/ Language: Español / Genre:thriller,

El Falso Inspector Dew

Peter Lovesey

A bordo del Mauretania, que zarpa de Southampton, en la primera semana de septiembre de 1921, viajan numerosos pasajeros que encarnan el lujoso y cosmopolita ambiente de los años veinte. Entre ellos, se encuentra un dentista que trata de huir de su tiránica esposa y que viaja con el nombre de un famoso detective, el inspector Dew. Sin embargo, durante la travesía se produce un crimen y el capitán decide recurrir al falso inspector para descubrir al asesino… El desafortunado dentista se verá en serios aprietos para responder a los antecedentes del dueño del nombre usurpado. El FALSO INSPECTOR DEW es una nueva muestra del talento de Lovesey para combinar sabiamente ingenio y humor con una trama muy emocionante.

Peter Lovesey

El Falso Inspector Dew

The False Inspector Dew, 1982

Prólogo

“Aparte del caso de Jack el Destripador, mi nombre jamás estuvo asociado con lo que en general se da en llamar crimen no resuelto.”

ex Inspector Jefe Walter Dew

Yo atrapé a Crippen,

(Blackie & Son, 1938)

Han pasado sesenta años y todavía nadie ha podido explicar el misterio del falso inspector Dew.

Se creía que la única prueba había sido destruida por orden del Jefe de Policía, pero Scotland Yard ignoraba la presencia de otra carpeta. Estaba en los archivos de la compañía Cunard y contenía las declaraciones del capitán y de algunos oficiales del Mauretania, así como el mensaje crucial radiotelegrafiado a las oficinas de la Cunard el 9 de septiembre de 1921 a las 09:30 y el telegrama que informaba del hecho a Scotland Yard.

La reconstrucción de los sucesos que relataremos comienza a la mañana siguiente, cuando el Jefe de Policía encontró el mensaje en su escritorio.

I Un Don Nadie

1

Ss Mauretania, sept. 9, 1921.

Con referencia a muerte sospechosa a bordo he invitado inspector Dew de Scotland Yard a hacerse cargo investigación

Capitán A.H. Rostron.

El inspector Dew. El Jefe de Policía recordaba a Dew. Era el hombre que había capturado al doctor Crippen, en 1910. Estaba seguro de que Dew había abandonado la policía ese mismo año.

Tomó un lápiz y escribió una nota bajo el mensaje:

¿Qué significa esta broma? Usted es el encargado de los cómicos.

Sonriendo para sus adentros se la delegó al comisario.

Ese día el comisario estaba en Waterloo controlando la llegada de Charlie Chaplin. Lo ayudaban unos doscientos agentes formando una barrera con los brazos entrelazados. Chaplin volvía a Londres después de nueve años en los Estados Unidos. Al irse era un comediante más de la troupe de Karno que trabajaba en el music-hall, ahora, uno de los hombres más famosos del mundo. En la estación se habían reunido miles de personas.

Cuando el tren entró resoplando, el comisario y sus hombres se precipitaron al compartimiento reservado a Chaplin. Lo agarraron como a un prisionero y lo llevaron casi en volandas por el andén. Más allá de la barrera en donde se apretujaba la gente, la línea azul se mantenía firme. Chaplin fue introducido en una limusina y muy poca gente pudo verlo.

El comisario abrió paso hacia el hotel Ritz en un coche oficial. Al llegar a Picadilly tuvo la impresión de estar otra vez en el Día del Armisticio. Tomaron el camino lateral que atravesaba St. James hasta la calle Arlington.

Tanto Chaplin como un primo suyo que lo acompañaba estaban pálidos, encerrados en el Lanchester con las puertas trabadas y las ventanillas bien cerradas. Las caras sonrientes se aplastaban contra el vidrio y los coches avanzaban centímetro a centímetro. Aparecieron más policías. Cuando llegaron a la puerta lateral del hotel le ordenaron a Chaplin que bajara, pero él se rehusó a entrar por allí. Volvía a casa triunfante. Muchas veces había soñado con alojarse en el Ritz. La multitud estaba allí para verlo tomar su lugar entre los ricos y los famosos, un don nadie entre los de arriba. Anunció que sólo entraría por la puerta principal.

Los automóviles reptaron hasta Picadilly. Chaplin bajó y saludó desde la acera. La gente avanzó hacia él. El comisario estaba desesperado, pero gracias a un don especial o al entrenamiento, Chaplin logró controlar a su público. Lo escucharon solemnemente. Luego lo aclamaron. Y lo dejaron entrar. Pero no querían dispersarse. Los automóviles habían formado un atasco desde Hyde Park a Picadilly Circus. Chaplin estaba en la suite Real e hizo abrir las ventanas. Tomando los claveles de un florero se los arrojó a la multitud. Pasaron horas antes de que la policía pudiera retirarse.

El comisario volvió tarde a Scotland Yard. Aún tenía que ordenar los papeles de su escritorio, a pesar de que tenía hambre y le dolían los pies. Revisó con rapidez su correspondencia y leyó el telegrama con el comentario del jefe de policía: Usted es el encargado de los cómicos. No le causó nada de gracia.

El nombre de Walter Dew activó rápidamente una serie de imágenes en su memoria. Opinaba que no era un gran detective, a pesar de su reputación. Había sido descuidado con las pruebas. Demasiado blando. Era obvia y grotesca la simpatía que le había inspirado el asesino Crippen. Había tenido suerte al capturarlo y lo sabía. Cuando se rechazó la apelación, Walter Dew se retiró de la policía. En esa época no podía haber tenido más de cuarenta años y el comisario no recordaba haber visto un hombre más feliz al jubilarse. Dew había ido a vivir a Worthing, en la costa; así que era extraño que apareciera en un barco ofreciéndose a ayudar en una investigación.

Pero Dew era un enigma y en el mar la palabra del capitán era ley. Sería interesante ver si el inspector estaba a la altura de su leyenda.

¿Qué podía hacer Scotland Yard fuera de acusar recibo?

El comisario firmó el mensaje y lo arrojó a la bandeja, ya fuera de su mente. Acto seguido bajó a buscar un taxi… Al día siguiente un empleado archivó el telegrama.

2

El hombre que iba a convertirse en el falso inspector Dew se llamaba Baranov. Su vida no había tenido nada de excepcional hasta el 7 de mayo de 1915, cuando sin querer se vio envuelto en uno de los notorios incidentes de la primera guerra mundial.

Las aguas de la costa del sur de Irlanda estaban en completa calma y tenían un color verde puro, casi translúcido. El sol se reflejaba en el enorme casco del transatlántico Lusitania de la línea Cunard, que se dirigía hacia el puerto de Queenstown con casi dos mil pasajeros más la tripulación y una carga secreta de doscientas toneladas de municiones y sesenta y seis toneladas de explosivo de piroxilina. Habían recibido órdenes de desviarse hacia Queenstown al enterarse de la existencia de un submarino alemán en el canal.

A las 14:10 el vigía vio una clara línea blanca que cortaba el agua a estribor. Por la dirección y la velocidad no podía ser otra cosa que el rastro de burbujas de aire comprimido emitido por el motor impulsor de un torpedo que iba a embestir el barco. Gritó hacia el puente.

El capitán William Turner había almorzado allí como de costumbre. Era un veterano de los tiempos de los barcos a vela y no apreciaba la vida social a bordo de un transatlántico moderno. La noche anterior se había esforzado en compartir la cena con los pasajeros de primera clase. Una vez en el salón para fumadores se había visto sometido a una verdadera inquisición. El que llevaba la voz cantante era Baranov, un veterano del music-hall que volvía a Inglaterra con su hijo. Baranov padre tenía la pierna enyesada y un carácter agresivo y había exigido que le dijeran por qué los camareros habían cerrado los ojos de buey, por qué los botes salvavidas estaban fuera de sus soportes y por qué los oficiales impedían que los pasajeros encendieran sus cigarros en cubierta. El capitán Turner había explicado que se trataba de precauciones de rutina en una zona de guerra. De todos modos eso no había logrado tranquilizar a Baranov.

El torpedo alcanzó al Lusitania un poco más allá del puente y una masa de agua, humo y escombros bloqueó la visual del capitán que gritó al contramaestre que cerrara todas las compuertas a prueba de agua que no estuvieran ya aseguradas. Luego controló los instrumentos para saber si había peligro de incendio o inundación en los niveles inferiores. El buque estaba escorado unos quince grados.

Una segunda explosión más fuerte que la primera sacudió al Lusitania. No era otro torpedo, sino la carga secreta de aquél que había estallado en su interior. El capitán Turner dio orden de bajar los botes, pero se sintió horrorizado al notar una suave brisa en su rostro a través del humo y el polvo. Era increíble, pero el barco todavía seguía su rumbo, y mientras estuviera en movimiento era muy peligroso dejar caer los botes al agua.

El tercer ingeniero George Little escuchó la orden del capitán de dar toda marcha atrás para frenar el curso del barco. Se sintió descompuesto de miedo. Su última inspección de las válvulas de la turbina de baja presión le había revelado un defecto. Ya el capitán estaba prevenido de lo que podía suceder. Little no tenía salida; y obedeció la orden. Inmediatamente se produjo una fuerte sacudida, que rompió la cañería principal de vapor. Aturdido y asustado, Little reaccionó volviendo a poner los controles de la sala de máquinas a toda marcha hacia adelante. La explosión había reducido la potencia del vapor, pero el Lusitania seguía avanzando.

En un transatlántico jamás se apura el almuerzo y muchos de los pasajeros de primera clase estaban todavía en el comedor blanco y dorado cuando fueron torpedeados. Walter Baranov se encontraba con su padre en una mesa cerca de la escalera de entrada, y se dirigió rápidamente hacia cubierta para ver qué había pasado. La cubierta de proa ya estaba bajo el agua y era evidente que el barco se hundía. Volvió trabajosamente hasta donde estaba su padre. Baranov padre era acróbata. Durante su gira por los Estados Unidos había resbalado de la cuerda floja fracturándose la pierna. Su hijo era dentista del ejército y había obtenido licencia para acompañar a su padre de regreso a Inglaterra. Las muletas del padre hacían más lento su avance. Fueron los últimos en abandonar el salón.

En cubierta se producían escenas que suscitarían pesadillas a los supervivientes por el resto de sus días. La inclinación del buque había puesto fuera de alcance los botes de estribor, lo que produjo una desesperada avalancha humana para ocupar los botes de babor. Cuando el oficial responsable, el capitán Anderson, logró situar a sus hombres en los puestos correspondientes, los once botes convencionales y los trece plegadizos debajo de ellos ya estaban atestados de pasajeros aterrados, casi ochenta en cada uno. Cada bote estaba equipado con una cadena que lo sujetaba al borde interno de la cubierta, para evitar el peligroso bamboleo contra la superficie del barco. El tercer oficial Albert Bestic pidió ayuda para desenganchar el primer bote y comenzar a bajarlo por el costado del barco. Pesaba casi cinco toneladas vacío; y con la carga humana el doble.

Mientras los voluntarios empezaban a empujar, alguien soltó la cadena. El bote comenzó a bambolearse violentamente hasta hacer impacto sobre los indefensos voluntarios estrellándose contra la gente que estaba sentada en el bote plegadizo. Los restos de los dos botes y un centenar de heridos se deslizaron hacia adelante debido a la inclinación del buque y se estrellaron contra la estructura superior del puente.

En pocos segundos se repitió la misma escena con el siguiente bote. A pesar de que los oficiales pedían a gritos a los pasajeros que bajaran, otros tres botes salvavidas cayeron sobre la cubierta y pasaron a formar parte del sangriento cúmulo de astillas y cuerpos.

Mientras tanto, la camarera Katherine Barton permanecía en la cubierta B controlando que todos los pasajeros de primera clase se enteraran de lo ocurrido con el menor pánico posible. Muchas de las puertas de los camarotes estaban abiertas. El pasajero más rico del barco, Alfred Vanderbilt, había abandonado el número 8 y el productor teatral Carl Frohman el suyo, el número 10, pero alcanzó a oír algunos ruidos en el 12, que pertenecía a la señora Delia Hawkman, una dama de la alta sociedad neoyorquina. La camarera Barton se asomó al interior del camarote y vio a un joven de pie delante del tocador. No se trataba de la señora Hawkman, sino de un robusto joven vestido con traje oscuro que sin perder un instante le arrojó un joyero a la cabeza.

En ese mismo corredor se encontraba el camarero Hamilton, revisando los camarotes de numeración impar sin saber lo que había pasado. De pronto oyó que una puerta se golpeaba y vio a un joven que no conocía avanzando hacia él. Hamilton le recordó que se pusiera un chaleco salvavidas, pero el hombre lo empujó con violencia y desapareció por el corredor. Hamilton continuó con su trabajo pero al llegar al final del pasillo cayó en la cuenta de que la camarera no había seguido controlando los camarotes de numeración par. Retrocedió y encontró cerrada la puerta del número 12. Al abrirla encontró a la joven, tumbada en el suelo, inconsciente, con la nariz y la boca cubiertas de sangre. Tanto Hamilton como Barton sobrevivieron al naufragio.

En la cubierta superior, el oficial Anderson había logrado persuadir a suficientes pasajeros de salir de un bote salvavidas para poder empujarlo sobre la borda del barco. Mientras lo bajaban al nivel de la cubierta inferior, más gente trató de subir a bordo. Los ocupantes comenzaron a rechazarlos con los remos y en plena desesperación alguien del bote gritó a la tripulación que soltaran las amarras. Algo anduvo mal. Los soportes cedieron y éste giró de tal modo que arrojó a toda la gente al mar. Por un momento quedó suspendido de uno de los soportes pero en seguida terminó de romperse. La chalupa de cinco toneladas cayó encima de los pasajeros que estaban en el agua.

Otros tres botes se rajaron al golpear contra los remaches sobresalientes del costado del Lusitania, y al tocar el agua se hundieron.

El oficial Anderson fue uno de los muertos del Lusitania.

Un pasajero neoyorquino, Isaac Lehman, que había alcanzado a llevar consigo un revólver que tenía en su camarote, se acercó a un bote salvavidas que todavía estaba en cubierta, lleno de pasajeros. Había un marinero con un hacha en la mano esperando para cortar las cuerdas cuando el segundo nivel del barco tocara el agua. Lehman insistió en que bajaran el bote enseguida. Sacó el revólver y amenazó con matarlo. El marinero soltó la cadena y el bote cayó sobre otro plegadizo y se deslizó como los demás por la pendiente de la cubierta. Unas treinta personas murieron aplastadas. Lehman sobrevivió.

Muchos de los pasajeros y algunos miembros de la tripulación se negaron a unirse a la lucha por los botes salvavidas. Alfred Vanderbilt y el matrimonio Frohman fueron vistos atando chalecos salvavidas a las cunas de paja en las que varios bebés dormían la siesta después del almuerzo. Vanderbilt, los Frohman y los bebés en sus cunas murieron ahogados.

Unos quince minutos después de la explosión la proa del Lusitania chocó contra el fondo de granito del océano. La popa sobresalió del agua con las hélices todavía dando vueltas. Había cientos de personas aún a bordo. Algunos luchaban sin esperanzas para liberar más botes salvavidas, mientras otros esperaban tranquilos a que la popa se apoyara para arrojarse a las olas y comenzar a nadar. Entre ellos estaban Walter Baranov y su padre inválido. Se mantuvieron a flote hasta que los recogió un bote.

De pronto se oyó la explosión de una caldera, lo que ocasionó la caída de una de las cuatro enormes chimeneas en medio de una nube de vapor y chispas. En unos segundos el buque había desaparecido bajo el agua. El capitán William Turner permaneció aferrado al puente de navegación hasta que las aguas lo barrieron. Fue uno de los supervivientes. Cuando más tarde se presentó ante la comisión investigadora, alguien le entregó una pluma blanca.

La cifra de supervivientes del Lusitania ascendió a setecientos sesenta y cuatro en total. Muchos de ellos habían caído, o saltado al agua, siendo recogidos por la media docena de botes botados con éxito desde la cubierta de estribor. Otros se mantuvieron a flote aferrados a alguno de los restos del naufragio. Un oficial y su madre se mantuvieron a flote sobre el piano del salón principal.

El número de muertos superó los mil doscientos. Muchos días después seguían apareciendo cuerpos en las playas irlandesas. La búsqueda se prolongó por los ofrecimientos de recompensa de la línea Cunard y de los parientes de las víctimas. Se ofreció una libra por cada cuerpo encontrado; dos por cada norteamericano y mil por Alfred Vanderbilt.

II Candilejas 1

El siguiente paso para la aparición del falso inspector fue dado en la primavera de 1921.

Sentada en el sillón de dentista, Alma Webster se concentró en la mano derecha del doctor Baranov e ignoró el instrumento que él sostenía. Estudió el vello fino y rubio de sus dedos y siguió su curso por el dorso de la mano hasta el puño de la camisa. En la muñeca crecían más espesos y salvajes.

Lo amaba hasta el punto de olvidarse de todo.

Ésta era la tercera cita en el curso de un tratamiento que duraría por lo menos seis semanas. «Pero no necesita preocuparse por el estado de sus dientes -había explicado Baranov-, para una joven de… ¿cuántos años tiene…? ¿veinticuatro…? están muy bien. Una caries aquí y allá, eso es todo. No habrá que extraerle nada. Yo soy de la opinión de conservar los dientes, señorita Webster, no de sacarlos. Trabajo lentamente, y no me disculpo por eso. Le haré perder algo de su valioso tiempo, pero tiene mi palabra de que los resultados no la desilusionarán.»

Alma no lamentaba perder ni un segundo de su valioso tiempo. Al entrar al consultorio de Eaton Place su desagrado por los tratamientos dentales casi se había evaporado. El consultorio estaba amueblado como un salón del Palacio de Invierno, con una araña resplandeciente, el fuego ardiendo en una gran chimenea de ladrillos y bronce, cuadros con marcos dorados de cosacos salvajes cabalgando en sus caballos negros, una alfombra afgana color dorado y sillones tapizados en cuero de un tamaño adecuado para Chaliapin. Se sentía el aroma de cigarrillos balcánicos. Cuando ella entró el doctor Baranov estaba trabajando en su escritorio de ébano y, levantándose en seguida, le había sonreído haciéndole una pequeña reverencia. Al cruzarse con los ojos de él, Alma había sentido un cosquilleo bajo la piel, una sensación extraña.

No corrigió su edad. En realidad tenía veintiocho años.

A los quince había descubierto las novelas románticas de Ouida, que luego se convirtieron en sus más preciadas posesiones; le sorprendió notar cuánto tenía en común con Vere Herbert, la heroína de Moths. También ella sentía pasión por los libros y los hermosos paisajes y no era muy consciente de su propia belleza. También ella tenía una madre indiferente que apenas la tenía en cuenta. Y había comprobado con absoluta claridad que no había más que dos clases de hombres en el mundo… individuos ejemplares como el brillante y vulnerable tenor Corréze, o brutos como el príncipe Zuroff, rufián decidido a lograr sus inconfesables propósitos a costa de las desventuradas jóvenes. Se necesitaba una escritora con gran fuerza para destronar a Ouida del corazón de Alma, pero a su debido tiempo Ethel M. Dell había triunfado, gracias al clima logrado en The Way of the Eagle, cuando Nick se declara a Muriel en la cima de una montaña mientras un meteoro cae del cielo.

Eso había sido antes de la guerra. La guerra había cambiado todo. Tuvo que dejar de leer novelas, comenzar a trabajar y cortarse el pelo como las mujeres de las fábricas de municiones. No había sido reclutada en una de esas fábricas porque no había ninguna a distancia de autobús desde su casa, pero tuvo que ocuparse de la correspondencia del Richmond and Twickenham Times. Al ir a su casa después de cortarse el pelo se había mirado en el espejo y había descubierto su cara cambiada. Ya no era hermosa. Era heroica. Tenía ojos profundos con largos párpados oscuros, capaces de contemplar lo peor del mundo con compasión. Se había dado cuenta de que su nariz era un poco larga, pero como ya no agachaba la cabeza ni se ruborizaba ante la presencia del sexo opuesto, eso no le importaba en lo más mínimo. Su boca ya no parecía un arco de Cupido. Era menuda y decidida. Tenía la tez pálida y el cuello y las orejas sin adornos. Vivía sola en una casa blanca de tres pisos en Richmond Hill, una casa que antes había pertenecido a su tía Laura. Y por la noche tejía medias y pasamontañas para los hombres que estaban en el frente.

Cuando llegó el armisticio a Alma le costó mucho adaptarse. Había aprendido a comportarse en un país en guerra. No era pobre y no necesitaba trabajar, así que renunció a su puesto en el diario. Pero muy pronto aceptó un trabajo de pocas horas tres veces por semana en una floristería cerca de la estación del tren. De nuevo se sentía útil. Le daba la oportunidad de consolar a los acongojados cuando venían a encargar coronas y palmas. Les decía que su hombre no había vuelto de Francia. También le gustaba la floristería porque los caballeros con polainas y bastones entraban a comprar flores para colocarse en la solapa. Empezó a usar un poco de colorete. Parecía tan pálida entre las rosas…

Al quejarse Alma de dolor de muelas, la señora Maxwell, gerente de la floristería, le había recomendado acudir al doctor Baranov. En Richmond trabajaban varios dentistas, pero ninguno de ellos era recomendable. La señora Maxwell no entendía por qué tantas chicas modernas no eran más cuidadosas en la elección de sus dentistas. Si se le estropeaba una perla de su collar no iría a un joyero de Richmond High para que se la reemplazara. Iría a Londres, a Bond Street o Regent. ¿Y no eran los propios dientes más preciosos acaso que una perla?

El doctor Baranov le había causado una fuerte impresión a Alma desde el principio. Era completamente distinto a los jóvenes que siempre habían poblado sus sueños. Para empezar no era joven. Parecía tener por lo bajo cuarenta y cinco años. Su pelo y bigote estaban salpicados de plata. Sus párpados formaban pliegues allí donde la piel se superponía. Se podían adivinar sus penas y alegrías en las finas líneas que partían de su boca y en sus ojos celestes brillaba una mirada de profunda serenidad. Era extremadamente feliz con su trabajo.

En esa primera consulta había hecho sentar a Alma en uno de los sillones obteniendo con unas pocas preguntas corteses su historial dental. Habló de sus honorarios. Alma apenas escuchaba. Oía sólo la música de su voz, que era tan lenta y resonante como un preludio de Rachmaninov.

Estaba fascinada. Se sentaba con la espalda muy recta y sus manos enguantadas de blanco cruzadas sobre el bolso de cocodrilo, temiendo desmayarse de excitación si él llegaba a pedirle que se pusiera en pie. ¿Sería lo bastante rápido como para sostenerla? Y mientras se quejaba con la cabeza apoyada en su pecho, ¿podría sentir los latidos de su corazón?

– ¿Está lista, señorita Webster?

– ¿Lista?

– Para el examen… Por supuesto que si se siente nerviosa podemos conversar un poco más.

– Oh, no. Estoy lista, gracias.

– Perfecto. Veamos lo que hay que hacer.

En ese momento la cortina de terciopelo que estaba detrás del escritorio del doctor Baranov fue corrida por una enfermera, una mujer oriental de edad indefinida y facciones comunes, maquillada con meticulosidad y vestida con un uniforme celeste. Por sus modales solemnes no parecía ni la mujer ni la amante del doctor Baranov.

Detrás de la cortina había un sillón dental sobre un zócalo de mármol negro y rodeado de luces ajustables y aparatos dentales, además de un carrito de acero cubierto con una tela celeste. El doctor Baranov extendió su mano hacia el sillón con una sonrisa tranquilizadora. La tela celeste resultó ser un babero que extendieron sobre Alma cuando se sentó en el sillón. El carrito de instrumentos ya no estaba a la vista, y la enfermera tampoco. Sólo el doctor Baranov, ahora con una chaqueta de hilo blanco. Se acercó y permaneció mirándola con aire aprobador. Alma sostuvo su mirada sin ruborizarse. No estaba molesta. Sabía lo que era el sexo. Había leído a Marie Stopes.

– Por favor.

Alma lo miró a los ojos.

El doctor Baranov le señaló la boca.

– Ah, sí.

Mientras le insertaba el instrumento con la mano izquierda, Alma vio algo que brillaba a la luz de la lámpara: una alianza de oro. Pegó un respingo.

– Espero que no le haya dolido.

– No.

– ¿Se siente bien?

– Perfectamente.

Debido al brusco movimiento, el doctor Baranov se había manchado la mano con el colorete de la mejilla de Alma. Ahora tenía una marca rosada sobre la alianza.

Alma se mantuvo tranquila. Probablemente la mujer de él estaría muerta, asesinada por los bolcheviques. O tal vez su frágil salud no había resistido el largo viaje al exilio después de la revolución. Pobre criatura. Y pobre doctor Baranov, solo con su pena en un país extranjero.

Alma sabía lo que era la tristeza. Ella también la había soportado durante cuatro años. Un lunes después de Pascua, en 1914, cuando tenía veinte años, había ido con su mejor amiga a pasear entre los narcisos de Kew Gardens. Ambas llevaban sombreros blancos con enormes alas blandas que se balanceaban al moverse. Habían ignorado las nubes de lluvia que colgaban sobre sus cabezas. Las primeras gotas pesadas atravesaron sus vestidos de algodón, cuando estaban sobre el lado oeste del lago, lejos de los edificios y de los invernaderos. Cuando comenzó el diluvio profirieron fingidos gritos de pánico corriendo bajo la lluvia hasta refugiarse bajo un árbol. Al llegar se miraron y empezaron a reír. Sus sombreros nuevos colgaban como flores marchitas.

De pronto quedaron heladas; alguien se había aclarado la garganta con discreción. Era un joven con gorra y tweeds que se hallaba del otro lado del árbol. Tenía un enorme paraguas, y era tan apuesto como el príncipe de Gales. Levantando su gorra se presentó como Arthur. Luego les ofreció acompañarlas hasta la salida si no les importaba apretarse un poco bajo su paraguas. Volviendo a reír, se situaron a ambos lados del muchacho.

Todavía llovía cuando llegaron a Victoria Gate. Arthur insistió en invitarlas a tomar el té en el salón del otro lado de la calle. Se sentaron junto a la ventana mientras la lluvia corría por los paneles de vidrio. Arthur les contó que estudiaba en Cambridge pero que en ese momento estaba de vacaciones. En su casa se aburría, así que casi todas las tardes iba a Kew. Al mencionar esto su mano rozó la de Alma. Por un instante ella sintió la presión de los dedos de él. Su pulso se aceleró.

Esa noche casi no durmió. Al día siguiente se puso su vestido rosa pálido con medias blancas de seda y tomó el autobús hasta Kew. Se paró bajo el mismo árbol. Y esperó allí dos horas. Recorrió los jardines buscando a Arthur hasta que sonó la campana. Estaba desolada. El viernes volvió a ir. Llovía y él no estaba allí. Empapada, lloró silenciosamente en el autobús de regreso.

Al llegar a su casa se dio un largo baño bajo el agua caliente, desilusionada con el amor, convencida de que el destino la privaba de la encantadora compañía de los hombres jóvenes. Cuando el agua se enfrió salió de la bañera y se puso una bata. Sonó el timbre. Era su amiga Eileen que quería saber si iría al ensayo del coro. Alma le dijo que estaba cansada tras su paseo por Kew.

Por amor propio y para satisfacer la curiosidad de Eileen, Alma inventó un cuento. En cierto modo se lo debía a Ethel M. Dell. Dijo que Arthur la había invitado en secreto a encontrarse bajo el árbol. Y que cuando llegó allí no había nadie a la vista. Luego le había oído llamarla con suavidad por sobre su cabeza. Estaba sentado en una rama del árbol. Saltando sin decir otra palabra y tomándola en sus brazos la había besado con salvaje pasión. Ella había quedado helada, pero en seguida su sangre se precipitó por las venas y sacando fuerzas de donde no creía tenerlas había logrado alejarlo. Pero no había escapado. Enfrentándose a él con los labios ardiendo y el pecho agitado, lo había avergonzado con la mirada. Con el rostro acalorado él se había disculpado diciendo que su belleza lo había trastornado. Era la primera vez que cometía un acto indecoroso, pero no podía asegurarle que no volvería a suceder, tan incontrolable era su pasión por Alma. Su honestidad la había sorprendido. Detrás de la fuerza bruta de su acción y del candor de sus palabras podía sentir la vitalidad del hombre circundándola. Se había calmado hasta el punto de dejarlo que la acompañara al salón de té. Allí Arthur le había pedido que fuera su pareja en el baile de Cambridge en mayo. Como hipnotizada por sus ojos ardientes, ella había aceptado.

Para darle más asidero a su fantasía, persuadió a Eileen a acompañarla al día siguiente a Gosling’s para elegir la tela para un vestido de baile. Eso alivió enormemente su desilusión.

Continuó con su engaño. A fines de mayo le contó a Eileen lo que había pasado en el baile. Arthur se había comportado de manera impecable hasta la madrugada, cuando en una barcaza, bajo el puente Magdalene, le había pedido que se casara con él, mientras rozaba la mejilla de ella con sus labios. En un súbito impulso, atrayéndolo hacia ella, le había entregado sus trémulos labios, casi olvidando decir que sí. Iba a ser un compromiso secreto hasta Navidad, fecha en que los padres de Arthur estarían de vuelta del Amazonas, donde estaban al frente de una misión.

Alma misma se sorprendió por su facilidad para inventar los detalles. Ya tenía pensado cómo explicaría la falta del anillo de compromiso en Navidad. Los padres de Arthur iban a desaparecer en la jungla. Arthur iría a rescatarlos y sería atacado por una enfermedad tropical incurable. O tal vez una flecha envenenada terminaría con él.

La vida real le proporcionó a Alma un argumento mejor. En agosto de ese año Alemania invadió Bélgica, y al día siguiente Inglaterra estaba en guerra. En todo el país miles y miles de jóvenes se alistaron. Los estudiantes de las universidades abandonaron sus carreras para pelear por el Rey y la patria. En la mente de Alma no existían dudas de que Arthur estaba entre ellos. En septiembre le dijo a Eileen que acababa de recibir una carta desde Francia. Arthur estaba en los Fusileros Reales. Se daba cuenta de que podía terminar el engaño cuando quisiera alegando que Arthur era uno de los caídos, pero no tenía ganas de hacerlo. Quería ser una de las valerosas mujeres que rezaban por la vida de sus hombres. Tejía pasamontañas para la Cruz Roja y les dijo a los miembros del comité local que la haría feliz que el marido o el novio de alguien se sintiera consolado en las trincheras por su esfuerzo. Cuando uno de ellos le hizo la pregunta, contestó sin vacilar que el hombre con el que estaba comprometida se encontraba muy lejos.

Y mientras promediaba la guerra, Arthur adquirió una distinción tras otra en el servicio. Estuvo dos años en las trincheras. Alma le concedió la Cruz Militar por su valentía en Neuve Chapelle. A fines de 1916 lo trasladó a la Real Fuerza Aérea, donde al mando de una escuadrilla realizó varias incursiones arriesgadas sobre Alemania. Una de las señoras de la Cruz Roja tenía un hermano que trabajaba en Handley-Page y le preguntó en qué tipo de avión volaba Arthur. Alma contestó que nunca mencionaba esas cosas en sus cartas. Escribía con pasión sobre los pocos y preciosos días que habían pasado juntos en Inglaterra antes de la guerra. En lo único que pensaba era en volver a casa para casarse.

Alma esperaba el armisticio con tanta ansiedad como los demás, pero cuando llegó, se dio cuenta que Arthur todavía estaba vivo. Eileen estaba encantada por los dos. Quería saber cuándo fijarían fecha. Alma consideró el asunto. Dijo que tal vez las cosas se atrasaran un poco. Arthur se encontraba en el hospital sufriendo de la gripe que asolaba Europa. En su carta se la había descrito como un caso leve, pero molesto.

Cuando Eileen volvió a ver a Alma, estaba de luto. Se comportaba con mucha valentía.

Alma sintió la muerte de Arthur de una manera que nadie podría entender. En su vida había un vacío. La gente era amable con ella.

La alentaban a salir más. Estaban en otra era, en la que los placeres eran públicos. Cines, salones de baile y clubs nocturnos aparecían por todos lados. Alma todavía era joven, pero se sentía como perteneciente a otra generación. No estaba lista para los años veinte. Los hombres jóvenes no la impresionaban.

– Abra un poco más, por favor -pidió el doctor Baranov-. Dígame si le duele.

Estaba segura de que no le dolería. El doctor Baranov era un maravilloso dentista. Sería un maravilloso amante, también.

– Algunos de mis pacientes me piden que los anestesie… con cloroformo, ¿sabe?… pero trato de convencerlos de que de esta manera no sentirán dolor.

El doctor Baranov pertenecía al mundo de los dignos años de la preguerra. No lo verían jamás en un baile público. Su ambiente era el de las cenas privadas, donde su conversación seguramente brillaría como cristal tallado. Todo lo que decía parecía resaltar al ser pronunciado con esa voz sonora. Para ser ruso dominaba muy bien el idioma. No se podía adivinar que era extranjero. Alma suponía que él había recibido una educación de aristócrata, casi con seguridad a cargo de un preceptor inglés.

– En el Strand hay un dentista -comentó el doctor Baranov-. Un norteamericano. Se especializa en trabajos de coronas y puentes. Todas las semanas hace propaganda en The Stage, el periódico de los actores. En su anuncio incluso publica una lista de sus pacientes más ilustres, los actores y actrices que han pasado por su consultorio. Supongo que lo hace con su permiso, así que no puedo objetar nada, aunque yo por supuesto no lo haría. Le prometo que no encontrará su nombre en el periódico de la semana próxima. Lo que encuentro mal en sus anuncios…, y en otros como ése…, es el eslogan que dice: Sistema Norteamericano Indoloro, como si por alguna misteriosa razón los norteamericanos fueran los únicos capaces de tratar a sus pacientes sin causarles dolor. Le contaré el secreto del «sistema norteamericano indoloro». Se trata de nuestro viejo conocido el cloroformo, señorita Webster. Personalmente yo lo uso como último recurso. Si se tiene cuidado se puede trabajar sin causar dolor. ¿Quiere enjuagarse, por favor?

Pusieron un vaso de agua en la mano de Alma y la enfermera le alcanzó un bol de porcelana.

– Echemos otra mirada -sugirió el doctor Baranov.

Alma le creía. Era incapaz de lastimarla. Podía sentir la leve presión del muslo y estómago de él contra su brazo derecho cuando se agachaba para examinarla. Trató de no poner tenso el brazo. Tarde o temprano tendría que encontrar alguna manera de hacerle saber que era el hombre más adorable que había conocido.

– Si me permite, algunas de las cosas que se hacen en nombre de la odontología son intolerables. Recuerdo haber leído algo antes de la guerra sobre un médico de Holloway que asesinó a su mujer. Un tal Crippen. No creo que usted lo recuerde. Supongo que en esa época usted aún llevaría trenzas. Pero produjo un cierto revuelo porque cuando la policía llegó a la casa… creo que los vecinos hablaron del asunto… el doctor Crippen y su… si me perdona la expresión… amante, se asustaron y compraron unos pasajes para el Canadá. La joven, Ethel no sé cuanto, se vistió como un muchacho y Crippen se afeitó el bigote y se quitó las gafas pretendiendo hacerse pasar por su padre. El disfraz no debió de ser muy convincente, porque el capitán del barco los descubrió durante el primer día de viaje. Mandó un mensaje y Scotland Yard envió un hombre en un barco más rápido para arrestarlos al final del viaje: el inspector Dew. Enjuáguese, por favor.

El doctor Baranov arregló la luz mientras la enfermera mezclaba una pasta para rellenar la cavidad. Volvió a acercarse.

– Está casi listo. Supongo que se estará preguntando qué tenía que ver el doctor Crippen con la odontología. Bien, antes de ese asesinato, él era socio de un norteamericano. Se hacían llamar «Los Especialistas Dentales de Yale». Crippen era médico, así que cuidaba el negocio y ayudaba de vez en cuando, y Ethel era la enfermera. Ethel sufría de agudos dolores de cabeza, neuralgias. Y éste es el punto clave de la historia. Decidieron que el dolor era causado por sus dientes, así que se los extrajeron. Veintiún dientes de una vez. La pobre chica no era mayor que usted en ese momento. Fue un acto criminal. Me gustaría poder recordar el apellido de ella. Era algo exótico.

Alma trató de decir «Le Neve» sin mover la boca.

– Sí, señora Webster. Sé que es molesto. Aguante un poquito más.

Alma recordaba el caso Crippen. Había ocupado los diarios durante semanas. Fue en 1910, cuando ella tenía diecisiete años y solía leer a Ethel M. Dell. El caso la había afectado mucho. No había podido evitar sentir pena por los dos fugitivos recorriendo la cubierta de ese barquito durante diez días con su patético disfraz, mientras gracias al ojo agudo del capitán y al milagro del telégrafo cualquier tipo que pudiera leer un diario sabía que el inspector Dew estaría esperándolos en Toronto con las esposas listas. Había llorado por ellos cuando supo la noticia del arresto, tratando de pensar si hubiera podido enfrentar ese momento con dignidad y amor. El amor, y sólo el amor, podía haberles dado fuerzas.

– Ya está -el doctor Baranov extrajo los instrumentos de su boca. Trate de no masticar con ese lado esta noche. La enfermera le dará la próxima cita. ¿Pasa algo?

– Iba a decirle que el apellido de la mujer era Le Neve, Ethel Le Neve.

– Así es. Tiene una memoria excelente.

– El caso salió en todos los diarios de Inglaterra.

– Sí, lo recuerdo.

– ¿Estaba en Inglaterra en 1910?

– He estado aquí toda mi vida -sonrió el doctor Baranov.

– Pero…

– Creyó que era ruso, ¿no? Es una suposición razonable y no es la primera que lo piensa. El nombre de mi padre era Henry Brown. Trabajaba en los music-halls como equilibrista -hizo una representación veloz, con los brazos extendidos-. El Gran Baranov.

Alma estaba estupefacta.

– ¿Así que es inglés?

– Me bautizaron Walter Brown. Oiga, está usted muy pálida.

– ¿Su padre se hacía llamar Baranov en el music-hall?

– Y yo lo adopté para mi profesión. En mi trabajo es una ventaja tener un nombre que suene a extranjero. Los ingleses no creen que un dentista pueda ser bueno si se llama Walter Brown.

Alma estaba sin habla.

– Está frunciendo el ceño -afirmó Baranov-. Lo que hice es perfectamente legal, se lo aseguro. Para mi padre no era más que un nombre de teatro pero yo decidí legalizarlo. Estaba por casarme y mi futura esposa lo aprobó, ya que ella también trabajaba en el teatro. Lydia Baranov… ¿no es un nombre para una actriz, no? Tal vez haya oído hablar de ella. Es bastante conocida.

Así que su mujer estaba viva… Alma se sintió mareada. Tenía que salir de allí. Se alejó de él y cruzó la habitación a tientas, y las lágrimas le nublaban la visión. La enfermera sujetó la puerta para que pasara y le entregó una tarjeta con la fecha de su próxima visita.

Una vez en la calle Alma la rompió y arrojó los pedazos al desagüe más cercano.

2

Otra mujer joven intervino en el caso. Se llamaba Poppy Duke.

El día de descanso del Señor funcionaba al revés para Poppy. Ella descansaba seis días y trabajaba el séptimo. Su puesto de acción estaba en el mercado de Petticoat Lane. Tenía dieciocho años, mirada alerta, una sonrisa que engañaba y hermosos rizos dorados. Era una brillante ladrona. Sus manos delgadas de dedos largos podían sacar una billetera del bolsillo de su dueño mientras tropezaba con él y le decía, «¿Me disculpa?». Podría abrir una cartera, localizar el monedero dentro y quitar el dinero en un solo movimiento imperceptible para el dueño o el vendedor que trataba de obtenerlo de manera más legítima. La toleraban en el mercado porque se decía que era una especie de moderno Robin Hood. Robaba sólo a los visitantes que iban más a husmear que a comprar. Y empleaba más de media docena de chicos como señuelos, pagándoles generosamente.

Esa mañana cuando apenas había empezado, vio a la presa perfecta, un joven vestido con traje elegante, sombrero y abrigo colocado sobre los hombros como una capa. Se había detenido en un puesto que servía té causando una cierta sensación por haber sacado un billete de una libra. Aseguraba que no tenía cambio.

– Bueno, ahora si tiene, tesoro -exclamó la mujer del puesto mientras dejaba caer en sus manos una cantidad de moneditas-. ¿No las va a contar? -le sirvió una taza de té.

El hombre todavía tenía la billetera en la mano. La metió en el bolsillo interior de su abrigo y bebió su té.

Poppy entró en acción. No iba a dejarse ese tipo a algún principiante. Se puso en la fila. Con la mano izquierda levantó la solapa del bolsillo y tanteó la billetera.

Para su horror, una mano agarró la suya desde dentro. No podía sacarla. El hombre se dio la vuelta y le sonrió. Todavía sujetaba la taza de té con la mano derecha. Era la izquierda, pasada a través de la división del forro del abrigo, la que sujetaba la mano de Poppy.

– Bien, Poppy, diría que esto ha sido como quitarle un caramelo a un chaval.

– Tengo la mano atascada.

– Por supuesto, y no pienso soltarla. Si no quieres problemas déjala así y sígueme. Tengo un taxi esperándome.

– ¿Me está arrestando? Déme una oportunidad, compañero.

– Camina, Poppy.

Obedeció. Tenía miedo de que sus jóvenes cómplices trataran de detenerlos y fueran también capturados. Sola no la podría retener mucho tiempo.

Cuando llegaron a la parada de taxis en Whitechapel el hombre soltó su mano. Ella esperó que la esposara, pero no lo hizo.

– ¿Usted es polizonte, verdad?

El joven la empujó dentro del taxi y se sentó a su lado.

– Poppy, querida -exclamó con otra sonrisa-, es tu cumpleaños.

– ¿Qué diablos quiere decir? ¿Adónde me lleva?

– A elegir un regalo, tesoro.

– Pues no sabe qué clase de chica soy, señor.

– Calma. Te llevo a pasear, nada más.

Atravesaron la City y Holborn hasta la calle Oxford. Poppy echaba chispas, tratando de imaginar quién era su acompañante. No lo había visto jamás en el mercado antes de esta mañana. Vestía como un caballero, pero se veía que no lo era.

El taxi dobló por Bond y se detuvo.

– ¿Por qué se ha detenido? -preguntó Poppy.

– Baja y te lo mostraré. Pero no me hagas pasar vergüenza. Es una zona muy elegante.

Guió a Poppy, que tenía los ojos abiertos como platos, hacia una tienda de ropa de la que ella sólo había oído hablar en las revistas.

– Elige uno -le ordenó el hombre-. Para una fiesta.

– Espere un momento… ¿qué es lo que quiere?

– Te lo diré, Poppy -le susurró mientras los dos contemplaban el escaparate-. Me han dicho que eres la mejor ratera de Londres y quiero contratar tus servicios por una noche. Es una fiesta, así que necesitas un vestido. ¿Qué te parece ese negro con ribetes plateados? Si trabajas conmigo obtienes un uniforme decente. Y lo conservas. ¿De acuerdo?

3

Lydia Baranov estaba hablando por teléfono en su casa de Putney Hill. Estaba al teléfono desde su regreso de una entrevista, gritando por el auricular. Le dijo a quienquiera que estuviera al otro lado de la línea que era un incompetente. Que no podía comprender cómo una cosa tan sencilla creaba dificultades tan monumentales.

Abajo en el vestíbulo se abrió la puerta y entró Walter. La criada, Sylvia, estaba esperando como de costumbre para tomar su sombrero, sobretodo y paraguas.

La conversación telefónica continuaba. Walter miró hacia arriba, y luego a Sylvia levantando las cejas con aire interrogativo. Ella sacudió la cabeza. Walter hizo una mueca. Fue al salón, se sirvió un whisky y lo bebió de un trago.

Cuando subió, Lydia continuaba diciendo a gritos que su tiempo era demasiado valioso para perderlo hablando con empleados idiotas. Que esperaba que el gerente la llamara por la mañana, no antes de las diez y no más tarde de las once. Colgó.

– ¿Y cómo has pasado tú el día? -preguntó en tono que minaba toda respuesta antes de que pudiera ser articulada.

– Muy frustrante -replicó Walter con énfasis-. Me merece muy poco respeto la gente que me hace perder el tiempo. Dos citas anuladas sin una palabra de explicación. Pienso que la gente podría tener la gentileza de avisar al consultorio. Supongo que no puedo esperar otra cosa de Lady Burke, que es tan conocida por sus olvidos. Seguramente aparecerá mañana muy agitada. Pero el segundo paciente, la señorita Webster, está en su sano juicio y debería comportarse mejor. La hemos citado ya tres veces a la misma hora y el mismo día de la semana y no aparece; me parece inexplicable.

– Si has terminado -gruñó Lydia- tal vez te interese saber lo que me ha sucedido a mí.

Con su formación dramática Lydia sabía todo lo que debía saber sobre actuación. Esa mañana había ido a una entrevista para un pequeño papel en el teatro Richmond. Tenía treinta y cuatro años y no actuaba en un escenario del West End desde 1914.

– Supongo que fue una desilusión -arriesgó Walter.

– ¿Desilusión? Fue ridículo. Una burla. -Si un director hubiera a visto a Lydia en ese momento, le habría ofrecido papeles protagonistas por el resto de su carrera. La indignación la transformaba. Su piel, habitualmente pálida, estaba de un rosado febril. Los rizos negros bailaban con cada movimiento de la cabeza. Las aletas de su nariz estaban dilatadas y los ojos marrones ardían con pasión gitana-. El director está loco. No podría trabajar con él. Acabaría con mi carrera. Ese hombre no entiende el sentido de la obra, no, no entiende a Pinero.

– ¿Quién obtuvo el papel?

– Una mujerzuela con una experiencia de seis semanas en alguna revista. Dijeron que yo podría hacer la sustitución. ¿Sabes lo que eso significa? Vender chocolatines en el entreacto. Les dije que había hecho The Second Mrs. Tanqueray.

– ¿Y qué dijeron?

– Que ésta era una comedia. Que mi experiencia no servía. Estuve de acuerdo con ellos. Dije que habían dejado bien establecido que la experiencia que necesitaban era la que se adquiría en el coro de Cochran y que estaba contenta de haber caído tan bajo.

– Tienes razón.

– Y luego abandoné el teatro. Estaba tan indignada que olvidé allí mi álbum de recortes.

– A lo mejor le echaban una ojeada y se daban cuenta del error que han cometido.

– No creo. De todas maneras el elenco ya está completo. No aceptaría el papel principal ni aunque me lo ofrecieran. Tengo mi orgullo. Pero voy a necesitar los recortes.

– Por supuesto.

– Walter, querido.

– ¿Sí, amor mío?

– ¿Irías a buscarlos?

– Mañana no tengo tiempo, estaré muy ocupado.

– Pues ve a buscarlos esta noche.

Hubo un instante de silencio.

– No tardarás más de una hora -aseguró Lydia-. Le diré a la cocinera que mantenga tu cena caliente. -Lo besó cariñosamente-. Sabes que no podría soportar la pérdida de mis recortes.

Sylvia le alcanzó su sombrero y sobretodo.

Desde la ventana Lydia lo miró bajar la cuesta en busca de un taxi, en la estación. Sus pacientes podían temerle, pero en su casa hacía lo que su mujer quisiera. Por gratitud. Sin su dinero y visión todavía estaría haciendo su ridículo número de adivinación en los teatruchos de provincia. Ella lo había persuadido de que no tenía condiciones para la escena. Le había hecho ver las ganancias que se podían obtener con la odontología y como prueba de su confianza se había casado con él, pagando su aprendizaje en Reading como mecánico dental y los tres años en el Hospital de Odontología de Newcastle-upon-Tyne. Walter nunca había sido tan feliz como al descubrir su vocación. En esa época se veían muy poco, porque Lydia estaba actuando en The Second Mrs. Tanqueray. Su actuación la agotaba y llenaba su vida.

El matrimonio había continuado ocupando sólo parte de su tiempo, hasta que Walter pasó sus exámenes finales en 1914 y obtuvo el título de cirujano dental. Volvió a Londres para la ceremonia de graduación y Lydia lo llevó a almorzar a Frasead. Desde la cocina llegaban continuos rumores y al final el camarero les preguntó si habían oído las noticias. Lloyd George había efectuado una declaración en la Cámara de los Comunes. El país estaba en guerra con Alemania. Se les pedía a los solteros menores de treinta años que se presentaran en el ejército. Walter estaba casado y tenía treinta y nueve años. De todos modos fue a la oficina de reclutamiento del Strand y durante los cuatro años siguientes arrancó dientes a los soldados por el Rey y la patria en el norte de Escocia. Lydia tuvo una guerra menos interesante. No había demasiadas buenas producciones en las que actuar y casi todos los actores decentes se habían enrolado. Actuó en The Harbour Lights en Woolwich con un actor tan decrépito que cuando se arrodillaba delante de ella para declararle su amor, tenía que ayudarlo para que pudiera volver a ponerse de pie.

En 1917 estaba tan desanimada que se tomó un descanso de las tablas. Pasaba el tiempo leyendo sus recortes de los días anteriores a la guerra de la gran casa que había heredado de su padre en Putney Hill. Se sentía sexualmente frustrada. Sintió una pasión secreta por el hombre de barba que atendía el mostrador del té en Fortnum & Mason. Nunca llegó a nada. La vida en Inglaterra se volvía difícil por la presencia de los submarinos alemanes, había escasez de comida y se hablaba de racionamiento. El acaparamiento era considerado una ofensa criminal y la criada de Lydia era una chismosa. Cuando registraron la casa, la policía encontró sesenta y ocho paquetes de té Fortnum & Mason. Se los confiscaron casi todos. Lydia tuvo que pagar diecisiete libras de multa y publicaron su nombre en los diarios. Era la primera noticia sobre ella que aparecía en The Times.

Walter subió al primer taxi de la fila. En menos de veinte minutos le estaba pagando al chófer delante del teatro Richmond. Eran poco más de las siete y el teatro estaba silencioso porque la primera función empezaba a las ocho y media, para que la gente tuviera tiempo de cambiarse y cenar antes. Estaban ensayando una revista. Lydia había tenido razón; el music-hall se estaba muriendo. La adivinación del pensamiento había desaparecido junto con los números de animales y Dan Leño.

Le dijo a la chica de la taquilla lo que necesitaba y ella lo envió al bar. Estaba lleno de gente y de humo. Los gestos de las manos y las voces bien impostadas le dijeron que se trataba de profesionales, el director y el entusiasta elenco de The Gay Lord Quex.

Esperó a que se produjera una pausa en la conversación. Jasper le preguntó a la chica si quería otro Martini y se dio la vuelta hacia el bar para ordenarlo. Walter se presentó.

– Un hombre encantador, querido -exclamó Jasper- pero no creo conocerlo.

– Mi mujer, Lydia, tuvo una entrevista con usted esta tarde.

– Otra ronda, George -pidió al barman.

– No obtuvo el papel.

– Mi querido señor, las pruebas de actores son una experiencia odiosa para todos. Estoy seguro de que cada tanto se cometen errores, pero nunca nos dedicamos a exámenes post mortem. Es algo que no se hace.

– Olvidó un álbum de recortes.

– Ah, ahora entiendo. Cielos, me pregunto qué hicimos con él.

La chica del vestido escotado se volvió.

– Está allí, tesoro. Estaba leyéndolo y debo decirte algo… tiene mucha más experiencia que la aquí presente.

– Yo no diría eso, Blanche -comentó una voz malintencionada.

– Algunas personas tienen mente de cloaca -comentó Blanche con aire mundano.

– Aquí está tu copa -la interrumpió Jasper. Luego tomó del brazo a Walter y atravesó la habitación hasta la mesa donde estaba el álbum-. La prueba de Lydia fue buena. Es una profesional, señor Baranov. Su mujer tiene talento. Si fuera por mí…

Walter lo interrumpió sin levantar la voz.

– He trabajado en el teatro. He oído hipocresías como ésta desde que tenía tres años. Si de veras tiene algún interés en la carrera de mi mujer, hágale justicia diciéndome la verdad.

El reproche fue más eficaz por el tono empleado.

De pronto el ambiente quedó en silencio. Alguien gritó a través del cuarto: «¿Todo bien, Jasper?».

– Sí, perfecto -respondió Jasper. Se dirigió a Walter-, Si de veras quiere saberlo, le diré que es demasiado madura para estos papeles de muchachita y todavía no está lista para los de matrona.

– Para suavizar el comentario agregó-: Y no lo estará por mucho tiempo todavía.

Walter no dijo nada. Tomó el álbum.

– Es siempre una etapa difícil en la carrera de una actriz -continuó Jasper-. Si se la pudiera persuadir a dedicarse a la producción creo que andaría bien. Con su experiencia debe saber mucho de maquillaje. O de vestuario, si tiene habilidad para coser.

Walter le dirigió una mirada incrédula.

– ¿Cómo puedo conseguir un taxi?

– A esta hora, sólo en la estación. Saliendo del teatro a la derecha. Déle las gracias por haber venido, por favor.

Walter bajó y siguió las instrucciones. Una vez en la estación subió a un taxi. Mientras se alejaba sus ojos captaron algo. Golpeó el vidrio que lo separaba del conductor.

– ¿Puede detenerse un momento? En la floristería. Quiero comprar unas flores para mi mujer.

– Será mejor que se dé prisa, amigo. Estoy obstruyendo el paso.

Una vez en la floristería miró los ramos en sus recipientes.

Desde el fondo se acercó la vendedora.

– Buenas noches, señor. ¿Puedo…? ¡Oh! -se detuvo, mirándolo.

– Sí, por favor, quiero… Pero, ¡señorita Webster!

Alma contestó con un susurro.

– Sí.

– Soy Walter Baranov, su dentista. ¿Me recuerda? Hoy no ha acudido al consultorio. ¿Lo sabía?

Alma estaba roja de vergüenza y no pudo responder.

Él también estaba molesto.

– Lo siento. Parece que la estuviera controlando. Al verla así, de pronto, me ha cogido por sorpresa.

– Oh -tenía un tallo en las manos y lo estaba rompiendo en pedacitos.

– Mi mujer ha tenido hoy una audición en el teatro Richmond. Es actriz.

– Sí. Usted me lo dijo.

Walter todavía tenía en la mano el álbum de Lydia.

– Se olvidó esto. Todos sus recortes. Son muy valiosos y tuve que venir a buscarlos.

El chófer del taxi tocó la bocina.

