CAPÍTULO 8
UNA HUIDA Y UN PERSEGUIDOR

No les dije nada de Eloise ni de lo que me había hecho cambiar de idea. No era sólo que me diera vergüenza admitir que había pensado seriamente en quedarme y permitir que me pusieran la Placa a cambio de las compensaciones que ello entrañaba; aunque me sentía profundamente avergonzado. También era que no quería hablarle de Eloise a nadie. Posteriormente Henry hizo algunos comentarios despreciativos que obviamente se referían a ella, pero no le hice caso. Aunque por entonces todavía estaba demasiado impresionado por mi aparición como para hablar mucho.

Tal como lo dije sonaba razonablemente y bien planeado; que había pensado que lo mejor era darles veinticuatro horas de ventaja, después robar un caballo y seguirles. Sí les conté mi experiencia con el Trípode. Pensé que tal vez ellos pudieran arrojar alguna luz sobre aquello, que por lo menos Larguirucho sería capaz de elaborar una teoría que lo explicara, pero estaban tan desorientados como yo. Larguirucho insistía en que procurara recordar si había llegado a estar dentro del Trípode y cómo era pero, por supuesto, no pude.

Fue Larguirucho el que dijo que teníamos que abandonar a Arístides. No había pensado en aquello, sólo había imaginado de un modo nebuloso que, si volvía a encontrar a los otros dos, podría dejarles generosamente que se turnaran para montarlo; entretanto yo seguiría siendo su propietario. Pero era cierto, como apuntó Larguirucho, que tres muchachos y un caballo, a diferencia de tres muchachos a pie o un solo muchacho a caballo, ofrecían una imagen que suscitaría preguntas a cualquiera que los viera.

Admití de mala gana el hecho de que no podía quedármelo. Le quitamos la montura, debido a que en ella estaban estampadas las armas de la Tour Rouge, y la escondimos tras una elevación rocosa, echándole suciedad con los pies y amontonando piedras encima para que quedara algo oculta. Acabarían dando con ella, pero no tan pronto como probablemente ocurriría con Arístides. Era un buen caballo y el que se lo encontrara corriendo libremente y sin enjaezar seguramente no se iría demasiado lejos a buscarle un dueño. Le quité la brida y sacudió la cabeza, libre. Después le di una palmada seca en la grupa. Alzó las patas delanteras, trotó unas cuantas yardas y se detuvo, volviendo la vista hacia donde yo estaba. Pensé que no quería dejarme e intenté dar con una excusa para quedármelo algún tiempo más, pero relinchó, volvió a sacudir la cabeza y se alejó trotando hacia el norte. Yo me di la vuelta; no quería verle marchar.

De modo que una vez más reemprendimos la marcha, los tres nuevamente juntos. Estaba muy contento de su compañía y contuve la lengua incluso cuando Henry, ya repuesto, hizo algunos comentarios despreciativos acerca de lo difícil que debía ser aquello después de la vida lujosa de que había gozado en el castillo. De hecho, intervino Larguirucho para cortarle. Me daba la impresión de que Larguirucho daba por supuesto que si es que había un líder en el grupo, ése era él. Tampoco tenía ganas de poner aquello en tela de juicio, por lo menos de momento.

Efectivamente me cansaba de andar; los músculos que se emplean son totalmente distintos a los que se utilizan para montar a caballo y no cabía duda de que estaba en baja forma como consecuencia de la enfermedad y de la convalecencia prolongada e indolente que vino después. Sin embargo, apreté los dientes y me mantuve a la altura de los otros, procurando que no se me notara el cansancio. Pero me alegré cuando Larguirucho dijo que paráramos para comer y descansar.

