/ Language: Español / Genre:sf_space / Series: Marte (es)

Marte azul

Kim Robinson

Marte ha crecido. Ha sido completamente terraformado —plantas y animales transgénicos— viven a orillas de los canales y mares tormentosos que han aparecido en los últimos años. Marte es ahora un planeta políticamente independiente. La mayoría de los Primeros Cien están muertos; los que quedan son los Mitos vivientes de los jóvenes marcianos… Mientras tanto la Tierra ha crecido demasiado. Nacionalismo rabioso, recursos naturales escasos… demasiado gente… Marte parece un utopía burlona, un sueño inalcanzable, para vivir, para luchar, tal vez, para morir. Un libro hermoso, para vivirlo por dentro. Que sea cierto.

Kim Stanley Robinson

Marte azul

Para Lisa, David y Timothy

PRIMERA PARTE

La Montaña del Pavo Real

Marte es libre ahora. Estamos solos. Nadie nos dice lo que tenemos que hacer.

Era Ann quien hablaba, de pie en la parte delantera del vagón.

Pero es muy fácil volver a caer en las viejas pautas de comportamiento. Acabas con una jerarquía y otra surge para ocupar su lugar. Tendremos que estar en guardia para evitar que eso ocurra, porque siempre habrá quien intente crear otra Tierra. La areofanía ha de ser continua, una lucha eterna. Ahora más que nunca debemos intentar definir qué significa ser marciano.

Sus oyentes, hundidos en los asientos, contemplaban a través de las ventanas el terreno que dejaban atrás con rapidez. Estaban cansados, tenían los ojos irritados. Rojos de ojos enrojecidos. En la cruda luz del amanecer todo semejaba nuevo: la tierra barrida por el viento aparecía desnuda, salvo allí donde la maleza y los guijarros cubiertos de liquen ponían mantos de color caqui. Habían expulsado de Marte a los poderes terrestres; una larga campaña, coronada por meses de frenética actividad, y estaban agotados.

Vinimos a Marte desde la Tierra, y ese pasaje supuso una cierta purificación. Era más fácil comprender las cosas, gozábamos de una libertad de acción que nunca antes habíamos tenido, surgía la oportunidad de expresar lo mejor de nosotros mismos. Y actuamos. Estamos creando una forma de vida mejor.

Ése era el mito, todos habían crecido con él. Y en ese momento, mientras Ann volvía a narrarlo, los jóvenes marcianos la miraron sin verla. Ellos habían diseñado la revolución; lucharon a lo largo y ancho de Marte y empujaron a la policía terrana hacia Burroughs; después inundaron la ciudad y persiguieron a los terranos hasta Sheffield, en la cima de Pavonis Mons. Aún tenían que forzar al enemigo a abandonar Sheffield, subir por el cable espacial y regresar a la Tierra; aún quedaba mucho por hacer. Pero con la exitosa evacuación de Burroughs habían logrado una gran victoria, y algunos de los rostros inexpresivos que miraban a Ann o el paisaje parecían querer un respiro, un momento para saborear el triunfo. Estaban exhaustos.

Hiroko nos ayudará, dijo un hombre joven, rompiendo el silencio de la levitación del tren.

Ann negó con la cabeza. Hiroko es una verde, dijo, la primera verde. Hiroko inventó la areofanía, replicó el joven nativo. Ésa es su principal preocupación: Marte. Ella nos ayudará, lo sé. La encontré y me lo dijo.

Sólo que está muerta, dijo alguien.

Otro silencio. El mundo discurría debajo de ellos.

Al fin, una joven alta se puso de pie, avanzó por el pasillo y abrazó a Ann. El hechizo se había roto; abandonaron las palabras, se levantaron y se agruparon en la parte frontal del vagón, alrededor de Ann, y la abrazaron o le estrecharon la mano… o simplemente la tocaron. Ann Clayborne, la mujer que les había enseñado a amar a Marte, la misma que los había guiado en la lucha para independizarse de la Tierra. Y aunque los ojos enrojecidos de la mujer seguían contemplando fijamente la castigada extensión rocosa del Macizo de Tyrrhena, sonreía. Les devolvía los abrazos, estrechaba las manos, se empinaba para tocar las caras. Todo irá bien, dijo. Conseguiremos que Marte sea libre. Y ellos dijeron sí, y se felicitaron unos a otros. A Sheffield, exclamaron. A terminar el trabajo. Marte nos enseñará cómo hacerlo.

Sólo que ella no está muerta, objetó el hombre joven. La vi el mes pasado en Arcadia. Aparecerá de nuevo. Aparecerá en alguna parte.

En cierto momento antes del amanecer, en el cielo refulgían las mismas franjas rosadas del principio, pálidas y claras en el este, intensas y estrelladas en el oeste. Ann esperó ese momento mientras sus compañeros conducían hacia el oeste, hacia una mole oscura que se elevaba hacia el cielo: la Protuberancia de Tharsis, puntuada por el ancho cono de Pavonis Mons. A medida que subían desde Noctis Labyrinthus por el flanco oriental del gran volcán escudo fueron dejando atrás la mayor parte de la nueva atmósfera; la presión del aire al pie de Pavonis era de sólo 180 milibares, y durante la ascensión cayó por debajo de los 100 y siguió bajando. Ascendieron lentamente; la vegetación desapareció y sintieron crujir bajo las ruedas la nieve sucia cincelada por el viento. Luego dejaron atrás incluso la nieve, y al fin sólo hubo roca y los eternos vientos, gélidos y tenues, de la corriente del chorro. La tierra desnuda presentaba el aspecto que había tenido en los años prehumanos, como si el viaje los hiciera retroceder al pasado.

No era así. Pero algo fundamental en Ann Clayborne se animaba con la visión de ese rocoso mundo férrico bajo los vientos perpetuos, y mientras los vehículos rojos continuaban su singladura montaña arriba, sus ocupantes se sintieron tan extasiados como Ann, y el silencio imperó en las cabinas cuando el sol quebró el horizonte distante detrás de ellos.

La pendiente se hizo menos pronunciada y describió una perfecta sinusoide hasta el terreno llano de la meseta circular de la cima. Desde allí alcanzaban a ver las ciudades-tienda que circundaban el borde de la gigantesca caldera, apiñadas en particular alrededor del pie del ascensor espacial, unos treinta kilómetros al sur.

Detuvieron los rovers. El silencio antes reverente en las cabinas era ahora sombrío. Ann estaba de pie delante de una de las ventanas de la cabina superior, mirando al sur, hacia Sheffield, esa hija del ascensor espacial: construida a causa del ascensor, arrasada cuando éste cayó, erigida de nuevo con el sustituto del ascensor. Ésa era la ciudad que iba a destruir, tan definitivamente como Roma había destruido Cartago; porque tenía la intención de derribar también el nuevo cable, como habían hecho con el primero en 2061. Y la mayor parte de Sheffield sería arrasada de nuevo. Lo que quedara estaría ubicado inútilmente en la cumbre de un volcán elevado, por encima del grueso de la atmósfera. A medida que el tiempo pasara, las estructuras supervivientes serían abandonadas y desmanteladas para recuperar los materiales, y sólo quedarían los fundamentos de la tienda y tal vez una estación meteorológica, en el silencio soleado de una cima montañosa. La sal ya estaba en la tierra.

Una vivaracha roja de Tharsis llamada Irishka salió a recibirlos en un pequeño rover y los guió a través del laberinto de almacenes y pequeñas tiendas que rodeaban la intersección de la pista ecuatorial con la que rodeaba el borde. Mientras la seguían, les fue describiendo la situación local. La mayor parte de Sheffield y el resto de los asentamientos del borde de Pavonis estaban ya en manos de los revolucionarios marcianos. Pero no así el ascensor espacial y los barrios que rodeaban el complejo de su base, y ahí estaba el problema. Las fuerzas revolucionarias de Pavonis estaban formadas en su mayoría por milicias mal equipadas que no necesariamente compartían los mismos objetivos. Que hasta aquel momento hubiesen tenido éxito se debía a numerosos factores: la sorpresa, el control del espacio marciano, varias victorias estratégicas, el apoyo masivo de la población marciana y el hecho de que la Autoridad Transitoria de las Naciones Unidas fuese reacia a abrir fuego contra los civiles, aunque se manifestaran en masa por las calles. Como resultado, las fuerzas de seguridad de la UNTA se habían replegado en todo Marte para reagruparse en Sheffield, y en ese momento muchos atestaban las cabinas del ascensor que subían a Clarke, el asteroide de lastre y estación espacial que había al final del ascensor. El resto se apiñaba en los barrios que rodeaban el enorme complejo de la base, llamado el Enchufe. Ese distrito lo constituían las instalaciones de soporte del ascensor, los almacenes industriales y los albergues, dormitorios y restaurantes necesarios para alojar y alimentar a los obreros del puerto.

—Todo eso está resultando muy útil ahora —dijo Irishka—, a pesar de que están apretujados como sardinas en lata. Si no hubiesen tenido alimento y albergue, seguramente habrían intentado una escapada. La situación es todavía tensa, pero al menos pueden vivir.

En cierto modo se parecía a la situación que acababan de resolver en Burroughs, pensó Ann. Que había acabado bien. Sólo se necesitaba a alguien dispuesto a actuar y la cosa estaría hecha: la UNTA evacuada hacia la Tierra, el cable derribado, el vínculo entre Marte y la Tierra definitivamente roto.

Irishka los guió a través del revoltijo que era Pavonis Este y la pequeña caravana alcanzó el borde de la caldera, donde aparcaron. Al sur, en el borde occidental de Sheffield, el cable del ascensor era una línea apenas visible, y sólo por espacio de unos pocos kilómetros de sus veinticuatro mil. Casi invisible, de hecho, y sin embargo su existencia determinaba todos los movimientos que realizaban, las discusiones, los pensamientos incluso, a través de aquella hebra oscura que los conectaba con la Tierra.

Cuando se hubieron instalado en el campamento, Ann llamó a su hijo Peter por la consola de muñeca. Él era uno de los líderes de la revolución en Tharsis y había dirigido la campaña contra la UNTA que había acabado por confinar sus fuerzas en el Enchufe y sus inmediaciones. Una victoria limitada en el mejor de los casos, pero que convertía a Peter en uno de los héroes del mes anterior.

El rostro de su hijo apareció en la pequeña pantalla. Se parecía mucho a ella, y eso la desconcertaba. Era evidente que otros asuntos que no tenían relación con la llamada absorbían la atención de Peter.

—¿Alguna noticia? —preguntó.

—No —respondió Peter—. Al parecer estamos en una especie de punto muerto. Hemos facilitado el libre acceso al distrito del ascensor a los miembros de las fuerzas policiales atrapados fuera, y ellos controlan la estación ferroviaria, el aeropuerto del borde sur, y las líneas de metro que cubren el trayecto entre esos puntos y el Enchufe.

—¿Los aviones que los evacuaron de Burroughs aterrizaron aquí?

—Sí. Al parecer la mayoría regresa a la Tierra. Están bastante apretujados ahí dentro.

—¿Vuelven a la Tierra o van a quedarse en la órbita marciana?

—Regresan a la Tierra. No creo que a estas alturas confíen mucho en la órbita.

Peter sonrió al decir esto. Había hecho mucho en el espacio, apoyando las iniciativas de Sax y otros. Su hijo, el hombre del espacio, el verde. Hacía muchos años que apenas se hablaban.

—¿Y qué es lo que piensan hacer ahora? —preguntó Ann.

—No lo sé. No creo que podamos apoderarnos del ascensor ni tampoco del Enchufe. E incluso si saliera bien, ellos siempre podrían derribar el ascensor.

—¿Y?

—Bueno… —De pronto Peter pareció preocupado.— No creo que sea conveniente. ¿Y tú?

—Creo que habría que echarlo abajo.

—Entonces será mejor que te alejes de la línea de caída —dijo Peter, ahora irritado.

—Lo haré.

—No quiero que nadie lo derribe sin antes discutirlo a fondo —declaró él con acritud—. Esto es importante. Tiene que ser una decisión tomada por toda la comunidad marciana. Yo pienso que necesitamos el ascensor.

—Sólo que no tenemos manera de apoderarnos de él.

—Eso aún está por ver. Mientras tanto, no es algo que puedas decidir por tu cuenta y riesgo. Me enteré de lo sucedido en Burroughs, pero aquí es diferente, ¿entiendes? Aquí decidimos la estrategia entre todos. Hay que discutirlo.

—Forman un grupo al que eso se les da muy bien —dijo Ann con amargura. Todo se discutía hasta la saciedad y ella siempre perdía. Ya no era tiempo de discusiones. Alguien tenía que actuar. Pero la expresión de Peter era la de quien no está dispuesto a permitir que lo aparten de las resoluciones fundamentales. Evidentemente su hijo pensaba ser quien decidiera sobre el ascensor. Parte de un sentimiento más general de posesión del planeta, sin duda, derecho de nacimiento de los nisei, que desplazaba a los Primeros Cien y al resto de los issei. Si John viviese no les hubiera resultado fácil, pero el rey había muerto, larga vida al rey… su propio hijo, rey de los nisei, los primeros marcianos auténticos.

Pero rey o no, un ejército rojo se estaba reuniendo en esos momentos en Pavonis Mons. Eran la agrupación militar más poderosa que quedaba en el planeta y tenían la intención de completar la labor iniciada cuando la Tierra fue golpeada por la gran inundación. No creían en consensos ni compromisos, y para ellos derribar el cable era matar dos pájaros de un tiro: destruirían el último bastión de la policía y además cortarían toda comunicación fácil entre la Tierra y Marte, uno de los principales objetivos rojos. Sí, derribar el cable era el siguiente paso lógico.

Pero Peter no parecía al corriente de esto. O tal vez no le daba importancia. Ann intentó explicárselo, pero él se limitó a asentir, murmurando «Sí, sí, sí». Tan arrogante como todos los verdes, tan estúpidamente ufanos de sus evasivas, de sus tratos con la Tierra, como si pudiera conseguirse algo de aquel Leviatán. No. Se necesitaría una acción drástica, como en la inundación de Burroughs, como en todos los actos de sabotaje que habían preparado el marco para la revolución. Sin aquello, la revolución ni siquiera habría empezado, o habría sido aplastada de inmediato, como en 2061.

—Sí, sí. Entonces será mejor que convoquemos una reunión —dijo Peter, al parecer tan molesto con ella como Ann lo estaba con él.

—Sí, sí —admitió Ann con cansancio. Reuniones. Pero tenían una cierta utilidad; la gente podía hacerse la ilusión de que significaban algo, mientras el verdadero trabajo se llevaba a cabo en otro sitio.

—Intentaré convocar una —dijo Peter. Al fin Ann había conseguido polarizar su atención; pero el rostro de su hijo tenía una expresión desagradable, como si se sintiera amenazado—. Antes de que la situación se nos vaya de las manos.

—Las cosas ya se nos han ido de las manos —señaló ella, y cortó la conexión.

Ann siguió las noticias de los diferentes canales, Mangalavid, los canales rojos, los resúmenes terranos. Aunque Pavonis y el ascensor se habían convertido en el centro de atención de todo Marte, la convergencia física en el volcán era sólo parcial. Tenía la impresión de que las unidades de la guerrilla roja eran más numerosas que las unidades verdes de Marte Libre y sus aliados, pero no podía asegurarlo. Kasei y el ala más radical de los rojos, el Kakaze («viento de fuego»), habían ocupado hacía poco el borde norte de Pavonis y tomado la estación ferroviaria de Lastflow y su tienda. Los rojos con los que Ann había viajado, muchos de ellos miembros de la vieja corriente principal, discutieron sobre la conveniencia de rodear el borde y unirse al Kakaze, pero al fin decidieron permanecer en Pavonis Este. Ann asistió a esta deliberación sin intervenir, pero el resultado la complació, pues deseaba mantener las distancias con Kasei y Dao y su grupo. La alegraba quedarse en Pavonis Este.

Buena parte de las tropas de Marte Libre también permanecía allí, y dejaron los coches para ocupar los almacenes abandonados. Pavonis Este estaba convirtiéndose en una gran concentración de grupos revolucionarios de todas las tendencias, y un par de días después de su llegada, Ann entró en la tienda y caminó sobre el regolito compactado en dirección a uno de los almacenes más grandes para tomar parte en una sesión de estrategia general.

La reunión se desarrolló como había previsto. Nadia protagonizaba la discusión, y era inútil hablar con ella últimamente. Por tanto, Ann permaneció en su silla al fondo de la sala, observando a los demás y dándole vueltas a la situación. Ninguno quería decir lo que Peter había admitido ante ella en privado: que no había manera de hacer salir a la UNTA del ascensor espacial. Intentaban soslayar el problema a base de cháchara.

Bien avanzada la reunión, Sax Russell se acercó y se sentó a su lado.

—Un ascensor espacial… —dijo—, podría ser… útil.

Ann no se sentía cómoda hablando con Sax. Sabía que el hombre había sufrido lesiones cerebrales a manos de las fuerzas de seguridad de la UNTA y que su personalidad había cambiado después de recibir un tratamiento. Pero eso no mejoraba la situación, sólo la hacía más extraña, porque a veces le parecía el mismo Sax de antes, tan familiar como un hermano odiado, mientras que en otras creía que una nueva persona habitaba el cuerpo de Sax. Estas dos impresiones contrarias se alternaban rápidamente, y a veces incluso coexistían: justo antes de reunirse con ella, viéndolo hablar con Art y Nadia, le había parecido un extraño, un apuesto anciano de mirada penetrante que hablaba con la voz y el viejo estilo de Sax. Ahora que lo tenía al lado advirtió que los cambios en su rostro sólo eran superficiales. No obstante, aunque familiarizada con su aspecto físico, presentía al extraño agazapado en el interior: porque junto a ella había un hombre que vacilaba y hablaba a trompicones, persiguiendo penosamente aquello, que intentaba decir, y sin embargo la mitad de las veces decía algo apenas coherente.

—El ascensor es un… un ingenio. Para… construir. Una… una herramienta.

—No, si no la controlamos —replicó Ann con paciencia, como si instruyese a un niño.

—Control… —dijo Sax, reflexionando sobre el concepto como si fuese nuevo para él—. ¿Influencia? Si el ascensor puede ser derribado por cualquiera que se lo proponga de verdad, entonces… —Perdió el hilo, siguiendo sus pensamientos.

—¿Entonces qué? —saltó Ann.

—Entonces todos lo controlamos. Se trata, por tanto, de una existencia consensuada. ¿No es obvio?

Era como si Sax estuviese traduciendo de una lengua extranjera. Aquél no era Sax; Ann meneó la cabeza y gentilmente trató de aclarar la situación. El ascensor era el medio de las metanacionales para alcanzar Marte, le explicó. Ahora estaba en poder de las metanacs y los revolucionarios no podían echar a las fuerzas policiales de allí. Evidentemente, en una situación así lo adecuado era derribarlo. Advertir a la gente, proporcionarles un programa y hacerlo.

—La pérdida de vidas sería mínima, y las bajas que se produjeran serían atribuibles a la estupidez de cualquiera que permaneciese en el cable o en la zona del ecuador.

Desgraciadamente, Nadia oyó este comentario desde el centro de la sala y sacudió la cabeza con tanta violencia que sus espesos mechones canos oscilaron como la gorguera de un payaso. Todavía estaba furiosa con Ann por lo de Burroughs, sin razón, y Ann le echó una mirada fulminante cuando se acercó a ellos y dijo secamente:

—Necesitamos el ascensor. Es nuestra conexión con Terra tanto como la conexión de Terra con Marte.

—Pero nosotros no necesitamos ninguna conexión con Terra —dijo Ann—. No es una relación física para nosotros, ¿es que no te das cuenta? No estoy diciendo que no necesitamos ejercer influencia sobre Terra, no soy una aislacionista como Kasei o Coyote. Coincido en que necesitamos influenciarlos de algún modo. Pero no se trata de nada físico, ¿entiendes?

Estamos hablando de ideas, conversaciones, tal vez hasta algún emisario. Debe ser un intercambio de información. Al menos lo es cuando funciona. Sólo cuando lo reducimos a algo físico (un intercambio de recursos, o inmigración masiva, o control policial) resulta útil el ascensor, incluso imprescindible. Si lo derribamos será como decir que somos nosotros quienes ponemos las condiciones, no ellos.

Era tan evidente… Pero Nadia sacudió la cabeza, negando Ann no imaginaba qué.

Sax carraspeó y con su viejo estilo de tabla periódica dijo:

—Si podemos derribarlo, entonces en efecto es como si ya lo hubiéramos hecho —y parpadeó repetidamente. Y de pronto, sentado junto a ella hubo un fantasma, la voz de la terraformación, el enemigo frente al cual había perdido una y otra vez… el antiguo yo de Saxifrage Russell, el mismo de siempre. Y lo único que ella podía hacer era exponer los argumentos que siempre había expuesto, los argumentos perdedores, sintiendo la insuficiencia de las palabras que pronunciaba.

A pesar de todo, lo intentó:

—La gente actúa según lo que ve, Sax. Los directivos de las metanacionales mirarán y verán lo que hay aquí, y actuarán en consecuencia. Si el cable no está, en este momento no tienen ni los recursos ni el tiempo para volver a entrometerse en nuestros asuntos. Si el cable sigue en su sitio, pensarán: bien, podríamos hacerlo. Y habrá gente deseando intentarlo.

—Siempre pueden venir. El cable sólo sirve para ahorrar combustible.

—Un ahorro de combustible que hace posible la transferencia masiva. Pero Sax había vuelto a sumirse en sus pensamientos y era de nuevo un extraño. Pocos le prestaban atención el tiempo suficiente. Nadia hablaba de control de la órbita y salvoconductos y quién sabía qué más.

El Sax extraño interrumpió a Nadia, sin haberla escuchado siquiera, y dijo:

—Hemos prometido… ayudarles a salir del apuro.

—¿Enviándoles más metales? —dijo Ann—. ¿De verdad los necesitan?

—Podríamos… acoger gente. Tal vez ayudaría. Ann negó con la cabeza.

—Nunca acogeríamos la cantidad suficiente.

Sax frunció el ceño. Al ver que no la escuchaban, Nadia regresó a la mesa. Sax y Ann callaron.

Siempre discutían. Nunca hacían concesiones, ni llegaban a un compromiso, nunca lograban nada. Discutían empleando las mismas palabras para referirse a cosas distintas y a duras penas se entendían. En otro tiempo, mucho antes, las cosas habían sido diferentes, habían discutido en el mismo idioma. Pero eso había ocurrido hacía tanto tiempo que ella ni siquiera podía recordar exactamente cuándo ni dónde. ¿En la Antártida? En algún lugar. Pero no en Marte.

—¿Sabes? —dijo Sax en tono familiar, algo también insólito en él—, las milicias rojas no fueron la razón de que la Autoridad Transitoria evacuara Burroughs y el resto del planeta. Si las guerrillas hubiesen sido el único factor, los terranos nos habrían atacado, y probablemente con éxito. Pero las manifestaciones masivas en las ciudades-tienda demostraron que la vasta mayoría de la población del planeta estaba contra ellos. Eso es lo que más inquieta a un gobierno, las protestas masivas. Cientos de miles de personas que se echan a las calles para rechazar el sistema imperante. Eso es lo que quiere decir Nirgal cuando afirma que el poder político procede de la mirada de la gente. Y no del cañón de una pistola.

—¿Y qué? —replicó Ann.

Sax señaló con un ademán a la gente que llenaba el almacén.

—Todos son verdes.

Los otros continuaban con el debate. Sax observaba a Ann como un pájaro.

Ella se levantó y abandonó la reunión; se internó en las calles de Pavonis Este, extrañamente vacías. Aquí y allá, en las esquinas, se apostaban bandas de milicianos que mantenían un ojo atento a la zona sur, a Sheffield y la terminal del cable. Jóvenes nativos felices, esperanzados, serios. Los miembros de uno de esos grupos estaban enzarzados en una animada discusión, y cuando Ann pasó junto a ellos, una joven de rostro encendido gritó con vehemencia:

—¡No pueden hacer siempre lo que les venga en gana!

Ann siguió su camino. Mientras andaba, empezó a sentir una creciente e inexplicable inquietud. Así cambiaba la gente, en pequeños saltos cuánticos cuando eran golpeados por acontecimientos externos, sin intención, sin plan. Alguien dice «la mirada de la gente» y de pronto la frase se une a una imagen: un rostro encendido y vehemente, otra frase, «¡no pueden hacer siempre lo que les venga en gana!». Y se le ocurrió (¡qué mirada la de aquella joven!) que no estaban decidiendo el destino del cable solamente, no era sólo «¿debemos derribar el cable?», sino «¿cómo vamos a tomar las decisiones?». Ésa era la cuestión posrevolucionaria crítica, acaso más importante que cualquiera de los temas que estaban siendo debatidos, incluso el destino del cable. Hasta aquel momento, la mayoría de los integrantes de la resistencia había operado según un método que proclamaba: sí no estamos de acuerdo contigo, lucharemos contra ti. Esa actitud había llevado a la gente a unirse a la resistencia en primer lugar, incluida la propia Ann. Y una vez acostumbrados a ese método, costaba renunciar a él. Después de todo, acababan de probar que funcionaba, y por eso persistía una cierta tendencia a seguir empleándolo. Ann sabía que anidaba también en ella.

Pero el poder político… procedía de la mirada de la gente. Se podía luchar eternamente, pero si la gente no te apoyaba…

Ann siguió con estas reflexiones mientras se dirigía a Sheffield, tras haber decidido que se saltaría la farsa de la sesión vespertina de estrategia en Pavonis Este. Quería echar una ojeada al centro de la acción.

Era curioso lo poco que parecía haber cambiado la vida cotidiana en Sheffield. La gente seguía yendo a trabajar, comía en restaurantes, charlaba sobre el césped de los parques, se reunía en los espacios públicos de aquella ciudad, la más poblada de las ciudades-tienda. Los comercios y los restaurantes estaban atestados. Muchos de los negocios de Sheffield habían pertenecido a las metanacionales, y ahora la gente seguía en las pantallas las largas discusiones para decidir el futuro proceder: cómo debían ser las nuevas relaciones entre los empleados y sus antiguos patronos, dónde debían comprar las materias primas, dónde vender, qué regulaciones obedecer, qué impuestos debían pagar. Todo muy confuso, como ponían de manifiesto los debates en todos los medios de comunicación.

En la plaza donde estaba el mercado de comestibles, sin embargo, nada parecía haber cambiado. La mayor parte de los comestibles eran cultivados y comercializados por cooperativas; las redes de producción agrícola seguían funcionando, los invernaderos de Pavonis seguían produciendo y en el mercado todo se desarrollaba con normalidad; las mercancías se pagaban con dólares de la UNTA o a crédito. Sólo en un par de ocasiones vio Ann a un vendedor, con su mandil y el rostro congestionado, discutiendo airadamente con los clientes sobre algún punto de la política del gobierno. Al pasar junto a uno de esos debates, en nada diferentes de los que se producían entre los líderes en Pavonis Este, los contendientes callaron y la miraron. La habían reconocido. El verdulero la interpeló con voz chillona:

—¡Si ustedes los rojos dejaran de incordiar, ellos se largarían!

—Ah, vamos —replicó alguien—. Ella no es la responsable. Absolutamente cierto, pensó Ann mientras se alejaba.

Un gran gentío esperaba la llegada del tranvía. Los medios de transporte seguían activos, preparados para la autonomía. La tienda, a pesar de todo, funcionaba, aunque no era algo que pudiera darse por sentado. Los operarios de las plantas físicas de las ciudades desarrollaban su trabajo con normalidad; ellos mismos extraían las materias primas, principalmente del aire, y los colectores solares y reactores nucleares les proporcionaban toda la energía que necesitaban. Es decir que aunque físicamente frágiles, si las dejaban en paz las tiendas podían convertirse en unidades políticamente autónomas sin grandes aspavientos; no había razón para que nadie las poseyera, ninguna justificación.

Así pues, las necesidades básicas estaban cubiertas. La vida cotidiana continuaba, apenas perturbada por la revolución.

O eso parecía a simple vista. Pero en las calles había también núcleos armados, jóvenes nativos en grupos de tres, cuatro o cinco, apostados en las esquinas. Milicias revolucionarias con lanzamisiles y antenas de radar, verdes o rojas, no importaba, aunque se podía afirmar casi con certeza que eran verdes. La gente los miraba al pasar, o se detenían a departir con ellos y averiguar qué hacían. Vigilamos el Enchufe, decían los nativos armados. Sin embargo, para Ann era evidente que actuaban también como una especie de policía. Parte de la escena, aceptados, apoyados. La gente sonreía mientras charlaba; aquélla era su policía, eran compañeros marcianos que estaban allí para protegerlos, para salvaguardar Sheffield. La gente los quería allí, no cabía duda. Si no fuera así, todo inquiridor habría supuesto una amenaza, toda mirada de resentimiento, un ataque; y eso finalmente habría forzado a las milicias a abandonar las esquinas e instalarse en un lugar más seguro. Los rostros de la gente, mirando de concierto; eso era lo que movía el mundo.

Ann meditó en ello en los días siguientes. Y aún más después de tomar un tren que recorría el borde alejándose de Sheffield, en sentido opuesto al de las manecillas del reloj, hacía el arco norte. Allí Kasei, Dao y el Kakaze ocupaban los apartamentos de la pequeña tienda de Lastflow. Al parecer habían desalojado a la fuerza a los residentes no combatientes, los cuales, como era de esperar, se habían dirigido en tren a Sheffield, furiosos, para exigir la restitución de sus hogares. Además, informaron a Peter y el resto de los líderes verdes de que los rojos habían instalado lanzamisiles móviles en la zona norte del borde, y que apuntaban al ascensor y a Sheffield.

Por eso Ann se apeó en la pequeña estación de Lastflow de mal humor, furiosa por la arrogancia del Kakaze, a su manera tan estúpida como la de los verdes. Habían llevado muy bien la campaña de Burroughs, al apoderarse del dique de forma ostensible, un toque de advertencia para todos, y después al decidir por su cuenta romper el dique cuando todas las demás facciones revolucionarias se habían reunido en las montañas al sur de la ciudad, preparadas para rescatar a la población civil al tiempo que forzaban a las fuerzas de seguridad metanacionales a retirarse. El Kakaze había visto el curso de acción necesario y lo había seguido, sin empantanarse en discusiones. Sin su iniciativa aún seguirían congregados en torno a Burroughs, y las metanacs sin duda andarían organizando una fuerza expedicionaria terrana de socorro. Había sido un golpe perfecto.

Y al parecer, el éxito se les había subido a la cabeza.

Lastflow había tomado el nombre de la depresión que ocupaba, una colada de lava en forma de abanico que se extendía más de un centenar de kilómetros por la ladera nororiental de la montaña. Era el único defecto de lo que por lo demás era una cima cónica y una caldera de perfecta circularidad, y evidentemente se había producido bastante tarde en el historial de erupciones del volcán. De pie en el interior de la depresión, la vista del resto de la cima quedaba oculta: era como estar en un valle poco profundo desde el que poco podía verse en cualquier dirección, hasta que uno llegaba a la zona por donde se había desbordado la lava y veía el vasto cilindro de la caldera, que llegaba al corazón del planeta, y en el lejano borde opuesto, la silueta de Sheffield, como un diminuto Manhattan, a más de cuarenta kilómetros de distancia.

La reducida panorámica acaso explicara por qué la depresión había sido una de las últimas porciones del borde en ser urbanizada. Ahora, sin embargo, la ocupaba por completo una tienda de buen tamaño, seis kilómetros de diámetro y un centenar de kilómetros de altura, fuertemente reforzada, como todas a esa altitud. El asentamiento había sido el hogar sobre todo de los trabajadores que se repartían cada día entre las múltiples industrias del borde. Sin embargo, estaba en aquellos momentos en manos del Kakaze, y a las puertas de la tienda había aparcada una flota de grandes rovers, sin duda los que habían dado origen a los rumores sobre los lanzamisiles.

Mientras la conducían al restaurante que Kasei había convertido en su cuartel general, los guías de Ann confirmaron los rumores; los rovers remolcaban lanzamisiles, que estaban preparados para arrasar el último refugio de la UNTA en Marte. La perspectiva satisfacía enormemente a sus guías, y también los hacía felices compartirla con ella, conocerla y mostrarle sus logros. Un grupo variopinto: nativos en su mayoría, además de algunos terranos recién llegados y algunos veteranos, un batiburrillo de etnias. Entre ellos había algunas caras que Ann reconoció: Etsu Okakura, Al-Khan, Yussuf. Muchos nativos que no conocía los abordaron a la puerta del restaurante para estrecharle la mano, sonriendo con entusiasmo. El Kakaze: ellos eran, tenía que admitirlo, el ala de los rojos por la que sentía menos simpatía. Ex terranos furiosos o jóvenes nativos idealistas de las tiendas, cuyos colmillos de piedra conferían un aire siniestro a sus sonrisas, cuyos ojos brillaban cuando les llegaba el turno de conocerla, cuando hablaban de kami, de la necesidad de pureza, del valor intrínseco de la roca, de los derechos del planeta. En resumen, fanáticos. Les estrechó las manos y asintió, tratando de no dejar traslucir su malestar.

En el interior del restaurante, Kasei y Dao estaban sentados a una mesa junto a la ventana, bebiendo cerveza negra. Todo se paralizó cuando Ann hizo su entrada, y les llevó un buen rato intercambiar abrazos de bienvenida con Dao y Kasei y luego hacer las presentaciones; al fin se reanudaron las comidas y las conversaciones. Le trajeron algo de comer de las cocinas, y los trabajadores del restaurante salieron para saludarla; también eran del Kakaze. Ann esperó que se fueran y que la gente regresara a sus mesas, sintiéndose impaciente y torpe. Aquéllos eran sus hijos espirituales, afirmaban siempre los medios de comunicación; ella era la primera roja; pero para ser francos, la incomodaban.

Kasei, de un humor excelente, como siempre desde que empezara la revolución, dijo:

—Vamos a derribar el cable dentro de una semana, más o menos.

—¿No me digas? —repuso Ann—. ¿Y por qué esperar tanto? Dao no hizo caso de su sarcasmo.

—Hay que avisar a la gente para que tenga tiempo de salir del ecuador. —Aunque por lo común de carácter agrio, ese día se le veía tan alegre como a Kasei.

—¿Y también del ascensor?

—Sí eso es lo que quieren. Pero aunque lo abandonaran y nos lo entregaran, igualmente lo derribaríamos.

—¿Cómo? ¿Eso de ahí fuera son de verdad lanzamisiles?

—Sí. Pero sólo están ahí por si se les ocurre bajar e intentar recuperar Sheffield. En cuanto al cable, seccionar la base no es la manera de echarlo abajo.

—Los cohetes de control tal vez podrían ajustarse a las alteraciones en la base —explicó Kasei—. Es difícil saber qué sucedería. Pero un impacto justo por encima del punto areosincrónico reduciría el impacto sobre el ecuador y evitaría que New Clarke saliera despedido con tanta velocidad como el primero. Queremos minimizar el drama, ya sabes, que haya el menor número de mártires posible. Será como demoler un edificio. Un edificio que ya no es útil.

—Ya —dijo Ann, aliviada ante aquella señal de buen juicio. Pero resultaba curioso que sus propias ideas expuestas por otra persona la perturbaran. Localizó la razón principal de su preocupación—. ¿Y qué hay de los otros, de los verdes? ¿Que ocurrirá si se oponen?

—No lo harán —afirmó Dao.

—¡Ya lo hacen! —dijo Ann en tono áspero. Dao negó con la cabeza.

—He estado hablando con Jackie. Es posible que algunos verdes se opongan, pero su grupo dice que sólo es para consumo del público, porque de ese modo ellos aparecen como moderados a los ojos de los terranos y pueden culpar de las acciones peligrosas a los radicales fuera de su control.

—Es decir, nosotros —señaló Ann. Los dos hombres asintieron.

—Igual que en Burroughs —dijo Kasei con una sonrisa. Ann reflexionó. Seguramente era cierto.

—Pero algunos se oponen de veras. He estado discutiéndolo con ellos, y no se trata de ningún truco publicitario.

—Ya —dijo Kasei con suavidad. Los dos la miraban fijamente.

—Así que piensan hacerlo digan lo que digan —resumió ella después de un breve silencio.

No contestaron, pero siguieron mirándola. Y de pronto comprendió que pensaban hacer el mismo caso de sus mandatos que los chicos de las órdenes de una abuela senil. Estaban siguiéndole el juego, pensando cuál sería la mejor manera de utilizarla.

—Tenemos que hacerlo —dijo Kasei—. Es por el bien de Marte. Y no sólo para los rojos, sino para todos. Necesitamos poner una cierta distancia entre nosotros y Terra, y el pozo gravitatorio restablecerá esa distancia. Sin él, seremos arrastrados por la vorágine sin remedio.

Era el argumento de Ann, era justo lo que acababa de decir en las reuniones en Pavonis Este.

—Pero ¿y si tratan de detenerlos?

—No creo que puedan —dijo Kasei.

—Pero ¿y si lo intentan?

Los dos hombres intercambiaron una mirada. Dao se encogió de hombros.

Vaya, pensó Ann mirándolos. Estaban ansiosos por iniciar una guerra civil.

La gente seguía subiendo por las pendientes de Pavonis hasta la cima, y atestaba Sheffield, Pavonis Este, Lastflow y las otras tiendas del borde. Entre ellos estaban Michel, Spencer, Vlad, Marina, Ursula, Mijail y una brigada entera de bogdanovistas, Coyote, solo, una representación de Praxis, un tren lleno de suizos, caravanas árabes, sufíes y seglares, nativos de otras ciudades y asentamientos de Marte. Todos acudían al final de la partida. En el resto del planeta, los nativos habían consolidado su control; equipos locales en cooperación con Séparation de l'Atmosphére mantenían en funcionamiento las plantas físicas. Había algunos pequeños focos de resistencia metanacional, por supuesto, y algunos miembros del Kakaze andaban desbocados destruyendo de manera sistemática proyectos de terraformación; pero todos sabían que Pavonis era el punto crucial del problema pendiente, la coronación del alzamiento revolucionario o, como Ann empezaba a temer, el preludio de una guerra civil. O ambas cosas. No sería la primera vez.

Asistía a las reuniones y dormía pésimamente por las noches o descabezaba un sueño intranquilo en el tránsito entre una reunión y la siguiente. Éstas empezaban a desdibujarse: ninguna iba más allá de los inútiles altercados. Estaba muy cansada, y el sueño fragmentado no ayudaba. Después de todo, tenía casi ciento cincuenta años, y hacía veinticinco que no recibía el tratamiento gerontológico, se sentía exhausta todo el tiempo. De manera que observaba desde un pozo de creciente indiferencia mientras los otros rumiaban la situación. La Tierra seguía en desorden; la gran marea causada por el colapso del casquete de hielo de la Antártida occidental había demostrado ser el mecanismo desencadenante ideal que el general Sax había estado esperando. Ann estaba segura de que Sax no sentía ningún remordimiento por aprovecharse de las dificultades de la Tierra; ni una sola vez se le había ocurrido pensar en las muchas muertes que la inundación había causado allí. Podía leerle el pensamiento cuando hablaba del tema: ¿de qué serviría el remordimiento? La inundación era un accidente, una catástrofe geológica, como una era glacial o el impacto de un meteorito. Nadie debía perder el tiempo sintiendo remordimientos, ni siquiera considerando que se aprovechaban de la situación. Era mejor sacar lo que de bueno hubiera del caos y el desorden, y no preocuparse. Todo eso decía el rostro de Sax mientras discutían sobre lo que debían hacer respecto a la Tierra y sugería que enviaran una delegación. Una misión diplomática, la aparición en persona, algo sobre reunir las cosas; incoherente en la superficie, pero ella podía leerle el pensamiento como a un hermano, ¡su viejo enemigo! Bien, Sax —el viejo Sax al menos— era racional, y por tanto era más fácil comprenderlo; más fácil que con los jóvenes fanáticos del Kakaze, ahora que lo pensaba.

Y sólo podía encontrarse con él en su propio terreno, hablarle en sus propios términos. Por eso Ann se sentaba frente a él en las reuniones y trataba de concentrarse, aunque sentía que la mente se le estaba petrificando en el interior del cráneo. Las discusiones se repetían hasta la saciedad. ¿Qué hacer en Pavonis? Pavonis Mons, la Montaña del Pavo Real. ¿Quién ascendería al Trono del Pavo Real? Había muchos shas potenciales: Peter, Nirgal, Jackie, Zeyk, Kasei, Maya, Nadia, Mijail, Ariadne, la invisible Hiroko… demasiados.

En ese momento, alguien invocaba la conferencia de Dorsa Brevia como el marco de discusión al que debían ceñirse. Todo muy encomiable, pero sin Hiroko les faltaba el centro moral; ella era la única persona en toda la historia marciana, aparte de John Boone, ante la cual todo el mundo cedería. Pero Hiroko y John ya no estaban, ni tampoco Arkadi y Frank, que le habría sido muy útil en aquella coyuntura si hubiera estado de su lado, cosa poco menos que imposible. Todos muertos. Y les habían dejado la anarquía. Era curioso comprobar de qué modo, en una mesa atestada, las ausencias eran más notables que las presencias. Hiroko, por ejemplo; la gente la mencionaba con frecuencia, y sin duda estaba en algún lugar de las tierras interiores; los había abandonado, como de costumbre, en la hora de necesidad. Se burlaba de ellos desde su guarida. Y también era curioso comprobar que el único hijo de sus héroes perdidos, Kasei, el hijo de John e Hiroko, era el líder más radical de los presentes, un hombre inquietante aun cuando estaba de su lado. Allí sentado, mirando a Art y sacudiendo la cabeza canosa, con una pequeña sonrisa torciéndole la boca. No se parecía en nada ni a John ni a Hiroko; bueno, en realidad tenía algo de la arrogancia de Hiroko, y algo de la simplicidad de John. Lo peor de ambos. Y sin embargo era una figura poderosa, hacía lo que quería y muchos lo seguían. Pero no se parecía a sus progenitores.

Y Peter, sentado dos sillas más allá de Kasei, tampoco se parecía a ella o a Simón. Era difícil establecer qué significaban las relaciones de parentesco; evidentemente, nada. Y sin embargo se le encogía el corazón al oír a Peter, discutiendo con Kasei y oponiéndose a los rojos en todos los puntos, defendiendo una suerte de colaboracionismo interplanetario. Y ni una sola vez en el curso de esas sesiones se había dirigido a ella o la había mirado. Tal vez aquélla fuera una forma de cortesía: no discutiré contigo en público. Pero más bien parecía un desaire: no hablaré contigo porque no pintas nada.

Su hijo defendía a ultranza el cable, y coincidía con Art en la importancia del documento de Dorsa Brevia, naturalmente, dada la gran mayoría verde de entonces y que ahora persistía. Utilizar Dorsa Brevia como guía aseguraba la supervivencia del cable, lo cual significaba la continuidad de la presencia de la Autoridad Transitoria de las Naciones Unidas. Y algunos de los que se alineaban con Peter hablaban de «semiautonomía» en relación con la Tierra, en vez de independencia, y Peter comulgaba con aquello. La ponía enferma. Y todo eso sin mirarla a los ojos. Como Simón, mantenía una suerte de silencio, lo cual la ponía furiosa.

—No hay razón para que hagamos planes a largo plazo hasta que no resolvamos el problema del cable —dijo Ann, interrumpiéndole y ganándose una mirada reprobatoria, como si ella hubiese roto un compromiso; pero ese compromiso no existía, y ¿por qué no iban a discutir, cuando no había entre ellos ninguna relación… nada aparte de la biología?

Art aseguró que la UN se había declarado dispuesta a aceptar una semiautonomía marciana, siempre y cuando Marte se mantuviera en «estrecho contacto» con la Tierra y ayudase activamente en la crisis terrestre. Y Nadia añadió que Derek Hastings, ahora en Nuevo Clarke y que había abandonado Burroughs sin entablar una batalla sangrienta, estaba dispuesto a llegar a un acuerdo. Pues claro, la próxima retirada no sería tan fácil, ni lo llevaría a un lugar demasiado agradable, porque a pesar de todas las medidas de emergencia, la Tierra era en ese momento un mundo de hambruna, plagas, saqueo… el fracaso del contrato social, que después de todo era muy frágil. Podía ocurrir en Marte también; tenía que recordar esa fragilidad cuando se enfadaba lo suficiente, como en ese momento, para desear decirles a Dao y Kasei que abandonaran las conversaciones y empezaran a disparar. Si lo hiciese, con toda probabilidad le obedecerían. Y de pronto la invadió una extraña sensación al percibir el poder que tenía en sus manos, al recorrer con la mirada los rostros infelices, airados y ansiosos en torno a la mesa. Ella podía inclinar la balanza, podía derribar aquella mesa.

Los oradores defendían sus posturas en turnos de cinco minutos. Más de los que Ann hubiese esperado estaban a favor de cortar el cable, no sólo rojos, sino también representantes de culturas o movimientos que se sentían amenazados por el orden metanacional o por la inmigración masiva procedente de la Tierra: beduinos, polinesios, los habitantes de Dorsa Brevia, algunos de los nativos más cautos. Pero seguían estando en minoría. No una minoría insignificante, pero minoría al fin. Aislacionistas contra interactivos; otra fractura que añadir a las que ya dividían el movimiento independentista marciano.

Jackie Boone se levantó y habló durante quince minutos sobre la conveniencia de mantener el cable, amenazando a cualquiera que quisiese derribarlo con la expulsión de la sociedad marciana. Fue una actuación repugnante, pero popular, y después Peter se levantó y habló en los mismos términos, sólo que con algo más de sutileza. Aquello indignó tanto a Ann que cuando él concluyó tomó la palabra y volvió a insistir en que era necesario destruir el cable, lo que le valió una nueva mirada venenosa de Peter, que apenas advirtió, pues estaba furiosa, y se olvidó del límite de los cinco minutos. Nadie intentó interrumpirla y ella siguió, aunque no sabía qué diría después ni recordaba lo que había dicho. Acaso su subconsciente lo había organizado todo como el sumario de un abogado — ojalá fuese así—; o tal vez, mientras su boca seguía hablando, una parte de su pensamiento repetía la palabra Marte una y otra vez, o balbuceaba y el auditorio simplemente la dejaba hacer, o milagrosamente la comprendía en un momento de penetración glosolálica, y unas llamas invisibles aparecían sobre sus cabezas, como capuchones enjoyados… En efecto, los cabellos de los oyentes le parecieron a Ann de metal hilado, las calvas de los ancianos pedazos de jaspe en el interior de los cuales todas las lenguas, vivas y muertas, se entendían por igual; y por un momento todos parecieron atrapados con ella en una epifanía del Marte rojo, emancipados de la Tierra, viviendo en el planeta primitivo que había sido y que podía volver a ser.

Se sentó. Pero no fue Sax quien se levantó para rebatirla, como tantas otras veces en el pasado. De hecho, el hombre la miraba con la boca abierta y los ojos extraviados por la concentración, y con una perplejidad que ella no podía interpretar. Se miraron fijamente; pero qué podía estar pensando Sax ella lo ignoraba. Sólo sabía que al fin había conseguido captar su atención.

Esta vez fue Nadia quien replicó, su hermana Nadia, que defendió sistemáticamente y con calma la interacción con la Tierra, la intervención en la situación terrana. Habló de la necesidad de llegar a un acuerdo, de comprometerse, influenciar, transformar. Era profundamente contradictorio, pensó Ann; puesto que eran débiles, decía Nadia, no podían permitirse el lujo de ofender, y por tanto tenían que cambiar toda la realidad social terrana.

—¿Pero cómo? —gritó Ann—. ¡Sin un punto de apoyo, no puedes mover el mundo! Sin palanca, sin fuerza…

—No hablamos sólo de la Tierra —replicó Nadia—. Pronto habrá otras colonias en el sistema solar. Mercurio, la Luna, las grandes lunas exteriores, los asteroides. Tenemos que formar parte de todo eso. Como primera colonia, somos los líderes naturales. Un pozo de gravedad no salvado representa un obstáculo para todo eso… una reducción de nuestra posibilidad de actuar, una mengua de nuestro poder.

—Ya, un obstáculo para el progreso —dijo Ann con amargura—. Piensa en lo que Arkadi habría contestado a eso. Escucha, tenemos la oportunidad de hacer algo diferente. Ésa es la verdadera cuestión. Todavía tenemos esa oportunidad. Todo lo que incrementa el espacio dentro del cual podemos crear una nueva sociedad es beneficioso. Todo aquello que lo reduce es perjudicial. ¡Piénsenlo!

Quizá ya lo hacían, pero no servía de nada. Algunos elementos de la Tierra enviaban sus argumentos y amenazas, y hasta rogaban. Allí abajo necesitaban ayuda, cualquier ayuda. Art Randolph continuó presionando enérgicamente en defensa del cable en nombre de Praxis, que a los ojos de Ann se perfilaba como la nueva autoridad transitoria, el metanacionalismo en su última manifestación o disfraz.

Sin embargo, los nativos estaban siendo ganados lentamente para su causa, intrigados por la posibilidad de «conquistar la Tierra», sin saber que eso era imposible, incapaces de imaginar la vastedad y la inmovilidad de la Tierra. Uno podía explicárselo hasta la saciedad, pero nunca serían capaces de imaginarlo.

Al fin llegó el momento de una votación informal. Habían decidido que fuera un voto representativo, un voto por cada uno de los grupos firmantes del documento de Dorsa Brevia, y también uno por cada una de las partes interesadas que habían surgido desde entonces: nuevos asentamientos en las tierras interiores, nuevos partidos políticos, asociaciones, laboratorios, compañías, bandas guerrilleras, los diferentes grupos rojos disidentes. Antes de empezar, un alma generosa e ingenua llegó a ofrecer un voto a los Primeros Cien, y todos rieron ante la idea de que los Primeros Cien pudieran emitir el mismo voto sobre un tema. El alma generosa, una muchacha de Dorsa Brevia, propuso entonces que cada uno de los Primeros Cien tuviese un voto individual, pero aquello fue descartado porque ponía en peligro el ligero dominio que tenían sobre el gobierno representativo. No habría cambiado nada, de todos modos.

En la votación se decidió que el ascensor espacial continuaría en pie por el momento, y en manos de la UNTA, en toda su extensión e incluyendo el Enchufe. Era como si el rey Canuto decidiese declarar legal la marea, pero nadie rió excepto Ann. Los otros rojos estaban furiosos. La propiedad del Enchufe estaba siendo activamente disputada todavía, objetó Dao gritando, el vecindario que lo rodeaba era vulnerable y podían tomarlo, no había razón para ceder de aquella manera; ¡estaban barriendo el problema debajo de la alfombra porque era difícil! Pero la mayoría estaba de acuerdo. El cable permanecería.

Ann sintió la vieja urgencia de escapar. Tiendas y trenes, gente, la silueta de Sheffield recortándose contra el borde sur, el basalto de la cima arrancado, aplastado y pavimentado… Una pista recorría todo el perímetro del borde, pero el lado occidental de la caldera estaba casi deshabitado. Ann tomó un pequeño rover rojo y condujo en sentido contrario a las agujas del reloj hasta que alcanzó una pequeña estación meteorológica; allí aparcó y se apeó, moviéndose con rigidez dentro de un traje muy parecido a los que habían usado durante los primeros años.

Se encontraba a uno o dos kilómetros del límite del borde. Avanzó lentamente hacia allí en dirección este, y tropezó en un par de ocasiones antes de prestar la debida atención. La lava antiquísima que formaba el ancho borde llano era lisa y oscura en algunos puntos, rugosa y de color más claro en otros. Cuando alcanzó el filo del abismo actuaba ya apológicamente y avanzaba entre las rocas en un baile que podría mantener todo el día, en sintonía con cada montículo y grieta que pisaba. Y eso era bueno, porque cerca del precipicio el terreno se colapsaba formando estrechas cornisas curvas escalonadas; el desnivel entre una y otra era a veces un simple escalón y otras, más alto que ella. Y delante una creciente sensación de vacío a medida que el otro lado de la caldera y el resto de la gran circunferencia se hacían visibles. Bajó hasta la última cornisa, un repecho de unos cinco metros de ancho con una oscura pared curva detrás, que le llegaba a los hombros; debajo se abría el gran abismo circular de Pavonis.

Esa caldera era una de las maravillas geológicas del sistema solar, un agujero de cuarenta y cinco kilómetros de diámetro y cinco de profundidad, y casi perfectamente regular en toda su extensión: circular, de fondo llano y paredes casi verticales; un perfecto cilindro de espacio, cortado en el volcán como para tomar una muestra de roca. Ninguna de las otras tres grandes calderas se acercaba a aquella simplicidad de formas: Ascraeus y Olimpo eran complicados palimpsestos de anillos superpuestos, mientras que la ancha y poco profunda caldera de Arsia era más o menos circular, pero estaba muy fracturada. Sólo Pavonis tenía un cilindro regular, la idea platónica de una caldera volcánica.

Naturalmente, desde el extraordinario lugar en que estaba en aquel momento, la estratificación horizontal de las paredes interiores añadía irregularidad al conjunto: franjas de color orín, negro, chocolate y pardo oscuro que indicaban variaciones en la composición de los depósitos de lava; y algunas franjas eran más duras que las contiguas, de manera que había numerosos baleones semicirculares que sobresalían de la pared a diferentes alturas: bancos curvos aislados, encaramados en el flanco de la inmensa garganta de roca, que nadie visitaba nunca. Y el fondo era tan llano… La subsidencia de la cámara magmática del volcán, localizada unos ciento sesenta kilómetros bajo la montaña, tenía que haber sido inusualmente coherente; se había hundido en el mismo lugar todas las veces. Ann se preguntó si se habría determinado ya por qué había sucedido así: si la cámara magmática era más joven que las de los otros grandes volcanes, o más pequeña, o la lava más homogénea… Probablemente alguien había investigado el fenómeno; podía encontrar información en su ordenador de muñeca. Tecleó el código de la Revista de Estudios Areológicos, y luego Pavonis: «Vestigios de actividad explosiva estromboliana en los clastos de Tharsis Occidental.» «Crestas radiales en la caldera y grábenes concéntricos en la cara externa del borde sugieren una subsidencia posterior de la cima.» Acababa de atravesar algunos de esos grábenes. «Liberación de volátiles juveniles en la atmósfera calculada por datación radiométrica de los mancos de Lastflow.» Apagó la consola. Había dejado de mantenerse al corriente de la investigación areológica hacía años. Incluso leer los extractos le habría ocupado más tiempo del que disponía. Y además, la areología se había visto gravemente comprometida por el proyecto de terraformación. Los científicos que trabajaban para las metanacionales se habían concentrado en la exploración y evaluación de recursos, y habían encontrado vestigios de antiguos océanos, de la primitiva atmósfera cálida y húmeda, probablemente incluso de formas de vida antiquísimas. Por otro lado, los científicos rojos habían advertido sobre la creciente actividad sísmica, la rápida subsidencia, la erosión brutal y la desaparición de cualquier muestra de superficie que se hubiese conservado en su estado primitivo. La presión política había tergiversado casi todo lo que se había escrito sobre Marte en los pasados cien años. La Revista era la única publicación que Ann conocía que intentaba divulgar trabajos estrictamente areológicos en el más puro sentido de la palabra, focalizados en lo que había sucedido en los cinco mil millones de años de soledad; era la única publicación que Ann seguía leyendo, o que al menos ojeaba: echaba un vistazo a los títulos y algunos extractos, y a los editoriales de primera plana; una o dos veces incluso había enviado cartas referentes a alguna cuestión, que ellos habían publicado sin alharacas. Editada por la Universidad de Sabishii, la Revista era revisada por areólogos que compartían ideología, y los artículos eran rigurosos y bien documentados, no eran políticamente tendenciosos en sus conclusiones, sólo científicos. Los editoriales de la revista defendían lo que podría haberse definido como una posición roja, pero sólo en un sentido muy limitado, puesto que abogaban por la conservación del paisaje primitivo para que los estudios pudieran realizarse sin tener que lidiar con la contaminación a gran escala. Ésa había sido la posición de Ann desde el principio, y con la que se sentía más cómoda; había abandonado aquella posición científica por el activismo político forzada por la situación. Y podía decirse lo mismo de muchos areólogos que ahora apoyaban a los rojos. Ellos eran sus iguales, en verdad, la gente a la que entendía y con la que simpatizaba.

Pero eran pocos; Ann casi podía nombrarlos a todos: los colaboradores habituales de la Revista, más o menos. En cuanto al resto de los rojos, el Kakaze y los otros radicales, lo que ellos defendían era una suerte de posición metafísica, un culto; eran fanáticos religiosos, el equivalente de los verdes de Hiroko, miembros de una especie de secta que adoraba las rocas. Ann tenía muy poco en común con ellos, porque formulaban su espíritu rojo desde una perspectiva totalmente distinta.

Y si existía ese fraccionamiento entre las filas rojas, ¿qué podía esperarse del movimiento independentista marciano en su conjunto? Bien, estaban condenados a disgregarse. De hecho, ya estaba ocurriendo.

Se sentó con cuidado en el borde del último repecho. Una vista magnífica. Debía de haber una estación de algún tipo abajo, en el fondo de la caldera, aunque a cinco mil metros de altura era difícil estar seguro. Ni siquiera las ruinas de la vieja Sheffield se distinguían bien… ah, ahí estaban, debajo de la nueva ciudad, una diminuta pila de escombros en la que se advertían algunas líneas rectas y superficies planas. La caída de la ciudad en 2061 tal vez fuera la causa de unas débiles estrías verticales en la pared rocosa. Pero quién podía asegurarlo.

Los asentamientos cubiertos por tiendas que quedaban en el borde parecían los pueblos en miniatura que se ven dentro de los pisapapeles. La silueta de Sheffield, los edificios bajos de los almacenes en el este, al otro lado de la caldera, Lastflow, las pequeñas tiendas que circundaban el borde… muchas de ellas se habían fundido para convertirse en una especie de Sheffield mayor que cubría 180 grados del arco, desde Lastflow y en dirección sudoeste, donde las pistas seguían al cable caído en su descenso por la larga pendiente occidental de Tharsis hacia Amazonis Planitia. Las ciudades y estaciones estarían siempre bajo las tiendas allí. porque a veintisiete mil metros de altura el aire siempre tendría una décima parte de la densidad en la línea de referencia… a nivel del mar, podría decirse. Lo que significaba que a esa altura la densidad era de sólo treinta o cuarenta milibares.

Ciudades-tienda para siempre; pero con el cable (desde allí no lo veía) dominando Sheffield, el desarrollo continuaría hasta que construyeran una ciudad-tienda que rodeara toda la caldera, que mirara sobre ella. Seguramente hasta cubrirían la misma caldera y ocuparían el fondo circular; eso añadiría mil quinientos kilómetros cuadrados a la ciudad, aunque estaba por ver quién querría vivir en un agujero semejante; sería como vivir en el fondo de un agujero de transición: las paredes de roca se elevaban alrededor de uno como una catedral circular sin techo… Quizá interesaría a alguien. Los bogdanovistas, después de todo, llevaban años viviendo en los agujeros de transición. Podrían plantar bosques, construir cabañas de escaladores, o incluso áticos de millonarios en los balcones-cornisa, tallar escaleras en las paredes de roca, instalar ascensores de cristal que tardarían todo un día en subir o bajar… hileras de casas, rascacielos que se alzarían hasta casi alcanzar el borde, con helipuertos en sus azoteas redondas, pistas, autopistas sin peaje… oh, sí, toda la cima de Pavonis Mons, caldera incluida, sería cubierta por la gran ciudad del mundo, siempre en crecimiento, como un hongo sobre cada roca del sistema solar. Miles de millones de personas, billones, trillones, todos aferrándose a la inmortalidad mientras pudieran…

Sacudió la cabeza, profundamente confusa. Los radicales de Lastflow no eran en realidad su gente, pero a menos que tuvieran éxito, la cima de Pavonis y el resto de Marte pasarían a formar parte de la gran ciudad mundial. Intentó concentrarse en el paisaje, sentirlo, la grandeza de la formación simétrica, el amor por la roca dura sobre la que estaba sentada. Sus pies colgaban sobre el abismo, y golpeó los talones contra el basalto. Podía arrojar un guijarro y caería cinco mil metros. Pero no podía concentrarse. No podía sentirlo. Petrificación. Había estado tan entumecida durante tanto tiempo… Suspiró, sacudió la cabeza, recogió las piernas y se levantó. Echó a andar hacia el rover.

Soñaba con el deslizamiento largo. El desprendimiento avanzaba por el suelo de Melas Chasma, a punto de alcanzarla. Todo se distinguía con una claridad superreal. De nuevo recordó a Simón, de nuevo gimió y bajó del pequeño dique, experimentando todos los movimientos, apaciguando al hombre muerto que vivía en su interior, sintiéndose terriblemente mal. El suelo vibraba…

Despertó, voluntariamente, así lo creía ella, escapaba, huía… pero una mano le asía el brazo y la sacudía.

—Ann… Ann… Ann…

Era Nadia. Otra sorpresa. Se incorporó con dificultad, desorientada.

—¿Dónde estamos?

—En Pavonis, Ann. La revolución. He venido y te he despertado porque ha estallado un conflicto entre los rojos de Kasei y los verdes en Sheffield.

El presente la derribó igual que el deslizamiento en el sueño. Se libró con brusquedad del apretón de Nadia y buscó su camisa a tientas.

—¿No estaba cerrado el rover?

—Forcé la puerta.

—Ah. —Ann se levantó, todavía aturdida, cada vez más molesta conforme se hacía cargo de la situación.— A ver… ¿qué ha pasado?

—Dispararon misiles contra el cable.

—¡Lo hicieron! —Otra sacudida, que disipó aún más la niebla.— ¿Y qué más?

—No funcionó. Los sistemas defensivos del cable los interceptaron. Han acumulado un montón de sistemas informáticos allí arriba, y ahora tienen ocasión de utilizarlo. A pesar de todo, los rojos siguen avanzando hacia Sheffield desde el oeste, disparando más misiles, y las fuerzas de la UN en Clarke están bombardeando los puntos desde los que se hicieron los primeros lanzamientos, en Ascraeus, y amenazan con bombardear cualquier fuerza armada que haya abajo. Es justo lo que estaban esperando. Y los rojos evidentemente piensan que va a ser como en Burroughs, están tratando de precipitar los acontecimientos. Por eso he acudido a tí. Escucha, Ann, sé que hemos discutido mucho. No me he mostrado demasiado paciente, es cierto, pero mira, esto ya es demasiado. Todo puede venirse abajo en el último momento: la UN puede decidir que la situación es anárquica y lanzarse sobre nosotros para tomar el control.

—¿Dónde están? —graznó Ann. Se puso los pantalones y fue al retrete. Nadia la siguió al interior. También aquello fue una sorpresa; en la Colina Subterránea habría sido normal entre ellas, pero había pasado mucho tiempo desde la última vez que Nadia la había seguido a un lavabo hablando obsesivamente mientras Ann se lavaba la cara y se sentaba a orinar.

—Todavía tienen el centro de operaciones en Lastflow, pero han destrozado la pista del borde y la que va a Cairo, y están luchando en Sheffield Oeste y alrededor del Enchufe. Rojos peleando contra verdes.

—Sí, sí.

—Entonces, ¿hablarás con los rojos, los detendrás? Una furia repentina la invadió.

—Ustedes los han empujado a esto —gritó a la cara de Nadia, y ésta retrocedió y se apoyó en la puerta. Ann se levantó, dio un paso hacia ella y se subió los pantalones de un tirón, todavía gritando—. ¡Ustedes y su estúpida y ufana terraformación, todo es verde, verde, verde, y sin sombra de compromiso! ¡Es culpa de ustedes tanto como de ellos, porque no tenían ninguna esperanza!

—Tal vez sea así —dijo Nadia, obstinada. Era evidente que aquello no la preocupaba, pertenecía al pasado y carecía de importancia; lo apartó y no se dejó desviar de su propósito—. Pero ¿lo intentarás?

Ann clavó la mirada en su terca vieja amiga, en ese momento casi rejuvenecida por el miedo, concentrada y viva.

—Haré lo que pueda —dijo Ann con aire lúgubre—. Pero, por lo que dices, ya es demasiado tarde.

En efecto, era demasiado tarde. El campamento de rovers en el que Ann se había alojado estaba desierto, y cuando llamó por la consola de muñeca no hubo respuesta. Dejó a Nadia y los otros sobre ascuas en el complejo de almacenes de Pavonis Este y condujo hasta Lastflow, con la esperanza de encontrar allí a alguno de los líderes rojos. Pero los rojos habían abandonado Lastflow y los lugareños no sabían adonde habían ido. La gente miraba la televisión en las estaciones y en los cafés, pero cuando Ann miró también no vio noticias sobre la batalla, ni siquiera en Mangalavid. Un sentimiento de desesperación empezó a filtrarse en su ánimo sombrío; quería hacer algo, pero no sabía cómo. Volvió a intentarlo con el ordenador de muñeca y para su sorpresa Kasei respondió por su frecuencia privada. Su rostro en la pequeña pantalla se parecía extraordinariamente al de John Boone, tanto que en su sorpresa al principio Ann no oyó lo que le estaba diciendo. ¡Parecía tan feliz, era el John de siempre!

—… tenido que hacerlo —estaba diciéndole. Ann se preguntó si le habría hecho alguna pregunta al respecto—. Si no actuamos, destrozarán este mundo. Lo convertirán en un jardín hasta la cima de los cuatro grandes volcanes.

Esas palabras eran un eco tan exacto de lo que había pensado sentada en la cornisa que se sintió perturbada, pero consiguió dominarse y dijo:

—Tenemos que actuar en el marco de las discusiones, Kasei, o provocaremos una guerra civil.

—Somos una minoría, Ann. Y el marco no contempla las minorías.

—No estoy tan segura. Tenemos que insistir para que nos consideren. E incluso si nos decidimos en favor de la resistencia activa, no tiene por qué ser aquí y ahora. No tiene por qué traducirse en una matanza de marcianos a manos de marcianos.

—Ellos no son marcianos —dijo Kasei, y le centellearon los ojos. Su expresión era como la de Hiroko: miraba el mundo ordinario desde la distancia. En eso no se parecía en nada a John. Lo peor de los dos padres; de modo que tenían otro profeta, que hablaba una nueva lengua.

—¿Dónde estás ahora?

—En Sheffield Oeste.

—¿Qué te propones?

—Tomar el Enchufe y luego derribar el cable. Tenemos las armas y la experiencia. No creo que tengamos dificultades.

—No conseguisteis derribarlo en el primer intento.

—Demasiado fantasioso. Esta vez lo cortaremos.

—Creía que ésa no era la manera de hacerlo.

—Funcionará.

—Kasei, creo que debemos negociar con los verdes.

Él negó con la cabeza, impaciente, furioso porque ella se había puesto nerviosa a la hora de la verdad.

—Cuando el cable esté abajo, ya negociaremos. Escucha, Ann, tengo que irme. Mantente lejos de la trayectoria de caída.

—¡Kasei!

Pero él ya no estaba. Nadie la escuchaba, ni sus enemigos, ni sus amigos, ni su familia; tenía que llamar a Peter, intentar volver a hablar con Kasei. Necesitaba estar allí en persona, captar su atención, como había hecho con Nadia… sí, a eso había llegado: para que la escucharan tendría que gritarles.

La posibilidad de quedar atrapada si viajaba hacia Pavonis Este la obligó a partir en dirección oeste por el borde en sentido contrario a las agujas del reloj, como había hecho el día anterior, para alcanzar a las fuerzas rojas por la retaguardia, la mejor aproximación en cualquier caso. Desde Lastflow hasta el límite occidental de Sheffield había unos ciento cincuenta kilómetros, y mientras avanzaba a toda velocidad, fuera de la pista, se dedicó a llamar a las distintas fuerzas presentes en la montaña, sin éxito. Las explosiones de estática delataban la lucha por Sheffield, y los recuerdos de 2061 irrumpieron con aquellos brutales estallidos de ruido blanco, aterrorizándola. Condujo el rover al límite, siempre dentro de la estrecha franja paralela a la pista para hacer el viaje más suave y rápido: cien kilómetros por hora, y luego aún más deprisa. Una carrera, en verdad, para tratar de evitar el desastre de una guerra civil. Ann vivía la situación inmersa en una terrible sensación de pesadilla. Sobre todo porque era tarde, demasiado tarde. En momentos como aquéllos siempre llegaba tarde. En el cielo que dominaba la caldera aparecían estrellas instantáneas: explosiones, sin duda misiles disparados contra el cable y derribados en mitad del vuelo, que se desvanecían dejando unas blancas humaredas, como fuegos de artificio defectuosos, concentrados sobre Sheffield, en particular en la zona del cable, pero que humeaban sobre toda la extensión de la vasta cima, y luego se desviaban hacia el este en la corriente de chorro. Algunos de esos misiles eran descubiertos mucho antes de que alcanzaran su objetivo.

Contemplando la batalla que se desarrollaba en el cielo casi se estampó contra la primera tienda de Sheffield Oeste, ya reventada. A medida que la ciudad crecía hacia el oeste, nuevas tiendas se habían ido añadiendo a las anteriores, como almohadillas de lava; ahora las morrenas terminales de construcción estaban cubiertas de pedazos del armazón de la última tienda, que parecían fragmentos de cristal, y en el resto de las estructuras semejantes a pelotas de fútbol había volado el material de la cubierta. El rover traqueteó con violencia al pasar sobre escombros basálticos, y ella frenó y condujo despacio hasta el muro. Las antecámaras para los vehículos estaban bloqueadas. Se puso el traje y el casco y salió gateando por la antecámara del rover. Con el corazón desbocado se acercó al muro de la ciudad, trepó por él y entró en Sheffield.

Las calles estaban desiertas, el césped cubierto de cristales, ladrillos, pedazos de bambú y vigas de magnesio retorcidas. A aquella altura, la desaparición de la tienda hacía que los edificios defectuosos estallaran como globos; las ventanas enmarcaban vacío y oscuridad, y aquí y allá yacían desparramados los rectángulos de cristal de las ventanas que no se habían roto, como grandes escudos transparentes. Y vio un cuerpo, con el rostro helado o cubierto de polvo. Habría muchos muertos; la gente ya no estaba acostumbrada a pensar en la descompresión, era una preocupación de los viejos colonos.

Ann siguió avanzando hacia el este.

—Busco a Kasei, Dao, Marion o Peter —repitió una y otra vez por la consola de muñeca. Pero nadie contestó.

Tomó una calle estrecha que corría junto al muro meridional de la tienda. Cruda luz del sol, nítidas sombras oscuras. Algunos edificios habían resistido, con las ventanas intactas y las luces encendidas. No se veía un alma en el interior, por supuesto. Delante, el cable se distinguía apenas, un negro trazo vertical que se elevaba hacia el cielo desde Sheffield Este, como el concepto de línea geométrica hecho realidad visible.

El rojo de emergencia era una señal transmitida en una longitud de onda que variaba con rapidez y se podía sincronizar si se tenía el código en vigor. Aunque este sistema solía funcionar a pesar de las interferencias radiofónicas, Ann se sorprendió cuando una voz de cuervo le graznó en la muñeca:

—Ann, soy Dao. Aquí.

Allí estaba, a la vista, agitando una mano desde el umbral de la pequeña antecámara de emergencia de un edificio. Él y un grupo de unas veinte personas maniobraban con un trío de lanzamisiles móviles en la calle. Ann corrió hacia ellos y se detuvo junto a Dao.

—¡Esto tiene que acabar! —gritó. Dao parecía sorprendido.

—¡Pero si estamos a punto de hacernos con el Enchufe!

—¿Y entonces qué?

—Habla con Kasei. Está adelante, más arriba, se dirige a Arsiaview. Uno de los misiles salió disparado con un sonido apenas audible en el aire tenue. Ann echó a correr por la calle, manteniéndose todo lo cerca que podía de los edificios que la bordeaban. Era peligroso, pero en aquel momento no le importaba morir, y por tanto no tenía miedo. Peter estaba en algún lugar de Sheffield, al mando de los revolucionarios verdes que habían estado allí desde el principio. Habían sido lo suficientemente competentes para mantener a las fuerzas de seguridad de la UNTA atrapadas en el cable y en Clarke, de modo que no eran los jóvenes y desvalidos manifestantes pacifistas que Kasei y Dao suponían. Sus hijos espirituales lanzaban un ataque sobre su único hijo, convencidos de que contaban con el beneplácito de ella. Como una vez lo habían tenido. Pero ahora…

Siguió corriendo desesperadamente, a pesar de que respiraba con dificultad y el sudor le chorreaba por todo el cuerpo. Al fin alcanzó el muro sur de la tienda, donde encontró una pequeña flota de rovers-roca rojos, Rocas-Tortuga de la fábrica de automóviles de Acheron. Pero nadie respondió a sus llamadas, y cuando miró con más atención advirtió que las cubiertas de roca de los rovers estaban agujereadas en la parte delantera. Si había alguien dentro, estaba muerto. Siguió corriendo descuidadamente sobre los escombros hacia el este, manteniéndose cerca del muro de la tienda, con un pánico creciente. Sabía que un disparo perdido de cualquiera de los bandos podía acabar con ella, pero tenía que encontrar a Kasei. Volvió a intentarlo en la consola de muñeca.

En ese momento, recibió una llamada. Era Sax.

—No es lógico asociar el destino del ascensor con los objetivos de la terraformación —estaba diciendo, como si hablara con alguien más—. El cable podría estar amarrado a un planeta helado.

Hablaba el Sax de siempre, el Sax demasiado Sax; pero entonces debió de advertir que ella estaba en línea, porque miró como un búho la pantalla de su muñeca y dijo:

—Escucha, Ann, podemos agarrar la historia por el brazo y destruirla… crearla. Crearla de nuevo.

El Sax que ella conocía jamás habría dicho eso. Ni habría hablado con ella angustiado, implorante, visiblemente crispado; era un espectáculo en verdad aterrador.

—Te aman, Ann. Eso es lo que puede salvarnos. Las historias emocionales son las historias verdaderas. Las cuencas del deseo y la devolución… devoción. Tú eres la… personificación de ciertos valores… para los nativos. No puedes escapar a eso. Tienes que actuar de acuerdo con ello. Yo lo hice en Da Vinci y resultó… útil. Ahora te toca a ti. Tienes que hacerlo. Por esta vez, Ann, tienes que unirte a nosotros. Ayudémonos mutuamente o actuemos por separado. Utiliza tu valor icónico.

Era tan extraño oír esas cosas en boca de Saxifrage Russell. Entonces pareció dominarse y su viejo yo volvió a hablar:

—… el procedimiento lógico es plantear los términos de una suerte de ecuación de los intereses en conflicto.

Sonó un pitido en la muñeca de Ann y ella cortó a Sax y recibió la nueva llamada. Era Peter, en la frecuencia roja codificada, con una expresión sombría en el rostro.

—¡Ann! —Miraba fijamente la pequeña pantalla de muñeca.— Escucha, madre… ¡quiero que detengas a esa gente!

—No me vengas con eso de madre —le espetó ella—. Estoy intentándolo. ¿Sabes dónde están?

—Vaya si lo sé. Acaban de forzar la entrada de la tienda de Arsiaview. Están avanzando… parece que intentan llegar al Enchufe desde el sur. — Con expresión lúgubre escuchó el mensaje que alguien fuera de la cámara le transmitía.— Bien. —Volvió a mirarla.— Ann, ¿puedo conectarte con Hastings, en Clarke? Si tú le dices que estás intentando detener el ataque rojo, tal vez creerá que se trata sólo de un puñado de extremistas y no intervendrá. Hará lo que considere necesario para defender el cable. Temo que esté a punto de acabar con todos nosotros.

—Hablaré con él.

Y allí estaba, un rostro salido del pasado, de un tiempo perdido, habría dicho Ann; y sin embargo le resultó familiar al instante, un hombre de rostro enjuto y demacrado, furioso, a punto de perder los nervios. ¿Era posible que alguien hubiera soportado aquellas presiones enormes durante los cien años anteriores? No. Era sólo el momento que se repetía de nuevo.

—Soy Ann Clayborne —dijo, y al ver que el rostro del hombre se crispaba todavía más, añadió—: Quiero que sepa que el ataque que se está desarrollando aquí abajo no representa la política del partido rojo.

Se le encogió el estómago al decirlo, y sintió un sabor agrio en la garganta. Pero continuó:

—Es obra de un grupo disidente, llamado Kakaze. Son los mismos que rompieron el dique de Burroughs. Estamos tratando de neutralizarlos y esperamos haberlo conseguido al anochecer.

Era la sarta de mentiras más horrorosa que había dicho nunca.

Se sintió como si Frank Chalmers hubiese bajado y se hubiera apropiado de su boca; no podía soportar el sabor de aquellas palabras en la lengua. Cortó la conexión antes de que su rostro delatara cuántas falsedades estaba vomitando. Hastings desapareció sin haber dicho una palabra, y su rostro fue reemplazado por el de Peter, quien no advirtió que ella volvía a estar en la línea; Ann lo oía, pero la consola de muñeca de su hijo enfocaba una pared.

—… si no se detienen por iniciativa propia, tendremos que obligarlos, porque si no lo hará la UNTA y todo se irá al infierno. Preparen el contraataque, yo daré la orden.

—¡Peter! —exclamó ella sin poder evitarlo.

La imagen de la pequeña pantalla osciló y enfocó el rostro de Peter.

—Arréglatelas con Hastings —dijo con voz ahogada, casi sin poder mirar al traidor—. Voy a buscar a Kasei.

Arsiaview era la tienda más meridional y ahora aparecía llena de humo, que subía serpenteando, formando largas líneas amorfas que revelaban el sistema de ventilación de la tienda. Las alarmas sonaban por doquier, chillonas en el aire aún espeso, y había fragmentos del plástico transparente del armazón desparramados por el césped verde de la calle. Ann tropezó con un cuerpo acurrucado en la misma posición que las figuras fosilizadas por la ceniza en Pompeya. Arsiaview era estrecha y larga, y no sabía en qué dirección ir. El fragor de los lanzamisiles la llevó hacia el este, hacia el Enchufe, el imán de la locura… un monopolo que descargaba la insensatez de la Tierra sobre ellos.

Tal vez hubiera un plan detrás del caos aparente; las defensas del cable parecían capaces de resistir el ataque de los misiles ligeros rojos, pero si los atacantes destruían completamente Sheffield y el Enchufe, la UNTA no tendría ningún lugar al que bajar, y por tanto importaría poco que el cable siguiera en lo alto. Era un plan que repetía el empleado para resolver la situación en Burroughs.

Pero era un plan inadecuado. Burroughs estaba en las tierras bajas, donde había una atmósfera, donde la gente podía vivir al aire libre, al menos durante un tiempo. Sheffield estaba en las alturas, y por tanto era como volver al pasado, a 2061, cuando una tienda pinchada significaba el fin para cualquiera expuesto a los elementos. Al mismo tiempo, la mayor parte de Sheffield era subterránea, distribuida en numerosas plantas superpuestas talladas en el muro de la caldera. Sin duda el grueso de la población se había refugiado abajo, y si los combatientes los acosaban se crearía una situación de pesadilla. Pero en la superficie, donde la lucha era posible, la gente se exponía a que les dispararan desde el cable. No, aquello no podía funcionar. Ni siquiera podían ver con claridad cómo se estaban desarrollando los acontecimientos. Hubo nuevas explosiones cerca del Enchufe, estática en el intercom, y mientras buscaba, el receptor captó palabras aisladas de otras frecuencias codificadas: «… tomado Arsiaviewpkkkkkk,…». «Tenemos que recuperar la IA, coordenadas X tres dos dos, Y ochopkkkkk…» Debían de haber disparado una nueva andanada de misiles contra el cable, porque allá en lo alto Ann vio una línea ascendente de explosiones enceguecedoras, sin ningún sonido; y después unos grandes fragmentos ennegrecidos llovieron sobre las tiendas que la rodeaban y se estrellaron contra el material invisible o embistieron la estructura invisible, y luego se precipitaron sobre los edificios como si fueran vehículos escacharrados arrojados a un desguace, con un gran estrépito a pesar del aire tenue y la distancia; el suelo vibraba bajo sus pies. Aquello se prolongó varios minutos, y los fragmentos caían alejándose cada vez más, y cualquier segundo de aquellos minutos podía haber traído la muerte sobre ella. Se quedó de pie mirando el cielo oscuro, y la esperó.

Dejaron de caer objetos. Había estado conteniendo el aliento, y al fin respiró con cierta regularidad. Peter tenía el código rojo y Ann marcó su número y le envió un mensaje desesperado, pero sólo recibió estática. Sin embargo, cuando ya bajaba el volumen de los auriculares, captó algunas frases incompletas y confusas: Peter describía los movimientos de los rojos a las fuerzas verdes, o quizás incluso a la UNTA, que entonces podría disparar sus misiles desde el sistema de defensa del cable. Sí, ésa era la voz de Peter, mezclada con la estática. Orquestándolo todo. Luego sólo hubo estática.

En la base del ascensor los fogonazos enceguecedores de las explosiones transformaron el negro de la parte inferior del cable en plata; luego volvió el negro. Las alarmas de Arsiaview aullaron y el humo se arrastró hacia el extremo oriental de la tienda. Ann se metió en un callejón que corría de norte a sur y se dejó caer contra el muro oriental de un edificio, pegada al hormigón. En el callejón no había ventanas. Explosiones, estrépito, viento. Luego, un silencio opresivo.

Se puso de pie y vagó por la tienda. ¿Adónde iba uno cuando estaban matando a la gente? A encontrar a los amigos, si se podía. Sí sabías quiénes lo eran.

Se serenó y echó a andar hacia donde Dao le había dicho que estaría Kasei, y trató de imaginar adonde podrían ir después. Era probable que ya hubieran salido de la ciudad; seguramente intentarían capturar la siguiente tienda en dirección este, tomarlas una a una, descomprimirlas, obligar a sus habitantes a refugiarse debajo y luego seguir adelante. Siguió corriendo tan deprisa como podía por la calle paralela al muro de la tienda. Estaba en forma, pero aquello era demasiado: le faltaba el aliento y tenía el interior del traje empapado de sudor. La calle estaba desierta, aterradoramente silenciosa y tranquila, de manera que resultaba difícil creer que estaba en medio de una batalla y que encontraría al grupo que buscaba.

Pero allí estaban. Un poco más adelante, en las calles que rodeaban uno de los hermosos parques triangulares: figuras con trajes y cascos, que llevaban armas automáticas y lanzamisiles móviles, que disparaban contra unos oponentes invisibles atrincherados en un edificio revestido de sílex. Los círculos rojos de los brazos, rojos…

Un fogonazo cegador la derribó. Los oídos le zumbaban. Estaba al pie del edificio y se apretó contra la pared de piedra pulida. Jaspilita: jaspe rojo y óxido de hierro, en bandas que se alternaban. Hermoso. Le dolía la espalda, el trasero y el hombro, y también el codo. Pero nada grave. Podía moverse. Se arrastró y volvió la vista hacia el parque triangular. Todo ardía en el viento, y las pequeñas lenguas anaranjadas ya empezaban a menguar por la falta de oxígeno. Los cadáveres yacían desparramados como muñecos rotos, con los miembros en posiciones que ningún hueso podía soportar. Se puso de pie y se dirigió corriendo al grupo más cercano, atraída por una cabeza familiar de cabellos grises que había perdido el casco. Aquél era Kasei, el único hijo de John Boone e Hiroko Ai; tenía la mandíbula ensangrentada y sus ojos abiertos ya no veían. Él la había tomado demasiado en serio. Y sus adversarios no lo suficiente. La herida había dejado al descubierto su colmillo de piedra, y al verlo Ann sintió que se ahogaba, y se alejó. Tantas pérdidas… Los tres estaban muertos ahora.

