/ Language: Español / Genre:prose_contemporary,

Elegía

Philip Roth

El protagonista de esta intensa crónica sobre el paso del tiempo es alguien que descubre la terrible realidad de la muerte en las playas de su infancia, que triunfa en su carrera como publicitario, que fracasa estrepitosamente en sus tres matrimonios y que, en su vejez, reflexiona sobre el deterioro físico, el arrepentimiento y la necesidad de aceptar la inanidad de su porpia existencia.

Philip Roth

Elegía

© 2006, Philip Roth

© 2006, Jordi Fibla, por la traducción

A J.C.

Aquí, donde los hombres se sientan y oyen sus mutuos quejidos;

donde la parálisis agita algunas, tristes, últimas canas,

donde la juventud palidece, adelgaza como un espectro y muere;

donde tan solo pensar es estar lleno de tristeza […]

John Keats, «Oda a un ruiseñor»

Alrededor de la tumba, en el ruinoso cementerio, estaban algunos de sus antiguos colegas publicitarios de Nueva York, que recordaron su energía y su originalidad y le dijeron a su hija, Nancy, que trabajar con él había sido un gran placer. Varios de los presentes habían viajado desde Starfish Beach, el complejo residencial para jubilados en la costa de Jersey donde él había vivido desde la festividad de Acción de Gracias de 2001; eran los ancianos a los que recientemente había dado clases de pintura. Y estaban sus dos hijos, Randy y Lonny, hombres de mediana edad nacidos de su turbulento primer matrimonio que, muy apegados a su madre, poco sabían de él que fuese digno de elogio y mucho de espantoso, y que habían acudido tan solo por sentido del deber. Su hermano mayor, Howie, y su cuñada habían viajado en avión desde California la noche anterior, y también estaba presente una de sus tres ex esposas, la de en medio, la madre de Nancy, Phoebe, una mujer alta, muy delgada y canosa, cuyo brazo derecho le pendía flácido al costado. Cuando Nancy le preguntó si quería decir algo, Phoebe sacudió tímidamente la cabeza, pero de todos modos habló en voz queda, con cierta dificultad.

– Cuesta tanto de creer… Sigo pensando en él nadando en la bahía… eso es todo. Sigo viéndolo cruzando a nado la bahía.

Y entonces le tocó el turno a Nancy, que se había encargado de organizar el funeral de su padre y había llamado por teléfono a los presentes, de modo que los deudos no se redujeran a su madre, ella misma, su hermano y su cuñada. Había una sola persona que no estaba allí porque la hubieran invitado, una mujer robusta, de cara agradable y redondeada y cabello pelirrojo teñido, que se había presentado en el cementerio diciendo ser Maureen, la enfermera particular que cuidó de él años atrás, después de que le operasen del corazón. Howie la recordó y fue a darle un beso en la mejilla.

– Empezaré por contaros algo de este cementerio -les dijo Nancy a los presentes-, porque he descubierto que el abuelo de mi padre, mi bisabuelo, no solo está enterrado en la zona más antigua, al lado de mi bisabuela, sino que fue uno de sus fundadores en mil ochocientos ochenta y ocho. La asociación que financió y levantó el cementerio estaba formada por las sociedades funerarias de organizaciones y congregaciones benéficas judías diseminadas por los condados de Union y Essex. Mi bisabuelo era el dueño de una pensión en Elizabeth que acogía sobre todo a inmigrantes recién llegados, y su bienestar le concernía más de lo que cabría pensar de un patrono. Por ello formó parte del grupo que compró el campo que había aquí, lo niveló y ajardinó, y por ello fue el primer presidente de la junta del cementerio. Entonces era relativamente joven, pero se encontraba en la plenitud de su vigor, y su nombre es el único que consta en el documento donde se especifica que el cementerio se destina a «enterrar a los miembros fallecidos de acuerdo con la ley y el ritual judíos». Como es bien evidente, el mantenimiento de las parcelas individuales, de la valla y las puertas ya no es como debería ser. Algunos elementos se han estropeado y caído, las puertas están oxidadas, los cerrojos han desaparecido, ha habido vandalismo. Ahora este lugar se ha convertido en el trasero del aeropuerto, y lo que se oye desde varios kilómetros de distancia es el estruendo constante de la autopista de Nueva Jersey. Por supuesto, primero pensé en los lugares realmente hermosos donde podría enterrar a mi padre, los lugares en los que él y mi madre nadaban juntos cuando eran jóvenes, y los sitios de la costa donde a él le gustaba nadar. No obstante, pese a que ver el deterioro que nos rodea me rompe el corazón, como probablemente os sucede a vosotros, y tal vez incluso hace que os preguntéis por qué nos hemos reunido en un terreno tan marcado por el tiempo, quería que yaciera cerca de quienes le amaron y de los que descendía. Mi padre quería a sus padres y debía estar cerca de ellos. No deseaba que estuviera solo, enterrado en cualquier parte. -Guardó un momento de silencio para serenarse. Era una mujer de unos treinta y cinco años, de facciones delicadas y sencilla belleza, como la de su madre, y no imponía con su presencia, ni siquiera daba una impresión de valor, sino que parecía una abrumada chiquilla de diez años. Se volvió hacia el ataúd, tomó un puñado de tierra y, antes de dejarlo caer sobre la tapa, dijo quedamente, todavía con el aire de una muchacha perpleja-: Bueno, esto es todo. No podemos hacer nada más, papá.

Entonces recordó la máxima estoica que su padre decía décadas atrás, y se echó a llorar. «No se puede rehacer la realidad -le dijo-. Tómala como viene. No cedas terreno y tómala como viene.»

El siguiente en arrojar tierra sobre la tapa del ataúd fue Howie, a quien él idolatraba cuando eran niños y que a su vez siempre lo había tratado con dulzura y afecto, enseñándole pacientemente a montar en bicicleta, nadar y practicar todos los deportes en los que el mismo Howie sobresalía. Aún parecía que pudiera atravesar con el balón el centro mismo de la línea defensiva, y tenía setenta y siete años. Nunca le habían tenido que hospitalizar y, aunque los dos eran hijos de los mismos padres, él se había mantenido espléndidamente sano durante toda su vida.

Tenía la voz ronca de emoción cuando le susurró a su esposa:

– Mi hermano pequeño… No tiene ningún sentido. -Entonces se dirigió a todos los presentes-: Vamos a ver si puedo hacerlo. Hablemos de la persona. Mi hermano… -Hizo una pausa para poner en orden sus ideas, a fin de poder hablar juiciosamente. Su manera de expresarse y su agradable tono de voz eran tan parecidos a los de su hermano que Phoebe empezó a llorar, y Nancy se apresuró a tomarla del brazo-. En sus últimos años -siguió diciendo, los ojos dirigidos a la tumba-, tuvo problemas de salud, y también estaba solo… lo cual no es un problema menor. Hablábamos por teléfono siempre que podíamos, aunque hacia el final de su vida él se alejó de mí por razones que nunca han estado claras. Desde su época en el instituto sintió el impulso irresistible de pintar, y cuando se retiró de la publicidad, un campo en el que cosechó un éxito considerable, primero como director de arte y luego tras su ascenso a director creativo… en fin, después de una vida dedicada a la publicidad, pintó prácticamente cada día de todos los años que le quedaban. Podemos decir de él lo que sin duda han dicho de ellos los seres queridos de casi todos los que están enterrados aquí: debería haber vivido más. Eso es muy cierto. -Al llegar a este punto, hizo una pausa y la expresión resignada y melancólica de su semblante cedió el paso a una triste sonrisa-: Cuando empecé a ir al instituto y por las tardes tenía entrenamiento, él se encargaba de los recados que yo tenía que hacer para mi padre al salir de la escuela. Le encantaba tener solo nueve años y, con un sobre que contenía los brillantes en el bolsillo de la chaqueta, ir en autobús hasta Newark, donde el engastador, el medidor, el pulimentador y el reparador de relojes con los que trabajaba nuestro padre se sentaban en sus respectivos cubículos, encerrados en la casa de la avenida Frelinghuysen. Esos viajes entusiasmaban al chico. Imagino que contemplar a los artesanos mientras realizaban su tarea solitaria en aquellos estrechos cuartitos le dio la idea de utilizar sus manos para crear arte. Creo que mirar las facetas de los brillantes a través de la lupa de joyero de mi padre alimentó su deseo de dedicarse al arte. -De repente Howie no pudo contener la risa, una ligera ráfaga de alivio en su penosa tarea, y comentó-: Yo era el hermano convencional. En mi caso los brillantes alimentaban el deseo de ganar dinero. -Volvió entonces a lo que había estado diciendo antes de hacer el inciso, mirando a través del soleado ventanal de sus años juveniles-. Una vez al mes nuestro padre ponía un pequeño anuncio en el Elizabeth Journal. En la época de las fiestas, entre Acción de Gracias y Navidad, lo ponía una vez a la semana: «Use su viejo reloj para el primer pago de uno nuevo». Todos esos viejos relojes que acumulaba, la mayor parte sin posibilidad de reparación, estaban amontonados en un cajón, en la trastienda. Mi hermano pequeño se pasaba horas allí sentado, haciendo girar las manecillas, oyendo el tictac, si aún funcionaban, y examinando el aspecto de cada esfera y cada caja. Eso era lo que hacía funcionar al muchacho. Un centenar, dos centenares de relojes entregados como pago inicial, y el cajón entero probablemente no valía más de diez dólares, pero para el artista en ciernes aquel cajón lleno de relojes en la trastienda era un cofre del tesoro. Solía llevarlos… siempre llevaba algún reloj sacado de aquel cajón. Uno de los que funcionaban. Y los que trataba de poner en marcha, porque le gustaban, los toqueteaba en vano… generalmente los estropeaba más de lo que estaban. En cualquier caso, así empezó a usar las manos para llevar a cabo tareas meticulosas. Mi padre siempre tenía un par de dependientas que le ayudaban, chicas que acababan de terminar el bachillerato, adolescentes o veinteañeras. Buenas y simpáticas chicas de Elizabeth, siempre de aspecto saludable, siempre cristianas, la mayoría católicas irlandesas, cuyos padres, hermanos y tíos trabajaban en Máquinas de Coser Singer o en la fabrica de galletas o en el puerto. El suponía que unas encantadoras muchachas cristianas harían que los clientes se sintieran más cómodos. Si se lo pedían, ellas se probarían las joyas para los clientes, harían de modelos, y, si había suerte, las mujeres acabarían comprando. Como nos decía mi padre, cuando una mujer joven y guapa lleva una joya, otras mujeres piensan que, cuando ellas la luzcan, también tendrán el mismo aspecto. Los estibadores del puerto que iban en busca de sortijas de compromiso y alianzas de boda para sus novias a veces tenían la temeridad de tomar la mano de la dependienta para examinar la piedra de cerca. A mi hermano también le gustaba estar con las chicas, y mucho antes de que pudiera empezar a comprender qué era lo que tanto le complacía. Las ayudaba a retirar el género de los escaparates y las vitrinas al final de la jornada. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para ayudarlas. Solo dejaban en los escaparates y las vitrinas los artículos más baratos, y poco antes de cerrar la tienda aquel chiquillo abría la caja fuerte que estaba en la trastienda con la combinación que mi padre le había confiado. Yo había hecho todas esas tareas antes que él, incluida la de estar lo más cerca posible de las chicas, sobre todo de las dos hermanas rubias llamadas Harriet y May. Hubo varias dependientas en el transcurso de los años, Harriet, May, Annmarie, Jean, luego Myra, Mary, Patty, también Kathleen y Corine, y todas ellas le tomaron simpatía al muchacho. A comienzos de noviembre, cuando empezaba la temporada de las fiestas, cuando mi padre abría la tienda seis noches a la semana y todo el mundo trabajaba como un mulo, Corine, la gran belleza, se sentaba con mi hermano en la trastienda y entre los dos escribían las direcciones para enviar los catálogos de la tienda a todos los clientes. Si le dabais a mi hermano una caja de sobres, era capaz de contarlos con más rapidez que nadie, gracias a la agilidad de sus dedos y a que contaba los sobres en grupos de cinco. Yo me asomaba a la trastienda y, en efecto, eso era lo que estaba haciendo… pavonearse con los sobres delante de Corine. ¡Cómo le gustaba al muchacho hacer todo lo que comportaba ser el hijo responsable del joyero! Ese era el elogio favorito de nuestro padre: «responsable». A lo largo de los años nuestro padre vendió alianzas de boda a irlandeses, alemanes, eslovacos, italianos y polacos de Elizabeth, en su mayoría jóvenes envarados de clase obrera. La mitad de las veces, después de hacer la venta, le invitaban, junto con toda su familia, a la boda. Gustaba a la gente… tenía sentido del humor, mantenía los precios bajos y concedía crédito a todo el mundo, así que allá íbamos, primero a la iglesia y luego al ruidoso banquete. Llegó la Depresión, llegó la guerra, pero también estaban las bodas, estaban nuestras dependientas, estaban los viajes en autobús a Newark con sobres que contenían brillantes por valor de centenares de dólares en los bolsillos de nuestros chaquetones. En cada sobre nuestro padre había escrito las instrucciones para el engastador o el calibrador. Había una caja fuerte Mosley, de metro y medio de altura, con ranuras para las bandejas de joyas que guardábamos cuidadosamente cada noche y sacábamos cada mañana… y todo esto constituía el núcleo de la vida como buen chico de mi hermano. -Los ojos de Howie volvieron a posarse en el ataúd-. ¿Y ahora qué? -preguntó-. Creo que sería mejor dejarlo aquí. Seguir hablando, recordar todavía más… pero ¿por qué no recordar? ¿Qué más da otro torrente de lágrimas por parte de familiares y amigos? Cuando murió nuestro padre mi hermano me preguntó si me importaba que se quedase con su reloj. Era un Hamilton, fabricado en Lancaster, Pensilvania, y, según el experto, el jefe, el mejor reloj que el país jamás había producido. Cada vez que vendía uno, nuestro padre nunca dejaba de asegurarle al cliente que no se había equivocado. «Mire, yo también llevo uno. Un reloj respetadísimo, este Hamilton. A mi modo de ver, el principal reloj de fabricación norteamericana, sin excepción.» Setenta y nueve con cincuenta, si mal no recuerdo. Todo lo que se vendía en aquel entonces tenía que acabar en cincuenta. El Hamilton tenía una gran reputación. Desde luego, era un reloj con clase, a mi padre le encantaba el suyo, y cuando mi hermano me dijo que le gustaría quedárselo me alegré mucho. Podría haberse quedado con la lupa de joyero y el estuche en el que nuestro padre transportaba los brillantes. Era el viejo y desgastado estuche de cuero que siempre llevaba en el bolsillo de su abrigo cuando salía de la tienda para hacer negocios. Contenía las pinzas, los diminutos destornilladores, el pequeño aro con medidores que sirven para calibrar el tamaño de una piedra redonda y los papeles blancos doblados para meter los brillantes sueltos. Los hermosos y queridos objetos con los que trabajaba, que sostenía en las manos y llevaba junto al corazón, y sin embargo decidimos enterrarlo con la lupa y el estuche con todo su contenido. Siempre guardaba la lupa en un bolsillo y el paquete de tabaco en el otro, así que metimos la lupa dentro de la mortaja. Recuerdo que mi hermano comentó: «Lo más apropiado sería ponérsela en el ojo». De tal manera puede afectarte el dolor, tan desconcertados estábamos. No sabíamos qué otra cosa hacer. Tanto si acertamos como si no, nos pareció que no podíamos hacer más que eso, porque aquellos objetos no solo eran suyos, sino que eran él… Para terminar con lo del Hamilton, el viejo Hamilton de mi padre cuya corona había que girar cada mañana y de la que se tiraba hacia fuera para mover las manecillas… excepto cuando nadaba, mi hermano lo llevaba de día y de noche. Se lo quitó para siempre hace tan solo cuarenta y ocho horas. Se lo dio a la enfermera para que lo guardara en lugar seguro mientras se sometía a la operación que acabó con él. Esta mañana, camino del cementerio, mi sobrina Nancy me ha mostrado que ha hecho otro agujero en la correa y ahora es ella quien puede saber la hora gracias al Hamilton.

Entonces se adelantaron los hijos, los dos al final de la cuarentena y, con el cabello de un negro brillante, los ojos oscuros de elocuente mirada y la plenitud sensual de sus bocas anchas e idénticas, su aspecto era el mismo que tuvieron su padre y su tío a su misma edad. Hombres apuestos que empezaban a entrar en carnes y cuyo vínculo entre ellos parecía ser tan estrecho como irreconciliable había sido su distanciamiento del padre fallecido. El menor, Lonny, fue el primero en acercarse a la fosa, pero, una vez que tuvo un puñado de tierra en la mano, todo su cuerpo empezó a temblar y dio la impresión de que iba a ser presa de violentas arcadas. Le embargaba un sentimiento hacia su padre que no era antagonismo, pero su propio antagonismo le negaba los medios para librarse de él. Cuando abrió la boca, no emitió nada salvo una serie de grotescos jadeos, y parecía como si lo que le había atenazado no fuera nunca a soltarle. Tan atroz era su estado que Randy, el hijo mayor y más resuelto, el hijo regañón, acudió de inmediato en su ayuda. Tomó la tierra de la mano del menor y la arrojó al ataúd en representación de los dos. Y no tuvo ninguna dificultad para hablar. «Duerme tranquilo, papá», dijo Randy, pero era terrible la ausencia en su voz de cualquier rasgo de ternura, pesar, amor o sentimiento de pérdida.

La última en acercarse al ataúd fue la enfermera privada, Maureen, una luchadora a juzgar por su aspecto y buena conocedora tanto de la vida como de la muerte. Cuando, con una sonrisa, dejó que la tierra se deslizara lentamente a través de la palma curvada y cayera por el borde de su mano al ataúd, el gesto pareció el preludio de un acto carnal. Era evidente que en otro tiempo ella había pensado mucho en aquel hombre.

La ceremonia había terminado. No había habido nada memorable. ¿Habían dicho todos lo que tenían que decir? No, no lo habían hecho, y, por supuesto, claro que sí.

Aquel día, de un extremo al otro del estado, habían tenido lugar quinientos entierros similares, rutinarios, normales, y, con excepción de los treinta segundos fuera de lo común aportados por los hijos (y la resurrección lograda por Howie con tan minuciosa precisión del mundo tal como existía inocentemente antes de la invención de la muerte, la vida perpetua en el Edén creado por su padre, un paraíso de solo cuatro metros y medio de ancho por doce de largo disfrazado de joyería al Viejo estilo), ni más ni menos interesante que cualquiera de los otros. Pero precisamente que sea algo corriente es lo más desgarrador, esa manera de caer en la cuenta, una vez más, de la realidad de la muerte que lo arrasa todo.

En cuestión de minutos todos se habían marchado, con paso cansino y lágrimas en los ojos se habían alejado de la actividad menos predilecta de nuestra especie, y él se quedó allí. Por supuesto, como sucede cuando muere cualquiera, aunque muchos estaban consternados, otros se mantenían impasibles o se sentían aliviados o, por razones buenas o malas, se alegraban de veras.

Aunque desde su último divorcio, diez años atrás, se había ido acostumbrando a la soledad y a arreglárselas por sí mismo, la víspera de la intervención quirúrgica yació en la cama tratando de recordar con la mayor exactitud posible a cada una de las mujeres que habían estado allí esperando a que despertara de la anestesia en la sala de recuperación, e incluso recordó a la más inútil de sus compañeras, la última esposa, con quien recuperarse de una operación de bypass quíntuple no fue precisamente una sublime experiencia. La sublime experiencia fue la enfermera privada, con su aire profesional y sin pretensiones, que le acompañó a casa cuando le dieron de alta en el hospital, que le atendió con una enérgica dedicación que propició una lenta y constante recuperación y con la que, sin que su esposa llegara a enterarse, mantuvo una prolongada relación una vez restablecida su capacidad sexual. Maureen. Maureen Mrazek. Había llamado a todas partes tratando de encontrar a Maureen. Había querido que esta vez fuese ella su enfermera, en caso de que necesitara una enfermera, cuando le dieran el alta en el hospital y volviera a casa. Pero habían transcurrido dieciséis años, y la agencia de enfermeras del hospital desconocía su paradero. Ahora tendría cuarenta y ocho años, muy probablemente estaría casada y sería madre, una mujer joven, hermosa y enérgica que habría adquirido la robustez de la mediana edad, mientras que él había perdido ya la batalla por permanecer invulnerable, pues el tiempo había transformado su cuerpo en un almacén de artilugios artificiales diseñados para evitar el derrumbe. Reprimir los pensamientos sobre su propia desaparición nunca había requerido tanta diligencia y astucia.

Toda una vida después, recordaba el trayecto al hospital acompañado por su madre para que le operasen de una hernia, en el otoño de 1942, un viaje en autobús que no duró más de diez minutos. Por lo general, si iba con su madre a alguna parte, lo hacían en el coche de la familia y su padre conducía. Pero aquel día viajaban los dos solos en el autobús, camino del hospital donde había nacido, y era ella quien mitigaba su aprensión y le permitía ser valiente. De niño le habían extirpado las amígdalas en el hospital, pero por lo demás nunca había vuelto allí. Ahora iba a permanecer ingresado cuatro días y cuatro noches. Era un niño de nueve años, sensato y sin problemas evidentes, pero en el autobús se sentía mucho más pequeño y descubrió que necesitaba la proximidad de su madre de una manera que creía haber superado.

Su hermano, en el primer año de instituto, estaba en clase, y su padre había ido en coche al trabajo mucho antes de que él y su madre salieran hacia el hospital. Una pequeña bolsa de viaje descansaba sobre el regazo de su madre. Contenía un cepillo de dientes, un pijama, un albornoz y unas zapatillas, así como los libros que él se había llevado para leer. Todavía podía recordar sus títulos. El hospital estaba a un paso de la biblioteca municipal, por lo que su madre podría traerle nuevos libros si se acababa todos los que se había llevado. Tendría que pasar una semana de convalencia en casa antes de volver a la escuela, y su inquietud por las lecciones que se estaba perdiendo aún era superior a la que le causaba pensar en la máscara de éter que, como sabía, iban a ponerle en la cara para anestesiarle. A comienzos de los años cuarenta los hospitales todavía no permitían que los padres pasaran la noche con sus hijos, por lo que dormiría sin que sus padres ni su hermano estuvieran cerca de él. Eso también le inquietaba.

Su madre era una persona de hablar educado y buenas maneras, como, a su vez, lo eran las mujeres que tomaron sus datos en la oficina de admisiones, así como las enfermeras del puesto de enfermería cuando subieron en ascensor al ala infantil de la planta quirúrgica. Su madre tomó la bolsa de viaje porque, pese a su pequeño tamaño, él no debía cargar con nada hasta que le hubiesen extirpado la hernia y se hubiera restablecido del todo. Meses atrás había descubierto la hinchazón en la ingle izquierda, y no se lo había dicho a nadie, sino que había intentado hacerla desaparecer presionándola con los dedos. No sabía con exactitud qué era una hernia o qué importancia podía tener una hinchazón localizada tan cerca de los genitales.

En aquel entonces, si la familia no quería que el niño se sometiera a una intervención quirúrgica o si carecía de medios económicos, el médico podía prescribir un rígido corsé con varillas metálicas. El conocía a un chico de la escuela que llevaba uno de esos corsés, y uno de los motivos por los que no mencionó a nadie la hinchazón fue su temor a que también él tuviera que llevar un corsé y revelárselo a los demás chicos cuando se pusiera los pantalones cortos para la clase de gimnasia.

Cuando por fin se lo confesó a sus progenitores, el padre lo llevó al médico. Este le examinó con rapidez, estableció el diagnóstico y, tras conversar con el padre unos minutos, llevó a cabo el trámite para la intervención. Todo se hizo con asombrosa rapidez, y el médico, el mismo que le había traído al mundo, le aseguró que se pondría bien y entonces empezó a bromear sobre la tira cómica de Li'l Abner, que los dos disfrutaban leyendo en el periódico vespertino.

Sus padres le dijeron que el cirujano, el doctor Smith, era el mejor de la ciudad. Al igual que el padre del muchacho, el doctor Smith, nacido Solly Smulowitz, se había criado en los barrios bajos y era hijo de inmigrantes pobres.

Una hora después de haber llegado al hospital ya estaba en cama, aunque la intervención no tendría lugar hasta la mañana siguiente; así es como se atendía entonces a los pacientes.

En la cama vecina había un muchacho al que habían operado del estómago y aún no le permitían levantarse y caminar. Su madre estaba sentada al lado de la cama y le tomaba una mano entre las suyas. Cuando su padre le visitó, al salir del trabajo, los progenitores hablaron en yiddish, y eso le hizo pensar que estaban demasiado preocupados para hablar un inglés comprensible en presencia de su hijo. El único lugar donde él había oído hablar en yiddish era la joyería, cuando los refugiados de la guerra entraban en busca de relojes Schaffhausen, una marca difícil de encontrar, y su padre trataba de localizarlos llamando a sus conocidos. «Schaffhausen… quiero un Schaffhausen», todos sus conocimientos de inglés se reducían a decir esa Por supuesto el yiddish solo se hablaba cuando los judíos hasídicos de Nueva York viajaban a Elizabeth una o dos veces al mes para reponer las existencias de brillantes de la tienda, pues para su padre mantener un extenso inventario en su propia caja fuerte habría sido demasiado costoso. Antes de la guerra había en Estados Unidos muchos menos comerciantes de brillantes hasídicos de los que hubo después, pero, desde el mismo comienzo, su padre prefirió tratar con ellos en lugar de hacerlo con las grandes casas dedicadas a la venta de brillantes. El comerciante que acudía con más frecuencia (y cuya ruta de emigración le había llevado a él y a su familia en unos pocos años desde Varsovia a Amberes y de allí a Nueva York) era un anciano que llevaba un gran sombrero negro y un largo abrigo negro de una clase que ya nadie usaba en las calles de Elizabeth, ni siquiera otros judíos. Tenía barba y bucles a los lados, y la bolsa que contenía los brillantes, atada a la cintura, estaba oculta bajo unas prendas interiores con flecos cuya importancia religiosa escapaba al incipiente partidario del laicismo, y a quien de hecho le parecía ridícula, incluso después de que su padre le explicara por qué los hasidim seguían llevando lo que sus antepasados llevaban dos siglos atrás en el viejo país y vivían más o menos como lo hicieron ellos, aunque, como puntualizaba él a su padre una y otra vez, ahora estaban en Norteamérica y tenían libertad para vestirse, afeitarse y comportarse como desearan. Cuando se casó uno de los siete hijos del comerciante de brillantes, este invitó a toda la familia a la boda en Brooklyn. Todos los hombres que estaban allí tenían barba y todas las mujeres llevaban peluca, y se sentaban en distintos lados de la sinagoga, según su sexo, separados por una pared (luego los hombres y las mujeres ni siquiera bailaban juntos), y tanto a él como a Howie aquella boda les pareció totalmente aborrecible. Cuando el comerciante de brillantes llegaba a la tienda, se quitaba el abrigo pero no el sombrero, y los dos hombres se sentaban detrás de la vitrina y charlaban afablemente en yiddish, la lengua que sus abuelos paternos siguieron hablando mientras vivieron en sus viviendas de inmigrantes con sus hijos nacidos en Estados Unidos. Pero cuando llegó el momento de examinar los brillantes, los dos entraron en la trastienda con el suelo de linóleo marrón, donde había una caja fuerte, un banco de trabajo y, encajado detrás de una puerta que nunca cerraba del todo, ni siquiera cuando habías logrado correr el pestillo desde dentro, un váter y un minúsculo lavabo. Su padre siempre pagaba en el acto con un cheque.

Después de cerrar la tienda con la ayuda de Howie -bajar la puerta metálica provista de candados del escaparate, conectar la alarma antirrobo y echar todos los cerrojos de la puerta principal-, el padre fue al hospital para ver a su hijo menor y le dio un abrazo.

Estaba allí cuando entró el doctor Smith para presentarse. El cirujano llevaba traje de calle en vez de bata blanca y su padre se apresuró a levantarse en cuanto lo vio entrar.

– ¡Es el doctor Smith! -exclamó.

– De modo que este es mi paciente -dijo el médico. Se acercó a la cama para pasarle un brazo por el hombro y estrecharlo con firmeza-. Bueno, mañana arreglaremos esa hernia y quedarás como nuevo. ¿En qué posición te gusta jugar?

– De extremo.

– Bien, muy pronto estarás jugando otra vez de extremo. Podrás jugar a lo que quieras. Pasa una buena noche y te veré por la mañana.

Su padre se atrevió a bromear con el eminente cirujano.

– Y que usted pase también una buena noche.

Cuando le trajeron la cena, sus padres se sentaron y hablaron con él como si estuvieran en casa. Hablaron en voz baja para no molestar al chico enfermo o a sus padres, que ahora guardaban silencio, la madre todavía sentada a su lado y el padre paseando sin cesar delante de la cama, saliendo al pasillo y volviendo a entrar. El muchacho ni siquiera se había movido mientras estuvieron allí.

