor stroganoff de Follingsbee hasta ahora, el cocinero dijo que quería que viera los resultados de un «experimento científico» en el que había estado trabajando desde nuestra parada en Irlanda. Me llevó fuera —en qué país de las maravillas se ha convertido nuestra cubierta de barlovento, con hielo colgando de las pasarelas en grandes telarañas cristalinas, escarcha brillando en las tuberías y en las válvulas—, y hacia las profundidades del tanque de lastre número cuatro, charlando todo el camino sobre los placeres de la agronomía casera. No habíamos andado ni tres metros cuando mis orificios nasales vibraron de placer. Señor, qué aroma tan maravilloso: madurez total, pura fecundidad. Encendí la linterna.

Al fondo del tanque había un jardín de colores intensos, las verduras se habían hecho bulbosas más allá de las fantasías más descabelladas de El Bosco, las frutas eran tan gordas que casi gritaban para que las arrancasen. Arboles retorcidos surgían de repente de la oscuridad, las ramas dobladas por manzanas del tamaño de una pelota de voleibol. Se alzaban espárragos del suelo como una especie singular de cactus. Crecía brécol junto a la sobrequilla, cada troncho tan alto y grueso como una mimosa. Caían viñas de las escaleras, las uvas violeta oscuro apiñadas como los ganglios linfáticos de Godzilla.

—Sam, eres un genio.

El cocinero se quitó el sombrero en forma de pastelito de nata e hizo una reverencia modesta.

—Todas las semillas vinieron de las provisiones que compramos en Galway. La tierra es una mezcla de piel y plasma. Lo que no entiendo es lo rápido que ha crecido todo, aún a temperaturas bajo cero y sin un solo rayo de sol. Siembras una pepita de naranja y diez horas después… ¡bingo!

—Así que la mitad del mérito pertenece a…

—Más de la mitad. Es un gran abono, capitán.

Cuando este viaje por fin se haya acabado, Popeye, sólo hay una cosa que echaré de menos y es la comida.

La parka de Cassie, que había tomado prestada de Bud Ramsey, tenía un relleno de plumón de oca de la mejor calidad; los calcetines, de Juanita Torres, eran cien por cien lana virgen; los guantes, de la hermana Miriam, contenían piel de conejo pura. Aun así, el frío seguía penetrando, comiéndose cada capa protectora como una polilla ártica voraz. El termómetro del ala de estribor estaba a menos veintidós grados y eso no incluía la sensación térmica. Subiendo los prismáticos enfocó la nariz refulgente y coronada de nieve. Mucho más lejos, se derramaba un chorro constante de partículas solares cargadas, infinidad de electrones y neutrones que entraban en el campo magnético de la Tierra y chocaban con los gases atmosféricos enrarecidos. La aurora resultante llenaba todo el cielo del norte: una bandera luminosa azul y verde ondeando en un silencio inquietante sobre las olas que llegaban y las masas flotantes de hielo errantes.

Lo que más admiraba de Anthony Van Horne, el hecho que hacía que siempre estuviese allí esos días, que siempre estuviera revoloteando por su cabeza, era su obsesión. Por fin había conocido a alguien tan tozudo como ella. Instantáneas de una odisea en el mar: Anthony matando un tiburón tigre con una bazuka, sofocando un motín con comida rápida, convenciendo a sus marineros para que movieran una montaña. Igual que Cassie no se detendría ante nada para destruir a Dios, el capitán tampoco se detendría ante nada para protegerle. Era verdaderamente intenso, casi erótico, ese vínculo extraño y tácito que había entre ellos.

La cuestión, por supuesto, era si el admirable proyecto de Oliver existía todavía. La lógica pura decía que los finos hilos que unían los intereses de la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste a los de la Sociedad de Recreación de la Segunda Guerra Mundial se habían cortado por completo durante el largo encarcelamiento del Valparaíso en la isla Van Horne. Sin embargo, Cassie conocía a Oliver. Comprendía su devoción absoluta, apasionada y tediosa por ella. Cuanto más lo pensaba, más convencida estaba de que él habría encontrado un modo de mantener la alianza con vida. Cualquier día, a cualquier hora, la Edad de la Razón caería sobre el Corpus Dei.

En la sala de navegación del Valparaíso, sorprendentemente, no hacía más calor que en las alas del puente. Cuando Cassie entró, su aliento humeante pasó flotando sobre la mesa de formica y se quedó encima de un mapa de Cerdeña, creando una formación masiva de nubes sobre Cagliari. Por suerte, alguien se había encargado de compensar los conductos defectuosos de la calefacción trayendo una estufa Coleman. La encendió y se puso a trabajar, estudiando los cajones anchos y llanos hasta que se fijó en uno con la etiqueta de OCÉANO ÁRTICO. Lo abrió. El cajón contenía unos cien cuerpos de agua invadidos por el hielo —Scoresby Sound de Groenlandia, Vestfjorden de Noruega, el estrecho Hinlopen de Svalbard, el mar de Siberia Oriental de Rusia—, y sólo después de hojear hasta la mitad del montón se encontró con una carta de navegación que describía tanto el círculo polar ártico como la isla Jan Mayen.