Volvió sobre sus pasos y se agachó para soltar la consola de muñeca de Kasei. Era más que probable que tuviera una frecuencia de acceso directo al Kakaze, y cuando estuvo de nuevo a cubierto junto a un edificio de obsidiana marcado por grandes señales de impactos, tecleó la frecuencia de llamada general y dijo:

—Habla Ann Clayborne, llamando a todos los rojos. A todos los rojos. Atención, habla Ann Clayborne. El ataque a Sheffield ha fracasado. Kasei ha muerto, y muchos más. Es inútil proseguir con los ataques. Provocarán que toda la fuerza de la UNTA se lance sobre el planeta otra vez. — Hubiera querido decir que, para empezar, el plan era estúpido, pero se reprimió.— Aquellos que puedan, abandonen la montaña. Todos los que estén en Sheffield, regresen al oeste y abandonen la ciudad y la montaña. Habla Ann Clayborne.

Le llegaron varios acuses de recibo, que ella escuchó a medias mientras regresaba al rover a través de Arsiaview. No hizo ningún esfuerzo por esconderse. Si la mataban, qué se le iba a hacer, pero no creía que eso fuera a ocurrir; caminaba bajo las alas de algún oscuro ángel protector que la forzaba a presenciar la muerte de la gente que conocía y del planeta que amaba. Era su destino. Sí, allí estaban Dao y su unidad, muertos en el lugar donde ella los había dejado, en medio de su propia sangre. Ella debía de haberse librado por muy poco.

Y en un ancho bulevar con una hilera de tilos en el centro encontró otro grupo de cadáveres. No eran rojos, llevaban cintas verdes en la cabeza, y uno de ellos parecía Peter, ésa era su espalda… Se acercó con piernas temblorosas, siguiendo un impulso, como en una pesadilla, se detuvo junto al cadáver y finalmente observó su rostro. No era Peter. Un nativo alto y joven que tenía unos hombros como los de Peter, pobre criatura. Un hombre que podía haber vivido mil años.

Reanudó la marcha aturdida. Llegó al rover sin incidentes, subió y condujo hasta la terminal de trenes en el extremo oeste de Sheffield. De allí partía una pista que bajaba por la pendiente sur de Pavonis hasta el desfiladero entre Pavonis y Arsia. Concibió un plan, simple y básico, pero precisamente por eso viable. Sintonizó la frecuencia del Kakaze y dio sus recomendaciones como si fueran órdenes.

—Huyan, desaparezcan. Bajen al Desfiladero Sur, rodeen Arsia por el flanco occidental, por encima de la línea de las nieves, y luego pasen a la cabecera de Aganippe Fossa, un largo cañón recto donde encontrarán un antiguo refugio rojo secreto, una morada excavada clandestinamente en la pared norte. Allí podrán esconderse y empezar una nueva campaña de resistencia contra los nuevos amos del planeta. UNOMA, UNTA, metanacs, Dorsa Brevia… todos Verdes.

Probó a llamar a Coyote y se sorprendió cuando éste contestó.

Sin duda también él estaba en Sheffield; tenía suerte de estar vivo. Una furiosa expresión de amargura le torcía el rostro quebrado.

Ann le explicó su plan; él asintió, pero dijo:

—Después de un tiempo necesitarán hacer algo más. Ann no pudo reprimirse:

—¡Fue una estupidez atacar el cable!

—Lo sé —dijo Coyote con cansancio.

—¿Intentaste disuadirlos?

—Pues claro. —Su expresión se ensombreció aún más.— ¿Kasei ha muerto?

—Sí.

El rostro del hombre se contrajo en una mueca de dolor.

—Oh, Dios. Esos bastardos.

Ann no sabía qué decir. No conocía muy bien a Kasei, ni siquiera le era simpático. Sin embargo, Coyote lo había conocido desde el día en que nació, en la colonia oculta de Hiroko, y lo había llevado consigo en sus furtivas expediciones por todo Marte desde que era un adolescente. Las lágrimas le corrían por las profundas arrugas de las mejillas, y Ann apretó los dientes.

—¿Puedes llevarlos a Aganippe? —preguntó—. Yo voy a quedarme y arreglar cuentas con la gente de Pavonis Este.

Coyote asintió.

—Los llevaré allá lo más rápido que pueda. NOS encontraremos en la Estación Oeste.

—Lo comunicaré.

—A los verdes no les va a gustar nada.

—Al diablo con los verdes.

Una parte del Kakaze entró a hurtadillas en la terminal oeste de Sheffield, a la luz mortecina de un crepúsculo humeante: pequeños grupos que vestían trajes de superficie sucios y ennegrecidos, de rostros pálidos y asustados, furiosos, desorientados, conmocionados. Devastados. Se habían reunido unos cuatrocientos, que compartieron las aciagas nuevas del día. Cuando Ann vio entrar a Coyote por la parte trasera, se puso de pie y procuró que su voz llegara a todos, más consciente que nunca de su condición de primera roja, de lo que eso significaba ahora. Aquella gente la había tomado en serio y allí estaban, exhaustos y afortunados supervivientes, con amigos muertos a lo largo y ancho de la ciudad que tenían al este.

—El asalto directo era una pésima idea —dijo, incapaz de reprimirse—. Funcionó en Burroughs, pero aquélla era una situación distinta. Aquí fracasó. Han muerto personas que podían haber vivido cientos de años. El cable no valía ese precio. Vamos a pasar a la clandestinidad y a esperar nuestra próxima oportunidad, nuestra verdadera oportunidad.

Se levantaron ásperas objeciones, gritos coléricos:

—¡No! ¡Nunca! ¡Derribemos el cable!

Ann esperó a que se desfogaran. Al fin alzó una mano y poco a poco se restableció el silencio.

—Si luchásemos ahora con los verdes, lo más probable es que nos saliera el tiro por la culata. Daría una excusa a las metanacs para intervenir. Eso sería mucho peor que lidiar con un gobierno nativo. Con los marcianos al menos podemos hablar. La parte medioambiental del compromiso de Dorsa Brevia nos da un cierto margen. Sólo tenemos que trabajar lo mejor que podamos. Empezar en algún otro sitio.

¿Comprenden?

Esa misma mañana no lo hubieran reconocido. Y ahora seguían sin querer hacerlo. Ann esperó que se acallaran las voces de protesta, que silenció con la mirada, la intensa mirada de fuego de Ann Clayborne… Muchos de ellos se habían unido a la lucha por su causa, en los días en que el enemigo era el enemigo, y la resistencia, una alianza activa de verdad, imprecisa y fragmentaria pero con todos sus elementos más o menos del mismo lado…

Inclinaron las cabezas, aceptando de mala gana que si Clayborne estaba contra ellos, su liderazgo moral desaparecía. Y sin eso… sin Kasei, sin Dao, y con la mayoría verde que apoyaba a Nirgal y Jackie, y a Peter, el traidor…

—Coyote los sacará de Tharsis —dijo Ann, sintiéndose enferma. Abandonó la sala, atravesó la terminal, salió por la antecámara y regresó a su coche. La consola de muñeca de Kasei seguía en el salpicadero y ella la arrojó al otro lado del compartimiento y empezó a sollozar. Después se sentó y se serenó, y luego puso en marcha el coche y fue en busca de Nadia, Sax y los demás.

Condujo sin ver alrededor de la caldera, esta vez en el sentido de las agujas del reloj. Finalmente se encontró en Pavonis Este, y allí estaban, todavía en el complejo de almacenes; cuando entró la miraron como si la idea de la ofensiva contra el cable hubiese sido suya, como si ella fuese personalmente responsable de todo lo malo que había sucedido, tanto ese día como durante toda la revolución; la miraron como lo habían hecho después de lo de Burroughs. Peter el traidor estaba allí, y ella lo evitó y no hizo el menor caso de los demás, o lo intentó. Irishka parecía asustada, y Jackie tenía los ojos enrojecidos y estaba furiosa; después de todo, su padre había muerto ese día, y aunque ella estaba en el bando de Peter y por tanto era en parte responsable de la respuesta aplastante a la ofensiva de los rojos, bastaba una mirada para comprender que alguien pagaría por ello; pero Ann no se detuvo a considerar nada de eso y fue directamente hacia Sax, como siempre en un rincón, en la esquina más lejana de la gran sala central, sentado frente a una pantalla, leyendo largas columnas de cifras, murmurándole cosas a su IA. Ann agitó una mano entre su cara y la pantalla y él levantó la vista, sobresaltado.

Curiosamente, Sax era el único que no parecía culparla. De hecho, la miró con la cabeza inclinada a un lado, con una curiosidad de pájaro que casi parecía simpatía.

—Malas noticias sobre Kasei —dijo—. Kasei y los demás. Me alegro de que Desmond y tú sobrevivieran.

Ella pasó por alto el comentario y le explicó con un rápido cuchicheo adonde iban los rojos y lo que les había dicho que hicieran.

—Creo que puedo disuadirlos de emprender otros ataques directos al cable. Y otras acciones violentas, al menos a corto plazo.

—Bien —dijo Sax.

—Pero quiero algo a cambio —dijo ella—. Lo quiero, y si no lo consigo los echaré contra ti hasta el fin del mundo.

—¿La soletta? —preguntó Sax.

Ann le clavó la mirada. Debía de haberla escuchado más de lo que ella había supuesto.

—Sí.

Las cejas del hombre se unieron mientras meditaba.

—Eso provocará una especie de era glacial —dijo.

—Bien.

Él la miró, meditabundo. Ann sabía lo que estaba pensando, qué pensamientos pasaban por su cabeza en rápidas ráfagas o relámpagos: era glacial, atmósfera más tenue, terraformación más lenta, nuevos ecosistemas destruidos, posible compensación, gases de invernadero. Y así sucesivamente. Era casi divertido comprobar cómo ella podía leer en el rostro de aquel extraño, ese hermano odiado, que trataba de encontrar una salida. Por más que buscaba, el calor no dejaba de ser el principal motor de la terraformación, y sin los grandes espejos orbitales de la soletta se verían restringidos al nivel normal de luz solar de Marte, y por tanto a un ritmo más «natural». Incluso era posible que la inherente estabilidad de ese enfoque interesara al conservadurismo de Sax.

—De acuerdo —contestó él al fin.

—¿Puedes hablar por estos? —inquirió ella, señalando desdeñosamente al gentío que tenían detrás, como si sus viejos compañeros no estuvieran entre ellos, como si fueran tecnócratas de la UNTA o funcionarios de metanacs…

—No —dijo él—. Sólo hablo por mí. Pero puedo librarme de la soletta.

—¿Lo harías en contra de la voluntad de todos? Él frunció el entrecejo.

—Creo que puedo convencerlos. Si no lo consigo, sé que puedo convencer al equipo de Da Vinci para que lo haga. Les gustan los desafíos.

—Muy bien.

Era lo máximo que podía conseguir de él, después de todo. Se enderezó, todavía perpleja. No se le había ocurrido pensar que él aceptaría. Y ahora que lo había hecho, descubrió que todavía estaba furiosa, desesperada. Esa concesión… ahora que la tenía, no significaba nada. Ya maquinarían nuevas maneras de calentar el planeta. Sax defendería su acción empleando ese argumento, sin duda. Démosle la soletta a Ann, diría, para librarnos de los rojos. Y luego sigamos con lo nuestro.

Ann abandonó la sala sin dedicar una mirada a nadie. Salió de los almacenes y subió al rover.

Durante un rato condujo sin tener conciencia de adonde se dirigía. Tenía que salir de allí, tenía que escapar. Y casi por accidente avanzó hacia el oeste, y pronto tuvo que decidir entre detenerse o despeñarse por el borde.

Frenó bruscamente.

Aturdida miró por el parabrisas. Tenía un sabor amargo en la boca, las entrañas encogidas, los músculos agarrotados y doloridos. El gran borde circular de la caldera humeaba en una docena de puntos diferentes, principalmente en Sheffield y Lastflow. No se distinguía el cable sobre Sheffield, pero continuaba allí, señalado por una concentración de humo alrededor de la base, arrastrado hacia el este por el viento tenue y persistente. Otra bandera en la cima de la montaña, movida por la ininterrumpida corriente de chorro. El tiempo era un viento que los barría a todos. Los penachos de humo manchaban el cielo tenebroso y oscurecían las estrellas que brillaban en la hora que precedía a la puesta de sol. Casi parecía que el viejo volcán estaba despertando, que salía de su prolongado letargo y se preparaba para entrar en erupción. A través del humo tenue, el sol era una bola resplandeciente de un rojo intenso, y su aspecto sugería el de un antiguo planeta abrasado que teñía de carmesí y herrumbre los jirones de humo.

Marte rojo. Pero el Marte rojo ya no existía, había desaparecido para siempre. Con soletta o sin ella, con era glacial o sin ella, la biosfera crecería y se extendería hasta cubrirlo todo; habría un océano en el norte y lagos en el sur, y arroyos, bosques, praderas, ciudades y carreteras; sí, ella veía todo eso; las nubes blancas vomitarían barro sobre las antiquísimas tierras altas, mientras las masas insensibles construirían sus ciudades tan deprisa como pudieran, y el deslizamiento largo de la civilización sepultaría su mundo.

SEGUNDA PARTE

Areofanía

Para Sax la guerra civil era el más irracional de los conflictos. Dos partes de un grupo compartían muchos más intereses que discrepancias, pero de todas formas se enfrentaban. Desgraciadamente no era posible obligar a la gente a hacer un análisis de la relación coste-beneficio. No había nada que hacer. O… se podía intentar identificar aquello que compelía a una o a las dos partes a recurrir a la violencia, y después tratar de neutralizarlo.

Sin duda, en este caso el busilis era la terraformación, un tema con el que Sax estaba estrechamente vinculado. Esto podía considerarse una desventaja, ya que lo ideal era que un mediador fuera neutral. Por otra parte, sus acciones podían hablar simbólicamente en favor del esfuerzo terraformador. Él podía conseguir más que nadie con un gesto simbólico. Era necesario hacer una concesión a los rojos, una concesión real cuya realidad incrementaría su valor simbólico debido a algún oculto factor exponencial. Valor simbólico: era un concepto que Sax se esforzaba por comprender. Las palabras, de todo tipo, le planteaban dificultades; tanto era así que había recurrido a la etimología para intentar penetrarlas mejor. Una ojeada a su muñeca: símbolo, «algo que representa a otra cosa», del latín symbolum, que procedía de una palabra griega que significaba «reunir». Exactamente. Este concepto de reunión era ajeno a su comprensión, algo emocional, casi irreal, y sin embargo de importancia vital.

La tarde de la batalla por Sheffield, contactó brevemente con Ann y trató de hablarle, pero fracasó. Entonces condujo hasta las ruinas de la ciudad, sin saber qué hacer, en busca de la mujer. Era turbador ver cuánto daño podían hacer unas pocas horas de lucha. Muchos años de trabajo yacían ahora convertidos en ruinas humeantes, un humo que no estaba constituido por partículas de ceniza producida por el fuego, sino por viejas cenizas volcánicas levantadas por el viento y luego arrastradas hacia el este por la corriente de chorro. El cable asomaba entre las minas como una negra cuerda de fibras de nanotubo de carbono.

No se advertía ningún signo de resistencia roja. Por tanto no había manera de localizar a Ann. No contestaba a las llamadas. Frustrado, Sax regresó al complejo de almacenes de Pavonis Este y entró.

Y allí estaba Ann, en el vasto almacén, avanzando entre los demás hacia él como si fuera a clavarle un puñal en el pecho. Sax se hundió en el asiento con cierto malestar, recordando una serie demasiado larga de encuentros desagradables entre ellos. El más reciente, durante el viaje en tren desde la Estación Libia. Ella había dicho algo sobre retirar la soletta y el espejo anular, lo cual constituiría sin duda una poderosa declaración simbólica. Y además, él nunca se había sentido cómodo sabiendo que uno de los principales elementos de aporte de calor terraformador era tan frágil.

De modo que cuando Ann dijo «Quiero algo a cambio», él creyó saber a qué se refería y sugirió la retirada de los espejos. Eso la retuvo, debilitó su terrible cólera, dejando algo mucho más profundo, sin embargo, tristeza, desesperación, no estaba seguro. Ciertamente ese día habían muerto muchos rojos, y muchas esperanzas rojas también.

—Siento lo de Kasei —dijo.

Ella hizo caso omiso de la observación y le obligó a prometer que retiraría los espejos espaciales. Sax lo hizo, calculando al mismo tiempo la perdida de luz resultante, y tratando de reprimir una mueca. La insolación disminuiría un veinte por ciento, una cantidad significativa.

—Eso iniciará una era glacial —murmuró.

—Bien —dijo ella.

Pero Ann no estaba satisfecha. Y cuando abandonó la sala, advirtió por la caída de sus hombros que la concesión le proporcionaba un flaco consuelo. Sólo podía esperarse que sus cohortes fueran más fáciles de contentar. En cualquier caso, habría que hacerlo. Eso tal vez evitara una guerra civil. Naturalmente, un gran número de plantas moriría, sobre todo en las zonas más elevadas, aunque afectaría a todos los ecosistemas en mayor o menor grado. Una era glacial, no cabía la menor duda. A menos que reaccionaran con prontitud. Pero valdría la pena si ponía fin a la lucha.

Hubiera sido fácil limitarse a cortar la gran banda del espejo anular y dejar que se perdiera en el espacio, fuera del plano de la eclíptica. Y otro tanto con la soletta: si encendían algunos de sus cohetes de posición, se alejaría girando como una rueda de fuegos de artificio.

Pero eso supondría un despilfarro de silicato de aluminio procesado que Sax desaprobaba. Decidió investigar la posibilidad de usar los cohetes direccionales del espejo y su capacidad reflectora para propulsarlos a otro lugar del sistema solar. Podían colocar la soletta delante de Venus, y realinear sus espejos para que la estructura se convirtiera en un enorme parasol que daría sombra al planeta e iniciaría el proceso de enfriamiento de su atmósfera. Esto era algo que venía discutiéndose en la literatura especializada desde hacía tiempo, y cualesquiera que fuesen los planes de terraformación de Venus, ése era el primer paso. Una vez hecho esto, habría que colocar el espejo anular en la correspondiente órbita polar alrededor del planeta, pues la luz que reflejara ayudaría a mantener la posición de la soletta/parasol, contrarrestando la presión de la radiación solar. Los dos artilugios seguirían siendo útiles, y sería también un gesto, otro gesto simbólico, que diría ¡Eh, miren aquí… este gran mundo también es terraformable! No sería fácil, pero era posible. De ese modo parte de la presión psíquica sobre Marte, «la única otra Tierra posible», se aliviaría. No era una cosa lógica, pero no importaba; la historia era extraña, las personas no eran sistemas racionales, y en la peculiar lógica simbólica del sistema límbico constituiría una señal para la población terrestre, un presagio, una dispersión de semilla psíquica, una forma de reunión. ¡Miren allá! ¡Vayan allá! Y dejen en paz a Marte.

De manera que discutió el asunto con los científicos de Da Vinci, que a todos los efectos habían tomado el control de los espejos. Ratas de laboratorio, los llamaba la gente a sus espaldas (aunque Sax los oía de todas maneras); las ratas de laboratorio o los saxaclones. Jóvenes y serios científicos nativos marcianos, de hecho, con las mismas variaciones de temperamento de los licenciados y doctores de cualquier laboratorio; pero los hechos carecían de importancia. Trabajaban con él y por eso eran los saxaclones. De alguna manera Sax se había convertido en el modelo del moderno científico marciano, primero como una rata de laboratorio con bata blanca, después como un científico completamente loco y descontrolado, con un cráter-castillo lleno de Igores voluntariosos, de mirada extraviada pero modales comedidos, pequeños señores Spock, los hombres tan enjutos y torpes como grullas en el suelo, las mujeres anodinas, protegidas por ropas incoloras, por su neutra devoción a la Ciencia. Sax los apreciaba mucho. Admiraba su devoción a la ciencia, porque la comprendía: la necesidad de entender las cosas, de poder expresarlas matemáticamente. Era un deseo sensato. Incluso pensaba muchas veces que si todo el mundo fuese versado en física estarían mucho mejor. «Ah, no, a la gente le gusta la idea de un universo plano porque un espacio de curvatura negativa les resulta demasiado complicado.» Bueno, tal vez no. En cualquier caso, extraño o no, los jóvenes nativos de Da Vinci formaban un grupo poderoso. En aquellos momentos, Da Vinci se encargaba de gran parte de la base tecnológica de la resistencia, y con Spencer allí, dedicado en cuerpo y alma al trabajo, su capacidad de producción era asombrosa. A decir verdad, habían diseñado la revolución y en ese momento tenían el control de facto del espacio orbital marciano.

Ésa era una de las razones por las que muchos parecieron descontentos o al menos estupefactos cuando Sax les habló sobre la retirada de la soletta y el espejo anular. Lo hizo en una reunión por pantalla, y sus rostros adoptaron una expresión alarmada: Capitán, eso no es lógico. Pero tampoco lo era la guerra civil. Y lo uno era mejor que lo otro.

—¿No se opondrán? —preguntó Aonia—. Me refiero al colectivo verde.

—Sin duda —dijo Sax—. Pero en este momento vivimos en la anarquía. Tal vez el grupo de Pavonis Este sea una especie de protogobierno. Pero aquí en Da Vinci nosotros controlamos el espacio de Marte. Y a pesar de lo que pueda objetarse, esto evitará la guerra civil.

Se explicó lo mejor que pudo. El desafío técnico, el problema duro y simple, los absorbió, y pronto se desvaneció la sorpresa inicial. De hecho, plantearles un reto técnico de ese calibre era como darle un hueso a un perro. Se pusieron a roer las partes duras del problema, y pocos días después ya habían dejado el procedimiento mondo y lirondo. Que consistía básicamente en dar instrucciones a las IA, como siempre. Estaban llegando al punto en que teniendo una clara idea de lo que uno deseaba hacer, bastaba con decirle a una IA «por favor, haz esto o aquello», por favor, coloca la soletta y el espejo anular en la órbita venusiana y ajusta las tablillas de la soletta de manera que se transforme en un parasol que proteja al planeta de la insolación; y las IA calcularían las trayectorias, el encendido de los cohetes y el ángulo necesario de los espejos, y estaba hecho.

Tal vez los humanos estaban convirtiéndose en criaturas demasiado poderosas. Michel hablaba constantemente de sus nuevos poderes divinos, e Hiroko, con sus acciones, había sugerido que no habría límites para lo que intentasen con esos poderes, olvidándose de cualquier tradición. Sax tenía un saludable respeto por la tradición, como una especie de contumaz instinto de supervivencia. Pero los técnicos de Da Vinci tenían tanto respeto por la tradición como Hiroko, es decir, ninguno. Se encontraban en una coyuntura histórica abierta, no eran responsables ante nadie. Y por eso lo hicieron.

Después Sax fue a ver a Michel.

—Estoy preocupado por Ann —le dijo.

Estaban en una esquina del gran almacén de Pavonis Este y el movimiento y el estrépito de la muchedumbre creaba una especie de espacio privado. Pero tras echar una ojeada alrededor, Michel dijo:

—Salgamos.

Se pusieron los trajes y salieron. Pavonis Este era un laberinto de tiendas, almacenes, fábricas, pistas, aparcamientos, tuberías y tanques de contención, y también de depósitos de chatarra y vertederos. Los detritos mecánicos estaban desparramados por todas partes, como deyecciones volcánicas. Michel guió a Sax hacia el oeste entre el desorden y rápidamente alcanzaron el borde de la caldera, desde el cual la confusión humana se veía en un nuevo y mas amplio contexto, un cambio logarítmico que metamorfoseaba la faraónica colección de artefactos en una mancha de cultivo bacteriano.

Al filo mismo del borde, el oscuro basalto moteado se quebraba formando cornisas concéntricas escalonadas. Una serie de escaleras bajaban hasta esas terrazas, y la última estaba protegida por una baranda. Michel llevó a Sax hasta allí, donde podían asomarse y contemplar el interior de la caldera. Cinco mil metros de caída vertical. El gran diámetro de la caldera hacía que no pareciera tan profunda; sin embargo había todo un mundo circular allá abajo, muy abajo. Y cuando Sax recordó lo pequeña que era la caldera en comparación con todo el volcán, Pavonis pareció erguirse como un continente cónico que atravesaba la atmósfera del planeta hacia el espacio. El cielo sólo era púrpura sobre el horizonte, y oscuro en lo alto, y el sol parecía una pequeña moneda de oro en el oeste que proyectaba sombras oblicuas y definidas. Desde allí podían admirar todo eso. Las partículas levantadas por las explosiones se habían disipado y todo había recuperado su claridad telescópica de costumbre. Piedra y cielo y nada más… salvo la sarta de edificios alrededor del borde. Piedra, cielo y sol. El Marte de Ann. Aunque sobraban los edificios. Pero en la cima de Ascraeus, Arsia y Elysium, e incluso sobre el Olimpo, no habría edificios.

—Sencillamente podríamos declarar todo lo que esté por encima de los ocho mil metros zona salvaje primitiva —dijo Sax—. Y, mantenerlo así para siempre.

—¿Bacterias? —preguntó Michel—. ¿Líquenes?

—Probablemente. ¿Pero acaso importa?

—Para Ann, sí.

—¿Pero por qué Michel? ¿Por qué tiene que ser así? Michel se encogió de hombros.

Después de un largo silencio, dijo:

—Sin duda es muy complejo. Pero creo que es una negación de la vida. Se ha vuelto hacia la roca porque es algo en lo que puede confiar. De niña sufrió maltratos, ¿lo sabías?

Sax negó con la cabeza. Intentó imaginar lo que eso significaba.

—Su padre murió —continuó Michel—. Su madre volvió a casarse cuando ella tenía ocho años. A partir de ese momento empezaron los malos tratos, hasta que a los dieciséis años se fue a vivir con la hermana de su madre. Le he preguntado en qué consistieron, pero ella no quiere hablar del tema. Abusos. Dice no recordar casi nada.

—Lo creo.

Michel agitó una mano enguantada.

—Recordamos más de lo que creemos. Más de lo que desearíamos, a veces.

Siguieron contemplando el interior de la caldera en silencio.

—Resulta difícil de creer —comentó Sax.

—¿De veras? —dijo Michel con expresión sombría—. Había cincuenta mujeres entre los Primeros Cien. Es muy probable que más de una sufriera abusos por parte de los hombres durante su vida. Del orden del diez o quince por ciento, si las estadísticas no engañan. Violación sexual, palizas… así funcionaban las cosas.

—Cuesta creerlo.

—Sí.

Sax recordó que una vez había golpeado a Phyllis en la mandíbula y la había dejado inconsciente. Había hallado una cierta satisfacción en ello. Aunque se había visto obligado a hacerlo. O eso le había parecido entonces.

—Todos tienen sus razones —dijo Michel, sobresaltándolo—. O eso creen. —Intentó explicarse… intentó, como siempre hacía, atribuirlo a algo más que la pura maldad.— La base de la cultura humana —dijo, observando el paisaje— es una respuesta neurótica a las primeras heridas psíquicas. Antes del nacimiento y durante la infancia se vive sumido en una beatitud oceánica narcisista, en la que el individuo es el universo. Después, en algún momento al final de la etapa infantil, descubrimos que somos individuos independientes, distintos de nuestra madre y de las demás personas. Éste es un golpe del que nunca nos recuperamos por completo. Existen diferentes estrategias neuróticas para hacerle frente. La primera, volvernos a fundir con la madre. O bien negar a la madre y desplazar nuestro ideal del yo al padre. Los miembros de estas culturas veneran al rey y al padre divino, y así sucesivamente. Pero el ideal del yo puede volver a desplazarse, hacia alguna idea abstracta o una hermandad masculina. Existen nombres y descripciones exhaustivas para todos esos complejos: el dionisiaco, el perseico, el apolíneo, el heracleo. Comportamientos neuróticos, en el sentido de que todos llevan a la misoginia, excepto el complejo dionisiaco.

—¿Este es otro de tus rectángulos semánticos? —preguntó Sax con aprensión.

—Sí. El complejo apolíneo y el heracleo describirían las sociedades industriales terranas. El perseico, sus culturas primitivas, de las cuales todavía hoy quedan poderosos vestigios, naturalmente. Y los tres son patriarcales. Todos ellos niegan lo materno, que en el patriarcado se relaciona con el cuerpo y la naturaleza. Lo femenino es instinto, el cuerpo y la naturaleza, mientras que lo masculino es razón, intelecto y ley. Y la ley gobierna.

Fascinado por toda aquella reunión de conceptos, Sax sólo pudo decir:

—¿Y en Marte?

—Bien, en Marte es muy probable que el ideal del yo esté desplazándose de nuevo hacia lo materno, hacia lo dionisiaco o algo parecido a una reintegración postedípica con la naturaleza, que todavía estamos creando. Un nuevo complejo que no esté tan sujeto a las investiduras neuróticas.

Sax meneó la cabeza. Siempre le sorprendía lo floridamente elaborada que podía llegar a ser una pseudociencia. Una técnica de compensación, quizá; un intento desesperado de ser como la física. Pero lo que nadie comprendía es que la física, aunque muy complicada, trataba siempre de simplificarse.

Michel seguía elaborando. Correlacionado con el patriarcado estaba el capitalismo, decía en ese momento, un sistema jerárquico en el que la mayoría de los hombres eran explotados económicamente y además tratados como animales, envenenados, traicionados, llevados de acá para allá, asesinados. E incluso en el mejor de los casos, estaban bajo la amenaza constante de perder el trabajo y no poder sostener a sus familias, hambrientos, humillados. Algunos, atrapados en este desafortunado sistema, descargaban su rabia donde podían, incluso en sus seres queridos, precisamente aquellos que podían darles algún consuelo. Era ilógico y hasta estúpido. Brutal y estúpido. Sí. Michel se encogió de hombros; no le gustaba el rumbo que tomaba esa línea de razonamiento. Para Sax aquello significaba que las acciones de muchos hombres ponían de manifiesto, lamentablemente, excesiva estupidez. Y en algunas mentes el sistema límbico se deformaba por completo, continuó Michel, tratando de desviarse y dar una explicación que redimiera en parte al hombre. La adrenalina y la testosterona impulsaban siempre a luchar o huir, y en algunas situaciones deprimentes se establecía un circuito de satisfacción en las coordenadas recibir daño/devolver daño, y entonces los hombres atrapados en esa dinámica estaban perdidos, no sólo para la empatia sino para el racional interés propio. Enfermos, de hecho.

También Sax se sentía un poco enfermo. Michel había dado varias explicaciones diferentes para la maldad masculina en poco más de un cuarto de hora, y aún así los hombres de la Tierra tenían aún mucho de lo que responder. Los hombres marcianos eran diferentes, aunque había habido torturadores en Kasei Vallis, como él bien sabía. Pero eran colonos venidos de la Tierra. Enfermos. Sí, se sentía enfermo. Los jóvenes nativos no eran así, ¿verdad? Un hombre marciano que golpeara a una mujer o abusara de un niño sería condenado al ostracismo, excoriado, incluso golpeado; perdería su hogar y lo exiliarían en los asteroides, y no se le permitiría regresar nunca.

Había que estudiar el tema.

Volvió a pensar en Ann, en cómo era: tan obstinada, tan concentrada en la ciencia, en la roca. Una suerte de respuesta apolínea, tal vez. Concentración en lo abstracto, negación del cuerpo y, por tanto, de todo su dolor.

—¿Qué crees que podría ayudar a Ann ahora? —preguntó Sax. Michel volvió a encogerse de hombros.

—Llevo años preguntándome lo mismo. Creo que Marte la ha ayudado, y Simón, y también Peter. Pero ellos se han mantenido a una cierta distancia. No han cambiado esa negación fundamental en su interior.

—Pero ella… ella ama todo esto —dijo Sax, señalando la caldera—. Lo ama de verdad. —Meditó en el análisis de Michel.— No es sólo una negación. Hay un sí implícito. El amor por Marte.

—Pero hay algo de desequilibrado en el hecho de amar las piedras pero no a las personas —objetó Michel—. Algo deformado. Ann tiene una mente privilegiada, ¿sabías?

—Lo sé.

—Y ha conseguido mucho. Pero no parece contenta.

—No le gusta lo que le está sucediendo a su mundo.

—No. ¿Pero es eso lo que realmente le desagrada? ¿O le desagrada todo? No estoy tan seguro. En ella tanto el amor como el odio están de algún modo desplazados.

Sax sacudió la cabeza. Era pasmoso, de veras, que Michel pudiera considerar la psicología una ciencia. Dependía demasiado de la reunión de ideas. Como por ejemplo concebir la mente como una máquina de vapor, la analogía mecánica más a mano en el momento del nacimiento de la psicología moderna. La gente siempre había pensado en la mente en esos términos: un mecanismo de relojería para Descartes, cambios geológicos para los primeros Victorianos, ordenadores u holografías para el siglo XX, IA para el siglo XXI… y para los freudianos tradicionales, máquinas de vapor. Aplicación de calor, aumento de la presión, desplazamiento de la presión, alivio, todo transformado por la represión y la sublimación, el retorno de lo reprimido. Sax no creía que las máquinas de vapor fueran un modelo adecuado de la mente humana. La mente era más bien como…

¿qué?… una ecología, un tellfield… o como una jungla, poblada por toda suerte de extrañas istias. O un universo, lleno de estrellas y quásares y agujeros negros. Bueno, quizás eso era demasiado grandioso. En verdad era más bien como una compleja colección de sinapsis y axones, energías químicas que brotaban aquí y allá, como el clima en una atmósfera. Eso estaba mejor, el clima: frentes borrascosos de pensamiento, zonas de altas presiones, bolsas de bajas presiones, huracanes… las corrientes turbulentas de los deseos biológicos, siempre con sus bruscos y poderosos giros… la vida en el viento. En suma, volvíamos a la reunión de ideas. En realidad, la mente apenas se comprendía.

—¿En qué estás pensando? —preguntó Michel.

—A veces me preocupan las bases teóricas de tus diagnósticos — admitió Sax.

—Oh, no, tienen una buena base empírica, son muy precisas, muy exactas.

—¿Precisas y exactas?

—Caramba, es lo mismo, ¿no?

—No. En las estimaciones de un valor, la exactitud significa a qué distancia estás del valor real. La precisión se refiere a la amplitud de la estimación. Más cien o menos cincuenta no es muy preciso. Pero si tu estimación es más cien o menos cincuenta, y el valor real es de ciento uno, es bastante exacto aunque no demasiado preciso. A menudo los valores reales no se pueden determinar, por supuesto.

Michel tenía una expresión curiosa en la cara.

—Eres una persona muy exacta, Sax.

—Sólo es estadística —dijo Sax a la defensiva—. De cuando en cuando la lengua te permite decir las cosas con precisión.

—Y con exactitud.

—A veces.

Contemplaron el fondo de la caldera.

—Quiero ayudarla —dijo Sax. Michel asintió.

—Eso dijiste. Y yo dije que no sabía cómo. Para ella, tú eres la terraformación. Si te propones ayudarla, la terraformación tendrá que ayudarla. ¿Crees que puedes encontrar la manera?

Sax lo estuvo pensando un rato.

—Podría permitirle salir al exterior. Salir sin casco, y con el tiempo incluso sin mascarilla.

—¿Crees que ella quiere eso?

—Todo el mundo lo desea, en mayor o menor grado. En el cerebelo. Es lo que desea el animal, ya sabes.

—No sé si Ann está demasiado en sintonía con sus sentimientos animales.

Sax se quedó meditabundo.

Y entonces, el paisaje se oscureció.

Miraron hacia arriba. El sol estaba negro. Las estrellas brillaban en el cielo alrededor de él. Un leve resplandor rodeaba el disco oscuro, tal vez la corona solar.

Y de pronto, una giba de fuego los obligó a apartar la vista. Ésa era la corona; lo que habían visto antes era probablemente la exosfera.

El paisaje oscurecido volvió a iluminarse a medida que el eclipse artificial pasaba. Pero el sol que resurgió era perceptiblemente más pequeño que el que brillara unos momentos antes. ¡El viejo botón de bronce del sol marciano! Era como si un viejo amigo hubiese regresado para una visita. El mundo estaba más oscuro, y los colores de la caldera eran más apagados, como si unas nubes invisibles oscurecieran la luz del sol. Una visión muy familiar, por cierto: la luz natural de Marte, brillando sobre ellos de nuevo por primera vez en veintiocho años.

—Espero que Ann haya visto esto —dijo Sax. Sintió un escalofrío, aunque sabía que no había pasado tiempo suficiente para que el aire se enfriara, y de todas formas él llevaba traje. Pero habría una helada. Pensó con aire sombrío en los fellfields diseminados por todo el planeta, a cuatro o cinco mil metros de altitud, y más abajo, en las latitudes medias y altas. En ese momento, arriba, en el límite de lo posible, ecosistemas enteros empezarían a morir. Una caída de la insolación del veinte por ciento: era peor que cualquier edad glacial terrana, más semejante a la oscuridad que sobreviene después de los grandes períodos de extinciones masivas: el impacto KT, el ordovícico, el devónico, o el peor de todos, el episodio pérmico, hacía doscientos cincuenta millones de años, que mató al noventa y cinco por ciento de las especies vivas. Equilibrio discontinuo, y pocas especies sobrevivían a las discontinuidades. Las que lo hacían eran muy resistentes, o simplemente afortunadas.

—Dudo que la satisfaga —dijo Michel.

Y Sax lo creía. Pero por el momento discurría cuál sería la mejor manera de compensar la pérdida de la luz de la soletta. Era recomendable que ningún bioma sufriera grandes daños. Si se salía con la suya, aquellos fellfields serían algo a lo que Ann tendría que acostumbrarse.

Estaban en Ls 123, entre el verano septentrional y el invierno Meridional, cerca del afelio, lo que, unido a la gran altitud, hacía que el invierno meridional fuera mucho más frío que el septentrional; las temperaturas caían hasta los 230ºK, no mucho más cálidas que los fríos primitivos que predominaban antes de la llegada humana al planeta. Ahora, sin la soletta y el espejo anular, las temperaturas bajarían aún más. Las tierras altas del sur vivirían un invierno excepcionalmente gélido. Por otro lado, ya había caído mucha nieve en el sur, y ahora a Sax le inspiraba un gran respeto la capacidad de la nieve de proteger a los seres vivos del frío y el viento. El medio subníveo era bastante estable. Era posible que una disminución de la luz y, consecuentemente, de la temperatura de superficie, no hiciera tanto daño a las plantas ya preparadas y endurecidas para pasar el invierno. Quería salir al campo y averiguarlo por sí mismo. Naturalmente, pasarían meses o tal vez años antes de que las diferencias fueran cuantificables. Salvo en el clima, quizá. Y el clima podía controlarse siguiendo los datos meteorológicos, cosa que ya hacía, pasando incontables horas delante de fotografías de satélite y mapas meteorológicos, en busca de señales. Era una buena excusa cuando la gente iba a protestar porque había retirado los espejos, un hecho tan frecuente en la semana que siguió al suceso que acabó por hastiarle.

Desgraciadamente el clima en Marte era tan variable que resultaba difícil decidir si la pérdida de los grandes espejos estaba afectándolo o no. Una triste y clara muestra del escaso conocimiento que tenían de la atmósfera, en opinión de Sax. Pero ahí estaba. El clima marciano era un violento sistema semicaótico. En algunos aspectos se asemejaba al de la Tierra, hecho nada sorprendente dado que se trataba de aire y agua que se movían alrededor de la superficie de una esfera que giraba: las fuerzas de Coriolis eran iguales en todas partes, y por tanto allí, como en la Tierra, había vientos del este tropicales, vientos templados del oeste, vientos polares del este, corrientes de chorro que actuaban como anclas y así sucesivamente; pero eso era lo único seguro que podía decirse del clima marciano. Bueno… podía afirmarse también que era más frío y más árido en el sur que en el norte, que en los grandes volcanes y las cadenas montañosas se formaban zonas de lluvia en la dirección del viento, que hacía más calor cerca del ecuador y más frío en los polos. Pero esas obvias generalizaciones eran lo único que podían afirmar con seguridad, aparte de algunas características locales, sujetas a infinidad de variaciones; se trataba de estudiar minuciosamente las estadísticas más que de observar la experiencia vivida. Y con sólo cincuenta y dos años marcianos en archivo, la atmósfera que iba espesándose gradualmente, el agua que se estaba bombeando a la superficie y un largo etcétera, en realidad era bastante difícil definir las condiciones normales o las medias.

Mientras tanto a Sax le costaba mucho concentrarse en Pavonis Este. La gente no dejaba de interrumpirlo para quejarse del destino de los espejos, y la volátil situación política seguía produciendo tormentas tan impredecibles como las del clima. Era evidente que la retirada de los espejos no había aplacado a todos los rojos; los sabotajes a proyectos de terraformación eran cosa corriente, y a veces la defensa de esos proyectos exigía violentos combates. Y de los informes que llegaban de la Tierra, que Sax se obligaba a estudiar a diario durante una hora, se desprendía que ciertos sectores trataban de mantener las cosas tal como eran antes de la inundación, en lucha encarnizada con otros grupos que intentaban aprovechar la inundación de la misma manera que los revolucionarios marcianos, utilizándola como punto de inflexión en la historia y trampolín hacia un nuevo orden, un nuevo comienzo. Pero las transnacionales, que no iban a rendirse fácilmente, se habían atrincherado en la Tierra. Controlaban vastos recursos, y una simple subida de siete metros del nivel del mar no iba a dejarlos fuera de combate Sax apagó la pantalla después de una de esas deprimentes sesiones y se reunió con Michel en el rover para cenar.

—No existen los comienzos desde cero —dijo, mientras ponía a hervir agua.

—¿El Big Bang? —sugirió Michel.

—Por lo que tengo entendido, existen teorías que sugieren que la… la aglutinación en los primeros momentos del universo fue causada por la aglutinación previa del universo anterior, que se colapso en su propio Big Crunch.

—Habría supuesto que eso aplastaría todas las irregularidades.

—Las singularidades son extrañas… fuera de su horizonte de sucesos, los efectos cuánticos permiten la aparición de algunas partículas. Entonces, la inflación cósmica que impulsaba esas partículas hacia el exterior al parecer hizo que empezaran a formarse pequeños agregados, que fueron aumentando de tamaño. —Sax frunció el entrecejo; hablaba como el grupo teórico de Da Vinci.— Pero estaba hablando de la inundación de la Tierra, que de cualquier modo no es una alteración de las condiciones tan radical como una singularidad. Incluso debe de haber muchos que no la contemplan como un punto de inflexión.

—Cierto —dijo Michel; por alguna razón, reía—. Deberíamos ir allá a ver, ¿eh?

Cuando terminaron de comer los espagueti, Sax dijo:

—Quiero salir al campo. Comprobar si ya hay algún efecto visible de la desaparición de los espejos.

—Ya has visto uno. Esa disminución de la luz cuando estábamos en el borde… —dijo Michel, y se estremeció.

—Sí, pero eso sólo acrecienta mi curiosidad.

—Bueno… nosotros vigilaremos la fortaleza en tu ausencia.

Como si uno tuviera que ocupar físicamente un espacio dado para estar presente.

—El cerebelo nunca se da por vencido —dijo Sax. Michel sonrió.

—Y ésa es la razón de que quieras salir y verlo. Sax puso una expresión ceñuda.

Antes de partir, llamó a Ann.

—¿Te gustaría… te gustaría acompañarme en un viaje a Tharsis Sur, para… para examinar el límite superior de la areobiosfera… juntos?

Ella se sobresaltó. Su cabeza se movía asintiendo mientras pensaba, la respuesta del cerebelo, que se anticipaba seis o siete segundos a la respuesta verbal consciente.

—No. —Y cortó la conexión, con una expresión casi de miedo.

Sax se encogió de hombros. Se sentía mal. Había descubierto que uno de los motivos por los que salía al campo era el deseo de llevar a Ann y mostrarle los primeros biomas rocosos de los fellfields. Mostrarle qué hermosos eran. Hablar con ella. Algo por el estilo. Su imagen mental de lo que le diría si conseguía que lo acompañara era borrosa en el mejor de los casos. Simplemente quería mostrárselos. Obligarla a mirarlos.

Bien, no se podía obligar a nadie a ver las cosas.

Fue a despedirse de Michel. El trabajo de éste consistía en forzar a la gente a ver cosas. Ésa era, sin duda, la causa de su frustración cuando hablaba de Ann. Ella había sido paciente suya durante más de un siglo y no sólo no había cambiado, sino que tampoco le había contado gran cosa de sí misma. A Sax le parecía gracioso, aunque era evidente que eso afligía a Michel, porque la quería, como amaba al resto de sus viejos amigos y pacientes, incluyendo a Sax. Formaba parte de la naturaleza de la responsabilidad profesional, en opinión de Michel: enamorarse de los objetos de «estudio científico». Los astrónomos aman las estrellas. Bueno, vaya uno a saber.

Sax alargó la mano y aferró el brazo de Michel, que sonrió feliz ante ese gesto tan impropio de Sax, ese «cambio de mentalidad». Amor, sí; y especialmente cuando el objeto de estudio eran mujeres conocidas desde hacía años, estudiadas con la intensidad de la ciencia pura… Sí, había sentimiento. Una profunda intimidad tanto si cooperaban en el estudio como si no. De hecho, tal vez resultaban más seductoras si no lo hacían, si se negaban a responder. Al fin y al cabo, si Michel quería respuestas a las preguntas, respuestas con gran profusión de detalles, incluso cuando no los pedía, siempre tenía a Maya, la humana en demasía, que obligaba a Michel a una dura carrera de obstáculos a través del sistema límbico, que incluía convertirse en blanco de proyectiles diversos, si lo que contaba Stephen era cierto. Después de esa clase de simbolismo, el silencio de Ann resultaba encantador.

—Ve con cuidado —dijo Michel, el científico feliz, ante uno de sus objetos de estudio, al que amaba como a un hermano.

Sax partió solo. Bajó la desnuda y abrupta pendiente sur de Pavonis Mons y luego franqueó el desfiladero entre Pavonis y Arsia. Contorneó el gran cono de Arsia Mons por su árido flanco oriental y luego descendió por el flanco meridional de Arsia y de la Protuberancia de Tharsis, y al fin alcanzó las accidentadas tierras altas de Daedalia Planitia. Esa llanura era el único vestigio de una antiquísima y gigantesca cuenca de impacto; el levantamiento de Tharsis, la lava de Arsia y los vientos incesantes la habían borrado casi por completo, y ahora todo lo que quedaba de ella era una colección de observaciones y deducciones de los areólogos, series radiales y poco marcadas de deyecciones y accidentes similares, visibles en los mapas pero no en el paisaje.

A los ojos del viajero que las atravesaba apenas diferían del resto de las tierras altas meridionales: un terreno accidentado, erosionado y anfractuoso. Un paisaje rocoso agreste. Las antiguas coladas de lava aparecían en forma de lisas curvas lobuladas de roca oscura que recordaban una sucesión de olas descendentes que se abrían en abanico. Unas franjas en las que alternaban colores claros y oscuros marcaban el terreno, indicando la diferencia de pesos y consistencias: triángulos alargados de color claro que adornaban la cara sudoriental de los cráteres y peñascos, cheurones que miraban al noroeste y manchas oscuras en el interior de los numerosos cráteres sin borde. La siguiente gran tormenta de polvo rediseñaría todos aquellos dibujos.

Sax conducía sobre las olas bajas de roca con gran placer, abajo, abajo, arriba, abajo, abajo, arriba, leyendo los dibujos que trazaban las franjas de arena como en una carta de vientos. No viajaba en un rover-roca, con el espacio reducido y en penumbras, escabulléndose como una sabandija de un escondrijo a otro, sino en una de las caravanas de los areólogos, grandes cajones con ventanas en los cuatro costados del compartimiento del conductor, en el tercer piso. Era en verdad placentero viajar a la luz del sol, tenue y brillante, abajo y arriba, abajo y arriba sobre la llanura cruzada por franjas de arena y unos horizontes extrañamente lejanos para la norma marciana. No tenía que esconderse de nadie, nadie lo perseguía. Era un hombre libre en un planeta libre, y podía recorrer el mundo entero en su coche si lo deseaba, ir adonde quisiera.

Tardó dos días en advertir todas las repercusiones de esto, e incluso entonces no estuvo seguro de comprenderlas. Se traducía en una sensación de levedad, una extraña levedad que a menudo le distendía la boca en una pequeña sonrisa. Nunca hasta entonces había experimentado sensaciones de opresión o miedo después de 2061, pero al parecer habían existido. Sesenta y seis años de miedo, inadvertidos pero siempre ahí, una suerte de tensión de la musculatura, un pequeño pavor oculto en el corazón de todo. «¡Sesenta y seis botellas de miedo en la pared, sesenta y seis botellas de miedo! ¡Baja una, hazla circular, sesenta y cinco botellas de miedo en la pared!» Que se habían acabado. Él era libre, su mundo era libre. Descendía por la planicie inclinada grabada por el viento. Al despuntar el día había empezado a aparecer nieve en las grietas, con un centelleo acuático que el polvo nunca tendría; y después, liquen: estaba bajando a la atmósfera.

¡Y no había nada, en ese momento, que le impidiera seguir viviendo de esa manera, trabajando a su aire cada día en el gran laboratorio del mundo, y los demás disfrutando de la misma libertad!

Qué sensación.

Oh, podían discutir en Pavonis, y ciertamente lo harían. Y no sólo en Pavonis. Eran una pandilla extraordinariamente belicosa. ¿Qué teoría sociológica podía explicarlo? Era difícil saberlo. Y de todas formas, a pesar de todas sus disputas, habían cooperado; tal vez sólo fuese una confluencia temporal de intereses, pero todo era temporal; cuando tantas tradiciones se rompían o desaparecían, surgía la necesidad de la creación, como decía John; y crear no era fácil. Ni tenían tanto talento para crear como para quejarse.

No obstante habían desarrollado ciertas capacidades como grupo, como, por ejemplo… una civilización. El cuerpo de conocimientos científicos acumulados era vasto, y seguía aumentando, ese conocimiento les estaba proporcionando unos poderes que un solo individuo apenas podía comprender, ni siquiera en líneas generales. Pero eran poderes, los comprendiesen o no. Poderes divinos, como los llamaba Michel, aunque no era necesario exagerar o confundir el tema; eran poderes reales en el mundo material, reales pero constreñidos por la realidad. Que a pesar de todo acaso les permitirían, y a Sax le parecía que así sería si los aplicaban de manera correcta, crear al fin una civilización humana decente. Después de tantos siglos de intentos fallidos. ¿Y por qué no? ¿Por qué no aspirar a llevar la empresa al más alto nivel posible? Podían proveer equitativamente para todos, podían curar la enfermedad, retrasar la senectud y vivir mil años, comprender el universo, desde la distancia de Planck hasta la distancia cósmica, desde el Big Bang hasta el eskaton… todo eso era posible, técnicamente posible. Y en cuanto a quienes creían que la humanidad necesitaba del acicate del sufrimiento para hacerse grande, bien, podían salir y encontrarse de nuevo con las tragedias que en opinión de Sax nunca desaparecerían, cosas como el amor perdido, la traición de los amigos, la muerte, malos resultados en el laboratorio. Y mientras tanto los demás podrían continuar con la tarea de crear una civilización decente. ¡Podían hacerlo! Era en verdad sorprendente. Habían alcanzado un punto en la historia en que podía decirse que eso era posible. A Sax hasta le parecía sospechoso; en física uno aprendía a desconfiar de inmediato cuando una situación parecía extraordinaria o única. Las probabilidades estaban en contra, sugerían que era un producto de la perspectiva, había que asumir que las cosas eran más o menos constantes y que uno vivía en unos tiempos que se ajustaban a una media… el llamado principio de mediocridad. Nunca le había parecido un principio particularmente atractivo; acaso significara solamente que la justicia siempre se podía alcanzar. En cualquier caso, ahí estaba, en un momento extraordinario que más allá de las cuatro ventanas se extendía bruñido por el leve tacto del sol natural. Marte y sus humanos, libres y poderosos.

Era demasiado para asimilarlo. Escapaba de su mente, y luego lo recuperaba, y sorprendido y alegre, reía. El sabor de la sopa de tomate y el pan, la penumbra purpúrea del cielo crepuscular, el espectáculo del brillo tenue de los instrumentos del salpicadero reflejado en las ventanas oscuras, todo le hacía reír. Podía ir adonde quisiera. Ya nadie dictaba las normas. Se lo dijo en voz alta a la pantalla a oscuras de la IA:

—¡Nadie dicta las normas! —Era una sensación vertiginosa, casi aterradora. Ka, como dirían los yonsei. Se suponía que Ka era el nombre que el pequeño pueblo rojo daba a Marte; procedía del japonés ka, que significaba «fuego». La misma palabra existía en otras lenguas, incluido el protoindoeuropeo, al menos eso decían los lingüistas.

Se metió con cautela en el gran lecho que había al fondo del compartimiento, rodeado por el murmullo de los sistemas eléctricos y de calefacción del rover, y yació murmurando él también bajo la gruesa colcha que le calentaba el cuerpo tan deprisa, y reposó la cabeza en la almohada y contempló las estrellas.

A la mañana siguiente un sistema de altas presiones llegó desde el noroeste, y la temperatura subió hasta los 262°K. Había bajado a cinco mil metros sobre la línea de referencia, y la presión exterior del aire era de 230 milibares. No suficiente para respirar libremente, por lo que se puso uno de los trajes de superficie con calefacción, se colgó un pequeño tanque de aire a la espalda, se colocó la mascarilla sobre la nariz y la boca y unas gafas para protegerse los ojos.

Aún así, cuando salió gateando de la antecámara y bajó los peldaños hasta la arena, el intenso frío le hizo moquear y le llenó los ojos de lágrimas que le impedían ver. El aullido del viento era agudo, a pesar de que llevaba las orejas protegidas por la capucha del traje. Pero la calefacción ya funcionaba, y con el resto del cuerpo caliente su cara fue acostumbrándose.

Tensó el cordón de la capucha y echó a andar. Pisaba siempre sobre piedras planas, que allí abundaban. Se acuclillaba a menudo para examinar las grietas, en las que encontraba líquenes y numerosos especímenes de otras formas de vida: musgos, pequeñas matas de carrizo, hierba. Hacía mucho viento. Unas ráfagas excepcionalmente fuertes lo golpeaban cuatro o cinco veces por minuto. Aquél era un lugar ventoso la mayor parte del tiempo, sin duda, puesto que la atmósfera se deslizaba hacia el sur alrededor de la mole de Tharsis en grandes masas. Las bolsas de altas presiones descargaban la mayor parte del agua al pie de esa pendiente, en el flanco occidental; en ese mismo momento el horizonte occidental estaba oscurecido por un llano mar de nubes que se fundía con la tierra, dos o tres kilómetros más baja allá, y tal vez a unos sesenta kilómetros de distancia.

En el suelo, la nieve llenaba solamente algunas grietas y hondonadas umbrías. Esos bancos de nieve eran tan compactos que podía saltar sobre ellos sin dejar marca. Láminas formadas por el hielo, parcialmente derretidas y de nuevo congeladas. Una de esas láminas festoneadas se quebró bajo sus pies y al examinarla descubrió que tenía varios centímetros de grosor. Debajo había nieve polvo o granulada. Tenía los dedos helados, a pesar de los guantes con calefacción.

Se enderezó y continuó vagando, sin rumbo, sobre la roca. Algunas de las hondonadas más profundas contenían estanques de hielo. Alrededor de mediodía bajó al fondo de una y almorzó junto al estanque de hielo, levantándose la máscara de aire para dar pequeños mordiscos a una barra de cereales con miel. Altura, 4,5 kilómetros sobre la línea de referencia; presión del aire, 267 milibares. Un sistema de altas presiones, sin duda. En el cielo boreal, el sol bajo era un punto brillante orlado de peltre.

El hielo del estanque era transparente en algunos puntos, y esas pequeñas ventanas le proporcionaban una vista del fondo oscuro. El resto estaba lleno de burbujas o cuarteado, o cubierto de escarcha. La ribera en la que estaba sentado era una curva de grava, y en algunas porciones, semejantes a playas en miniatura, la tierra parda aparecía cubierta de vegetación muerta y ennegrecida: la línea de crecida del estanque, al parecer, una orilla de tierra por encima de la de grava. La playa no tendría más de cuatro metros de largo y uno de ancho. La grava fina era de color ocre, ocre moteado o… Tendría que consultar una tabla cromática. Pero no en ese momento.

La berma de tierra estaba salpicada de las cabezuelas de color verde pálido de unas diminutas briznas de hierba. Unos manojos de briznas más altas sobresalían aquí y allá, la mayor parte de ellas muertas y de color gris claro. Junto al estanque había agrupaciones de hojas carnosas de color verde oscuro, y rojo oscuro en los bordes. En el punto donde el verde se fundía con el rojo se formaba un color cuyo nombre desconocía, un marrón oscuro y lustroso que conservaba los dos colores que lo constituían. Al final iba a tener que consultar la escala cromática antes de lo que pensaba; había descubierto que cuando salía al campo convenía tener una a mano, porque era necesario consultarla más o menos una vez por minuto. Unas flores de color céreo, casi blancas, se escondían debajo de esas hojas bicolores. Más allá yacían unas marañas de tallos rojos y agujas verdes, como algas tiradas en la pequeña playa. De nuevo la mezcla de rojo y verde, mirándole desde la naturaleza.

Oyó un murmullo, tal vez el viento en las rocas, o el zumbido de los insectos. Moscas enanas, abejas… en ese aire sólo tendrían que tolerar treinta milibares de CO2, porque la presión parcial que lo empujaba al interior de sus organismos era muy pequeña, al llegar a cierto punto la saturación interna bastaría para impedir cualquier aportación excesiva.

Para los mamíferos no sería tan sencillo, pero serían capaces de tolerar veinte milibares, y con la vida vegetal floreciendo en todas las zonas bajas del planeta los niveles de CO2 pronto bajarían a veinte milibares, y entonces podrían prescindir de los tanques de aire y las máscaras. Y podrían liberar animales en Marte.

Le pareció escuchar sus voces en el débil murmullo del viento, inmanentes o inesperadas, surgiendo de la siguiente gran marea de viriditas. El murmullo de unas voces lejanas; el viento; la paz de aquel pequeño estanque en el páramo rocoso; el placer, propio de Nirgal, al sentir el frío penetrante…

—Ann debería ver esto —murmuró.

Sin embargo, a causa de la desaparición de los espejos orbitales, presumiblemente todo lo que veía estaba condenado. Aquél era el límite superior de la biosfera, y con toda seguridad, con la pérdida de luz y calor, el límite superior descendería, al menos temporalmente, o tal vez para siempre. Él no quería que eso ocurriera, y parecía haber medios para compensar la pérdida de insolación. Después de todo, la terraformación había conseguido mucho antes de la llegada de los espejos; en realidad, no eran necesarios. Y era bueno no depender de algo tan frágil; y mejor desprenderse de ellos ahora que más tarde, cuando grandes poblaciones animales además de las plantas podrían desaparecer a causa de la regresión.

A pesar de todo, era una pena. Pero la materia vegetal muerta al fin y al cabo significaba más fertilizante, y sin el sufrimiento inherente a los animales. Al menos así lo suponía. ¿Quién sabía lo que sentían las plantas? Cuando uno las examinaba de cerca, resplandecientes en su minuciosa articulación, como cristales complejos, eran tan misteriosas como cualquier otra forma de vida. Y la presencia de ellas allí convertía el plan, todo lo que él alcanzaba a ver, en un gran fellfield, que se extendía lentamente como un tapiz sobre la roca, descomponía los minerales desgastados y se mezclaba con ellos para formar los primeros suelos. Un proceso muy lento. Cada pulgarada de suelo contenía una vasta complejidad; y aquel fellfield era la cosa más encantadora que había visto en su vida.

Desgastar. Todo aquel mundo estaba desgastándose. El primer registro escrito del uso de la palabra con ese significado había aparecido en un libro sobre Stonehenge, muy apropiadamente, en 1665. «El desgaste de tantas centenas de años.» En ese mundo de piedra. Desgaste. El lenguaje como la primera ciencia, exacta y sin embargo imprecisa, o plurivalente, reuniendo las cosas. La mente como el tiempo que desgasta, o que es desgastada por él.

Unas nubes se aproximaban por las colinas cercanas, al oeste; sus vientres descansaban sobre una capa termal, nivelándose como si se apretaran contra un vidrio. Unas serpentinas de lana hilada abrían la marcha hacia el este.

Sax se enderezó y trepó. Fuera de la hondonada el viento era sorprendentemente intenso, y el frío parecía el de una era glacial que se hubiera abatido sobre él con toda su fuerza. El factor viento, naturalmente; si la temperatura era de 262°K y el viento soplaba a unos setenta kilómetros por hora, con ráfagas mucho más fuertes, crearía una temperatura equivalente a 250°K. ¿Era correcto el cálculo? Eso era mucho frío para andar sin casco. En realidad, se le estaban entumeciendo las manos. Y también los pies. Y sentía la cara como una gruesa máscara. Estaba tiritando, y sus párpados se pegaban, porque las lágrimas empezaban a congelarse. Tenía que regresar al rover.

Avanzó con dificultad sobre el suelo rocoso, sorprendido por la capacidad del viento para intensificar el frío. No había conocido un viento así de frío desde la niñez, si es que había ocurrido, y había olvidado lo yerto que uno se quedaba. Tambaleándose por la embestida de las ráfagas, subió a un antiguo montículo de lava y miró pendiente arriba. Allí estaba su rover, grande, de un verde chillón, centelleando como una nave espacial, unos dos kilómetros cuesta arriba. Una grata visión.

Entonces la nieve empezó a volar horizontalmente, de cara, en una dramática demostración de la gran velocidad del viento. Unos pequeños perdigones chocaron contra sus gafas. Echó a andar hacia el coche, con la cabeza gacha y observando la nieve que remolineaba sobre las rocas. Había tanta en el aire que se le empañaban las gafas, pero tras una dolorosa y fría operación para limpiar la cara interna de los cristales descubrió que la condensación se estaba produciendo en el aire. Nieve fina, bruma, polvo, quién sabía.

Siguió avanzando. Cuando volvió a levantar la vista, el aire estaba tan cargado de nieve que no fue capaz de ver el coche. No podía hacer otra cosa que continuar. Tenía suerte de que el traje estuviera bien aislado y revestido con elementos calefactores, porque incluso con el calor al máximo, el frío le calaba el lado izquierdo como si estuviese desnudo. La visibilidad era ahora de unos veinte metros, aunque variaba mucho según la densidad de las ráfagas de nieve; se encontraba en el interior de una burbuja blanca y amorfa que se expandía y se contraía, atravesada por la nieve volante y lo que parecía ser una especie de niebla o bruma helada. Era muy probable que se encontrara dentro de la nube de la tormenta. Tenía las piernas rígidas. Cruzó los brazos sobre el pecho y metió las manos bajo las axilas. No había manera de saber si estaba avanzando en la dirección correcta. Tenía la impresión de que seguía la ruta emprendida antes de que la visibilidad disminuyera, pero por otra parte, si era así, ya debería haber alcanzado el rover.

No tenían brújulas en Marte; aunque disponía, no obstante, de sistemas de localización por satélite, en su consola de muñeca y en el coche. Podía poner en la pequeña pantalla un mapa detallado y localizarse a sí mismo y al coche; después caminaría un trecho y comprobaría la posición, y finalmente iría derecho al rover. Se le antojó un montón de trabajo; y eso le recordó que el frío afectaba a la mente lo mismo que al cuerpo. No era tanto trabajo, después de todo.

Se acurrucó al abrigo de un peñasco y puso en práctica el método. La teoría que lo respaldaba era obviamente sólida, pero los instrumentos dejaban que desear; la pantalla de muñeca sólo medía cinco centímetros, tan pequeña que no podía ver bien los puntos que aparecían en ella. Cuando consiguió distinguirlos, caminó un poco y volvió a comprobar la posición. Pero desgraciadamente los resultados indicaron que debería haber avanzado en ángulo recto respecto a la dirección que había estado siguiendo.

Aquello lo perturbó de tal modo que se quedó paralizado. Su cuerpo insistía en que había seguido la dirección correcta; su mente (una parte de ella, al menos) estaba casi segura de que era mejor confiar en los resultados de la consola de muñeca y admitir que se había desviado. Pero no tenía esa impresión; el terreno conservaba aún una inclinación que apoyaba el parecer de su cuerpo. La contradicción era tan intensa que lo acometió una oleada de náusea; su torce interno fue tan agudo que le resultó doloroso permanecer erguido, como si todas las células de su cuerpo estuvieran retorciéndose bajo la presión de lo que la pantalla de muñeca le estaba diciendo… los efectos fisiológicos de una resonancia puramente cognitiva, curioso. Casi le hacía creer en la resistencia de un imán interno en el cuerpo, como en la glándula Pineal de las aves migratorias… aunque no hubiera ningún campo magnético. Tal vez su piel era tan sensible a la radiación solar que podía determinar con precisión la localización del sol, incluso cuando el cielo tenía un color gris oscuro y opaco. ¡Tenía que ser algo por el estilo, porque la sensación de que estaba bien orientado era muy fuerte!

Poco a poco la náusea de la desorientación pasó, y se puso de pie y echó a andar en la dirección sugerida por la pantalla de muñeca, con una sensación horrible, desviándose ligeramente cuesta arriba sólo para sentirse mejor. Pero uno tenía que confiar en los instrumentos, no en el instinto, eso era la ciencia. De manera que siguió adelante, subiendo en diagonal, cada vez más torpe. Sus pies casi insensibles tropezaban con rocas que no veía, aunque las tenía delante de las narices; cayó una y otra vez. Era sorprendente que la nieve pudiera oscurecer la visión de tal manera.

Se detuvo y trató de localizar el rover por satélite; el mapa de su muñeca indicó una dirección totalmente distinta, detrás de él y a la izquierda.

¿Era posible que hubiese dejado atrás el rover? No le apetecía retroceder con el viento en contra. Pero al parecer sólo así llegaría al rover. De manera que agachó la cabeza y se internó en el viento penetrante con obstinación. Tenía una sensación extraña en la piel, le picaba bajo los elementos calefactores que recorrían el traje en zigzag, y el resto estaba insensible. Tenía los pies entumecidos y le costaba caminar. No sentía la cara; era evidente que la congelación no tardaría en empezar. Tenía que guarecerse.

Se le ocurrió algo nuevo. Llamó a Aonia en Pavonis, que respondió casi al instante.

—¡Sax! ¿Dónde estás?

—¡Por eso te llamo! —dijo él—. ¡Estoy en medio de una tormenta en Daedalia! ¡Y no puedo encontrar el coche! Me preguntaba si podrían comprobar mi localización y la del rover! ¡Y si pueden indicarme en qué dirección debo ir!

Pegó la consola de muñeca a su oreja.

—Ka uau, Sax. —Parecía que Aonia estaba gritando también, bendita fuera. Su voz sonaba extraña en aquel escenario.— ¡Un segundo, deja que lo compruebe!… ¡Muy bien! ¡Ya te tengo! ¡Y a tu coche también! ¿Qué estás haciendo tan al sur? ¡Creo que tardarán bastante en llegar adonde estás! ¡Sobre todo si hay una tormenta!

—Hay una tormenta —dijo Sax—. Por eso he llamado.

—¡Muy bien! Estás unos trescientos cincuenta metros al oeste de tu coche.

—¿Directamente al oeste?

—¡… y un poco al sur! ¿Pero cómo te orientarás?

Sax lo pensó. La falta de campo magnético de Marte nunca le había parecido un problema, pero lo era. Podía suponer que el viento soplaba directamente del oeste, pero sólo era una suposición.

—¿Puedes comunicarte con la estación meteorológica más próxima e informarte de la dirección del viento?

—Claro, pero no servirá de mucho a causa de las variaciones locales. Espera un momento, me van a echar una mano.

Pasaron unos pocos segundos, eternos y helados.

—¡El viento es oestenoroeste, Sax! ¡Así que tienes que caminar con el viento detrás de ti y ligeramente hacia la izquierda!

—Lo sé. Caminaré un poco; corríjanme sí es necesario.

Echó a andar de nuevo, afortunadamente con el viento a favor. Cinco o seis angustiosos minutos después su consola de muñeca emitió un pitido.

—¡Estás en el buen camino! —dijo Aonia.

Eso era alentador, y continuó a buen paso, aunque el viento le calaba las costillas y le helaba el corazón.

—¡Bien, Sax! ¿Sax?

—¡Sí!

—¡El coche y tú estáis en la misma zona! Pero no había ningún coche a la vista.

El corazón le dio un vuelco. La visibilidad seguía siendo de unos veinte metros, pero no veía ningún coche. Tenía que ponerse a cubierto en seguida.

—Camina en una espiral creciente desde donde estás —sugirió la vocecita en su muñeca. Una buena idea en teoría, pero no podría ejecutarla; no podía afrontar el viento. Miró sobriamente su consola de muñeca de plástico oscuro. Allí no encontraría más ayuda.

Durante unos segundos pudo distinguir unos bancos de nieve a la izquierda. Se dirigió allí arrastrando los pies y descubrió que la nieve descansaba al abrigo de un escarpe que le llegaba más o menos al hombro, un accidente que no recordaba haber visto antes, aunque había algunas grietas radiales en la roca causadas por el levantamiento de Tharsis, y ésa debía de ser una de ellas. La nieve era un aislante prodigioso. Aunque resultaba muy poco atractiva como refugio. Pero Sax sabía que los montañeros a menudo cavaban en ella para sobrevivir a las noches a la intemperie. Protegía del viento. Se detuvo al pie del banco de nieve y lo golpeó con un pie entumecido. Fue como si pateara roca. Excavar una caverna parecía descartado. Pero el esfuerzo lo calentaría un poco. Y hacía menos viento allí. Empezó a patear y descubrió que bajo la gruesa lámina de nieve se encontraba la nieve polvo habitual. Después de todo, la caverna era practicable. Empezó a cavar.

—¡Sax, Sax! —gritó la voz desde la consola de muñeca—. ¿Qué estás haciendo?

—Excavo en la nieve —dijo él—. Un vivac.

—¡Oh, Sax… vamos volando en tu ayuda! ¡Podemos estar allí mañana por la mañana, así que aguanta! ¡Te hablaremos!

—Bien.

Pateó y excavó. De rodillas, sacaba la dura nieve granular y la arrojaba al aire, donde se reunía con los copos remolineantes que volaban sobre su cabeza. Le costaba moverse, le costaba pensar. Se reprochó amargamente haberse alejado tanto del vehículo y haberse enfrascado en el paisaje que rodeaba el estanque de hielo. Era lamentable morir cuando las cosas se estaban poniendo tan interesantes. Libre pero muerto. Había conseguido penetrar en la nieve a través de un agujero oblongo en la lámina de hielo. Se agachó, cansado, y se metió en el reducido espacio, de costado e impulsándose con los pies. La nieve parecía sólida contra la espalda del traje y más cálida que el feroz viento. Recibió con alegría el temblor de su torso, y sintió un vago temor cuando cesó. Estar demasiado frío para temblar era una mala señal.

Muy cansado, aterido de frío. Miró la consola de la muñeca. Eran las cuatro pm. Llevaba más de tres horas caminando en medio de la tormenta. Tendría que arreglárselas para sobrevivir otras quince o veinte horas antes de que llegaran a rescatarlo. O tal vez por la mañana la tormenta habría amainado y encontraría el rover fácilmente. De cualquier modo, tenía que sobrevivir a la noche acurrucándose en aquella cueva. O aventurarse a salir y buscar el vehículo. No podía estar muy lejos. Pero a menos que el viento amainara, afuera no resistiría.

Tenía que esperar allí. Teóricamente podía llegar con vida a la mañana, aunque en aquel momento tenía tanto frío que le costaba creerlo. Las temperaturas nocturnas en Marte descendían drásticamente. Tal vez la tormenta remitiera en la hora siguiente y él pudiera encontrar el rover y refugiarse antes de que oscureciera.

Comunicó a Aonia y sus compañeros dónde se encontraba. Parecían preocupados, pero no podían hacer nada. Sus voces le irritaron.

Después de lo que parecieron muchos minutos, se le ocurrió otra cosa. Con el frío se reducía el aporte sanguíneo a las extremidades, y quizás también al córtex, para que la sangre fuera preferentemente al cerebelo, donde el trabajo necesario continuaría hasta el fin.

Pasó el tiempo. Parecía a punto de oscurecer. Tendría que llamar otra vez. Tenía demasiado frío… algo iba mal. La avanzada edad, la altura, los niveles de CO2, algún factor o combinación de factores empeoraban la situación. Podía morir por la exposición a los elementos en una sola noche. Y parecía que le estaba sucediendo justamente eso. ¡Menuda tormenta! La desaparición de los espejos, tal vez. Una era glacial súbita. Fenómeno de extinción masiva.

El viento traía unos sonidos extraños, como gritos. Ráfagas de débiles aullidos: «¡Sax! ¡Sax! ¡Sax!» ¿Habrían conseguido enviar a alguien por aire? Escudriñó el corazón de la oscura tormenta; los copos de nieve captaban las últimas luces y caían como lágrimas blancas.

De pronto, a través de las pestañas escarchadas vio emerger una figura de la oscuridad. De baja estatura, redonda, con casco.

—¡Sax! —La voz estaba distorsionada porque provenía de un altavoz en el casco de la figura. Esos técnicos de Da Vinci eran gente de recursos. Sax trató de responder y descubrió que tenía demasiado frío para hablar. Sólo sacar las botas fuera del agujero le supuso un esfuerzo formidable. Pero la figura debió de advertir el movimiento, porque se volvió y echó a andar con decisión contra el viento, moviéndose como un marinero experimentado en una cubierta oscilante, resistiendo las embestidas del viento racheado. La figura llegó hasta él, se inclinó y lo asió por la muñeca, y entonces Sax vio el rostro a través del visor, con tanta claridad como si mirara a través de una ventana. Era Hiroko.

Ella esbozó su sonrisa fugaz y lo arrastró fuera de la cueva, tirando con tanta fuerza de la muñeca izquierda de Sax que los huesos le crujieron dolorosamente.

—¡Ay! —exclamó él.

Expuesto al viento, el frío era como la muerte. Hiroko se pasó el brazo izquierdo de Sax sobre los hombros y, sujetándolo aún fuertemente por la muñeca por encima de la consola, dejaron atrás el escarpe y se internaron en el corazón de la tempestad.

—Mi rover está cerca —musitó él, apoyándose en ella y tratando de mover las piernas con la rapidez suficiente para apoyar las plantas en el suelo. Era maravilloso verla otra vez. Una personita muy poderosa, como siempre.

—Está allí —dijo ella por el altavoz—. Estabas muy cerca.

—¿Cómo me encontraste?

—Te seguimos cuando bajaste por Arsia. Y hoy, cuando empezó la tempestad, comprobamos tu posición y vimos que estabas fuera del rover. Salí para ver si estabas bien.

—Gracias.

—Tienes que tener cuidado durante las tormentas.

De pronto se encontraron delante del rover. Hiroko le soltó la muñeca, que le latía de dolor, y pegó el casco a las gafas de Sax.

—Entra —le dijo.

Sax subió los escalones con cuidado hasta la puerta de la antecámara, la abrió y se derrumbó dentro. Se volvió con torpeza para hacerle sitio a Hiroko, pero ella no estaba. Se arrastró y asomó la cabeza por la puerta, en el viento, y miró alrededor. Ni rastro de ella. Estaba oscuro; la nieve parecía negra.

—¡Hiroko! —gritó. No hubo respuesta.

Cerró la antecámara, de pronto asustado. Falta de oxígeno. Presurizó la antecámara y cayó por la puerta interior en el pequeño vestuario. Estaba sorprendentemente caliente, y el aire parecía vapor. Tironeó con torpeza de sus ropas, sin éxito. Entonces empezó a desvestirse metódicamente. Gafas y máscara fuera. Estaban recubiertas de hielo. Ah… seguramente el aporte de aire se había visto restringido por la formación de hielo en el tubo de comunicación entre el tanque y la máscara. Respiró hondo varias veces y tuvo que sentarse muy quieto ante una oleada de náuseas. Se echó atrás la capucha, abrió la cremallera del traje. Quitarse las botas casi fue superior a sus fuerzas. Luego, el traje. La ropa interior estaba fría y húmeda. Las manos le ardían. Era una buena señal, prueba de que la congelación no era grave; pero era un dolor lacerante.

La piel de todo el cuerpo le empezó a hormiguear con el mismo dolor.

¿Qué lo causaba? ¿El retorno de la sangre a los capilares? ¿El retorno de la sensibilidad a los nervios helados? Fuese lo que fuese, era casi insoportable.

Se encontraba de un humor excelente. No era sólo por haber escapado a la muerte, lo cual era bueno, sino también porque Hiroko estaba viva. ¡Hiroko viva! Era una noticia maravillosa. Muchos de sus amigos estaban convencidos de que ella y su grupo habían escapado del asalto de Sabishii a través del laberinto de la ciudad y habían recuperado sus refugios ocultos; pero Sax nunca había estado seguro. No había nada que apoyara esa convicción. Y había elementos en las fuerzas de seguridad perfectamente capaces de matar a un grupo de disidentes y hacer desaparecer los cadáveres. Esto probablemente era lo que había sucedido, pensaba Sax. Pero se había reservado su opinión. No podía saberlo a ciencia cierta.

Pero ahora lo sabía. La había encontrado y ella lo había salvado de la muerte por congelación, o por asfixia, que hubiera llegado antes. Ver su rostro alegre y en cierto modo impersonal, sus ojos castaños, sentir el cuerpo de ella sosteniéndolo, su mano apresándole la muñeca… le saldría un moretón. Quizá hasta tuviese un esguince. Flexionó la mano y el dolor de la muñeca le hizo saltar las lágrimas. Se rió. ¡Hiroko!

Después de un rato el tormento del retorno de la sensibilidad a su piel se aplacó. Aunque aún sentía las manos hinchadas y como en carne viva y no tenía el control total de los músculos, ni de los pensamientos, estaba volviendo a la normalidad. O a algo parecido.

—¡Sax! ¡Sax! ¿Dónde estás? ¡Contesta, Sax!

—Ah, hola. Estoy en el coche.

—¿Lo encontraste? ¿Saliste de la cueva en la nieve?

—Sí. Yo… pude ver el coche en un momento en que la nevada amainó.

La noticia los alegró.

Se quedó allí sentado, casi sin prestar atención a su chachara, preguntándose por qué había mentido con tanta espontaneidad. No se hubiera sentido cómodo explicándoles lo de Hiroko. Supuso que ella quería permanecer oculta… La estaba encubriendo.

Aseguró a sus colaboradores que estaba bien y cortó la comunicación. Arrastró una silla hasta la cocina y se sentó. Calentó sopa y la bebió a sorbos ruidosos, escaldándose la lengua. Congelado, escaldado, tembloroso, con náuseas… a pesar de todo eso, se sentía muy feliz. Pensativo después de haberse librado por los pelos de la muerte, y avergonzado por su ineptitud, por quedarse fuera, perderse y todo lo demás… el suceso daba mucho que pensar. Y sin embargo se sentía feliz. Había sobrevivido, y todavía mejor, también Hiroko. Lo que significaba que todo su grupo había sobrevivido con ella, incluyendo la media docena de los Primeros Cien que la habían acompañado desde el principio: Iwao, Gene, Rya, Raúl, Ellen, Evgenia… Sax preparó un baño y se sentó en el agua templada, y fue añadiendo agua caliente a pedida que el interior de su cuerpo recobraba el calor; y volvió una y otra vez a aquel maravilloso descubrimiento. Un milagro… bueno, no un milagro, naturalmente, pero tenía esa cualidad, una alegría inesperada e inmerecida.

Cuando notó que se estaba quedando dormido en la bañera, salió y se secó, y avanzó cojeando sobre los pies sensibles hasta el lecho, se arrastró bajo la colcha y se tendió pensando en Hiroko. Recordando cuando hacía el amor con ella en los baños de Zigoto, en la cálida y relajada lubricidad de sus citas en la sauna, avanzada la noche, cuando todo el mundo dormía. En su mano aferrándole la muñeca, levantándolo. Tenía la muñeca izquierda muy dolorida. Y eso lo hizo sentirse feliz.

Al día siguiente subió de nuevo por la gran pendiente meridional de Arsia, ahora cubierta de nieve limpia y blanca hasta una altura extraordinariamente elevada, 10,4 kilómetros sobre la línea de referencia, para ser exactos. Sintió una extraña mezcla de emociones, sin precedentes en intensidad y afluencia, aunque de algún modo se parecían a las poderosas emociones que había experimentado durante el tratamiento de estimulación sináptica que había recibido tras la embolia, como si algunas secciones del cerebro estuvieran creciendo activamente; tal vez el sistema límbico, el asiento de las emociones, conectaba con el córtex cerebral. Estaba vivo, Hiroko estaba viva, Marte estaba vivo; frente a aquellas fuentes de gozo la posibilidad de una era glacial no era nada, una fluctuación momentánea dentro del patrón general de calentamiento, algo semejante a la casi olvidada Gran Tormenta. Aunque él deseaba hacer cuanto pudiera para mitigarla.

Mientras, en el mundo humano estallaban feroces conflictos, en ambos mundos. Pero Sax intuía que la crisis había dejado atrás el peligro de guerra. Inundación, era glacial, explosión demográfica, caos social, revolución; quizá las cosas habían empeorado tanto que la humanidad se había entregado a una suerte de operación de rescate de la catástrofe universal o, en otras palabras, había entrado en la primera fase de la era postcapitalista.

O acaso sólo era que él se estaba volviendo excesivamente confiado, alentado por lo sucedido en Daedalia Planitia. Sus colaboradores en Da Vinci ciertamente estaban muy preocupados. Pasaban horas ante la pantalla contándole los detalles de las discusiones que se desarrollaban en Pavonis Este. Pero él no tenía paciencia para aquello. Pavonis iba a convertirse en una onda estacionaria de discusiones, era obvio. Y el grupo de Da Vinci lo temía… así eran ellos. En Da Vinci, si alguien levantaba la voz dos decibelios, se creía que las cosas empezaban a desmandarse. No. Después de su experiencia en Daedalia, nada de eso le interesaba lo suficiente para involucrarse. A pesar del encuentro con la tormenta, o tal vez a causa de ello, sólo deseaba regresar al campo. Quería ver cuanto pudiera, observar los cambios provocados por la retirada de los espejos, cambiar impresiones con los diferentes equipos de terraformación sobre la manera de compensarla. Llamó a Nanao en Sabishii y le preguntó si podía ir a visitarlos y discutir el tema con la gente de la universidad. Nanao estuvo conforme.