Aquella misma noche, cuando dormimos a la intemperie, bajo las estrellas, y en lugar del colchón de plumas al que me había acostumbrado, tuve debajo el duro suelo, no pude evitar sentir cierta lástima de mí mismo. Pero estaba tan cansado después de no haber dormido la noche anterior que no aguanté mucho despierto. Sin embargo, por la mañana tenía doloridas todas las extremidades, como si alguien se hubiera pasado la noche dándome patadas. Volvía a hacer un día luminoso, pero sin el viento que nos hizo pasar frío el día anterior. Éste sería el cuarto día, el penúltimo del torneo. Tendría lugar la lucha colectiva y en el recinto habría equitación. Eloise aún llevaría la corona y daría premios a los vencedores. Y pasado mañana…

Llegamos al paso indicado en el mapa no mucho después de salir. Seguimos un río que nacía de las colinas, de curso interrumpido por ruidosas cascadas, algunas bastante grandes. Más arriba el mapa señalizaba un lugar en el que otro río se aproximaba a éste y llegamos allí antes del atardecer.

Este segundo río, exceptuando unos cuantos puntos en los que las orillas estaban deterioradas, era extrañamente rectilíneo y de anchura uniforme. Además discurría a distintos niveles separados unos de otros por unos dispositivos evidentemente construidos por los antiguos: maderas en putrefacción, volantes de hierro oxidado y cosas así. Por supuesto, Larguirucho encontró, para satisfacción suya, una explicación. Los hombres habían construido el segundo río, excavando el lecho y quizá trayendo agua del río principal. Nos mostró que bajo la hierba y otros tipos de vegetación había ladrillos cuidadosamente dispuestos y sujetos con argamasa. En cuanto a los dispositivos, eran un medio para permitir que las barcas pasaran de un nivel del río a otro (un sistema para llenar y drenar el corto tramo que había entre las dos secciones situadas a distinta altura). Tal y como lo explicaba parecía razonable, pero a él se le daba bien hacer que resultaran plausibles cosas fantasiosas.

Se fue entusiasmando bastante con la idea a medida que avanzábamos paralelamente al río. Aquello podía ser, —estaba seguro de que lo había sido—, un Shemand-Fer acuático, con barcas que tiraban de carruajes a lo largo de las aguas niveladas y gente que se subía y se bajaba en los lugares donde estaban los volantes y demás.

—¿Empujados por tu cacerola de vapor? —dijo Henry.

—¿Por qué no?

—De todos modos es mucha agua.

Dije yo:

—Parece que algunas paradas estaban muy cercanas entre sí y otras a millas de distancia. Y no hay indicios de que haya habido poblaciones allí. Sólo los restos de una casa, a veces ni siquiera eso.

Dijo, con impaciencia:

—No se pueden entender todas las cosas que hicieron los antiguos. Pero construyeron este río, eso seguro, y por tanto deben de haberlo usado. Se podría arreglar y hacer que vuelva a funcionar.

En un punto donde el río rectilíneo giraba bruscamente sobre sí mismo en dirección norte, lo dejamos. El terreno que había a continuación era mucho más accidentado, y había aún menos indicios de cultivos o de que allí habitara el hombre. La comida empezaba nuevamente a convertirse en un problema. Se nos había acabado lo que trajimos del castillo y aquí había pocas cosas que coger. Cuando más hambre teníamos nos encontramos un nido de gallina silvestre. Ésta se encontraba sentada encima de una nidada de catorce huevos, de los cuales fuimos capaces de comernos diez, con la ayuda de un condimento estimulante: el hambre; los demás estaban malos. Nos hubiéramos comido, aún con más ganas, a la gallina, de haber sido capaces de atraparla.

Por fin divisamos desde las colinas un extenso valle verde atravesado por un río. A lo lejos se veían más colinas. Aún más lejos, según el mapa, estaban las montañas, que eran la meta de nuestro viaje. Habíamos recorrido mucho y aún estábamos lejos. Pero el valle era un mosaico de campos y se veían casas, granjas y pueblos. Allá abajo había comida.

