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Plan Quinquenal

Philip Kerr

Dave Delano conoce la libertad después de cinco años alojado a costa del estado. Un alojamiento que ha merecido por encubrir a un apreciado mafioso de Florida, Tony Nudelli, al cual, desde luego, no le hace ninguna ilusión la liberación de Delano: después de cinco años a la sombra, uno puede volverse un tanto vengativo… Pero el ex preso viene con las mejores intenciones. De hecho, propone a Nudelli un plan para hacerse en alta mar con un fabuloso envío de dinero -negro, por supuesto- que va a remitirse a Rusia. Una cantidad que arreglaría la vida de los más exigentes. La que también quiere cambiar su vida es Kate Furey, agente del FBI destinada en Miami, que ha detectado un cargamento de cocaína que va a ser enviado a Europa. Interceptarlo significa para Kate no sólo un éxito profesional sino, sobre todo, escapar de la rutina de un trabajo burocrático.

Philip Kerr

Plan Quinquenal

Para Tom y Paula

AGRADECIMIENTOS

Debo un reconocimiento especial a Ben Gunn por la gran cantidad de información que me ha proporcionado sobre los barcos mercantes; a Robert Bookman, por hacer el trabajo, como siempre; y a Marian Wood, mi correctora, y Michael Naumann, mi editor, por su fe. También quiero dar las gracias a Nicholas Bognor, Graham Saltmarsh, Frances Coady, Linda Shaughriessy, Caradoc King, Terry Burke, Deborah Hayward, Nick Marston y a mi esposa Jane Thynne por toda su ayuda y estímulo.

1

– ¡Aachum!

El estornudo retumbó como un cañonazo.

Jimmy Figaro recorrió con la mirada su bien equipada oficina para comprobar que no había sufrido daños.

– Mierda de fiebre del heno -dijo Rizzoli sorbiendo detrás de un pañuelo del tamaño de una servilleta-. Dice el jodido Herald que el índice de polen es de 129. En una escala de 201. Por toda esa mierda de árboles de mango que tenemos aquí en Florida.

Rizzoli estornudó otra vez, una gran explosión de ruido que era mitad gruñido, mitad silbido, como el yujuu que soltaría un jinete de rodeo al salir al ruedo montando un caballo furioso. Y luego dijo:

– Por mí, quemaría todos los jodidos árboles de mango de Miami.

Figaro asintió distraído. Le gustaban los mangos. Nunca había pensado mucho en ellos, pero al hacerlo ahora, en su mente veía a Ursula Andress, en 007 contra el Doctor No, cantando una canción mientras salía del mar Caribe meneando el culo con una concha en la mano. ¿Por qué no podía tener una cliente así, aunque sólo fuera una vez, en lugar de pandilleros de poca monta como Tommy Rizzoli?

– Todos los jodidos árboles. La hoguera de los mangos -cacareó Rizzoli-. Como aquella jodida película, ¿eh?

– ¿Qué película era ésa, Tommy?

– La hoguera de los mangos.

Figaro notó como se le fruncía el ceño. No estaba seguro de si Rizzoli estaba haciendo un chiste o si realmente pensaba que la película se llamaba así.

– ¿Quieres decir la de Tom Wolfe?

Rizzoli se restregó la nariz con furia y se encogió de hombros.

– Sí, eso es.

Pero para Figaro no había duda de que Tommy Rizzoli sabía tanto de Tom Wolfe como de porcelana fina. Figaro volvió de nuevo su atención a las notas que había ido tomando. Los hechos estaban tan claros como la culpabilidad de Tommy Rizzoli. Él y un socio desconocido -lo más probable es que fuera su medio hermano, Willy Barizon- se habían hecho mediante extorsión con el control de la mayoría del transporte de hielo del condado de Dade. Estaba eso y la agresión a uno de los oficiales de policía que lo arrestaron, que había acabado con la nariz rota.

– ¡Aachum!

La nariz del agente. Era casi irónico en vista de la alergia de la trompeta de Rizzoli, del tamaño de la de Jimmy Narizotas Durante. Pero Rizzoli no daba su brazo a torcer: el agente había resbalado y se había caído.

– ¿Qué te parecería una declaración, Tommy?

– ¿Quieres decir una declaración de culpabilidad o para conseguir clemencia? -Se agarró la nariz y la movió de un lado para otro, casi como si estuviera rota-. Y una mierda.

– Quiero decir un trato. Calculo que olvidarán lo de la agresión si aceptamos la extorsión. Entretanto, te sugiero que vendas tus intereses en el negocio del hielo y el transporte y te prepares para pagar algún tipo de multa.

Los dos hombres se estremecieron cuando una mujer chilló, al otro lado de la puerta. Figaro trató de no hacer caso.

– Los testimonios son poco más que de oídas, en el mejor de los casos -continuó-. Sólo un par de polis de la secreta. Puedo hacer que parezcan un queso suizo.

– Ése es el queso que está lleno de agujeros, ¿no?

– Exacto. El fiscal del distrito también lo sabe. No veo que tengas que ir a la cárcel por eso.

– ¿No?, ¿eh? -Rizzoli roncó como si hubiera estado profundamente dormido-. Bueno, eso está bien. Sabes, de todas maneras, nunca me ha gustado mucho el hielo.

Alguien llamó a la puerta.

– Es un infierno manejarlo. Por su interesante estructura cristalina.

– ¡Venga ya!

– Es algo que leí. Tiene una estructura laminar. Lo que significa que se deforma al deslizarse. Por eso el hielo se desmorona como lo hace. Como un mazo de cartas.

La secretaria de Figaro se asomó a la puerta.

– Y yo te pregunto, Jimmy, ¿qué clase de negocio puedes construir sobre una estructura cristalina como esa?

– No lo sé, Tommy. ¿Sí, Carol?

– Señor Figaro, ¿podría hablar con usted un minuto?

Figaro miró a su cliente.

– Me parece que casi hemos acabado -dijo, poniéndose de pie-. Hablaré con la oficina del fiscal. Dame una semana para conseguir un acuerdo, Tommy. ¿Vale?

Rizzoli se levantó, estirando automáticamente los puños y la raya del pantalón de su brillante traje de piel de tiburón.

– Gracias Jimmy. Te lo agradezco mucho. Naked Tony tenía razón. Eres uno de los nuestros.

Mientras se abrochaba él también la chaqueta y acompañaba a Rizzoli hacia la puerta, Figaro parecía dolido.

– No, no te equivoques, Tommy. Mira, Tony lo dijo con buena intención, pero no es verdad. Digamos que soy vuestro sacerdote, eso está más cerca de la verdad. El sacerdote intercede por ti antes del juicio. Sólo que nunca tienes que confesarte conmigo. Yo no quiero saber nada. Si eres culpable, a mí me importa una mierda, y lo mismo si eres tan inocente como dar un paseo alrededor de la iglesia un domingo por la tarde. Lo único que me importa es que podamos presentar una defensa mejor que el otro tío -sonrió-. Son cosas de abogados.

– Ya.

Los dos hombres se estrecharon la mano, lo que sirvió para recordarle a Figaro lo fuerte que era el otro, aunque fuera más pequeño.

– Hasta pronto, Jimmy, y gracias otra vez.

Figaro hizo un gesto de adiós con la mano mientras Rizzoli cruzaba la zona de recepción y salía por la puerta de Figaro & August; luego miró inquisitivo a Carol.

– Creo que tiene que venir y verlo usted mismo -dijo ella, y se dirigió a través de una serie de despachos hasta la sala de juntas.

– Cuando vimos lo que había, pensamos que lo mejor era dejarlo aquí -explicó nerviosa-. Gina está en el lavabo con Smithy. Fue Smithy quien abrió el paquete. Me parece que se llevó un buen susto.

– ¿Fue ella la que chilló?

– Es una persona bastante nerviosa, señor Figaro. Nerviosa, pero leal. Smithy se preocupa por usted. Todos lo hacemos. Por eso un incidente como éste es tan perturbador. Supongo que, con nuestra lista de clientes, es comprensible. Pero esto… esto es algo que parece de película.

– Ahora has despertado mi curiosidad de veras -dijo Figaro y entró detrás de ella en la sala.

Smithy estaba echada en el sofá que había bajo la ventana, y Gina estaba abanicándole la pálida cara con un ejemplar del New Yorker.

Figaro reconoció la portada. Era el número en que aparecía una semblanza de él mismo. Miró alrededor de la sala, sus ojos oscuros, rápidos, al servicio de una útil memoria fotográfica, absorbiendo el probable curso de los acontecimientos. El New Yorker, la caja abierta, los montones de paja, como vello púbico, el objeto en sí.

De pie, con más de un metro y medio de alto y el aspecto de haber tropezado con la mirada pétrea de una gorgona, había un abrigo de piedra.

– ¿Qué clase de mente morbosa…? -balbuceó Carol-, pero no, espere un momento, sé quién ha sido. Hay un nombre en la nota de envío.

Le dio una hoja de papel rosado y puso, vacilante, la mano en el hombro de su jefe. Era la primera vez, en los tres años que llevaba trabajando para él, que lo tocaba, y le sorprendió encontrar una fuerte musculatura debajo de su caro traje de Armani. Era un hombre alto, atractivo, en buena forma para ser alguien que se pasaba la mayor parte del tiempo en su despacho y el resto en los tribunales. Un poco como Roy Scheider, pensó. La misma nariz larga, la misma frente alta, las mismas gafas, sólo que más pálido. Casi tan pálido como la mujer del sofá.

– ¿Se siente bien señor Figaro? Está un poco pálido.

Figaro, que no estaba casi nunca al sol, apartó la mirada del abrigo de piedra y la miró a los ojos. Durante un momento no dijo nada; luego se echó a reír.

– Estoy bien, Carol -replicó y empezó a reírse de nuevo, sólo que esta vez no pudo parar, hasta que tuvo que quitarse las gafas y apoyarse con las dos manos en la mesa, llorando y llorando a lágrima viva.

2

La mañana en que soltaron a Dave Delano de la Penitenciaría de Miami, en Homestead, pasaron dos cosas.

Una fue que Benford Halls, que hacía poco había sido transferido desde Homestead a la Penitenciaría del Estado en Stark, fue ejecutado. Aunque Stark estaba a muchos cientos de kilómetros al norte, las circunstancias de las últimas horas de Halls -transmitidas meticulosamente por casi todas las emisoras de radio y televisión de Florida- provocaron mucha ira y resentimiento entre los reclusos de Homestead. No sólo le habían hecho esperar durante varias horas después de las once de la noche, la hora prevista, debido a un problema con la antigua silla eléctrica, sino que, además, según las noticias, se había permitido al actor de cine Calgary Stanford presenciar la ejecución para preparar un papel de condenado a muerte que iba a representar pronto.

Dave Delano tenía buenas razones para recordar a Benford Halls. Los dos habían sido sentenciados en el mismo juzgado de Miami, el mismo día, hacía exactamente cinco años. Que Dave hubiera cumplido la totalidad de su condena -desde 1987, la libertad condicional había quedado más o menos eliminada para los presos federales- no parecía tan malo cuando lo comparaba con la espera de cinco años para que te ejecutaran delante de un actor de cine cualquiera. Si eso no era algo cruel y fuera de lo corriente, entonces Torquemada debió de ser una de las personas más humanitarias del mundo.

La segunda cosa que sucedió fue que Dave recibió una carta por correo aéreo. Era de Rusia y estaba escrita con la letra inconfundible y clara de Einstein Gergiev, y con su estilo críptico. Gergiev había salido de Homestead unos seis meses antes que Dave, después de cumplir ocho años de condena por pertenecer al crimen organizado. Liberado y deportado, por ser un inmigrante indeseable.

Puede que fuera un indeseable, pero gracias a él, Dave había empleado muy bien su período de reclusión. Había sido Gergiev quien lo había convencido de que tenía verdadera facilidad para las lenguas y que las peculiaridades del sistema penal le permitirían estudiar y perfeccionarse como la gente en libertad sólo podía soñar. Sólo unos meses antes de que una enmienda a la Ley Penal de 1994 prohibiera que se concedieran a los reclusos becas federales para la educación superior, Dave había obtenido un diploma de ruso. Su español siempre había sido bueno. Crecer en el South Beach de Miami, era igual que estar en Cuba, para lo que te servía el inglés. Y cuando estaba moreno, con sus ojos y su pelo oscuros, casi podía pasar por uno de los marielitos que habían ayudado a que Miami fuera la antigua capital del crimen de Estados Unidos. El potencial de Dave como estudiante de ruso bien podía venir de que era hijo de un inmigrante judío ruso, que había huido de la Unión Soviética después de la guerra. El nombre real de su padre era Delanotov, que cambió por Delano al llegar a Estados Unidos, escogiendo el segundo apellido del anterior presidente [Roosevelt] a fin de aumentar sus perspectivas de futuro, escasas como eran. Pasó los siguientes treinta años, cuando no estaba borracho, instalando sistemas de aire acondicionado en yates de lujo. Movido por el amor y la gratitud hacia su país de adopción y por el odio hacia el que había dejado atrás, el padre de Dave no volvió a hablar su lengua materna nunca más.

Dave miró el matasellos y sacudió la cabeza. Hacía cinco semanas que la habían enviado. Otro día más y él ya no hubiera estado allí.

– Mierda de Aeroflot -murmuró antes de leer cuidadosamente la carta, escrita en ruso. Los precios, la delincuencia y la incompetencia del gobierno; no sonaba demasiado diferente de lo que sucedía en casa. Dave leyó la carta varias veces, consultando en el diccionario varias de las palabras más difíciles para estar seguro de lo que significaban. Hablar ruso era mucho más fácil que leerlo. El alfabeto cirílico no tenía nada que ver con el sistema de escritura occidental, era otra historia. Para empezar tenía seis letras más que las utilizadas en inglés.

Cuando el carcelero vino para escoltarlo hasta la libertad, Dave ya había memorizado el contenido de la carta y la había tirado al váter, bajo la mirada de su compañero de celda, Ángel, que estaba tumbado en silencio en la litera de arriba. Siempre era duro que pusieran en libertad al tipo con quien compartías celda. Su partida te hacía darte cuenta de que tú seguías en prisión. Igualmente inquietante era la perspectiva de un nuevo compañero. ¿Y si era marica?

– El tío recibe una carta y lo sueltan en un mismo día -masculló Ángel-. No sé, pero no parece justo.

Dave cogió la caja de cartón que contenía sus libros, cuadernos, correspondencia y reproducciones de cuadros, se la metió debajo de un brazo musculoso y luego se tiró de la barba estilo Tío Sam que le ayudaba a disimular sus facciones juveniles.

– Bueno, tío, me largo.

Ángel, un hispano alto, con un diente de oro, bajó, lo abrazó con afecto, y trató de no ponerse a llorar. Tamargo, el carcelero, grande como un camión, esperaba pacientemente en el pasillo al otro lado de la puerta de la celda.

– Te dejo todo lo que había en el armario. Todas esas porquerías. Caramelos, vitaminas, cigarrillos. Pero fúmatelos pronto – dijo Dave riendo-. Fúmatelos o cámbialos por algo. Pronto estará prohibido fumar en esta cárcel, como en todas partes, y no valdrán una mierda.

– Gracias tío. Te lo agradezco.

– Cuídate. Estarás fuera dentro de muy poco.

– Ya. Claro.

Sin decir nada más, Dave se volvió y siguió a Tamargo por la galería de la planta baja, gritando adioses a los demás prisioneros y tratando de no parecer demasiado contento. Sentía una especie de náusea, la misma sensación que tenía cuando estaba a punto de hacer un examen o enfrentarse a un tribunal. Pero eso no era nada, comparado con lo que debió de pasar Benford Halls. Dave sintió un escalofrío.

– A la mierda -murmuró.

– ¿Has dicho algo? -le preguntó Tamargo.

– No, señor.

Salieron del moderno edificio de dos plantas y, cuando cruzaban el bien cuidado césped, Dave se dio cuenta de que era la primera vez que le permitían pisar la hierba. Era en esas pequeñas cosas donde se descubría la libertad.

En el edificio donde estaba la lavandería y el almacén de provisiones, se sometió dócilmente a la última indignidad que el sistema tenía que infligirle: que le hicieran desnudarse para registrarlo. Era una repetición de la forma en que había ingresado en el sistema. Se quitó el uniforme de la cárcel, e inclinándose se abrió las nalgas para que uno de los guardias pudiera inspeccionarle el ano. Luego le devolvieron su verdadera ropa y empezó a ponerse la chaqueta deportiva, la camisa y los pantalones que había llevado el último día de su proceso. Se sorprendió al ver que la chaqueta le estaba pequeña y los pantalones grandes.

– Ojalá me dieran un dólar por cada vez que veo esto -dijo el funcionario que registraba la caja con las cosas personales de Dave, riendo a carcajadas y mirando a sus compañeros, a quienes también divertía la situación-. Te pasas cinco años levantando pesas como si fueras un jodido Arnold Schwarzenegger y luego te preguntas por qué no te va bien la ropa.

Dave se rindió ante su diversión.

– Pero mirad estos pantalones -dijo sonriendo y tirando de la cintura para separarlos del estómago-. Debo de haber perdido diez kilos. ¿Sabéis?, tendrían que anunciar este sitio como clínica de adelgazamiento. La dieta del Plan Homestead. Pierda una cantidad importante de peso sin riesgo para su salud por medio de un cambio en su estilo de vida. Atención personalizada a cargo de profesionales correctivos.

– Tienes suerte de haber cumplido condena aquí, Slicker -dijo uno de los guardias-. En Arizona te hubieran metido en una cuerda de presos. Habrías perdido un montón más de peso que aquí.

El funcionario que examinaba las cosas de Dave hojeó un libro y luego miró la portada con cierto desagrado.

– Bueno, pero ¿qué es esta mierda? -gruñó.

– Crimen y castigo, de Dostoyevski -dijo Dave-. El mejor escritor ruso, en mi opinión.

– ¿Eres comunista o algo así?

Dave lo pensó un segundo.

– Bueno, creo en la redistribución de la riqueza -dijo-. Casi todos aquí creen en eso, ¿no?

– Las cuerdas de presos no son la solución -dijo Tamargo-. Ni nada que mantenga en forma a un tío. La prisión no debería hacer que cuando salen, estos tíos sean una amenaza mayor para los ciudadanos que respetan la ley que cuando entraron. Para mí que tendríamos que darles de comer un montón de grasa. Hamburguesas con queso, helados, coca-cola, patatas fritas, tanto como quisieran y siempre que quisieran. Nada de ejercicio y mucha tele. Phil Gramm quiere que el sistema deje de soltar criminales endurecidos, pues ésa es la forma de hacerlo. Montones de comida basura y tumbonas. Así, cuando estos mamones salen a la calle, son unos teleborregos normales, como todos nosotros, en lugar de culos de mal asiento con demasiado músculo.

Dave se enderezó la corbata lo mejor que pudo por debajo de un cuello que ya no se podía abotonar y sonrió amablemente a Tamargo y a su barriga del tamaño de un colchón.

– Eres un hombre ilustrado -dijo-. Por lo menos, lo serías, si pudieras seguir el Plan Homestead.

– Todavía no estás fuera y ya hablas como un sabelotodo – observó Tamargo-. Tu misión, Slicker, si te decides a aceptarla, es no meterte en ningún jodido problema y no volver por aquí. ¿Te enteras?

– ¿Es ése tu discurso de rehabilitación?

– Ése es.

– Te espera tu abogado -dijo el guardia que le había preguntado si era comunista-. Figúrate, quiere llevarte en coche a la ciudad. Debe de ser por tu ingeniosa conversación.

– Tú también te has dado cuenta, ¿eh?

El guardia le señaló la puerta.

– Hasta la vista, rojillo.

Dave se encogió de hombros. Ahora que lo pensaba mejor, el comunismo sólo le parecía otra forma de robo, sólo eso. Y lo que pasaba en el sistema correccional a gente como Benford Halls, le hacía comprender que al gobierno le importaba una puta mierda soltar a la gente de la cárcel. Lo único que le importaba era ganar las próximas elecciones. Recordaba una escena de su película favorita, El tercer hombre, el famoso discurso del reloj de cuco de Orson Wells. La escena donde Harry Lime se encuentra con su amigo Holly Martins en la noria. Dave había visto tantas veces la película que se acordaba del discurso palabra por palabra.

– En estos tiempos, amigo, nadie piensa en términos de seres humanos. Los gobiernos no lo hacen; entonces ¿por qué tendríamos que hacerlo nosotros? Hablan del pueblo y del proletariado y yo hablo de los imbéciles. Es lo mismo. Ellos tienen sus planes quinquenales y yo tengo el mío.

Echó una última mirada a su alrededor y asintió con la cabeza.

– Venga, vamos -apremió Tamargo-. Yo también quiero largarme ¿sabes? Hoy acabo mi turno. Tengo planes.

– También yo -dijo Dave-. También yo.

3

– Bueno, ¿qué planes tienes?

– ¿Planes?

– Tus planes para el primer día de tu nueva vida.

Dave estaba sentado en el BMW serie siete de Jimmy Figaro, admirando los asientos de piel y los acabados de madera, y pensando que era como estar en un pequeño Rolls-Royce. No es que hubiera ido nunca en un Rolls-Royce, pero así era como se lo imaginaba. Ajustando su asiento electrónicamente, miró por la ventanilla ahumada mientras se alejaban de Homestead por la Al. No había mucho que ver. Sólo unos fértiles campos donde, por pocos dólares, podías «recoger tu propia cosecha» de lo que fuera que creciera allí: guisantes, tomates, maíz, fresas, ese tipo de cosas. Sólo que Dave tenía otra cosecha en mente.

– No lo sé, Jimmy. Quiero decir, tú eres el que conduce el coche. Y vaya coche.

– ¿Te gusta?

– ¿Hay servicio de habitaciones? -dijo Dave inspeccionando el teléfono del apoyabrazos-. Nunca había visto un coche con tele.

– Ordenador de viaje. Sólo coge la tele cuando paras el motor.

– ¿Y qué hay de los federales? ¿También los coge?

Figaro sonrió.

– Has estado leyendo el New Yorker.

– He leído todo tipo de basura últimamente.

– Eso he oído. La verdad es que cada mañana barro el coche.Y no quiero decir las jodidas alfombrillas. Llevo un detector manual de parásitos en la guantera.

Luego echó hacia atrás la cabeza y dejó que una sonrisa satisfecha se le extendiera por toda la cara.

– Pero, por si deciden seguirme con uno de esos micros direccionales, llevo dobles ventanas a los lados y atrás.

– ¿Dobles ventanas en un coche? Bromeas.

– Las bromas no forman parte de las opciones de un BMW. ¿Oyes algún ruido de tráfico?

– Ahora que lo dices, es verdad; no oigo nada.

– Y desde fuera tampoco pueden oír lo que tú dices. Y no es que digas mucho. Como de costumbre.

– Eso es lo que me ha mantenido con vida hasta ahora.

Dave se encogió de hombros y luego abrió la guantera. El detector de parásitos era una caja negra del tamaño de un paquete de cigarrillos, con una antena corta.

– Ingenioso. Te tomas muy en serio eso de la vigilancia, ¿no?

– Con mi clientela tengo que hacerlo.

– Consejero privado de Naked Tony Nudelli. Sí, has llegado lejos desde que defendías a los tipos como yo, Jimmy. Lo que me intriga es por qué hiciste el largo camino hasta la cárcel para recogerme y llevarme a la ciudad. Podía haber cogido el autobús.

– Tony me pidió que me asegurara de que estabas bien. Y consejero privado es exagerar mucho, Dave. Haces que suene como si fuera Bobby Duvall. Pero, a diferencia del personaje ése que hacía en El Padrino…

– Tom Hagen.

– Eso, Hagen. A diferencia de él, yo tengo más de un cliente. Tú, por ejemplo. Si alguna vez necesitas mi consejo para lo que sea…

– Bueno, gracias, Jimmy. Te lo agradezco.

– Bien, si no tienes ningún plan para hoy, esto es lo que haremos. Como te he dicho, Tony quiere que me asegure de que estás bien. Pasaremos por el despacho y te enseñaré la liquidación que he preparado; lo que he hecho con tu dinero y todo eso. Luego, si me lo permites, te haré unas cuantas sugerencias sobre lo que puedes hacer con él. Y luego podemos ir a comer algo. Aunque tengo que estar en los tribunales a las dos y media.

– Suena bien, Jimmy. Apetito, justamente, no me falta.

– ¿Tienes hambre? ¿Qué te apetece? Sólo tienes que decírmelo. Conozco un garito haitiano en la Segunda Avenida. Podríamos parar allí a desayunar, si quieres.

– Ya he desayunado, gracias. Y no es de comida de lo que tengo hambre, Jimmy. Suena un poco cursi, pero es de vida de lo que tengo hambre, ¿sabes? De vida.

Siguieron por el paseo marítimo de North Bay, dieron la vuelta al moderno edificio donde Figaro & August tenía sus oficinas y entraron en el aparcamiento subterráneo. Figaro se dirigió hacia el ascensor.

– ¿Sabes? Ayer por la mañana -dijo-, la recepcionista del despacho recibió una entrega a mi nombre mientras yo estaba reunido con un cliente.

Figaro empezó a reírse entre dientes, mientras subían.

– No es que eso tenga nada que ver con lo que hablábamos antes. Bueno, ella y mi secretaria desenvuelven el paquete y casi se desmayan cuando vieron lo que era. Porque los presos no son los únicos que leen el New Yorker. Bueno, a ellas lo que hay dentro del paquete les parece un abrigo de hormigón. Y el albarán de entrega dice que es de alguien llamado Salvatore Galería. Así que piensan que es un mensaje de la Mafia, algo parecido a «Luca Brazzi duerme con los peces», etcétera, etcétera. Sólo que no es un mensaje de la Mafia en absoluto. Es una escultura que compré en una galería de South Beach la semana pasada. Salvatore Galería, en la avenida Lincoln. Me costó 10.000 dólares. La compré para que diera conversación. Pensé que les gustaría a mis clientes. Para entretener a los chicos listos como tú mientras yo voy a orinar.

– Eso se llama tener un sentido del humor muy negro, Jimmy.

– A Smithy -es la recepcionista- la tuvimos que enviar a casa en un taxi, se puso mala al ver lo que, creía ella, era una amenaza contra mi vida. Bastante conmovedor cuando lo piensas. Quiero decir, es como si realmente le importara lo que me pueda pasar.

– Explicado así, es algo difícil de creer.

Los dos hombres salieron del ascensor y siguieron por el silencioso corredor hasta las oficinas. El despacho de Figaro estaba situado en una parte del edificio que hacía esquina y tenía una ventana corrida que ofrecía una vista panorámica del puente Brickell y de las siluetas parecidas a estanterías de los edificios del centro recortándose contra el horizonte. Como vivienda hubiera resultado un espacio generoso, pero como despacho para un solo hombre, era apabullante. Los ojos de Dave recorrieron los paneles de roble que recubrían las paredes, los sofás de piel color crema, el escritorio del tamaño de un trasatlántico, los horribles cuadros y el abrigo de hormigón, y se dio cuenta de que todo le gustaba mucho, excepto, quizás, el sentido del humor de Figaro y su gusto artístico. El despacho de Figaro le hacía sentirse casi agorafóbico. Se miró los pies. Estaba sobre un suelo de parqué en el extremo de una enorme alfombra de color arena. En el parqué había una placa de bronce con una inscripción que no se molestó en inclinarse para leer.

– ¿Qué es esto? ¿La primera base? Joder, Jimmy, podrías jugar un partido de béisbol aquí.

– Es verdad, tú no habías estado en estas oficinas, ¿no?

– Te deben ir bien los negocios.

– A los abogados siempre les van bien los negocios.

Figaro le indicó con un gesto un sofá, echó una ojeada a las notas que había en un extremo del escritorio de nogal de su socio y esperó a que Carol llegara hasta él, salvando la distancia, para darle la carpeta que le traía.

– ¿Es la carpeta del señor Delano? -preguntó Figaro.

– Sí.

Carol la dejó frente a él en el escritorio y echó una mirada al hombre que estaba sentado en el sofá. Estaba acostumbrada a ver aparecer todo tipo de personajes -era la palabra menos ofensiva que se le ocurría para describirlos- en el despacho de su jefe. En su mayoría eran historiales delictivos andantes, caras toscas con trajes caros, matones con camisas y corbatas tan chillonas como un Carnaval. El personaje del sofá parecía un poco diferente de los demás. Con sus pendientes de oro, barba y bigote al estilo del Caballero Risueño y un tupé del tamaño del de Elvis, parecía un pirata que hubiera tomado prestada alguna ropa después de alcanzar la playa a nado. Pero tenía una sonrisa bonita y abierta y unos ojos aún más bonitos.

– ¿Café? -le preguntó Carol a Figaro.

– ¿Dave?

– No, gracias.

Devolviéndole la sonrisa mientras salía del despacho, Carol decidió que con un corte de pelo, un afeitado y otra ropa, parecería más joven y menos alguien que va camino de la cámara de gas. Guapo, eso es lo que parecería. La puerta se cerró tras ella y supo que la sensación que había sentido en el trasero, cubierto por la ajustada falda, procedía de aquellos grandes ojos castaños.

Figaro se sentó delante de Dave y deslizó hacia él una hoja de papel a través de la mesa de café de cristal. Éste todavía recorría la sala con los ojos y no hizo movimiento alguno para mirar el papel.

– ¿Un puro?

Dave sacudió la cabeza.

– Me dan dolor de garganta. Pero me iría bien un cigarrillo.

Figaro escogió un puro de la caja de Cohibas que estaba en la mesa -un regalo de Tony- y luego fue a buscar un cigarrillo para Dave en una caja de plata que estaba encima de su escritorio.

– Fue una decisión acertada, Dave -dijo a través de una burbuja de humo azul-. Mantener la boca cerrada.

Dave fumaba en silencio. Había sido el consejo de Figaro y el error de Figaro, así que dejó que siguiera hablando.

– Fue mala suerte que el Gran Jurado decidiera que tu silencio te hacía cómplice de lo que había pasado. Puede que el juez tuviera en cuenta tu anterior condena. Pero, aun así, cinco años por algo con lo que no tuviste nada que ver… me pareció realmente excesivo.

– ¿Y si a ti te pescan por algo, Jimmy? Aunque sea por algo con lo que no tienes nada que ver. Si te piden que delates a uno de tus clientes. Quizás a tu cliente más importante. ¿Qué harías?

– Supongo que tener la boca cerrada.

– Justo. No es que puedas escoger, ¿sabes? Estarías muerto para mucho más de cinco años, déjame que te lo diga. Eso es un gran consuelo cuando estás en la trena. No pasa un día en que no te digas: esto es el infierno, pero podría ser peor. Podría estar cumpliendo condena en el fondo del océano dentro del abrigo de 10.000 dólares de Jimmy.

Dave señaló con la cabeza la escultura que ocupaba un rincón del despacho de Figaro y sonrió fríamente.

– Sí que es un tema de conversación, como dijiste. Sí señor, ya veo que te va a ser muy útil. Pero más como ejemplo práctico que como muestra de obra de arte, diría yo. Ten la boca cerrada, o atente a las consecuencias.

– Eres un tipo con talento, Dave.

– Seguro. Mira dónde me ha llevado ese talento. Una estancia en Homestead como premio al éxito de toda una vida. El talento es para los que tocan el piano, no para los que tocan el triángulo. Es algo que no me puedo permitir.

– Sí que puedes -dijo Figaro y dio unos golpecitos significativos sobre la hoja de papel-. Mira este balance. En consideración al tiempo y las molestias…

– Es una bonita guinda para adornar un trozo de pastel de cinco años.

– Doscientos cincuenta mil dólares, como acordamos. Ingresados en una cuenta en el extranjero y luego invertidos al 5 % anual. Ya sé… un 5% no es mucho. Pero calculé que, en tus circunstancias, querrías un riesgo cero para una inversión como ésta. Eso hace 319.060 dólares, libres de impuestos. Menos un 10% para mí por la gestión, es decir 31.906 dólares. Te quedan 287.154 dólares.

– Lo que hace un total de 57.430 dólares por año -dijo Dave.

Figaro lo pensó un momento y luego dijo:

– Correcto. No dejas de sorprenderme con tus conocimientos. También se te dan bien las matemáticas.

– Si quieres saberlo, así es como empecé en los negocios. Hacía números para vivir. Cuando era un crío. No pude escoger la Harvard Business School. Era el único hebreo del barrio y los chavales italianos pensaron que estaría bien tener un banquero judío.

– Tiene sentido.

– Pues explícame el sentido de esto, Figaro. Yo nunca cargué más del 5% por mis servicios financieros. Un diez por ciento me suena más a usura que a comisión.

– La mayoría de clientes que pagan un 5 % pagan también impuestos. Y aceptan cheques.

– Entendido.

Figaro se levantó y fue hasta detrás del escritorio. Cuando volvió al sofá llevaba una bolsa de deporte. La dejó al lado de Dave y volvió a sentarse.

– Prefieres metálico, ¿no?

– ¿No lo prefiere todo el mundo?

– No en estos tiempos. Puede ser difícil explicar de dónde ha salido. Bueno, ¿has pensado qué vas a hacer con el dinero?

– No es exactamente una cantidad de dinero como para salir de la mierda, Jimmy. Con trescientos, menos el cambio, no te puedes costear un gran tren de vida.

– Te podría aconsejar algunas cosas. Quizás algunas inversiones.

– Gracias Jimmy, pero me parece que no puedo permitirme tu tarifa.

– Considérala olvidada. ¿Sabes?, ahora es un momento perfecto para entrar en la propiedad de tierras. Hay muchos terrenos a buen precio por todo el país. Da la casualidad de que estoy metido en la construcción de casas en un club de campo de la isla Deerfield.

– ¿No es la isla que quería comprar Al Capone?

Figaro sonrió a través del humo del cigarro.

– De eso hace cincuenta años.

– Quizás, pero pensaba que la isla había sido declarada reserva natural. Con los mapaches y los armadillos y todo eso.

– Ya no. Además, los mapaches no son naturaleza; son una plaga. Piénsatelo, de verdad. Ve y echa una ojeada. Techos de tres metros de alto, cocinas-comedor para gourmets, gimnasio, vista al canal intercostero. Desde sólo doscientos mil.

– Muchas gracias Jimmy, pero no.

Inclinándose por encima del brazo del sillón, Dave abrió la cremallera de la bolsa y miró dentro.

– Necesito este dinero para establecerme en algo. Algo que parezca un poco más real que unas tierras en un vertedero.

– ¿Sí? ¿Cómo qué, por ejemplo?

– Nada en concreto; estoy dándole vueltas a algunas ideas que tengo en la cabeza.

Figaro se encogió de hombros.

– ¿Quieres contármelo?

– ¿Y quedarme sin nada que hacer esta noche? Ni hablar.

Dave decidió saltarse el almuerzo con Jimmy Figaro. Ver el coche de Jimmy, su traje de dos mil dólares y la asombrada mirada en los ojos de su secretaria había sido suficiente para recordarle que su aspecto estaba totalmente fuera de lugar. Puede que la barba de Lucifer y las anillas de cortina que llevaba en las orejas hubieran ayudado a que no le dieran por el culo en Homestead, pero las cosas eran diferentes en el exterior. En los sitios respetables, con pelas, donde pensaba ir, mantener la imagen de «a mí nadie me toca los huevos» no sería bueno para lo que había planeado. Era como había dicho Shakespeare: el atavío proclamaba quién era el hombre. Iba a necesitar una reforma completa. Pero primero tenía que encontrar coche y, consciente de que no tenía ninguna oportunidad de largarse al volante de un coche alquilado, pensó que lo mejor era conservar el aspecto patibulario un poco más, por lo menos hasta que se hiciera con un coche. Calculaba que así no le venderían cualquier mierda de automóvil y no tendría que volver arrastrando su maldito culo otra vez a la tienda.

Ahora que estaba fuera de Homestead quería pasar el mayor tiempo posible al aire libre. Eso quería decir un descapotable, y en la sección de deportes del Herald encontró lo que buscaba. Un concesionario de Mazda ofrecía una selección de coches deportivos a buen precio. Un taxi lo sacó del centro y lo llevó hacia el oeste, por la Cuarta, hasta la tienda de Mazda de la carretera Bird, y media hora después volvía hacia el este, en dirección a la playa, conduciendo un Miata 96, con CD, cromados y poco más de 20.000 kilómetros. Estaba empezando a disfrutar del aire fresco, el sol, el cambio de marchas y la música de la radio -no tenía ningún CD- cuando al parar en un semáforo para girar al norte por la Segunda Avenida, miró el coche que tenía al lado y se encontró con los mezquinos ojos de Tamargo, el vigilante que lo había escoltado al salir de su celda en Homestead no hacía ni tres horas.

Tamargo iba al volante de un viejo Oldsmobile que no valdría ni 1.900 dólares y al ver a Dave en un coche que costaba casi diez veces más, la mandíbula del guardia, del tamaño de un sofá, se le quedó abierta, colgando, como si le hubiera dado una hemorragia cerebral.

– ¿De dónde coño has sacado ese coche, Slicker?

Dave se movió incómodo en el asiento de piel y echó una mirada al semáforo, que seguía rojo. Haber cumplido toda la sentencia le daba ciertas ventajas ahora que estaba fuera. Y una de ellas era no tener que aguantar que ningún oficial de condicionales metomentodo se inmiscuyera en su vida. Pero lo último que quería era que la policía de la ciudad empezara a hacerle preguntas embarazosas sobre la procedencia del dinero que había usado para comprar el coche. El principal problema era si Tamargo se tomaría la molestia de contar a la policía lo que había visto. Hasta ahora, la única referencia que los polis tenían de su paradero era la oficina de Jimmy Figaro. No tenía sentido dejar que averiguaran la matrícula de su coche ni ninguna otra mierda adicional. Así que con un ojo en el retrovisor y agarrando más fuerte el volante forrado de cuero, David sonrió.

– ¡Eh, mamón! ¡Te hablo a ti! Te he preguntado que de dónde has sacado ese jodido coche.

– ¿El coche?

– Sí, el coche. Ese que lleva «robado» escrito en la jodida matrícula.

Todavía vigilando el semáforo, Dave dijo:

– Es un coche limpio.

– ¿Ah, sí?

– ¿Sabes una cosa, Tamargo? Tú formas parte de una solución abominable. Una solución abominable, en una serie recurrente de culpa y transgresión. No son palabras mías, son de un gran filósofo francés. Si tuvieras una pizca de inteligencia, sabrías que tu acusación supone el fracaso mismo de la institución que representas. Esa clase de prejuicio es el factor más importante de la reincidencia. Quizás no lo sepas, pero así lo llaman cuando un convicto comete otro delito. Reincidencia. Lo mejor que puedes hacer en beneficio del jodido sistema correccional es seguir conduciendo y cerrar la boca.

La luz se puso verde. Dave aceleró con fuerza y soltó el embrague.

Tamargo dio una patada a su acelerador, confiando no perder de vista a Dave Delano durante el tiempo suficiente como para leer la matrícula. Pero el pequeño deportivo desapareció como por arte de magia, y el carcelero llevaba recorridos más de cincuenta metros antes de darse cuenta de que Dave había dado la vuelta en el semáforo. Tamargo frenó de golpe y, volviendo su corpachón en el asiento, buscó a través de la ventana trasera a aquel exconvicto y su descapotable. Pero Dave se había desvanecido.

Después de aquello, Dave decidió que no podía perder ni un minuto; tenía que cambiar de aspecto. Se dirigió hacia Bal Harbor, en Miami Beach, donde Figaro le había dicho que había un excelente centro comercial frente a un elegante Sheraton con vistas al mar, como había pedido. Encontró una ruta diferente hasta el bulevar Biscayne y la carretera 41, y al poco rato conducía por el paso elevado McArthur, por encima del canal intercostero, con el puerto y los muelles de Miami a su derecha. La imagen de un par de enormes trasatlánticos que ponían proa hacia el océano le hizo estremecerse, porque sabía que si todo salía como había planeado, pronto emprendería, él también, un viaje por mar. Estaba llegando a South Beach, subió por Collins y cruzó el llamado barrio histórico. Eso sólo quería decir Art Déco. Pero ésa era toda la historia que Miami ofrecía, una de las razones por las que Dave tenía tantas ganas de dejar la ciudad. Con todo, era una sensación estupenda conducir otra vez entre los chabacanos tonos pastel y las chillonas luces de neón de Collins; y con tanta gente alrededor, era como volver a pertenecer a la raza humana.

Diez minutos más tarde, Dave entraba en el centro comercial, aparcaba el coche y, todavía con la bolsa llena de dinero en la mano, salía en busca de su nueva apariencia. Enseguida se dio cuenta de que estaba en el lugar acertado. Ralph Lauren, Giorgio Armani, Donna Karan, Brooks Brothers. Jimmy Figaro no podía haberle recomendado un sitio mejor para lo que Dave tenía en mente. Incluso había un salón de belleza con una oferta especial: 200 dólares por un masaje, corte de pelo, manicura y limpieza de cutis. Quizás la limpieza de cutis incluyera un afeitado. Dave entró.

El sitio estaba vacío. Una chica que estaba leyendo People detrás del mostrador se puso de pie y sonrió amablemente.

– ¿Puedo servirle en algo?

Dave le respondió exhibiendo su mejor baza, su sonrisa.

– Espero que sí. Acabo de desembarcar. He estado en el mar durante varios meses y, bueno, ya ve cuál es el problema. Debo parecer una especie de Robinson Crusoe.

La chica soltó una risita.

– Sí que tiene un aspecto bastante dejado.

– Dígame, ¿ha visto aquella película, Entre pillos anda el juego? La de Eddie Murphy, ya sabe.

– Sí, en aquella estuvo bien, pero después ya no.

– Bueno, pues eso es lo que quiero. Un arreglo estilo Eddie Murphy. Afeitado, corte de pelo, limpieza, manicura, masaje: los 200 dólares al completo.

Una de las compañeras de la dependienta, con un vestido blanco como de hospital y una tarjeta con el nombre de Janine prendida en él, se había acercado y miraba a Dave con los ojos entrecerrados, la misma mirada que él había dedicado al Mazda antes de comprarlo.

– Estamos más en la línea de Pretty Woman que de Entre pillos anda el juego, cariño -dijo Janine-. Pero no tenemos mucho trabajo ahora, así que me parece que podemos atenderte y hacer que parezcas un chico del coro de la iglesia, si quieres. Aunque hace bastante tiempo que no he afeitado a un hombre.

Janine se volvió a mirar a la recepcionista.

– A Martin, mi ex, ya sabes, lo afeitaba. Sí, de verdad. Me gustaba. Claro que si ahora tuviera una navaja cerca de su cuello, haría algo diferente. Ahora asesinaría a aquel hijo de puta.

Pero luego sonrió como si, de repente, la idea de afeitar a Dave le resultara atractiva.

– Bueno, ¿qué dices, cariño? ¿Qué tal te va eso de ceder el poder a las mujeres?

Dave dejó caer la bolsa.

– Janine, estoy dispuesto a correr el riesgo sí tú lo estás.

4

– Bueno Jimmy, ¿qué crees? ¿Me puedo fiar de que Delano tenga la jodida boca cerrada?

Figaro levantó los ojos de su ensalada de cangrejo y miró a las grandes gafas de sol de color azul que llevaba el hombre que tenía enfrente. Toni Nudelli tenía unos cincuenta años y una cara con las mismas arrugas que su traje de lino beige. Estaban almorzando en el Club de Campo Normandy Shores, tan sólo unos minutos al norte de Bal Harbor. Por las ventanas en forma de arco estilo Mizner del restaurante se podía alcanzar a ver la mansión de seis millones de dólares de Cher, al otro lado de la Isla de La Gorce.

– Seguro que te puedes fiar. La ha tenido cerrada durante los últimos cinco años, ¿no? ¿Por qué diablos tendría que chivarse ahora?

– Porque ahora no puedo vigilarlo, por eso. Cuando tenía su asqueroso culo en la cárcel, sabía que podía llegar hasta él. La gente que yo conocía allí dentro podía joderlo bien. Ahora que está fuera, puede hacer lo que le dé la gana sin mirar por encima del hombro y eso no me gusta. Se me atraganta.

– Vamos Tony. Los federales podían haberle ofrecido protección si hubiera querido largar. Un cambio radical de vida.

– Eso es como la menopausia. Es lo mismo que si tu jodida vida se hubiera acabado, ya no vale nada. Si no, pregúntaselo a mi mujer, no he jodido con ella desde hace años. Mira Jimmy, la mayoría de tíos con sangre en las venas aguantarían los cinco años y cogerían el dinero.

Nudelli escogió un palillo de un recipiente de plata y empezó a hurgarse en las muelas de arriba en busca de algo que se le había quedado adherido.

– ¿Lo del dinero cómo fue? ¿Le pagaste? ¿Estaba contento?

– Me parece que sí.

– ¿Te parece que sí?

Nudelli resopló, inspeccionó el trozo de comida que había sacado con el palillo durante un momento y luego se lo comió. Sacudiendo la cabeza con aire cansado añadió:

– Jimmy, Jimmy, si quiero saber lo que piensa la gente, leo el jodido Herald. Lo que quiero de ti y de tu contrato de seis cifras, más gastos, más extras, es algo más que una sonrisa de buen chico y tu jodida impresión. Quiero la ley de la Física como la describió Isaac Newton. Si tenemos x, nos da y. ¿Me captas?

– Estoy seguro -dijo Figaro.

– ¿Juegas al póquer, Jimmy?

– No soy muy aficionado a las cartas, Tony.

– No me sorprende. Dices que estás seguro de algo, pero te encoges de hombros como si llevaras el peso de unas cuantas dudas encima de las hombreras de ese traje tuyo tan caro. Cuando uno está seguro tiene un aspecto más positivo, Jimmy. ¿Qué tal asentir con la cabeza un par de veces? ¿Y sonreír otro tanto? Joder, el hombre del tiempo parece más seguro de lo que dice que tú.

– Tony, si no te importa que lo diga, me parece que estás siendo un poco paranoico. Créeme, Dave es un tío legal. Mientras estuvo en Homestead aprovechó el tiempo al máximo. Se hizo con una educación, un título y una actitud mental positiva. Lo único que quiere es vivir.

– ¿Haciendo qué, exactamente?

– ¿Exactamente? No lo sé. Ni él tampoco. Lo que quiere ahora es tomárselo con calma, gastar algo de dinero…

– ¿Le pagaste?

– Ya te lo he dicho. En efectivo. Con intereses. Le pregunté qué iba a hacer con el dinero y le ofrecí asesoría financiera. Dijo que gracias, pero no.

Nudelli se quedó pensativo mientras sopesaba lo que Figaro le estaba diciendo. Vació de un trago su copa de vino y luego pasó la uña por el borde de cristal.

– ¿Cuáles fueron sus palabras exactamente cuando dijo eso?

– ¿Cómo que exactamente? ¿Exactamente? Pues exactamente no lo sé.

– Jimmy, eres un jodido abogado. Exacto es tu segundo apellido y la marca de nacimiento que tienes en el culo.

– Dijo que no era gran cosa. Que no era precisamente una cantidad que te permitiera empezar una nueva vida.

– Bueno, eso seguro que no suena a alguien que está contento con su beso de despedida.

– Lo estoy citando fuera de contexto, ¿sabes?

– Como si quieres sacar la cita del Familiar Quotations, de Bartlett. Lo que me describes es alguien al que acaban de dar una coca-cola de diez dólares.

– Tony, si hubieras estado allí, habrías visto que el tipo estaba contento, créeme.

El camarero apareció para volver a llenarles los vasos con el Chardonnay californiano que le gustaba a Tony Nudelli. Sabía un poco demasiado a roble para el paladar más refinado de Figaro. Era como beber pulimento líquido para muebles.

– Puede que no trasportado al cielo en un rayo, como el profeta Elias -añadió Figaro-, pero estaba contento, sí.

– ¿Está todo bien, señores? -preguntó el camarero adulador.

– Todo bien, sí, gracias.

– Elías -burbujeó el camarero-. Es un nombre muy bonito, Elias. ¿Por qué mis padres no me pondrían un nombre así, en lugar de John?

Tony Nudelli se echó atrás en la silla de golpe y miró al camarero, con una mueca de irritación que dejó al descubierto sus dientes amarillentos y, ahora, bien escarbados.

– Porque tu cara blanca y redonda llena de mierda les recordó una jodida taza de váter, mamón. * Y si tú y tu sensiblera naturaleza me volvéis a interrumpir, haré que la gente pueda llamarte Vincent, porque sólo te quedará una jodida oreja para meterla en los asuntos de los demás. ¿Lo entiendes? Ahora lárgate antes de que chambrees el jodido vino con esa mano pajillera y caliente tuya.

El camarero se retiró a toda prisa.

– Me parece que será mejor que no pida postre -dijo Figaro riéndose.

A una parte de él le gustaba que Toni Nudelli usara aquel lenguaje rudo. Mientras no fuera a él a quien le tocara recibirlo. Le daba un escalofrío de placer sentir, aunque fuera de forma indirecta, el poder que ejercía Nudelli.

– ¿Estás de broma? Aquí tienen el mejor pastel de nueces de pecán.

– Pensaba que a lo mejor querría tratar de vengarse de alguna forma convincentemente comestible pero repugnante.

– Hay quien ha acabado muerto por mucho menos de eso.

– Él no lo sabe.

– Tienes razón, Jimmy. Ese maricón de mierda podría meter de matute cualquier cosa dentro de un pastel de nueces.

Con un fuerte chasquido de los dedos, Nudelli llamó al maître a la mesa.

– ¿Todo bien, señor Nudelli?

– Louis, querríamos dos trozos de pastel de nueces. Y querría que nos los sirvieras tú mismo. ¿De acuerdo?

– Sí, señor. Enseguida. Será un placer.

El maître desapareció en dirección a la cocina.

– Jimmy, deja que te pregunte una cosa.

– Claro, Tony. -Soltó una risita cuando vio al acobardado camarero-. Soy todo oídos.

Nudelli echó una furiosa mirada hacia el mismo sitio.

– Marica de mierda. ¿Qué coño pasa con los camareros de este país? No es bastante darles una propina. Quieren que les jures sobre la Biblia que no los desprecias por lo que hacen para ganarse un dólar.

– No me hables de los camareros. El otro día pedí un bistec en Delano. Y cuando el camarero lo trae me dice que las verduras sólo tardarán unos minutos. Y le digo: «¿Qué pasa? ¿Es que se supone que tengo que comer a plazos?».

Figaro se rió de su propia anécdota y más aún cuando vio que Nudelli la había encontrado divertida. Sólo que deseó haber pensado en sustituir el nombre por el de otro restaurante. Era uno de los más elegantes de South Beach, el preferido de Madonna y Stallone, pero el nombre no contribuyó precisamente a que Nudelli se olvidara de lo que más le obsesionaba en aquel momento, es decir, de Dave Delano.

– ¿Qué es lo que me querías preguntar, Tony? Antes de que empezáramos con los camareros de mierda.

– Sólo una cosa. ¿Qué dice la Ley de Prescripción sobre el asesinato?

– No hay Ley de Prescripción para eso.

– Pues de eso se trata justamente. Supón que Delano se decide a hablar con los federales.

– Tranquilo, Tony. Delano no es un chivato.

– Espera, Jimmy, espera hasta que termine como un buen abogado. Supón que lo hace, por la razón que sea. Pongamos por caso que piensa que yo soy responsable del tiempo que ha pasado en prisión. Después de todo, la cárcel hace cosas raras con los hombres. Los vuelve maricas. Los vuelve vengativos. Quizás quiera quedarse con mi cuarto de millón y con mi libertad de paso. Quiero decir, ¿qué se lo impide? Contéstame a eso, ¿quieres?

– Es probable que piense que yo soy más responsable que nadie -dijo Figaro, encogiéndose de hombros-. Después de todo, fui yo quien lo representó ante el jurado. Pero no va a hacerlo, Tony.

– No, no, no estamos haciendo predicciones ahora. Estamos abordando una situación hipotética, ¿entiendes? Como si fuéramos dos filósofos en una sauna romana. ¿Qué datos concretos tenemos para decir que Dave Delano nunca va a decidirse a delatarme? Espera, espera. Tengo una idea; supongamos que comete un delito. Y lo arrestan. Le va a caer una buena, pero puede que no quiera volver a la cárcel. ¿Y quién podría criticarlo después de haber pasado cinco años en la trena? No seré yo, seguro. Pero puede que, sabiendo esto, a los federales se les ocurra meterle el miedo en el cuerpo para que les cuente lo que les tendría que haber contado antes. Su culo a cambio del mío.

Nudelli dio una fuerte palmada en la mesa, como si matara una mosca, justo cuando llegaba el maître con los dos trozos de pastel.

– ¿Qué va a impedírselo, eh, Jimmy?

– Aquí tiene, señor Nudelli. Pastel de nueces.

– Gracias, Louis.

– De nada, señor. Que aproveche.

– Bueno, si lo planteas tan fríamente, Tony…

– Así de fríamente lo planteo, metido en un vaso helado con hielo dentro. ¿Qué va a impedírselo, eh?

Figaro pinchó un trozo de pastel con el tenedor, pero lo dejó en el plato un momento.

– Nada. Sólo que, quizás, te tenga más miedo a ti que a los polis.

Nudelli alzó las manos, grandes y peludas, en un gesto que a Figaro le recordó al Papa saludando, benévolo, a los fieles desde el balcón de San Pedro el día de Navidad. Pero el abogado veía que no había nada benévolo en la dirección que llevaba la conversación.

– ¿Lo ves? Quizás. Ya estamos otra vez con las dudas. Has puesto el dedo justo en la llaga, Jimmy. Quizás. Ahora ponte en mi lugar. Tengo una familia que cuidar, un negocio que dirigir, gente cuyo sustento depende de mí.

Suspiró exasperado y se metió un trozo de pastel en la boca.

– ¿Sabes cuál es el problema? El idioma. La corrupción del jodido idioma. Las palabras ya no significan lo mismo que antes, por culpa de toda esa mierda de minorías que se nos ha metido en casa -porque ya no podemos decir esto y no podemos decir eso otro- y por todos esos políticos que utilizan el idioma para no decir nada de nada. Te daré un ejemplo, Jimmy. Un tipo le dice a una chica: «¿Me dejarás follar contigo?» Bueno, si ella dice: «Quizás», sabes que hay una posibilidad real. Pero si le dijeras a un político: «¿Construirá más escuelas y más hospitales si llega al poder con nuestros votos?» y él dice: «Quizás», entonces sabes sin ninguna duda que no va a hacerlo. Para él, quizás es igual a nunca. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

Figaro no estaba seguro de entenderlo. Había veces en que pensaba que Tony Nudelli era uno de los clientes más listos que tenía, y otras en que creía que era más tonto que la televisión diurna. Esa larga disertación lo había dejado en la duda de qué había querido demostrar Nudelli. Pero de cualquier modo, cabeceó y dijo:

– Sí, claro.

Decidió tratar de desviar la conversación de la idea que, mucho se temía, Nudelli seguía teniendo en su suspicaz cabeza.

– ¿Quieres que hable con Delano, Tony? ¿Que le recalque que es absolutamente necesario que siga con la boca cerrada? Va a pasar por el despacho mañana para hablar de algunas cosas. Puedo dejárselo claro entonces, si quieres.

– Willy Barizon -dijo Nudelli, sacudiendo la cabeza.

– ¿Qué pasa con él?

– Es medio hermano de Tommy Rizzoli. El tipo que sacaste del negocio del hielo.

Figaro sonrió incómodo.

– Tony, le aconsejé que vendiera el negocio para evitar una condena de cárcel, eso es todo.

– Es lo mismo. Como sea, voy a hacer que Willy vaya a hablar con Delano.

– ¿Para darle una paliza?

Nudelli pareció dolido.

– Tendrías que comer un poco de pastel. Es el mejor que hay.

Figaro se llevó el tenedor a la boca. Tenía que admitir que era bueno.

– Odio oír a mi abogado diciendo una cosa así -dijo Nudelli con frialdad-. Pero no, no voy a hacer que le den una paliza. Sólo quiero que le recuerden, de un modo contundente, que todavía tiene que temerme.

Se lamió los labios y luego se secó la boca con la servilleta.

– Me parece que me gustaría tomar algo dulce con el postre. Una copa de moscatel, tal vez. ¿Te gusta el moscatel?

Figaro negó con la cabeza.

– ¿Y ahora dónde se ha metido ese mamón? -gruñó, buscando al camarero con la mirada.

Fijó los ojos en Figaro de nuevo.

– Además, quiero saber algo más de esos nuevos amigos suyos antes de zurrarlo. Me han dicho que en Homestead compartía celda con un iván. Y que ese iván tiene importantes relaciones en Nueva York. No me gustaría darle una paliza a Delano y encontrarme con esos cabrones rusos encima. Les gusta matar a la gente. Creo que les gusta más matar que hacer dinero. Lo llevan en la sangre, supongo. Matar lo han hecho siempre, durante toda su historia. Hacer dinero no, nunca.

– El compañero de celda se llamaba Einstein Gergiev -informó Figaro-. Lo llamaban Einstein porque había sido físico y experto en informática antes de liarse con las mafias en Rusia, y luego aquí, en Florida.

– Un hijo de puta listo, ¿eh?

– Tenía montado algún tinglado con eso de las dos ciudades gemelas.

– ¿Qué dos ciudades?

– Las dos San Petersburgo.

– La del Golfo de México la conozco, pero ¿dónde está la otra?

– En Rusia, al norte de Rusia.

– No lo sabía.

– Fue todo un fraude, según me han dicho. Le costó a la ciudad de San Petersburgo, la de Florida, varios millones de dólares.

– ¿De veras?

– De cualquier modo, a Gergiev lo soltaron hace seis meses y lo deportaron a Rusia. Pero no sabía que tuviera amigos en Nueva York.

– Todos esos rusos, los rojos, se encuentran allí. Playa Brighton. Tendrías que verlo. El hogar de los jodidos rusos lejos de su hogar. Little Odesa, lo llaman. Los contactos los tienen allí o en Israel, en Tel Aviv. La mitad de los judíos que se fueron de Rusia están relacionados. Para empezar, así es como consiguieron el dinero para largarse -Nudelli se encogió de hombros-. Tengo un primo en Tampa. A lo mejor él puede averiguar algo de ese Einstein rojo. ¿Dónde está Delano?

– Dijo que iba a alojarse en el Sheraton de Bal Harbor.

– Es un buen hotel de la playa. Con clase. Puedes olvidarte del Fontainebleau.

Nudelli se enderezó en la silla. Había encontrado al camarero.

– ¡Eh, tú, Elias! Ven aquí.

Al ver a Toni Nudelli, el camarero retrocedió hacia la puerta del restaurante como un quarterback buscando a uno de sus receptores. Un segundo después había salido por la puerta y corría a través del patio de estilo Mediterráneo, en dirección a Biscayne Bay.

– Joder -dijo Nudelli echándose a reír-. ¿Qué coño he dicho?

5

Dave había echado de menos el mar, incluso un mar tan lleno de gente y barcos como el de Miami Beach. Metido entre el cielo azul pálido y el polvo de rocas rojas que hacía las veces de arena, el mar, del color gris de la piel de una serpiente, llegaba hasta él haciendo garabatos de espuma. En Homestead siempre soñaba con volver a contemplar ese paisaje. Pero no era esa recuperada vista del mar lo que servía para subrayar su libertad, sino aquel olor a sal y aquel sonido visceral, como una respiración, que la acompañaba. Esa parte la había olvidado. Entre las cuatro paredes de la suite del hotel, por lujosa que fuera, era demasiado fácil revivir la pesadilla de estar dentro de su celda otra vez, del mismo modo que alguien a quien le han amputado una pierna sigue sintiéndola como si aún la tuviera. Sólo tenía que cerrar los ojos y escuchar el silencio dotado de aire acondicionado. Pero aquí, en la playa, con sus sonidos y olores penetrándole en la conciencia, la sensación del viento en su pelo bien cortado y del sol de la tarde calentando su cara bien rasurada, como si fuera la placa de un fogón gigante, era imposible confundir el lugar donde estaba con nada que no fuera el mundo exterior. Dave se tumbó en la toalla de playa y respiró profundamente con la vista fija en el cielo. Ni siquiera leyó. Sus otros sentidos, tan descuidados, no le permitirían concentrarse en nada excepto en dónde estaba y lo que eso significaba. Unos cuantos días de descanso en Bal Harbor le ayudarían a derrumbar los muros que seguían en pie dentro de su cabeza. Después, podría ponerse a trabajar.

A Willy Four Breakfasts Barizon le venía el apodo de la vez que se comió cuatro desayunos completos -dos huevos fritos, dos lonjas de beicon, una salchicha, y patatas y cebollas fritas en cada uno- en un Denny de la Avenida Lincoln. Con casi 1,85 de estatura, pesaba alrededor de 105 kilos desnudo y cerca de 115 vestido. Los diez kilos de diferencia eran debidos principalmente a las dos pistolas que llevaba debajo de su holgada camisa hawaiana. La lengua le venía dos tallas grande a su cara, lo que hacía que hablara por un lado de la boca, que siempre parecía húmeda, igual que si todavía guardara uno de aquellos desayunos en el otro carrillo, como si fuera una mascada de tabaco. Tenía el pelo negro y con rizo natural, aunque el corte que llevaba hacía que pareciera como si acabaran de hacerle la permanente, con aquellos pequeños rizos que le caían por encima de sus orejas de elefante, como si fuera un judío hasídico. Con el aspecto de gigante de tamaño reducido que tenía, era difícil que Willy Barizon pasara inadvertido. Además, hacía tiempo que no se encargaba de aquel tipo de trabajos, y había olvidado cómo actuar con sutileza. El negocio del transporte de hielo era todo fachada. Mostrar un aspecto duro cuando iba a recaudar el dinero era lo único que se necesitaba. Era raro tener que llegar a zurrar a alguien.

