CAPITULO XI
La gran losa que cubría el sarcófago de piedra y que, aparentemente, debía de pesar media tonelada o más cayó al otro lado, con tanta facilidad como si hubiese sido arrojada por el manotazo de un gigante. Percy y la muchacha se quedaron pasmados, completamente inmóviles a causa del asombro que les producía aquel hecho singular.
Percy contempló durante unos instantes el féretro de caoba, que ya había perdido el brillo por el paso de los años. Luego, reaccionando, dio la vuelta al sarcófago y, con una sola mano, levantó la tapa caída en el suelo del panteón.
—Poliuretano —dijo. Alice tenía la boca abierta.
—Parece granito auténtico...
—Lo emplean en las decoraciones —sonrió él—. Es fácil de trabajar, se puede pintar del color que se precise, sirve muy bien como embalaje protector... y algunos hasta lo usan para imitar la losa que cubría en tiempos un sepulcro.
—Entonces, eso explica que Lord Edgard pueda entrar y salir con tanta facilidad —dijo Alice.
—Lo explica muy bien. —Percy levantó la falsa tapa y enseñó dos asas que se veían en la cara interior, así como unos pequeños rebordes que servían para que quedase bien ajustada al sepulcro—. Sobre todo, si se tiene en cuenta, como puedes apreciar, la relativa hondura del sarcófago, que permite levantar la tapa del féretro sin dificultades.
—Si lo hubiéramos sabido el otro día... —suspiró la muchacha—. ¿Dónde estará la tapa auténtica, Percy?
—Hecha pedazos en alguna parte —respondió él—. Y no nos interesa tanto corno lo que hay dentro de ese ataúd.
Alice se estremeció. Había llegado el momento más temido. Debía ser fuerte, se dijo. Percy se subió al pedestal.
—Alúmbrame, por favor.
Alice le siguió, dominando sus aprensiones. Percy se inclinó y tanteó las presillas de cierre de la tapa del ataúd. Luego, de súbito, la cogió con ambas manos y la levantó de golpe.
Ella desvió la vista a un lado. Sintió que Percy le quitaba la linterna de la mano, pero no se atrevió a mirar el interior del ataúd.
Durante unos segundos, hubo un silencio absoluto en el interior del panteón. Luego, Alice, estremecida de horror, oyó la voz del joven:
—¡Lord Edgard! ¡Contésteme, se lo ruego!
Muy despacio, Alice fue girando la cabeza, obligándose a sí misma a ser valerosa, hasta que pudo ver con todo detalle el cuerpo que yacía apaciblemente en el féretro. Lord Edgard tenía los ojos cerrados y sus manos aparecían cruzadas sobre el pecho.
—Pero viste ropas actuales —exclamó, sin poder contenerse.
—Lógico, si tiene qué actuar en nuestros días, ¿no crees?
—Yo le vi con el traje de su época...
—Posiblemente era una de sus primeras salidas —apuntó Percy—. Weston debió de pensar después que un zombie con traje del siglo XVIII no resultaba muy adecuado a nuestro tiempo.
—Un zombie —repitió ella.
—Sí, un muerto-vivo, como en las Antillas..., pero que, sin embargo, no me obedece.
Percy volvió a lanzar su invocación. El cuerpo de Lord Edgard permaneció en la más absoluta inmovilidad.
Alice se notaba presa de un extraño sentimiento, mezcla de asombro, terror y admiración a un tiempo. Aparte del color terroso de su rostro, el cadáver aparecía maravillosamente conservado. Si hubiese visto movimientos regulares en su pecho, habría dicho que Lord Edgard estaba dormido.
Al cabo de unos minutos, Percy hizo un gesto negativo.
—Es indudable que Weston emplea un procedimiento desconocido para conseguir que Lord Edgard le obedezca —dijo—. Pero no cabe la menor duda de que la fórmula de su antepasado, el cirujano Ferries, resultó positivamente eficaz. Y no sólo eso, sino que Lord Edgard ha podido soportar casi tres siglos de estancia en el sepulcro, sin que su organismo acuse en lo más mínimo el paso de los años.