– Quería unas rosas -pidió Walter-. Creo que con una docena estará bien.

– ¿Algún color en especial? -Alma cruzó la habitación hacia donde estaban los recipientes con las flores. Había varios tonos de rosas rojas, amarillas y blancas-. Cuestan tres chelines la docena.

Walter apoyó el álbum en el mostrador y buscó el dinero en su bolsillo.

– No importa el precio. Que sean rosadas, por favor.

– Podría hacerle un ramo combinado.

La bocina volvió a sonar.

– Sí, por favor.

– ¿Quiere elegirlas?

Walter se paró al lado de ella y seleccionó una docena de distintos colores. Alma las envolvió y recibió el dinero.

– Gracias. Creo que tengo que darme prisa. Tengo un taxi esperándome -levantó el sombrero.-. Espero verla otra vez, señorita Webster.

Walter ya había salido de la floristería y se alejaba en el taxi cuando Alma se dio cuenta de que el álbum había quedado sobre el mostrador.

4

Para localizar otra de las damas que se vieron envueltas en esta historia, nos trasladaremos a París.

Cualquiera que fuera el lugar donde Marjorie Cordell se encontrara un viernes por la noche, le encantaba darse un baño caliente, de preferencia turco, seguido de un buen masaje. Como revitalizador era muy superior al café, las sales de hígado, los cocktails y los paseos por el parque, todo lo cual ya había probado. Estaba orgullosa de su reputación de vitalidad. Alegraba cualquier fiesta y por ese motivo siempre la invitaban. Su edad era un secreto, pero andaba ya por su tercer matrimonio y tenía una hija de veintidós años. Lo mejor de su masaje de los viernes era que la relajaba por completo. Vivía en Nueva York, y allí tenía un maravilloso hombrecito del Bronx con manos de terciopelo, que sabía más de sus esperanzas secretas y de sus miedos de cualquiera de sus maridos.

Esta noche estaba en la mesa de masaje del París Carlton, donde se alojaba con Livy, su tercer marido. Ese año estaban pasando las vacaciones en Europa porque su hija Barbara acababa de completar un curso en la Sorbona y querían volver a Nueva York con ella. Le comunicó eso en un inglés básico al argelino que estaba aflojando la tensión de sus hombros. El joven era bastante apuesto, con pelo lacio y un bigote fino como el trazo de un lápiz, pero su aliento olía a ajo. Marjorie volvió la cara para el otro lado.

– ¿Puede darme un masaje en los tobillos? -preguntó, mientras sacudía un pie para que entendiera-. Le tengo que agradecer a Dios el haberme dado unos tobillos tan bellos. ¿Quiere creer que lo que primero atrajo a cada uno de mis maridos fueron mis tobillos? Los masajes regulares los mantienen delgados… me refiero a mis tobillos. ¡Ah…! qué bien. Livy… diminutivo de Livingstone… es mi tercero… un tipo maravilloso… no un Douglas Fairbanks, se lo puedo asegurar, pero bastante apuesto a su manera… Livy a veces me pide que le deje dar masajes a mis tobillos, pero yo jamás lo permito. Le digo que es un trabajo para profesionales. Hmmm. Usted es bastante bueno. ¿Cómo se llama?

– Alain, madame.

– Bueno, Alain, yo opino que una mujer tiene que cuidar su cuerpo. Nunca se sabe cuándo la están observando. Le voy a contar algo que me sucedió hace cuatro años en el hotel Viltmore de Nueva York. Me quedé encerrada en el ascensor con siete hombres, todos desconocidos. Encerrada de verdad. Estuvimos atascados entre el segundo y tercer piso durante casi una hora. Estaba petrificada, pero, ¿sabes, Alain, que así fue como conocí a Livy? Crees que era uno de los tipos del ascensor, ¿no? Pero no es así. Estaba mirando en el segundo piso cuando los empleados del hotel lograron abrir las puertas corredizas. El ascensor estaba bastante arriba de sus cabezas, así que lo único que él logró ver fueron mis tobillos; pero no pudo sacar la vista de ellos. ¿No es romántico?

– Charmant, madame.

– Nos casamos ese mismo año y todavía lo pesco espiando mis tobillos cuando cree que no lo miro. Nos adoramos, y lo único que desearía es que mi hija Barbara fuera tan afortunada como yo. Es preciosa, de veras, con mi piel blanca y facciones clásicas y un maravilloso pelo castaño, pero asusta a los hombres. Es muy severa. Se graduó en matemáticas y de lo único que habla es de coeficientes y cosas así. La mandamos aquí un año para ampliar su educación en la Sorbona, pensando que los parisinos a lo mejor le enseñaban algo más. Bueno, ahora está loca por los griegos.

– ¿Los griegos, madame?

– Del siglo quinto antes de Cristo. Esta tarde nos mostró el Louvre a Livy y a mí. Está bien, era mejor que los logaritmos, así que fuimos. Yo tenía la esperanza de que la verdadera atracción fuera algún profesor joven. Pero estaba equivocada. Se trataba nada más que de objetos antiguos. En el Louvre hay algunas estatuas griegas bastante notables. Con los atributos viriles sin adornos y de tamaño natural. Algunos hasta más grandes. Le dije a Livy que podía resultar. ¿Pero sabe, Alain, que mi hija Barbara nos hizo atravesar las salas con las estatuas sin detenerse ni una vez? Ni siquiera volvió la cabeza. Nos quería mostrar las ánforas griegas. Ánforas. Las adora. Me sentí tan deprimida que me dejé caer en un banco.

– No es tan malo, madame.

– ¿Qué quiere decir?

– ¿No miró las ánforas?

– Ya le conté que estaba apabullada.

– En las ánforas, madame, hay muchos hombrecitos -Alain indicó la medida con un dedo y el pulgar- sin ropa. Tal vez Barbara empiece con hombrecitos.

– Oh -la señora Cordell consideró durante un momento la sugerencia. Se echó a reír-. Hombrecitos. Qué gracioso.

– Yo tampoco soy muy grande, madame.

Marjorie se rió.

– No me importa la medida, siempre y cuando el marido de mi hija sea rico.

5

Cuando Walter volvió a Putney, su comida estaba incomible. La cocinera dijo que le prepararía una ensalada.

Lydia los había oído hablar.

– Te has tomado tu tiempo -le dijo al entrar en el recibidor.

– He pensado que te gustarían -le alcanzó las rosas.

Fue una sorpresa agradable. Mientras él no estaba ella había pensado en abandonarlo.

– ¿Dónde las has conseguido, Walter? -fue lo más parecido a un agradecimiento que pudo decir.

– No las robé del jardín vecino.

Lydia se las devolvió.

– Dile a Sylvia que las ponga en un florero. ¿Te han dado mi álbum?

– Sí.

Pero ella vio que el libro no estaba bajo su brazo y mientras le hacía la pregunta vio cómo se tensaba su mano libre.

– ¿A quién has visto?

– Al director. Todavía está en el bar.

– No me sorprende. Esta tarde apestaba a ginebra.

– Ha dicho que habías estado muy bien, querida.

– Hipócrita. Siempre dicen eso.

– Te ha elogiado mucho.

– Hummm -estiró los labios con desprecio.

– Le daré las flores a Sylvia -dijo Walter.

– ¿Qué ha dicho?

– ¿Cómo?

– El elogio.

– Ah. Ha asegurado que eras una verdadera profesional.

– ¡Cómo si supiera mucho de eso!

– No ha sido todo lo que ha dicho.

– ¿Qué más?

– Voy a buscar a Sylvia -había cruzado hasta el hall-, ¿Te gustarían en tu dormitorio? Quedarían bien en la escalera, en la jardinera de mayólica.

– Deja que se ocupe Sylvia. Déjalas sobre la mesa y vuelve a contarme exactamente lo que ha dicho Jasper.

Él habló desde el corredor que daba a la cocina.

– ¿Te gustaría tomar un vaso de borgoña? Yo voy a beber uno con la ensalada.

Lydia hizo un gesto de enojo. En algunas ocasiones ese maldito era tan evasivo… No podía comprobar si tenía algo importante que decirle o si estaba ganando tiempo por lo del álbum. Hacía las cosas de manera deliberada. Sabía lo importante que era el teatro en su vida. Lo necesitaba como una droga. Era muy penoso andar por las provincias exhibiéndose con esas obras pero no podía dejar de hacerlo.

Había nacido entre bambalinas en uno de los seis teatros propiedad de su padre… todo lo que le importaba estaba conectado con el teatro. Antes de cumplir veinte años ya conocía a Pinero, Barrie y Shaw. Había actuado en el Adelphi. Sir Herbert Tree le había dicho que en un par de años tendría el poder de esclavizar al público del West End. Sin embargo había visto los peligros de una vida dedicada solamente al teatro. Era vital para su carácter y su arte mantener un lazo con el mundo real. Se había casado con Walter y financiado su carrera con parte de la herencia de su padre y él era su defensa contra lo irreal. ¿Qué podía ser más terrenal que un marido que arrancaba dientes?

Walter volvió al comedor con su ensalada y dos copas de vino en una bandeja. Le alcanzó una ceremoniosamente y se sentó enfrente de ella en el sillón de respaldo alto que su padre usaba para las oraciones familiares. Lydia se estiró la falda en un gesto nervioso.

– Querida -susurró Walter-. Tengo algo bastante importante que discutir contigo.

6

El letrero en la puerta de la floristería decía «Cerrado». Las cortinas estaban bajas, la caja limpia y el dinero seguro en la caja fuerte. Alma estaba terminando con su última tarea del día; arreglando el ramo que llevaría al día siguiente una afortunada novia. Tenía la mente puesta en Walter Baranov de tal manera que casi había olvidado lo que tenía que hacer. Sus dedos temblorosos rompieron un clavel mientras le ponía el alambre. Buscó otro.

Estaba más excitada que nerviosa. La había tomado por sorpresa al entrar así en la floristería. Era tan asombroso y romántico como la llegada de Everad Monck al campamento del desierto durante la triste luna de miel de Stella en The Lamp in the Desert. Lo que Walter había dicho no podía significar mucho, en cambio el hecho de que hubiera aparecido decía a las claras que Alma le importaba tanto como para buscar el lugar en donde trabajaba.

Debió de haberle costado mucho. Ella no le había mencionado nunca la floristería. Ni siquiera se había referido a ella en la ficha que llenara para enfermera. Walter… -en sus pensamientos ya había eliminado el apellido- la había localizado para volver a verla, después de que ella no se presentara a su cita. No podía haberle dicho con más claridad cuánto la deseaba. Era un hombre casado, pero eso no importaba, la deseaba más que a su mujer.

Se sentía halagada, intrigada y excitada. Estaba poseída por esa especie de temeridad que tantas veces era característica de las heroínas en sus libros. Tiempo antes se había prometido a sí misma que en una situación como ésa se dejaría llevar por el destino. Tendría que ser ingeniosa, vivaz, agradable, exuberante, todos esos atractivos adjetivos utilizados al hablar de las heroínas.

Pero su primera reacción no había estado muy bien. Se le había trabado la lengua al verlo entrar en la floristería. Necesitaba adquirir confianza. Estaba convencida de su importancia en la vida de Walter Baranov, así que no tenía por qué comportarse como una colegiala nerviosa. Resistiría el impulso salvaje de dirigirse a casa de él esa misma noche con el álbum de recortes que había dejado con tan poco disimulo en el mostrador. Iba a esperar hasta la hora del almuerzo al día siguiente para llevarlo al consultorio.

Esa noche se lo llevaría a casa para ojearlo con atención.

7

Lydia tomó su borgoña y le cedió la iniciativa de la conversación a Walter. Muy pocas veces le daba esa oportunidad. Era difícil que un hombre que se pasaba sus días investigando bocas abiertas pudiera saber algo que valiera la pena contar. Esa noche era una excepción. Lo escuchó.

– Por supuesto que tú y yo sabemos el estado en que se encuentra el teatro moderno -dijo Walter, mientras echaba sal en su ensalada-. No necesitamos que un arrogante director de provincias nos diga que hoy en día el talento casi no cuenta. Piensa en lo que te has encontrado últimamente en las pruebas a las que te has presentado: soborno, nepotismo, la vieja corbata de la escuela, política y tráfico sexual. A veces me pregunto si no sería más inteligente emplear tu maravillosa experiencia en otra área de la producción…, por lo menos hasta que la cordura vuelva al teatro. Es curioso, pero Jasper hizo la misma sugerencia.

– ¿Que pruebe con algo distinto? -preguntó Lydia con tono tranquilo.

– Bueno, sí. Creo que vale la pena tenerlo en cuenta, al menos.

Lydia sonrió.

– Querido, yo también he llegado a la misma conclusión. No vale la pena seguir así. Cada prueba es una burla a mis años de teatro. Afecta mis nervios y mi digestión. Al final va a acabar con nuestro matrimonio. Tienes razón. No voy a ir a ninguna otra prueba en ningún teatro de Inglaterra. Me voy a Estados Unidos.

Walter se quedó boquiabierto.

– ¿A Estados Unidos?

– Pareces sorprendido.

– ¿Estás hablando en serio, querida?

– Completamente. Voy a ofrecer mi talento al cine.

– Dios mío.

– Es otra área de producción -estaba encantada con el efecto que había causado su anuncio. Walter estaba lívido.

– No es lo que yo tenía en mente.

– Piénsalo. Las únicas películas de calidad se hacen en los Estados Unidos. Y me parece obvio que el cine está escaso de actrices de mi experiencia. Mira el caso de Mary Pickford. ¿Qué hizo en el teatro? O las hermanas Gish. O Theda Bara. Las conocen millones, Walter, ¿y qué saben del arte de actuar?

– Más bien pienso que actuar en el teatro no es lo mismo que en el cine. Bernhardt no tuvo mucho éxito en películas.

– Bernhardt es una vieja.

– Pero el cine es otro tipo de arte, Lydia. No hay sonido. Tu voz es de gran importancia en el teatro. Sería una pérdida.

Había esperado que este argumento la disuadiera. Pero no había modo de lograrlo.

– Usaré los gestos y las expresiones. Lo he decidido, Walter. Ya me has oído esta tarde por teléfono. He puesto la casa en venta y ya he hecho averiguaciones para el pasaje. Quiero irme lo antes posible.

La bandeja temblaba cuando Walter la apoyó en la mesa.

– ¿Y yo? ¿Y mi profesión?

– ¿No he sido clara? Quiero que vengas conmigo. Podemos vender el consultorio y abrir otro en Hollywood. Ese sitio estará lleno de actores de cine que querrán mejorar su dentadura. Las cámaras se acercan mucho.

Walter se puso de pie y miró por la ventana. Estaba muy perturbado.

Lydia podía entenderlo. Ella también había sufrido bastantes golpes en las entrevistas. Desde hacía mucho tiempo Walter llevaba una vida muy estable y rutinaria. Para la mayoría de la gente la vida de un dentista podía parecer muy aburrida, pero Walter la disfrutaba. Tenía éxito. Sus beneficios todavía no justificaban el consultorio de Eaton Square, pero tenía perspectivas de independizarse en un año o dos. Abandonar todo para marchar hacia los Estados Unidos sería un sacrificio inútil.

Walter era muy inocente. Se enfrentó a su mujer diciendo que había leído que la vida en California era muy peligrosa. Describió la violencia entre las compañías cinematográficas. Habló de matones contratados y de tiroteos, y de los estudios protegidos por altos muros, patrullados por guardias armados y perros.

A Lydia no se le movía un pelo. Dijo que estaba segura de que las compañías protegían a sus actores principales.

Walter se puso más nervioso. Recordó los esfuerzos hechos para alcanzar una posición como dentista. Sería una locura abandonar a sus distinguidos pacientes y su hermoso consultorio.

Lydia acotó que si a él le asustaba tanto podía quedarse y dejarla enfrentar sola los peligros de California. Notando un extraño brillo en su mirada, se apresuró a añadir que tendría que arreglarse sin su dinero.

Walter volvió a hablar de su carrera. Que sentía como un deber el hecho de hacerle notar que su reputación en el teatro inglés era algo que nadie ponía en duda, pero que era difícil que su fama hubiera llegado a Estados Unidos.

Lydia sonrió.

– Querido -murmuró-, creo que estás mal informado. Es hora de que te diga que te he estado ocultando algo. Tengo un socio en Hollywood. No es un nombre nuevo para el cine. El señor Charles Chaplin.

– ¿Chaplin? ¿Conoces a Chaplin?

– Desde antes de la guerra, cuando trabajaba con la troupe Karno. Charlie y yo estábamos en el mismo programa en el Streatham Empire. Eso era cuando papá era propietario del Empire, antes de que me convirtiera en una actriz seria. Estaba en un grupo que cantaba y bailaba llamado las Yankee Doodle Gils y Charlie era el cómico borracho en Mumming Birds. Tendría unos dieciocho años, no más, y era un mariposón. Solía mirarnos desde el costado del escenario. Parecía tan gracioso allí parado con los ojos como platos, con esa nariz roja y el frac, que nos hacía reír. Una noche me reí tanto que resbalé y caí en las tablas con un ruido tremendo. Mi amiga Hetty Kelly le guiñó el ojo y se enamoró perdidamente de ella. Hetty tenía apenas quince años y él se le declaró. Ah, sí, conozco muy bien a Charlie. En mi álbum tengo un recorte que lo prueba. ¿Por qué no vas a traerlo?, te lo mostraré.

Walter tomó la botella de vino apresuradamente.

– ¿Quieres un poco más? Estuvo muy bien en Armas al hombro. Lo vi en Escocia. ¿La viste?

Lydia tapó el vaso con la mano.

– Primero quisiera mostrarte el recorte de mi álbum.

– Recuerdo que mi padre estaba en Estados Unidos. Fue cuando tuvo el accidente. Me pregunto si habrá conocido a Chaplin.

– Walter, dime qué ha sucedido con mi álbum.

Se aclaró la garganta.

– No estoy muy seguro de lo que ha ocurrido. He ido a buscarlo al teatro, pero al llegar a casa ya no lo tenía.

– ¿Qué quieres decir? ¿Lo has perdido?

– Lo he dejado en alguna parte. Creo que en el taxi. Lo siento, querida.

Lydia se levantó de la silla. Lo odiaba. Habló con fría calma.

– Ese libro era lo más valioso que tenía. Ninguna cifra de dinero puede reemplazarlo.

Salió de la habitación corriendo. En el hall arrancó las rosas del florero y las arrojó al suelo. Subió a su habitación y cerró la puerta con violencia. Se desplomó en la cama y lloró.

Más tarde fumó un cigarrillo. Oyó a la cocinera salir de la casa por la puerta de servicio, y a Sylvia subir a la pequeña habitación en el altillo.

Se oyeron unos golpes suaves en la puerta.

– ¿Estas despierta, Lydia? -dijo la voz de Walter.

No le contestó. No tenía nada que decirle.

Alcanzó a ver cómo se movía el picaporte de la puerta cerrada con llave.

– Lydia, querida, soy yo…

– Vete.

– Acabo de recordar dónde he dejado el álbum. Vi las rosas y me he acordado. Ha sido en la floristería donde las he comprado. He puesto el álbum en el mostrador mientras elegía los colores. Tenía un taxi afuera esperando que no dejaba de tocar la bocina y en mi apuro he olvidado el álbum. Lo puedo recuperar mañana. Está cerca de la estación de Richmond. Lydia, ¿me escuchas? Iré a buscarlo mañana.

– No.

– ¿Qué?

– No confío en ti. Iré yo misma y será mejor que esté allí.

– Pero la chica de la floristería no te conoce.

– Idiota. Ese cuaderno está lleno de fotos mías.

Hubo una pausa.

– En cuanto a lo otro -titubeó Walter-, me refiero a Estados Unidos… Volvamos a hablar de ello cuando ambos hayamos tenido la oportunidad de pensarlo bien.

– No hay nada más que hablar. Estoy decidida. Me voy, Walter. Tú puedes hacer lo que quieras.

8

Poppy compartía un colchón de estopa con su hermana Rose en el cuarto familiar sobre la lechería de la calle Chicksand. Rose tenía siete años. Le gustaba despertarse en cuanto amanecía y bajar a ver cómo los lecheros ataban los caballos a los carros. Esa era la oportunidad de Poppy para estirar los brazos y las piernas y rodar hasta en centro del colchón. Caía en un profundo sueño, lejos de las movedizas rodillas y codos de Rose. Casi siempre dormía hasta las once, menos el domingo. No sentía remordimientos por dormir hasta tan tarde. Mantenía a su familia vestida y alimentada con sus ganancias en Lane.

Aquel lunes por la mañana se sintió sorprendida y molesta al ser despertada por Rose, que tiraba de las mantas. Eran las nueve.

– Pop, despierta.

– Vete o te mato.

– Un hombre te busca.

– ¿Qué hombre? -se sentó maldiciendo y miró hacia abajo-. ¡Oh! -pegó un salto hasta quedar fuera de la vista del hombre y se abotonó la camisa que usaba para dormir.

– ¿Qué quiere? -preguntó Rose, interesada.

– Dile que en seguida bajo -fue a buscar su ropa. Casi había olvidado su aventura del día anterior. El desconocido del mercado con sus misteriosas amenazas de que no contara nada de sus «negocios» se había alejado de tal manera de su mente que esa mañana sólo recordaba que se sentía fatal por la enorme cantidad de cerveza bebida la noche anterior.

De todas maneras pensaba que ese tipo era raro y sentía que había escapado por un pelo de algo malo, aunque el comportamiento de él fuera tan correcto. Y aquí estaba, cumpliendo su promesa de llevarla a una tienda elegante.

Le gritó a Rose.

– Dale un té -se sacó la camisa y se detuvo a pensar en lo que podría ponerse. Cuando bajó, él estaba sentado en la silla del padre de Poppy. Era bastante apuesto, con grandes ojos azules y pelo color miel bien alisado. No le importó que la mirara. Se había puesto un vestido de crêpe supuestamente usado en el Savoy y comprado de segunda mano en el mercado. Poppy sabía manejar muy bien el hilo y la aguja. Los azules estaban un poco desteñidos, pero de todos modos le quedaba perfecto.

– ¿Qué llevas debajo de eso?

Después de todo era raro. Le lanzó una de sus miradas torvas y se sirvió té.

– Lo menciono -explicó el hombre-, porque vas a tener que sacarte el vestido para que te tomen las medidas.

Ella no lo había pensado. Volvió al cuarto y buscó la ropa interior.

Cuando dejaron la casa, Poppy se sintió desilusionada al no encontrar un taxi esperándolos. El automóvil estaba a la vuelta de la esquina en la otra calle. Ella rió y él le preguntó qué encontraba tan gracioso. Poppy cantó un estribillo que había oído en la calle sobre el «maldito y misterioso Pimpernel». El hombre no pareció apreciarlo.

– Me llamo Jack -replicó secamente.

El taxi recorrió un corto trecho y se detuvo. Poppy miró por la ventanilla y en ese mismo instante Jack le puso algo en la mano. Era jabón de lavanda. Estaban delante de los baños públicos de Aldgate Street.

– ¡Demonios! -pero pensó en esa elegante tienda y dijo que no tardaría.

Cuando al final llegaron a Bond Street, se sentía agradecida por la ocurrencia de Jack. Después de tener la satisfacción de que desenrollaran metros de telas preciosas delante de ella, sentada en una silla dorada, se la llevaron para tomarle medidas. Una era la encargada de dar conversación en forma de elogios a la figura y el aspecto de Poppy; otra usaba en centímetro y la tercera anotaba las medidas. Poppy casi no habló. Había elegido un crêpe-de-chine dorado que le formaba un nudo en la garganta ante el anticipado placer. La modista le pidió que volviera el miércoles a probarse.

El viernes estaba listo. Por una vez las empleadas dijeron la verdad: la señora estaba preciosa.

– Ahora -dijo Jack cuando se alejaron de la tienda con el vestido envuelto en papel de seda dentro de una caja negra y dorada- iremos a comprar medias y zapatos. Después te llevaré a mi apartamento.

Poppy era joven pero no ingenua. Sabía lo que quería un hombre cuando la invitaba a una a su apartamento. Hacía rato que sospechaba que eso era lo que estaba detrás de la generosidad de Jack. Sin embargo, pensó mientras caminaba al lado de él por Regent Street, era una manera bastante gratificante de empezar. Nadie podría decir que se vendía por monedas.

Y era un tipo bastante varonil.

La llevó a un apartamento con terraza y vista a Hyde Park. Las paredes estaban empapeladas en blanco y dorado, las alfombras eran orientales y los muebles de laca chica. Delante de la chimenea había una mujer con un spaniel en brazos. Llevaba puesto un vestido de seda plisado, con un ramito de violetas de Parma en el hombro izquierdo. Era muy elegante.

– Poppy, ella es Kate -la presentó Jack y sonrió al agregar-. Mi adorada esposa.

– Así que tú eres la ratera -gruñó Kate en una voz que no correspondía a su apariencia-. No lo pareces en absoluto.

– Es por eso que es la mejor -aclaró Jack. Tenía un botellón en la mano-. ¿Qué prefieres con el gin, Poppy?

– Lo tomo solo, gracias.

– No puedes hacer eso, querida -interrumpió Kate con firmeza-. Deja que lo pruebe con agua tónica, Jack.

Poppy agarró su vaso y estornudó a causa de las burbujas.

– Nunca voy a pasar por alguien de la clase alta, si es eso lo que esperan -les dijo.

– Estarás perfecta como eres -Jack se dirigió a Kate-. Con el vestido queda divina.

Kate quiso verla y Poppy lo sostuvo delante de ella.

– Es muy audaz -comentó Kate-. ¿Lo elegiste tú?

Poppy decidió ignorar la pregunta. Sentía olas de celos de Kate, pero no podía entender sus razones. Guardó el vestido.

– ¿No van a decirme para qué me quieren?

– Ya verás -contestó Jack-. Elige una -surgido de la nada apareció en su mano derecha un mazo de cartas formando un perfecto abanico.

Poppy sacó una carta.

– ¿Digo lo que es?

Jack asintió.

– Siete de corazones.

Cerró el mazo y lo cortó.

– Vuelve a ponerlo.

Poppy vio cómo él cubría la carta con parte de mazo y lo mezclaba varias veces.

– ¿Ahora puedes decirme dónde está?

– ¿Es la de más arriba?

– Te engañó -rió Kate-. No está allí.

Poppy tomó el mazo y buscó el siete de corazones. Pasó las cartas lentamente. No estaba.

– ¡Fantástico! Así que es jugador…

– ¡Demonios!

– Tendrías que haber vigilado su mano izquierda -le aclaró Kate con voz hastiada- la escondió en la palma.

– Mira esto -pidió Jack. Dio dos manos de cinco cartas sobre la mesa de vidrio-. Mira la tuya.

Poppy tenía el ocho, nueve, diez, jack y reina de picas.

– Te acabo de dar una escalera servida. ¿Cuánto apostarías a eso, Poppy? ¿Tu nuevo vestido? No lo hagas, la mía es una escalera real -dio vueltas las cartas y descubrió un as, rey, reina, jack y diez de diamantes-. No, no soy prestidigitador. Sé algunas triquiñuelas, pero no las hago para divertir a la gente. Me gano la vida jugando a las cartas, lo mismo que Kate. Cuando puedes trabajar el mazo estás muy cerca del dinero.

– Oh, no -dijo Poppy molesta.

– ¿Qué pasa?

– ¿Me han comprado ese vestido porque necesitan ayuda?

– Pues, sí.

– ¿Saben?, no pudieron haber elegido peor. No podría jugar a las cartas ni aunque me fuera la vida en ello.

9

A la mañana siguiente hubo un violento incidente en la floristería al lado de la estación de Richmond. Cuando acababan de abrir entró una mujer con sombrero de terciopelo verde jade y abrigo negro con cuello de castor. Alma estaba eligiendo flores para la vidriera y reconoció a Lydia Baranov por las fotografías. El rostro había perdido la suavidad juvenil de Trilby en el teatro Royal de Windsor y la fragilidad de Dora Vane en Harbour Lights, pero todavía conservaba la elegancia de formas y una expresión de seguridad muy teatral.

Al acostarse la noche anterior, Alma había hojeado las páginas del álbum de recortes. Se sintió desilusionada al no encontrar ningún retrato de Walter más joven, en el día de su casamiento o con uniforme de soldado. No era más que una recopilación de la vida de Lydia en el teatro y casi todo de antes de la guerra. Esa mañana lo había llevado de vuelta a la floristería en una bolsa, cubierto con un pañuelo por si llovía. Al llegar a la floristería la había dejado colgada de un gancho detrás de ella.

Alma estaba acostumbrada a que los clientes la trataran como a una criada, sobre todo las mujeres. Para ella no era más que una vendedora y al verlas entrar daba por sentado que olerían las flores y le preguntarían el precio sin ni siquiera dirigirle una mirada. Sabía que repiquetearían con los dedos en el mostrador mientras atendía a otro cliente y que una vez elegido el ramo insistirían en que reemplazara algunas flores por otras más frescas. Pero no estaba preparada para Lydia Baranov.

Alma pensaba ir al consultorio a la hora del almuerzo a entregar el álbum. Deseaba dárselo a Walter en persona.

Así que cuando Lydia se precipitó dentro de la floristería y se lo pidió, Alma dudó un instante.

– ¿A qué álbum se refiere, señora?

– No se atreva a insolentarse conmigo.

– Lo siento señora, pero no recuerdo haberla visto antes.

Lydia adoptó el tono de alguien que habla con un imbécil.

– Mi marido, el señor Baranov, lo dejó aquí anoche.

Alma supo que tendría que entregarlo. Se volvió para sacarlo de su bolsa al tiempo que se daba cuenta con inquietud de que tendría que explicar por qué estaba allí, en su bolsa de compras. Estaba por decir que lo había puesto esa mañana para entregarlo en el consultorio del doctor Baranov, cuando Lydia le agarró el brazo.

– ¿Qué tiene allí? ¿Qué demonios está haciendo mi álbum en su bolsa de la compra?

Sin esperar respuesta arrancó la bolsa de las manos de Alma, sacó el álbum y arrojó la bolsa y el pañuelo a través de la floristería. Estos golpearon un florero con gladiolos del escaparate y lo volcaron. El agua corrió por el suelo sin que Lydia le prestara la menor atención. Cuando Alma salió de detrás del mostrador para levantar el florero, Lydia la tomó del cuello de la blusa y la empujó contra el mueble.

– Ya veo lo que ha estado haciendo. Se llevó mi álbum a su casa para mirarlo. Eso es una violación, una invasión de mi vida privada. Algo desagradable y asqueroso -la abofeteó.

Cuando a las diez y cuarto llegó la señora Maxwell, dueña de la floristería, el florero de gladiolos ya estaba otra vez en su pedestal en el escaparate limpio. Felicitó a Alma, dijo que unos pocos minutos de trabajo con el trapo y el balde por la mañana refrescaban el negocio todo el día. Siempre valía le pena. La señora Maxwell miró a Alma y vio que tenía la mejilla roja. Pensó que estaba ruborizada. Siempre había opinado que unas palabras de elogio eran el mejor premio para una empleada.

Alma había decidido no mencionar su incidente con Lydia Baranov. Se sentía humillada por el ataque, pero no necesitaba compasión. Poco tiempo después de que Lydia abandonara la floristería apretando el álbum contra su pecho, Alma sintió una sensación no del todo desagradable. La sangre invadiendo los capilares había dejado paso a un calor estimulante que atenuaba los pinchazos de la bofetada en la mejilla. Lydia era una mujer desesperada que estaba perdiendo el amor de su marido.

Cuando el negocio estaba tranquilo, Alma solía preparar las palmas y las coronas mortuorias en la trastienda. Hacia la hora del almuerzo sujetaba unas ramas de acebo en una cruz cuando oyó una voz conocida. Walter Baranov hablaba con la señora Maxwell en la floristería.

Alma contuvo la respiración.

La señora Maxwell apareció en la puerta y le dijo que un caballero deseaba verla por un asunto personal. En su voz se notaba un dejo de censura. Le sugirió además que sería más conveniente que adelantara su hora para almorzar.

Unos minutos después, Alma no cabía en sí por estar caminando bajo el sol con Walter. No hacía más que mirar los objetos familiares para convencerse de que era cierto; las palomas en el campo de cricket, la hilera de olmos, la cúpula verde del teatro, los callejones entre los edificios.

La voz de Walter tenía un dejo de preocupación. Se notaba la tensión en los músculos de su cuello y las mejillas, en el modo en que encorvaba los hombros. Sin embargo conservaba su dignidad y, para Alma, el hecho de tomar para sí las ofensas de otro lo hacía más atractivo.

– Vine en cuanto pude -dijo-. Lydia, mi mujer, me llamó al consultorio. Dijo que la había golpeado. ¿Es cierto?

Alma contestó con toda la calma de la que fue capaz.

– Creo que estaba muy perturbada. Vio su álbum en mi bolsa. Habrá pensado que lo llevé a mi casa para mirarlo…

– Ya sé, ya sé… pero ella no debió haberle pegado -se volvió hacia Alma y rozó su brazo en un gesto de preocupación-, ¿Está usted bien?

– Muy bien. Fue más la sorpresa que el golpe… en realidad me sentí muy molesta.

– ¿No le manchó el vestido? Creo que derramó agua.

– No hubo ningún daño y no se lo he mencionado a nadie.

– Eso es más de lo que podemos esperar, gracias señorita Webster, y no sé cómo darle las gracias.

Alma contestó con la súbita temeridad de una mujer de carácter.

– Puede llamarme Alma.

Walter la miró y sus ojos se encontraron un instante. Parecía sorprendido, arrancado de pronto de sus propósitos. Estaba intrigado, y juntó las manos como para alejar la inconveniencia.

– Mire, Alma… Quiero explicarle por qué ocurrió esto. Es lo menos que puedo hacer.

– No es necesario.

– Insisto. Tendrá que hacerme el honor de cenar conmigo. ¿Le parece bien mañana por la noche? Creo que en Hill hay un buen restaurante francés. Es muy tranquilo y allí podremos hablar.

Aunque su corazón latía enloquecido, Alma logró aceptar sin perder su dignidad. Le dio su dirección y Walter prometió pasar a buscarla. Ahora sus ojos brillaban y tenía un aspecto más vivaz. La saludó levantando el sombrero y se alejó en dirección a la estación.

Alma siguió caminando por el parque, dando al fin rienda suelta a su excitación, a la alegría inexpresable que sólo había conocido en las páginas de los libros. ¡Qué compensación tan maravillosa para una bofetada! Estaba invitada a cenar con el hombre que amaba. El hecho de que fuera casado no hacía más que aumentar su sensación de triunfo. Ella no había hecho nada malo. Lo que ocurriese sería el precio que Lydia tendría que pagar por su falta de decoro.

Se dirigió tarareando una suave melodía hasta la peluquería de la calle Duke y concertó una cita. Cuando regresó a la floristería y la señora Maxwell le advirtió que no aprobaba que sus ayudantes recibieran amigos en el negocio. Alma contestó con tranquilidad que no volvería a suceder.

10

Walter llegó a buscarla a las siete y media. Alma le había pedido a la criada que se quedara para abrirle y estaba delante del tocador cuando oyó voces abajo. Se puso un poco de perfume en el cuello y poniéndose de pie alisó su vestido de crêpe amarillo oscuro y las cuentas de su collar de ámbar. Estaba lista. Era la noche más importante de su vida y se sentía tranquila y serena. Walter se sentiría impresionado ante tanta serenidad.

Se puso la capa sobre los hombros y bajó a recibirlo. Bridget le había servido un jerez seco. Walter, que tenía un aire formal, se adelantó un paso, inclinó la cabeza y la llamó señorita Webster. Esa noche el celeste de sus ojos era más profundo y con la corbata blanca y el traje de noche podía haber pasado por un pianista o un diplomático. Tenía un rubí en cada uno de sus gemelos de oro.

Había reservado una mesa en Black Grape, a sólo cincuenta metros de distancia de su casa. Alma pasaba por allí todas las mañanas cuando las persianas estaban cerradas. A veces cuando volvía del trabajo por la noche veía velas en las mesas y saleros y pimenteros de plata y servilletas rojas en forma de nenúfar. Nunca había entrado.

Los acompañaron hasta un rincón y les retiraron las sillas para que se sentaran. Mientras el camarero las volvía a poner en su lugar, Alma tuvo el extravagante pensamiento de que no era muy distinto a acomodarse en la cama. Les alcanzaron el menú. Entendía el francés, pero dejó que Walter la guiara. Él le preguntó su nombre al camarero y le pidió que informara a chef que esa noche cenaban allí la señorita Alma Webster y el señor Walter Baranov.

– Oh, no creo que me conozcan aquí -susurró Alma cuando el mozo se hubo alejado con su orden.

– De ahora en adelante la conocerán -replicó Walter sin bajar la voz-, A mí tampoco me conocen, pero piensan que deberían, y eso marca la diferencia entre un servicio de primera clase y una mera atención. Y ahora, tengo que agradecerle su tacto y consideración.

Frunció el ceño.

– No sé lo que quiere decir.

Él la miró con severidad.

– No se atreva a negar, jovencita, que podría haber leído el menú sin mi ayuda.

Alma se ruborizó como una chiquilla culpable. Le gustaban sus modales autoritarios. Parecía salido de The Way Of The Eagle.

– ¿Cómo lo adivinó?

– No lo adiviné. Le miré los ojos. Antes de la guerra me ganaba malamente la vida como adivinador en el music-hall El noventa por ciento del número estaba basado en artimañas, pero se pueden aprender muchas cosas observando. Por ejemplo, ¿sabe que alguien ha estado hablando de nosotros?

– ¿Oh?

Acababa de aparecer un camarero y les dirigió la palabra desde detrás de Alma.

– El gerente le manda sus saludos, señor Baranov. Le gustaría ofrecerles a usted y a la señora una copa de champagne.

– La aceptaremos con gusto -respondió Walter-, Déle las gracias, por favor -se dirigió a Alma-. ¿Ya ve?

– Estoy impresionada.

– Estaba por decirle que estudiando los ojos de la gente y la manera en que reaccionan y se anticipan a mis comentarios, puedo descubrir cosas que no pensaban decirme.

Alma rió.

– Tendré que tener más cuidado.

– No tiene por qué preocuparse. No descubro demasiadas cosas, de otro modo ya hubiera hecho una fortuna jugando al póquer.

– ¿Cómo se convirtió en adivinador del pensamiento?

– Fue porque no tenía sentido del equilibrio. No podía caminar como mi padre por la cuerda floja. Ni andar en motocicleta, ni hacer malabarismos, ni arrojar cuchillos. La vida que se lleva en los music-halls hace que los hijos de los que trabajan allí terminen delante de las luces del escenario. No hay muchas probabilidades de aprender otra cosa. Yo era la planta de un mago cuando tenía ocho años.

– ¿La planta?

A Walter le brillaron los ojos.

– Nada que ver con los geranios, por cierto. Una planta es un ayudante que simula formar parte del público. No es muy fácil para un chico quedarse sentado quieto con un conejo y dos palomas bajo el traje. Hice eso un par de años hasta que fui lo bastante mayor como para que me admitiera un adivinador del pensamiento. Seguí siendo una planta.

– ¿Pero no un geranio?

– Más bien un nomeolvides, supongo -exclamó Walter sonriendo-. Era un trabajo más agradable y aprendí lo suficiente como para montar un número propio al cumplir diecisiete años: «Walter Baranov, Clarividente y Extraordinario Adivinador del Pensamiento».

– Suena impresionante.

– Ojalá el número hubiera sido la propaganda. Tengo que confesarle, Alma, que nunca fui muy bueno. Algo me pasaba cuando estaba frente al público. No era miedo a la escena, sino más bien al revés. Me volvía demasiado seguro y me equivocaba. En lugar de limitarme a mi charla, improvisaba, y nueve de cada diez veces me hacía un lío con ciertos trucos mecánicos esenciales en la actuación. Los mejores son los que tiemblan como flanes antes de salir a escena. Yo nunca fui así.

– Estoy segura de que no fue tan mal como cuenta.

– Querida, era grotesco. Seguí durante años, pero sólo gracias a la generosidad de los gerentes del music-hall que le debían favores a mi padre. Así fue cómo conocí a Lydia. Su padre era el dueño del Streatham Empire. Lydia había acabado su actuación en una obra y esperaba otra y para divertirse se unió al número como mi asistente. En una semana lo transformó. ¡Qué éxito tuvimos! -los ojos de Walter brillaban. Sacudió la cabeza mientras sonreía ante el recuerdo.

Alma sintió celos, pero los reprimió.

– ¿Cómo hizo para cambiar el número?

– Dijo que necesitaba dramatismo, así que se sentó entre el público e hizo como que no creía en mis poderes. Anunció que yo era un tramposo. Tendría que haber oído a la gente cuando se levantó de su asiento y caminó por el pasillo hasta el escenario para desenmascararme. Y cuando mi primera tentativa de clarividencia fracasó, se pusieron de pie par aplaudir a Lydia. Y luego, el silencio, cuando funcionó la segunda prueba. ¡Qué dramatismo! Las reacciones de Lydia eran magníficas, dignas del mejor melodrama. Mientras ella permanecía con la boca abierta, incrédula, yo me concentraba en mi actuación y terminaba con gran estilo. Al final de cada número me aplaudían a rabiar.

– Y se casó con Lydia…

Walter volvió a su ensoñación.

– Hubo más que eso.

Alma esperó, no queriendo parecer tan intrigada.

– Trabajé una semana con Lydia en el Empire y nos separamos -siguió Walter-. Tenía otro trabajo en el teatro dramático. Así que yo volví a mi número de adivinación sin ella. Era bastante deprimente, pero tenía que vivir, y no sabía hacer otra cosa. Entonces murió el padre de Lydia, dejándole una considerable fortuna, cuatro teatros y dos music-halls. Estaba muy ocupada como actriz y la dirección de esas cosas era demasiado para ella, pero lo tomó con ánimo. Se acordaba de mí y me contrató para el Canterbury -se rió-. Debo de haber sido terrible. Me convenció de que abandonara la escena y me casara con ella. Financió mi carrera de dentista. Decía que el mundo necesitaba más dentistas que clarividentes.

Alma no pudo contenerse.

– Perdóneme por decir esto, pero su matrimonio suena más como arreglo de negocios.

Walter echó pimienta a su escalope de ternera.

– Sí, eso es lo que es.

Se hizo un silencio. Alma no se animó a seguir adelante, pero su mente volaba.

– Al final Walter habló.

– Tal vez piense que me casé con ella por su dinero.

– Por supuesto que no -Alma se ruborizó-. Estoy segura de que se aman.

– ¿Amor? Muchas veces me pregunto qué quieren decir con eso.

– Es como algo mágico, ¿no cree? Es un poder que todo lo avasalla.

– Nunca fui bueno para la magia.

– Estoy segura de que cuando ocurre es inconfundible.

– Entonces tengo que pensar que nunca estuve enamorado de Lydia.

Al ver su sonrisa no pudo estar segura de si estaba haciendo el ingenuo.

– Es una mujer muy bella -exclamó Alma-. Y tiene una gran vitalidad.

– Es muy generosa con ella en vista de las circunstancias.

– Para ser justa, le diré que tenga razón en ofenderse. Vio su cuaderno en mi bolsa. Pensó que me lo había llevado a casa para examinarlo -hizo una pausa-. Tenía razón. Creí que podría haber algo sobre usted.

O ignoró o no oyó lo que Alma había dicho.

– Hace tiempo que Lydia está muy tensa -comentó-. No ha tenido un buen papel desde 1914. Va a las pruebas, pero le dan los papeles a actrices más jóvenes, con menos experiencia. Eso me hace sentir culpable.

– ¿Por qué?

– Mientras su carrera languidece, la mía se consolida día a día. Ella me metió en esto, pagó mis estudios, compró mi equipo y me instaló en Eaton Place. Todavía paga el alquiler del consultorio. Es mucho dinero.

– No tiene que culparse por tener éxito -le espetó Alma con ímpetu-. Usted justificó su confianza. Tiene que estar contenta.

– Sí, estoy seguro de que así es -su voz era generosa, hasta tierna.

Alma recordó su determinación de mantenerse tranquila.

– ¿Entonces por qué se siente culpable?

Walter la miró.

– Usted es muy buena. No le he explicado bien por qué la atacó en la floristería. La noche anterior tuvimos una discusión. Suele ocurrirle. Sufre muchas desilusiones y alivia sus tensiones volcando su furia sobre mí. Casi siempre puedo aguantarlo, pero esta vez salió con algo tan asombroso que no estuve a la altura. Dijo que está completamente desilusionada con el teatro inglés, así que piensa irse a los Estados Unidos para convertirse en estrella de cine.

Alma sintió palpitaciones.

– ¿Lo dice en serio?

– Temo que sí. Ya he hecho averiguaciones en la compañía naviera. Una vez trabajó con Charlie Chaplin, que es el dueño de una compañía cinematográfica llamada United Artists, junto con Mary Pickford y Douglas Fairbanks. Lydia confía en que Chaplin se acordará de ella y la ayudará a comenzar una carrera en el cine.

– ¡Qué idea tan extraordinaria! ¿Y usted? ¿Qué supone que hará?

Walter se encogió de hombros.

– Ni siquiera se ha preocupado por mí. Está obnubilada con la perspectiva de Estados Unidos. Para Lydia es el fin de estos últimos siete años penosos. Da por sentado que iré con ella.

– Pero usted tiene carrera…

– Se supone que debo dejarla y empezar de nuevo en los Estados Unidos.

– «Odontología Indolora Norteamericana».

La miró con sorpresa.

– ¿Se lo conté? Sí, tiemblo ante la sola idea de irme.

– ¿Se lo ha dicho?

– Lo intenté. No parece importarle si voy o me quedo. Ya estuvimos separados antes, por la facultad y la guerra. El nuestro nunca fue un matrimonio convencional. Pero ya ve, le debo todo a Lydia. A cambio siempre he tratado de darle mi apoyo, aunque no sea más que un oído dispuesto. Esta vez quedé asombrado al oírla. Y para colmo, había perdido su álbum de recortes. Más tarde recordé dónde estaba, pero para entonces Lydia ya había subido al piso de arriba furiosa. Temo que las consecuencias las sufrió usted.

Alma sonrió.

– ¿Así que es culpa suya?

– Sí, por supuesto.

Hablaron de otras cosas; floristerías, jardines, los paseos favoritos. El camarero limpió la mesa y llegaron los quesos y el café. Walter pagó la cuenta y dejó una generosa propina. Cuando salían, se acercó el gerente y le entregó una rosa roja a Alma, que se la acercó graciosamente, mientras cambiaba una mirada cómplice con Walter. Una vez fuera le confirmó que su floristería era la proveedora del restaurante.

Baranov la acompañó el corto trecho hasta su casa y ella le dio las gracias en la puerta por la velada. Expresó su deseo de que no se fuera muy pronto a Estados Unidos y cuando él le preguntó por qué, ella le recordó con buen humor que su tratamiento estaba sin terminar. Walter sonrió y las numerosas arruguitas que rodeaban sus ojos constituyeron un verdadero espectáculo. Le dijo a Alma que le había hecho bien pasar una noche sin actitudes teatrales y que, en lo que se refería a los Estados Unidos, todavía no estaba decidido.

Mientras Walter hablaba, Alma no había dejado de mirarlo. Esa velada le había enseñado mucho de él. Su calma externa era falsa; en realidad estaba en medio de un torbellino. Desde su infancia las circunstancias de la vida lo habían atrapado y las había sufrido con resignación. Para satisfacer a su padre había dedicado su juventud al music-hall, para el que no estaba hecho. Su matrimonio carecía de amor, pero lo había soportado por la oportunidad de una nueva carrera. Ahora su mujer, frustrada y amargada, se proponía destruir su vida, su tranquilidad, el respeto que sentía por sí mismo. Necesitaba ayuda urgente.

Alma lo amaba más que nunca y supo que no podría pasar mucho tiempo sin decírselo. Pero todavía no había llegado el momento. Tendría que conformarse con que él ejerciera sus poderes de clarividente para concertar otra cita.

– Ese paseo del que me habló -preguntó él-…en Richmond Park. Estoy tentado de probarlo el domingo. ¿Cómo era el nombre exacto, Alma?

– Sidmouth -ella tuvo la suficiente discreción como para dudar antes de seguir-. Puedo mostrárselo si quiere. ¿A qué hora piensa ir?

Walter hubiera podido mencionar cualquier hora del día o de la noche; Alma estaría allí.

11

Durante los meses de verano, en el París Carlton se servía el desayuno en la terraza. El calor del sol, la suave brisa y el aroma del café garantizaban los pensamientos románticos de Marjorie Cordell. Esa mañana tenían un impulso extra.

– Livy, querido -anunció al reunirse con su marido en una de las mesas de hierro blanco-. Acabo de enterarme de algo sensacional.

Livingstone Cordell no había podido acostumbrarse aún a los desayunos de París. Los panecillos frescos le producían indigestión si comía los suficientes como para satisfacer su apetito y, cuando pedía pomelo y algo de la cocina, el pedido tardaba tanto en venir que limitaba su capacidad para el almuerzo. No levantó la vista para mirar a su mujer.

– Ya que estás de pie, ¿puedes preguntarle a ese maldito camarero qué diantre pasa con mis riñones con bacon? Los he pedido hace más de veinte minutos.

La señora de Livingstone Cordell hizo una seña urgente al camarero en dirección a su marido. Livy no era el tipo de hombre que obtenía un servicio rápido de los camareros franceses. Parecía haberse instalado demasiado confortablemente en su silla. Era bajo y gordo y vestía una chaqueta barata de hilo que había comprado años antes en Chicago. Su pelo era claro con parches de gris que le daban un aspecto vulgar y tenía las cejas tan descoloridas y despobladas que no lograba transmitir más que docilidad. Los camareros franceses y el mundo en general -con excepción de Marjorie Cordell- ignoraban que las zonas de su cuerpo ocultas por la ropa estaban cubiertas de los tatuajes más sorprendentes y escandalosos.

El camarero contestó con una inclinación de cabeza que podía significar cualquier cosa. La señora de Livingstone Cordell se sentó.

– ¿Quieres oír mis novedades, Livy?

– Hay rebajas en las galerías Lafayette.

– ¿Sí? -estudió sus pequeños ojos grises para ver si sabía algo que ella ignoraba-. ¡Qué hombre tan incorregible! ¿Estás bromeando, no? Mis noticias son fidedignas. Escucha. Fui a la recepción para arreglar la hora de otro masaje y por pura casualidad alcancé a ver a los botones entrando equipaje. Cuatro o cinco baúles enormes y algunas maletas. Ya me conoces, Livy; no pude resistirme a espiar las etiquetas. No me vas a creer, ¡pertenecían a Paul Westerfield II!

– Ah, sí -Livy no dijo nada por unos minutos-. ¿Qué demonios crees que están haciendo con mis riñones con bacon?

– Paul Westerfield II, tesoro…

– Nunca lo oí nombrar.

– Es uno de los solteros más codiciados de Nueva York. Su padre es ese arquitecto millonario que diseñó esas preciosas casas del otro lado del Hudson, frente a Nueva Jersey -la señora Cordell cerró los ojos y suspiró-. Debe de ser la providencia la que pone a Paul aquí cuando Barbara acaba de terminar sus estudios y está libre para mostrarle París. Conoce la ciudad. Ésta es su gran oportunidad, Livy. ¿Si tuvieras veinticuatro años y éste fuera tu primer viaje a París, no te encantaría que una dulce chica norteamericana te sacara a pasear?

Livy sacudió la cabeza.

– Olvídalo. Puedes apostar lo que quieras a que ese muchacho no ha venido a París a ver el Louvre y los griegos antiguos. Además nos vamos a Inglaterra este fin de semana. Sé dé buena fuente que en el hotel Savoy se puede obtener un buen desayuno.

La señora Cordell hizo un mohín y emitió un quejido inaudible. Livy era tan insensible a las cosas que les importan a las mujeres. Podía perdonarle cuando pensaba en sus tatuajes, pero a veces deseaba que prestara más atención a lo que le decía.

– Parece que Barbara se ha estado ocupando del asunto -comentó Livy.

– ¿Qué quieres decir?

– Mira a tu derecha.

– ¡Dios mío! -susurró Marjorie Cordell.

Su hija Barbara estaba atravesando la terraza en dirección a su mesa de la mano de un joven muy alto, muy delgado y de aspecto muy inteligente, vestido con un traje con chaleco color crema. Al lado de él, con una falda marrón estrecha, Barbara tenía un aire absolutamente desaliñado, pero los ojos le brillaban de una manera que su madre nunca había visto.

– Mami y Livy -los saludó-. Quiero que conozcáis a un compañero de colegio, Paul Westerfield. ¿Qué os parece? Acabo de encontrar a Paul en la recepción. Estábamos en la misma clase de matemáticas. ¿No es increíble?

– ¿Conocías al señor Westerfield? -preguntó la señora en un susurro.

– No le hagas caso a mi madre -le comentó Barbara a Paul Westerfield-, Piensa que cualquier hombre de menos de cincuenta años que esté a un kilómetro a la redonda de mi persona es un posible candidato a marido. No sabe que preferiría caerme muerta antes de casarme con uno de los monstruos de la clase de matemáticas. Este es Livy. Es mi padrastro; es decir el segundo.

– ¿Qué está haciendo en París, Paul? -preguntó Livy.

– Curioseando un poco. Voy camino a Londres para entrevistar al doctor Bertrand Russell sobre el libro que escribió con A.N. Whitehead.

– Principia Mathematica -acotó Barbara.

– …y pensé que podía pasar por París para conocer a algunos de los profesores de matemáticas de la Sorbona.

– Barbara le puede presentar a un montón de profesores -intervino la señora Cordell.

– Mami, no te olvides de que estuve estudiando arte. Paul no necesita que le presente a nadie. Es conocido en todo el mundo por sus escritos sobre permutaciones y el teorema binomial. Yo no era más que la mocosa que se sentaba detrás de él y le avisaba cuando tenía agujeros en los calcetines.

Paul Westerfield rió, carraspeó y se ruborizó, todo al mismo tiempo.

– Bueno, ya está -exclamó Barbara- éstos son mis padres. No quiero entretenerte. Ha sido una magnifica sorpresa encontrarte por aquí.

– Pues ha sido mutua -replicó Paul-, ¡Hasta luego! -se alejó con rapidez.

– ¿A alguien se le ocurre algo para pasar el día? -preguntó Barbara con animación.

