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El único elemento vívido que la separaba de aquel selvático matorral era el haz de luz que proyectaba su linterna. Lejos de su alcance, todo cobraba un aspecto mortecino y lóbrego, como si la vida en aquel bosque hubiese sido apagada mucho tiempo atrás. Silvana escuchaba su propio corazón palpitar enloquecido, incluso por encima del sonido ensordecedor de la lluvia al estrellarse contra la vegetación. A pesar de sus temblores, tenía la esperanza de que el capullo de Will estuviese jugando a ser un estúpido, como siempre. Uno de esos juegos en los que le hacía salir el corazón por la boca y luego se carcajeaba hasta desencajar la mandíbula. Sin embargo, cuando la luz enfocó directamente a la cara de su padrastro emergiendo desde el arbusto supo que esos juegos para Will se habían acabado. Para siempre. La sensación de desconcierto e incredulidad no fue suficiente para ahogar un grito que escapó de su garganta hasta perderse entre la oscuridad.

Su mirada vacua era escalofriante, la voz profunda y desgarrada que la llamó por su nombre terrorífica, pero el enorme cráter que coronaba su cabeza la dejó al borde del abismo de la locura. Buena parte de sus sesos se desparramaban por la abertura, cubiertos de tierra mojada y teñidos de  sangre coagulada y reseca. El trabajo que había hecho Will con tanta satisfacción y que por una cuestión de falsa moral se negó a recrear en su mente se descubría ante ella como una acusación directa, mostrándose como el horrible resultado de su consentimiento. La sensación de arrepentimiento y de terror que se apoderó de ella fue suficiente para que las lágrimas se desbordaran de sus ojos entremezclándose con la lluvia. Su mente jugaba a confundirla, a exponerle un concepto totalmente distinto sobre la muerte del que siempre había tenido. Mientras sus piernas retrocedían unos pasos las dudas bombardeaban su cabeza como si quisieran aguijonearla. ¿Cómo podía estar su padrastro allí de pie ante ella? Estaba muerto, era imposible. Y no había ser humano que pudiese mantenerse en pie con medio cerebro colgando de un agujero. La muerte cobraba otra magnitud. Su padrastro, promovido por la venganza, había vuelto desde el más allá para ajustar cuentas, pero no como un fantasma, sino como un muerto viviente, alzándose de su tumba. La fricción de sus pensamientos estaba a punto de derretirle el cerebro. ¿Qué había hecho con Will? La respuesta a esa pregunta creía saberla ya. Ojo por ojo y diente por diente.

―Papá, por favor, detente, yo no quería. Lo siento... ―suplicó Silvana sollozando.

El señor Osborne acortó la distancia entre ambos. La observaba hierático porque no parecía deslumbrarse con el haz de luz sobre sus ojos, sin embargo, Silvana creyó ver una oculta expresión de satisfacción. O quizá solo había sido su imaginación.

Algo se movió por la oquedad de Flavio Osborne. Silvana, que habría preferido tragarse la lengua antes que estar allí, logró atisbar ese ligero movimiento y dirigió el foco de la linterna al agujero. Sus manos temblorosas apenas pudieron fijar el haz de luz en la cabeza de su padrastro. Horrorizada vislumbró cómo un tentáculo oscuro brotaba de la brecha y se enroscaba como una serpiente por su cara, circundándola con elegancia, deslizándose con gracia hasta desaparecer por uno de sus oídos.

―¡Papá! ¡¿Qué te pasaaa?! ―Silvana rompió a llorar incapaz de aceptar lo que sus ojos le transmitían y le aseguraban que realmente estaba sucediendo, verificándole que la muerte solo es el primer paso hacia el horror más brutal jamás imaginado.

La boca del señor Osborne se abrió estirando hasta romper la saliva reseca que la sellaba. Un tentáculo embadurnado en sangre coagulada asomó decidido por ella, parecía no tener fin, agitándose en el aire como si estuviese olfateando una presa. Otro par hicieron lo propio desde sus oídos, éstos parecían algo más estrechos, y dos más abultaron la carne de su nariz hasta brotar al exterior, ondulantes, uniéndose al resto en un baile macabro. Silvana gritó incapaz de asimilar lo que sus ojos veían, y por un momento creyó que todo era un sueño, una pesadilla de la que no podía despertar, vestigios de remordimientos torturándola desde lo más profundo de su mente. Pero fuera un sueño o no, sus piernas comenzaron a correr tratando de poner a salvo su cuerpo. Quizá su padrastro, o lo que quiera que fuera, le diera caza y le arrebatara la vida, y quizá en ese momento despertaría borracha en la cama junto a Will acomodados en la cabaña. Sin embargo, mientras corría alocadamente sin saber muy bien qué rumbo seguir, presentía que todo aquello era demasiado real para ser un sueño, pero también demasiado irreal para ser verdad.