Espera un ataque aéreo a 68°11’N, 2°35’O, había dicho el fax de Oliver, a 240 kilómetros al este del punto de lanzamiento…

Se volvió hacia la mesa de formica y desplegó el mapa. Estaba lleno de datos: sondeos, fondeaderos, naufragios, rocas sumergidas, el equivalente geográfico de un texto de anatomía, decidió, los detalles más íntimos de la Tierra al descubierto. Cogió un bolígrafo e hizo los cálculos en un pedazo suelto de papel de carta de Carpco. Hacía poco, receloso de los icebergs, Anthony había reducido la velocidad de nueve nudos a siete. Siete por veinticuatro: estaban cubriendo 168 millas náuticas por día. Graduó el compás de puntas fijas con la escala de franjas, diez millas de punta a punta, y lo llevó desde la posición del Val —67 al norte, 4 al oeste—, hasta el lugar que Oliver había especificado. Resultado: apenas 280 millas. Si su optimismo no la engañaba, el ataque estaba a menos de cuarenta y ocho horas a partir de entonces.

—¿Buscando el Paso del Noroeste?

No le había oído entrar, pero ahí estaba, vestido con un suéter verde de cuello vuelto y una gorra naranja de punto, deshilachada. Iba bien afeitado, terriblemente bien. Bajo el resplandor brillante del neón le quedaba la barbilla completamente al descubierto, con el hoyuelo que le hacía un guiño.

—Añoranza —respondió ella, tirando el compás al mar de Noruega—. Diría que estamos por lo menos a cuatro días de Kvitoya. —Se frotó cada brazo con la mano opuesta—. Ojalá esa maldita estufa funcionara mejor.

Anthony se quitó la gorra.

—Hay remedios.

—¿Para la añoranza?

—Para el frío.

Sus brazos se abrieron como las puertas de una taberna especialmente acogedora y agradable y, con una risa nerviosa, ella le abrazó, apretándose contra su pecho lanudo. Él le masajeó la espalda; con la mano le grababa espirales hondas y lentas en el espacio que tenía entre los omóplatos.

—Te has afeitado.

—Aja. ¿Tienes menos frío?

—Mm…

—¿Sabes guardar un secreto?

—Ya ha ocurrido otras veces.

—El Vaticano nos ha ordenado que viremos y que nos dirijamos hacia el sur.

—¿Al sur? —El pánico la atravesó. Apretó la mano con fuerza.

—Se supone que tenemos que encontrarnos con el vapor Carpco Maracaibo en el mar de Gibraltar. Lleva formaldehído en los compartimientos de carga.

—Los ángeles ordenaron que le congelaran, no que le embalsamaran —protestó ella.

—Por eso mantenemos el rumbo actual.

—Ah… —Cassie se relajó, riéndose para sí misma, retozando en su interior. Mantenemos el rumbo actual, maravilloso, perfecto, directos a las garras de la Ilustración.

Él le besó la mejilla, con suavidad, con ternura: un beso de hermano, nada carnal. Luego la frente, los ojos. Mandíbula, oreja, mejilla otra vez. Sus labios se encontraron. Ella se apartó.

—No es una buena idea.

—Sí, lo es —dijo él.

—Sí, lo es —repitió ella.

Y, de repente, estaban uniéndose otra vez, abrazándose furiosamente, se entrelazaban. Se besaron con voracidad, las bocas bien abiertas, como si quisieran engullirse el uno al otro. Cassie cerró los ojos, deleitándose con la liquidez de la lengua de Anthony: una forma de vida por sí misma, miembro de una especie de anguila asombrosamente sensual.

Soltándose, el capitán dijo:

—La estufa puede dar más calor, ¿sabes?…

—Más calor —repitió ella, recobrando el aliento.

Se agachó sobre la Coleman y ajustó el control del combustible, convirtiendo la llama en una masa roja enfurecida, una especie de aurora boreal interior. Él abrió el cajón del OCÉANO ÍNDICO, sacó rápidamente un mapa grande y laminado y lo extendió en el suelo como una manta de picnic.

—Madagascar es el mejor sitio para estas cosas —explicó, guiñándole un ojo. Despacio, con lascivia, la sala de navegación se calentó.