12

Alma estaba segura de poder convencer a Walter de que no acompañara a su mujer a los Estados Unidos. Estaba segura de que él se enamoraría de ella y había aprendido en las novelas de Ethel M. Dell que el verdadero amor supera cualquier obstáculo. No la desalentaba la diferencia de edades, ni el hecho de que Walter estuviera casado. No se había casado por amor y, si Lydia lo abandonaba para irse a los Estados Unidos, él tenía todo el derecho del mundo a aceptar otro amor. Recurriría a Alma y la felicidad de ambos sería inimaginable, llegando al más alto nivel del amor; dos mentes en armonía. Cuando la besara, ella sentiría la música del universo.

De todas maneras tuvo que reconocer que escuchar la música del universo en su paseo del domingo siguiente sería un poco apresurado tal vez, pero no imposible. Mientras caminaran por los tranquilos senderos se confiarían más detalles de sus vidas y poco a poco descubrirían nuevas coincidencias, las esperanzas, miedos y gustos que la providencia les permitía compartir.

Pero el paseo fue decepcionante. Walter no intentó nada que se pareciera a una charla íntima. Habló del cuidado de los dientes. Describió la estructura de un diente como si el más profundo deseo de Alma fuera saber la diferencia entre un canino y un incisivo. Le recomendó que se lavara los dientes por lo menos dos veces al día y enumeró los productos que podía usar. Explicó por qué unos eran buenos y otros carcomían el esmalte de los dientes. Le previno que no debía usar ácidos o un tónico con hierro, a menos que fuera en forma de píldoras.

Tal vez había tratado de impresionarla con sus conocimientos, pero de ser así, se equivocaba. Alma se sintió abandonada. No había ido a Richmond Park para eso. Mientras él hablaba, ella trataba de explicarse el motivo de esa charla intrascendente. Tal vez estuviera luchando con su conciencia, alejándose de una familiaridad que podría conducirlo a una relación peligrosa. Tal vez no quisiera dejarse llevar por su pasión oculta.

Alma habló poco. Era imposible llevarlo a un terreno más personal.

Sin embargo cuando terminó el paseo Walter se dirigió a ella en el mismo tono discursivo que había usado toda la tarde.

– He sido un compañero muy aburrido. ¿Sabía que se puede ir hasta el río por Terrace Gardens? Alquilemos un bote por una hora y prometo no mencionar los dientes.

La tomó del brazo y caminaron por la empinada cuesta.

Walter cambió su modo de comportarse. Como el aire estaba más fresco cerca del agua, se sacó la chaqueta y la puso sobre los hombros de Alma.

No era un experto con los remos. La salpicó varias veces y le pidió infinitas disculpas. Alma rió. Estaba tan contenta que no le importaba que su vestido pudiera estropearse.

– La última vez que paseé en bote -explicó Walter- fue, según creo, hace seis años y había otras setenta personas en el bote, así que no tuve mucha ocasión de practicar.

– ¿Setenta en un bote a remo? -exclamó Alma, riendo-; ¿Qué estaban haciendo?

Walter también sonrió.

– Tratando de sobrevivir. Pero la verdad es que no era para reírse. Éramos náufragos del Lusitania.

– ¿El barco que torpedearon? ¿Usted estaba en el Lusitania?

– Con mi padre. Tenía una licencia especial para acompañarlo de regreso a Inglaterra.

– El Gran Baranov.

– Había sido grande. En 1915 ya estaba demasiado viejo para las giras. Cayó de la cuerda floja y se rompió la pierna. Tenía un ánimo increíble. La noche antes del desastre fue a ver al capitán para protestar porque no se les explicaba a los pasajeros las razones de algunas medidas contra los submarinos. Pobre papá…, siempre estaba dispuesto a pelear. Yo no…, siempre elijo el camino del menor esfuerzo.

– ¿Se ahogó su padre?

– No, sobrevivió. Tenía yeso hasta la cadera y estuvimos en el agua más de una hora. Al final uno de los botes salvavidas nos recogió.

– Usted debió mantenerlo a flote. Es más valiente de lo que admite. Salvó la vida de su padre.

– Sí… pero a veces desearía no haberlo hecho. Era un inválido. Sabía que nunca volvería a trabajar. Seis meses después se ahorcó. Usó un trozo de la cuerda que utilizaba para su número.

– ¡Walter, es algo horrible!

– Sí -bajó la vista-. Fue trágico.

Ninguno de los dos volvió a hablar durante un rato. Walter remó despacio hacia Twickenham hasta que llegaron a un tramo en el que una isla dividía el río. En la parte más angosta había un sauce que formaba un arco natural.

– Éste es el lugar ideal para recuperar el aliento -comentó Walter mientras dirigía el bote hacia una anilla de hierro clavada en la orilla. Ató el bote y metió dentro los remos-, ¿En ese almohadón hay sitio para uno más?

Alma sintió un cosquilleo de excitación, más exquisito aún por llegar después de una tarde decepcionante. Sonrió con timidez.

– Por supuesto -le hizo lugar-. Será mejor que le devuelva la chaqueta; se va a enfriar.

Agarrándose de las ramas del sauce, Walter caminó a lo largo del bote y se sentó junto a ella.

– Tengo calor. Toque mi mano.

De pronto Alma se dio cuenta de que los próximos minutos podrían significar el paso de la desesperación al éxtasis. Le tomó la mano entre las suyas, sintiendo su peso, acariciando el fino vello con la punta de los dedos. No la soltó.

– La gente del bote salvavidas estaría feliz de tenerlo allí.

– ¿Por qué?

– Por el apoyo y la seguridad que les brindaba. Usted irradia calma, aunque en su interior sienta otra cosa. Contagia fuerza a los demás.

– ¿Le doy fuerzas a usted? -preguntó con leve sorpresa.

Alma lo miró a los ojos, fijamente.

– Inmensas. Me hace sentir cada vez más confianza en mí misma.

Walter frunció el ceño, como si no estuviera seguro de adonde lo llevaba todo eso, pero sonrió.

– ¿Confianza en qué?

Ella dudó. En sus sueños nunca se había imaginado que tendría que indicarle con palabras que estaba lista para recibir un beso.

– Confianza en que, si cierro los ojos, no me arrepentiré.

Apenas lo dijo cerró los ojos, más por el shock que le causó su audacia que por otra cosa. Le pasó por la mente el pensamiento mortificante de que él podía rechazarla. Fue tan vivido y terrible que tiró de su mano y se inclinó hacia él.

Al hacerlo las dos caras chocaron bruscamente. Sintió la aspereza de su bigote y mantuvo los ojos cerrados. Lo oyó hablar.

– Vaya, ¿la he lastimado?

Abrió los ojos.

– No… pero me siento tan ridícula… -estaba a punto de llorar.

Él pareció entender.

– Por favor. No hay razón para eso. Fue una sorpresa para los dos, eso es todo. Eche atrás la cabeza y relájese. Ahora quédese quieta. Completamente quieta.

Alma obedeció como si estuviera en el sillón del consultorio.

Walter acercó la cara y sus labios se rozaron un segundo. Era la primera vez que un hombre la besaba en la boca. No hubo ninguna música ni meteoros que atravesaran su visión, pero estaba muy satisfecha.

– Y ahora -susurró Walter- creo que será mejor que reme de vuelta.

Antes de que Walter la dejara en su casa, Alma le dijo que le gustaría cocinar algo para él en pago por la cena. Él aceptó, pero no para esa noche. Le prometió ir el martes, dos días después.

Una vez sola, Alma rememoró mil veces el beso bajo el sauce. ¿Qué había significado para él? ¿Había tratado de negarse al placer que un hombre casado sólo debe obtener de su mujer? ¿Su actitud tranquila ocultaba un fermento de culpa y pasión? ¿O la había besado por compasión, para salvarla de la vergüenza?

Recordó a Trevor Mordaunt, el imperturbable héroe de The Rocks of Valpré. Era parecido a Walter, ocultando sus emociones, exudando fuerza a pesar de su indiferencia, pero honesto, generoso y digno de confianza. Era extraño, Trevor no le había gustado a Alma al leer el libro, pero en ese momento le resultó mucho más atractivo.

13

El martes no hubo besos. Pero sí charla entusiasta y seria. Y mientras hablaban, Alma se dio cuenta de que esto los unía más que un beso, porque Walter la estaba introduciendo en la crisis de su matrimonio. Le dijo que Lydia todavía pensaba irse a los Estados Unidos.

– Se niega a discutirlo -se quejó Walter-. Hace los arreglos hora a hora. Le ha escrito a Chaplin avisándole de su llegada. Ha estado mostrando la casa… ya está en venta, ¿sabes? Incluso está regalando los adornos a los amigos y vecinos porque no quiere llevarlos con ella. Y se ha comprado muchísima ropa para el viaje.

– ¿Ya reservó el pasaje?

– Lo va a reservar apenas tenga un comprador para la casa. Por lo que me dice, ya hay dos ofertas -se detuvo un instante-. Y además quiere que me deshaga del consultorio.

Alma lo miró desde el aparador, a punto de servir la comida.

– Walter, eso es ridículo. ¿Todavía no se da cuenta ella de que eso significa que debes abandonar todo lo que te ha costado tanto esfuerzo?

– Sí, por supuesto que se da cuenta.

A Alma le pareció escuchar una nota de resignación en su voz.

– No piensas hacerlo, ¿no? -preguntó, sin poder ocultar su ansiedad. Trató de disimular ocupándose de los platos.

– Creo que no estoy en posición de negarme. Créeme Alma, para mí es una agonía, pero sin el dinero de Lydia no podría seguir. Mis honorarios no alcanzan para pagar el alquiler y seguir viviendo. Dentro de unos años puede ser, pero no ahora.

– ¿No puedes mudarte a un consultorio más barato?

– No tengo capital para volver a instalarme. Ni pensarlo.

Alma estaba estupefacta. Walter la iba a dejar. Luchó con las lágrimas.

– Todo este asunto de ir a los Estados Unidos no tiene sentido.

– Ya lo sé, querida. Es quijotesco. Está arriesgando todo lo que tenemos.

¡Y él había capitulado! ¿Por qué no luchaba? Tenía que persuadirlo de que aún se podía hacer algo.

– Walter, la otra noche me dijiste que tu matrimonio con Lydia había sido una transacción comercial.

– Es cierto -y agregó con tono cáustico-. Y ahora tengo que pagar.

– ¿No puedes convencerla de que sería más lógico que tú conservaras tu consultorio para tener algo adónde volver si sus esperanzas no se materializaran?

– Querida, cuando tú lo dices parece razonable, pero Lydia se niega a considerar la posibilidad de un fracaso.

Alma no se daba por vencida.

– Tal vez acepte ir sola y que tú vayas después. Supongo que habrá mucho de qué ocuparse con la venta de la casa y de tu instrumental.

Walter dijo que una inmobiliaria se ocuparía de todo. Alma insistió. Hablaron con tanta intensidad que el guiso de pato desapareció junto con los platos antes de que Walter pudiera felicitar a Alma por su comida. Todavía dudaba de que Lydia aceptara, pero aceptó la idea de sugerirle que era mejor que él se quedara en Inglaterra mientras ella se daba a conocer en Hollywood.

Quedaron en encontrarse para almorzar el viernes, así podría contarle la respuesta de Lydia.

– Es un momento difícil -gimió Walter mientras se ponía el sombrero-. No debería cargarte con mis problemas.

– Quiero compartirlos -le respondió Alma con franqueza.

Después de que Walter se hubo ido, encontró la colilla de uno de sus cigarros en el cenicero. Esa noche lo encendió en su dormitorio e imaginó que él estaba allí.

En algún momento de la noche le vino a la cabeza una posible solución. Era extravagante y peligrosa, un último recurso. Seguramente a la mañana siguiente le parecería ridículo, pero mientras pensaba en ello y lo planeaba paso a paso, le pareció cada vez más admisible.

14

El viernes, las novedades que le dio Walter eran peores de lo que había temido. La casa estaba casi vendida y Lydia ya tenía reservados dos pasajes en el Mauretania que salía de Southampton al cabo de quince días.

– ¿Para dos? ¿Todavía cree que irás con ella?

Walter desvió la vista hacia la hilera de olmos en el lado más alejado del parque. Alma lo asió de la manga.

– Walter, ¿qué le has dicho?

Él apoyó con suavidad su mano izquierda sobre la de Alma. Temblaba.

– Querida, has sido muy buena conmigo.

– ¿Te vas, no es cierto?

– No puedo hacer otra cosa. Ya está todo en marcha, hasta la venta de mis cosas.

– Pero te pertenecen.

– Legalmente son de Lydia. Cuando pagó por mi equipo firmé algunos papeles. Son de su propiedad.

– No -Alma enterró su rostro en la chaqueta de él y lo abrazó. Sollozaba.

Esa tarde Alma no volvió a la floristería y Walter telefoneó al consultorio para cancelar sus citas. Caminaron hasta Twickenham, y en el camino encontraron un lugar tranquilo al lado de un árbol caído. Walter se apoyó en el tronco y acunó la cabeza y los hombros de Alma. Hablaron mucho. Walter admitió que era casi seguro que el viaje a los Estados Unidos terminaría en un fracaso. Ni Chaplin ni nadie en Hollywood querría contratar a Lydia, y el dinero allí no les duraría mucho. No sería fácil para Walter volver a instalarse como dentista y Lydia terminaría furiosa y amargada.

– Pero no atiende a razones -le contó a Alma-. Toma todo lo que le digo como un ataque a sus habilidades artísticas. Dice que no va a dejarse privar de su porvenir.

– Así que se va, la acompañes o no.

– Sí.

Alma estaba luchando por el hombre que amaba. Pero la lucha no era contra Lydia, a la que sólo le importaba su carrera. Peleaba contra el fatalismo de Walter. Tenía que convencerlo de que podía elegir.

– Cuando hablaste de tu padre, que se suicidó poco después de salvarse del hundimiento del Lusitania, me dio la impresión de que te referías a él como a un fracasado.

– Y lo fue. Era lo mismo que si se hubiera ahogado.

– Si vas a los Estados Unidos, ¿no estarás desperdiciando tu vida?

– Querida, no podría sobrevivir aquí sin trabajo, sin un lugar donde vivir.

– Podrías vivir conmigo.

– ¿Qué? -por un instante sus ojos brillaron con sorpresa rayana en el pánico-. No, no podría.

Alma lo miró con tanta calma como pudo, considerando lo que estaba por decirle.

– Walter, te amo.

– Temía que sucediera esto.

– ¿Lo temías?

– Querida, he sido muy egoísta. Me aproveché de tu bondad para descargar mis problemas y me has ayudado a afrontarlos. Pero ahí se acaba todo. Los dos sabemos por qué, ¿no es así?

Muchas veces Alma había suspirado y derramado lágrimas leyendo un libro, pero ahora que le estaba sucediendo a ella, se sentía más enojada que romántica.

– No espero que me digas que me amas. Tengo veintiocho años y ninguna experiencia con los hombres. Pero sé lo que estoy diciendo. No dejaré que esa fanática mujer te destruya.

Walter sacudió la cabeza.

– Te destruirá a ti, Alma. Créeme, estoy muy emocionado por lo que me acabas de decir, pero aun así soy un hombre casado, tengo casi veinte años más que tú y nada de dinero. Imagina el escándalo que puede llegar a producirse.

– Ya lo he imaginado -replicó Alma con vehemencia- y no me importa. La gente que no sabe de lo que está hablando no hace más que dañarse a sí misma con los chismes. Por favor, entiende que estoy hablando en serio.

Volvieron por el sendero y Alma abogó por su causa durante todo el camino hasta su casa. Con suavidad pero también con firmeza, Walter se negaba a ser persuadido. Una vez delante de la puerta, Alma le pidió que entrara.

– No. Ahora debemos separarnos con dignidad.

Alma vio que los ojos de él estaban húmedos, pero lo único que podía hacer era tratar de adivinar los pensamientos de ese hombre triste, poco comunicativo.

– ¿No te volveré a ver? -preguntó, incrédula.

Él negó con la cabeza y luego la besó. Alma apretó sus labios contra los de él, en un esfuerzo por conservar ese beso para siempre. Walter le tomó el rostro con las manos y la alejó de sí con suavidad.

– Creo que podría matar a esa mujer -exclamó Alma amargamente.

Walter frunció el ceño y la miró. Su gesto se borró y fue reemplazado por una fugaz expresión que a Alma le pareció de sorpresa. En seguida recuperó su gesto adusto y sacudió la cabeza.

– Nunca te olvidaré -se despidió.

Alma estiró la mano, pero él ya estaba bajando a paso rápido la cuesta.

15

Livingstone Cordell y familia llegaron al hotel Savoy de Londres el sábado y Marjorie recibió un masaje de un hombre que lo llamaba «fricción» y que dijo ser el masajista de un equipo de fútbol. Nunca había sentido la piel tan irritada, pero esa noche bailó con la orquesta del Savoy hasta el final de la actuación y luego persuadió a Livy para que la llevara al Silver Slipper, donde continuó bailando hasta las tres sobre el famoso suelo de cristal. A causa de esto Livy perdió su desayuno inglés el domingo. Para calmarlo, Marjorie compró entradas para un espectáculo que acababa de estrenarse, The Co-Optimists.

– Conseguí tres entradas en primera fila para el próximo viernes -anunció el lunes.

– ¿Hay chicas guapas?

Marjorie le guiñó un ojo a su hija Barbara.

– Me han dicho que hay un tenor, un tal Gideon, cuya voz es pura miel…

– Mami, no quiero ser desagradecida, pero si no te importa prefiero no ir -Barbara retorció la servilleta.

– ¿Ah, sí? Livy, ¿no vas a decir nada?

Livy no levantó la vista del Daily Mail; le gustaban bastante los diarios ingleses.

– Bien, lo haré yo -aceptó Marjorie-. Me gustaría decirte, jovencita, que de esta manera la vida te dejará de lado. Tienes la cabeza tan llena de logaritmos y ollas viejas que ya no sabes conversar. Tal vez el espectáculo no te atraiga, pero si vas a verlo por lo menos tendrás de qué hablar. Estoy segura de que debe de haber algunos encantadores jóvenes ingleses a los que les gustaría oírte hablar de eso, aunque lo hagas pedazos. Supongo que el viernes por la noche tendrás algo mejor que hacer.

– En realidad, sí.

– ¿Y de qué se trata?

– Una conferencia sobre filosofía que da Bertrand Russell.

– Dios mío. ¿Ahora te dedicas a la filosofía?

– No, se trata de Paul Westerfield. Me invitó a ir.

Livy levantó la vista de su diario.

– Te has apuntado una, mocosa.

16

Lydia tomó una tostada y comenzó a untarla de mantequilla. No levantó la vista.

– A propósito, si hoy piensas ir al consultorio, será mejor que le avises a la enfermera que te vas de viaje. Ya he cancelado el contrato de alquiler.

Había guardado esa noticia para el desayuno del lunes para evitar una discusión durante el fin de semana. Walter era insufrible con el asunto de sus dientes.

– ¿Has hecho qué? -su voz sonó aguda por la incredulidad.

– He cancelado el contrato, querido. ¿No recuerdas que ya lo discutimos? Lo alquilará un tal Edwards, Simón Edwards, un dentista atractivo y encantador que resultó ser el cuñado de mi amiga Maggie. El pobre ha pasado diez años haciendo coronas de oro para los sastres judíos de Mile End. Está encantado.

Walter apartó su plato. Tenía la cara púrpura.

– Ni siquiera conozco a ese hombre. Ni ha visto el consultorio.

– Sí que lo ha visto, Walter. Lo llevé allí el viernes por la tarde. Tú no estabas. La enfermera me dijo que habías llamado para cancelar todas tus citas. ¿Te sentías mal, o algo así? De todas maneras a Simón le gustó mucho y está dispuesto a hacerse cargo desde la semana próxima. El problema es que no necesita a la enfermera Tung, o como se llame, porque llevará a su propio ayudante.

– Parece que no quieres entenderlo, Lydia. No puedo entregarle mis pacientes a un hombre que ni siquiera conozco.

– Es un hombre respetable, querido. Fue a Charterhouse, que es más de lo que se puede decir de ti. Ya lo conocerás. El miércoles quiere revisar las fichas contigo. Compra todo… los muebles, el equipo dental, hasta tus fórceps y esas cosas.

– ¡No puede llevarse mis instrumentos! Maldición, los voy a necesitar en los Estados Unidos.

Lydia hizo saltar el esmalte de una de sus uñas.

– Los uso desde que me licencié -continuó Walter, cada vez más ofendido-. Esto no va, Lydia. Es como quitarle su instrumento a un violinista.

Para lo que acostumbraba Walter, ésa era toda una erupción.

– No es exactamente así, querido. Será mejor que te diga que he cambiado de idea con respecto a lo que harás en los Estados Unidos. Después de todo no necesitarás tus instrumentos, porque hay algo mucho más importante que deberás hacer. Necesitaré un representante para negociar mis contratos con las compañías cinematográficas y me parece lógico que seas tú el encargado de hacerlo. No puedo confiarle mi futuro a algún norteamericano que ni siquiera conozca, así que el trabajo es tuyo.

Walter la miró como un animal en una trampa. Estaba sin habla y sacudía la cabeza.

– Vamos -exclamó Lydia-. Es muy importante para mí. Ya has disfrutado bastante buscando caries en los dientes de la gente; es hora de cambiar.

– No pienso cambiar -gimió Walter en una voz tan baja que sonaba a amenaza.

Lydia no estaba acostumbrada a que la desafiaran. Estaba por decirle que ganaría una buena comisión por su trabajo, pero cambió de idea.

– No tienes más remedio, Walter. No puedes instalarte como dentista en los Estados Unidos sin dinero, y ya no se arrancan muelas en la calle.

– Tendré el dinero del equipo. ¿Cuánto nos paga Edwards?

– Ese dinero me pertenece.

– Pero yo he trabajado allí. Por Dios, algo me debe tocar.

– Según mi abogado no te toca nada, querido. Sé lógico, Walter. A los dos nos interesa mi futuro.

Walter se puso de pie.

– ¿Qué futuro? -gritó. Salió furioso de la habitación y de la casa, dando un portazo.

Por un momento, Lydia se preguntó si Walter era la persona apropiada para ser su representante. Después se dijo que no importaba porque lo necesitaba nada más que para la fachada. Todo el mundo en Hollywood tenía un representante. Walter contestaría el teléfono, pero sería ella la que decidiría qué trabajos aceptar.

Subió para maquillarse. Esa mañana tenía que ver a su abogado. Y comprar más ropa para el viaje. Necesitaba por lo menos tres equipos distintos para cada uno de los seis días del viaje.

Mientras se arreglaba el pelo sonó el teléfono. Dejó que Sylvia contestara. Unos segundos más tarde estaba en la puerta de su dormitorio.

– Es para usted, señora. Una dama.

– ¿Quién es?

– No quiso decirme su nombre.

Lydia bajó las escaleras mascullando a viva voz.

– La verdad es que no sé para qué le pago -levantó el auricular-. Habla Lydia Baranov.

Del otro lado de la línea se produjo una pausa.

– Quiero hablarle de su marido.

– ¿Quién es usted? -preguntó Lydia.

– Alguien a quien le preocupa mucho lo que le está ocurriendo.

– ¿Qué quiere decir? Será mejor que me diga quién es.

– No tiene importancia, señora Baranov. Quiero pedirle de mujer a mujer que lo trate con justicia. El no quiere ir a los Estados Unidos con usted. Aquí es feliz. Usted ha sido generosa con él en el pasado. No le voy a preguntar si se aman, porque usted sabe que no es así, pero vuelva a ser generosa y deje que se quede en Inglaterra con alguien que lo ama.

– ¿Qué? No sé quién es usted, pero debe de estar loca. ¿Es usted su enfermera? -Lydia acercó más el auricular a la oreja. Antes de colgar quería saber quién era esa mujer. Había algo en la voz que le sonaba familiar.

– Se lo ruego, señora Baranov, devuélvale su libertad.

– Esto es ridículo.

– Estoy tratando de ser razonable por el bien de los tres. Dios es testigo de cómo amo a su marido.

– Nunca la ha mencionado. ¿Quiere decir que es su amante?

– Puede llamarlo así. ¿Le concedería el divorcio?

Lydia se echó a reír.

– Querida, sea quien sea, y empiezo a tener mis sospechas, ha ido usted demasiado lejos. Conozco a mi marido. No creo que sepa lo que es una amante y si tuviera una no sabría qué hacer con ella. Así que dígame quién es y las dos disfrutaremos de la broma.

– No es una broma, y aunque le dijera mi nombre no sabría quién soy. Será mejor que se lo pregunte a Walter, él decidirá lo que puede decirle. Pero no lo subestime, señora Baranov y no crea que ésta es la última vez que oye hablar de mí -cortó.

Lydia permaneció largo rato junto al teléfono. Temblaba de pies a cabeza. Se levantó para servirse un coñac, que bebió de un trago.

– Eres un animal, Walter. ¡Una estúpida bestia desenfrenada!

17

Alma se despidió de la señora Maxwell y abrió su paraguas. Era un súbito chaparrón que tal vez no durara más que unos segundos, pero no pensaba quedarse esperando en la puerta de la floristería más de lo necesario. Quería volver a su casa y ver si sus ruegos habían sido atendidos y sobre la alfombra la esperaba un mensaje o el teléfono sonaba al abrir la puerta. Nada de eso iba a suceder.

No alcanzó a dar dos pasos cuando la tomaron del brazo y le quitaron el paraguas. Sin una palabra, Walter la llevó por la acera hasta alcanzar un taxi detenido y entró detrás de ella. Tenía la ropa empapada. Alma se apretó contra él y lo besó en la mejilla. La tenía helada.

– Sabía que nos volveríamos a ver.

– Te estás mojando -se sacó el impermeable y el sombrero y la dejó acercarse otra vez. Esta vez Alma lo besó en los labios. Era inmensamente feliz. Walter le tomó la nuca y le soltó el pelo-. Se supone que te estoy castigando por telefonear a mi mujer.

– Tenía que hacer algo. ¿Estás enojado conmigo?

– Debería estarlo. No sirvió para nada. No va a darme el divorcio -rió entre dientes-, Pero para Lydia fue un shock terrible que le dijeran que tengo una amante.

Alma se apretó más contra él.

– ¿Soy de veras tu amante?

– Hay un salón de té al pie de la colina. ¿Nos detenemos allí?

Cuando bajaron del taxi ya no llovía. El local estaba lleno de gente que se resguardaba de la lluvia, pero alguien se levantó para irse. Era una mesa tranquila, protegida por la guardarropía. Walter le contó a Alma que Lydia había roto su promesa de dejarle practicar la odontología en los Estados Unidos. Quería que fuese su representante.

Alma sintió que palidecía.

– ¿Es por mi causa?

Walter alargó la mano sobre la mesa y la apoyó en la de ella.

– No, querida. Me lo dijo a la hora del desayuno. Y ha vendido mi consultorio y no piensa darme un centavo.

Alma sacudió despacio la cabeza, sin decir nada. Estaba segura de que Walter iba a decirle algo importante. Todavía retenía su mano.

– He decidido no ir a los Estados Unidos.

– ¡Walter querido!

– Por supuesto que será mi ruina, pero ya me arreglaré.

– Nos arreglaremos.

– No; gracias de todos modos, pero no podría hacer eso. No podría permitir que te alcanzaran los chismes y el escándalo.

– No me importa mi reputación. ¡Te amo!

Él fijó la mirada en su taza de té.

Alma decidió que era el momento de mencionar el plan que había concebido de madrugada, cuando no podía dormir. Sonaría terrible dicho así, fríamente, en un lugar público, ¿pero qué otra manera tenía de hacérselo saber? Bajó la voz.

– Podría haber otro camino.

– ¿Hummm? -no levantó la vista.

– Una vez, en el consultorio, me contaste de alguien que también era tratado de una manera insoportable por su mujer y que se enamoró de otra mujer que lo adoraba.

Walter levantó la vista y la miró con aire inocente.

– No recuerdo.

– El doctor Crippen.

Walter pegó un salto.

– ¡Oh!

Alma siguió antes de que pudiera detenerla.

– Los agarraron porque trataron de disfrazarse. Se escaparon a través del océano en un pequeño barco a vapor y el capitán sospechó de ellos.

– Crippen era un asesino.

Alma dejó pasar ese comentario.

– Me dijiste que Lydia ya ha reservado los pasajes en el Mauretania.

– Sí, pero no iré con ella.

– Supón por un instante que sí vas, pero no con Lydia, sino conmigo. Podría viajar como la señora Baranov. No sería un papel muy difícil, querido. Nadie sospecharía de nosotros porque nadie pensaría otra cosa. ¡En seis días estaríamos en los Estados Unidos y podríamos vivir para siempre como marido y mujer!

– ¿Y Lydia?

– Cloroformo.

– Creo que necesito un cigarro -se puso uno en la boca y rompió dos fósforos tratando de encenderlo-. ¿Estás hablando en serio?

– Por supuesto.

– No podría hacerlo… ni siquiera a Lydia.

– Sí que puedes. Eres muy valiente. Salvaste a tu padre.

Walter logró reír.

– No es exactamente lo mismo.

– No te rías de mí. No es una idea absurda que acaba de ocurrírseme. Hace días que lo planeo. ¿No te das cuenta? Al reservar lo pasajes Lydia nos ha dado la oportunidad de triunfar allí donde fallaron Crippen y Ethel.

– ¿Necesitan más agua caliente? -preguntó una voz.

Los dos miraron a la camarera. Su rostro no mostraba otra cosa que el cansancio del día.

– No, gracias -dijo Walter. Pagó los tes y salieron.

El sol brillaba sin fuerza.

– Los pescaron porque el inspector Dew encontró los restos de la mujer de Crippen al registrar el sótano -masculló Walter para sí.

– Hay otra cosa -acotó Alma, ignorando el comentario mientras caminaban juntos por la calle-. Si tomo el lugar de Lydia, puedo copiar su firma. Puedo darte un cheque por la venta de tu consultorio. Puedo hacer muchos cheques. Podríamos vivir con elegancia y tú te convertirías en un dentista de éxito en los Estados Unidos.

– ¿Con el dinero de Lydia?

– Sería un crimen no usarlo, querido -le apretó el brazo.

– Muy ingenioso -Walter sonrió-. En verdad es muy ingenioso.

– Tendré que usar un pasaporte; salvo eso no habrá problemas. Tenemos más o menos la misma estatura y los ojos marrones. Ella tiene el cutis un poco más oscuro, pero eso no se nota en la fotografía. De todas maneras nadie se parece en la foto de su pasaporte. Y tú estarás allí para apoyarme.

– Tiene que haber algún fallo.

– No lo hay, querido. Si le damos cloroformo a Lydia la noche anterior al viaje, ninguno de sus amigos la echará en falta. Ya habrá firmado los papeles para el abogado y con el dinero ya transferido por el Banco a los Estados Unidos, no tenemos más que subir a ese transatlántico y empezar una nueva vida juntos. Nuestra luna de miel.

Walter parecía aturdido. La audacia del plan le había provocado una sacudida y su primera reacción había sido rechazarlo y buscar los posibles fallos. Pero ahora le estaba dedicando su atención. Alma podía notarlo por el brillo en sus ojos. Walter aceptaba la necesidad de suministrarle cloroformo a Lydia.

Opuso más dificultades, pero eran meros detalles. Le preguntó a Alma qué pensaba decirle a la señora Maxwell y qué haría con la casa de Richmond Hill. Preguntó por su familia y amigos.

Por la naturaleza de las preguntas y la forma en que las formulaba, era harto evidente que Walter estaba dispuesto a ser convencido. Alma le contó lo que iba a decirle a la señora Maxwell, que unas personas de la iglesia pensaban alquilar la casa y que pasaría el invierno en el continente. Eso les diría a sus amigas más íntimas, porque no tenía parientes cercanos. En una semana estaría lista.

Walter escuchó con atención y permaneció un rato en silencio.

Alma caminaba al lado de él, conteniendo sus impulsos. No quería forzarlo a una decisión apresurada. El mismo debía ver la lógica del plan. Estaba segura de que iba a funcionar.

– Tendremos que pensar qué hacer con ella -reflexionó Walter.

Por la manera de decirlo, Alma se dio cuenta de que lo había convencido.

III El golpe

1

Para Alma el plan de liquidar a Lydia y escapar con Walter a Estados Unidos era más romántico que cualquiera de los libros de Ethel M. Dell. The Knave of Diamonds le parecía insípido. Era un plan perverso y audaz y los uniría más que una ceremonia matrimonial. El secreto sería un lazo indisoluble. Viviría con lujo en Manhattan y Walter se convertiría en el mejor dentista de Nueva York. Iban a viajar a Niágara y Nantucket y Nueva Orleáns y San Francisco. Todavía estaba recorriendo los hermosos paisajes de los Estados Unidos en su mente cuando Walter, firmemente anclado en Inglaterra, le dirigió la palabra.

– Tendríamos que pensar en serio lo que haremos con ella.

– ¿Hacer?

– Lydia.

– Pero ya lo hemos decidido, querido.

– No, no me refiero a eso. Después. ¿Dónde la pondremos?

– Ah…

Estaban sentados en un banco de los jardines de Richmond Terrace. Era una de esas brillantes tardes de septiembre cuando cada detalle del valle del Támesis resalta a la luz del sol poniente. Los filamentos de nubes que atravesaban el cielo se volvían a cada instante más rosados.

– El doctor Crippen enterró a su mujer en el sótano -observó Alma.

– Y el inspector Dew bajó con una pala y los descubrió.

– El antipático inspector Dew.

Walter se encogió de hombros.

– Cumplía con su deber.

– ¿Qué te parece el jardín?

Walter sacudió la cabeza.

– Es como un campo de golf. Tenemos un ex combatiente que lo cuida cinco días por semana. Era oficial de la Guardia. No se le escapa nada.

– ¿No puedes ponerla en la bañera y decir que se ahogó por accidente?

– Ya han tratado de hacerlo.

– ¡Es desesperante! -Alma gritó de frustración-. Todo lo demás funciona a la perfección.

– Es un problema práctico, querida -aclaró Walter-, No sirve de nada enojarse.

A Alma le agradó su suave reproche. Walter ya estaba tratándola como a una esposa. Y su preocupación por perfeccionar el plan le quitaba cualquier duda que hubiera tenido sobre la decisión de Walter. Estaba tan sereno como si estuvieran discutiendo una simple extracción en el consultorio.

– Si tuviéramos un coche, podríamos arrojarla en algún acantilado.

– No, no serviría. Tarde o temprano alguien encontraría el cuerpo. ¿Has oído hablar de Bernard Spilsbury?

– ¿El patólogo?

– Ese tipo hace más que determinar la causa de una muerte; dice la medida de sombrero del asesino, dónde compra sus camisas y de qué manera le gustan los huevos. No podemos arriesgarnos a dejar un cuerpo.

Alma sintió un estremecimiento al oír las palabras «asesino» y «cuerpo» y por su mente pasó el pensamiento de que Walter encaraba con fría realidad sus intenciones, mucho más de lo que ella se había atrevido a imaginar hasta ese momento. Trató de disimular su intranquilidad.

– Y no podemos arriesgarnos a llevarla con nosotros.

Walter se volvió y le aferró la muñeca.

– ¡Sí que podemos! Esa es la respuesta, Alma. ¡Tú la tienes!

– No veo cómo.

– La podemos arrojar al mar, empujarla por un ojo de buey cuando oscurezca. Nunca la encontrarán.

– ¿Pero cómo la meteremos a bordo?

Walter rió:

– Caminando. Es una maravilla. ¡Eres un genio!

– En este momento soy un genio muy confuso.

– Te lo explicaré. Olvídate del otro plan y escucha éste. Le diré a Lydia que me niego a ir con ella a los Estados Unidos. Se pondrá furiosa y me mandará al diablo, porque nada puede interponerse entre ella y su maravilloso futuro en el cine. Venderá la casa, el equipo de mi consultorio, todo, y estará en el Mauritania el sábado próximo. Pero no va a enterarse de que tú y yo también estaremos a bordo. Voy a comprar un pasaje en segunda clase bajo un nombre falso.

– ¿Para los dos?

– No. Tú estarás escondida en mi camarote.

– No es posible, Walter. Me descubrirán.

– Estoy seguro de que no lo harán. No olvides que ya he viajado en un transatlántico. El día de la partida se llena de amigos y parientes que van a despedir a los que viajan. Es el caos. Media hora antes de zarpar aparecen algunos muchachos con gongs para pedir a los visitantes que bajen, pero siempre hay algunos que se quedan, porque saben que pueden desembarcar en la lancha del práctico o en Cherburgo. Querida, es muy fácil esconderse la primera hora, y es todo lo que necesitamos. Después tendrás un camarote de primera para ti sola. Serás la señora Lydia Baranov.

– ¿Quieres decir que ya habrás…? -a Alma le falló la voz.

Walter asintió. Empezó a hablar más rápido a medida que se convencía de las posibilidades del nuevo plan.

– Por supuesto que habrá que hacerlo lo más rápido posible. Iré a su camarote con una botella de cloroformo concentrado en el bolsillo. Cuando llame a la puerta, se sorprenderá al verme, pero me dejará entrar en seguida. La empujaré sobre la cama, no es un adversario serio para mí, y le aplicaré el cloroformo. Cuando esté completamente seguro de que está muerta, meteré el cuerpo en algún lado.

– ¡En el baúl! -gritó Alma, muy excitada.

– Perfecto. Puede quedarse allí hasta que esté lo bastante oscuro como para arrojarla por el ojo de buey. El Mauretania zarpa a mediodía y el almuerzo se sirve a la una. Tú estarás en el comedor de primera clase diciéndole al camarero que eres la señora Lydia Baranov y pedirás una mesa para uno. Te aceptarán sin preguntas.

– ¿Y tú qué harás?

– Sentado en el camarote de Lydia con el cartelito de «No molestar» en la puerta. Lo importante es lo que tú estarás haciendo. Tienes que dejar bien sentado ante los pasajeros y la tripulación que eres Lydia. Puedes almorzar con tranquilidad y después hablar con algunas personas mientras bebes el café en el salón. Pasea por cubierta y dile al encargado que te reserve una hamaca del lado que da el sol. Y asegúrate de que entiendan bien tu nombre. ¿Crees que podrás hacerlo?

– Estoy segura.

– Bien. Más tarde puedes venir al camarote.

– ¡Querido, va a funcionar! -lo besó en la mejilla y apoyó la cabeza en su hombro-. Es de una hermosa simplicidad.

Walter todavía no parecía muy convencido de los resultados. Siguió hablando, reacio a dejar que el resto del plan hablara por sí mismo.

– Te daré la llave del camarote y podrás ir y venir cuando quieras. Pero tendremos que mantenernos separados. Tú irás a cenar y te acostarás tarde. Para ese entonces yo me habré ido, y también el cuerpo. Volveré a mi camarote de segunda clase y te veré cinco días después en Nueva York. Creo que todo saldrá bien.

– Estoy segura, amor mío.

– Me animo a decir que hasta nuestro amigo, el doctor Crippen, hubiera aprobado este plan. Ningún cuerpo en el sótano. Ni disfraces ridículos. Y todo pagado por mi previsora mujer, la víctima -los extremos de la boca de Walter se ensancharon en una modesta sonrisa.

– ¿Has pensado en algún nombre para usar a bordo del Mauretania? -preguntó Alma.

– Todavía no. Lo mejor será algo simple. Ahora que lo pienso, mi antiguo nombre servirá tan bien como cualquier otro. Creo que sé dónde puedo conseguir un pasaporte… es un viejo amigo de mi padre, si es que todavía tiene el pulso firme. Mañana iré a verlo.

– Brown no suena como un nombre verdadero -dudó Alma.

– Pero es el mío.

– El doctor Crippen se hizo llamar Robinson, y eso tampoco suena muy convincente.

– ¿Entonces qué sugieres?

– Algo corto y simple, pero no común -juntó las manos-, ¡Ya lo tengo!

– Dew -dijo Walter.

– ¡Sí! ¡Leíste mis pensamientos!

– Walter Dew. Por cortesía a Scotland Yard -se rió entre dientes-. Me gusta bastante. ¿Quién sospecharía de un hombre que se llamara Walter Dew?

Echó a reír y Alma rió con él. Sus risas resonaron por la terraza. La puesta de sol era gloriosa y todo se volvía rojo, de un profundo y romántico rojo.

2

Durante su última semana en Londres, Barbara cambió su modo de ser. Se volvió chic. Fue a Vasco y se hizo cortar su precioso pelo castaño y ondular las patillas. Se cubrió la cara de polvo blanco tiza y los labios de carmesí. Compró una capa de armiño y cinco vestidos de noche y para el viernes ya los había usado todos y comprado dos más.

La conferencia de Bertrand Russell había sido el punto de partida. De allí Barbara fue directamente a la peluquería. Su madre estaba estupefacta por la transformación; tuvo que beber un brandy doble y decidió que eso era lo mejor que le había sucedido en ese viaje. Le dijo a Livy que la filosofía debía de tener algo especial. Livy tenía una teoría diferente. Sospechaba que Paul Westerfield había demostrado más interés en la conferencia que en Barbara.

– Si anda detrás de Paul -comentó Marjorie- está arriesgándose peligrosamente. Esta tarde tiene una cita con un tal Forbes.

Forbes llevó a Barbara a bailar al café de París, donde ella conoció a Arnold, que usaba monóculo y era mucho más simpático. Arnold la invitó a comer pastel con café helado en las galerías Grafton, donde los cuadros estaban cubiertos de papel de seda para evitar que las jovencitas como ella se ruborizaran. Una orquesta de negros tocó jazz hasta las dos de la madrugada y Arnold al tratar de hacer un paso empujó a una mujer con el codo. Ella volcó el café helado en los pantalones de su acompañante y Arnold usó el papel de seda de uno de los cuadros para limpiarlo. Mientras sucedía esto, un muchacho llamado Rex le dijo a Barbara que era la criatura más hermosa que había visto en su vida.

Rex era muy apasionado. Durante el almuerzo en el Claridge al día siguiente, amenazó con suicidarse si Barbara no lo hacía feliz en la suite que había reservado arriba. Para convencerla sacó un revólver de plata del bolsillo y lo apoyó en la mesa. Barbara mantuvo su calma. Era chic, pero no fácil. Tomó el revólver muy finamente y lo arrojó dentro del balde del champagne. Más tarde Arnold le comentó que Rex era famoso por sacar su revólver en el Claridge.

En esa semana Barbara se cruzó dos veces con Paul Westerfield en el hall del Savoy. La primera vez estaba con Forbes y la segunda con Arnold. Estos encuentros casuales surtieron efecto en Paul. El viernes la detuvo en la escalera que llevaba al comedor. La felicitó por su peinado y le preguntó si tenía algo que hacer esa noche.

Barbara contesto que un amigo había mencionado algo del Café Royal, pero que la idea no la excitaba demasiado. Era su última noche en Londres y quería disfrutarla.

– ¿Te vas mañana? -preguntó Paul-. ¿En el Mauretania? Qué casualidad. Yo también. ¿Qué te parece si esta noche nos divertimos en Londres?

– ¿Qué sugieres? -preguntó Barbara con cautela. No aguantaba otra conferencia sobre filosofía.

– Hay una fiesta en el Berkeley. Son casi todos norteamericanos; de la embajada… el grupo joven. He oído decir que algunos de ellos son bastante divertidos. Me invitaron. ¿Quieres venir?

Barbara sonrió y aceptó.

Había logrado lo que quería. Se sentía sumamente atraída por Paul Westerfield a pesar de que tendía a rechazar a cualquier posible candidato en el que su madre hubiera puesto los ojos. Le gustaba el modo en que la miraba, valorando lo que decía. Le gustaba el modo en que una de sus cejas se levantaba cuando algo le interesaba. Le gustaban sus movimientos desenvueltos cuando atravesaba una habitación, tan lánguidos y sugestivos como los de un gato. De él emanaba una extraña fuerza.

Con cinco días por delante en el Mauretania, ella también podría ser desenvuelta. Esa noche llegó al hall veinte minutos tarde y lo llamó por el sobrenombre de sus días de estudiante. Quería que él supiera que trataba a los millonarios como a cualquier otro tipo.

3

La fiesta fue tan divertida como Paul había vaticinado. El champagne corrió ilimitadamente. Más o menos una docena de norteamericanos de la embajada y otros tantos amigos ingleses cenaron y bailaron hasta después de medianoche, cambiando de pareja todo el tiempo y abrazándose con una falta de pudor digna de amantes. Cuando el restaurante cerró, el grupo se trasladó a un puesto de venta de café en la esquina de Hyde Park y los choferes de taxi les dejaron llevar sus tazas a los coches y quedarse allí durante horas.

Barbara compartió a Paul con una chica inglesa que se llamaba Poppy. No le importaba. Él las abrazaba a las dos y las mantenía entretenidas contándoles chistes mezclados con besos. Poppy se reía mucho. Se definía como una cockney elegante. Tenía el pelo rubio enrulado y ojos muy expresivos.

Hacia las tres todos se bajaron de los taxis y formaron un corro en torno a un farol. Cantaron Knees up, Mother Brown y Auld Lang Syne. Se intercambiaron besos y treparon de nuevo a los taxis para que los llevaran a sus casas.

Paul le preguntó a Poppy dónde vivía.

– En la calle Chicksand -contestó Poppy con una risita. Cada tantas palabras intercalaba una risa-. No debes de haberla oído nombrar. Y apuesto a que el chofer del taxi tampoco. Si quieres saber dónde queda, está por el East End.

– Perfecto -exclamó Paul-. Creo que el Savoy está en el camino. Podemos dejarte primero, Barbara.

Barbara asintió, pero no le agradeció la sugerencia. No podía entender por qué no dejaban primero a Poppy y volvían juntos al Savoy. Se suponía que Poppy no era su pareja esa noche. Pero se tragó las objeciones. Mientras le sonreía a Poppy, deseó que Paul se aburriera a muerte con esa estúpida risita y el ridículo acento.

– ¿Y tú, Paul? -preguntó Poppy, inclinándose para arreglarle la corbata blanca-. ¿Cuál es tu hotel, cariño?

– Yo también estoy en el Savoy.

Otra risita.

– Diablos… no sabía que fuerais juntos en serio.

– Estamos en pisos diferentes -replicó Barbara secamente-. Es pura coincidencia.

Poppy se estremeció de risa.

– ¿De veras?

– Por supuesto -replicó Paul; parecía un poco irritado. Pidió al chofer que los llevara al Savoy y luego a la calle Chicksand. Se volvió hacia Barbara-, No tiene sentido llevarte tan lejos cuando ya es tan tarde. Mañana tenemos que despertarnos temprano.

– Por supuesto -asintió Barbara, tratando de ser magnánima mientras pensaba en los cinco días en el Mauretania.

Al llegar al Strand, Paul la besó suavemente en los labios y luego la tomó por la nuca y la besó con más fuerza.

– Parece que estuviera por acabársele el mundo, tesoros -exclamó Poppy.

El portero del Savoy abrió la puerta del taxi.

– Gracias Paul, Londres ha sido una locura y me ha encantado.

– Te veré en el barco -respondió Paul.

Mientras el taxi se alejaba, Barbara pudo ver la mano de Poppy despidiéndola desde la ventanilla trasera.

4

– Lydia, ya está aquí el taxi.

– ¿Ya? Tendrá que esperar.

– Son las ocho -avisó Walter.

– Se tarda menos de una hora hasta Waterloo. ¿Por qué lo has llamado tan temprano? El tren no sale hasta las nueve. ¿Estás tan ansioso por librarte de mí?

Pero hablaba sin demasiada malicia. Toda su furia se había descargado sobre él dos días atrás, cuando Walter le había anunciado con frialdad que no pensaba acompañarla a los Estados Unidos. Ella le había arrojado un plato de sopa de lentejas, y la mostaza y la salsa de arándanos. Lo había insultado ante Sylvia. Pero después de reflexionar un poco empezó a verlo bajo otro aspecto. Walter sería una carga en los Estados Unidos. Era demasiado insípido para Hollywood, y como su agente teatral hubiera resultado un fracaso. En lugar de él contrataría a algún emprendedor joven norteamericano.

Por supuesto que la perspectiva de viajar sola a Hollywood no era divertida, pero ya había sobrevivido a otros viajes aburridos y largos. Los actores se pasaban la vida haciendo maletas y tomando trenes hacia lugares lejanos. Era una frase que podía decirles a los periodistas cuando la entrevistaban.

Y en cuanto a Walter, ese maldito egoísta y desagradecido, muy pronto se daría cuanta de lo que era la vida sin el colchón de plumas de una mujer devota y generosa. El consultorio ya estaba vendido y tenía hasta el lunes para sacar sus cosas de la casa. Era un misterio lo que pensaba hacer para conseguir dinero y alojarse, a menos que esperara ser mantenido por su mujerzuela. ¡Qué iluso!

Walter estaba en la puerta del dormitorio, mirándola.

– ¿Puedo llevar algo abajo, querida? -inofensivo hasta el fin. La otra noche, con su mejor traje cubierto de sopa de lentejas y salsa había seguido disculpándose por haber cambiado de idea respecto al viaje.

– Puedes tomar mi maleta, si insistes -los baúles con el grueso de la ropa ya habían sido despachados el martes y para ese entonces debían de estar en el barco-. Dile al chófer que no tardaré mucho.

Lydia miró a su alrededor y sintió una súbita oleada de alegría. Se estaba yendo para siempre. ¡Qué alivio era escapar de la endurecida Inglaterra, donde ya no se apreciaba el talento, hacia las oportunidades del nuevo mundo!

Cuando bajó, Walter la estaba esperando al pie de la escalera.

– ¿Estás segura de que tienes el pasaje y el pasaporte?

– Por supuesto.

– ¿Y el dinero?

– No soy una criatura, Walter. Cuando tengas una dirección permanente no dejes de enviármela al Banco de California. Pero no te equivoques escribiéndome para pedir dinero. Has elegido ser independiente y, en lo que a mí se refiere, éste es el final. Eso no quiere decir que te dé el divorcio, ya sabes que no soy chapada a la antigua, pero no tengo intenciones de pasar por todo eso nada más que para que puedas legitimizar tus tristes andanzas con la persona que me telefoneó.

– No he hecho nada indecoroso, Lydia, te lo aseguro -parecía muy molesto por la sugerencia.

– Adiós, Walter.

– Adiós.

– ¿Ni siquiera me vas a desear bon voyage?

– No se me ocurrió, lo siento.

Caminó hasta el taxi. Así era como recordaría a Walter, siempre disculpándose. El apuesto dentista de moda, idolatrado por sus pacientes, seguro y tranquilizador, era un calzonazos. Hasta el final Lydia había esperado, casi deseado, que reaccionara ante sus agresiones, mostrándole los dientes y mordiéndola, pero ya era demasiado tarde.

5

A Livy Cordell le gustó el puerto de Southampton. Le gustó cuando el tren entró resoplando en el hangar junto al barco y un tipo tiró la correa de cuero para bajar la ventanilla permitiéndole recibir la primera bocanada de aire marino mezclada con el polvo de carbón del ferrocarril. Le hacía recordar los viejos tiempos, cuando se abría camino en el mundo y había cruzado esa laguna de arenques más de una docena de veces, primero en cuarta clase y después en segunda cuando ya ganaba más. Esta vez lo haría en primera clase. El y sus mujeres habían tomado el desayuno en el tren, que había saludo a las nueve, más de una hora y media después que el tren de tercera clase. Y nadie hablaba de cuarta.

Un mozo los ayudó a bajar y colocó el equipaje en un carrito. Ya habían controlado sus pasajes y el pasaporte en el tren. Por todos lados se oían voces con acento norteamericano. Para muchos era el fin de sus vacaciones en Europa. La orquesta del Mauretania estaba en la plataforma haciendo lo que podía para levantarles el ánimo con marchas militares.

Livy miró las tarjetas de embarque. Más adelante alcanzó a ver una cara familiar.

– ¿No es ése el joven Westerfield?

– ¿Paul? -preguntó Barbara sin disimular su excitación-. ¿Dónde?

– Un poco más adelante. Lleva una gorra.

– No lo veo.

– ¡Ahí va! -exclamó Marjorie-, Ya no está en la fila y viene para aquí.

– Qué bien -sonrió Livy-, ¿Creéis que nos habrá visto?

De pronto la voz de Marjorie cambió.

– No creo, querido.

Barbara se puso roja.

Paul Westerfield estaba con una chica extremadamente hermosa con un vestido de crêpe-de-chine dorado que hacía juego con sus rulos rubios y el sombrero blanco, pero que parecía un poco fuera de lugar en un barco y a media mañana. A ella no parecía importarle eso. Tenía la mano enguantada de blanco en torno al brazo de Paul y caminaba con el rostro vuelto hacia él, ajena a todo. Pero la expresión de Paul demostró que había visto a los Cordell. Hubo un breve momento de indecisión y luego se dirigió hacia ellos. Le susurró algo a Poppy, que se dio la vuelta y miró a Barbara. La mirada que al principio era algo vidriosa luego se convirtió en una radiante sonrisa.

– ¡Qué sorpresa! Hola, Barbara, ¿cómo está tu cabeza esta mañana?

– ¿Cómo estáis vosotros? -preguntó Barbara-. Mamá, Livy, os presento a Poppy. Nos conocimos anoche. Ya conocéis a Paul.

– Sí -asintió Livy-, Encantado de conocerte, Poppy -se dieron la mano. Marjorie se limitó a inclinar la cabeza y sonreír de manera equívoca.

– Poppy ha venido para despedirme -carraspeó Paul tratando de parecer indiferente-. Acabamos de enterarnos que los visitantes tienen que usar una pasarela distinta.

– Allí atrás -confirmó Livy-. Vi el cartel.

– Gracias. Bueno… -Paul se alejó un paso-. Supongo que los veré más tarde.

– Ciao! -se despidió Poppy.

Cuando se alejaron la mano de Poppy volvió a enroscarse en el brazo de Paul.

Livy se volvió hacia Barbara.

– Mira, por ese hueco entre la gente puedes ver el casco del barco. Cuando subas por la pasarela no dejes de echarle una buena mirada al tamaño que tiene. Es una vista increíble, y no volverás a tener la oportunidad hasta que lleguemos a Nueva York -sabía que era una vana tentativa para distraerla, pero alguien tenía que reanudar la conversación, por el bien de Barbara. El también se sentía desconcertado.

– Lo único que deseo es subir a bordo y tomarme una ginebra doble. ¿Y tú, Barbara?

Más adelante en la fila, Lydia Baranov cruzó la pasarela y subió a bordo del Mauretania. Un mozo llevaba su maleta. En el escritorio del comisario de a bordo controlaron su tarjeta de embarque con la lista de pasajeros.