—¿Pueden acompañarme algunos de mis asociados? —le preguntó Sax.

Nanao estuvo conforme.

Y de pronto Sax descubrió que tenía planes, pequeñas Ateneas que brotaban de su cabeza. ¿Qué haría Hiroko a propósito de aquella posible era glacial? No podía imaginarlo. Pero un gran número de sus colegas en los laboratorios de Da Vinci habían pasado las últimas décadas trabajando en el problema de la independencia, construyendo armas, transportes, refugios y cosas por el estilo. Ahora aquél era un problema resuelto, y allí estaban ellos, y se avecinaba una era glacial. Antes de Da Vinci muchos de ellos habían trabajado con él en los primeros esfuerzos de terraformación y podía convencerlos para que los retomaran. Pero ¿que hacer? Bien, Sabishii estaba cuatro mil metros por encima de la línea de referencia, y el macizo de Tyrrhena alcanzaba los cinco mil. Los científicos de allí eran los mejores del mundo en ecología de grandes altitudes. Lo más indicado era un congreso. Otra pequeña utopía que cobraba vida.

Esa tarde Sax detuvo el vehículo en el desfiladero entre Pavonis y Arsia, en el punto llamado Mirador de las Cuatro Montañas, un lugar sublime desde donde se veían dos de los continentes-volcán llenando el horizonte al norte y al sur, y la mole distante del Monte Olimpo al noroeste, y en días claros (aquél era demasiado neblinoso) se vislumbraba Ascraeus en la distancia, justo a la derecha de Pavonis. En aquella tierra elevada, espaciosa y marchita, almorzó; luego se volvió al este y bajó hacia Nicosia para tomar un vuelo a Da Vinci y de allí a Sabishii.

Tuvo que pasar muchas horas delante de la pantalla con el equipo de Da Vinci y con otros muchos de Pavonis para explicar ese movimiento, para reconciliarlos con su abandono de las conversaciones del complejo de almacenes.

—Estoy en el almacén en todos los sentidos importantes —dijo él, pero ellos no querían aceptarlo. Sus cerebelos lo querían allí en carne y hueso, una idea en cierto modo conmovedora. «Conmovedora», una afirmación simbólica que en realidad era bastante literal. Se echó a reír, pero apareció Nadia y dijo con irritación—: Vamos, Sax, no puedes abandonar sólo porque las cosas se están poniendo peliagudas; de hecho es precisamente ahí donde se te necesita, eres el general Sax, el gran científico, y tienes que seguir en la partida.

Pero Hiroko demostraba cuan presente podía estar una persona ausente. Y él quería ir a Sabishii.

—Pero ¿qué vamos a hacer? —preguntó Nirgal, y también otros, de forma menos directa.

La cuestión del cable estaba en punto muerto; en la Tierra reinaba el caos; en Marte existían todavía algunos núcleos de resistencia metanacional, y otras áreas bajo control rojo en las que se destruían sistemáticamente todos los proyectos de terraformación además de buena parte de la infraestructura. Existían además varios pequeños movimientos revolucionarios disidentes que estaban aprovechando la ocasión para reivindicar su independencia, algunas veces en detrimento de áreas tan reducidas como una tienda o una estación meteorológica.

—Bien —dijo Sax pensando en todo eso tanto como pudo resistir—, quien controle los sistemas de soporte vital tiene la sartén por el mango.

La estructura social como sistema de soporte vital: infraestructura, modos de producción, mantenimiento… en verdad tendría que hablar con los muchachos de Séparation de l'Atmosphére y con los fabricantes de tiendas, muchos de los cuales mantenían un estrecho contacto con Da Vinci. Lo que significaba que, en ciertos aspectos, era él quien estaba al mando. Un pensamiento poco grato.

—Pero ¿qué sugieres que hagamos nosotros? —preguntó Maya; algo en el tono de su voz puso en evidencia que estaba repitiendo la pregunta. En esos momentos Sax se aproximaba a Nicosia y contestó con impaciencia:

—¿Enviar una delegación a la Tierra? ¿O convocar un congreso constitucional y formular una primera aproximación a la constitución, un borrador de trabajo?

Maya meneó la cabeza.

—Eso no va a ser fácil, con esta gente.

—Tomen la constitución de veinte o treinta de los países terranos más prósperos —sugirió Sax, pensando en voz alta— y estudien cómo funcionan. Y que una IA compile un documento compuesto, por ejemplo, a ver qué dice.

—¿Cómo defines «más prósperos»? —preguntó Art.

—Yo incluyo índice de Futuros del país, Estimación de valores reales, Comparaciones de Costa Rica… incluso el Producto Interior Bruto, por qué no. —La economía era como la psicología, una pseudociencia que trataba de ocultar ese hecho tras una intensa hiperelaboración. Y el producto interior bruto era uno de esos desafortunados conceptos de medición, como las pulgadas o las unidades térmicas británicas, que deberían haber sido retirados de circulación hacía mucho tiempo. Pero qué demonios…— Empleen diferentes criterios, bienestar humano, prosperidad ecológica, lo que tengan.

—Pero Sax —se quejó Coyote—, el concepto mismo de nación-estado es erróneo. Una idea que envenenaría todas esas viejas constituciones.

—Podría ser —dijo Sax—. Pero es un punto de partida.

—Todo eso es esquivar el problema del cable —dijo Jackie.

Era extraño que algunos verdes estuvieran tan obsesionados por la independencia total como los radicales rojos. Sax contestó:

—En física suelo encerrar entre paréntesis los problemas que no puedo resolver, y trato de trabajar alrededor de ellos y ver si se resuelven retroactivamente, por así decir. Para mí, el cable es como uno de esos problemas. Piensen en él como un recordatorio de que la Tierra no va a desaparecer.

Pero ellos siguieron discutiendo sobre qué hacer con el cable, qué hacer con referencia a un nuevo gobierno, qué hacer con los rojos, que al parecer habían abandonado las discusiones, y así sucesivamente, haciendo caso omiso de todas sus sugerencias y retomando las disputas en curso. Demasiado para el general Sax en el mundo posrevolucionario.

El aeropuerto de Nicosia estaba a punto de cerrar, pero Sax se resistía a entrar en la ciudad; acabó volando a Da Vinci con unos amigos de Spencer de la Bahía Bifurcada de Dawes, en un nuevo ultraligero que habían construido justo antes de la revuelta, anticipándose a las necesidades que surgirían cuando ya no fuera necesario ocultarse. Mientras el piloto de la IA guiaba la gran aeronave de alas plateadas sobre el inmenso laberinto de Noctis Labyrinthus, los cinco pasajeros viajaban sentados en una cámara situada en la parte baja del fuselaje con suelo transparente que les permitía mirar el paisaje que tenían debajo por encima del brazo de sus sillones; en ese momento se trataba de la inmensa red de artesas interconectadas que era el Candelabro. Sax contempló las mesetas regulares que se alzaban entre los cañones, a menudo aisladas; parecían lugares hermosos donde vivir, algo parecido a Cairo, allí, en el borde norte, como una ciudad en miniatura dentro de una botella de cristal.

Se empezó a hablar de Séparation de l'Atmosphére y Sax escuchó atentamente. Aunque los amigos de Spencer se habían ocupado del armamento de la revolución y la investigación de materiales básicos, mientras que «Sep», como ellos la llamaban, había trabajado en la disciplina más mundana de la gestión del mesocosmos, sentían un saludable respeto por ella. Diseñar tiendas fuertes y mantenerlas en funcionamiento eran tareas en las cuales los fallos acarreaban severas consecuencias, como uno de ellos dijo. Cuestiones críticas por todas partes, y cada día una aventura en potencia.

Por lo visto, Sep se había asociado con Praxis, y cada tienda o cañón cubierto era gestionado por una organización independiente. Ponían en un fondo común la información y compartían consultores y equipos de construcción ambulantes. Puesto que ellos mismos se consideraban servicios necesarios, funcionaban en régimen de cooperativa —según el modelo Mondragón, dijo uno, en versión no lucrativa—, aunque proporcionaban a sus miembros condiciones de vida acomodadas y mucho tiempo libre. «Piensan que se lo merecen, además. Porque si algo sale mal, tienen que actuar deprisa o perecer.» Muchos de los cañones cubiertos habían estado a punto de desaparecer, a veces a causa de la caída de un meteorito u otros dramas, otras por fallos mecánicos, más corrientes. En el formato usual de cañón cubierto, la planta física estaba situada en el extremo superior del cañón, y extraía las cantidades apropiadas de nitrógeno, oxígeno y otros gases menos importantes de los vientos de superficie. La proporción de gases y la presión a la que se mantenían variaba según el mesocosmos, pero la media rondaba los 500 milibares, lo cual daba un cierto sostén a las tiendas y se ceñía a la norma de los espacios interiores en Marte, en una suerte de invocación de la meta perseguida para la superficie en la línea de referencia. En días soleados, sin embargo, la expansión del aire del interior de las tiendas era significativa, y los procedimientos corrientes para mitigarla incluían simplemente liberar aire a la atmósfera o almacenarlo comprimiéndolo en grandes cámaras excavadas en los acantilados del cañón.

—Una vez estaba en Dao Vallis —dijo uno de los técnicos—, la cámara de aire explotó y destrozó la meseta, y provocó un gran desprendimiento de tierra que cayó sobre Reullgate y rasgó el techo de la tienda. La presión bajó al nivel de la atmosférica, que era de unos 260 milibares, y todo empezó a congelarse. Tenían los viejos refugios de emergencia —que eran cortinas transparentes de unas pocas moléculas de grosor, pero extraordinariamente fuertes, según recordaba Sax—, y cuando los desplegaron alrededor de la rasgadura, una mujer quedó inmovilizada contra el suelo por el material superadherente de la parte baja de la cortina, ¡con la cabeza del lado equivocado! Acudimos a toda prisa y cortamos y pegamos y conseguimos liberarla, pero estuvo a punto de morir.

Sax se estremeció, recordando su reciente refriega con el frío; y 260 milibares era la presión que uno encontraría en la cumbre del Everest. Los otros habían empezado a contar otros famosos reventones, incluyendo el derrumbe de la cúpula de Hiranyagarbha bajo una lluvia de hielo, a pesar de lo cual nadie había muerto.

Entonces iniciaron el descenso sobre la gran planicie elevada sembrada de cráteres de Xanthe, hacia la gran pista arenosa del cráter Da Vinci, que habían empezado a utilizar durante la revolución. La comunidad se había estado preparando durante años para el día en que ocultarse no fuera necesario, y ahora habían instalado una gran curva de ventanas de cristales cobrizos en el arco del borde sur. Una capa de nieve cubría el fondo del cráter, de la cual sobresalía dramáticamente el montículo central. Quizá crearan un lago en el interior del cráter, con una isla prominente central que tendría como horizonte las colinas del acantilado. Construirían un canal circular al pie de las paredes verticales del borde, con canales radiales que lo conectarían con el lago interior; la alternancia de agua y tierra circulares recordaría la descripción de Platón de la Atlántida. Con esta configuración Sax calculó que Da Vinci podría mantener veinte o treinta mil personas; y había veintenas de cráteres como Da Vinci. Una comuna de comunas, cada cráter una suerte de ciudad-estado, polis autosuficientes, que podían decidir qué clase de cultura tendrían; y con voto en un consejo global… No habría ninguna asociación regional mayor que la ciudad, salvo las que regularan el intercambio local. ¿Funcionaría…?

Da Vinci parecía indicar que sí. El arco sur del borde rebosaba de arcadas y pabellones cuneiformes y por el estilo, ahora iluminados por el sol. Sax recorrió todo el complejo una mañana: visitó los laboratorios sin dejarse ninguno y felicitó a sus ocupantes por el éxito de sus preparativos para una retirada fluida de la UNTA de Marte. Una parte del poder político sí procedía del cañón de un arma, después de todo, y otra, de la mirada de las personas; y la mirada de las personas cambiaba, dependía de si estaban encañonadas por un arma o no. Ellos habían inutilizado las armas, los saxaclones, y por eso estaban muy alegres, felices de verlo y buscando ya nuevos retos, de vuelta a la investigación básica, o imaginando usos para los nuevos materiales que los alquimistas de Spencer producían en abundancia, o estudiando el problema de la terraformación.

Se mantenían atentos a lo que ocurría en el espacio y también en la Tierra. Un transbordador rápido procedente de la Tierra, con cargamento desconocido, había establecido contacto con ellos solicitando permiso para efectuar una inserción orbital sin que les arrojaran un barril de chatarra en la trayectoria. Por eso el equipo de Da Vinci trabajaba ahora con cierto nerviosismo en protocolos de seguridad, y mantenía intensas consultas con la embajada suiza, que había instalado sus oficinas en una serie de apartamentos en el extremo noroeste del arco. De rebeldes a administradores; era una transición torpe.

—¿A qué partidos políticos apoyamos? —preguntó Sax.

—No lo sé. Supongo que a los de siempre.

—Ningún partido obtiene demasiado apoyo. Sólo los que funcionan, ya saben.

Sax lo sabía. Ésa era la vieja posición de los técnicos, mantenida desde que los científicos se habían convertido en una clase social, casi una casta sacerdotal, que se interponía entre la gente y su poder. Eran supuestamente apolíticos, como funcionarios, empiristas que sólo deseaban que las cosas se organizaran de una manera científica y racional, lo mejor para la mayoría, lo cual hubiera sido bastante sencillo de lograr si la gente no estuviera tan atrapada en emociones, religiones, gobiernos y otros ilusorios sistemas de masas por el estilo.

El modelo de política del científico, en otras palabras. En cierta ocasión Sax había intentado exponerle este enfoque a Desmond, y su amigo había respondido riéndose prodigiosamente, a pesar de que era perfectamente sensato. Bueno, tal vez era un poco ingenuo, y por tanto un poco cómico; y como muchas cosas divertidas, podía serlo hasta que se transformaba en horrible. Porque era una actitud que había mantenido alejados a los científicos de la política activa durante siglos; y habían sido unos siglos catastróficos.

Pero ahora estaban en un planeta donde el poder político procedía de un ventilador de mesocosmos. Y quienes estaban a cargo de esa gran pistola (manteniendo los elementos a raya) estaban al menos en parte al mando. Si es que se molestaban en ejercer el poder.

Sax les recordaba el tema con tacto a los científicos cuando los visitaba en sus laboratorios; y entonces, para aliviar su malestar ante la idea de la política, les hablaba del problema de la terraformación. Y cuando finalmente estuvo listo para partir hacia Sabishii, unos sesenta de ellos deseaban acompañarlo para ver cómo marchaban las cosas allí abajo.

—La alternativa de Sax a Pavonis —oyó a uno de los técnicos de laboratorio describiendo el viaje. Y no iba desencaminado.

Sabishii estaba situada en el flanco occidental de una prominencia de cinco mil metros de altura llamada Macizo de Tyrrhena, al sur del cráter Jarry-Desloges, en las antiquísimas tierras altas entre Isidis y Hellas, a longitud 275° y latitud 15° sur. Una elección razonable para emplazar una ciudad-tienda, ya que disfrutaba de unas amplias vistas sobre el oeste, y tenía unas colinas bajas a la espalda, hacia el este, como páramos. Pero cuando se trataba de vivir al aire libre, o de cultivar plantas en el terreno rocoso, estaba a demasiada altura; de hecho era, si se excluían las mucho mayores prominencias de Tharsis y Elysium, la región más elevada de Marte, una especie de isla biorregión que los sabishianos habían cultivado durante décadas.

Se mostraron muy disgustados por la pérdida de los grandes espejos, casi podría decirse que los había arrojado a un estado de emergencia, a un esfuerzo supremo para proteger en lo posible las plantas del bioma, pero que resultaba insuficiente. Nanao Nakayama, el viejo colega de Sax, sacudió la cabeza.

—Las heladas invernales serán terribles. Como una era glacial.

—Espero que podamos compensar la pérdida de luz —dijo Sax—. Espesar la atmósfera, añadir gases de invernadero… es posible que podamos conseguirlo en parte con más bacterias y plantas suralpinas, ¿no crees?

—En parte, sí —respondió Nanao con aire dubitativo—. Muchos nichos ya están llenos. Los nichos son bastante pequeños.

Discutieron el tema mientras comían. Los técnicos de Da Vinci estaban en el gran comedor de La Garra, y muchos sabishianos habían ido allí para recibirlos. Fue una conversación larga, interesante y amistosa. Los sabishianos estaban viviendo en el laberinto de su agujero de transición, detrás de una de las garras de la figura de dragón que formaba, de manera que no tuvieran que mirar las ruinas calcinadas de su ciudad cuando no trabajaban en ellas. Las labores de reconstrucción estaban casi abandonadas, ya que la mayor parte de la gente estaba fuera enfrentándose a las consecuencias de la pérdida de los espejos. En lo que parecía ser la continuación de una discusión que venía de largo, Nanao le dijo a Tariki:

—No tiene sentido reconstruirla como una ciudad-tienda. Podríamos esperar un poco y construirla al aire libre.

—Eso podría significar una larga espera —replicó Tariki, echándole una rápida mirada a Sax—. Estamos casi en el límite de la atmósfera viable determinado en el documento de Dorsa Brevia.

Nanao miró a Sax —Queremos a Sabishii incluida en cualquier límite que se fije.

Sax asintió, y luego se encogió de hombros; no sabía qué decir. A los rojos no les gustaría. Pero si el límite superior viable se elevaba aproximadamente un kilómetro, les daría a los sabishianos aquel macizo y afectaría de manera insustancial a las grandes elevaciones; parecía sensato. Pero ¿quién sabía lo que decidirían en Pavonis? Por eso dijo:

—Tal vez ahora deberíamos dedicarnos a evitar que la presión atmosférica caiga en picado.

Adoptaron una expresión sombría.

—¿Podrían llevarnos a visitar el macizo? —dijo Sax. Ellos se animaron.

—Con mucho gusto.

La tierra del macizo de Tyrrhena era lo que los areólogos habían llamado en los primeros años la «unidad disecada» de las tierras altas del sur, que era más o menos lo mismo que la «unidad de los cráteres», pero fracturada por redes de pequeños canales. Las tierras altas más bajas y típicas que rodeaban el macizo contenían también áreas de «unidades crestadas» y «unidades montuosas». Como pronto se hizo evidente la mañana que salieron a recorrer el terreno, reunía todos los aspectos del terreno accidentado de las tierras altas del sur, con frecuencia todos en la misma zona; accidentado, desigual, crestado, disecado y montuoso, la quintaesencia del paisaje de la antigüedad. Sax, Nanao y Tariki estaban sentados en la cubierta de observación de uno de los rovers de la Universidad de Sabishii; tenían a la vista otros vehículos que llevaban a sus colegas, y había equipos que caminaban delante de ellos. Algunas figuras enérgicas trotaban por los páramos de las últimas colinas orientales. Una nieve sucia cubría ligeramente las hondonadas del terreno. El macizo estaba quince grados al sur del ecuador, y disfrutaban de un buen régimen de precipitaciones alrededor de Sabishii, explicó Nanao. La cara sudoriental del macizo era más seca, pero aquí, las masas de nubes viajaban hacia el sur sobre el hielo de Isidis Planitia, trepaban por la pendiente y dejaban caer su carga.

Y de hecho, mientras conducían colina arriba, grandes oleadas de nubes oscuras se acercaban desde el noroeste y se abalanzaban sobre ellos como si persiguieran a los corredores de los páramos. Sax se estremeció, recordando su reciente exposición a los elementos, y se alegró de estar dentro de un rover; unos cortos paseos por el exterior bastarían para satisfacer su curiosidad.

Al fin se detuvieron en el punto más alto de una antigua cresta no muy elevada y salieron. Caminaron sobre una superficie cubierta de peñascos y montículos, grietas, montones de arena, cráteres diminutos, lechos de roca como rebanadas de pan, escarpes y dolinas, y los antiguos canales poco profundos que daban nombre a la unidad disecada. Había accidentes de todo tipo, porque aquella tierra tenía cuatro mil millones de años de antigüedad. Muchas cosas le habían sucedido, pero nunca nada que pudiera destruirla completamente, de manera que los cuatro mil millones de años estaban expuestos allí, un verdadero museo de paisajes rocosos. Había sido completamente pulverizada en la antigüedad, dejando una capa de regolito de varios kilómetros de profundidad y cráteres y deformidades que ninguna denudación eólica podría borrar. Y durante ese temprano período la litosfera de la otra mitad del planeta, hasta una profundidad de seis kilómetros, había salido despedida hacia el espacio a causa del llamado Gran Impacto, y una respetable cantidad de esos escombros había acabado aterrizando en el sur. Ésa era la explicación del Gran Acantilado y la falta de tierras altas primitivas en el norte y un factor más en el aspecto extremadamente desordenado de aquel terreno.

Después, al final del hespérico había sobrevenido un breve período cálido y húmedo, y el agua había circulado por la superficie. En los últimos tiempos, muchos areólogos opinaban que ese período había sido bastante húmedo pero no particularmente cálido, con unas medias anuales bastante por debajo de los 273°K, que permitían la presencia de agua en la superficie, más por la convección hidrotermal que por las precipitaciones. Ese período había prolongado unos cien millones de años, de acuerdo con las estimaciones actuales, y había sido seguido por miles de millones de años de vientos en la árida y fría era amazónica, que había durado hasta la llegada de los humanos.

—¿Existe un nombre para la era que empieza con el primer año marciano? —preguntó Sax.

—El holoceno.

Y por último, todo había sido erosionado por dos mil millones de años de vientos continuos, de tal modo que los cráteres más viejos habían perdido sus bordes. Todo arrasado por los vientos despiadados estrato a estrato, hasta que no quedó nada más que un yermo de roca. No un caos, técnicamente hablando, pero sí un terreno salvaje, que hablaba de su inimaginable edad con una profusión políglota, en cráteres sin borde y mesas grabadas, hondonadas, montes, escarpes e incontables bloques de roca carcomida. Se detenían a menudo y salían a caminar. Incluso las mesas pequeñas parecían alzarse ominosamente sobre ellos. Sax se descubrió manteniéndose cerca del vehículo, pero aún así encontró accidentes geológicos interesantes. Por ejemplo una roca con figura de rover, recorrida en toda su extensión por grietas verticales. A la izquierda de ese bloque, en dirección oeste, disfrutaba de una amplia panorámica hasta el horizonte lejano; la tierra rocosa parecía cubierta por un liso barniz amarillo. A la derecha, la pared de una antigua falla, de aproximadamente un metro de altura y carcomida por una escritura cuneiforme. Más allá una cuenca de acarreo de arena rodeada de piedras, algunas de ellas oscuros ventifacts basálticos y piramidales, otras, roca granulosa y carcomida, de color más claro. Allá un cono de impacto en equilibrio, inmenso como un dolmen. Luego un reguero de arena. Después un tosco círculo de deyecciones, semejante a un Stonehenge erosionado casi por completo. Allí una profunda hondonada serpenteante, quizás un fragmento de algún curso de agua, y detrás una elevación suave, más allá una prominencia semejante a una cabeza leonina, y la prominencia contigua parecía el cuerpo del león.

En medio de toda aquella arena y roca, la vida vegetal era discreta.

Al menos al principio. Uno tenía que buscarla, prestar atención a los colores, sobre todo al verde, en todas sus tonalidades, pero especialmente las desérticas: salvia, oliva, caqui. Nanao y Tariki señalaban continuamente especímenes que él no había reconocido, y miraba con atención. Una vez en sintonía con los colores de la vida, que se mezclaban tan bien con el terreno ferrico, los distinguió de los pardos, rojizos, ámbares, ocres y negros del paisaje rocoso. Las hondonadas y grietas eran los lugares idóneos para verlos, y también cerca de las manchas de nieve en las sombras. Cuanta más atención ponía, más veía; y entonces, en una cuenca alta, le pareció que las plantas lo llenaban todo. En ese momento comprendió: todo el macizo de Tyrrhena era un inmenso fellfield.

Y cubriendo caras de la roca, o tapizando el interior de las cuencas de recepción de las aguas, estaban los verdes diurnos de ciertos líquenes, y el esmeralda o los verdes oscuros y aterciopelados de los musgos. Piel húmeda.

La paleta multicolor de los líquenes; el verde oscuro de las agujas de los pinos. Ramilletes de pinos de Hokkaido, pinos cola de zorro, enebros. Los colores de la vida. De alguna manera era como visitar grandes habitaciones sin techo pasando de una a otra sobre muros de piedra en ruinas. Una pequeña plaza; una suerte de galería sinuosa; un vasto salón de baile; varias cámaras diminutas interconectadas; una sala de estar. Algunas habitaciones tenían krummholz bansei contra las paredes bajas, los árboles no mayores que los huecos donde se acurrucaban, retorcidos por el viento, con las copas recortadas al nivel de la nieve. Cada rama, cada planta, cada habitación abierta tan trabajada como un bonsai… y sin embargo casi sin esfuerzo.

En realidad, le explicó Nanao, la mayoría de las cuencas se cultivaban intensivamente.

—Esta cuenca fue plantada por Abraham. —Cada pequeña región era responsabilidad de cierto jardinero o equipo de jardinería.

—¡Ah! —exclamó Sax—. ¿Y fertilizada? Tariki rió.

—En cierto modo, sí. El suelo es importado en su mayor parte.

—Comprendo.

Eso explicaba la diversidad de plantas. Sabía que en el Glaciar Arena, donde había visto los fellfields por primera vez, también se había hecho una cierta labor de cultivo. Pero aquí habían ido mucho más lejos. Según le explicó Tariki, los laboratorios de Sabishii estaban intentando conseguir manufacturar mantillo. Una buena idea; el suelo de los fellfields aparecía de forma natural a un ritmo de sólo unos pocos centímetros por siglo. Pero esto tenía su razón de ser, y manufacturar suelo era extremadamente difícil.

—Nosotros elegimos unos cuantos millones de años para empezar — dijo Nanao—. Y evolucionar desde ahí. —Plantaban manualmente la mayoría de especímenes, al parecer, y luego los abandonaban a su suerte y estudiaban lo que se desarrollaba.

—Comprendo —dijo Sax.

Miró con más atención todavía en la penumbra transparente. Cada habitación abierta mostraba un grupo ligeramente distinto de especies.

—Así pues, estos son jardines.

—Sí… o algo parecido. Depende.

Nanao contó que algunos jardineros trabajaban según los preceptos de Muso Soseki mientras que otros seguían los de diferentes maestros japoneses zen; había también discípulos de Fu Hsi, el legendario inventor del sistema chino de geomancia llamado feng shui, de los gurús persas de la jardinería, incluyendo a Omar Khayyam, y de Leopold, Jackson y otros primitivos ecologistas norteamericanos, como el casi olvidado biólogo Oskar Schnelling, y de algunos más.

Éstas eran sólo influencias, añadió Tariki. Porque a medida que trabajaban desarrollaban sus propias visiones. Seguían la inclinación de la tierra, ya que observaban qué plantas vivían y cuáles morían. Coevolución, una suerte de desarrollo epigenético.

—Hermoso —comentó Sax, mirando alrededor. Para los adeptos, el paseo desde Sabishii hasta el macizo debía de haber sido una travesía estética, llena de alusiones y sutiles variantes de la tradición invisibles para él. Hiroko lo habría llamado areoformación, o la areofanía—. Me gustaría visitar los laboratorios en los que trabajan con el suelo.

—Naturalmente.

Regresaron al rover y siguieron la marcha. Avanzado el día, bajo unos amenazadores nubarrones negros, alcanzaron la cumbre del macizo, que resultó ser una especie de páramo ondulado y amplio. Las pequeñas barrancas estaban llenas de agujas de pinos, inclinadas por los vientos, de modo que parecían las briznas de césped de un jardín bien cuidado. Sax y sus dos anfitriones salieron del vehículo y dieron una vuelta por los alrededores. El viento era penetrante y el sol de la tarde que declinaba apareció por debajo de la oscura cubierta de nubes, proyectando las sombras de los caminantes hacia el horizonte. Allí arriba, en los páramos había grandes masas de roca desnuda y lisa; al mirar en torno, a Sax le pareció que el paisaje tenía el mismo rojo primitivo que recordaba de los primeros años; pero bastaba con acercarse a la barranca para que apareciera el verde.

Tariki y Nanao hablaban de ecopoyesis, que para ellos era la terraformación redefinida, sutilizada, localizada. Transmutada en algo semejante a la areoformación de Hiroko. No impulsada por los métodos industriales pesados y globales, sino por el proceso lento, continuo e intensamente local del trabajo sobre áreas de terreno.

—Marte es un jardín. La Tierra también. De manera que tenemos que pensar en cultivar, en ese nivel de responsabilidad hacia la tierra. Una interfaz Marte-humanos que haga justicia a ambos.

Sax agitó una mano con gesto incierto.

—Yo estoy acostumbrado a pensar en Marte como en una tierra salvaje —dijo, mientras buscaba la etimología de la palabra jardín. Francés, teutónico, noruego antiguo, gard, recinto cerrado. Parecía compartir orígenes con guard, o conservar. Pero quién sabía qué significaba la palabra japonesa supuestamente equivalente. La etimología ya era bastante difícil sin necesidad de añadir la traducción—. Bueno, ya saben, poner en marcha las cosas, liberar las semillas y entonces observar cómo se desarrolla todo por sí mismo. Ecologías autoorganizativas.

—Sí —dijo Tariki—, pero las tierras salvajes también son un jardín ahora. Una especie de jardín. Eso es lo que significa ser lo que somos. — Se encogió de hombros, con el entrecejo ceñudo; creía que la idea era acertada, pero no parecía acabar de gustarle.— De todas maneras, la ecopoyesis está más cerca de tu visión de las tierras salvajes de lo que la terraformación industrial lo estará nunca.

—Tal vez —concedió Sax—. Tal vez son sólo dos estadios del mismo proceso. Ambos necesarios.

Tariki asintió, deseoso de discutirlo.

—¿Y ahora?

—Depende de lo dispuestos que estemos a enfrentarnos a la posibilidad de una era glacial —dijo Sax—. Sí es muy cruda y mata demasiadas plantas, entonces la ecopoyesis no tendrá ninguna oportunidad. La atmósfera volverá a enfriarse en la superficie y el proceso fracasará. Sin los espejos, no confío en que la biosfera sea lo suficiente robusta como para seguir desarrollándose. Por eso quiero ver sus laboratorios de suelo. Tal vez quede aún trabajo industrial que hacer en la atmósfera. Tendremos que estudiar algunas simulaciones y decidir.

Tariki y Nanao asintieron. Sus ecologías estaban siendo cubiertas por la nieve delante de sus ojos; los copos caían a la pasajera luz broncínea del sol, remolineando en el viento. Estaban abiertos a las sugerencias.

Durante todos esos viajes, los colaboradores más jóvenes de Da Vinci y Sabishii corrían juntos por el macizo, y regresaban al laberinto de la ciudad y pasaban toda la noche parloteando geomancia y areomancia, ecopoéticas, intercambio de calor, los cinco elementos, gases de invernadero… Un fermento creativo que a Sax le parecía muy prometedor.

—Michel debería estar aquí —le dijo a Nanao—. También John debería estar aquí. Le habría gustado mucho un grupo como éste.

Y entonces se le ocurrió:

—Ann debería estar aquí.

Sax dejó al grupo de Sabishii debatiendo diversos temas y regresó a Pavonis.

En Pavonis todo seguía igual. Cada vez más personas, incitadas por Art Randolph, proponían que se celebrara un congreso constitucional. Que redactaran al menos una constitución provisional, la sometieran a voto y luego establecieran el gobierno descrito.

—Buena idea —dijo Sax—. Y una delegación a la Tierra lo sería también.

Esparciendo semillas. Era igual que en los páramos; algunas brotarían, otras, no.

Había ido en busca de Ann, pero descubrió que ella había abandonado Pavonis; se decía que había ido a una avanzadilla roja en Tempe Terra, al norte de Tharsis. Nadie iba allí, salvo los rojos, señalaban.

Después de pensarlo un poco Sax recabó la ayuda de Steve para localizar la avanzadilla. Luego tomó prestado un pequeño avión de los bogdanovistas y voló hacia el norte, dejó atrás Ascraeus a su izquierda, bajó hasta Echus Chasma y sobrevoló lo que había sido su antiguo cuartel general en el Mirador de Echus, en la cima de la inmensa pared a su derecha.

Ann había tomado también aquella ruta, sin duda, y por tanto había pasado junto al primer cuartel general de los esfuerzos de terraformación. Terraformación… todo evolucionaba, incluso las ideas. ¿Había reparado Ann en el Mirador de Echus, había recordado aquel pequeño comienzo? No había manera de saberlo. Así era como se conocían los humanos entre sí. Sólo diminutas fracciones de sus vidas se cruzaban o eran conocidas por los demás. Era como estar solo en el universo, lo cual era extraño. Una justificación para vivir con amigos, para casarse, para compartir habitaciones y vidas en la medida de lo posible. No era que aquello fuera verdadera intimidad entre las personas, pero reducía la sensación de soledad. De manera que uno seguía navegando solo por los océanos del mundo, como en El último hombre, de Mary Shelley, un libro que le había impresionado mucho en la juventud en el cual el héroe epónimo concluía divisando una vela, encontraba otro navío, fondeaba, compartía una comida y luego continuaba la travesía, solo. Una imagen de sus vidas; porque todos los mundos estaban tan vacíos como el que Mary Shelley había imaginado, tan vacíos como Marte en el principio.

Voló sobre la curva ennegrecida de Kasei Vallis sin advertirlo.

Hacía mucho tiempo, los rojos habían vaciado una roca del tamaño de una manzana de ciudad en un promontorio que era la última cuña divisoria en la intersección de dos de las Tempe Fossae, al sur del Cráter Perepelkin. Las ventanas bajo los salientes dominaban los dos cañones desnudos y rectos, y el cañón mayor que formaban tras su confluencia. Ahora todas esas fossae cortaban lo que se había convertido en un altiplano costero; Mareotis y Tempe formaban una inmensa península de antiguas tierras altas que se adentraba profundamente en el nuevo mar de hielo.

Sax aterrizó en la franja arenosa en lo alto del promontorio. Desde allí no eran visibles las llanuras de hielo, ni tampoco vegetación alguna: ni un árbol, ni una flor, ni siquiera una mancha de liquen. Se preguntó si habrían esterilizado los cañones de algún modo. Sólo la roca primitiva con una cubierta de escarcha. No podían hacer nada para evitar la escarcha, a menos que cubriesen los cañones con tiendas.

—Humm —dijo Sax, sobresaltado por la idea.

Dos mujeres le abrieron la puerta de la antecámara en lo alto del promontorio y bajó con ellas las escaleras. El refugio parecía casi desierto. Menos mal. Era agradable no tener que soportar más que las miradas frías de las dos jóvenes que lo guiaban por las toscamente talladas galerías de roca del refugio, en vez de todo un grupo de rojos. La estética roja era interesante. Muy austera, como era de esperar, no se veía ni una sola planta, sólo diferentes texturas de roca: paredes toscas, techos aún más toscos, en contraste con los suelos de basalto pulido y las ventanas resplandecientes que miraban sobre los cañones.

Llegaron a una galería tallada en el acantilado que parecía una cueva natural, no más rectilínea que las líneas casi euclidianas del cañón que tenían debajo. Había unos mosaicos en la pared del fondo, hechos con trocitos de piedras de colores, pulidos y engarzados unos junto a otros sin dejar resquicios, formando dibujos abstractos que casi parecían representar algo si uno los miraba con la debida atención. El suelo estaba cubierto por un parqué de ónice y alabastro, serpentina y sanguinaria. La galería era enorme y polvorienta, y todo el conjunto parecía de algún modo abandonado. Los rojos preferían sus rovers, y lugares como aquél sin duda se consideraban desafortunadas necesidades. Refugio oculto; si las ventanas hubieran estado cerradas, uno podría haber recorrido el cañón sin advertir que estaba allí; y a Sax se le ocurrió que eso no era sólo para escapar a la vigilancia de la UNTA, sino también para pasar inadvertidos ante la tierra misma, para fundirse con ella.

Como Ann parecía pretender, sentada en un asiento de piedra junto a la ventana. Sax se detuvo en seco; perdido en sus pensamientos casi había tropezado con ella, igual que un viajero ignorante con el refugio. Un pedazo de roca, sentado allí. La examinó con atención. Parecía enferma. En los últimos tiempos no era frecuente ver eso, y cuanto más la miraba Sax, más se alarmaba. Ella le había dicho una vez que había dejado de someterse al tratamiento de longevidad. De eso hacía varios años. Y durante la revolución había ardido como una llama. Ahora, con la rebelión roja sofocada, no era más que cenizas. Carne grisácea. Era un espectáculo terrible. Tenía alrededor de 150 años, como el resto de los Primeros Cien que seguían con vida, y sin el tratamiento… pronto moriría.

Bueno, estrictamente hablando, estaba en el equivalente fisiológico de los setenta años, suponía Sax, pues ignoraba cuándo había recibido el tratamiento por última vez. Tal vez Peter lo supiera. Pero él había oído que cuanto más tiempo se dejaba transcurrir entre los tratamientos, más problemas se acumulaban, según las estadísticas. Parecía correcto.

Pero no podía decírselo a Ann. De hecho, no imaginaba qué podía decirle.

Al fin, ella levantó la mirada. Lo reconoció y se estremeció, y su labio se crispó como el de un animal atrapado. Entonces apartó los ojos de él, sombría, inexpresiva. Más allá de la ira, más allá de la esperanza.

—Quería enseñarte parte del macizo de Tyrrhena —dijo Sax sin demasiada convicción.

Ella se puso de pie como una estatua y abandonó la sala.

Sax salió tras ella, sintiendo el crujido de sus articulaciones, el dolor pseudoartrítico que a menudo acompañaba sus encuentros con Ann.

Las dos mujeres de aspecto severo los siguieron.

—Me parece que no quiere hablar con usted —le informó la más alta.

—Qué perspicaz —dijo Sax.

En el otro extremo de la galería Ann se había detenido ante una ventana: hechizada o demasiado exhausta para moverse. O tal vez una parte de ella deseaba hablar.

Sax se detuvo cerca de ella.

—Quiero que me des tu opinión —dijo—. Tus sugerencias acerca de lo que podemos hacer. Y tengo varias, varias preguntas areológicas. Naturalmente es posible que las cuestiones estrictamente científicas ya no te interesen…

Ella se adelantó un paso y le golpeó en la mejilla. Sax acabó contra la pared de la galería, sentado en el suelo. No había ni rastro de Ann. Las dos mujeres lo estaban ayudando a ponerse de pie, y era evidente que no sabían si reír o llorar. Le dolía todo el cuerpo, no precisamente la cara, y los ojos le ardían. No podía echarse a llorar delante de aquellas dos jóvenes idiotas, que con su manía de seguirlo le estaban complicando las cosas enormemente; con ellas merodeando, no podría gritar ni suplicar, no podría arrodillarse y decir Ann, por favor, perdóname. No podría.

—¿Adonde ha ido? —se las arregló para preguntar.

—Se lo repito, es evidente que no quiere hablar con usted —declaró la más alta.

—Quizá debería esperar e intentarlo más tarde —le aconsejó la otra.

—¡Oh, cállense! —explotó Sax, sintiendo de pronto una irritación vehemente, próxima a la rabia—. ¡Supongo que ustedes le permitirán dejar de recibir el tratamiento y suicidarse!

—Está en su derecho —pontificó la más alta.

—Naturalmente que lo está. Pero yo no estaba hablando de derechos. Hablaba de lo que debería hacer un amigo cuando alguien actúa de forma suicida. Es un tema que seguramente desconocen. Ahora ayúdenme a encontrarla.

—Usted no es amigo suyo.

—Desde luego que lo soy. —Se había puesto de pie. Se tambaleó ligeramente cuando empezó a andar en la dirección que probablemente había tomado Ann. Una de las mujeres trató de agarrarlo por el codo. Él rechazó la ayuda y siguió adelante. Allá estaba Ann, hundida en una silla, en una especie de comedor. Se acercó a ella, como Apolo en la paradoja de Zenón.

Ella volvió la cabeza y le echó una mirada furibunda.

—Fuiste quien abandonó la ciencia, desde el principio —gruñó—.

¡Así que no me vengas con esa mierda de que no estoy interesada en la ciencia!

—Es cierto —le respondió Sax—. Es cierto. —Tendió las dos manos.— Pero ahora necesito consejo. Consejo científico. Deseo aprender. Y deseo mostrarte algunas cosas también.

Pero tras un momento, ella se levantó de nuevo y se alejó, sin mirarlo siquiera, de manera que a pesar suyo Sax vaciló. Pero salió en pos de ella; la zancada de Ann era mucho más larga que la suya y andaba deprisa, y casi tuvo que correr. Le dolían atrozmente los huesos.

—Podríamos salir aquí mismo —sugirió Sax—. En realidad no importa dónde.

—Porque todo el planeta está destrozado —musitó ella.

—Seguro que aún sigues saliendo de cuando en cuando a la hora del crepúsculo —insistió Sax—. Podría acompañarte.

—No.

—Por favor, Ann. —Ella caminaba muy deprisa y era más alta que él, y por consiguiente a Sax le resultaba difícil mantenerse a su lado y hablar al mismo tiempo. Resoplaba y jadeaba y aún le escocía la mejilla.— Por favor, Ann.

Ella no contestó ni aminoró la marcha. Avanzaban por un pasillo entre habitaciones. De pronto Ann apretó el paso, cruzó un umbral y cerró la puerta de un golpe. Sax intentó abrirla, pero ella había echado la llave.

En conjunto, un comienzo nada prometedor.

El perro y su presa. Él tenía que cambiar las cosas para que dejara de ser una cacería, una persecución. Sin embargo, murmuró:

—Soplaré y soplaré y tu casa derribaré.

Sopló sobre la puerta. Pero entonces advirtió la presencia de las dos mujeres, observándolo con mirada crítica.

Esa misma semana, una tarde, cerca del crepúsculo, bajó al vestuario y se puso el traje. Cuando Ann entró, Sax dio un respingo.

—Estaba a punto de salir —tartamudeó—. ¿Te parece bien?

—Éste es un país libre —dijo ella con cansancio.

Y salieron por la antecámara juntos, al campo. Las dos mujeres se habrían sorprendido.

Tenía que ser muy cauteloso. Naturalmente, aunque estaba allí fuera con ella para mostrarle la belleza de la nueva biosfera, no convenía mencionarle plantas, o nieve, o nubes. Tenía que dejar que las cosas hablasen por sí mismas. Y quizá esto fuera cierto para todos los fenómenos. No se podía hablar en favor de nada. Uno sólo podía caminar sobre la tierra y dejar que hablara.

Ann no se mostraba sociable, apenas le dirigía la palabra. Mientras la seguía Sax sospechó que aquélla era su ruta usual. Le estaba permitiendo acompañarla.

Tal vez también le estuviera permitido hacer preguntas: eso era la ciencia. Y Ann se detenía con bastante frecuencia para examinar de cerca las formaciones rocosas. Era apropiado que en esas ocasiones él se agachara junto a ella y con un gesto o una palabra preguntara sobre lo que descubría. Llevaban trajes y cascos, a pesar de que la altura les habría permitido valerse sólo de las máscaras filtro de CO2. Por tanto, la conversación consistía en voces al oído, como antaño.

Y él preguntaba. Y Ann respondía, a veces en detalle. Tempe Terra era de veras la Tierra del Tiempo: un pedazo superviviente de las tierras altas del sur, uno de aquellos lóbulos que penetraban en las planicies norteñas, un superviviente del Gran Impacto. Más tarde, Tempe se había fracturado a medida que la litosfera era empujada hacia arriba por la Protuberancia de Tharsis. Esas fracturas incluían las Mareotis Fossae y las Tempe Fossae que ahora los rodeaban.

La tierra en expansión se había resquebrajado lo suficiente como para permitir que algunos volcanes tardíos emergieran, derramándose sobre los cañones. Desde una cresta alta divisaron el cono distante de uno, como un cono ennegrecido caído del cielo; y más allá otro, que a Sax le pareció el cráter abierto por un meteorito. Ann negó con la cabeza esta suposición y señaló coladas de lava y chimeneas, accidentes nada obvios bajo las piedras y (había que admitirlo) una capa de nieve sucia, que se acumulaba como arena al abrigo de los vientos, volviéndose del color de ésta a la luz crepuscular.

Contemplar el paisaje en su historia, leer en él como en un libro, escrito por su propio pasado; ésa era la visión de Ann, conseguida tras una centuria de minuciosa observación y estudio, y gracias a su don natural, su amor por la tierra. Algo, en verdad, para maravillarse. Una suerte de recurso, o de tesoro, un amor más allá de la ciencia, o algo dentro del dominio de la ciencia mística de Michel. Alquimia. Pero los alquimistas querían cambiar las cosas. Una especie de oráculo, más bien. Una visionaria, con una visión tan poderosa como la de Hiroko. Menos obviamente visionaria, tal vez, menos espectacular, menos activa; una aceptación de lo que había allí; el amor a la roca por el bien de la roca, por el bien de Marte. El planeta primitivo en toda su gloria, rojo y orín, inmóvil como la muerte; muerto; alterado a lo largo de los años sólo por permutaciones químicas, la inmensa y lenta vida de la geofísica. Era un concepto extraño, el de la vida abiológica, pero ahí estaba, si uno se molestaba en buscarlo, una forma de vida, girando en el espacio, moviéndose entre las estrellas ardientes, por el universo, con su gran movimiento de sístole y diástole, su gran aliento, podría decirse. El crepúsculo de algún modo facilitaba esa perspectiva.

Trataba de mirar las cosas a la manera de Ann. Observaba furtivamente la consola de muñeca. Piedra, stone, del inglés antiguo stán, palabras afines por doquier, que se remontaban al protoindoeuropeo sti, guijarro. Roca, del latín medieval meca, origen desconocido, una masa de piedra. Sax se olvidó de la consola y cayó en una especie de ensoñación rocosa, abierta y vacía. Tabula rasa, hasta tal punto que al parecer no oyó lo que Ann le estaba diciendo; porque ella se crispó y siguió caminando. Avergonzado, fue tras ella, y se forzó a no hacer caso de su disgusto y a seguir preguntando.

Parecía haber mucho disgusto en Ann. En cierto modo, eso era tranquilizador; la falta de afectos habría sido una mala señal. Durante la mayor parte del tiempo ella mostraba mucha emotividad. A veces se concentraba en la roca con tanta atención que Sax, esperanzado, creía ver en ella el antiguo entusiasmo. Otras parecía que simplemente estaba en movimiento, haciendo areología en un desesperado intento por apartarse del presente, de la historia o la desesperación, o de todo. En esos momentos caminaba sin propósito y no se detenía a examinar los accidentes obviamente interesantes que encontraban, y no contestaba a sus preguntas sobre los mismos. Lo poco que Sax había leído sobre la depresión lo alarmaba; no se podía hacer gran cosa, se necesitaban drogas para combatirla, y aún así nada era seguro. Pero sugerirle antidepresivos equivalía más o menos a aconsejarle el tratamiento, y por tanto no podía hablarle de ello. Además, ¿era la desesperación lo mismo que la depresión?

Felizmente, en aquel contexto las plantas eran penosamente escasas. Tempe no era como Tyrrhena, ni siquiera como las riberas del Glaciar Arena. Sin un trabajo activo de jardinería, sólo eso se conseguía. El mundo seguía siendo sobre todo roca.

Por otra parte, Tempe estaba a baja altura y era húmeda; el océano de hielo se encontraba unos pocos kilómetros al noroeste. Johnnie Appleseed había sobrevolado varias veces toda la línea costera meridional del nuevo mar, como parte de los esfuerzos de Biotique, iniciados varias décadas antes, cuando Sax estaba en Burroughs. Si se miraba con mucha atención, se veían algunos líquenes y pequeñas porciones de fellfield. Y también algunos árboles de krummholz, medio enterrados en la nieve. Todas esas plantas estaban en dificultades en aquel verano septentrional convertido en invierno, excepto el liquen, por supuesto. Ya predominaban los colores otoñales en las diminutas hojas de la koenigia, aferrada al suelo, en los botones de oro pigmeos, en la hierba de las nieves y por supuesto en la saxífraga ártica. Esos colores camuflaban el mundo vegetal en aquel ambiente de roca roja; muchas veces Sax no veía las plantas hasta que estaba a punto de pisarlas. Y naturalmente no se le ocurría llamar la atención de Ann sobre ellas, de manera que cuando tropezaba con alguna le echaba una rápida mirada evaluadora y seguía adelante.

Subieron a una loma que dominaba el cañón al oeste del refugio, y allí lo tenían: el gran mar de hielo, de un naranja broncíneo con las últimas luces del día. Llenaba las tierras bajas en una gran curva y formaba su propio horizonte de sudoeste a nordeste. Las mesas del terreno fracturado asomaban entre el hielo como farallones en el mar o islas de paredes verticales. A decir verdad, esa parte de Tempe iba a ser una de las líneas costeras más dramáticas de Marte; los extremos inferiores de algunas de las fossae se convertirían en largos fiordos o lochs. Y uno de los cráteres costeros estaba justo al nivel del mar y tenía una brecha en el lado del mar, lo que formaba una bahía perfectamente redonda de unos quince kilómetros de diámetro con un canal de entrada de dos kilómetros de ancho. Más al sur, el terreno fracturado al pie del Gran Acantilado crearía una verdadero archipiélago de las Hébridas, y muchas de esas islas serían visibles desde los acantilados del continente. Sí, una dramática línea costera. Como podía apreciarse ya mirando las quebradas láminas de hielo crepuscular.

Pero por supuesto nada de eso debía ser comentado. Ninguna mención del hielo, del revoltijo de icebergs mellados en la nueva orilla. Los icebergs se habían formado según un proceso que Sax desconocía, aunque le interesaba; pero no podía manifestarlo. Tenía que guardar silencio, como si hubiese entrado en un cementerio.

Abochornado, se agachó para examinar un espécimen de ruibarbo tibetano que casi había pisado. Pequeñas hojas rojas formaban una cabezuela que salía de un bulbo rojo.

Ann estaba mirando por encima de su hombro.

—¿Está muerta?

—No. —Sax arrancó unas pocas hojas muertas del exterior de la cabezuela y le mostró las hojas brillantes de debajo.— Está endureciéndose para el invierno. Engañada por la disminución de la luz. — Sax continuó, como hablando para sí mismo:— Muchas plantas morirán, sin embargo. La inversión térmica —«la temperatura del aire se volvía más fría que la temperatura de superficie»— sobrevendrá más o menos de la noche a la mañana. No tendrán oportunidad de endurecerse. Y muchas morirán por la helada. Las plantas toleran esos cambios mucho mejor que los animales. Pero los insectos son sorprendentemente aptos, considerando que son pequeños contenedores de líquido. Están provistos de crioprotectores. Creo que podrán resistir cualquier cosa.

Ann seguía inspeccionando la planta, y Sax se calló. Está viva, quería decirle. Dado que los miembros de una biosfera dependen de los otros para existir, la planta forma parte de tu cuerpo. ¿Cómo puedes odiarla?

Pero ella se negaba a recibir el tratamiento.

El mar de hielo era una llamarada de bronce y coral. El sol se estaba poniendo, tendrían que regresar. Ann se incorporó y echó a andar, una silueta oscura, silenciosa. Sax podía hablarle al oído, incluso en ese momento, cuando ella estaba a cien metros de distancia, a doscientos, una diminuta figura negra en la gran llanura del mundo. Pero no le habló; habría sido una invasión de su intimidad, de sus pensamientos. Pero cuánto deseaba Sax conocer aquellos pensamientos, preguntarle ¿qué piensas? Háblame, Ann. Comparte tus pensamientos.

El intenso deseo de hablar con alguien, agudo como cualquier otro dolor; a eso se refería la gente cuando hablaban de amor. O más bien eso era lo que Sax reconocería como amor. Sólo el intenso deseo de compartir los pensamientos. Sólo eso. Oh, Ann, por favor, háblame.

Pero Ann no le habló. En ella las plantas no parecían producir el mismo efecto que en él. Parecía odiarlas de verdad, pequeños emblemas de su cuerpo, como si la viriditas no fuera más que un cáncer que la roca debía padecer. En los crecientes ventisqueros las plantas ya casi no se distinguían. Estaba oscureciendo, se avecinaba otra tormenta, nubes bajas sobre un mar de oscuridad y cobre. Un cojín de musgo, una superficie de roca cubierta de liquen; pero casi todo era roca desnuda, como había sido siempre. No obstante…

Y entonces, en la puerta de la antecámara del refugio, Ann se desvaneció. Al caer su cabeza golpeó contra el marco de la puerta. Sax sostuvo el cuerpo inerte cuando estaba a punto de derrumbarse sobre un banco adosado a la pared interior. A medias la cargó, a medias la arrastró a través de la antecámara. Después cerró la puerta exterior, y cuando la cámara estuvo presurizada la arrastró hasta el vestuario. Debía de haber estado gritando por la frecuencia común, porque cuando se quitó el casco, había cinco o seis rojas en la habitación, más de las que había visto en el refugio hasta el momento. Una de las mujeres que le habían puesto tantas trabas, la bajita, resultó ser el médico de la estación, y cuando colocaron a Ann sobre una mesa con ruedas que hacía las veces de camilla, la mujer abrió la marcha hacia la clínica médica del refugio, y allí se hizo cargo de todo. Sax ayudó en lo que pudo, quitó las botas de los largos pies de Ann con manos temblorosas. Su pulso, comprobó su consola de muñeca, era de 145, y se sentía acalorado y mareado.

—¿Ha sufrido una apoplejía? —preguntó—. ¿Creen que ha sufrido una apoplejía?

La mujer bajita pareció sorprendida.

—No creo. Se desmayó y se golpeó la cabeza.

—Pero ¿por qué se ha desmayado?

—No lo sé.

La doctora miró a la mujer alta, sentada junto a la puerta. Sax comprendió que eran las máximas autoridades del refugio.

—Ann dejó instrucciones de que no la conectáramos a ningún sistema de soporte vital si alguna vez se encontraba incapacitada.

—No —se opuso Sax.

—Instrucciones muy explícitas. Lo prohibió. Lo dejó todo por escrito.

—Utilizarán lo que sea para mantenerla con vida —dijo Sax, con la voz ronca por el esfuerzo. Todo lo que decía desde que Ann se desmayara era una sorpresa para él. Era testigo de sus propias acciones tanto como aquellas mujeres. Se oyó decir—: Eso no significa que tengan que mantenerla conectada si no recupera la conciencia. Me refiero sólo a un mínimo razonable, para estar seguros de que no se va por una tontería.

La doctora puso los ojos en blanco ante aquella distinción, pero la mujer alta parecía pensativa.

Sax se oyó continuar:

—Me mantuvieron con soporte vital durante cuatro días, por lo que sé, y me alegro de que nadie decidiera desconectarme. Ella debe decidir, no ustedes. Cualquiera que desee morir puede hacerlo sin necesidad de comprometer el juramento hipocrático de ningún médico.

La doctora puso los ojos en blanco con más disgusto que antes. Pero después de una mirada fugaz a su colega, empezó a conectar a Ann a los sistemas de soporte vital de la cama. Sax la ayudó; la doctora activó la IA médica y empezó a despojar a Ann del traje. Una anciana esbelta, que respiraba con una mascarilla de oxígeno. La mujer alta se levantó y empezó a ayudar a la doctora, y Sax fue a sentarse. Sus propios síntomas fisiológicos eran alarmantes, sobre todo la sensación general de calor y una especie de hiperventilación incompetente y un dolor que le hacía desear llorar.

Después de un rato la doctora se le acercó. Ann estaba en coma, le dijo. Al parecer una pequeña anomalía en el ritmo cardíaco había provocado el desmayo. De momento permanecía estable.

Sax se quedó sentado en la habitación. Más tarde la doctora regresó. La consola de muñeca de Ann había registrado un episodio de latidos rápidos e irregulares en el momento del desmayo. Ahora persistía una ligera arritmia. Y al parecer, la anoxia o el golpe en la cabeza, o ambos, habían iniciado el coma.

Sax quiso saber qué era exactamente un coma, y sintió un profundo desaliento cuando la doctora se encogió de hombros. Era un término genérico para ciertos estados de inconsciencia. Pupilas fijas, cuerpo insensible y a veces paralizado en posturas indicativas de falta de actividad cortical. El brazo y la pierna izquierdos de Ann estaban torcidos. Y además la inconsciencia, por supuesto. A veces algunos vestigios de respuesta, puños apretados o algo por el estilo. La duración del coma variaba mucho. Algunas personas no salían nunca de él.

Sax se miró las manos hasta que la doctora lo dejó solo. Se quedó en la habitación después de que todos se hubieran ido. Entonces se levantó y se acercó a Ann, observando su rostro bajo la máscara. No había nada que hacer. Le tomó la mano; el puño no se cerró. Apoyó su mano en la cabeza, como le dijeron que había hecho Nirgal cuando él estaba inconsciente. Se dio cuenta de que era un gesto inútil.

Se acercó a la pantalla de la IA y pidió un programa de diagnóstico y el historial médico de Ann, y volvió a leer los datos del monitor cardíaco sobre el incidente en la antecámara. Una ligera arritmia, sí; un latido rápido e irregular. Incluyó los datos en el programa de diagnóstico y buscó información sobre las arritmias cardíacas. Existían numerosas aberraciones del ritmo cardíaco, pero por lo visto Ann tenía una predisposición genética a padecer un trastorno llamado síndrome de QT larga, caracterizado por una onda larga anormal en el electrocardiograma. Solicitó el genoma de Ann y dio instrucciones a la IA para que llevara a cabo un escaneo en las regiones pertinentes de los cromosomas 3, 7 y 11. En el gen llamado HERG, en el cromosoma 7, la IA identificó una pequeña mutación: una inversión de la adenina-timina y la guanina-citosina. Pequeña, pero el HERG contenía las instrucciones para la síntesis de una proteína que actuaba como canal de los iones de potasio en la superficie de las células cardíacas, y esos canales de iones permitían desactivar la contracción de las células del corazón. Sin ese freno, el corazón podía entrar en arritmia y empezar a latir demasiado deprisa para bombear sangre de manera efectiva.

Ann tenía también otro problema, en un gen del cromosoma 3 llamado SCN5A. Ese gen codificaba una proteína reguladora de canales de iones de sodio en la superficie de las células cardíacas, canales que funcionaban como aceleradores, y la mutación aquí agravaba el problema del latido rápido. En resumen, a Ann le faltaba un bit CG.

Esas anomalías genéticas eran raras, pero para la IA de diagnóstico no eran un obstáculo. Contenía la sintomatología de todos los problemas conocidos, aun de los más raros. Parecía considerar el caso de Ann bastante sencillo, y daba una lista de los tratamientos existentes. Había muchos.

Uno de los sugeridos era la recodificación de los genes problemáticos en el curso del tratamiento gerontológico corriente. La reiterada recodificación de los genes durante varios tratamientos de longevidad erradicaría la causa del problema. Le parecía extraño que no lo hubiesen hecho antes, pero entonces Sax advirtió que la recomendación sólo tenía dos décadas de antigüedad; era posterior al último tratamiento de Ann.

Sax estuvo sentado delante de la pantalla largo tiempo. Después se dedicó a investigar la clínica roja, instrumento por instrumentó, habitación por habitación. Las enfermeras de guardia lo dejaron hacer; seguramente pensaban que estaba trastornado.

En un refugio importante como aquél era probable que una de las salas estuviese habilitada para administrar el tratamiento gerontológico. Y en efecto así era. Una pequeña habitación al fondo de la clínica. No se necesitaba mucho: una IA voluminosa, un pequeño laboratorio, las proteínas y sustancias químicas indispensables, incubadoras, aparatos de resonancia magnética, el equipo de intravenoso. Sorprendente, cuando uno consideraba lo que hacía. Pero la vida misma era sorprendente: nada más que simples secuencias de proteínas al principio, y después allí estaban ellos.

La IA principal tenía el genoma de Ann archivado. Pero si ordenaba al laboratorio que empezara a sintetizar las cadenas de DNA que ella necesitaba (añadiendo la recodificación de los genes HERG y SNC5A) seguramente alguien lo advertiría. Y entonces tendría problemas.

Volvió a su reducida habitación e hizo una llamada codificada a Da Vinci. Pidió a sus colegas que iniciaran la síntesis y ellos accedieron sin hacer más preguntas que las puramente técnicas. A veces amaba a aquellos saxaclones con todo su corazón.

Después de eso, era cuestión de esperar. Las horas pasaron, interminables. Y luego los días, y el estado de Ann no experimentó ningún cambio. La expresión de la doctora se fue tornando cada vez más sombría, aunque no volvió a proponer que desconectaran a Ann. Sax empezó a dormir en el suelo de la habitación de Ann. Llegó a conocer el ritmo de su respiración. Pasaba mucho tiempo con una mano en la cabeza de Ann, como Nirgal había hecho con él, según le había contado Michel. Dudaba de que aquello curase alguna vez a nadie, pero aun así lo hacía. Sentado durante largas horas en aquella actitud, tuvo ocasión de pensar en el tratamiento de plasticidad cerebral que le habían administrado Vlad y Ursula después de la apoplejía. Naturalmente, una apoplejía no era lo mismo que un coma. Pero un cambio mental no tenía por qué ser malo, si la mente de uno sufría atrozmente.

Pasó más tiempo y no se produjo ningún cambio, cada día más lento, confuso y terrible que el anterior. Hacía ya mucho que las incubadoras de los laboratorios de Da Vinci habían cocinado toda una batería de cadenas de DNA específicas de Ann corregidas, con refuerzos antisentidos y enlaces… el tratamiento gerontológico completo en su última versión.

Una noche llamó a Ursula y mantuvo una larga consulta. Ella contestó a sus preguntas con calma, a pesar de no aprobar lo que el pretendía hacer.

—El paquete de estimulación sináptica que te aplicamos provocaría un crecimiento sináptico excesivo en un cerebro no dañado —afirmó con rotundidad—. Alteraría la personalidad de un modo imprevisible. — Creando locos como tú, le indicó su mirada alarmada.

Sax decidió renunciar al suplemento sináptico. Salvarle la vida a Ann era una cosa, cambiarle la mente, otra. El cambio azaroso no era lo que pretendía. Él quería la aceptación, la felicidad, ahora tan lejana, tan inimaginable, que Ann fuese verdaderamente feliz, fuera cual fuese el procedimiento. Le dolía pensar en todo aquello. Cuánto dolor físico podía generar el pensamiento; el sistema límbico era un universo anegado en dolor, como la materia oscura que anegaba el universo.

—¿Has hablado con Michel? —le preguntó Ursula.

—No; buena idea.

Llamó a Michel, le explicó lo que había sucedido y lo que se proponía.

—Dios mío, Sax —dijo Michel, sorprendido. Pero poco después le prometía ir. Le pediría a Desmond que lo llevara en avión hasta Da Vinci para recoger el tratamiento, y luego volarían hasta el refugio.

Sax esperó en la habitación de Ann, con una mano apoyada en la cabeza de ella. Un cráneo lleno de bultos; un frenólogo encontraría abundante materia de estudio.

Michel y Desmond llegaron al fin, sus hermanos, de pie junto a él. La doctora estaba allí, escoltándolos, y la mujer alta y otras; de manera que todo tuvo que ser comunicado a través de miradas, o de la ausencia de miradas. De todas formas, estaba perfectamente claro. El rostro de Desmond era diáfano. Habían traído el paquete de longevidad de Ann. Sólo tenían que esperar que se presentara la oportunidad.

Y se presentó pronto; como Ann estaba en coma, la situación en el hospital era rutinaria. Los efectos del tratamiento de longevidad en un coma, no obstante, no eran del todo conocidos. Michel había estudiado la literatura existente y los datos eran escasos. Había sido empleado experimentalmente en algunos casos de coma sin respuesta y habían conseguido despertar al cincuenta por ciento de los pacientes. Por eso Michel era optimista.

Poco después de su llegada, los tres hombres se levantaron en mitad de la noche y pasaron de puntillas ante la enfermera de guardia dormida en el vestíbulo. La formación médica había tenido el efecto usual, y la mujer dormía profundamente, aunque en una mala posición sobre la silla. Sax y Michel acometieron la conexión de Ann al sistema de infusión intravenosa introduciendo las agujas en las venas del dorso de la mano, trabajando despacio, con cuidado y precisión. En silencio. Poco después el sistema estaba en marcha y las nuevas cadenas de proteínas se incorporaban a la corriente sanguínea. La respiración de Ann se volvió irregular y una oleada de miedo reflejada en calor inundó a Sax. Gimió para sus adentros. Era reconfortante tener a Michel y Desmond allí, agarrándole los brazos, como si trataran de evitar que cayera. Pero ansiaba desesperadamente la presencia de Hiroko. Eso era lo que ella hubiera hecho, estaba seguro, lo cual le hacía sentirse mejor. Hiroko era una de las razones por las que lo estaba haciendo. Sin embargo, ansiaba su apoyo, su presencia física, deseaba que apareciera para ayudarlo, como en Daedalia Planitia. Para ayudar a Ann. Ella era la experta en ese tipo de experimentación humana radicalmente irresponsable, aquello habría sido una menudencia para ella…

Cuando la operación concluyó, retiraron las agujas intravenosas y guardaron el equipo. La enfermera de guardia seguía dormida, con la boca abierta, como la niña que era. Ann aún estaba inconsciente, pero a Sax le pareció que respiraba mejor, con más fuerza.

Los tres hombres la contemplaron. Entonces salieron sigilosamente y regresaron de puntillas a sus habitaciones. Desmond bailaba sobre las puntas de los pies como un loco, y los otros dos lo hicieron parar. Se metieron en las camas pero no pudieron conciliar el sueño, ni tampoco hablar; se quedaron tendidos en silencio, como hermanos en una gran casona después de una exitosa expedición al nocturno mundo exterior.

La mañana siguiente, la doctora entró en la habitación.

—Sus constantes vitales han mejorado. Los tres hombres expresaron su alegría.

Más tarde, en el comedor, Sax sintió la imperiosa necesidad de relatar a Michel y Desmond su encuentro con Hiroko. La noticia significaría para esos dos hombres mucho más que para cualquier otro. Pero temía hacerlo, temía parecer sobreexcitado, incluso alucinado. El momento en que Hiroko lo había dejado en el rover y había desaparecido en la tormenta… no sabía qué pensar. En sus largas horas velando a Ann, había pensado mucho, y había investigado; sabía que no era infrecuente que escaladores terranos, solos en las alturas, por la falta de oxígeno fueran víctimas de alucinaciones en las que veían a compañeros. Una especie de figura doppelganger. El alma al rescate. Y el tubo de aire estaba parcialmente obstruido por el hielo.

Por eso dijo:

—Creo que esto es lo que hubiera hecho Hiroko. Michel asintió.

—Es audaz, lo admito. Es de su estilo. No, no me interpretes mal, me alegro de que lo hicieras.

—Ya era hora, si me lo preguntan —dijo Desmond—. Alguien debería haberla amarrado y obligado a recibir el tratamiento hace mucho tiempo. Oh, Sax, Sax… —Rió de felicidad.— Sólo espero que cuando recupere la conciencia no esté tan loca como tú.

—Pero Sax sufrió una apoplejía —arguyó Michel.

—Bueno —dijo Sax, siempre preocupado por recordar las cosas con exactitud—, en realidad yo ya era un poco excéntrico.

Sus dos amigos asintieron, con los labios apretados. Se sentían muy alegres, aunque la situación seguía siendo incierta. Entonces, la doctora alta entró; Ann había salido del coma.

Sax pensaba que tenía el estómago demasiado agarrotado por la tensión para admitir comida, pero descubrió que estaba dando cuenta de una pila de tostadas con mantequilla con notable facilidad; en realidad, devorándolas.

—Pero se pondrá muy furiosa contigo —señaló Michel.

Sax asintió. Era, ay, muy probable. Una mala perspectiva. No quería que ella le volviera a golpear. O peor aún, que rechazara su compañía.

—Podrías acompañarnos a la Tierra —sugirió Michel—. Maya y yo iremos con la delegación, y también Nirgal.

—¿Es que va a ir a la Tierra una delegación?

—Sí, alguien lo sugirió, y parece una buena idea. Necesitamos tener algunos representantes allí, hablando con ellos. Y para cuando regresemos, Ann ya habrá tenido tiempo de digerirlo.

—Interesante —dijo Sax, aliviado por la mera sugerencia de una escapatoria, y también preocupado al ver con qué velocidad podía pensar en diez diferentes razones por las que debía ir a la Tierra—. Pero ¿qué hay de Pavonis y de esa conferencia de la que hablan?

—Podemos intervenir a través del vídeo.

—Cierto. —Era justo lo que él siempre había dicho.

El plan era atractivo. No quería estar allí cuando Ann despertara, cuando descubriera lo que había hecho. Cobardía, naturalmente. Pero aun así preguntó:

—Desmond, ¿tú también vas?

—No tengo ni una jodida posibilidad.

—Pero dices que Maya va, ¿no es así? —le preguntó a Michel.

—Sí.

—Bien. La última vez que… que yo intenté salvarle la vida a una mujer, Maya la mató.

—¿Qué…? ¿Phyllis? ¿Intentaste salvarle la vida a Phyllis?

—Bueno, no. Es un decir; fui yo quien la puso en peligro, para empezar. Así que no creo que cuente. —Trató de explicar lo que había sucedido aquella noche en Burroughs, pero con escaso éxito. Sus recuerdos eran borrosos, excepto algunos momentos terriblemente vividos.— No importa. No debería haberlo mencionado. Estoy…

—Estás cansado —dijo Michel—. Pero no te preocupes. Maya estará lejos de aquí, y bajo nuestra atenta vigilancia.

Sax asintió. Cada vez sonaba mejor. Le daría tiempo a Ann para enfriarse, para reflexionar, para comprender. Con un poco de suerte. Y sería muy interesante conocer la situación terrana de primera mano. Extremadamente interesante; ninguna persona racional dejaría pasar esa oportunidad.

TERCERA PARTE

Una nueva constitución

Las hormigas llegaron a Marte como parte del proyecto del suelo, y pronto se extendieron por todas partes, como tienen por costumbre. Y fue así como el pequeño pueblo rojo las encontró, y se sorprendió. Fue como cuando los nativos norteamericanos descubrieron el caballo: aquellas criaturas tenían el tamaño apropiado para montarlas. Si las domaban, podrían hacer lo que quisieran.

Domesticar la hormiga no fue un asunto sencillo. Los pequeños científicos rojos ni siquiera creían posible que existieran criaturas semejantes, debido a las limitaciones superficie-volumen. Pero allí estaban, marchando por todas partes con paso firme, como robots inteligentes, de modo que los pequeños científicos rojos se vieron obligados a explicar su presencia. Para orientarse un poco, recurrieron a los libros de texto de los humanos. Conocieron así el papel de las feromonas de las hormigas y sintetizaron las que necesitaban para controlar a las hormigas-soldado de una especie roja, dócil y particularmente pequeña, y después de eso todo fue sencillo. La pequeña caballería roja. Viajaron por todas partes a lomos de las hormigas y lo pasaron en grande, veinte o treinta en cada hormiga, como pachas sobre elefantes. Observen de cerca a las hormigas y los descubrirán, allí arriba.

Pero los pequeños científicos rojos siguieron leyendo los libros y descubrieron las feromonas humanas. Informaron de ello al pequeño pueblo rojo, horrorizados y asombrados. Ahora sabemos por qué los seres humanos traen tantos problemas. No tienen más albedrío que las hormigas sobre las que cabalgamos. Son gigantescas hormigas de carne.

El pequeño pueblo rojo trató de comprender esa parodia.

Entonces una voz les habló a todos ellos a la vez: No, no lo son. Los miembros del pequeño pueblo rojo, como es sabido, se comunicaban telepáticamente, y aquello fue como un anuncio por megafonía telepática. Los humanos son seres espirituales, insistió la voz.

¿Cómo lo sabes?, preguntó el pequeño pueblo rojo telepáticamente.

¿Quién eres? ¿Eres el fantasma de John Boone?

Soy el Gyatso Rimpoche, respondió la voz. La decimoctava reencarnación del Dalai Lama. Estoy recorriendo el Bardo en busca de mi próxima reencarnación. Busqué por toda la Tierra pero no tuve suerte, y decidí explorar un lugar nuevo. El Tíbet sigue bajo el puño chino, que no da señales de querer aflojar. Aunque les tengo un gran cariño, los chinos son unos malditos cabezotas. Y los demás gobiernos del mundo hace mucho que le volvieron la espalda al Tíbet, de modo que nadie desafiará a los chinos. Era necesario hacer algo. Por eso vine a Marte.

Buena idea, dijo el pequeño pueblo rojo.

Sí, coincidió el Dalai Lama, pero debo admitir que me está resultando muy difícil encontrar un nuevo cuerpo para habitar. Para empezar, hay muy pocos niños. Y por otra parte no parece que a nadie le interese mucho. En Sheffield todos están enfrascados en sus conversaciones y en Sabishii no piensan en otra cosa que el suelo. Fui a Elysium, pero allí habían adoptado la postura del loto y no hubo manera de despertarlos. Después, a Christianopolis, pero tenían otros planes. Fui a Hiranyagarba, y allí me dijeron que ya habían hecho suficiente por el Tíbet. He estado por todo Marte, en cada tienda y estación, y en todas partes la gente está demasiado ocupada. Nadie quiere ser el decimonoveno Dalai Lama. Y el Bardo es cada vez más frío.

Buena suerte, dijo el pequeño pueblo rojo. Hemos estado buscando desde que John murió y no hemos encontrado a nadie con quien valiera la pena hablar, y mucho menos vivir en su interior. Esa gente grande está echada a perder.

El Dalai Lama se sintió descorazonado por esta respuesta. Estaba cada vez más cansado, y no podría resistir mucho más en el Bardo. Así que preguntó: ¿Y qué me dicen de uno de ustedes?

Bueno, sí, dijo el pequeño pueblo rojo. Nos sentiríamos honrados. Sólo que tendrá que ser en todos nosotros a la vez. Nosotros hacemos las cosas así, juntos.

¿Por qué no?, dijo el Dalai Lama, y transmigró a una de las pequeñas partículas rojas, y en ese mismo instante estuvo en el interior de todos ellos, por todo Marte. El pequeño pueblo rojo miró a los humanos, que andaban sobre ellos de aquí para allá con gran estrépito, un espectáculo que antes habían contemplado como una mala película, y que ahora, llenos de toda la compasión y la sabiduría de las dieciocho vidas anteriores del Dalai Lama, les hizo exclamar: ¡Ka, vaya!, esta gente está de veras hecha un lío. Antes juzgábamos que estaban muy mal, pero miren eso, es incluso peor de lo que pensábamos. Tienen suerte de no poder leerse las mentes, pues se exterminarían. No obstante se matan unos a otros; y debe de ser porque cada uno sospecha que los demás piensan lo mismo que ellos. Qué desagradable. Qué triste.

Necesitan de la ayuda de ustedes, dijo el Dalai Lama en el interior de ellos. Tal vez ustedes puedan ayudarlos.

Tal vez, dijo el pequeño pueblo rojo. A decir verdad, dudaban. Habían intentado ayudar a los humanos desde la muerte de John Boone: establecieron ciudades enteras en el porche de cada oreja del planeta y hablaron incesantemente desde entonces, con un estilo muy similar al de John, tratando de conseguir que la gente despertara y actuara con decencia. Pero sin ningún resultado fuera de numerosas visitas de los habitantes de Marte a los otorrinolaringólogos. Creían padecer de tinmtus, pero ninguno entendió nunca al pequeño pueblo rojo que habitaba en ellos. Bastaba para descorazonar a cualquiera.

Sin embargo, ahora poseían el espíritu compasivo que el Dalai Lama les infundía, y por eso decidieron intentarlo una vez más. Tal vez será necesario algo más que susurrarles al oído, señaló el Dalai Lama, y todos coincidieron. Tendremos que llamar su atención de algún otro modo.

¿Han probado la telepatía con ellos?, preguntó el Dalai Lama.

Oh, no, dijeron. Es imposible. Demasiado arriesgado. La fealdad de sus pensamientos nos mataría en el acto. O al menos nos pondría muy enfermos.

Puede que no, dijo el Dalai Lama. Si bloquean la recepción de sus pensamientos y se limitan a transmitir, tal vez todo irá bien. Se trata sólo de enviarles grandes cantidades de buenos pensamientos, haces de consejos. Compasión, amor, buena disposición, sabiduría, incluso un poco de sentido común.

Lo intentaremos, dijo el pequeño pueblo rojo. Pero tendremos que gritar al máximo volumen telepático, todos a coro, porque esos tipos no escuchan.

Tropiezo con lo mismo desde hace nueve siglos, dijo el Dalai Lama. Uno se acostumbra. Y ustedes, pequeños, tienen la ventaja del número. Así que inténtenlo.

Y entonces la totalidad del pequeño pueblo rojo, por todo Marte, miró hacia arriba y tomó aliento.

Art Randolph estaba pasándoselo en grande.

No durante la batalla por Sheffield, naturalmente —aquello había sido un desastre, el fracaso de la diplomacia, de todo lo que Art había estado intentando hacer—, unos días terribles durante los cuales había corrido de un lado a otro, insomne, tratando de hablar con cualquiera que pudiera ayudar a aliviar la crisis, y siempre con la sensación de que de algún modo él era el culpable, de que si hubiera hecho las cosas bien, aquello no habría sucedido. La lucha estuvo a punto de abrasar Marte, como en 2061; durante unas horas en la tarde del asalto rojo, habían estado colgando de un hilo, al borde del abismo.

Pero habían retrocedido. Algo, la diplomacia, o los avatares de la batalla (una victoria defensiva para los refugiados en el cable), el sentido común, el puro azar, algo había devuelto a la situación el precario equilibrio.

Y tras aquel intervalo de pesadilla, la gente había regresado a Pavonis con ánimo reflexivo. Las consecuencias del fracaso eran evidentes. Necesitaban consensuar un plan. Muchos radicales rojos habían muerto o huido a las tierras salvajes, y los rojos moderados que permanecían en Pavonis, aunque furiosos, al menos estaban presentes. Les esperaba un período incómodo e incierto. Pero allí estaban.

Una vez más Art empezó a vender la idea de un congreso constitucional. Iba de un lado a otro bajo la gran tienda, a través de un laberinto de almacenes industriales, pilas de suministros y dormitorios de hormigón, recorriendo calles anchas atiborradas de una colección de vehículos pesados digna de un museo, y en todas partes insistía en lo mismo: necesitaban una constitución.

Habló con Nadia, Nirgal, Jackie, Zeyk, Maya, Peter, Ariadne, Rashid, Tariki, Nanao, Sung y H. X. Borazjani, y también con Vlad, Ursula y Marina, y con Coyote. Habló con veintenas de jóvenes nativos que no conocía, todos figuras significativas en los recientes disturbios; había tantos que aquello le pareció un ejemplo de manual de la naturaleza policéfala de los movimientos sociales de masas. Y ante cada cabeza de esta nueva hidra, Art defendía lo mismo:

—Una constitución nos legitimaría a los ojos de la Tierra y nos proporcionaría el marco para solucionar las disputas que nos dividen. Y ya que estamos todos reunidos, podríamos empezar ahora mismo. Algunos ya tienen planes que pueden someterse a estudio. —Con los sucesos de la semana anterior todavía frescos en la memoria, la gente asentía y decía:

«Es posible», y se alejaban, pensativos.

Art llamó a William Fort y le explicó lo que se proponía, y ese mismo día recibió la respuesta. El anciano estaba en una nueva ciudad de refugiados en Costa Rica, y parecía tan distraído como siempre.

—Suena bien —comentó. A partir de ese momento la gente de Praxis empezó a consultar con Art a diario para ver en qué podían ayudar para organizarlo todo. Art estuvo más ocupado que nunca en lo que los japoneses llamaban nema-washi, los preparativos de un acontecimiento: ideó sesiones de estrategia para un grupo organizativo y volvió a hablar con todo el mundo.

—El método de John Boone —comentó Coyote con su risa quebrada—. ¡Buena suerte!

Sax, que empacaba sus pocas pertenencias para la misión diplomática en la Tierra, dijo:

—Deberías invitar a… a las Naciones Unidas.

La aventura en la nieve había tranquilizado un poco a Sax; ahora tendía a observar las cosas que ocurrían alrededor como si estuviera aturdido, como si le hubieran dado un golpe en la cabeza. Art le dijo con amabilidad:

—Sax, se acaba de luchar para echarlos del planeta.

—Sí —dijo Sax, mirando al techo—. Pero ahora podemos cooptarlos.

—¡Cooptar a la UN! —Art consideró la propuesta. Cooptar a las Naciones Unidas; sonaba bien. Sería un reto, diplomáticamente hablando.

Poco antes de que los embajadores partieran hacia la Tierra, Nirgal pasó por las oficinas de Praxis para despedirse. Al abrazar a su joven amigo, un miedo irracional se apoderó de Art. ¡Partía hacia la Tierra!

Nirgal estaba tan alegre como siempre y sus ojos oscuros chispeaban de excitación. Después de despedirse de los demás en la recepción, se sentó con Art en una esquina vacía del almacén.

—¿Estás seguro de que quieres ir? —preguntó Art.

—Del todo. Quiero conocer la Tierra.

Art agitó una mano, sin saber qué decir.

—Además —añadió Nirgal—, alguien tiene que ir allí y mostrarles quiénes somos.

—Nadie mejor que tú para eso, amigo mío. Pero ten cuidado con las metanacionales. Quién sabe lo que andarán tramando. Y vigila la comida… en las zonas afectadas por la inundación es muy probable que tengan problemas de salubridad. Y los vectores infecciosos. Y cuídate de las insolaciones, eres muy sensible…

Jackie Boone entró en la sala y Art interrumpió sus consejos, aunque Nirgal ya no le escuchaba, pues miraba a Jackie con una expresión vacía, como si se hubiera puesto una máscara. Y ninguna podía hacerle justicia, ya que la movilidad del rostro era su característica principal; no parecía él. Jackie advirtió ese cambio al instante. Su antiguo compañero la excluía… y ella le echó una mirada furibunda. Art comprendió que algo se había torcido. Los dos jóvenes parecían haberse olvidado de él, y se habría escabullido de la habitación si hubiera podido, pues se sentía como si sostuviera un pararrayos en medio de una tormenta. Pero Jackie seguía junto a la puerta y Art no se atrevió a moverse.

—Así que nos dejas —le dijo ella a Nirgal.

—Es sólo una visita.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué ahora? La Tierra no significa nada para nosotros.

—Es el lugar del que procedemos.

—No lo es. Procedemos de Zigoto. Nirgal negó con la cabeza.

—La Tierra es el planeta natal. Nosotros somos una extensión de ella aquí. Tenemos que relacionarnos con la Tierra.

Jackie agitó una mano con disgusto, o frustración.

—¡Te vas justo en el momento en que más te necesitamos!

—Míralo como una oportunidad.

—Lo haré —dijo ella bruscamente. Nirgal había conseguido ponerla furiosa—. Y no te gustará nada.