Miró un instante a la muchacha y añadió:
—Tú tenías razón cuando dijiste que algunos científicos de épocas pasadas poseían conocimientos que hoy permanecen en el olvido y que resultarían incomprensibles para los sabios actuales. No cabe la menor duda, el doctor Ferries debió de ser un hombre genial.
—Sí, Percy —convino la muchacha—. Pero ¿qué hacemos ahora? El joven suspiró.
—De momento, no se me ocurre nada, salvo dejar todo tal como lo hemos encontrado. Yo me volveré mañana a Londres. Tengo un amigo médico, una de cuyas especialidades es el embalsamamiento. También es un punto aficionado a la parapsicología. Creo que esto le interesará, Alice.
—¿Le pedirás que venga, Percy?
—Sí. Quiero conocer su opinión... y también me gustaría hablar con Weston, pero no antes de que el doctor Harrodney haya visto el cuerpo de Lord Edgard.
Percy bajó la tapa del ataúd. A continuación, colocó sobre el sarcófago la falsa loseta de poliuretano, que tan bien imitaba el granito. Luego recogió todos los trebejos.
—Volvamos a casa, Alice.
Salieron en silencio del panteón. Un cuarto de hora más tarde se reconfortaban en la casa de Alice con dos buenos tragos de brandy.
Percy levantó su copa.
—No lo tomes como una burla..., pero me parece oportuno brindar a la memoria del doctor Ferries —dijo.
Alice esbozó una sonrisa.
—Yo brindaría mejor para que se acabe pronto esta pesadilla —manifestó—. Tener en la vecindad a un zombie, como lo has llamado, no es cosa que resulte agradable, Percy.
—Esto no durará mucho, te lo prometo —contestó él firmemente.
Al día siguiente, Percy emprendió el regreso a Londres. A pocos kilómetros de Wilkeshire se encontró un automóvil parado. Su conductor, junto al coche, consultaba un mapa de carreteras.
Percy frenó y asomó la cabeza por 1a ventanilla.
—¿Puedo serle útil en algo, amigo?
El hombre, joven y bien parecido, sonrió.
—Voy a Shagmore Hall —contestó—. El mapa no indica bien la ruta y no me gustaría pasarme el día dando vueltas por estos caminos.
—Siga la misma dirección. A tres kilómetros, encontrará un cruce. Vaya hacia el norte. Shagmore Hall está a menos de mil metros.
—Gracias, amigo.
Percy se dispuso a arrancar de nuevo. De pronto, se le ocurrió una idea.
—Oiga, usted no será empleado de un Banco, ¿verdad? —preguntó, recordando la hipoteca que pesaba sobre Shagmore Hall.
El joven se echó a reír.
—¿Empleado de...? Oh, no. Soy arquitecto. El dueño de esa propiedad me ha llamado para consultarme. Por lo visto, quiere cambiar de sitio un viejo panteón...
—Oh, dispense la curiosidad. Muchas gracias, amigo.
—A usted.
Percy reanudó la marcha. Cambiar de sitio el panteón.
¿Por qué?
¿Tal vez para tener más cerca a su esclavo muerto-vivo?
* * *
El perro ladró furiosamente. Sin mirar siquiera hacia la ventana, Alice presintió 1a identidad del visitante.
«Rock» parecía verdaderamente irritado. Alice salió corriendo y lo ató a su caseta. Weston aguardaba sonriendo junto a la valla.
—Parece que el animal no me quiere —dijo.
—«Rock» es un poco desconfiado —respondió la muchacha—. ¿Quiere pasar, señor Weston? Puedo invitarle a una taza de té...
—Oh, muchas gracias, señorita Dunghannon, No diré que pasaba por aquí, porque sería mentir. Eh realidad, he venido, como suele decirse, a tiro hecho.
Alice enarcó las cejas, sorprendida por aquellas palabras. Sonriente, Weston continuó:
—Mañana es mi cumpleaños —dijo—. No tengo demasiados amigos en la comarca y me veré obligado a cenar solo..., a menos que quiera honrarme con su presencia en mi mesa.
