2 de septiembre. Domingo

Un pequeño misterio resuelto. Jenny me permitió anoche, después de insistírle un poco, que dejara la luz del velador prendida, pero otra vez sólo se desnudó hasta la cintura y se metió bajo las sábanas con la bombacha puesta. Me subí sobre ella y mientras bajaba con mi boca hacia el círculo hundido del estómago (adoro la suave hondonada de su estómago) vi asomar la primera sombra del vello sobre la línea apenas separada del elástico. Le dije que esta vez quería quitársela yo. La sábana se había replegado con mis movimientos y sólo accedió después de subirla hasta dejarnos otra vez cubiertos por entero a los dos. Pero todavía, debajo de esa campana secretísima, cuando ya se la había deslizado del todo, vi que se cubría con las manos, ahuecándolas contra el pubis. Es que me da vergüenza, me dijo, tengo los labios, ya sabes, un poco grandes. Estuve a punto de reírme, pero por suerte pude contenerme. Mi primer novio se burlaba de mí, como si fuera una clase de freak, llegué a odiarlo por eso, me dijo. Parece algo que todavía pudiera hacerla llorar. Shh, la acallé, no te prcocupes. Sus dedos aún estaban ahí, como un frágil enrejado, por donde se veía algo del vello oscuro y recortado. Pasé mi lengua, buscando su piel en los intersticios, y cedieron, y se entreabrieron un poco. Los fui levantando con mi mano uno por uno, hasta vencer la última resistencia y arrastré su mano hacia atrás, entrelazada a la mía. Sus piernas se aflojaron y se abrieron en V, su cabeza se estiró hacia arriba, con los ojos cerrados, y su otra mano se separó sola. Bajo la luz tamizada por la sábana, la tuve enteramente delante de mí: la cosa en sí, algo desvalida en su extrema desnudez. Tiene los labios, en efecto, arrepollados y abiertos, como si fueran a enrollarse hacia los costados, aunque nada alarmante, ni de los más grandes que me tocaron ver. Sólo que en ella es curioso el contraste, porque de la mitad hacia arriba, en su cara suave, en las aureolas apenas formadas de los pezones, en su estómago liso y su cintura estrecha, todo es aniñado, mientras que su concha, como si la traicionara ya desde el vello grueso y oscuro, en el capuchón inflamado del clítoris, y en esos pliegues carnosos, parece hablar de una larga madurez sexual. ¿Por qué te detuviste?, me preguntó, ¿demasiado impresionado? Le dije que de ningún modo me parecían tan grandes y que en Argentina muchas chicas los tenían así. Me sonrió desde lejos, como si apreciara mi intento, y aferró con una mano mi nuca. Sólo sigue con lo que estabas haciendo y me harás feliz.