Cinco minutos antes de las ocho una enfermera asomó la cabeza para anunciar que la visita había terminado. Los padres del otro chico volvieron a hablar entre ellos en yiddish y, después de que la madre le besara repetidamente la frente, salieron de la habitación. Al padre le corrían lágrimas por las mejillas.

Entonces sus padres se marcharon a casa para estar con su hermano y tomar una cena tardía en la cocina sin él. Su madre lo besó y abrazó con fuerza.

– Puedes hacerlo, hijo -le dijo su padre, inclinándose para besarle también-. Es como cuando te pido que hagas un recado y tomes el autobús, o te encargo una tarea en la tienda. Sea lo que sea nunca me defraudas. Eres responsable… ¡mis dos muchachos responsables! No puedo sentirme más orgulloso cuando pienso en mis hijos. Siempre hacéis el trabajo como los chicos meticulosos, cuidadosos y trabajadores que os enseñé a ser. A vuestra edad no os intimida ir a Newark y volver con brillantes de un cuarto de quilate, de medio quilate en el bolsillo. Por vuestro aspecto se diría que es alguna baratija que os ha salido en una caja de Cracker Jacks. Pues bien, si puedes hacer ese trabajo, puedes hacer este. Por lo que a ti respecta, no es más que otra tarea. Haz el trabajo, déjalo listo, y mañana todo habrá terminado. Oyes la campana y sales a pelear. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– ¡Mis dos muchachos geniales!

Entonces se marcharon y él se quedó a solas con el chico de la cama de al lado. Extendió el brazo hacia la mesilla de noche, donde su madre había depositado los libros, y empezó a leer El Robinsón suizo. Después trató de leer La isla del tesoro. Luego pasó a Kim. A continuación metió la mano bajo la sábana para tocarse la hernia. La hinchazón había desaparecido. Sabía por experiencia que había días en los que la hinchazón remitía temporalmente, pero esta vez estaba seguro de que había remitido para siempre y ya no hacía falta que le operasen. Cuando entró una enfermera para tomarle la temperatura, él no supo cómo decirle que la hernia había desaparecido y que deberían llamar a sus padres para que lo llevaran a casa. La mujer dirigió una mirada aprobadora a los títulos de los libros que había traído y le dijo que podía levantarse para ir al lavabo, pero que por lo demás debería adoptar una postura cómoda y leer hasta que ella regresara para apagar las luces. No le dijo nada del otro niño, del que él estaba seguro que iba a morir.

Al principio no logró conciliar el sueño porque estaba esperando que el chico se muriese, y luego tampoco lo consiguió debido a que no podía dejar de pensar en el ahogado que el mar arrojó a la playa el verano pasado. Era el cadáver de un marino cuyo buque cisterna había sido torpedeado por un submarino alemán. La patrulla de la guardia costera que recorría la playa había encontrado el cuerpo entre los restos de petróleo y las destrozadas cajas del cargamento, en la orilla de la playa, que estaba a solo una manzana de distancia de la casa donde los cuatro miembros de la familia alquilaban una habitación durante un mes cada verano. La mayor parte de los días el agua estaba limpia y a él no le preocupaba que un hombre ahogado pudiera chocar contra sus piernas desnudas cuando se adentraba en el suave oleaje. Pero cuando el petróleo de los buques cisterna torpedeados formaba coágulos en la arena y le cubría las plantas de los pies al cruzar la playa, le aterraba tropezar con un cadáver. O tropezar con un saboteador que llegara a tierra para colaborar con Hider. Armados con fusiles o metralletas y con frecuencia acompañados por perros adiestrados, los guardias costeros patrullaban de día y de noche para impedir que los saboteadores desembarcaran en los miles de kilómetros de playas desiertas. Sin embargo, algunos lograban penetrar sin que los detectaran, y se sabía que, junto con oriundos del país simpatizantes de los nazis, establecían desde la costa comunicación con los submarinos que merodeaban por las rutas de navegación de la Costa Este y que habían hundido barcos frente a la costa de Nueva Jersey desde el comienzo de la guerra. La guerra estaba más cerca de lo que imaginaba la mayoría de la gente, y el horror también. Su padre había leído que las aguas de Nueva Jersey eran «el peor cementerio de barcos» a lo largo de toda la costa norteamericana, y ahora, en el hospital, no lograba que la palabra «cementerio» dejara de atormentarle, como tampoco podía borrar de su mente aquel cuerpo hinchado que los guardias costeros habían retirado de la orilla donde yacía bañado por el suave oleaje, mientras él y su hermano miraban desde el paseo marítimo entarimado.

Poco después de caer dormido oyó ruidos en la habitación y, al despertar, vio que habían corrido la cortina entre las dos camas y que al otro lado se afanaban médicos y enfermeras. Veía sus siluetas en movimiento y les oía susurrar. Cuando una de las enfermeras salió de detrás de la cortina y se dio cuenta de que estaba despierto, acudió a su lado y le dijo quedamente:

– Anda, duérmete. Has de estar descansado para mañana.

– ¿Qué pasa? -preguntó él.

– Nada -respondió la mujer-. Le estamos cambiando los vendajes. Cierra los ojos y duérmete.

A la mañana siguiente le despertaron temprano para la operación, y allí estaba su madre, ya en el hospital y sonriéndole al pie de la cama.

– Buenos días, cariño. ¿Cómo está mi valiente muchacho?

Miró la otra cama y vio que le habían quitado la ropa. Nadie podría haberle aclarado mejor lo ocurrido que la imagen del colchón desnudo y las almohadas sin funda en medio de la cama vacía.

– Ese chico ha muerto -dijo.

Ya era bastante memorable que estuviera en el hospital a su corta edad, pero incluso más memorable era que se hubiera producido una muerte durante su estancia. El primer muerto de su vida fue aquel cadáver hinchado, el segundo el muchacho de la cama vecina. Por la noche, cuando se despertó y vio las siluetas que se movían detrás de la cortina, no pudo evitar pensar: Los médicos lo están matando.

– Creo que lo han trasladado, cariño. Han tenido que llevarlo a otra planta.

En aquel momento aparecieron dos camilleros para trasladarlo al quirófano. Cuando uno de ellos le dijo que fuese al lavabo, lo primero que hizo tras cerrar la puerta fue comprobar si la hernia había desaparecido. Pero la hinchazón había vuelto. Ahora ya no había escapatoria para la operación.

Su madre tenía permitido acompañarlo junto a la camilla solo hasta el ascensor que lo llevaría a quirófano. Los camilleros empujaron la camilla dentro del ascensor, que descendió hasta abrirse ante un pasillo de estremecedora fealdad que conducía al quirófano donde estaba el doctor Smith, con bata quirúrgica y mascarilla blanca que cambiaba su aspecto por completo; incluso podría no haber sido el doctor Smith, podría haber sido una persona totalmente distinta, alguien que no se había criado como hijo de inmigrantes pobres llamados Smulowitz, alguien de quien su padre no sabía nada, alguien a quien nadie conocía, alguien que acababa de entrar en el quirófano y empuñado un bisturí. En aquel momento de terror en que le aplicaban la mascarilla de éter sobre la cara como para asfixiarlo, él habría jurado que el cirujano, quienquiera que fuese, había susurrado: «Ahora voy a convertirte en una chica».

El malestar comenzó unos días después de su regreso a casa, tras un mes de vacaciones tan dichoso como no había disfrutado desde que la familia veraneara en la costa de Jersey antes de la guerra. Había pasado el mes de agosto en una casa destartalada y amueblada a medias, junto a una carretera interior de Martha's Vineyard, con la mujer de la que era fiel amante desde hacía un par de años. Hasta entonces no se habían atrevido a vivir juntos de manera continua, y el experimento había sido un jubiloso éxito, un espléndido mes dedicado a nadar, hacer excursiones y entregarse despreocupadamente al sexo en cualquier momento del día. Cruzaban a nado una bahía hasta una zona de dunas donde podían tenderse sin que nadie los viera follar bajo el sol, ponerse los bañadores, nadar de regreso a la playa y recoger en las rocas racimos de mejillones que metían en un cubo con agua marina y se llevaban a casa para cenar.

Los únicos momentos inquietantes eran por la noche, cuando caminaban juntos por la playa. El oscuro mar, con el imponente fragor del oleaje y el cielo cuajado de estrellas, extasiaban a Phoebe pero a él le asustaban. La profusión de estrellas le hablaba sin ambigüedad de que estaba condenado a morir, y el ruido del mar a unos pocos metros de distancia, así como la pesadilla de la negrura más profunda bajo el frenesí del agua, le acuciaban a huir de la amenazante nada para refugiarse en su acogedora, iluminada y escasamente amueblada casa. No era esa la manera en que había experimentado la vastedad del mar y el gran ciclo nocturno cuando servía virilmente en la marina poco después de la guerra de Corea… jamás fueron las campanas que doblaban. No podía entender de dónde procedía el temor, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para que Phoebe no se lo notara. ¿Por qué debería desconfiar de su vida cuando era dueño y señor de ella como nunca en años? ¿Por qué se imaginaba al borde de la extinción cuando, si lo pensaba con calma y franqueza, solo podía concluir que tenía por delante muchos más años pletóricos de energía? Aun así, era lo que le sucedía todas las noches durante su paseo junto al mar bajo las estrellas. No era nada aparatoso, ni deforme, ni excesivo en ningún sentido. ¿Por qué entonces, a su edad, debían acosarle pensamientos sobre la muerte? Era un hombre razonable y amable, cordial, moderado y laborioso, algo en lo que probablemente estarían de acuerdo cuantos le conocían, excepto, por supuesto, la esposa y los dos hijos cuya casa había abandonado y que, como es comprensible, no equipararían su faceta razonable y amable con el hecho de que hubiera acabado por renunciar a un matrimonio fracasado y buscara en otra parte la intimidad con una mujer a la que deseaba.

Estaba convencido de que la mayoría de la gente le consideraría chapado a la antigua. De joven, él mismo se había considerado anticuado, tan convencional y poco aventurero que, al finalizar los estudios en la escuela de arte, en vez de vivir solo, dedicarse a pintar y ganarse la vida con empleos temporales, lo cual constituía su ambición secreta, se comportó como un modelo de buen muchacho y, satisfaciendo los deseos de sus padres más que los suyos propios, se casó, tuvo hijos e ingresó en el campo de la publicidad a fin de tener una fuente de ingresos segura. Nunca se consideró nada más que un ser humano normal y corriente, que lo hubiera dado todo por que su matrimonio durase toda la vida. Tal era su expectativa cuando contrajo matrimonio. Pero lo cierto es que la vida conyugal se convirtió en una celda carcelaria, y así, tras muchos y tortuosos pensamientos que le absorbían mientras trabajaba y cuando debería estar durmiendo, de una manera intermitente y angustiosa empezó a abrirse paso para salir del túnel. ¿No es eso lo que haría un ser humano normal y corriente? ¿No es eso lo que el ser humano normal y corriente hace todos los días? Contrariamente a lo que su mujer decía a todo el mundo, no había ansiado una libertad sin cortapisas para hacer lo que le viniera en gana. Nada más lejos de la realidad. Había ansiado algo estable al tiempo que detestaba lo que tenía. No era un hombre que deseara llevar una doble vida. No le disgustaban ni las limitaciones ni los consuelos de la conformidad. Tan solo había querido eliminar de su mente los desagradables pensamientos engendrados por el oprobio de la prolongada guerra conyugal. No afirmaba ser excepcional. Tan solo vulnerable, frágil y confuso. Y convencido de su derecho, como un ser humano normal y corriente, a ser perdonado en última instancia por las privaciones que hubiera podido infligir a sus inocentes hijos a fin de no pasarse media vida desquiciado.

Encuentros aterradores con el final. ¡Tengo treinta y cuatro años! ¡Preocúpate por la nada, se dijo a sí mismo, cuando tengas setenta y cinco! ¡En el remoto futuro ya tendrás tiempo para angustiarte por la catástrofe definitiva!

Pero en cuanto hubo regresado con Phoebe a Manhattan, donde la distancia entre sus respectivos pisos era de unas treinta calles, enfermó de un modo misterioso. Perdió el apetito y la energía, sufría náuseas todo el día y no podía caminar siquiera una manzana sin sentirse débil y aturdido.

El médico no encontraba ninguna causa física. A raíz de su divorcio, él había empezado a visitar a un psicoanalista, y este atribuyó su estado a la envidia que le producía un director de arte que acababa de ser nombrado vicepresidente de la agencia.

– Eso le pone enfermo -le aseguró el analista.

El sostuvo que su colega le llevaba doce años y era un compañero de trabajo generoso a quien solo deseaba éxitos, pero el analista siguió insistiendo en la «envidia profundamente arraigada» como el motivo oculto del malestar, y cuando las circunstancias revelaron que se equivocaba, no pareció inmutarse por su diagnóstico erróneo.

En las semanas siguientes acudió a la consulta médica varias veces más, cuando por lo general solo iba por algún problema sin importancia una vez cada par de años. Pero había perdido peso y los accesos de náusea estaban empeorando. Nunca se había sentido tan mal, ni siquiera después de abandonar a Cecilia y los dos pequeños, de la subsiguiente batalla legal por las condiciones de la separación y de que el abogado de Cecilia le calificara ante el tribunal como «un conocido mujeriego» debido a su relación con Phoebe, que era una nueva redactora publicitaria de la agencia (y a quien la demandante, sentada en el estrado de los testigos, ofendida, muy alterada, como si estuviera acusando al marqués de Sade, se refirió como «la número treinta y siete en su desfile de amiguitas», cuando en verdad se adelantaba demasiado al futuro y Phoebe era todavía la número dos). Por lo menos entonces había una causa reconocible de sus sufrimientos. Pero, en esta ocasión, de la noche a la mañana había pasado de ser un hombre rebosante de salud a uno que la perdía de un modo inexplicable.

Transcurrió un mes. No podía concentrarse en su trabajo, abandonó la natación por las mañanas y por entonces no podía ni ver la comida. Un viernes por la tarde salió temprano del trabajo y tomó un taxi hasta la consulta del médico, sin haber concertado una cita ni siquiera llamar por teléfono. Tan solo telefoneó a Phoebe para decirle lo que estaba haciendo.

– Ingréseme en un hospital -le dijo al médico-. Siento que me estoy muriendo.

El médico hizo los trámites, y cuando llegó al hospital Phoebe estaba ya junto al mostrador de recepción. A las cinco de la tarde lo instalaron en una habitación, y poco antes de las siete un hombre de mediana edad, alto, bronceado y apuesto, vestido de esmoquin, entró en la habitación y se presentó como un cirujano a quien su médico había llamado para que le echara un vistazo. Iba camino de algún acontecimiento social, pero antes quiso detenerse para hacerle un examen rápido. Lo que hizo fue apretarle muy fuerte por encima de la ingle, en el lado derecho. Al contrario que el médico de cabecera, el cirujano siguió apretando, y el dolor era insoportable. Se sintió al borde del vómito.

– ¿No había tenido dolor de estómago hasta ahora? -le preguntó el cirujano.

– No.

– Bueno, es el apéndice. Hay que operar.

– ¿Cuándo?

– Ahora.

La siguiente vez que vio al cirujano fue en el quirófano. Se había cambiado el esmoquin por una bata quirúrgica.

– Me ha librado de un banquete muy aburrido -le dijo.

No se despertó hasta la mañana siguiente. Al pie de la cama, junto con Phoebe, estaban sus padres, todos con expresiones sombrías. Phoebe, a quien no conocían (salvo por las descripciones denigratorias de Cecilia, por las diatribas telefónicas en las que terminaba diciendo: «Siento lástima por esa pequeña señorita Muffet de la canción de la araña que ocupa mi lugar… ¡de veras me da pena esa pequeña y repugnante zorra cuáquera!»), les había telefoneado a Nueva Jersey y ellos se habían puesto en camino de inmediato. Por lo que pudo apreciar un enfermero tenía dificultades para introducirle una especie de tubo en la nariz, o tal vez intentaba extraerlo. Pronunció sus primeras palabras («¡No la cagues!») antes de volver a sumirse en la inconsciencia.

Cuando volvió en sí, sus padres estaban sentados en unas sillas. Aún parecían atormentados, así como abrumados por la fatiga.

Phoebe estaba en una silla al lado de la cama y le tenía cogida la mano. Era una joven pálida y bonita, cuyo dulce aspecto no delataba su ecuanimidad y perseverancia. No manifestaba ningún temor ni permitía que se le trasluciera en la voz.

La joven tenía una considerable experiencia del padecimiento físico debido a los intensos dolores de cabeza de los que había hecho caso omiso cuando era veinteañera, pero que cuando rebasó la treintena y se convirtieron en regulares y frecuentes comprendió que se trataba de migrañas. Era una gran suerte que fuera capaz de dormir cuan«do le asaltaba uno de aquellos dolores, pero en cuanto recobraba la conciencia allí seguía: el increíble dolor en un lado de la cabeza, la presión en la cara y la mandíbula y, en el fondo de la cuenca del ojo, un pie que le aplastaba el globo ocular. Las migrañas comenzaban con espirales de luz, manchas brillantes que giraban ante sus ojos incluso cuando los cerraba, y entonces progresaban y se convertían en desorientación, mareo, dolor, náusea y vómitos.

– Tienes la sensación de que no estás en el mundo -le decía luego-. En mi cuerpo no hay más que la presión en la cabeza.

Todo lo que podía hacer por ella era coger la gran cacerola en la que había vomitado y limpiarla en el baño, y luego regresar de puntillas al dormitorio y dejarla al lado de la cama para que la usara cuando volvieran a acometerle las náuseas. Durante las veinticuatro o cuarenta y ocho horas que duraba la migraña, ella no podía soportar otra presencia en la habitación a oscuras, como tampoco el más leve resquicio de luz que se filtrara por debajo de las persianas bajadas. Y ningún fármaco servía de ayuda. Ninguno era eficaz. Cuando empezaba la migraña, no había manera de detenerla.

– ¿Qué ha pasado? -le preguntó él.

– Se te reventó el apéndice. Lo has tenido así durante un tiempo.

– ¿Estoy muy enfermo? -preguntó con voz débil.

– La peritonitis está muy extendida. Tienes drenajes en la herida. Te la están drenando. Y te están suministrando grandes dosis de antibióticos. Te pondrás bien. Volveremos a nadar por la bahía.

Eso resultaba difícil de creer. En 1943 su padre había estado a punto de morir debido a una apendicitis no diagnosticada y una grave peritonitis. Tenía cuarenta y dos años y dos hijos pequeños, y había permanecido en el hospital, alejado de su negocio, durante treinta y seis días. Cuando volvió a casa estaba tan débil que apenas pudo subir el corto tramo de escaleras hasta el piso y, después de que su mujer le ayudara a desplazarse desde la entrada hasta el dormitorio, se sentó en el borde de la cama, donde, por primera vez en presencia de sus hijos, perdió el dominio de sí mismo y se echó a llorar. Once años atrás, su hermano menor, Sammy, el adorado favorito de los ocho hijos, había muerto de apendicitis aguda cuando estudiaba tercer curso en la facultad de ingeniería. Tenía diecinueve años (había entrado en la universidad a los dieciséis), y la ambición de ser ingeniero aeronáutico. Solo tres de los ocho hijos habían cursado estudios universitarios. Sus amigos eran los chicos más inteligentes del vecindario, todos ellos hijos de inmigrantes judíos que se reunían con regularidad en la casa de alguno de ellos para jugar al ajedrez y hablar acaloradamente de política y filosofía. Él era el líder del grupo, corredor del equipo de atletismo y un genio de las matemáticas con una brillante personalidad. Era el nombre de Sammy el que su padre pronunciaba de nuevo en el dormitorio, asombrado mientras sollozaba por encontrarse de nuevo entre la familia de la que era sostén.

El tío Sammy, su padre, ahora él… el tercero derribado por el reventón del apéndice y la peritonitis. Durante los dos días siguientes, mientras perdía y recobraba la conciencia a intervalos, no estuvo claro si le esperaba el destino de Sammy o el de su padre.

El segundo día su hermano viajó en avión desde California, y cuando él abrió los ojos y le vio al lado de la cama, un hombre corpulento y discreto, impertérrito, confiado, jovial, pensó: No puedo morirme mientras Howie esté aquí. Howie se inclinó para besarle la frente, y en cuanto se sentó en la silla al lado de la cama y cogió la mano del paciente, el presente desapareció y regresó a la infancia, y volvió a ser un niño pequeño, protegido de la preocupación y el temor por el generoso hermano que dormía en la cama al lado de la suya.

Howie se quedó cuatro días. A veces en cuatro días volaba a Manila, Singapur y Kuala Lumpur y regresaba. Había empezado a trabajar en Goldman Sachs como mensajero, y rápidamente pasó de entregar mensajes a mandamás de la sección de operaciones con divisas y empezó a invertir en acciones. Acabó al frente del arbitraje de divisas para multinacionales y grandes empresas extranjeras: productores de vino en Francia, fabricantes de cámaras fotográficas en Alemania Occidental y de automóviles en Japón, para los que convertía francos, marcos y yenes en dólares. Viajaba con frecuencia para reunirse con sus clientes y seguía invirtiendo en compañías que le gustaban, y a los treinta y dos años había conseguido su primer millón de dólares.

Howie dijo a sus padres que se fuesen a casa y descansaran, estuvo junto a Phoebe para prestar apoyo a su hermano durante los peores momentos del postoperatorio y se dispuso a emprender el vuelo de regreso solo después de que el médico le hubiera asegurado que la crisis estaba superada. La última mañana le dijo en voz baja al convaleciente:

– Esta vez tienes una buena chica. No vayas a echarlo a perder. No la dejes escapar.

En su alegría por haber sobrevivido, se preguntó: ¿Acaso hay un hombre cuyo apetito por la vida sea tan contagioso como el de Howie? ¿Puede existir un hermano más afortunado que yo?

Permaneció un mes entero en el hospital. La mayoría de las enfermeras eran jóvenes simpáticas y concienzudas de acento irlandés, que siempre parecían disponer de tiempo para charlar un poco cuando le atendían. Todas las noches, al salir del trabajo, Phoebe iba a verle y cenaba con él en la habitación; él no podía imaginar lo que habría sido verse necesitado e inválido y enfrentarse a la misteriosa naturaleza de la enfermedad sin tenerla a ella. Su hermano no tenía que advertirle que no la dejara escapar, pues él jamás había estado más decidido a perseverar con una mujer.

Al otro lado de la ventana veía mudar el color de las hojas a medida que transcurrían las semanas de octubre, y cuando le visitó el cirujano le dijo:

– ¿Cuándo voy a salir de aquí? Me estoy perdiendo el otoño de mil novecientos sesenta y siete.

El cirujano le escuchó con seriedad, y entonces, con Una sonrisa, respondió:

– ¿Es que todavía no lo entiende? Ha estado a punto de perdérselo todo.

Transcurrieron veintidós años. Veintidós años de excelente salud y la ilimitada confianza en sí mismo que genera sentirse en buena forma… veintidós años escatimados al adversario que es la enfermedad y la calamidad que aguarda entre bambalinas. Como se había dicho para tranquilizarse mientras paseaba con Phoebe bajo las estrellas por Vineyard, se preocuparía por su desaparición cuando tuviera setenta y cinco años.

Llevaba más de un mes conduciendo casi todos los días a Nueva Jersey al salir del trabajo para ver a su padre moribundo, cuando un atardecer de agosto de 1989, en la piscina del City Athletic Club, sintió la angustiosa sensación de que le faltaba el aire. Había regresado de Jersey una media hora antes y había decidido restablecer su equilibrio nadando un poco antes de ir a casa. Normalmente nadaba un kilómetro y medio en el club a primera hora de la mañana. Apenas bebía, nunca había fumado y pesaba exactamente lo mismo que cuando se licenció de la marina en 1957 y empezó a trabajar en el sector publicitario. Sabía por su desagradable experiencia con la apendicitis y la peritonitis que estaba tan expuesto como cualquiera a caer gravemente enfermo, pero, tras haber llevado siempre un estilo de vida saludable, le parecía absurdo acabar como candidato a someterse a cirugía cardíaca. Simplemente no entraba en sus planes.

Sin embargo, no pudo terminar el primer largo sin desviarse a un lado de la piscina y sujetarse allí, falto por completo de respiración. Se sentó en el borde, con las piernas en el agua, tratando de calmarse. Estaba seguro de que la falta de aire era el resultado de haber observado cómo se había deteriorado el estado de su padre en los últimos días. Pero en realidad era el suyo el que se había deteriorado, y a la mañana siguiente, cuando fue al médico, el ECG reveló unos cambios radicales que indicaban una grave oclusión de las principales arterias coronarias. Antes de que acabara el día ocupaba una cama en la unidad de vigilancia coronaria de un hospital de Manhattan, tras haberle practicado un angiograma que determinó la necesidad ineludible de intervención quirúrgica. Tenía tubos de oxígeno en la nariz y varios cables lo conectaban a un monitor de la actividad cardíaca que estaba detrás de la cama. La única incógnita era si la operación tendría lugar de inmediato o a la mañana siguiente. Para entonces eran casi las ocho de la tarde, por lo que se decidió esperar. Sin embargo, en algún momento de la noche se despertó y vio que su cama estaba rodeada de médicos y enfermeras, como lo estuviera la cama del muchacho en su habitación cuando tenía nueve años. Todos esos años él había estado vivo mientras que aquel chico estaba muerto… y ahora él era aquel chico.

Le estaban administrando parte de la medicación por vía intravenosa, y comprendió vagamente que intentaban prevenir una crisis. No podía distinguir qué murmuraban entre ellos, y entonces debió de quedarse dormido, porque cuando volvió a abrir los ojos ya era por la mañana y lo estaban colocando en una camilla para llevarlo a quirófano.

Su esposa de entonces (la tercera y la última) no se parecía en nada a Phoebe, y más que nada era un peligro en caso de emergencia. Desde luego no inspiraba confianza alguna la mañana de la intervención, cuando avanzó al lado de la camilla, llorando y retorciéndose las manos, y finalmente, sin poder dominarse, gritó:

– ¿Y yo qué?

Era joven, y con poca experiencia de la vida, y tal vez había querido decir algo diferente, pero él entendió que se refería a lo que sería de ella si no sobrevivía.

– Cada cosa a su tiempo -le dijo-. Primero déjame morir. Entonces vendré y te ayudaré a sobrellevarlo.

La operación se prolongó durante siete horas. La mayor parte del tiempo estuvo conectado a una bomba corazón-pulmón que bombeaba su sangre y respiraba por él Los cirujanos le hicieron cinco injertos, y salió del quirófano con una larga herida en el centro del pecho y otra que se extendía desde la ingle hasta el tobillo derecho; de esa pierna habían extraído la vena para modelar todos los injertos menos uno.

Cuando volvió en sí en la sala de recuperación tenía un tubo metido por la garganta que le hacía sentirse como si fuera a morir asfixiado. Era horrible tenerlo allí, pero no podía comunicárselo a la enfermera que le estaba diciendo dónde estaba y qué le había ocurrido. Entonces perdió el conocimiento, y cuando volvió a despertarse el tubo seguía allí, asfixiándole, pero ahora una enfermera le explicaba que se lo quitarían en cuanto tuvieran la certeza de que podía respirar por sí solo. Cerniéndose sobre él, a su lado, estaba el rostro de su joven esposa, que le daba la bienvenida en su regreso al mundo de los vivos, donde podría seguir cuidando de ella.

Le había asignado una sola responsabilidad cuando partió hacia el hospital: retirar el coche de la calle donde estaba estacionado y dejarlo en un aparcamiento público a una manzana de distancia. Resultó que ella estaba demasiado nerviosa para realizar esa tarea, y más adelante él se enteró de que había tenido que pedirle a un amigo de él que la hiciera por ella. No se había percatado de que su cardiólogo era un observador de las cuestiones ajenas a la medicina hasta que, mediada su estancia en el hospital, fue a verle y le dijo que no podían darle el alta si su esposa era la encargada de proporcionarle los cuidados que requería una vez en casa.

– No me gusta tener que decir estas cosas, y ante todo no son de mi incumbencia, pero la he observado cuando viene de visita. La señora es básicamente una ausencia en vez de una presencia, y no tengo más remedio que proteger a mi paciente.