—Pero tendrás lo que quieres.

—¡Qué sabrás tú de lo que yo quiero! —dijo ella con fiereza.

Art sintió que se le erizaba el vello de la nuca; el rayo estaba a punto de caer. Él se habría definido como un indiscreto por naturaleza, casi como un voyeur, pero estar allí no era lo mismo, y descubrió que había algunas cosas que prefería no presenciar. Carraspeó, y el ruido sobresaltó a los dos jóvenes. Pasó junto a Jackie y salió de la habitación. A su espalda las voces se alzaron, amargas, acusadoras, llenas de dolor, frustración e ira.

Coyote miraba con gravedad a través del parabrisas mientras llevaba hacia el sur, al ascensor, a los embajadores que viajarían a la Tierra. Atravesaban despacio los barrios bombardeados que rodeaban el Enchufe, en la zona sudoeste de Sheffield, donde las calles habían sido diseñadas para acomodar enormes contenedores de mercancías; las grúas le daban al conjunto el aspecto ominoso de las construciones de Speer, inhumanas y ciclópeas. Sax le explicaba por enésima vez a Coyote que el viaje a la Tierra no apartaría a los viajeros del congreso constitucional, que ellos participarían a través del vídeo, que no acabarían como Thomas Jefferson en París, perdiéndoselo todo.

—Estaremos en Pavonis —dijo Sax—, en todo sentido necesario.

—Entonces, todo el mundo estará en Pavonis —comentó Coyote en tono lúgubre. El viaje a la Tierra de Sax, Maya, Michel y Nirgal no le hacía ninguna gracia, y tampoco parecía gustarle el congreso constitucional; nada le complacía esos días, estaba nervioso, inquieto, irritable—. Todavía no hemos salido del mal paso —murmuraba—, fíjense bien en lo que digo. Pronto tuvieron delante el Enchufe; el cable emergía negro y reluciente de la gran masa de hormigón, como un arpón clavado en Marte por los poderes terrenales, que lo aferraban con fuerza. Después de identificarse, los viajeros entraron en el complejo y avanzaron por un ancho y recto pasaje que desembocaba en la enorme cámara en la que el cable se encajaba en el anillo del Enchufe y quedaba suspendido sobre una red de pistas. El cable estaba tan exquisitamente equilibrado en su órbita que nunca tocaba Marte; el cabo de diez metros de diámetro flotaba en medio de la sala, y el anillo del techo no hacía sino estabilizarlo; en cuanto al resto, la posición dependía de los cohetes instalados a lo largo del cable y, sobre todo, del equilibrio entre la fuerza centrífuga y la gravedad, que lo mantenía en órbita areosincrónica.

Una hilera de cabinas flotaba en el aire, igual que el cable, aunque por una razón diferente, como suspendidas electromagnéticamente. Una de ellas levitó sobre una pista hasta el cable, se enganchó a la vía empotrada en el costado occidental, ascendió sin ruido y desapareció en el anillo a través de una puerta-válvula.

Los viajeros y sus escoltas salieron del coche. Nirgal estaba ausente, tenía ya la mente en el viaje; Maya y Michel parecían excitados; Sax era el mismo de siempre. Uno por uno abrazaron a Art y Coyote, empinándose hacia Art, inclinándose hacia Desmond. Todos hablaron a la vez, mirándose, tratando de asimilar el momento; sólo era un viaje, pero lo sentían como algo más. Al fin, los cuatro viajeros cruzaron la sala y se perdieron por una escalera de reacción que los llevó a la siguiente cabina del ascensor.

Coyote y Art se quedaron allí y miraron la cabina que flotaba hasta el cable, subía y desaparecía por la puerta-válvula. Una insólita expresión de preocupación, casi de miedo, crispaba el rostro asimétrico de Coyote. Aquél era su hijo, sí, y tres de sus mejores amigos, y viajaban a un lugar muy peligroso. Bueno, sólo era la Tierra, pero Art tuvo que admitir que entrañaba un cierto riesgo.

—Estarán bien —dijo Art, dándole un ligero apretón en el hombro al pequeño hombre—. Serán como estrellas de cine allí. Todo irá bien. — Seguramente sería así. Se sintió mejor tranquilizando a Coyote. Era el planeta natal, después de todo. Los humanos estaban hechos para vivir en él. Estarían bien, era el planeta natal; pero aun así…

En Pavonis Este, el congreso había comenzado.

Era obra de Nadia, en verdad. Ella trabajó en borradores parciales y la gente empezó a unírsele, y el proceso rápidamente adquirió grandes proporciones. Una vez que las reuniones se pusieron en marcha la gente se vio obligada a ir, pues de otro modo se arriesgaban a perder la oportunidad de hablar. Nadia se encogía de hombros si alguien se quejaba de que no estaban preparados, que tenían que organizarse mejor, que necesitaban saber más.

—Vamos —decía ella con impaciencia—. Ya que estamos aquí, manos a la obra.

Un grupo variable de unas trescientas personas empezó a reunirse diariamente en el complejo industrial de Pavonis Este. El almacén principal, diseñado para albergar porciones de pista y vagones de tren, era inmenso, y se instalaron oficinas de paredes móviles contra las paredes, de manera que el espacio central quedase disponible para colocar una colección más o menos circular de mesas mal emparejadas.

—Vaya —exclamó Art cuando las vio—, la mesa de mesas. Naturalmente había quienes querían una lista de delegados para saber a quién podían votar, quién hablaría, etcétera. Nadia, que estaba asumiendo la función de presidente, sugirió que se aceptara cualquier petición para presentarse como delegación, siempre que el grupo solicitante hubiese tenido una existencia tangible antes del comienzo del congreso.

—Podemos mostrarnos bastante receptivos.

Los eruditos constitucionales de Dorsa Brevia coincidieron en que el congreso debía ser dirigido por miembros de las delegaciones votantes, y sus conclusiones sometidas a sufragio popular.

Charlotte, que había colaborado en la redacción del documento de Dorsa Brevia doce años marcianos antes, había estado al frente de un grupo de trabajo, que preparaba planes de gobierno para cuando una revolución triunfara. No eran los únicos que habían tomado una iniciativa así; algunas escuelas de Fossa Sur y de la Universidad de Sabishii habían impartido cursos, y la mayoría de los nativos presentes en el almacén eran jóvenes versados en los temas que se abordaban.

—Da un poco de miedo —le comentó Art a Nadia—. Una revolución triunfa y un puñado de abogados sale de debajo de la mesa.

—Siempre.

El grupo de Charlotte había confeccionado una lista de los delegados potenciales a un congreso constitucional que incluía todos los asentamientos marcianos con una población superior a quinientos habitantes. Por tanto, algunas personas estarían representadas dos veces, señaló Nadia, por lugar de residencia y por afiliación política. Los pocos grupos que no estaban en la lista se quejaron a un nuevo comité, que permitió la inclusión de la mayoría de los solicitantes. Y Art llamó a Derek Hastings e invitó a la UNTA a enviar una delegación; el sorprendido Hastings respondió unos días después afirmativamente. Él mismo acudiría. Después de una semana de maniobras y de resolver muchas cuestiones al mismo tiempo, habían conseguido el consenso necesario para someter a voto la lista de delegados; y puesto que había sido tan inclusiva, fue aprobada casi por unanimidad. Y de pronto tenían un congreso de verdad, en el que participarían las siguientes delegaciones, formadas por entre uno y diez miembros:

Ciudades:

Acheron

Sheffield

Nicosia

Senzeni Na

Cairo

Mirador de Echus

Odessa

Dorsa Brevia

Harmakhis Vallis

Dao Vallis

Sabishii

Fossa Sur

Christianopolis

Rumi

Bogdanov Vishniac

Nueva Vanuatu

Hiranyagarba

Prometheus

Mauss Hyde

Gramsci

Nuevo Clarke

Mareotis

Punto Bradbury

Organización refugiados

Burroughs

Sergei Koroliov

Estación Libia

Cráter DuMartheray

Estación Sur

Reull Vallis

Caravasares sureños

Nuova Bologna

Nirgal Vallis

Montepulciano

Tharsis Tholus

Salientes

Plinto de Margaritifer

Caravasares del Gran Acantilado

Da Vinci

La Liga Elisia

La Puerta del Infierno

Partidos políticos y otras organizaciones:

Booneanos

Rojos

Bogdanovistas

Schnellingistas

Marteprimero

Marte Libre

El Ka

Praxis

Liga Qahiran Mahjari

Marte Verde

Autoridad Transitoria de las Naciones Unidas

Kazake

Redacción de la Revista de estudios Areologicos

Autoridad del Ascensor Espacial

Democratacristianos

Comité de coordinación de la actividad económica metanacional

Neomarxistas boloñesos

Amigos de la Tierra

Biotique

Séparation de l'Atmosphére

Las reuniones generales empezaban por la mañana en torno a la mesa de mesas, y después se formaban numerosos grupitos de trabajo que se trasladaban a las oficinas del almacén o a los edificios cercanos. Todas las mañanas Art entraba en danza temprano y preparaba grandes cantidades de café, kava y kavajava, su favorito. Quizá no fuera una labor importante frente a la magnitud de la empresa que se desarrollaba, pero Art se sentía satisfecho. No dejaba de sorprenderse de que se estuviese celebrando un congreso, y al observar sus dimensiones se decía que ayudar a que se mantuviera en marcha sería su principal contribución. Él no era un experto y no tenía demasiadas ideas sobre lo que la constitución marciana debía incluir. Reunir a la gente era lo suyo, y ya lo había hecho, o lo habían hecho él y Nadia, porque ella se había puesto a la cabeza justo cuando la necesitaban. Era la única de los Primeros Cien en la que todo el mundo confiaba, lo cual le confería una cierta autoridad natural. Sin alboroto, casi inadvertidamente, ella estaba ejerciendo esa autoridad.

Y por eso fue un gran placer para Art convertirse, a todos los efectos, en el ayudante personal de Nadia. Le organizaba el día y hacía lo posible para asegurarse de que transcurriera sin contratiempos. Eso incluía en primer lugar preparar una buena taza de kavajava por la mañana, porque Nadia, como muchos congresistas, necesitaba de aquel empujón inicial hacia la sagacidad y la buena voluntad. Sí, pensaba Art, ayudante personal y dispensador de drogas, ésa era su función en aquel momento de la historia. Y se sentía feliz. Observar a la gente mirando a Nadia era un placer. Y también ver cómo ella devolvía las miradas: interesada, compasiva, escéptica, con una impaciencia súbita si pensaba que alguien le estaba haciendo perder el tiempo, con un destello de interés si le impresionaba una contribución. Y la gente advertía todo aquello, y deseaba complacerla. Intentaban ceñirse a los temas y contribuir a definirlos. Deseaban aquella mirada cálida en particular. Los ojos de Nadia eran en verdad extraños vistos de cerca: castaños, pero sembrados de innumerables partículas amarillas, negras, verdes, azules… Una mirada magnética. Nadia prestaba una profunda atención a las personas, deseosa de dar crédito, de apoyar, de asegurarse de que las opiniones no se perdían en la confusión; incluso los rojos, que la sabían enfrentada a Ann, confiaban en ella, porque no dudaban de que haría escuchar su voz. De manera que el trabajo se aglutinaba en torno a ella, y Art sólo tenía que mirarla trabajar y disfrutar, y ayudar cuando podía. Y los debates empezaron.

Durante la primera semana, muchas de las discusiones buscaban definir una constitución, qué forma debía tomar, y si era necesaria. Charlotte llamaba a esto el metaconflicto, la discusión sobre cuál era el tema de la discusión, algo de suma importancia, le comentó a Nadia cuando ésta miró de reojo con aire desdichado, «porque al definirlo definimos los límites de lo que decidiremos. Si decidimos incluir proposiciones económicas y sociales en la constitución, por ejemplo, eso difiere bastante de si simplemente nos atenemos a las cuestiones políticas o legales, o a una declaración general de principios».

Para ayudar a estructurar este debate, ella y los expertos de Dorsa Brevia habían traído varias «constituciones en blanco», que esbozaban distintos modelos de constitución simplemente cuando se llenaban los espacios en blanco, lo cual no impidió las objeciones de quienes mantenían que los aspectos sociales y económicos de la vida no debían estar sujetos a regulación. Los principales defensores de aquella forma de «estado mínimo» tenían credos muy dispares, constituyendo así un grupo de extraños compañeros de cama: anarquistas, libertarios, capitalistas neotradicionales, algunos verdes… Para los antiestatistas más radicales, designar un gobierno equivalía ya a una derrota, y consideraban que su papel en el congreso era procurar que se aprobara el mínimo de gobierno posible.

Sax supo de estas discusiones en una de las llamadas que hacían cada noche Art y Nadia, y declaró que meditaría seriamente en el tema, como era su costumbre.

—Se ha descubierto que unas pocas reglas simples pueden regular comportamientos muy complejos. Existe un modelo informático clásico para las bandadas de pájaros, por ejemplo, que sólo tiene tres reglas: mantener la distancia mínima entre individuos, no cambiar de velocidad bruscamente y evitar los objetos estacionarios. Esas reglas definen el modelo de vuelo de una bandada con bastante exactitud.

—De una bandada virtual tal vez —se mofó Nadia—. ¿Has observado alguna vez a los vencejos de las chimeneas al anochecer?

Después de una pausa llegó la respuesta de Sax.

—No.

—Bueno, pues échales un vistazo cuando llegues a la Tierra. Mientras tanto, no podemos tener una constitución que diga solamente «no cambien de velocidad bruscamente».

A Art la idea le parecía divertida, pero Nadia no le veía la gracia. No tenía demasiada paciencia para discutir las menudencias.

—¿No es eso el equivalente de permitir que las metanacionales lo dirijan todo? —dijo—. ¿Sería correcto permitirlo?

—No, no —protestó Mijail—. ¡No es eso lo que queremos decir!

—Pues se parece bastante. Y para algunos es una especie de tapadera, un simulacro de principio que en realidad pretende mantener las reglas que protegen sus propiedades y privilegios, y que lo demás se vaya al infierno.

—No, de ninguna manera.

—Entonces deben probarlo en la mesa. Tienen que presentar argumentos, y discutirlos punto por punto.

E insistía tanto, no regañándolos como habría hecho Maya, sino simplemente mostrándose inflexible, que tuvieron que acceder: todo estaba sobre la mesa, al menos para discutirlo. Por tanto las distintas constituciones en blanco tenían su razón de ser, como puntos de partida, y en consecuencia tenían que ponerse a trabajar. Se votó y la mayoría decidió que valía la pena intentarlo.

Y allí estaban, habían salvado el primer escollo. Todos habían acordado trabajar de acuerdo con el mismo plan. Era sorprendente, pensaba Art, que pasaba zumbando de una reunión a otra, lleno de admiración por Nadia. Ella no era una diplomática típica, de ningún modo seguía el modelo de recipiente vacío al que aspiraba Art; pero las cosas se hacían. Nadia tenía el carisma de la sensatez. Cada vez que pasaba junto a ella la abrazaba, le besaba la coronilla; la amaba. Y Art correteaba de aquí para allá con todo ese bienestar y lo derramaba en todas las sesiones que visitaba, atento a cualquier detalle que le indicara cómo mantener las cosas en marcha. Con frecuencia sólo era cuestión de proporcionarle a la gente comida y bebida, de manera que pudieran trabajar todo el día sin volverse irritables.

La mesa de mesas estaba llena a todas horas: jóvenes valkirias de rostros frescos que se alzaban sobre ancianos veteranos curtidos por el sol; todas las razas, todos los tipos; eso era Marte en el año marciano 52, una suerte de naciones unidas defacto a su aire, con toda la susceptibilidad potencial de un cuerpo notoriamente susceptible. Algunas veces, observando los rostros dispares y escuchando la babel de lenguas, Art se sentía casi abrumado por tanta variedad.

—Ka, Nadia —dijo en una ocasión, mientras comían bocadillos y repasaban las notas del día—, ¡estamos intentando redactar una constitución que todas las culturas terranas puedan aceptar!

Ella apartó el problema con un ademán mientras mascaba.

—Ya iba siendo hora —comentó.

Charlotte sugirió que tomaran la declaración de Dorsa Brevia como punto de partida lógico para discutir cuáles serían los contenidos de la constitución. La sugerencia provocó aún más problemas que las constituciones en blanco, porque los rojos y varias delegaciones discrepaban en algunos de los puntos de la vieja declaración, y afirmaban que utilizarla sería encauzar el congreso de manera tendenciosa desde el principio.

—¿Y qué? —dijo Nadia—. Podemos cambiarla palabra por palabra si queremos, pero tenemos que empezar por algún sitio.

Este punto de vista era popular entre la mayoría de los antiguos grupos de la resistencia, muchos de los cuales habían estado presentes en Dorsa Brevia en M-39. La declaración seguía siendo el esfuerzo más fructífero de la resistencia por consignar los puntos de coincidencia generales en los tiempos en que no tenían poder, y parecía adecuado empezar por ahí. Les daba un cierto precedente, una cierta continuidad histórica.

Cuando le echaron una ojeada, sin embargo, descubrieron que la vieja declaración era aterradoramente radical. ¿Nada de propiedad privada? ¿Nada de apropiarse de los excedentes? ¿De verdad habían aprobado todo aquello? ¿Cómo se suponía que iban a funcionar las cosas? Los asistentes estudiaban detenidamente las desnudas declaraciones no vinculantes y sacudían la cabeza. La declaración no se había molestado en definir cómo se alcanzarían todos aquellos nobles objetivos, sólo los había enumerado. El sistema de las tablas de piedra, como Art lo definió. Pero ahora la revolución había triunfado y había llegado el momento de hacer algo en el plano real. ¿Podían mantener conceptos tan radicales como los de la declaración de Dorsa Brevia?

Era difícil saberlo.

—Al menos podemos discutir los puntos —dijo Nadia.

Y además de los puntos, en las pantallas de todos estaban las constituciones en blanco con sus títulos, que sugerían por sí mismos los numerosos problemas a los que tendrían que enfrentarse: «Estructura de gobierno, Ejecutivo; Estructura de gobierno, Legislativo; Estructura de gobierno, Judicial; Derechos de los ciudadanos; Ejército y policía; Sistema tributario; Procedimientos electivos; Legislación sobre propiedad; Sistemas económicos; Legislación medioambiental; Procedimiento para las enmiendas», y así hasta un largo etcétera de páginas en blanco que debían llenar; se hacían juegos malabares en las pantallas, se revolvía, se formateaba, se discutía hasta la saciedad.

—Sólo hay que ir llenando los blancos —cantó una noche Art, mientras miraba por encima del hombro de Nadia un diagrama particularmente inhóspito, que parecía salido de una de las combinatoires alquímicas de Michel. Y Nadia rió.

Los grupos de trabajo se consagraron a los diferentes aspectos del gobierno bosquejado en una de las constituciones en blanco, llamada ahora el blanco de los blancos. Partidos políticos y grupos de interés gravitaban en torno a las cuestiones que más les concernían, y las delegaciones de las numerosas ciudades-tienda eligieron, o recibieron, las restantes áreas. A partir de ahí, era cuestión de ponerse a trabajar.

Por el momento, el grupo técnico del Cráter Da Vinci mantenía el control del espacio marciano. Estaban impidiendo a los transbordadores espaciales atracar en Clarke o aerofrenar en la órbita marciana. Nadie creía que con esa simple acción tendrían garantizada la libertad, pero les proporcionaba un cierto espacio físico y psíquico en el que trabajar; ése era el regalo de la revolución. Se sentían espoleados además por el recuerdo de la batalla por Sheffield; el miedo a una guerra civil había arraigado profundamente en todos. Ann se había exiliado junto con los miembros del Kakaze, y los sabotajes en las tierras del interior eran el pan de cada día. Algunas tiendas se habían declarado independientes, y quedaban aún algunos núcleos de resistencia metanacional; reinaba el desorden general y una sensación de confusión apenas disimulada. Se encontraban en una burbuja de la historia, que podía colapsarse en cualquier momento, y si no actuaban con presteza, se colapsaría. Hablando en plata, había llegado el momento de actuar.

Eso era lo único en que todos estaban de acuerdo, pero era de importancia capital. A medida que pasaban los días, fue surgiendo un grupo de gente laboriosa, reconocible por su voluntad de llevar a cabo el trabajo, por el deseo de terminar párrafos antes que por su posición. Inmersos en el debate general, estas personas perseveraban, guiadas por Nadia, que tenía una habilidad especial para reconocerlas y facilitarles toda la ayuda posible.

Mientras tanto, Art correteaba de un lado a otro, como siempre. Se levantaba temprano y proporcionaba alimentos, bebidas e información concerniente al trabajo que se estaba desarrollando en las diferentes salas. Tenía la impresión de que las cosas marchaban bastante bien. Muchos de los subgrupos se habían tomado muy en serio la responsabilidad de rellenar los apartados en blanco: redactaban y volvían a redactar borradores, se ponían de acuerdo sobre ellos, concepto por concepto, frase por frase. Les alegraba ver aparecer a Art en el curso del día, porque él representaba el descanso, algo de comer, algunos chistes. Uno de los grupos que trabajaban en los aspectos judiciales le pegó unas alas de espuma en los zapatos y lo envió con un mensaje cáustico a un grupo que se ocupaba del ejecutivo y con el que andaban a la greña. Complacido, Art se dejó las alas, ¿por qué no? Lo que estaban haciendo tenía una suerte de absurda majestad, o en todo caso era un majestuoso absurdo: reescribían las reglas, y él volaba de aquí para allá como Hermes o Puck. Volaba durante las largas horas, hasta la noche, y cuando las sesiones se suspendían, al caer la tarde, regresaba a las oficinas de Praxis que compartía con Nadia y comían juntos y comentaban los progresos del día y llamaban a la delegación en viaje hacia la Tierra y conversaban con ellos. Y tras eso, Nadia regresaba al trabajo y se instalaba ante la pantalla, y por lo general acababa durmiéndose allí. Entonces Art regresaba al almacén, y a los edificios y rovers apiñados en torno. Como estaban celebrando el congreso en una tienda de almacenaje, no disfrutaban del mismo marco festivo que reinaba en Dorsa Brevia después de las horas de trabajo; pero los delegados a menudo se quedaban sentados en el suelo de las habitaciones, bebiendo y hablando del trabajo del día o de la reciente revolución. Muchos de ellos ni siquiera se conocían, pero empezaban a hacerlo. Nacían relaciones de todo tipo: amistades, amoríos, enemistades. Era un buen momento para hablar y aprender acerca de lo que en verdad estaba ocurriendo en el congreso diurno; era la otra cara del congreso, la hora social, diseminada por las habitaciones de hormigón. Art la disfrutaba. Y de pronto llegaba el momento en que se dejaba caer contra la pared, abatido por una oleada de somnolencia que a veces ni siquiera le dejaba tiempo ara llegar tambaleándose a la oficina, al sofá contiguo al de Nadia; se dejaba caer en el suelo y allí dormía, y se despertaba tieso de frío y se encaminaba presuroso al baño, tomaba una ducha y de vuelta a las cocinas, a preparar el kava y el java. Sus días se desdibujaban en esa rutina; le parecía glorioso.

En las sesiones sobre las diferentes materias, los participantes se veían obligados a resolver cuestiones de escala. Sin naciones, sin unidades políticas naturales o tradicionales, ¿quién gobernaba qué? ¿Y cómo encontrarían el equilibrio entre lo local y lo global, entre el pasado y el futuro, entre las numerosas culturas ancestrales y la cultura marciana única?

Sax, que estudiaba este problema tenaz desde la nave en tránsito a la Tierra, envió un mensaje en el que proponía que las ciudades-tienda y los cañones cubiertos se convirtieran en las unidades políticas principales: ciudades-estado por encima de las cuales no hubiera otra unidad política mayor que el gobierno global, que se limitaría a regular cuestiones globales. De ese modo, serían locales y globales, pero no habría naciones-estado en medio.

La reacción a esta propuesta fue bastante positiva. Para empezar, tenía la ventaja de que se ajustaba a la situación existente. Mijail, líder del partido bogdanovista, señaló que era una variante de la antigua comuna de comunas, y puesto que la sugerencia había partido de Sax, muy pronto fue conocida como el plan del «laboratorio de laboratorios». Pero el problema de fondo persistía, como se apresuró a señalar Nadia; Sax se había limitado a definir lo local y lo global. Todavía tenían que analizar cuánto poder tendría la confederación global sobre las ciudades-estado semiautónomas. Demasiado, volvían otra vez a un gran estado centralizado, Marte mismo como nación, una perspectiva que la mayoría de las delegaciones aborrecía.

—Pero si es demasiado restringido —declaró Jackie enfáticamente en el seminario sobre derechos humanos—, habrá tiendas que decidan que la esclavitud es admisible, o la mutilación sexual femenina, o cualquier otro crimen basado en la barbarie terrana, excusable en nombre de los «valores culturales». Y eso es inaceptable.

—Jackie tiene razón —dijo Nadia, hecho suficientemente inusual como para llamar la atención de los asistentes—. Afirmar que algún derecho fundamental es ajeno a una cultura… apesta, no importa quién lo diga, fundamentalistas, patriarcas, leninistas, metanacs, cualquiera. No se saldrán con la suya aquí, no si yo puedo evitarlo.

Art advirtió que más de un delegado fruncía el entrecejo ante esta declaración, que sin duda les parecía una versión del secular relativismo de Occidente o hasta del hipernorteamericanismo de John Boone. La oposición a las metanacs incluía a muchos que intentaban preservar viejas culturas, y éstas a menudo mantenían sus jerarquías casi intactas; a los que ocupaban los escalones superiores en esas jerarquías les gustaba esa forma de vida, igual que a un número sorprendentemente elevado de los que ocupaban los escalones inferiores.

Los jóvenes nativos marcianos, sin embargo, parecían sorprendidos de que aquello se discutiese siquiera. Para ellos los derechos fundamentales eran innatos e irrevocables, y cualquier desafío les parecía una más de las cicatrices emocionales que los issei revelaban como resultado de sus traumáticas y disfuncionales educaciones terranas. Ariadne, una de las nativas más prominentes, se levantó para decir que el grupo de Dorsa Brevia había estudiado muchas declaraciones de derechos humanos terranas y que habían confeccionado una lista propia de derechos fundamentales del individuo, que se podía someter a discusión o, insinuó, aprobar sin más. Algunos rebatieron este o aquel punto, pero más o menos de forma unánime se decidió que era necesario tener una declaración de derechos de algún tipo sobre la mesa. De modo que muchos valores imperantes en Marte en el año 52 estaban a punto de ser codificados y pasar a ser el componente principal de la constitución.

La naturaleza exacta de esos derechos era todavía materia de controversia. Los llamados «derechos políticos» en general se consideraban «evidentes»: aquello que los ciudadanos podían hacer libremente, lo que el gobierno tenía prohibido hacer, hábeas corpus, libre circulación, libertad de expresión, de asociación, de religión, prohibición de armamentos… todo esto fue aprobado por una vasta mayoría de nativos marcianos, aunque algunos issei originarios de lugares como Singapur, Cuba, Indonesia, Tailandia y China miraban con recelo tanto énfasis en la libertad individual. Otros delegados tenían reservas sobre una clase distinta de derechos, la de los llamados «derechos sociales o económicos», como por ejemplo el derecho a una vivienda, atención médica, educación, empleo, una parte de los beneficios generados por el uso de los recursos naturales, etcétera. A muchos delegados issei con experiencia real en gobiernos terranos les preocupaba bastante este sector de derechos, y señalaban que era peligroso incluirlos en la constitución. Se había hecho en la Tierra, dijeron, para descubrir que era imposible mantener esas promesas, y la constitución que los garantizaba empezó a verse como un truco publicitario del que todos se burlaban, y que había acabado siendo un mal chiste.

—Incluso así —dijo Mijail con acritud—, si no puedes permitirte tener un hogar, entonces es tu derecho al voto lo que es un mal chiste.

Los jóvenes nativos compartían este parecer, igual que muchos otros. De manera que los derechos económicos o sociales también estaban sobre la mesa, y las discusiones sobre cómo iban a garantizarse en la práctica ocuparon más de una larga sesión.

—Político, social, es todo lo mismo —dijo Nadia—. Hagamos que todos los derechos funcionen.

El trabajo continuaba, tanto alrededor de la gran mesa como en las oficinas donde se reunían los subgrupos. Incluso la UN estaba presente, en la persona de Derek Hastings, que había bajado del ascensor y participaba vigorosamente en los debates; su opinión tenía un peso peculiar. Incluso empezaba a mostrar síntomas del síndrome de Estocolmo, pensó Art: cuanto más tiempo pasaba discutiendo con unos y otros en el almacén, más comprensivo era. Y eso afectaría a sus superiores en la Tierra.

Los comentarios y sugerencias llovían de todo Marte, y desde la Tierra también, llenaban las pantallas que cubrían una de las paredes de la gran sala. El interés por lo que estaba ocurriendo en el congreso era alto, y rivalizaba incluso con la gran inundación de la Tierra en la atención del público.

—La telenovela del momento —le dijo Art a Nadia.

Todas las noches los dos se encontraban en la pequeña oficina y hacían la llamada habitual a Nirgal y los otros. La demora de las respuestas de los viajeros iba aumentando, pero a ellos no les importaba; tenían mucho en qué pensar mientras esperaban.

—El problema local contra global va a ser duro de pelar —comentó Art una noche—. Es una verdadera contradicción, pienso. Me refiero a que no es sólo el resultado de un pensamiento confuso. Queremos desde luego un cierto control global, y sin embargo, queremos también libertad para las tiendas. Dos de nuestros valores fundamentales están en contradicción.

—Tal vez sirva el sistema suizo —sugirió Nirgal unos minutos después—. Eso es lo que John Boone solía decir siempre.

Pero a los suizos de Pavonis la idea no les entusiasmaba lo más mínimo.

—Sería mejor un contramodelo —dijo Jurgen, con una mueca—. Estoy en Marte a causa del gobierno federal suizo. Lo sofoca todo. Necesitas permiso hasta para respirar.

—Y los cantones ya no tienen ningún poder —añadió Priska—. El gobierno federal se lo arrebató.

—En algunos de los cantones eso fue apropiado —señaló Jurgen.

—Más interesante que Berna sería el Graubunden, la Liga Gris — continuó Priska—. Una confederación abierta de ciudades en el sudeste suizo que existía hace cuatrocientos años. Una organización muy provechosa.

—¿Podrías hacernos llegar toda la información disponible sobre ella?

—dijo Art.

La noche siguiente él y Nadia estudiaron las descripciones del Graubunden que Priska había enviado. Bien, durante el Renacimiento los asuntos eran en cierto modo simples, pensó Art. Tal vez se equivocaba, pero por alguna razón los acuerdos extremadamente abiertos de las pequeñas ciudades suizas de montaña no parecían aplicables a las densamente interconectadas economías de los asentamientos marcianos. El Graubunden no había tenido que preocuparse de si generaba cambios no deseados en la presión atmosférica, por ejemplo. No, lo cierto era que se encontraban en una situación nueva. No existía ninguna analogía histórica que pudiera ayudarlos.

—Hablando de lo local contra lo global —dijo Irishka—, ¿qué hay de la tierra que queda fuera de las tiendas y de los cañones cubiertos? —La mujer había emergido como líder de los rojos presentes en Pavonis, una moderada que podía hablar en nombre de casi todas las facciones del movimiento rojo, y que por tanto se había ido convirtiendo en una figura poderosa con el paso de las semanas.— Eso representa el grueso de la tierra de Marte, y en Dorsa Brevia acordamos que no podía pertenecer a nadie, que todos la administraríamos en comunidad. La cosa ha funcionado bien hasta el momento, pero a medida que crezca la población y se construyan nuevas ciudades, va a suponer un problema cada vez más complicado decidir quién la controla.

Art suspiró. Tenía razón, pero la cuestión era demasiado compleja para ser bienvenida. Hacía poco había resuelto concentrar el grueso de su esfuerzo en atacar lo que Nadia y él considerasen el problema pendiente más difícil, y en teoría tendría que alegrarse de haberlo encontrado. Pero ellos eran a veces tan complicados…

Como en este caso. El uso de la tierra, la objeción roja: un nuevo aspecto del problema global-local, pero ostensiblemente marciano. No existían precedentes. Con todo, como seguramente era el problema pendiente más importante…

Art fue a hablar con los rojos. Lo recibieron Marión, Irishka y Tiu, uno de los compañeros de creciente de Nirgal y Jackie en Zigoto, y lo llevaron a su campamento de rovers. Esto alegró a Art, porque significaba que a pesar de su pasado en Praxis lo veían como una figura neutral o imparcial, como él quería ser. Un gran recipiente vacío, lleno de mensajes, que pasaba de unos a otros.

El campamento de los rojos estaba al oeste de los almacenes, en el borde de la caldera. Se sentaron con Art en uno de los espaciosos compartimientos superiores, bajo el resplandor del sol poniente, y hablaron y contemplaron el gigantesco paisaje recortado de la caldera.

—Así pues, ¿qué les gustaría ver en esta constitución? —dijo Art. Bebía el té que le habían ofrecido. Sus anfitriones se miraron, algo sorprendidos. Al fin Marión habló.

—Lo ideal sería que viviésemos en el planeta original, en cuevas de los riscos, o en el borde vaciado de los cráteres. Nada de ciudades ni de terraformación.

—Tendrían que vestir trajes para siempre.

—Eso no nos importa.

—Bien. —Art meditó.— Muy bien, pero empecemos desde este momento. Dada la situación actual, ¿qué les gustaría que ocurriese ahora?

—Que no se terraformara más.

—Que el cable desapareciera y no hubiese más inmigración.

—De hecho no estaría mal que algunos volvieran a la Tierra.

Callaron y lo observaron. Art trató de no dejar traslucir su consternación.

—¿No creen probable que la biosfera continúe desarrollándose por su cuenta a estas alturas? —preguntó.

—No es seguro —dijo Tiu—. Pero si se detiene el bombeo industrial, cualquier desarrollo futuro se produciría mucho más despacio. Tal vez incluso retroceda, como ahora, con la edad glacial que está comenzando.

—¿No es eso lo que algunos llaman ecopoesis?

—No. Los ecopoetas sólo usan métodos biológicos, pero de manera muy intensiva. Nuestro parecer es que todos tienen que suspender su actividad, ecopoetas, industrialistas o lo que sean.

—Pero sobre todo los métodos industriales pesados —dijo Marión—. Y muy especialmente la inundación del norte. Eso es criminal. Volaremos esas estaciones sin importar lo que se decida aquí si no se detienen.

Art señaló la enorme caldera rocosa.

—Las zonas más altas se conservan casi en el mismo estado, ¿no es cierto?

Detestaban tener que admitir que así era, y por eso Irishka dijo:

—Incluso las zonas más altas revelan depósitos de hielo y vida vegetal. No olvides que la atmósfera se eleva mucho aquí. Ningún lugar escapa cuando los vientos son fuertes.

—¿Y si cubriésemos las cuatro grandes calderas con tiendas? — propuso Art—. Para mantener el espacio interior estéril, y la presión atmosférica y la mezcla de gases originales. Serían vastos parques naturales, preservados en su estado primitivo.

—Sólo serían parques.

—Lo sé. Pero tenemos que trabajar con lo que tenemos ahora. No podemos regresar al primer año marciano y recomenzar. Y dada la situación actual, sería bueno conservar tres o cuatro lugares en su estado original, o casi.

—También estaría bien proteger algunos cañones —dijo Tiu, titubeante. Era evidente que no habían considerado esa posibilidad antes, y que tampoco les satisfacía en exceso. Pero la situación presente no se desvanecería como por ensalmo; tenían que empezar desde allí.

—O la Cuenca de Argyre.

—Como mínimo, mantener Argyre seca. Art habló con tono alentador.

—Combinen esa clase de conservación con los límites de la atmósfera fijados en el documento de Dorsa Brevia. Eso supone un techo de respiración de cinco mil metros, y queda infinidad de tierra por encima de ese nivel. No hará desaparecer el océano boreal, aunque nada lo hará a estas alturas. Alguna forma de ecopoesis lenta es lo mejor a lo que pueden aspirar ahora.

Tal vez estaba exponiendo el asunto de una manera demasiado descarnada. Los rojos miraron el fondo de la caldera de Pavonis con expresión de desaliento, sumidos en sus pensamientos.

—Diría que los rojos subirán a bordo —le dijo Art a Nadia—. ¿Cuál crees que es el peor de los problemas pendientes?

—¿Qué? —murmuró ella. Casi se había dormido escuchando el sonido metálico del viejo jazz en su IA—. Ah, Art. —Hablaba en voz baja y sosegada, con un leve pero perceptible acento ruso. Estaba medio tendida en el sofá y había bolas de papel desparramadas a sus pies, en el suelo, piezas de alguna estructura que estaba construyendo. El estilo de vida marciano. Art contempló el rostro oval bajo un casquete de pelo cano y lacio en el que las arrugas de la piel parecían desdibujarse, como si ella fuera un guijarro en la corriente de los años. Abrió los ojos moteados, luminosos y arrebatadores bajo las cejas cosacas. Un rostro hermoso, que miraba a Art totalmente relajado—. El problema siguiente.

—Sí.

Ella sonrió. ¿De dónde venía aquella calma, aquella sonrisa serena? Esos días no parecía preocuparse por nada. A Art le sorprendía, porque se encontraban en la cuerda floja política. Pero no era más que política, no la guerra. Y de la misma manera que durante la revolución Nadia había estado terriblemente asustada, siempre tensa, esperando el desastre, ahora parecía disfrutar de cierta calma, como si pensara: nada de lo que ocurre aquí importa demasiado; jugueteen tanto como quieran con los detalles; mis amigos están a salvo, la guerra ha terminado, lo que queda es una especie de juego, o como el trabajo de construcción, lleno de placeres.

Art rodeó el sofá, se colocó detrás de Nadia y empezó a masajearle los hombros.

—Ah —suspiró ella—. Problemas. Caramba, hay un montón de problemas peliagudos.

—¿Cuáles?

—Me pregunto si los mahjaris serán capaces de adaptarse a la democracia. Me pregunto si todos aceptarán la economía de Vlad y Marina. Si podremos formar una policía decente. Si Jackie intentará crear un sistema con una presidencia fuerte y utilizar la superioridad numérica de los nativos para convertirse en reina. —Miró por encima del hombro y rió al ver la expresión de Art.— Me pregunto muchas cosas. ¿Quieres que siga?

—Mejor que no. Nadia rió.

—Pues tú sí que vas a seguir. Es un masaje muy agradable. Esos problemas… no son tan difíciles. Sólo tenemos que ir a la mesa y seguir machacando. No estaría mal que hablaras con Zeyk.

—De acuerdo.

—Pero no dejes de masajearme el cuello.

Art habló con Zeyk y Nazik esa misma noche, después de que Nadia se quedara dormida.

—¿Qué es lo que piensan los mahjaris de todo esto? Zeyk gruñó.

—Por favor, no hagas preguntas estúpidas —dijo—. Los sunníes están en guerra con los chiítas, el Líbano está devastado, los estados pobres en petróleo aborrecen a los estados ricos en petróleo, los países del norte de África han formado una metanacional, Siria e Irak se odian, Irak y Egipto se odian, todos odiamos a los iraníes, excepto los chiítas, y todos odiamos a Israel, por supuesto, y también a los palestinos. Y aunque yo procedo de Egipto, en realidad soy un beduino, y despreciamos a los egipcios del Nilo, y tampoco nos llevamos demasiado bien con los beduinos del Jordán. Y todo el mundo odia a los saudíes, que son todo lo corruptos que se puede llegar a ser. Así que, si me preguntas qué piensan los árabes, ¿qué puedo decirte? —Y meneó la cabeza con aire sombrío.

—Suponía que la considerarías una pregunta estúpida —dijo Art—. Perdona. Estaba pensando en circunscripciones electorales, es una mala costumbre. A ver qué te parece esto: ¿qué me dices de lo que tú piensas?

Nazik se echó a reír.

—Podrías preguntarle qué piensa el resto de los Qahiran Mahjaris. Lo sabe demasiado bien.

—Demasiado bien —repitió Zeyk.

—¿Crees que aceptarán la sección de derechos humanos? Zeyk frunció el ceño.

—Sin duda, firmaremos la constitución.

—Pero esos derechos… tengo entendido que aún no existe ninguna democracia árabe.

—Hombre… Está Egipto, Palestina… De todas maneras, es Marte lo que nos concierne. Y aquí cada caravana ha constituido su propio estado desde el principio.

—¿Líderes fuertes, líderes hereditarios?

—Hereditarios, no. Fuertes, sí. No creemos que la nueva constitución vaya a poner fin a eso, en ningún lugar. ¿Por qué habría de hacerlo? Tú mismo eres un líder poderoso.

Art rió, incómodo.

—Sólo soy un mensajero. Zeyk sacudió la cabeza.

—Cuéntaselo a Antar. Ahí es adonde tienes que ir si quieres saber lo que piensan los Qahiran. Él es nuestro rey ahora.

Por su expresión parecía que aquello le resultaba amargo, y Art dijo:

—¿Qué crees que quiere él?

—No es más que el juguete de Jackie —musitó Zeyk.

—Diría que eso es un punto en su contra. Zeyk se encogió de hombros.

—Depende de con quién hables —dijo Nazik—. Para los viejos inmigrantes musulmanes, es una mala asociación, porque aunque Jackie es poderosa, ha tenido más de un consorte, y por eso la posición de Antar es…

—Comprometida —sugirió Art, anticipándose a alguna palabra menos caritativa del furioso Zeyk.

—Sí —dijo Nazik—. Pero, por otro lado, Jackie es muy influyente. Y todos aquellos que lideran ahora Marte Libre pueden obtener todavía más poder en el nuevo estado. Y a los jóvenes árabes les gusta eso. Son más nativos que árabes, me parece. Les importa más Marte que el Islam. Desde ese punto de vista, una estrecha asociación con los ectógenos de Zigoto es provechosa. Los ectógenos son vistos como los líderes naturales del nuevo Marte, sobre todo Nirgal, por supuesto, pero como él está en la Tierra se ha producido una cierta transferencia de su influencia a Jackie y su banda. Y por tanto, a Antar.

—Ese chico no me gusta nada —dijo Zeyk. Nazik sonrió a su marido.

—Lo que no te gusta es que hay muchos nativos musulmanes que lo siguen a él y no a ti. Pero ya somos viejos, Zeyk. Ya es hora de retirarnos.

—No veo por qué —objetó Zeyk—. Sí vamos a vivir mil años, ¿qué cambian cien años más o menos?

Art y Nazik se rieron del comentario, y una fugaz sonrisa se dibujó en el rostro de Zeyk. Era la primera vez que Art lo veía sonreír.

En realidad, la edad no importaba. La gente deambulaba de aquí para allá, viejos o jóvenes, o de una edad intermedia, discutían y conversaban, y hubiera sido en verdad extraño que las expectativas de vida influyeran en el curso de esas discusiones.

Y la juventud o la vejez no eran centro de atención del movimiento nativo de todas maneras. Si uno había nacido en Marte, la perspectiva era diferente, areocéntrica de una forma que un terrano ni siquiera podía sospechar, no sólo por el complejo conjunto de areorrealidades que habían conocido desde el nacimiento, sino también a causa de lo que desconocían. Los terranos sabían cuan vasta era la Tierra, mientras que para los nacidos en Marte esa vastedad cultural y biológica era inimaginable. Habían visto las imágenes de las pantallas, pero eso no bastaba. Ésa era una de las razones por las que Art se alegraba de que Nirgal hubiese elegido unirse a la misión diplomática a la Tierra: así sabría contra qué luchaban.

Pero la gran mayoría de los nativos, no. Y la revolución se les había subido a la cabeza. A pesar de su inteligencia en la mesa a la hora de moldear la constitución de manera que los privilegiara, en algunos aspectos básicos eran demasiado ingenuos: no podían ni imaginar las pocas probabilidades que tenían de conseguir la independencia, ni tampoco lo fácil que era perderla. Y por eso estaban presionando hasta el límite, dirigidos por Jackie, que navegaba por el complejo de almacenes tan bella y entusiasta como siempre, ocultando su deseo de poder tras su amor por Marte y su devoción por los ideales de su abuelo, y tras su buena voluntad esencial, rayana en la inocencia, la joven universitaria con el deseo ferviente de que el mundo fuera justo.

O eso parecía. Pero ella y sus colegas de Marte Libre también parecían desear el control de la situación. La población marciana era de doce millones de personas, y siete de esos millones habían nacido allí; y podía afirmarse que casi todos esos nativos apoyaban a los partidos políticos nativos, en particular a Marte Libre.

—Es peligroso —dijo Charlotte cuando Art sacó a relucir el tema durante la reunión nocturna con Nadia—. Cuando tienes una nación formada por un montón de grupos que se miran con recelo, y uno de ellos está en clara mayoría, tienes lo que llaman «votación por censo», en la cual los políticos representan a sus grupos y obtienen sus votos, y los resultados de las elecciones son siempre sólo un reflejo numérico. En esa situación, el resultado se repite una y otra vez, de manera que el grupo mayoritario monopoliza el poder, y las minorías se sienten impotentes y con el tiempo se rebelan. Algunas de las guerras civiles más cruentas de la historia empezaron en esas circunstancias.

¿Y qué podemos hacer? —preguntó Nadia.

—Bien, ya estamos tomando algunas medidas al diseñar estructuras que distribuyen el poder y minimizan los peligros del dominio de la mayoría. La descentralización es importante, porque crea numerosas mayorías locales pequeñas. Otra estrategia es idear un sistema madisoniano de controles y equilibrio, de manera que el gobierno sea algo así como un entrelazamiento de fuerzas en competencia. La denominan poliarquía, y reparte el poder entre el mayor número posible de grupos.

—Creo que en este momento somos demasiado poliárquicos —dijo Art.

—Tal vez. Otra táctica es desprofesionalizar el gobierno. Conviertes una buena parte de la labor gubernativa en una obligación pública, como la de ejercer como jurado, y reclutas por sorteo a ciudadanos corrientes para ocupar los cargos durante períodos cortos. Reciben orientación profesional, pero son ellos quienes toman las decisiones.

—Nunca había oído nada semejante —dijo Nadia.

—Es natural. Se ha propuesto muchas veces, pero nunca se ha llevado a la práctica. Sin embargo, creo que vale la pena considerarlo. Tiende a convertir el poder más en una carga que en una ventaja. Un día recibes una carta y, oh, no, te ha tocado servir dos años en el congreso. Es una lata, pero también es una distinción, la oportunidad de añadir algo al discurso público. El gobierno de los ciudadanos.

—Me gusta —dijo Nadia.

—Otra manera de limitar el abuso de poder de las mayorías es votar mediante alguna versión del sistema electoral australiano, en el que los votantes eligen dos o más candidatos en orden de preferencia, hasta tres opciones. Los candidatos obtienen un número determinado de puntos según el orden que ocupan, de manera que para ganar las elecciones tienen que recurrir a gente que no es de su partido. Eso tiene un efecto moderador en los políticos, y a la larga crea una confianza entre los distintos grupos que no existía antes.

—Interesante —exclamó Nadia—. Como los modillones en un muro.

—Sí. —Charlotte mencionó varios ejemplos de «sociedades terranas fracturadas» que habían remediado sus disensiones internas mediante una estructura gubernamental inteligente: Azania, Camboya, Armenia… Art se sorprendió, pues aquéllos habían sido países muy sangrientos.

—Parece que las estructuras políticas por sí solas pueden lograr mucho —comentó.

—Es cierto —dijo Nadia—, pero nosotros todavía no tenemos que lidiar con todos esos odios. Lo peor que tenemos aquí son los rojos, y han quedado en cierta manera marginados por el grado de terraformación ya alcanzado. Apuesto a que podríamos usar esos métodos para arrastrarlos a participar en el proceso.

Era evidente que las opciones que había descrito Charlotte la habían animado enormemente; al fin y al cabo eran estructuras. Ingeniería imaginaria, que sin embargo se parecía a la ingeniería real. Nadia empezó a teclear en el ordenador, esbozando estructuras como si trabajara en un edificio, con una pequeña sonrisa estirándole la boca.

—Te sientes feliz —musitó Art.

Ella no le oyó. Pero esa noche, durante la conversación por radio con los viajeros, le dijo a Sax:

—Fue muy agradable descubrir que la ciencia política había abstraído algo útil de todos estos años.

Ocho minutos más tarde, llegó al contestación de Sax.

—Nunca entendí por qué la llaman así.

Nadia rió y el sonido de su risa llenó de felicidad a Art. ¡Nadia Cherneshevski, estallando de alegría! Y de pronto Art supo que lo conseguirían.

Art regresó a la gran mesa, dispuesto a afrontar otro problema de difícil solución. Eso le llevó de nuevo a la Tierra. Había un centenar de problemas pendientes, al parecer de poca entidad, hasta que los abordabas y descubrías que eran insolubles. En medio de tantas disputas era difícil distinguir señales de algún acuerdo. En algunos temas, de hecho, parecía que las disensiones se agudizaban. Los puntos centrales del documento de Dorsa Brevia encrespaban los debates; cuanto más los consideraban, más radicales parecían. Muchos pensaban que, aunque había funcionado en el seno de la resistencia, el sistema eco-económico de Vlad y Marina no debía ser incluido en la constitución. Algunos se quejaban porque se inmiscuía en la autonomía local, otros porque tenían más fe en la economía capitalista tradicional que en cualquier nuevo sistema. Antar hablaba a menudo en nombre de este último grupo, y Jackie, sentada junto a él, evidentemente lo apoyaba. Esto, junto con los lazos que lo unían a la comunidad árabe, confería a sus declaraciones mucho peso, y la gente le escuchaba.

—Esta nueva economía que proponen —reiteró un día en la mesa de mesas—, supone una intrusión radical y sin precedentes del gobierno en los negocios.

De súbito, Vlad Taneev se puso de pie. Sobresaltado, Antar dejó de hablar, tratando de averiguar qué pasaba.

Vlad lo miraba con ira. Encorvado, cargado de espaldas, con las espesas cejas enmarañadas, Vlad raras veces hablaba en público; hasta aquel momento no había dicho ni una sola palabra en el congreso. Poco a poco, el almacén fue quedando en silencio y todos lo miraron. Art se estremeció; de todas las mentes de los Primeros Cien, Vlad era quizá la más brillante y, con la excepción de Hiroko, la más enigmática. Ya viejo cuando abandonó la Tierra, muy reservado, había construido los laboratorios de Acheron en seguida y había permanecido allí todo el tiempo que le fue posible, viviendo aislado con Ursula Kohl y Marina Tokareva, otras dos de los grandes primeros. Nadie sabía nada a ciencia cierta sobre ellos tres, eran un caso extremo de la naturaleza insular de algunas personas; pero eso no había puesto fin a los chismes; por el contrario, la gente hablaba de ellos continuamente: decían que Marina y Ursula constituían una pareja y que Vlad era una especie de amigo o de mascota; o que Ursula era la autora casi exclusiva de la investigación del tratamiento de longevidad y Marina de la eco-economía; o que formaban un perfecto triángulo equilátero, que colaboraba en todo lo que salía de Acheron; o que Vlad era un bígamo que utilizaba a sus esposas como portavoces de sus trabajos en los campos independientes de la biología y la economía. Pero nadie sabía nada con seguridad, porque ninguno de los tres hizo nunca un comentario al respecto.

Viéndolo de pie junto a la mesa, sin embargo, uno sospechaba que la teoría de que era un mero comparsa iba del todo desencaminada. Recorrió lentamente la mesa con una mirada intensa y feroz, que los capturó a todos, antes de dirigirse a Antar.

—Lo que acabas de decir sobre gobierno y negocios es absurdo — declaró con frialdad. Era un tono de voz que no se había escuchado demasiado en el congreso hasta ese momento, despectivo—. Los gobiernos siempre regulan qué clase de negocios permiten. La economía es una cuestión legal, un sistema de leyes. Hasta ahora, hemos estado diciendo en la resistencia marciana que la democracia y el autogobierno son derechos innatos de toda persona, y que esos derechos no tienen por qué suspenderse cuando la persona va a trabajar. Tú… —agitó una mano para indicar que no sabía el nombre de Antar— ¿crees en la democracia y la autodeterminación?

—¡Pues claro! —dijo Antar a la defensiva.

—¿Crees que la democracia y la autodeterminación son los valores fundamentales que el gobierno debería fomentar?

—¡Pues claro! —repitió Antar, cada vez más molesto.

—Muy bien. Si la democracia y la autodeterminación son derechos fundamentales, entonces ¿por qué habría de renunciar nadie a ellos cuando entra en su lugar de trabajo? En política, luchamos como tigres por la libertad, por el derecho a elegir a nuestros dirigentes, por la libre circulación, elección del lugar de residencia de trabajo… en suma, por el derecho a controlar nuestras vidas. Y luego nos levantamos por la mañana y vamos a trabajar y todos esos derechos desaparecen. Ya no insistimos en que son nuestros. Y de esa manera, durante la mayor parte del día, volvemos al feudalismo. Eso es el capitalismo, una versión del feudalismo en la que el capital sustituye a la tierra, y los empresarios sustituyen a los reyes. Pero la jerarquía subsiste. Y así, seguimos entregando el fruto del trabajo de nuestra vida, bajo coacción, para alimentar a unos gobernantes que no hacen ningún trabajo real.

—Los empresarios trabajan —dijo Antar con acritud—. Y asumen los riesgos financieros…

—El llamado riesgo del capitalismo es simplemente uno de los privilegios del capital.

—La gestión…

—Sí, sí. No me interrumpas. La gestión es algo real, una cuestión técnica. Pero no puede ser controlada por el trabajo tan bien como por el capital. El capital no es más que el residuo útil del trabajo de los trabajadores del pasado, y puede pertenecer a todos y no sólo a unos pocos. No hay ninguna razón que justifique que una pequeña nobleza posea el capital y los demás tengan que estar a su servicio. Nada justifica que nos den un sueldo para vivir y ellos se queden con el resto de lo que nosotros producimos. ¡No! El sistema llamado democracia capitalista no tenía nada de democrático. Por eso fue tan fácil que se transformara en el sistema metanacional, en el que la democracia se debilitó aún más y el capitalismo se hizo aún más fuerte. En el que el uno por ciento de la población poseía la mitad de la riqueza y el cinco por ciento de la población poseía el noventa y cinco por ciento de la riqueza restante. La historia ha mostrado qué valores eran reales en ese sistema. Y lo más triste es que la injusticia y el sufrimiento causados por él no eran necesarios, puesto que desde el siglo dieciocho han existido los medios técnicos para proveer a todo el mundo de lo necesario para la vida.

»De manera que tenemos que cambiar. Ahora es el momento. Si la autodeterminación es un valor fundamental, si la justicia es un valor, entonces son valores en todas partes, incluyendo el lugar de trabajo en el que pasamos buena parte de nuestras vidas. Eso es lo que se declaraba en el punto cuarto del acuerdo de Dorsa Brevia, que el fruto del trabajo pertenece a quien lo efectúa, y que el valor de ese trabajo no puede serle arrebatado. Declara que los diferentes modos de producción pertenecen a quien los crea y al bienestar común de las futuras generaciones. Declara que el mundo es algo que todos administramos conjuntamente. Eso es lo que dice. Y en nuestros años en Marte hemos desarrollado un sistema económico que puede cumplir todas esas promesas. Ésa ha sido nuestra labor en los últimos cincuenta años. En el sistema que hemos desarrollado, todas las empresas económicas tienen que ser pequeñas cooperativas, propiedad de los mismos trabajadores y de nadie más. Ellos contratan a alguien para gestionarlas o las gestionan ellos mismos. Los gremios industriales y las asociaciones de cooperativas formarán estructuras más amplias necesarias para regular el comercio y el mercado, distribuir el capital y crear créditos.

—Eso no son más que ideas —dijo Antar con desdén—. No son más que utopías.

—De ninguna manera. —De nuevo Vlad lo hizo callar.— El sistema se basa en modelos de la historia terrana, y sus diferentes apartados se han probado en los dos mundos y han tenido bastante éxito. No sabes nada acerca de ellos en parte por ignorancia y en parte porque el mismo metanacionalismo hace caso omiso de todas las alternativas y las niega. Pero gran parte de nuestra microeconomía lleva siglos funcionando con éxito en la región vasca de Mondragón. Diferentes partes de la macroeconomía se han empleado en la pseudometanac Praxis, en Suiza, en el estado indio de Kerala, en Butan, en Bolonia, Italia, y en muchos otros lugares, incluyendo la resistencia marciana. Esas organizaciones fueron las precursoras de nuestra economía, que será auténticamente democrática, lo que el capitalismo nunca intentó ser.

Una síntesis de sistemas. Y Vladimir Taneev era un gran sintetizador; se decía que todos los componentes del tratamiento de longevidad ya existían antes, por ejemplo, y que Vlad y Ursula se habían limitado a unirlos. Y en su trabajo económico con Marina afirmaba haber hecho lo mismo. Y aunque no había mencionado el tratamiento de longevidad en su disertación, sin embargo estaba tan presente como la mesa, un apaño que era un gran logro, parte de las vidas de todos. Art miró los rostros en torno a la mesa y le pareció leer lo que la gente pensaba: caramba, ya lo hizo una vez en el campo de la biología, y funcionó; ¿puede acaso ser más complicada la economía?

Contra ese pensamiento tácito, ese sentimiento inesperado, las objeciones de Antar no parecían gran cosa. Una ojeada al historial del capitalismo metanacional en ese momento no diría mucho a su favor; en el último siglo había precipitado una guerra global, había arruinado la Tierra y destrozado sus sociedades. ¿Por qué no habrían de probar algo nuevo, en vista de esos antecedentes?

Un delegado de Hiranyagarba se levantó e hizo una objeción en el sentido contrario, pues apuntó que parecían estar abandonando la economía del regalo que había regido en la resistencia marciana.

Vlad sacudió la cabeza con impaciencia.

—Creo en la economía de la resistencia, se lo aseguro, pero siempre ha sido una economía mixta. El intercambio de regalos puro ha coexistido con el intercambio monetario, en el cual la racionalidad neoclásica del mercado, que es lo mismo que decir el mecanismo de beneficios, estaba delimitado y contenido por la sociedad, que lo ponía al servicio de valores más elevados, tales como la justicia y la libertad. La racionalidad económica no es el valor más elevado. Es una herramienta para calcular costes y beneficios, una parte más de una ecuación que concierne al bienestar humano. La ecuación mayor es la economía mixta y eso es lo que estamos construyendo aquí. Estamos proponiendo un sistema complejo, con esferas públicas y privadas de actividad económica. Tal vez pidamos que todos entreguen un año de sus vidas al bien público, como en el servicio civil suizo. Ese fondo común de trabajo, además de los impuestos que pagarán las cooperativas privadas por el uso de la tierra y sus recursos, nos permitirá garantizar los llamados derechos sociales que hemos estado discutiendo: vivienda, atención médica, alimentos, educación… cosas que no deberían estar a merced de la racionalidad del mercado. Porque la salute non si paga, como solían decir los trabajadores italianos. ¡La salud no está en venta!

Eso era especialmente importante para Vlad, estaba claro. Y tenía sentido; porque en el orden metanacional la salud había estado en venta, no sólo la atención médica, el alimento y la vivienda, sino también el tratamiento de longevidad, que hasta entonces sólo habían recibido quienes podían pagárselo. En otras palabras, la invención más importante de Vlad se había convertido en propiedad de los privilegiados, la distinción de clase definitiva: larga vida o muerte prematura, una materialización de las clases que casi creaba especies divergentes. No era extraño que estuviese furioso, y que hubiese volcado sus esfuerzos en diseñar un sistema económico que convirtiera el tratamiento de longevidad en una bendición disponible para todos en lugar de una posesión catastrófica.

—Entonces no se dejará nada para el mercado —dijo Antar.

—No, no, no —dijo Vlad, con un gesto aún más irritado—. El mercado existirá siempre. Es el mecanismo mediante el cual se intercambian los bienes y los servicios. La competencia para producir el mejor producto al mejor precio es inevitable y además saludable. Pero en Marte será dirigido por la sociedad de una forma más activa. Los productos esenciales para el soporte vital no serán vehículo de beneficio, y la porción más libre del mercado dejará de lado los productos esenciales y se concentrará en los no esenciales, y las cooperativas de propiedad obrera podrán acometer empresas comerciales arriesgadas, si así lo deciden. Si las necesidades básicas están cubiertas y los trabajadores son los propietarios de sus negocios, ¿por qué no? Lo que estamos discutiendo es el proceso de creación.

Jackie, que parecía molesta por el trato desdeñoso que Vlad dispensaba a Antar, y quizá con la intención de distraer al anciano o de ponerle la zancadilla, dijo:

—¿Y qué hay de los aspectos ecológicos de esa economía a los que solías dar tanto énfasis?

—Son fundamentales —dijo Vlad—. El punto tercero de Dorsa Brevia establece que la tierra, el aire y el agua de Marte no pertenecen a nadie y que nosotros somos los administradores para las futuras generaciones.

Esa administración es responsabilidad de todos, pero en caso de conflictos proponemos la existencia de tribunales medioambientales poderosos, quizá como parte del tribunal constitucional, que estimará los costes reales y totales de las actividades económicas en el medioambiente, y ayudará a coordinar planes para aliviar el impacto.

—¡Pero eso es una economía planificada! —gritó Antar.

—Las economías son planes. El capitalismo planificaba tanto como nosotros, y el metanacionalismo trataba de planearlo todo. Una economía es un plan.

Frustrado y furioso, Antar dijo:

—Eso no es más que el regreso del socialismo. Vlad se encogió de hombros.

—Marte es una nueva totalidad. Los nombres procedentes de anteriores totalidades son engañosos. Se convierten en poco menos que términos teológicos. Hay elementos que podrían llamarse socialistas en este sistema, por supuesto. ¿De qué otra manera eliminar la injusticia de la economía si no? Pero las empresas privadas serán propiedad de quienes trabajen en ellas en vez de ser nacionalizadas, y eso no es socialismo, al menos no el socialismo que se ha intentado practicar en la Tierra. Y todas las cooperativas son negocios, pequeñas democracias dedicadas a un trabajo u otro, todas necesitadas de capital. Habrá un mercado, habrá capital. Pero en nuestro sistema serán los trabajadores los que contratarán al capital, en vez de lo contrario. Eso es más democrático, más justo. Compréndanme, hemos intentado evaluar cada detalle de esta economía según su grado de acercamiento a los objetivos de mayor justicia y mayor libertad. Y la justicia y la libertad no se contradicen tanto como se pretendía, porque la libertad en un sistema injusto no es libertad, ambas emergen a la vez. Y por eso su conciliación es posible. Sólo hay que crear un sistema mejor, combinando elementos cuya compatibilidad está avalada por la experiencia. Ahora es el momento de hacerlo. Nos hemos estado preparando durante setenta años. Y ahora que se ha presentado la oportunidad, no veo razón para arredrarse sólo porque algunos tienen miedo de viejas palabras. Si tienes alguna sugerencia específica de mejora, con gusto la oiremos.

Miró largamente y con severidad a Antar, pero este no habló; no tenía ninguna sugerencia específica.

Un silencio opresivo se hizo en la sala. Era la primera vez en el congreso que uno de los issei apaleaba a un nisei. La mayoría de los issei se decantaban por una línea más sutil. Pero ahora un viejo radical se había puesto furioso y había aplastado a uno de los jóvenes traficantes de poder neoconservadores, que parecían abogar por una nueva versión de una vieja jerarquía, en provecho propio. Un pensamiento cabalmente transmitido por la insistente mirada de Vlad a Antar, llena de repugnancia por el egoísmo reaccionario del joven, por su cobardía ante el cambio. Vlad se sentó; Antar había sido derrotado.

Pero seguían discutiendo. Conflicto, metaconflicto, detalles, cuestiones fundamentales; todo estaba sobre la mesa, incluyendo un fregadero de cocina de magnesio que alguien había instalado en un segmento de la mesa de mesas unas tres semanas después de empezar el proceso.

Y en verdad los delegados presentes en el almacén sólo eran la punta del iceberg, la parte más visible de un gigantesco debate que incumbía a los dos mundos. La transmisión en vivo de cada minuto de la conferencia estaba disponible en todo Marte y en la mayor parte de la Tierra, y aunque la retransmisión en tiempo presente tenía la tediosidad de un documental, Mangalavid confeccionaba un extracto con lo esencial del día que se emitía todas las noches durante el lapso marciano y se enviaba a la Tierra para su distribución. Se convirtió en «el espectáculo más grande de la Tierra», como lo calificó curiosamente un programa norteamericano.

—Tal vez la gente esté harta de la basura televisiva de siempre —le comentó Art a Nadia una noche mientras seguían un breve y extrañamente distorsionado informe de las negociaciones del día en la televisión estadounidense.

—O de la misma basura mundial.

—Sí, es verdad. Quieren algo diferente.

—O quizá están evaluando las distintas opciones de actuación que tienen, y nosotros les servimos como modelo a pequeña escala —sugirió Nadia—. Algo más fácil de comprender.

—Puede ser.

En cualquier caso, los dos mundos observaban, y el congreso, junto con todas sus implicaciones, se convirtió en una telenovela por capítulos, que parecía tener un atractivo adicional para sus espectadores, como si por algún extraño motivo encerrara la clave de sus vidas. Y quizá como resultado de ello, miles de espectadores no se limitaban a mirar: los comentarios y sugerencias afluían a raudales, y aunque a los de Pavonis les parecía improbable que algo de lo que se recibía contuviese una verdad sorprendente que les hubiera pasado inadvertida, todos los mensajes eran leídos por un grupo de voluntarios en Sheffield y Fossa Sur, que pasaron algunas propuestas «a la mesa». Algunos incluso pretendían incluirlas en la constitución final, se oponían a un «documento partidario del estatismo», querían que fuese algo más grande, una declaración de colaboración filosófica o incluso espiritual que expresara los valores, objetivos, sueños y reflexiones de todos.

—Eso no es una constitución —objetó Nadia—, es una cultura. No somos una maldita biblioteca. —Pero los incluyesen o no, los largos comunicados continuaron llegando, desde las tiendas y los cañones y las costas inundadas de la Tierra, firmados por personas, comités, ciudades enteras.

Las discusiones en el complejo de almacenes eran tan dispares como el correo. Un delegado chino se acercó a Art y le habló en mandarín, y cuando hizo una pausa, la IA empezó a hablar con un encantador acento escocés.

—A decir verdad, empiezo a dudar de que hayan estudiado con la debida profundidad la importante obra de Adam Smith Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones.

—Puede que tenga razón —concedió Art, y remitió al hombre a Charlotte.

Muchos de los presentes en el complejo de almacenes hablaban idiomas que no eran el inglés, y confiaban en las IA de traducción para comunicarse con los demás. En un momento dado se mantenían conversaciones en doce idiomas distintos, y la utilización de las IA era intensivo. A Art lo desconcertaban. Hubiera deseado conocer todas esas lenguas, a pesar de que la última generación de traductoras era excelente: voces bien moduladas, vocabularios amplios y precisos, gramática cuidada, una fraseología casi exenta de los errores de los programas anteriores que habían provocado tantas situaciones jocosas. Los nuevos programas eran tan buenos que incluso parecía posible que el dominio del idioma inglés que había creado una cultura marciana casi monóglota empezara a retroceder. Los issei naturalmente habían traído consigo sus idiomas nativos, pero el inglés había sido su lingua franca; por consiguiente, los nisei habían utilizado el inglés para hablar entre ellos, mientras que sus idiomas «primarios» habían quedado relegados a la comunicación con sus progenitores, y así durante un tiempo el inglés se convirtió en la lengua nativa de los nativos. Pero ahora, con las nuevas IA traductoras y el continuo flujo de inmigrantes, que hablaban toda la gama de los idiomas terranos, parecía que las cosas tomaban un nuevo giro, pues los nuevos nisei conservaban sus idiomas primarios y utilizaban las IA como lingua franca en vez del inglés.

La cuestión lingüística revelaba una complejidad en la población nativa que Art no había advertido hasta entonces. Algunos nativos eran yonsei, la cuarta generación o aún más jóvenes, y eran definitivamente hijos de Marte; pero otros nativos de la misma edad eran los hijos nisei de issei recién llegados, y tendían a mantener unos vínculos más estrechos con la culturas terranas de las que procedían, con todo el conservadurismo que ello implicaba. Podía decirse, pues, que entre estos jóvenes nativos había «conservadores» y «radicales», procedentes de viejos colonos. Y esa división sólo ocasionalmente tenía relación con la etnia o la nacionalidad, si es que estas categorías seguían importándole a alguien. Una noche Art, conversando con dos nativos, un defensor del gobierno global y un anarquista que apoyaba cualquier propuesta de autonomía local, les preguntó por sus orígenes. El padre del globalista era medio japonés, un cuarto irlandés y otro cuarto tanzano; su madre era de madre griega y de padre medio colombiano, medio australiano. El anarquista era de padre nigeriano y de madre hawaiana, y tenía una mezcla de ascendencias filipina, japonesa, polinesia y portuguesa. Art los observó con atención: si uno tuviese que pensar en la votación por bloques étnicos, ¿cómo iban a catalogar a personas como aquéllas? Era imposible. Eran nativos marcianos, nisei, sansei, yonsei: sin importar a qué generación pertenecieran, era la experiencia marciana lo que los había moldeado, areoformado, como Hiroko había predicho. Muchos habían elegido cónyuges con sus mismos antecedentes étnicos o nacionales, pero muchos otros, no. Y cualquiera que fuese su procedencia, sus opiniones políticas por lo general no reflejaban esa procedencia (¿cuál podía ser la posición greco-colombiana-australiana?, se preguntaba Art), sino sus experiencias, que por cierto habían sido diferentes: algunos habían crecido en el seno de la resistencia, otros en las grandes ciudades controladas por la UN, y sólo habían tomado conciencia del movimiento de resistencia con los años, o incluso en el momento mismo de la revolución. Esas diferencias los afectaban mucho más que los lugares en que sus antepasados habían vivido.

Art asentía mientras los nativos le explicaban estas cosas, en las fiestas que se prolongaban hasta bien entrada la noche y en las que circulaba profusamente el kava. Los asistentes a ellas estaban cada vez de mejor humor, pues veían que el congreso progresaba. No se tomaban los debates entre los issei demasiado en serio; confiaban en que sus creencias más arraigadas prevalecerían. Marte sería independiente, y gobernado por marcianos, lo que la Tierra quisiera no importaría; lo demás eran matices. Por eso seguían con su trabajo en los comités sin prestar excesiva atención a las disquisiciones filosóficas que se desarrollaban alrededor de la mesa de mesas. «Los perros viejos siguen ladrando», decía uno de los mensajes del gran tablón de anuncios, y parecía expresar una opinión generalizada entre los nativos. Y el trabajo en los comités proseguía.

El gran tablero de anuncios era un buen indicador del talante del congreso. Art leía allí como quien lee los mensajes de las galletas de la fortuna, y de hecho cierto día encontró uno que decía «Te gusta la comida china»; aunque por lo general los mensajes solían tener una mayor carga política. A menudo eran comentarios surgidos en las reuniones: «Ninguna tienda es una isla»; «Si no puedes permitirte tener un hogar, entonces es tu derecho al voto lo que es un mal chiste»; «Mantenga la distancia, no cambie de velocidad bruscamente, no choque contra nada»; «La salute non si paga». Y también había cosas que nadie había dicho: «Haz para los demás»; «Los rojos tienen raíces verdes»; «El mayor espectáculo de la Tierra»; «Ni reyes ni presidentes»; «El Gran Hombre detesta la política»; «En fin, somos el pequeño pueblo rojo».

A Art ya no le sorprendía que lo abordasen personas que hablaban en árabe o hindi o en algún idioma que no reconocía, que lo miraban a los ojos mientras la IA traducía al inglés con acento de la BBC o del Medio Oeste o del funcionariado de Nueva Delhi, expresando un parecer político impredecible. Era alentador, no por la traducción de la IA, que no hacía sino poner distancia, de manera menos extremada que la teleparticipación, pero aun así radicalmente distinta del «hablar cara a cara», sino por la mezcla política, que hacía impracticable el voto por cabeza de delegación o incluso pensar en los distritos electorales corrientes.

Formaban una extraña congregación. Pero el proceso continuó, y todos acabaron por acostumbrarse a él; adquirió esa cualidad de sempiterno que los acontecimientos que se prolongan ganan con el tiempo. Pero cierta noche, ya muy tarde, después de una extravagante conversación traducida durante la cual la IA de la joven interlocutora de Art habló en pareados que rimaban (y él no pudo averiguar en qué idioma hablaba ella), Art regresó a la oficina paseando por los almacenes, rodeó la mesa de mesas, donde todavía se estaba trabajando, a pesar de que ya había pasado el lapso marciano, y se detuvo para saludar a un grupo; y después, perdido el ímpetu, se dejó caer contra una pared lateral, a medias alerta, a medias dormido, pues el agotamiento apagaba el burbujeo del kavajava ingerido. Y volvió a experimentar esa sensación de extrañeza. Fue una suerte de visión hipnagógica. Las sombras se congregaban en las esquinas, innumerables sombras, y había ojos en esas sombras. Formas, como cuerpos inmateriales: todos los muertos y todos los no nacidos estaban en el almacén para ser testigos de aquel momento. Como si la historia fuese un tapiz y el congreso el telar en el que todo estaba cobrando forma, el momento con su milagrosa presencia, y todo su potencial estaba concentrado en los átomos de los participantes, en sus voces. Volvían la vista al pasado y eran capaces de verlo como un largo y único tapiz de acontecimientos entrelazados; y miraban hacia el futuro, incapaces de anticipar nada de lo que les aguardaba allí, aunque las hebras se bifurcaban y mostraban una explosión de posibilidades, y el futuro podía ser entonces cualquier cosa: existían dos clases de inmensidad inalcanzable. Y todos viajaban juntos, del pasado al futuro, a través del gran telar del presente, del ahora: los fantasmas podían observar, desde el pasado y desde el futuro, pero aquél era el momento en que debían entretejer toda la sabiduría que pudiesen reunir para transmitirla a las futuras generaciones.

Podían hacer cualquier cosa. Eso era, en parte, lo que dificultaba que el congreso llegase a una conclusión. Las posibilidades infinitas iban a colapsarse, en el acto de escoger, en la línea única de la historia mundial. El futuro se convertía en el pasado: había algo decepcionante en este paso por el telar, en esta abrupta disminución de infinito a uno, en el colapso de lo potencial en lo real, que era la acción del tiempo. Lo potencial era tan delicioso: podían acceder, potencialmente, a lo mejor de los mejores gobiernos de todos los tiempos y combinar mágicamente todo aquello en una soberbia síntesis nunca vista; o dejar todo a un lado y emprender un nuevo camino hacia el corazón de un gobierno justo… Ir de todo eso a la problemática mundana de la redacción de la constitución era una desilusión necesaria, y la gente, instintivamente, tendía a diferirla.

Por otra parte, era aconsejable que la misión diplomática enviada a la Tierra llegara con un documento definitivo para presentar ante la UN y los pueblos de la Tierra. No podían seguir aplazándolo, tenían que terminar lo que habían empezado; y no para presentar ante la Tierra un gobierno establecido, sino para empezar a vivir la vida después de la crisis, fuere la que fuese.

Nadia era muy consciente de ello, y empezó a exigirse hasta el límite.

—Es hora de colocar la clave del arco —le dijo a Art una mañana. Y desde ese momento se mostró infatigable: se reunía con delegaciones y comités, insistiendo en que debían terminar aquello en lo que estuviesen trabajando, en que lo presentaran a la mesa para decidir sobre su inclusión final. Esta insistencia invariable revelaba algo que hasta entonces no había sido evidente; todos los temas se habían resuelto de manera satisfactoria para la mayoría de las delegaciones. Habían confeccionado algo viable, que agradaba a la mayoría, o que al menos en opinión de la mayoría valía la pena intentar, con procedimientos de enmienda que les permitirían realizar modificaciones más adelante. Los nativos jóvenes en particular parecían felices, estaban orgullosos del trabajo que habían realizado y satisfechos de haber mantenido el énfasis en la semiautonomía local e institucionalizado la forma de vida de la mayoría de ellos bajo la Autoridad Transitoria.

De manera que las numerosas restricciones al gobierno de una mayoría no los inquietaban, a pesar de que ellos eran la mayoría en aquellos momentos. Con el propósito de no parecer derrotados por esa circunstancia, Jackie y su círculo se vieron obligados a simular que nunca habían defendido una presidencia fuerte y un gobierno central; juraban y perjuraban que la idea de un consejo ejecutivo, elegido por un cuerpo legislativo, a la manera suiza, había partido de ellos. Afirmaciones de esta clase se repetían a menudo, y Art las corroboraba gustosamente:

—Sí, lo recuerdo, fue aquella noche, que nos quedamos levantados para ver la salida del sol y nos preguntábamos qué hacer, cuando se les ocurrió esa buena idea.

Buenas ideas por todas partes, que iniciaron la espiral de la clausura. El gobierno global diseñado sería una confederación dirigida por un consejo ejecutivo de siete miembros, elegido por un cuerpo legislativo de dos cámaras. Una rama legislativa, la duma, estaría compuesta por un amplio grupo de representantes elegidos entre la población; la otra, el senado, por un grupo más reducido de representantes de ciudades o pueblos con más de quinientos habitantes. El cuerpo legislativo sería, considerándolo todo, bastante débil; elegiría el consejo ejecutivo y ayudaría a seleccionar los jueces de los tribunales, y se les encomendarían las tareas legislativas de las ciudades. La rama judicial tendría más poder; incluiría no sólo los tribunales penales, sino también una suerte de doble tribunal supremo, una mitad, un tribunal constitucional y la otra, un tribunal medioambiental, y los miembros de ambos cuerpos serían designados por sorteo. El tribunal medioambiental fallaría en las disputas concernientes a la terraformación y otros cambios medioambientales, mientras que el tribunal constitucional decidiría la constitucionalidad del resto de los asuntos, incluyendo leyes ciudadanas recusadas. Un brazo del tribunal medioambiental formaría una comisión de tierras, encargada de supervisar la administración de la tierra, que sería propiedad del conjunto de los marcianos, de acuerdo con el punto tercero del acuerdo de Dorsa Brevia; no existiría propiedad privada, sólo diversos derechos de ocupación regulados mediante contratos de arrendamiento, y la comisión de tierras debía resolver en esas cuestiones. La correspondiente comisión económica funcionaría bajo el tribunal constitucional, y estaría compuesta en parte por representantes de las cooperativas gremiales, que serían creadas para las diferentes profesiones e industrias. Esta comisión supervisaría el establecimiento de una versión de la eco-economía de la resistencia, con empresas sin ánimo de lucro, concentradas en la esfera pública, y empresas con fines lucrativos, gravadas con impuestos, que tendrían límites fijados por ley y serían propiedad de sus trabajadores.

Esta expansión del poder judicial satisfacía el deseo que tenían de un gobierno global fuerte, sin dar a un cuerpo ejecutivo demasiado poder; era además una respuesta al papel heroico jugado por el Tribunal Mundial de la Tierra en el siglo anterior, cuando casi todas las demás instituciones terranas habían sido compradas o se habían hundido bajo las presiones metanacionales; sólo el Tribunal Mundial se había mantenido firme, y había emitido un fallo detrás de otro en favor de los desposeídos de los derechos civiles y de las tierras, en una acción de retaguardia, casi menospreciada y sin duda simbólica, contra los desmanes de las metanacs; una fuerza moral que, si hubiera tenido más dientes, podría haber conseguido mucho. La resistencia marciana recordaba su valentía.

De ahí el gobierno marciano. La constitución contenía una larga lista de derechos humanos, incluidos los derechos sociales; las directrices para las comisiones económica y de la tierra; el sistema australiano de voto para los cargos electivos; una previsión de enmiendas; etcétera. A última hora añadieron al texto de la constitución la vasta colección de materiales que habían acumulado durante el proceso, que llamaron Notas de Trabajo y Comentarios, para ayudar a los tribunales a interpretar el documento principal, e incluía todo lo que las delegaciones habían dicho en la mesa de mesas, lo que se había escrito en las pantallas del complejo de almacenes y lo recibido en el correo.

La mayor parte de las cuestiones peliagudas se habían resuelto, o al menos se las había barrido bajo la alfombra; el asunto pendiente de mayor importancia era la objeción roja. Art intervino, orquestando varias concesiones de última hora a los rojos, como por ejemplo la concertación de numerosas reuniones con los tribunales medioambientales. Esas concesiones fueron denominadas posteriormente el «Gran Gesto». Como respuesta, Irishka, hablando en nombre de todos los rojos que aún intervenían en el proceso político, aceptó la permanencia del cable, que la UNTA estuviera presente en Sheffield, que la inmigración terrana continuara, aunque sujeta a restricciones, y por último que prosiguiera la terraformación, de forma lenta y no agresiva, hasta que la presión atmosférica a seis mil metros sobre la línea de referencia alcanzase los 350 milibares, cifra que sería revisada cada cinco años. Y de esa manera se salvó el escollo rojo, o al menos se limó.

Coyote movió la cabeza al ver el desarrollo de los acontecimientos.

—Después de toda revolución se da un interregno, durante el cual las comunidades se rigen a sí mismas y las cosas funcionan, y entonces llega el nuevo régimen y lo fastidia todo. Creo que ahora se debería visitar las tiendas y los cañones, y preguntarles con toda humildad cómo han estado llevando las cosas estos últimos meses, y entonces tirar esta quimérica constitución y decir adelante.

—Pero si eso es lo que dice la constitución —bromeó Art. Coyote no se rió.

—Hay que ser muy escrupuloso para no reunir el poder en el centro sólo porque uno puede hacerlo. El poder corrompe, ésa es la ley básica de la política. Quizá la única ley.

En cuanto a la UNTA, era difícil saber qué pensaban, porque las opiniones en la Tierra estaban divididas: una facción estrepitosa exigía la reconquista de Marte, y que todos los congresistas de Pavonis fueran encarcelados o colgados. La mayoría de los terranos se mostraba más flexible, sin duda porque seguían muy preocupados por la crisis que se desarrollaba en su propia casa. Por el momento, la UNTA importaba menos que los rojos. Aquél era el espacio que les había proporcionado la revolución a los marcianos. Ahora estaban a punto de llenarlo.

Todas las noches de esa semana final, Art se acostaba con el juicio perturbado por los peros y el kava, y aunque estaba exhausto se despertaba a menudo y se revolvía bajo la fuerza de algún pensamiento aparentemente lúcido que a la mañana había desaparecido o se revelaba descabellado. Nadia dormía tan mal como él, en el sofá contiguo o en la silla. A veces se quedaban dormidos comentando un tema u otro, y se despertaban vestidos y entrelazados, aferrados el uno al otro como niños en una tormenta. El calor de otro cuerpo era el mejor de los consuelos. Y una vez, a la pálida luz ultravioleta que precede al alba, se despertaron y hablaron largamente rodeados por el frío silencio del edificio, en un pequeño capullo de calor y camaradería. Otra mente con la que conversar. De colegas a amigos; de amigos a amantes, quizá, o a algo semejante. Nadia no parecía muy propensa a ningún género de romanticismo; pero Art estaba enamorado, sin ninguna duda, y en los ojos moteados de Nadia centelleaba un nuevo afecto, o así lo creía él. De modo que al término de los largos días de la fase final del congreso yacían en los sofás y hablaban, y ella le masajeaba los hombros, o él a ella, y entonces caían en una especie de coma, derribados por el agotamiento. La aprobación de ese documento generaba en ellos mucha más tensión de la que estaban dispuestos a admitir, excepto en aquellos momentos, abrazados contra el frío mundo exterior. Un nuevo amor; a pesar de que Nadia no era nada sentimental, Art no encontraba otra manera de definirlo. Se sentía feliz.