No obstante, conseguirla resultó menos sencillo de lo que habíamos creído. Nuestras primeras tentativas de incursión se vieron frustradas, dos por unos perros que ladraron furiosamente, la tercera por el propio granjero, que se despertó y nos siguió dando voces mientras nosotros salíamos del patio en distintas direcciones. Encontramos campos de patatas que nos permitieron aplacar el hambre en sus peores momentos, pero las patatas crudas constituían una dieta escasa para proseguir el viaje y llevar aquella vida tan dura. Pensé con tristeza en toda la comida que se desperdiciaba en el castillo; calculé que hoy se celebraría la Ceremonia de la Placa, día en que las fiestas alcanzaban una magnificencia aún mayor que durante el torneo. Pero al pensar en ello me acordé de Eloise, que ya no estaría en aquella fiesta. Había cosas peores que el hambre, males peores que la incomodidad física.

A la mañana siguiente cambió nuestra suerte. Ya habíamos recorrido más de medio valle (después de atravesar el río a nado y secarnos al sol, tumbados en la orilla, agotados) y de nuevo nos dirigíamos a terreno más elevado. Evitamos un pueblo, pero incluso de lejos vimos que había una gran actividad allí; habían desplegado banderas y estandartes con motivo de alguna celebración local. Pensé en la Ceremonia de la Placa, pero Larguirucho dijo que lo más probable era que se tratara de las muchas fiestas eclesiásticas que tenían lugar a lo largo del año; en este país eran más frecuentes que en Inglaterra.

Estuvimos observando un tiempo y mientras lo hacíamos vimos salir mucha gente de una granja situada a unos centenares de yardas de los arbustos entre los que estábamos echados cuerpo a tierra. Llevaron dos carromatos a la puerta principal, con los caballos engalanados, y la gente se amontonó en ellos, vestidos con ropa de domingo. Tenían aspecto de ser prósperos y, aún más importante, de estar bien alimentados. Yo dije, hambriento:

—¿Creéis que se habrán ido todos?

Esperamos a que los carromatos se perdieran de vista para hacer un reconocimiento. Larguirucho se acercó a la casa, y Henry y yo aguardamos cerca. Si hubiera alguien dentro, se inventaría una excusa y se iría. Si no…

No había ni siquiera un perro, —tal vez se los hubieran llevado a la fiesta—, y no tuvimos que forzar nada para entrar. Había una ventana suficientemente abierta como para que yo me colase y les abriese a los otros los cerrojos de la puerta. No perdimos tiempo y nos dirigimos a la despensa. Nos zampamos medio ganso que había y un poco de cerdo asado. Después de comer tanto como nos fue posible, llenamos las bolsas y continuamos nuestro camino atiborrados y un tanto lentos.

¿Y con complejo de culpabilidad? Era el mayor acto de piratería, —o si se prefiere, robo—, que habíamos cometido hasta el momento. Aún repicaban las campanas por el valle; por la calle principal del pueblo avanzaba una procesión: niños vestidos de blanco seguidos de sus mayores. Seguramente entre ellos estarían el granjero y su mujer, que al volver se encontrarían la despensa vacía. Me imaginé la desolación de mi madre y el desprecio e irritación de mi padre. En Wherton no se permitía que un desconocido se marchara hambriento, pero las normas que delimitaban lo que pertenecía a cada cual eran sacrosantas.

La diferencia estribaba en que nosotros no éramos unos desconocidos; nosotros éramos unos fuera de la ley. A nuestro modo, pobre e insignificante, estábamos en guerra. Esencialmente contra los Trípodes, pero indirectamente contra todos aquellos que, por las razones que fuera, los apoyaban. Incluyendo, —me esforcé por afrontarlo—, a todos cuantos había conocido, y a los cuales había cobrado cariño, en el Château de la Tour Rouge. Todos estaban contra nosotros en el país que cruzábamos. Teníamos que vivir de nuestro ingenio y de nuestros recursos: no valía ninguna de las normas antiguas.

