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Nosotros casi perdimos el sentido de la realidad, pero el niño no nos pertenecía del todo. Un niño: su nacimiento hizo olvidar por un momento la guerra y los problemas nacionales, e incluso los que se despachaban en cada casa, en cada granja rusa: desde el siglo XVII no había nacido un zarévich en Rusia.

¡Por fin las trescientas y una salvas que indicaban el nacimiento del heredero, por fin alegría en las calles y brindis por los Romanov, y un poco de paz! ¡Qué tranquilidad, qué sueño alcanzado traía ese niño! Todo cambiaba con él: yo por fin lograba el ansiado papel de zarina principal, por encima de mi suegra. Quien me conoce sabe que no ambicionaba más poder, pero ¡poder al fin callarle la boca, presidir las celebraciones, en lugar de mantenerme en un segundo lugar, caminar junto a mi esposo, y no unos pasos detrás, como si fuera una invitada en mi propia casa, con las niñas a mi lado, como cortesanas de segundo orden! ¡Ah, eso me lo había traído mi niño! Ahora callarían quienes presionaban a Nikki para que se divorciara de mí y quienes inventaban maldiciones asociadas a mi nombre. Se había ganado bien su nombre, que significa ‘protector’.

«Hemos tenido suficientes Nicolases y Alejandros», había dicho mi marido mientras rastreaba algún nombre que le gustara en la historia de la familia.

«Después de Anastasia, si buscamos algo poco tradicional nos van a tachar de extravagantes.»

«Que digan lo que quieran. Me da igual. Alexis, Alexis es un buen nombre Romanov, un nombre sólido de hombre bueno. Y eso será mi tesoro, ¿verdad? Sí sí, hablo de ti», decía Nicolás mientras le rozaba la barbilla con delicadeza.

¿Hay algo más hermoso que un niño recién nacido, que la imagen viva de Cristo recién nacido? Sus deditos que buscan el aire, las burbujitas de saliva de sus labios perfectos, los ojos que aún no saben hacia dónde dirigirse pero que intuyen a su madre, a su padre. ¿Existe algo más maravilloso?

Si algo podía representar el amor que sentíamos Nikki y yo eran nuestras hijas, tan bonitas. Pero Alexis... Alexis, con sus ojos azules como el verano, con esos rizos de ángel, era además la esperanza de un pueblo, la alegría de un país. No solo le adornaba la belleza: le había marcado el destino.

Todo, todo lo mejor de nosotros y de sus hermanas lo reúne mi hijo: es el más alegre de todos, menos cuando la tristeza y el dolor lo convierten en reflexivo y maduro antes de tiempo. Es el más niño y el más cuerdo, el más inteligente, el más capaz. No me ciega la pasión de madre; todos los que lo conocen dicen lo mismo: un niño con el sello de Dios en la frente, distinguido de los demás desde el nacimiento.

Por supuesto, si gloriosos habían sido los bautizos de sus hermanas, el suyo no se quedaría atrás: amnistías generales. Si no habían matado, fuera. Si su único pecado era político, fuera. Las cárceles se vaciaron y se repartieron raciones extras de comida entre los que quedaron. ¿Los impuestos? ¿Para qué hacían falta ya? El mayor tesoro ya había llegado; se condonaron varios y se bajaron otros. ¿Regalos? Claro que sí: a los niños que nacieron el mismo día que él, a los soldados, a los sacerdotes. Prohibimos el castigo corporal a los campesinos en todo el país. Y fiestas, todas las fiestas que resultaran necesarias para que olvidáramos por unos días la guerra, la pobreza o la miseria. Mi hijo había llegado al mundo, ¿quién podía ser infeliz?

«Pero... yo no puedo aceptar este regalo —había dicho el honrado doctor Ott, al que regalamos una cajita de Fabergé recubierta de esmalte azul y diamantes—. Yo no he hecho nada de mérito, yo no...»

«Chiss —insistí yo—. Quizás sea nuestra última oportunidad de agradecerle su ayuda. Acéptelo y únase a nuestra alegría.»

«Por favor —le escribí a Militza—, tú sabrás mover los hilos para darle las gracias a Nuestro Amigo. Yo no puedo ponerme en contacto con el doctor Philippe, pero sé que él ha intervenido para que esto suceda. Transmítele de alguna manera nuestro cariño y nuestro gozo.»

«Imagino que esto es poco regio, pero soy más feliz por el nacimiento del niño que por cualquier victoria de mi Ejército.»

«Hablas como un padre. Un buen zar no debe ser un mal padre.»

«Este niño no solo nos trae esperanza a nosotros, Alix. Yo puedo descansar ya un poco más tranquilo y mirar al futuro confiado. Significa además un buen presagio para el país. Es una señal de que la guerra terminará bien. Debemos transmitir esa moral a las tropas.»

«¿Qué se te ha ocurrido?», le pregunté, nuestras manos entrelazadas, él sentado al borde de la cama, el niñito en la cuna, con su respiración tranquila.

«Voy a nombrar a todos los soldados del Ejército padrinos de Alexis, a todos los que están ahora mismo luchando en Manchuria. Así sentirán que ha nacido alguien de su propia familia.»

