/ Language: Español / Genre:sf_space / Series: Marte (es)

Marte Verde

Kim Robinson

Marte rojo ya no existe, fue destruido por la fallida revolución del 2062. Una generación más tarde, Marte verde ha sido terraformado y areoformado. Pero también hay otros que quieren explotar las riquezas minerales de Marte, las materias primas que la Tierra necesita. La nueva generación de colonos está expuesta a insurrecciones, conflictos y pruebas. Sobrevivientes de los Primeros Cien, entre ellos Hiroko, Nadia, Maya y Simon, saben que la tecnología no es suficiente. La creación de un nuevo mundo requiere confianza y colaboración, pero esas cualidades son tan escasas como el aire mismo que respiran en Marte… Tengo la impresión que Kim Stanley Robinson fue uno de los primeros colonos en Marte, y que ha regresado para contarnos la historia en esta brillante nueva novela.

Kim Stanley Robinson

Marte verde

para Lisa y David

PRIMERA PARTE

Areoformación

La cuestión no es crear otra Tierra, ni otra Alaska u otro Tibet, ni un nuevo Vermont o una nueva Venecia, ni siquiera otra Antártida. La cuestión es crear algo nuevo y extraño, algo marciano.

En cierto modo, nuestras intenciones tampoco importan. Aunque tratásemos de crear otra Siberia u otro Sahara, no lo conseguiríamos. La evolución no lo permitiría, y en esencia este es un proceso evolutivo, un empeño que escapa a la intención, como cuando la vida saltó milagrosamente de la materia, o cuando se arrastró de los mares a la tierra firme.

Luchamos otra vez en la matriz de un mundo nuevo, esta vez en verdad alienígena, A pesar de los grandes glaciares que las gigantescas inundaciones de 2061 dejaron atrás, éste es un mundo muy árido; a pesar de que se está creando una incipiente atmósfera, el aire es aún muy tenue; a pesar de todos los métodos para generar calor, la temperatura media todavía está muy por debajo del punto de congelación. Estas condiciones hacen que la supervivencia sea extremadamente difícil. Pero la vida es resistente y adaptable, es la fuerza verde de la viriditas que se agita en el universo. En la década que siguió a las catástrofes de 2061, la población se esforzó por reconstruir las cosas y salir adelante en las cúpulas resquebrajadas y las tiendas rasgadas, y la labor de formación de una nueva sociedad continuó en nuestros refugios ocultos. Y en el exterior, sobre la fría superficie del planeta, proliferaron nuevas plantas, que cubrieron los flancos de los glaciares y las cuencas templadas con una marea lenta e inexorable.

Naturalmente, todos los modelos genéticos de nuestra nueva biota son Terranos, y también las mentes que los diseñan, pero el suelo es marciano. Y el suelo es un poderoso ingeniero genético: determina qué florece y qué no, provocando una progresiva diferenciación, y por tanto la evolución de nuevas especies. Y a medida que se suceden las generaciones, todos los miembros de una biosfera evolucionan juntos, se adaptan al terreno mediante una compleja respuesta común, la capacidad creativa del autodiseño. Este proceso, no importa cuánto intervengamos en él, es en esencia incontrolable. Los genes mutan, las criaturas evolucionan: una nueva biosfera emerge, y con ella una nueva noosfera. Y al fin la mente de los diseñadores, igual que todo lo demás, ha cambiado para siempre. Éste es el proceso de areoformación.

Un día el cielo cayó. Las láminas de hielo se precipitaron en el lago y luego empezaron a estrellarse contra la playa. Los niños se dispersaron como chorlitos asustados. Nirgal corrió por las dunas hasta la aldea y entró como una tromba en el invernadero, gritando:

—¡El cielo se está cayendo, el cielo se está cayendo! —Peter se precipitó al exterior y corrió tan rápido hacia la playa que Nirgal no fue capaz de seguirlo.

En la playa las grandes placas de hielo caían como puñales sobre la arena, y algunos trozos de hielo seco burbujeaban en el agua del lago. Los niños se acercaron a Peter, que echó la cabeza hacia atrás y observó la cúpula lejana.

—Todos a la aldea —dijo, y su tono indicaba que no admitía tonterías. Mientras caminaban de regreso, rió—. ¡El cielo se está cayendo! —gritó con voz aguda, revolviéndole el pelo a Nirgal. Éste se sonrojó y Harmakhis y Jackie rieron y el aliento escarchado de ambos asomó en rápidos penachos blancos.

Peter fue uno de los que escaló el costado de la cúpula para repararla. Kasei, Michel y Peter treparon como arañas sobre la aldea a la vista de todos, por encima de la playa y luego sobre el lago, y pronto parecieron más pequeños que los niños. Se descolgaron en eslingas y rociaron la grieta de la cúpula con agua hasta que se congeló formando una nueva capa transparente que recubrió el hielo seco. De nuevo abajo, hablaron del mundo cada vez más caliente del exterior. Hiroko había salido de su pequeña casita de bambú, y Nirgal le preguntó:

—¿Tendremos que irnos?

—Siempre tendremos que irnos —dijo Hiroko—. Nada perdurará en Marte.

A Nirgal le gustaba la vida bajo la cúpula. Por la mañana se despertaba en la redonda habitación de bambú, en la parte alta del Creciente Guardería, y bajaba corriendo hasta las dunas escarchadas con Jackie, Rachel, Frantz y el resto de los madrugadores. Veía a Hiroko en la orilla lejana, paseando por la playa como una bailarina, flotando sobre su propio reflejo húmedo. Le hubiera gustado acercarse a ella, pero era hora de ir a la escuela.

Volvían a la aldea y se apiñaban en el vestuario de la escuela, colgaban las chaquetas de plumas y extendían las manos amoratadas hacia la parrilla del calefactor, mientras esperaban al maestro del día. Podía ser el Doctor Robot, y en ese caso se morirían de aburrimiento y contarían los parpadeos del hombre como si fueran los indicadores de segundos de un reloj. Podía ser la Bruja Buena, vieja y fea: entonces saldrían y pasarían el día construyendo, disfrutando de las herramientas. O podía ser la Bruja Mala, vieja y hermosa, y pasarían la mañana pegados a los atriles tratando de pensar en ruso, arriesgándose a recibir un golpe en la mano si reían o se quedaban dormidos. La Bruja Mala tenía el pelo plateado y una mirada feroz sobre la nariz ganchuda, como los halcones pescadores que vivían en el pinar del lago. Nirgal le tenía miedo.

Así que, al igual que los demás, ocultó su desaliento cuando la puerta de la escuela se abrió y por ella entró la Bruja Mala. Sin embargo, ese día parecía cansada y los dejó salir antes a pesar de que la clase de aritmética había sido desastrosa. Nirgal siguió a Jackie y Harmakhis; doblaron la esquina y se metieron en el callejón entre el Creciente Guardería y la parte trasera de la cocina. Harmakhis orinó contra el muro y Jackie se bajó los pantalones para demostrar que ella también era capaz, y justo en ese momento la Bruja Mala apareció en la esquina. Los arrastró fuera del callejón por el brazo, Nirgal y Jackie aferrados por la misma garra, y en la plaza le dio unos azotes a Jackie mientras gritaba furiosamente a los chicos:

—¡Vosotros dos, manteneos lejos! ¡Es vuestra hermana! —Jackie, que lloraba y se debatía intentando subirse los pantalones, descubrió las miradas de Nirgal y lanzó un golpe furioso contra él y contra Maya, pero erró y cayó al suelo con el trasero al aire y se puso a berrear.

No era cierto que Jackie fuese su hermana. Había en Zigoto doce sansei, o niños de la tercera generación, y se conocían como si fueran hermanos, y muchos lo eran, pero no todos. Raras veces se hablaba del tema, demasiado confuso. Jackie y Harmakhis eran los mayores, Nirgal una estación más joven, y el resto había llegado una estación después: Rachel, Emily, Reull, Steve, Simud, Nanedi, Tiu, Frantz y Huo Hsing. Hiroko era la madre de todo el mundo en Zigoto, aunque en verdad sólo de Nirgal y Harmakhis y otros seis de los sansei, y de varios de los nisei adultos también. Hijos de la diosa madre.

Pero Jackie era hija de Esther, que se había mudado después de una pelea con Kasei, el padre de Jackie. No había muchos que conociesen a sus progenitores. Cierto día Nirgal gateaba por una duna persiguiendo un cangrejo cuando Esther y Kasei aparecieron arriba; Esther lloraba y Kasei gritó:

—¡Si vas a dejarme, déjame ahora! —y se echó a llorar también. Kasei llevaba un colmillo de piedra rosada y era uno de los hijos de Hiroko; por tanto, Jackie era nieta de Hiroko. Así funcionaban las cosas. Jackie tenía el cabello largo y negro y era la corredora más rápida de Zigoto, después de Peter. Nirgal era el que tenía más resistencia, y a veces corría dos o tres veces seguidas el perímetro del lago sólo por el placer de hacerlo, pero Jackie era más rápida en trayectos cortos. Siempre estaba riendo. Si Nirgal discutía con ella, se burlaba de él y le decía:

—De acuerdo, tío Nirgie. —Aunque fuese una generación mayor, era su sobrina. Pero no su hermana.

La puerta de la escuela se abrió de par en par y apareció Coyote, el profesor ese día. Coyote había recorrido el mundo entero en sus viajes y pasaba muy poco tiempo en Zigoto. Tenerlo de profesor era como estar de fiesta. Los llevaba por la aldea, les buscaba ocupaciones extrañas, hacía que uno de ellos leyera en voz alta todo el tiempo fragmentos de libros imposibles de comprender, escritos por filósofos, que eran personas muertas hacía mucho. Bakunin, Nietzsche, Mao, Bookchin; los pensamientos comprensibles de esas gentes yacían como guijarros inesperados en una larga playa de galimatías. Las historias que Coyote les había leído de la Odisea o de la Biblia eran más sencillas, aunque también más inquietantes, porque la gente de la que hablaban no hacía más que matarse entre ellas e Hiroko decía que eso no estaba bien. Coyote se reía de Hiroko y aullaba con frecuencia sin ninguna razón aparente mientras leían aquellos cuentos espantosos, les hacía preguntas difíciles sobre lo que habían escuchado y discutía con ellos como si supieran de lo que estaban hablando; algo muy desconcertante.

—¿Qué haríais vosotros? ¿Por qué lo haríais? —Y mientras tanto les enseñaba cómo funcionaba el reciclador de combustible del Rickover o les pedía que comprobasen los émbolos del sistema hidráulico de la máquina de olas del lago, hasta que las manos les pasaban del azul al blanco y los dientes les castañeteaban tanto que no podían hablar con claridad.— Os enfriáis en seguida, chicos —les decía Coyote—. Todos menos Nirgal.

Nirgal aguantaba bien el frío. Lo conocía íntimamente y no le desagradaba sentirlo. La gente que detestaba el frío no comprendía que es posible adaptarse a él, que uno puede contrarrestar sus efectos adversos. Estaba muy familiarizado también con el calor. Si se empujaba el calor al exterior con la suficiente fuerza, el frío se transformaba en una especie de envoltura intensa en la que uno se movía. Y así el efecto último del frío era estimulante, pues hacía que uno deseara echar a correr.

—Eh, Nirgal, ¿cuál es la temperatura ambiente?

—Doscientos setenta y uno.

La risa de Coyote era espantosa, un cacareo animal que incluía todos los sonidos posibles, y cada vez diferentes.

—Atended, vamos a parar la máquina de olas y veremos qué aspecto tiene el lago tranquilo.

El agua del lago se mantenía siempre líquida, y el hielo de agua recubría la parte inferior de la cúpula. Esto explicaba en su mayor parte el clima del mesocosmos, según Sax: brumas y vientos súbitos, lluvia y nieblas, y a veces nieve. Ese día la máquina meteorológica estaba casi silenciosa, y en el gran espacio hemisférico bajo la cúpula apenas corría viento. Con la máquina de olas desconectada, las aguas del lago pronto se aquietaron y sobre la superficie se formó una lámina circular del mismo blanco que la cúpula; pero el fondo del lago, cubierto de algas verdes, podía verse aún a través de la capa blanca. Así, el lago mostraba al mismo tiempo un blanco inmaculado y un verde intenso. En la orilla lejana esta agua de dos tonalidades reflejaba invertidos las dunas y los pinos achaparrados con la perfección de un espejo. Nirgal contempló el espectáculo extasiado, y todo lo demás desapareció, no quedó otra cosa que esa vibrante visión verde y blanca: había dos mundos, no uno, dos mundos que coexistían en el mismo espacio, ambos visibles, separados y diferentes, pero superpuestos, de tal modo que sólo desde ciertos ángulos podía verse que eran dos. Empujó la envoltura de la visión, como cuando uno empuja contra la envoltura del frío: ¡Empuja! ¡Qué colores!…

—¡Marte con Nirgal, Marte con Nirgal!

Los demás reían. Siempre le pasaba lo mismo, le dijeron. Se desconectaba. Pero lo querían bien, lo veía en sus caras. Coyote partió una lámina de hielo e hizo saltar los pedazos sobre el lago. Los demás lo imitaron, y en las ondas blancas y verdes que se entrecruzaban el mundo invertido se agitaba y bailaba.

—¡Mirad eso! —gritó Coyote, que entre tiro y tiro cantaba en un inglés cadencioso que era como una perpetua salmodia—. Chicos, estáis disfrutando de las mejores vidas de la historia; la mayoría se limita a fluir en la gran máquina del mundo, ¡y aquí estáis vosotros, en el nacimiento de un mundo nuevo! ¡Increíble! Pero es pura suerte, vosotros no tenéis ningún mérito, no hasta que hagáis algo. Podríais haber nacido en una mansión, una cárcel, un barrio de chabolas en Puerto España, ¡pero aquí estáis, en Zigoto, el corazón secreto de Marte! Es cierto que por el momento estáis escondidos como topos en vuestras madrigueras, y los buitres revolotean en lo alto, listos para devoraros; pero se acerca la hora en que caminaréis por este planeta en completa libertad. ¡Recordad lo que os digo, es una profecía, hijos míos! Y mientras tanto, ¡mirad qué hermoso es este pequeño paraíso de hielo!

Arrojó un trozo de hielo hacia la cúpula, y todos cantaron «¡Paraíso de hielo! ¡Paraíso de hielo!» hasta que no pudieron contener la risa.

Sin embargo, esa noche, cuando creía que nadie lo escuchaba, Coyote le dijo a Hiroko:

—Hiroko, tienes que llevar a los chicos al exterior y mostrarles el mundo, aunque sea bajo el manto de niebla. Aquí son como topos atrapados en sus propias madrigueras.

Entonces partió de nuevo, quién sabía adonde, en uno de sus misteriosos viajes a ese otro mundo que los rodeaba.

Algunas veces Hiroko iba a la aldea para darles clase. Ésos eran los mejores días para Nirgal. Siempre los llevaba a la playa, y bajar a la playa con Hiroko era como ser tocado por un dios. Aquél era su mundo —el mundo verde dentro del mundo blanco— y lo sabía todo sobre él, y cuando ella estaba allí los sutiles colores nacarados de la arena y la cúpula, los colores de los dos mundos, latían a la vez, como si trataran de liberarse de aquello que los aprisionaba.

Solían sentarse en las dunas y contemplaban las bandadas de aves acuáticas sobrevolar la playa rozando la superficie y graznando. Las gaviotas revoloteaban en lo alto e Hiroko les hacía preguntas con un brillo alegre en los ojos. Ella vivía junto al lago con un pequeño grupo de allegados, Iwao, Rya, Gene, Evgenia, todos en una pequeña casa de bambú en las dunas. Y como pasaba mucho tiempo visitando recónditos refugios alrededor del Polo Sur, siempre necesitaba ponerse al corriente de las noticias de la aldea. Era una mujer esbelta, alta para ser una issei, con la grácil simplicidad de las aves zancudas en el vestido y los movimientos. Era vieja, desde luego, increíblemente anciana, como todos los issei, pero había algo en sus maneras que la hacía parecer más joven incluso que Kasei o Peter, en realidad sólo un poco mayor que los chicos, y en su presencia todo parecía nuevo, ansioso por desplegar sus colores.

—Mirad el dibujo de esta concha marina. La espiral moteada se curva hacia el interior hasta el infinito. Ésta es la estructura del universo. Hay una presión constante que empuja hacia adentro, una tendencia de la materia a evolucionar hacia formas cada vez más complejas. Es una especie de fuerza gravitatoria, una energía verde sagrada que llamamos viriditas, la fuerza que mueve el cosmos. La vida, ¿comprendéis? Como las pulgas de arena y las lapas y el krill; aunque este krill en particular está muerto, ayuda a las pulgas. Como todos nosotros —dijo, agitando la mano con la delicadeza de una bailarina—. Podemos decir que el universo está vivo porque estamos vivos. Nosotros somos su conciencia además de la nuestra. Procedemos del cosmos y contemplamos sus engranajes y nos parecen hermosos. Y ese sentimiento es lo más importante del universo, su culminación, como el color de la flor que se abre por primera vez con el rocío de la mañana. Es un sentimiento sagrado, y nuestro deber en el mundo es hacer cuanto podamos para favorecerlo. Y una manera es esparcir la vida por todas partes, ayudarla a existir donde nunca antes existió, como aquí en Marte.

Éste era para ella el acto supremo de amor, y a pesar de que no lo entendían del todo, cuando Hiroko hablaba ellos experimentaban ese amor. Otro empujón, un calor distinto en la envoltura del frío. Hiroko los acariciaba mientras hablaba, y ellos cavaban en busca de caracolas y la escuchaban.

—¡Almejas del fango! Lapas antárticas. Esponja de cristal… Cuidado, podéis cortaros. —Con sólo mirarla Nirgal se sentía feliz.

Y una mañana, cuando se levantaron para ir a excavar a otro lugar de la playa, ella le devolvió la mirada, y Nirgal reconoció la expresión: era la de él cuando la miraba. ¡Así que él también la hacía feliz! Se sintió ebrio de alegría.

Nirgal la tomó de la mano mientras paseaban por la playa.

—Es una ecología sencilla en muchos aspectos —dijo ella al arrodillarse para examinar la concha de otra almeja—. No hay muchas especies, y las cadenas alimenticias son cortas, pero tan ricas, tan hermosas. —Comprobó la temperatura del lago con la mano.— ¿Ves la neblina? El agua debe de estar caliente hoy.

En ese momento estaban solos, los demás niños correteaban por las dunas o por la playa. Nirgal se inclinó para tocar una ola que iba a morir a sus pies dejando un blanco encaje de espuma.

—Está a poco más de doscientos setenta y cinco grados.

—¡Siempre tan seguro!

—Siempre puedo decirlo.

—A ver —le desafió ella—, ¿tengo fiebre?

Él alzó la mano y la posó en el cuello de Hiroko.

—No, estás fría.

—Así es. Siempre estoy medio grado por debajo. Vlad y Ursula no se explican por qué.

—Es porque eres feliz.

Hiroko rió, igual que Jackie, llena de alegría.

—Te quiero, Nirgal.

Él sintió que su interior se calentaba como sí cobijara una estufa. Medio grado al menos.

—Y yo te quiero a ti.

Siguieron paseando por la playa tomados de la mano, caminando en silencio tras los chorlitos.

Coyote regresó e Hiroko le dijo:

—Muy bien, vamos a llevarlos fuera.

Y a la mañana siguiente, Hiroko, Coyote y Peter los guiaron a través de las antecámaras y por el largo túnel blanco que conectaba la cúpula con el mundo exterior. Al final del túnel estaba el hangar y sobre él la galería del acantilado. Los niños habían visitado la galería con Peter otras veces, y habían visto la arena helada y el cielo rosado a través de las pequeñas ventanas polarizadas, tratando de imaginar la gran pared de hielo que los albergaba: el casquete polar meridional, la base del mundo, donde vivían para escapar de gentes que los meterían en la cárcel si los descubrieran.

Por eso no habían salido nunca de la galería. Pero aquel día entraron en las antecámaras del hangar y se enfundaron en unos monos elásticos, luego se pusieron unas pesadas botas y gruesos guantes y por último unos cascos con una ventana con forma de burbuja en la parte frontal. Los chicos estaban cada vez más excitados, pero al fin la excitación se transformó en algo parecido al miedo, y Simud empezó a llorar y a decir que no quería ir. Hiroko la tranquilizó con una larga caricia.

—Vamos, yo iré contigo.

Los niños se apretaron unos contra otros en silencio y siguieron a los adultos hasta la antecámara. La puerta exterior se abrió con un siseo. Apiñados en torno a Peter, Coyote e Hiroko, salieron con cautela, entrechocándose.

Un resplandor intenso los encegueció. Una niebla blanca lo envolvía todo. El suelo estaba moteado de intrincadas flores de hielo que centelleaban en aquel baño de luz. Hiroko y Coyote, que llevaban a Nirgal de la mano, lo impulsaron hacia adelante y lo soltaron. Él se tambaleó ante la embestida del blanco resplandor.

—Éste es el manto de niebla —dijo Hiroko por el intercomunicador—. Se mantiene durante todo el invierno. Pero ahora estamos en Ls 205, en primavera, cuando la fuerza verde empuja con más vigor en el mundo, alimentada por la luz solar. ¡Miradla!

Nirgal no veía más que una blanca bola de fuego. De repente, la luz traspasó esa bola y la transformó en un manantial de colores: la arena helada se convirtió en magnesio pulido y las flores de hielo en joyas incandescentes. El viento sopló y rasgó la niebla; se abrieron claros y aparecieron porciones de tierra en la distancia, y Nirgal sintió vértigo.

¡Todo era tan grande! Apoyó una rodilla en la arena y puso las manos sobre la otra pierna para mantener el equilibrio. Las rocas, tachonadas de escamas circulares de liquen negro y verde, y las flores de hielo brillaban como bajo un microscopio.

Una colina de cima chata se recortaba en el horizonte: un cráter. Las rodadas de un rover, casi cubiertas por la escarcha, como si llevaran allí un millón de años, surcaban la grava. El orden latía en el caos de luz y roca, el liquen verde se fundía con el mundo blanco…

Todos hablaban a la vez. Los niños correteaban y gritaban alborozados cada vez que la niebla se abría y les permitía atisbar el rosa intenso del cielo. Coyote reía con ganas.

—Son como terneros de invierno que salen del establo en la primavera. Míralos, dando traspiés, pobres pequeños. ¡Ja, ja, ja! Hiroko, no pueden seguir viviendo así. —Y soltaba su extraño cacareo mientras levantaba niños de la arena y los ponía en pie.

Nirgal se incorporó y dio un salto experimental. Sintió que podía volar, y se alegró de que las botas fueran tan pesadas. Un montículo alargado, de su misma altura, partía serpenteando de la pared de hielo. Jackie caminaba por esa cresta y fue a reunirse con ella. Avanzaba con dificultad a causa de la pendiente y la profusión de rocas que había en el suelo. Pero una vez en la cresta echó a correr, y le pareció volar, como si pudiera correr eternamente.

Nirgal alcanzó a Jackie y juntos contemplaron la muralla de hielo, que se elevaba hasta el infinito bajo la niebla, y gritaron felices. Un rayo de luz matinal se derramó sobre ellos como agua fundida, y tuvieron que volverse, los ojos llenos de lágrimas. Nirgal vio su sombra proyectada en la niebla que se arrastraba sobre las rocas. Una banda circular de luz irisada la rodeaba. Nirgal soltó un chillido y Coyote se acercó deprisa, gritando:

—¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre? Se detuvo al ver la sombra.

—¡Eh! ¡Es un halo! Eso es lo que llaman un halo. Es como el Espectro de los Brocken. ¡Agitad los brazos arriba y abajo! ¡Mirad esos colores!

¡Jesús todopoderoso, sois los seres más afortunados del planeta! Impulsivamente, Nirgal se acercó a Jackie y los halos de ambos se fundieron en un nimbo irisado y resplandeciente que orlaba la doble sombra azul. Jackie rió encantada y se alejó para probarlo con Peter.

Un año más tarde, Nirgal y los otros niños de Zigoto habían empezado a desarrollar un sistema para hacer frente a los días en que Sax era el profesor. Sax se colocaba ante la pizarra y empezaba a hablar con el tono inexpresivo de una IA, y a su espalda los niños ponían los ojos en blanco y hacían muecas mientras el hombre hablaba de presiones parciales y radiación infrarroja. Cuando uno de ellos veía una oportunidad, empezaba el juego. Sax siempre caía en la trampa.

—En la termogénesis sin temblor el cuerpo produce calor empleando ciclos inútiles —decía él.

Entonces alguien levantaba la mano.

—¿Pero por qué, Sax?

Todos mantenían la vista clavada en los atriles, y Sax fruncía el ceño como si aquello no hubiese ocurrido nunca antes y decía:

—Bueno, porque no emplea tanta energía como cuando se tirita. Las proteínas del músculo se contraen, pero en vez de pegarse se desplazan unas sobre otras, y eso origina el calor.

Y Jackie, con tanta sinceridad que la clase entera se estremecía, exclamaba:

—¿Pero cómo?

Sax parpadeaba tan deprisa que los niños casi explotaban al mirarlo.

—Bien, los aminoácidos de las proteínas rompen enlaces covalentes, y esas rupturas liberan la llamada energía de disociación de los enlaces.

—¿Pero por qué?

Sax parpadeaba aún más deprisa.

—Bien, es una simple cuestión de física —decía, y empezaba a dibujar esquemas vigorosamente—. Los enlaces covalentes se forman cuando las órbitas de dos átomos se funden en una sola, ocupada por los electrones de ambos átomos. Al romperse ese enlace, se liberan de treinta a cien kilocalorías de energía almacenada.

Entonces varios preguntaban a coro:

—¿Pero por qué?

Esto llevaba a Sax a la física subatómica, donde la cadena de las preguntas y respuestas podía prolongarse más de media hora sin que el pobre hombre dijera nada que ellos entendieran. Al cabo, los chicos sentían que el juego se acercaba a su fin.

—¿Pero por qué?

—Bueno —decía Sax, haciendo un esfuerzo por recapitular—, porque los átomos quieren recuperar un número estable de electrones, y sólo comparten electrones cuando se ven obligados a hacerlo.

—¿Pero por qué?

A esas alturas Sax estaba atrapado.

—Porque ésta es una de las formas de unión de los átomos. Entre otras.

—¿Pero por qué?

Sax se encogía de hombros.

—Porque así funciona la energía atómica. Porque así se originaron las cosas…

Y todos gritaban:

—…en el Big Bang.

Los niños aullaban alborozados y Sax fruncía el ceño al darse cuenta de que había vuelto a caer. Suspiraba y retomaba el tema que estaba tratando cuando el juego empezara. Pero por más veces que ellos lo hubieran hecho, él nunca parecía acordarse, siempre que él por qué inicial fuese plausible. E incluso cuando se daba cuenta parecía incapaz de evitarlo. Su única defensa era decir, ligeramente contrariado: «¿Por qué qué?». Eso dificultó el juego durante algún tiempo; pero Nirgal y Jackie pronto se convirtieron en maestros en el arte de adivinar lo que en cualquier planteamiento merecía un por qué, y entonces Sax se sentía obligado a continuar respondiendo hasta que la cadena llegaba al Big Bang o, de cuando en cuando, incluso a un apenas audible «No lo sabemos».

—¡No lo sabemos! —exclamaba entonces la clase en pleno con fingida consternación—. ¿Por qué no?

—No ha podido dársele una explicación —decía él, nervioso—. Aún no.

Y así transcurrían las buenas mañanas con Sax; y tanto los niños como él parecían estar de acuerdo en que eran mejores que aquellas en las cuales Sax escribía en la pizarra, salmodiaba sin interrupción, se volvía, los encontraba dormidos sobre los pupitres y entonces protestaba:

«Ésta es una cuestión muy importante».

Cierta mañana, pensando en el desconcierto de Sax, Nirgal esperó en la clase hasta que él y Sax se quedaron solos, y entonces le preguntó:

—¿Por qué te disgusta tanto no poder explicar el porqué de algo? Sax volvió a fruncir el ceño. Tras un largo silencio, dijo con lentitud:

—Yo intento comprender. Presto atención a las cosas, las examino muy de cerca. Me aproximo cuanto puedo. Me concentro en la especificidad de cada momento y deseo comprender por qué las cosas ocurren como ocurren. Soy curioso y creo que todo sucede por alguna razón. Todo. Por tanto, en teoría tendríamos que ser capaces de encontrar esas razones siempre. Cuando no podemos… bien, me siento ultrajado. A veces lo llamo… —miró con timidez a Nirgal, y éste comprendió que Sax nunca le había contado aquello a nadie—, lo llamo la Gran Incógnita.

Nirgal tuvo la súbita certeza de que Sax estaba definiendo el mundo blanco. El mundo blanco dentro del verde, lo opuesto al mundo verde de Hiroko dentro del blanco. Y ambos tenían sentimientos opuestos con relación a ellos. En el mundo verde, cuando se enfrentaba a algo misterioso, Hiroko lo reverenciaba y se sentía feliz: era la viriditas, un poder sagrado. Cuando eso mismo le ocurría a Sax en su mundo blanco, para él era la Gran Incógnita, peligrosa y angustiante. A él le interesaba la verdad, mientras que a Hiroko le interesaba lo real. O tal vez fuera al revés, esas palabras eran engañosas. Era mejor decir que ella amaba el mundo verde y Sax, el mundo blanco.

—¡Exactamente! —exclamó Michel cuando Nirgal compartió con él esta observación—. Muy bien, Nirgal. Eres muy perspicaz. Según la terminología arquetípica, llamaríamos al verde y al blanco el Místico y el Científico, ambas figuras muy poderosas, como ya sabes. Pero lo que necesitamos, si me lo preguntas, es una combinación de las dos, lo que llamamos el Alquimista.

El verde y el blanco.

Los niños tenían las tardes libres y podían hacer lo que quisieran, y a veces se quedaban con el profesor del día. Pero con más frecuencia corrían por la playa o jugaban en la aldea, que se acurrucaba entre un grupo de colinas bajas, entre el lago y el túnel de entrada. Trepaban por las escaleras de caracol de las grandes casas de bambú y jugaban al escondite en las habitaciones superpuestas y los puentes colgantes que comunicaban las diferentes ramas. Los dormitorios de bambú formaban una medialuna que ceñía la mayor parte de la aldea. Los grandes troncos tenían una altura de seis o siete segmentos, y cada segmento albergaba una habitación, más reducida cuanto más arriba estuviese. Los niños ocupaban habitaciones individuales en la parte alta: cilindros verticales con ventanas de tres o cuatro metros de ancho, como las torres de los castillos de los cuentos. En los segmentos intermedios se alojaban los adultos, casi siempre solos, aunque también había algunas parejas. Las salas comunes ocupaban los segmentos inferiores. Desde las ventanas de las habitaciones superiores se dominaban los tejados de la aldea, apiñados en el círculo de colinas, bambúes e invernaderos como los mejillones en los bajíos del lago.

En los juegos, Jackie y Harmakhis solían llevar la voz cantante, y Nirgal y los otros los seguían. El grupo se regía por unas complicadas relaciones jerárquicas, y a veces Nirgal se cansaba de esos juegos y bajaba a correr solo alrededor del lago. El ritmo continuo y lento de la carrera parecían envolver el mundo entero.

Siempre hacía frío bajo la cúpula, pero la luz cambiaba continuamente. En verano, la cúpula mostraba un blanco azulado y unos lápices luminosos surgían de los huecos de las claraboyas. En invierno reinaba la oscuridad, la cúpula reflejaba la luz de las lámparas y semejaba el interior de una concha marina. En primavera y otoño la luz se debilitaba por las tardes hasta convertirse en una penumbra gris y espectral, y los colores desaparecían o sólo se insinuaban en los diferentes tonos grises, y las hojas de los bambúes y las agujas de los pinos parecían trazos negros contra el débil blanco de la cúpula. En esas horas, los invernaderos brillaban como grandes lámparas encamadas en las colinas, y los niños, como gaviotas, regresaban a casa, hacía los baños. Allí, en el edificio alargado contiguo a la cocina, se desnudaban y se sumergían en el vapor del baño principal, se deslizaban sobre los azulejos del fondo y el calor volvía a las manos, pies y caras mientras chapoteaban alegremente alrededor de los issei empapados con caras de tortuga y cuerpos arrugados y velludos.

Después del baño caliente se vestían y desfilaban hacia la cocina; húmedos y con la piel sonrosada, hacían cola y llenaban sus bandejas, y luego se sentaban a las mesas mezclados con los adultos. Zigoto tenía ciento veinticuatro residentes permanentes, pero era habitual que el número se elevara a doscientos. Cuando se sentaban, tomaban las jarras de agua y se servían unos a otros, y luego atacaban la comida caliente con fruición, y engullían patatas, tortillas, pasta, tabouli, pan, cien vegetales distintos y de vez en cuando pescado o pollo. Tras las comidas, los adultos hablaban de las cosechas o el Rickover, un viejo reactor nuclear rápido del que estaban muy orgullosos, o de la Tierra, mientras los niños despejaban las mesas, y luego tocaban música o jugaban, y todos iniciaban el lento proceso de quedarse dormidos.

Un día, poco antes de la cena, un grupo de veintidós personas llego a Zigoto desde el otro lado del casquete polar, porque su pequeña cúpula había perdido su ecosistema debido a lo que Hiroko llamaba desequilibrio complejo en espiral, y sus reservas se habían agotado. Necesitaban asilo.

Hiroko los acomodó en tres de las nuevas casas-árbol. Los visitantes treparon por las escaleras en espiral de la cara externa de los gruesos troncos redondos, lanzando exclamaciones de admiración al ver los segmentos cilíndricos con las puertas y ventanas encajadas en ellos. Hiroko les asignó la conclusión del acondicionamiento de las habitaciones y la construcción de un nuevo invernadero en las afueras de la aldea. Era evidente que ahora Zigoto no producía comida suficiente para todos. Los chicos imitaban a los adultos y trataban de comer con moderación.

—Teníamos que haber llamado Gameto y no Zigoto a este lugar —le comentó Coyote a Hiroko, con una risa áspera, en su siguiente visita.

Ella lo ignoró. Pero quizá la preocupación explicara el aire cada vez más distante de Hiroko. Pasaba los días trabajando en los invernaderos, y raras veces daba clase a los niños. Cuando lo hacía, ellos se limitaban a seguirla y a trabajar a sus órdenes, cosechando, abonando o escardando las malas hierbas.

—Nosotros no le importamos nada a ella —dijo Harmakhis furioso, una tarde mientras paseaban por la playa, y dirigió la queja a Nirgal—. De todas formas, ella no es nuestra madre en realidad.

Y llevó al grupo a los laboratorios situados junto al invernadero de la colina. En el interior señaló una hilera de gruesos tanques de magnesio que parecían refrigeradores.

—Éstos son nuestros padres. Nosotros crecimos ahí dentro. Kasei me lo dijo y yo le pregunté a Hiroko, y es verdad. Nosotros somos ectógenos, y no nacimos, nos decantaron —dijo, y miró con aire triunfal a la pequeña banda de niños asustados y fascinados. Entonces le dio un empujón a Nirgal que lo envió al otro extremo del laboratorio y se marchó sentenciando—: Nosotros no tenemos padres.

Los visitantes suponían una carga ahora, pero cuando llegaban había una gran animación y muchos pasaban la primera noche hablando y escuchando las noticias de otros refugios. Había toda una red de ellos en la región polar; en el atril de Nirgal unos puntos rojos señalaban la posición de treinta y cuatro refugios. Y Nadia e Hiroko sospechaban que había más, agrupados más al norte o completamente aislados, pero no podían estar seguras porque el silencio de la radio era absoluto. De modo que las noticias eran bien recibidas: por lo general eran lo más preciado que los viajeros traían consigo, aunque viniesen cargados de regalos, como era habitual, y compartiesen con sus huéspedes aquello que pudiese serles útil.

Durante esas visitas, Nirgal escuchaba con atención las animadas conversaciones que se prolongaban toda la noche; se sentaba en el suelo o circulaba llenando las tazas de té vacías. Tenía la aguda sensación de que no entendía las reglas que regían el mundo; le parecía inexplicable que la gente actuase como lo hacía. No se le escapaba la situación básica, que dos bandos se disputaban el control de Marte, y Zigoto lideraba el bando que tenía razón, y que con el tiempo la areofanía saldría vencedora. Le parecía extraordinario estar involucrado en esa lucha, ser una parte importante de la historia, y a menudo, en la cama, el alba lo sorprendía perdido en ensoñaciones sobre su participación en ese gran drama, que le valdría la admiración de Jackie y todo el mundo en Zigoto.

En su deseo de aprender más, a veces escuchaba a escondidas: se tumbaba en un sofá en cualquier esquina y miraba su atril con atención, garabateaba o fingía leer, o se hacía el remolón en el vestíbulo. Muchas veces los otros no advertían que él estaba escuchando, y hasta hablaban de los niños de Zigoto.

—¿Has notado que casi todos son zurdos?

—Apuesto a que Hiroko pellizcó los genes.

—Ella dice que no.

—Ya casi son tan altos como yo.

—Eso es por la gravedad. Vaya, sólo tienes que mirar a Peter y los demás nisei. Nacieron de forma natural, y la mayoría son muy altos. Pero en lo de ser zurdos tiene que haber una causa genética.

—Ella me explicó una vez que con una simple inserción transgénica se incrementaría el tamaño del cuerpo calloso. Tal vez jugueteó con eso y los niños salieron zurdos como efecto secundario.

—Yo creía que el hecho de ser zurdo se debía a algún daño cerebral.

—No se sabe con certeza. Creo que ni siquiera Hiroko lo sabe.

—No puedo creer que manipulara los cromosomas para conseguir un mayor desarrollo cerebral.

—Son ectógenos, recuerda: un acceso más fácil.

—He oído que tienen una densidad ósea pobre.

—Es cierto. Tendrían problemas en la Tierra. Les están dando suplementos para paliarlo.

—Eso también es por la gravedad. En realidad es un problema para todos.

—A mí me lo vas a decir. Me rompí el antebrazo agitando una raqueta de tenis.

—Nos estamos convirtiendo en pájaros humanos gigantes y zurdos. Y te diré que me parece muy extraño. Los ves correr por las dunas y esperas que echen a volar en cualquier momento.

Esa noche Nirgal tardó en dormirse, como siempre. Ectógenos, transgénicos… se sentía extraño. Lo blanco y lo verde en la doble hélice de sus cromosomas… Pasó horas revolviéndose en la cama, sin acertar a comprender la razón de su desasosiego, preguntándose qué debería sentir.

Al fin, exhausto, se quedó dormido. Hasta entonces siempre había soñado con Zigoto, pero esa noche soñó que volaba sobre la superficie de Marte. Unos inmensos cañones rojos cruzaban el suelo y los volcanes se elevaban a unas alturas casi inimaginables para él. Pero algo lo perseguía, algo mucho más grande y rápido que él; la criatura venía desde el sol y se abatió sobre él batiendo las alas y con las garras extendidas. Él le apuntó con los dedos y de las puntas brotaron unos rayos que hicieron oscilar a la criatura alada. Cuando ésta remontaba el vuelo para atacar otra vez él se despertó, sudoroso, los dedos temblando y el corazón latiéndole como la máquina de olas: ka-bump, ka-bump, ka-bump.

A la mañana siguiente, la máquina producía demasiadas olas, como dijo Jackie. Estaban jugando en la playa, y creían tener las olas grandes controladas; pero de repente una muy grande se alzó sobre la filigrana de hielo y derribó a Nirgal de rodillas, y al retirarse lo arrastró con una fuerza irresistible. Él intentó incorporarse, pero no lo consiguió y volvió a hundirse en el agua helada. Las olas lo envolvieron y lo vapulearon con violencia.

Jackie lo agarró por el brazo y el pelo y lo arrastró hasta la orilla. Harmakhis los ayudó a ponerse de pie, gritando:

—¿Estáis bien, estáis bien?

Si se mojaban, la norma era ir a la aldea lo más deprisa que pudieran, y Nirgal y Jackie echaron a correr por las dunas, los demás niños siguiéndolos, muy rezagados. El viento penetraba hasta los huesos. Se dirigieron directamente a los baños, atravesaron las puertas y se quitaron las ropas tiesas con manos temblorosas, ayudados por Nadia, Sax, Michel y Rya, que estaban allí bañándose.

Mientras los empujaban hacía el gran baño común, Nirgal recordó su sueño y dijo:

—Esperad, esperad.

Los otros se detuvieron, confusos. Nirgal cerró los ojos y contuvo la respiración. Asió el brazo frío de Jackie y volvió a verse en el sueño: nadando en el aire, sintió el calor en las puntas de los dedos. El mundo blanco dentro del verde.

Buscó en su interior el punto que siempre estaba caliente, incluso cuando tenía tanto frío, como ahora. Mientras viviese, ese punto estaría allí. Lo encontró y con el ritmo de la respiración empujó el calor a través de su carne. Era difícil, pero lo sentía moverse: el calor extendiéndose por sus costillas como el fuego, bajándole por los brazos y las piernas hasta las manos y los pies. Nirgal había aferrado a Jackie con la mano izquierda, y ahora temblaba ligeramente, aunque no por el frío. Miró el cuerpo desnudo de la muchacha, que tenía la carne de gallina, y se concentró en enviarle calor.

—¡Estás caliente! —exclamó Jackie.

—Siéntelo —dijo Nirgal, y por un momento ella se abandonó a él. Luego, alarmada, se separó de Nirgal y se metió en la piscina. El se quedó en el borde hasta que dejó de temblar.

—Caramba —dijo Nadia—. Una especie de combustión metabólica. Había oído hablar de eso, pero nunca había presenciado ninguna.

—¿Sabes cómo lo haces? —le preguntó Sax. Nadia, Michel y Rya lo miraban con una expresión curiosa que él no deseaba enfrentar.

Nirgal negó con la cabeza y se sentó en el borde de la piscina, de repente exhausto. Sumergió los pies y sintió el agua como fuego líquido. Peces que saltan libres hacia el aire, el fuego interior, el blanco dentro del verde, la alquimia, el vuelo con las águilas… ¡rayos brotando de las puntas de sus dedos!

La gente lo miraba. Los habitantes de Zigoto le echaban miradas de soslayo cuando él reía o decía algo inusual, cuando creían que no los veía. A ellos era fácil ignorarlos, pero con los visitantes era más difícil, porque eran muy directos.

—Oh, tú eres Nirgal —dijo una mujer pelirroja que llevaba el pelo cano—. He oído decir que eres brillante.

Nirgal, siempre al límite de su capacidad de comprensión, se ruborizó y sacudió la cabeza mientras ella lo inspeccionaba con detenimiento. La mujer pareció quedar satisfecha con el examen, sonrió y le tendió la mano.

—Me alegro de conocerte.

Una vez, cuando tenían cinco años, Jackie llevó a la escuela una vieja IA. Ignorando la mirada furiosa de Maya, la profesora de ese día, la mostró a los demás.

—Ésta es la IA de mi abuelo. Conserva un montón de las cosas que dijo. Kasei me la ha dado.

Kasei iba a abandonar Zigoto para ir a vivir a otro refugio, aunque no al refugio donde vivía Esther.

Jackie activó el atril.

—Pauline, reproduce algo de lo que dijo mi abuelo.

—Bien, aquí estamos —dijo una voz de hombre.

—No, algo diferente. Lo que decía sobre las colonias ocultas. La voz del hombre dijo:

—La colonia oculta tiene que tener por fuerza contacto con asentamientos en la superficie. Hay demasiadas cosas que ellos no pueden elaborar si permanecen ocultos. Por ejemplo, las barras de combustible nuclear. Hay un control muy estricto, y los archivos podrían revelar que han estado desapareciendo.

La voz calló. Maya ordenó a Jackie apagar el atril, y empezó con otra lección de historia, el siglo XIX explicado en un ruso tan seco y con frases tan cortas que la voz le temblaba. Y después siguieron con álgebra. Maya insistía en que tenían que aprender bien las matemáticas.

—Estáis recibiendo una educación horrorosa —solía decir, sacudiendo la cabeza amenazadoramente—. Pero sí aprendéis matemáticas, podréis recuperaros más tarde. —Les echaba una mirada furibunda y les exigía la siguiente respuesta.

Nirgal la miraba y recordaba el tiempo en que había sido la Bruja Mala para ellos. Era extraño ser ella, tan sombría unas veces y tan alegre otras. Nirgal podía mirar a la mayoría de los habitantes de Zigoto y sentir cómo sería ser ellos. Podía leerlo en las caras, del mismo modo que podía ver el segundo color en el interior del primero: era como un don, como su hiperaguda sensación de la temperatura. Pero no entendía a Maya.

En invierno hacían incursiones en la superficie, hasta el cráter cercano donde Nadia estaba construyendo un refugio, y las dunas salpicadas de hielo, más allá. Pero cuando el manto de niebla se levantaba, debían quedarse bajo la cúpula, o como mucho en la galería de los ventanales. Tenían que cuidarse de no ser vistos desde arriba. Nadie sabía con certeza si la policía seguía vigilando desde el espacio, pero era mejor mantenerse a cubierto. Eso decían los issei. Peter se ausentaba a menudo, y sus viajes le habían hecho llegar a la conclusión de que la caza de las colonias ocultas había terminado. Y que, de todas formas, la caza era inútil.

—Hay asentamientos de la resistencia al descubierto y mucho ruido ahora allá afuera, térmico y visual, e incluso de radio —dijo—. No hay forma de que identifiquen todas las señales que reciben.

Sax no estaba de acuerdo.

—Los programas algorítmicos de búsqueda son muy eficaces.

Maya insistía en que se mantuviesen a cubierto y reforzasen los sistemas electrónicos, y enviasen el excedente de calor al corazón del casquete polar. A Hiroko le parecieron razonables estas medidas, y por tanto los demás también las aceptaron.

—Es diferente para nosotros —le dijo Maya a Peter, con una expresión angustiada.

Una mañana en la escuela, Sax les explicó que había un agujero de transición a unos doscientos kilómetros al noroeste. La nube que veían a veces en esa dirección era el penacho termal del agujero; algunos días era compacta y permanecía inmóvil; otros, el viento arrastraba delgados jirones hacia el este. En la siguiente visita de Coyote, durante la cena, le preguntaron si lo había visitado, y él les dijo que sí y les explicó que el agujero casi había alcanzado el centro de Marte y el fondo era lava líquida y burbujeante.

—Eso no es cierto —dijo Maya, despectivamente—. Sólo han bajado diez o quince kilómetros. El fondo es de roca dura.

—Pero roca caliente —dijo Hiroko—. Y ahora ya son veinte kilómetros.

—Claro, y eso significa que están haciendo el trabajo por nosotros — se quejó Maya—. ¿No crees que somos parásitos de los asentamientos de la superficie? Tu viriditas no llegaría muy lejos sin la ingeniería del exterior.

—Al final se revelará que es una simbiosis —dijo Hiroko, serena. Miró a Maya hasta que ésta se levantó y salió de la habitación. Hiroko era la única persona en Zigoto que podía obligar a Maya a bajar la mirada.

Hiroko era muy extraña, pensó Nirgal al observar a su madre después de este intercambio. Hablaba con él y con todo el mundo como con iguales, era evidente que para ella todos eran iguales, y que nadie era especial. Nirgal recordaba vivamente el tiempo en que las cosas habían sido diferentes, cuando ellos dos eran las dos partes de un todo. Pero ahora ella tenía el mismo interés por él que por los demás, impersonal y distante. Hiroko actuaría siempre del mismo modo, sin importarle lo que pudiera ocurrir, pensó. Nadia o Maya se preocupaban más por él. Y sin embargo Hiroko era la madre de todos. Y Nirgal, como el resto de los residentes de Zigoto, todavía bajaba a la pequeña casita de bambú cuando necesitaba algo que no podía encontrar en la gente corriente: consuelo, consejo…

Pero cuando lo hacía, la mitad de las veces encontraba a Hiroko y a su pequeño grupo de allegados «en silencio», y si quería quedarse tenía que callar. A veces esto se prolongaba durante días, y él acababa por desistir. O quizá llegaba durante la areofanía y se elevaba en el canto extático de los nombres de Marte, y se convertía en parte integrante del pequeño grupo cerrado en el corazón del mundo, con Hiroko a su lado, rodeándolo con el brazo, apretándolo fuerte.

Eso era una especie de amor, y él lo atesoraba. Pero ya no era como en los viejos días, cuando paseaban juntos por la playa.

Una mañana Nirgal entró en la escuela y encontró a Jackie y Harmakhis en el vestuario. Se sobresaltaron cuando entró, y Nirgal se quitó el abrigo y se dirigió al aula con la certeza de que habían estado besuqueándose.

Después de la escuela fue a pasear alrededor del lago bajo el resplandor blanco-azulado de la tarde estival, y observó la máquina de las olas, que subía y bajaba como la opresión que le atenazaba el pecho. El dolor le ondeaba por el cuerpo como las olas sobre la superficie del agua. Era ridículo, lo sabía, pero no podía evitarlo. En los últimos tiempos era cosa común entre ellos eso de besarse, sobre todo cuando chapoteaban, forcejeaban y se hacían cosquillas en los baños. Las chicas se besaban entre ellas y decían que esas «prácticas» no contaban, y a veces lo hacían con los chicos. Rachel había besado muchas veces a Nirgal, y también Emily y Tiu y Nanedi lo habían abrazado y le habían besado las orejas para avergonzarlo con una erección delante de todos en el baño común. En otra ocasión, Jackie lo había liberado de ellas y lo había empujado hacia el fondo y le había mordido en el hombro mientras luchaban. Y éstos eran sólo los más memorables de los cientos de contactos húmedos y resbaladizos que estaban convirtiendo el baño en el momento culminante del día.

Pero fuera de los baños, como si intentaran contener esas fuerzas volátiles, mantenían unas relaciones escrupulosamente formales entre ellos, y chicos y chicas formaban grupitos que por lo general jugaban separados. Así pues, besarse en el vestuario era algo nuevo, y serio; y Jackie y Harmakhis lo habían mirado con aire de superioridad, como si supieran algo que él ignoraba, lo que era cierto. Y esa exclusión era dolorosa. Sobre todo porque en realidad no era tan ignorante: Nirgal estaba seguro de que se habían acostado juntos y habían hecho el amor. Eran amantes, los delataba la mirada. Su risueña y hermosa Jackie había dejado de ser suya. Aunque en realidad nunca lo había sido.

Las noches siguientes Nirgal durmió muy mal. La habitación de Jackie estaba en el tronco situado detrás del suyo, y la de Harmakhis, dos troncos más allá en dirección contraria. Los crujidos en los puentes colgantes sonaban como pasos, y a veces en la ventana de ella brillaba una vacilante luz anaranjada. Para evitar la tortura, Nirgal empezó a quedarse levantado hasta tarde en las salas comunes, leyendo y escuchando a hurtadillas las conversaciones de los adultos.

Por eso, cuando empezaron a hablar de la enfermedad de Simón, él estaba allí. Simón era el padre de Peter, un hombre silencioso que pasaba mucho tiempo fuera, de expedición con Ann, la madre de Peter. Al parecer, tenía una cosa que ellos llamaban leucemia resistente. Vlad y Ursula advirtieron que Nirgal estaba escuchando y trataron de tranquilizarlo, pero Nirgal supo que no le estaban diciendo toda la verdad. De hecho lo miraban con una extraña expresión especulativa. Cuando más tarde Nirgal trepó a su habitación y se metió en la cama, activó el atril, buscó «Leucemia», y leyó el resumen inicial. Enfermedad potencialmente mortal. Por lo general responde favorablemente al tratamiento. Enfermedad potencialmente mortal, sonaba aterrador. Durmió inquieto esa noche, y las pesadillas lo atormentaron hasta que los pájaros anunciaron el alba gris. Las plantas morían, los animales morían, pero las personas no. Aunque también eran animales.

La noche siguiente volvió a quedarse levantado con los adultos, exhausto y en un extraño estado de ánimo. Vlad y Ursula se sentaron en el suelo junto a él y le explicaron que un transplante de médula ósea ayudaría a Simón. Él y Nirgal tenían el mismo tipo de sangre, un grupo sanguíneo muy raro. Ni Ann ni Peter la tenían, ni tampoco ninguno de los hermanos y hermanas o parientes de Nirgal. Él la había recibido de su padre, que tampoco la tenía. Sólo él y Simón, en todos los refugios. La población de los refugios era de unas cinco mil personas, y la presencia del grupo sanguíneo de Nirgal y Simón era de uno en un millón. Le pidieron que donase un poco de su médula ósea.

Aunque no solía pasar las tardes en la aldea, Hiroko estaba allí y lo miraba. Nirgal no necesitaba mirarla para saber lo que estaba pensando. Estaban hechos para dar, les había dicho siempre, y éste sería el regalo último. Un acto puro de viriditas.

—Claro que sí —dijo Nirgal, feliz por la oportunidad que se le presentaba.

El hospital estaba al lado de los baños y la escuela. Era más pequeño que la escuela y tenía cinco camas. Tendieron a Simón en una y a Nirgal en otra.

El hombre le sonrió. No parecía enfermo, sólo viejo. Igual que los otros ancianos. Simón raras veces hablaba, y ahora sólo dijo:

—Gracias, Nirgal.

Nirgal asintió, pero para su sorpresa Simón continuó:

—Aprecio mucho lo que estás haciendo por mí. La extracción te dolerá durante una semana o dos, en lo profundo del hueso. Lo que haces es demasiado importante para hacerlo con cualquiera.

—No si la persona lo necesita —dijo Nirgal.

—En todo caso, es un regalo que trataré de retribuirte.

Vlad y Ursula le anestesiaron el brazo a Nirgal con una inyección.

—En realidad, no es necesario hacer las dos operaciones a un tiempo —le dijeron—, pero es bueno que estéis juntos. Vuestra amistad favorecerá la curación.

Así que se hicieron amigos. Al salir de la escuela, Nirgal esperaba a la puerta del hospital y Simón salía caminando despacio, y los dos recorrían el sendero de las dunas y bajaban a la playa. Contemplaban las olas ondularse sobre la superficie blanca y levantarse y desplomarse sobre la orilla. Simón era la persona menos habladora que Nirgal había conocido; era como estar en silencio con el grupo de Hiroko, sólo que con él no se acababa nunca. Al principio se sentía un poco incómodo, pero después advirtió que el silencio le proporcionaba tiempo para mirar de verdad las cosas: las gaviotas revoloteando bajo la cúpula, las burbujas de los cangrejos en la arena, los círculos que rodeaban cada mata de hierba en la playa. Peter pasaba muy a menudo por Zigoto, y muchas veces los acompañaba. E incluso Ann interrumpía de cuando en cuando sus perpetuos viajes y los visitaba. Peter y Nirgal corrían y jugaban al pillapilla o al escondite, mientras Ann y Simón paseaban por la playa tomados del brazo.

Simón sin embargo estaba cada vez más débil. Era difícil no juzgar lo que estaba sucediendo como una especie de fracaso moral; Nirgal nunca había estado enfermo y el concepto le disgustaba. Eso sólo les podía ocurrir a los viejos. Y ni siquiera a ellos, porque se suponía que el tratamiento gerontológico tenía que salvarlos, de modo que no morirían nunca. Sólo las plantas y los animales morían. Y aunque las personas también fuesen animales, habían inventado el tratamiento. Preocupado por estas discrepancias, Nirgal estudiaba por las noches la información de su atril sobre la leucemia, y la leyó entera aunque tenía la extensión de un libro. Cáncer de la sangre. Los glóbulos blancos proliferaban en la médula ósea, invadían el organismo y atacaban los sistemas sanos. Para eliminar los glóbulos blancos, administraban a Simón quimioterapia, irradiaciones y pseudovirus, y trataban de reemplazar su médula enferma por la de Nirgal. Además, le habían aplicado el tratamiento gerontológico tres veces. Nirgal también había leído sobre eso. Era cuestión de buscar enlaces defectuosos en el genoma, encontrar los cromosomas dañados y repararlos para evitar los errores en la división celular. Pero era muy difícil introducir las células autorreparadoras en la médula ósea, y en el caso de Simón unas pequeñas bolsas de células cancerígenas habían subsistido después de cada tentativa. El atril dejaba bien claro que los niños tenían más posibilidades de recuperación que los adultos. Pero con el tratamiento gerontológico y las transfusiones de médula por fuerza tenía que mejorar. Sólo era cuestión de tiempo y de dar. Los tratamientos finalmente lo curaban todo.

—Necesitamos el biorreactor —le dijo Ursula a Vlad.

Estaban tratando de reconvertir uno de los tanques de los ectógenos en un biorreactor: lo habían llenado de un tejido esponjoso compuesto de colágeno animal donde habían inoculado células de la médula de Nirgal, con la esperanza de generar una serie de linfocitos, macrófagos y granulocitos. Pero no habían conseguido que el sistema circulatorio funcionase del todo bien, o quizá el problema estaba en la matriz, no estaban seguros. Nirgal continuaba siendo un biorreactor viviente.

Las mañanas en que Sax era el profesor, les enseñaba la química del suelo. De cuando en cuando los llevaba a los laboratorios para que practicasen: introducían biomasa en la arena y después la carreteaban a los invernaderos o a la playa. Era un trabajo entretenido, pero Nirgal apenas lo advertía, se movía como un sonámbulo. Bastaba que viese a Simón fuera, caminando dificultosamente, para que olvidara lo que había ido a hacer con la clase.

A pesar del tratamiento, los pasos de Simón eran lentos y rígidos. Caminaba con las piernas arqueadas y los pasos eran cada vez más cortos. Un día Nirgal se reunió con él y los dos se quedaron de pie sobre la última duna delante de la playa. Los chorlitos se lanzaban hacia la orilla y luego remontaban el vuelo perseguidos por el blanco encaje de la espuma. Simón señaló el rebaño de ovejas negras que ramoneaba entre las dunas, y el brazo que levantó parecía una vara de bambú. El aliento escarchado de las ovejas se derramaba sobre los pastos.

Simón dijo algo que Nirgal no entendió; en los últimos tiempos tenía los labios rígidos y le costaba mucho pronunciar algunas palabras. Quizá por eso estaba más silencioso que nunca. El hombre volvió a intentarlo, una y otra vez, pero por más empeño que puso Nirgal no consiguió entender lo que decía. Al fin, Simón se dio por vencido y se encogió de hombros, y quedaron mirándose, mudos y desvalidos.

Cuando Nirgal jugaba con los otros niños, sentía que lo aceptaban y lo rechazaban a un tiempo: se movía siempre en una especie de círculo. Sax lo reñía con afecto por su aire ausente en la clase.

—Concéntrate en el momento —le decía, y obligaba a Nirgal a recitar los estadios del ciclo del nitrógeno, o a amasar la tierra negra y húmeda en la que estaban trabajando para romper los largos filamentos de los brotes diatómicos, de los hongos, líquenes y algas y de todas las invisibles microbacterias que habían creado y distribuirlos en los herrumbrosos terrones de arena.

—Distribuidlo de manera uniforme. Escuchad. Esto es lo que cuenta.

La singularidad es una cualidad muy importante. Observad las estructuras en la pantalla del microscopio. Eso de color claro que parece un grano de arroz es un quimiolitótrofo, el Thiobacillus denitrificans. Y ahí tenemos un montón de sulfuras. Pues bien, ¿qué pasa cuando el primero se come lo segundo?

—Que oxida el sulfuro.

—¿Y?

—Y desnitrifica.

—¿Y eso qué es?

—Convertir los nitratos en nitrógeno. Para que pase del suelo al aire.

—Muy bien. Ésa de ahí es, por tanto, una bacteria muy útil.

Sax lo obligaba a prestar atención al momento, pero el precio que Nirgal pagaba era alto. A mediodía, cuando las clases terminaban, estaba exhausto y apenas podía hacer algo durante el resto del día.

Entonces, una tarde, le pidieron que donara un poco más de médula para Simón, que yacía en el hospital mudo y avergonzado, con una mirada de disculpa en los ojos. Nirgal se obligó a sonreír y a rodear el antebrazo de bambú de Simón con los dedos.

—Está bien —dijo alegremente, y se tendió en la camilla.

En realidad, Nirgal pensaba que Simón estaba haciendo algo mal, era débil o perezoso, o le gustaba estar enfermo. No había otra explicación para su estado. Le pincharon y el brazo se le entumeció. Le clavaron la aguja intravenosa en el dorso de la mano y poco después también ésta se adormeció. Allí estaba tendido, como una parte más del tejido del hospital, tratando de insensibilizarse. Una parte de él sentía la gran aguja de extracción de la médula presionando contra el hueso de su brazo. No sentía dolor en la carne, sólo una presión en el hueso. Entonces la presión cedió y supo que la aguja había penetrado en el tierno interior del hueso.

Esta vez el proceso no sirvió de nada. Simón apenas podía moverse y no salía del hospital. Nirgal lo visitaba con frecuencia y jugaban a un juego climatológico en la pantalla de Simón; en vez de tirar dados, pulsaban teclas, y vitoreaban cuando el uno o el doce los lanzaban abruptamente a otro cuadrante de Marte, con un clima distinto. La risa de Simón, que nunca había sido más que un sonido entre dientes, se había reducido ahora a una sonrisa descolorida.

Nirgal tenía el brazo dolorido y dormía mal, se agitaba en sueños y se despertaba bañado en sudor, e inexplicablemente asustado. Una noche Hiroko lo arrancó de las profundidades de ese duermevela y lo llevó por la escalera de caracol hasta el hospital. Incapaz de sacudirse el sopor, Nirgal se apoyaba tambaleante en ella. Hiroko parecía tan impasible como de costumbre, pero le rodeaba los hombros con el brazo y lo sostenía con un vigor inesperado. En la entrada del hospital pasaron junto a Ann, que estaba sentada allí, y algo en la inclinación de sus hombros hizo que Nirgal se preguntase por qué Hiroko estaba en la aldea de noche y que se despabilase del todo, con aprensión.

La habitación del hospital estaba muy iluminada, todo se perfilaba con una cruel nitidez, como si los objetos fueran a estallar y a liberar la luz. Simón estaba tendido y su cabeza descansaba en una almohada blanca. Tenía la piel pálida y cerosa y parecía tener mil años.

Volvió la cabeza y sus ojos oscuros miraron el rostro de Nirgal con expresión ávida, como si tratara de encontrar una manera de entrar en Nirgal, de saltar dentro de él. Nirgal se estremeció y mantuvo la mirada oscura e intensa, pensando: «De acuerdo, entra en mí. Hazlo, si quieres. Hazlo».

Pero no había ningún camino que franqueara ese espacio, y ambos lo comprendieron. Se relajaron. Una débil sonrisa cruzó el rostro de Simón; haciendo un esfuerzo alargó el brazo y asió la mano de Nirgal. Ahora sus ojos inquietos buscaban el rostro de Nirgal con una expresión distinta, como si tratase de encontrar palabras que ayudasen a Nirgal en años venideros, palabras que le transmitiesen todo aquello que Simón había aprendido.

Pero comprendieron que tampoco eso era posible. Simón tendría que confiar a Nirgal a su suerte. No podía ayudarlo de ninguna manera.

—Sé bueno —murmuró al fin, e Hiroko sacó a Nirgal de la habitación. Ella lo llevó a través de la oscuridad de vuelta a su habitación, y Nirgal cayó en un sueño muy profundo. Simón murió esa misma noche.

Fue el primer funeral celebrado en Zigoto, y el primero al que asistían los niños. Pero los adultos sabían lo que debía hacerse. Se reunieron en uno de los invernaderos, entre los bancos de trabajo, y se sentaron formando un círculo alrededor de la caja alargada que contenía el cuerpo de Simón. Hicieron circular una botella de licor de arroz y cada uno llenó la copa de su vecino. Después de beber, los mayores rodearon el féretro tomados de la mano y se sentaron formando un grupo compacto alrededor de Ann y Peter. Maya y Nadia se sentaron junto a Ann y le rodearon los hombros. Ann parecía aturdida, y Peter, desconsolado. Jurgen y Maya contaron historias sobre la legendaria taciturnidad de Simón.

—Una vez —dijo Maya—, estábamos en un rover y una bombona de oxígeno explotó y agujereó el techo de la cabina, y todos empezamos a gritar y a correr como locos. Simón estaba fuera y recogió una piedra de la medida justa, saltó y la encajó en el agujero. Más tarde, estábamos comentando lo ocurrido y trabajando para hacer un sello definitivo, y de repente nos dimos cuenta de que Simón no había dicho ni una palabra todavía, y todos nos detuvimos y lo miramos, y entonces él dijo: «Faltó poco».

Rieron.

—O la vez que concedimos aquellos premios parodia en la Colina Subterránea —recordó Vlad—. Simón recibió uno por el mejor vídeo, y cuando subió para recogerlo dijo: «Gracias», y se dirigió a su asiento; pero a medio camino se detuvo y regresó a la plataforma, como si se le hubiese olvidado algo. Todos estábamos intrigadísimos, y entonces él carraspeó y dijo: «Muchas gracias».

Ann casi se rió al oír esto, y se puso de pie y todos salieron al aire glacial. Los mayores cargaron la caja y abrieron la marcha hacia la playa, y los demás los siguieron. La nieve caía entre la niebla cuando sacaron el cuerpo y lo enterraron profundamente en la arena, justo por encima del nivel de las olas más altas. Grabaron el nombre de Simón en la tapa de la caja con el soplete de Nadia y la clavaron en la primera duna. Ahora Simón formaría parte del ciclo del carbono, sería comida para las bacterias, los cangrejos, los chorlitos y las gaviotas, y lentamente se convertiría en parte de la biomasa que habitaba bajo la cúpula. Eso era un entierro. Y en cierto modo era reconfortante; la idea de esparcirse en el mundo, de integrarse en él. Sin embargo, terminar como ser individual y desaparecer…

Habían enterrado a Simón y caminaban bajo la cúpula oscurecida, tratando de comportarse como si la realidad no se hubiera desgarrado de repente y les hubiera arrebatado a uno de ellos. Para Nirgal era inconcebible. Volvían hacia la aldea en pequeños grupos dispersos, soplándose las manos, hablando en voz baja. Nirgal se acercó a Vlad y Ursula; necesitaba alguna seguridad. Ursula estaba muy triste y Vlad trataba de animarla.

—Ha vivido más de cien años, no podemos pretender que su muerte haya sido prematura o nos estaríamos burlando de toda esa pobre gente que se muere a los cincuenta años, o a los veinte, o en el primer año de vida.

—Ha sido prematura —dijo Ursula con obstinación—. Ahora que tenemos el tratamiento, ¿quién sabe? Podía haber vivido mil años.

—No estoy tan seguro. Me parece que el tratamiento no llega a todos los rincones de nuestro cuerpo. Y con toda la radiación que hemos estado recibiendo quizá tengamos más problemas de los que esperamos.

—Tal vez. Pero si hubiésemos estado en Acheron, con todo el equipo y las instalaciones, estoy segura de que lo habríamos salvado. Y quién sabe cuántos años habría vivido entonces. Sigo diciendo que ha sido prematuro.

Se alejó para estar sola.

Esa noche Nirgal no durmió. Recordaba todas las transfusiones, las visualizaba paso a paso, e imaginaba que algún reflujo en el sistema le había contagiado la enfermedad. O podía haberse contagiado simplemente por el contacto, ¿por qué no? ¡O por esa última mirada de Simón! Y había pescado la enfermedad que nadie podía curar, y moriría. Se pondría rígido, se quedaría mudo y quieto, y desaparecería. Eso era la muerte. El corazón le latió con violencia y empezó a sudar, y gritó aterrorizado. No había escapatoria y era espantoso. Espantoso sin importar cuándo ocurriera. Era horrible que el círculo funcionase de esa manera, que girase y girase y girase, y que ellos vivieran sólo una vez y muriesen para siempre. ¿Para qué vivir? Era demasiado extraño, demasiado terrible. Y pasó aquella larga noche temblando, perdido en un torbellino de miedo.

Después de eso le resultó muy difícil concentrarse. Se sentía todo el tiempo distanciado de las cosas, como si se hubiera deslizado al mundo blanco y no pudiese alcanzar el mundo verde.

Hiroko advirtió el problema y le sugirió que acompañase a Coyote en uno de sus viajes. La propuesta sorprendió a Nirgal, que no se había alejado de Zigoto más que lo exigido por un paseo. Pero Hiroko insistió. Ya tenía siete años, le dijo, era casi un hombre. Era hora de que viese un poco del mundo de la superficie.

Unas pocas semanas más tarde, Coyote visitó Zigoto, y cuando partió Nirgal lo acompañaba, sentado en el asiento del copiloto del rover-roca y mirando con ojos desorbitados a través del parabrisas bajo el arco púrpura del cielo vespertino. Coyote hizo girar el coche para que Nirgal pudiese tener una visión de conjunto de la gran muralla rosada y resplandeciente del casquete polar, que se arqueaba en el horizonte como una inmensa luna creciente.

—Cuesta creer que algo tan grande pueda derretirse algún día —dijo Nirgal.

—Llevará su tiempo.

Enfilaron hacia el norte a un ritmo tranquilo. El rover-roca no dejaba rastros: la roca hueca que lo cubría disponía de un sistema de regulación térmica que la mantenía siempre a temperatura ambiente, y también de un dispositivo en el eje frontal que leía el terreno y pasaba la información al eje trasero, donde unos raspadores-modeladores borraban las rodadas del vehículo y dejaban la arena como estaba antes de que pasaran.

Viajaron en silencio mucho tiempo, aunque era un silencio distinto al de Simón. Coyote canturreaba, murmuraba, le hablaba con un sonsonete monótono a su IA, en un idioma que sonaba como el inglés pero era incomprensible. Nirgal trató de concentrarse en el limitado panorama que le ofrecía la ventana, sintiéndose torpe y cohibido. La región que rodeaba el casquete polar sur estaba constituida por una serie descendente de anchas terrazas llanas comunicadas por rutas que parecían haber sido memorizadas por el rover; bajaron terraza tras terraza y Nirgal pensó que el casquete polar debía descansar en una especie de pedestal inmenso. Miraba, impresionado por el tamaño de todo, pero también feliz porque no era absolutamente abrumador como le había parecido en aquel lejano primer paseo por el exterior. Todavía recordaba cuánto lo había asombrado. Ahora era distinto.

—No es tan grande como yo esperaba —dijo—. Creo que es por la curvatura del terreno, porque es un planeta muy pequeño. —Eso decía su atril.— ¡El horizonte no está más lejos que los dos extremos de Zigoto uno de otro!

—Aja —dijo Coyote, echándole una mirada—. Pero será mejor que el Gran Hombre no te oiga decir eso, o te dará una patada en el trasero. — Calló un momento y luego preguntó:— ¿Quién es tu padre, chico?

—No lo sé. Mi madre es Hiroko. Coyote soltó un bufido.

—Hiroko está llevando el matriarcado demasiado lejos, si quieres saber mi opinión.

—¿Se lo has dicho a ella?

—Puedes apostar a que sí, pero Hiroko sólo me escucha cuando digo lo que ella quiere oír. —Soltó una risa aguda—. Hace lo mismo con todo el mundo, ¿no es cierto?

Nirgal asintió, y una sonrisa hendió su intento de parecer impasible.

—¿Quieres averiguar quién es tu padre?

—Claro.

En realidad, Nirgal no estaba seguro de querer saberlo. El concepto de padre no significaba gran cosa para él; además, temía que resultara ser Simón. Después de todo, Peter era como un hermano para él.

—Tienen el equipo necesario en Vishniac. Si quieres, podemos intentarlo allí. —Coyote meneó la cabeza.— Hiroko es tan extraña… Cuando la conocí nunca hubiese dicho que las cosas acabarían así. Éramos jóvenes entonces, casi tanto como tú, aunque te resulte difícil de creer.

Y era verdad.

—Cuando la conocí, ella sólo era una joven estudiante de eco— ingeniería, rápida como un látigo y sexy como una pantera. Nada que ver con toda esta palabrería de la diosa madre. Pero empezó a leer libros que no eran los manuales técnicos que tenía que leer, y ya nunca los dejó, y para cuando llegó a Marte había perdido el juicio por completo. Antes, en realidad. Lo que fue una suerte para mí, porque si no no estaría aquí. Pero Hiroko… ¡madre mía! Estaba convencida de que la historia de la humanidad se había torcido en el principio. En los albores de la civilización, solía decirme muy seria, existían Creta y Sumeria, y Creta era una cultura de pacíficos comerciantes, gobernada por las mujeres y rebosante de arte y belleza; una utopía, en verdad, en la que los hombres eran acróbatas que se pasaban el día saltando sobre los toros y la noche saltando sobre las mujeres, y preñaban a las mujeres y las veneraban, y todos eran felices. Suena estupendo, excepto para los toros. Mientras que en Sumeria gobernaban los hombres, que inventaron la guerra y conquistaron todo lo que había a la vista y fueron el origen de todos los imperios esclavistas que han existido. Y nadie sabe, decía Hiroko, lo que habría ocurrido si esas dos civilizaciones hubieran tenido la oportunidad de disputarse el gobierno del mundo, porque un volcán mandó a Creta al otro barrio, y el mundo pasó a manos sumerias y nunca ha salido de ellas. Si el volcán hubiese estado en Sumeria, me decía siempre, todo habría sido diferente. Y quizá sea cierto. Porque difícilmente podría la historia ser más negra de lo que ha sido.

Nirgal estaba sorprendido por esta descripción.

—Pero ahora —aventuró— estamos empezando de nuevo.

—¡Así es, muchacho! Somos los seres primitivos de una civilización desconocida. Vivimos en nuestro pequeño matriarcado tecno-minoico. ¡Ja! A mí me parece muy bien. Para empezar, el poder que han asumido las mujeres nunca fue tan deseable. El poder es la mitad del yugo, ¿recuerdas esto de las lecturas que os proponía? El amo y el esclavo comparten el yugo. La anarquía es la única libertad verdadera. Así que todo lo que hacen las mujeres parece volverse contra ellas. Si son los burros de carga de los hombres, trabajan hasta caer muertas. ¡Y si son nuestras reinas y diosas, se ven obligadas a trabajar aún más, porque tienen que hacer el trabajo del burro y además llevar el papeleo! Es imposible. Da gracias por ser un hombre, por ser libre como el cielo.

Era un modo curioso de ver las cosas, pensó Nirgal, pero no dejaba de pensar en la belleza de Jackie, del inmenso poder que ejercía sobre sus pensamientos. Bajó de su asiento y contempló las estrellas blancas en el cielo negro. «¡Libre como el cielo! ¡Libre como el cielo!».

Estaban en Ls 4, el 22 de marzo del año marciano 32, y los días en el sur empezaban a acortarse. Coyote conducía muchas horas cada noche, siguiendo senderos invisibles e intrincados, a través de un terreno que se hacía más y más accidentado a medida que se alejaban del casquete polar. Se detenían y descansaban durante el día. Nirgal luchaba por mantenerse despierto, pero el sueño lo vencía invariablemente y dormía la mayor parte de la noche y buena parte del día también, hasta que perdió por completo la noción de tiempo y espacio.

Pero cuando estaba despierto miraba por la ventanilla la superficie cambiante del planeta. No se cansaba de hacerlo. El terreno laminado estaba surcado por infinidad de dibujos: el viento había cincelado los montones estratificados de arena hasta dar a las dunas la forma del ala de un pájaro. Cuando el terreno estratificado finalmente dejó al descubierto el lecho de roca, las dunas laminadas se convirtieron en islas solitarias de arena desparramadas sobre una llanura poblada de afloramientos y rocas sueltas. La piedra roja estaba por todas partes, desde grava hasta bloques inmensos que descansaban en el suelo como edificios. Las islas de arena se asentaban en cualquier declive y depresión de aquel paisaje rocoso, y se amontonaban también al pie de los grandes grupos de bloques y al abrigo de los escarpes bajos y en el interior de los cráteres.

Había cráteres allá donde uno mirara. El primero apareció en forma de dos bultos que se alzaban sobre el horizonte, que muy pronto resultaron ser los puntos exteriores conectados de una cresta baja. Dejaron atrás docenas de esas colinas de cima chata, unas empinadas y escarpadas, otras casi enterradas, y también algunas con los bordes destrozados por impactos posteriores menos importantes, de modo que se podía ver perfectamente la arena que las llenaba.

Una noche, justo antes del alba, Coyote detuvo el coche.

—¿Ocurre algo?

—No. Hemos llegado al Mirador de Rayleigh y quiero que lo veas. Falta una hora para que salga el sol.

Contemplaron el amanecer desde sus asientos.

—¿Cuántos años tienes, chico?

—Siete.

—¿Y eso cuánto es en años terrestres? ¿Catorce?

—Creo que sí.

—Caramba. Y ya eres más alto que yo.

—Aja. —Nirgal reprimió la observación de que no hacía falta ser muy alto para sobrepasar a Coyote—. ¿Cuántos años tienes tú?

—Ciento nueve. ¡Ja, ja, ja! Será mejor que cierres los ojos o se te caerán. No me mires así. Yo era viejo el día que nací y seré joven el día que me muera.

Dormitaron mientras la línea del horizonte oriental adquiría un intenso azul cobalto. Coyote tarareaba una pequeña melodía, como si hubiese tomado una tableta de omegondorfo, como solía hacer en Zigoto al caer la noche. Poco a poco fue haciéndose evidente que el horizonte estaba muy lejos y muy alto; Nirgal nunca había visto una extensión de tierra tan vasta, un inmenso muro negro y curvo que dominaba en la lejanía una llanura de roca negra.

—¡Eh, Coyote! —exclamó—. ¿Qué es eso?

Coyote soltó una carcajada, al parecer muy satisfecho.

El cielo se iluminó y de pronto el sol quebró el borde superior de la pared lejana y deslumbró momentáneamente a Nirgal. A medida que el sol subía, las sombras del enorme acantilado semicircular cedieron ante unas cuñas de luz que iluminaron unas bahías recortadas y angulosas que festoneaban la curva más grande del muro, tan grande que Nirgal, con la nariz pegada al parabrisas, se quedó sin aliento. Casi daba miedo.

—Coyote, ¿qué es eso?

Coyote soltó otra de sus inquietantes carcajadas.

—Ya ves que después de todo no es un mundo tan pequeño, ¿eh, muchacho? Estamos en el suelo de la Cuenca Promethei. Es una cuenca de impacto, una de las mayores de Marte, casi tan grande como Argyre, pero el impacto se produjo cerca del Polo Sur, y la mitad del borde quedó sepultada bajo el casquete polar y el terreno estratificado. La otra mitad es el escarpe curvo que tenemos delante. —Hizo un ademán amplio—. Es una especie de supercaldera, pero como está reducida a la mitad, puedes entrar en ella con el rover. Esta pequeña elevación es el mejor lugar que conozco para contemplarla. —Puso un mapa de la región en pantalla y señaló.— Nos encontramos en las faldas de este pequeño cráter, el Vt, mirando al noroeste. El acantilado es Promethei Rupes, allí. Tiene casi un kilómetro de altura. Naturalmente, el acantilado de Echus tiene tres kilómetros de altura y el del Monte Olimpo seis, ¿has oído eso, señor Planeta Pequeño? Pero esta mañana tendrás que conformarte con este bebé.

El sol siguió subiendo e iluminó la curva del acantilado desde arriba. La pared estaba cortada por profundas barrancas y cráteres más pequeños.

—El Refugio de Prometheus está en el flanco de ese gran desfiladero, allí —dijo Coyote, y señaló el lado izquierdo del semicírculo—. El Cráter Wj.

Durante la larga espera diurna, Nirgal no dejó de contemplar el gigantesco acantilado. Parecía cambiar continuamente: las sombras se acortaban y desplazaban, revelando nuevos accidentes y ocultando otros. Se habrían necesitado años para mirarlo en detalle, y Nirgal no pudo evitar la sensación de que el muro era antinatural, increíblemente enorme. Coyote tenía razón: los horizontes cercanos lo habían engañado, nunca había pensado que el mundo pudiese ser tan grande.

Esa noche condujeron hasta el interior del Cráter Wj, una de las ensenadas más grandes de la gigantesca pared, y luego alcanzaron el acantilado curvo de Promethei Rupes, que se elevaba sobre ellos como la pared vertical del universo; el casquete polar no era nada comparado con esa masa de roca. Lo cual significaba que el Monte Olimpo mencionado por Coyote tenía que ser… Nirgal no sabía en qué términos imaginarlo.

Al pie del acantilado, en un punto donde la piedra sin estrías caía casi verticalmente hasta la arena lisa, había una puerta escondida en un hueco. Tras ella estaba el refugio llamado Prometheus, una serie de habitaciones apiladas, como las de una casa de bambú, con ventanas curvas de cristales polarizados que miraban al Cráter Wj y a la cuenca que había detrás. Los habitantes del refugio hablaban francés, y en esa lengua les habló Coyote. Eran viejos, aunque no tanto como Coyote o los otros issei, de estatura terrana, lo que los obligaba a mirar hacia arriba cuando hablaban con Nirgal, hospitalarios, en un inglés fluido aunque con acento.

—¡Así que tú eres Nirgal! ¡Enchanté! ¡Nos han hablado mucho de ti, nos alegra conocerte!

Un grupito se lo llevó a dar una vuelta mientras Coyote se ocupaba de otras cosas. El refugio no podía ser más diferente de Zigoto. A decir verdad, no era más que un montón de salas. Las más grandes estaban contra el muro. Tres de las habitaciones pegadas a las ventanas eran invernaderos, y la temperatura se mantenía muy alta en todo el refugio. Había plantas por todas partes y tapices en las paredes, y estatuas y fuentes. Era un hogar muy reducido y tórrido, pero fascinante para Nirgal. Pero sólo se quedaron un día. Coyote metió el rover en un gran ascensor en el que permanecieron una hora entera. Cuando salieron por la puerta opuesta, se encontraron en lo alto del altiplano accidentado que se extendía detrás de Promethei Rupes. Y Nirgal volvió a quedarse mudo de asombro. Desde el Mirador de Ray, el gran acantilado limitaba el panorama que tenían a la vista. Pero al mirar abajo desde lo alto del acantilado, las distancias eran tan vastas que Nirgal no podía asimilar lo que veía. El mundo se había convertido en una masa confusa de colores en movimiento: blanco, púrpura, marrón, tostado, rojizo. Nirgal sintió vértigo.