Más adelante vimos a un Trípode que avanzaba por el valle, el primero en varios días. Pensé que Larguirucho se equivocaba y que se dirigía al pueblo, a una Ceremonia de la Placa, pero en lugar de ir hacia allí se detuvo, lejos de todo lugar habitado, aproximadamente a una milla de donde estábamos. Allí se quedó, tan inmóvil y aparentemente inanimado como el del castillo. Avanzamos algo más deprisa que antes y nos mantuvimos ocultos siempre que nos fue posible. Aunque parecía que no tenía mucho sentido: no había razón para suponer que tuviera que ver con nosotros, ni siquiera que nos pudiera ver. No daba muestras de querer seguirnos. Al cabo de una hora o así lo perdimos de vista.

Volvimos a ver al Trípode, o uno parecido, a la mañana siguiente y una vez más se detuvo a cierta distancia y se quedó allí. Nuevamente nos pusimos en marcha y lo perdimos. El cielo estaba más nublado que antes y hacía mucho viento. Se nos había acabado la comida que cogimos en la granja, —Larguirucho quiso que la racionáramos pero por una vez Henry y yo no le hicimos caso—, y no encontramos más en todo el día. Otra vez teníamos hambre, seguramente acentuada por el hecho de haber comido bien el día anterior.

Al atardecer subimos por unos campos en los que había plantas situadas unas muy cerca de otras, sujetas por palos, y que daban racimos de una fruta verde y pequeña. La recolectarían cuando hubieran crecido del todo y estuvieran maduras, y le sacarían el jugo para hacer vino. Cerca del castillo había unos cuantos campos de éstos, pero me asombró ver la gran cantidad que había aquí, así como la manera en que estaban dispuestas las parcelas, —o, más bien, los bancales—, para recibir la lluvia y el sol. Tenía tanta hambre que probé unas cuantas frutas de las más grandes, pero estaban duras y agrias, y tuve que escupirlas.

Habíamos estado durmiendo al aire libre pero pensamos que, ante la posibilidad de que empeorara el tiempo, sería una buena idea procurarse un refugio para la noche. De hecho descubrimos una cabaña, una cosa improvisada, situada en la intersección de tres campos. Nos acordamos de nuestra última experiencia y entramos cautelosamente, pero Larguirucho nos aseguró que se trataba de un lugar que sólo utilizan durante la recolección de la fruta, y lo cierto es que no había ninguna vivienda a la vista, sólo las largas hileras de palos y plantas que se extendían hasta perderse en la oscuridad. Estaba muy vacía, no había tan siquiera una mesa o una silla, pero el techo, aunque por algunos sitios se veía el cielo, nos preservaría casi totalmente de la lluvia.

Era un alivio haber encontrado un refugio y, después de echar un vistazo, también descubrimos alimentos, aunque casi no se podían comer. Se trataba de unas ristras de cebollas, como las que los hombres de jersey azul traían del otro lado del mar, sólo que éstas estaban secas y marchitas, y en algunos casos podridas. Puede que las trajeran los trabajadores en la última recolección, aunque era raro que las hubiesen dejado allí. Fuera como fuere, aplacaron un tanto las protestas de nuestros estómagos. Nos sentamos a la puerta de la cabaña, masticándolas y viendo cómo se desvanecía la luz tras la línea de las colinas. Reinaba la calma y a pesar de haber cenado cebollas marchitas y rancias, y a la perspectiva de pasar la noche en un suelo que se desmoronaba, era la vez que más contento me sentía desde que salí del castillo. Pensaba menos en las cosas que me conturbaban, sentía que se quedaban atrás, desvaneciéndose. E íbamos bien. Unos cuantos días más y tendríamos las montañas a nuestro alcance.

Entonces Henry se dirigió al otro lado de la cabaña y un momento más tarde nos llamó para que acudiéramos también. No tuvo necesidad de dirigir nuestra atención hacia él. Fijo sobre la hierba se alzaba el Trípode, a una distancia no muy superior a media milla.