– ¿Viaja sola, señora Baranov?

– Sí, mi marido tuvo que cancelar su pasaje.

– Qué mala suerte, señora, pero espero que de todas maneras disfrute del crucero -el comisario de a bordo se volvió hacia la fila de botones vestidos de azul que esperaban a los pasajeros-. Camarote 89 para la señora Baranov.

El primer chico de la fila se adelantó y tomó la llave.

– Por aquí, por favor, señora.

Con aire de viejo marinero, el chico atravesó el atestado hall con Lydia y el mozo detrás. Un toque aquí y una palabra allí y la gente se hizo a un lado. Mientras sorteaba obstáculos tales como palos de golf y perros atados a correas, el muchacho señalaba los inconvenientes sin darse vuelta. La llevó hasta un corredor tapizado en madera de cerezo. Por todos lados había grupos de pasajeros y visitantes charlando, llorando, abrazándose, agitados y exuberantes, mientras los mozos, los camareros, los mensajeros y los vendedores de flores se las arreglaban para pasar entre ellos. Lydia se detuvo a comprar el Daily Mail y estuvo a punto de perder al botones.

El camarote número 89 estaba al final de una de las escaleras en otro corredor. El botones abrió la puerta y Lydia sacó unas monedas de su cartera para darle la propina al mozo. El botones corrió las cortinas.

– Así que tengo dos ojos de buey -exclamó Lydia-. ¡Qué agradable! ¿De qué lado estamos?

– Del lado del puerto, señora. Esta es la cubierta D, o cubierta superior. El comedor de primera clase está por esa puerta, al final del pasillo. ¿Abro uno de los ojos de buey?

– Gracias. ¿Qué hora es?

– Más o menos las once y media, señora. El almuerzo se sirve a la una.

– No pienso almorzar. Voy a arreglar mis cosas y a leer el diario con tranquilidad. Por favor, ocúpese de que no me molesten -encontró un chelín y se lo dio al muchacho.

Una vez sola, se acercó al ojo de buey que había abierto el botones y miró hacia afuera, pero todo lo que pudo ver fue la punta de una grúa en el muelle. Ese camarote estaba altísimo. No estaba preparada para el tamaño del Mauretania. Se alejó del ojo de buey y vio que habían dejado su baúl al lado de la cómoda. Un problema menos.

Después de todo no era un mal lugar para pasar cinco días. Inspeccionó el baño, que era pequeño pero muy bien decorado en mármol blanco. En el camarote tenía una cómoda, un sillón, un tocador, un lavabo, un escritorio y una mesa redonda con un florero con rosas. La cama parecía confortable y el lado más alejado de la pared tenía un borde de madera para que el ocupante no se cayera cuando el barco se movía.

Todavía faltaba media hora para zarpar.

Estaba decidida a no sentirse sola. Era el comienzo de una gran aventura y era ridículo ponerse trágica. Abrió el baúl y empezó a sacar la ropa que había comprado para el viaje.

6

– ¿Sabes que esto no está permitido en Nueva York? -le dijo Paul a Poppy mientras tomaban el jerez en el salón de fumar.

– ¿Las damas en el salón de fumar? -preguntó Poppy-. Demonios, y yo que pensaba que nosotros éramos anticuados.

– No. Esto -levantó el jerez-. Prohibición. En el viaje de ida no nos dejaron tocar ni una gota hasta que pasamos el límite de las doce millas. Tendrías que haber visto la estampida hacia el bar que se produjo en ese momento.

Poppy rió.

– Siempre creía que los yanquis viajabais en barcos ingleses porque la comida era mejor.

– Ahora sabes la verdad. Imagínate pasar cinco días en el mar en un barco en que rigiera la ley seca como en el Leviathan -de pronto la atención de Paul se desvió hacia alguien que estaba en otra mesa-. ¿Qué te parece? Allí está otra vez Barbara con sus padres.

No eran buenas noticias para Poppy. Tenía que cumplir con un trabajo antes de dejar el barco y necesitaba a Paul para ella sola.

– No les hagas caso. No nos han visto.

– Podría invitarlos a tomar una copa. Fue incómodo encontrarlos en el muelle. ¿Tú quieres otra, Poppy?

– Me duele la cabeza. Aquí hay demasiado humo. Subamos a cubierta.

– Como quieras. Voy a invitar a Barbara a que venga con nosotros. Pobre… ¿a quién le gusta estar clavada a sus padres?

Poppy maldijo mientras Paul se acercaba a los Cordell. Hasta ese momento el plan había andado tan bien… Lo único que necesitaba eran unos pocos minutos más con ese tonto. Y después de eso Barbara podría comérselo con el almuerzo.

Paul se detuvo a unos metros de su mesa. La madre de Barbara estaba hablando.

– Ve, querida. No creo que tengas ganas de estar con nosotros. Los jóvenes os entendéis mejor.

Barbara se puso de pie sin demasiado entusiasmo. Paul se situó entre las dos chicas.

– Subamos a ver el café Verandah -sugirió Poppy.

– Creí que no estabas muy bien.

– Ya se me pasará. Allí arriba se puede bailar.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Barbara.

Poppy estaba enterada porque Jack se lo había dicho durante la primera conversación en su hermosa casa de Hyde Park. Jack sabía todo lo que había que saber del Mauretania. Tenía un plano que mostraba cada camarote de cada cubierta. Y una lista de pasajeros en la que figuraba Paul Westerfield.

– Oí a alguien que lo contaba -contestó Poppy.

– El Verandah estaba copiado de la Orangerie de Hampton Court. Sus enormes ventanas y techo de vidrio lo convertían en el único salón del barco que no necesitaba luz artificial durante el día. Había macetas con palmeras y canastos colgante llenos de flores de colores brillantes, sillones de bambú delante de mesitas y una pista de baile en la que se deslizaban las parejas al son de la música.

– Vamos, Paul -exclamó Poppy-. ¿No vas a invitar a alguna de nosotras a bailar?

Paul pareció molesto.

– Bailad vosotros -musitó Barbara-. No queda mucho tiempo. Yo os veré desde aquí.

Aunque lo dijo de buena manera, todavía se veía que hubiera deseado que su madre no la empujara a aceptar. No podía ni irse, ni quedarse a mirar con algo de dignidad. Se sentó en una mesa vacía al borde de la pista y miró a Paul y a Poppy con cara inexpresiva.

Poppy dejó que Paul la guiara despacio por la pista. Al dar una vuelta alcanzó ver el pelo rubio y engominado. Jack estaba allí como habían acordado, listo para actuar. Poppy se sentía enferma de veras, porque a cada paso que daban era observado por Barbara. Sería una idiota de tratar de hacerlo en ese momento. Poppy conocía todas las posibilidades de un ratero y era siempre un riesgo trabajar con testigos. En esa pequeña pista de baile y con los ojos de Barbara puestos en ellos como si fueran taladros, era inútil intentarlo. Tendría que pensar en alguna cosa.

Sobre el sonido de la música se sintió uno más agudo.

– Qué lástima -exclamó Paul-. Creo que ése es el gong que avisa a los visitantes.

Poppy apretó sus caderas contra las de Paul y las meneó un poco. Paul le respondió.

– Podría esconderme.

– ¿En mi camarote? -Paul sonrió.

– ¿Por qué no? No ocupo mucho sitio.

– Siempre encuentran a los polizones. Te encontrarían en seguida, Poppy. Pelo rubio enrulado…

Poppy le dirigió una sonrisa astuta.

– No se verían tanto como los castaño rojizo. ¿Por qué tengo que entregarte a ella?

– Barbara no es más que una amiga del colegio.

– Ella no piensa lo mismo. Además, ¿qué me puede pasar si me encuentran? ¿Me harán fregar las cubiertas?

La música se detuvo. Ahora había un muchacho en el salón, golpeando el gong y gritando.

– ¡Visitantes a tierra!

Para Poppy todo se estaba convirtiendo en una pesadilla. Al darse la vuelta para volver a la mesa le echó una mirada a Jack. Su cara parecía una máscara. Frunció los labios para tratar de transmitirle un dilema, pero de parte de Jack no hubo el menor signo de comprensión. Fue peor que un ataque de furia.

Los músicos de la orquesta habían terminado y estaban saludando.

– Voy a despedirme aquí mismo -le dijo Barbara a Poppy-, Paul querrá acompañarte y yo quiero ir a mi camarote a arreglar las cosas antes del almuerzo. Fue divertido, de todos modos. Adiós, Poppy.

Poppy estaba tan agradecida que estuvo a punto de besarla. Siguió a Barbara con la vista hasta que desapareció.

– Querido, por lo menos nos quedan diez minutos. Despidámonos en privado.

Al pasar por la mesa de Jack, Poppy trató de evitar sus ojos. Pero le hizo saber que el trabajo seguía en marcha.

7

En el camarote 377 de segunda clase, Alma oyó el gong. Sintió un escalofrío y trató de disimular el movimiento cambiando de posición en la silla.

– No tienes por qué ponerte nerviosa -afirmó Walter, con el tono de voz que usaba con todos sus pacientes-. Te aseguro que va a resultar. Cuando mostré mi pasaporte en el tren, nadie puso en duda mi identidad. Soy Walter Dew. Y nadie pensará que eres otra que la señora Lydia Baranov. No tienen por qué dudarlo, querida.

– Por supuesto -le dirigió una sonrisa confiada-. Mi parte es fácil.

Él le brindó una sonrisa sincera.

– La mía no es difícil. No es la primera vez que le suministro cloroformo a alguien. El único peligro de la anestesia es el riesgo a dañar al paciente. Y en este caso no importa.

– No va a sufrir, ¿no?

– Para nada. Todo habrá acabado en seguida.

Desde la noche en Richmond Terrace, cuando habían decidido la manera de hacer desaparecer a Lydia sin dejar rastro, Alma había notado un cambio en Walter. Ya no era tan apocado. Se comportaba con mayor seguridad y decisión y sonreía más. La perspectiva de librarse de Lydia lo había convertido en otro hombre.

Alma tomó su bolso.

– Te he preparado unos bocadillos; como no vas a almorzar…

– Qué buena idea -tomó el paquete y lo desenvolvió-. Lechuga y tomate. No podrías haber elegido mejor.

Alma sacó otro paquete.

– También hay pastel de chocolate.

– Mi preferido. ¿Lo hiciste tú?

– Necesitaba ocupar mi mente en algo. Qué tontería. No sé por qué me pongo tan nerviosa cuando tú estás tan tranquilo.

– Es cuestión de entrenamiento. Sé exactamente lo que tengo que hacer. Estos bocadillos son excelentes. ¿Quieres uno?

Alma sacudió la cabeza.

– Ya me será bastante difícil lograr tener hambre a la hora del almuerzo.

Walter se encogió de hombros.

– Si no puedes comer mucho, pide algo ligero. No te dejes intimidar por los mozos. Recuerda que están aquí para servirte y no para espiarte. Pero será mejor que no pierdas peso porque, de lo contrario, la ropa nueva de Lydia no te va a quedar bien.

Alma logró sonreír con gratitud ante la tentativa de él de hacerla pensar en algo que no fueran los sucesos siguientes.

– Traje algunas de mis cosas en la maleta que cargaste por mí y tengo hilo y aguja por si hay que hacer arreglos, pero creo que tenemos el mismo talle.

– No creo que tengáis el mismo gusto. A Lydia siempre le gustaron las cosas llamativas. A propósito querida… el vestido que llevas puesto es ideal… estoy seguro de que llamará la atención.

Alma le dio las gracias. Había elegido el vestido más colorido que tenía, de mangas cortas y en georgette rojo y blanco. Usaba un sombrero blanco de paja con una cinta roja a juego.

– El collar fue el regalo de despedida de la señora Maxwell.

– Es muy atractivo. ¿Qué razón le diste para dejar el empleo?

– Le dije que me iba a París a estudiar pintura. Le pareció muy imprudente de mi parte. Lo mismo opinó la gente a la que le alquilé la casa. No van a sorprenderse mucho si no vuelvo. El gerente del Banco hasta me previno contra los traficantes de blancas.

– Debes de haberlos convencido, Alma -Walter sonrió.

Antes de que pudiera responder, el camarote vibró con un ruido ensordecedor que puso a prueba cada remache del barco.

– La sirena -exclamó Walter-. ¿No es un sonido maravilloso?

– ¿Ya nos vamos?

– Dentro de muy poco.

Alma se puso de pie y le tendió los brazos. Él la abrazó.

– No te vayas -murmuró Alma.

– Está bien. Todavía puedo esperar un rato. Tengo la intención de ir a su camarote cuando los demás estén almorzando. Tenía miedo de marearse, así que le aconsejé que no comiera nada.

8

Al segundo oficial le correspondía hacer sacar la última pasarela. Ya habían bajado los visitantes y cientos de ellos se alineaban en el muelle, esperando la partida. Gritaban y saludaban a los pasajeros que se apretujaban contra las barandas de cada cubierta. El último personal de tierra había abandonado el barco, el clarín sonó y los oficiales se dirigieron a sus puestos. El comandante apareció en el puerto.

El capitán Arthur H. Rostron era un hombre delgado, de pelo blanco. Hubiera pasado por un comerciante a no ser porque los años pasados en el mar habían endurecido su piel y dado a sus ojos esa mirada penetrante, obtenida seguramente tras muchos años de otear el horizonte en cualquier tiempo que los elementos dispusieran. En 1915 se había hecho cargo del Mauretania, y para ese entonces su nombre ya era una leyenda en la línea Cunard. En una noche helada de 1912, cuando comandaba el Carpathia, había recibido un mensaje de un barco en peligro. Otros barcos estaban más cerca, pero Arthur Rostron cambió el curso y corrió con el Carpathia hasta la escena del desastre. Logró velocidades que nadie creía posibles en esas aguas peligrosas, llenas de icebergs. Rescató a setecientos supervivientes del Titanic.

El capitán miró hacia donde el segundo oficial esperaba la señal del puente para levantar la pasarela. Levantó la mano ceremoniosamente. Era exactamente mediodía. La última pasarela bajó y los cabos se recogieron. Los remolcadores tensaron sus cables al límite y empezaron a alejar al Mauretania del muelle. El encargado del puerto, con sombrero hongo, supervisaba el equipo de tierra, que siguió al barco a lo largo del muelle hasta que se soltó el último cabo.

Los remolcadores arrastraron el barco fuera del puerto hasta donde podía girar por sí solo. El piloto manejaba la rueda del timón. En menos de cinco minutos estaban apuntando hacia el mar. Los remolcadores se soltaron.

– Haga sonar el clarín -ordenó el capitán Rostron.

El Mauretania estaba en camino, primero a Cherburgo para recoger más pasajeros y de allí a Nueva York.

En seguida se inició la búsqueda de los polizones. Buscaron en todos los sitios tradicionales, los botes salvavidas, los depósitos, las salas de máquinas, la lavandería y la cocina. Era más que nada una búsqueda para satisfacer los reglamentos de la compañía. Todo el mundo sabía que un polizón con algo de sentido común a esta altura debía de estar mezclado con los pasajeros. Así que Alma, tratando de mantener la calma en el camarote de Walter, y Poppy en los brazos de Paul, pasaron inadvertidas.

9

Lydia todavía estaba arreglando sus cosas cuando sintió que el barco se movía. Se acercó al ojo de buey. Ya no se veía la grúa, sino gaviotas bancas contra el cielo azul. Agitaban las alas, pero no parecían avanzar hasta que una voló hacia arriba como si hubiera roto un hilo invisible que la sujetara. Al hacerlo chilló triunfante y Lydia sintió un escalofrío de excitación.

Volvió a dedicarse a vaciar el baúl. Algunos de los vestidos necesitaban plancha, así que más tarde tendría que llamar a la camarera. En ese momento se contentaba con pasar una o dos horas tranquila en su camarote; no sentía la menor necesidad de pararse en la cubierta a mirar cómo Inglaterra desaparecía de la vista. Inglaterra no la había apreciado, pero en cinco días esperaba estar delante de la baranda junto con los otros para echarle el primer vistazo a los Estados Unidos.

El barco pareció detenerse un instante. Podía oírse el estruendo de la sirena o como se llamara. Las máquinas volvieron a vibrar con fuerza. Lydia las sentía a través de la suela de sus zapatos. No le molestaban pero decidió sentarse en la cama hasta que su cuerpo se acostumbrara a la novedad. Tenía miedo de marearse. Walter había tenido razón; era una buena precaución quedarse sin almorzar. Pobre Walter, tan comprensivo, tan timorato. Tomó el diario intentando eliminar de su mente a su marido.

No tendría que haberse preocupado por la posibilidad de marearse. No estaba mareada. Debe transcurrir por lo menos una hora antes de que el vaivén del barco perturbe el equilibrio del oído interno hasta tal punto. Y a Lydia le quedaba menos tiempo.

10

El frío relato de los hechos puede haber sugerido que Poppy quería hacer pasar por tonto a Paul Westerfield, pero no era así. Tenía que cumplir con un trabajo y lo hacía de la mejor manera posible, pero no le habían pagado para otorgar favores sexuales. Estaba preparada para permitir la suficiente familiaridad como para allanar el camino, y eso era todo. Así que cuando Paul la llevara de vuelta a Chicksand la noche anterior, ella lo había invitado a una taza de té y un beso en el sofá de la sala. El resto de la noche lo había pasado arriba, con su hermana Rose. A las seis Rose había bajado como de costumbre para mirar a los lecheros que se salían con sus caballos y se encontró con un desconocido durmiendo en la sala. Se lo había comentado a Poppy, que le había contado que ese hombre era un millonario que dormía allí en lugar de hacerlo en el Savoy. Poppy había vuelto a dormirse. Un poco después de las siete se puso el vestido de crêpe-de-chine, se ató un delantal en torno a la cintura y cocinó salchichas y tocino para dos. A las ocho llegaron al Savoy a buscar las maletas de Paul y a las nueve estaban sentados en el tren.

Si Paul imaginaba que en su camarote sucederían otras cosas, no tuvo éxito. Poppy se proponía sacarle una sola cosa: la billetera del bolsillo del traje. Tenía instrucciones de sacársela y pasársela a Jack. Ya había perdido una oportunidad y no podía pasar otra.

Permitió los suficientes abrazos y besos como para alejar las sospechas. Paul no era un Casanova, pero el asunto no era desagradable. Habían pasado más de veinte minutos cuando la mano de Paul desprendió el primer broche del vestido de Poppy.

– ¡Dios mío, creo que se está moviendo! -exclamó Poppy con voz torturada.

– ¿Qué? -la mano de Paul soltó el broche.

– El maldito barco… lo siento. Oh, no, estoy atrapada. Nunca pensé en ir de polizón.

– No te preocupes.

Poppy se sentó en la cama.

– ¡Que no me preocupe, dices!

– Me refiero a que puedo pagar.

– ¿Pagar qué? -preguntó Poppy-. No quiero ir a los Estados Unidos. Tú vives allí, yo no.

– Puedes bajar en Cherburgo. Nos detendremos allí para recoger más pasajeros.

– ¿Cherburgo? ¿Y dónde queda eso, por Dios? -por supuesto que Jack le había dicho que en caso de emergencia podía bajar allí, pero estaba divirtiéndose.

– En Francia. Puedes quedarte a dormir allí y estar al día siguiente en tu casa. Te daré doscientos dólares.

– Voy a necesitar dinero francés.

– Vas a una casa de cambio.

– ¿Qué es eso? No sé hablar francés.

– Entonces, será mejor que hable con el comisario de a bordo y consiga unos francos.

– Paul, tengo miedo.

– No tienes por qué asustarte. Yo lo arreglaré todo.

– ¿Puedo ir al baño?

– Por supuesto.

Ese baño era un sueño, todo blanco inmaculado y acero brillante. Mucho mejor que la tina en la sala. Poppy cerró la puerta y abrió los grifos de la bañera. Se quitó la ropa y se probó la bata que colgaba de la puerta. Hizo muecas frente al espejo, probó el agua con los dedos de los pies. Dejó caer la bata y se metió en la bañera. Descubrió que el agua le llegaba a la barbilla y que podía estirar las piernas como en una cama.

Después de un rato se escuchó la voz interrogativa de Paul:

– ¿Estás bien, Poppy?

– Estoy bien, querido, ¿y tú?

– Me preocupé porque tardabas tanto. No me imaginé que pensabas darte un baño.

– Te lo pregunté, ¿no? Me baño cada vez que consigo una bañera.

Lo disfrutó unos minutos más.

Cuando abrió la puerta del baño estaba otra vez vestida.

– Te dejé el agua, querido. Todavía está caliente.

– ¿Para mí?

– Querrás dejar de oler a tren, ¿no? Esos vagones serán confortables, pero siempre dejan olor. No te ofendas, tesoro.

– No lo sabía.

Estaba confundido. Y ése era el momento para ponerse a trabajar. Se paró delante de él y le pasó la mano derecha por la cintura, por debajo del blazer. Le rascó la espalda con la punta de la uña.

– Te sorprendería saber lo que puedes pescar en uno de esos vagones de primera -al mismo tiempo dejó que su mano izquierda sacara con suavidad la billetera del bolsillo, dejándola caer en la cama. Lo empujó hacia el baño. Él no se había dado cuenta de nada-. No tardes -se hizo a un lado y cerró la puerta.

Puso la billetera fuera de la vista, bajo la colcha, y esperó. Lo oyó vaciar la bañera, volverla a llenar y luego meterse dentro. Entonces tomó la billetera, fue hasta la puerta del camarote y miró hacia afuera. Jack estaba al fondo del corredor fumando un cigarrillo. Esperó a que pasara un camarero, se acercó con aire distraído y tomó la billetera al pasar. No dijo ni una palabra. Poppy cerró la puerta despacio, pero un momento más tarde saltó como un gato escaldado al escuchar el sonido del clarín que anunciaba el almuerzo.

– Sí, señora. ¿A nombre de quién? -preguntó el jefe de camareros.

– Baranov. Señora Lydia Baranov.

El hombre dejó correr su dedo por la lista de pasajeros de primera clase.

– Ah, sí. ¿Mesa para uno, señora Baranov?

– Por favor -contestó Alma.

El jefe de camareros chasqueó los dedos y uno de su equipo se adelantó.

– La cuarenta y uno para la señora Baranov. Que disfrute de su almuerzo, madame.

Alma inclinó la cabeza con aire modesto y siguió al hombre por los escalones y a lo largo de la ancha alfombra hacia el extremo lejano del enorme salón comedor, del que se decía que era uno de los más asombrosos y resplandecientes restaurantes, tanto flotante como en tierra. Estaba cubierto de paneles de rica madera con tallas exquisitas estilo Francisco I. El techo decorado era de una altura inimaginable.

Alma conservaba el consejo de Walter en su mente: «No te dejes intimidar. Lydia no lo haría. No importa los errores que puedas cometer siempre y cuando entres con la cabeza alta y te hagas tratar como una dama». Walter era un pilar de fortaleza. No había demostrado nerviosismo y esperaba que a ella le fuera bien. No podía fallarle.

Un mozo le alcanzó el menú. Estaba escrito en varios idiomas y cada plato era más de lo que Alma podía pedir. Mantuvo la calma.

– Todo lo que deseo es una simple ensalada, sin carne. ¿Puede conseguírmela?

– Por supuesto, señora.

En seguida se le acercó el sommelier pero ella le hizo señas de retirarse. Esa tarde necesitaba tener la cabeza clara.

Pusieron la ensalada delante de ella y comenzó a comer. Se sirvió agua. Le temblaba la mano y derramó un poco. Miró cómo el mantel blanco se oscurecía con el líquido. Tuvo una vivida imagen de un trapo de cloroformo. «Por favor, Dios mío, que termine rápido», pensó. Cubrió la mancha oscura con la jarra de agua y se esforzó por comer algo de lechuga. Trató de imaginar Nueva York.

De pronto la invadió una inmensa sensación de alivio y la espantosa tensión se levantó como una cortina. Miró el reloj que estaba arriba de la mesa de camareros. La una y cuarto. Estaba segura de que Lydia ya habría muerto.

11

Inglaterra se reducía a una mancha grisácea entre mar y cielo al este del Mauretania. Sólo un débil trazo de vapor marcaba la estela hacia tierra de la lancha del práctico. En la cabina de mando, el capitán Rostron tenía los prismáticos apuntando hacia adelante listos para captar la primera imagen de Francia. La visibilidad era buena y el Canal estaba en calma para ser fines de verano. El oficial principal y los dos oficiales de guardia estaban junto al capitán. En realidad no había nada que lo retuviera en el puente. Podía bajar con toda libertad a almorzar con los pasajeros de primera clase; pero no lo haría.

– ¿Sabían que los barcos de pasajeros tienen tres costados? -no se dirigió a nadie en particular.

Nadie contestó.

– ¿Alguien puede nombrarlos? ¿A ver usted, oficial?

– No, señor, no tengo ni idea.

– ¿De veras? Me pareció habérselo dicho la última vez que hicimos la travesía. Los tres costados de un barco de pasajeros, señores, son babor, estribor y social. En este barco asumo la responsabilidad total de los dos primeros y espero que ustedes y los otros oficiales me alivien el tercero.

– Sí, señor. -Ambos rieron.

– Si podemos confiar en la lista de pasajeros, nos espera un viaje tranquilo. No tenemos prime donne, ni boxeadores, ni políticos. Nada más que el habitual surtido de millonarios. Tengan paciencia con sus preguntas, caballeros. Si les preguntan -porque lo harán- por serpientes marinas, sirenas y el Mary Celeste, den respuestas cortas, amables y verosímiles. Cuando saquen a relucir el tema de los icebergs, no les cuenten sus aventuras, denles seguridad. Díganles que el peor riesgo que pueden correr en el Mauretania es el de caer en manos de los tahúres. Que no saben cómo se puede entrar de contrabando el licor comprado en Inglaterra. Y díganles lo que quieran de mí, salvo que contesto preguntas -hizo una pausa-. ¿Alguna pregunta?

El único sonido fue el de las turbinas.

12

En las horas que siguieron al almuerzo. Alma se atuvo estrictamente al plan. Tomó café en el salón principal bajo la enorme cúpula de vidrio y conversó con una pareja de Boston que había ido a Europa a comprar muebles antiguos. Habían atosigado las bodegas del barco con treinta cajas llenas. Ella se anunció como Lydia Baranov con sumo cuidado de articular las palabras con claridad. Comentó que era actriz, a lo que la mujer replicó que no habían tenido mucho tiempo para ver teatro, pero que le parecería maravilloso tener una actriz para mejorar los espectáculos del barco. Alma le contestó que su contrato le impedía participar en ese tipo de cosas.

Luego fue a cubierta y se paseó con una mujer cuyo marido estaba en el salón de fumar. Participó en el ejercicio de salvamento a las tres. Buscó al encargado de cubierta y reservó una hamaca a babor. Para las tres y media calculó que había hablado a unas ocho personas y dado su nuevo nombre a otras cinco y por lo menos diez personas más tenían que haberlo escuchado.

Ahora tenía que enfrentar la siguiente etapa del plan. Durante el almuerzo había debido contenerse para no precipitarse del restaurante al camarote de Lydia en busca de la sensatez de Walter, sin importarle lo que estuviera pasando allí. Pensó que aquella tarde tan lejana ya había cambiado las cosas. Le había costado un gran esfuerzo lograr la concentración necesaria para seguir las sugerencias de Walter y establecer su personalidad como Lydia. Aunque sus pensamientos volvían sobre Walter y el camarote después de cada encuentro con un camarero o pasajero, cada vez eran menos angustiantes. El esfuerzo de estar con otra gente desconocida y ajena a lo que estaba pasando, la aislaba de Walter. Pero una especie de ansiedad había reptado entre ellos; la horrorizaba llamar a esa puerta.

Camarote 89 en la cubierta D.

Walter se lo había dicho varias veces y sabía muy bien cómo encontrarlo. Pero sus nervios estaban todavía tan acelerados que tuvo que consultar la lista de pasajeros que estaba afuera de la oficina del comisario de a bordo. Señora Lydia Baranov… 89.

Encontró la escalera y el cartelito con Camarotes del 70 al 90. Le latían las sienes y tenía las manos heladas. Se movió despacio por el corredor, contando las puertas. 89. «No molestar.»

Se detuvo y miró hacia atrás. Estaba sola. Tenía la boca seca y el pulso le latía más fuerte que las máquinas del barco.

Cerró los ojos y golpeó con los nudillos. Demasiado suave. Volvió a probar y sintió que alguien se movía adentro.

La puerta se abrió y Walter miró hacia afuera. Era otro hombre. Ya no tenía color en la cara y hondas líneas de tensión cruzaban su frente. Los ojos parecían hundidos en sus cuencas.

Sin pronunciar palabras, abrió la puerta un poco más e hizo entrar a Alma.

Los ojos de ella recorrieron velozmente la habitación. No se veía nada espantoso ni en desorden. Algunas cosas de Lydia, un peine y un cepillo, botellas de perfume y una bolsita de maquillaje en el tocador. Chinelas rosa al lado de la cama, un diario en el suelo. El papel de seda en que había venido envuelta su ropa nueva, doblado con cuidado en el escritorio. Y el baúl contra la pared, al lado de la cómoda. Estaba cerrado.

El clic de la puerta se oyó claramente cuando Walter la cerró.

Alma se volvió hacia él.

– ¿Ya está hecho? ¿Ya…?

Walter apenas inclinó la cabeza.

Al imaginarse la escena, había planeado llegar a ese punto, echar sus brazos en torno al cuello de Walter y apretar su cara contra la de él. Sería el momento clave de su romance, el estallido de la liberación. A partir de allí Walter sería libre. Era como el capítulo final de todas las novelas que tanto la habían conmovido.

Pero algo en ella o en Walter la contuvo. No podía tocarlo. Se repitió mentalmente que todo lo que él había hecho era por ella, valiente, tranquilo y resuelto, confirmando así su amor a través de las pruebas que siempre debe afrontar el hombre en su conquista de la mujer. Pero eso lo había marcado. Era un asesino. Esas manos habían estado en contacto con la muerte. ¿Era posible amar a un hombre y al mismo tiempo sentir repulsión hacia él?

Él pareció percibir sus sentimientos. No se acercó a ella.

– ¿Qué hiciste? -preguntó-. ¿Almorzaste? ¿Te presentaste a la gente como Lydia?

– ¡Por supuesto! -ella se embarcó en un copioso relato de su tarde. Hablar la aliviaba. Se descubrió impartiéndole confianza al comentar sus ataques de nervios. Se sentía obligado a devolverle a aquel hombre deshecho algo de su antigua personalidad. Cualquier cosa con tal de suprimir el shock que la había alejado de él.

Walter parecía escuchar con avidez.

– Te lo agradezco, querida. Has hecho maravillas. ¿Qué hora es?

– Casi las cuatro. Dentro de una hora estaremos en Cherburgo. ¡Y luego a través del Atlántico hacia Estados Unidos!

– No creo que debamos quedarnos aquí juntos.

El pánico volvió a apoderarse de Alma.

– Me parece que no podré quedarme aquí sola, Walter, no soy tan valiente como tú -miró el baúl-, ¡Es imposible!

– No será necesario. Me quedaré yo. Hay bastantes cosas que hacer. Quiero encontrar papeles personales.

– Supongo que uno de los dos tiene que quedarse.

– No podemos correr riesgos.

– Cuando entré estabas muy mal. ¿Fue peor de lo que pensabas?

Walter sacudió la cabeza.

– No en el sentido que lo dices. No fue la parte física. Puedes hacerlo una docena de veces en la imaginación, puedes planearlo hasta el último detalle, pero la realidad es diferente. Dame tiempo y se me pasará -extendió la mano hacia Alma.

¡Si hubiera podido tomarla! Se llevó la mano al cuello y jugó con el collar.

– Sí -asintió en voz baja -tenemos que aceptar lo que hemos hecho. Creo que yo también necesitaré tiempo.

– Tiempo es lo que nos sobra, querida. ¿Por qué no subes a cubierta y contemplas con calma nuestra llegada a Cherburgo? Cuanto más te vean, mejor será. A las seis estaremos de nuevo en marcha y querrás vestirte para la cena. Lydia compró unos vestidos preciosos. Tendrás que probártelos a ver si te quedan bien.

Los ojos de Alma se posaron en el baúl.

Walter sacudió lentamente la cabeza.

Lo sacó todo.

– Ah. ¿Estás seguro de que los vestidos son nuevos?

– No llegó a usarlos nunca.

13

Vista desde el mar, Normandía era una deslumbrante franja de verde con casitas blancas y grises sobre las playas de roca azul. Cherburgo era un puerto pesquero. No estaba construido para transatlánticos, así que anclaron dentro en la Grande Rade, un muelle externo. Dos lanchas llevaron a los pasajeros y el equipaje. El sol de la tarde brillaba en el agua y los recién llegados saludaron a los pasajeros ya establecidos.

Paul Westerfield encontró a los Cordell en la cubierta de los botes contemplando toda esa actividad. Barbara lo vio primero.

– ¡Paul! Me alegro de volver a verte. ¿No quieres venir con nosotros?

Le sonrió con tanta candidez que Paul se sintió avergonzado.

– Me gustaría, pero tengo un problema.

– ¿De qué se trata?

Marjorie se inclinó hacia su hija.

– De quién se trata, es la pregunta adecuada, querida.

Barbara siguió la mirada de su madre hasta donde se encontraba Poppy.

– ¡Pensé que Poppy se había bajado del barco en Southampton!

Paul trató de ocultar su incomodidad.

– Así debía ser, pero se nos pasó la hora. Va a bajar aquí, pero tengo ese problema que te mencioné. Me ha desaparecido la billetera.

– ¿Qué quieres decir con «desaparecida»? -preguntó Marjorie-. ¿Te la han robado?

– No, no puedo decir eso. La perdí en alguna parte. La he buscado por todos los lados; Barbara, tú estuviste con nosotros en el café Verandah. Yo creo que no me saqué la chaqueta, pero Poppy piensa que pude habérmela quitado después de bailar. La billetera habrá caído en ese momento.

Barbara negó con la cabeza.

– No recuerdo que te la hayas sacado, pero yo me fui antes que vosotros. ¿Ya has preguntado a los camareros del café?

– Sí, al camarero de la cabina y al encargado de cubierta. Sin resultado.

– ¡Qué barbaridad! -exclamó Marjorie con aire compasivo-. Supongo que tendrías un montón de dinero.

– Eso no me importa, pero Poppy tiene que regresar a Inglaterra. Se quedó a bordo por culpa mía.

– ¿Necesitas dinero? -preguntó Marjorie-, Livy, dale al señor Westerfield lo que necesite.

Livy no pensaba discutir con su mujer. Dijo: «Por supuesto», y empezó a sacar billetes de diez dólares.

– Dale diez billetes de diez y doscientos más -ordenó Marjorie-. Eso debería bastar.

– Se lo agradezco mucho -musitó Paul-. De no haber sido por ustedes no sé a quién hubiera recurrido.

– Al comisario de a bordo, hijo -replicó Livy-. Es el tipo al que hay que ver cuando se necesita dinero.

Marjorie le lanzó a Livy una mirada furiosa.

– Pero es mucho más agradable recurrir a los amigos cuando uno tiene un problema, ¿no es así, Paul?

– Sin duda. Gracias, señor Cordell. Le aseguro que se los devolveré en cuanto pueda.

– Olvídalo -sonrió Marjorie-. Ahora es mejor que vayas a asegurarte de que esa dulce chiquita inglesa sepa cómo volver a casa. -Cuando Paul se alejó, se dirigió a Barbara-: Porque no queremos volver a verla.

Livy todavía tenía la billetera abierta en la mano.

– Marje, ¿vas a decirme de qué se trata?

– ¡Por Dios, Livy! Ese muchacho es la mejor oportunidad de Barbara en el barco.

– ¡Mamá! -exclamó Barbara.

– Me refiero a que es un muchacho encantador, querida. Lo sé. Está bien, tenemos que admitir que Poppy trató de pescarlo. Tiene un atractivo superficial y es coqueta y te puedo decir por experiencia propia, Barbara que ningún hombre puede resistirse a una proposición de una chica como ésa. Pero en seguida se dan cuenta de que han hecho el papel de idiotas, ¿no es así, Livy? No tienen nada. No es más que una basura que se tira por la borda. Olvídala. Paul la olvidará, te lo prometo.

– Mientras no se olvide de mis trescientos dólares… -dijo Livy.

– No pienso perseguirlo -se negó Barbara.

– Por supuesto que no -asintió Marjorie-. Volverá. Especialmente ahora que nos debe un favor.

– Ahora entiendo -musitó Livy.

– Magnífico. Qué ágil es tu cerebro, querido.

Por un rato la familia permaneció en silencio, mirando el embarque de los pasajeros. Más allá estaban subiendo los equipajes. En la cubierta ya hacía fresco y no había mucha gente mirando.

– Bueno, creo que todo terminó -reflexionó Livy.

– No nos moveremos de aquí hasta ver quién baja del barco -gruñó Marjorie-, Esa chica no nos va a hacer pasar por idiotas otra vez.

Livy se encogió de hombros y se dedicó a mirar las gaviotas.

Un momento más tarde cinco personas cruzaron la pasarela hasta el bote. Cuatro vestían el uniforme azul de la Cunard, y la quinta vestía una crêpe-de-chine dorado. Poppy se dio la vuelta y el Mauretania contestó con su sirena el agudo silbato del bote, que se alejó resoplando hacia el embarcadero. Poppy seguía saludando con energía.

– Me alegro de no estar en sus zapatos -dijo Barbara.

– No le tengas lástima -replicó Marjorie-, Es la única mujer en ese remolcador y me parece que viene muy bien. Y no me sorprendería que llevara encima la billetera de Paul.

14

Hacía una hora que el barco navegaba cuando Paul Westerfield pudo ver al comisario de a bordo, que ya había terminado con los pasajeros de Cherburgo. Estaban sacando la estera del salón de embarque, por lo que todavía no habían acomodado los bultos de equipaje recién llegados al barco. Paul se unió a la fila de pasajeros que esperaba para plantear sus problemas. Cuando le llegó el turno y comenzó a explicar el problema de su billetera, tuvo la sensación de que el comisario de a bordo lo reconocía.

– ¿Usted es el señor Westerfield, no es así?

– Sí, pero… ¿Cómo?

– Mi trabajo es conocer a los pasajeros, señor. Usted viaja con una señorita inglesa.

– No. Bajó el barco en Cherburgo. Me estaba despidiendo.

– Entiendo. Y ha perdido la billetera. ¿Puedo preguntarle cuánto dinero contenía?

– Un poco más de mil dólares y mi talonario de cheques. También algunas fotos, las credenciales de algunos clubes a los que pertenezco y mis tarjetas de visita. Es de cuero negro y en el frente tiene mis iniciales. P. W.

– ¿Puede esperar un momentito, señor? -el comisario tomó una llave de su bolsillo y se dirigió a una pequeña caja fuerte empotrada en la pared. No podía tener más de treinta y cinco años, pero ya dominaba la solemnidad característica de los viejos mayordomos ingleses, de usar una cantidad limitada de frases inocuas con una infinita variedad de significados. No había que apurar a esa gente. El oficial sacó la billetera de Paul de la caja fuerte-. Me la trajeron hace una hora, señor. Hice que uno de mis ayudantes la guardara, para más seguridad.

– Estoy profundamente agradecido.

– ¿Por qué no revisa su contenido, señor?

– Por supuesto -la abrió y contó el dinero-. ¿Qué le parece? Está todo. Hasta el último billete. Y también el talonario. ¿Quién se la entregó? Quisiera agradecérselo.

– Un tal señor Gordon. Un caballero inglés. Su camarote está en la cubierta A, encima de nosotros. Número 26.

– Iré enseguida. Me gustaría invitarlo a tomar una copa. Es agradable saber que todavía existe gente honesta.

– Sí, señor.

Paul volvió a abrir la billetera.

– Gracias, comisario.

– Gracias a usted, señor.

En el camarote 26, Jack Hamilton, alias Jack Gordon, jugaba con un mazo de cartas. Lo cortó en dos y después de poner las dos partes hacia abajo sobre la mesa, volvió a juntarlas, mezclándolas de la manera habitual. Los mantuvo formando un ligero ángulo y luego deslizó la izquierda en la derecha y completó el movimiento colocando la pila izquierda encima de la derecha. El orden de las cartas quedó intacto. Fue una jugada muy limpia.

Jack, que era el hombre que había reclutado a Poppy, era un «marinero». Se llamaba así a los jugadores profesionales que trabajaban en los transatlánticos. El cruce del Atlántico era ideal para una partida de cartas o, mejor aún, para varias. Una buena cantidad de «marineros» se ganaban la vida así. Jack había aprendido observándolos jugar en los barcos, antes de la guerra. Había visto cómo trabajaban los «marineros». En aquellos días se sentaban en el salón de fumar esperando que cayera algún inocente para desplumarlo.

Con el tiempo se habían vuelto más profesionales. No se dejaba nada librado al azar. Antes de embarcarse consultaban la lista de pasajeros y seleccionaban su presa. Controlaban el estado de sus finanzas y decidían cuánto podían apostarle. Usaban cómplices como Poppy de señuelo.

Y había más. Estudiaban la lista de los tripulantes, controlaban los nombres de los comisarios de a bordo y de los oficiales. Trabajaban en todas las líneas que cruzaban el Atlántico. White Star, Cunard, Hamburg-Amerika, North German Lloyd, Transar, Holland-America, Canadian Pacific y la media docena de líneas norteamericanas de Pierpont Morgan. Si volvían a usar el mismo barco, era siempre después de unos dieciocho meses o más. Aun así, trataban de no dar el golpe a bordo. Pasaban el viaje trabajando a la víctima y la limpiaban en Manhattan. En Inglaterra a veces jugaban la última partida en un compartimiento de tren.

Jack viajaba con poco equipaje. Necesitaba dos trajes de día, uno de noche, algunas corbatas y varias camisas y ropa interior. Llevaba cigarrillos, dinero en el bolsillo y el mazo de cartas, que usaba nada más que para practicar. Todas las partidas a bordo se jugaban con los mazos de cartas que traían los camareros del salón de fumar.

Oyó el golpe que esperaba. Guardó las cartas en un cajón y se dirigió a la puerta.

Era la presa.

– Señor Gordon, no nos conocemos, mi nombre es Westerfield, Paul Westerfield II. Le pido disculpas por molestarlo pero quería expresarle mi gratitud por haber entregado mi billetera.

– Ah, entonces era suya. Espero que no falte nada.

– Ni un centavo. Señor Gordon, ¿me dará la oportunidad de expresarle mi agradecimiento invitándolo a tomar un par de copas?

– Olvídelo, señor Westerfield. No es necesario, Aprecio su invitación, pero prefiero no aceptar.

– Por favor, insisto.

– No soy bebedor. Para serle franco los taburetes de los bares me provocan dolor de espalda.

– Entonces lo invito a tomar un café y una copa de coñac después de la cena. Lo podemos tomar en el salón de fumar.

– Me ha tentado.

– Perfecto. Lo espero. ¿Le dije que me llamo Paul?

– Yo soy Jack. Tendré mucho gusto en verlo más tarde, Paul.

Cuando cerró la puerta, Jack volvió a coger las cartas.

15

En el armario había siete vestidos de noche flamantes. Alma aceptó la palabra de Walter de que eran nuevos. Tenían el olor a fresco de las telas que no han sido usadas jamás. Eran de seda, satén y georgette y muy bien confeccionados. En una tienda se hubiera vuelto loca por ellos, pero en el camarote de Lydia tuvo que tomar fuerzas para animarse a tocarlos. Al final eligió uno de georgette negro con nenúfares bordados.

– Éste me parece ideal -se lo mostró a Walter- ¿puedo ir al baño a probármelo?

– Por supuesto, ahora éste es tu camarote.

– Sí -trató de parecer convencida, pero no lo estaba. Mientras el cuerpo de Lydia estuviera en el baúl, el camarote le parecería una tumba. Todo lo que hicieran allí la profanaría. Ni siquiera estaba segura de cómo se sentiría después de que Walter hubiera arrojado el cuerpo por el ojo de buey. Tenía que hacerlo después de que oscureciera. Y Alma tendría que dormir allí sola. En todos los planes había tratado de alejar eso de su mente.

Una vez dentro del baño corrió el cerrojo. Todavía se sentía tímida frente a Walter. No era muy racional. Iban a vivir como marido y mujer aunque no hubiera casamiento de por medio. Si su vida en común comenzaba en algún punto, ése había sido el momento en que Walter aplicara el cloroformo a Lydia. Pero Alma no podía aún cambiarse de ropa enfrente de él.

El vestido era suelto y le caía muy bien. No tenía mangas y era escotado atrás. Ella no hubiera elegido ese estilo, pero mirándose en el espejo no podía negar que tenía elegancia y un cierto atractivo. Su piel pálida resaltaba contra el georgette negro. Al descubrir en el baño la bolsita de maquillaje de Lydia se puso un poco de colorete y un perfume que olía a violetas. Se estaba sintiendo mejor. Decidió pasarse un poco de lápiz de labios.

– ¿Qué te parece?

Walter estaba sentado en un sillón leyendo el diario.

– ¿Por qué te has pintado los labios de ese color?

– Se supone que soy Lydia, una actriz -y añadió con un toque teatral- tesoro.

– Entiendo -parecía incapaz de sonreír.

– Me gustaría que pudieras cenar conmigo.

– Tengo algo que hacer.

– ¿Vas a necesitar ayuda? -preguntó Alma, temiendo que él contestara que sí.

– La única ayuda que puedes darme es mantenerte lo más alejada posible. Mira cómo bailan las parejas, visita la biblioteca y elige un libro, pide un café en el salón. No podré hacer lo que debo hasta que todo esté tranquilo.

– Esperaré hasta después de medianoche.

– Eso será suficiente. La primera noche la gente se acuesta temprano. Aquí tienes la llave. Cuando regreses, ya no estará aquí. Y por supuesto ella tampoco estará… -señaló en baúl con la mirada.

– Querido, ¿podrías hacer algo para tranquilizar mi mente? ¿Dejarás el baúl abierto para que sepa que está vacío?

– Te lo prometo.

– ¿Te veré mañana?

Walter sacudió la cabeza.

– Creo que será más seguro no vernos hasta que lleguemos a Nueva York. A los camareros no les gusta que los pasajeros de segunda se pasen de los límites. Se dan cuenta en seguida. Hoy has sido muy valiente, y lo peor ya ha pasado.

– Eso espero. Ahora siento mucha más simpatía por el doctor Crippen y Ethel Le Neve.

– Sí, de veras. Pero no hemos cometido sus errores. Creo que deberíamos olvidarnos de Crippen. Soy Walter Dew. Y me siento mucho más cómodo en sus zapatos.

En ese momento oyeron el aviso de la cena. Walter se puso de pie y sacó una estola negra de un cajón. La colocó con suavidad en torno a los hombros de Alma, sin tocar su piel. Parecía saber que ella todavía no podía soportar que la tocara.

Alma le dio las gracias.

– Estaré pensando en ti.

Mientras abría la puerta Walter susurró:

– Gracias.

Todavía estaba perturbado. Alma deseó haber tenido la presencia de ánimo suficiente como para besarlo.

Se unió al movimiento general de la gente hacia el salón comedor, donde pudo ver a los miembros de la orquesta tocando entre macetas con palmeras. Todos se habían cambiado para cenar; los hombres llevaban corbata blanca y cuello duro y las mujeres deslumbraban con sus trajes y sus joyas. Muchos se detenían delante de las mesas para saludar a amigos o compañeros de viajes anteriores.

– Disculpe.

Alma levantó la vista, esperando ver al camarero. Al lado de su mesa estaba un hombre que jamás había visto antes. Era alto y delgado, con una expresión tan marcada por los años o el whisky o algo así que lo hubiera recordado de inmediato de haberlo conocido. Los surcos y arrugas combinaban de tal manera que formaban una sonrisa maravillosa. Sus ojos también sonreían. Debía de tener menos de cincuenta años.

– ¿Usted es la actriz, Lydia Baranov?

Alma quedó helada. Miró el rostro amable, como un conejo sorprendido, incapaz de saltar, hipnotizado por su mirada.

– Lo siento -se excusó el hombre-. Debo de estar equivocado. Vi ese nombre en la lista de pasajeros y me pareció conocido. Recuerdo que había una actriz muy atractiva de ese nombre que solía actuar en obras de Pinero antes de la guerra. Le pido disculpas por mi equivocación.

– No lo haga -en un esfuerzo supremo logró articular y soltar su voz-. No está equivocado. Estaba pensado en otra cosa. Hoy en día no es común que me reconozcan.

– ¿De veras? -parecía sorprendido-; ¿No sigue actuando?

– No desde hace un tiempo, señor…

– Oh. Finch. John Finch. Soy un total desconocido, señorita Baranov. Sólo alguien a quien le gusta visitar los teatros. A decir verdad mis amigos me llaman Johnny, Johnny el loco de los artistas. Escuche, soy un viejo aburrido, pero odio ver a una dama sentada sola en un restaurante, sobre todo cuando sé que es una de las actrices más encantadoras que adornan la escena inglesa.

– Prefiero cenar sola. Estoy muy bien, gracias.

Sus arrugas formaron un cuadro de abyecta desolación.

– Dios mío, he dicho lo que no debía. Johnny, el loco de los artistas. Es nada más que un apodo que me pusieron mis amigos para tomarme el pelo. Y me quedó. La verdad es que no soy para nada ese tipo. En realidad soy bastante introvertido. No sabe lo que me costó vencer mi timidez para acercarme a usted. ¿No quiere venir a sentarse a mi mesa, sólo por esta vez? Creo que la comparto con unos norteamericanos. Estarán encantados de conocerla.

Alma tenía la neta impresión de que no podría deshacerse de John Finch. Dijera lo que dijera, él seguiría insistiendo. Después de la primera sorpresa, se estaba dando cuenta de que sabía muy poco de Lydia. Era como esos hombres de lengua de terciopelo que entran en la floristería y trataban de trabar relación a partir del broche que usaba o su manera de hablar. Pensó que podría manejarlo.

– Iré a su mesa con una condición, señor Finch… que no hablemos de teatro. Se trata de un capítulo cerrado de mi vida y es bastante doloroso.

Se le iluminó la cara.

– Señorita Baranov, será un privilegio cenar con usted aunque hablemos de otras cosas. Mi mesa es la que está contra la pared.

– Antes de que nos reunamos con los demás, debo decirle que Baranov es el apellido de mi marido y no el de mi padre -se levantó para seguirlo.

Vio cómo esa información penetraba en Johnny Finch. No era un tipo muy rápido.

– Entiendo -replicó él de una manera que demostraba que no era así.

Alma se sintió aliviada. En cierto sentido estaba contenta de dejar su mesa solitaria.

En el otro extremo del restaurante, Paul Westerfield le estaba contando a los Cordell que ya tenía su billetera.

– Sabía que iba a aparecer -exclamó Marjorie-, La gente que viajaba en primera clase es respetuosa de la propiedad ajena. Nunca hemos perdido nada en ninguno de nuestros viajes a Europa.

– Incluso conseguimos algunas cositas -acotó Livy con cara seria.

– Tienes que tener más cuidado con lo que dices -lo retó Marjorie-, La gente puede tomar tus bromas en serio -se volvió hacia Paul-. Ahora no hay motivo para que no disfrute del resto del viaje. ¿Se quedará para el baile? ¿Creo que la orquesta tiene muy buen ritmo… ¿No te parece, Barbara?

Barbara se encogió de hombros.

– Está bien.

– A decir verdad le prometí un par de copas al tipo que entregó mi billetera, así que debo ir al salón -se excusó Paul-. No me he olvidado de su dinero, señor Cordell.

– Yo tampoco, hijo -sonrió Livy.

– No creo que sea éste el lugar más apropiado para devolvérselo.

– No soy orgulloso.

Marjorie dejó escapar un suspiro de exasperación.

– Livy, éste es un lugar público. Déjalo para más tarde. ¿Y le han dado mesa, señor Westerfield? Nos encantaría que cenara con nosotros.

Paul explicó que tenía una mesa reservada con algunos amigos de su padre, y que ya era hora de que se reuniera con ellos. Les deseó buen apetito y se alejó con rapidez.

– ¡Eso es gratitud! -comentó Marjorie con amargura.

– Estás acorralando al chico -le objetó Livy-. Déjalo respirar. Ya volverá.

– Tiene razón, mamá -afirmó Barbara-. Livy Tiene razón. Me estoy cansando de que trates de forzar a Paul para que se interese en mí. ¿No nos puedes dejar en paz?

Marjorie apretó los dientes.

– Si eso es lo que quieres… Ya sabes que no lo hacía para divertirme.

Esa noche no hubo mucha conversación en la mesa.

Hacia el final de la comida uno de los oficiales del barco se levantó para anunciar que en la primera noche en el mar se acostumbraba a elegir tres personas que se harían cargo de las distintas actividades. Como casi todos los presentes ya habían cruzado en la otra dirección y algunos eran viajeros regulares, la elección fue rápida. El presidente del banco Chase Manhattan fue elegido para hacerse cargo de los juegos de azar; el ganador de Wimbledon, Bill Tilden, fue persuadido a presidir el comité de deportes y un tenor italiano en camino a una nueva temporada en el Metropolitan como encargado de los espectáculos.

– ¿Cómo va a encargarse de los espectáculos? -preguntó Johnny Finch-. No habla ni una palabra de inglés. Si tuviera la libertad de informar que usted…

– Pero no es así -interrumpió Alma enseguida-. Me dio su palabra.

A decir verdad, el locuaz Johnny se había comportado muy bien. Se ganaba la vida vendiendo automóviles y sabía un montón de historias fascinantes sobre sus clientes. En la bodega del Mauretania llevaba un Lanchester 40. Estaba muy orgulloso de él. Desde que estaba con la compañía, el Lanchester 40 se vendía más que el Rolls Royce Silver Ghost. En ese momento estaba tanteando el mercado norteamericano.

Alma no sabía nada de automóviles, pero se sentía muy contenta, de todos modos. Se rió con las historias de Johnny. Le permitían relajarse mientras él entretenía la mesa. Le gustaba la forma en que su cara surcada de arrugas exageraba las emociones. Le gustaba oírlo reír. Hubo momentos de la velada que olvidó el cadáver del camarote.

16

Paul pidió al camarero dos coñacs dobles.

– ¿Conoce el Mauretania? -le preguntó a Jack.

– No muy bien. En general viajo con la White Star. En el Majestic, contraído por los alemanes. Es muy sólido.

– Yo vine en el Berengaria, así que comprendo a lo que se refiere. ¿Viaja seguido, entonces?

