Introducción
No habrá muchos países en el mundo en los que a investigar la historia lo llamen «hurgar en el pasado» y en los que intentar esclarecer la verdad se considere poco menos que «remover odios ancestrales». En España, definitivamente, es así. Cualquier persona que decida, de forma forzosamente irreflexiva e irresponsable, adentrarse en una investigación de tipo histórico quedará sujeta de inmediato a sospecha ideológica. «¿Quién puede estar interesado en sumergirse en el lodazal de nuestra historia, en pringarse hasta arriba con la sangre de nuestros antepasados?», se preguntan las personas sensatas. Es imposible sacar nada en claro de los últimos trescientos años, con tanta revuelta, levantamiento, alzamiento, golpe de Estado, guerra, guerrilla, invasión en toda regla, y actos de resistencia patriótica o de terrorismo cobarde, según quien lo cuente.
Dicho esto, cualquier observador imparcial propondría una solución bien obvia: olvidar la historia y mirar al futuro. Como en el chiste de «Doctor, me duele aquí»; «Pues póngase allí». Pero no, parece que tampoco es una buena opción. El español es un sujeto con obsesión por el pasado y que gusta de, en cualquier momento del día y en situación lo más inoportuna posible, entresacar del baúl de sus conocimientos históricos el espantajo que pueda convertir en animada trifulca cualquier apacible reunión familiar o de amigos. Y con la casa por barrer, permanecen en carne viva algunos temas sobre los que, quizás, convendría ya irse poniendo de acuerdo, como por ejemplo el sistema educativo, la separación Iglesia-Estado, la organización territorial, la lucha antiterrorista o el dilema de monarquía o república. Nada, nimiedades.
El campo (minado) del fútbol
Si adentrarse en el jardín de la historia es una alocada aventura, en lo que al fútbol se refiere mejor es calzarse las botas y el sombrero de Indiana Jones y aprender rápidamente a descolgarse por las lianas esquivando las dentelladas de los cocodrilos. La historia del deporte rey está llena de teorías de la conspiración, de leyendas negras sobre apoyos y zancadillas gubernamentales, campañas de acoso y derribo, resistencias numantinas ante conjuras dictatoriales, presiones a árbitros, hurtos de despacho y demás truculencias que nunca han terminado de ser demostradas al cien por cien ni tampoco refutadas del todo. La afición del F. C. Barcelona, por ejemplo, tiene interiorizados una serie de principios fundamentales que, por mucho que se escriba y se hable de la cuestión, probablemente nunca cambien. A saber: el Real Madrid ha recibido en distintos momentos de su historia el apoyo del régimen franquista y de sus estructuras federativas incluso después de la muerte del dictador, hasta bien entrados los años ochenta. Desde entonces, aunque no existan más consignas gubernamentales en favor del Madrid, persiste una cierta querencia del estamento arbitral y de las altas estructuras federativas a proteger los intereses del club blanco. Ya sea por inercia, porque la simbología del Real Madrid se ha asimilado desde siempre a la del Estado español, porque comparte ciudad con la sede de la Real Federación Española de Fútbol, porque en algunos ambientes subsiste un antibarcelonismo antropológico o por la presión del poderoso aparato mediático que rodea al club y que dispara sus sonoras salvas desde el centro de la península para que retumben hasta en su rincón más apartado. El caso es que, para muchos, España es el Madrid y el Madrid es España. Y, por lo tanto, en la Liga española se juega siempre en campo contrario.
Para un madridista, todas estas quejas suenan a victimismo de honda raigambre. Y tampoco cambiará de opinión aunque se le aparezca el mismísimo caudillo para admitir, con la mano en el pecho, que prevaricó a favor del Real Madrid. Según los aficionados blancos, el carácter perdedor y conspiranoico de los culésse difumina en la noche de los tiempos. De hecho, ambos complejos, el de fracaso y el de manía persecutoria, se alimentan mutuamente y conviven desde siempre en perfecta simbiosis dentro de la mente retorcida de los catalanes. Para un merengue, causa un grave daño al deporte el pretender mezclar los éxitos de su club con la política, y es de mentes mezquinas buscar razones sociopolíticas detrás de las largas campañas de triunfos madridistas durante la dictadura y la Transición democrática. Es más: sustraerse a los lauros al Madrid es casi como pretender entrar con los elefantes de Aníbal en la sala de trofeos del estadio Bernabéu para dejar convertida en chatarra la enorme cantidad de oro, plata y cobre allí almacenada. Un anatema.