Dave detectó a Willy al momento de verlo. O mejor dicho, detectó la mirada que el hombretón recibió del botones cuando Dave salió del restaurante del hotel y fue a pedirle al recepcionista que enviara el fax que había escrito en pulcras mayúsculas cirílicas mientras cenaba. Cinco años vigilando que no le dieran por el culo habían hecho que le salieran ojos en el cogote. Era como si el botones hubiera proyectado una flecha de neón al pecho del hombretón, una flecha que decía: «Ese es tu blanco. A por él».

Dave entró en el ascensor al lado de una mujer con un peinado tan alto como el gorro de un chef. ¿Qué les pasaba a las mujeres de Miami con los peinados altos? Con un ojo en el peinado y en la marchita muñeca que había debajo, apretó el botón de su piso y se situó al fondo mientras ella apretaba el del suyo. Luego fue ella la que se apartó al entrar Willy. Pasaron uno o dos segundos antes de que él pensara en apretar también un botón, lo cual confirmó más o menos la sospecha de Dave de que el tipo había estado esperando para seguirlo hasta su habitación. Pero la cuestión del motivo seguía intrigándole. No era un poli, de eso estaba seguro. Un poli lo hubiera agarrado en el vestíbulo. ¿Y por qué motivo? ¿Sospecha de robo de un gran coche? Mientras se cerraban las puertas, Dave se volvió hacia Willy Barizon y estiró el brazo para que se viera el reloj que había comprado en el centro comercial de Bal Harbor aquella misma tarde.

– ¿Ves este reloj, tío?

– ¿Qué?

– El reloj. Es un Breitling Chronometer. El mejor reloj del mundo.

Cara de Muñeca hizo como si él no existiera.

– Olvídate del Rolex. Eso es sólo para las películas. Y para el National Geographic. Esto, esto es un instrumento de precisión cojonudo. Me costó 5.000 dólares.

– ¿Y a mí que mierda me cuentas? -gruñó Willy.

– Espera, no he acabado. ¿Quieres ver mi billetera?

Dave sacó su cartera y la abrió.

– ¿Ves esto? Piel de primera. ¿No es una belleza? Y además con 1.000 dólares dentro.

– Estás pirado.

Sonó una campanilla cuando el ascensor llegó al piso de Cara de Muñeca.

– Realmente -dijo, pisando con garbo sobre sus altos tacones-. Algunos no saben como llevarlo, ¿verdad?

– Tiene usted toda la razón, señora -asintió Willy.

Dave devolvió la cartera al bolsillo de la chaqueta de su traje de lino y sacó su nueva estilográfica mientras las puertas volvían a cerrarse.

– Y además tengo esta pluma.

– Que te den, tío, y que le den también a tu pluma -dijo Willy, y palpó instintivamente una de las dos herramientas que llevaba debajo del cinturón.

Los agudos ojos de recluso de Dave captaron el revelador bulto con una sola mirada.

– Te estoy contando todo esto por una razón -explicó fríamente-. Te lo cuento para que sepas en lo que valoro tus jodidas posibilidades de robarme.

– Te has equivocado de tío, Delano. ¿Quién dijo nada de robarte tu culo de mierda?

Dave dio un paso atrás. La lengua casi se le salía de la boca al hombre cuando hablaba. Dave había sentido la rociada de saliva como si fuera lluvia. Los ojos se le quedaron un momento detenidos en esa lengua, fascinados por su grotesco aspecto. En el mejor de los casos, parecía la carátula que Andy Warhol había diseñado para el disco de los Rolling Stones. Sticky Fingers. Aún lo conservaba. Eso si su hermana no lo había vendido, claro. En el peor, la lengua parecía algún tipo de repugnante medusa rosa dentro de un círculo de amarillo rojizo. La campanilla del ascensor volvió a sonar al llegar al piso que Willy había escogido, sólo que él no le prestó ninguna atención.

El tío había dicho su nombre. Llevaba artillería y lo había seguido dentro del ascensor. ¿Qué más necesitaba saber? Desenroscó la tapa de la pluma.

– ¿Has acabado de enseñarme todas tus pertenencias?

– Sólo una cosa más -insistió Dave-. Aquí está la pluma. Es una Mont Blanc Meisterstuck. Se llama Mont Blanc porque el plumín de catorce quilates lleva escrito la altura del Mont Blanc. Es la montaña más alta de Francia. Adelante, échale una mirada.

Dave levantó la pluma para que Willy la viera.

– Cuatro mil ochocientos diez metros de altura. Adelante, mírala, porque te la voy a dar como regalo.

Willy miró.

Dave no dudó ni un instante, y clavó la punta en forma de mitra de su pluma tamaño Cohiba en el blanco del ojo del hombretón, salpicando al mismo tiempo con una galaxia de manchas de tinta la cara, el cuello y la camisa de Willy.

Willy aulló de dolor, apretando las dos manos sobre el ojo herido y dando a Dave la oportunidad de golpearlo libremente en los riñones, como si estuviera entrenándose con el saco en el gimnasio de la prisión. Tras propinarle tres puñetazos, remató la faena con un gancho a las pelotas de Willy que iba cargado con toda la fuerza de su hombro y que fue tan despiadado que Willy sintió como si le estuvieran desgarrando la carne con unas tenazas al rojo vivo. Las puertas del ascensor se abrieron de nuevo con un suspiro de aire que era como el eco del sonido que salía de la malformada boca de Willy. Encogido, con una mano en las pelotas y otra en el ojo, Willy parecía más pequeño ahora y más fácil de manejar. Dave vio que no había necesidad de volver a golpearlo. Pero había unas preguntas que necesitaban respuesta. Y aplicando la suela de piel auténtica de un elegante mocasín nuevo en la rabadilla de Willy, Dave lo lanzó al pasillo. Willy cayó de barriga sobre la tupida alfombra, dio con la cabeza contra un extintor colgado de la pared y luego se desmayó.

Dave recogió su pluma del suelo del ascensor y salió rápidamente antes de que se cerraran las puertas. Miró a ambos lados. No había nadie. Agarró a Willy por las piernas y lo arrastró por el pasillo hasta su suite.

Una vez seguro al otro lado de la puerta, Dave registró a Willy concienzudamente; pudo aliviarle de un Ruger Security-Six, que llevaba en un cinturón por dentro de los pantalones y que imaginaba que era sobre todo para alardear, y debajo de una correa sobre la barriga, una 22 automática, más pequeña y silenciosa, que era la que probablemente hacía el trabajo. Dave descargó el revólver y dejó la 22 a mano para cuando el tipo volviera en sí. El nombre que aparecía en el carnet de conducir que encontró en la sudada cartera era Willy Barizon. Dave nunca había oído hablar de él. Había una Mastercard, ochenta dólares, un ticquet del servicio de aparcamiento del Sheraton, un boleto de apuestas por un perro en Hollywood y una tarjeta profesional de una puta con un número de la zona 305. «Foxy Blonde. Belleza joven y voluptuosa. Servicio a domicilio.» Al reverso había un nombre: «Tia». Dave tiró la tarjeta a la basura.

– Me parece que no irás al domicilio de Willy durante un tiempo -dijo, recordando la fuerza con que le había golpeado los huevos al hombretón. Dave fue al baño y volvió con los cinturones de los dos albornoces, que empleó para atarle primero las manos a la espalda y luego los tobillos. Se preparó una bebida y reunió algunos libritos de cerillas que cogió del bar mientras Willy iba recuperando la conciencia entre gruñidos. Dave se sentó sobre la parte posterior de los muslos de Willy, de cara a los pies, y empezó a quitarle los zapatos y los calcetines. Echando una mirada por encima del hombro dijo:

– ¿Qué tal va por ahí, Moose? ¿Listo para un diálogo socrático? Eso quiere decir que yo digo una cosa, tú dices otra y yo llego a una conclusión.

Dave echó a un lado con asco los calcetines de Willy y tomó otro sorbo del vaso.

– ¿Nunca has oído hablar de Sócrates, Moose? Fue un filósofo griego, al que condenaron a muerte por corromper a los jóvenes de Atenas. Eso fue antes de la televisión, claro. Los chavales de hoy tienen cable, así que probablemente ya estén corrompidos, ¿no? Al tal Sócrates lo obligaron a tomar cicuta. Es una especie de veneno. Pariente del perejil, por si te interesa, así que ve con cuidado con tus aliños. Sea como sea, cuando leí esto, en un libro de Platón, empecé a preguntarme cómo haces para obligar a alguien a envenenarse por voluntad propia. Quiero decir, no es igual que si te atan a una camilla y te ponen una inyección letal como hacen en la trena. No, él se sentó con unos cuantos amigos y se lo bebió él mismo. No te jode. Y yo me pregunté por qué.

– Que te fodan -gruñó Willy.

– Bueno, mira, pues resulta que aquellos antiguos griegos – los muy cabrones- te daban una alternativa a que te envenenaras tú mismo. ¿Sabes cuál era? Un tío venía y te torturaba hasta la muerte. Lo hacía de la siguiente manera: te ataba y te daba alguna clase de droga para que se te relajara el culo. Amilnitrato, o su equivalente antiguo, lo más probable. Lo mismo que hacen esos gays del S &M. Esos tipos se hacen todo tipo de porquerías unos a otros, cosas que yo no puedo ni imaginar. Cuando el torturador pensaba que ya estabas preparado, te metía todo el brazo por el ojete, al estilo de Robert Mapplethorpe, y seguía para arriba hasta que te agarraba el corazón. Cuando lo hacía -y ésa era la parte más exquisita de la tortura- iba estrujándolo lentamente con la mano, como si fuera una jodida esponja o algo así. ¿Puedes imaginártelo? Para que hablemos de que nos duele el pecho. Joder. Los verdaderos expertos podían hacerlo durar un rato, como los amantes experimentados. Y eso, eso era la alternativa al veneno, no te engaño. Un polvo de puño fatal. No es de extrañar que el viejo Sócrates decidiera hacer mutis por sí mismo, ¿eh?

– Hijoputa.

– Exacto. Otro escritor… vas a oírme hablar de un montón de figuras literarias, si te quedas un rato conmigo, Moose: los últimos cinco años no he hecho más que leer. Y hacer ejercicio. Pero eso ya lo debes saber, ¿no? Siento haber tenido que darte tan fuerte. Pero eres un tío muy grande, Moose. A lo que íbamos, este otro escritor, se llamaba Samuel Johnson, decía que la perspectiva de que te cuelguen ayuda a la gente a concentrarse de una forma extraordinaria. Y yo sospecho que lo mismo pasa con la tortura.

– Que te fodan… mi ojo… didé nada… cabrón…

Dave tiró de los pies de Willy.

– Moose, Moose, deberías cuidarte mejor esos pies. Tienes el peor caso de pie de atleta que he visto. ¿Te secas bien entre los dedos? Tendrías que hacerlo, ¿sabes? El tuyo es ya un caso crónico, me parece. Jodidamente difícil de erradicar. La mayoría de esas preparaciones antihongos no funcionan ¿sabes? Pero tengo un remedio infalible para liquidar a ese diminuto microbio que causa esta dolencia quiropódica tan poco comprendida. En realidad es un secreto, aunque no me importa compartirlo con alguien como tú, Moose.

Dave volvió la cabeza.

– Pero antes de hacerlo, ¿hay algún secreto que tú quieras compartir conmigo? ¿Una especie de quid pro quo? Tal vez, por ejemplo, quién te envió a verme, con toda esa artillería, y por qué. Háblame, Moose. Y no me cuentes que ibas buscando a tu Velma o creeré que quieres pasarte de listo conmigo.

– … miedda es Velma?

– ¿No eres aficionado a Chandler? ¡Qué lástima! Te gustaría. Es un tío duro. Como los huevos cocidos, y un poco como esos pies tuyos. Así que, ¿qué me dices?

Willy Barizon tosió con dificultad.

– Mire señor, se ha equivocado de tío. Yo no sé nada. Nadie me ha enviado. Mi ojo. Ha habido un error.

– Moose, estás insultando mi inteligencia. Y a mi inteligencia eso no le gusta. Se ofende por casi cualquier cosa. Pero sobre todo se ofende si alguien piensa que no existe. Que yo soy tan estúpido como tú.

Dave empezó a meter las cerillas del hotel entre los dedos malolientes y pegajosos de Willy Barizon como si se estuviera preparando para pintarle las uñas.

– ¡Puaj! Recuérdame que me lave las manos cuando acabe.

– ¿Qué estás haciendo?

– Es lo que te estaba contando, Moose. El remedio infalible para librarte del pie de atleta. La cuestión es, tío, que hay que quemar. Es como cauterizar una herida. El calor extremo mata la infección. Esto son libritos de cerillas, Moose. ¿Alguna vez has visto arder todo un librito de cerillas? Es como una jodida bengala, tío.

– ¡Socorro! -chilló Moose y empezó a retorcerse, desesperado.

Pero Dave tenía preparada una toalla y la metió en la boca con forma de chuleta de Willy Barizon.

– Moose, Moose. Cierra esa jodida boca, ¿eh? Vamos a tener un problema al estilo de Yossarian si no tenemos cuidado. Catch 22. ¿Te acuerdas? Me refiero a que, ¿cómo vas a contestar a mis preguntas si tengo que meterte una toalla en esa boca tuya que parece dibujada por Picasso? Pero tampoco es que pueda dejarte que eches la casa abajo con tus chillidos. ¿Comprendes mi dilema? Mira, te diré qué vamos a hacer. Parte de tu problema es tu falta de imaginación, tu incapacidad para visualizar lo rabiosamente que queman esas pequeñas cerillas. Por eso, eres incapaz de formarte una idea de lo doloroso que será para ti. Así que voy a hacerte una pequeña demostración, una demostración lo más amable posible. Y luego te sacaré la toalla de ese buzón tuyo. A riesgo de ser redundante, te recomiendo que empieces a hablar en ese mismo momento o yo empezaré a freír beicon aquí abajo. Así que vamos con la lección práctica.

Dave colocó un cenicero delante de la cara de Willy Barizon. Luego le sacó uno de los libritos de cerillas de entre los dedos de los pies, lo abrió y lo encendió con el encendedor de plata que había comprado aquella misma tarde en la tienda de Porsche. La tapa del librito ardió con desgana durante un momento y luego se apagó. Dave le dio al encendedor y volvió a encenderlo. Esta vez prendió bien y al segundo las cerillas estallaron en medio de una espectacular nube de humo azul, con olor acre.

– ¡Guau! -dijo Dave riendo entre dientes-. La jodida llama olímpica. ¡Huy! Eso tiene aspecto de doler. ¿Qué me dices, Willy? ¿Te parece que dolerá?

Willy cabeceó asintiendo como un loco.

– ¿Listo para tener aquella charla que decíamos?

Willy siguió asintiendo.

– Buen chico.

Dave sacó la toalla de la boca de Willy.

– Bueno, ¿quién te envió?

– Fue Tony Nudelli.

Eso cogió a Dave por sorpresa.

– ¿Tony? ¿Por qué? ¿Qué coño tiene contra mí?

– Quería que te recordara que mantuvieras la boca cerrada sobre lo que sea que tú ya sabes.

Dave frunció el ceño mientras trataba de encontrar sentido a la información.

– Me he pasado los últimos cinco años en la trena con la boca cerrada -sacudió la cabeza-. No tiene sentido.

– Te juro que es la verdad.

– ¿Y cómo ibas a recordármelo exactamente? Quiero decir, ¿ibas a dejarme caer una palabrita al oído, o se suponía que iba a sentir esa necesidad de silencio en alguna parte no esencial de mi cuerpo?

– Sólo tenía que pegarte una paliza, eso es todo. Puede que romperte unos cuantos dedos. Nada grave.

– He tenido novias que podrían estar en desacuerdo con eso, Willy.

– Te juro por Dios que es la verdad.

– Calla un momento mientras pienso.

Dave pensó en silencio durante un minuto mientras sopesaba lo que Willy acababa de decirle. Era posible que Tony Nudelli estuviera lo bastante preocupado por lo que Dave sabía de él como para enviarle al matón sobre el que ahora estaba sentado. Sólo que Tony solía arreglar las cosas de un modo bastante más definitivo que unos cuantos dedos rotos o un labio partido. Eso Dave lo había visto personalmente. Pero mientras lo pensaba, se le ocurrió que quizás había una manera de sacar partido a la situación. Una manera de demostrarle a Tony su lealtad. Un preludio útil para lo que vendría a continuación.

– No -dijo lentamente-. No me trago esa historia, Willy.

– Oye, tienes que creerme…

– ¿Por qué querría Tony hacerme papilla?

– Yo no dije eso, dije hacerte daño, no papilla.

– Después de cinco años, lo que está claro es que Tony sabe que no me voy a ir de la lengua con nadie.

– Mira, yo sólo soy un mandado. Ya lo sabes. No soy el psicoanalista de Tony. No sé lo que tiene en la cabeza. Le debo un favor. Ya sabes que así es como funciona. Él me dice que haga algo, yo lo hago y no busco ninguna jodida declaración de intenciones. Me pagan por hacer lo que me dicen.

– ¿Sabes qué creo? Que son los rusos los que te enviaron a zurrarme.

– ¿Qué rusos? Aquí no tiene nada que ver ningún ruso.

– Eso es lo que creo. Creo que fue Einstein Gergiev el que montó esto. ¿Acierto, Willy?

– Que no, tío.

– Eso sí que tiene mucho más sentido. El ruso. Es natural que tengas más miedo de él que de mí, incluso con todo un manojo de cerillas entre los dedos. Es un personaje siniestro, ese ruso. Lo sé de buena tinta, he pasado cuatro años con él en la misma celda. No, seguro que estás mintiendo, Moose.

Dave le dio al encendedor para recalcar sus palabras.

Desesperado, Willy se revolvió debajo de Dave, con el cuello y las orejas cada vez más rojos por el esfuerzo.

– Mira tío, no sé nada de ningún cabrón de ruso. Nunca he conocido a nadie llamado Einstein como se llame. Fue Tony Nudelli, te lo juro. Te juro por la virgen que es verdad.

– ¡Oh! ¿Eres católico, Moose?

– Sí, soy católico.

– Te diré lo que vamos a hacer, Moose.

Dave se levantó y fue a la mesilla de noche, de donde cogió una Biblia.

– Te voy a pedir que me lo jures sobre la Biblia.

– Sí, lo que quieras, con tal de que me creas.

Dave volvió a sentarse sobre la espalda de Willy y le metió la Biblia debajo de la enorme mandíbula.

– Ahora repite conmigo, Moose. «Porque confío en la resurrección del cuerpo…»

– «Porque confío en la resurección del cuerpo…»

– «Y la vida eterna en Jesucristo…»

– «Y la vida eterna en Jesucristo…»

– «Lo que he dicho es la verdad, y que Dios se apiade de mí.»

– «Lo que he dicho es la verdad, y que Dios se apiade de mí.»

– Ahora besa la Biblia con esa bocaza que tienes.

Willy besó la Biblia hasta que quedó empapada de saliva.

– No te educarían los jesuítas, espero -dijo Dave-. Esos tipos eran tan tramposos que podían jurar una cosa, pensar otra, besar la Biblia y salirse con la suya gracias a la doctrina de la evasiva.

– No, tío, no.

– Vale, te creo.

Dave se puso de pie y tomó otro sorbo de su bebida.

– De acuerdo. Ahora voy a desatarte. Pero recuerda: tengo esa pequeña Phoenix Arms 22 en el bolsillo. Si tratas de ser desagradecido, te libraré de parte de la presión que tienes en ese cerebro tuyo. Te proporcionaré otro agujero por donde respirar. ¿Lo tienes claro?

– Sí, sí.

Dave desató a Willy y se apartó mientras el hombretón, lenta y doloridamente, se sentaba en el suelo. Willy se palpó los testículos y luego apoyó la palma de la mano con cuidado en el ojo herido. Con el ojo bueno miró, a través de la habitación, al hombre que ahora estaba sentado en un gran sofá de color crema. Extendidos por el suelo frente a Delano, como en el anuncio de Jerry Seinfeld para American Express, estaban los resultados de lo que parecía haber sido una importante jornada de compras: varios pares de zapatos, montones de camisas de vestir y deportivas, jerseys y pantalones y un ordenador portátil de la marca Apple nuevecito. No había nada barato a la vista. Incluso la suite, con el balcón corrido y vistas al mar, tenía toda la pinta de costar tres o cuatrocientos dólares la noche.

– ¿Cómo va el ojo? -preguntó Dave.

– Duele.

– Lo siento Moose. Coge una toalla del baño si quieres y un poco de hielo de la nevera. Hazte una compresa fría. Evitará que suba mucho la inflamación.

– Gracias, tío.

Moose fue a buscar el hielo. Lamentaba el final de su negocio del hielo con su primo Tommy. Si no hubiera sido por eso, ahora no estaría allí, arriesgándose a perder un ojo. Quizás no estuviera hecho para los asuntos duros, después de todo. Tenía que haber algo más fácil.

Mientras miraba cómo Willy se preparaba la compresa fría, Dave sintió pena por el mendrugo, aunque estaba seguro de que le habría roto los dedos como había dicho, y sin remordimiento alguno.

– Puedes decirle a Tony lo decepcionado que me siento -dijo Dave. -Y añadió, cruel-: Cuando lo veas.

– Si lo veo -dijo Willy con amargura-. Este jodido ojo. Creo que me has dejado ciego.

– Decepcionado, pero no rencoroso. Dile que, pese a este pequeño malentendido, seguimos siendo amigos. Dile eso. Quizás incluso futuros socios. Eso es, dile a Tony que quiero proponerle un negocio. Que puede ser algo grande. Eso tendría que tranquilizarlo… Dile que me pondré en contacto con él a través de Jimmy Figaro.

Willy recogió el Magnum y lo deslizó en la cartuchera del interior de sus pantalones. Buscó con la mirada la 22, pero recordó que estaba en el bolsillo de Delano. Dave comprendió qué buscaba y después de sacarla la levantó, como sopesándola, en la mano.

– Me quedaré con ésta un poco más -dijo-. La primera regla de la autodefensa: tener un arma.

– ¿Puedo marcharme ya?

Willy sonaba contrito, contrito y preocupado.

– Querría ir a un hospital.

– Claro, pero ¿no te olvidas de algo?

Dave señaló con la cabeza los pies descalzos de Willy y las cerillas que llevaba entre los dedos.

– Tus quesos, tío.

Willy empezó a sacarse las cerillas.

– Nunca pensé que fueras un Dennis Hopper, tío -dijo Willy, sacudiendo la cabeza-. Con ese traje, no pareces tan duro. Te pareces más a un universitario.

– Con frecuencia, el hábito sí que hace al monje -dijo Dave-. Pero tendrías que haberme visto a las ocho de la mañana.

Willy se metió en el bolsillo uno de los libritos de cerillas.

– Un recuerdo -dijo-. Los colecciono.

– Pues éste seguro que no lo olvidas, ¿eh? -comentó Dave.

– ¿Lo habrías hecho de verdad? ¿Les habrías prendido fuego a mis dedos?

Dave se encogió de hombros.

– Moose, yo mismo me lo he estado preguntando.

6

La agente especial Kate Furey miró por la ventana de la sala de reuniones del tercer piso de la central del FBI, y reprimió un profundo bostezo cuando su jefe, el agente especial adjunto al mando, Kent Bowen, empezó a contar la historia. Era uno de esos relatos crueles y desagradables que tanto parecían complacer a sus compañeros masculinos. La mayoría estaba ya sonriendo porque todos sabían que la historia trataba de cómo Bolívar Suárez, un primo del embajador de Colombia, y uno de los más importantes traficantes de cocaína de Miami, había encontrado prematuramente la muerte hacía dos noches.

– Tendríais que ver dónde vivía ese cabrón, en Delray Beach. Joder, casi una hectárea al lado del mar. Y la casa es como en las películas de James Bond. Mil metros cuadrados de color gris plomo, parece el museo Guggenheim de Nueva York. Pero por dentro es un palacio de puta madre. Suelos de mármol, puertas y ventanas de caoba, y accesorios y luces de art déco traídos de París. Ya os hacéis la idea. Diez millones de dólares de lujo asiático en Florida.

»Bueno, ésa es la escena del crimen. Al mamón le gustaba el arte, a lo grande. Cuadros por todas partes. Debe de haber mantenido activas a algunas de esas galerías de Nueva York él solo. Moderno, pero nada de basura, ¿sabéis? Quiero decir que no sé nada de arte, pero incluso yo pude ver que algunos de aquellos artistas tenían verdadero talento. Un montón de cosas de Escocia, de Glasgow, que me gustaron, claro. El mamón seguro que creía que Glasgow era un fabricante de cristaleras dobles. También un montón de cosas de Sudamérica. Supongo que eso sí lo conocía. Frida Kahlo, Diego Rivera. Lo que queráis. El hijo de puta lo tenía todo en una estructura con luz desde arriba. Algo muy particular; como si no pudiera clavar una mierda de clavo en la pared. Tenía los cuadros colocados como si él fuera un puto experto. Se dice que una vez le dio una paliza a la niñera de sus hijos porque rozó por descuido una de esas telas. Y cuando digo que le dio una paliza, quiero decir una paliza. Por lo visto, utilizó una de esas especie de porras Romitron -ya sabéis, eso que lleva una bola y una cadena de plástico- para pegarle en las manos. Estuvo a punto de dejarla lisiada. Nadie tocaba esos cuadros más que el mismísimo hijo de puta.

Desde la central, en la Segunda Avenida, Noroeste, sólo había un par de minutos en coche hasta el edificio de apartamentos en la Isla Williams donde estaba el hogar de Kate. Por lo menos, había sido su hogar hasta que se divorció. Howard, su marido, y socio de uno de los bufetes de abogados más importantes de Miami, había pagado 900.000 dólares por el piso. Los abogados de Kate le habían dicho que era posible que el apartamento llegara a ser suyo como parte del acuerdo. Pero a ella no le parecía justo que él no se quedara con la mitad. Además, no le apetecía precisamente quedarse allí, teniendo en cuenta todas las secretarias del bufete que Howard se había ido follando allí cuando, como ahora, Kate tenía que trabajar hasta tarde.

– Esta información tiene que haber llegado a alguien de uno de los otros cárteles -continuó Bowen, mirando de reojo a Kate-. Alguien que quería ver al cabrón muerto. Podéis escoger. Joder, hay más que suficientes. Bueno, fuera quien fuese, actuaron con mucha inteligencia. Lo prepararon todo mientras el cabrón estaba en Bogotá. La finca estaba bien guardada por el lado de la carretera. Cámaras, sensores, el equipo de seguridad al completo. Pero no tanto por el lado del mar. Como si el pringado no supiera que existen los barcos. Como sea, la lancha número siete de los Guardacostas de Delray informa que vieron una especie de lancha deportiva de alta velocidad anclada a unos tres kilómetros de la costa, frente a la playa municipal, la noche antes de que le dieran al cabrón. Sam Brockman cree que dejaron a un submarinista en el agua y que nadó hasta la orilla y se coló en la finca Suárez, amparándose en la oscuridad de la noche. Sólo había un vigilante en la playa. Y dice que no vio nada. ¿Kate?

Kent Bowen quería su atención y aprobación por encima de todo. Era uno de los agentes más brillantes de la comisaría de Miami, eso sin mencionar que era también una de sus mayores bellezas y que estaba colado por ella. Kate devolvió su atención a Bowen y a su interminable historia.

– Y aquí viene lo más ingenioso -dijo-. El tipo se mete en la casa. Un auténtico profesional. Escoge su cuadro -ni idea de cuál era-, lo descuelga y extiende una fina capa de 250 gramos de plástico C5 en la parte de atrás de la tela. Luego fija un simple detonador de inclinación en la parte interior del bastidor; sólo una esfera de acero dentro de un tubo de ensayo, dos agujas, una pequeña batería y un detonador. Y ésa es la bomba. Una belleza. Un trabajo muy pulcro. Deja el cuadro colgando un poco torcido y luego pone pies en polvorosa. Hace horas que se ha ido cuando el cabrón vuelve de Colombia.

Bowen sacudió la cabeza, como si todavía le asombrara el ingenio del asesino.

– Como siempre, primero entra el perro de rastreo, pero no le llega el olor de los explosivos porque el cuadro está a un metro y medio de alto. El cabrón entra en la sala y ve el cuadro tan torcido como la polla de Quasimodo. Y maniático como es, no tarda un segundo en ir a enderezarlo.

Bowen se recostó en la silla, sonriendo con sadismo, saboreando el climax de su historia.

– La esfera rueda por el tubo, toca las dos puntas de las agujas, completa el circuito, y ¡catapum!, le arranca la cabeza limpiamente de sus jodidos hombros.

Kate miró a Bowen y sonrió fríamente mientras él y el resto de los tíos se reían de nuevo.

– La unidad de investigación que fue a la escena del crimen tardó cuarenta y cinco minutos en encontrar la cabeza de Bolívar. Empezaban a pensar que se la habría llevado como recuerdo uno de los colombianos cuando la vieron flotando en el jodido acuario. La explosión la había lanzado al otro lado de la sala, como si fuera una pelota de baloncesto.

Bowen hizo como si encestara.

– Canasta, dos puntos.

Siguió riéndose un poco más, se secó una lágrima del ojo y se le ocurrió otro chiste:

– Eso es lo que yo llamo un cuadro que te hace estallar la cabeza.

Bowen soltó una risotada y se sirvió un vaso de agua, como si acabara de contar una anécdota realmente graciosa sobre Jay Leno. Con unos cincuenta años y una calva incipiente, a Kate Bowen le recordaba mucho el coronel Kilgore, de Apocalypse Now. Tenía la misma actitud despiadada hacia el enemigo y el mismo aprecio de su personal. En cuanto él empezaba a hablar, Kate se sentía como la persona que no quería hacer surf en la fiesta de Kilgore en la playa.

– El asesinato de Bolívar Suárez… -empezó.

– Ey, ¿dónde se encuentran dos sesos y ninguna cabeza? -dijo Bowen con una risita cloqueante-. El asesinato de Bolívar Suárez.

– Dado que la muerte parece dejar a Rocky Envigado como Ciudadano Cocaína indiscutible -persistió Kate-, puede que no tengamos que buscar más lejos al autor.

– Eso es lo que se llama perder la cabeza con el arte moderno -dijo alguien y Bowen se esforzó por que no se le escapara la risa ante la actitud más profesional de Kate.

– Ciudadano Cocaína -repitió-. Me gusta. ¿Se te ocurrió a ti?

Kate, consciente de que podía haberse quedado con el mérito, replicó:

– No, me parece que lo leí en un periódico británico, cuando estuve en Inglaterra de vacaciones el año pasado.

Había veces, lo sabía, en que podía pasarse de honrada, incluso según los parámetros del FBI.

Era la única vez que había salido de Estados Unidos y la última vez que lo había pasado bien con Howard. Y eso que sólo habían sido vacaciones en parte. El propósito principal del viaje a Londres y París había sido reunirse con las fuerzas de policía británica y francesa, que estaban preocupadas por la cantidad de cocaína que ahora llegaba a Europa desde Colombia, vía Florida. Pero después de Miami, habían parecido vacaciones.

– Perdón -dijo-, quería decir cuando fui a ver a los de la NCIS y la Interpol.

– ¡Aha! -dijo Bowen con una sonrisita-. Ahora nos enteramos de la verdad, agente Furey. Te fuiste de vacaciones a expensas del contribuyente norteamericano.

Kate sonrió cortésmente y confió en que pudieran continuar con la reunión. Su propósito era compartir la nueva información que tenía sobre los traficantes de drogas que utilizaban el sur de Florida como centro de almacenamiento de sus productos. Información que habían recibido de otros organismos, tanto del país como de fuera. Ahora que Kent Bowen había contado su historia, podría poner sobre la mesa lo que sabía y luego, quizás, irse a casa y sumergirse en la bañera. Había sido un día muy largo.

– He almorzado con Peter van der Velden hoy y…

– ¿Qué tal está el holandés?

Van der Velden era inspector del BVD holandés, y había sido asignado como oficial de enlace especial en el consulado de los Países Bajos en Miami para los dos años siguientes.

– Bien.

– ¿Fuisteis a algún sitio bonito?

– No se preocupe, pagó él.

– Apuesto a que adivino adónde fuisteis. A ese sitio en Coral Gables. Le Festival. Al holandés le encanta ese sitio.

– Sí, Le Festival.

Muy a su pesar, Kate notó que se sonrojaba ligeramente.

– ¿Es bueno?

Era el agente especial Chris Ochao, un medio cubano que llevaba el brazo en cabestrillo.

– Excelente -contestó Bowen-. Los mejores soufflés de la ciudad. -Arqueó las cejas, con gesto sugerente, y añadió-: Y romántico.

– De eso no me di cuenta -dijo Kate.

– ¿No?

Alguien soltó una risita burlona.

Kate miró a Bowen directamente a los ojos. Sabía que en la oficina corría el rumor de que tenía un lío con Peter van der Velden. Cada año todos los agentes de enlace de los diversos consulados de Miami se reunían y celebraban una fiesta en el Hotel Doubletree, de Coconut Grove. Sólo hacía tres meses de la última, en la cual Kate había sido vista marchándose con el policía holandés después de haber estado hablando con él casi una hora.

– ¿Sabéis? Me parece que hay algo que tendría que aclarar – dijo, con una fría sonrisa-. Un pequeño malentendido que corre por ahí. Sólo para que conste, no estoy jodiendo con Peter van der Velden. Ni he jodido nunca con Peter van der Velden. Ni tengo ninguna intención de hacerlo. Es más, el propósito de nuestra cita para almorzar no tenía nada que ver con la posibilidad de que podamos llegar a joder, sino reunirnos con un espíritu de colaboración y diplomacia y llegar a joder a algunos de los grandes traficantes de drogas y otros criminales. ¿Me he expresado con claridad?

Recorrió con la mirada la mesa de uno a otro extremo. Por un momento nadie dijo nada.

– ¿Os habéis enterado todos? -preguntó Bowen-. Vale Kate, lo has dejado claro. ¿Qué ibas a decirnos de Peter van der Velden antes de que te interrumpiéramos?

– Sólo esto -dijo Kate, contenta de que nadie se hubiera dado cuenta de las relaciones esporádicas que sí que tenía con el oficial de enlace británico, Nick Hemmings-. Según los informadores de Peter, se espera un gran cargamento de Rocky Envigado. Y atención: viene de Mallorca, igual que antes.

– ¿Y eso qué quiere decir?

Ahora Bowen tenía el ceño fruncido.

Kate respiró hondo.

– Quiere decir que la última vez se nos pasó por alto algo.

– Sí, bueno, si a nosotros se nos pasó por alto, también se le pasó a la policía española y a la holandesa -dijo Ochao-. Registramos aquel barco de arriba abajo. No había nada.

– Podría ser que Rocky hubiera descubierto un nuevo medio de transporte -dijo Bowen-. Un medio del que todavía no sabemos nada.

– Puede que lo envíe por Internet -sugirió otro agente-. Últimamente parece que todo el mundo está obsesionado con eso.

– Quiero que lo enfoquemos científicamente. Quantico. El National Crime Information Center. El Smithsonian. Números atrasados del Law Enforcement Bulletin, si es necesario. Con todos los recursos con que contamos, se nos tendrían que ocurrir algunas ideas.

Bowen se levantó y trató de transmitir inspiración a su gente. Parecía bastante fácil hasta que se encontró con la mirada dubitativa de Kate.

– ¿Algún problema, Kate?

– Es posible que la última vez no hubiera nada. Que utilizara ese primer viaje para ponernos en evidencia. Después de aquel pequeño desastre quizás piense que ahora lo dejaremos en paz. Pero en cualquier caso tendríamos que tratar de encontrar el barco antes de hacer nada, ¿no cree?

– Sí, claro, seguro, eso no hace falta ni decirlo, ¿no?

Puso una mano cuidadosamente paternal en el hombro de Kate.

– Encárguese del equipo de reconocimiento, señor Spock. Necesito algunas respuestas.

Kate se fue a casa en su Sebring blanco, se preparó un ponche de ron, lo bebió mientras llenaba la bañera y luego se preparó otro antes de sumergirse en el agua caliente. El cuarto de baño daba a una terraza que rodeaba el piso; había dejado las persianas subidas para poder ver las luces parpadeantes de la Riviera de Miami, al otro lado del canal intercostero. Era una enorme bañera empotrada, con un jacuzzi y casi su lugar favorito de todo el piso. Después de comprar el apartamento, Howard y ella se habían bañado juntos un par de veces. Pero, por lo general, él prefería ducharse y, si se bañaba, prefería hacerlo solo. Al cabo de un tiempo, se acostumbró a la idea de que él aprovechara las largas sesiones que ella disfrutaba en la bañera para tumbarse en la cama y mirar el canal de Playboy por la tele. Por supuesto, hacía ver que no era así, y saltaba a Letterman o Leno en cuanto ella volvía al dormitorio. No es que le importara mucho. Lo que de verdad la sorprendió e irritó fue que él pensara que podía abonarse a cualquier nuevo canal, y mucho menos a Playboy, sin que ella se diera cuenta. Por favor, trabajaba para el FBI; su trabajo era fijarse en las cosas.

Naturalmente, cuando empezó a tener amantes, ella lo supo enseguida. Confiaba en que podría librarse de lo que fuera que le atormentara; mientras no se lo pasara a ella. Pero lo que finalmente le hizo tomar una decisión no fueron los celos, ni siquiera su amor por Howard sino, como le había pasado con la suscripción a Playboy, la irritación que sentía al ver que la consideraba demasiado estúpida para darse cuenta de sus mentiras y evasivas. La inteligente era ella, no él. Segunda de su clase en la facultad de Derecho de la Universidad de Florida en Gainsville, licenciada con honores en la misma clase en la que su futuro marido había tenido que esforzarse para estar entre los primeros cincuenta, y el cabrón pensaba que podía ser más listo que ella, como si ella fuera una camarera de cualquier pequeño bar de Oklahoma.

Kate tomó prestado un equipo de vigilancia del despacho para obtener pruebas auditivas y visuales de la infidelidad de Howard y lo pescó en faena con la instructora de golf para señoras del cercano Club de Campo de Turnberry Isle. Eso solo ya era bastante malo. El golf es un juego estúpido. Pero son las pequeñas cosas las que realmente te fastidian y se había quedado de una pieza al descubrir que la compañera de golfeo de Howard utilizaba el gel anticonceptivo del armario del propio cuarto de baño de Kate para su juego. Así que, con ayuda de una amiga del laboratorio, y después de amplios ensayos y experimentos, substituyó el gel de un tubo de Gynogel por un linimento de igual perfume; una preparación a base de alcohol y mentol para dar masaje en los músculos, para calentarlos en profundidad, definitivamente desaconsejada para zonas sensibles. Especialmente las dos zonas sensibles que Kate tenía en mente. Incluso ahora, meses después de lo sucedido, sólo pensar en la cinta que había grabado con su marido y su amante chillando en la sesión amorosa más caliente nunca imaginada seguía haciendo que estallara en carcajadas. Era evidente que el que dijo que la venganza es un plato que se toma mejor frío, nunca había oído cómo sonaban dos generosas raciones de genitales sobrecalentados.

Por alguna razón, Kate nunca había pensado en sí misma como en una esposa vengativa. Con su hermosa cara, su sincero aprecio por el arte, la literatura y la música, por no hablar de su vivida imaginación, siempre se había visto más como del tipo romántico. Parecía extraño al pensarlo ahora, pero ésa era la razón de que se hubiera incorporado al FBI y no a algún aburrido bufete de abogados del centro de la ciudad. Quería acción y pasión, incluso algo de peligro de vez en cuando. Pero últimamente, lo más arriesgado que había hecho era olvidarse de poner el seguro de su Lady Smith & Wesson y, para el servicio que le hacía, habría sido igual que fuera armada con un alfiler de sombrero. Con la esperanza de que la enviaran a un puesto en el extranjero, como Bogotá, Caracas, Lima o Ciudad de México, Kate había empezado a estudiar español. Entretanto, miraba al mar y soñaba con correr aventuras.

7

Todo el mundo estaba de acuerdo en que Madonna, la esposa de Al Cornaro, era algo extraordinario. No es que fuera guapa, sino que todos pensaban que era extraordinario que Al se hubiera casado con ella. La mayoría de los tipos que trabajaban para Tony Nudelli estaban casados con rubias artificiales con un coeficiente de inteligencia del tamaño de sus sostenes y una educación extraída de Condé Nast. Parecían más medallas de consolación que auténticos trofeos, eran de ese tipo de mujeres que manejan con más habilidad un lápiz de cejas que un bolígrafo y para quienes destreza oral equivale a hacer una buena mamada. Lo que hacía que Madonna fuera diferente era su inteligencia, su lengua afilada, su total indiferencia por su aspecto y el tamaño de sus tetas. Las tetas eran auténticas, no había más que mirar al resto de Madonna para saberlo. Le colgaban hasta la cintura, como si las hubieran esculpido allí para hacer la prueba antes de tallar a Washington y Jefferson en Monte Rushmore. El monumental efecto se veía aumentado porque a Madonna no le gustaban los sostenes -de hecho, no le gustaba ningún tipo de ropa interior- y por el reciente nacimiento de su cuarto hijo, Al junior. Al senior quería a su mujer, pero eso no le impedía hacer bromas sobre ella para divertir a Tony Nudelli. Divertir a Tony Nudelli era una parte importante del trabajo de Al como jefe de su empresa. Divertirlo y cuidarse del negocio; un coronel Tom Parker bien provisto de armas y chistes. El negocio de hoy tenía que ver con Dave Delano, pero primero Al quería saber si Tony estaba de un humor más indulgente que el día antes, cuando tuvo que decirle que Willy Four Breakfasts la había jodido y ahora estaba ingresado en el Community Hospital de Miami Beach con una herida grave en el ojo, gentileza del que tenía que haber sido su víctima.

No eran aún las diez cuando Al llegó a la lujosa villa de Tony Nudelli en el corazón de Key Biscayne. Reconoció el Porsche rojo que estaba aparcado a la entrada y, automáticamente, se encaminó a los dos mil metros cuadrados del edificio de la piscina. Sabía que su jefe, entusiasta nadador, estaría en la piscina de veinte metros bajo la supervisión personal de su entrenadora, Sindy, que antes había sido socorrista en el Wet n'Wíld, de Orlando. A Al le gustaba ver a Sindy, sobre todo porque solía estar desnuda y había mucho que ver. A él no le gustaba nadar, pero quizás hubiera valido la pena meterse en el agua sólo para que Sindy le estimulara a aprender con su especial sistema. De vez en cuando, se lanzaba graciosamente desde el borde de granito, perseguía al desnudo Tony por debajo del agua como si fuera algún tipo de fabuloso y oscuro delfín y se le ponía debajo para lamerle y mordisquearle el pene. La mayoría de gente pensaba que a Nudelli lo llamaban Naked [«Desnudo»] Tony debido a su apellido, pero Al sabía que no era por eso. Sabía que era principalmente por lo que Tony y Sindy hacían en la piscina. Sindy le había contado que se le ocurrió la idea al leer un libro sobre los emperadores romanos, en concreto la vida de Tiberio. Al no leía mucho, pero ése era un libro al que tuvo que echarle una ojeada, y eran absolutamente tan depravados como ella le había dicho. Sindy era alta, negra y hermosa y sólo de mirarla a Al se le ponía dura. Tony la llamaba su pez ángel.

Entró en el edificio de la piscina.

– Buenos días, Al -dijo Sindy sonriendo amablemente.

– Buenos días, Sindy.

Casi lo primero que Al miró, después del vello púbico de Sindy y sus tetas, fue su zumo de naranja. Tony no nadaba un número determinado de largos, ni siquiera durante un periodo determinado; sólo nadaba el tiempo que Sindy tardaba en hacer que se corriera en su boca. Si Sindy estaba bebiendo zumo de naranja, significaba que Tony y ella habían acabado.

– ¿Se acabó la fiesta?

Sindy brindó por Al en silencio con el vaso de zumo y luego lo lamió provocadora. Los ojos de Al no se movían de sus labios y del zumo.

– ¿Quieres un poco? -dijo ella ofreciéndole el vaso.

– Esto, no, gracias, Sindy.

Ni a tiros pondría Al los labios en aquel vaso después de lo que la boca de Sindy había estado haciendo.

– ¿Seguro? Está recién… exprimido. ¿Sabes que quiero decir?

– Seguro. Esto… yo… acabo de desayunar.

– Humm. Yo también -Sindy tragó con aire pensativo-. Un buen montón, en realidad. Tony debe de estar tomando suplementos de zinc, o algo así.

Riéndose burlona de la evidente incomodidad de Al, Sindy le dio un golpecito en la nariz con una de sus uñas, largas y de color escarlata, y en voz más alta se dirigió al hombre de aspecto agotado que nadaba lentamente hacia el borde la piscina.

– Bueno, cariño. Me marcho. ¿Estás bien? ¿Quieres que te ayude a salir?

– Estoy bien. Y ya me has ayudado bastante. Gracias, preciosa. Te llamaré.

– Más tarde.

Al contempló el trasero desnudo de Sindy hasta que desapareció en los vestuarios y luego sacudió la cabeza con impotente desesperación.

– Tendría que aprender esa mierda de natación.

– Tú lo has dicho, Mary Jo.

«Mary Jo» era el nombre que Tony le daba a Al siempre que surgía el tema de que Al no sabía nadar, por Mary Jo Kopechnie, la chica que se ahogó en Chappaquiddick cuando Ted Kennedy sobrevivió. «Mary Jo», o a veces «Conejito».

Nudelli se sumergió, impulsándose por debajo del agua hacia los peldaños de salida. Al tenía que admitirlo: Tony tenía muy buen aspecto para un hombre de su edad. Tenía los hombros y el pecho anchos y todavía conservaba todo el pelo, de un color gris plateado, parecido al de Cary Grant. A Nudelli le encantaba la comparación.

– ¿Me pasas ese albornoz, Al, por favor? -dijo saliendo a la superficie de nuevo y subiendo los peldaños.

Y bien dotado, además; como un caballo. Parecía que Sindy tenía un trabajo a medida. Para su edad, Tony tenía muchas cosas a su favor. Al cogió un albornoz del respaldo de una silla de rota blanca y se lo dio. Nudelli se lo puso. Mientras se sentaba hizo un gesto con la cabeza hacia el bar.

– Prepárate algo de desayuno si quieres -dijo, poniéndose las gafas y seleccionando un Cohibas grande del humidificador de palisandro que había sobre la mesa de cristal grabado-. Hay fruta, y café y todo tipo de porquerías.

– Gracias, ya he tomado el desayuno.

Al empezó a reírse al recordar la anécdota que había preparado para divertir a Tony.

– ¿No quieres café?

– Sí, café sí, gracias. Espera, voy a buscarlo.

Al fue hasta el bar, cogió la cafetera Cona de la placa caliente y vertió café en dos tazas.

– ¡Desayuno, digo! -dijo, acercándose con el café-. Ha sido el desayuno más jodidamente extraño que he tomado nunca. Y eso incluye los que tomé en Holanda.

Nudelli dio unas cuantas chupadas al puro hasta encenderlo bien y luego tiró la cerilla a la piscina, seguro de que el encargado de la limpieza la sacaría más tarde.

– ¿Qué ha pasado?

– Desde que era niño siempre tengo que tomar un cuenco de cereales para desayunar.

– Me acuerdo -dijo Nudelli-. Cuando estábamos en Las Vegas no parabas de incordiar con eso.

– El desayuno de los campeones.

– No empieces otra vez con esa mierda. Si hay algo que odio es que me suelten un eslogan publicitario de buena mañana. Es como encontrarse un zurullo en la taza del váter porque alguien no ha tirado de la cadena.

– Pues esta mañana bajo a la cocina y Madonna está allí con los niños y, bueno, ya sabes, había un jaleo de cojones. Yo lo único que quiero es tomar mis cereales y salir cagando leches de allí antes de que me dé una hemorragia cerebral con tanto ruido. Bueno, pues voy y cojo los cereales, los pongo en el cuenco, me siento y busco la leche, pero no queda en la jarra. No pasa nada. Veo que Madonna está muy ocupada con los crios y el bebé y todo eso. A mí no me importa ir a buscarme la leche a la nevera. El problema es que no queda tampoco en la nevera, y entonces yo empiezo a soltar tacos. «¿Qué pasa?», dice ella. «Lo que pasa – le contesto- es que no hay leche para poner en los cereales.» «Lo siento, cariño -dice ella-. Supongo que se nos ha acabado. Los niños la beben como si nunca hubieran oído hablar de la Coca-Cola, y eso es bueno porque necesitan calcio.» «Que se ha acabado ya lo veo -digo-, pero ¿qué voy a hacer? Estoy jodido todo el día si no salgo de casa con un cuenco de cereales en el estómago.» ¿Y sabes que hizo?

– Sorpréndeme.

– Verás, ella va andando arriba y abajo mientras le da de mamar al pequeño.

– Coño, puedes ir al zoo si quieres ver esa mierda.

– De pronto, le saca el pezón de la boca al bebé, se inclina por encima de mi jodido hombro y me echa un par de chorros de leche por encima de los cereales.

Al imitó con gestos lo que estaba describiendo.

Tony empezó a reír.

– «¿Qué coño es esto?», le pregunto y ella me contesta: «Es leche». «Joder, ya lo veo que es leche» -le digo-. Lo que quiero saber es qué crees que estás haciendo con tus jodidas tetas en mi desayuno.» «¿Qué pasa? ¿Es que mi leche es suficientemente buena para tus hijos, pero no para ti?», me dice ella.

Tony se estaba riendo a carcajadas ahora y tosiendo, además, porque el humo del puro se le había mezclado con el aire, de forma que sonaba como el motor de una pequeña moto en marcha. Se quitó las gafas y se apretó la parte alta de la nariz.

– Y ella dice: «¿Cuántos tíos tienen mujeres que puedan hacer esto? Tendrías que estar contento. Es fresca y no te cuesta ni un jodido centavo. Con el dinero que me das para llevar la casa, tienes suerte de que no te dé esto cada mañana, rata que eres un rata».

Tony dijo:

– Tu mujer es una tía de cojones, Al. La adoro. Es una obra de arte. Parece un remolcador, pero la adoro.

Se secó las lágrimas de los ojos con el cuello del albornoz.

– ¿Y qué pasó a continuación?

– Que me comí los jodidos cereales, eso es lo que pasó -dijo Al.

Los dos hombres rompieron a reír. Al se calmó primero.

– Bueno, era eso o quedarme sin cereales, ¿no?

– Joder -dijo Tony con un suspiro y volviéndose a poner las gafas-. ¿Cómo pudiste hacerlo?

Por una vez, Al se encogió de hombros sin saber qué decir.

– Oye, dime, Al, ¿a qué coño sabía?

La cara de Al se contrajo mientras trataba de recordar.

– Caliente, claro. Un poco como la desnatada que te dan en esos envases de McDonald's. Yo prefiero la leche de vaca, pero al pequeño Al parece gustarle. Nunca parece tener bastante.

– Esa Madonna. Es algo serio.

Sólo pensar en la enorme pelirroja le hacía poner los pelos de punta. Dios sabe qué aspecto tendría cuando estaba en casa. Ya era bastante malo cuando iba vestida para salir a cenar. Al contrario que Al: Al se esforzaba por vestir bien. No como lo haría Nudelli, pero se esforzaba. Ahora mismo llevaba una camisa de Gianni Versace, de color amarillo y de aspecto caro que parecía la funda de seda de un cojín, una especie de vaqueros de piel negra, pensados para que los llevara alguien mucho más delgado que Al, un cinturón blanco de piel de serpiente y botas vaqueras rojas; por no hablar del montón de oro que exhibía por todas partes. Nudelli pensó que Al parecía el árbol de Navidad de un negro, aunque, para Miami, se podía decir que iba bien vestido.

La gente de Florida no distinguía el culo de la mierda cuando se trataba de ropa y Al no era una excepción. Siempre que salían del soleado estado, Tony hacía que Al llevara un traje de Brooks Brothers, con una camisa y una corbata adecuadas. Un traje quería decir negocios. Nudelli era anglófilo: zapatos ingleses, trajes ingleses; siempre compraba cosas inglesas.

Al dijo:

– He hablado con Jimmy Figaro.

– Ese lameculos.

– Quedamos que traería a Dave Delano aquí a las once.

Había un reloj en la pared, detrás de Tony, pero no tenía ganas de darse la vuelta. Estaba un poco cansado después de su clase de natación.

– ¿Qué hora es?

Al miró el reloj.

– Las diez y media.

– ¿Qué opinas?

– Tú y él seguís siendo amigos. Eso es lo que Delano dijo, según Willy. Quiere garantizártelo. Yo lo encuentro razonable.

Nudelli asintió con la cabeza, pensativo.

– Un chico sensato.

– Venir aquí con Jimmy es una jugada inteligente. Muestra que no te guarda rencor por lo que sucedió. El tipo tiene huevos, tienes que reconocérselo.

– Eso lo demostró cuando hizo de jodido oftalmólogo para Willy.

– Willy debe de estar perdiendo su toque.

– Eso o que Delano aprendió algo cuando estaba en la cárcel.

– Puede ser.

Nudelli dijo:

– Esa propuesta de negocios suya…

– Algo grande, es lo que dijo Willy.

– Entra en la trena como un tío de las loterías y se figura que ha salido como un ladrón de alto nivel. ¡No te jode!

– Escúchale. Puede que aprendiera algo mientras estaba cumpliendo la condena. Y que preparara un plan. En cinco años hay tiempo más que suficiente para que pueda ocurrírsele a uno algo constructivo.

– Supongamos que no me gusta este montaje. ¿Me apunta con una pistola a la cabeza o qué? Supongamos que no le ayudo a poner en marcha ese plan suyo. ¿Va a ir a los federales y contarles que fui yo quien se cargó a Benny Cecchino? Piensa en eso un poco ¿quieres?

– Joder, Tony, tienes más suposiciones ahí que el jodido Stephen King. Tuvo la boca cerrada todos estos años, ¿no? Cumplió la condena hasta el final. Si hubieras querido cargártelo podías haberlo hecho hace cinco años y te habrías ahorrado doscientos de los grandes. ¿Qué ha cambiado? No lo entiendo.

– ¿Quieres saberlo?

– Quiero saberlo.

– De acuerdo, te lo diré. Hace cinco años no sabía que Delano no era el verdadero nombre del tipo. Creía que era italoamericano, como tú y como yo. Pero resulta que su papaíto era ruso. Bueno ya sabes la buena opinión que tengo de esos bárbaros retrasados. Pero, por si fuera poco, resulta que es un asqueroso judío.

– Oye, ¿es que nunca hemos hecho negocios con los judíos antes? Esto es Miami, Tony. Una ciudad abierta. Fueron los judíos los que ayudaron a convertir este sitio en una ciudad de negocios. Meyer Lansky. Gente así. Además, por lo que sé, sólo es medio judío. Su madre es irlandesa.

– Nunca subestimes a un judío, Al. Ni aunque sólo lo sea a medias. Sigue mi consejo y vivirás mucho más. No me entiendas mal. No soy antisemita. Déjame que te cuente: hace casi cincuenta años, cuando estaba en Jersey City, conocí a una tía judía y me enamoré de ella. La mejor en la cama, y tú conoces a Sindy. Habría hecho cualquier cosa por aquella fulana, incluido casarme con ella. Quería hacerlo, incluso se lo pedí varias veces. Le di un anillo de Tiffany's y todo. Pero siempre salía con la misma historia. Decía que no podía hacerle eso a sus padres. Yo le dije que no le pedía que se lo hiciera a sus padres, lo que le pedía era que me lo hiciera a mí. Pero no, no podía casarse fuera de su religión, decía. Yo le replicaba que mis padres tampoco iban a dar saltos de alegría cuando les dijera que no quería casarme con una católica, que si creía que verme casado con una de la raza de los que habían matado a Cristo era un honor para ellos. Todo para nada. No hubo manera. Estaba enamorada de mí, pero no quería casarse conmigo. Al diablo con Shakespeare; al diablo con Romeo y Julieta y todo eso. Era como si no significara nada para ella. Y yo te pregunto, Al, ¿qué clase de gente puede hacer eso? Yo te lo diré. Los judíos. No hay nada que pongan por encima de ser judío. Y sé lo que me digo. Shakespeare hizo que Romeo y Julieta fueran italianos porque sabía lo que el amor significa para un italiano. No hay nada más importante que lo que siente tu corazón, Pero habría tenido muchos más problemas como escritor si Julieta hubiera sido una princesa judía, te lo digo yo. Esa sí que habría sido una obra de teatro de puta madre. Me hubiera gustado verlo.

– No sé, Tony. Delano no quiere joderte. Quiere hacer negocios contigo.

– Para un judío es lo mismo. Y no te olvides de los ivanes. Delano estuvo en la celda con uno de esos rojos cuatro años. Y aprendió a hablar ruso bastante bien por lo que me han dicho.

¿Entiendes lo que digo, Al? No fue italiano lo que aprendió, fue el jodido ruso. Lo que significa que no sé lo que se propone; si se acuesta con esos caraculo subnormales o qué. Ya tuve bastantes problemas con Rocky Envigado y aquellos cabrones colombianos para tener que ocuparme también de los ivanes. Ése es el problema de este país: hay demasiados inmigrantes.

– Por lo que dice Willy Four Breakfasts, parece que Delano pensaba que eran los ivanes los que lo habían mandado para que le diera una paliza, no tú -Al se encogió de hombros-. No parece que seas uña y carne precisamente.

Nudelli dio unas cuantas chupadas a su puro pensativamente.

– Sí, eso es verdad -reconoció.

– Escúchalo -dijo Al-. Después de todo, los negocios son los negocios y lo personal nunca tiene que ser un obstáculo ¿no?

– Tienes razón, claro.

Nudelli se inclinó, pellizcó la mejilla de Al y luego le dio un suave cachete.

– Yo sólo me preocupo por tus negocios, Tony.

Nudelli miró el extremo húmedo de su puro y cabeceó pensativo.

– No sabía que fueras de la ciudad de Jersey -dijo Al. -No sé si era yo o algún otro pobre bastardo. -¿Qué pasó con la judía? Ésa de la que te enamoraste. -¿Cómo coño quieres que lo sepa?

Jimmy Figaro conducía en ese momento el gran BMW a través del canal Rickenbacker, al sur de donde tenía sus oficinas. La carretera pasaba a gran altura sobre Biscayne Bay y ofrecía al poco interesado pasajero de Figaro una vista incomparable de los edificios de la avenida Brickell recortados contra el horizonte. La primera isla era Key Virginia, que en un tiempo se utilizó para albergar la comunidad negra de Miami y una gran planta depuradora de aguas residuales. La siguiente era Key Biscayne. Conduciendo con un solo dedo, porque todo era más relajado en Key Biscayne, Figaro bajó por el bulevar Crandon en dirección sur hacia cabo Florida, antes de girar hacia el oeste para coger la avenida del Puerto.

Figaro miró hacia Dave y le dijo:

– La casa de Tony está un poco más abajo en la misma calle donde vivía Richard Nixon.

– Dicky El Tramposo. Sí, encaja.

– ¿Eres demócrata?

– ¿Cuál es la diferencia para un mal sujeto como yo?

– ¿No has votado nunca por alguien?

– Claro. Voté por el representante de los presos en Homestead. Se podía escoger entre un violador y un asesino. Escogí al asesino.

– ¿Quién ganó?

– El asesino.

– ¿Y fuera?

– Fuera no importa quién te representa, el asesino o el violador.

– No es mucho como filosofía política.

– Después de estar en prisión, sólo hay una filosofía política que importe, y es no volver allá dentro.

El coche se deslizaba ahora suavemente a través de una comunidad inmaculadamente cuidada, bordeada de pinos australianos y cocoteros, con un palacio blanco tras otro, como si fueran pasteles de boda.

Figaro cambió de tema y dijo:

– Harbor Bayfront Villas es uno de los lugares más selectos de Miami. La casa de Tony está justo sobre la bahía.

– Casi nada.

Figaro disminuyó la velocidad y giró para tomar una vía privada, deteniéndose al llegar a una verja donde dio al guardia los nombres de los dos. Éste los comprobó en una lista y luego les indicó con un gesto que cruzaran la barrera que se estaba levantando.

– Aquí tenemos la última palabra en esplendor europeo -comentó Figaro con entusiasmo.

– Fuera de Europa, puede que tengas razón -Dave sonrió-. Te gusta esto, ¿eh, Jimmy?

– ¿No le gustaría a todo el mundo? -asintió Figaro-. Quiero decir, ¿no te gustaría vivir aquí?

Se detuvieron frente a una construcción de dos plantas, abierta a la bahía y dotada al completo con muelle y pescantes. Dave observó el yate a motor de treinta metros de largo que estaba anclado allí y luego se dedicó a contemplar la casa. Techada con teja romana, con sus columnas y arcos de sillería y su patio con fuente, parecía que la hubieran trasplantado allí desde una colina de la Toscana.

– No hay ninguna duda -dijo Dave- de que me gustaría poder permitirme vivir aquí. Pero si pudiera, entonces dedicaría el dinero a vivir en algún sitio agradable, como Londres o París. Miami es una mierda.

– En lo que hace a comida y mujeres, todo son gustos… -dijo Figaro.

– Y Miami es una hamburguesa con queso.

Bajaron del coche y fueron hasta la puerta de entrada, donde les hicieron pasar a un vestíbulo en forma de atrio, con el suelo de mármol y una escalinata de piedra curvilínea. Uno de los guardaespaldas de Nudelli cacheó a Dave y luego un mayordomo los acompañó escaleras arriba hasta una opulenta biblioteca con las paredes recubiertas de madera de caoba, donde Nudelli y Al Cornaro los esperaban, sentados dentro de un círculo de sofás chesterfield de piel verde. Los dos se levantaron y atravesaron la alfombra de Bujara de color de aguamarina, y Dave dejó que lo abrazara el hombre que había ordenado que le rompieran los dedos.