—Se acerca una tormenta —dijo Coyote, y de pronto Nirgal vio que los colores allá en lo alto eran una flota de nubes sólidas que surcaban un cielo violeta y habían dejado el sol muy atrás, en el oeste. La parte superior de esas nubes era blanca y profusamente lobulada, pero la inferior, lisa, de color gris oscuro, estaba mucho más cerca de sus cabezas que el suelo de la depresión, y parecía deslizarse sobre un suelo transparente. El mundo que se extendía debajo era una masa informe de manchas de color ocre y chocolate, las sombras de las nubes, que se movían velozmente. ¡Y esa medialuna blanca en medio era el casquete polar! ¡Podía ver el camino a casa en toda su longitud! Al reconocer el hielo Nirgal consiguió la perspectiva necesaria para que todo cobrara sentido, y las manchas de color se estabilizaron y formaron un paisaje circular desigual y accidentado, salpicado por las sombras huidizas de las nubes.

Ese vertiginoso acto de percepción sólo había durado unos segundos. Al volverse descubrió a Coyote observándolo con una sonrisa en los labios.

—¿Hasta dónde alcanzamos a ver, Coyote? ¿Cuántos kilómetros dirías tú?

Coyote rió.

—Pregúntale al Gran Hombre, chico. O calcúlalo tú mismo. Algo así como unos tres mil kilómetros. Un saltito para los grandes. Mil imperios para los pequeños.

—Quiero recorrerlo todo.

—Estoy convencido de que lo harás. ¡Eh, mira eso! Allí, sobre el casquete de hielo. ¿Lo ves? Esas llamitas que salen de las nubes son rayos.

Era la primera vez que Nirgal veía rayos: brillantes hebras de luz que aparecían y desaparecían en silencio cada pocos segundos y que conectaban los nubarrones oscuros con el suelo blanco. El mundo blanco enviaba chispas al mundo verde y lo sacudía.

—No hay nada como una gran tormenta —decía Coyote—. ¡No hay nada como estar ahí fuera con el viento! Nosotros hemos hecho esa tormenta, muchacho. Aunque creo que yo podría fabricar una aún mayor.

Pero una tormenta mayor quedaba más allá de la imaginación de Nirgal. Ante ellos se extendía un panorama vasto, cósmico, electrizado, de colores cambiantes y amplios espacios barridos por el viento. Nirgal se sintió aliviado cuando Coyote hizo girar el coche y se alejó del borde, y el paisaje brumoso desapareció y el borde del acantilado se convirtió en un nuevo horizonte a sus espaldas.

—¿Puedes explicarme qué es un rayo?

—Bien, el rayo… caramba. Tengo que confesar que es uno de esos fenómenos que no acabo de entender del todo. Me lo han explicado cientos de veces, pero siempre se me escapa. Electricidad, desde luego, algo sobre electrones o iones, positivos y negativos, cargas que se concentran en los cúmulos y que se descargan hacia el suelo, o en los dos sentidos a la vez, creo recordar. ¿Quién sabe? ¡Ka bum! Eso es el rayo, ¿no?

El mundo blanco y el mundo verde, frotándose uno contra otro y chisporroteando a causa de la fricción. Así de sencillo.

Había muchos refugios en el altiplano al norte de Promethei Rupes, algunos ocultos en escarpes y bordes de cráteres, como el proyecto de túneles exteriores de Zigoto diseñado por Nadia, y otros simplemente en el interior de los cráteres, bajo tiendas-cúpula transparentes, expuestos a los ojos de la policía espacial, si la había. La primera vez que Coyote se detuvo en el borde de uno de esos cráteres y miraron a través de la tienda transparente el pueblo bajo las estrellas, Nirgal se quedó estupefacto. También allí había edificios como el de la escuela, los baños y la cocina, y también árboles e invernaderos; todo le resultaba familiar y por eso mismo se preguntaba cómo era posible que consiguieran vivir así, al descubierto. Era desconcertante.

Y había mucha gente. Nirgal sabía que en los refugios del sur vivían muchas personas, unas cinco mil, decían, todos rebeldes derrotados en la guerra de 2061. Pero una cosa era saberlo y otra muy distinta encontrarse con tantos de golpe y comprobar que era cierto. Y estar en un refugio al descubierto lo ponía muy nervioso.

—¿Cómo es posible? —le preguntó a Coyote—. ¿Por qué no los arrestan y se los llevan?

—Me has pescado, chico. Puede suceder. Pero de momento no ha sucedido, y por eso piensan que no vale la pena ocultarse. Ya sabes que requiere un gran esfuerzo: hay que instalar todo el dispositivo de eliminación termal y reforzar los sistemas electrónicos, y mantenerse fuera de la vista todo el tiempo. Es un engorro. Y algunos sencillamente no están dispuestos a hacerlo. Se llaman a sí mismos el demimonde. Tienen planes de emergencia por si los investigan o los asaltan: túneles de escape, como los nuestros, e incluso armas escondidas. Pero se figuran que al estar en la superficie en realidad no hay razón para que los investiguen. Los habitantes de Christianopolis le comunicaron a la UN que tenían la intención de instalarse aquí en el sur para salirse de la red. Sin embargo, coincido con Hiroko en que algunos tenemos que andarnos con un poco más de cuidado. La UN anda detrás de los Cien Primeros, ¿sabes? Y de su familia también, por desgracia a vosotros, chicos. En fin, ahora la resistencia incluye el movimiento clandestino y el demimonde, y las ciudades al descubierto son de gran ayuda para los refugios ocultos, así que me alegro de que existan. En estos momentos, dependemos de ellas.

En aquella ciudad, como en todas, ocultas o expuestas, Coyote fue recibido efusivamente. Tras las salutaciones se instaló en una esquina del gran garaje del borde del cráter e inició un ajetreado intercambio de bienes, desde semillas a software, bombillas, piezas de recambio y maquinaria pequeña. Todo esto al cabo de largas sesiones de consulta y regateo con sus huéspedes que Nirgal no pudo entender. Después de una breve visita a la ciudad en el fondo del cráter, que se parecía extraordinariamente a Zigoto bajo la brillante cúpula púrpura, partieron de nuevo.

Camino de otro refugio Coyote intentó explicarle, con poco éxito, esos regateos.

—¡Estoy liberando a la gente de su ridícula noción de la economía, eso es lo que estoy haciendo! La economía del regalo está muy bien, pero no está lo suficientemente organizada para nuestra situación actual. Hay artículos esenciales que todo el mundo necesita, y la gente tiene que darlos, lo cual es una contradicción, ¿no es cierto? Por eso estoy tratando de crear un sistema racional. En realidad son Vlad y Marina quienes lo están elaborando, pero yo intento mejorarlo, lo que significa que me llevo todas las quejas.

—Y ese sistema…

—Bien, es una especie de vía de doble sentido: pueden seguir dando cuanto quieran, pero se asigna un valor a los artículos de primera necesidad y se los distribuye de manera adecuada. Y no te puedes imaginar la de discusiones que me trae el asunto; la gente puede ser muy insensata. Yo sólo intento asegurarme de que todo contribuya a una ecología estable, como en los sistemas de Hiroko, en la que cada refugio cubra sus necesidades y provea su especialidad. ¿Y qué consigo?

¡Insultos, nada más que insultos! Trato de evitar el despilfarro y me llaman salteador de caminos, trato de evitar el acaparamiento y me llaman fascista. ¡Banda de idiotas! ¿Qué piensan hacer si ninguno es autosuficiente y la mitad están paranoicos perdidos? —Suspiró con aire dramático.— En uno de todos modos estamos haciendo progresos. Christianopolis tiene bombillas, y Mauss Hyde cultiva nuevos tipos de vegetales, como has visto, y Bogdanov Vishniac fabrica las cosas grandes y complicadas, como las barras para los reactores y los vehículos de camuflaje y la mayor parte de los grandes robots, y tu Zigoto está a cargo del instrumental científico, y así todos. Y yo lo distribuyo.

—¿Eres el único que hace este trabajo?

—Mas o menos. En realidad, todos los refugios son autosuficientes salvo en esos artículos esenciales. Todo el mundo tiene programas y semillas, es decir, tienen cubiertas las necesidades básicas. Y además, no muchos conocen la localización de todos los refugios secretos.

Nirgal digirió la información y sus implicaciones mientras continuaban su viaje nocturno. Coyote habló entonces del patrón de peróxido de hidrógeno y nitrógeno, un sistema nuevo ideado por Vlad y Marina, y él se esforzó por seguir la explicación, pero ya fuese por la dificultad de los conceptos o porque Coyote aderezaba el discurso despotricando sobre las dificultades que había encontrado en algunos refugios, le resultó imposible. Decidió que preguntaría a Sax o Nadia sobre el tema cuando regresara a casa y dejó de escuchar.

En la región que atravesaban predominaban los anillos de cráteres; los más recientes se superponían y a veces incluso enterraban a los antiguos.

—A esto se le llama cráteres de saturación; es un terreno muy antiguo.

Un gran número de cráteres no tenían bordes, sólo eran agujeros circulares en el suelo, poco profundos y de fondo llano.

—¿Qué ha pasado con los bordes?

—Se han desgastado.

—¿Qué los ha desgastado?

—Según Ann, el hielo y el viento. Asegura que a lo largo del tiempo las tierras altas del sur perdieron un kilómetro a causa de la erosión.

—¡Pero eso lo arrasaría todo!

—También trajo nuevos materiales. Éste es un terreno muy antiguo. Entre los cráteres la superficie estaba cubierta de rocas sueltas y era increíblemente irregular: había depresiones y pendientes, hondonadas y lomas, zanjas y fosas tectónicas, elevaciones, colinas y valles. Ni un solo centímetro llano, excepto los bordes de los cráteres y algunas crestas bajas, que Coyote utilizaba como carreteras siempre que podía. Pero el sendero que seguía a través de ese paisaje accidentado era tan tortuoso y complicado que a Nirgal le costaba creer que pudiera memorizarse, y lo dijo en voz alta. Coyote rió.

—¿Qué quieres decir con memorizado? ¡Nos hemos extraviado! Aunque en realidad no se habían extraviado, o al menos no por mucho tiempo. El penacho de una nube termal apareció en el horizonte y Coyote avanzó hacia él.

—Ya lo sabía yo —murmuró—. Ése es el agujero de transición de Vishniac. Se trata de un pozo vertical de un kilómetro de profundidad que llega hasta el lecho de roca. Se empezaron a excavar cuatro agujeros alrededor de la línea de setenta y cinco grados de latitud, pero dos fueron abandonados, ni siquiera quedan los robots. Vishniac es uno de esos dos y un grupo de bogdanovistas se han instalado allí. —Soltó una carcajada.— Muy bien pensado, porque pueden excavar en la pared lateral siguiendo la carretera que lleva al fondo, y ahí abajo pueden generar todo el calor que quieran sin que nadie sospeche que no proviene de la emisión de gases del agujero. Así que pueden hacer cualquier cosa, incluso procesar el uranio para las barras de combustible de los reactores. Se ha convertido en una ciudad industrial y es uno de mis lugares favoritos: organizan unas fiestas estupendas.

Metió el rover en una de las muchas zanjas que cortaban la superficie; luego frenó y tecleó en la pantalla. Una gran roca se abrió a un lado de la zanja, descubriendo un túnel oscuro. Entraron en él y la puerta de piedra se cerró tras ellos. Nirgal creía que ya nada podía sorprenderlo, pero miró con ojos desorbitados mientras avanzaban por el túnel, cuyas paredes rugosas permitían apenas el paso del rover-roca. Parecía no tener fin.

—Han excavado unos cuantos túneles de entrada, y así el agujero parece abandonado. Nos quedan aún unos veinte kilómetros de marcha.

Coyote apagó los faros y el coche avanzó en esas tinieblas color berenjena. Seguían una carretera de pendiente muy pronunciada que parecía bajar en espiral por la pared que bordeaba el agujero. Las luces del panel de instrumentos del rover semejaban linternas diminutas y al mirar a través de su propio reflejo en la ventana Nirgal vio que la carretera era cuatro o cinco veces más ancha que el coche. No alcanzaba a verse toda la extensión del agujero, pero a juzgar por la curva que describía el camino tenía que ser inmenso.

—¿Estás seguro de que vamos a la velocidad adecuada? —le peguntó con ansiedad a Coyote.

—Confío en el piloto automático —contestó Coyote irritado—. No conviene discutir con él.

Después de descender durante más de una hora, el panel de instrumentos emitió un pitido y el coche giró y se arrimó a la pared de roca a su izquierda. Y allí lo tenían, un tubo-garaje que resonó con estrépito metálico al pegarse a la antecámara exterior del coche.

En el garaje fueron recibidos por una veintena de personas. Después de los saludos los guiaron a través de una hilera de recintos altos que daban a una especie de caverna. Las salas que los bogdanovistas habían excavado en el flanco del agujero eran grandes, mucho mayores que las de Prometheus. Las posteriores tenían unos diez metros de altura, y algunas casi doscientos metros de profundidad. Y en cuanto a la caverna principal, rivalizaba con Zigoto en amplitud y tenía grandes ventanales que daban sobre el agujero de transición. Al mirar de reojo por la ventana, Nirgal advirtió que el cristal visto desde fuera tenía el aspecto de la roca. Además, los revestimientos filtrantes habían sido escogidos con astucia, porque cuando llegó la mañana la luz entró a raudales. Aunque desde las ventanas sólo se veía la pared opuesta del agujero y un giboso fragmento de cielo, los recintos parecían extraordinariamente amplios y luminosos, una sensación que la cúpula de Zigoto nunca podría brindar.

Ese primer día un hombre menudo de piel oscura llamado Hilali tomó a Nirgal a su cuidado y lo llevó por las diferentes salas, interrumpiendo a la gente en sus ocupaciones para presentarlo. Todos lo recibieron con cordialidad.

—Tú tienes que ser uno de los chicos de Hiroko. ¡Ah, eres Nirgal!

¡Encantados de conocerte! ¡Eh, John, ha llegado Coyote, habrá fiesta esta noche!

Lo llevaron a unos recintos más pequeños, detrás de los que daban al agujero, y le mostraron las diferentes actividades: bajo la luz brillante había granjas y fábricas que parecían extenderse hacia el interior de la roca hasta el infinito. En todas partes hacía mucho calor, como si estuviesen en una sauna, y Nirgal no dejaba de sudar.

—¿Qué hacen con la roca que extraen en las excavaciones? —le preguntó a Hilali, porque una de las ventajas de cavar una cúpula bajo el casquete polar era que el hielo extraído simplemente sublimaba, había dicho Hiroko.

—Se ha utilizado para empedrar la carretera cerca del fondo del agujero de transición —le explicó Hilali, complacido por la curiosidad de Nirgal, como los demás. En general, los habitantes de Vishniac parecían felices, una muchedumbre ruidosa que siempre celebraba la llegada de Coyote. Una excusa tan buena como otra, concluyó Nirgal.

Hilali recibió una llamada de Coyote y llevó a Nirgal a un laboratorio, donde le tomaron una muestra de piel del dedo. Entonces regresaron a la caverna sin prisas y se unieron a la gente que hacía cola frente a las ventanas de la cocina, al fondo.

Después de una comida especiada de alubias y patatas empezó la fiesta. Una nutrida e indisciplinada banda de percusión empezó a tocar melodías en staccato y la gente bailó durante horas, deteniéndose de cuando en cuando para beber un licor atroz que llamaban kavajava o para participar en algún juego. Después de probar el kavajava y de tragar la tableta de omegendorfo que le había dado Coyote, Nirgal tocó un rato con la banda y luego se sentó sobre un pequeño montículo herboso en el centro de la cámara sintiéndose demasiado borracho para seguir de pie. Coyote había bebido sin parar pero no tenía ese problema: bailaba salvajemente, con grandes saltos y riendo.

—¡Nunca sabrás lo maravillosa que es tu propia gravedad, muchacho!

—le gritó a Nirgal—. ¡Nunca lo sabrás!

La gente se acercaba y se presentaba. Algunos pedían a Nirgal que les hiciese una demostración de su tacto caliente; un grupo de chicas de su edad insistieron en que les calentara las mejillas, que previamente habían enfriado con el hielo de sus bebidas, y cuando él las calentó ellas rieron y abrieron mucho los ojos y lo invitaron a darles calor en otras partes del cuerpo. En lugar de eso, Nirgal salió a bailar, sintiéndose mareado y torpe, y corrió en pequeños círculos para descargar un poco de energía. Cuando regresó al montículo, Coyote llegó abriéndose paso entre la multitud y se sentó pesadamente a su lado.

—Es tan fantástico bailar con esta g, nunca me canso de hacerlo. Coyote, las trenzas grises cayéndole sobre la cara, le echó una mirada desenfocada a Nirgal y éste advirtió de nuevo que la cara del hombre parecía de algún modo quebrada, quizá a la altura de la mandíbula, y que una mitad era más ancha que la otra. Algo por el estilo. Se le hizo un nudo en la garganta.

Coyote lo agarró por el hombro y lo sacudió con fuerza.

—¡Por lo visto yo soy tu padre, chico! —exclamó.

—¡Bromeas! —dijo Nirgal.

Un estremecimiento eléctrico le recorrió la espalda y le sonrojó la cara. Se miraron y Nirgal se maravilló de cómo el mundo blanco podía sacudir el mundo verde tan completamente, como el rayo latiendo a través de la carne. Al fin se abrazaron.

—¡No estoy bromeando! —dijo Coyote. Volvieron a mirarse.

—No me extraña que seas tan listo —continuó Coyote, y rió con ganas—. ¡Ja, ja, ¡a! ¡Ka bum! ¡Espero que te parezca bien!

—Pues claro que sí —dijo Nirgal, sonriendo con cierto malestar. No conocía bien a Coyote, y el concepto de padre era para él aún más vago que el de madre. Nirgal no sabía cómo se sentía. Herencia genética, sí, ¿pero qué significaba eso? Todos habían sacado sus genes de algún sitio, y los de los ectógenos eran transgénicos al fin y al cabo, o eso decían.

Pero Coyote, que en ese momento maldecía de cien maneras distintas a Hiroko, parecía contento.

—¡Esa zorra, esa tirana! ¡Matriarcado y un cuerno! ¡Está loca! Me sorprenden las cosas que llega a hacer. Aunque hay una cierta justicia en eso, desde luego que la hay. Porque en el amanecer de los tiempos Hiroko y yo fuimos novios, en nuestra juventud allá en Inglaterra. Ésa es la razón por la que estoy en Marte. Toda mi vida he sido un polizón en el armario de Hiroko. —Rió y le palmeó el hombro a Nirgal.— Bueno, muchacho, con el tiempo averiguarás qué tal te sienta la noticia.

Salió a bailar otra vez, y dejó a Nirgal sumido en sus pensamientos. Al mirar los giros de Coyote, Nirgal sacudió la cabeza. No sabía qué pensar; además, en esos momentos pensar le resultaba increíblemente difícil. Sería mejor que bailara o buscase los baños.

Pero allí no tenían baños públicos. Dio varias vueltas alrededor de la pista de baile, haciendo de la carrera un baile, y regresó al montículo. Pronto se le unieron Coyote y un grupo de bogdanovistas.

—Es como ser el padre del Dalai Lama, ¿eh? ¿No te dan un título por eso? —dijo uno.

—¡Vete al cuerno! Como estaba diciendo, Ann asegura que dejaron de excavar los agujeros de transición de la línea de los setenta y cinco grados porque allí la litosfera es más delgada. —Coyote meneó la cabeza con aire profético.— Me propongo ir a uno de esos agujeros fuera de servicio, poner a trabajar a los robots y ver si excavan tan hondo como para activar un volcán.

Todos rieron, salvo una mujer, que sacudió la cabeza con desaprobación.

—Si lo haces, vendrán aquí a ver lo que pasa. Si estás decidido, sería mejor que fueses hacia el norte y atacases uno de los agujeros de la latitud sesenta, que también están abandonados.

—Pero Ann dice que la litosfera es más gruesa allí.

—Pues claro, pero los agujeros son más profundos también.

Coyote no contestó y la conversación derivó hacia cuestiones más serias, sobre todo las inevitables escaseces o los progresos de la reconstrucción allá en el norte. Sin embargo, al final de esa semana, cuando dejaron Vishniac por un túnel distinto y más largo, enfilaron hacía el norte.

—Todos mis planes tirados por la borda. Es la historia de mi vida, chico.

En la quinta noche de viaje por las accidentadas tierras altas del sur, Coyote aminoró la marcha y rodeó un antiguo cráter cuyo borde estaba casi al nivel de la llanura circundante. Desde una brecha en el borde se alcanzaba a ver un gigantesco agujero circular negro en el suelo arenoso del cráter. Ése debía de ser el aspecto de un agujero de transición visto desde la superficie. Un penacho escarchado flotaba a unos centenares de metros sobre el agujero, como salido del sombrero de un mago. El borde del agujero estaba biselado por una franja de hormigón en forma de embudo que descendía hacia el fondo en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Era difícil precisar el tamaño real de ese remate, que no parecía sino un estrecha cinta. El filo exterior del bisel estaba protegido por una alta alambrada. Coyote miró pensativamente a través del parabrisas, hizo retroceder el vehículo y lo aparcó al abrigo del desfiladero. Luego se puso un traje.

—Volveré pronto —dijo, y saltó a la antecámara.

La noche fue larga y angustiosa para Nirgal. Apenas durmió, y ya empezaba a preocuparse cuando Coyote apareció al fin en la antecámara exterior del rover-roca, alrededor de las siete de la mañana. Era evidente que estaba de un humor de perros. Coyote se pasó todo aquel día enfrascado en una conferencia con su IA, soltando exabruptos, ajeno a su joven y hambriento compañero. Nirgal tomó la iniciativa y calentó comida para los dos, y después descabezó un sueño intranquilo. Despertó cuando el vehículo echó a andar con una sacudida.

—Voy a intentar atravesar el portón —dijo Coyote—. Ésa es toda la seguridad que tiene el agujero. Una noche más y lo conseguiremos.

Rodeó el cráter y aparcó del otro lado, y al anochecer volvió a partir a pie.

Estuvo ausente toda la noche, y de nuevo Nirgal no pudo dormir, preguntándose que haría si Coyote no volvía.

Al alba aún no había regresado. Aquél fue el día más largo de su vida. Nirgal no sabía que hacer: ¿debía intentar rescatar a Coyote, o era mejor regresar a Zigoto o Vishniac, o tal vez bajar al agujero de transición y entregarse al misterioso sistema de seguridad que se había tragado a Coyote? Todas las opciones parecían imposibles.

Una hora después de la puesta de sol, Coyote dio unos golpecitos en la antecámara y entró con expresión furiosa. Se bebió todo un litro de agua y buena parte de otro, y resopló con disgusto.

—Larguémonos de aquí —dijo.

Después de dos horas de viaje silencioso, a Nirgal se le ocurrió abordar otro tema, y dijo:

—Coyote, ¿cuánto tiempo crees que tendremos que estar escondidos?

—¡No me llames Coyote! Yo no soy el Coyote. El Coyote vagabundea libre en las colinas, y respira aire y hace lo que le viene en gana, el bastardo. Mi nombre es Desmana, así que llámame Desmond, ¿comprendido?

—De acuerdo —dijo Nirgal, asustado.

—Y en cuanto al tiempo que tendremos que pasar escondidos, creo que será para siempre.

Siguieron viaje hacia el sur, hacia el agujero de transición de Rayleigh, adonde Coyote (la verdad es que no tenía aspecto de ser un Desmond) había pensado ir desde el principio. Estaba completamente abandonado; no era más que un agujero oscuro en las tierras altas, y el penacho termal flotaba en el aire como el fantasma de un monumento. Podrían aparcar sin trabas en el garaje vacío y cubierto de arena del borde, entre una pequeña flota de vehículos robóticos amortajados con lona alquitranada y montones de arena.

—Esto está mucho mejor —murmuró Coyote—. Ven conmigo, echaremos un vistazo. Vamos, métete en el traje.

Era una sensación curiosa la de estar fuera, expuesto al viento, en el filo de esa brecha inmensa en medio de las cosas. Se asomaron por un pretil que les llegaba al pecho, pero sólo alcanzaron a ver el bisel de hormigón que bordeaba el agujero y caía en ángulo unos doscientos metros. Para ver el pozo tuvieron que bajar casi un kilómetro por una carretera curva excavada en el hormigón.

Una vez abajo, se asomaron y estudiaron la negrura. Coyote estaba de pie justo en el borde, y eso ponía nervioso a Nirgal. Él se puso a gatas para mirar. No parecía tener fondo, como si mirasen el centro del planeta.

—Veinte kilómetros —dijo Coyote por el intercomunicador. Extendió una mano sobre el abismo y Nirgal lo imitó; se percibía la corriente ascendente—. Bien, a ver si podemos activar los robots —dijo, y desanduvieron el camino.

Coyote había pasado horas estudiando viejos programas en su IA. Después de bombear el peróxido de hidrógeno del rover a dos de los mastodontes robóticos del aparcamiento, empezó a manipular los paneles de control. Cuando terminó, observaron las dos máquinas, cuyas ruedas eran cuatro veces más altas que las del vehículo de Coyote, hasta que desaparecieron por la curva de la carretera, rumbo al fondo del agujero.

—Estupendo —dijo Coyote, el buen humor recuperado—. Emplearán la energía de sus paneles solares para procesar los explosivos de peróxido y el combustible que necesitan, y trabajarán sin prisa pero sin pausa hasta que den con algo caliente. ¡Es posible que hayamos activado un volcán!

—¿Y eso es bueno?

Coyote soltó una risa salvaje.

—¡No lo sé! Pero nadie lo ha hecho antes, y ésa es una buena razón para intentarlo.

Retomaron la vieja rutina de viaje: visitaban los diferentes refugios, ocultos o al descubierto, y allá donde estuvieran Coyote proclamaba:

—La semana pasada reanudamos la actividad del agujero de transición de Rayleigh. ¿Todavía no habéis visto ningún volcán?

No, nadie había visto nada. Rayleigh se comportaba como de costumbre, y el penacho termal no parecía alterado.

—Bueno, tal vez no haya funcionado —decía entonces Coyote—. Seguramente es cuestión de tiempo. Aunque, por otra parte, si el suelo de ese agujero es ahora de lava líquida, ¿cómo saberlo?

—Nosotros podríamos —contestaba uno, y otros replicaban—: ¿Por qué harías una cosa tan estúpida? Podrías llamar a la Autoridad Transitoria y decirles que echen un vistazo.

Así que Coyote no volvió a mencionar el tema. Continuaron bajando de un refugio a otro en ruta hacia el sur: Mauss Hyde, Gramsci, Salientes, Christianopolis… En todos Nirgal era bien acogido, y muchos ya habían oído hablar de él. La variedad y el número de refugios que integraban ese extraño mundo, a medias secreto, a medias expuesto, lo impresionaban. Y ese mundo era sólo una pequeña parte de la civilización marciana. ¿Cómo serían las ciudades en la superficie en el norte lejano? Aquello parecía exceder su capacidad de comprensión, que por otro lado no dejaba de ampliarse a medida que el viaje le descubría nuevas maravillas. Después de todo, uno no podía explotar de asombro.

—Bueno —dijo Coyote—, tal vez hayamos activado un volcán o tal vez no. Pero era una idea nueva en todo caso. Eso es lo mejor de este proyecto marciano. Que todo es nuevo.

Coyote había enseñado a conducir a Nirgal y se alternaban al volante. Luego de algunas jornadas de marcha, la muralla fantasmal del casquete polar se perfiló en el horizonte. Muy pronto estarían en casa.

Nirgal pensó en todos los refugios que habían visitado.

—¿De verdad crees que tendremos que ocultarnos siempre, Desmond?

—¿Desmond? ¿Desmond? ¿Quién es Desmond? —Coyote resopló.— Ah, chico, no lo sé. Nadie lo sabe con certeza. Los que se ocultan se vieron empujados a hacerlo en unos tiempos extraños, cuando su forma de vida se vio amenazada, y no estoy tan seguro de que ése sea el caso en las ciudades de la superficie que están construyendo en el norte. Los amos de la Tierra aprendieron la lección, parece, y la gente de esas ciudades vive con más comodidad. O tal vez, sencillamente, todavía no han reemplazado el ascensor espacial.

—¿Eso quiere decir que no habrá otra revolución?

—No lo sé.

—¿O al menos no hasta que haya un nuevo ascensor?

—¡No lo sé! Pero pronto habrá un ascensor, y están construyendo unos espejos inmensos en el cielo, o alrededor del sol; a veces puedes verlos brillando por la noche. Puede ocurrir cualquier cosa, supongo. Aunque las revoluciones son raras. Y muchas son reaccionarias en esencia. Verás, los campesinos tienen una tradición, unos valores y hábitos que les permiten seguir adelante. Pero viven tan cerca del límite que un cambio brusco puede arrojarlos al abismo, y en ese caso ya no es una cuestión política, sino de supervivencia. Cuando yo tenía tu edad eso ocurrió muchas veces. Pero la gente que enviaron aquí no era pobre, aunque tenía sus propias tradiciones, y como los pobres, tampoco tenía poder. Cuando se produjo la emigración masiva de la década del cincuenta, la tradición fue arrasada y ellos pelearon entonces por conservar lo que tenían. Y perdieron. No se puede luchar contra los poderes establecidos, sobre todo aquí, porque las armas son demasiado poderosas y nuestros refugios demasiado frágiles. Tendríamos que armarnos hasta los dientes o utilizar una estrategia alternativa. Por eso nos escondemos, y mientras tanto ellos están inundando Marte con una población de otro tipo: gente que ha soportado unas condiciones de vida tan duras en la Tierra que las de aquí no les parecen tan malas. Además, tienen asegurado el tratamiento gerontológico: la felicidad completa. Ya no se ve a tantos tratando de alcanzar los refugios del sur como en los años anteriores al sesenta y uno. Algunos lo intentan, pero no muchos. Mientras disfruten de sus diversiones, de su pequeña tradición propia, no moverán un dedo.

—Pero… —empezó a decir Nirgal vacilante. Al ver su expresión Coyote se echó a reír.

—¡Hey! ¿Quién sabe? Muy pronto colocarán en posición un nuevo ascensor en el Monte Pavonis, y es muy probable que empiecen a apretar las tuercas otra vez, como los codiciosos bastardos que son. Y a vosotros, jovencitos, quizá no os interese que la Tierra lleve la voz cantante aquí. Cuando llegue el momento, ya veremos. Mientras tanto, nos divertimos. Y mantenemos la llama encendida.

Esa noche Coyote detuvo el rover y le dijo a Nirgal que se pusiese el traje. Salieron y Coyote le dijo:

—Mira hacia el norte.

Nirgal volvió la cabeza. Mientras miraba, una nueva estrella apareció sobre el horizonte boreal, y en unos instantes se transformó en un cometa de larga cola que volaba de oeste a este. Cuando había recorrido la mitad del cielo, la brillante cabeza del cometa estalló y los fragmentos se dispersaron en todas direcciones, blanco sobre negro.

—¡Un asteroide de hielo! —exclamó Nirgal.

—¿Es que no hay nada que te sorprenda, muchacho? —rezongó Coyote—. Pues te diré una cosa que no sabes: ése era el asteroide 2089 C. Ha sido el primero en estallar. Lo hicieron a propósito. Si los hacen explotar cuando entran en la atmósfera, pueden utilizar asteroides más grandes sin poner en peligro la superficie. ¡Y fue idea mía! Yo fui quien les sugirió que lo hicieran. Dejé una nota anónima en la IA del Asentamiento de Greg, cuando estuve allí urgando en el sistema de comunicaciones, y les gustó. A partir de ahora lo harán siempre así, uno o dos en cada estación. Eso espesará la atmósfera bastante deprisa. Mira cómo titilan las estrellas. En la Tierra lo hacían todas las noches. Ah, chico… Algún día también será así aquí. Respirarás el aire como un pájaro en el cielo. Quizás eso nos ayude a cambiar el orden de las cosas. Nunca se sabe.

Nirgal cerró los ojos y unas manchas luminosas bailaron ante sus párpados, como las chispas del cometa. Meteoritos que parecían fuegos de artificio, agujeros que penetraban en el manto, volcanes… Se dio vuelta y vio a Coyote saltando por la planicie, menudo y delgado, el casco extrañamente grande sobre la cabeza, como si fuese un mutante, o un chamán que llevaba la cabeza de un animal sagrado y ejecutaba una danza de transformación sobre la arena. Aquél era el Coyote, no cabía duda. ¡Y era su padre!

Habían circunnavegado el mundo, aunque en el extremo meridional. El casquete polar apareció en el horizonte y creció y creció, y al fin estuvieron bajo el saliente de hielo, que ya no le pareció tan enorme como al comienzo del viaje. A la vuelta de esa masa helada estaba el hogar. Una vez en el hangar salieron del pequeño rover-roca que Nirgal había llegado a conocer tan bien en esas dos últimas semanas, cruzaron las antecámaras y avanzaron por el largo túnel que llevaba a la cúpula con pasos rígidos. Y de pronto se encontraron rodeados de rostros familiares, y los abrazaban y acariciaban y les hacían mil preguntas. Nirgal se retrajo con timidez, pero no tenía necesidad de hacerlo; Coyote contó todas las historias y Nirgal sólo tuvo que reír y negar su responsabilidad en los hechos. Mirando más allá de su familia, Nirgal advirtió lo reducido que era el pequeño mundo en el que habitaban: la cúpula tenía menos de cinco kilómetros de ancho y doscientos cincuenta metros de altura sobre el lago. Un mundo minúsculo.

Cuando el recibimiento terminó, Nirgal paseó inmerso en la incandescencia de la mañana temprana, sintiendo la estimulante mordedura del aire frío y contemplando los edificios y los bosques de bambúes de la aldea, acurrucada en su nido de colinas y árboles. Todo le parecía pequeño y extraño. Paseó por las dunas y se acercó a la casita de Hiroko; las gaviotas revoloteaban en lo alto y él se detenía a menudo y miraba. Aspiró el aroma a sal y algas que subía de la playa y esa familiar percepción desató en él un millón de recuerdos simultáneos, y supo al fin que había regresado al hogar.

Pero el hogar había cambiado. O había cambiado él. El intento de salvar a Simón y el viaje con Coyote habían transformado su vida. Sí, había vivido las fantásticas aventuras que tanto había anhelado, pero con ello sólo había conseguido ser un exiliado para el grupo. Jackie y Harmakhis estaban mas unidos que nunca y actuaban como un escudo entre él y los jóvenes sansei. Nirgal se dio cuenta de que en realidad nunca había querido ser diferente. Su único deseo era reintegrarse a la intimidad de la pequeña pandilla y ser uno con sus hermanos.

Pero cuando se acercaba, todos callaban, después de los contactos más torpes que pudieran imaginarse, y Harmakhis se los llevaba. Y a él sólo le quedaba regresar con los adultos, que empezaron a dejarlo pasar las tardes con ellos como cosa normal. Quizá la intención era ahorrarle los desaires de sus compañeros, pero con ello lo marcaban aún más. No había solución. Cierto día, mientras paseaba por la playa envuelto en la luz gris del atardecer otoñal, sintiéndose muy desgraciado, se le ocurrió que su infancia había terminado. Ahora era otra cosa, ni adulto ni chiquillo, un ser solitario, un extranjero en su propia tierra. Y a pesar de la sensación de profunda melancolía, el descubrimiento le proporcionó también un extraño consuelo.

Cierto día, después de comer, Jackie se quedó en el aula con Nirgal e Hiroko, la maestra del día, y le pidió que la incluyera en la clase de la tarde.

—¿Por qué habrías de enseñarle a él y no a mí?

—No hay razón —declaró Hiroko impasible—. Quédate si quieres. Sacad los atriles y poned en pantalla Ingeniería Termal, página mil cinco. Tomaremos como modelo Zigoto. Decidme, ¿cuál es el punto más caliente bajo la cúpula?

Nirgal y Jackie atacaron el problema, compitiendo y sin embargo unidos. Él se sentía tan feliz por la presencia de Jackie que casi olvidó el problema, y ella levantó el dedo antes de que Nirgal tuviese tiempo de organizar los datos. Jackie se rió de él, desdeñosa, pero también satisfecha. A pesar de todos los cambios que se habían operado en ambos, Jackie conservaba aún aquella alegría contagiosa y risueña de la que era tan duro verse excluido.

—Ahora os plantearé un problema para el próximo día —les dijo Hiroko—. Todos los nombres de Marte en la areofanía son nombres dados por los terranos. Casi la mitad de ellos significan estrella de fuego en los idiomas de los que proceden. Pero, con todo, sigue siendo un nombre impuesto desde el exterior. La pregunta es: ¿qué nombre se da Marte a sí mismo?

Unas semanas más tarde Coyote volvió a Zigoto, y Nirgal sintió una curiosa mezcla de alegría e inquietud. Coyote les dio clase una mañana, pero por fortuna no le dispensó un trato especial.

—La Tierra está en horas bajas —les comentó mientras trabajaban en las bombas neumáticas de los tanques de sodio fundido del Rickover—, y la situación empeorará. Por tanto el control que los terranos tienen sobre Marte es aún más peligroso para nosotros. Tenemos que permanecer ocultos hasta que nos hayamos librado del yugo, y mantenernos al margen mientras ellos se hunden en la locura y el caos. Recordad mis palabras, son una profecía tan verdadera como la verdad.

—Eso no es lo que decía John Boone —declaró Jackie.

Ella pasaba mucho tiempo explorando la IA de John Boone. En ese momento se la sacó del bolsillo, buscó con rapidez el pasaje y una voz cordial en la IA dijo: «Marte nunca estará verdaderamente a salvo hasta que la Tierra lo esté también».

Coyote soltó una risa estridente.

—Sí, bien, John Boone era así. Pero observa que él está muerto, mientras que yo sigo aquí.

—Cualquiera puede esconderse —replicó Jackie con acritud—. Pero John Boone salió afuera y guió a los demás. Por eso soy booneana.

—¡Tú eres una Boone y una booneana! —exclamó Coyote, provocándola—. Y el álgebra booneana nunca funcionó. Pero mira, muchacha, si quieres ser booneana tendrás que comprender a tu abuelo un poco mejor. No puedes convertir a John Boone en una especie de dogma sin traicionar lo que él era. He visto a otros entendidos booneanos y sé bien cómo actúan. Me dan risa cuando no me hacen echar espumarajos de rabia. Porque verás, si John Boone te conociera y hablara contigo sólo una hora, al final sería un jackista. Y si hablara con Harmakhis, se convertiría en harmakhista, quizás hasta se haría maoista. Ésa era su manera de ser, y era buena, ¿sabes?, porque de ese modo obligaba a los demás a pensar y a asumir responsabilidades. Nos forzaba a contribuir, porque sin nuestra contribución Boone no podía hacer nada. Su lema no era «todo el mundo puede hacerlo», sino «todo el mundo debe hacerlo».

—Incluyendo a la gente de la Tierra —replicó Jackie.

—¡Otra respuesta aguda no, por favor! —suplicó Coyote—. Oh, jovencita, abandona a esos niños y cásate conmigo. Beso igual que esta bomba neumática. Anda, acércate y te haré una demostración.

Sacudió la bomba y Jackie lo empujó y echó a correr. Ahora era la corredora más rápida de Zigoto; ni siquiera Nirgal con su resistencia podía competir con ella, y los chicos rieron cuando Coyote saltó tras ella. A pesar de la edad, era bastante veloz. Gruñendo y resoplando, se volvió y empezó a perseguirlos a todos. Acabó debajo de una pila de niños, gritando:

—¡Oh, mi pobre pierna! ¡Me las pagaréis! ¡Estáis celosos porque voy a birlaros a vuestra chica! ¡Basta, basta!

Ese tipo de bromas incomodaban a Nirgal e Hiroko las desaprobaba. Con una expresión severa, ella conminó a Coyote a detener el juego, pero él se rió en su cara.

—Fuiste tú quien convirtió esto en un pequeño campamento de incesto —le dijo—. ¿Qué piensas hacer, castrarlos? —El rostro de Hiroko se ensombreció aún más.— Muy pronto tendrás que renunciar a ellos y soltarlos. Y puede que entonces yo me quede con alguno.

Hiroko lo despidió, y muy pronto él emprendió un nuevo viaje. La siguiente vez que Hiroko les dio clase, los llevó a los baños y todos se sentaron a los pies de ella en el agua poco profunda y humeante mientras hablaba. Nirgal se sentó cerca del cuerpo desnudo y esbelto de Jackie, tan familiar para él a pesar de los cambios dramáticos que había experimentado el año anterior, y descubrió que no podía mirarla.

—Todos vosotros sabéis cómo funciona la genética, yo misma os lo he enseñado —dijo su anciana madre desnuda—. Y también sabéis que muchos sois medio hermanos, tíos, sobrinos y primos. Yo soy la madre o la abuela de buena parte de vosotros. Por consiguiente, no debéis tener hijos entre vosotros. Es así de sencillo, una simple ley de la genética.

Alzó una mano, mostrando la palma, como diciendo «Éste es nuestro cuerpo compartido».

—Pero todas las criaturas vivientes están impregnadas de viriditas —continuó—, la fuerza verde que empuja para salir al exterior. Y por eso es normal que os améis los unos a los otros, sobre todo ahora que vuestros cuerpos están floreciendo. No hay nada malo en ello, a pesar de lo que diga Coyote. Sólo está bromeando. Sin embargo, en una cosa tiene razón: muy pronto conoceréis a otros jóvenes de vuestra edad, que con el tiempo se convertirán en vuestras parejas y compartirán la paternidad de vuestros hijos, y que estarán más cerca de vosotros que los miembros del clan incluso, a quienes conocéis demasiado bien para amarlos como a un ser distinto. Aquí todos formamos parte de un mismo ser, y el amor verdadero va siempre dirigido a otro ser.

Nirgal no apartaba los ojos de su madre, y sin embargo supo el momento exacto en que Jackie había cruzado las piernas, percibió el cambio ínfimo de la temperatura del agua que se arremolinaba entre ellas. Y se le ocurrió que su madre se equivocaba en parte. Aunque conocía muy bien el cuerpo de Jackie, ella seguía estando en muchos aspectos tan distante como una estrella, brillante e imperiosa en el cielo. Ella era la reina de la pequeña banda, y podía aplastarlo con una mirada si quería; de hecho lo hacía con frecuencia a pesar de que él llevaba toda la vida estudiando los estados de ánimo de ella. Ésa era toda la alteridad que él deseaba. Y estaba seguro de quererla. Sin embargo, ella no lo amaba, al menos no de la misma forma. Ni tampoco amaba así a Harmakhis, pensó Nirgal, lo que era un pequeño consuelo. Era a Peter a quien ella miraba con esa clase de amor, pero él estaba casi siempre fuera. Por tanto, no había nadie en Zigoto a quien ella amase como Nirgal la amaba. Quizá para Jackie las cosas eran como había dicho Hiroko, y Harmakhis y Nirgal y los demás eran demasiado conocidos. Y para ella sólo eran hermanos, a pesar de los genes.

Un día, el cielo se cayó de verdad. Toda la parte superior de la capa de hielo de agua se resquebrajó y se separó del hielo carbónico, y se desplomó sobre el lago, la playa y las dunas. Por fortuna, sucedió a primera hora de la mañana, cuando nadie había salido. Pero en la aldea los primeros estampidos y crujidos sonaron como explosiones y todos se precipitaron a las ventanas y presenciaron el desprendimiento; las gigantescas placas de hielo caían como bombas o girando como lascas, y el agua del lago saltaba y arremetía contra las dunas. La gente salió apresuradamente de las habitaciones, y en medio del ruido y el pánico Hiroko y Maya reunieron a los niños en la escuela, que disponía de un sistema de ventilación autónomo. Después de unos minutos pareció que la cúpula resistiría, y Peter, Michel y Nadia, sorteando escombros y pedazos de hielo, rodearon el lago para ir a comprobar el estado del Rickover. Si había sufrido daños, sería una misión mortal para ellos, y los demás estarían en peligro de muerte. Desde la ventana de la escuela Nirgal alcanzaba a ver la orilla opuesta del lago, cuajada de icebergs. Los graznidos de las gaviotas llenaban el aire y había un gran revuelo de plumas. Las tres figuras serpentearon por el estrecho sendero elevado que nacía en la base de la cúpula y desaparecieron en el interior del Rickover. Jackie se mordía los nudillos, nerviosa. Poco después los expedicionarios informaron por teléfono de que todo estaba en orden. El hielo sobre el reactor estaba sostenido por una red metálica muy densa y había resistido.

Estaban a salvo, por el momento. No obstante, en los días que siguieron la pequeña aldea vivió sumida en una angustiosa incertidumbre. La investigación reveló que la masa de hielo seco sobre ellos se había pandeado ligeramente y por eso la capa de hielo de agua se había cuarteado y desprendido de la red metálica. Al parecer, la sublimación del hielo exterior se estaba acelerando notablemente a medida que la atmósfera se espesaba y el mundo se calentaba.

Los icebergs del lago se derritieron lentamente, pero las placas de hielo que habían caído sobre las dunas permanecieron allí toda la semana, derritiéndose aún más despacio. Los niños ya no podían bajar a la playa, porque no se sabía si lo que quedaba de la capa de hielo era estable.

En la décima noche después del accidente los doscientos habitantes de la aldea se reunieron en el comedor. Nirgal miró su pequeña tribu reunida: los sansei parecían asustados; los nisei desafiantes; los issei, aturdidos. Los más viejos llevaban catorce años marcianos viviendo en Zigoto, y era evidente que les resultaba muy difícil recordar una forma de vida que no fuera ésa. Para los niños, que no habían conocido otra cosa, era imposible.

No era necesario señalar que nadie entraría en el mundo de la superficie. Pero la cúpula amenazaba hundirse y eran un grupo demasiado numeroso para pedir asilo en otros refugios. Separándose resolverían el problema, pero no era una solución que los alegrara.

Discutieron durante una hora antes de resumir la situación en esos términos.

—Podemos intentarlo en Vishniac —dijo Michel—. Es grande y seremos bien recibidos.

Pero Vishniac era el hogar de los bogdanovistas, no el suyo. Eso era lo que se leía en las caras de los mayores. Nirgal pensó que eran ellos los que tenían más miedo.

—Podemos mudarnos hielo adentro —propuso. Todos lo miraron.

—¿Te refieres a fundir una nueva cúpula? —preguntó Hiroko con interés.

Nirgal se encogió de hombros. Después de proponerla, se dieron cuenta de que la idea le desagradaba.

—El casquete es más grueso hacia el interior —dijo Nadia—. Pasará mucho tiempo antes de que se sublime lo suficiente como para preocuparnos. Y para entonces todo habrá cambiado.

—Es una buena idea —dijo Hiroko tras un corto silencio—, Podemos continuar aquí mientras fundimos una nueva cúpula, e ir trasladando las cosas a medida que haya espacio disponible. Sólo tardaremos unos meses.

—Shikata ga nai —dijo Maya con ironía.

No hay otra elección. Por supuesto que había elección. Pero ella parecía satisfecha con la perspectiva de un nuevo proyecto, y también Nadia. Y los otros parecían aliviados por tener la oportunidad de permanecer juntos y escondidos. Los issei, comprendió Nirgal de pronto, temían quedar al descubierto. Se reclinó en la silla, pensativo, y recordó las ciudades abiertas que había visitado con Coyote.

Emplearon mangueras de vapor alimentadas por el Rickover para abrir dos túneles, uno hacia el hangar y otro, más largo, que se adentraba en el casquete, hasta que la capa de hielo sobre él alcanzó los trescientos metros de grosor. Después empezaron a sublimar una nueva caverna de cúpula circular y excavaron el lecho de lago poco profundo. La mayor parte del CO2 fue capturado, refrigerado a la temperatura exterior y liberado. Separaron el oxígeno y el carbono del resto y lo almacenaron.

Arrancaron de raíz los grandes bambúes de la nieve y los transportaron en camión hasta la nueva caverna, dejando un reguero de hojas a lo largo del túnel. Desmontaron los edificios de la aldea y los volvieron a montar en sus nuevos emplazamientos. Los bulldozer y los camiones robot trabajaron día y noche para cargar la arena de las dunas y transportarla hasta el nuevo hogar: contenía demasiada biomasa (incluyendo a Simón) para dejarla atrás. En verdad, iban a llevarse todo lo que contenía la concha de Zigoto. Cuando las obras concluyeron, la vieja caverna no era más que una burbuja vacía en el corazón del casquete polar, hielo arenoso encima, arena helada debajo, y el aire del interior era la atmósfera marciana, 170 milibares compuestos principalmente de dióxido de carbono a 240 grados Kelvin. Un veneno tenue.

Tiempo después Nirgal acompañó a Peter en una visita a la vieja casa. Se le encogió el corazón al ver el único hogar que había conocido reducido a una simple cáscara: el hielo de la cúpula estaba cuarteado, la arena, desparramada; en el suelo, los agujeros de los cimientos se abrían como heridas horribles; el lecho del lago estaba desnudo, sin algas. El lugar parecía minúsculo y desordenado, la guarida de algún animal desesperado. Topos en un agujero, había dicho Coyote. Escondiéndose de los buitres.

—Vamonos —dijo Peter con tristeza, y caminaron por el largo túnel desnudo y mal iluminado que conducía a la nueva cúpula, el camino de asfalto que Nadia había construido, surcado ahora por mil huellas.

La nueva cúpula tenía una distribución diferente de la primera: la aldea estaba en el lado opuesto a la entrada, cerca de un túnel de emergencia que corría bajo el hielo hasta una salida en la cabecera de Chasma Australis. Los invernaderos se instalaron cerca de las luces de perímetro, y las dunas eran más altas. La maquinaria climatológica estaba justo al lado del Rickover. Los pequeños cambios eran innumerables y evitaban que aquél fuese una réplica del antiguo hogar. Y había tanto trabajo pendiente que no quedaba tiempo para lamentarse. Los robots versátiles no bastaban. Las clases de la mañana se habían suspendido desde el accidente, y los chicos formaban un equipo de apoyo que trabajaba con quien los necesitase. Algunos adultos intentaban convertir el trabajo en una lección —sobre todo Hiroko y Nadia— pero no había tiempo que perder y además eran trabajos sencillos que no requerían explicación, como apretar los módulos de las paredes con llaves Allen, trasladar planteles y tinajas de algas en los invernaderos, y así por el estilo.

Inmerso en la actividad, Nirgal era feliz la mayor parte del tiempo. Sin embargo, cierto día, al salir de la escuela y ver el edificio del comedor en vez de los grandes troncos del Creciente Guardería, se detuvo como herido por el rayo. El viejo mundo familiar había desaparecido para siempre. Así trabajaba el tiempo. Experimentó una dolorosa sensación de pérdida y se le llenaron los ojos de lágrimas. Todo aquel día anduvo aturdido y distante, viendo las cosas despojado de toda emoción, aislado como después de la muerte de Simón, exiliado en el mundo blanco más allá del mundo verde. No sabía si alguna vez podría librarse de esa melancolía. Los días de su niñez habían terminado, igual que Zigoto, y nunca volverían. Y ese día terminaría y se borraría también, esa cúpula se sublimaría poco a poco y acabaría por resquebrajarse. Nada perduraría. Entonces, ¿que sentido tenía todo? La pregunta lo atormentaba y le arrebataba el color y el sabor a todas las cosas. Hiroko advirtió su abatimiento y le preguntó qué le ocurría.

—¿Por qué hacemos todo esto, Hiroko? ¿Por qué nos molestamos en hacerlo si al fin todo acaba siendo blanco, sin importar cuánto nos esforcemos? —dijo Nirgal.

Uno podía preguntárselo todo a Hiroko, incluso lo trascendental. Ella lo miró con la cabeza inclinada a un lado, como un pájaro, y Nirgal pensó que aquella postura delataba el afecto que Hiroko sentía por él. No podía asegurarlo, sin embargo: cuanto mayor era, menos entendía a Hiroko y al mundo.

—Es triste que el viejo hogar haya desaparecido —dijo ella—. Pero tenemos que pensar en lo venidero. Eso también es viriditas: concentrarse no en lo que hemos creado, sino en lo que crearemos. La cúpula era como una flor que se marchita y muere, pero que lleva en ella la semilla de una nueva planta, que al crecer da nuevas flores y semillas. El pasado se ha ido, y pensar en el sólo te procurará tristeza. ¡Vaya, hace mucho tiempo yo fui una jovencita en el Japón, en la isla de Hokkaido! ¡Sí, tan joven como tú! Y no puedes imaginar cuánto tiempo hace de eso. Pero aquí estamos ahora, tú y yo, rodeados de estas plantas y estas gentes, si piensas en ellas y en cómo ayudarlas a crecer y medrar otra vez, sientes el kami que llena todas las cosas, y eso es todo lo que necesitas. Nosotros sólo podemos vivir el momento.

—¿Y el pasado? Ella rió.

—Vaya, estás creciendo, Nirgal. Bien, tienes que recordar el pasado de cuando en cuando. Fueron años buenos, ¿no es cierto? Tuviste una infancia feliz, y eso es una bendición. Pero también los días que estamos viviendo son buenos.

Se hicieron los preparativos para el viaje con Coyote y continuaron trabajando en el nuevo Zigoto, al que informalmente habían bautizado Gameto. Por las noches, en el viejo comedor trasladado, los adultos discutían largo y tendido sobre la situación. Sax, Vlad y Ursula, entre otros, querían volver a la superficie. En los refugios ocultos no podían desarrollar su trabajo de investigación de forma adecuada; querían volver a sumergirse en la corriente de la ciencia médica, de la terraformación, de la construcción.

—Nunca podremos disfrazarnos —señaló Hiroko—. Nadie puede cambiarse el genoma.

—No es el genoma lo que tenemos que cambiar, sino los archivos — dijo Sax—. Eso es lo que ha hecho Spencer. Ha introducido sus características físicas en un nuevo archivo de identidad.

—Y le alteramos las facciones con cirugía plástica —dijo Vlad.

—Sí, pero los cambios fueron mínimos debido a la edad. Ninguno de nosotros tiene el mismo aspecto. De todos modos, si se deciden por eso, les daremos nuevas identidades.

—¿De verdad que Spencer entró en todos los archivos? —preguntó Maya.

—El se quedó en Cairo —dijo Sax—, y tuvo la oportunidad de entrar en algunos archivos que ahora utilizan los de seguridad, eso bastó. Yo intentaré hacer algo parecido. Esperemos a ver qué dice Coyote sobre el asunto. Él no está en ningún archivo, así que seguramente sabe cómo hacerlo.

—Pero él ha estado escondido desde el principio —dijo Hiroko—. Eso es diferente.

—Es cierto, pero quizá tenga alguna idea.

—Podríamos trasladarnos al demimonde —propuso Nadia—, y permanecer fuera de los archivos. Creo que me decidiré por eso.

Maya asintió.

—Bueno, de todas maneras, un pequeño cambio de apariencia sería aconsejable. Ya sabéis que Phyllis ha vuelto.

—Todavía no puedo creer que hayan sobrevivido. Ella debe de tener nueve vidas.

—En cualquier caso, salimos en muchos noticiarios. Tendrémos que ir con cuidado.

Gameto iba completándose poco a poco. Pero por más que intentó concentrarse en la construcción, en el presente, Nirgal nunca lo sintió como su casa.

Un viajero les trajo la noticia de que Coyote llegaría pronto. A Nirgal se le aceleró el pulso: viajaría otra vez bajo el cielo nocturno cuajado de estrellas, en el rover-roca de Coyote, de refugio en refugio…

Jackie lo observó con una expresión curiosa mientras Nirgal compartía con ella esas sensaciones. Y esa tarde, después de que les dieran permiso en el trabajo, lo llevó hasta las nuevas dunas y lo besó. Cuando recobró el sentido, Nirgal le devolvió la caricia y empezaron a besarse apasionadamente; se abrazaron con fuerza y el vapor de sus respiraciones les humedeció las caras. Se arrodillaron en la depresión entre dos dunas altas, bajo una pálida neblina, y se tendieron en el nido formado por los abrigos de plumón. Se besaron y acariciaron y se fueron quitando la ropa, creando una envoltura con su propio calor, soltando vapor y quebrando la escarcha de la arena debajo de ellos. Y todo eso sin una palabra, fundiéndose en un ardiente circuito eléctrico, desafiando a Hiroko y al mundo entero. Así que esto es lo que se siente, pensó Nirgal. Bajo los cabellos negros de Jackie los granos de arena centelleaban como joyas, como si encerraran diminutas flores de hielo.

Cuando terminaron, gatearon hasta la cresta de la duna para asegurarse de que no venía nadie, y luego volvieron a su nido y se cubrieron con las ropas para calentarse. Se acurrucaron muy juntos y se besaron voluptuosamente, sin prisa. Jackie lo golpeó en el pecho con la punta del dedo y le dijo:

—Ahora nos pertenecemos el uno al otro.

Nirgal sólo pudo asentir, feliz; besó el largo cuello de la muchacha y enterró la cara en su cabello negro.

—Ahora me perteneces —dijo ella.

Él esperaba sinceramente que fuese cierto. Era lo que siempre había deseado, desde que tenía memoria.

Esa noche, sin embargo, en los baños Jackie se lanzó a la piscina, alcanzó a Harmakhis y lo abrazó estrechamente. Después se apartó un poco y miró a Nirgal con una expresión vacía, los ojos oscuros como pozos. Nirgal se sentó en el fondo poco profundo, sintiéndose helado, el torso rígido como si se preparara para recibir un golpe. Sus testículos aún estaban doloridos por el encuentro amoroso y ahí estaba ella, pegadita a Harmakhis como no lo había estado en meses, y echándole a él una mirada de basilisco.

Una sensación extraña lo recorrió: supo que aquél sería un momento que recordaría el resto de su vida, un momento crucial. Estaban en ese baño humeante y agradable, bajo la mirada de halcón de la hierática Maya, a quien Jackie detestaba con un odio refinado, que los miraba con sospecha. Así eran las cosas. Jackie y Nirgal tal vez se pertenecían el uno al otro; pero él con toda seguridad le pertenecía a ella. Aunque la idea que ella tenía de la pertenencia no coincidía con la suya. Nirgal advirtió que todas sus certezas se desmoronaban. Volvió a mirarla, aturdido, herido, furioso —ella se apretaba contra Harmakhis aún más—, y al fin comprendió: los poseía a los dos. Claro. Y Reull y Steve y Frantz sentían la misma devoción por ella. Quizás era un vestigio del dominio de Jackie sobre la pequeña banda. Tal vez todos formaran parte de su colección. Y era evidente que ahora que Nirgal era una especie de extranjero para ellos, Jackie se sentía más cómoda con Harmakhis. Era un exiliado en su propio hogar y en el corazón de su amada. ¡Si es que ella tenía corazón!

Ignoraba si había algo de verdad en esas impresiones, y no estaba seguro de querer saberlo. Salió de la piscina y fue a refugiarse en el vestuario de hombres, sintiendo la mirada de Jackie, y también la de Maya, taladrándole la espalda.

Al entrar vio por el rabillo del ojo una cara desconocida en el espejo. Se detuvo y la reconoció: era su propia cara, contraída de angustia.

Se acercó al espejo lentamente, de nuevo con aquella extraña sensación de trascendencia. Estudió la cara, y supo que él no era el centro del universo, ni tampoco su única conciencia, sino una persona corriente, y que los otros lo veían como él a ellos cuando los miraba. Y ese extraño Nirgal del espejo era un apuesto muchacho de cabellos negros y ojos castaños, apasionado, casi el gemelo de Jackie, de gruesas cejas negras y… una mirada peculiar. La energía hormigueó en las puntas de sus dedos y recordó cómo lo miraban todos, y comprendió que él debía de representar para Jackie la misma clase de poder peligroso que ella para él. Y por eso necesitaba mantenerlo a distancia de alguna forma —por ejemplo, utilizando a Harmakhis—, para crear un cierto equilibrio, para afirmar su poder. Para demostrarle que eran una pareja de iguales. Y de súbito, la tensión del torso se aflojó y Nirgal tembló. Esbozo una media sonrisa: era cierto que se pertenecían, pero él seguía siendo él mismo.

Cuando Coyote llegó al fin y le pidió que lo acompañara, Nirgal accedió al instante, agradecido por la oportunidad. Le dolió ver el relámpago de rabia en la cara de Jackie cuando se enteró de la noticia; pero una parte de Nirgal se sintió exultante por su alteridad, por su habilidad para escapar de ella, o al menos para mantener una cierta distancia. Pareja o no, él necesitaba su identidad.

Unas noches más tarde, Coyote, Michel, Peter y él dejaron atrás la mole inmensa del casquete polar y se adentraron en el terreno fracturado, negro bajo el manto de estrellas.

Nirgal miró atrás, el luminoso acantilado blanco, con una mezcla de sentimientos en la que predominaba el alivio. Quizás excavarían cada vez más profundamente en el hielo y vivirían en una cúpula bajo el mismo Polo Sur; y mientras tanto el planeta rojo giraría en el cosmos, libre entre las estrellas. Tuvo la súbita certeza de que él nunca más viviría bajo la cúpula, volvería a ella sólo para visitas cortas. No porque él lo eligiese, sino porque ése era su destino. Una certidumbre como una piedra roja en la mano. En adelante no tendría hogar, no hasta que el planeta entero se convirtiese en su hogar, y conociera cada cráter y cañón, cada planta, cada persona, todo, en el mundo verde y en el mundo blanco. Recordando la tormenta que había visto desde el borde de Promethei Rupes, pensó que aquélla sería una tarea que ocuparía muchas vidas. Tendría que empezar a aprender.

SEGUNDA PARTE

El embajador

Los asteroides con órbita elíptica que cruzan la órbita marciana reciben el nombre de asteroides Amor. (Si cruzan la órbita terrestre se los denomina Troyanos.) En 2088, el asteroide Amor conocido como 2034 B intersectó el curso de Marte unos dieciocho millones de kilómetros detrás del planeta, y un grupo de vehículos de descenso robóticos partieron de la Luna y atracaron en él poco después. El 2034 B era una bola irregular de unos cinco kilómetros de diámetro, con una masa aproximada de quince mil millones de toneladas. Cuando los cohetes aterrizaron, el asteroide se convirtió en Nuevo Clarke.

Los cambios pronto fueron evidentes. Algunas naves se posaron en la superficie polvorienta del asteroide y empezaron a perforar, excavar, triturar, clasificar, transportar. Un reactor nuclear entró en funcionamiento y las varillas de combustible ocuparon su lugar. Se encendieron hornos y las cargadoras robóticas se prepararon para palear. Otras naves abrieron sus bodegas y diversos ingenios robóticos se descolgaron como arañas sobre la superficie y anclaron en las regulares superficies de roca. Las taladradoras actuaron. El polvo se levantó y envolvió el asteroide y volvió a posarse o escapó para siempre. Las naves extendieron tuberías y cables y se ensamblaron unas con otras.

El asteroide estaba formado por condrita carbonoso, y tenia un alto porcentaje de hielo de agua enferma de venas y burbujas en el interior de la roca. No mucho después el complejo de fábricas empezó a producir diferentes materiales con base de carbono y algunos compuestos.

El agua pesada, una parte en cada seis mil del hielo de agua del asteroide, fue separada, y a partir de ella se elaboró deuterio. Se fabricaron las piezas a partir de los compuestos de carbono y se ensamblaron. Aparecieron nuevos robots, hechos en su mayoría empleando la roca del propio Clarke. Y así, a medida que los ordenadores de las naves dirigían la creación del complejo industrial, el número de máquinas fue creciendo.

Después el proceso se simplificó, por algunos años. La fábrica principal de Nuevo Clarke hizo un cable de filamentos de nanotubo de carbono. Los nanotubos estaban formados por cadenas de átomos de carbono, y los enlaces que los mantenían unidos eran los más fuertes que podían elaborar los humanos. Los filamentos sólo tenían unas pocas docenas de metros de longitud, pero estaban agrupados en haces superpuestos que se unían a otros haces hasta que el cable alcanzo nueve metros de diámetro. Las fábricas producían los filamentos y componían los haces con tal facilidad que extraían cable a un ritmo de cuatrocientos metros a la hora, diez kilómetros al día, hora tras hora, día tras día, año tras año.

Mientras la delgada hebra de luces de carbono salía al espacio, en otra faceta del asteroide otros robots construyeron un conductor de masa, un ingenio que utilizaba el deuterio del agua para proyectar la roca triturada al espacio, a doscientos kilómetros por segundo. Se construyeron también ingenios mas convencionales alrededor del asteroide, y se los abasteció de combustible, a la espera del momento en que actuarían como cohetes de posición. Se construyeron vehículos con grandes ruedas que podían desplazarse a lo largo del cable, cada día más extenso. A medida que el cable salía se le añadían unos pequeños cohetes y maquinaria diversa.

Se activó el conductor de masa. El asteroide empezó a variar su órbita.

Pasaron los años. La nueva órbita del asteroide lo acercó a diez mil kilómetros de Marte y se encendieron los cohetes para permitir que el campo gravitatorio del planeta lo atrapara en una órbita al principio marcadamente elíptica. Los cohetes siguieron encendiéndose y apagándose para regularizar la órbita. Siguió extrayéndose cable. Pasaron los años.

Poco mas de una década después de que las naves robot aterrizaran, el cable tenía unos treinta mil kilómetros de largo. La masa del asteroide era de ocho mil millones de toneladas aproximadamente, la masa del cable, de unos siete mil millones. La órbita elíptica del asteroide tenía una periapsis de cincuenta mil kilómetros. Todos los cohetes y conductores de masa de Nuevo Clarke y del cable se pusieron en funcionamiento, algunos de forma continua y la mayoría intermitentemente. Uno de los ordenadores más poderosos jamás creados empezó a funcionar en una de las naves para coordinar los datos de los sensores y determinar qué cohetes tenían que encenderse. El cable, que apuntaba hacia el espacio, empezó a girar hacia Marte con la precisión y delicadeza de un reloj. La órbita del asteroide se hizo más regular.

Otras naves aterrizaron en Nuevo Clarke, y los robots que transportaban iniciaron la construcción de un puerto espacial. El extremo del cable descendió hacia Marte y los cálculos del ordenador alcanzaron una complejidad casi metafísica. La danza gravitatoria del asteroide y el cable con el planeta se hizo aún más precisa, al compás de una música de ritmo cada vez más pausado; a medida que el cable se aproximaba a su posición definitiva, sus movimientos eran más lentos. Si alguien hubiese podido contemplar este espectáculo en toda su extensión, le habría parecido una espectacular demostración física de la paradoja de Zenón, según la cual el corredor se acerca a la meta dividiendo infinitamente la distancia que le queda por cubrir… Pero nadie presenció el espectáculo completo, porque no existía un testigo dotado de los sentidos necesarios para ello. A distancia, el cable podía parecer mucho más fino que un cabello humano, y por tanto sólo eran visibles algunas porciones. Tal vez el ordenador que lo guiaba tenía una visión global de la extensión del cable. Pero para los observadores en la superficie de Marte, en la ciudad de Sheffield, en el volcán Pavonis Mons (la Montaña del Pavo Real), el cable hizo su primera aparición como un pequeño cohete que descendía con un delgado cable guía sujeto a él; como si algún dios allá en el universo hubiese arrojado un delgado sedal de pesca con un anzuelo en su extremo. Desde esta perspectiva de fondo oceánico, el cable en sí siguió al cabo guía hacia el inmenso bunker de hormigón situado al este de Sheffield con una lentitud casi dolorosa, y muchos simplemente dejaron de prestar atención a ese negro trazo vertical en la atmósfera superior.

Sin embargo, llegó el día en que el extremo inferior del cable, con los cohetes encendidos para mantener la posición en medio del viento racheado, entró en el agujero del techo del bunker de hormigón y quedó anclado en el anillo. Ahora la porción de cable por debajo del punto geosincrónico, estaba atrapada por la gravedad marciana; la porción por encima del punto areosincrónico trataba de seguir a Nuevo Clarke en un vuelo centrífugo que lo alejaría del planeta, y los filamentos de carbono del cable soportaban esa tensión; todo el dispositivo rotaba a la misma velocidad que el planeta, anclado sobre el Monte Pavonis y con una ligera oscilación que le permitía esquivar a Deimos. Y todo estaba controlado por el gran ordenador de Nuevo Clarke y la inmensa batería de cohetes desplegada sobre la hebra de carbono.

El ascensor había regresado. Las cabinas subían desde Pavonis y bajaban desde Nuevo Clarke, proporcionando un contrapeso que reducía enormemente la energía necesaria para ambas operaciones. Las naves espaciales se aproximaban al puerto espacial de Nuevo Clarke, y cuando partían aprovechaban el efecto honda del asteroide. El pozo de gravedad de Marte se mitigó así de forma sustancial, y el intercambio con la Tierra y el resto del sistema solar se abarató. Era como si se hubiera vuelto a conectar un cordón umbilical.

Estaba inmerso en una vida perfectamente ordinaria cuando lo reclutaron y lo enviaron a Marte.

La citación llegó en un fax al apartamento que había alquilado un mes antes, cuando él y su mujer habían decidido separarse provisionalmente. El fax era breve: Estimado Arthur Randolph: William Fort le invita a asistir a un seminario privado. El avión saldrá del aeropuerto de San Francisco el día 22 de febrero de 2101, a las 9 A.M.

Art miró el papel sorprendido. William Fort era el fundador de Praxis, la transnacional que había adquirido la compañía de Art unos años antes. Fort era muy anciano, y se decía que ahora su cargo en la transnacional era honorario. Sin embargo seguía organizando seminarios privados que eran toda una leyenda, aunque se sabía muy poco de ellos. Los rumores decían que Fort invitaba a personal de las compañías subsidiarias, los reunía en San Francisco y, una vez allí, un avión privado los llevaba a un lugar secreto. Nadie sabía lo que ocurría en esos seminarios. Por lo general, los asistentes eran transferidos a otros lugares, y de no ser así mantenían la boca tan cerrada que daba que pensar. Un asunto muy misterioso.

La invitación lo dejó perplejo, y a pesar de la aprensión, se sintió muy complacido. Dumpmines, la empresa de la que Art era cofundador y director técnico, y que se dedicaba a escarbar en antiguos vertederos para recuperar y procesar materiales útiles fechados en épocas más prósperas, había sido adquirida por Fort inesperadamente. Una sorpresa agradable, sin embargo, los empleados de la firma pequeña que era Dumpmines pasaron a ser miembros de una de las organizaciones más ricas del mundo; recibieron acciones, el derecho a voto en la empresa, la libertad para utilizar todos sus recursos. Era como si los hubiesen armado caballeros.

Art ciertamente se alegró, y su mujer también, pero ella mostró un talante elegiaco desde el primer momento. Mitsubishi la había contratado para su departamento de dirección, y las grandes transnacionales, dijo ella, eran como mundos separados. Trabajando los dos para diferentes transnac, era inevitable que se distanciaran aún más. Ya no se necesitaban para conseguir el tratamiento de longevidad, porque las transnac lo proporcionaban con más garantías que el gobierno. Así que era como si viajaran en barcos distintos, dijo ella, que zarpaban de San Francisco con diferentes destinos. Como barcos que se cruzaban en la noche, en realidad.

Art pensaba que habrían podido mantener el contacto entre los dos barcos sí no fuera porque su mujer estaba demasiado interesada en uno de sus compañeros de viaje, uno de los vicepresidentes de Mitsubishi, encargado de la expansión en el Pacífico este. Pero Art fue incluido en el programa de arbitraje de Praxis casi en seguida, y empezó a viajar con frecuencia para tomar clases o arbitrar en las disputas entre pequeñas subsidiarias de Praxis que se dedicaban a la recuperación de recursos, y cuando estaba en San Francisco raras veces coincidía con Sharon. Los barcos de ambos estaban cada vez más distanciados y ya no podían oír sus voces, había dicho ella, y él se encontraba demasiado desmoralizado para rebatir sus afirmaciones. Siguiendo la sugerencia de Sharon, poco después se mudó. Podía decirse que le había dado la patada.

Mientras releía el fax por cuarta vez, se restregó el mentón moreno y sin afeitar. Art era un hombre de constitución robusta y andar desgarbado. Su mujer sostenía que era «patoso», pero él prefería la definición de su secretaria en Dumpmines: «andares de oso». En verdad tenía algo del aire torpe y pesado de un oso, y también la sorprendente rapidez y fuerza de ese animal. Había jugado como defensa en la Universidad de Washington, y aunque era de carrera lenta, sus intervenciones eran decisivas y no había forma de derribarlo. Lo apodaban el Hombre Oso, y pocos se atrevían a intentar un placaje con él.

Se licenció en ingeniería y fue a trabajar a los campos petrolíferos de Irán y Georgia. Durante el tiempo que pasó allí perfeccionó varios procedimientos que permitían extraer el petróleo de esquistos bituminosos extremadamente marginales. Se doctoro en la Universidad de Teherán y luego se trasladó a California, donde se asoció con un amigo en una empresa que fabricaba el oxigeno de inmersión empleado en las plataformas petrolíferas de alta mar. Ese tipo de prospección se realizaba cada vez a mayor profundidad a medida que los depósitos más accesibles se agotaban. Durante esa etapa Art realizó una serie de mejoras tanto en sus equipos de inmersión como en las perforadoras submarinas. Pero un par de años pasados en las cámaras de descompresión sobre la plataforma continental fueron suficientes para él. Vendió las acciones a su socio y volvió a su incesante peregrinar. En rápida sucesión fundó una compañía de construcción de habitáts para climas fríos, trabajó para una firma de paneles solares y construyó torres de lanzamiento de cohetes. Disfrutaba de todos los trabajos, pero con el tiempo descubrió que le interesaban mucho más los problemas humanos que los técnicos. Se metió de lleno en la dirección de proyectos y luego se pasó al arbitraje. Le gustaba intervenir en las disputas y resolverlas a gusto de todos. Era otro tipo de ingeniería, más absorbente y gratificante que la mecánica, y mucho más complicada. Varias de las compañías para las que trabajó durante esos años pertenecían a alguna transnacional, y acabó envuelto no sólo en el arbitraje de disputas entre sus compañías sino también en otras más lejanas que requerían el arbitraje de un tercero. Ingeniería social, lo llamaba él, y le fascinaba.

Cuando fundó Dumpmines asumió la dirección técnica e introdujo importantes mejoras en el SuperRathje, el vehículo robot gigante que realizaba la extracción y selección de los materiales en los vertederos. Pero al mismo tiempo intervino más que nunca en disputas y conflictos laborales. Esa tendencia de su carrera se acentuó después de la adquisición de la compañía por Praxis. Y los días que el trabajo acababa bien, regresaba a casa sabiendo que debería haber sido juez, o diplomático. Sí, en el fondo era un diplomático.

Lo cual hacía más embarazoso aún que hubiese sido incapaz de negociar una solución satisfactoria para su matrimonio. Y no había duda de que Fort, o quienquiera que lo hubiese invitado a ese seminario, estaba al corriente de la ruptura. Era incluso posible que hubiesen puesto micrófonos ocultos en su viejo apartamento y escuchado el patético desorden de sus últimos meses de vida en común con Sharon, lo que no habría dicho mucho a favor de ninguno de los dos. Se encogió sólo de pensarlo, todavía frotándose el mentón áspero, y fue al baño y conectó el calentador agua de portátil. La cara en el espejo mostraba una expresión de ligera incredulidad. Sin afeitar, cincuentón, separado, con el empleo equivocado la mayor parte de su vida, apenas empezando a seguir su auténtica vocación… no era la clase de persona que uno imaginaba recibiendo un fax de William Fort.

Su mujer, o su ex mujer, llamó por teléfono y se mostró igualmente incrédula.

—Tiene que ser un error —afirmó cuando Art le dio la noticia.

Ella llamaba a propósito de uno de los objetivos de su cámara que no encontraba. Sospechaba que Art se lo había llevado al mudarse.

—Voy a ver si lo encuentro —dijo Art.

Fue hasta el armario para mirar en las dos maletas, aún por deshacer. Sabía que el objetivo no estaba allí, pero de todas maneras las revolvió ruidosamente. Si trataba de simular, Sharon lo descubriría. Mientras él buscaba ella continuó hablando y la voz metálica resonó en el apartamento vacío.

—Eso demuestra lo extravagante que es ese Fort. Te encontrarás en una especie de Shangri-La y él llevará cajas de kleenex en vez de zapatos y hablará en japonés, y tú le clasificarás la basura y aprenderás a levitar y no volveré a verte nunca más. ¿Lo has encontrado?

—No. No está aquí.

Cuando se separaron, habían repartido las posesiones comunes: Sharon se había quedado con el apartamento, la colección de figurillas de la mesa de despacho, el atril, las cámaras, las plantas, la cama y el resto del mobiliario. Art se había llevado la sartén de teflón. No había sido, desde luego, el mejor de sus arbitrajes. Pero eso significaba que tenía muy pocos sitios donde buscar el objetivo.

Sharon podía convertir un simple suspiro en una acusación.

—Te enseñarán japonés y nadie volverá a verte jamás. ¿Qué puede querer William Fort de ti?

—¿Asesoramiento matrimonial? —propuso él.

Para sorpresa de Art, muchos de los rumores que corrían sobre los seminarios de Fort resultaron ser ciertos. En el aeropuerto internacional de San Francisco, subió a un gran jet privado con otras seis personas. Tras el despegue, las ventanillas, al parecer con doble polarización, se oscurecieron, y la puerta que llevaba a la cabina del piloto quedó cerrada. Dos de los compañeros de Art jugaron a las adivinanzas, y después de varios virajes suaves a derecha e izquierda, afirmaron que el avión se dirigía a algún sitio entre el sudoeste y el norte. Los siete intercambiaron información; todos pertenecían a la vasta red de compañías de Praxis. Habían volado a San Francisco desde todas partes del mundo. Algunos se sentían excitados al ser invitados a conocer al ermitaño fundador de la transnacional; otros sentían una cierta aprensión.

El vuelo duró seis horas, y durante las maniobras de descenso los dos orientadores se entretuvieron en delimitar el área de su posible localización, un círculo que incluía Juneau, Hawai, Ciudad de México y Detroit, aunque podía ser aún más extenso, señaló Art, si viajaban a bordo de uno de los nuevos aviones aire-espacio, tal vez medio planeta o más. Del avión pasaron a una furgoneta con los cristales tintados y una barrera sin ventanas entre ellos y el conductor. Cerraron las puertas desde fuera.

Después de media hora de viaje, el chófer, un hombre mayor que vestía pantalones cortos y una camiseta con un anuncio de Bali, les abrió la puerta.

La luz del sol los deslumbró. Desde luego aquello no era Bali. Estaban en un pequeño aparcamiento asfaltado rodeado de eucaliptos, al pie de un estrecho valle costero. Hacia el oeste se extendía, por espacio de kilómetro y medio, el océano o un gran lago del que sólo era visible una pequeña porción triangular. Un riachuelo discurría por el valle y desaguaba en una laguna situada detrás de una playa. Los flancos del valle estaban cubiertos de vegetación seca en el sur y de cactus en el norte, y las crestas eran de roca parda y desnuda.

—¿Baja? —propuso uno de los orientadores—. ¿Ecuador, Australia?

—¿San Luis Obispo? —aventuró Art.

El chófer abrió la marcha. Caminaron por una carretera estrecha que llevaba a un pequeño recinto. Allí, acurrucados en el fondo del valle, entre pinos costeros, se levantaban siete edificios de madera de dos pisos. Se alojarían en un par de casitas junto al riachuelo. Dejaron el equipaje en las habitaciones y el chófer los guió hasta el comedor en otro edificio. Media docena de empleados, bastante mayores, les sirvieron una comida sencilla: ensalada y estofado. De vuelta a las habitaciones, los dejaron a su aire.

Se reunieron en la sala central alrededor de una estufa de leña. Hacia calor fuera y la estufa estaba apagada.

—Fort tiene ciento doce años —dijo el orientador de nombre Sam—. Y parece que los tratamientos no le han hecho efecto en el cerebro.

—Nunca lo consiguen —dijo Max, otro orientador.

Hablaron sobre Fort. Todos habían oído rumores, ya que William Fort era una leyenda de la medicina, el Pasteur de su siglo, el hombre que había vencido al cáncer, proclamaban falazmente los tabloides. El hombre que había vencido al resfriado común. Había fundado Praxis a los veinticuatro años para comercializar algunas innovaciones en antivirales, y a los veintisiete ya era multimillonario. Luego había convertido a Praxis en una de las transnacionales más poderosas del mundo. Ochenta años de metástasis continua, según Sam. Y entre tanto había ido mutando hasta convertirse en una especie de súper Howard Hughes, decían, haciéndose cada vez más poderoso. Al fin, como un agujero negro, había desaparecido por completo en el horizonte de sus logros y su poder.

—Sólo espero que esto no sea demasiado extravagante —dijo Max. Los demás —Sally, Amy, Elisabeth y George— se mostraban más optimistas. Pero todos se sentían inquietos por el peculiar recibimiento, o mejor dicho por la falta de recibimiento, y cuando nadie fue a visitarlos esa noche, se retiraron a sus habitaciones con expresión preocupada.

Art durmió bien, como de costumbre, y despertó al alba con el grito opaco de una lechuza. El riachuelo borbotaba bajo la ventana. El amanecer fue gris y la bruma envolvía los pinos. De algún lugar del edificio llegaba un martilleo suave.

Se vistió deprisa y salió. Todo rezumaba humedad. Abajo, más allá de las casas, sobre unas terrazas estrechas, había hileras de lechugas y unos manzanos que habían podado hasta reducirlos a meros arbustos.

Cuando Art llegó al pie de la pequeña granja sobre el lago, los colores empezaban a insinuarse. Una alfombra de césped se extendía bajo un viejo roble. Se sintió atraído por el árbol y se acercó a él; tocó la corteza áspera y agrietada. Entonces oyó voces. Subiendo por un sendero que bordeaba el lago se acercaba un hilera de personas: vestían trajes de goma negros y cargaban planchas de surf o alas delta plegadas. Al cruzarse con él, Art reconoció las caras del personal de cocina de la noche anterior y también al chófer. Éste lo saludó con la mano y continuó su camino. Art bajo hasta el lago. El murmullo de las olas poblaba el aire salado y los pájaros nadaban entre los juncos.

