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Una catedral y una nube de polvo

Dos mujeres a las que conocí por casualidad me enseñaron lo que puede ser la felicidad inmensa y lo contrario, un dolor inconmensurable. Para mí, representan los dos extremos de la vida. Sin el dolor intenso no creo que podamos vivir del todo. Nadie quiere enfrentarse a la tragedia, pero es una parte indisociable de la vida.

En 1972 fui a Viena. En realidad, iba camino de Hungría, quería ir a Budapest, pero en la frontera húngara no me admitieron el pasaporte sueco, aún vigente, pero muy desgastado y estropeado. Tuve que esperar en una estación gélida, bajo vigilancia policial, hasta que me metieron en un tren rumbo a Austria. Luego no fui a Budapest, al menos no en esa ocasión. En Viena me dediqué a deambular, sin saber muy bien qué hacer con aquel viaje truncado. Fue un invierno muy frío. Para mantenerme en calor entraba de vez en cuando en alguna cafetería.

Mientras paseaba sin seguir ningún mapa, sino mi inspiración en cada momento, me vi de pronto delante de la imponente catedral de San Esteban. Entré y contemplé la nave. Era mediodía, poca gente. Los gruesos muros dejaban fuera todos los sonidos. Allí dentro reinaban la atemporalidad y el silencio. En eso se parecen todas las iglesias, con independencia de su aspecto o de la religión que en ellas se practique.

Me senté en un banco y me quedé observando la inmensidad que me rodeaba.

No recuerdo ninguna catedral que no me haya hecho pensar en los artesanos que la construyeron. Tenían que trabajar muchas generaciones seguidas antes de que la última piedra estuviera puesta, la última tesela de la vidriera emplomada en su sitio, las esculturas, minuciosamente ideadas, perfectamente talladas.

Mientras paseaba la mirada me detuve de pronto en una mujer que estaba sola sentada en un banco, con la cabeza inclinada. Yo me encontraba detrás de ella, en un rincón, pero a juzgar por lo encorvada que tenía la espalda, me dio la sensación de que estaba desesperada. Sumida en un dolor inmenso. La veía inmóvil, sola en el banco, pero también sola y encerrada en sí misma en aquella catedral enorme.

Las desgracias y las tragedias despiertan en nosotros por lo general una curiosidad un tanto desagradable. Nos paramos cuando vemos que ha habido un accidente de coche. Miramos de reojo al pasar al lado del coche siniestrado. Si viene una ambulancia por la calle, mucha gente se para hasta que las sirenas dejan de sonar y el vehículo se detiene ante un edificio. Los más curiosos esperan hasta que sacan a la víctima en la camilla.

Nos paramos porque queremos asegurarnos de que no somos nosotros los que vamos en esa camilla.

Me levanté del banco y fui andando por el lateral hasta que llegué ante el altar. Allí me di media vuelta. La mujer solitaria tenía la cabeza apoyada en las manos, pero por el pelo y la frente de piel oscura advertí que era africana.

Estaba en el banco, sin nadie alrededor. Entrelazaba las manos apretando con fuerza. Traté de imaginarme lo que habría ocurrido. ¿Le habrían dado una noticia fatal? ¿Se refería a ella misma o a otra persona? Por el pasillo central de la iglesia llegó caminando un sacerdote, echó una mirada inquisitiva hacia el banco donde estaba la mujer, pero no se detuvo. Yo me quedé allí en las sombras, apoyado en una de las columnas de la bóveda, sin dejar de observarla. La curiosidad empezaba a resultarme incómoda, pero me era imposible apartarme de allí.

Llevaba allí un rato, cinco minutos, quizá, cuando comprendí que había algo que podía y que, además, debía hacer. Dudé un instante, pero luego me acerqué al banco de la mujer y me senté a su lado. Levantó la vista enseguida, como si la hubiera asustado, o como si hubiera entrado a la fuerza en un espacio que ella consideraba propio. Primero en alemán, luego en francés y finalmente en inglés, le pregunté si podía hacer algo. La mujer no comprendió lo que le decía. Creí entender que hablaba algo que recordaba al árabe, aunque no parecía ser norteafricana. Mi presencia no aliviaba su soledad. Al contrario, la mujer parecía más inquieta si cabe. De repente, se levantó y se fue. Me volví a mirar y la vi salir corriendo a la luz del sol que brilló cuando abrió la puerta de la catedral.