Nosotros no acudimos al bautizo; hubiera sido impropio. Pero sus hermanas sí, cuatro angelitos para las cuatro esquinitas de su cama. Con los ojos muy abiertos y ataviadas como princesas de cuento, vieron cómo Olga, que era una de sus madrinas, lo recibía en sus brazos y lo bendecía. Les habíamos confeccionado unos trajecitos de corte al estilo ruso, de satén azul, bordados en plata, con unos zapatitos plateados y unas condecoraciones en miniatura de la orden de Santa Catalina. Llevaban además esas preciosas tiaras tradicionales, las kokoshniki, en terciopelo azul, bordadas con perlas de varios tamaños. Las dos mayores formaron parte del cortejo que llevó al bebé a la capilla de Peterhof, junto con mi suegra, que he de decir que se emocionó con toda sinceridad, y con la anciana princesa Golitsyna, a la que, como dama de la corte de mayor rango, le correspondía acercar al niño hasta la pila.

Golitsyna debió de haber sido joven alguna vez, pero desde que yo la conocía vivía para la tradición, el protocolo y la corte. Sin embargo, con el nacimiento del Nene mostró por primera vez un lado humano.

«Madame, yo estoy mayor y no veo bien, y no me siento segura a la hora de llevar al niñito sobre su almohadón. Esta noche he soñado que lo dejaba caer y me he despertado con tales gritos que me han traído un cordial para tranquilizarme.»

«Princesa, si cree que no le acompañarán las fuerzas, puede ceder el puesto a...»

La mirada furibunda de la venerable señora me hizo callar. A veces parecía tonta. ¿Iba una aristócrata rusa a renunciar a llevar a un zarévich por algo tan nimio como la edad?

«He pensado en saltarme mínimamente el protocolo. Será una pequeña salvedad, pero os lo quiero consultar. Había pensado en atarme el almohadón ceremonial a los hombros con unas cintas. Como el almohadón es dorado, he buscado ya unas cintas de brocado antiguo que no desentonarían. Así, el niño estará seguro y yo me veré auxiliada.»

Intenté contener una sonrisa que se me escapaba.

«Muy sensato. Por mi parte, no puedo sino recomendarlo, porque es un niño grande y pesará seis kilos para el bautizo.»

«Sí, he practicado ya con jarrones de ese tamaño y ese peso. Y hay otro detalle: he pedido a mi zapatero que cubra las suelas de mis zapatos con una capa de goma. Así no resbalaré en el mármol. Dios no lo quiera, yo no resbalaría nunca, pero cualquier precaución es poca. ¿Puedo contar con vuestra aprobación?»

«Con la mía y con la del zar, princesa.»

En ese día de celebraciones a Olga le salió su primer pretendiente, su primo Ioannchik, el hijo del tío Constantino. Muy acalorada, Olga me enseñó un billetito que le envió días después, que había sido debidamente interceptado antes.

«¡Mira, mamá! —Y leyó en alto la nota, que olía un poco más de lo conveniente a perfume de cedro—: “No puedo describir lo que sentí cuando te vi. Me era difícil apartar la mirada de ti, y de cómo se movía tu cabello, y de cómo brillaban tus ojos. ¡Una llamarada me atravesó, un fuego que se aviva con el tiempo! Pero el problema es que soy demasiado joven y no puedo esperar nada, ni tampoco dejar que estos sentimientos crezcan. Además, eres una zarevna, y quién sabe, los mayores podrían pensar que me mueven motivos mezquinos. Pero mientras viva, soñaré con casarme contigo”.»

«¿Qué edad tiene el pipiolo?», preguntó Nikki.

«Dieciséis años.»

«No escribe mal para su edad. Enhorabuena, hija. Ya has comenzado a acumular corazones rotos. Ten cuidado, yo a esa edad...»

«¡Papá!», le interrumpió ella, sonrojada y halagada a la vez.

 

 

Mi hijo, el milagro de Dios, de los santos y mío, también.

«No es suyo —dijeron aun así algunas malas lenguas—, ha tenido otra hija. Lo sé de buena tinta. La alemana tuvo una quinta niña y la han sustituido por este crío. ¿Por qué si no es tan grande, con doce días? Ese niño tiene más de un mes. Es un nuevo engaño de los autócratas.»

¡Que lo viera todo el mundo! Ahora no me importaba pasear con él o que me visitara quien quisiera. Y las críticas se habían esfumado. ¡Oh, qué delicioso momento fue aquel! Si estaba cansada, alguien me acercaba un escabel, fuera o no protocolario. Por una vez todo les parecía bien. Alabaron de manera unánime que me quedara en Tsarskoye Selo. Los ministros venían a presenciar el baño del zarévich, y en lugar de tratar los asuntos en el despacho miraban arrobados, con un Nikki que no cabía en sí de orgullo, los piececitos de bocado de mi niño.

«¿No es precioso?», les preguntaba, una y otra vez.

Y los serios patriarcas, que como todos los rusos sentían adoración por los niños, contestaban:

«¡Precioso, precioso!».