Epílogo

Hace aproximadamente 10.000 años, cuando la última glaciación se acercaba a su fin, el continente europeo experimentó una serie de oscilaciones climáticas en las que se alternaban períodos templados con otros extremadamente fríos. Los primeros indicios de este trascendental fenómeno comenzaron a manifestarse unos dos mil años antes y provocaron que los hombres prehistóricos, que habitualmente se dedicaban a la caza de renos, tuvieran que enfrentarse a nuevos retos y adaptarse a los cambios que se estaban produciendo. Estos hechos marcaron el inicio de lo que hoy día conocemos como el Paleolítico Superior. La historia de la mujer cuervo se desarrolla precisamente en este período, hace unos 11.500 años, en la región que actualmente se conoce como la Baja Franconia.

Debido al aumento de las temperaturas la tundra, que hasta aquel momento había sido el lugar ideal para la subsistencia de enormes manadas de renos y caballos salvajes, comenzó a retroceder dando paso a la formación de bosques de pinos y abedules y de extensas praderas. Éstos, a su vez, acabaron transformándose en bosques mixtos en los que proliferaron diversas especies animales entre las que se encontraban uros, osos, alces, ciervos, renos y lobos.

La escasa población de seres humanos que habitaba esta región estaba compuesta por cazadores y recolectores, herederos de la cultura magdaleniense —que se extendió por el sudoeste de Europa y a los que conocemos por sus pinturas rupestres—, y llevaban miles de años cazando renos y caballos salvajes. Estos individuos se habían adaptado extraordinariamente bien a las condiciones ambientales y habían desarrollado una increíble destreza para servirse de todo lo que la naturaleza les ofrecía. Sin embargo, los repentinos cambios en el clima y la vegetación les obligaron a modificar sus técnicas y utensilios de caza para sobrevivir. Por poner un ejemplo, el desarrollo y perfeccionamiento del arco y las flechas se produjo precisamente en este contexto. Por otro lado, cuanto todavía faltaban siglos para el inicio del cultivo de cereales, fue necesario idear nuevas formas de recolección que incluían gramíneas silvestres. Además se comenzó a almacenar víveres, lo que les obligó a experimentar con el trenzado de fibras para la elaboración de cestos y redes y con la fabricación de recipientes, mucho antes del descubrimiento de la alfarería.

Gracias a los hallazgos arqueológicos conocemos algo sobre su forma de vida, sus viviendas y armas, y la confección de sus ropas y joyas. Asimismo, a través de los grabados en piedra, hemos podido tener acceso a los fundamentos de su imaginario colectivo. En ellos se representan animales, mujeres con cabeza de pájaro y otras figuras femeninas, generalmente estilizadas, en ocasiones bailando, pero siempre con el rostro difuminado. La frecuencia con la que aparecen estos iconos ha llevado a algunos estudiosos a suponer que se trataba de sociedades matriarcales, en las que las mujeres ejercían un papel preponderante en la tribu. Esta teoría estaría respaldada por restos arqueológicos procedentes de períodos anteriores, como pinturas rupestres y estatuillas talladas en hueso, marfil o piedra.

Teniendo en cuenta que el cambio climático se extendió a lo largo de varios siglos, se podría pensar que no se produjo una ruptura radical y que las sucesivas generaciones tuvieron tiempo suficiente para adaptarse paulatinamente a los cambios. Sin embargo, a finales del Paleolítico, tuvo lugar un importante fenómeno que tendría una gran repercusión en las vidas de los habitantes de Europa Central: la erupción del volcán Laacher, junto al Rin.

Se trató sin duda de una de las mayores catástrofes naturales desde la llegada a Europa del homo sapiens. En realidad fueron dos las erupciones, una en primavera y otra en el verano del mismo año, y sus efectos fueron mucho más devastadores que los de las erupciones que se producen y han producido en épocas más recientes. La terrible explosión arrojó columnas de lava que alcanzaron hasta cuarenta kilómetros de altura, acabando con todo vestigio de vida y cubriendo una gran parte del continente europeo con una capa de ceniza de veinte centímetros de grosor. El dióxido de azufre y otros gases venenosos alcanzaron la atmósfera y formaron una densa nube que impedía el paso de la luz de sol. Este hecho se tradujo en un drástico empeoramiento de las condiciones climáticas que afectó a todo el hemisferio norte durante varios años. La dendrocronología, o datación por medio de los anillos de los árboles, demuestra que, en aquel período, la disminución del crecimiento de la vegetación llegó a afectar a zonas tan distantes entre sí como las actuales Suecia y Suiza.

Los recuerdos de este terrible suceso, marcados para siempre en las mentes de los pocos que sobrevivieron a la catástrofe, aparecen en diversas sagas y tradiciones orales centroeuropeas. En ellas se habla de gigantes de fuego y hielo que lanzaban terribles bramidos, de un invierno oscuro e interminable y de un cielo que amenaza con derrumbarse sobre las cabezas de los hombres. Tal vez los relatos que describen la desaparición de la Atlántida, y que según Platón se habría producido aproximadamente en la misma época, guarden también alguna relación con este fenómeno. Probablemente la erupción del volcán Laacher no fue un hecho aislado, sino que estaría relacionado con otras manifestaciones de actividad volcánica.