– ¿Ha sonado así? No, sólo una vez al año. Tengo amigos en Nueva York, y me gusta verlos cada tanto. Y además disfruto mucho del viaje.

– ¿Los deportes?

Jack sonrió.

– No, no me gusta el tenis de mesa. A veces nado un poco. La piscina romana del Majestic bien vale un chapuzón. Si uno no tiene cuidado en un barco inglés, todo se convierte en deportes y juegos. No queda tiempo para uno mismo.

El camarero trajo dos coñacs y Jack le pidió cigarrillos. Levantó su copa.

– Por un tiempo tranquilo durante todo el viaje.

– Desde que subí a bordo he estado tan ocupado que no he tenido tiempo de pensar en lo que está haciendo el mar -sonrió Paul. Basándose en el principio de que una confidencia estimula el compañerismo, contó la historia de Poppy del principio al fin.

– Debe haber sido divertido conocerla -dijo Jack-. Uno de nuestros gorrioncitos cockney… alegre y adorable. Lástima que hayan tenido que separarse. Pero un muchacho como usted no va a pasar mucho tiempo sin compañía femenina. No hay nada mejor que un viaje cruzando el mar para vivir un breve romance.

Paul rió.

– ¿Y quién se le ocurre para mí?

– ¿Qué le parece esa joven tan atractiva con la que lo vi antes de la cena?

– ¿Antes de la cena?

– Si no me equivoco usted estaba conversando con los padres de ella en el comedor. No me va a decir que no notó la presencia de esa preciosa chica de pelo castaño muy corto que no le sacó de encima sus enormes ojos oscuros.

– Ah, ésa es Barbara, una chica muy simpática que conozco del colegio. A decir verdad, en Londres salimos juntos un par de veces. -Paul se interrumpió. Había notado por el movimiento de los ojos de Jack que alguien estaba detrás de él. Se volvió y sintió que una tela suave le rozaba la cara. La mujer tenía puesto un vestido azul con mangas transparentes que se ondulaban a cada movimiento de sus brazos. Su pelo era muy fino y negro y lo llevaba sujeto en un moño. Era unos diez años mayor que Paul y sus pómulos altos y sienes estrechas parecían preservar infinitamente su belleza.

Habló con un claro acento inglés.

– Espero que me disculpen por interrumpir su conversación, caballeros. Me llamo Katherine Masters y estoy tratando de hablar con todos los pasajeros sobre los espectáculos del barco. El señor Martinelli es la perfecta elección para ocuparse de eso, además de ser un hombre encantador y un brillante cantante, pero su inglés no está a la altura de la tarea que significa reclutar voluntarios para el martes por la noche. Estoy llevando a cabo una cruzada en nombre de él. Sé que siempre hay personas de talento en el viaje del Mauretania.

Jack ya sacudía la cabeza, sonriendo.

– Oh, se equivoca. No soy uno de ellos. Lo siento, pero creo que no puedo ayudarla, señorita Masters.

– Ni yo tampoco -acotó Paul-. Soy completamente negado para la música. No tengo oído.

No era tan fácil sacarse de encima a Katherine Masters.

– No, la música no es lo principal. Entre nosotros -se agachó para que no la escucharan los demás- tendremos más violinistas de los que necesitamos. Siempre andan con su música a cuestas -apoyó una mano en el hombro de Paul, que pudo sentir una vaharada de perfume caro-. En realidad estoy buscando algunos jóvenes a los que no les importe tomar parte en un sketch.

– Tampoco sirvo para eso -se negó Paul.

– En lo único que puedo tomar parte es en unas manos de whist -sugirió Jack- y ni siquiera soy muy bueno.

– ¿Whist? -exclamó Katherine Masters-, Adoro el whist. Les diré lo que pienso hacer; no diré ni una palabra más sobre el espectáculo si me incluyen en una partida de whist.

– ¿Esta noche? -Jack sonó genuinamente asombrado.

– ¿Por qué no? Ya casi he terminado mi ronda.

– Paul, ¿usted juega?

– Algunas veces, pero no soy un experto.

– Pongámoslo así: ¿si tuviera que elegir entre jugar unas manos de whist esta noche o actuar en el espectáculo del martes, qué elegiría?

Paul sonrió.

– Eso es chantaje.

– ¿Cerramos el trato entonces?

– Supongo que sí.

– ¡Fabuloso! -exclamó la señorita Masters-. Pero necesitaremos un cuarto jugador.

– No hay problema -comentó Jack-. Hace un rato Paul estuvo hablando con una antigua compañera de colegio. Creo que podemos persuadirla, ¿no?

– No estoy seguro -dudó Paul-. Se lo mencionaré.

– Perfecto. ¿Entonces dentro de media hora?

– Será mejor que nos reunamos en el salón de fumar -sugirió Jack-. Creo que allí guardan las cartas -cuando la señorita Masters se alejó, le dijo a Paul-. ¿Ya ve? No sé que pasa en los barcos, pero ningún hombre está seguro. Espero que no se sienta molesto.

– De ninguna manera. Me gusta jugar a las cartas. Será mejor que vaya a buscar a Barbara.

La encontró sentada sola en la mesa de los Cordell en el comedor. Estaba mirando cómo Livy y su madre bailaban Estoy loca por Harry. Levantó la vista y al ver a Paul su rostro se iluminó. En lugar de invitarla a jugar whist, Paul sintió el impulso de bailar con ella. Le tomó la mano y se la apretó. Jack tenía razón, era muy atractiva. Se dirigieron a la pista de baile.

– ¿Sabes que en todos los años que nos conocemos creo que nunca hemos bailado juntos?

Barbara sonrió.

– A lo mejor alguien te dijo que no bailaba muy bien.

– Lo haces muy bien.

– No tengo mucha práctica.

– Tus padres bailan bastante. Los vi en la pista del Savoy y me parecieron buenos.

– Livy es bueno. Baila maravillosamente el tango. No sé donde habrá aprendido a bailar, pero seguro que fue antes de conocer a mi madre. A mamá le gusta bailar porque tiene unas piernas bonitas y puede mostrarlas al girar, pero en realidad no es una buena bailarina. No coordina bien. ¿Ves como sus caderas están fuera de ritmo con el resto del cuerpo?

– Basta, me vas a hacer reír y quedaré como un mal educado.

– Soy mala. Lo que pasa es que en estos últimos tiempos he estado viendo demasiado a mi madre.

– Vine a preguntarte si te gustaría jugar a las cartas -Paul cambió de tema-. ¿Juegas al whist?

– ¿Con quién vamos a jugar?

– Con el tipo que encontró mi billetera y esa señora de vestido azul que está tratando de organizar un espectáculo. Tú y yo podríamos hacer pareja y ganarnos algunas copas gratis. ¿Qué te parece, Barbara?

– No sé jugar muy bien al whist.

– Eres brillante con la aritmética. Basta con recordar las cartas que se han jugado. Vamos, podemos formar un gran equipo. Tengo tanta confianza que me pongo de garantía de cualquier pérdida que podamos sufrir.

– Tendría que avisarle a mi madre de adonde voy.

– ¿Te parece? -Paul dio una vuelta completa para que Barbara pudiera ver a su madre haciendo gestos de aliento por encima del hombro de Livy.

En los compartimientos cubiertos de paneles de nogal del salón de fumar ya había dos grupos jugando a las cartas. Jack había reservado una mesa y tenía dos mazos de cartas que le había entregado el camarero. Estaban sobre la mesa con los sellos intactos. Paul presentó a Jack y Barbara.

– Ahora tenemos que esperar a la señorita Masters -comentó Jack.

– Katherine -corrigió Paul- tratemos de hacerlo lo más informal posible.

Katherine llegó unos momentos después, con el perfume renovado en abundancia.

– Tuve que ir a buscar algo de mi camarote -explicó después de las presentaciones.

– ¿Vamos a jugar con dinero? -preguntó Barbara.

– Por supuesto, querida, si no se convierte en un juego muy aburrido -adujo Katherine.

– Tengo algo de dinero inglés que podría usar -dijo Jack.

– Creí que no estaba permitido jugar con dinero -comentó Barbara.

– ¿De veras? -Katherine sonó decepcionada-. Le quitan el placer al juego, de esa manera.

– Podríamos contar los puntos y arreglar eso después -sugirió Paul.

– Qué idea tan maravillosa.

– ¿Una libra inglesa cada partida? -preguntó Jack.

Estuvieron de acuerdo. Paul sacó la carta más baja y repartió. Las picas eran triunfos. Pero dio cartas muy malas y Jack y Katherine ganaron la primera y segunda mano.

– Ya te dije que no era muy buena -se disculpó Barbara.

– No has tenido buenas cartas para jugar, querida -la consoló Jack-. El whist es aburridísimo si uno no tiene cartas.

Jugaron tres manos más y Paul y Barbara ganaron sólo una.

– Para ustedes no somos competencia -comentó Paul.

– Descansemos diez minutos para tomar algo -dijo Jack-. ¿Qué les puedo traer, señoras?

– Cualquier cosa que tenga hielo -sonrió Katherine-. ¿No sienten calor? Yo sí. Voy a hacer una escapada a mi camarote para refrescarme.

– Tomemos una botella de champagne -dijo Jack-. Yo invito.

– ¡Encantador! -exclamó Jack-. Usted es un hombre maravilloso… excelente para las cartas y generoso con las bebidas. Hasta luego -agitó la mano hacia Barbara y se alejó presurosa.

Mientras Jack estaba en el bar pidiendo el champagne, Paul se dirigió a Barbara.

– Es gente agradable.

– Sí, me gustan. Pero todavía espero que podamos mejorar nuestra puntuación.

Paul sonrió.

– No es tan importante. Estamos disfrutando del juego.

– Tal vez nos iría mejor si los dos recordáramos que el segundo jugador en general juega bajo y que el tercero debería jugar alto.

Paul se reía.

– Me dijiste que no sabías jugar muy bien.

Barbara se ruborizó.

– Sé lo necesario.

– De acuerdo, tiene lógica. Trataré de modificar mi juego -podría haber agregado que le agradaba descubrir que Barbara tenía una prodigiosa inteligencia además de su hermoso pelo corto y sus labios pintados. Siempre había pensado en ella como en una chica agradable, aplastada por su madre y nada más.

– Y podemos ponernos de acuerdo en que cuando uno de nosotros lleve la delantera el otro espere y responda a la primera oportunidad -continuó Barbara con solemnidad.

– Y también ponernos de acuerdo en terminar a tiempo para poder bailar un poco más.

Ella pareció encantada.

– Me gustaría mucho.

– ¿Ganaremos o perderemos?

– Tendrías que tener más fe en mis sugerencias. Por supuesto que vamos a ganar.

– Cuidado con el champagne, entonces -le previno Paul cuando Jack volvió con un camarero.

– ¿Katherine todavía no ha vuelto? -preguntó Jack. Se dirigió al camarero-. La abriremos nosotros mismos cuando regrese la señora.

No tuvieron que esperar mucho.

– Siento haberlos hecho esperar -se excusó Katherine-. Pero creí conveniente volver a mirarme la cara después de lo que pasó. Volvía de la cubierta D, donde está mi camarote cuando se abrió una puerta del corredor. Salió un hombre, me lanzó una mirada terrible y volvió a meterse a toda velocidad en su camarote. Por su aspecto parecía haber visto un fantasma.

– Yo no me preocuparía por eso -comentó Jack-. Debe de haber sido un tipo que creyó que usted estaba por preguntarle si no quería aparecer en un espectáculo. Seguramente no sabía que usted se había conformado con una partida de whist -destapó el champagne y el episodio de Katherine pasó instantáneamente al olvido.

Cuando comenzaron a jugar de nuevo, Paul y Barbara ganaron la primera mano. Paul siguió las instrucciones de jugar bajo cuando era segundo y alto cuando era tercero. Observó bien el juego de Barbara y ganaron tres manos seguidas.

– ¿Qué les ha pasado a ustedes dos? -preguntó Jack-. ¿Están jugando mejor o es que hemos bebido demasiado champagne?

– Pues yo no -comentó Katherine-. En la última mano usted bloqueó mi juego. Hubiéramos podido hacer más puntos.

– Me parece que sería mejor dejar de lado los post mortems -contestó Jack-. La próxima vez prometo esforzarme más, compañera.

Ganaron la mano, pero perdieron la partida. El malestar entre los dos era casi palpable. Jack se puso a fumar y Katherine frunció los labios de una manera que la hacía varios años más vieja.

– Es increíble cómo puede cambiar la suerte en las cartas -exclamó Paul cuando él y Barbara ganaron otra partida y emparejaron la puntuación.

– Se necesita más que suerte -masculló Katherine dirigiéndole una mirada asesina a Jack.

– Como quieran -contestó Jack.

– Si no les importa -se excusó Barbara-, Hacía mucho que no jugaba al whist y me cuesta concentrarme.

– Eso es por el champagne, querida -rió Katherine-. A todos nos afecta de diferente manera. ¿Va a dar las cartas, compañero, o vamos a quedarnos aquí sentados mirándonos hasta que lleguemos a Nueva York?

Paul y Barbara ganaron la última partida dos a uno.

– Bueno -suspiró Jack-, Felicitaciones, los norteamericanos ganan. Les debemos una libra por cabeza.

– Usted pagó el champagne -dijo Paul-, Quedamos en paz.

– Siempre hay que pagar las deudas de juego -aseguró Katherine- aquí está tu libra, Barbara.

Jack la interrumpió con brusquedad.

– ¡Guárdela! Aquí no se pasa el dinero sobre la mesa. ¿Está usted loca?

Katherine empujó la libra hacia Barbara.

– Tómela.

Barbara vaciló y miró a Paul buscando ayuda.

– Paul tomó el billete.

– Sí, Katherine, voy a pedir otra ronda por cuenta suya. Es muy generoso de su parte.

– A mí no me cuenten -Jack se puso de pie, todavía enojado-. Por esta noche ya he tenido demasiado… de todo -les deseó buenas noches y se fue.

Los ojos de Katherine estaban llenos de lágrimas.

Barbara le tomó la mano y le dirigió a Paul una mirada que indicaba que se sentía capaz de ocuparse por sí sola de Katherine.

– Tal vez sea mejor un café que una bebida, Paul.

Paul fue a buscarlo, todavía sorprendido por el arranque de Jack. Las apuestas estaban prohibidas por la Cunard, pero todo el mundo sabía que existían. Era muy difícil que los condujeran ante el capitán por pasar una libra sobre la mesa. Ordenó el café. No tenía apuro por volver a la mesa y reconoció que Barbara manejaría mejor a Katherine a solas. Estaba por ir al bar para pedir un whisky cuando vio a Livy en la entrada del salón de fumar. Recordó los trescientos dólares que le debía.

– Señor Cordell.

– Livy para ti, hijo -apoyó la mano en el brazo de Paul-, ¿Qué opinas de un buen trago? Marjorie ha ido a poner los pies para arriba. Sus tobillos se empezaban a hinchar. Demasiado baile.

– Me gustaría cancelar mi deuda -dijo Paul. Sacó la billetera y le dio a Livy el dinero que le debía. Era una transacción simple que hacía aun más ridícula la escena de hacía unos minutos.

– Gracias -sonrió Livy-. ¿Whisky?

– Sí, gracias.

Permanecieron apoyados en la barra del bar con sus bebidas.

– Hay un bonito ambiente en el Maury -comentó Livy-. Es un gran barco. Yo ya viajaba en transatlánticos cuando tú eras un niño aún. Los conozco todos. Eso fue antes de conocer a Marjorie. Ahora se puede decir que estoy jubilado. Sólo me subo a un barco cuando estoy de vacaciones.

– ¿En qué trabaja?

– Importación y exportación. Se gana mucho si se tiene buen olfato. Yo gané lo mío y lo invertí bien. Vivimos de los intereses.

– Muy inteligente.

– Tú lo has dicho. A los cuarenta y seis años puedo descansar por el resto de mis días. Livingstone Cordell no tiene que sudar más. Tengo mi propio apartamento sobre Central Park, la mujer más adorable de Nueva York y como extra una hijastra preciosa. De paso, ¿que pasó con Barbara? Creí que estaba contigo.

– Lo está. Es decir, está allí, en uno de los compartimientos. Estábamos jugando a cartas.

– ¿Dónde? No la veo.

– Nos está dando la espalda. Está con esa señora del vestido azul.

– ¿Con ella? ¿Qué está haciendo con esa mujer? -el tono de Livy había cambiado. Parecía implicar que Paul había abandonado a su hijastra.

Era demasiado largo de explicar.

– Tenían algo que discutir. Me mandaron a buscar café, y entiendo las insinuaciones.

Livy puso la mano en el brazo de Paul y lo empujó con fuerza hacia la mesa.

– Vuelve con ellas, hijo, y sepáralas. Cuando dos mujeres se juntan, estás perdido. No dejes que te suceda.

Paul miró a Barbara. Estaba conversando con Katherine, que sonreía.

– Tiene razón -titubeó.

Pero Livy se había ido.

17

Después de la cena Johnny Finch entretuvo a Alma y a los norteamericanos de su mesa. Se sentó en un sillón en el centro del salón y contó algunos chistes sobre automovilismo. Eran muy graciosos y estaban salpicados con nombres de gente de sociedad. Los hombres compraban coches caros para impresionar a las mujeres. Y los coches o los caballeros siempre terminaban recalentándose. «En el arte de la seducción -comentó Johnny a su audiencia-, el automóvil es un accesorio de poco fiar.» Contó la historia del difunto rey Eduardo y un coche que había alquilado. El propietario tenía una fábrica de bebidas sin alcohol y esperaba ser nombrado proveedor oficial a cambio del coche. El rey fue al campo con una amiga y el coche se quedó sin gasolina. El rey no se inmutó y disfrutó de un placentero intervalo. Al final encendió un cigarro y le dijo a la dama que no había ningún problema porque llevaban una reserva de gasolina a bordo. Bajó y abrió la lata. Estaba llena de limonada. El fabricante se quedó sin nombramiento.

Las historias de Johnny atrajeron a más gente. A medianoche todavía estaba en eso. Los cuentos se volvían más picantes. Una mujer y su marido abandonaron el grupo y Alma era la única mujer que quedaba. Esperó que terminaran las carcajadas y se levantó para decir buenas noches.

– ¿Nos abandona tan temprano? -preguntó Johnny.

– Es más de media noche.

– Tiene razón, demonios. Y yo que tenía la esperanza de mostrarle mi Lanchester.

Todos rieron, incluso Alma.

– Tal vez más adelante.

– Le tomo la palabra. Buenas noches. -Johnny se embarcó en un cuento sobre Henry Ford.

Alma se dirigió a la cubierta D. Estaba un poco mareada. Había tomado más vino del previsto, pero cada vaso había servido para disolver sus temores. No podría haber afrontado la noche en el camarote 89 sin eso.

Los corredores estaban silenciosos y el barco estable. Toda oscilación provenía de su interior. Pero no tuvo problema en encontrar el camino. Siguió los cartelitos que indicaban los camarotes que comenzaban en 8, y los contó hasta llegar al 89.

El cartel de «No molestar» ya no estaba.

Abrió su bolso y revolvió el contenido para encontrar la llave. La sostuvo bajo la luz y controló el número. La colocó en la cerradura, esperó un segundo y abrió la puerta.

La luz estaba encendida y las cortinas corridas sobre los ojos de buey. El baúl estaba abierto.

Alma respiró hondo y se acercó lo suficiente como para mirar dentro. El baúl estaba vacío.

– Gracias a Dios -exclamó en voz alta, mientras cerraba la puerta del camarote.

Miró en el baño, abrió cajones y armarios. No podría dormir hasta que no supiera exactamente lo que había en ese cuarto. Vio la ropa de Lydia doblada con cuidado. Todo parecía limpio y nuevo. Había un camisón de satén negro. No pensaba usarlo.

Se sacó el vestido de noche y se limpió el maquillaje. Decidió darse un baño. Mientras estaba en el agua sintió como si el barco cambiara de rumbo. La cadencia de los motores se alteró y el agua de la bañera formó olas a su alrededor. Esto ocurrió un par de veces más y durante un rato pensó que la nave se había detenido. Se sacudió otra vez mientras que trataba de agarrar una toalla. Se le revolvió el estómago y deseó no haber bebido tanto vino.

Después el barco pareció volver a su antiguo ritmo y Alma se sintió más tranquila. Se metió en la cama. No había apagado la luz, pero estaba menos asustada de lo que pensaba. Ya había pasado lo peor. Volvió la cara hacia la pared y se quedó dormida.

18

Se despertó al oír los ruidos que hacía alguien que circulaba por el corredor. Era el camarero que servía el desayuno. Por el ojo de buey entraba la luz del sol; Alma controló su reloj. Eran casi las ocho de la mañana del domingo y había dormido por lo menos siete horas. Se estiró. Pensó en Walter en su camarote. ¿Habría dormido bien?

Se bañó, se vistió y fue a desayunar. El restaurante estaba lleno de gente usaba ropa más ligera. Los oficiales del barco vestían de blanco.

Fue hasta su mesa. El desayuno era una comida para disfrutar a solas y si Johnny Finch se acercaba no pensaba aceptar la invitación a acompañarlo. Ni siquiera miró para ver si estaba allí. Comió sin ser molestada, con apetito.

Pero no era el tipo de hombre que desaparecía por mucho tiempo. Después de abandonar el restaurante, Aloma subió a la cubierta de los botes a tomar un poco de aire. Era una mañana gloriosa para dar un paseo. Después de caminar unos pocos pasos sintió la voz conocida.

– Alguien ha salido para demostrar que anoche se fue a la cama temprano.

Estaba sentado en una hamaca con los pies levantados y vestía pantalones de franela blanca.

Alma se detuvo a saludarlo.

– ¿De veras que durmió bien? -preguntó Johnny.

– Sí, gracias. Me sentí muy cómoda.

– Tuvo suerte. Yo estuve levantado la mitad de la noche.

Alma sonrió.

– No debería contar tantos cuentos.

– No mi querida no fue por eso. Fue por todo ese lío. Ocurrió poco después que usted se fuera a acostar. El bendito barco cambió de rumbo.

– Me pareció notar algo.

– Nosotros también. Todos subimos a cubierta para ver. Éramos como cincuenta personas aquí arriba preguntando qué pasaba. Nadie parecía saberlo. Pero le doy mi palabra de que dimos la vuelta y volvimos hacia Inglaterra. Y luego dimos vuelta otra vez. El barco dio la vuelta completa.

– ¿Por qué? -preguntó Alma.

– Alguien cayó al agua.

Alma quedó paralizada.

– ¿Qué dijo?

– Que alguien cayó al agua. Algún pobre desgraciado se cayó del barco. Una pareja que estaba flirteando a la luz de la luna en la cubierta de los botes hizo girar el barco para buscarlo. Son las reglas, según me dijeron. Tienen que dar la vuelta al barco y buscar, aunque no haya muchas probabilidades de encontrar nada. Así que encendieron los reflectores mientras el barco viraba. Son luces muy poderosas y todos nos asomamos por la borda para tratar de ayudar. ¿Y puede creer, mi querida, que la encontramos?

– ¿La encontraron?

– Sí. Era una mujer, pobrecita. Bajaron un bote y la sacaron de agua, pero ya estaba muerta. Qué horrible manera de morir.

IV Su nuevo trabajo

1

Después del desayuno hubo mucha actividad en el salón principal. Un equipo de camareros comenzó a mover las mesas hacia los costados. Trajeron una de las mesas grandes del salón comedor y la colocaron en un extremo, al lado del piano. Arreglaron los sillones y sofás frente a la mesa mientras una escuadra de botones llevaba las sillas del restaurante y las colocaba en hilera detrás de los sillones. Dos muchachos se movieron entre las filas y dejaron un libro de himnos en cada asiento.

A las once menos cuarto los pasajeros de primera clase que deseaban asistir al servicio religioso ocuparon sus puestos. Todos los sillones quedaron ocupados y los que llegaron tarde se sentaron en las sillas. A las once menos cinco la concurrencia se completó con los pasajeros de segunda y tercera clase. Los que no pudieron obtener sillas se pararon al fondo del salón junto con los miembros de la tripulación. Entre ellos estaba Walter, con aire compuesto.

Alma estaba varias filas más adelante y tenía la seguridad de que él la había visto. Una sola vez se volvió para mirarlo. Trataba de mantener la calma. Era una desgracia que hubieran recuperado el cuerpo de Lydia, pero no era el fin. ¿Quién iba a saber que se trataba de Lydia? No era más que una mujer desconocida que había caído o saltado por la borda. Al controlar la lista de pasajeros se darían cuenta de que no faltaba nadie. Sería un eterno misterio.

El capitán Rostron entró al salón acompañado por los oficiales principales. Tomaron sus lugares en la mesa y el servicio comenzó con un himno. El comisario de a bordo leyó el sermón sobre «aquellos que van al mar en barcos y tienen sus ocupaciones en las grandes aguas». La congregación se puso de pie mientras el capitán decía las oraciones, luego se leyó otro capítulo y se cantó otro himno.

Después del himno el capitán les pidió a todos que se sentaran. Dio la vuelta a la mesa y se situó delante.

– Damas y caballeros, nuestro servicio ha concluido. No acostumbro a dirigirme a los pasajeros en esta ocasión, pero algo que sucedió anoche hace que me sienta compelido a hablarles. Algunos de ustedes saben que se vio caer al mar a una pasajera. Me informaron del hecho y en seguida di orden de que el barco diera vuelta y se efectuara la búsqueda. La pasajera fue rescatada, pero ya era tarde para salvarle la vida. No estamos seguros de quién era o en qué circunstancias ocurrió el trágico incidente. El oficial sargento, señor Saxon -señaló a uno de los oficiales, que se puso de pie- está haciendo algunas averiguaciones. Si alguien puede ayudarnos a identificarla o darnos cualquier dato que pueda aclarar de alguna manera lo que pasó, le agradecería que hablara con él. Su oficina está al lado de la del comisario de a bordo. Lo único que quisiera agregar es que este tipo de tragedias sucede cada tanto en los grandes transatlánticos que efectúan travesías oceánicas con más de dos mil pasajeros a bordo y ochocientos tripulantes. Las acciones correspondientes recaen en el capitán, pero la rutina del barco debe continuar. Espero que lo que ha sucedido no les impida disfrutar de su viaje en el Mauretania.

El capitán Rostron tomó su libro de oraciones y abandonó el salón. Un murmullo en un sector de la concurrencia se convirtió muy pronto en un coro a viva voz. Cada pasajero tenía algún detalle interesante de la noche anterior para contar. Se habían escuchado ruidos, visto extraños, movimientos, mujeres solitarias en cubierta… Los que habían presenciado la búsqueda…

Alma se volvió e hizo como que escuchaba a un hombre de una fila de atrás que aseguraba haber oído un grito. Miró hacia Walter, y sus ojos se encontraron. No parecía perturbado. Él hizo un movimiento apenas perceptible con la cabeza, moviéndola de lado a lado. Luego dio media vuelta y se unió a los otros pasajeros que ya se retiraban por la puerta. Alma entendió lo que quería decir. No había por qué alarmarse. Se levantó y se abrió paso por la fila hasta la otra puerta.

Marjorie Cordell había conseguido un sillón en la segunda fila. Los himnos le habían parecido bien pero el capitán no.

– Para él es fácil decirnos que no nos asustemos; sacan cuerpos del agua en cada viaje. Pero a mí no me convence. Supongamos que la pobre mujer fue empujada. ¿Quién va a descubrirlo? ¿Ese hombrecito de bigotes colorados que se alzó cuando el capitán dijo su nombre? Pues a no me inspira mucha confianza.

– No, en realidad no. En eso tiene razón -afirmó una mujer que estaba al lado de ella.

– Marje, si me permites, te diré que estamos todos en el mismo barco -sugirió Livy desde el otro lado-. Es el tipo de trabajo para el que está capacitado un sargento de marina. Es el policía del barco. En caso de líos, él es el que se encarga de ello. Polizones, contrabandistas, borrachos…

– Los polizones son una cosa y los asesinatos otra -interrumpió Marjorie con acidez.

– Por Dios, ¿quien habló de asesinato?

– Yo pensé en un suicidio -sugirió la mujer a la derecha de Marjorie.

– Asesinato, suicidio, accidente… ¿realmente creen que el bigotes colorados pueda darse cuenta de la diferencia?

– Se llama Saxon, tesoro.

– Te diré algo, Livy. Si se hubiera tratado de mí o de mi hija no estarías tan contento de que él estuviera a cargo. ¿Dónde está Barbara? No la he visto por aquí.

– No. Supongo que decidió perderse el servicio.

– Tampoco la vimos a la hora del desayuno. ¡Oh, Dios mío! Livy, ¿dónde está? -Marjorie se puso de pie y miró desesperada a su alrededor.

– Tranquila, Marjorie. Puede estar en cualquier parte… en su camarote, en el café, en la biblioteca. Puede estar tirada al sol en algún lado.

Marjorie emitió un grito de angustia.

– Me refiero a una hamaca, querida, una hamaca.

– Tenemos que encontrarla.

– Está bien. Tú ve al camarote y yo miraré en los otros lugares.

– ¿No deberíamos hablar con el capitán? Podrían llamarla por los altavoces.

– No antes de que la busquemos, Marjorie. Haz lo que te digo, ¿quieres?

2

Cuando el capitán Rostron volvió al puente de mando el médico del barco estaba esperándolo.

– Si puede concederme unos minutos, capitán, me gustaría que le echara una mirada al cuerpo en la morgue.

– Ya la vi anoche, doctor. Y no la reconocí.

– No se trata de eso. Es algo que nadie notó anoche.

– ¿No me lo puede decir?

Los ojos del médico señalaron a los otros oficiales que estaban al alcance de su voz.

– Creo que debería verlo usted mismo, capitán.

– Está bien, terminemos de una vez. Lo haré responsable por arruinarme el almuerzo, doctor.

En el estrecho depósito de la cubierta inferior que a veces servía de morgue, el capitán miró mientras el médico retiraba la sábana e indicaba la razón de su inquietud.

– Entiendo -el capitán dejó escapar un profundo suspiro-. Muy malo, doctor, muy malo. ¿Ya se lo hizo ver al señor Saxon?

– Todavía no, capitán.

– Creo que será mejor que lo haga. Y en seguida. Entre nosotros, espero que esté a la altura de esto. De veras.

Livy Cordell encontró a Barbara poco antes del almuerzo. Estaba sentada en el salón de fumar con Paul. Tenía algunas cartas sobre la mesa y parecían estar discutiendo.

– ¡Jesús, qué contento estoy de encontrarte!

– Hola, Livy -saludó Barbara alegremente-. Llegas justo a tiempo. ¿Sabes jugar al bridge? Paul está tratando de enseñarme.

– No te vimos en toda la mañana. Tu madre está enloquecida de preocupación.

Barbara sacudió la cabeza.

– ¿Mi madre preocupada? Livy, ¿qué te parece que puedo pensar de una madre que se aterra cuando no aparezco a desayunar? Ya no soy una nena. Me las arreglé para vivir en París durante un año sin que mamá me tuviera de la mano. Tú y yo vamos a tener que charlar un poco con ella.

– Barbara, tiene una razón para preocuparse. No estabas en el salón durante el servicio religioso, ¿no?

– ¿Se trata de eso? -Barbara se dirigió a Paul-. Me perdí el servicio. Ahora soy un alma perdida.

Livy ignoró el sarcasmo.

– Me refiero a que no oíste al capitán cuando nos habló de la mujer muerta.

– ¿Una mujer muerta? ¿Quién ha muerto?

– De eso se trata. Nadie lo sabe. Se cayó al mar anoche y cuando la recogieron ya estaba muerta. No saben quién es. ¿Entiendes ahora por qué Marjorie está preocupada por ti?

Barbara se puso de pie.

– Será mejor que vaya a verla ahora mismo. ¿Dónde está?

– Fue a buscarte al camarote -cuando Barbara se alejó, Livy se dirigió a Paul-. Ésa sí que va a ser una reunión. ¿Quieres una cerveza?

Llevaron sus vasos a la misma mesa.

– ¿Así que quieres enseñarle a Barbara a jugar al bridge?

Paul asintió.

– Es un juego divertido. Anoche jugamos al whist con unas personas y hacia el final nos llevábamos muy bien. Dicen que el bridge es mejor, así que estaba tratando de enseñar a Barbara.

– Ustedes dos deberían formar un buen equipo. ¿Acaso no estudiaron juntos matemáticas?

– No sé si ésa es una ventaja -respondió Paul, sonriendo.

– Esa gente con la que estaban jugando… ¿cómo es que combinaron una partida con ellos?

– Oh, fue pura casualidad. Estaba hablando con el tipo que me devolvió la billetera y apareció esa mujer a pedirnos que participáramos en los espectáculos del barco.

– ¿La que estaba aquí hablando con Barbara?

– Esa misma. Jack hizo algunos comentarios sobre el whist y ella dijo que no nos molestaría más con el espectáculo si aceptábamos jugar con ella una partida de whist. Así que le pedí a Barbara que fuera mi compañera y nos divertimos mucho hasta que los otros se molestaron.

– ¿Por qué?

– Lo de siempre. Ella criticó su juego. Él lo tomó bastante bien hasta que la mujer puso dinero sobre la mesa. Jugar por dinero está prohibido, y él le dijo sin rodeos que lo guardara. Todo fue una tontería, pero la gente suele ponerse así con las cartas. Él se fue y ella estuvo a punto de llorar, así que Barbara la tranquilizó. -Entiendo. ¿Y eso no bastó para alejarlos de las cartas? -¿Por qué? Nosotros no peleamos, ganamos. -Barbara no es tan plácida como parece. Se puede poner bastante prepotente en un juego de cartas. No le gusta perder.

– Ya lo descubrí -sonrió Paul-, Es una actitud positiva, Livy. Me gusta.

3

En el salón comedor de segunda clase no había mesas individuales, sino para cuatro o seis personas. Walter había desayunado temprano. Una pareja joven que se sentaba en el otro extremo de su mesa no le dirigió una palabra. Posiblemente eran recién casados.

El almuerzo del domingo era diferente. La comida se sirvió a la una en punto y toda la gente llevó al mismo tiempo. Walter se sentó en una mesa para cuatro, donde ya había otras tres personas. Era una pareja con una niña pequeña de pelo trenzado que no dejaba de sacudirlo sobre el respaldo de la silla. Walter les preguntó si podía sentarse con ellos.

– Por favor -respondió el hombre con acento del Midlands-. Nos gusta la compañía. Soy Wilf Dutton. Ésta es mi mujer, Jean y nuestra Sally.

– Dew. Walter Dew -Walter sonrió y tomó el menú.

– ¿Por qué se sienta este hombre en nuestra mesa? -preguntó Sally.

– No es nuestra, la compartimos -le explicó Jean mirando a Walter con timidez.

– Es mejor que en casa -sonrió Wilf.

– ¿Cómo? -preguntó Walter.

– Que es mejor que en casa. Hay tres platos distintos para elegir.

– Sí, tiene razón.

– Estamos emigrando. En Leicester no se encuentra trabajo. ¿Ha estado en Leicester? No creo. Mi hermano tiene un negocio en Rhode Island. Es constructor, como yo. Nos dijo que lo vendiéramos todo y fuéramos allá. Hasta nos mandó los pasajes de segunda clase. ¿Nada mal, no? ¿No lo conozco, señor Dew?

Walter negó con la cabeza.

– No creo.

– Me parece conocer su cara. ¿Nunca estuvo en Leicester?

– Wilf -exclamó Jean-. No hagas preguntas personales.

– No hay nada personal en eso -contestó Wilf.

– Debo haber estado allí de chico -dijo Walter-. Pero no en los últimos años.

– ¿En qué trabaja, señor Dew?

– Wilf -dijo Jean con voz resignada.

– Estoy jubilado -dijo Walter. Se volvió hacia la niña-. ¿Este es tu primer viaje por mar, Sally?

– Sally, el caballero te preguntó algo.

– No parece tan viejo como para jubilarse -comentó Wilf-. ¿Qué era, soldado?

– Sally, contesta la pregunta -ordenó Jean.

– No -se negó Sally.

– No tiene por qué hacerlo -Walter sonrió-. Es como yo, un poco tímido al principio. ¿Ya miró el menú, señora Dutton?

– Si no conozco su cara, tal vez sea su nombre -continuó Wilf-. Walter Dew. ¿No es alguien famoso, por casualidad?

– Es un nombre bastante común.

– ¿Un jugador de cricket?

– El camarero viene a tomar nota, cariño -interrumpió Jean-. ¿Qué es minestrone?

– Una sopa de verduras -respondió Walter.

– Jean me lo ha preguntado a mí -bufó Wilf.

– Cambiemos de tema -pidió Jean-. ¿Ya se enteró de lo de esa pobre mujer que se cayó por la borda, señor Dew?

El mismo tema se discutía en las mesas redondas cubiertas de manteles de hilo de primera clase y en las mesas plegadizas unidas unas a otras, de tercera. Los pasajeros expresaron sus teorías durante toda la tarde. Una continua corriente de testigos efectuó declaraciones al sargento y luego las hicieron extensivas a la gente que estaba afuera en las hamacas. Se supo que el señor Saxon hacía preguntas extrañas. Estaba interesado en la gente que andaba por la zona de los camarotes o en cubierta alrededor de medianoche. Preguntó a varios testigos si no habían oído ruidos de lucha o gritos.

Uno de los informantes del señor Saxon fue un botones. Estaba muy nervioso. Se mantuvo rígido, de pie, mientras declaraba. Fijó la vista en la lámpara sobre la cabeza del señor Saxon.

Cuando el chico hubo terminado, el señor Saxon le hizo algunas preguntas.

– ¿Está seguro de que no se confunde? Usted ve un montón de pasajeros el día del embarque. ¿Cómo puede estar seguro?

– No sé, señor.

– ¿Cómo dijo que era su nombre?

– Señora Brownhoff, señor.

El sargento miró hacia uno de los asistentes.

– No hay nadie con ese nombre a bordo. Usted dice que era una pasajera con tarjeta de embarque.

– Sí, señor.

– Llevó a esa señora a su camarote. ¿Cuál era?

El muchacho bajó la vista.

– ¿No lo recuerda?

– Era un camarote de babor, señor.

– ¿Por qué recuerda eso?

– Me preguntó en qué lado del barco estaba. Y me dio un chelín.

El señor Saxon desvió la vista.

– Ésa es una información segura -volvió a dirigirse al muchacho-. Y dice que desde entonces no ha vuelto a ver a la dama. ¿Tiene la costumbre de controlar si todos los pasajeros que conduce a los camarotes siguen a bordo?

– No, señor.

– Si su señora Brownhoff no estaba bien en su primer día en el mar, ¿no es posible que se haya quedado en su camarote y que por eso no la viera en el barco?

– Supongo que sí, señor.

– Supone que sí. ¿Qué quiere decir con eso?

– Quiero decir que no, señor, que no la hubiera visto.

– Creo que estamos perdiendo un tiempo valioso -exclamó el señor Saxon.

El oficial que tenía la lista de pasajeros se dirigió a Saxon.

– Tenemos una señora Baranov en el camarote 89.

– No ha desaparecido -replicó el oficial que tomaba las declaraciones-. Esta mañana estaba en el servicio religioso. De pelo oscuro, más bien pálida, no sonríe mucho pero es bastante atractiva. Tendrá alrededor de treinta años.

– ¿Le suena a la señora que le dio el chelín? -preguntó Saxon al botones.

– Sí, señor.

– Bueno, parece que hemos resuelto nuestro pequeño misterio. ¿Alguien le ha enviado?

– No, señor.

– Porque si ha estado obstruyendo en forma deliberada mi tarea, me ocuparé personalmente de que nunca más lo empleen en el Mauretania o en cualquier otro barco. Vuelva a su puesto.

Toda la tarde transcurrió en declaraciones. Era lo usual en esos casos, pero el señor Saxon estaba intranquilo. Había que hacer otras cosas; alguien tenía que ocuparse de controlar que todos los camarotes estuvieran ocupados. No confiaba en los camareros. Todos sabían de su reputación, de su falta de recato con las pasajeras que viajaban solas. Tenía que hacer otro tipo de control, pero le faltaba tiempo y ayuda.

4

A la hora del té se rumoreaba que la mujer había sido asesinada. En el salón de primera clase, diseñado en estilo siglo dieciocho para dar una atmósfera de tranquila elegancia, las más escalofriantes teorías de homicidio se ventilaban sobre los sandwiches de salmón y las teteras de plata. Las señoras escuchaban con la boca abierta las historias de sus acompañantes sobre los personajes horripilantes que se arrastraban debajo de ellas en las cubiertas inferiores. Marineros hindúes con dagas, fogoneros irlandeses borrachos, ingenieros rapaces, inmigrantes delincuentes escondidos esperando la noche. Nadie estaba a salvo. Era una perspectiva horrorosa. No había escapatoria; estaban atrapados en el barco.

Esas ansiedades voceadas en varios grados de inquietud en los varios salones.

– Puede ser un maníaco suelto. ¿Qué están haciendo para descubrirlo?

– Mi querida, no están haciendo nada. No hacen más que tomar declaraciones.

– Es absurdo. El capitán debería protegernos de alguna manera.

– ¿No estarás asustada, no? Siempre has sido tan valiente…

– No trates de engatusarme. Si te importara aunque fuera un poquito mi seguridad, ya habrías ido a ver al capitán para exigirle que haga algo para protegernos de este maníaco.

– Dale una oportunidad, querida. Estoy seguro de que hace lo que puede.

Alma escuchó esa conversación en la cubierta superior. El viento llevó a sus oídos las últimas palabras mientras pasaba junto a los interlocutores.

– Son las mujeres como ella las que me dan lástima. Imagínate lo que es estar sola con un asesino suelto.

Había pasado la tarde leyendo en su camarote y ahora estaba tomando un poco el aire. La palabra «asesino» le produjo una sacudida y empezó a temblar. ¿Había oído mal? Sintió náuseas. Se volvió hacia el mar y se aferró de la baranda.

– ¿Necesita ayuda? -preguntó un hombre.

– No, gracias.

– Está muy pálida. ¿Ha probado las píldoras contra el mareo? Son muy eficaces. Si quiere una, le puedo dar.

– No, no es eso. Estoy bien.

Abajo, en la cubierta principal, Wilf y Jean Dutton paseaban del brazo. Sally iba detrás de ellos con su cuerda de saltar. Jean no hacía más que mirar atrás.

– ¿No puedes olvidarte de ella por un momento? -se quejó Wilf-. No es tonta. No va a saltar por la borda.

– Ya sabes por qué quiero vigilarla.

– Querida, era una mujer mayor. Los hombres que andan detrás de las mujeres mayores no se dedican a las niñas. Si alguien corre peligro, eres tú.

– Es horrible -sollozó Jean-. Hubiera preferido quedarme en Leicester, con trabajo o sin trabajo.

– Pues yo no. ¿No es ése el tipo con el que almorzamos?

Jean miró la figura encorvada que contemplaba el océano.

– Sí, es él. Déjalo en paz, Wilf. No es de nuestra clase.

– No tiene nada de especial. Ya lo sabemos. Walter Dew, jubilado. Lo que me gustaría saber es por qué se jubiló. ¿Por qué fue tan evasivo cuando se lo pregunté? ¿De qué piensas que vivía, Jean? ¿Tendría una tienda de empeños? No, no es su estilo. Algo más elegante. Parece uno de esos lagartos de salón. Eso me parece más apropiado. ¿Te gustaría bailar un fox-trot con él?

– No seas tonto.

– Bueno, si no es eso, ¿qué es? Apuesto a que algo dudoso, o me como el sombrero.

– Sería bueno que lo hicieras -gimió Jean-. Es horrible. Grasiento y deshilachado. No sé lo que va a decir tu hermano. En los Estados Unidos no usan esas cosas.

– Ya lo tengo. Es el asesino. Por eso no quería hablar.

– No subas la voz, Wilf.

– El mismo doctor Crippen.

– Estúpido. Al doctor Crippen lo colgaron antes de la guerra.

– Ya lo sé. No es más que una broma. Pobre viejo Crippen en el barco y… -Wilf se detuvo-. ¡Dios, ya sé quién es!

5

Entre las siete y las ocho los pasajeros se reunían en el salón para tomar cocktails. Era la hora en que las señoras exhibían sus vestidos de noche, y los restallantes colores de la seda y el satén se entreveían como chispazos brillantes entre las chaquetas negras y las camisas almidonadas de los hombres. En ese momento crucial del día ni siquiera la intrincada artesanía de los paneles de caoba parecía bastante para la ocasión. El Mauretania estaba concebido para escenas semejantes.

Barbara llevaba un vestido de tafetán verde esmeralda de Lanvin, que había comprado en Londres. En París le hubiera costado la mitad, pero en ese entonces no pensaba en modas. Qué suerte que Livy fuera tan generoso con su dinero. Tenía pendientes de esmeraldas y llevaba un abanico negro. La noche anterior había descubierto que el humo de los cigarros en el salón de fumar era bastante molesto, pero no iba a dejar que eso le impidiera jugar a las cartas. Quería que Paul fuera su compañero de bridge y estaba segura de que la suya sería una combinación ganadora.

– Tendremos que ver si Jack está interesado -sugirió Paul mientras bebían jerez-. No tenemos por qué deducir que lo está.

– Katherine va a jugar -aseguró Barbara-. Anoche me dijo que el bridge es mejor que el whist.

– A lo mejor no quieren jugar juntos después del incidente del dinero.

– Fue una tontería. Apuesto a que ambos estarán felices de tener la oportunidad de resarcirse.

– Tal vez. Tendríamos que preguntarles. ¿Los has visto hoy?

Se oyó el aviso de la cena.

– Qué lástima -suspiró Paul-. Hubiera sido mejor pescarlos antes de la cena.

Los ojos de Barbara estaban fijos en el pasillo que conectaba con el salón de fumar.

– Allí está Jack. Acaba de entrar.

Sortearon un grupo de gente para saludarlo cuando entraba. Tenía una expresión preocupada que no desapareció al saludar a Paul.

– Jack, eres justo la persona que estábamos buscando. ¿Qué te parece una partida de cartas después de cenar? Barbara quiere aprender a jugar al bridge.

– ¿Qué? -preguntó Jack con aire ausente.

– Katherine dice que me va a gustar más que el whist -intervino Barbara para apoyar la moción.

– Katherine… ¿han estado hablando con Katherine?

– Oh, sí. Anoche, después de tu partida. Comentó que un viaje por mar es la oportunidad ideal para aprender.

– Sí -asintió Jack, sin el menor asomo de entusiasmo.

– Si prefieres no jugar, creo que podemos encontrar alguna otra persona -comentó Barbara-, debe de ser muy aburrido jugar con una principiante.

– No es eso -titubeó Jack-. No es eso en absoluto.

– Pongámoslo así -exclamó Paul-, Si hablamos con Katherine y ella está de acuerdo, ¿podemos encontrarnos en el salón de fumar como anoche?

Jack pareció no escuchar la pregunta.

– ¿Qué más dijo anoche? -le preguntó a Barbara.

– No sé. Nada importante. Tomamos un café. Estaba un poco triste pero se repuso en seguida. Hablamos de cosas de mujeres.

– ¿Qué quiere decir con eso?

Barbara se sintió ruborizar.

– Bueno, le conté cómo había conocido a Paul.

– ¿Eso fue todo?

– Más o menos. Casi en seguida se fue a acostar. ¿Tendría que haber notado algo?

– No, lo siento. No quise ser curioso.

– No creo que quisiera hacer un problema por aquel pequeño incidente en la partida de cartas -dijo Barbara.

– Tal vez no -respondió Jack-. Ahora, si me disculpan… -Comenzó a dirigirse hacia el salón comedor.

– Pero todavía no nos ha dicho… -empezó a decir Barbara.

Paul le tocó el brazo.

– Vamos a dejarlo por el momento.

6

– ¡Apareció! -exclamó Johnny Finch como si hubiera hecho el más importante descubrimiento del viaje-. Hace horas que no la veo.

– Pasé un día tranquilo -se excusó Alma.

– No me extraña -estaba de pie junto a la mesa de Alma en el salón comedor. Inclinó la cabeza con aire confidencial-. Hay algo de lo que me gustaría hablar con usted. ¿Le parecería muy pesado si la invitara otra vez a mi mesa?

Alma había ensayado su discurso varias veces.

– Señor Finch, aprecio su amabilidad y anoche disfruté de su compañía, pero creo correcto decirle que viajo sola por elección así que espero que me perdone si no acepto su invitación.

Johnny parpadeó.

– ¿Pero qué he dicho, Dios mío? Querida señora Baranov, debo haberle dado una impresión errónea. El asunto que mencioné no es algo personal. No soy la clase de tipo por el que me toman muchas mujeres. Le aseguro que éste es un asunto de interés público. Se trata del desgraciado suceso de la mujer a la que anoche sacaron del agua.

Alma se estremeció y el corazón le comenzó a latir con más fuerza. Necesitaba de toda su fuerza para mantener una apariencia de tranquilidad.

– Estoy de acuerdo en que se trata de un asunto importante, pero no me parece un tema muy apropiado para conversar durante la cena.

Johnny parecía desilusionado.

– No puedo discutirle eso.

– De todas maneras no sé qué puede tener que ver conmigo.

– Sólo en cuanto concierne a cada señora sola que viaja en el barco -se explayó Johnny con un aire desenvuelto que no engañó a Alma-. Pero como usted prefiere no hablar de eso… -levantó las manos en un gesto de indiferencia.

– ¿Puede esperarme en el salón después de la cena?

– Le reservaré un lugar -y sonrió.

– ¿Sabe? -comentó Johnny una hora después mientras les servían el café en una mesa discretamente situada detrás de una palmera-. Hay cierta preocupación entre los pasajeros sobre el modo en que se conduce esta investigación. Existe la duda de que el oficial a cargo -que debe ser sin duda un hombre escrupuloso- no está trabajando de la manera más efectiva. Por lo que alcancé a oír, se está enterrando bajo una pila de declaraciones, mientras que no se hace nada definido para establecer quién era esa mujer y cómo encontró la muerte. Hay rumores bastante desagradables de que fue asesinada.

– He oído eso -suspiró Alma-, pero espero que no sean más que habladurías.

– Ojalá tenga razón. En el barco se habla mucho de eso. La gente está asustada, querida. No tiene ninguna confianza en la capacidad del señor Saxon para defenderla. Las damas que viajan solas como usted necesitan protección.

– Ah -exclamó Alma, tratando de disimular su alivio. Había leído en los libros de Ethel M. Dell… ¿o era en los de Elinor Glyn…? Sobre los Lotharios que se ofrecían a proteger la virtud de las damas crédulas que viajaban solas-. No siento la necesidad de que me protejan, gracias.

Las arrugas de Johnny se volvieron a retorcer en una expresión apenada.

– No ha entendido, mi querida. Quería hablarle para pedirle si quería unirse a nuestro grupo.

– ¿Grupo?

– De «pasajeros unidos por la preocupación». Ya hay más de veinte, pero somos todos hombres y necesitamos una mujer para que aporte el punto de vista femenino. Pensé en usted.

– No -replicó Alma con firmeza-. Yo no.

– ¿Por qué no? El capitán es humano. No va a comernos.

– No le veo sentido. ¿Qué esperan conseguir?

– Estaba por llegar a eso. No sé si le mencioné que esto no se limita a las cubiertas superiores. Tenemos gente de las otras clases que está tan preocupada como usted y yo por la manera en que se maneja el asunto. Y ha corrido la voz de que tenemos la suerte de contar entre los pasajeros de segunda clase con alguien que está mucho mejor calificado que el señor Saxon para investigar una muerte misteriosa. Creo que usted habrá oído hablar de él. Se trata del inspector Dew, de Scotland Yard.

7

El capitán Rostron apoyó la mano en el hombro del señor Saxon.

– No sería ningún descrédito -le aseguró a su oficial-. Nadie puede dudar del trabajo que ha hecho hasta ahora para resolver el crimen. Todas esas declaraciones… son seguramente muy valiosas. Pero sucede que el inspector Dew… si se trata realmente de él… es un especialista en asesinatos -sonrió-. Debería decir en la investigación de asesinatos. Trabajó más de veinte años en Scotland Yard.

– Sí, capitán -el señor Saxon usó un tono de voz que no sonaba impresionada.

– Eso significa algo -continuó el capitán-. En la policía se considera al asesinato como un asunto de expertos. ¿No es así? Usted, ejem… ¿manejó muchos casos de ésos cuando estaba de policía en el puerto de Londres, antes de entrar en la Cunard?

El señor Saxon apretó los labios. Sacudió la cabeza.

– Era casi todo problemas de aduana, señor. Pero estoy seguro de que puedo ocuparme de esto.

– Sí. Ya aclaró ese punto. Señor Saxon, no se trata sólo de encontrar al asesino. Hay que demostrarles a los pasajeros que tenemos muy presente su bienestar. Esta sugerencia de emplear al inspector Dew surgió de los pasajeros. No puedo ignorarlo, ¿no le parece? Es una cuestión de confianza.

– Ni siquiera sabemos si es el hombre de Scotland Yard -se quejó el señor Saxon.

– Esa es una de las cosas que quiero aclarar. La otra es si él está dispuesto a ayudar. Puede no estar demasiado feliz con esa sugerencia. Se retiró de Scotland Yard antes de la guerra.

El señor Saxon pareció más esperanzado.

– A lo mejor prefiere actuar como asistente mío, señor.

El capitán tenía sus dudas.

– No creo poder pedirle a un hombre con la reputación de Dew que sea su subordinado. Y creo que los pasajeros estarían más felices de saber que él está a cargo. Pero no tomemos ninguna conclusión apresurada, señor Saxon. Lo único que quería era hacerle saber las posibilidades que se presentan. Supongo que puedo contar con su colaboración pase lo que pase.

– Sí, señor -contestó, lacónicamente.

– No diga nada hasta que se lo pida -el capitán tomó su chaqueta y se la puso-, pero haga lo que sea necesario. Dew debe de estar afuera con el tercer oficial. Haga el favor de pedirle que entre.

El hombre que entró era lo bastante alto como para ser un policía y lo bastante viejo como para ya estar retirado. Tenía el bigote espeso y negro vagamente familiar por las fotos del diario del inspector Dew llevando al doctor Crippen y a Le Neve del barco al juicio.

Pero ese día parecía más la presa que el sabueso. Sus ojos corrían por la oficina como buscando una vía de escape. El capitán estaba de pie con la mano extendida.

– Es muy amable de su parte al venir a vernos, señor Dew. No vale la pena hacer las presentaciones. Estoy seguro de que usted ya sabe quiénes somos, y nosotros por cierto sabemos quién es -el capitán sonrió al hablar. Casi guiñó un ojo.