—Te equivocas —dijo Cassie, juguetona, quitándose la parka. Buscó en el cajón del Mar de Sulu y agarró un retrato de las Filipinas—. Palawan es mucho más erótico. —Sacó el mapa y lo hizo deslizar hasta el suelo como una alfombra mágica al aterrizar en el Bagdad del siglo XIII.

—No, doctora. —Recorriendo con la vista el cajón llamado POLINESIA FRANCESA, sacó el archipiélago Tuamotu—. En realidad es Puka-Puka.

—Éste —se rió ella, con el pulso latiendo aceleradamente mientras extraía Mallorca del cajón de las ISLAS BALEARES.

—No, éste de Java.

—Sulawesi.

—Sumatra.

—Nueva Guinea.

Cerraron la puerta con llave, apagaron las luces del techo y se echaron entre el mosaico de tierras esparcidas. Cassie le dejó el cuello al descubierto; los labios de Anthony deambularon por toda su yugular, plantando besos. Gimiendo suavemente, rodando hacia las islas Caimán, se desvistieron el uno al otro, a la deriva en las aguas cálidas del embalse de Bartlett. El flexo proyectaba sombras crudas por las piernas peludas y el gran pecho de simio de Anthony. Mientras se deslizaban hacia la Bahía de Alcudia, Cassie se puso a trabajar con la boca, dando forma a su pasión hasta desarrollar plenamente su potencial y parecer el mascarón de proa de una fragata priápica grandiosa.

Flotaron hacia el norte, entrando en el canal frío y agitado de Mozambique, justo al lado de Madagascar, y fue allí donde Anthony sacó un Supersensible Shostak de la cartera y se lo puso. Rodeándole la parte baja de la espalda con las piernas, ella dirigió el miembro envainado adonde quería ir. Sonriendo, él navegó por sus aguas saladas: Anthony Van Horne, un barco con una misión. Ella aspiró. Él emanaba una fragancia alucinante, una amalgama de almizcle y salmuera por la que discurrían todas las cosas gomosas o con ventosas que Dios y la selección natural habían traído del mar. Decidió que así era cómo las Islas Galápagos habrían olido, si hubiera llegado allá.

Cuando él se corrió, habían recorrido todo el camino desde el estrecho Mindoro hasta las playas luminosas y húmedas de la isla china de Hainan.

Retirándose, dijo:

—Supongo que me siento un poco culpable.

—¿Oliver?

Asintió.

—Hacerle el amor a una dama con el condón de su novio…

—El padre Thomas estaría orgulloso de ti.

—¿Por fornicar?

—Por sentirte culpable. Tienes una conciencia kantiana.

—No es una culpa dolorosa —se apresuró a añadir, deslizando los dedos índice y corazón dentro de ella—. No es igual que lo que se siente al dejar ciego a un manatí. Casi estoy disfrutando con ella.

—A la mierda la Bahía Matagorda —susurró Cassie, deleitándose con sus caricias. La Coleman silbaba y gruñía. De ella fluían todas las cosas buenas y rezumantes del planeta: salsa de chocolate y mantequilla clarificada, queso fundido y jarabe de arce, yogur de melocotón y barbotina de ceramista—. A la mierda la culpa, a la mierda Oliver, a la mierda Immanuel Kant. —Se sentía como una campana, un carillón extraordinariamente orgánico, y faltaba poco para que repicara, oh, sí, en cuanto ese carillonero talentoso, tan atento con su badajo…

—A la mierda todos —afirmó él.

Ella alcanzó el orgasmo en el Golfo de Tailandia.

Duró más de un minuto.

Cuando Anthony se quitó el condón, la bolsita goteó, añadiendo su contenido al revoltijo hermoso de sudor y jugos que ahora llegaba a las costas de Hainan.

—Lo que siempre me ha llamado mucho la atención de hacer el amor en China —dijo él, señalando el maremoto y sonriendo—, es que tienes ganas de volver a hacerlo una hora después.

—¿Una hora? ¿Tanto tiempo?

—Está bien, veinticinco minutos. —El capitán le rodeó el pecho izquierdo con la mano, sopesándolo como un ama de casa al comprobar un pomelo—. ¿Quieres saber la clave para entender a mi padre, doctora?

—La verdad es que no.

—Su obsesión con Cristóbal Colón.

—Olvidémonos de papá un rato, ¿vale?

Con cuidado, Anthony apretó la glándula.

—Así es como Colón creía que era el mundo.

—¿Mi pecho izquierdo?