Nunca volví a verla. Pero, cuarenta años después de aquella visita a la catedral de San Esteban, sigo convencido de que estaba luchando contra una pena indecible. No sé de dónde salió ni adónde fue. Ni siquiera sé si sigue viva. Pero pienso en ella a menudo, como una suerte de icono del dolor, tengo su imagen colgada en una de mis paredes interiores. Y me recuerda algo que todo el mundo debe saber: que la tristeza debe vivir en nuestro interior para que su contrario pueda manifestarse. El cuento del Príncipe Simpenas es un relato que vale para todas las generaciones. Ningún príncipe, como tampoco ningún hombre normal y corriente, puede esconderse de la tristeza y pensar que tiene el privilegio de no sentirla jamás.

¿Y la alegría inconmensurable? Fue otra mujer, otro continente, otra época. Casi veinte años exactos después del día que crucé las puertas de la catedral de San Esteban. Y también en ese caso se trataba de una mujer africana. La conocí en un campo de prisioneros de Mozambique, habilitado para refugiados de Zimbabue y de Sudáfrica que volvían a casa después de la brutal guerra civil que había finalizado a principios de la década de 1990. Aquellas personas esperaban inquietas sin tener la menor idea de si también volverían algunos conocidos. Aunque todos confiaban en que familiares o amigos desaparecidos desde hacía tiempo se encontraran en alguno de los coches que, con la plataforma de carga atestada de personas, recorrían la carretera en medio de una nube de polvo alejándose de la frontera. Los niños buscaban a sus padres; los padres, a sus hijos; los amigos, a sus amigos; los parientes, a sus parientes; los paisanos, a otros paisanos. Cuando el convoy de camiones se detuvo, estalló el caos. La gente bajó de los camiones con sus fardos y sus bolsas de plástico. Un ruido como de un enjambre de abejas nerviosas llenó el aire.

De repente se oyó un chillido. Pero no era un grito de guerra. Era un grito en el que resonaba una alegría brutal y sorprendente. Recorrió el caos humano como un impulso eléctrico. Luego se hizo el silencio. Sólo se oían los gritos, que resonaban entrecortadamente. Entonces vi que procedían de una joven de unos dieciocho años. En medio de aquella multitud de personas allí reunidas, las que habían llegado en los camiones y las que esperaban con aquel calor sofocante, se había abierto como una pista. En el centro de la explanada de arena había un hombre y una mujer de edad. Y allí estaba la joven dando gritos, rasgándose las vestiduras y el pelo y bailando alrededor de la pareja de ancianos.

Tardé un rato en comprender que eran sus padres, que habían llegado en uno de los camiones. Luego supe que la habían separado de ellos cuando no tenía más de siete u ocho años. En todo ese tiempo, no supo nada de ellos. Y había acudido allí con la esperanza de encontrarlos. Fue pura casualidad que estuvieran allí. Había muchos lugares como aquél. Nadie sabía quién iba a parar a uno o a otro. Nadie sabía dónde esperar exactamente. Y muchos no volvían. Estaban muertos.

En cierto modo, aquello fue un milagro. Se habían reencontrado. La joven expresaba su alegría bailando y rasgándose las vestiduras. Los ancianos no hacían nada, no se movían.

Yo me quedé observando cómo la joven le cogía la mano al padre y lo saludaba con una inclinación. Su madre y ella se rozaron luego la cara cuidadosamente con las yemas de los dedos.

Lo último que vi de ellos fue que los tres subieron a otro camión, que desapareció en una nube de polvo.

La catedral de San Esteban y la nube de polvo de África articulan mi vida de algún modo.

Con independencia de que ahora esté enfermo.