Henry dijo:

—¿Crees que es el mismo?

Dije yo:

—No estaba a la vista cuando llegamos a la cabaña. Miré en esa dirección.

Henry dijo con inquietud:

—Desde luego se parecen todos mucho.

—Hemos de seguir, —dijo Larguirucho—. Puede que sea casualidad, pero es mejor no arriesgarse.

Abandonamos la cabaña y subimos afanosamente la colina. Aquella noche nos tumbamos en una zanja y yo no dormí bien, aunque por fortuna no llovió. Pero dudo que hubiera pegado ojo en la cabaña, sabiendo qué monstruoso centinela montaba guardia fuera.

Cuando salimos por la mañana no se veía el Trípode, pero no mucho después de parar a mediodía él, o quizá otro, apareció a nuestra espalda, asomando por detrás de la cima de una colina, y se detuvo a la misma distancia. Sentí que me temblaban las piernas.

Larguirucho dijo:

—Tenemos que perderlo.

—Sí —dijo Henry—, ¿pero cómo?

—Puede que le estemos ayudando, —dijo Larguirucho—, manteniéndonos a cubierto.

Delante de nosotros había campos, algunos con viñedos, otros con cultivos distintos. A la izquierda, un poco desviados de nuestro curso, había árboles; parecía el lindero de un bosque que se extendía a lo lejos, cubriendo los pliegues del terreno.

—Veremos, —dijo Larguirucho—, si es capaz de divisarnos a través de las hojas y las ramas.

Nos encontramos un campo de nabos antes de entrar en el bosque, y llenamos las bolsas, sabedores de que podría haber pocas posibilidades de conseguir comida más adelante. Pero era un inmenso alivio sentirse ocultos: el techo de vegetación era tupido. Sólo de cuando en cuando veíamos fragmentos de cielo, pero nada de sol.

Viajar era más difícil, por supuesto, y más agotador. En ciertos lugares había gran cantidad de árboles y en otros la maleza era tan enmarañada que nos veíamos obligados a dar un rodeo en vez de atravesarlo con esfuerzo. Al principio estábamos medio convencidos de que oiríamos los ruidos del Trípode cuando atravesara el bosque siguiéndonos, pero al ir pasando las horas y ver que sólo se escuchaban los ruidos normales del bosque, —los pájaros, el chillido de una ardilla, unos gruñidos lejanos que con toda probabilidad corresponderían al jabalí— fuimos convenciéndonos de que, tanto si habíamos tenido razón al pensar que nos perseguían como si no, aquella idea ya no tenía sentido.

Pasamos la noche en el bosque; dimos por finalizada la jornada un poco temprano, pues tuvimos la suerte de dar con la cabaña de un leñador. Había leña y yo hice una fogata mientras Henry cogía un par de cepos de alambre que estaban colgados de la pared y los colocaba a la entrada de unas madrigueras de conejo que había cerca. Atrapó uno que salía a hacer su recorrido nocturno; lo despellejamos y lo asamos a la lumbre. Nos comimos el conejo solo. Todavía quedaban algunos nabos, pero a esas alturas ya estábamos hartos de ellos.

A la mañana siguiente nos dirigimos de nuevo hacia campo abierto y llegamos en poco más de una hora. No había rastro del Trípode y empezamos a recorrer con buen ánimo un territorio en el que predominaba lo salvaje sobre lo cultivado; en unos pocos prados había vacas pastando y de cuando en cuando se veían campos de patatas y cosas similares, pero la mayor parte era páramo cubierto de hierbas ralas y arbustos, incluyendo una especie que tenía grandes cantidades de una baya azul de sabor dulce y delicado. Nos atiborramos de éstas y llenamos las bolsas de patatas pequeñas.