Y le divirtió, pero no le sorprendió, que una mañana al despertarse, Nadia dijera:

—Sometámosla a voto.

Art habló con los suizos y los expertos de Dorsa Brevia, y los primeros propusieron al congreso la votación de la constitución que tenían sobre la mesa en aquellos momentos: votarían punto por punto, como se había acordado al comenzar. Inmediatamente se produjo un frenético comercio de votos, ante el cual la bolsa terrana pareció un juego de niños. Entretanto los suizos fijaron el sistema que se emplearía en los tres días siguientes: se concedió un voto a cada grupo para los párrafos numerados del borrador de la constitución. Los ochenta y nueve párrafos fueron aprobados, y la enorme colección de «material explicativo» se añadió oficialmente al texto principal.

Después de eso, llegó la hora del sufragio de la población marciana. En Ls 158, el 11 del primer octubre, año marciano 52 (en la Tierra, 27 de febrero de 2128), la población de Marte, los de más de cinco años marcianos, votó mediante la consola de muñeca sobre el documento resultante. Hubo una participación del noventa y cinco por ciento, lo que supuso unos nueve millones de votos. Tenían un gobierno.

CUARTA PARTE

Tierra verde

En la Tierra, mientras tanto, la gran marea lo dominaba todo.

Violentas erupciones volcánicas bajo el casquete de hielo de la Antártida Occidental habían provocado la inundación. La tierra cubierta por el hielo, con un relieve de cuencas y cordilleras semejante al de Norteamérica, se había hundido hasta quedar bajo el nivel del mar debido al peso del hielo. Al iniciarse las erupciones, la lava y los gases fundieron el hielo y originaron vastos desprendimientos de tierra; al mismo tiempo, el agua del océano penetró bajo el hielo en varios puntos de la línea de varado, erosionándola con rapidez. Desestabilizadas y fragmentadas, las banquisas del Mar de Ross y del Mar de Ronne se resquebrajaron y enormes islas de hielo empezaron a alejarse, arrastradas por las corrientes oceánicas. El proceso avanzó acelerado por la turbulencia. En los meses que siguieron a las primeras fracturas importantes, el Mar Antártico se llenó de inmensos icebergs tabulares, y el enorme desplazamiento de agua elevó el nivel del mar en todo el planeta. El agua continuó precipitándose en la cuenca del continente antártico, otrora ocupada por el hielo, y arrancó el hielo restante pedazo a pedazo hasta que el casquete desapareció por completo, reemplazado por un mar poco profundo y agitado por las continuas erupciones submarinas, comparables en severidad a las Deccan trapps de finales del Cretáceo.

Un año después del inicio de las erupciones, la superficie de la Antártida se había reducido casi a la mitad: la Antártida Oriental tenía forma de medialuna y la Península Antártica parecía una Nueva Zelanda helada; en medio, un mar poco profundo, borboteante y salpicado de icebergs. Y en el resto del planeta, el nivel del mar había subido siete metros.

La humanidad no había sufrido una catástrofe natural de tal magnitud desde la última edad glacial, diez mil años antes. Y esta vez no afectaba solamente a unos cuantos millones de cazadores-recolectores nómadas, sino a quince mil millones de hombres civilizados que vivían en un precario edificio sociotecnológico que ya antes corría grave riesgo de derrumbamiento. Todas las grandes ciudades costeras estaban inundadas, y países enteros, como Bangladesh, Holanda y Belice, habían sido anegados. Los infortunados que vivían en esas zonas bajas por lo general habían tenido tiempo de trasladarse a lugares más elevados, porque el vehículo de la calamidad no era un maremoto sino una marea, y allí estaban, entre el diez y el veinte por ciento de la población mundial, refugiados.

Huelga decir que la sociedad humana no estaba preparada para afrontar esa situación. Aun en la mejor de las épocas no habría resultado sencillo, y los primeros años del siglo XXII no habían sido precisamente la mejor de las épocas. La población seguía creciendo, los recursos se agotaban, los conflictos entre pobres y ricos, gobiernos y metanacionales, se recrudecían: el desastre había sobrevenido en medio de una crisis.

Hasta cierto punto, la catástrofe canceló la crisis. Ante la desesperación, las luchas por el poder se recontextualizaron, y muchas resultaron ser imaginarias. Había poblaciones enteras en apuros, y todo lo relacionado con la propiedad y los beneficios palidecía. Las Naciones Unidas surgieron del caos como un ave fénix acuática y se convirtieron en la agencia distribuidora de los vastos recursos destinados a la emergencia: migraciones hacia el interior a través de fronteras nacionales, construcción de refugios, distribución de alimentos y material. Debido a la naturaleza de la labor, al énfasis en el rescate y el alivio, Suiza y Praxis se pusieron a la vanguardia en la colaboración con la UN. La UNESCO regresó de entre los muertos, además de la Organización Mundial de la Salud, India y China, las naciones devastadas mas grandes, ejercieron una poderosa influencia en la situación, porque la manera de afrontar el problema afectaría al resto del mundo. Las demás naciones se aliaron entre sí, y después con la UN, y sus nuevos aliados rechazaron la ayuda del Grupo de los Once y de las metanacionales en esos momentos estrechamente vinculadas a las actividades de la mayoría de los gobiernos del G-11.

En otros aspectos, sin embargo, la catástrofe exacerbó la crisis. Absortas antes en lo que los comentaristas habían dado en llamar metanatricidio, pugnando entre ellas por el dominio de la economía mundial, las metanacionales quedaron en una extraña posición cuando se produjo la inundación. Unos cuantos supercúmulos de metanacionales habían maniobrado para enseñorearse de las naciones industrializadas más importantes y absorber las raras entidades que aún estaban fuera de su control: Suiza, India, China, Praxis, las llamadas naciones del Tribunal Mundial… Ahora, con la mayor parte de la población de la Tierra haciendo frente a los efectos de la inundación, las metanacs luchaban principalmente por recuperar la preponderancia que habían tenido. En la imaginación popular aparecían ligadas a la inundación, unas veces como causa directa, otras, como pecadores castigados, un poco de pensamiento mágico muy conveniente para Marte y las fuerzas antimetanacionales, que intentaban aprovechar la ocasión para hacer pedazos a las metanacs. El Grupo de los Once y el resto de gobiernos industriales previamente asociados con las metanacs luchaban para mantener a sus poblaciones con vida, y por tanto no podían realizar muchos esfuerzos en ayuda de los grandes conglomerados. En todas partes, la gente abandonaba sus ocupaciones para colaborar en los trabajos de emergencia; las empresas propiedad de los trabajadores, al estilo de Praxis, estaban ganando popularidad, pues se hacían cargo de esas tareas y además ofrecían a todos sus miembros el tratamiento de longevidad. Algunas metanacionales consiguieron retener a sus trabajadores reconfigurándose según esa línea. La lucha por el poder continuó en muchos niveles, pero alterada por la catástrofe.

En ese contexto, Marte no les importaba mucho a la mayoría de los terranos. Aunque desde luego seguía proporcionándoles historias entretenidas y muchos maldecían a los marcianos como hijos ingratos que abandonaban a sus padres en la hora de la necesidad. Un ejemplo más de las muchas respuestas negativas a la inundación, que contrastaba con las igualmente numerosas respuestas positivas. Surgían héroes y villanos por todas partes esos días, y muchos veían a los marcianos como las ratas que abandonan el barco que se hunde. Otros los consideraban salvadores en potencia, pero de una manera imprecisa: otra pizca de pensamiento mágico, sin duda. Pero había algo esperanzador en el hecho de que se estuviese formando una nueva sociedad en el mundo vecino.

Mientras, al margen de lo que ocurriera en Marte, la población de la Tierra se esforzaba por hacer frente a la inundación, cuyos efectos incluían ahora rápidos cambios climáticos: las nubes, más densas, reflejaban más luz solar, lo que provocaba un descenso de las temperaturas y lluvias torrenciales, que a menudo arruinaban cosechas más que necesarias y que otras veces caían en lugares donde no eran habituales, como el Sahara, el Mojave, el norte de Chile; de esa manera, la inundación penetraba profundamente en el continente y sus efectos llegaban a todas partes. Y con la agricultura perjudicada por esas nuevas tormentas, el hambre se convirtió en una amenaza, lo que desalentó los propósitos de colaboración, puesto que al parecer el alimento no alcanzaría para todos, y los más cobardes empezaron a acaparar. En la Tierra entera reinaba la confusión, como en un hormiguero removido con un palo.

Ésa era la situación en el verano de 2128: una catástrofe sin precedentes, una crisis universal en marcha. Aquel mundo antediluviano que había quedado atrás como una pesadilla, reaparecía ahora bruscamente, pero en una versión aún más peligrosa. De la sartén al fuego; y algunos intentaban volver a la sartén mientras otros procuraban salir del fuego; y nadie sabía qué ocurriría.

Una abrazadera invisible ceñía a Nirgal, cada día más opresiva que el anterior. Maya gemía y se quejaba, pero Michel y Sax parecían no darle importancia. Michel estaba muy contento con el viaje y Sax concentraba su atención en los informes que le enviaban desde el congreso de Pavonis Mons. Vivían en la cámara rotatoria de la nave Atlantis, y durante los cinco meses de viaje dicha cámara aceleraría hasta que la fuerza centrífuga pasara del equivalente marciano al terrano, que conservaría durante casi la mitad del viaje. El método había sido desarrollado con los años para adaptar a los emigrantes que decidían regresar a casa, los diplomáticos que iban y venían y los pocos nativos marcianos que viajaban a la Tierra. Para todos era muy duro. Un número elevado de nativos había enfermado en la Tierra, y algunos habían muerto. Era importante permanecer en la cámara de gravedad, hacer los ejercicios indicados, ponerse las vacunas.

Sax y Michel hacían gimnasia en las máquinas y Nirgal y Maya se quedaban sentados en los benditos baños, compadeciéndose. Naturalmente, Maya disfrutaba de su miseria, como parecía disfrutar de todas sus emociones, incluyendo la rabia y la melancolía, mientras que Nirgal se sentía de veras mal: el espaciotiempo lo doblegaba con su cada vez más tortuoso torce, y cada célula de su cuerpo aullaba. Le asustaba el esfuerzo que le costaba simplemente respirar, la idea de un planeta tan inmenso. ¡Era casi increíble!

Trató de comunicarle su inquietud a Michel, pero éste parecía absorbido por la expectación, los preparativos, y Sax por los sucesos que se desarrollaban en Marte. A Nirgal le traía sin cuidado el congreso de Pavonis, le parecía que a la larga no tendría ninguna importancia. Los nativos de las tierras del interior habían vivido como habían querido bajo la UNTA, y continuarían haciéndolo bajo el nuevo gobierno. Era muy probable que Jackie se saliera con la suya y consiguiera la presidencia, lo cual ya sería bastante negativo. La relación entre ambos se había enrarecido hasta convertirse en una suerte de conexión telepática que a veces recordaba el antiguo y apasionado vínculo amoroso y otras una rencorosa rivalidad entre hermanos, o acaso las discusiones internas de un yo esquizoide. Tal vez eran gemelos; quién sabía qué clase de alquimia había utilizado Hiroko en los tanques… Pero no, Jackie había nacido de Esther, si es que eso probaba algo. Consternado, sentía a Jackie como su otro yo; un sentimiento que rechazaba, no deseaba la súbita aceleración de su corazón cada vez que la veía. Ésa era una de las razones por las que había decidido unirse a la expedición a la Tierra. Y ahora se estaba alejando de ella a una velocidad de cincuenta mil kilómetros por hora; pero ahí la tenía, en la pantalla, feliz por el desarrollo del congreso y por su intervención. Sin ninguna duda, ella sería uno de los siete integrantes del nuevo consejo ejecutivo.

—Ella cuenta con que la historia seguirá el curso habitual —comentó Maya mientras miraban las noticias sentados en los baños—. El poder es como la materia, tiene una gravedad propia y tiende a concentrarse. El poder local, repartido entre las tiendas… —Se encogió de hombros con un gesto irónico.

—Tal vez sea una nova —sugirió Nirgal. Ella rió.

—Sí, tal vez. Pero la concentración se produce siempre. En eso consiste la gravedad de la historia: el poder se aglutina en torno a un centro, y de cuando en cuando se produce una nova. Después, vuelta a concentrarse. Lo veremos también en Marte, fíjate en lo que digo. Y Jackie estará en el centro… —Estuvo a punto de añadir «la muy zorra», pero se contuvo por respeto a los sentimientos de Nirgal, y lo observó con los ojos entornados, preguntándose qué podría hacer con Nirgal que la favoreciera en la guerra ininterrumpida que mantenía con Jackie. Pequeñas novas del corazón.

Las últimas semanas con una g quedaron atrás, pero Nirgal no se sentía cómodo. Le asustaba el peso opresivo en su respiración y su pensamiento, y le dolían las articulaciones. Veía en las pantallas imágenes del diminuto mármol azul y blanco de la Tierra, que daba un aspecto aún más llano y muerto al botón de la Luna. Pero no eran más que imágenes en una pantalla, no significaban nada para él comparadas con sus pies doloridos y el latido presuroso de su corazón. Y de pronto un día el mundo azul floreció y ocupó las pantallas por completo: el claro contorno, el agua azul punteada por blancos remolinos nubosos, los continentes que asomaban entre las nubes como los pequeños jeroglíficos de un mito a medias recordado: Asia, África, Europa, América.

La rotación de la cámara de gravedad se interrumpió para el descenso final y el aerofrenado. Flotando, Nirgal, que se sentía incorpóreo, semejante a un globo, llegó a una ventana para verlo todo con sus propios ojos. A pesar del cristal y de los miles de kilómetros de distancia, los detalles se advertían con una asombrosa nitidez.

—El ojo tiene tanto poder —le dijo a Sax.

—Humm —murmuró éste, y se acercó a la ventana. Observaron la Tierra azul ante ellos.

—¿Tienes miedo alguna vez? —preguntó Nirgal.

—¿Miedo?

—Ya sabes… —Durante el viaje Sax no había estado en una de sus fases más coherentes; había que explicarle muchas cosas.— Miedo, aprensión. Temor.

—Sí, creo que sí. Tuve miedo, sí, no hace mucho. Cuando me descubrí… desorientado.

—Yo tengo miedo ahora.

Sax lo miró con curiosidad, y luego flotó hasta él y le apoyó una mano en el brazo, un gesto amable insólito en él.

—Estamos aquí —dijo.

Caían, caían. Había diez ascensores espaciales alrededor de la Tierra. Algunos eran lo que llamaban cables desdoblados, que se dividían en dos ramales que tocaban tierra al norte y al sur del ecuador, deplorablemente desprovistos de emplazamientos adecuados para los enchufes. Uno de los cables se bifurcaba hacia Virac, en las Filipinas, y Oobagooma, en Australia occidental, otro hacia Cairo y Durban. El cable por el que descendían ellos se dividía a unos diez mil kilómetros de la superficie terrestre, y la rama norte tocaba tierra cerca de Port of Spain, Trinidad, mientras que la sur lo hacía en Brasil, cerca de Aripuana, una ciudad que había crecido rápidamente en las márgenes de un tributario del Amazonas llamado Theodore Roosevelt.

Ellos tomarían la bifurcación norte, a Trinidad. Desde la cabina del ascensor se dominaba la mayor parte del hemisferio occidental, centrado sobre la Cuenca del Amazonas, donde las venas de agua parda atravesaban los pulmones verdes de la Tierra. Bajaban; en los cinco días que duró el descenso, el mundo fue aproximándose hasta que al fin lo llenó todo a sus pies, y la gravedad aplastante acabó de apresarlos en su puño de hierro y los estrujó sin piedad. La poca tolerancia a la gravedad que Nirgal hubiera podido desarrollar parecía haberse esfumado durante el breve regreso a la microgravedad, y ahora cada aliento suponía un esfuerzo. De pie ante la ventana y aferrado a la barandilla, vislumbró entre las nubes el azul luminoso del Caribe, los verdes intensos de Venezuela. El punto donde el Orinoco desaguaba en el mar parecía una mancha frondosa. El limbo del cielo se componía de bandas curvas de blanco y turquesa, y sobre él, el espacio oscuro. Todo era tan vivido. Las nubes eran como las marcianas, pero más densas y blancas. Tal vez la fuerte gravedad ejercía una presión adicional sobre su retina o sobre el nervio óptico, y por eso los colores aparecían más vivos y latían con tanta violencia. Y los sonidos eran más intensos.

Con ellos viajaban en el ascensor diplomáticos de la UN, asistentes de Praxis, representantes de los medios de comunicación, y todos esperaban que los marcianos les concedieran algo de tiempo para conversar. A Nirgal le costaba un gran esfuerzo prestarles atención. Todos parecían extrañamente ajenos a la posición que ocupaban en el espacio, a quinientos kilómetros de la superficie terrestre y cayendo velozmente.

El último día se hizo interminable. Ya habían entrado en la atmósfera y el cable los depositó en el cuadrado verde de Trinidad, en el enorme complejo de un enchufe ubicado junto a un aeropuerto abandonado cuyas pistas semejaban runas grises. La cabina del ascensor se hundió en la masa de hormigón, deceleró y al fin se detuvo.

Nirgal se soltó de la barandilla y echó a andar con cautela detrás de los otros, sintiendo en cada paso el peso de todo el cuerpo. Una cinta transportadora los depositó en el suelo de un edificio terrano. El interior del enchufe era igual al de Pavonis, incongruentemente familiar, porque el aire era salobre, denso, tórrido, resonante y pesado. Nirgal intentó dejar atrás las salas cuanto antes, deseoso de ver al fin el exterior. Mucha gente lo seguía, lo rodeaba, pero los asistentes de Praxis acudieron en su ayuda y le abrieron un pasillo entre la creciente multitud. El edificio era inmenso y por lo visto había perdido la oportunidad de tomar un tren subterráneo para salir. Pero delante veía una puerta luminosa. Mareado por el esfuerzo, la franqueó y salió a un resplandor cegador, una blancura inmaculada que apestaba a sal, vegetación, brea, estiércol, especias… como un invernadero desquiciado.

Los ojos se le fueron acomodando a la luz. En el cielo lucía un azul turquesa, como el de la franja central del limbo visto desde el espacio, pero más claro, que blanqueaba sobre las colinas y se acercaba al color del magnesio alrededor del sol. Unos puntos negros flotaban aquí y allá y el cable se elevaba hacia el cielo. El resplandor era demasiado intenso para mirar hacia arriba. Colinas verdes en la distancia.

Avanzó trastabillando hasta el coche descubierto que le indicaban, una antigualla pequeña y redonda con neumáticos de caucho. Un descapotable. Se quedó de pie en el asiento trasero, entre Maya y Sax, para ver mejor. Bajo la luz cegadora esperaban miles de personas, con pasmosos atavíos: sedas fluorescentes, rosados, púrpuras, verdes tornasolados, dorados, joyas, plumas, tocados varios…

—Es Carnaval —le explicó alguien desde el asiento delantero—; nos ponemos disfraces en Carnaval y también el Día del Descubrimiento, el día en que Colón llegó a la isla. Lo celebramos hace sólo una semana, y decidimos prolongar las fiestas hasta su llegada.

—¿En qué fecha estamos? —preguntó Sax.

—¡El día de Nirgal! Once de agosto.

El coche avanzó despacio por las calles atestadas de gente que aclamaba. Un grupito, vestido con las ropas que los nativos utilizaban antes de la llegada de los europeos, gritaba desaforadamente. Bocas rosadas y blancas en rostros cobrizos. Todos cantaban, y las voces mismas eran musicales. Los lugareños que iban en el coche hablaban como Coyote, y entre el público había quienes llevaban máscaras con el rostro de su padre, el rostro quebrado de Desmond Hawkins contraído en expresiones que ni siquiera él podría igualar. Y las palabras; Nirgal creía que en Marte había oído todas las posibles deformaciones del inglés, pero costaba seguir el discurso de los trinitarios; el acento, la dicción, la entonación… no sabría decir por qué. Sudaba profusamente pero seguía teniendo mucho calor.

El coche, incómodo y lento, avanzó entre muros de personas hasta llegar frente a un acantilado bajo. Más allá se extendía el barrio portuario, ahora anegado. Una sucia espuma se mecía y rodeaba los edificios; todo un barrio convertido en una piscina. Las casas semejaban gigantescos mejillones dejados al descubierto por la marea; algunas estaban medio derruidas y las olas entraban y salían por las ventanas; entre las casas había barcas de remos. Las barcas mayores estaban amarradas a farolas y postes de la electricidad más allá, donde desaparecían las construcciones. Más lejos aún, los barcos de pesca cabeceaban en el azul calcinado por el sol, con las velas tensas. Unas colinas verdes se elevaban a la derecha, formando una gran bahía abierta.

—Las barcas de pesca pueden navegar por las calles, pero las embarcaciones grandes amarran en los muelles de la bauxita, en Punto T; ¿alcanzan a verlo allá a lo lejos?

Cincuenta tonalidades distintas de verde en las colinas. Escamas y flores desparramadas por la carretera, plata y carmesí. Las palmeras, con la mitad del tronco bajo las aguas, habían muerto, y sus melenas marchitas amarilleaban. Marcaban la línea de la marea. Por encima de ella, el verde lo dominaba todo. Calles y edificios arrebatados por el hacha al mundo vegetal. Verde y blanco, como en su visión infantil, pero allí los dos colores primarios estaban separados, contenidos en un huevo azul de mar y cielo. ¡Estaban apenas por encima de las olas y sin embargo el horizonte estaba tan lejos! Una evidencia inmediata de la talla de aquel mundo. No le extrañaba que hubiesen creído que la Tierra era plana. El batir constante de las aguas espumosas en las calles, tan audible como las aclamaciones de la multitud, lo llenaba todo.

De pronto el olor de la brea predominó en el hedor.

—Vaciaron el lago de la Pez, junto a La Brea, y sólo quedó un agujero negro y un pequeño estanque que utilizamos los lugareños. El olor que ha traído el viento es el de una nueva carretera que bordea el agua.

Una carretera de asfalto en la que reverberaban espejismos. Gentes de cabellos negros se amontonaban en las márgenes de aquella carretera negra. Una joven se encaramó al coche para ponerle un collar de flores. El dulce perfume humano contrastaba con la irritante atmósfera salobre. Perfume e incienso, perseguidos por el tórrido viento vegetal, asfalto y especias. ¡El sonido metálico de los tambores, tan familiar en medio de los demás ruidos! ¡Allí tocaban música marciana! Los tejados del barrio anegado a su izquierda sostenían ahora unos patios destartalados. El hedor era semejante al de un invernadero corrompido: plantas podridas, una atmósfera opresiva y caliente, y un talco luminiscente que lo incendiaba todo. Tenía el cuerpo empapado de sudor. La gente aclamaba desde los tejados, desde las barcas, y el agua estaba cubierta de flores que la marea arrastraba de aquí para allá, y los cabellos de color azabache brillaban como quitina o joyas. En un muelle flotante de madera se amontonaban varias bandas musicales que tocaban diferentes melodías a la vez. Alfombras de escamas de pescado y pétalos de flores, puntos plateados, carmesíes y negros que flotaban. Las flores arrojadas por el gentío, arrastradas por el viento, ponían pinceladas de color en el cielo: amarillos, rosados y rojos. El conductor se volvió para hablarle, olvidándose al parecer de la carretera.

—Están oyendo a los dugla tocando música soaka, música de cacerolas. Una competición muy reñida, son las cinco mejores bandas de Port of Spain.

Cruzaron un barrio decrépito, evidentemente antiguo, de edificios con ladrillos desintegrados, coronados por techos de metal ondulado, o incluso de paja, todos antiquísimos, y pequeños, como sus ocupantes de piel cobriza.

—La zona de los hindúes, los negros de la ciudad. T y T los mezcla, eso es dugla.

La hierba cubría el suelo y aparecía en las grietas de las paredes, en los tejados, en los baches, en cualquier sitio que no hubiese sido alquitranado recientemente: una pujante marea de verde que se derramaba sobre la superficie del mundo, ¡presente hasta en el aire denso!

Dejaron atrás el viejo barrio y salieron a un ancho bulevar asfaltado flanqueado por grandes árboles y altos edificios de mármol.

—Los rascacielos de las metanacs parecían enormes cuando los construyeron, pero nada llega tan alto como el cable.

Sudor amargo, humo dulzón, el verde resplandeciente… tuvo que cerrar los ojos para no marearse.

—¿Se encuentra bien? —Los insectos zumbaban y el aire era tan tórrido que no podía determinar su temperatura, había desbordado su escala personal. Se sentó pesadamente entre Sax y Maya.

El coche se detuvo. Volvió a ponerse de pie con esfuerzo, y bajó del vehículo. Estuvo a punto de caer, porque todo oscilaba. Maya lo agarró del brazo. Nirgal se oprimió las sienes, respirando por la boca.

—¿Estás bien? —preguntó ella con brusquedad.

—Sí —contestó Nirgal y trató de asentir moviendo la cabeza.

Se encontraban en un complejo de toscos edificios nuevos. Madera sin pintar, hormigón, tierra apisonada cubierta ahora de pétalos aplastados. Gente por todas partes, la mayoría con disfraces de carnaval. El escozor del sol en los ojos no desaparecía. Lo condujeron a una tarima de madera, desde la que se dominaba el ruidoso gentío.

Una hermosa mujer de pelo negro, vestida con un sari verde ceñido por una faja blanca, presentó a los cuatro marcianos a la multitud. Las colinas que tenían detrás oscilaban como llamas verdes en el fuerte viento del oeste; hacía más fresco ahora y el aire se había llevado parte del hedor. Erguida ante micrófonos y cámaras, Maya parecía haber recuperado la juventud: empleaba frases cortas y tajantes que la muchedumbre recibía con vítores, una antífona, llamada y respuesta, llamada y respuesta. Una estrella de los medios de comunicación ante los ojos del mundo entero, carismática sin esfuerzo, que desarrollaba lo que a Nirgal le parecía el mismo discurso pronunciado en Burroughs en el momento álgido de la revolución, cuando había conseguido reunir a la muchedumbre en Princess Park.

Michel y Sax declinaron hablar y le indicaron a Nirgal que se enfrentara a la multitud y las verdes colinas que los elevaban hacia el sol. Durante un rato se quedó allí de pie, incapaz de escuchar sus pensamientos. Estática de vítores. El sonido denso en el aire aún más denso.

—Marte es un espejo —dijo al fin— en el que la Tierra contempla su propia esencia. El tránsito a Marte fue purificador, significó despojarse de todo lo que no era importante. Lo que llegó a Marte era terrano hasta la médula, y lo que ha ocurrido desde entonces ha sido la expresión del pensamiento y los genes terranos. Y por eso, más que la ayuda material, metales escasos o nuevas cepas genéticas, nuestra mayor contribución al planeta natal es servirle como espejo para que se vea a sí mismo. Proporcionarle un medio de cartografiar su inimaginable inmensidad. De esa manera aportamos nuestro pequeño grano de arena para crear la gran civilización a punto de saltar a la existencia. Somos los seres primitivos de una civilización desconocida.

Ovación.

—O al menos así lo vemos nosotros en Marte… una larga evolución a través de los siglos hacia la justicia y la paz. A medida que aprendemos, comprendemos mejor que dependemos de los demás. En Marte hemos descubierto que la mejor manera de expresar esa interdependencia es vivir para dar, en una cultura de compasión, en la que toda persona es libre e igual a los ojos de los demás, y todos trabajando para el bien común. Esa labor es la que nos da la libertad. Ninguna jerarquía es digna de consideración sino ésta: cuanto más damos, más grandes nos hacemos. Ahora, en medio de una gran marea y espoleados por ella, contemplamos el florecimiento de esta cultura de compasión que emerge en ambos mundos a la vez.

Se sentó en medio de un ruido atronador. Se habían acabado los discursos y estaban ahora en una especie de conferencia de prensa pública, respondiendo a las preguntas que formulaba la hermosa mujer del sari verde. Nirgal contestaba preguntando a su vez, sobre el lugar en que se encontraban y sobre la situación de la isla en general. Y ella respondía con el fondo de chachara y risas de la muchedumbre, que seguía observándolo todo detrás del muro de reporteros y cámaras. La mujer resultó ser la primera ministra de Trinidad y Tobago. La pequeña nación integrada por las dos islas había soportado el dominio de la metanac Armscor durante la mayor parte del siglo anterior, explicó la ministra, y sólo después de la inundación habían podido romper esa asociación «y todo lazo colonial al fin». ¡Con qué entusiasmo acogió la muchedumbre esta declaración! Y qué sonrisa la de la hermosa mujer dugla, llena de la alegría de toda una sociedad.

Se encontraban en uno de los numerosos hospitales de emergencia construidos en las islas después de la inundación. Los isleños habían erigido esos hospitales como primera manifestación de su condición de emancipados, y los centros de ayuda a las víctimas de la marea, donde se les proporcionaba vivienda, trabajo y atención médica, incluyendo el tratamiento de longevidad, habían aparecido por doquier.

—¿Todos reciben el tratamiento? —preguntó Nirgal.

—Sí —contestó la ministra.

—¡Estupendo! —exclamó Nirgal, sorprendido; había oído decir que eso era raro en la Tierra.

—¿Eso cree? —dijo la ministra—. La gente piensa que traerá demasiados problemas.

—Sí, es cierto. Pero opino que debemos hacerlo de todos modos. Proporcionar el tratamiento a todo el mundo y luego ya se nos ocurrirá qué hacer.

Pasaron un par de minutos antes de que pudieran oír algo más que el clamor ensordecedor de la multitud. La primera ministra intentó acallarlos, pero un hombre de corta estatura con un elegante traje de color tostado salió del grupo que había detrás de la ministra y proclamó por el micrófono:

—¡Nirgal, este hombre de Marte, es un hijo de Trinidad! ¡Su padre, Desmond Hawkins, el Polizón, el Coyote de Marte, es de Port of Spain, y todavía tiene muchos familiares allí! ¡Armscor compró la compañía petrolífera e intentó hacer lo mismo con la isla entera, pero eligieron la isla equivocada! ¡Tu Coyote no sacó su temple del aire, Maistro Nirgal, lo sacó de T y T! ¡Ha estado deambulando por Marte enseñando nuestra forma de vida, y los marcianos son ahora dugla, entienden esa manera de ser y la han extendido por todo Marte! ¡Marte es Trinidad Tobago en grande!

Se alzó una ovación y, siguiendo un impulso, Nirgal se acercó y abrazó al hombre, de sonrisa prodigiosa. Después localizó las escaleras y bajó a reunirse con la gente, que se apretó a su alrededor. La amalgama de fragancias le impedía respirar. Empezó a estrechar manos. La gente lo tocaba, y ¡qué expresión en las miradas! Todos eran más bajos que él y reían, y cada rostro era un mundo. De pronto unas manchas negras aparecieron ante sus ojos y todo se oscureció; miró alrededor, sobresaltado: sobre una oscura franja de mar, hacia el oeste, había aparecido un denso banco de nubes, y la vanguardia de la formación había cubierto el sol. Mientras continuaba mezclándose con la multitud, las nubes se abatieron sobre la isla. La gente se dispersó en busca del refugio de árboles, terrazas y la gran marquesina de hojalata de una parada de autobús. Maya, Sax y Michel habían desaparecido entre sus muchedumbres particulares. Las nubes, de vientres gris oscuro, se alzaban en blancos remolinos, sólidos como la roca pero fluidos, proteicos. Se levantó un viento frío y los goterones empezaron a picotear la tierra, y dieron cobijo a los cuatro marcianos bajo el techo de un pabellón abierto.

Y entonces empezó a diluviar, y Nirgal se encontró frente a un espectáculo que jamás había presenciado: del cielo caían rugientes cataratas de lluvia que salpicaban de explosiones líquidas los arroyos que se habían formado rápidamente en el suelo; el mundo fuera del pabellón se desdibujaba, se reducía a las manchas de color, verdes y pardas, de una acuarela. Maya sonreía:

—¡Es como si el océano nos estuviera cayendo encima!

—¡Cuánta agua! —exclamó Nirgal.

La primera ministra se encogió de hombros.

—Ocurre cada día durante el monzón. Ahora llueve más que antes, y ya entonces teníamos demasiada agua.

Nirgal asintió con un movimiento de cabeza y una punzada le atravesó las sienes. El dolor de respirar en el aire húmedo. Se estaba ahogando.

La primera ministra estaba explicándoles algo, pero a Nirgal la cabeza le dolía tanto que apenas podía seguirla. Cualquier miembro del movimiento independentista podía unirse a una filial de Praxis, y durante el primer año su trabajo consistía en construir centros de ayuda de emergencia como aquél. Con el ingreso en Praxis se adquiría el derecho al tratamiento de longevidad, que era administrado en los nuevos centros. Los implantes para el control de natalidad podían hacerse al mismo tiempo; eran reversibles, pero con el tiempo se convertían en permanentes. Muchos se los hacían como contribución a la causa.

—Los bebés vendrán más tarde, decimos. Ya habrá tiempo.

La gente deseaba unirse a ellos; casi todo el mundo lo había hecho ya. Armscor se había visto obligada a imitar el proceder de Praxis para conservar algunos trabajadores, y por eso ya poco importaba a qué organización se perteneciera; en Trinidad todas eran lo mismo. Los que acababan de recibir el tratamiento se dedicaban a construir más alojamientos, a trabajar en la agricultura o a la fabricación de equipamiento para hospitales. Trinidad ya era próspera antes de la inundación, como resultado de la explotación de las vastas reservas de petróleo y la inversión de las metanacs en el enchufe del cable. Una tradición progresista había puesto las bases de la resistencia en los años previos a la inoportuna llegada de la metanac. Ahora una creciente parte de la infraestructura estaba dedicada al proyecto de longevidad. La situación prometía. Cada campamento tenía su lista de espera para el tratamiento, y ellos mismos construían los lugares donde les sería administrado. Naturalmente, la población defendía con uñas y dientes esas infraestructuras. Aunque Armscor lo hubiese querido, habría sido muy difícil para sus fuerzas de seguridad apoderarse de los campamentos. Y de haberlo conseguido, no habrían encontrado nada de valor para ellos, puesto que ya habían recibido el tratamiento. Es decir, podían perpetrar un genocidio si querían, pero aparte de eso poco podían hacer para recuperar su dominio.

—Fue como si la isla echara a andar y se alejara de ellos —concluyó la primera ministra—. Ningún ejército puede impedir algo así. Es el final de la casta económica, de todas las castas. Estamos haciendo algo nuevo en la historia, instaurando un nuevo orden, como dijo en su discurso. Somos como Marte, en menor escala. Y tenerle aquí para presenciarlo, a un nieto de la isla, a usted, que tanto nos ha enseñado desde su hermoso mundo nuevo… es algo especial. Un festival, de veras. —Y al decir esto volvió a animarle el rostro aquella radiante sonrisa.

—¿Quién era el hombre que habló?

—Oh, era James.

La lluvia cesó de pronto. El sol asomó y los vapores cubrieron la tierra. Nirgal sudaba a chorros en el aire blanco y apenas podía respirar. Aire blanco, puntos negros flotando ante sus ojos.

—Creo que necesito tenderme un rato.

—Oh, sí, naturalmente. Debe de estar exhausto, abrumado.

Acompáñenos.

Lo llevaron a una pequeña dependencia en el mismo hospital. Le habían asignado una habitación luminosa con paredes de bambú, sin más mobiliario que un colchón en el suelo.

—Me temo que el colchón no es lo suficientemente largo.

—No importa.

Lo dejaron solo. Algo en la habitación le recordó el interior de la casita de Hiroko, en la arboleda de la orilla lejana del lago de Zigoto. No sólo el bambú, sino el tamaño y la forma de la habitación… y algo inaprensible, la luz verde que entraba a raudales, quizá. La sensación de la presencia de Hiroko fue tan intensa e inesperada que cuando los otros abandonaron la habitación Nirgal se dejó caer en el colchón y rompió a llorar. Se sentía muy confundido. Le dolía todo el cuerpo, pero sobre todo la cabeza. Al fin dejó de llorar y cayó en un sueño profundo.

Despertó envuelto en tinieblas que olían a verde. No recordaba dónde estaba. Se volvió y quedó tendido de espaldas, y entonces recordó: estaba en la Tierra. Murmullos… se sentó, asustado. Una risa sofocada. Unas manos lo asieron y lo obligaron a tenderse de nuevo, pero sintió que eran manos amigas. «Shhh», dijo alguien, y lo besó. Otra persona manipulaba a tientas el cinturón y los botones de su pantalón. Mujeres, dos, tres, no, dos, con un perfume abrumador de jazmín y algo más, dos perfumes distintos aunque ambos cálidos. Pieles sudorosas, resbaladizas. Las arterias de la cabeza le latían con violencia. Eso le había ocurrido un par de veces cuando era más joven, cuando los cañones recién cubiertos eran mundos nuevos, y mujeres desconocidas querían quedarse embarazadas o simplemente divertirse. Después de los meses de celibato del viaje, era una delicia estrechar un cuerpo de mujer, besar y ser besado, y su miedo inicial se desvaneció en una confusión de manos y bocas, pechos y piernas entrelazadas.

—Hermana Tierra —jadeó. Se escuchaba el sonido distante de la música, piano, tambores y tablas, casi ahogada por el rumor del viento en el bambú. Una de las mujeres estaba encima y se apretaba contra él, y Nirgal supo que el tacto de las costillas de la mujer bajo sus manos le acompañaría siempre. La penetró, besándola. Pero la cabeza seguía latiéndole dolorosamente.

Cuando volvió a despertarse estaba empapado y desnudo sobre el colchón. Aún estaba oscuro. Se vistió y salió de la habitación, y avanzó por la penumbra de un pasillo hasta un porche cerrado. Había anochecido; había dormido buena parte del día. Sus compañeros de viaje estaban comiendo con un nutrido grupo. Nirgal les aseguró que estaba perfectamente, hambriento, de hecho.

Se sentó a la mesa. Fuera, entre los edificios bastos y mojados, un gran número de personas se había congregado en torno a una cocina al aire libre. Más allá el resplandor amarillo de una hoguera desgarraba la oscuridad; sus llamas dibujaban los rostros oscuros y se reflejaban en el blanco líquido de los ojos y los dientes. Los comensales del interior lo observaban. Los cabellos de color azabache de las mujeres jóvenes resplandecían como joyas, y algunas sonreían, y por un segundo Nirgal temió oler a sexo y perfume; pero el humo de la hoguera y los platos especiados sobre la mesa disiparon su preocupación: en una explosión de olores como aquélla era imposible rastrear el origen de ninguno… y además, la comida cargada de especias incapacitaba el sistema olfativo: curry, cayena, pescado con arroz y un vegetal que le abrasó la boca y la garganta; pasó la siguiente media hora parpadeando, sorbiendo por la nariz y bebiendo agua, con la cabeza ardiendo. Alguien le dio una rodaja de naranja escarchada, y como le refrescó la boca, tomó varias seguidas.

Cuando terminaron de comer, despejaron las mesas entre todos, como en Zigoto o Hiranyagarbha. Fuera los danzantes rodearon la hoguera, ataviados con los surrealistas disfraces de carnaval y máscaras de demonios y bestias, como en el Fassnacht de Nicosia, aunque las máscaras eran más pesadas y extrañas: demonios con muchos ojos y grandes dientes, elefantes, diosas. La silueta oscura de los árboles se recortaba contra el negro brumoso del cielo y las estrellas grandes y trémulas, y el follaje, en el cual alternaban el verde y el negro, se teñía de bermellón cuando las llamas saltaban hacia el cielo, como para marcar el ritmo de la danza. Una joven menuda, con seis brazos que se movían a la vez mientras bailaba, se acercó por detrás y se detuvo junto a Nirgal y Maya.

—Ésta es la danza de Ramayana —les dijo—. Es tan antigua como la civilización, y en ella se habla de Mángala.

Y acto seguido le dio a Nirgal un apretón familiar en el hombro, y él reconoció el perfume de jazmín. Sin una sonrisa, la mujer regresó a la hoguera. Los tambores seguían crescendo de las llamas y los danzantes gritaban. La cabeza de Nirgal latía a cada redoble, y a pesar de la naranja escarchada los ojos le lloraban a causa de la pimienta y le pesaban los párpados.

—Sé que parecerá extraño —dijo—, pero creo que necesito dormir otra vez.

Se despertó antes del alba y salió a la galería para contemplar el cielo que se aclaraba en una secuencia casi marciana, negro, púrpura, rojizo, rosado, antes de adquirir el sorprendente azul ciánico de una mañana tropical terrana. Todavía le dolía la cabeza, como si la tuviese atestada, pero al menos se sentía verdaderamente descansado y dispuesto a medirse con el mundo. Después de desayunar unas bananas de piel verde-parda, Sax y él se reunieron con algunos de los anfitriones para dar un paseo en coche por la isla.

Fuesen adonde fuesen, siempre había centenares de personas a la vista, menuda y de piel cobriza como la suya en el campo, más oscura en las ciudades. Unas grandes furgonetas que viajaban en grupo llevaban el mercado a aquellos poblados, demasiado pequeños para tener mercado propio. A Nirgal le sorprendió lo delgados que eran todos, de miembros afilados por el trabajo, como juncos. En ese contexto, las curvas de las mujeres jóvenes eran como los capullos de las flores, de existencia efímera.

Cuando advertían quién era corrían a saludarlo y estrecharle la mano. Sax sacudió la cabeza ante el espectáculo de Nirgal entre los nativos.

—Distribución bimodal —comentó—. No exactamente especiación… pero tal vez se produciría si pasara el tiempo suficiente. Divergencia isleña, muy darwiniano.

—Soy marciano —concedió Nirgal.

El complejo estaba situado en unos claros abiertos a golpe de machete en la jungla, que ahora intentaba recuperar el espacio en otro tiempo suyo. Los ladrillos de barro de los edificios más antiguos, ennegrecidos por el tiempo, empezaban a fundirse de nuevo con la tierra. Los cultivos de arroz estaban dispuestos en terrazas tan exquisitas que las colinas parecían más distantes. El verde luminoso de los tallos de arroz era un color desconocido en Marte. Nirgal no recordaba verdes más brillantes y esplendorosos que aquéllos; impresionaban vivamente su retina con su variedad e intensidad, mientras el sol le doraba la espalda:

—Es debido al color del cielo —explicó Sax cuando Nirgal se lo mencionó—. Los rojos del cielo marciano amortiguan los verdes.

El aire era denso, húmedo, rancio. El mar resplandeciente formaba un horizonte lejano. Nirgal tosió, respiró por la boca, se esforzó por olvidar las punzadas en las sienes y la frente.

—Padeces el síndrome de las cotas bajas —especuló Sax—. He leído que les ocurre a los habitantes del Himalaya y a los andinos cuando bajan al nivel del mar. Tiene relación con los niveles de acidez en sangre. Deberíamos haberte llevado a algún lugar más alto.

—¿Por qué no lo hicieron?

—Querían que vinieses aquí porque Desmond procede de aquí. Ésta es tu tierra natal. En realidad, la elección de nuestro próximo destino parece haber provocado un pequeño conflicto.

—¿También aquí?

—Más aún que en Marte, diría.

Nirgal gimió. El peso de aquel mundo, el aire sofocante…

—Voy a correr un poco —dijo, y salió.

Al principio sintió el habitual alivio, las sensaciones y respuestas que le recordaron que todavía era él. Pero en lugar de alcanzar aquel estado del lung-gom-pa en que correr era como respirar, algo que podía hacer indefinidamente, empezó a sentir la presión del aire pesado en los pulmones y de la mirada de la gente menuda con la que se cruzaba, y sobre todo su propio peso destrozándole las articulaciones. Era como si cargara una persona invisible a la espalda, sólo que el peso estaba en su interior, como si los huesos se hubiesen convertido en plomo. Le ardían los pulmones y al mismo tiempo los sentía encharcados, y ninguna tos conseguía despejarlos. Vio a algunos individuos altos con vestimenta occidental detrás de él, montados en triciclos que al cruzar los charcos salpicaban a los transeúntes. Pero los nativos se echaban a la carretera detrás de él, y obstaculizaban el paso de los triciclos, con los ojos y los dientes centelleantes en los rostros oscuros, hablando y riendo. Los hombres de los triciclos tenían rostros inexpresivos y no apartaban la vista de Nirgal. Pero no increpaban a la multitud. Nirgal emprendió el regreso hacia el campamento por otra carretera. Ahora las colinas resplandecían a su derecha. Sus piernas vibraban a cada tranco, y al fin pensó que lo sostenían troncos en llamas. ¡Esa carrera le haría daño! Además, le parecía llevar un globo gigantesco por cabeza y que las plantas verdes y húmedas extendían sus ramas para alcanzarle, un centenar de tonalidades de verde llameante se fundían en una única banda de color y ceñían el mundo. Unos puntos negros flotaban ante sus ojos.

—Hiroko —jadeó, y siguió corriendo con las lágrimas surcándole por el rostro, aunque nadie habría podido distinguirlas del sudor—. ¡Hiroko, esto no es como dijiste!

Avanzó vacilante sobre el suelo ocre de la urbanización y docenas de personas lo siguieron mientras se acercaba a Maya. Aunque estaba empapado, la abrazó y apoyó la cabeza en su hombro, sollozando.

—Tenemos que ir a Europa —dijo Maya, airada, a alguien detrás de él—. Ha sido una estupidez traerlo directamente a los trópicos.

Nirgal se volvió para mirar. Maya hablaba con la primera ministra.

—Así hemos vivido siempre —contestó ella, y atravesó a Nirgal con una mirada orgullosa y resentida.

Pero Maya no pareció intimidada.

—Tenemos que ir a Berna —dijo.

Volaron a Suiza en un pequeño avión espacial proporcionado por Praxis. Durante el viaje contemplaron la Tierra desde una altura de treinta mil metros: el Atlántico azul, las escarpadas montañas de España, que recordaban a los Hellespontus, Francia y después la blanca línea de los Alpes, montañas diferentes de las que había visto durante su vida. Nirgal se sentía como en casa en la atmósfera fría del avión, y le contrarió pensar que no era capaz de tolerar el aire natural de la Tierra.

—Te sentirás mejor en Europa —le consoló Maya. Nirgal recordó la recepción que les habían dispensado.

—Están encantados con ustedes —dijo. A pesar de su malestar, había advertido que los dugla recibían a los otros tres embajadores con el mismo entusiasmo que a él, y Maya había sido particularmente aclamada.

—Se alegran de que hayamos sobrevivido —dijo Maya restándole importancia—. Por lo que a ellos se refiere, hemos regresado de la muerte como por arte de magia. Creían que habíamos muerto, ¿sabes? Desde dos mil sesenta y uno hasta el año pasado, han creído que no quedaba ni uno solo de los Primeros Cien con vida. ¡Sesenta y siete años! Y durante todo ese tiempo, buena parte de ellos han muerto. Que hayamos regresado como lo hemos hecho, y en medio de esta inundación, con el mundo entero cambiando… bueno, es como un mito. El retorno del mundo subterráneo.

—Pero no todos han regresado.

—No. —Maya casi sonrió.— De eso todavía no se han enterado. Creen que Frank y Arkadi están vivos, ¡y también John, aunque lo asesinaron antes del sesenta y uno y todo el mundo lo sabía! Al menos lo supieron por un tiempo. Pero la gente empieza a olvidar. Han ocurrido tantas cosas desde entonces, y la gente desea que John esté vivo. Y por eso olvidan Nicosia y dicen que él todavía forma parte de la resistencia. —Soltó una risa áspera para ocultar su malestar.

—Igual que con Hiroko —dijo Nirgal, sintiendo una opresión en el pecho. Una oleada de tristeza semejante a la que lo había asaltado en Trinidad lo dejó desolado y dolorido. Él creía, siempre lo había creído, que Hiroko estaba viva, oculta en las tierras altas del sur junto a su gente. Sólo así había podido afrontar la noticia de su desaparición, teniendo la seguridad de que había conseguido escabullirse de Sabishii y que regresaría cuando considerase que era el momento oportuno. Lo había creído de veras. Sin embargo ahora, por alguna razón que no podía precisar, ya no estaba seguro.

Michel, sentado junto a Maya, parecía demasiado cansado. De pronto, Nirgal comprendió que estaba mirándose en un espejo, supo que su rostro mostraba la misma expresión, la sentía en los músculos. Michel y él tenían dudas, tal vez sobre el destino de Hiroko, o sobre otras cuestiones. Pero Michel no se mostraba muy comunicativo.

Y en el otro extremo del avión, Sax los observaba a los dos con su habitual expresión de pájaro.

Descendieron volando paralelamente a la gran muralla norte de los Alpes y aterrizaron entre campos verdes. Los escoltaron a través de un frío edificio semejante a los marcianos y luego bajaron unas escaleras y subieron a un tren, que se deslizó con un sonido metálico, salió del edificio y se internó en los campos. Al cabo de una hora estaban en Berna.

Numerosos diplomáticos y periodistas, con una insignia de identificación prendida en el pecho, todos con la misión de hablar con ellos, los esperaban en aquella ciudad, pequeña, prístina y sólida como la roca, donde la acumulación de poder era palpable. Las estrechas calles adoquinadas estaban flanqueadas por edificios de piedra que sustentaban pesadas arcadas, y todo parecía tan permanente como una montaña. El veloz río Aare abrazaba la mayor parte de la ciudad en un gran meandro. Los habitantes del barrio que atravesaban eran en su mayoría europeos: blancos de aspecto cuidado, no tan bajos como los demás terranos, que llenaban dicharacheros las calles y asediaban a los marcianos y sus escoltas, ahora vestidos con el uniforme azul de la policía militar suiza.

Las habitaciones asignadas a Nirgal y sus compañeros estaban en las oficinas centrales de Praxis, en un pequeño edificio de piedra que miraba sobre el río. A Nirgal le sorprendió lo cerca del agua que construían los suizos; una crecida del río de sólo dos metros supondría el desastre, pero la perspectiva no parecía inquietarlos. ¡Por lo visto dominaban el río con mano de hierro, a pesar de que bajaba de la cadena montañosa más escarpada que Nirgal había visto en su vida! Terraformación, naturalmente; no era extraño que a los suizos les fuera tan bien en Marte.

El edificio de Praxis estaba a unas pocas calles del centro histórico de la ciudad. El Tribunal Mundial ocupaba un grupo de edificios contiguos a los edificios federales suizos, casi en el centro de la península. Cada mañana bajaban por la calle principal, la Kramgasse, increíblemente pulcra y desnuda comparada con las calles de Port of Spain. Pasaban bajo la torre medieval del reloj, con su fachada ornamentada y sus figuras mecánicas, que parecía uno de los diagramas alquímicos de Michel convertido en un objeto tridimensional. Entraban luego en las oficinas del Tribunal Mundial, donde conversaban con un sinfín de grupos sobre la situación en Marte y en la Tierra: funcionarios de la UN, representantes de gobiernos nacionales, ejecutivos de las metanacionales, organizaciones de ayuda, medios de comunicación. Todos querían saber qué ocurría en Marte, cuál sería el siguiente paso de los marcianos, qué opinaban ellos de la situación en la Tierra, qué ayuda podían ofrecer. A Nirgal le resultaba bastante sencillo conversar con la mayoría de las personas que le presentaban; entendían la situación de ambos mundos y no albergaban la creencia poco realista de que Marte fuera a salvar a la Tierra; no parecían esperar recuperar el dominio de Marte, ni tampoco que el orden metanacional mundial de los años antediluvianos se instaurase de nuevo.

Era probable, sin embargo, que los estuviesen manteniendo alejados de gentes con actitudes hostiles hacia ellos. Maya estaba segura. Señaló cuan a menudo podía descubrirse en los negociadores y entrevistadores lo que ella llamaba «terracentrismo». Nada les importaba de veras salvo los asuntos terranos; Marte tenía algunas cosas interesantes, pero carecía de importancia. Una vez que le llamaron la atención sobre esa actitud, Nirgal empezó a verla en todas partes. Y en cierto modo se sintió aliviado, porque en Marte ocurría lo mismo: los nativos eran inevitablemente areocéntricos; una postura en cierto modo realista.

De hecho, empezó a tener la sensación de que precisamente los terranos que mostraban un interés más intenso por Marte eran los más imprevisibles: ejecutivos de metanacs cuyas corporaciones habían hecho fuertes inversiones en la terraformación marciana, representantes de países densamente poblados que sin duda se sentirían felices si dispusieran de un lugar al que enviar masas de población. De manera que participaba en reuniones con representantes de Subarashii, Armscor, China, Indonesia, Ammex, India, Japón y el consejo metanacional japonés, escuchaba con atención y procuraba hacer preguntas en vez de hablar demasiado. Y así descubrió que algunos de sus hasta ahora más leales aliados, en particular India y China, se convertirían de buen grado en un serio problema para ellos en el marco de la nueva distribución. Maya respondió con un vigoroso gesto de asentimiento cuando él la hizo partícipe de esta observación, y se le ensombreció la cara.

—Sólo podemos esperar que la distancia nos proteja —dijo—. Tenemos suerte de que sea necesario un viaje espacial para alcanzarnos, un cuello de botella para la emigración sin importar lo que avancen los medios de transporte. Pero tendremos que estar en guardia, siempre. Será mejor que no hables demasiado del tema. No hables demasiado de nada.

Durante el descanso para el almuerzo Nirgal solía pedir a sus escoltas —una docena o más de suizos que lo acompañaban a todas horas— que fueran dando un paseo hasta la catedral, que en suizo —eso le había contado alguien— llamaban el Monstruo. Tenía una sola torre, en cuyo interior había una estrecha escalera de caracol por la que Nirgal, después de tomar aliento, subía casi a diario, más jadeante y sudoroso cuanto más se acercaba a la cima. En los días despejados, que no eran frecuentes, a través de los arcos de la sala de la torre alcanzaba a ver la distante muralla abrupta de los Alpes que llamaban Oberland Bernés. Esa pared blanca y mellada ocupaba todo el horizonte, como los grandes escarpes marcianos, con la diferencia de que estaba totalmente cubierta de nieve, excepto unos triángulos de roca desnuda en la cara norte, una roca de color gris claro, insólita en Marte: granito. Montañas graníticas, levantadas por la colisión de las placas tectónicas. Y la violencia de esos orígenes era evidente.

Entre la majestuosa cordillera blanca y Berna se extendían unas cadenas más bajas de colinas de verdes muy similares a los de Trinidad, más oscuros en los bosques de coniferas. Había tanto verde… De nuevo Nirgal se sintió sobrecogido por la exuberancia de la vida vegetal en la Tierra, por el antiguo y espeso manto de biosfera que cubría la litosfera.

—Sí —dijo Michel cierto día que lo acompañó a contemplar el paisaje—. La biosfera a estas alturas es una parte importante de las capas superiores de la roca. La vida rebosa en todas partes.

Michel se moría por ir a Provenza. Estaban muy cerca de allí, sólo a una hora de avión o una noche de tren, y lo que estaba sucediendo en Berna se le antojaba sólo un interminable regateo político.

—¡La inundación, la revolución, que el sol se convierta en nova, todo seguirá su curso! Sax y tú pueden ocuparse de esto mucho mejor que yo.

—Y Maya todavía más.

—Sí, claro. Pero me gustaría que me acompañara. Tiene que ver Provenza o nunca comprenderá.

Pero Maya estaba absorbida por las negociaciones con la UN, que tomaban un sesgo serio ahora que los marcianos habían aprobado la nueva constitución. La UN se revelaba cada vez más como un simple portavoz de los intereses metanacionales, mientras que el Tribunal Mundial continuaba apoyando las nuevas «democracias cooperativas». Las discusiones eran acaloradas, volátiles, a veces hostiles. Importantes, en una palabra, y Maya salía a la arena cada día, no estaba para excursiones a Provenza. Había visitado el sur de Francia en su juventud, dijo, y no tenía demasiado interés en repetir la visita, ni siquiera con Michel.

—¡Dice que ya no quedan playas! —se quejó Michel—. ¡Como si las playas fueran lo importante en Provenza!

A pesar de su insistencia, Maya se negaba. Al fin, unas semanas después, Michel se encogió de hombros y se rindió, sintiéndose desgraciado, y decidió visitar Provenza solo.

El día de su partida, Nirgal lo acompañó a la estación, al final de la calle principal, y agitó la mano hasta que e¡ tren desapareció en la distancia. En el último momento Michel asomó la cabeza por la ventana y saludó a Nirgal con una gran sonrisa. A éste le sorprendió que aquella expresión reemplazara tan deprisa el desaliento por la ausencia de Maya, pero se alegró por su amigo y hasta experimentó un relámpago de envidia. Para él no existía ningún lugar, en ninguno de los dos mundos, que le infundiera tanta alegría.

Cuando el tren desapareció, Nirgal bajó por la Kramgasse seguido por la habitual nube de escoltas y medios de comunicación, y cargó sus dos cuerpos y medio en la subida de los doscientos cincuenta y cuatro peldaños de la escalera de caracol del Monstruo, para mirar al sur y contemplar el Oberland Bernés. Cada vez pasaba más tiempo allí, y solía perderse las primeras reuniones de la tarde. Pero se decía que Sax y Maya bastaban para lidiar con aquello. Los suizos se mostraban tan metódicos como siempre: las reuniones trataban unos temas determinados y empezaban con puntualidad, y si no conseguían seguir la orden del día, no era por culpa de los suizos. Eran iguales a sus compatriotas de Marte, como Jurgen, Max, Priska y Sibilla, con su sentido del orden, de la acción apropiada y bien ejecutada, y adoraban la comodidad y el decoro sin una pizca de sentimentalismo. Era una actitud risible para Coyote, que desdeñaba porque amenazaba la vida; pero viendo los resultados en la elegante ciudad de piedra que se extendía a sus pies, rebosante de flores y de gentes lozanas como flores, Nirgal pensaba que podía decirse algo en su favor. Michel podía regresar a su Provenza, pero Nirgal había carecido de hogar durante demasiado tiempo, ningún lugar había perdurado para él. Su ciudad natal yacía aplastada bajo el casquete polar, su madre había desaparecido sin dejar rastro y los lugares sólo eran lugares, y en todas partes todo estaba en perpetuo cambio. La mutabilidad era su hogar, y contemplando el paisaje suizo no era grato descubrirlo. Deseaba un hogar con algo de esos tejados a dos aguas, esos muros de piedra, que habían permanecido allí, sólidos e inmutables, durante los últimos mil años.

Trató de concentrarse en las reuniones del Tribunal Mundial y en la Bundeshaus suiza. Praxis seguía liderando la actividad frente a la inundación: sabía funcionar eficazmente sin planes previos y ya antes se había convertido en una cooperativa dedicada a ofrecer productos y servicios de primera necesidad, incluyendo el tratamiento de longevidad. De manera que sólo tuvo que acelerar el proceso para tomar la delantera en esa hora de necesidad. Los cuatro viajeros habían visto los resultados en Trinidad; los movimientos locales habían hecho la mayor parte del trabajo, pero Praxis financiaba proyectos de ese tipo por todo el planeta. Se decía que el papel de William Fort había sido decisivo en la respuesta fluida de la «transnac colectiva», como él llamaba a Praxis. Y su metanacional mutante sólo era una más entre las numerosas agencias de servicios que habían empezado a destacar en todo el mundo y se hacían cargo de la tarea de situar a las poblaciones desplazadas y construir o reubicar nuevas estructuras costeras en zonas más elevadas.

Esta red abierta de ayuda a la reconstrucción, sin embargo, topaba con la resistencia de las metanacionales, que se quejaban de que buena parte de su infraestructura, capital y mano de obra estaba siendo nacionalizada, regionalizada, expropiada, abiertamente expoliada. Las disputas eran frecuentes, sobre todo donde ya antes las había, porque la inundación había llegado justo cuando la descomposición mundial y los intentos de reordenamiento habían alcanzado el paroxismo, y aunque lo había alterado todo, esas luchas continuaban, a menudo al amparo de las acciones de emergencia.

Sax Russell era particularmente consciente de ese contexto, pues estaba convencido de que las guerras globales de 2061 no habían conseguido resolver la falta de equidad subyacente en el sistema económico terrano. Con su peculiar estilo insistía en ese punto en todas las reuniones, y Nirgal tuvo la impresión de que se las estaba arreglando para convencer a los oyentes escépticos de la UN y las metanacs de que era necesario adoptar un método similar al de Praxis si querían que la civilización sobreviviera. Como le confesó en privado a Nirgal, no importaba si lo hacían por la civilización o por ellos mismos, no importaba si se limitaban a instaurar un simulacro maquiavélico del programa de Praxis: el efecto sería el mismo a corto plazo, y todos necesitaban la tregua de una colaboración pacífica.

De manera que se involucraba en todas las reuniones y mostraba una concentración casi dolorosa y una coherencia extraña, si se la comparaba con su profundo ensimismamiento durante el viaje a la Tierra. Y Sax Russell era después de todo el Terraformador de Marte, el avalar viviente del Gran Científico, una posición muy poderosa en la cultura terrana, pensó Nirgal; algo semejante al Dalai Lama de la ciencia, una reencarnación continua del espíritu científico, creado para una cultura que únicamente parecía capaz de enfrentarse a un científico por vez. Además, para las metanacs Sax era el principal creador del mayor mercado de la historia, una parte nada desdeñable de su aura. Y como Maya había señalado, él era uno de los miembros del grupo que había regresado de la muerte, uno de los líderes de los Primeros Cien.

Y su extraña habla vacilante ayudaba a consolidar la imagen que los terranos tenían de él. La mera dificultad verbal lo convertía en una suerte de oráculo; los terranos parecían creer que Sax pensaba en un plano tan elevado que sólo podía expresarse mediante enigmas. Tal vez deseaban que fuera así. Eso era lo que la ciencia significaba para ellos; al fin y al cabo, la última teoría física definía la realidad última como bucles de cuerda ultramicroscópicos que se movían supersimétricamente en diez dimensiones. Ese tipo de cosas habituaba a la gente a las rarezas de los físicos, y el creciente empleo de las IA de traducción los estaba acostumbrando a usar locuciones extrañas. Casi todo el mundo hablaba inglés, pero especies ligeramente distintas de esa lengua, y para Nirgal la Tierra era como una explosión de idialectos en donde no había dos personas que emplearan el mismo idioma.

En ese contexto, los argumentos de Sax se escuchaban con extrema seriedad.

—La inundación marca un punto de inflexión en la historia —dijo una mañana dirigiéndose al nutrido público de una reunión general de la Cámara del Consejo Nacional de la Bundeshaus—. Ha sido una revolución natural. El clima de la Tierra ha cambiado, y también la superficie y las corrientes, y la distribución de las poblaciones humanas y animales. En esta situación, es irrazonable tratar de restablecer el mundo antediluviano. No es posible. Y existen muchas razones para instaurar un orden social mejorado. El anterior era… defectuoso. Y provocó derramamiento de sangre, hambre, esclavitud y guerra. Sufrimiento. Muerte innecesaria. Siempre habrá muerte. Pero se debe procurar que llegue lo más tarde posible, y al final de una buena vida. Éste es el objetivo de cualquier orden social racional. Y por eso vemos la inundación como una oportunidad, aquí como en Marte, de… de romper el molde.

Los funcionarios de la UN y los consejeros de las metanacs torcieron el gesto, pero escuchaban. Y el mundo entero observaba, de manera que a juicio de Nirgal lo que un cuadro de dirigentes en una ciudad europea pensara no era tan importante como lo que pensaba la gente de los pueblos que miraba al hombre de Marte a través del vídeo. Y puesto que Praxis, los suizos y sus aliados en todo el mundo habían dedicado todos sus recursos a socorrer a los refugiados y a administrar el tratamiento de longevidad, la gente se les unía en todas partes. Si podías ganarte la vida y de paso salvabas al mundo, si eso representaba tu mejor oportunidad de estabilidad y larga vida y oportunidades para tus hijos, ¿por qué no?

¿Qué podían perder? El orden metanacional anterior había beneficiado a unos pocos y excluido a millones, y tendía a exacerbar esa situación.

Por eso las metanacionales perdían trabajadores en masa. No podían encarcelarlos y cada vez era más difícil amedrentarlos; la única manera de retenerlos era instituir los mismos programas que Praxis había puesto en práctica. Y eso era lo que intentaban, al menos en teoría. Maya estaba segura de que los cambios eran una operación de maquillaje para conservar la mano de obra y los beneficios. Pero quizá Sax tuviera razón y no pudieran dominar la situación, y entonces acabarían por admitir la necesidad de un nuevo orden.

Nirgal decidió referirse a eso durante uno de sus turnos de palabra, en una conferencia de prensa en la Bundeshaus. De pie en el estrado, mirando la sala llena de periodistas y delegados, tan distinta de la mesa improvisada en el complejo de almacenes de Pavonis, tan distinta de los espacios ganados a golpe de hacha en la jungla trinitaria, de la plataforma sobre el mar de gente aquella noche frenética en Burroughs, Nirgal descubrió de pronto que su papel era el de joven marciano, la voz del nuevo mundo. Podía dejar el ser razonable a Maya y Sax, y ofrecer el contrapunto alienígena.

—Las cosas irán bien —dijo, intentando mirar a los asistentes uno por uno—. Todo momento en la historia contiene una mezcla de elementos arcaicos, elementos del pasado que se remontan hasta la misma prehistoria. El presente es siempre una mezcolanza de esos distintos elementos. Todavía existen caballeros que arrebatan las cosechas a los campesinos. Existen aún gremios y tribus. Ahora estamos viendo que muchos abandonan sus ocupaciones para trabajar en los proyectos de emergencia, y eso es nuevo, pero es también un peregrinaje. Esas personas desean ser peregrinos, desean tener un propósito espiritual, hacer un trabajo real, útil. No hay razón para seguir tolerando que los expolien. Aquellos entre ustedes que representan a la aristocracia parecen preocupados. Tal vez tendrán que trabajar con sus propias manos y vivir de ese trabajo. Vivir al mismo nivel que los demás. Es probable que eso ocurra, pero será beneficioso, incluso para ustedes. Que haya suficiente para todos es tan bueno como disfrutar de un festín. Y sólo cuando todos son iguales todos los hijos están a salvo. La distribución universal del tratamiento de longevidad del que somos testigos es el significado último de la democracia, su manifestación física, al fin aquí. Salud para todos. Y cuando eso suceda, la explosión de energía humana positiva transformará la Tierra en pocos años.

Un hombre se levantó y le preguntó sobre la posibilidad de una explosión demográfica, y Nirgal asintió.

—Sí, naturalmente ése es un problema real. No hace falta ser demógrafo para comprender que si continúan los nacimientos y la vida se prolonga, la población alcanzará rápidamente niveles increíbles, niveles insostenibles, hasta que se produzca un colapso. Por tanto hay que abordar el problema ahora. La tasa de natalidad debe reducirse drásticamente, al menos por un tiempo. No será una situación que se mantenga para siempre, ya que los tratamientos de longevidad no proporcionan la inmortalidad. Con el tiempo las primeras generaciones tratadas morirán, y en ello reside la solución del problema. Pongamos que la población actual de los dos mundos es de quince mil millones. Eso significa que empezamos mal.

»Dada la gravedad del problema, mientras puedan ser padres alguna vez, no hay por qué quejarse. Es la longevidad de ustedes la raíz del problema, después de todo, y la paternidad es la paternidad, con un hijo o con diez. Pongamos pues que cada persona forma una pareja y que cada pareja tiene un solo hijo, de manera que hay un hijo por cada dos personas de la generación anterior. Supongamos que eso representa siete mil millones de hijos de esta generación. Y a ellos también se les administrará el tratamiento, se los mimará y formarán parte de la insostenible superpoblación del mundo. Y ellos tendrán cuatro mil millones de hijos, y esa generación, dos mil millones, y así sucesivamente. Y mientras tanto todos estarán vivos y la población aumentará continuamente, aunque a un ritmo cada vez más lento. Y entonces, en un momento dado, quizá dentro de cien años, esa primera generación morirá. Corto o largo, cuando el proceso termine la población total se habrá reducido a la mitad, y se podrá estudiar la situación, las infraestructuras, el medioambiente de los dos planetas, la capacidad de soporte del sistema solar, sea cual fuere. Tras la desaparición de las generaciones más numerosas, se podrá empezar a tener dos hijos para reponer población y mantener una situación estable. Cuando se pueda tener esa opción, la crisis demográfica habrá pasado. Podría tardarse mil años.

Nirgal se interrumpió para mirar a la audiencia; la gente lo observaba en silencio, extasiada. Hizo un ademán que los abarcó a todos.

—Mientras tanto, tenemos que ayudarnos, tenemos que regularnos, cuidar de la tierra. Y es en esta parte del proyecto donde Marte puede ayudar a la Tierra. En primer lugar, constituimos un experimento para el cuidado de la tierra, y todos pueden aprender de ello y aplicar sus lecciones. En segundo lugar, y más importante, aunque el grueso de la población vivirá siempre aquí, una porción considerable puede radicarse en Marte. Ayudará a aliviar la situación y nosotros nos sentiremos felices de acogerlos. Tenemos la obligación de acoger el mayor número posible de personas, porque en Marte seguimos siendo terranos y somos solidarios. La Tierra y Marte… y hay otros mundos habitables en el sistema solar, aunque ninguno tan grande como estos dos. Cooperando podremos dejar atrás los años superpoblados, y entrar en una edad dorada.

El discurso causó una gran impresión, por lo que podía calibrarse desde el ojo del huracán de los medios de comunicación. Después de aquello Nirgal se pasaba los días hablando con grupos, elaborando las ideas que había expuesto en la reunión. Era un trabajo extenuante, y después de varias semanas de ese ritmo sin interrupciones, una mañana despejada miró por la ventana, salió de la habitación y propuso a sus escoltas hacer una excursión. Y ellos comunicaron a la gente de Berna que ese día Nirgal viajaría en privado. Luego tomaron un tren a los Alpes.

El tren se dirigió hacia el sur y pasó junto a un largo lago azul llamado Thunersee, flanqueado por empinadas montañas verdes y murallas y agujas de granito gris. Las ciudades de sus orillas tenían tejados de pizarra, árboles viejísimos y algún que otro castillo, todo en perfecto estado. Las vastas praderas verdes que se extendían entre las ciudades estaban salpicadas de grandes granjas de madera, con macetas de claveles rojos en todas las ventanas y balcones, un estilo que no había cambiado en quinientos años, le dijeron los escoltas. Se asentaban en la tierra como si formaran parte de ella. Habían despejado de piedras y árboles las montañas herbosas, otrora cubiertas de bosques. De manera que en realidad eran espacios terraformados, enormes colinas con hierba para forraje, agricultura que no tenía una razón de ser económica según el espíritu capitalista; pero los suizos habían mantenido las granjas de alta montaña contra viento y marea porque creían que eran importantes, o hermosas, o ambas cosas. Muy suizo. «Existen valores más elevados que los económicos», había insistido Vlad en el congreso que se celebraba en Marte, y Nirgal comprendía ahora que en la Tierra siempre había habido gente que lo creía de veras, o al menos en parte. Werteswandel, lo llamaban en Berna, mutación de valores; pero también podía ser evolución, retorno de valores; cambio gradual más que equilibrio discontinuo; benévolos arcaísmos residuales que habían perdurado para que, lentamente, esos valles aislados de alta montaña, con sus grandes granjas flotando en olas verdes, enseñaran al mundo cómo vivir. Un amarillo rayo de sol hendió las nubes e iluminó la colina a espaldas de una de aquellas granjas, y la montaña centelleó como una esmeralda, con un verde tan intenso que Nirgal se sintió desorientado y luego mareado. ¡Era tan difícil contemplar un verde tan radiante!

La heráldica colina desapareció. Otras pasaron ante la ventana, una ola verde tras otra, con su propia realidad luminosa. En Interlaken el tren viró y empezó a ascender por la ladera de un valle tan escarpada que en algunos puntos las vías se internaban en túneles excavados en las paredes rocosas y describían una circunferencia completa antes de emerger al sol. El tren circulaba sobre vías porque los suizos estaban convencidos de que los nuevos aportes de la tecnología no bastaban para justificar la sustitución de lo que ya tenían. Y así el tren vibraba e incluso se balanceaba de un lado a otro mientras rodaba rechinando colina arriba, acero sobre acero.

Se detuvieron en Grindelwald, y Nirgal siguió a los escoltas hasta un tren diminuto que los llevaría más arriba, bajo la inmensa cara norte del Eiger. Desde allí la muralla de piedra no parecía muy elevada, pero Nirgal había podido apreciar mejor su gran altura desde el Monstruo de Berna, a cincuenta kilómetros de distancia. Esperó pacientemente mientras el tren se internaba zumbando en el corazón de la montaña y zigzagueaba y trazaba espirales en la oscuridad del túnel, rota por las luces del tren y la fugaz claridad de un túnel lateral. Los hombres de la escolta, unos diez, y muy corpulentos, hablaban entre sí en voz baja en un gutural suizo-alemán.

Cuando salieron a la luz, se detuvieron en una pequeña estación, Jungfraujoch, «la estación ferroviaria más alta de Europa», como indicaba un cartel en seis idiomas; lo que no sorprendía pues estaba en un desfiladero helado entre dos grandes picos, el Monch y el Jungfrau, a 3.454 metros sobre el nivel del mar.

Nirgal se apeó, seguido por la escolta, y salió de la estación a una estrecha terraza exterior. El aire era tenue, limpio, vivificante, a unos 270° kelvins, el mejor que Nirgal había respirado desde que dejara Marte, y le resultó tan familiar que los ojos se le llenaron de lágrimas. ¡Ah, aquél era un lugar para él!

Incluso tras las gafas de sol la luz era demasiado brillante. El cielo tenía un color cobalto oscuro y la nieve cubría la mayor parte de las superficies, pero aquí y allá asomaba el granito, sobre todo en las caras septentrionales de la montaña, donde las rampas eran demasiado pronunciadas para soportar la nieve. Allí arriba, los Alpes ya no parecían una mole homogénea, cada masa rocosa tenía un aspecto y una presencia propios, separada del resto por grandes volúmenes vacíos y valles glaciales, profundas quebradas en forma de U. Hacia el norte aquellas macrotrincheras descendían mucho, predominaba el verde e incluso albergaban algún lago. Hacia el sur, los valles eran altos, y sólo mostraban nieve, hielo y roca. Ese día el viento venía de la cara sur, y traía el frío del hielo.

En el valle helado más cercano hacia el sur del desfiladero, Nirgal pudo distinguir una enorme y rugosa llanura blanca, gran confluencia de los glaciares de las altas cuencas circundantes. Era la Concordiaplatz, le dijeron. Cuatro grandes glaciares se encontraban allí y formaban el Grosser Aletschgletscher, el glaciar más largo de Suiza, que fluía hacia el sur.

Nirgal fue hasta el extremo de la terraza para tener una perspectiva más amplia de aquella desolación de hielo y descubrió un sendero de peldaños tallados en la nieve compacta que descendía hasta el glaciar, y de allí a la Concordiaplatz.

Pidió a sus guardaespaldas que esperasen en la estación; quería caminar solo. Ellos protestaron, pero en verano el glaciar no estaba cubierto por la nieve, las grietas eran bien visibles y el sendero discurría lejos de ellas. Y no había nadie allá abajo en aquel glacial día de verano. De todas maneras, los miembros de la escolta vacilaban, y dos insistieron en acompañarlo, al menos parte del camino, algo más atrás, «sólo por si acaso».

Finalmente Nirgal accedió, se echó la capucha y empezó a bajar por el sendero, cada paso una dolorosa sacudida, hasta que alcanzó la extensión llana del Jung-fraufirn. Las crestas que bordeaban aquel valle de nieve corrían hacia el sur desde el Jungfrau y el Monch, y después de unos cuantos kilómetros caían abruptamente hacia la Concordiaplatz. Desde el sendero la roca que las formaba parecía negra, tal vez por el contraste con la blancura de la nieve. Aquí y allá aparecían manchas de color rosa pálido en la nieve: algas. Incluso allí había vida, aunque escasa. El paisaje era una extensión de blanco y negro inmaculados bajo el arco pronunciado de la cúpula azul de Prusia del cielo, y un frío viento recorría el cañón de Concordiaplatz. Nirgal quería bajar hasta aquella gran confluencia y echarle un vistazo, pero no sabía si disponía del tiempo suficiente. En aquel lugar era difícil determinar las distancias y podía muy bien estar más lejos de lo que creía. Bien, podía caminar hasta que el sol estuviese a medio camino del horizonte occidental y luego volver. Echó a andar a buen paso colina abajo por el nevero siguiendo las señales de color anaranjado, sintiendo el peso adicional de la persona que cargaba en su interior y también la presencia de los dos escoltas que lo seguían a unos doscientos metros.

Caminó sin detenerse durante mucho tiempo. No le costaba tanto. La superficie almenada del hielo crujía bajo sus botas marrones. El sol había ablandado la capa superior a pesar del viento glacial. La superficie centelleante no le permitía ver con claridad, incluso con las gafas de sol; el hielo oscilaba delante de él con un resplandor oscuro.

Las crestas a derecha e izquierda empezaron a descender y llegó a la Concordiaplatz. Alcanzaba a ver los glaciares de los cañones superiores como los dedos de una mano de hielo tendidos hacia el sol. La muñeca corría hacia el sur, el Grosser Aletschgletscher, y él estaba de pie sobre la blanca palma como una ofrenda al sol, junto a una línea de la vida de piedras caídas. El hielo, carcomido y nudoso, tenía una tonalidad azul.

Sintió la embestida del viento, remolineando en su corazón, y se volvió despacio, como un pequeño planeta, como una peonza a punto de caer, intentando soportarlo, encararlo. ¡La gran masa de aquel mundo blanco era tan brillante, tan ventosa y vasta, tan aplastante! Y sin embargo presentía una suerte de oscuridad tras ella, como el vacío del espacio, visible detrás del cielo. Se quitó las gafas para ver qué aspecto tenía esa realidad, y la llamarada fue tan violenta que tuvo que cerrar los ojos y ocultar la cabeza en el hueco del brazo, y aun así unas manchas luminosas latieron ante sus ojos, hiriéndolos.

—¡Caramba! —gritó, y rió, determinado a intentarlo otra vez en cuanto desaparecieran las manchas, pero antes de que las pupilas se dilataran de nuevo.

Y así lo hizo, pero el segundo intento fue tan desastroso como el primero. ¿Cómo te atreves a querer verme como en realidad soy?, gritó silenciosamente el mundo.

—¡Dios mío! —exclamó Nirgal, sobrecogido.

Volvió a colocar las gafas sobre sus ojos cerrados, y miró a través de las móviles manchas de luz; gradualmente el paisaje primitivo de hielo y roca se restableció tras las franjas negras, blancas y verde neón que latían en su campo de visión. El blanco y el verde, y aquél era el blanco. La desnudez del universo inanimado. Aquel lugar tenía la misma entidad que el paisaje marciano primitivo. Aún más vasto que el paisaje marciano, sí, debido a los horizontes lejanos y la abrumadora gravedad; y más escarpado, blanco, ventoso, ka, cuyo frío le calaba la parka. De pronto sintió como si un viento le traspasara el corazón: el súbito conocimiento de que la Tierra era tan vasta que en su variedad albergaba regiones más marcianas que las del mismo Marte, que además de todos los aspectos en los que superaba a Marte, poseía una grandeza que eclipsaba su orgullo de ser marciano.

Lo inesperado del descubrimiento lo dejó petrificado, y entonces contempló el mundo. El viento cesó. El mundo se detuvo. Ni un movimiento, ni un sonido.

Cuando percibió el silencio, empezó a escuchar y no oyó nada, y el silencio mismo de algún modo se hizo cada vez más palpable. No se parecía a nada que hubiera experimentado. Y se le ocurrió que en Marte siempre estaba metido en un traje o una tienda, siempre rodeado de maquinaria, excepto en sus raros paseos por la superficie en los últimos años. Pero siempre se oía el viento o alguna maquinaria cercana. O quizá nunca se había detenido a escuchar realmente. En aquel momento sólo había un gran silencio, el silencio del universo. Ningún sueño podía imaginarlo.

Y entonces empezó a percibir sonidos de nuevo: la sangre en sus oídos, el aliento en sus narices, el quedo zumbido de su pensamiento, que parecía tener un sonido propio. Esta vez escuchaba su propio sistema de soporte vital, su cuerpo, con sus bombas, ventiladores y generadores orgánicos. Los mecanismos siempre estaban en su interior, emitiendo sus sonidos. Pero ahora estaba libre de todo lo demás, inmerso en un gran silencio que le permitía escucharse a sí mismo, sólo él en aquel mundo, un cuerpo libre posado sobre la madre tierra, libre en la roca y el hielo donde todo había empezado. Madre Tierra; pensó en Hiroko, esta vez sin la angustia desgarradora que había sentido en Trinidad. Cuando regresara a Marte podría vivir de esa manera. Podría internarse en el silencio como un ser libre, vivir en el exterior, expuesto al viento, en una vasta extensión blanca e inmaculada y sin vida semejante a aquélla, con una cúpula azul oscura sobre su cabeza semejante a aquélla, el azul, una exhalación visible de la vida: el oxígeno, el color de la vida. Allí arriba, una cúpula sobre la blancura. Una suerte de señal. El mundo blanco y el mundo verde, sólo que allí el verde era azul.

Con sombras. Entre las débiles manchas luminosas que aún persistían en su visión había sombras alargadas que venían del oeste. Estaba a bastante distancia del Jungfraujoch, y había bajado considerablemente además. Se volvió y emprendió el regreso sobre el Jungfraufirn. A lo lejos, sendero arriba, sus dos compañeros asintieron y se volvieron también, caminando deprisa.

Muy pronto estuvieron bajo la sombra de la cresta occidental; el sol había desaparecido y el viento empujaba a Nirgal, ayudándolo en la marcha. Era muy frío. Pero después de todo aquélla era la temperatura con la que se sentía cómodo, y aquel aire también, con un agradable toque de densidad; y por tanto, a pesar del peso en su interior, inició un ligero trote sobre el hielo compacto y crujiente, inclinado el cuerpo hacia adelante, sintiendo que los músculos de sus muslos respondían al esfuerzo, y encontró su viejo ritmo de lung-gom-pa: los pulmones y el corazón bombeaban con fuerza para llevar el peso adicional. Pero Nirgal era fuerte, y aquélla era una de las altas regiones de la Tierra con una cualidad marciana; y subió por el crepitante sendero sintiéndose cada vez más fuerte y asombrado, lleno de regocijo y también atemorizado: un planeta sorprendente si podía combinar tanto verde y tanto blanco, y su órbita era tan exquisita que al nivel del mar el verde brotaba con profusión y a tres mil metros el blanco lo cubría todo; la zona natural de la vida estaba comprendida en esos tres mil metros. Y la Tierra giraba con esa diáfana burbuja de biosfera en la franja más apropiada de una órbita de ciento cincuenta millones de kilómetros de amplitud. Era demasiada suerte para admitirla.

