Capítulo 10
La tarde trajo una brisa desapacible y una masa de nubes plomizas que, al reflejarse en los canales, bañaban toda la ciudad en una suave claridad plateada. Jana se pasó horas sentada frente a la ventana, observando las idas y venidas de las góndolas por el Gran Canal mientras, en su interior, el mal humor crecía e intentaba encontrar una vía de escape, como el vapor dentro de una olla a presión.
Había pensado en salir a visitar algunos de los museos de la ciudad, pero al final había abandonado su plan. Sabía que no podría concentrarse en nada de lo que viera. Su mirada se dejaba atrapar una y otra vez por el móvil, abandonado sobre la cama. Álex seguía sin llamar. Le había dejado un par de mensajes de texto; breves, torpes…, seguro que patéticos. En realidad, ni siquiera le importaba ya demostrar lo mucho que le estaba afectando su silencio. Solo quería que llamara, que se acordase de ella de una maldita vez y descolgase el teléfono…
Pero las horas pasaban y el aparato seguía mudo, tan silencioso como si sus mecanismos internos se hubiesen roto, como si ya no pudiese cumplir su función, convertido en un objeto absurdo e inservible.
Le sorprendió la rapidez con que llegó la noche. La oscuridad se abatió de golpe sobre la ciudad, como si en el cielo alguien hubiese hecho caer un telón, dejando la luz al otro lado.
Casi al mismo tiempo, oyó un par de golpes tímidos en la puerta.
—Jana, la cena ya está —dijo Nieve, alzando la voz para que la oyera—. ¿Vienes?
—No tengo hambre —contestó Jana acercándose a la puerta para que Nieve pudiera oírla a su vez—. Cenad vosotros.
Puso la mano en el picaporte, indecisa. Sentía que, al menos, debía mirar un instante a Nieve a la cara, para que no se fuera intranquila. Sin embargo, no se sentía con ánimos… Después de unos segundos, dejó caer la mano. Nieve aún seguía esperando al otro lado; pero no por mucho tiempo. Enseguida oyó sus pasos alejándose por el suelo embaldosado del pasillo, en dirección a las escaleras.
Con un suspiro, regresó a su asiento junto a la ventana. Era cierto que no tenía apetito. Había pesado un rato buscando leyendas Medu en Internet, sin demasiado éxito. Los clanes seguían mostrándose bastante cautos a la hora de compartir sus antiguos saberes por medio de las nuevas tecnologías. No había blogs ni redes sociales Medu. Nadie las había prohibido, pero tampoco parecía haber nadie interesado en crearlas. Desde que se habían visto privados de su dominio exclusivo de la magia para compartirla con los seres humanos, los Medu se mostraban particularmente celosos de sus tradiciones. Eso, al menos, era suyo, nadie podía obligarlos a compartirlo. Los humanos lo ignoraban todo acerca de sus rituales, sus hechizos, sus antiguas y conmovedoras leyendas… Y era mejor que siguieran ignorándolo.
Por eso, no le extrañó que el buscador de la Red no le ofreciese ningún resultado cuando intentó encontrar algo relacionado con el Libro de la Creación. Incluso se sintió aliviada… Si su búsqueda hubiese dado fruto, habría empezado a desconfiar.
Sobre el canal, las góndolas no eran ya más que largas siluetas oscuras, aunque algunas llevaban un farol colgado en la popa, iluminando el rostro del gondolero. Los vaporetto, por su parte, habían encendido sus fríos neones blancos. Al otro lado del canal, los recuadros de luz de las ventanas animaban las fachadas de los hoteles.
Jana optó por no encender ninguna de sus lámparas. En cierto modo, agradecía la oscuridad. Antes de que su mundo se viniera abajo, cuando se dedicaba a hacer tatuajes mágicos con su hermano David en la vieja casa de sus padres, la parte más importante de su vida transcurría de noche. Echaba de menos aquella época…
Una corriente de aire gélido penetró a través del marco mal ajustado de la ventaja. Jana se levantó a por una chaqueta. En la oscuridad, palpó las diferentes prendas colgadas en su armario hasta encontrar la vieja prenda de lana que buscaba. Mientras se la abrochaba, sus ojos volvieron, una vez más al teléfono. Antes de que pudiera controlar su impulso, ya estaba marcando el número de Álex.
Esta vez no saltó el contestador. Comunicaba.