– Fíjate Al -dijo Nudelli-; échale una mirada a este hombre. Cinco años en prisión y parece que haya pasado el verano en Palm Springs. Coño, Dave, tienes un aspecto estupendo. Pareces una jodida estrella de cine.

– Tú tampoco tienes mal aspecto, Tony -respondió Dave pacientemente.

Nudelli palmeó con fuerza su propia barriga.

– Me mantengo en forma, ¿sabes? Nado cada día. Vigilo lo que como. ¿Queréis algo de comer? ¿Una bebida? Tenemos de todo. Incluso un jodido servicio de plata. Somos como el puto Admiral's Club.

– No, nada, gracias, Tony.

– ¿Jimmy?

– Sólo un café.

– Miggy -Nudelli se dirigía al mayordomo-, dos cafés.

Se sentaron en el interior del círculo.

Nudelli dijo:

– Cinco años.

Dave dijo:

– Sí, cinco años.

– Hiciste bien.

– En aquel momento, me pareció que era lo acertado, Tony.

– Dave, respecto a ese pequeño malentendido con Willy Barizon…

– Olvídalo. Son cosas que pasan.

– Me alegra que te lo tomes así, Dave.

– ¿Sabes?, después de la imprevista visita de Willy me puse a pensar en ti, Tony. Y me dije: «Dave, mientras estabas dentro, Tony sabía dónde estabas y qué estabas haciendo». Es una variante de lo que Maquiavelo dice sobre las prioridades complejas, Tony. Si estás ahí puedes detectar los problemas en el momento mismo en que empiezan y resolverlos enseguida; pero si no estás, sólo te das cuenta del problema cuando ya es demasiado tarde.

– Me han dicho que has estudiado. ¿Es verdad? Maquiavelo, ¿eh? Suena italiano.

– De Florencia.

– La noche que estabas con Benny Cecchino…

– Quieres decir en el restaurante donde le disparaste.

– Sí. ¿De qué hablábais?

Dave se encogió de hombros y respondió:

– Un asunto de negocios. ¿De qué otra cosa querría nadie hablar con Benny?

– ¿Le debías dinero?

– No -dijo Dave con una sonrisa-. No llegué a hacerlo. Tu súbita entrada en escena liquidó esa posibilidad.

– ¿Sabes?, Benny tenía una boca como una V8.

Dave respondió:

– No era nada mío, pero, por lo que sé, se lo tenía bien ganado.

– Muy amable por tu parte -Nudelli parecía compungido-. Yo tenía un genio más vivo entonces. Bueno, pero eso fue hace cinco años. Y cinco años es mucho tiempo. Estoy seguro de que no es necesario que te lo recuerde, a ti precisamente.

Dave esperó a que Tony Nudelli dijera algo más y, como no lo hizo, decidió pasar al propósito de la reunión que había pedido.

– Hablando de negocios, Tony, tengo una propuesta que me parece que te interesaría. -Dave abrió su ordenador portátil-. Es la mejor idea que hayas oído nunca.

– Yo siempre estoy interesado en las buenas ideas. ¿No es verdad, Al?

– Siempre.

Nudelli miró a Jimmy, que estaba tomando su café, y añadió:

– Antes de que digas una palabra más, Dave… Para alguien como Jimmy, la información supone una gran presión. A veces, cuanta menos tenga, más libertad y capacidad de maniobra tiene. Le gusta trabajar en un vacío. Saber sólo lo que necesita saber. En especial si hay ilegalidades de por medio. Así que déjame que te pregunte. ¿Es necesario que Jimmy sepa lo que me vas a decir, o es mejor que se vaya a dar una vuelta?

– Me parece que tendría que irse a dar una vuelta -respondió Dave.

Dave miró cómo Figaro salía de la biblioteca y cuando volvió a mirar a Tony pensó que éste llevaba dentadura postiza y que se le había caído de la boca antes de darse cuenta de que era una especie de invento hecho de acero y plástico y que Tony lo utilizaba para ejercitar los músculos de la cara. Al observar la expresión de Dave, Nudelli empujó el aparato con la lengua y se lo puso en la palma de la mano. Parecía una muleta diminuta.

Nudelli dijo:

– Es mi gimnasia facial. Ayuda a recuperar el tono muscular y evita la flacidez y las bolsas. De ésas tengo ya demasiadas. He conseguido un aumento del 250% en la fuerza de los músculos faciales en sólo ocho semanas. Dicen que sólo se necesitan dos minutos al día, pero yo hago un poco más por todas esas jodidas preocupaciones que tengo. Mi mujer quería que le hicieran un estiramiento facial. ¿Coste aproximado? Diez mil dólares. En lugar de eso, le compré uno de estos artilugios por setenta y cinco verdes. -Se rió, avaricioso, y volvió a colocarse el aparato en la boca-. Adelante -dijo abriendo y cerrando la boca como un besugo-. Di lo que tengas que decir.

Dave miró la pantalla en color de su ordenador, encontró el archivo que buscaba y dijo:

– Perseguir el dinero de la droga es la nueva especialidad de los agentes de la ley. Se han endurecido las regulaciones bancarias en todo el mundo. Se ha suavizado el secreto bancario, incluso en Suiza. Antes podías volar a Zurich con una maleta llena de dinero y hacer un depósito; no te hacían preguntas. Ahora ya no es así. Tal como están las cosas, los suizos tienen que hacer preguntas. Hace poco tiempo, Sudamérica y el Caribe eran también buenos sitios para esconder los dólares de la droga.

– Siguen siéndolo -dijo Al.

– Si conoces a la gente adecuada. No todo el mundo la conoce. Los nuevos delincuentes no tienen las relaciones que tiene alguien como tú, Tony. Actualmente, lo mejor que puedes hacer es comprarte un banco. Y el lugar ideal para eso es la antigua Unión Soviética. Bajo la égida del Gosbank, que es propiedad del Estado, y del Vnesheconombank, que es el banco exterior, en los últimos años se han formado cientos de bancos para aprovechar las iniciativas de las nuevas empresas rusas. Para prestarles dinero, para encargarse de otros depósitos en divisas fuertes. Incluso hay deducciones fiscales y préstamos para potenciar la aparición de nuevos bancos.

– Sería bonito tener mi propio banco -dijo Nudelli.

Dave respondió:

– Espera, todavía hay más. Veamos, para hacerlo, para capitalizar tu nuevo banco, tienes que llevar tu dinero a Rusia. Eso puede ser difícil, especialmente si el dinero es el resultado de actividades ilegales. Y más aún en las cantidades necesarias para capitalizar un nuevo banco, que son grandes. Déjame que te dé un ejemplo, a guisa de ilustración. ¿Te gusta el baloncesto, Tony?

– Claro.

– Entonces sabrás que el máximo encestador de la UCF, con diecisiete puntos, es Harry Kennedy. Ahora imagina una torre de billetes de diez dólares de unos seis centímetros de ancho por cuatro de profundidad y tan alta como Harry Kennedy; Harry mide alrededor de 1,95 metros, creo. Eso sumarían tan sólo cinco millones de dólares. O sea, que para llegar sólo a los diez millones de verdes necesitaríamos una torre de más de cuatro metros y más de novecientos kilos de peso. Más difícil de trasladar que cualquier droga, con la única ventaja de que aún no ha nacido el perro que pueda olfatear el dinero.

– Para eso usan mujeres -dijo Al, soltando la risa-. Mi mujer puede detectar un billete de cien nuevo a cincuenta pasos.

A Tony Nudelli le gustó la salida.

– Pero las bandas de Moscú han organizado también el transporte del dinero. Transportan el dinero y te ayudan a fundar tu propio banco. Todo por veinticinco centavos por dólar, lo mismo que si lo blanquearas en cualquier otro sitio. Llevan el dinero a través del Atlántico, cruzan el Mediterráneo y lo suben hasta el Mar Negro. Menos de ocho semanas después de que el dinero haya salido de Florida, eres propietario de tu propio banco en la ciudad rusa que te guste más. Una vez lo tienes allí, puedes prestarlo a las empresas, sacarle beneficios y luego trasladarlo al sistema bancario normal.

– Vale, pero ¿cuál es el plan? -preguntó Al-. Ser dueños de un banco sería bonito, pero no necesitamos ayuda para blanquear el dinero.

– No estoy vendiendo ayuda. Mi plan es éste. Quiero quedarme con uno de esos cargamentos de dinero. La banda de Moscú, con la ayuda de algunos antiguos tíos de la KGB, y también de otros nuevos, han montado un embarcadero clandestino a las afueras de Fort Lauderdale. A sólo cinco minutos del aeropuerto. Tiene 4.500 metros cuadrados, lo último en instalaciones y puede albergar yates de hasta 45 metros de eslora. Tienen tíos trabajando allí que conocen de verdad el interior de los barcos. Y colocan un interior nuevo en un plis plas. Sólo que el yate no es tuyo, es suyo. Tienen media docena en propiedad y los alquilan. ¿Y el nuevo interior? Una nueva cama doble en cada camarote que está literalmente hecha de dinero. Todas tienen el mismo aspecto y el mismo tacto que cualquier cama. Quizás un poco duras, pero eso no es de extrañar, teniendo en cuenta que puede haber unos dos millones de dólares metidos dentro de la base.

Nudelli se sacó el flexor facial de la boca, se secó la saliva de los labios y blandió el aparato como si fuera un palillo de cocktail.

– Espera un momento -gruñó-. Si miras por la ventana, verás el Bitch. Lo llamé así por mi primera mujer. Tiene 30 metros de eslora y alcanza una velocidad máxima de veinticuatro nudos, con un alcance de mil doscientos cincuenta kilómetros. Es una máquina totalmente equipada; es elegante, marinera y absolutamente silenciosa, perfecta para ir de isla en isla, pero no trataría de cruzar el Atlántico con ella. No tiene QE2.

Dave sacudió la cabeza y dijo:

– No tendrías que hacerlo, Tony. Por unos 80.000 dólares podrías comprarle un pasaje en un ferry trasatlántico construido a medida. En concreto, uno de los cat-tugs gestionados por Stranahan Yacht Transport de Port Everglades.

– ¿Qué coño es un cat-tug? -preguntó Al.

Dave apretó la tecla de busca en su ordenador, seleccionó una imagen del disquete, que había preparado el día anterior, y dio la vuelta al aparato para que la vieran las dos personas que formaban su público. Éstas se adelantaron en el chesterfield para mirar más de cerca la imagen del ordenador. Frente a ellos había una instantánea de un navío de casi doscientos metros que contenía hasta dieciocho yates de lujo a motor.

– La forma del casco -explicó Dave- es la normal de un buque, combinada con la ancha manga y el calado más plano de una gabarra. Pero tiene un centro de gravedad y una flotabilidad equiparable a la de las dos unidades.

– Joder -dijo Al-. Es increíble. No había visto nunca nada igual. ¿Y de verdad llevan esta cosa a través del Atlántico? ¿Con todos esos otros barcos?

Dave asintió.

– Me parece un tanto arriesgado -dijo Nudelli-. Hablo como propietario de yate, ¿entiendes? Existe el riesgo de elevar el yate para sacarlo del agua. Luego, el riesgo de dejarlo en un puente sin protección durante la travesía.

– Nada de eso. El cat-tug es semisumergible. Una especie de dique flotante trasatlántico. En Port Everglades metes tu barco, sin sacarlo del agua, y luego lo sacas, flotando, cuando llegas a la soleada Mallorca, en el Mediterráneo. Durante el viaje, cada navío está asegurado al suelo del dique, amarrado con unos cables especiales y protegido de lo peor del Atlántico por esa especie de espigones que veis. Tienen unos seis metros de alto. Sólo hay una fuerza de aceleración mínima cuando el remolcador está en marcha. Ah, y las, esto, pólizas de seguros para cruzar el Atlántico son un cuarto más baratas que si navegaras por tus propios medios. Siempre suponiendo que pudieras. SYT transporta cualquier nave de hasta seis metros de calado y no hay límite de altura.

– Creo que estás en lo cierto -dijo Nudelli-. Parece una goleta entre todos esos barcos. El palo mayor debe de medir unos dieciocho metros de alto.

Se recostó de nuevo en el sofá, haciendo crujir la piel como si ya estuviera a bordo de un barco en medio del mar.

– Tengo que admitirlo. Tiene un aspecto impresionante. Pero esa compañía, la Stranaham Yacht Transport, ¿tiene algo que ver con los rusos?

Volvió a colocarse el flexo facial en la boca y empezó a estirar la cara de nuevo.

– Nada de nada. Es una compañía legal. Los rusos compran un pasaje como cualquier otro ciudadano. Al viajar al lado de los barcos de ciudadanos respetuosos de la ley, calculan que tienen una cierta seguridad debido al número. Y, además, los guardacostas buscan droga, no dinero en metálico. Cuando el cat-tug llega a Mallorca, sacan su barco y navegan hasta su destino final por sus propios medios. Ese destino es un lugar en el Mar Negro, donde descargan finalmente el dinero y luego lo transportan por carretera. Otra rápida puesta a punto y el yate está listo para volver a casa.

– Eso es confiar mucho en un montón de rusos -observó Nudelli-. Dices que quieres robar uno de esos cargamentos. ¿Qué les impide a ellos robar a sus clientes?

– No lo hacen porque la primera vez sería también la última. Y porque algunos de esos clientes no tienen mucho dónde escoger. Ahora son muy pocas las maneras que hay de blanquear dinero de la droga, porque de ahí es de donde procede en su mayoría. Que te pillen con dólares es casi peor a que te cojan con cocaína. Algunos de los carteles sudamericanos están haciendo tanto dinero que no saben dónde ponerlo. A veces, acaban enterrándolo en un agujero y dejando que se pudra. Un tío de Homestead perdió dos millones así. Antes te podías comprar un bonito banco en Panamá o Venezuela. Pero las autoridades se han espabilado. El Grupo de los Siete Países Industrializados puso en marcha el Grupo Operativo de Actividades Financieras en 1989. Y fue entonces cuando el dinero de los malos empezó a ir a la antigua Unión Soviética.

»Por lo que he oído, Moscú es como el Chicago de los años veinte. Si tienes dinero puedes comprar casi cualquier cosa que te apetezca. Bombas, misiles, ejércitos, ciudades enteras. El país es una almoneda gigante. Lo único que se necesita son dólares. Con su propia moneda no se puede comprar una mierda. No entiendo cómo el Tío Sam puede controlar la economía norteamericana con tanto dinero americano suelto por ahí. El dólar carga con la mitad del mundo sobre su verde espalda. Sea como sea, volvamos a lo que me preguntabas, Tony. Estos tíos quieren hacer negocios con los americanos. Con los sudamericanos. Con la gente con dólares. Les ayudan a montar un banco de forma que puedan empezar a hacer negocios juntos. Acuerdos recíprocos, ese tipo de cosas. La cooperación es la base de los buenos negocios.

Nudelli asintió y preguntó:

– Bien, ¿cuál es tu propuesta?

– Necesito un yate para embarcarlo en el remolcador transatlántico. Necesito otro tripulante que me ayude a hacer el trabajo. A medio camino del viaje a través del Atlántico -es lo más lejos de las armadas europeas y de Estados Unidos que se puede estar- reducimos a las tripulaciones del remolcador y de los otros yates. Por la noche, cuando no lo esperen. Cogemos el dinero de los yates rusos y lo cargamos en el yate que esté más cerca de popa. Luego lo soltamos del remolcador y partimos al encuentro de un mercante con el que habremos acordado previamente un lugar y que estará navegando en dirección opuesta, en un viaje legal. Alguno que esté volviendo aquí, por ejemplo. Ponemos el dinero en el mercante y luego hundimos el yate para que se pierda el rastro.

– ¿De qué botín hablamos? -preguntó Al.

– Los rusos han empezado a embarcar hasta dos o tres yates por viaje. Tres yates, por seis o siete camarotes cada uno, por dos millones cada uno.

– ¡Joder! -dijo Al-. Eso es más de cuarenta millones.

– Podría ser -admitió Dave-. Pero yo calculo como mínimo veinticinco.

– Habrá un montón de artillería a bordo para proteger ese montoncito de monedas -dijo Al.

De nuevo, Dave negó con la cabeza, guiñando los ojos porque le molestaba el sol. Nudelli se volvió y luego señaló con la mano hacia los enormes ventanales que enmarcaban la vista de Biscayne Bay. Miami Sur y Coconut Grove quedaban escondidos al otro lado del horizonte, a unos ocho kilómetros hacia el oeste. Era la mejor vista que Dave había contemplado nunca de su ciudad natal.

– Ajusta las persianas, ¿quieres, Al? A Dave le da el sol en los ojos.

– No pasa nada, me gusta el sol.

Pero Al ya estaba desplegando las lamas de las persianas.

– Tony odia el sol -explicó-. Es el único tipo de Key Biscayne que tiene una piscina interior.

– Después de cinco años en Homestead, no me iría mal un poco de vitamina D.

Nudelli se sacó con la lengua el flexor de la boca y sonrió.

– Después de cinco años, has de ser prudente con esa piel tuya. El sol ya no es lo que era. Los negros, incluso los nativos de Florida, van con cuidado, por ese agujero que esos capullos han hecho en la capa de ozono. Incluso los jodidos peces están cogiendo cáncer de piel. Lo he leído no sé dónde. ¿Te acuerdas, Al?

– Fui yo quien te lo leyó, de un periódico. Y eran los peces australianos, no los de aquí -respondió Al.

– Como si importara la nacionalidad. En muchas cosas Florida es como Australia. No nos llaman el Estado del Sol por nada. Sigue mi consejo, Dave: cómprate un sombrero. En este tipo de negocio, todos llevaban sombrero antes. Incluso los piojosos policías llevaban sombrero. Se podía saber mucho de un hombre por la forma en que llevaba el sombrero. Y con el sol que tenemos ahora… Créeme, los sombreros van a volver; y no hablo de esas gorras que llevan los negros y los hispanos. Hablo de un sombrero como es debido. Un sombrero inglés.

– Parece un buen consejo.

– Antes de que el sol nos interrumpiera, estabas a punto de decirnos qué medidas de seguridad tenían para proteger todo ese dinero sucio -dijo Al.

– SYT sólo permite dos tripulantes por yate. Si llevan más, llamarán la atención. Tres barcos significan seis tripulantes. Es razonable pensar que vayan armados, claro. Pero con el elemento sorpresa, creo que yo, junto con otro tío, podríamos encargarnos de ellos.

– Supón que alguien pide ayuda por radio -objetó Al.

Nudelli, irritado, hizo una mueca y dijo:

– Supón que se encarga de todas las radios al mismo tiempo que de las tripulaciones.

– Tú lo has dicho -respondió Dave.

– ¿Cómo te enteraste de esto?

– Si estás en una misma celda con un tío durante cuatro años, te cuenta casi todo. Gergiev, ése era su nombre. Un tío listo. Es de San Petersburgo. Y son grandes rivales de la banda de Moscú. Bueno, él estaba enterado de esos transportes y planeó todo el asunto. Íbamos a hacer el trabajo juntos, pero los federales lo deportaron en cuanto salió de la trena. Una única gran jugada, ésa era la idea. De hecho, recibí una carta suya el día que me soltaron. Me decía que está tratando de volver y que si lo intento sin él, me matará. Pero no es de mucha ayuda en Rusia y me parece que este trabajo no puede esperar. Además, creo que sobreestima sus posibilidades de conseguir otro visado. Así que ahora no tengo nadie que me ayude.

– Y te imaginaste que era ese tío el que te había enviado a Willy Barizon, ¿no?

– Gergiev tenía que encontrar el yate adecuado y el dinero para conseguirlo. Yo iba a capitanearlo, a proporcionar los conocimientos de navegación. Podría decirse que eso es lo que yo aporto al acuerdo. Toda mi vida me he movido entre barcos. Mi padre trabajaba con yates. En alguna ocasión, incluso he tenido un par de ellos, pequeños. Aprendí a navegar a vela, aprendí navegación. Incluso tengo mi licencia. Gergiev puede pensar que le estoy traicionando, pero no es así. Le daré una parte de mi botín.

– ¿Que será de…?

– Si consigo el apoyo adecuado, alguien que me respalde con lo del barco, pienso en un cincuenta-cincuenta. Puede que entre doce y quince kilos cada uno.

– ¿Qué tipo de barco necesitas? -preguntó Nudelli.

– Ni demasiado grande ni demasiado pequeño. Unos veinte o veintidós metros. Con sitio suficiente para todo ese dinero y una buena velocidad punta, para el caso de que seamos nosotros quienes estemos más cerca de la popa. Lo principal es que ha de tener presencia. Tiene que parecer que vale la pena enviarlo a través del océano. Diría que ha de valer alrededor del millón y medio.

Nudelli no dijo nada.

– A descontar de mi parte, claro -añadió Dave, confiando en endulzar el trato-. Digamos 60.000 dólares por el pasaje, que también pago yo…

– Un barco de un millón y medio de dólares -dijo Al-, que piensas abandonar o tirar a la basura, ¿es así?

– Sí, así es. Mi hipótesis es que las autoridades dedicarán los primeros días a buscar nuestro yate o el que tengamos que robar. Eso en el caso de que investiguen. Recordad que es dinero ilegal. Si alguien viene a investigar, me imagino que primero buscarán en las Azores, pensando que es el lugar más cercano donde podemos descargar el botín.

– Pareces haber pensado en todo -dijo Nudelli.

– He tenido cinco años para pensarlo bien, Tony -dijo Dave encogiéndose de hombros.

– Es un plan atractivo, tengo que admitirlo. Sólo le veo un problema.

– ¿Cuál?

Nudelli cabeceó y dijo:

– Tú. El problema eres tú, Dave. No consigo imaginarte como pirata. ¿Has matado alguna vez a alguien?

– No, no puedo decir que lo haya hecho.

– No tienes que avergonzarte. Pero es un hecho que la primera vez es la más difícil. ¿No es así, Al?

– La más difícil. En un trabajo como el que has descrito, no sería recomendable que dudaras a la hora de apretar el gatillo.

Dave lo pensó un momento, tratando de ofrecer alguna garantía de que no vacilaría. Deliberadamente preguntó:

– Por cierto, ¿qué tal está el ojo de Willy?

– Ese capullo imbécil -gruñó Al-. Puede que vaya recto ahora que has eliminado la mitad de sus opciones visuales.

– La forma en que manejaste a Willy fue impresionante. Willy no es un niño de teta. Pero esos tipos de los yates rusos… puede que no levanten las manos tan fácilmente. Puede que no sean tan estúpidos como Willy. Puede que tengas que llevarte a uno o dos por delante -dijo Nudelli.

– Puede ser -respondió Dave.

– Bueno, pues ése es nuestro problema. Como los analistas políticos dirían de un candidato, es una cuestión de carácter -dijo Al.

Era una pregunta justa. Dave confiaba en no tener que matar nunca a nadie y estaba más o menos seguro de que podría llevar a cabo el plan con la mínima violencia. Pero eso no era lo que un tipo como Tony Nudelli quería oír. Quería ver una muestra convincente de su sangre fría, y lo único que se le ocurría era Harry Lime. ¿Qué le habría dicho Harry a este tipo?

– Lo que quieres saber es si estoy preparado para quitarle la vida a alguien si tengo que hacerlo. Creo que es una pregunta justa -dijo Dave con una indiferencia divertida, al estilo de Harry.

Se levantó y fue hasta las ventanas y, mirando por entre las persianas, interpretó su escena. Confiaba en que Tony y Al no fueran muy aficionados al cine.

– ¿Qué puedo decir? Excepto que nadie piensa en términos de seres humanos hoy día, Tony. Los gobiernos no lo hacen, entonces ¿por qué tendríamos que hacerlo nosotros? Hablan del pueblo y del proletariado y yo hablo de los imbéciles. Es lo mismo. Ellos tienen sus planes quinquenales y yo también. -Se volvió de cara a ellos y sonrió, lacónico-. Los muertos son muertos felices. No se pierden mucho con lo que hay aquí, los capullos.

Pensó que le había salido bien. Ligero, divertido, despiadado, con una excusa superficial para su propia conducta. Si hubiera empezado a hablar de lo duro que era y de que podía matar sin dudarlo, Nudelli no se lo habría tragado. Tenía demasiada experiencia en el negocio de matar para tragarse algo demasiado categórico. Claro que Dave no era ningún Orson Wells, pero tampoco Tony Nudelli era exactamente un Joseph Cotten. De todas formas, Tony tenía razón en una cosa. A Dave le habría salido mejor el discurso si hubiera llevado sombrero. Para meterse del todo en el papel. Un sombrero de fieltro negro, como el de Harry.

– Me gustaría que entraras en esto, ¿sabes? -dijo para rematar la jugada-. No tengo nadie en Miami en quien pueda confiar de verdad.

8

Fue el Department of Law Enforcement [Departamento encargado de imponer el cumplimiento de la Ley] de Florida -la sección de detectives de la policía estatal- el que puso a Kate sobre la pista del barco que Rocky Envigado pensaba, probablemente, utilizar para pasar su próximo cargamento de cocaína a través del Atlántico. El DLEF, desde sus oficinas en Pompano Beach, había estado vigilando a dos personajes, Juan Grijalva y Whittaker McLennan, sospechando que estaban involucrados en un fraude de seguros. Siguieron a uno de ellos hasta una reunión con un irlandés, Gerard Robinson, que se alojaba en el Hotel Breakers, de Fort Lauderdale. Al verificar la lista de las llamadas telefónicas de Robinson, los agentes habían encontrado un número de la Isla de Man. Y como la Isla de Man es un paraíso fiscal británico, pensaron que habían tropezado con algo importante, así que establecieron contacto con el National Criminal Intelligence Service de Londres, en petición de ayuda. El NCIS les dijo que el número pertenecía a Keran Properties, una empresa en la cual Scotland Yard llevaba tiempo interesado. Keran estaba gestionada por una firma local de contables, Pater, Hall y Green, que también estaban bajo vigilancia a raíz del soplo de que un conocido traficante de hachís, que por entonces estaba cumpliendo condena en una prisión española, era uno de los directores de Keran. El NCIS informó también al DLEF que Jeremy Pater, uno de los socios de PHG, era el dueño de una casa en las Islas Vírgenes británicas, así como de una participación en una floreciente empresa de administración de yates, la Azimuth Marine Associates. El director gerente de Azimuth era Alonzo Ávila. Una fotografía de Pater, Ávila y un tercer hombre no identificado fue enviada por correo electrónico al DLEF, quienes se pusieron en contacto con el departamento de archivos informáticos del FBI en Miami, para tratar de ponerle un nombre a la cara.

Pater, Ávila y Azimuth Marine no eran conocidos por el departamento, pero el tercer hombre sí. Era Chico Díaz, el hombre de confianza que Rocky Envigado tenía al mando de sus sicarios. En cuanto Kate se puso al día de las investigaciones del DLEF, fue a hablar con Kent Bowen.

– Joder, Kate, ¿querrías explicarme todo eso otra vez? -dijo Bowen bostezando.

– Es un poco complicado, señor -admitió Kate.

– ¿Complicado? Coño, Kate, suena como un culebrón.

– Verá, señor, Azimuth Marine es una de las principales compañías de gestión y marketing de yates de lujo. Administración, marketing del charter, contratación de tripulación, lo que quiera. Tienen representantes en casi todos los puertos de escala, desde Fort Lauderdale a Hong Kong.

Bowen adoptó una expresión dolida.

– Kate, por favor, sólo el resultado final, si no te importa. Se me endurecen las arterias con esto.

Kate sintió que enrojecía de irritación. Nunca antes había trabajado con un jefe con unos modales tan relajados como Kent Bowen. «Sólo el resultado final», no era la forma de trabajar del FBI. En la Academia de Quantico, se insistía en que había que construir un cuadro completo de la investigación. Y la investigación no era una hoja de cálculo que había que resumir en una simple declaración de pérdidas y ganancias. Y ahora este capullo paternalista…

– Creo que hemos encontrado el barco, señor.

– ¿Lo habéis encontrado? ¿Por qué no empezabas por ahí?

– Porque suponía que querría saber exactamente qué me hace creer que lo hemos encontrado, señor. El proceso intelectual y de razonamiento…

– Esto es el FBI, Kate. No el MIT. Nosotros nos movemos dentro del nivel de lo razonable. Duda razonable, sospecha razonable, esto y aquello razonable. Los «exactamente» déjalos para algún capullo con chaqueta blanca y una regla de cálculo en el culo. En el tiempo que lleva recorrer el camino que va de lo razonable a lo exacto, podríamos perder un arresto.

– Sí, señor.

– Así que calculas que esa Azimuth Marine ha proporcionado un yate a motor a Rocky Envigado, ¿es eso?

Mordiéndose el labio, Kate respondió:

– Hay una compañía llamada San Ferman, registrada en el paraíso fiscal de Gran Caimán, que sospechamos desde hace tiempo que está controlada por Rocky. Hace unos tres meses, Azimuth vendió un barco a esa compañía. Conseguimos seguirle la pista al barco, el Britannia, hasta un dique seco aquí mismo, en Miami. Está en el río, a la altura de la calle Trece, y actualmente lo tenemos bajo vigilancia. Hemos instalado un operativo en una habitación en el Hospital Harbor View desde la cual tenemos una vista excelente del…

– Puerto, ¿no?

– Y del dique seco. Pero hasta ahora no hemos conseguido asegurarnos de que la droga esté ya a bordo.

Bowen asintió pensativamente y preguntó:

– ¿Qué clase de trabajo han estado haciendo en el barco?

– Bueno, señor, desde que está en el muelle le han puesto nuevos depósitos de combustible, un puente de mando más amplio, han renovado la instalación del agua y han instalado aire acondicionado, estabilizadores Naiad y han hecho un montón de trabajos en el casco. -Sonrió, irónica, y añadió-: Sería razonable pensar que los nuevos depósitos de combustible pudieran ser el lugar donde planean esconder la cocaína.

– Los depósitos, ¿eh?

– Bueno, sí; salvo por una cosa. Verá, señor, he hecho algunos cálculos basados en el tamaño del barco y de las máquinas. El Britannia tiene unos 35 metros de eslora y está equipado con dos motores Detroit de 2.000 caballos de potencia. Esto le daría una autonomía de algo más de 2.500 millas. Con eso no podría llegar hasta la costa del norte de África, ni siquiera hasta las Islas Canarias, que están a unas 3.500 millas de la costa de Florida.

– Pero con los depósitos modificados…

– Se podría ampliar la autonomía hasta casi esa distancia. Quizás incluso hasta las 4.000 millas. Pero eso nos dejaría con otra incógnita: dónde meter la cocaína. Suponiendo que el propósito de ampliar los depósitos fuera…

– Sí -cortó Bowen-, ya te entiendo. No puede recorrer esa distancia y además llevar la droga en los depósitos.

Bowen cogió un pisapapeles de su escritorio y empezó a pasárselo de una mano a la otra como si fuera una pelota de béisbol.

– ¿Sabes? He estado pensando mucho en este asunto, Kate, y he tenido una idea.

– ¿Sí?

Kate sonó más sorprendida de lo que hubiera querido.

– Sí. ¿Quieres oírla?

Kate se encogió de hombros. No había terminado de explicar su teoría respecto a los depósitos de combustible del Britannia. Pero era consciente de lo poco que Kent Bowen sabía de barcos y se dijo que, realmente, no podía permitirse ponerlo en su contra.

– Claro. Adelante -dijo.

– Bueno, he pensado.

Buen comienzo.

– Sabemos que pueden comprimir la cocaína, colorearla y mezclarla con celulosa, incluso combinarla con fibra de vidrio para crear un material duro al que puede dársele cualquier forma que quieras.

– Sí.

– Bien. ¿Te acuerdas del asunto de las perreras, hace unos años?

Kate asintió pacientemente. Bowen se refería a una incautación de narcóticos hecha por los federales en 1992. Un cártel colombiano había fabricado cincuenta perreras con cocaína. Una vez molidas y tratadas químicamente, las perreras hubieran tenido un valor de casi medio millón de dólares puestas en la calle.

– Supón que Rocky Envigado ideara un sistema para hacer lo mismo con el casco de un barco. ¿Poliuretano? ¿Fibra de vidrio?

Bowen se encogió de hombros mientras esperaba que Kate soltara una exclamación de admiración ante el genio de su jefe. En lugar de ello, parecía desconcertada, como si no acabara de captar lo ingenioso que era lo que él señalaba.

– Bueno, tú misma decías que estaban trabajando en el casco en ese dique seco tuyo de la Trece.

– ¿Sabe una cosa? Nunca se me habría ocurrido. Nunca jamás. Es una idea increíble -dijo Kate finalmente.

Impermeable al sarcasmo de Kate, Bowen añadió:

– Es bastante astuto, ¿verdad? Piénsalo bien -dijo soltando una risita satisfecha-. Joder, Kate, si lo piensas un poco, verás que tiene sentido.

– ¿De verdad?

– Por ejemplo, la mayoría de yates son blancos, ¿no? Es el disfraz perfecto para una tonelada o algo así de cocaína. Eso sí que es un puto barco de recreo.

Kate sonrió sin ganas y se preguntó cuántos chistes malos más podría extraer de su descabellada teoría.

– Bueno, si eso no es la última palabra en yates a motor hechos por encargo…

Kate dejó que divagara un poco más antes de devolverlo a la realidad.

– Sí, ciertamente es una posibilidad interesante. Aunque sea remota. Sea como fuere, supongamos que haya un medio de hacer el envío a través del Atlántico sin utilizar combustible alguno. Por supuesto, se necesita el suficiente gas-oil para cubrir los compartimientos secretos de la cocaína, pero teniendo en cuenta las dimensiones del yate y la posición de la sala de máquinas, que está a popa…

– ¿Popa? ¿Qué es la popa?

– Es un término náutico. Quiere decir en o cerca de la parte posterior del barco.

– Ah, sí, la popa, claro.

– Teniendo eso en cuenta, así como la construcción de los mamparos interiores -son sólo láminas de aluminio ligero ensambladas con compuestos en panal- bueno, calculo que se podrían almacenar 1.000 kilos de cocaína y seguir contando con el mismo combustible para el que fue diseñado originalmente.

Bowen sonrió, incómodo y consciente de que estaba en terreno desconocido. Dejó de nuevo el pisapapeles sobre el escritorio y dijo:

– ¿Adónde quieres llegar?

– A esto. Puede que esta vez, en lugar de tratar de llevar el barco a través del océano, vía las Bermudas y las Azores, estén planeando cargarlo en un transporte transatlántico para yates. Son una especie de ferris transoceánicos. Para cosas caras. Si quieres llevar tu Broward de seis metros de manga hasta el sur de Francia para el Festival de Cine de Cannes, por ejemplo, probablemente lo enviarás por transbordador. Sería una tapadera perfecta para alguien como Rocky Envigado. Su barco al lado de lo que pasa por ser la alta sociedad, aquí en Florida.

Bowen dijo:

– No tenía ni idea -eso, por lo menos era cierto-… de que supieras tanto de barcos, Kate.

– Antes de que Howard, mi marido, y yo nos separáramos, pasábamos bastante tiempo navegando en su barco de pesca deportiva.

Kate sonrió al recordar lo que habían pescado juntos -agujas, atunes, incluso algún tiburón- y el barco, que tenían, un Knight & Carver de 24 metros de eslora. Corrección: que él tenía. El Dice Man. Con depósito para el cebo, congelador y aparejos profesionales, por no hablar de los tres grandes camarotes con acabados de la rara madera hawaiana de koa, el Dice Man era una plataforma de pesca realmente lujosa, pero de auténtica competición. Añoraba el barco más que a Howard.

– Allí es donde vive desde que nos separamos. En el barco.

– Bueno, yo soy de Kansas -dijo Bowen-. Calculo que debe de estar tan lejos de un océano como del otro.

– Nunca he estado en Kansas -respondió Kate.

– Es un estado que parece un cuadrado cuando lo miras en el mapa. Como el marco de un cuadro. Te verías en apuros si tuvieras que reconocer su silueta en el concurso Let's Make a Deal. Pero Florida… Eres de Florida, ¿verdad?

– Titusville.

– Florida es el estado más fácil de reconocer de toda la Unión.

– Sí, es verdad -dijo Kate, pensando que al menos podían estar de acuerdo en algo.

– ¿Sabes a qué me recuerda cuando lo veo dibujado en el mapa, Kate?

Kate negó con la cabeza.

– Una pistola. Cañón corto, culata grande. Un poco como la Ladysmith que tú llevas. Cada vez que veo el dibujo de ese estado en una señal de carretera, es un recordatorio de por qué estoy aquí.

– ¿Y por qué está usted aquí, señor?

– Para luchar contra el crimen. Ésta es la capital del crimen de los Estados Unidos. ¿No lo sabías? -Pero Bowen no esperaba una respuesta-. Sobre todo debido a toda esa escoria que ha venido a establecerse aquí desde Cuba, Haití o la República Dominicana.

– Me parece que eso es un poco…

– Titusville. Eso está más al norte, en la costa -dijo Bowen.

– Sí.

– ¿Siempre te gustaron los barcos?

– Siempre, desde el Géminis 8.

– ¿El Géminis 8? ¿Y eso qué tiene que ver?

– Cuando era niña, salíamos en el barco de mi padre a ver los lanzamientos del Centro Espacial de Cabo Kennedy. Era la mejor vista en muchos kilómetros a la redonda. Sí, casi toda la vida me he movido entre barcos.

– Bien, tú conoces los barcos, pero yo conozco la ley. Probablemente sabrás que fui ayudante del sheriff en la ciudad de Dodge antes de incorporarme al FBI.

Kate asintió aburrida.

– Claro que eso fue hace muchos años. Y Dodge ya estaba limpia antes de que yo llegara. -Soltó la conocida risita que Kate había aprendido a odiar-. El viejo Wyatt Earp se encargó de eso. Una de las razones por las que me incorporé al FBI fue para escapar de allí. Pero no antes de aprender el oficio a las malas. En la calle. En el único sitio que hay para desarrollar el olfato. Y ahora mismo mi nariz me dice que, por lo menos, tendríamos que comprobar esa teoría mía, la del casco hecho con cocaína y todo eso. ¿Dices que conoces los barcos?

– Sí, señor.

– Entonces quiero que vayas a hablar con algunos constructores de barcos y les preguntes si puede hacerse. He oído lo que me has dicho sobre los depósitos de combustible, Kate, pero me parece que te han dado gato por liebre. Esos chicos tienen mucha más inventiva de la que crees. Nunca tienes que subestimar a tu oponente.

Kate le devolvió la sonrisa mientras él se daba golpecitos en la sien con el índice. Subestimar a su jefe empezaba a parecerle casi imposible.

– Piensa a lo grande. Eso es lo que ellos hacen. Eso es lo que yo hago. Esos cabrones no se ajustan al género corriente. Y nosotros tampoco Kate. Y cuando veas si puede hacerse -y a mí francamente me sorprendería mucho que no fuera posible-, bueno, entonces, quizás puedas organizar algún tipo de equipo que vaya a ese dique seco y eche una mirada más de cerca al casco. Apuesto a que encontrarás algún tipo de anomalía.

– Una anomalía, claro.

Kate se contuvo cuando estaba a punto de hacer un comentario que sabía que luego lamentaría. Quería decirle que, por supuesto, había alguna clase de anomalía, sin ninguna duda. Normalmente su jefe tenía un cerebro dentro de su maldita cabeza.

Cuando conducía hacia su casa aquella noche, a lo largo de las calles bordeadas de higueras de Bengala de la zona norte de Miami, tenía sintonizada la Magic 102,7, una emisora para viejales, y sonaba una de las primeras canciones de los Rolling Stones, que le encantaba. Y aunque ya la había oído miles de veces y se sabía la letra de memoria, mientras canturreaba, se dio cuenta de que estaba pensando en Kent Bowen y en cómo iba a demostrarle que se equivocaba.

El tiempo jugaba a su favor.

9

En la suite de Dave, sonó el teléfono. Era Jimmy Figaro.

– ¿Tienes pasaporte?

– Lo tienes tú -dijo Dave.

– ¿Ah, sí?

– Tuve que entregarlo antes del juicio. ¿Recuerdas?

– Si tú lo dices… ¿Será válido todavía?

– Tendría que serlo, sí.

– Bien, déjame que le pida a Carol que lo busque y luego te vuelvo a llamar.

– Me alegro de que me lo hayas recordado. Hubiera tenido que llamarte de todos modos para preguntarte. ¿Significa eso que el trabajo está en marcha?

– Yo no sé nada de ningún trabajo.

– Ah, sí, ya me acuerdo. Tus necesidades son sólo conocer lo básico.

– Lo único que sé es lo que Al Cornaro me ha dicho.

– ¿Y es?

– Que tú y él voláis a Costa Rica.

– ¿Costa Rica? ¿Qué hay en Costa Rica?

– Un café bastante bueno, la última vez que miraron. Tal vez podrías traerme algunos granos.

– ¿Por quién me tomas, Jimmy? ¿Starbucks o algo parecido?

– Eso y un barco. Al dijo que te ha encontrado un barco.

– Estupendo. ¿Dijo qué clase de barco?

– El de Vacaciones en el mar. ¿Cómo cojones quieres que lo sepa? Soy abogado, no Herman Melville.

– Sí, bueno, vuelve a llamarme más tarde, Ismael. Por lo del pasaporte, ¿vale?

San José, la capital de Costa Rica, está a mil quinientos kilómetros al sur de Miami y a dos horas y media de vuelo a bordo de un reactor de American Airlines lleno de turistas que iban en busca de surf difícil y sexo fácil.

Dave regresó del lavabo a su asiento de primera clase y dijo:

– Este vuelo… ahí detrás parece el de El gran miércoles.

– ¿Big qué?

– Una película sobre surf. John Milius. Todo sobre la ola perfecta.

Al gruñó y volvió a recostarse con su tercer martini al vodka.

– ¿Sabes lo que eso significa para mí? ¿La ola perfecta? Es Madonna diciéndome adiós cuando se va con los niños a pasar seis semanas de vacaciones con su madre.

– Madonna es tu mujer, ¿verdad?

– Verdad.

– ¿Te importa si te hago una pregunta personal?

– No, si a ti no te importa que te parta la boca si te pasas de la raya.

– ¿Por qué sigues casado con ella? Quiero decir, todo el tiempo haces chistes a su costa.

– Son cosas de maridos. No lo entenderías. Ella y yo nos llevamos muy bien. Ella no hace preguntas y eso quiere decir que yo no le cuento mentiras. Como esto de ir a Costa Rica. ¿Qué hago cuando estoy allí? ¿Quizás encontrar un par de bonitas ticas y dejar que me folien? A ella ni se le ocurriría preguntar. Ni olerme los dedos cuando vuelvo a casa. Hay un entendimiento. Un modus vivendi, ¿sabes lo que quiero decir? Además, incluso si quisiera librarme de ella, no lo haría. Soy católico. El matrimonio es para toda la vida. Como el herpes.

Al soltó una risa soez y se acabó la bebida.

– Me alegra saber que el verdadero amor no ha muerto -dijo Dave.

– True Romance. Eso es lo que llamo una película de puta madre. -Al hizo un gesto a la azafata con el vaso y se rió de nuevo-. Eso es lo que un montón de esos tontos del culo playeros van buscando de verdad. El verdadero amor. Por sorprendente que parezca. En Costa Rica, las secciones de anuncios por palabras están llenas de peticiones de norteamericanos cabezas huecas que buscan una bonita tica para sentar cabeza.

– Entonces, ¿ya has estado antes?

– ¿En CR? Sí. Montones de veces.

– ¿Y tú qué andas buscando, Al?

– Yo me conformaré con que me chupen la polla.

Dave miró por la ventana.

– ¿Qué pasa? -exigió Al-. ¿Qué hay de malo en eso?

– Nada, nada de nada.

– Ya sabes que la prostitución es legal en CR. El país es un supermercado legal de coños.

Dave sacó el New Yorker que había comprado en el aeropuerto de la bolsa del asiento y empezó a pasar las páginas.

Al frunció el ceño y dijo:

– ¿Sabes? La mayoría de tíos que acaban de salir de Homestead estarían muy interesados en que se los follaran. ¿Te has vuelto maricón o algo así mientras tenías el culo metido allí?

– No, Al. No me he vuelto maricón mientras estaba allí. Pero la gente que se mete mucho con los maricones, por lo general, está tratando de esconder su miedo a ser gay. ¿Qué me dices a eso, Al?

Al se encogió de hombros.

– Tienes razón, soy gay -dijo soltando otra risa soez-. Soy una lesbiana atrapada dentro del cuerpo de un hombre. Eso quiere decir que me interesa ver cómo se lo hacen dos tías una a otra, antes de hacérmelo a mí. Me parece que con eso casi se cubre mi sexualidad.

Dave se echó a reír.

– Pues yo soy más como uno de esos cabezas huecas de que hablabas, los de los anuncios por palabras. Los que buscan el verdadero amor. Me parece que eso cubriría mis necesidades.

– Tú te lo pierdes.

Al abrió un ejemplar de Penthouse que había comprado en el aeropuerto y empezó a hurgarse la nariz. Se miró el dedo distraído y frunció el ceño al ver que tenía sangre. En un instante empezó a brotarle más sangre de la nariz, en goterones del tamaño de agujeros de bala que iban cayendo sobre la revista y sobre su camisa y sus pantalones de color crema.

– Mierda de sangre -gruñó.

Hizo un vano intento por detener la hemorragia utilizando primero su servilleta de papel y luego la de Dave, metiéndose una en cada agujero de la nariz, pero no fue hasta que la azafata, que acudió con otra bebida y otra servilleta, puso el asiento de Al en posición reclinada cuando la sangría se detuvo finalmente.

Dave miró al hombre tendido a su lado y suspiró, nostálgico.

– Mierda -dijo-. La primera vez que salgo de Estados Unidos y me toca viajar con Jake La Motta.

Fue en el taxi, yendo a la ciudad desde el aeropuerto Juan Santamaría, cuando Dave empezó a sentir los primeros recelos sobre el viaje.

– Mierda -dijo quejándose-. Acaba de picarme algo en la pierna.

– Será un mosquito -dijo Al.

– ¿Un mosquito?

Hasta ahora no se le había ocurrido la idea de tomar ningún tipo de medicación para el viaje, y Al tampoco le había dicho nada. Pero Dave buscó la Guía Fodor de Costa Rica que había comprado en Miami, sólo para estar seguro. La sección de precauciones sanitarias no tuvo un efecto tranquilizador precisamente.

– Tú, maldito cabrón -dijo cerrando el libro de golpe.

– ¿Cuál es el problema?

– Malaria -dijo, quejándose enfadado-. Este jodido sitio está lleno de malaria. Por no hablar de un montón de otras enfermedades.

– ¿Y?

Al mató un mosquito de una palmada contra su propia cara, que quedó manchada de sangre.

– Y no me he puesto ninguna inyección, Al. Y no quiero acabar con anemia, fallo renal, coma y la muerte.

– Escucha ¿quién necesita inyecciones? Además, la mayoría de esos medicamentos no funcionan. Lo he leído en el periódico. Sólo tienen eso que llaman el efecto placebo. Eso quiere decir que para lo que sirven, igual puedes engullir M &Ms. Sólo hacen que te sientas mejor mentalmente cuando estás con hispanos y bichos enfermos y toda esa mierda tropical. Por otro lado, los medicamentos que sí que funcionan lo hacen a expensas de tu sistema. Si no, mira lo que les pasó a aquellos mamones del ejército después de la Tormenta del Desierto. Tomaron todo tipo de medicinas y ahora muchos de ellos tienen unos problemas médicos de la leche. Así que trata de tomártelo con calma. Además, tampoco vamos a estar aquí el tiempo suficiente como para que valga la pena tomar esa medicación para el sur de la frontera.

– Déjate de mierdas. En cuanto llegue al hotel me voy a buscar una farmacia. Coño, no puedo creer que actúes con tanta frialdad. Quiero decir, sólo una picadura del anofeles es suficiente, tío.

– No hay pulgas en el hotel donde estamos. Te lo digo yo. El sitio tiene clase.

– No son pulgas. Es el anofeles. Es un mosquito, Al. Según el libro, todo el país está plagado de ellos.

– Lees demasiados libros -Al hurgó en su bolsa de viaje-. Relájate, ¿quieres? Naturalmente, he traído algo para mantener lejos a los bichos, sólo para estar tranquilos.

Le alargó un tubo de crema olorosa a Dave.

– Aquí tienes. Úntate ese culo cagado tuyo con un poco de esto.

Dave leyó la etiqueta con incredulidad.

– ¿Crema hidratante Avon Skin-so-Soft? ¿Esto?

– Eso te irá bien. Yo traigo un poco cada vez que vengo y todavía no me han picado.

– Al, yo quiero repeler los insectos, no ofrecerles una bonita y suave pista de aterrizaje en mi suave y jodida cara.

– Puedes creerme cuando te digo que funcionará. Los bichos no pueden soportarlo.

– ¿Qué es lo que no les gusta? ¿La publicidad? ¿La imagen de marca?

– No me preguntes por qué, pero funciona ¿vale? Los marines que vienen a estas zonas para prepararse para la guerra en la jungla llevan años usándolo. Mejor que el DEET o que cualquiera de esos repelentes para insectos, dicen. Y no lo he leído en ninguna mierda de libro.

L'Ambiance era de propiedad norteamericana y cómodo. Anteriormente mansión colonial, estaba situado en el Barrio Otaya de San José. La habitación de Dave, amueblada con antigüedades, era mucho más grande y mejor de lo que esperaba. Su única crítica era que cuando abría las puertaventanas que daban al balcón, podía oír y oler a los animales del zoo Simón Bolívar, que estaba una manzana más al norte. En ese aspecto era como una segunda casa después de Homestead.

Tan pronto como hubo deshecho el equipaje, Dave salió y compró mefloquina en la farmacia. Eso le hizo sentir más tranquilo. Y más tarde, después de una buena cena y una excelente botella de vino, se sentía tan bien dispuesto tanto hacia el país como hacia su compañero de viaje que aceptó acompañarlo a lo que Al insistió que era el mejor bar de San José.

Cayo Largo, con su salón al estilo del Oeste, su gran barra oval y su conjunto musical, estaba en otra hermosa mansión colonial. El lugar estaba lleno de gringos gregarios y lo que parecía un suministro inagotable de ticas con hambre de dólares, muchas de ellas adolescentes. Al encontró una mesa, pidió un par de botellas de guaro y dejó que Dave se empapara de ambiente mientras él iba en busca de compañía femenina. Volvió al cabo de unos minutos con no una sino cuatro de las putas más guapas que Dave había visto nunca. Una de ellas, una rubia con un ajustado suéter de color rosa y unos pechos muy grandes, se sentó a su lado y, sonriéndole dulcemente, le dijo que se llamaba Victoria. Dave notó que los ojos se le salían de las órbitas y se le disparaban hasta el techo cuando una morena de aspecto lánguido se cogió de su otro brazo y le pidió un cigarrillo. Cuando los ojos bajaron de su viaje, se encontraron con la mirada de Al, que estaba ya llena de placer.

– ¿Qué te dije? ¿No es algo especial este sitio? Cada vez que vengo aquí es como si me muriera y fuera a parar a un cíelo de conejitas.

Dándole un Marlboro a la morena, Dave miró hacia el suéter rosa y luego de nuevo a Al. Sonriendo dijo:

– Rosa. Siempre me ha gustado lo rosa.

Encendió el cigarrillo de la chica, que se llamaba María, y luego uno para él. Las otras tres chicas ya se estaban sirviendo vasos de guaro. Pese a todas sus buenas intenciones, Dave estaba empezando a divertirse.

Al brindó por Dave con el aguardiente local y dijo:

– Todas hablan bastante bien inglés, así que espero que puedas descifrar lo que te voy a decir. Son aptas para el consumo humano, si entiendes lo que quiero decir. Olvídate de la tensión de Andrómeda, ¿vale? Lo que hacen es legal aquí, o sea que tienen que someterse periódicamente a un examen médico, en la Dirección General de Salud Pública; así que todo está controlado. La mercancía está comprada y pagada, tanto si aprovechas tu opción como si no, amigo mío. Es en beneficio de ellas tanto como en el tuyo. Después de todo, ellas tienen que ganarse la vida. Así que, tío, tú decides. A ellas tanto les da una cosa como la otra.

Al se bebió el vaso de guaro de un trago y vio que Dave continuaba sonriendo. Y añadió:

– Puedes leerles un poema o puedes enseñarles la polla, allá tú. Sólo sé amable, eso es todo.

Dave brindó por Al y luego por las dos chicas que se apretujaban contra él, una a cada lado.

– ¿Yo? Yo soy Jay Leno, tío. Me quedaré sentado y seré amable con cualquiera de los invitados que vengan al programa esta noche.

Al soltó una risa procaz y dijo:

– Si no vengo a tu programa hoy, no será por falta de estímulo.

Era bien pasada la una cuando Al anunció que se iba con sus dos amigas ticanas al hotel antes de que estuviera demasiado bebido para juguetear. Dave había disfrutado de la compañía de Victoria y María. La noche había sido relajada y alegre y no tenía deseo alguno de ofender a Al con una exhibición demasiado evidente de mojigatería. Pero en la vida o eres un putero o no lo eres y hacía mucho tiempo que Dave había decidido que él no lo era. Así que resolvió dejarse llevar por la corriente y soltar a las chicas en cuanto Al se hubiera retirado a la suite presidencial del hotel con sus dos amigas.

Y eso es lo que hizo.

No hubo recriminaciones ni exhibiciones petulantes de rechazo. Las chicas lo aceptaron con tan buen humor como habían aceptado la invitación de Al. Después de que se marcharan en un taxi, Dave se dio una larga ducha fría y trató de convencerse de que había hecho lo acertado. Cinco años en Homestead ya eran degradación suficiente para toda la vida. Ahora quería sentirse bien consigo mismo, sentir que controlaba dónde iba y qué hacía. Y para hacer una cosa así hay que ser fuerte. Tener el poder de dominarte y dominar tus deseos. Ser un putero estaba lejos de ese propósito.

Se puso un albornoz y salió al balcón. Por encima del zumbido del tráfico, oyó el rugido de un gran felino, un león o un tigre atrapado en una jaula del cercano zoo. Imaginó a la pobre bestia yendo arriba y abajo en la pequeña jaula y por un momento recordó cuando él estaba en la celda en Homestead. Oyendo el horrible sonido de aquel espíritu inmovilizado mientras se entregaba a su desesperada danza ritual, arriba y abajo, arriba y abajo, midiendo sin cesar la celda con sus pasos, se dio cuenta de que, por primera vez desde que lo habían soltado, comprendía qué significaba estar libre.

– ¿Lo pasaste bien anoche?

Era una pregunta cruel, porque Al tenía el aspecto de una mierda del día anterior. Su cara, normalmente morena y mate estaba pálida y sudorosa y tenía unos ojos tan diminutos e hinchados como un par de serpientes irritadas. Si hubieran dejado su cabeza en un poste en algún lugar de la jungla, no habría tenido peor aspecto.

– Joder, Al, pareces una puta estrella de cine -dijo Dave burlón repitiendo las palabras de Tony Nudelli-. Te pareces a Ernest Borgnine en su día libre.

Al susurró roncamente:

– ¿Dónde coño está Chico con el todo terreno?

Tenían por delante un viaje de tres horas hasta Quepos, en la costa central del Pacífico. Aparcado enfrente, al lado del patio de estilo español del hotel, su conductor les esperaba en un Range Rover. Al subió lentamente al asiento de atrás, soltó un profundo suspiro que era casi un quejido y cerró los ojos inyectados en sangre.

Al cabo de media hora de viaje, Dave, que iba sentado delante, al lado de Chico, deseó haberse sentado atrás, con Al. Casi con regocijo Chico le informó que Costa Rica tenía la tasa de mortalidad por accidentes de tráfico más alta del mundo.

– Pero no se preocupe, ¿eh? -añadió-. Range Rover es muy bueno coche para carreteras de Costa Rica. Es coche inglés, pero muy duro. Creo que quizás las carreteras de Inglaterra sean tan malas como aquí. Los conductores ingleses también. Pero no es problema con el Range Rover. Este coche dice: fuera de mi camino, leches, hombre.

La A3, que llevaba desde las tierras altas de San José hasta la costa, era una vía asfaltada, de dos carriles, con caídas verticales y curvas cerradas. Estaba en unas condiciones razonables sólo hasta llegar a Carara. A partir de allí, Chico disminuyó la velocidad a la mitad por los muchos baches, algunos de los cuales habrían roto el eje de un vehículo más pequeño. Un cráter del tamaño del volcán los hizo saltar a todos por encima del techo, despertando a Al de su sueño resacoso por los excesos del día antes.

Al cabo de un momento, Al dijo débilmente:

– Tengo que bajar.

Chico miró hacia atrás por encima del hombro, vio el color de la cara de su pasajero y giró bruscamente hacia la derecha, saliendo de la carretera y parando cerca de unas tierras pantanosas y humeantes.

Al abrió la puerta y, olvidando la altura del coche, medio salió, medio cayó al suelo.

Chico lo observó mientras iba vacilante hacia el borde del pantano y luego, riendo, bajó la ventanilla para gritarle:

– Vigile, que hay cocodrilos y boas.

Miró a Dave y poniendo los ojos en blanco añadió:

– Sí. Las boas, ésas son peores que los cocodrilos. Muy agresivas.

– Pero no son venenosas.

– Quizás no, señor Dave, pero tienen dientes igual. Y vaya dientes que tienen. Si tengo que escoger entre una boa y una víbora, yo escogeré siempre la víbora.

Tambaleándose, Al se detuvo, se inclinó hacia delante, con las manos en las rodillas y empezó a vomitar. Dave salió del coche para orinar y luego se acercó hasta la melée de un solo hombre que era Al.

– ¿Estás bien?

Al seguía con arcadas y Dave notó en la nariz una sensación de asco cuando le llegó un fuerte olor a esmalte de uñas. Era el hedor del guaro. El líquido volvía a salir desde los intestinos de Al tan puro como si lo estuviera sacando directamente de una botella.

– ¿Bien? -Al rió con una especie de gruñido-. Estoy muy lejos de eso -dijo sin respiración y luego tuvo más arcadas.

Dave dijo:

– Alguien tendría que grabar ese sonido. Un tío de efectos sonoros para el cine. Anoche, en el canal por cable del hotel, daban esa película de Mel Gibson. Al final le arrancan las tripas y las queman delante de su cara. Seguro que podían haberte utilizado en el estudio de grabación, Al. Es un sonido medieval. Podría ser el inicio de una carrera totalmente nueva para ti.

– Lo que has de hacer cuando vomitas… es no parar… hasta que no has acabado… de lo contrario, no conseguirás lo que se supone que… -Siguieron unas cuantas arcadas más-. Es cuestión de joderse y aguantar. -Eructó, vomitó otra vez y luego escupió varias veces-. No abandonar… antes de acabar… a menos que tengas que hacerlo… -Un último esfuerzo, coronado por otra arcada-…o tendrás que repetir todo el proceso.

Jadeando, como si acabara de correr los cien metros lisos en esprint, Al se enderezó, respiró hondo y entrecortado y sonrió de una forma terrible.

Dave tragó saliva vacilante y dijo:

– Joder, Al, tendrías que vomitar por Estados Unidos.

Dave sabía muy poco sobre el barco que habían venido a buscar para llevárselo a Miami. Y cada vez que preguntaba, Al le decía que esperara a verlo. Pero cuando se aproximaban a Quepos, por una carretera tan polvorienta que Chico llevaba los faros encendidos, Dave dijo:

– Es ir muy lejos para un jodido barco.

– ¿No lo sabes? Los pobres no pueden escoger.

– Sí, pero mira este sitio.

En ese momento pasaban junto a una maraña de casas construidas sobre pilotes y conectadas con un sistema de paso hecho con tablones y planchas de chapa de zinc.

– Además, ¿qué clase de barco vamos a encontrar aquí abajo? Una mierda de barco platanero. Puede que un sampán. Joder.

La carretera de tierra continuaba después del pueblo de pescadores y a través de un extenso manglar.

– Un jodido barco volador es lo que se necesita aquí -dijo Dave quejándose y dándole, irritado, una palmada a algo que le andaba por el cuello.

– Ya te dije que usaras aquella mierda de Avon. Mira, a mí no me han picado ni una vez.

– El bicho que te picara a ti, probablemente moriría de envenenamiento alcohólico.

Al se encogió de hombros y respondió:

– La verdad es que me encuentro mejor. Una buena cerveza fría entraría de narices.

Dave alcanzó a ver cómo un cocodrilo, al que el Range Rover había despertado, se deslizaba entre las salobres aguas.

– El horror -murmuró misteriosamente-. El horror. *

– ¿De qué coño estás hablando? ¡Relájate, joder! Ya casi estamos allí.

La carretera se dirigía hacia el sur por una calle que bordeaba el mar.

– Quepos -dijo Chico sonriendo-. La ciudad. Nada del otro mundo ¿eh?

Entró en un gran puerto al norte de un puente.

– Pero aquí es mejor. Aquí ha habido mucho desarrollo. Montones de pescadores gringos. Desde diciembre hasta agosto. Cuberas, casabes.

De repente Dave vio por qué habían venido; la bahía burbujeaba con los aparejos y puentes de mando de docenas de barcos para la pesca deportiva, lujosos y con gran autonomía, algunos de ellos de un valor que llegaba o superaba el millón de dólares.

– De acuerdo. Esto ya es otra cosa.

– Wahoo, atún… pero sobre todo vienen por el merlin y el pez vela.

– ¿Qué te había dicho? -comentó Al.

– Se está más protegido de los vientos aquí que en la costa de Guanacaste, creo. Pero ni se les ocurra nadar. Está contaminado. Por no hablar de las corrientes y de los tiburones.