—El pecho izquierdo de cualquiera. A medida que pasaron los años, quedó claro que ni siquiera había estado cerca de dar la vuelta al globo, la Tierra era obviamente cuatro veces mayor de lo que había supuesto, pero Colón seguía necesitando creer que había llegado a Oriente. No me preguntes por qué. Simplemente tenía una necesidad. Luego se supo que se había inventado una teoría disparatada de que el mundo en realidad tenía la forma de un pecho de mujer. Sí que había dado casi toda la vuelta, pero lo había hecho en el pezón —Anthony pasó el dedo por el borde de la areola de Cassie, haciéndole cosquillas—, mientras que todos los demás estaban midiendo la circunferencia mucho más al sur —sus dedos vagaron hacia abajo—. Así que mi padre, al final, tiene a un necio como ídolo.

—Caray, Anthony, algo bueno ha de tener. Todo el mundo tiene algo bueno, incluso Dios.

El capitán se encogió de hombros.

—Me enseñó mi oficio. Me dio el mar. —Una risita sardónica salió de sus labios—. Me dio el mar y yo lo convertí en un pozo séptico.

Cassie se puso tensa de repente. Una parte de ella, la parte irracional, quería conservar a este marino desesperado en su vida mucho después de que el Valparaíso llegase a puerto. Podía imaginarse fletando con él su propio carguero privado y saliendo juntos para las Galápagos. La otra parte sabía que él nunca jamás se liberaría de la Bahía Matagorda y que cualquier mujer que se liara con Anthony Van Horne acabaría pisando el mismo petróleo maligno en el que él se estaba ahogando.

Durante los siguientes quince minutos, el capitán le dio placer con la lengua, esta vez no era una anguila, sino un pincel húmedo y carnoso que pintaba la mansión de su cuerpo. Nada de esto me influirá, juró cuando él sacó un segundo Supersensible. Incluso si me enamoro de él, decía el juramento silencioso de Cassie, seguiré haciendo la guerra contra su cargamento.

Guerra

—Dame pantalones que valgan millones —cantaba Albert Flume mientras metía a Oliver, a Barclay y a Winston en el ascensor oxidado de pasajeros del Enterprise como si fueran ganado.

—Con hombros Gibraltar, brillantes como un altar. —Sidney Pembroke apretó el botón en el que ponía CUBIERTA DEL HANGAR.

—Una capa frenética —dijo Flume.

—De la clase estética —rimó Pembroke.

—Póntela.

—Suéltala.

—Ondéala.

—¡Ponte de gala!

—¿Código de la Marina? —preguntó Barclay mientras la cabina destartalada bajaba al casco.

—Argot de caballeros con trajes a rayas —respondió Pembroke—. Jolines, cómo echo de menos los años cuarenta.

—Ni siquiera estabas vivo en los años cuarenta —dijo Barclay.

—No. Jolines, cómo los echo de menos.

En la nave del hangar de proa hacía un calor asombroso, un fenómeno que evidentemente se debía a siete estufas de queroseno que rugían y resoplaban a lo largo del tabique de contención de en medio del barco. A Oliver se le llenó la frente de sudor, que le corrió hacia abajo y le picó en los ojos. Por instinto, se desvistió, se quitó la parka del Karakorum, la bufanda de cachemir, los guantes de piel de vaca y la gorra de punto de la Marina.

—Táctica. —Quitándose la cazadora de aviador del Memphis Belle, Pembroke recorrió la nave cavernosa con el brazo desnudo.

—Exacto. —Flume se sacó el suéter azul de cuello redondo—. La estrategia es el alma de la guerra, pero nunca menospreciéis el poder de la táctica.

La nave estaba atestada hasta las paredes, había montones de aviones, uno contra otro, las alas dobladas como los brazos de unos soldados de infantería derrotados y agachados para rendirse. En pantalones cortos y camiseta, la tripulación de mantenimiento iba de aquí para allá, bloqueando ruedas, sacando tableros de mandos, husmeando dentro de los motores. A unos cuantos metros dos marineros de aspecto nervioso corrieron la puerta de acero de la santabárbara, cogieron con cuidado una bomba destructora de doscientos kilos y la pusieron en un carrito sin motor.

—Los aviones de los portaaviones estadounidenses se guardan tradicionalmente en la cubierta de vuelo —dijo Pembroke.

—A diferencia de la convención japonesa de guardarlos en la cubierta del hangar —añadió Flume.

—Al llevar los dos escuadrones abajo, el almirante Spruance ha descongelado todos los timones, alerones y cables de combustible.

—En cuanto amanezca, pondrá todos los motores en marcha aquí abajo. Imaginaos: poner en marcha los motores en las naves del hangar, ¡qué táctica tan brillante!

Los manipuladores de la bomba transportaron la carga en el carrito de un lado a otro de la nave y, como si volvieran a poner a un bebé en la matriz, la metieron en el fuselaje de un Dauntless SBD-2.