Progresivamente se iba elevando el terreno, y de modo igualmente progresivo se iba haciendo más baldío. El bosque quedó al oeste, pero había grupos de pinos que espesaban formando extensas arboledas. Atravesamos el silencio apacible de las mismas, en medio del cual hasta el canto de los pájaros sonaba apagado y distante, y al atardecer llegamos a la cima de una loma bajo la cual había una extensión de cien yardas o más, ocupada por pinos talados no hacía mucho tiempo: aún brillaba el blancor de los tocones heridos por el hacha y muchos de los árboles aún seguían donde habían caído, aguardando a que se los llevaran.

Era una posición privilegiada. Podíamos ver el declive del terreno y, por encima de las copas verde oscuro de los árboles que seguían en pie, otras colinas de más altura. Y aún más allá, tan remotas, tan diminutas en apariencia, y sin embargo majestuosas, con las cumbres blancas que el sol poniente, incrustado en el intenso azul del cielo, teñía de rosa (me maravillé al pensar que aquello era nieve), por fin avistamos las Montañas Blancas.

Henry dijo con voz de asombro:

—Deben tener millas de altura.

—Me imagino que sí.

Me sentí mejor al mirarlas. Parecían por sí solas un desafío a los monstruos metálicos que avanzaban a grandes pasos sin que nada los detuviera, omnipotentes, por las tierras bajas. Ahora sí creía sin reservas que los hombres podrían hallar refugio en ellas y seguir siendo libres. Estaba pensando en esto cuando Larguirucho se movió de repente a mi lado.

—¡Escuchad!

Lo oí y me di la vuelta. Estaba detrás de nosotros, muy lejos, pero supe qué era: la madera que crujía y se astillaba bajo el vigoroso impacto metálico, las pisadas de los grandes pies abriéndose paso por el bosque de pinos. Después cesaron. Pudimos vislumbrarlo a través de una pequeña abertura que dejaban los árboles, recortado contra el cielo.

Larguirucho dijo:

—No se nos ha podido ver en toda la tarde. Ahora no estamos a la vista. Y sin embargo sabe que estamos aquí.

Dije, abatido:

—Podría tratarse de una coincidencia.

—Dos veces, sí. Incluso una tercera. Pero si ocurre lo mismo una y otra vez, no. Nos está siguiendo y no necesita vernos. Al igual que un perro que olfatea un rastro.

Henry dijo:

—¡Eso es imposible!

—Si no es posible explicarlo de ninguna otra manera, lo imposible es cierto.

—¿Pero por qué iba a seguirnos? ¿Por qué no viene y nos coge?

—¿Cómo saber lo que hay en sus mentes? —preguntó Larguirucho—. Puede que les interese lo que hacemos, dónde vamos.

Toda la alegría del minuto anterior se evaporó. Las Montañas Blancas existían. Podían brindarnos refugio. Pero aún quedaban muchos días de viaje que para el Trípode no suponían más que unas cuantas zancadas de gigante.

Henry preguntó:

—¿Qué vamos a hacer?

—Tenemos que pensar, —dijo Larguirucho—. De momento se conforma con seguirnos. Eso nos da tiempo. Pero puede que no mucho tiempo.

Bajamos la pendiente. El Trípode no se movió de su posición, pero ya no nos hacíamos ilusiones al respecto. Bajamos lentamente, en medio de un silencio desilusionado. Traté de pensar en algo para librarnos de él, pero cuanto más me concentraba más negro lo veía. Esperaba que los otros dos tuvieran más éxito. Por lo menos Larguirucho. Seguro que se le ocurría algo.

Pero cuando nos detuvimos por la noche no había dado con nada. Dormimos bajo los pinos. Seguía el tiempo seco y, pese a la altura, la temperatura era bastante suave y el lecho de agujas de pino, con un espesor de varias pulgadas, al parecer acumuladas a lo largo de muchos años, era lo más blando sobre lo que había dormido después del castillo. Pero ninguna de aquellas cosas me proporcionaba un gran consuelo.