La piel le hormigueaba por el esfuerzo y sentía todo el cuerpo acalorado, hasta los pies. Empezó a sudar. El aire frío era deliciosamente vigorizante y supuso que podría mantener aquel ritmo de marcha durante horas; pero, ¡ay!, un poco más adelante ya le esperaba la escalera de nieve con su barandilla de cuerda y sus balizas. Sus custodios caminaban muy por delante de él, subiendo deprisa la última pendiente. Pronto también él estaría allí, en la pequeña estación ferroviaria/espacial. ¡Esos suizos, qué cosas se les ocurría construir! ¡Poder visitar la formidable Concordiaplatz en un viaje de un día desde la capital de la nación! No le extrañaba que fueran tan comprensivos con Marte, ellos eran el elemento terrano más cercano a Marte, en verdad: constructores, terraformadores, habitantes del aire tenue y frío.

Cuando al fin puso los pies en la terraza y entró en la estación, se sintió inclinado a la benevolencia con respecto a ellos; y cuando se acercó a sus escoltas y a los demás pasajeros que esperaban junto al tren, su sonrisa era tan radiante, estaba de tan buen humor, que los rostros ceñudos del grupo (comprendió que los habían obligado a esperarle) se distendieron, se miraron unos a otros, rieron y sacudieron la cabeza como diciendo: ¿qué podemos hacer, sino reír y aguantarlo? Ellos también habían sido jóvenes y habían estado en los Alpes por primera vez, un soleado día de verano, y habían conocido el mismo entusiasmo, recordaban lo que se sentía. De modo que le estrecharon la mano, le abrazaron, lo hicieron subir al tren y éste se puso inmediatamente en marcha, porque, no importaba lo que sucediese, no era bueno tener un tren esperando. Y una vez en ruta notaron que tenía las manos y el rostro calientes, y le preguntaron dónde había estado y le dijeron cuántos kilómetros significaba aquello, y cuántos metros de desnivel. Le pasaron una pequeña petaca de schnapps. Y cuando el tren se introdujo en el túnel lateral que llevaba a la cara norte del Eiger, le hablaron del fallido intento de rescate de los malhadados escaladores nazis, excitados, y luego conmovidos al ver que él parecía muy impresionado. Y después se acomodaron en los compartimientos iluminados del tren, que bajaba rechinando por el tosco túnel de granito.

Nirgal se quedó en el extremo de uno de los vagones, mirando el veloz paso de la roca dinamitada y después, cuando salieron una vez más a la luz, la muralla del Eiger delante. Un pasajero que se dirigía a otro vagón se detuvo y se lo quedó mirando:

—Qué curioso verlo aquí. —Tenía acento británico.— La semana pasada me encontré con su madre.

Confundido, Nirgal balbuceó:

—¿Mi madre?

—Sí, Hiroko Ai. ¿No es así? Estaba en Inglaterra, colaborando con la gente de la desembocadura del Támesis. Una curiosa coincidencia que ahora me haya encontrado con usted. Me hace pensar que en cualquier momento voy a ver hombrecitos rojos.

El hombre soltó una carcajada y siguió su camino.

—¡Eh! —gritó Nirgal—. ¡Espere! Pero el hombre no se detuvo.

—Lo siento, no quería entrometerme —dijo por encima del hombro—. Eso es todo lo que sé, de todas maneras. Tendrá que ir a visitarla, tal vez a Sheerness…

Y entonces el tren entró rechinando en la estación de Klein Scheidegg y el hombre se apeó de un salto, y cuando Nirgal corrió tras él, tropezó con mucha gente y sus escoltas se acercaron y le dijeron que tenían que bajar a Grindelwald inmediatamente si querían llegar a casa esa noche. Nirgal no pudo oponerse. Pero mirando por la ventanilla mientras se alejaban de la estación, vio al inglés que lo había abordado siguiendo a buen paso el sendero que bajaba al valle en sombras.

Aterrizó en un gran aeropuerto del sur de Inglaterra y fue conducido al norte y al este, a una ciudad que sus acompañantes llamaron Faversham, más allá de la cual las carreteras y puentes estaban bajo las aguas. Había decidido llegar sin anunciarse y su escolta allí era un grupo de policías que recordaban más a las unidades de seguridad de la UNTA en Marte que a sus custodios suizos: ocho hombres y dos mujeres, lacónicos, vigilantes, engreídos. Al principio pretendían encontrar a Hiroko interrogando a la gente en comisaría. Pero Nirgal estaba seguro de que aquello haría que se ocultara e insistió en salir a buscarla sin aspavientos, y consiguió convencerlos.

El vehículo avanzó en el alba gris hasta el nuevo frente marítimo, allí mismo entre los edificios: en algunos lugares había hileras de sacos apilados entre las paredes cenagosas, en otros, sólo calles anegadas por aguas oscuras que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Algunas planchas tendidas aquí y allá salvaban los charcos y el barro.

En el extremo de una de las hileras de sacos vislumbró unas aguas pardas, más allá de las cuales ya no había edificios, y unos cuantos botes de remos amarrados a la reja de una ventana medio cubierta de espuma sucia. Nirgal siguió a uno de sus custodios hasta un gran barco de pesca, donde los recibió un hombre enjuto y rubicundo que llevaba un gorro mugriento calado hasta las orejas. Una especie de policía portuario, al parecer. El hombre le dio un flojo apretón de manos y acto seguido partieron, remando en el agua opaca, seguidos por otros tres botes con el resto de la preocupada escolta de Nirgal. El remero de su barca dijo algo y Nirgal tuvo que pedirle que lo repitiera; era como sí al hombre le faltara la mitad de la lengua.

—¿El dialecto que habla usted es cockney?

—Sí, cockney —dijo el hombre, y se echó a reír.

Nirgal rió también y se encogió de hombros. Era una palabra que recordaba haber leído, pero no sabía qué quería decir exactamente. Había oído centenares de dialectos ingleses, pero aquél presumiblemente debía de ser el principal, y apenas entendía algo. El hombre habló más despacio, pero fue peor aún. Le estaba describiendo y señalando el barrio por el que navegaban. El agua casi llegaba a los tejados.

—Barriadas —repitió varias veces, señalando con los remos.

Llegaron a un muelle flotante, junto a lo que parecía ser una señal de autopista que rezaba «OARE». Había varias embarcaciones mayores amarradas al muelle o meciéndose sujetas a sus anclas. El policía de puertos remó hasta una de ellas e indicó la escalerilla metálica unida al casco oxidado.

—Adelante.

Nirgal trepó al barco. En cubierta le esperaba un hombre tan bajo que tuvo que empinarse para estrechar la mano de Nirgal con un vigoroso apretón.

—Así que es usted un marciano —dijo, en un inglés parecido al del remero, pero mucho más comprensible—. Bienvenido a bordo de nuestro pequeño navío de investigación. Me dicen que ha venido buscando a la anciana dama asiática, ¿no es así?

—Sí —dijo Nirgal, con el pulso acelerado—. Es japonesa.

—Humm. —El hombre frunció el entrecejo.— Sólo la vi una vez, pero hubiera jurado que era asiática, de Bangladesh quizá. Están por todas partes desde la inundación. Pero ¿quién puede asegurarlo, eh?

Cuatro de los acompañantes de Nirgal subieron a bordo y el patrón apretó el botón que ponía en marcha el motor, giró la rueda del timón y fijó la vista delante mientras el motor de popa impulsaba el barco vibrante y lo alejaba de la línea de edificios inundados. El cielo estaba encapotado, con nubes bajas; mar y cielo se confundían en una bruma grisácea.

—Iremos al embarcadero —dijo el pequeño capitán. Nirgal asintió.

—¿Cuál es su nombre?

—Mi nombre es Bly. Be, ele, y griega.

—Yo soy Nirgal.

El hombre inclinó la cabeza.

—¿Así que esto era antes el puerto? —preguntó Nirgal.

—Esto era Faversham. Aquí estaban las marismas: Ham, Magden… era casi todo marisma, hasta la isla de Sheppey. El Swale. Más pantanos que agua, si usted me entiende. Ahora te metes aquí en un día ventoso y es como si estuvieras en el mar del Norte. Y Sheppey sólo es aquella colina que se ve allá a lo lejos. Ahora es una isla de verdad.

—¿Y allí es dónde usted vio…? —Nirgal no supo cómo referirse a ella.

—La abuela asiática de usted vino en el ferry de Flessinga a Sheerness, al otro lado de esa isla. Sheerness y Minster tienen al Támesis haciendo las veces de calles, y cuando sube la marea también de tejado. Ahora estamos sobre las marismas de Magden. Rodearemos el promontorio Shell, porque el Swale está demasiado espeso.

El agua de aspecto fangoso se rizaba, surcada por largas y onduladas franjas de espuma amarillenta. En el horizonte el agua se veía grisácea. Bly viró y encontraron mar picada. El barco cabeceaba, arriba y abajo, arriba y abajo. Era la primera vez que Nirgal navegaba. Nubes grises se cernían sobre ellos y sólo había una cuña de aire entre los vientres de las nubes y el agua agitada. El barco avanzaba como podía, sacudido como un corcho. Un mundo líquido.

—Ahora se tarda mucho menos en rodearlo —dijo el capitán Bly desde el timón—. Si el agua estuviese más clara, podría ver Sayes Court justo debajo de nosotros.

—¿Qué profundidad hay? —preguntó Nirgal.

—Depende de la marea. La isla estaba más o menos una pulgada sobre el nivel del mar antes de la inundación, así que la profundidad es todo lo que haya subido el nivel del mar. ¿Cuánto dicen que es ahora, veinticinco pies…? Más de lo que esta vieja muchachita necesita, eso seguro. Tiene muy poco calado.

Hizo girar la rueda del timón a la izquierda y el oleaje embistió el costado del barco, que avanzó espasmódicamente. Bly señaló a barlovento:

—Allí, cinco metros. Harty Marsh. ¿Ve ese bancal de patatas, el agua picada de allí? Eso emergerá cuando la marea esté a medio bajar, parece un gigante ahogado sepultado en el barro.

—¿Cómo está la marea ahora?

—Casi pleamar. Cambiará dentro de una media hora.

—Cuesta creer que la Luna pueda arrastrar el mar de esa forma.

—Caramba, ¿acaso no cree en la gravedad?

—Claro que creo en ella, en este momento me está aplastando. Es sólo que cuesta creer que algo tan lejano ejerza tal atracción.

—Humm —dijo el capitán, taladrando con la mirada el banco de niebla que tenía delante—. Lo que de verdad cuesta creer es que un puñado de icebergs haya podido desplazar el agua necesaria para que los océanos suban lo que han subido.

—Es difícil de creer.

—Es sorprendente. Pero tenemos la prueba flotando ante nuestras narices. Ah, se ha levantado la niebla.

—¿Tienen ahora peor tiempo que antes? El capitán soltó una carcajada.

—No sé qué decirle. Es como comparar cosas absolutas.

La niebla tendía sobre ellos largos velos de humedad, y las aguas agitadas siseaban y humeaban. Había oscurecido. De pronto Nirgal se sintió feliz, a pesar del malestar de su estómago durante la deceleración al pie de cada ola. Viajaba en barco en un mundo de agua y la luz tenía un nivel tolerable al fin. Por primera vez desde que llegara a la Tierra podía dejar de entornar los párpados.

El capitán giró el timón de nuevo y navegaron en la dirección del oleaje, hacia el noroeste, hacia las bocas del Tamesis. A la izquierda, una cresta verdosa emergió de las aguas pardas; unos edificios coronaban su pendiente.

—Eso es Minster, o lo que queda de ella. Era la única zona alta de la isla. Sheerness queda por allá, donde el agua se ve tan agitada.

Bajo el techo opresivo de la niebla Nirgal divisó lo que parecía un arrecife batido por aguas impetuosas, negras bajo la espuma blanca.

—¿Eso es Sheerness?

—Sí.

—¿Y todo el mundo se trasladó a Minster?

—O a otros sitios. La mayoría, sí, pero todavía queda alguna gente muy testaruda en Sheerness.

El capitán calló y se concentró en guiar el barco a través del sumergido paseo marítimo de Minster. En una zona donde emergían los tejados entre las olas se veía un edificio al que habían despojado del techo y de la pared que daba al mar y servía ahora como pequeño puerto: las tres paredes restantes albergaban una porción de mar y los pisos superiores de la parte trasera eran el puerto propiamente dicho. Había tres barcas de pesca amarradas allí, y mientras el barco que llevaba a Nirgal hacía las maniobras de aproximación, algunos hombres se asomaron y saludaron.

—¿Quién es ése? —preguntó uno cuando Bly atracó.

—Uno de los marcianos. Estamos buscando a la dama asiática que estaba trabajando en Sheerness la semana pasada, ¿la has visto?

—Hace tiempo que no la veo. Un par de meses, en verdad. Oí que había cruzado a Southend. En el submarino lo sabrán.

Bly asintió y se volvió hacia Nirgal.

—¿Le apetece ver Minster? —le preguntó. Nirgal frunció el entrecejo.

—Preferiría ver a la gente que tal vez sepa de su paradero.

—Claro. —Bly dio marcha atrás, sacó el barco del atracadero y luego viró. Nirgal observó las ventanas cegadas, el yeso manchado, los estantes en la pared de una oficina, algunas notas sujetas con chinchetas a una viga. Mientras se dirigían hacia el sector inundado de Minster, Bly tomó el micrófono de la radio y apretó unos botones. Mantuvo unas cuantas conversaciones breves que Nirgal apenas pudo seguir, con expresiones pintorescas y respuestas envueltas en una estática explosiva.

—Lo intentaremos en Sheerness, pues. La marea está bien.

Avanzaron directamente hacia las aguas espumosas que se encrespaban sobre la ciudad sumergida y siguieron las calles lentamente. Donde la espuma era más densa las aguas estaban más tranquilas. En el líquido gris asomaban chimeneas y postes de teléfonos, y de cuando en cuando Nirgal vislumbraba los edificios bajo el mar, pero había tanta espuma en la superficie y el fondo era tan oscuro que poco se podía ver: la pendiente de un tejado, la visión fugaz de una calle, la ventana ciega de una casa.

En el otro extremo de la ciudad había un muelle flotante anclado a un pilar de hormigón que asomaba entre la resaca.

—Éste es el antiguo muelle de los ferries. Separaron una sección y la reflotaron, y ahora han achicado el agua de las oficinas inferiores y las han vuelto a ocupar.

—¿Es posible…?

—Ya lo verá.

Bly saltó por la borda al embarcadero y alargó una mano para ayudar a Nirgal a hacer lo mismo; de todas maneras Nirgal cayó pesadamente sobre una rodilla al tocar el suelo.

—Ánimo, Spiderman. Allá vamos.

El pilar de hormigón se elevaba aproximadamente un metro y medio y resultó estar hueco. Habían atornillado una escalerilla metálica en el interior. De un cable revestido de goma y enrollado a uno de los postes de la escalerilla colgaban varias bombillas. El cilindro de hormigón terminaba unos tres metros más abajo, pero la escalera bajaba hasta una gran sala, cálida, húmeda y maloliente, dominada por el ruido de varios generadores que debían de estar allí mismo o en el edificio contiguo. Las paredes, el suelo, los techos y ventanas estaban revestidos de algo semejante a una lámina de plástico transparente. Se encontraban en el interior de una burbuja; fuera, el agua, lóbrega, como el agua sucia en un fregadero.

El rostro de Nirgal sin duda reflejaba su sorpresa, ya que Bly esbozó una sonrisa y dijo:

—Era un edificio sólido. Esto, que podría llamarse lámina de roca, es algo parecido al material de las tiendas que ustedes utilizan en Marte, sólo que se endurece. Ya se han reocupado varios edificios, los que tienen el tamaño y la profundidad apropiadas, desde luego. Colocas un tubo y soplas, como si soplaras vidrio. Así que muchos de los antiguos habitantes de Sheerness están regresando y se hacen a la mar desde el puerto o desde el tejado de sus casas. Los llaman la gente de la marea. Supongo que es mejor que ir a pedir limosna a Inglaterra, ¿no?

—¿En qué trabajan?

—Pescan, como siempre. Y hacen labores de salvamento. ¡Eh, Karna! Aquí está mi marciano, ven a saludarle. En el lugar del que viene es bajito, ¡imagínate! Lo llamo Spiderman.

—Pero si es Nirgal, ¿no? Que me maten si llamo Spiderman a Nirgal cuando viene a visitarme. —Y el hombre, de cabellos negros y piel oscura, oriental en apariencia, aunque no por el acento, estrechó la mano de Nirgal con gentileza.

La intensa iluminación de la sala procedía de unos focos inmensos dirigidos hacia el techo. El suelo reluciente estaba atestado: mesas, bancos, maquinaria en distintos estadios de montaje, motores de embarcaciones, bombas, generadores, bobinas, y cosas que Nirgal no pudo reconocer. Los generadores que se oían estaban al final de un pasillo, aunque no por ello producían menos estrépito. Nirgal se acercó a una pared para inspeccionar el material de la burbuja. Sólo tenía un grosor de unas pocas moléculas, le informaron los amigos de Bly, y sin embargo podía soportar miles de libras de presión. Nirgal imaginó cada libra como un puñetazo, miles de ellos a un tiempo.

—Estas burbujas seguirán aquí cuando se haya desgastado el hormigón.

Nirgal preguntó por Hiroko. Karna se encogió de hombros.

—Nunca me dijeron su nombre. Yo creía que era tamil, del sur de la India. He oído que ha pasado a Southend.

—¿Ella les ayudó con esto?

—Sí. Nos trajo las burbujas de Flessinga, ella y un puñado de gente como ella. Lo que han hecho aquí es extraordinario; antes de que vinieran, nos arrastrábamos en High Halstow.

—¿Por qué vinieron?

—No lo sé. Seguramente formaban un grupo de ayuda a las poblaciones costeras. —El hombre rió.— Aunque nadie lo hubiera dicho. Por lo que parecía iban bordeando la costa y rehabilitando construcciones entre las ruinas por pura diversión. Civilización entre mareas, la llamaban.

—¡Karnasingh! ¡Bly! Un día precioso, ¿eh?

—Sí.

—¿Os apetece un poco de bacalao?

En la gran sala contigua había una cocina y un comedor con muchas mesas y bancos. En ese momento comían allí unas cincuenta personas, y Karna presentó a voz en grito a Nirgal. Unos murmullos indistintos lo recibieron. La gente estaba ocupada con la comida: cuencos de estofado de pescado que se servían de unas grandes marmitas negras con aspecto de llevar siglos de uso ininterrumpido. Nirgal se sentó a comer; el estofado estaba bueno, pero el pan era duro como la mesa. Le rodeaban rostros curtidos, carcomidos, castigados por la sal, rojizos cuando no eran cobrizos; Nirgal no había visto nunca unos semblantes tan expresivos y feos, maltratados y modelados por la dura existencia en el opresivo abrazo de la Tierra. Conversaciones ruidosas, salvas de carcajadas, gritos; el ruido del generador apenas era audible. Después de comer, se acercaron a saludarlo y echarle una ojeada. Varios habían conocido a la mujer asiática y sus amigos y la describieron con entusiasmo. Ni siquiera les había dicho cómo se llamaba. Su inglés era bueno, pausado y claro.

—Yo pensaba que era paquistaní. Sus ojos no parecían demasiado orientales, si usted me entiende. Vaya, que no eran como los de usted, no había ningún pliegue cerca de la nariz.

—Pliegue epicántico, ignorante.

Nirgal sintió que se le aceleraba el corazón. Hacía mucho calor allí, y la atmósfera era húmeda y viciada.

—¿Y los que la acompañaban?

Algunos eran orientales. Asiáticos, excepto dos blancos.

—¿Alguno era alto? —preguntó Nirgal—. ¿Como yo?

Ninguno. Si Hiroko había decidido regresar a la Tierra, era muy probable que los más jóvenes no la hubieran acompañado. Hasta era posible que Hiroko ni siquiera les hubiera comunicado lo que pensaba hacer. ¿Abandonaría Frantz Marte, lo haría Nanedi? Nirgal lo dudaba. Regresar a la Tierra en la hora de necesidad… los más viejos lo harían. Sería muy propio de Hiroko; podía imaginarla navegando por las nuevas costas terrestres, organizando la rehabitación…

—Se fueron a Southend. Iban a seguir toda la costa trabajando. Nirgal miró a Bly, que asintió; ellos también irían.

Pero la escolta de Nirgal quería corroborar los datos primero. Exigían un día para organizarlo todo. Mientras, Bly y sus amigos charlaban sobre proyectos de rescate submarino, y cuando Bly se enteró del retraso, le preguntó a Nirgal si le gustaría participar en una de esas operaciones, a la mañana siguiente, «aunque no es una tarea agradable». Nirgal aceptó y la escolta no se opuso, siempre y cuando algunos los acompañasen. Todos quedaron de acuerdo.

Pasaron la tarde en el ruidoso y húmedo almacén submarino, y Bly y sus amigos lo revolvieron todo en busca de equipo apropiado para Nirgal. Y pasaron la noche en los cortos y estrechos catres del barco de Bly, como mecidos en una cuna grande y tosca.

A la mañana siguiente hicieron los últimos preparativos rodeados de una leve neblina de tonalidades marcianas: los rosados y anaranjados flotaban aquí y allá sobre una vitrea agua muerta de color malva. La marea estaba casi en el punto más bajo y el equipo de rescate, Nirgal y tres guardaespaldas siguieron la embarcación de Bly a bordo de un trío de pequeñas lanchas motoras, maniobrando entre chimeneas, señales de tráfico y postes de electricidad, conferenciando a menudo. Bly había sacado un manoseado libro de mapas, y mencionaba ciertas calles de Sheerness, pues se dirigían a un punto determinado. Muchos almacenes de la zona del puerto al parecer ya habían sido vaciados, pero quedaban algunos, desperdigados por los bloques de pisos situados detrás del paseo marítimo, en los que no habían operado, y uno de ellos era el objetivo de esa mañana.

—Aquí es adonde vamos: el número dos de Carleton Lane. —Una joyería, cerca de un pequeño mercado.— Buscaremos joyas y comida enlatada, un botín equilibrado, podría decirse.

Amarraron a la parte superior de una valla publicitaria y pararon los motores. Bly lanzó por la borda un pequeño objeto sujeto a un cordón y fue a reunirse con tres hombres frente a la pequeña pantalla de la IA empotrada en el panel de instrumentos del puente. Soltaron un fino cable por el costado, y el carrete emitió un chirrido espeluznante. En la pantalla, el lóbrego color de la imagen fluctuaba entre el marrón y el negro.

—¿Cómo saben qué están viendo? —preguntó Nirgal.

—No lo sabemos.

—Pero, miren, eso de ahí es una puerta, ¿ven?

—No.

Bly pulsó en el diminuto teclado numérico bajo la pantalla.

—Allá vas, pequeña. Ya estamos dentro. Eso de ahí debería ser el mercado.

—¿Es que no tuvieron tiempo de poner a salvo las cosas? —preguntó Nirgal.

—No todo. Toda la población de la costa este de Inglaterra tuvo que trasladarse al mismo tiempo, de manera que no había suficientes medios de transporte para llevar más que lo que pudieras cargar en el coche. Como mucho. Mucha gente dejó su casa intacta. Así que rescatamos lo que vale la pena.

—¿Y qué opinan los dueños?

—Oh, existe un registro. Lo consultamos y nos ponemos en contacto con los dueños cuando es posible, y les cobramos unos honorarios por el salvamento si quieren recuperar sus cosas. Si no están en el registro, lo vendemos en la isla. La gente busca muebles y esas cosas. Ahí, miren… vamos a ver qué es eso.

Apretó una tecla y la pantalla se aclaró.

—Ah, sí, un frigorífico. Nos vendrá bien, pero sudaremos tinta para subirlo.

—¿Y la casa?

—La volaremos. Una explosión limpia si se colocan bien las cargas. Pero no será esta mañana. La señalaremos y seguiremos adelante.

Continuaron avanzando. Bly y otro hombre seguían atentos a la pantalla, discutiendo amigablemente adonde irían después.

—Esta ciudad nunca fue gran cosa, ni siquiera antes de la inundación —dijo Bly a Nirgal—. Llevaba un par de siglos entregada a la bebida, desde el fin del imperio.

—Desde el fin de la navegación a vela, querrás decir —corrigió el otro hombre.

—Es lo mismo. El viejo Támesis empezó a usarse cada vez menos después de aquello, y los pequeños puertos del estuario empezaron a decaer. Y de eso hace ya mucho.

Al fin Bly paró el motor y los miró a todos. Nirgal vio en los rostros barbudos una curiosa mezcla de resignación torva y alegre expectación.

—Ahí lo tenemos.

Los demás empezaron a sacar el equipo de inmersión: trajes completos, tanques, máscaras, algunas escafandras.

—Pensamos que el equipo de Eric le irá bien —dijo Bly—. Era un gigante. —Sacó un largo traje negro de inmersión, sin pies ni guantes, de la atestada taquilla, para utilizar con máscara y no con escafandra.— También están las botas.

—Me los probaré.

Él y dos hombres se desnudaron y se pusieron los trajes, sudando y resoplando mientras se los acomodaban y cerraban las cremalleras de los cuellos ceñidos. El traje de Nirgal tenía un desgarrón triangular en el costado izquierdo, afortunadamente, porque si no no le habría cabido; le iba muy ajustado en el torso y demasiado holgado en las piernas. Uno de los submarinistas cerró el desgarrón con cinta aislante.

—Esto bastará, al menos para una inmersión. Pero ya ve lo que le sucedió a Eric, ¿no? —dijo, dándole unos golpecitos en el costado—. Procure no quedar atrapado en alguno de los cables.

—Lo haré.

Nirgal sintió un hormigueo generalizado bajo el traje, que de pronto le pareció enorme. Atrapado por un cable en movimiento y golpeado contra el hormigón, ka, qué agonía… un golpe fatal… ¿cuánto tiempo debió de conservar la conciencia después de eso, un minuto, dos? Debatiéndose en la oscuridad…

Nirgal se esforzó por salir de su representación del final de Eric, estremecido. Le sujetaron un respirador a la parte superior del brazo y la máscara, y de pronto se encontró inhalando un aire seco y frío; oxígeno puro, le dijeron. Bly le volvió a preguntar si se sentía bien para bajar, porque Nirgal temblaba ligeramente.

—Sí, sí —repuso Nirgal—. Me siento bien con el frío, y esa agua no está tan fría. Además, ya he empapado el traje de sudor.

Los otros submarinistas, también sudorosos, asintieron. Prepararse era más duro que bucear. Bajó por la escalerilla y de pronto se vio libre del peso aplastante de la gravedad, entró en algo muy semejante a la g marciana, o aún más ligero, ¡qué alivio! Nirgal aspiró alegremente el frío oxígeno embotellado, casi sollozando por la súbita liberación de su cuerpo, flotando en una cómoda penumbra. Sí, su mundo en la Tierra estaba bajo las aguas.

En la profundidad todo era tan oscuro y amorfo como en la pantalla, a excepción de los conos de luz que brotaban de los faros de sus dos compañeros, obviamente muy potentes. Nirgal los seguía un poco rezagado y a menor profundidad, y de ese modo tenía una panorámica de la situación. El agua del estuario estaba fría, a unos 285° kelvins calculó Nirgal, pero la que se filtraba por las muñecas y alrededor de la capucha era escasa y, atrapada en el interior del traje, se calentaba por su esfuerzo, lo cual compensaba el frío de las manos y el rostro, y del costado izquierdo.

Los conos de luz barrían la penumbra cuando los hombres miraban alrededor. Nadaban siguiendo una calle estrecha. Envolviendo los edificios, las calzadas y las aceras, el agua gris y tenebrosa se parecía extrañamente a la niebla de la superficie.

Se encontraron delante de un edificio de ladrillo de tres plantas que ocupaba la esquina de una intersección de calles en ángulo agudo. Kev le indicó con un ademán que los esperase fuera, y Nirgal estuvo encantado de complacerlo. El otro buceador, que sostenía un cable tan fino que apenas se distinguía, fijó una pequeña polea en el umbral de la puerta principal y pasó el cable por ella. El tiempo se arrastró; Nirgal nadaba lentamente alrededor del edificio en forma de cuña y espiaba por las ventanas del segundo piso las oficinas, las habitaciones vacías, los apartamentos. Algunos muebles flotaban junto a los techos. Un movimiento lo hizo apartarse con sobresalto; tenía miedo del cable, pero en realidad no había motivo para ello, puesto que estaba en el otro lado del edificio. Se le coló un poco de agua en la boquilla y la tragó para quitarla de en medio. Sabía a sal, limo y plantas, y a algo desagradable. Siguió nadando.

En el otro lado, Kev y el otro hombre intentaban hacer pasar una pequeña caja fuerte por la puerta. Cuando lo consiguieron, movieron las piernas para mantener la posición vertical y esperaron hasta que el cable se tensó sobre sus cabezas. Luego ejecutaron un torpe ballet acuático y la caja fuerte flotó hacia la superficie y desapareció. Kev volvió a entrar en el edificio y luego salió impulsándose con fuerza y cargando dos pequeños sacos. Nirgal se acercó a él, tomó uno de los sacos y con enérgicas y voluptuosas patadas se impulsó hacia el barco. Emergió a la brillante luz de la niebla. Le habría gustado bajar otra vez, pero Bly no quería que permanecieran más tiempo allí abajo y Nirgal arrojó las aletas al barco y trepó por la escalerilla lateral. Cuando se sentó estaba sudando, y sintió un alivio inmenso al quitarse la capucha del traje, aun cuando estuvo a punto de arrancarse los cabellos con ella. Le ayudaron a despojarse del traje de buceo, y el contacto con el aire pegajoso le pareció muy agradable.

—¡Mírenle el pecho, pero si parece un galgo!

—Como si hubiera respirado vapores toda la vida.

La niebla empezó a disiparse y descubrió un cielo blanco atravesado por una banda más blanca y brillante de sol. El peso había regresado e hizo varias inspiraciones profundas para devolverle a su cuerpo ese ritmo de trabajo. Notaba el estómago extraño y los pulmones le dolían un poco al respirar. Todo se mecía más de lo que el movimiento del océano justificaba. El cielo se volvió de cinc y el cuadrante del sol adquirió un resplandor cegador. Nirgal permaneció sentado, con una respiración cada vez más rápida y superficial.

—¿Le gustó?

—¡Sí! —dijo—. Me gustaría sentirme así en todas partes. Los hombres se rieron.

—Tome, beba algo.

Tal vez sumergirse en las aguas había sido un error. Ya no volvió a sentirse bien con la g. Le costaba mucho respirar. El aire allí abajo, en el almacén, era tan húmedo que le parecía que podría apretar el puño y obtener agua. Le dolían la garganta y los pulmones. Bebía té constantemente, pero seguía sediento. El agua chorreaba de las paredes centelleantes, y no acertaba a comprender lo que la gente decía, todo era ay y eh y lor y da, nada que se pareciera al inglés marciano. Un idioma distinto. Todos ellos hablaban un idioma distinto. Las obras de Shakespeare no lo habían preparado para aquello.

Volvió a dormir en el pequeño catre de la embarcación de Bly. Al día siguiente la escolta dio el visto bueno y abandonaron Sheerness y cruzaron el estuario del Támesis en dirección norte, envueltos en una niebla rosada más densa incluso que la del día anterior.

Nada era visible en el estuario, fuera del mar y la niebla. Nirgal había estado dentro de nubes antes, sobre todo en la pendiente occidental de Tharsis, donde los frentes subían muy deprisa, pero nunca en el mar. Las veces que lo habían atrapado las nubes, la temperatura siempre había estado por debajo del punto de congelación, y las nubes se asemejaban a nieve, muy blanca, menuda y seca, rodando sobre la tierra y cubriéndola con un manto de polvo blanco. Nada que ver con aquel mundo líquido, donde apenas había diferencia entre las aguas revueltas y las ráfagas de niebla que las cubrían, entre el estado líquido y el gaseoso. El barco cabeceaba con violencia. Unos objetos oscuros aparecieron en los límites de la visión, pero Bly no pareció prestarles atención, mirando hacia adelante a través de la ventana tan perlada de agua que casi era opaca, o atento a las diferentes pantallas bajo la ventana.

De pronto Bly detuvo el motor y el cabeceo del barco se transformó en violentos bandazos. Nirgal se agarró a la mampara de la cabina y miró a través de la ventana empañada, intentando descubrir la causa de la parada.

—Un gran navío se acerca desde Southend —declaró Bly, haciendo avanzar el barco muy despacio.

—¿Por dónde?

—A babor. —Señaló una pantalla y luego a la izquierda. Nirgal no vio nada.

Bly guió el barco hasta un malecón bajo y alargado, con numerosas embarcaciones amarradas, que se extendía hacia el norte hasta la ciudad de Southend-on-Sea, que se elevaba y desaparecía en la niebla de la pendiente.

Varios marineros saludaron a Bly:

—Precioso día, ¿eh…? Magnífico… —Y empezaron a descargar las cajas de la bodega.

Bly preguntó por la mujer asiática de Flessinga, y los hombres negaron con la cabeza.

—¿La japonesa? No está aquí, chico.

—Pues en Sheerness decían que ella y su grupo habían venido a Southend.

—¿Y por qué decían tal cosa?

—Porque creían que eso era lo que había sucedido.

—Eso es lo que se consigue escuchando a gente que vive debajo del agua.

—¿La abuela paquistaní? —dijeron en el surtidor de gasoil al otro lado del malecón—. Hace ya tiempo que se marchó a Shoeburyness.

Bly echó una rápida mirada a Nirgal.

—Está a unas pocas millas al este. Si ella estuvo aquí, esos hombres lo sabrán.

—Probémoslo entonces.

Después de repostar, dejaron el malecón y avanzaron lentamente hacia el este, rodeados de niebla. De cuando en cuando vislumbraban la colina edificada a la izquierda. Bordearon un promontorio y viraron hacia el norte. Bly volvió a acercarse a otro malecón flotante, bastante menos frecuentado que el anterior a juzgar por las escasas barcas amarradas.

—¿El grupo de los chinos? —gritó un viejo desdentado—. ¡Se fueron a Pig's Bay! ¡Nos dieron un invernadero! Una especie de santuario.

—Pig's Bay es el siguiente malecón —dijo Bly, con una mirada pensativa mientras maniobraba para salir del atracadero.

Siguieron hacia el norte. La costa, allí, era una ristra ininterrumpida de edificios inundados. ¡Habían construido tan cerca del mar! Era evidente que no tenían motivos para temer un cambio del nivel del mar. Pero había ocurrido, y había creado esa extraña zona anfibia, una civilización entre mareas, acunada por las aguas en la niebla.

Un grupo de edificios de ventanas centelleantes. Los habían recubierto con el material transparente de las burbujas y después de bombear el agua los habían ocupado; sólo los pisos superiores asomaban sobre las olas espumosas. Bly maniobró entre los muelles flotantes, donde encontraron a un grupo de mujeres con botas e impermeables amarillos remendando una gran red negra. Bly redujo la marcha y preguntó:

—¿Las ha visitado también a ustedes la señora asiática?

—Oh, sí, está abajo, allí, en el edificio al final del malecón.

A Nirgal le dio un vuelco el corazón. Perdió el equilibrio y tuvo que agarrarse a la barandilla. Bajó a tierra, avanzó por el muelle hasta el último edificio, en el paseo marítimo, una pensión o algo parecido, de paredes resquebrajadas y brillantes en las grietas, una burbuja llena de aire. Plantas verdes, vislumbradas vagamente a través de las aguas grises. Se había apoyado en el hombro de Bly. Cruzaron una puerta, bajaron unas escaleras estrechas y entraron en una habitación con una de las paredes abierta al mar, como un sucio acuario.

Una mujer diminuta con un mono de color rojizo apareció por una puerta lejana. Cabellos blancos, ojos negros, ágil y precisa, como un pájaro. No era Hiroko. La mujer los miró.

—¿Es usted la mujer que vino de Flessinga? —preguntó Bly después de echarle una mirada a Nirgal—. ¿La persona que ha estado construyendo estos submarinos?

—Sí —dijo la mujer—. ¿Puedo hacer algo por ustedes? —Su voz era aguda y tenía acento británico. Dirigió a Nirgal una mirada inexpresiva. Había personas en la habitación, y otras entraban. La misma expresión que en el rostro visto en el acantilado, en Medusa Vallis. Tal vez otra Hiroko, una Hiroko distinta, que recorría ambos mundos construyendo…

Nirgal sacudió la cabeza. El aire era como el de un invernadero corrompido y la luz, muy pálida. Casi no pudo volver a subir las escaleras. Bly se había encargado de las despedidas. De vuelta a la niebla brillante. De vuelta al barco. Persiguiendo hebras de humo. Una treta para alejarlo de Berna o bien una equivocación. O simplemente una empresa descabellada.

Bly lo ayudó a sentarse en la cabina del barco, junto a una barandilla.

—Ah, bien.

El barco cabeceaba y daba guiñadas en medio de la densa niebla. Un día oscuro y lúgubre sobre las aguas, que estallaban en los cambios de fase de las ondas, y entonces el agua y la niebla se confundían, intercambiaban los papeles. Nirgal se sentía soñoliento. Ella no había abandonado Marte, seguía trabajando en secreto. Había sido absurdo pensar lo contrario. Cuando regresara, la encontraría. Sí, era el objetivo, la tarea que se imponía. La encontraría y la obligaría a vivir al descubierto de nuevo. Se aseguraría de que había sobrevivido. Era la única manera de aliviar el peso terrible que le oprimía el corazón. Sí, la encontraría.

Lentamente la niebla se levantó. Unas nubes grises y bajas cruzaban velozmente el cielo y dejaban caer remolinos de lluvia. La marea estaba bajando y el Támesis fluía con toda su fuerza. En un caos de olas, las aguas pardas y espumosas del estuario corrían rápidamente hacia el este, hacia el mar del Norte. Y de pronto el viento cambió y empujó la marea y las olas se precipitaron mar adentro. Entre la espuma flotaban toda clase de objetos: cajas, muebles, tejados, casas enteras, botes zozobrados, trozos de madera. Los restos del naufragio. Los tripulantes del barco estaban en cubierta y se inclinaban sobre las barandillas con pequeños garfios y binoculares, y le gritaban a Bly que se alejara para evitar los objetos o que intentara acercarse para poder pescarlos. Estaban absortos en el trabajo.

—¿Qué son todas esas cosas? —preguntó Nirgal.

—Es Londres —dijo Bly—. El mar se lo lleva.

La parte baja de las nubes pasaba rauda sobre sus cabezas, hacia el este. Al mirar alrededor Nirgal vio otras barcas pequeñas en las aguas revueltas de la gran desembocadura del río, recuperando despojos o simplemente pescando. Bly saludaba a unos y otros al pasar, con la mano o haciendo sonar la sirena. Sobre el estuario salpicado de gris flotaban roncos sonidos de sirena, al parecer emitiendo mensajes que la tripulación comentaba.

De pronto, Kev exclamó:

—¡Eh! ¿Qué es eso? —y señaló corriente arriba.

Del banco de niebla que cubría la desembocadura del Támesis había surgido un barco con velas, muchas velas, dispuestas en los tres mástiles según la configuración típica, muy familiar para Nirgal aunque nunca antes la había visto. Un coro de bocinazos enloquecidos recibió esta aparición, como los perros de un vecindario ladrando desvelados por la noche, entusiasmados. Sobre esa barahúnda explotó la penetrante sirena del barco de Bly, uniéndose al coro. Nirgal no había oído en su vida un sonido tan demoledor. El aire más denso, los sonidos más penetrantes… Bly sonreía sin dejar de tocar la sirena, y la tripulación y la escolta de Nirgal, en las barandas, gritaban sin ser oídos ante la súbita aparición.

Al fin Bly dio un respiro a la sirena.

—¿Qué es eso? —gritó Nirgal.

—¡Es el Cutty Sark! —exclamó Bly y echó la cabeza hacia atrás con una carcajada—. ¡Lo tenían encerrado a cal y canto en Greenwich!

¡Amarrado en un parque! Algún loco bastardo debe de haberlo liberado. Qué idea tan brillante. Tienen que haberlo remolcado alrededor de la barrera. ¡Miren cómo navega!

El viejo clíper tenía cuatro o cinco velas desplegadas en cada uno de los tres mástiles, y algunas velas triangulares entre ellos y entre el trinquete y el bauprés. Navegaba en pleno reflujo y con el viento a favor, cortando la espuma y los despojos, y la proa puntiaguda engendraba una rápida sucesión de olas blancas. Nirgal vio hombres en lo alto de la arboladura, la mayoría inclinados sobre los penóles, saludando con el brazo a la desordenada flotilla de lanchas al pasar entre ellas. Los gallardetes flameaban en lo alto de los mástiles, y una gran bandera azul con cruces rojas… Cuando pasó junto al barco de Bly, éste hizo sonar la sirena frenéticamente y los hombres rugieron. Un marinero encaramado en la verga de la vela mayor del Cutty Sark los saludó con los dos brazos, inclinándose sobre el cilindro de madera pulida. De pronto, como en cámara lenta, todos vieron que perdía el equilibrio y, con la boca abierta, caía hacia atrás y se precipitaba a las aguas espumosas a un costado del navío. Todos en el barco de Nirgal gritaron «¡Nooo!». Bly soltó una palabrota y aceleró el motor, que atronó en el silencio dejado por la bocina. La popa del barco se hundió en el agua y avanzaron refunfuñando hacia la figura en el agua, ahora un punto negro más, que agitaba frenéticamente un brazo.

Los pitos y sirenas de todas las barcas sonaron al unísono; pero el Cutty Sark no aminoró la marcha. Se alejó a toda velocidad, con las velas hinchadas por el viento, un espectáculo en verdad hermoso. Cuando consiguieron alcanzar al marinero caído, la popa del clíper estaba ya muy baja y sólo se distinguían el blanco de las velas y el negro del aparejo, y abruptamente todo desapareció, engullido por otra muralla de niebla.

—¡Qué visión gloriosa! —repetía uno de los hombres—. ¡Qué visión gloriosa!

—Sí, sí, gloriosa, pero será mejor que pesquemos a ese pobre idiota. Bly dio marcha atrás. Luego arrojó una escalerilla por el costado y ayudó a trepar por ella al marinero, que se quedó agarrado a la borda, inclinado hacia adelante y temblando, mojado como una rata.

—Gracias —dijo entre arcadas. Kev y el resto de la tripulación lo despojaron de las ropas y lo envolvieron con unas mugrientas y gruesas mantas.

—Eres un estúpido idiota —gritó Bly desde el timón—. Estabas a punto de navegar por todo el mundo en el Cutty Sark y ahora estás a bordo de La dama de Faversham. Eres un idiota.

—Lo sé —dijo él.

Los hombres le echaron unas chaquetas sobre los hombros, riendo.

—¡Tonto rematado, mira que saludarnos de esa manera! —Durante toda la travesía de regreso a Sheerness proclamaron su inutilidad, sin olvidarse de dar calor al pobre hombre y ponerlo a reparo del viento en la timonera, donde lo vistieron con ropas que le iban pequeñas. Él rió con ellos, maldijo su suerte, describió la caída, reconstruyó la catástrofe. Una vez en Sheerness lo ayudaron a bajar al almacén submarino y le metieron en el cuerpo un poco de estofado caliente y varias pintas de cerveza, mientras relataban a la gente del almacén y a los que iban llegando su caída desde el estado de gracia.— ¡Miren, este cretino estúpido se cayó del Cutty Sark esta tarde, el muy torpe, cuando salían con la marea a todo trapo, rumbo a Tahití!

—A Pitcairn —corrigió Bly.

El propio marinero, borracho perdido, narró el acontecimiento tantas veces como sus rescatadores.

—Sólo me solté un segundo, y el barco dio una pequeña guiñada y me encontré volando. No se me ocurrió que podía pasar, no se me ocurrió. Mientras bajábamos por el Támesis me había estado soltando todo el tiempo. Oh, un momento, perdónenme, pero tengo que vomitar.

—Ah, Dios, fue una visión gloriosa, de veras brillante. Llevaban más trapo del necesario, desde luego, sólo era para irse con estilo, pero Dios los bendiga por eso. Qué visión.

Nirgal estaba mareado y sentía una cierta desazón. Veía la habitación invadida por una oscuridad brillante, excepto en algunos puntos, donde había unas franjas que lo deslumbraban, un claroscuro de objetos confusos, Brueghel en blanco y negro, y había tanto ruido.

—Recuerdo la inundación de la primavera del trece, cuando el mar del Norte entró en mi dormitorio…

—¡Ah, no, la inundación del trece otra vez no, no me la pienso tragar otra vez!

Nirgal fue al vestuario de hombres, en un rincón de la sala, pensando que se sentiría mejor si aliviaba las tripas. El marinero rescatado estaba en el suelo de uno de los compartimientos, vomitando con violencia. Nirgal retrocedió y se sentó a esperar en el banco más cercano. Una mujer joven pasó junto a él y alargó la mano para tocarle la frente.

—¡Está caliente!

Nirgal se llevó la palma de la mano a la frente para juzgar.

—Trescientos diez kelvins —aventuró—. Mierda.

—Tiene fiebre —dijo ella.

Uno de los guardaespaldas se sentó a su lado. Nirgal le dijo lo de su temperatura y el hombre preguntó:

—¿Puede comprobarlo en su consola de muñeca? Nirgal asintió y pidió una medición. 309° kelvins.

—Mierda.

—¿Cómo se siente?

—Caliente. Pesado.

—Será mejor que lo llevemos a que lo vea un médico.

Nirgal asintió con un movimiento de cabeza, y lo acometió una oleada de vértigo. Observó a los guardaespaldas haciendo los preparativos. Bly se acercó y les hizo algunas preguntas.

—¿Por la noche? —dijo Bly. La conversación continuó en voz baja. Bly se encogió de hombros; no era una buena idea, parecía decir, pero puede intentarse. Los escoltas salieron y Bly se echó al coleto el último trago de su pinta y se levantó. Aunque Nirgal había deslizado el cuerpo para apoyar la espalda contra la mesa, la cabeza de Bly estaba al mismo nivel que la suya. Una especie diferente, un anfibio achaparrado y poderoso. ¿Eran conscientes de ello antes de la inundación? ¿Lo sabían ahora?

Todos se despidieron, estrujándole o mimándole la mano. Trepar por la torreta de la escalera le resultó muy penoso. Salieron a la noche, fría y húmeda, amortajada de niebla. Sin una palabra, Bly los llevó al barco, y permaneció en silencio mientras ponía en marcha el motor y se alejaba del muelle. Navegaban con la marea baja, y por primera vez el balanceo del barco mareó a Nirgal. Las náuseas eran peores que el dolor. Se sentó junto a Bly en un banquillo y contempló el cono gris de agua y niebla iluminadas a proa. Cuando algún objeto oscuro se perfilaba en la niebla, Bly reducía e incluso daba marcha atrás. Una vez siseó. Siguieron así mucho tiempo. Cuando al fin atracaron en las calles de Faversham, Nirgal se sentía tan mal que no pudo despedirse adecuadamente; sólo consiguió agarrarle la mano a Bly y mirar brevemente los ojos azules del hombre. Qué caras. Se puede ver el alma de las personas en la cara. ¿Eran conscientes de ello antes? De pronto Bly ya no estaba y él viajaba en un coche que zumbaba a través de la noche. Se sentía cada vez más pesado, como durante el descenso en el ascensor. Un avión subiendo en la oscuridad; bajando en la oscuridad, los oídos le explotaron dolorosamente, náusea; estaba en Berna con Sax a su lado; sintió un gran consuelo.

Estaba en una cama, ardiendo de fiebre, y su respiración era turbia y dolorosa. Del otro lado de la ventana, los Alpes. El blanco brotaba del verde, como la muerte surgiendo de la vida, para recordarle que la viriditas era una espoleta verde que un día encendería una nova de blancura, retornando así a la misma configuración de elementos que existía antes de que la tormenta de polvo los hubiera levantado y alterado. El mundo blanco y el mundo verde; le parecía que el Jungfrau empujaba en el interior de su garganta. Quería dormir, escapar de aquella sensación.

Sax estaba sentado a su lado, sosteniéndole la mano.

—Creo que necesita volver a la gravedad marciana —le decía a alguien que no parecía estar en la habitación—. Podría ser una forma del mal de las alturas. O un vector vírico. O una alergia. Una respuesta sistémica. Edema, en cualquier caso. Metámoslo inmediatamente en un avión espacial y llevémoslo a un anillo con gravedad marciana. Si tengo razón, eso le ayudará, y si no, no le hará daño.

Nirgal trató de hablar, pero no podía respirar. Aquel mundo lo había infectado, lo había aplastado y cocido en vapor y bacterias. Sintió un golpe en las costillas: era alérgico a la Tierra. Apretó la mano de Sax e inspiró, y fue como si una cuchillada le alcanzara el corazón.

—Sí —dijo con un jadeo, y vio que Sax desviaba la mirada—. A casa, sí.

QUINTA PARTE

Al fin en casa

Un anciano sentado a la cabecera de una cama. Las habitaciones de hospital son todas iguales. Limpias, blancas, frías, llenas de zumbidos y luz fluorescente. En el lecho yace un hombre alto, de piel cobriza y gruesas cejas negras, con un sueño agitado. El anciano está inclinado sobre la cabeza del enfermo y la presiona levemente con las manos, detrás de la oreja. El anciano murmura con voz queda:

—No es más que una respuesta alérgica, hay que convencer a tu sistema inmunitario de que el alérgeno en realidad no es un problema. Todavía no lo han identificado. El edema pulmonar forma parte por lo general del síndrome de las alturas, pero tal vez la causa haya sido la mezcla de gases, o quizá se trate del síndrome de las cotas bajas. Es necesario sacar el agua de tus pulmones. Casi lo han conseguido. La fiebre y los escalofríos pueden atribuirse al biofeedback. Una fiebre de veras alta es peligrosa, debes tenerlo presente. Recuerdo la vez que entraste en los baños después de haberte caído al lago. Estabas azul. Jackie saltó al agua caliente de inmediato… no, me parece que antes se detuvo a mirarte. Nos tomaste a mí y a Hiroko del brazo y todos fuimos testigos de que entrabas en calor. Termogénesis sin temblor, todo el mundo tiene esa capacidad, pero la tuya fue voluntaria y de una potencia increíble. Nunca vi nada igual. Todavía sigo sin saber cómo lo hiciste. Eras un muchacho excepcional. La gente puede temblar a voluntad, así que tal vez sea eso, sólo que en el interior. En realidad no importa, no necesitas saber cómo, sólo tienes que hacerlo, si es que puedes hacerlo en la dirección contraria, para bajar tu temperatura. Inténtalo. Inténtalo. Eras un muchacho excepcional.

El anciano alarga la mano y toma la muñeca del joven. La sostiene y la oprime.

—Solías preguntar mucho. Eras muy curioso, de buena pasta. Decías:

¿Por qué, Sax? ¿Por qué? Era divertido tratar de contestar siempre. El mundo es semejante a un árbol, a partir de una hoja puedes llegar a las raíces. Estoy seguro de que Hiroko lo sentía de esa manera; seguramente fue ella quien me explicó esa teoría. Escucha, no ha sido un error que fueras en busca de Hiroko. Yo he hecho lo mismo. Y volveré a hacerlo.

Porque la vi una vez, en Daedalia. Ella me ayudó cuando quedé atrapado en una tormenta. Me aferró la muñeca, así. Está viva, Nirgal. Hiroko vive. Está en algún lugar, allá afuera. Algún día la encontrarás. Pon ese termostato interno en marcha, baja la temperatura, y algún día la encontrarás….

El anciano suelta la muñeca. Se reclina pesadamente en la silla, medio dormido, murmurando aún.

—Decías: ¿Por qué, Sax, por qué?

Si no hubiera soplado el mistral, se habría echado a llorar, porque nada era igual, nada. Llegó a una estación de Marsella que no existía cuando se marchó, próxima a una pequeña ciudad que no existía cuando se marchó, construidas de acuerdo con la arquitectura gaudiniana, bulbosa y chorreante, con un toque de la circularidad bogdanovista, que a Michel le hizo pensar en una mezcla de Christianopolis e Hiranyagarbha. No, nada le resultaba familiar, en lo más mínimo. La tierra era extrañamente llana, verde, despojada de su roca, despojada de ese je ne sals quoi que había dado su carácter a Provenza. Llevaba ausente ciento dos años.

Pero sobre ese paisaje desconocido soplaba el mistral, que bajaba desde el Macizo Central: frío, seco, mohoso y eléctrico, rebosante de iones negativos o de lo que fuera que le confería su característico efecto katabático tan estimulante. ¡El mistral! No importaba lo que pareciera, tenía que ser Provenza.

Los miembros de la rama local de Praxis le hablaban en francés y él apenas los entendía. Escuchaba con atención, esperando recuperar su lengua nativa, esperando que la franglaisation y la frarabisation de las que le habían hablado no hubiesen cambiado las cosas en exceso. Le resultaba chocante buscar a tientas en su idioma nativo, y también que la Academia francesa no hubiese cumplido con el cometido de mantener la lengua congelada en el siglo XVII. Le pareció que la joven que encabezaba el grupo de Praxis decía que lo llevarían a visitar la región en coche y bajarían hasta la nueva costa.

—Estupendo —dijo Michel.

Empezaba a entenderlos mejor. Seguramente era cosa del acento provenzal. Los siguió por los círculos concéntricos de edificios y luego al interior de un aparcamiento igual a todos los aparcamientos. La joven auxiliar lo ayudó a acomodarse en el asiento del pasajero del pequeño vehículo y después se instaló frente al volante. Se llamaba Sylvie; era menuda, atractiva, elegante y olía muy bien, y por eso su extraño francés no dejaba de sorprenderlo. El coche se puso en marcha, abandonaron el aeropuerto y, rodando estrepitosamente, tomaron una carretera negra que cruzaba un paisaje llano, salpicado del verde de pastos y árboles. ¡No, unas pequeñas colinas se elevaban en la distancia! ¡Y el horizonte parecía tan lejano!

Sylvie lo llevó hasta la costa más cercana. Desde un apartadero en lo alto de una colina se alcanzaba a ver el Mediterráneo a lo lejos; jaspeado de pardo y gris, centelleaba bajo el sol.

Después de unos minutos de silenciosa contemplación, Sylvie continuó viaje, de nuevo tierra adentro sobre terreno llano. Más adelante se detuvieron en un terraplén y ella le dijo que estaban contemplando la Camarga. Michel no la habría reconocido. En otro tiempo el delta del Ródano había sido un amplio triángulo de muchos miles de hectáreas, lleno de salinas y pastos; ahora se había reintegrado en el Mediterráneo. Agua marrón sembrada de edificios, pero seguía siendo agua, y la línea azulada del Ródano discurría por el centro. Arles, en el vértice del triángulo, volvía a ser un puerto activo, aunque todavía estaban afianzando el canal. La parte del delta al sur de Arles, desde Martigues al este a Aigües-Mortes al oeste, había sido invadida por las aguas. Aigües-Mortes había sucumbido, pues sus edificios industriales estaban anegados. Las instalaciones portuarias se habían reflotado y trasladado a Arles o Marsella. Estaban esforzándose por crear rutas de navegación seguras; tanto la Camarga como la Plaine de la Crau, más al este, mostraban estructuras de todo tipo, aunque no todas se distinguían fácilmente, el agua estaba demasiado opaca a causa del limo.

—Mire, allí está la estación… pueden verse los silos pero no las dependencias. Y ahí tiene uno de los malecones que forman los canales, ahora actúan a modo de arrecifes. ¿Ve la línea de agua gris? Cuando la corriente del Ródano es fuerte suele desmoronarlos.

—Menos mal que las mareas no son fuertes —dijo Michel.

—Cierto. Si lo fueran, la ruta a Arles sería demasiado traicionera para los barcos.

En el Mediterráneo las mareas eran insignificantes y los barcos de pesca y los cargueros descubrían a diario rutas seguras; se intentaba reforzar el cauce principal del Ródano mediante un nuevo lago y restaurar los canales adyacentes para que los botes no tuvieran que desafiar el río cuando remontaban la corriente. Sylvie señalaba detalles que Michel no advertía y hablaba de los súbitos cambios del cauce del Ródano, de barcos encallados, de boyas sueltas, cascos hendidos, rescates nocturnos, vertidos de petróleo, de falsos faros, destinados a confundir a los incautos, e incluso de piratería clásica en alta mar. La vida parecía excitante en las nuevas bocas del Ródano.

Después de un rato regresaron al coche y Sylvie condujo hacia el sur y el este; al fin alcanzaron la costa, la verdadera costa, entre Marsella y Cassis. Esa parte del litoral mediterráneo, al igual que la Costa Azul más al este, estaba formada por una cadena de colinas escarpadas que caían abruptamente hacia el mar. Las colinas seguían aún muy por encima de las aguas, naturalmente, y a primera vista Michel tuvo la impresión de que allí la costa había cambiado mucho menos que en la inundada Camarga. Pero después de unos minutos de contemplar en silencio el paisaje cambió de parecer. La Camarga siempre había sido un delta, y por tanto en esencia no había cambiado. Pero allí…

—Las playas han desaparecido.

—Sí.

Era de esperar. Pero las playas habían sido la esencia de aquella costa, con sus largos veranos dorados y multitud de animales humanos desnudos que veneraban el sol, con bañistas, veleros y colores carnavalescos, y noches largas, cálidas y excitantes. Todo eso se había desvanecido.

—Nunca regresarán. Sylvie asintió.

—Ha ocurrido lo mismo en todas partes —dijo.

Michel miró hacia el este; las colinas caían a pico hacia el mar pardo hasta donde alcanzaba la vista; tenía la sensación de que podía ver hasta el cabo Sicié. Más allá estaban los grandes centros turísticos, Saint-Tropez, Cannes, Antibes, Niza, su pequeña Villefranche-sur-mer, y todas las playas de moda, pequeñas y grandes, todas anegadas, como la que tenían debajo: las aguas lodosas del mar lamían una franja de piedra fracturada y amarillentos árboles muertos, y los caminos que bajaban a la playa se hundían en la sucia espuma de la resaca que bañaba las calles de las ciudades abandonadas.

Los árboles verdes que estaban sobre la nueva línea de costa oscilaban sobre la roca blanquecina. Michel había olvidado lo blanca que era la roca. El follaje consistía básicamente en matorral bajo y polvoriento; la deforestación se había convertido en un problema en los últimos años, le dijo Sylvie, porque la gente talaba los árboles para conseguir combustible. Pero Michel apenas la oía; miraba las playas inundadas, tratando de recordar su belleza cálida, erótica y arenosa. Y mientras contemplaba la espuma sucia, descubrió que ya no las recordaba, ni tampoco los días pasados en ellas, los innumerables días ociosos que ahora no eran sino manchas brumosas, como el rostro de un amigo muerto. Ya no las recordaba.

Marsella se las había arreglado para sobrevivir: la única zona de la costa que no le importaba a nadie, la más fea, la ciudad. Naturalmente. Los muelles se habían inundado y también los barrios inmediatamente detrás de ellos; pero el terreno se elevaba rápidamente y los barrios más altos habían continuado con su vida dura y sórdida: los barcos aún anclaban en el puerto y unos largos muelles flotantes maniobraban hasta llegar a ellos para descargar las mercancías, mientras los marineros se derramaban por la ciudad y se desmadraban, en conformidad con una larga tradición. Sylvie dijo que Marsella era el lugar en el que había escuchado las aventuras más espeluznantes ocurridas en la desembocadura del Ródano y el resto del Mediterráneo, donde las cartas de navegación ya no servían para nada: casas de los muertos entre Malta y Túnez, ataques de corsarios de Berbería…

—Marsella es más Marsella que nunca —concluyó, sonriendo, y Michel tuvo una súbita visión de la vida nocturna de la mujer, desenfrenada y tal vez peligrosa. Era evidente que le gustaba la ciudad. El coche se sacudió al pasar sobre uno de los muchos baches de la carretera y a Michel se le antojó que él y el mistral pasaban velozmente sobre la vieja y fea Marsella sacudidos por el pensamiento de una mujer joven y salvaje.

Más ella misma que nunca. Tal vez eso era cierto para toda la costa. Ya no había turistas; sin las playas, el concepto de turismo se desvanecía. Los grandes hoteles y apartamentos de color pastel estaban invadidos por las aguas, como los castillos de arena de los niños por la marea. Mientras cruzaban Marsella, Michel advirtió que los pisos superiores de muchos edificios parecían haber sido reocupados; pescadores, le dijo Sylvie. Sin duda amarraban los botes en los pisos inferiores, como el Pueblo del Lago de la Europa prehistórica. Retornaban a formas de vida ancestrales.

Michel siguió mirando por la ventana, intentando pensar la nueva Provenza, esforzándose por asimilar el sobresalto de tanto cambio. En verdad todo era muy interesante, aunque no fuera como él lo recordaba. Con el tiempo se formarían nuevas playas, se dijo para tranquilizarse, a medida que las olas erosionaran la base de los acantilados y los ríos y arroyos aportasen sedimentos. Hasta era posible que el proceso fuera rápido, aunque al principio las playas serían sólo barro y piedras. Esa arena dorada… bueno, las corrientes podían devolver parte de la arena sumergida a las nuevas playas, por qué no. Pero lo cierto era que la mayor parte de ella se había perdido para siempre.

Sylvie detuvo el coche en otro apartadero ventoso que miraba sobre el mar. El agua parda se extendía hasta el horizonte y el viento de la costa alejaba las olas de la playa, un efecto extraño. Michel trató de recordar el viejo azul bajo la luz del sol. En otro tiempo habían existido distintas variedades de azul mediterráneo: la pureza cristalina del Adriático, el Egeo, con su homérico toque vinoso… Ahora todo era pardo. Un mar terroso, acantilados sin playas, pálidas colinas de piedra, desérticas, abandonadas. Un yermo. No, nada era igual, nada.

Sylvie acabó por notar su silencio. Se dirigieron al oeste, hacia Arles, y allí a un pequeño hotel en el corazón del pueblo. Michel nunca había vivido en Arles, ni tenía un particular interés por el lugar, pero las oficinas de Praxis estaban junto al hotel y a él no se le ocurría ninguna alternativa. Salieron del coche; sentía la pesadez de la gravedad. Sylvie esperó en el vestíbulo mientras él subía a dejar el equipaje. Y allí estaba, vacilante en una diminuta habitación de hotel, con su bolsa sobre la cama y su cuerpo deseoso de reencontrar su tierra, de regresar al hogar. Pero aquello no lo era.

Bajó al vestíbulo y fueron al edificio contiguo, donde Sylvie atendió otros asuntos.

—Hay un lugar que quiero visitar —le dijo a la muchacha.

—Iremos adonde usted quiera.

—Está cerca de Vallabrix. Al norte de Uzés. Ella dijo que sabía a qué lugar se refería.

Había caído la tarde cuando llegaron: un claro al costado de una carretera antigua y estrecha, junto a un olivar que trepaba por una pendiente, golpeado por el mistral. Michel le pidió a Sylvie que lo esperase en el coche, salió al viento y subió por la pendiente entre los árboles, a solas con el pasado.

Su antiguo mas estaba en el extremo norte del bosque, en el borde de una meseta que daba sobre un barranco. Los olivos estaban retorcidos por la edad. Del mas sólo subsistía una cáscara de mampostería, casi sepultada por las densas y enredadas matas espinosas de las zarzamoras que crecían junto a las paredes exteriores.

Al mirar las ruinas, Michel descubrió que recordaba el interior, o al menos parte de él. Cerca de la puerta había habido una cocina, con la mesa donde comían, y más allá, después de pasar bajo una gran viga de madera, una sala de estar con sofás y una mesita baja de café, y la puerta del dormitorio. Había vivido allí dos o tres años con una mujer llamada Eve. Hacía más de un siglo que no pensaba en aquella casa y habría sido lógico suponer que no recordaría nada, pero delante de las ruinas fragmentos dispersos de ese tiempo pasaban por su mente, ruinas de otra índole: en ese rincón ahora lleno de cascotes de yeso había habido una lámpara azul. En esa pared de la que sólo quedaban algunos mampuestos cubiertos por montones de hojas colgaba en otro tiempo una lámina de Van Gogh sujeta con chinchetas. La gran viga de madera había desaparecido y sus soportes en la pared también. Debían de habérsela llevado; costaba creer que alguien hiciese el esfuerzo, porque pesaba centenares de kilos. La deforestación, claro; quedaban pocos árboles capaces de proporcionar una viga de ese tamaño. La gente había vivido durante siglos en aquella tierra.

Con el tiempo la deforestación dejaría de ser un problema. Durante el viaje Sylvie le había hablado del violento invierno de la inundación, de las lluvias, del viento; el mistral había soplado durante todo un mes. Algunos sostenían que no amainaría nunca. Mirando la casa en ruinas, Michel no sintió tristeza. Necesitaba el viento para orientarse. Era extraño cómo funcionaba la memoria, o cómo se resistía a funcionar. Se acercó al muro derruido y trató de recordar más del lugar, de su vida allí con Eve, un esfuerzo deliberado para recuperar el pasado… En vez de eso, le vinieron a la cabeza escenas de la vida que había compartido con Maya en Odessa, con Spencer de vecino. Probablemente aquellos dos períodos tenían suficientes aspectos en común para crear la confusión. Eve tenía el mismo temperamento apasionado de Maya, y en cuanto a lo demás, la vie quotidienne era la vie quotidienne en todas las épocas y lugares, sobre todo para un individuo específico, que se acostumbra a sus hábitos como a los muebles que se llevan de un lugar a otro. Quizá.

En otro tiempo láminas que reproducían obras pictóricas habían adornado las paredes enyesadas de color beige. Ahora lo que quedaba del enlucido se veía rugoso y descolorido, como las paredes exteriores de una vieja iglesia. Eve se movía por la cocina como una bailarina de piernas esbeltas y poderosas. Se volvía para mirarlo por encima del hombro y reía, y sus cabellos castaños volaban en cada giro. Sí, recordaba aquella acción repetida. Una imagen sin contexto. Él la había amado, aunque siempre la ponía furiosa. Al final, ella lo había dejado por otro; ah, sí, un maestro de Uzés. ¡Cuánto dolor! Lo recordaba, pero ya no significaba nada para él, no sentía ni una pizca de aquel dolor. Una vida anterior. Las ruinas no le devolvían aquellas sensaciones. Apenas evocaban imágenes. Era aterrador, como si la reencarnación fuese real y le hubiese ocurrido a él, y lo que en ese momento experimentaba se redujese a fugaces flashbacks de una vida de la que lo separaban varias muertes. Debía de ser muy extraño que la reencarnación fuera real y uno empezara a hablar lenguas que no conocía, como Bridey Murphy, y sintiera el torbellino del pasado, de otras existencias, en su mente… Quizá algo semejante a lo que él sentía en ese momento. Pero no recobrar ningún sentimiento del pasado, no experimentar otra cosa que la sensación de que uno no sentía…

Se alejó de las ruinas y regresó al vehículo por entre los olivos centenarios.

Alguien debía de cuidar los olivos porque las ramas bajas estaban podadas y una hierba pálida y seca de pocos centímetros cubría el suelo entre miles de viejos huesos grises de oliva. Los árboles estaban dispuestos en hileras que, sin embargo, parecían naturales, como si por azar hubiesen crecido guardando esa distancia entre ellos. El viento producía un susurro ligeramente percusivo en las hojas. De pie en medio del bosque, donde no veía más que olivos y cielo; se fijó de nuevo en la rápida alternancia de los dos colores de las hojas en el viento, verde y gris, gris y verde…

Se alzó de puntillas y tiró de una ramita para inspeccionar las hojas. Recordó: de cerca el color de las dos caras no era tan distinto, verde mate, caqui pálido. Pero cuando el viento agitaba una colina poblada de esas hojas, los dos colores se distinguían claramente. A la luz de la luna, alternaban el negro y la plata; contra el sol, la diferencia era de textura, mate o brillante.

Se acercó a un olivo y tocó la corteza: rectángulos rugosos y quebrados, un tono gris verdoso, semejante al del envés de las hojas, pero más oscuro y a menudo cubierto por otro verde, el verde amarillento del liquen, el verde amarillento o el gris de un acorazado. Había pocos olivos en Marte, aún no habían creado Mediterráneos. No, se sentía en la Tierra, como sí de nuevo tuviese diez años, llevaba aquel niño pesado en su interior. Las fisuras que separaban los rectángulos de corteza eran superficiales, y en algunos puntos la cubierta había caído. El auténtico color era un beige pálido y leñoso, pero como el liquen cubría casi toda la superficie era difícil estar seguro. Árboles cubiertos de liquen; Michel no había reparado en ello. Las ramas altas eran más lisas, las fisuras no eran más que líneas de color carne y el liquen, más suave, como un polvo verde.

Las raíces eran grandes y poderosas. Los troncos se expandían a medida que se acercaban al suelo y extendían unas protuberancias semejantes a dedos separados, puños nudosos que se hundían en la tierra. Ningún mistral podría desarraigar aquellos árboles. Ni siquiera un viento marciano.

El suelo estaba cubierto de huesos viejos y de olivas negras y apergaminadas. Tomó una cuya oscura piel aún estaba lisa y la desgarró con las uñas. El jugo de color púrpura le manchó los dedos y cuando lo lamió descubrió que el sabor era muy distinto del que asociaba a las olivas. Agrio. Mordió la carne, que parecía la pulpa de una ciruela, y su sabor, agrio y amargo, en nada parecido al de las olivas que solía comer excepto en el regusto aceitoso, desbocó su memoria como uno de los deja vu de Maya… ¡Había hecho eso mismo antes! De niño las había probado muchas veces con la esperanza de que el sabor se pareciera al de las olivas de mesa y así poder disponer de un tentempié durante sus juegos, una suerte de maná en su pequeño espacio de libertad. Pero la carne (más pálida cuanto más te acercabas al hueso) se empecinaba en conservar su desagradable sabor, que se le había fijado en la memoria como una persona, amargo y agrio. Y sin embargo ahora le resultaba agradable debido al recuerdo que evocaba. Tal vez se había curado.

Las hojas se movían en el viento racheado del norte. Olía a polvo. Una luz parduzca y neblinosa, y hacia occidente un cielo cobrizo. Las ramas se alzaban hasta alcanzar dos o tres veces la altura de Michel, y otras caían hasta azotarle la cara. Una escala humana. El árbol mediterráneo, el árbol de los griegos, que habían visto tantas cosas con claridad, que habían empleado en su percepción del mundo proporciones y simetrías humanizadas: los árboles, las ciudades, el mundo físico, las islas rocosas del Egeo, las colinas rocosas del Peloponeso… un universo que se podía recorrer en unos cuantos días. Tal vez el hogar sólo era un lugar a escala humana, dondequiera que estuviese. Por lo general, en la infancia.

Los árboles parecían animales que tendían sus plumas al viento y hundían sus nudosas patas en el suelo. Una colina que centelleaba con el embate del viento, con sus embestidas fluctuantes y sus calmas inesperadas, perfectamente reflejadas por el plumaje de las hojas. Aquello era Provenza, el corazón de la Provenza; sentía cada momento de su infancia acechando en las márgenes de su conciencia, un vasto presque vu que lo llenaba y rebosaba, toda una vida atrapada en aquel paisaje que murmuraba. Ya no se sentía pesado. El azul del cielo hablaba con la voz de aquella reencarnación previa y decía: Provenza, Provenza.

Sobre el barranco apareció una bandada de cuervos negros revoloteando y graznando ¡Ka, ka, ka!

Ka. ¿Quién había inventado la historia del pequeño pueblo rojo y los nombres que le daban a Marte? ¡Quién lo sabía! Esas historias nunca tienen principio. En la antigüedad mediterránea el Ka era un extraño doble del faraón, representado como un halcón, paloma o cuervo que descendía sobre él.

Ahora el Ka de Marte descendía sobre él, allí en la Provenza. Cuervos negros… En Marte esos mismos pájaros volaban bajo las tiendas transparentes, tan despreocupadamente poderosos en medio de las ráfagas de los aireadores como en el mistral. Les traía sin cuidado estar en Marte, era su hogar, su mundo tanto como cualquier otro, y la gente sobre la cual volaban era la misma de siempre, peligrosos animales terrestres que podían matarlos o llevarlos consigo en extraños viajes. Pero ni una sola de las aves de Marte recordaba el viaje, ni tampoco la Tierra.

Nada salvo la mente humana tendía un puente entre ambos mundos. Los pájaros volaban y buscaban comida, en la Tierra o en Marte, como siempre. Estaban en casa en cualquier lugar, volaban azotados por el viento, haciendo frente al mistral y graznando: ¡Marte, Marte, Marte! Pero Michel Duval, ah, Michel… un espíritu que residía en dos mundos a la vez, o que se había perdido en la nada que los separaba. ¡La noosfera era tan vasta! ¿Dónde estaba él, quién era? ¿Cómo iba a vivir?

El olivar. El viento. Un sol brillante en el cielo broncíneo. El peso de su cuerpo, el sabor agrio en la boca. Se sintió como si volara. Aquél era su hogar, aquél y ningún otro. Había cambiado, y sin embargo nunca cambiaría… no su olivar, ni tampoco él. Al fin en casa. Al fin en casa. Podría vivir en Marte diez mil años, pero aquél seguiría siendo su hogar.

Cuando regresó a Arles, llamó a Maya.

—Por favor, ven, Maya. Quiero que veas esto.

—Estoy ocupada con las negociaciones, Michel. ¿Recuerdas?, el acuerdo UN-Marte.

—Lo sé.

—¡Es importante!

—Lo sé.

—Caramba, ésa es la razón por la que vine aquí, estoy involucrada, me concierne. No puedo dejarlo para irme de vacaciones.

—De acuerdo, de acuerdo. Pero, escucha, la política no se acaba nunca. Puedes tomarte unas vacaciones y después retomar el trabajo, que seguirá donde lo habías dejado. Pero esto… éste es mi hogar, Maya, y quiero que lo conozcas. ¿Es que tú no quieres llevarme a Moscú, no quieres visitarlo de nuevo?

—No, ni aunque fuese el único lugar sobre las aguas. Michel suspiró.

—Bien, para mí es diferente. Por favor, ven y lo comprenderás.

—Tal vez dentro de unos días, cuando haya acabado esta etapa de las negociaciones. ¡Estamos en un momento crítico, Michel! En realidad no deberías pedirme que fuese, deberías estar aquí.

—Puedo estarlo a través de la consola, no es necesario estar allí en persona. ¡Por favor, Maya!

Ella vaciló, conmovida por algo en el tono de su voz.

—Muy bien, lo intentaré. De todas maneras no puede ser ahora mismo.

—No importa, mientras vengas.

Después de esa conversación, Michel pasó los días esperando a Maya, aunque trataba de no pensar en ello. Ocupaba su tiempo recorriendo la zona en coche, a veces con Sylvie, a veces solo. A pesar del momento evocador vivido en el olivar, o tal vez a causa de eso, se sentía fuera de lugar. Por alguna razón, la nueva línea costera ejercía sobre él una gran atracción, y le fascinaba la manera en que la población se estaba adaptando al nuevo nivel del mar. Bajaba a menudo a la costa, siguiendo carreteras que desembocaban en abruptos precipicios o inesperados valles pantanosos. Gran parte de la población de los pueblos pesqueros tenía raíces argelinas. La pesca no marchaba bien, decían. Los enclaves industriales inundados habían contaminado la Camarga, y en el Mediterráneo los peces se mantenían alejados de las aguas pardas, es decir, no abandonaban las aguas azules de alta mar, a una mañana entera de navegación por rutas plagadas de peligros.

Escuchando y hablando francés, incluso aquel nuevo y extraño francés, era como si le aplicaran electrodos en zonas del cerebro que llevaban un siglo sin ser visitadas. Los celacantos aparecían con frecuencia: recuerdos de bondadosas actitudes de las mujeres hacia él, de su crueldad con ellas. Tal vez ése era el motivo que lo había impulsado a viajar a Marte: escapar de sí mismo, un tipo por lo visto bastante desagradable.

Bueno, si escapar de sí mismo era lo que deseaba, lo había conseguido. Ahora era alguien distinto. Un hombre servicial, un hombre compasivo; podía mirarse al espejo. Podía regresar al hogar y afrontarlo, afrontar lo que había sido gracias a lo que ahora era. Marte lo había logrado.

Era extraño el funcionamiento de la memoria. Los fragmentos eran pequeños y agudos, como esas espinas de los cactos, diminutas como pelos, que hieren desproporcionadamente en relación con su tamaño. Lo que recordaba mejor era su vida en Marte. Odessa, Burroughs, los refugios de la resistencia en el sur, los puestos de avanzada ocultos en el caos. Incluso la Colina Subterránea.

Si hubiese regresado a la Tierra durante los años de la Colina Subterránea, los medios de comunicación lo habrían abrumado. Pero había estado fuera de circulación desde su desaparición con el grupo de Hiroko, y aunque no había intentado ocultarse durante la revolución, pocos en Francia parecían haber notado su reaparición. La enormidad de lo sucedido en la Tierra en los últimos tiempos incluía un fraccionamiento parcial de la cultura de los medios de comunicación, o tal vez no fuera más que el paso del tiempo; la mayor parte de la población francesa actual había nacido después de su desaparición, y los Primeros Cien no eran más que historia antigua para ellos… no lo suficientemente antigua, sin embargo, para ser de veras interesante. Si Voltaire o Luis XIV o Carlomagno hubieran aparecido, tal vez habrían causado un cierto revuelo, pero ¿un psicólogo del siglo anterior que había emigrado a Marte, una suerte de América donde todo era dicho y hecho? No, eso no despertaba el interés de nadie. Recibió algunas llamadas, algunos fueron al hotel de Arles para entrevistarlo en el vestíbulo o en el jardín, y después de eso un par de programas de París; pero les interesaba mucho más lo que pudiese contarles acerca de Nirgal. Nirgal era quien los tenía fascinados a todos, la figura carismática del grupo.

Sin ninguna duda, era mejor así. Aunque cuando Michel comía en un café, tan solo como si estuviese perdido con un rover en lo más profundo de las tierras altas del sur, en cierto modo le decepcionaba que lo dejaran de lado de aquella manera; no era más que un vieux entre otros, uno de aquellos cuya vida tan artificiosamente larga creaba más problemas logísticos que le fleuve blanc, a decir verdad…

Era mejor así. Podía detenerse en las pequeñas aldeas que rodeaban Vallabrix, como St-Quentin-la-Poterie, St-Victor-des-Quies o St-Hippolyte-de-Montaigu, y charlar con los tenderos, cuyo aspecto era el de aquellos que regentaban las tiendas cuando él había partido, y que probablemente eran sus descendientes, o tal vez incluso las mismas personas; hablaban un francés más anticuado y estable, y él les traía sin cuidado, absortos como estaban en sus conversaciones, en sus vidas. Él no significaba nada para ellos y por esa razón los veía tal cual eran. Ocurría lo mismo en las callejas estrechas, pobladas de gentes de aspecto pintoresco: la sangre norteafricana se esparcía entre la población como mil años antes, durante la invasión sarracena. Los africanos afluían en tropel cada mil años más o menos, y eso también era Provenza. Las mujeres jóvenes eran hermosas: recorrían las calles graciosamente, en grupos, con sus aún brillantes cabelleras negras flotando en el polvoriento mistral. Aquéllas habían sido las aldeas de su juventud. Carteles de plástico polvorientos, todo astroso y ruinoso…

Oscilaba constantemente entre familiaridad y alienación, memoria y olvido, sintiéndose cada vez más solo. Entró en un café y pidió casis, y al primer sorbo se recordó sentado en ese mismo café, a esa misma mesa, frente a Eve. Proust había identificado acertadamente el gusto como el principal agente de la memoria involuntaria, porque la memoria a largo plazo se fija, o al menos se organiza, en la amígdala, justo encima del área del cerebro relacionada con el gusto y el olfato. Y por eso los olores estaban profundamente ligados con los recuerdos y con la red emocional del sistema límbico, y conectaban ambas áreas; de ahí la secuencia neurológica, el olor que desencadenaba el recuerdo que desencadenaba la nostalgia. Nostalgia, un intenso anhelo del pasado, deseo del pasado, no porque haya sido maravilloso, sino simplemente porque ha sido y ha pasado. Recordaba el rostro de Eve, hablando en aquella sala atestada, frente a él, pero no lo que decía ni por qué estaban allí, naturalmente. Sólo un momento aislado, una espina de cacto, una imagen iluminada un instante por un relámpago que luego desaparecía; y siempre sin poder precisar el contexto, por más que lo intentara. Todos sus recuerdos eran así; eso eran los recuerdos cuando envejecían lo suficiente, relámpagos en la oscuridad, incoherentes, casi absurdos, y sin embargo cargados a veces de un dolor impreciso.

Salió con paso torpe del café de su pasado, se metió en el coche y regresó a casa por Vallabrix, bajo los grandes plátanos de Grand Planas, regresó al mas semiderruido, sin darse cuenta. Subió la pendiente, sin poder evitarlo, como esperando que la casa hubiese vuelto a la vida. Pero seguía siendo la misma ruina polvorienta junto al olivar. Y se sentó en el muro, sintiéndose vacío.

Aquel Michel Duval ya no existía. El actual también desaparecería. Viviría otras reencarnaciones y olvidaría aquel momento, sí, incluso aquel doloroso momento, así como había olvidado todo lo vivido en aquel lugar en el pasado. Flashes, imágenes: un hombre sentado sobre un muro derruido, ningún sentimiento. Nada más. Y el Michel de ahora desaparecería también.

Los olivos agitaban sus ramas, gris-verde, verde-gris. Adiós, adiós. Esta vez no le ayudaban, no le proporcionaban una conexión eufórica con el tiempo perdido; ese momento era también pasado.

Inmerso en la danza de verde y gris, regresó a Arles. El recepcionista del hotel le estaba comentando a alguien que por lo visto el mistral ya no dejaría de soplar.

—Sí, lo hará —dijo Michel al pasar junto a ellos.

Subió a su habitación y llamó a Maya. Por favor, dijo. Por favor, ven pronto. Le enfurecía tener que implorar. Pronto, contestaba ella siempre. Unos pocos días más y llegarían a un acuerdo, un acuerdo serio por escrito entre la UN y un gobierno marciano independiente. Un acontecimiento histórico. Después de eso arreglaría las cosas para ir.

A Michel le traían sin cuidado los acontecimientos históricos. Paseaba por Arles, esperándola. Volvía a su habitación a esperarla. Salía de nuevo.