Después de un momento, Art desanduvo el sendero y fue al comedor. Las personas con las que se había cruzado estaban en la cocina preparando tortas. Cuando Art y los otros huéspedes hubieron comido, el chófer los llevó a una gran sala de reuniones en el piso de arriba. Se acomodaron en unos sofás dispuestos en cuadrado. Los grandes ventanales dejaban entrar la luz mortecina de la mañana. El chófer se sentó en una silla entre dos sofás.

—Soy William Fort —dijo—. Me alegra que hayan venido.

Si se lo examinaba con detenimiento, Fort era un anciano singular. Cien años de ansiedad le habían dejado una cara devastada, pero la expresión era serena y despreocupada. Un chimpancé, pensó Art, con un pasado en los laboratorios de experimentación y que ahora estudiaba zen. O sencillamente un viejo surfista o practicante de ala delta curtido, calvo, de cara redonda y nariz chata, que los examinaba uno a uno. Sam y Max, que habían ignorado a Fort cuando era chófer o cocinero, parecían incómodos, pero él no pareció advertirlo.

—Un indicador para medir el impacto de los humanos y sus actividades en el mundo —dijo— es la distribución del producto neto de la fotosíntesis del suelo.

Sam y Max asintieron, como si aquélla fuese la manera habitual de iniciar una reunión.

—¿Puedo tomar notas? —preguntó Art.

—Por favor —dijo Fort. Señaló la mesita de café que había en el centro del cuadrado de sofás, cubierta de cuadernos y atriles—. Más tarde propondré algunos juegos, así que pueden usar los atriles y los blocs de notas, lo que necesiten.

La mayoría de los asistentes habían traído sus propios atriles y hubo un pequeño revuelo mientras los sacaban y los activaban. Cuando se hizo el silencio, Fort se levantó y empezó a caminar alrededor de los sofás, completando una revolución cada pocas frases.

—Actualmente utilizamos cerca del ochenta por ciento del producto neto de la fotosíntesis del suelo —dijo—. El cien por cien es prácticamente inalcanzable, y nuestra capacidad de transporte se ha estimado en un treinta por ciento. Por tanto, puede afirmarse que nos encontramos ampliamente desbordados.

»Hemos estado liquidando nuestro capital natural como si fuera sustituible, y esto nos ha llevado al borde del agotamiento de ciertos productos vitales, como el petróleo, la madera, el suelo, los metales, el agua potable, los peces y los animales. Esto hace difícil la expansión económica continua.

¡Difícil!, anotó Art. ¿Continua?

—Tenemos que continuar —dijo Fort, echándole una mirada penetrante a Art, que ocultó con disimulo el atril con el brazo—. La expansión continua es uno de los principios fundamentales de la economía, y por tanto uno de los fundamentos del universo. Porque todo es economía. La física es economía cósmica, la biología es economía celular, las ciencias humanas son economía social, la psicología es economía mental, y así todo.

Su auditorio asintió con poco entusiasmo.

—Todas las cosas tienden a expandirse. Pero eso no puede producirse ignorando la ley de conservación de la materia-energía. Por muy eficiente que sea el procesamiento, no se puede conseguir una producción mayor que la entrada de materia prima.

Art escribió en su anotador: Producción mayor que entrada de materia prima — todo es economía — capital natural — masivamente desbordados.

—En respuesta a esta situación, una división de Praxis ha estado trabajando en lo que nosotros llamamos economía de mundo lleno.

—¿No sería mejor decir «de mundo saturado»? —preguntó Art.

Fort ignoró el comentario.

—Bien, como afirma Daly, el capital humano y el capital natural no son sustituibles. Quizá sea obvio, pero en vista de que muchos economistas se empeñan en que son sustituibles, hay que insistir. Por poner un ejemplo sencillo, uno no puede sustituir bosques con aserraderos. Si se está construyendo una casa, se puede jugar con el número de sierras eléctricas y carpinteros, lo que significa que son sustituibles, pero no puede construirse la casa con la mitad de la madera, no importa cuántas sierras o carpinteros se tengan. Pruébenlo y tendrán una casa de aire, que es donde estamos viviendo ahora.

Art meneó la cabeza y miró la página del atril, llena otra vez. Recursos y capital no sustituibles — sierras eléctricas y carpinteros — casa de aire.

—Perdone un momento —dijo Sam—. ¿Ha dicho usted capital natural? Fort se sobresaltó y se volvió para mirar a Sam.

—Creía que el capital era por definición lo que el hombre crea. Los medios de producción producidos, o así me enseñaron a definirlo.

—Tiene razón. Pero en un mundo capitalista, la palabra capital tiene cada vez más acepciones. Se habla por ejemplo de capital humano, que es lo que la clase obrera acumula a través de la educación y la experiencia laboral. El capital humano difiere del capital clásico en que no puede heredarse, y sólo puede ser contratado, no vendido ni comprado.

—A menos que tengamos en cuenta la esclavitud —apuntó Art. Fort frunció el ceño.

—El concepto de capital natural se parece más a la definición tradicional que el de capital humano, porque puede ser poseído y legado, y se lo puede dividir en renovable y no renovable, comercializable y no comercializable.

—Pero, si todo es capital de una clase u otra —observó Amy—, no es extraño que haya quien crea que son intercambiables. Si se racionaliza el capital producido por el hombre de manera que se utilice menos capital natural, ¿no es eso en efecto una sustitución?

Fort meneó la cabeza.

—Eso es eficiencia. El capital es la cantidad de materia prima y la eficiencia es la relación entre la materia prima y la producción. Por eficiente que sea el capital, no puede crear a partir de la nada.

—Nuevas fuentes energéticas… —sugirió Max.

—Pero no podemos fabricar tierra a partir de la electricidad. La energía nuclear y la maquinaría autorreplicante nos han proporcionado un potencial enorme, pero tenemos que poseer unos bienes básicos a los que aplicar esa energía. Y es ahí donde topamos con un límite.

Fort los observó con esa calma de primate que Art había advertido al principio. Art leyó la pantalla de su atril. Capital natural — capital humano — capital tradicional — energía versus materia — suelo eléctrico — no hay sustitutos satisfactorios. Hizo una mueca y cambió de página.

—Desgraciadamente —continuó Fort—, muchos economistas aun trabajan con el modelo económico de mundo vacío.

—La validez del modelo de mundo lleno es evidente —dijo Sally—, de sentido común. ¿Por qué habría de ignorarlo un economista?

Fort se encogió de hombros y completó otra circunnavegación silenciosa de la habitación. Art tenía el cuello dolorido.

—Nosotros entendemos el mundo mediante paradigmas. El cambio de la economía de mundo vacío a la de mundo lleno es un paradigma muy importante. Max Planck dijo una vez que un nuevo paradigma se impone, no cuando convence a sus oponentes, sino cuando los oponentes mueren.

—Y ahora ya no mueren —observó Art. Fort asintió.

—El tratamiento mantiene a la gente en circulación, a la gente y a sus ideas.

Sally parecía enfadada.

—Pues tendrán que aprender a pensar de otra manera. Fort la miró.

—Es lo que haremos ahora, al menos en teoría. Quiero que inventen estrategias económicas de mundo lleno. Es un juego que suelo practicar. Si conectan sus atriles a la mesa, les daré los datos de partida.

Todos se inclinaron hacia adelante y se conectaron a la mesa.

El primer juego que les propuso Fort consistía en estimar la población máxima que la Tierra podía sustentar.

—¿No depende eso del estilo de vida? —preguntó Sam.

—Abarcaremos una amplia gama de supuestos —dijo Fort.

Y no bromeaba. Fueron de escenarios donde cada hectárea arable de tierra era explotada con la máxima eficiencia a escenarios en los que se había vuelto al régimen de caza y recolección; del consumo excesivo universal a las dietas de subsistencia universales. Sus atriles les marcaron las condiciones iniciales y ellos empezaron a teclear, algunos con expresión de aburrimiento o nerviosismo, otros impacientes o absortos, utilizando las fórmulas de la tabla o añadiendo las propias.

La tarea los tuvo ocupados hasta la hora de comer, y luego toda la tarde. A Art le gustaban los juegos, y él y Amy terminaron mucho antes que los demás. Los resultados de población iban desde los cien millones (el modelo «tigre inmortal», como lo llamaba Fort) a los treinta mil millones (el modelo «hormiguero»).

—Ésa es una escala muy amplia —señaló Sam.

Fort asintió con un movimiento de cabeza y los miró con paciencia.

—Pero si consideras sólo los modelos con las condiciones más realistas —dijo Art—, por lo general te quedas entre los tres mil y los ocho mil millones.

—Y la población actual es de cerca de doce mil millones —dijo Fort—. Así pues, estamos desbordados. Y bien, ¿qué podemos hacer respecto a esto? Al fin y al cabo, tenemos empresas que mantener. Los negocios no van a detenerse sólo porque haya demasiada gente. La economía de mundo lleno no es el fin de la economía. Sólo significa el fin de los negocios como se habían venido haciendo hasta ahora. Es mi deseo que Praxis vaya a la cabeza en la nueva etapa. Bien. La marea está baja y voy a salir otra vez. Los invito a acompañarme si les parece. Mañana jugaremos al «Mundo saturado».

Y con esto abandonó la sala y los dejó solos. Regresaron a las habitaciones, y luego, como se acercaba la hora de la cena, fueron al comedor. Fort no estaba allí, pero sí varios de sus asociados, a los que se había sumado un grupo de hombres y mujeres jóvenes, todos ellos delgados, de rostros brillantes y aspecto saludable. Más de la mitad eran mujeres. Recordaban a un equipo de atletismo o de natación. Las cejas de Sam y Max subían y bajaban en una especie de Morse fácilmente traducible: «¡Vaya, vaya! ¡Vaya, vaya!». Los jóvenes los ignoraron, les sirvieron la cena y volvieron a la cocina. Art comió deprisa, preguntándose si Sam y Max estarían acertados en sus suposiciones. Cuando terminó de cenar, llevó el plato a la cocina y ayudó con el lavaplatos. Mientras lo hacía, habló con una de las mujeres.

—¿Qué te ha traído aquí?

—Una especie de programa de becas —contestó ella. Se llamaba Joyce—. Todos somos aprendices y entramos en Praxis el año pasado; nos han seleccionado para seguir un curso aquí.

—¿Habéis estado trabajando hoy en la economía de mundo lleno?

—No. Hemos jugado al voleibol.

Art salió de la cocina deseando que lo hubiesen escogido para ese programa. Se preguntaba si habría allí alguna sauna desde la que se dominase el océano. No parecía tan descabellado: el océano allí era frío, y si era cierto que todo era economía, podría considerarse como una inversión. Para mantener la infraestructura humana, por así decirlo.

De vuelta en la residencia encontró a sus compañeros comentando la jornada.

—Odio estas situaciones —decía Sam.

—Pues estamos atrapados —dijo Max con aire melancólico—. O te unes al culto o pierdes el empleo.

Los otros no eran tan pesimistas.

—Quizá se siente solo —sugirió Amy.

Sam y Max pusieron los ojos en blanco y miraron en dirección de la cocina.

—Tal vez siempre quiso ser maestro —propuso Sally.

—Tal vez quiere que Praxis siga creciendo un diez por ciento por año —dijo George—, con el mundo lleno o vacío.

Sam y Max asintieron y Elisabeth pareció molestarse y exclamó:

—¡Tal vez quiere salvar el mundo!

—Seguramente —dijo Sam, y Max y George soltaron una risita burlona.

—Tal vez ha puesto micrófonos en la habitación —dijo Art, lo que cortó la conversación en seco, como una guillotina.

Las jornadas siguientes no difirieron mucho de la primera. Se sentaban en la sala de conferencias y Fort daba vueltas alrededor de ellos y se pasaba la mañana hablando, algunas veces coherentemente, otras, no. Cierta mañana habló del feudalismo durante tres horas. Dijo que era la expresión política más clara de la dinámica de dominación del primate, y que en realidad nunca había desaparecido; el capitalismo transnacional era feudalismo a gran escala, y la aristocracia del mundo tenía que encontrar el medio de integrar el crecimiento capitalista en la estabilidad inamovible del modelo feudal. Otra mañana enunció la eco-economía, una teoría económica que tenía como unidad básica la caloría. Al parecer había sido elaborada por los primeros colonos en Marte; Sam y Max pusieron los ojos en blanco ante la noticia, y Fort siguió explicando con un murmullo las ecuaciones de Taneev y Tokareva y cubrió la pizarra de la esquina de garabatos ilegibles.

Pero este programa no duró: pocos días después llegó desde el sur una buena marejada. Fort suspendió las reuniones y pasó el día haciendo surf o planeando sobre las olas en traje de pájaro: un armazón ligero y flexible de alas anchas, parecido a un planeador, que mediante un juego de alambres transformaba el movimiento muscular de quien lo llevaba en la fuerza semirígida necesaria para levantar el vuelo. Muchos de los jóvenes becarios se le unieron en el aire; subían hacia el cielo como Icaro y luego se dejaban caer y planeaban velozmente sobre los cojines de aire que levantaban las olas, deslizándose como los pelícanos que habían inventado el deporte.

Art salió y jugueteó con una tabla de surf, y disfrutó del agua fría, aunque no tanto como para necesitar un traje de goma. No se alejó de Joyce, que hacía surf, y entre juego y juego charló con ella. Se enteró así de que los viejos de la cocina eran buenos amigos de Fort, veteranos de los años de crecimiento de Praxis. Los jóvenes becarios se referían a ellos como los Dieciocho Inmortales. Algunos tenían su residencia habitual en el campamento, mientras que otros sólo estaban de paso para asistir a una especie de reunión donde discutían los problemas y aconsejaban a los actuales directivos de Praxis sobre la política a seguir, impartían seminarios y cursos, y luego jugaban con las olas. Los que no tenían debilidad por el agua trabajaban en los jardines.

Art estudió a los jardineros con atención en el camino de vuelta a la residencia. Trabajaban con movimientos muy lentos y hablaban todo el tiempo. La tarea que los ocupaba en esos momentos era recoger el fruto de los torturados manzanos.

El viento del sur amainó y Fort convocó de nuevo al grupo. En una de las sesiones el tema propuesto fue «Oportunidades empresariales en un mundo lleno», y Art empezó a comprender la razón por la que podían haberlos seleccionado a él y a sus seis compañeros: Amy y George trabajaban en contracepción, Sam y Max en diseño industrial, Sally y Elisabeth en agrotecnología, y Art en la recuperación de recursos. Ellos ya estaban trabajando en empresas que funcionaban en una economía de mundo lleno, y en los juegos de la tarde demostraban además que eran muy creativos en el diseño de nuevas actividades apropiadas para ese modelo económico.

En otra sesión Fort propuso un juego en el que se resolvía el problema del mundo lleno volviendo a un mundo vacío. Tenían que liberar un vector de plaga que mataría a todo el que no hubiese recibido el tratamiento gerontológico. ¿Cuáles serían los pros y los contras de una acción semejante?

Todos miraron los atriles, perplejos. Elisabeth declaró que ella no intervendría en un juego que partía de una premisa tan monstruosa.

—Es monstruosa, es cierto —reconoció Fort—. Pero eso no la convierte en imposible. Yo oigo muchas cosas, ¿saben? Conversaciones a ciertos niveles. Por ejemplo, entre los directivos de las grandes transnacionales se discuten y descartan con total seriedad estrategias de todo tipo, incluyendo algunas como la que acabo de Proponer. Todos las deploran y se cambia de tema. Pero nadie dice que son técnicamente impracticables. Y algunos parecen pensar que aplicándolas se resolverían ciertos problemas de otro modo insolubles.

El grupo consideró la cuestión con cierto malestar. Art sugirió que esa solución provocaría una escasez de agricultores. Contemplaba el océano.

—Ése es el inconveniente principal cuando se produce un colapso demográfico —dijo pensativo—. Una vez que se inicia, es difícil señalar el punto concreto donde detendrá. Continuemos.

Y continuaron con aire abatido. Jugaron a la «Reducción de la población mundial», y en vista de las alternativas, acometieron el problema con cierta intensidad. A todos les tocó ser Emperadores del Mundo, como dijo Fort, y exponer sus proyectos en detalle.

—Yo concedería a todo el mundo un título de paternidad que le daría derecho a ser padre de tres cuartos de niño —dijo Art cuando le llegó el turno.

Todos se echaron a reír, incluso Fort. Pero Art no se inmutó. Explicó que cada pareja tendría, por tanto, derecho a engendrar un hijo y medio. Después de tener uno, podían decidirse por vender el derecho al medio niño restante o bien comprar el medio niño de otra pareja y tener un segundo hijo. El precio de los medios niños fluctuaría según la ley clásica de la oferta y la demanda. Las consecuencias sociales serían positivas: aquellos que desearan otro hijo tendrían que sacrificarse por él, y quienes no lo desearan tendrían una fuente de ingresos que los ayudaría a mantener al hijo único. Cuando la población mermase lo suficiente, el Emperador del Mundo podría considerar la concesión del derecho a un niño por persona, lo cual estaría cerca de un estado demográficamente estable. Pero, a causa del tratamiento de longevidad, el límite de tres cuartos de niño estaría en vigencia durante mucho tiempo.

Cuando Art terminó de bosquejar su propuesta, alzó la vista de las notas del atril y descubrió que todos lo miraban.

—Tres cuartos de niño —repitió Fort con una sonrisa, y todos rieron de nuevo—. Me gusta. —Las risas se detuvieron en seco.— Ese modelo acabaría fijando valor monetario a una vida humana en el mercado. Hasta el momento, el trabajo hecho en este campo ha sido una chapuza. Balance de ingresos y gastos durante la vida y cosas por el estilo. — Suspiró y meneó la cabeza.— Lo cierto es que los economistas cocinan sus números en la trastienda. El valor en realidad no es un cálculo económico. No, me gusta eso. Veamos si podemos estimar cuál sería el precio de medio niño. Estoy seguro de que habría especulación, intermediarios, todo un aparato de mercado.

Pasaron el resto de la tarde jugando a los «Tres Cuartos» metidos de lleno en el mercado de productos y los argumentos de las telenovelas. Cuando terminaron, Fort los invitó a una barbacoa en la playa.

Fueron a sus habitaciones, se pusieron las cazadoras y bajaron por el sendero en medio del resplandor del sol. En la playa, al abrigo de una duna, ardía una gran hoguera atendida por los jóvenes estudiantes. Mientras se sentaban en unas mantas alrededor de la hoguera, vieron a doce de los Inmortales descender del aire y correr por la arena abatiendo las alas. Se bajaron las cremalleras de los trajes y se apartaron los bellos mojados de la cara, charlando animadamente sobre el viento. Se ayudaron a despojarse de las largas alas y se quedaron en bañador, temblando, con la piel de gallina: pájaros centenarios que extendían unos brazos enjutos hacía el fuego, las mujeres tan musculosas como los hombres, los rostros surcados por las arrugas de millones de años de mirar el sol con los ojos entrecerrados y de reír alrededor del fuego. Art observó a Fort bromeando con sus viejos camaradas mientras se secaban con las toallas. ¡La vida secreta de los ricos y famosos! Comieron perritos calientes y bebieron cerveza. Luego aquellos aviadores se ocultaron detrás de una duna y poco después regresaron vestidos con pantalones y chándals, contentos de estar junto al fuego otra vez, peinándose el cabello mojado. El crepúsculo avanzaba con rapidez y la brisa marina era salobre y fría. Las llamas anaranjadas danzaban al viento y luces y sombras jugueteaban en el rostro simiesco de Fort. Como había dicho Sam, no parecía ni un día mayor de ochenta años.

Fort se sentó entre sus siete huéspedes, que no se separaban nunca, y mirando las brasas empezó a hablar. Al otro lado de la hoguera, los demás continuaron con sus conversaciones, pero sus invitados se acercaron más a él para oírlo por encima del viento, las olas y el chisporroteo de la madera, sintiéndose desnudos sin los atriles en los regazos.

—No se puede obligar a nadie a hacer las cosas —dijo Fort—. Uno mismo tiene que cambiar. Entonces la gente puede ver, y escoger. En ecología tienen lo que llaman principio fundador. La población de una isla empieza con un reducido número de pobladores, de modo que sólo tienen una pequeña fracción de los genes de la población parental. Ése es el primer paso hacia la especialización. Creo que ahora necesitamos una nueva especie, económicamente hablando, por supuesto. Y Praxis es la isla. La manera en que la estructuramos es una especie de manipulación de los genes hasta que llegamos a ella. No tenemos ninguna obligación de acatar las leyes en vigencia. Nosotros podemos formar una nueva especie. Que no sea feudal. La propiedad y la toma de decisiones son colectivas, y luego tenemos una política de acción constructiva. Nuestro objetivo es un estado corporativo similar al estado cívico que funciona en Bolonia. Una especie de isla de comunismo democrático que pone en evidencia al capitalismo que la rodea y que propone una forma de vida mejor. ¿Creen ustedes que puede existir esa clase de democracia? Éste será el juego una de estas tardes.

—Lo que usted diga —dijo Sam, comentario que le valió una mirada de reprobación de Fort.

La mañana siguiente fue soleada y cálida, y Fort decidió que el tiempo era demasiado bueno para quedarse dentro. Así pues, bajaron a la playa y se acomodaron bajo un gran toldo cerca del foso de la hoguera, entre refrigeradores y hamacas. El océano tenía un azul intenso, y aunque había poco oleaje se veían algunos surfistas en la distancia. Fort se sentó en una de las hamacas y les soltó una conferencia sobre egoísmo y altruismo, tomando ejemplos de la economía, la sociología y la bioética. Llegó a la conclusión de que, estrictamente hablando, el altruismo no existía. Sólo era una forma de egoísmo previsor, un egoísmo que reconocía los costes reales del comportamiento y los pagaba para no acumular deudas. Una práctica económica muy acertada si se la dirigía y aplicaba de la manera apropiada. Para demostrar su teoría, Fort les propuso varios juegos, como «El dilema del prisionero» o «La tragedia de los comunes».

Al día siguiente volvieron a reunirse en el campamento de surf, y después de una errática charla sobre la simplicidad voluntaria, jugaron a lo que Fort llamaba «Marco Aurelio». Art disfrutó del juego tanto como los demás, y jugó bien. Pero las notas que tomaba eran cada día más escuetas. Las de ese día se redujeron a: Consumo — apetito — necesidades artificiales — necesidades reales — costes reales — ¡jergones de paja! Impacto medioambiental = población x apetito x eficiencia — en los trópicos los refrigeradores no son un lujo — refrigeradores comunitarios — casas frías — Sir Thomas Moore.

Esa noche comieron solos, y estaban tan cansados que apenas hubo conversación.

—Supongo que este lugar es un ejemplo de simplicidad voluntaria —observó Art.

—¿Incluye eso a los jóvenes becarios? —preguntó Max—. No he visto que los Inmortales se relacionen mucho con ellos.

—Se conforman sólo con mirar —declaró Sam—. Cuando uno llega a esa edad…

—Me pregunto cuanto tiempo piensan tenernos aquí —dijo Max—. Sólo llevamos una semana y ya estoy aburrido.

—Pues a mí me gusta —dijo Elisabeth—. Es muy relajante.

Art coincidía con ella. Había empezado a levantarse temprano todas las mañanas; uno de los estudiantes anunciaba el amanecer golpeando un bloque de madera con un gran mazo también de madera, en un intervalo decreciente que sacaba a Art del sueño: tock… tock… tock… tock… tock… tock. tock tock toc toc toc-toc-to-to-to-t-t-ttttttt. Después de eso, Art salía a la mañana húmeda y gris, poblada con el canto de los pájaros. Lo recibía invariablemente el rumor de las olas, como si tuviese unas conchas marinas contra las orejas. Cuando bajaba por el sendero siempre se encontraba con algunos Inmortales, charlando mientras trabajaban con azadones o podaderas, o sentados bajo el gran roble contemplando el océano. Fort era a menudo uno de ellos. Art paseaba durante la hora previa al desayuno sabiendo que pasaría el resto del día en una habitación cálida o en una playa cálida, hablando y jugando. ¿Era eso simplicidad? No estaba seguro. Pero desde luego era relajante; nunca había disfrutado así del tiempo.

Naturalmente, no se reducía sólo a eso. Como Sam y Max les recordaban de continuo, aquello era una especie de examen. Estaban siendo evaluados. Aquel anciano los observaba con atención, y quizá también lo hacían los Dieciocho Inmortales y los jóvenes estudiantes, los «aprendices», que empezaban a perfilarse ante los ojos de Art como verdaderos poderes, jóvenes brillantes que se ocupaban de muchas de las actividades cotidianas de la urbanización, y quizá de Praxis también, incluso en el máximo nivel, siguiendo probablemente las directrices de los Dieciocho. Después de escuchar las divagaciones de Fort, se daba cuenta de que era fácil caer en la tentación de dejarlo de lado cuando se llegaba a las cuestiones prácticas. Y las conversaciones alrededor del fregaplatos a veces tenían el tono de las discusiones entre hermanos sobre cómo tratar con unos padres incapacitados…

De todas formas, un examen: una noche Art fue a la cocina a por un pequeño vaso de leche antes de acostarse y pasó ante una habitación anexa al comedor. Un grupo de personas, jóvenes y viejas, estaban allí reunidas estudiando la grabación de una de las sesiones matinales con Fort. Art regresó a la habitación, cavilando.

Al día siguiente, Fort daba vueltas por la sala de conferencias como de costumbre.

—Las nuevas oportunidades de crecimiento ya no se encuentran en el crecimiento.

Sam y Max intercambiaron una mirada fugaz.

—Esto resume todas nuestras discusiones sobre la economía de mundo lleno. Por tanto, tenemos que identificar los nuevos mercados de no crecimiento e introducirnos en ellos. Recordemos que el capital natural puede dividirse en comercializable y no comercializable. El capital natural no comercializable es el sustrato del que se extrae todo capital comercializable. Dada su escasez y los beneficios que reporta, y de acuerdo con la teoría de la oferta y la demanda, sería lógico fijar su precio como infinito. Me interesa todo lo que tenga un precio teóricamente infinito. Es una inversión evidente. En esencia, se trata de invertir en infraestructuras, pero en el nivel biofísico más elemental. Infra— infraestructuras, por así decirlo, o bioinfraestructuras. Y eso es lo que quiero que empiece a hacer Praxis. Adquirimos en las liquidaciones bioinfraestructuras que se han agotado y las reconstruimos. Se trata de inversiones a largo plazo, pero los beneficios serán extraordinarios.

—¿Las bioinfraestructuras no son de propiedad pública por regla general? —preguntó Art.

—Por supuesto. Lo que significa una estrecha colaboración con los gobiernos implicados. El producto anual bruto de Praxis es mucho mayor que el de la mayoría de las naciones. Tenemos que encontrar países con PNB bajos y pésimos ICF.

—¿ICF? —preguntó Art.

—Índice de Crecimiento Futuro. Es una alternativa a la valoración según el PNB que tiene en cuenta la deuda externa, la estabilidad política, la salud medioambiental y así por el estilo. Una comprobación útil del PNB, que ayuda a los países retrasados que pueden utilizar nuestra ayuda. Los identificamos y entonces ofrecemos una inversión masiva de capital, además de asesoramiento político, seguridad y cualquier cosa que necesiten. A cambio, nos hacemos con la custodia de sus bioinfraestructuras y tenemos acceso a los obreros. Evidentemente, es una asociación, creo que ahí está el futuro.

—¿Cuál es nuestro papel en eso? —preguntó Sam, abarcando con ademán al grupo.

Fort los miró uno a uno.

—Voy a asignar a cada uno de ustedes una tarea distinta. Son confidenciales, y por tanto no deben hablar de ellas. Partirán por separado con destinos diferentes. Realizarán un trabajo diplomático como enlaces de Praxis, y bien trabajos específicos relacionados con la inversión en infraestructuras. Les daré los detalles en privado. Ahora tomemos un almuerzo temprano. Luego los entrevistaré uno a uno.

¡Trabajo diplomático!, anotó Art en su atril.

Art pasó la tarde vagabundeando por los jardines, mirando los pequeños manzanos crucificados. Al parecer no figuraba entre los primeros en la lista de citas personales de Fort. Se encogió de hombros. Hacía un día nublado, y las flores, cargadas de humedad, temblaban. Sería duro regresar a su estudio bajo la autopista en San José. Se preguntaba qué estaría haciendo Sharon, si alguna vez pensaba en él. Estaría navegando con el vicepresidente, sin duda.

El crepúsculo avanzaba y él se disponía a regresar a la habitación y prepararse para la cena cuando Fort apareció en el sendero central.

—Ah, está aquí —dijo—. Bajemos hasta el roble.

Se sentaron junto al grueso tronco del árbol. El sol descendía entre nubes bajas, y teñía el mundo con el color de las rosas.

—Vive usted en un lugar precioso —dijo Art.

Fort no pareció oírlo. Tenía la vista alzada al cielo y contemplaba la masa de nubes iluminadas por el sol.

Después de unos minutos de silenciosa contemplación, dijo:

—Quiero que usted adquiera Marte.

—¿Que adquiera Marte?

—Sí. En el sentido en que he hablado esta mañana. Estas asociaciones nación-transnacional son el futuro. Las viejas relaciones de banderas acomodaticias eran sugerentes, pero hay que llevarlas más lejos si queremos tener mayor control sobre nuestras inversiones. Lo hicimos en Sri Lanka, y tuvimos tanto éxito que las transnacionales nos han imitado y están reclutando países en dificultades.

—Pero Marte no es un país.

—No, pero está en dificultades. Cuando el primer ascensor fue destruido, su economía se vino abajo. Ahora el nuevo ascensor ya está en posición y van a empezar a suceder cosas. Quiero que Praxis vaya por delante en la carrera. Ya sé que otros grandes inversores continúan allí, compitiendo por una posición ventajosa, y ahora que el ascensor funciona la competencia será más reñida.

—¿Quién explota el ascensor?

—Un consorcio encabezado por Subarashii.

—¿No es eso un problema?

—Bueno, les da una cierta ventaja. Pero ellos no entienden a Marte. Sólo lo ven como una nueva fuente de metales. No ven las posibilidades.

—Las posibilidades de…

—¡De desarrollo! Marte no es solamente un mundo vacío en términos económicos, Randolph, es casi un mundo inexistente. Hay que construir su bioinfraestructura, ¿comprende? Quiero decir que sí uno se limita a extraer los metales y luego a irse a otra parte, que es lo que parecen tener en mente Subarashii y los otros, está tratando a ese planeta como sí no fuera más que un asteroide grande. Y es una estupidez, porque su valor como base de operaciones, como planeta, sobrepasa en mucho el valor de los metales que contiene. Todos los metales juntos tienen un valor total aproximado de veinte billones de dólares, pero el valor de un Marte terraformado está alrededor de los doscientos billones. Un tercio del Valor Mundial Bruto, y eso ni siquiera da una idea aproximada de su valor singular. No, Marte es una inversión en bioinfraestructura como las que he definido. Exactamente lo que Praxis está buscando.

—Pero adquisición… —dijo Art—. ¿A qué se refiere concretamente?

—No a qué, sino a quién.

—¿A quién?

—A la resistencia.

—¡La resistencia!

Fort le dio tiempo para digerirlo. La televisión, los tabloides y las redes estaban llenas de cuentos sobre los sobrevivientes de 2061: se decía que vivían en refugios subterráneos en las tierras salvajes del hemisferio sur, liderados por John Boone e Hiroko Ai, que abrían túneles por todas partes, que mantenían contacto con alienígenas, celebridades muertas y dirigentes del mundo. Art miró a Fort, un auténtico dirigente mundial sorprendido por la súbita certeza de que quizás había algo de cierto en todas esas fantasías pelucidarias.

—¿Existe de verdad? —preguntó. Fort asintió.

—Existe. No estoy en contacto directo con ellos, como usted comprenderá, y no sé cuál es su alcance real. Pero estoy seguro de que algunos de los Primeros Cien viven aún. ¿Recuerda las teorías de Taneev y Tokareva de las que les hablé el primer dia? pues bien, ellos dos, Ursula Kohl y el equipo biomédico que habían formado vivían en la aleta de Acheron, al norte del Monte Olimpo. Durante la guerra, el laboratorio fue destruirlo pero no se encontraron cadáveres. Hace seis años, un equipo de Praxis se trasladó allí y reconstruyó el complejo. Cuando las obras concluyeron, lo bautizaron Instituto Acheron y lo dejaron vacío. Todo está dispuesto pero no hay ninguna actividad, excepto una discreta conferencia anual sobre la teoría eco-económica que ellos propusieron. Sin embargo, el año pasado, cuando se clausuró la conferencia, uno de los equipos de limpieza encontró unas páginas en una bandeja de fax. Comentarios sobre una de las ponencias. Sin firma, sin origen. Pero estoy seguro de que su autor es Taneev o Tokareva, o alguien muy familiarizado con el trabajo de ellos. Y creo que no me equivoco al interpretarlo como un pequeño saludo. Un saludo muy pequeño, pensó Art. Fort pareció leerle el pensamiento.

—Acabo de recibir un saludo más claro. No sé de quién es. Se muestran muy cautos. Pero están allí.

Art tragó con dificultad. Si eso era cierto, se trataba de una noticia importante.

—Y usted quiere que yo…

—Quiero que vaya a Marte. Tenemos un proyecto allí que le servirá de tapadera: recuperar una sección del cable del ascensor caído. Y mientras usted se dedica a eso, yo haré las gestiones para ponerle en contacto con la persona que se comunicó conmigo. Usted no tendrá que tomar la iniciativa. Ellos darán el primer paso. Sólo una cosa: de momento no les dirá qué es exactamente lo que usted intenta hacer. Quiero que trabaje con ellos, que averigüe quiénes son y qué pretenden, y la extensión del movimiento. Y cómo podemos tratar con ellos.

—Es decir, que seré una especie de…

—Una especie de diplomático.

—Yo iba a decir espía.

Fort se encogió de hombros.

—Depende de con quién esté. Mi proyecto ha de permanecer en secreto. Me relaciono con directivos de las otras transnacionales y tienen miedo. Las posibles amenazas al orden establecido a menudo son reprimidas brutalmente. Y algunos ya ven a Praxis como una amenaza. Por eso existe un brazo oculto de Praxis, y la investigación en Marte será una parte de él. Si usted acepta, se unirá a la Praxis oculta. ¿Cree que podrá hacerlo?

—No lo sé. Fort rió.

—Por eso lo escogí para esta misión, Randolph. Usted parece sencillo. Soy sencillo, estuvo a punto de decir Art, pero se mordió la lengua, y luego preguntó:

—¿Por qué yo? Fort lo miró.

—Cuando adquirimos una compañía, examinamos a su personal. Leí su historial y pensé que usted tenía madera de diplomático.

—O de espía.

—A menudo son diferentes aspectos del mismo trabajo. Art frunció el ceño.

—¿Colocaron micrófonos en mi apartamento, en mi antiguo apartamento?

—No. —Fort volvió a reír.— Nosotros no hacemos esas cosas. Nos basta con el historial.

Art recordó el visionado nocturno de una de las sesiones.

—Eso y una de las sesiones de aquí —añadió Fort—. Para conocerlo mejor.

Art consideró la propuesta. Ninguno de los Dieciocho quería ese trabajo. Ni los estudiantes tampoco, seguramente. Había que ir a Marte y luego introducirse en un mundo invisible del que nadie sabía nada, y quizá para siempre. Mucha gente no consideraría la misión demasiado atractiva. Pero para alguien sin ataduras, quizás en busca de un nuevo empleo, con aptitudes para la diplomacia…

De modo que al final todo aquello sí había resultado ser un proceso de entrevistas. Jefe de Adquisición de Marte. Topo en Marte. Un espía en la casa de Ares. Embajador ante la Resistencia Marciana. Embajador en Marte. Madre mía, exclamó para sus adentros.

—Bien, ¿qué contesta?

—Iré —dijo Art.

William Fort no perdía el tiempo. En cuanto Art accedió a hacerse cargo de la misión en Marte, su vida se aceleró como un vídeo en avance rápido. Esa misma noche volvió a subir a la furgoneta sellada, y luego al avión sellado, esta vez solo, y cuando salió tambaleándose por la cinta mecánica amanecía en San Francisco.

Pasó por las oficinas de Dumpmines y se despidió de amigos y conocidos. Sí, repitió una y otra vez, he aceptado un trabajo en Marte. Recuperar una porción del cable del viejo ascensor. Es temporal. La paga es buena. Regresaré.

Esa tarde fue a su casa y empacó. Sólo tardó diez minutos. Luego se quedó de pie en medio del apartamento vacío, vacilante. Sobre el hornillo de la cocina estaba la sartén, el único vestigio de su vida anterior. Pensó en llevársela. Se detuvo frente a las maletas, atestadas y ya cerradas, y luego retrocedió y se sentó en la única silla con la sartén colgando de su mano.

Al rato llamó a Sharon, esperando encontrarse con el contestador automático; pero estaba en casa.

—Me voy a Marte —graznó.

Al principio ella no podía creérselo, pero cuando al fin lo admitió, se enfadó. Era una deserción pura y simple, huía de ella, pero si tú ya me has dado la patada, trató de decirle Art, pero Sharon ya había colgado. Dejó la sartén sobre la mesa y bajó las maletas a la acera. Al otro lado de la calle, un hospital público que administraba el tratamiento de longevidad estaba rodeado por el gentío habitual, cuyo turno de tratamiento se acercaba, y que acampaba en el aparcamiento del hospital para asegurarse de que las cosas no se torcían. La ley garantizaba el tratamiento a todos los ciudadanos de los EUA, pero las listas de espera en los centros públicos eran tan largas que la gente se preguntaba si viviría hasta que le llegase el turno. Art meneó la cabeza y detuvo a un peditaxi.

Pasó su última semana en la Tierra en un motel en Cabo Cañaveral. Fue un adiós lúgubre, pues Cabo Cañaveral era zona restringida. El lugar estaba ocupado principalmente por policía militar y personal de servicio, que mostraban una actitud bastante grosera hacia «los que se lamentaron demasiado tarde», como ellos llamaban a aquellos que esperaban para la partida. La extravagancia diaria del despegue lo dejaba a uno aprensivo o resentido, y en ambos casos bastante sordo. Por las tardes la gente andaba por ahí con los oídos zumbándoles y repitiendo ¿Qué?, ¿Qué?, ¿Qué? Para contrarrestar el problema la mayoría de los que vivían allí utilizaban tapones para los oídos: estaban sirviendo las mesas en el restaurante o hablando con los cocineros y de repente miraban el reloj, sacaban unos tapones de los bolsillos y se los colocaban, y entonces, bum, ahí iba otro cohete Novy Energía con dos transbordadores pegaditos a él, haciendo que el mundo entero temblase como gelatina. «Los que se lamentaron demasiado tarde» corrían a la calle tapándose las orejas para tener otra vista de lo que el futuro les deparaba, y contemplaban afligidos el bíblico pilar de humo y la cabeza de alfiler que describía un arco sobre el Atlántico. Los que vivían allí se quedaban donde estaban mascando chicle, esperando a que el estrépito se apagase. La única vez que demostraron algún interés fue una mañana en que la marea estaba alta y se supo que los asistentes a una fiesta habían nadado hasta la valla que rodeaba el pueblo y se habían colado dentro. Los de seguridad los habían perseguido hasta la zona de lanzamiento y se rumoreaba que varios habían muerto achicharrados por el despegue. Eso bastó para que unos cuantos lugareños saliesen a mirar, como si el pilar de humo y fuego fuese a tener un aspecto diferente.

Y un domingo por la mañana le llegó el turno a Art. Se levantó y se puso el mono provisto para la ocasión, que por cierto le sentaba fatal, moviéndose como en sueños. Se metió en una furgoneta con otro hombre que parecía tan aturdido como él, y le llevaron hasta la zona de lanzamiento. Le comprobaron la identidad por la retina, las huellas dactilares, la voz y la apariencia, luego, sin que hubiera logrado aún comprender el significado del proceso, lo metieron en un ascensor; bajó por un corto túnel, y fue a parar a una diminuta habitación en la que había ocho sillones que recordaban los de un dentista, todos ellos ocupados por personas con los ojos muy abiertos. Lo sentaron y lo ataron, y la puerta se cerró. Debajo de él se oyó un rugido vibrante, y se sintió primero aplastado y después ingrávido. Estaba en orbita.

Tras unos minutos, el piloto se desabrochó el cinturón y los pasajeros lo imitaron y se acercaron a las dos pequeñas ventanas para mirar afuera. Espacio negro, mundo azul, igual que en las películas, pero con la asombrosa alta definición de la realidad. Art vio debajo África Occidental y una gran oleada de náuseas inundó todas las células de su cuerpo.

Empezaba a recuperar ligeramente el apetito, después de una eternidad de mareo espacial, que en el mundo real parecía haber durado sólo tres días, cuando uno de los transbordadores continuos llegó tronando después de girar alrededor de Venus y aerofrenar hasta conseguir una órbita Tierra-Luna lo suficientemente lenta para permitir que los pequeños ferries lo alcanzaran. En algún momento de su mareo espacial, Art y los otros pasajeros habían sido transferidos a uno de esos ferries, que en el momento adecuado despegó y salió en persecución del transbordador. La aceleración del ferry era aún más pronunciada que la del despegue en Cabo Cañaveral, y cuando terminó Art volvía a ser víctima del vértigo y la náusea. Más ingravidez lo hubiese matado, y gimió sólo de pensarlo. Pero, felizmente, en el transbordador había un anillo rotando a una velocidad que generaba en algunas salas lo que ellos llamaban gravedad marciana. A Art le asignaron una cama en el centro de salud que ocupaba una de esas salas, y allí permaneció. Era incapaz de caminar en la peculiar ligereza de la g marciana: saltaba y se tambaleaba, y todavía se sentía magullado interiormente y mareado. Pero se mantenía bastante alejado de la náusea, y estaba agradecido, aunque no fuese un sentimiento apetecible.

El transbordador continuo era extraño. Debido a sus frecuentes aerofrenados en las atmósferas de la Tierra, Venus y Marte, en la forma que recordaba a un tiburón martillo. El anillo de habitaciones rotatorias estaba situado en la parte trasera de la nave, justo delante de los motores de propulsión y las plataformas de atraque. El anillo giraba, y uno caminaba con la cabeza hacia la línea central de la nave y los pies apuntando hacia las estrellas bajo el suelo.

A la semana de viaje, Art decidió darle otra oportunidad a la ingravidez, porque el anillo no tenía ventanas. Fue hasta una de las cámaras de tránsito a las zonas no rotatorias de la nave. Estaban en un estrecho anillo que se movía con la g del anillo, pero podía reducir la velocidad hasta igualarla con la del resto de la nave.

Las cámaras parecían las cabinas de un ascensor y tenían dos puertas. Cuando uno entraba y pulsaba el botón apropiado, iba reduciendo el número de rotaciones hasta detenerse por completo, y la puerta del otro extremo se abría y daba acceso al resto de la nave.

Art lo intentó. A medida que la cabina reducía la velocidad, él perdía peso y crecía la convulsión de su estómago. Cuando la puerta del otro extremo se abrió, sudaba copiosamente y sin saber cómo acababa de salir disparado hacia el techo. Se lastimó la muñeca al intentar protegerse la cabeza. El dolor se batía con la náusea, y ésta empezaba a prevalecer. Tuvo que hacer un par de carambolas para llegar al panel de control y apretar el botón. La sala volvió a ponerse en movimiento. Cuando la puerta se cerró, él descendió suavemente hasta el suelo, y un minuto después había regresado a la gravedad marciana y la puerta por la que había entrado se abría. Salió rebotando con gratitud, sin otra secuela que el dolor de la muñeca. La náusea era infinitamente más desagradable que el dolor, reflexionó. Más que ciertos niveles de dolor al menos. Tendría que conformarse con ver el paisaje exterior a través de los monitores.

Pero no estaba solo. La mayoría de los pasajeros y toda la tripulación pasaban casi todo el tiempo en el anillo de gravedad, que por consiguiente estaba bastante concurrido, como si en un hotel completo los huéspedes estuvieran siempre en el restaurante y el bar. Art había leído informes sobre los transbordadores continuos que los pintaban como Montecarlos volantes, con residentes permanentes ricos y aburridos. Una popular serie de cable estaba ambientada en un transbordador. La nave de Art, el Ganesh, no era así, desde luego. Era evidente que llevaba bastantes años dando vueltas por el sistema solar interior, y siempre al máximo de su capacidad: los interiores estaban algo destartalados, y si uno salía del anillo de gravedad el espacio parecía muy reducido, mucho más de lo que se esperaba después de ver los vídeos históricos sobre el Ares. Pero los Primeros Cien habían vivido en un espacio cinco veces mayor que el del anillo de g del Ganesh, y éste transitaba quinientos pasajeros.

Por fortuna, el vuelo sólo duraba tres meses. Así que Art se acomodó lo mejor que pudo y vio mucha televisión, sobre todo documentales sobre Marte. Comía en un comedor que pretendía parecerse al de los grandes transatlánticos de los años veinte del siglo anterior, y jugaba alguna vez en el casino, a imitación de los Casinos de Las Vegas de los años setenta. Pero sobre todo dormía y miraba la televisión, y las dos actividades se fundían de tal modo que soñaba muy lúcidamente con Marte y los documentales adquirían una lógica surreal. Vio la famosa grabación del debate Russell-Clayborne, y esa noche soñó que discutía infructuosamente con Ann Clayborne, quien, como en los vídeos, se parecía a la mujer del granjero de American Gothic, solo que más demacrada y severa. Hubo otra película, grabada desde un avión teledirigido, que lo impresionó: el avión se había lanzado en picado desde el borde de uno de los gigantescos acantilados de Marineris y había descendido durante casi un minuto antes de enderezarse en un vuelo rasante sobre la roca y el hielo revueltos del suelo del cañón. Durante las semanas que siguieron, Art tuvo el mismo sueño recurrente: él era quien caía, y se despertaba justo antes del impacto. Al parecer algunas partes de su inconsciente consideraban la decisión de ir a Marte como un error. Ignoró estos pensamientos, comió con regularidad y practicó la marcha. Estaba en un compás de espera. Equivocado o no, se había comprometido.

Fort le había dado un código de transmisión e instrucciones de informarle regularmente, pero en tránsito no había gran cosa de la que informar. Obediente, enviaba un informe mensual, siempre el mismo: En camino. Sin novedad. Nunca hubo respuesta.

Y entonces Marte creció como una naranja arrojada contra las pantallas de televisión, y poco después volvieron a aplastarse contra los sillones de gravedad a causa de un aerofrenado extremadamente violento. Luego se aplastaron contra los sillones del ferry. Art pasó por estas abrumadoras deceleraciones como un veterano, y después de una semana en órbita, todavía rotando, atracaron en Nuevo Clarke. Nuevo Clarke tenía una gravedad muy reducida, que apenas mantenía a la gente con los pies en el suelo. El mareo espacial de Art regresó. Y todavía tenía que esperar dos días antes de tomar el ascensor.

Las cabinas del ascensor parecían hoteles altos y estilizados, y trasportaban su apretujada carga humana hacia el planeta durante cinco días, sin una gravedad de la que pudiera hablar hasta las dos últimas jornadas, cuando se hizo cada vez más fuerte. La cabina redujo su velocidad y entró suavemente en la instalación conocida como el Enchufe, al oeste de Sheffield, sobre el Monte Pavonis, y la gravedad se convirtió en algo parecido a la del anillo del Ganesh. Pero una semana de mareo espacial había dejado a Art destrozado, y cuando la puerta de la cabina se abrió y los guiaron hasta algo muy parecido a una terminal de aeropuerto, descubrió que apenas se tenía en pie. Le sorprendía lo mucho que la náusea le quitaba a uno el deseo de vivir. Habían pasado cuatro meses desde que recibiera el fax de William Fort.

El viaje desde el Enchufe a la ciudad de Sheffield propiamente dicha se hacía en metro, pero Art se encontraba en un estado tan deplorable que habría sido incapaz de disfrutar del paisaje si lo hubiese habido. Agotado y vacilante, caminó detrás de alguien de Praxis por el vestíbulo, dando saltitos sobre las puntas de los pies, y luego se derrumbó agradecido en la cama de una pequeña habitación. La gravedad marciana parecía benditamente sólida cuando uno estaba acostado, y pronto se quedó dormido.

Cuando despertó no recordaba dónde estaba. Miró alrededor, desorientado, preguntándose adonde habría ido Sharon y por qué su habitación había encogido tanto. Entonces le vino todo a la memoria. Estaba en Marte.

Gimió y se incorporó. Se sentía afiebrado y sin embargo despegado de su cuerpo, y todo latía ligeramente, aunque las luces de la habitación parecían funcionar con normalidad. Unas cortinas cubrían la pared frente a la puerta, y él se levantó, fue hacia ellas y las descorrió de un tirón.

—¡Ey! —gritó, retrocediendo de un salto, como si despertase por segunda vez.

Era como la vista que se tiene desde la ventanilla de un avión. Un espacio abierto interminable, un cielo de color amoratado, el sol como una burbuja de lava. Y muy lejos abajo se extendía una llanura rocosa, circular, como si estuviese en el fondo de un enorme acantilado, demasiado circular, de hecho, para ser un accidente natural. Era difícil estimar a qué distancia se encontraba la pared opuesta del acantilado. Los accidentes de la pared eran perfectamente visibles, pero las estructuras del borde opuesto eran diminutas: lo que parecía ser un observatorio habría cabido en la cabeza de un alfiler.

Puesto que habían aterrizado en Sheffield, ésa era, concluyó, la caldera de Monte Pavonis. Por tanto, unos sesenta kilómetros le separaban de ese observatorio, según recordaba Art de los documentales, y había una caída de cinco mil metros hasta el suelo. Y todo ello completamente vacío, rocoso, inviolado, primordial: de roca volcánica desnuda, como si se hubiese enfriado la semana antes, sin señales humanas, sin señales de terraformación. Debía haberle causado la misma impresión a John Boone medio siglo antes. Y tan… alienígena. Y tan grande. Art había echado un vistazo a las calderas del Etna y del Vesubio en la Tierra durante unas vacaciones, cuando trabajaba en Teherán, dos cráteres grandes según los estándares terranos. Pero podía caber un millar de ellos en ése de ahí abajo, en esa cosa, en ese agujero…

Corrió las cortinas y se vistió despacio, su boca imitando la forma de la sobrenatural caldera.

Una amable guía de Praxis llamada Adrienne, con la altura suficiente para ser una nativa marciana, pero con un marcado acento australiano, lo recogió y los llevó a él y a media docena de otros recién llegados a recorrer la ciudad. Resultó que se alojaban en la parte más baja de ésta. Pero Sheffield estaba extendiéndose para tener el máximo número de alojamientos con vistas sobre la caldera que tanto había desconcertado a Art.

Un ascensor los subió unos cincuenta pisos y los dejó en el vestíbulo de un nuevo y reluciente edificio de oficinas. Salieron por las grandes puertas giratorias y emergieron a un bulevar amplio y herboso. Pasaron ante edificios achaparrados con fachadas de piedra pulida y grandes ventanales, separados por calles estrechas y verdes, y ante muchos otros en diferentes estadios de construcción. Sería una hermosa ciudad: predominaban los edificios de tres o cuatro pisos, que se hacían cada vez más altos a medida que se avanzaba hacía el sur, lejos del borde de la caldera. Las calles verdes hervían de gente y pequeños tranvías circulaban por estrechos raíles tendidos sobre la hierba. Reinaba el bullicio y la excitación, sin duda a causa de la llegada del nuevo ascensor. Una ciudad en auge.

El primer sitio que visitaron fue un estrecho parque curvo atravesado por un bulevar que daba sobre la caldera. Se acercaron a una casi invisible tienda que envolvía la ciudad, sostenida por transparentes arcos geodésicos anclados en un muro perimétrico de un metro de altura.

—La tienda tiene que ser más fuerte aquí en Pavonis —les explicó Adrienne— porque la atmósfera exterior es aún muy tenue. Por más que hagamos siempre será un diez por ciento más tenue que en las tierras bajas.

Después los llevó a una burbuja de observación que sobresalía en el muro de la tienda. El suelo de la burbuja era transparente, si miraban hacia abajo entre sus píes tenían una vista directa del fondo de la caldera, unos cinco mil metros más abajo. Todos lanzaron exclamaciones, alborozados, y Art se balanceó sobre el suelo transparente, un poco incómodo. Tenía una perspectiva de todo el ancho de la caldera: el borde norte se encontraba a la misma distancia que el Monte Tamalpais y las colinas Napa cuando uno descendía sobre el aeropuerto de San José. Ésa no era una distancia extraordinaria. Pero la profundidad, la profundidad más de cinco mil metros…

—¡Menudo agujero, eh! —exclamó Adrienne.

Unos telescopios fijos y unas placas con mapas les permitieron localizar el primitivo Sheffield, en el fondo de la caldera. Art se había equivocado al creer inviolada la naturaleza de la caldera: los insignificantes taludes al pie de la pared del acantilado, en los que se advertían algunos centelleos, eran en realidad las ruinas de la ciudad original.

Adrienne describió con sumo placer la destrucción de la ciudad en 2061. La caída del cable del ascensor había aplastado los barrios al este del Enchufe en los primeros momentos. Pero después el cable había rodeado todo el planeta y descargado un segundo golpe brutal en la zona sur, que había hecho ceder una falla en el borde de basalto cuya existencia se desconocía. Casi un tercio de la ciudad estaba en el lado indebido de la falla y se precipitó hacia el fondo de la caldera. Los dos tercios restantes fueron aplastados por el cable. Los habitantes habían sido evacuados en las cuatro horas que mediaron entre el desprendimiento de Clarke y la segunda vuelta del cable, por lo que la pérdida de vidas fue mínima. Pero Sheffield había quedado arrasada por completo.

Durante muchos años, les siguió explicando Adrienne, el lugar había permanecido abandonado, una ciudad en ruinas como tantas otras después de la sublevación del sesenta y uno. La mayoría nunca fueron reconstruidas, pero Sheffield seguía siendo el lugar ideal para anclar un ascensor espacial. Subarashii empezó a organizar la construcción en el espacio de un nuevo ascensor a finales de la década de 2080, y muy pronto se acometió la reconstrucción en la superficie. Un detallado estudio areológico descubrió la existencia de otras fallas en el borde sur, lo que justificó la construcción en el mismo lugar que antes. Los vehículos de demolición arrojaron las ruinas de la antigua ciudad por el borde, habilitaron la sección más oriental de la ciudad, la zona del viejo Enchufe, como una suerte de monumento conmemorativo del desastre, que justificó el desarrollo de una pequeña industria turística, la principal fuente de ingresos en los años improductivos que precedieron a la reinstalación del ascensor.

La siguiente etapa de la visita los llevó al exterior para ver esa pizca de historia en conserva. Tomaron un tranvía hasta una puerta en el muro este, y luego, a través de un tubo transparente, pasaron a una tienda más pequeña que cubría las ruinas calcinadas, la mole de hormigón del viejo Enchufe y el cabo inferior del cable caído. Caminaron por un sendero acordonado del que se habían quitado las ruinas, mirando con curiosidad los fundamentos y las tuberías retorcidas. Parecía el resultado de un bombardeo masivo.

Se detuvieron un momento bajo el extremo del cable, y Art lo observó con interés profesional. El gran cilindro de filamentos de carbono ennegrecidos parecía haber sufrido pocos daños en la caída, aunque lo cierto era que esa parte había golpeado Marte con menos fuerza. El extremo se había desplomado en el interior del gran bunker de hormigón del Enchufe, explicó Adrienne, y luego fue arrastrado un par de kilómetros cuando el cable se precipitó por la pendiente oriental de Pavonis. Eso no era demasiado para un material diseñado para soportar la tracción de un asteroide que giraba más allá del punto areosincrónico.

Y ahí estaba, como esperando que volviesen a colocarlo en su lugar: cilíndrico, dos pisos de altura, la masa ennegrecida incrustada de acero y anillos. La tienda sólo cubría unos cien metros de cable; después se extendía al descubierto sobre la ancha meseta, hacia el este, hasta desaparecer por el borde, el horizonte que veían. Desde fuera de la ciudad se apreciaba mejor el inmenso Monte Pavonis: el borde tenía una extensión pasmosa, una rosquilla de tierra llana de unos treinta kilómetros de ancho, desde el abrupto borde interior de la caldera hasta la caída más gradual de las laderas del volcán. Desde el lugar en que estaban no alcanzaba a verse nada del resto de Marte, y tenían la sensación de estar de pie en un encumbrado mundo circular, bajo un cielo azul.

Al sur, el nuevo Enchufe parecía un titánico bunker de hormigón: el nuevo cable del ascensor se levantaba hacia el cielo como una versión del truco indio de la soga, delgado, negro y recto como una plomada. La porción visible parecía un rascacielos muy alto, y dada la desolación que lo rodeaba y la inmensidad del desnudo pico rocoso del volcán, parecía muy frágil, como si fuese un único filamento de nanotubo de carbono y no un manojo de millones de ellos, la estructura más resistente jamás creada.

—Qué extraño —dijo Art, sintiéndose hueco e inestable.

Después de la visita a las ruinas, Adrienne los llevó a un café restaurante en el centro de la nueva ciudad, donde comieron. Podían haber estado en el corazón de un barrio de moda en cualquier ciudad: Houston, Tbilisi u Otawa, en un lugar donde el bullicio de la construcción revelaba una prosperidad reciente. Cuando emprendieron el regreso a sus alojamientos, el metro les pareció igualmente familiar, y cuando salieron, el vestíbulo del edificio de Praxis era el de un hotel de lujo. Todo familiar, tanto que volvió a impresionarle entrar en su habitación y ver, al asomarse a la ventana, el sobrecogedor espectáculo de la caldera: la realidad de Marte, inmenso y rocoso, que parecía atraerlo con una fuerza irresistible a través de la ventana. Y de hecho, si el cristal se rompiese, con la diferencia de presión ese espacio lo absorbería de inmediato. Una eventualidad improbable, pero aun así la imagen le provocó un escalofrío. Corrió las cortinas.

Y después de eso las mantuvo siempre corridas, y procuró mantenerse lejos de la ventana. Por la mañana se vestía, dejaba la habitación deprisa y asistía a las sesiones de orientación que dirigía Adrienne, junto a una docena de recién llegados. Después de comer con algún compañero, durante la tarde paseaba por la ciudad, trabajando con aplicación en la mejora de su técnica de marcha. Una noche se decidió a enviar un informe codificado a Fort: En Marte, recibiendo orientación. Sheffield es una ciudad hermosa. Mi habitación tiene una vista magnifica. No hubo respuesta.

La orientación de Adrienne incluía visitar muchos de los edificios de Praxis, tanto en Sheffield como en el borde este, para conocer a la gente que dirigía las operaciones marcianas de la transnacional. Praxis tenía una presencia más importante en Marte que en Norteamérica. Durante sus paseos de la tarde Art trataba de determinar la fuerza relativa de las transnacionales observando las pequeñas placas de los edificios. Todas estaban allí: Armscor, Subarashii, Oroco, Mitsubishi, Shellalco, Gentine, todas. Y todas ocupaban un complejo de edificios o incluso barrios enteros de la ciudad. Era evidente que su presencia se debía al ascensor, que había convertido a Sheffield nuevamente en la ciudad más importante del planeta. Estaban invirtiendo el dinero a manos llenas en la ciudad, construyendo subdivisiones submarcianas, e incluso suburbios enteros con tienda independiente. La verdadera riqueza de las transnacionales se manifestaba en todas las construcciones. Y también, pensó Art, en la manera de moverse de la gente: había muchos que andaban a saltos por las calles, tan torpes como él mismo, ejecutivos o ingenieros de minas o profesionales diversos recién llegados, con el ceño fruncido, concentrados en el simple acto de caminar. No era ninguna hazaña distinguir a los nativos, altos y jóvenes, y con una coordinación felina; pero estaban en franca minoría en Sheffield, y Art se preguntó si ocurriría lo mismo en el resto de Marte.

En cuanto a la arquitectura, el espacio bajo la tienda estaba muy solicitado, y por eso los edificios eran voluminosos, a menudo cúbicos, ocupaban las parcelas hasta la calle y se alzaban hasta casi tocar la tienda. Cuando se hubiesen concluido todas las obras, sólo la red de diez plazas triangulares, los anchos bulevares y el parque curvo a lo largo del borde evitarían que la ciudad fuese una masa continua de rascacielos revestidos de piedra pulida de todas las tonalidades del rojo. Era una ciudad concebida para los negocios.

Y Art tenía la impresión de que Praxis iba a obtener una buena tajada en esos negocios. Subarashii era el contratista general del ascensor, pero Praxis suministraba el software, como había hecho con el primer ascensor, y también algunas cabinas y parte del sistema de seguridad. Se enteró de que todas esas asignaciones las había hecho un comité, la Autoridad Transitoria de las Naciones Unidas, supuestamente parte de las Naciones Unidas, pero controlado en realidad por las transnac. Y Praxis se había mostrado tan agresiva como las demás en ese comité. William Fort podía estar interesado en la bioinfraestructura, pero obviamente las infraestructuras corrientes no estaban excluidas del campo de operaciones de Praxis. Había divisiones de Praxis construyendo sistemas de suministro de agua, pistas de trenes, ciudades en los cañones, generadores de energía eólica y plantas areotermales. Sin embargo, las fuentes de energía locales eran la especialidad de la subsidiaria de Praxis Energía Interior, y eso hacía, trabajar duro en la retaguardia.

La subsidiaria local de recuperación, el equivalente marciano de Dumpmines, se llamaba Oroboro, y al igual que Energía Interior era bastante pequeña. A decir verdad, como los empleados de Oroboro se apresuraron a informarle a Art la mañana que los visitó, no había una gran producción de basura en Marte, casi todo se reciclaba o se utilizaba para crear suelo agrícola, de modo que el vertedero de los asentamientos era más bien un depósito para guardar materiales variados en espera de ser reutilizados. Oroboro, por tanto, se ocupaba de encontrar y recoger la basura y las aguas residuales digamos recalcitrantes —tóxicas, aisladas o simplemente molestas—, y luego buscaba formas de remilgarlas.

El equipo de Oroboro en Sheffield ocupaba una planta en el edificio de Praxis en la parte baja de la ciudad. La compañía había iniciado sus actividades excavando en la vieja ciudad antes de que las ruinas fuesen arrojadas por el borde de la caldera con tan poca ceremonia. Un hombre llamado Zafir dirigía el proyecto de recuperación del cable caído. Él, Adrienne y Art fueron a la estación de trenes y tomaron un suburbano. Un corto trayecto a lo largo del borde oriental los llevó a una línea de tiendas en las afueras. Una de las tiendas era el almacén de Oroboro, y junto a ella, entre otros muchos vehículos, había una gigantesca fábrica móvil, a la que llamaban la Bestia. La Bestia dejaba el SuperRathje a la altura de un utilitario: era un edificio más que un vehículo, y casi enteramente robótico. Otra Bestia ya estaba en el exterior procesando el cable en Tharsis oeste, y le asignaron a Art una inspección sobre el terreno. Zafir y un par de técnicos le enseñaron las entrañas del vehículo de entrenamiento. Terminaron la visita en un amplio compartimiento en el piso de arriba, donde se alojaban los visitantes.

Zafir estaba entusiasmado por lo que la Bestia había encontrado en Tharsis.

—La verdad es que con sólo la recuperación del filamento de carbono y las hélices de gel de diamante ya tenemos una fuente de ingresos básica —dijo—. Y hemos encontrado algunas exóticas rocas metamórficas brechadas en el hemisferio final de la caída. Pero lo que le interesará de veras serán los buckybalh. —Zafir era un experto en esas diminutas esferas geodesicas de carbono llamadas buckminsterfullerenes, y hablaba de ellas con entusiasmo—. Las temperaturas y las presiones en la zona de caída al oeste de Tharsis resultaron ser similares a las que se emplean en los reactores de arco para la síntesis de los fullerenes. Así que tenemos cien kilómetros de cable en los que el carbono de la parte inferior está constituido casi enteramente por buckyballs. Casi todos de sesenta, pero hay algunos de treinta, y distintos superbuckies.

Algunos de los superbuckies contenían átomos de otros elementos atrapados en las redes de carbono. Esos «fullerenes rellenos» eran útiles en la fabricación de compuestos, pero muy costósos de obtener en laboratorio debido a la gran cantidad de energía requerida. Por tanto, era un hallazgo extraordinario.

—Ahora estamos clasificando los superbuckies para cuando llegue su cromatógrafo de iones.

—Comprendo —dijo Art.

Art había trabajado con cromatógrafos de iones en los análisis en Georgia, y ésa era la razón aparente para que lo enviaran allí, al fin del mundo. En los días que siguieron, Zafir y algunos técnicos instruyeron a Art en el manejo de la Bestia. Acabada la clase solían comer juntos en un pequeño restaurante en la tienda de las afueras en el borde este. Después de la puesta de sol tenían una vista magnífica de Sheffield, a unos treinta kilómetros sobre el borde curvo, resplandeciendo en el atardecer como una lámpara suspendida sobre el abismo negro.

Mientras comían y bebían, las conversaciones rara vez derivaban hacia el proyecto de Art, y considerando la cuestión Art concluyó que tal vez se trataba de una cortesía deliberada por parte de sus colegas. La Bestia funcionaba de manera autónoma y a pleno rendimiento, y aunque la clasificación de los recién descubiertos fullerenes rellenos planteaba algunos problemas, seguro que allí había técnicos en cromatógrafos de iones que podían solucionarlos sin necesidad de ayuda. Por tanto, no había razón para que Praxis mandase a Art desde la Tierra. Tenía que haber gato encerrado. Y por eso el grupo evitaba el tema, para que Art no se viera obligado a mentir, encogerse de hombros o apelar de manera explícita a la confidencialidad.

Art se habría sentido incómodo en cualquiera de esas actitudes, y apreció el tacto que demostraban. Pero eso imponía también una cierta distancia en las conversaciones. Fuera de las clases de orientación raras veces coincidía con los otros recién llegados de Praxis, y no conocía a nadie mas en la ciudad o en el planeta. Se sentía un poco solo y veía transcurrir los días con una creciente sensación de inquietud, de opresión incluso. Seguía ocultando el panorama de la caldera con las cortinas y comía en restaurantes alejados del borde. La situación empezó a parecerse a la vivida en el Ganesh, que ahora recordaba como terrible. Algunas veces tenía que rechazar la sensación de que había sido un error dejar la Tierra.

Por eso, después de la última charla de orientación, en un almuerzo informal en el edificio de Praxis, Art bebió más de lo acostumbrado e inhaló de una alta bombona un poco de óxido nitroso. Le habían dicho que la inhalación de drogas recreativas era una costumbre bastante extendida entre los obreros de la construcción marcianos, e incluso había pequeñas bombonas de diversos gases en los expendedores de algunos lavabos públicos. En verdad, el óxido nitroso incrementaba la cualidad burbujeante del champán; era una buena combinación, como los cacahuetes y la cerveza, o el helado y la tarta de manzana.

Luego paseó por las calles de Sheffield saltando erráticamente, sintiendo que el champán nitroso combinado con la gravedad marciana lo hacía sentirse demasiado ligero. Técnicamente pesaba alrededor de cuarenta kilos en Marte, pero mientras caminaba se sentía como si sólo fueran cinco. Una sensación extraña y desagradable. Como si caminase sobre vidrio encerado.

Estuvo a punto de chocar con un hombre joven, un poco más alto que él, de cabellos negros, esbelto y grácil como un pájaro, que lo esquivó y luego lo ayudó a mantener el equilibrio, todo con el mismo movimiento suave y fluido.

El joven lo miró a los ojos.

—¿Es usted Arthur Randolph?

—Sí —contestó Art sorprendido—. Yo soy. ¿Y quién es usted?

—Soy la persona que contactó con William Fort —dijo el joven.

Art se detuvo bruscamente, y se balanceó. El joven lo mantuvo derecho con una suave presión, y Art sintió el calor de la mano en su brazo. El joven sonreía amigablemente y su mirada era franca. Debía de tener unos veinticinco años, juzgó Art, o tal vez menos; un joven apuesto de piel cobriza, gruesas cejas negras y ojos ligeramente asiáticos sobre unos pómulos prominentes. Una mirada inteligente y curiosa, y un magnetismo indefinible.

A Art le cayó bien sin que pudiera decir por qué. Era sólo una sensación.

—Llámame Art —dijo.

—Yo soy Nirgal —dijo el joven—. Bajemos al Parque del Mirador.

Art lo siguió por el herboso bulevar que llevaba al parque del borde. Allí pasearon por el sendero que corría junto al muro exterior, y Nirgal lo ayudó a controlar sus movimientos de borracho.

—¿Para qué ha venido? —preguntó Nirgal, y su voz y su expresión indicaban que no se trataba de una pregunta superficial.

Art fue cauto.

—Para ayudar.

—Así pues, ¿se unirá a nosotros?

De nuevo la actitud del joven reveló que se refería a algo diferente, fundamental.

Y Art contestó:

—Sí. Cuando ustedes quieran.

Nirgal sonrió, una rápida sonrisa de deleite que dominó sólo en parte antes de decir:

—Bien. Estupendo. Pero mire, debe saber que estoy haciendo esto por mi cuenta. ¿Comprende? Hay gente que no lo aprobaría. Por eso quiero que usted se introduzca entre nosotros como si fuese por accidente. ¿Le parece bien?

—Me parece bien. —Art sacudió la cabeza, confuso.— Es como pensaba hacerlo de todas maneras.

Nirgal se detuvo junto a la burbuja de observación, tomó la mano de Art y la retuvo. Su mirada, franca e impávida, era otro tipo de contacto.

—Bien. Gracias. De momento siga con lo que ha estado haciendo. Continúe con su proyecto de recuperación; nosotros lo recogeremos. Después volveremos a encontrarnos.

Y se marchó, cruzando el parque en dirección a la estación de trenes, moviéndose con los pasos delicados y largos propios de los jóvenes nativos. Art lo observó, tratando de recordar todos los detalles del encuentro y determinar por qué había sido tan denso. La mirada del joven, decidió; no la intensidad inconsciente que uno ve a veces en los jóvenes, sino otra cosa, una especie de energía humorística. Recordó la risa súbita del muchacho cuando Art había dicho (prometido) que se uniría a ellos. Art sonrió.

Cuando regresó a la habitación fue derecho a la ventana y descorrió las cortinas. Se sentó a la mesa que había junto a la ventana, activó el atril y buscó Nirgal. No había ninguna persona con ese nombre en los registros. Había un Nirgal Vallis, entre la Cuenca de Argyre y Valles Marineris, uno de los mejores ejemplos de canales excavados por el agua del planeta, decía el atril, largo y sinuoso. La palabra era el nombre babilonio de Marte.

Art volvió a la ventana y pegó la nariz al cristal. Miró abajo, hacia la garganta de la cosa, al corazón rocoso del monstruo. Las curvas surcadas de bandas horizontales, la ancha llanura circular tan lejos y tan abajo, la línea brusca donde se encontraba con el muro, los infinitos matices de castaño, orín, negro, tostado, anaranjado, amarillo, rojo… rojo allá donde mirase, todas las variaciones del rojo… Bebió el paisaje, por primera vez sin miedo. Y mientras contemplaba el enorme corazón del planeta, un nuevo sentimiento saltó y reemplazó al miedo, y él se estremeció y saltó también, en una pequeña danza. Podía afrontar esa vista. Podía afrontar la gravedad. Había conocido a un marciano, un miembro de la resistencia, un joven con un extraño carisma, y lo volvería a ver, y conocería a otros… Estaba en Marte.

Unos días más tarde, en la pendiente occidental del Monte Pavonis, Art conducía un pequeño rover por una estrecha carretera paralela a una franja de escombros volcánicos con lo que parecía la vía de un tren cremallera encima. Había enviado un último mensaje codificado a Fort en el que le decía que partía, y había recibido la única respuesta hasta el momento: Buen viaje.

La primera hora de marcha le deparó un paisaje que todos le habían anunciado como el más espectacular. Pasó por encima del borde occidental de la caldera y empezó el descenso de la pendiente externa del vasto volcán. Esto ocurría sesenta kilómetros al este de Sheffield. Dejó atrás el borde sudoeste de la vasta meseta y muy abajo y muy lejos apareció un horizonte: una franja blanca y brumosa, ligeramente curva, como la vista que se tenía de la Tierra desde la ventanilla de un avión espacial. Y en cierto modo era lo mismo, porque la cumbre de Pavonis se levantaba unos veintiocho mil metros sobre Amazonis Planitia. Era un panorama soberbio, el recordatorio más contundente de la formidable altura de los volcanes de Tharsis. Y de hecho, en esos momentos tenía una magnífica vista del Monte Arsia, el volcán más meridional de los tres que jalonaban Tharsis, que se levantaba en el horizonte a su izquierda como un planeta vecino. ¡Y lo que parecía una nube negra al noroeste, en la línea del horizonte podía muy bien ser el Monte Olimpo!

Así que aunque aquel primer día de viaje fue todo cuesta atajo, Art mantuvo alto el ánimo. «¡Toto, es imposible que esto sea Kansas todavía!

¡Hemos salido… a visitar al mago! ¡El maravilloso mago de Marte!»

La carretera corría paralela a la línea de caída del cable, había golpeado la cara oeste de Tharsis con una fuerza tremenda, no tanta como durante la vuelta final, desde luego, pero si para crear los interesantes superbuckies que Art tenía que estudiar. Pero la Bestia con la que iba a reunirse ya había recuperado el material del cable en esa zona. Lo único que quedaba era una vía férrea de aspecto anticuado y otra de tren cremallera. La Bestia había fabricado esas vías a partir del carbono del cable, y había utilizado otras partes del cable y magnesio del suelo para construir vagonetas con alimentación autónoma que subían el material recuperado por la pendiente de Pavonis hasta las instalaciones de Oroboro en Sheffield. Un buen trabajo, pensó Art mientras observaba el avance de una pequeña vagoneta robot por la vía que llevaba a la ciudad. La vagoneta, negra y achaparrada, y movida por un sencillo motor que se agarraba a la vía cremallera, sin duda llevaba filamentos de nanotubo de carbono bajo aquel gran bloque rectangular de diamante. Art había oído hablar de eso en Sheffield, y no se sorprendió al verlo. El diamante se había recuperado de la doble hélice que reforzaba el cable, pero los bloques en realidad eran mucho menos valiosos que el filamento de carbono. Eran como una escotilla llamativa y nada más. Pero eran bonitos. En el segundo día de viaje, Art dejó atrás el inmenso cono de Pavonis y entró en la protuberancia de Tharsis propiamente dicha. Allí el terreno estaba sembrado de rocas y cráteres de meteoritos en mayor proporción que en la ladera del volcán. Y en las zonas bajas todo estaba cubierto por un manto de nieve y arena, a partes iguales. Ésa era la pendiente de los neveros de Tharsis oeste, una zona donde las tormentas que venían del oeste descargaban montañas de nieve que nunca se derretía; se acumulaba año tras año y compactaba la nieve del fondo. De momento se trataba sólo de nieve aplastada, neveros, pero con los años la compactación convertiría las capas inferiores en hielo, y las vertientes serían glaciares.

Las pendientes estaban puntuadas por grandes rocas y pequeños anillos de cráteres, la mayoría de menos de un kilómetro de diámetro, y si no hubiese sido por la nieve arenosa que los llenaba se habría dicho que se habían abierto el día antes.

Art divisó a la Bestia a muchos kilómetros de distancia, recuperando el cable. La parte superior asomó en el horizonte occidental y durante la hora siguiente el resto fue haciéndose visible. La vasta pendiente desnuda parecía más pequeña que su gemela en el este. Pero cuando Art se acercó la Bestia se reveló tan grande como una manzana de bloques. Incluso tenía un agudo cuadrado en la base de un costado que parecía la entrada de un parking. Art condujo hacia ese agujero —la Bestia avanzaba tres kilómetros al día, de modo que no era ninguna hazaña alcanzarla—, y una vez dentro subió por una rampa curva que llevaba un túnel corto con una antecámara. Allí habló por radio con la de la Bestia, y unas puertas se cerraron detrás del rover; un minuto después pudo salir del coche y entrar en un ascensor, que le subió hasta la cubierta de observación.

No le llevó mucho tiempo darse cuenta de que la vida dentro de la Bestia no era precisamente excitante, y después de consultarlo con Sheffield y de echarle una ojeada al cromatógrafo de iones del laboratorio, Art volvió al coche y salió a explorar los alrededores. Así funcionaban las cosas cuando se trabajaba en la Bestia, le había asegurado Zafir. Los rovers eran como los peces piloto que nadan alrededor de una gran ballena, y aunque la vista desde la cubierta de observación era hermosa, la mayoría de la gente acababa pasando buena parte del tiempo conduciendo por el exterior.

Y lo mismo hizo Art. El cable caído que se extendía delante de la Bestia mostraba claramente que allí el impacto había sido mucho más duro que en el tramo inicial. Un tercio del diámetro había quedado enterrado, y el cilindro estaba aplastado y mostraba profundas grietas alargadas en los costados que dejaban al descubierto su estructura, formada por manojos de filamentos de nanotubo de carbono, una de las sustancias más resistentes conocidas por la ciencia de los materiales, aunque, según decían, el material del cable del ascensor actual era más fuerte aún.

La Bestia, cuatro veces más alta que el cable, trabajaba a horcajadas sobre esos escombros. El semicilindro carbonizado desaparecía en el interior de una abertura en la parte frontal; de las entrañas de la Bestia salía un estruendo sordo, lejano, casi subsónico. Y cada día, a eso de las dos de la tarde, una puerta en la parte trasera se abría sobre los raíles que excretaba la Bestia, y surgía una vagoneta coronada de diamante, centelleando a la luz del sol, y se deslizaba rumbo a Pavonis. Luego desaparecía por el alto horizonte oriental, en la aparente «depresión» que se abría ahora entre Art y Pavonis, unos diez minutos después de haber emergido de su creadora.

Después de presenciar la partida diaria, Art solía salir en uno de los peces piloto para estudiar cráteres y grandes bloques aislados, aunque en realidad buscaba a Nirgal, o lo esperaba. Después de varios días de esta rutina, añadió el hábito de ponerse un traje y dar un paseo por el exterior durante unas horas cada tarde, y caminando junto al cable o al pez piloto, o adentrándose en el terreno circundante.

Era un terreno de aspecto extraño, no sólo a causa de la distribución regular de millones de rocas negras, sino porque los vientos cargados de arena habían esculpido fantásticas figuras en la nieve endurecida: aristas, troncos, hondonadas, colas en forma de lágrima detrás de las piedras… Esas figuras recibían el nombre de sastrugi. Era divertido caminar entre aquellas extravagantes y aerodinámicas extrusiones de nieve rojiza.

Hizo lo mismo día tras día. La Bestia avanzaba lentamente hacia el oeste. Art descubrió que la cara superior de las rocas desnudas castigadas por el viento a menudo estaban coloreadas por copos diminutos, escamas de liquen rápido, una especie que crecía deprisa, al menos para un liquen. Art recogió un par de piedras, y se las llevó a la Bestia, y leyó sobre esos líquenes con curiosidad. Eran al parecer fruto de la ingeniería genética, líquenes criptoendoliticos, es decir, que vivían en la roca, y a esa altitud su vida era precaria. El artículo decía que empleaban casi el noventa y ocho por ciento de su energía para sobrevivir, y menos del dos por ciento para reproducirse, lo cual representaba un gran avance con respecto a los especímenes terranos de los que procedían.

Pasaron los días, y luego las semanas. ¿Qué podía hacer? Siguió recogiendo liquen. Una de las variedades criptoendolíticas que encontró fue la primera especie capaz de sobrevivir en la superficie marciana, decía el atril, y había sido diseñada por miembros de los míticos Primeros Cien. Partió algunas rocas para poder observarlos más de cerca, y descubrió franjas de liquen que crecían en el centímetro más periférico de la roca: primero una banda amarilla, debajo una banda azul y luego una verde. Después de ese descubrimiento se detenía a menudo durante sus paseos, se arrodillaba y pegaba el visor a las rocas coloreadas que asomaban entre la nieve, asombrado por las crujientes escamas y sus hermosos colores: amarillo, oliva, verde caqui, verde bosque, negro, gris.

Una tarde detuvo el pez piloto muy lejos al norte de la Bestia, y salió a dar un paseo y recoger muestras. Cuando regresó, la puerta de la antecámara lateral del pez piloto no se abría.

—¿Qué demonios sucede? —dijo en voz alta.

Había pasado mucho tiempo y ya había olvidado que tarde o temprano tenia que ocurrir algo. Y por lo visto el suceso se presentaba como un fallo electrónico, suponiendo que ése fuera el suceso… Llamó por el intercomunicador y probó todos los códigos que conocía en el teclado de la puerta de la antecámara, pero sin resultado. Y como no podía entrar, tampoco podía activar los sistemas de emergencia. El intercomunicador del casco tenía un alcance muy limitado —el horizonte, para ser exactos—, lo que en Pavonis se reducía a la medida marciana, es decir, sólo unos pocos kilómetros en todas las direcciones. La Bestia había desaparecido bajo el horizonte, y aunque probablemente podía llegar caminando hasta ella, habría un momento en que tanto la Bestia como el pez piloto estarían fuera de su vista, y él se encontraría solo, con un suministro de aire limitado…

De súbito el paisaje de sastrugi sucio asumió un matiz alienígena, tenebroso aun a la luz brillante del sol.

—Bueno, demonios —exclamó Art, tratando de pensar.

Después de todo estaba allí fuera para que la resistencia lo recogiese. Nirgal había dicho que parecería un accidente. Pero lo que estaba enfrentando podía no ser, desde luego, el accidente previsto; en cualquier caso, el pánico no le ayudaría. Sería mejor trabajar con la hipótesis de que se trataba de un problema real y tratar de resolverlo. Podía intentar llegar hasta la Bestia a pie o tratar de entrar en el pez piloto.