—Oye, vosotros tenéis intención de venir, ¿no? —preguntó Flume.

—¿Venir? —dijo Oliver.

—A la batalla. El alférez Reid ha aceptado llevarnos en el avión Fresa Once.

—Este tipo de cosas no me va —dijo Barclay.

—Pero tenéis que venir —dijo Pembroke.

—A Marx nunca le han gustado las batallas —dijo Winston—. A mí tampoco me parecen nada especial.

El presidente de la Liga de la Ilustración se sacó el pañuelo de lino con monograma y se secó el sudor de la frente. Si se hubiera esforzado, le habría sido fácil desanimarse, pensando en fantasías del Fresa Once estrellándose contra un iceberg o volando en pedazos por una bomba destructora perdida. Sin embargo, la verdad era que quería poder decirle a Cassandra que estaba allí, allí mismo, cuando el Cadáver de todos los Cadáveres se hundió en la Dorsal de Mohns.

—No me lo perdería por nada del mundo.

A la mañana siguiente, a las 0600, los pilotos y artilleros de Spruance abarrotaron la sala de instrucciones del portaaviones, viciada y llena de humo. Oliver enseguida pensó en los oficios episcopalianos a los que sus padres le habían llevado periódicamente, y a su pesar, en su pueblo, Bala Cynwyd, Pensilvania; había el mismo silencio pesado, la misma veneración inquieta, el mismo ambiente de gente que se preparaba para que la pusieran al tanto de los asuntos de la vida y de la muerte. Los ciento treinta y dos recreadores de guerra estaban sentados rigurosamente firmes, con la mochila del paracaídas en equilibrio sobre la falda como un cantoral.

Muy erguido y con el pecho hinchado, el intérprete de Spruance se metió la pipa de brezo entre los dientes, subió al podio, cogió la cuerda de la persiana de guillotina y desplegó una vista aérea dibujada a mano del cuerpo en cuestión, con la sonrisa enigmática incluida.

—Nuestro objetivo, caballeros: el insidioso golem oriental. Nombre codificado: «Akagi». —El cadáver estaba dibujado con los brazos y las piernas extendidos, evocando el famoso Hombre según las proporciones de Vitrubio de Da Vinci—. La estrategia de Nimitz requiere una serie de ataques coordinados a dos blancos distintos. —Tras coger el puntero de la bandeja de la tiza, el almirante señaló la nuez con él—. Nuestro escuadrón torpedero se concentrará en esta zona de aquí, el Blanco A, bombardeando la región que hay entre la segunda y la tercera vértebra cervical y creando una ruptura que descienda desde la epidermis hasta el centro de la garganta. Si nuestros cálculos son correctos, Akagi empezará entonces a hacer agua, mucha de la cual fluirá por la tráquea hasta los pulmones. Mientras, el Bombardeo de Reconocimiento Seis lanzará sus cargas explosivas en el estómago, agrandando de forma sistemática esta depresión de aquí (el Blanco B, el ombligo) hasta que se haya abierto una brecha en la cavidad abdominal. —Sujetando el puntero bajo el brazo como una fusta, Spruance se volvió hacia el líder del grupo aéreo—. Atacaremos en oleadas alternas. Con este fin, usted, comandante McClusky, dividirá cada escuadrón en dos secciones. Mientras que una sección esté sobre el blanco que se le haya designado, la otra se reabastecerá de combustible y se rearmará aquí en Madre Oca. ¿Preguntas?

El teniente Lance Sharp, un hombre barrigón que se estaba quedando calvo y tenía una manchita diminuta de bigote castaño sobre el labio superior, alzó la mano.

—¿Qué clase de resistencia podemos esperar?

—Los PBY informan de que hay una ausencia total de aviones de combate y de artillería antiaérea tanto en el Valparaíso como en el golem. Sin embargo, no olvidemos quién construyó a ese mamotreto. Calculo que el enemigo lanzará una cobertura aérea de combate de entre unos veinte y treinta Ceros.

El capitán de corbeta E.E. Lindsey, un virginiano tenso que tenía un parecido extraordinario con Richard Widmark, fue el siguiente en hablar.

—¿Realmente lanzarán una cobertura aérea de combate?

—Es táctica básica de portaaviones, señor.

—Pero, ¿de verdad lo harán?

—Lanzaron una cobertura aérea de combate de padre y muy señor mío el 4 de junio de 1942, ¿no? —Spruance mordisqueó la pipa—. Bueno, no, en realidad no lanzarán una cobertura aérea de combate —añadió, más que un poco fastidiado.

—Una pregunta sobre técnica, almirante —inquirió Wade McClusky—. ¿Bombardeamos en picado o es mejor hacerlo planeando?