Por entonces Howie había regresado. Había volado desde Europa, adonde había ido en viaje de negocios y también para jugar al polo. Ahora sabía esquiar, tirar al plato y jugar al waterpolo, así como al polo a caballo, pues había adquirido virtuosismo en esas actividades en el gran mundo mucho después de haber finalizado los estudios en el instituto de Elizabeth, un centro de clase media baja donde, junto con muchachos irlandeses católicos e italianos cuyos padres trabajaban en los muelles, había jugado a fútbol americano en otoño y saltado con pértiga en primavera, mientras conseguía unas notas lo bastante buenas para que le concedieran una beca en la Universidad de Pensilvania y luego le admitieran en la Wharton School, donde obtuvo un máster en administración de empresas. Aunque su padre agonizaba en un hospital de Nueva Jersey y su hermano se recuperaba de una operación a corazón abierto en un hospital de Nueva York (y aunque se había pasado la semana viajando para estar junto a las camas de uno y otro), el vigor de Howie nunca decaía, como tampoco su capacidad de inspirar confianza. El respaldo que la saludable esposa de treinta años se reveló incapaz de proporcionar al achacoso marido de cincuenta y seis estuvo más que compensado por el jovial apoyo de Howie. Fue este quien le sugirió que contratara a dos enfermeras privadas (la enfermera de día, Maureen Mrazek, y la nocturna, Olive Parrott) para sustituir a la mujer a la que el había llegado a referirse como «la chica de portada tiránicamente ineficaz», y luego, desoyendo las objeciones de su hermano, insistió en cubrir él mismo los costes.

– Has estado peligrosamente enfermo, has pasado por un infierno -le dijo Howie-, y mientras yo esté aquí, nada ni nadie va a impedir que te recuperes. Esto no es más que un regalo para asegurarnos un rápido restablecimiento de tu salud.

Estaban juntos en la puerta de la habitación. Howie hablaba con sus musculosos brazos alrededor de su hermano. Aunque aparentaba estar por encima de efusiones sentimentales, su rostro, casi una réplica del de su hermano, no podía disimular sus emociones cuando le dijo:

– Tengo que aceptar la pérdida de nuestros padres. Jamás podría aceptar perderte a ti.

Entonces se marchó en busca de la limusina que le esperaba abajo para llevarlo al hospital de Jersey.

Olive Parrott, la enfermera de noche, era una negra corpulenta, de porte y modales que le recordaban a Eleanor Roosevelt. Su padre era propietario de una plantación de aguacates en Jamaica, y su madre tenía un libro de los sueños en cuyas páginas anotaba todas las mañanas los sueños de sus hijos. En las noches en que él sentía demasiadas molestias para poder dormir, Olive se sentaba en una silla a los pies de la cama y le contaba inocentes anécdotas de su infancia en la plantación de aguacates. De acento antillano y hermosa voz, sus palabras le serenaban como no lo había hecho ninguna mujer desde que su madre se sentara a su lado y le hablara en el hospital después de la operación de hernia. Con excepción de las preguntas que le hacía a Olive, permanecía callado, contento hasta el delirio por estar vivo. Resultó que le habían intervenido en el último momento: cuando lo ingresaron en el hospital, sus arterias coronarias tenían una oclusión del noventa al noventa y cinco por ciento, y estaba al borde de un masivo y probablemente fatal ataque al corazón.

Maureen era una pelirroja pechugona y sonriente que había tenido una infancia dura en el seno de una familia irlandesa y eslava en el Bronx, y se expresaba con una brusquedad alimentada por el aplomo de una persona ruda y luchadora de la clase obrera. Tan solo verla llegar por la mañana animaba al convaleciente, aunque el agotamiento posterior a la operación era tan intenso que el mero hecho de afeitarse (y ni siquiera afeitarse de pie, sino sentado en una silla) le extenuaba, y tuvo que volver a acostarse y hacer una larga siesta después de dar su primer paseo por el corredor del hospital con ella a su lado. Era Maureen quien llamaba al médico de su padre y le mantenía informado del estado en que se encontraba el moribundo hasta que tuvo fuerzas suficientes para hablar él mismo con el doctor.

Howie había dispuesto, sin darle opción a negarse, que cuando saliera del hospital Maureen y Olive cuidarían de él (y una vez más Howie correría con los gastos), por lo menos durante las dos o tres primeras semanas de convalecencia en casa. No lo consultó con la esposa, y a ella le molestó tanto el arreglo como la implicación de que era incapaz de cuidar de él por sí sola. Le irritaba sobre todo Maureen, quien hacía poco por ocultar el desprecio que sentía por la mujer del paciente.

En casa transcurrieron más de tres semanas antes de que el agotamiento empezara a remitir y él pensara en la posibilidad de volver al trabajo. El mero esfuerzo de comer sentado en una silla le obligaba a acostarse en cuanto terminaba de cenar, y por la mañana tenía que sentarse en un taburete de plástico para asearse en la ducha. Con Maureen empezó a hacer suaves ejercicios calisténicos, y día a día trataba de alargar en diez metros más el paseo que daba con ella por la tarde. Maureen tenía un novio del que le hablaba, un cámara de televisión con el que esperaba casarse cuando él encontrara un empleo estable, y al finalizar la jornada laboral a ella le gustaba tomarse un par de copas con los habituales del vecindario en el bar cercano a su domicilio en Yorkville. Hacía buen tiempo, y cuando paseaban él disfrutaba contemplando la figura de la mujer, que vestía polos ceñidos y faldas cortas y calzaba sandalias veraniegas. Los hombres la miraban continuamente, y ella no se arredraba en devolver la mirada con burlona agresividad si alguien se la comía con los ojos. La presencia de ella a su lado le hacía sentirse más fuerte cada día, y regresaba de los paseos encantado con todo, excepto, naturalmente, con su celosa mujer, que daba portazos y en ocasiones abandonaba el piso poco después de que él y Maureen hubieran entrado.

No era el primer paciente enamorado de su enfermera. Ni tan solo era el primer paciente enamorado de Maureen. Esta había tenido varias aventuras en el transcurso de los años, algunas con hombres bastante peor de lo que él estaba y que, como en su caso, se recuperaron por completo con la ayuda de la vitalidad de Maureen. Tenía el don de hacer sentirse esperanzados a los enfermos, tan esperanzados que en vez de cerrar los ojos para perder de vista el mundo los abrían de par en par para contemplar la vibrante presencia de aquella mujer y se sentían rejuvenecidos.

Maureen le acompañó a Nueva Jersey cuando murió su padre. A él aún no le estaba permitido conducir, por lo que la enfermera se ofreció voluntaria y ayudó a Howie a realizar los trámites en la Funeraria Kreitzer del condado de Union. En sus últimos diez años de vida su padre se había vuelto religioso y, después de jubilarse y enviudar, empezó a acudir a la sinagoga al menos una vez al día. Mucho antes de la enfermedad que desembocó en su muerte, le pidió al rabino que llevara a cabo la ceremonia fúnebre totalmente en hebreo, como si el hebreo fuese la respuesta más firme que se pudiera dar a la muerte. Para el hijo menor de su padre, el lenguaje no significaba nada. Junto con Howie, había dejado de tomarse el judaísmo en serio a los trece años (el domingo después del sábado de su bar mitzvah), y desde entonces no había puesto los pies en una sinagoga. Incluso había dejado en blanco la casilla de religión en el formulario de ingreso en el hospital, no fuera a ser que la palabra «judío» provocase la visita a su habitación de un rabino para hablarle como lo hacen los rabinos. La religión era una mentira que él había reconocido como tal en su adolescencia, y todas las religiones le parecían ofensivas, y consideraba sin sentido e infantiles sus disparates supersticiosos; no soportaba su falta absoluta de madurez: el lenguaje pueril, la rectitud, el rebaño, los ávidos creyentes. No aceptaba las mistificaciones acerca de la muerte y de Dios ni las obsoletas fantasías del paraíso. Solo existían nuestros cuerpos, hechos para vivir y morir de acuerdo con unas condiciones decididas por los cuerpos que habían vivido y muerto antes que nosotros. Si podía decirse de él que había encontrado un nicho filosófico a su conveniencia, era ese: lo había hallado pronto y de una manera intuitiva, y, por elemental que fuese, le bastaba. Si alguna vez escribía su autobiografía, la titularía Vida y muerte de un cuerpo masculino. Pero una vez jubilado intentó convertirse en pintor, no en escritor, y por ello puso ese título a una serie de sus abstracciones.

Sin embargo, nada de lo que había hecho o de aquello en lo que no creía tuvo importancia el día en que enterraron a su padre al lado de su madre en el destartalado cementerio cerca de la autopista de Jersey.

Sobre el portal por donde entró la familia al recinto original del viejo camposanto del siglo diecinueve había un arco con el nombre de la asociación del cementerio inscrito en hebreo y, en cada uno de sus extremos, una estrella de seis puntas tallada. La piedra de las dos columnas del portal estaba muy deteriorada y desportillada, debido tanto al paso del tiempo como al vandalismo, y para entrar había que empujar una combada puerta de hierro, pero estaba desencajada de sus goznes y empotrada varios centímetros en el suelo. Tampoco la piedra del obelisco ante el que pasaron (donde estaban inscritas frases de los textos sagrados hebreos y los nombres de la familia enterrada al pie del plinto) había capeado bien el transcurso de las décadas. Al comienzo de las apretadas hileras de lápidas verticales se alzaba uno de los pequeños mausoleos de ladrillo de la sección antigua, cuya puerta con filigrana de acero y las dos ventanas originales (que en la época en que fueron enterrados sus ocupantes debieron de tener vidrieras de colores) habían sido cegadas con bloques de cemento para proteger el mausoleo de nuevos actos vandálicos, de modo que ahora la pequeña construcción cuadrada parecía más un cobertizo para herramientas abandonado o un váter al aire libre ya fuera de servicio que un lugar de descanso eterno en consonancia con el renombre, la riqueza o la categoría social de quienes lo erigieron para albergar a sus familiares fallecidos. Pasaron lentamente entre las lápidas verticales que tenían inscripciones en hebreo pero que en algunos casos también contenían palabras en yiddish, ruso, alemán e incluso húngaro. En la mayoría de ellas estaba grabada la estrella de David, mientras que en otras la decoración era más elaborada, con un par de manos en actitud de bendición, una jarra o un candelabro de cinco brazos. En el lugar donde estaban las tumbas de niños y bebés (y las había en número considerable, aunque no tantas como las de las mujeres jóvenes fallecidas en la veintena, muy probablemente durante el parto), vieron alguna lápida rematada por la escultura de un cordero o decorada con el grabado de un tronco de árbol con la mitad superior serrada, y cuando avanzaban en fila india por los tortuosos, desiguales y estrechos senderos del cementerio original hacia los espacios más nuevos y parecidos a un parque al norte, donde iba a celebrarse el entierro, era posible (en aquel pequeño cementerio fundado en un campo en el límite entre Elizabeth y Newark por, entre otros, el cívico padre del fallecido propietario de la más querida joyería de Elizabeth) contar cuántos habían perecido por la epidemia de gripe que mató a diez millones de personas en 1918.

Mil novecientos dieciocho: tan solo uno de los años terribles entre la plétora de anni horribiles sembrados de cadáveres que ensombrecerán el recuerdo del siglo veinte por siempre jamás.

Permaneció junto a la tumba rodeado por sus familiares, unas dos docenas de personas, con su hija a la derecha, aferrándole la mano, sus dos hijos detrás de él y su esposa al lado de su hija. El mero hecho de estar allí, absorbiendo el golpe que era la muerte de un padre, se reveló como un sorprendente reto a su fortaleza física, y fue una suerte que Howie estuviera a su izquierda, sosteniéndole firmemente con un brazo alrededor de la cintura, para impedir que ocurriera cualquier percance desafortunado.

La relación con sus padres nunca había sido complicada. No eran más que eso, un padre y una madre. No deseaba que representaran nada más para él. Pero el espacio que ocuparon sus cuerpos estaba ahora vacío. Su materialidad, que siempre le había acompañado, ahora había desaparecido. Mediante unas correas bajaron el ataúd de su padre, una sencilla caja de pino, a la fosa que habían cavado junto a la tumba de su esposa. Allí permanecería el muerto durante más horas incluso de las que se había pasado vendiendo joyas, que no era una cifra nada desdeñable. Inauguró la tienda en 1933, el año en que nació su segundo hijo, y se deshizo de ella en 1974, cuando había vendido anillos de compromiso y alianzas matrimoniales a tres generaciones de familias de Elizabeth. Cómo había logrado reunir dinero en 1933, cómo había conseguido tener clientes en 1933, siempre había sido un misterio para sus hijos. Pero por ellos dejó su trabajo detrás del mostrador de relojes en la tienda Irvington propiedad de Abelson, en la avenida Springfield, donde trabajaba de nueve de la mañana a nueve de la noche los lunes, miércoles, viernes y sábados, y de nueve a cinco los martes y jueves, para abrir su propia tienda en Elizabeth, un local de cuatro metros y medio de ancho, con una inscripción en letras negras en el escaparate que anunció desde el primer día: «Brillantes, joyas, relojes», y debajo, en letras mas pequeñas: «Reparación de toda clase de relojes y joyas».

Con treinta y dos años, finalmente había empezado a trabajar sesenta y setenta horas a la semana para su familia en vez de hacerlo para Moe Abelson. A fin de atraer a la gran población de clase obrera de Elizabeth y evitar que las decenas de millares de cristianos practicantes se sintieran excluidos o asustados por su apellido judío, extendió créditos sin reparos: tan solo debían hacer un pago inicial de un treinta o cuarenta por ciento. Nunca comprobaba si tenían fondos; le bastaba con cubrir costes, y entonces podían pagarle unos pocos dólares a la semana, incluso nada, y realmente no le importaba. Nunca quebró debido al sistema de crédito, y la buena voluntad que generaba su flexibilidad hacía que mereciese la pena. Decoró la tienda con algunas piezas bañadas en plata para que resultase atractiva -servicios de té, bandejas, escalfadores, candelabros que vendía baratísimos-, y por Navidad siempre decoraba el escaparate con una escena nevada y Papá Noel, pero el golpe de genio fue ponerle a la tienda no su nombre sino Joyería de Todos, que era como la conocían a lo largo y ancho del condado de Union la multitud de personas corrientes que fueron sus fieles clientes hasta que vendió sus existencias al mayorista y se jubiló a los setenta y tres años de edad. «Comprar un brillante, por pequeño que sea, es algo muy importante para un trabajador -les decía a sus hijos-. La esposa puede lucirlo por su belleza y por la categoría que le da. Y cuando se lo pone, él no es tan solo un fontanero… es un hombre cuya esposa tiene un brillante. Su mujer posee algo que es imperecedero. Porque, más allá de la belleza, la categoría y el valor, el brillante es imperecedero. ¡Un fragmento de la tierra que es eterno, y una simple mortal lo lleva en la mano!»

El motivo para dejar la tienda de Abelson, donde había tenido la suerte de cobrar su paga durante la crisis económica y los peores años de la Depresión, el motivo de que se hubiera atrevido a abrir una tienda en unos tiempos tan malos, era evidente. A cualquiera que le preguntase, e incluso a quienes no lo hacían, les explicaba: «Debía tener algo que legarles a mis dos hijos».

Dos palas permanecían erguidas con las hojas clavadas en el gran montón de tierra que había a un lado de la tumba. Pensó que los sepultureros las habían dejado allí y que más tarde las emplearían para llenar la fosa. Había imaginado que, como en el entierro de su madre, cada deudo se acercaría a la tumba para arrojar un puñado de tierra sobre la tapa del ataúd, y entonces todos volverían a sus coches. Pero su padre había solicitado al rabino los ritos judíos tradicionales, y ahora descubría que el ritual exigía que fuesen los mismos deudos, y no los empleados del cementerio ni nadie más, quienes llevasen a cabo el entierro. El rabino se lo había dicho a Howie con antelación, pero este, por la razón que fuese, no había informado a su hermano, y de ahí su sorpresa cuando Howie, elegantemente vestido con traje oscuro, camisa blanca, corbata oscura y relucientes zapatos negros, se acercó a la tierra apilada, extrajo una de las palas y volvió a hundirla en el montón hasta sacar una palada rebosante de tierra. Luego, con paso ceremonioso, avanzó hasta la fosa, permaneció un momento inmóvil y pensativo e, inclinando un poco la pala hacia abajo, dejó que la tierra se deslizara lentamente. Al caer sobre la tapa del ataúd, produjo ese sonido que uno absorbe en lo mas profundo de su ser como ningún otro.

Howie regresó para hundir la hoja de la pala en la pirámide de tierra que rebasaba con creces el metro de altura. Tenían que arrojar aquella tierra a la fosa hasta que la tumba de su padre estuviera al mismo nivel que las parcelas adyacentes.

Tardaron casi una hora en llenar la fosa. Los parientes y amigos de más edad, incapaces de blandir la pala, ayudaron arrojando puñados de tierra sobre el ataúd, y tampoco él pudo hacer más que eso, de modo que la parte mis ardua de la tarea correspondió a Howie, sus cuatro hijos y los hijos de él, los seis, sin excepción, jóvenes fornidos cercanos a la treintena o que la superaban por poco. Colocados por parejas junto al montón, palada a palada arrojaban la tierra a la fosa. Cada pocos minutos otra pareja los sustituía, y llegó un momento en que le pareció que la tarea no terminaría jamás, que estarían allí enterrando eternamente a su padre. Lo máximo que podía hacer para estar tan inmerso en la brutal franqueza del entierro como lo estaban su hermano, sus hijos y sus sobrinos, era permanecer al borde de la fosa y contemplar cómo la tierra iba rodeando el ataúd. Vio que llegaba hasta la tapa, que solo estaba decorada con una talla de la estrella de David, y después siguió mirando mientras empezaba a cubrirla. Su padre yacería no solo dentro del ataúd sino también bajo el peso de aquella tierra, y de repente vio la boca de su padre como si no hubiera ataúd, como si estuvieran echando directamente sobre él la tierra que arrojaban a la fosa, llenándole la boca, cegándolo, obstruyéndole las fosas nasales y tapándole los oídos. Deseaba pedirles que parasen, exigirles que no siguieran: no quería que cubrieran la cara de su padre y bloquearan los conductos por los cuales aspiraba la vida. He estado mirando esa cara desde que nací… ¡dejad de enterrar la cara de mi padre! Pero ellos habían encontrado su ritmo, aquellos fuertes muchachos no podían detenerse y no se detendrían, ni siquiera aunque él mismo se arrojara a la fosa y exigiese que pusieran fin al entierro. Ahora nada podía detenerlos. Seguirían adelante, y también lo enterrarían a él, si eso era necesario para finalizar la tarea. Howie estaba a un lado, la frente empapada en sudor, mirando cómo los seis primos completaban artéticamente el trabajo, dando paladas, ahora que la meta estaba tan cerca, a una velocidad asombrosa, no como deudos que aceptan la carga de un ritual arcaico, sino como obreros de otros tiempos que echan combustible a un horno.

Ahora muchos de los ancianos lloraban y se abrazaban, La pirámide de tierra había desaparecido. El rabino dio un paso adelante y, después de alisar cuidadosamente con las manos desnudas la superficie, utilizó un palo para delinear en la blanda tierra las dimensiones de la tumba.

Había presenciado la desaparición de su padre bajo la tierra centímetro a centímetro. Se había visto obligado a seguirla hasta el final. Era como una segunda muerte, no menos espantosa que la primera. Recordó de improviso el acceso de emoción que le sumió cada vez más profundamente en los estratos de su vida cuando, en el hospital, su padre tomó en brazos por primera vez a cada uno de sus nietos recién nacidos, examinando a Randy, más adelante a Lonny y finalmente a Nancy con la misma expresión de desconcierto y alegría.

– ¿Estás bien? -le preguntó Nancy, y le rodeó con sus brazos mientras él contemplaba las líneas trazadas con el palo en el suelo, como si fueran el dibujo para un juego infantil.

– Sí, estoy bien -respondió él, estrechándola con fuerza, y entonces suspiró, e incluso se rió, al decir-: Ahora sé lo que significa que te entierren. No lo había sabido hasta hoy.

– No había visto nada tan escalofriante en toda mi vida -dijo Nancy.

– Yo tampoco -replicó él-. Es hora de irnos.

Y con él, Nancy y Howie a la cabeza, los deudos partieron lentamente, aunque él no podía empezar aún a librarse de todo cuanto acababa de ver y pensar, y su mente regresaba una y otra vez atrás mientras sus pasos se alejaban.

Debido al viento que había soplado mientras llenaban la fosa, siguió notando el sabor terroso que revestía el interior de su boca mucho después de que hubieran abandonado el cementerio y regresado a Nueva York.

Durante los nueve años siguientes su salud se mantuvo estable. En un par de ocasiones se había visto sorprendido por alguna crisis, pero al contrario que el chico que ocupara la cama contigua a la suya, había sorteado el desastre. Entonces, en 1998, cuando su tensión arterial empezó a aumentar y no respondía a los cambios de medicación, los médicos determinaron que sufría una obstrucción de la arteria renal, que por suerte hasta entonces solo había tenido como consecuencia una pequeña pérdida de la función nefrítica, e ingresó en el hospital para someterse a una angioplastia de la arteria renal. Una vez más tuvo suerte, y el problema se resolvió con la inserción de un stent, una cánula vasodilatadora introducida mediante un catéter que, a través de una punción en la arteria femoral, era dirigida por la aorta hasta la oclusión.

Tenía sesenta y cinco años, acababa de jubilarse y se había divorciado por tercera vez. Estaba asistido por el programa de Medicare, empezó a cobrar de la seguridad social y se sentó con su abogado para redactar un testamento. Redactar un testamento: esa era la mejor parte de envejecer y probablemente incluso de morir, redactarlo y, con el paso del tiempo, ponerlo al día, revisarlo y, tras reconsiderarlo todo a fondo, volver a redactar el testamento. Unos años después cumpliría la promesa que se hizo inmediatamente después de los ataques del 11 de septiembre: abandonó Manhattan y se trasladó al complejo residencial para jubilados Starfish Beach, en la costa de Jersey, a solo tres kilómetros de la población costera donde todos los años había pasado con su familia una parte de las vacaciones veraniegas. Las viviendas de Starfish Beach eran atractivas casas de una sola planta y tejado de tablillas, con grandes ventanas y puertas de vidrio correderas que daban acceso a terrazas traseras. Cada ocho de estas unidades residenciales estaban adosadas para formar un complejo semicircular que rodeaba un jardín con arbustos y un pequeño estanque. Los servicios para los quinientos residentes ancianos que vivían en aquellos complejos abarcaban una extensión de cuarenta hectáreas, e incluían pistas de tenis, un gran jardín comunal con un cobertizo para hacer trabajos de jardinería, un gimnasio, una estafeta de correos, un centro social con salas de reuniones, un estudio de cerámica, un taller de ebanistería, una pequeña biblioteca, una sala de ordenadores con tres terminales y una impresora común y un gran salón para conferencias, espectáculos y la proyección de diapositivas que ofrecían las parejas que acababan de regresar de sus viajes por el extranjero. En el centro del gran complejo residencial había una piscina de agua caliente al aire libre, de tamaño olímpico, así como otra interior más pequeña, y en el modesto centro comercial que se encontraba en el extremo de la calle principal había un restaurante decente, así como una librería, una licorería, una tienda de regalos, un banco, una agencia de corredores de bolsa, una inmobiliaria, un bufete de abogados y una gasolinera. Había una corta distancia en coche al supermercado, y si uno podía caminar, como les sucedía a la mayoría de los residentes, le resultaba fácil recorrer los ochocientos metros hasta el paseo de tablas y la ancha playa, donde un socorrista estaba de servicio durante todo el verano.

En cuanto se instaló en el complejo residencial, convirtió la soleada sala de estar de su casa de tres habitaciones en un estudio de artista, y, tras su paseo diario de seis kilómetros por el paseo entarimado, en el que invertía una hora, se pasaba la mayor parte del resto de la jornada satisfaciendo su antigua ambición de dedicarse alegremente a la pintura, un hábito que le procuraba toda la emoción que había esperado. No añoraba nada de Nueva York, excepto a Nancy, la hija de cuya presencia nunca había dejado de disfrutar, y que ahora, divorciada y madre de dos hijos de cuatro años, ya no estaba tan protegida como él había esperado. Después del divorcio de su hija, él y Phoebe, también abrumada por la inquietud, tomaron cartas en el asunto y, cada uno por separado, pasaron más tiempo que nunca con Nancy desde que la muchacha se trasladó al Medio Oeste para estudiar en la universidad. Allí conoció al que sería su poético marido, un estudiante graduado que desdeñaba abiertamente la cultura comercial -y, en particular, la línea de trabajo del padre de ella-, y quien, al constatar que ya no era tan solo la mitad de una tranquila pareja, aficionado a escuchar música de cámara y leer libros en su tiempo libre, sino padre de gemelos, descubrió que el tumulto de la existencia doméstica de una joven familia era insoportable, sobre todo para una persona necesitada de orden y silencio para terminar su primera novela, y acusó a Nancy de fomentar ese gran desastre al lamentarse ella continuamente de que obstaculizaba la satisfacción de su instinto maternal. Después del trabajo y durante los fines de semana él se ausentaba cada vez más del desorden que creaban en su pequeño piso las necesidades de las dos ruidosas y diminutas criaturas que había engendrado alocadamente, y cuando por fin se decidió a abandonar su trabajo en el mundo editorial, así como la paternidad, tuvo que regresar a Minnesota para recobrar la cordura, seguir pensando a su manera y eludir las responsabilidades tanto como le fuese posible.

Si hubiera sido por su padre, Nancy y los gemelos también se habrían trasladado a la costa. Ella podría haber utilizado el ferrocarril de Jersey para ir al trabajo y volver, dejando a los pequeños con niñeras y canguros cuyas tarifas eran la mitad de las de Nueva York, y él también habría estado cerca para cuidar de ellos, para llevarlos a la guardería e ir a buscarlos, para vigilarlos en la playa y demás. Padre e hija podrían haberse reunido una vez a la semana, ir a cenar juntos y dar un paseo los fines de semana. Todos habrían vivido a orillas del hermoso mar y lejos de la amenaza de Al Qaeda. El día siguiente al de la destrucción de las Torres Gemelas le había dicho a Nancy: «Me siento demasiado apegado a la supervivencia. Me voy de aquí». Y solo dos meses y medio después, a finales de noviembre, se marchó. Pensar en que Nancy y sus hijos pudieran ser víctimas de un ataque terrorista le atormentó durante las primeras semanas en la costa, aunque una vez allí ya no se sintió inquieto por su persona y se vio libre de aquella sensación de riesgo inútil que le había atenazado a diario desde que la catástrofe trastornara la sensación de seguridad de todo el mundo e introdujera en la vida cotidiana una precariedad imposible de erradicar. Se limitaba a hacer todo lo que razonablemente podía para mantenerse vivo. Como siempre, y como le sucede a la mayoría de la gente, no quería que el final llegara un solo minuto antes de lo que debía.

Un año después de la inserción del stent renal, le operaron para eliminar otra obstrucción importante, esta vez en la arteria carótida izquierda, una de las dos arterias principales que se extienden desde la aorta a la base del cráneo y suministran sangre al cerebro, y que si se dejan obstruidas pueden provocar apoplejía con resultado de minusvalía o incluso muerte repentina. Le practicaron una incisión en el cuello y después le cerraron la arteria que alimenta al cerebro para impedir que la sangre fluyera por ella. A continuación la abrieron y la rasparon para extraer la placa que causaba el bloqueo. Sin duda le habría ayudado no tener que enfrentarse solo a aquella delicada operación, pero Nancy estaba abrumada por sus obligaciones laborales y por las exigencias de cuidar de los niños sin la colaboración de un marido, y en aquellos momentos no tenía a nadie más en su vida que pudiera echarle una mano. Tampoco quería trastocar el agitado programa de trabajo de su hermano para comentarle lo de la operación y preocuparlo, sobre todo porque al día siguiente, si no surgían complicaciones, le darían de alta en el hospital. Aquella no era la crisis de peritonitis ni la intervención para hacerle un bypass quíntuple. Desde el punto de vista médico no era nada extraordinario, o así se lo hizo creer el amable cirujano, quien le aseguró que una endarterectomía carotidea era un procedimiento quirúrgico vascular habitual y que al cabo de uno o dos días volvería a estar ante el caballete.

Así pues, a primera hora de la mañana condujo solo hasta el hospital y aguardó en la antesala rodeada de tabiques de vidrio de la planta quirúrgica, junto con otros diez o doce hombres que llevaban batas de hospital y estaban programados para la primera ronda de intervenciones de aquel día. Probablemente la sala estaría tan llena como ahora lo estaba hasta las cuatro de la tarde. La mayoría de los pacientes saldrían por el otro extremo, y, también, en el transcurso de las semanas, era posible que algunos no salieran; sin embargo, pasaban el tiempo leyendo los periódicos matutinos, y cuando llamaban a uno de ellos y se levantaba para ir al quirófano, entregaba sus secciones del periódico a quien se lo pidiera. A juzgar por la tranquilidad que reinaba en la sala, se habría dicho que iban a cortarles el pelo en vez de, por ejemplo, abrirles la arteria que conducía la sangre al cerebro.

En un momento determinado, el hombre que se sentaba en la silla contigua, tras haberle dado la sección deportiva, empezó a hablarle en voz queda. Tendría cuarenta y muchos o cincuenta y pocos, pero su piel se veía descolorida y su voz no sonaba firme ni tranquila.