Todavía estaba pensando qué hacer y tecleando en el panel de la puerta como si fuera una estrella de la digitación cuando sintió unos golpecitos enérgicos en el hombro.

—¡Aaaah! —gritó, volviéndose de un salto.

Se encontró frente a dos personas con trajes y cascos viejos y arañados. A través de los visores podía verles la cara: una mujer con rostro de halcón, que parecía a punto de morderle, y un hombre bajo de rostro enjuto y negro, con gruesas trenzas canosas apretujadas contra los bordes del visor, como los marcos de cuerda que uno ve a veces en los restaurantes marineros.

Era el hombre quien le había tocado en el hombro. Levantó tres dedos, señalando la consola de muñeca de Art. Debía referirse a la frecuencia que utilizaban en el intercom. Art la sintonizó.

—¡Eh! —gritó, sintiéndose más aliviado de lo que debiera, considerando que probablemente aquello era un montaje de Nirgal y que en realidad nunca había estado en peligro—. ¡Eh! Me parece que el coche me ha dejado fuera. ¿Podrían llevarme?

Ellos lo miraron.

El hombre soltó una risotada espantosa.

—Bienvenido a Marte —dijo.

TERCERA PARTE

Deslizamiento largo

Ann Clayborne descendía por el Espolón de Ginebra. La carretera bajaba en zigzag y ella se detenía a menudo para tomar muestras de roca. La Autopista Transmarineris había sido abandonada después del 61, y ahora desaparecía bajo el sucio río de hielo y rocas que cubría el suelo de Coprates Chasma. La carretera era una reliquia arqueológica, un callejón sin salida.

Pero Ann estudiaba el Espolón de Ginebra, la porción final de un dique de lava mucho más largo, la mayor parte del cual estaba enterrada bajo la meseta que se extendía hacia el sur, uno de los varios diques —el cercano Melas Dorsa; el Felis Dorsa, más hacia el sur; el Solis Dorsa, hacía el oeste— perpendiculares a los cañones de Marineris y de un origen misterioso. Sin embargo, la pared sur de Melas Chasma había retrocedido, por colapso o por erosión, y la roca dura de uno de los diques había quedado al descubierto. Éste era el Espolón de Ginebra, que había proporcionado a los suizos una rampa perfecta para hacer bajar la carretera por la pared del cañón y que ahora le mostraba a Ann su hermosa base al descubierto. Era posible que el Espolón y sus diques hermanos se hubiesen formado por el agrietamiento concéntrico provocado por el levantamiento de Tharsis. Pero era igualmente posible que fuesen mucho más viejos, vestigios del sistema cuenca y cadena montañosa que predominaba en la antigüedad temprana, cuando el planeta estaba aún expandiéndose a causa de su fuerza. Si databa el basalto de la base del dique ayudaría a resolver la cuestión.

Conducía despacio el pequeño rover-roca por la carretera cubierta de hielo. Los movimientos del coche debían ser perfectamente visibles desde el espacio, pero no le importaba. Había recorrido el hemisferio meridional durante el año anterior sin tomar ninguna precaución, excepto cuando se acercaba a uno de los refugios para avituallarse, y nunca había ocurrido nada.

Alcanzó la base del Espolón, a corta distancia del río de hielo y roca que ahogaba el suelo del cañón. Salió del coche y arrancó unas muestras de la base de la última zanja con su martillo de geólogo. Estaba de espaldas al inmenso glaciar, sin prestarle la menor atención, concentrada en el basalto. El dique se elevaba ante ella hacia el sol, una rampa perfecta hasta la cima del acantilado, de tres mil metros de altura y que se prolongaba cincuenta kilómetros hacia el sur. A ambos lados del Espolón el inmenso acantilado sur de Melas Chasma se curvaba formando gigantescas ensenadas de extremos prominentes, a la izquierda, sobre el horizonte lejano, un punto insignificante, y a sesenta kilómetros a la derecha, un promontorio inmenso que Ann llamaba Cabo Solis.

Mucho tiempo atrás Ann había dicho que la hidratación de la atmósfera aceleraría mucho la erosión, y en el acantilado que rodeaba el Espolón había signos que confirmaban esa predicción. La ensenada entre el Espolón de Ginebra y Cabo Solis siempre había sido profunda, pero unos aludes recientes revelaban que su profundidad crecía deprisa. Sin embargo, incluso las cicatrices más frescas, igual que el resto de los barrancos y estratos del acantilado, estaban cubiertas de escarcha. La gran pared tenía la coloración de Sión o Bryce después de una nevada: montículos rojos rayados de blanco.

En el suelo del cañón, a uno o dos kilómetros al oeste del Espolón de Ginebra y paralela a él, había una cresta negra muy baja. Intrigada, Ann caminó hasta ella. Al examinar de cerca la cresta, que no le llegaba más allá del pecho, descubrió que parecía estar constituida del mismo basalto que el Espolón. Sacó el martillo y arrancó una muestra.

Advirtió un movimiento por el rabillo del ojo y se incorporó para mirar. El Cabo Solis estaba perdiendo la nariz. Una nube roja se hinchaba en la base de la pared.

¡Un corrimiento de tierras! Activó el cronómetro, bajó los binoculares sobre el visor y graduó el objetivo hasta que tuvo el promontorio distante bien enfocado. La nueva roca dejada al descubierto por la ruptura era negruzca y parecía casi vertical: una falla de enfriamiento en el dique, quizá… si es que se trataba de un dique. La roca parecía basalto. Y parecía también que la fisura se había extendido por los cuatro mil metros de altura del acantilado.

El frente del acantilado desapareció en la nube de polvo, que se hinchaba como si hubiese estallado una gigantesca bomba. Una explosión, casi subsónica, fue seguida por un débil bramido, como el de trueno lejano. Miró su muñeca: poco menos de cuatro minutos. La velocidad del sonido en Marte era de 252 metros por segundo: la distancia de sesenta kilómetros quedó pues confirmada. Había presenciado el desprendimiento casi desde el principio.

En el interior de la ensenada, una porción más pequeña del acantilado se desplomó también, sin duda a causa de las ondas de choque. Pero parecía una piedrecita que caía en comparación con el promontorio colapsado, que tenía que estar compuesto de millones de metros cúbicos de roca. Era fantástico contemplar uno de los grandes desprendimientos de tierra: la mayoría de areólogos y geólogos tenían que conformarse con simulaciones por ordenador. Unas pocas semanas en Valles Marineris les solucionaría el problema.

Y allí venía, deslizándose sobre el suelo por el borde del glaciar, una masa negra de poca altura coronada por una nube de polvo encrespada, como en un film ralentizado de un cumulonimbo aproximándose con efectos de sonido incluidos. La masa estaba a bastante distancia del cabo, y con un sobresalto Ann se dio cuenta de que estaba presenciando un desprendimiento de tierra con deslizamiento largo. Se trataba de un fenómeno extraño, uno de los enigmas no resueltos de la geología. La gran mayoría de los deslizamientos avanzaban horizontalmente menos del doble de la altura de caída. Pero algunos de los más grandes parecían desafiar las leyes de la fricción, y recorrían horizontalmente diez veces su caída vertical, y a veces incluso veinte o treinta veces. Recibían el nombre de deslizamientos largos, y nadie había descubierto por qué ocurrían. El Cabo Solis había caído cuatro kilómetros, y por tanto tendría que haber recorrido no más de ocho. Pero ahí estaba, avanzando cañón abajo por el suelo de Melas, directamente hacia Ann. Si recorría sólo quince veces su caída vertical, pasaría por encima de ella y se estrellaría contra el Espolón de Ginebra.

Ajustó el objetivo de los binoculares para enfocar el frente del desprendimiento, visible sólo como una masa agitada bajo la nube de polvo ondulante. Advirtió que su mano temblaba contra el visor, pero no sentía miedo, ni pesar… sólo una sensación de liberación. Todo terminaba ya, y no era culpa de ella. Nadie podría culparla por eso. Ella siempre había dicho que la terraformación la mataría. Rió brevemente y luego entrecerró los ojos, tratando de enfocar mejor el frente de roca. Las primeras hipótesis para explicar los deslizamientos largos confirmaban que la roca se deslizaba sobre una capa de aire atrapada bajo el muro; pero antiguos deslizamientos largos descubiertos en Marte y la Luna habían puesto en duda esa explicación, y Ann coincidía con quienes argumentaban que el aire atrapado bajo la roca se difundía rápidamente hacia la superficie. No obstante, tenía que haber alguna clase de lubricante, y otras teorías proponían una capa de roca fundida originada por la fricción del deslizamiento, ondas acústicas causadas por la caída, o la fricción altamente energética de las partículas atrapadas en la base del deslizamiento. Ninguna de estas hipótesis era del todo satisfactoria, y no había certezas. Lo que se estaba acercando a ella era un misterio fenomenológico.

No había indicios en la masa que se aproximaba bajo la nube de polvo que favoreciera una de esas teorías. Desde luego, no tenía el brillo incandescente de la lava fundida, no había manera de juzgar si era lo suficientemente intenso como para cabalgar sobre su propio estampido sónico. Avanzaba, en cualquier caso, y al parecer Ann iba a tener la ocasión de investigar el fenómeno in situ: su última contribución a la geología, perdida en el momento de realizarla.

Comprobó el cronómetro, y le sorprendió descubrir que ya habían transcurrido veinte minutos. Los deslizamientos largos eran conocidos por su velocidad; el deslizamiento de Blackhawk en el Mojave había avanzado a una velocidad estimada de 120 kilómetros por hora, y eso que bajaba por una pendiente de sólo dos grados. Melas era un poco más empinada. Y el frente del deslizamiento se acercaba deprisa. El sonido estaba subiendo, como el de un trueno cercano. La nube de polvo se elevó y ocultó el sol del atardecer.

Ann se volvió y contempló el gran glaciar de Marineris. Había estado a punto de morir allí en más de una ocasión, cuando era un acuífero reventado fluyendo por las grandes cañones. Y Frank Chalmers había muerto allí, y yacía sepultado en algún lugar bajo el hielo, muy lejos corriente abajo. Muerto a causa de un error de ella, y el remordimiento nunca la había abandonado. Sólo había sido un momento de distracción, pero un error al fin y al cabo. Y algunos errores son irreparables.

Y luego también había muerto Simón, sepultado por una avalancha de sus propios glóbulos blancos. Ahora le tocaba a ella. La sensación de alivio era tan aguda que le dolía.

Se encaró con la avalancha. La roca visible en la base parecía rebotar, parecía, pero no se deslizaba sobre sí misma como una ola desigual. Entonces era cierto que lo hacía sobre algún tipo de lubricante. Los geólogos habían descubierto praderas casi intactas en la superficie de desprendimientos de tierra que se habían desplazado muchos kilómetros, así que esto confirmaba lo que ya se sabía; pero seguía pareciendo muy extraño, incluso irreal: una muralla baja que avanzaba sobre el suelo sin rodamientos, como por arte de magia. El suelo temblaba bajo sus pies, y descubrió que apretaba los puños. Pensó en Simón, luchando con la muerte y siseó. Le parecía injustificable pararse allí esperando el fin; Ann sabía que él no lo aprobaría. Y como homenaje a su espíritu, Ann bajó de la cresta de lava y se apoyó en la rodilla detrás de ella. El grano grueso del basalto se veía mate. Sintió las vibraciones y levantó la vista al cielo. Había hecho lo que había podido, nadie podía culparla. De todas maneras era estúpido que pensara en esas cosas: nadie sabría nunca lo que ella hacía allí, ni siquiera Simón. Él se había ido. Y el Simón que habitaba en su interior nunca dejaría de atormentarla, sin importar la que hiciese. Era hora de descansar y dar las gracias. La nube de polvo rodó sobre la cresta, se levantó un viento súbito…

¡Boom! El impacto acústico la derribó, y luego la levantó y la arrastró por el suelo, y las rocas la aporrearon. La envolvió la oscuridad, estaba a cuatro patas, rodeada de polvo, el fragor de las rocas que lo llenaba todo, el suelo se sacudía bajo sus pies como un animal salvaje…

Las sacudidas disminuyeron. Aún estaba a cuatro patas, y sentía la roca fría a través de los guantes y las rodilleras. Ráfagas de viento despejaron poco a poco el aire. Ann estaba cubierta de polvo y pequeños fragmentos de roca.

Temblorosa, se puso de pie. Le dolían las palmas de las manos y las rodillas, y una de las rótulas estaba entumecida por el frío. Se había torcido la muñeca izquierda, y sintió una punzada de dolor. Se encaramó a la cresta y miró alrededor. El deslizamiento se había detenido a unos treinta metros. El terreno que había en medio estaba cubierto de cascotes, pero el borde del desprendimiento era una pared negra de basalto pulverizado, inclinada hacia atrás en un ángulo de cuarenta y cinco grados, y de veinte o veinticinco metros de altura. Si se hubiese quedado de pie sobre la cresta, el impacto del aire la habría matado.

—Maldito seas —le dijo a Simón.

El borde norte había corrido hasta el glaciar de Melas derritiendo el hielo y mezclándose con él en una humeante artesa de rocas y barro. La nube de polvo impedía ver con claridad. Ann se acercó al pie del desprendimiento. La roca de la base todavía estaba caliente y no parecía más fracturada que la de arriba. Ann contempló el nuevo muro negro; le zumbaban los oídos. No es justo, pensó. No es justo.

Regresó al Espolón de Ginebra, mareada y aturdida. El rover seguía en la carretera sin salida, cubierto de polvo pero intacto. Durante unos minutos se negó a tocarlo. Volvió la vista hacia la larga masa humeante del desprendimiento: un glaciar negro junto a uno blanco. Al fin, abrió la puerta de la antecámara y se metió dentro. No tenía elección.

Ann conducía un poco cada día, salía y paseaba por el planeta, y continuaba con su trabajo obstinadamente, como un autómata.

A ambos lados de la protuberancia de Tharsis se abría una depresión. Al oeste, Amazonis Planitia, una llanura baja que se internaba profundamente en las zonas altas del sur. Al este, la Artesa de Chryse, una depresión que nacía en la Cuenca de Argyre y atravesaba Margaritifer Sinus y Chryse Planitia, su punto más bajo. La media de altura de la artesa era dos mil metros más baja que sus alrededores, y el terreno caótico marciano y buena parte de los antiguos canales de inundación se encontraban en ella.

Ann condujo en dirección este siguiendo el borde meridional de Marineris hasta que se encontró entre Nirgal Vallis y el Aureum Chaos. Se detuvo para reabastecerse en el refugio Dolmen Tor, el lugar a donde Michel y Kasei los habían llevado en la parte final de su escapada por Marineris, en 2061. Ver de nuevo el pequeño refugio no la afectó; apenas lo recordaba. Todos los recuerdos estaban desvaneciéndose, y eso la confortaba. En verdad, ella lo fomentaba concentrándose en el presente con tal intensidad que incluso los instantes se desvanecían, fogonazos que rasgaban la niebla, como los recuerdos en su mente.

Con toda seguridad, la artesa era anterior al caos y los canales de inundación. La protuberancia de Tharsis había sido una tremenda fuente de desgasificación: las fracturas radiales y concéntricas que la rodeaban habían arrojado a la atmósfera los elementos volátiles emanados por el núcleo caliente del planeta. El agua del regolito se había escurrido por las pendientes hacia las depresiones a ambos lados de la protuberancia. Era posible que las drepesiones fueran el resultado directo del levantamiento de la protuberancia, que la litosfera se hubiese curvado hacia abajo en las cercanías de los puntos donde había sido empujada hacia arriba. O podía ser que el manto se hubiese hundido bajo las depresiones, del mismo modo que se había levantado bajo la protuberancia. Los modelos de convección estándar avalaban esa hipótesis, el flujo ascendente tenía que retroceder en algún punto, después de todo, plegándose a los lados y arrastrando la litosfera hacia abajo en el retroceso.

Mientras tanto, en el regolito el agua se había escurrido por las pendientes según su costumbre, y se había acumulado en las artesas, hasta que los acuíferos reventaron y la corteza que los cubría se colapso: de ahí los canales de inundación y el caos. Era un buen modelo de trabajo, plausible y sólido, y explicaba muchos accidentes areológicos.

Ann pasaba los días conduciendo y caminando, buscando una confirmación de la hipótesis de la convección del manto para la artesa de Chryse, vagando por la superficie del planeta, comprobando viejos sismógrafos y recogiendo muestras de roca. Era difícil abrirse camino en la parte norte de la artesa; los acuíferos reventados en 2061 casi bloquearon el camino, y dejaron sólo una estrecha franja entre el extremo oriental del gran glaciar de Marineris y la vertiente occidental de un glaciar menor que ocupaba todo el Ares Vallis. Esa franja era la única manera de cruzar el ecuador al este de Noctis Labyrinthus sin meterse en el hielo, y Noctis estaba a seis mil kilómetros de distancia. Por eso habían construido una pista y una carretera sobre la franja, y se había levantado una ciudad tienda bastante grande en el borde del cráter Galileo. Al sur de Galileo la porción más estrecha de la franja sólo tenía cuarenta kilómetros de ancho, una zona de llanura navegable localizada entre la estribación oriental de Hydaspis Chaos y la parte occidental de Aram Chaos. Conducir por esa zona era complicado, y Ann avanzaba por el borde de Aram Chaos mirando el terreno destrozado.

Al norte de Galilei el camino mejoró. Y casi sin darse cuenta ya había dejado atrás la franja, y estaba en Chryse Planitia. Ése era el corazón de la artesa: tenía un potencial gravitatorio de —0.65; el punto más ligero del planeta, más aún que Hellas o Isidis.

Pero un día condujo hasta lo alto de una colina solitaria y descubrió que había un mar de hielo en medio de Chryse. Un glaciar había bajado desde Simud Vallis acumulándose en el punto bajo de Chryse, y se había extendido hasta convertirse en un mar de hielo que se perdía en los horizontes al norte, nordeste y noroeste. Ann rodeó lentamente la orilla occidental y luego la orilla norte. El mar tenía unos doscientos kilómetros de ancho.

Cierto día, al caer la tarde, detuvo el rover en el borde de un cráter fantasmal y contempló la extensión de hielo quebrado: había habido tantos reventones en 2061… Buenos areólogos estaban trabajando con los rebeldes en aquellos días: localizaban los acuíferos y preparaban explosiones o fusiones de reactor en el punto preciso donde las presiones hidrostáticas eran mayores. Era evidente que habían utilizado muchos de los descubrimientos de Ann.

Pero eso pertenecía al pasado, ahora desterrado. Todo eso se había ido. En aquel momento, sólo existía ese mar de hielo. Los viejos sismógrafos que había recuperado registraban sismos recientes en el norte, donde tendría que haber una actividad escasa. Quizá la fusión del casquete polar norte estaba empujando la litosfera hacia arriba, provocando así una multitud de pequeños aremotos. Pero los temblores registrados eran de período corto, más parecidos a explosiones que a aremotos. Había pasado más de una tarde estudiando la pantalla de la IA del rover, intrigada.

Conducía y caminaba. Dejó atrás el mar de hielo y siguió viajando en dirección norte, hacia Acidalia.

Las grandes llanuras del hemisferio norte se definían por lo general como regulares, y ciertamente lo eran comparadas con el caos o con las tierras altas del sur. Pero eso no significaba que fuesen llanas como un campo de deportes o la superficie de una mesa. Había ondulaciones por todas partes, montecillos y hondonadas, crestas de roca madre cuarteada, cuencas de acarreo, grandes campos rugosos de piedra, peñascos aislados y pequeños sumideros… Era un paisaje sobrenatural. En la Tierra, la tierra habría llenado las hondonadas, y el viento, el agua y la vida vegetal habrían erosionado las colinas desnudas, y todo el conjunto habría quedado sumergido o sería arrastrado o erosionado hasta la raíz por los hielos, o levantado por los movimientos tectónicos, todo arrasado y reconstruido docenas de veces durante eones, y siempre erosionado por los fenómenos meteorológicos y la biota. Pero esas antiquísimas llanuras onduladas, cuyas hondonadas habían sido excavadas por los impactos de los meteoritos, se habían mantenido intactas durante mil millones de años. Y se contaba entre las superficies más jóvenes de Marte.

Era difícil conducir por un terreno tan irregular, y bastante fácil perderse dando un paseo, sobre todo sí el coche de uno estaba tras una de las rocas esparcidas por doquier. Sobre todo si uno estaba distraído. Más de una vez Ann tuvo que encontrar el rover por la señal de radio, y una vez casi tropezó con él antes de reconocerlo. En esas ocasiones se despertaba, o recobraba la conciencia; con las manos temblorosas, sobresaltada por algún ensueño olvidado.

Las mejores rutas de conducción eran las crestas bajas y los diques de roca madre expuesta. Si esas elevadas carreteras basálticas hubiesen estado conectadas entre sí, todo habría sido fácil. Pero por lo común estaban hendidas por fallas transversales, que al principio no eran más que resquebrajaduras y luego se iban haciendo cada vez más profundas y más anchas a medida que uno avanzaba, en secuencias que recordaban una barra de pan cortada a rodajas, hasta que las fallas menguaban y se rellenaban de cascotes y arena menuda, y el dique volvía a ser parte de un campo de piedras.

Continuó hacia el norte, hacia Vastitas Borealis. Acidalia, Borealis: los nombres antiguos eran tan extraños. Hacía lo posible por no pensar, pero durante las largas horas en el rover a veces era difícil evitarlo. En esas ocasiones era menos peligroso leer que tratar de mantener la mente en blanco. Así que escogía lecturas al azar de la biblioteca de su IA. A menudo acababa mirando mapas areológicos, y una tarde, a la puesta del sol, después de una de esas sesiones, estudió el origen de los nombres de Marte.

Resultó que la mayoría de los nombres procedían de Giovanni Schiaparelli. En sus mapas de telescopio había dado nombre a mas de un centenar de rasgos del albedo, muchos de ellos tan ilusorios como sus canedi. Pero cuando los astrónomos de 1950 habían regularizado un mapa de los rasgos del albedo con el que todos pudieran estar de acuerdo — accidentes que pudiesen fotografiarse—, muchos de los nombres de Schiaparelli se conservaron. Fue en cierto modo un tributo a su poder evocador. Schiaparelli era un burnanista y estudiante de astronomía bíblica, y en la nomenclatura que propuso había un batiburrillo de nombres latinos y griegos, y referencias bíblicas y homéricas. Pero tenía oído, había que reconocérselo. Una prueba de su talento era el contraste entre sus mapas y los de sus rivales del siglo XIX. El mapa de un ingles llamado Proctor, por ejemplo, se había basado en las descripciones de un tal reverendo William Dawes; y así, en el mapa de Proctor, en el que no había ninguna relación reconocible ni siquiera con los accidentes del albedo más conspicuos, existía un Continente Dawes, un Océano Dawes, un Estrecho Dawes, un Mar Dawes y una Bahía Bifurcada Dawes. Y también un Mar Etéreo, un Océano DeLaRue y un Mar de Beer. Había que reconocer que este último era un homenaje a un alemán, que había dibujado un mapa de Marte aún peor que el de Proctor. Comparado con ellos, Schiaparelli era un genio.

Pero no consistente. Y había algo erróneo en esa mezcla de referencias, algo peligroso. Los rasgos de Mercurio llevaban los nombres de grandes artistas, los de Venus, los de mujeres famosas. Podían conducir o volar sobre esos paisajes todo un día y sentir que vivían en un mundo coherente. Pero en Marte ellos paseaban sobre un horrendo revoltijo de sueños del pasado cuyos nombres no guardaban relación con el terreno real: el Lago del Sol, la Llanura del Oro, el Mar Rojo, la Montaña del Pavo Real, el Lago del Fénix, Cimmeria, Arcadia, el Golfo de las Perlas, el Nudo Gordiano, la Laguna Estigia, Hades, Utopía…

En las oscuras dunas de Vastitas Borealis las provisiones empezaron a escasear. Los sismógrafos registraban temblores diarios hacia el este, y Ann se encaminó hacia ellos. En sus paseos por el exterior estudiaba las dunas de arena granate y sus estratos, que revelaban los antiguos climas como los anillos de los árboles. Pero la nieve y los vientos estaban arrancando las crestas de las dunas. Los vientos del oeste podían ser muy fuertes, lo suficiente para levantar cortinas de arena de grano grueso y arrojarlas contra el vehículo. La arena siempre se depositaría formando dunas, era una cuestión de física, pero las dunas irían acelerando el paso en su lenta marcha alrededor del mundo, y el registro que ellas habían guardado de edades primitivas sería destruido.

Ann apartó ese pensamiento y estudió el fenómeno como si no hubiese nuevas fuerzas externas alterándolo. Se concentró en su tarea con la fuerza con que asía su martillo de geóloga para partir las rocas. El pasado iba siendo astillado pieza a pieza. Olvidado. Se negaba a pensar en él. Pero más de una vez salió bruscamente del sueño con la imagen de un deslizamiento largo avanzando hacia ella. Y entonces despertaba del todo, sudando y temblando, enfrentada al amanecer incandescente, el sol refulgiendo como trozo de azufre ardiente.

Coyote le había proporcionado un mapa con la situación de sus refugios ocultos, y Ann llegó a uno de ellos, enterrado en un grupo de bloques de piedra del tamaño de una casa. Se abasteció y dejó una breve nota de agradecimiento. El último itinerario que le había dado Coyote indicaba que se proponía pasar por esa zona muy pronto, pero no había señales de él, y esperar sería inútil. Continuó el viaje.

Conducía, caminaba. Pero no podía evitarlo: el recuerdo del deslizamiento la perseguía. Lo que la molestaba no era haber tenido una escaramuza con la muerte; eso le había ocurrido muchas veces, y seguramente sin que ella se diera cuenta. Lo que la molestaba era lo arbitrario del suceso. No tenía nada que ver con el valor o la aptitud; era puramente aleatorio. Un equilibrio discontinuo, pero sin equilibrio. Los efectos no eran consecuencia de las causas. Fue ella quien pasó demasiado tiempo en el exterior, exponiéndose a la radiación, pero fue Simón quien murió, y ella la que se había dormido al volante, pero fue Frank el que murió. Era pura casualidad, una supervivencia o desaparición accidental.

Costaba creer que la selección natural había intervenido de alguna forma en tal universo. Allí, bajo sus pies, en las depresiones entre las dunas, las arqueobacterias estaban desarrollándose en los granos de arena; pero la atmósfera estaba ganando oxígeno muy deprisa, y todas esas arqueobacterias morirían, excepto aquellas que se encontrasen bajo tierra por accidente, fuera del alcance del oxígeno que ellas mismas habían respirado, un oxígeno que era venenoso para ellas. ¿Selección natural o accidente? Te quedabas quieta, respirando gases, mientras la muerte corría a tu encuentro, y acababas cubierta de rocas y morías, o cubierta de polvo y vivías. Y nada de lo que hicieras decidía en esa disyuntiva. Nada de lo que hicieras importaba. Una tarde después de su paseo, mientras leía esperando la hora de la cena, se enteró de que la policía zarista se había llevado a Dostoievski para ejecutarlo. Pero lo habían devuelto a la prisión después de hacerlo esperar durante horas que le llegara el turno. Ann terminó de leer sobre el incidente y se sentó en el asiento del conductor, con los pies en el salpicadero, mirando la pantalla sin verla. Otro crepúsculo chillón se derramaba a través del parabrisas sobre ella, el sol extremadamente grande y brillante en la atmósfera que se espesaba. Dostoievski había cambiado para toda la vida, declaraba el escritor con la fácil omnisciencia de la biografía. Un epiléptico con propensión a la violencia y a la desesperanza. Ese hombre había sido incapaz de integrar la experiencia. Perpetuamente airado. Tímido. Poseído.

Ann meneó la cabeza y rió, furiosa con el idiota que no entendía nada. Claro que no integró la experiencia, porque no tenia sentido. La experiencia no podía ser integrada.

Al día siguiente, una torre asomó en el horizonte. Ann detuvo el coche y la observó a través del telescopio del rover. Detrás de la torre se extendía una densa niebla baja. Los temblores registrados por los sismógrafos eran muy intensos ahora, y parecían proceder de algún punto un poco más al norte. Incluso sintió uno, lo cual teniendo en cuenta los amortiguadores del coche, significaba que eran sismos muy fuertes. Era muy probable que estuviesen relacionados con la torre.

Salió del coche. Faltaba poco para el crepúsculo: el cielo era un gran arco de colores violentos y el sol se hundía en el oeste brumoso. Tendría el sol detrás y eso haría difícil que la vieran. Avanzó serpenteando entre las dunas, y se arrastró los últimos metros del camino. Trepó a una cresta y se asomó: divisó la torre a un kilómetro al este. Cuando vio lo cerca que estaba de la base del edificio, pegó la barbilla al suelo, entre deyecciones del tamaño de su casco.

Se trataba de una operación de perforación móvil importante. La enorme base estaba flanqueada por orugas gigantescas, como las que se usaban para mover los cohetes grandes en los puertos espaciales. La torre de perforación se elevaba sobre ese mastodonte más de sesenta metros, y en la base y la parte baja se alojaban los técnicos y se guardaba el equipo y los suministros.

Más allá, a corta distancia bajando por una suave pendiente, había un mar de hielo. Inmediatamente al norte de la perforadora, las crestas de los grandes barjanes todavía asomaban entre el hielo, al principio como una playa llena de baches, luego como centenares de islas en forma de medialuna. Pero un par de kilómetros más allá las crestas desaparecían, y sólo había hielo.

El hielo era puro, limpio, de un púrpura translúcido bajo el sol poniente, más transparente que cualquier hielo que ella hubiese visto en la superficie marciana, y liso, no fracturado como en los glaciares. Humeaba débilmente, y el viento arrastraba el vapor escarchado hacia el este. Y allí, como hormigas, unas figuras con traje y casco patinaban sobre el hielo.

Comprendió todo en cuanto vio el hielo. Hacía mucho tiempo, ella misma había confirmado la teoría del gran impacto, que explicaba la dicotomía entre los hemisferios: el hemisferio norte, basto y liso, era una cuenca de impacto gigantesca, el resultado de una apenas imaginable colisión en la era antigua entre Marte y un planetesimal casi tan grande como él. La roca del cuerpo de impacto que no se había vaporizado se había integrado en Marte, y se debatía en las publicaciones especializadas si los movimientos irregulares del manto que habían originado la protuberancia de Tharsis eran desarrollos posteriores de las perturbaciones originadas por el impacto. Para Ann eso no era plausible, pero sí era evidente que el gran choque se había producido, destruyendo la superficie de todo el hemisferio norte hasta reducir su altura una medía de cuatro mil metros con relación al sur. Un impacto impresionante, pero así era la edad antigua. Era casi seguro que un impacto de magnitud similar hubiese provocado el nacimiento de la Luna a partir de la Tierra. De hecho, había algunos antiimpactistas que se resistían a aceptarlo argumentando que si Marte hubiese sido golpeado con esa dureza, habría tenido una luna del mismo tamaño.

Pero ahora, tendida en el suelo, mirando la plataforma de perforación, recordó que el hemisferio norte era aún más bajo de lo que había parecido en un primer momento: el suelo de roca madre estaba a una profundidad de cinco mil metros bajo las dunas. El impacto había alcanzado esa profundidad, y luego la depresión se había vuelto a llenar en su mayor parte con una mezcla de deyecciones procedentes del mismo impacto, gravas y arenas transportadas por el viento, materiales de impactos posteriores, materiales de erosión que caían de la pendiente del Gran Acantilado. Y agua. Sí, agua, que buscaba el punto más bajo, como siempre. El agua del manto anual de escarcha y de los antiguos acuíferos reventados y de la desgasificación de las burbujas en el lecho de roca, y de la sublimación del hielo del casquete polar, con el tiempo había migrado a esa zona profunda, y se había combinado para formar una enorme reserva subterránea, un embalse de hielo y agua líquida que formaba una banda subyacente alrededor del planeta al norte de los sesenta grados de latitud norte, interrumpido irónicamente, por una isla de roca madre en la que se asentaba el casquete polar.

La misma Ann había descubierto ese mar subterráneo muchos años antes, y según sus estimaciones entre el sesenta y setenta por ciento del agua de Marte se encontraba allí. Era en realidad el Oceanus Borealis del que algunos terraformadores hablaban, pero enterrado profundamente y congelado, y mezclado con regolito y gravas densas: un océano de permafrost, con algo de líquido en las profundidades del lecho de roca. Encerrado allí abajo para siempre, o eso había creído ella, porque por más calor que aplicaran los terraformadores a la superficie del planeta el océano de permafrost nunca se derretiría a más de un metro por milenio. Y aún así permanecería bajo tierra por una simple cuestión de gravedad.

De ahí la plataforma de perforación delante de sus narices. Estaban sacando el agua. Bombeaban los acuíferos líquidos directamente, y derretían el permafrost con explosivos, probablemente nucleares, y luego canalizaban lo derretido y lo bombeaban a la superficie. El peso de las capas superiores de regolito ayudaría a empujar el agua hacia arriba por las tuberías, y el peso del agua en la superficie ayudaría a bombear más. Sí había muchas plataformas como aquélla, podrían bombear mucha agua a la superficie. Con el tiempo crearían un mar poco profundo, que se congelaría y sería un mar de hielo otra vez durante un tiempo. Pero con el calentamiento de la atmósfera, la luz solar, la acción bacteriana, los vientos en aumento… se derretiría de nuevo. Y entonces habría un Oceanus Borealis. Y la antigua Vastitas Borealis con sus dunas granate oscuro que envolvían el mundo sería el fondo de ese mar. Inundada.

Regresó al vehículo en la luz crepuscular, moviéndose con torpeza. Le costó abrir la antecámara y luego quitarse el casco. Permaneció más de una hora sentada inmóvil delante del microondas, con imágenes fugitivas revoloteándole por la cabeza. Hormigas achicharrándose bajo una lupa, un hormiguero inundado detrás de un dique de barro… Había pensado que nada podía alcanzarla ya en esa existencia prepóstuma que vivía. Pero las manos le temblaban y no podía enfrentarse al salmón con arroz que se enfriaba en el microondas. Marte Rojo se había ido. Sentía el estómago como una pequeña piedra en su interior. En el devenir aleatorio de la contingencia universal nada importaba; y sin embargo, sin embargo…

Se alejó del lugar. No se le ocurría qué otra cosa hacer. Regreso al sur, conduciendo por las pendientes bajas, dejando atrás Chryse y su pequeño mar de hielo. Con el tiempo se convertiría en una bahía del océano mayor. Se concentró en su tarea, o lo intento. Se esforzó por no ver más que rocas, por pensar como una piedra.

Cierto día atravesó una llanura de pequeñas rocas negras. La llanura era más regular que de costumbre, el horizonte a los cinco kilómetros de distancia habituales, familiar desde la Colina Subterránea y el resto de las tierras bajas. Un mundo reducido y atestado de pequeñas rocas negras, como pelotas fósiles de diferentes deportes, sólo que negras y facetadas. Eran los ventifacts.

Salió del rover para echar un vistazo. Las rocas la atraían. Se alejó un buen trecho hacia el norte.

Un frente de nubes bajas se aproximaba, y sintió el embate del viento. En la oscuridad prematura de la tarde súbitamente tormentosa, el campo de rocas adquirió una extraña belleza. Ann estaba en una zona mortecina entre dos planos de agitada oscuridad.

Las rocas eran basálticas, y los vientos habían erosionado las caras expuestas hasta alisarlas por completo. Quizás habían pasado un millón de años desde esa primera raspadura. Y después las arcillas subyacentes habían sido arrastradas, o un raro aremoto había sacudido la región, y la roca se había desplazado a una nueva posición, exponiendo una superficie diferente. Y el proceso se había iniciado otra vez. Una nueva faceta había sido trabajada poco a poco por el incesante roce de partículas abrasivas micronizadas, hasta que de nuevo cambió el equilibrio de la roca, o bien otra roca la golpeó, o algo alteró su posición. Y el proceso se repitió con cada roca de esa pedriza: cambiando de posición cada millón de años, y luego expuestas al viento dia tras dia, año tras año. Había einkanters, de una sola faceta, y dreikanters, de tres facetas —fierkanters, funfkanters…—, toda la gama, hasta llegar a casi perfectos hexaedros, octaedros, dodecaedros. Ventifacts. Ann los levantaba preguntándose cuántos años representaban cada una de sus facetas, preguntándose si tal vez su mente no revelaría una erosión similar, grandes secciones pulidas por el tiempo.

Empezó a nevar: primero cristalitos que remolineaban, luego grandes copos blandos traídos por el viento. La temperatura era relativamente cálida en el exterior. Luego el fuerte viento vomitó una mezcla de granizo y nieve mojada. A medida que avanzaba la tormenta, la nieve se tornó muy sucia: debía llevar mucho tiempo circulando por la atmósfera y había acumulado gravas, polvo y partículas de humo, y había cristalizado más agua, y hielo, luego había subido, atrapada por otra corriente ascendente en el cúmulo-nimbo, y había bajado, y así una y otra vez, hasta que al fin lo que caía era casi negro. Nieve negra. Luego cayó una especie de barro helado, que se acumulaba en los hoyos y las rendijas de los ventifacts, cubriendo las cimas, y desbordándose por los costados, pues el viento intenso provocaba un millón de pequeñas avalanchas. Ann se tambaleó sin rumbo, sin propósito, hasta que se torció un tobillo y se detuvo, respirando entrecortadamente, con una roca apretada en la mano enguantada y fría. Comprendió que el deslizamiento largo seguía avanzando. Y la nieve fangosa cayó a mares del aire negro, enterrando la llanura.

Pero nada dura, ni siquiera la piedra, ni siquiera la desesperación.

Ann regresó al rover, sin saber cómo ni por qué. Viajó un poco cada día, y sin proponérselo de manera consciente regresó al escondite de Coyote. Se quedó allí una semana, paseando por las dunas y comiendo a regañadientes.

Entonces, un día:

—Ann, ¿di da do?

Sólo entendió la palabra Ann. Turbada por la reaparición de su glosolalía, agarró el micrófono de la radio y trató de hablar. No salió más que un sonido ahogado.

—Ann, ¿di da do? Era una pregunta.

—Ann —dijo ella como si vomitara.

Diez minutos más tarde el hombre entraba en el rover y la abrazaba.

—¿Cuánto hace que estás aquí? —preguntó Coyote.

—No… no mucho.

Se sentaron. Ann recobró el dominio de sí. Era como pensar, pensar en voz alta. Sin duda, ella todavía pensaba con palabras.

Coyote siguió hablando, quizás un poco más despacio que de costumbre, mirándola con atención.

Ella le preguntó sobre la plataforma de perforación en el hielo que había visto días antes.

—Ah. Me preguntaba si tropezarías con una de ellas.

—¿Cuántas hay?

—Cincuenta.

Coyote notó la expresión de Ann e hizo un pequeño gesto de asentimiento. Estaba comiendo vorazmente, y Ann pensó que él tal vez había llegado al refugio con los víveres agotados.

—Están invirtiendo un montón de dinero en esos grandes proyectos. El nuevo ascensor, esas perforadoras de agua, nitrógeno de Titán… un gran espejo entre nosotros y el sol, para arrojar más luz sobre el planeta.

¿Has oído hablar de eso?

Ella trató de dominarse. Cincuenta. Ah, Dios…

Eso la enfurecía. Había estado enfadada con el planeta por no concederle la liberación. Por amenazarla sin respaldar las amenazas con hechos. Pero esto era diferente, una clase diferente de cólera. Y ahora, allí sentada mirando a Coyote comer, pensando en la inundación de Vastitas Borealis, sintió la furia contrayéndose en su interior, como una nube de materia interestelar contrayéndose hasta que se colapsaba y se encendía. Era una furia ardiente y dolorosa. Y no obstante era lo mismo de siempre:

furia ante la terraformación. Una vieja emoción ardiente que se había convertido en nova en los primeros años, y que ahora se fundía y estallaba otra vez. Ella no quería, no quería. Pero, maldita sea, el planeta se estaba derritiendo bajo sus pies. Desintegrándose. Reducido a gachas por una empresa minera terrana.

Había que hacer algo.

Y en verdad ella tenía que hacer algo, aunque no fuese más que para llenar las horas que le quedaban antes de que algún accidente se apiadase de ella. Algo para ocupar las horas prepóstumas. La venganza de un zombi… ¿Y por qué no? Inclinada a la violencia, inclinada a la desesperanza…

—¿Quién está a cargo de la construcción? —preguntó.

—Principalmente, Consolidados. Hay fábricas construyéndolas en Mareotis y Punto Bradbury. —Coyote siguió engullendo en silencio, y luego la miró.— No te gusta eso, parece.

—No.

—¿Te gustaría detenerlo? Ella no contestó.

Coyote pareció entender.

—No me refiero a detener todo el esfuerzo de terraformación. Pero hay cosas que pueden hacerse. Volar las fábricas.

—Las reconstruirían en seguida.

—Nunca se sabe. Al menos los retrasaría. Eso podría darnos tiempo suficiente para preparar algo a escala global.

—¿Te refieres a los rojos?

—Sí. Creo que la gente los llamaba rojos. Ann sacudió la cabeza.

—Ellos no me necesitan.

—No. Pero tal vez tú sí los necesitas, ¿no? Y eres una heroína para ellos, ya lo sabes. Para ellos significaría mucho tenerte de su lado.

Ann volvía a tener la mente en blanco. Rojos… Nunca había creído en ellos, no creía que esa forma de resistencia sirviese para algo. Pero ahora… Bien, incluso si no funcionaba, sería mejor que quedarse sin hacer nada. ¡Darles con un palo en el ojo!

Y sí funcionaba…

—Deja que lo piense.

Hablaron sobre otras cosas. De pronto, un muro de fatiga se abatió sobre Ann, lo que era extraño porque había pasado mucho tiempo sin hacer nada. Pero allí estaba. Hablar era un trabajo extenuante, y ella no estaba habituada. Y era difícil hablar con Coyote.

—Deberías irte a la cama —dijo él, interrumpiendo su monólogo—. Pareces cansada. Dame la mano… —La ayudó a levantarse. Ella se tendió en la cama, vestida, y Coyote la arropó con una manta.— Estás cansada. Me pregunto si no habrá llegado la hora de que recibas otro tratamiento de longevidad, muchachita.

—No me haré tratar nunca más.

—¡No! Me sorprendes, Ann. Pero duerme ahora. Duerme.

Viajó con Coyote hacia el sur. Por la noche, mientras cenaban, él le hablaba sobre los rojos. Eran un grupo abierto más que un movimiento con una organización rígida. Como toda la resistencia. Ella conocía a varios de sus fundadores: Ivana, Gene y Raúl, del equipo de la granja, que habían acabado por discrepar con la areofanía de Hiroko y su insistencia en la viriditas; Kasei y Harmakhis y varios de los ectógenos de Zigoto; muchos seguidores de Arkadi, que habían bajado de Fobos y habían tenido diferencias con Arkadi sobre el valor de la terraformación para la revolución. Un buen número de bogdanovistas, incluyendo a Steve y Marian, se habían pasado a los rojos en los años posteriores a 2061, y lo mismo habían hecho seguidores del biólogo Schnelling, y algunos nisei y sansei, japoneses radicales de Sabishii, y árabes que querían que Marte continuara siendo árabe para siempre, y prisioneros fugados de Koroliov… Un puñado de radicales, en suma. No precisamente su tipo, pensó Ann, con la sensación residual de que su objeción a la terraformación era científica y racional. O al menos una posición ética o estética defendible. Pero entonces un relámpago de furia volvió a abrasarla, y sacudió la cabeza, disgustada consigo misma. ¿Quién era ella para juzgar la ética de los rojos? Al menos ellos habían expresado la ira que sentían, la habían descargado a diestro y siniestro. Aunque no hubiesen conseguido nada, probablemente se sentían mejor. Y quizá habían conseguido algo, al menos antes de que la terraformación hubiese entrado en esa nueva fase de gigantismo transnacional.

Coyote sostenía que los rojos habían retrasado considerablemente la terraformación. Algunos incluso llevaban un registro para tratar de cuantificar el efecto de sus estrategias. Existía también, dijo, una tendencia creciente entre algunos rojos a admitir que la terraformación era inevitable, y a buscar estrategias de terraformación de menor impacto.

—Se han hecho algunas propuestas muy detalladas sobre una atmósfera con una gran proporción de dióxido de carbono, caliente pero pobre en agua, que mantendría la vida vegetal; los humanos tendríamos que llevar máscaras, pero no destrozaríamos el mundo para construirlo a imagen y semejanza de la Tierra. Es muy interesante. También hay diferentes propuestas para lo que llaman ecopoyesis, o areobiosferas. Mundos en los que las zonas bajas tienen un clima ártico, en el límite de lo habitable, mientras que las zonas más altas permanecen por encima del grueso de la atmósfera, y por tanto en su estado natural, o cerca de él. Dicen que las calderas de los cuatro grandes volcanes se mantendrían invioladas en ese mundo.

Ann dudaba de que esas propuestas fuesen factibles o tuviesen los efectos esperados. Pero los informes de Coyote la intrigaban de todos modos. Al parecer, él era un gran defensor de los esfuerzos de los rojos, y les había prestado mucha ayuda desde el principio, apoyándolos desde los refugios de la resistencia, poniendo en contacto a los diferentes grupos y ayudándolos a construir sus propios refugios, ubicados en su mayoría en las mesas y barrancos del Gran Acantilado, cerca de las actividades de terraformación, y en las que por tanto podían interferir con más facilidad.

Sí, Coyote era un rojo, o al menos un simpatizante.

—En realidad no soy nada de eso. Soy un viejo anarquista. Supongo que podrías llamarme booneano ahora, porque estoy en favor de la incorporación de cualquier cosa que ayude a conseguir un Marte libre. A veces creo que el argumento de que una superficie viable para los humanos favorece a la revolución es muy acertado. Otras veces, no. De todas formas, los rojos son una gran fuente de guerrilleros. ¡Y hago mía su opinión de que no estamos aquí para reproducir Canadá, por el amor de Dios! Por eso los ayudo. Soy bueno para encubrir y me gusta.

Ann asintió.

—¿Te unirás a ellos entonces? ¿O hablarás con ellos al menos?

—Lo pensaré.

Su concentración en las rocas se había hecho añicos. Ahora ya no podía permanecer ajena a los signos de vida de la superficie. En los diez y los veinte meridionales, el hielo de los glaciares de los acuíferos reventados se derretía en las tardes estivales, y el agua fría corría pendiente abajo, tallando en la tierra nuevas cuencas fluviales y transformando los taludes en lo que los ecologistas llamaban fellfield, islotes rocosos que albergaban las primeras comunidades de organismos vivos después de que los hielos se retirasen, con algas, líquenes y musgos. El regolito arenoso, infectado por el agua y por las microbacterias que flotaban en ella, se transformaba en fellfield a una velocidad pasmosa, descubrió Ann, y como resultado los frágiles accidentes geológicos se modificaban con rapidez. La mayor parte del regolito de Marte era tan árido que cuando el agua lo tocaba se producían poderosas reacciones químicas —se liberaban enormes cantidades de peróxido de hidrógeno, y las sales cristalizaban—; en esencia, el suelo se desintegraba y se transformaba en un barro arenoso que sólo sedimentaba corriente abajo, en terrazas colgadas llamadas cercos de solifluxión, y en nuevos proto-fellfields escarchados. Los accidentes geológicos estaban desapareciendo. La tierra se derretía. Luego de un largo día de marcha a través de terreno alterado de esa manera, Ann le dijo a Coyote:

—Tal vez hable con ellos.

Pero antes regresaron a Zigoto, o Gameto, donde Coyote tenía algunos asuntos pendientes. Ann se alojó en la habitación de Peter, porque él estaba ausente y la habitación que ella había compartido con Simón se destinaba a otros usos. No se habría alojado en ella de todas maneras. La habitación de Peter estaba debajo de la de Harmakhis, y era un segmento cilíndrico de bambú que contenía un escritorio, una silla, un colchón en forma de medialuna tendido en el suelo y una ventana que miraba al lago. Todo era igual y a la vez diferente en Gameto, y a pesar de los años que había pasado visitando Zigoto con regularidad, no se sentía conectada con nada de todo aquello. De hecho, apenas recordaba cómo había sido Zigoto. Ann no quería recordar, practicaba el olvido con aplicación; cada vez que una imagen del pasado la asaltaba, ella se ponía en movimiento y se enfrascaba en algo que requiriese concentración: estudiaba muestras de roca o las lecturas de los sismógrafos, o preparaba comidas complicadas, o salía a jugar con los niños, hasta que la imagen se desvanecía, y el pasado era desterrado. Con práctica uno podía eludir el pasado casi por completo.

Una noche Coyote asomó la cabeza por la puerta de la habitación de Peter.

—¿Sabías que Peter también es un rojo?

—¿Qué?

—Es un rojo. Pero trabaja por su cuenta, en el espacio sobre todo. Creo que después del viajecito en el ascensor le tomó el gusto.

—Por Dios —dijo ella con reprobación.

Aquello era otro accidente fortuito; Peter tenía que haber muerto cuando el ascensor cayó. ¿Qué posibilidades había de que una nave espacial pasara por allí y lo avistara, solo, en órbita areosincrónica? No, era ridículo. Nada existía salvo la casualidad.

Pero aun así seguía enfadada.

Se fue a la cama alterada por esos pensamientos, y en su duermevela intranquilo soñó que ella y Simón caminaban por la parte más espectacular de Candor Chasma, en aquel primer viaje juntos, cuando todo estaba inmaculado y nada había cambiado en mil millones de años; eran los primeros humanos que hollaban aquella vasta garganta de suelo estratificado y paredes inmensas. A Simón le había gustado tanto como a ella, y había permanecido silencioso y absorto en la realidad de la roca y el hielo; no había mejor compañero para un espectáculo tan glorioso. Pero en el sueño, una de las paredes gigantescas del cañón empezaba a derrumbarse, y Simón decía «Deslizamiento largo», y ella se despertó al instante, sudando.

Se vistió y salió de la habitación a dar un paseo por el pequeño mesocosmos bajo la cúpula, con su lago blanco y el krummholz que cubría las dunas bajas. Hiroko era un genio extraño: había concebido aquel lugar y luego había convencido a otros para unirse a ella y vivir allí. Había concebido tantos niños sin el permiso de los padres, sin control sobre la manipulación genética… Era una forma de locura, en verdad, fuese o no divina.

Por la playa helada del pequeño lago se acercaban algunos miembros de la prole de Hiroko. Ya no se podía llamarlos niños; los más jóvenes tenían quince o dieciséis años terrarios, y los mayores… Bien, los mayores estaban fuera, desparramados por el mundo. Kasei debía de tener ya cerca de cincuenta, y su hija Jackie casi veinticinco, una graduada por la nueva universidad de Sabishii, activa en la política del demimonde. Ese grupo de ectógenos estaba en Gameto de visita, como Ann. Paseaban por la playa, y Jackie encabezaba el grupo, una joven alta y esbelta de cabellos negros, bella e imperiosa, líder de su generación, sin duda. O quizá lo era el alegre Nirgal, o el reflexivo Harmakhis. Pero Jackie los conducía: Harmakhis la seguía con una lealtad perruna, e incluso Nirgal no le quitaba el ojo de encima. Simón quería mucho a Nirgal, y Peter también, y Ann comprendía por qué: era el único en toda la banda de ectógenos de Hiroko que no la asqueaba. Los demás disfrutaban con su egocentrismo, reyes y reinas de su pequeño mundo, pero Nirgal había abandonado Zigoto poco después de la muerte de Simón, y regresaba en raras ocasiones. Había estudiado en Sabishii, iniciativa que había imitado Jackie. Y ahora pasaba la mayor parte del tiempo en Sabishii, o de viaje con Coyote o Peter, o visitando las ciudades del norte. ¿Era también un rojo? Pero le interesaban todas las cosas, era consciente de todo, corría por todas partes; era una especie de versión joven y masculina de Hiroko, si tal criatura era posible, pero menos extraño que Hiroko, más accesible, más humano. Ann nunca había sido capaz de mantener una conversación normal con Hiroko, que parecía una conciencia alienígena que daba significados enteramente diferentes a todas las palabras del lenguaje, y que a pesar de ser genial diseñando ecosistemas, no era un científico, sino más bien una especie de profeta. Por otro lado, Nirgal parecía descubrir intuitivamente lo que era de veras importante para su interlocutor, y se concentraba en eso, y preguntaba sin descanso, curioso, comprensivo, compasivo. Mientras lo veía seguir a Jackie por la playa, correteando de aquí para allá, Ann recordó la lentitud y el cuidado que ponía al caminar junto a Simón. Recordó lo asustado que había parecido aquella última noche, cuando Hiroko, de acuerdo con sus ideas tan peculiares, lo había llevado a despedirse de Simón. Había sido muy cruel hacer pasar a un niño por todo aquello, pero Ann no había hecho objeciones entonces; estaba desesperada y dispuesta a probar lo que fuera. Otro error que nunca podría reparar.

Clavó la vista en la arena dorada hasta que los ectógenos hubieron pasado. Era una vergüenza que Nirgal estuviera tan colgado de Jackie, pues era evidente que a ella él le traía sin cuidado. Jackie era una mujer notable a su manera, pero demasiado parecida a Maya: caprichosa y manipuladora, no se sentía vinculada a ningún hombre, excepto a Peter, quizás. Pero, afortunadamente (aunque no lo había parecido entonces), él había tenido un romance con la madre de Jackie, y no tenía el menor interés en ella. Un asunto turbio: Peter y Kasei seguían enemistados, y Esther se había ido para no volver. No era la mejor hora de Peter. Y sus efectos en Jackie… Oh, sí, habría efectos (allí, cuidado, una laguna negra en su propio pasado remoto), sí, durante toda la duración de sus mezquinas y sórdidas vidas, repitiendo sus círculos sin sentido…

Trató de concentrarse en la composición de los granos de la arena. El dorado no era un color habitual en la arena de Marte. Se trataba de un material granítico muy raro. Se preguntó si Hiroko lo había buscado o simplemente había tenido suerte.

Los ectógenos se habían alejado rumbo a la orilla opuesta del lago. Estaba sola en la playa, Simón en algún lugar bajo sus pies. Era difícil no conectar con nada de todo aquello.

Un hombre bajo venía caminando por las dunas hacia ella. Al principio pensó que era Sax, y luego Coyote; pero no era ninguno de los dos. El hombre pareció vacilar al verla, y en ese movimiento ella reconoció a Sax, pero un Sax con un físico muy cambiado. Vlad y Ursula le habían hecho algo de cirugía estética en la cara, suficiente para que no se pareciese al Sax de antes. Iba a trasladarse a Burroughs y a infiltrarse en una compañía biotécnica utilizando un pasaporte suizo y una de las identidades virales de Coyote. Se reincorporaba a la terraformación. Ann apartó la vista y miró el agua. Él se detuvo junto a ella y trató de hablarle: una conducta muy impropia de Sax, más guapo ahora, un viejo memo atractivo. Pero seguía siendo el mismo, y ella estaba tan furiosa que apenas podía pensar, apenas podía recordar de qué hablaban un segundo antes.

—Tienes un aspecto muy diferente —fue todo lo que ella pudo recordar.

Necedades. Mirándolo, pensó «No cambiará nunca». Pero había algo que asustaba en aquella mirada afligida de su nueva cara, algo mortal que ella se negaba a evocar; y por eso Ann discutió hasta que él hizo una última mueca y se marchó.

Ella permaneció allí sentada largo tiempo, cada vez más aterida y turbada. Al fin apoyó la cabeza en las rodillas y cayó en una especie de sueño.

Los Primeros Cien la rodeaban, los vivos y los muertos, Sax en el centro, con la cara de antes y la peligrosa nueva mirada de desolación.

Sax dijo: —La red gana en complejidad.

Vlad y Ursula dijeron: —La red gana en salud. Hiroko dijo: —La red gana en belleza.

Nadia dijo: —La red gana en bondad.

Maya dijo: —La red gana en intensidad emocional —y detrás de ella John y Frank pusieron los ojos en blanco. Arkadi dijo: —La red gana en libertad.

Michel dijo: —La red gana en comprensión.

Detrás, Frank dijo: —La red gana en poder —y John le dio un codazo y gritó—: ¡La red gana en felicidad!

Y entonces todos miraron a Ann. Y ella se levantó, temblando de rabia y miedo, comprendiendo que sólo ella no creía en la posibilidad de que la red ganase nada en absoluto, comprendiendo que era una especie de loca reaccionaria. Y sólo pudo señalarlos con un dedo trémulo y decir:

—Marte. Marte. Marte.

Esa noche, después de la cena y la velada en la gran sala de reuniones, Ann llevó a Coyote aparte y le dijo:

—¿Cuándo sales otra vez?

—Dentro de unos días.

—¿Sigues queriendo presentarme a esa gente de la que me has hablado?

—Claro, naturalmente. —La miró con la cabeza ladeada.— Es el lugar que te corresponde.

Ella se limitó a asentir. Recorrió la sala de descanso con la mirada, pensando: Adiós, adiós. Mudamos de aires.

Una semana después volaba con Coyote en un ultraligero. Viajaban de noche hacia el norte, adentrándose en la región ecuatorial. Luego siguieron hacia el Gran Acantilado y las Deuteronilus Mensae al norte de Xanthe: un terreno erosionado y salvaje, las mensae como un archipiélago de numerosas islas salpicando un mar de arena. Se convertirían en un archipiélago de verdad, pensó Ann mientras Coyote descendía entre dos de las islas, si el bombeo del norte continuaba.

Coyote aterrizó en una estrecha franja de arena polvorienta y rodó hasta un hangar excavado en el flanco de una mesa. Al salir del avión fueron recibidos por Steve e Ivana y unos pocos más. Un ascensor los llevó hasta la cima de la mesa. El extremo norte de aquella mesa acababa en una punta rocosa afilada, y allí habían excavado una gran sala de reuniones triangular. Cuando entró, Ann se detuvo sorprendida: estaba atestada de gente, varios centenares por lo menos, todos sentados ante largas mesas, a punto de empezar una comida, sirviéndose el agua unos a otros. Los ocupantes de una mesa advirtieron la presencia de Ann e interrumpieron sus movimientos, y luego ocurrió lo mismo en la mesa contigua. El efecto se propagó por la sala, hasta que todos quedaron inmóviles. Entonces uno se puso de pie, y luego otro, y en un movimiento desordenado todos se levantaron. Durante un momento todo pareció congelado. Luego empezaron a aplaudir con calor, las caras resplandecientes, y después a aclamarla.

CUARTA PARTE

El científico como héroe

Tómala entre el pulgar y el dedo corazón. Palpa el borde redondeado, observa las curvas suaves del cristal. Una lupa, con la simplicidad, la elegancia y el peso de una herramienta paleolítica. Siéntate con ella en un día soleado, sostenla sobre una pila de ramitas secas. Muévela arriba y abajo, hasta que veas que aparece un punto brillante entre las ramitas.

¿Recuerdas esa luz? Era como si las ramitas hubiesen atrapado un sol diminuto.

El asteroide Amor que giraba suspendido del extremo del cable estaba compuesto principalmente de condrilas carbonosos y agua, y los dos Amor interceptados por grupos de desembarcadores robot en el año 2091, de silicatos y agua.

El material de Nuevo Clarke fue hilado en una única y larga hebra de carbono. El material de los dos asteroides de silicatos fue transformado en láminas de vela solar por los robots. Solidificaron el vapor de sílice entre rodillos de diez kilómetros de longitud, y lo estiraron para formar láminas revestidas con una delgada capa de aluminio, y unas naves espaciales tripuladas desplegaron estas vastas láminas de espejo en círculos concéntricos que mantenían la forma gracias a la gravedad y la luz solar.

Desde uno de los asteroides, bautizado Abedul, estiraron las láminas de espejo y formaron un anillo de diez mil kilómetros de diámetro. Este espejo anular giraba en torno a Marte en órbita polar, la cara espejada orientada hacia el sol en un ángulo que permitía a la luz reflejada confluir en un punto en el interior de la órbita marciana, cerca del punto Lagrange Uno.

El segundo asteroide de silicatos, llamado Solettaville, había sido estacionado cerca del punto Lagrange. Allí, las fábricas de vela solar hilaron las laminas de espejo en una compleja red de tablillas superpuestas, conectadas entre sí y dispuestas en ángulo, de modo que parecía una lente hecha de persianas venecianas circulares que giraban alrededor de un cono plateado cuya boca ancha daba a Marte. Llamaron soletta a este objeto inmenso y delicado, de diez mil kilómetros de diámetro, que giraba brillante y majestuoso entre Marte y el sol.

La luz solar que incidía directamente en la soletta rebotaba a través de las persianas, golpeando la cara solar de una, luego la cara marciana de la siguiente hacia el exterior y luego hacia Marte en un juego de reflexiones. La luz que incidía en el espejo anular en órbita polar era reflejada hacia el exterior, hacia el cono interior de la soletta, y luego reflejada de nuevo, sobre Marte. De ese modo, la luz incidía en las dos caras de la soletta, y esas presiones contrapuestas la mantenían en movimiento y en posición, a unos cien mil kilómetros de Marte, más cercana en el perihelio, más alejada del afelio. Los ángulos de los espejos eran constantemente ajustados por la IA de la soletta, para que mantuviesen la órbita y el enfoque.

Durante toda esa década, mientras proseguía la construcción de las dos girándulas a partir de los asteroides, como telas silíceas tejidas por arañas de roca, los observadores en Marte casi no vieron nada. De cuando en cuando alguien veía en el cielo una línea blanca arqueada, o fugaces centelleos de día o de noche, como si el fulgor de un universo mucho más vasto brillase a través de alguna costura abierta en el tejido de nuestra esfera.

Cuando los dos espejos se hubieron completado, la luz reflejada por el espejo anular fue dirigida al cono de la soletta. Las tablillas circulares se ajustaron y la soletta se trasladó a una órbita ligeramente distinta.

Y un día, aquellos que vivían en el lado de Tharsis levantaron la vista, porque el cielo se había oscurecido, y contemplaron un eclipse solar nunca visto en Marte: el sol fue engullido, como si allá arriba hubiese un satélite del tamaño de la Luna que bloqueaba sus rayos. El eclipse se desarrolló como en la Tierra: la medialuna de oscuridad fue devorando el resplandor circular a medida que la soletta se interponía entre Marte y el sol, aunque los espejos aún no estaban en la posición adecuada para recibir la luz. El sol se tornó violeta oscuro, la oscuridad se adueñó de la mayor parte del disco y dejó sólo una medialuna creciente que al fin desapareció también, y el sol fue un círculo negro en el cielo, orlado por el fantasma de una corona… Y entonces desapareció por completo. Eclipse total de sol.

Un tenue encaje de muaré luminoso apareció en el disco oscuro, algo insólito en un eclipse natural de sol. Todos los que estaban en la cara iluminada de Marte se quedaron sin aliento y miraron al cielo con ojos entrecerrados. Y de repente, como cuando uno abre de golpe unas ventanas venecianas, el sol reapareció.

¡Una luz cegadora!

Y más cegadora que nunca, pues el sol era mucho más brillante que antes de aquel extraño eclipse. Ahora caminaban bajo un sol aumentado: el disco tenía casi el mismo tamaño que visto desde la Tierra, la luz había aumentado en un veinte por ciento —y era más intensa, se notaba el calor en la nuca— y la roja extensión de las llanuras resplandecía. Como si hubiesen encendido unos focos de repente y todos anduvieran sobre un escenario inmenso.

Pocos meses más tarde, un tercer espejo, mucho más pequeño que la soletta, se estacionó y empezó a rotar en las capas altas de la atmósfera marciana. Era otra lupa compuesta de tablillas miradores, y parecía un ovni de plata. Atrapaba parte de la luz que la soletta reflejaba hacia el planeta y la concentraba aún más, sobre puntos de la superficie que no alcanzaban el kilómetro de ancho. Y se deslizaba como un planeador sobre el mundo, manteniendo ese rayo de luz concentrado, hasta que unos diminutos soles parecían brotar de la tierra, y la roca se fundía, convirtiéndose en líquido. Y después, en fuego.

El movimiento clandestino era demasiado pequeño para Sax Russell. Quería reincorporarse al trabajo. Podía haberse introducido en el demimonde, tal vez como profesor en la nueva universidad de Sabishii, que funcionaba fuera de la red y encubría a muchos de sus viejos colegas, y proporcionaba educación a los niños de la resistencia. Pero después de reflexionar, decidió que no quería enseñar ni quedarse en la periferia: quería regresar a la terraformación, al corazón mismo del proyecto, o tan cerca como fuese posible. Y eso significaba el mundo de la superficie. Hacía poco que la Autoridad Transitoria había formado un comité para coordinar todo el trabajo de terraformación, y un equipo encabezado por Subarashii se había hecho cargo de la vieja labor de síntesis que una vez había dirigido Sax. Esto era un contratiempo, porque Sax no hablaba japonés. Pero la parte biológica del programa había sido concedida a los suizos, y era dirigida por un colectivo de compañías biotécnicas llamado Biotique, con oficinas centrales en Ginebra y Burroughs, y muy vinculada a la transnacional Praxis. Lo primero que tenía que hacer era introducirse en Biotique bajo un nombre falso y conseguir que lo asignaran a Burroughs. Desmond se hizo cargo de esa operación, y creó una persona informática para Sax similar a la que años antes creara para Spencer cuando éste se trasladó al Mirador de Echus. La identidad de Spencer y mucha cirugía estética le habían permitido trabajar con éxito en los laboratorios de materiales de Echus, y más tarde en Kasei Vallis, el corazón de la seguridad transnacional. Por eso Sax confiaba en el sistema de Desmond. En la nueva identidad de Sax figuraban sus datos de identificación física —genoma, retina, voz y huellas dactilares— con ligeras alteraciones, para que pudieran encajar con Sax al tiempo que escapaban a cualquier búsqueda comparativa en las redes. Esos datos iban con un nuevo nombre con un pasado terrano completo, referencias, registro de inmigración y un subtexto viral que confundiría cualquier intento de identificación comparativa de los datos físicos. El paquete entero fue remitido a la oficina suiza de pasaportes, que había estado expidiendo pasaportes a estos visitantes sin hacer preguntas. Y en el mundo balcanizado de las redes transnacs parecía que la cosa funcionaba.

—Oh, sí, esa parte no presenta ningún problema —dijo Desmond—. Pero ustedes, los Primeros Cien, son como estrellas de cine. Necesitarás una cara nueva también.

Sax accedió. Comprendía que era necesario y su cara nunca había significado nada para él. Y esos días la cara que veía en el espejo no se parecía mucho a lo que él creía recordar. Así que puso a Vlad a trabajar, enfatizando la utilidad potencial de su presencia en Burroughs. Vlad se había convertido en uno de los teóricos principales de la resistencia contra la Autoridad Transitoria, y captó en seguida la idea de Sax.

—A muchos no nos quedará más remedio que vivir en el demimonde —dijo—, pero es una buena idea que haya algunos infiltrados en Burroughs. Así que bien puedo practicar la cirugía estética en un caso como el tuyo, en el que no hay nada que perder.

—¡En el que no hay nada que perder! —exclamó Sax—. Pero los contratos verbales son vinculantes, así que espero salir de todo el asunto más guapo.

Y para su sorpresa así ocurrió, aunque fue imposible decirlo hasta que desaparecieron los espectaculares moretones. Le pusieron funda a los dientes, le inflaron el delgado labio inferior y le dieron a su nariz chata un airoso puente y un poco de curvatura. Redujeron los pómulos y acentuaron la barbilla. Incluso le cortaron algunos músculos para que no parpadeara tanto. Cuando bajó la inflamación, parecía de verdad una estrella de cine, como dijo Desmond. Un ex jockey, dijo Nadia. Un ex profesor de baile, dijo Maya, que llevaba muchos años asistiendo religiosamente a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Sax, que nunca había gustado de los efectos del alcohol, la despidió con un ademán.

Desmond le hizo unas fotografías y las añadió a la nueva identidad, y luego insertó esta invención en los archivos de Biotique, junto a una orden de traslado de San Francisco a Burroughs. La persona apareció en las listas de pasaportes suizos una semana más tarde, y Desmond rió entre dientes al verla.

—¡Mira eso! —dijo, señalando el nuevo nombre de Sax—. ¡Stephen Lindholm, ciudadano suizo! Esos muchachos nos están encubriendo, no hay duda. Te apuesto lo que quieras a que realizaron un control de persona y confrontaron tu genoma con archivos viejos, y a pesar de las alteraciones que he hecho dedujeron quién eres en realidad.

—¿Estás seguro?

—Hombre, ellos no lo van a decir así de claro. Pero estoy convencido de que lo saben.

—¿Y eso es bueno?

—En teoría, no. Pero en la práctica, si te han descubierto, es agradable ver que se comportan como amigos. Y es bueno tener a los suizos por amigos. Ésta es la quinta vez que expiden un pasaporte para una de mis personas. Incluso tengo uno para mí, y dudo de que fueran capaces de averiguar quién soy yo de verdad, porque a diferencia de ustedes, los Primeros Cien, yo nunca tuve identidad. Interesante, ¿no crees?

—Desde luego.

—Los suizos son gente interesante. Tienen sus propios planes, y aunque no sé cuáles son me gusta el aspecto que tienen. Creo que han tomado la decisión de encubrirnos. Quizá sólo quieren averiguar quiénes somos. Nunca lo sabremos con certeza, porque adoran los secretos. Pero no importa el por qué cuando sabes el cómo.

Sax hizo una mueca ante ese parecer, pero se sintió tranquilo al pensar que estaría a salvo bajo la protección suiza. Eran gente como el, racionales, cautos, metódicos.

Unos días antes de volar con Peter hacia el norte, a Burroughs, dio un paseo por el lago de Gameto, algo que raras veces había hecho en todos los años que llevaba allí. El lago era en verdad un buen trabajo. Hiroko era una diseñadora de sistemas elegante. Cuando ella y su equipo desaparecieron de la Colina Subterránea, hacía tanto tiempo, Sax se había sentido muy perplejo; no comprendía la razón de la huida, y había temido que se opusieran a la terraformación. Cuando consiguió persuadir a Hiroko de que contestase a sus mensajes, se sintió tranquilizado en parte: ella comprendía el objetivo principal de la terraformación, y en verdad su concepto de la viriditas era una versión distinta de la misma idea. Pero Hiroko disfrutaba siendo críptica, lo que era muy poco científico por su parte. Y durante los años que pasó escondida había llegado al extremo de retener información. Incluso en persona no era nada fácil comprenderla, y sólo después de años de colaboración Sax estaba seguro de que también ella deseaba una biosfera marciana que sustentara a los humanos. Ése era todo el acuerdo que él pedía. Y no podía pensar en un aliado mejor para ese proyecto, como no fuera el presidente de ese nuevo comité de la Autoridad Transitoria. Y probablemente el presidente era también un aliado. En verdad, no había muchos que se opusieran.

Pero allí en la playa estaba sentado un opositor, tan feroz como una garza. Ann Clayborne. Sax vaciló, pero ella ya lo había visto. Siguió caminando y se detuvo junto a ella. Ann levantó la vista hacia él, y luego volvió a mirar el lago blanco.

—Tienes un aspecto muy diferente —dijo.

—Sí. —Aún le tiraban un poco los pómulos y la boca, aunque los moretones habían desaparecido. Era como si llevara una máscara, y de pronto se sintió incómodo.— Pero soy el mismo —añadió.

—Pues claro. —Ella no lo miraba.— Así que te vas al mundo exterior, ¿no?

—Sí.

—¿Para reincorporarte a tu trabajo?

—Sí.

Ella lo miró.

—¿Para qué crees que sirve la ciencia?

Sax se encogió de hombros. Era la vieja discusión de siempre, sin importar cómo empezara. Terraformar o no terraformar, ésa era la cuestión… Él había contestado esa pregunta hacía mucho tiempo, igual que ella, y deseó que pudiesen sencillamente concordar o disentir, y dejarlo estar. Pero Ann era infatigable.

—Para comprender las cosas —contestó Sax.

—Pero terraformar no es comprender.

—La terraformación no es una ciencia. Nunca dije que lo fuera. Es lo que la gente hace con la ciencia. Ciencia aplicada, o tecnología. Lo que eliges hacer con lo que aprendes a través de la ciencia. Llámalo como quieras.

—Entonces es una cuestión de valores.

—Supongo que sí. —Sax trató de poner en orden sus pensamientos concernientes a ese esquivo tema.— Supongo que nuestro… nuestro desacuerdo es otra faceta de lo que la gente llama dicotomía hechos— valores. La ciencia se ocupa de los hechos y trabaja con teorías que convierten los hechos en paradigmas. Los valores forman parte de otro sistema, son una construcción humana.

—La ciencia también es una construcción humana.

—Es cierto. Pero la conexión entre los dos sistemas no está clara. Partiendo de los mismos hechos, podemos llegar a diferentes valores.

—Sin embargo, la misma ciencia está llena de valores —insistió Ann—. Hablamos de teorías poderosas y elegantes, hablamos de resultados limpios, o de un experimento hermoso. Y la sed de saber es en sí misma una especie de valor, ya que afirma que el conocimiento es mejor que la ignorancia o el misterio. ¿No es así?

—Supongo que sí —dijo Sax, reflexionando.

—Tu ciencia es un conjunto de valores —continuó Ann—. El objetivo de la ciencia que tú practicas es establecer leyes, regularidades, exactitud y certeza. Quieres explicar las cosas. Quieres contestar los porqués, remontándote hasta el Big Bang. Eres un reduccionista. La austeridad, la elegancia y la economía son valores para ti, y simplificar te parece todo un logro, ¿no es así?

—Pero es que en eso consiste el método científico —objeto Sax—. No soy sólo yo, así es como trabaja la propia naturaleza. Es pura física. Tú también lo haces.

—La física también incluye valores humanos.

—No estoy tan seguro. —Extendió una mano para detenerla un momento.— No digo que la ciencia no tiene valores. Pero materia y energía se comportan de una manera determinada. Si quieres hablar de valores, será mejor que te limites sólo a ellos. Es cierto que de algún modo se derivan de los hechos. Pero eso es otra cuestión, una especie de sociobiología, o bioética. Sería mejor hablar de los valores en concreto. El mayor bien para el mayor número, algo así.

—Hay ecologistas que dirían que acabas de hacer la descripción científica de un ecosistema saludable. Otra manera de decir ecosistema culminante.

—Eso es un juicio de valor, pienso. Una especie de bioética. Interesante pero… —Sax le echó una mirada curiosa y decidió cambiar de táctica.— ¿Por qué no intentar conseguir un ecosistema culminante aquí, Ann? No puedes hablar de ecosistema sin seres vivos. Lo que había en Marte antes de que llegásemos no era ecología. Era geología solamente. Incluso podría decirse que hubo el comienzo de una ecología hace mucho tiempo, que por algún motivo se arruinó y se detuvo, y ahora nosotros lo estamos intentando de nuevo.

Ann gruñó, y Sax se interrumpió. Sabía que ella creía en una especie de valor intrínseco de la realidad mineral de Marte. Era una versión de lo que la gente llamaba ética de la tierra, pero sin la biota de la tierra. La ética de la roca. Ecología sin vida. ¡Un valor intrínseco, en verdad!

Suspiró.

—Quizás eso no es más que un valor que se impone, que favorece a los sistemas vivos sobre los sistemas no vivos. Supongo que es imposible escapar a los valores, como tú dices. Es extraño… Siento que sólo deseo comprender las cosas, por qué funcionan como lo hacen. Pero si me preguntas por qué quiero saberlo, o qué me habría gustado que sucediera, cuál es mi objetivo de trabajo… —Se encogió de hombros, esforzándose por comprenderse a sí mismo.— Es difícil expresarlo. Sería algo así como que una red gana en información. Una red gana en orden.

Para Sax ésa era una buena descripción funcional de la vida, de su defensa contra la entropía. Le tendió la mano a Ann, esperando que ella lo entendiese, que concordase al menos con el paradigma del debate, con la definición del objetivo último de la ciencia. Ambos eran científicos después de todo, era una empresa compartida por los dos…

Pero ella sólo dijo:

—Por eso devastas el rostro de un planeta entero. Un planeta que guarda un registro impoluto de casi cuatro mil millones de años de antigüedad. Eso no es ciencia. Es construir un parque temático.

—Eso es usar la ciencia en pro de un valor en particular. Un valor en el que creo.

—Como las transnacionales.

—Imagino que sí.

—Desde luego las favorece.

—Ayuda a todo lo que está vivo.

—A menos que lo mate. El suelo se ha desestabilizado; se producen derrumbes a diario.

—Es cierto.

—Y provocan muertes. Plantas, gente. Ya ha ocurrido.

Sax agitó una mano, y Ann levantó la cabeza bruscamente y le echó una mirada furibunda.

—¿Qué es eso, el asesinato necesario? ¿Qué clase de valor es ése?

—No, no. Son accidentes, Ann. La gente tiene que quedarse en el lecho de roca, lejos de las zonas de derrumbe. Por un tiempo al menos.

—Pero vastas extensiones se convertirán en barro, o serán anegadas por completo. Estamos hablando de la mitad del planeta.

—El agua se escurrirá por las pendientes y creará cuencas fluviales.

—Tierra inundada, querrás decir. Y un planeta completamente distinto. ¡Oh, eso es un valor, desde luego! Y aquellos que defienden el valor de Marte tal como está… Lucharemos contra ustedes, a cada paso.

Él volvió a suspirar.

—Desearía que no lo hicieras. A estas alturas, una biosfera nos ayudaría más a nosotros que a las transnacionales. Las transnac pueden operar desde las ciudades tienda y explotar los minerales de la superficie con robots, mientras que nosotros concentramos casi todos nuestros esfuerzos en ocultarnos y sobrevivir. Si pudiésemos vivir libremente en la superficie, sería mucho más fácil cualquier tipo de resistencia.

—Cualquiera menos la resistencia de los rojos.

—Sí, ¿pero qué sentido tiene eso ahora?

—Marte. Sólo Marte. Un lugar que tú no has conocido nunca.

Sax levantó la vista a la cúpula blanca, sintiendo un dolor súbito, como si sufriese un ataque agudo de artritis. Era inútil discutir con ella.

Sin embargo, algo en su interior lo impulsó a seguir intentándolo.

—Mira, Ann, yo abogo por el llamado modelo mínimo viable. Es un modelo que pretende crear una atmósfera respirable sólo hasta una cota de dos o tres mil metros. Más arriba el aire continuaría siendo demasiado tenue para los humanos, y no habría demasiada vida de ningún tipo: algunas plantas de alta montaña, y más arriba aún, nada, o nada visible. El relieve vertical de Marte es tan extremo que habría vastas regiones que quedarían por encima del grueso de la atmósfera. Es un plan que me parece razonable, y que expresa un conjunto coherente de valores.

Ella no respondió. Era irritante. Una vez, intentando comprender a Ann, ser capaz de hablar con ella, había estudiado la filosofía de la ciencia. Había leído una buena cantidad de material, concentrándose sobre todo en la ética del suelo y la relación hechos-valores. Pero no parecía haber servido de mucho: en sus conversaciones con Ann, él nunca había podido aplicar lo aprendido. Ahora, mirándola allí sentada, sintiendo las articulaciones doloridas, recordó algo que Kuhn había escrito a propósito de Priestley: un científico que seguía resistiéndose después de que el resto de su profesión se convirtiera a un nuevo paradigma podía muy bien ser lógico y razonable, pero había dejado ipsofacto de ser un científico. Algo por el estilo le había ocurrido a Ann. Pero ¿qué era ella ahora? ¿Una contrarrevolucionaria? ¿Un profeta?

En verdad tenía el aspecto de un profeta: áspera, feroz, encolerizada, inflexible. No cambiaría nunca, ni lo perdonaría nunca. Él hubiera querido hablarle, sobre Marte, sobre Gameto, sobre Peter, sobre la muerte de Simón, que parecía haber afectado a Ursula más que a ella… pero era imposible. Ésa era la razón por la que había decidido más de una vez renunciar a hablar con Ann: era tan frustrante no llegar nunca a ninguna parte, chocar siempre con la aversión de alguien que conocía desde hacía más de sesenta años. Él ganaba todas las discusiones, pero nunca llegaba a ninguna parte. Algunas personas eran así, pero eso no lo hacía menos angustioso. En realidad, era notable cuánto del malestar psicológico era generado por una respuesta meramente emocional.

Ann partió con Desmond al día siguiente. Poco después, Sax voló al norte con Peter en uno de los pequeños aviones camuflados con los que volaba por todo Marte.

La ruta de Peter hacia Burroughs los llevó sobre Hellespontus Montes, y Sax estudió la gran cuenca de Hellas con curiosidad. Vislumbraron el borde del campo de hielo que había cubierto Punto Bajo, una masa blanca contra la negra superficie de la noche, pero el propio Punto Bajo quedaba bajo la línea del horizonte. Era una lástima, porque Sax sentía curiosidad por saber qué había ocurrido sobre el agujero de transición de Punto Bajo. Tenía trece mil metros de profundidad cuando la inundación lo llenó, y a esa profundidad era muy probable que el agua del fondo se hubiese mantenido en estado líquido y lo suficiente caliente como para subir bastante; tal vez el campo de hielo fuese en esa región un mar cubierto de hielo, con diferencias tangibles en la superficie.

Pero Peter no pensaba alterar la ruta para que él tuviese una vista mejor.

—Podrás verlo de cerca cuando seas Stephen Lindholm —le dijo con una sonrisa—. Puedes proponerlo como parte de tu trabajo para Biotique.

Así pues no se detuvieron. Y la noche siguiente aterrizaron en las accidentadas colinas al sur de Isidis, todavía en el flanco elevado del Gran Acantilado. Sax caminó hasta un túnel de entrada, bajó por él y lo siguió hasta el fondo de un armario en la zona de Personal del sótano de la Estación Libia, que era un pequeño complejo ferroviario en la intersección de la pista Burroughs-Hellas y la pista Burroughs-Elysium, que había variado su itinerario hacía poco. Cuando llegó el tren para Burroughs, Sax salió por una puerta de servicio y se unió a la multitud que subió a él. En la estación central de Burroughs fue recibido por un hombre de Biotique. Y entonces se convirtió en Stephen Lindholm, recién llegado a Burroughs y a Marte.