Walter le devolvió una mirada vidriosa.

– Tomemos asiento -sugirió el capitán, señalando una silla a su invitado y sentándose él mismo en el borde del escritorio de caoba. Saxon se sentó cerca de la puerta-. No acostumbro dar rodeos, y no lo he invitado aquí para tomar un cocktail, señor Dew… si es que puedo llamarlo así… Como debe de saber, anoche sacamos del agua a una mujer muerta. ¿Ha oído hablar de eso?

– Sí -la voz de Walter era casi un susurro.

– El señor Saxon aquí presente se hizo cargo. Es el oficial que se ocupa de investigar cualquier situación irregular mientras estamos en el mar. El señor Saxon estuvo en la policía, ¿no es así, señor Saxon?

– En los muelles. Puerto de Londres.

– Es excelente con los polizones y los contrabandistas, pero las muertes sospechosas son otra cosa. Le estoy haciendo una confidencia, señor Dew. Dije, «muertes sospechosas».

Walter asintió con gravedad.

– Me han proporcionado cierta información… información que le concierne. Puede que sea un error, una coincidencia. Pero si no se trata de eso, usted es el único hombre en el Mauretania que nos puede ayudar -se interrumpió para ver qué efecto causaban sus palabras.

Walter se miraba las manos. Le temblaban.

– ¿Usted es el inspector Dew, de Scotland Yard? -preguntó el capitán con menos seguridad.

Walter lo miró. Miró al señor Saxon.

– ¿De qué se trata todo esto?

– Pensaba que ya estaba claro. Necesitamos la ayuda de un detective experto, señor Dew. ¿Usted es o no el hombre que arrestó al doctor Crippen?

Walter jugó con su corbata.

– Pues, sí…

El capitán Rostron miró al señor Saxon.

– Qué alivio. Por un instante pensé que… No importa -se volvió hacia Walter-. Seré muy franco con usted, inspector. Creemos que la señora ya estaba muerta cuando la arrojaron al mar. Creemos que fue asesinada.

– ¿Por qué? -preguntó Walter, frunciendo el ceño.

– Creo que tendrá que verlo por sí mismo. Decídase, inspector, si es que va a tomar el caso.

– ¿Qué quiere decir con eso… que trate de ayudar?

– Tenemos en mente algo más que eso. Esperamos que se haga cargo de la investigación.

Walter sacudió la cabeza.

– No, no podría hacerlo.

– ¿Por qué no, inspector? El señor Saxon estaría feliz de hacerse a un lado ante un detective tan inminente y de tanta experiencia como usted.

Walter se dio vuelta para mirar a Saxon, que tenía la vista perdida en el espacio.

– Yo… humm… ya me jubilé de Scotland Yard.

– Lo sabemos -respondió el capitán-. Pero creo que es más joven que yo -se rió- y, por lo menos, yo no me considero decrépito aún. No puede decirme que no tiene tanta agudeza como el día en que le colocó las esposas al doctor Crippen.

– No tengo autoridad. No soy más que un particular.

El capitán hizo un gesto amplio con la mano.

– No habrá problemas en ese aspecto. Tiene mi autorización. Eso es suficiente. Por Dios, si puedo bautizar, casar gente y enterrarla, estoy seguro de que puedo contratar a un buen detective para protegerla.

– ¿Protegerla?

– Encontrar al asesino, inspector. Tengo ciertas obligaciones con los pasajeros.

– Supongo que sí.

– Y considero una de mis obligaciones pedirle su cooperación.

– No soy más que un pasajero en su barco -replicó Walter-, No tengo nada de lo que necesita un detective.

– ¿Cómo qué?

Walter se movió en su silla.

– Eh… un cuaderno.

– Lo tendrá. Y esposas y una lupa -empezó a sacar cosas de su escritorio-. Un lápiz, una regla, todo lo que necesite.

– Archivos criminales -acotó Walter-. Es muy difícil sin archivos criminales.

– Puedo mandar un mensaje a Scotland Yard -sugirió el capitán Rostron-. Usted tendría que saberlo, inspector.

– Sí, sí.

– ¿Lo hemos convencido?

– Sí -respondió Walter, aterrado-, supongo que sí.

– Bien. Le estamos muy agradecidos, ¿no es así, señor Saxon?

– Muy agradecidos -repitió el sargento.

– Inmensamente -subrayó el capitán. Se levantó y se dirigió hacia la puerta-. Supongo que ahora querrá ver el cadáver.

8

A pesar de los trastornos que ocasionó la noticia del cadáver, los pasajeros no olvidaron que seguía siendo domingo. A las nueve de la noche todos los asientos del salón de primera clase estaban ocupados. Iba a haber un recital de piano y violín, pero la atracción principal era sin duda el signor Martinelli, que había consentido en cantar algunas arias en la segunda parte de la velada.

Alma encontró un asiento al final de una fila, al lado de una mujer con un vestido de crêpe negro y diamantes cuyo único interés parecía ser un hombrecito de faja púrpura que tenía a su izquierda. Era un lugar como cualquier otro para pasar la velada aclarando con tranquilidad sus pensamientos. No había contado con Johnny Finch. Oyó su voz a un par de centímetros del oído cuando terminó el Estudio de Chopin. Estaba sentado detrás de ella.

– Pensé que le gustaría saber que logramos lo que queríamos. El capitán es un zorro viejo. Escuchó nuestra exposición sin parpadear. Cualquiera hubiera creído que él ya sabía que Dew estaba a bordo, pero estoy seguro de que no era así. Nos agradeció que mencionáramos el asunto y dijo que lo tendría en cuenta. Veinte minutos después me enteré de que había llamado al inspector Dew a su oficina.

Las últimas palabras de Johnny fueron recibidas con murmullos de protesta procedentes de varias direcciones. El pianista estaba listo para comenzar otra pieza. Alma no la escuchó. Estaba tratando de asimilar lo inconcebible. Si lo que decía Johnny era correcto, habían llamado a Walter para investigar su propio crimen. Era increíble. Pero poco a poco se fue dando cuenta de que si Walter podía aceptar el papel de ser su propio perseguidor y hacerlo de manera convincente, nadie adivinaría la verdad.

– Me han dicho que el capitán nos va a hablar en el entreacto -continuó Johnny durante los aplausos- y pienso que no va a estar solo. Ahora tiene un triunfo en la mano y querrá que lo sepamos todos.

Después de esto, Alma dedicó el solo de violín a rezar por Walter. El pobre hombre apenas se habría repuesto del shock de tener que ir a la oficina del capitán y ya querrían exhibirlo ante todo el mundo. ¿Estaría a la altura de lo que le esperaba?

El violinista estaba tocando una segunda pieza cuando de pronto Alma vio al capitán en la puerta con Walter a su lado, pálido como un muerto. Esperaron que el número terminara y se extinguieron los aplausos. Luego se situaron en el lugar que había ocupado el solista para pánico de Alma.

Se hizo un ominoso silencio que el capitán quebró con un carraspeo.

– Ejem… Damas y caballeros, no voy a interrumpir por mucho tiempo su diversión. Los que estuvieron hoy en el oficio religioso recordarán que mencioné un asunto desagradable; la muerte de una pasajera. Algunos de ustedes han sido tan amables como para informar al oficial a cargo de todo lo que sabían al respecto. Pero ciertas preguntas siguen sin respuesta y sé que les preocupa sobremanera el que este asunto se resuelva con rapidez. Obviamente yo comparto sus sentimientos. Me complace anunciarles que he aceptado el ofrecimiento de ayuda de este caballero a mi izquierda. Se trata de un ex inspector de Scotland Yard y de un famoso detective… es más, fuera de la ficción no creo que haya detective más conocido que el que resolvió el caso Crippen… Con ustedes; el inspector Dew.

Hubo un estallido de aplausos. La concurrencia se movió en las sillas y estiraron la cabeza para echar una mirada al hombre que había capturado a Crippen. Walter sintió que se le empañaba un poco la vista, pero se mantuvo firme.

El capitán continuó.

– Dadas las circunstancias le he pedido al inspector que se haga cargo de la investigación en lugar del señor Saxon, que tiene otras obligaciones en el barco. No sé si usted desea agregar algo, inspector…

– No -replicó Walter con firmeza.

– Entonces sólo agregaré que estoy seguro de que contará con toda la cooperación de los pasajeros y de la tripulación para llevar esta investigación a una rápida y satisfactoria conclusión.

Hubo más aplausos.

– Y ahora tendremos un intervalo de quince minutos antes de que el signor Martinelli cante para ustedes -el capitán Rostron se volvió hacia Walter para decirle algo, y luego los dos se retiraron del salón.

– ¿No le dije? -preguntó Johnny.

– Sí -respondió Alma, que comenzaba a respirar de nuevo.

Algunas filas más adelante Marjorie se volvió hacia Livy.

– Parece que ahora tienen un profesional. ¿Quién era ese Crippen?

– Fue un caso que hizo mucho ruido hace un tiempo. Era un médico que vivía en Londres y que envenenó a su mujer y la cortó en pedacitos. Luego la enterró en el sótano de su casa y tomó un barco para Canadá con su amante.

– Demonios -exclamó Marjorie-, estos ingleses parecen muy educados pero entre ellos se hacen algunas cosas horribles.

– Querida, el doctor Crippen era de Coldwater, Michigan.

No había ninguna duda de que tanto los ingleses como los norteamericanos aprobaban que el inspector Dew se hiciera cargo de la investigación. Se discutió con entusiasmo su carrera mientras tomaban café y comían sandwiches de pollo. En sus veinte años como detective había dejado sin resolver un solo caso de asesinato de todos los que había participado y ése era nada menos que el de Jack el Destripador, ocurrido cuando Dew era aún un principiante. No existía nadie más capaz que él. Los miedos que se habían acumulado durante el día se disiparon y la conversación se convirtió en un coro de alabanzas para Dew, Scotland Yard y el sentido común del capitán Rostron.

Todos estaban de tan buen ánimo que el signor Martinelli tuvo el público más receptivo de su vida. Aplaudieron y dieron vivas y pidieron bises. Pasó casi inadvertido el título del aria que cerró la velada. Nessun Dorma… Nadie Dormirá.

9

Cuando terminó el concierto, Alma declinó la invitación de Johnny para «tomar una o dos copas» y se abrió camino por el comedor y el hall de embarque hasta el saloncito. En los días anteriores a la guerra, cuando el salón de fumar era un sitio exclusivamente masculino, el saloncito era un refugio para las señoras. Todavía conservaba una atmósfera de apacible refinamiento. Los sillones estaban cubiertos de tela y había una suave alfombra verde. En las mesas bajas redondas se encontraban ejemplares de Vanity Fair y Vogue. Alma lo prefería al camarote. Pronto trabó conversación con una mujer de Baltimore que estaba escapando de un ex marido que buscaba la reconciliación. Los problemas de los otros eran un consuelo.

En determinado momento, cerca de medianoche, entró al salón un botones preguntando por la señora Baranov. Tuvo que repetir el nombre dos veces antes que Alma reaccionara. Tenía una nota para ella: Cubierta de botones salvavidas 3. Lo antes posible. W.

Walter. La necesitaba. Pobre hombre, había sufrido un shock terrible. El plan se había vuelto en su contra y ya no podía controlarlo. Esta era su llamada de ayuda.

Le dijo a su acompañante que tenía que irse.

– Tenga cuidado -la previno la mujer-. No se arriesgue. -Fue la primera referencia en toda la conversación al tema que obsesionaba a todos los pasajeros.

Alma fue primero al camarote y se puso la capa de terciopelo negro de Lydia. Afuera debía de hacer frío. Antes de salir a cubierta se cubrió con la capucha.

La brisa se embolsó en la capa y la empujó hacia adelante. Alma la apretó contra su cuerpo. La cubierta de los botes parecía desierta y pensó que no era el viento lo que desalentaba a la gente de los de salir a pasear a la luz de la luna. Ella sabía que no había nada que temer, pero aun así sentía un cosquilleo en el estómago mientras caminaba por la cubierta.

No estaba segura de cómo eran las numeraciones, pero esperaba estar en el costado correcto.

De pronto sintió que una mano férrea se clavaba en su hombro y la hacía girar sobre sus pies. Gritó mientras se le caía la capucha. Walter estaba delante de ella. A la luz de la luna sus ojos parecían demoníacos.

– ¡Alma! -exclamó casi sorprendido-. Dios mío, qué impresión. Pensé… -la acercó a él y la abrazó-. Alma, perdóname. Tengo que estar loco. Con esa capa pensé que eras Lydia.

– Está muerta -susurró Alma, temblando de miedo-. Lydia está muerta.

– Perdona, perdí el control. No tiene ninguna lógica.

– Es comprensible después de todo lo que ha pasado.

Walter sacudió la cabeza.

– Sea lo que sea, te has asustado. ¿Te he hecho daño?

– Un poquito.

Un mechón de pelo le atravesaba la cara. Walter se lo echó hacia atrás y Alma creyó que estaba a punto de besarla, pero no lo hizo…

– Aquí arriba no hay nadie -musitó Walter-. Acabo de dar una vuelta por la cubierta. Caminemos un poco.

Alma había levantado el rostro esperando un beso y ahora lo bajó como si asintiera. Walter no lo había notado. Era saludable recordar que según las novelas románticas todos los hombres sin excepción debían ser guiados por los caminos sutiles de las mujeres. Iba a perseverar.

– Qué miedo debes de haber tenido cuando te llamaron a la oficina del capitán.

– Sí. Me pregunté para qué me querría. Tendría que haberlo imaginado.

– Fue culpa mía. Yo tuve la idea de llamarte Walter Dew.

– Lo decidimos juntos.

– Nunca soñamos que podía pasar esto… que te pidieran que investigaras la muerte de Lydia. ¡Querido, lo que debes de haber sufrido! Estabas blanco como la tiza cuando el capitán te presentó a los pasajeros. ¡Pero estuviste maravilloso… tan convincente!

– Si estaba blanco, era por una razón. Acababa de ver el cuerpo.

Alma le aferró el brazo con las dos manos.

– ¡Walter, qué horrible! No lo sabia.

– Fue bastante molesto. ¿Sabes? No era Lydia.

– ¿Qué? -Alma se retorció-. ¿No era Lydia?

– Ya sé que parece imposible -replicó Walter con tono glacial.

– ¿Estás seguro?

– Segurísimo.

– La gente cambia después de muerta.

– Alma, no estoy equivocado. Era otra mujer.

Alma tuvo la terrible sensación de que Walter había perdido la razón. No había podido tolerar la tensión. Habló con la mayor tranquilidad posible.

– ¿Cómo puede ser, Walter?

Se encogió de hombros.

– No tengo la menor idea. Pero eso significa que estamos seguros. Como el cuerpo no es de Lydia, somos inocentes.

Se esforzó para hablar como si hubiera aceptado lo que él decía.

– Pero todavía hay un inconveniente, ¿no es así?

– ¿Cuál?

– Ahora todos creen que eres el inspector Dew. Esperan resultados.

– En ese caso tendré que hacer lo necesario para lograrlo -replicó Walter sin perturbarse.

– ¿Cómo lo harás, Walter? No eres un detective de verdad.

– Sí lo soy.

– No -insistió Alma-. No lo eres.

– Déjame terminar, por favor. A los ojos de todos los que están a bordo de este barco, menos tú, soy Dew, y eso es lo que cuenta. El capitán está satisfecho y su autoridad me respalda. Ya lo oíste en el salón. Soy el hombre que arrestó a Crippen. Estoy a cargo de la seguridad de los pasajeros.

– Sí, querido, eso ya lo sé, pero tú no eres un detective. No sabes lo que hay que hacer. Estaremos cuatro días más a bordo. En el barco hay una mujer muerta y tú dices que no es Lydia. No tienes mucho con qué comenzar.

– Una mujer asesinada.

– Pero si no es Lydia, ¿cómo puedes estar seguro de que fue asesinada?

– Por las marcas en su cuello. Esa mujer fue estrangulada, Alma.

Alma quedó sin aliento. ¿Cómo podía sonar tan razonable al decir esas cosas?

– Así que a bordo hay o debe de haber un asesino -continuó Walter-. Y mi responsabilidad hacia los pasajeros y la tripulación es capturarlo. Ahora no hay ningún otro que lo pueda hacer.

– No. Nadie más.

– Lo primero es identificar a la víctima. Se lo he preguntado a los camareros. Es muy simple. A esta altura ya conocen a sus pasajeros. Todo lo que hace un detective es verificar los hechos. Es cuestión de mirar y hacer preguntas. Lo he hecho toda mi vida, por otro lado.

– ¿No tienes miedo?

– Ahora no -respondió Walter-. Estoy del lado de la ley y del orden. La gente me tiene confianza y me gusta ser el foco de la atención. No estaba feliz con mi papel de fugitivo, eso sí me asustaba -se rió-. Hay otras ventajas. Me han sacado de segunda clase y ahora tengo un camarote de primera en tu mismo corredor. El 75 -echó sus brazos alrededor de ella con aire posesivo.

Alma se envolvió en la capa.

– Sería peligroso que nos vieran juntos.

– Por supuesto.

– No es que no quiera ayudar; si supiera cómo, al menos.

Siguieron caminando por cubierta. El mar parecía negro y malvado. Alma miró las estrellas. La antena de telégrafo del barco se deslizó contra la blanca luna llena.

– Creo que debería irme a la cama.

– Sí. Yo daré otra vuelta por cubierta.

No la besó. Alma se lo agradeció. Ya no quería quedarse más allí.

Cerca de su camarote se encontró con la mujer de Baltimore. Miró a Alma con ojos desorbitados.

– ¿Ha estado en cubierta?

– He ido a tomar un poco el aire.

– ¡No sé cómo ha tenido el valor! Allí arriba podía estar el asesino.

Una vez en su camarote Alma corrió el cerrojo y echó la llave. Todavía se sentía insegura. Empujó el sillón contra la puerta.

Más tarde, en la cama, trató de calmar su miedo, analizando los motivos. Walter la había asustado cuando la tomó del hombro, pero tenía una explicación. Con la capa le había parecido Lydia. Había sido un momento de locura y lo entendía. La aseveración de que el cadáver no era Lydia podía haber sido causada por su imaginación perturbada. Era inquietante, pero tampoco eso debía asustarla. La raíz de su miedo era algo que él había dicho: A los ojos de todos los de este barco -menos tú- soy el inspector Dew… Había sentido su resentimiento en esas palabras, menos tú. Él quería ser Dew. Era una nueva identidad fascinante, imponente. El que había detenido a Crippen, el salvador del Mauretania. El único impedimento para hacer realidad esa ilusión era Alma. Ella sabía la verdad y por eso tenía miedo.

Johnny Finch no había sido presentado a Paul Westerfield II, pero no se sentía inhibido por el protocolo.

– No es una mañana tan mala -comentó cuando lo encontró mirando el mar desde la cubierta de paseo después del desayuno del lunes-. Si no me equivoco, cuando esa niebla se levante, va a hacer calor.

– ¿Le parece? -preguntó Paul.

– Una buena oportunidad para practicar un poco de tenis, amigo. Quién sabe, a lo mejor hasta puede vencer a Bill Tilden. El de aquí es un juego completamente diferente al que se practica en Wimbledon. ¿O es más bien jugador de tejos?

– ¿Es usted del comité social? -preguntó Paul.

Johnny se estremeció de risa.

– No, no, nunca van a pescar a Johnny Finch en ningún comité, y menos en ése. No me gustan los juegos de a bordo. A veces apuesto un poco de dinero a los resultados, pero eso es todo.

– Yo no apuesto -replicó Paul.

– ¿No? -exclamó Johnny con tono escéptico-. Podría jurar que el otro día lo vi jugar whist en el salón de fumar.

– Era por el mero placer de jugar con amigos.

– Ni qué decir tiene -Johnny guiñó un ojo-, Pero si está interesado en apuestas deportivas, he oído decir que el peluquero del barco tiene un cuaderno en el que anota cuánto tiempo va a necesitar el inspector Dew para capturar a su hombre.

– Qué emprendedor.

– Es cierto. Estoy pensando en poner cinco. Ofrece cuatro a uno contra Dew por un arresto mañana.

– No me interesa.

– Debería interesarle, muchacho. ¿No sabe que Dew ya ha obtenido su primer triunfo? Obtuvo el nombre de la mujer asesinada. Esta mañana estaba con el camarero de primera clase controlando un camarote en el que nadie había dormido. Por supuesto que encontraron dos o tres… sabiendo a lo que se dedica de noche la gente en los barcos. Eliminó todos menos uno y bajó con el camarero a identificar el cuerpo.

– ¿La identificó?

– En seguida, sin dudar.

– ¿Quién era?

– Ese es el punto. Era su compañera en el whist. Se llamaba Katherine Masters.

V El rey en Nueva York

1

En cubierta las hamacas estaban dispuestas en cuatro filas. Los viajeros experimentados se apresuraban a hablar con el encargado lo antes posible para reservar una buena. Una vez hecha la reserva se le colocaba una etiqueta a la silla y ya estaba asegurada por el resto del viaje. La ubicación exacta de la hamaca era muy importante. Nadie, salvo un espartano o alguien en su primer viaje aceptaba un lugar a estribor para la travesía a Nueva York. El lado de babor que (miraba al sur) era mucho más agradable incluso bajo una manta. Y había otras cosas que tomar en cuenta. Si uno quería ser visto o atraer la atención de un camarero era esencial tener un lugar en primera fila. Un pasajero puntilloso querría saber quién se sentaba a su lado. Un romance a bordo bien podía comenzar con una buena propina al encargado de cubierta.

Gracias a la habilidad de Marjorie, los Cordell estaban espléndidamente situados en la primera fila de babor al abrigo de una chimenea que nunca se usaba y que no echaba hollín. El asiento al lado de Barbara tenía una etiqueta que decía P. Westerfield II, pero esa mañana no estaba ocupado.

– ¿Qué le ha pasado a ese muchacho? -le preguntó Marjorie a su hija-. No habréis vuelto a distanciaros, ¿verdad?

– No, mamá. Paul ha ido a buscar al señor Gordon.

– ¿Quién es ése?

– El inglés que encontró su billetera. Jugó a las cartas con nosotros el sábado por la noche. Paul quiere estar seguro de que Jack sabe que la mujer que encontraron es Katherine.

– Ya debería de estar enterado. Creí que todos los del barco lo sabían. ¿Era amiga de él?

– No, sólo estuvieron juntos cuando jugamos a las cartas. En realidad no se llevaron muy bien. Al final de la partida ella estaba un poco molesta.

– Pobre mujer… qué terrible -suspiró Marjorie-, ¿No crees que fue un suicidio?

– Mamá, la estrangularon. Todo el mundo lo comenta.

Marjorie se dio vuelta hacia la silla del otro lado.

– ¿Oíste eso, Livy? Barbara dice que esa mujer fue estrangulada.

– ¿Humm?

– Está en otro mundo -Marjorie se acercó a su hija-. Barbara querida, no creo que sea conveniente que te mezcles en esto.

– No puedo cambiar lo sucedido, mamá. Jugué a las cartas con Katherine la noche que la mataron. Estoy segura de que tendré que contestar algunas preguntas.

– Pues a Livy y a mí no nos gustaría ver tu nombre en los diarios. Si ese inspector te pregunta algo, no te explayes, ¿eh?

– No puedo decirle mucho. De todas maneras Paul y Jack le dirán lo que saben. El asesinato no puede tener nada que ver con la partida de cartas, así que no te preocupes.

– No puedes estar tan segura. Este Jack Gordon… ¿Qué sabes de él en realidad? Podría ser el estrangulador.

– Mamá, no seas ridícula.

– Créeme, Barbara. He tenido tres maridos y sé algunas cosas -se aseguró de que los ojos de Livy estuvieran cerrados-. Pueden ser perfectos caballeros en apariencia, pero déjalos solos con una mujer indefensa y se convierten en monstruos. Por lo menos algunos de ellos -volvió a mirar a Livy-. Los hombres tienen que ser tratados como cualquier otro animal, si no te atacan. No me sorprendería nada que tu amable amigo inglés resultara ser el asesino.

– Creo que el asesino es alguien que nadie se espera.

– ¿Y no has pensado en Paul? -preguntó Livy sin abrir los ojos.

2

El médico del barco levantó la vista de sus notas para mirar a su próximo paciente.

– Inspector. Entre. Creí que era otro paciente. ¿En qué puedo serle útil?

Walter vaciló.

– En realidad querría consultarlo, doctor.

– Por supuesto. Estoy a su disposición. ¿Es acerca de mi examen del cuerpo?

– No. Es por mi pulgar. Me lo he lastimado.

– ¿De veras? A ver… ¿Cómo sucedió?

– Esta mañana después del desayuno fui a revisar el camarote de la mujer asesinada.

– Ah -exclamó el médico-. No me diga más. Quiso ver si la habían arrojado por el ojo de buey, así que trató de abrirlo. Está sufriendo del síndrome del ojo de buey, inspector. Después del mal de mer es la causa más común de las consultas. Tendría que haberle pedido al camarero que hiciera ese trabajo. Es mucho más fácil. Tiene llaves adecuadas para eso. ¿Le duele?

– Un poco.

– ¿Lo puede enderezar?

– Creo que sí.

– Muy bien, no es más que una torcedura. Se lo puedo entablillar, si quiere, pero no le servirá de mucho. ¿Así que piensa que el asesino arrojó el cuerpo por el ojo de buey? Tal vez debería buscar a otro con el dedo lastimado.

– No -exclamó Walter- no es tan simple. Cuando subimos a bordo algunos ojos de buey ya estaban abiertos. Lo noté en seguida.

– Eso es entrenamiento de Scotland Yard -comentó el médico con admiración-. Está muy lejos de mí enseñarle su trabajo, inspector. ¿Encontró algo interesante en el camarote?

– Muy poco. Mucha ropa. Algunos frascos de perfume.

– ¿Ninguna joya?

– No -replicó Walter-, ninguna joya -se alisó el bigote con la mano sana.

– Ése es un punto interesante -musitó el médico-. Si las joyas hubieran sido robadas, ¿no tendría allí un motivo?

– Supongo que sí.

– La razón por la que mencioné las joyas fue porque cuando el capitán me pidió que examinara el cuerpo encontré la marca de un anillo en el tercer dedo de la mano izquierda.

– Pudo haberse salido en el agua.

– El anillo de compromiso -acotó el médico con aire significativo.

– No estaba casada -interrumpió Walter- he visto su pasaporte. Era sin duda la señorita Katherine Masters.

– Le aseguro que no estoy equivocado. Si quiere se lo mostraré.

– No, no, no será necesario -una sonrisa apareció en su rostro-. Podía ser un anillo de compromiso.

– Supongo que es posible -concedió el médico, pero parecía dudarlo-. En mi opinión esa señorita Masters tenía experiencias masculinas, inspector.

– ¿No me diga? ¿Usted la conocía?

El doctor empezaba a sentirse confundido por la línea de pensamientos del inspector.

– No. Hice un examen íntimo para buscar pruebas de violación.

– Ah. Ahora lo entiendo.

– Opino que no la violaron.

– Bien. No necesitamos otro motivo para el crimen.

– Iba a agregar que las evidencias sugieren que era casada.

– O que debería de haberlo sido. No hay que olvidarse de la guerra.

– ¿La guerra?

– Cambió el mundo, doctor. Fue el fin de la inocencia.

– Es cierto.

– No la defiendo.

– Por Dios, no -el doctor no quería discutir-. Inspector, hay algo más sobre lo que debería llamarle la atención.

– ¿Sobre mi herida?

– No, no. Otro asunto. Puede no ser importante, pero creo que debo decírselo. Como ya sabe, pusimos a la señorita Masters en el depósito que sirve de morgue, debajo de los camarotes de la cubierta inferior.

– Sí.

– Ese cuarto está cerrado y las laves se guardan aquí, junto con las de los consultorios y los armarios. Tengo un ordenanza que se ocupa de eso. El domingo estuvimos muy ocupados con las cosas usuales… mareos y pulgares doloridos. Tenía conmigo dos enfermeras y un ordenanza. En algún momento de la tarde llegó un pasajero a la oficina y le dijo al ordenanza que necesitaba la llave del depósito en donde está el cuerpo. Alegó algo sobre la ayuda que le habían pedido para la identificación.

– ¿Le dieron la llave?

– Sí. Esa tarde mi ordenanza era un muchacho joven, Topley. Éste es su primer viaje y está muy ansioso por hacer méritos pero no es muy brillante. Entregó la llave pero no recuerda cómo era el hombre. Descubrí esto porque al final del día la llave no estaba en su lugar habitual. Topley bajó a buscarla y la encontró en la cerradura.

– ¿Así que el pasajero no la trajo de vuelta? Eso suena un poco raro.

El médico le dirigió una mirada inquisitiva.

– El asunto es que fue allí sin autorización. Ni el capitán ni el sargento saben nada. ¿Por qué haría una cosa así un pasajero?

– Le iba a hacer la misma pregunta -comentó Walter.

– Si quiere puede hablar con Topley, pero no creo que le saque mucho.

– Voy a ahorrar saliva. De todas maneras gracias por mencionármelo -miró su pulgar lastimado y trató de moverlo-. Ya está un poco menos inflamado. No creo que necesite entablillarlo.

– ¿No me va a preguntar por las marcas?

Walter se estudió la mano.

– Las marcas en el cuello de la mujer -agregó el médico con un dejo de petulancia-. Yo fui el primero en notarlas.

– Felicitaciones.

– La estrangularon, inspector. Las marcas corresponden a un estrangulamiento típico.

– Sí -asintió Walter-. Muy desagradable. Y bastante tosco. El asesinato no tiene por qué ser tan brutal. Bueno, es casi la hora de almorzar. Gracias por su diagnóstico.

Una vez solo en su oficina el doctor se preguntó cuál sería el secreto del éxito del inspector Dew. Parecía tener el don de obtener información sin preguntar. Su estilo de interrogatorio era tan oblicuo que uno se olvidaba de que era un policía. Claro que se había retirado de Scotland Yard antes de la guerra. O había perdido la práctica o era endiabladamente listo. El doctor no había decidido cuál de las dos era la respuesta correcta.

3

Bajo el sol de la cubierta. Alma se sintió avergonzada por sus arranques nerviosos de la noche anterior. Estaba agotada. Necesitaba relajarse. Había menospreciado la tensión provocada por el asesinato. En el caso de Walter era comprensible porque todavía estaba bajo muchas presiones, pero no había ningún motivo para que ella estuviese así. Tenía que comportarse como cualquier otro pasajero. Así que cuando el camarero mencionó que se había divisado al Berengaria, se reunió con el grupo que se alineaba a lo largo de estribor para ver cómo se cruzaban los dos barcos de la Cunard.

Se alegró mucho de haberlo hecho. Se sintió estimulada por la visión del enorme barco avanzando a todo vapor hacia ellos, con su casco negro convirtiendo el agua azul en espuma, y su blanca cubierta bordeada de figuras saludando. Se cruzaron señales a través del agua y los dos barcos se detuvieron a varios cientos de metros para intercambiar correo por medio de una lancha. Hubo más saludos cuando las turbinas arrancaron de nuevo y las sirenas se unieron a la despedida. Alma miró hasta que sólo pudo ver el vapor de las tres chimeneas del Berengaria a lo lejos. No se había dado cuenta de que Johnny estaba a su lado y no le importó.

– Ya sabrá que ese barco fue botado por el Kaiser -le informó-. Era el Imperator hasta que la Cunard lo adquirió como su nave capitana. Despojos de guerra. Todavía es una nave gloriosa. A mí no me molesta. Me parece que navegar bajo diferentes banderas es una cuestión personal, ¿no cree, señora Baranov?

Si Alma se ruborizó, no se notó por el fuerte viento. Sonrió de manera neutral.

– Es sólo mi manera de traer a colación el asunto del baile de máscaras de mañana -explicó Johnny-. Supongo que irá.

– No lo he pensado.

– Tampoco yo, hasta esta mañana. Algunas de estas personas traen los trajes ya hechos, cosas profesionales, pero a mí eso no me gusta. Creo que debe ser algo espontáneo, ¿y usted?

– Sí, yo tampoco tengo un disfraz.

– Perfecto. Y le puedo asegurar que si hubiera traído sus mejores enaguas y una peluca y una canasta de naranjas, por lo menos habría otras dos Nell Gwynnes para arruinarle la noche.

Alma rió.

– ¿Qué se va a poner?

– Ése es el problema. Todavía no lo he decidido. Estoy tratando de inventar algo verdaderamente original. Tuve una idea un poco rara. ¿Cómo me vería como el doctor Crippen?

Alma trató de sonreír.

– No estaría mal, ¿no?

– No creo que todo el mundo lo apreciara.

– Tal vez tenga razón. De todas maneras soy demasiado alto. Era un hombre bajito, ¿sabe? Difícil. La gente creería que soy un político. A decir verdad tengo una idea mejor, pero voy a necesitar ayuda. Perdone la pregunta, pero ¿sabe manejar la aguja y el hilo?

– Depende de lo que pretenda.

– Nada muy elaborado. Unos pliegues aquí y allá -Johnny sonrió para sus adentros-. Por Jehová, éste será un ganador. Ahora tenemos que pensar en algo para usted.

4

Después del almuerzo Jack Gordon fue a buscar al inspector Dew. Lo encontró sentado en un sillón entre el piano y una palmera en el salón principal. Parecía dormido, Jack lo llamó y no obtuvo respuesta. Volvió a llamarlo y tocó la mano del inspector.

Walter abrió los ojos.

– ¿Inspector Dew? -preguntó Jack por tercera vez-, siento molestarlo.

– ¿Qué sucede?

– Me llamo Jack Gordon. ¿Le parece bien que hablemos del asunto que está investigando?

– ¿Eso? Ah, sí. Busque una silla.

Jack agarró una del otro lado de la palmera y se sentó enfrente de Walter.

– Allí no -pidió Walter-, Un poco más a la derecha. Quiero tener libre la vista del salón -guiñó un ojo-. Observación.

Jack miró sobre su hombro siguiendo la vista del inspector, pero todo lo que pudo ver fue a dos clérigos jugando a las damas.

– ¿Qué quería decirme, señor Collins?

– Gordon. Pensé en hablar con usted antes de que viniera a buscarme. Estuve con la señorita Masters la noche en que la mataron. Jugué a las cartas con ella en el salón de fumar. Fui su compañero de whist. Supuse que querría una declaración mía.

– Es muy meritorio de su parte hacerlo voluntariamente, señor Collins.

– En realidad me llamo Gordon, inspector.

– Ya lo oí la primera vez, señor Collins. No se ofenda, pero tengo la costumbre de llamar a los testigos por su apellido. Cuénteme esa partida de whist. ¿Quiénes eran sus contrincantes?

– Una pareja norteamericana joven. El se llama Westerfield, creo.

Walter sacó una libretita y un lápiz.

– Será mejor que lo anote. Soy un desastre con los nombres y en general dejo esa parte a la enfermera.

Jack lanzó una risita inquieta.

– Claro.

– ¿Y el nombre de la compañera del señor Westerfield?

– Eso es más difícil. Se llama Barbara, pero no pesqué el apellido.

– No tiene importancia, señor Collins. Ya me arreglaré para conseguirlo. En este momento me preocupa más la señorita Masters. ¿Eran amigos?

– No. Nunca nos habíamos visto antes del sábado a la noche. La partida se celebró después de la cena. Estaba sentado aquí con el señor Westerfield y mientras hablábamos apareció la señorita Masters a preguntar si queríamos colaborar en el espectáculo del barco. Ninguno de los dos estaba muy entusiasmado, pero en cambio decidimos jugar unas manos de whist. Le gustó la idea. Paul, el señor Westerfield, fue a buscar a Barbara para que fuera su compañera.

– ¿Fue una partida agradable?

– En general, sí -Jack juntó y separó los brazos-. Bueno, alguien se lo va a contar, así que será mejor que se lo diga yo. Al final hubo una especie de malentendido. Paul y Barbara ganaron la mano decisiva y la señorita Masters y yo no nos entendimos muy bien después de las primeras manos. Ella criticó mi juego, me hizo enojar. Al final sacó un billete para pagar a los otros. No sé si está enterado de lo que sucede entre los jugadores de cartas en un barco, inspector, pero nadie pone dinero encima de la mesa en un salón público. Fui muy cortante con ella. Le dije en pocas palabras que eso no se hacía y me fui. Creo que estaba a punto de echarse a llorar y eso es algo que no aguanto -se encogió de hombros-. Estoy seguro de que se dará cuenta de lo mal que me siento ahora.

– Yo no me lo tomaría tan a pecho -le aconsejó Walter-. El caso es que no creo que se haya suicidado. Le puedo decir, confidencialmente, que fue estrangulada.

– Ya oí algo de eso -musitó Jack. Se inclinó hacia adelante. De pronto tenía los labios pálidos y los ojos fijos en Walter con extraordinaria intensidad-. Tiene que encontrar al demonio que lo hizo, inspector. Se merece la horca.

Walter asintió y se pasó con suavidad el dedo por el cuello.

– ¿Lo atrapará? -preguntó Jack.

– Dios mediante.

– No sé cómo podrá explicarse un crimen sádico, como éste.

Walter permaneció inmóvil como una esfinge.

– No hay razón -continuó Jack-. No tiene sentido. Para mí se trata de un maníaco.

– ¿Quién podrá ser? -preguntó Walter con interés.

Jack parpadeó.

– No tengo idea. Lo único que deseo es que lo atrapen.

– Usted estaba sentado frente a la señorita Masters durante la partida y debió de ver sus manos.

– ¿Qué quiere decir? Yo no hago trampas.

– No las cartas, señor Collins. Me refiero a sus manos. Manos. ¿No recuerda si tenía un anillo en el tercer dedo de la mano izquierda?

Jack sacudió la cabeza.

– No era casada. Estoy seguro de que era soltera.

– Podría haber estado comprometida.

– No usaba ningún anillo.

Walter hizo una anotación en su cuaderno. Levantó la vista.

– ¿Algo más, señor Collins?

– Sí. ¿Puede prestarme su cuaderno y el lápiz?

Walter parpadeó sorprendido, pero le alcanzó las dos cosas.

Jack escribió su nombre.

– Para que quede registrado, inspector. No dude en llamarme si necesita ayuda.

– Gracias. Muchísimas gracias.

Esperó a que Jack abandonara el salón y se levantó para pedirle a un camarero que le señalara a Paul Westerfield.

Paul estaba en cubierta. Estaba jugando la primera vuelta del torneo de badmington, que consistía en arrojar un aro de goma sobre una red. La cancha estaba marcada con tiza. El contrincante de Paul era un inglés maduro que compensaba su falta de agilidad dando efecto al aro para que este se balanceara en el aire con la intención de distraer al oponente. Era también posible que la presencia de Walter con su sombrero hongo contribuyera a la falta de concentración de Paul. Perdió contundentemente el punto decisivo. Estrechó la mano del ganador y una joven le alcanzó su chaqueta.

Walter se dirigió a él.

– Señor Westerfield, si no está demasiado exhausto…

– No, señor -replicó Paul-, Fue más un partido táctico que de resistencia. Veo que conoce mi nombre. Esta es la señorita Barbara Cordell; supongo que ella también estará en su lista.

– Ah, sí -asintió Walter.

– ¿Quiere hablar con nosotros dos al mismo tiempo?

– ¿Al mismo tiempo? No lo había pensado.

– No hay secretos entre nosotros.

– Creo que el inspector quiere hablarte a solas, Paul -musitó Barbara.

– No -respondió Walter-. Así ahorraremos tiempo.

– Perfecto. ¿Vamos al café Verandah? Tengo bastante sed.

Eligieron una mesa al lado del enrejado. Como el frente del café estaba abierto al aire libre, Walter le preguntó a Barbara si no le iba a molestar la corriente de aire.

– Mientras hay sol es agradable -le contestó- y si tengo frío puedo ponerme el cardigan. ¿No va a sacarse el sombrero, inspector?

Walter miró a su alrededor.

– No lograba decidir si estábamos afuera o adentro -explicó mientras apoyaba el sombrero en la silla a su lado.

– ¿Le molesta? -preguntó Paul.

– Oh, no. Sólo que me gusta hacer siempre lo que corresponde -contestó Walter con aire confidencial-. Tal vez esté un poco pasado de moda. Han pasado unos cuantos años desde la última vez que crucé el Atlántico.

– Hemos oído hablar de eso -asintió Paul-. Bueno, ¿quién no? Ya ha pasado a formar parte de la historia marítima.

Walter se echó atrás en su silla y poniéndose a la defensiva:

– Ah, sí, ¿y cómo sabían quién era?

Paul miró a Barbara; eso no podía ser otra cosa que el famoso sentido del humor inglés.

– Supongo que ahora está citando al doctor Crippen.

– Ah -sonrió Walter con más entusiasmo.

– Recuerdo haber visto una foto suya y del doctor Crippen bajando de la pasarela cuando volvieron a Inglaterra; usted llevaba puesto el sombrero. Lo que no recuerdo es qué barco era.

– El mismo -replicó Walter.

– ¿El Mauretania?

– El sombrero -corrigió Walter levantándolo-. El mismo sombrero. Bien, si puedo molestarlo con algunos recuerdos más recientes, ¿qué puede decirme de la dama a la que asesinaron el sábado por la noche?

– ¿Katherine? No mucho, inspector. La conocimos anoche y nos preguntó si queríamos jugar al whist.

Barbara interrumpió.

– A mí no me preguntó nada. Paul, recuerda que tú me invitaste después de que acordarais la partida.

– Es verdad -reconoció Paul-, ¿es importante? Bien, si quiere que le cuente todo, le diré que estaba tomando café y una copa en el salón con un inglés, Jack Gordon. Katherine… la señorita Masters… se acercó y nos preguntó si queríamos actuar en el espectáculo. Estaba reclutando gente en nombre del señor Martinelli, que es el encargado de los espectáculos, pero no habla bien inglés. Quería gente para participar en un sketch. Jack hizo un comentario gracioso diciendo que lo único que sabía era jugar al whist. Katherine le tomó la palabra y así fue como arreglamos la partida.

– Yo todavía estaba en el salón comedor con mis padres -acotó Barbara-, Y Paul vino a invitarme a jugar.

– Nos conocemos desde la época del colegio -agregó Paul.

– Y estuvimos juntos en los mismos hoteles en París y en Londres -agregó Barbara.

Walter sacó su cuaderno.

– Será mejor que anote esto. ¿Qué quieren tomar? Me parece que se acerca el camarero.

– Así es -dijo Paul-. ¿Qué es lo suyo, inspector?

Walter frunció el ceño sin entender.

– Qué va a tomar.

– Ah. Té, por favor.

– ¿Con leche y azúcar?

– Sin azúcar. Produce caries. Ahora bien, señorita Cordell, ¿Cómo se escribe su nombre?

– B-a-r… -empezó Barbara.

– No, su apellido, querida -interrumpió Walter-. Cordell.

– En realidad ése no es mi apellido -corrigió Barbara- el mío es Barlinski.

Walter no parecía dispuesto a creerle.

– Livingston Cordell es mi padrastro -explicó Barbara-. Es el tercer marido de mi madre. Se divorció de mi padre cuando yo tenía siete años. Es demasiado largo de explicar, por eso cuando me llaman Cordell no acostumbro a corregirlos. ¿Quiere que le deletree Barlinski?

Walter empujó el cuaderno y el lápiz a través de la mesa.

– Será mejor que lo escriba.

– ¿Escribo también el de Paul?

Walter tenía el aspecto de un hombre al que han engañado demasiadas veces. Asintió. Cuando Barbara la devolvió el cuaderno lo estudió con detenimiento.

– ¿Quería saber algo de la partida de cartas? -preguntó Paul.

– En realidad, no. Ya me lo contó el señor, humm… -Walter miró su libreta-. Gordon. Cuénteme algo de él.

– Es un buen tipo -comento Barbara-. Encontró la billetera de Paul y se la entregó al comisario de a bordo.

– Mi billetera -explicó Paul-. La perdí un rato después de subir a bordo. Contenía mucho dinero… más de uno de los grandes.

– Uno de mil -corrigió Barbara.

– Dólares -agregó Paul.

Walter estaba tachando palabras en su cuaderno.

– El dinero no me falta -continuó Paul-, pero perder esa billetera era un verdadero fastidio.

– Tuvo que pedirle dinero prestado a Livy.

– ¿Livy?

– Livingstone -completó Paul-. Su padre.

– Padrastro -corrigió Barbara.

– ¿Es esto importante? -preguntó Paul-. No creo que el inspector esté interesado en la historia de mi billetera, ¿no? El asunto es que Jack Gordon la encontró y la entregó. Salvó la situación, eso es todo.

– ¿Él? -exclamó Barbara ofendida-. Espera un poco. ¿Qué te parece si le atribuyes algún mérito a Livy? Te ayudó bastante. Sin sus sugerencias, ¿dónde estaría Poppy ahora?

– ¿Poppy? -preguntó Walter desorientado.

– Una amiga nuestra -aclaró Paul.

– ¿Nuestra? -preguntó Barbara con sarcasmo-. Tenía pelo rubio y una figura provocativa y un vestido que no estaba hecho para ocultarla -la describió Barbara-, Vino a Southampton a despedir a Paul. Por alguna misteriosa circunstancia no bajó del barco cuando sonó la campana. La llevaron a Francia. Con toda esta excitación Paul perdió la billetera y Livy le prestó lo suficiente para que Poppy volviera a Inglaterra.

– Puede olvidarse de Poppy -le comentó Paul a Walter-. No tiene nada que ver con su investigación. Me ha preguntado por Jack. Es un tipo normal. Se molestó un poco cuando Katherine sacó a relucir un billete al final del juego, pero no se le puede culpar, porque ella le había dicho algunas cosas feas sobre su manera de jugar y él se las había dejado pasar con dignidad.

– Las cartas parecen sacar a flote lo peor de la gente -observó Walter.

– Como individuos los dos eran agradables -reflexionó Barbara-. Yo charlé un rato largo con Katherine después de que Jack dejara la mesa y mientras Paul iba a buscar café. Ella no sentía ningún resentimiento por Jack. Estaba molesta consigo misma por haberlo hecho enojar. Nos pusimos de acuerdo para persuadir a los dos hombres a jugar otra partida la noche siguiente.

– Eso no me lo dijiste -comentó Paul.

– ¿Por qué tenía que hacerlo? Era algo que había acordado con Katherine. Te conté que ella se había ofrecido a enseñarme a jugar al bridge.

– ¿Qué otra cosa tramasteis? -preguntó Paul.

– Estuvimos de acuerdo en algunas opiniones sobre los hombres en general.

– ¿Y después de eso? -preguntó Walter con rapidez.

– Paul volvió con el café y poco después Katherine nos dejó para ir a su camarote. Habrá sido alrededor de medianoche.

– Nosotros fuimos a bailar un par de piezas y después cada uno se marchó a su camarote -completó Paul-. Nos enteramos del cadáver hallado en el agua el domingo a mediodía, un rato antes del almuerzo.

– Todavía no lo entiendo -exclamó Barbara-. No era más que una mujer sola que no conocía a nadie en el barco.

– Sí -acotó Walter-, también a mí me desconcierta.

– Lo que dijiste no es muy correcto, Barbara. Tiene que haber conocido a otra gente para entrar en el comité de espectáculos. Y no nos olvidemos de que andaba buscando voluntarios.

– No es suficiente para que la asesinen -dijo Barbara.

– Tiene que haber asustado a alguien. ¿Recuerdas lo que dijo cuando volvió de ponerse perfume?

– Ah, sí -recordó Barbara-, lo había olvidado -se volvió hacía Walter-. A mitad de la partida hicimos una pausa para tomar una copa. Katherine volvió a su camarote para refrescarse. Nos dijo que al volver había visto un hombre en el corredor, que la había contemplado como si ella hubiera sido un fantasma y luego había vuelto a entrar al camarote. Estaba tan sorprendida por lo ocurrido que volvió a su cuarto y contempló ante el espejo qué había de raro en su cara.

– Jack sugirió que habría sido algún tipo aterrado ante la perspectiva de que le pidieran que apareciera en el espectáculo -comentó jocosamente Paul-. Si no, ¿por qué se comportaría de una manera tan sospechosa?

– La verdad es que no lo sé -replicó Walter, nervioso.

5

Después de comer, Alma fue a su camarote a coser. Estaba contenta de tener algo en qué ocuparse. Johnny le había conseguido aguja, hilo y hasta un dedal. Era sorprendente ver cuántos materiales de «utilería» podían encontrarse cuando los pasajeros se proponían crear un disfraz. En una sola vuelta por cubierta durante la tarde, había visto surgir pelucas y barbas de trozos sueltos de cuerda, sombreros hechos con servilletas y togas creadas con las colchas de la compañía. Con menos imaginación, Alma había decidido ir disfrazada de enfermera. Tenía la esperanza de que eso le permitiera participar sin llamar demasiado la atención.

Oyó que llamaban a la puerta. Se levantó, pensando que sería Johnny una vez más. Estaba segura de haberle dicho que le entregaría sus cosas por la mañana. Además no era correcto recibir a un hombre de noche, aunque éste tuviera un pretexto válido.

Entreabrió la puerta y vio a Walter. El no pronunció palabra, pero se veía que esperaba que lo dejara entrar. Alma dudó, tratando de reprimir su incomodidad.

Walter parecía más cansado que amenazador. Se hizo a un lado y lo dejó pasar. No se abrazaron.

Walter se dirigió a un sillón.

– Allí no -había una aguja enhebrada clavada en uno de los brazos.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó él.

– Un disfraz. Trato de comportarme como cualquier pasajero.

– Muy bien.

– Es más fácil. Nadie me vigila. Lo que me preocupa es cómo te las estás arreglando tú. Será agotador tratar de convencerlos de que eres un detective.

– Estoy un poco cansado. Pero ya me aceptan como Dew.

– ¿Cómo sabes lo que debes preguntar?

– Es gracioso, pero no he hecho muchas preguntas. La gente me habla y trato de responder con lógica. Anoto sus nombres en una libreta lo mejor que puedo. Por ahora todos me tratan con respeto, pero me pregunto cuánto podrá durar esta farsa.

– Se supone que llegaremos a Nueva York el miércoles por la mañana -corrigió Alma-. Sólo tres noches más.

– Las noches no me importan. Tengo la impresión de que la gente espera que llegue a alguna conclusión muy pronto. Le prometí al capitán que hablaría con él esta noche.

– ¿Hay algo que puedas decirle?

– Casi nada. Una débil sospecha de algo… pero no del asesinato, por desgracia.

– ¿De qué se trata, Walter?

– Hablé con la gente que jugó al whist con la víctima la noche en que la mataron. Un inglés de mucha labia, de pelo claro peinado extrañamente y una pareja de norteamericanos jóvenes al parecer muy ricos. Mientras los escuchaba me descubrí pensando en mis días de music-hall. Te conté lo que solía hacer, ¿no?

– Leer los pensamientos. ¡Walter, qué maravilla! ¡Leíste sus pensamientos!

Walter sacudió la cabeza.

– No, nada tan espectacular como eso. Me refiero a que recordé la forma en que obteníamos nuestros voluntarios entre el público.

– Sí, me acuerdo. Los llamaste plantas.

– Sí. No es más que una intuición, pero no puedo dejar de pensar en que ese tal Gordon… el inglés presuntuoso… se cruzó expresamente con los norteamericanos…

– ¿Para timarlos?

– Supongo. Westerfield, el norteamericano, perdió su billetera y Gordon la encontró y se la entregó al comisario de a bordo. Por supuesto que Westerfield fue a agradecérselo y entre ellos se creó un lazo de mutua confianza. Mientras tomaban una copa apareció Katherine Masters, en teoría a reclutar voluntarios para el espectáculo. Y en lugar de eso se organizó una partida de cartas. A primera vista suena como un arreglo espontáneo.

– ¿Pero tú sospechas que ella estaba en combinación con Gordon?

– Se me ha cruzado esa idea por la cabeza. Sería un truco muy limpio. Gordon no me dijo nada de la billetera.

– ¿Es significativo?

– Lo es si la billetera fue sacada del bolsillo de Westerfield y puesta en algún lado para que Gordon la encontrara.

– ¿Quién podría haber hecho eso?

– Una tal Poppy, que subió a bordo con Westerfield.

– Me parece un fraude demasiado elaborado, Walter. ¿Ganaron mucho?

– Perdieron.

Alma sacudió la cabeza con compasión.

– Tu teoría trastabilla allí, ¿no?

– No. Como tú dices, es demasiado elaborado. Si hay algo, no creo que apuntaran a una sola noche de juego. Hubieran seguido subiendo las apuestas durante la semana y en la última noche se produciría la carnicería.

– Así que puede ser que hayan perdido de forma deliberada.

– Sí. En realidad parece que jugaron bastante bien durante unas manos y luego todo se vino abajo. Ella criticó su juego y él la hizo llorar al final de la velada.

– ¿Crees que todo estuvo planeado?

– No lo sé. De todas maneras convenció a los norteamericanos.

– ¿Pero cuál era el objeto?

– Convencerlos de que Gordon y la señorita Masters no se conocían, no se llevaban muy bien en el juego y se les podía ganar con facilidad. La chica norteamericana se quedó consolando a la señorita Masters y prometiendo jugar al bridge la noche siguiente.

– Empieza a sonar como algo verosímil -comentó Alma-. Eres un detective en serio.

La cara de Walter se iluminó.

– ¿Lo dices de veras?

– Pero eso no explica por qué asesinaron a la señorita Masters.

– No.

– Y ahora que está muerta será muy difícil probarlo.

Walter asintió, cabizbajo.

– A menos… -acotó Alma.

– ¿Qué?

– Que puedas descubrir si realmente estaba en el comité encargado de los espectáculos.

6

Giovanni Martinelli estaba en la peluquería haciéndose arreglar las manos y sosteniendo una animada conversación en italiano con el peluquero. Callaron de golpe al ver entrar a Walter.

– ¿Signor Martinelli? -preguntó Walter.

El gran tenor alzó las cejas.

– Disculpe que lo interrumpa. Soy Dew, inspector Dew, y estoy a cargo de la investigación de la muerte de la pobre señorita Masters. Hay un punto que creo me podrá aclarar. Me han informado que en la noche de su muerte se vio a la señorita Masters acercarse a algunos pasajeros para pedirles de parte suya si deseaban participar en el espectáculo del barco. Lo único que quiero es confirmar si eso es verdad y ella era un miembro acreditado de su comité.

Martinelli no respondió nada. Permaneció mirando a Walter.

