Otra…

—¡Otra!… ¡Otra, papá!

La voz de Pedro rompe el silencio. Emocionada, reclama mi atención y la confirmación de que también la he visto. La pide siempre, con cada estrella.

El niño está entusiasmado. Desde hace algunos minutos, el cielo ha perdido fuerza y cada poco una nueva estrella escapa de su control. Parece como si ese imán invisible que sujeta a las estrellas contra él hubiera desaparecido, dejándolas en libertad. Una libertad dudosa, puesto que la mayoría apenas logra llegar muy lejos.

—¿La has visto? —me dice Pedro, mirándome.

—Sí —le respondo yo.

Da igual que la viera o no. Al niño le da lo mismo que sea verdad o mentira y, en el fondo, prefiere que le mienta con tal de compartir su emoción conmigo.

Le he traído hasta aquí arriba para verlas. Lejos de las construcciones que ocupan toda la isla y cuyas luces alumbran la lejanía como si fuera un cielo invertido. Es imposible escapar de ellas por más que uno se aleje de donde están.

Donde nos hallamos ahora nosotros es quizá el lugar más salvaje de la isla. Perdido en su parte norte, sobre los acantilados de Benirrás, el pago de Pere Lluc apenas cuenta con algunas casas diseminadas por las colinas. La mayoría de ellas están vacías, salvo en verano y no todo él. Hasta aquí no ha llegado aún la especulación que asola la isla.

Yo conozco este lugar porque viví en él algún tiempo. En una casa de campesinos abandonada por éstos cuando empezó la irrupción turística y la gente se trasladó a vivir a la costa. Ahora está en manos de unos alemanes, como la mayoría de las de la zona. La he visto antes, cuando veníamos, desde el camino que sube hasta esta colina, ese camino de tierra que tantas veces recorrí en la pequeña motocicleta con la que me desplazaba por toda Ibiza en aquella época. Está casi igual que entonces, con su buganvilla roja, sus cactus y sus chumberas y sus ventanas pintadas de color blanco y azul. Como siempre, me he preguntado si sus actuales dueños serán tan felices viviendo en ella como yo lo fui en aquel tiempo.

Fue hace ya un cuarto de siglo. Lo sé porque, al volver a verla, he hecho recuento de los años. ¡Veintiséis, la mitad de los que ya tengo! Pensaba que serían menos, pero siempre me ocurre eso cuando recuerdo. Mi madre me decía siempre —cuando me reconocía aún— que mi comprensión del tiempo no tiene nada que ver con la realidad. Y quizá tenía razón. El caso es que ya ha pasado una eternidad desde que viví en estos montes acantilados de Benirrás, la playa en la que todavía hoy se reúnen los últimos hippies de Ibiza para, a la puesta del sol, tocar sus bongos y sus tambores como una tribu de indios desesperados a los que el mundo ha dado la espalda como ellos hicieron con él cuando eran más jóvenes. Ayer los vi y, dentro de su patetismo, me recordaron al chico que los miraba con admiración, como correspondía a su ingenuidad de entonces. Y a aquellas ganas de vivir que le habían traído a esta isla varada como un gran pecio en mitad del Mediterráneo.

Ahora lo veo de nuevo iluminado apenas por las estrellas mientras a mi lado Pedro continúa mirando al cielo al acecho de que alguna pierda su inmovilidad de pronto y reconozco en él aquel mismo mar que contemplaba desde la casa, asomado a sus ventanas o, en las tardes de verano y de buen tiempo, sentado debajo de la buganvilla que cubría toda su fachada. Por su tamaño era un árbol más que una planta y por su color parecía más una hoguera que una flor repetida un millón de veces.

La habíamos encontrado casi por casualidad. Creo que fue Catalina, la dueña del bar de Santa Gertrudis (hoy he visto que ya hay varios en el pueblo), la que nos puso en la pista y en contacto con los dueños, que eran familiares suyos. El matrimonio, que ya era muy mayor, había vivido en aquella casa toda su vida, pero la había dejado hacía tiempo y temía que se les viniera abajo. Por eso la querían alquilar. Cuando la fuimos a ver, nos enamoró. Era la típica casa de piedra sin encalar, como estaban casi todas en la isla antes de la irrupción del turismo, y tenía todas las dependencias de las antiguas casas de campesinos: el patio, las cochiqueras, los establos para el burro y las ovejas y hasta un pozo delante de la puerta. Y, en la parte de atrás, una gran higuera y tres o cuatro algarrobos para alimento de los animales. Todo ello lleno de polvo y con la buganvilla a punto de desvanecerse. Parecía como si el tiempo hubiese puesto sobre ella todo el peso de su desolación.