El hombre de Biotique, un secretario de personal, lo felicitó por su destreza al caminar, y lo llevó a un apartamento estudio en lo alto de Hunt Mesa, cerca del centro de la vieja ciudad. Los laboratorios y oficinas de Biotique también estaban en Hunt, justo bajo la cima de la mesa, y tenían grandes ventanales que daban sobre el Parque del Canal. Un distrito caro, como correspondía a una compañía que tenía a su cargo los esfuerzos de bioingeniería del proyecto de terraformación.

Desde las ventanas de la oficina de Biotique alcanzaba a ver la mayor parte de la vieja ciudad, que tenía más o menos el aspecto que él recordaba, excepto una parte extensa de las paredes de la mesa ocupada ahora por ventanas de cristal y bandas horizontales de cobre, oro, azul o verde metálicos, como si las mesas estuviesen estratificadas por capas de minerales singulares. También habían desaparecido las tiendas en lo alto de las mesas, y los edificios estaban bajo una tienda mucho mayor que ahora cubría las nueve mesas y todo lo que había alrededor de ellas. La tecnología de construcción de tiendas podía ya abarcar vastos mesocosmos, y Sax había oído que una transnac iba a cubrir Hebes Chasma, un proyecto que Ann había sugerido como alternativa a la terraformación, y del que Sax se había burlado. Y ahora iban a hacerlo. Uno nunca debía subestimar el potencial de la ciencia de los materiales, eso estaba claro.

El viejo Parque del Canal y los anchos bulevares herbosos que partían de allí y discurrían entre las mesas eran ahora bandas de verde que cortaban los techos de tejas anaranjadas. La vieja hilera doble de columnas de sal todavía se alzaba junto al canal azul. Se habían construido muchas cosas, por supuesto; pero la configuración de la ciudad era la misma. Sólo en las afueras era patente cuánto había cambiado todo, y cuánto había crecido la ciudad: el muro quedaba muy separado de las nueve mesas, de modo que una buena porción de la tierra circundante estaba a cubierto, y ya urbanizada.

El secretario de personal le ofreció una rápida visita de Biotique, y le presentó a más gente de la que Sax podía recordar.

Luego le dijeron que se incorporase al laboratorio la mañana siguiente y le dieron el resto del día para instalarse.

En su papel de Stephen Lindholm, Sax planeaba mostrar energía intelectual, sociabilidad, curiosidad y entusiasmo; y para hacerlo convincente pasó la tarde explorando Burroughs, vagando de un barrio a otro. Paseó arriba y abajo por los bulevares de astrocésped, considerando mientras lo hacía el misterioso fenómeno del crecimiento de las ciudades. Era un proceso cultural para el que no se podían encontrar buenas analogías físicas o biológicas. Él no se explicaba por qué ese extremo bajo de Isidis Planitia albergaba la ciudad más grande de Marte, y las razones originales para ubicar la ciudad allí tampoco lo hacían. Por lo que él sabía, al principio no era más que un apeadero corriente en la ruta de la pista de Elysium a Tharsis. Tal vez esa falta de localización estratégica explicaba su prosperidad, porque había sido la única ciudad importante que no había sido dañada o destruida en 2061, y quizá por eso había encabezado el crecimiento en los años de la posguerra. Por analogía con el modelo evolutivo de equilibrio interrumpido, podía decirse que esta especie en particular había sobrevivido por accidente a un impacto que había devastado a la mayoría de las otras especies, proporcionándole así una amplia ecosfera para expandirse.

Y sin duda la forma arqueada de la región, con su archipiélago de pequeñas mesas, le daba un aspecto impresionante. Paseando por los anchos bulevares verdes, las nueve mesas aparecían distribuidas con regularidad, y todas eran ligeramente distintas: las paredes de roca se distinguían por lomas, estribaciones, salientes y grietas característicos. Y ahora además por los ventanales de cristales coloreados y los edificios y parques sobre las mesetas que coronaban cada mesa. Desde cualquier punto de las calles uno siempre veía varias mesas, desparramadas como majestuosas catedrales, un placer para la vista. Y si uno tomaba un ascensor hasta la cima de una de ellas, todas a más de cien metros de altura, disfrutaba de una vista magnífica de los tejados de diferentes distritos y de una perspectiva diferente de las otras mesas, y más allá, del terreno que circundaba la ciudad. Se alcanzaba a ver a distancias mucho mayores que las habituales en Marte, debido a que estaban en el fondo de una depresión en forma de cuenco: la llanura de Isidis al norte, al oeste la oscura pendiente de Syrtis y hacia el sur la mole lejana del Gran Acantilado, perfilándose en el horizonte como un Himalaya.

Un bonito panorama como requisito para la ubicación de una ciudad era desde luego una idea discutible, pero había historiadores que afirmaban que la localización de muchas de las ciudades griegas antiguas se había elegido sobre todo por las vistas, a pesar de los inconvenientes, así que debía de ser uno de los factores a tener en cuenta. En cualquier caso, Burroughs era ahora una pequeña metrópolis bulliciosa de unos 150.000 habitantes, la ciudad más grande de Marte. Y todavía estaba en expansión. Hacia el final de su recorrido Sax tomó uno de los grandes ascensores exteriores que subían por el flanco de Branch Mesa, en la parte central al norte del Parque del Canal, y desde la meseta pudo ver que los barrios de las afueras, al norte de la ciudad, estaban sembrados de edificios en construcción hasta el mismo muro de la tienda. Incluso se estaba edificando alrededor de algunas mesas distantes fuera de la tienda. Era evidente que la masa crítica se había alcanzado en alguna clase de psicología de grupo, una especie de instinto gregario que había hecho de ese lugar la capital, el magneto social, el corazón de la acción. La dinámica de grupo era compleja en el mejor de los casos, incluso (hizo una mueca) una incógnita.

Lo que era desafortunado, como siempre, porque Biotique Burroughs era un grupo muy dinámico, y en los días que siguieron Sax se dio cuenta de que no era tarea fácil determinar el lugar que ocupaba en la legión de científicos que trabajaban en el proyecto. Había perdido la habilidad para encajar en un nuevo grupo, suponiendo que alguna vez la hubiese tenido. La fórmula que determinaba el número de relaciones posibles en un grupo era n(n-1)/2, donde n es el número de individuos que integran el grupo. Asi pues, para las mil personas de Biotique Burroughs había 499.500 posibles relaciones. Eso le parecía a Sax fuera del alcance de la comprensión de nadie: incluso las 4.950 relaciones posibles en un grupo de cien, el hipotético «límite funcional» del tamaño de un grupo humano, parecía difícil de manejar. Desde luego, así había ocurrido en la Colina Subterránea, donde habían tenido oportunidad de comprobarlo.

Por tanto, era importante encontrar un grupo pequeño en Biotique, y Sax se puso a la tarea. Era lógico concentrarse primero en su laboratorio. Sax se había unido a ellos en calidad de biofísico; era arriesgado, pero lo situaba donde él quería estar en la compañía. Y esperaba defenderse bien. Si no era así, podía justificarse diciendo que había llegado a la biofísica desde la física, lo que era cierto. Su jefe era una mujer japonesa llamada Claire, que parecía de mediana edad, una mujer muy agradable que sabía dirigir el laboratorio. Cuando Sax llegó, ella lo puso a trabajar con el equipo que estaba diseñando plantas de segunda y tercera generación para las regiones glaciares del hemisferio boreal. Esos entornos recientemente hidratados abrían enormes posibilidades para el diseño botánico, pues los diseñadores ya no tenían que basar todas las especies en xerófitos desérticos. Sax lo había previsto desde el momento en que vio la inundación rugiendo por Lus Chasma camino de Melas, en 2061. Y ahora, cuarenta años después, él iba a intervenir.

Se entregó con entusiasmo al trabajo. Primero tenía que ponerse al día sobre lo que ya habían hecho en las regiones glaciares. Leyó vorazmente, como era habitual en él, y vio cintas de vídeo, y se enteró de que con la atmósfera aún tan fría y tenue, todo el hielo nuevo que se formaba iba sublimándose, y al final las capas más superficiales se convertían en un encaje. Eso significaba que había millones de cavidades, grandes y pequeñas, en las que podía crecer la vida directamente sobre el hielo. Y por eso las primeras formas que habían sido distribuidas en abundancia eran variedades de algas de nieve y hielo. A esas algas les habían añadido rasgos freatofíticos, porque aunque el hielo era puro al principio, la ubicua arena arrastrada por el viento pronto lo transformaba en un hielo encostrado de sal. Las algas halófilas manufacturadas por ingeniería genética se habían adaptado muy bien y crecían en las superficies picadas de los glaciares, y a veces sobre el mismo hielo. Y porque eran más oscuras que el hielo, rosadas, rojas, negras o verdes, el hielo subyacente tendía a derretirse, sobre todo en los días de verano, cuando las temperaturas subían muy por encima del punto de congelación. Así pues, unas pequeñas corrientes diurnas habían empezado a discurrir por los glaciares y las pendientes. Esas regiones húmedas semejantes a morrenas recordaban algunos parajes polares y de alta montaña de la Tierra. Por eso, varios años marcianos antes los equipos de Biotique habían dispersado bacterias y plantas superiores procedentes de esos medios terranos, genéticamente alteradas para ayudarlas a sobrevivir en suelos muy salinos. Y en su mayoría esas plantas prosperaban como lo habían hecho las algas.

Ahora los ingenieros intentaban ampliar esos primeros éxitos e introducir una mayor variedad de plantas superiores y algunos insectos alterados para tolerar los altos niveles de CO2 del aire. Biotique tenía una nutrida colección de plantas de climas templados de las que tomar secuencias cromosómicas, y diecisiete años marcianos de experimentación de campo, así que Sax tenía mucho que recuperar.

Las primeras semanas en el laboratorio, y en el arboreto de la compañía en Hunt Mesa, se concentró en las nuevas especies vegetales excluyendo todo lo demás, disfrutando del lento proceso de hacerse una idea general.

Cuando no leía o miraba a través de los microscopios o en las tinajas de Marte de los laboratorios, o en el arboreto, estaba el trabajo diario de ser Stephen Lindholm para mantenerlo ocupado. En el laboratorio no era diferente de ser Sax Russell. Pero al final de la jornada laboral a menudo hacía un esfuerzo y se unía al grupo que subía las escaleras hacia uno de los cafés en lo alto de las mesas para tomar una copa y hablar del trabajo del día, y después de cualquier otra cosa.

Aun entonces encontraba Sax sorprendentemente fácil «ser» Stephen Lindholm. Descubrió que era un hombre que hacía muchas preguntas y proclive a la risa. Las preguntas de los otros —por lo común de Claire, y de Jessica, una inmigrante inglesa, y de un keniata llamado Berkina— raras veces tenían relación con el pasado terrano de Lindholm, y cuando esto acontecía Sax podía salir del paso con una respuesta mínima — Desmond le había dado a Lindholm un pasado en la ciudad natal de Sax, Boulder, Colorado, una jugada sensata— y luego volver la pregunta hacia el autor, utilizando una técnica muy empleada por Michel. Y a la gente le gustaba mucho hablar. A diferencia de Simón, Sax nunca había sido particularmente callado. Siempre aportaba su parte en la conversación, y si luego no seguía interviniendo era sólo porque la conversación tenía que tener un cierto nivel mínimo. La charla insustancial le parecía por lo general una pérdida de tiempo. Pero de hecho ayudaba a pasar ese tiempo que de otro modo habría estado irritantemente vacío. Y mitigaba también la sensación de soledad. Sus nuevos colegas se enzarzaban en unas conversaciones profesionales bastante interesantes, de todos modos, y él aportaba su granito de arena, les hablaba de sus paseos por Burroughs, y les hacía muchas preguntas sobre lo que había visto y sobre sus pasados, y también sobre Biotique y la situación marciana. Era un comportamiento tan propio de Lindholm como de Sax.

En esas conversaciones sus colegas, especialmente Claire y Berkina, confirmaron lo que él ya había advertido en sus paseos: Burroughs se estaba convirtiendo de alguna manera en la capital de facto de Marte, y los cuarteles generales de las transnac más importantes estaban allí. Las transnac eran a esas alturas los gobernantes reales de Marte. Ellas habían hecho posible que el Grupo de los Once y las demás naciones industriales poderosas ganaran la guerra de 2061 o al menos sobrevivieran, y ahora todos formaban una única estructura de poder. Ya no estaba nada claro quién llevaba la voz cantante en la Tierra, si las naciones o las supracorporaciones. En Marte, sin embargo, era obvio. La UNOMA se había hecho pedazos en 2061, igual que una ciudad cúpula, y la agencia que había ocupado su lugar, la Autoridad Transitoria de las Naciones Unidas, la UNTA, era un grupo administrativo formado por ejecutivos de las transnac, y sus decretos eran impuestos por las fuerzas de seguridad de las transnac.

—La UN no pinta nada en realidad —dijo Berkina—. Está tan muerta en la Tierra como la UNOMA aquí. El nombre es sólo una tapadera.

—Todo el mundo la llama Autoridad Transitoria de todos modos —dijo Claire.

—Y todos saben quién es quién —añadió Berkina.

Y en verdad la policía de seguridad transnacional se hacía ver en las calles de Burroughs. Vestían los monos de color orín de los trabajadores de la construcción, con brazales de identificación de distintos colores. Nada realmente ominoso, pero ahí estaban.

—Pero ¿por qué? —preguntó Sax—. ¿De quién tienen miedo?

—Les preocupa que los bogdanovistas ataquen desde las colinas —dijo Claire, y se echó a reír—. Es ridículo.

Sax arqueó las cejas, pero no dijo nada. Tenía curiosidad; pero el tema era peligroso. Sería mejor dejar que surgiese por sí solo. No obstante, después de eso en sus paseos por la ciudad observó a la gente con más atención: las fuerzas de seguridad que merodeaban por todas partes se distinguían por el brazal de identificación. Consolidados, Amexx, Oroco… Le parecía curioso que no hubiesen formado una fuerza. Pero probablemente las transnacionales seguían siendo rivales además de socias. Esto explicaba tal vez la proliferación de los sistemas de identificación, lo cual creaba huecos que permitían a Desmond insertar sus personas en un sistema y luego colarlas a todos los demás. Suiza evidentemente encubría a algunas personas que entraban en su sistema salidas de la nada, como demostraba la experiencia del mismo Sax. Y sin duda otras naciones y transnacionales estaban haciendo lo mismo.

Así pues, en la situación política del momento, la tecnología de la información estaba provocando la balcanización y no la totalización. Arkadi lo había predicho, pero Sax lo había considerado demasiado irracional para ser posible. Ahora tenía que admitir que había ocurrido. Las redes informáticas no podían seguir la pista de nada porque competían unas con otras; y otro tanto ocurría con la policía en las calles, que buscaba a gente como Sax.

Pero él era Stephen Lindholm. Ocupaba las habitaciones de Lindholm en Hunt Mesa, realizaba su trabajo y tenía sus rutinas, sus hábitos y su pasado. El pequeño apartamento estudio no se parecía en nada al que Sax habría elegido: la ropa estaba en el armario, no había experimentos en el refrigerador o encima de la cama, y había algunas láminas en las paredes, de Escher y Hundertwasser, y algunos esbozos de Spencer sin firmar, una indiscreción indetectable. Estaba seguro en su nueva identidad. Y aun si lo descubrían dudaba de que los resultados llegaran a ser demasiado traumáticos. Tal vez hasta podría recuperar algo de su antiguo poder. Siempre había sido apolítico, porque sólo le interesaba la terraformación, y había desaparecido durante la locura de 2061 sólo porque todo indicaba que sería fatal no hacerlo. Sin duda muchas de las actuales transnacionales lo comprenderían y tratarían de contratarlo.

Pero todo eso eran hipótesis. En la realidad, podía instalarse en la vida de Lindholm.

A medida que lo hacía, descubrió que su nuevo trabajo le apasionaba. En el pasado, como jefe del proyecto global de terraformación, resultaba imposible no quedarse atascado en la burocracia, o dispersarse en exceso en toda la gama de materias, tratando de saber lo suficiente de cada cosa como para tomar decisiones bien fundadas sobre la política a seguir. Como era de esperar, esto lo había llevado a no profundizar en ninguna disciplina. Ahora, sin embargo, toda su atención se concentraba en la creación de nuevas plantas para ampliar el sencillo ecosistema que se había propagado en las regiones glaciares. Pasó semanas trabajando en un nuevo liquen diseñado para extender los límites de las nuevas biorregiones, basado en un chasmoendolítico de los Valles Wright de la Antártida. El liquen de base vivía en las grietas de la roca antártica y Sax quería que hiciese lo mismo allí. Intentaba reemplazar las algas del liquen por otras más rápidas, de manera que el nuevo simbionte creciese más deprisa que su pariente templado, notablemente lento. Al mismo tiempo trataba de introducir en los hongos del liquen genes freatofíticos de plantas halófilas como el tamarisco. Éstas toleraban niveles salinos tres veces superiores al del agua de mar, y los mecanismos, que tenían relación con la permeabilidad de la pared celular, eran transferibles. Si tenía éxito, conseguiría unos líquenes halófilos muy resistentes y de crecimiento rápido. Era muy estimulante observar los progresos que se habían hecho en esta área desde sus toscos primeros ensayos para crear un organismo que pudiese sobrevivir en la superficie, allá en la Colina Subterránea. Cierto que las condiciones en superficie eran más hostiles en aquellos tiempos, pero el dominio que ahora tenían de la genética y la variedad de métodos también habían avanzado enormemente.

Un problema que estaba resultando insoluble era el de adaptar las plantas a la escasez de nitrógeno de Marte. La mayor parte de las grandes concentraciones de nitritos que se descubrían se extraían y se liberaban en la atmósfera en forma de nitrógeno, un proceso que Sax había iniciado en la década de 2040 y que todos consideraban adecuado, ya que la atmósfera necesitaba el nitrógeno con urgencia. Pero también lo necesitaba el suelo, y debido a que se estaba liberando tanto en el aire, la vida vegetal empezaba a reducirse. Éste era un problema con el que ninguna planta terrana había tenido que enfrentarse, al menos no de esta magnitud, de modo que no había rasgos de adaptación que pudiesen añadir a los genes de su areoflora.

El problema del nitrógeno era un tema recurrente en sus charlas, después del trabajo, en el Café Lowen, en el borde de la meseta.

—El nitrógeno es tan valioso que se ha convertido en la unidad de intercambio entre los miembros de la resistencia —le dijo Berkina a Sax, que asintió incómodo ante esa información errónea.

El grupo del café rendía su homenaje a la importancia del nitrógeno inhalando N2O de pequeñas bombonas que iban circulando alrededor de la mesa. Se afirmaba, con poca precisión pero mucho buen humor, que la inhalación de ese gas ayudaba en el esfuerzo terraformador. Cuando la bombona llegó a Sax por primera vez, la miró con desconfianza. Había visto que las bombonas podían comprarse en los lavabos de hombres, donde había toda una farmacia en expendedores murales: latas de óxido nitroso, omegendorfo, pandorfo y otras mezclas gaseosas. Al parecer la inhalación era el método corriente para consumir drogas. No era algo que le interesara, pero tomó la botella que le tendía Jessica, que se había apoyado contra su hombro. Aquélla era un área en la que el comportamiento de Sax y el de Lindholm divergían. Así que exhaló y luego se aplicó la pequeña mascarilla sobre la boca y la nariz, notando la delgadez de su cara.

Inhaló una bocanada de gas frío, la retuvo un instante y luego exhaló y sintió que el peso lo abandonaba: ésa era la impresión subjetiva. Era bastante cómico ver cómo respondía el estado de ánimo a la manipulación química, a pesar de lo que esto revelaba sobre el pretendido equilibrio emocional de uno, incluso sobre la propia cordura. No era agradable pensarlo, pero en ese momento no le resultó nada traumático. En realidad, le dio risa. Miró por encima de la balaustrada los tejados de Burroughs y por primera vez advirtió que en los nuevos barrios, al oeste y al norte, se habían impuesto los techos de tejas azules y las paredes blancas, dándoles un aire griego, mientras que el de los barrios antiguos era más bien español. Jessica parecía decidida a que los brazos de ambos estuvieran en contacto. O tal vez su sentido del equilibrio se veía perjudicado por la hilaridad.

—¡Ya es tiempo de que vayamos más allá de la zona alpina! —decía Claire—. Estoy harta de líquenes, de musgos y de pastos. Nuestros fellfields ecuatoriales se están convirtiendo en praderas, incluso hemos conseguido krummhoh, y ahora tienen un montón de sol todo el año, y la presión atmosférica al pie del acantilado es tan alta como en el Himalaya.

—Como en la cima del Himalaya —puntualizó Sax, y luego se examinó mentalmente: ésa había sido una declaración muy propia de Sax. Lindholm dijo—: Pero existen bosques en las alturas del Himalaya.

—Exactamente. Stephen, has hecho maravillas con ese liquen desde que llegaste. ¿Por qué no empezáis Berkina, Jessica, C. J. y tú a trabajar en plantas subalpinas? Seguro que podemos crear algunos bosquecillos.

Brindaron por la idea con otro trago de óxido nitroso, y el hecho de que los salobres bordes helados de los acuíferos reventados se convirtieran en praderas y bosques de repente les pareció muy divertido.

—Necesitamos topos —dijo Sax, tratando de borrarse la sonrisa de la cara—. Los topos y los campañoles son cruciales en la transformación de los fettfields en praderas. Me pregunto si podremos crear alguna especie de topo ártico que tolere el CO2.

Sus compañeros rieron aún más, pero él estaba absorto en sus pensamientos y no se dio cuenta.

—Escucha, Claire, ¿crees que podríamos salir y echar un vistazo a uno de los glaciares, y hacer un poco de trabajo de campo?

Claire dejó de reír y asintió.

—Pues claro que sí. De hecho, esto me recuerda una cosa. Tenemos una estación experimental permanente en el Glaciar Arena, con un buen laboratorio. Y hemos contactado con un grupo biotécnico de Armscor que está en muy buenas relaciones con la Autoridad Transitoria. Ellos quieren que los llevemos a ver la estación y el hielo. Supongo que quieren construir una estación similar en Marineris. Pues bien, podemos ir con ese grupo, enseñarles la estación y hacer trabajo de campo, y así matamos dos pájaros de un tiro.

Los planes trazados en el Lowen pasaron al laboratorio y de allí a la oficina principal. La aprobación no se hizo esperar, como era habitual en Biotique. Sax trabajó duro durante un par de semanas, preparándose para la salida, y al final de ese período intensivo llenó la bolsa de viaje y una mañana tomó el subterráneo para la Puerta Oeste. Cuando llegó, encontró a gente de la oficina acompañada de extraños. Aún estaban haciendo las presentaciones. Claire lo vio y lo llamó excitada.

—Ven, Stephen, quiero presentarte a nuestra invitada en el viaje. — Una mujer que parecía envuelta en un tejido prismático se volvió, y Claire dijo:— Stephen, te presento a Phyllis Boyle. Phyllis, éste es Stephen Lindholm.

—¿Qué tal? —dijo Phyllis tendiéndole la mano.

—Encantado —dijo Sax, y le estrechó la mano.

Vlad le había retocado las cuerdas vocales para darle una huella distinta por si alguna vez se la comprobaban, pero todos en Gameto coincidían en que sonaba igual que siempre. Phyllis ladeó la cabeza con curiosidad, alertada por algo.

—Estoy deseando empezar el viaje —dijo Sax, y miró a Claire—, Espero no haberlos retrasado.

—No, no. Aún no han llegado los chóferes.

—Ah. —Sax se apartó y le dijo educadamente a Phyllis:— Encantado de conocerla.

Ella inclinó la cabeza, y después de una última mirada de curiosidad se volvió hacia la gente con la que estaba hablando. Sax trató de concentrarse en lo que Claire estaba diciendo a propósito de los chóferes. Por lo visto conducir un rover por terreno abierto se había convertido en un trabajo especializado.

El saludo había sido bastante frío, pensó. Y la frialdad era una característica de Sax. Probablemente tendría que haberle hablado con efusión, haberle dicho que la conocía de los viejos vídeos y que la admiraba desde hacía años, etcétera. Aunque no acertaba a imaginar cómo alguien podía admirar a Phyllis. Ella había salido de la guerra bastante comprometida: en el lado vencedor, y era la única de los Primeros Cien que lo había escogido. Una colaboracionista, ¿no lo llamaban así? Bueno, en realidad no había sido la única: Vasili había estado en Burroughs todo el tiempo, y George y Edvard estaban en Clarke con Phyllis cuando separaron el ascensor del cable y lo catapultaron fuera del plano de la eclíptica. Una verdadera hazaña sobrevivir a eso. Él nunca lo hubiese creído posible, pero ahí estaba ella, charlando con su hueste de admiradores. Menos mal que se había enterado de que había sobrevivido unos años antes, porque si no se habría muerto del susto.

Phyllis seguía aparentando unos sesenta años, aunque había nacido el mismo año que Sax, y por tanto tenía ahora ciento quince. El pelo plateado, los ojos azules, las joyas de oro y rubíes, la blusa confeccionada con un material que brillaba con todos los colores del espectro: en ese momento su espalda era de un azul vibrante, pero al volverse para mirarlo por encima del hombro, se transformó en verde esmeralda. Sax fingió no advertir su mirada.

Al fin llegaron los chóferes, y todos subieron a los rovers, grandes ingenios alimentados con hidrazina. Por suerte Phyllis viajaría en otro coche. Enfilaron hacia el norte siguiendo una carretera de hormigón, por lo que Sax no se explicaba la necesidad de chóferes especializados, a no ser por la velocidad: viajaban a unos ciento sesenta kilómetros por hora, y a Sax, acostumbrado a viajar a una cuarta parte de esa velocidad, le parecía rápido y suave. Los demás pasajeros se quejaron de los baches y de la lentitud de la marcha: ahora los trenes expresos flotaban sobre las pistas a seiscientos kilómetros por hora.

El Glaciar Arena estaba unos ochocientos kilómetros al noroeste de Burroughs. Se derramaba desde las norteñas tierras altas de Syrtis Mayor sobre Utopia Planitia, y corría por el interior de una de las Arena Fossae cerca de trescientos cincuenta kilómetros. Claire, Berkina y los otros ocupantes del coche le contaron a Sax la historia del glaciar, y él intentó demostrar un profundo interés. Pero en verdad era muy interesante, porque ellos sabían que Nadia había desviado el reventón del acuífero Arena. Algunos de los que acompañaban a Nadia habían acabado en Fossa Sur después de la guerra y habían contado la historia, que ahora era de dominio público.

Se creían muy informados sobre Nadia.

—Ella se oponía a la guerra —le explicó Claire con suficiencia—, e hizo cuanto estuvo en su mano para detenerla y reparar los estragos que causaba. La gente que la vio en Elysium dice que no dormía, que se mantenía en pie a base de estimulantes. Dicen que salvó diez mil vidas durante la semana en que actuó en la zona de Fossa Sur.

—¿Qué fue de ella? —preguntó Sax.

—Nadie lo sabe. Desapareció de Fossa Sur.

—Se dirigía a Punto Bajo —dijo Berkina—. Si llegó allí antes de la inundación es probable que haya muerto.

—Ah. —Sax meneó la cabeza con aire solemne.— Fueron malos tiempos.

—Muy malos —dijo Claire con vehemencia—. Tanta destrucción. Eso retrasó la terraformación varias décadas, estoy segura.

—Aunque los reventones de los acuíferos fueron provechosos —musitó Sax.

—Sí, pero eso podía haberse hecho igualmente de manera controlada.

—Cierto.

Sax se encogió de hombros y dejó que la conversación continuara sin él. Luego del encuentro con Phyllis era un tanto arriesgado meterse en una discusión sobre el sesenta y uno.

Todavía no podía creer que ella no lo hubiese reconocido. El compartimiento de pasajeros que ocupaban tenía unos relucientes paneles de magnesio sobre las ventanas, y allí, entre los rostros de sus nuevos colegas, estaba la cara menuda de Stephen Lindholm. Un hombre mayor y calvo, con una nariz un poco ganchuda que le confería un aire de halcón. Labios pronunciados, mentón fuerte, barbilla… No, no se parecía en nada a él. No había razón para que ella lo reconociera.

Pero el aspecto no lo era todo.

Trató de olvidar el asunto mientras avanzaban zumbando hacia el norte por la carretera. Se concentró en el paisaje. El compartimiento tenía una claraboya en forma de cúpula, además de ventanas en los cuatro costados, así que tenía una buena vista. Estaban subiendo la pendiente oeste de Isidis, una sección del Gran Acantilado que parecía una gran berma pulida. Las colinas dentadas y oscuras de Syrtis Mayor se levantaban en el horizonte noroccidental como el filo de una sierra. El aire era más transparente que en tiempos pasados, a pesar de ser quince veces más denso. Pero había menos polvo flotando, pues las tormentas de nieve lo arrastraban hacia abajo y lo fijaban como una costra sobre la superficie. Los vientos fuertes quebraban a menudo esa costra y las partículas atrapadas volvían al aire. Pero esas brechas eran muy localizadas, y las tormentas que limpiaban el cielo iban ganando la partida poco a poco.

Y el cielo estaba cambiando de color. En lo alto era de un violeta subido, y blanquecino sobre las colinas occidentales, pero se degradaba hacia el lavanda y un color entre el lavanda y el violeta para el que Sax no tenía nombre. El ojo podía distinguir diferencias sólo en una estrecha banda de longitudes de onda, así que los pocos nombres para los colores entre el rojo y el azul eran totalmente inadecuados para describir los fenómenos. Pero tuviesen nombre o no, había colores del cielo muy distintos a los tostados y rosados de los primeros años. Aunque era cierto que una tormenta de polvo siempre devolvería el cielo temporalmente a ese tono ocre prístino, cuando la atmósfera se aclarase el color vendría determinado por la densidad y la composición química. Intrigado por lo que podrían ver en el futuro, Sax se sacó el atril del bolsillo para hacer algunos cálculos.

Miró la pequeña caja y advirtió de pronto que aquél era el atril de Sax Russell: si lo inspeccionaban, lo delataría. Era como llevar encima el pasaporte verdadero.

Pero nada podía hacer en ese momento. Se concentró en el color del cielo. Con aire transparente, el color del cielo se debía a la difusión de la luz preferente en las moléculas del aire. Así pues, la densidad de la atmósfera era crucial. La presión atmosférica cuando llegaron al planeta era de 10 milibares, y ahora la media era de unos 160. Pero como la presión atmosférica era producida por el peso del aire, alcanzar 160 milibares en Marte había requerido tres veces más aire sobre un punto del que se habría necesitado en la Tierra para conseguir la misma presión. Por tanto, los 160 milibares de Marte deberían dispersar la luz igual que 480 milibares en la Tierra; eso significaba que el cielo allá en lo alto tendría que mostrar un color parecido al azul oscuro que se veía en las fotografías tomadas en montañas de 4.000 metros de altura.

Pero el color que llenaba las ventanas y la claraboya del rover era mucho más rojizo, e incluso en las mañanas despejadas que seguían a las tormentas fuertes Sax nunca había visto un color azul que se acercase al del cielo terrano. Reflexionó. Otro efecto de la débil gravedad marciana era que la columna de aire subía mucho más arriba que en la Tierra. Era posible que las gravas más finas estuviesen en suspensión y hubiesen sido arrastradas por encima de las capas de nubes más elevadas, donde evitaban ser barridas por las tormentas. Recordó que se habían fotografiado estratos de bruma a alturas de cincuenta kilómetros, muy por encima de las nubes. Otro factor podía ser la composición de la atmósfera. Las moléculas de dióxido de carbono eran mejores difusoras de la luz que el oxígeno y el nitrógeno, y Marte, a pesar de todos los esfuerzos de Sax, seguía teniendo mucho más CO2 en la atmósfera que la Tierra. Los efectos de esta diferencia eran calculables. Tecleó la ecuación de la ley de difusión de la luz de Rayleigh, según la cual la energía luminosa dispersada por unidad de volumen de aire es inversamente proporcional a la cuarta parte de la longitud de onda de la radiación luminosa. Luego garabateó en la pantalla del atril, jugando con las variables, consultando libros o determinando las cantidades por conjetura.

Concluyó que si la atmósfera se espesaba hasta alcanzar un bar, el cielo probablemente se volvería blanco lechoso. Confirmó también que, en teoría el cielo actual de Marte tendría que ser mucho más azul de lo que era, siendo la luz azul dispersada unas dieciséis veces la intensidad de la roja. Esto sugería que la arena de las capas más altas de la atmósfera enrojecía el cielo. Si ésa era la explicación correcta, se podía inferir que el color y la opacidad del cielo marciano experimentarían amplias variaciones durante muchos años, que dependerían de las condiciones climatológicas y otros factores que afectasen la transparencia del aire…

Siguió trabajando, tratando de incorporar a los cálculos las intensidades de radiación de la luz cenital, la ecuación de Chandrasekhar de la transferencia de las radiaciones, escalas de cromadeidad, composición química de los aerosoles, los polinomios de Legendre para evaluar las intensidades de dispersión angular, las funciones de Riccati— Bessel para evaluar las secciones transversales de dispersión, y así sucesivamente. Todo eso le ocupó buena parte del trayecto al Glaciar Arena, con una concentración absoluta, imperturbable, ignorando el mundo que lo rodeaba y la situación en la que se encontraba.

A primera hora de la tarde llegaron a Bradbury, una pequeña ciudad que, bajo su tienda tipo Nicosia, parecía salida de Illinois: calles flanqueadas de árboles de copas negras, porches enrejados adornando el frente de casas de ladrillos de dos pisos con tejados de tablillas, una calle principal con tiendas y parquímetros, un parque central con un belvedere blanco bajo unos arces gigantes…

Avanzaron hacía el oeste por una carretera más pequeña que cruzaba la cima de Syrtis Mayor y era de arena negra procedente de las rocas y rociada con un fijador. Toda la región era muy oscura: Syrtis Mayor había sido el primer rasgo de superficie avistado por un telescopio terrestre, el de Christiaan Huygens, el 28 de noviembre de 1659, y era esa roca negra lo que le permitió distinguirlo. El suelo casi siempre negro a veces tenía el púrpura de la berenjena. Las colinas, fosas y escarpes a través de los cuales serpenteaba la carretera eran negros, así como las mesas fracturadas, las thidleya o pequeñas nervaduras, arista tras arista; en cambio, los gigantescos bloques erráticos eran color orín, y les recordaban inevitablemente el color del que habían escapado.

Entonces alcanzaron el lomo de una arista de roca madre negra y el glaciar se extendió ante ellos, cruzando el mundo de izquierda a derecha como un rayo incrustado en el paisaje. Del otro lado del glaciar una nervadura de roca madre corría paralela a aquella por la que circulaban, y las dos aristas juntas parecían antiguas morrenas laterales, aunque en verdad sólo eran dos cadenas paralelas que habían canalizado la inundación del acuífero reventado.

El glaciar tenía una anchura de dos kilómetros y tal vez no más de cinco o seis metros de grosor, pero había excavado un cañón, de modo que debía tener profundidades ocultas.

Algunas zonas del glaciar parecían regolito corriente, igual de rocosas y polvorientas, cubierto con una capa de grava que no dejaba adivinar el hielo subyacente. Otras tenían el aspecto del terreno caótico, salvo que todo era de hielo: unos grupos de seracs blancos que asomaban entre lo que parecían ser bloques de piedra. Algunos de esos seracs eran placas quebradas, agrupadas como las placas en el lomo de un estegosaurio, de un amarillo translúcido a causa del sol poniente detrás de ellos.

Todo estaba inmóvil, de horizonte a horizonte. Ni un solo movimiento en ninguna parte. Claro que no: el Glaciar Arena llevaba allí cuarenta años. Pero Sax no pudo evitar recordar la última vez que había visto algo parecido, y volvió la mirada involuntariamente hacia el sur, como si una nueva inundación fuese a aparecer en cualquier momento.

La estación de Biotique estaba unos pocos kilómetros corriente arriba, ocupando el borde y la falda de un pequeño cráter, de modo que disfrutaban de una excelente vista sobre el glaciar. Durante la fase final de la puesta de sol, mientras algunos de los residentes activaban la estación, Sax subió a una gran sala de observación en el piso alto en compañía de Claire y los visitantes de Armscor para contemplar la masa de hielo quebrado con la última luz del día.

Aun en una tarde relativamente clara como aquélla, los rayos horizontales del sol conferían al aire un rojo oscuro bruñido, y la superficie del glaciar centelleaba en mil lugares distintos; el hielo recién quebrado reflejaba la luz como un espejo. La mayoría de esos centelleos escarlata formaban una línea irregular, pero había otros allá donde las superficies reflectantes del hielo descansaban en ángulos extraños. Phyllis hizo notar lo grande que se veía el sol ahora que la soletta estaba en posición.

—Es extraordinario, ¿no les parece? Casi se pueden distinguir los espejos.

—Parece sangre.

—Tiene un aspecto decididamente jurásico.

A Sax le parecía una estrella del tipo G a una distancia de una unidad astronómica. Eso era significativo, sin duda, puesto que estaban a 1,5 unidades astronómicas del sol. En cuanto a la cháchara sobre rubíes y ojos de dinosaurio…

El sol se deslizo bajo el horizonte y todos los puntos de luz desaparecieron de golpe. Un gran abanico de rayos crepusculares se extendió por el cielo, haces rosados cortando un cielo púrpura oscuro. Phyllis prorrumpió en exclamaciones porque los colores eran desde luego muy puros.

—Me pregunto cuál es el origen de esos rayos magníficos —dijo ella. Automáticamente Sax abrió la boca para decir que las sombras de las colinas o las nubes sobre el horizonte, pero pensó: a, era muy probable que fuera una pregunta retórica, y b, dar una respuesta técnica sería muy propio de Sax Russell. Así que cerró la boca y consideró lo que Stephen Lindholm hubiera dicho en una situación así. Esa clase de autocontrol era nueva para él, y ciertamente incómoda, pero iba a tener que decir algo, al menos de vez en cuando, porque los silencios prolongados eran también muy característicos de Sax Russell y no del Lindholm que había venido representando hasta entonces. Así que hizo lo que pudo.

—Piensen en lo cerca que estuvieron esos fotones de incidir sobre Marte —dijo—, y ahora, en cambio, recorrerán todo el universo.

Todos lo miraron de reojo. Pero el extraño comentario lo incluyó en el grupo, que era lo que pretendía.

Después de un rato bajaron y comieron pasta con salsa de tomate y pan recién salido del horno. Sax se sentó a la mesa principal y comió y habló tanto como los demás, esforzándose por parecer normal, haciendo lo posible por seguir las esquivas reglas de la conversación y el discurso social. El nunca las había entendido bien, y cuanto más pensaba en ellas más se le escapaban. Sabía que siempre lo habían considerado un excéntrico: había oído la historia de las cien ratas de laboratorio transgénicas que se apoderaban de su cerebro. Un momento muy curioso aquél, de pie en el umbral oscuro del laboratorio, escuchando transmitir el cuento para regocijo de generación tras generación de estudiantes, experimentando el raro malestar de verse como un extraño, alguien increíblemente peculiar.

En cuanto a Lindholm, era un tipo muy sociable. Sabía cómo llevarse bien con todo el mundo. Era alguien que podía compartir una botella de zinfandel de Utopía, alguien que podía aportar lo suyo para convertir una cena en una fiesta, que comprendía intuitivamente los algoritmos ocultos del compañerismo y era capaz de manejar el sistema sin siquiera pensar.

Sax recorrió con el dedo el puente de su nueva nariz y bebió vino, que al deprimir el sistema nervioso parasimpático lo tornaba menos inhibido y más locuaz. Charlaba con bastante éxito, pensó, pero varias veces le alarmó la manera en que Phyllis, sentada frente a él en la mesa, lo arrastraba a la conversación, y cómo lo miraba… ¡y él le devolvía la mirada! Existían protocolos para eso también, pero él nunca los había comprendido. Recordó entonces cómo Jessica se había apoyado contra él en el Lowen, y bebió otro medio vaso y sonrió, e hizo una señal con la cabeza, pensando con cierto malestar en la atracción sexual y sus causas. Alguien le hizo a Phyllis la inevitable pregunta sobre la escapada de Clarke, y ella se embarcó en la narración echando frecuentes miradas a Sax, como si quisiera hacerle saber que estaba contando la historia sobre todo para él. Sax escuchó con educación, resistiendo una cierta tendencia a ponerse bizco, lo cual hubiese revelado su consternación.

—Todo ocurrió sin previo aviso —dijo Phyllis al que preguntaba—. Estábamos orbitando alrededor de Marte en el ascensor, indignados por lo que estaba ocurriendo en la superficie y tratando de encontrar la manera de acabar con los disturbios, y de pronto sentimos una sacudida, como si hubiese un terremoto, y ya estábamos en camino hacia la salida del sistema solar.

Sonrió e hizo una pausa para que las risas siguieron, y Sax comprendió que ya había contado la historia muchas veces de esa misma manera.

—¡Debían de estar aterrados! —dijo alguien.

—Bien —continuó Phyllis—, es extraño, pero en una situación de emergencia en realidad no hay tiempo para nada de eso. En cuanto comprendimos lo que había ocurrido, supimos que cada segundo que pasaba representaba cientos de kilómetros y reducía nuestras posibilidades de supervivencia. Entonces nos reunimos en la sala de mando, contamos las cabezas e hicimos inventario del material del que disponíamos. Todos estábamos frenéticos, pero no cundió el pánico, ¿comprenden? En fin, resultó que en los hangares había el número habitual de cargueros Tierra-Marte, y los cálculos de la IA indicaban que necesitaríamos el impulso de casi todos ellos para volver al plano de la eclíptica a tiempo para interceptar el sistema joviano. Derivábamos hacia Júpiter, lo que fue una bendición. Fue entonces cuando las cosas se desmadraron. Teníamos que sacar los cargueros de los hangares, ponerlos en vuelo junto a Clarke y luego conectarlos unos con otros y cargarlos con todo el aire, combustible y las provisiones que cupieran. Y treinta horas después del lanzamiento partimos en esas cuatro latas juntas. Ahora que miro atrás me parece increíble. Esas treinta horas…

Meneó la cabeza y Sax creyó advertir que un recuerdo real invadía de repente el relato de Phyllis y la hacía estremecerse ligeramente. Treinta horas era una evacuación en verdad rápida, y sin duda el tiempo había pasado como en sueños, en una ráfaga de acción frenética, en un estado mental tan diferente del ordinario que podía confundirse con la trascendencia.

—Después fue sólo cuestión de apretujarse en un par de salas (éramos doscientos ochenta y seis) y salir en EVA para separar las partes no esenciales de los cargueros. Y de rezar para que hubiese suficiente combustible para ponernos en trayectoria hacia Júpiter. Faltaban más de dos meses para que supiésemos con seguridad si interceptaríamos el sistema joviano, y diez semanas para que lo interceptásemos de hecho. Utilizamos a Júpiter como ancla gravitatoria y giramos alrededor de él para ponernos en camino hacia la Tierra, porque en ese momento Júpiter estaba más cerca que Marte. Y giramos con tanta fuerza que necesitamos la atmósfera terrestre y la gravedad de la Luna para frenarnos: estábamos casi sin combustible en el mismo momento en que éramos los humanos más veloces de la historia. Ochenta mil kilómetros por hora, creo, cuando golpeamos la estratosfera. Una velocidad muy conveniente, porque nos estábamos quedando sin aire ni comida. Pasamos bastante hambre en la parte final del viaje. Pero lo conseguimos. Y vimos Júpiter así de cerca, —dijo poniendo el pulgar y el índice a una distancia de dos centímetros.

La gente rió, y el destello de triunfo en los ojos de Phyllis no tenía nada que ver con Júpiter. Pero tenía la boca apretada; sin duda algo al final del cuento había ensombrecido el triunfo.

—Y usted era el líder, ¿no es así? —preguntó alguien.

Phyllis levantó una mano, como queriendo decir que aunque lo deseara, no podía negarlo.

—Fue un esfuerzo colectivo —dijo—. Pero a veces alguien tiene que decidir cuándo se ha llegado a un punto muerto, cuándo es necesario acelerar las cosas. Y yo era la directora de Clarke antes de la catástrofe.

Mostró una sonrisa rápida y abierta, segura de que el público había disfrutado de su relación de los hechos. Sax sonrió con los demás e hizo un gesto con la cabeza cuando ella lo miró. Phyllis era una mujer atractiva, pero no muy brillante, pensó. O quizá sólo era que a él le desagradaba. Porque en algunos aspectos ella era muy inteligente: una buena bióloga, y con toda seguridad tenía un CI alto. Pero había distintas clases de inteligencia, y no todas podían descubrirse con un test analítico. Sax lo había observado en sus años de estudiante: había personas que puntuaban alto en cualquier test de inteligencia y eran brillantes en su trabajo; sin embargo, podían entrar en una habitación y en el espacio de una hora casi todos los ocupantes de la habitación se reían de ellos o incluso los despreciaban. Lo que no revelaba demasiada inteligencia. En cambio, Sax pensaba que la más tonta de las animadoras de la secundaria, pongamos por caso, que se las arreglaba para ser cordial con todo el mundo y era universalmente popular, utilizaba una inteligencia tanto o más poderosa que la de cualquier matemático brillante de maneras torpes. El cálculo de la interacción humana era tan sutil y variable como cualquier física, algo como el naciente campo de la matemática llamado caos recombinante en cascada, sólo que más simple. Por tanto, había al menos dos clases de inteligencia, y seguramente muchas más: espacial, estética, moral o ética, interaccional, analítica, sintética… Y había quienes eran inteligentes de maneras diferentes, y esas personas eran excepcionales, destacaban.

Sin embargo, Phyllis, que saboreaba ahora la atención de su auditorio, la mayoría mucho más jóvenes que ella y, al menos en apariencia, llenos de admiración por su historia, no tenía esa inteligencia polifacética. Por el contrario, parecía bastante torpe en lo concerniente a juzgar lo que la gente pensaba de ella. Sax sabía que él compartía esa deficiencia, y la observaba con su mejor sonrisa de Lindholm, pero en realidad pensaba que actuaba con vanidad y aun con arrogancia. Y la arrogancia siempre era estúpida. O bien enmascaraba algo de inseguridad, aunque era difícil adivinar qué inseguridad podía anidar en una persona tan exitosa y atractiva. Y Phyllis era atractiva.

Después de la cena volvieron a la sala de observación y allí, bajo la bóveda centelleante de estrellas, el grupo de Biotique puso música. Era lo que llamaban nuevo calipso, que hacía furor en Burroughs esos días, y algunos sacaron instrumentos para acompañarla, mientras otros bailaban en el centro de la sala. La música tenía un ritmo de unos cien latidos por minuto, calculó Sax, un compás fisiológico perfecto para estimular el corazón ligeramente; el secreto de toda la música de baile, supuso.

Y entonces descubrió que Phyllis estaba junto a él; lo agarró de la mano y lo arrastró a la pista. Sax apenas consiguió reprimir el impulso de apartar la mano de un tirón, y estaba seguro de que su respuesta a la sonriente invitación de ella parecía forzada en el mejor de los casos. No había bailado nunca en su vida, hasta donde él recordaba. Pero ésa era la vida de Sax Russell. Seguro que Stephen Lindholm había bailado mucho. Así que Sax empezó a saltar suavemente al compás del bombo de acero, meneando los brazos sin pauta fija, sonriéndole a Phyllis en una desesperada simulación de placer.

Bien entrada la noche, los más jóvenes de Biotique todavía bailaban, y Sax bajó en el ascensor para ir a buscar algunos tubos de helado de leche a las cocinas. Cuando volvió a entrar en el ascensor, Phyllis estaba dentro, de regreso del piso de las habitaciones.

—Espera, deja que te ayude con eso —dijo ella, y tomó dos de las cuatro bolsas de plástico que colgaban de los dedos de Sax.

Cuando las tuvo se inclinó hacia adelante (era unos centímetros más alta que él) y lo besó en la boca. Él le devolvió el beso, pero la conmoción fue tal que en realidad no empezó a sentirla hasta que ella se separó; entonces el recuerdo de la lengua de Phyllis entre sus labios fue como otro beso. Intentó parecer menos atónito, pero por la forma en que ella rió comprendió que había fracasado.

—Vaya, veo que no eres tan castigador como pareces —dijo ella, lo que, dada la situación, le hizo sentirse aún más alarmado. Intentó recuperarse, pero entonces el ascensor redujo su velocidad y las puertas se abrieron con un siseo.

Durante los postres y el resto de la fiesta Phyllis no volvió a acercarse a él. Al empezar el lapso marciano, Sax se encaminó a los ascensores para ir a su habitación. Cuando las puertas empezaron a cerrarse, Phyllis entró escurriéndose entre ellas, y al ponerse en movimiento el ascensor ella lo besó de nuevo. Sax la rodeó con los brazos y la besó a su vez, tratando de imaginar qué haría Lindholm en su situación, y si habría alguna forma de salir de aquel brete sin buscarse problemas. El ascensor se detuvo y Phyllis se apartó con una mirada soñadora y desenfocada y dijo:

—Acompáñame hasta la habitación.

Tambaleándose un poco. Sax la tomó por el brazo, como si fuese un delicado equipo de laboratorio, y la siguió hasta una habitación minúscula, como el resto de los dormitorios. En la puerta se besaron otra vez, a pesar de la aguda sensación de Sax de que ésa era su última oportunidad de escapar, airosamente o no. Pero se encontró besándola apasionadamente, y cuando ella se apartó para murmurar, «Será mejor que entres», la siguió sin protestar. Su pene se había quedado atascado en su ciego avance hacia las estrellas, todos los cromosomas zumbando audiblemente, pobres infelices, ante esa oportunidad de inmortalidad. Hacía mucho tiempo que no había hecho el amor con nadie, excepto con Hiroko, y esos encuentros, aunque amigables y placenteros, no eran apasionados, sino más bien una extensión de los baños. Mientras que con Phyllis estaba excitado, los dos tironeándose con torpeza de las ropas mientras caían sobre la cama besándose, y esa excitación estaba pasando a Sax a través de una especie de conducción inmediata. Su erección saltó con impaciencia, libre al fin cuando Phyllis le bajó los pantalones, como ilustrando la teoría del gen egoísta, y él sólo pudo reír y abrir la larga cremallera ventral del mono de ella. Lindholm, libre de preocupaciones, sin duda se habría sentido excitado por el encuentro. Y también él tenía que estarlo. Además, aunque no le gustaba especialmente Phyllis, la conocía: seguía existiendo ese viejo vínculo entre los Primeros Cien, el recuerdo de aquellos años juntos en la Colina Subterránea. Había algo provocativo en la idea de hacer el amor con una mujer a la que conocía desde hacía tanto tiempo. Y todos los demás del grupo habían sido polígamos, parecía, todos menos Phyllis y él mismo. Así que ahora estaban resarciéndose. Y ella era muy atractiva. Y era agradable sentirse deseado.

Fáciles racionalizaciones que naturalmente olvidó a medida que crecía el apremio de su deseo. Pero inmediatamente después de consumar el acto, Sax empezó a preocuparse otra vez. ¿Tenía que volver a su habitación, tenía que quedarse? Phyllis se había quedado dormida con la mano sobre el costado de él, como para asegurarse de que se quedaría. Cuando duerme, todo el mundo parece un niño. Estudió el largo cuerpo de Phyllis, sorprendido una vez más por las diferentes manifestaciones del dimorfismo sexual. Respiraba con tanta paz. Sentirse deseado… Los dedos de ella todavía tensos sobre sus costillas. Y pasó la noche allí; pero no durmió mucho.

Sax se sumergió en el trabajo en el glaciar y el terreno circundante. Phyllis salía al campo de vez en cuando, pero se comportaba siempre de manera discreta con él. Sax se preguntaba si Claire (¡o Jessica!) o algún otro se habría dado cuenta de lo ocurrido, o si habrían advertido que se repetía cada pocos días. Ésa era otra complicación: ¿cómo reaccionaría Lindholm al aparente deseo de Phyllis de mantener la relación en secreto? Pero en realidad no constituía un problema. Lindholm se veía más o menos forzado, por caballerosidad, sumisión o algo por el estilo, a actuar como lo habría hecho el propio Sax. Así, mantuvieron la relación en secreto, como lo habrían hecho en la Colina Subterránea, en el Ares o en la Antártida. Los viejos hábitos nunca mueren.

Y el glaciar les proporcionaba una excelente tapadera. El hielo y el terreno surcado de nervaduras que lo rodeaba eran medios fascinantes, y había mucho que estudiar y comprender allí.

La superficie del glaciar estaba muy fracturada, como se había sugerido a menudo en la literatura especializada: se había mezclado con el regolito durante la inundación, y luego las burbujas de carbonatación atrapadas la habían reventado. Las piedras y los bloques atrapados en la superficie habían derretido el hielo que tenían debajo, y luego éste se había vuelto a congelar alrededor de ellos, en un ciclo diario que había sumergido dos tercios de la roca. Al examinar con atención los seracs, que se levantaban como dólmenes titánicos en el accidentado glaciar, se descubría que estaban hincados profundamente. El hielo era quebradizo a causa del frío extremo, y se desplazaba con lentitud corriente abajo debido a la escasa gravedad, como un río a cámara lenta, y como su fuente estaba agotada toda esa masa acabaría en Vastitas Borealis. Los signos de este movimiento podían descubrirse a diario en el hielo: nuevas grietas, seracs caídos, icebergs agrietados. Esas superficies nuevas eran cubiertas rápidamente por flores de hielo cristalinas, cuya salinidad aceleraba la velocidad de cristalización.

Fascinado por este paisaje, Sax adquirió el hábito de salir cada día al alba, solo y siguiendo los senderos señalizados con banderolas por el equipo de la estación. En las primeras horas del día el hielo refulgía con trémulos tonos rosáceos, reflejo de los matices del cielo. Cuando la luz directa del sol incidía sobre las superficies destrozadas del glaciar, empezaba a levantarse vapor de grietas y pozas cubiertas de hielo, y las flores de hielo centelleaban como joyas de fantasía. En las mañanas sin viento, una pequeña capa de inversión atrapaba la bruma a unos veinte metros de altura y formaba una delgada nube de color naranja. Era evidente que el del glaciar se estaba sublimando deprisa.

En sus paseos veía muchas especies diferentes de algas y líquenes de la nieve. Las pendientes de las dos crestas laterales que daban sobre el glaciar estaban muy pobladas, salpicadas de pequeñas manchas de verde, oro, oliva, negro, rojo, y otros muchos colores, quizá treinta o cuarenta en total. Sax andaba sobre esas pseudomorrenas con cuidado, tan poco deseoso de pisar esa vida vegetal como lo estaría de pisar un experimento de laboratorio. Aunque a decir verdad, daba la sensación de que aquellos líquenes no lo habrían notado. Eran resistentes: roca desnuda y agua era cuanto necesitaban, además de luz —aunque ni siquiera de estas cosas necesitaban mucho—; crecían bajo el hielo, dentro del hielo, e incluso dentro de pedazos porosos de roca translúcida. En un lugar tan hospitalario como una grieta en la morrena, por fuerza tenían que florecer. Cada grieta que Sax examinaba mostraba en su interior colonias de liquen de Islandia, amarillo y bronce, que bajo la lupa revelaban diminutos tallos bifurcados orlados de espinas. Sobre las rocas planas encontró líquenes crustáceos: botón, espiga, escudo, candeltaria, liquen mapa de color verde manzana y el liquen naranja rojizo cuya presencia indicaba una concentración de nitrato de sodio en el regolito. Bajo las flores de hielo había masas de liquen de la nieve de un pálido verde grisáceo, y al mirarlos con lupa se descubría que tenían tallos como los del liquen de Islandia, delicados como el encaje. El liquen vermicular era de color gris oscuro, y la ampliación revelaba astas desgastadas que parecían extremadamente frágiles. Sin embargo, si se rompía algún trozo y se separaba, las células de las algas atrapadas en los filamentos fúngicos seguían creciendo y formando más liquen, y se fijaban allí donde cayesen. Reproducción por fragmentación, muy indicada en un medio como aquél.

Los líquenes prosperaban, y además de las especies que Sax podía identificar con la ayuda de las fotografías de la pequeña pantalla de muñeca, había muchas otras que no se correspondían con ninguna especie catalogada. La curiosidad fue suficiente como para tomar muestras de esos desconocidos para enseñárselos a Claire y Jessica.

Pero el liquen era sólo el principio. En la Tierra, las regiones de roca fracturada dejadas al descubierto por el retroceso de los hielos o por el nacimiento de montañas jóvenes recibían el nombre de campos de cantos rodados o taludes. En Marte, el equivalente era el regolito, esto es, la mayor parte de la superficie del planeta. Un mundo talud. En la Tierra, esas regiones eran colonizadas primero por microbacterias y líquenes que, junto con la erosión química, empezaban a descomponer la roca dando lugar a un delgado suelo inmaduro que iba rellenando con lentitud las grietas entre las rocas. Con el tiempo se acumulaba suficiente material orgánico en esta matriz para mantener otros tipos de flora. A las zonas en ese estadio se las llamaba fellfields (fell significaba «piedra» en gaélico). Era un nombre adecuado, puesto que eran campos de piedra: la superficie aparecía tachonada de piedras y el suelo no alcanzaba los tres centímetros de grosor, pero mantenía una comunidad de pequeñas plantas.Y ahora había fellfields en Marte. Claire y Jessica sugirieron a Sax que cruzase el glaciar y caminase corriente abajo siguiendo la morrena lateral, y una mañana (escapando de Phyllis) así lo hizo. Después de media hora de caminata subió a una roca que le llegaba a la rodilla. Debajo, una pendiente llana y mojada que descendía hacia la artesa rocosa contigua al glaciar centelleaba a la luz de la mañana avanzada. Era evidente que el agua derretida discurría sobre ella casi a diario: en la quietud absoluta de la mañana él ya escuchaba el goteo de pequeñas corrientes bajo el borde del glaciar, que sonaban como un coro de diminutos carillones de madera. Y en esa cuenca en miniatura, entre los hilillos de agua, había puntos de color allá donde uno mirase: flores. Así pues, aquél era un trozo de fellfield, con su característico efecto milléfleur, el yermo gris salpicado de puntos de rojo, azul, amarillo, rosa, blanco…

Las flores estaban montadas en pequeños tapices de musgo o en inflorescencias, o asomaban entre hojas vellosas. Todas las plantas se pegaban al suelo oscuro, que debía de ser mucho más cálido que el aire de capas superiores; nada excepto las briznas de hierba se levantaba más que unos pocos centímetros del suelo. Sax caminó de puntillas de roca en roca, poniendo cuidado para no pisar ni una sola planta, y se arrodilló en la grava para inspeccionar las pequeñas cosechas con la lupa del visor a la máxima potencia. Los organismos clásicos de los fellfields resplandecían a la luz de la mañana: la jabonera, con sus rodetes de minúsculas florecillas rosadas sobre cojines verde oscuro; un tapiz de phlox; ramitos de cinco centímetros de poa, como cristal a la luz, y que utilizaban la raíz del phlox para anclar sus delicadas raíces; una prímula alpina magenta, con su botón amarillo y sus hojas verde oscuro, que formaban estrechas artesas para canalizar el agua hacia la roseta. La mayor parte de estas plantas tenían hojas vellosas. Descubrió unos nomeolvides de un azul muy intenso cuyos pétalos estaban tan saturados de antocianinas para conservar el calor que casi eran púrpura: el color que adquiriría el cielo marciano a 230 milibares, según los cálculos que había hecho Sax durante el viaje a Arena. Le sorprendía que no hubiese nombre para ese color tan característico. Tal vez aquél fuera el azul ciánico.

La mañana voló mientras él iba lentamente de una planta a otra, utilizando la guía de campo de su consola de muñeca para identificar Arenaria, trigo sarraceno, uñas de gato, altramuces, tréboles enanos y su homónimo, la saxífraga. Una planta que quebraba la roca. El nunca las había visto en estado salvaje, y pasó mucho tiempo mirando la primera que encontró: saxífraga ártica, saxifraga hirculus, ramas minúsculas cubiertas de largas hojas que acababan en unas flores diminutas de color azul pálido.

Como le ocurriera con los líquenes, había muchas plantas que no pudo identificar: algunas exhibían características de varias especies, incluso de diferentes géneros; otras no habían sido catalogadas, y mostraban una extraña combinación de rasgos de biosferas exóticas; algunas parecían plantas marinas o nuevos tipos de cactos. Especies creadas por la ingeniería genética, presumiblemente, aunque le sorprendía que no estuviesen incluidas en la guía. Mutantes, quizá. Ah, pero allí, donde una grieta ancha había reunido una capa de humus más gruesa y un diminuto arroyo, había un grupo de kobresia. La kobresia y otros carrizos crecían donde había humedad, y su turba extremadamente absorbente alteraba muy deprisa la química del suelo en el que crecían, desempeñando un papel importante en la lenta transición del fellfield a la pradera alpina. Ahora que los había descubierto podía ver los minúsculos cursos de agua, delimitados por la población de carrizos, escurriéndose entre las rocas. Arrodillado sobre la rodillera aislante, Sax desconectó los cristales de aumento y miró alrededor, y a pesar de estar agachado, de repente distinguió toda una serie de pequeños fellfields, diseminados sobre la pendiente de la morrena como jirones de una alfombra persa despedazada por el paso del hielo.

De vuelta en la estación, Sax pasó mucho tiempo confinado en los laboratorios, mirando los especímenes vegetales con el microscopio, realizando tests y comentando los resultados con Berkina, Claire y Jessica.

—Casi todos son poliploides, ¿verdad? —preguntó Sax.

—Sí —confirmó Berkina.

Los poliploides eran bastante frecuentes en las grandes alturas de la Tierra, así que no era una sorpresa. Se trataba de un fenómeno extraño: el número de cromosomas originales de la planta se doblaba, triplicaba o incluso se cuadruplicaba. Las plantas diploides, con diez cromosomas, eran sucedidas por poliploides con veinte, treinta o cuarenta cromosomas. Los creadores de híbridos habían empleado ese método durante años para conseguir caprichosas plantas de jardín, porque los poliploides eran por lo general más grandes —hojas, flores, frutos, células, todo más grande— y ofrecían una mayor variedad que sus parientes. Esa adaptabilidad era idónea para la colonización de nuevas áreas, como los glaciares. Había islas en el Ártico terrano en las que el ochenta por ciento de las plantas eran poliploides. Sax suponía que se trataba de una estrategia para evitar los efectos destructivos de la mutación excesiva, lo que explicaría que el fenómeno se diera en las zonas con niveles altos de radiación ultravioleta. Las radiaciones ultravioletas intensas rompían un crecido número de genes, pero si se los replicaba en otras series de cromosomas, era muy probable que el genotipo no sufriese daños y no hubiese impedimentos para la reproducción.

—Hemos descubierto que incluso cuando no empezamos con poliploides, como hacemos normalmente, las especies cambian en el espacio de pocas generaciones.

—¿Han identificado el mecanismo desencadenante?

—No.

Otro misterio. Sax miró por el microscopio, vejado por ese sorprendente desgarrón en el tejido extraño de la biología. Pero no se podía hacer nada; él mismo se había ocupado de la cuestión en sus laboratorios del Mirador de Echus en la década de 2050, y al parecer una radiación ultravioleta superior a la que el organismo estaba habituado estimulaba la respuesta poliploide. Pero ¿cómo captaban las células esa diferencia, para responder doblando, triplicando o cuadruplicando el número de cromosomas?

—Tengo que confesar que me sorprende ver lo bien que está prosperando todo.

Claire sonrió, feliz.

—Temía que después de la Tierra pensaras que esto era un yermo desolado.

—Bien, no. —Sax carraspeó.— Supongo que no esperaba nada. O sólo algas y líquenes. Pero esos fellfields parecen llenos de vida. Pensé que llevaría más tiempo.

—En la Tierra, sí. Pero recuerda que no nos limitamos a tirar las semillas y a esperar. Todas las especies han sido manipuladas para incrementar su resistencia y su velocidad de crecimiento.

—Y cada primavera sembramos de nuevo —añadió Berkina—, y fertilizamos con bacterias fijadoras del nitrógeno.

—Pensé que eran las bacterias desnitrificadoras las que estaban en boga.

—Esas las distribuimos específicamente en los depósitos abundantes en nitrato de sodio para transpirar el nitrógeno hacia la atmósfera. Pero en los lugares en los que cultivamos necesitamos más nitrógeno en el suelo, así que utilizamos fijadores de nitrógeno.

—Sigue pareciéndome que van demasiado deprisa. Y todo esto tiene que haber ocurrido después de la soletta.

—La cuestión es que no hay competencia —dijo Jessica desde su mesa al otro lado de la habitación—. Las condiciones son hostiles, pero éstas son plantas muy resistentes, y cuando las dejamos ahí fuera no tienen competidores que entorpezcan su crecimiento.

—Es un nicho vacío —dijo Claire.

—Y las condiciones aquí son mejores que en otros lugares de Marte — añadió Berkina—. En el sur tienen el invierno del afelio y la altura. Las estaciones de allí informan que el efecto del invierno es devastador. Pero aquí, el invierno del perihelio es mucho más benigno, y estamos sólo a mil metros de altitud. Las condiciones son mucho mejores que las de la Antártida en muchos sentidos. Sobre todo el nivel de CO2. Me pregunto si ésa no será la causa de la velocidad que tanto te sorprende. Es como si las plantas estuviesen sobrealimentadas.

—Aja —dijo Sax, asintiendo.

Así pues, los fellfields eran jardines. Crecimiento asistido más que crecimiento natural. En realidad lo había sospechado —era algo común en Marte—, pero los fellfields, rocosos y extensos, tenían un aspecto tan espontáneo y salvaje que por un momento lo habían confundido. Y aun sin olvidar que eran jardines, todavía lo sorprendía que fuesen tan vigorosos.

—¡Y ahora tenemos la soletta derramando luz solar sobre la superficie! —exclamó Jessica. Sacudió la cabeza, como si lo desaprobara—. La insolación natural es una media del cuarenta y cinco por ciento de la terrana, y con la soletta sube al cincuenta y cuatro por ciento.

—Contadme algo más de la soletta —dijo Sax cautelosamente.

Le explicaron el asunto por turnos. Un grupo de transnacionales, encabezadas por Subarashii, había construido una formación circular de láminas de espejo solar, situada entre el sol y Marte, y alineadas para captar y enfocar hacia el interior las ondas de luz solar que pasaban cerca del planeta. Un espejo anular que rotaba en órbita polar reflejaba la luz de vuelta a la soletta para contrarrestar la presión de la luz solar, y esa luz rebotaba de nuevo hacia Marte. Los dos sistemas de espejos eran enormes comparados con las primeras velas solares de los cargueros que Sax había alineado de manera que reflejasen la luz sobre la superficie, y la luz reflejada que estaban añadiendo al sistema era muy significativa.

—Debe de haber costado una fortuna construirlos —murmuró Sax.

—Oh, desde luego. Las grandes transnac están invirtiendo lo que no te imaginas.

—Y eso no es todo —dijo Berkina—. Planean deslizar una lente aérea a sólo unos cientos de kilómetros por encima de la superficie, y esta lente concentrará parte de la luz que incida en la soletta para elevar la temperatura de la superficie a niveles fantásticos, algo así como cinco mil grados…

—¡Cinco mil grados!

—Sí, creo que eso fue lo que oí. Planean derretir la arena y el regolito subterráneo, y así liberar los elementos volátiles en la atmósfera.

—Pero ¿y la superficie?

—Tienen intención de hacerlo en zonas remotas.

—En líneas —dijo Claire—. ¿Acaso pretenden cavar zanjas?

—Canales —dijo Sax.

—¡Pues claro! —Todos rieron.

—Canales de paredes vitrificadas —dijo Sax, preocupado al pensar en todos esos gases. El dióxido de carbono sería el que predominaría.

Pero no quería mostrar un interés excesivo en los proyectos de terraformación más ambiciosos. No insistió en el tema y pronto la conversación volvió al trabajo que ellos hacían.

—Bien —dijo Sax—, imagino que algunos de los fellfields muy pronto se transformarán en praderas alpinas.

—Oh, ya existen praderas alpinas —dijo Claire.

—¡No me digas!

—Sí. Bueno, son pequeñas todavía. Pero si caminas unos tres kilómetros por el borde occidental las verás. ¿No has ido aún? Hay praderas alpinas y también krummholz. No ha sido tan difícil después de todo. Plantamos los árboles sin apenas alterarlos, porque resultó que muchas especies de pinos y piceas resistían temperaturas mucho más bajas que las habituales en sus habitats terranos.

—Qué curioso.

—Un vestigio de las edades de hielo, supongo. Pero ahora les resulta muy útil.

—Interesante —dijo Sax.

Y pasó el resto del día mirando por el microscopio sin ver nada, ensimismado. La vida es sobre todo espíritu, solía decir Hiroko. Era un asunto extraño, el vigor de las cosas vivas, su tendencia a proliferar, lo que Hiroko llamaba la fuerza verde, la viriditas. La lucha de la vida para cobrar forma. Le parecía muy enigmático.

Cuando llegó el alba del siguiente día, se despertó en la cama de Phyllis, con Phyllis junto a él, enredada en las sábanas. Después de la cena todo el grupo había subido a la sala de observación, algo que se estaba haciendo habitual, y Sax había continuado la conversación con Claire, Jessica y Berkina. Jessica se había mostrado muy afectuosa con él, como siempre, y Phyllis, que lo había advertido, lo siguió cuando fue a los aseos junto al ascensor. Allí se había abalanzado sobre él con ese abrazo seductor que tanto lo sorprendía. Habían acabado por subir a la habitación de ella, y aunque Sax se había sentido incómodo por desaparecer sin despedirse de los otros, había hecho el amor con bastante pasión.

Ahora, mirándola, recordó la marcha precipitada con disgusto. La sociobiología más simple explicaba perfectamente ese comportamiento: competencia por el macho, una actividad animal muy básica. Sax nunca había sido objeto de ese tipo de rivalidad, pero no podía atribuirse el mérito de esa súbita persecución. Era evidente que se debía a la cirugía estética de Vlad, que había reorganizado su cara y resultaba atractiva para las mujeres. Pero seguía siendo un misterio para él que una determinada combinación de rasgos faciales fuera más atractiva que otra. Había escuchado explicaciones sociobiológicas de la atracción sexual que tenían cierta validez: un hombre buscaba una compañera con caderas anchas para alumbrar a los hijos sin problemas, con pechos grandes para alimentarlos, etcétera; una mujer buscaba un hombre fuerte que engendrase hijos sanos y los mantuviese… Todo eso tenía cierta lógica, pero ninguna relación con los rasgos faciales. Para éstos, las explicaciones sociobiológicas se volvían bastante imprecisas: ojos separados para ver bien, buenos dientes para ayudar a mantener la salud, una nariz prominente para evitar los resfriados… No, nada de aquello tenia sentido. Sólo eran combinaciones casuales que de algún modo resultaban atractivas a la vista. Un juicio estético en el que rasgos no funcionales casi imperceptibles podían influir, lo cual indicaba que los aspectos prácticos no eran relevantes.

Sobre el particular, Sax recordaba a dos gemelas con las que había ido a la escuela secundaria: tenían casi el mismo aspecto, y sin embargo una era corriente mientras que la otra era hermosa. Eran unos milímetros de carne, hueso y cartílago que determinaban una configuración agradable o desagradable. Vlad le había alterado la cara y ahora las mujeres competían por sus atenciones, aunque era la misma persona de siempre. Una persona por la que Phyllis nunca había demostrado el menor interés cuando tenía el aspecto que la naturaleza le había dado. Era difícil no ser cínico al respecto. Que lo desearan a uno, sí; pero que lo desearan por trivialidades…

Dejó la cama y se puso uno de los trajes ligeros de última generación, mucho más cómodos que los antiguos de tejido elástico. Aún había que llevar aislante para protegerse de las temperaturas por debajo del punto de congelación, y también casco y un tanque de aire, pero ya no era necesario proporcionar presión para evitar los hematomas en la piel. Con 160 milibares había suficiente para evitarlo; así que ahora bastaba con llevar ropa y botas calientes, y el casco. En pocos minutos estuvo vestido y salió al glaciar.

Siguió el sendero principal de banderolas que cruzaba el río de hielo, la escarcha crujiendo bajo sus pies, y luego dobló en la dirección de la corriente por la orilla occidental, y dejó atrás los pequeños millejleur de los fellfields recubiertos de escarcha, que ya empezaba a derretirse al sol. Llegó al lugar donde el glaciar salvaba un pequeño escarpe formando una corta cascada de hielo cuarteado que viraba unos cuantos grados hacia la izquierda, siguiendo las nervaduras que la bordeaban. De pronto un crujido sonoro llenó el aire, seguido por un estampido de baja frecuencia que vibró en el estómago de Sax. El hielo se movía. Sax se detuvo y escuchó. Le llegó el tintineo distante de una corriente bajo el hielo. Echó a andar de nuevo, sintiéndose más liviano y más feliz a cada paso. La luz de la mañana era diáfana y el vapor flotaba sobre el hielo como humo blanco. Y entonces, al amparo de unos bloques enormes, encontró un anfiteatro fellfield moteado de flores que parecían manchas de pintura. Y allí, en el fondo del campo, había una pequeña pradera alpina, orientada hacia el sur y sorprendentemente verde, las alfombras de pastos y carrizos cruzadas de corrientes de agua recubiertas de hielo. Y alrededor de los límites del anfiteatro, cobijados en grietas y bajo las rocas, se encorvaban numerosos árboles enanos.

Era el krummholz, que en la evolución de los paisajes de montaña era el estadio que seguía a las praderas alpinas. Los árboles enanos que había divisado eran miembros de especies corrientes, sobre todo piceas azules, Picea glauca, que en esas condiciones hostiles se miniaturizaban por su cuenta, adaptándose al contorno de los espacios protegidos donde brotaban. O mejor dicho, donde las habían plantado. Sax vio algunos Pinus contorta entre las numerosas piceas. Eran los árboles más resistentes al frío de la Tierra, y al parecer el equipo de Biotique había añadido genes procedentes de árboles halófilos como el tamarisco para incrementar su tolerancia a la sal. Habían sido objeto de manipulaciones genéticas de todo tipo para ayudarlos, pero aun así, las condiciones extremas entorpecían su crecimiento y obligaban a árboles que habrían alcanzado los treinta metros de altura a encogerse en nichos de medio metro en busca de protección, recortados por el viento y las neviscas como por una podadera. De ahí su nombre, krummholz, que en alemán significaba «bosque retorcido», o quizá «bosque enano»: la primera zona en la que los árboles se las arreglaban para aprovechar la labor de formación de suelo de los fellfields y las praderas alpinas. El límite arbolado.

Sax vagó despacio por ese anfiteatro, pisando sobre las rocas, inspeccionando los musgos, los carrizos, las hierbas y todos los árboles. Esas pequeñas cosas nudosas se retorcían como si las cultivaran jardineros de bonsais que habían perdido el juicio.

—Qué hermoso —exclamó Sax en voz alta más de una vez al examinar una rama o un tronco, o el dibujo de una corteza laminar—. Qué hermoso. Ah, si tuviésemos unos cuantos topos. Unos cuantos topos y campañoles, y marmotas, visones y zorros.

Pero el CO2 en la atmósfera todavía representaba el treinta por ciento del aire, quizá unos cincuenta milibares. Los mamíferos morirían deprisa en esa atmósfera. Por eso él siempre se había resistido al modelo de terraformación de dos etapas, que requería una concentración masiva de CO2. ¡Como si calentar el planeta fuese el único objetivo! El objetivo era la existencia de animales en la superficie. Eso no solamente era provechoso en sí mismo, sino que además beneficiaba a las plantas, muchas de las cuales necesitaban a los animales. La mayoría de las plantas de fellfields se reproducían por sí solas, era cierto, y además Biotique había liberado algunos insectos manipulados, que volaban dando tumbos, medio muertos, luchando obstinadamente por sobrevivir, y que a duras penas podían completar la labor de polinización. Pero había muchas otras funciones ecológicas simbióticas para las que se necesitaban animales, como la aireación del suelo, que llevaban a cabo topos y campañoles, o la distribución de las semillas que hacían algunas aves, y sin ellos las plantas en general no prosperarían, y algunas no sobrevivirían. No, tenían que reducir el nivel de CO2 del aire, probablemente hasta los diez milibares que había cuando llegaron al planeta, cuando era el único aire. Todo ello hacía más preocupante aún el plan de fundir el regolito con la lupa aérea que sus colegas habían mencionado. Eso sólo agravaría el problema.

Entretanto, esa belleza inesperada. Las horas pasaron sin que él se diera cuenta mientras examinaba los especímenes uno por uno. Admiró sobre todo el tronco y las ramas espiraladas, la corteza escamosa y la disposición de las agujas de un pequeño Pinus contorta; en verdad parecía una escultura extravagante. Y estaba arrodillado en el suelo, con la cara metida en unos carrizos y el trasero apuntando al ciclo cuando Phyllis, Claire y toda la tropa invadieron la pradera riéndose de él y pisoteando la hierba viva despreocupadamente.

Phyllis se quedó con él esa tarde, como había hecho en dos o tres ocasiones, y regresaron juntos. Al principio Sax trató de representar el papel de guía nativo, señalando plantas cuya existencia había conocido apenas una semana antes. Pero Phyllis no le prestaba ninguna atención. Era evidente que Sax sólo le interesaba como auditorio entregado, como testigo de su vida. Así que él se dejó de plantas y le preguntó, y escuchó, y volvió a preguntar. Sería una buena oportunidad de aprender más sobre la actual estructura de poder de Marte. Aunque ella exagerara su papel en el asunto, seguía siendo instructivo.

—Me dejó atónita lo rápido que Subarashii construyó el ascensor y lo colocó en posición —dijo Phyllis.

—¿Subarashii?

—Era la principal contratista.

—¿Quién adjudicó el contrato, la UNOMA?

—Oh, no. La UNOMA ha sido sustituida por la Autoridad Transitoria de las Naciones Unidas.

—Entonces, cuando eras presidenta de la Autoridad Transitoria, a todos los efectos eras presidenta de Marte.

—Bueno, la presidencia es rotativa entre los miembros, y la verdad es que no confiere mucho más poder del que tienen los demás. Es sólo para el consumo de los medios de comunicación y para dirigir las reuniones. Trabajo de relaciones públicas.

—Aun así…

—Oh, ya lo sé. —Rió.— Es una posición que muchos de mis viejos colegas desearon pero nunca consiguieron. Chalmers, Bogdanov, Boone, Toitovna… Me pregunto qué habrían pensado si lo hubieran visto. Pero ellos apostaron por el caballo perdedor.

Sax apartó la vista de ella.

—Y dime, ¿cómo es que Subarashii consiguió el nuevo ascensor?

—Porque el comité de dirección de la Autoridad Transitoria votó por ellos. Praxis había intentado hacerse con él, pero a nadie le gusta Praxis.

—Ahora que el ascensor ha vuelto, ¿crees que las cosas cambiarán otra vez?

—¡Oh, ciertamente! ¡Ciertamente! Muchas cosas quedaron en suspenso desde los disturbios. Emigración, construcción, terraformación, comercio… Todo se detuvo. Apenas si hemos podido reconstruir algunas de las ciudades destruidas. Ha imperado una especie de ley marcial, necesaria, por supuesto, en vista de lo que ocurrió.

—Por supuesto.

—¡Pero ahora! Todos los metales acumulados durante los últimos cuarenta años están listos para entrar en el sistema terrano, y eso estimulará de manera increíble la economía de los dos mundos. Nos llegará más producción desde la Tierra, y más inversiones y emigración. Al fin ha llegado la hora de que empecemos a hacer cosas.

—¿Como la soletta?

—¡Exactamente! Ése es un ejemplo perfecto de lo que quiero decir. Hay un montón de proyectos de grandes inversiones aquí.

—Canales de paredes vitrificadas —dijo Sax. Eso haría que los agujeros de transición pareciesen triviales.

Phyllis estaba diciendo algo sobre las brillantes perspectivas de la Tierra, y él sacudió la cabeza para despejarla de julios por centímetro cuadrado.

—Pero yo creía que la Tierra atravesaba serias dificultades —dijo Sax.

—Bien, sí, la Tierra siempre está en serias dificultades. Tendremos que acostumbrarnos a eso. Pero soy optimista al respecto. Quiero decir que la recesión los ha perjudicado mucho hasta ahora, especialmente a los tigres pequeños y a los cachorros de tigre, y por descontado a las naciones menos desarrolladas. Pero la entrada de metales industriales marcianos estimulará la economía, incluyendo las industrias de control medioambiental. Y por desgracia, parece que los muertos de hambre van a ver resueltos muchos de sus problemas.

Sax se concentró en la sección de morrena que estaban escalando. Allí la solifluxión, el derretimiento diario del suelo helado de una pendiente, había hecho que el regolito suelto resbalara pendiente abajo y se amontonara formando depresiones y cercos, y aunque parecían grises y sin vida, un dibujo tenue en forma de minúsculas tejas revelaba que en realidad estaban cubiertos de copos azul grisáceos de liquen. En las hondonadas había masas de algo gris ceniciento, y Sax se inclinó para arrancar una pequeña muestra.

—Observa —le dijo con brusquedad a Phyllis—, hepática de la nieve.

—Parece barro.

—Debido a un hongo parásito que crece sobre ella. La planta es de color verde en realidad; ¿ves estas pequeñas hojas? Es un brote nuevo que el hongo no ha cubierto todavía.

Bajo la lupa, las hojas nuevas parecían cristal verde. Pero Phyllis no se molestó en mirar.

—¿Quién la diseñó? —preguntó, y su tono indicaba que el diseñador tenía muy mal gusto.

—No lo sé. Tal vez nadie. Muchas de las especies nuevas que hay aquí no han sido diseñadas.

—¿Es posible que la evolución trabaje tan deprisa?

—Bueno, ya sabes… ¿Son los poliploides evolución?

—No.

Phyllis siguió adelante, sin mostrar el menor interés en el pequeño espécimen gris. Hepática de la nieve. Probablemente apenas manipulada, o incluso no diseñada. Especímenes de ensayo, arrojados entre los otros para ver cómo funcionaban. Y por tanto muy interesantes, en opinión de Sax.