La teoría general dicta que cuando uno gana no lo atribuye nunca a otro factor que no sea el de su superioridad manifiesta, y cuando uno pierde nunca deja de pensar que motivos externos y ajenos a su voluntad le han privado de la victoria. Esto es una verdad universal, pero no impide que haya en la historia de la rivalidad entre Real Madrid y Barcelona factores que no existen entre los clubes representativos de las dos principales ciudades de otros países, como el Paris Saint-Germain y el Olympique de Marseille, el Chelsea y el Manchester United o la Roma y el Milan. En España, es evidente que a la rivalidad deportiva entre ambos clubes se suman otras fuentes de hostilidad: la bicefalia Madrid-Barcelona, la resultante de la dialéctica nacional España--Cataluña o las diferentes sensibilidades sociopolíticas que hay entre ambas ciudades. Tres ejes que se entrecruzan diabólicamente para complicar hasta el infinito la labor de árbitros, directivos, dirigentes federativos, periodistas e historiadores. Y aquí llega este libro, para seguir ahondando en la tenebrosidad del asunto.
En lo que se refiere al aspecto estrictamente deportivo, hay que tener en cuenta que, por suerte, todas las polémicas se gestan durante noventa minutos dentro de un espacio finito que es de forma rectangular, de una longitud máxima de ciento veinte metros y de una anchura máxima de noventa. Pero dentro de estos parámetros espacio-temporales limitados, la cantidad de polémica que puede generarse es infinita, como se demuestra semana tras semana en nuestra Liga. Para regocijo de periodistas especializados, no hay un solo partido que no arroje jugadas polémicas que, después de ser vistas una y otra vez por especialistas de todo pelaje, siguen motivando agrias discusiones en los platós y los bares. Los criterios para mostrar tarjetas amarillas o rojas, la permisividad o la intolerancia del árbitro respecto al juego duro, las dotes interpretativas de los jugadores para forzar el reglamento a su favor y misterios eternamente irresolubles, como el de la voluntariedad de las manos dentro del área, son lugares comunes en todas las discusiones de fútbol.
Por lo tanto, si todavía no nos hemos puesto de acuerdo en las jugadas de moviola de los partidos del domingo pasado, ¿cómo vamos a determinar si hubo arbitrajes parciales en partidos que se jugaron en los años cuarenta, cincuenta o sesenta? Como primera conclusión hay que admitir, pues, que no podremos obtener un criterio consensuado en lo deportivo sobre prácticamente nada en relación con el fútbol, y mucho menos sobre lo ajustado o abusivo de los arbitrajes españoles a lo largo de la historia. Pero afortunadamente la cuestión no puede abordarse solamente bajando al detalle concreto del penalti, del gol anulado o del fuera de juego. El fútbol tiene facetas políticas, sociológicas, empresariales y culturales que sí admiten una investigación y un análisis lo bastante contrastados como para aportar ciertas luces sobre algunas zonas que hasta ahora permanecían en sombra.
La historia del Madrid
Llegados a este punto, se preguntarán qué puede llevar a un aficionado del F. C. Barcelona confeso —y pronto convicto, imagino— a atreverse con la sagrada historia del Real Madrid. ¿Es posible distanciarse lo bastante de la pasión futbolística para emprender una labor de investigación histórica sobre los pasajes más oscuros del pasado merengue? Para situarles en el tipo de libro que tienen entre manos, diré que simplemente pretende responder a algunas de las grandes preguntas que se pueden formular acerca del palmarés del Real Madrid: ¿lo consiguió el equipo blanco únicamente por méritos propios o también recibió algún espaldarazo gubernamental? Y si se produjo esta ayuda, ¿de qué manera se materializó? ¿Fue a través de decisiones arbitrales? ¿O de consignas gubernativas y federativas? ¿O incluso gracias al apoyo de la Casa Real? ¿El Madrid se aprovechó del régimen franquista o fue al revés? ¿Fue el Real Madrid la Blitzkrieg de Franco para conquistar Europa? ¿Es cierto que el Madrid recibió el mayor «regalo» gubernamental en plena democracia?
Así pues, este trabajo no pretende ser, ni mucho menos, «la» historia del Real Madrid, sino un anexo a las distintas historias que ya se han escrito sobre esta entidad. Para escribirlo, hemos charlado largamente con diversos personajes vinculados al club, y lo hemos intentado incluso con su actual presidente, Florentino Pérez. Pero la solicitud de entrevista estará durmiendo ahora mismo el sueño de los justos encima de alguna mesa de despacho en las oficinas del Real Madrid. Era necesario este trabajo de investigación histórica para descubrir al menos por qué el club blanco es seguramente la única institución deportiva en el mundo que sostiene sobre sus hombros casi tanta cantidad de mitología gloriosa como de leyenda negra. Respetemos lo primero, pero ocupémonos a fondo, a partir de este punto, de lo segundo.