—Yo de usted, dada la falta de experiencia de los pilotos, optaría por bombardear planeando.

—Mis pilotos no son inexpertos. Son muy capaces de bombardear en picado.

—Eran inexpertos en el 42. —Spruance deslizó el puntero por el pecho izquierdo—. Y asegúrense de entrar por el este. De ese modo, los artilleros antiaéreos quedarán cegados por el sol.

—¿Qué artilleros antiaéreos? —preguntó Lindsey.

—Los artilleros antiaéreos japoneses —dijo Spruance.

—Esto es el ártico, almirante —dijo McClusky—. El sol sale por el sur, no por el este.

Por un momento, Spruance pareció confundido, luego esbozó una sonrisa de oreja a oreja que se equiparaba a la de Akagi.

—¡Eh, aprovechémonos de eso! ¡Ataquen por el sur y lancen un bombardeo en picado de mil demonios!

—¿Seguro que no quiere decir lancen un bombardeo planeando de mil demonios? —preguntó McClusky.

—¿Sus muchachos no saben bombardear en picado?

—No sabían en el 42, almirante. Hoy sí.

—Creo que deberían bombardear en picado, ¿usted no, comandante?

—Sí, almirante —dijo McClusky.

Spruance golpeó el costado derecho de Akagi con el puntero.

—¡Bien, muchachos, enseñémosles a combatir a esos cabrones de ojos rasgados!

A las 0720, el hombre guapo y dentudo que hacía de alférez Jack Reid condujo a Oliver, a Pembroke, a Flume y al actor corpulento que interpretaba al alférez Charles Eaton a la lancha y les transportó hasta el Fresa Once. Reid se sentó con cuidado en el asiento del piloto. Eaton asumió la posición del copiloto. Después de agacharse y meterse en las burbujas de las ametralladoras, Pembroke y Flume se cambiaron las parkas por chalecos antibalas malvas a juego, luego se pusieron los auriculares, abrieron un refrigerador de aluminio y empezaron a sacar la materia prima de un picnic: mantel a cuadros, servilletas de papel, tenedores de plástico, botellas de cerveza Rheingold añeja, recipientes Tupperware llenos de delicias de la cocina del Enterprise. A los pocos minutos, el hidroavión PBY se movía, subiendo hacia el diáfano sol de medianoche. Con los prismáticos en la mano, Oliver cruzó a gatas los compartimientos vacíos para acabar instalándose en el puesto del mecánico; era un espacio estrecho, manchado de óxido y de pintura desconchada («pobres Sidney y Albert —pensó—, nunca podrían recuperar los años cuarenta de verdad, sólo los restos, que se estaban desintegrando»), pero la ventana grande le ofrecía una vista amplia del mar y del cielo. Para bien o para mal, desde esa posición ventajosa también podía oír a los empresarios teatrales.

—Mira, el capitán Murray está situando a Enterprise contra el viento —le dijo Pembroke a Oliver mientras el portaaviones viraba poco a poco hacia el este.

—Es el procedimiento habitual para lanzar un escuadrón —explicó Flume—. Con una pista tan corta, tiene que haber mucho viento debajo de todas las alas.

El alférez Reid llevó el PBY a setecientos metros y luego lo enderezó y rizó un poco, dándoles a sus pasajeros una vista clara de la cubierta de vuelo. En anorak verde, el personal del mal tiempo corría de aquí para allá, partiendo el hielo con picos y tirando los fragmentos por la borda con palas para el carbón. Con traje amarillo, el personal encargado de la manguera acabó el trabajo, apuntando hacia la pista y soltando torrentes de descongelante líquido.

—Ya llega la sección Torpedo Seis —dijo Pembroke cuando, con las alas dobladas, dos Devastators subieron en sus respectivos ascensores a la cubierta de vuelo.

Procurando que la estela de las hélices no les lanzase por la borda, un cuarteto de manipuladores de aviones vestidos de azul corrieron al Devastator de proa, el 6-T-9, desbloquearon las ruedas y desplegaron las alas, con lo cual el piloto giró 180 grados y rodó por en medio del barco. Cuando el oficial encargado de las señales agitó los bastones, el piloto volvió a girar, aceleró el motor y recorrió la pista a toda velocidad, arrojando descongelante por las ruedas. Oliver casi esperaba que el avión se estrellase en el mar, pero en cambio, alguna ley creada por Dios se hizo cargo —el efecto Bernoulli, creía que se llamaba—, y alzó al 6-T-9 de la proa y lo elevó sobre las olas.