Un nudo de impotencia empezó a ascender lentamente desde su pecho hasta su garganta. Un nudo hecho de frustración, de dudas, de ganas de llorar reprimidas durante demasiado tiempo… Cuando llegó arriba, el nudo estalló en un sollozo inarticulado, salvaje como el gemido de un animal. Notó las lágrimas quemándole los ojos, las mejillas. Fluían sin control, como no lo habían hecho quizá desde que era pequeña. Parecían venir de muy lejos, de muy abajo. «De un pozo oscuro como la noche. De un pozo reventado», pensó, asombrada de que pudiera caberle dentro tanta tristeza.
Pero en aquella tristeza se mezclaba algo más: un sentimiento de rabia profunda, una furia que, en lugar de aplacarse, se volvía más negra cuanto más lloraba… Estaba enfadada, enfadada con Álex, con Nieve y Corvino, incluso con David; y, por supuesto, consigo misma. Estaba tan enfadada que habría querido empezar a romper los muebles, estrellar los delicados jarrones contra la pared, abrir de par en par la ventana y gritar a pleno pulmón algún insulto a la cara del mundo.
Sin embargo, incluso mientras lo pensaba sabía que no podría hacerlo. Una princesa Agmar nunca se dejaba llevar por sus sentimientos. Si algo le había enseñado su madre, había sido eso: a controlarse… Al fin y al cabo, ¿de qué podía servirle dar rienda suelta a su rabia? Solo conseguiría alarmar a Corvino y a Nieve; y quizá también debilitar su posición ante Argo, si este llegase a enterarse.
No era justo. Ni siquiera podía permitirse una vía de escape, como hacían la mayor parte de los seres humanos. «Una princesa Agmar no debe dar muestras de debilidad bajo ninguna circunstancia…». Estaba harta de toda aquella basura, pero era como si formase parte de un programa de comportamiento grabado a fuego en su subconsciente. No podía rebelarse. Aunque quisiera, no podía dejarse llevar…
¿O sí podía?
Encendió la lámpara de la mesilla, y casi instantáneamente sus ojos se posaron sobre la bufanda negra y verde que había dejado junto a ella, cuidadosamente doblada. Era lo que buscaba. Con gestos decididos, deshizo los pliegues uno a uno, hasta que sus dedos tropezaron con la pequeña esfera cartilaginosa.
Abrió el cajón de la mesilla y extrajo un paquete de pañuelos de papel. Sacando uno, lo pasó con cuidado sobre el ojo, frotándolo delicadamente… Poco a poco, el hollín fue desapareciendo. El ojo cada vez se parecía más a un ojo: blanco, con un brillo lechoso, y un disco dorado semitransparente alrededor de un punto negro que, cuando ella se acercó a observarlo, comenzó a dilatarse…
No lo pensó más. Sabía que, si lo pensaba, se arrepentiría de lo que estaba a punto de hacer y no quería arrepentirse. De modo que cerró los ojos, despegó los labios y se introdujo la repulsiva esfera en la boca.
El ojo sabía a piedra, a piedra seca y recalentada por el sol. Antes de que Jana tuviese tiempo de tragarlo se deshizo en su boca, que de pronto parecía llena de arena. Jana cerró los ojos, tensa; pero nada ocurrió… En su lengua seguía notando la misma sensación harinosa de un momento atrás, un polvillo juguetón que, cuando se reclinó en la cama, se le atravesó en la garganta, obligándola a incorporarse y a toser.
Con la primera tos, la muchacha exhaló una nube de fina ceniza gris que, por un momento, danzó ante sus ojos, convertida en una mariposa de polvo. Jana siguió con la mirada el vuelo ligero y extraño del insecto. Se sentía, de pronto, embriagada por una curiosa excitación. Lentamente, alzó un dedo y lo desplazó en el aire hasta rozar la forma inmaterial de la mariposa, que al instante se deshizo en una explosión de finas partículas grises. Aquel torbellino ceniciento la envolvió durante unos segundos, para recomponerse en una cinta oscura, viva, de polvo denso y consistente.
Parecía una serpiente, formando una hélice ascendente alrededor de su cuerpo, aunque sin llegar a tocarla… Jana podía oír los chasquidos metálicos de sus escamas al deslizarse. En cualquier momento vería la cabeza del reptil, siseando a la altura de su propia cabeza…
Sin embargo, no fue lo que ocurrió. Lentamente, la cinta de polvo comenzó a deshacerse, y sus cascabeleos se volvieron más y más remotos. Jana se dejó caer sobre la cama, exhausta. La tensión que se había adueñado de ella al sentirse atrapada por la serpiente la había abandonado de golpe, aflojando sus miembros. El sueño fue invadiendo su agotado cerebro, engullendo en sus brumas, uno a uno, todos sus miedos y esperanzas. Los chasquidos de escamas se habían fundido en un lejano rumor, de aguas poderosas y lentas.