Arles había sido un puerto tan importante para los romanos como la propia Marsella. De hecho, César había arrasado Marsella por apoyar a Pompeyo y había concedido a Arles su favor como capital de la provincia. Las tres estratégicas calzadas romanas que confluían en la ciudad habían sido utilizadas durante siglos después del fin del imperio, y durante todo ese tiempo había sido una ciudad bulliciosa, próspera, importante. Pero el limo del Ródano había convertido las lagunas de la Camarga en un pantano pestilente, y las calzadas ya no se utilizaban. La ciudad menguó, y con el tiempo las refinerías de petróleo, las centrales nucleares y las industrias químicas fueron a añadirse a las marismas barridas por el viento de la Camarga y sus célebres manadas de blancos caballos salvajes.

Ahora, con la inundación, la región había recuperado las lagunas con su prístina transparencia. Arles volvía a ser un puerto de mar. Michel seguía esperando a Maya en ese lugar precisamente porque nunca había vivido allí. No le recordaba otra cosa que el presente. Y en aquella nueva tierra extranjera pasaba los días observando a la gente del momento viviendo sus vidas.

Un tal Francis Duval lo llamó al hotel. Sylvie se había puesto en contacto con él. Era su sobrino, el hijo de su hermano muerto, que residía en la Rué du 4 Septembre, al norte del anfiteatro romano, a unas pocas manzanas del Ródano crecido y del hotel de Michel. Lo invitaba a reunirse con él.

Tras un momento de vacilación, Michel aceptó. En el tiempo que tardó en cruzar la ciudad, deteniéndose brevemente para echar un vistazo al anfiteatro romano, al parecer su sobrino se las arregló para reunir a todo el vecindario: una celebración espontánea; los corchos de las botellas de champán saltaron como petardos mientras Michel era arrastrado al interior de la vivienda y abrazado por todos los presentes, con tres besos en las mejillas, al estilo provenzal. Tardó un rato en llegar hasta Francis, que le dio un caluroso y prolongado abrazo, hablando sin cesar mientras las cámaras de fibra óptica los enfocaban.

—¡Eres igual que mi padre! —exclamó Francis.

—¡Tú también! —dijo Michel, tratando de recordar si era cierto o no, tratando de recordar el rostro de su hermano. Francis era ya mayor y Michel nunca había visto a su hermano con aquella edad. Era difícil decirlo.

Pero todas las caras le resultaban familiares y el idioma, comprensible; las palabras, el olor y el sabor del queso y el vino encendían imágenes en su mente. Francis resultó ser un connoisseur, y descorchó alegremente varias botellas polvorientas de Cháteau-neuf du Pape, luego un sauternes centenario de Cháteau d'Yquem y su especialidad, grandes tintos de Burdeos, un Pauillac, dos Cháteaux Latour, dos Lafitte y un Chateau Mouton-Rothschild de 2064 etiquetado por Pougnadoresse. Aquellas maravillas con los años se habían metamorfoseado en algo más que un simple vino, y sus sabores estaban cargados de matices y armonía. Fluían por su garganta como su propia juventud.

Podría haber sido una fiesta para un político local; y aunque Michel llegó a la conclusión de que Francis no se parecía en nada a su hermano, sonaba exactamente como él. Michel creía haber olvidado aquella voz, pero la conservaba perfectamente en la memoria. La manera en que Francis arrastraba «normalement», que ahora aludía a cómo eran las cosas antes de la inundación, mientras que el hermano de Michel la había usado para referirse a un hipotético estado de funcionamiento sin contratiempos que nunca se daba en la Provenza real, pero pronunciada con la misma cadencia: nor-male-ment….

Todo el mundo quería hablar con Michel, o al menos escucharlo, así que, vaso en mano, echó un rápido discurso al estilo de un político de pueblo en el que alabó la belleza de las mujeres y se las arregló para manifestar el placer que sentía en semejante compañía sin ponerse sentimental o revelar su desorientación: una actuación diestra y competente, justo lo que la sofisticación de Provenza, con su retórica chispeante y llena de humor, como las corridas de toros locales, requería.

—¿Y qué tal en Marte? ¿Cómo es? ¿Cuáles son sus planes? ¿Todavía quedan jacobinos?

—Marte es Marte —dijo Michel, esquivando el tema—. El suelo es del color de las tejas de Arles, ya saben.

La fiesta se prolongó toda la tarde. Un sinfín de mujeres le besaron las mejillas, y él se sentía ebrio de aquellos perfumes, de aquellas pieles y cabellos, de las sonrisas y los ojos oscuros y líquidos que lo miraban con amistosa curiosidad. Con las nativas marcianas uno siempre tenía que mirar hacia arriba, y acababa inspeccionando barbillas, cuellos y fosas nasales. Era un placer mirar hacia abajo y ver unos cabellos negros y relucientes hendidos por una raya.

Al anochecer, la gente empezó a dispersarse. Francis lo acompañó al anfiteatro romano y juntos subieron los escalones combados de una de las torres medievales que lo fortificaban. A través de los ventanucos del pequeño recinto de piedra que la coronaba contemplaron los tejados, las calles sin árboles y el Ródano. Por las ventanas que miraban al sur se divisaba una porción de la lámina de agua moteada de la Camarga.

—De vuelta al Mediterráneo —dijo Francis muy satisfecho—. La inundación habrá sido un desastre para muchos lugares, pero para Arles ha sido una bendición. Los cultivadores del arroz han venido a la ciudad dispuestos a pescar o a lo que caiga. Y los barcos que sobrevivieron fondean aquí con fruta de Córcega y Mallorca, y comercian con Barcelona y Sicilia. Nos hemos hecho cargo de buena parte de los negocios de Marsella, aunque se están recuperando bastante deprisa, todo sea dicho.

¡Pero esto vuelve a estar vivo! Antes, Aix tenía la universidad, Marsella, el mar, y nosotros, sólo estas ruinas y los turistas que venían a visitarlas en un día. Y el turismo es un negocio feo. No es una ocupación decente para seres humanos hospedar a parásitos. ¡Pero ahora vivimos de nuevo! — Estaba un poco achispado.— Tengo que llevarte un día en barca a la laguna.

—Me gustaría mucho.

Esa noche Michel llamó a Maya otra vez.

—Tienes que venir. He encontrado a mi sobrino, a mi familia. Maya no pareció impresionada.

—Nirgal ha ido a Inglaterra para buscar a Hiroko —dijo con brusquedad—. Alguien le dijo que andaba por allí y él salió corriendo.

—¿Qué has dicho? —exclamó Michel, aturdido por la súbita intrusión de la idea de Hiroko.

—Vamos, Michel, sabes que no puede ser cierto. Alguien le dijo eso a Nirgal, eso es todo. No puede ser cierto, pero él salió corriendo para allá.

—¡Como yo habría hecho!

—Por favor, Michel, no seas estúpido. Con un tonto basta. Si Hiroko está de veras viva, estará en Marte. Alguien le dijo eso a Nirgal simplemente para alejarlo de las negociaciones. Sólo espero que no tuviese peores intenciones. Nirgal estaba causando una gran impresión en la gente. Y no tenía cuidado con lo que decía. Tienes que llamarlo y decirle que vuelva. Tal vez a ti te escuche.

—Yo no lo haría si fuese él.

Gene, Rya, todo el grupo, su familia. Su verdadera familia. Se estremeció, y cuando intentó hablarle a la impaciente Maya de su familia de Arles, las palabras se le atrancaron en la garganta. Su verdadera familia había desaparecido cuatro años antes, ésa era la verdad. Al fin, desesperado, sólo pudo decir:

—Por favor, Maya. Por favor, ven.

—Pronto. Le he dicho a Sax que iré para allá en cuanto terminemos con esto. Eso significa que él tendrá que ocuparse de todo lo demás, y apenas puede hablar. Es ridículo. —Estaba exagerando, ya que disponían de todo un equipo diplomático y además Sax, a su manera, era muy competente.— Pero, sí, sí, iré. Así que deja ya de darme la lata.

Maya fue la semana siguiente.

Michel la esperaba con el coche en la nueva estación ferroviaria, nervioso. Había vivido con Maya, en Odessa y Burroughs, durante casi treinta años; pero mientras la llevaba a Aviñón, tuvo la sensación de que la persona sentada junto a él era una extraña, una beldad envejecida de mirada velada y con una expresión difícil de leer que le contaba en un inglés seco y rápido lo ocurrido en Berna. Habían firmado un tratado con la UN en el que ésta reconocía la independencia marciana. A cambio ellos aceptarían una inmigración anual moderada, nunca superior al diez por ciento de la población marciana, proveerían algunos recursos minerales y se comprometían a tener contactos diplomáticos para resolver ciertas cuestiones.

—Está muy bien, de veras. —Michel trataba de concentrarse en las noticias, pero le costaba. De cuando en cuando, mientras hablaba, Maya echaba una breve mirada a los edificios que dejaban atrás velozmente, pero bajo la polvorienta luz del sol no parecían impresionarla.

Con la sensación de que todo se acaba, Michel aparcó todo lo cerca que pudo del palacio del papa en Aviñón y la llevó a caminar junto al río; dejaron atrás el puente, que no alcanzaba la otra orilla, y luego tomaron el ancho paseo que partía del palacio hacia el sur, en el que los cafés se acurrucaban a la sombra de unos viejos plátanos. Almorzaron allí y Michel saboreó voluptuosamente el aceite de oliva y el casis mientras observaba a su compañera instalada en la silla metálica como un gato.

—Esto está muy bien —dijo ella, y él sonrió. Sí, tranquilo, relajado, civilizado, la comida y la bebida, excelentes. Pero mientras para él el sabor del casis liberaba todo un caudal de recuerdos, emociones de anteriores reencarnaciones que se mezclaban con las de aquel momento y lo intensificaban todo, los colores, las texturas, el tacto de las sillas metálicas y del viento, para Maya el casis sólo era una bebida ácida de grosellas negras.

Mirándola se le ocurrió que el destino lo había llevado hasta una compañera aún más atractiva que la mujer francesa con la que había convivido en aquella vida temprana. Una mujer en cierto modo superior. También en eso le había ido mejor en Marte. Había asumido una vida superior. Ese sentimiento y la nostalgia luchaban en su corazón, y mientras tanto Maya engullía el cassoulet, el vino, los quesos, el casis, el café, ajena a las interferencias de las vidas de Michel, que se agitaban en su interior.

Charlaron de naderías. Maya estaba relajada y de buen humor, contenta por lo conseguido en Berna, sin la apretura de tener que ir a algún sitio. A Michel lo recorría una oleada de calor, como si estuviese bajo los efectos del omegendorfo. Mirándola, poco a poco empezó a sentirse feliz, simplemente feliz. Pasado, futuro, nada era real. Sólo el almuerzo bajo los plátanos en Aviñón. No necesitaba pensar en nada que no fuera aquello.

—Es tan civilizado —dijo Maya—. Hacía años que no sentía tanta paz. Comprendo por qué te gusta. —Y entonces se echó a reír y Michel notó que una sonrisa de idiota le cubría la cara.

—¿No te gustaría volver a ver Moscú? —le preguntó con curiosidad.

—La verdad es que no.

Maya rechazaba la idea pues le parecía una intromisión en el momento. Michel se preguntaba qué significaba para ella el regreso a la Tierra. No era posible que una cosa así dejara indiferente a nadie.

Para algunos el hogar era el hogar, un cúmulo de sentimientos complejos que escapaban a la racionalidad, una suerte de cuadrícula o campo gravitatorio en el que la personalidad adquiría su forma geométrica. Mientras que para otros, un lugar sólo era un lugar, y el ser era independiente, el mismo sin importar dónde estuviera. Los unos vivían en el espacio curvo einsteiniano del hogar, los otros, en el espacio absoluto newtoniano del ser independiente. Él pertenecía a la primera clase, y Maya a la segunda, y era inútil luchar contra ese hecho. Con todo, deseaba que a ella le gustara la Provenza. O al menos que comprendiera por qué la amaba él.

Por eso, cuando terminaron de comer la llevó al sur, cruzando St-Rémy, a Les Baux.

Maya durmió durante el viaje, pero a él no le molestó; entre Aviñón y Les Baux el paisaje se reducía a feos edificios industriales diseminados por la polvorienta planicie. Despertó justo en el momento oportuno, cuando él avanzaba con dificultad por la carretera estrecha y sinuosa que trepaba por un reborde de los Alpilles y llevaba hasta la antigua villa en lo alto de la colina. Aparcó en el espacio destinado a los coches y subieron a pie hasta el pueblo. Era evidente que lo habían dispuesto así pensando en los turistas, pero la calle curva de la pequeña localidad estaba muy tranquila, como abandonada, y era muy pintoresca. Todo estaba cerrado, el pueblo parecía dormir. En la última revuelta de la carretera se cruzaba un terreno despejado semejante a una plaza irregular e inclinada, y más allá asomaban las protuberancias de caliza de la colina, en las que antiguos ermitaños habían excavado cuevas para resguardarse de los sarracenos y demás peligros del mundo medieval. En el sur, el Mediterráneo centelleaba como una lámina de oro. La roca era amarillenta, y cuando un tenue velo de nubes broncíneas apareció en el cielo occidental, la luz adquirió un matiz ambarino metálico, como si estuviesen inmersos en un gel añejo.

Gatearon de una cámara a otra, maravillados de su pequeñez.

—Es como la madriguera de un perrillo de las praderas —comentó Maya asomándose a una pequeña cueva escuadrada—. Como en la Colina Subterránea.

Regresaron a la plaza inclinada, sembrada de pedruscos de caliza, y se detuvieron a contemplar el resplandor mediterráneo. Michel señaló el fulgor más claro de la Camarga.

—Antes sólo se veía una pequeña porción de agua. —La luz viró a un tono oscuro de albaricoque y tuvieron la sensación de que la colina era una fortaleza sobre el ancho mundo, sobre el tiempo. Maya le pasó un brazo por la cintura y lo estrechó, temblando.— Es precioso. Pero yo no podría vivir aquí, está demasiado expuesto.

Regresaron a Arles. Era sábado por la noche y en el centro de la ciudad se desarrollaba una especie de fiesta gitana o norteafricana: las callejas estaban atestadas de puestos de comida y bebida, la mayoría instalados bajo los arcos del anfiteatro romano, en cuyo interior tocaba una banda. Maya y Michel pasearon tomados del brazo, inmersos en el aroma de las fritangas y las especias árabes. Se oían dos o tres idiomas distintos.

—Me recuerda a Odessa —comentó Maya—, sólo que aquí la gente es muy pequeña. Es agradable no sentirse como un enano.

Bailaron en el centro del anfiteatro, bebieron sentados a una mesa bajo las estrellas brumosas. Una de ellas era roja, y Michel tuvo sus sospechas, aunque no las expresó. Regresaron al hotel e hicieron el amor en la estrecha cama, y en cierto momento Michel sintió como si en su interior varias personas alcanzaran el orgasmo a la vez, y ese extraño éxtasis lo hizo gritar… Maya se quedó dormida y él se tendió a su lado, sumido en una tristesse reverberante, en algún lugar fuera del tiempo, bebiendo el olor familiar de los cabellos de Maya mientras la cacofonía de la ciudad se acallaba poco a poco. Al fin en casa.

En los días que siguieron, la presentó a su sobrino y al resto de sus parientes, reunidos por Francis, que la acapararon y, gracias a las IA traductoras, le hicieron montones de preguntas. También compartieron sus historias con ella. Sucedía a menudo; la gente quería conocer a una celebridad cuya historia creían conocer y narrarle sus historias personales como una manera de equilibrar la relación. Algo así como un testimonio o una confesión. Una acción recíproca. De todos modos la gente se sentía atraída por Maya. Ella los escuchaba y reía y preguntaba, siempre atenta. Le explicaron una y otra vez cómo había sobrevenido la inundación, cómo había destruido sus hogares y sus medios de vida y los había arrojado al mundo, a merced de amigos y familiares que no veían hacía años, forzándolos a adaptarse y a depender de otros, rompiendo el molde de sus vidas y dejándolos expuestos al mistral. El proceso los había mejorado, estaban orgullosos de su respuesta, de cómo todos se habían unido… y también muy indignados por los casos de rapiña o insensibilidad, manchas en el por lo demás heroico comportamiento.

—No sirvió de nada. Saltó a la calle una noche y todo ese dinero desapareció, ¿puede creerlo?

—Eso nos sacó del sueño, ¿comprende? Nos despertó después de tanto tiempo dormidos.

Hablaban en francés con Michel, esperaban que asintiera y entonces se volvían a esperar la respuesta de Maya cuando la IA repetía la historia en inglés. Y ella también asentía, atenta a ellos igual que con los jóvenes nativos en la Cuenca de Hellas, iluminaba sus confesiones con su expresión, con su interés. Ah, ella y Nirgal eran tal para cual, tenían carisma, por la manera en que prestaban atención a los demás, la manera en que permitían que la gente se exaltara con sus vivencias. Tal vez el carisma no fuera más que eso, una suerte de cualidad especular.

Unos familiares de Michel los llevaron a dar un paseo en barca y Maya se maravilló ante la violencia con que el Ródano invadía la extrañamente atestada laguna de la Camarga y los esfuerzos de la población por devolverlo a su cauce. Luego salieron a las aguas terrosas del Mediterráneo y avanzaron hasta alcanzar las azules aguas en mar abierto: el azul abrasado por el sol, el pequeño barco sacudiéndose sobre las crestas blancas levantadas por el mistral. Y sin ningún fragmento de tierra a la vista, sobre una centelleante lámina azul; asombroso. Michel se desnudó y saltó al agua salada y fría; chapoteó y bebió un poco de ese líquido, paladeando el sabor amniótico de sus baños en el mar de antaño.

En tierra salían en coche. Una vez fueron a visitar el Pont du Gard, y allí estaba, el mismo de siempre, la obra de arte más importante de los romanos, un acueducto: tres hileras de piedra, los gruesos arcos inferiores firmemente asentados en el lecho del río, orgullosos de sus dos mil años de resistencia al paso del agua; encima, unos arcos más ligeros y estilizados, y por último los más pequeños. La forma en armonía con la función hasta alcanzar el corazón de la belleza, utilizando piedra para transportar agua sobre el agua. La piedra se veía ahora carcomida y del color de la miel, muy marciana: parecía la galería de Nadia en la Colina Subterránea, irguiéndose en el verde polvoriento y la caliza del desfiladero del Gard, en Provenza, pero ahora, para Michel, casi más marciana que francesa.

A Maya le encantó su elegancia.

—Observa qué humano es, Michel. Eso es lo que les falta a nuestras estructuras marcianas, son demasiado grandes. Pero esto… esto fue construido por manos que empuñaban herramientas que cualquiera puede fabricar y utilizar. Bloques y poleas y matemática humana, y tal vez algunos caballos. Y no nuestras máquinas teleoperadas y sus extraños materiales, que hacen cosas que nadie puede comprender o ver.

—Sí.

—Me pregunto si no sería bueno que construyésemos cosas con las manos. Nadia debería ver esto, le encantaría.

—Eso fue lo que pensé.

Michel se sentía feliz. Comieron el contenido de la cesta de picnic allí y luego visitaron las fuentes de Aix-en-Provence. Se asomaron a un mirador que daba sobre el Gran Cañón del Gard. Vagaron por las calles-muelle de Marsella. Visitaron las ruinas romanas de Orange y Nimes. Pasaron junto a los centros turísticos inundados de la Costa Azul. Y una noche visitaron el mas en ruinas de Michel y pasearon por el viejo olivar.

Y todas las noches de esos breves y preciosos días regresaban a Arles y comían en el restaurante del hotel, o si hacía bueno, en las terrazas de los cafés, bajo los plátanos; y después subían a la habitación y hacían el amor; y al alba se despertaban y volvían a hacer el amor o bajaban sin dilaciones a buscar croissants y café recién hechos.

—Es maravilloso —dijo Maya una tarde azul que habían subido a la torre del anfiteatro y contemplaban los tejados de la ciudad; se refería a todo, a la Provenza. Y Michel se sintió feliz.

Pero recibieron una llamada. Nirgal estaba enfermo, muy enfermo; Sax, muy agitado, lo había instalado en una nave en órbita terrana, con gravedad marciana y en un medio estéril.

—Me temo que su sistema inmunitario no está a la altura, y la gravedad no ayuda. Tiene una infección, edema pulmonar y una fiebre muy alta.

—Alérgico a la Tierra —dijo Maya con expresión sombría. Informó a Sax de sus próximos movimientos y concluyó la llamada aconsejándole secamente que no perdiese la calma. Después abrió el pequeño armario de la habitación y empezó a arrojar ropa sobre la cama.

—¡Vamos! —gritó cuando vio a Michel allí plantado—. ¡Tenemos que irnos!

—¿Tenemos que hacerlo?

Ella hizo un ademán despectivo y siguió escarbando en el armario.

—Yo sí me voy. —Tiró la ropa interior en la maleta y le echó un rápida mirada.— De todas maneras, es hora de irse.

—¿De veras?

Ella no contestó. Tecleó en su consola de muñeca y pidió al equipo local de Praxis transporte a la órbita. Allí se reunirían con Sax y Nirgal. Su voz era tensa, fría, práctica. Ya había olvidado la Provenza.

Cuando vio a Michel de pie como un pasmarote, estalló:

—¡Oh, vamos, no te pongas tan dramático! ¡Que ahora tengamos que irnos no significa que no vayamos a regresar! ¡Vamos a vivir mil años, puedes regresar las veces que quieras, por Dios! Además, ¿qué tiene este lugar que lo haga mejor que Marte? A mí me parece igual que Odessa, y tú fuiste feliz allí, ¿no es cierto?

Michel no respondió. Pasó junto a las maletas y se plantó frente a la ventana. Fuera, una calle arlesiana corriente, azul en el crepúsculo: paredes de estuco de tonos pastel, adoquines. Cipreses. El tejado de enfrente tenía algunas tejas rotas. Del color de Marte. En la calle gritaban en francés, voces que algo enfurecía.

—¿Y bien? —exclamó Maya—. ¿Piensas venir?

—Sí.

SEXTA PARTE

Ann en las tierras salvajes

Verás, decidir no volver a recibir el tratamiento de longevidad es una actitud suicida.

¿Y qué?

Pues que el suicidio se considera normalmente un signo de disfunción psicológica.

Normalmente.

Me parece que descubrirías que eso es cierto en la mayoría de los casos. En el tuyo, como mínimo eres infeliz.

Como mínimo.

Justamente. ¿Porqué? ¿Qué es lo que te falta? El mundo.

Cada día sales a ver la puesta de sol. Hábito.

Afirmas que la destrucción del Marte primigenio es la causa de tu depresión. Y yo creo que las razones filosóficas aducidas por quienes sufren de depresión son máscaras que los protegen de otras heridas más crueles.

Todo puede ser cierto.

¿Te refieres a todas las razones?

Sí. ¿De qué acusaste a Sax? ¿De monocausotaxofilia?

Touché. Pero siempre hay algo que origina esos procesos, entre todas las razones reales existe una que te hizo seguir ese camino. A menudo es necesario retroceder hasta ese punto para poder emprender un nuevo camino.

El tiempo no es como el espacio. La metáfora del espacio no es cierta en lo referente a aquello que es de verdad posible en el tiempo. Uno nunca puede volver atrás.

No, no. Se puede volver atrás, metafóricamente. En los viajes mentales uno puede regresar al pasado, volver sobre sus pasos, descubrir dónde torció y por qué, y después avanzar en una dirección que es distinta porque incluye esos bucles de comprensión. Una mayor comprensión da más sentido. Tu insistencia en que es el destino de Marte lo que más te preocupa es para mí indicio de un desplazamiento tan fuerte que te ha confundido. También es una metáfora, tal vez cierta, sí, pero hay que identificar los dos términos de la metáfora.

Yo veo lo que veo.

Pero eres incapaz de ver cómo es la realidad. Hay tantas cosas del Marte rojo que todavía están ahí. ¡Tienes que salir y mirar! Salir y dejar la mente en blanco y ver lo que hay afuera. Ve al exterior en las zonas bajas y camina con una simple máscara para el polvo. Sería bueno para ti, bueno en el aspecto fisiológico. Y significaría beneficiarse de la terraformación, experimentar la libertad que nos da, el vínculo que establece con este mundo. ¡Es extraordinario que podamos caminar desnudos sobre su superficie y sobrevivir! Nos integra en una ecología. Ese proceso merece consideración, y deberías salir para poder considerarlo, para estudiarlo como una forma de areoformación.

Eso no es más que una palabra. Hemos destripado este planeta. Se está derritiendo bajo nuestros pies.

Pero al derretirse libera agua nativa, no importada de Saturno o cualquier otro sitio. Ha estado aquí desde el principio, es parte de la acreción original, ¿no es cierto? Evaporada de la mole de Marte, y ahora parte de nuestro cuerpo. Nuestros propios cuerpos son formas de agua marciana. Sin los marcadores minerales, seríamos transparentes. Somos agua marciana, y ha habido agua circulando por la superficie de Marte antes, saliendo al exterior en un apocalipsis artesiano. ¡Esos canales son tan grandes!

Fue permafrost durante dos mil millones de años.

Y nosotros la ayudamos a volver a la superficie. La majestuosidad de las grandes inundaciones eruptivas. Estuvimos allí, presenciamos una con nuestros propios ojos, casi perecimos en ella….

Sí, sí….

Sentiste cómo las aguas arrastraban el coche, tú ibas al volante….

¡Sí! Pero se llevaron a Frank. Sí.

Arrastró al mundo entero. Y nos dejó varados en la playa. El mundo sigue aquí. Si sales podrás verlo.

No quiero ver. ¡Ya lo he visto!

Tú no. Un tú anterior. Tú eres el tú que vive ahora. Lo sé, lo sé.

Creo que tienes miedo. Miedo de intentar una transmutación, de metamorfosearte en algo nuevo. El alambique está ahí fuera, alrededor de ti. El fuego es intenso. Te derretirás, renacerás; ¿quién sabe si después de eso seguirás aquí?

No deseo cambiar.

No deseas dejar de amar a Marte. Sí. No.

Nunca dejarás de amar a Marte. Después de la metamorfosis, la roca aún es roca, y por lo general más dura que la roca madre, ¿no es así? Tú siempre amarás a Marte. Tu tarea consiste ahora en ver el Marte que perdura, denso o tenue, cálido o frío, húmedo o árido. Eso es efímero, pero Marte perdura. Esas inundaciones ya se habían producido antes, ¿no es cierto? Sí.

El agua de Marte. Todos esos elementos volátiles provienen del mismo Marte.

Excepto el nitrógeno de Titán. Sí, sí. Hablas igual que Sax. No digas tonterías.

Ustedes dos se parecen más de lo que crees, y todos nosotros somos elementos volátiles de Marte.

Pero la destrucción de la superficie… Está destrozada. Todo ha cambiado.

Eso es la areología. O la areofanía.

Es destrucción. Teníamos que haber intentado vivir en Marte tal como era cuando llegamos.

Pero no lo hicimos. Y por eso ahora ser rojo significa luchar para mantener el planeta en las condiciones lo más semejantes posible a las primitivas en el marco de la areofanía, es decir, el proyecto de creación de biosfera que concede al humano la libertad de la superficie por debajo de una altitud determinada. Eso es lo único que puede significar ser rojo ahora. Y hay muchos rojos de esa clase. Creo que te preocupa que se opere en ti un cambio, aunque fuese el más mínimo, porque eso podría implicar el fin del espíritu rojo en todas partes. Pero el espíritu rojo es más grande que tú. Tú lo expresaste y ayudaste a definirlo, pero nunca fuiste la única. Si lo hubieses sido, nadie te habría escuchado.

¡Y no lo hicieron!

Algunos sí. Muchos. El espíritu rojo continuará vivo sin importar lo que hagas. Puedes retirarte, puedes transformarte en una persona totalmente distinta, en verde lima, y el espíritu rojo seguirá adelante. Podría incluso convertirse en algo más rojo de lo que nunca imaginaste.

He imaginado todo lo rojo que puede llegar a ser.

Todas esas alternativas. Vivimos una de ellas y seguimos adelante. El proceso de coadaptación en este planeta se prolongará durante miles de años. Pero aquí estamos ahora. Deberías preguntarte en todo momento:

¿qué me falta?, y procurar conseguir una cierta aceptación de tu realidad actual. Eso es cordura, así es la vida. Tienes que imaginar tu vida de aquí en adelante.

No puedo, lo he intentado pero no puedo.

De veras que deberías salir a echar un vistoso, dar un paseo y observarlo todo con atención, incluso los mares de hielo, aunque no sea más que para confrontar. Pero no sólo eso. La confrontación no es necesariamente perjudicial, pero primero hay que mirar, reconocer. Después podrías subir a las colinas, Tharsis, Elysium. Subir a las zonas altas es viajar al pasado. Tu labor debe ser encontrar el Marte que perdura en las cosas. Es extraordinario, de veras. No puedes imaginarte la cantidad de gente que no tiene por delante una labor tan extraordinaria como la tuya. Eres muy afortunada.

¿Y tú?

¿Qué?

¿Cuál es tu tarea?

¿Mi tarea? Sí, tu tarea.

…No estoy seguro. Ya te lo he dicho, te envidio. Mis tareas son… confusas. Ayudar a Maya y ayudarme. Y al resto de nosotros. Reconciliar… Me gustaría encontrar a Hiroko….

Llevas mucho tiempo siendo nuestro psiquiatra. Sí.

Más de cien años. Sí.

Y nunca has obtenido ningún resultado.

Mujer, me gusta pensar que he ayudado, aunque haya sido poco. Pero no te lo crees.

Tal vez no.

¿Crees que la gente se interesa en el estudio de la psicología porque tienen una mente atormentada?

Es una teoría bastante extendida. Pero nadie ha sido tu psiquiatra. Oh, he tenido mis terapeutas.

¿Te han ayudado?

¡Sí! Mucho. Bastante. Quiero decir que hacían lo que podían. Pero sigues sin saber cuál es tu misión.

No. Oh, yo… desearía regresar a casa.

¿Qué casa?

Ése es el problema. Es duro no saber dónde está el hogar, ¿eh? Sí, aunque yo creía que te quedarías en Provenza.

No, no. Provenza es mi hogar, pero… Pero ahora vuelves a Marte.

Sí.

Decidiste regresar.

…En cierto modo, sí.

No sabes qué hacer, ¿verdad?

No, pero tú sí. Tú sabes dónde está tu hogar. ¡Tienes eso y es precioso! ¡Deberías recordarlo y no despreciar un regalo así o considerarlo como una carga! ¡Eres tonta si piensas eso! ¡Es un regalo, maldita sea, un precioso regalo!, ¿me comprendes?

Tendré que pensar en ello.

Ann abandonó el refugio en un rover de estudios meteorológicos del siglo anterior, un trasto cuadrado y alto con una fastuosa cabina acristalada para el conductor arriba. No difería demasiado de la mitad frontal del rover en que había viajado al polo Norte en aquella primera expedición con Nadia, Phyllis, Edmund y George. Y como desde entonces había pasado miles de horas en aquellos vehículos, al principio tuvo la impresión de que todo lo que hacía era lo habitual, concordaba con su vida precedente.

Avanzó cañón abajo, hacia el nordeste, hasta que alcanzó el lecho del pequeño canal sin nombre en la longitud 60, 53 grados norte. Aquel valle había sido excavado por el reventón de un pequeño acuífero que se encauzó por una falla de graben más antigua y se desbordó por las pendientes bajas del Gran Acantilado a finales del amazónico. Los efectos de la erosión producida por el agua aún se apreciaban en los bordes de las paredes del cañón y en las islas lenticulares de roca madre del fondo del canal.

Que ahora discurría hacia el norte y se internaba en un mar helado.

Salió del coche pertrechada con un impermeable con relleno de fibra, mascarilla de CO2, gafas y botas calefactoras. El aire era tenue y gélido, aunque allí en el norte estaban en primavera… Ls 10, M-53. Gélido y ventoso; unas hilachas de nubes algodonosas avanzaban raudas hacia el este. Empezaría una era glacial o, si las manipulaciones de los verdes se anticipaban a ella, un año sin verano, como 1810 en la Tierra, cuando la explosión del volcán Tambori había enfriado el mundo.

Recorrió la orilla del nuevo mar. Estaba al pie del Gran Acantilado, en Tempe Terra, un lóbulo de las antiquísimas tierras del sur que se internaba en el norte. Probablemente Tempe había escapado al arrasamiento general del hemisferio norte porque estaba situado más o menos en el lado opuesto al punto del Gran Impacto, que en esos momentos la mayoría de areólogos coincidían en situar cerca de Hrad Vallis, por encima de Elysium. Por tanto el paisaje resultante era curioso: unas colinas abolladas que miraban sobre un mar cubierto de hielo. La roca tenía el aspecto de la superficie encrespada de un mar rojo; el hielo parecía una pradera en lo más crudo del invierno. Agua nativa, como había dicho Michel; había estado allí desde siempre, y en la superficie. Era un hecho difícil de asimilar para ella. Sus pensamientos, dispersos y confusos, corrían de acá para allá, un estado semejante a la locura pero, con todo, distinto, conocía la diferencia. El murmullo y el lamento del viento no le hablaba con el tono de un disertante del MIT; no le sobrevenía una sensación de ahogo cuando trataba de respirar. No, se trataba de pensamiento acelerado, inconexo, impredecible, como la bandada de pájaros que veía volar en zigzag sobre el hielo para soportar el embate del viento del oeste. Ah, también ella sentía ese mismo viento embistiéndola, empujándola, como si aquel aire denso fuese la garra de un gran animal…

Los pájaros luchaban en el aire con una habilidad temeraria. Los observó durante un rato: págalos cazando sobre oscuras franjas de agua. Esas bolsas en la superficie delataban la existencia de inmensas bolsas líquidas bajo el hielo; había oído decir que un canal ininterrumpido de agua abrazaba el mundo, aguas que circulaban hacia el este sobre la antigua Vastitas y rasgaban el hielo de la superficie, y esos rasgones permanecían líquidos durante horas o semanas. Incluso en aquel aire tan frío, las aguas subterráneas recibían calor de los agujeros de transición sumergidos de Vastitas y de las miles de explosiones termonucleares de las metanacionales a finales del siglo anterior. En teoría esas bombas habían sido enterradas profundamente en el megarregolito para que éste retuviera la radioactividad pero no el calor, que ascendía como un pulso térmico a través de la roca, un pulso que continuaría durante años. Sí, Michel podía decir que aquélla era agua marciana, pero no había mucho más que fuera natural en aquel mar.

Ann trepó a una cresta para obtener una panorámica más amplia. Allí estaba: hielo llano en su mayor parte, fracturado en algunos puntos. Inmóvil como una mariposa posada en una rama, como si aquella extensión blanca estuviese a punto de echar a volar. El vuelo de los pájaros y el paso veloz de las nubes revelaban la tremenda fuerza del viento, que lo arrastraba todo hacia el este, pero el hielo permanecía inmóvil. La voz del viento era profunda y estremecedora y chirriaba sobre innumerables bordes helados. Las ráfagas estriaban una franja de aguas grises como las zarpas de un gato; cada nuevo embate modelaba la superficie con exquisita sensibilidad. Agua. Y bajo aquella superficie barrida por el viento, plancton, krill, peces, calamares; había oído decir que producían en viveros todas las criaturas de la extremadamente corta cadena trófica antártica y que luego las soltaban en el mar. Que hervía de vida.

Los págalos revoloteaban en el cielo. Una nube de ellos se precipitó sobre algo en la orilla, detrás de unas rocas. Ann echó a andar hacia allí. De pronto descubrió el objetivo de las aves, en una hendidura al borde del hielo: los restos semidevorados de una foca. ¡Focas! El cadáver yacía sobre hierba de la tundra, al abrigo de unas dunas de arena protegidas por una cresta rocosa que penetraba en el hielo. El blanco esqueleto emergía entre la carne de color rojo oscuro, rodeada de grasa blanca y piel negra, desgarrada y expuesta al cielo. Le habían sacado los ojos a picotazos.

Dejó atrás el cadáver y trepó a otra pequeña cresta, una especie de cabo que se adentraba en el hielo, más allá del cual había una bahía circular: un cráter lleno de hielo. Dado que se encontraba al nivel del mar y tenía una brecha el agua y el hielo lo habían llenado, y ahora era una bahía perfecta para un puerto. Un día habría allí un puerto. Unos tres kilómetros de diámetro.

Ann se sentó en un peñasco del cabo y contempló la nueva bahía. Respiraba a trompicones y su caja torácica se sacudía con violencia sin que pudiese evitarlo, como durante las contracciones del parto. Sollozos, sí. Se apartó la máscara, se sonó con los dedos y se enjugó los ojos, sin dejar de llorar furiosamente. Aquél era su cuerpo. Recordó la primera vez que había tropezado con la inundación de Vastitas, en un viaje que había realizado sola, hacía mil años. Entonces no lloró, y Michel dijo que era un shock, la parálisis del shock, como cuando se sufre una herida: huía de su cuerpo y de sus sentimientos. Michel diría sin duda que la respuesta de ahora era más sana, pero ¿por qué? Le hacía daño: el cuerpo se le sacudía con un temblor espasmódico. Pero cuando cesara, diría Michel, se sentiría mejor. Drenada. La tensión habría desaparecido… la tectónica del sistema límbico. Ann desdeñaba las analogías simplistas que Michel le ofrecía, la mujer como planeta, era absurdo. Sin embargo, allí estaba, sentada, sollozando, contemplando la blanca bahía de hielo bajo las nubes veloces, sintiéndose vacía.

Nada se movía, salvo las nubes en el cielo y las zarpas de gato sobre el agua, una ráfaga detrás de otra, un centelleo gris, malva, gris. El agua se movía, pero la tierra estaba quieta.

Finalmente Ann se puso de pie y bajó por una cresta de dura shishovita que dividía dos largas playas. A decir verdad, las zonas cubiertas de hielo se parecían mucho al estado primitivo. Al bajar a la costa, la cosa cambiaba. Allí los vientos alisios sobre las aguas abiertas de la bahía en el período estival habían creado olas lo suficientemente grandes como para producir lo que llamaban hielo quebrado. Hileras de esos despojos estaban varados por encima del nivel actual del hielo, como esculturas que evocaban la fuerza del viento. Pero en el verano esos bloques habían contribuido a triturar la arena de las nuevas playas, cubiertas ahora por una mezcolanza de hielo, barro y arena, helada como el glaseado marrón de un pastel.

Ann avanzó despacio por aquel caos. Más allá había una pequeña caleta atestada de icebergs que habían encallado en los bajíos y habían quedado atrapados en el agua del mar cuando ésta se heló. La exposición al viento y al sol los había trabajado hasta convertirlos en barrocas fantasías de hielo con transparencias azuladas y rojas opacidades, semejantes a agregados de zafiro y sanguinaria. Las caras meridionales se habían derretido de forma irregular, y el agua del deshielo había vuelto a solidificarse formando carámbanos, barbas, sábanas, columnas.

Al volver la vista a la orilla reparó de nuevo en los poderosos surcos que desgarraban la arena y alcanzaban a veces los dos metros de profundidad; ¡una fuerza increíble había abierto aquellas trincheras! Los sedimentos deberían de haber sido loess formado por depósitos eólicos sueltos y ligeros, pero ahora todo era una hosca amalgama de hielo sucio y barro helado, como si un bombardeo hubiese devastado las trincheras de algún desventurado ejército.

Siguió avanzando sobre hielo opaco, luego sobre la superficie de la bahía. Parecía un mundo cubierto de semen. En un determinado momento, el hielo crujió bajo sus pies.

Se detuvo, bien adentro en la bahía, y miró alrededor. Como siempre, horizontes cercanos. Se encaramó a un iceberg de cima llana, lo que le permitió ver toda la extensión del hielo, hasta el borde circular del cráter, que parecía tocar las nubes galopantes. Aunque resquebrajado, revuelto y estriado por las crestas de presión, el hielo sugería sin embargo la lisura del agua que había debajo. En el norte se divisaba el desfiladero que se abría al mar. En el hielo asomaban unos icebergs tabulares, semejantes a castillos deformados. Un yermo blanco.

Después de intentar en vano reconciliarse con el espectáculo bajó a gatas del iceberg, caminó hasta la orilla y se dispuso a regresar al rover. Cuando cruzaba la pequeña cresta-cabo, advirtió por el rabillo del ojo un movimiento. Una cosa blanca, una persona con un mono blanco, a cuatro patas… No, un oso. Un oso polar que avanzaba por la orilla del hielo.

El animal vio los págalos revoloteando sobre la foca muerta. Ann se acuclilló detrás de un bloque de piedra y luego se tendió boca abajo en la arena. La parte delantera del cuerpo se le quedó helada. Se asomó por encima de la piedra y espió.

La pelambre de color marfil del oso amarilleaba en los flancos y las patas. Alzó una cabeza pesada, husmeó como un perro, miró alrededor con curiosidad. Echó a andar con paso cansino hacia los despojos de la foca, haciendo caso omiso de la columna de pájaros chillones. Devoró como un perro de un cuenco y después alzó la cabeza, con el hocico enrojecido. El corazón de Ann dio un vuelco. El oso se sentó sobre los cuartos traseros y se lamió una garra y luego, con la melindrosidad de un gato, se frotó el hocico hasta que quedó limpio. De pronto, volvió a ponerse a cuatro patas y empezó a subir la pendiente de roca y arena, en dirección al escondite de Ann. Trotaba, moviendo simultáneamente las patas de un lado del cuerpo y luego las del otro, izquierda, derecha, izquierda.

Ann se dejó caer rodando por la otra cara del pequeño cabo, se puso de pie y corrió por una fractura poco profunda que la llevó hacia el sudoeste. Calculó que el rover estaba al oeste, pero el oso se acercaba por el noroeste. Subió como pudo la corta pendiente de la pared del cañón, corrió sobre una franja de terreno elevado y encontró otro pequeño cañón de fractura que se dirigía algo más hacia el oeste. Otra vez arriba, sobre el terreno elevado que separaba esas fossae. Miró hacia atrás. Ya jadeaba y su rover se hallaba al menos a dos kilómetros de distancia, al oeste y un poco al sur. Aún no estaba a la vista, oculto por las desiguales colinas. El oso venía ahora por el noreste; si se dirigía directamente hacia el rover se acercaría al animal. ¿Cazaba guiándose por el olfato o necesitaba ver? ¿Era capaz de deducir la trayectoria que seguiría su presa e interceptarla?

Sin duda podía hacerlo. Ann sudaba profusamente dentro del impermeable. Bajó presurosa al siguiente cañón, que corría en dirección oeste sudoeste, y lo siguió durante un rato. Entonces descubrió una rampa suave, por la que subió. Miró hacia atrás y vio al oso polar. Avanzaba por una de las elevaciones, dos cañones más atrás, y parecía un perro grande o un cruce de persona y perro, envuelto en su pelaje blanco y paja. Le sorprendía la presencia de aquella criatura allí, pues era improbable que la cadena alimenticia pudiera sostener a un depredador tan grande. Seguramente lo alimentaban en alguna estación de apoyo. Así lo esperaba, porque si no estaría hambriento. El animal bajó al segundo cañón y desapareció de su vista, y Ann corrió en dirección al coche. A pesar del rodeo que había dado y del horizonte accidentado y cercano, confiaba en haber situado correctamente la posición del rover.

Se desplazaba con un ritmo que creía poder mantener durante el trecho que le quedaba. Era difícil contenerse y no echar a correr a toda velocidad, lo cual la llevaría al colapso en poco tiempo. Tranquila, pensó, jadeando. Baja a uno de los grábenes y quítate de la vista. Mantén la dirección, ¿estás demasiado al sur del vehículo? Regresó a la franja elevada sólo un momento, para comprobarlo. Detrás de una colina baja de cima llana, un pequeño cráter en realidad, con una giba en el extremo sur del borde, allí, estaba segura, aunque no alcanzaba a verlo, y en aquel terreno desigual era fácil confundirse. Mil veces le había ocurrido perderse, incapaz de precisar su posición exacta en relación con un punto determinado, por lo general su rover aparcado, aunque no era tan grave como parecía pues el sistema de localización por satélite de su consola de muñeca siempre la guiaba. Como lo haría ahora también, aunque estaba convencida de que se escondía detrás de aquel cráter.

El aire gélido le ardía en los pulmones. Recordó que llevaba una máscara de emergencia en la mochila y se detuvo, escarbó en ella, se arrancó la máscara de CO2 y se colocó la de aire. Contenía un reducido suministro de aire comprimido en el marco, y cuando la activó se sintió más fuerte, capaz de mantener un ritmo más rápido. Corrió sobre otra elevación y saltó varias veces intentando ver el rover detrás del cráter.

¡Ah, allí estaba! Inhaló el frío oxígeno triunfalmente; tenía un sabor agradable, pero no bastaba para acabar con sus jadeos. La cuenca que tenía a la derecha parecía llevar directamente hasta el rover.

Se volvió y vio que el oso también corría: una especie de galope desgarbado, pesado, con el que sin embargo devoraba terreno, cuyas desigualdades no parecían suponer ningún obstáculo para él, pues volaba sobre ellas como en una pesadilla, hermoso y terrible; bajo la pelambre blanca y amarillenta se advertía el movimiento fluido de sus músculos. Esto lo vio Ann en un momento de inusitada claridad en que todo cuanto había en su campo de visión quedó definido y luminoso, como iluminado desde dentro. Incluso corriendo tan rápido como podía, concentrada en el terreno para evitar tropiezos, seguía viendo al oso volando sobre la pendiente rojiza, como una de esas manchas que persisten después de mirar el sol. Pesado y rápido danzaba sobre las rocas, y las anfractuosidades del terreno no le detenían, pero también ella era un animal y había pasado muchos años en los ásperos parajes de Marte, muchos más que aquel joven oso, y podía correr como un íbex, de la roca madre al peñasco, del peñasco a la arena y de allí a los derrubios, con esfuerzo pero equilibradamente, con dominio de la marcha, y corriendo para salvar su vida. Y además el vehículo estaba cerca. Sólo faltaba subir la pendiente de un último cañón… casi se estampó contra el rover. Dio un golpe triunfal en el curvo costado metálico, como si se tratara del morro del oso, y después de otro golpe más preciso en la consola de la entrada de la antecámara ya estaba dentro, dentro, y la puerta exterior se cerró a su espalda.

Subió las escaleras que llevaban al nido de águila del conductor para echar una ojeada al exterior. A través del cristal vio al oso polar abajo, inspeccionando el vehículo desde una respetable distancia, fuera del alcance de la pistola de dardos, olfateando con actitud pensativa. Ann estaba cubierta de sudor y todavía jadeaba, ¡qué violentos paroxismos podían sacudir la caja torácica! ¡Pero estaba a salvo en el asiento del conductor! Sólo tenía que cerrar los ojos para ver de nuevo la heráldica imagen del oso flotando sobre la roca; pero cuando los abría, encontraba el centelleo del salpicadero, artificial y familiar. ¡Era tan extraño!

Dos días después aún seguía como en estado de shock, alterada, y podía evocar la imagen del oso si cerraba los ojos y pensaba en él. Por las noches el hielo de la bahía crujía y retumbaba, y a veces se escuchaban estampidos que la devolvían en sueños al asalto de Sheffield y la angustiaban. De día conducía con tanta dejadez que finalmente recurrió al piloto automático, al que dio instrucciones de bordear la bahía del cráter.

Mientras el vehículo rodaba ella vagaba por el compartimiento del conductor. Su pensamiento corría desbocado. No podía hacer otra cosa que reír y aguantar, golpear las paredes, mirar por las ventanas. El oso se había ido, pero no del todo. Buscó información sobre el animal: ursits maritimus, oso del océano; los inuit lo llamaban Tornássuk, «el que da poder». Era como el deslizamiento de tierra que casi la había alcanzado en Melas Chasma, que formaría parte de su vida para siempre. Al enfrentarse al deslizamiento, no había movido ni un músculo; pero esta vez había corrido como un demonio. Marte podía acabar con ella, y sin duda lo haría, pero ninguna criatura del zoo de la Tierra la mataría si ella podía evitarlo. No era que tuviese un especial amor por la vida, nada más lejos, sino que uno debía poder elegir cómo moriría. Como lo había hecho en el pasado, al menos dos veces. Pero Simón y después Sax, como dos pequeños osos pardos, le habían arrebatado la muerte. Aún no sabía cómo enfrentarse a eso, cómo sentirse, su pensamiento era demasiado frenético. Se apoyó en el respaldo del asiento. Finalmente se inclinó hacia adelante y tecleó la vieja frecuencia de Sax entre los Primeros Cien, XY23, y esperó que la IA desviara la llamada al transbordador en el que Sax viajaba de vuelta a Marte. Poco después allí estaba él, con su nuevo rostro, en la pantalla.

—¿Por qué lo hiciste? —le gritó—. ¡Mi muerte es asunto mío!

Esperó a que el mensaje llegara a Sax, y cuando eso ocurrió él dio un salto y su imagen se sacudió.

—Porque… —balbuceó, y se interrumpió.

Aquello le produjo a Ann un escalofrío. Era lo que había dicho Simón después de rescatarla del caos. Nunca tenían una razón, sólo el idiota porque de la vida.

—No quería… —continuó Sax—, me parecía una pérdida inútil… Qué sorpresa… Estoy contento de que hayas llamado.

—Vete al infierno.

Estaba a punto de cortar la conexión cuando él empezó a hablar otra vez; en ese momento la transmisión era simultánea y los mensajes se alternaban.

—Fue para poder hablar contigo, Ann. Quiero decir que lo hice por egoísmo… No quería perderte. Quería que me perdonaras, quería seguir discutiendo contigo, y… hacerte comprender por qué lo hice.

Su chachara se interrumpió con la misma brusquedad con que había empezado; parecía confuso, asustado. Quizá acababa de recibir el «Vete al infierno». Era evidente que ella podía asustarlo.

—Eso no es más que basura —dijo Ann. Después de un rato llegó la respuesta:

—Sí. Hum… ¿Qué tal te encuentras? Pareces…

Ann cortó. ¡Acabo de escapar de las garras de un oso polar!, gritó para sus adentros. ¡Casi me ha devorado uno de tus estúpidos juegos!

No, no se lo diría. El muy entrometido. Necesitaba un buen arbitro para someterse al Metaperiódico de la historia marciana, a eso se reducía todo. Así se aseguraba de que su ciencia fuera examinada con ojo crítico. Y con ese propósito pisotearía los más íntimos deseos de cualquiera, ¡la libertad esencial de escoger entre la vida y la muerte, de ser libre!

Al menos Sax no había intentado mentir.

Bueno… Rabia, remordimiento injustificado, una angustia inexplicable, una alegría extrañamente dolorosa; todos esos sentimientos la embargaban a un tiempo. El sistema límbico vibraba sin freno e infiltraba en cada pensamiento emociones violentas y contradictorias, sin relación con el contenido de los pensamientos: Sax la había salvado, ella lo odiaba, sentía una alegría feroz, Kasei estaba muerto, Peter, no, ningún oso podría matarla… y así hasta el infinito. ¡Oh, era tan extraño!

Divisó un pequeño rover verde en lo alto de un acantilado que caía a plomo sobre el hielo de la bahía. Siguiendo un impulso, se puso al volante y se dirigió hacia allí. Una pequeña cara se asomó y la miró; Ann saludó sacudiendo una mano ante el parabrisas. Ojos negros, gafas, calvo. Como su padrastro. Detuvo el rover junto al otro. El hombre la invitó a entrar agitando una cuchara de madera. Parecía algo ido, como si sólo hubiese salido de sus pensamientos a medias.

Ann se puso una chaqueta de plumón, y mientras recorría el trecho que separaba los vehículos sintió el choque del aire como si se hubiese zambullido en agua helada. Era agradable poder ir de un rover a otro sin ponerse el traje o, para ser sinceros, sin arriesgarse a morir. Era sorprendente que no hubiese muerto más gente por descuido o por el mal funcionamiento de las antecámaras. Por supuesto, había habido muertos, muchos, si sumabas. Pero ahora sólo una pizca de aire frío.

El hombre calvo abrió la puerta interior.

—Hola —dijo, y le tendió la mano.

—Hola —dijo Ann, y se la estrechó—. Soy Ann.

—Y yo Harry, Harry Whitebook.

—Ah. He oído hablar de usted. Diseña animales. Él sonrió amablemente.

—Sí. —Sin avergonzarse, sin ponerse a la defensiva.

—Hoy me ha perseguido uno de sus osos polares.

—¿Ah, sí? —Los ojos como platos.— ¡Son muy rápidos!

—Y que lo diga. Pero no son simples osos polares, ¿verdad?

—Tienen algunos genes de osos grizzly, por la altura. Pero en su mayor parte son ursus maritimus. Criaturas muy resistentes.

—Muchas criaturas lo son.

—Sí, ¿no es maravilloso? Oh, perdóneme, ¿ha comido ya? ¿Le apetece un poco de sopa? Estaba preparando una sopa de puerro. Supongo que es evidente.

Lo era.

—Sí, gracias —dijo Ann.

Mientras comían la sopa con pan, Ann le hizo preguntas relacionadas con el oso polar.

—¿Puede haber aquí una cadena trófica para una criatura tan grande?

—Pues la hay. En esta zona la hay. Tiene bastante renombre por eso: la primera biorregión lo suficientemente robusta para mantener osos. El agua de la bahía es líquida hasta el fondo, ¿sabe? El agujero de transición Ap ocupa el centro del cráter, de manera que es como un lago sin fondo, con la superficie helada durante el invierno, desde luego; pero los osos están acostumbrados a eso en el Ártico.

—Los inviernos son largos.

—Sí. Pero las hembras cavan guaridas en la nieve, cerca de alguna cueva en los afloramientos del dique que hay hacia el oeste. En realidad no hibernan del todo, su temperatura corporal baja unos pocos grados y sólo tardan uno o dos minutos en despertarse si necesitan reajustar la temperatura de la guarida. Pasan todo el tiempo que pueden dentro durante el invierno y vagan en busca de alimento hasta la primavera. En la primavera remolcamos algunas de las placas de hielo a mar abierto para despejar la bahía, y a partir de entonces todo se desarrolla con normalidad, desde el fondo hasta la superficie. Las cadenas marinas básicas proceden del Antártico, y las terrestres del Ártico. Plancton, krill, peces y calamares, focas Weddell, y en tierra, conejos y liebres, lémmings, marmotas, ratones, linces, gatos monteses. Y los osos. Estamos intentando introducir caribúes, renos y lobos, pero todavía no hay pasto suficiente para los ungulados. Los osos llevan pocos años ahí fuera, porque la presión atmosférica no era la adecuada hasta no hace mucho. Pero ahora es la equivalente a cuatro mil metros y hemos descubierto que los osos se las arreglan muy bien. Se adaptan muy deprisa.

—Los humanos también.

—Hombre, aún no hemos visto demasiados a cuatro mil metros de altitud. —Se refería a cuatro mil metros sobre el nivel del mar en la Tierra. Una cota mayor que la de cualquier asentamiento humano permanente, como ella recordó.

El hombre seguía hablando:

—… con el tiempo la cavidad torácica se ensanchará, está destinado a suceder… —Un hombre que hablaba para sí mismo. Grande, corpulento; una estrecha franja de pelo le rodeaba la calva. Los ojos negros nadaban detrás de las gafas redondas.

—¿Conoció usted a Hiroko? —preguntó Ann.

—¿Hiroko Ai? Sí, hablé con ella una vez. Una mujer encantadora. Dicen que ha regresado a la Tierra para ayudarlos a adaptarse a la inundación. ¿La conoció usted?

—Sí. Soy Ann Clayborne.

—Ya me lo parecía. La madre de Peter Clayborne, ¿no?

—Sí.

—Su hijo estuvo en Boone hace poco.

—¿Boone?

—Es la pequeña estación que hay al otro lado de la bahía. Ésta es la Bahía Botánica y la estación es Puerto Boone. Una especie de chiste. Al parecer en Australia existe una pareja igual.

—Claro. —Ann sacudió la cabeza. John los acompañaría siempre, y no era el peor de los fantasmas que los acosaban.

Como, por ejemplo, ese hombre, el famoso diseñador de animales. Se movía con estrépito por la cocina, tentando como un miope. Ella comía echándole miradas furtivas. Él sabía quién era ella, pero no parecía incómodo, ni trataba de justificarse. Ella era una areóloga roja, él diseñaba nuevos animales marcianos. Trabajaban en el mismo planeta, pero eso para él no significaba que fueran enemigos. La devoraría sin malicia. Había algo estremecedor en él, intimidatorio a pesar de sus modales educados. La inconsciencia era tan brutal. Y sin embargo a Ann el hombre le caía bien; su poder desapasionado, o su vaguedad, no podía determinarlo. Whitebook cruzó la cocina tropezando con todo, se sentó y comió con ella, deprisa y con ruido, y la sopa le chorreó por la barbilla. Después cortó unas rebanadas de pan. Ann le hizo preguntas sobre Puerto Boone.

—Tiene una buena panadería —dijo él, señalando la hogaza—. Y un buen laboratorio. El resto es como cualquier puesto de avanzada. Pero quitaron la tienda el año pasado y ahora hace mucho frío, sobre todo en invierno. Sólo estamos en la latitud cuarenta y seis, pero nos sentimos como si estuviéramos en un lugar del norte. Tanto es así que algunos hablan de volver a colocar la tienda, al menos en invierno. Y hay quien opina que deberíamos dejarla hasta que esto se caliente más.

—¿Hasta que pase la era glacial?

—No creo que tengamos ninguna era glacial. El primer año sin la soletta fue malo, no lo niego, pero hay varias maneras de contrarrestarlo. Un par de años fríos, en eso quedará todo.

Agitó una garra: podía ir en cualquier dirección. Ann estuvo a punto de arrojarle el pedazo de pan. Pero sería mejor no sobresaltarlo. Se dominó con un estremecimiento.

—¿Peter está todavía en Boone? —preguntó.

—Creo que sí. Hace unos días estaba.

Siguieron hablando sobre el ecosistema de la Bahía Botánica. La ausencia de una gama completa de vida vegetal limitaba enormemente a los diseñadores. En ese aspecto se parecía más a la Antártida que al Ártico. Tal vez los nuevos métodos de mejora del suelo acelerarían la aparición de plantas superiores. Por el momento aquélla era tierra de líquenes. Las plantas de la tundra serían las siguientes.

—Pero eso le disgusta —observó él.

—Me gustaban las cosas como estaban antes. Vastitas Borealis era un mar de dunas, arena negra de granate.

—¿No quedarán algunas cerca del casquete polar?

—El casquete polar quedará por debajo del nivel del mar en muchos puntos. Como dijo usted antes, algo semejante a lo sucedido en la Antártida. No, las dunas y el terreno laminado quedarán bajo las aguas, de un modo u otro. Todo el hemisferio norte desaparecerá.

—Estamos en el hemisferio norte.

—En una península de tierras altas. Y en cierto modo ya ha desaparecido. La Bahía Botánica era antes el cráter Ap de Arcadia.

El hombre la observó a través de las lentes.

—Tal vez sí viviera en las zonas elevadas las cosas tendrían el mismo aspecto que en el pasado. Sólo que con aire.

—Tal vez —dijo ella con cautela. El hombre se movió con pasos pesados y empezó a limpiar unos grandes cuchillos de cocina en el fregadero. Sus torpes garras tenían dificultades para manejar los objetos pequeños.

Ann se puso de pie.

—Gracias por la cena —dijo, retrocediendo hacia la puerta. Agarró la chaqueta y ante la mirada sorprendida del hombre salió deprisa dando un portazo. La recibió la bofetada del frío nocturno, y se puso la chaqueta. Nunca hay que huir de un predador. Regresó a su rover y entró sin mirar atrás.

Las antiquísimas tierras altas de Tempe Terra estaban salteadas de pequeños volcanes, y por eso había llanuras formadas por la lava y canales por todas partes, además de rasgos del relieve derivados del deslizamiento de materiales viscosos causado por el hielo de la superficie y algún que otro canal que había discurrido por la pared del Gran Acantilado. Y además, de la colección habitual de deformidades y señales de impactos antiquísimos que convertían los mapas areológicos de Tempe en la paleta de un artista, pues aparecían salpicados de colores que indicaban los diferentes aspectos de la larga historia de la región. Demasiados colores, en opinión de Ann; para ella las divisiones menores en diferentes unidades areológicas eran artificiales, vestigios de la areología del cielo, que intentaban distinguir entre regiones en las que predominaban los cráteres, o que estaban más disecadas o más labradas que el resto, cuando sobre el terreno todo era lo mismo, y esos rasgos de identidad podían verse por doquier. Se trataba sencillamente de una región accidentada, del paisaje accidentado de la antigüedad.

El fondo de los largos cañones rectos que llamaban las Tempe Fossae era demasiado anfractuoso para conducir por él, y Ann rodó por rutas alternativas en terreno más elevado. Las últimas coladas de lava (hacía mil millones de años) eran más duras que las deyecciones disgregadas sobre las que fluyeron y ahora yacían como largos diques o bermas. En la tierra más suave que había entre ellas había numerosos cráteres de salpicadura cuyas faldas eran remanentes de coladas líquidas. En medio de todos esos derrubios se alzaban algunas islas de roca madre erosionada, pero en general era regolito que revelaba además la presencia de un suelo empapado de agua y de permafrost, que provocaban lentos hundimientos y deslizamientos. Y ahora, con el aumento de las temperaturas y quizá por el calor procedente de las explosiones subterráneas en Vastitas, la inestabilidad del suelo se había agravado. Por todas partes se producían nuevos deslizamientos: una conocida ruta de los grupos rojos había desaparecido cuando la rampa que bajaba a Tempe 12 quedó sepultada; las paredes de Tempe 18 se habían colapsado y transformado el cañón en forma de U en otro en forma de V; Tempe 21 había desaparecido bajo los escombros de su colapsada pared occidental. En todas partes la tierra se derretía. Ann llegó a ver taliks, zonas licuefactas en la superficie del permafrost, en esencia ciénagas heladas. Y la mayoría de las hoyas de las grandes dolinas albergaban estanques que se derretían de día y se helaban por la noche, una acción que rompía el suelo aún más deprisa.

Pasó junto a las faldas lobuladas del cráter Timoshenko, cuyo flanco norte había sido sepultado por las oleadas de lava más meridionales del volcán Coriolano, el mayor de los pequeños volcanes de Tempe. Allí la mayor parte de la superficie estaba muy carcomida, y la nieve caída se había derretido y había vuelto a helarse en miríadas de cuencas de recepción. El suelo se hundía según las pautas características del permafrost: crestas poligonales de guijarros, terraplenes concéntricos en los cráteres, pingos, crestas de solifluxión en las laderas. En cada depresión se formaba un estanque o charco de aguas heladas. El suelo se estaba derritiendo velozmente.

En las pendientes soleadas que miraban al sur, los árboles crecían allí donde estuviesen un poco resguardados del viento, por encima de las capas más bajas de musgos, hierbas y arbustos. Los árboles enanos del krummholz, retorcidos en torno a sus enmarañadas agujas, ocupaban las hondonadas de solana; en las hondonadas umbrías, nieve sucia y neveros. Tanta tierra devastada. Tierra quebrada, vacía, aunque no del todo, la roca, el hielo y las praderas pantanosas surcadas por crestas bajas y fracturadas. Las nubes aparecían de la nada y se hinchaban con el calor de la tarde, y sus sombras añadían nuevas manchas al paisaje, una alocada colcha que combinaba el rojo y el negro, el verde y el blanco. Nadie podría quejarse nunca de homogeneidad en Tempe Terra. El paisaje aguardaba inmóvil bajo el paso veloz de las sombras de las nubes. Y sin embargo allí, una tarde, cuando ya oscurecía, una rauda mole blanca se había ocultado tras una roca. El corazón le dio un vuelco, pero no alcanzó a distinguir nada.

Sin embargo, antes de que oscureciera del todo, llamaron a la puerta. Ann se estremeció como el rover sobre sus amortiguadores y corrió a la ventana. Figuras del color de la roca que agitaban las manos. Seres humanos.

Era un pequeño grupo de ecosaboteadores. Cuando los invitó a entrar, ellos le dijeron que habían reconocido su rover por la descripción que hicieran las gentes del refugio de Tempe. Se alegraban de haberla encontrado, porque habían salido con ese propósito. Reían, parloteaban, se acercaban para tocarla, jóvenes nativos de elevada estatura con un colmillo de piedra y los ojos brillantes, algunos orientales, otros blancos, otros negros, todos felices. Los conocía de Pavonis Mons, no individualmente, sino como grupo: los jóvenes fanáticos. Volvió a sentir un escalofrío.

—¿Adonde se dirigen? —preguntó.

—A la Bahía Botánica —contestó una mujer—. Nos proponemos acabar con los laboratorios de Whitebook.

—Y también con la estación de Boone —añadió otro.

—Ah, no —dijo Ann.

Se quedaron petrificados, mirándola fijamente. Como Kasei y Dao en Lastflow.

—¿Qué quiere decir? —preguntó la mujer.

Ann respiró hondo, tratando de averiguarlo. No le quitaban la vista de encima.

—¿Estuvieron en Sheffield? —preguntó. Ellos asintieron; sabían a lo que se refería.

—Entonces ya deberían saberlo —dijo hablando despacio—. No tiene sentido conseguir un Marte rojo derramando sangre sobre el planeta. Tenemos que encontrar otra manera. No podemos hacerlo asesinando gente, ni siquiera matando animales o plantas o volando máquinas. No daría resultado porque es destructivo. Eso no atrae a la gente, ¿no lo comprenden? Así no se ganan adeptos a la causa, más bien se los aleja. Cuantas más cosas de ese estilo hacemos, más verdes se vuelven ellos. Y así nosotros mismos desbaratamos nuestros planes. Si lo sabemos pero insistimos en actuar así, traicionamos a la causa. ¿Comprenden? El propósito de nuestras acciones no es dar rienda suelta a nuestros sentimientos, a nuestra furia o a nuestra ansia de emociones fuertes. Tenemos que encontrar otra manera.

La miraban sin comprender, molestos, sorprendidos, desdeñosos. Pero atentos. Después de todo era Ann Clayborne quien hablaba.

—Aún no sé con certeza cuál es esa otra manera —continuó—, pero ahí es donde debemos empezar a trabajar. Tiene que ser una suerte de areofanía roja. Siempre se ha entendido la areofanía como algo verde, supongo que a causa de Hiroko, porque fue ella quien la definió y quien la creó. Y por eso la areofanía siempre ha estado ligada a la viriditas. Pero no tiene por qué ser así. Y si no cambiamos eso, nunca lograremos nada. Es necesario crear una forma de veneración roja de este lugar que la gente aprenda a sentir. El espíritu rojo del planeta primitivo tiene que transformarse en un contrapunto de la viriditas. Tenemos que teñir ese verde hasta que se convierta en un color distinto, un color como el que a veces se ve en ciertas rocas, como el jaspe o la serpentina férrica. Y eso implicará llevar a la gente al exterior, a las tierras altas, para que puedan ver de qué hablamos. Significará trasladarse a esa región y fijar derechos de arrendamiento y administración que nos permitan hablar en representación de la tierra, y ellos tendrán que escuchar. Derechos de los errantes, de los areólogos, de los nómadas. La areoformación puede significar todas esas cosas. ¿Comprenden?

Se detuvo. Los jóvenes nativos seguían atentos, aunque parecían preocupados por ella o por lo que había dicho.

—Ya hemos hablado de esto antes —dijo un muchacho—. Y hay gente que ya lo está haciendo, nosotros mismos a veces. Pero creo que una resistencia activa es una parte necesaria de la lucha. De otro modo nos aplastarán y lo harán todo verde.

—No si lo teñimos desde el interior, desde sus corazones. El sabotaje, el asesinato… de todo eso sólo brota verde, créanme, porque lo he visto. Llevo tanto tiempo como ustedes en la lucha y lo he visto. Pisoteas la vida y sólo consigues que resurja con más fuerza.

El razonamiento no convenció al muchacho.

—Nos concedieron el límite de los seis mil metros porque nos temían, porque éramos la fuerza motriz de la revolución. Si no fuera por nosotros, las metanacs seguirían dominándolo todo.

—Se trataba de un oponente distinto. Cuando luchábamos contra los terranos, impresionamos a los marcianos verdes. Pero luchando contra los marcianos verdes no los impresionamos, los ponemos furiosos. Y se vuelven más verdes que nunca.

El grupo guardó un silencio pensativo, desalentado.

—Pero entonces ¿qué hacemos? —preguntó una mujer de pelo cano.

—Vayan a algún lugar amenazado —sugirió Ann. Señaló la ventana—. Este donde nos encontramos no estaría mal. O algún otro punto situado cerca del límite de los seis mil metros. Instálense, funden una ciudad, conviértanla en un refugio de lo primitivo, en un lugar extraordinario. Bajaremos arrastrándonos desde las tierras altas.

Consideraron la propuesta con expresión sombría.

—O vayan a las ciudades y creen un grupo de viajes para mostrar el paisaje a la gente. Opónganse con la ley en la mano a cualquier cambio que propongan.

—Mierda —dijo el chico, meneando la cabeza—. Suena espantoso.

—Y lo es —dijo Ann—. Nos espera una labor ingrata. Pero para cambiarlos, tenemos que trabajar desde dentro, y eso significa vivir donde ellos viven.

Caras largas. Siguieron sentados un rato más, hablando de cómo vivían, de cómo deseaban vivir, de las estrategias para persuadir a otros, de la imposibilidad de continuar con la vida de guerrilleros después del fin de la guerra… Hubo muchos suspiros, algunas lágrimas, recriminaciones, palabras de aliento.

—Vengan conmigo mañana y miren de frente ese mar de hielo —propuso Ann.

Al día siguiente la célula guerrillera viajó al sur con ella siguiendo la longitud sesenta, interminables kilómetros de terreno impracticable. Los árabes lo llamaban khala, la tierra vacía. Y si bien el corazón de los jóvenes se alegraba ante aquellos desolados paisajes rocosos de la antigüedad, también permanecían silenciosos, apagados, como si realizaran un peregrinaje fúnebre. Alcanzaron el gran cañón Nilokeras Scopulus y bajaron por una ancha rampa natural. Al este tenían Chryse Planitia, cubierta de hielo: otro brazo del mar norteño. No habían conseguido escapar. Delante, hacia el sur, las Nilokeras Fossae, el extremo final de un complejo de cañones que empezaba muy lejos en el sur, en la enorme depresión de Hebes Chasma. Hebes Chasma no tenía salida, pero ahora se sabía que su subsidencia había sido provocada por el reventón de un acuífero al oeste, en la cima de Echus Chasma. Una ingente cantidad de agua se había derramado por Echus y su embate en la dura pared occidental de Lunae Planum había tallado el alto y escarpado acantilado del Mirador de Echus. Después había encontrado una brecha en aquella formidable pared y se había precipitado desgarrando la gran curva de Kasei Vallis y excavando un profundo canal que desembocaba en las tierras más bajas de Chryse. Había sido uno de los reventones de acuífero más brutales de la historia marciana.

El mar del norte había vuelto a ocupar Chryse y el agua empezaba a llenar el extremo inferior de Nilokeras y Kasei. La colina roma del cráter Sharanov se elevaba como una gigantesca torre de guardia en el alto promontorio que dominaba la boca del nuevo fiordo, en el que se hallaba una isla alargada y estrecha, una de las islas lemniscatas formadas por la antigua inundación, aislada de nuevo, obstinadamente roja en el mar de hielo blanco. Con el tiempo ese fiordo sería un puerto aún mejor que el de la Bahía Botánica, pues aunque era de paredes escarpadas, había terrazas en la roca aquí y allá que podrían convertirse en ciudades portuarias. Naturalmente tendrían que hacer frente al viento que se encauzaba por Kasei, ráfagas katabáticas que alejarían a los barcos y los arrojarían al golfo de Chryse…

Era muy extraño. Guió al silencioso grupo de rojos por una rampa que bajaba hasta una ancha terraza al oeste del fiordo helado. Caía la tarde y Ann les propuso un paseo crepuscular por la orilla.

La puesta del sol los encontró agrupados, muy juntos, desalentados, de pie delante de un solitario bloque de hielo de unos cuatro metros de altura cuyas convexidades eran tan lisas como un músculo. Se habían situado de modo que el sol quedaba detrás del bloque y la luz lo atravesaba. La arena mojada cabrilleaba, como una advertencia luminosa, innegable, brillantemente real. ¿Qué harían? Contemplaron el espectáculo en silencio.

Cuando el último destello del sol se hundió en el negro horizonte, Ann dejó el grupo y regresó sola a su rover. Giró la cabeza y miró hacia abajo: los rojos seguían junto al iceberg varado. Se erguía entre ellos como un dios blanco con un tinte naranja, como la lámina irregular de la bahía de hielo. Dios blanco, oso, bahía, un dolmen de hielo marciano: el océano los acompañaría siempre, tan real como la roca.

Al día siguiente Ann enfiló Kasei Vallis en dirección oeste, hacia Echus Chasma. El camino subía continuamente por una serie de anchas cornisas conectadas que facilitaban la marcha. Pronto alcanzó el punto en que Kasei doblaba a la izquierda y desembocaba en el suelo de Echus. La curva era uno de los mayores accidentes del planeta que era evidente que habían sido tallados por el agua. Sin embargo, descubrió que el suelo llano del cauce seco estaba cubierto de árboles enanos, tan pequeños que casi parecían arbustos, de cortezas negras, espinosos y con hojas de un verde oscuro tan brillantes y afiladas como las del acebo. Un manto de musgo cubría el suelo bajo aquellos árboles negros, pero fuera de eso, no crecía nada más. Era un bosque de especie única que cubría Kasei Vallis de pared a pared y llenaba la gran curva como un tizón de tamaño descomunal.

Ann se vio obligada a conducir por aquel bosque bajo, y el rover avanzó zarandeándose, pues las ramas, resistentes como las del acerolo, cedían bajo las ruedas pero recuperaban su posición anterior en cuanto quedaban libres. Ya nadie podría volver a pasear por aquel cañón, pensó Ann, aquel cañón de altas paredes, estrecho y circular, una suerte de Utah de la imaginación, convertido ahora en el bosque negro de un cuento de hadas, ineludible, lleno de oscuras formas volantes, y con una figura blanca entrevista en la oscuridad… No había señales del complejo de seguridad de la UNTA que una vez había ocupado la curva del valle. Una maldición sobre tu casa hasta la séptima generación, una maldición sobre la tierra inocente. Habían torturado a Sax allí y él había sembrado semillas de fuego y había incendiado el lugar, y un bosque de espinos lo había cubierto, ¡Y llamaban a los científicos criaturas racionales! Una maldición sobre su propia casa también, pensó Ann con los dientes apretados, hasta la séptima generación y otras siete después de ésas.

Siseó y siguió avanzando por Echus hacia el escarpado cono volcánico de Tharsis Tholus, que albergaba una ciudad en el flanco donde la pendiente era menos pronunciada. El oso le había dicho que Peter estaría allí, así que la evitó. Peter, la tierra cubierta por las aguas; Sax, la tierra arrasada por el fuego. En otro tiempo Peter había sido suyo. Sobre esta piedra edificaré. Peter Tempe Terra, la Roca del País del Tiempo. El hombre nuevo, el homo martialis, que los había traicionado. Recuerda.

Continuó hacia el sur, por la pendiente de la mole de Tharsis, y al fin el cono de Ascraeus apareció delante. Una montaña continente que destacaba en el horizonte. Pavonis había sido infestado y se había desarrollado tanto a causa de su posición ecuatorial y las pocas ventajas que eso proporcionaba al cable del ascensor. Pero a Ascraeus, a sólo quinientos kilómetros al nordeste de Pavonis, lo habían dejado en paz. Nadie vivía allí, y muy pocos habían subido, sólo algún areólogo de cuando en cuando, que iba a estudiar su lava y los ocasionales flujos de cenizas piroclásticas, ambas de un tono rojo cercano al negro.

Alcanzó las estribaciones más bajas, suaves y onduladas. Ascraeus había sido uno de los clásicos nombres de accidentes del albedo, debido a que era una montaña fácilmente visible desde la Tierra. Ascraeus Lacus. Fue durante la manía de los canales, y por eso decidieron que se trataba de un lago. Pavonis en aquella época era el Phoenicus Lacus, el lago Fénix. Ascra, leyó, era el lugar de nacimiento de Hesíodo, «situado a la derecha del monte Helicón, sobre un lugar alto y escarpado». Así que, aunque creían que era un lago, le habían dado el nombre de una montaña. Tal vez sus subconscientes habían interpretado bien las imágenes del telescopio después de todo. «Ascraeus» era un nombre poético para referirse a los pastores, pues el Helicón era un monte de Beocia consagrado a Apolo y a las musas. Cierto día Hesíodo había alzado los ojos del arado, y al ver la montaña había descubierto que tenía una historia que contar. El nacimiento de los mitos era extraño, y también los viejos nombres entre los que vivían y que desconocían, mientras repetían las viejas historias una y otra vez durante sus vidas.

Era el más empinado de los cuatro grandes volcanes, pero carecía de acantilado circundante, como el de Olympus Mons; podía poner el coche en primera y subir tranquilamente, como si estuviese en una nave espacial que despega en cámara lenta, y recostarse en el asiento y relajarse. Se despabilaría al llegar, a veintisiete mil metros sobre el nivel del mar, la misma estatura de los otros tres gigantes. Ésa era la máxima altura que podía alcanzar una montaña en Marte, era el límite isostático, más allá del cual la litosfera empezaba a hundirse bajo el peso de toda esa roca. Los cuatro grandes habían alcanzado su máxima altura y no crecerían más. Una señal de su gran antigüedad.

Muy viejo, sí, pero la lava de la superficie de Ascraeus se contaba entre las rocas ígneas más jóvenes de Marte, apenas erosionada por el viento y el sol. Las capas de lava que se habían solidificado mientras bajaban por el flanco de la montaña habían formado masas que era preciso rodear. La bien trazada pista de rovers subía zigzagueando, evitando los tramos escarpados al pie de esas coladas y aprovechando una amplia red de rampas y reflujos. En las zonas de umbría permanente la nieve se había amontonado, pendientes sucias y compactas. Las sombras presentaban una neblina blancuzca, como si estuviese conduciendo a través de un negativo fotográfico, y su ánimo inexplicablemente iba cayendo en picado conforme subía. A su espalda aparecía una porción cada vez más extensa del cónico flanco norte del volcán, y más allá, de Tharsis Norte y la pared de Echus, una línea baja a unos cien kilómetros de distancia. Buena parte de lo que veía estaba salpicado de blanco: ventisqueros, láminas de hielo formadas por el viento, neveros. Los flancos umbríos de los conos volcánicos a menudo albergaban grandes glaciares.

Sobre la superficie de una roca, moho de color verde esmeralda. Todo se estaba volviendo verde.

Pero a medida que ascendía, día tras día, a una altura más allá de lo imaginable, la nieve empezó a tener menos grosor y a escasear. Alcanzó los veinte mil metros sobre la línea de referencia —veintiuno sobre el nivel del mar—, casi setenta mil pies, más de dos veces la altura a la que el Everest se elevaba sobre los océanos terrestres, ¡y sin embargo, el cono del volcán aún estaba siete mil metros más arriba! Subía hasta el cielo que se oscurecía, hasta el espacio.

Muy abajo flotaban las volutas de una capa de nubes que oscurecía Tharsis, como si el mar blanco la persiguiera pendiente arriba. A la altura en que ella se encontraba no había nubes, al menos ese día. A veces se formaban torres de cúmulos junto a la montaña, otros días los cirros flotaban en lo alto, acuchillando el cielo con hoces sutiles. Ese día el cielo tenía un color índigo purpúreo transparente, con algunas estrellas diurnas en el cénit y el brillo tenue del solitario Orion. Al oeste de la cima ondeaba una nube, una bandera en lo alto del pico, tan delgada que podía verse el cielo a través de ella. No había mucha humedad allí, ni tampoco atmósfera. La presión atmosférica en lo alto de los volcanes gigantes siempre sería diez veces menor que al nivel del mar; debía de ser por tanto de unos treinta y cinco milibares, apenas superior a la existente cuando llegaron al planeta.

A pesar de todo descubrió diminutas manchas de liquen en las oquedades de la roca, en hoyos muy soleados que retenían alguna nieve. Eran tan pequeñas que apenas se distinguían. Liquen: un equipo simbiótico de algas y hongos que se unían para sobrevivir incluso a treinta milibares. Era casi increíble lo que la vida llegaba a soportar.

Tan extraño que se puso el traje y salió a examinarlas. Allí arriba uno tenía que recuperar la meticulosidad de los viejos hábitos: asegurar el traje, las antecámaras y salir al brillante resplandor del espacio.

La roca que hospedaba el liquen era la típica solana llana donde las marmotas habrían tomado sus baños de sol si hubiesen podido vivir a aquella altura. Pero sólo había cabezas de aguja de color amarillo verdoso o gris naval. Liquen crustáceo, le dijo la guía de su consola. Fragmentos arrancados por una tormenta, arrastrados por el viento y que al caer sobre la roca se aferraban a ella como pequeñas lapas vegetales. Una de esas cosas que sólo Hiroko podía explicar.

Los seres vivos. Michel había dicho que ella amaba las rocas y no a los hombres porque la habían maltratado y había sufrido daño psicológico. Un hipocampo significativamente más pequeño, reacciones de miedo desproporcionadas, tendencia a la disociación. Y por eso había buscado un hombre muy semejante a una piedra. Michel también había amado esa cualidad de Simón, le confesó; en los años pasados en la Colina Subterránea había sido un alivio tener al menos a una persona así a cargo, un hombre en el que se podía confiar, tranquilo, sólido, que se podía tomar en la mano y sopesar.

Pero Simón no era único, había señalado Michel. Otras personas poseían esa cualidad, quizá mezclada o menos pura, pero presente. ¿Por qué no podía ella apreciar esa inflexible resistencia en otros, en todas las cosas vivas? Sólo intentaban existir, como cualquier roca o planeta. Había una obstinación mineral implícita en todos.

Oyó el penetrante lamento del viento en su casco y sobre la escoria volcánica, murmurando en el tubo del aire, ahogando el sonido de su respiración. El cielo era allí más negro que índigo, excepto sobre el horizonte, donde mostraba un violeta purpúreo calinoso cubierto por una franja transparente de azul oscuro… Oh, ¿quién podía creer, allí, en la pendiente de Ascraeus Mons, que nunca cambiaría, por qué no se habían instalado en ese lugar elevado para que les recordara de dónde procedían, y lo que Marte les había dado y ellos habían despilfarrado tan alegremente?

Regresó al rover y continuó la ascensión.

Había sobrepasado la altitud de unos cirros plateados suspendidos al oeste de la banderola transparente de la cima, al abrigo de la corriente del chorro. Ascender era viajar al pasado, dejando atrás líquenes y bacterias. Aunque a ella no le cabía ninguna duda de que seguían allí, ocultos en el interior de las primeras capas de la roca. Vida chasmoendolítica, como el mítico pequeño pueblo rojo, los dioses microscópicos que habían hablado a John Boone, su Hesíodo local. Eso decía la gente.

Vida por todas partes. El mundo estaba volviéndose verde. Pero si uno no podía ver el espíritu verde, si no afectaba el paisaje, ¿había que darle entonces la bienvenida? Los seres vivos. ¡Michel le había dicho que amaba las rocas por la cualidad pétrea que tenía la vida! Todo acababa reduciéndose a la vida. Simón, Peter; sobre esta piedra edificaré mi iglesia. ¿Por qué no podía amar esa cualidad pétrea en todas las cosas?