– ¿Nadar? Olvídalo -dijo Al, riendo.

– Entonces, ¿a qué vienen a Quepos?

– A recoger un barco -dijo Dave.

– A pescar -añadió Al rápidamente.

Dave miró a Al y frunció el ceño. Al movió la cabeza como si no quisiera que Dave lo contradijera.

– La mayoría de gringos vienen aquí y se traen un montón de cañas y equipo, pero ustedes…

– Nos lo robaron todo en el aeropuerto -explicó Al.

– No hay problema. Les puedo recomendar un sitio. Les proveerán de todo el equipo si quieren. A buen precio, además.

– Gracias, pero no. Hemos hecho una reserva con una empresa de San José. Una compañía charter que se llama Vera Cruz. Todo lo que sé es que está en algún sitio al norte del puente.

Chico preguntó por la dirección en una tienda de regalos y les enviaron a un pequeño ranchito construido sobre postes en el agua frente al puente que llevaba a la ciudad de Quepos. Mientras Al pagaba a Chico, Dave echó a andar por el puerto deportivo, aliviado de estar fuera del coche y tomar algo de aire fresco. Recostado en una colina densamente boscosa, con una playa fangosa delante, Quepos parecía un lugar extraño para encontrarse con una bahía llena de yates de lujo. Un par de chavales hacían cabriolas con unas antiguas bicicletas de montaña, yendo arriba y abajo del puerto frente a una hilera de tiendas y restaurantes. Cuando Al miraba por la puerta de la oficina de Vera Cruz, uno de los chicos se acercó a decirle a Dave que el gringo de la Vera Cruz se había ido a almorzar. Dave le dio un billete de cinco colones y fue a decírselo a Al.

Al señaló hacia el restaurante y dijo:

– Bueno, pues comamos. Tengo el estómago como una canasta de baloncesto. Además, hay un par de cosas que quiero que pongamos en claro. Como qué coño hacemos o dejamos de hacer hasta que yo lo diga. ¿Entendido, capullo?

– Ya que me has invitado tan amablemente, no veo cómo podría negarme, Al.

– Sigue así, y tú y yo nos llevaremos muy bien.

Entraron en el restaurante y pidieron un par de cervezas para cada uno, mientras miraban el menú. Después de unos minutos, Dave se decidió por el arroz y las alubias, mientras que Al elegía tortuga, riéndose desagradablemente al hacer la elección.

– Joder, me gustaría que mi hijo Petey me viera comerme esto. Esa mierda de tortugas Ninja con las que siempre está jugando, me sacan de quicio. Odio a los jodidos hijos de puta verdes. Odio la canción, odio la historia y odio los personajes. Leonardo, Donatello… ¿Qué clase de mundo estamos construyendo para nuestros hijos, eh? Un mundo donde un chico crece pensando que Miguel Ángel es una mierda de tortuga en lugar de un famoso pintor antiguo.

– No tenía ni idea de que te interesara el arte -dijo Dave.

– Todos los italianos estamos interesados en los grandes pintores. Es parte de nuestro patrimonio. En cuanto llegue a casa le voy a contar que me comí una jodida tortuga.

– ¿Y eso no le disgustará?

– Pues claro que le disgustará. Oye, tú no tienes hijos, así que no lo entenderías. Gracias a Hollywood, casi no queda ningún animal que no haya sido convertido en un bonito dibujo animado. Ballenas, ciervos, conejos, elefantitos, cangrejos y tortugas.

– Una tortuga no es un animal, es un reptil.

– Tanto da. «Papá, no te puedes comer a Bambi.» Pues mira, hijito, mira lo que hago.

– Pero, ¿para qué lo haces?

– Es un instrumento de aprendizaje, para eso lo hago. Cuando comes uno de esos animales, le estás enseñando al chico cómo es el mundo real. La mitad de los problemas de los chicos de hoy día tienen que ver con esa mierda de mundos de fantasía. Hay que darle un bocado a la realidad, eso es lo que yo digo. Alimento para la mente. Les ayuda a crecer. Cuando yo era niño veía cómo mi padre mataba constantemente gallinas y pavos. Mis hijos nunca han visto matar ningún tipo de animal. Ni un pez. Aquí hay algo que no funciona. Quizás yo no pueda matar al animal como hacía mi padre. Pero seguro que puedo comérmelo cuando surge la oportunidad.

– ¿Sabes que eres todo un doctor Spock?

– Todos esos chalados en defensa de los animales… La mayoría han sido alimentados con mierda sobre los animalitos y sus encantadoras personalidades. Hay dos cosas que quiero para mis hijos: quiero que sepan quién fue Miguel Ángel, y no quiero que sean vegetarianos. Los maricones son vegetarianos.

– Miguel Ángel era maricón -dijo Dave.

– ¿Quién lo dice?

– Todo el mundo. Mira el David.

– Eso es una gilipollez. Mira, sí Miguel Ángel hubiera sido marica, ¿le habría pedido el Papa que pintara el techo de la Capilla Sixtina? No lo creo.

Dave vio que Al no iba a dejarse convencer, así que sonrió y dijo:

– Una lesbiana atrapada dentro de un cuerpo de mujer, ¿eh? Ahora lo entiendo.

Contento, también él, de cambiar de tema, Al se rió y dijo:

– Sí. Tendrías que haberlas visto a las dos. Se lamieron de arriba abajo. Me gusta verlo. Es un espectáculo estupendo. Tío, apuesto a que Miguel Ángel lo habría pintado si hubiera podido hacerlo sin meterse en líos. ¿Y tú qué? ¿Qué tal lo pasaste?

– Bien -dijo Dave-. Eran buenas.

Al esperó a oír detalles, pero cuando vio que no llegaban, frunció el ceño y dijo:

– Vale, tío listo, éste es el trato. Estamos aquí por un soplo. El capullo dueño del barco que he alquilado, un tío que se llama Lou Malta, le debe dinero a Tony, un huevo de dinero. Con la vigilancia y todo es más de un millón de dólares. Hace seis meses Malta estaba en Fort Lauderdale, para ajustar cuentas y todo iba sobre ruedas. Pero de repente se larga aquí abajo, sin enviarle siquiera una mierda de postal a Tony. Como si desapareciera sin dejar rastro. Pero, fíjate qué jodida coincidencia, el día después de hablar tú con Tony, el detective privado que había contratado para buscar al capullo de Malta le envía por correo electrónico a Tony la longitud y la latitud de su paradero, como si estuviera escrito que el barco tenía que ser para ti y tu aventura. Bueno, Malta no sabe quién soy, pero sería mejor si no le contáramos que acabamos de llegar en avión de Miami y otras mierdas por el estilo que despierten su desconfianza. Así que ten la boca cerrada y déjame hablar a mí, y el barco será tuyo para todo el largo y cálido verano.

– ¿Qué hay de Malta?, ¿vas a matarlo, Al?

– No, a menos que él me obligue.

– Yo no pienso ayudarte a matarlo.

– Créeme, la sangre no está en el menú de hoy.

– ¿Ni siquiera como instrumento de aprendizaje?

Al se encogió de hombros:

– Ya te he dicho que no, a menos que él me obligue a hacerlo.

– ¿Y qué pasa si yo no te echo una mano?

– Pues que tengo un barco sin nadie que lo lleve a casa. Y tú no tienes barco para tu empresa. Por no hablar del billete de vuelta.

Dave acunó la cerveza fría entre las manos durante un momento preguntándose si tenía alternativa.

– ¿Qué clase de barco es?

Al sacó la cartera, desplegó una fotocopia en blanco y negro y se la pasó:

– Una auténtica belleza. Ochenta pies, veinte de manga, seis de calado. Con dos motores de 1.500 caballos y una velocidad máxima de unos treinta y cinco nudos.

Dave observó el nombre pintado en la popa.

– EL Juarista -dijo-. Vera Cruz. Encaja.

– No sé nada más. Eso y el color; es blanco.

Dave dijo:

– Blanco está bien.

Dio otro trago a la cerveza.

– Enseguida se ve la suciedad, pero es un buen camuflaje. Nos ayudará a pasar desapercibidos entre los otros botes.

Sonrió y dobló la fotografía.

– ¿Puedo quedármela?

– Es un regalo.

– ¿Cómo quieres enfocarlo, Al? Puede que Malta no esté dispuesto a cederte el barco sin resistencia. Y luego está todo el papeleo. Necesitaremos papeles legales para meterlo en el próximo viaje transatlántico de la SYT.

– Se hizo todo el papeleo cuando el barco todavía estaba anclado en Lauderdale. Garantía del préstamo de Tony a Malta. Tony le dejó el dinero a Malta cuando ningún banco quería ni verlo. Pero entiendo lo que quieres decir. Estamos bastante lejos de casa y puede que Malta se figure que eso le da ciertas libertades. Te diré qué vamos a hacer: vamos a salir a navegar, como si fuéramos un par de turistas. Nos alejaremos de la costa, a algún sitio apartado, espero, y lanzaremos algo de cebo, como si de verdad fuéramos a pescar. Y entonces le leeré la cartilla de la puta mierda que vale su puto culo si piensa que puede pasarse la cartera de Tony por él.

– Como una especie de analista de inversiones. Ya lo entiendo.

Dave acabó la primera cerveza y empezó la segunda.

– Vale, te ayudaré con una única condición.

– Pensaba que eso ya estaba claro. Sin muertes.

– Eso también. Quiero que me dejes hablar a mí.

– ¿Para qué? ¿No crees que puedo llevar unas simples conversaciones de restitución?

– Creo que puedes llevarlas perfectamente. Lo que me preocupa es todo eso de la cartilla. -Dave se encogió de hombros y encendió un cigarrillo-. Te gusta demasiado el enfrentamiento.

– Estamos hablando de recuperar una mercancía, no de un grupo de Alcohólicos Anónimos. Dame uno de esos cigarrillos.

Al lo encendió, furioso.

– Claro, pero tienes que entender la psicología humana, Al. Si le hablas de malas maneras, él reaccionará mal, igual que si le pusieras una pistola en la sien.

– Tiene suerte de que no vaya a esparcir sus jodidos sesos por todo el puente.

– ¿Lo ves? Si le hablas con tanta rudeza puedes provocarle a hacer algo estúpido. Y si hace algo estúpido, es casi una garantía de que la situación tendrá un final violento.

– ¿Pero, tú qué eres? ¿Te has vuelto un comecocos de golpe?

– Lo vi muchas veces en prisión. La manera en que los tíos se volvían locos y la manera en que algunos de los guardias podían calmarlos hablando. Hemos de hacer esto pacíficamente, que es la forma en que yo quiero hacerlo. Así que tenemos que actuar con tacto.

– Sí, claro -Al estaba riendo-. Y me lo dice un tipo que dejó ciego de un ojo a Willy Barizon con una jodida pluma estilográfica. Eso lo hiciste con mucho tacto.

– ¿No has oído decir que la pluma es más poderosa que la espada? Bueno, Willy no iba armado con una espada, sino con dos pistolas. Yo diría que tuve tanto tacto como me fue posible.

– Díselo a Willy la próxima vez que casi te vea.

– Ésas son mis condiciones.

– Vale, vale, tú te encargas de hablar. Qué sé yo, a lo mejor eres un jodido Warren Christopher o algo así.

Almorzaron y luego salieron. En el corto paseo hasta las oficinas de la Vera Cruz, Al vio algo que quería comprar para su hijo, Petey, en la tienda de regalos. Era un ejemplar de cría de pez martillo, de unos 30 centímetros de largo, conservado en un frasco de formaldehído.

Dave observó cómo Al pagaba veinte colones por el recuerdo y preguntó:

– ¿Qué es eso? ¿Un útil de aprendizaje?

– Le encantará. Petey adora los tiburones.

– ¿Eso quiere decir que piensas regalárselo o comértelo el día de su cumpleaños?

Con una helada sonrisa Al dijo:

– Con esa labia tuya no se entiende cómo duraste los cinco años.

10

El Juarista era toda una belleza. En el puente, mientras se ponían en marcha, Lou Malta les explicó la historia de su construcción.

– Lo hicieron en San Diego -explicaba con su cansino tartamudeo-. La forma del casco indica que tiene un centro de gravedad bajo y una profunda entrada en uve en el agua. Eso hace que la navegación sea muy cómoda para los pasajeros, esté el mar como esté. Nunca he visto a nadie mareado en este barco. Ni siquiera por la cocina de Pepe. Claro que tenemos los impulsores y los estabilizadores para simplificar el manejo, pero es el casco lo que marca la diferencia. Y un eje de inversión por debajo del espejo de popa hace que retroceder sea tan suave y se-seco como si estuviérais en la pl-playa. ¿De dónde habéis dicho que sois?

– L.A. -dijo Dave.

– L.A., ¿eh? ¿De qué parte?

– De todas partes.

– Aaah. De todas partes. Ése es mi sitio favorito -Soltó una risita-. Si no, preguntádselo a Pepe. Bueno, habéis escogido un buen momento para ir detrás del pez espada y del pez vela. Enero suele ser el mejor mes -Los miró de arriba abajo, midiéndolos-. ¿Qué experiencia tenéis en la pesca deportiva?

– La suficiente -respondió Al.

Malta se encogió de hombros.

– Bu-bueno, da igual. Pepe y yo… nos llega gente con todos los niveles de experiencia en este barco. Hace sólo unas semanas, estábamos pescando el wahoo con tres tíos de Nueva York. Y os juro que me encontré a uno de ellos tratando de matar el pez con su teléfono celular -Soltó otra risita.- Os juro que nunca había visto nada más divertido. ¿No es verdad, Pepe?

Pepe sonrió y dijo:

– Sí, Lou.

Pepe era un guapo chico negro de unos trece años, vestido con una camiseta azul marino con el logotipo blanco de Nike y unos holgados tejanos Guess. Estaba en el puente de mando recogiendo cuerdas y sonriendo abiertamente a Malta cada vez que se cruzaban sus miradas. CR tenía un buen ambiente gay y Al y Dave podían ver que Pepe era el cachero de Malta. El mismo Malta, con unos ciclistas cortos de Lycra azul cielo y una camiseta blanca con un dibujo del gato Garfield, era un tipo con un aspecto curioso. Cuarentón, con un corte de pelo a lo Rod Stewart, una cara rosada como Pilsbury Doughboy, gafas sin montura con patillas azules, y un gran pendiente de oro con un cartucho a juego con el que llevaba alrededor de su grueso cuello, tenía más aspecto de peluquero que de patrón de pesca.

– Pepe os proporcionará aparejos. Tenemos más o menos todo lo necesario, aunque sois los dos viajeros más ligeros de equipaje que he visto nunca por aquí abajo. ¡Hay turistas accidentales! ¿No te parece, Pepe?

– Sí, Lou.

– Como he dicho -gruñó Al-, nos robaron todo el material en San José.

– CR es un país muy bonito -dijo Malta-, pero lo malo es que es tan increíblemente bo-bonito que te seduce y te hace creer que es seguro. Hay ladrones por todas partes.

– Eso es verdad, en todas partes -dijo Dave.

– Bueno, sí -Malta chasqueó la lengua y sacudió la cabeza con un gesto de desesperación-, pero, de verdad, el equipo de pesca de un hombre es algo sacrosanto. ¿No es así, Pepe?

– Sí, Lou.

– ¿Y estabais asegurados?

– Sí, tenemos un seguro -dijo Al-. Y tú, ¿tienes seguro?

Malta detectó la leve nota de amenaza que había en la pregunta de Al.

– Oh, estaréis seguros en este barco, ¿no es verdad, Pepe? Tenemos todas las comodidades. TV y VCR en todos los camarotes, aire acondicionado, incluso tenemos un sistema de humidificación para mantener esos músculos vuestros frescos cuando estéis en el asiento de combate. Hace mucho calor ahí afuera cuando estás luchando contra uno grande. Incluso pongo un poco de aceite de pachulí en el depósito para que el aire huela bien. No sé vosotros, pero el olor de pescado no es mi perfume favorito. Y Pepe es un buen cocinero, a pesar de lo que dije antes. Y no quiero decir sólo que sepa utilizar un microondas. Pepe sabe qué les gusta comer a los hombres. Tenemos muchas pro-provisiones. Sólo tenéis que decírselo si hay algo que os apetezca. Siempre que sea pescado -Soltó de nuevo su risita-. Era broma. Tenemos muchos bistecs en el congelador, y cerveza. ¿Queréis una cerveza?

– Una cerveza estaría bien -dijo Dave.

– Pero, ¿en qué estaría yo pensando? Querréis ver vuestros camarotes. Naturalmente tenéis, cada uno, vuestro propio váter y baño. Venga, echad una mirada mientras voy a buscar las cervezas. Y mirad bien el salón. Me siento bastante orgulloso de él. Lo he diseñado yo mismo. Está decorado con cristal hecho para mí por Lal-Lalique.

Al y Dave bajaron. El barco era tan lujoso como había prometido Lou Malta. Y con una altura que superaba los dos metros en el salón y en los camarotes, tenía una cantidad de espacio interior impresionante. A Dave no le gustó especialmente el estilo -era demasiado rebuscado-, pero era fácil ver que no se había reparado en gastos para dotar al barco de cualquier extra concebible.

– Eh, Al, este barco vale mucho más de un millón. Digamos que no le falta mucho para llegar a los tres y nos acercaremos más a la verdad -dijo Dave.

– ¿Ah sí?

Al estaba más interesado en investigar el camarote de Lou Malta que el suyo propio. Mientras registraba los cajones y armarios recubiertos de madera de cedro, dijo despectivamente:

– Es lo que pensaba.

– ¿El qué?

Al miró al techo de espejo y luego escupió en las sábanas de seda negra que cubrían la cama doble de Malta.

– Se está jodiendo al chaval. Mi Petey no es mucho más joven que ese Pepe.

– ¿Y qué pasa? Aquellas dos chicas con las que estuviste en Cayo Largo no eran mucho mayores que Pepe. Quizás tuvieran quince, máximo dieciséis años.

– Y una mierda. Pero aunque fuera verdad, con las chicas es diferente. Primero, las chicas maduran antes; y segundo, aquello fue sexo limpio.

– ¿No les pediste que se lo hicieran entre ellas?

– Eso fue para beneficio mío, no suyo. Esa clase de sexo no cuenta. Eran como un par de actrices haciendo el papel de lesbianas en una película. Y yo era el cámara. No las convierte en tortilleras. Pero esto…

Se inclinó y recogió una revista del suelo del camarote; Dave vio de refilón, antes de que Al la tirara a un lado con asco, a dos hombres de edad que tenían relaciones sexuales con dos chicos jóvenes.

– Esto es otra cosa -Miró con rabia a Dave-. ¿Qué tienes que decir?

Dave se encogió de hombros.

– Sigo pensando que es mucho bote como garantía de un préstamo de un millón de dólares.

– Sí, bueno, eso es lo que pasa con las fianzas. ¿No te habías enterado? Estamos en plena recesión. Todos andan apretados de dinero -Soltó una risa cruel-. Y te apuesto a que eso es más de lo que puedes decir del culo de ese maricón.

– Será mejor que vaya y le dé las malas noticias antes de que estemos demasiado lejos de la costa -dijo Dave.

– Hazlo. Cuanto antes estén esos dos maricas fuera del barco, mejor me sentiré. Hay revistas y vídeos en el armario de ese cerdo que harían que Hannibal Lecter tuviera pesadillas.

Lou Malta se retorció las manos diciendo:

– ¿Y qué voy a hacer ahora?

Dave y él estaban sentados en los dos extremos de un sofá en forma de L en el salón del barco, ahora parado. Malta estaba bebiendo su segunda ginebra rosada, aunque era tan grande que bien podría haber sido la tercera, incluso la cuarta.

– Recoge algunas cosas -le dijo Dave-. Y los mil dólares que te pagamos de alquiler por adelantado puedes quedártelos. Daremos la vuelta al barco y volveremos a Quepos. Cuando avistemos la costa de CR tú y Pepe podéis coger el bote hinchable y remar hasta la playa.

– Pero este barco… es toda mi vida.

– Ya no -dijo Dave-. Lo que ahora tienes que hacer es dar gracias porque todavía tienes una vida que vivir. Puede que no tengas el barco, pero vas a vivir. Si fuera por el gorila que hay arriba, te metería un anzuelo en el labio, te levantaría en el aire para hacerte una fotografía y luego te tiraría al mar para dar de comer a los tiburones.

Malta temblaba visiblemente cuando vació el vaso.

– Joder tío, ¿de verdad?

– De verdad. Es un hombre violento. Y trabaja para un hombre violento. Tony Nudelli. Yo he visto lo que puede hacerle a la gente.

– No tenía ni idea de que Tony estuviera tan furioso conmigo.

– Claro que la tenías, Lou, claro que sí.

– Bien pensado, supongo que sí -dijo Malta-. Fue algo estúpido lo que hice, ¿no?

– Sí que lo fue, Lou.

Malta se levantó del sofá y un tanto vacilante fue hacia las escaleras para bajar a los camarotes.

– Voy a buscar la bolsa.

– Lou, no harás ninguna otra estupidez, ¿verdad? Como salir de ese camarote con una pistola en la mano. Eso es justamente lo que quiere el gorila. Una excusa para mataros a ti y a Pepe. ¿Me entiendes?

– Sí, señor.-Buen chico.

Dave se levantó y siguió a Malta hasta las escaleras. No tenía ni idea de si Al llevaba un arma. Que no hubiera podido embarcar una en el avión no quería decir que no la tuviera ahora. San José tenía aspecto de ser la clase de ciudad donde era fácil comprar una, y sin que te hicieran preguntas. Y no era probable que alguien como Al dejara nada al azar. Tampoco sabía si Lou Malta tenía un arma. Pero si Dave hubiera dejado plantado a alguien como Tony Nudelli, alguien que prestaba dinero a los usureros, se aseguraría de tener un arma siempre a mano. Y probablemente, dos o tres. Así que siguió a Malta abajo y miró por la puerta del camarote para asegurarse. Lou estaba mirando fijamente la bolsa de deporte, como preguntándose qué coger.

– Vamos hombre, que no tenemos todo el día -dijo Dave.

– Ya va, ya va. Hago todo lo que puedo por ti, cabrón desalmado.

– ¿Que haces todo lo que puedes por mí? -Dave sacudió la cabeza y bostezó. Ése era el agradecimiento que recibía por salvarle la vida a aquel tipo.

Malta empezó a meter cosas en la bolsa: cartera, pasaporte, joyas, una botella de Obsesión para hombre, el walkman, el neceser, el teléfono celular.

– Me parece que será mejor que dejes el teléfono -dijo Dave.

– Oh, sí, se-seguro. Vale. Oye, no podría quitarle el chip y dejarlo aquí. No funciona sin…

Impacientándose ahora, Dave dijo:

– Lou, ¿quieres dejar esa mierda de teléfono?

Malta se encogió de hombros y fijó la mirada en el contenido de la bolsa, casi con incredulidad, durante un momento, y luego cerró la cremallera.

– Listo -dijo a punto de llorar y cruzó la puerta.

Dave soltó un gruñido porque necesitaba ir a orinar y le dijo:

– Sube al puente y dile a Pepe que os vais. Yo subiré enseguida.

Al salir a cubierta al cabo de un par de minutos, Dave parpadeó con fuerza debido al deslumbrante sol del Pacífico y aspiró profundamente el fresco aire marino. Desde abajo le llegaba un olor decadente a Obsesión y a algo más que no tenía muchas ganas de identificar. Al estaba inclinado por encima de la barandilla mirando hacia la parte baja de popa, desde donde se hacía la pesca de importancia. Cuando oyó acercarse a Dave se volvió y éste vio que por segunda vez en treinta y seis horas la camisa polo blanca del otro estaba cubierta de sangre.

Dave sacudió la cabeza y dijo:

– ¿Qué pasa? ¿Otra maldita hemorragia nasal?

Un segundo después oyó el fuerte ruido de algo al caer al agua, como si alguien hubiera saltado, y se dirigió hacia la proa. Instintivamente preguntó:

– ¿Dónde está Malta?

– Me golpeó -dijo Al y tiró un trozo de cristal roto por la borda. Era parte del frasco que contenía la cría de pez martillo que había comprado para Petey. El pez muerto yacía ahora en el suelo de teca a los pies de Dave. Estaba rodeado de un montón de gotas de sangre que parecían brillantes monedas rojas. Al se frotaba la parte de atrás de la cabeza, donde el cabello ya clareaba, y parecía un tanto compungido.

Dave, frunció el ceño, sospechando que algo iba mal.

– Al, ¿dónde está el jodido maricón?

– Tiene un problema para hablar -dijo Al señalando con el pulgar hacia popa, detrás de él-; está muerto.

Lou Malta yacía en un charco de sangre que se iba agrandando. Parecía algo que acabaran de sacar de las profundidades del océano, las piernas se agitaban espasmódicamente, como si con una buena sacudida pudieran impulsarle de vuelta al agua revitalizadora. El frasco roto había atravesado la garganta de Malta por la mitad con tanta fuerza que le había cortado el cuello desde la línea de afeitado hasta la espina dorsal.

– Me cago en… -exclamó Dave-. ¿Qué ha pasado?

– ¿Qué podía hacer? Trató de hundirme el cráneo, ese mierda de maricón.

Había una llave inglesa tirada en la cubierta a poca distancia del pez martillo, como confirmando la historia de Al. La bolsa de Lou estaba en la parte de dentro de la puerta del salón, como si la hubiera dejado allí antes de salir afuera para atacar a Al. Pero Dave desconfiaba. Era posible que el mismo Al hubiera dejado allí la llave antes de rajar la garganta de Malta con el frasco de recuerdo. Sin embargo, no era el tipo de arma que Dave hubiera escogido para cometer un crimen. Si Al hubiera querido matar a Malta habría escogido algo un poco más manejable. Algo que no hubiera pensado regalarle a su hijo.

Lou Malta dejó de agitarse antes de que Dave pudiera llegar hasta él. Era evidente que no había nada que hacer.

– Entonces, ¿quién ha saltado por la borda? -preguntó Dave.

– Supongo que el chico. Pepe debe haberme visto matar a su amigo y habrá pensado que él era el siguiente.

– Lo cual no es una conclusión poco razonable.

Dave subió al puente superior para ver mejor los alrededores del barco y, a unos cincuenta metros de distancia vio una pequeña silueta que nadaba con fuerza en dirección a tierra firme. Sentándose en el asiento del piloto, de color crema, Dave puso en marcha los motores y asió el timón.

– ¿Qué estás haciendo? -le chilló Al.

– Voy a buscar a Pepe. Son cinco millas hasta la costa, y hay corriente de resaca. No lo conseguirá nunca.

Abajo, en la cubierta de popa, Al no dijo nada. En lugar de ello, empezó a arrastrar el cuerpo de Lou Malta para pasarlo por encima del yugo de popa sin dejar de maldecirlo por cerdo y maricón.

Dave acercó el barco a Pepe, redujo la velocidad y luego le lanzó un salvavidas sujeto por una cuerda. Pero Pepe, después de lo que había presenciado a bordo del barco, estaba demasiado aterrado para cogerlo.

– Venga, Pepe -le dijo Dave gritando-. Coge la cuerda. Nadie va a matarte, muchacho, te lo prometo.

Dejándose flotar durante un momento, Pepe sacudió la cabeza.

– Ni lo sueñes, tío -dijo, y empezó a nadar de nuevo para alejarse del barco.

Dave volvió al asiento del piloto, les dio un poco de gas a los motores y luego redujo la velocidad como antes. Salió de nuevo y habló con Pepe en español, diciéndole amablemente que el otro tipo no había querido matar a Lou, que había sido un accidente; y que además había sido Lou quien había atacado al otro primero. Le concedía a Al el beneficio de la duda. Pasaron diez minutos de esta guisa y Pepe seguía estando demasiado asustado para coger la cuerda.

– Tírale el bote hinchable y salgamos cagando leches de aquí -apremió Al.

Los ojos de Dave detectaron algo más que emergía brevemente en el agua cerca de Pepe. Parecía un inofensivo tarpón, pensó, de entre 35 y 45 kilos de peso; era un buen tamaño. Un bonito color plateado, con una gran aleta dorsal. Para cuando comprendió lo que era, ya habían llegado más, todos atraídos por la sangre del cuerpo de Malta.

El corazón dejó de latirle y gritó con fuerza a Pepe:

– ¡Cuidado! ¡Pepe, sal del agua! ¡Por todos los santos, coge la jodida cuerda!

Al parecer sin darse cuenta de la presencia de los tiburones, Pepe sacudió la cabeza como si el furioso arrebato de Dave sólo hubiera servido para confirmarle lo que ya sospechaba. Cuando se dio cuenta del motivo de los gritos de Dave, ya era demasiado tarde.

Como si intuyeran que Malta podía esperar, los tiburones concentraron su ataque en el chico que nadaba. Dave observó impotente y horrorizado cómo los tiburones atacaban a Pepe como una banda de matones en el patio de la escuela; primero uno, luego otro y luego todos a la vez, con un audible chasquido de las fauces que Dave sentía en todas las fibras sensibles de su cuerpo. Pepe chilló, palmeó el agua frente a él y, tragando aire y agua, desapareció por un momento bajo la confusión de la espuma y del agua que iba enrojeciéndose. Fue entonces cuando Dave vio qué especie de tiburones eran: martillos, una versión más mortífera de la cría que aún seguía en la cubierta. Dave sintió un escalofrío ante la ferocidad de lo que parecía una venganza. Pepe volvió a aparecer sólo una vez más, agua y sangre brotándole de la boca, chillando todavía, y ya sin una mano. Seguía sacudiendo la cabeza, como si no pudiera creer lo que le estaba pasando y Dave casi se alegró cuando por fin el muchacho desapareció bajo la superficie de las aguas.

Al vociferó:

– ¿Has visto eso? ¿Has visto eso?

Se reía, cruelmente, como si disfrutara del horror de lo que presenciaba y no sintiera más pena por el salvaje final de Pepe que si éste hubiera formado parte del largo reparto de víctimas de una película de serie B.

– Es la jodida Tiburón en vivo, tío. La puta, nunca pensé que vería algo así. Ha sido escalofriante de verdad -sacudió la cabeza-. Sabía que tenía razón. Lo sabía. No te metas nunca en esa jodida agua.

Y luego, como alguien que acaba de presenciar el nacimiento de un niño en vez de su muerte, Al encendió un gran Macanudo.

Dave observó la espumeante ebullición de tiburones, agua y sangre joven hasta que tuvo la certeza de que Pepe no volvería a salir a la superficie y luego cortó la cuerda del salvavidas, que había sido blanca como la nieve y ahora era de un rojo brillante. Lentamente, descendió del puente, sintiendo ganas de vomitar. Al ver la cría de tiburón martillo, pisó con rabia la cabeza en forma de T y luego la lanzó, furioso, al mar.

Al estaba en la cubierta inferior, en el espacio donde había estado el cuerpo de Lou Malta, el cigarro entre los dientes proyectándose por encima de las aguas infestadas de tiburones como si fuera el tubo de cañón de un buque de guerra. Bajando de un salto los peldaños hasta el puente, Dave arrancó el enorme cigarro de la boca de Al y lo tiró al mar, igual que había hecho con la cría de tiburón.

– ¿Qué coño…?

– Tú, asno estúpido -dijo Dave con un rugido-, ¿no sabes nada? Tirar el cuerpo de Malta al agua como hiciste fue igual que enviar a los tiburones un mensaje por correo electrónico. Joder, habrán pensado que era el día de Acción de Gracias.

Al miró alrededor, evasivo.

– Vale, lo siento -respondió chillando también-. No se me había ocurrido.

– Y ahora que estamos en ello, ¿tuviste que matar a Malta? ¿Qué ha pasado con el trato que hicimos?

– Me atacó con la llave, agarré el frasco, lo partí contra el borde del barco y le di con él. No quería matarlo; sólo marcarlo un poco.

– ¿Marcarlo? Casi le cortas la jodida cabeza.

– Sí, bueno, en realidad no me arrepiento de haberlo matado. Maldito pedófilo. Mi hijo Petey no es mucho más joven que ese Pepe.

– Sí, pero gracias a ti, Pepe también está muerto. Gracias a ti, a Pepe lo han devorado los jodidos tiburones. Gracias a ti este barco y Lou Malta fueron probablemente lo mejor que tuvo Pepe en toda su vida. Piensa en ello cuando te fumes tu próximo cigarro de lujo.

Con lento desafío, Al sacó otro Macanudo del bolsillo de sus pantalones manchados de sangre, lo lamió todo a lo largo como si fuera su propio dedo y luego lo encendió. Echó el humo a la cara de Dave y dijo:

– Ya estoy pensando. ¿Y ahora qué mierda pasa?

Dave lo miró a los ojos, odiándolo, y viendo que el odio le era devuelto a paletadas. Sacudió la cabeza y se apartó, asqueado ante la exhibición de sangre fría de Al.

– Larguémonos de aquí. Tenemos aún mucho camino que hacer -dijo.

El puente del Juarista estaba totalmente informatizado y a Dave le llevó menos de una hora familiarizarse con el trazador de gráficos electrónico, el sistema de radar y el piloto automático. Pero cuando hubo tecleado el rumbo a Panamá y al Canal, le quedó muy poco que hacer excepto mirar de vez en cuando a las pantallas del monitor. Con un depósito de combustible que contenía cerca de quince mil litros, un aparato que fabricaba más de dos mil litros diarios de agua dulce y un congelador lleno de comida, eran totalmente autosuficientes para su viaje de vuelta a Miami.

El crucero hasta la ciudad de Panamá y la entrada al canal duraba veinticuatro horas y, ansioso por alejarse de la escena del asesinato de Lou Malta, Dave decidió evitar cualquier puerto de escala y navegar toda la noche. Contento de mantenerse lejos de los hábitos asesinos de Al, permaneció en el puente, arañando, de vez en cuando, una o dos horas de sueño en el sofá. Al, por su parte, permaneció en su camarote, bebiendo cerveza, viendo películas en vídeo y consumiendo varias comidas preparadas en el micro-ondas antes de quedarse dormido hacia medianoche y dormir hasta bien pasada la hora del almuerzo al día siguiente, cuando llegaron a la costa de Panamá. El viaje a través del Canal llevó día y medio y Dave decidió que probablemente habían sido las treinta y seis horas más interesantes que había vivido en cinco años. Tres conjuntos de esclusas -Gatún, Pedro Miguel y Miraflores- levantaban los barcos que llegaban desde el Pacífico por una especie de escalinata líquida hasta dejarlos en el Caribe. No había bombas; la gravedad se encargaba de la transferencia del agua necesaria.

Convocado por las llamadas de Dave para que fuera a ver una de las modernas maravillas del mundo, Al salió finalmente de su camarote, apestando a sudor y cerveza y vestido con una camisa de Dolphins y unos tejanos recortados. Cabeceó, asintiendo sin mucho entusiasmo mientras Dave le explicaba la proeza de ingeniería que era el Canal y se mostró muy poco impresionado por la estrecha proximidad de buques de mucho mayor tamaño.

– Bueno, ¿y ellos que ganan? -preguntó Al.

– ¿Quiénes?

– Los jodidos panameños, esos digo.

– El Canal está controlado por una especie de organismo internacional.

– ¿Sí? ¿Y qué les toca a ellos?

– Cargan una cuota por cruzar el canal, claro.

– ¿Quieres decir algo así como la autopista de peaje de Florida?

Dave sonrió lentamente y respondió:

– Algo así, sólo que cuesta un poco más de veinticinco centavos.

– ¿Cuánto?

– La cuota se basa en el tonelaje del barco.

– ¿Cuánto?

– Mira, una vez cargaron a un tipo que trataba de atravesar a nado el Canal treinta y seis centavos. Y eso fue en 1928. Así que calcula cuánto pueden pedir ahora por un barco como éste.

– ¿Qué es esto, Family Challenge o qué? ¿Cómo coño quieres que lo sepa? ¿Cinco, diez dólares? ¿Cuánto?

Dave disfrutaba, pues sabía perfectamente cuál iba a ser la reacción de Al. Finalmente dijo:

– Hemos pagado mil dólares -Sonrió cuando la mandíbula de Al llegó hasta el suelo.

– No me jodas. No hemos pagado eso.

– Lo juro.

– ¿Mil verdes? Te estás quedando conmigo.

Dave le dio el recibo.

– La cuota media para un gran buque de carga es de unos 30.000 dólares.

– No me jodas. ¿Y la pagan?

– No tienen más remedio que pagarla. A menos que quieran dar toda la vuelta por el cabo de Hornos.

– Mierda, tío, eso es lo que yo llamo un timo.

Al miró, incómodo, al petrolero que estaba amarrado a su lado en la Pedro Miguel.

– La alcantarilla más jodidamente cara en la que he estado nunca -dijo, y sin decir ni una palabra más, volvió a su camarote para ver el Canal Ocho de televisión, del Ejército de Estados Unidos.

Dave sospechaba que la reacción de Al se basaba principalmente en el miedo. Estar en el fondo de una esclusa de más de doce metros de alto mientras se iba llenando con millones de litros de agua, era claustrofóbico. Había fijado rumbo nornoroeste hacia Cancún, en la península mexicana de Yucatán, a una distancia de unas 900 millas. Desde allí pensaba navegar en dirección nornoreste por la costa septentrional de Cuba. Era una ruta que esperaba que les mantendría cerca de tierra, por si se tropezaban con algo peor que el mar algo agitado que, según la previsión del tiempo de la radio, les esperaba. El barco estaba equipado con estabilizadores Gyrogale Quadrafin pero, para ir más rápido y también porque quería castigar a Al por lo que le había pasado a Pepe, Dave había decidido no usarlos. Él era un excelente marino. Al, como ya había deducido, no lo era, y para cuando dejaron atrás la costa de Honduras, Al estaba más verde que un billete de dólar mojado.

Observando cómo vomitaba por encima de la borda por tercera vez en dieciocho horas, Dave sonrió, sádico.

– Parece que has devuelto por casi toda la América Central. Eres un turista de puta madre, eso tengo que reconocértelo, Al. Algo así como un tigre, que marca su territorio con orín; sólo que, por lo que parece, tú prefieres usar vómito -Miró hacia atrás, a unas gaviotas que se estaban dando un festín con lo que Al acababa de devolver-. De todos modos, a las gaviotas parece que les gustas. Por lo menos les gusta lo que comiste para desayunar.

– Otra vez ese gracioso pico tuyo -Al se dejó caer en el sofá del puente y cerró los ojos, descompuesto.

– ¿Gracioso? -Dave se relamió con sorna-. ¿Quieres decir porque no está cubierto de restos de vómito? Sí, podríamos decir que, bien mirado, no está mal.

Miró una de las pantallas que tenía frente a él mientras el piloto automático hacía una pequeña corrección en el rumbo y archivaba simultáneamente la información en el diario de navegación a estima del ordenador. Luego, con un profundo y eufórico suspiro, Dave se puso de pie, se estiró y dijo:

– Eh, Al. ¿El aire de mar no te despierta el apetito? Me parece que iré abajo y me prepararé un buen almuerzo. En este momento podría dar cuenta de un enorme plato de ostras.

Al tragó con fuerza y dijo:

– Te voy a matar como no cierres tu jodido pico.

– No tienes hambre, ¿eh?

– ¿Cuánto falta -dijo Al con un gruñido- para llegar a Florida?

Dave comprobó la parte inferior de la pantalla, donde los datos en tiempo real de posición, rumbo, derrota y hora de llegada prevista se actualizaban segundo a segundo.

– Bueno, según nuestro Hal particular, tardaremos otras cuarenta horas en volver a ver la histórica ciudad de Miami. Eso si no tropezamos con un tiempo realmente malo; lo cual podría retrasarnos algo más. Pero, por lo que veo, no creo que vaya a ser muy diferente del que tenemos ahora. Parece que tú y tus asuntos internos tendréis que acostumbraros a esta clase de mar.

– Y tú, hijo de la gran puta, será mejor que te vayas acostumbrando a tenerme cerca. Puede que no te lo haya dicho todavía, pero soy tu carabina para tu próxima aventura atlántica -dijo Al sonriendo torcidamente.

Dave se rió, burlón.

– ¿Tú? He visto camellos envenenados que hubieran sido mejores marineros que tú.

Al sacudió la cabeza como si estuviera demasiado enfermo para pensar en un insulto adecuado para echarle a la morena y saludable cara del hombre más joven. Exasperado dijo:

– Y además, ¿para qué coño quieres todo ese dinero?

– Esa es una pregunta extraña viniendo de ti. Es como si una puta acusara a otra de promiscuidad.

Al se levantó de golpe y con una mano apretada sobre la boca, que se le abría como un globo, salió a cubierta y se dobló por encima de la borda. Durante los minutos que estuvo fuera, David se entregó a algunos pensamientos filosóficos. Pensó en el golpe y pensó en el dinero, pero sobre todo pensó en dónde estaba: en alta mar, sin nada frente a él salvo la proa del barco, un barco que, además, no estaba nada mal. Había valido la pena hacer el viaje hasta Costa Rica para recogerlo y llevarlo a casa. Quizás no valía las vidas de dos personas, pero él no hubiera podido prever nada de lo que había sucedido. Estaba disfrutando del viaje, un disfrute que tenía un sabor mucho más dulce por lo mucho que Al lo estaba odiando.

Al cruzó tambaleante el umbral del puente, secándose la boca con la manga de su camiseta de fútbol. Se sentó ante la mesa de gráficos y bebió un sorbo de whisky para tratar de aquietar su estómago.

– He estado pensando en tu pregunta, Al -dijo Dave.

– ¿Qué jodida pregunta?

– Por qué quiero todo ese dinero.

– Tenías razón. Era una pregunta jodidamente estúpida.

– ¿Lees libros alguna vez, Al?

– ¿Libros?

Al se acabó el whisky de su vaso y se sirvió otro. Pensaba que si estaba borracho quizás no se daría cuenta de que estaba mareado.

– Sólo he leído tres libros en toda mi vida. Por lo menos, que yo me acuerde. Uno era de Hoyle, sobre el juego. El segundo era el Manual del Propietario de un Jaguar. Tenía un Jaguar, un XJR sobrealimentado. Un coche la leche de estupendo. Y el tercer libro que he leído era sobre los césares romanos. En general, si me interesa un libro, espero a que hagan la película.

– Tendrías que leer más, Al. La mayor parte de los viajes que he hecho en los últimos cinco años han sido en las páginas de un libro. Así que, respondiendo a tu pregunta de antes, quiero comprarme un yate y ver algunos de esos lugares por mí mismo, ¿sabes?

– Madonna quiere ir a Europa. Pero a mí me gusta Las Vegas.

– Uno de los libros que he leído es Los siete pilares de la sabiduría, de Lawrence de Arabia.

– Buena película.

– Trata de cómo se enamoró del espacio vacío del desierto. Eso es lo que yo quiero hacer. Enamorarme de algunos espacios vacíos.

– Te podría presentar a una prima mía. Es el mejor espacio vacío que he visto nunca. Las luces están encendidas, pero no hay nadie en casa. Sólo que la casa está construida como un palacio del copón.

– El desierto, o quizás el páramo. El interior despoblado de Australia. El Yukón. Y, claro, el mar. Al mar, lo adoro.

Al sacudió la cabeza, haciendo una mueca.

– Yo odio el jodido mar.

– La clase de yate que quiero comprar no se parece en nada a éste. Quiero un barco de verdad, con velas. No tiene que ser demasiado grande porque, si no, necesitaría mucha tripulación. Dos personas, incluyéndome a mí, estaría bien. Tengo aquí una foto de la clase de barco que me voy a comprar, ¿quieres verlo?

Dave sacó un trozo de papel del bolsillo, desplegó una foto que había arrancado de un viejo ejemplar de Showboats International y se la enseñó a Al.

– Mira -dijo-, eso es lo que yo llamo un barco. Un queche de veintidós metros, roda tipo clíper, popa en forma de copa de vino, diseño de Scheel. Un barco así cuesta mucho más de doscientos de los grandes. Es un barco perfecto para ver mundo.

Al miró la foto y luego se la devolvió a Dave.

– Todas esas velas… parece un trabajo muy duro.

– Ésa es la cuestión, Al. Eres tú y el mar.

– El mar es una zorra. Y una zorra que te la tiene jurada. La clase de zorra que, incluso cuando vives con ella, sabes que te va a joder y que vas a vivir para lamentarlo. Tienes que seguir adelante y convencerte de que quizás no resultará así, pero sí que resulta así. Si acaso, se porta todavía peor de lo que nunca hubieras imaginado. Es fría, es dura, es cruel y no le importa una puta mierda lo que te pase. Una auténtica revientahuevos. Eso es el jodido mar, tío.

Dave miró a Al con admiración. Y sonriendo dijo:

– ¿Sabes una cosa, Al? Tú también eres todo un romántico.

11

Kent Bowen aparcó su Jimmy y se encaminó por una larga pendiente hacia la entrada del hotel. El Hyatt Regency ocupaba un lugar privilegiado en Fort Lauderdale, al lado oeste del puente sobre el canal de la calle Diecisiete. Desde el bar giratorio Pier Top se podía ver a kilómetros alrededor y Bowen tenía una buena razón para recordar ese sitio con un especial afecto. Fue en el Pier Top, el último día de San Valentín, mientras bebían unos Margaritas deliciosos, donde le había pedido a Zola que se casara con él. Cuando ella le aceptó, se trasladaron a un motel de la playa en la avenida Bayside y habían cogido una habitación por una noche para consumar su amor. Escocés de ascendencia y, por ello, según su propia valoración, un hombre práctico y ahorrativo, Bowen nunca había sido de los que tiran el dinero. Pero aquella noche ocupaba la categoría de una de las mejores de su vida.

Fue hasta la puerta del hotel y se dirigió al ascensor, deteniéndose sólo para comprar un ejemplar de Luxury Florida Homes en la tienda de regalos. No había nada como ver la forma en que vivía la otra mitad de la gente en las propiedades privilegiadas de Florida para animar los sueños que acariciaba cuando compraba su billete semanal de lotería. No es que él fuera a tirar el dinero si llegaba a ganar. A Bowen le gustaba pensar que usaría su todavía no conseguida fortuna con discreción. Disfrutaría con el anonimato. Vestido de la cabeza los pies en Tilley Endurables, se sentía tan anónimo como lo requería la actual situación, mezclándose sin llamar la atención con los huéspedes del hotel.

Bowen subió en el ascensor hasta el piso de debajo del Pier Top, y se dirigió hasta la suite del lado este donde estaba situado el puesto de vigilancia. De pie frente a la puerta, miró a un lado y a otro antes de llamar con los nudillos. Pasaron unos segundos y la puerta se abrió con la cadena del seguro puesta.

Kate Furey estuvo a punto de soltar una carcajada. El culpable fue sobre todo el sombrero.

– Hola, soy yo -dijo, como si hubiera ido disfrazado de Santa Claus.

– Ya -dijo ella, y le abrió la puerta.

Bowen cruzó el umbral y echó una ojeada a la suite antes de que ella lo acompañara al dormitorio.

– Hola a todos.

Al lado de la ventana, detrás de un arsenal de objetivos de alta potencia, montados sobre trípodes, dos hombres de aspecto aburrido respondieron con un gruñido. Un tercero, que llevaba auriculares y controlaba todo un despliegue de aparatos de sonido para captar conversaciones a distancia, permaneció en silencio, sin darse cuenta de que había entrado alguien en la sala. Kate no presentó a ninguno de ellos. Sabía que a Bowen no le interesaban las presentaciones. Lo más probable era que hubiera venido desde Miami en busca de un almuerzo gratis.

– Bonita habitación -comentó él-. Bonita de verdad.

Kate se encogió de hombros como si a ella no le gustara mucho y dijo:

– Bueno, en realidad se supone que es una suite.

– ¿Una suite? Joder, Kate, ¿cuánto cuesta?

– Lo mismo que una habitación. Conseguí una tarifa especial.

– ¿Cómo lo hiciste?

– Mi, espero que a no tardar mucho, ex marido actuó como abogado del hotel en un pleito por daños personales. Creo recordar que fue un imbécil corto de entendederas que se hizo daño en el bar giratorio que hay arriba. Un sitio hortera de verdad, pero con una magnífica vista. Supongo que por eso van allí los cabezahuecas -Kate se rió con un desprecio manifiesto-. Les da algo de que hablar mientras piensan que son muy románticos. Tiene que echarle una ojeada antes de irse.

– Gracias, ya he estado -respondió Bowen fríamente.

Kate soltó una risita.

– Supongo que creen que es muy soigné, pero a mí me pareció que era como estar dentro de un reloj deportivo muy barato.

– No tan barato, diría yo -dijo Bowen erizándose.

– Tiene toda la razón -dijo uno de los hombres de las cámaras-. Anoche pagué diez verdes por la peor mierda de Margarita que haya probado nunca.

Kate miró a Bowen.

– No hay mucho que ver desde aquí cuando oscurece -dijo a modo de excusa.

– Supongo que no.

– Podría enseñarle algunas fotos, pero ahora mismo puede ver la actividad en directo -añadió Kate.

Bowen batió palmas con decisión.

– Entonces echemos un vistazo y miremos qué veo-veo, ¿vale?

Las enormes lentes estaban enfocadas sobre el lado opuesto del río Strahanan y el Club de Yates Portside, donde estaban amarrados algunos de los yates más grandes y caros de Fort Lauderdale. El fotógrafo que pensaba que sabía reconocer un buen Margarita cuando lo probaba, mostró a Bowen una cámara tras otra como si fuera un vendedor en una tienda de Sharper Image.

– Ésta, la de quinientas milésimas, da una vista bastante buena de todo el barco y de lo que sucede en los amarres.

Bowen se quitó su sombrero de Tilley y acercó el ojo al visor. Con sus treinta y tres metros de eslora, el Britannia no era ni de lejos la embarcación más grande del puerto. Y se veía empequeñecido por el gigante de tres pisos y cincuenta metros que tenía amarrado al lado. Pero con su gran puente y sus elegantes líneas era un barco bastante bonito. Y podía uno pasarlo bien, además, a juzgar por la pequeña motora, las motos de agua, los esquís y el hobiecat que había a bordo. Por no hablar de la mujer desnuda que ocupaba el jacuzzi que había en cubierta.

Bowen sonrió y dijo:

– Ya me gustaría tener un poco de todo eso. ¿Quién es la señorita de las burbujas?

Kate suspiró, cansada, y dijo:

– Por lo que sabemos, su nombre es Gay Gilmore.

– La hermana de Gary, ¿eh? -dijo Bowen con una risita. La chica del jacuzzi se frotó los pechos con algunas burbujas-. Eh, nena hagámoslo.

– En realidad, es de Nueva Zelanda. Hasta hace unas pocas semanas estaba trabajando ilegalmente como bailarina en un local de Collins. En este momento parece ser la principal captura del capitán del Britannia.

El hombre del Margarita dijo:

– A él puedes verlo por este 800. Se llama Nicky Vallbona. Es ese cabrón feo que está en la cubierta de popa.

A desgana, Bowen cambió de cámara y se encontró mirando a un hombre moreno con un bigote fino como un pincel.

– Tienes razón, es feo el cabrón.

– En lo que nos toca a nosotros, está limpio -dijo Kate.

– ¿Qué hace una muñeca como ella con un sapo como ése? – dijo Bowen meditabundo.

El segundo cámara se estiró en su silla para apagar el cigarrillo. Soltó un gruñido y dijo:

– El barco, sin ninguna duda. A la niña parece gustarle tanto como le gusta él. Va y viene a su antojo. Siempre en ese jacuzzi. Me parece que es muy popular entre los mirones del telescopio de allá arriba. Se está convirtiendo en toda una atracción turística.

Bowen volvió a la primera cámara para echar otra ojeada a Gay Gilmore.

– Por mí, yo prefiero el barco que está al lado del Britannia - dijo el hombre del Margarita-. Es de Sean Connery.

– ¿007 tiene un barco aquí, en Lauderdale? -La voz de Bowen traicionó su entusiasmo-. ¿Tenéis alguna foto de él?

Los dos cámaras intercambiaron una mirada culpable y luego sacudieron la cabeza simultáneamente.

– No -mintió uno.

– Pero sí que tenéis razón; es un bonito barco -dijo Bowen-. Sean Connery, ¿eh? A decir verdad, mis antepasados eran escoceses; de Edimburgo, igual que él.

– Seguro que hay muchas otras similitudes -dijo Kate.

Pero Bowen estaba demasiado interesado en el barco de Connery y en la chica del Britannia como para darse cuenta del sarcasmo de Kate.

– He comprobado su teoría, señor -dijo Kate-. Con Palmer Johnson Yachts, aquí en Fort Lauderdale. Es uno de los principales fabricantes de cascos de barco de Florida. El tipo con el que hablé, Luis Madrid, me dijo que era posible hacer un casco de cocaína comprimida que tuviera el aspecto de uno auténtico una vez recubierto con una capa de poliuretano. Pero que no daría los mismos resultados.

Bowen había vuelto al objetivo de 800 para echar una mirada más de cerca al cuerpo desnudo de Gay Gilmore. Ahora Gay se estaba tocando por todas partes, casi como si supiera que había gente mirándola. Se le ocurrió la idea de que quizá estuviera actuando como distracción para que la gente no dejara de mirar lo que pasaba en el jacuzzi en lugar de observar otras cosas. Pero, después de borrar todo el bote con la cámara, no parecía haber mucho más que ver. Sólo Vallbona hablando por el teléfono celular.

– Me gustaría saber con quién habla Nicky por su Nokia – murmuró.

– En este momento con su corredor de apuestas -respondió Kate.

Bowen levantó un momento los ojos, sorprendido.

– ¿De verdad puedes saberlo desde aquí?

– Claro. Tenemos un Sistema Cellmate -dijo Kate-. Hemos interceptado una llamada que creo que encontrará especialmente interesante.

Fue hasta el hombre con los auriculares y le dio un golpecito en el hombro. El hombre, barbudo y con aspecto ajado, como si necesitara aire y sol, se quitó los auriculares de unas orejas adecuadamente grandes.

– Colin; éste es Kent Bowen, el responsable de esta operación. ¿Podrías pasarle la cinta SYT que tenemos?

– Claro, Kate.

Colin se acercó su portátil, seleccionó un menú y escogió un archivo de entre la lista de grabaciones que había hecho. El Cellmate estaba conectado con el ordenador, mediante un cable SCSI, y con una grabadora digital, por medio de una interfaz paralela. El Cellmate en sí parecía un teléfono celular más grande y con algunos controles adicionales.

– Ahora saldrá el archivo SYT -dijo Colin y tocó la tecla de retorno de su ordenador.

– La primera voz que oiga -explicó Kate-, el tipo con acento español, es el consignatario, Juan Sedeno. La segunda es Nicky Vallbona.

Bowen asintió y acercando una silla se puso a escuchar:

– Stranaham Yacht Transport.

– Querría hacer una reserva para mi barco a bordo de su buque para el viaje de marzo a Palma de Mallorca. Desde Port Everglades.

– Muy bien, señor. Dígame su nombre, el nombre del barco y el nombre del propietario.

– Me llamo Nicky Vallbona y soy el capitán del Britannia. Es propiedad de Azimuth Marine Associates, de las Islas Vírgenes británicas.

– Islas Vírgenes… ¿Puede decirme qué dimensiones tiene el barco, por favor?

– Eslora, treinta y cuatro metros; manga, 7,3; y calado, 1,8.

– Uno coma ocho… ¿Eleva púlpito a proa?

– No.

– ¿ Trampolín?

– Sí, tiene un metro de largo.

– Un metro. ¿Botes de servicio?

– A bordo.

– Hummm. Marzo, dice…

– Sí.

– Sí, podemos complacerlo, capitán Vallbona. El coste será de unos 93.500 dólares americanos. Esa cifra incluye la estiba en ambos lados del Atlántico, asistencia de buceadores, todos los amarres y anclajes, calzos de quilla y soportes de espinazo, pasaje para dos tripulantes y todos los seguros.

– Está bien.

– ¿Tiene nuestro formulario de reserva, capitán?

– Sí.

– ¿Podría cumplimentarlo y remitírnoslo por fax lo antes posible?

– No hay problema; lo haré ahora mismo.

– Gracias por llamar. Adiós, capitán.

– Adiós.

La conversación terminó y la cinta se desconectó automáticamente.

– ¿Quiere volver a oírla? -preguntó Colin.

– Diablos, no. Está más claro que el agua, ¿verdad? Es evidente que el barco no está en condiciones de navegar por sí mismo porque el casco probablemente está hecho de pura cocaína. Así que van a hacer lo que yo siempre sospeché. Conseguir que alguien lo lleve a través del Atlántico. Además, bien pensado, es una cobertura perfecta. El barco de Rocky Envigado codeándose con lo que pasa por ser la alta sociedad por aquí.

Al escuchar a Bowen apropiándose de su teoría, o por lo menos de la mitad de ella, Kate sintió que se le endurecían los músculos de la mandíbula. Le hubiera gustado recordárselo, decirle que era un mentiroso de mierda y que le daba asco. Sólo que él seguía hablando y hablando, como uno de esos políticos caraculo que salen por la tele. En un mundo perfecto habría cogido el mando a distancia y apretado el botón para quitar la voz. O quizás le habría metido el mando por su estúpida bocaza y se lo habría incrustado bien en la garganta a taconazos. Pero lo único que hizo fue volverle la espalda en un esfuerzo por esconder la rabia que la poseía.

– Lo único que queda por decidir es qué hacemos al respecto -continuaba Bowen-: si decidimos trasladar la cuestión a la policía española o montar algún tipo de operación secreta nosotros mismos -Se detuvo un momento y miró alrededor-. ¿Qué opinas Kate?

Kate carraspeó y trató de salir del pozo de resentimiento en el que se encontraba. Pero cuando contestó, la respuesta le salió amarga y sarcástica.

– ¿Yo? ¿Que qué pienso yo? -Una risa hueca se le escapó de la boca-. ¿Qué? ¿Se lo digo, para que luego me lo pueda decir a mí? ¿Es ésa la clase de «qué opinas» a la que se refiere, señor?

Bowen frunció el ceño y preguntó:

– ¿Te preocupa algo, Kate?

Incluso cuando se mostraba ofensiva, él no se enteraba de que iba con él. Kate sacudió la cabeza, compadeciéndolo, como habría compadecido a un perro al que han dejado dentro de un coche en un día de calor.

Sólo que Bowen también se las arregló para malinterpretar ese gesto.

– Bien -dijo-, porque, ¿sabes?, marzo está a la vuelta de la esquina. Y no hay tiempo que perder.

A Kate le habría gustado saber exactamente cómo había llegado Kent Bowen al puesto que ocupaba y si habría alguna política de discriminación positiva dentro del FBI a favor de los ayudantes de sheriff de Kansas estúpidos. Con voz controlada dijo:

– Tengo algunas ideas.

– Bien, pues me gustaría oírlas.

Lo llevó a la habitación del otro lado de la sala, le señaló con un gesto un gran sofá en forma de herradura, y se dirigió al minibar.

– ¿Quiere algo de beber?

– Sólo una Diet Cola.

Kate volvió con dos Coca Colas normales con hielo y las puso sobre una mesa hecha con una encimera redonda de cristal colocada sobre un capitel corintio. No era sólo el Pier Top lo que resultaba cursi; también lo era el mobiliario. Pero, en Florida, pasaba lo mismo en todas partes; sólo había que mirar el ejemplar de Luxury Florida Homes que llevaba Kent para darse cuenta de ello.

– ¿Le importa si fumo? -dijo, y cogiendo un paquete de Doral encendió un cigarrillo sin esperar respuesta.

– No, no, adelante -dijo Bowen y reaccionó con un gesto de disgusto a la primera inhalación de Kate.

Todavía con el cigarrillo en la mano, Kate se apartó el oscuro pelo de la cara y puso en orden sus pensamientos.

– Veamos, ésta es mi idea.

Bowen asintió y dijo:

– Lo ha dejado claro, agente Furey.

– ¿De verdad?

– Se me fue de la cabeza que habías sido tú quien predijo que Rocky utilizaría el transbordador de yates. Perdona.

Kate se encogió de hombros; quizás fuera mejor de lo que pensaba después de todo.

– Olvídelo -dijo-, no tiene importancia. Lo que importa es que agarremos a los criminales. Aquí y en Europa, ¿de acuerdo?

Bowen no parecía convencido.

– No puedo decir que me importe una mierda lo que pase en Europa. Pero, por favor, no se lo cuentes a esos oficiales de enlace amigos tuyos. No sería bueno para las relaciones diplomáticas.

– Ni se me ocurriría contarle a ninguno de ellos nada que no se suponga que deba contarle -dijo, consciente de lo seca que sonaba, pero preguntándose si Bowen seguía teniendo dudas sobre su relación con el holandés. Dio otra chupada envenenada a su Doral y continuó-. Sin embargo, el Director Adjunto ha hecho constar hace poco que cree que ayudar a los europeos a ganar su guerra contra las drogas puede ser un medio para ayudarnos a nosotros mismos a ganar la nuestra.

Esto era nuevo para Bowen.

– ¿Eso dijo, eh?

– Estaba en el folleto del Foreign Intelligence Coverage, del FBI del mes pasado.

Bowen sonrió, desdeñoso.

– Ah, eso.

– Y como respuesta llegó un memorándum del SAC de Miami. Presley Willard escribió al Director hace sólo un par de semanas para garantizarle que General Investigations de Miami haría todo lo posible para apoyar esa iniciativa.

Bowen, que no sabía nada de ese memorando, cerró los ojos un momento y dijo:

– Ya me acuerdo.

Bebió un sorbo de su Coca Cola y empezó a mascar un trozo de hielo como si fuera un cacahuete garrapiñado. Ahora le tocó a Kate apretar los dientes con disgusto.

– Comprendo tu punto de vista, Kate.