– Primero murió mi madre -le dijo-, al cabo de seis meses murió mi padre, ocho meses después murió mi única hermana, al año siguiente mi matrimonio se vino abajo y mi mujer se quedó con todo lo que tenía. Y fue entonces cuando empecé a imaginar que se presentaba alguien y me decía: «Ahora, además, vamos a cortarte el brazo derecho. ¿Crees que podrás soportarlo?». Así que me cortaron el brazo derecho. Más adelante volvieron a presentarse y me dijeron: «Ahora vamos a cortarte el brazo izquierdo». Entonces, después de que me hicieran eso, un día vuelven y me dicen: «¿Quieres dejarlo ya? ¿Has tenido suficiente? ¿O seguimos adelante y empezamos con las piernas?». Y mientras tanto yo pensaba: «¿Cuándo, cuándo desisto? ¿Cuándo abro el gas y meto la cabeza en el horno? ¿Cuándo puedo decir que ya basta?». Así viví con mi pena durante diez años. Tardé diez años en superarlo. Y ahora que por fin la pena ha pasado, empieza esta mierda.

Cuando le tocó el turno, el hombre sentado a su lado alargó el brazo para volver a coger la sección deportiva, y una enfermera lo acompañó a él al quirófano. Allí, una media docena de personas se movían bajo las brillantes luces, realizando los preparativos para la operación. No localizó al cirujano entre ellos. Le habría tranquilizado ver la amistosa cara del cirujano, pero o no había entrado todavía en el quirófano o estaba en algún rincón donde él no podía verle. Varios de los médicos jóvenes llevaban ya mascarillas quirúrgicas, y su aspecto le hizo pensar en terroristas. Uno de ellos le preguntó si deseaba anestesia general o local, del mismo modo en que un camarero podría haberle preguntado si quería vino tinto o blanco. Se sintió confuso… ¿por qué debía tomar tan tarde la decisión sobre la anestesia?

– No lo sé -respondió-. ¿Cuál es mejor?

– Para nosotros la local. Si el paciente está consciente, podemos controlar mejor la función cerebral.

– ¿Quiere decir que es más seguro? ¿Es eso lo que quiere decir? Entonces que sea local.

Fue un error, un error apenas soportable, porque la operación duró dos horas y su cabeza estuvo claustrofóbicamente envuelta en un paño y el corte y el raspado tenían lugar tan cerca del oído que oía cada movimiento que producían los instrumentos como si estuvieran dentro de una cámara de resonancia. Pero no podía hacer nada. Era imposible ofrecer resistencia. Lo aceptas y te aguantas. No tienes más remedio que entregarte durante el tiempo que dure.

Aquella noche durmió bien, al día siguiente se sentía recuperado y, a mediodía, tras mentir y decir que un amigo le esperaba abajo para recogerle, le dieron de alta, fue al aparcamiento y regresó a casa conduciendo con prudencia. Cuando llegó a la vivienda y se sentó en su estudio a mirar el lienzo en el que pronto seguiría pintando, se echó a llorar, tal como lo hiciera su padre cuando volvió a casa después del casi fatal brote de peritonitis.

Pero ahora, en vez de terminar, aquello continuaba; ahora no pasaba un año sin que tuviera que ingresar en el hospital. Hijo de unos padres longevos, hermano de un hombre seis años mayor que él que parecía en tan buena forma como cuando corría con el balón en el equipo del Instituto Thomas Jefferson, aún era solo sexagenario cuando su salud empezó a resentirse y su cuerpo parecía constantemente amenazado. Se había casado tres veces, había tenido amantes e hijos y un trabajo interesante en el que había triunfado, pero ahora eludir a la muerte parecía haberse convertido en el asunto central de su vida y la decadencia física en toda su historia.

Un año después de que le hubieran operado de la arteria carótida le hicieron un angiograma en el que el médico descubrió que había sufrido un ataque cardíaco silencioso en la pared posterior debido a la obstrucción de un injerto. La noticia le dejó anonadado, aunque por suerte Nancy viajó en tren para acompañarle al hospital, y el alivio de la presencia de su hija le ayudó a recobrar la ecuanimidad. El cirujano procedió a realizar una angioplastia e insertó un stent en la arteria descendente anterior izquierda, tras expandir para abrir el lugar donde se habían formado nuevos depósitos de placa. Desde la mesa de operaciones podía ver el catéter que le introducían en la arteria coronaria, pues estaba sometido a una sedación muy ligera que le permitía seguir el procedimiento en el monitor como si su cuerpo friese el de otra persona. Al cabo de otro año le hicieron una nueva angioplastia e insertaron otro stent en uno de los injertos, que había empezado a estrecharse. Al año siguiente tuvieron que introducirle tres stents al mismo tiempo para reparar unas obstrucciones arteriales cuya ubicación, como el médico le dijo después, complicaba bastante el procedimiento.

Como siempre, a fin de mantener la mente ocupada en otra cosa, recordó la tienda de su padre y los nombres de las nueve marcas de relojes de pulsera y las siete de otros tipos de relojes de las que su padre era distribuidor autorizado; su padre no ganaba mucho dinero vendiendo relojes, pero los tenía en gran número porque eran un articulo seguro y hacían entrar en la tienda a los transeúntes que miraban el escaparate. Lo que hacía con estos evocadores recuerdos durante cada una de sus angioplastias era lo siguiente: desconectaba de las chanzas que médicos y enfermeras intercambiaban siempre mientras llevaban a cabo los preparativos, desconectaba de la música rock que sonaba en la fría y estéril sala donde yacía sujeto a la mesa de operaciones en medio de la intimidante maquinaria destinada a mantener vivos a los pacientes cardíacos, y desde el momento en que se ponían manos a la obra, anestesiándole la ingle y punzándole la piel para la inserción del catéter arterial, se distraía recitando entre dientes las listas que de pequeño había ordenado alfabéticamente cuando ayudaba en la tienda al salir de la escuela («Benrus, Bulova, Croton, Elgin, Hamilton, Helbros, Ovistone, Waltham, Wittnauer»), concentrándose en la forma distintiva de los numerales en la esfera del reloj mientras entonaba el nombre de su marca, pasando del uno al doce y vuelta a empezar. Entonces comenzaba con los relojes de mesa y pared («General Electric, Ingersoll, McClintock, New Haven, Seth Thomas, Telechron, Westclox»), y recordaba el tictac de los relojes de cuerda y el zumbido de los eléctricos hasta que por fin oía anunciar al cirujano que la operación había terminado y que todo había ido bien. El ayudante del cirujano, tras aplicar presión a la herida, puso una bolsa de arena en la ingle para impedir la hemorragia y, con ese peso ahí, el paciente tuvo que yacer inmóvil en la cama de hospital durante las seis horas siguientes. Aunque parezca extraño, no poder moverse fue lo peor de todo, debido al millar de pensamientos involuntarios que se amontonaban en el lento discurrir del tiempo, pero a la mañana siguiente, si todo iba bien, le traerían un desayuno incomestible que él se limitaría a mirar y unas hojas con las instrucciones que debía seguir tras la angioplastia, y a las once de la mañana le habrían dado el alta. En tres ocasiones distintas, cuando llegó a casa y se desvistió a toda prisa para darse la ducha que tanto necesitaba, encontró un par de parches del ECG todavía adheridos a la piel, porque la enfermera que le ayudó a prepararse para abandonar el hospital se había olvidado de quitárselos del pecho y tirarlos a la basura. Una mañana, en la ducha, observó que no se habían molestado en extraerle del brazo amoratado la aguja de alimentación intravenosa, un dispositivo al que llamaban vía de heparina, de modo que tuvo que vestirse e ir en coche al consultorio de su internista en Spring Lake para que le extrajera la vía de heparina antes de que se convirtiera en un foco de infección.

Al año siguiente de los tres stents volvió a la mesa de operaciones, inconsciente durante un breve tiempo mientras le insertaban de manera permanente un desfibrilador, salvaguarda contra el nuevo problema que ponía en peligro su vida y que, junto con las cicatrices en la pared posterior del corazón y su fracción de eyección al límite, lo convertían en un serio aspirante a padecer una arritmia cardíaca fatal. El desfibrilador era una delgada caja metálica del tamaño aproximado de un encendedor; estaba alojado bajo la piel en la parte superior del pecho, a pocos centímetros del hombro izquierdo, con unos cables fijados a su vulnerable corazón, listo para administrarle una descarga eléctrica que corregiría el latido cardíaco -y confundiría a la muerte- si se volvía peligrosamente irregular.

Nancy también le había acompañado para esta intervención, y más tarde, cuando volvió a su habitación y se abrió un lado de la bata de hospital para mostrarle el bulto visible que era el desfibrilador insertado, ella tuvo que apartar la vista.

– Es para protegerme, querida -le dijo-, no hay nada que deba inquietarte.

– Ya sé que es para protegerte. Me alegro de que exista un aparato capaz de protegerte. Pero ver una cosa así es un golpe, porque… -Había ido demasiado lejos para decirle una mentira confortadora, y concluyó-: Porque siempre te has visto tan joven…

– Bueno, la verdad es que se me ve más joven con este chisme de lo que se me vería sin él. Podré hacer todo lo que desee, y sin tener que preocuparme por la posibilidad de que la arritmia me ponga en serio peligro.

Pero ella sentía tal impotencia que estaba pálida y no podía evitar que las lágrimas le corrieran por el rostro: quería que su padre fuese como había sido cuando ella tenía diez, once, doce, trece años, sin impedimentos ni incapacidades de ninguna clase… y él también lo quería. Ella no podía quererlo tanto como él, pero en aquel momento su propio dolor le pareció más fácil de aceptar que el de su hija. Deseaba ardientemente decirle algo tierno que aliviara sus temores, como si, una vez más, ella fuese la más vulnerable de los dos.

Lo cierto era que nunca dejaba de preocuparse por ella, ni tampoco comprendía que esa muchacha fuese hija suya. El no había hecho necesariamente lo correcto para que así fuera, aunque Phoebe sí lo hubiera hecho. Sin embargo, existen personas así, de una bondad espectacular, auténticos milagros, y él había tenido la gran suerte de que uno de tales milagros fuese su propia e incorruptible hija. Se asombraba al mirar a su alrededor y ver lo muy decepcionados que podían sentirse los padres, como se sentía él con respecto a sus dos hijos, que seguían comportándose como si lo que les había sucedido nunca le hubiera pasado a nadie más, y después tener una hija que era la número uno en todos los sentidos. A veces tenía la impresión de que todo era un error excepto Nancy. Así pues, se preocupaba por ella, y cada vez que pasaba ante una tienda de ropa seguía pensando en ella y entraba en busca de algo que pudiera gustarle, y pensaba: Soy muy afortunado, y pensaba: Algo bueno tenía que salir de todo esto, y ese algo era ella.

Recordaba el breve período de Nancy como estrella del atletismo. Cuando Nancy tenía trece años quedó segunda en una carrera realizada en su escuela femenina, con un recorrido de unos tres kilómetros, y vio la posibilidad de algo en lo que podía ser excepcional. Destacaba en todo lo demás, pero aquella era otra clase de estrellato. Durante un tiempo él dejó de ir al club de natación para que los dos pudieran correr juntos a primera hora de la mañana y, en ocasiones, también cuando empezaba a oscurecer. Iban al parque y no estaban más que ellos dos, las sombras y la luz. Por entonces ella formaba parte del equipo de atletismo de la escuela, y durante una carrera, al tomar una curva, se lesionó una pierna y cayó al suelo transida de dolor. Lo sucedido podría haberle ocurrido a cualquier niña en el inicio de la pubertad, porque a esa edad los huesos no están endurecidos del todo, y lo que en una mujer madura solo habría sido un esguince de tendón, en el caso de Nancy fue algo más dramático: el tendón resistió, pero un fragmento de hueso de la cadera se soltó. Entre el entrenador y el padre la llevaron al servicio de urgencias de un hospital, donde Nancy permaneció atenazada por el dolor y los temores, sobre todo cuando supo que no había nada que hacer, aunque al mismo tiempo le aseguraron, con bastante acierto, que la lesión se curaría por sí sola con el tiempo. Pero aquel fue el final de su actividad atlética, no solo porque la recuperación se prolongaría durante el resto de la temporada sino también porque estaba entrando en la pubertad y pronto le crecieron los senos y se le ensancharon las caderas y ya no pudo alcanzar la velocidad que tenía cuando su cuerpo era el de una niña. Y entonces, como si el final de su esfuerzo por ganar el campeonato y la alteración de su físico no bastaran para que todo su mundo se transtornara, aquel mismo año trajo el sufrimiento del divorcio de sus padres.

Cuando ella se sentó en la cama de hospital de su padre y lloró en sus brazos, lo hizo por muchas razones, la menor de las cuales no era el hecho de que él la hubiera abandonado cuando tenía trece años. Había ido a la costa para ayudarle, y todo lo que aquella hija serena y juiciosa pudo hacer era revivir las dificultades causadas por el divorcio y confesar la imperecedera fantasía de una reconciliación entre sus padres que había esperado durante más de la mitad de su vida.

– Pero es imposible cambiar la realidad -le dijo él en voz baja, mientras le frotaba la espalda, le acariciaba el pelo y la mecía suavemente en sus brazos-. Tómala tal como viene. Mantente firme y tómala como viene. No hay otra manera.

Esa era la verdad y lo mejor que podía hacer, y exactamente fue eso lo que le había dicho a su hija muchos años atrás, cuando la tenía en brazos en el taxi, al volver a casa desde el servicio de urgencias, mientras ella se deshacía en sollozos debido al inexplicable giro de los acontecimientos.

Todas esas intervenciones y hospitalizaciones le habían convertido en un hombre decididamente más solitario y menos seguro de sí mismo de lo que había sido durante el primer año de su jubilación. Incluso la paz y la tranquilidad que tanto apreciaba parecían haberse transformado en una forma de confinamiento que él mismo generaba, y le acosaba la sensación de que se encaminaba al final. Pero, en vez de regresar a la vulnerable Manhattan, decidió luchar contra la sensación de distanciamiento creada por sus problemas físicos e involucrarse con más vigor en el mundo que le rodeaba. Para ello organizó dos clases de pintura semanales para los habitantes del complejo residencial, una clase por la tarde para principiantes y otra por la noche para quienes ya estaban familiarizados con la pintura.

Había unos diez alumnos en cada clase, y les encantaba reunirse en la luminosa habitación que era su estudio. En general, aprender a pintar era un pretexto para estar allí, y casi todos ellos asistían a clase por la misma razón que tenía él para darla: tener un contacto satisfactorio con otras personas. Todos menos dos eran mayores que él, y aunque se reunían cada semana en un ambiente de alegre camaradería, la conversación giraba invariablemente en torno a la salud y la enfermedad, ya que para entonces sus biografías personales se habían vuelto idénticas a sus historiales médicos y el intercambio de datos clínicos desplazaba prácticamente a todo lo demás. En el estudio, se identificaban unos a otros con más facilidad por sus dolencias que por su pintura. «¿Cómo estás de azúcar?» «¿Qué tal la tensión arterial?» «¿Qué te ha dicho el médico?» «¿Te has enterado de lo de mi vecino? Se le extendió al hígado.» Uno de los hombres iba a clase con su unidad de oxigeno portátil. Otro tenía temblores de Parkinson, pero aun así le ilusionaba aprender a pintar. Todos sin excepción se quejaban, unas veces en broma y otras no, de la creciente pérdida de memoria, y hablaban de lo rápido que pasaban los meses, las estaciones y los años, de cómo la vida ya no transcurría a la misma velocidad. Un par de mujeres estaban en tratamiento por cáncer. Una de ellas tuvo que marcharse en mitad del curso para volver al hospital. Otra mujer tenía problemas de columna y de vez en cuando debía tenderse en el suelo, en un extremo de la sala, y pasar así diez o quince minutos antes de que pudiera levantarse y seguir trabajando ante el caballete. Después de hacerlo unas cuantas veces, él le dijo que podía ir a su dormitorio y acostarse en su cama todo el tiempo que quisiera. El colchón era duro y estaría más cómoda. En cierta ocasión, al ver que no salía del dormitorio después de media hora, llamó a la puerta y, al oírla llorar, abrió y entró.

Era una mujer esbelta, alta, de cabello gris, uno o dos años mayor que él, cuyo aspecto y dulzura le recordaban a Phoebe. Se llamaba Millicent Kramer, y era con mucho la mejor de sus alumnas y, al mismo tiempo, la menos desastrada. Solo ella, en lo que él denominaba caritativamente «Pintura avanzada», lograba terminar las clases sin haberse manchado de pintura las zapatillas deportivas. Nunca le oía decir, como a los otros: «No consigo que la pintura haga lo que quiero que haga» o «Puedo pintarlo mentalmente, pero no consigo plasmarlo en la tela», ni tampoco tenía que decirle: «Que no te intimide, déjate llevar». Trataba de ser generoso con todos ellos, incluso con los que no tenían remedio, en general los mismos que nada más llegar le decían: «He pasado un día estupendo. Hoy me siento inspirado». Cuando por fin se cansó de escuchar tales cosas, les repetía algo que recordaba vagamente haber dicho Chuck Close en una entrevista: los aficionados buscan inspiración; los demás nos levantamos y nos ponemos a trabajar. No les hizo empezar por el dibujo porque casi ninguno de ellos era capaz de dibujar, y una figura habría planteado toda clase de problemas de proporción y escala, por lo que, tras un par de sesiones dedicadas a los rudimentos (cómo disponer las pinturas y preparar las paletas y demás) y a familiarizarse con el medio, ponía sobre la mesa una naturaleza muerta (un jarrón, unas flores, una pieza de fruta, una taza de té) y les estimulaba a usarla como punto de referencia. Les decía que fuesen creativos a fin de relajarse y soltar todo el brazo y pintar, a ser posible, sin miedo. Les decía que no debían preocuparse por el parecido con el modelo: «Interpretadlo -les decía-. Esto es un acto creativo». Lamentablemente, decir eso en ocasiones le obligaba a corregir a alguno: «Mira, tal vez no deberías hacer el jarrón seis veces mayor que la taza de té». «Pero me has dicho que debía interpretarlo», era invariablemente la respuesta, a la que él, con toda la amabilidad de que era capaz, replicaba: «No requería tanta interpretación». El suplicio de clase de arte al que menos deseaba enfrentarse era que pintaran lo que pasaba por su imaginación; sin embargo, como les entusiasmaba mucho la «creatividad» y la idea de soltarse, esos seguían siendo los temas habituales entre una y otra sesión. A veces ocurría lo peor y un alumno decía: «No quiero pintar flores y frutas, quiero hacer abstracción como tú». Como sabía que no había manera de discutir con un principiante lo que está haciendo cuando llama a lo que hace abstracción, replicaba al alumno: «Estupendo, haz lo que más te guste», y cuando iba de un lado a otro por el estudio, dando diligentes consejos, observaba que, como era de esperar, tras haber mirado un intento de pintura abstracta, no tenía nada que decir excepto: «Sigue con ello». Procuraba vincular la pintura con el juego en lugar de con el arte citándoles algo que dijo Picasso, algo así como que es preciso recuperar al niño a fin de pintar como un adulto. En general, lo que hacía era repetir lo que había oído decir en su adolescencia, cuando empezó a recibir clases de arte y sus profesores le decían las mismas cosas.

Solo sentía la necesidad de ser más específico cuando se ponía junto a Millicent y veía lo que podía hacer y la rapidez con que mejoraba. Enseguida percibió que tenía una habilidad innata que iba mucho más allá del talento menor que algunos empezaban a demostrar a medida que transcurrían las semanas. Ella nunca se limitaba a resolver cuestiones como la de combinar el rojo y el azul en la paleta, sino que modificaba la mezcla con un poco de negro o una pizca de azul para que los colores armonizaran con gracia, y sus pinturas mostraban coherencia en vez de hacer agua por todas partes, que era a lo que se enfrentaba casi siempre cuando iba de un caballete a otro y, como no se le ocurría nada más, se oía a sí mismo decir: «Te está saliendo bien». Millicent necesitaba que le recordara: «No lo elabores en exceso», pero por lo demás podía estar seguro de que ninguna de sus observaciones caía en saco roto y que ella reflexionaría sobre cualquier cosa que le dijera hasta encontrarle todo el sentido. Su manera de pintar parecía proceder directamente de su instinto, y si su pintura no se parecía a la de ningún otro alumno no se debía solo a su distinción estilística, sino a la manera en que sentía y percibía las cosas. Algunos requerían otro tipo de asistencia: aunque en la clase imperaba en general la buena voluntad, había quien no admitía que necesitara ayuda, e incluso una crítica involuntaria podía hacer que uno de los hombres, ex presidente de una empresa manufacturera, se volviese alarmantemente susceptible. Pero Millicent jamás: habría sido la alumna más gratificante en la clase de pintura para aficionados de cualquier profesor.

En ese momento se sentó a su lado en la cama y le tomó la mano, pensando: Cuando eres joven, el exterior del cuerpo es lo que cuenta, tu apariencia externa. Al envejecer, lo importante es lo que tienes dentro, y a la gente deja de importarle tu aspecto.

– ¿No tienes algún medicamento que puedas tomar? -le preguntó.

– Ya lo he hecho -respondió ella-. No puedo tomar más. De todos modos, solo me ayuda durante unas horas. Me han operado tres veces. Cada operación es más larga y angustiosa que la anterior, y después de cada una el dolor es más fuerte. Siento encontrarme en este estado. Te pido disculpas.

Cerca de su cabeza, sobre la cama, había un aparato ortopédico para la espalda que se había quitado a fin de tenderse. Consistía en un armazón de plástico blanco que se encajaba en la parte inferior de la columna y estaba fijado a una red de tela elástica y cintas de Velero que ceñían sobre el abdomen una pieza de lona revestida de fieltro. Aunque la mujer seguía llevando la bata blanca que usaba para pintar, se había quitado el aparato ortopédico y había tratado de esconderlo bajo la almohada cuando él abrió la puerta y entró, y por ello estaba junto a su cabeza y era imposible no tenerlo continuamente presente mientras hablaban. No era más que un aparato ortopédico para la espalda, que llevaba bajo la ropa y cuya sección posterior de plástico no mediría más de veinte centímetros de alto, pero aun así le hablaba de la perpetua cercanía de la enfermedad y la muerte en su complejo residencial para jubilados con posibles.

– ¿Quieres un vaso de agua? -le preguntó.

Al mirarla a los ojos vio lo mucho que le costaba soportar el dolor.

– Sí -respondió débilmente-, sí, por favor.

Su marido, Gerald Kramer, había sido el propietario, editor y director de un semanario del condado, el principal periódico de la localidad, que no se abstenía de exponer la corrupción en el gobierno municipal a lo largo de la costa. El recordaba a Kramer, un hombre que creció en los barrios bajos de la cercana Neptune, recio, calvo, testarudo, que se pavoneaba de un modo notable al caminar, jugaba al tenis con un estilo agresivo y desgarbado, poseía una avioneta Cessna y dirigía un grupo de debate sobre temas de actualidad que se reunía una vez a la semana, el acontecimiento nocturno más popular en el calendario de Starfish Beach junto con los pases de viejas películas patrocinados por la sociedad fílmica, hasta que fue abatido por un cáncer cerebral y se le vio por las calles en una silla de ruedas que empujaba su esposa. Incluso en su jubilación había tenido el aire de una persona omnipotente que había dedicado toda su vida a una misión importante, pero durante aquellos once meses antes de su fallecimiento pareció lleno de perplejidad, aturdido por su minusvalía, por su impotencia, por pensar que el moribundo debilitado que iba en silla de ruedas -un hombre que ya no era capaz de golpear con fuerza una pelota de tenis, navegar, volar en avioneta y no digamos ya revisar una página del Monmotuh County Bugle era alguien que respondía a su nombre. Una de sus llamativas excentricidades, que llevaba a cabo sin ninguna razón en especial, era ponerse el esmoquin de vez en cuando para ir a cenar con su esposa de cincuenta y tantos años escalopines de ternera en el restaurante del complejo residencial. «Si no me lo pongo para ir ahí, ¿cuándo diablos me lo voy a poner?», era la brusca y simpática respuesta que daba a cuantos le preguntaban; en ocasiones podía atraer a la gente con un inesperado encanto. Sin embargo, después de la operación su esposa tenía que sentarse a su lado, esperar a que abriera la torcida boca y dar con cuidado las cucharadas de alimento al arrogante marido, aquel tosco dandi. Mucha gente conocía a Kramer y le admiraba, y al encontrarle en la calle querían saludarle e interesarse por su salud, pero a menudo, cuando estaba sumido en el desánimo, el virulento desánimo de quien en otro tiempo se encontró agresivamente en medio de todo y ahora está en medio de nada, su esposa tenía que sacudir la cabeza y advertirles que era mejor que lo dejaran. Él mismo ahora no era nada, nada más que una nulidad inmóvil que aguardaba con rabia la bendita desaparición absoluta.

– Puedes seguir aquí acostada si lo deseas -le dijo a Millicent Kramer, después de que esta hubiera tomado un sorbo de agua.

– ¡No puedo estar siempre acostada! -exclamó ella-, ¡Ya no puedo seguir haciendo eso! Era tan ágil, era tan activa… si estabas casada con Gerald, tenías que serla íbamos a todas partes. Me sentía tan libre… Fuimos a China, recorrimos toda África. Ahora ni siquiera puedo tomar el autobús para ir a Nueva York si no estoy atiborrada de calmantes. Y los calmantes no me sientan bien, me vuelven completamente loca. Y para cuando llego allí el dolor vuelve a atacar. Oh, siento todo esto, lo siento muchísimo. Aquí cada uno tiene sus propias experiencias terribles. Mi caso no es nada fuera de lo corriente, y siento preocuparte con estas cosas. Sin duda tienes tus propios problemas.

– ¿Serviría de algo uno de esos parches que producen calor? -le preguntó él.

– ¿Sabes qué es lo que serviría? El sonido de esa voz que ha desaparecido. La voz del hombre excepcional al que amaba. Creo que podría soportar todo esto si él estuviera aquí. Pero sin él no puedo. Nunca lo vi ceder a la debilidad en toda su vida… y entonces llegó el cáncer y lo machacó. Yo no soy Gerald. El reuniría sus fuerzas y lo haría… reuniría todo lo que llevaba dentro y haría lo que fuese preciso hacer. Pero yo no puedo. No puedo seguir soportando el dolor. Es un dolor que lo invalida todo. A veces creo que no puedo seguir viviendo así una hora más. Me digo a mí misma que debo hacerle caso omiso. Me digo que no importa. Me digo: «Haz como si no existiera. Es un espectro. Es un fastidio, nada más que eso. No le concedas poder. No cooperes con él. No muerdas el anzuelo. No reacciones. Atraviésalo a la fuerza, a toda velocidad. O es él quien tiene la sartén por el mango o eres tú… ¡la elección depende de ti!». Me repito esto un millón de veces al día, como si fuese Gerald quien hablara, y entonces, de repente, el dolor es tan terrible que he de tumbarme en el suelo, en medio del supermercado, y todas las palabras carecen de sentido. Oh, lo siento, de veras, detesto las lágrimas.

– Eso nos ocurre a todos, pero lloramos de todos modos -replicó él.

– Esta clase ha significado mucho para mí -dijo Millicent- Me paso la semana esperando que llegue. Me siento como una colegiala -le confesó, y él reparó en que le miraba con una confianza infantil, como si realmente fuese una niña pequeña a la que arropan para dormir, y él, como Gerald, pudiera arreglarlo todo.

– ¿No te has traído la medicina? -inquirió él.

– Ya me he tomado una píldora esta mañana.

– Pues tómate otra.

– He de tener mucho cuidado con esas píldoras.

– Lo comprendo, pero será mejor que ahora te tomes otra. Una más no puede hacerte mucho daño, y te ayudará a pasar lo peor. Podrás volver al caballete.

– Tarda una hora en hacer efecto. La clase habrá terminado.

– Puedes quedarte y seguir pintando después de que los demás se hayan ido. ¿Dónde está la medicina?

– En el bolso. En el estudio. Al lado del caballete. El viejo bolso marrón con la correa desgastada.

Se lo llevó con el resto del agua que quedaba en el vaso; ella se tomó la píldora, un narcótico cuyo efecto duraba tres o cuatro horas, una pastilla grande de forma romboidal que le hizo relajarse, al prever el alivio, en cuanto la engulló. Por primera vez desde que iniciara las clases, él pudo ver de manera inequívoca lo atractiva que debió de haber sido antes de que la degeneración de una columna envejecida rigiera su vida.

– Quédate aquí acostada hasta que empiece a hacer efecto -le dijo-. Luego vuelve a la clase.

– Discúlpame por todo esto -le dijo Millicent cuando él se disponía a salir-. Es que el dolor hace que una se sienta muy sola. -Entonces su fortaleza volvió a abandonarla y empezó a sollozar con las manos en la cara-. Es tan vergonzoso…

– No tiene nada de vergonzoso.