Silvana jadeaba sin atreverse a mirar atrás. Pero sabía que él estaba cerca. Muy cerca. Las ramas abrieron nuevas heridas en sus piernas, otras volvieron a ser desgarradas. El sonido sibilante de aquellos extraños apéndices martilleaba sus oídos, predominando por encima del repiquetear de la lluvia. ¿Para que servían? Mientras huía desorientada la pregunta acudía a su mente una y otra vez.

Joder, está muerto, está muerto.

Debía llegar a la cabaña, como fuese. Era su única oportunidad. Aquella cosa parecía seguirla incluso a través de la oscuridad de la noche. Pensó en apagar la linterna y tratar de despistarlo entre los árboles, pero descartó la idea de inmediato porque aquello parecía guiarse por otro sentido, quizá olía su rastro. Solo podía correr y rezar para que el camino hacia la cabaña fuese el correcto. En el momento en que un relámpago encendió el cielo, al fin tuvo el valor de mirar atrás. El corazón le dio un vuelco. Allí estaba, no corría, avanzaba despacio porque no parecía que pudiese hacer mucho más, pero recortaba distancia decidido, siguiendo sus pasos como un perro de presa. Encubierto entre las sombras, se asemejaba a una araña gigante, deslizándose entre la oscuridad, sabiendo que su insistencia acabaría por agotar a su presa. La llamó por su nombre, una voz cavernosa que produjo un escalofrío en su columna vertebral. Quiso correr más, invadida por el terror, pero una raíz en el camino se encargó de lanzarla a tierra aterrizando de bruces con las palmas de las manos. La linterna salió despedida para caer sobre un charco de agua y barro. Silvana gritó de dolor y gimió aterrada pensando que ese traspiés significaba su final, pero logró incorporase con rapidez, coger la linterna y continuar la huida. No quería morir. Sollozó a punto de colapsar su mente. No quería morir así, porque la muerte que le aguardaba presentía que sería atroz, pero sobre todo, lenta y dolorosa, muchísimo más cruel que la que él soportó.

A lo lejos creyó ver una luz, porque la lluvia golpeaba contra sus ojos y no le dejaba ver con claridad. Parecía la cabaña. Una pequeña esperanza nació en ella. Gracias a Dios no había errado el camino. Mientras forzaba sus piernas a correr más deprisa se preguntó si realmente Dios estaba presente esa noche en aquel bosque, pero por encima de todo si todavía se creía con derechos a solicitar su ayuda y a implorar piedad. Estaba segura de que alguien como ella había perdido todos los privilegios desde hacía mucho tiempo.

Tras correr extenuada unos doscientos metros llegó a la puerta. El coche de Will seguía allí aparcado y maldijo no haber encontrado su cuerpo para coger las llaves. Ahora sería todo tan fácil. Pero no tenía más opción que entrar en la cabaña y atrincherarse en ella. Antes de cerrar la puerta miró a sus espaldas ya que la tenue luz de la cabaña otorgaba un pequeño perímetro mal iluminado. Por un momento no vio a su padrastro por ningún sitio, pero de pronto apareció tras unos árboles, avanzando implacable. Un débil grito escapó de su garganta cuando entró en la cabaña y cerró la puerta tras de sí. Corrió los dos cerrojos temblando de frío y de terror, balbuciendo palabras incoherentes bañadas en un pánico incontenible, y buscó algo con lo que poder defenderse. El atizador de la chimenea fue lo único contundente que encontró, así que lo agarró con fuerza. Miró las ventanas. Esos cristales no ofrecían ninguna resistencia para aquella cosa. Corrió para cerrar las contraventanas. Primero una ventana, luego la otra. Sin perder ni un segundo, se dirigió a las demás habitaciones y las selló rezando para que aquellas maderas aguantasen cualquier intento de su padrastro por entrar en la casa.

¿En serio piensas que eso va a detenerlo?

Mientras trataba de recuperar el aliento pensó que aquella cabaña sería su tumba. No sabía la fuerza que tendría aquel ser modificado pero tenía la certeza de que si pretendía entrar, finalmente lo conseguiría. De una forma u otra. Su padrastro golpeó la puerta con fuerza. Los cerrojos retemblaron sobre la madera. Silvana no pudo contener un grito y dar un paso atrás. Ahora lloraba sintiéndose impotente, sabedora de que tenía los minutos contados. ¿Qué podía hacer aquel atizador ante aquellos tentáculos de dos metros de longitud?