– Bien, desde mi punto de vista, es necesario que tengamos los narcóticos vigilados durante todo el viaje. No es suficiente limitarnos a decir adiós al transporte de yates cuando salga de Port Everglades. No debemos perder de vista ese barco bajo ningún concepto -dijo Kate señalando hacia fuera-. Y eso significa que tenemos que cargar un barco nuestro en el mismo transporte. Tripulado por dos agentes del FBI, en contacto por radio con un submarino de la armada de Estados Unidos y, cuando crucemos el Atlántico, con las armadas británica y francesa además. Mientras estemos a bordo tendremos la oportunidad de echar una mirada más de cerca al barco de Rocky, algo que, hasta ahora, no hemos podido hacer. Y además, podremos vigilar por si acaso intentan descargar la droga mientras están en el mar. Quizás pasarla a otro barco del mismo transporte para que perdamos el rastro.

Bowen, que no había pensado en eso, se tragó los fragmentos de hielo e hizo una mueca.

– Esta idea tuya… suena cara. Para empezar, ¿dónde vas a conseguir un barco adecuado? Y para continuar, ¿quién va a pagar los gastos del transporte? Ya sabes cuánto cuesta. Noventa mil dólares. No creo que el SAC vaya a autorizar un desembolso de ese nivel.

Kate sonrió y dijo:

– De hecho, he encontrado un barco. O mejor dicho, Sam Brockman ha encontrado uno por mí. Parece que los guardacostas abordaron un barco abandonado frente a Key West el otro día y estaba lleno de droga. Dentro de poco será subastado por el gobierno, claro, pero en estos momentos está amarrado en Miami y disponible para una operación secreta. Los guardacostas estaban planeando algo ellos mismos, sólo que les falló y ahora nos lo ofrecen a nosotros. Es ideal para nuestros propósitos, señor. Veinticinco metros de eslora, velocidad de crucero de veintidós nudos, y lo último en instalaciones. Hablo de un yate lujoso de verdad. En cuanto al dinero, bueno, tengo una idea de dónde podemos sacarlo.

– Vas a sugerir que utilicemos el último paquete del dinero de la Corriente del Golfo, ¿verdad?

La operación Corriente del Golfo fue una de las operaciones secretas de la Oficina de Miami a principios de los noventa, montada contra una de las organizaciones más importantes para el blanqueo de dinero en Florida. Una empresa de oro y joyas de Miami dirigida por uno de los cárteles colombianos había blanqueado millones de dólares por medio del Banco de Crédito y Comercio Internacional, cerrado por el Banco de Inglaterra en 1991. Semanas antes de la bancarrota del BCCI, la empresa de joyería había retirado grandes sumas de efectivo y las había guardado en cajas de seguridad repartidas por todo el Estado. Incluso ahora, varios años después, el propio departamento de Bowen seguía descubriendo cajas llenas de dinero; la última hacía sólo unos días en el banco Liberty City, con 200.000 libras esterlinas.

Kate se encogió de hombros y dijo:

– ¿Por qué no? Todavía no ha sido ni registrado.

– Pero habrá que dar cuenta de él.

– Claro, en su día.

– ¿Cuánto vale una libra esterlina ahora?

– Alrededor de un dólar y medio -Kate frunció los labios y adoptó un aire pensativo-. Cien mil dólares de ese dinero contra el valor en Europa de mil kilos de droga en la calle. Yo diría que es dinero bien gastado.

– Y ahora supongo que vas a decirme que eres la persona adecuada para llevar a cabo esta pequeña operación.

– Claro, ¿por qué no?

– Bueno, para empezar, nunca has participado en una operación secreta.

– Era bastante buena actriz en la escuela.

– No lo dudo.

– Secreto quiere decir simplemente mentir bien. ¿Qué dificultad hay en eso? Los hombres lo hacen constantemente.

– Pero da la casualidad de que tú eres una mujer.

– ¿Es una objeción o una conjetura con fundamento, señor?

– Vamos Kate, no te erices como un puercoespin. Sólo tengo la impresión de que los tripulantes y los capitanes de esos yates son en su mayoría hombres.

Kate dio una profunda calada a su cigarrillo con los ojos entrecerrados para protegerse del humo y de los prejuicios sexuales. ¿Desde cuándo el capitán de un barco tenía que ser un hombre? Las mujeres habían navegado en solitario por todo el mundo. Había habido mujeres piratas. En aquel momento incluso había un par de mujeres almirante en la armada de Estados Unidos. Por su parte, Kent Bowen no tenía aspecto de poder capitanear ni una silla frente a su propio escritorio.

– De hecho -dijo con acidez-, da la casualidad de que uno de los otros barcos que han reservado plaza en el transporte del SYT para marzo estará tripulado exclusivamente por mujeres.

– ¿Qué son, amazonas o algo así? -dijo Bowen sonriendo.

– El barco es propiedad de Jade Films.

– ¿Jade Films? ¿Los del porno?

Kate hizo ver que se sorprendía.

– ¿Ha oído hablar de ellos?

– Había algo en Newsweek la semana pasada, creo -dijo Bowen sacudiendo la cabeza con fingida indiferencia-. Algo sobre los tipos que trabajan en la industria del sexo.

– He leído el artículo -dijo Kate-. Era un buen trabajo. Pero no creo recordar que se mencionara a Jade Films en él.

– Oh, venga ya, Kate -dijo Bowen, incómodo-, no soy de esa clase de hombres.

Kate pensó que ninguno de ellos lo era. Al menos hasta que echabas una mirada a la factura de la compañía de tele por cable; entonces resultaba que era sólo un poco de diversión inocente.

– En cualquier caso, ¿qué los ha llevado a cruzar el Atlántico? -preguntó Bowen.

– El Festival de Cine de Cannes.

– ¿Cannes?

– Está en España -dijo Kate, que sabía perfectamente que Cannes estaba en el sur de Francia.

– Ya sé dónde está. Cannes. Es algo así como el Óscar, ¿no?

– Sólo que con más clase.

– ¿Con la asistencia de Jade Films? -dijo Bowen, sarcástico-. Me resulta difícil creerlo.

– Asisten, pero no compiten por la Palma de Oro. Cannes es un mercado para cualquiera que tenga que ver con la industria del cine. Y eso incluye a gente como Jade Films. Sea como sea, lo que quiero decir es que van en un yate a diesel con hélices gemelas, de cincuenta metros capitaneado y tripulado enteramente por mujeres.

– ¿Hélices gemelas, eh? -dijo Bowen con una sonrisa de complicidad.

Kate sonrió con paciencia, esperando el chiste grosero que estaba segura vendría a continuación.

– ¿Y giran unidas o sólo juntas?

Kate mantuvo su sonrisa mientras Bowen soltaba una carcajada al estilo de Beavis y Butthead, poniendo todo su empeño en parecer divertida. Aplastando el cigarrillo igual que si se lo aplastara encima a Bowen, Kate dejó que su mirada se desviara a un lado, como escapando de la pringosa personalidad de Bowen. Pero sólo él podía autorizarla a presentar su plan ante Presley Willard, SAC del FBI en Miami. «Sé amable -se dijo-; no lo cabrees. Puede que sea un maldito caraculo, pero no tienes que incrustarle la punta del zapato en el susodicho. Síguele la corriente. Es el capullo que puede darte luz verde para un viaje gratis a Europa. Luz verde para una aventura de verdad.»

– De todas formas, ¿cómo te has enterado de eso? -preguntó Bowen-. Lo de que Jade Films va en ese trasporte.

– Igual que averigüé lo del barco de Rocky. Hemos interceptado todas las llamadas a SYT. Pensé que sería bueno saber algo más sobre las demás embarcaciones que van a ir en el mismo viaje. Mire, señor, usted mismo dijo que teníamos que movernos deprisa. Marzo está a la vuelta de la esquina y en el transporte sólo hay el espacio que hay. Si esperamos demasiado, todo se habrá quedado en una gran idea que nunca sabremos si habría funcionado o no.

Bowen se puso de pie y fue hasta la ventana. En el lado sur del puente estaba Port Everglades, el puerto más profundo de Florida. Anteriormente conocido como Mabel Lakes, había sido una marisma poco profunda en la sección ancha del canal de la costa Este de Florida hasta que el presidente Calvin Coolidge apretó un botón que se suponía haría detonar una carga explosiva que abriría la ensenada; sólo que ese botón a gran distancia desde Washington no funcionó y alguien tuvo que provocar la explosión directamente. Otra gran idea que no había funcionado. Por lo general, Bowen desconfiaba de las buenas ideas. Pero tenía que admitir que la idea de Kate de llevar su propio barco a bordo del transporte del SYT era buena.

En el muelle, Bowen veía tantas clases de embarcaciones como variedades de peces había. Barcos militares, de los guardacostas y de la policía, mercantes de las islas del Caribe, remolcadores y petroleros, cruceros llenos de turistas que se preguntaban si los iban a atracar en Miami, veleros, goletas, lanchas y yates a motor; de todo menos un tío flotando dentro de un barril.

El olor a perfume le hizo volverse. Kate estaba a un par de palmos a su espalda y le alargaba unos prismáticos. Se los llevó a los ojos y dejó que le describiera las instalaciones portuarias.

– En sentido contrario a las agujas del reloj tenemos las terminales de pasajeros y carga. De ahí salen los barcos de la SYT. Luego está el edificio de la Aduana de Estados Unidos y los depósitos de almacenamiento de gasolina; ésta es la gasolinera más grande del sur, ¿lo sabía?

Kate estaba informándolo de que conocía el puerto. Era su forma de recordarle que conocía los barcos y que estaba perfectamente capacitada para la operación que había bosquejado.

– ¿Ve aquellas cuatro chimeneas rojas y blancas? Se pueden ver desde kilómetros mar adentro. Los aficionados a la vela las utilizan como guía de navegación. Pertenecen a la Compañía de Electricidad de Florida. A su izquierda tenemos la Administración del Puerto, el World Trade Center y más terminales de carga. Volviendo hacia nosotros está el Naval Surface Warfare Center.

Bowen pensaba que el olor de Kate era tan bueno como su presencia. Debería de ser divertido trabajar en secreto junto a Kate, la chica más guapa del FBI en Miami; los dos a bordo de un yate de lujo. Quizás le sonriera la suerte. ¿No había sospechado siempre que ella sentía cierta debilidad por él? Por eso se mostraba siempre tan arisca, porque intentaba disimular la enorme atracción que sentía por él. ¿Qué otro motivo podía tener una persona para dirigirse a su jefe como ella lo hacía? Y tampoco parecía que tuvieran que hacer gran cosa en el barco. Como ella misma había dicho, era sólo cuestión de vigilar de cerca el barco de Rocky y mantener el contacto por radio con el submarino. Incluso había un submarino en el puerto. ¿Qué podía ir mal?

– No sé seguro cómo se llama el submarino -dijo Kate-, pero el portaviones es el Theodore Roosevelt de Estados Unidos. Ah, sí, y allá en la punta hay un restaurante propiedad de Burt Reynolds.

– ¿Burt Reynolds? ¿De verdad?

Kate hizo una mueca cuando Bowen trató ansiosamente de enfocar mejor el edificio estilo Misión que alojaba el restaurante. Era tan paleto, tan turista, que de no haberlo conocido hubiera pensado que acababa de llegar de Kansas.

– Burt Reynolds -repitió él embobado.

– La verdad es que no estoy segura de que todavía sea suyo -admitió Kate-. Por lo menos, desde que presentó una declaración de quiebra.

– ¿Sabes? En los setenta era casi mi actor de cine favorito.

La mueca de Kate se hizo más pronunciada. Cielos, aquello era el no va más. Estaba con el único tío en el mundo entero a quien le había gustado Los caraduras.

– ¿Sabes?, me parece que puedo convencer a Presley de que es una buena idea -dijo Bowen, devolviéndole los prismáticos.

– Estupendo.

– ¿Dijiste dos tripulantes?

– Sólo dos.

– No hay ninguna misión secreta que carezca de peligros -dijo pomposamente-, pero también es posible que podamos divertirnos mientras dure.

– ¿Podamos? -dijo Kate tragando con dificultad.

Bowen miró su barato reloj deportivo.

– ¿Por qué no vamos al restaurante de Burt y hablamos de ello mientras almorzamos?

– ¿El restaurante de Burt?

Kate se preguntó si Bowen no habría oído lo que había dicho sobre la quiebra.

– Sigue abierto, ¿no?

– Sí, vale. Si usted quiere… -dijo Kate, mientras pensaba si habría algún refrán contrario al de «No hay mal que por bien no venga».

En el Jimmy de Bowen, mientras se dirigían hacia el muelle A y el restaurante, se las arregló para animarse con la idea de que quizás pudiera desviarlo de su propósito, hacerle abandonar por completo la idea de ir con ella. Quizás podría pintarle el cuadro de una travesía trasatlántica en el que las olas fueran dos veces más altas que en la obra maestra de Géricault, La balsa de la Medusa. Quizás, con unas cuantas imágenes bien escogidas durante el almuerzo, conseguiría que aquel marinero de agua dulce se acojonara. Cuando llegaron a Burt & Jack's, Kate había recuperado el equilibrio y no prestó apenas atención a un informe de la radio que hablaba de una huelga de controladores aéreos. Incluso si lo hubiera escuchado no habría tenido razón alguna para pensar que la huelga iba a durar más de un par de días ni tampoco para suponer que tendría repercusiones en el viaje que el navío semisumergible del SYT, el Grand Duke, iba a realizar en marzo. En aquel momento sólo tenía una cosa en la cabeza y era que, de la manera que fuera, tenía que disuadir a Kent Bowen de la idea de hacer el viaje a través del Atlántico, pero sin poner en peligro su apoyo a la operación. Mientras entraba en el restaurante se dispuso a contarle una historia a su jefe que haría que la tormenta de El motín del Caine pareciera una excursión a Pleasant Valley.

12

Inspirado por Jimmy Figaro en la compra de una escultura para su despacho, Tony Nudelli compró también un bronce para el edificio de la piscina. Una Marilyn Monroe de tamaño natural, tal como aparecía en La tentación vive arriba, con su falda blanca congelada en todo su volumen cuando pasaba sobre la reja de ventilación del metro.

– Bonita -dijo Al-. Tiene mucha clase.

– Me alegro de que te guste -dijo Nudelli-. Me ha costado una jodida fortuna. Y algo más. Las mejoras que mandé hacer me costaron casi tanto como el bronce original.

Al frunció el ceño y miró más de cerca a Marilyn. El vestido sin espalda, los grandes pechos, la misma mirada de deleite extático en su cara de rubia alocada. Estaba exactamente igual que la recordaba de la película; hasta en el barniz rojo de las uñas de los pies. Finalmente, admitiendo su derrota, dijo:

– De acuerdo, me rindo. No veo ninguna diferencia. ¿Cuáles fueron exactamente esas mejoras que mandaste hacer?

Nudelli sonrió.

– Echa una ojeada por debajo del vestido -sugirió.

– Bromeas -dijo Al.

Pero se inclinó, miró entre las piernas de Marilyn y soltó una risotada. Las bragas blancas que llevaba en la película habían desaparecido y lo que había en su lugar tenía un aspecto tan real como si fuera una bailarina encima de una mesa meneando el conejo delante de tu cara a cambio de un billete metido debajo de su liga. Real hasta en el corte en medio del vello púbico.

Aún riéndose, Al dijo:

– Bueno, eso es lo que yo llamo un tema de conversación.

– Eso pensé yo.

– Es una preciosidad, Tony, una preciosidad.

– Estoy pensando en colocarla encima de alguna especie de mesa. En ésta no puede ser; la estatua es demasiado pesada para el cristal. Pero quiero poder mirar ese corte de vez en cuando, siempre que me apetezca.

Encendió un puro y le dio unas chupadas, observando, feliz, como Al se ponía en cuclillas para echar otra mirada, esta vez más de cerca.

– ¿Puedo tocarle el conejo?

– Adelante.

Al extendió el brazo y apoyó la palma de la mano sobre las partes privadas de Marilyn, riéndose como un niño.

– Nunca pensé que llegaría a darle al índice con Marilyn.

– Tú y Bobby Kennedy.

– Y no nos olvidemos de Jack. Feliz cumpleaños, señor Presidente -canturreó.

– Parece que le gusta, Al.

– Siempre he sabido cómo satisfacer a una mujer, ¿sabes? Es todo una cuestión de tener mano. Tío, me gusta.

– ¿Quién dice que el arte moderno no significa nada?

– No seré yo. A mí no me oirás quejarme.

Para regodeo de Tony, Al fingió olerse el índice, aspirando con cada orificio de la nariz a lo largo del nudoso y peludo dedo como si fuera el mejor cigarro del humidificador de palisandro de Tony.

– Lástima que no pudieras hacer que fuera de rascar y oler – dijo.

– Estoy en ello -Nudelli señaló con un gesto de su Cohiba hacia el asiento que tenía frente a él-. Siéntate, Al. Tenemos que hablar de negocios.

– Me lo imaginaba.

– La longitud y latitud que te dio ese Delano. Hice que los chicos de mi barco la buscaran en sus cartas de navegación. Parece que es un punto al noroeste de las Azores, sobre la plataforma del Atlántico medio. En cualquier caso, lo arreglé todo como quería Delano. Un carguero procedente de Nápoles se encontrará con vosotros en esa posición náutica. Es el Ercolano. Lleva desechos de gran volumen. Artículos sueltos como bobinas de cable, trastos viejos, vigas de acero, basura demasiado grande para meterla en contenedores. Pero también mármol italiano para los cuartos de baño de lujo y las cocinas para gourmets de Estados Unidos. Volveré a eso dentro de un minuto. El agente del Ercolano en Nápoles es una compañía llamada Agrigento. He hecho negocios con ellos antes y son fiables al ciento por ciento para nuestros propósitos. Al capitán se le ha dicho que tiene que encontrarse con una embarcación con dificultades en esa posición y que recoja a un pasajero y la carga. Esconderá el dinero en un sarcófago de mármol que va destinado a un tipo rico de Savannah que ha muerto.

– Enterado -dijo Al asintiendo.

– Además, observarás que he dicho «un pasajero». No en plural, sino en singular; refiriéndome a tí, Al -Tony dio una chupada al puro y por un momento pareció dudar de algo-. Cómo lo hagas, es cosa tuya, amigo, pero no quiero que Delano vuelva aquí con el dinero. Para no andar con rodeos, lo quiero muerto. Imagino que lo necesitarás vivo sólo hasta que lleguéis a la cita con el Ercolano. Si yo fuera tú, acabaría con él antes de subir al Ercolano y luego hundiría el yate, como él planeaba. Sólo que el cuerpo de ese hijo de puta estará todavía a bordo.

Tony hizo una pausa y estudió la cara grande y abierta de Al durante un momento. Era consciente de que Al había llegado a conocer a Delano bastante bien durante el viaje a Costa Rica. Estudió el extremo rojo y ceniza de su puro durante un momento, notando el calor en la mejilla y dijo:

– ¿Tienes algún problema al respecto?

Al negó con la cabeza.

– Ningún problema en absoluto. Delano tiene una lengua muy afilada. En el viaje de vuelta no paró de tocarme las pelotas con esto y aquello. Hubo un par de veces en que me hubiera gustado saltarle los sesos allí mismo. ¿Sabes qué le dije? Que me sorprendía que no le hubieran sacudido bien en Homestead -Al sacudió la cabeza con amargura-. Y seguro que irá a peor.

– ¿El qué?

– Lo de joderme. Como por ejemplo, con la huelga de controladores aéreos.

– No me lo recuerdes -dijo Tony-. Tuve que ir a Nueva York en tren por culpa de esos mamones. El país se está yendo a la mierda.

– Por desgracia, no hay tren hasta Europa. Parece que un montón de propietarios de barco que quieren cruzar el Atlántico esta primavera han decidido ganarle la mano a la huelga y viajar con sus barcos.

– ¿Y?

– Y Delano ha hecho la reserva en la SYT inscribiéndose él como propietario y a mí como tripulante. Va a estar dándome órdenes constantemente. Tocándome las pelotas, como si yo fuera un asalariado.

Tony se esforzó por no reírse.

– Recuerda esto, Al -dijo-. Esa lengua afilada va acompañada de un cerebro también afilado. No lo olvides, es judío, y los judíos son inteligentes. No cometas el mismo error que Willy El Tuerto. No subestimes a ese hebreo.

– Vale, vale -asintió Al, impaciente.

– Y no dejes que te haga perder los estribos. Puede que haya una razón detrás. Así que mantén el control y ofrece la otra mejilla. Hay dos cosas que tienes que recordar si empieza a tomarla contigo. Una, cuando todo esto acabe tú vas a romperle el jodido culo, y dos, vas a quedarte con su parte del dinero. Eso tendría que aligerar el peso de tu cruz. ¿Qué me dices?

– Sí, tienes razón. Gracias, Tony.

– Una cosa más. Vigila que no seas tú a quien traicionen. El Atlántico es muy grande, Al. Y la historia reciente nos enseña que muchas cosas pueden ir mal en el océano.

– A mí me lo dices -dijo Al-. Aquel chaval del que te hablé…

– Si pasa eso…

Nudelli exhaló una nube de humo y observó cómo flotaba en el aire entre los dos, como sí estudiara el alcance de la amenaza que quería comunicar al otro hombre. El humo se desplazó lentamente subiendo por la falda de bronce de Marilyn, añadiendo un toque infernal a su famosa pose. Había conocido a Marilyn de verdad; la había visto una vez, poco antes de que muriera, cuando iba con Sam Giancana. Una chica agradable. Era una vergüenza lo que le había pasado. Sólo que no había sido Sam quien había ayudado a adelantar su muerte.

– Si algo saliera mal -dijo-, puedes estar seguro de algo; yo puedo ser tan cruel como cualquiera de los cabrones de los Kennedy, incluyendo a Joe.

Nunca habían sido una familia unida. Tal como Dave lo veía, ni siquiera fueron una familia.

Era la historia habitual. Un padre que bebía; era su origen ruso. Una madre que estallaba; era su origen irlandés. Y su hermana, con un embarazo no deseado y un novio que no se casó con ella. Bueno, no puede decirse que fuera culpa de Nick. Probablemente Nick Rosen se habría casado con ella si alguien no le hubiera cortado el cuello antes.

Para cuando cumplió los veinte, Dave más o menos había terminado con ellos. Con la ocasional excepción de Lisa. No es que tampoco fuera de mucha ayuda para ella. Sólo arreglárselas para seguir viviendo él ya era bastante difícil sin tener que cargar con el peso de sus problemas. Pero por lo menos, había tratado de ayudarla. Una vez. Puede que ahora, después de cinco años, fuera el momento de intentarlo otra vez. Puede. Fue así como se encontró conduciendo hacia su deprimente casa de dos dormitorios en las afueras del bulevar Hallandale Beach unas dos semanas después de volver de C.R.

Dave salió del Miata con su bolsa de deporte Nike y subió por el camino. Llamó a la combada puerta de madera y un perro grande empezó a ladrar dentro de la casa. Esperó. Todavía no era mediodía. Una hora estúpida para ir de visita. Quizás se hubiera ido a trabajar, aunque las cortinas estaban corridas y había un desvencijado Mustang rojo aparcado enfrente. Un coche que antes había sido suyo. ¿Cómo podía haber dejado que se oxidara así?

Volvió a llamar. Esta vez, cuando el animal ladró, oyó que alguien lo maldecía. Al cabo de un par de minutos la puerta se abrió chirriando y allí, ajustándose un delgado batín, una especie de kimono, en torno a su cuerpo desnudo y demasiado gordo, estaba Lisa. Más vieja de lo que la recordaba; pero es que lo era, claro. Y más dura también; como si la vida no la hubiera tratado demasiado bien. Quizás si Nick no hubiera muerto hubiera sido diferente. Pero al diablo con todo aquello, se dijo. Era él quien había pasado los últimos cinco años entre rejas. ¿Y acaso había pensado ella en ir a verlo? ¿En hacer algo más que escribir un par de cartas llenas de faltas de ortografía? No lo había hecho.

– Dave, Dios mío -dijo, evidentemente nerviosa-. Caray. Has salido.

– Hola Lisa.

Un perro increíblemente grande llegó hasta la puerta, empujándola por detrás con un morro del tamaño de una caja de zapatos y gruñendo suavemente. Parecía un Dobermann que se alimentara de esteroides en forma de galletas de chocolate.

Ella empujó el perro hacia dentro de la casa y dijo:

– Sólo es mi hermano pequeño.

Dave no estaba seguro de si estaba hablando con el perro o con alguien de dentro de la casa. Alcanzó a ver un sombrío interior y sus agudos ojos repararon en la tele vieja, un sofá sucio y apolillado, una mesa con una botella de bourbon medio vacía y, al lado de la botella, como incongruentes recién llegados, dos billetes nuevos de 100 dólares.

– No estaba seguro de encontrarte -dijo Dave.

Ella se encogió de hombros, y siguió tratando de encontrar una sonrisa. Cuando apareció, era una sonrisa violenta.

– Bueno, pues aquí me tienes. Tendrías que haber llamado – añadió, echando una mirada por encima del hombro.

– Estaba cerca de aquí -mintió Dave-, de paso. Así que pensé que podía acercarme a verte, decirte hola y ver qué tal estabas.

– Es que en este momento es un poco inoportuno.

Dave podía adivinar lo que había interrumpido.

– ¿Un nuevo novio?

Lisa sonrió sin ganas y asintió con muy poco convencimiento.

– Sí.

– Me alegro.

– Estábamos… -Una mirada avergonzada llenó los puntos suspensivos-. Me sentiría incómoda si te dejara entrar. Mi ropa interior está tirada por todas partes.

Dave sonrió y dijo:

– La misma vieja Lisa de siempre.

Ahora ella miraba más allá de él, al vecindario.

– Eh, nada de vieja Lisa, ¿quieres? Sólo tengo cinco años más que tú.

Era verdad. Ahora se acordaba. Ella tenía su actual edad cuando lo metieron en Homestead. Dave estaba a punto de decir algo sobre eso, pero lo dejó correr. No estaba allí para reprocharle nada, sino para ayudar.

– Te he traído un regalo -dijo, dándole la bolsa. Dentro había dos paquetes, cada uno con 50.000 de los 250.000 más intereses que Jimmy Figaro le había entregado-. De hecho, hay uno también para mamá.

– Vaya, gracias Dave -dijo y, vacilante, le acarició el pelo.

Cuando lo tocó, su olfato detectó un olor dulce y empalagoso que le hizo pensar en los bebés. Estaba en sus manos, como una especie de brillo.

– Prométeme que sólo lo abrirás cuando estés sola -dijo.

– Claro, de acuerdo.

Frunció el ceño y se rió al mismo tiempo.

– ¿Qué has hecho: robar un banco o algo así?

– Todavía no.

– Oye, ¿por qué no vuelves dentro de una hora más o menos y hablamos. No soy muy buena cocinera, pero bueno, qué demonios, nunca te quejaste cuando eras un crío y tu hermana mayor te preparaba la cena.

Ahora recordaba el olor. Era aceite para bebés. Aceite para bebés Johnson's. Sumó eso a los dos billetes de cien y al anónimo novio que había allá dentro en el dormitorio, y una desagradable idea fue abriéndose camino en la imaginación de Dave.

– ¿Qué me dices, hermanito? Sería como en los viejos tiempos.

Ahora le tocaba a Dave mostrarse evasivo.

– Me gustaría, Lisa, de verdad, pero tengo un día muy apretado.

No era necesario que dijera nada. Se dijo que no tenía derecho a hacerlo. Cualquier obligación que tuviera hacia ella, la había cumplido, ¿no? Cincuenta mil dólares por cabeza era pagar un montón por muy poca educación. Ahora lo único que quería era salir lo antes posible de allí. Con una sonrisa forzada que era un reflejo del amargo rictus de la sonrisa de Lisa, Dave retrocedió hacia su coche.

– En otra ocasión, ¿eh?

– Claro, cariño, pero llama antes, ¿vale? -le respondió ella; como si él fuera un cliente cualquiera.

– Lo haré.

Se subió de un salto al descapotable y puso en marcha el motor.

– Bonito coche -dijo ella-. ¿Estás seguro de que no has robado un banco?

– Todavía no -repitió, y con un rígido saludo se alejó, tratando de no pisar el pedal del acelerador hasta el fondo para que no pareciera que, de repente, estaba desesperado por apartarse de ella.

Y al mismo tiempo se sentía avergonzado, avergonzado por lo que se sentía; sólo otro putero en la vida de su hermana, alguien que le daba dinero y luego escapaba. Su propia hermana, su propia hermana.

Kate Furey estaba enseñándole el barco a Kent Bowen. El Carrera estaba amarrado al lado de docenas de yates en el canal intercostero de Fort Lauderdale, a dos pasos de R.J.'s Landing, uno de los mejores restaurantes del puerto. Bowen ya había sugerido que podían almorzar allí, pero Kate le había dicho que aún tenían mucho que hacer si querían que aprendiera lo antes posible el vocabulario de los yates y de su equipamiento. Ya había ideado una forma de compensar su falta de conocimientos marinos, pero quería castigarlo un poco por no haberse asustado con sus mejores historias sobre borrascas y mareos. Un taxi acuático pasó por su lado con una pareja vestida de novios. Saludaron con la mano y, desde la soleada sala de la cubierta de popa donde Kate y él estaban, Bowen les devolvió el saludo.

– No ha estado escuchando ni una palabra de lo que he dicho.

– Claro que sí -dijo Bowen.

Escéptica, Kate señaló hacia los pescantes que había por encima de su cabeza.

– Bueno, veamos. ¿Qué es eso? -preguntó.

– ¿Quieres decir esas cosas que sujetan la barca?

Kate hizo un ruido inhumano que parecía el timbre de respuesta equivocada de los concursos de la tele.

– Incorrecto. Eso no es una barca; es un bote. ¿Y a qué está sujeto el bote?

– A una grúa, me parece.

Kate volvió a repetir el ruido.

– Pescantes. Se llaman pescantes. Mire, señor. Kent. Esto no va a funcionar a menos que se familiarice un poco con los nombres correctos de las cosas. Gracias a Dios, no tendrá que gobernar el barco, pero es probable que tenga que hablar de él con la gente de los otros barcos. Sabe, como si estuviera orgulloso de él. Y por cierto, esos zapatos que lleva, tendrán que desaparecer.

Bowen miró sus Air Nikes.

– ¿Qué hay de malo en ellos?

Kate sacudió la cabeza con firmeza y dijo:

– No es calzado adecuado para un barco, eso es lo que tienen de malo. Un auténtico marino no querría que lo vieran con esos zapatos ni muerto. Pero eso lo podemos arreglar. Podemos parar en algún sitio por Las Olas cuando vayamos al puerto. Seguro que hay una tienda para hombres o un proveedor de buques en el bulevar. Lo mejor son los Docksiders. De piel, con la suela de goma lisa. Por lo menos, puede tener el aspecto del personaje, aunque la joda con el vocabulario.

Kate cruzó una puerta cristalera y entró en el salón, donde había un sofá de piel muy cómodo, colocado a babor de la popa, frente a un televisor enorme. Un sofá más pequeño y una encimera estrecha, empotrada, con armarios de madera de arce, cubrían el lado de estribor del salón. La disposición del mobiliario impulsó a Kate a hacerle otra pregunta a Bowen. Señaló una mesa de comedor circular para seis personas que estaba situada por delante de donde estaban.

– ¿Estoy señalando a babor o a estribor?

Bowen se quedó pensativo. Impaciente, Kate empezó a chasquear los dedos.

– Babor -dijo él.

– Vamos, hay que contestar más rápido. Como si le pregunto cuál es la derecha y cuál la izquierda.

La siguió a través del salón echando una mirada de pesar en dirección al televisor de 27 pulgadas. Deseó poder agenciarse una Corona helada del refrigerador y sentarse a mirar las finales de fútbol en la televisión de su camarote. Pasando los dedos por encima de la madera de un acabado satinado dijo, con una punta de sarcasmo:

– Entonces, ¿cómo se llama esta parte del barco en ese glosario McHale's Navy tuyo?

– El comedor.

– Hablando de preguntas tontas…

Subieron por una escalera recubierta con una espesa alfombra.

– Eh, vaya cocina -observó Bowen-. Mira esto.

Kate repitió de nuevo el sonido que indicaba que había dado una respuesta equivocada.

– Es la galera -dijo.

– ¿Como lo de los esclavos? Cielos, nunca voy a aprenderme todas esas palabras -dijo Bowen suspirando.

– Bueno, es probable que no importe tanto. He pensado en una forma de justificar su ignorancia.

– ¿Ah, sí? -dijo Bowen conteniendo una pasajera irritación.

– A causa de la cobertura del seguro me vi obligada a inscribirle a usted como propietario y a mí como capitana. Muchos propietarios han decidido viajar con su barco debido a la huelga de los controladores aéreos. Parece que se va a prolongar un tiempo. Así que, en esas circunstancias, no parecerá tan extraño que venga con nosotros.

– No puedo ver cómo ayuda eso -dijo Bowen-. ¿Por qué el propietario tendría que saber menos que la tripulación?

Kate sonrió.

– Para muchos propietarios, un yate es sólo una casa flotante. Otro juguete caro. Créame, no es raro que esos tipos no sepan una puta mierda de sus barcos. -Kate estaba pasándoselo en grande-. Así que es probable que su total y completa ignorancia pase inadvertida.

– De acuerdo. -Bowen miró alrededor con aires de propietario-. ¿Sabes?, siempre he querido ser dueño de una de estas cosas.

– También me he tomado la libertad de invitar a Sam Brockman a unirse a nuestra tripulación para completar el número -añadió Kate.

– ¿Sam Brockman? -Bowen no pudo evitar mostrarse decepcionado-. ¿El de los guardacostas?

Kate observó la cara que ponía y sonrió. Guardacostas. Qué risa. Más bien guardaespaldas, por si Bowen pensaba intentar alguna cosa cuando estuvieran en alta mar.

– Bueno, piénselo. No habría parecido normal que sólo estuviera yo como tripulante -dijo Kate-. Y después de todo, es el barco de su departamento; por lo menos hasta que lo saquen a subasta. Lo recogeremos en la estación Lake Mabel, de camino hacia la terminal de carga del SYT.

Bowen se esforzó por mostrar una actitud positiva respecto a la inminente llegada de Sam Brockman a bordo.

– Estoy seguro de que es una buena idea. Especialmente, con sus conocimientos, esto, náuticos.

Pero Kate no había terminado.

– Eso significa, claro, que cuando estemos con otras personas no debemos tratarnos con demasiada confianza. Yo le llamaré señor, como de costumbre. Todo el mundo dará por supuesto que usted es sólo otro plutócrata de Miami con más dinero que sensatez. Señor.

– Eso no me causa ningún problema, Kate -Bowen ya estaba pensando en una manera de explotar su nueva posición como rico propietario de barco-. ¿Sabes una cosa?, voy a ver si encuentro los servicios.

– Baño, señor.

– ¿Cómo dices?

– A bordo, señor, se llama baño.

– Oh, el baño; bueno, pues allí es donde voy -Bowen se rió. Se le acababa de ocurrir una cosa-. Y luego me agenciaré una cerveza fría y, como cualquier plutócrata convincente con más dinero que sensatez, voy a sentarme, con los pies en alto, a mirar el partido por la tele.

– Tendríamos que continuar la visita al barco, señor -opinó Kate-. Hay todavía muchas cosas que tendría que ver. Las máquinas. El sistema de comunicaciones. Los ordenadores del barco.

Bowen sacudió la cabeza.

– Kate, lo único que quiero ver ahora mismo es como los Chiefs destrozan a los Dolphins.

Observando la cara de Kate, añadió:

– Soy de Kansas, ¿recuerdas? -Volvió a bajar las escaleras-. Hágamelo saber cuándo estemos en marcha, capitán. Estaré en mis dependencias.

Kate observó cómo se marchaba, lanzando un silencioso «capullo» a las espaldas de Bowen. Uno o dos segundos después tuvo la satisfacción de oír cómo se caía por la escalera de caracol que conectaba la cubierta inferior del buque con el salón y el comedor.

– Capullo -repitió, y subió por la escala de cámara de babor hasta la timonera, donde empezó a familiarizarse con el dinámico sistema informático de comunicaciones del Carrera. Casi se sintió decepcionada al descubrir lo fácil que sería gobernar el barco. Con su exhaustivo sistema de detección y resolución de errores, el Carrera estaba tan bien equipado que el mismo Bowen podría haberlo pilotado. Deseó que la parte de su misión en la que estaría obligada a llevar el barco pudiera durar más que los escasos minutos que tardaría en ir hasta Port Everglades.

Kate puso en marcha los motores y luego salió a cubierta para recoger las defensas laterales. Podría haberle pedido a Bowen que la ayudara, pero quería ahorrarse el inevitable chiste que eso habría traído consigo.

«Mira Kate, no tienes que preocuparte por levantar tus defensas contra mí…»

Kate contrajo los labios con desagrado.

– Eso se acabó -dijo, y empezó a tirar de una cuerda deseando que estuviera atada al cuello del cretino de Bowen.

13

Jack Jellicoe, patrón del Grand Duke, de pie en el ala del puente, contemplaba la escena que se desarrollaba por debajo de él con creciente desagrado. Ya era bastante malo que se viera obligado a transportar aquellos caros juguetes a través del Atlántico. Si, para empezar, se hubieran comprado unos yates adecuados, con velas, quizás podrían haber hecho la travesía sin ayuda. Ya era bastante malo que tuviera que tener contacto con sus capitanes, demasiado bien pagados y demasiado poco capacitados; la mayoría de ellos no distinguían una pedorreta de un castillo de proa. Ya era bastante malo saber que algunos de esos cabrones asquerosamente ricos, propietarios de los tupperware flotantes que estaban entrando en su barco también iban a hacer el viaje con él. Pero que su propio consignatario le dijera que sus propietarios, capitanes y tripulación debían tener libre acceso a sus embarcaciones durante la travesía, era más de lo que el alto inglés podía tragar.

– Aclaremos esto, señor Sedeno -dijo secamente, dirigiéndose al hombre más bajo, con gafas, que estaba a su lado-. ¿Espera usted que cruce el Atlántico, uno de los océanos más peligrosos del mundo, para entregar sanos y salvos cincuenta millones de dólares en caravanas y casas flotantes impermeabilizadas, por no hablar de sus propietarios, esos nombres de la lista de los quinientos de Forbes, y que al mismo tiempo permita que esos cretinos de pies planos suban y bajen por mi barco haga el tiempo que haga sin que ninguno de ellos se caiga por la borda y se ahogue?

– Venga ya, Jack -dijo Sedeno con voz cansina-. Todo eso no son más que sandeces. Los dos sabemos que no será especialmente peligroso. No creo que vaya a encontrarse con un tiempo especialmente malo por la ruta de las Canarias.

Jellicoe miró fijamente hacia estribor como si escudriñara los muelles en busca de un argumento mejor.

– Bueno, ¿y qué pasa con las aseguradoras de los barcos? ¿Qué dicen sobre todo esto?

– Sólo somos responsables de los navíos, no de los pasajeros que haya a bordo de ellos. Todos han hecho sus propios seguros personales.

Jellicoe meditó durante un momento, temblándole su gran mandíbula, mientras se estrujaba el cerebro en busca de otra objeción más.

– Las baterías -dijo, triunfante-. Las baterías de los barcos.

– ¿Qué pasa con ellas?

– Sólo esto: si van a bordo de sus yates, ¿de dónde van a sacar la energía? ¿Eh? -Una pequeña sonrisa de satisfacción apareció en su cara enjuta y barbuda-. Dígame de dónde, si puede. Sin tener en marcha los motores, sus baterías se descargarán en un abrir y cerrar de ojos. Y me gustaría ver qué multimillonario puede pasarse sin su cena de langosta preparada en el microondas y sin su televisión mientras se la embute cuello abajo.

Sedeno se encogió de hombros.

– Muchos de ellos tienen paneles de energía solar, y otros sólo necesitan poner en marcha los motores en punto muerto para recargar las baterías. Es algo que puede organizarse de forma rotativa, para minimizar el riesgo de incendio. No, eso tampoco es un problema.

Jellicoe se agitó, visiblemente nervioso.

– A continuación me pedirá que organice una partida de aros en cubierta. Soy el patrón de un mercante, no el capitán de un crucero. ¿Qué se supone que tengo que hacer con ellos? Ya tengo bastante con gobernar el barco sin añadir el esfuerzo de ser amable.

– Jack, Jack, seguro que eso no es un gran esfuerzo -argumentó Sedeno.

Uno de los dos oficiales que estaban en el puente soltó la risa y Jellicoe se volvió para mirarlo, enfurecido. Al igual que él, vestía el uniforme tropical de la Marina Mercante Británica: zapatos blancos, calcetines blancos, pantalones blancos, camisa blanca con charreteras y gorra blanca.

– ¿Le divierte alguna cosa segundo oficial? -le preguntó.

– No, señor.

– Entonces siga con su trabajo. Por supuesto, espero demora visual de posición antes de salir del puerto. No la demora y alcance por radar. No habrá ninguna negligencia de ese tipo en este barco, ¿lo entiende?

– Sí, señor.

– Tercer oficial, quiero que haga un registro en busca de polizones en cada una de esas cestas de picnic llamadas yates.

– Hay diecisiete, señor -protestó el tercer oficial del buque.

– Estoy seguro de que no tengo que recordarle, tercer oficial, que la búsqueda de polizones es una práctica normal de navegación al salir de puerto. Quiero la firma de todos los capitanes de yate supernumerarios.

– ¿Me buscaba alguien?

La voz pertenecía a una amazona alta y rubia vestida con una camisa y pantalones cortos rosas de Ralph Lauren. Jellicoe se dio la vuelta con rabia. Junto con los gatos y el alcohol, no se permitía la presencia de mujeres en el puente de Jellicoe bajo ningún pretexto.

– Soy Rachel Dana, capitana del Jade -dijo ella.

– ¿De verdad?

Jellicoe vio la mirada de Sedeno y forzó una sonrisa.

Rachel señaló el yate más grande, cerca del puente.

Jellicoe siguió la línea de su antebrazo bien musculado y bronceado y de una larga uña pintada de rosa.

– Magnífico -concedió.

– ¿Verdad que sí? Fue construido en 1992 según la clasificación ABS A1 y AMS.

Jellicoe trató de parecer impresionado, aunque no tenía ni la más remota idea de lo que significaba todo aquello.

– Normalmente navegamos con unos diez tripulantes, pero dado el carácter de este viaje, hemos reducido el número a tres.

– ¿De verdad? ¿Y, esto, cómo se sienten los hombres al tener una mujer como capitana?

– Lo ha observado, ¿eh? -Rachel sacudió la cabeza-. No hay hombres entre la tripulación del Jade. Sólo chicas. Es una tripulación formada enteramente por mujeres. Podría decirse que es un pequeño alarde del propietario. Algo así como Los Angeles de Charlie.

– Fuera de las páginas de Homero, nunca había oído algo así -dijo Jellicoe con brusquedad-. Vaya, vaya.

– Bueno, pensé que tenía que venir y presentarme. Y no pude evitar oír lo que decía hace un momento. ¿Hay algún problema?

– Jack, ¿hay algún problema? -preguntó Sedeno.

Jellicoe no dijo nada.

– Si sigues poniendo objeciones a todos esos supernumerarios, siempre puedo firmar las hojas de ruta personalmente – añadió Sedeno.

– ¿Acaso he dicho que hubiera algún problema? Me limitaba a hacer lo que cualquier capitán responsable haría en estas circunstancias. Estaba hablando de todo lo que puede ser potencialmente peligroso.

– Supernumerarios, ¿eh? -dijo Rachel-. Así es como nos llama a los pasajeros, ¿verdad?

Jellicoe se sentía a la vez irritado y atraído por la mujer de rosa. Las mujeres a bordo de un mercante siempre eran un motivo de distracción. Especialmente si eran tan atractivas como aquélla. Veía que sus oficiales ya habían reparado en el relieve de los pezones de Rachel en su polo de algodón. Por no hablar de los pechos, grandes y agresivos.

– Así es -dijo Sedeno-. Verá, no podemos llamarlos pasajeros porque eso significa que tendríamos que cumplir con un conjunto de normas de navegación totalmente diferentes. Tendríamos que hacer cosas como, por ejemplo, llevar un médico a bordo, en lugar de arreglárnoslas con el carpintero del barco -explicó y rió su propio chiste-. Así que les llamamos supernumerarios. O supernumos para abreviar. -Sonrió más ampliamente al añadir hábilmente un cumplido-. Parece que la parte de super la hemos acertado, a juzgar por su aspecto, capitana Dana.

– ¿Nos acompañará durante el viaje? -preguntó ella con frialdad.

– Me temo que no. Mis negocios en Fort Lauderdale me lo impiden. Felipe Sedeno a su servicio, señora -dijo tendiéndole una mano peluda-. Soy el agente consignatario. Y éste es el patrón del barco, el capitán Jellicoe.

– Encantada de conocerlo. Tiene usted un buque fascinante, capitán.

– ¿De verdad? -Jellicoe avanzó hasta la ventana del puente, llevando a Rachel Dana con él, y miró, melancólico, hacia abajo, a la silueta esculpida, casi sensual, del Jade-. No es más que un transbordador de coches con pretensiones. Igual que todos esos cargueros ro-ro que vienen y van en este puerto.

– ¿Ro-ro?

– Es un término de la marina mercante. Es carga que puede entrar rodando y salir rodando [Roll-on-Roll-off]. Supongo que nosotros somos más bien flo-flo, si entiende lo que quiero decir. De cualquier modo, la belleza no es nuestro punto fuerte; eso lo dejamos para nuestros clientes.

Confundiendo la torva mirada de Jellicoe con admiración por su barco, Rachel Dana le preguntó si le gustaría visitar el Jade.

– Gracias, pero tendrá que ser en otro momento -dijo él-. Tengo trabajo en cubierta -Jellicoe se volvió hacia su segundo oficial-. ¿Dónde está el primer oficial?

El segundo oficial señaló hacia fuera.

– Supervisando el embarque de la carga -dijo con un tono de «dónde quiere usted que esté».

Jellicoe volvió a ponerse la gorra.

– El puente es suyo, mister Niven. Estaré en cubierta.

– Sí, señor.

– Me temo que nos encontrará mucho menos protocolarios en el Jade -dijo Rachel.

– Oh, no lo somos tanto, ¿sabe? -dijo Jellicoe mirando, receloso, hacia sus dos oficiales, como si les desafiara a contradecirlo.

– Bueno, será mejor que yo también me vaya -anunció la capitana Dana, y siguió a Jellicoe fuera del puente y por la estrecha pasarela que se extendía a lo largo de la pared del dique que, con sus seis metros de alto, constituía el lado de estribor del Grand Duke.

Bajo la atenta mirada de un oficial de baja estatura y escaso pelo, vestido con el mismo uniforme tropical que Jellicoe, una serie de estibadores y tripulantes de los yates iban arrastrando un lujoso barco de pesca deportiva de veinticinco metros hacia la popa del Jade por medio de dos pares de cables amarrados a la proa del pesquero.

– Vigilad ese jodido raíl de proa -rugió el primer oficial con un fuerte acento cockney-. Se lo vais a meter por el culo, ¿no me oyes? -Apartó la mirada cuando el raíl se detuvo a cinco centímetros de la popa del Jade-. Pedazo de cabrón subnormal – murmuró y luego suspiró cansado, al ver acercarse a Jellicoe seguido por la capitana Dana.

El primer oficial dijo:

– No pasa nada. Todo está bajo control. No ha habido daños.

– Me alegro de oírlo -respondió Dana-. Detestaría empezar este viaje con un pleito contra su compañía por manejo negligente de la carga.

Jellicoe miró alrededor y sacudió la cabeza. La mujer confirmaba ya sus peores temores para la travesía.

El primer oficial se rió, irónico, y señaló con un sucio pulgar hacia uno de los estibadores del puerto.

– Iría mejor si algunos de esos cabrones retrasados hablaran inglés. Esta jodida ciudad se parece más a La Habana cada vez que atracamos.

– A nosotros no nos lo cuente -dijo Rachel, subiendo al techo de la cabina de popa, donde había una plataforma para tomar el sol lo suficientemente grande para seis personas-. Dígaselo a ese hijo de puta de Castro.

Cuando se hubo ido, el primer oficial frunció el ceño y dijo:

– ¿Qué le ha dado?

Jellicoe suspiró con fuerza.

– Sigue con tu trabajo, Bert -dijo-. Estaré en mi camarote.

– Qué bien viven algunos -gruñó el primer oficial, y luego miró con cara de pocos amigos al estibador que había en el puente del pesquero, con una defensa del tamaño de un sillón caída a sus pies.

– ¡Eh, tú! -le dijo chillando-, ¿vas a quedarte ahí sentado sobre esas jodidas defensas o vas a ponerlas sobre la banda como se supone que tienes que hacer?

El hombre levantó los ojos hacia Bert y dijo en español:

– No comprendo. Más despacio, por favor.

– ¿Que tú qué?

Un Dave Delano con el pecho desnudo salió rápidamente de la timonera, se deslizó por el techo hasta el puente y, mientras el estibador seguía ponderando para qué servía la defensa y qué querían decir las palabras del oficial, la cogió y la colocó sobre la banda de estribor.

Bert agitó el brazo y dijo:

– Un poco más. Vale, así está bien. Átela.

Dave se secó la frente y dijo:

– Muchas gracias.

– No hay de qué -respondió Bert-. ¡Por todos los infiernos!

– ¿Qué pasa?

– Esa barriga suya, eso es lo que pasa.

Dave se miró el estómago y dijo:

– ¿Qué le pasa a mi barriga?

– Échele una mirada -dijo Bert sonriendo-. Es como una jodida tabla de lavar. Mire la mía.

Señaló con la barbilla hacia abajo, a la enorme barriga que tiraba del cinturón de sus pantalones blancos.

– Es como llevar un miembro extra enrollado alrededor de la cintura para casos de emergencia -riendo, se palmeó con fuerza la barriga-. Ahí ha entrado un montón de cerveza. Oiga, supongo que tiene uno de esos aparatos para hacer abdominales, ¿no?

¡Qué país éste! ¡Todo el mundo preocupado por su barriga! Qué meten dentro, qué aspecto tienen. Cada vez que pongo la tele hay algún mamón tratando de venderme un estómago plano. Bueno, supongo que yo no tendré uno así nunca más. Y menos uno como el suyo, compañero, con aparato o sin él.

– No tengo ningún aparato de abdominales -dijo Dave sonriendo.

– Bueno, pues ¿cómo lo ha hecho? Quiero decir, ¿cómo ha conseguido ese estómago liso como una tabla?

– Tienes que ser capaz de aislar cada músculo cuando los ejercitas -dijo Dave.

Podía haber añadido que la mejor manera de hacerlo es aislar al hombre al mismo tiempo. Algo así como encerrarlo en prisión durante cinco años. Homestead estaba lleno de tipos con unos torsos que parecían dibujados en una escuela de anatomía.

Los dos hombres volvieron los ojos cuando una de las damas de rosa del Jade apareció en cubierta y se dirigió hacia la proa del barco. Con sus generosas caderas, tenía un aspecto aún más amazónico que su capitana. Bert sonrió con aire de depredador y dijo:

– En las mujeres no es la barriga, ¿verdad? Es el trasero lo que las preocupa. Y no es que haya nada malo en ese culo. Pero por lo que yo sé, ya existe un aparato para trabajar el trasero. Para que las mujeres tengan unos traseros más pequeños.

Cuando la amazona desapareció finalmente, Dave sacudió la cabeza y dijo:

– Pero ¿por qué querría nadie hacer una cosa así?

– Sí -dijo Bert riendo-, ¿quién iba a querer, eh?

Dave y Al observaron mientras un submarinista salía de debajo del Juarista después de asegurarse de que estaba firmemente sujeto al soporte especial soldado en el suelo del dique flotante. Amarrado fuertemente a la pared del dique y con las defensas cuidadosamente colocadas entre él y los barcos que tenía a popa y a estribor, quedaba bien ceñido por todos lados y parecía tan imposible de mover como si lo hubieran cargado en un remolque y estuviera aparcado en una cubierta firme.

– Por supuesto, has traído equipo de submarinismo -dijo Al en tono escéptico.

– Por supuesto.

Al frunció el ceño sorprendido ante la visible eficacia de Dave.

– Pues no esperes que sea yo quien baje -dijo-. Sólo me meto en el agua cuando tomo un baño en la bañera.

David olfateó el aire ruidosamente.

– No es que se note mucho -dijo.

– Qué gracioso. Supongo que sí habrás notado lo encajonados que vamos. Creía que habías dicho que tratarías de estar en la parte de atrás del buque para que pudiéramos escapar sin problemas.

– Hay que ir dónde el hombre de la tablilla te dice. Un ordenador calcula todas las posiciones según la longitud y anchura del casco. Si nos hubiéramos opuesto al ordenador, habría parecido extraño, ¿no te parece?

Al no dijo nada.

– Ya te lo he dicho -añadió Dave con calma-. Cuando estemos listos para escapar, robaremos el barco que esté más cerca de la popa del buque. Así es como se llama la parte de atrás. ¿Sabes?, si vas a fingir que eres el capitán del barco, sería buena idea que te acostumbraras a la forma en que hablamos de toda esta mierda.

– Lo que se va a acostumbrar a la mierda es tu jodida cabeza, tío listo.

– Relájate, quieres, Al. Lo único que no está bajo control aquí es tu genio. Puedes estar seguro, todo está bien.

– Mejor será. A Tony no le gustan los imprevistos. Tengo que decirle cualquier cosa que se salga de lo corriente.

Dave sacudió la cabeza.

– Olvídalo, Al. A partir de ahora la radio está muda. Como si estuviéramos en un submarino con Clark Gable, y unos japoneses estuvieran tratando de recibir la señal de sónar para dejar caer una carga de profundidad sobre nuestros culos. Si envías noticias por radio a Tony, te garantizo que hay otros dieciséis barcos aquí que las captarán en sus aparatos. Y lo mismo con el teléfono celular -Dave le lanzó una moneda de veinticinco centavos-. ¿Quieres contarle algo a Tony? Entonces te sugiero que vayas a tierra ahora, antes de que zarpemos, y que utilices un teléfono público. Porque a bordo de este barco vamos a ser como dos tumbas. ¿Lo comprendes?

Al lo miró furioso.

– Mira -añadió Dave-, lo tengo todo calculado. Lo tenemos todo bajo control. Casi lo único que puede fastidiarla es que tú la jodas con tu «a Tony no le gusta». Lo que tenemos que hacer es llevarnos bien y confiar el uno en el otro, de forma que, cuando llegue el momento de dar el golpe, trabajemos en equipo -Dave se encogió de hombros-. Y si se produce lo inesperado, tendremos que improvisar. La flexibilidad es la clave del éxito. Las cosas pueden cambiar de rumbo en cualquier momento. Por nuestro lado, tú y yo estamos cubiertos. Fuera de eso tenemos el mar, tenemos el tiempo y tenemos a los demás, todo lo cual se resume en un montón de cosas accidentales. Tenemos que valorar todo eso y estar listos, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

– Bueno, y ahora, ¿por qué no vamos y hacemos algo constructivo? Como darnos un paseo por ahí para familiarizarnos con la distribución de este puerto deportivo transatlántico.

– Buena idea.

– Y trata de parecer más amigable y menos como un argumento a favor de la ingeniería genética. ¿Recuerdas bien lo que tienes que contar?

– Creo que sí. Tú eres un alto personaje de las finanzas, ¿es eso?

– Eso es.

– Y un entusiasta de las carreras de coches. Por eso vamos a Montecarlo, a ver el Grand Prix que se corre allí. Y luego nos dirigiremos a Cap d'Antibes, en el sur de Francia, donde has alquilado una casa para el verano. Hay unos socios tuyos de Londres que se reunirán contigo allí. Y puede que vayamos a ver otro par de carreras en Europa, dependiendo de cómo vayan los negocios.

– Bien, ¿qué tipo de personaje de las finanzas soy? -preguntó Dave.

– Materias primas. Pero se supone que tengo que ser un poco vago sobre eso, ¿no?

– Sí. Si alguien te pregunta, dices que es algún tipo de metal, puede que cobre, y lo dejas así. No esperarán que sepas más.

Dave se dirigió hacia la pasarela y luego se volvió.

– Una cosa más. Los guardacostas y los de Aduanas subirán a bordo cuando estemos a punto de zarpar. Así que, sólo por saberlo, ¿dónde has escondido las armas?

– Ya tienen bastantes preocupaciones con lo que entra en Miami para que se les dé una puta mierda lo que sale.

– Es verdad, pero me gustaría saberlo.

– Está en el congelador de pescado, debajo de un montón de hielo. Y puedes creerme, no tendremos que improvisar para nada. En cuanto a armamento, estamos cubiertos contra toda eventualidad. Contra cualquier cosa que puedan lanzar contra nosotros.

Dave nunca le había dicho a Tony o a Al los nombres de los barcos que transportarían el dinero. Se daba por supuesto que ésa era la mejor garantía que tenía Dave frente a Tony. Incluso ahora, mientras se dirigían por el lado de estribor del buque hacia las chimeneas de popa, Al no le advirtió ninguna señal de cuáles de los barcos, ahora ya cargados y amarrados entre las altas paredes del extraordinario casco del Grand Duke, llevaban el dinero cuyo destino era Rusia y la compra de todo un banco.

– ¿Los ves? -preguntó Al-. ¿Los barcos, nuestros barcos?

– Los tres. Justo como te dije.

– ¿Sí? ¿Cuáles? ¿Dónde están?

– Cuando estemos en alta mar te lo diré, Al; no antes.

Al soltó una risa sarcástica.

– «Llevarnos bien y confiar el uno en el otro», me dice el tío. Y una mierda.

– No querrías que hiciera nada que pueda alertar a esos tíos, ¿verdad que no? Que los señalara como si fueran una atracción turística. Que dijera «Ey, mira, ésos son los barcos que vamos a limpiar».

Dave sacudió la cabeza y chasqueó la lengua.

– Te apuesto a que ya están bastante nerviosos. Además, son tipos duros, Al. Probablemente tienen un congelador igualito al nuestro. Que se relajen, que crean que hacen un crucero de verano. Mejor para nosotros y mejor para ellos.

Se volvieron cuando un barco blanco con una raya roja de carreras se acercó al Duke. Enarbolaba la insignia de las barras y las estrellas, a diferencia de la enseña roja británica del buque.

– ¿Aduanas?

– No -dijo Dave-. Guardacostas. Debemos estar a punto de zarpar.

Dave miró el reloj. Eran las cinco de la tarde y embarcar la peculiar carga del Duke había llevado la mayor parte del día. Un par de segundos después oyeron un anuncio por la megafonía en la inconfundible voz del primer oficial.

– Tripulación, cierren las escotillas y estiben todo el material.

Al chasqueó la lengua.

– Voy al barco a prepararme un bocadillo. ¿Quieres uno?

– No gracias. Volveré dentro de unos minutos. Yo voy a popa, a echar una mirada a nuestro medio de huida, para ver qué nos ha tocado en la lotería.

Pero Dave tenía otra misión en mente. Por necesidad había mentido a Al, para tranquilizarlo. Ya era un pelma de narices sin necesidad de alarmarlo más. Pero ahora quería asegurarse de que la última información que había recibido de Einstein Gergiev era correcta y los barcos estaban realmente a bordo del Duke. Sabía ya que ninguno de ellos estaba a estribor. Así que esperó hasta que Al se hubiera perdido de vista antes de dirigirse a babor, repitiendo continuamente para sí, como si fuera un mantra, los nombres de los tres barcos que buscaba. El corazón le dio un vuelco cuando vio el primero, luego el segundo y luego el tercero. Tal como le habían dicho. Apenas podía creerlo, pero los tres barcos que transportaban el dinero estaban alineados a lo largo de la pared de estribor del Duke. Y, al igual que el Duke, enarbolaban la enseña roja, lo que significaba que estaban matriculados en la Commonwealth británica; en algún sitio como las Bermudas, Antigua, Gibraltar o las Islas Vírgenes. Había un yate a motor de treinta metros, con timonera elevada, llamado Beagle; un crucero Burger de 20 metros, llamado Claudia Cardinale; y un Hatteras de treinta y cuatro metros, con tres cubiertas, hecho de encargo, llamado Baby Doc.

Todo tal y como le habían dicho.

Dave no acababa de creerse el nombre que le habían puesto al último barco. Incluso cuando estaba en Miami y le dijeron los nombres de los tres barcos, había pensado que Baby Doc no era un nombre para ponerle a un barco que fuera a navegar cerca de Haití. Después de los años de la dictadura de la familia Duvalier -Papa Doc y su hijo, Baby- la gente del lugar probablemente lo habría convertido en una antorcha en el muelle.

Ninguno de los tripulantes de los tres barcos parecía especialmente ruso. No es que Dave esperara que fuera así. Lo que sí parecían era muy duros; de eso no había duda. Un tipo que tomaba el sol en el techo del Beagle tenía cuerpo de luchador, mientras que otro tipo negro que estaba recogiendo una cuerda a bordo del Claudia Cardinale tenía los brazos del tamaño de las piernas de Dave. Más que nunca, Dave comprendió que el éxito de su plan dependía del elemento sorpresa y de poco más. Esperaba que en medio del Atlántico, sus adversarios estarían menos alerta de lo que parecían ahora. Incluso con la gente de Aduanas y de los guardacostas por allí, estaba casi seguro de que uno de los tipos del Baby Doc llevaba un arma debajo de la camisa. A Dave no le apetecía mucho la idea de una lucha a tiros con aquellos personajes. Nunca le habían gustado las armas de fuego. Prefería disparar con la lengua.

– A sus puestos -ordenó la voz por la megafonía.

Dave pensó que probablemente era una buena idea, antes de que alguno de los hombres se diera cuenta de que los observaba.