– Sí, sí que lo tiene -insistió ella, llorosa-. No poder cuidar de ti misma, la patética necesidad de que te consuelen…

– Dadas las circunstancias, nada de eso es vergonzoso ni muchísimo menos.

– Te equivocas. No puedes ni imaginarte. La dependencia, la impotencia, el aislamiento, el temor… todo es tan atroz y vergonzoso. El dolor hace que sientas miedo de ti misma. La completa otredad de todo ello es algo espantoso.

El pensó que le avergonzaba aquello en lo que se había convertido, que se sentía humillada hasta tal punto que ni ella misma se reconocía. Pero ¿a quién de ellos no le sucedía lo mismo? A todos les avergonzaba aquello en lo que se habían convertido. ¿No le ocurría a él? Los cambios físicos, la disminución de la virilidad, los errores que habían contraído su cuerpo y los golpes -los que él mismo se había infligido y los que no- que le habían deformado. Lo que confería una horrible grandeza al proceso de reducción que había sufrido Millicent Kramer (y que, en comparación, hacía que la crudeza del suyo propio fuese minúscula) era, por supuesto, el dolor insoportable. Pensó que probablemente ni siquiera miraba ya esas fotografías de los nietos que los abuelos tienen por toda la casa. Ya no había para ella nada más que el dolor.

– Chsss -le dijo él-, chsss, tranquilízate. -Y regresó un momento a la cama para tomarle la mano antes de volver a la clase-. Espera a que el calmante haga efecto y ve cuando estés en condiciones de pintar.

Diez días después se suicidó con una sobredosis de calmantes.

Al final del primer curso de tres meses, casi todos los alumnos quisieron inscribirse en el segundo, pero él les anunció que un cambio de planes le imposibilitaría seguir impartiendo clases hasta el próximo otoño.

Cuando huyó de Nueva York, eligió la costa como su nuevo hogar porque siempre le había encantado bañarse en el mar y luchar contra las olas, y porque estaba felizmente asociado a aquel sector de la costa de Jersey debido a su infancia, y porque, aunque Nancy no estuviera con él, tan solo se encontraba a una hora de distancia, y porque vivir en un entorno relajante y confortable sin duda sería beneficioso para su salud. Aparte de su hija, no había ninguna mujer en su vida. Ella nunca dejaba de llamarle antes de salir por la mañana hacia el trabajo, pero, por lo demás, el teléfono casi nunca sonaba. Ya no buscaba el afecto de los hijos habidos de su primer matrimonio; tanto ellos como su madre sostenían que nunca había hecho lo correcto, y ofrecer resistencia a la constante reiteración de esas acusaciones y a la versión que daban sus hijos de la historia familiar requeriría un grado de combatividad que había desaparecido de su arsenal. La combatividad había sido sustituida por una enorme tristeza. Si, en la soledad de sus largas noches, cedía a la tentación de llamar a uno u otro de ellos, luego siempre se sentía entristecido, entristecido y derrotado.

Randy y Lonny eran los que le hacían sentirse más culpable, pero no podía seguir dándoles explicaciones acerca de su comportamiento. Lo había intentado a menudo cuando eran jóvenes, pero entonces eran demasiado jóvenes y estaban demasiado furiosos para comprender, y ahora eran demasiado mayores y estaban demasiado furiosos para comprender. ¿Y qué era lo que debían comprender? A él le resultaba inexplicable la emoción con que seguían insistiendo gravemente en condenarlo. Él actuó de la manera en que lo hizo del mismo modo que ellos actuaban de la manera en que lo hacían. ¿Era acaso más perdonable su firme postura de negar el perdón? ¿O a todos los efectos menos dañina? El era uno más entre los millones de norteamericanos cuyo divorcio había destrozado una familia. Pero ¿había pegado a su madre? ¿Los había maltratado a ellos? ¿Había dejado de mantener a su madre o a ellos? ¿Alguno de ellos había tenido que rogarle alguna vez que le prestara dinero? ¿Había mostrado excesiva severidad en alguna ocasión? ¿No había hecho todos los intentos posibles de acercamiento? ¿Qué era lo que podría haber evitado? ¿Qué podría haber hecho de un modo diferente para que todo fuera más aceptable por parte de ellos, salvo lo único que no podía hacer, que era seguir casado y vivir con su madre? O lo comprendían o no, y tristemente para él (y para ellos), no lo comprendían. Tampoco podrían entender jamás que él había perdido la misma familia que ellos. Y sin duda había cosas que él seguía sin comprender. Y eso no era menos triste. Nadie podría decir que no le embargaran la suficiente tristeza ni el remordimiento para incitar la fuga de preguntas con las que trataba de defender la historia de su vida.

No les dijo nada de su serie de hospitalizaciones por temor a que pudiera inspirarles demasiada satisfacción vengativa. Estaba seguro de que cuando muriese se alegrarían, y todo debido a aquellos recuerdos más tempranos que jamás habían superado de cuando abandonó a su primera familia para formar la segunda. Que finalmente hubiera traicionado a su segunda familia por una belleza veintiséis años menor que él y que, según Randy y Lonny, cualquiera que no fuese su padre podría haber visto a la legua que era una «chiflada» (una modelo, nada menos, «una modelo descerebrada» a la que conoció cuando su agencia la contrató para un trabajo que llevó a todo el equipo, incluidos ellos dos, al Caribe unos pocos días), solo había reforzado la opinión que tenían de él como un aventurero sexual solapado, irresponsable y frívolamente inmaduro. Como padre, era un impostor. Como marido, incluso para la incomparable Phoebe, por quien se había desembarazado de su madre, era un impostor. Como lo que fuese, excepto un buscacoños, era un fraude de cabo a rabo. Y que en la vejez se convirtiera en un «artista», eso era para sus hijos el mayor de los dislates. En cuanto comenzó a pintar en serio todos los días, Randy acuñó para su padre el mote desdeñoso y burlón de «el alegre remendón».

El no respondió con la pretensión de tener rectitud moral o un juicio perfecto. Su tercer matrimonio se había basado en el deseo ilimitado por una mujer hacia la que solo le atraía un deseo que jamás perdió su capacidad de cegarle y que, a los cincuenta años, le llevó a jugar el juego de un hombre joven. No se había acostado con Phoebe durante los seis años anteriores, pero no podía ofrecer a sus hijos esta circunstancia íntima de su vida como una explicación de su segundo divorcio. No creía que su historial como marido de Phoebe durante quince años, como padre de Nancy que vivió con ella durante trece anos, como hermano de Howie e hijo de sus padres desde que nació, requiriese tal explicación. No creía que su historial como publicitario durante más de veinte años requiriese tal explicación. ¡No creía que su historial como padre de Lonny y Randy requiriese tal explicación!

Sin embargo, la descripción que hacían sus hijos de cómo se había comportado a lo largo de su vida no era ni siquiera una caricatura sino, a su modo de ver, un retrato de lo que no era, una descripción con la que insistían en minimizar cuanto tenía de bueno y válido y que él consideraba evidente a los ojos de casi todos los demás. Minimizaban su decencia, y luego magnificaban sus defectos, por una razón que seguramente no podía acarrear demasiada fuerza a aquellas alturas. Ya eran cuarentones, pero con respecto a su padre seguían siendo los niños que eran cuando él abandonó a su madre, unos hijos que por su naturaleza no podían comprender que la conducta humana pudiera tener más de una explicación, unos niños, sin embargo, con el aspecto y la agresividad de hombres, y contra cuya labor de zapa él nunca podía mantener una sólida defensa. Habían elegido hacer sufrir al padre ausente, así que él sufría, invistiéndoles con ese poder. Padecer por haber obrado mal era todo lo que jamás podría hacer por complacerles, pagar su factura, tolerar como el mejor de los padres su exasperante oposición.

¡Cabrones perversos! ¡Mamones enfurruñados! ¡Capullos que solo sabéis condenar!, exclamaba para sus adentros. ¿Habría cambiado todo si él hubiera sido de otra manera y actuado de diferente modo?, se preguntaba. ¿Sería mi soledad menor de lo que es ahora? ¡Claro que lo sería! ¡Pero eso es lo que hice! Tengo setenta y un años. Este es el hombre que he forjado. ¡Eso es lo que hice para llegar aquí, y no hay nada más que decir!

Afortunadamente, en el transcurso de los años había tenido con regularidad noticias de su hermano. Al final de la cincuentena, y como la mayoría de los socios que habían llegado a esa edad excepto los tres o cuatro gerifaltes, Howie se había jubilado en Goldman Sachs; para entonces su fortuna rondaría fácilmente los cincuenta millones de dólares. No tardó en formar parte de numerosas juntas directivas, y finalmente fue nombrado presidente de Procter & Gamble, una empresa para la que había realizado arbitrajes en los comienzos de su carrera. Con más de setenta años, todavía vigoroso y con deseos de trabajar, se había convertido en asesor de una empresa bostoniana de compra de compañías, especializada en instituciones financieras, y viajaba en busca de posibles adquisiciones. Sin embargo, a pesar de las constantes responsabilidades de Howie y su escasez de tiempo, los dos hermanos intercambiaban llamadas telefónicas un par de veces al mes, llamadas que en ocasiones podían prolongarse hasta media hora, en las que uno de ellos entretenía risueñamente al otro con recuerdos de su infancia, de momentos hilarantes de su época escolar y del tiempo que pasaron en la joyería.

Ahora, sin embargo, cuando hablaba con Howie, una frialdad injustificada se apoderaba de él, y reaccionaba con el silencio a la jovialidad de su hermano. El motivo era ridículo. Odiaba a Howie a causa de su rubicunda y excelente salud. Odiaba a Howie porque nunca había estado hospitalizado, porque desconocía la enfermedad, porque el bisturí no había dejado cicatrices en ningún lugar de su cuerpo ni tampoco tenía seis stents alojados en las arterias junto con un sistema de alarma cardíaca inserto en la pared de su pecho llamado desfibrilador, una palabra que desconocía cuando se la oyó pronunciar por primera vez al cardiólogo y cuyo sonido era de lo más inocuo, como si tuviera que ver con el sistema de marchas de una bicicleta. Lo odiaba porque, aunque eran vástagos de los mismos padres y tenían un gran parecido, Howie había heredado la inexpugnabilidad física y él las debilidades coronaria y vascular. Era un odio ridículo, porque Howie no podía hacer nada más por su buena salud que disfrutar de ella. Era ridículo que odiara a Howie tan solo por haber nacido siendo quien era y no otra persona. Jamás había envidiado sus proezas atléticas o académicas, su destreza en el campo financiero ni su riqueza, jamás le había envidiado ni siquiera cuando pensaba en sus propios hijos y esposas y después en los de Howie, cuatro muchachos que seguían queriéndole en su edad adulta y una abnegada esposa con la que llevaba casado cincuenta años y que con toda evidencia era tan importante para Howie como este para ella. Se enorgullecía del hermano musculoso, artético, que raras veces obtenía en la escuela notas por debajo de sobresaliente, y al que había admirado desde la infancia. De pequeño él había sido un chico con talento artístico y cuya única aptitud física destacable era la natación, e idolatraba a su hermano, al que seguía a todas partes. Pero ahora lo aborrecía, le envidiaba, sentía unos virulentos celos de él y, en sus pensamientos, se alzaba enfurecido contra él porque la fuerza con que Howie afrontaba la vida no había sido obstaculizada en modo alguno. Aunque cuando hablaban por teléfono hacía lo posible por reprimir todo lo irracional e indefendible que sentía, a medida que transcurrían los meses sus conversaciones eran mas breves y menos frecuentes, y pronto llegarían a un punto en que apenas se hablaran.

No mantuvo durante largo tiempo el rencoroso deseo de que su hermano perdiera la salud; su envidia no podía llegar tan lejos, puesto que el hecho de que su hermano perdiera la salud no suponía que él fuese a recuperar la suya. Nada podía devolverle la salud ni la juventud, ni vigorizar su talento. Sin embargo, cuando le embargaba un estado de ánimo frenético, casi llegaba al extremo de creer que la buena salud de Howie era responsable de su delicada salud, aunque supiera que no era así, aunque no careciera de la comprensión tolerante que tiene una persona civilizada del enigma de la desigualdad y la desgracia. En la época en que el psicoanalista, con una facilidad sospechosa, le diagnosticó como un caso de envidia los síntomas de una apendicitis aguda, aún estaba muy influido por sus padres y le resultaban poco familiares los sentimientos que acompañan a la creencia de que sería más justo que las posesiones de otro te pertenecieran a ti. Pero ahora lo sabía; en su vejez había descubierto el estado emocional que priva al envidioso de su serenidad y, peor aún, de su realismo: odiaba a Howie por aquel don biológico que también debería haberle pertenecido a él.

De repente no podía soportar a su hermano del mismo modo primitivo e instintivo en que sus hijos no le soportaban a él.

Había esperado que a las clases de pintura asistiera una mujer por la que pudiese interesarse, y ese era en parte el motivo de impartirlas. Pero habría sido incapaz de emparejarse con alguna de las viudas de su edad, que no le atraían en absoluto, pese a que las vigorosas y saludables jóvenes a las que veía correr por el paseo marítimo entarimado cuando paseaba por la mañana, aún llenas de curvas, de cabello resplandeciente y, para él, aparentemente más bellas de lo que habían sido jamás sus homologas de otro tiempo, tenían el suficiente sentido común para no intercambiar con él más que una inocente sonrisa de profesionalidad. Seguir con la mirada su rápido avance era un placer, pero un placer difícil, y en el fondo la caricia mental dejaba un poso de tristeza que solo aumentaba su insoportable soledad. Era cierto que había decidido vivir solo, pero no de una manera insoportable. Lo peor de estar insoportablemente solo era que debías soportarlo, pues de lo contrario te hundías. Tenías que esforzarte por impedir que tu mente te saboteara con su ávida revisión del pasado pletórico.

Y la pintura había llegado a aburrirle. Durante muchos años había soñado con la ininterrumpida extensión de tiempo que le proporcionaría su retiro, como lo habían hecho los millares de directores de arte que también se habían ganado la vida trabajando en agencias de publicidad. Pero después de haber pintado casi a diario desde que se trasladó a la costa, había perdido el interés por lo que estaba haciendo. La apremiante exigencia de pintar había desaparecido, la empresa destinada a llenar el resto de su vida se había venido abajo. Ya no tenía más ideas. Cada pintura que hacía acababa pareciéndose a la anterior. Sus abstracciones pintadas con brillantes colores siempre habían ocupado un lugar prominente en la exposición de artistas locales de Starfish Beach, y las tres obras que aceptó una galería de la cercana población turística habían sido vendidas a sus mejores clientes. Pero de eso habían pasado casi dos años. Ahora no tenía nada que mostrar. Todo se había quedado en nada. Como pintor era y probablemente sería siempre «el alegre remendón», ese mote del que había llegado a enterarse que le había puesto el hijo satírico. Era como si pintar hubiera sido un exorcismo. Pero ¿qué malignidad había estado destinado a expulsar? ¿El más antiguo de sus autoengaños? ¿O acaso dedicarse a pintar había sido un intento de librarse del conocimiento de que naces para vivir y, en cambio, te mueres? De repente estaba perdido en nada, en el sonido de las dos sílabas «nada» tanto como en la nada, perdido y a la deriva, y el temor empezaba a embargarle. No hay nada sin riesgo, pensaba, nada, nada, no hay nada que no se malogre, ¡ni siquiera pintar unos estúpidos cuadros!

Cuando Nancy le preguntó por su obra, él le explicó que le habían hecho «una vasectomía estética irreversible».

– Ya encontrarás algo que te excite para seguir pintando -le dijo ella, aceptando el lenguaje hiperbólico con una risa absolutoria.

Había heredado la misma gentileza de su madre, la incapacidad de mantenerse al margen de la necesidad ajena, la ternura de sentimientos manifestada en los detalles de la vida cotidiana que él había infravalorado y rechazado de una manera tan desastrosa, rechazado sin tener idea de todo lo que iba a faltar en su vida a partir de entonces.

– No creo que lo encuentre -le dijo a su hija-. Hay una razón por la que nunca he sido pintor. Me he dado de bruces contra ella.

– La razón de que no fueras pintor es que tenías mujer e hijos -le dijo Nancy-. Tenías bocas que alimentar. Tenías responsabilidades.

– La razón de que no fuese pintor es que no soy pintor. Ni entonces ni ahora…

– Oh, papá…

– No, escúchame. Todo lo que he hecho han sido garabatos para matar el tiempo.

– Lo que ocurre es que ahora estás alterado. No te autoflageles… no se trata de eso. Sé que no es así. Tengo tus cuadros colgados por todo mi piso. Los miro todos los días, y te puedo asegurar que no estoy mirando garabatos. Viene la gente, los miran y me preguntan quién es el artista. Les prestan atención. Me preguntan si el pintor está vivo.

– ¿Y qué les dices?

– Ahora escúchame tú: no reaccionan a unos garabatos sino a una obra. Una obra que es hermosa. Y, naturalmente -añadió, y ahora con aquella risa que dejaba a su padre con una sensación de limpia frescura y, ya septuagenario, embobado de nuevo con su niñita-, les digo que estás vivo. Les digo que mi padre ha pintado esos cuadros, y me siento muy orgullosa de decirlo.

– Muy bien, cariño.

– En casa tengo una pequeña galería.

– Estupendo… eso me hace sentirme bien.

– Ahora estás frustrado. Es así de sencillo. Eres un pintor maravilloso. Sé de qué estoy hablando. Si hay alguna persona en este mundo capacitada para saber si eres o no un pintor maravilloso, esa soy yo.

Después de todo lo que él la había hecho sufrir al traicionar a Phoebe, ella aún quería alabarlo. Había sido así desde los diez años: una chica pura y sensata, sin más mácula que la de una generosidad sin límites, y que se ocultaba inocuamente de la desdicha obviando los defectos de aquellos que le eran queridos y amándolos por encima de todo. Hacía balas de perdón como si fuese heno. El daño se produjo de manera inevitable cuando se ocultó a sí misma más de la cuenta las carencias de aquel joven llorica, de aparatosa brillantez, del que se había enamorado y con quien se casó.

– Y no soy solo yo, papá. Son todos los que vienen a casa. El otro día entrevisté a varias canguros, porque Molly tiene que dejar el trabajo. Buscaba una nueva canguro, y acabé por contratar a una chica estupenda, Tanya… Es estudiante y quiere ganarse algún dinero extra, está en la Liga de Estudiantes de Arte, como estuviste tú. No podía apartar los ojos del cuadro que tengo en el comedor, encima del aparador, el amarillo… ¿Sabes a cuál me refiero?

– Sí.

– Pues no podía dejar de mirarlo. El amarillo y negro. Era impresionante. Le estaba haciendo preguntas y ella no hacía más que mirar por encima del aparador. Me preguntó cuándo lo pintaron y dónde lo había comprado. Hay algo muy convincente en tu obra.

– Eres muy amable conmigo, cariño.

– No, te soy sincera. Eso es todo.

– Gracias.

– Volverás a pintar. Volverás a hacerlo. La pintura aún no ha acabado contigo. Entretanto disfruta. Vives en un lugar tan bonito… Sé paciente, tómate tu tiempo. No se ha desvanecido nada. Disfruta del tiempo, de los paseos, de la playa y el mar. Nada se ha desvanecido y nada se ha alterado.

Era extraño… las palabras de su hija le procuraban un gran consuelo y, sin embargo, no le convenció en ningún momento de que supiera de qué estaba hablando. Pero se daba cuenta de que el deseo de recibir consuelo no era poca cosa, sobre todo cuando te lo proporciona una persona que, milagrosamente, sigue queriéndote.

– Ya no nado en el mar -le dijo.

– ¿Ah, no?

Solo era Nancy pero aun así se sentía humillado por la confesión.

– Ya no me siento seguro nadando entre las olas.

– Puedes nadar en la piscina, ¿no?

– Sí, claro.

– Pues entonces nada en la piscina.

Él le preguntó por los gemelos, pensando en que ojalá siguiera aún junto a Phoebe, ojalá Phoebe estuviera con él ahora, ojalá Nancy no tuviera que trabajar tanto y pudiera cuidar de él en ausencia de una esposa abnegada, ojalá no hubiera herido a Phoebe como lo hizo, ojalá no hubiera sido injusto con ella, ¡ojalá no le hubiera mentido! Ojalá ella no le hubiera dicho: «Jamás podré confiar en que vuelvas a serme fiel».

Aquello no comenzó hasta estar cerca de la cincuentena. Por todas partes había mujeres jóvenes: agentes de fotógrafos, secretarias, estilistas, modelos, ejecutivas de contabilidad. Mujeres a mansalva, y uno trabajaba, viajaba y comía con ellas, y lo sorprendente no era lo que sucedía (la adquisición de «otra» por parte de un marido) sino que tardara tanto tiempo en suceder, incluso después de que la pasión hubiera disminuido y desaparecido de su matrimonio. Empezó con una bonita muchacha de diecinueve años y cabello oscuro, a la que él había contratado como secretaria y que, cuando solo llevaba dos semanas en su puesto, estaba arrodillada en el suelo del despacho con el culo en pompa mientras él se la tiraba completamente vestido y solo con la bragueta abierta. No la había coaccionado para poseerla, aunque desde luego la había pillado por sorpresa; pero también para él, consciente de no tener ninguna peculiaridad de la que alardear y que se contentaba con regirse por las normas establecidas y comportarse más o menos como los demás, había sido una sorpresa. La penetración fue fácil porque ella estaba muy húmeda y, en aquellas temerarias circunstancias, ninguno de los dos tardó en experimentar un vigoroso orgasmo. Una mañana, poco después de que ella se levantara del suelo y volviera a su mesa en la antesala del despacho, y cuando él aún estaba en pie en medio de la estancia con el rostro enrojecido, y arreglándose la ropa, su jefe, Clarence, el supervisor del grupo de gestión y vicepresidente ejecutivo, abrió la puerta y entró en el despacho. «¿Dónde vive ella?», le preguntó Clarence. «No lo sé», respondió él. «Hacedlo en su apartamento», le dijo Clarence con severidad, y se marchó. Pero eran incapaces de poner fin a lo que estaban haciendo, en el lugar y a la manera en que lo hacían, aunque el suyo era uno de esos actos circenses de oficina que solo podían perjudicar a quienes los realizaban. Estaban demasiado cerca el uno del otro durante toda la jornada para poder parar. Ninguno de los dos podía pensar más que en aquello: ella arrodillada en el suelo del despacho, él alzándole la falda por encima de la espalda, asiéndola por el pelo y, tras bajarle las bragas, penetrarla con todo el vigor de que era capaz y sin tener en cuenta para nada la posibilidad de ser descubiertos.

Entonces llegó el rodaje del anuncio en la isla de Granada. Él estaba al frente de la producción y, junto con el fotógrafo al que había contratado, eligió a las modelos, diez en total para un anuncio de toallas cuyo escenario sería un pequeño estanque natural en la selva tropical, cada modelo vestida con una bata corta de verano y la cabeza enturbantada con una de las toallas, como si acabara de lavarse el pelo. Se habían hecho los arreglos, el anuncio había recibido el visto bueno y él estaba en el avión, apartado de los demás para leer un libro, dormir y volar tranquilamente hacia su destino.

Hicieron una escala en el Caribe, y él bajó del avión, entró en la sala de espera, miró a su alrededor, vio a las modelos y las saludó antes de que todos subieran a bordo de un avión más pequeño que los llevó en un corto trayecto a su destino, donde les recogieron varios coches y un vehículo parecido a un jeep de reducido tamaño, al que él decidió subir con una de las modelos en la que se había fijado cuando la contrató. Era la única modelo extranjera del grupo, una danesa llamada Merete y probablemente, a los veinticuatro años, la mayor de las diez; las demás eran chicas norteamericanas, de dieciocho y diecinueve años. Alguien conducía, Merete estaba en el centro y él a su lado. La noche era muy oscura. Iban muy apretados y él apoyaba el brazo en el respaldo del asiento de la joven. Poco después de que el vehículo se pusiera en marcha su pulgar ya estaba en la boca de Merete y, sin que él lo supiera, su matrimonio había empezado a verse atacado. El hombre joven que inició su andadura confiando en que nunca tendría que llevar dos vidas estaba a punto de clavarse a sí mismo un hachazo.

Cuando llegaron al hotel y él subió a su habitación, se pasó en vela la mayor parte de la noche pensando tan solo en Merete. Al día siguiente, cuando se encontraron, ella le dijo: «Te estuve esperando». Todo rápido e intenso… Se pasaron el día rodando en plena selva, junto al pequeño estanque natural, trabajando duramente toda la jornada, y cuando volvieron él descubrió que la agente del fotógrafo encargado de aquel trabajo había alquilado una casa en la playa solo para él; la agente había conseguido muchos encargos gracias a él y se lo agradecía de ese modo, así que él se marchó del hotel, Merete le acompañó y pasaron tres días juntos en la playa. A primera hora de la mañana, cuando él volvía de nadar, ella le esperaba en la terraza sin más prenda de vestir que la braguita del biquini. Empezaban allí mismo, mientras él estaba aún mojado tras su largo baño. Durante los dos primeros días sus dedos jugueteaban alrededor del culo de Merete mientras esta se movía encima de él, hasta que finalmente ella le miró y dijo: «Si te gusta tanto ese agujerito, ¿por qué no lo utilizas?».

Por supuesto, volvió a verla en Nueva York. Cada día que ella estaba libre, él iba a comer a su apartamento. Entonces un sábado él, Phoebe y Nancy paseaban por la Tercera avenida cuando él vio a Merete, que caminaba por la acera de enfrente con aquel paso ágil, erguido, como de sonámbula, cuya seguridad de fiera siempre le extasiaba, como si no se estuviera acercando al semáforo de la calle Setenta y dos cargada con una bolsa de comestibles, sino que atravesara serenamente el Serengueti, Merete Jespersen de Copenhague paciendo en la sabana entre un millar de antílopes africanos. En aquel entonces las modelos no tenían que estar delgadas como agujas, e incluso antes de que él la distinguiera por su manera de andar y viera la cascada de cabello dorado en su espalda, la identificó como su propio tesoro, la presa del cazador blanco, por el volumen de sus senos bajo la blusa y las armoniosas curvas del trasero cuyo agujerito había llegado a proporcionarles tanto placer. Al verla no mostró temor ni excitación, aunque se sintió muy mal y experimentó la necesidad de buscar un teléfono para llamarla a solas. Llamarla por teléfono fue lo único en lo que pudo pensar durante el resto de la tarde. Aquello no era tirarse a la secretaria en el suelo del despacho. Aquello era la pura supremacía de la corporalidad de Merete sobre su instinto de supervivencia, en sí mismo una fuerza con la que era necesario contar. Aquella era la aventura más desenfrenada de su vida, la única, como él empezaba vagamente a comprender, que podía aniquilarlo todo. Solo de pasada se le ocurrió pensar que, a los cincuenta años de edad, tal vez deliraba un tanto al creer que podría encontrar un agujero que sustituiría a todo lo demás.

Al cabo de unos meses voló a París para verla. Ella llevaba seis semanas trabajando en Europa, y aunque hablaban por teléfono a escondidas hasta tres veces al día, eso era insuficiente para satisfacer el anhelo de ambos. Una semana antes del sábado en que él y Phoebe debían ir a New Hampshire para recoger a Nancy en el campamento de verano y llevarla a casa, le dijo a Phoebe que aquel fin de semana tenía que viajar a París para una sesión fotográfica. Partiría el jueves por la noche y estaría de regreso el lunes por la mañana. Ezra Pollock, el ejecutivo de contabilidad, le acompañaría y una vez allí se reunirían con un equipo europeo. Sabía que Ez estaría con su familia hasta después del día del Trabajo, ilocalizable en una diminuta isla sin teléfonos, a varias millas mar adentro desde South Freeport, Maine, tan alejado de todo que se podía ver a las focas socializando en los salientes rocosos de la isla cercana. Le dio a Phoebe el nombre y el número de teléfono del hotel parisino, y se dedicó a considerar unas diez veces al día los riesgos de ser descubierto solo por pasar con Merete un largo fin de semana en la capital mundial de los amantes. Pero Phoebe siguió sin sospechar nada y pareció ilusionada ante la perspectiva de ir sola a buscar a Nancy. Estaba deseosa de tener a la chica en casa después de su ausencia durante todo el verano, de la misma manera que él se moría de ganas de ver a Merete al cabo de un mes y medio de separación, y así emprendió el vuelo la noche del jueves, con la mente concentrada en aquel agujerito y en lo que a ella le gustaba que hiciera con él. Sí, durante toda la travesía del Atlántico en el avión de Air France no hizo más que entregarse a esa ensoñación.