Sin embargo, en algún punto del camino Phyllis había perdido el interés. Había sido una bióloga de primer orden una vez, y Sax no podía imaginar cómo se podía perder la curiosidad, que era la esencia de la actitud científica, esa necesidad de comprender las cosas. Pero se hacían viejos. En el curso de sus ahora antinaturales vidas era probable que experimentasen cambios profundos. Sax detestaba la idea, pero allí estaba. Como el resto de los nuevos centenarios, él tenía cada vez más dificultades para recordar momentos específicos de su pasado, sobre todo de los años intermedios, las cosas que habían ocurrido entre los veinticinco y los noventa. Por tanto, los años anteriores al sesenta y uno y la mayor parte de sus años en la Tierra se estaban desvaneciendo. Y sin una memoria que funcionase bien, era inevitable que cambiaran.

Cuando regresaron a la estación, Sax fue al laboratorio, perturbado. Tal vez, pensó, se habían convertido en poliploides, no como individuos, sino culturalmente: un grupo internacional que había llegado allí y había cuadruplicado las cadenas de mentes, proporcionando la adaptabilidad para sobrevivir en esa tierra alienígena a pesar de las mutaciones provocadas por el estrés.

Pero no. Eso era analogía más que homología. Lo que en humanidades llamarían un símil heroico, si entendía bien el término, o una metáfora o alguna otra analogía literaria. Y las analogías eran por lo general absurdas: una cuestión de fenotipo más que de genotipo (por utilizar otra analogía). La poesía y la literatura, las humanidades en general, por no mencionar las ciencias sociales, eran fenotípicas hasta donde Sax sabía. Se reducían a un enorme compendio de analogías absurdas que no ayudaban a explicar las cosas, sino que distorsionaban la percepción de ellas. Una suerte de borrachera conceptual continua, podría decirse. Sax prefería la exactitud y el poder de la explicación, ¿y por qué no? Si en el exterior estaban a 200 grados kelvin, ¿por qué no reconocerlo, en vez de hablar de tetas de brujas y demás, arrastrando el inmenso bagaje de ignorancia del pasado además de enturbiar cada encuentro con la realidad sensorial? Era absurdo.

Bien, de acuerdo, no existía el poliploidismo cultural. Sólo existía una situación histórica determinada, la consecuencia de todo lo que había ocurrido antes: las decisiones tomadas, los resultados propagándose por todo el planeta en completo desorden, evolucionando (quizá debería decirse desarrollándose), sin ningún plan. A ese respecto, había una cierta similitud entre la historia y la evolución: ambas tenían tanto de casualidad y accidente como de pautas de desarrollo. Pero las diferencias, sobre todo en las escalas temporales, eran tan desmesuradas que reducían esa similitud de nuevo a mera analogía.

No, era mejor concentrarse en las homologías, esas similitudes estructurales que indicaban relaciones físicas reales, que de verdad explicaban algo. Esto, por supuesto, lo llevaba a uno de nuevo a la ciencia. Pero después de un encuentro con Phyllis, eso era todo lo que deseaba.

Volvió a sumergirse en el estudio de las plantas. Muchos de los organismos de fellfield que encontraba tenían hojas carnosas recubiertas de vello, lo que ayudaba a las plantas a protegerse de la violenta acometida de los rayos ultravioleta del sol marciano. Esas adaptaciones podían muy bien tomarse como ejemplos de homología: especies con los mismos ancestros que han conservado los rasgos de familia. O podían ser ejemplos de convergencia: especies de familias distintas que llegan a la misma forma debido a la necesidad funcional. Y en esos momentos simplemente podían ser el resultado de la bioingeniería, que añadía los mismos rasgos a diferentes plantas para facilitarles las mismas ventajas.

Para averiguar de qué caso se trataba había que identificar la planta, y después consultar los archivos para ver si había sido diseñada por uno de los equipos de terraformación. Había un laboratorio de Biotique en Elysium, dirigido por un tal Harry Whitebook, que estaba diseñando las plantas de superficie más eficaces, especialmente los carrizos y las hierbas, y el catálogo de Whitebook a menudo revelaba la mano de él en la planta, en cuyo caso las similitudes no eran más que convergencia artificial, Whitebook insertando características como hojas vellosas en casi toda planta con hojas que él creaba.

Un caso interesante de cómo la historia imitaba a la evolución. Y puesto que se proponían crear una biosfera en Marte en un corto plazo quizá 107 veces más breve que el necesario en la Tierra, tendrían que intervenir continuamente en el acto mismo de la evolución. Así pues, la biosfera marciana no sería un caso de filogenia recapitulando la ontogenia, un concepto desacreditado en cualquier caso, sino la historia recapitulando la evolución. O mejor, imitándola en lo posible dado el entorno marciano. O incluso, dirigiéndola. La historia dirigiendo la evolución. Era una idea apabullante.

Whitebook había emprendido la tarea con talento: había creado arrecifes de líquenes frealofíticos, por ejemplo, que transformaban las sales que incorporaban en algo similar a la estructura coralina del milepora; de ese modo las plantas resultantes eran masas de bloques semicristalinos de color verde oscuro o verde oliva. Caminar a través de una de esas formaciones era como pasear por un jardín laberinto liliputiense aplastado, abandonado y medio cubierto de arena. Los bloques aparecían resquebrajados y tenían un aspecto tan desastroso que parecían enfermos; una enfermedad que petrificaba las plantas mientras estaban vivas, confinándolas en su lucha por existir en el interior de unas vainas agrietadas de malaquita y jade. De apariencia extraña, pero muy exitoso. Sax encontró bastantes de esos arrecifes de líquenes creciendo en la cresta de la morrena occidental y en el regolito árido que se extendía más allá.

Pasó varias mañanas estudiándolo, y una mañana, mientras cruzaba la cresta, miró atrás, hacia el glaciar, y vio un torbellino arenoso girando sobre el hielo, un pequeño tornado de color rojizo que avanzaba centelleando corriente abajo. Inmediatamente después recibió el embate de un viento fuerte, con ráfagas de al menos cien kilómetros por hora, y luego de ciento cincuenta. Acabó agachándose detrás de un arrecife de líquenes, con una mano levantada para estimar la velocidad del viento. Era difícil precisarla, porque la atmósfera cada vez más densa había incrementado la fuerza de los vientos, haciéndolos parecer más veloces de lo que eran. Todas las estimaciones empíricas de los días en la Colina Subterránea estaban desfasadas. Las ráfagas que lo golpeaban ahora podían no ser superiores a los ochenta kilómetros por hora. Pero venían cargadas de arena, que repiqueteaba contra el visor y reducía la visibilidad a unos cien metros. Después de esperar una hora a que la tormenta de arena remitiese, se rindió y regresó a la estación, cruzando el glaciar poco a poco, de banderola en banderola, cuidando de no perder el sendero: era importante si uno quería mantenerse lejos de las peligrosas zonas de grietas.

Una vez que cruzó el hielo, Sax caminó deprisa hacia la estación, pensando en el pequeño tornado que había anunciado la llegada del viento. El tiempo era extraño. En la estación, consultó un canal meteorológico y leyó toda la información sobre las condiciones del día, y luego estudió las fotografías de satélite de la región. Una bolsa ciclónica se abatía sobre ellos desde Tharsis. Con el aire cada vez más denso, los vientos que venían de Tharsis era en verdad muy fuertes. La protuberancia seguiría siendo un punto de anclaje de la meteorología marciana para siempre, sospechaba Sax. La mayor parte del tiempo, la corriente de chorro del hemisferio norte circularía sobre y alrededor de su extremo norte, como lo hacía la corriente de chorro alrededor de las Rocosas. Pero de cuando en cuando las masas de aire serían empujadas hacia la cresta de Tharsis entre los volcanes, y dejarían caer la humedad en Tharsis oeste mientras subían. Luego esas masas de aire deshidratado se desplomarían rugiendo por la pendiente oriental, el mistral, o el siroco, o el foehn del Gran Hombre, con vientos tan veloces y potentes que se convertirían en un problema a medida que la atmósfera ganase densidad. Algunas ciudades tienda en superficies abiertas estarían amenazadas hasta el punto de que se verían obligados a retirarse al interior de cañones y cráteres, o a robustecer el material de las tiendas.

Pensando en estas cosas, la climatología empezó a parecerle tan excitante a Sax que deseó abandonar sus estudios botánicos y dedicarse al nuevo tema a tiempo completo. En el pasado lo hubiera hecho, y se habría sumergido en la climatología durante un mes o un año, hasta que hubiese satisfecho su curiosidad, y se las hubiese arreglado para pensar en alguna contribución frente a los problemas que surgiesen.

Pero ésa había sido una aproximación muy indisciplinada, como bien sabía ahora, que llevaba a una especie de método disperso, incluso a un cierto diletantismo. Ahora, como Stephen Lindholm, trabajando para Claire y Biotique, tenía que abandonar la climatología con una mirada anhelante a las fotos de satélite y a los nuevos sistemas de sugerentes espirales nubosas, y limitarse a mencionarles a los otros el remolino, y a hablar del tiempo de pasada en el laboratorio o durante la cena, mientras volvía a concentrar el grueso de su atención en el pequeño ecosistema y sus plantas, y en cómo ayudarlas a salir adelante. Y a medida que empezaba a conocer las particularidades de Arena, esas restricciones impuestas por su nueva identidad no le parecieron tan malas. Significaban que se veía forzado a concentrarse en una sola disciplina como no lo había hecho desde su trabajo de graduación. Y las recompensas de la concentración empezaban a serle cada vez más evidentes. Lo convertirían en un científico mejor.

Al día siguiente, por ejemplo, con los vientos apenas un poco vivos, volvió a salir y localizó la porción de arrecife de liquen que estaba estudiando cuando la tormenta empezó. Todas las fisuras de la estructura estaban llenas de arena, lo que debía ocurrir habitualmente. Limpió una de las fisuras y examinó el interior con los veinte aumentos de la lupa de su visor. Las paredes estaban recubiertas de unos finos cilios. Era evidente que esas superficies ya protegidas no necesitaban más protección. Por tanto quizás estaban allí para liberar el exceso de oxígeno de los tejidos de la masa cristalina exterior. ¿Espontáneo o planeado? Leyó las descripciones en la consola de muñeca, y añadió una nueva sobre este espécimen que, a juzgar por los cilios, parecía no descrito. Sacó una pequeña cámara del bolsillo y tomó una fotografía, puso una muestra de los cilios en una bolsa, guardó la cámara y siguió adelante.

Bajó para echarle una ojeada al glaciar, caminando sobre una de las muchas junturas donde su costado descendía y se unía suavemente a la pendiente ascendente de la nervadura de la morrena.

El resplandor era intenso a mediodía, como si los pedazos de un espejo roto estuviesen reflejando la luz del sol por todas partes. El hielo crujía bajo sus pies. Las pequeñas cuencas fluviales se unían y formaban corrientes de cauces profundos, que desaparecían abruptamente en los agujeros del hielo. Esos agujeros, como las grietas, tenían varios tonos de azul. Las nervaduras de la morrena resplandecían como el oro y parecían reverberar bajo el calor en aumento. Algo en el paisaje le recordó a Sax el plan de la soletta, y silbó entre dientes.

Se enderezó y estiró la parte baja de la espalda, sintiéndose muy vivo y curioso, en su elemento. El científico en acción. Estaba aprendiendo a disfrutar del siempre fresco esfuerzo primario de la «historia natural», la observación detenida de los fenómenos de la naturaleza: descripción, clasificación, taxonomía, el intento prístino de explicar, o mejor el primer paso, simplemente describir. Qué felices le habían parecido siempre en sus escritos los historiadores naturales, Linneo y su latín salvaje, Lyell y sus rocas, Wallace y Darwin y el gran paso de la categoría a la teoría, de la observación al paradigma. Sax podía sentir esa felicidad allí, en el Glaciar Arena en el año 2101, con todas esas especies, ese proceso floreciente de especiación a medias humano, a medias marciano, un proceso que con el tiempo necesitaría sus propias teorías, algún tipo de evohistoria, o de evolución histórica, o ecopoesis, o simplemente areología. O la viriditas de Hiroko, quizá. Teorías sobre el proyecto de terraformación, no sólo sobre sus intenciones, sino sobre la manera como trabajaba. Una historia natural, justamente. Muy poco de lo que estaba sucediendo podía estudiarse en un laboratorio experimental, de modo que la historia natural volvería a ocupar el lugar que le era propio entre las ciencias. Allí en Marte todas las jerarquías estaban destinadas a caer, y ésa no era una analogía absurda, sino una observación precisa sobre el aspecto que tendría todo.

El aspecto que tendría. ¿Lo entendía él antes de aquella temporada en el exterior? ¿Lo entendía Ann? Mientras examinaba la superficie salvaje y agrietada del glaciar, se descubrió pensando en ella. Cada pequeño iceberg o grieta destacaba como si aún llevase los veinte aumentos sobre el visor, pero con una profundidad de campo infinita: cada matiz de marfil y rosa en las superficies carcomidas, cada centelleo de espejo del agua del deshielo, las colinas perfilándose en el horizonte… todo se veía con una nitidez y precisión quirúrgicas. Y se le ocurrió que esa visión no era accidental (el efecto de lupa de las lágrimas sobre su cornea, por ejemplo), sino el resultado de una nueva y creciente comprensión conceptual del paisaje. Era una suerte de visión cognitiva, y no pudo evitar recordar a Ann diciéndole con furia: Marte es el lugar que nunca has visto.

Sax lo había tomado como una figura retórica. Pero recordó ahora a Kuhn: afirmaba que los científicos que utilizaban paradigmas distintos existían literalmente en mundos distintos, hasta tal punto era la epistemología un componente integral de la realidad. Así, los aristotélicos no veían el péndulo galileano, que para ellos no era más que un cuerpo cayendo con ciertas dificultades. Y en general, los científicos que debatían los méritos relativos de paradigmas contrapuestos en realidad estaban hablando unos a través de los otros, empleando las mismas palabras para definir realidades distintas.

También había considerado esa afirmación una figura retórica. Ahora, absorbiendo la transparencia alucinatoria del hielo, tenía que admitir que describía lo que sentía cuando hablaba con Ann. Sus conversaciones eran frustrantes para ambos, y cuando ella había gritado que él nunca había visto Marte, quizá sólo quería decir que él nunca había visto el Marte que ella veía, el Marte creado por el paradigma de Ann. Y eso era cierto sin lugar a dudas.

Sin embargo Sax veía ahora un Marte nuevo para él. Pero la transformación había ocurrido luego de semanas de concentración en esas partes del paisaje que Ann despreciaba, las nuevas formas de vida. Por eso dudaba de que el Marte que estaba viendo, con sus algas de la nieve y sus líquenes del hielo, y los encantadores y diminutos pedazos de alfombra persa que festoneaban el glaciar, fuese el Marte de Ann. Ni tampoco el de sus colegas de terraformación. Lo que Sax veía era aquello en lo que creía y deseaba, era su Marte, desplegándose ante sus propios ojos, siempre en proceso de transformarse en algo nuevo. Como una punzada en el corazón, sintió el deseo de poder agarrar a Ann del brazo en ese mismo momento y arrastrarla hasta la morrena occidental y gritar:

—¿Ves? ¿Ves?

En vez de eso tenía a Phyllis, quizá la persona menos filosófica que había conocido en su vida. La evitaba siempre que podía hacerlo sin que lo pareciera, y se pasaba los días en el hielo, al viento, bajo el vasto cielo septentrional, o en las morrenas, arrastrándose por el suelo para estudiar las plantas. Cuando regresaba a la estación, charlaba con Claire y Berkina y el resto, mientras cenaban, sobre lo que estaban descubriendo en el exterior y lo que significaba. Luego subían a la sala de observación y hablaban un rato más, o a veces bailaban, especialmente los viernes y sábados. Sonaba siempre el nuevo calipso, guitarras y percusión en rápidas melodías simultáneas, con unos ritmos complejos que Sax analizaba con dificultad. Por lo general eran compases de cinco por cuatro que alternaban o coexistían con los de cuatro por cuatro, una combinación que parecía concebida para hacerle perder el equilibrio. Por fortuna, el estilo que se llevaba era una especie de baile libre que guardaba poca relación con el ritmo, así que cuando no conseguía llevar el ritmo estaba seguro de que él era el único que lo notaba. En realidad era muy entretenido intentar seguir el compás, bailando a su aire, saltando en una pequeña jiga añadida al compás de cinco por cuatro. Cuando volvió a las mesas y Jessica le dijo «Bailas muy bien, Stephen», él se echó a reír, halagado aunque sabía que el comentario revelaba el poco criterio de ella para juzgar el baile, o que intentaba serle simpática. Aunque tal vez los paseos diarios sobre las rocas estuvieran mejorando su equilibrio y su ritmo. Cualquier actividad física, con la práctica y el estudio adecuados, podía ser realizada con un grado razonable de habilidad, sino de talento.

Él y Phyllis hablaban o bailaban juntos tanto como lo hacían con otros; sólo en la intimidad de sus habitaciones se abrazaban y besaban, hacían el amor. Mantenían la antigua tradición del romance secreto, y una mañana, alrededor de las cuatro, cuando volvía de la habitación de ella, un relámpago de miedo lo sacudió: de pronto se le ocurrió que su espontánea complicidad en esa actitud podía señalarlo a los ojos de Phyllis como sospechoso de ser uno de los Primeros Cien. ¿Quién más aceptaría ese extraño comportamiento tan prontamente, como si fuese lo más natural del mundo?

Pero después de considerarlo no le pareció que Phyllis prestase atención a esos detalles. Sax casi había renunciado a intentar comprender los pensamientos y motivaciones de ella, porque los datos eran contradictorios y, a pesar de que pasaban la noche juntos con regularidad, bastante escasos. Parecía interesada sobre todo en las maniobras intertransnacionales que sucedían en Sheffield y en la Tierra: cambios en el personal ejecutivo, en las subsidiarias, en los precios de mercado, cambios que eran efímeros y absurdos, pero que a ella la absorbían por completo. Como Stephen, Sax se mostraba muy interesado en todo esto, y le hacía preguntas para demostrárselo cuando ella sacaba el tema, pero cuando preguntaba qué significado tenían los cambios diarios en cualquier estrategia mayor, ella o no quería o no podía darle buenas respuestas. Por lo visto le interesaban más las fortunas personales de aquellos que conocía que la estrategia implícita en sus actos. Un ex ejecutivo de Consolidados que se había pasado a Subarashii había sido nombrado director del ascensor, un ejecutivo de Praxis había desaparecido en las regiones remotas, Armscor iba a hacer estallar docenas de bombas de hidrógeno en el megarregolito bajo el casquete polar norte, para estimular el crecimiento y el calentamiento del mar septentrional; y este último hecho no era para ella más interesante que los dos anteriores.

Quizá tenía sentido seguir de cerca las carreras individuales de la gente que dirigía las transnacionales más grandes, y la micropolítica de los tejemanejes por el poder entre ellos. Al fin y al cabo eran los actuales dirigentes del mundo. Así que Sax se tendía junto a Phyllis, la escuchaba y hacía comentarios propios de Stephen, tratando de recordar todos los nombres, preguntándose si el fundador de Praxis era de verdad un surfista senil, si Shellalco sería absorbida por Amexx, por qué los equipos directivos de las transnac mantenían una competencia tan feroz si en realidad ya gobernaban el mundo y tenían todo lo que podían desear en sus vidas privadas. Tal vez la sociobiología tenía la respuesta, y todo se reducía a la dinámica de dominación del primate, a aumentar el éxito reproductivo propio en el reino corporativo. Y quizá no fuera una mera analogía, si uno consideraba su compañía como su clan. Y en un mundo donde uno podía vivir indefinidamente, podía ser pura y simple auto protección. «La supervivencia del más apto», que Sax siempre había considerado una tautología inútil. Pero si los darwinistas sociales estaban tomando el poder, quizás entonces el concepto ganaba importancia, como dogma religioso del orden dominante…

Entonces Phyllis rodaba sobre él y lo besaba, y él entraba en los dominios del sexo, donde parecían existir unas reglas diferentes. Por ejemplo, aunque Phyllis le gustaba cada vez menos cuanto mejor la conocía, la atracción que ejercía sobre él no se correlacionaba con esto, sino que fluctuaba según unos misteriosos principios autónomos, sin duda inducidos por las feromonas y regidos por las hormonas. Así, unas veces tenía que forzarse a aceptar las caricias de Phyllis, mientras que en otras ocasiones se sentía vivo, con un deseo que parecía aún más intenso debido a la ausencia de afecto. O aun más absurdo, un deseo acrecentado por la repulsión. Esta última reacción era poco frecuente, sin embargo, y a medida que se prolongaba la estancia en Arena, y la novedad del romance se desvanecía, Sax se encontró cada vez más distante cuando hacían el amor: empezó a fantasear y se adentró en la personalidad de Stephen Lindholm, que solía imaginarse acariciando a mujeres de las que Sax sabía poco o nada, como Ingrid Bergman o Marilyn Monroe.

Un amanecer, luego de una de esas noches turbadoras, Sax se levantó con intención de salir al hielo. Phyllis se agitó en sueños y se despertó, y decidió acompañarlo.

Se pusieron los trajes y salieron al alba púrpura. Caminaron en silencio por la morrena contigua al costado del glaciar, y subieron por un sendero de escalones tallados en el hielo. Sax tomó el sendero de banderolas que cruzaba el glaciar más al sur, con intención de escalar la morrena lateral occidental tan lejos corriente arriba como pudiera llegar en una mañana.

Avanzaron entre almenas de hielo que les llegaban a las rodillas, el hielo agujereado como un queso suizo y manchado de rosa por las algas de la nieve. Phyllis estaba encantada como siempre por la fantástica mezcolanza e hizo comentarios a propósito de los seracs más singulares, comparando los que habían dejado atrás esa mañana con una jirafa, con la Torre Eiffel, la superficie de Europa, etcétera. Sax se detenía a menudo para inspeccionar pedazos de hielo jade invadidos por bacterias del hielo. En algunos sitios las algas volvían rosado el hielo jade expuesto en una solana. El efecto era extraño: una especie de vasto campo de helado de pistacho.

Por tanto progresaban con lentitud, y estaban aún sobre el glaciar cuando una secuencia de pequeños y apretados torbellinos salieron de la nada uno tras otro como del sombrero de un mago: demonios de polvo marrón, en los que centelleaban partículas de hielo, en una línea irregular que se abatía sobre ellos. Entonces los remolinos se colapsaron en alguna fluctuación, y con un estampido estridente una ráfaga los embistió con fuerza, silbando pendiente abajo con un empuje tan poderoso que tuvieron que agacharse para no perder el equilibrio.

—¡Menudo vendaval! —exclamó Phyllis en el oído de Sax.

—Son vientos katabáticos —explicó Sax, viendo cómo un grupo de seracs desaparecían en el polvo—. La visibilidad se está reduciendo. Deberíamos intentar llegar a la estación.

Echaron a andar por el sendero de banderolas, avanzando de un punto esmeralda al siguiente. Pero la visibilidad siguió decreciendo hasta que ya no pudieron ver el siguiente marcador.

—Ven, reguardé monos bajo uno de esos icebergs —le dijo Phyllis.

Se encaminó hacia una borrosa prominencia de hielo, y Sax la siguió presuroso, diciéndole: —Ten cuidado, muchos seracs tienen grietas en la base. —Trataba de tomarla de la mano cuando ella desapareció como si hubiese caído por una trampa. Él asió una muñeca alzada y el fuerte tirón lo derribó de rodillas sobre el hielo. Phyllis aun seguía cayendo, deslizándose por una rampa en el extremo de una grieta superficial. Sax tendría que haberla soltado, pero la mantuvo asida instintivamente y se precipitó de cabeza por la abertura. Ambos resbalaron sobre la nieve compacta del fondo de la grieta y la nieve cedió bajo su peso, y cayeron de nuevo, aterrizando sobre arena escarchada tras una breve pero aterradora caída libre.

Sax, que había aterrizado sobre Phyllis, se incorporó ileso. Por el intercomunicador le llegaron unos jadeos alarmantes de Phyllis, pero sólo se había quedado sin resuello. Cuando consiguió controlar la respiración, ella comprobó el estado de sus miembros con cautela y declaró que estaba bien. Sax se admiró de su dureza.

El traje de Sax tenía un desgarrón justo encima de la rodilla, pero por lo demás estaba perfectamente. Sacó un parche del bolsillo y tapó el desgarrón; la rodilla se doblaba sin dolor, así que se olvidó de ella y se puso de pie.

El agujero que habían abierto en la nieve estaba unos dos metros por encima de su brazo extendido. Se encontraban en una burbuja alargada, la mitad inferior de una grieta que tenía forma de reloj de arena. Hacia abajo el muro de la pequeña burbuja era de hielo, y arriba de roca recubierta de hielo. El tosco círculo de cielo visible tenía un color opaco de melocotón, y el muro de hielo azulado de la grieta centelleaba con los reflejos de la polvorienta luz del sol, lo que confería al escenario un aspecto opalescente y muy pintoresco. Pero estaban atrapados.

—Nuestra señal se interrumpirá y saldrán a buscarnos —le dijo Sax a Phyllis cuando ésta se puso en pie junto a él.

—Sí —dijo Phyllis—. ¿Pero nos encontrarán? Sax se encogió de hombros.

—El transmisor deja un registro de dirección.

—¡Pero el viento! ¡La visibilidad puede reducirse a cero!

—Esperemos que puedan apañárselas.

La grieta se extendía hacia el este como un estrecho corredor bajo. Sax se agachó, encendió la linterna de su casco e iluminó el espacio entre la roca y el hielo: se extendía hasta donde alcanzaba la vista, en dirección al sector oriental del glaciar, probablemente hasta alcanzar una de las muchas cavernas pequeñas del borde lateral, así que después de discutir el plan con Phyllis, salió a explorar la grieta, dejando a Phyllis en una posición que permitiera a quien encontrara el agujero verla en el fondo.

Fuera del deslumbrante cono de luz de su linterna, el hielo tenía un intenso azul cobalto, un efecto causado por la misma dispersión de Rayleigh que convertía en azul el cielo. Había mucha luz aun con la linterna apagada, lo que sugería que la capa de hielo sobre su cabeza no era muy gruesa. Debía de tener el grosor aproximado de la altura de su caída, ahora que lo pensaba.

La voz de Phyllis en su oído preguntó si estaba bien.

—Estoy bien —contestó él—. Me parece que este espacio puede haberse originado porque el glaciar ha salvado un escarpe transversal. Así que quizá recorre toda su extensión.

Pero no era así. Unos cien metros más allá, el hielo a la izquierda se cerraba y se unía al hielo que cubría la pared de roca a la derecha: un callejón sin salida.

De regreso caminó despacio, deteniéndose a inspeccionar fisuras en el hielo y pedazos de roca en el suelo que quizá habían sido arrancados del escarpe. En una fisura el cobalto del hielo se transformaba en azul verdoso, y al meter un dedo enguantado en ella, sacó una larga masa azul verdosa, helada en la superficie pero blanda en el interior. Era una masa dendrítica de algas azul verdosas.

—¡Caramba! —exclamó; arrancó unas pocas hebras congeladas y luego metió el resto en su resquebrajadura natal.

Había leído que las algas estaban penetrando en la roca y el hielo del planeta, y que las bacterias llegaban aún más abajo. Pero encontrar algunas enterradas allí, tan lejos del sol, era suficiente para maravillarse.

Apagó la linterna del casco y el azul cobalto de la luz glacial resplandeció alrededor, brumoso y profundo. Tan oscuro, tan frío, ¿cómo podía sobrevivir allí una criatura?

—¿Stephen?

—Ya voy. Mira —le dijo a Phyllis cuando se reunió con ella—. Son algas azul verdosas, hay un montón allá abajo.

Las levantó para que ella las viera, pero Phyllis apenas si echó un vistazo. Sax se sentó y sacó una bolsa de muestras del bolsillo y metió una pequeña hebra de algas dentro, y luego la miró con los veinte aumentos de la lupa. Eso no era suficiente para permitirle ver todo lo que él quería, pero sí le mostró los largos filamentos de verde dendrítico, que tenían un aspecto viscoso porque empezaban a descongelarse. Su atril tenía catálogos de fotos con ampliaciones similares, pero no encontró ninguna especie que se pareciese a aquélla en todos los detalles.

—Puede que no esté descrita —dijo—. Desde luego estas cosas le hacen preguntarse a uno si el índice de mutación no será más alto que los índices estándar. Tendríamos que preparar experimentos para determinarlo.

Phyllis no respondió.

Sax se guardó sus reflexiones mientras seguía buscando en los catálogos. Todavía estaba en ello cuando oyeron unos chillidos chirriantes y unos siseos por la radio. Phyllis empezó a gritar por la frecuencia común. Muy pronto escucharon voces en el intercom, y no mucho después un casco redondo se inscribió en el agujero.

—¡Estamos aquí! —gritó Phyllis.

—Esperen un segundo —dijo Berkina—, dejaremos caer una escala de cuerda.

Y después de una oscilante y torpe escalada estuvieron de nuevo en la superficie del glaciar, parpadeando en la luz fluctuante y polvorienta y agachándose para resistir el viento racheado, todavía muy fuerte. Phyllis reía y explicaba lo que había ocurrido con su estilo habitual.

—¡Estábamos tomaditos de la mano, para no perdernos, y bum, abajo!

Y los rescatadores estimaban la fuerza bruta de las ráfagas más fuertes. Todo parecía haber vuelto a la normalidad. Pero cuando entraron en la estación y se quitaron los cascos, Phyllis le echó una breve mirada, una mirada muy curiosa en verdad, como si le hubiese revelado algo que la había puesto en guardia, como si él le hubiese recordado algo allí, en el fondo de la grieta. Como si su comportamiento lo hubiera delatado, sin error posible, como su viejo camarada Saxifrage Russell.

Trabajaron en el glaciar durante todo el otoño septentrional. Los días se hicieron más cortos y los vientos más fríos. Unas grandes e intrincadas flores de hielo crecían en el glaciar cada noche, y sólo se derretían un poco en las márgenes a media tarde; después se endurecían de nuevo y servían como base para los pétalos aún más complejos que aparecían a la mañana siguiente, los pequeños y afilados copos cristalinos brotando en todas direcciones a partir de las aletas y dientes más grandes bajo ellos. No podían evitar aplastar mundos fractales enteros a cada paso mientras avanzaban sobre el hielo en busca de las plantas, ahora cubiertas de escarcha, para ver cómo les iba tras la llegada del frío. Contemplando aquel yermo blanco, con el viento cortante calándolo a pesar del traje aislante, Sax pensó que era inevitable que las heladas invernales causaran estragos.

Pero las apariencias engañaban. Claro que habría heladas mortíferas, pero las plantas se estaban endureciendo, como decían los jardineros, se estaban aclimatando a las arremetidas del viento. Se trataba de un proceso en tres estadios, recordó Sax mientras cavaba en la nieve fina y compacta para encontrar las señales. Primero, unos sensores fitocromos en las hojas captaban el acortamiento de los días (y ahora se estaban acortando muy deprisa; más o menos con una frecuencia semanal pasaban unos frentes oscuros que dejaban caer nieve sucia de los vientres negros y bajos de los cumulonimbos). En el segundo estadio, el crecimiento se detenía, los carbohidratos se trasladaban a las raíces y la concentración de ácido abscísico en algunas hojas aumentaba hasta que éstas caían. Sax encontró muchas hojas así, amarillentas o pardas y todavía colgando de los tallos, apretándose contra el suelo y proporcionando un poco más de aislamiento a la planta aún viva. Durante esta etapa el agua salía de las células y formaba cristales de hielo intercelulares, y las membranas celulares se endurecían, mientras que las moléculas de los azúcares reemplazaban a las moléculas de agua en algunas proteínas. En el tercer y más frío estadio, un hielo fino recubría las células sin romperlas, en un proceso llamado vitrificación.

En este punto las plantas podían tolerar temperaturas inferiores a los 220°K, la media en Marte antes de su llegada, pero que ahora era la más baja que se alcanzaba en el planeta. Y la nieve que caía en las cada vez más frecuentes tormentas servía como aislante para las plantas, ya que mantenía las superficies que cubría más calientes que las superficies expuestas al viento. Mientras excavaba en la nieve con dedos entumecidos, los entornos subníveos le parecían a Sax un lugar fascinante, sobre todo las adaptaciones al espectro de luz azul seleccionado que se difundía a través de más de tres metros de nieve, otro ejemplo de la dispersión de Rayleigh. Le hubiera gustado estudiar el mundo invernal in situ durante los seis meses de la estación: descubrió que le gustaba estar bajo las oscuras olas bajas de las nubes, en la superficie blanca del glaciar nevado, encorvándose contra el viento y pisando sobre montones de nieve. Pero Claire quería que regresara a Burroughs para trabajar en un tamarisco de la tundra que estaba sobreviviendo con éxito en las tinajas de Marte. Y Phyllis y el resto de los visitantes de Armscor y la Autoridad Transitoria iban a regresar también. Así que un día dejaron la estación en manos de un pequeño equipo de investigadores-jardineros, y, en una caravana de vehículos, viajaron de vuelta al sur.

Sax había gemido al oír que Phyllis y su grupo regresarían con ellos. Tenía la esperanza de que la separación física pondría fin a su relación con Phyllis y lo libraría de ese ojo inquisitivo. Pero en vista de que iban a regresar juntos, se imponía alguna acción. Tendría que romper la relación si es que quería ponerle fin, y ciertamente lo quería. Todo ese asunto de liarse con ella había sido un error desde el principio, ¡la tontería del impulso de lo inexplicable! Pero el impulso se había acabado, y lo había dejado en compañía de una persona que en el mejor de los casos era irritante, y en el peor, peligrosa. Y desde luego no lo consolaba pensar que él había actuado de mala fe todo el tiempo. Cada pequeño acontecimiento de aquella relación parecía poca cosa, pero el conjunto adquiría una dimensión monstruosa.

Por eso en la primera noche en Burroughs, cuando su consola de muñeca emitió un pitido y Phyllis apareció y le propuso que cenasen juntos, Sax accedió, cortó la llamada y se dijo con cierto malestar que sería una situación incómoda.

Fueron a cenar a un restaurante terraza que Phyllis conocía en el Monte Ellis, al oeste de Hunt Mesa. Ella se empeñó en que se sentaran en una esquina, desde la que se dominaba el distrito alto… entre Ellis y la Montaña Mesa, donde los bosques de Princess Park estaban bordeados por nuevas mansiones. Al otro lado del parque, la Montaña Mesa estaba casi recubierta de cristal y parecía un hotel gigantesco, y las mesas más distantes no eran menos llamativas.

Los camareros y camareras les sirvieron una garrafa de vino y luego la cena, interrumpiendo la cháchara de Phyllis, que versaba principalmente sobre los nuevos proyectos de construcción en Tharsis. Pero parecía deseosa de hablar también con los camareros: les firmaba servilletas y les preguntaba de dónde eran, cuánto llevaban en Marte, y así por el estilo. Sax comió sin descanso; miraba a Phyllis y contemplaba Burroughs, esperando que la cena acabara de una vez. Se le hizo eterna.

Pero terminó al fin, y tomaron el ascensor para bajar al suelo del cañón. El ascensor le trajo recuerdos de la primera noche que pasaron juntos, y Sax sintió una profunda sensación de incomodidad. Quizá Phyllis se sentía igual, porque se instaló en el otro extremo, y el largo descenso transcurrió en silencio.

Y cuando estuvieron en el césped del bulevar, ella lo besó en la mejilla, le dio un breve y brusco abrazo y dijo:

—Ha sido una velada espléndida, Stephen, y hemos pasado unos días fantásticos en Arena. Nunca olvidaré nuestra pequeña aventura bajo el glaciar. Pero ahora tengo que regresar a Sheffield y ocuparme de todo lo que se ha ido amontonando en mi ausencia. Espero que vayas a visitarme si alguna vez pasas por la ciudad.

Sax se esforzó por controlar la expresión de su cara, tratando de imaginar cómo se hubiese sentido Stephen y qué hubiese dicho. Phyllis era una mujer vanidosa, y seguramente olvidaría todo el asunto más deprisa si pensaba que había herido a alguien al abandonarlo que si empezaba a preguntarse por qué ese alguien había parecido tan aliviado. Así que intentó convocar la pequeña vocecita en su interior que se sentía ofendida porque la trataban de esa manera, apretó los labios y bajó la mirada.

—Ah —dijo.

Phyllis rió como una niña, y le dio un abrazo afectuoso.

—Vamos, Stephen —le regañó—. Ha sido divertido, ¿no? Y volveremos a vernos cuando yo visite Burroughs o si alguna vez vas a Sheffield. Entre tanto, ¿qué otra cosa podemos hacer? No estés triste.

Sax se encogió de hombros. Eso era tan razonable que sólo el enamorado más herido pondría alguna objeción, y él nunca había pretendido serlo. Al fin y al cabo, los dos tenían más de cien años.

—Lo sé —dijo, y le dedicó una sonrisa nerviosa y triste—. Sólo siento que haya llegado la hora.

—Ya lo sé. —Ella lo besó de nuevo.— Yo también lo siento. Pero volveremos a encontrarnos, y entonces veremos.

Sax asintió, bajando la mirada otra vez, comprendiendo bien las dificultades a las que se enfrentaba el actor. ¿Qué hacer?

Pero con un brusco adiós, ella se alejó. Sax expresó su adiós con una mirada por encima del hombro y un fugaz movimiento de la mano.

Paseo por el bulevar del Gran Acantilado, en dirección a Hunt Mesa. Ya estaba. Había sido mucho más fácil de lo que imaginaba. En verdad, bastante conveniente. Sin embargo, una parte de él aún estaba irritada. Miró su reflejo en los escaparates de las tiendas en los pisos bajos de Hunt. Un viejo seductor, ¿atractivo, significase lo que significase eso? Atractivo para algunas mujeres, a veces. Escogido por una y utilizado como compañero de cama durante unas cuantas semanas, y luego arrojado a un lado cuando era hora de marcharse. Presumiblemente eso le había sucedido a muchos en el correr de los años, más a menudo a las mujeres que a los hombres, sin duda, dadas las desigualdades impuestas por la cultura y la reproducción. Pero ahora, con la reproducción excluida y la cultura hecha pedazos… En realidad ella era una mujer espantosa. Pero él no tenía derecho a quejarse: había accedido sin condiciones y le había mentido desde el principio, no sólo sobre su identidad, sino también sobre sus sentimientos. Y ahora estaba libre de eso y de todo lo que implicaba. Y de todo lo que amenazaba.

Sintiendo una especie de euforia nitrosa, subió la escalera del gran atrio de Hunt hasta su planta, y recorrió el corredor hasta su pequeño apartamento.

Avanzado el invierno, durante dos semanas a partir del 2 de febrero, se celebró en Burroughs el congreso anual sobre el proyecto de terraformación. Era el décimo, y los organizadores lo habían denominado «M-38: Nuevos resultados y nuevas direcciones». Asistirían científicos de todo Marte, unos tres mil en total. Las reuniones tendrían lugar en el gran salón de congresos de la Montaña Mesa, y los científicos visitantes se repartirían por los hoteles de toda la ciudad.

Todo el equipo de Biotique Burroughs asistiría a las conferencias, y si alguno tenía experimentos en curso, se escaparía de cuando en cuando a Hunt Mesa para vigilarlos. Sax estaba muy interesado en todos los temas del congreso, y en su primer día bajó temprano al Parque del Canal, se hizo con un café y una pasta, y se encaminó al salón. Fue casi el primero en la cola ante la mesa de registro. Tomó el paquete con el programa informativo, se sujetó la tarjeta con el nombre a la americana y vagabundeó por los vestíbulos sorbiendo el café, leyendo el programa de la mañana y echando una ojeada a los pósters.

Por primera vez en muchos años, Sax se sintió en su elemento. Los congresos científicos eran todos iguales, en todos los tiempos y lugares, incluso en la forma de vestir de los asistentes: los hombres con aire de profesores, con conservadoras chaquetas de profesor ligeramente desaliñadas, de colores tostados, marrones y rojos oscuros; las mujeres, quizás el treinta por ciento de los asistentes, con vestidos inusualmente severos y grises. Muchos seguían llevando lentes, a pesar de que era raro el problema visual que no pudiera corregirse con cirugía. La mayoría llevaba los programas en la mano y todos tenían la tarjeta de identificación prendida de la solapa izquierda. Algunas salas estaban a oscuras porque las conferencias ya habían empezado, y en eso todo era también como de costumbre: el orador de pie ante unas pantallas de vídeo que mostraban gráficos y tablas y estructuras moleculares, hablando con afectación al ritmo de las imágenes, utilizando un puntero para indicar las partes importantes de los sobrecargados diagramas. Los auditorios, compuestos por los treinta o cuarenta colegas interesados en el tema tratado, se sentaban con sus amigos en las filas de sillas, escuchaban con atención y preparaban preguntas para el final de la presentación.

Para aquellos que amaban ese mundo, era un visión grata. Sax asomó la cabeza por muchas salas, pero ninguna de las conferencias le interesó lo suficiente como para decidirse a entrar. Pronto se encontró en un vestíbulo plagado de pósters, y siguió fisgando.

«Solubilización de hidrocarbonos aromáticos policíclicos en soluciones surfactantes monoméricas y micelares», «Subsidencia post-bombeo en la zona meridional de Vastitas Borealis», «Resistencia epitelial al tercer estadio del tratamiento gerontológico», «Incidencia de los acuíferos de fractura radial en los bordes de las cuencas de impacto», «Electroporación de bajo voltaje de plásmidos de vector largo», «Vientos katabáticos en Echus Chasma», «Genoma base para un nuevo género de cactos», «Remodelación de las tierras altas marcianas en las regiones de Tyrrhena y Amenthes», «Disposición de los estratos de nitrato de sodio de Nilosyrtis», «Método de evaluación de la exposición profesional a los clorofenatos mediante el análisis de ropa de trabajo contaminada».

Como de costumbre, los carteles eran un delicioso batiburrillo. Eran carteles más que conferencias por muchas razones —a menudo eran trabajos de los graduados de la universidad de Sabishii, o relacionados con temas periféricos del congreso—, pero allí podía encontrarse de todo, y siempre era interesante fisgonear. Y en ese congreso no se había hecho un esfuerzo serio por organizar los carteles por temas. Así, «Distribución del Rhisocarpon geographicum en los Charitum Montes orientales», donde se detallaba la fortuna corrida por un liquen crustáceo que podía vivir más de cuatro mil años, estaba frente a «Orígenes de la nieve granizada en las partículas salinas encontradas en cirros, altoestratos y altocúmulos en vórtices ciclónicos en Tharsis norte», un estudio meteorológico de cierta importancia.

A Sax le interesaba todo, pero los carteles que lo retenían más tiempo eran aquellos que se referían a aspectos de la terraformación que el había iniciado, o en los que había intervenido. Uno de ellos, «Estimaciones del calor acumulado liberado por los molinos de viento calefactores de la Colina Subterránea», lo detuvo en seco. Lo leyó entero dos veces, sintiendo un ligero desaliento mientras lo hacía.

La temperatura media de la superficie marciana antes de su llegada al planeta era de 220°K, y uno de los objetivos de la terraformación universalmente aceptados era elevar la temperatura media un poco por encima del punto de congelación del agua, que era de 273°K. Elevar la temperatura media en superficie de todo un planeta más de 53°K era un reto intimidante, que requeriría la aplicación de no menos de 3,5 x 106 julios a cada centímetro cuadrado de la superficie marciana, según los cálculos de Sax. En su propio modelo, Sax siempre había tenido por objetivo alcanzar una media de 274°K, calculando que con esa media el planeta mantendría el suficiente calor durante la mayor parte del año para crear una hidrosfera activa, y por tanto, una biosfera. Muchos abogaban por un calentamiento superior, pero Sax no lo creía necesario.

En cualquier caso, los métodos para añadir calor al sistema eran juzgados por el grado de crecimiento de la temperatura media global; y el cartel que estudiaba el efecto de los pequeños molinos calefactores de Sax estimaba que en el plazo de siete décadas no habían añadido más de 0,05°K. Y él no pudo encontrar ningún error en ninguno de los supuestos y cálculos del modelo descrito en el cartel. En realidad el calentamiento no había sido la única razón por la que había distribuido los molinos de viento; con ellos pretendía también dar calor y refugio a uno de los primeros criptoendolíticos elaborados genéticamente que quería probar en la superficie. Pero todos aquellos organismos habían muerto inmediatamente después de quedar al descubierto, o muy poco después. Así que no se podía decir que aquélla hubiese sido una de sus mejores ideas.

Continuó la ronda. «Aplicación de procedimientos de nivelación químicos en el modelado hidroquímico: Cuenca de Dao Vallis, Hellas», «Aumento de la tolerancia al CO2 en las abejas», «Recuperación epilimnética de los radionucleidos de la ruptura de Compton en los lagos glaciares de Marineris», «Eliminación de la arena de los raíles de las pistas de reacción», «Calentamiento global como resultado de la liberación de halocarbonos».

Este último hizo que se detuviera de nuevo. El cartel era el trabajo del químico atmosférico S. Simmon y algunos de sus discípulos, y al leerlo se sintió mucho mejor. Cuando Sax había sido nombrado director del proyecto de terraformación en 2042, había iniciado de inmediato la construcción de fábricas para producir y liberar en la atmósfera una mezcla de gases de invernadero, compuesta principalmente de tetrafluoruro de carbono, hexafluoretano y hexafluoruro de azufre, además de metano y óxido nitroso. El póster se refería a esta mezcla como el «Cóctel Russell», que era como la llamaba el equipo del Mirador de Echus en los viejos tiempos. Los halocarbonos del cóctel eran poderosos gases de invernadero, y lo mejor de todo era que absorbían la radiación planetaria que escapaba de una longitud de onda de entre 8 y 12 micras, la llamada «ventana» donde ni el vapor de agua ni el CO2 tenían mucha capacidad de absorción. Cuando estaba abierta, esa ventana permitía que escapasen al espacio cantidades extraordinarias de calor, y Sax se había decidido desde el principio a intentar cerrarla liberando el cóctel hasta que su presencia en la atmósfera llegara a diez o veinte partes por millón, siguiendo el modelo clásico del tema planteado por McKay et al. Así, a partir de 2042 se había hecho un esfuerzo importante para construir esas fábricas automatizadas, repartidas por todo el planeta, para procesar los gases a partir de las fuentes locales de carbono, azufre y flúor, y luego liberarlos. Cada año las cantidades bombeadas habían ido en aumento, incluso después de que se hubiese alcanzado el nivel de veinte partes por millón, porque querían mantener esa proporción en la atmósfera en proceso de espesamiento, y también porque tenían que compensar la continua destrucción de los halocarbonos por la radiación ultravioleta en las capas altas de la atmósfera.

Como las tablas del cartel de Simmon dejaban bien claro, las fábricas habían continuado funcionando durante los sucesos de 2061 y en las décadas posteriores, y habían mantenido los niveles en unas veintiséis partes por millón. La exposición concluía que esos gases habían calentado la superficie unos 12°K.

Sax pasó a otro cartel con una pequeña sonrisa en los labios. ¡Doce grados! ¡Eso sí era significativo! Más de un veinte por ciento del calentamiento que necesitaban, y todo por el temprano y continuo despliegue de un bien diseñado cóctel de gases. Era elegante, vaya si lo era. Había algo tan consolador en la simple física…

Ya eran las diez de la mañana, y a esa hora empezaba una conferencia fundamental a cargo de H. X. Borazjani, uno de los mejores químicos atmosféricos de Marte, precisamente sobre el tema del calentamiento global. Al parecer Borazjani iba a presentar sus cálculos de las contribuciones de todos los intentos de calentamiento desde 2100, el año anterior a la introducción de la soletta. Después de estimar las contribuciones individuales, juzgaría si se estaba produciendo algún tipo de efecto sinérgico. Era, por tanto, una de las conferencias cruciales del congreso, ya que iban a mencionarse y evaluarse los trabajos de muchas personas.

Tuvo lugar en una de las salas de reuniones más grandes, que estaba atestada, un par de miles de personas por lo menos. Sax se deslizó dentro justo cuando empezaba, y se quedó de pie detrás de la última hilera de sillas.

Borazjani era un hombre menudo de piel oscura y cabello cano. Estaba de pie con un puntero en la mano delante de una gran pantalla, que mostraba unas imágenes de vídeo de los diferentes métodos de calentamiento que se habían probado: polvo negro y líquenes sobre los polos, espejos orbitales que habían navegado desde la Luna, agujeros de transición, fábricas de gases de invernadero, asteroides de hielo consumidos en la atmósfera, bacterias desnitrificantes y la biota restante. Sax había puesto en marcha todos esos procesos entre los años 2040 y 2050, y miró la pantalla con más atención que el resto de la concurrencia. La única estrategia de calentamiento que él había evitado era la liberación masiva de CO2. Quienes estaban a favor de esa estrategia querían iniciar un efecto de invernadero incontrolado y crear una atmósfera carbónica de dos bares, argumentando que eso calentaría el planeta enormemente y detendría la radiación ultravioleta, estimulando el crecimiento de una vegetación exuberante. Todo era cierto, sin duda; pero para los humanos y los otros animales la atmósfera sería venenosa, y aunque los partidarios del plan hablaban de una segunda fase que barrería el CO2 y lo reemplazaría por un aire respirable, los métodos que proponían eran vagos, igual que las escalas temporales, que variaban entre 100 y 20.000 años. Y el cielo tendría un blanco lechoso.

Sax no creía que ésa fuera una solución elegante al problema. Prefería su modelo de fase única, que perseguía directamente el objetivo global. Siempre andarían un poco escasos de calor, pero Sax pensaba que valía la pena. Y había hecho lo posible por encontrar sustitutos del calor que el CO2 habría añadido, como por ejemplo los agujeros de transición. Desgraciadamente las estimaciones de Borazjani sobre el calor liberado por los agujeros eran bastante bajas: todos juntos habían añadido quizá 5°K a la temperatura media. Bien, no había vuelta de hoja, pensó Sax mientras tecleaba notas en el atril: la única fuente de calor buena era el sol. De ahí la agresiva introducción de los espejos orbitales, que habían ido creciendo como veleros solares salidos de la Luna, donde un eficiente proceso los había fabricado a partir del aluminio lunar. Esas flotas, dijo Borazjani, habían crecido lo suficiente como para añadir unos 5°K a la temperatura media.

La reducción del albedo, un objetivo que nunca había sido perseguido con demasiado entusiasmo, había añadido otros dos grados. Los aproximadamente doscientos reactores nucleares repartidos por el planeta habían sumado un grado y medio.

Entonces Borazjani llegó al cóctel de gases de invernadero.

Pero en vez de usar los 12°K del cartel de Simmon, él estimó en 14°K el calentamiento, y citó un artículo de J. Watkins de hacía veinte años para apoyar su afirmación. Sax había visto a Berkina sentado en la última fila, cerca de él; se acercó furtivamente, se inclinó y le dijo al oído.

—¿Por qué no utiliza el trabajo de Simmon? Berkina sonrió y susurró:

—Hace algunos años Simmon publicó un artículo en el que copiaba un complejo esquema sobre la interacción rayos ultravioleta-halocarbonos de Borazjani. Simmon lo modificó un poco, y esa primera vez se lo atribuyó a Borazjani, pero después siempre que lo ha usado sólo ha citado su propio artículo. Eso puso furioso a Borazjani; de todas formas piensa que los artículos de Simmon sobre ese tema se derivan de Watkins. Por eso siempre que habla de calentamiento se remite al trabajo de Watkins e ignora los trabajos de Simmon.

—Ah —dijo Sax.

Se irguió, sonriendo por la sutil pero reveladora pequeña venganza de Borazjani. Simmon, al otro lado de la sala, fruncía el ceño.

Pero Borazjani hablaba ahora del efecto del vapor de agua y el CO2 que habían sido liberados en la atmósfera, y estimaba que habían añadido en conjunto otros 10°K de calor.

—Quizás esto podría considerarse como un efecto sinérgico —dijo—, puesto que la desorbción del CO2 es resultado sobre todo de otras estrategias de calentamiento. Pero aparte de eso, no creo que la sinergia haya tenido una repercusión importante. La suma del calor generado por los distintos métodos se corresponde con bastante precisión con las temperaturas de los informes meteorológicos por todo el planeta.

La pantalla de vídeo mostró la tabla final, y Sax hizo una copia simplificada de ella en el atril:

De Borazjani, 14 de febrero 2, 2102:

Halocarbonos: 14

H20 y CO2: 10

Agujeros de transición: 5

Espejos pre-soletta: 5

Reducción del albedo: 2

Reactores nucleares: 1,5

Borazjani ni siquiera había incluido los molinos de viento calefactores, pero Sax los añadió en sus notas. Todo junto sumaba 37,55°K, un paso respetable, pensó Sax, hacía el objetivo de los 53° positivos. Sólo llevaban sesenta años en ello, y ya ahora, en muchos días de verano se alcanzaban temperaturas por encima del punto de congelación, permitiendo que la vida vegetal ártica y alpina floreciese, como él había podido comprobar en el Glaciar Arena. Y todo esto antes de la introducción de la soletta, que incrementaba la insolación en un veinte por ciento.

El período de preguntas había empezado, y alguien preguntó a Borazjani si creía que la soletta era necesaria, en vista de los progresos hechos con los otros métodos.

Borazjani se encogió de hombros como lo habría hecho Sax.

—¿Qué significa necesario? —replicó—. Depende de cuánto calor quiera uno. De acuerdo con el modelo estándar iniciado por Russell en el Mirador de Echus, es importante mantener el nivel de CO2 tan bajo como sea posible. Si lo hacemos así, tendremos que aplicar otros métodos para compensar la pérdida del calor que el CO2 habría aportado. La soletta podría considerarse como una manera de compensar la reducción gradual del CO2 a niveles respirables.

Sax asintió a pesar suyo.

—¿No cree usted que el modelo estándar es inadecuado, en vista de la cantidad de nitrógeno que tenemos? —preguntó otro.

—No si todo ese nitrógeno acaba en la atmósfera.

Pero eso era muy poco probable, como el mismo interrogador se apresuró a señalar. Una buena parte del total permanecería en el suelo, y en verdad era allí donde las plantas lo necesitaban. Así que andaban escasos de nitrógeno, como Sax siempre había sabido. Y si mantenían el CO2 atmosférico en los niveles más bajos posibles, eso dejaba el porcentaje de oxígeno en un nivel peligrosamente alto, debido a su inflamabilidad. Otra persona se levantó para afirmar que era posible que la falta de nitrógeno pudiera compensarse liberando otros gases inertes, como el argón. Sax apretó los labios; él había estado introduciendo argón en la atmósfera desde 2042, pues había previsto el problema y había cantidades importantes de argón en el regolito. Pero no era fácil de liberar, como sus ingenieros habían descubierto, y como otros estaban señalando ahora. No, el equilibrio de gases en la atmósfera se estaba convirtiendo en un arduo problema.

Una mujer apuntó que un consorcio de transnac coordinado por Armscor estaba construyendo una flota de transbordadores continuos para recolectar nitrógeno en la atmósfera de nitrógeno puro de Titán, licuarlo y transportarlo a Marte, y luego bombearlo a la atmósfera superior. Sax bizqueó un poco e hizo algunos cálculos rápidos en su atril. Sus cejas salieron disparadas hacia arriba cuando vio el resultado. Los transbordadores tendrían que hacer muchos viajes para conseguir algo significativo, o bien tendrían que ser enormes. Era muy curioso que alguien hubiera pensado que valía la pena la inversión.

Ahora volvían a hablar de la soletta. Era cierto que tenía la capacidad de compensar los 5 u 8°K que se perderían si eliminaban el CO2 del aire, y era muy probable que añadiese aún más calor. En teoría, Sax calculó que añadiría unos 22°K. La eliminación en sí no sería fácil, señaló alguien.

Un hombre cerca de Sax, de un laboratorio de Subarashii, se levantó para anunciar que más adelante habría una conferencia sobre la soletta y las lupas aéreas en la que se aclararían algunos de esos puntos, y antes de sentarse añadió que las graves deficiencias del modelo de fase única hacían la creación de un modelo de dos fases casi perentoria.

La gente puso los ojos en blanco al oír esto, y Borazjani señaló que la próxima conferencia tenía que empezar ya. Nadie había hecho comentarios sobre su hábil modelo, que había determinado con tanta precisión la contribución de los distintos métodos de calentamiento. Pero en cierto modo era una señal de respeto, pues tampoco nadie había puesto en duda el modelo, y la preeminencia de Borazjani en esa disciplina se daba por supuesta. La concurrencia se puso de pie, y algunos se acercaron para hablar con Borazjani. Mil conversaciones distintas se iniciaron mientras la gente se derramaba por los vestíbulos.

Sax comió con Berkina en un café al pie de Branch Mesa. Alrededor de ellos científicos de todo Marte comían y comentaban los sucesos de la mañana. «Creemos que son partes por millón.» «No, los sulfatos se comportan de un modo conservador.» Los ocupantes de la mesa contigua parecían seguros de que se abandonaría el modelo de fase única en favor del de doble fase. Una mujer dijo algo sobre elevar la temperatura media hasta los 295°K, siete grados por encima de la media terrana.

A Sax le desconcertaban esas prisas, esas ansias de calor. Él no veía la necesidad de sentirse descontento con los progresos hechos hasta el momento. El objetivo último del proyecto no era sólo el calor, sino una superficie viable. Y los resultados hasta el momento no daban motivo para la queja: la atmósfera actual tenía una media de 160 milibares según los datos, y estaba compuesta casi en la misma proporción por CO2, oxígeno, y nitrógeno, con cantidades significativas de argón y otros gases. Ésa no era la mezcla definitiva que Sax quería, pero era lo mejor que habían podido conseguir con los gases disponibles y representaba un paso sustancial en el camino hacia la mezcla final que Sax tenía en mente. Su receta personal, siguiendo la formulación de Fogg, era la siguiente:

300 milibares de nitrógeno

160 milibares de oxígeno

30 milibares de argón, helio, etc.

10 milibares de C02

Presión total: 500 milibares

Todas esas cantidades habían sido fijadas según necesidades y límites físicos de distintos tipos. La presión total tenía que ser lo suficientemente alta para transportar el oxígeno en la sangre, y 500 milibares era lo que existía en la Tierra a una altura de 4.000 metros, cerca del límite superior para la vida humana permanente. Puesto que ése era el límite superior, sería mejor que esa atmósfera tan tenue tuviese más oxígeno que la terrana, pero no mucho más o sería difícil controlar los incendios. Por otra parte, el CO2 tenía que mantenerse por debajo de los 10 milibares, o sería venenoso. En cuanto al nitrógeno, cuanto más mejor; en verdad 780 milibares sería lo ideal, pero las existencias totales de nitrógeno en Marte se estimaban ahora en menos de 400 milibares, así que 300 serían todo lo que razonablemente se podía esperar, quizás un poco más. La escasez de nitrógeno era uno de los problemas más graves con los que se enfrentaba el proyecto de terraformación; necesitaban más del que tenían, tanto en el aire como en el suelo.

Sax no levantó la vista del plato y comió en silencio, concentrado en estos factores. Las discusiones de la mañana le habían hecho preguntarse si había tomado las decisiones adecuadas en 2042, si las existencias de gases justificaban su intento de conseguir directamente una superficie viable para los humanos en un sólo estadio. Ahora no se podía hacer gran cosa al respecto, y considerándolo todo él aún pensaba que eran decisiones acertadas. Shikata ga nai, en verdad, si es que querían caminar libremente por la superficie de Marte en el curso de sus vidas. Aun si sus vidas iban a ser considerablemente prolongadas.

Sin embargo, había quienes parecían más preocupados por las temperaturas altas que por la respirabilidad. Al parecer confiaban en que podían hinchar el nivel de CO2, calentar las cosas enormemente y luego reducir el CO2 sin problemas. Sax dudaba de que fuera posible, y una operación en dos fases sería complicada, tanto que Sax se preguntó si no se quedarían atascados en las escalas temporales de 20.000 años predichas en los primeros modelos de doble fase. Parpadeó, perplejo. No veía la necesidad. ¿Es que la gente quería arriesgarse de verdad con un problema tan a largo plazo? ¿Estaban tan impresionados por las nuevas tecnologías titánicas de las que disponían en esos tiempos como para creer que todo era posible?

—¿Qué tal estaba el pastrami? —le preguntó Berkina.

—¿El qué?

—El pastrami. Eso es lo que acabas de comerte, Stephen.

—¡Ah! Bien, bien. Supongo que estaba bueno.

Las sesiones de la tarde solían dedicarse a los problemas causados por la campaña de calentamiento global. A medida que las temperaturas en superficie subían y la biota subterránea penetraba cada vez más profundamente en el regolito, el permafrost iba derritiéndose, como estaba previsto. Pero eso estaba resultando desastroso en ciertas regiones ricas en permafrost. Una de ellas era, desgraciadamente, la misma Isidis Plañida. Una ponencia con una nutrida asistencia, presentada por una areóloga del laboratorio de Praxis en Burroughs, describió la situación: Isidis era una de las viejas cuencas de impacto, del tamaño aproximado de Argyre, cuyo lado norte estaba arrasado por completo y cuyo borde meridional formaba parte del Gran Acantilado. El hielo subyacente había ido resbalando del Gran Acantilado y se había ido acumulando en la cuenca durante millones de años. Ahora el hielo cercano a la superficie se derretía y volvía a helarse en invierno. Ese ciclo estaba generando dimensiones sin precedente, y karsts y pingos eran enormes agujeros y montículos cien veces mayores que sus análogos terranos. Esos gigantescos agujeros y montes nuevos ampollaban el paisaje por toda Isidis, y después de la ponencia y de unas diapositivas que ponían los pelos de punta, la areóloga guió a un grupo de científicos interesados al extremo sur de Burroughs, más allá de Moeris Lacus Mesa, hasta el muro de la tienda. El barrio parecía haber sido devastado por un terremoto: el suelo se había levantado y había dejado al descubierto una mole de hielo que sobresalía como una redonda colina calva.

—Éste es un magnífico espécimen de pingo —dijo la areóloga con aire de propietaria—. Las masas de hielo son relativamente puras en comparación con la matriz de permafrost, y actúan de la misma manera que las rocas: cuando el permafrost vuelve a congelarse por la noche o en el invierno, se dilata, y cualquier cosa atrapada en ese espacio es empujada hacia arriba, hacia la superficie. Hay numerosos pingos en la tundra terrana, pero ninguno tan grande como éste. —Encabezó la marcha sobre el hormigón destrozado de lo que había sido una calle llana, se asomaron por el borde de un cráter terroso y vieron un montículo de hielo blanco sucio.— Lo hemos reventado como sí fuese un forúnculo, y estamos derritiéndolo y canalizando el agua hacia los canales.

—Si uno de éstos aflorase en el campo sería como un oasis —le comentó Sax a Jessica—. Se derretiría en el verano e hidrataría la tierra circundante. Deberíamos desarrollar una comunidad de semillas, esporas y rizomas que sean capaces de diseminarse en lugares como éste.

—Cierto —dijo Jessica—. Aunque, para ser realista, buena parte del paisaje de permafrost acabará bajo el mar de Vastitas.

—Humm.

Lo cierto era que Sax había olvidado por un momento las perforaciones y explotaciones mineras en Vastitas. Cuando regresaron al salón de conferencias, buscó una ponencia que tratase algún aspecto de ese trabajo. Había una a las cuatro: «Avances recientes en los procedimientos de bombeo del permafrost de la lente de hielo del Polo Norte».

Observó el vídeo del orador con aire impasible. La capa de hielo que se extendía bajo el casquete polar norte era como la parte sumergida de un iceberg, y contenía diez veces más agua que el casquete visible. El permafrost de Vastitas contenía aún más. Pero sacar esa agua a la superficie… Era como recuperar el nitrógeno de la atmósfera de Titán, un proyecto tan imponente que Sax ni siquiera lo había considerado en los primeros años: entonces sencillamente no era posible. Todos esos grandes proyectos —la soletta, el nitrógeno de Titán, el bombeo del océano septentrional, la frecuente llegada de asteroides de hielo— actuaban a una escala a la que Sax se ajustaba con dificultad. Las transnac pensaban a lo grande esos días. Claro que eran las nuevas posibilidades en el diseño, la ciencia de los materiales y la emergencia de fábricas autorreplicantes las que hacían técnicamente factibles esos proyectos. Pero la inversión financiera inicial seguía siendo ingente.

En cuanto a las posibilidades técnicas, Sax descubrió que se estaba haciendo a la idea con sorprendente rapidez. Eran una extensión de lo que habían hecho en el pasado: si uno resolvía los problemas iniciales de material, diseño y control homeostático, los poderes crecían considerablemente. Podía decirse que ya no estiraban más el brazo que la manga, lo cual, en vista de la dirección que el brazo tomaba a veces, resultaba aterrador.

En cualquier caso, unas cincuenta plataformas de perforación estaban enclavadas en los sesenta septentrionales, abriendo pozos e insertando en el fondo ingenios que derretían el permafrost, y que iban desde galerías de canalización calientes a explosivos nucleares. El agua derretida era bombeada hacia la superficie y distribuida sobre las dunas de Vastitas Borealis, donde volvía a congelarse. Con el tiempo, esa capa de hielo se derretiría, en parte por su propio peso, y tendrían un océano en forma de anillo alrededor de los sesenta y setenta, sin duda un buen sumidero termal, como todos los océanos, aunque mientras se mantuviese como un mar de hielo, el aumento del albedo haría que se convirtiese en un punto de importante pérdida de calor en el sistema global. Un nuevo ejemplo de cómo las distintas operaciones se oponían unas a otras. Como la misma ubicación de Burrough con respecto al nuevo mar, la ciudad quedaba por debajo del nivel del mar previsto. Se hablaba de un dique, o de un mar pequeño, pero nadie lo sabía con certeza. Todo era tan interesante…

Por eso Sax asistía a las conferencias a diario, viviendo en silenciosas salas y vestíbulos del centro de convenciones, charlando con colegas, con los autores de los carteles y con sus vecinos de concurrencia. Más de una vez tuvo que fingir que no conocía a viejos asociados, y eso lo puso tan nervioso como para evitarlos siempre que podía. Pero nadie parecía reconocerlo, y el podía concentrarse en la ciencia. Y lo hacía con placer. La gente hablaba, hacía preguntas, debatía detalles, discutía implicaciones, todo bajo el uniforme resplandor fluorescente de las salas de conferencias, en medio del zumbido de los ventiladores y las maquinas de vídeo, como si estuviesen en un mundo fuera del tiempo y el espacio, en el espacio imaginario de la ciencia pura, seguramente uno de los mayores logros del espíritu humano, una especie de comunidad utópica, cómoda, brillante y protegida. Para Sax un congreso científico era la utopía.

Las sesiones de ese congreso, sin embargo, tenían un nuevo tono, una crispación que le era desconocida y le desagradaba profundamente. Las preguntas después de las presentaciones eran más agresivas y las respuestas defensivas. La pureza de la disertación científica de la que tanto disfrutaba Sax (y que para ser sinceros, nunca había sido demasiado pura) se diluía cada vez más en discusiones, en obvias luchas de poder, motivadas por algo más que el egotismo corriente. No era como el préstamo poco escrupuloso que Simmon había tomado de Borazjani, ni la respuesta exquisita de éste. Se trataba más bien de un ataque directo. Como lo que ocurrió hacía el final de una conferencia sobre los agujeros de transición profundos y la posibilidad de alcanzar el manto, cuando un terrano bajito y calvo se levantó y dijo:

—No creo que el modelo básico de la litosfera sea válido aquí —y luego abandonó la sala.

Sax presenció esto con incredulidad.

—¿Qué le pasa? —le susurró a Claire. Ella meneó la cabeza.

—Trabaja para Subarashii en la lupa aérea, y a ellos no les gusta nada que suponga una competencia para su programa de fusión del regolito.

—¡Por Dios!

La sesión de preguntas y respuestas continuó a trompicones, sacudida por esa demostración de grosería, pero Sax se deslizó fuera de la sala y miró con curiosidad al científico de Subarashii, que se alejaba corredor abajo. ¿En qué estaría pensando?

Pero aquel hereje no fue el único en actuar de forma extraña. Todo el mundo andaba estresado, todos tenían los nervios a flor de piel. Las apuestas eran altas; como el pingo bajo Moeris Lacus mostraba en pequeña escala, los procedimientos que se estaban estudiando y defendiendo en ese congreso iban a tener efectos secundarios negativos, que costarían dinero, tiempo, vidas. Y había también motivaciones financieras.

Y ahora que estaban entrando en la recta final del congreso, la programación evitaba las cuestiones específicas en favor de temas más generales y talleres, incluyendo la presentación de algunos de los nuevos proyectos hercúleos en la sala central, que la gente llamaba «proyectos monstruo». Éstos iban a tener un impacto tan grande que afectarían a prácticamente todos los demás proyectos.

Por eso cuando los discutían en realidad discutían de táctica, hablaban más de lo que se haría a continuación que de lo ya ocurrido. Eso siempre había alterado un poco los ánimos, pero nunca tanto como ahora: la gente repetía la información de las ponencias anteriores para abogar por sus propias causas, fuesen cuales fuesen. Estaban entrando en esa desafortunada zona donde la ciencia empezaba a ser arrastrada por la política, donde los artículos se convertían en propuestas de subvención. Y era desalentador ver cómo las zonas de sombra invadían el hasta entonces neutral terreno del congreso.

Parte de esto se debía sin duda a la naturaleza de ciencia a lo grande de los proyectos monstruo, pensó Sax durante el solitario almuerzo. Esos proyectos eran tan caros y complicados que los contratos habían sido repartidos entre varias transnacionales, una estrategia que los hacía factibles, un movimiento estratégico evidente, pero por desgracia significaba que los diferentes ángulos de abordaje del problema de la terraformación tenían ahora partidos interesados que los defendían como los «mejores» métodos, tergiversando los datos para defenderlos.

Por ejemplo, Praxis y Suiza iban a la cabeza del extenso esfuerzo de bioingeniería, y por eso sus teóricos defendían lo que ellos llamaban el modelo de ecopoyesis: que ya no era necesario el aporte externo de más elementos volátiles o calor, y que los procesos biológicos por sí solos, apoyados por una ingeniería ecológica mínima, serían suficientes para terraformar el planeta hasta los niveles previstos en el modelo de Russell. Sax pensaba que seguramente tenían razón en su juicio, a causa de la soletta, aunque consideraba sus escalas temporales demasiado optimistas. Y él trabajaba para Biotique, por lo que tal vez su juicio no era imparcial.

Pero los científicos de Armscor afirmaban con inflexibilidad que los bajos niveles de nitrógeno entorpecerían cualquier esperanza ecopoyética. Insistían en la necesidad de una intervención industrial continuada; y por supuesto era Armscor quien estaba construyendo los transbordadores para transferir el nitrógeno de Titán. La gente de Consolidados, a cargo de las perforaciones en Vastitas, hacían hincapié en la importancia vital de una hidrosfera activa. Y los de Subarashii, encargados de los nuevos espejos, encomiaban el gran poder de la soletta y la lupa aérea para proporcionar calor y gases al sistema, permitiendo que todo lo demás se acelerase. Siempre eran demasiado obvios los motivos que llevaban a probar un programa en detrimento de otro: uno podía leer en las tarjetas el nombre de la persona y el de la institución para la que trabajaba y predecir qué atacaría o qué defendería. Ver cómo la ciencia se vendía de una manera tan descarada le causaba un hondo dolor a Sax, y le parecía qué todos los presentes sentían lo mismo, incluso los implicados, lo que incrementaba la irritabilidad. Todos sabían lo que estaba ocurriendo, y a nadie le gustaba, pero nadie lo admitiría.

En ningún lugar resultó esto más evidente que en la mesa redonda de expertos en el tema del CO2 de la última mañana del congreso. La pretendida charla se convirtió en seguida en una defensa vehemente de la soletta y la lupa aérea por parte de dos científicos de Subarashii. Sax estaba sentado al fondo de la sala y escuchó la entusiasta descripción de los grandes espejos con creciente tensión y tristeza. Lo cierto era que le gustaba la soletta, que no era más que la extensión lógica de los espejos que él había estado poniendo en órbita desde el principio. Pero la lupa aérea volando a baja altura era un instrumento extremadamente poderoso, y si se la utilizaba con toda su potencia volatilizaría cientos de milibares de gases que se incorporarían a la atmósfera, sobre todo CO2, y que en cualquier curso de acción sensato debería permanecer anclado al regolito. Había algunas preguntas incómodas a propósito de los efectos de esta lupa aérea que deberían ser contestadas, y era preciso censurar al equipo de Subarashii por empezar a fundir el regolito sin consultar a nadie, sólo con la aprobación maquinal del comité de la UNTA. Pero Sax no quería llamar la atención, y tuvo que limitarse a quedarse sentado junto a Berkina y Claire con el atril desconectado, revolviéndose en el asiento y esperando que alguien hiciese las preguntas incómodas por él.

Y como eran preguntas obvias además de incómodas, las hicieron: un científico de Mitsubishi, transnac en lucha casi ancestral con Subarashii, se levantó e inquirió con educación sobre el abrumador efecto de invernadero que resultaría de la liberación masiva de CO2. Sax sacudió vigorosamente la cabeza. Pero los científicos de Subarashii replicaron que eso era precisamente lo que ellos estaban esperando, que no sería demasiado calor, y que una eventual presión atmosférica de setecientos u ochocientos milibares era preferible a una de quinientos.

—¡Pero no si es de CO2! —le murmuró Sax a Claire, que asintió.

H. X. Borazjani se levantó para decir eso mismo. Y no fue el único: muchos de los presentes en la sala aún utilizaban el modelo original de Sax como base de acción, e insistieron en las dificultades de eliminar un gran exceso de CO2 del aire. Pero también había numerosos científicos, de Armscor, Consolidados y Subarashii, que afirmaban que no era tan difícil eliminarlo, o bien que una atmósfera cargada de CO2 no sería tan mala. Un ecosistema sobre todo vegetal, con insectos que toleraban el dióxido de carbono y quizás con algunos animales elaborados genéticamente, florecería en ese aire denso y cálido, y la gente podría ir en mangas de camisa y con una simple mascarilla.

Esto le dio dentera a Sax, y no fue el único, así que pudo permanecer en la silla mientras otros saltaban para poner en duda ese cambio fundamental en el objetivo de la terraformación. La discusión pronto fue acalorada, incluso rencorosa.

—¡No buscamos un planeta jungla aquí!

—¡Ustedes trabajan con la presunción de que se puede manipular genéticamente a los humanos para que toleren niveles más altos de CO2, pero eso es ridículo!

Pronto se hizo evidente que no llegarían a ningún sitio. Nadie escuchaba, todos sostenía sus propias tesis, que respondían a los intereses de sus empleadores. Era indecoroso. Una aversión general por el tono del debate hizo que todos, salvo los participantes directos, se desconectaran: alrededor de Sax la gente doblaba programas, apagaba atriles, susurraba a los compañeros, y todo esto con gente de pie y exponiendo. Era de muy mala educación, pero todo el mundo estaba ya convencido de que allí lo político prevalecía sobre lo científico. A nadie le gustaba eso, y la gente empezó a abandonar la sala. La abrumada moderadora del debate, una japonesa demasiado cortés que parecía muy desgraciada, habló por encima de las voces acaloradas y sugirió que dieran por terminada la sesión. La gente salió en tropel a los vestíbulos y formó corrillos, y algunos incluso siguieron defendiendo sus posiciones rodeados sólo de amigos.

Sax siguió a Claire, Jessica y el resto del grupo de Biotique al otro lado del canal y a Hunt Mesa. Tomaron el ascensor hasta la llanura de la mesa y comieron en Antonio's.

—Van a inundarnos de CO2 —dijo Sax, incapaz de callar por más tiempo—. No creo que entiendan que eso sería un golpe terrible para el modelo estándar.

—Éste es un modelo distinto —dijo Jessica—. Un modelo industrial de dos fases.

—Que mantendrá a humanos y animales dentro de las tiendas más o menos indefinidamente —dijo Sax.

—Quizá eso no les importe a los ejecutivos de las transnac —señaló Jessica.

—Quizás hasta les gusta la idea —dijo Berkina. Sax hizo una mueca.

—Puede que sólo sea que ahora tienen la soletta y la lupa aérea y quieren usarlas —intervino Claire—. Como si jugasen con muñecos. Son como las lupas que usábamos para prender fuegos cuando teníamos diez años. Pero ésta es muy poderosa y ellos no quieren ni oír hablar de guardarla. Y encima llamarán a las zonas calcinadas canales, ya sabes…

—Pero es tan estúpido —dijo Sax con acritud, y cuando los demás lo miraron con sorpresa, trató de aligerar el tono—: Bueno, es que es un planteamiento tan idiota. Es romanticismo trasnochado. No serán canales para conectar un cuerpo de agua con otro, e incluso si intentaran usarlos para eso, las riberas serían escoria.

—Ellos afirman que serán cristal —dijo Claire—. Ahí está todo el encanto de la idea de los canales.

—Pero esto no es un juego —dijo Sax.

Le resultaba muy difícil mantener el sentido del humor de Stephen en ese tema. Lo irritaba y angustiaba profundamente. Habían empezado tan bien, sesenta años de avances sólidos. Y ahora otra gente venía golpeando a diestro y siniestro con ideas diferentes y juguetes diferentes, disputando y obstaculizando el trabajo de los demás, sacándose de la manga métodos cada vez más poderosos y caros, pero cada vez más faltos de coordinación. ¡Conseguirían arruinar su plan!

Las sesiones de clausura de la tarde fueron rutinarias y desde luego no restauraron su fe en el congreso como foro de ciencia desinteresada. Al caer la tarde, de vuelta en la habitación, miró las noticias medioambientales con más atención que nunca, buscando respuesta a las preguntas que ni siquiera había formulado. Los acantilados se desmoronaban. El ciclo de congelación-deshielo estaba arrancando rocas de todos los tamaños del permafrost, y las rocas presentaban formas poligonales típicas. Se estaban formando glaciares de roca en los barrancos y los saltos de agua: las rocas eran arrancadas por el hielo y luego se precipitaban por las gargantas en masas que se comportaban como los glaciares de hielo. Los pingos estaban ampollando las tierras bajas del norte, excepto donde las plataformas de perforación vomitaban los mares helados, inundando la tierra.

Era un cambio a escala masiva, que se hacía evidente por todas partes y se aceleraba año tras año a medida que los veranos se hacían más cálidos y la biota submarciana alcanzaba profundidades mayores. Mientras tanto, todo seguía helándose cada invierno, e incluso en verano escarchaba un poco por la noche. Un ciclo tan intenso desgarraría cualquier paisaje, y el marciano era particularmente sensible, puesto que se había mantenido en una estasis de frío árido durante millones de años. La pérdida de masa provocaba desprendimientos de tierra diarios, y las desgracias no eran raras. Los viajes por la superficie eran peligrosos. Los cañones y los cráteres recientes ya no eran lugares seguros para emplazar una ciudad, ni siquiera para resguardarse una noche.

Sax se puso de pie y se acercó a la ventana. Contempló las luces de la ciudad: estaba ocurriendo tal como había predicho Ann hacía mucho tiempo. No dudaba de que ella observaba los informes con disgusto, ella y los demás rojos. Para ellos cada derrumbe era una señal de que las cosas iban mal. En el pasado Sax los habría ignorado: la pérdida de masa exponía el suelo helado a sol, que lo calentaba y descubría potenciales depósitos de nitrato, y… Ahora, con la conferencia aún fresca en la memoria, ya no estaba tan seguro.

En el vídeo nadie parecía preocupado por lo que sucedía. Claro que los rojos no salían en los noticiarios. El colapso del relieve abría nuevas posibilidades, no sólo para la terraformación, que parecía considerarse un asunto exclusivo de las transnac, sino también para la minería. La noticia de una veta de oro que había quedado al descubierto hacía poco le produjo a Sax una sensación de desaliento. Era extraño que tanta gente pareciera sentirse fascinada por la prospección. Eso era Marte en el comienzo del siglo XXII; con la recuperación del ascensor habían vuelto a la vieja mentalidad de la fiebre del oro, como si fuese un destino manifiesto, allí en la frontera exterior, blandiendo grandes herramientas a diestro y siniestro: ingenieros cósmicos excavando y construyendo. Y la terraformación, que había sido su trabajo, el único objeto de su vida durante más de sesenta años, se estaba convirtiendo en algo distinto…

El insomnio empezó a atormentar a Sax. Nunca antes le había ocurrido, y lo desesperaba. Se despertaba, se daba la vuelta, las ruedas empezaban a girar en su cerebro, y todo se ponía a bullir. Cuando era evidente que no volvería a dormirse, se levantaba, encendía la pantalla de la IA y miraba programas de vídeo, incluso las noticias, que antes nunca veía. Le parecía advertir síntomas de alguna disfunción sociológica en la Tierra. Por ejemplo, no parecía que hubiesen intentado siquiera ajustar sus sociedades al impacto del crecimiento demográfico originado por el tratamiento gerontológico. Eso era elemental —control de natalidad, cuotas, esterilización…—, pero casi ninguna nación había hecho nada. En verdad, estaba naciendo una clase baja de no tratados, sobre todo en las naciones pobres densamente pobladas. Era difícil obtener estadísticas fiables ahora que la Organización de las Naciones Unidas agonizaba, pero un estudio de la Comisión Mundial aseguraba que el setenta por ciento de la población de las naciones desarrolladas había recibido el tratamiento, mientras que en las naciones pobres el porcentaje era del veinte por ciento. Si esa tendencia se mantenía mucho tiempo, pensó Sax, llevaría a una suerte de fisicalización de clase, una emergencia tardía o un desvelamiento retroactivo de la visión tenebrosa de Marx, sólo que mas extrema que en Marx, porque ahora las distinciones de clase se manifestarían como una diferencia fisiológica real causada por una distribución bimodal, algo casi semejante a la especiación…

Esta divergencia entre ricos y pobres era obviamente peligrosa, pero en la Tierra parecían aceptarlo como algo inevitable, natural. ¿Cómo era posible que no advirtieran el peligro?