―¡Papá, vete por favor, déjame en paz!

Su mente la castigaba burlándose de su estupidez. ¿Acaso no ves que ése ya no es tu padre? No te entiende, solo quiere tu carne, tu deliciosa carne.

Elaboró un rápido plan de escape. Era tan simple como huir por una ventana de la parte trasera de la cabaña y tratar de llegar a Pathwayville mientras su padrastro intentaba echar la puerta abajo. Su mente, hostigada por el terror, era incapaz de confeccionar una idea más compleja. Pero creyó que eso funcionaría si era lo suficientemente sigilosa. Y siempre que su padrastro no fuera capaz de percibirla de algún otro modo sobrenatural.              

Sin soltar la linterna ni el atizador, corrió hacia una de las habitaciones de matrimonio, abrió la contraventana muy despacio y abrió la ventana de par en par. Se sentía extenuada pero era necesario hacer un esfuerzo más. Sí si quería sobrevivir a esa noche. Alzó las piernas por ella y saltó con toda la cautela que pudo imprimir a sus movimientos. Por una vez el estrépito que formaba la lluvia había sido favorable. Quizá con el sonido de la lluvia su padrastro no la había escuchado abrir las ventanas. Aunque quizá tenía un oído prodigioso. No quiso pensar más. Corrió hacia unos árboles cercanos a la cabaña haciendo crujir la hojarasca bajo sus pies. Aquel ruido la delataría. No podía quitarse ese pensamiento de la cabeza. Sin embargo, cuando llegó al tronco de una haya para buscar refugio echó un vistazo hacia la cabaña y no vio rastro alguno de su padrastro. Había funcionado, seguro, porque un nuevo golpe contra la puerta de madera llegó a sus oídos. Para ella, en ese preciso instante, fue como escuchar una melodía.

Podía seguir avanzando entre los arbustos que franqueaban el camino de tierra, oculta entre la oscuridad, ya encendería la linterna más tarde, cuando estuviese lo suficientemente alejada. Corrió agachada, escondiéndose entre la vegetación, soportando los rasguños que laceraban su cuerpo, y cuando por fin pasó la primera curva desde donde la cabaña ya no era visible, se decidió a encender la linterna y correr todo lo rápido que sus piernas le permitieron.

Solo son dos kilómetros, solo dos.

Jadeaba intentando coger algo de aliento. El bosque adoptaba una apariencia fantasmagórica allá donde el haz de luz de la linterna se dirigía, ramas retorcidas, sombras que se extendían hacia ella como si quisieran envolverla en una telaraña oscura, impedir su avance fuera como fuese. La lluvia se había convertido en una losa que golpeaba su cuerpo como si quisiera enterrarla bajo tierra, tenerla bien sujeta hasta que su padrastro pudiera alcanzarla. Ofrecerla como un sacrificio de carne a la madre naturaleza.

Había recorrido casi un kilómetro y de pronto sintió sus piernas como dos rocas soldadas a su cadera. Tuvo que detener la carrera para seguir caminando. Los pulmones le ardían y su corazón retumbaba enardecido en su caja torácica suplicando un respiro. Sentía los músculos de las piernas hinchados por el esfuerzo y ahora que andaba a paso lento tratando de recuperarse, sintió como si el bosque estuviera ralentizado, como si se abriese ante ella a cámara lenta para sumergirla en una oscuridad tan profunda de la que jamás lograría salir. Sin la tensión de la carrera tomaba consciencia de la soledad que la embargaba, de la oscuridad angustiosa que la envolvía. Miró por encima del hombro dirigiendo el haz de luz hacia esa posición. No vio a su padrastro ni arbustos moverse ocultándolo. Se acordó de Will. Maldito estúpido. Haberla llevado a aquel horrible pueblo le había costado la vida. Tenía cientos de lugares para elegir y tenía que haber escogido precisamente ése.

Sus pensamientos fueron interrumpidos bruscamente. Sintió un intenso escalofrío que parecía haber abierto todas las heridas de su cuerpo. Se detuvo y apagó la luz de la linterna con premura. No se le ocurrió otra cosa mejor. Las lágrimas amenazaban con anegar sus ojos de nuevo. Escuchó atentamente, quizá solo había sido una distorsión de la lluvia o del viento al pasar entre las copas de los árboles. De nuevo pudo escucharlo, prolongado, reptando por la lobreguez del bosque, pero esta vez parecía que desde menos distancia. Ahora no había ninguna duda. Las lágrimas se desbordaron por sus mejillas. Eran aullidos, pero no parecían de lobos.