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El búfalo de ocho patas

¿Qué pensaban los pintores cuando plasmaban aquellas imágenes, sobre todo de animales, en las rudas depresiones de las paredes rocosas? Allí, donde buscaban protección de las inclemencias del tiempo y de las fieras que amenazaban su existencia. Pero en aquellas catedrales suyas, creación de la naturaleza, también había pinturas decorativas.

¿Tenían la menor idea de que sus pinturas sobrevivirían, o de que se someterían al juicio de las generaciones venideras? ¿Cumplirían las imágenes simplemente una función en sus vidas, en su tiempo? Con el desarrollo del cerebro del hombre llegó la capacidad de pensar mirando al futuro, de hacer planes. Quizá desempeñara un papel importante para quienes pintaban las paredes de la cueva. Pero ¿qué papel? ¿Eran esas imágenes mensajes y avisos de aquella época para la siguiente? ¿O soñaban que los animales cuya figura habían plasmado se liberarían de la roca un buen día y saldrían corriendo de la cueva a la realidad, donde podrían llegar a crecer, no ser sólo figuras sombrías a las que los chamanes en trance pudieran invocar para mantener a raya el hambre, la enfermedad y las fieras?

¿Eran las pinturas rupestres un modo de sacrificio? En lugar de sacrificar un toro o un reno, sacrificaban las imágenes, mientras que los animales de verdad servían de alimento para los hombres.

En Chauvet, una cueva de los Alpes de Suabia, puede verse la imagen de un animal que se diferencia por completo de las demás. Es una representación totalmente distinta de cuantas se han encontrado en el resto de las cuevas que ha examinado el ser humano.

Es un búfalo de ocho patas.

Presenta tanto lujo de detalles como las imágenes que lo rodean. La única diferencia es el hecho absolutamente sorprendente de que tiene ocho patas.

No es difícil comprender por qué. La intención del pintor es clara y patente. Quiso reflejar un animal en movimiento. A su modo, al menos treinta mil años antes de que naciera el arte cinematográfico, trató de captar el movimiento de las patas del animal mientras corría. Como a cámara lenta, la distancia entre cada pata y la modificación del ángulo visibilizan la fracción de segundo que habría durado el movimiento en la realidad.

Ésa es la única imagen de un búfalo pintado con ocho patas que conocemos. Naturalmente, cabe la posibilidad de que, en una cueva aún por descubrir, existan pinturas de animales con las patas en movimiento. Pero hasta la fecha no disponemos de ningún otro ejemplo.

Como en un rapto de inspiración, el pintor desconocido quiso investigar algo extraño. Algo que quizá nunca hubiera intentado con anterioridad. Captar un movimiento mientras se está produciendo. Lo que, en la realidad, sucede tan deprisa que el ojo humano no es capaz de captarlo.

¿Qué ocurrió una vez que el pintor hubo terminado el trabajo? ¿Qué opinaban sus contemporáneos al ver aquellas ocho patas? ¿Qué pensaban? ¿Les despertó curiosidad o indignación el hecho de que el artista hubiera roto un tabú? Lo único de lo que podemos estar del todo seguros es que la pintura existe, nadie la borró ni la cubrió con otra pintura.

Pero la imagen cuenta algo más. Si la examinamos con detenimiento, el laberinto de patas y los ojos del búfalo nos dicen algo más.

El animal está huyendo. Fuera del campo de la imagen, en la pared de la cueva, hay un depredador, quizá unos cazadores. El búfalo está huyendo para salvar su vida. La pintura trata de narrar el impulso del animal de evitar el peligro y la muerte.

Quienquiera que pintara ese animal que huye asustado invirtió mucho trabajo y mucho talento. Captó el movimiento de las patas y la expresión inequívoca del terror en los ojos. La imagen está a punto de estallar, tal es la fuerza que el miedo a morir genera en el animal que está huyendo para salvar su vida. Es como si el búfalo estuviera desgajándose de la roca para poder aumentar la velocidad y alejarse lo suficiente del depredador o de los cazadores.

No parece que cambiara una sola línea. Los colores forman capas sencillas. El artista sabía lo que quería pintar y no vaciló.

No es la obra de un principiante. En aquella época, las personas apenas vivían más de treinta años, pero ese hombre llevaba muchos años pintando.

Cada figura le exigió tiempo y esfuerzo. Igual que en el caso del creador del hombre león, las necesidades materiales de este artista debieron de satisfacerlas otros hombres, que estaban dispuestos a permitir que él se dedicara a pintar.

En la misma cueva hay otro grupo de animales, caballos y rinocerontes. Mientras observo las pinturas, tengo la clara intuición de que fue el mismo hombre el que cubrió de pinturas toda aquella galería. En otras cuevas se puede apreciar que intervinieron otros artistas, pero precisamente en la cueva Chauvet parece ser un único artista el autor de lo que hoy podemos contemplar.

De la penumbra de la historia se alzan de pronto los primeros individuos. No son personas, sino animales. Y no tardarán en crearse también las primeras esculturas de rostros de personas, que nosotros encontraremos más de mil generaciones después.

En la actual Eslovaquia encontraron hace unos años una figura de marfil de cinco centímetros de altura. Representa la cara de una mujer y la llaman «La Mona Lisa original». Es una cara que tiene unos treinta y cinco mil años. Se trata de una escultura en la que se refleja a un individuo con la singularidad de todos sus rasgos. Lo más llamativo es el ojo izquierdo. Tiene el párpado cerrado. Tenía el ojo lesionado. En la boca se adivina un amago de sonrisa.

Podemos suponer que hubo una modelo viva para la escultura. Seguramente, alguien que pertenecía a la familia o al clan del artista. ¿Sería su madre, su hermana o la mujer con la que vivía?

En cualquier caso, del misterio de la historia surge aquí un individuo. Es una de las personas más antiguas cuya imagen podemos contemplar. ¿Qué pensó al ver la estatuilla que representaba su cara? Debió de parecerle prodigioso que alguien pudiera hacer una copia tan pequeña de ella. Debió de preguntarse si en aquel fragmento de marfil no habitaría un espíritu semejante al suyo.

La tenue sonrisa me ha acompañado toda la vida, desde la primera vez que vi la estatuilla. Hay en ese rostro un halo de introspección, al tiempo que sabe que lo están observando.

El recuerdo de esa escultura me conduce a otro recuerdo. La primera vez que fui a África, pronto hará cuarenta años, iba con el propósito, tan firme como erróneo, de encontrar diferencias entre los africanos y yo.

Lo único que encontré fueron similitudes. Comprendí que todos pertenecemos a la misma familia. Puesto que la especie humana procede del continente africano, puede decirse que la madre primigenia de todos nosotros tenía la piel negra.

Y al observar esa estatuilla, tallada hace más de treinta mil años, pienso que la modelo también pertenece a mi familia. No es una extraña. En la sonrisa esquiva veo algo que soy capaz de comprender y de reconocer.

Es tan atinado como fácil pensar que reímos por las mismas razones.

Yo soy parte de los artistas rupestres. Y ellos son parte de mí.