—Los Devastators necesitan que les den ventaja sobre los aviones de bombardeo en picado —explicó Pembroke cuando el 6-T-11 se unía a su gemelo, que ya había despegado. Los dos aviones volaron en círculos sobre el portaaviones, esperando al resto de la sección—. Son unos diablos lentos, esos Devastators. Ya estaban obsoletos incluso antes de que el primero saliera de la cadena de montaje.

Oliver espiró intensamente, empañando la ventana del mecánico.

—¿Obsoletos? ¿Ah, sí?

—Eh, no te preocupes, chico —dijo Pembroke.

—Tu golem está casi muerto —dijo Flume.

—Y en el peor de los casos, siempre tenemos el Plan de Operación 29-67.

—Exacto. El Plan de Operación 29-67.

—¿Qué es el Plan de Operación 29-67? —preguntó Oliver.

—Ya verás.

—Te encantará.

De dos en dos, los Devastators siguieron llegando, rodando, acelerando, despegando. A las 0815 toda la sección del primer ataque Torpedo Seis estaba en el aire, quince aviones que se agruparon en tres formaciones con forma de V. Una deliciosa sensación de inevitabilidad flotaba en el aire, una sensación de Rubicones cruzados y puentes quemados, como nada que Oliver hubiera experimentado desde que él y Sally Morgenthau se hubieron liberado mutuamente de sus respectivas virginidades después de un concierto de Grateful Dead en 1970. «Dios mío —había pensado entonces—, Dios mío, si lo estamos haciendo.»

—Pongámonos en marcha, alférez —gritó Flume por el micrófono del interfono—. No debemos llegar tarde al baile.

Girando la palanca de mando treinta grados, el intérprete de Jack Reid empujó la válvula de control. Oliver, con el pulso que le latía aceleradamente (lo estamos haciendo, lo estamos haciendo), se puso los auriculares. Pembroke hojeaba un ejemplar de Stars and Stripes de la época de la guerra. Flume abrió una fiambrera Tupperware y sacó un sandwich de fiambre de cerdo con cebolla. Por el interfono, el intérprete del alférez Eaton silbaba Embraceable You. El Fresa Once volaba junto al sol, planeando a setenta nudos sobre la cadena de icebergs colosales mientras perseguía al valiente escuadrón del capitán de corbeta Lindsey hacia el este por el Mar de Noruega.

En su corta pero ajetreada carrera de marinero preferente, Neil Weisinger había gobernado todo tipo de barco mercante imaginable, desde buques frigoríficos hasta cargueros de los Grandes Lagos, desde bulkcarriers hasta ro-ros, pero nunca había tomado el timón de algo tan raro como el vapor Carpco Maracaibo.

—A la derecha, cero-dos-cero —ordenó el oficial de guardia, Mick Katsakos, un cretense moreno con pantalones acampanados blancos, una parka manchada de aceite y una gorra griega de pescador.

—Derecha, cero-dos-cero —repitió Neil, girando el timón.

Desde luego, había oído hablar de barcos como ése, petroleros del Golfo Pérsico equipados teniendo en cuenta las realidades políticas del Oriente Medio. Cuando estaba lleno hasta la línea de carga, un petrolero del Golfo sólo llevaba la mitad de la carga de un transportador de crudo ultra grande convencional y, sin embargo, desplazaba un tercio más de agua. Una sola mirada a la silueta del Maracaibo bastaba para explicar esa disparidad. Había tres cañones Phalanx de 20 mm sobre el castillo de proa; seis cañones Meroka de 12 tubos sobresalían de popa; cincuenta cargas de profundidad Westland Lynx Mk-15 estaban pegadas a las amuradas. En cuanto a misiles, el Maracaibo conseguía el ideal elusivo del multiculturalismo: Crotales de Francia, Aspides de Italia, Sea Darts de Gran Bretaña, Homing Hawks de Israel. Desde que añadiera doce petroleros del Golfo Pérsico a su flota de navegación, las acciones de Carpco habían subido once puntos.

—Rumbo franco —dijo Katsakos.

—Rumbo franco —repitió Neil.

Era la hostia de peligroso, este asunto de maniobrar a alta velocidad a través de los icebergs y de los témpanos de hielo del Mar de Noruega. A pesar de su categoría de segundo oficial, Katsakos no parecía un marino especialmente listo o experimentado (el día anterior les había desviado seis leguas antes de darse cuenta de su error), y la verdad era que Neil no se fiaba de que pudiera guiar el petrolero sin peligro. El deseo ferviente de Neil era que el capitán mismo del Maracaibo apareciera en el puente y le relevara.

—Diez grados del timón izquierdo.

—Diez del izquierdo.

Sin embargo, el capitán nunca aparecía en el puente —o en ningún otro sitio, en realidad—. Era tan distante e inaccesible como el Dios inmaterial al que Neil no había encontrado durante su exilio voluntario en la isla Van Horne. A veces se preguntaba si el Maracaibo siquiera tenía un patrón.