El rover salvó las últimas terrazas concéntricas de lava que se allanaban y describían una suave curva asintótica hasta alcanzar el ancho borde circular de la cima. Una ligera cuesta, con menor inclinación a cada metro, hasta que al fin estuvo en el borde propiamente dicho.

Dominando la caldera. Salió del coche; sus pensamientos revoloteaban como págalos.

La caldera de Ascraeus estaba formada por ocho cráteres superpuestos; los más recientes se habían colapsado sobre las circunferencias de los más antiguos. La caldera más grande y joven ocupaba casi el centro exacto del complejo, y las calderas más antiguas, de suelos más elevados, rodeaban su circunferencia como los pétalos de un diseño floral. Los suelos de las calderas estaban a diferente altura y marcados por fracturas circulares. Si se caminaba siguiendo el borde la perspectiva se modificaba: al variar las distancias la elevación de los suelos parecía cambiar, como si flotaran en un sueño. En conjunto, un hermoso paisaje de ochenta kilómetros de diámetro.

Como una lección sobre la mecánica de las chimeneas volcánicas. Las coladas que se deslizaban por los flancos del volcán habían vaciado de magma la chimenea activa de la caldera y el suelo de ésta se había desplomado; ése era el origen de las formas circulares, ya que la chimenea activa se había ido desplazando durante milenios. Acantilados arqueados; pocos lugares en Marte exhibían paredes tan verticales como aquéllas, una verticalidad casi perfecta. Mundos circulares basálticos. Debería haber sido la Meca de los escaladores, pero no ocurría así. Algún día, tal vez.

La complejidad de Ascraeus era tan distinta del inmenso agujero único de Pavonis. ¿Por qué la caldera de Pavonis se había colapsado siempre en la misma circunferencia? ¿Era posible que el último desplome hubiera borrado los otros anillos? ¿Había sido su cámara magmática más pequeña o tenía chimeneas laterales? ¿Se había desviado más la chimenea de Ascraeus? Recogió piedras sueltas del filo del borde y las examinó. Bombas volcánicas, deyecciones de impactos tardíos de meteoritos, ventifacts de los vientos incesantes… Temas que aún podían estudiarse. Nada de lo que hicieran alteraría la vulcanología allí arriba, al menos no lo suficiente para impedir los estudios. De hecho, la Revista de Estudios Areológicos publicaba muchos artículos sobre esos temas, como ella había comprobado de cuando en cuando. Michel tenía razón: los lugares altos conservarían siempre aquel aspecto. Escalar las grandes vertientes sería como viajar al pasado prehumano, a la areología pura, tal vez incluso a la areofanía, con Hiroko o sin ella, con liquen o sin él. Algunos habían propuesto cubrir con una cúpula o una tienda aquellas calderas para mantenerlas en un medio estéril, pero eso sólo las convertiría en zoos, parques naturales, espacios ajardinados con sus muros y tejados. Invernaderos vacíos. No. Se irguió y contempló el vasto paisaje circular, que parecía ofrecerse al espacio. A la vida chasmoendolítica que tal vez luchaba por sobrevivir allí arriba le dedicó un gesto que decía «Vive, cosa». Pronunció la palabra en voz alta y le sonó extraña:

—Vive.

Marte para siempre, su roca inalterada bajo el sol. Pero entonces vislumbró el oso blanco por el rabillo del ojo, desapareciendo detrás de un bloque de roca mellada. Dio un salto; no había nada. Regresó al rover, sintiendo la necesidad de su protección. Pero durante toda la tarde la acompañó la sensación de que los ojos de expresión vaga detrás de las gafas la miraban desde la pantalla de la IA del vehículo, a punto de hablarle. Un amable hombre oso, que la devoraría si la atrapaba. Pero ninguno de ellos podría atraparla; podía ocultarse en aquellas altas fortalezas de roca para siempre. Era libre y sería libre, para ser o para no ser, ella decidiría, hasta que la roca desapareciera. Sin embargo, allí estaba de nuevo, en la puerta de la antecámara, con ese relámpago blanco en el rabillo del ojo. Ah, era tan difícil.

SÉPTIMA PARTE

Poniendo las cosas en marcha

Un mar ahogado por el hielo cubría ahora buena parte del norte. Vastaos Borealis descansaba uno o dos kilómetros por debajo de la línea de referencia, y en algunos puntos hasta tres. Ahora que el nivel del mar parecía haberse estabilizado definitivamente en la curva menos uno, Vastitas había quedado bajo las aguas. Si en la Tierra hubiese existido un océano de figura similar, habría sido un gran océano Ártico, que habría cubierto Rusia, Canadá, Alaska, Groenlandia y Escandinavia, y dos mares angostos que penetrarían profundamente en el sur y alcanzarían el ecuador. Por consiguiente el Atlántico habría quedado reducido a una estrecha franja norte y una gran isla cuadrada habría ocupado el centro del Pacífico norte.

En este Oceanus Borealis había varias islas de hielo de gran tamaño y una península larga y estrecha que interrumpía su circunnavegación del globo y conectaba la zona del continente al norte de Syrtis con el extremo de una península polar. El verdadero polo norte estaba sobre el hielo del golfo de Olympia, a algunos kilómetros de la costa de esa isla polar.

Y eso era todo. En Marte no habría ningún equivalente del Pacífico y el Atlántico sur, ni del océano Indico o el Antartico. En el sur todo era desierto, con la excepción del mar de Hellas, un círculo de agua de aproximadamente la extensión del Caribe. Así, mientras que en la Tierra los océanos cubrían el setenta por ciento de la superficie, en Marte cubrían sólo un veinticinco.

En el año 2130 casi la totalidad del Oceanus Borealis estaba cubierto por el hielo. Sin embargo, debajo había grandes bolsas de agua y en el verano los lagos de deshielo se diseminaban por la superficie, y se abrían numerosas grietas. Debido a que buena parte de esa agua había sido bombeada o en su defecto extraída del permafrost, tenía la pureza de las que brotaban de la tierra, es decir, casi destilada: el Borealis era un océano de agua dulce. De todos modos, se daba por supuesto que pronto se volvería salado, pues los ríos discurrían a través del regolito altamente salado y transportaban los sedimentos al mar, el agua se evaporaba, precipitaba y el proceso empezaba de nuevo —el paso de las sales del regolito al agua hasta que se alcanzara un equilibrio—, un proceso que tenía intrigados a los oceanógrafos, porque la salinidad de los océanos terrestres, estable durante millones de años, aún no se comprendía del todo.

Las costas eran abruptas. La isla polar, oficialmente innominada, recibía distintos nombres: península polar, isla polar o Caballito de Mar, debido a su forma. Su costa en muchos puntos seguía aún desbordada por el hielo del antiguo casquete polar y en todas partes aparecía cubierta por un manto de nieve en el que el viento tallaba gigantescas sastrugi. Esa blanca superficie ondulada se extendía sobre el mar por muchos kilómetros, hasta que las corrientes submarinas la quebraban y uno llegaba a una «costa» poblada de grietas, cadenas montañosas levantadas por la presión y enormes icebergs tabulares de bordes caóticos, así como zonas cada vez más extensas de aguas abiertas. En medio de todo aquel caos de hielo asomaban grandes islas volcánicas o meteoríticas, incluyendo algunos cráteres pedestal que emergían de la blancura como grandes y oscuros icebergs tabulares.

Las costas meridionales del Borealis estaban mucho más expuestas y eran infinitamente más variadas. Allí donde el hielo lamía las faldas del Gran Acantilado varias regiones de mensae y collados se habían convertido en archipiélagos independientes, que al igual que la costa continental tenían un perfil accidentado: amenazadores acantilados cortados a pico, cráteres bahía, fiordos fossa y largas playas bajas. El agua de los dos grandes golfos meridionales permanecía líquida bajo la superficie, y en verano afloraba. El golfo de Chryse tenía probablemente la costa más agreste, porque ocho grandes canales de desagüe con mucho hielo desembocaban allí y con el deshielo se originaban escarpados fiordos. En el extremo meridional del golfo cuatro de esos fiordos se entrelazaban y formaban varias islas de buen tamaño de abruptos acantilados, un paisaje marino espectacular.

Por encima de toda esta agua revoloteaban grandes bandadas de aves. Las nubes florecían y eran arrastradas por el viento, moteando con sus sombras el blanco y el rojo. Los icebergs flotaban sin rumbo en los mares líquidos y se estrellaban contra las orillas, y las tormentas se abatían desde el Gran Acantilado con una fuerza aterradora, descargando granizo y rayos sobre la roca. Para entonces había en Marte aproximadamente cuarenta mil kilómetros de costa, y con el rápido ciclo de congelación y deshielo de los días y las estaciones, bajo el azote constante del viento, toda su extensión cobraba vida y mudaba.

Cuando el congreso terminó Nadia hizo planes para abandonar Pavonis de inmediato. Estaba harta de las peleas en el complejo de almacenes, de discusiones, de política; harta de la violencia y la amenaza de la violencia, de revoluciones, sabotajes, de la constitución, el ascensor, la Tierra y la amenaza de la guerra. Tierra y muerte, eso era Pavonis Mons: la Montaña del Pavo Real, y todos los pavos reales andaban pavoneándose y cacareando Yo, Yo, Yo. Era el último lugar de Marte donde Nadia deseaba estar.

Quería alejarse de allí y respirar aire fresco, trabajar en cosas tangibles. Quería construir, con sus nueve dedos, sus hombros, su cerebro, construir lo que fuera, no sólo estructuras, aunque eso sería perfecto, sino también cosas como aire o tierra, partes de un proyecto nuevo para ella como era la terraformación. Desde aquel primer paseo al aire libre en el cráter Du Martheray, sin otra cosa que una pequeña máscara para filtrar el CO2, comprendía la obsesión de Sax. Estaba dispuesta a unirse a él y su grupo para llevar adelante aquel proyecto, y ahora más que nunca, ya que la retirada de los espejos orbitales había provocado un largo invierno que amenazaba convertirse en una edad de hielo. Crear aire, crear suelo, desplazar agua, introducir plantas y animales: le parecía fascinante, por más que los proyectos de construcción más convencionales también la atrajeran. Cuando el nuevo mar del norte se derritiera y sus orillas se estabilizaran, habría que construir ciudades portuarias por todas partes, con sus malecones y paseos marítimos, canales, puertos y muelles, y los pueblos detrás de ellas treparían por las colinas. En las zonas más elevadas habría que erigir muchas ciudades-tienda y cubrir cañones. Se hablaba incluso de cubrir alguna de las grandes calderas y de conectar mediante funiculares los tres volcanes regios, o de tender un puente sobre los desfiladeros al sur de Elysium; se hablaba de habitar la península polar; habían surgido nuevos conceptos de biohabitación, planes para viviendas y edificios en árboles genéticamente manipulados, lo mismo que Hiroko había hecho con el bambú, pero a mayor escala. Sí, una constructora dispuesta a aprender algunas de las últimas técnicas tenía delante mil años de atractivos proyectos. Era un sueño hecho realidad.

Pero entonces un pequeño grupo la abordó. Le dijeron que estaban explorando posibles candidatos para ocupar los cargos del primer consejo ejecutivo del nuevo gobierno global.

Nadia los miró. Veía lo que le ofrecían como una gran trampa que avanzaba lentamente e intentó escapar antes de que se cerrara sobre ella.

—Hay infinitas posibilidades —dijo—. Hay diez veces más gente apropiada que puestos en el consejo.

Sí, admitieron con aire pensativo. Pero se preguntaban si ella se lo había planteado en alguna ocasión.

—No —contestó.

Art, que había advertido su nerviosismo, se reía.

—Me propongo construir cosas —aseguró Nadia con rotundidad.

—Podrías hacerlo igualmente —dijo Art—. El consejo es una ocupación a tiempo parcial.

—Y un cuerno.

—No, de veras.

El concepto de gobierno ciudadano figuraba en todos los capítulos de la nueva constitución, desde el cuerpo legislativo global a los tribunales y las tiendas. En teoría eran funciones a tiempo parcial. Sin embargo, Nadia estaba convencida de que el consejo ejecutivo no entraría dentro de esa categoría.

—¿No tenían los miembros del consejo ejecutivo que ser elegidos entre los del cuerpo legislativo? —preguntó.

Elegidos por el cuerpo legislativo, le contestaron alegremente. Por lo general los elegidos serían miembros del cuerpo legislativo, pero no necesariamente.

—¡Miren, ahí tienen un error en la constitución! —dijo Nadia—. Qué bueno que lo hayamos advertido tan pronto. Restrínjanlo a los legisladores elegidos y reducirán enormemente el número de candidatos…

Enormemente…

—Y aún así les seguirá quedando mucha gente válida —añadió, escurriendo el bulto.

Pero ellos insistieron. La abordaban continuamente, en diferentes combinaciones, y Nadia retrocedía hacia los dientes de la trampa. Acabaron por rogarle. Aquél era el momento crucial para el nuevo gobierno, necesitaban un consejo ejecutivo en el que todos confiaran, sería el que lo pondría todo en marcha, etcétera. Ya se había elegido el senado, ya se habían asignado los puestos de la duma por sorteo. Ahora las dos cámaras estaban eligiendo a los siete miembros del consejo ejecutivo. Entre los candidatos propuestos figuraban Mijail, Zeyk, Peter, Marina, Etsu, Nanao, Ariadne, Marión, Irishka, Antar, Rashid, Jackie, Charlotte, los cuatro embajadores a la Tierra y algunos otros que Nadia había conocido en el congreso.

—Mucha gente válida —les recordó Nadia. Aquélla era la revolución policéfala.

Pero a la gente no acababa de convencerle la lista, le repetían. Se habían acostumbrado a que ella fuese el centro equilibrador, tanto durante el congreso como durante la revolución, y antes de eso en Dorsa Brevia, y para el caso, durante los años de clandestinidad y desde el principio. Todos la querían en el consejo como influencia moderadora, como cabeza sensata, como parte neutral, etcétera.

—Lárguense —dijo ella, de pronto furiosa, aunque no sabía por qué. Parecieron preocupados por su enfado—. Lo pensaré —añadió mientras los echaba.

Al final sólo quedaron en la habitación Charlotte y Art, que tenían una expresión solemne, como si no hubiesen conspirado para atraparla.

—Parece que te quieren a toda costa en el consejo —dijo Art.

—¡Oh, cállate!

—Pero si es verdad. Quieren a alguien en quien puedan confiar.

—Querrás decir que quieren a alguien a quien no teman. Quieren a una vieja bábushka que no intentará hacer nada, de manera que puedan mantener a sus oponentes fuera del consejo y perseguir sus fines particulares.

Art frunció el entrecejo; eso no se le había ocurrido, era un hombre demasiado ingenuo.

—La constitución es una suerte de cianotipo —dijo Charlotte con aire pensativo—. Crear un gobierno real a partir de ella es el verdadero acto constructivo.

—Fuera —dijo Nadia.

Acabó accediendo a presentarse. Aquella gente era implacable, y además eran muchos y no parecían dispuestos a rendirse. Nadia no quería dar la impresión de que les volvía la espalda, y así dejó que la trampa se cerrara sobre ella.

Los miembros del legislativo se reunieron y votaron. Nadia fue uno de los siete elegidos, junto con Zeyk, Ariadne, Marión, Peter, Mijail y Jackie. Ese mismo día Irishka fue elegida primera autoridad del Tribunal Medioambiental Global, un verdadero espaldarazo para ella y para los rojos; aquello formaba parte del «gran gesto» que Art había promovido al final del congreso para ganar el apoyo de los rojos. Aproximadamente la mitad de los nuevos jueces eran rojos en mayor o menor grado, lo que convertía el gesto en algo exagerado en opinión de Nadia.

Inmediatamente después de aquellas elecciones, otra delegación, formada esta vez por sus compañeros del consejo, la abordó. Había obtenido más votos que nadie en las dos cámaras, le dijeron, y por eso querían nombrarla presidenta.

—Oh, no —dijo ella.

Ellos asintieron con gravedad. El presidente era un miembro más del consejo, le dijeron, uno entre iguales. Sólo era una posición ceremonial. El brazo ejecutivo seguía el modelo suizo, y los suizos por lo general ignoraban quién era su presidente. Pero necesitaban desde luego su consentimiento (los ojos de Jackie brillaron levemente cuando dijeron esto) para nombrarla.

—Basta —fue la respuesta de Nadia.

Después de que se fueran, Nadia se dejó caer en la silla, aturdida.

—Eres la única persona en Marte en la que todo el mundo confía — dijo Art amablemente. Se encogió de hombros, como queriendo decir que él no había tenido nada que ver en aquel asunto, aunque ella sabía que era mentira—. ¿Qué puedes hacer? —añadió, poniendo los ojos en blanco con la exagerada teatralidad de los niños—. Concédeles tres años, para entonces las cosas estarán encarriladas y podrás decir que ya has cumplido con tu cometido y retirarte. Además, ¡el primer presidente de Marte! ¿Cómo puedes resistirte?

—Es fácil.

Art esperó. Nadia le echó una mirada furibunda. Al fin él dijo:

—Pero aceptarás de todas maneras, ¿verdad?

—¿Me ayudarás?

—Claro. —Apoyó la mano en el puño apretado de ella.— En lo que quieras. Me refiero a… vaya, que estoy a tu disposición.

—¿Es ésa la posición oficial de Praxis?

—Caramba, pues sí, estoy seguro de que lo sería. ¿Asesor del presidente marciano? Puedes apostar a que sí.

En ese caso, ella podría obligarlo a cumplir la palabra dada.

Nadia soltó un gran suspiro y trató de aliviar la tensión de su estómago. Podía aceptar el puesto y después desviar la mayor parte del trabajo hacia Art o los asistentes que le asignaran. No sería el primer presidente que lo hiciera, ni tampoco el último.

—Asesor de Praxis del presidente marciano —anunciaba Art con expresión complacida.

—¡Oh, cállate! —exclamó ella.

—Sí, sí.

La dejó sola para que se fuese haciendo a la idea y regresó con un cazo humeante de kava y dos tacitas. Lo sirvió; ella tomó la taza que él le ofrecía y bebió el líquido amargo.

—Hagas lo que hagas soy tuyo, Nadia. Ya lo sabes.

—Humm, humm.

Ella lo observó beber ruidosamente el kava. Sabía que no hablaba sólo de la esfera política. Art la amaba. Llevaban mucho tiempo trabajando, viviendo, viajando juntos, compartiendo espacio. Y él le gustaba. Un oso de andar ágil y lleno de buen humor. Le gustaba el kava, se leía en sus facciones. Había transmitido a todo el congreso la fuerza de aquel buen humor, que se propagaba como una epidemia… la idea de que no había cosa más divertida que redactar una constitución, ¡vaya disparate! Pero había dado resultado. Y durante el congreso se habían convertido en una especie de pareja. Sí, tenía que admitirlo.

Pero ella había cumplido ciento cincuenta y nueve años, absurdo pero cierto. Y Art debía de andar por los setenta u ochenta, no estaba segura, aunque aparentaba cincuenta, como ocurría a menudo cuando se empezaba a recibir el tratamiento pronto.

—Tengo edad para ser tu bisabuela —dijo.

Art se encogió de hombros, abochornado. Sabía a qué se refería Nadia.

—Y yo podría ser el bisabuelo de esa mujer —dijo él señalando a una alta joven nativa que pasaba frente a la puerta de la oficina—. Y ella tiene edad suficiente para ser madre. En fin, llega un punto en que eso carece de importancia.

—Para ti tal vez.

—Pues claro. Pero eso es ya la mitad de la opinión que de veras importa.

Nadia no dijo nada.

—Mira —dijo Art—, vamos a vivir mucho tiempo. En algún momento las cifras dejarán de importar. Me refiero a que si bien yo no estuve contigo en los primeros años, llevamos juntos mucho tiempo y hemos compartido muchas cosas.

—Lo sé. —Nadia bajó la mirada, recordando. Sobre la mesa descansaba el muñón de su dedo perdido hacía mucho tiempo. Toda esa vida se había ido. Ahora era presidenta de Marte.— Mierda.

Art terminó el kava y la observó con afecto. Ella le gustaba, él le gustaba. Ya eran una pareja.

—¡Tendrás que ayudarme con el maldito asunto del consejo! —dijo ella, desolada al ver cómo se desvanecían sus tecnofantasías.

—Claro que lo haré.

—Y después, bien… Ya veremos.

—Ya veremos —dijo él, y sonrió.

Así que allí estaba, atrapada en Pavonis Mons. El nuevo gobierno estaba reunido en los almacenes porque iban a trasladarse a la ciudad de Sheffield propiamente dicha, donde ocuparían los voluminosos edificios revestidos de piedra pulida abandonados por las metanacs; se discutía si las indemnizarían por esos edificios y demás infraestructuras o si por el contrario todo había quedado «globalizado» o «cooptado» por la independencia y el nuevo orden.

—Indemnícenlos —le gruñó Nadia a Charlotte, furiosa. Pero no parecía que la presidencia de Marte fuera un cargo que hiciera saltar a la gente a una orden suya.

En cualquier caso, el gobierno se iba a trasladar allí y Sheffield iba a convertirse, si no en capital, sí en sede temporal del gobierno. Con Burroughs inundada y Sabishii arrasada por el fuego no quedaba ningún otro lugar y, para ser francos, no parecía que ninguna de las otras ciudades-tienda quisiera acogerlos. Se hablaba incluso de construir una ciudad capital, pero eso llevaría tiempo y mientras tanto tenían que reunirse en algún sitio. Por eso se trasladaron a la tienda de Sheffield, bajo su cielo oscuro, a la sombra del cable del ascensor, que se elevaba tieso y negro en el barrio oriental, como un defecto en la realidad.

Nadia encontró un apartamento en la tienda más occidental, detrás del parque del borde, un cuarto piso desde el que gozaba de una excelente vista de la sobrecogedora caldera de Pavonis. Art tomó un apartamento en la planta baja del mismo edificio, en la parte trasera; al parecer la caldera le daba vértigo. Y las oficinas de Praxis estaban en el edificio contiguo, un cubo de jaspe pulido que ocupaba toda una manzana, con ventanas de color azul cromado.

Pues bien, había llegado la hora de respirar hondo y emprender el trabajo que le habían encomendado. Era como una pesadilla en la que de pronto se había decidido prolongar el congreso constitucional tres años, tres años marcianos.

Empezó con la intención de escapar de allí de cuando en cuando y participar en algún proyecto de construcción. Cumpliría con sus obligaciones en el consejo, pero trabajar para aumentar la producción de gases de invernadero, por ejemplo, le parecía muy interesante, puesto que el proyecto tenía que afrontar simultáneamente los problemas técnicos y las exigencias de la nueva política medioambiental. Además, la llevaría a las tierras del interior, donde se hallaban las materias primas para los gases de invernadero. Desde allí podía ocuparse de los asuntos del consejo a través de la pantalla.

Pero los acontecimientos se confabulaban para retenerla en Sheffield, uno detrás de otro, aunque nada particularmente importante o atractivo comparado con lo que había sido el congreso, sólo detalles necesarios para poner las cosas en marcha. En cierto modo era como Charlotte había dicho; después de la fase de diseño venían las interminables minucias de la construcción.

Era previsible, tenía que armarse de paciencia. Podía trabajar duro en el primer asalto y luego marcharse. Mientras tanto, además del proceso de arranque, la requerían los medios de comunicación y la nueva oficina de asuntos marcianos de las Naciones Unidas, muy interesados en las nuevas políticas y trámites de inmigración, y también los miembros del consejo. ¿Dónde se reunirían? ¿Con qué frecuencia? ¿Cuáles serían sus directrices? Nadia convenció a los otros seis de que contratasen a Charlotte como secretaria del consejo y jefa de protocolo, y a su vez Charlotte contrató un gran equipo de auxiliares de Dorsa Brevia, con lo que se obtuvo una plantilla elemental. Y Mijail había acumulado mucha experiencia práctica en el gobierno de Bogdanov Vishniac. Es decir, que había gente mucho mejor preparada que Nadia para ese trabajo; sin embargo, seguían llamándola un millón de veces al día para conferenciar, discutir, decidir, designar, adjudicar, arbitrar, administrar. Era interminable.

Y cuando Nadia se reservó algo de tiempo para sí, casi por decreto, resultó que ser presidenta implicaba enormes dificultades para unirse a un proyecto particular. Todo lo que se ponía en marcha dependía de una tienda o una cooperativa, que a menudo eran empresas comerciales involucradas en operaciones mixtas, en parte obras públicas no lucrativas y en parte incluidas en el mercado competitivo. Por tanto, que la presidenta de Marte colaborase con una cooperativa en particular sería un signo de patrocinio oficial, lo cual no podía permitirse si uno quería ser justo. Planteaba un conflicto de intereses.

—¡Mierda! —le gritó a Art, con mirada acusadora.

Él se encogió de hombros, tratando de fingir que no había previsto que surgirían aquellos conflictos.

Nadia no tenía escapatoria, era una prisionera del poder. Tenía que estudiar la situación como si se tratase de un problema de ingeniería, como tratar de aplicar fuerza en un medio difícil. Si quería, por ejemplo, fábricas de gases de invernadero, estaba obligada a no unirse a una cooperativa determinada. Por tanto tenía que buscar una alternativa, la emergencia en un nivel superior: tal vez podría coordinar cooperativas.

Nadia era del parecer que había buenas razones para promover la construcción de fábricas de gases de invernadero. El Año Sin Verano había deparado violentas tormentas originadas en el Gran Acantilado que se habían abatido sobre el norte, y los meteorólogos en su mayoría coincidían en que las «tormentas interecuatoriales Hadley» tenían su causa en la desaparición de los espejos orbitales y la consiguiente disminución súbita de la insolación. Una edad glacial con todas las de la ley era una clara probabilidad, y bombear gases de invernadero parecía una de las mejores maneras de contrarrestarla. Nadia pidió a Charlotte que organizara un congreso con el propósito de obtener sugerencias ante aquella amenaza. Charlotte contactó con gente de Da Vinci, Sabishii y otros lugares, y pronto lo tuvo todo dispuesto. El congreso se celebraría en Sabishii y se denominaría «Estrategias para paliar los efectos de la disminución de insolación. M-53», sin duda a propuesta de algún saxaclón de Da Vinci.

Pero Nadia no pudo asistir a ese congreso. Los asuntos en Sheffield, relacionados con la instauración de un nuevo sistema económico, cuestión que le pareció lo suficientemente importante, la retuvieron. El cuerpo legislativo estaba elaborando la ley de ecoeconomía, poniendo músculos al esqueleto pergeñado en la constitución, y para ello se animaba a las cooperativas ya existentes antes de la revolución a que ayudaran a las subsidiarias locales de las metanacs a transformarse en cooperativas similares. Este proceso, llamado horizontalización, tenía un apoyo mayoritario, sobre todo por parte de los jóvenes nativos, y por tanto progresaba sin obstáculos. Toda empresa marciana debía ser propiedad de sus trabajadores. Ninguna cooperativa podía tener más de mil miembros, y las empresas mayores tenían que constituirse como asociaciones de cooperativas. En cuanto a la estructura interna, la mayoría elegía variantes de los modelos bogdanovistas, que a su vez seguían el modelo cooperativo de la comunidad vasca de Mondragón, en España, donde todos los trabajadores eran copropietarios y compraban su parte aportando el equivalente del sueldo de un año de trabajo al fondo de equidad, que luego se convertía en acciones cuyo valor crecía durante su permanencia en la empresa, y que finalmente se les devolvía en forma de pensión. Los consejos elegidos entre los trabajadores contrataban a los gerentes, generalmente de fuera, que podían tomar decisiones ejecutivas y cuyas actuaciones los consejos examinaban anualmente. El crédito y el capital se obtenían de los bancos centrales de las cooperativas o de los fondos iniciales del gobierno global, o de organizaciones de ayuda como Praxis y los suizos. En un nivel superior, las cooperativas del mismo ramo se asociaban para emprender proyectos de mayor envergadura y enviaban representantes a las corporaciones industriales, que ofrecían equipos de práctica profesional, centros de arbitraje y mediación y asociaciones comerciales.

La comisión económica estaba ocupada en la creación de una moneda marciana para uso interno y para el cambio de valores terranos. Se deseaba una moneda resistente a la especulación terrana; pero en ausencia de un mercado de valores marciano, toda la fuerza de la inversión terrana tendía a recaer en la moneda, el único juego de inversión que se les ofrecía. Esto provocaba una cierta tendencia a inflar el cequí marciano en los mercados monetarios terranos, y en los viejos tiempos habría disparado su valor hasta las nubes, en perjuicio de la balanza comercial marciana; pero como las metanacionales de la Tierra estaban ocupadas luchando contra su disgregación y la cooperativización, las finanzas terranas andaban algo desordenadas y carentes del viejo espíritu de especulación feroz. De manera que el cequí alcanzó una fuerte cotización en la Tierra, aunque no excesiva, y en Marte sólo era dinero. Praxis resultó muy útil en este proceso, porque se convirtió en una especie de banco federal para la nueva economía, que proporcionaba préstamos sin interés y servía como mediador en los intercambios con divisas terranas.

En vista de todo esto, el consejo ejecutivo se reunía durante largas horas cada día para discutir la legislación y programas de gobierno. La tarea era tan absorbente que Nadia casi olvidó que se estaba celebrando en Sabishii un congreso que ella había promovido. A pesar de todo, las noches en que estaba de humor pasaba una última hora frente a la pantalla conversando con amigos de Sabishii, donde al parecer las cosas marchaban bastante bien. Muchos de los científicos dedicados al medioambiente habían asistido y todos coincidían en que un aumento masivo de la emisión de gases de invernadero mitigaría los efectos de la pérdida de los espejos orbitales. Naturalmente el CO2 era el gas de invernadero más fácil de liberar, pero —dado que se intentaba reducir su presencia en la atmósfera— la opinión general era que se podían producir cantidades satisfactorias de gases alternativos más complejos y eficaces. Y en principio no pensaban que fuera a suponer un problema, políticamente hablando, porque si bien la constitución exigía una atmósfera que no superase los 350 milibares en la franja de los seis mil metros, no decía nada sobre los gases que podían utilizarse. Si se liberaban los halocarbonos y el resto de gases de invernadero del cóctel Russell hasta que constituyesen cien partes por millón de la atmósfera en vez de las veintisiete partes de ese momento, la retención de calor aumentaría varias unidades Kelvin, calculaban, y podrían evitar una era glacial, o al menos acortarla. Por tanto, el plan abogaba por la producción y liberación de toneladas de tetrafluoruro de carbono, hexafluoretano, hexafluoruro de azufre, metano, óxido nitroso y pequeñas cantidades de otros elementos químicos que ayudaban a disminuir la destrucción de halocarbonos por los rayos ultravioletas.

Completar el deshielo del mar de hielo boreal era el otro objetivo obvio mencionado con más frecuencia en el congreso. Hasta que el mar no fuera totalmente líquido, el albedo del hielo reflejaría enormes cantidades de energía al espacio e impediría la existencia de un ciclo de agua activo. Si lograban un océano líquido, o, dada la alta latitud, un océano líquido al menos en verano, pondrían coto a una probable era glacial y en esencia se habría completado la terraformación: tendrían corrientes impetuosas, olas, evaporación, nubes, precipitaciones, deshielo, arroyos, ríos, deltas… un ciclo hidrológico completo. Ése era un objetivo primario, y por eso se proponían gran variedad de métodos para acelerar el deshielo: derivar el excedente de calor de las centrales nucleares al océano, diseminar algas negras sobre el hielo, desplegar transmisores de microondas y ultrasonidos como calefactores, e incluso utilizar grandes rompehielos en las banquisas más superficiales para facilitar su fractura.

Naturalmente el aumento de la emisión de gases de invernadero ayudaría en ese proceso. El hielo de la superficie del océano se derretiría cuando el aire se mantuviera regularmente por encima de 273° kelvin. Pero a medida que avanzaba el congreso empezaron a enumerarse los problemas que comportaban los gases de invernadero. El esfuerzo industrial sería ingente, similar al de los monstruosos proyectos de las metanacs, como los cargamentos de nitrógeno de Titán o la misma soletta. Y no era algo que sólo se haría una vez: la radiación ultravioleta destruía constantemente los gases, de manera que tenían que producirlos masivamente para alcanzar los niveles deseados y luego seguir produciéndolos durante todo el tiempo que los necesitaran. En consecuencia, extraer las materias primas y transformarlas en los gases deseados eran empeños faraónicos que precisaban un enorme esfuerzo robótico que incluía máquinas de minería autónomas y autorreplicantes, factorías autoconstruidas y reguladas y aviones teledirigidos en la alta atmósfera; en resumen, una empresa enteramente automatizada.

El desafío técnico no era el problema; como Nadia señaló a sus amigos en el congreso, la tecnología marciana había sido altamente robotizada desde el principio. En este caso, miles de pequeños vehículos robóticos recorrerían Marte en busca de depósitos de carbono, azufre, fluorita, emigrando de un yacimiento a otro como las viejas caravanas mineras árabes en el Gran Acantilado. Allá donde las materias se encontrasen en grandes concentraciones, los robots construirían pequeñas plantas procesadoras con arcilla, hierro, magnesio y metales vestigiales, y cuando recibieran las piezas que no pudieran fabricarse en el lugar, ensamblarían el conjunto. Flotas de excavadoras y vagonetas automatizadas transportarían el material procesado a fábricas donde sería transformado en gases que se expulsarían a la atmósfera a través de altas chimeneas móviles. No difería mucho de la extracción de gases atmosféricos en los primeros tiempos, sólo suponía un esfuerzo más amplio.

Pero como algunos señalaban, ya se habían explotado los depósitos más accesibles y la minería de superficie ya no podía realizarse como antaño; las plantas crecían por todas partes y en muchos lugares estaba formándose una superficie desértica como resultado de la hidratación, la acción bacteriana y las reacciones químicas de las arcillas. Esa costra contribuía enormemente a reducir las tormentas de polvo, que seguían siendo un problema importante; de manera que arrancarla para llegar a los depósitos minerales era inaceptable, tanto ecológica como políticamente. Los miembros rojos del cuerpo legislativo proponían prohibir la explotación minera de superficie, y por buenas razones, incluso en términos de terraformación.

Una noche al apagar la pantalla, Nadia pensó que era duro afrontar los efectos contrapuestos de sus acciones. Las cuestiones medioambientales estaban tan estrechamente ligadas que era difícil decidir qué hacer en cada caso. Y era igualmente penoso que alguien se viera constreñido por las leyes que había contribuido a promulgar; las organizaciones ya no podían actuar unilateralmente, porque muchas de sus acciones tenían ramificaciones globales. De ahí la necesidad de una regulación medioambiental y del Tribunal Medioambiental Global, que ya había tenido que fallar en varios casos y que sin duda acabaría regulando cualquier plan que saliera de aquel congreso. Los días de la terraformación desaforada habían pasado.

Y como miembro del consejo ejecutivo, Nadia tenía que limitarse a decir que el aumento de la emisión de gases de invernadero era una buena idea, para no invadir la jurisdicción del tribunal medioambiental, que Irishka defendía con uñas y dientes. Por eso Nadia pasaba mucho tiempo en contacto virtual con un grupo que estaba diseñando nuevos robots mineros que alterarían mínimamente la superficie, o conversando con un grupo que trabajaba en la creación de fijadores del polvo que podrían rociarse sobre la superficie o incluso mezclarse con ella, «suelos finos rápidos» los llamaban. Pero todos los asuntos medioambientales empezaban a entrañar problemas espinosos.

Y hasta ahí llegó la participación de Nadia en el congreso de Sabishii que ella había promovido. Pero como todos los problemas técnicos planteados se habían enredado en consideraciones políticas, Nadia pensaba que en verdad no se había perdido nada. El trabajo real había brillado por su ausencia mientras en Sheffield el consejo enfrentaba diversos problemas de su competencia: dificultades no previstas para instituir la ecoeconomía; quejas de que el Tribunal Medioambiental se estaba extralimitando en sus atribuciones; quejas sobre la nueva policía y el sistema de justicia penal; comportamiento indisciplinado y estúpido en las dos cámaras del cuerpo legislativo; resistencia roja y de otros grupos en las tierras interiores, y así hasta el infinito. Una gama que iba de lo muy importante a lo increíblemente mezquino, hasta que al fin Nadia perdió todo sentido de los límites de cada problema en aquella serie continua.

Por ejemplo, ocupaba buena parte de su tiempo con las disputas internas del consejo, que consideraba triviales pero que no podía evitar, en general relacionadas con los esfuerzos de Jackie para formar una mayoría que la apoyara en las votaciones y le permitiera imponer la línea de partido de Marte Libre o, en otras palabras, la suya propia. Eso suponía para Nadia conocer mejor a los miembros del consejo y averiguar cómo trabajar con ellos. Zeyk era un viejo conocido; a Nadia le gustaba y era una figura poderosa entre los árabes, pues había logrado ser elegido como representante de esa cultura tras derrotar a Antar. Afable, inteligente, bondadoso, coincidía con Nadia en muchos temas, incluyendo los más delicados, y eso hacía que mantuviesen una relación distendida, e incluso que estuviera naciendo una buena amistad. Ariadne era una de las diosas del matriarcado de Dorsa Brevia y el papel le venía como anillo al dedo: imperiosa e inflexible en sus principios, era una ideóloga, probablemente lo único que le impedía convertirse en una seria amenaza para el liderazgo de Jackie entre los nativos. Marión era la consejera roja, también una ideóloga, pero ya lejos de su radicalismo de antaño, aunque seguía siendo una polemista infatigable y nada fácil de derrotar. Peter, el pequeño de Ann, se había convertido en una figura poderosa en diferentes esferas de la sociedad marciana, incluyendo el equipo de investigación espacial de Da Vinci, la resistencia verde y el grupo del cable, y también, en cierto modo, debido a Ann, era el rojo más moderado. Esa versatilidad formaba parte de su naturaleza y Nadia tenía dificultades para calibrarlo; era un hombre reservado, como sus padres, y parecía desconfiar de Nadia y el resto de los Primeros Cien; como nisei que era, quería mantener las distancias. Mijail Yangel, uno de los primeros issei en seguir a los Primeros Cien a Marte, había colaborado con Arkadi casi desde el principio. Había sido uno de los propulsores de la revolución de 2061 y, en opinión de Nadia, uno de los rojos más extremistas en aquella ocasión, lo que aún la ponía furiosa, una estupidez que le impedía mantener una conversación normal con él. Sin embargo, a pesar de que había cambiado mucho, Mijail era un bogdanovista dispuesto a comprometerse. Su presencia en el consejo sorprendió a Nadia. Podía decirse que había sido un gesto en homenaje a Arkadi, y a ella le parecía conmovedor.

Y luego estaba Jackie, probablemente la figura política más popular y poderosa de Marte. Al menos hasta que Nirgal regresara.

Nadia lidiaba con esas seis personas todos los días, aprendiendo a conocerlos conforme resolvían las cuestiones de sus apretadas agendas. De lo importante a lo trivial, de lo abstracto a lo personal; a Nadia aquello se le antojaba parte de un tejido en el que todo estaba interrelacionado. El trabajo del consejo no sólo no era una ocupación a tiempo parcial sino que consumía todo el tiempo de vigilia. Consumía su vida. Y sin embargo, sólo llevaba dos meses ejerciendo un mandato que duraría tres años marcianos.

Art veía que aquello la estaba agotando y hacía cuanto podía para aliviarla. Cada mañana le subía el desayuno al apartamento, como si perteneciera al servicio de habitaciones. A menudo lo había preparado él mismo y siempre estaba bueno. En cuanto entraba con la bandeja en alto, le pedía a la IA de Nadia música de jazz, no sólo de Louis Armstrong, tan querido por Nadia (aunque le buscaba viejas grabaciones de Satch para entretenerla, como Give Peace a Chance o Stardust Memories), sino también de estilos más tardíos que a ella nunca le habían agradado porque eran demasiado frenéticos, pero que parecían ser el tempo de aquellos días. Y así Charlie Parker se deslizaba y echaba a volar majestuosamente por la habitación y Charles Mingus hacía que su banda sonara como Duke Ellington atiborrado de pandorfos, que era justo lo que Ellington y el resto del swing necesitaban, en opinión de Nadia… una música muy divertida y agradable. Y, lo mejor de todo, muchas mañanas Art convocaba a Clifford Brown, un descubrimiento que había hecho en el curso de sus investigaciones para ella y del que se sentía muy orgulloso. Siempre lo presentaba ante Nadia como el lógico sucesor de Armstrong: una trompeta vibrante, alegre, positiva y melódica como la de Satch, y también brillantemente rápida, ingeniosa y complicada; Parker, pero en feliz. Era la banda sonora perfecta para aquellos tiempos agitados, frenética e intensa pero increíblemente positiva.

Art le traía el desayuno cantando All of Me bastante bien y con la filosofía básica de Satchmo de que las letras de las canciones estadounidenses sólo podían considerarse chistes tontos. «Toda yo / por qué no me llevas toda. / ¿Es que no te das cuenta / de que no soy nada sin ti?» Pedía música, se sentaban de espaldas a la ventana y las mañanas eran divertidas.

Pero sin importar lo bien que empezaran los días, el consejo estaba devorando la vida de Nadia y ella se sentía cada vez más asqueada de tantas disputas, negociaciones, compromisos, conciliaciones, del trato constante con la gente. Empezaba a odiarlo.

Art lo advertía y estaba preocupado. Y un día, después del trabajo, llevó a Ursula y Vlad al apartamento de Nadia y preparó la cena para los cuatro. Nadia disfrutó de la compañía de sus viejos amigos; estaban en la ciudad por otros asuntos, pero invitarlos a cenar había sido un acierto. Art era un hombre muy dulce, pensó Nadia mientras lo miraba trajinar en la cocina. Ingenuo simplón y diplomático astuto a partes iguales. Como una versión benigna de Frank, o una mezcla del oficio de Frank y la alegría de Arkadi. Rió para sí al advertir que siempre catalogaba a la gente según los modelos de los Primeros Cien, como si de algún modo todo el mundo fuera una recombinación de las características de los miembros de esa familia original. Era un mal hábito.

Vlad y Art hablaban de Ann. Sax había llamado a Vlad desde el transbordador que lo llevaba de vuelta a Marte, trastornado por una conversación con Ann. Se preguntaba si Ursula y Vlad considerarían la posibilidad de someter a Ann al mismo tratamiento de plasticidad cerebral que habían empleado con él después de la embolia.

—Ann nunca lo aceptaría —dijo Ursula.

—Y yo me alegraría de que lo rechazara —dijo Vlad—. Eso sería excesivo. Su cerebro no está dañado y no sabemos los efectos que el tratamiento tendría en un cerebro sano. Y uno sólo debe utilizar aquello que comprende, a menos que esté desesperado.

—Quizás Ann está desesperada —comentó Nadia.

—No. Es Sax quien está desesperado. —Vlad sonrió brevemente.— Quiere encontrar una Ann distinta cuando regrese.

—Tampoco querías someter a Sax a ese tratamiento —le recordó Ursula.

—Es cierto. No me lo habría aplicado ni a mí mismo. Pero Sax es un hombre audaz, impulsivo. —Vlad miró a Nadia.— Debemos ceñirnos a cosas como tu dedo. Ahora podemos arreglarlo.

Sorprendida, Nadia exclamó:

—¿Qué le pasa a mi dedo? Ellos rieron.

—¡El que te falta! —dijo Ursula—. Podemos hacerlo crecer de nuevo, si quieres.

—¡Ka! —exclamó Nadia. Se recostó en la silla y miró el muñón del dedo meñique de su delgada mano izquierda—. Bueno, la verdad es que no lo necesito.

Se echaron a reír de nuevo.

—Has estado a punto de engañarnos —dijo Ursula—. Pero mujer, si cuando trabajas siempre te estás quejando del dedo.

—¿Ah, sí? Asintieron.

—Podrás nadar con más facilidad —dijo Ursula.

—Pero si ya no nado.

—Tal vez dejaste de hacerlo a causa de tu mano. Nadia volvió a mirársela.

—Ka. No sé qué decir. ¿Están seguros de que funcionará?

—Podría crecer hasta convertirse en otra mano —sugirió Art—. Y luego en otra Nadia. Gemelas siamesas.

Nadia le dio un empujón cariñoso. Ursula negó con la cabeza.

—No, no. Ya lo hemos probado en otros casos de amputación y en muchos animales. Manos, brazos, piernas. Lo aprendimos de las ranas. Es un proceso en verdad sorprendente. Las células se diferencian igual que cuando el dedo se formó por primera vez.

—Una demostración bastante literal de la teoría de la emergencia — dijo Vlad con una pequeña sonrisa, por la que Nadia comprendió que él había contribuido a diseñar el procedimiento.

—¿Funciona? —le preguntó.

—Funciona. Haremos que un nuevo dedo brote de tu muñón. Es una combinación de células radicales embrionarias con algunas células de la base del meñique que conservas. Actúa como el equivalente de los homeogenes que tenías cuando eras un feto. De manera que los determinantes del desarrollo que colocamos allí hacen que las nuevas células radicales se diferencien correctamente. Después se inyecta por ultrasonido una dosis semanal de factor de crecimiento fibroblástico, además de unas cuantas células del nudillo y la uña en el momento adecuado… y funciona.

Mientras Vlad lo explicaba, Nadia sintió una oleada de calor por el cuerpo. Una persona entera. Art la observaba con cariñosa curiosidad.

—Pues, bueno, sí —dijo al fin—. Por qué no.

Durante la semana siguiente realizaron varias biopsias del dedo meñique y le pusieron inyecciones ultrasónicas en el muñón y en el brazo, y le dieron algunas pastillas. Y eso fue todo. Sólo faltaban las inyecciones semanales y esperar.

Sin embargo pronto se olvidó de su dedo, porque Charlotte llamó con un problema: Cairo hacía caso omiso de una orden del Tribunal Medioambiental concerniente al bombeo de aguas.

—Será mejor que venga. Creo que los de Cairo están probando al tribunal, porque una facción de Marte Libre desea desafiar al gobierno global.

—¿Jackie? —preguntó Nadia.

—Creo que sí.

Cairo se levantaba en el borde de una meseta y dominaba el valle en forma de U más noroccidental de Noctis Labyrinthus. Nadia y Art salieron de la estación ferroviaria a una plaza flanqueada por altas palmeras y ella miró en derredor con disgusto; algunos de los peores acontecimientos de su vida habían ocurrido en esa ciudad, durante el asalto de 2061. Sasha había sido asesinada, entre otros muchos, y Nadia había volado Fobos, ¡con sus propias manos!, y todo eso sólo pocos días después de haber encontrado los restos carbonizados de Arkadi. Nunca había regresado a esa ciudad; la odiaba.

Descubrió que había salido mal parada de la reciente revolución. Habían volado algunas secciones de la tienda y la planta física estaba muy dañada. Estaban reconstruyéndola y añadiendo nuevos segmentos de tienda sobre esa vieja ciudad que se extendía de este a oeste por el borde del altiplano. Parecía una de aquellas ciudades nacidas de un boom económico, lo que a Nadia le parecía curioso dada su altitud, diez mil metros sobre la línea de referencia. Nunca podrían prescindir de las tiendas o salir de la ciudad sin trajes, y por esa razón Nadia había supuesto que la ciudad languidecería. Pero se encontraba en la intersección de la pista ecuatorial y la pista de Tharsis que llevaba al norte y al sur, el último lugar por el que uno podía cruzar el ecuador entre ese punto y el caos, a todo un cuadrante del planeta de distancia. A menos que se construyera un puente transMarineris en algún lugar, Cairo seguiría siendo una encrucijada estratégica.

Pero estratégica o no, quería más agua. El acuífero Compton, bajo el tramo final de Noctis y la cabecera de Marineris, había sido reventado en 2061, y el agua que contenía había recorrido los cañones de Marineris en toda su extensión, inundación que casi había acabado con Nadia y sus compañeros durante la huida apresurada después de la toma de Cairo. Gran parte del agua se había congelado en los cañones, creando un glaciar largo e irregular, o se había estancado y helado en el caos de la parte inferior de Marineris. Y por supuesto, una parte seguía en el acuífero. En años posteriores, el agua del acuífero había abastecido a las ciudades del este de Tharsis y el glaciar Marineris había avanzado lentamente cañón abajo, retrocediendo en su cabecera, donde no existía ninguna fuente que lo realimentara, y dejando detrás tierras devastadas y un rosario de lagos helados de poca profundidad. Por tanto, Cairo iba a quedarse sin su suministro regular de agua. El gabinete hidrológico de la ciudad había respondido tendiendo una tubería hacia el gran brazo meridional del mar boreal, en la depresión de Chryse, y bombeando agua hacia Cairo. Hasta ahí ningún problema; todas las tiendas conseguían el agua de algún sitio. Pero últimamente los cairotas habían empezado a acumular agua en un embalse situado en el cañón de Noctis bajo la ciudad, y habían creado una corriente que discurría hacia Ius Chasma, donde acababa represándose detrás de la cabecera del glaciar de Marineris o corriendo paralela a éste. En esencia habían creado un nuevo río que bajaba por el gran sistema de cañones, muy lejos de la ciudad, y estaban fundando numerosos asentamientos ribereños y comunidades agrícolas a lo largo del río. Un equipo judicial de rojos había denunciado esta acción ante el Tribunal Medioambiental, basándose en el estatuto legal de Valles Marineris como tesoro natural, ya que era el cañón más largo del sistema solar; si no se ejercía ninguna acción, sostenían ellos, el glaciar terminaría por desaguar en el caos y dejaría el suelo de los cañones de nuevo descubierto. Y el Tribunal Medioambiental coincidía con ellos y había emitido un requerimiento (que Charlotte llamaba «geco», por las siglas del tribunal en inglés, GEC, Global Environmental Court) exigiendo a Cairo interrumpir la extracción de agua del depósito de la ciudad. Cairo se había negado, asegurando que el gobierno global no tenía ninguna jurisdicción sobre lo que ellos llamaban «cuestiones de soporte vital de la ciudad». Mientras, seguían construyendo nuevos asentamientos río abajo todo lo rápido que podían.

Se trataba evidentemente de una provocación, un desafío al nuevo sistema.

—Esto es un examen —murmuró Art cuando cruzaban la plaza—, sólo es un examen. Si fuese una verdadera crisis oirías un pitido por todo el planeta.

Un examen, justo aquello para lo que Nadia ya no tenía paciencia. Atravesó la ciudad de un humor de perros. Y no ayudó que la plaza, los bulevares y el muro de la ciudad en el borde del cañón, que se conservaban como entonces, le trajesen a la memoria los espantosos días de 2061 con tanta nitidez. Decían que la memoria más débil era la que abarcaba los años intermedios, y de buena gana habría perdido aquellos recuerdos si hubiera podido; pero el miedo y la rabia debían de actuar como una suerte de fijadores de pesadilla. Porque allí estaba todo: Frank tecleando como un loco delante de los monitores, Sasha comiendo pizza, Maya gritando furiosa por un motivo u otro, las tensas horas de espera, cuando no sabían si los pedazos de Fobos caerían sobre ellos. Veía el cuerpo de Sasha, con los oídos ensangrentados, y a ella misma accionando el transmisor que había derribado Fobos.

Por consiguiente apenas pudo controlar su irritación cuando entró en la sala donde se mantendría la primera reunión con los cairotas y encontró a Jackie entre ellos, respaldándolos. Estaba embarazada de algunos meses, sonrosada, radiante, hermosa, y nadie sabía quién era el padre, porque ella había actuado a su manera, una tradición de Dorsa Brevia, transmitida a través de Hiroko, que irritaba profundamente a Nadia.

La reunión se celebró en un edificio contiguo al muro de la ciudad que miraba sobre el cañón inferior, llamado Nilus Noctis. La materia en disputa era visible cañón abajo, un ancho embalse de agua recubierta de hielo contenida por una presa, que no alcanzaba a verse desde allí, justo delante de las Puertas Ilirias y el nuevo caos del acuífero Compton.

Charlotte, sentada de espaldas a la ventana, preguntaba a los cairotas lo mismo que Nadia habría preguntado, pero sin el menor rastro de la irritación de ésta.

—Ustedes estarán siempre bajo una tienda. Las posibilidades de crecimiento serán limitadas. ¿Por qué inundar Marineris si no les va a reportar ningún beneficio?

Nadie parecía interesado en contestar. Finalmente Jackie dijo:

—Quienes viven en la zona se beneficiarán, y ellos forman parte de Cairo. El agua en cualquier estado es un recurso en estas altitudes.

—El agua discurriendo libremente por Marineris no es ningún recurso —replicó Charlotte.

Los cairotas defendieron la utilidad del agua en Marineris.

Entre los presentes había representantes de los colonos ribereños, la mayoría egipcios, que insistían en que llevaban generaciones viviendo en Marineris y eso les daba derecho a estar allí, que era la mejor tierra de cultivo de todo Marte, que lucharían antes de abandonarla, y más de lo mismo. Jackie y los cairotas parecían defender unas veces a sus vecinos y otras su propio derecho a utilizar Marineris como depósito de aguas. Pero sobre todo defendían su derecho a hacer lo que les viniera en gana. La ira de Nadia crecía por momentos.

—El tribunal emitió un veredicto —dijo—. No estamos aquí para volver a discutirlo, sino para hacerlo efectivo. —Y abandonó la reunión antes de decir algo de lo que después se arrepentiría.

Esa noche se sentó con Charlotte y Art, tan irritada que no pudo saborear la deliciosa comida etíope que le sirvieron en el restaurante.

—¿Qué es lo que quieren? —le preguntó a Charlotte.

Charlotte, con la boca llena, se encogió de hombros. Después de tragar dijo:

—¿Has notado que la presidencia de Marte no es una posición particularmente ventajosa?

—Vaya que sí. Habría sido difícil no caer en la cuenta.

—Bueno, pues ocurre lo mismo con el consejo ejecutivo. Da la impresión de que el verdadero poder reside en el Tribunal Medioambiental, que se le confió a Irishka como parte del gran gesto. Y ella ha hecho mucho para legitimar a los rojos moderados, lo que permite un gran desarrollo bajo el límite de los seis mil metros, pero por encima de éste el tribunal se muestra muy estricto. Todo eso está respaldado por la constitución, y así pueden validar todas sus disposiciones. El cuerpo legislativo se mantiene al margen, todavía no ha puesto reparos a ninguna de sus decisiones. Es decir, que ha sido una sesión de apertura impresionante para Irishka y el equipo de jueces.

—Y Jackie está celosa —dijo Nadia. Charlotte se encogió de hombros.

—Es probable.

—Es más que probable —dijo Nadia con aire sombrío.

—Y luego está la cuestión del consejo. Jackie tal vez piense que con el apoyo de tres miembros conseguirá el control del consejo. Cairo es una refriega en la que Jackie espera que Zeyk la apoye a causa de la parte árabe de la ciudad. Entonces sólo le faltarán dos votos. Y tanto Mijail como Ariadne defienden encarnizadamente la autonomía local.

—Pero el consejo no puede impugnar las decisiones del tribunal —dijo Nadia—, sólo el cuerpo legislativo, ¿no es así? Aprobando nuevas leyes.

—Así es, pero sí Cairo continúa desafiando al tribunal, el consejo se verá obligado a ordenar a la policía que detenga a sus representantes. Eso es lo que se supone que el ejecutivo debe hacer. Y si el consejo no lo hiciera, la autoridad del tribunal quedaría socavada y Jackie se haría con el control efectivo del consejo. Dos pájaros de un tiro.

Nadia soltó el trozo de pan esponjoso que estaba comiendo.

—Que me maten si permito que eso suceda —dijo. Guardaron silencio.

—Detesto esta clase de cosas —dijo Nadia al fin.

—Dentro de unos años se habrá reunido todo un cuerpo de procedimientos, instituciones, leyes, enmiendas a la constitución, temas que la constitución nunca contempló, como por ejemplo el papel de los partidos políticos. En este momento estamos elaborando todo eso.

—Sí, pero sigue repugnándome.

—Piensa en ello como meta-arquitectura. Construir la cultura que permita la existencia de la arquitectura. Eso lo hará menos frustrante para ti.

Nadia soltó un bufido.

—Éste debería ser un caso claro —dijo Charlotte—. El veredicto se ha emitido, sólo tienen que acatarlo.

—¿Y si no lo hacen?

—La policía tendrá que intervenir.

—¡En otras palabras, la guerra civil!

—No forzarán tanto la situación. Aprobaron la constitución como todo el mundo, quedarían al margen de la ley, como los ecosaboteadores rojos. No creo que lleguen tan lejos. Sólo le están tomando el pulso a los poderes.

La mujer no estaba irritada. Su expresión parecía decir: así son los humanos. No culpaba a nadie, no se sentía frustrada. Charlotte era una mujer muy tranquila, relajada, segura de sí, capaz. Desde que se hiciera cargo de la coordinación, el trabajo del consejo ejecutivo había sido si no fácil, sí organizado. Si esa competencia era el resultado de la educación en un matriarcado como Dorsa Brevia, pensó Nadia, habría que darles más poder. No pudo evitar comparar a Charlotte con Maya y sus cambios de humor, sus ataques de ansiedad y su teatralidad. Bueno, cada cultura tenía sus rasgos específicos, pero de todas maneras sería interesante tener más mujeres de Dorsa Brevia para asumir los cargos de importancia.

En la reunión de la mañana siguiente Nadia se puso de pie y dijo:

—Ya se ha dictado una prohibición de extraer agua. Si persisten en el bombeo, las nuevas fuerzas policiales de la comunidad global tendrán que intervenir. No creo que nadie quiera llegar a ese extremo.

—No creo que puedas hablar en nombre del consejo ejecutivo —dijo Jackie.

—Naturalmente que puedo —dijo Nadia secamente.

—No, no puedes —replicó Jackie—. Sólo eres una entre siete. Y además esta cuestión no concierne al consejo.

—Eso ya lo veremos —dijo Nadia.

La reunión no se acababa nunca. La táctica de los cairotas era el obstruccionismo, y cuanto más comprendía Nadia lo que pretendían, menos le gustaba. Sus líderes ocupaban posiciones importantes en Marte Libre, y aunque no consiguieran llevar adelante aquel desafío, de la situación se derivarían concesiones a Marte Libre en otras áreas, y el partido habría ganado ascendiente. Charlotte coincidía en que aquél debía de ser el objetivo último del grupo. El cinismo implícito de la estrategia indignaba a Nadia y le resultó muy difícil mostrarse civilizada con Jackie cuando ésta se dirigía a ella con aire benevolente, como una reina embarazada que navegaba entre sus favoritos como un destructor entre barcas de remo:

—Tía Nadia, lamento tanto que hayas tenido que malgastar tu tiempo en una tontería como ésta…

Esa noche Nadia le dijo a Charlotte:

—Quiero un gobierno del que Marte Libre no pueda sacar nada. Charlotte soltó una risa breve.

—¿Ha estado hablando con Jackie, no es así?

—Sí. ¿Por qué es tan popular? ¡No comprendo por qué!

—Se muestra amable con la gente, y cree que le cae bien a todo el mundo.

—Me recuerda a Phyllis —dijo Nadia. Los Primeros Cien otra vez…— Bueno, tal vez no. De todos modos, ¿existe alguna sanción para pleitos y demandas frívolas?

—Las costas del juicio, en algunos casos.

—Pues a ver si puedes cargárselas a Jackie.

—Primero veamos si podemos ganar.

Las reuniones se prolongaron una semana más. Nadia dejó las discusiones para Art y Charlotte y pasaba el tiempo mirando por la ventana el cañón que tenían debajo y frotándose el muñón, que mostraba un bulto. Era extraño: a pesar de haber estado pendiente del muñón, no podía recordar cuándo había asomado aquel bulto caliente y rosado como los labios de un bebé, y parecía que había un hueso en el interior. Le daba miedo apretarlo demasiado; seguro que las langostas no lo hacían con los miembros que volvían a crecerles. La proliferación de las células la perturbaba: era como un cáncer, sólo que gobernado, el milagro de la capacidad instructora del ADN, la vida misma en toda su complejidad emergente. Y un dedo meñique no era nada comparado con un ojo o un embrión…

Frente a aquel proceso, las reuniones políticas le parecían vergonzosas. Nadia salió de una sin haber prestado atención a casi nada, aunque estaba segura de que no se había dicho nada significativo, y dio un largo paseo que la llevó a un mirador del extremo occidental del muro de la tienda. Llamó a Sax. Los cuatro viajeros se aproximaban a Marte y la demora en las transmisiones se reducía a unos pocos minutos. Nirgal había recuperado su aspecto saludable y estaba de buen humor. Michel parecía más agotado que el joven; la visita a la Tierra debía de haberle resultado dura. Nadia colocó el dedo delante de la pantalla para animarlo, y lo consiguió.

—Un botoncillo, ¿no?

—Sí.

—No pareces creer que vaya a dar resultado.

—No, la verdad es que no.

—Estamos en un período de transición —dijo Michel—. A nuestra edad nos cuesta creer que sigamos con vida, y por eso actuamos como si fuésemos a morir en cualquier momento.

—Lo cual puede suceder. —Pensaba en Simón, en Tatiana Durova, en Arkadi.

—Naturalmente. Pero también podemos seguir vivos durante décadas o incluso siglos. Al final tendremos que empezar a creerlo. —Parecía que también intentaba convencerse a sí mismo.— Te mirarás la mano y la verás completa, y entonces lo creerás. Y será muy interesante.

Nadia meneó el dedito rosa. Todavía no se apreciaba ninguna huella dactilar en la piel nueva y translúcida. Cuando apareciera, sería la misma que había tenido en su antiguo dedo. Muy extraño.

Art regresó preocupado de una reunión.

—He indagado por ahí sobre este asunto —dijo—, tratando de averiguar por qué se han metido en este fregado. Asigné algunos detectives de Praxis al caso, en el cañón y en la Tierra, y en la cúpula de Marte Libre.

Espías, pensó Nadia. Ahora tenían espías.

—…parece que están llegando a acuerdos con algunos gobiernos terranos, acuerdos relacionados con la inmigración. De hecho, están construyendo asentamientos y concediendo tierras a gente de Egipto y probablemente también de China. Tiene que tratarse de un quid pro quo, pero no sabemos lo que obtienen de esas naciones a cambio. Tal vez dinero.

Nadia gruñó.

Durante los dos días siguientes se reunió por pantalla o en persona con los otros miembros del consejo ejecutivo. Marión desde luego se oponía a que siguieran arrojando agua en Marineris, de manera que Nadia sólo necesitaba dos votos más. Pero Mijail, Ariadne y Peter se mostraban reacios a hacer intervenir a la policía si podían arreglarlo de otro modo, y Nadia sospechaba que les dolía tan poco como a Jackie la debilidad del consejo. Parecían deseosos de hacer concesiones para evitar la revalidación de un fallo judicial que en realidad no apoyaban.

Zeyk quería votar contra Jackie, pero se sentía constreñido por el electorado árabe de Cairo y la presión de toda la comunidad árabe; el control de la tierra y el agua era de suma importancia para ellos. Sin embargo, los beduinos eran nómadas y Zeyk, además, un firme defensor de la democracia. Nadia confiaba en que conseguiría su apoyo. Por tanto, sólo tenía que convencer a otro miembro.

La relación entre Mijail y ella nunca había sido buena, pues Mijail parecía empeñarse en ser el custodio de la memoria de Arkadi, función que Nadia, según él, había abandonado. Peter era un misterio para ella. Ariadne no le caía bien, aunque en cierto modo eso facilitaba las cosas, y además también estaba en Cairo. Nadia decidió empezar su labor de persuasión con ella.

Ariadne se había comprometido con la constitución tanto como la mayoría de los habitantes de Dorsa Brevia, pero ellos también eran localistas y sin duda pensaban en cómo conservar una cierta independencia con respecto al gobierno global. Y además se encontraban lejos de cualquier depósito de agua. Por eso Ariadne se andaba con evasivas.

—Mira, Ariadne —le dijo Nadia en una pequeña sala situada frente a las oficinas de la ciudad, al otro lado de la plaza—, tienes que olvidarte de Dorsa Brevia y pensar en Marte.

—Ya lo hago, por supuesto.

Aquella reunión la irritaba y habría despachado a Nadia sin contemplaciones. La esencia del asunto no le importaba, para ella sólo contaban las jerarquías, no tenía por qué escuchar a un issei. Nadia se dijo que todo se reducía a poder político para aquella gente, habían olvidado lo que en realidad estaba en juego, y en aquella maldita ciudad de pronto perdió la paciencia y casi gritó:

—¡No, no lo haces! ¡Nos enfrentamos al primer desafío a la constitución y tú andas viendo qué puedes sacar de la situación! ¡No lo toleraré! —Agitó un dedo ante la cara de la sorprendida Ariadne:— Si no votas para ratificar el fallo del tribunal, la próxima vez que algo para ti importante se presente ante el consejo habrá represalias. ¿Comprendes?

Los ojos de Ariadne no podían ser más elocuentes: primero, asombro, después, un instante de puro miedo. Luego, furia.

—¡Nunca dije que votaría en contra de la ratificación! —exclamó—.

¿Por qué estás tan enfadada?

Nadia moderó un poco el tono, aunque siguió mostrándose dura, tensa, implacable. Finalmente Ariadne se llevó las manos a la cabeza:

—Es lo que la mayoría del consejo de Dorsa Brevia quiere hacer, yo iba a votar a favor de todas maneras. No tienes que ponerte tan frenética —dijo, y abandonó la sala deprisa, muy alterada.

A Nadia la embargó un sentimiento de triunfo. Pero la mirada temerosa de la joven… no podía olvidarla, y al fin se sintió asqueada. Coyote había dicho en Pavonis que el poder corrompía. Había hecho uso del poder, mal uso, en realidad.

Aquella noche, mucho más tarde, la sensación de asco persistía, y casi llorando le contó a Art lo ocurrido.

—Eso suena mal —dijo él gravemente—. Parece un error. Limítate a pellizcar a la gente.

—Lo sé, lo sé. Dios, cómo odio esto. Quiero irme, quiero hacer algo real.

Él asintió y le palmeó el hombro.

Antes de la siguiente reunión, Nadia se acercó a Jackie y le dijo con tranquilidad que tenía los votos del consejo para enviar a la policía a la presa e impedir que se continuara liberando agua. Y en la reunión recordó a los presentes como al desgaire que Nirgal volvería a estar entre ellos muy pronto, igual que Maya, Michel y Sax. El comentario dejó pensativos a los miembros de Marte Libre, aunque Jackie se guardó mucho de manifestar nada. La reunión continuó y Nadia se frotaba el dedo, distraída, todavía enfadada consigo misma por lo ocurrido con Ariadne.

Al día siguiente los cairotas declararon que acatarían el fallo del Tribunal Medioambiental Global. Dejarían de soltar agua del depósito de la ciudad y los asentamientos instalados cañón abajo tendrían que contentarse con agua canalizada, lo que sin duda frenaría su crecimiento.

—Perfecto —dijo Nadia, aún resentida—. Todo este circo sólo para acabar acatando la ley.

—Apelarán —observó Art.

—Me trae sin cuidado. Están perdidos. Y aunque no lo estuvieran, se han sometido al proceso. Diablos, por lo que a mí respecta les regalo la victoria. Es el proceso lo único que cuenta, así que ganamos al fin y al cabo.

Art sonrió. Un paso en su educación política, sin duda, un paso que Art y Charlotte parecían haber dado mucho antes. Lo que les importaba no era el resultado de un desacuerdo particular, sino el buen curso del proceso. Si Marte Libre representaba ahora a la mayoría —y al parecer así era, pues contaba con la lealtad de prácticamente todos los nativos, una buena colección de jóvenes idiotas—, someterse a la constitución no significaba simplemente apartar a las minorías por la fuerza de las cifras. Cuando Marte Libre ganara algo tendría que merecerlo a juicio de todos los tribunales, que incluían a todas las facciones. Eso era bastante satisfactorio, como si un muro construido con materiales delicados soportara más peso del esperado debido a su estructura inteligente.

Sin embargo, ella había empleado amenazas para apuntalar una de las vigas, y eso le había dejado mal sabor de boca.

—Quiero hacer algo real.

—¿Un poco de fontanería? Ella asintió, muy seria.

—Sí. Hidrología.

—¿Puedo acompañarte?

—¿Quieres ser el ayudante de un fontanero? Él rió.

—Ya lo he hecho antes.

Nadia lo observó. Art la estaba haciendo sentirse mejor. Era un comportamiento peculiar, anticuado: ir a un lugar sólo para estar con alguien, algo muy poco frecuente esos días. La gente iba adonde necesitaba ir y se reunía con los amigos que tuviera allí o hacía nuevas amistades. Quizá sólo fuera un comportamiento de los Primeros Cien, o suyo.

En fin, estaba claro que viajar juntos implicaba algo más que amistad, más incluso que una relación amorosa. Pero eso no era tan malo, decidió. De hecho, no estaba nada mal. Tendría que acostumbrarse, pero siempre había algo a lo que acostumbrarse.

A un nuevo dedo, por ejemplo. Art le había tomado la mano y le estaba masajeando ligeramente el nuevo dedo.

—¿Te duele? ¿Puedes doblarlo?

Le dolía un poco; y podía doblarlo, un poco. Le habían inyectado células de la zona del nudillo y ahora era un poco más largo que la primera falange del otro meñique; la piel seguía tan rosada como la de un bebé, sin callosidades ni cicatrices. Cada día un poco más grande.

Art apretó la punta con delicadeza y notó la presencia del hueso en el interior. Tenía los ojos desorbitados.

—¿Tienes sensibilidad?

—Oh, sí. Es igual que los otros dedos, aunque quizás algo más sensible.

—Porque es nuevo.

—Supongo.

Sin embargo, el meñique desaparecido en cierto modo estaba implicado; su fantasma volvía a manifestarse ahora que llegaban señales de ese extremo de la mano. Art lo llamaba el dedo del cerebro, y sin duda existían células cerebrales consagradas a aquel dedo que habían originado el fantasma todo ese tiempo. Con los años se había debilitado por falta de estímulos, pero ahora también él crecía, reestimulado. La explicación que Vlad le había dado del fenómeno era compleja. A veces a Nadia le parecía que el dedo tenía la misma longitud que el de la otra mano, aunque lo estuviera mirando, como si una cáscara invisible lo prolongara, y otras lo sentía con su tamaño real, corto, delgado y enclenque. Podía doblarlo en la articulación de la base y un poco en la siguiente. El último nudillo aún no había surgido, pero estaba en camino. El dedo crecía. Nadia bromeó sobre si continuaría creciendo sin parar, aunque era una idea espeluznante.

—Eso estaría bien —comentó Art—. Tendrías que comprarte un perro. Nadia confiaba en que eso no sucedería. El dedo parecía saber lo que estaba haciendo. Todo iría bien, tenía un aspecto normal. Art estaba fascinado, pero no sólo por el dedo. Le masajeó la mano, un poco dolorida, y después el brazo y los hombros. Le masajearía el cuerpo entero si ella le dejara. Y a juzgar por lo bien que les había sentado al brazo y los hombros, debería dejarle. Era un hombre tan afable. La vida para él seguía siendo una aventura diaria, llena de maravillas y alegría. La gente le ponía alegre, y eso era un gran don. Corpulento, de rostro y cuerpo llenos, en algunos aspectos semejante a Nadia; calvo, sencillo, garboso. Su amigo.

Amaba a Art, lo amaba desde Dorsa Brevia como mínimo. Algo parecido a lo que sentía por Nirgal, que era como un sobrino, estudiante, ahijado, nieto o hijo muy querido; y Art era uno de los amigos de su hijo. En realidad, era algo mayor que Nirgal, pero parecían hermanos. Ése era el problema. Sin embargo todas esas consideraciones empezaban a perder relevancia con la creciente longevidad. ¿Qué importancia tenía que él fuera un cinco por ciento más joven que ella cuando habían compartido treinta años de intensas experiencias como iguales y colaboradores, arquitectos de una proclamación, una constitución y un gobierno, amigos íntimos, confidentes, apoyos, compañeros de masaje? ¿Importaba acaso el diferente número de años que los separaba de su juventud? No, en absoluto. Era obvio, sólo había que pensar en ello y luego tratar de sentirlo.

Ya no la necesitaban en Cairo, ni tampoco en Sheffield en esos momentos. Nirgal regresaría pronto y ayudaría a sujetar a Jackie; no era un trabajo divertido, pero era su problema, nadie podía ayudarlo en eso. Las cosas se complicaban cuando uno derramaba todo su amor en una persona, como a ella le había ocurrido con Arkadi durante tantos años, incluso cuando hacía ya mucho tiempo que había muerto. No tenía sentido, pero lo extrañaba y aún se enfadaba con él, porque no había vivido lo suficiente para darse cuenta de cuántas cosas se había perdido. El simplón feliz. Art era feliz, pero no simple, o no demasiado. Para Nadia cualquier persona feliz era un poco tonta por definición; de otro modo ¿cómo podrían ser tan felices? Pero de todas maneras le gustaban, los necesitaba. Eran como la música de su querido Satchmo; y en vista de lo que el mundo contenía, esa felicidad era una forma valerosa de vivir, una actitud consciente.

—Sí, ven a hacer de fontanero conmigo —le dijo a Art, y lo abrazó con fuerza, como si así pudiera capturarse la felicidad. Luego echó atrás la cabeza y lo miró: Art tenía los ojos desorbitados de la sorpresa, como cuando le acariciaba el dedo meñique.

Pero seguía siendo presidenta del consejo ejecutivo, y a pesar de su resolución cada día la ataban a su trabajo un poco más con «acontecimientos» de todo tipo. Los inmigrantes alemanes querían levantar una nueva ciudad portuaria, Bloch's Hofihung, en la península que partía en dos el mar del Norte y luego excavar un ancho canal a través de la península. Los ecosaboteadores rojos se oponían a este plan y habían realizado voladuras en la pista que recorría la península, y en la que llevaba a la cima de Biblis Patera para dejar claro que se oponían también a ésta. Los ecopoetas de Amazonia querían provocar incendios forestales masivos. Los ecopoetas de Kasei querían eliminar los bosques dependientes del fuego que Sax había plantado en la gran curva del valle (esa petición fue la primera en recibir la aprobación unánime del TMG). Los rojos que vivían alrededor de Roca Blanca, una mesa de dieciocho kilómetros de ancho de un blanco inmaculado, querían que la declarasen lugar kami de acceso prohibido a los humanos. Un equipo de diseño de Sabishii recomendaba que construyeran una nueva ciudad capital en la costa del mar boreal en la longitud 0, donde había una profunda bahía. Nuevo Clarke estaba cada vez más atestado de lo que parecían ser tropas de seguridad metanacionales. Los técnicos de Da Vinci querían delegar el control del espacio marciano en una agencia del gobierno global que no existía. Senzeni Na quería tapar su agujero de transición. Los chinos solicitaban permiso para anclar un nuevo ascensor espacial cerca del cráter Schiaparelli para acomodar a sus inmigrantes y alquilarlo a otras naciones. La inmigración aumentaba continuamente.

Nadia se ocupaba de todos esos asuntos en sesiones consecutivas de media hora programadas por Art, y los días pasaban indistintos. Llegó a hacérsele difícil discernir las cuestiones verdaderamente importantes. Los chinos, por ejemplo, inundarían Marte de inmigrantes a la mínima oportunidad. Los ecosaboteadores rojos eran cada vez más descarados. Nadia había recibido amenazas de muerte y ahora llevaba guardaespaldas cuando salía del apartamento, que a su vez era discretamente vigilado. Hizo caso omiso de las amenazas y continuó ocupándose de los problemas y ganándose una mayoría en el consejo que la respaldara en las votaciones que le parecían trascendentales. Estableció una buena relación de trabajo con Zeyk y Mijail, incluso con Marión, aunque las cosas nunca fueron del todo bien con Ariadne, una lección aprendida dos veces, pero bien aprendida justamente por eso.

Así pues, continuó trabajando. Pero estaba deseando salir de Pavonis. Art veía que la paciencia de Nadia se agotaba, y ella leía en la mirada de él que se estaba convirtiendo en una gruñona arisca y dictatorial; lo sabía pero no podía evitarlo. Después de reunirse con obstruccionistas o frívolos, a menudo daba rienda suelta a un torrente de rencorosos insultos sotto voce que evidentemente turbaban a Art. Venían delegaciones pidiendo la abolición de la pena de muerte, o el derecho a construir en la caldera de Olympus Mons, o un octavo miembro en el consejo ejecutivo, y en cuanto la puerta se cerraba Nadia decía:

—Bien, ahí tienes a un puñado de malditos idiotas, locos estúpidos a quienes nunca se les ha ocurrido pensar en los votos vinculantes, ni tampoco que quitándole la vida a otra persona abrogas tu propio derecho a la vida. —Y así hasta el infinito.

La nueva policía capturó a un grupo de ecosaboteadores rojos que habían intentado volar el Enchufe otra vez, y que durante la acción habían matado a un guardia de seguridad. Ella fue la juez más dura que tuvieron.

—¡Ejecútenlos! —exclamó—. Miren, quien mata a otro pierde su derecho a la vida. Ejecución o exilio, fuera de Marte de por vida. Que el precio sea un recuerdo imborrable para el resto de los rojos.

—Caramba —dijo Art incómodo—. Caramba, después de todo…

Pero ella estaba furiosa, y le costaba aplacarse. Y Art había advertido que cada vez le costaba más.

Un poco agitado él mismo, le recomendó que organizara otro congreso como el de Sabishii, y que asistiera contra viento y marea. Combinar los esfuerzos de varias organizaciones en pro de una sola causa; no era exactamente construcción, pensó Nadia, pero lo parecía.

La disputa en Cairo la había llevado a pensar en el ciclo hidrológico y en lo que sucedería cuando el hielo empezara a derretirse. Si podían concebir un plan para ese ciclo, aunque fuera rudimentario, reducirían en gran medida los conflictos relacionados con el agua. Decidió ver qué podía hacerse.

Como le ocurría a menudo esos días cuando pensaba en temas globales, deseó hablar con Sax. Los viajeros estaban a punto de llegar, y la demora en las transmisiones era insignificante, casi como mantener una conversación corriente por la consola de muñeca. De manera que Nadia solía pasar las tardes hablando con Sax de la terraformación. Más de una vez la sorprendió con opiniones que no esperaba de él; parecía estar cambiando constantemente.

—Deseo conservar las cosas en estado salvaje —dijo una noche.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella.

El rostro de Sax adquirió la expresión perpleja de cuando pensaba con intensidad. Después de una pausa considerable, repuso:

—Muchas cosas. Es un mundo complicado. Pero pretendo conservar el paisaje primitivo en la medida de lo posible.

Nadia consiguió reprimir una carcajada, pero aún así Sax preguntó:

—¿Qué es lo que te parece divertido?

—Nada, nada. Es que hablas como algunos rojos, o como la gente de Christianopolis, que no son rojos pero me dijeron casi lo mismo la semana pasada. Quieren conservar el paisaje primitivo de las zonas remotas del sur. Los he ayudado a organizar un congreso sobre las cuencas hidrológicas meridionales.

—Creía que estabas trabajando en los gases de invernadero.

—No me dejan, tengo que ser presidenta. Pero pienso asistir a ese congreso.

—Buena idea.

Los colonos japoneses de Messhi Hoko (que significaba «Sacrificio individual en bien del grupo») se presentaron ante el consejo exigiendo que se diera más tierra y agua a su tienda, en lo alto de Tharsis Sur. Nadia los dejó con la palabra en la boca y voló con Art a Christianopolis, en el lejano sur.

La pequeña ciudad (y parecía muy pequeña después de Sheffield y Cairo) estaba situada en el Borde Phillips Cráter Cuatro, a 67 grados de latitud sur. Durante el Año Sin Verano el extremo sur había sufrido varias tormentas severas que dejaron caer unos cuatro metros de nieve, una cantidad sin precedentes. Estaban en Ls 281, justo después del perihelio, y en pleno verano en el sur, y al parecer los diferentes métodos para evitar una edad de hielo funcionaban: buena parte de la nieve se había derretido en una cálida primavera y ahora había lagos circulares en el fondo de los cráteres. El estanque del centro de Christianopolis tenía unos tres metros de profundidad y trescientos de diámetro; los cristianos estaban encantados con su hermoso parque acuático. Pero si ocurría lo mismo cada invierno —y los meteorólogos creían que los inviernos siguientes traerían aún más nieve, y los veranos siguientes serían aún más cálidos—, las aguas del deshielo inundarían rápidamente la ciudad y Borde Phillips Cráter Cuatro se convertiría en un lago lleno hasta los bordes. Y podía decirse lo mismo de todos los cráteres del planeta.

El congreso de Christianopolis discutiría estrategias para enfrentar esa situación. Nadia había utilizado su influencia para que asistiera gente importante, y meteorólogos, hidrólogos e ingenieros, y tal vez Sax, cuya llegada era inminente. El problema de la inundación de los cráteres sólo era el punto de partida de la discusión sobre cuencas de aguas y el ciclo hidrológico planetario.

El problema concreto de los cráteres tendría que resolverse como Nadia había predicho: canalizando. Tratarían los cráteres como si fueran bañeras y abrirían canales de desagüe. El material que había bajo los polvorientos suelos de los cráteres era extremadamente duro, pero los túneles podían abrirse con robots y luego instalar bombas y filtros y extraer el agua, manteniendo un estanque o lago central, si se quería, o desecando el cráter.

Pero ¿qué iban a hacer con el agua? Las irregulares tierras altas del sur estaban destrozadas: carcomidas y resquebrajadas, con pliegues, hundidas y fracturadas; cuando se las analizaba como posibles cuencas receptoras el resultado era desalentador. Nada llevaba a ninguna parte, y había grandes extensiones llanas. Todo el sur era un altiplano entre tres y cuatro kilómetros por encima de la antigua línea de referencia, con algunas lomas y depresiones. Nadia nunca había visto con más claridad la diferencia entre aquellas tierras altas y cualquiera de los continentes terrestres. En la Tierra, los movimientos tectónicos habían empujado las montañas con frecuencia y luego el agua había corrido por aquellos declives jóvenes siguiendo las líneas de menor resistencia para regresar al mar, cavando las venas fractales de las cuencas hidrológicas por todas partes. Incluso las regiones de cuencas secas de la Tierra estaban salpicadas por cauces y lagos secos. Pero en el sur marciano el bombardeo de meteoritos del noachiano había golpeado la tierra con ferocidad y dejado cráteres y deyecciones por todas partes; y después el irregular yermo vapuleado había estado expuesto a la incesante acción erosiva de los vientos cargados de polvo, que habían desgarrado todas las grietas. Si vertían agua sobre aquella tierra acabarían con una alocada colcha de arroyos cortos que se escurrirían hacia los cráteres sin borde más cercanos. A duras penas conseguiría alguna de esas corrientes alcanzar el mar boreal o las cuencas de Argyre o Hellas, circundadas por las cadenas montañosas de sus propias deyecciones.

Existían empero algunas excepciones. A la era noachiana había seguido un breve período húmedo y cálido a finales del hespérido, de no más de cien mill