Lo que salió mal fue el tiempo. Fuertes vientos y borrascas barrieron Europa, y no despegó ningún avión ni el domingo ni el lunes. Los dos días fue al aeropuerto con Merete, que le había acompañado para aferrarse a él hasta el último momento, pero cuando estuvo claro que no habría ninguna salida desde el De Gaulle hasta el martes como mínimo, tomaron un taxi hasta la rué des Beaux Arts y el hotel de lujo en la Rive Gauche favorito de Merete, donde pudieron reservar de nuevo su habitación, la que tenía las paredes forradas de cristal ahumado. Durante cada recorrido nocturno en taxi por París, representaban la misma opereta impúdica, siempre como por casualidad y por primera vez: él dejaba caer la mano sobre su rodilla y ella abría las piernas lo justo para que pudiera deslizar la mano bajo el vestido de seda que parecía una combinación -nada más, en serio, que una pieza de lencería de lujo- e introducirle un dedo mientras ella movía la cabeza para mirar ociosamente por la ventanilla los escaparates iluminados, y, arrellanándose en el asiento, él fingía no estar fascinado por la manera en que ella seguía comportándose como si nadie la tocara aunque notaba que estaba empezando a correrse. Merete llevaba al límite todo lo erótico. (Poco antes, en una discreta joyería especializada en antigüedades, él le había adornado la garganta con una espectacular chuchería, un colgante de brillantes y granates ensartados en una cadena de oro. Como el avezado hijo de padre que era, pidió que le permitieran examinarlo con la lupa de joyero. «¿Qué estás buscando?», le preguntó Merete. «Defectos, rajaduras, el color… si no aparece nada bajo una magnificación de diez aumentos, puedes certificar que el brillante es impecable. ¿Lo ves? Las palabras de mi padre salen de mi boca cada vez que hablo de joyas.» «Pero no sobre nada más», dijo ella. «No de nada sobre ti. Esas palabras son mías.» Mientras compraban, mientras caminaban por la calle, mientras subían en un ascensor o tomaban café juntos en un local cercano al piso de ella, jamás podían dejar de seducirse mutuamente. «¿Cómo puedes hacerlo, cómo sabes sujetar eso…?» «La lupa.» «¿Cómo sabes sujetar la lupa en el ojo de esa manera?» «Me enseñó mi padre. Solo tienes que apretar la cuenca a su alrededor. Algo muy parecido a lo que haces tú.» «Bueno, ¿de qué color es?» «Azul. Un blanco azulado. Ese era el mejor en los viejos tiempos. Mi padre diría que sigue siéndolo. Mi padre diría: "Más allá de la belleza, la categoría y el valor, el brillante es imperecedero". Le encantaba saborear la palabra "imperecedero".» «¿Y a quién no?», replicó Merete. «¿Cómo se dice en danés?», le preguntó él. «“Uforgængelig” Es igual de maravillosa.» «¿Por qué no nos lo quedamos?», le dijo él a la vendedora, quien a su vez, hablando en perfecto inglés con un toque de francés, así como con una perfecta astucia, le dijo a la joven compañera del maduro caballero: «Mademoiselle es muy afortunada. Une femme choyée», y la joya costaba tanto como todas las existencias de la tienda de Elizabeth, si no más, en la época, allá por 1942, en que él llevaba los brillantes de compromiso de un cuarto o medio quilate, que valían cien dólares, al taller de un hombre que trabajaba en una banqueta, en un cubículo de la avenida Frelinghuysen, a fin de que los calibrara para los clientes en su padre.) Y ahora retiró el dedo humedecido con el limo de su entraña, se perfumó los labios con él y después lo metió entre los dientes de la joven para que lo acariciara con la lengua, recordándole su primer encuentro y lo que se habían atrevido a hacer cuando aún no se conocían, un publicitario norteamericano de cincuenta años y una modelo danesa de veinticuatro, cruzando una isla caribeña en la oscuridad, extasiados. Recordándole a ella que era de él y a él de ella. Un culto de dos.

En el hotel le esperaba un mensaje de Phoebe: «Ponte en contacto conmigo de inmediato. Tu madre está gravemente enferma».

Cuando telefoneó, supo que su madre de ochenta años había sufrido un ataque de apoplejía a las cinco de la madrugada del lunes, hora de Nueva York, y no esperaban que pudiera superarlo.

Él le explicó a Phoebe el problema causado por las condiciones meteorológicas, y ella le dijo que Howie ya viajaba hacia el este y que su padre velaba junto al lecho de su madre. Anotó el número de teléfono del hospital, y Phoebe le informó de que, en cuanto terminaran de hablar, iría a Jersey para estar con su padre en el hospital hasta que Howie llegara. Si aún no lo había hecho era porque había esperado su llamada.

– Esta mañana no he dado contigo por poco. El recepcionista me ha dicho: «Madame y monsieur acaban de salir hacia el aeropuerto».

– Sí -contestó-. He compartido un taxi con la agente del fotógrafo.

– No, has compartido un taxi con la danesa de veinticuatro años con la que tienes una aventura. Lo siento, pero ya no puedo mirar a otro lado. Lo hice con aquella secretaria, pero ahora la humillación ha llegado demasiado lejos. París -dijo con repugnancia-. La planificación. La premeditación. Los billetes y la agencia de viajes. Dime, ¿a cuál de los dos, con vuestra romántica cursilería, se le ha ocurrido elegir París para ese encuentro secreto? ¿Dónde habéis comido? ¿A qué encantadores restaurantes habéis ido?

– No sé de qué me estás hablando, Phoebe. Lo que dices no tiene ningún sentido. Tomaré el primer avión de regreso lo antes posible.

Su madre murió una hora antes de que él llegara al hospital de Elizabeth. Su padre y su hermano estaban sentados al lado del cuerpo que yacía bajo la ropa de cama. Nunca hasta entonces había visto a su madre en una cama de hospital, aunque ella sí le había visto a él más de una vez. Al igual que Howie, había gozado de una salud perfecta durante toda su vida. Era ella quien corría al hospital para consolar a otros.

– No hemos dicho al personal que ha muerto -le dijo Howie-, Hemos esperado. Queríamos que pudieras verla antes de que se la lleven.

Lo que veía era el contorno en altorrelieve de una anciana dormida. Lo que veía era una piedra, el gran peso de una losa pétrea y sepulcral que dice: La muerte es solo muerte… no es más que eso.

Abrazó a su padre, quien le dio unas palmaditas en la mano y le dijo:

– Es mejor así. No habrías querido que viviera tal como la dejó el ataque.

Cuando tomó la mano de su madre y se la llevó a los labios, comprendió que en cuestión de horas había perdido a las dos mujeres cuya abnegación había sido el sostén de su fortaleza.

Puso todo su empeño en mentir a Phoebe, pero no le sirvió de nada. Le dijo que había ido a París para romper la relación con Merete. No podía hacerlo si no se veían cara a cara, y era allí donde ella estaba trabajando.

– Pero en el hotel, mientras estabas rompiendo la relación, ¿no dormiste con ella en la misma cama?

– No dormimos. Estuvo toda la noche llorando.

– ¿Cuatro noches seguidas? Es demasiado llanto para una danesa de veinticuatro años. No creo que ni siquiera Hamlet llorase tanto.

– Fui a decirle que lo nuestro había terminado, Phoebe… y ha terminado.

– ¿Qué es lo que he hecho tan mal para que quieras humillarme así? -le preguntó Phoebe-. ¿Por qué tienes que estropearlo siempre todo? ¿Tan espantosa ha sido nuestra vida en común? Ya no debería asombrarme, pero no puedo evitarlo. Nunca he dudado de ti, pocas veces se me ha ocurrido cuestionar lo que me decías, y ahora no puedo creer una sola de tus palabras. No puedo confiar en que vuelvas a serme fiel. Sí, me heriste con la secretaria, pero mantuve la boca cerrada. Ni siquiera sabías que yo lo sabía, ¿no es así? Y bien… ¿lo sabías?

– No.

– Porque te ocultaba mis pensamientos, pero por desgracia no podía ocultármelos a mí misma. Y ahora me hieres con la danesa y me humillas con la mentira, pero esta vez no voy a ocultar mis pensamientos y mantener la boca cerrada. Aparece una mujer madura e inteligente, una compañera que entiende lo que es la reciprocidad. Te libra de Cecilia, te da una hija fenomenal, cambia toda tu vida, y tú no sabes qué hacer por ella excepto tirarte a la danesa. Cada vez que miraba el reloj imaginaba qué hora sería en París y lo que estarías haciendo. Eso se prolongó durante la semana entera. La base de todo es la confianza, ¿no es cierto? Dime, ¿no es así?

Solo tuvo que pronunciar el nombre de Cecilia para evocar al instante las diatribas vengativas que les soltaba a sus padres su primera esposa, la cual, quince años después, para su horror, resultaba no haber sido tan solo la Cecilia abandonada sino su Casandra: «¡Siento lástima por esa pequeña señorita Muffet de la canción de la araña que ocupa mi lugar… ¡de veras me da pena esa pequeña y repugnante zorra cuáquera!».

– Es posible sobrellevarlo todo -le estaba diciendo Phoebe-, aunque haya habido una violación de la confianza, si esta es reconocida. Entonces la pareja se relaciona de una manera diferente, pero pueden seguir juntos. En cambio, mentir… la mentira es una forma de control rastrera y despreciable sobre la otra persona. Es ver cómo actúa el otro basándose en una información incompleta… en otras palabras, humillándose. Mentir es algo muy corriente y, sin embargo, cuando eres tú quien recibe la mentira resulta algo increíble. Las personas a las que los embusteros traicionáis soportan una creciente lista de denigraciones hasta que, sin poder evitarlo, bajan puntos en vuestra estima, ¿no es cierto? Estoy segura de que los embusteros tan hábiles, persistentes y taimados como tú llegan a un punto en que es la persona a la que mentís y no vosotros quien tiene serias limitaciones. Probablemente ni siquiera crees que estás mintiendo, lo consideras un acto de amabilidad, para no herir los sentimientos de tu pobre pareja sin sexo. Probablemente crees que mentir es una virtud, un acto de generosidad hacia la bobalicona que te quiere. O tal vez sea solo eso: una puñetera mentira, una puñetera mentira tras otra. En fin, ¿para qué seguir?, todos estos episodios son bien conocidos -dijo-. El hombre pierde la pasión en el matrimonio y no puede vivir sin ella. La mujer es pragmática. La mujer es realista. Sí, la pasión ha desaparecido, ella es mayor y distinta a la que era, pero le basta con tener el afecto físico, tan solo estar con él en la cama, los dos abrazados. El afecto físico, la ternura, la camaradería, la intimidad… Pero él no puede aceptarlo, porque es un hombre incapaz de vivir sin la pasión. Pues bien, ahora vas a vivir sin eso, amigo mío, ahora te hartarás de vivir sin eso. ¡Vas a descubrir qué es vivir sin eso! Ah… aléjate de mí, por favor. No puedo soportar el papel a que me has reducido. ¡La patética esposa de mediana edad, amargada por el rechazo, consumida por unos celos que la corroen! ¡Demencial! ¡Repugnante! Te detesto por eso más que por cualquier otra cosa. Márchate, sal de esta casa. ¡No soporto verte con esa expresión de buen chico en tu cara de sátiro! ¡Nunca tendrás mi absolución, jamás! ¡No voy a permitir que sigas jugando conmigo! ¡Vete, por favor! ¡Déjame en paz!

– Phoebe…

– ¡No! ¡No te atrevas a pronunciar mi nombre!

Pero la verdad es que estos episodios son bien conocidos y no es necesario entrar en más detalles. Phoebe le echó de casa la noche siguiente al entierro de su madre, se divorciaron tras haber negociado un acuerdo financiero, y como él no sabía qué otra cosa hacer para encontrarle sentido a lo que había ocurrido o de qué otro modo parecer responsable (y rehabilitarse sobre todo a ojos de Nancy), al cabo de unos pocos meses se casó con Merete. Puesto que había roto con todo debido a aquella persona a la que doblaba la edad, parecía lógico seguir adelante y poner una vez más orden en su vida convirtiéndola en su tercera esposa: como hombre casado, nunca fue lo suficientemente inteligente para cometer adulterio o para enamorarse de una mujer que no estuviera libre.

No tardó mucho en descubrir que Merete era algo más que aquel agujerito, o tal vez algo menos. Descubrió su incapacidad de pensar detenidamente las cosas sin que todas sus incertidumbres se inmiscuyeran y tergiversaran sus reflexiones. Descubrió las verdaderas dimensiones de su vanidad y, aunque solo era veinteañera, su mórbido temor a envejecer. Descubrió sus problemas con el permiso de residencia y trabajo y su prolongado lío con Hacienda;, resultado de varios años sin presentar la declaración de la renta. Y cuando él tuvo que someterse a una intervención de urgencia por el problema de la arteria coronaria, descubrió el terror de la joven a la enfermedad y su inutilidad ante el peligro. En conjunto, se enteraba un poco tardíamente de que toda la audacia de Merete estaba englobada en su erotismo y de que llevar al límite todo lo erótico entre ellos era su única afinidad subyugadora. Había sustituido a la esposa más servicial que podía imaginar por una esposa que se desmoronaba a la menor presión. Pero en el período que siguió a la ruptura, casarse con ella le había parecido la manera más sencilla de disimular el delito.

Era espantoso pasar el tiempo sin pintar. Por la mañana daba un paseo de una hora, al atardecer dedicaba veinte minutos al ejercicio con pesas ligeras y media hora a hacer largos suaves en la piscina -la rutina cotidiana que le había recomendado su cardiólogo-, pero no había más, a eso se reducían los acontecimientos de su jornada. ¿Cuánto tiempo puedes pasar contemplando el océano, aunque sea el océano que amas desde tu infancia? ¿Durante cuánto tiempo podía mirar el subir y bajar de la marea sin recordar, como le sucedería a cualquiera que se sumiera en una ensoñación ante el mar, que la vida le había sido dada, como a todo el mundo, al azar, de una manera fortuita, pero una sola vez y sin ninguna razón conocida o conocible? Por las noches se ponía al volante y se iba a cenar pescado a la parrilla en la terraza trasera de la pescadería encaramada sobre el borde de la ensenada, donde los barcos se deslizaban hacia el mar abierto bajo el viejo puente levadizo, y en ocasiones se detenía primero en el pueblo donde de niño pasaba las vacaciones estivales con su familia. Bajaba del coche en el camino que conducía a la playa, iba hasta el paseo entarimado y se sentaba en uno de los bancos ante el mar, el formidable mar que había cambiado continuamente sin cambiar jamás desde que él era un flaco chiquillo que desafiaba al oleaje. Era el mismo banco donde sus padres y abuelos solían sentarse al anochecer para tomar el fresco y contemplar el desfile de vecinos y amigos por el paseo, y aquella era la misma playa donde su familia había comido y tomado el sol, a la que él, Howie y sus amigos habían ido a nadar, aunque ahora tal vez fuera el doble de ancha debido a un proyecto del ejército que recientemente había ganado terreno al mar. Sin embargo, por ancha que fuese, seguía siendo su playa y estando en el centro de los círculos en los que giraba su mente cuando recordaba lo mejor de la infancia. Pero ¿cuánto tiempo puede pasar un hombre recordando lo mejor de la infancia? ¿Y disfrutando lo mejor de la vejez? ¿O quizá lo mejor de la vejez fuera solo eso, el anhelo de lo mejor de la infancia, del brote tubular que era entonces su cuerpo y que surcaba las olas allá a lo lejos, donde empezaban a formarse, las cabalgaba con los brazos extendidos y las palmas unidas, como una punta de flecha, y el delgado resto de su cuerpo le seguía como el astil, y se dejaba llevar hasta que rompían, hasta que su caja torácica rozaba los pequeños y aguzados guijarros, las conchas melladas o pulverizadas en la orilla, y entonces se levantaba, volvía a dar media vuelta y se adentraba tambaleándose en el agua hasta que le llegaba a las rodillas y era lo bastante profunda para zambullirse y nadar como un loco hacia las olas que se erguían, hacia el verde Atlántico que avanzaba inexorablemente a su encuentro como la realidad obstinada del futuro, y, si tenía suerte, llegaba a tiempo de atrapar la siguiente gran ola y la siguiente y las posteriores, hasta que la luz del sol poniente que brillaba en el agua le indicaba que era hora de marcharse. Corría a casa descalzo y mojado y salado, recordando el poderío del inmenso mar que bullía en sus oídos y lamiéndose el antebrazo para saborear la piel recién bañada por el océano y horneada por el sol. Junto con el éxtasis de todo un día retozando en el mar, el sabor y el olor le embriagaban tanto que poco le faltaba para clavarse los dientes, arrancar un pedazo de sí mismo y saborear su existencia carnal.

Apoyándose en los talones, cruzaba con la mayor rapidez posible las aceras de hormigón todavía caldeadas por el sol, y, cuando llegaba a la casa de huéspedes, la rodeaba para ir a la ducha al aire libre que había en la parte trasera, con húmedos tabiques de contrachapado, donde la arena mojada se desprendía de su bañador cuando se lo quitaba y lo ponía bajo el agua fría que caía sobre su cabeza. La fuerza uniforme del oleaje, la tortura de las aceras calientes, el impacto del agua helada de la ducha, la satisfacción de tener unos músculos nuevos y prietos, los miembros esbeltos y la piel bronceada, sin más marca que la cicatriz pálida dejada por la operación de hernia oculta allá abajo junto a la ingle… no había nada en aquellos días de agosto, después de que los submarinos alemanes hubieran sido destruidos y no hubiese más marineros ahogados de los que preocuparse, nada que no estuviera prodigiosamente claro. Y tampoco había nada en su perfección física que le diera motivo alguno para no darla por sentada.

Cuando volvía a casa después de cenar trataba de ponerse cómodo y leer. Una estantería que ocupaba toda una pared del estudio contenía libros de arte de gran tamaño; los había ido reuniendo y estudiando durante toda su vida, pero ahora no podía sentarse en su sillón de lectura y pasar las páginas de uno solo de ellos sin sentirse ridículo. La falsa ilusión, como lo consideraba ahora, había perdido su poder sobre él, y por ello los libros solo magnificaban la sensación de que era un aficionado irremisiblemente patético y la vacuidad de la empresa a la que había consagrado su jubilación.

El intento de pasar algo más de tiempo en compañía de los residentes de Starfish Beach también era insoportable. Al contrario que él, muchos no solo eran capaces de sostener conversaciones enteras que giraban en torno a sus nietos, sino de encontrar razón suficiente para vivir a través de las vidas de sus nietos. A veces, cuando se veía obligado a estar con ellos, le parecía experimentar la forma más pura de la soledad. Ni siquiera los residentes del complejo residencial más sensatos y de conversación inteligente eran lo bastante interesantes para reunirse con ellos más que de vez en cuando. La mayoría de los residentes ancianos llevaban décadas casados y lo que quedaba de su felicidad conyugal era para ellos tan importante que raras veces conseguía comer con el marido sin que este llevara a su esposa. Aunque en ocasiones, cuando anochecía o los domingos por la tarde, miraba a aquellas parejas con nostalgia, era en el resto de las horas y días de la semana en lo que debía pensar y la vida que llevaban no estaba hecha para él cuando se hallaba en la cima de su melancolía. Entonces veía claro, en primer lugar, que nunca debería haberse trasladado a semejante comunidad. Se había mudado precisamente cuando lo que más exigía su edad era sentirse arraigado, como lo había estado durante los años en que dirigió el departamento creativo de la agencia. Siempre le había vigorizado la estabilidad, nunca el estancamiento. Y aquello era estancamiento. Ahora carecía por completo de desahogos, bajo el epígrafe de consuelo había aridez, y no había manera de volver a lo que fue. Le embargaba una sensación de otredad… «otredad», una palabra de su lenguaje personal para describir un estado de ser que casi le era extraño hasta que su alumna de pintura Millicent Kramer la utilizó estremecedoramente para lamentarse de su estado. Ya nada despertaba su curiosidad ni respondía a sus necesidades, ni la pintura ni su familia ni sus vecinos, nada excepto las mujeres jóvenes que por la mañana hacían footing y pasaban por su lado en el paseo entarimado. Dios mío, pensaba, ¡el hombre que fui! ¡La vida que me rodeaba! ¡La fuerza que tenía! ¡Sin la menor sensación de «otredad»! Hubo un tiempo en que fui un ser humano completo.

Había una chica en concreto a la que nunca dejaba de saludar agitando la mano cuando ella pasaba corriendo por su lado, y una mañana decidió salir a su encuentro. Ella siempre le devolvía el saludo y le sonreía, y él contemplaba entristecido su figura que se alejaba. En aquella ocasión la abordó.

– Señorita, señorita -la llamó-, quiero hablar con usted.

Y, en vez de sacudir la cabeza y pasar sin detenerse diciéndole «Ahora no puedo», como él había imaginado que haría, ella se dio la vuelta, corrió hacia el lugar donde él aguardaba, junto a la escalera de tablones de madera que daba acceso a la playa y permaneció a solo dos palmos de él con las manos en jarras, húmeda de sudor, una pequeña criatura perfectamente formada. Hasta que estuvo del todo relajada, piafó en las tablas del suelo con una zapatilla deportiva como lo haría una potrilla, mientras miraba a aquel desconocido con gafas de sol que medía metro noventa y tenía una espesa y ondulante cabellera gris. Resultó que casualmente ella había trabajado durante siete años en una agencia publicitaria de Filadelfia, vivía allí, en la costa, y estaba disfrutando de dos semanas de vacaciones. Cuando él le dijo el nombre de la agencia de Nueva York para la que había trabajado casi toda una vida, se mostró impresionadísima; el hombre que le había dado el empleo era toda una leyenda en el sector, y durante los diez minutos siguientes mantuvieron la clase de conversación sobre publicidad que a él nunca le había interesado. Ella debía de estar cercana a la treintena y, sin embargo, con el cabello castaño rojizo largo y ensortijado recogido detrás de la cabeza, los pantaloncitos cortos y el top, tan menuda como era, podría haber pasado por una niña de catorce años. El trató repetidas veces de impedir que su mirada se posara en la protuberancia de sus senos que subían y bajaban al respirar. Aquel era un tormento que debía alejar. La idea era una afrenta al sentido común y una amenaza a su cordura. Su excitación era desproporcionada en relación con cualquier cosa que hubiera sucedido o que pudiera suceder. No solo tenía que ocultar su apetito sino que, a fin de no enloquecer, debía aniquilarlo. Pero siguió adelante con tenacidad, tal como había planeado, creyendo a medias todavía en la posibilidad de que existiera una combinación de palabras que de alguna manera le salvara de la derrota.

– Me he fijado en ti mientras corrías -le dijo a la chica,

Ella le sorprendió con su respuesta.

– Yo también me he fijado en que se fijaba en mí.

– ¿Eres muy atrevida? -se oyó a sí mismo preguntarle.

Pero tenía la sensación de que ahora el encuentro estaba fuera de su control y que todo iba demasiado rápido, sintiéndose, como si tal cosa fuera posible, incluso más temerario que cuando en París puso aquel collar que costaba una pequeña fortuna alrededor del cuello de Merete. Phoebe, la abnegada esposa, y Nancy, la preciada hija, estaban en casa, en Nueva York, aguardando su regreso (él había hablado con Nancy el día anterior, cuando apenas hacía dos horas que había regresado del campamento de verano), y aun así él le dijo a la dependienta: «Nos lo llevamos. No hace falta que lo envuelva. A ver, Merete, déjame que te lo ponga. Eché los dientes manejando estos cierres. Se llama cierre de caja tubular. En los años treinta era el más seguro que había para un collar de este estilo. Vamos, muéstrame tu garganta».

– ¿En qué está pensado? -le preguntó con audacia la corredora, con tanta audacia que él se sintió en desventaja y no se le ocurrió una respuesta inmediata.

La muchacha tenía el vientre bronceado, sus brazos eran delgados, las prominentes nalgas redondas y firmes, las esbeltas piernas estaban dotadas de fuerte musculatura y los senos eran notables en una mujer que no medía mucho más de metro y medio. Tenía las seductoras curvas de las chicas Varga que aparecían en las ilustraciones de revista de los años cuarenta, pero una chica Varga en miniatura, infantil, motivo por el que él había empezado a saludarla en primer lugar.

El le había preguntado: «¿Eres muy atrevida?» y ella le había respondido: «¿En qué está pensando?». ¿Y ahora qué? Se quitó las gafas de sol para que ella pudiera verle los ojos cuando la mirase. ¿Comprendía la joven lo que implicaba responderle de esa manera? ¿O acaso lo había dicho solo por decir algo, solo para dar la impresión de seguridad en sí misma a pesar de estar asustada y con la sensación de perder pie? Treinta años atrás no habría dudado del resultado de abordarla, joven como ella era, y no se habría planteado la posibilidad de un rechazo humillante. Pero había perdido el placer de la confianza, y con él la absorbente picardía del intercambio. Se esforzaba por ocultar su inquietud, las ganas de tocarla, el anhelo de un solo cuerpo más como aquel, y la futilidad de todo ello y su insignificancia, y al parecer lo consiguió, pues cuando sacó de su cartera un trozo de papel y anotó su número de teléfono, ella no hizo una mueca y echó a correr riéndose de él, sino que lo tomó con una simpática y gatuna sonrisa a la que fácilmente podría haber acompañado un ronroneo.

– Ya sabes dónde estoy -le dijo a la chica, y tuvo la sensación de que, increíblemente, se le endurecía el miembro, con una rapidez mágica, como si tuviera quince años.

Y tuvo también esa aguda sensación de individualización, de sublime singularidad, que acompaña a un nuevo encuentro sexual o una aventura amorosa y que es lo contrario de la entorpecedora despersonalización de la enfermedad grave. Ella le miró a la cara con sus dos grandes y alegres ojos azules.

– Hay algo en usted fuera de lo corriente -le dijo pensativa.

– Sí, es cierto -replicó él, y se rió-. Nací en mil novecientos treinta y tres.

– Me parece que está en muy buena forma -comentó ella.

– Y tú me lo pareces a mí. Ya sabes dónde encontrarme.

Con un gesto encantador, ella agitó el trozo de papel en el aire, como si fuese una campanilla, y él se sintió encantado al ver que se lo guardaba en el interior del húmedo top antes de seguir corriendo por el paseo entarimado.

Ella no le llamó. Y él no volvió a encontrada en sus paseos. La joven debía de haber decidido practicar footing en otra sección del paseo entarimado, frustrando así su anhelo de la última gran erupción de todo.

Poco después de la disparatada locura con la infantil chica Varga de pantaloncitos cortos y top, decidió vender el apartamento y regresar a Nueva York. Consideraba como un fracaso su abandono de la costa, un fracaso casi tan doloroso como el que había experimentado como pintor en los seis últimos meses. Incluso antes del 11 de septiembre había pensado en la posibilidad de un retiro como el que luego llevó durante tres años; el desastre de ese día pareció acelerar su oportunidad de realizar un gran cambio, cuando lo cierto era que señalaba el comienzo de su vulnerabilidad y el origen de su exilio. Pero ahora vendería el apartamento y trataría de encontrar uno en Nueva York cerca del de Nancy en el Upper West Side. Como su valor casi se había duplicado durante aquel breve período, podría conseguir dinero suficiente para comprar una vivienda en la zona de Columbia lo bastante grande para vivir todos juntos bajo el mismo techo. El correría con los gastos de la casa y ella podría cubrir sus propios gastos con la pensión que recibía para la manutención de sus hijos. Nancy podría volver a trabajar tres días a la semana y pasar los otros cuatro días íntegros con los niños, como había deseado hacer -pero no se había podido permitir- desde que regresó a su puesto tras el permiso por maternidad. Nancy, los gemelos y él. Merecía la pena proponerle ese plan a su hija. A ella le iría bien su ayuda, y él ansiaba la compañía de un ser querido al que pudiera dar y del que pudiera recibir, ¿y quién mejor en el mundo entero que Nancy?

Se concedió a sí mismo un par de semanas para determinar hasta qué punto el plan era factible y calibrar lo desesperado que podría parecer al plantearlo. Finalmente, tras decidir que por el momento no le propondría nada a Nancy, sino que iría a pasar un día en Nueva York para empezar a investigar por su cuenta la posibilidad de encontrar un apartamento asequible que pudiera albergar cómodamente a los cuatro, empezó a llegar por teléfono el aluvión de malas noticias, primero sobre Phoebe y al día siguiente sobre tres de sus antiguos colegas.

Se enteró de la apoplejía de Phoebe cuando sonó el teléfono poco después de las seis y media de la mañana. Era Nancy, que llamaba desde el hospital. Phoebe la había telefoneado como una hora antes para decirle que algo le ocurría, y cuando Nancy la llevó a urgencias su habla era tan pastosa que apenas lograba hacerse entender y había perdido la movilidad del brazo derecho. Acababan de hacerle una resonancia magnética y en aquellos momentos descansaba en su habitación.

– Pero… ¿una apoplejía en una persona tan joven y sana como tu madre? ¿Ha tenido algo que ver con las migrañas? ¿Es posible que se trate de eso?