Ya no entendía la Tierra, si es que alguna vez la había entendido. Se quedaba allí sentado, temblando, y apuraba sus noches de insomnio hasta la hez, demasiado cansado para leer o trabajar. Sintonizaba los canales de noticias terranos uno tras otro, intentando comprender lo que estaba ocurriendo allí abajo. Tendría que hacerlo si quería entender Marte; porque el comportamiento de las transnacionales en Marte venía determinado en última instancia por la Tierra. Necesitaba comprender. Pero las noticias eran irracionales e incomprensibles. En la Tierra, incluso más dramáticamente que en Marte, no había ningún plan.

Necesitaba una ciencia de la historia, pero por desgracia eso no existía. La historia es lamarckiana, solía decir Arkadi, una noción ominosamente sugestiva en vista de la pseudoespeciación originada por la desigual distribución del tratamiento gerontológico; pero en realidad no servía de ayuda. Psicología, sociología, antropología, todas eran sospechosas. El método científico no podía aplicarse a los seres humanos para obtener información útil. Era la antinomia hechos-valores planteada de una manera distinta: la realidad humana sólo podía explicarse en términos de valores, y éstos se mostraban muy resistentes al análisis científicicos. Aislamiento de factores para el estudio, hipótesis falsificables, experimentos repetibles… el entero aparato tal como se utilizaba en la física de laboratorio no se podía aplicar. Los valores movían la historia, que era completa, irrepetible y aleatoria. Podía ser admitida como lamarckiana, o como un sistema caótico, pero incluso eso eran suposiciones, porque ¿de qué factores estaban hablando, qué aspectos debían ser adquiridos por aprendizaje y luego permitidos, o circular de una manera no repetitiva pero según patrón?

Nadie podía decirlo.

Empezó a pensar otra vez en la disciplina de la historia natural que tanto lo había cautivado en el Glaciar Arena. Ésta utilizaba métodos científicos para estudiar la historia del mundo natural, en muchos aspectos esa historia era un problema de metodología tan complejo como la historia humana, siendo igualmente irrepetible y resistente a la experimentación. Y con la conciencia humana fuera de encuadre, la historia natural solía tener bastante éxito, incluso cuando se basaba sobre todo en la observación y en hipótesis que sólo podían comprobarse mediante la observación continuada. Se trataba de una ciencia real; allí, entre el desorden y la casualidad, había descubierto algunos principios generales de evolución válidos: desarrollo, adaptación, complejidad, y otros muchos principios específicos confirmados por diferentes subdisciplinas.

Lo que él necesitaba eran unos principios similares que influyeran en la historia humana. Las pocas lecturas sobre historiografía que había hecho no habían sido muy alentadoras: eran una triste imitación del método científico o bien arte puro y simple. Más o menos cada década una nueva explicación histórica revisaba todo lo anterior, pero era evidente que el revisionismo encerraba placeres que no tenían nada que ver con hacerle justicia al caso que se estuviera tratando. La sociobiología y la bioética eran más prometedoras, pero tendían a explicar las cosas mejor cuando trabajaban con escalas temporales evolutivas, y él quería algo que sirviera para los pasados y los siguientes cien años. O incluso para los pasados cincuenta y los siguientes cinco.

Noche tras noche se despertaba y no conseguía volver a conciliar el sueño. Se levantaba, se sentaba ante la pantalla y se devanaba los sesos con estas cuestiones, demasiado cansado para pensar con claridad. Y puesto que esas noches siguieron repitiéndose, se encontró volviendo a los acontecimientos de 2061. Había numerosas compilaciones en vídeo sobre los sucesos de ese año, y algunas de ellas no se mostraban tímidas a la hora de calificarlos: ¡La Tercera Guerra Mundial! era el título de la serie más larga, unas sesenta horas, mal editadas y desordenadas.

Sólo era necesario un rato para darse cuenta de que el título no era tan sensacionalista como parecía. Las guerras habían hecho estragos en la Tierra en ese año aciago, y los analistas reacios a llamarla Tercera Guerra Mundial juzgaban que no había durado lo suficiente para merecer ese calificativo. O que no se había producido el enfrentamiento de dos grandes alianzas globales, sino algo mucho más confuso y complejo: diferentes fuentes afirmaban que había sido norte contra sur, o jóvenes contra viejos, o la UN contra las naciones, o las naciones contra las transnacionales, o las transnacionales contra las banderas acomodaticias, o los ejércitos contra la policía, o la policía contra los ciudadanos. Parecía que habían sido todos los conflictos a la vez. Durante un período de seis u ocho meses el mundo se había hundido en el caos. En sus incursiones en la «ciencia política», Sax había tropezado con un gráfico de Herman Kahn, llamado «Escala de la escalada bélica», que intentaba clasificar los conflictos según su naturaleza y gravedad. En esa escala había cuarenta y cuatro etapas: desde la primera, «Crisis evidente», iba subiendo a través de categorías como «Gestos políticos y diplomáticos», «Declaraciones solemnes y formales» y «Movilizaciones significativas». Subía vertiginosamente: «Demostración de fuerza», «Medidas hostiles», «Enfrentamientos militares dramáticos», «Guerra convencional a gran escala», y luego se perdía en zonas inexploradas, como «Guerra nuclear declarada», «Ataques ejemplares contra la propiedad», «Ataque devastador contra la población civil». El final de la escala, la etapa cuarenta y cuatro, era «Espasmo o Guerra insensata». Era un intento en verdad interesante de taxonomía y secuencia lógica, y Sax pudo ver que las categorías se habían extrapolado de muchas guerras del pasado. Y por las definiciones de la tabla, 2061 había subido disparada hasta el número cuarenta y cuatro.

En ese torbellino, Marte no había sido más que una guerra espectacular entre cincuenta. Muy pocos programas generales sobre el sesenta y uno le dedicaban apenas unos minutos, y esos simples clips ya los había visto Sax entonces: los guardias congelados en Koroliov, las cúpulas destrozadas, la caída del ascensor, y luego la de Fobos. Los intentos de análisis de la situación marciana eran como mucho superficiales; Marte había sido un exótico espectáculo secundario, con algunas buenas tomas, pero nada que lo distinguiera del embrollo general. No. Luego de una de esas noches insomnes, al alba, al fin lo supo: si quería comprender lo ocurrido en 2061, tendría que reconstruirlo por sí mismo, a partir de las fuentes primarias de las videograbaciones, movimiento de multitudes enfurecidas, ciudades en llamas y las ocasionales conferencias de prensa con líderes desesperados y frustrados. Poner todos esos acontecimientos en orden cronológico no era tarea fácil, y se convirtió en su único interés durante semanas (al estilo de Echus): encajar los sucesos en una cronología era el primer paso para recomponer lo que había sucedido, lo cual había de preceder al intento de averiguar el porqué.

Con el paso de las semanas empezó a verle el sentido. Los rumores populares eran ciertos: la emergencia de las transnacionales en la década de 2040 había preparado la escena, y era la causa última de la guerra. En esa década, mientras Sax estaba dedicado en cuerpo y alma a terraformar Marte, un nuevo orden terrano había tomado forma a medida que miles de corporaciones multinacionales empezaban a fusionarse en docenas de transnacionales colosales. Algo semejante a la formación de los planetas, se le ocurrió una noche, cuando los planetesimales se convierten en planetas.

Sin embargo, no un orden del todo nuevo. Las multinacionales habían surgido principalmente en las naciones industrializadas ricas, y por tanto en ciertos aspectos las transnacionales eran la expresión de esas naciones, extensiones de su poder en el resto del mundo, de una manera que le recordó lo poco que sabía él de los sistemas imperialistas y coloniales que las habían precedido. Frank había dicho algo al respecto: el colonialismo no murió nunca, solía declarar, sólo cambia de nombre y contrata a la policía local. Todos somos colonias de las transnac.

Ése era el cinismo de Frank, decidió Sax (deseando poder tener a mano aquella mente ácida y dura para instruirlo), porque las colonias no eran todas iguales. Era cierto que las transnac eran tan poderosas que habían reducido a los gobiernos nacionales a poco más que criados sin dientes. Y ninguna transnac había mostrado una lealtad particular hacia ningún gobierno o hacia la UN. Pero eran hijos de Occidente, hijos que ya no cuidaban de sus padres aunque seguían manteniéndolos. Porque los archivos mostraban que las naciones industrializadas habían prosperado bajo las transnac, mientras que a las naciones en vías de desarrollo no les quedaba otro recurso que pelearse entre ellas para conseguir el estatus de bandera acomodaticia. Y por eso, cuando las transnac habían sido atacadas por las naciones pobres desesperadas, había sido el Grupo de los Siete y su poderío militar quien había salido en su defensa.

Pero ¿y la causa siguiente? Noche tras noche Sax examinó minuciosamente grabaciones sobre las décadas de 2040 y 2050, buscando alguna señal de orden. Al fin decidió que había sido el tratamiento de longevidad lo que había llevado las cosas al límite. Durante la década de 2050 el tratamiento se distribuyó por las naciones ricas, ilustrando la crasa desigualdad económica que imperaba en el mundo como una mancha de color en una muestra bajo el microscopio. Y mientras el tratamiento se esparcía, la tensión había ido creciendo, subiendo sin pausa los escalones de la escala de crisis de Kahn.

Curiosamente, la causa inmediata de la explosión del sesenta y uno parecía ser una disputa originada por el ascensor espacial marciano. El ascensor había sido desarrollado por Praxis, pero después de que entrase en servicio, en febrero de 2061 para ser exactos, había sido adquirido por Subarashii en una absorción claramente hostil. En aquellos momentos Subarashii era un conglomerado de las principales corporaciones japonesas que no se habían unido a Mitsubishi, y era un poder en ascensión, ambicioso y agresivo. Tras la adquisición del ascensor —una absorción aprobada por la UNOMA—, Subarashii había ampliado de inmediato las cuotas de inmigración, provocando una situación crítica en Marte. Al mismo tiempo, en la Tierra los competidores de Subarashii se habían opuesto a lo que a todos los efectos era una conquista económica de Marte, y aunque Praxis se había limitado a la acción legal de la inútil UN, una de las banderas acomodaticias de Subarashii, Malasia, había sido atacada por Singapur, una base de Shellalco. En abril de 2061 la mayor parte del sur asiático estaba en guerra. Muchas de esas guerras tenían su raíz en viejos conflictos, como el de Camboya y Vietnam, o el de Pakistán y la India, pero otros eran ataques directos a las banderas de Subarashii, como en Birmania y Bangladesh. Los acontecimientos en la región habían acelerado la escalada bélica a medida que viejos enemigos se unían a los conflictos de las nuevas transnac, y al llegar junio la guerra se había extendido a toda la Tierra y luego a Marte. En octubre el número de muertos alcanzaba los cincuenta millones, y otros cincuenta morirían a consecuencia de las secuelas, ya que muchos servicios básicos estaban interrumpidos o habían sido destruidos, y el vector de la malaria liberado durante la guerra seguía sin vacuna o cura efectiva.

Eso le parecía suficiente a Sax para calificar la situación de guerra mundial, a pesar de la brevedad. Había sido, concluyó, una mortífera combinación sinérgica de luchas entre transnac y levantamientos de un amplio abanico de desheredados contra el orden transnac. Pero el caos había persuadido a las transnac de la necesidad de resolver sus diferencias, o al menos de darles carpetazo, y todas las revueltas habían fracasado, sobre todo después de que los ejércitos del Grupo de los Siete interviniesen para rescatar a las transnacionales del desmembramiento de sus banderas acomodaticias. Todas las naciones militares-industriales gigantescas habían acabado del mismo lado, lo que había contribuido a hacer que la guerra fuera muy corta comparada con las dos anteriores. Corta pero terrible: en 2061 habían muerto tantas personas como en las dos primeras guerras juntas.

Marte había sido una campaña menor en esa Tercera Guerra Mundial, una campaña en la que ciertas transnac habían reaccionado desproporcionadamente contra una revuelta flamígera pero desorganizada. Cuando terminó, Marte estaba atrapado en el puño de hierro de las principales transnacionales, con la bendición del Grupo de los Siete y de los otros clientes de las transnac. Y la Tierra se levantó tambaleándose con cien millones menos de habitantes.

Aparte de eso, nada había cambiado. Ninguno de sus problemas se había discutido. Así que podía suceder otra vez. Era posible, incluso probable.

Sax seguía durmiendo muy mal. Y aunque de día continuaba con sus rutinas, veía las cosas de manera distinta después del congreso. Otra prueba, supuso con aire sombrío, de la noción de visión como construcción del paradigma. Sólo que ahora era demasiado evidente que las transnac estaban en todas partes. En lo referente a autoridad, apenas existía aparte de ellas. Burroughs era una ciudad transnac, y por lo que había dicho Phyllis, Sheffield también. Ya no existía ninguno de los equipos nacionales que habían proliferado en los años anteriores a la conferencia del tratado. Y con los Primeros Cien muertos o escondidos, la tradición de Marte como estación de investigación había desaparecido. La ciencia que existía estaba volcada en el proyecto de terraformación, y él ya había visto la clase de ciencia que podían esperar. No, la investigación se había reducido a ciencia aplicada.

Y, ahora que lo pensaba, tampoco había señales de vida de las viejas naciones-estado. Las noticias daban la impresión de que la gran mayoría estaba en bancarrota, incluso el Grupo de los Siete; y las transnac se habían hecho cargo de las deudas, si es que alguien lo hacía. Algunos informes hicieron pensar a Sax que en cierto sentido las transnac estaban contratando a naciones pequeñas como capital fijo, en un nuevo acuerdo negocio/gobierno que iba mucho más allá de los viejos contratos de bandera acomodaticia.

Un ejemplo ligeramente distinto de esta nueva relación era Marte, que a todos los efectos era posesión de las grandes transnac. Y ahora, con la restauración del ascensor, la exportación de metales y la importación de gente y bienes se había acelerado. Los mercados de valores terranos se estaban hinchando histéricamente para reflejar la acción, y la cosa no parecía decrecer a pesar de que Marte sólo podía proveer a la Tierra unas cantidades determinadas de ciertos metales. Por tanto, la subida del mercado de valores probablemente era una especie de fenómeno burbuja, y sí reventaba sería suficiente para que todo se viniera abajo otra vez. O quizá no; la economía era un campo misterioso, y en ciertos aspectos el mercado de valores era demasiado irreal para tener impacto fuera de sí mismo. ¿Pero quién podía saberlo hasta que no ocurriese? Sax, vagando por las calles de Burroughs, mirando las cifras del mercado de valores en las ventanas de las oficinas, desde luego no presumiría de poder hacerlo. Las personas no eran sistemas racionales.

Esa verdad profunda se reforzó cuando una noche Desmond apareció en su puerta. El famoso Coyote en persona, el polizón, el hermano pequeño del Gran Hombre, allí delante, menudo y ligero, vestido con un mono de obrero de la construcción de colores vivos, pinceladas diagonales de aguamarina y azul cobalto que atraían la mirada hacia las botas de marcha verde lima. Muchos obreros de la construcción de Burroughs (y había muchos) calzaban todo el tiempo las nuevas botas de marcha, ligeras y flexibles, como una especie de declaración estética, y todos vestían con colores chulones, pero muy pocos exhibían la sorprendente cualidad de los verdes fluorescentes de Desmond.

Desmond esbozó su sonrisa quebrada cuando Sax lo miró boquiabierto.

—Sí, ¿verdad que son bonitas? Y pasan inadvertidas.

En realidad, eso era lo de menos, porque Desmond llevaba las tiesas trenzas embutidas en una voluminosa boina roja, amarilla y verde, un tocado inusual en Marte.

—Vamos, salgamos a tomar una copa.

Desmond llevó a Sax a un pequeño bar junto al canal, excavado en el costado de un enorme pingo vaciado. Los obreros de la construcción se apiñaban en torno a unas largas mesas, y la mayoría tenían acento australiano. A la orilla del canal una pandilla particularmente ruidosa estaba arrojando pedazos de hielo hacia el canal, y de vez en cuando alcanzaban el césped de la otra orilla, lo que elevaba un clamor de vítores y originaba una ronda de óxido nitroso. Los paseantes de la otra orilla evitaban esa parte del canal, ¿eh?

Desmond pidió cuatro tequilas y un inhalador nitroso.

—Así que pronto vamos a tener agave creciendo en la superficie.

—Creo que ya pueden hacerlo ahora.

Se sentaron en el extremo de una mesa, codo con codo, Desmond hablando al oído de Sax mientras bebían. Tenía toda una lista de cosas y quería que Sax las robase de Biotique. Semillas, esporas, rizomas, ciertos medios de cultivo, ciertas sustancias químicas difíciles de sintetizar…

—Hiroko me ha dicho que necesita todas estas cosas, pero sobre todo las semillas.

—¿No las puede producir ella? No me gusta robar.

—La vida es un juego peligroso —dijo Desmond, celebrando esa idea con una gran bocanada de nitroso, seguida de un trago de tequila—.

¡Ahhhh! —suspiró.

—No es por el peligro —dijo Sax—. Es sólo que no me gusta hacerlo. Yo trabajo con esas personas.

Desmond se encogió de hombros y no contestó. Sax pensó que esos escrúpulos tenían que parecerle a Desmond, que había pasado la mayor parte del siglo XXI viviendo del robo, excesivamente melindrosos.

—Tú no le vas a quitar nada a esa gente —dijo Desmond al fin—. Se lo vas a quitar a la transnacional dueña de Biotique.

—Pero se trata de un consorcio suizo, y de Praxis —protestó Sax—. Y Praxis no parece tan mala. Es un sistema igualitario muy abierto; en realidad me recuerda a Hiroko.

—Con la salvedad de que ellos forman parte de un sistema global que ha puesto el control del mundo en manos de una pequeña oligarquía. No hay que olvidar el contexto.

—Oh, créeme, no lo hago —dijo Sax, recordando sus noches de insomnio—. Pero tú también tienes que hacer distinciones.

—Sí, sí. Y una distinción es que Hiroko necesita esos materiales y no puede fabricarlos porque se ve obligada a esconderse de la policía contratada por tu maravillosa transnacional.

Sax parpadeó, contrariado.

—Además, el robo de material es una de las pocas acciones de resistencia que podemos permitirnos en los tiempos que corren. Hiroko está de acuerdo con Maya en que el sabotaje evidente no es más que un anuncio de la existencia de la resistencia y una invitación a las represalias y al cierre del demimonde. Es mejor desaparecer durante un tiempo, dice ella, y hacerles pensar que nunca fuimos muchos.

—Es una buena idea —dijo Sax—. Pero me sorprende que hagas lo que dice Hiroko.

—Muy gracioso —dijo Desmond con una mueca—. La verdad es que yo también pienso que es una buena idea.

—¿De veras?

—No. Pero ella me convenció. Será lo mejor. De todas maneras, nos quedan muchos materiales por conseguir.

—¿No son los robos una manera de informar a la policía de que todavía estamos aquí?

—Que va. Es una actividad tan extendida que es imposible que distingan nuestros robos entre todos los demás. Muchos se perpetran con la complicidad de alguien de dentro.

—Como yo.

—Sí, pero tú no lo harías por dinero.

—Aun así, sigue sin gustarme.

Desmond rió, mostrando su colmillo de piedra y la extraña asimetría de la mandíbula y toda la mitad inferior de la cara.

—Tienes el síndrome de Estocolmo. Trabajas con ellos, los conoces y te caen simpáticos. Tienes que recordar lo que ellos están haciendo aquí. Vamos, termina ese cacto y te enseñaré algunas cosas que no has visto, aquí mismo, en Burroughs.

Se armó un revuelo porque un trozo de hielo había alcanzado la otra orilla y golpeado a un hombre mayor. La gente vitoreaba y había levantado a hombros a la autora del lanzamiento, pero el grupo del viejo se dirigía hecho una furia hacia el puente más cercano.

—Hay demasiado jaleo en este sitio —dijo Desmond—. Vamos, bébete eso y salgamos de aquí.

Sax se bebió de un trago el licor mientras Desmond apuraba el inhalador. Salieron deprisa para evitar la barahúnda que se avecinaba, y subieron por un sendero paralelo al canal. Una caminata de media hora los llevó más allá de la hileras de columnas Bareiss; subieron hasta Princess Park, donde doblaron a la derecha, y siguieron subiendo por la cuesta ancha y empinada del verde Bulevar Thoth. Más allá de la Montaña de la Mesa doblaron a la izquierda y bajaron por una franja de astrocésped que iba estrechándose. Se encontraban en la parte más occidental del muro de la tienda, que se extendía en una gran arco alrededor de la Mesa de Syrtis Negra.

—Mira, están volviendo a los viejos barrios ataúd para los trabajadores —señaló Desmond—. Ésos son los alojamientos corrientes de Subarashii ahora, pero observa como están encajadas esas unidades en la mesa. Syrtis Negra albergó una planta de procesamiento de plutonio en los primeros años de Burroughs, cuando estaba a buena distancia de la ciudad. Pero ahora Subarashii ha construido viviendas para los obreros justo al lado, y el trabajo de éstos consiste en supervisar el procesamiento y traslado de los residuos al norte, a las Nili Fossae, donde unos cuantos reactores integrales rápidos lo utilizarán. Antes la operación de limpieza estaba completamente robotizada, pero cuesta mucho mantener a los robots en marcha. Han descubierto que es mucho más barato utilizar personas para un montón de trabajos.

—Pero la radiación… —dijo Sax, parpadeando.

—Oh, sí —dijo Desmond, y soltó su risa feroz—. Reciben cuarenta rem al año.

—¡Bromeas!

—No bromeo. Ellos se lo dicen a los obreros y les pagan un sueldo abultado, y al cabo de tres años reciben una gratificación, para el tratamiento.

—¿Acaso se lo niegan si rehúsan hacer el trabajo?

—Es caro, Sax. Y hay listas de espera. Ésa es una manera de saltarse la lista y encima recibirlo gratis.

—¡Pero cuarenta rem! ¡No es seguro que el tratamiento pueda reparar el daño que eso causa!

—Nosotros lo sabemos —dijo Desmond frunciendo el ceño. No era necesario mencionar a Simón—. Pero ellos no.

—¿Y Subarashii hace eso sólo para recortar gastos?

—Es importante cuando la inversión es tan grande, Sax. Están recortando costes por doquier. El sistema de albañal de Syrtis Negra impera en todas partes: el centro médico, los barrios ataúd y las fábricas.

—Bromeas.

—No bromeo. Mis chistes son más divertidos. Sax hizo un gesto de incredulidad.

—Mira —dijo Desmond—, ya no hay agencias reguladoras, ya no hay normativas de construcción ni nada que se le parezca. Eso es lo que la victoria de las transnac en 2061 significa en realidad. Ellos dictan sus propias normas ahora. Y tú ya sabes cuál es su única regla.

—Pero eso es estúpido.

—Bueno, ya sabes, esa división de Subarashii en particular la dirigen georgianos, y en la Tierra están en pleno renacimiento del estalinismo. Es un gesto patriótico gobernar el país de la manera más estúpida posible, y eso incluye los negocios. Y los jefes supremos de Subarashii siguen siendo japoneses, y creen que Japón se hará grande siendo duro. Dicen que ganaron en el sesenta y uno lo que perdieron en la Segunda Guerra Mundial. Son las transnacionales más brutales aquí, pero las demás los están imitando para competir con éxito. Praxis es una anomalía, recuérdalo.

—Claro, y por eso los recompensamos robándoles.

—Fuiste tú quien eligió trabajar para Biotique. Quizá deberías cambiar de trabajo.

—No.

—¿Crees que podrías conseguir ese material en alguna de las firmas de Subarashii?

—No.

—Pero podrías conseguirlo en Biotique.

—Probablemente. La seguridad es muy estricta.

—Pero podrías hacerlo.

—Probablemente. —Sax meditó.— Quiero algo a cambio.

—Tú dirás.

—¿Me llevarías en avión a echar un vistazo a la zona quemada por la soletta?

—¡Desde luego! Me gustaría verlo otra vez.

La tarde siguiente dejaron Burroughs y viajaron en tren hacia el sur subiendo por el Gran Acantilado. Se apearon en la Estación Libia, a unos setenta kilómetros de Burroughs. Allí se deslizaron hasta el sótano, hasta la puerta del armario. Recorrieron el túnel y salieron al paisaje rocoso. En el fondo de un graben poco profundo encontraron uno de los rovers de Desmond, y cuando cayó la noche condujeron en dirección este a lo largo del Acantilado hasta un pequeño refugio rojo en el borde del cráter Du Martheray. Allí había una franja de roca madre llana que los rojos utilizaban como pista. Desmond no facilitó la identidad de Sax a sus anfitriones. Los llevaron a un pequeño hangar en la pared del acantilado, y allí subieron a uno de los viejos planeadores furtivos de Spencer. Rodaron hasta la pista y con una ondulante aceleración despegaron. Una vez en el aire, volaron lentamente en dirección este.

Volaron en silencio durante un rato. Sax vio luces sobre la oscura superficie del planeta sólo en tres ocasiones: las de la estación del cráter Escalante, las de la diminuta línea de un tren y un parpadeo no identificado en el accidentado terreno detrás del Gran Acantilado.

—¿Quiénes crees que son? —preguntó Sax.

—No tengo ni idea.

Después de unos minutos de silencio, Sax dijo:

—Me encontré con Phyllis.

—¡No me digas! ¿Te reconoció?

—No. Desmond rió.

—Bien por Phyllis.

—Un montón de viejos conocidos no me han reconocido.

—Sí, pero Phyllis… ¿Sigue siendo la presidenta de la Autoridad Transitoria?

—No. Pero ella no parecía pensar que fuera una posición de poder. Desmond volvió a reír.

—Una mujer estúpida. Pero consiguió llevar a ese grupo de Clarke de vuelta a la civilización, le concedo eso. Creí que estaban perdidos para siempre.

—¿Qué sabes del asunto?

—Hablé con dos de los que estuvieron allí, oh sí. Una noche en Burroughs, en el Bar Pingo. No hubo manera de cerrarles la boca.

—¿Ocurrió algo hacia el final del vuelo?

—¿Hacia el final? Vaya, pues sí. Alguien murió. Me parece que una mujer se aplastó una mano cuando estaban evacuando Clarke, y Phyllis era lo más parecido a un médico que tenían, así que ella se hizo cargo de la mujer durante todo el viaje. Pensaba que conseguiría salvarla, pero parece que se les acabó algo, los dos que contaban la historia no estaban seguros, y la mujer empeoró. Phyllis convocó a una plegaria y rezaron por ella, pero la mujer murió de todas maneras, un par de días antes de que entraran en el sistema terrano.

—Ah —dijo Sax, y luego añadió—: Phyllis no parece tan… religiosa ahora.

Desmond dio un respingo.

—Ella nunca fue religiosa. La suya era la religión de los negocios. Si visitas a cristianos de verdad, como la gente de Christianopolis o Bingen, no te los encuentras hablando de beneficios en el desayuno, ni tratándote despóticamente con esa horrible y melosa hipocresía. La hipocresía, Señor… es la cualidad más desagradable que puede tener una persona.

Uno sabe que todo es una casa construida sobre la arena. Pero los cristianos del demimonde no son así. Son gnósticos, cuáqueros, baptistas rastafarianos Baha'i, de todo, y son la mejor gente de la resistencia, si quieres saberlo, y eso que he tratado con todo el mundo. Tienen tan buena disposición. Y no se las dan de ser los mejores amigos de Jesús. Están muy unidos a Hiroko y los sufíes. Ahí abajo están cociendo alguna cosa mística. —Soltó su risa semejante a un cacareo.— Pero Phyllis y todos sus fundamentalistas mercantiles… utilizando la religión para encubrir la extorsión, odio eso. En realidad nunca escuché a Phyllis hablar con fervor religioso después del aterrizaje.

—¿Tuviste muchas oportunidades de oír hablar a Phyllis después del aterrizaje?

Otra carcajada.

—¡Más de las que supones! ¡Yo vi muchas más cosas que tú durante esos años, señor Laboratorio! Tenía mis pequeños escondrijos por todas partes.

Sax emitió un sonido de escepticismo, y Desmond soltó una carcajada estridente y le palmeó el hombro.

—¿Quién más podría decirte que Hiroko y tú tuvisteis un asuntillo en los años de la Colina Subterránea, eh?

—Humm.

—Oh, sí, yo vi muchas cosas. Claro que podría decir lo mismo de prácticamente todos los hombres de la Colina y tener razón. Esa zorra nos había reunido a todos en un harén.

—¿Poliandria?

—¡Jugaba a dos barajas, maldita sea! O a veinte.

—Humm.

Desmond rió al ver la expresión de Sax.

Justo después del alba avistaron una columna de humo blanco que ocultaba las estrellas de todo un cuadrante de cielo. Durante un tiempo esa nube densa fue la única anomalía que pudieron advertir en el paisaje. Siguieron volando y cuando pasaron el terminador del planeta un ancho surco de terreno incandescente apareció delante, en el horizonte oriental: un gran surco o canal anaranjado que corría de nordeste a sudoeste semioculto por el humo que surgía de un punto del mismo. Este punto se veía blanco y turbulento bajo el humo, como una pequeña erupción volcánica, y desde allí un haz de luz, un haz de humo iluminado más bien, tan denso y sólido como un pilar físico, ascendía en línea recta y se atenuaba a medida que la nube de humo adelgazaba, y desaparecía allí donde el humo alcanzaba su altura máxima, unos diez mil metros.

Al principio no había señales del origen de ese rayo en el cielo: la lupa aérea estaba a unos cuatrocientos kilómetros sobre sus cabezas. Entonces Sax vio algo como el fantasma de una nube, planeando muy lejos arriba. Quizás lo fuera, quizá no. Desmond no estaba seguro.

Al pie del pilar de luz, sin embargo, no había problemas de visibilidad: el pilar tenía una suerte de presencia bíblica, y la roca fundida bajo él había adquirido el blanco vivo de la incandescencia. Ése era el aspecto de 5.000 grados al aire libre.

—Habrá que tener cuidado —dijo Desmond—. Si nos metemos dentro de ese rayo, arderemos como una polilla en una llama.

—Estoy seguro de que hay mucha turbulencia en el humo además.

—Sí. Tengo intención de permanecer a barlovento.

Abajo, donde el pilar iluminado encontraba el canal naranja, el humo se proyectaba hacia arriba en violentas oleadas extrañamente iluminadas desde abajo. Al norte de ese punto blanco, donde la roca se había enfriado un poco, el canal le recordó a Sax las filmaciones de las erupciones de los volcanes hawaianos. Unas olas de color amarillo anaranjado brotaban del canal de roca fluida, encontrando ocasionalmente alguna resistencia y salpicando las riberas oscuras. El canal tenía unos dos kilómetros de ancho y se perdía en el horizonte en ambas direcciones; probablemente alcanzaban a ver unos doscientos kilómetros de él. Lo rectilíneo del canal y del pilar de luz era el único indicio de que no se trataba de un canal de lava natural, pero era más que suficiente. Además, hacía miles de años que no había actividad volcánica en la superficie de Marte.

Desmond se acercó, y luego inclinó el avión y viró bruscamente hacia el norte.

—El rayo de la lupa aérea se desplaza hacia el sur, así que desde el otro lado podremos acercarnos más.

Durante muchos kilómetros el canal de roca fundida corría en dirección nordeste sin cambios. Pero cuando se alejaron de la última zona quemada, la lava naranja se oscureció y empezó a solidificarse en los lados, formando una costra negra, surcada por numerosas fisuras naranjas. Más adelante el canal era negro, como las pendientes que lo bordeaban; un recio surco de negro puro que cruzaba las rojas tierras altas de Hesperia.

Desmond viró hacia el sur y voló más cerca del canal. Era un piloto brusco, y maniobraba el ligero avión sin compasión. Cuando las fisuras anaranjadas reaparecieron, una corriente termal ascendente sacudió el avión con fuerza, y Desmond se desvió un poco hacia el oeste. La luz de la roca fundida iluminaba las pendientes del canal, que parecían una hilera de colinas humeantes y muy negras.

—¿No se suponía que iban a ser vitrificados? —dijo Sax.

—Obsidiana. En realidad he visto varios colores. Espirales de diferentes minerales en el cristal.

—¿Hasta dónde se extiende la zona quemada?

—Están cortando desde Cerberus hasta Hellas, siguiendo una línea al oeste de los volcanes de Tyrrhena y Hadriaca.

Sax silbó.

—Dicen que será un canal que comunicará el Mar de Hellas con el océano boreal.

—Sí, sí. Pero están volatilizando carbonatos demasiado deprisa.

—Eso espesa la atmósfera, ¿no es cierto?

—¡Sí, pero con CO2! ¡Están arruinando todo el plan! ¡Pasarán años antes de que podamos respirar ese aire! Estaremos atrapados en las ciudades.

—Quizás ellos creen que podrán depurar ese CO2 cuando todo se haya calentado. —Desmond le echó una mirada rápida.— ¿Has visto suficiente?

—Más que suficiente.

Desmond soltó su risa inquietante y viró en un ángulo cerrado. Empezaron a perseguir el terminador hacía el oeste, volando bajo sobre las largas sombras crepusculares.

—Piensa un momento, Sax. Durante un tiempo la gente se ve forzada a permanecer en las ciudades, lo que es muy conveniente si uno quiere tenerlo todo bajo control. Abres tajos con esa lupa volante y obtienes rápidamente tu atmósfera de un bar y un planeta caliente y húmedo. Entonces empleas un método para limpiar el aire de dióxido de carbono, seguro que tienen algo, biológico o industrial, o las dos cosas. Algo que puedan vender, naturalmente. Y en un abrir y cerrar de ojos ya tienes otra Tierra. Tal vez sea caro…

—¡Es definitivamente caro! Todos esos grandes proyectos tienen que suponer un gran desembolso económico para las transnacionales, y lo están haciendo a pesar de que ya estamos muy cerca de los doscientos setenta y tres kelvin. No lo comprendo.

—Quizá doscientos setenta y tres les parece demasiado modesto. Una media que se mantenga en el punto de congelación es un poco fría. Podría decirse que es la visión de la terraformación que tiene Sax Russell. Práctica pero… —Soltó una carcajada.— O quizá tienen prisa. La Tierra está en un lío espantoso, Sax.

—Ya lo sé —dijo Sax con brusquedad—. He estado estudiando el tema.

—¡Bien por ti! De veras. Entonces ya sabrás que la gente que no ha conseguido el tratamiento empieza a desesperarse; están envejeciendo y la posibilidad de recibir el tratamiento parece cada vez más reducida. Y quienes lo han recibido, sobre todo los que están arriba, miran alrededor maquinando alguna solución. El sesenta y uno les enseñó lo que puede ocurrir si las cosas se desmandan. Así que están comprando países como si fuesen mangos podridos al final de un día de mercado. Pero eso no parece ayudar mucho. Y aquí al lado tienen un planeta fresco y vacío, no listo para ocuparlo todavía, pero casi. Lleno de posibilidades. Podría ser un mundo nuevo: Fuera del alcance de las multitudes de los no tratados.

Sax meditó.

—Una especie de refugio de emergencia, quieres decir. Para escapar si las cosas se ponen feas.

—Exactamente. Creo que hay gente en esas transnacionales que quiere terraformar Marte lo antes posible, cueste lo que cueste.

—Ah —dijo Sax. Y no habló más en todo el camino de vuelta.

Desmond lo acompañó a Burroughs, y mientras caminaban de la Estación Sur a Hunt Mesa pudieron ver entre las copas de los árboles del Parque del Canal, a través de la rendija entre Branch Mesa y la Montaña de la Mesa, Syrtis Negra.

—¿De verdad están haciendo cosas tan estúpidas como ésa por todo Marte? —preguntó Sax. Desmond asintió.

—La próxima vez te traeré una lista.

—Hazlo. —Sax meneó la cabeza, pensando.— No tiene sentido. No tiene en cuenta los resultados a largo plazo.

—Ellos son pensadores a corto plazo.

—¡Pero van a vivir mucho tiempo! ¡Probablemente aún estarán al mando cuando esas políticas se desplomen sobre ellos!

—Tal vez ellos no lo vean de esa manera. Cambian de trabajo a menudo ahí arriba. Tratan de hacerse una reputación construyendo una compañía muy deprisa, luego alguien los contrata para un puesto superior en otra empresa y allí intentan repetir la gesta. Es como el juego de las sillas.

—¡No importará en qué silla estén sentados, porque toda la habitación se vendrá abajo! ¡Se olvidan de las leyes de la física!

—¡Pues claro! ¿Es que no te habías dado cuenta antes, Sax?

—Supongo que no.

Claro que había advertido que los asuntos humanos eran irracionales e inexplicables, nadie podía ignorarlo. Pero ahora se percataba de que siempre había dado por supuesto que quienes se involucraban en el gobierno se esforzaban por llevar las cosas de una manera racional, persiguiendo el bienestar a largo plazo de la humanidad, y preservando su sistema de soporte biofísico. Desmond se burló de él cuando trató de expresar todo eso, y Sax exclamó con irritación:

—¿Pero por qué asumirían un compromiso de trabajo de esa naturaleza si no fuera con ese fin?

—Poder —dijo Desmond—. Poder y ganancias.

—Ah.

A Sax siempre le habían interesado tan poco esas cosas que le resultaba difícil comprender que le interesaran a alguien. ¿Qué era la ganancia personal sino la libertad de hacer lo que uno quería? ¿Y qué era el poder sino la libertad de hacer lo que uno quería? Y una vez que tenías esa libertad, cualquier riqueza o poder en realidad no hacía más que restringir tus opciones y tu libertad. Uno se convertía en un siervo de la riqueza o el poder, constreñido a pasar todo el tiempo protegiéndolos. Una vez que se comprendía esto, la libertad de un científico con un laboratorio a su mando era la más alta libertad posible. Cualquier otra riqueza o poder recortaba esa libertad.

Desmond meneaba la cabeza mientras Sax exponía esa filosofía.

—A algunas personas les gusta decir a los otros lo que tienen que hacer. Les gusta más eso que la libertad. La jerarquía, ya sabes, y el lugar que ocupan en ella. Siempre que sea lo suficientemente alto. Todos confinados en sus puestos. Es mucho más seguro que la libertad. Y hay muchos cobardes.

Sax negó con la cabeza.

—Creo que es simplemente la incapacidad para comprender el concepto de la disminución de las ganancias. Como si creyesen que lo bueno no se acaba nunca. Es muy poco realista. Es decir, ¡no hay proceso natural que se mantenga constante al margen de la cantidad!

—La velocidad de la luz.

—¡Bah! Es irrelevante. La realidad física evidentemente no es un factor en esos cálculos.

—Bien dicho.

Sax sacudió la cabeza, frustrado.

—La religión otra vez. O la ideología. ¿Qué es lo que solía decir Frank? ¿Una relación imaginaria con una situación real?

—Ahí tienes a un hombre que amaba el poder.

—Cierto.

—Pero tenía mucha imaginación.

Pasaron por el apartamento de Sax y se cambiaron de ropa, y luego subieron a la cima de la mesa para desayunar en Antonio's. Sax seguía pensando en la conversación que habían tenido.

—El problema es que las personas con una autoestima hipertrofiada por la riqueza y el poder consiguen posiciones que proporcionan esos dones en exceso, y descubren entonces que son más esclavos que amos con respecto a ellos. Y se convierten en seres insatisfechos y amargados.

—Como Frank.

—Sí. Por eso los poderosos siempre parecen tener un aspecto disfuncional, que puede ir del cinismo a la destructividad manifiesta. No son felices.

—Pero son poderosos.

—Sí. De ahí nuestro problema. Los asuntos humanos… —Sax hizo una pausa para comerse uno de los bollos que acababan de traer a la mesa; estaba hambriento.— Los asuntos humanos deberían regirse de acuerdo con los principios de los sistemas ecológicos.

Desmond soltó una ruidosa carcajada, y echó mano deprisa de una servilleta para limpiarse la barbilla. Rió tanto que las personas de las mesas contiguas los miraron y Sax se sintió inquieto.

—¡Qué concepto! —gritó Desmond, y se echó a reír otra vez—. ¡Ja, ja, ja! ¡Mi querido Saxifrage! Dirección administrativa científica, ¿eh?

—Bueno, ¿y por qué no? —se obstinó Sax—. Los principios que gobiernan el comportamiento de las especies dominantes en un ecosistema estable son bastante claros, según recuerdo. ¡Apuesto a que un consejo de ecologistas podría elaborar el programa de una sociedad benigna y estable!

—¡Si tú dirigieses el mundo! —gritó Desmond, y se echó a reír otra vez. Apoyó la cara en la mesa y aulló.

—Yo solo no.

—No, estaba bromeando. —Desmond se recompuso.— Ya sabes que Vlad y Marina llevan años trabajando en su eco-economía. Incluso han conseguido que yo la utilice en el intercambio entre las colonias de la resistencia.

—No lo sabía —dijo Sax, sorprendido. Desmond meneó la cabeza.

—Deberías estar más atento, Sax. En el sur llevamos años viviendo según la eco-economía.

—Tengo que estudiar el tema.

—Claro. —Desmond esbozó una amplia sonrisa, casi a punto de echarse a reír.— Tienes mucho que aprender.

Al fin llegaron sus pedidos y Desmond llenó los vasos de zumo de naranja. Hizo tintinear su vaso contra el de Sax y propuso un brindis:

—¡Bienvenido a la revolución!

Desmond partió hacia el sur después de arrancarle a Sax la promesa de que hurtaría lo que pudiese en Biotique para Hiroko.

—Tengo que encontrarme con Nirgal —dijo Desmond. Abrazó a Sax y desapareció.

Pasó un mes, durante el cual Sax meditó en todo lo que había aprendido de Desmond y de los vídeos, revisándolo despacio, cada vez más perturbado. Su sueño era interrumpido por horas de vigilia casi todas las noches.

Entonces, una mañana, después de uno de esos combates agitados e infructuosos de su insomnio, Sax recibió una llamada en su consola de muñeca. Era Phyllis, que estaba en la ciudad por unos asuntos, y quería que se reunieran para cenar.

Sax accedió, sorprendido por el entusiasmo de Stephen. Se encontró con ella esa noche en el Antonio's. Se besaron al estilo europeo, y los instalaron en una de las mesas de la esquina, desde la que se dominaba la ciudad. Cenaron, pero Sax apenas reparó en lo que comía, hablando de cosas intrascendentes, como las últimas noticias de Sheffield y Biotique.

Tras la tarta de queso, se demoraron en el coñac. Sax no tenía prisa por marcharse porque no estaba seguro de los planes de Phyllis; no había dejado traslucir ningún indicio claro, y tampoco parecía tener prisa.

Entonces ella se recostó en la silla y lo miró con aire divertido.

—Eres de verdad tú.

Sax ladeó la cabeza para manifestar que no la comprendía. Phyllis rió.

—En verdad cuesta creerlo. Tú nunca fuiste así en el pasado, Sax Russell. Ni en un millón de años hubiera imaginado que eras un amante tan formidable.

Sax desvió la mirada, incómodo, y miró alrededor.

—Yo habría dicho lo mismo de ti —dijo al fin con la ligereza de Stephen.

Las mesas cercanas estaban vacías, y los camareros los habían dejado solos. El restaurante cerraría dentro de una media hora.

Phyllis volvió a reír, pero su mirada era dura, y de pronto Sax se dio cuenta de que estaba furiosa. Avergonzada, sin duda, por haberse dejado engañar por un hombre que conocía desde hacía ochenta años. Y furiosa por el hecho de que él hubiese decidido engañarla. ¿Y por qué no iba a estarlo? Se trataba de una falta de confianza fundamental, sobre todo de alguien que dormía con uno. La mala fe de su comportamiento en Arena volvía a él como una venganza, y se sentía muy inquieto. ¿Pero qué podía hacer?

Recordó el momento en que ella lo había besado en el ascensor, cuando se había sentido tan perplejo como ahora. Entonces estupefacto porque ella no lo reconocía, y ahora porque lo reconocía. Los hechos mostraban cierta simetría. Y las dos veces había seguido adelante.

—¿No tienes nada más que decir? —preguntó Phyllis. Él extendió las manos.

—¿Qué te hace pensar así?

Ella rió de nuevo, furiosa, y luego lo miró con la boca apretada.

—Es tan fácil verlo ahora —dijo—. Sólo te pusieron una nariz y una barbilla, supongo. Pero los ojos son los mismos, y la forma de la cabeza. Es extraño lo que uno recuerda y lo que uno olvida.

—Eso es cierto.

En realidad, sólo se trataba de los recuerdos. Sax sospechaba que seguían allí, almacenados.

—La verdad es que no me acuerdo de tu vieja cara —dijo Phyllis—. Para mí siempre fuiste un tipo en un laboratorio con la nariz pegada a una pantalla. Seguramente llevabas una bata blanca, así te veo en mis recuerdos. Una especie de rata de laboratorio gigante. —Ahora sus ojos brillaban.— Pero en algún momento te las apañaste para aprender a imitar el comportamiento humano bastante bien, ¿no es así? Lo suficiente como para engañar a una vieja amiga a la que le gustaba el aspecto que tenías.

—Nosotros no somos viejos amigos.

—No —escupió ella—. Supongo que no lo somos. Tú y tus viejos amigos intentasteis matarme. Y ellos mataron a miles de personas, y destruyeron el planeta casi por completo. Y es evidente que aún siguen ahí fuera, de otro modo tú no estarías aquí. De hecho tienen que estar muy extendidos, porque cuando realicé un análisis de ADN de tu esperma, constabas en los registros oficiales de la AT como Stephen Lindholm. Eso me hizo perder la pista durante un tiempo. Pero hubo algo que me hizo sospechar. Fue cuando caímos en aquella grieta. Eso me recordó algo que había ocurrido en la Antártida. Tú, Tatiana Durova y yo estábamos en Nussbaum Riegel cuando Tatiana tropezó y se torció el tobillo. Se levantó un viento fuerte y tuvieron que salir a buscarnos en helicóptero, y mientras esperábamos tú encontraste un liquen de roca…

Sax sacudió la cabeza, realmente sorprendido.

—No lo recuerdo.

Y no lo recordaba. El año de entrenamiento y evaluación en los valles secos de la Antártida había sido intenso, pero ahora todo ese año era una mancha borrosa para él, y aquel incidente no volvería; era difícil creer que hubiese ocurrido. Ni siquiera podía recordar qué aspecto tenía la pobre Tatiana Durova.

Absorto en esos pensamientos y en el esfuerzo para recuperar sus recuerdos de aquel año, se perdió un poco de lo que Phyllis estaba diciendo, pero luego recuperó el hilo:

—…comprobé otra vez con una de las viejas copias de la memoria de mi IA, y ahí estabas.

—Las unidades de memoria de tu IA deben de estar degradándose —dijo él con aire ausente—. Han descubierto que la radiación cósmica perturba los circuitos si no se los refuerza de cuando en cuando.

Ella ignoró esa débil digresión.

—La cuestión es que todavía vale la pena buscar a gente que es capaz de cambiar los archivos de la Autoridad Transitoria de esa manera. Me temo que no puedo ignorarlo, aunque quisiera.

—¿Qué quieres decir?

—No estoy segura. Depende de ti. Puedes decirme dónde te escondías, y con quién, y qué más está pasando. Apareciste en Biotique hace apenas un año. ¿Dónde estabas antes de eso?

—En la Tierra.

Ella esbozó una sonrisa torva.

—Si eso es lo que prefieres, me veré obligada a pedir la ayuda de alguno de mis asociados. Hay agentes de seguridad en Kasei Vallis que sabrán cómo refrescarte la memoria.

—Vamos, Phyllis.

—No hablo metafóricamente. No van a sacarte la información a golpes ni nada por el estilo. Es una extracción. Te duermen, estimulan el hipocampo y la amígdala y hacen preguntas. Y la gente simplemente responde.

Sax lo consideró. Los mecanismos de la memoria aún no se entendían demasiado bien, pero sin duda podía aplicarse algo tosco en las zonas que sin duda estaban implicadas. Resonancias magnéticas rápidas, ultrasonidos en puntos específicos, quién sabía qué más. Seguro que era peligroso, pero…

—¿Y bien? —preguntó Phyllis.

Él observó la sonrisa de ella, tan furiosa y triunfante. Una sonrisa burlona. Unos pensamientos pasaron veloces por su cabeza, imágenes sin palabras: Desmond, Hiroko, los chicos de Zigoto gritando: «¿Por qué, Sax, por qué?». Tenía que mantener una expresión impasible para ocultar la aversión que sentía por ella, que de repente lo recorría como una ola. Quizás esa clase de aversión era lo que la gente llamaba odio.

Se aclaró la garganta.

—Supongo que será mejor que te lo cuente a ti.

Ella asintió con un vigoroso movimiento de cabeza, como si ésa fuera la decisión que ella misma hubiera tomado. Miró alrededor: el restaurante estaba vacío, y los camareros bebían grappa sentados a una mesa.

—Vamos —dijo—, vayamos a mi oficina.

Sax asintió y se levantó con dificultad. Se le había dormido la pierna derecha. Cojeó detrás de Phyllis. Dieron las buenas noches a los camareros, ahora en movimiento, y salieron.

Entraron en el ascensor y Phyllis apretó el botón para el subterráneo. La puerta se cerró y empezaron a bajar. En un ascensor otra vez; Sax respiró hondo, y entonces movió la cabeza bruscamente, como si hubiese visto algo anormal en el panel de mandos. Phyllis siguió su mirada y entonces él la golpeó en la mandíbula. Ella se derrumbó contra la pared y se deslizó hasta el suelo, aturdida y jadeante. A Sax le dolían mucho los nudillos de la mano derecha. Apretó el botón para detenerse en el piso dos encima del subterráneo, donde había un largo corredor que cruzaba Hunt Mesa, bordeado de tiendas que a esa hora estarían cerradas. Agarró a Phyllis por las axilas y la levantó, floja y pesada, más alta que él, y cuando la puerta del ascensor se abrió, Sax se preparó para pedir ayuda. Pero no había nadie esperando. Se pasó un brazo de Phyllis alrededor del cuello y la arrastró hasta uno de los pequeños vehículos estacionados junto al ascensor para quien quisiera cruzar la mesa deprisa o fuese cargado. La depositó en el asiento trasero y ella gimió, como si estuviese volviendo en sí. Él se sentó, pisó el acelerador hasta el fondo y el pequeño vehículo zumbó por el corredor. Sax descubrió que estaba sudando y respiraba con dificultad.

Pasó delante de un par de lavabos y frenó. Phyllis rodó por el asiento y cayó al suelo, gimiendo ruidosamente. Pronto recobraría el sentido, si no lo había hecho ya. Bajó del coche y corrió para ver si el aseo de hombres estaba abierto. Lo estaba. Corrió de vuelta y se cargó a Phyllis a la espalda. Avanzó hasta la puerta del aseo, tambaleándose, y allí la dejó caer pesadamente; la cabeza golpeó contra el suelo de hormigón y ella dejó de gemir. Sax abrió la puerta y la arrastró adentro; luego cerró y echó el pestillo.

Se sentó en el suelo del lavabo junto a ella, sin resuello. Phyllis respiraba todavía, y tenía el pulso débil pero regular. Estaba bien, pero más profundamente inconsciente que cuando la había golpeado. Tenía la piel pálida y húmeda y la boca abierta. Sintió lástima de ella, pero recordó que lo había amenazado con entregarlo a los técnicos de seguridad para que le arrancaran sus secretos. Los métodos que empleaban eran avanzados, pero seguía siendo tortura. Y si tenían éxito, conocerían la localización de los refugios en el sur y todo lo demás. Una vez que tuviesen una idea general de todo lo que él sabía, podrían forzarlo a revelar la información específica. Sería imposible resistirse a la combinación de drogas y modificación del comportamiento.

Incluso Phyllis sabía demasiado ahora. El hecho de que él estuviese en posesión de una identidad falsa tan buena implicaba toda una infraestructura que hasta el momento había permanecido oculta. Una vez que conocieran su existencia, probablemente conseguirían ponerla al descubierto. Hiroko, Desmond, Spencer, infiltrado en el sistema de Kasei Vallis, todos quedarían expuestos. Nirgal y Jackie, Peter, Ann… todos. Y todo porque él no había sido lo suficiente listo para evitar a una estúpida y espantosa mujer como Phyllis.

Estudió el aseo de hombres. Tenía dos compartimientos, uno con un retrete y el otro con un lavabo, un espejo y el habitual expendedor mural: pastillas de esterilidad, gases recreativos. Los miró mientras recobraba el aliento, pensando deprisa. Mientras los planes daban vueltas en su cabeza, susurró instrucciones a la IA en la consola de muñeca. Desmond le había proporcionado unos programas virales muy destructivos; conectó su consola a la de Phyllis y esperó a que se completara la transferencia. Con suerte le destrozaría todo el sistema: las medidas personales de seguridad no eran nada contra sus virus con base militar, decía Desmond. Pero seguía estando Phyllis. Los gases recreativos del expendedor eran sobre todo óxido nitroso en inhaladores individuales que contenían alrededor de dos o tres metros cúbicos de gas. La habitación tenía, juzgó, unos treinta y cinco, o cuarenta metros cúbicos. La rejilla de ventilación estaba cerca del techo, y sería fácil bloquearla con un trozo del rollo de toalla del lavabo.

Introdujo tarjetas en el expendedor y compró todas las existencias de gases: veinte pequeñas bombonas de bolsillo, con mascarilla incorporada. El óxido nitroso sería un poco más pesado que el aire de Burroughs.

Sacó unas pequeñas tijeras de la caja de herramientas de su muñeca y cortó una tira del rollo continuo de toalla. Se subió al lavabo y tapó la rejilla de ventilación, metiendo la toalla entre las ranuras. Quedaban algunos huecos, pero eran pequeños. Bajó y estudió la puerta. El espacio entre la base y el suelo era de casi un centímetro. Cortó unas cuantas tiras de toalla. Phyllis roncaba. Sax abrió la puerta, arrojó las botellas de gas fuera y salió. Le echó una última mirada a Phyllis, tendida en el suelo, y luego cerró la puerta. Remetió las tiras de toalla bajo la puerta, dejando sólo un pequeño agujero en una esquina. Luego, tras recorrer el vestíbulo con la mirada, se sentó, tomó una botella, apremió la mascarilla flexible sobre el agujero y vertió el contenido de la botella en el aseo de hombres. Repitió la operación veinte veces, y fue metiéndose las botellas vacías en los bolsillos hasta que estuvieron llenos; entonces, con el último trozo de toalla improvisó una especie de saco para meter las restantes. Se puso de pie y corrió con estrépito metálico hasta el coche. Se sentó al volante y apretó el acelerador. El vehículo saltó hacia adelante y Sax recordó el súbito frenazo que había derribado del asiento a Phyllis. Tenía que haberle dolido.

Frenó, bajó de un salto y regresó al aseo, haciendo tintinear las botellas. Abrió la puerta de un tirón, entró conteniendo el aliento, agarró a Phyllis por los tobillos y la arrastró afuera. Todavía respiraba, y tenía una sonrisita tonta en la cara. Sax resistió el impulso de darle una patada y corrió de vuelta al coche.

Condujo hasta el otro lado de Hunt Mesa a toda velocidad y una vez allí tomó el ascensor para el nivel subterráneo. Subió al primer tren que pasó y atravesó la ciudad hasta la Estación Sur. Le temblaban las manos, y los nudillos de la mano derecha se le estaban hinchando y amoratando. Le dolían mucho.

En la estación compró un billete para el sur, pero cuando entregó el billete y su identificación al revisor en el acceso a los andenes, el hombre abrió mucho los ojos, le apuntó con su arma y llamó nerviosamente pidiendo refuerzos. Al parecer Phyllis había recuperado el conocimiento antes de lo previsto por sus cálculos.

QUINTA PARTE

Sin hogar

La biogénesis es en primer lugar psicogénesis. Esta verdad nunca fue tan manifiesta como en Marte, donde la noosfera precedió a la biosfera: los pensamientos envolvieron primero el planeta silencioso desde lejos, poblándolo de piedras, plantas y sueños, hasta el momento en que John pisó la superficie y dijo: «Aquí estamos». Desde ese punto de ignición la fuerza verde se propagó como un reguero de pólvora, hasta que todo el planeta latió de viriditas. Era como si el planeta hubiese echado algo en falta, y al golpe de la mente contra la roca, de noosfera contra litosfera, la ausencia de biosfera hubiere surgido con la asombrosa rapidez de la flor de papel de un mago.

Así percibía las cosas Michel Duval, que observaba con atención apasionada cualquier señal de vida en aquel yermo rojizo. Él se había aferrado a la areofanía de Hiroko con el fervor del hombre que se está ahogando y le echan un cabo. La areofanía le había dado una nueva forma de mirar, y para practicarla había adquirido el hábito de Ann de pasear por el exterior en la hora que precede al crepúsculo. En los parajes cubiertos de sombras largas descubría en las superficies herbosas una belleza conmovedora. En las pequeñas marañas de carrizo o liquen veía una Provenza en miniatura.

Ésa era su tarea, tal como ahora la concebía: el difícil trabajo de reconciliar la antinomia irreconciliable de Provenza y Marte. Sentía que en ese empeño él formaba parte de una larga tradición: en sus estudios había advertido que la historia del pensamiento francés se caracterizaba por los intentos de resolver antinomias extremas. Para Descartes había sido mente y cuerpo, para Sartre, freudismo y marxismo, para Teilhard de Chardin, cristianismo y evolución… La lista era larga, y a Michel le parecía que la particular cualidad de la filosofía francesa, su heroica tensión y su tendencia a ser una larga sucesión de magníficos fracasos, venía de ese repetido intento de unir bajo el mismo yugo términos contrarios. Quizá por eso el pensamiento francés había acogido de buen grado tan a menudo complejos aparatos retóricos tales como el rectángulo semántico, estructuras que tal vez pudieran atrapar esas fuerzas centrífugas en redes suficientemente fuertes como para retenerlas.

El trabajo de Michel era, pues, unir el espíritu verde y la materia roja, descubrir la Provenza en Marte. El liquen crustáceo, por ejemplo, hacia que algunas zonas de la planicie roja pareciesen recubiertas de jade. Y ahora, en las claras tardes color índigo, los antiguos cielos rosados daban un matiz pardo a la hierba, el color del cielo permitía que cada brizna de hierba radiase unos verdes tan puros que las pequeñas praderas parecían reverberar. La intensa presión de los colores en la retina… ¡qué delicia!

Y era sobrecogedor además ver lo deprisa que esta biosfera primitiva había arraigado, floreciendo y extendiéndose. Existía una tendencia inherente hacia la vida, una chispa eléctrica verde entre los polos de roca y mente. Una energía increíble que allí había penetrado hasta el corazón mismo de las cadenas genéticas, había insertado secuencias, creado micros híbridos, los había ayudado a propagarse, había cambiado los entornos para favorecer su crecimiento. El entusiasmo natural de la vida por la vida se manifestaba por doquier: luchaba y a menudo prevalecía. Pero ahora había unas manos que la guiaban, una noosfera que lo bañaba todo desde el principio. La fuerza verde, que saltaba como una chispa en el paisaje con cada roce de las puntas de sus dedos.

En verdad los seres humanos eran milagrosos: creadores conscientes que caminaban sobre ese mundo nuevo como jóvenes dioses en posesión del poder de los químicos. Michel observaba con curiosidad a cuantos encontraba en Marte, preguntándose mientras miraba sus por lo general anodinos exteriores qué clase de nuevo Paracelso o Isaac de Holanda tenia delante, y si acaso convertirían el plomo en oro, harían florecer las rocas…

El americano rescatado por Coyote y Maya no parecía, a primera vista, ni más ni menos notable que cualquiera de las personas que Michel había conocido en Marte; más inquisitivo quizá, más ingenuo: un hombre corpulento que arrastraba los pies y tenía una cara morena y una expresión curiosa. Pero Michel estaba acostumbrado a mirar más allá de la superficie, y a ver el espíritu transformador que se ocultaba en el interior, y en seguida concluyó que tenían a un hombre misterioso en las manos.

Se llamaba Art Randolph, les dijo, y había estado recuperando materiales útiles del cable del ascensor caído.

—¿Carbono? —preguntó Maya.

Pero él no captó o decidió ignorar el tono sarcástico de ella y contestó:

—Sí, pero también… —y entonces soltó toda una lista de minerales brechados exóticos. Maya le echó una mirada feroz, pero el hombre no se dio por enterado. Sólo tenía preguntas. ¿Quiénes eran? ¿Qué estaban haciendo allí? ¿Adónde lo llevaban? ¿Qué clase de coches eran aquellos?

¿Eran visibles desde el espacio? ¿Cómo evitaban dejar rastros termales?

¿Por qué necesitaban ser invisibles desde el espacio? ¿Formaban parte, tal vez, de la legendaria colonia oculta? ¿Pertenecían a la resistencia marciana? ¿Quiénes eran?

Nadie se apresuró a responder estas preguntas, y fue Michel quien al fin dijo:

—Somos marcianos. Vivimos en el exterior por nuestra cuenta.

—La resistencia. Increíble. Para serles sincero, yo hubiese jurado que eran ustedes un mito. Esto es estupendo.

Maya puso los ojos en blanco, y cuando el invitado les pidió que lo dejasen en el Mirador de Echus, ella soltó una risa grosera y dijo:

—Pongámonos serios.

—¿Qué quiere decir?

Michel le explicó que puesto que no podían liberarlo sin revelar su presencia, no les quedaba más remedio que retenerlo.

—Oh, yo no le diría nada a nadie. Maya volvió a reír.

—No podemos confiar en un extraño en un asunto tan serio para nosotros —dijo Michel—. Y tal vez usted no pudiese guardar el secreto. Tendría que explicar por qué se alejó tanto del vehículo.

—Podrían llevarme de vuelta a él.

—No podemos demorarnos tanto. No nos hubiésemos acercado de no ser porque vimos que estaba en dificultades.

—Bien, lo agradezco de veras, pero debo decir que esto no se parece mucho a un rescate.

—Es mejor que la alternativa —dijo Maya con acritud.

—Muy cierto. Y lo aprecio de veras. Pero les prometo que no diré una palabra. Por otra parte no es un secreto que ustedes están aquí afuera. La televisión no hace más que hablar de ustedes.

Esta declaración silenció incluso a Maya. Siguieron viaje. Maya mantuvo una breve conversación en un ruso lleno de estática con Coyote, que viajaba en el rover de cabeza con Kasei, Nirgal y Harmakhis. Coyote se mostró inflexible: puesto que le habían salvado la vida, ciertamente podían arreglar la liberación de manera que ellos no corriesen ningún riesgo. Michel le comunicó lo esencial de la conversación al prisionero.

Randolph frunció apenas el ceño, y luego se encogió de hombros. Michel nunca había visto un ajuste tan rápido a un cambio de rumbo: la sangre fría del hombre era impresionante. Michel lo observó con atención, al tiempo que no quitaba ojo a la pantalla de la cámara frontal. Randolph ya estaba preguntando de nuevo, sobre los controles del rover. Sólo hizo una referencia más a su situación después de mirar los controles de la radio y el intercomunicador.

—Espero que me dejarán enviar un mensaje a mi compañía para que sepan que estoy sano y salvo. Trabajaba para Dumpmines, una filial de Praxis. Ustedes y Praxis tienen mucho en común, en serio. Ellos también pueden llegar a actuar muy secretamente. Deberían contactar con ellos por el bien de ustedes, créanme. Seguro que utilizan algunas frecuencias codificadas, ¿no es cierto?

Ni Maya ni Michel respondieron. Y más tarde, cuando Randolph pasó al pequeño retrete del rover, Maya siseó:

—Es obvio que es un espía. Estaba ahí con la intención de que lo recogiésemos.

Ésa era Maya. Michel no trató de discutir con ella; se limitó a encogerse de hombros.

—Desde luego, lo estamos tratando como si lo fuese.

Y entonces el hombre salió y siguió haciéndoles preguntas. ¿Dónde vivían? ¿Qué sentían viviendo todo el tiempo ocultos? Michel empezó a encontrar divertida lo que parecía cada vez más una actuación, o incluso un examen. Randolph se mostraba perfectamente abierto, ingenuo, sociable, su rostro moreno casi parecía el de un simplón. Pero sus ojos los estudiaban con atención, y a cada pregunta no contestada parecía más interesado y más complacido, como si las respuestas de ellos le llegaran por telepatía. Todo humano tenía un gran poder, todo humano en Marte era un alquimista. Y aunque Michel había abandonado la psiquiatría hacía mucho tiempo, aún reconocía el estilo de un maestro. Casi se rió de la urgencia que sentía de confesárselo todo a aquel hombre grande, pesado y enigmático, todavía torpe en la gravedad marciana.

Entonces la radio emitió un pitido, y un mensaje comprimido que no duró más de dos segundos zumbó por los altavoces.

—¿Ven? —dijo Randolph, solícito—, podrían recibir un mensaje de Praxis de esa manera.

Pero cuando la IA terminó de pasar la secuencia descodificadora, ya no hubo más bromas. Habían detenido a Sax en Burroughs.

Al alba todos se reunieron en el rover de Coyote y pasaron el día conferenciando sobre lo que debían hacer. Se sentaron en un apiñado círculo en el compartimiento de estar, con la preocupación marcada en los rostros. Todos excepto el prisionero, sentado entre Nirgal y Maya. Nirgal le había estrechado la mano y lo había recibido como si fuesen viejos amigos, aunque ninguno dijo una palabra. Pero el lenguaje de la amistad no las necesitaba.

Las noticias sobre Sax procedían de Spencer a través de Nadia. Spencer trabajaba en Kasei Vallis, una especie de nueva Koroliov, un complejo de seguridad, muy sofisticado y al mismo tiempo discreto. Habían trasladado a Sax allí, y Spencer se había enterado y se lo había comunicado a Nadia.

—Tenemos que sacarlo de allí —dijo Maya—, y deprisa. Sólo hace dos días que lo tienen.

—¿Sax Russell? —decía Randolph—. Caramba. No puedo creerlo.

¿Quiénes son ustedes? Eh, ¿usted es Maya Toitovna?

Maya lo maldijo en un ruso furibundo. Coyote los ignoraba a todos; no había dicho una palabra desde que llegara el mensaje, absorto en la pantalla de su IA, mirando lo que parecían ser fotografías de un satélite meteorológico.

—Podrían dejarme marchar —dijo Randolph en medio del silencio—. Yo no podría decirles nada que ellos no puedan sacarle a Russell.

—¡Él no les dirá nada! —dijo Kasei fieramente. Randolph agitó una mano.

—Lo asustarán, quizá lo maltraten un poco, lo enchufarán, lo drogarán y estimularán su cerebro en los lugares apropiados… Conseguirán respuesta a todo lo que pregunten. Según tengo entendido, lo han convertido en todo un arte. —Se quedó mirando a Kasei.— Usted también me resulta familiar. En fin, si no pueden sacárselo así, emplearán sin duda métodos más brutales.

—¿Cómo es que sabe todo eso? —preguntó Maya.

—Es de dominio público —dijo Randolph—, y por tanto quizá nada sea cierto, aunque…

—Quiero sacarlo de allí —dijo Coyote.

—Pero entonces sabrán que estamos aquí —dijo Kasei.

—Eso ya lo saben. Lo que no saben es dónde estamos.

—Además —añadió Michel—, es nuestro Sax.

—Hiroko no se opondrá —dijo Coyote.

—¡Si lo hace, dile que se vaya al infierno! —exclamó Maya—. ¡Dile que shikata ga nai!

—Será un placer —dijo Coyote.

Las vertientes occidental y septentrional de la protuberancia de Tharsis estaban muy poco pobladas en comparación con la pendiente oriental, sobre Noctis Labyrinthus. Había unas pocas estaciones areotermales y algunos acuíferos, pero la mayor parte de la región estaba cubierta todo el año por un manto de nieve, neveros y glaciares jóvenes. Los vientos que venían del sur chocaban con los fuertes vientos del noroeste que viraban en el Monte Olimpo, y las ventiscas podían ser violentas. La zona protoglacial se extendía desde los seis o siete mil metros hasta casi la base de los grandes volcanes. No era un buen lugar para construir, tampoco para esconder los rovers furtivos. Cruzaron deprisa las sastrugi y las cordadas de lava que les servían como carretera al norte de la mole de Tharsis Tholus, un volcán que tenía el tamaño del Mauna Loa, aunque bajo la pendiente de Ascraeus parecía un cono de cenizas. La noche siguiente dejaron atrás la nieve y se dirigieron al nordeste a través de Echus Chasma. Pasaron el día ocultos bajo la formidable pared oriental de Echus, sólo unos cuantos kilómetros al norte del viejo cuartel general de Sax en lo alto del acantilado.

El muro este de Echus Chasma era el Gran Acantilado con su absoluta magnificencia: un risco de tres mil metros de altura que se extendía casi mil kilómetros en línea recta en el eje norte-sur. Los areólogos aún discutían sobre su origen, pues ninguna fuerza parecía adecuada para crearlo. Era una rotura en el tejido de las cosas, que separaba el suelo de Echus Chasma de la llanura elevada de Lunae Planum. Michel había visitado el valle Yosemite en su juventud, y todavía recordaba aquellos imponentes acantilados de granito. Pero el muro que tenían delante era tan largo como el estado de California y tenía tres mil metros de altura en la mayor parte de su extensión, un mundo vertical cuyos inmensos planos de roca roja miraban al oeste sin ver y resplandecían en el atardecer vacío como el costado de un continente.

En su extremo norte, este increíble acantilado era más bajo y menos escarpado, y justo sobre los 20° norte lo atravesaba un canal ancho y profundo que corría hacia el este a través de la meseta de Lunae y bajaba hasta la cuenca de Chryse. Este gran cañón era Kasei Vallis, una de las manifestaciones más claras de antiguas inundaciones que podían encontrarse en Marte. Una simple mirada a las fotografías de satélite bastaba para darse cuenta de que hacía mucho tiempo una crecida enorme había bajado por Echus Chasma hasta alcanzar una abertura en el gran muro oriental, quizás un grahen. El agua se había desviado a la derecha por ese valle y erosionado la entrada con su fuerza formidable hasta convertirla en una curva lisa, y derramándose sobre la orilla exterior de la vuelta había desgarrado las grietas en la roca transformándolas en una cuadrícula de estrechos cañones. Una cresta central en el valle principal había sido modelada como una larga isla lemniscata, en forma de lágrima, una figura tan hidrodinámica como el lomo de un pez. La orilla interior del curso de agua fósil aparecía cortada por dos cañones apenas tocados por el agua, fossae corrientes que revelaban la configuración del canal principal antes de la inundación. Posteriormente, dos impactos tardíos de meteoritos en la parte más alta de la orilla interior habían completado la fisonomía del terreno, dejando unos cráteres abruptos.

Subiendo despacio por la pendiente exterior uno encontraba el valle curvo, con la cresta lemniscata y las murallas circulares de los cráteres de la pendiente interior como rasgos más destacados. Un paisaje cuya majestad espacial recordaba la región de Burroughs. La gran extensión del canal principal pedía agua a gritos, agua que sin duda formaría una corriente trenzada poco profunda que discurriría sobre guijarros y tallaría nuevos lechos e islas…

Allí se emplazaba ahora el cuartel de seguridad de las transnacionales. Los dos cráteres interiores así como grandes secciones del terreno cuadriculado de la orilla exterior y parte del canal principal a ambos lados de la isla lemniscata habían sido cubiertos con tiendas. Pero nada de esto apareció nunca en los reportajes de vídeo, ni en las noticias. Ni siquiera estaba en los mapas.

Sin embargo, Spencer había estado allí desde el comienzo de la construcción, y en sus raros mensajes al exterior les había explicado cuál sería la actividad de la nueva ciudad. En esos tiempos, casi todos los condenados por un crimen en Marte eran enviados al cinturón de asteroides para trabajar en naves mineras. Pero algunos integrantes de la Autoridad Transitoria querían una cárcel en Marte, y Kasei Vallis lo era.

Escondieron los rovers en un grupo de rocas a la entrada del valle, y Coyote estudió los informes meteorológicos. Maya estaba furiosa por la demora, pero él la ignoró.

—Esto no va a ser fácil —le dijo con severidad—, y no es viable si no se dan ciertas circunstancias. Tenemos que esperar hasta que lleguen algunos refuerzos y las condiciones meteorológicas sean favorables. Es un plan que Sax y Spencer me ayudaron a diseñar, y es muy ingenioso, pero tienen que darse las condiciones adecuadas.

Volvió a los monitores, ajeno a todos, hablando consigo mismo o con el alquimista de las pantallas, la luz parpadeando en su rostro enjuto y oscuro. Un alquimista, en verdad, pensó Michel, murmurando como si se inclinase sobre un alambique o un crisol, preparando las transmutaciones del planeta… Un gran poder, concentrado ahora en la meteorología. Al parecer, Coyote había descubierto unas pautas en el comportamiento de la corriente de chorro, ligadas a ciertos puntos de anclaje en el terreno.

—Es por la escala vertical —le explicó con irritación a Maya, que empezaba a sonar como Art Randolph con tanta pregunta—. Este planeta tiene treinta mil metros de altura desde el fondo hasta la cumbre. ¡Treinta mil metros! Eso origina vientos fuertes.

—Como el mistral —propuso Michel.

—Exacto. Vientos katabáticos. Y uno de los más fuertes baja del Gran Acantilado justo aquí.

Los vientos dominantes de la región, sin embargo, eran los del oeste. Cuando chocaban contra el acantilado de Echus originaban poderosas corrientes ascendentes, y los aficionados al vuelo que vivían en el Mirador de Echus las aprovechaban y se pasaban el día volando en planeador o en traje de pájaro. Sin embargo, los sistemas ciclónicos pasaban con frecuencia, trayendo vientos del este. Cuando esto ocurría, el aire frío barría la meseta nevada de Lunae y se cargaba de nieve, haciéndose más denso y más frío, y toda esa masa acababa encauzándose a través de los desfiladeros en el borde del gran acantilado, y los vientos se desplomaban como una avalancha.

Coyote había estudiado esos vientos katabáticos durante algún tiempo, y sus cálculos le habían hecho llegar a la conclusión de que cuando las condiciones eran las adecuadas —contrastes violentos de temperatura, una tormenta activa avanzando de este a oeste por la meseta—, una ligera intervención en ciertos lugares convertiría las corrientes descendentes en tifones verticales, que se abatirían sobre Echus Chasma y correrían por el eje norte-sur con una fuerza tremenda. Cuando Stephen les informó de la naturaleza y propósito del nuevo asentamiento en Kasei Vallis, Coyote decidió de inmediato preparar los medios para hacer posibles esas intervenciones.

—Los muy idiotas construyeron su prisión en un túnel de viento — musitó, respondiendo a una pregunta de Maya—. Y nosotros hemos construido un ventilador. O mejor dicho, un interruptor para poner en marcha el ventilador. Enterramos algunos distribuidores automáticos de nitrato de plata en la cima del acantilado, que actúan como enormes mangas de reacción, y también unos láseres para calentar el aire por encima de la zona de corrientes. Eso crea un gradiente de presión desfavorable que represa la corriente normal, y cuando ésta rompe el bloqueo baja con mucha más fuerza. Además, instalamos explosivos a lo largo de toda la cara del acantilado para cargar el viento de polvo y hacerlo más pesado. Verán, el viento se calienta a medida que cae, y eso lo frena si no está cargado de nieve y polvo. Escalé esa pared cinco veces para prepararlo todo, tendrían que haberme visto. Y hay algunos ventiladores también. Desde luego, el poder de todo el dispositivo es insignificante comparado con la fuerza total del viento, pero la dependencia de factores inestables es la clave de la meteorología, ya saben, y nuestras simulaciones por ordenador localizaron los puntos donde podemos forzar las condiciones iniciales que nos convienen. O eso esperamos.

—¿Es que no lo han probado? —preguntó Maya. Coyote la miró.

—Lo probamos en el ordenador y funcionó. Si conseguimos vientos ciclónicos de ciento cincuenta kilómetros por hora sobre Lunae, ya lo verás.

—Pero en Kasei seguro que conocen la existencia de esos vientos —señaló Randolph.

—Es cierto. Pero lo que ellos calculan que sucede cada milenio nosotros podemos crearlo siempre que se den las condiciones iniciales en la cima.

—Guerrilla climatológica —dijo Randolph con los ojos desorbitados—.

¿Cómo lo llaman ustedes, climataje? ¿Ataque meteorológico?

Coyote fingió ignorarlo, aunque Michel vislumbró una sonrisa fugaz a través de las trenzas.

Pero el sistema sólo funcionaría si se daban las condiciones adecuadas. No podían hacer otra cosa que sentarse y rezar para que ocurrieran.

Durante esas largas horas Michel tuvo la sensación de que Coyote trataba de proyectarse al cielo a través de la pantalla de su monitor.

—Vamos —apremiaba el hombre menudo y enjuto en voz baja, con la nariz pegada al cristal—. Sopla, sopla, sopla. Salta desde esa colina, maldito viento. Retuércete, gira, crece. ¡Vamos!

Rondó por el coche a oscuras mientras los demás intentaban dormir un poco, murmurando: «Mira, sí, mira», señalando detalles en las fotografías de satélite que nadie más veía. Luego se sentó y estudió caviloso los datos meteorológicos, mascando pan y maldiciendo, silbando como el viento. Michel yacía en el estrecho catre con la cabeza apoyada en la mano, y observaba con fascinación la ronda incesante de Coyote en la oscuridad: una figura pequeña, sombría, secreta, chamanesca. Y la figura de oso del prisionero estaba igualmente despierta y atenta a la escena nocturna: se le oía frotarse el mentón sin afeitar y Michel distinguía el brillo de sus ojos, que lo miraban como preguntándole cuánto duraría aquello.

—Vamos, maldito seas, vamos. Shuuuu… Sopla como un huracán de octubre…

Al fin, al atardecer del segundo día de espera, Coyote se puso de pie y se desperezó como un gato.

—Han llegado los vientos.

Durante la larga espera algunos rojos habían venido desde Mareotis pura ayudarlos en el rescate, y Coyote había diseñado un plan de ataque con ellos, basado en la información que les había proporcionado Spencer. Se dividirían y atacarían la ciudad desde diversos ángulos. Michel y Maya tenían que conducir un rover hasta el terreno fracturado de la pendiente exterior, donde podrían esconderse al pie de una pequeña mesa desde la que se veían las tiendas exteriores. Una de esas tiendas albergaba la clínica en la que Sax era ingresado periódicamente, un lugar poco vigilado según Spencer, al menos en comparación con el centro de detención de la pendiente interior donde permanecía Sax entre sesión y sesión de la clínica. El programa variaba, y Spencer no podía saber con seguridad dónde estaría Sax en un momento dado. Por eso, cuando el viento empezara a soplar, Michel y Maya entrarían en la tienda de la pendiente exterior y se encontrarían con Spencer, que los guiaría hasta la clínica. El rover más grande, con Coyote, Kasei, Nirgal y Art Randolph, se reuniría con los rojos de Mareotis en la pendiente interior. Otros rovers rojos tratarían de que la incursión pareciese un ataque a gran escala desde todas las direcciones, sobre todo desde el este.

—Nosotros llevaremos a cabo el rescate —dijo Coyote, mirando con expresión torva la pantalla—. El viento lanzará el ataque.

A la mañana siguiente Maya y Michel esperaban en el rover la llegada de los vientos. Desde donde estaban dominaban la pendiente de la orilla exterior hasta la gran isla lemniscata. Durante todo el día observaron los verdes mundos burbuja bajo las tiendas de la orilla exterior y la cresta: pequeños terrarios que dominaban la roja curvatura arenosa del valle, conectados por tubos peatonales transparentes y uno o dos tubos puente arqueados. Se parecían a la Burroughs de hacía cuarenta años, pedazos de una ciudad que crecía para llenar un gran cauce desértico.

Michel y Maya durmieron, comieron, vigilaron. Maya paseaba intranquila por el coche. Su nerviosismo había ido en aumento en los últimos días, y ahora caminaba con pasos silenciosos, como una tigresa enjaulada que ha olido la sangre. La electricidad estática saltaba de las puntas de sus dedos cuando acariciaba el cuello de Michel, haciendo doloroso el contacto. No había manera de tranquilizarla. Cuando Maya se dejó caer en el asiento del conductor, Michel se quedo de pie detrás de ella y le masajeo el cuello y los hombros como Maya le había hecho a el, pero era como intentar amasar bloques de madera y Michel sintió que los brazos se le ponían tensos.

Mantenían una conversación deshilvanada, inconexa, que se parecía a una asociación libre de ideas. Esa tarde acabaron hablando de los días en la Colina Subterránea: sobre Sax e Hiroko, e incluso sobre John y Frank.

—¿Recuerdas cuando una de las cámaras abovedadas se vino abajo?

—No —respondió ella con irritación—. No lo recuerdo. ¿Te acuerdas de la vez que Ann y Sax tuvieron aquella discusión tan sonada sobre la terraformación?

—No —contesto Michel con un suspiro—. No puedo decir que lo recuerdo.

Pasaron largo rato avanzando y retrocediendo en el tiempo de esa manera, y al fin tuvieron la sensación de haber vivido en Colinas Subterráneas distintas. Cuando ambos recordaban el mismo suceso se reían. Michel había advertido que los recuerdos de los Primeros Cien eran cada vez más escaso; y parecía que la mayoría de ellos recordaban mejor su infancia en la Tierra que sus primeros años en Marte. Todos guardaban memoria, desde luego, de los sucesos importantes y del curso general de la historia, pero los pequeños incidentes no eran recuerdos compartidos. La retención y recuperación de los recuerdos se convertiría en un gran problema clínico y teórico de la psicología, exarcebado por las longevidades sin precedentes. Michel se había mantenido informado sobre el tema, y aunque había abandonado la practica clínica hacia mucho aun preguntaba a sus viejos camaradas, como en una suerte de experimento informal, como lo hacia ahora con Maya. ¿Recuerdas esto, recuerdas aquello? No, no, no. ¿Qué recuerdas?