Durante los primeros tres días, la penitencia de Neil había ido bien. El sol había sido caluroso, como correspondía, el hambre le había dolido de la forma apropiada, la sed había sido intensa como era debido (no se había permitido más de medio litro de rocío cada cuatro horas). Posado en su higuera petrificada como un buitre enloquecido, marginado y hambriento espiritualmente, Neil había luchado por ganarse la atención del universo. «¡Te le apareciste a Moisés! ¡Te le apareciste a Job! —había gritado a la niebla, una y otra vez, hasta que la lengua se le secó tanto que las palabras se le pegaban a ella como abrojos—. ¡Ahora aparece ante mí!»

Mirando al mar, Neil se había quedado atónito al contemplar un petrolero del Golfo Pérsico, grávido de carga y fondeado en la misma cala de la que el Valparaíso había partido hacía poco. Una hora después, un hombre falstaffiano con el cutis mal cuidado apareció junto al pie de su árbol, envuelto en la bruma eterna de la isla.

—¿Y quién es usted? —preguntó el intruso con un acento italiano musical. Llevaba arena color terracota pegada a la sotana de vinilo que apagaba la seda rojo brillante.

—Marinero preferente Weisinger de la Marina Mercante de los Estados Unidos —masculló, seguro de que estaba a punto de desmayarse.

—Cardenal Tullio Di Luca del Vaticano. Puede llamarme Eminencia. ¿Está con el Carpco Valparaíso?

—Ya no. —Una ola de vértigo. Neil temió caerse del árbol—. Estoy abandonado, Eminencia. La última vez que vi el Val, se dirigía al Ártico.

—Qué raro. A su capitán se le ordenó que regresara a esta isla. Según parece, está siguiendo su propia estrella.

—Eso parece.

—¿Fue Van Horne quien le abandonó?

—Me abandoné yo solo.

—¿Ah, sí?

—Para encontrar a Dios —explicó Neil. Los hoyos que tenía el cardenal Di Luca en la cara sugerían uno de esos dibujos para niños en que había que unir los puntos. ¿Qué constelación aparecería si trazabas una línea de pústula a pústula? Ophiuchus, supuso Neil. Serpentario—. El Dios más allá de Dios. El Dios de la guardia de las cuatro de la madrugada. En Sof.

—¿Espera encontrar a Dios en un árbol?

—Moisés lo hizo, Eminencia.

—¿Quiere un trabajo, marinero preferente Weisinger?

—Quiero encontrar a Dios.

—Sí, ¿pero quiere un trabajo? El Maracaibo partió antes de que pudiéramos reunir una tripulación adecuada. Le puedo ofrecer el puesto de cabo de maniobra.

El hambre le arañaba el estómago a Neil. La garganta le pedía agua a gritos. Que él supiera, unas cuantas horas más de un sufrimiento así bastarían para encender aquellas ramas con En Sof.

Y sin embargo…

—Para la compañía del Maracaibo —continuó Di Luca—, el cargamento de Van Horne es un elemento de atrezzo para una película. La Santa Sede se propone evitar que se realice la película. Venga con nosotros, Sr. Weisinger. El cincuenta por ciento más por las horas extras.

El Señor, decidió Neil, trabajaba a través de muchos medios, no sólo quemando zarzas y árboles de piedra. YHWH enviaba ángeles, escribía en las paredes, vertía sueños en la cabeza de los profetas. Quizá incluso usaba a la Iglesia Católica de vez en cuando. Enviando a Tullio Di Luca a ese lugar, comprendió Neil invadido por el júbilo, casi seguro que el Dios de las cuatro de la madrugada le estaba diciendo que siguiera con su vida…

—Diez grados a la derecha.

—Diez a la derecha —repitió Neil.

—Rumbo franco.

—Rumbo franco.

Detrás de Neil, se abrió una puerta con un chirrido. Una fragancia acre pasó flotando por el puente, la acidez del sudor humano mezclado con el aroma a bosque de un puro encendido.

—¿Qué rumbo lleva, Katsakos? —una voz masculina, resonante y ronca.

El segundo oficial se puso tenso.

—Cero-uno-cuatro.

Neil se giró. Con sus hombros anchos, columna recta y cabeza leonina saliendo de la capucha de una parka de violeta brillante, el capitán del Maracaibo tenía un aspecto aristocrático, cuando no regio. A pesar de estar surcado por la edad, su rostro era increíblemente bello, con unos ojos marrón oscuro que le brillaban debajo de una frente alta y con pómulos fuertes que flanqueaban una nariz aguileña.

—¿Velocidad?

—Quince nudos —dijo Katsakos.

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