– Creen que se debe a la medicación que estaba tomando contra las migrañas -respondió Nancy-. Era el primer fármaco que la había aliviado. Sabía que la medicación tenía cierto riesgo de provocar una apoplejía. Eso lo sabía. Pero cuando vio que era útil, cuando se libró del dolor por primera vez en cincuenta años, decidió que merecía la pena arriesgarse. Vivió tres milagrosos años sin dolor. Para ella era la gloria.

– Hasta ahora -dijo él con tristeza-. Hasta esto. ¿Quieres que vaya?

– Te lo haré saber. Ya veremos cómo van las cosas. Creen que está fuera de peligro.

– ¿Se recuperará? ¿Podrá hablar?

– El médico dice que sí. Cree que se recuperará por completo.

– Estupendo -replicó él, pero se dijo: Ya veremos lo que piensa dentro de un año.

Sin que él se lo preguntase siquiera, Nancy le dijo:

– Cuando salga del hospital, vendrá a vivir conmigo. Matilda estará con ella durante el día y yo la cuidaré el resto del tiempo.

Matilda era la niñera, una mujer natural de Antigua que había empezado a cuidar de los niños cuando Nancy volvió al trabajo.

– Eso está bien -replicó él.

– Se recuperará del todo, pero la rehabilitación llevará mucho tiempo.

Aquel mismo día él tenía que haber ido a Nueva York a fin de iniciar la búsqueda de un piso para todos ellos. Sin embargo, tras consultarlo con Nancy, fue a la ciudad para visitar a Phoebe en el hospital y luego regresó a la costa, donde seguiría viviendo solo. Nancy, los gemelos y él… de entrada había sido una idea ridícula, y también injusta, una renuncia a la promesa que se había hecho a sí mismo cuando se trasladó a la costa, que era la de aislar a su hija demasiado sensible de los temores y la vulnerabilidad de un anciano. De todos modos, ahora que Phoebe estaba tan enferma, el cambio que había imaginado para ellos era imposible, y tomó la decisión de no volver a contemplar semejante plan para Nancy. No podía permitir que ella le viera tal como era.

En su cama de hospital, Phoebe parecía aturdida. Además de las dificultades del habla causadas por la apoplejía, su voz era apenas audible y tenía dificultades para tragar saliva. Tuvo que sentarse muy pegado a la cama para entender lo que decía. Sus cuerpos no habían estado tan próximos desde hacía más de dos décadas, desde que él se fuera a París, y estaba allí con Merete cuando su propia madre sufrió el ataque que la mató.

– La parálisis es aterradora -le dijo ella, mirándose el brazo inerte junto a su costado. Él asintió-. Lo miras, le dices que se mueva…

Él aguardó mientras las lágrimas se deslizaban por las mejillas de Phoebe, que trataba en vano de terminar la frase.

– Y no lo hace -concluyó por ella.

Entonces Phoebe asintió, y él recordó su enardecida erupción verbal cuando le recriminó que la hubiera traicionado. ¡Cómo deseaba que ahora pudiera quemarle con aquella lava! Algo, cualquier cosa, una acusación, una protesta, un poema, una campaña publicitaria para American Airlines, un anuncio de una página para el Reader's Digest… ¡lo que fuera con tal de que ella pudiese recobrar el habla! ¡La Phoebe juguetonamente elocuente, la franca y clara Phoebe… amordazada!

– Es peor que todo lo que puedas imaginar -se esforzó por decirle ella.

Su belleza, ya de por sí frágil, estaba muy deteriorada y, a pesar de ser alta, parecía encogida bajo las sábanas del hospital y ya camino de la descomposición. ¿Cómo era posible que el médico se hubiera atrevido a decirle a Nancy que lo sucedido a su madre no le dejaría secuelas permanentes? Se inclinó para tocarle el cabello, el suave y blanco cabello de Phoebe, esforzándose por contener las lágrimas mientras recordaba de nuevo… las migrañas, el nacimiento de Nancy, el día que conoció a Phoebe Lambert en la agencia, lozana, asustada, con una intrigante inocencia, una chica educada como era debido y, al contrario que Cecilia, sin la rémora de una atroz historia de caos en su infancia, llena de salud y cordura, afortunadamente sin ninguna tendencia a los arrebatos, y aun sin ser en absoluto sencilla: lo mejor y más natural que podían producir la cuáquera Pensilvania y la Universidad Swarthmore. Recordó que le había recitado de memoria, sin ostentación y en un impecable inglés antiguo, el prólogo de los Cuentos de Canterbury, y también las expresiones que parecían de una vetustez sorprendente y que había aprendido de su estricto padre, cosas como «Necesitamos Dios y ayuda para entender esto» y «No resulta demasiado descabellado decir…», que podrían haberle hecho enamorarse de Phoebe incluso sin aquel primer atisbo que tuvo de ella, cuando cruzó con determinación la puerta abierta de su despacho, una joven madura, la única de la oficina que no se pintaba los labios, alta y casi sin pecho, con el cabello rubio recogido detrás de la cabeza para revelar el largo cuello y las delicadas orejas de lóbulos pequeños como los de una niña.

– ¿Por qué te ríes a veces de lo que te digo? -le preguntó ella la segunda vez que la invitó a cenar-. ¿Por qué te ríes a veces cuando te estoy hablando completamente en serio?

– Porque me fascinas, y no eres consciente de todo tu encanto.

Luego la acompañó a casa en taxi.

– Hay tanto que aprender… -comentó ella durante el trayecto.

– Yo te enseñaré -replicó él en voz baja, sin que se le notara en absoluto la intensidad de su deseo.

Ella tuvo que cubrirse la cara con las manos.

– Me estoy ruborizando. No puedo evitarlo.

– Eso le pasa a todo el mundo -replicó él.

Y pensó que ella se ruborizaba porque creía que no se estaba refiriendo al tema de su conversación -todas las obras de arte que ella nunca había visto-, sino al ardor sexual, que era a lo que él se refería. En el taxi no pensaba en enseñarle los Rembrandt del museo Metropolitan, sino en sus largos dedos y en su ancha boca, aunque pronto la llevaría no solo al Metropolitan sino también al Modern, la Frick y el Guggenheim. La recordó quitándose el bañador entre las dunas, donde nadie podía verles. Recordó a los dos aquella misma tarde, cuando regresaban cruzando a nado la bahía. Recordó que todo en aquella mujer inocente y nada afectada le excitaba de un modo tan impredecible. Recordó la nobleza de su sinceridad. A pesar de su modestia, resplandecía. Recordó que le dijo: «No puedo vivir sin ti», y que Phoebe replicó: «Nunca nadie me había dicho eso», y que él admitió: «Tampoco yo se lo había dicho nunca a nadie».

El verano de 1967. Ella tenía veintiséis años.

Entonces, al día siguiente, le llegaron las noticias de sus antiguos colegas, los mismos con los que había trabajado y con los que a menudo había comido cuando estaban todos en la agencia. Uno de ellos era un supervisor creativo llamado Brad Karr, que había sido hospitalizado por depresión con impulsos suicidas; el segundo era Ezra Pollock, que a los setenta años padecía un cáncer en fase terminal; y el tercero, su jefe, era un pez gordo afable y lúcido que se había metido en el bolsillo a los clientes más rentables, se mostraba casi maternal en el trato que daba a sus favoritos, que había sufrido durante años trastornos cardíacos y las secuelas de una apoplejía, y cuya foto en la sección necrológica del Times le sorprendió. El pie de la foto decía: «Clarence Spraco, ayudante del presidente Eisenhower durante la guerra e innovador publicitario, fallece a los 84 años».

Llamó de inmediato a la casa de los Berkshires, donde vivía la pareja desde su jubilación, y habló con la esposa de Clarence.

– Hola, Gwen.

– Hola, querido. ¿Cómo estás?

– Estoy bien. ¿Cómo te encuentras?

– Bastante bien. Han venido mis hijos. Tengo toda la compañía y la ayuda que puedo necesitar. En cierto sentido, estaba preparada, pero por otra parte una nunca lo está. Cuando llegué a casa y lo encontré muerto en el suelo fue un golpe terrible. Llevaba muerto un par de horas. Parece ser que fue hacia la hora de comer. Ese día tuve que salir y almorcé fuera. Tuvo un buen final, ¿sabes? Ocurrió de repente, y no sufrió otro ataque que le habría debilitado y enviado al hospital.

– ¿Ha sido una apoplejía o un ataque cardíaco?

– Un infarto de miocardio.

– ¿Se encontraba mal?

– Bueno, la tensión arterial… había tenido muchos problemas con la tensión. Y entonces, la semana pasada, no se encontró muy bien. Había vuelto a subirle la tensión.

– ¿No podían controlársela con fármacos?

– Lo hicieron. Tomó toda clase de medicamentos. Pero probablemente las arterias estaban muy dañadas. Tenía las arterias viejas y en mal estado, ¿sabes?, y llega un momento en que el organismo se desgasta. Y al llegar a ese punto estaba muy cansado. Me lo dijo hace solo un par de noches: «Me siento muy cansado». Quería vivir, pero nadie podía hacer nada para mantenerlo más tiempo vivo. La vejez es una batalla, querido, si no es con esto, entonces con lo otro. Es una batalla implacable, y precisamente cuando estás más débil y eres menos capaz de invocar tu viejo espíritu de lucha.

– Le han rendido un hermoso homenaje en la necrológica. Han reconocido que fiie un hombre especial. Ojalá hubiera tenido ocasión de decirles algunas cosas sobre su espléndida capacidad de reconocer la valía de quienes trabajaban con él. Hoy, al ver su foto -dijo-, he recordado un día, años atrás, en que un cliente me invitó a comer en el Four Seasons y, cuando bajamos al vestíbulo, nos encontramos con Clarence. Y mi cliente, que se sentía efusivo, le dijo: «¿Cómo estás, Clarence? ¿Conoces a este joven director de arte?». Y Clarence le respondió: «Y tanto. Gracias a Dios le conozco. Gracias a Dios la agencia le conoce». Se portaba así continuamente, y no solo conmigo.

– Te tenía en la más alta consideración, querido -dijo ella-. Decía esas cosas de corazón. Recuerdo cómo te sacó del banquillo cuando aún no llevabas un año trabajando en la agencia. Cuando llegó a casa me habló de ti. Clarence tenía mucho ojo para el talento creativo, así que te sacó del banquillo y te convirtió en director de arte antes de que hubieras cumplido tu condena trabajando en la sección de folletos.

– Se portó muy bien conmigo. Para mí siempre fue el general.

– Solo fue coronel a las órdenes de Eisenhower.

– Para mí era un general. Podría contarte montones de cosas que ahora me vienen a la cabeza.

La sugerencia de Clarence de que se tirase a su secretaria en el apartamento de ella no figuraba entre esas anécdotas.

– Hazlo, por favor -le pidió Gwen-, Cuando hablas de él es como si todavía estuviera aquí.

– Bueno, hubo una época en la que trabajamos durante dos o tres semanas hasta bien pasada la medianoche, a veces hasta las dos o las tres de la madrugada, para obtener la cartera de Mercedes Benz. Era uno de los grandes clientes y nos deslomamos trabajando, pero no lo conseguimos. Sin embargo, cuando todo terminó, Clarence me dijo: «Quiero que tú y tu mujer os vayáis a pasar un largo fin de semana a Londres. Quiero que os alojéis en el Savoy porque es mi hotel favorito, y que lleves a Phoebe a cenar al Connaught. Corre de mi cuenta». En aquel entonces eso era un gran regalo, y me lo hizo a pesar de que habíamos perdido al cliente. Ojalá hubiera podido decírselo a la gente del periódico, junto con tantas otras anécdotas.

– Bueno, la prensa se ha portado muy bien -replicó Gwen-, Incluso aquí. Hoy el Berkshire Eagle publica un artículo sobre él. Es extenso, con una foto estupenda, y muy laudatorio. Destacan mucho lo que hizo en la guerra y el que fuese el coronel más joven del ejército. Creo que a Clarence le habría divertido y satisfecho el reconocimiento que ha tenido.

– Veo que por ahora lo estás llevando bastante bien.

– Sí, claro, de momento va bien… estoy muy ocupada y tengo mucha compañía. Lo duro empezará cuando me quede sola.

– ¿Qué vas a hacer? ¿Te quedarás en Massachusetts?

– Sí, al menos durante un tiempo. Hablé de ello con Clarence. Le dije: «Si soy yo la que se queda, venderé la casa y volveré a Nueva York». Pero los chicos no quieren que lo haga, creen que debería esperar un año.

– Es probable que tengan razón. A veces la gente se arrepiente de las cosas que hace de forma precipitada.

– Yo también lo creo. ¿Y cómo está Nancy?

– Muy bien.

– Cuando la recuerdo de pequeña, no puedo dejar de sonreír. Era una niña llena de vida… Me acuerdo de vosotros dos cantando «Smile» en nuestra casa. Vivíamos en Turtle Bay. Fue una tarde, hace mucho tiempo. Tú le estabas enseñando la canción. «Sonríe aunque te duela el corazón»… ¿cómo sigue?… «sonríe aunque se te esté rompiendo»… Le habías comprado el disco de Nat «King» Cole. ¿Te acuerdas? Yo sí.

– Yo también.

– ¿Y ella? ¿Lo recuerda Nancy?

– Estoy seguro de que sí. Te acompaño en el sentimiento, Gwen, con todo mi corazón.

– Gracias, querido. Me ha llamado mucha gente. El teléfono no ha dejado de sonar durante dos días. Son tantos los que han llorado, tantos los que me han dicho lo que él significó para ellos… Ojalá Clarence pudiera ver todo esto. El sabía lo valioso que era para la compañía, pero ¿sabes?, también necesitaba los mismos reconocimientos que necesita todo el mundo.

– La verdad es que era importantísimo para todos nosotros -le dijo él-. Bueno, seguiremos en contacto.

– De acuerdo, querido. Te agradezco mucho tu llamada,

Se tomó cierto tiempo antes de volver a telefonear, pues no confiaba en la firmeza de su voz. La mujer de Brad Karr le dio el nombre del hospital en cuyo pabellón psiquiátrico estaba internado Brad. Pudo llamar directamente a su habitación, y mientras marcaba el número recordó el anuncio de corte realista que hicieron para los cafés Maxwell House, cuando los dos eran veinteañeros y formaban equipo, el uno como redactor y el otro como director de arte, y la puntuación que recibieron en la encuesta de retención, efectuada al día siguiente del estreno del anuncio, hizo saltar la banca: un 34, la más alta en la historia de Maxwell House. Era el día en que el grupo celebraba la fiesta de Navidad, y Brad, sabedor de que asistiría Clarence pidió a su compañero que confeccionara unos distintivos de cartulina con la inscripción «34». Todo el mundo se los puso, y Clarence se pasó tan solo para felicitarles a Brad y a él e incluso se puso un distintivo antes de marcharse, i

– Hola, Brad. Soy tu viejo amigo que te llama desde la costa de Jersey.

– Hombre, hola.

– ¿Qué te ocurre, muchacho? He llamado a ni casa hace unos minutos. Tenía ganas de hablar contigo después de tanto tiempo, y Mary me ha dicho que estabas en el hospital. Así es como he dado contigo. ¿Cómo te va?

– Bueno, voy saliendo adelante. Ya sabes cómo son estas cosas.

– ¿Cómo te encuentras?

– Bueno, hay sitios mejores donde podría estar.

– ¿Tan malo es?

– Podría ser peor. Quiero decir que al parecer este lugar es bastante bueno. Está bien. No lo recomendaría para pasar unas vacaciones, pero está bien.

– ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

– Una semana, más o menos. -Mary Karr acababa de decirle que llevaba un mes hospitalizado, que era la segunda vez en un año y que en el intervalo las cosas habían sido bastante complicadas. Brad hablaba de una manera muy lenta y titubeante, probablemente debido a la medicación, y lastrado por la desesperanza-. Espero que pronto me den el alta.

– ¿Qué haces durante todo el día?

– Recorto muñecos de papel. Cosas así. Voy de un lado a otro por los pasillos. Trato de conservar la cordura.

– ¿Y qué más?

– Hago la terapia, tomo las medicinas. Me siento como un contenedor de todos los fármacos que puedas nombrar.

– ¿Tomas algo más aparte del antidepresivo?

– Sí. Es más que nada un sedante. Pero no son los tranquilizantes, son los antidepresivos. Creo que funcionan.

– ¿Puedes dormir?

– Desde luego. Al principio me costaba un poco, pero ahora me lo han solucionado.

– ¿Hablas con un médico durante el día?

– Sí. -Brad se echó a reír, y por primera vez pareció él mismo-. No sirve de nada. Es simpático. Te dice que levantes el ánimo y que todo se va a arreglar.

– Escucha, Bradford. ¿Recuerdas cuando te enfadaste por algo con Clarence y le diste dos semanas de preaviso antes de marcharte? Te dije que no lo hicieras. «Pero ya he presentado la dimisión», me dijiste. «Pues rescíndela», te dije. Y tú me hiciste caso. ¿Quién más, aparte de Clarence, y qué otra agencia habría tolerado semejante actitud por parte de un redactor? Recuerdo que lo hiciste en dos ocasiones. Y te quedaste otros diez años.

Logró que Brad volviera a reír.

– Sí, siempre he estado como una cabra -comentó.

– Trabajamos juntos durante muchos años. Interminables y silenciosas horas juntos, cientos y cientos, tal vez miles y miles de silenciosas horas juntos en tu despacho o el mío, tratando de sacar el trabajo adelante.

– Eso era algo serio -dijo Brad.

– Ya lo creo. Tú eras algo serio. No lo olvides.

– Gracias, amigo.

– ¿Cuándo van a darte el alta? ¿Cuándo crees que será?

– Pues la verdad es que no lo sé. Imagino que será cuestión de un par de semanas. Desde que estoy aquí me siento mucho menos deprimido que cuando estaba fuera. Me siento bastante centrado. Creo que voy a recuperarme.

– Esa es una buena noticia. Volveré a llamar. Espero que hablemos muy pronto en mejores circunstancias.

– Muy bien -replicó Brad-. Gracias por llamarme. Muchísimas gracias. No puedes imaginarte cuánto me alegra que me hayas llamado.

Después de colgar el aparato, se preguntó: ¿Sabía que era yo? ¿Recordaba de veras lo que yo recordaba? Tan solo por su voz no puedo imaginar que pueda salir jamás de ahí.

Luego hizo la tercera llamada. No podía dejar de hacerla, aunque enterarse de la hospitalización de Brad y de la muerte de Clarence y ver el daño causado por la apoplejía de Phoebe le daban bastante motivo para reflexionar durante un tiempo. Como también que Gwen le recordara cómo enseñó a Nancy a cantar «Smile» igual que Nat «King» Cole. Llamó a Ezra Pollock, de quien no se esperaba que llegara vivo a fin de mes pero que, asombrosamente, cuando respondió al teléfono parecía feliz, satisfecho y no menos arrogante que de costumbre.

– ¿Qué pasa, Ez? -le dijo-. Pareces eufórico.

– Me siento con ánimo para conversar porque es la única diversión que tengo.

– ¿Y no estás deprimido?

– En absoluto. No tengo tiempo para estar deprimido. Estoy totalmente concentrado. -Ezra se echó a reír y añadió-: Ahora veo cómo son realmente las cosas.

– ¿Incluido tú mismo?

– Sí, por increíble que parezca. He prescindido de todas las chorradas y por fin voy al grano. He empezado mis memorias sobre el negocio publicitario. Antes de irte has de enfrentarte a los hechos. Si vivo, escribiré algo bueno.

– Estupendo, y no te olvides de incluir la ocasión en que entraste en mi despacho y me dijiste: «Muy bien, aquí tienes la terrorífica fecha límite: mañana a primera hora debo tener ese esquema argumental en mis manos».

– Y funcionó, ¿verdad?

– Eras diligente, Ez. En una ocasión te pregunté por qué aquel puñetero detergente era tan suave para las delicadas manos de una dama. Me entregaste veinte páginas sobre los áloes. Obtuve el premio a la dirección de arte por aquella campaña, y fue gracias a esas páginas. Deberían habértelo dado a ti. Cuando estés mejor, iremos a comer y te llevaré la estatuilla.

– Trato hecho -dijo Ez.

– ¿Y el dolor, si es que tienes?

– Sí, está ahí, lo tengo, pero he aprendido a dominarlo. Me dan medicamentos especiales y me atienden cinco médicos. Cinco. Un oncólogo, un urólogo, un especialista en medicina interna, una enfermera de pacientes terminales y un hipnotizador para ayudarme a superar las náuseas.

– ¿A qué se deben las náuseas, a la terapia?

– Sí, y el cáncer también te provoca náuseas. Vomito mucho.

– ¿Es eso lo peor?

– A veces tengo la sensación de que voy a excretar la próstata.

– ¿No te la pueden extirpar?

– No serviría de nada. Ya es demasiado tarde para eso. Y es una operación importante. He perdido mucho peso. Tengo anemia. La intervención me debilitaría tanto que también debería abandonar el tratamiento. Eso de que avanza lentamente es una gran mentira. Avanza a la velocidad del rayo. A mediados de junio no tenía nada en la próstata, pero a mediados de agosto el tumor se había extendido demasiado para poder extirparlo. Así que hazte mirar la próstata, muchacho.

– Siento mucho todo esto, pero me alegra oír que sigues siendo el de siempre. Eres tú mismo, incluso más aún.

– Lo único que quiero es escribir esas memorias-replicó Ez- Ya he hablado bastante de ello, ahora tengo que escribirlo. Todo lo que me ocurrió en ese negocia Si puedo escribir esas memorias, le habré dicho a la gente quién soy. Si puedo escribirlas, moriré con una sonrisa en los labios. ¿Y qué me dices de ti? ¿Eres feliz con lo que haces? ¿Te dedicas a pintar? Siempre decías que eso era lo que harías. ¿Estás pintando?

– Sí, lo hago -le mintió-. Todos los días. Va bien.

– Nunca pude escribir ese libro, ¿sabes? Nada más jubilarme, empecé a bloquearme una y otra vez. Pero en cuanto se me declaró el cáncer, la mayor parte de mis bloqueos desaparecieron. Ahora puedo hacer lo que quiera.

– Es una terapia brutal contra el bloqueo del escritor.

– Sí -replicó Ez-. Así es. No lo aconsejo. Mira, puede que salga de esta. Entonces podremos ir a comer juntos y me darás la estatuilla. Si lo supero, los médicos dicen que podré llevar una vida normal.

Si ya le habían asignado una enfermera de pacientes terminales, parecía improbable que los médicos le hubieran dicho tal cosa. Aunque tal vez lo hubieran hecho para levantarle el ánimo, o tal vez Ez se imaginaba que lo habían hecho, o puede que la arrogancia le hiciera hablar así, aquella maravillosa arrogancia suya, imposible de erradicar.

– Bueno, te deseo suerte, Ez -le dijo-. Si quieres hablar conmigo, toma nota de mi número. -Se lo dio.

– Estupendo -dijo Ezra.

– Estoy siempre aquí. Si te apetece, hazlo, llámame. Cuando quieras. ¿Lo harás?

– Muy bien. Lo haré.

– De acuerdo. Bueno, adiós.

– Adiós, hasta pronto -replicó Ezra-. Sácale brillo a la estatuilla.

Durante horas, después de las tres llamadas consecutivas (y tras la predecible banalidad e inutilidad de la charla para levantar la moral, tras el intento de revivir el espíritu de antaño al evocar recuerdos de las vidas de sus colegas, tratando de encontrar algo que decir para animar a los que carecían de esperanzas y apartarlos del borde del abismo), lo que quería hacer no solo era telefonear a su hija, a la que había encontrado en el hospital con Phoebe, sino revivir su propio espíritu telefoneando a sus padres. Sin embargo, lo que había sabido no era nada comparado con el ataque inevitable que es el final de la vida. De haber sido consciente del sufrimiento mortal de cada hombre y mujer a los que había conocido durante sus años de vida profesional, de la dolorosa historia de pesar, pérdida y estoicismo de cada uno, de miedo, pánico, aislamiento y terror, de haber conocido cada cosa que les había sido arrebatada y que en otro tiempo había sido vitalmente suya, y la manera sistemática en que eran destruidos, habría tenido que permanecer junto al teléfono todo el día hasta la noche, haciendo otro centenar de llamadas por lo menos. La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre.

La siguiente vez que fue al hospital para la revisión anual de las carótidas, el sonograma reveló que la segunda carótida estaba seriamente obstruida y requería una intervención quirúrgica. Aquel iba a ser el séptimo año seguido que le hospitalizaban. La noticia le sobresaltó, en particular porque aquella mañana le habían comunicado por teléfono la muerte de Ezra Pollock, pero por lo menos le operaría el mismo cirujano vascular y la intervención sería en el mismo hospital, y esta vez sabría lo suficiente para no conformarse con anestesia local y pedir que le durmieran del todo. Se esforzó tanto por convencerse, tras su experiencia de la primera operación de carótida, de que no en nada preocupante, que no se molestó en informar a Nancy, sobre todo mientras ella todavía tuviera que ocuparse de su madre. Sin embargo, se empeñó en localizar a Maureen Mrazek, aunque en pocas horas agotó todas las pistas que podía haber tenido sobre su paradero.

Solo quedaba Howie, a quien por entonces llevaba un tiempo sin telefonear. Era como si desde que sus padres murieran hacía tiempo experimentara toda clase de impulsos que antes estaban proscritos o sencillamente no existían, y el hecho de que les diera rienda suelta con la cólera de un enfermo (la cólera y la desesperación de un enfermo sombrío incapaz de evitar la trampa más letal de la enfermedad prolongada, que es la distorsión del carácter) hubiera destruido el último vínculo con las personas que más quería de todas las que había conocido. Su primera aventura amorosa había sido con su hermano. Lo único sólido durante toda su vida había sido su admiración por aquel hombre bueno. Todos sus matrimonios habían sido un desastre, pero a lo largo de sus vidas adultas él y su hermano se habían mantenido verdaderamente fieles. A Howie nunca era necesario pedirle nada. Y ahora lo había perdido, y de la misma manera había perdido a Phoebe… y el único culpable era él. Como si no hubiera ya cada vez menos personas que significaran algo para él, había completado la descomposición de la familia original. Pero descomponer familias era su especialidad. ¿No había despojado a tres hijos de una infancia coherente y de la protección amorosa y constante de un padre como aquel a quien él mismo había idolatrado, que había pertenecido exclusivamente a él y a Howie, un padre que no había sido de nadie más?

Al darse cuenta de todo lo que había aniquilado, por si solo y sin ninguna buena razón aparente, y, lo que era todavía peor, contra su misma intención, contra su voluntad, al pensar en su dureza hacia un hermano que nunca había sido duro con él, que jamás había dejado de sosegarle y acudir en su ayuda, en el efecto que había tenido en sus hijos su abandono de hogares… ante el humillante reconocimiento de que ahora estaba disminuido no solo físicamente sino convertido en alguien que no quería ser, empezó a golpearse el pecho con el puño, de forma cadenciosa a modo de autoinculpación, y solo por unos pocos centímetros no lo hizo sobre el desfibrilador. En aquel momento, sabía mucho mejor de lo que Randy o Lonny sabrían jamás dónde radicaba su insuficiencia. Aquel hombre, de ordinario ecuánime, se golpeaba enfurecido el corazón como un fanático al orar, y, bajo los embates del remordimiento, no solo por aquel error sino por todos sus errores, todos los imborrables, estúpidos e inevitables errores, arrebatado por la desgracia de sus limitaciones pero actuando como si cada incomprensible contingencia de la vida fuese obra suya, dijo en voz alta: «¡Sin Howie siquiera! ¡Acabar así, y ni siquiera con él!».

En el rancho que Howie tenía en Santa Bárbara había una confortable casita para invitados, casi tan grande como su apartamento. Un verano, años atrás, él, Phoebe y Nancy se alojaron allí durante dos semanas, mientras Howie y su familia estaban de vacaciones en Europa. La piscina se encontraba justo enfrente de la entrada, los caballos de Howie correteaban por las colinas y la servidumbre les preparó la comida y los atendió en todo. Lo último que había sabido era que uno de los hijos de Howie, Steve, el oceanógrafo, vivía temporalmente allí con su novia. ¿Se atrevería a pedirlo? ¿Podría ir directamente allí y decirle a su hermano que le gustaría alojarse en la casa para invitados durante un par de meses hasta que decidiera dónde viviría a continuación? Si pudiera volar a California después de la intervención y disfrutar de la compañía de su hermano durante el período inicial de la convalecencia…

Marcó el número telefónico de Howie. Le respondió el contestador automático, y dejó su nombre y su número. Más o menos una hora después le telefoneó Rob, el hijo menor de Howie.

– Mis padres están en el Tíbet -le informó Rob.

– ¿El Tíbet? ¿Qué están haciendo allí? -Creía que estaban en Santa Bárbara y que Howie no quería ponerse al aparato.

– Papá fue a Hong Kong en viaje de negocios, creo que a una reunión de la junta, y mi madre le acompañó. Luego fueron a visitar el Tíbet.

– ¿Permiten a los occidentales visitar el Tíbet?