Un río.
Jana abrió los ojos, pero tuvo que entrecerrarlos para protegerse de la luz dorada y cegadora que la envolvía. Podía oír el chapoteo cercano del agua, y comprendió que estaba deslizándose sobre ella, cómodamente instalada en una barca. Volvió a despegar los párpados, esta vez con más cuidado. Delante de ella, en pie, Argo mantenía el equilibrio sobre la cubierta de su vieja embarcación, con los ojos clavados en la distancia y las carbonizadas alas despeinadas por la briza.
—¿Qué lugar es este? ¿A dónde me llevas? —preguntó Jana, aunque no estaba segura de haber llegado a oír su propia voz.
La mirada del guardián abandonó el horizonte para clavarse en su rostro.
—Este es el río Coptos. Nos dirigimos al antiguo templo de Thot, donde se encuentra el Libro de la Creación. Querías verlo… y yo voy a mostrártelo.
Durante un rato continuaron navegando en silencio sobre las aguas teñidas de reflejos dorados. Jana se dejó invadir por la mágica calma del lugar. Las orillas del río eran cintas de verdor salpicadas de palmeras, apacibles e inmóviles. Probablemente no habían cambiado nada a lo largo de los siglos. O tal vez Argo la había conducido a algún lugar más allá del tiempo y del espacio, donde cualquier cosa era posible…
El templo surgió sobre la orilla izquierda, impresionante. Una amplia explanada, una escalinata y un altar flanqueado por largas hileras de columnas altísimas.
Detrás del altar se alzaba un recinto cuyos muros, más altos aún que las columnas que los rodeaban, se hallaban completamente cubiertos de jeroglíficos.
La barca fue aproximándose a la orilla con suavidad, hasta encallar en un banco de arena. Argo saltó a tierra y la invitó a hacer lo mismo.
Cuando volvió a mirar el templo, Jana se fijó en el fuego blanco que ardía, formando un anillo, sobre un ara circular de roca gris. Los latidos de su corazón aceleraron.
Argo miraba fijamente la corona de llamas. No parecía haberla oído.
Entonces, Jana siguió la mirada del guardián y descubrió que había alguien ante el fuego del altar. Era un hombre de mediana edad, con una barba encanecida y los ojos claros fríos como el acero.
—Es Arawn —explicó Argo—. El primero de los guardianes. Lo estás viendo en el momento más difícil de su vida. Se ha pasado años buscando ese libro, y ahora, por fin, lo ha encontrado.
Jana lo miró sin comprender.
—¿Lo ha encontrado? —repitió—. ¿Dónde está?
Argo alzó majestuosamente la mano derecha y señaló el anillo de fuego, o quizá la pared que se hallaba detrás.
—Ahí, ¿no lo ves? —contestó con aspereza.
Jana asintió con la cabeza, aunque lo único que veía detrás de la corona de llamas era la sombra agrandada de Arawn proyectada sobre el muro del templo. Una sombra que, según las leyes de la física, no debería haber estado allí… ¿Qué significaba? Cuando más la miraba, más extraña e incongruente le parecía. Hasta que, de pronto la sombra se fragmentó en mil pequeñas sombras erráticas como pájaros, que por un momento compusieron un enigmático texto de símbolos sobre la pared dorada.
Jana comprendió entonces que aquello era el libro, y que Arawn lo estaba leyendo.
—En efecto, tienes ante ti el Libro de la Creación —dijo Argo, como si hubiese oído sus pensamientos—. Arawn lo ha traído hasta aquí para destruirlo. Sabe que ese libro lo contiene todo, y que está en el origen de la plaga que asola al mundo, la plaga contra la que lleva combatiendo toda su vida. Me refiero a los espejismos de la palabra, al poder terrible de los símbolos… Si el libro se destruye, ese poder se destruirá también, y con él desaparecerán los clanes Medu, sus más antiguos enemigos.
—Pero no puede hacer eso —dijo Jana, avanzando un paso hacia el templo—. Sabemos que nunca lo hizo; si lo hubiese hecho, yo no estaría hoy aquí…
—Alto. No des un paso más o te enfrentarás a un dolor tan insoportable que ni siquiera existen palabras para describirlo. Arawn te haría pedazos si descubriera tu presencia. Quédate a mi lado y no te muevas.
Jana retrocedió, impresionada. Sobre el muro dorado del templo, las sombras aleteantes de los signos habían vuelto a recomponer la silueta majestuosa de Arawn, exacta como un reflejo.