—Oh, quiere que vaya a su casa...
—Lo estimaría como un inmenso favor, señorita Dunghannon.
Alice vaciló un segundo. Desconfiaba de Weston, pero, al mismo tiempo, se decía que no tenía nada que temer de él.
Al fin, emitió una amable sonrisa.
—Iré con mucho gusto —dijo.
—Mil gracias —contestó Weston—. Enviaré a mi mayordomo...
—Oh, por favor, no será necesario. Conozco el camino.
—En tal caso, no tengo más que decirle. De nuevo le doy las gracias por aceptar mi invitación, señorita Dunghannon.
—Soy yo quien debe estarle agradecida, señor Weston —contestó Alice con no menor urbanidad.
Weston se destocó cortésmente y echó a andar hacia el automóvil que tenía a poca distancia. Alice permaneció junto a la valla unos momentos. Luego, lentamente, regresó a su casa.
Desató al perro. «Roch» se echó a su lado, junto a la chimenea. Ella, de cuando en cuando, acariciaba la cabeza del fiel can.
¿Había hecho bien, aceptando la invitación de Weston?
Quizá, si Percy hubiese estado allí, habría podido aconsejarla, pero no estaba y aún no sabía cuándo volvería, acompañado por su amigo el doctor Harrodney.
De pronto, recordó el libro que contenía la fórmula para revivir a una persona y convertirla en esclavo de la propia voluntad. Resultaría interesante hojearlo de nuevo.
Pero ¿se lo pediría a su dueño?
La duda mortificaba todavía el ánimo de la muchacha cuando, al día siguiente, consultó el reloj y vio que ya se acercaba la hora de ir a Shagmore Hall.
De súbito decidió que, si quería llevar a cabo sus propósitos, debía acudir a la cita antes de la hora convenida.
* * *
Hodges, el mayordomo, abrió la puerta y se inclinó respetuosamente.
—Señorita...
—Creo que he venido un poco adelantada de tiempo —dijo Alice, simulando turbación—. No estaba segura de la hora exacta y por eso preferí llegar antes, que ser considerada como impuntual.
—El señor me anunció anoche que la señorita sería su invitada en la cena —manifestó Hodges—. En efecto, es un poco pronto, pero ello no tiene la menor importancia.
El mayordomo se echó a un lado. Alice, ataviada sencillamente, cruzó el umbral y se detuvo, simulando vacilar ligeramente.
—No veo al señor Weston...
—El señor está trabajando en estos momentos. De todos modos, no creo que tarde mucho. Le avisaré inmediatamente, señorita.
—Oh, no hay prisa... Esperaré todo lo que sea necesario.
Y antes de que Hodges pudiera hacerle alguna indicación al respecto, echó a andar hacia la puerta que daba a la estancia en donde había visto el libro en el que se indicaba cómo resucitar a las personas muertas.
Desde la puerta, se volvió y sonrió.
—No apremie al señor —dijo.
Hodges se inclinó y se encaminó hacia la cocina. Antes de cerrar la puerta, Alice lanzó una mirada al retrato de Lord Edgard Threswin.
—Milord, ¿cómo has podido sobrevivir tanto tiempo? —murmuró, como si Lord Edgard pudiera escucharla.
A continuación, se acercó al atril. Levantó la tapa del libro y empezó a leer.
Aunque la letra, y consiguientemente, el estilo literario, eran anticuados, Alice pudo leer sin dificultad una serie de fórmulas abstrusas, en las que predominaba la química y de las cuales no entendió absolutamente nada. Pero más adelante, encontró un relato, escrito con una letra diferente, que arrojó una viva luz sobre las dudas que aún se albergaban en su ánimo.
Entonces lo comprendió todo. O casi todo.
Porque aún le faltaban por conocer los motivos que le habían impulsado a Weston a procurar la vuelta a la vida del cadáver de Lord Edgard.
Repentinamente, oyó un chasquido.
La puerta acababa de abrirse. Estaba tan abstraída, que no se había dado cuenta en absoluto del paso del tiempo. Sin poder contenerse, lanzó un grito de terror.