De vuelta al Juarista, Dave vislumbró apenas a Al a través de los cristales ahumados de la ventana de la cocina. Salió a la pasarela y se encontró casi cara a cara con una chica que estaba en el puente del barco a babor del suyo. Parecía tener unos treinta años, con un pelo moreno que le caía hasta los hombros y que parecía salido de un anuncio de champú caro, y unos ojos que hacían que el cielo pareciera tan gris como el portaviones anclado fuera de la dársena principal. Tumbada en un sofá de piel blanca en la parte trasera del puente, era el tipo de mujer que Dave había conocido muchas veces echado en la litera de su celda de Homestead, pero que sólo había visto en las revistas de papel satinado.

– Eh, hola -dijo afablemente, imaginando que sería demasiado estirada como para devolverle el saludo.

– Hola.

No dijo nada más, pero no apartó los ojos de él, como si no le disgustara lo que veía.

Dave miró rápidamente arriba y abajo del barco y luego cabeceó admirativamente. Probablemente estaba casada con algún alto ejecutivo de alguna empresa, lo bastante viejo como para ser su padre.

– Bonito barco. Y rápido también, diría yo.

– No hay obstáculos para él -respondió Kate.

– El Carrera, ¿eh? -dijo, leyendo el nombre sobre un lado del puente-. Apuesto a que tiene el coche a conjunto.

Kate sonrió.

– Nunca me han gustado mucho los Porsche -respondió-. Me parecen demasiado asépticos. Si pudiera, tendría un coche británico; un Jaguar XJS, por ejemplo. Prefiero algo un poco más lujoso a cambio de mi dinero.

– Nunca lo habría dicho.

– Su barco también parece bastante cómodo -dijo Kate-. Y apuesto a que es más rápido que el mío. Y con mucha autonomía para ir de pesca, además. ¿Por qué no sube a bordo a tomar una cerveza y me habla de su barco?

La mujer entendía de coches, entendía de barcos y era simpática. Dave estaba impresionado.

– No encuentro ninguna razón para no hacerlo -dijo.

Al subir al Carrera vio por un momento a dos hombres sentados en el salón mirando la televisión y luego siguió hasta el puente. La mujer se levantó del sofá y sonrió agradablemente.

– Kate Parmenter -dijo, utilizando su nombre de casada en lo que esperaba que fuera la última vez.

Dave le estrechó la mano mientras observaba que no había ningún anillo en la otra. Eso le gustaba. Las mujeres que se casaban con tipos ricos y más viejos se aseguraban de sacar un buen pedrusco a cambio. Así que quizás no estuviera casada.

– David Delanotov.

– ¿Cómo el de Expediente X?

– No, ése es David Duchovny.

– Bueno, de cualquier modo, encantada de conocerlo, David.

Kate se preguntó si sería parte de la tripulación. Normalmente, los tipos que poseían un barco como el Juarista eran gordos, casi calvos y con la cara roja, como el que pronto sería su ex marido, Howard. Lo más deportivo de Howard era su Rolex submarino. Pero este tipo, David, con su cuerpo duro y su sonrisa fácil parecía en demasiada buena forma como para pasar el tiempo necesario detrás de una mesa haciendo el tipo de negocio que le permite a uno conseguir el dinero suficiente para comprar un pesquero deportivo de dos o, quizás, tres millones.

– Lo mismo digo, Kate.

– ¿Es su barco?

– Sí.

– El Juarista. No es un nombre corriente. ¿Qué significa?

– Los juaristas eran revolucionarios mexicanos -explicó Dave-. Intentaron liberar a su país del emperador Maximiliano, que estaba apoyado por los franceses.

Kate se mostró avergonzada.

– Ni siquiera sabía que los franceses habían tenido algo que ver en México.

– México, Argelia, Vietnam. En todas esas causas sucias.

Kate fue a buscar un par de Coronas frías al refrigerador del puente.

– Debo decir que, por su aspecto, no parece el tipo de persona que se interese por la revolución.

– ¿Yo? -Dave se encogió de hombros-. Bueno, tengo mucha sangre rusa, pero en realidad estoy más interesado en las películas que en los comunistas. La mayor parte de lo que sé sobre los juaristas lo aprendí en Veracruz, una película con Gary Cooper y Burt Lancaster, de 1954.

– Eso es de antes de mi época.

– También de la mía. Pero sigue siendo una buena película. -Dave cogió la botella que ella le ofrecía y bebió un trago de cerveza fría-. ¿Los que están mirando la tele son su tripulación?

– Soy la capitana, no la propietaria. El propietario es uno de los que están viendo el partido de fútbol. ¿No le gustan los deportes?

– Sí, claro, pero un partido lo puedo ver en cualquier momento. Y no se sale de viaje a través del Atlántico cada día. -Dave miró hacia estribor y dijo-: Siento que estoy a punto de experimentar un cambio marino, de convertirme en alguien muy rico y suntuoso.

– ¿Es poesía? -preguntó Kate sonriendo.

Dave, que calculaba que lo de rico era por lo menos una sólida posibilidad, completó la cita y dijo:

– Es de Shakespeare: La Tempestad.

Kate levantó la botella.

– Por que nunca nos encuentren.

– ¿Hay alguna probabilidad de eso?

– Realmente, no. Al menos en esta época del año. Pero navegando por los trópicos nunca se sabe.

Se quedaron silenciosos durante un momento, como si se sintieran cómodos el uno con el otro, lo bastante como para permanecer allí, sentados, contemplando como la tripulación del Grand Duke se preparaba para salir del muelle. De vez en cuando, Kate echaba una mirada a popa, donde el Britannia, el barco de Rocky Envigado estaba ya cargado y amarrado. Empezaba a sentirse un poco más relajada. El Britannia había sido el último barco en entrar en el Duke y, durante una o dos horas, pareció como si ella y sus dos compañeros fueran a zarpar sin que estuviera a bordo el objeto de su misión.

Un remolcador hizo sonar su sirena a babor, se soltaron las amarras del muelle y Kate y Dave oyeron un retumbar sordo a estribor cuando los propulsores de proa y popa empezaron a girar. Sólo había dos cuerdas uniéndolos a tierra y al ver que se aflojaban, los hombres del muelle las soltaron del noray y las dejaron caer al agua con reflejos de arcoiris.

– ¡Maniobra completa! -gritó alguien.

Una vez comprobada la situación del barco de Rocky, Kate miró a David de reojo mientras él observaba cómo los propulsores hacían que el barco se alejara. Máxima puntuación por citar a Shakespeare. Y tenía razón, había algo rico y extraño en un viaje como aquél. Máxima puntuación también por no estar interesado en el fútbol. ¿Qué importancia tenía un partido cuando se podía contemplar la partida de América por barco? Había empezado a pensar que los hombres como David Delanotov simplemente no existían. Románticos, felices de permanecer sentados, en silencio, en lugar de tratar de usar su labia para lograr que te quitaras las bragas. Mientras observaba sus ojos, grandes y castaños, fijos en el lejano horizonte, se preguntó qué otras sorpresas le depararía el viaje y cuántas de ellas incluirían a aquel hombre tan apuesto.

14

Algunos de los tripulantes y propietarios de los yates se quedaron en sus propias embarcaciones para cenar. Pero la mayoría fue al bloque de alojamientos de la cubierta de proa, curiosos por ver algo más del buque y conocer al capitán, a sus oficiales y a la tripulación. Los oficiales y la tripulación del Duke comían por separado en comedores diferentes. En la Marina Mercante británica siempre se había hecho de esa manera. Jellicoe dio órdenes de que se permitiera a los propietarios y a sus capitanes cenar en el salón de oficiales. Los tripulantes, sin embargo, tendrían que comer con los del Duke en el comedor de la tripulación. Así fue como Dave se encontró sentado con Jellicoe, los oficiales que no estaban de servicio y un par de docenas de propietarios y capitanes, entre ellos Al Carnaro, Kate Parmenter y la capitana del Jade, la atractiva Rachel Dana.

– Capitán Jellicoe -dijo Rachel-, me gustaría saber cuál es el propósito de los dos cañones de bronce que hay en su castillo de proa.

– ¿Qué coño es un castillo de proa? -murmuró con un gruñido Kent Bowen.

– Es la cubierta que hay por encima de la proa del barco – explicó Jellicoe, y calificó a Bowen como un completo idiota en todo lo referente al mar y la navegación. Volviéndose hacia Rachel, sonrió flemático-. La verdad es que esos cañones tienen su pequeña historia -dijo-. Verá, cuando volvíamos de las Baleares -hizo un gesto con la cabeza hacia Bowen-… Son ese pequeño grupo de islas que incluye Mallorca que es, claro, nuestro destino. Bueno, tuvimos que detenernos para hacer unas reparaciones, muy cerca de Lanzarote -otro cabeceo para Bowen-, que, por supuesto, está en las Islas Canarias. Como sea, estuvimos anclados cerca de unos acantilados la mayor parte de un día mientras el primer maquinista trabajaba con las máquinas, y los chicos empezaban a aburrirse. Bien, pues en lo alto de los acantilados había dos cañones para rendir honores y a mí se me ocurrió que una buena manera de evitar que se metieran en problemas era que escalaran hasta la cresta de los acantilados, tal como había visto hacer en una película y, en lugar de dinamitarlos, los robaran -Jellicoe se iba riendo entre dientes mientras revivía la hazaña-. Y eso fue exactamente lo que hicimos. Nos llevó la mayor parte del día porque, como pueden imaginarse, pesaban bastante. De cualquier modo, funcionan perfectamente. Los disparamos una vez al año, para conmemorar la victoria del almirante lord Nelson contra los franceses en la batalla de Trafalgar -volvió a cabecear en dirección a Bowen-… Una famosa batalla marítima durante las guerras napoleónicas, el 21 de octubre de 1805, por si le interesa. Se libró al norte de las Canarias, de hecho. Verán, originariamente los cañones eran británicos, de un buque de la escuadra de Nelson que naufragó en Madeira, y se quedaron allí durante un tiempo hasta que el gobernador los perdió en una partida de cartas con el gobernador de Lanzarote. Bueno, o algo por el estilo. Así que lo único que hicimos fue recuperar una propiedad británica. Es lo que Inglaterra espera de nosotros, ¿eh, primer oficial?

Bert Ross exhibió una glacial sonrisa y se puso un poco más del execrable vino blanco que se servía a bordo del Duke.

– ¡Qué heroico! -dijo Rachel-. Quizás debería usted hacer una película, capitán.

Kate se preguntó en qué clase de película estaría pensando Rachel Dana. Dirigiéndose al capitán dijo:

– Capitán Jellicoe, si así es como consigue que sus hombres no se metan en problemas, me gustaría ver qué pasaría si fuera usted quien quisiera causar problemas.

– Vamos, vamos, capitana Parmenter. Fue sólo una diversión, eso es todo -Jellicoe miró a Dave-. ¿No le parece, señor?

– Seguro que fue un desmadre -dijo Dave, devolviéndole la sonrisa y preguntándose cómo reaccionaría Jellicoe cuando Al y él escenificaran su propia diversión. Y decidió que mal. Jellicoe era la clase de tipo que llamaría «piratería» a lo que Dave estaba planeando. Bueno, eso no le importaba. Errol Flynn y Tyrone Power siempre le habían gustado. Cuando estuviera escondido en algún lugar, varios millones de dólares más rico, quizás incluso se dejara crecer un pequeño bigote. Puede que hasta volviera a llevar pendiente. Cuando uno valía varios millones de dólares, podía llevar lo que quisiera y nadie protestaba nunca.

– ¿Un desmadre? -dijo Jellicoe-. Sí, supongo que lo fue.

– Unas cuantas cervezas de más es el delirio máximo en el Carrera -dijo Kate sonriendo a Dave.

– Lo mismo en el Juarista -respondió Dave, sonriendo también, aunque estaba pensando que lo que le había pasado a Lou Malta y a su Pepe podría describirse como bastante delirante.

Al, que había permanecido sensatamente callado durante la cena, se inclinó sobre el hombro de Dave y murmuró:

– ¿Es ella? ¿La muñeca con la que estuviste hablando antes?

– Sí.

– Guapa, muy guapa. La cuestión es ¿tiene una amiga atractiva?

– No, Al -dijo Dave mirando a Al y sacudiendo la cabeza-, la cuestión es ¿tengo yo un amigo atractivo?

Después de cenar, Dave preguntó al primer oficial, Bert Ross, quién de sus oficiales era el radiotelegrafista.

– ¿Radiotelegrafista? -Ross sonaba sorprendido.

– Sí, es que tengo un micro que todo el rato me corta la comunicación.

Aunque era verdad, Dave sabía perfectamente cómo arreglarlo. Su verdadero propósito era averiguar dónde estaba la radio del buque. La primera parte de su plan, cuando se pusiera en marcha, requeriría la inmovilización del VHF del Duke

– Tenemos un oficial electrónico -dijo Ross-. Los radiotelegrafistas desaparecieron al mismo tiempo que los pantalones de campana. Hoy todo son satélites y microchips. Fax, telex, llamadas digitales selectivas, lo que quiera. La mayoría de los chavales de este barco creen que Morse es la capital de Rusia. -Se echó a reír y miró el reloj-. Da la casualidad de que Jock, nuestro especialista en esas cosas, estará ahora hablando por teléfono, para saber los resultados del fútbol en Inglaterra. Venga, le acompañaré.

– Estupendo, gracias.

– De nada. ¿Qué es lo que quiere hacer? ¿Hablar con su preparador personal o algo así? -Ross lo condujo fuera del salón de oficiales-. Después de esa cena probablemente necesitará un par de horas extra de gimnasia.

– Sí que era un tanto pesada -admitió Dave, pensando en lo mucho que le había recordado la bazofia que les daban en Homestead.

– Lo que sobra lo empleamos como lastre.

Siguieron hasta una cabina situada al lado del puente, donde un hombre delgado, con aspecto desnutrido y con el pelo más rojo que Dave hubiera visto, excepto en perros, estaba sentado frente a una serie de transmisores-receptores y altavoces. En la mano tenía el auricular de un teléfono digital y a su lado, en la mesa, había una hoja de papel cubierta de nombres de equipos y resultados.

– Este es Jock.

El pelirrojo levantó los ojos y saludó con la cabeza.

– Es escocés, así que no espere entender una maldita palabra de lo que diga.

Jock volvió a colocar el auricular en su sitio y se recostó en la silla de plástico.

– ¿Cómo le ha ido al Arsenal, Jock?

– Perdieron, tres a cero.

– Cabrones -Ross suspiró y miró hacia otro lado, furioso-. Jock, éste es el señor Delanotov, uno de nuestros supernumos. Tiene un problema con su VHF.

Dave contestó unas cuantas preguntas básicas sobre el sistema de VHF a bordo del Juarista y, mientras, iba pensando cuál sería el mejor medio de inutilizar la radio del buque. El marino que había en él retrocedía ante la idea de disparar una bala contra la radio y dejar a un centenar de personas abandonadas en el océano sin ningún medio de comunicación. Pero no veía otra alternativa. Por lo menos, eso era lo que le parecía hasta que, al dar un paso atrás para dejar pasar a Ross, el bolsillo de los pantalones se le enganchó en la pesada puerta de acero y se desgarró.

– Lo siento -dijo Ross.

Pero Dave estaba más interesado por el descubrimiento de que la puerta tenía una llave que por cualquier disculpa. Lo único que tenía que hacer era robar la llave y esconderla en algún sitio.

Jock se inclinó hacia delante en la silla, frunciendo el ceño desconcertado cuando, a través del altavoz, llegó un sonido parecido a un aparato de fax transmitiendo.

– ¡Qué raro! Ahí está de nuevo -dijo.

– ¿El qué? -preguntó Ross.

– Ese sonido. Uno de los supernumos debe estar transmitiendo una señal utilizando un scrambler digital.

– ¿Y?

– Pues que no es muy normal, eso es todo.

– ¿Por qué canal? -preguntó Dave, curioso.

Jock le dio al botón de sonido en el transmisor-receptor para tratar de limpiar el ruido ambiental de fondo.

– Parece estar entre frecuencias -dijo sacudiendo la cabeza.

– Quienquiera que sea probablemente está tratando de sostener una conversación sobre un asunto privado -dijo Ross encogiéndose de hombros-. Hay un montón de cabrones entrometidos por ahí. Nunca se sabe quién puede estar escuchándote. Lo leí el otro día en el periódico. Cada vez hay más espionaje industrial.

– Eso es cierto -dijo Jock con un acento más espeso que el puré de patatas-. Pero lo digital es algo muy sofisticado -dijo mirando acusador a Dave-. Incluso para un supernumo multimillonario. Normalmente, sólo los militares y los servicios de inteligencia utilizan esa clase de juguetes.

– ¿Estás seguro de que viene del Duke? -preguntó Dave.

– Positivo. Mira la fuerza de la señal. Estamos justo encima. Y, además, la VHF tiene un alcance muy corto. Máximo cincuenta millas. Si alguien está emitiendo, es para alguien que está bastante cerca.

– ¿Puedes establecer la posición? -preguntó Dave.

– Con este equipo no.

Jock cogió un cigarrillo a medio fumar y dio unas caladas hasta devolverlo a la vida.

– Hay otra posibilidad -añadió-, si la señal no procede realmente del buque.

Dio otra chupada al cigarrillo, lo apagó en un platillo y empezó a liar otro.

– Bueno, espero que no tengamos que quitarnos la ropa interior para que nos lo cuentes.

Jock lamió el papel de fumar.

– Es posible, he dicho sólo posible, ¿eh?, que estemos encima de un submarino -se puso el cigarrillo en la boca y encendió una cerilla-. Esos cabrones se dedican a toda suerte de jueguecitos estúpidos. Si es un submarino, probablemente nos esté usando para un ejercicio. En este mismo momento podría estar haciendo ver que nos dispara un torpedo.

– Es una idea reconfortante ahora que nos preparamos para irnos a dormir -dijo Dave.

– Sí -dijo Ross-. Y pensar que es para ayudarnos a todos a dormir tranquilamente en nuestras camas por lo que hacen todas esas cosas estúpidas…

A bordo del Carrera, Kate finalizó su conversación con el primer oficial del Galveston, el submarino de ataque clase 688 que, como acababan de informarle, estaba a 60 metros por debajo de los cascos gemelos del Duke. Se sentía mucho mejor sabiendo que tenía compañía, aunque sólo fuera hasta el mar de los Sargazos. Después, les esperaban varios cientos de millas a través de la depresión de Cabo Verde antes de que pudieran contar con su nueva escolta, un submarino nuclear francés, en otro hito bajo las aguas, la meseta del Gran Meteoro.

Estaba sentada con Sam Brockman detrás de las cortinas corridas y las puertas cerradas del salón de la timonera. Brockman estaba pendiente del gráfico electrónico, más por costumbre que por necesidad. Era un hombre alto -demasiado alto para estar verdaderamente cómodo en el yate: con su metro noventa y cinco, siempre andaba rozando con su pelo gris acero los techos forrados de gamuza del Carrera- y tenía el aspecto de alguien que ya lo ha visto todo. A Kate le caía bien; su aire tranquilo le inspiraba una gran confianza, y admiraba su sentido del deber, pero por encima de todo le gustaba que compartiera su baja opinión de Kent Bowen.

– ¿Dónde está su excelencia? -preguntó Kate.

– Dormido. En su camarote. Hizo buenas migas con la cerveza durante el partido por la tele. Y hemos de contar, además, el vino que trasegó en la cena. Diría que hoy ha bebido tanto como ha respirado. Parece que va a representar el papel de un gato gordo y perezoso hasta el último pelo del bigote, Kate. No tanto su sentido del deber como por la influencia del alcohol. Me sorprende que se las haya arreglado para mantener la boca tan bien cerrada. Hasta ahora.

– No tendría que habérselo sugerido nunca -dijo Kate-. Tienes razón, Sam; está actuando como si fuera Donald Trump. Esa idea de ser propietario se le ha subido a la cabeza.

– No es sólo la cabeza. ¿Viste el otro día cómo se lanzaba encima de la capitana del Jade? -Sam sonrió-. Me pregunto por qué.

– Oh vamos Sam, tú no, por favor. Lo que lleva bajo el polo son tetas, no manzanas de oro.

– No me fijé mucho en sus tetas, pero adoro el culo de esa mujer.

– ¡Sam!

– El aire de mar le hace cosas extrañas a la gente -explicó-. Habrá todo tipo de historias antes de que acabe el viaje. Ya verás como no me equivoco.

– Espero que tengas razón. Me vendría bien un poco de acción. La oficina de Miami ha estado un poco aburrida últimamente. Bowen se encarga de ello. Es el jefe más aburrido para el que he trabajado nunca.

– No tienes que preocuparte. Hiciste bien, créeme; representa el papel de propietario gilipollas y bobo a la perfección. Y te lo dice uno que sabe: he trabajado para muchos. Durante las vacaciones de la universidad, solía enrolarme en yates. Trabajé para un cretino, heredero de una fortuna en compresas higiénicas, en particular que tenía una goleta de tres mástiles clásica. Sesenta metros de eslora, construida en 1927, una auténtica belleza. Su avión privado lo llevó hasta donde estaba el yate, en Tierra de Fuego, en Argentina. Esto fue sólo después de que le telegrafiáramos para asegurarle que hacía un tiempo absolutamente tranquilo. Lo recogimos y pasó cuarenta y ocho horas a bordo, doblando el Cabo de Hornos sólo para poder fardar de que lo había hecho ante sus colegas del club de yates, allá en Manhattan. Dos días después lo desembarcamos en la costa de Chile y cogió el avión de vuelta a casa. Mamón de mierda. En cuanto llegó a Wall Street puso el yate en venta -Sam sacudió la cabeza indignado-. Sí, creo que él y Kent Bowen se hubieran llevado de maravilla.

– Eres muy amable al decirlo, Sam.

Sam estiró sus largas piernas y bostezó.

– Hay una cosa en la que Bowen tiene razón. En acostarse temprano. Estoy hecho polvo. ¿Te importa sí me voy a dormir?

– Claro que no. Yo me voy a quedar un rato a disfrutar del aire nocturno. No se zarpa cada día en un viaje a través del Atlántico.

Sam sonrió cortésmente y se puso en pie. No sentía demasiado amor por el océano. Fort Lauderdale era uno de los destinos más activos del servicio. El año anterior habían realizado más de mil abordajes y Sam no había trabajado nunca menos de setenta horas a la semana. El lema de los guardacostas era Semper Paratas -siempre en pie- y era de verdad, vaya si era de verdad. Sam no había estado nunca casado. Nunca había encontrado el momento, y mucho menos la chica adecuada. Una chica capaz de soportar a un rival como el mar. Kate le gustaba, pero no se engañaba respecto a ella. Era como él, alguien dispuesto a poner su trabajo por encima de cualquier relación. Y no había ningún futuro en aquello para ninguno de los dos. Así que le deseó buenas noches y se fue a su camarote.

Kate volvió a la parte posterior del puente y fijó la mirada en el mar. El buque iba a una velocidad de casi diecisiete nudos, aunque apenas se notaba salvo por el débil ruido y la sorda vibración de las máquinas. El mismo mar parecía tan tranquilo como si estuvieran navegando por uno de los canales de Lauderdale. Había luna llena, grande como una pelota de fútbol, y sólo una ligera y cálida brisa soplaba mientras se desplazaban a través de la noche.

Kate encendió un Doral y deambuló descalza por la cubierta. A la luz de la luna, hubiera podido creerse que todos los barcos estaban hechos de cocaína, tan blancos eran. Un poeta, al menos, habría apreciado la absurda teoría de Kent Bowen. Y era fácil pensar en todos los pasajeros como viajeros sobrenaturales de la mitología griega, o quizás holandeses errantes surcando los mares por toda la eternidad.

Alguien carraspeó y, al volverse hacia estribor del Carrera se encontró frente al capitán del Juarista, iluminado por la luna.

– Hermosa noche -dijo él.

– ¿Verdad que sí?

Kate apagó el cigarrillo. Le parecía que no mostraba su mejor aspecto cuando estaba fumando.

– Podría pedirme que subiera a bordo, si quisiera.

– ¿Le apetece una cerveza?

El pareció tomarse esto como una invitación, porque al momento siguiente saltaba atléticamente desde su puente al de ella.

– ¡Oh! -dijo Kate, un poco nerviosa por su proximidad-, aquí está. Vaya. Vaya.

– Bueno, es una noche maravillosa para bailar a la luz de la luna.

Y para sorpresa de Kate, Dave le rodeó la cintura con el brazo, le cogió la mano derecha con su izquierda, a pesar de que se resistió un poco, y empezó a bailar con ella, cantando suavemente su canción favorita de Van Morrison, sonriendo cuando sus ojos se encontraban y sin rastro alguno de timidez, como si cantara serenatas a una chica cada noche.

Cuando acabó la canción y ella estaba segura de que iba a besarla, le soltó la mano y se apartó.

Kate soltó un suspiro y dijo:

– Ha sido agradable -y sintiéndose un tanto escandalizada de sí misma añadió-; podría escuchar esa música toda la noche. -Se volvió para que él no pudiera ver su gesto avergonzado-. Voy a traerle la cerveza.

– No -dijo él-. En realidad no tengo sed. No necesito una cerveza. Estaba pensando -dijo con una sonrisa-, ¿qué le parecería ir al cine conmigo esta noche? Hay un pase de El tercer hombre en el Juarista. Es una pequeña sala de cine no muy lejos de las Bahamas.

– La conozco -respondió Kate-. Está justo al lado del Carrera.

– Y después podríamos llegarnos a un bar que conozco justo al lado. El barman prepara unos Margaritas verdaderamente excelentes.

Kate torció el gesto, preguntándose por qué tendría que haberle recordado de repente el Pier Top, del Hyatt, en Fort Lauderdale.

Dave prosiguió:

– Y luego, si le quedan energías, podemos continuar bailando,

– No se me da muy bien bailar -reconoció Kate. ¿No lo decía Howard siempre? Decía que había visto un libro de números aleatorios con más ritmo que ella.

– Eso no es verdad -dijo Dave-. Conoce todos los movimientos.

– Me parece que se está describiendo a sí mismo.

– Oh, se refiere a movimientos como los del ajedrez.

Ella asintió.

– ¿Cómo en un gambito?

– Don Gary Kasparov -dijo ella.

– Podría ser -concedió Dave-. Sólo que un gambito entraña algún tipo de sacrificio.

– Dígame pues, ¿qué tiene que perder?

– Tuve la ingenua idea de expresar sencillamente mis sentimientos tal como se producían. ¿Sirve esto?

– Claro. Pero quizás sería mejor que nos saltáramos la película. Podríamos molestar a los otros patrones.

– Bien, ¿pero qué me dice del Margarita?

– Si cree que será de ayuda para esa ingenua idea suya… Pero sólo uno y recuerde esto: uno, después tengo que conducir; y dos, me gusta lamerme la sal de los labios yo misma.

Dave la ayudó a pasar a su barco y, mientras Kate paseaba la mirada por el salón, fue abajo para asegurarse de que Al estaba bien dormido. Con la primera chica decente que conocía en cinco años, lo último que necesitaba era que Al metiera las narices. Detrás de la puerta de cedro reluciente, la televisión seguía en marcha, pero Al estaba roncando con fuerza. Dave volvió al salón para preparar las bebidas.

– Al está dormido. No nos molestará.

– Cuénteme algo de Al.

– Me parece que podríamos decir que Al es un tipo bastante corriente. Podría ser el vecino de al lado; es decir, si da la casualidad de que vives al lado de un zoo o de una granja de cerdos. Pero es útil tenerlo cerca, ¿sabe?

Kate se rió. Estaba mirando el acuario de falso cristal de Lalique que rodeaba el sofá y pensando que el interior del barco era mucho menos masculino de lo que había imaginado. Dejando de lado el cristal, estaban los cojines que había en el sofá. Nunca había conocido un hombre que llevara cojines a bordo de un pesquero deportivo.

– Bonito interior -dijo educadamente.

– No está mal -admitió Dave-. Un poco cursi. No estoy seguro de que el cristal encaje. Así que estoy pensando en hacer cambios en invierno. Algo más práctico, quizás -añadió dándole el Margarita.

Kate tomó un sorbo.

– Mmmm. Perfecto.

– Así es como me gustan.

– Perfeccionista.

– Eso explicaría por qué me atrae.

– La adulación es mi cumplido favorito.

– Hubiera dicho que a estas alturas ya estaba acostumbrada.

– En realidad, no. Mi ex marido era un tanto avaro con sus buenas opiniones. Sin embargo, lo compensaba con las malas.

– Esa parte del ex suena bien.

– Está totalmente fuera de mi vida -mintió Kate-. A pesar de lo poco amante que era de hacer cumplidos, siempre se quitaba el sombrero ante una mujer bonita; el problema es que nunca se limitaba sólo al sombrero.

– Un don Juan, ¿eh?

– Sí, aunque se llamaba Phil y era de Filadelfia.

Dave sonrió.

– ¿Quién le escribe los diálogos? -preguntó-. Me encanta la manera que tiene de hablar.

– Un hombrecito, con una vieja Remington, aquí arriba en mi cabeza; se parece un poco a William Holden.

– William Holden. Antes era grande.

– Sigue siendo grande -declaró Kate, con fingida solemnidad-. Son sus arterias lo que se ha encogido.

Le gustaba que a él le gustara su forma de hablar. Howard nunca había apreciado su ingenio. Siempre era demasiado rápida para él y eso era algo que él odiaba. A veces, era demasiado rápida incluso para ella misma, y decía cosas, cosas divertidas que luego lamentaba haber dicho. Si su boca hubiera sido una pistola, habría sido Sundance Kid. Pero, en su opinión, no era que Howard careciera de ingenio o inteligencia; era simplemente que se tomaba a sí mismo demasiado en serio. «Es bueno que tú y yo tengamos el mismo sentido del humor -le había dicho una vez-. El único problema es que yo tengo el 95 % del total.»

Desde luego, el sentido del humor de Dave no tenía nada de malo. A Kate también le gustaba mucho la forma en que él hablaba.

– A usted tampoco se le da mal. Después de todo, lleva a Van Morrison en la maleta. Siempre me ha gustado Van, el Hombre. * ¿De dónde eres, Van?

Dave sonrió y apartó la mirada un momento.

– No importa -respondió-. Lo que de verdad importa es adónde vas y cómo llegas hasta allí.

– Ajá; así que eres de Miami -dijo Kate.

Dave se echó a reír.

– Todo el mundo se vuelve tímido cuando tiene que reconocer que es de Miami -explicó Kate.

– Tienes razón -dijo-. Es como decir que naciste en un supermercado K-Mart.

– Apenas se te nota el acento -observó Kate.

Desde que empezó a estudiar ruso, Dave se había esforzado, también, por perfeccionar la manera en que hablaba inglés. Por utilizar conjunciones y preposiciones; salvo cuando hablaba con Al. No parecía importar gran cosa la manera en que uno hablara con Al.

– Eso -respondió- es porque lo restregué hasta que desapareció.

– Alguien que se perfecciona a sí mismo, ¿eh?

– ¿No lo hacemos todos? ¿Y qué hay de ti? ¿De dónde eres? ¿O también te sientes tímida?

– Yo y la timidez nunca nos hemos llevado muy bien. Ella y su hermana mansa nunca me gustaron.

– Así que no crees que los mansos heredarán la tierra.

– Si lo hacen será porque tienen un buen abogado. En realidad soy de la Space Coast. Suena mejor que decir que soy de Titusville, ¿no? Si Miami es un K-Mart, no sé dónde deja eso a Titusville.

Pensó en la cuestión durante un momento.

– Una tienda de cosas de segunda mano organizada por la iglesia con fines benéficos, probablemente. De verdad, lo único bueno de Titusville es la vista del edificio de ensamblaje de los co hetes a unas veinte millas. Más o menos, yo crecí con el programa espacial. Cuando era niña quería ser astronauta. La primera mujer de Estados Unidos en pisar la luna. Y ahora tripulo yates de lujo -dijo sonriendo y encogiéndose de hombros-. Un paso lógico en mi carrera -añadió, después de acabarse la bebida y lamerse los labios.

– ¿Quieres un poco más? -preguntó Dave-. He preparado una jarra entera, por si cambiabas de opinión sobre lo de tomar sólo uno.

– Un hombre que conoce la psicología femenina -respondió Kate, alargándole el vaso-. ¿Lo añadimos a la lista de tus habilidades?

Dave cogió los vasos, puso sal en el borde y luego volvió a llenarlos hasta arriba.

– ¿Quién lleva la cuenta?

Kate esperó hasta que Dave se hubo sentado de nuevo, lo miró directamente a los grandes ojos castaños y le respondió con una franqueza que encontró casi tonificante.

– Yo.

Luego levantó el vaso antes de que él se le acercara demasiado, tratando de controlar lo que pasaba el mayor tiempo posible.

– Bueno, así es como llegué a ser capitana de un yate. ¿Cómo llegaste tú a ser propietario? Quiero decir, éste es un barco muy caro.

– Normalmente sé lo que me gusta -dijo Dave, con lo que confiaba que sonara como modestia evasiva-. Así que, si puedo, voy y lo consigo.

– ¿Vas a por todo lo que te gusta?

– No, no todo. Pero es así como elegiría a una mujer.

– Haces que suene igual que elegir una corbata.

– Elegir una corbata es un asunto serio -dijo Dave-. Puede que la lleves colgada alrededor del cuello doce horas al día.

– ¿Doce horas al día? Suena como si trabajaras en algo de alta presión. ¿Qué haces exactamente para ganarte la vida?

– ¿Exactamente? -preguntó Dave sonriendo-. Un poco de esto, un poco de aquello.

– Suena como si fuera un trabajo realmente agradable. ¿Cuál de los dos es más rentable?

– Por lo general, aquello.

– Es lo que yo pensaba.

– Trabajo en el Centro Financiero del Sudeste, en el bulevar Biscayne.

– Ya. El edificio más alto de Florida.

– Tiene que serlo, para que quepan todas las historias que tengo que contarles a mis clientes.

– O sea que eres un mentiroso experimentado, ¿es eso lo que me estás diciendo?

– Experimentado no. Perfecto.

– Tiene que irte bien -dijo Kate sonriendo.

Dave adoptó un aire evasivo.

– Quiero decir -prosiguió Kate-, ya hemos establecido que este barco no es exactamente la Chalupa John B. Un yate como éste debe costar sus buenos tres millones. Eso es un montón de historias. Incluso para alguien del Centro Financiero.

– ¿Tú que harías si tuvieras tres millones de dólares? -preguntó Dave dejando el vaso en la mesa.

– ¿Qué es esto, Una proposición indecente?

– He dicho tres millones.

– Bueno, naturalmente habría algunos cambios.

Dave se deslizó por el sofá y le rodeó los hombros con el brazo.

– ¿Dónde nos habíamos quedado con el gambito de rey? – dijo. Y luego la besó.

Kate pensó que se podía saber mucho de un hombre por la forma en que besaba. A veces se podía saber lo que había tomado para cenar. Pero casi siempre podías decir si querías acostarte con él. En el mismo momento en que él puso los labios sobre los suyos Kate supo que quería sentirlos también en otras partes de su cuerpo. Cuando él se apartó para observar su reacción, dijo:

– Me parece que el gambito ha sido aceptado, sólo que la reina blanca está mal situada aquí. Tendría que moverse si quiere evitar el mate.

Kate puso su Margarita en la mesa, le rodeó el cuello con la mano y atrajo de nuevo su boca a la de ella, como si ya se hubiera vuelto adicta a su efecto narcótico. Soñadora, cerró los ojos y se entregó a la borrachera de sus labios, que todavía tenían rastros de la sal cristalina del vaso. El último hombre que la había besado había sido Nick Hemmings, el oficial de enlace británico. Un tipo agradable, pero no muy bueno besando. Y antes de eso Howard, claro, que besaba como una almeja. Pero esto, esto era un auténtico zumbido, con un alto potencial de adicción. Un beso de 200 dólares la onza, con un efecto igual que si lo estuviera absorbiendo por las dilatadas ventanas de la nariz y, al cabo de unos segundos, lo sintiera cosquilleándole en los dedos de los pies.

– Mmmm -dijo, con ganas de más, y recorrió la cálida mejilla y la caliente oreja de Dave con sus encendidos labios-. Esta sensación se podría cortar con una tarjeta de crédito.

– ¿Has estado alguna vez totalmente despierta y lo único que querías era irte directa a la cama?

– Yo nunca he hecho nada directamente -dijo Kate, disfrutando de aquel nuevo papel que estaba creándose. Barbara Stanwyck. Lauren Bacall. Bette Davis. Apartó suavemente a Dave-. Si lo hubiera hecho, ahora sería astronauta. Pero, para como están los viajes en cohete, esto ha sido bastante rápido. Mírame. Estoy sin respiración.

Se sentó y cogió su casi vacío vaso de la mesa.

– Me estoy quedando sin combustible ni oxígeno. Me parece que será mejor que vuelva a la nave nodriza.

Dave cogió un almohadón y se lo colocó sobre las rodillas.

– Probablemente es una buena idea -dijo.

Se acabó el Margarita esperando que Kate diera alguna señal más evidente de querer marcharse. Por ejemplo, ponerse de pie.

Cuando vio que no se movía del sofá, cogió uno de los cigarrillos de Kate mientras pensaba en algunos versos apropiados. Había algo de Andrew Marvell que encajaba perfectamente en la situación, sólo que ya se había apoyado demasiado en las palabras de otros. Era hora de ser él mismo. O por lo menos tanto como pudiera, teniendo en cuenta lo que estaba planeando. Así que dijo sencillamente:

– ¿Sabes?, para ser capitán de barco eres una chica muy atractiva.

– Entre los requisitos para el puesto no está que tengas que parecerte a Charles Laughton y andar por cubierta arrastrando un cabo de cuerda.

– Al hace que Charles Laughton parezca Cary Grant.

– Probablemente más vale que sea así -señaló Kate-. Imagina lo violentos que os sentiríais los dos si fuera él quien estuviera sentado aquí.

Lo repulsivo de la imagen hizo que Dave soltara una carcajada.

– Entonces sería más fácil decir buenas noches -dijo.

– ¿Sabes, David?, para ser millonario, te rindes con bastante facilidad.

– Y yo que pensaba que estaba mostrando una contención admirable.

– Tu admirable contención es agradable, no me malinterpretes. Representa un cambio muy de agradecer. Pero, ¿cómo lo diría? Veamos, si pensamos en un mayordomo, hay demasiado de inglés y no lo suficiente de Rhett Butler. Es evidente que no sé qué hacer en este momento. Quizás necesito un poco del arte de vendedora de un centro financiero.

– Francamente, amiga mía, no me siento con ánimos para contarte un montón de mierda. Todo se reduce a que vales demasiado para mí como para que rebaje tu precio. Prefiero forzar ese precio a la alza que a la baja. Cuando compro una participación en algo, no es porque quiera liquidarlo rápidamente, sino porque creo en la empresa. Sólo hay que vender cuando se está seguro de ello. Un trato sólo es un buen trato cuando ambas partes creen que lo es.

– Me encanta la manera como hablas -dijo Kate-. Me hace sentirme como la Bell Atlantic.

Lo besó y se levantó.

– Estaré esperando tu oferta, Rhett. Ya sabes dónde encontrarme. Sales, miras hacia el mar por la mañana y luego te das media vuelta.

– ¿Quieres que te acompañe a casa?

– No es necesario, me he traído mis equilibrios para caminar por el barco.

– Ya me he dado cuenta. En realidad, me he estado fijando en ellos toda la noche. Te sientan bien. Como si una se llamara Cyd y la otra Charisse. Hacen un dúo bastante bueno.

– Y a pesar de cualquier impresión que pueda haberte dado, Dave, es difícil verlas separadas.

– No lo he dudado en ningún momento -dijo Dave, escoltándola hacia la popa del yate-. ¿Sabes, Kate?, esto no ha sido, no es, sólo un ligue para pasar el rato. Lo que dije lo dije de verdad. Y no es algo que me pase a menudo, créeme.

– Y si te dijera que yo también he sentido lo mismo.

Lo hizo callar, besándolo de nuevo.

– Tenemos diez días para averiguar si esto significa algo más que simple biología humana -añadió.

David frunció el ceño, desconcertado por un momento.

– ¿Diez días? -preguntó.

– Eso es lo que vamos a estar en esta lata de sardinas flotante hasta llegar a Mallorca, ¿no?

– Sí, claro -respondió Dave, cuyo reloj mental estaba programado sólo para un viaje de cinco días.

– Me lo harás saber si piensas marcharte antes, ¿verdad, David? -dijo Kate-. Es que detestaría despertarme una mañana y ver que ya no estabas.

– ¿Dónde podría ir? -preguntó Dave con una sonrisa forzada-. Sólo están la luna y las estrellas.

– Ya sabes que la noche es mágica, Van. Tú mismo lo dijiste, ¿recuerdas?

15

– Volviste bastante tarde anoche, ¿no Kate?

– Kent -protestó Kate-, habla igual que mi padre. Además, me sorprende que se diera cuenta después de la cantidad de alcohol que despachó ayer.

Estaban en la cocina, Bowen sentado detrás de la dinette en forma de L y Kate detrás del mostrador empotrado de imitación a granito, vertiendo agua hirviendo en el café. Abajo, desde la escalera de babor, les llegaba la voz de Sam Brockman cantando en la ducha.

– Bueno lo que sucedió fue que entre el partido de la televisión y el lujo de este barco, y el inicio del viaje y tu encantadora compañía, Kate, y porque realmente no había mucho más que hacer ayer, salvo relajarse, supongo que bebí un poco más de lo que debía. Pero con seguridad observarías que no afectaba mi capacidad para el trabajo.

– No, ciertamente no lo observé -admitió-. Mayormente, trato de no observarte ni a ti ni a tus capacidades -añadió entre dientes.

– ¿Cómo dices?

Kate sacudió la cabeza.

– ¿Qué problema hay con mi horario, señor?

– Sólo me preguntaba qué te había retenido hasta tan tarde.

Kate no vio ninguna razón para negar dónde había estado. En realidad, era muy poco lo que había pasado. A menos que contara un pequeño viaje antes, de enamorarse, quizás, locamente. No había pasado nada en el dormitorio.

– El tipo del barco de al lado me invitó a tomar algo -dijo; encogiéndose de hombros-. Eso es todo. Prepara unos Margaritas bastante buenos.

– Eso me interesa. El Margarita es mi cocktail favorito. ¿Y no será por casualidad el mismo tipo que vino a tomar algo aquí ayer tarde?

– El mismo.

Bowen se puso pensativo.

– ¿Hay algo malo en eso? -preguntó Kate.

– Sin duda es un tipo apuesto -observó Kent.

Bowen empezó a sonreírle de una forma que encontraba ofensiva. Como si fuera su amante, viejo y rico, y estuviera celoso o algo así.

– ¿Y eso qué quiere decir?

– Quiere decir que, sin duda, es un tipo apuesto -dijo él con fingida inocencia.

Kate puso una taza de café frente a él en la mesa y luego volvió detrás del mostrador, para evitar la tentación de tirarle el café hirviente por encima. Miró cómo tomaba un sorbo y casi deseó que el café estuviera envenenado, como la mente de Bowen. Como mínimo le habría gustado coger su estúpido sombrero Tilley por el ala y tirar de él hacia abajo con fuerza, hasta taparle los ojos y las orejas, sólo para ver si eso cambiaba en algo su manera de comportarse.

– Ya que él y yo vamos a ser vecinos, supongo que más vale que me digas cómo se llama.

Kate bebió un poco de café y miró hacia fuera por el parabrisas que iba de pared a pared, abstraída. Aunque aún no eran las diez, ya hacía calor. El Trópico de Cáncer estaba sólo a unas cien millas al sur. Segura de su tipo, quería ponerse un bikini, pensando en Dave; pero la idea de llevar algo más revelador que un hábito de monja con Bowen por allí le resultaba repulsiva. Esperaba poder tumbarse en el solarium que había en el techo de la cabina de popa y tomar el sol mientras escuchaba el micrófono oculto que uno de los estibadores había colocado en el Britannia durante los trabajos de carga. El problema era que un único aparato no resultaba suficiente y Kate iba a tener que instalar otro ella misma. Seguía sin decidir cómo vestirse.

Bowen siguió sonriendo durante el obstinado silencio de Kate.

– Tendrá un nombre, ¿no? Ese capitán del Juarista.

– Se llama David Delanotov y no es el capitán; es el propietario -dijo Kate rápidamente.

Casi en el acto se arrepintió de su presteza. Decirle algo a Bowen era igual que decirle demasiado, porque era obvio que estaba celoso.

– El propietario, ¿eh? Igual que yo.

Bowen dejó que la sonrisa diera paso a su irritante risita.

– Tendría que haberlo sabido -dijo-. Tan pronto como lo vi me di cuenta de que teníamos algo en común. -Bebió otro sorbo de café-. Los iguales se reconocen. Ya sabes cómo van estas. Y también entiendes de barcos. Así que dime, Kate, ¿cuánto crees que puede costar un barco como el Juarista?

Kate dudaba entre dejarlo en su impotente ignorancia o decírselo para que se sintiera insignificante. Finalmente, no pudo resistir la tentación de restregarle la evidente riqueza de Dave por la cara.

– No sé; quizás unos tres millones de dólares.

– Tres millones de verdes. Joder, debe de estar forrado.

– No es ni mucho menos el barco más grande que hay aquí, Kent. El de Rocky tiene seis o siete metros más que el de David.

– ¿David? -dijo Bowen sonriendo-. ¿Sabes cuánto me costaría reunir todo ese dinero? Puede que cincuenta años.

– No me lo diga a mí. Dígaselo a su representante en el Congreso.

– Y si eso se lo gasta en un maldito barco, ¿puedes imaginar la clase de casa en la que debe vivir?

Kate descubrió que podía imaginar todo tipo de cosas relacionadas con David Delanotov y que la mayoría de ellas exigían que ella estuviera desnuda.

– ¿Qué es usted? ¿Un agente inmobiliario?

– Mira, no te gastas más en el barco que en la casa. Es lógico pensar que la casa de ese tío tiene que valer tres o cuatro veces más que su barco. Tiene que estar entre los siete u ocho millones de dólares. Imagínatelo. Por todos los santos.

Kate suspiró y contempló la taza de café.

– ¿Cómo se gana la vida? Un tipo tan joven. ¿Roba bancos? ¿Trafica con cocaína?

– Ya veo que no tiene problemas de imaginación. Por lo que yo sé trabaja en el Centro Financiero del bulevar Biscayne. Materias primas o algo así.

– Eso es igual que robar un banco, o mejor. Esos tíos son más difíciles de pescar cuando se meten en algo. Fraude, tráfico interno, esa clase de mierda.

– Pero, ¿usted qué es? ¿De la Comisión de Valores y Cambios? Kent, no tiene ni la más remota idea de lo que habla. Ni siquiera conoce a ese tío.

– Conozco a los de su clase -insistió Bowen-. Quizás mejor de lo que crees; quizás mejor que tú.

Exasperada, Kate tiró el resto del café por el fregadero.

– No nos codeamos con multimillonarios cada día, Kate. Es natural que sintamos curiosidad por ese tipo de personas, que nos deslumhren ellos y su riqueza.

– ¿Es una observación personal? ¿Qué quiere decir?

– Sólo quiero que tengas cuidado, eso es todo. Tenemos un trabajo que hacer aquí. No dejes que nada te distraiga. No dejes que nadie te haga perder la cabeza. Ese tipo, por ejemplo.

– ¿Sabe que le pasa? Todo esto tiene que ver con otra cosa -dijo Kate-. Y es que le incomoda personalmente que yo hable con otros hombres. Creo que está celoso.

– ¿Yo, celoso? Eso es ridículo.

– A mí no me lo parece.

– Lo único que quiero es que no te hagan daño. No quiero que lo jodas todo, ni en tu vida ni en la operación.

Kate sonrió implacable.

– Y supongo que la forma en que se comportaba anoche con la capitana del Jade no entra por alguna razón en la categoría de estúpido, ¿verdad?

– Mira, Kate, yo soy un poco mayor que…

– Por lo menos en eso podemos estar de acuerdo. Será mejor que no tiente su suerte y se salga de su papel, ¿de acuerdo?

– Yo sé cuál es mi papel.

– ¿No querrá decir rollo? Porque por la historia que le contó a Rachel Dana parecía que fuera el dueño de Kansas.

– Eh, oye, espera un momento…

– No, espere usted un maldito momento. Está tratando de hacer que me sienta culpable. De ponerme la zancadilla; bien, pues puede ahorrarse el esfuerzo. No me siento culpable ante nadie. Y, señor, no me sermonee sobre cómo tengo que concentrarme en el trabajo. Concentrarme en el trabajo me ha costado un marido. ¿Se ha roto alguna vez su matrimonio debido al trabajo? Hay momentos de depresión. Y una de las cosas que te ayuda a superarlos es la idea de que tu trabajo significa algo. Que es importante. Que se nota. Así que no me venga con sermones sobre mi trabajo. Eso se lo puede dejar al abogado que le lleva el divorcio a mi marido. Señor.

Kate salió rápidamente de la cocina y al cabo de uno o dos minutos Bowen la vio caminar por la pasalera alta del buque y detenerse para hablar con el propietario del Juarista. Bowen se acabó el café y luego fue al puente. Se sentó en uno de los asientos del piloto, puso en marcha el scrambler digital y cogió el auricular de la radio.

– Aquí pavo en el heno llamando a pavo en la paja. Aquí pavo en el heno llamando a pavo en la paja. ¿Me recibe? Corto.

Siguió una corta pausa llena del ruido de la estática y luego Bowen oyó la voz del telegrafista de guardia en el Galveston.

– Pavo en el heno, aquí pavo en la paja, le recibo. ¿Todo en orden?

– Pavo en el heno, todo en orden. Quiero que transmita un mensaje a la central del FBI en Washington. Que la división de archivos compruebe a David Delanotov: de, e, ele, a, ene, o, te, o, uve. Y también otras variantes de ese nombre. La ortografía nunca fue mi fuerte. Además, que comprueben también un barco llamado el Juarista: jota, u, a, erre, i, ese, te, a. Con matrícula de San Diego, California. Quiero saber absolutamente todo lo que haya. Ah, una cosa más. Toda esta información sólo deberá ser comunicada a petición específica mía. Soy el agente Kent Bowen. No debe ser revelada a menos que la pida personalmente. ¿Lo ha entendido? Corto.

– Pavo en el heno, aquí pavo en la paja. Entendido. Corto.

– Aquí pavo en el heno, corto y cierro.

Bowen desconectó la radio y se recostó en el asiento de fina piel. Le impresionaba bastante que Kate supiera cómo manejar todas aquellas pantallas de ordenador. Varias veces había observado cómo realizaba varias secuencias críticas -por lo menos, así es como él las llamaba- y seguía sin tener ni idea de lo que había hecho. Puede que ella supiera mucho de barcos, pero él sabía de investigación y de cosas legales. Ser inquisitivo, averiguar cosas de la gente, saber exactamente con quién tratabas; todo eso te ayudaba a jugar con ventaja. Bowen estaba convencido de que, generalmente, los ricos tenían algo que esconder. Como decía el viejo proverbio: «Toda gran fortuna empezó con un delito». Sería interesante descubrir cuál era el secreto de David Delanotov, y averiguar cómo reaccionaba Kate cuando se enterara de ello.

– El barco que hay a popa, el que vamos a robar para escapar, se llama Britannia -le dijo Dave a Al.

Estaban sentados en la cama doble del camarote de Al. Sin ventanas ni ojos de buey, era el lugar más seguro del Juarista. Y como Al no se había molestado en cambiar las sábanas desde Costa Rica, era también el más maloliente.

– No es tan rápido como éste, pero a primera vista, yo diría que puede llegar a veinticinco nudos, sin problemas. Tiene doble propulsor a popa, así que no habrá ninguna dificultad para maniobrar y sacarlo al mar. La energía tampoco será un problema. Los he estado observando y tienen más paneles solares que una jodida estación espacial y el capitán -que por cierto es clavado a Gilbert Roland- mantiene los motores en marcha. Lo único que me queda por averiguar es cuánto combustible lleva a bordo.

Al frunció el ceño.

– ¿Quién coño es Gilbert Roland?

– Hizo de mexicano en muchas películas -Dave sacudió la cabeza al ver que Al no sabía de qué le hablaba-. No importa.

– ¿Y qué pasa con el dinero?

– ¿Qué pasa con él?

– Lo que quiero decir, hijo de puta, es que no sabes cuánto combustible hay en ese otro barco; así que puede que tampoco tengas ni puta idea de cuánto dinero hay.

– Eso es un non sequitur total -dijo Dave-. A esa conclusión tocacojones tuya no se puede llegar a partir de las premisas dadas. Créeme. Está ahí.

– Si fueras Jesucristo y me juraras por los agujeros de tus manos y la herida de tu costado que el dinero estaba allí, yo seguiría preguntándote cómo estás tan seguro.

– Hombre de poca fe. Olvídate del dinero. El dinero está donde se supone que está. Lo cual es más de lo que puedo decir de tu actitud. ¿Por qué no puedes parecerte más a aquellos discípulos, Al? Que no veían pero creían. Estate tranquilo respecto al jodido dinero -Dave sacudió la cabeza, cansado de las dudas de Al-. ¿Has encontrado algún sitio para encerrar a todo el mundo? -preguntó, cambiando de tema.

– Creo que sí -respondió Al, con hosquedad-. Fui hasta la zona de alojamiento y parece que el mejor sitio está en la cubierta inferior. Hay un taller y una especie de almacén al lado de la sala de máquinas. Aparte de algunas herramientas y otras mierdas, está más o menos vacío. Además, tiene una buena puerta de acero sólido y con cerrojo por fuera. Si dejáramos las herramientas, podrían romper la puerta a martillazos en unas horas. Y para entonces nosotros ya hará tiempo que nos habremos largado, ¿no?

– Se nos habrá llevado el viento.

Al se inclinó y tiró de una bolsa de béisbol para acercársela; todavía estaba húmeda y olía mal después de varios días en el congelador de pescado.

– Tú y yo, Escarlata, es hora de que conozcamos a nuestros socios en el delito. Todos ellos son veteranos en combate. Y empezaremos el baile con la metralleta de nueve milímetros M5, de Heckler & Koch. No pesa más que un recién nacido y hace tanto ruido como él. Dispara treinta balas con un alcance efectivo de unos cien metros.

Le pasó el arma a Dave y le mostró cómo expulsar el cargador.

– Va en un estuche de tubo de goma, del tipo SEAL, por si tienes que darte un baño con ella. Equipada con miras de láser sumergibles, la batería de nueve voltios dura treinta horas de uso continuo. Tendrías que ser Stevie Wonder para no dar en el blanco con esta mamaíta. Precisión garantizada o te devuelven el dinero.

Al metió la mano en la bolsa y sacó una pistola.

– La siguiente en el baile es la Heckler & Koch cuarenta y cinco, el arma de operaciones del ACP Special. Por si no te hubieras dado cuenta, tengo una fuerte lealtad de marca. Siempre como la misma marca de cereales y siempre uso la misma marca de armas. Las dos cosas más importantes del día son empezar bien -eso significa un buen desayuno- y tener una buena arma. Ya hay bastante incertidumbre en el mundo sin que tengas que confiar en alguna nueva mierda que nunca has utilizado antes.

– Es una Weltanschauung bastante buena -dijo Dave.

Al continuó, sin hacerle caso.

– Y con esta pistola, créeme, tienes el mundo en tus manos. Es la Big John de las pistolas. Silenciador desmontable porque vamos a trabajar de noche y no queremos despertar a todo el mundo antes de estar dispuestos. Dispositivo láser de disparo al blanco, igual que antes. De hecho, el mismo que utilizaron los cazas F-14 en la Tormenta del Desierto. Se podría alcanzar Bagdad con esta artillería. Dispara ocho tiros. Blanco garantizado. Pero tiene un retroceso fuerte, o sea que usaremos estos guantes de levantador de pesas. No porque queramos tener el aspecto de un par de maricones de sado-maso, sino porque nos permitirán mantener una sujeción firme.

La última arma en salir de la bolsa era una escopeta.

– Y la última pero en absoluto la menos importante es nuestra escopeta del calibre 12 y acción de bombeo. Una Mossberg, modelo 835. Recortada a 45 centímetros, los mismos que mi polla.

He sacado el cargador y cambiado el punto de mira. Tiene un aspecto bastante maligno, ¿verdad? -Al soltó una risita-. Bueno, seguro que te deja bien barrido el jodido vestíbulo. Sólo tienes que disparar está preciosidad una vez y se han acabado tus problemas. Cuando estemos fuera y en los barcos te recomiendo que te limites a la metralleta y la pistola. Para tratar con la tripulación, la escopeta será de lo más persuasivo -Al quitó el seguro y apretó el gatillo con la recámara vacía-. Por algo la llaman arma antidisturbios. Y con estas tres, tendremos la leche de oportunidades.

»Pero, por si tenemos que vérnoslas con alguien a nuestra altura, llevaremos un Kevlar. Probado en los campos de maniobras de Aberdeen por el Edgewood Arsenal del gobierno de Estados Unidos, este blindaje corporal detendrá la ACP y la nueve milímetros, pero quizás no la doce si la disparan cerca. Esto es lo que tienes que llevar puesto cuando asistas a la próxima reunión de tu sección local de los davidianos. La verdad duele, pero no si vistes como Kevin Costner.

Al lado del torso blanco doblado del chaleco, Al colocó un walkie-talkie.

Y, por supuesto -dijo-, nuestros instrumentos de comunicación, por si el amor trata de apartarnos al uno del otro * -Al hizo un gesto señalando las armas y el equipo, que ahora estaban extendidos por la cama como si fueran regalos de Navidad-. A riesgo de sonar como el sargento Gunny Highway, familiarízate con toda esta mierda. Conócela bien; puede salvarte la vida. Y más importante todavía, puedes salvar la mía. Ah, sí; una cosa más: lo que yo llamo el factor Alias Smith and Jones.

– Con Pete Duel y Ben Murphy -dijo Dave asintiendo con la cabeza.

– Dicen que con todos los trenes y bancos que robaron nunca dispararon contra nadie. Y una mierda. Nadie entrega toda una jodida nómina sin que alguien reciba un disparo. Recuérdalo. Alguien se pone en tu camino y tienes que apiolar al mamón, o sea que es mejor hacerlo, si no quieres que se te carguen a ti. ¿Quieres ser popular entre todo el mundo menos en los ferrocarriles y los bancos? Entonces, lo mejor es que te dediques a actuar en el teatro en lugar de a robar. Si quieres dar un golpe como éste, entonces es mejor que estés listo para repartir jodido plomo. Y un montón. ¿Lo entiendes? Es la supervivencia de los mejores. ¿Capisce?

Dave sonrió en respuesta.

– Toda esa testosterona, Al -dijo-. Tendrías que oírte. Igual que un bullterrier. ¿La supervivencia de los mejores? Esa era la teoría de Charles Darwin. Era una forma de explicar la selección natural, la evolución y toda esa mierda. Cuando él hablaba de supervivencia de los mejores no se refería a que los que estaban dispuestos a ser los peores hijos de puta sobrevivirían. Los mejores no es igual a los más malos, Al. No significa nada salvo lo que dice: los que es más probable que sobrevivan. El hecho es que el viejo Darwin pensaba que estar predispuesto a cooperar podía servir para adaptarse y, por eso, la especie en cuestión sería seleccionada.

»Tal y como yo lo veo Al, eso es lo que buscamos. Un poco de cooperación. Movemos nuestras armas y hacemos algo de ruido, claro. Pero hagámoslo con inteligencia. De una forma sociable. Puede que sea necesario algo de agresividad, claro. Puede que nos aporte ciertos beneficios; pero también tiene sus costes. La mayoría de animales tienen incorporados códigos ante los conflictos, códigos que fijan límites a la violencia que se infligen unos a otros. Una gran parte de todo el alarde es sólo un farol. Exhibiciones amenazadoras y cosas así. Al oírte, Al, parece como si de verdad quisieras matar a alguien. Y lo que tienes que entender es que si utilizamos nuestro cerebro, es probable que no tengamos que utilizar nuestras armas. Tu ejemplo de Alias Smith and Jones es un completo error, tío. Lo importante no era que fueran demasiado gallinas o demasiado estúpidos para matar a alguien, sino que planeaban sus asaltos con suficiente reflexión y estilo, que mantenían la sangre fría para no verse en la necesidad de disparar contra nadie.

– ¿Y tú te crees eso? -Al se rió con desprecio.

– Al, es tu ejemplo, no el mío. La cuestión es un tanto académica, debido a que, para empezar, no era verdad.

– Claro que era verdad -insistió Al-. Era historia. Lo decía justo al principio del espectáculo. «Hannibal Hayes y Kid Curry, los dos forajidos más buscados de la historia del Oeste.» Claro que era verdad. La única parte que no era verdad era cuando decía que no mataron a nadie. Sólo lo hicieron para asegurarse el público familiar.

– Al, fue un relato ficticio, basado muy vagamente en dos personajes históricos -Dave se controló para no decir nada más. ¿Qué sabía él? ¿A él qué le iba? ¿Qué coño importaba? Estaba discutiendo con alguien cuya idea de un argumento eficaz era una pistola más grande que la del otro tío.

– ¿Sabes cuál es tu problema? -dijo Al-. Lees demasiado. Cada vez que abres la boca, son las ideas de otro tipo las que salen. Como si fueras el muñeco de un ventrílocuo o algo así -Levantó la 45 automática vacía, apuntó a la imagen de Dave en el gran espejo de detrás de la cama y apretó el gatillo de forma inofensiva-. Te lo he dicho antes y te lo diré otra vez: no entiendo cómo te las arreglaste todo aquel tiempo.