—He querido que presenciases en este momento —prosiguió Argo con un deje de amargura en la voz—. El momento en que Arawn llega a la parte del libro que contiene su propia historia. Acaba de darse cuenta de que, si destruye el libro, se destruirá a sí mismo. El sacrificio no le importa, pero una duda insoportable se ha apoderado de él: si desaparece junto con el libro, será como si nunca hubiese existido. Y alguien que no ha existido no puede quemar un libro. Tal vez, pese a sus esfuerzos, el Libro de la Creación sobreviva…
—Eso no tiene sentido —murmuró Jana.
Una sonrisa llena de ironía afloró a los labios del guardián.
—Ese es justamente el problema del libro: contiene todo lo escrito y todo lo que se escribirá en el futuro, y eso conduce a terribles paradojas. Si el libro se destruye, nada se salva. O quizá, todo vuelva empezar… Mira. Arawn sigue leyendo la historia de su vida, y ha llegado justo a este momento. ¿Lo ves? El momento de la destrucción del libro. También eso está escrito en él.
Jana contempló perpleja las sombras que, una vez más, se habían fragmentado sobre la pared del templo. De pronto los signos eran oscuros, inestables sus contornos cambiaban como si fuesen líquidos, y no parecían pertenecer a ninguno de los sistemas de escritura que ella conocía.
Arawn pareció encogerse de dolor, como si lo que aquellos signos representaban le resultase insoportable. Hundió el rostro en sus manos grandes y esbeltas, que a Jana le recordaron las de Álex. Así permaneció durante largo tiempo, sacudido de cuando en cuando por un leve sollozo…
—Por fin ha comprendido —suspiró Argo—. Eso es lo que ocurrirá si destruye el libro: un nuevo comienzo, el inicio de un mundo incomprensible para el hombre, un mundo donde todo lo humano quedaría excluido.
—Pero eso nunca llegó a suceder —murmuró Jana con voz apagada—. ¿Cómo es posible, entonces que el libro lo recoja?
—Ya te lo he dicho: el libro lo contiene todo. Lo existente y lo inexistente, lo real y lo imaginario, lo posible y lo imposible.
La escritura indescifrable del muro parecía cada vez más negra. Era pura oscuridad, una sombra capaz de tragarse el resto de las sombras.
Fue en ese instante cuando Jana captó algo que se movía entre las columnas que flanqueaban el altar. Un destello azul en la penumbra, la forma de un brazo enfundado en una manga ricamente bordada…
—¿Quién está ahí? —preguntó la muchacha sobresaltada. Argo no le preguntó a quién se refería. Y tampoco siguió con los ojos la dirección de su mirada.
—Es Dayedi —contestó rápidamente—. Un poderoso mago Kuril que vivió en Venecia a principios del siglo XVI. Ven, desde aquí lo verás mejor…
Argo se desplazó lateralmente hacia la derecha, sin hacer ningún ruido. Sus pasos apenas parecían rozar la arena. Jana observó las plumas negras de sus alas enredadas en el viento… ¿Le estaban ayudando a deslizarse sin tocar el suelo?
Desde donde se encontraban en ese momento, Jana podía ver perfectamente al joven mago Kuril que espiaba la escena oculto entre las columnas. Era un hombre apuesto, con largos cabellos castaños bajo un birrete de terciopelo negro y un rostro moreno, la nariz ligeramente aguileña. Parecía no querer perder detalle de lo que sucedía en el altar…
—¿Qué está haciendo? —musitó Jana.
—Está memorizando el libro. Ha llegado hasta aquí utilizando las técnicas secretas de los Kuriles. Ya sabes, eso que ellos llamaban «cabalgar en el viento del destino». Él es el autor de la única copia existente del libro, la que ha llegado hasta nuestros días.
—La que tú dices haber localizado… La que se supone que yo tengo que buscar.
El guardián asintió con los ojos brillantes. Su rostro prematuramente avejentado parecía, de pronto, animado por una extraña luz.
Jana sostuvo su mirada un momento.
—Esto no es una visión, ¿verdad? —Preguntó finalmente, sonriendo con desdén—. Es más bien… ¿Cómo decirlo? Una especie de representación.
Argo asintió, aparentemente satisfecho.
—Me habría decepcionado que no lo descubrieras. No se engaña con facilidad a una princesa Agmar… En realidad, ni siquiera lo pretendía.
Jana se encaró con él.
—Muy bien; ¿qué pretendías, entonces?
Argo la miró con gravedad.