Lo mandona que era Nadia, dijo Maya, lo que hizo sonreír a Michel. El tacto de los suelos de bambú en los pies. ¿Y te acuerdas de la vez que les grito a los alquimistas? ¡Pues no!, contesto el. Continuaron, pero era como si las Colinas privadas en las que una vez habitaran hubieran sido universos separados, espacios de Riemann que se entrecruzaban únicamente en el plano del infinito, y ellos vagaran en el largo tramo de sus propios idiocosmos.

—Apenas recuerdo nada de todo aquello —declaro Maya al fin, sombría—. Todavía no puedo soportar pensar en John, ni tampoco en Frank. Trato de no hacerlo. Pero de repente algo desencadena el recuerdo y estoy perdida. ¡Son tan intensos como si hubiesen sucedido una hora antes! O como si estuviesen sucediendo de nuevo. —Tembló bajo las manos de Michel.— Los odio. ¿Comprendes lo que quiero decir?

—Desde luego. Mémoire involuntaire. Eso mismo me sucedió a mí cuando vivíamos en la Colina Subterránea. Así que no es cosa de la edad solamente.

—No. Es la vida. Es lo que no podemos olvidar. Casi no me atrevo a mirar a Kasei…

—Lo sé. Esos niños son extraños. Hiroko es extraña.

—Sí que lo es. ¿Pero fuiste feliz entonces, cuando te marchaste con ella?

—Sí. —Michel se esforzó por rememorar, que sin duda era el eslabón débil de la cadena…— Lo fui, desde luego. Tenía que admitir cosas que había tratado de suprimir en la Colina, que somos animales, que somos criaturas sexuales —dijo masajeándole los hombros con más fuerza.

—Yo no necesitaba recordar eso —dijo ella con una risa breve—. ¿E Hiroko te lo devolvió?

—Sí. Pero no sólo Hiroko. Evgenia, Rya… todas ellas. No directamente, vaya. Bueno, algunas veces directamente. Pero sólo para admitir que teníamos cuerpos, que éramos cuerpos. Trabajando juntos, viéndonos y tocándonos. Yo necesitaba aquello. Tenía verdaderas dificultades. Y ellas se las arreglaron para conectarlo con Marte además. Tú nunca pareciste tener problemas con eso tampoco, pero yo sí. Estaba enfermo. Hiroko me salvó. Para ella era una cuestión sensual extraer nuestro hogar y nuestro alimento de Marte. Algo así como hacer el amor con el planeta, o fecundarlo, o hacer las veces de partera. Un acto sensual, en cualquier caso. Fue eso lo que me salvó.

—Eso y sus cuerpos, el de Hiroko, el de Evgenia y el de Rya. —Lo miró por encima del hombro con una sonrisa picara y se echó a reír.— Apuesto a que eso lo recuerdas muy bien.

—Bastante bien.

Era mediodía, pero hacía el sur, sobre la larga garganta de Echus Chasma, el cielo estaba oscureciéndose.

—Quizás el viento esté llegando por fin —dijo Michel.

Las nubes coronaron el Gran Acantilado, una masa turbulenta de altos cumulonimbos, en cuyos vientres oscuros relumbraban los rayos, que caían sobre la cima del acantilado. El aire en el abismo era brumoso, y las tiendas de Kasei Vallis se definían con una nitidez sorprendente en esa bruma, como burbujas de aire transparente sobre los edificios y los árboles curiosamente inmóviles, como pisapapeles de cristal abandonados en el desierto ventoso. Eran poco más de las doce. Tendrían que esperar hasta que cayera la noche aunque llegasen los vientos. Maya se puso de pie y volvió a pasear de un lado a otro, irradiando energía, murmurando para sí en ruso, agachándose para mirar por las ventanas bajas. Las ráfagas embestían el rover, silbando y aullando sobre la roca quebrada al pie de la pequeña mesa a su espalda.

La impaciencia de Maya puso nervioso a Michel: era como estar encerrado con un animal salvaje. Se dejó caer pesadamente en uno de los asientos delanteros y contempló las nubes que se desplomaban desde el borde del Acantilado. La gravedad marciana permitía que los cúmulos se elevaran a gran altura en el cielo, y esas inmensas masas blancas en forma de yunque con la formidable pared del acantilado bajo ellas conferían una grandeza surrealista al mundo. Ellos eran como hormigas en ese paisaje, eran el pequeño pueblo rojo.

Sin duda intentarían el rescate esa noche; ya habían tenido que esperar demasiado. En una de sus incesantes vueltas, Maya volvió a detenerse detrás de Michel y empezó a masajearle los músculos entre el cuello y los hombros. Cada apretón envió intensas descargas sensitivas que bajaron por la espalda, los flancos y la cara interna de los muslos de Michel, que se dobló entre las manos de ella y se volvió en el asiento giratorio. La abrazó por la cintura y apoyó el oído contra su esternón. Maya siguió masajeándole los hombros, y él sintió que se le aceleraban el pulso y la respiración. Entonces Maya se inclinó y le besó la coronilla. Se abrazaron más estrechamente, Maya aún masajeándole los hombros. Permanecieron así mucho tiempo.

Después pasaron a la sala de estar e hicieron el amor. Llenos de aprensión como estaban, se entregaron con vehemencia. Sin duda la conversación sobre la Colina Subterránea lo había provocado: Michel recordó sus deseos ilícitos de Maya en esos años y enterró la cara en su cabello de plata, intentando fundirse con ella, alcanzar su interior. Como el animal felino que era, también ella empujó en un vigoroso intento de alcanzar el interior de Michel, y ese esfuerzo los arrebató por completo. Era bueno que estuviesen solos, libres para sumergirse sorprendidos en aquel rapto, para dejarse llevar por aquellas oleadas eléctricas.

Más tarde, Michel estaba tendido sobre Maya, aún dentro de ella, y Maya le tomó el rostro entre las manos y lo miró.

—En la Colina Subterránea yo te amaba —susurró él.

—En la Colina Subterránea —dijo ella despacio—, yo también te amaba. De veras. Nunca hice nada al respecto porque me habría sentido estúpida, ya sabes, después de lo de John y Frank. Pero te amaba. Por eso me sentí tan herida cuando te fuiste. Tú eras mi único amigo. Tú eras el único con el que yo podía hablar con franqueza. El único que me escuchaba de verdad.

Michel negó con la cabeza, recordando.

—No hice un buen trabajo, me parece.

—Quizá no. Pero te preocupabas por mí, ¿no? ¿O era sólo tu trabajo?

—¡Oh no! Yo te amaba, sí. Nunca era sólo trabajo contigo, Maya.

—Adulador —dijo ella, empujándolo—. Tú siempre hacías eso. Tratabas de dar la mejor interpretación a las cosas horribles que yo hacía.

—Soltó una risa breve.

—Sí. Pero no eran tan horribles.

—Lo eran. ¡Y entonces desapareciste!

—Lo abofeteó con suavidad.

—¡Me abandonaste!

—Me marché, nada puede cambiar eso. Tuve que hacerlo.

Maya apretó los labios con amargura, y miró más allá de él, al abismo profundo de los años, deslizándose de nuevo hacia abajo en la curva sinusoide de sus estados de ánimo, hacia algo más profundo y oscuro, Michel la observó con una dulce resignación. Había sido feliz durante mucho tiempo, y esa expresión en la cara de ella le hizo comprender que si se quedaba con Maya cambiaría su felicidad —al menos esa felicidad particular— por ella. Su «optimismo por sistema» se convertiría en un esfuerzo, y tendría una nueva antinomia que reconciliar en su vida, tan irreconciliable como Provenza y Marte, que sería simplemente Maya y Maya.

Yacieron perdidos en sus pensamientos, mirando afuera y sintiendo el balanceo del rover. El viento seguía aumentando y el polvo se derramaba sobre Echus Chasma y luego por Kasei Vallis en un remedo fantasmal de la gran marea que había excavado el canal. Michel se obligó a observar las pantallas.

—Más de doscientos kilómetros por hora.

Maya gruñó. Los vientos eran más rápidos en el pasado, pero con la atmósfera mucho más densa esas velocidades eran engañosas; los vendavales del presente eran mucho más poderosos que los viejos, escandalosos pero inconsistentes.

Era evidente que entrarían esa noche, sólo tenían que esperar la señal de radio de Coyote. Volvieron a tumbarse juntos y esperaron, tensos y relajados a un tiempo, dándose masajes el uno al otro para pasar el tiempo y aliviar la tensión, Michel maravillándose de la gracia felina del cuerpo largo y musculoso de Maya, viejo por la edad, pero en muchos aspectos el mismo de siempre. Tan hermoso como siempre.

Al fin el crepúsculo manchó el aire brumoso y las nubes monumentales en el este, que ahora cubrían la pared del acantilado. Se levantaron y se lavaron con esponjas. Comieron algo, se vistieron y se sentaron en los asientos delanteros, y la tensión creció de nuevo cuando el sol de cuarzo desapareció y el crepúsculo tormentoso se apagó.

En la oscuridad el viento sólo era ruido y un temblor irregular del rover sobre sus rígidos amortiguadores. Durante unos segundos las ráfagas aplastaban el coche, que luchaba por elevarse en los muelles y fracasaba, como un animal tratando de liberarse del fondo de una corriente. Entonces las ráfagas cedían y el rover saltaba hacia arriba.

—¿Crees que podremos caminar con este viento? —preguntó Maya. Michel no contestó. Él había salido con ventiscas fuertes en otras ocasiones, pero en la oscuridad nadie podía afirmar que ésta no fuera peor que aquéllas. El anemómetro del rover registraba ráfagas de doscientos treinta kilómetros por hora, pero estaban al abrigo de una pequeña mesa, y no se podía asegurar que reflejase las velocidades máximas verdaderas.

Comprobaron el medidor de arena y no se sorprendieron al descubrir que se trataba además de una tormenta de arena con todas las de la ley.

—Acerquemos más el rover —propuso Maya—. Llegaremos allí antes, y nos será más fácil encontrar el coche después.

—Buena idea.

Se sentaron al volante y emprendieron la marcha. Fuera del abrigo de la mesa, el viento era feroz. En cierto momento el zarandeo se hizo tan severo que temieron volcar; y si hubiesen tenido el viento de través seguramente habrían volcado. Con el viento detrás, avanzaban a quince kilómetros por hora cuando deberían ir a diez, y el motor zumbaba infeliz mientras frenaba el coche para evitar que fuese aún más rápido.

—Este viento es excesivo, ¿no? —preguntó Maya.

—No creo que Coyote pueda controlarlo, la verdad.

—Guerrilla climatológica —dijo Maya con un bufido—. Ese hombre es un espía, estoy segura.

—Yo no lo creo.

Las cámaras no mostraban más que un torrente de oscuridad sin estrellas. La IA del rover los estaba guiando a estima, y en el mapa de la pantalla aparecían situados a dos kilómetros de la tienda más meridional de la orilla exterior.

—Será mejor que caminemos desde aquí —dijo Michel.

—¿Cómo encontraremos el coche después?

—Tendremos que utilizar el hilo de Ariadna.

Se pusieron los trajes y entraron en la antecámara. Cuando la puerta exterior se abrió, el aire los succionó de inmediato.

En cuanto estuvieron fuera unas violentas ráfagas los embistieron por la espalda. Una derribó a Michel, que acabó a gatas en el suelo. Buscó a Maya entre el polvo y la vio en la misma posición detrás de él. Se acercó a la puerta, tomó el carrete de hilo y se lo sujetó al antebrazo; luego asió la mano de Maya.

Tras repetidos ensayos, descubrieron que podían levantarse si se encorvaban hacia adelante, el casco y la cintura al mismo nivel. Avanzaron a trompicones, despacio, aplastándose contra el suelo cuando las ráfagas eran demasiado potentes. Apenas veían el suelo que pisaban, y no era difícil golpearse una rodilla con una roca. El viento de Coyote había bajado con demasiada fuerza. Pero no se podía hacer nada. Y desde luego los habitantes de las tiendas de Kasei no estarían fuera dando un paseo.

Una ráfaga volvió a arrojarlos al suelo y Michel dejó que el viento pasara sobre él. A duras penas evitó que lo arrastrase. Su consola de muñeca estaba conectada a la de Maya por un hilo telefónico.

—Maya, ¿estás bien? —preguntó.

—Sí. ¿Y tú?

—Perfectamente —contestó, aunque descubrió una pequeña rasgadura en el guante, sobre el nudillo del pulgar.

Apretó el puño, sintiendo el frío filtrarse y subir por la muñeca. Bueno, no se le congelaría instantáneamente como en el pasado, ni tampoco se le haría un moretón por la presión. Sacó un parche del compartimiento de muñeca y cubrió el rasgón.

—Creo que será mejor que avancemos así.

—¡No podemos arrastrarnos dos kilómetros!

—Podemos sí no queda más remedio.

—Pues no creo que lo consigamos. Podemos seguir como hasta ahora y estar preparados para tirarnos al suelo si es necesario.

—De acuerdo.

Se pusieron de pie, encorvados, y avanzaron arrastrando los pies con cautela. El polvo negro pasaba junto a ellos con una velocidad inaudita. Las indicaciones del mapa de navegación iluminaban el visor de Michel, a la altura de la boca: la primera tienda aún estaba a un kilómetro, y para su sorpresa, los números verdes del reloj marcaban las 11:15:16; llevaban fuera una hora. El aullido del viento le impedía oír a Maya, aun con el intercom pegado a la oreja. En esos momentos Coyote y los otros, además de los rojos, debían de estar atacando los alojamientos de la orilla interior, pero no podían estar seguros. Tendrían que confiar en que la fuerza del viento no hubiese impedido esa fase de la acción, o no la hubiese retrasado demasiado.

Era un asunto complicado avanzar encorvados, unidos por el hilo telefónico. Continuaron con obstinación, hasta que los muslos y la parte baja de la espalda les ardieron. Al fin, el indicador de navegación les reveló que estaban muy cerca de la tienda más meridional. No podían verla. El viento arreció aún más, y tuvieron que arrastrarse en los últimos cientos de metros, sobre una roca dolorosamente dura. Los dígitos del reloj se detuvieron en las 12:00:00. No mucho después tropezaron con el remate de hormigón de la tienda.

—Puntuales como los suizos —susurró Michel.

Spencer los esperaba en el lapso marciano, y habían pensado que tendrían que esperar en el muro hasta que se hiciera la hora. Michel alargó una mano y empujó con suavidad la capa exterior de la tienda. Estaba muy tirante, y latía a cada embestida del aire.

—¿Lista?

—Sí —dijo Maya, la voz tensa.

Michel sacó una pequeña pistola de aire comprimido, y Maya hizo lo mismo. Las pistolas tenían múltiples accesorios que permitían hacer cualquier cosa, desde enroscar un tornillo a poner una inyección. Ahora iban a usarlas para rasgar el duro y elástico material de la tienda.

Desconectaron el hilo telefónico que los unía y apretaron las pistolas contra el tenso y vibrante muro invisible. Dispararon a la vez.

No ocurrió nada. Maya volvió a conectar el hilo telefónico a su muñeca.

—Quizá tengamos que acuchillarla.

—Quizá. Pongamos las dos pistolas juntas y probemos de nuevo. Este material es fuerte, pero con el viento…

Desconectaron, se prepararon, probaron: sus brazos fueron proyectados sobre el remate y ellos se desplomaron contra el muro de hormigón. Una fuerte explosión fue seguida por otra menor; luego se oyó un fragor lejano y una serie de explosiones. Las cuatro capas de la tienda se estaban desgarrando entre dos de los contrafuertes y quizá en toda la cara sur, lo que provocaría el estallido de toda la tienda. El polvo volaba entre los poco iluminados edificios que tenían delante. Las ventanas se apagaban a medida que los edificios se quedaban sin electricidad; algunos perdieron las ventanas a causa de la súbita despresurizaron, aunque esta no era ni mucho menos tan grave como lo habría sido en el pasado.

—¿Estás bien? —preguntó Michel por el intercom.

—Me he hecho daño en el brazo —contestó ella, aspirando el aire entre los dientes. Por encima del rugido del viento se escuchaban las alarmas—. Busquemos a Spencer —añadió con aspereza. Se puso de pie y el viento la empujó con violencia sobre el remate; Michel la siguió y cayó sobre ella.

—Vamos —dijo Maya.

Se adentraron tambaleando en la ciudad prisión de Marte.

Dentro de la tienda reinaba el caos. El polvo convertía el aire en una especie de gel negro que se derramaba por las calles con fantástica velocidad y con un chillido tan agudo que Michel y Maya apenas se oían cuando reconectaron la línea telefónica. La descompresión había volado muchas ventanas e incluso derribado muros, y las calles estaban sembradas de fragmentos de cristal y cafeoles de hormigón. Avanzaron lado a lado, tanteando con los pies, confirmando con las manos.

—Inténtalo con el mapa de infrarrojos —recomendó Maya.

Michel lo activó. La imagen infrarroja era dantesca: los edificios dañados resplandecían como fuegos verdes.

Llegaron al gran edificio central donde Spencer había dicho que tendrían a Sax, y descubrieron que también allí brillaba el verde en una pared. Por suerte, unos mamparos protegían la clínica subterránea. De no ser por eso, el intento de rescate habría acabado con Sax, aunque no podía descartarse que hubiese ocurrido lo peor, juzgó Michel, porque los suelos de la planta baja del edificio estaban resquebrajados.

Llegar a la clínica sería un problema. Se suponía que había un hueco de escalera que funcionaba como antecámara de emergencia, pero no sería fácil localizarlo. Michel sintonizó la frecuencia común, y a través de ella le llegó un galimatías frenético de confusión general; las tiendas que cubrían los dos cráteres menores de la pendiente interior habían estallado, y se oían llamadas de socorro. Maya propuso esconderse y esperar a que saliese alguien.

Se agacharon detrás de una pared y esperaron, algo resguardados del viento. Entonces, delante de ellos una puerta se abrió de par en par y unas figuras con traje corrieron a la calle y desaparecieron. Maya y Michel fueron hasta la puerta y entraron.

Se encontraron en un vestíbulo, todavía despresurizado; pero las luces funcionaban, y en un panel parpadeaban unas luces rojas. Era una antecámara de emergencia. Cerraron la puerta exterior y el reducido espacio volvió a presurizarse. Se plantaron ante la puerta interior y se miraron a través de los visores polvorientos. Michel se pasó el guante por el suyo para limpiarlo un poco y se encogió de hombros. En el rover habían discutido sobre ese momento, el momento crucial de la operación, pero no habían podido planear nada; y ahora el momento había llegado, y la sangre le volaba en las venas como impelida por el viento.

Desconectaron el hilo y sacaron las pistolas láser que Coyote les había dado. Michel disparó al panel de la puerta y esta se abrió con un siseo. Encontraron a tres hombres con traje pero sin casco; parecían asustados. Michel y Maya dispararon y los hombres cayeron al suelo retorciéndose. Rayos de las puntas de los dedos.

Arrastraron a los tres hombres hasta una habitación lateral y los encerraron allí. Michel se preguntó si no les habrían disparado demasiadas veces; las arritmias cardíacas eran frecuentes cuando esto ocurría. Sentía que el cuerpo se le había expandido tanto que el traje lo oprimía, y tenía mucho calor, jadeaba y sentía una exaltación feroz. Maya parecía sentirse igual: echó a andar por un pasillo, casi corriendo. De repente, el pasillo quedó a oscuras. Maya encendió la linterna del casco y siguieron el polvoriento cono de luz hasta la tercera puerta a la derecha, donde Spencer les había dicho que estaría Sax. Estaba cerrada.

Maya sacó una pequeña carga explosiva y la colocó sobre la manija y la cerradura; retrocedieron algunos metros por el pasillo. Cuando detonó la carga la puerta se abrió violentamente, impulsada por el aire del interior. Corrieron adentro y encontraron a dos hombres intentando sellar los cascos; cuando vieron a Michel y Maya uno se llevó la mano a la pistolera y el otro corrió hacia una consola de mesa. Pero la necesidad de asegurar los cascos se impuso y no consiguieron hacer ninguna de las dos cosas antes de que los intrusos les disparasen. Cayeron al suelo.

Maya retrocedió y cerró la puerta por la que habían entrado. Recorrieron otro pasillo, el último. Llegaron a una puerta y Michel la señaló. Maya sostuvo la pistola con las dos manos y con una inclinación de cabeza indicó que estaba lista. Michel abrió la puerta de una patada y Maya se precipitó dentro seguida por Michel. Una persona con traje y casco estaba inclinada sobre lo que parecía una mesa de operaciones, trabajando en la cabeza de un cuerpo yacente. Maya disparó varias veces y la figura se desplomó como si le hubiesen dado un puñetazo, y luego rodó por el suelo sacudida por espasmos musculares.

Corrieron hacia el hombre de la mesa de operaciones. Era Sax, aunque Michel lo reconoció más por el cuerpo que por el rostro, que era una máscara mortuoria con los ojos morados y la nariz aplastada. Parecía estar con vida. Empezaron a soltarle las correas. Tenía electrodos pegados en varios puntos de la cabeza rapada, y Michel hizo una mueca de dolor cuando vio que Maya los arrancaba sin miramientos. Michel sacó un traje de emergencia y enfundó las piernas y el torso inertes de Sax, maltratándolo en su prisa; pero Sax ni siquiera gimió. Maya sacó un casco de tela de emergencia y un pequeño tanque de la mochila de Michel; los conectaron al traje de Sax y activaron el dispositivo.

Maya se aferraba a la muñeca de Michel con tanta fuerza que éste temió que le rompiera los huesos. Ella volvió a conectar el hilo telefónico.

—¿Está vivo?

—Creo que sí. Saquémoslo de aquí.

—¡Mira lo que le han hecho en la cara esos fascistas asesinos!

La persona caída en el suelo se movía, y Maya se acercó a ella y le pateó el vientre. Entonces se inclinó y miró a través del visor, y sorprendida soltó un juramento.

—¡Es Phyllis!

Michel arrastró a Sax fuera de la habitación y por el pasillo. Maya lo alcanzó. Alguien apareció delante de ellos y Maya levantó la pistola, pero Michel le apartó la mano: era Spencer Jackson, lo reconoció por los ojos. Spencer habló, pero con los cascos no podían oírle. Al darse cuenta, el hombre gritó:

—¡Gracias a Dios que llegaron! ¡Ya habían acabado con él! ¡Iban a matarlo!

Maya dijo algo en ruso y corrió de vuelta a la habitación; arrojó algo dentro y regresó deprisa. Una explosión proyectó fuera de la habitación humo y escombros, que acribillaron la pared opuesta.

—¡No! —gritó Spencer—. ¡Era Phyllis!

Ya lo se —gritó Maya con rabia, pero Spencer no pudo oírla.

—Vamos —insistió Michel, tomando en brazos a Sax. Le indicó a Spencer que se pusiera un casco—. Salgamos de aquí.

Nadie parecía oírlo, pero Spencer se puso un casco y ayudó a Michel a cargar a Sax por el pasillo y escaleras arriba hasta la planta baja.

Fuera la intensidad del ruido había crecido, y estaba muy oscuro. Rodaban objetos por el suelo, y algunos incluso volaban. Michel recibió un impacto en el visor que lo derribó.

Después de eso le pareció estar distanciado de todo lo que ocurría. Maya conectó una línea a la muñeca de Spencer y les siseó órdenes a los dos, la voz dura y precisa. Cargaron el cuerpo de Sax hasta el muro de la tienda y lo pasaron por encima, y luego se arrastraron de un lado a otro hasta que dieron con el carrete de hierro de su hilo de Ariadna.

De inmediato fue evidente que no podrían caminar con ese viento. Tendrían que arrastrarse sobre rodillas y manos: uno cargaría a Sax a la espalda y los otros lo ayudarían a los lados. Se arrastraron siguiendo el hilo; sin él no habrían tenido ninguna posibilidad de encontrar el rover. Gatearon hacia su objetivo con las manos y las rodillas entumecidas por el frío. Michel advirtió un chorro oscuro de polvo y arena bajo su visor. En algún momento comprendió que el visor se había resquebrajado.

Descansaban cada vez que cambiaban a Sax de porteador. Cuando Michel terminó su turno, se arrodilló, jadeando y apoyó el visor contra el suelo, de modo que el polvo volara sobre él. Sentía la arena roja en la lengua, amarga, salada y sulfurosa: el sabor del miedo marciano, de la muerte marciana; o quizás sólo era el sabor de su sangre, no podía decirlo. Había demasiado ruido para pensar, le dolía el cuello, le zumbaban los oídos y veía gusanos rojos, el pequeño pueblo rojo saliendo al fin de su visión periférica para bailar delante de él. Sintió que estaba a punto de desvanecerse. En cierto momento pensó que iba a vomitar, lo que era peligroso con un casco, y todo su cuerpo, cada músculo, cada célula, se encogió en un esfuerzo doloroso y sudoroso por contener el vómito. Luego de una larga lucha, la arcada pasó.

Siguieron arrastrándose. Una hora de esfuerzo mudo y violento pasó, y luego otra. Las rodillas de Michel estaban perdiendo el entumecimiento para dejar paso a un dolor lacerante: las tenía desolladas. A veces se tendían en el suelo esperando a que una ráfaga particularmente maníaca pasara. Era sorprendente cómo incluso a velocidades huracanadas, el viento llegaba en rachas, no era una presión continua, sino una sucesión de golpes violentos. A veces tenían que esperar tanto que dejaban vagar la mente o dormitaban. Ya pensaban que el alba los sorprendería. Pero entonces Michel vio los números fracturados del reloj del visor: sólo eran las tres y media de la madrugada. Siguieron arrastrándose.

Y entonces el hilo subió, y se encontraron con la puerta de la antecámara del rover ante las narices. Metieron a Sax a ciegas en la antecámara y luego entraron cansadamente tras él. Cerraron la puerta exterior y presurizaron la cámara. Una espesa capa de arena cubría el suelo, y el polvo remolineaba frente a la bomba del ventilador, manchando el aire demasiado luminoso. Parpadeando, Michel estudió el pequeño visor de emergencia de Sax; era como mirar en unas gafas de buceo, y no advirtió ninguna señal de vida.

Cuando la puerta interior se abrió, se libraron de cascos, botas y trajes, y entraron cojeando en el rover, cerrando deprisa la puerta para dejar atrás el polvo. Michel tenía la cara mojada, y cuando se la secó descubrió que era sangre, de color rojo vivo en el compartimiento sobreiluminado. Le había sangrado la nariz. Aunque las luces brillaban todo aparecía apagado en su visión periférica, y la sala estaba extrañamente quieta y silenciosa. Maya tenia un corte feo en el muslo, y la piel que lo rodeaba estaba blanca de escarcha. Spencer parecía exhausto, ileso pero muy agitado. Le quitó el casco de tela a Sax, hablándoles atropelladamente mientras lo hacía.

—¡No pueden arrancarle las sondas a la gente de esa manera, pueden causarles daños! ¡Tenían que haberme esperado, ustedes no tenían ni idea de lo que estaban haciendo!

—Ni siquiera sabíamos si vendrías —dijo Maya—. Te retrasaste.

—¡No mucho! ¡No tenían que dejarse dominar por el pánico!

—¡No nos dominó el pánico!

—¿Entonces por qué lo sacaron de allí con esas prisas? ¿Y por qué mataste a Phyllis?

—¡Ella era una torturadora, una asesina! Spencer meneó la cabeza con violencia.

—Ella era tan prisionera como Sax.

—¡No es cierto!

—Tú no lo sabes. ¡Tú la mataste sólo por lo que parecía! Tú no eres mejor que ellos.

—¡Maldita sea! ¡Ellos son los que nos torturan! ¡Tú no los detuviste y tuvimos que hacerlo nosotros!

Maldiciendo en ruso, Maya fue hasta uno de los asientos delanteros y puso en marcha el rover.

—Envía el mensaje a Coyote —le escupió a Michel.

Michel trató de recordar cómo funcionaba la radio. Su dedo por fin pulsó la tecla que liberaba el mensaje: tenían a Sax. Entonces volvió al sofá donde estaba tendido Sax, respirando superficialmente, en estado de shock. Le habían afeitado algunas zonas del cráneo. También a él le había sangrado la nariz. Spencer se la limpió delicadamente, sacudiendo la cabeza.

—Utilizaron resonancias magnéticas y ultrasonidos localizados —dijo sombrío—. Arrancarle los electrodos de esa manera podría haberlo… —Se interrumpió y volvió a sacudir la cabeza.

Sax tenía el pulso débil e irregular. Michel empezó a quitarle el traje, viendo sus propias manos moverse como estrellas de mar, flotando; actuaban con independencia de su voluntad, era como si trabajase con un teleoperador averiado. Estoy aturdido, pensó. Tengo una conmoción. Sintió náuseas. Spencer y Maya se gritaban furiosamente, y él no podía captar el sentido.

—¡Ella era una bruja!

—¡Si matasen a la gente por ser una bruja, tú nunca habrías salido viva del Ares!

—Basta ya —dijo Michel débilmente—. Los dos.

No comprendía del todo lo que decían, pero sin duda era una pelea, y él sabía que tenía que mediar. Maya estaba incandescente de ira y dolor, llorando y gritando, y Spencer gritaba temblando de pies a cabeza. Y Sax estaba en coma. Tendré que empezar con la psicoterapia otra vez, pensó Michel, y rió. Avanzó como flotando hasta un asiento delantero e intentó comprender los controles, que latían como manchas borrosas bajo el oscuro polvo que volaba al otro lado del parabrisas.

—Conduce —le dijo a Maya con desesperación.

Ella estaba en el asiento contiguo, llorando con rabia, aferrada al volante. Michel le apoyó una mano en el hombro y ella la apartó con violencia; la mano voló como si fuera la de una marioneta, y él estuvo a punto de caerse de la silla.

—Hablaremos más tarde —dijo Michel—. Lo hecho, hecho está. Ahora tenemos que regresar a casa.

—No tenemos casa —gruñó Maya.

SEXTA PARTE

Tariqat

El Gran Hombre procedía de un gran planeta. Era un viajero, como Paul Bunyan, que divisó Marte y se detuvo para visitarlo, y todavía estaba allí cuando Paul Bunyan llegó, y por esa razón se pelearon. El Gran Hombre ganó, como ya saben. Pero luego de la muerte de Paul Bunyan y de Babe, su gran buey azul, ya no tuvo a nadie con quien hablar, y vivir en Marte fue para el Gran Hombre como intentar vivir sobre una pelota de baloncesto. Vagó un tiempo por el planeta, destrozándolo todo, tratando de adecuarlo a su medida, y al fin desistió y se marchó.

Después de eso, las bacterias de Paul Bunyan y su buey Babe abandonaron sus cuerpos y circularon por las aguas cálidas que cubrían la roca madre en las profundidades de la tierra. Se alimentaron de metano y de sulfuro de hidrógeno y soportaron el peso de millones de toneladas de roca, como si habitaran en un planeta de neutrones. Sus cromosomas se alteraron, mutación tras mutación, y a un ritmo de reproducción de diez generaciones por día no se necesitó mucho tiempo para que la vieja criba de la supervivencia del más apto hiciese su selección natural. Pasaron millones de años. Y muy pronto hubo toda una historia evolutiva submarciana, arrastrándose a través de las grietas del regolito y los intersticios entre los granos de arena, subiendo hacia el frío sol desértico. Criaturas de todas las clases, sólo que diminutas. Eso era todo lo que cabía en el reducido espacio subterráneo, y cuando alcanzaron la superficie ciertos patrones ya eran fijos. Lo cierto es que arriba tampoco había nada que estimulase el crecimiento. Así pues, se desarrolló una biosfera chasmoendolítica en la que todo era pequeño. Las ballenas tenían el tamaño de renacuajos de un día, las secoyas eran como el liquen astado, y así todo. Era como si la proporción que duplicaba en Marte el tamaño de las cosas con respecto a sus análogas terranas se hubiese invertido al fin, y con exageración.

Y así su evolución produjo al pequeño pueblo rojo. Ellos son como nosotros, o así nos lo parece cuando los vemos, porque sólo los vemos por el rabillo del ojo. Si se pudiese tener una visión clara de uno de ellos, se descubriría que tiene el aspecto de una salamandra diminuta erguida sobre las patas, de color rojo oscuro, aunque la piel parece tener algo de camaleónica, y por lo general adopta el color de las rocas entre las que se halla. Si uno distinguiese una de estas criaturas con claridad, advertiría que su piel parece liquen coriáceo mezclado con granos de arena, y que los ojos son rubíes. Es fascinante, pero no sé entusiasmen demasiado, porque lo cierto es que nunca tendrán la oportunidad. Es en extremo difícil. Cuando se quedan quietos es imposible verlos. Y no los veríamos nunca si no fuese porque cuando están de buen humor algunos confían tanto en su habilidad para quedarse quietos y desaparecer que saltan en nuestro campo de visión periférica sólo para confundirnos. Pero cuando uno vuelve los ojos para mirar dejan de moverse, y ya nunca vuelves a verlos.

Viven en todas partes, incluyendo nuestras habitaciones. Por lo común hay unos pocos en el polvo de los rincones. ¿Y cuántos pueden presumir de no tener polvo en los rincones? No muchos, creo. Se organiza una buena cuando barremos. Sí, en esos días el pequeño pueblo rojo tiene que correr como alma que lleva el diablo. Es una catástrofe para ellos. Imaginan que somos unos grandullones idiotas que de vez en cuando tenemos arrebatos destructivos.

Sí, es cierto que el primer humano que vio al pequeño pueblo rojo fue John Boone. ¿Qué otra cosa esperaban? Sucedió a las pocas horas de aterrizar. Más adelante aprendió a verlos incluso cuando estaban inmóviles, y empezó a hablar con los que vivían en su habitación, hasta que al fin ellos cedieron y contestaron. Se enseñaron sus respectivas lenguas, y todavía hoy se puede oír al pueblo rojo emplear numerosos booneísmos en el inglés que hablan. Con el tiempo, toda una multitud de ellos viajaba con Boone adonde quiera que fuese. Les gustaba, y John no era una persona demasiado pulcra, así que tenían sus rincones. Sí, había unos centenares en Nicosia la noche que lo asesinaron. Ellos fueron quienes atraparon a los árabes que murieron más tarde esa misma noche: una banda de la gente pequeña fue tras ellos. Espantoso.

Eran amigos de John Boone y su muerte los entristeció tanto como a los demás. Desde entonces, no ha habido ningún humano que aprendiese su idioma o los llegase a conocer tanto como Boone. Sí, John fue también el primero en contar historias sobre ellos. Mucho de lo que nosotros sabemos proviene de él, a causa de esa relación especial. Sí, se dice que el abuso de omegendorfo provoca la aparición de puntos móviles, borrosos y rojos en la visión periférica del abusador.

De cualquier modo, desde la muerte de John, el pequeño pueblo rojo ha estado viviendo con nosotros sin revelarse, observándonos con sus ojos de rubí y tratando de averiguar cómo somos y por qué actuamos como lo hacemos. Y cómo pueden tratar con nosotros y conseguir lo que quieren, con quiénes pueden hablar y mantener una amistad, seguros de que no los barrerá cada pocos meses ni tampoco arruinará el planeta. Por eso nos observan. Ciudades-caravana enteras llevan al pueblo rojo de un lado a otro con nosotros. Y ellos están preparándose para hablarnos otra vez. Están averiguando con quién podrán hablar. Se preguntan a sí mismos: ¿quiénes entre estos gigantes idiotas saben algo de Ka?

Ése es el nombre que ellos dan a Marte, sí. Lo llaman Ka. A los árabes les encanta, porque el nombre arábigo de Marte es Qahira, y a los japoneses también les gusta, porque ellos lo llaman Kasei. Pero en realidad muchos nombres terranos de Marte contienen el sonido ka; y algunos dialectos de los pequeños rojos lo tienen como m'kah, lo que añade un sonido presente en muchos otros nombres terranos del planeta. Es posible que el pequeño pueblo rojo tuviese un programa espacial en tiempos pasados y viajaran a la Tierra y fuesen nuestros duendes, hadas y gente pequeña en general, y que entonces explicasen a algunos humanos de dónde procedían, y que ellos mismos nos proporcionaran el nombre. Por otra parte, puede ser también que el planeta mismo sugiera el sonido de alguna manera hipnótica que afecta a todos los observadores conscientes, los que están sobre el planeta o los que la contemplan como una estrella roja en el cielo. No sé, quizá sea el color. Ka.

Así pues, los ka nos observan y preguntan: ¿Quién conoce a Ka?

¿Quién dedica tiempo a Ka, y aprende de Ka, y a quién le gusta tocar a Ka y caminar sobre Ka, y quién deja que Ka penetre en él, y deja el polvo de las habitaciones en paz? Ésos son los humanos con los que hablaremos. Muy pronto nos presentaremos, dicen ellos, a aquellos a los que parezca gustarles Ka. Y cuando lo hagamos, será mejor que estén preparados. Porque tenemos un plan. Será tiempo de abandonarlo todo y salir a las calles, a un mundo nuevo. Había llegado la hora de liberar a Ka.

Condujeron hacia el sur en silencio. El coche se sacudía bajo los embates del viento. Pasaban las horas y no tenían noticias de Michel y Maya. Habían acordado emitir unas señales de radio que sonaban como la estática provocada por los rayos, una para éxito y otra para fracaso. Pero la radio sólo siseaba, apenas audible sobre el fragor del viento. Cuanto más tiempo pasaba, más crecía la intranquilidad de Nirgal: parecía como si algún desastre se hubiese abatido sobre los compañeros en el muro exterior, y en vista de la situación extrema que habían vivido ellos mismos esa noche —el avance desesperado, arrastrándose a través de la negrura que bramaba, la lluvia de escombros, los disparos frenéticos de los ocupantes de las tiendas rojas—, las expectativas eran sombrías. El plan parecía ahora insensato, y Nirgal dudó del juicio de Coyote, que estudiaba su IA murmurando para sí y frotándose las espinillas doloridas. Claro que los demás habían aprobado el plan, incluido Nirgal, y Maya y Spencer habían ayudado a formularlo junto con los rojos de Mareotis. Y nadie esperaba que el huracán katabático fuese tan severo. Sin embargo, Coyote había sido el líder, sin duda. Y ahora parecía muy angustiado, y también furioso y asustado.

Entonces la radio crepitó como si un par de rayos hubiesen caído cerca, y la descodificación del mensaje llegó de inmediato. Éxito. Habían encontrado a Sax y lo habían sacado de allí.

El estado de ánimo en el coche cambió del pesimismo al júbilo. Gritaron, rieron, se abrazaron; Nirgal y Kasei lloraron de felicidad y alivio, y Art, que había permanecido en el coche durante el ataque, y luego había decidido por cuenta propia salir a recojerlos con el rover en medio del oscuro vendaval, fue palmeando espaldas y gritando: —¡Buen trabajo!

¡Buen trabajo!

Coyote, completamente colocado con calmantes, soltó su risa de loco. La gravedad que pesaba en el pecho de Nirgal desapareció y se sintió liviano. Comprendió que esos contrastes de esfuerzo agotador, miedo, ansiedad y alegría, esos momentos excepcionales en que la sorprendente realidad de la realidad lo golpeaba a uno, se grababan en la memoria para siempre, y ahora lo encendían como una chispa. Y advirtió la misma luz iluminando los rostros de todos sus compañeros, animales salvajes resplandeciendo de exaltación.

Los rojos partieron hacia el norte, a su refugio en Mareotis. Coyote condujo deprisa en dirección sur, para acudir a la cita con Michel y Maya. Se encontraron en un mortecino amanecer chocolate, en lo profundo de Echus Chasma. El grupo de Coyote entró presuroso en el coche de Maya y Michel, dispuesto a seguir con la celebración. Nirgal atravesó a trompicones la antecámara y estrechó la mano de Spencer, un hombre de corta estatura, cara redonda y aspecto cansado, y de manos temblorosas, que estudió a Nirgal con detenimiento.

—Me alegro de conocerte —dijo—. He oído hablar de ti.

—Todo fue como una seda —decía Coyote en esos momentos, levantando un coro de protestas de Kasei, Nirgal y Art. En realidad, habían salvado la vida a duras penas, arrastrándose por la pendiente interior, tratando de sobrevivir al tifón y eludir a la policía presa del pánico dentro de la tienda, buscando el coche mientras Art los buscaba a ellos.

La mirada furiosa de Maya cortó en seco la celebración. En verdad, tan pronto como la alegría inicial pasó fue evidente que las cosas no iban bien en el coche. Habían rescatado a Sax, pero demasiado tarde. Lo habían torturado, les explicó Maya lacónica. Aún no sabían hasta qué punto lo habían dañado, puesto que seguía inconsciente.

Nirgal fue al fondo del compartimiento para ver a Sax. El hombre yacía inconsciente, y su cara destrozada era una imagen terrible. Michel regresó allí también y se sentó, aún mareado por el golpe en la cabeza. Y Maya y Spencer parecían estar peleados por alguna razón; no se hablaban ni se miraban. Era evidente que Maya estaba de un humor pésimo, Nirgal reconocía esa mirada porque la había visto de niño, aunque ésta era mucho peor: la expresión tensa y la boca como una hoz curvada hacia abajo.

—Maté a Phyllis —le dijo a Coyote.

Hubo un silencio. Las manos de Nirgal se pusieron frías. Miró alrededor y advirtió que todos se sentían incómodos. La única mujer entre ellos había matado. Nada de esto era racional, ni siquiera consciente, sino primitivo, instintivo, biológico. Y Maya siguió mirándolos fijamente, desdeñosa por el horror de ellos, por su cobardía, con la extraña hostilidad de un águila.

Coyote se acercó a ella y se puso de puntillas para besarla en la mejilla, y le sostuvo la mirada feroz con firmeza.

—Hiciste bien —dijo él, apoyándole una mano en el brazo—. Salvaste a Sax.

Maya se encogió de hombros con desdén y dijo:

—Volamos la máquina a la que estaba conectado Sax. No sé si con eso logramos destruir todos los archivos. Probablemente no. Ellos tenían a Sax y alguien se lo ha llevado, así que no hay razón para celebrar nada: saldrán detrás de nosotros con todos los medios de que dispongan.

—No creo que estén tan bien organizados —opinó Art.

—Cállese —le dijo Maya.

—Bien, de acuerdo, pero miren, ahora que saben de ustedes ya no tendrán que ocultarse tanto, ¿no es cierto?

—De vuelta al trabajo —murmuró Coyote.

Todo ese día avanzaron juntos hacia el sur, ya que el polvo levantado por la tormenta katabática bastaba para ocultarlos de las cámaras satélite. La tensión era alta: Maya seguía dominada por la furia y era imposible hablar con ella. Michel la manejaba como si fuera una bomba que en cualquier momento podía explotar, tratando continuamente de que se concentrase en las cuestiones prácticas y olvidase esa terrible noche. Pero con Sax tendido en un sofá en la sala de estar, inconsciente y con todos aquellos hematomas que le daban aspecto de mapache, no sería fácil olvidar. Nirgal pasó horas sentado junto a Sax, con una mano apoyada en las costillas o la frente del hombre. Aparte de eso, no podía hacer nada. Aun sin los ojos amoratados no se habría parecido al Sax Russell que Nirgal había conocido de niño. Ver las señales evidentes del abuso físico le provocaba un sobresalto visceral, era la prueba de que tenían enemigos mortales en el mundo. Nirgal había meditado mucho en ese tema en los últimos años, y el aspecto de Sax le desagradaba y deprimía: no era sólo el hecho de que tuviesen enemigos, sino que hubiese personas capaces de hacer cosas como aquélla, que las habían hecho a lo largo de toda la historia, tal como se narraba en lo que hasta ahora le habían parecido cuentos increíbles. Eran reales después de todo. Y Sax era uno más entre los millones de víctimas.

La cabeza de Sax se bamboleaba.

—Voy a ponerle una inyección de pandorfo —dijo Michel—. A él y luego a mí.

—Le pasa algo en los pulmones —dijo Nirgal.

—¿Tú crees? —Michel aplicó la oreja contra el pecho de Sax, escuchó un rato, siseó—. Están llenos de líquido, tienes razón.

—¿Qué le estaban haciendo? —le preguntó Nirgal a Spencer.

—Hablaban con él después de dormirlo. Verás, han localizado varios centros de la memoria en el hipocampo, y con drogas y estimulación con ultrasonidos cada minuto, y resonancias magnéticas aceleradas para controlar lo que hacen… Bien, la gente sencillamente contesta cualquier pregunta que le hagan, a menudo con gran lujo de detalles. Le estaban haciendo eso a Sax cuando se levantó el viento y se quedaron sin electricidad. El generador de emergencia saltó de inmediato, pero… — Señaló con un ademán a Sax.— Fue entonces, o cuando lo desconectamos del aparato…

Por eso Maya había matado a Phyllis. El fin de un colaboracionista. Asesinato entre los Primeros Cien.

Bueno, se dijo Kasei en el otro coche, no sería la primera vez. Había quienes pensaban que Maya había preparado el asesinato de John Boone, y según había oído Nirgal otros sospechaban que la desaparición cíe Frank Chalmers también había sido obra suya. La Viuda Negra la llamaban. Nirgal había rechazado esas historias como rumores maliciosos propagados por gente que obviamente odiaba a Maya, como Jackie. Pero en verdad, en ese momento Maya parecía venenosamente peligrosa, mirando con furia la radio, como considerando la idea de romper el silencio y enviar un mensaje al sur: el pelo blanco, la nariz de halcón, la boca como una herida… A Nirgal lo ponía nervioso estar en el mismo coche que ella, aunque luchaba contra esa sensación. Al fin y al cabo, ella había sido una de las profesoras más importantes para Nirgal: había pasado horas y horas absorbiendo su impaciente instrucción en matemáticas, historia y ruso, y había acabado por comprender mejor a Maya que a las asignaturas. Sabía muy bien que Maya no quería ser una asesina, que bajo sus estados de ánimo, a la vez intrépidos y desolados (a la vez maníacos y depresivos), se debatía un alma solitaria, orgullosa y ávida. Por tanto, y a pesar del aparente éxito, todo el asunto había sido desastroso en otro sentido.

Maya se mostraba inflexible: tenían que bajar inmediatamente a la región polar meridional para explicar a la resistencia lo que había ocurrido.

—No es tan fácil —dijo Coyote—. Saben que estuvimos en Kasei Vallis, y puesto que tuvieron tiempo de hacer hablar a Sax, probablemente saben que trataremos de regresar al sur. Ellos pueden mirar un mapa igual que nosotros, y ver que el ecuador está bloqueado en su mayor parte, desde el oeste de Tharsis hasta la zona al este del caos.

—Hay un paso entre Pavonis y Noctis —dijo Maya.

—Sí, pero lo atraviesan varias pistas y tuberías, y dos vueltas del cable del ascensor. He construido túneles por debajo de todo eso, pero si buscan es posible que encuentren algunos o que vean nuestros coches.

—¿Entonces qué propones?

—Creo que lo mejor será que rodeemos Tharsis y el Monte Olimpo por el norte, y luego Amazonis, y que crucemos el ecuador allí.

Maya negó con la cabeza.

—Tenemos que llegar al sur deprisa, para ponerlos al corriente de todo lo que esos villanos han descubierto.

Coyote reflexionó.

—Podemos dividirnos —dijo—. Tengo un pequeño ultraligero en un escondrijo al pie del Mirador de Echus. Kasei puede llevarlos allá y volar hasta el sur con ustedes. Nosotros seguiremos por Amazonis.

—¿Qué hay de Sax?

—Lo llevaremos directamente al hospital bogdanovista de Tharsis Tholus. Sólo está a dos noches de marcha.

Maya discutió el asunto con Michel y Kasei, sin mirar ni una sola vez a Spencer. Los dos estaban de acuerdo, y al fin ella cedió.

—De acuerdo. Salimos para el sur. Vengan tan pronto como puedan.

Viajaron de noche y durmieron de día, a la vieja usanza, y en dos noches cubrieron la distancia entre Echus Chasma y Tharsis Tholus, un cono volcánico en el borde septentrional de la protuberancia de Tharsis.

Había allí una ciudad tienda tipo Nicosia llamada Tharsis Tholus, situada en el flanco oscuro de su homónimo. La ciudad formaba parte del demimonde: la mayoría de sus ciudadanos llevaban una vida corriente en la red de superficie, pero muchos eran bogdanovistas y ayudaban a mantener los refugios bogdanovistas de la zona, así como los refugios rojos en Mareotis y el Gran Acantilado. Y también ayudaban a los que habían abandonado la red o habían nacido fuera de ella. El hospital más importante de la ciudad era bogdanovista, y atendía a buena parte de la resistencia.

Condujeron directamente hacia la tienda, se enchufaron al garaje y salieron. Y muy pronto llegó una pequeña ambulancia que trasladó a toda prisa a Sax al hospital, cerca del centro de la ciudad. Los demás echaron a andar por la herbosa calle principal, disfrutando del espacio luego de tantos días en los rovers. Art los miraba desconcertado, porque no se escondían ni disimulaban, y Nirgal le explicó brevemente qué era el demimonde mientras se dirigían a un café frente al hospital sobre el que había unas habitaciones francas.

En el hospital se ocupaban de Sax. Unas horas después de su llegada Nirgal fue a verlo, y después de lavarse y ponerse ropas estériles le permitieron sentarse junto a él.

Tenían a Sax en un ventilador, que hacía circular un líquido a través de sus pulmones. El líquido podía verse en los cubos transparentes y en la mascarilla que le cubría la cara: parecía un agua turbia. Era un espectáculo terrible, como sí lo estuviesen ahogando. Pero el líquido era una solución de perfluorocarbono, y aportaba a Sax tres veces más oxígeno que el aire y además arrastraba la mucosidad que se había acumulado en los pulmones y reinflaba las vías aéreas aplastadas. También le administraban diversas drogas. La enfermera que se ocupaba de él le explicó todo esto a Nirgal mientras trabajaba.

—Tenía un poco de edema, así que parece un tratamiento paradójico, pero funciona.

Nirgal se sentó, con la mano sobre el brazo de Sax, mirando el fluido dentro de la máscara que cubría la parte inferior de su cara, saliendo y entrando en remolinos.

—Es como si estuviera otra vez en el tanque ectógeno —dijo Nirgal.

—O en el útero —dijo ella, echándole una mirada curiosa.

—Sí. Renaciendo. Ni siquiera parece el mismo.

—No apartes la mano de él —le aconsejó la mujer, y salió.

Allí sentado, Nirgal trató de sentir cómo respondía Sax, trató de sentir la vitalidad luchando en favor de sus propios procesos, nadando de vuelta al mundo. La temperatura de Sax fluctuaba en alarmantes subidas y bajadas. Llegaron algunos médicos y aplicaron instrumentos sobre la cabeza de Sax, hablando entre ellos en voz baja.

—Hay daños. Anterior, mitad izquierda. Veremos.

La enfermera entró unas noches después, cuando Nirgal estaba allí, y le dijo:

—Sostenle la cabeza, Nirgal. El lado izquierdo, justo encima de la oreja, sí. Ponle la mano ahí, así. Y ahora haz lo que tú haces.

—¿Qué?

—Ya sabes. Envíale calor. —Y salió precipitadamente, como avergonzada o asustada por esa sugerencia.

Nirgal se sentó y se recogió en sí mismo. Localizó su fuego interior y trató de impulsar una parte de él hasta su mano, y a través de ella hasta Sax. Calor, calor, una vacilante corriente de blancura hacia el verde herido… Entonces intentó medir el calor de la cabeza de Sax.

Los días volaban y Nirgal pasaba casi todo el tiempo en el hospital. Una noche regresaba de las cocinas cuando la joven enfermera se acercó corriendo, lo agarró del brazo y le dijo: «Vamos, vamos», y Nirgal se encontró en la habitación, sujetando la cabeza de Sax, respirando agitadamente y con los músculos como alambres. Había tres médicos y varios técnicos. Uno de los médicos intentó apartar a Nirgal, pero la joven lo impidió.

Nirgal sintió que algo se agitaba en el interior de Sax, como si se alejase o regresase, una especie de pasaje. Derramó en Sax toda la viriditas que pudo reunir, aterrado de pronto, invadido por los recuerdos de la clínica de Zigoto, cuando se sentaba junto a Simón. Esa expresión en el rostro de Simón la noche que murió. El líquido de perfluorocarbono entraba y salía como una marea veloz y poco profunda. Nirgal observaba, pensando en Simón. La mano del hombre había perdido su calor, y él no pudo devolvérselo. Sax lo reconocería por sus manos calientes, si es que importaba. Pero era todo lo que él podía hacer. Nirgal se esforzó al límite, empujó como si el mundo entero estuviese congelándose, como si pudiese atraer no sólo a Sax sino también a Simón si empujaba con suficiente fuerza.

—¿Por qué, Sax? —le dijo suavemente al oído—. ¿Pero por qué? ¿Por qué, Sax? ¿Por qué? ¿Por qué, Sax? ¿Pero por qué? ¿Por qué, Sax? ¿Por qué?

El perfluorocarbono remolineaba, y la habitación excesivamente iluminada zumbó. Los médicos se afanaron sobre las máquinas y el cuerpo de Sax, mirándose unos a otros, mirando a Nirgal. La palabra por qué se transformó en una plegaria. Pasó una hora, y luego pasaron otras, lentas y ansiosas, y Nirgal no hubiese podido decir si era de noche o de día. El precio por nuestro cuerpo, pensó. El precio que pagamos.

Una semana después de su llegada, al caer la noche, bombearon fuera el líquido de los pulmones de Sax y le retiraron el ventilador. Sax jadeó ruidosamente, y luego respiró. Volvía a ser un mamífero que respiraba aire. Le habían arreglado la nariz, aunque ahora tenía una forma distinta, casi tan chata como antes de que le hiciesen la cirugía estética. Los hematomas aún eran espectaculares.

Más o menos una hora después de que le retirasen el ventilador, recobró la conciencia. Parpadeó y parpadeó. Recorrió la habitación con la mirada, y luego clavó los ojos en Nirgal y aferró su mano con fuerza. Pero no habló, y pronto volvió a dormirse.

Nirgal salió a las calles verdes de la pequeña ciudad, dominada por el cono de Tharsis Tholus, que se alzaba en su majestad roja y negra al norte, como un Fuji achaparrado. Echó a correr con el ritmo regular que le era propio, y recorrió el perímetro de la ciudad varias veces para quemar parte de la energía acumulada. Sax y su gran incógnita…

Se alojaban en las habitaciones sobre el café al otro lado de la calle, y allí encontró a Coyote, cojeando incansablemente de una ventana a otra, musitando y tarareando melodías de calipso.

—¿Qué ocurre? —preguntó Nirgal. Coyote agitó las manos.

—Ahora que Sax está estabilizado, tenemos que irnos de aquí. Spencer y tú podéis atender a Sax en el rover mientras viajamos hacia el oeste rodeando el Monte Olimpo.

—De acuerdo —dijo Nirgal—. En cuanto nos digan que Sax puede salir.

Coyote lo miró.

—Dicen que tú lo salvaste. Que lo trajiste de vuelta de la muerte. Nirgal negó con la cabeza, asustado sólo de pensarlo.

—Él nunca estuvo muerto.

—Ya lo imaginaba. Pero eso es lo que andan diciendo. —Coyote lo miró con aire pensativo.— Tendrás que ir con cuidado.

Viajaron de noche, bordeando la pendiente norte de Tharsis. Sax iba tendido en un sofá detrás de los conductores. Unas horas después Coyote dijo:

—Quiero atacar uno de los campamentos mineros de Subarashii en Ceraunius. —Miró a Sax.— ¿Te parece bien?

Sax asintió con un movimiento de cabeza. Sus moretones de mapache eran ahora verdes y púrpuras.

—¿Por qué no puedes hablar? —le preguntó Art.

Sax se encogió de hombros y emitió unos graznidos. Continuaron rodando.

Desde la base de la cara norte de la protuberancia de Tharsis se extienden unos cañones paralelos llamados Ceraunius Fossae. Hay unas cuarenta de estas fracturas, dependiendo de cómo se las cuente: algunas son cañones, mientras que otras son sólo crestas aisladas o grietas profundas, o simples ondulaciones en la llanura. Todas con orientación norte-sur, atraviesan una rica provincia metalogénica, una masa basáltica con intrusiones de diferentes metales. Por esa razón había numerosos campamentos mineros y plataformas móviles de perforación en esos cañones, y ahora, al contemplarlos en los mapas, Coyote se frotó las manos.

—Tu captura me ha hecho un hombre libre, Sax. Ahora ya saben que estamos aquí fuera, y por tanto nada nos impide poner alguna de esas explotaciones fuera de combate, y de paso hacernos con un poco de uranio.

Así, una noche se detuvieron en el extremo sur de Tractus Catena, el cañón más largo y más profundo del grupo. La cabecera ofrecía un aspecto curioso: la planicie relativamente regular era interrumpida por una rampa que nacía del suelo, de unos tres kilómetros de ancho y unos trescientos metros de fondo, que corría hacia el norte en una línea recta perfecta y se perdía en el horizonte.

Durmieron toda la mañana y por la tarde aguardaron inquietos en el compartimiento de estar, estudiando fotografías de satélite y atendiendo a las instrucciones de Coyote.

—¿Es posible que algún minero resulte muerto? —preguntó Art, manoseándose la prominente y rasposa mandíbula.

Coyote se encogió de hombros.

—Puede ocurrir.

Sax meneó la cabeza con vehemencia.

—Ten cuidado con la cabeza —le dijo Nirgal.

—Estoy de acuerdo con Sax —dijo Art—. Quiero decir que aun dejando de lado las consideraciones morales, que no lo hago, sigue siendo una estupidez en la práctica, porque das por supuesto que tus enemigos son más débiles que tú y harán lo que tú quieras si matas a unos cuantos. Pero las personas no funcionan así. Caramba, piensa en el resultado. Bajas a ese cañón y matas a un puñado de gente que sólo está haciendo su trabajo, y más tarde llegan otros y encuentran los cadáveres. Te odiarán eternamente. Incluso sí algún día controlases Marte, ellos seguirán odiándote y harán lo que sea para estropear las cosas. Y eso será lo único que habrás conseguido, porque la transnac reemplazará a esos mineros en un abrir y cerrar de ojos.

Art miró a Sax, sentado en el sofá y con la vista clavada en él.

—Por otra parte, pongamos que bajas allí y haces algo que obliga a los mineros a correr al refugio de emergencia, y entonces los encierras y destruyes la maquinaria. Llamarán pidiendo ayuda, esperarán, y en uno o dos días vendrán a rescatarlos. Estarán furiosos, pero también pensarán que podrían estar muertos: esos rojos vinieron, destrozaron el equipo y desaparecieron con la velocidad del rayo, ni siquiera pudimos verlos. Podrían habernos matado, pero no lo hicieron. Y la gente que venga en su ayuda pensará lo mismo. Y luego, cuando tengas el control de Marte, o cuando estés tratando de conseguirlo, ellos recordarán y sufrirán el síndrome de Estocolmo y te apoyarán. O trabajarán contigo.

Sax afirmaba con la cabeza. Spencer miraba a Nirgal. Y después todos lo miraron, todos excepto Coyote, que se examinaba las palmas de las manos como si las estuviese leyendo. Entonces levantó la vista y la clavó en Nirgal.

Para Nirgal la cuestión era sencilla, y miró a Coyote con cierta inquietud.

—Art tiene razón. Hiroko nunca nos perdonaría sí empezásemos a matar gente sin razón.

La cara de Coyote se contrajo, como disgustado por la blandura del grupo.

—Acabamos de matar a un puñado de gente en Kasei Vallis —dijo.

—¡Pero eso era diferente! —protestó Nirgal.

—¿En qué?

Nirgal vaciló, inseguro, y Art intervino:

—Ésos eran un puñado de policías torturadores que retenían a vuestro camarada y le estaban friendo el cerebro. Tuvieron lo que merecían. Pero esos tipos del cañón sólo están sacando rocas.

Sax asintió. Los miraba a todos con intensidad y parecía entenderlo todo y sentirse profundamente implicado. Pero, puesto que seguía mudo, era difícil asegurarlo.

Coyote le echó una mirada penetrante a Art.

—¿Es una mina de Praxis?

—No lo sé. Ni me importa.

—Humm. Bien… —Coyote miró a Sax, luego a Spencer y por último a Nirgal, que sentía las mejillas ardiendo.— De acuerdo. Lo haremos a vuestra manera.

Y así, al final de ese día Nirgal salió del rover en compañía de Coyote y Art. El cielo era oscuro y estrellado, y el cuadrante occidental proyectaba una luz rojiza que lo perfilaba todo con nitidez, pero al mismo tiempo le daba un aire extraño. Coyote abría la marcha, y Art y Nirgal lo seguían de cerca. A través del visor Nirgal advirtió que los ojos de Art parecían querer salirse del cristal.

Un sistema de fallas transversales llamado Tractus Traction interrumpía la planicie de Tractus Catena, y ese enrejado de grietas era intransitable para los vehículos. Los mineros de Tractus accedían al campamento bajando en ascensor desde la pared del cañón. Pero Coyote dijo que era posible cruzar Tractus Traction a pie, siguiendo un sendero de grietas conectadas que él mismo había trazado. Muchas de sus acciones incluían atravesar terreno «infranqueable» como ése, lo que había hecho posible algunas de sus visitas más legendarias y le había permitido recorrer tierras desoladas a las que nadie se había acercado siquiera. Y en compañía de Nirgal había realizado algunas incursiones en apariencia milagrosas simplemente dejando el coche y andando.

Avanzaron por el suelo del cañón con el paso marciano, largo y regular, que Nirgal había perfeccionado y enseñado a Coyote con un éxito parcial. Art no era grácil precisamente: su zancada era demasiado corta y tropezaba a menudo, pero no se quedaba atrás. Nirgal, feliz y relajado, disfrutó de la sensación de ser una piedra que rodaba, del cruce rápido de grandes extensiones de terreno gracias a su fuerza, de la respiración acompasada, del tanque rebotándole en la espalda, del estado semejante al trance, en fin, que había aprendido con los años con la ayuda del issei Nanao. Nanao había estudiado lung-gom con un maestro tibetano en la Tierra, y aseguraba que algunos lung-gom-pas tenían que cargar pesos para no salir volando. En Marte aquello parecía posible. Sin embargo, tuvo que refrenarse. Ni Coyote ni Art dominaban el lung-gom, y no podían mantener ese paso, aunque ambos eran buenos corredores, Coyote para la edad que tenía, Art para llevar tan poco tiempo en Marte. Coyote conocía el terreno y corría con pasos de bailarín, cortos y delicados, eficientes y precisos. Art traqueteaba sobre el paisaje como un robot mal programado, tambaleándose y avanzando a trompicones a la luz de las estrellas, pero sin aflojar el paso. Nirgal corría delante de ellos, como un sabueso. Dos veces cayó Art y desapareció en una nube de polvo, y Nirgal retrocedió para ayudarlo, pero en ambas ocasiones Art se levantó de un salto, y a causa del silencio de radio que guardaban, se limitó a hacer una señal a Nirgal con la mano y a reanudar la carrera.

Después de correr durante media hora por el cañón, tan recto que parecía cortado según un patrón, unas grietas se abrieron en el suelo, y rápidamente se hicieron más profundas, conectándose una con otra, hasta imposibilitar el avance. El suelo del cañón se había transformado en un conjunto de cimas de islas meseta. Las profundas rendijas que separaban esas islas sólo tenían dos o tres metros de ancho en algunos lugares, pero treinta o cuarenta de profundidad.

Caminar por el fondo de esas grietas, más o menos llano, era asunto delicado, pero Coyote los guió a través del laberinto sin titubear en ninguna de las muchas bifurcaciones, siguiendo un itinerario que sólo él conocía, doblando a derecha e izquierda una docena de veces. Uno de los callejones era tan estrecho que avanzaron rozando las dos paredes a un tiempo, y tuvieron que escurrirse de costado para pasar una curva.

Cuando salieron por la cara norte del laberinto, emergiendo de una especie de chimenea en el escarpe agrietado que marcaba el fin de las islas meseta, una pequeña tienda apareció delante de ellos recortándose contra el muro occidental del cañón; tenía el brillo incandescente de una bombilla polvorienta. En el interior había remolques, rovers, perforadoras, excavadoras y demás equipo de minería. Era una mina de uranio llamada Callejón Pechblenda debido a que esa sección del cañón tenía un suelo de pegmatita extremadamente rica en uraninita. La mina era muy productiva, y Coyote había oído que el uranio procesado que se había ido almacenando allí durante los años que mediaron entre ambos ascensores aún no había sido embarcado.

Coyote echó a correr hacia la tienda, y Nirgal y Art lo siguieron. No se veía a nadie dentro y la escasa iluminación procedía de unas pocas luces nocturnas y de las ventanas iluminadas de una gran caravana central.

Coyote se detuvo frente a la puerta de la antecámara más cercana, enchufó su consola de muñeca en la cerradura junto a la puerta y empezó a teclear. La puerta se abrió. No sonó ninguna alarma, ni tampoco salió nadie de la caravana. Entraron en la antecámara, cerraron la puerta, esperaron a que el espacio se presurizara y luego abrieron la puerta interior. Coyote se encaminó a la pequeña planta física del campamento, detrás de la caravana; Nirgal fue hasta los alojamientos y subió de un salto los escalones que llevaban a la puerta. Sostuvo una de las «barras de cierre» de Coyote bajo el picaporte, giró el dial que liberaba el fijador y apretó la barra contra la puerta y la pared de la caravana. La caravana estaba hecha de una aleación de magnesio, y el polímero fijador establecía un enlace cerámico entre la barra de cierre y la caravana, de modo que la puerta quedaría atascada. Rodeó el remolque y repitió la operación en la otra puerta, y luego corrió de vuelta a la antecámara, sintiendo la sangre fluyéndole como si fuese adrenalina pura. La acción se parecía tanto a una travesura que tuvo que obligarse a recordar las cargas explosivas que Coyote y Art estaban colocando en el campamento, los almacenes, la tienda y el aparcamiento de los mastodontes de la mina. Nirgal se reunió con ellos y corrió de vehículo en vehículo, trepando por escalerillas laterales, abriendo puertas manual o electrónicamente y arrojando pequeñas cargas explosivas al interior de las cabinas.

Coyote quería llevarse las toneladas de uranio procesado. Por fortuna eso era imposible. De todos modos, corrieron hasta un almacén, donde cargaron varios de los camiones robóticos de la mina con uranio y los programaron para que viajaran hacia los cañones del norte y enterrasen la carga en regiones donde las concentraciones de apatita serían suficientemente altas para enmascarar la radioactividad del uranio y dificultar su localización. Spencer dudaba de la efectividad de esa estrategia, pero Coyote dijo que era mejor que dejarlo en la mina, y todos estuvieron dispuestos a ayudarlo de buena gana en cualquier plan que no implicara llenar el coche con toneladas de uranio, fuesen o no fuesen contenedores a prueba de radioactividad.

Cuando terminaron, corrieron de vuelta a la antecámara y salieron, y luego corrieron como el viento. A medio camino del escarpe oyeron una serie de explosiones que venían de la tienda, y Nirgal miró por encima del hombro pero no vio nada diferente: la tienda seguía a oscuras y las ventanas del remolque, iluminadas.

Se volvió y siguió corriendo, como si volara, y le sorprendió descubrir que Art corría muy por delante de él, avanzando con zancadas salvajes y poderosas, como un oso-guepardo, hasta que llegaron al escarpe, donde tuvo que esperar a Coyote para que los guiase por el laberinto de grietas. Tan pronto como salieron de él, echó a correr de nuevo, tan deprisa que Nirgal decidió alcanzarlo sólo para averiguar a qué velocidad iba. Apretó el paso y cuando llegó a la altura de Art advirtió que sus zancadas de gacela eran casi el doble de largas que las de Art corriendo al límite de sus fuerzas.

Llegaron al rover mucho antes que Coyote y lo esperaron en la antecámara, recobrando el aliento y sonriéndose a través de los visores. Unos minutos después llegó Coyote, y Spencer puso el coche en marcha, justo después del lapso de tiempo marciano y con seis horas de conducción por delante.

Se rieron de la loca carrera de Art, pero él se limitó a sonreír y dijo:

—No estaba asustado; es esta gravedad marciana. ¡Yo corría como siempre, pero mis piernas saltaban como las de un tigre! Increíble.

Descansaron todo el día, y cuando cayó la noche partieron de nuevo. Dejaron atrás la cabecera de un largo cañón que corría de Ceraunius a Jovis Tholus, un cañón insólito, ni recto ni sinuoso, que llamaban Cañón Torcido. Cuando salió el sol, los encontró ocultos al abrigo de las faldas del Cráter Qr, un poco al norte de Jovis Tholus, un volcán más grande que Tharsis Tholus, mayor en verdad que cualquier volcán terrano, pero situado en el paso alto entre el Monte Ascraeus y el Monte Olimpo. Ambos se recortaban en el horizonte, alzándose como vastas plataformas continentales frente a las que Jovis parecía compacto, acogedor, comprensible: una pequeña colina a la que se podía subir si se quería. Ese día Sax se sentó delante de su pantalla en silencio y tecleó al azar: aparecían textos, mapas, diagramas, dibujos, ecuaciones. Sax los miraba con la cabeza ladeada, sin dar muestras de reconocimiento. Nirgal se sentó junto a él.

—Sax, ¿puedes oír lo que te digo? Sax lo miró.

—¿Entiendes las palabras? Di que sí con la cabeza si entiendes.

Sax ladeó la cabeza y Nirgal suspiró, retenido por esa mirada inquisitiva. Entonces Sax asintió, vacilante.

Esa noche Coyote condujo en dirección oeste otra vez, hacia Olimpo, y cerca del alba enfiló directamente hacia una pared de basalto negro, carcomido y fracturado. Ese era el límite de un altiplano cortado por innumerables gargantas, estrechas y sinuosas, igual que Tractus Traction sólo que a una escala mucho mayor, una zona desolada que parecía una extensión gigantesca del laberinto de Traction.

El altiplano era un manto de lava quebrada en forma de abanico, lo que quedaba de una de las primeras erupciones del Monte Olimpo, que cubrió las tobas y cenizas más blandas de erupciones aún más tempranas. Allí donde la erosión había ahondado lo suficiente las barrancas talladas por el viento, había alcanzado la capa de toba, más blanda, originando hendeduras estrechas cuya parte inferior acababa en unos túneles redondeados por eones de viento.

—Como cerraduras al revés —dijo Coyote, aunque Nirgal nunca había visto una cerradura ni remotamente parecida a esas formas.

Coyote metió el rover por uno de esos túneles grises. Después de recorrer unos cuantos kilómetros detuvo el coche junto a una pared, construida con el material de las tiendas, que cerraba el túnel en una amplia curva.

Ése era el primer refugio oculto que Art veía, y se mostró convenientemente asombrado. La tienda quizá tenía unos veinte metros de altura y abarcaba una sección de curva de unos cien de longitud. Art no dejaba de lanzar exclamaciones de asombro a causa del tamaño del lugar, y Nirgal se echó a reír.

—Alguien más está utilizando el refugio —dijo Coyote—, así que calla un momento.

Art cerró la boca y se inclinó sobre el hombro de Coyote para escuchar lo que éste decía por el intercom. Había otro coche aparcado delante de la antecámara de la tienda, tan destartalado y rocoso como el de ellos.

—Ah —dijo Coyote, apartando a Art—. Es Vijjika. Tienen naranjas, y tal vez un poco de kava. Habrá fiesta esta mañana, estoy seguro.

Acercaron el rover hasta la antecámara, y un tubo de enganche salió de ella y se fijó alrededor de la puerta exterior del coche. Cuando las puertas se abrieron, entraron encorvados, pues cargaban a Sax.

Fueron recibidos por ocho personas altas y de piel oscura, cinco mujeres y tres hombres, un grupo ruidoso contento de tener compañía. Nirgal conocía a Vijjika de la Universidad de Sabishii. Ella se alegraba de verlo de nuevo y se dieron un gran abrazo. Después Vijjika los llevó al acantilado curvo y salieron a una plaza rodeada de remolques, bajo una fisura vertical en la lava antiquísima, que añadía una difusa luz diurna a la aún más difusa que procedía de la profunda barranca al otro lado de la tienda. Los visitantes se sentaron sobre unos cojines anchos y planos dispuestos alrededor de unas mesas bajas, mientras varios de sus anfitriones trajinaban alrededor de unos panzudos samovares. Coyote hablaba con sus conocidos, poniéndose al corriente de las noticias. Sax miraba alrededor, parpadeando, y Spencer, a su lado, no parecía menos confuso; había vivido en el mundo de la superficie desde el sesenta y uno, y todo lo que sabía sobre los refugios era de oídas. Cuarenta años de una doble vida; no era extraño, pues, que pareciese aturdido.

Coyote se acercó a los samovares y empezó a sacar unas tazas diminutas de una vitrina. Nirgal estaba sentado junto a Vijjika, rodeándole la cintura con un brazo, empapándose de su calor, disfrutando del roce de la pierna de la muchacha contra la suya. Art estaba sentado al otro lado, y seguía la conversación con avidez, como un perro de caza. Vijjika se presentó y le estrechó la mano. Art agarró los dedos largos y delicados con sus manazas como si quisiera besarlos.

—Éstos son bogdanovistas —le explicó Nirgal, riéndose de su expresión y alcanzándole una de las pequeñas tazas de cerámica que estaba repartiendo Coyote—. Sus padres fueron prisioneros en Koroliov antes de la guerra.

—Ah —dijo Art—. Eso queda muy lejos de aquí, ¿no es cierto?

—Desde luego —dijo Vijjika—. Nuestros padres tomaron el tramo norte de la Autopista Transmarineris justo antes de que se inundara, y llegaron aquí. Anda, quítale esa bandeja a Coyote y reparte las tazas y de paso te presentas a los demás.

Art se fue a hacer la ronda y Nirgal intercambió noticias con Vijjika.

—No creerás lo que hemos encontrado en uno de esos túneles de toba —le dijo ella—. Somos fantásticamente ricos.

Todos tenían ya tazas, y se hizo un silencio mientras tomaban el primer sorbo juntos. Después de algunas toses y del generalizado chascar de las lenguas, se reanudaron las conversaciones. Art regresó junto a Nirgal.

—Ten, bebe —dijo Nirgal—. Todos tienen que participar del brindis, es la costumbre.

Art tomó un sorbo de la taza, mirando con desconfianza el líquido, más oscuro que el café y con un olor repulsivo. Se estremeció.

—Sabe a café mezclado con regaliz. Regaliz venenoso. Vijjika rió.

—Es kavajava —dijo—, una mezcla de kava y café. Es muy fuerte y sabe a rayos. Y es muy difícil de conseguir. Pero no te rindas aún. Si eres capaz de beberte la taza entera, verás que vale la pena.

—Si tú lo dices. —Gallardamente tomó otro trago, y se estremeció de nuevo.— ¡Espantoso!

—Sí, pero a nosotros nos gusta. Algunos extraen la kavaina de la kava, pero no creo que eso sea bueno. Los rituales tienen que tener algo desagradable, o uno no los aprecia como es debido.

Nirgal y Vijjika lo observaban.

—Estoy en un refugio de la resistencia marciana —dijo Art al rato—. Emborrachándome con una droga extraña y horrorosa, en compañía de algunos de los miembros perdidos más famosos de los Primeros Cien. Además de unos jóvenes nativos desconocidos en la Tierra.

—Le está haciendo efecto —observó Vijjika.

Coyote estaba de pie hablando con una mujer que, a pesar de estar sentada en la posición del loto sobre un cojín le llegaba al nivel de los ojos.

—Pues claro que me gustaría tener semillas de lechuga —decía la mujer—. Pero tienes que obtener una compensación equitativa por algo tan valioso.

—No son tan valiosas —dijo Coyote, a su manera convincente pero poco de fiar—. Ustedes ya nos están dando más nitrógeno del que podemos quemar.

—Seguro, pero has de tener nitrógeno para poder darlo.

—Por supuesto.

—Y dar antes de quemar. Aquí hemos encontrado esa enorme veta de nitrato de sodio, caliche blanco puro, y hay a montones en estas tierras desoladas. Parece ser que hay una franja entre la toba y la lava, de unos tres metros de grosor y muy extensa; bueno, aún no sabemos hasta dónde llega. Es una cantidad enorme de nitrógeno, y tenemos que librarnos de ella.

—Bien, bien —dijo Coyote—, pero ésa no es razón para despilfarrarlo con nosotros.

—No estamos despilfarrando. Ustedes quemarán el ochenta por ciento de lo que les demos…

—El setenta.

—Bueno, el setenta, y nosotros tendremos esas semillas, y al fin podremos comer ensaladas decentes.

—Si consiguen hacerlas germinar. La lechuga es delicada.

—Tenemos todo el fertilizante que necesitamos. Coyote se echó a reír.

—Sí, pero todavía está fuera de servicio. Ya sé lo que haremos: les daré las coordenadas de uno de los camiones de uranio que enviamos a Ceraunius.

—¡Y tú hablas de despilfarro!

—No, no, porque no hay ninguna garantía de que puedan recuperarlo. Pero les diré dónde está, y si lo recuperan nos pasan otro picobar de nitrógeno y estaremos en paz. ¿De acuerdo?

—Sigue pareciéndome excesivo.

—Les ocurrirá lo mismo todo el tiempo con ese montón de caliche blanco que han encontrado. ¿Seguro que hay tanto?

—Hay toneladas. Millones de toneladas. Hay capas y más capas en estas tierras desoladas.

—De acuerdo, tal vez también aceptemos un poco de peróxido de hidrógeno. Necesitaremos el combustible para el viaje al sur.

Art se inclinó hacia ellos como atraído por un imán.

—¿Qué es el caliche blanco?

—Es nitrato de sodio casi puro —dijo la mujer. Describió la areología de la región. La toba riolítica, la roca de color claro que los rodeaba, había sido recubierta por la oscura lava de andesita del altiplano. La erosión había tallado la toba allí donde las grietas en la andesita la habían dejado al descubierto, formando las barrancas con túneles en la base, y descubriendo además grandes filones de caliche, atrapados entre las dos capas—. El caliche es roca suelta y polvo, cimentados con sales y nitratos de sodio.

—Tienen que haber sido los microorganismos los que han formado esa capa ahí abajo —dijo un hombre a poca distancia de la mujer, pero ella no estaba de acuerdo.

—Puede ser de origen areotermal, o puede que el cuarzo de la toba atrajese los rayos.

Discutieron como cuando se está repitiendo un debate por milésima vez. Art los interrumpió para preguntar otra vez sobre el caliche blanco. La mujer explicó que el blanco era un caliche muy puro, casi un ochenta por ciento de nitrato de sodio puro, y por tanto, en ese mundo pobre en nitrógeno, extremadamente valioso. Había un bloque de él sobre la mesa, y la mujer se lo pasó a Art y siguió discutiendo con su amigo. Coyote regateaba expertamente con otro hombre: hablaban de básculas y primas, kilogramos y calorías, equivalencias y sobrecargas, metros cúbicos por segundo y picobares, arrancando muchas carcajadas de la gente que los escuchaba.

En cierto momento, una mujer interrumpió a Coyote con un grito:

—¡Oye, no podemos tomar un montón desconocido de uranio que ni siquiera sabemos si encontraremos! ¡Eso es despilfarro a gran escala o un timo, dependiendo de si encontramos el camión o no! ¿Qué clase de trato es éste? ¡Quiero decir que es un mal trato lo mires como lo mires!

Coyote sacudió la cabeza con aire travieso.

—He tenido que ofrecerlo o me habrían enterrado en ese caliche blanco. Vamos viajando por ahí, y sí, tenemos unas cuantas semillas, pero no mucho más… ¡y desde luego no millones de toneladas de caliche!. Y la verdad es que necesitamos el peróxido de hidrógeno y la pasta, no es sólo un capricho, como las semillas de lechuga. Les diré una cosa, si encuentran el camión, pueden quemar su equivalente, y aun así nos habrán correspondido con equidad. Sí no lo encuentran, entonces nosotros les deberemos una, lo admito, pero en ese caso pueden quemar un regalo, ¡y entonces nosotros les habremos correspondido con equidad!

—Nos llevará una semana de trabajo y un montón de combustible recuperar el camión.

—Muy bien, tomaremos otros diez picobares, y quemaremos seis.

—Hecho. —La mujer meneó la cabeza, frustrada.— Eres un hueso duro de roer.

Coyote asintió y se levantó para volver a llenar las tazas. Art volvió la cabeza y miró a Nirgal, con la boca abierta.

—Explícame qué es lo que acaba de ocurrir.

—Bien —dijo Nirgal, sintiendo la benevolencia del kava fluyéndole por el cuerpo—, estaban comerciando. Nosotros necesitamos comida y combustible, y por eso estábamos en desventaja, pero Coyote salió bien parado.

Art sostuvo el bloque blanco.

—¿Pero qué es todo eso de conseguir nitrógeno y dar nitrógeno, y quemar nitrógeno? Caramba, ¿es que le prenden fuego al dinero cuando lo consiguen?

—Bueno, sólo a una parte, sí.

—¿Así que los dos estaban tratando de perder?

—¿Perder?

—Salir perjudicados del trato.

—¿Perjudicados?

—Dar más de lo que toman.

—Ah, sí. Naturalmente.

—¡Naturalmente! —Art abrió mucho los ojos.— Pero ustedes… ustedes no pueden dar mucho más de lo que reciben, ¿entendí eso bien?

—Correcto. Eso sería despilfarrar.

Nirgal observó a su amigo mientras éste digería la información.

—Pero, si siempre dan más de lo que reciben, ¿cómo consiguen algo para dar?, ¿ves por dónde voy?

Nirgal se encogió de hombros, miró a Vijjika y le apretó la cintura voluptuosamente.

—Tienes que encontrarlo, supongo. O hacerlo tú mismo.

—Ah.

—Es la economía del regalo —añadió Vijjika.

—¿La economía del regalo?

—Forma parte de nuestra manera de llevar los asuntos. Hay una economía monetaria para el viejo sistema de compra y paga que utiliza unidades de peróxido de hidrógeno como dinero. Pero la mayoría de la gente trata de regirse por el patrón del nitrógeno, que es la economía del regalo. Los sufíes lo iniciaron, y la gente del hogar de Nirgal.