En la novela la erupción supone el punto culminante de una serie de acontecimientos que acabarán con los usos y costumbres del Paleolítico y que conducirán irremisiblemente al comienzo de un nuevo período que hoy en día conocemos como Mesolítico. En cualquier caso, se han hallado innumerables restos arqueológicos que confirman el descenso demográfico y el declive cultural de este período de transición, al que siguió una lenta fase de recuperación caracterizada por importantes innovaciones técnicas entre las que se encuentran el desarrollo de nuevas armas para la caza y el uso de microlitos.

Cuando se producen unos hechos tan traumáticos que se graban para siempre en el subconsciente colectivo, tal y como sugiere el estudio de los antiguos mitos centroeuropeos, no es de extrañar que se originen importantes cambios sociales e ideológicos. Se podría argumentar que se produjo una brecha irreparable en la unidad que formaba todo lo existente y tal vez fue entonces cuando, en su lucha por sobrevivir, el ser humano fue consciente por primera vez del eterno conflicto que enfrenta a la naturaleza contra el hombre y, a la inversa, al hombre contra la naturaleza. Una vez dio comienzo esta visión antagónica del cosmos, rápidamente se extendió a otros ámbitos de las ideas planteando nuevas oposiciones como las de la vida frente a la muerte o el hombre frente a la mujer. El otro sexo fue percibido como un ser diferente e independiente y es posible que tuviera lugar el descubrimiento del concepto del número dos y el punto de partida de todas las asociaciones de dualidad y polaridad que han caracterizado el pensamiento humano hasta nuestros días.

Quizás el hecho de que la Gran Madre Tierra, representada por el poder femenino, se mostrara incapaz de proteger a la tribu frente a la desgracia, fuera interpretado por los hombres como una señal para exigir mayor poder de decisión en las cuestiones que afectaban a la comunidad y tal vez despertó en ellos ciertas ansias de dominación. En realidad, la aparición de las primeras sociedades patriarcales datan de miles de años después, pero tal vez aquellas primeras manifestaciones fueron anidando en los capas más profundas de la conciencia y sirvieron para allanar el camino a esta nueva concepción de las relaciones sociales. El pensamiento dual, representado fundamentalmente por la oposición entre hombre y mujer, es un problema que todavía nos preocupa hoy en día. Las cuestiones que derivan de esta oposición siguen más vigentes que nunca porque todavía no se ha producido una resolución del conflicto, una curación del trauma, y las consecuencias de esto han dejado una huella indeleble en la historia de la humanidad y en el estado del planeta tierra.

La región en la que se desarrolla la historia de la mujer cuervo es el lugar que hace años elegí para vivir —aunque con ciertas modificaciones necesarias para el desarrollo de la novela—: las suaves y boscosas colinas del parque natural de Haberge, al norte del río Meno. El río que la tribu denomina el arroyo de los juncos existe en realidad, pero no desemboca directamente en el Maionn. En las «montañas de avellanos» no existe ninguna caverna del tamaño que se describe en la novela, y resultaría inútil adentrarse en esta zona en busca de las huellas de la tribu del Fresno. No obstante, todos y cada uno de los lugares descritos en la novela tienen un equivalente simbólico en esta región. La caverna de la tribu del Fresno, por ejemplo, se encontraría en una colina junto a la localidad de Humprechtshausen, que pertenece al municipio de Riedbach, la de los Castores equivaldría a la ciudad de Ebern y la de los Salmones podría ser Hafurt. Asimismo existen en mi topografía mental lugares relacionados, por ejemplo, con la caverna sagrada —la Triebenhöhe—, el lugar de los enterramientos —el «Rote Marter» de Gasseldorf—, e incluso con el serbal del recinto exterior. Las montañas de pinos que atraviesan los miembros de la tribu del Fresno durante su huida se conocen hoy en día como los Montes Fichtel y el río Egar podría ser el Ohre (llamado Eger a su paso por Alemania). Resumiendo, se podría decir que los lugares existen, aunque no del todo, y que son lo suficientemente reales para estimular la fantasía…

En realidad todo comenzó cuando empecé a pasear con mis perros día tras días por las verdes y sinuosas colinas del parque natural de Haberge e intenté escuchar la voz de la naturaleza. Para mi sorpresa, ésta me concedió mucho más de lo que esperaba.

Para conocer más sobre la historia de Ravan y Godain se puede visitar la página web www.regine-leisner.de, donde el lector dispone también de información actualizada sobre los próximos títulos de la serie en los que se desarrollará la historia de los diferentes personajes masculinos y femeninos a lo largo de las épocas anteriores y posteriores.