Giacomo
Esta mañana me he despertado prontísimo, con mucha sed, y me he levantado para beber un vaso de agua. La que tenía en la mesilla de noche ya me la había bebido por la noche, sin despertarme siquiera, como me pasa siempre. Bebo agua mientras estoy dormido, a la mañana siguiente me encuentro siempre el vaso vacío y no recuerdo haber bebido. De pequeño estaba convencido de que había un fantasma que venía a beberse mi agua.
Cuando he entrado en la cocina he visto que mamá estaba allí, sentada junto a la ventana abierta. Estaba de espaldas y no me ha oído llegar. Miraba hacia fuera y lloraba.
Hacía un montón de tiempo que no la veía llorar y me he quedado paralizado. Me hubiera gustado abrazarla y decirle que no había motivos para estar tan triste porque yo estaba allí. No he sido capaz de hacerlo —nunca lo soy—; al revés, he tenido miedo de que se diese la vuelta, me viese y se enfadase porque la había visto llorar.
En vista de eso me he alejado en silencio, he vuelto a mi cuarto y me he sentado en la cama.
Estaba seguro de que ella no me había visto ni oído. En cambio, a los pocos minutos, ha entrado en mi habitación y se ha sentado ella también en la cama, a mi lado. Ya no estaba llorando, solo se sorbía un poco la nariz. Se había lavado los dientes —olía a dentífrico— pero me di cuenta igual de que se había fumado un cigarrillo. O puede que más de uno. Me ha cogido la mano y nos hemos quedado así, en esa postura, con una mano en la otra. La luz del pasillo entraba por la puerta entreabierta.
—A veces estoy un poco triste —ha dicho sin cambiar de postura. Yo he asentido con la cabeza. No sabía qué decir, o quizá sí, pero lo que no sabía era cómo decirlo. Me he preguntado cómo hubiera sido nuestra vida si mi padre no hubiera muerto. He pensado que la vida es muy injusta, me han entrado ganas de llorar y he tenido que hacer un gran esfuerzo para controlarme—. ¿Sabes?, cuando nos hacemos adultos a veces tenemos miedo del tiempo que pasa. Es algo difícil de explicar, pero cuanto mayor eres, más deprisa pasa el tiempo, parece que se consuma más rápidamente. Eso es lo que da miedo.
Me ha mirado para comprobar que la seguía. Yo le he indicado que sí, aunque no entendía muy bien de qué hablaba.
—A veces, cuando era pequeña, me encontraba con amigos de los abuelos que hacía algunos años que no me veían. Personas a las que ni siquiera recordaba. Todos decían siempre que era increíble, que estaba ya hecha una mujer, que cómo pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando eras una niña. A mí esos discursos me ponían de los nervios. Me parecían unas gilipolleces.
Se ha interrumpido al decir ese taco. Mi madre pone siempre mucho cuidado en no decir tacos. Dice que no es solo una cuestión de buena educación, de no ser vulgares, es que la forma en la que hablamos influye en cómo pensamos. No estoy seguro, pero creo que esto es algo que solía decir mi padre.
—Perdona, Giacomo. Se me ha escapado. Cuando estamos cansados, o tristes, pasa a veces. Pero lo que te quería decir es esto: cuando escuchaba aquellas frases, hace muchos años, me parecían tonterías. Ahora, en cambio, lo entiendo.
Me ha parecido que quería añadir algo, pero no lo ha hecho. Quizá ha pensado que era algo muy complicado para alguien de mi edad. Me ha abrazado y me ha estrechado muy fuerte contra ella y yo he notado su olor de mamá, de cuando era pequeño, y nos hemos quedado así hasta que la tristeza ha pasado un poco.