– Hiciera lo que hiciera, Al -respondió Dave-, lo hice por ti y por tu jefe. Procura recordarlo de vez en cuando.

Al guiñó los ojos de una forma desagradable.

– No creas, lo tengo siempre presente.

Dave se llevó el equipo a su camarote, lo guardó en el cajón de debajo de la cama y luego se tumbó.

Los cinco años que había estado encerrado en Homestead no tenían importancia para Al, pero Dave sabía que no olvidaría nunca aquella experiencia, por años que viviera. Pensó en aquel tiempo, pensó en el hombre que Tony Nudelli había matado a tiros y en las ramificaciones que se habían derivado de todo ello. Para Dave y para su jodida familia. De ninguna manera Naked Tony iba a salirse con la suya como si nada. Pronto tendría que pagarlo.

Pero, sobre todo, pensó en Kate y en lo que había pasado la noche antes. No dejaba de pensar en ella, de una forma que no habría creído posible después de tratarla sólo un día. Lo primero que había hecho aquella mañana había sido pensar en ella. Son las chicas que se te resisten las que más quieres besar. No recordaba haberse sentido así desde hacía años y le parecía inconcebible que al cabo de cuatro o cinco días pudiera alejarse de allí y no volver a verla nunca más. Lo que lo hacía más extraño era la certidumbre de que ella sentía lo mismo que él. Con la única diferencia de que ella no esperaba que él resultara ser un ladrón que se iba a largar con millones de dólares en dinero de la droga. No podía ni plantearse no llevar a cabo el golpe. Incluso si se sintiera tentado, había que pensar en Al. Pero quizás hubiera una tercera posibilidad. ¿Cuánto ganaría el capitán de un pequeño yate? ¿Treinta, cuarenta mil dólares al año? ¿Qué era eso al lado de dinero de verdad? Por la forma en que hablaba, se diría que, por lo menos, estaría dispuesta a considerar su proposición. Si había una cosa que le gustaba a Dave era una chica atractiva y con ingenio. Por supuesto, el momento sería crítico. No podía decirle lo que iba a hacer antes de haberlo hecho. ¿Y si estaba en contra y descubría el pastel? No, no estaba seguro de cómo, pero tendría que sondearla y asegurarse de ella de alguna otra forma y por adelantado. Tendría que idear una situación o una postura ficticia a fin de ponerla a prueba.

Al cabo de un rato Dave subió a cubierta y miró hacia el Carrera. Había señales de que alguien había estado tomando el sol en el techo, pero no había ni rastro de Kate. Al estaba arriba, en el Duke, hablando con la capitana del Jade y sonriendo con aire depredador. Al ver a Dave, le gritó:

– Eh, jefe, acaban de invitarnos a una fiesta.

– Estupendo -dijo Dave, subiendo hasta ponerse a su lado-. Muchas gracias, capitana Dana.

– A las ocho. Todo el mundo está invitado -dijo ella-. Y, por favor, llámame Rachel. Con tantos capitanes este barco está empezando a parecer que la dotación de cargos en la parte superior del escalafón es excesiva.

Dave vio cómo la mirada de Al se desviaba con disimulo a los pechos de Rachel. Los pensamientos de Al eran un libro abierto para Dave; no había duda de que estaban ocupados con Rachel Dana y su dotación superior.

– Dana -dijo Dave-. Es un buen nombre para ser capitán de un barco de Estados Unidos. ¿Hay alguna relación?

– De hecho, sí. Fue un antepasado mío, lejano -confirmó Rachel.

– ¿Quién? -dijo Al mordiéndose el labio.

– Un escritor famoso -dijo Dave, azuzándolo-, R.H. Dana.

Al puso los ojos en blanco y estaba a punto de hacer un comentario despreciativo sobre los libros cuando, de repente, cayó en la cuenta de que se suponía que Dave era su jefe y que aquel Dana era un escritor emparentado con Rachel…

– Escribió uno de los mejores libros sobre el mar de todos los tiempos -dijo Dave-. Two Years before the Mast. Pero no te interesaría, Al; como no te gusta mucho leer.

– ¿Quién lo ha dicho?

– Tengo un ejemplar en mi camarote, si quieres puedo dejártelo -dijo Rachel.

– Me encantaría leerlo -insistió Al.

– Quizás cuando hayas acabado de leerlo, puedes comentarle a Rachel lo que piensas -dijo Dave-. Darle tu opinión crítica.

– Ya, claro. ¿Por qué no?

– Bueno, pues vayamos a buscarlo -dijo Rachel sonriendo amablemente, invitando a Al a subir al Jade.

El mismo día, un poco más tarde, Dave fue hasta el lado de babor del buque para echar una ojeada a sus tres objetivos.

En el techo del Baby Doc, uno de los tripulantes, con más tatuajes que un Ángel del Infierno maorí, había sacado la protección de la antena de Tracvision y estaba sujetando un cable a la pantalla de satélite.

– Buenas tardes -dijo Dave.

– Eso me han dicho -respondió el tipo, sin siquiera volver la cabeza.

– ¿Tiene algún problema? ¿Puedo ayudarle?

El hombre se dio la vuelta lentamente con una expresión de «quién mierda eres tú para darme consejos» en su cara petulante de tipo duro. Al cabo de un momento dejó de morderse el interior del labio y dijo:

– No nos llega la señal de la tele.

Dave sonrió para sí, decidiendo que aquel tipo no tenía mucha experiencia de barcos.

– Demasiado lejos -dijo.

– ¿Del satélite? -el hombre sonaba incrédulo.

– No, joder -dijo Dave-. De la costa. Eso sólo funciona hasta el límite de las 200 millas. Más allá, es sólo ruido blanco y espacio, la última frontera.

– ¿Habla en serio?

– En serio. Por lo menos, hasta que lleguemos a Europa. Pero la tele allí es una mierda, así que no se haga muchas ilusiones.

– La leche -dijo el hombre-, ¿qué vamos a hacer?

– ¿No tenéis VCR?

– Sí, pero no cintas.

– Eso no es problema -Dave señaló hacia la proa del Duke-. ¿Ve aquel barco grande allí delante? El de cincuenta metros. Es el Jade. Es propiedad de Jade Films. Tienen un montón de vídeos para prestar. Bueno, si le gusta lo porno.

– ¿Le gustan los espaguetis a Sinatra?

– Entonces están de suerte. Tienen una colección de vídeos como una Triple X, en Times Square.

Dave se limitaba a repetir lo que le había dicho Al, con los ojos saliéndosele de las órbitas, después de recoger el ejemplar de Rachel de Two Years before the Mast.

– Por cierto, que dan una fiesta esta noche, a las ocho. Todos estamos invitados. Me extraña que no se hayan enterado.

– Oh, es que no hemos sido muy sociables hasta ahora. Antes pasó una chavala, pero estábamos todos todavía en la cama. Tomamos unas cuantas copas anoche -Sonrió como arrepentido-. Más de unas cuantas. Ey, ¿quiere tomar algo? -dijo mostrándose algo más amigable.

– Claro, ¿por qué no?

– Suba a bordo, amigo. Suba a bordo del Baby Doc.

Esto era mejor de lo que Dave podía haber esperado. Saltó al barco, al lado del tipo de los tatuajes, y lo siguió por la cubierta.

– Baby Doc -dijo-. ¿Qué era, el yate de la familia Duvalier o algo así?

– En absoluto. El propietario tiene una especie de clínica de fertilidad en Ginebra. Gana dinero a espuertas con las mujeres que no pueden tener hijos. Y con otras cosas de ginecología. No creo que haya oído hablar nunca de la familia Duvalier ni de los Tonton Macoutes. En realidad no creo que supiera siquiera que Haití existía. No hasta que empezó navegar por el Caribe -El hombre se rió y le dio una Bud fría a Dave-. Claro que allí lo descubrió muy rápido. Está pensando en reacondicionar el barco en Europa. Y le cambiará el nombre al mismo tiempo, creo. Si tiene algo de sentido común. Imbécil de mierda.

Dave sonrió y echó una ojeada al destartalado interior, preguntándose cuánto dinero podía haber escondido dentro de los gastados muebles de piel. Dos sofás grandes y dos sillones a juego. El resto de la sala tenía un aspecto apropiadamente clínico. Como la sala de descanso de los personajes de Urgencias. Habían inventado una buena historia y no había duda de que habían escogido el barco adecuado. El hombre, que le dijo a Dave que se llamaba Keach, no había exagerado. El Baby Doc necesitaba una puesta a punto completa. Y sacar los aditamientos interiores no iba a representar un gran gasto.

Dave cogió la cerveza y se dejó caer en el sofá, esperando notar una cierta incomodidad en su trasero o en la cara de Keach. El sofá se notaba bastante firme. Quizás demasiado firme, pensándolo bien. Más como una silla de oficina que como un cómodo sofá. Las costuras de la vieja piel se veían demasiado inmaculadas, como si fueran nuevas. Como si alguien hubiera cosido algo por la parte de dentro de la piel. Dinero. Entretanto la cara de Keach, con sus ojos hinchados -como si hubiera encajado unos cuantos puñetazos en su tiempo- y su lúgubre boca, permanecía inexpresiva.

Dave reconoció la mirada. Era esa mirada fija, penetrante, blindada, que llegabas a tener cuando estabas en el trullo. La clase de mirada que decía «no me toques las pelotas o haré que te cagues a hostias». Así que Keach era un ex preso, como él mismo. Dave se preguntó si el tipo se olería que él también lo era.

– Vamos -dijo Keach con calma-. Salgamos afuera. Me puede enseñar cuál es su barco.

Dave se quedó en el Baby Doc otros quince minutos y conoció a otro de los tripulantes, un negro con aspecto de matón y un corte de pelo a lo Keith Haring y con una cosa tan granítica que parecía que lo habían hecho en la Isla de Pascua. Al ver su propio reflejo en los cristales de las gafas de sol del negro, Dave pensó que él parecía un tipo de aspecto bastante corriente. Para nada la clase de tío que guarda una pistola para cualquier posible eventualidad debajo de la cama. Parecía la clase de tío que Kate podría dejar entrar en su vida.

Conseguir que aquellos tíos del Baby Doc los dejaran entrar parecía bastante más difícil.

De vuelta al Juarista, Dave encontró bloqueado el paso por la estrecha pasarela por una figura solitaria que tenía la mirada fija en el mar. Mientras se disculpaba, pasando con dificultad por su lado, se dio cuenta de que la cara le era conocida.

– Eh -dijo-, ¿no es usted Calgary Stanford, el actor de cine?

– Sí, soy yo.

El tono de Stanford era triste, casi como si ser Calgary Stanford fuera algo demasiado difícil de soportar. O puede que fuera el papel que se decía que estaba preparando. Calgary Stanford era el actor que había presenciado la ejecución de Benford Halls el mismo día en que soltaron a Dave de Homestead. Dave conocía bien los relatos publicados en Premiere, sobre el metódico trabajo de preparación que algunos actores hacían para meterse en el personaje. En general pensaba que estaba bien que tuvieran que hacer algo de trabajo, quizás incluso soportar algunas dificultades, a cambio del dinero que les pagaban. Pero pensaba que asistir a la ejecución de alguien era pasarse de los límites y se preguntaba si no habría, antes de que acabara el viaje, alguna manera de saldar cuentas con el actor por cuenta del hombre ejecutado.

– The Cruel Sea, ¿eh? -dijo Dave y cuando Stanford lo miró, perplejo, le explicó que era un libro.

– Me parece que he visto la película. Británica, ¿verdad?

Dave asintió, preguntándose si los únicos que todavía leían libros eran los tipos que estaban en prisión.

– En realidad pensaba que debía de estar alerta a causa del huracán.

– ¿Qué huracán?

– ¿No lo sabe? Dicen que se acerca uno por el Oeste.

Era verdad. Lo habían dicho por radio justo después de mediodía. Estaba muy por detrás de ellos, pero Dave quería asustar un poco al actor.

– Jesucristo.

– A decir verdad, no -dijo Dave-. Se llama Louisa. Pero Jesús podría ser un buen nombre para un huracán, bien pensado. Huracán Jesús, o huracán Mierda Divina o huracán Sagrada Madre de Dios. He conocido a unas cuantas zorras en mi tiempo, buenas para gastar tu dinero y descargar adrenalina, pero ninguna de ellas podía destrozar un lugar como lo hace una verdadera tempestad. O como lo hace un grupo de rock. Huracán Led Zeppelin. Ése es un nombre mejor para un huracán. O huracán Keith Moon. Apuesto a que ese huracán sí que podría hacer daño de verdad. No sólo la tele o el Rolls Royce acabarían en la piscina, sino todo el jodido hotel.

– ¿Han dicho de qué nivel es este Louisa? -preguntó Stanford.

– Tres, creo -Dave husmeó el aire. El aliento del actor olía claramente a marihuana. El tío iba un poco colocado. Probablemente había salido a cubierta para aclararse la cabeza.

– Ése no es el nivel máximo -dijo el actor con su deje gangoso de Los Ángeles-. Pero también es peligroso. ¿Sabía que en un día un huracán puede liberar tanta energía como 500.000 bombas atómicas?

– ¿A qué tipo de bomba se refiere? -preguntó Dave-: ¿La de Hiroshima o una más grande?

Calgary Stanford lo pensó un momento, parpadeó con fuerza y luego dijo:

– No lo sé. Pero sea como sea, es un montón de muertos -Y rompió a reír.

– Parece saber mucho -observó Dave-. De los huracanes, quiero decir.

– Hice una película una vez. Pura mierda. No valía la pena verla. Pero es la clase de información que vas recogiendo cuando te metes en un papel -Se calló y volvió a mirar el mar-. Nunca he estado en un auténtico huracán. Suena a desmadre -Y rompió a reír otra vez.

– Yo sí -dijo Dave-. Era bastante aterrador.

– ¿Dónde fue?

Había sido cuando estaba en Homestead. Incluso detrás de varios metros de hormigón reforzado, Dave había creído que se iba a derrumbar el edificio. Por desgracia, no había sido así. Pero los reclusos tardaron días en limpiar los destrozos.

– Miami -dijo.

– Este de ahora, ¿dónde está?

– Sobre Cuba. Y se dirige hacia el noroeste. Puede que se extinga antes de alcanzarnos. O puede que el barco lo deje atrás.

Stanford resopló y dijo:

– Bueno, si fuera mi barco, habría una posibilidad -Señaló hacia un yate a motor de líneas aerodinámicas que estaba justo delante del Britannia-. Es ése de ahí. El Comanche. Un depredador de construcción británica. Tres motores de 846 K. Eso significa cuarenta nudos. Pero tiene ocho más de reserva.

– Tiene un aspecto estupendo -admitió Dave.

– Pero este buque… este buque no podría dejar atrás ni a Orson Welles.

– No estaba mal lo que corría en El Tercer Hombre -replicó Dave-; por todas aquellas alcantarillas de Viena.

Stanford parpadeó y bufó de nuevo.

– No lo suficiente, me parece recordar. Además, por lo que he leído sobre la película, a Welles no le gustaba meterse en aquellas cloacas y la mayoría de escenas las hizo un doble.

Al observar la decepción que empañó la cara de Dave, Stanford añadió:

– Es un negocio muy falso, ése del cine. Nada es nunca lo que parece. Y nadie es nunca quien se supone que es.

Dave desechó sus ilusiones rotas y dijo:

– Entonces, en eso, me parece que el cine es como la vida misma.

16

Dave se tropezó con Jock, el radiotelegrafista del Duke, y con Niven, el segundo oficial, cuando salían del ala del puente.

– Tenía que haber ido a arreglarle el micro de su radio, ¿no? -reconoció Jock.

– No se preocupe -dijo Dave-. Lo he arreglado yo mismo. Y, ¿qué hay del huracán? ¿Creen que nos alcanzará?

– Ahora íbamos a la sala de radio para ver el último informe meteorológico -dijo Niven-. Puede venir con nosotros, si lo desea, señor.

– Gracias, sí que me gustaría.

Dave siguió a los dos hombres por el corredor hasta la sala de radio.

Mientras Jock esperaba que la máquina de fax imprimiera un mapa meteorológico detallado, Niven dijo:

– Si fuera usted, yo no me preocuparía por la tormenta. Mi trabajo consiste en trazar rumbos y tener en cuenta cualquier imprevisto de la navegación. Eso incluye las tormentas. Si parece que el huracán Louisa se nos acerca demasiado, cambiaremos simplemente de rumbo y procuraremos salirnos de su camino.

El comentario de Niven envió a la cabeza de Dave una pequeña señal de peligro respecto al lugar de la cita.

– ¿En cuánto cree que tendríamos que alterar el rumbo? – preguntó.

– Eso depende, señor -dijo Niven.

– Fuerza de la tormenta, nueve -dijo Jock leyendo el mapa. Lo arrancó de la máquina de fax y se lo pasó a Niven-. Se dirige al noroeste, hacia la Meseta del Atlántico Norte. Viene derecha hacia nosotros.

– Será mejor que vaya a darle esto al capitán -dijo Niven-. Siempre que no cambie de dirección, podremos esquivarla sin muchos problemas -añadió mientras salía de la sala.

Dave asintió, aunque esta última información no lo había tranquilizado demasiado.

– El segundo oficial tiene razón, señor -dijo Jock-. Probablemente nos desplazaremos un poco más hacia el sur, eso es todo. Quizás nos retrase un poco, pero le aseguro que no le gustaría estar en este barco durante una tormenta, señor. Es por la altura, ¿sabe? El Duke es como un aparcamiento flotante de muchos pisos. Y además, no tenemos mucho francobordo.

– ¿Francobordo?

– En la zona de los trópicos siempre se espera un tiempo excelente, así que se embarca más carga, con la consiguiente reducción de francobordo -explicó Jock-. Un mayor francobordo aumenta la seguridad del barco durante el mal tiempo. Y viceversa. Además, estamos trabajando en la línea de carga de verano; y eso también disminuye nuestro francobordo -Jock sonrió y empezó a liar un cigarrillo-. Bah, no se preocupe. Si tenemos algún problema siempre podemos telegrafiar a ese submarino.

– ¿De verdad cree que está ahí?

Jock encendió el cigarrillo, le dio al botón de cambio de canales en la radio y Dave oyó el sonido que había oído antes.

– Ahí está, y transmitiendo ahora mismo -dijo Jock.

Dave recordó a Keach tonteando con la antena de su Tracvision y se preguntó si la señal tendría algo que ver con el Baby Doc.

– Un momento -dijo-. Antes dijo que pensaba que el submarino era sólo una posibilidad. Que el que estuviera transmitiendo podría ser uno de los barcos que llevamos.

– Exacto, señor; ésa era la primera posibilidad. El submarino era la segunda. Y ahora que lo pienso, también hay una tercera.

– ¿Cuál?

– Uno de los barcos que llevamos está transmitiendo al submarino -dijo Jock aspirando de su cigarrillo con lenta precisión y tragándose a medias el humo.

– Cree de verdad que está ahí, ¿no? -insistió Dave como un tonto.

– No soy un experto en sónar -dijo Jock-. Pero había algo aquí la última vez que comprobé la sonda acústica. Claro que no es muy preciso. Lo único que hace es dar la profundidad de mar abierto que hay por debajo del casco. Pero cualquiera podía ver que tenía que haber más agua de la que indicaba la sonda. Por supuesto, a lo mejor era un arrecife, o incluso una ballena amistosa.

– Pero en realidad no cree eso, ¿verdad, Jock?

– No señor, creo que es un submarino.

– ¿Y el capitán qué piensa?

– ¿El viejo? -Jock se echó a reír-. Lo único que le importa es su jardín y esa mujer del Jade. Por lo que dicen, cree que tiene posibilidades. No le importa una puta mierda ningún submarino -Jock sacudió la ceniza del cigarrillo por encima de la mesa de la radio-. Es bastante emocionante cuando lo piensas: un espía a bordo del Duke.

– Pero, ¿por qué? -dijo Dave-. ¿Por qué querría nadie espiar un buque como éste.

– Ah, bueno; ésa es la cuestión ¿verdad, señor? ¿Por qué?

Jack Jellicoe estaba tomando el sol en su jardín. Éste estaba formado por varias macetas de terracota llenas de lobelias y geranios de olor, colocadas encima del puente, alrededor de una de las torres de máquinas de proa. Echado en su tumbona, con una nevera portátil llena de ginebras rosa ya mezcladas y una novela de P.D. James, el capitán se sentía en su elemento. Pero en cuanto vio acercarse a su segundo oficial, supo que algo iba mal. Niven era un oficial competente y nunca lo habría molestado a menos que fuera importante.

– ¿Qué pasa? -gritó furioso.

Niven le dio el fax.

– El mapa del tiempo, señor. He pensado que tenía que verlo enseguida.

– Gracias, segundo oficial -Jellicoe estudió el mapa atentamente.

– El huracán Louise, señor -dijo Niven-. Nos está siguiendo. He pensado que quizás sería mejor establecer un nuevo rumbo. Lo he señalado en el fax, señor.

– Ya lo veo -dijo Jellicoe, cortante-. El único problema de este nuevo rumbo es que nos lleva derechos al Trópico de Cáncer.

– Sí, señor. He pensado que lo mejor sería mantenernos al sur, ya que la tormenta seguramente pasará más al norte, en dirección a las Azores.

– ¿Y en qué punto propone que nosotros pongamos rumbo al norte para dirigirnos hacia Gibraltar y el Mediterráneo? Después de todo, ése es nuestro destino final.

– Bien, señor, justo al norte de las Islas Canarias.

– Justo al norte de las Canarias, ¿eh? -Jellicoe sonrió, glacial, y señaló los dos cañones de bronce que apuntaban al mar-. ¿Y qué hacemos con esos?

– ¿Qué quiere decir, señor?

– Por si lo ha olvidado, los robamos de la isla de Lanzarote; que, si la memoria no me engaña, es una de las Islas Canarias. Y al hacerlo, yo y mi barco no quedamos en muy buena posición con los principales gerifaltes del gobierno local. ¿Comprende lo que quiero decir?

– Sí, señor.

Jellicoe echó otra mirada al mapa.

– No podemos en modo alguno acercarnos allí.

– No, señor.

– Esto es lo que vamos a hacer, segundo oficial. Ya he visto este tipo de cosas antes. La tormenta se habrá disipado en gran parte cuando nos alcance, créame. No, vamos a mantener nuestro rumbo original. No obstante y para mayor seguridad, dígale al jefe de máquinas que nos dé la máxima potencia. Procuraremos distanciarnos del Louise. Es probable que tengamos un mar algo agitado, pero nada que no podamos manejar. ¿Sabe, segundo?, al contrario de lo que cree la opinión pública, el mejor sitio para estar durante una tempestad es en el mar. Cuando el huracán Bertha alcanzó la costa de Estados Unidos, los jefes de la armada ordenaron que sus buques salieran a mar abierta, para evitar que se estrellaran contra los muros del muelle. Eso significa algo.

– ¿Y qué hay de las señoras del Jade, señor?

– ¿Qué pasa con ellas?

– Esta noche es el cóctel, señor.

– Ah, eso -Jellicoe echó otra mirada al mapa meteorológico y sacudió la cabeza-. Probablemente, habrá terminado para cuando el mar empiece a embravecerse.

– Puede que no estén acostumbradas a este tipo de cosas, señor. Quiero decir que va a ponerse bastante movido.

– Oh, no creo que tenga que preocuparse de la capitana Dana y de su tripulación. Estoy seguro de que habrán capeado más de una borrasca en su vida.

– Sí, señor, pero un barco como ése… Tendrán estabilizadores, supongo. Pero no les servirán de mucho mientras estén a bordo del Duke, señor. El único estabilizador que tenemos aquí es el café del cocinero.

– Eso es todo, señor Niven. Será mejor que diga a la tripulación que se pongan el uniforme azul. Va a hacer más frío. Y ordene al timonel que mantenga un rumbo estable.

– Sí, señor -Niven empezó a alejarse, sacudiendo la cabeza-. ¿Un rumbo estable? Y cómo mierda vamos a conseguir un rumbo estable.

– ¿Algo que añadir, señor Niven?

– No, señor.

– Entonces haga lo que le he dicho.

Jellicoe observó cómo se retiraba su segundo oficial. Con calma, plegó la tumbona, recogió la nevera, la novela y el mapa del tiempo. De camino hacia su camarote, iba riéndose, feliz, entre dientes. Parecía que, después de todo, los supernumos iban a gustar del auténtico sabor del Atlántico.

Kate había ido hasta la popa del buque para ver más de cerca al Britannia y a su tripulación, así como para estudiar si podía colocar otro aparato de escucha en el casco.

No se veía por ninguna parte al capitán, Nicky Vallbona, ni al otro tripulante, un tipo llamado Webb Garwood, ni a la amiga de Vallbona, Gay Gilmore. Kate se paseó arriba y abajo por el borde del dique flotante, pasando al lado del Britannia un par de veces, fingiendo un gran interés por las torres de máquinas y la popa abierta del Duke, pero no había nada que ver salvo un montón de gaviotas que se alimentaban de los desechos que flotaban en la estela de la embarcación. El Britannia parecía tan normal como los demás barcos del transporte, incluyendo el Carrera.

Kate miró a ambos lados y luego puso una rodilla en tierra para atarse el cordón del zapato. El micro no era mayor que un audífono y fue cosa fácil inclinarse y pegarlo al techo de la cabina de popa del barco. Ya se estaba alejando cuando la voz de un hombre a su espalda le hizo detenerse.

– Háblame -decía el hombre-. No te quedes ahí, de pie. Quiero decir, ¿has pensado alguna vez en tener niños, por ejemplo?

Casi esperando encontrarse con Howard de pie detrás de ella, Kate miró hacia atrás. No había nadie a la vista.

– Tu reloj biológico -decía la voz-, bueno, no se detiene, ¿verdad cariño? Quiero decir, si lo dejas hasta que ya hayas cumplido los treinta, entonces concebir es mucho más difícil.

Kate se dio cuenta de que la voz procedía de una ventana abierta cerca de la proa del Britannia. ¿Quién necesitaba micros cuando había ventanas abiertas? No es que hubiera nada en esta conversación que fuera de especial interés para el FBI. Podría haber sido Howard el que hablaba. ¿Cuántas veces le había oído hacer esos mismos comentarios?

– ¿Y a ti qué te importa? -respondió la voz de la mujer. Tenía acento de Nueva Zelanda. Eran Gay Gilmore y Nicky Vallbona los que hablaban.

– ¿Que a mí qué me importa? Cariño, pensaba que ésa era una de las razones por las que íbamos a casarnos; para tener niños.

– ¿De verdad? Bueno, pues ya te puedes ir haciendo a la idea, compañero. El único reloj biológico que tengo es el que me dice cuándo es hora de echar otro polvo. Y no tiene nada que ver con tener niños. Es sólo que me gusta mucho más follar que la idea de tener niños.

– Pero, ¿y el instinto maternal?

– ¿Qué pasa con él?

– Todas las mujeres lo tienen.

– Y una mierda.

Kate permaneció donde estaba, fascinada. Era como oír a unos actores leyendo un diálogo que ella hubiera escrito. Secretos de un matrimonio o algo por el estilo. Por el momento, le gustaba la actriz que la interpretaba a ella.

– Mira, Nick, tengo otros planes, ¿vale? Si acaso tengo algo de instinto maternal, queda satisfecho cuando me lames los pezones y cuando yo me acuerdo del cumpleaños de mi madre.

Kate estuvo a punto de aplaudir; tenía que recordar esa frase.

– La maternidad no es para mí, lo tengo claro. Ya tengo bastantes problemas sólo con cuidar de mí misma.

– No puedo entender que haya una mujer que no quiera tener hijos -gimió Nicky protestando.

Hubo un corto silencio durante el cual Kate pensó en lo que tenía en común con Gay. Una cosa por lo menos: su decisión de no tener hijos. Se preguntó cuánto sabía Gay de la droga escondida en los depósitos de combustible del barco. Esperaba que no supiera nada; empezaba a simpatizar con ella. Lo suficiente como para ayudarla cuando llegara el momento de la redada. Sería una lástima que Gay tuviera que ir a prisión. Por el contrario, la reacción de Nicky Vallbona había sido como la de Howard: egoísta y poco razonable.

– Nicky -decía Gay-, no creo que te hayas parado a pensarlo realmente. Tú y yo no estamos hechos para criar hijos. No estaría bien. Cuando lleguemos a Europa, cuando todo esto haya terminado, tendremos montones de dinero. ¿Por qué no nos limitamos a hacer lo que mejor se nos da? Divertirnos. Pasarlo bien. Sólo nosotros dos. Sin preocupaciones.

– Sí, vale. Supongo que tienes razón, cariño. Mierda, ni siquiera sé por qué he hablado de esto. Pero se acabó, no volveré a mencionarlo. Lo prometo.

Kate se alejó, triste. Triste por que su propio marido no se hubiera mostrado tan comprensivo sobre la cuestión de los hijos como un traficante de droga; y triste al saber que Gay sí que estaba enterada del asunto de la droga. A Gay le sería mucho más fácil no tener hijos cuando estuviera en prisión.

A veces el trabajo te planteaba situaciones que resultaba difícil prever. Como descubrir que los traficantes de drogas podían tener las mismas conversaciones sobre cosas corrientes que cualquier persona respetuosa de la ley.

Kent Bowen acababa de desconectar la radio, después de recibir la información que había pedido sobre Dave Delanotov -por lo menos en parte-, cuando él en persona llamó a la puerta corredera de cristal de la cabina del Carrera.

– Hola, ¿qué tal? -dijo Dave-. Espero no molestar.

– Diablos, no -dijo Bowen, deseoso de estar con Dave y poder echarle otra ojeada, ahora que sabía un poco más sobre quién y qué era-. Entre.

Quizás trabajara para el Centro Financiero de Miami, eso todavía lo estaban comprobando. Pero de mayor interés era la revelación de que, antes de ser propiedad de una naviera de la isla del Gran Caimán, el barco de David Delanotov había sido de un tío listo llamado Lou Malta, un mafioso de poca monta y antiguo socio de Naked Tony Nudelli, uno de los gangsters más importantes de Miami. Eso no demostraba que Dave fuera un mafioso, pero era suficiente para empezar. Bowen se prometió que, antes de que acabara el viaje, sabría todo lo que había que saber sobre David Delanotov. Al final iba a resultar que tenía razón respecto a aquel tipo. Delanotov era un delincuente.

– Tiene un barco estupendo -dijo Dave-. ¿Qué desplazamiento tiene?

– ¿Cómo dice?

– El tonelaje.

– Cuarenta, cuarenta toneladas.

– ¿De verdad? Habría dicho que estaba por las sesenta.

– Probablemente tiene razón -dijo Bowen con una sonrisa-. Yo sólo soy el propietario. Si quiere las especificaciones, tendrá que preguntarle a Kate. Ella sabe todo lo que hay que saber de esta embarcación. Yo, por mi parte, me limito a disfrutar de ella. -Al decirlo se le ocurrió una idea. Quizás podría desanimar a aquel tipo a su manera. Dejando caer la sugerencia de que ella ya estaba comprometida, como si fuera un chiste, el tipo de chiste que haría el dueño de un barco-. Y del barco, claro.

Dave sonrió fríamente mientras Bowen reía a carcajadas su propio chiste. No sabía por qué, pero no podía imaginar a Kate follando con aquel tipo.

– ¿Está Kate por aquí? -preguntó.

– Voy a buscarla -dijo Bowen, feliz de dejar la cabina antes de que Delanotov le hiciera más preguntas sobre el barco a las que no pudiera responder. Hasta Bowen pensaba que uno podía excederse al representar el papel de propietario tonto.

– Me parece que está en su camarote. Sírvase usted mismo algo de beber, si quiere.

Dave se sentó en uno de los asientos de cuero negro que había para el piloto en la timonera, y pasó la mano suavemente por la encimera lacada en negro de los módulos de madera de arce. Inmediatamente observó que el auricular del panel de control estaba aún caliente, al igual que el fino revestimiento de aluminio vaciado del transmisor receptor. Hacía sólo unos minutos que había estado en la sala de radio con Jock, que ambos habían oído el sonido de otra emisión codificada digitalmente, realizada desde uno de los barcos a bordo del transbordador. Dave no tenía modo de saber si la radio del Carrera estaba equipada con un scrambler. Después de estar fuera de circulación durante cinco años, el aspecto de las radios le resultaba poco familiar. Pero no cabía duda alguna de que alguien había estado emitiendo desde la radio de aquel barco. Y si no era a un submarino, ¿entonces, a quién?

Todo lo cual planteaba un par de preguntas: ¿Quién era Kent Bowen? Y, más importante todavía, ¿quién era Kate Parmenter?

– Hola.

Dave se volvió y torció el gesto. Kate parecía haber estado llorando.

– ¿Estás bien? -preguntó.

– Se me había metido algo en el ojo -explicó ella-. Ya estoy bien, pero debo tener el aspecto de haber visto Lo que el viento se llevó de principio a fin.

– Algo así -dijo Dave sonriendo-. ¿Tu jefe va a volver?

– No lo sé. Viene y va, ¿sabes?

Y al comprender que quizás Dave quería estar a solas con ella añadió:

– Tengo una idea. Tengo ganas de ir a ver esos cañones ceremoniales; los que el capitán Jellicoe robó de no sé dónde. ¿Vamos a echarles una ojeada?

Cruzaron al Juarista y luego subieron al Duke. Al pasar por el lado de estribor del Jade, Dave dijo:

– La razón de que haya ido a verte era que quería preguntarte si irías a la fiesta de esta noche.

– Sólo si tú vas -dijo ella-. No es que Kent vaya a dejar que nos la perdamos. Desde el momento en que supo la clase de películas que hacen, anda con la lengua colgándole un palmo fuera de la boca. Ese hombre tiene una libido más grande que su barco. Aunque seguramente él cree que la libido es algo que usan los franceses para lavarse los pies.

Dave se echó a reír y empezó a andar por la pasarela que llevaba hacia la zona de alojamientos.

– ¿Tú y él…?

– Por todos los santos, no. ¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza?

– A decir verdad, él.

– ¿Cómo? Te estás quedando conmigo.

– Es sólo un comentario que hizo. Nada concreto. Pero parecía dar a entender que había algo entre él y tú.

– Ese cabrón. Lo único que hay entre nosotros son el montón de gilipolleces que tengo que aguantarle. -¿A qué se dedica?

– ¿Quieres decir cuando no ejerce de capullo? Kate había pensado bastante en la tapadera de Bowen. Él quería decir que era algo fascinante, algo como directivo de la industria cinematográfica o incluso escritor. Pero Kate había logrado convencerlo para que fuera sólo algo que conociera de verdad. Quizás pudiera convencerle también de que se tirara por la borda y le ahorrara el trabajo de hacerlo ella.

– Tiene una cadena de tiendas donde vende artículos de seguridad y contravigilancia. Ya sabes. Micros que parecen enchufes eléctricos y pequeñas cajas fuertes que van dentro de una lata ficticia de Coca Cola. Basura paranoica para una época paranoica.

Kate se detuvo para encender un cigarrillo y luego siguió a Dave hasta la proa del buque. La tumbona estaba todavía allí, pero la nevera y Jellicoe ya habían desaparecido.

– Quiere abrir una cadena de tiendas para espías por toda Europa -dijo mintiendo sin dificultad-. Tech Direct; así es como se llaman las tiendas en Estados Unidos. Bueno, pues dentro de dos o tres semanas, hay en Barcelona una gran feria comercial para toda clase de artilugios electrónicos. Algo así como «cada hombre, su propio James Bond». Y hacia allí vamos, después de Mallorca.

Dave asintió, preguntándose si aquello podía explicar por qué Kent Bowen había estado utilizando un scrambler digital en su radio. Entretanto, Kate decidió que había llegado el momento de cambiar de tema.

– Y a ti, ¿qué te lleva a Europa? -preguntó. -El Gran Premio de Mónaco -mintió Dave con igual facilidad-. Me gustan las carreras de coches. Y después navegaremos hasta Cap d'Antibes. He alquilado una casa para pasar el verano. -¿Tú solo?

– Es probable que se presenten algunos amigos míos. De Inglaterra.

Una suave brisa despeinó el cabello de Kate y Dave extendió la mano para tocarlo. Tenía un tacto como la seda. Y además estaba su perfume. Después de Homestead, a Dave le parecía que todas las mujeres olían bien. Pero Kate olía especialmente bien. Como algo rico y suntuoso.

– Tendrías que venir tú también -dijo Dave-. Es decir, si puedes librarte de Q., miss Moneypenny.

– Me gustaría saber a cuántas chicas habrás invitado.

– Eres la primera. En asuntos amorosos soy un dulce principiante.

– Eso sí que no me lo creo.

– Me alimento de la incertidumbre de la esperanza.

Kate se contuvo, al darse cuenta de que, de nuevo, estaba recitando algo.

– Para mí, el objeto de la vida es misterioso y tentador, algo en que pensar intensamente, la sospecha de las maravillas que vendrán. Y así, estoy seguro de que el destino me unirá con un alma gemela.

No podía por menos de sentirse impresionada.

– ¿De quién es? -preguntó-. ¿También de Van Morrison?

Dave negó con la cabeza.

– Suena mejor en ruso. No, es de Pushkin. En versión libre.

– No sé si esperas mi admiración -dijo Kate con una sonrisa-. Pero es bonito. ¿Encontró Pushkin su alma gemela?

– Sí, pero la historia no tuvo un final feliz.

– ¿Qué sucedió?

– Alguien lo mató de un tiro. Un tipo llamado D'Anthes.

– No hay ley alguna contra las armas de fuego que pueda detener a un loco -dijo Kate encogiéndose de hombros-. Si, como tú has dicho, puedo librarme de Q., me encantaría visitarte. Cap D'Antibes, ¿eh? Supongo que es un sitio muy chic.

– Tan chic como Valentino.

– Ésa es la parte que me preocupa. Sola, en un país extranjero, sin siquiera un guía nativo. Podría pasar cualquier cosa.

– Anoche casi pasó.

– ¿Anoche? -dijo Kate sonriendo-. Oh, eso fue sólo sexo. Hoy se parece más al tema de un programa de Oprah. El espectáculo completo: cómo nos conocimos. O algo por el estilo.

– No te preocupes -dijo Dave-. Yo siento lo mismo.

– D'Antibes, D'Anthes. No te preocupes. Eres una auténtica luz roja; lo sabes, ¿verdad Van? Cualquiera pensaría que estás tratando de enviarme alguna especie de señal.

– Llamando por todas las frecuencias, teniente Uhura.

– Adelante, capitán.

– Suena algo estúpido, pero me estoy enamorando de ti. Quizás no fuera exactamente amor a primera vista. Si lo hubiera sido, te lo habría dicho ayer. Pero queda tan cerca que casi lo es.

– Diría que es de foto finish -Kate le acarició la mejilla con el dorso de la mano-. Además, es la segunda impresión lo que cuenta; pregúntaselo a cualquier adivino. ¿Sabes, Van? Me recuerdas a mi abogado.

– ¿A tu abogado? -dijo Dave riendo-. ¿Y eso?

– Me recuerdas que tengo que llamarlo para averiguar por qué se está retrasando mi divorcio.

– ¿Crees que tú y yo formaríamos un buen equipo?

– Podría ser.

Dave hizo una breve pausa, mientras pensaba en la mejor manera de probarla. Una cosa era que le dijera que lo quería. Después de todo, pensaba que era un tipo decente, o tan decente como se podía ser si, además, daba la casualidad de que eras millonario. Pero sería otra cosa si dijera que estaba dispuesta a tener una relación con un ladrón. Y no con un ladrón cualquiera, con uno muy poco corriente.

– Juntos, tú y yo, podríamos hacer dinero de verdad.

– ¿Sí?

– ¿No te gustaría hacerte con un montón de dinero?

– Todo depende de lo que tuviera que hacer para conseguirlo. No nos veo ganando los dobles mixtos en Forest Hills.

– ¿Y si te dijera que estoy a punto de jugar una partida de cartas con cuatro ases en la mano?

– Te preguntaría si esa mano estaba en la mesa o en el interior de tu manga.

Dave permaneció silencioso.

– Oh, oh, parece que, después de todo, sí que hay algún tínglado en marcha. No sé, Van. Yo diría que Montecarlo es un lugar bastante adecuado para ir con cuatro ases.

– ¿Y si dijera cinco ases?

– Hay un nombre para ese tipo de gente, Van. Y números también. Y tienes que vigilar que no te den por el culo cuando te duchas -Kate sonrió algo insegura-. Es una broma, ¿verdad? No eres jugador, ¿eh?

– Hablaba metafóricamente -dijo Dave.

– Ah, ya veo. Una metáfora. Me alegro. Había empezado a pensar que había conocido a un tramposo.

– Pero entraña riesgos. Y la apuesta es alta. Para conseguir una gran recompensa.

Kate siguió sonriendo. Sabía que, si dejaba de hacerlo, le iba a resultar difícil volver a empezar. La conversación había tomado unos derroteros totalmente inesperados. Por un momento había pensado que se iban a declarar un amor imperecedero y que iban a hablar de casarse. Pero ahora no sabía qué pensar.

– Y ahora me dirás que eres una especie de ladrón de joyas de alto nivel, que ahora vive tranquilamente en una villa en lo alto de una colina en la Costa Azul. Como Cary Grant en Atrapar a un ladrón. Vamos Dave. ¿De qué va esto?

Dave consideró la idea cuidadosamente durante un par de segundos. ¿Por qué no? Ser un ladrón de joyas de alto nivel encajaría muy bien en la clase de prueba de fuego que tenía en mente. Después de todo, si estaba dispuesta a aceptar a un ladrón de guante blanco, también estaría dispuesta a aceptar a un pirata, o como quiera que se llamase a un tipo que daba un golpe a bordo de un barco.

– Hablo del todo en serio, Kate.

Todavía esforzándose por conservar su buen humor, la sonrisa de Kate era ahora algo forzada.

– Para serte franca -dijo-, nunca me he visto haciendo uno de los papeles de Grace Kelly. Para empezar, conduzco mucho mejor que ella, y además, bueno, ¿aquella película acababa bien o no? No me acuerdo. ¿Y Cary Grant no era un ladrón de joyas reformado que trataba de limpiar su nombre? -Dejó de hablar, irritada, su buen humor desapareciendo por momentos-. Mierda, Dave, esto no se le hace a una chica de la que te acabas de enamorar. ¿Sabes?, cuando la gente se casa, dice «en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad»; no hay nada sobre el bien y el mal -Ahora estaba empezando a sentirse inquieta; como si hubiera ganado la lotería y no supiera dónde había puesto el billete-. Esto no tendría que pasar. Mira, puede que te hayas hecho una idea equivocada de mí. Lo de anoche, tan a lo Rita Hayworth, tan a lo Gilda, fue sólo una representación. Yo sólo soy una sencilla chica de provincias. De Titusville, ¿recuerdas?

– ¿Y qué se ha hecho de la chica de la Space Coast?

– Houston, tenemos un problema. Me parece que el cohete ha estallado en la pista de lanzamiento.

Dave la besó otra vez, como para tranquilizarla.

– ¿Estás segura de eso? -preguntó luego.

– No -dijo ella débilmente, y lo besó a su vez-. Pero tengo la sensación de que no voy a aterrizar en la Luna. Mis sistemas de teledirección son un desbarajuste total.

– Sólo necesitas un poco de tiempo para reajustarlos de nuevo, eso es todo. Todavía puedes completar tu misión.

– Si tú lo dices -Kate sonrió, irónica-. Escúchame Dave. ¿Podemos hablar sensatamente un momento? Esto no es una película; es algo real.

– ¿Qué es real? Alguien dijo en una ocasión que no sabríamos cómo enamorarnos si no hubiéramos leído una descripción antes. Bueno, pasa algo parecido con las películas. Puede que incluso más. A veces, cuando pienso en lo que ha sido mi vida, lo único que recuerdo son las buenas películas y mis programas favoritos de televisión. Los mejores momentos de mi vida, en su mayoría, los he pasado en los cines. Y me parece que lo mismo puede decirse de la mayoría de la gente, Kate. Algunas de nuestras experiencias más extraordinarias proceden de las películas. No de verlas, ¿sabes?, porque si es una buena película, es como si fueras parte de ella. Mira, eso es lo que yo llamo realidad virtual, no uno de esos cascos de moto que tienes que encajarte en la cabeza para ver la mano que hay delante de tu cara -Dave se encogió de hombros-. Así que, ¿qué es lo real? No lo sé. De lo que estoy seguro es de que las cosas son sólo lo corrientes que tú quieras que sean. Si quieres que tu vida sea tan apasionante como una película, entonces es así como tienes que vivirla.

Kate se echó a reír y lo besó rápidamente.

– De acuerdo -dijo-. ¿Cuáles han sido tus experiencias más extraordinarias?

Dave se quedó pensativo un segundo. Y luego dijo:

– Entrar en la ciudad con el Grupo Salvaje. Cabalgar en mi moto al lado del Capitán América. Correr hacia el Nornoroeste, huyendo de aquel aeroplano fumigador. Ser seducido por la señora Robinson. Escapar por las alcantarillas de Viena. Poner pies en polvorosa delante de una gran bola de piedra en un templo inca. Montar en una cuadriga contra Messala en el circo de Antioquía. Destruir la Estrella de la Muerte con mi último misil. Jugar al ajedrez con la muerte. Besar a Hedy Lamarr. Besar a Grace Kelly. Besarte a ti.

– Tienes razón. Has tenido una vida interesante.

– Es como te he dicho, Kate. Todos tenemos momentos de cine que recordamos. Y éste puede ser uno de ellos. Si tú quieres que lo sea.

– Puede que tengas razón -dijo Kate-. Pero, como tú mismo has dicho, necesito un poco más de tiempo para pensar cómo voy a representar esta escena en concreto.

– No tardes demasiado -apremió Dave-. Dentro de unos días empezamos a rodar.

17

Los invitados que llegaban a bordo del Jade entraban en un atrio donde había una escultura de tamaño natural que representaba a una mujer desnuda a la que penetraban por ambos lados dos hombres bien dotados. La escultura, que era además el logo de Jade Films, estaba realizada con un considerable detalle anatómico. Junto a la escalera «orgánica» que la rodeaba, era el punto central del yate. Tras ser recibidos por Rachel Dana y su tripulación en la espectacular zona de recepción frente al atrio, a los invitados se les entregaba una copa de cristal y se les informaba de que había sesión continua de películas en la sala especial que se encontraba al final de la curvada escalera de caoba.

Tan pronto como Al vio la escultura tuvo la certeza de que era una fiesta en la que iba a disfrutar. Con su sonrisa depredadora extendiéndose por sus turbias facciones, le dijo a Dave:

– Echa una mirada a esa obra de arte. Es la leche. Cómo me gustaría que Tony pudiera verla. Es un auténtico amante del arte. Compra esculturas y todo. Le entusiasmaría tener eso en su colección.

– Suena como si Tony fuera un Solomon Guggenheim -dijo Dave-. Apuesto a que tiene norman rockwells, dalís, tretchikopfs, de todo.

– Sabe lo que le gusta, ¿te enteras?

– Cuando se trata de comprar arte, casi todo el mundo tiene el mismo problema -dijo Dave.

Otros que iban llegando a la fiesta y veían la escultura parecían estar menos seguros de pasarlo bien, entre ellos Kate y el capitán Jellicoe.

– Es de Evelyn Bywater -explicaba Rachel-. Una artista inglesa.

– ¿No querrá decir proctóloga? -dijo Kate.

– Su obra es muy conocida en toda Europa y el Extremo Oriente. Es casi una institución en Japón.

– ¿Quiere decir igual que institución mental? -dijo Kate y se alejó del lado de Jellicoe para ir a hablar con Sam Brockman.

– ¿Qué coño le pasa? -preguntó Rachel-. Se diría que nunca ha visto un cuerpo desnudo antes. Y a usted, capitán, ¿le gusta nuestra obra de arte?

– Bueno -dijo Jellicoe y tragó saliva-, yo no sé nada de arte. Se ve muy poco de eso en la Marina Mercante. Pero tengo algunos grabados muy bonitos en mi camarote. Viejas goletas, clípers, y barcos de guerra británicos. Pero nada como esto. No, en absoluto -Jellicoe frunció las cejas-. ¿Qué clase de películas hace su compañía?

– Ahora están pasando una arriba, si le interesa.

– No parece un comportamiento muy sociable marcharse arriba directamente -dijo Jellicoe, muy estirado-. Ya sabe lo que dicen, que la televisión mata el arte de la conversación y todo eso. Acabo de llegar.

Rachel lo cogió del brazo y dijo:

– Venga conmigo. Creo que le interesará. La mayoría de personas cree que nuestras películas ayudan a conversar. Como una especie de terapia, ¿sabe? No es en absoluto como la televisión. Y no habrá visto ninguna de nuestras películas en televisión. Se lo garantizo. Nuestro cine está más orientado al vídeo.

Acompañó a Jellicoe escaleras arriba a la sala de proyección bajo la envidiosa mirada de Kent Bowen.

– No pasa nada -le dijo Kate-. Sólo lo lleva a la sala de proyección, no a su dormitorio.

– ¿Están pasando películas ahí arriba? ¿Películas de Jade?

– Supuse que le interesaría.

Sam Brockman arqueó las cejas y dijo:

– ¿Qué están pasando?

Bowen soltó una risa obscena.

– No son reposiciones de La tribu de los Brady, de eso puedes estar seguro.

– Jade Films está en el mercado del porno duro -dijo Kate.

– ¿De verdad? -Brockman sonaba sinceramente sorprendido-. ¿Sabes una cosa? Nunca he visto una película porno.

Bowen dirigió la mirada a Kate, a punto de ridiculizar al teniente de guardacostas, pero se detuvo al darse cuenta de que aquello podía servirle como estrategia para escapar al desprecio de Kate.

– ¿Sabes una cosa, Sam? -dijo-. Yo tampoco. ¿Qué me dices si vamos y echamos una ojeada?

Kate lo taladró con la mirada. Mientras que no le costaba creer a Sam, le resultaba mucho más difícil tragarse la exhibición de inocencia de Bowen.

– Sí, vamos Kate -dijo Brockman-. Anímate. Puede ser formidable.

– Puede que ya haya visto alguna -sugirió Bowen.

– No lo he hecho -Kate estaba lo bastante bien informada sobre lo que pasaba en el auténtico porno duro para saber que la subscripción de Howard al canal de Playboy no entraba en la categoría de lo auténtico-. ¿Por quién me toma?

– Será una experiencia -insistió Brockman.

Kate pensó que el aspecto del pobre Sam se iba pareciendo cada vez más al de un adolescente con calentura. Las gafas se le habían empañado un poco y, a estas alturas, estaba claro que no había visto nunca una película porno y ardía en deseos de remediar aquel fallo.

– ¿Una experiencia? -gruñó Kate-. En general, la experiencia es algo que he aprendido a identificar con los errores de juicio.

Brockman levantó su copa de champaña.

– Entonces, brindemos por los errores de juicio -dijo-. Las cosas serían como en Ciudad Aburrida, Arizona, sin unos cuantos. Y, hasta ahora, ésa ha sido la historia de mi vida. «Sam Brockman -dirán- una carrera ejemplar. Sin errores. Pero, eso sí, ha sido el presidente de Bromuro, S.A.»

Kate sonrió comprensiva. Tenía una opinión muy parecida de su propia vida, con Howard Parmenter como su única aberración de importancia. La demanda de divorcio había sido lo más interesante que le había pasado en años. Eso, y preparar la operación secreta a bordo del Duke. Al ver acercarse a Dave percibió, de repente, una nueva dimensión en lo que Sam decía. La vida consistía en correr riesgos. Y no siempre riesgos calculados. Quizás incluso un riesgo como Dave. Desde luego, cometer un error era siempre algo desafortunado. Pero no tener la oportunidad de cometer errores era una catástrofe.

– De acuerdo -dijo-. ¿Por qué no?

– Así me gusta -dijo Brockman-. Sólo se vive una vez.

– Ésa es la teoría imperante -dijo Kate y señaló la escalera-. Empezad a subir; os alcanzo enseguida.

Observó cómo se iban y luego se volvió hacia Dave.

– Hola.

– Hola.

Por un momento ninguno de los dos habló. Luego Kate dijo:

– He estado pensando en lo que dijiste.

– ¿Has tomado una decisión?

– No he descartado nada.

– El mar es un buen lugar para dejar flotar las ideas -dijo-. Tiene que ver con la línea de carga en agua dulce.

Kate, con su aguda intuición, percibió que Dave parecía un poco preocupado.

– No me digas que el agua también tiene cargas fiscales.

– El agua dulce tiene una densidad menor que el agua de mar -explicó Dave-. Las cosas se hunden más en agua dulce. Hay una señal F en el disco Plimsoll del buque. La diferencia entre S y F se conoce como línea de carga en agua dulce. Tú y yo estamos más cerca de la S que de la F. Me sorprende que no lo supieras, siendo capitán de barco.

Kate encendió un cigarrillo.

– ¿Qué es esto? ¿El examen para el título de capitán de la Marina Mercante? Quizás quieras ponerme a prueba; ver si puedo instalar nuevos impulsores a oscuras, ese tipo de cosas.

Cuando vio que Dave no respondía, Kate sonrió y dijo:

– ¿No me digas que nunca has oído hablar de impulsores?

Dave parecía dispuesto a admitir su derrota.

– Es como un propulsor -dijo ella, maliciosa.

– Ah, sí, me parece que sé…

– Sólo que se escribe diferente. «Im» en vez de «pro». De hecho, ahí se acaba la similitud -Sonrió triunfante-. Si el impulsor se estropea, también se estropea la bomba de combustible y el motor Diesel; así que es importante ser capaz de sacarlos y montar uno nuevo. Incluso en alta mar, incluso de noche, incluso durante una tempestad. Puede ser algo peliagudo si no sabes cómo hacerlo.

Le echó un poco de humo a la cara y observó cómo la sonrisa se le extendía por toda la cara.

– ¿De qué hablabas con aquellos tipos?

– Acababan de convencerme para que fuera a ver en acción el porno duro.

– Ahí es donde está Al -dijo Dave-. Es un auténtico fanático. Lo ve todo.

– Justamente -dijo Kate-. En esa película seguro que se ve todo. ¿Quieres echar un vistazo?

– Claro.

Kate se sintió un poco decepcionada. Esperaba que él fuera la clase de hombre que sacude la cabeza ante la idea misma de ver porno. Pero ahí estaba, cogiéndola por el codo y acompañándola escaleras arriba, hacia la sala de proyecciones. Por lo menos, podía haber fingido que lo desaprobaba, aunque fuera durante un minuto o dos. Estaba llegando a la conclusión de que, probablemente, todos los hombres estaban interesados en aquella clase de mierda.

– No entiendo por qué no hay más tíos que se dediquen a la ginecología.

– Es más difícil relajarse cuando la afición se convierte en trabajo -dijo Dave.

– ¿Es una observación basada en la experiencia personal?

– En eso y en un montón de vanas ilusiones.

– No eres un soltero alegre; de eso doy fe, Van.

Notó su mano en la base de la espalda mientras subían las escaleras. Cuando casi estaban arriba, él se detuvo y bajó un peldaño.

– Creo que necesito ir al baño -confesó.

– Pensaba que eso sería después de ver la película.

– Entra tú. Volveré dentro de un minuto.

– ¿Un minuto? ¿En una película de éstas? Te podrías perder toda la historia.

– Mientras tenga un final feliz, no me importa.

Kate empezó a subir de nuevo.

– De finales felices es de lo que va esta mierda. Muchos finales felices. En un primer plano resbaladizo.

Dave calculó que tenía unos diez minutos antes de que Kate empezara a desconfiar. Salió del Jade por la popa, subiendo directamente al Juarista y luego al Carrera. Un minuto después de dejar a Kate en la fiesta estaba bajando por la escalera de caracol que conectaba el salón y comedor del Carrera con la cubierta de alojamientos en la zona central del barco.

La suite principal ocupaba todo el ancho del barco y consistía en una sala de estar, un gran vestidor y un amplio baño con jacuzzi. Dave supuso que ése era el camarote ocupado por Kent Bowen. Tiradas por el suelo del vestidor había algunas camisas de colores chillones que le parecía recordar haberle visto a Bowen. Y el dulce olor antiséptico de la loción Brut para después del afeitado que siempre anunciaba su presencia era inconfundible. Rápidamente, Dave abrió algunos cajones y casi enseguida encontró lo que andaba buscando: una Magnun 357 de alcance medio en una pistolera ProPak secreta y una cartera con tarjetas. Dave sacó una y la leyó rápidamente. La redonda insignia dorada grabada en relieve era fácilmente reconocible. Lo identificaba como funcionario del Ministerio de Justicia con tanta seguridad como la infor mación impresa al lado. Bent Bowen era Agente especial adjunto al mando en la central del FBI, en la Segunda Avenida de Miami.

– Joder -exclamó.

Devolvió la tarjeta a su sitio, cerró el cajón con cuidado y luego fue a la sala de al lado para registrar el camarote de Kate. Estaba más ordenado que el de Bowen. La cama estaba hecha, con cojines esparcidos por encima de la colcha de brocado de seda. La ropa estaba colgada ordenadamente en el vestidor, pero no había nada en los cajones empotrados que pudiera interesar a Dave; aparte de alguna ropa interior muy sexy.

– Sólo los hechos, señora -murmuró y, cerrando el cajón, retrocedió para salir del vestidor.

Con el talón chocó con algo duro por debajo de la colcha. Pensando que podía haber un cajón para ropa blanca bajo la cama, igual que el que él tenía en su propio camarote, Dave se arrodilló, retiró la colcha y agarró el cajón por el asa. Al abrirlo encontró todo lo que cabría esperar en un cajón de ropa blanca. Tuvo que meter el brazo hasta el fondo para tocar la forma bien conocida que medio estaba esperando. Al momento estaba mirando una Smith & Wesson Airweight 38, alojada en una bonita Vega de piel, aunque el percutor oculto de la pistola hacía que fuera perfecta para el bolso. Unido a la pistolera había una cartera con una placa del FBI y una tarjeta que identificaba a Kate, no como Kate Parmenter, sino como Kate Furey, Agente Especial. Parecía más joven en la foto y llevaba el pelo diferente. Pero era imposible confundir aquella cara inquieta.

Dave asintió con amarga satisfacción. No sabía si gritar de alegría o aullar de dolor.

– Una agente federal -musitó-. Es una jodida agente federal.

Lo que no acababa de entender era qué estaban haciendo ella, Bowen y el otro tipo, que probablemente también era un federal, en el Duke. No había forma alguna de que pudieran estar enterados de los planes de Dave. A menos que estuvieran siguiendo la pista del dinero.

– Federales de mierda.

Hurgó de nuevo en el cajón buscando algo que pudiera desvelarle algo más, pero no encontró nada. Cerró el cajón y entró en el baño. Sus ojos tomaron nota de la marca de perfume de Kate para un uso futuro, una pequeña botella de gotas para los ojos Murine, una loción para el sol y un impresionante surtido de elixir dental, seda dental, palillos y tabletas antisarro que ayudaban a explicar la sonrisa de modelo de Kate. Los cajones estaban vacíos, pero en un armario debajo del lavabo encontró una grabadora de carrete TEAC. Una clase de grabadora que no se usa precisamente para escuchar Música Acuática de Händel cuando estás en el baño. Dave sabía que estaba preparada para grabar desde algún tipo de micrófono oculto. Pero, ¿dónde lo había colocado?, ¿en qué barco?

Apretando un botón rebobinó la cinta un par de segundos. Lo menos que podía hacer era verificar que los federales no estaban interesados en él o en el dinero ruso.

La cinta empezó a sonar.

Estaba escuchando las voces de un hombre y una mujer. El hombre era americano, pero la mujer sonaba como si fuera australiana. El acento ayudaría a concretar más. Aunque en realidad no tenía importancia. Ninguno de los barcos rusos llevaba mujeres. Y estos dos no decían nada interesante. Sólo bobadas sobre esto y aquello. Dave apagó la grabadora y empezó a sonreír. Los federales estaban vigilando el barco de otro. Alguien de quien Dave no sabía nada en absoluto. Todo iba bien. Su plan a cinco años podía continuar más o menos como estaba previsto. Siempre que el submarino lo permitiera. Y el ver aquellas placas y tarjetas de identificación del FBI le había dado una idea.

Durante diez minutos Kate estuvo demasiado escandalizada para notar la ausencia de Dave. Su imaginación se había visto bruscamente trasladada a algún otro lugar, ya que ni el más mínimo aspecto de la anatomía humana escapaba la atención de la cámara: cada conducto mucoso, cada pliegue subcutáneo y cada folículo sebáceo. Pero lo que más le sorprendía no era la explícita intimidad de lo que se representaba, sino que todavía hubiera mujeres dispuestas a tener relaciones anales sin protección. ¿Pero dónde habían estado esas mujeres durante los últimos diez años, tan llenos de ansiedad por los virus? ¿Se imaginaban que sólo porque lo estaban haciendo en una película el departamento de efectos especiales las protegería?

Casi tan fascinante para Kate como lo que sucedía en la pantalla eran las caras del público. Bowen, sonriendo como un mono. Sam Brockman limpiándose las gafas cada dos por tres y emitiendo un silencioso sonido sibilante de cuando en cuando. Rachel Dana observando a Jellicoe y disfrutando con su aspecto estupefacto. Dos de los blancos del Britannia, Nicky Vallbona y Webb Garwood, riendo a carcajadas y soltando los chistes de peor gusto. Kate se preguntaba si Bowen se había dado siquiera cuenta de que estaban allí.