– Sí, claro -respondió Rob-. Estarán allí tres semanas más. ¿Quieres dejarles un mensaje? Puedo comunicarme con ellos por correo electrónico. Es lo que hago cada vez que les llama alguien.

– No, no es necesario. ¿Cómo están tus hermanos, Rob?

– Todos están bien. ¿Y tú qué tal estás?

– Voy tirando -respondió, y colgó.

Muy bien, se había divorciado tres veces, había sido un marido en serie distinguido no menos por su entrega que por sus felonías y errores, y debería seguir arreglándoselas solo. A partir de entonces debería arreglárselas siempre solo. Incluso cuando era veinteañero, cuando él mismo se consideraba convencional, y hasta bien entrada la cincuentena, había recibido por parte de las mujeres toda la atención que podía desear; desde que ingresó en la escuela de arte, esa atención nunca había cesado. Era como si no estuviera destinado a otra cosa. Pero entonces sucedió algo imprevisto, imprevisto e impredecible: había vivido cerca de tres cuartos de siglo, y el estilo de vida productivo y activo había quedado atrás. Ya no poseía el atractivo viril del hombre productivo ni podían germinar en él los goces masculinos, y procuraba no echarlos mucho de menos. Durante cierto tiempo, y sin ayuda de nadie, había tenido la sensación de que el componente que le faltaba de algún modo regresaría para hacerle de nuevo inexpugnable y reafirmar su autoridad, que el derecho cancelado por error sería restaurado y que podría reanudar el camino allí donde lo había interrumpido solo unos años atrás. Pero ahora parecía que, como les sucede a todos los ancianos, se encontraba en un proceso de creciente disminución y tendría que pasar sus días sin sentido hasta el final tan solo como lo que era… los días y las noches inciertas y la obligación de soportar impotente el deterioro físico y la tristeza terminal y la espera, la interminable espera de nada. Así son las cosas» se decía, esto es lo que no podías saber.,…

El hombre que cruzó a nado la bahía con la madre de Nancy había llegado a donde jamás había soñado estar. Era el momento de preocuparse por la desaparición. Había alcanzado el remoto futuro.

Un sábado por la mañana, menos de una semana antes del día fijado para la intervención -tras una noche de sueños horribles en la que se despertó debatiéndose por respirar a las tres de la madrugada, tuvo que encender todas las luces del apartamento para aquietar sus temores y solo pudo volver a dormirse con las luces todavía encendidas-, pensó que le haría bien ir a Nueva York para ver a Nancy y los gemelos y visitar de nuevo a Phoebe, que ahora estaba en casa con una enfermera. Normalmente su deliberada independencia constituía su mayor fortaleza; por eso podía llevar una nueva vida en un nuevo lugar sin preocuparse por dejar atrás a familiares y amigos. Pero desde que abandonara toda esperanza de vivir con Nancy o alojarse en casa de Howie, tenía la sensación de que se estaba convirtiendo en una criatura infantil que iba debilitándose cada día que pasaba. ¿Era la inminencia de la séptima hospitalización anual lo que minaba su confianza? ¿Era la perspectiva de que su pensamiento estuviera monopolizado por la enfermedad y excluyera todo lo demás? ¿O era la percepción de que con cada una de aquellas estancias en el hospital, que se remontaban a la infancia y proseguían hasta su inminente operación, el número de presencias junto a su cama disminuía y el ejército con el que empezara se había reducido hasta quedarse en nada? ¿O era sencillamente la premonición de lo irremisible por venir?

Lo que había soñado era que estaba acostado desnudo junto a Millicent Kramer, aquella alumna de su clase de arte. El abrazaba su cuerpo muerto y frío como había abrazado a Phoebe aquella vez en que la migraña era tan fuerte que vino el médico para ponerle una inyección de morfina, que eliminó el dolor pero le provocó unas alucinaciones aterradoras. Cuando él se despertó en plena noche y encendió todas las luces, bebió un poco de agua, abrió una ventana y fue de un lado a otro del apartamento para recobrar la compostura, a su pesar solo pensaba en una sola cosa: cómo había sido para ella la experiencia de suicidarse. ¿Lo había hecho en un arrebato, engullendo las píldoras antes de poder cambiar de idea? Y después de que por fin las hubiera tomado, ¿empezó a gritar diciendo que no quería morir, que tan solo no podía seguir enfrentándose a aquel dolor paralizante, que todo lo que quería era que el dolor cesara, gritó entre lágrimas que tan solo quería que Gerald estuviera allí para ayudarla, para decirle que aguantara, asegurarle que podía soportarlo y que entre los dos lo superarían? ¿Murió con lágrimas en los ojos, musitando su nombre? ¿O lo hizo todo serenamente, convencida al final de que no estaba cometiendo un error? ¿Se tomó su tiempo, sosteniendo el frasco con expresión contemplativa antes de vaciar el contenido en la palma y tragarlo lentamente con su último vaso de agua, saboreando la última agua que tomaría jamás? ¿Estaba resignada y plenamente consciente de lo que hacía, enfrentándose con valor a todo cuanto dejaba atrás, tal vez sonriendo mientras lloraba y recordaba todos los placeres, todo lo que la había emocionado y complacido, su mente llena con centenares de momentos normales y corrientes que en su día significaron poco pero que entonces parecían especialmente destinados a inundar sus días de una felicidad trillada? ¿O acaso había perdido el interés por lo que dejaba atrás? ¿No estaba atemorizada y tan solo pensaba: Por fin ha terminado el dolor, el dolor ha desaparecido finalmente, y ahora no tengo más que dormirme para abandonar esta cosa alucinante?

Pero ¿cómo elige uno voluntariamente abandonar nuestra plenitud por esa nada interminable? ¿Cómo lo haría él? ¿Podría tenderse allí con serenidad y decir adiós? ¿Tenía la fuerza de Millicent Kramer para borrarlo todo?

Era una mujer de su edad. ¿Por qué no? En una situación tan terrible como la de ella, ¿qué eran unos años más o menos? ¿Quién se atrevería a recriminarle que abandonara la vida precipitadamente? Debo hacerlo, debo hacerlo, pensó. Mis seis stents me dicen que un día cercano deberé despedirme de todo sin temor. Pero abandonar a Nancy… ¡no puedo hacerlo! ¡Las cosas que podrían sucederle camino de la escuela! ¡La hija abandonada sin más protección por su parte que el vínculo biológico! ¡Y él privado por toda la eternidad de sus llamadas telefónicas matinales! Se vio corriendo en todas direcciones y al mismo tiempo atravesando el cruce principal del centro de Elizabeth: el padre fallido, el hermano envidioso, el marido artero, el hijo inútil, y solo a unas pocas manzanas de la joyería de su familia, llamando a gritos al elenco de familiares a los que no podía dar alcance por mucho que corriera tras ellos. «Mamá, papá, Howie, Phoebe, Nancy, Randy, Lonny… ¡ojalá hubiera sabido cómo hacerlo! ¿No podéis oírme? ¡Me marcho! ¡Esto ha terminado y me voy dejándoos a todos atrás!» Y, desapareciendo con tanta rapidez ante él como él ante ellos, volvían las cabezas para gritar a su vez, y de una manera muy significativa: «¡Demasiado tarde!».

«Me marcho»: las mismas palabras que le habían hecho despertarse, presa del pánico y sin aliento, pronunciadas en vida al abrazar a un cadáver.

No llegó a Nueva York. Cuando viajaba hacia el norte por la autopista de Jersey, recordó que al sur del aeropuerto de Newark se encontraba la salida del cementerio donde sus padres estaban enterrados, y cuando llegó allí, tomó el desvió y siguió la carretera que serpenteaba por un decrépito barrio residencial y pasaba ante una antigua y lúgubre escuela primaria hasta desembocar en una maltrecha carretera para camiones que bordeaba las aproximadamente diez hectáreas del cementerio judío. En el extremo había una calle deshabitada donde los instructores de las autoescuelas llevaban a sus alumnos para que aprendieran a hacer el cambio de sentido. Enfiló lentamente con el coche a través de la puerta abierta, de hojas con barrotes en forma de lanza, y estacionó el vehículo ante un pequeño edificio que en otro tiempo debió de ser una casa de oración y ahora era una ruina cavernosa. La sinagoga que administraba los asuntos del cementerio había sido desmantelada años atrás, cuando los fieles se trasladaron a los suburbios de los condados de Union, Essex y Morris, y no parecía que nadie se ocupara ya de su mantenimiento. La tierra estaba cediendo y se hundía alrededor de muchas tumbas, por todas partes las lápidas al pie de las sepulturas estaban ladeadas, y todo esto ni siquiera sucedía en el cementerio original, donde sus abuelos estaban enterrados, entre centenares de lápidas apretujadas, sino en las secciones más recientes, donde las lápidas de granito databan de la segunda mitad del siglo veinte. El no había reparado en nada de esto cuando se reunieron para enterrar a su padre. Todo lo que había visto era el ataúd sujeto por las correas sobre la tumba abierta. A pesar de lo sencillo y modesto que era, resultaba tan imponente que era imposible fijarse en nada más. Después siguió la brutalidad del entierro y la boca llena de tierra.

Durante el mes anterior, él había estado entre los deudos de dos entierros en dos cementerios distintos del condado de Monmouth, ambos bastante menos deprimentes que aquel y también menos peligrosos. En el transcurso de las últimas décadas, aparte de los vándalos que dañaban y destruían las lápidas y las edificaciones anexas del lugar donde sus padres estaban enterrados, también había atracadores en el cementerio. A plena luz del día atacaban a los ancianos que de vez en cuando iban solos o en parejas a visitar la tumba de un familiar. En el entierro de su padre, el rabino le informó de que, si estaba solo, lo más juicioso era que visitara a sus padres durante el período de las grandes festividades judías, cuando el departamento local de policía, a solicitud del comité de directivos del cementerio, habían accedido a proporcionar protección a los practicantes que iban a recitar los salmos pertinentes y recordar a sus difuntos. Él había escuchado al rabino y hecho gestos de asentimiento, pero no formaba parte de los creyentes, no digamos ya de los practicantes, y sentía una marcada aversión por las grandes festividades judías, por lo que nunca iba al cementerio en esa época.

Los fallecidos eran las dos mujeres de su clase que padecían cáncer y que murieron con una semana de diferencia. A los entierros asistió mucha gente de Starfish Beach. Al mirar a su alrededor no pudo evitar especular sobre quién de ellos sería el próximo en morir. En uno u otro momento, todo el mundo piensa que dentro de cien años nadie de los ahora vivos estará en el mundo, que la fuerza abrumadora los habrá barrido a todos. Pero él estaba pensando en términos de días. Cavilaba como un hombre marcado.

A los dos entierros asistió una anciana rechoncha y bajita que lloraba con tal desconsuelo que parecía ser más que una simple amiga de las difuntas y en cambio, de manera imposible, también la madre de ambas. En el segundo entierro estuvo sollozando muy cerca de él y del desconocido con sobrepeso que estaba junto a él y del que supuso que era su marido, a pesar de que (o tal vez por eso mismo), con los brazos cruzados, los dientes apretados y el mentón alzado, permanecía sorprendentemente distante y ajeno a ella, como un espectador indiferente que se negara a seguir aguantando a aquella persona. En todo caso, las lágrimas de la mujer parecían haberle provocado un profundo desprecio en lugar de comprensión compasiva, porque, en medio del acto, cuando el rabino entonaba en inglés las palabras del libro de oraciones, el marido se volvió de forma espontánea e impaciente hacia él y le preguntó:

– ¿Sabe por qué se comporta así?

– Creo que sí -susurró él.

Su respuesta significaba: Porque esto es para ella como siempre lo ha sido para mí desde que era un niño. Porque es para ella como lo es para todo el mundo. Porque la fuerza más intensamente turbadora de la vida es la muerte. Porque la muerte es muy injusta. Porque una vez que has saboreado la vida, la muerte ni siquiera parece natural. Yo había pensado -y en secreto estaba seguro de ello- que la vida prosigue indefinidamente.

– Pues bien, se equivoca -replicó el hombre con rotundidad, como si le hubiera leído el pensamiento-. Ella siempre es así. Lleva cincuenta años en este plan -añadió con un fruncimiento de ceño implacable-. Se comporta así porque ya no tiene dieciocho años.

Sus padres estaban situados cerca del perímetro del cementerio, y tardó un tiempo en localizar las tumbas junto a la vega que separaba la última hilera de parcelas de una calle estrecha que parecía ser una improvisada zona de descanso para camioneros que hacían un alto en su viaje por la autopista. En los años transcurridos desde la última vez que estuvo allí había olvidado el efecto que la lápida tuvo sobre él la primera vez que la vio. Distinguió los dos nombres grabados en la piedra y le sobrevino un ataque de llanto como el que se apodera de los bebés y los deja sin fuerzas. No tuvo ninguna dificultad para evocar su último recuerdo de cada uno de ellos -el recuerdo del hospital-, pero cuando trató de evocar el más antiguo, el esfuerzo por retroceder tanto como pudiera en su pasado común hizo que le abrumara una segunda oleada de sentimiento.

No eran más que huesos, huesos en una caja, pero los huesos de ellos también eran los suyos, y se acercó tanto como pudo a los huesos, como si la proximidad pudiera unirle a ellos y mitigar el aislamiento surgido de la pérdida de su futuro y enlazarlo de nuevo con todo cuanto había desaparecido. Durante una hora y media, aquellos huesos fueron los objetos que más le importaban. Eran lo único que importaba, pese a la intrusión del deteriorado ambiente de aquel cementerio sumido en el abandono. Una vez que estuvo con aquellos huesos no podía dejarlos, no podía sino hablar con ellos, no podía sino escucharlos cuando le hablaban. Entre él y aquellos huesos había mucha comunicación, mucha más de la que existía ahora entre él y los que aún estaban revestidos de carne. La carne se disuelve, pero los huesos aguantan. Los huesos eran el único consuelo que existía para alguien que no daba ningún crédito a la vida ultraterrena y sabía sin la menor duda que Dios es una ficción y que esta es la única vida que tenemos. Como la joven Phoebe podría haberle dicho cuando se conocieron, no resultaba descabellado decir que ahora su placer más profundo estaba en el cementerio. Solo allí podía encontrar satisfacción.

No tenía la sensación de estar jugando a algo. No se sentía como si tratara de hacer que algo se convirtiera en realidad. Aquello era lo real, la intensidad de su relación con los huesos allí enterrados.

Su madre había muerto a los ochenta años, su padre a los noventa.

– Tengo setenta y un años -les dijo en voz alta-. Vuestro chico tiene setenta y un años.

– Muy bien -replicó su madre-. Has vivido.

– Mira atrás y repara lo que puedas reparar -le dijo su padre-, y saca el máximo provecho del tiempo que te queda.

No podía marcharse. La ternura estaba descontrolada. También el deseo vehemente de que todo el mundo viviera. Y de que todo comenzara de nuevo.

Cruzaba el cementerio de regreso a su coche cuando se encontró con un negro que cavaba una fosa. El hombre estaba como a medio metro de profundidad en la fosa sin terminar y, cuando el visitante se le acercó, dejó de recoger tierra con la pala y arrojarla a un lado. Vestía un mono de trabajo y llevaba una vieja gorra de béisbol, y por el color gris de su bigote y las arrugas de la cara parecía tener por lo menos cincuenta años. Pero su cuerpo era todavía macizo y fuerte.

– Creía que hacían esto con una máquina -le dijo al sepulturero.

– En los grandes cementerios, donde hay muchas tumbas, a menudo se usan máquinas, es verdad. -Hablaba como un sureño, pero con mucha naturalidad y precisión, más como un maestro de escuela pedante que como un trabajador manual-. Yo no las uso -siguió diciendo el sepulturero- porque pueden hundir las otras tumbas. El suelo puede ceder y aplastar la caja. Y hay que tener en cuenta las lápidas. En mi caso es mucho más fácil hacerlo todo a mano. Mucho más limpio. Es más fácil sacar la tierra sin arruinar todo lo demás. Uso un tractor muy pequeño que puedo maniobrar con facilidad, y cavo a mano.

Entonces reparó en el tractor que estaba en el sendero cubierto de hierba entre las tumbas.

– ¿Para qué sirve el tractor?

– Lo utilizo para llevarme la tierra. Lo he hecho durante tanto tiempo que sé cuánta tierra he de llevarme y cuánta debo dejar. Me llevo los diez primeros remolques de tierra. La que queda la echo sobre unas tablas. Coloco unas tablas de madera contrachapada. Son esas de ahí. Pongo tres tablas, de modo que la tierra no quede sobre la hierba. La última mitad de la tierra la echo sobre las tablas. Para el relleno posterior. Entonces lo cubro todo con esta alfombra verde. Intento que tenga buen aspecto para la familia. Da la impresión de que es hierba.

– ¿Cómo la cava? ¿Le importa que se lo pregunte?

– En absoluto -respondió el sepulturero, que seguía dentro de la fosa, donde había estado cavando-, A la mayoría de la gente no le interesa. Para la mayoría de la gente, cuanto menos sepan mejor.

– Quiero saberlo -le aseguró. Y era cierto. No quería irse.

– Bueno, tengo un plano. En él aparecen todas las tumbas que se han vendido o trazado en el cementerio. Por medio del plano localizas la parcela, comprada Dios sabe cuándo, hace cincuenta, setenta y cinco años. Una vez que la he localizado, vengo aquí con una sonda. Mírela, ese pincho de dos metros que está en el suelo. Tomo la sonda y la introduzco en el suelo unos sesenta o noventa centímetros, y así es como localizo la siguiente tumba. Me lo indica el sonido al tocarla. Entonces, con un palo, señalo en el suelo dónde está la nueva tumba. A continuación tengo un marco de madera que pongo en el suelo y que me sirve para establecer los lados de la fosa. Primero, con un cortabordes, hago un rectángulo en el suelo que tiene el tamaño del marco. Entonces lo mido, hago tepes cuadrados de treinta centímetros y las pongo detrás de la tumba, donde no puedan verlas, porque no quiero que se vea mucho jaleo en el lugar donde estarán los asistentes al entierro. Cuanta menos tierra, más fácil resulta de limpiar. Pongo una tabla junto a la tumba vecina, adonde puedo transportar los tepes cuadrados con la horqueta. Los coloco en forma de cuadrícula, de forma que parece el mismo sitio de donde los saqué. Eso me lleva cerca de una hora. Es una parte dura del trabajo. Entonces empiezo a cavar. Voy a buscar el tractor y le engancho el remolque. Lo que hago primero es cavar. Eso es lo que estoy haciendo. Mi hijo cava la parte difícil. Es más fuerte de lo que yo soy ahora. Le gusta intervenir una vez que he terminado. Cuando está ocupado o no puede venir por algo, cavo yo solo, pero si está aquí le dejo cavar la parte difícil. Tengo cincuenta y ocho años. No cavo como solía hacerlo. Cuando empecé, él siempre estaba conmigo, y nos turnábamos para cavar. Era divertido, porque mi hijo era joven y así tenía tiempo para hablar con él, aquí solos los dos.

– ¿De qué le hablaba?

– No de cementerios -respondió el sepulturero, y soltó una risotada-. No eran conversaciones como esta que tenemos usted y yo.

– ¿De qué, entonces?

– Pues de todo, de la vida en general. En fin, yo cavo la primera mitad. Uso dos palas, una cuadrada cuando el trabajo es fácil y puedo sacar más tierra, y luego utilizo una pala redondeada y puntiaguda, una pala corriente. Eso es lo que se emplea para la tarea básica de cavar, una pala normal. Si el trabajo es fácil, sobre todo en primavera, cuando el suelo no está endurecido, cuando está húmedo, uso la pala grande y puedo sacar grandes paladas y cargarlas en el remolque. Cavo de delante atrás, cavo una serie de franjas paralelas, y a medida que avanzo uso el cortabordes para cuadrar el hoyo. Utilizo eso y una horqueta recta… la llaman una horqueta pala. También la utilizo para los bordes, para golpearlos, recortarlos y hacer que el hoyo sea rectangular. Uno tiene que mantenerlo rectangular a medida que avanza. Echo las primeras diez cargas en el remolque y llevo la tierra a una zona más hundida del cementerio y que estamos rellenando, vuelco la tierra del remolque, regreso y lo lleno de nuevo. Diez cargas. En ese momento voy más o menos por la mitad del trabajo. Unos noventa centímetros de profundidad.

– Así pues, ¿cuánto tiempo le lleva desde el principio al final?

– Tardo unas tres horas en hacer mi parte. Incluso pueden ser cuatro. Depende del grado de dificultad del terreno. Mi hijo es un buen cavador, él tarda otras dos horas media. Es un día de trabajo. Suelo venir a las seis de la mañana, y mi hijo se presenta alrededor de las diez. Pero ahora está ocupado, y le he dicho que puede hacerlo cuando le vaya bien. Si hace calor, vendrá por la noche, cuando el ambiente es más fresco. En el caso de los judíos nos avisan con solo un día de antelación, y tenemos que trabajar rápido. En el cementerio cristiano -señaló el gran cementerio que se extendía sin orden ni concierto al otro lado de la carretera- las funerarias nos avisan dos o tres días antes.

– ¿Y desde cuándo se dedica a este trabajo?

– Treinta y cuatro años. Mucho tiempo. Es un buen trabajo, tranquilo. Le da a uno tiempo para pensar. Pero hay mucho que hacer. Está empezando a dañarme la espalda. No tardaré en pasárselo a mi hijo. El me sustituirá y yo me iré a un lugar donde haga calor todo el año. Porque, no lo olvide, solo le he hablado de la tarea de cavar. Tienes que volver y llenar la fosa, y eso te lleva tres horas. Hay que poner otra vez los tepes y todo lo demás. Pero volvamos al momento en que cavamos la tumba. Mi hijo ha terminado. Ha alisado los lados del rectángulo, y el fondo está aplanado. Tiene metro ochenta de profundidad y buen aspecto, podrías saltar al hoyo. Como solía decir el viejo con quien primero cavé, tiene que ser lo bastante llano para que se pueda poner ahí una cama. Me reía de él cuando decía eso. Pero es verdad: tienes este hoyo, de metro ochenta de profundidad, y debe estar bien hecho, por la familia y por el difunto.

– ¿Le importa que me quede aquí mirando?

– En absoluto. En este sitio se cava bien. No hay rocas. Penetras sin dificultades.

Observó al hombre mientras clavaba la pala, sacaba la tierra y la depositaba con facilidad sobre la madera contrachapada. A intervalos de pocos minutos utilizaba las púas de la horqueta para aflojar los lados. Y entonces elegía una de las dos palas y volvía a cavar. De vez en cuando una piedra pequeña golpeaba el tablero, pero lo que salía de la fosa era sobre todo tierra marrón y húmeda que se disgregaba con facilidad al desprenderse de la pala.

De pie a un lado de la tumba, miró hacia la parte de atrás, donde el sepulturero había depositado los tepes cuadrados que colocaría de nuevo en la parcela después del entierro. Los tepes encajaban perfectamente en el tablero contrachapado sobre el que descansaban. Y seguía sin querer marcharse, no deseaba hacerlo mientras le bastara con volver la cabeza para tener un atisbo de la lápida de sus padres. No quería irse nunca de allí.

El sepulturero señaló una lápida.

– Ese hombre luchó en la segunda guerra mundial. Prisionero de guerra en Japón. La mar de simpático. Le conozco de cuando venía de visita con su mujer. Simpático de veras. Siempre muy buena persona. La clase de hombre que, si se te atasca el coche, te ayudaría a sacarlo.

– Así que conoce a algunas de estas personas.

– Pues claro. Ahí hay un chico de diecisiete años. Muerto en un accidente de tráfico. Sus amigos vienen aquí y ponen latas de cerveza en la tumba. O una caña de pescar. Le gustaba la pesca.

Rompió un terrón con la pala, golpeándolo sobre el tablero, y siguió cavando.

– Vaya, ya la tenemos aquí -dijo, mirando a la calle más allá del cementerio.

Al instante dejó la pala a un lado y se quitó los sucios guantes de trabajo amarillos. Por primera vez salió de la fosa, y golpeó cada uno de los maltrechos zapatos contra el otro para desprender la tierra aferrada a ellos.

Una anciana negra se acercaba a la tumba abierta, con una pequeña bolsa refrigeradora a cuadros escoceses en una mano y un termo en la otra. Llevaba zapatillas deportivas, unos pantalones de nailon del mismo color de los guantes del sepulturero y una cazadora azul, con cremallera y el logo de los New York Yankees.

El sepulturero se dirigió a la mujer.

– Este simpático señor me ha visitado esta mañana -le dijo.

Ella hizo un gesto de asentimiento y le alargó la bolsa y el termo, que él dejó al lado del tractor.

– Gracias, cariño. ¿Arnold está durmiendo?

– Está levantado -respondió ella-. Te he hecho dos pasteles de carne mechada y una salchicha ahumada.

– Estupendo. Gracias.

La mujer asintió de nuevo, luego se dio la vuelta y salió del cementerio, subió a su coche y se marchó.

– ¿Es su esposa? -le preguntó al sepulturero.

– Es Thelma. -Sonriente, añadió-: Me da de comer.

– No es su madre.

– Oh, no, no… no, señor -dijo el sepulturero, riéndose-. Thelma no.

– ¿Y no le importa venir hasta aquí?

– Uno ha de hacer lo que ha de hacer. Esa es su filosofía en dos palabras. Para Thelma es lo mismo que cavar una tumba. Esto no es nada especial para ella.

– Bueno, voy a dejarle para que coma tranquilamente. Pero quisiera preguntarle algo… me gustaría saber si cavó usted las tumbas de mis padres. Están enterrados ahí. Déjeme que se lo enseñe.

El sepulturero le siguió un trecho hasta que pudieron ver con claridad el lugar donde se alzaba la lápida de su familia.

– ¿Cavó usted esas tumbas?

– Sí, claro -respondió el sepulturero.

– Pues bien, quiero darle las gracias. Quiero agradecerle todo lo que me ha contado y lo claro que ha sido. No podría haber sido usted más concreto. Es muy instructivo para una persona mayor. Le agradezco la concreción, y le agradezco que haya sido tan minucioso y considerado al cavar las tumbas de mis padres. Me gustaría darle algo.

– Ya cobré mi tarifa en su momento, gracias.

– Sí, pero quisiera darles algo a usted y a su hijo. Mi padre siempre decía: «Es mejor dar mientras tienes la mano todavía caliente».

Le deslizó dos billetes de cincuenta dólares y, mientras la palma grande y áspera del sepulturero se cerraba alrededor del dinero, le miró de cerca, contempló la cara afable y arrugada y la piel picada del negro con bigote que tal vez pronto cavaría una fosa para él con el fondo lo bastante llano para colocar en él una cama.

En los días que siguieron, le bastaba con añorarlos para conjurar su presencia, y no solo la de los padres esqueléticos del anciano sino también la de los padres carnosos del adolescente, camino del hospital en autobús con La isla del tesoro y Kim en la bolsa que su madre tenía sobre las rodillas. Un chiquillo todavía pero que, gracias a la presencia de su madre, no mostraba ningún temor y reprimía sus pensamientos acerca del cuerpo hinchado del marino que había visto cómo los guardias costeros retiraban de la orilla de la playa sucia de petróleo.

Un miércoles, a primera hora de la mañana, ingresó en el hospital para someterse a la operación de la carótida derecha. El procedimiento fue exactamente el mismo que el seguido con la carótida izquierda. Esperó su turno en la antesala con el resto de los pacientes programados para ese día hasta que le llamaron por su nombre, y, con la delgada bata y las zapatillas de papel, se dirigió al quirófano acompañado por una enfermera. Esta vez, cuando el anestesista enmascarado le preguntó si quería anestesia local o general, él pidió la general, para que soportar la operación le resultara más fácil que la primera vez.

Las palabras que le habían dicho los huesos le hacían sentirse eufórico e indestructible, lo mismo que el sometimiento, conseguido con tanto esfuerzo, de sus pensamientos más sombríos. Nada podía extinguir la vitalidad de aquel muchacho cuyo cuerpo indemne y esbelto como un torpedo cabalgó en el pasado las grandes olas del Atlántico embravecido desde cien metros mar adentro hasta la orilla. ¡Ah, el dejarse ir durante aquel trayecto, el olor del agua salada y el sol abrasador! Pensó en la luz del día que lo penetraba todo, un día veraniego tras otro en aquel mar vivo y deslumbrante, un tesoro óptico tan vasto y valioso que era como si mirase, a través de la lupa de joyero con las iniciales grabadas de su padre, al perfecto, de incalculable valor, planeta en sí mismo: a su hogar, ¡el planeta Tierra con sus miles de millones, billones, trillones de quilates! Se sumió en la inconsciencia sintiéndose lejos de haber sido abatido, en absoluto condenado, deseoso de realizarse plenamente una vez más; sin embargo, no se despertó. Paro cardíaco. Ya no existía, liberado de ser, entrando en la nada sin saberlo siquiera. Tal como había temido desde el principio.

Philip Roth

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