Las recuperamos (la casa y la buganvilla) a base de mucho esfuerzo. Entre Carolina y yo, con la ayuda esporádica de algún amigo y la puntual de algún albañil (no teníamos dinero para más), conseguimos rescatar ambas y devolverles la compostura que habían tenido hacía tiempo. Incluso las mejoramos en algún aspecto al convertir la cuadra y las cochiqueras en habitaciones para los invitados y, en el caso de la buganvilla, al podarla y volver a llevar sus guías entre los salientes de la fachada. ¡Qué hermosa lucía aquel año, al llegar la primavera a estas colinas!

Vivimos allí tres años; los que Carolina y yo permanecimos todavía juntos antes de que el aburrimiento hiciera mella en nosotros. Era una época en la que nada duraba mucho y menos en esta isla. Por eso, después de tres años juntos, Carolina y yo nos debimos de cansar de ser felices y decidimos continuar cada uno por nuestro lado. Y, en nuestra despedida, dejamos también la casa en la que tan felices fuimos mientras estuvimos juntos.

Pasábamos las horas sentados en el patio, ella pintando sus acuarelas y yo mirando el paisaje, que cambiaba de aspecto prácticamente a cada momento. Y eso que, en lo que recuerdo, el clima era siempre el mismo: este clima imperturbable y apacible que me volvió a recibir ayer cuando llegamos al aeropuerto. A veces, cuando el sol apretaba mucho, nos refugiábamos debajo de la higuera, en la parte trasera de la casa, cosa que hacíamos también al atardecer, puesto que desde allí se veían el mar y las puestas de sol más maravillosas que he visto en toda mi vida.

Hoy volví a hacerlo desde San Antonio. Mientras paseábamos por el puerto haciendo tiempo para cenar, Pedro y yo asistimos a ese espectáculo que se repite todos los días y que consiste en ver hundirse el sol en el horizonte, que es el mismo en ese punto que el del mar. Un espectáculo gratuito que concita cada tarde frente al puerto a docenas de turistas, que aplauden cuando concluye. Como si el sol y el mar fueran dos actores y su fusión, un acto de amor circense.

Yo eché en falta, sin embargo, el olor de las higueras y el resplandor de la buganvilla que aún crece en aquella casa. El ruido de San Antonio, confuso y abigarrado, distorsionaba todo a mi alrededor y los aplausos de los turistas me devolvían a la realidad. Aquí, en cambio, en aquel tiempo, nada rompía el silencio, todo era tan perfecto que parecía imposible que pudiera repetirse al día siguiente. Pero se repetía. Un día y otro y otro. Hasta que, al llegar octubre, la buganvilla empezaba a dejar caer sus flores y el resplandor del sol no encontraba espejo en el que reflejarse mientras desaparecía en el mar.

Hoy, frente a San Antonio, tampoco encontró ese espejo, tan sólo el de los cristales de las ventanas de los hoteles que miran a la bahía, pero lo encontrará mañana, cuando vuelva a emerger por Portinatx y se refleje en las buganvillas de toda Ibiza, que son tantas como estrellas hay esta noche en su firmamento. Seguramente, también, la mayoría se agitarán con la brisa que acompaña siempre al amanecer e incluso alguna perderá parte de sus flores, que pasarán a integrar la tierra como las estrellas que se deslizan desde hace rato por la bóveda del cielo lo hacen de la piel de éste y como los recuerdos pasan a formar parte de nuestra biografía. Es el destino de todo lo que se cae, de todo lo que se mueve, ya sea en el cielo, ya sea en la tierra. O en nuestro corazón, que también tiene estrellas y flores como esta noche de San Lorenzo.

—¡Mira, papá!… ¿Has visto ésa?

—Claro, hijo —le digo y sigo soñando, recordando aquella casa y aquellos días felices que pasé en estos montes de Benirrás cuando todavía creía que la vida era una estrella que no se apagaba nunca, como ahora debe de pensar Pedro.