Había oído decir a algunos hombres -Howard entre ellos- que el porno era aburrido, pero por alguna razón nunca los había creído. El aspecto de Bowen era cualquier cosa menos aburrido. Incluso en la penumbra de la sala del Jade podía ver el ligero velo de sudor que brillaba por encima de su labio superior, sudor que secaba periódicamente con el dorso de la mano. Pero, al cabo de un rato, se dio cuenta de que ella sí que se aburría. No era tanto la ausencia de argumento lo que encontraba tedioso como la monotonía de la acción, como si lo que se ponía en escena fuera un ritual. La chica siempre se la chupaba a él antes de que él hiciera lo mismo con ella; luego, él la penetraba por la vagina como preludio a la sodomía, antes de que, finalmente, eyaculara encima de su cara como si mediante este acto final de degradación se desvelara la realidad de lo que estaba sucediendo. Para Kate este acto final del ritual ponía de relieve lo irreal del porno: ningún hombre había eyaculado nunca encima de su cara y, si eso llegara a suceder -pobre del tío que pensara que podía hacerlo impunemente- no estaría en absoluto dispuesta a tratar aquella descarga como si fuera el más exquisito Beluga.

– ¿Todavía no estás asqueada? -preguntó Dave sentándose a su lado.

– ¿Dónde has estado?

– Me entretuve. ¿Sabías que Calgary Stanford está en el barco?

– ¿El actor de cine?

– He estado hablando con él.

– ¿Qué tal es?

– Bastante corriente, la verdad.

Dave miró alrededor de la pequeña sala y vio a Al, y luego a uno de los tipos del Baby Doc. La cara de Al parecía salida de un cuadro de Goya: era grotesca. Kate estaba sacudiendo la cabeza.

– La gente no se comporta así. Ni siquiera en las películas. No van por ahí follándose unos a otros como conejos. No es viable.

Dave la miró de reojo y dijo:

– ¿Viable? Suena como si acabaras de recibir los últimos datos estadísticos, Kate -Volvió a mirar a la pantalla y luego hizo una mueca-. Sea como sea, esto no es cine. No el cine que yo voy a ver.

– ¡Eh, que se supone que soy yo quien tiene que decir eso! Vamos, salgamos de aquí antes de la próxima inyección de dinero. Mientras aún me queda apetito.

– Suena bien. Además, necesito un poco de aire. Los jadeos se empiezan a notar demasiado. Como en un vestuario en invierno. Ahora ya sé lo que es estar sentado dentro de un coche con un trozo de manguera metido en el tubo de escape. Imagino que por eso a esas películas las llaman verdes; así es como te pones.

Kate observó cómo Dave preparaba los bocadillos. Lo hacía con cuidado, con un toque de gracia, como si disfrutara cocinando y preparando comida. En ciertas cosas era el hombre nuevo. En otras, y eso la tranquilizaba, era como los antiguos. Le gustaba que no estuviera siempre hablando, como si estuviera acostumbrado a estar solo consigo mismo y no le importara. Independiente, pensó.

– Puedes estar callado si quieres, Van -dijo-. No me importa. Me gusta un poco de Dolby en mis hombres. Esa cosa que reduce el ruido, ¿sabes? Como una especie de censura electrónica. Apuesto a que eres de los que dejan que, hablando, hablando, una chica se meta ella sola en tu cama.

– Quizás -Dave volvió al sofá con una bandeja de bocadillos bien cortados.

Kate esperó hasta que él cogió uno y empezó a llevárselo a la boca.

– Llévame a la cama, Van -dijo-. Ahora mismo. Ya no soy una tía dura; de ahora en adelante, seré de lo más lenguaraz.

Dave la miró y luego volvió a mirar su bocadillo, que tenía parado a dos centímetros de la boca.

– ¿Quieres decir, ahora, ahora? -preguntó.

– Antes de que lo piense mejor y cambie de opinión.

Kate no tenía intención alguna de cambiar de opinión. Tal vez tuviera una o dos reservas sobre lo que él le había contado; se inclinaba a pensar que le había contado aquella historia para averiguar si lo que le interesaba de verdad era él o su dinero. Probablemente, ella habría hecho lo mismo. Sabía lo que era el dinero, aunque a ella no le interesara particularmente. En el caso de Howard, el dinero era la principal motivación de todo lo que hacía. El dinero lo transportaba, como si fuera un chófer que apareciera al principio de cada día con una gorra de visera y un teléfono portátil. Para Kate era simplemente el medio de conseguir un fin, y en aquel momento tenía muy poca o ninguna importancia para lo que más deseaba: irse a la cama con Dave. Pero le gustó hacerle escoger entre tomarse un bocadillo o tomarla a ella. Se inclinó hacia él y le acarició la oreja con la punta de la nariz.

– Al lugar donde te llevo -dijo-, la cocina es maravillosa, preparada con esmero, y el servicio es excelente. Así que ni se te ocurra pensar en comer nada más. Al menos si quieres volver a ser bien recibido en este restaurante.

Dave dejó el bocadillo. Tenía hambre, pero algunas cosas se hacían mejor con el estómago vacío.

– ¿Has dormido bien?

Dave se estiró en su cama extragrande y se volvió hacia ella.

– Qué extraño -dijo-. He soñado que tenía la enfermedad de Alzheimer. El único problema es que he olvidado qué ha pasado.

Kate miró el reloj.

– Ya veo, todavía con ganas de bromear a las seis de la mañana.

Dave sonrió y se dio otra vuelta para ponerse encima de ella.

– ¿Se te ocurre algo mejor que hacer?

– Podría hacerte el desayuno -ofreció Kate-. Me siento un tanto culpable por hacer que sacrificaras aquel bocadillo.

– También me había olvidado de eso. Pero eso del desayuno suena bien. Me comería un caballo entero.

– Yo ya lo he hecho -dijo Kate mientras él se deslizaba fuera de la cama.

Dave sonrió de nuevo.

– No te habrás olvidado de mi proposición, ¿verdad? -preguntó.

– ¿De qué proposición hablas, amor?

– Ya sabes, la de vivir con el famoso Fantasma, en el sur de Francia.

– Ah, sí, eso. Lo de la Pantera Rosa. No, no me he olvidado. Yo soy como un elefante. Nunca olvido un nombre ni una cara.

Dave asintió. Probablemente una buena memoria para los nombres y las caras era una exigencia para ser del FBI.

– ¿Y?

– Se trata de una especie de prueba, ¿verdad? Como los tres cofres de El mercader de Venecia. Oro, plata y plomo -Kate escudriñó la cara de Dave buscando alguna señal de que reconocía que ella había averiguado lo que se proponía-. Aquello de que no es oro todo lo que reluce.

– Entonces, ¿cuál escoges?

Kate rodó por encima de las arrugadas sábanas hacia él y se sentó a su lado.

– ¿Contigo? No lo sé. Si dijera que escojo el plomo, probablemente me dispararías -Kate agitó un dedo como disparando-. Vamos, Dave. No estoy interesada en el dinero.

Dave se estremeció.

– ¿Qué dinero?

– Tu dinero; la fortuna de la familia Delanotov.

– Ah, eso -Encendió un cigarrillo-. Quizás no lo dejé del todo claro. No hay fortuna familiar. Soy un ladrón, Kate. Robo para vivir. Como nuestro amigo Cary Grant.

– De acuerdo, si tú lo dices… -dijo Kate encogiéndose de hombros-. Bueno, pues no he descartado convertirme en Grace. Todavía no.

Y una mierda no lo ha hecho, pensó Dave, y se fue a tomar una ducha.

Kate frunció las cejas. Esa prueba suya, Dave se la estaba tomando muy en serio. ¿Es que no se daba cuenta de que ella no estaba ni remotamente interesada en su dinero? En cuanto oyó correr el agua, Kate empezó a registrar la habitación. No era que compartiera las sospechas de Kent Bowen; aquello eran simples y estúpidos celos. Pero Dave hablaba muy poco de sí mismo. Quería saber algo más que las migajas que había ido recogiendo las escasas veces que él había respondido directamente a sus preguntas. No creía ni por un momento que fuera un ladrón. ¿Cuántos ladrones conocían a Shakespeare y a Pushkin? Pero había algo que no le contaba; de eso estaba segura. Algo que necesitaba averiguar. En la academia del FBI había aprendido a reconocer cuándo alguien trataba de ocultar algo. Durante un breve periodo al inicio de su carrera había considerado la idea de incorporarse a la Unidad de Ciencias de la Conducta. Pero después de El silencio de los corderos parecía que todo el mundo quería ser Jack Crawford o Clarice Starling, y había acabado en Investigaciones Generales y Narcóticos. Ahora, estaba registrando la habitación, pero no sabía qué buscaba exactamente. El gran número de libros sólo parecía subrayar lo que ya sabía: que Dave había leído mucho. La mayoría de la ropa que había en el armario, como podía preverse, era nueva y, como era de esperar, procedía de tiendas caras. No había dinero en metálico. Y tampoco cheques de viaje ni tarjetas de crédito; ni siquiera un carnet de conducir. Y lo más exasperante, no pudo encontrar el pasaporte de Dave. La explicación estaba en el vestidor de Dave. Una caja fuerte empotrada, con combinación. Justo lo que tendría cualquier millonario que se respetara. No sigues siendo rico mucho tiempo si dejas el dinero tirado por ahí.

Kate salió del vestidor y se sentó en el borde de la cama. Si al menos hubiera hecho el curso para forzar cajas fuertes en lugar del de psicología… Distraída, fijó la mirada en la librería de Dave. Era como una lista de lectura de una escuela de verano. Muchos de los títulos eran clásicos. Tolstoi, Turgénev, Dostoievski, Nabokov. Incluso unos cuantos guiones de cine, como un saludo al modernismo. Algo de filosofía también: Wittgenstein, Kierkegaard, Gilbert Ryle y George Steiner. Pero cuanto más miraba los libros, más sentía que, pese a que parecían abarcarlo todo, faltaba algo, como cuando falta una pieza de una cubertería. Sí, eso era. Y no sólo una pieza; quizás un juego completo. Como el juego de cuchillos de pescado. Poco a poco, comprendió lo que era. No había ningún libro de economía. Ni uno. Y eso le pareció curioso. A los millonarios les interesaba el dinero, ¿o no? Especialmente si trabajaban para el Centro Financiero de Miami. Howard estaba siempre leyendo libros sobre cómo hacer dinero: Beating the Dow, One Up on Wall Street, El toque de Midas, El ejecutivo al minuto. Éste debió de comprarlo por la misma época en que estaba leyendo El amante al minuto.

Kate cogió la manoseada edición de bolsillo de Crimen y Castigo. No había vuelto a leer la novela desde que estudiaba Derecho, y entonces le pareció uno de esos libros que te cambian la vida. O como mínimo, que cambian tu forma de pensar en los criminales. Distraída, estaba volviendo la página de la portada cuando algo le llamó la atención. Allí había algo impreso, en el interior, en una brillante tinta azul.

Había un sello.

Lo miró sin creerse lo que veía, como si estuviera admirando algún raro ex libris, leyendo las palabras impresas dentro del sencillo círculo con más atención que si hubiera sido un visado en el pasaporte que había estado buscando.

Pero esto era mucho más revelador.

Musitó las palabras, como si necesitara oírlas para comprender plenamente lo que implicaban.

– Propiedad del Centro Penitenciario de Miami en Homestead.

¿Sería posible que Dave fuera realmente un ladrón? Y no sólo un ladrón, un ex presidiario, además.

Al oír que Dave acababa de ducharse, cerró el libro y lo colocó rápidamente en el estante. Luego, envolviéndose en el otro albornoz, salió del camarote y subió a la cocina. Quizás consiguiera preparar una cara relajada, amorosa y tranquila junto con algo para desayunar.

En la cocina, Kate puso el agua a hervir y empezó a freír jamón y huevos, sin dejar de pensar ni un momento en las pruebas que tenía delante de ella: la ropa nueva; los libros, más propios de un recluso autodidacta que de un millonario; la propuesta de los cinco ases al estilo Cary Grant que él le había hecho. No parecía haber más que una conclusión lógica. Dave era realmente un ladrón y además había estado preso. Comprendió que había hablado completamente en serio y que era lo que había dicho ser.

Al, atraído a la cocina por el olor del café recién hecho y de las salchichas y el jamón, la convenció de que no se trataba de una película de Cary Grant. Al era Luca Brazzi, Tony Montana y Jimmy Conway embutidos en una única arma repetidora de cañón corto; incluyendo la mira del rifle, la actitud de tipo duro y la mandíbula de metal azulado.

– ¿Qué hora es? -gruñó Al.

– Poco más de las seis -respondió Kate, simpática como una azafata de líneas aéreas contestando a un pasajero de primera clase. Uno se tropieza con todo tipo de gente en primera clase hoy día.

– ¿Las seis? Joder, ¿qué estamos haciendo: abandonando el barco o algo así? Las seis de la mañana.

– ¿Quiere desayunar algo?

Al suspiró, incómodo, y se inclinó a mirar por la ventana de la cocina para comprobar qué tiempo hacía. Husmeó con fuerza, como si estuviera inclinado sobre un par de líneas de coca, y dijo:

– No consigo decidir si es mejor comer algo para tener algo que vomitar o no comer y no vomitar nada en absoluto.

Kate sonrió con dulzura, tratando de dominar los nervios. ¿Quiénes eran aquellos tipos? ¿Y qué estaban haciendo en el buque? ¿Tendrían algo que ver con Rocky Envigado?

– Al -dijo-, ¿conoce la expresión «a la cocinera no le iría mal un abrazo»? Esta cocinera se conforma con un «sí, gracias» o un «no, gracias». El destino final de la comida que estoy cocinando, sea la taza del váter o el mar, me es absolutamente indiferente.

Al gruñó, descompuesto. Miró con indecisión el desayuno que Kate estaba cocinando. Frotándose la barriga desnuda, porque sólo iba vestido con un pantalón corto, dijo:

– Me parece que tomaré sólo unos cereales.

– ¿Tiene resaca o algo así?

– No. Tengo náuseas sólo de pensar que voy a tener náuseas por culpa del tiempo.

Al llenó un cuenco con cereales, luego añadió leche y empezó a engullir la mezcla.

– ¿El tiempo? ¿Qué pasa con el tiempo?

– A usted no le afecta, ¿eh? -comentó con la leche chorreándole por la barbilla sin afeitar-. Debe de ser otro buen marino. Como el jefe.

Kate echó una mirada hacia fuera. Entre que había estado haciendo el amor y la impresión de su descubrimiento sobre Dave, apenas se había fijado en el oleaje que agitaba el mercante. Afuera, el cielo estaba gris y amenazador y una fuerte brisa azotaba la bandera de la popa del Jade frente a ellos. Parecía que la tormenta los estaba alcanzando después de todo.

– Yo, yo no soy muy buen marinero -confesó Al-. Me mareo hasta mirando un vaso de agua salada.

– Sí que parece bastante agitado -admitió Kate.

– ¿Estás hablando de Al o del tiempo? -preguntó Dave entrando en la cocina.

Al gruñó despectivo, metió el cuenco vacío en el fregadero y estiró el brazo para coger la cafetera. Kate se apartó, incómoda, como si se tratara de un perro grande y maloliente.

Al observar su gesto de desagrado ante el torso desnudo de Al, Dave dijo:

– ¿No podrías ponerte una camisa o algo, Al? Es como tener un coco gigante dando vueltas arriba y abajo aquí dentro.

– A algunas mujeres les gustan los hombres peludos -dijo Al sorbiendo un poco de café.

– Da la casualidad de que Dian Fossey y Fay Wray no nos acompañan en este viaje -replicó Dave.

– Déjeme que le cuente algo sobre eso de los gorilas -dijo Al-. Los tipos peludos tienen más inteligencia que los que tienen menos pelos que la mierda, como usted mismo, jefe. Es un hecho. Lo decía en el Herald. Los científicos han hecho un estudio y lo han demostrado. Los tipos listos tienen pechos peludos. Un montón de médicos, un montón de profesores universitarios; no muchos abogados, ningún policía; muchos escritores. Y los tíos listos de verdad, de verdad, esos tienen también la espalda peluda.

– ¿Decía algo sobre cerebros peludos en ese estudio, Al? – preguntó Dave riendo. Miró a Kate, que le devolvió apenas la sonrisa-. Bueno eso es algo nuevo para mí. Le da un giro diferente a la historia de Sansón, supongo. No es su relación con Dios lo que ella jode cuando le corta el pelo, sino su C.I.

– Puede reírse tanto como quiera -dijo Al, marchándose de la cocina-, pero es un hecho.

Kate carraspeó nerviosa y continuó esforzándose por mantener la sonrisa, incluso cuando Dave le sonrió disculpándose. Ahora que lo veía de nuevo, sí que parecía que pudiera ser un ladrón de joyas de alto nivel. Probablemente, llevaba a Al para conducir el coche en el que huía o para disponer de sus músculos si era necesario.

Cuando Al se hubo marchado, Dave sacudió la cabeza.

– Ese Al -dijo sencillamente-, vaya tipo, ¿eh? Ya te dije que era un animal.

– Me parece que es la primera vez que os veo juntos.

– Eso es fácil de explicar -Abrazándola, Dave inspeccionó el desayuno que Al había rechazado-. Somos como Jekyll y Hyde. Mmm, tiene buen aspecto.

– ¿Y cuál de los dos es el señor Hyde?

– Él, por supuesto. ¿No te has fijado en el pelo que tiene en las manos? Ese tío es como un puto felpudo.

Kate se soltó y empezó a servirle el desayuno.

– ¿Te pasa algo? -le preguntó él-. No te arrepientes de lo de anoche, ¿verdad?

– Todo va bien -dijo ella y, ansiosa por tranquilizarlo, añadió-: ¿Sabes una cosa? Si tú fueras el señor Hyde, yo sería la señora Seek *.

– Eso suena prometedor.

Dave se preguntó si habría algo en aquella exhibición de mentiras. ¿Estaría tratando de divertirse durante una misión de vigilancia por lo demás poco interesante? ¿O había algo más? Le pareció imposible averiguarlo hasta que hubieran dado el golpe. Se sentó a la mesa y empezó a comer lo que ella le había puesto delante.

– Estoy seguro -dijo- de que preferiría compartir una conciencia dividida contigo que con Al. Piénsalo. Una asociación al 50%. Mitad y mitad.

– ¿De verdad? Pues hasta el momento no puede decirse que hayas sido muy directo conmigo.

Con la boca llena de comida, Dave enarcó las cejas.

– Lo que quiero decir -se apresuró a explicar Kate- es que no me has contado mucho sobre lo que haces. No puedo dejar mi empleo con Kent sin saber un poco más sobre ti; sobre lo que haces; sobre dónde vives.

– Ya te lo he dicho -respondió Dave-. Robo piedras. Igual que John Robie en Atrapar a un ladrón. El Gato. De hecho, no uso título ni un guante con un monograma. No tiene sentido ponérselo fácil a la policía para que me acuse de un montón de golpes en el poco probable caso de que me cojan. Naturalmente, sólo robo a los que pueden permitírselo. De hecho, pensaba que podría haber unas cuantas piedras bonitas en este barco; hasta que descubrí que es raro que los propietarios viajen con sus barcos. Eso fue antes de que los controladores aéreos conocieran el aprieto en que me hallaba y decidieran echarme una mano.

– Se ha acabado -dijo Kate-; la huelga. Lo dijeron por la radio ayer tarde.

– ¿Ah, sí? Bueno este viaje ha sido muy decepcionante, por lo menos desde un punto de vista profesional. Ni joyas ni dinero en metálico ni siquiera un pequeño picasso. Me pregunto en qué gastará el dinero la gente hoy día. En seguridad y en porno, supongo. Eso no deja mucho margen para alguien como yo, Kate – suspiró-. Espero que las cosas vayan mejor en la Costa Azul.

– ¿Hablas en serio?

– Yo siempre me tomo en serio las asociaciones, Kate. Después de anoche tendrías que saberlo. Pero, además, hay otra razón. Ya tengo un socio. Hay que tener en cuenta a Al.

Kate sintió que recuperaba parte de su aplomo.

– Sustituta de Al; me siento muy halagada -dijo-. Pero, ¿sabes?, el negocio no suena especialmente atractivo. Podrías tratar de venderme los términos del acuerdo: Qué saco yo, qué puedo hacer, esa clase de cosas.

– Ya te lo he dicho; ése no es mi estilo. Además, ya conoces las condiciones. Ayer te oí decirlas a ti misma. En la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Cincuenta, cincuenta, Kate. Con todos mis bienes materiales te doto. ¿Qué me dices?

– ¿De verdad me estás pidiendo que me case contigo?

Dave se llevó un poco de jamón a la boca con el tenedor y asintió con la cabeza.

Kate sonrió.

– Pero si ni siquiera te conozco.

– Cada día se casan miles de personas que no se conocen. Lo sé. Lo he leído en los periódicos.

Kate se sentó frente a él, atónita. ¿Se mostraría tan decidido a casarse con ella si supiera que era una agente federal?

– ¿Cuándo tendrás el divorcio? -preguntó Dave.

– Dentro de un par de meses.

– Casémonos entonces.

Le divertía su azoramiento. Percibía que lo amaba tanto como él a ella. Quizás incluso quería casarse con él y, de no ser una agente especial en una misión secreta, puede que hubiera aceptado. Por otra parte, pensaba en lo bien que habían estado la noche antes; en lo cómodo que se sentía con ella ahora y en lo que le costaría dejarla. El tiempo se estaba acabando. Dentro de dieciocho horas Al y él iban a dar el golpe. Después de eso tal vez no volvería a verla. La verdad es que todo lo que había dicho lo había dicho en serio. Si para conservarla bastara simplemente con casarse con ella, lo habría hecho inmediatamente. Casi la única carta que le quedaba por jugar era que sabía que era una agente federal. Pero sólo la jugaría cuando llegara el momento de marcharse, cuando ella lo supiera más o menos todo, pero no antes.

– Te gusta ir rápido, ¿eh, Van?

– Voy al Gran Premio de Mónaco, ¿recuerdas?

– Creía que quien iba era el financiero, no John Robie.

– El Gran Premio es bueno para los gatos ladrones. Hay mucho ruido. La gente no oye mucho durante una carrera de Fórmula 1. Y Montecarlo siempre es Montecarlo. Siempre hay montones de piedras por todas partes. Es como Tiffany's con una ruleta y una bonita playa -Dave enderezó el cuchillo y el tenedor y alargó la mano a través de la mesa para enrollar un mechón del pelo de Kate en el dedo. Aunque todavía no se había duchado seguía oliendo maravillosamente-. No debería ser un gran problema para una chica de la Space Coast. La clase de chica que usa Allure.

– ¿Cómo sabes que ése es mi perfume?

– Lo reconozco. Es mi perfume favorito. Por lo menos ahora lo es.

Kate apoyó la mejilla en la mano y suspiró melancólica. Howard no era capaz de distinguir un perfume del humo de los puros. Era mala suerte conocer a un hombre que se enamoraba de ella a primera vista justo cuando ella se hacía pasar por otra persona. Un hombre que sabía poesía. Un hombre que no era un amante egoísta. Un hombre que era un ladrón y un ex presidiario. Era otra de esas pelotas con efecto que la vida tenía por costumbre lanzarte. Se puso de pie.

– Sigo necesitando un poco más de tiempo -dijo, mirando automáticamente el reloj-. Y será mejor que vuelva. Kent es bastante maniático con este tipo de cosas.

A Dave no le sorprendió esta información. Sabía por experiencia que los federales tenían todo tipo de manías.

18

Dave estaba leyendo un libro cuando oyó rumor de pasos en la cubierta del puente de mando.

Era el oficial de comunicaciones del buque, Jock. Se había quitado el uniforme blanco y ahora iba abrigado con un grueso suéter azul marino de lana y pantalones del mismo color.

– He venido a echar una ojeada a tu barco. A comprobar que las amarras aguantan.

– ¿Y aguantan?

– Por ahora. Pero si la tormenta nos alcanza, todos podríamos tener problemas. En este momento seguimos por delante de ella. Llevamos una buena marcha. Vamos tan rápido como la polla de un perro de carreras.

– ¿Pero seguimos el rumbo?

– Oh, sí, el rumbo exacto. Pero si continuamos así, llegaremos mucho antes de lo previsto.

Dave frunció el ceño. Llegar demasiado pronto a la cita podría ser tan desastroso para el golpe como llegar demasiado tarde.

– ¿Cuánto antes?

– No lo sé seguro. Tan pronto como mejore el tiempo tendremos una idea más precisa. Por cierto, ¿cómo va el auricular?

Dave no dijo nada, preocupado por la información que acababa de recibir. Parecía que iban a tener que pasar más tiempo en el barco de la escapada de lo que había calculado. A partir de ahora tendría que vigilar de cerca su posición con ayuda del receptor GPS del barco. Casi del mismo tamaño que un teléfono celular, el GPS podía decirte con precisión dónde estabas, qué dirección seguías y lo rápido que ibas: cada vez que lo ponías en marcha, el receptor calculaba su posición trazando las señales emitidas por los satélites de la constelación GPS hasta haber reunido la suficiente información para determinar su propia posición relativa.

Jock repitió la pregunta.

– Oh, sigue funcionando, gracias. ¿Quieres una cerveza?

– ¿Por qué no? Ya que estoy mojado por fuera, lo menos que puedo hacer es mojarme por dentro.

Dave miró por la ventana. La lluvia azotaba el techo del Juarista y, aun detrás de los costados del Duke, la cubierta del barco parecía una tabla de surf. Le dio una Corona a Jock.

– Estupendo -dijo-. Ahí fuera recuerda a Moby Dick.

– Es un poquito peligroso andar por las pasarelas del barco – admitió Jock-. Pero ni la mitad de malo de lo que esperábamos. El patrón tenía razón. La tormenta no tardará en deshacerse.

Jock vació de un trago la mitad de la botella. Al oír el fuerte ruido de alguien vomitando en las entrañas del barco de Dave, echó una ojeada al hueco de la escalera.

– Alguien está cambiando las pesetas, ¿eh?

Dave frunció momentáneamente el ceño mientras sus oídos y su cabeza trataban de penetrar el significado de las palabras del escocés. Finalmente, comprendió qué quería decir.

– Sí, es Al. No es buen marino.

Parecía despreocupado, pero cada vez se sentía más inquieto por si tenía que acabar dando el golpe él solo. Lo único bueno del mal tiempo era que quizás los tripulantes de los barcos de los rusos estarían tan mareados como Al.

– Pero tú estás bien, ¿no? -dijo Jock.

– Sí, estupendamente -respondió Dave-. ¿No tendrías algo que pudiera darle? He probado con Kwells y otras cosas por el estilo, pero no parecen servir de nada.

Jock se acabó la cerveza e hizo una mueca.

– Eso es para niños -dijo-. ¿Qué otras mierdas has probado?

– Antihistamina. Tampoco funcionó. Sólo hizo que durmiera un rato.

– ¿Cuándo se tomó la última dosis?

– Hace horas.

– Bueno, yo lo que hago es tomar hioscina. Bloquea el sistema nervioso autónomo del parasimpático. Se utiliza generalmente como preanestésico para impedir la estimulación vagal refleja del corazón.

– No hay nada simpático en el sistema nervioso de Al -dijo Dave-. Ni siquiera estoy seguro de que tenga corazón -Encendió un cigarrillo-. ¿Qué eres tú, una especie de médico?

– En este barco sí. Mi padre era veterinario. Aprendí mucho de él -Se encogió de hombros-. De cualquier modo, los hijos de puta que hay en este barco son todos animales, así que no importa una puta mierda -Cogió uno de los cigarrillos que Dave le ofrecía-. ¿Tu compañero padece glaucoma?

Dave no tenía ni idea, pero sacudió la cabeza de todos modos, intuyendo que Jock estaba a punto de recetarle algo útil. Hioscina, quizás.

– Bueno, veamos, tengo Scopoderm. Buen material, no se vende sin receta -Sujetó el cigarrillo en un extremo de los labios e inhaló a través de los dientes apretados-. Pero es caro, si sabes lo que quiero decir.

Dave lo sabía y sonrió.

– Creo que sí.

Jock tenía un aire de disculpa.

– Tú eres el que tiene el barco fardón, no yo. Yo sólo trato de llegar a fin de mes.

– ¿Cuánto?

– Cincuenta. Suficiente para capear el mal tiempo.

– Hecho.

Jock sacó un pequeño paquete del bolsillo.

– ¿Lo llevas encima?

– Hoy hay bastante gente que está hecha una mierda -dijo Jock riendo-; el negocio va bien.

– Es un buen tingladillo -dijo Dave, alargándole los cinco billetes de diez.

– Uno se las arregla como puede.

– Por supuesto que si.

– Aquí hay pastillas y tiritas -explicó Jock, al darle el paquete a Dave-; dale una tableta ahora y que se ponga una tirita en el brazo. Le costará orinar. Quizás vea un poco borroso. Y no sudará ni una gota.

– Me muero de ganas de verlo -dijo Dave-. ¿Cuánto tarda esta mierda en hacer efecto?

– Es inmediato. En una hora tendría que estar de pie otra vez. Luego una pastilla y otra tirita cada seis horas. Eso sí, que no lo mezcle con alcohol.

– Vale.

– Gracias por la cerveza.

– Es un placer hacer negocios contigo, Jock.

Jock se lanzó temerariamente hacia popa.

– Ah, sí. Me olvidaba. El submarino. Me parece que se ha ido. Hace rato que nadie transmite y no hay nada en la sonda acústica. Deben de haberse aburrido y se han largado.

– Habrá sido eso -dijo Dave.

– Estos viajes son así -dijo Jock-. No sé cómo pude pensar que navegar sería más interesante que hacerme veterinario. Nunca pasa nada en este barco, joder.

– No, supongo que no.

Al estaba tendido en el suelo, rodeando con un brazo la taza del váter como si fuera su mejor amigo. Dave se arrodilló, se pasó una de las anacondas que Al tenía por brazos alrededor del cuello y lo arrastró hasta el camarote.

– Hay una cosa que me gusta de ti, Al. Sabes cuál es tu posición en la vida. Ha sido un placer navegar contigo, ¿sabes? Un tío como yo, que acaba de salir de la trena. Ha sido un gran consuelo tener cerca a alguien que está más bajo que yo.

– Que te jodan -gruñó Al.

Dave lo dejó caer en la cama y, cogiendo una toalla, empezó a secar los brazos de Al concienzudamente.

– El doctor acaba de pasar y me ha dado algo para ti -dijo Dave-. Para ser totalmente sincero, en realidad es un veterinario. Pero sabía que no se lo tendrías en cuenta, siendo como eres un jodido gorila.

Dave desenvolvió la provisión de Scopoderm y le puso una tirita en la parte interior de cada musculoso brazo.

– Normalmente ese tipo sólo trata animales domésticos, pero yo lo convencí para que hiciera una excepción contigo. Le dije que hiciera como si fueras un asno doméstico y, ¿sabes?, no tuvo ningún problema para convencerse.

Dave colocó una de las tabletas de Jock en la lengua de Al, que colgaba como un calcetín sucio, y luego le cerró las mandíbulas antes de alargar la mano para coger el vaso de agua que estaba sobre la mesilla de noche. Lo cogió y casi lo dejó caer al suelo con asco, al darse cuenta de que en el agua había una dentadura postiza.

– Joder, ¿qué es esto? -Luego se echó a reír y levantó el fláccido labio de Al con un dedo. Sonriendo, exhibiendo el brillo perfecto de sus dientes, Dave miró dentro de la boca vomitadora de Al-. Vaya, no hay ni un puto diente en todo el buzón.

Dave siguió mirando, fascinado y sintiéndose como la perra que en El Rey Lear viene a regodearse ante las cuencas vacías de los ojos de un viejo. Hasta que la zarpa enorme y peluda de Al le apartó la mano de un manotazo.

– Que te jodan.

– Bueno, ahora tienes que sentarte y tragar esta pequeña pildora amarga, Al. Hará que te sientas mejor. Es una pastilla contra el mareo, así que sé un buen chico y trágatela. Me ha costado cincuenta dólares.

Al se incorporó, se tragó la pildora y, cogiendo el vaso de la mano de Dave, lo vació del agua que cubría su dentadura.

– Hijo de puta -murmuró y volvió a desmoronarse en la cama.

– Sí, ya lo sé. Todos mis pacientes me dicen lo mismo. Mis modales son más los de un descargador de los muelles que los de un médico de cabecera -Dave secó la frente de Al con la toalla-. El Scopoderm tarda un poco en hacer efecto. Y también lo llevas pegado en los brazos por si tu estómago le presta menos atención que tu cerebro. Sólo una advertencia. Nada de alcohol mientras viajes con esto. Eso quiere decir, nada de alcohol hasta que haya acabado el viaje, ¿vale? Tú y yo tenemos un trabajo que hacer – Dave miró la hora-. Quedan menos de doce horas. ¿Quieres algo que te motive? Pues piensa en esto: mañana a estas horas tú y yo seremos millonarios.

– Bueno -estaba diciendo Sam Brockman-, así que ahora estamos solos. Salvo cuando hay maniobras de la OTAN, la armada se queda a este lado del Atlántico. Para facilitar las cosas a los de la GAS.

– ¿La GAS?

– La guerra antisubmarinos -le dijo a Kate-. Los franceses nos recogerán dentro de unas horas, al oeste de las Azores -Suspiró-. Mierda.

– ¿Qué pasa?

– Nada, que casi tengo ganas de que pase algo. Me parece una vergüenza dejar que sean los de la Interpol los que les echen el guante.

Kate asintió sin mucho entusiasmo. Para ella, ya estaban pasando cosas más que suficientes. Más de las que habría querido. Desde el desayuno había permanecido en el Carrera, dando gracias de que el mal tiempo le proporcionara una excusa para no salir al puente y ver a Dave. Quizás fuera mejor que el submarino se hubiera marchado. Eso significaba que ya no podía sucumbir a la tentación de hacer que enviaran un mensaje a la central del FBI para comprobar el historial delictivo de Dave. Eso si Delanotov era su verdadero nombre.

Un Kent Bowen de color verde subió a la cocina y permaneció de pie al lado del fregadero jadeando antes de coger un vaso y llenarlo con agua del grifo.

– ¿Cómo te sientes, Kent? -le preguntó Sam.

– Como una mierda de perro.

Kate miró a Bowen con una expresión que decía que eso es lo que era. Todavía no había ideado un plan para vengarse de él por haberle insinuado a Dave que se la tiraba. Pero estaba en ello.

– ¿El Dramamine no te hace efecto? -dijo Sam.

– Eso es lo más jodido del asunto -dijo Bowen-. Si tomo una pastilla más, me caeré redondo. Ya casi me duermo de pie.

– Mire -dijo Kate-, por ahora no está pasando nada. Pavo en la paja se ha ido. No hay necesidad de que se quede despierto si se siente tan mal. ¿Por qué no se va a la cama?

Bowen sonrió débilmente.

– ¿Por qué no irse a la cama? ¿Es ése tu lema personal o algo así?

Kate se mordió el labio.

– ¿Qué se supone que quiere decir eso? -dijo Kate conservando la calma.

– Me parece que sabe de que estoy hablando, agente Furey.

– Joder, habla igual que mi madre.

– Lo dudo. Lo dudo mucho. Está claro que su madre no le dio nunca nada que se pareciera a una orientación moral.

Kate notó que enrojecía. Luego se rió con desprecio.

– Vaya quien fue a hablar. ¿Qué sabrá usted de moralidad?

Siguiendo con su idea, Bowen dijo:

– Si lo hubiera hecho…

– Quiero creer que lo que le hace hablar como un capullo es el Dramamine, Kent.

– Si lo hubiera hecho, habría vuelto a este barco anoche.

– ¿Ha venido hasta aquí a propósito para insultarme?

– ¿Entonces, no lo niega?

– ¿Negar qué?

– Que durmió con ese tipo?

– A decir verdad, dormir no dormimos nada. Estábamos demasiado ocupados follando.

– O sea que yo tenía razón.

– Pero lo que yo hice o dejé de hacer anoche no es asunto suyo.

– Si afecta a la integridad de esta operación, sí que lo es.

– Y de eso usted debe saber mucho, viendo porno toda la noche.

Bowen se inclinó y vomitó en el fregadero.

– Cuando mete la cabeza en una taza de váter está en su verdadero elemento-dijo, despectiva.

Bowen se enderezó y se secó la boca con una servilleta de papel.

– No fue toda la noche. Fueron un par de horas, Kate -dijo Sam-. Puede que tres.

– O sea que no me venga con sermones sobre integridad -dijo Kate.

– Nunca había visto ese tipo de cosas -dijo Sam-. Y probablemente no volveré a verlas. Anoche, calculo que vi todo lo que es posible ver. Había una mujer en particular -Miró a Kate con embarazo-… Bueno, sólo diré esto: Que ahora sé qué quiere decir exactamente que te estrujen la cabeza -Se echó a reír-. Bueno, de cualquier modo, no veo que ninguno de nosotros haya afectado a la integridad de esta operación. Anoche no pasó nada que sea asunto de nadie salvo del interesado o la interesada. ¿Por qué no lo dejamos así, eh, Kent?

– Esa clase de conducta adolescente puede estar bien para los guardacostas -dijo Bowen con un hipo-. Pero las actividades sexuales ilícitas de la agente Furey no entran dentro de las mejores tradiciones del FBI.

– Pero, ¿quién se cree que es? -exigió Kate-. ¿T. Edgar Hoover? Actividades sexuales ilícitas, ¡vaya montón de mierda!

Bowen sonrió en medio de una oleada de náuseas que se llevó la última sombra de color de su cara.

– Bueno -dijo-, yo sé quién soy. Sí. Así es. Yo sé quién soy.

– Los expedientes secretos de Kent Bowen.

– Pero, ¿puede decir lo mismo de su compañero sexual? Contésteme, si puede. ¿Qué sabe exactamente del señor David Delanotov?

– No me venga con esa mierda -dijo Kate, pero la verdad era que se había pasado toda la mañana preguntándose eso mismo.

Bowen respiró hondo y dijo:

– Soy un baluarte de fortaleza en una ciudad de hombres y mujeres débiles. Y defenderé la ley. Pero el señor David Delanotov es otra cosa. No es un hombre recto. El ojo hostil y el dedo del desprecio lo señalan.

Soltó un suspiro, vacilante.

– Será más bien un baluarte de mierda. ¿De qué demonios está hablando?

– Se lo diré. He hecho unas pequeñas comprobaciones sobre el señor Dave Dulanotov. Y resulta que el barco de su propiedad está matriculado en la Gran Caimán.

– No hay ley alguna que lo prohiba.

– Su anterior dueño era un tipo llamado Lou Malta, socio en el pasado de Tony Nudelli. Incluso usted debe haber oído hablar de Tony Nudelli.

Kate permaneció callada.

– Naked Tony Nudelli. Dije socio en el pasado porque Lou Malta está en la lista de personas desaparecidas del departamento de policía de Miami. Nadie lo ha visto desde hace meses.

Kate se encogió de hombros y dijo:

– No veo que eso demuestre nada.

– Nada, salvo que puede que ese Lou Malta haya sido asesinado.

– Lo único que le pedimos a alguien que nos vende algo es si tiene un título de propiedad como es debido. No si son personas como es debido.

– Kate tiene razón, Kent -dijo Sam Brockman-. El tío que me vendió mi primer coche era uno de los mayores sinvergüenzas de Florida.

– No te metas en esto -dijo Bowen.

– Cuidado, Sam -dijo Kate-. O este demente hijo de puta te abrirá un expediente a ti también.

– No he podido averiguar nada del otro tipo -prosiguió Kent-. Ese matón que tiene por compañero. Pero no me sorprendería en absoluto que también fuera algún tipo de gángster.

– Suena como si hubiera establecido una especie de caso prima facie contra David -dijo Kate-. Lo que he oído hasta ahora es tan circunstancial como la hora de su reloj barato. Joder, cuando devuelve, no vomita sólo la cena de la noche antes, ¿eh? También saca un montón de bilis y canalladas. Por si lo ha olvidado, Kent, son los perros los que están interesados en los vómitos, no el fiscal del distrito. Se le reiría a la cara si le fuera con lo que me ha contado hasta ahora.

– No he dicho en ningún momento que tuviera nada más que -Bowen se detuvo, tragó descompuesto antes de taparse la boca y esperar que pasara otra oleada de náuseas-… Salvo -añadió al cabo de unos momentos- una fuerte sospecha de que no era una persona cabal para que una agente se relacionara con él.

Y a continuación eructó.

– Ése es el sonido más inteligente que ha hecho en toda la mañana, Kent -dijo Kate, poniéndose de pie-. Me voy afuera. El aire aquí huele cada vez más a agrio.

– Agente Furey, todavía no he terminado -dijo Bowen y vomitó en el fregadero.

Casi en el momento en que Bowen se ponía derecho otra vez, una enorme mosca aterrizaba en la vomitona, zumbando con fuerza.

– Bueno, mire qué bien, Kent -dijo Kate saliendo por la puerta de la cocina-; parece que uno de sus amigos acaba de dejarse caer por aquí.

Kate pasó el resto de la mañana sola en su camarote, evitando a todo el mundo, Dave incluido. Lo oyó subir a bordo poco después de las seis, pero cuando bajó Sam a avisarla, le pidió que le dijera que se encontraba mal y que ya lo vería al día siguiente.

No podía saber que la próxima vez que viera a Dave éste tendría un arma en la mano.

Hacia la hora de cenar, con la borrasca todavía soplando fuerte y el mar tan encrespado como antes, Dave volvió al camarote de Al con una tortilla que le había preparado, un trozo de tarta de limón y una taza de café sólo y fuerte.

– Tu comida -dijo al entrar-. ¿Cómo te encuentras?

Al se incorporó en la cama y abrió la boca de oreja a oreja en un bostezo. Se colocó de nuevo la dentadura y dijo:

– Mejor, gracias. Eso que me has dado funciona.

– Creo que será mejor que comas algo -Dave dejó la bandeja sobre la cama-. Tú eres quien tiene que hacer ruido, no tus tripas. Con todo lo que tenemos que hacer, vas a necesitar un poco de energía.

Al asintió, y luego engulló la tortilla con hambre de lobo.

– ¿Qué tal una cerveza? -preguntó.

– No puede ser -dijo Dave-. ¿Ves esas dos tiritas que llevas en los brazos? Son avisos sanitarios. Dicen que la Dirección General de Salud Pública ha dictaminado que sigas en el dique seco hasta que estemos a bordo del Ercolano. Debido a la medicación. Después, champaña para el resto de tu vida.

– No me gusta el champaña -dijo Al, atacando la tarta-. Me da gases.

– Esa es la idea.

– ¿Ah, sí?

– Claro. Es el gas lo que hace que la cojas rápidamente.

Al puso una cara como si nunca hubiera considerado esa posibilidad y se metió el resto de la tarta en la boca. Dave se preguntó si Al habría oído hablar alguna vez de indigestión.

– Gracias por la comida; te lo agradezco.

– No es nada.

– Tenía el estómago más vacío que una puta promesa electoral -Al eructó, satisfecho, y luego vació de un trago la taza de café-. Qué mierda de tiempo, ¿eh? ¿Crees que nos va a retrasar algo?

– Si sigue así -dijo Dave-, seguro que no va a facilitarnos las cosas.

– ¿Cómo es que tú nunca te mareas? •

– Es el poder de la mente sobre la materia, supongo. A mi mente no le importa y la materia no se entera -Dave encendió un cigarrillo y sonrió-. Además, calculo que treinta o cuarenta millones de dólares curarán casi cualquier molestia que me aqueje. Coño, tío, puede que no vuelva a estar enfermo nunca más.

Al sonrió también. Había veces en que le gustaba aquel hombre. Como ahora. Se prometió que, cuando llegara el momento de matar a Dave, lo haría rápidamente. Una bala en la nuca. El tipo ni se enteraría. Le parecía lo mínimo que podía hacer.

19

Jimmy Figaro creía en la historia. Pero, ¿de qué servía si no aprendías de ella? Si no la conocías, estabas condenado a repetir los mismos errores, y un error era algo que Figaro no podía permitirse. No con su lista de clientes. Con algunos de aquellos tipos, la jodías una sola vez y ya estaba. Entonces eras tú quien se convertía en historia.

Una de las lecciones de la historia tenía que ver con ser portador de malas noticias. A un poli que conoció una vez en Orlando lo despertó otro poli en mitad de la noche llamando a su puerta y diciéndole que le traía malas noticias. Resultó que las malas noticias eran sólo que tenía que investigar un accidente en el cual se habían ahogado un montón de niños, y tendría que mirar los cuerpos de aquellos niños. Pero el tío se irritó tanto al enterarse de que, en realidad, no eran malas noticias para él, que nadie de su familia había muerto o algo por el estilo, que agarró una pistola y mató a tiros al otro policía, allí mismo, delante de su puerta.

Había muchas variantes sobre el tema de «no dispares contra el mensajero». A nadie le gustaba el tipo que traía malas noticias. Y ese nadie podía ponerse muy desagradable cuando se trataba de alguien como Tony Nudelli. Era irónico que las malas nuevas de Figaro estuvieran relacionadas con lo mismo que le había enseñado a ser extraordinariamente cuidadoso con Nudelli y su genio. Y ese algo era Benny Cecchino.

Benny Cecchino era un hombre de éxito, un prestamista usurero que había tomado doscientos cincuenta mil dólares prestados de Tony, al 0,5% semanal, para ponerlos en circulación al interés que quisiera. Un uno por ciento o un cien por ciento, a Tony no le importaba a quién se lo cargara, ni cuánto, siempre que él recibiera sus 1.250 dólares a la semana. Cecchino prestó 4.000 dólares a un individuo llamado Nicky Rosen, que se apresuró a desaparecer. Tres semanas más tarde Cecchino estaba conduciendo por Collins y le pareció ver a Rosen en otro coche. Para cuando se dio cuenta de que se trataba de otro tipo, ya había aplastado su Mercedes contra el sosia y lo había enviado al hospital. Un simple error, salvo que el sosia resultó ser el cuñado de Tony Nudelli. Había sido mala suerte y Nudelli podría haberlo perdonado, de no ser porque Cecchino había ido por ahí hablando sobre lo sucedido como si fuera lo más divertido que le hubiera pasado nunca. Como si no le importara una mierda de quién era cuñado. Y en cuanto Nudelli se enteró, cogió una pistola, fue en coche hasta el restaurante donde solía encontrarse Cecchino, que era propiedad de la mafia, y se ocupó del insulto él mismo. Y no con un arma cualquiera además, sino con una pequeña y terrible pistola del calibre doce y del tamaño de una Derringer, disparando una única ráfaga capaz de dar cuenta de un oso pardo. Era como tener una metralleta en la palma de la mano. Un arma de confianza, que dejó la mayor parte de la cabeza de Cecchino en sus rodillas.

Después de que sucediera aquello no fue sólo Jimmy Figaro quien trató a Tony Nudelli con mayor respeto. Fue todo el mundo, incluyendo a Dave Delano.

Mientras Figaro aparcaba su BMW delante de la casa de Nudelli, reflexionaba que era curiosa la forma en que la historia se reescribía constantemente; como años después de pensar que ese capítulo estaba cerrado, aparecían nuevos datos que alteraban tu forma de percibir algo que pensabas que sabías muy bien.

Fue el cliente de Figaro, Tommy Rizzoli -el de los camiones de hielo y los árboles de mangos-, ahora absuelto de todos los cargos de pertenencia al crimen organizado, quien le proporcionó la pizca original de información que hizo que Figaro fuera y comprobara unas cuantas cosas por sí mismo. Lo que descubrió fue que la noche en que Dave Delano vio cómo Tony Nudelli entraba en el restaurante y disparaba contra Benny Cecchino, Dave estaba allí para hacer un trato con Cecchino por cuenta de Nicky Rosen, el tipo que había desaparecido con los cuatro grandes. Resultó que Rosen estaba a punto de casarse con la hermana de Dave, Lisa, y Dave estaba tratando de asegurarse de que a su futuro cuñado no le sucediera lo mismo que al cuñado de Naked Tony, el sosias. Sólo que la habladora del calibre doce había puesto fin a las negociaciones.

Nadie encontró nunca el cadáver de Benny Cecchino. Pero no pasó mucho tiempo antes de que se corriera la voz de que Nudelli estaba implicado y que Dave Delano había sido el último en hablar con Cecchino antes de que se lo cargaran. El Estado trató de instruir una causa contra Naked Tony y no lo consiguió, y fue entonces cuando los federales, tratando de conseguir un caso al estilo Rico contra Nudelli, enviaron una orden de comparecencia a Dave para que declarara ante un Gran Jurado. Sólo unas pocas semanas después de que Dave fuera condenado a cinco años por desacato al tribunal, Naked Tony se hizo cargo de la lista de deudores de Benny Cecchino. Tres meses después Nicky Rosen fue encontrado muerto en un astillero de Cabo Dinner. Alguien le había abierto la cabeza con una botella rota.

No era que Jimmy Figaro creyera que Dave estaba planeando traicionar a Nudelli o algo así. No tenía ni idea de cuál era el negocio en el que él y Dave andaban metidos; sólo sabía que Dave y Al Cornaro estaban en algún sitio, fuera de la ciudad. En realidad no pensaba que fuera una noticia tan mala. Pero dada la paranoia con que Nudelli había recibido la noticia de la salida de prisión de Dave, no creía que su cliente fuera a tratar esta nueva revelación con ecuanimidad. Así que se había asegurado de llevarle, también, una buena noticia.

Impasible como una piedra, Nudelli escuchó mientras Figaro le contaba toda la historia y luego se estiró las mejillas por encima de los huesos mientras meditaba sobre lo que acababa de oír. Finalmente dijo:

– ¿Y con qué vas a endulzarme esa pildora llena de mierda que me acabas de traer, Jimmy?

– Con esto -dijo Figaro sonriendo, cambiando, exaltado, de posición en el sofá de piel. Ése era el momento que había estado esperando-: El Tribunal de Apelaciones ha ratificado la decisión del Tribunal de Primera Instancia rechazando la impugnación a la participación de capital público en la financiación de nuestro hotel. Eso significa que la ciudad actuó correctamente al crear una zona de reurbanización para financiar su parte del proyecto.

– Eso son buenas noticias, Jimmy.

– ¿No es estupendo? -Figaro sonrió y pensó que había manejado bien la situación.

– Así que, ¿cuándo pueden empezar los albañiles? -preguntó Nudelli.

– Tan pronto como les des la entrega inicial, Tony.

Nudelli permaneció en silencio.

– No hay ningún problema con el dinero, ¿verdad? Veinticinco millones en efectivo. Son un montón de billetes verdes. Pero sin ellos…

– El dinero está en camino. Llegará un día de éstos. Tan pronto como Al vuelva a Miami. Así que no te preocupes por nada. Ahora veamos, ¿cuándo crees que podremos abrir el hotel?

– A principios del 98.

– Entonces me parece que esto exige una botella de champaña -Nudelli tocó un botón de su escritorio para llamar a Miggy, el mayordomo-. No sabes lo feliz que me has hecho, Jimmy.

– Me alegro. Me siento aliviado. Para ser sincero, estaba un poco preocupado por cómo te tomarías lo otro; lo de Dave Delano.

– Te agradezco tu preocupación, Jimmy. Puede que ahora me comprendas un poco mejor, ¿eh? Me olía algo raro sobre ese chico, ¿te acuerdas? -Apuntó con el dedo a Figaro-. Y tú pensabas que actuaba como un paranoico.

Jimmy Figaro empezó a protestar, pero Nudelli no estaba dispuesto a que lo contradijera sobre aquel punto.

– No me discutas, joder, es verdad -Pero Nudelli lo decía riendo, sin dejar de mover el dedo, admonitorio-. Lo he visto en tus ojos. Lo pensabas, aunque no lo dijeras. Bueno, es que tengo instinto para estas cosas. Puede que por eso esté donde estoy. No por la educación universitaria, que no tengo, ni por el padre rico, que tampoco he tenido, ni por haberme casado con alguna tía con clase. He llegado a estar donde estoy confiando en mi puto instinto, ¿sabes? Igual que sabía que podríamos superar toda esa mierda de la zona de reurbanización.

Nudelli se dio unos golpecitos con el dedo al lado de la nariz y luego al lado de las sienes. Soltó una risa cacareante diciendo:

– Es un instinto básico; como el coño de Sharon Stone. Se ve una sola vez, sólo un segundo, pero siempre está ahí; esperando para entrar en acción.

Figaro sonrió también y sacudió la cabeza con visible admiración.

– Tengo que admitirlo, Tony, tenías razón, desde el principio.

Eso era todo lo que Nudelli quería de Jimmy Figaro. Su reconocimiento.

– ¿Y qué va a pasar ahora? -preguntó Figaro-. ¿Con Delano?

– ¿Qué quieres decir?

– Tenía la impresión de que habíais ultimado algún tipo de acuerdo comercial.

Nudelli levantó la mirada hacia el reloj de pie apoyado en la pared de su estudio. Un control del tiempo por valor de veinte mil dólares. Era inglés. Una larga caja de madera de nogal Jorge II, alta como un jugador de baloncesto. Tan alta como la pila de dinero que esperaba que Al trajera de su golpe en el Atlántico.

– ¿Ultimado? Sí -Tony Nudelli se rió-. Dentro de sólo unas pocas horas así es como estará; ultimado.

20

Dave estaba sin aliento. Eso es lo que podía resultar de darse un paseo hasta el bloque de alojamientos por el estrecho flanco del buque por la noche y con un mar embravecido. Varias veces Al y él habían tenido que detenerse y agarrarse a la barandilla hasta que hubo pasado el oleaje y pudieron volver a moverse. Por lo general, se tardaba cinco minutos en recorrer el camino. Esta vez les llevó más de veinte. Y cuando finalmente alcanzaron su objetivo, ambos estaban empapados hasta los huesos. Por un momento un pensamiento pasó por su cabeza: «¿Qué coño estoy haciendo aquí?». Luego se dominó y dejó la pregunta sin respuesta no fuera que Al se ofendiera. Conscientes de la magnitud de la tarea que habían iniciado, se separaron en silencio por miedo a expresar las dudas que cada uno sentía. Dave se encaminó a la sala de la radio y Al bajó a hacerse con el control de la sala de máquinas.

Dave aplicó la oreja a la puerta de la sala de radio, escuchando atentamente durante un rato, para asegurarse de que no había nadie. Igual que Rashkolnikov (el protagonista de Crimen y castigo), listo para aplastarle la cabeza a la vieja. No es que planeara matar a nadie, y mucho menos a Jock. Pero aunque eran más de las doce, allí había alguien. Oía el sonido de una máquina en marcha. Si Jock estaba dentro, Dave confiaba en que el escocés tuviera el buen sentido de no resistirse. Luego, mirando su Breitling, comprendió que no podía esperar más. Estaban trabajando con una sincronización muy ajustada. La tormenta tenía la culpa. No habría tiempo para errores. Dave contaba con sólo un minuto o dos para cerrar con llave la sala de radio y luego tomar el puente antes de que Al entrara en acción allá abajo.

Abrió la puerta y vio que todo estaba a oscuras, salvo una pequeña luz verde, como un único ojo de algún animal nocturno. La sala de radio estaba vacía y vio que el ruido procedía de la máquina, de fax que iba arrojando un largo rollo de papel al suelo. Encendió la linterna para ver de qué información se trataba, por si afectaba a su cita, y vio que sólo eran los resultados de los partidos de fútbol jugados a mitad de semana en Inglaterra. Y el Arsenal, fuera quien fuera, había vuelto a perder. Dave echó la llave por fuera, se la metió en el bolsillo del chaleco de cazador que llevaba encima del antibalas y se dirigió al puente.

El reloj acababa de marcar la medianoche cuando el tercer oficial fue relevado por el segundo oficial, Niven. Normalmente, ésta era la más tranquila de todas las guardias, y duraba hasta las 4 de la mañana, cuando a Niven lo relevaba el primer oficial. Pero el tiempo había dado a la tripulación de guardia mucho que hacer, vigilando el programa de abordaje y colisión. Esto entrañaba tomar el rumbo y la demora del radar con el ARPA del buque, para conseguir el cálculo vectorial de otros barcos que pudieran estar en la zona. El Duke iba a 105 revoluciones por minuto. Niven acababa de oír decir al timonel: «A babor, un grado», y comprobaba el ajuste del timón en un grado, hecho por el ordenador, cuando se encontró frente al cañón con silenciador de la metralleta de Dave. La luz roja que surgía del dispositivo de mira por láser que había debajo del cañón del arma confirmaba que el portador de la misma iba en serio.

Dave confiaba en que los hombres que estaban en el inestable suelo del puente oyeran lo que tenía que decir por encima de los latidos de su corazón.

– Ordene avante lo más lento posible.

Niven no vaciló, comprendiendo que sólo en las películas se le ocurría a nadie discutir con un tipo que te apuntaba con un arma. Cogió el teléfono de la sala de máquinas, transmitió la orden de Dave y esperó hasta que le fue confirmada por el segundo oficial. Todavía con el teléfono en la mano dijo:

– Despacio avante.

– Fije el giroscopio para pilotaje automático -ordenó Dave.

– Ya está fijado. Puede comprobarlo si quiere.

Dave sonrió.

– ¿Por qué iba a mentir? -dijo.

Niven tragó saliva. Dave señaló hacia la ventana del puente con la metralleta.

– ¿Hay tripulantes a popa?

– No con este tiempo.

Dave cogió el teléfono de la temblorosa mano de Niven y le hizo un gesto para que se apartara.

– Quiero hablar con el hombre de la metralleta -dijo.

Después de una corta pausa, oyó la voz de Al:

– Sala de máquinas controlada.

– Puente controlado -dijo Dave-. Vamos a bajar.

Le lanzó el teléfono a Niven, quien debido al miedo, manoteó y luego lo dejó caer al suelo.

– Lo siento -dijo, recuperándolo lentamente y volviéndolo a colocar en el soporte.

– Mantenga la calma y todo irá bien -aconsejó Dave-. A partir de ahora todo depende de su actitud. Tener la actitud equivocada puede ser poco sano. ¿Me sigue?

– Como a Moisés los judíos.

– Buen chico -dijo Dave-. De acuerdo, vamos abajo.

– Perdone, pero ¿qué pasa con el timón? -preguntó Niven.

– Está en automático -dijo Dave-. El ordenador vigilará el ARPA.

– Sí, pero de cualquier modo… Con este tiempo, siempre es mejor no perder de vista las cosas.

Dave no tenía tiempo para discutir. En silencio, movió el arma hacia el ala del puente y las escaleras que llevaban abajo. Los dos hombres miraron a Dave y su arma con cautela y atención y luego cruzaron la puerta. Pocos minutos después ellos y el hombre que antes estaba en la sala de máquinas entraban dócilmente en el taller. Dave observó que Al empujaba al jefe de máquinas con brusquedad con el cañón de su metralleta y luego corría el cerrojo de la puerta.

– ¿Te ha causado problemas?

– Está vivo, ¿no? -respondió Al en tono inquietante.

– No te pongas en plan de jodido tío duro. Vamos de Smith & Jones, ¿de acuerdo?

Al se encogió de hombros y fue entonces cuando Dave observó que en una de las cadenas de oro que llevaba al cuello había un crucifijo. Al llevaba un montón de oro, pero ésta era la primera vez que Dave le había visto un crucifijo. Cogiéndolo en su mano con medio guante, le dijo:

– ¿Qué es esto?

Al le quitó el pequeño crucifijo de las manos y lo metió dentro del duro frontal de su chaleco a prueba de balas.

– ¿De verdad crees que Dios va a protegerte cuando llevas una metralleta en la mano? -dijo Dave riendo.

– ¿Y tú quién eres? ¿El mierda de Billy Graham? ¿Qué coño te importa lo que yo crea?

– Creo que un hombre tiene que confiar sólo en sí mismo, eso es todo. No me gusta la idea de que hay segundas oportunidades en la vida. Hace que la gente se descuide. El único que está vigilando tu culo por aquí soy yo, Al. No Dios. Procura no olvidarlo.

– Tú cuídate de tu propia mierda y deja que yo me encargue de la mía. Puedo controlar las notas discordantes de mi sistema. No me afectan las contradicciones inherentes a mi situación. ¿Entiendes lo que digo? Así que saca la nariz de mi jodida conciencia y vamos a dar unas cuantas patadas en el culo de alguien.

Con tres hombres encerrados, eso dejaba otros catorce de quienes dar cuenta. Todas las dependencias de los oficiales y tripulantes estaban en la misma cubierta. La mayoría dormían y unos cuantos estaban borrachos. Ninguno ofreció resistencia. Con excepción de Jellicoe. Fue el último en ser sacado bruscamente de su cama a punta de pistola. Ver al resto de sus hombres esperando dócilmente de pie en el pasillo bajo la vigilancia armada de Dave pareció hacer brotar en él la tradición de orgullosa resistencia de su país.

– Saben qué es esto, ¿no? -dijo con severidad.

– Cierre la jodida boca.

– Es piratería, eso es lo que es -persistió Jellicoe-. Es un delito contra la ley de las naciones, eso es lo que es. Verán, fuera de la jurisdicción normal de un estado, aquí yo soy la ley. Y les juro que no se saldrán con la suya, hijos de puta. Sea cual sea su nacionalidad o su domicilio, pueden estar seguros de que les perseguiré, les arrestaré y les castigaré, ya que tengo el poder de hacerlo bajo las leyes interna…

Al metió el cañón recortado de su escopeta debajo de la nariz de Jellicoe y quitó el seguro, lo que tuvo el efecto inmediato de silenciarlo. Luego, con una expresión de intensa irritación, Al miró a Dave como si le hiciera personalmente responsable y dijo:

– Vale, acepto toda esa mierda de Smith & Jones. Pero si me viene otra vez con esta basura, voy a meterle un tiro por cada jodida ventana de la nariz.

– Haga lo que dicen esos cabrones, señor -dijo uno de los tripulantes de Jellicoe-. Por los clavos de Cristo. Si no, hará que nos maten.

Al volvió su malévola mirada a Jellicoe y dijo:

– ¿Lo has oído, maricón de mierda? Es un buen consejo. Otro c