– No hago más que comprobar las declaraciones de otros testigos. No es más que una formalidad -Walter sacó su cuaderno y lápiz para sonar más convincente.

La cara de Martinelli se suavizó en una amplia sonrisa.

– Sí.

Tomó el cuaderno y el lápiz de Walter, escribió algo y se lo devolvió.

Había escrito «G. Martinelli. Mauretania. 1921».

7

La aparente irritación entre Paul y Barbara durante la conversación con Walter continuó por la noche. Después de la cena se organizó el baile en el salón comedor y Paul se unió a los Cordell en su mesa. Se sentó enfrente de Barbara y tuvo la ocasión de acercarse más cuando Livy y Marjorie se levantaron para bailar un tango, pero no lo hizo. Pudo haberle hablado también, pero dedicó toda su atención a los bailarines. Barbara se empezó a preguntar por qué se había sentado en la mesa con ellos. Cuando el tango terminó, Marjorie volvió a la mesa.

– ¿No vais a bailar esta noche? No debéis permitir que la vieja generación os enseñe.

– Paul jugó hoy un partido de badmington agotador, mamá.

Paul ignoró la agresión y se dirigió a Marjorie.

– Cuando usted y Livy salen a la pista todos parecemos de madera.

– Adulador -agradeció Marjorie con un estremecimiento de placer que hizo brillar sus lentejuelas-. En ese caso Livy y yo nos vamos a sentar durante la próxima pieza para daros la oportunidad de luciros.

Era un vals. Dieron vueltas por la pista con aire solemne a los sones de I’m Forever Blowing Bubbles. Paul era un bailarín discreto, casi siempre capaz de distraer a su compañera de algún movimiento imperfecto con su agradable charla. Pero esa noche no quería o no podía divertir a Barbara.

– Lo siento -musitó ella al terminar.

– ¿Por qué?

– Porque mi madre te obligó a hacer esto.

– No fue así. Yo mismo te invité, ¿no?

Barbara asintió. Un redoble de tambores anunció el final de la pieza.

– Forman una hermosa pareja -comentó Marjorie cuando volvieron a la mesa.

Se quedaron sentados durante los dos valses siguientes y luego bailaron uno antiguo y demasiado intrincado para poder hablar.

– Me parece que me voy a acostar temprano -exclamó Paul cuando terminó-. No soy una compañía muy interesante.

– No es muy fácil con mis padres en la mesa.

– No los critico. Son simpáticos.

– Podríamos ir a dar un paseo por la cubierta.

– Hace demasiado frío. Se está levantando viento.

– Qué lástima -se lamentó Barbara-. Pero no me gustaría que te resfriaras por culpa mía -apenas pronunció esas palabras deseó no haberlas dicho nunca. No tenía la intención de darles ese tono de rechazo sino que expresaban su genuina frustración ante la incomodidad que se había instalado entre ellos-. Disculpa. Por favor, no vayas a acostarte.

Los ojos de Paul registraron su asombro.

– Barbara, olvidémonos de todo lo ocurrido hoy, ¿quieres? Tal vez mañana estemos en un mejor estado de ánimo. Buenas noches.

Barbara volvió sola a la mesa y explicó la ausencia de Paul arguyendo que no se sentía bien. Su madre le dirigió una mirada dura y comentó que algunos jóvenes eran más vulnerables de lo que creían las mujeres. Livy fue a buscar bebidas y volvió con la información de que Paul estaba en el salón de fumar.

– Creo que necesitaba un par de whiskis para asentar sus pensamientos -le comentó a Barbara-, Vamos, todavía no has bailado conmigo.

Barbara agradeció la consideración de Livy. Muchas veces limaba la aspereza de los comentarios de Marjorie y en ese momento la estaba ayudando a sobreponerse a la sensación de haber sido abandonada por Paul.

– No te preocupes -la consoló Livy-, le gustas. Lo he estado observando. Todavía tiene que aprender unas cuantas cosas de las damas, pero está tratando. Dale tiempo.

Barbara le dio un beso cariñoso en la mejilla.

– Eres muy bueno conmigo.

Decidió sentarse durante un par de piezas más y luego irse a la cama. Livy sacó a Marjorie a la pista para bailar un fox-trot. Barbara los contempló, preguntándose si Marjorie realmente apreciaba lo que tenía.

– ¿Sola? -preguntó una voz a sus espaldas.

Miró por encima de su hombro y vio a Jack Gordon inclinado hacia ella. Su pelo rubio y camisa blanca dominaban la luz de la pista.

– No del todo. Mis padres están bailando.

– Pero usted no. ¿Me haría el placer de acompañarme?

En cualquier otro momento hubiera declinado el ofrecimiento con amabilidad, pero en ese momento no dudó. Se puso de pie y avanzó hacia la pista del brazo de Jack. En seguida sintió una rara seguridad por su manera de bailar. La guió sin esfuerzo y con un sentido del ritmo que hacía resaltar sus propios movimientos.

– No sabía que le gustaba bailar -comentó ella.

– Sería tonto si no aprovechara la oportunidad de rodear con mi brazo a una chica tan bonita.

Barbara consideró este comentario como el más rápido que había oído de boca de un hombre y las señas de peligro zumbaron en su cabeza, pero de todas maneras estaba contenta de que él lo hubiera dicho.

– Nunca lo vi antes en la pista.

– Nunca la vi sola.

Barbara trató de desviar la conversación hacia algún tema menos personal. A pesar de las pocas palabras cruzadas hasta el momento entre ambos estaba segura de que la situación terminaría siendo molesta.

– Creo que para mañana anuncian mal tiempo.

– Mañana no me importa demasiado.

– Le importaría si estuviera tan nerviosa como yo ante la perspectiva.

– No se rinda, Barbara. Conozco un remedio muy bueno para los mareos.

– Sí, mamá tiene algunas píldoras en su cuarto.

– No me refiero a píldoras. Lo que yo digo es mucho más agradable. Una copa de coñac cada dos horas. ¿No querría una ahora para prever un brusco cambio de clima?

Ella quedó atónita ante la rapidez de su táctica.

– Estamos bailando.

– Podemos esperar a que termine la pieza.

– Le agradezco que me ofrezca una copa, pero prefiero no beber.

– ¿Por qué?

– Hay alguien en el bar y prefiero que no me vea. No sé exactamente dónde está, pero me han dicho que estaba bebiendo.

– ¿Alguien que conozco?

– Prefiero no decírselo.

– Iré a buscar el coñac y se lo traeré aquí.

– Estoy sentada con mis padres.

– ¿No puede sentarse en otro lado?

Su insistencia empezaba a molestarla. Lo que había comenzado como algo agradable, que le había levantado el ánimo justo a tiempo, estaba perdiendo el encanto con rapidez.

– Jack, no quiero coñac, de veras. ¿No podemos simplemente disfrutar del baile?

– Olvídese del coñac, entonces. Disfrute del baile. Cuando termine nos escaparemos hacia algún lugar más tranquilo.

– No. Quiero quedarme aquí.

– ¿De qué tiene miedo? No voy a lastimarla.

La música se detuvo. Barbara musitó un apresurado «Buenas noches» y fue al encuentro de Livy y su madre que salían de la pista.

– ¿Quién era ése? -preguntó Marjorie-. Tiene aire de conquistador.

– Ayudadme a escapar de él -murmuró Barbara, pero Jack ya se alejaba.

Después del último vals los tres volvieron a sus camarotes en la cubierta D. El de Barbara estaba a tres puertas del de sus padres. Ella les deseó buenas noches y siguió su camino. Sacó la llave de su cartera y la colocó en la cerradura. Mientras abría la puerta tuvo la sensación de que había alguien de pie detrás de ella. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración en el cuello. Pensó que podía ser Paul que deseaba disculparse por su conducta anterior. Se dio la vuelta.

Jack estaba a treinta centímetros y le habló en voz baja.

– Usted me obligó. No tendría por qué haber sido así.

Barbara intentó inútilmente reunir fuerzas en su interior al ver que él comenzaba a avanzar hacia ella.

8

– ¿Tahúres? -preguntó el capitán Rostron.

– Esa es una teoría en la que estoy trabajando -replicó Walter a la defensiva.

Estaban en el camarote del capitán y su camarero personal había traído un botellón de whisky, un sifón y dos vasos de cristal. Walter estaba fumando un cigarro.

– No quiero decir que esté equivocado, inspector, pero estamos muy atentos a ese tipo de cosas. Tengo que admitir que antes de la guerra ese tema se nos estaba escapando un poco de las manos, pero hemos apretado las clavijas…, hablo de la Cunard…, y me alegra decirle que ya no queda mucho de eso. Por supuesto que no se puede impedir que la gente juegue a las cartas, por lo que es difícil diferenciarlos, pero para eso se le paga al sargento y a sus ayudantes. El señor Saxon no será Sherlock Holmes frente a un caso de asesinato, pero le puedo asegurar que reconoce rápidamente a los tahúres.

– No lo dudo.

– Mi comisario de a bordo tiene una memoria excelente para las caras y siempre me avisa cuando aparecen en el barco jugadores profesionales. Casi todos son bastante conocidos. Se pasan la vida cruzando el océano… como yo.

– ¿Así que usted cree improbable que el señor Gordon y la señorita Masters estuvieran metidos en eso?

– No diré que es imposible, pero estoy seguro de que no han viajado antes en el Mauritania. Claro que hay docenas de barcos que cruzan el océano. Puedo pedirle al señor Saxon que investigue un poco.

– No todavía, por favor -pidió Walter-. Prefiero trabajar solo.

– Los más habilidosos rara vez aparecen en el salón de fumar. Las partidas importantes se juegan a puerta cerrada en los camarotes. Las «palomas», como llaman a sus víctimas, empiezan ganando mucho dinero, pero por supuesto que luego los tahúres lo recobran todo y con creces en una última partida que se juega en general después de haber atracado, en el tren o en algún hotel de Nueva York. Podemos tener sospechas, pero para ese entonces ya están fuera de nuestro alcance. Esos parásitos tienen muchos recursos, inspector.

Walter asintió y lanzó un perfecto aro de humo. El capitán Rostron se preguntó si el inspector le estaría ocultando algo. La verdad es que no hablaba mucho.

– Si fueran tahúres -se aventuró el capitán- ¿por qué asesinarían a uno de ellos?

Walter chupó el cigarro, exhaló el humo y exclamó con tono lapidario.

– Exacto.

– Supongo que es posible que una de sus víctimas anteriores la reconociera y decidiera vengarse -continuó el capitán- pero el asesinato es una manifestación extrema de la venganza.

– Extrema -asintió Walter.

– Para recurrir a eso un hombre tiene que estar muy desesperado o ser un canalla.

– Una cosa u otra.

– Sí.

– De acuerdo.

Se hizo un silencio. Hacía mucho tiempo que el capitán no se encontraba con alguien tan poco comunicativo como el inspector Dew. Estaba empezando a molestarlo. Se veía que el hombre tenía mucha más información en la cabeza de la que consentía en comentar. La única manera de sacarle las cosas era con preguntas discretas.

– Bien, inspector, ¿ya ha decidido por qué fue asesinada la señorita Masters?

– No.

– ¿Tiene algún sospechoso?

– ¿Sospechoso? -repitió Walter. Tomó su vaso y bebió un trago de whisky-. No.

– Entendido. ¿Le parece un caso difícil?

Walter meditó un instante.

– No.

– Lo mandé llamar con la esperanza de que usted tuviera alguna idea sobre el crimen, pero todo lo que hemos hecho hasta ahora es discutir sobre la posibilidad de que la víctima fuera una jugadora profesional de cartas. Supongamos que lo fuera, ¿hacia dónde se orientarían sus pesquisas?

– Hacia la cama -respondió Walter-. Para dormir.

El capitán suspiró.

Walter se aclaró la garganta.

– Iba a decir…

– ¿Sí?

– Que este whisky es muy bueno, capitán.

– Ah, me alegro de que le guste. Y espero que duerma bien. Aprovéchelo. Nos espera mal tiempo.

9

Esa noche Alma durmió mal. Soñó que Walter la perseguía con su largo sobretodo y el sombrero hongo. Ya no era Walter Baranov. Se había convertido en el inspector Dew y ella era Ethel Le Neve. La perseguía por cada rincón del barco: por la cubierta, por los corredores, por segunda y tercera clase y las bodegas y las sentinas. Cada vez que encontraba un sitio para esconderse, él se acercaba y Alma debía escapar aterrorizada. Todo el mundo era hostil con ella, la señalaban, le decían a Walter en qué dirección había huido. Finalmente la atraparon en un corredor del barco donde nadie se animaba a ir. Al acercarse hacia ella sus ojos brillaban como los de un loco y sus manos estaban extendidas como garras. Ella estiró la mano para defenderse y tocó un picaporte; lo hizo girar, abrió la puerta y la cerró de un golpe una vez adentro. Estaba en un lugar parecido a una caverna, las paredes recubiertas de ladrillo y atestado de figuras inmóviles. Era la Gruta de los Horrores. De pronto una figura de mujer con una larga capa negra se movió. Estaba pálida y de sus cabellos colgaban algas. Era Lydia. Agarró el brazo de Alma y la guió a través del suelo de piedra, pasando delante de las efigies de asesinos infames. Burke y Haré, William Palmer, el doctor Pritchard y Neil Cream. Había una figura que estaba sola. Una placa decía H. H. Crippen. Alma miró su cara y gritó. Era Johnny Finch. Habían ejecutado a Johnny, el bueno, el inocente Johnny.

10

El señor Saxon condujo a Walter por otra escalera de hierro a lo largo de un corredor iluminado con lamparitas desnudas. La suela de sus zapatos golpeaba en el metal con un sonido que hería los oídos después de la suavidad de los corredores alfombrados de arriba. Sin embargo el señor Saxon caminaba con una decisión y un bamboleo que sugerían a un millonario avanzando por la sección más exclusiva de primera clase. Esa mañana el señor Saxon se sentía como un millonario. Había arrestado al estrangulador.

– No quise perturbar su sueño -se excusó con Walter, sus palabras resonando en el metal que recubría ambos lados del corredor-. No era necesario. En absoluto. Usted pasó momentos agotadores, inspector, exprimiendo su cerebro y recurriendo a toda su experiencia en Scotland Yard para descubrir los motivos del crimen. Merecía descanso. ¿Para qué molestarlo cuando teníamos al tipo seguro en la celda por el resto de la noche? Informé al capitán, por supuesto. Y me dio la impresión de que estaba bastante contento de que al fin y al cabo fueran sus hombres los que resolvieran el caso. De todas maneras estuvo de acuerdo conmigo en que se lo dijéramos por la mañana.

Walter no dijo nada. Ya había escuchado el relato de Barbara sobre el incidente de la noche anterior. No había dudas de que la chica creía haberse topado con el estrangulador. Jack Gordon sin duda había forzado su entrada al camarote. Pero afortunadamente el grito de ella había sido oído por un pasajero lo bastante responsable con para llamar al señor Saxon. Y tampoco había dudas de que cuando el señor Saxon y su ayudante llegaron al camarote, Jack había sido hallado sujetando a Barbara desde atrás, con una mano en su cuello y otra sobre la boca. Walter había constatado la marca en el cuello de la joven.

Delante de la celda había un hombre de guardia. Saxon le ordenó que abriera la puerta y la volviera a cerrar detrás de ellos.

– Usted y yo somos capaces de defendernos de un estrangulador de mujeres indefensas -le comentó a Walter-. Los hombres que hacen ese tipo de cosas son unos asquerosos cobardes.

Jack Gordon todavía tenía puesta su camisa y pantalones de noche. Le habían quitado la corbata y los zapatos. Cuando se levantó del colchón desnudo en que lo encontraron acurrucado, tuvo que sujetarse los pantalones con la mano. Tenía los ojos enrojecidos y el pelo, antes prolijamente peinado, le caía sobre la frente.

– Ya conoce al inspector Dew -comentó el señor Saxon.

Gordon hizo una seña de asentimiento.

– Siéntese, por favor -pidió Walter, con el tono de voz que usaba cuando iba a efectuar alguna cirugía dental. El señor Saxon colocó en medio de la habitación una silla para su prisionero y se situó detrás. Walter se apoyó contra el borde de la mesa.

– Acabo de hablar con la señorita Barbara Barlinski -le dijo a Gordon-, Y vi las marcas en su cuello.

– ¿Marcas? -repitió Jack de manera distraída.

– Las marcas que le dejaron sus manos.

Jack sacudió la cabeza.

– ¿La estaba sujetando tan fuerte?

El señor Saxon habló desde detrás de él.

– No ponga esa voz inocente, Gordon, lo pesqué cuando la estaba estrangulando.

Jack se dio la vuelta abruptamente.

– ¡Eso es mentira! Estaba tratando de que dejara de gritar.

– De respirar -acotó Saxon.

– ¡No!

– El inspector Dew ha visto las marcas.

– Esto es una locura. Yo no la estaba estrangulando.

– Y tampoco estranguló a la otra -se burló Saxon.

– No sabe de lo que está hablando.

Walter se dirigió a Jack.

– Señor Gordon, ¿usted niega haber estrangulado a la señorita Masters?

– Por Dios, no he estrangulado a nadie.

Saxon se adelantó y le habló al oído a Jack.

– Tenemos dos mujeres, una muerta, con las marcas de los dedos del estrangulador en el cuello y la otra por suerte, mucha suerte, viva y con las marcas de sus manos.

– ¿Me quieren escuchar? No son las mismas.

– ¿A qué se refiere?

– A las marcas.

Hubo una pausa. Saxon se enderezó y sonrió. Casi susurró.

– ¿Cómo lo sabe? -se echó a reír y habló en voz más alta-. ¿Cómo lo sabe, Gordon, cómo lo sabe, cómo lo sabe? -Se sacudía nerviosamente por la excitación de su triunfo.

Jack Gordon dejó caer la cabeza sobre el pecho y se cubrió los ojos.

– Lo sabe porque vio las marcas en el cadáver -replicó más calmado el señor Saxon, con tono cantarino-. Usted vio el cuerpo.

– Sí -replicó Jack sin levantar la vista. Empezó a sollozar.

– Son todos iguales -comentó Saxon a Walter-, tan compasivos con sí mismos cuando uno los pesca, pero sin la menor compasión con sus víctimas -el hombrecito sudaba de tanta excitación. Sacó un pañuelo y se secó la frente y los extremos de su bigote colorado-. Será mejor tomarle declaración ahora que lo ha admitido.

– Bien, entonces no me van a necesitar más -dijo Walter-. Usted tiene un hombre en la puerta y yo puedo encontrar solo mi camino de vuelta, gracias.

De pronto Jack Gordon levantó la vista.

– No soy el asesino. Por el amor de Dios, escúcheme. Yo no estrangulé a Katherine. Era mi mujer.

Walter miró a Saxon, que se había situado detrás de su prisionero. La cara de Saxon denotaba incredulidad. Sacudió la cabeza. Parpadeó. Se golpeó la frente con un dedo.

– Está bien, inspector, si prefiere dejarme esto a mí…

Jack se levantó y tomó a Walter del brazo.

– No, por favor, quédese y escuche. Usted es la única posibilidad que tengo -pero mientras hablaba el oficial lo agarró desde atrás y lo volvió a sentar en la silla.

– Tendrá que aprender algo -masculló Saxon respirando en el oído de Jack mientras le empujaba la cabeza con el antebrazo-, A no poner nunca la mano sobre un oficial de policía. Puede conducir a escenas muy desagradables.

Walter se volvió hacia la puerta.

– ¿Su asistente me va a abrir si llamo a la puerta?

– Lo llamaré -respondió Saxon. Soltó a Jack y se dirigió hacia Walter.

Jack habló precipitadamente.

– Inspector Dew, ¿usted cree que un hombre podría matar a su propia mujer y arrojarla al mar?

Walter se estremeció. Hizo una seña con la mano para impedir que Saxon llamara a su ayudante.

– Parece muy poco probable. Está bien, será mejor que escuche lo que usted tiene que decir -volvió a la mesa y se inclinó sobre ella, frente a Jack.

El señor Saxon dio rienda suelta a su exasperación con un profundo suspiro.

– Soy un «marinero» -comentó Jack con voz más controlada-. Me gano la vida cruzando el océano, jugando a las cartas. Si no me creen busquen el mazo que hay en el cajón superior de la cómoda de mi camarote y déjeme mostrarles cómo las manejo. Kate era mi mujer y mi ayudante.

– Está mintiendo -interrumpió Saxon-. Maldito, está mintiendo para salvar el pellejo.

– Tenía una marca de anillo en el dedo. El doctor pensó que era casada.

– Sí, siempre lo dejaba en casa. Puedo decirles dónde está nuestro piso en Park Terrace. En los barcos nos hacíamos pasar por desconocidos. La gente no cae tan fácil con parejas establecidas. Hay demasiadas historias sobre los tahúres.

– Pues a mí no me puede contar nada nuevo sobre ese tema -exclamó Saxon con petulancia-. Los conozco a todos y usted no es uno de ellos.

Jack estaba más tranquilo.

– Conoce a los que no tienen éxito -continuó con voz calma-. Nuestra presa era un joven norteamericano, Paul Westerfield. Su padre es multimillonario y al muchacho no le faltaban los dólares. Usé una chica para sacarle la billetera…

– ¿Poppy? -preguntó Walter.

Jack abrió los ojos.

– Así es.

– ¿Cómo lo sabía? -preguntó Saxon.

– Siga -le ordenó Walter a Jack.

– Yo me atribuí el mérito de haberla encontrado y el joven Westerfield quedó muy agradecido, como era previsible. Me invitó a una copa y, mientras estábamos juntos, Kate se acercó. Usó como excusa lo del comité de espectáculos. Fue fácil organizar una partida de whist. El muchacho consiguió de pareja a su amiguita Barbara y ya estábamos en camino. Kate y yo hicimos lo de costumbre. Ganamos algunas manos y perdimos otras y discutimos un poco para disimular aún más. Después me fui a la cama. Kate tenía que sugerir jugar una nueva partida de bridge para la noche siguiente.

– Y otra para la siguiente -acotó el señor Saxon- y para la noche después. Ya sé como trabajan los sinvergüenzas como usted. Los dejan creer que están ganando una fortuna y los masacran al final en una sola partida.

Jack hizo un aparte con Walter.

– Ahora parece que me cree. De todas maneras lo que hubiera pasado después de esa noche es pura suposición, porque alguien asesinó a mi mujer, inspector. Ayer le dije que quería que encontrara al asesino y lo fui a ver sin que me lo pidiera, ¿recuerda? Le di toda la información necesaria e importante.

– No me dijo que era su mujer -corrigió Walter-. ¿Eso no es importante acaso?

– ¿Por qué demonios tenía que decírselo? Nadie lo sabía. El que la mató no lo hizo porque ella fuera mi mujer.

– ¿Cómo puede estar seguro? -preguntó Saxon-, Usted tiene que haber estafado a cientos de ingenuos. Basta con que en este barco hubiera uno que los reconociera…

– ¿No se le ha ocurrido considerar que yo revisara cuidadosamente la lista de pasajeros para ver quién estaba a bordo? Soy un profesional. Las «palomas» con las que juego a las cartas son elegidas meticulosamente. Las estudio, y no las olvido.

– Todo esto es muy probable -aceptó el señor Saxon-. Pero dígame, ¿cuándo vio por última vez a su mujer?

– El sábado por la noche cuando terminamos de jugar a las cartas. Ya se lo dije.

El señor Saxon sonrió como alguien que ha tendido una trampa y ve a su presa entrar en ella.

– En este caso, ¿querría explicarle al inspector cómo pudo ver las marcas en su cuello?

Jack miró a Walter.

– Creo que él lo sabe.

La cara de Walter no dejó traslucir nada.

– Será mejor que nos lo diga.

Jack se encogió de hombros.

– Si usted quiere. El domingo oí decir que habían sacado una mujer del mar. No lo asocié con Kate. No tenía por qué pensar que le había pasado algo. Fue al siguiente día sin que la hubiera visto en el barco, cuando comencé a alarmarme. Fui a su camarote y no obtuve respuesta. No podía correr el riesgo de hacer demasiado pública mi preocupación, porque ella podría estar sólo indispuesta y al actuar yo así estropearía nuestro elaborado plan. Decidí que la única manera de hacerlo era viendo yo mismo el cadáver.

– ¡Qué cuento! -exclamó Saxon.

– Puede ser cierto -interrumpió Walter-. Se dirigió a Jack-. ¿Cómo lo hizo?

– Fui a la enfermería y vi a ese muchacho en el escritorio. Estaba muy ocupado tomando los nombres de los idiotas que se habían lastimado los dedos tratando de abrir los ojos de buey. Le dije que me habían mandado a buscar la llave de la morgue porque había una posibilidad de que pudiera identificar el cuerpo. Me la dio sin echarme una mirada siquiera. Y así bajé con la llave -Jack se detuvo y bajó la cabeza-. Espero no tener que pasar por una experiencia así nunca más. Su aspecto… era espantoso. Creí que las piernas no iban a sostenerme. Me arrastré por todas las escaleras hasta mi camarote y me dejé caer en la cama temblando de rabia y desesperación.

– ¿Y la llave? -preguntó Walter.

– Debo de haberla dejado en la cerradura.

Walter miró al oficial y asintió.

– El doctor lo ha confirmado.

El señor Saxon todavía no estaba satisfecho.

– Toda esta conversación sobre su desesperación me impresionaría más si no lo hubiese pescado en el acto de asaltar a una chica inocente. ¿Un hombre cuya mujer ha sido asesinada se comporta así? La desesperación no le duró mucho, ¿no?

Jack se levantó de la silla con el puño en alto, pero el señor Saxon era mucho más rápido. Lo agarró por la muñeca y lo empujó con fuerza contra la pared de la celda. El cuerpo de Gordon golpeó el costado; de no ser así su cráneo se hubiera partido. Su hombro recibió toda la violencia del impacto. Su cuerpo se deslizó hasta quedar arrodillado en el suelo. El señor Saxon se acercó para golpearlo nuevamente, pero Walter le puso la mano en el pecho y lo empujó.

– ¡Basta!

– Ya lo ha visto -chilló Saxon-, me atacó.

– Ayúdelo a levantarse -ordenó Walter con autoridad inusual.

El señor Saxon puso las manos bajo los brazos de Jack y lo sentó con fuerza en la silla, con esta prevención:

– En el futuro será mejor que se limite al whist.

Jack usó su mano izquierda para levantarse los pantalones y recuperar algo de dignidad. Tenía la camisa rota en el hombro y la raspadura sangraba. Flexionó la mano derecha para ver si todavía se movía.

– Creo que será mejor que le consiga algo de beber -le sugirió Walter al señor Saxon.

El oficial se acercó a la puerta y gritó una orden a su ayudante.

– Si van a traer té, yo también quisiera una taza -comentó Walter. Se volvió hacia Jack-, ¿Quiere contarnos lo de la chica?

– Estaba por llegar a eso, inspector; yo estaba muy enamorado de mi mujer y no voy a permitir que nadie ofenda los sentimientos que teníamos el uno por el otro -le echó una mirada enojada a Saxon-. Kate era mucho más de lo que yo merecía. No siempre la traté como debía y flirteé un poco con mujeres más jóvenes que no eran de su clase. Me avergüenzo sólo de pensarlo. Cuando tuve la seguridad de que había muerto, estallé de rabia contra el cabrón que lo había hecho. No sé si fue deseo de venganza, creo más bien que sentí que tenía que descubrir a su asesino como homenaje a su memoria. Sí, ya sé que no es mi trabajo sino el suyo, pero esto era personal. ¿Puede imaginarse cómo se sentiría usted si la asesinada fuera su mujer?

Walter decidió que la pregunta era retórica.

– Nos iba a contar por qué atacó a la chica.

– Sí. Cuando me fui del salón de fumar la noche en que mataron a Kate, Westerfield estaba a punto de ir a buscar otra ronda de bebidas. Eso dejaba a Kate sola en la mesa de Barbara. ¿No pensó en eso, inspector? ¿Qué se dijeron esas dos mujeres? ¿Puede haber algo en lo que Kate dijo a Barbara que nos ayude a identificar al asesino?

– ¿Nos? -preguntó Walter.

– El cabrón quiere que crea que pasó todo este tiempo ayudándonos a investigar el crimen -dijo sarcásticamente Saxon.

– ¿Podría fijarse si el té está listo? -Walter se dirigió a Saxon como si éste fuera su enfermera recepcionista.

– Me dio la impresión de que su investigación se estaba estancando -continuó Jack-. Y decidí hacerle algunas preguntas por mi cuenta. Quería saber lo que me podía decir Barbara, así que anoche aproveché la primera oportunidad y la invité a bailar. Pareció complacida ante la invitación. Por supuesto que no podía hacerle ese tipo de preguntas enseguida.

– Lo que ella dice es que usted se puso muy insolente.

Jack sacudió la cabeza.

– No era más que un simple flirteo.

– ¿Ya ve? -soltó Saxon-. Lo admite.

– Bailé una pieza con ella -continuó Jack-. Ella estaba con sus padres de modo que no podía acercarme a la mesa para invitarla. Necesitaba llevarla donde pudiera hacerle algunas preguntas importantes. Está bien, me equivoqué. Creí que ella accedería a mis sugerencias; según mi experiencia, casi todas lo hacen. Pero Barbara no se mostró impresionada. Me dio la espalda cuando terminamos de bailar. Tendría que haber dejado el asunto ahí, pero ya estaba desesperado por saber si me podía decir algo. Cuando terminó la velada la seguí hasta su camarote. La detuve en la puerta y traté de explicarle por qué estaba allí, pero ella se asustó. Empezó a gritar y me asustó a mí. La empujé dentro del cuarto y cerré la puerta de una patada. Creo que pensó que iba a atacarla, cuando lo único que intentaba hacer era calmarla para hablar con ella. Le puse la mano sobre la boca para que dejara de gritar, pero eso hizo que se asustara aún más. Todavía estaba luchando con Barbara cuando él entró -Jack indicó al señor Saxon, que estaba junto a la puerta de la celda con la bandeja de té entre las manos.

Walter tomó las dos tazas de té humeantes y le alcanzó uno a Jack.

– No puede culpar al señor Saxon por haberlo apresado. Usted se comportó con bastante rudeza.

– ¿Pero me cree, inspector?

– Le diría que sí. De acuerdo con lo que la otra gente me ha contado, tiene bastante sentido.

– ¿Entonces me va a dejar libre?

– Creo que sería prudente que antes hablara con el capitán y con algunas de las personas que se han visto envueltas en este asunto, ¿no cree? Podría escandalizarlos el hecho de verlo libre.

– ¿Cómo está Barbara… de veras la lastimé?

– Lo está sobrellevando bien.

– Me gustaría pedirle disculpas.

– Cada cosa a su tiempo, señor Gordon.

– ¿Le va a hablar usted?

– Me parece mejor.

– ¿Le preguntará qué dijeron con Kate después de la partida de whist?

– Ya me lo contó.

– ¿De veras? ¿Es importante?

– ¿Quién sabe? -exclamó en forma enigmática.

– ¿No mencionó ningún nombre… alguien a quien hubiera visto en el barco?

– Sólo a usted.

Jack suspiró.

– Supongo que era demasiado esperar que dijera el nombre de su asesino. Así que todo fue para nada.

– Puede verlo desde ese punto de vista -opinó Walter-. Yo no tengo la misma visión de lo ocurrido. Saber que tenemos a un hombre encerrado ha hecho mucho por la moral de los pasajeros y la tripulación. Esta mañana hay en la cubierta un aire festivo. Todo el mundo está amistoso.

– ¡Pero yo no soy el estrangulador!

– Me da tanta lástima desilusionarlos… ¿Quiere otra taza de té?

– Quiero salir de aquí.

– Créame que lo comprendo -respondió Walter con sinceridad.

– Ya le dije lo que pasó. ¿No me cree?

– Trate de mantener la calma, señor Gordon. Tienen que entender que debo pensar muy bien cada decisión a tomar. Soy responsable de la seguridad de más de dos mil personas. Pero estoy seguro de que podemos ponerlo más cómodo. ¿Le han servido el desayuno?

– Exijo ver al capitán.

– No está en posición de exigir nada. El capitán tiene otras cosas que hacer. Hay posibilidades de tormenta. Le diré lo que haremos. Tendré que verificar su declaración y eso me tomará una o dos horas por lo menos. Mientras tanto déme la llave de su camarote.

– Yo la tengo -chilló Saxon.

– ¿Para qué la quiere? ¿Para ver si las cartas están donde le dije?

– No. Para mandarle una muda de ropa. La que lleva puesta no está presentable.

11

Marjorie había insistido en que Barbara pasara la mañana descansando en su camarote. Como afuera estaba gris y el viento era bastante frío, no se perdió mucho. Además se vio gratificada por una visita personal del capitán Rostron, que le expresó su preocupación por la experiencia aterradora que le había tocado vivir. También la visitaron el médico del barco y el inspector Dew. El doctor le prometió que las marcas de su cuello desaparecerían antes de llegar a Nueva York. El inspector habló del tiempo.

La visita más agradable llegó cerca del mediodía, acompañada de una enorme caja de bombones. Era Paul. La madre de Barbara lo hizo entrar y se quedó, para preservar el decoro.

Paul estaba muy preocupado por Barbara, se le notaba en las marcas rojizas que rodeaban sus ojos y en el tono ronco de la voz.

– No puedo decirte lo mal que me siento por lo que ocurrió. Si yo no hubiera sido tan tonto para irme del baile, nunca se te habría acercado.

– No podrías saber lo que estaba planeando.

– Estaba demasiado ocupado en mi estúpido estado de ánimo, Barbara. Nunca me lo perdonaré. Gracias a Dios que alguien oyó tus gritos. ¿Aparte de las marcas no tienes nada?

– No. No fue gran cosa.

– Debe de haber sido terrible. Espantoso. ¿Quién podría pensar que Jack Gordon iba a resultar un estrangulador? Lo tomé por el típico caballero inglés. Es increíble después de lo bien que se portó con el asunto de mi billetera. Me desconcierta, Barbara, de veras.

– Yo tampoco logro entenderlo.

– Sí. ¿Por qué te habrá elegido de victima?

Ante esta pregunta Marjorie no se pudo contener.

– ¡Por Dios! ¿Cómo puede saber Barbara esa respuesta?

Paul se ruborizó.

– Lo que quise decir es que no puedo pensar en ninguna razón por la que Gordon quisiera atacar a Barbara.

– ¿No puedes? -preguntó Marjorie-. ¿No tienes ojos?

Ante esta exclamación Barbara se ruborizó.

– Mamá, ¿puedes dejar de decir cosas que me incomodan? Paul a venido a verme con todo su cariño y me ha traído estos maravillosos bombones y tú tienes que estropearlo todo desafiándole…

Fue un momento importante en la relación de Marjorie con su hija. Por primera vez admitió su culpa.

– Lo siento… hablé sin pensar. Supongo que estoy un poco perturbada por lo que pasó anoche.

– Todos lo estamos -aseguró Paul-, Barbara, con todo esto no creo que hayas pensado mucho en esta noche. Hay un baile de máscaras. Si te sientes bien como para ir, nada me haría más feliz que acompañarte.

– Tienes razón -el rostro de Barbara se iluminó-. Lo había olvidado. Sí, me hará bien pensar en otra cosa. Me encantaría ir contigo.

12

Cuando Walter salió de la celda, se sentía seguro de encontrar el camino hacia la sección de pasajeros. No tenía la menor duda de que recordaría la ruta a través de la que lo había llevado el señor Saxon, pero en pocos minutos tuvo que admitir que estaba perdido. Ni siquiera podía distinguir entre la popa y la proa. Cuando esperaba encontrar una escalera se topaba con una pared y por si fuera poco esa parte del barco parecía deshabitada.

Probó una puerta, con la esperanza de encontrar una escalera que lo llevara hacia la cubierta superior. Había una de caracol pero que llevaba más abajo, a lo que parecía ser una de las bodegas principales. El sitio era tan grande como un almacén y estaba lleno de cajas y cajones de comestibles. De allí pasó a una segunda bodega. Olía tan fuerte a aceite que supuso que había llegado a la sala de máquinas hasta que vio una hilera de automóviles enfrente de él, atados con cuerdas y asegurados con bloques de madera bajos las ruedas. Uno era un Lanchester flamante. A Walter le gustaban los coches y siempre había querido tener un Lanchester. Probó el picaporte y para su sorpresa encontró la puerta abierta. Se introdujo en él y puso las manos sobre el volante. Con el zumbido monótono de las turbinas del Mauretania, era fácil imaginar que el coche se movía veloz por una carretera. Hizo sonar la bocina. Era un vehículo precioso, por fuera y por dentro.

Alguien abrió la puerta de golpe y gritó como si Walter fuera sordo.

– ¿Qué demonios está haciendo ahí?

Walter acusó el golpe. El hombre vestía un mono muy amplio abierto en el pecho porque era tan robusto que no existía la posibilidad de que los botones se juntaran con los ojales para los que estaban destinados. El pecho estaba cubierto de un matorral de pelo negro que se extendía hacia arriba con una exuberancia sorprendente hasta la cabeza, en donde sólo podía verse la nariz y un par de penetrantes ojos marrones que indicaban que era un ejemplar de homo sapiens.

– Ah, así que oyó mi llamada. Muy bien.

El hombre del mono lo miró con ferocidad.

– Salga de ese coche.

Walter obedeció. A pesar de que medía un metro ochenta a penas le llegaba al hombro al monstruo del mono.

– Inspector Dew, de Scotland Yard -cuando vio que no causaba ninguna impresión, agregó-. Investigaciones. Ordenes del capitán. ¿Usted sabe a quién pertenece este vehículo?

El hombre sacudió la cabeza.

– Debería estar cerrado -censuró Walter-, en verdad tendría que estar cerrado -caminó hasta la parte trasera del Lanchester y probó la manija del baúl. Se abrió-. No me gusta ver las propiedades valiosas tan descuidadas -cerró la tapa de un golpe-. Tendré que dar parte. ¿Cuál es el camino más rápido hacia el puente?

El hombre señaló una puerta y Walter se dirigió hacia ella sin que se cruzara una palabra más entre ellos.

13

Al mediodía, cuando la sirena del barco hizo vibrar las cubiertas superiores, en el salón de fumar sólo había sitio para estar de pie, y aun así, apretujado. El anuncio del número de millas cubierto en las últimas veinticuatro horas despertaba todos los días un extraordinario interés, no precisamente por orgullo en el Mauretania sino para saber el resultado de las apuestas. Las expectativas de los pasajeros habían aumentado la noche anterior, después de la cena, cuando la subasta de los veinte números posibles recaudó miles de dólares, gracias a un apuesto subastador y a los atentos camareros del salón, que se llevaban el diez por ciento de las ganancias.

Johnny Finch había adquirido un número muy solicitado, el de las quinientas cuarenta millas. Había pagado por él casi la misma cifra en la subasta.

– Lo hago una vez en cada travesía -le confió a Alma, que estaba allí por curiosidad, para enterarse del resultado-. Nunca gané, pero eso se debe a que nunca tuve el valor de pagar un precio alto por un buen número. El lóbulo de la oreja derecha me ha estado picando como el demonio, y ése es un buen signo.

Alma le miró la oreja. Se veía más rosada que la otra.

– Tal vez tenga algo que ver con su caminata matinal por la cubierta -sugirió-. Esa oreja está más expuesta al viento del mar. ¿Por qué no avanza en el sentido de las agujas del reloj para variar?

Johnny rió.

– Porque en ese caso dejaría de tener mi oreja de la suerte. Lydia, querida, jamás encontré alguien tan solemne como usted; usted me divierte mucho. Gane o pierda, esta noche voy a abrir con usted una botella de champagne y trataré de hacerla reír.

– No soy muy bebedora -titubeó Alma, con resquemor.

– Entonces no va a ser tan difícil -exclamó Johnny guiñando un ojo. Cambió bruscamente de tema-. He oído decir que el estrangulador todavía está suelto.

– Creí que anoche habían agarrado al que atacó a esa chica norteamericana.

– Parece que todo fue una equivocación. El inspector Dew se pasó toda la mañana interrogando al tipo y ahora lo ha soltado. Después de todo no era el estrangulador. Espero que Dew sepa lo que hace.

– Yo también -Alma hablaba de corazón, pero sin mucha confianza. Tenía la terrible sospecha de que Walter había soltado a un asesino por algún peculiar sentido de ecuanimidad. ¿Qué haría si la atacaran a ella esa noche?

El subastador estaba golpeando la mesa de nogal con su martillo. El silencio descendió sobre el salón de fumar. Los dedos se cruzaron y las oraciones privadas subieron al cielo. Los grupos que tenían números en común se juntaron a cuchichear, controlando por última vez sus posesiones. Los individuos que poseían números, como Johnny, ya los conocían de memoria.

– Damas y caballeros, el oficial de vigilancia acaba de mandar del puente de mando esta nota con el número de millas marinas que ha recorrido el Mauretania desde ayer al mediodía. Creo que hay bastante interés en conocer esta información.

– ¡Adelante! -gritó alguien desde el fondo.

– ¡Quinientas cincuenta! -gritó otro y estalló un pandemonium de gritos que sugerían distintos números de todos los rincones del salón.

El subastador golpeó sobre la mesa pidiendo orden. Volvió a mirar el papel que tenía en la mano.

– El número ganador es el quinientos cuarenta y…

– ¡Dios, es el mío! -jadeó Johnny.

– … seis. Quinientos cuarenta y seis.

– ¡Oh, no! -gritó Alma, desilusionada-. ¡Qué lástima, Johnny! -cogió la mano de él entre la suya y la apretó.

– Bueno -suspiró Johnny con resignación-. Parece que tenía razón con respecto a esa brisa marina en mi oreja.

– Puede que no -confió Alma.

– ¿Qué quiere decir?

– Todavía falta el premio para el mejor traje de fantasía, ¿no?

14

Después del almuerzo el mar estaba picado, aunque no demasiado. El barco comenzaba a balancearse y los miembros de la tripulación fueron vistos colocando cuerdas en los lugares donde no había baranda. Los deportes infantiles en cubierta fueron cancelados en favor de algunas películas de Chaplin en el saloncito. La pantalla resultó tan inestable que las proyectaron en la pared.

El baile de máscaras siguió su curso, aunque hubo un reducido número de pasajeros que se retiró a sus camarotes lamentando haber abusado de la comida y de la bebida. En el salón comedor aparecieron unas lámparas de colores y todos estuvieron de acuerdo en que sus oscilaciones agregaban alegría a la ocasión. En contraste, los candelabros permanecieron inmóviles, con sus piezas de cristal diseñadas con mucha astucia para mantenerse rígidas a pesar de los movimientos del barco.

Livy y Marjorie se disfrazaron de Antonio y Cleopatra para que Marjorie pudiera usar sandalias y pulseras en sus hermosos tobillos. Se había pintado las uñas de los pies. Livy vestía una colcha y zapatillas de tenis. No daba el tipo de Antonio, pero estaba feliz de hacer cualquier sacrificio por Marjorie. Llevaba los pantalones de franela enrollados sobre la rodilla, listo para regresar a 1921 en cualquier momento.

No hacía mucho que estaban sentados en una mesa cerca de la pista de baile cuando se reunieron con ellos Paul y Barbara vestidos como los peregrinos. Desde debajo de su barba falsa, hecha con una cuerda desflecada, Paul explicó que esperaba que los jueces vieran la conexión entre el presente viaje y el del Mayflower.

– Lo harán -aseguró Livy-, Y si esta noche hay temporal supongo que serás el encargado de dirigir las plegarias.

Barbara todavía estaba pálida por su aterradora experiencia de la noche anterior y parecía una peregrina muy convincente con una larga falda marrón, un delantal blanco, una chaqueta abotonada hasta arriba con cuello blanco y un pañuelo cubriendo su pelo corto.

– ¿Te sientes mejor, querida? -le preguntó Marjorie.

– Estoy bien, mamá.

– El inspector Dew estuvo hablando con Barbara -agregó Paul-, Parece que todo fue un malentendido. Jack Gordon no quería lastimarla.

– Ya oí eso -exclamó Marjorie no muy convencida.

– Lo único que quería era hablar conmigo.

– ¿De veras lo crees?

– Tiene que ser verdad, mamá. El inspector lo soltó.

– Sí, pero me parece un escándalo. Todavía tienes las marcas en el cuello.

– Mamá, Jack no es el estrangulador. Sólo quería hablarme de Katherine, la mujer asesinada. Era su mujer.

– Ya lo sé. Eran tahúres. Los iban a tomar por tontos… ¿Han pensado en eso? Gordon es una rata, Barbara. No debería estar libre.

– Pero en realidad no hicieron nada -intercedió Paul-. Supongo que el inspector considera que es una pérdida de tiempo retener a Jack Gordon.

– Pueden preguntárselo ustedes mismos -sugirió Livy- parece que ahí viene.

Walter no usaba disfraz. Vestía su habitual traje oscuro y una corbata rayada. Quedaba más fuera de lugar que la gente que lucía llamativos trajes de fantasía. Caminaba un poco encorvado y se notaba que era consciente de eso. Cuando llegó a la mesa de los Cordell pareció que hacía una pequeña reverencia, aunque era difícil afirmarlo a ciencia cierta. Les preguntó su podía sentarse con ellos unos minutos.

– Por supuesto, inspector -contestó Livy-. Marjorie, mi mujer, estaba hablando de usted.

– ¡Livy! -masculló Marjorie entre dientes.

– Decía que era posible que usted ganara el premio de disfraces -siguió Livy con buen humor-, porque en este momento debe de ser el que más sabe de disfraces en este barco.

Walter apenas sonrió.

– Entiendo.

– Pensé que usted sería el policía de aquella mesa, o el Sherlock Holmes de la pipa y gorra junto a esa rubia, pero supongo que disfrazarse de polizonte hubiera sido demasiado obvio para usted.

– Sólo vine aquí para hablar unas palabras con su hijastra -aclaró Walter-, ¿Cómo se siente ahora, señorita?

– Mucho mejor, gracias.

– Olvidé preguntarle algo. Cuando terminó de tomar el café con la señorita Masters… o con la señora Gordon, así debería llamarla,… el sábado por la noche, ¿no sabe si ella fue directamente a la cama?

Paul lo interrumpió.

– ¿Cómo puede saberlo?

– Ella anunció que se iba a la cama -reconoció Barbara.

– ¿Usted no fue en la misma dirección?

– No.

– Volvimos al comedor para bailar un par de piezas más antes de que la orquesta terminase de tocar -aclaró Paul-, ¡Anda, ésta sí que ha sido grande!

Mientras hablaba, el barco se sacudió con tal violencia que envió los vasos de vino patinando a través de la mesa. Barbara estiró el brazo para impedir que cayeran.

– Está bien -exclamó Livy agarrando la jarra de agua-. Hay una manera de evitar esto -volcó varios chorritos de agua sobre el mantel y apoyó los vasos sobre las manchas húmedas-. ¿Ven?

– Livy ha viajado antes -explicó Marjorie orgullosa-. ¡Dios mío!, ¿qué es eso?

Todos se dieron la vuelta para ver lo que había captado la atención de la señora Cordell. Una figura bajo una sábana blanca acababa de aparecer por la escalera principal.

– Si eso pretende ser un fantasma, me parece de muy mal gusto -declaró Marjorie-. ¡Qué barbaridad! Uno pensaría que la gente iba a tener más respeto después de lo que ocurrió el sábado. Es horrible.

– No creo que sea un fantasma -opinó Barbara-. Si lo observan bien, en la parte superior termina en punta y tiene cosas que le salen de los costados como si fueran cajas de cartón -echó a reír-. Pobre hombre, le está resultando bastante difícil mantener el equilibrio con el barco moviéndose así.

– Sea lo que sea es bastante espectacular -aceptó Paul-. Debe de tener dos metros de alto. ¿Por qué está pintada de azul la parte inferior?

– ¡Es el mar! -arriesgó Livy-. ¡Es un iceberg!

– ¡Oh, Dios mío! -exclamó Marjorie con voz escandalizada-. Es todavía más ofensivo. ¡Qué ocurrencia en una noche como ésta! Me pone la piel de gallina.

– Mamá, no es más que alguien que trata de divertirse.

– ¡Divertirse! Yo no lo llamaría divertido precisamente. ¿Cómo piensas que se siente Livy viendo una cosa así? No es gracioso para un hombre que estuvo en el Titanic, ¿no te parece, querida?

Livy la miró estupefacto.

– Nunca estuve en el Titanic, Marge. Fue el Lusitania.

– Es lo mismo -suspiró Marjorie.

– En realidad no -aclaró Livy-. Fue un torpedo la causa del hundimiento y no un iceberg.

– Y el mar estaba en calma -agregó de pronto Walter- nunca vi un mar tan plácido.

– ¿Usted? -preguntó Livy-. ¿Usted estaba en el Lusitania?

– Sí. Con mi, humm… -Walter se detuvo como si de pronto se hubiera distraído. Estaba pálido-…mi padre.

– Qué extraño -exclamó Paul-. El año pasado leí un artículo sobre usted en el Saturday Evening Post y no mencionaban eso.

– El público nunca lo supo -tartamudeó Walter, usando todos sus recursos-. En ese entonces usaba otro nombre.

Del otro lado del salón, Alma siguió a Johnny Finch hasta una mesa vacía. Johnny se movía con dificultad bajo las sábanas, con las cajas de cartón atadas a su cabeza y torso.

– ¿Llamo la atención? -preguntó mientras se acomodaba con cuidado en la silla.

– Sí, sin duda. Todos miran hacia aquí. ¿Está usted cómodo?

Alma oyó una risa ahogada desde debajo de las sábanas.

– Podría decir que tengo una sed horrible.

– ¿Pero si le consigo algo de beber, cómo se las va a arreglar?

Otra carcajada.

– No se preocupe, querida, Johnny Finch no es tan obtuso como cree. Tengo una botella de coñac aquí abajo.

– Espero que pueda caminar derecho en el desfile. El barco está empezando a moverse mucho.

– Me mantendré firme como una roca.

Pero en el momento en que sonó el tambor anunciando el desfile, parecía bastante dudoso que alguien pudiera ser capaz de mantenerse derecho mucho tiempo. El barco había comenzado un metronómico bamboleo lento, con extremos cada vez más agudos. Había un sentimiento de bravuconada en los participantes de la fiesta al festejar el coro cuando sus estómagos les decían que el barco había llegado al pico y estaba por volver a caer. Los de constitución más débil ya no estaban y las sillas vacías se deslizaban hacia el centro del salón a menos que las atrancaran contra las mesas.

Sin embargo la fila se formó y comenzó a moverse al son de una animada marcha militar, serpenteando entre las mesas para obtener apoyo en caso necesario. Habría unos cien participantes en el concurso, piratas del brazo de bailarinas, caballeros con brujas, dos caballos y un avestruz, todos ayudándose entre risas a mantenerse en pie alentados por los espíritus menos intrépidos que formaban el público. Hubo algunos resbalones sin consecuencia y unas colisiones que se sumaron a la diversión general y de alguna manera el desfile sobrevivió. Alma, con su disfraz de enfermera seguía a Johnny con las manos apoyadas en su espalda, pero él había tenido razón al tener confianza; no vaciló ni una vez. Más adelante marchaba Marjorie con una mano en el brazo de Livy y la otra sosteniendo el frente de su vestido egipcio a mitad de la pantorrilla. Paul y Barbara iban detrás de ellos de la mano e intercambiando apretones que nada tenían que ver con el movimiento del barco.

El capitán Rostron era el encargado de juzgar cuál era el mejor disfraz, pero nadie objetó nada cuando el contramaestre anunció que el capitán había decidido no abandonar el puente de mando. En lugar de él se situó en el estrado del comisario de a bordo estudiando la variedad de trajes que desfilaban. Con mucho tino no se hizo ninguna tentativa de detener la fiesta. Cuando la música se detuvo todos se dispersaron para escuchar el resultado desde las mesas.

La ganadora de las damas fue una señora que se había disfrazado de la Lenglen, una campeona de tenis. No pareció importar que no se asemejara en nada a la imbatible Suzanne. Llevaba una raqueta y un vestido similar y, como observó Marjorie, la habían visto bailar con Bill Tilden todas las noches y el criterio de la Cunard era mantenerse al lado de sus pasajeros más famosos.

Un disfraz de Charlie Chaplin se llevó el premio de caballeros más que nada porque su dueño había hecho mucha gracia al salirse repetidamente de la fila con el vaivén del barco, en una pasable imitación del famoso mimo. El premio al disfraz más original fue para el avestruz.

– ¡Original un cuerno! -exclamó Johnny desde debajo de su sábana mientras comenzaba a sacarse las cajas que habían formado la infraestructura del iceberg-. Lo consiguió en alguna sastrería teatral. No tiene nada que ver con un viaje por mar. La próxima vez me voy a disfrazar de maldito albatros. Bien, todavía nos queda la botella de champagne que le prometí. ¿No le importa esperarme mientras me visto de un modo más adecuado para poder bailar?

– Por supuesto que no, pero dudo que pueda tomar champagne -se excusó Alma mirando hacia la mesa donde Walter había estado sentado antes del desfile.

Estaba segura de que él la había visto en compañía de Johnny y no se sentía tranquila pensando en su posible reacción. Era un dilema. Apenas se atrevía a confesarse que Walter era un asesino; sus sentimientos habían cambiado tanto que la asustaban y sólo se sentía segura con Johnny. Que Walter la hubiera visto con él no hacía más que volver más peligrosa todavía la situación.

Por ello se sintió aliviada al ver que Walter había desaparecido del salón.

15

Walter había pedido prestado un impermeable para subir a la cubierta de los botes tal y como le había pedido el señor Saxon. Un miembro de la tripulación había informado de la presencia de Jack Gordon a estribor, cerca del bote salvavidas número cinco. Al soltarlo le habían advertido que se quedara en su camarote durante el resto del día, pensando en que su presencia en las zonas más concurridas del barco podría alarmar a ciertos pasajeros. Pero el desgraciado había roto su promesa. Su camarote estaba vacío.

Walter lo maldijo mientras afrontaba el fuerte viento que lo salpicó con algo que al principio le pareció granizo pero que habían resultado ser remolinos de espuma arrojados por las olas más altas. Recordó la recomendación del señor Saxon de no soltar la baranda. Se aferró a ella y comenzó a avanzar mirando cómo el horizonte se levantaba hasta un punto más alto del trinquete y del puente de mando y luego desaparecía de la vista bajo la proa. El viento soplaba del noroeste y tres cuartas partes del cielo estaban descubiertas. Manojos de nubes cubrían intermitentemente la luna, pero muy pronto Walter descubrió una figura en impermeable aferrado a la baranda debajo de los botes. Jack Gordon parecía estar absorto en la rompiente de las olas.