—Convencerte que todo lo que te he contado es cierto. El libro existe, y es tan poderoso que el reflejo de su copia basta para resucitar a un hombre. Tú misma lo has visto… Y ahora conoces su historia. Todo lo que acabas de ver ocurrió.
Jana alzó sus ojos a Arawn, encorvado frente al altar, derrotado, deshecho. Comprendió que Argo le estaba diciendo la verdad. El libro existía, y un mago Kuril lo había copiado. La oscuridad de los signos sobre la pared no era algo que un guardián hubiese podido inventar.
—¿Desde cuándo lo sabes? —murmuró.
Argo continuaba mirándola, pero sus ojos, de pronto, se enturbiaron, como se acabasen de sumergirse en un mar de recuerdos.
—Desde el principio —contestó con voz ronca—. El propio Arawn nos lo contó. Todo, excepto lo de Dayedi. Eso lo averiguamos más tarde…
—¿Nieve y los otros guardianes también lo saben?
Argo volvió bruscamente a la realidad.
—¿Nieve? Por supuesto; puedes preguntárselo si quiere. Todos lo saben… Aunque, yo que tú, no sacaría el tema. Se enfadaría mucho si supiese lo que estamos haciendo.
—Lo que estás haciendo, querrás decir —puntualizó Jana—. Yo todavía no he hecho nada… Y no estoy seguro de querer hacerlo.
—La parte que viene ahora, en cambio no la conocen —dijo Argo ignorando el suspicaz comentario de la muchacha—. Esto ocurrió después… Mucho después. En realidad sucedió hace poco, después de que tu amigo Álex estropease todos mis planes aquel día, en la Caverna Sagrada.
—El día de la muerte de Erik…
Argo la contempló con maligna fijeza.
—Sí, ese día —dijo—. Observa.
Jana volvió a mirar hacia el templo. Nada parecía haber cambiado excepto un detalle: ahora había un nuevo personaje en la escena… Se trataba de Argo, el Argo joven y orgulloso de los viejos tiempos. Sus alas intactas, resplandecientes, reflejaban la luz dorada del sol en cientos de ojos abiertos y vivos. Contrariamente a lo que había hecho Dayedi, él no intentaba ocultarse. Avanzaba hacia el altar con paso seguro. Solo era cuestión de tiempo que Arawn se fijase en él.
—Tal vez haya oído que, después del desastre de la Caverna, desaparecí por un tiempo. Aquí fue donde vine… Mis visiones, entonces, eran muy poderosas. Después de unos cuantos intentos infructuosos, conseguí que me trajeran a este lugar. Sabía que encontraría a Arawn leyendo el libro… Yo solo necesitaba consultar un párrafo insignificante; el fragmento que me devolvería la inmortalidad.
Jana lo observó con interés.
—¿No pensaste que Arawn podría tratar de impedírtelo?
Argo negó con la cabeza.
—No pensé que pudiera hacerlo. Arawn llevaba muerto más de mil años. No era más que un espejismo, una visión… Pero me equivoqué. Subestimé el poder del libro, donde todo está escrito. También mí caída… Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde.
Jana siguió con la mirada el avance orgulloso de Argo. Vio a Arawn girarse con brusquedad, clavar horrorizado los ojos en el rostro de su antiguo amigo, en sus bellísimas alas blancas salpicadas de ojos dorados. Sobre la pared se vio por un momento la sombra imponente de Argo, sus alas de ángel extendidas. Y luego, un temblor. Las alas sacudidas por un huracán de fuego, primero en el reflejo de la pared, y un instante después en la explanada ante el altar. Altos penachos de llamas parecía haber surgido bruscamente de todas partes. Lamían las columnas, consumían la pared, azotaban con el viento asfixiante las palmeras cercanas. La corona de fuego blanco parecía ser el foco del incendio.
Todo ocurrió muy deprisa… Unos segundos, y Argo se vio envuelto en un torbellino ardiente.
Lo vieron arrojarse al suelo, rodar mientras aullaba como un animal herido. La tierra empezó a temblar con violencia, sacudida por una fuerza profunda y sobrecogedora. Una grieta rasgó la escalinata de mármol. Y se propagó hasta la explanada. Jana gritó cuando vio caer a Argo; continuó oyendo el eco cada vez más lejano de sus aullidos mientras el guardián seguía cayendo, tragado por el abismo…
—Ya ves que no te he mentido —dijo el anciano, extendiendo los muñones carbonizados de sus alas—. Ahora ya sabes lo que me ocurrió.
Jana cerró los ojos. Infinitamente cansada, y se dejó mecer por el rumor sereno del río.