Walter se acercó tanto que pudo tocar el brazo de Jack antes de que él se diera cuenta de su presencia. Tuvo que gritar para hacerse oír sobre el estruendo de las ráfagas de viento.

– Dijo que se quedaría abajo.

Jack giró completamente la cara para mirar a Walter. No pronunció palabra.

– Dio su palabra, maldita sea -gritó Walter.

Jack se encogió de hombros.

– ¿Por qué tanto alboroto? ¡Aquí no hay nadie más!

– ¡No puede hacer esto!

– ¡Déjeme en paz! ¡Vuelva al baile!

– ¡Usted vuelve conmigo… a su camarote!

– ¡No!

Walter demostró que no estaba habituado a tratar con alguien que lo desafiara abiertamente. Se volvió más conciliador.

– No es un lugar para estar en una noche como ésta.

Jack miró el mar.

– ¿Para qué ha venido aquí arriba? -gritó Walter.

– Me siento más seguro.

Walter rió.

– De veras. Prefiero estar aquí que encerrado en mi camarote.

– ¿Por qué?

– Porque estoy cerca de un bote salvavidas.

– Usted ya debe de haber pasado muchas tormentas.

– Y nunca me sentí seguro -gritó Jack-. ¡Por Dios, déjeme en paz!

Se veía que ninguna fuerza física sería capaz de arrastrarlo abajo. Era un hombre muy asustado.

Walter estaba empezando a retirarse, con una mano todavía en la baranda cuando de golpe algo lo empujó hacia atrás con terrible fuerza, como si alguien le hubiera pateado el pecho con ferocidad. Se estrelló contra las piernas de Jack, casi haciéndole perder el equilibrio también a él.

– ¿Qué le ha pasado? -preguntó Jack.

Walter se quejó. Parecía aturdido.

– ¿Está usted bien, inspector?

– Mi hombro -la mano derecha de Walter cubría su hombro izquierdo. No trató de levantarse-. ¡Qué dolor!

Jack se arrodilló al lado de él.

– Déjeme ver. Es probable que se lo haya dislocado con la caída. Voy a tratar de levantarlo -pero Walter era un hombre pesado, difícil de mover-. Ponga la mano en mi hombro.

Walter levantó apenas la mano pero Jack logró sentarlo.

– ¿Qué demonios ha pasado?

– Creo que me voy a desmayar.

– ¿Es algún truco?

No lo era. El cuerpo de Walter cayó en los brazos de Jack.

– ¡Maldición! -exclamó Jack.

Se levantó para pedir ayuda. En la puerta de la escalera que llevaba al hall de embarque y a la oficina del comisario de a bordo había una linterna. Al estirar la mano para abrir la puerta vio que sus dedos estaban manchados de sangre.

16

Cuando Alma abrió los ojos, el techo estaba bañado por el sol. Fluía a través del ojo de buey con penetrante intensidad. Le dolía la cabeza. Se dio la vuelta hacia la pared y vio la botella vacía y los dos vasos en el armario al lado de la cama. Volvió a cerrar los ojos, apretándolos con fuerza como para borrar esa imagen. Giró hasta quedar boca abajo y enterró la cara en la almohada. Pero sabía que cuando volviera a abrir los ojos la botella y los vasos todavía estarían allí. Desparramados por el suelo como crudos recuerdos de la hora después de medianoche, estaban los restos del traje de disfraz… la capa de terciopelo, la cofia hecha con una servilleta, la blusa blanca con la luz roja de papel pintada en el frente, la falda gris, las medias de algodón negro y los zapatos de cordones. No podía escapar a la evidencia de que había cometido el acto que incluso las más apasionadas y románticas de sus heroínas posponían hasta que la unión estuviera santificada y legalizada. Había admitido a alguien del otro sexo en su camarote y en su cama. Había quebrantado la fe de Ethel M. Dell. Y de Dios. Y de Walter. Lo que había hecho era imperdonable. Se había prometido a él y entregado a Johnny.

Y encima en ese momento supo que amaba a Johnny, que lo que había sentido por Walter era nada más que… ¿cuál era la palabra que se usaba tan a menudo y con tanto significado en The Way of an Eagle?… infatuación. Lo que fuera que hubiera sentido por Walter en su corazón ya había desaparecido, suplantado por ese avasallante amor por Johnny, aquel hombre suave, irresistible, que la tomara en sus brazos diciéndole que era la criatura más adorable de la tierra. Walter nunca le había dicho cosas así. Nunca le había susurrado que lo enardecía con sus ojos y que su piel era más suave y blanca que la más pura porcelana.

El acto del amor no había sido una prueba terrible como imaginaba y esperaba. Los momentos de incomodidad inicial habían sido más que compensados con sensaciones sorprendentes y gratificantes. No había hablado con Johnny de su falta de experiencia, pero él había comprendido y ayudado con agrado y ternura a trasponer el umbral del dolor rumbo a la más pura felicidad.

Pero Alma sentía que su compromiso con Walter era ineludible. Él la había escuchado, lo habían planeado todo juntos, se había dejado persuadir. A causa de ella estaba él en esa situación. Había asesinado a Lydia. Sin la insistencia de Alma no lo hubiera hecho. Sin ella, Walter todavía estaría en Inglaterra y Lydia viva y viajando hacia los Estados Unidos. Le debía lealtad a Walter, aunque su amor fuera para Johnny. Se echó a llorar contra la almohada.

Llamaron a la puerta. ¡El camarero! Debía de traer el desayuno.

– Un momento, por favor -saltó de la cama, metió la botella y los vasos en el armario y recogió las cosas del suelo. Sacó uno de los deshabillés de Lydia y se lo puso sobre los hombros, cerró de golpe la puerta del armario y volvió a la cama-. Entre…

– Preciosa mañana, señora. ¿Es su cumpleaños? -Era un camarero muy joven, de menos de veinte años, muy eficiente y amistoso sin tomarse confianzas, como era costumbre.

– No, ¿por qué?

– Hay una tarjeta para usted, señora -colocó la bandeja al lado de la cama, donde había estado la botella de champagne. Contra la jarra de la leche estaba apoyado un sobre cuadrado sin duda contenía una felicitación-, ¿Pudo dormir bien?

– ¿Cómo?

– Por la tormenta, señora. Algunos pasajeros no pudieron dormir. No creo que muchos vayan a desayunar.

– Supongo que no.

– Sin no fuera más que el tiempo lo que los preocupa, señora, no sería nada.

– ¿Qué quiere decir?

– Otro pasajero con problemas anoche. El inspector Dew de Scotland Yard.

– ¡No! ¿Qué ocurrió?

– Alguien le pegó un tiro, señora. Subió a cubierta y le dispararon.

– ¡Dios mío! ¿Está…?

– No sabría decirle, señora. Nos dijeron que mantuviéramos la boca cerrada. ¿No necesita nada más?

– No -Alma estaba temblando. Se recostó en la almohada. ¡Le habían disparado a Walter! ¿Estaría muerto? No podía creerlo.

Permaneció aturdida durante más de un minuto. ¿Quién podía querer matar a Walter y por qué? Estaba asustada. Pero tendría que levantarse para averiguar lo que había ocurrido.

Sin pensar se inclinó hacia la bandeja y tomó el sobre. La tarjeta que contenía había sido dibujada a mano. Mostraba dos corazones unidos por una flecha. La abrió y leyó el mensaje. Eran dos versos de una vieja canción.

Porque Dios te hizo mía

Y yo soy tuyo

J.

– Oh, Johnny, Johnny, Johnny -exclamó Alma en voz alta. No bebió el té. No se bañó. Se vistió y fue derecha al camarote de Walter. Llamó a la puerta.

Una enfermera, una verdadera enfermera, abrió y la miró con desdén.

– ¿Sí?

– Oí decir que han herido al inspector.

– Así es.

– Soy una amiga, una amiga personal. Por favor, dígame si está grave.

– No puedo decírselo.

– Por favor… ¿su vida corre peligro? -mientras hacía la pregunta su voz expresaba la preocupación que sentía, pero aun así una remota zona de su cerebro anticipaba la muerte de Walter dejándola libre para casarse con Johnny.

– Está fuera de peligro -respondió la enfermera.

Una voz desde dentro del camarote -no la de Walter-, preguntó a la enfermera.

– ¿Quién es, enfermera?

La enfermera se volvió hacia Alma.

– ¿Cómo se llama?

Alma dudó. Sin saber en qué estado de inconsciencia estaba Walter no se atrevía a decir que era Lydia. Era probable que le hubieran dado morfina y decirle que Lydia estaba en la puerta podía precipitarlo a alguna reacción calamitosa.

– Si no me dice su nombre, ¿cómo puedo darle su mensaje?

– No hay mensaje -titubeó Alma. Dio media vuelta y casi corrió hasta la puerta al final del corredor.

La enfermera chasqueó la lengua, cerró la puerta y se reunió con el sargento que estaba al lado de la cama de Walter. El señor Saxon tenía un aspecto radiante; tanto, que parecía ajeno a la desdicha de Walter. Estaba tan orgulloso como si él mismo hubiera disparado el tiro.

– Tómese su tiempo para recuperarse -le dijo-. Ahora su responsabilidad ha terminado, inspector. Es un día glorioso y merece disfrutarlo.

– ¿Qué quiere decir?

– Muy simple. Que aparte de su declaración no tiene que ocuparse de nada más. Gordon está arrestado. Todavía no ha escrito su confesión, pero ya lo hará.

– ¿Gordon? ¿Jack Gordon?

El señor Saxon sonrió.

– Si no hubiera soltado a esa basura, no tendría esa herida en el hombro. ¿Cómo se siente?

Walter trató de levantar la cabeza de la almohada. Hizo un gesto de dolor y se dejó caer hacia atrás.

– Dolorido, parece.

– Jack Gordon no me disparó -susurró Walter.

El señor Saxon se volvió hacia la enfermera.

– ¿Qué le dio el doctor a este hombre?

– Yo le estaba dando la espalda -susurró Walter-. Y la bala vino de frente.

– No creo que pueda recordar mucho -comentó el señor Saxon-, Todo será una nebulosa para usted, ¿verdad?

– Lo recuerdo con claridad. Le daba la espalda y el disparo me dio de frente. Caí contra él. Fue otra persona la que me disparó.

– Lo dudo.

– ¿Qué pasó después de que me dispararan?

– Gordon lo arrastró abajo y pidió ayuda a gritos. No es tonto, inspector.

– ¿Lo cacheó? ¿Tenía un arma?

– Supongo que la habrá tirado por la borda.

– Ese hombre es inocente -musitó Walter. Con ayuda de su brazo sano se levantó un poco-. ¿Dónde está? Quiero hablar con él.

– Me temo que no será posible -dijo la enfermera-. Tiene que quedarse acostado el resto del día. Ya oyó las órdenes del doctor.

– El doctor me dijo que no era más que una herida superficial.

– Le dio algo para aliviar el dolor. No creo que pueda mantenerse en pie.

– Entonces veré a Gordon aquí.

– Está arrestado -repitió el señor Saxon.

– No importa. Vaya a buscarlo -ordenó Walter.

17

Alma pasó un largo rato buscando a Johnny. No estaba en su hamaca ni dando su vuelta habitual por la cubierta, tampoco lo halló bebiendo su habitual whisky doble en el salón de fumar. Finalmente lo encontró en el último extremo de la cubierta del barco. Estaba inclinado sobre la baranda, estudiando el centro de la estela que dejaba el barco. Se dio la vuelta y la tomó de la mano.

– Mañana. Nueva York.

– No te pongas triste -pidió Alma-, me entristecerás a mí también.

– ¿Qué piensas hacer en los Estados Unidos… ¿Algo en el teatro?

– No, eso terminó. No estoy segura de lo que va a pasar.

– Supongo que te espera alguien -musitó Johnny.

– Bueno, no.

– Pero no estarás sola en Estados Unidos…

– Espero que no.

– Hay otro -arriesgó Johnny-, ¿no es así?

Alma contempló la espuma que escapaba de las turbinas.

– Creo que ya sabes la respuesta. Johnny, cuando me dejaste después del desfile, dijiste que te ibas a cambiar.

– Sí, querida, eso es lo que hice.

– ¿No fuiste a cubierta?

Johnny frunció en ceño.

– No, ¿por qué? ¿No creerás que tengo algo que ver con lo que le ocurrió al inspector Dew? ¿Por qué habría de hacerlo? -abrió grandes los ojos-. Dios mío… ¿acaso tu…?

– No me preguntes nada más, por favor -pidió Alma-. Sólo estaba pensando en ti.

– Eso más bien le pone sordina a mis planes. Estaba por pedirte que hicieras de mí un hombre decente, por así decir. No soy tan viejo como parezco.

Alma sintió que la sangre le subía a las mejillas.

– No pienso que seas viejo.

– Es la clase de vida que he llevado. Nunca me he cuidado -se rió-. Quisiera tener el coraje de cuidar de ti… Ya sé que vender coches no es como pertenecer a la administración pública o a la Bolsa, pero es un trabajo con perspectivas.

Alma le devolvió la sonrisa.

– ¿Me estas proponiendo el matrimonio?

Johnny la besó con suavidad en la mejilla.

– Sí, Lydia.

Ante la mención de ese nombre Alma cerró los ojos. ¿Cómo podía casarse con Johnny si él ni sabía su verdadero nombre?

– ¿Qué pasa? -preguntó Johnny.

– No puedo… -sintió que se le secaba la boca-. No puedo darte una respuesta todavía. Me gustaría poder decir que sí, pero… tengo que hablar con alguien. Oh, Johnny -apoyó la cabeza en su hombro y comenzó a llorar.

18

Cuando el señor Saxon volvió con Jack Gordon, Walter Estaba sentado en la cama. La enfermera se había ido. Jack exhalaba resentimiento cuando el señor Saxon le señaló una silla.

– No necesita quedarse, señor Saxon -sugirió Walter con generosidad-. Es estos momentos deben de estar registrando los camarotes en busca del arma.

– Tengo que quedarme -replicó secamente el sargento con el aire de un hombre que sabe mucho más de lo que quiere decir.

– El señor Gordon no me va a atacar.

El señor Saxon resopló groseramente, de manera elocuente.

– Si insiste -concedió Walter-, puede tomar nota de lo que vamos a decir -sacó el cuaderno de debajo de la almohada y se lo alcanzó a Saxon.

– Tengo el mío -contestó el oficial con arrogancia.

– Como prefiera -Walter se volvió hacia Jack-. Señor Gordon, quiero agradecerle por haberse ocupado de mí anoche. Por lo que he oído, no le han tratado con mucha gratitud. ¿Anotó eso, señor Saxon, o voy demasiado rápido?

El señor Saxon no levantó la vista del cuaderno.

Walter continuó.

– Busco información y me parece que usted es la persona más apropiada para dármela.

Jack pareció dudar.

– Ya le dije todo lo que sabía.

– Todo lo que le pregunté -dijo Walter-. Las preguntas y las respuestas no siempre contienen la información que uno necesita. Los dos queremos encontrar al asesino de su esposa. Y el tiempo se nos acaba. Después que atraquemos mañana, nuestras posibilidades de atraparlo son casi nulas. Así que pensé que si podíamos reunir toda la información, a lo mejor obtendríamos algunas ideas nuevas. Suponga que empezamos con los hechos que tenemos a disposición. Usted y su mujer compraron un pasaje en el Mauretania con la intención de ganar un montón de dinero jugando a las cartas con un norteamericano, Paul Westerfield.

– Ya se lo dije.

– Por supuesto -Walter continuó como si la impaciencia de Jack no lo hubiera alcanzado-. ¿Sabe? Lo que me interesa es el motivo por el que eligieron este viaje en especial y ese pasajero en especial. Me pregunto si no tendrá algo que ver con el caso.

– No creo -contestó Jack-. Elegimos el Mauretania porque nunca habíamos trabajado en él. No nos conocían ni el capitán ni el comisario de a bordo.

– Su primer viaje en el Mauretania. Entiendo.

– Y Westerfield era la presa ideal. Hijo de un millonario, sociable, graduado en matemáticas. No sé lo que está pensando, inspector, pero le puedo asegurar que Paul Westerfield no sospechaba de nosotros. Él y la chica eran los perfectos candidatos.

Del otro lado del cuarto el señor Saxon rechinaba los dientes. Jack continuó.

– Supongo que me va a preguntar si sé de algún otro que nos tuviera rencor.

– Estaba en la punta de mi lengua -reconoció Walter.

– Inspector, desde el domingo que recorro el barco mirando cada cara para ver si reconozco a alguien. Estoy convencido de que no hay a bordo ni un hombre ni una mujer que haya jugado a las cartas con nosotros en alguna otra oportunidad. Si quiere saber mi opinión, le diré que creo que Kate fue asesinada por un maníaco que bien pudo haber estrangulado antes a otra mujer.

– ¿El mismo maníaco que me disparó?

Era una simple pregunta, pero Jack la tomó como una crítica a su teoría.

– Ese es un punto en el que no había pensado. ¿Es común que un estrangulador de mujeres se dedique también a disparar? -Walter no le respondió, así que decidió continuar-. En realidad no puedo describir lo que pasó anoche como un crimen similar. El que le disparó eligió su víctima, ¿no? El asunto es por qué lo hizo.

– He estado pensando en eso -interrumpió Walter-, Lo único que puedo decir es que quizás ese tipo creyó que me estaba acercando mucho a la verdad.

Jack torció la cara en un gesto de incredulidad.

– ¿Cómo?

Walter miró al señor Saxon; él tampoco parecía convencido.

– Bueno, tiene que haber habido alguna razón para que alguien haya querido dispararle.

Se produjo un silencio y luego habló Jack.

– No quiero ofender, pero no creo que usted fuera el blanco. Me estaba apuntando a mí.

– ¿A usted? -Walter abrió mucho los ojos. Parecía apenado. Jack asintió.

– No sé si recuerda, inspector, que usted se alejó y la bala le dio en el hombro.

– Vaya si lo recuerdo. -Exclamó Walter tocándose el hombro.

– Si no se hubiera movido, la bala me habría ido a mí.

– ¡Oh!

– Es más lógico, ¿no le parece? -insistió Jack-. Primero Kate y después yo. Alguien quiere matarme.

Walter meditó sobre la interpretación.

– Si éste es el caso, es probable que el señor Saxon le haya salvado la vida encerrándolo.

Por la expresión del señor Saxon, supuso que ése era un mérito que no le interesaba mucho.

Jack siguió adivinando lo que Walter iba a preguntarle.

– Supongo que va a decir que ésta no es para nada la obra de un maníaco. Debo admitir que tiene razón. Tiene que ser alguien que nos odia, ¿pero quién?

– Quién, realmente.

Jack se frotó la barbilla.

Walter jugó con los flecos de su colcha.

El señor Saxon suspiró de impaciencia.

Jack chasqueó los dedos.

– Paul Westerfield. Todo vuelve a él. Tengo que estar equivocado a su respecto. Es más inteligente de lo que pensé. ¿Qué le parece inspector? ¿Puede haberse dado cuenta de que tratábamos de engañarlo?

– Usted es el mejor para juzgarlo -replicó Walter con su habilidad para dar respuestas neutras.

– Aun así, el asesinato es una reacción extrema -continuó Jack-. Hay que estar desequilibrado para tomarlo en forma tan personal. En su momento no dijo nada, pero algo debe haber alimentado su resentimiento… Da la impresión de ser cuerdo, pero hay algo en él… Inspector, creo que debe investigar a Paul Westerfield. Para empezar puede averiguar dónde estaba anoche cuando le dispararon.

– Ya sé -suspiró Walter con satisfacción-. Yo sabía que podía contar con su ayuda.

– ¿Me cree?

– Haré lo que usted dice.

– Entonces, ¿estoy libre?

– No creo que debamos retenerlo. ¿Qué opina usted, señor Saxon?

El gruñido que emitió el oficial podía significar cualquier cosa, menos que celebrara la decisión de Walter.

– En ese caso… -concluyó Jack. Se levantó para irse.

– Hay algo más -exclamó Walter.

– ¿Sí?

– ¿Puede decirle al médico que venga a verme? Creo que estoy listo para levantarme.

19

Era el día más feliz en la vida de Marjorie Cordell, o por lo menos el más feliz desde su boda con Livy. Después del almuerzo Barbara le había dicho que Paul quería casarse con ella. En lo peor de esa horrible tormenta de la noche anterior esos dos jóvenes habían encontrado un rincón tranquilo en el barco para decidir que deseaban compartir sus vidas. Era muy romántico. Todavía tenían puestos sus disfraces de peregrinos. Marjorie no podía imaginar nada más encantador y apropiado.

Paul había estado muy correcto al decirle a Barbara que pensaba pedir el permiso a sus padres. Había ciertas dudas con respecto a quién debía dirigirse, porque Livy no era su padre, pero Marjorie decidió que eso no tenía importancia. Livy podía contestar por los dos, ya que ésa era una formalidad que se arreglaba mejor entre hombres.

– Vamos a dejar que se sientan importantes -le susurró a Barbara-, Pobrecitos, es la única oportunidad que tienen.

Se convino que Livy estaría en el salón de fumar al mediodía y Paul un minuto después. Arreglarían lo necesario y luego se reunirían con las damas para almorzar. Livy iba a ordenar una botella de champagne.

Madre e hija planearon estos excelentes arreglos, pero cuando Marjorie habló con Livy se sorprendió ante su falta de entusiasmo.

Si no te importa prefiero dejártelo a ti -se excusó-. No está en mi carácter andar con ceremonias. El muchacho puede hablar contigo.

– No tienes por qué estar nervioso -le recordó Marjorie-. Por Dios, Paul tendría que estar nervioso, pero tú no.

– De veras, Marjorie, lo único que quiero es quedarme en el camarote a leer un libro.

– Ésa es una actitud terrible, Livy. Barbara es nuestra hija. El día que nos casamos estuviste de acuerdo en tratarla como si fuera tuya. Ahora ha tomado la decisión más importante de su vida y prefieres ignorarlo. ¿Cómo puedo decírselo? Ponte tu traje, y una corbata y pensemos un poco en esos jóvenes en lugar de vivir exclusivamente pensando en nosotros mismos.

Livy sabía que era mejor no discutir. Cerró su libro y empezó a cambiarse. Acababa de ponerse el traje oscuro cuando alguien golpeó la puerta.

– ¿Estás presentable? -preguntó Marjorie mientras iba a abrir.

– Ésa es una cuestión de opiniones -gruñó Livy-. No me interesa estar presentable.

Marjorie abrió la puerta.

– Oh, disculpe. Estaba esperando a otra persona. Livy, es el inspector Dew.

– ¿No molesto? -preguntó Walter.

– Para nada -replicó Livy, adelantándose-. Íbamos a encontrarnos con alguien, pero podemos concederle unos minutos. Entre.

– No tiene muy buen aspecto, inspector -comentó Marjorie-. Nos enteramos de lo del disparo de anoche. Qué cosa tan terrible. ¿Dónde lo hirieron?

– En el hombro, señora.

– ¿En qué podemos servirle? -preguntó Livy.

– Espero que puedan ayudarme. Es acerca del muchacho que estaba anoche en su mesa.

– ¿Paul? -preguntó Marjorie-, ¿pasa algo?

– No sé. Eso es lo que espero que me digan.

– ¿Qué quiere decir? No le ha pasado nada, ¿no? Mi marido tiene que encontrarse con él dentro de pocos minutos. Paul quiere preguntarnos por nuestra hija…

– Livy la interrumpió.

– Querida, ¿por qué no escuchamos lo que tiene que decirnos el inspector?

Walter carraspeó.

– Es algo confidencial, muy confidencial. ¿Cuánto tiempo hace que conocen al señor Westerfield?

– Lo conocimos en París hace dos semanas -respondió Livy-. Barbara lo conoce mucho mejor. Fueron juntos al colegio.

– El camarote de Barbara está al final del corredor -musitó Marjorie.

– Ya lo sabe, querida.

– Por supuesto.

– Lo que quiero preguntarles -continuó Walter- es si no han notado nada raro en su comportamiento.

– ¿Qué quiere decir con… raro?

– Extraño, peculiar, errático.

– ¿Cree que pueda estar loco?

– ¡Dios mío! -exclamó Marjorie-. ¡Está a punto de comprometerse con mi hija!

– ¿Ah, sí? -Walter se sorprendió-. Entonces debo de estar equivocado. Les pido disculpas -se alejó hacia la puerta.

– Un minuto -pidió Livy-. Si hay algo en contra de este muchacho queremos saberlo.

– Claro que sí -apoyó Marjorie.

– No creo que suceda nada extraño -trató de asegurarles Walter-. Es más, pueden librarlo de toda sospecha si saben dónde estaba anoche después del desfile de disfraces.

– Estaba en el desfile -aclaró Marjorie-. ¿No se acuerda? Paul y Barbara estaban disfrazados de peregrinos.

– Tesoro, ha dicho después del desfile.

– ¿Después? Bueno, fue cuando los dos se fueron por su cuenta y él se le declaró.

– Sólo tenemos la palabra de Barbara -reflexionó Livy.

– ¡Oh, no!

– ¿Qué otra cosa tiene contra el chico? -le preguntó Livy a Walter.

– Nada definido. Puede haber sido una mera coincidencia que estuviera jugando a las cartas con esa señora la noche que la asesinaron.

– También estaba jugando mi hija Barbara -hipó Marjorie al borde de las lágrimas-, ¿No cree que tenga nada que ver con eso?

– Tranquila, querida -exclamó Livy-. Escuche, inspector, yo estaba en el salón de fumar el sábado por la noche. Hablé con Paul. Estaba esperando que le sirvieran un café para llevárselo a esa señora y Barbara estaba en la mesa mostrándose muy amable con ella. ¿Es ése el comportamiento de dos jóvenes que planean un crimen como ése? Creo que usted está cometiendo un error. Sin querer ofenderlo, por supuesto -puso una mano tranquilizadora en el hombro de Walter.

Walter lanzó un quejido.

– Diablos, lo había olvidado -se excusó Livy, sacando la mano-. Lo siento, inspector. ¿Quiere sentarse?

– No, está bien así. Ya me iba.

Marjorie atravesó el cuarto con el rostro temblando de emoción.

– No puede irse así. Todavía no nos ha dicho por qué cree que Paul es raro.

– Olvídalo, Marjorie -exclamó Livy.

– ¿Cómo puedo olvidarlo cuando estoy a punto de dar en matrimonio a mi única hija a un loco? -sollozó Marjorie.

– ¿Ahora me culpas a mí? -chilló Livy con la voz aguda por la incredulidad.

– No te importa nada de Barbara -declaró Marjorie mientras su ansiedad se convertía en furia-. Ni siquiera te importo, yo. Eres un egoísta, Livy Cordell y tendría que haberlo visto hace años. Todo lo que haces es hablar de los viejos tiempos y hacer chistes estúpidos a costa mía. Bien, ya he tenido suficiente de ti.

– ¿Te parece que yo soy feliz? -repuso Livy.

– Tengo que irme -tartamudeó Walter.

– No, no se irá -aseguró Marjorie agarrándolo del brazo sano-. Quiero saber la verdad, inspector. He estado cuatro años casada con un sinvergüenza y no pienso dejar que mi hija cometa el mismo error.

– ¿Me has llamado sinvergüenza? -preguntó Livy.

– ¿Preferirías que te llamara delincuente de pacotilla que no duda en embaucar a una mujer inocente para vivir el resto de su vida de su fortuna personal?

– Si eso es lo que piensas de nuestro matrimonio, puedes olvidarlo.

– Lo haré… no te preocupes por eso -farfulló Marjorie. Le había hecho bien decir esas cosas. Había triunfado sobre su desesperación. Se volvió hacia Walter y estuvo a punto de introducirle el dedo en el ojo-. Y ahora usted. Quiero saber la verdad, inspector. ¿Qué evidencia tiene de que Paul Westerfield está loco?

– Ninguna -respondió Walter, dirigiéndose otra vez hacia la puerta-. Era sólo una sospecha. Quería probarla en alguien que conociera al muchacho.

– ¿Qué dice?

– Será mejor que se vaya, inspector -pidió Livy. Abrió la puerta y lo empujó fuera.

Cuando estuvo cerrada, Marjorie encontró las palabras que le habían faltado un momento antes.

– ¿Oíste eso? Sólo era una sospecha. Paul no tiene nada malo. ¿Es lo que dijo?

– Algo así -reconoció Livy.

– ¿Por qué no lo dijo en primer lugar? ¿Qué clase de gente cree que somos?

– Después de lo que dijiste, no necesita creer nada. Ya lo sabe -replicó Livy con tono ácido.

– Tesoro, no quise decir lo que dije. -La voz de Marjorie sonó compungida, los ojos llenos de lágrimas-. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo he podido ser tan hiriente? -abrió los brazos para abrazar a Livy, pero él se mantuvo firme.

– Lávate la cara. Eres un desastre.

– ¿Estás enojado conmigo? Yo no te culpo, Livy.

– Voy a encontrarme con ese muchacho.

– Que Dios nos ayude, sí. Te estará esperando en el salón. ¿No le vas a contar nada?

– Yo no abro la boca de más como algunos que conozco.

Marjorie lloriqueó.

– Creo que me lo merezco. Livy, ¿cómo podemos tomar champagne con esos dos enamorados después de lo que ha pasado? Va a ser horrible. Nos van a mirar pensado que en algunos años se convertirán en esto. ¿No quieres que nos besemos y hagamos las paces antes de reunimos con ellos?

– Tenemos que afrontarlo, Marjorie -dijo Livy-, Tú y yo hemos terminado. Hago esto por Barbara, no por ti. Te veré en el almuerzo -salió del camarote.

Marjorie cerró los ojos y gimió.

20

Por tradición, el último evento social del Mauretania era el concierto. Tenía lugar en el salón principal y casi todos los pasajeros de primera clase estaban presentes. En el centro de la primera fila estaba el lugar reservado al capitán Rostron. Por esa noche la banda del barco era elevada a la categoría de orquesta y mientras el capitán se dirigía a su asiento tocaron un coro de H. M. S. Pinafore…

Démos tres vivas y uno más,

por el intrépido capitán del Pinafore.

Este aire de alegría se debía ciertamente a la sensación de alivio de saber que ésta era la última noche en el mar y nadie más había sido estrangulado. A pesar de la desilusión porque el inspector Dew no hubiera arrestado a ninguna persona, la opinión general era que su presencia en el barco evitaba más fatalidades. El comité de espectáculos hasta había discutido la posibilidad de incluir un segundo coro de Gilbert y Sullivan en el preámbulo…

Cuando hay que cumplir con el deber

el trabajo del policía no es un placer.

Pero se decidió que había que omitir cualquier referencia a Walter por respeto a la víctima del estrangulador.

La segunda parte del programa después del intervalo fue el signor Martinelli. Antes de que apareciera el tenor, el capitán Rostron se dirigió a la audiencia. Expresó el deseo de que hubieran disfrutado de la travesía a pesar del desgraciado episodio del principio y agradeció los esfuerzos denodados del inspector Dew para investigar el crimen y garantizar la seguridad de los pasajeros y la tripulación. Hubo aplausos y Walter hizo una pequeña reverencia desde el fondo del salón. Nadie mencionó la herida de su hombro.

– No he visto a tus padres aquí esta noche -le comentó Paul Westerfield a su novia Barbara cuando terminó el concierto.

– Es cierto -asintió Barbara-. No he hablado con ellos desde el almuerzo.

– No necesitas decírmelo -contestó Paul apretándole la mano-. Sólo te he dejado sola veinte minutos en todo el día.

– Tal vez estuvieran cansados -dijo Barbara con una sonrisa-. Durante el almuerzo me parecieron un poco tensos.

– Estaban tristes por tener que entregar a su preciosa hija.

– No creo que piensen eso precisamente -replicó Barbara.

El salón de fumar de pronto se vio invadido por su habitual clientela y otros parroquianos que querían tomar la última copa con amigos hechos a bordo. Se hablaba de Nueva York, de la cuarentena y de la aduana. Todavía había que hacer las maletas, pero era difícil dejar la bonhomie para dedicarse a tareas tan depresivas.

Algunos pasajeros aún miraban con desconfianza a Jack Gordon, quien se mantenía cerca de Walter.

– ¿Habló con los Cordell? -preguntó mientras alcanzaba a Walter un whisky con soda.

– Sí -contestó Walter-. Y lo lamento -le contó a Jack lo del compromiso de Barbara con Paul-, No se sintieron muy felices de escuchar nuestra teoría de la locura. Ojalá no lo hubiera mencionado. Creo que el joven Westerfield es inocente.

– Estoy seguro de eso -opinó Jack.

Walter levantó las cejas.

Jack le explicó.

– Mientras usted estaba con sus padres yo hablé con Paul y Barbara. Les pregunté dónde habían estado anoche cuando le dispararon y me enteré de que Paul se le estaba declarando en el salón escritorio. Un camarero encendió la luz y los vio besándose. Vestían sus disfraces de peregrinos. El camarero volvió a apagar la luz apresuradamente y los dejó allí. Yo lo controlé. Tienen su coartada.

– Ojalá lo hubiera sabido antes de ver a los padres.

– Un hombre con su tipo de trabajo no puede estar cuidándose de herir los sentimientos de la gente, inspector.

– Supongo que no.

– No cuidó los míos cuando me consideraba un sospechoso.

– No sabía que era el marido de la víctima. Se comportaba de forma sospechosa.

– ¿Se refiere a cuando fui a la morgue para verla?

– Sí. Pero ahora que lo pienso le admiro.

– ¿Cómo es eso?

– Porque logró encontrar el lugar. Yo también estuve allí. Es como un laberinto. Me perdí al regresar de las celdas. No sé cómo logró encontrar la morgue sin ayuda. Usted mismo me dijo que era su primer viaje en el Mauretania.

– No es un misterio. El Mauri tenía una nave gemela.

– ¿Se refiere al Lusitania?

– Sí. Los construyeron en el mismo año. Eran prácticamente idénticos.

– ¿Y usted estuvo en el Lusitania?

– Trabajé en él, inspector. En ese entonces me llamaba Jack Hamilton y era camarero. Así es como aprendí a circular por las cubiertas inferiores. Dos años de ir y venir le enseñan a cualquiera los atajos. Era un trabajo muy pesado -Jack sonrió con aire satisfecho-. Solía mirar a los pasajeros de primera clase reclinados en sus hamacas y romperme la cabeza para encontrar la manera de llegar allí. Entonces otro camarero me contó lo de los «marineros» del salón de fumar, los jugadores de cartas profesionales que se ganaban la vida desplumando a los millonarios. Los estudié mientras trabajaban y decidí que eso era para mí -se encogió de hombros-. Ahora sabe la historia de mi vida.

– Muy interesante -meditó Walter-, Supongo que ya no trabajaba en la Cunard cuando torpedearon el Lusitania.

– Sí -reconoció Jack-, Yo estaba a bordo y Kate también. Era criada. Katherine Barton. Tuvimos la suerte de sobrevivir, porque fuimos de los últimos en dejar el barco. Estuvimos en el agua casi una hora.

– Así estaban más seguros -respondió Walter sacudiendo la cabeza y suspirando-. Murió un montón de gente peleando por los botes.

Jack se quedó mirando a Walter.

– ¿Usted estaba en el Lusitania?

– Sí… con mi padre. Éramos pasajeros de primera clase. Creo que cada superviviente tiene su historia. Mi padre tenía una pierna enyesada y fuimos los últimos en dejar el salón comedor. Siempre pensé que eso nos salvó la vida. Casi todos los botes se hicieron pedazos. Esperamos en cubierta hasta que el agua nos alcanzó y nos alejamos nadando antes del final.

Kate y yo casi nos hundimos con el barco. Después que el torpedo nos alcanzó, nos ordenaron que controláramos si todas las suites y los camarotes de la sección D estaban vacíos. Los pasajeros no estaban, pero Kate se topó con un ladrón en el momento en que éste vaciaba un joyero. El desgraciado la golpeó con la maldita caja y la dejó inconsciente. Luego cerró la puerta y la abandonó a su suerte. Me lo crucé en el corredor y no me dijo una palabra. Volví para ver por qué Kate no me había alcanzado y la encontré desmayada sangrando. De alguna manera la hice volver en sí y la subí a la cubierta. Esa es mi historia, inspector. Lo mejor fue que seis semanas después Kate se casó conmigo.

– ¿Alguna vez supieron lo que le pasó al ladrón?

– No. No sé si sobrevivió. Si lo encontrara no lo reconocería. Apenas lo vi. Era un hombre bajo y robusto con traje oscuro. En ese momento estaba muy asustado. Todavía tengo pesadillas cuando estoy en un barco y éste se inclina, recuerdo a Kate desmayada en mis brazos y el miedo de que en cualquier minuto el agua lo cubriría todo.

– Por eso no quería quedarse ahí abajo durante la tormenta de anoche.

Jack asintió.

– No soy uno de esos que juró no volver a pisar un barco, si no no hubiera elegido esta vida, pero me quiero asegurar de que si alguna vez vuelve a suceder, no me encuentre encerrado abajo.

– Es muy comprensible -reconoció Walter-, Debe de haber sido una experiencia terrible. Usted dice que no reconocería al ladrón si lo volviera a ver, pero me pregunto si su mujer no lo había visto mejor.

– Sí, inspector. Siempre decía que reconocería al sinvergüenza si lo volvía a ver.

– ¿De veras? Qué interesante.

– ¿Por qué?

– Si estuviera en este barco, tendría motivos de sobra para haberla asesinado.

– ¡Dios mío, tiene razón!

– No sé si iría tan lejos como eso -comentó Walter, medio arrepentido de haber mencionado esa posibilidad-. No es más que una teoría.

– Es la única que coincide con los hechos -exclamó Jack con un tono que no necesita convencimiento-. El tipo subió en Southampton y se pegó el susto de su vida al ver a Kate. Supongo que pensó que ella se había ahogado en el Lusitania. Sabía que teniendo cinco días por delante en el mar Kate lo iba a reconocer y decidió matarla. Dio por sentado que viajaba sola, así que la arrojó al mar, suponiendo que nada lo vincularía con su desaparición. Era un ladrón, así que no habrá tenido ningún problema para entra en su camarote. La estranguló y la arrojó por el ojo de buey. Y entonces las cosas empezaron a andar mal.

– Recuperaron el cuerpo del mar -dijo Walter.

– Eso fue lo primero. Lo segundo fue la noticia de que usted estaba en el barco, un famoso detective de Scotland Yard. Y la tercera fui yo… el marido de Kate. El tipo podía saber que ella estaba casada hasta que oyó los rumores y me vio hablando con usted. Tal vez recordara mi rostro. Sea lo que fuere, se convenció a sí mismo de que yo le iba a contar a usted lo del Lusitania, y usted, el hombre que atrapó a Crippen, no perdería ni un segundo en arrestarlo. Era un hombre desesperado, así que probó un remedio desesperado.

– Me disparó.

– Sí. Que me haya apuntado a mí o a usted no tiene importancia.

– No estoy de acuerdo -se opuso Walter secamente.

– Me refiero a que su punto de vista del resultado sería igual -continuó Jack demostrando impaciencia-. Quería evitar que le contara lo del Lusitania. Pero no lo logró. Ahora sabe lo que pasó. ¿Qué piensa hacer, inspector?

Walter contempló su vaso como si la respuesta estuviera allí.

– Tengo que hacer el equipaje.

– Tenemos que encontrar a ese hombre. Asesinó a mi mujer.

Casi lo mató a usted.

– Sí. Pero dudo de que trate de hacer alguna otra cosa. Y no puede escapar. Lo veré por la mañana.

– ¿Ya sabe quién es? -preguntó Jack atónito.

– Creo que sí -replicó Walter con una sonrisa modesta.

– ¿No me lo va a decir?

– Será mejor que no. Pero le agradezco su ayuda.

21

Alma se miró en el espejo y tomó el colorete. Su cara era espectral. Estaba esperando a Walter.

Había pasado una nota por debajo de su puerta pidiéndole que fuera a verla. Y ella pensaba decirle que se había equivocado, que no lo amaba, que había sido una mera pasión pasajera.

Sin embargo ya deseaba que hubiera una manera de recuperar la nota antes de que él la encontrara. Le temía. Había sido un terrible error haber elegido justamente el camarote donde Lydia había muerto para decírselo. Sólo la fuerza de su amor por Johnny le impedía escapar corriendo. Prefería morir antes de perder la oportunidad de casarse con él.

Pero la atormentaba la culpa. Había repasado en su mente una y otra vez los sucesos que unían su vida a la de Walter y siempre llegaba a la misma conclusión. Si Walter no la hubiera conocido, no habría asesinado a Lydia. Estaría en algún lugar de Inglaterra tratando de continuar con su trabajo de dentista. No era ni había sido nunca la figura exquisitamente atractiva en que su imaginación lo había convertido. Era decente y confiado y aburrido, aburrido, aburrido. No tenía ni una pizca de animación. Era deprimente saber que no era Walter el que la había fascinado, sino sus fantasías. La fantasía de escapar con un hombre que asesinaba a su mujer y lo abandonaba todo… trabajo, casa y país… para vivir con ella por el resto de sus días. Pero no era el amor y ahora sabía que no lo quería. Seguía siendo aburrido…

En algún lado había leído que los asesinos son casi todos individuos aburridos y patéticos. No lo había creído al leerlo y estaba segura de que Ethel Le Neve tampoco. Pero, ¿y si no hubieran atrapado a Crippen? ¿Si Ethel hubiera tenido que pasar el resto de sus días en la cárcel con él?

El asesinato no le iba bien a Walter. Sólo lo notaba cambiado en un solo punto: se había vuelto peligroso. Aburrido y peligroso. Un hombre que ha asesinado una vez y no ha sido capturado, no puede ser ignorado.

El golpe en la puerta la sobresaltó. Tenía puesta una blusa de seda que parecía viva a causa del miedo. Respiró hondo y se dirigió a la puerta.

Allí estaba, con la nota en la mano y las cejas levantadas con aire interrogativo.

Alma trató de sonreír. Se hizo a un lado para dejarlo pasar y cerró la puerta.

– Walter, ya sé que decidimos no vernos a menos que hubiera una razón muy importante.

– ¿La hay?

– Por favor, siéntate. Tenía que encontrar una manera de hablarte antes de mañana. Has tenido que afrontar muchas más cosas que las que supusimos.

Walter se encogió de hombros.

– No ha sido tan malo. Ocupó mi mente.

– Pero te hirieron. ¿Todavía te duele?

– No lo llamaría dolor. Más bien molestia.

– Pero lo que pasó es culpa mía -alegó Alma-. Yo he tenido más oportunidades que tú de pensar las cosas.

– ¿Culpa por qué?

– Por todo. Por la muerte de Lydia.

– Lo planeamos juntos.

– Si no me hubieras conocido, nunca lo habrías pensado. Nunca hubieras puesto el pie en este barco, nunca hubieras hecho lo que hiciste en este maldito camarote, nunca hubieras tenido que fingir ser detective.

Walter parpadeó, sorprendido.

– No fue tan difícil. Disfruté enormemente.

– ¿Disfrutaste?

– Nunca me trataron mejor. Al principio creí que sería difícil, pero no fue así. No tuve que hacer preguntas astutas ni descubrir claves escondidas. Ser detective consiste en lograr que la gente hable. Sé escuchar… Lydia me acostumbró. Como te decía, si los dejas hablar te lo contarán todo y te adjudicarán el mérito de haber descubierto la verdad.

Alma creyó comprender.

– Sí, tienes que haber sido astuto para convencerlos.

– ¿Convencerlos?

– Convencerlos de que sabías lo que estabas haciendo… que estabas resolviendo el misterio.

– Mi querida, lo he resuelto. Ya sé quién cometió el asesinato y por qué. Eso es lo que quiero decir. Soy un detective muy bueno.

– Walter, eso es imposible.

Se recostó en la silla con los brazos cruzados.

– Ya verás.

Alma lo miró, preguntándose si habría perdido la razón. Parecía obsesionado por Dew. Creía realmente que era un gran detective. Incluso creía haber resuelto el caso.

¿Era concebible que estuviera tan desquiciado que pensara en acusarse a sí mismo del asesinato de Lydia? ¿Y a ella como su cómplice? ¿Iba a ser ése el último logro del falso inspector Dew?

Alma empezó a hablar con la urgencia y la convicción de un prisionero pidiendo por su vida.

– Escúchame, Walter, por favor. No tengo derecho a decirte esto ahora. Me avergüenzo, pero tengo que decírtelo -le tomó una mano y se arrodilló al lado de su silla mirándolo con ansiedad-. He cambiado. Cuando iba a tu consultorio, te idolatraba. Nunca había hablado con un hombre tan seguro, tan fuerte, tan apuesto. Debo decirte que no tenía mucha experiencia. Los únicos hombres que conocía fuera de mi familia eran personajes de los libros, de esas historias románticas que encuentras en las bibliotecas. Para mí eras como una de esas criaturas irreales, con tus modales sofisticados y tu nombre extranjero. Y como cada uno de ellos al principio del libro, me pareciste inalcanzable.

– Pero ya superamos eso -acotó Walter con una sonrisa indulgente.

– Sí -Alma tragó con dificultad-. Me convencí de que eras el camino a la felicidad eterna. Fui egoísta. Creí que te amaba, y nada, ni siquiera tu esposa legítima, podía interponerse en mi camino. Fue como una obsesión. Todos los sueños infantiles, las frustraciones y las fantasías que había ido creando durante la guerra se centraron en ti. Tengo veintiocho años, Walter, soy casi una solterona, y me he conducido peor que una colegiala.

– No tienes por qué avergonzarte.

– Sí… porque te he engañado a ti y a mí misma. Estos días en el mar me han devuelto el sentido común. ¿Cómo puedo decírtelo sin lastimarte?

– ¿Que ya no me amas? -preguntó Walter sin alterarse.

Alma bajó la cabeza.

– ¿Hay otro?

– Sí -empezó a sollozar.

Walter le acarició el pelo.

– Gracias por decírmelo. Para ser franco, es un alivio. ¿Sabes? Me sentía culpable. Me aproveché de tus sentimientos. Solo nunca hubiera logrado el coraje para hacer lo que hice. Lo afronté con tu ayuda. Yo también he aprendido con esta experiencia. Ahora puedo arreglármelas solo.

Estaba tranquilo y controlado. Estaba diciendo la verdad. Alma se inclinó y lo besó en la mejilla.

– Lo que ocurrió en este camarote es y será nuestro secreto. Lo llevaré a la tumba conmigo.

Walter se lo agradeció y se puso de pie.

– En la bodega hay algunos baúles de Lydia. Cuando lleguemos a Estados Unidos, ¿puedes reclamarlos? Si nadie se presenta comenzarán las preguntas.

– Por supuesto -asintió Alma. Cuando llegaron a la puerta agregó en un impulso-. Fue un crimen perfecto.

– Casi. Mucha suerte con el señor Finch.

Alma estaba sola otra vez.

22

Antes de las siete del miércoles, en la mañana en que el Mauretania debía atracar en el muelle de Nueva York, hubo una reunión en la oficina del capitán. Walter había sido anunciado por el camarero. En esa habitación donde por primera vez lo habían llamado para investigar el asesinato, estaban reunidos además del capitán, el señor Saxon, Paul Westerfield II, su novia Barbara y, con el rostro bañado en lágrimas, Marjorie Cordell. El capitán le señaló una silla y Walter se sentó. Estaba frente al señor Saxon, que lo miraba con aire mustio.

– Seré breve, inspector -comenzó el capitán-. Ha desaparecido otro pasajero. Desde ayer por la tarde el marido de esta señora ha desaparecido. Anoche no volvió a su camarote. La señora Cordell lo informó a las tres de esta madrugada y el señor Saxon y su equipo han efectuado una búsqueda. Tienen experiencia en este tipo de cosas. Saben dónde buscar polizones. Después de tres horas no han encontrado señales del señor Cordell. Por razones obvias, decidí que teníamos que avisarle.

Walter asintió con aire solemne.

– Está muerto -hipó Marjorie-, Livy está muerto. Lo sé.

Barbara se volvió hacia ella.

– No tienes ninguna razón para decir eso, mamá -le espetó con voz tranquila-. Es posible que esté jugando a las cartas en el camarote de algún otro. La gente pierde el sentido del tiempo cuando está jugando una buena partida. Va a aparecer a la hora del desayuno preguntado el porqué de todo este pánico.

– No hay pánico -corrigió el señor Saxon con agresividad.

Paul carraspeó.

– Creo que tenemos que informar mejor al inspector Dew. Ayer le pedí a Livy la mano de Barbara. Parecía un poco ausente, pero dio su consentimiento y tuvimos un agradable almuerzo con champagne para celebrarlo.

– ¿Bebió mucho? -preguntó el señor Saxon.

– No, que yo recuerde. Tal vez una copa y media. Estaba muy callado, pero eso no es raro. Cuando habla, es casi siempre para hacer algún comentario gracioso. Pero tengo que admitir que no estaba como de costumbre.

– No hacía más que mirar a su alrededor como si algo lo molestara -acotó Barbara.

Marjorie lloriqueó.

– Será mejor que se lo diga, porque sé que el inspector lo sacará a flote si no lo hago. Antes del almuerzo… justo después de que usted nos visitara en el camarote, inspector… Livy y yo tuvimos la primera discusión en nuestro matrimonio. Han sido tres años de felicidad y justo ayer ocurrió esto… en el mismo día en que estos queridos chicos tendrían que habernos hecho tan felices. Fue terrible tener que representar una alegría que no sentíamos cuando acabábamos de destrozarnos uno al otro.

Barbara estiró la mano hacia Marjorie.

– Mamá, no lo sabía. ¿Qué pasó?

– No importa querida. Algunas estupideces que le dije al inspector. Estaba muy nerviosa.

– ¿Por qué?

– No me lo preguntes. No tiene importancia… ¿no es así, inspector? -Marjorie miró implorante a Walter, que sacudió la cabeza, apoyándola.

El capitán Rostron había detectado algo significativo en todo esto. Decidió que no podían dejarlo de lado.

– ¿Es cierto, inspector? ¿Usted entrevistó ayer a la señora y el señor Cordell?

– Así es, capitán.

– Todos esperaron que Walter ampliara esta declaración, pero no lo hizo.

El capitán insistió.

– ¿Así que tenía algo que ver con su investigación de la muerte de Katherine Masters?

– Yo no diría exactamente eso.

Marjorie cerró los ojos como si estuviera rezando.

– Pero tiene que haber tenido alguna razón para haber ido a verlos, inspector -siguió insistiendo el capitán.

– Sí, por supuesto.

– El disparo -soltó el señor Saxon-, Los fue a ver por el asunto del disparo.

– Exacto -replicó Walter enseguida-. El arma. Estaba buscando el arma.

Marjorie abrió los ojos.

– Sí, de eso se trababa. Del arma de Livy.

– ¿Su marido tiene un arma? -preguntó el capitán.

– Mamá, ¿qué estás diciendo? -exclamó Barbara con tono escandalizado.

– ¡Ay, que Dios me ayude! -murmuró Marjorie.

– ¿Y usted sospechaba esto, inspector? -preguntó el capitán.

– Más o menos -contestó Walter sin comprometerse.

– No sé cómo lo hizo -agregó el señor Saxon.

– Simple experiencia -Walter fue aplastante.

– ¿Pero no se la quitó?

– No fue necesario. No estaba allí.

– Supongo que la habrá tirado al mar -arriesgó Marjorie-. Era tan cuidadoso. Mi pobre Livy. Siempre tratando de enterrar su pasado y tenía que ser yo la que lo descubriera ante el inspector -se cubrió la cara con las manos, mientras Barbara se levantaba a consolarla.

– No nos dijo que sospechaba de él -recriminó el señor Saxon a Walter.

El capitán Rostron intervino.

– Señor Saxon, a usted no le corresponde cuestionar la manera de conducir la investigación del inspector. No me cabe duda de que tenía sus razones para actuar así -se volvió hacia Walter.

– Varias -contestó Walter.

– ¿Por favor, podría decirnos de qué se trata todo esto? -pidió Paul.

Walter sacudió la cabeza.

– Prefiero no mortificar a las señoras.

– Está bien -musitó Marjorie, secándose los ojos con un pañuelo-. Tienes derecho a saberlo, Paul. Te lo diré yo misma. Ayer vino el inspector a vernos. Como sabrán, hace un tiempo que nos vigila, y ya empezábamos a sentir la tensión. Es un gran detective, Paul, y sabía el momento exacto en que tenía que actuar. Con mucha astucia logró asustarme sugiriendo un hecho completamente estrafalario. Por supuesto que no era cierto, y ahora no tiene importancia de qué se trataba, pero nos socavó la moral. Empezamos a decirnos cosas que nunca nos habíamos dicho. Llamé a Livy ladronzuelo, delincuente. Era lo único que no debí haber dicho, pero en ese momento no lo sabía.

Barbara la interrumpió.

– ¡Mamá! Esto es absurdo. ¿Acaso estás insinuando que Livy es un delincuente?

– Tesoro, lo era antes de casarnos. Era ladrón. Podía abrir puertas sin ningún problema. Solía viajar en los transatlánticos y hacerse con el dinero que la gente dejaba en sus camarotes. Lo suficiente para vivir bien. Siempre dejaba bastante y la mayoría ni siquiera se daba cuenta de que les faltaba algo.

– Bueno, eso si que es increíble -exclamó Paul, sonriendo ligeramente mientras sacudía la cabeza-. Me dijo que había hecho muchos viajes en barco por negocios. Importación y exportación.

– Su sentido del humor -reconoció Marjorie-, ¿Querría usted contarles lo del Lusitania, inspector?

– Como quiera -aceptó Walter. Repitió la historia que le había contado Jack Gordon, con Livy en el papel de ladrón que había golpeado a Katherine, dejándola encerrada en el camarote mientras el barco se hundía.

– Yo no sabía nada de eso hasta ayer después del almuerzo -continuó Marjorie-. Me lo contó todo. Cómo se sorprendió y horrorizó al ver la camarera en el barco en la primera noche cuando salimos de Inglaterra. Fue al salir del camarote y verla avanzar hacia él. Siempre había pensado que había muerto, pero allí estaba, como un espectro volviendo en busca de venganza. En ese momento se escondió en el camarote y cerró la puerta. Pero eso no fue lo peor.

– ¿La vio jugando a cartas con nosotros? -preguntó Barbara.

Marjorie asintió.

– Según él, ya habían acabado la partida y estaba conversando contigo, querida. Le preguntó a Paul qué pasaba.