Capítulo 45

SOLO SE AMA UNA VEZ

Inary

Era una mañana gris y lluviosa de primavera. Me sentía sobrepasada por infinidad de pensamientos y emociones: miedo, esperanza, preocupación… No sabía qué hacer con el caos que invadía mi mente. Me quité las gafas, apagué el ordenador y salí a dar un buen paseo; dejé que el viento y la lluvia aliviaran todo ese cúmulo de sensaciones. Mientras caminaba sentí cómo se apoderaba de mi ser una intensa añoranza. Sí, añoranza. Aunque no sabía por qué.

No, tenía que ser honesta conmigo misma. Por supuesto que lo sabía. Añoraba a Álex.

Echarlo de menos se había vuelto una constante en mi vida como lo era respirar. Le extrañaba cada minuto del día. Y aunque estuviéramos de nuevo en contacto, seguía sintiendo su ausencia siempre, segundo a segundo.

Álex y Sharon. Sharon y Álex.

No sonaba bien, ¿verdad? Y aunque ya no estaban juntos, Álex todavía no me había dicho nada sobre si eso tendría alguna implicación en lo nuestro. Si es que tenía que tener alguna.

El amor tampoco había hecho mucho por Mary. Su historia no tuvo un final feliz. El amor no siempre triunfa, ¿verdad? A veces no encuentra su camino, así de sencillo, sino que se pierde y nos arrastra con él dejándonos a la deriva.

Gracias a Dios que era miércoles, el día de mi reunión semanal con Eilidh en La Piazza. En ocasiones, cuando una está hecha un lío, lo único que puede ayudar es una conversación entre mujeres, sobre todo si va a acompañada de un café y un dulce. Y aunque no podía hablar en el sentido tradicional del término, aquello no impedía que saliera mi yo más parlanchín.

Me dejé caer sobre un mullido sofá que había junto al fuego, mi rincón favorito de la cafetería. La lluvia golpeaba contra las ventanas y tanto la tierra como el cielo se veían grises, como si estuviéramos en medio de un mar de niebla. Eilidh todavía no había llegado, así que aproveché la oportunidad para enviarle un mensaje a Taylor.

¿Alguna noticia?

Todavía nada. Seguiremos buscando mañana.

Suspiré. ¿Y si al final no encontraban nada? ¿Y si los huesos de Rose estaban esparcidos en algún lugar en que fuera imposible recuperarlos? ¿Y si se quedaba allí para siempre?

No, de ninguna manera podía seguir pensado de ese modo. Necesitaba tener esperanza.

—¡Hola! Lo siento, llegamos tarde —se disculpó Eilidh con una sonrisa antes de sentarse a mi lado. Sorley iba dormido en la silla de paseo. Débora se acercó para apuntar lo que queríamos tomar.

—Un bollo con nata y mermelada y una taza de té —dijo Eilidh—. ¿Y tú, Inary?

«Lo mismo», articulé con los labios.

—Lo siento, pero no me quedan bollos. Hoy es el día en el que suelen pasarse los ancianos de la residencia y se lanzan sobre ellos como langostas.

Me reí. Eso mismo me habían dicho las amigas de mi tía.

—¿Entonces qué nos recomiendas? —preguntó Eilidh.

—He hecho una tarta de almendras y cerezas tan deliciosa que despertaría hasta a los muertos.

«No, por favor», pensé.

—Estupendo. —Eilidh me miró y yo asentí—. Dos por favor. Gracias. —Débora se marchó y reanudamos nuestra conversación—. Inary, no te tomes a mal estoy que voy a decirte, ya sabes que no me gusta entrometerme en los asuntos de otros, pero… ¿cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Cuatro meses? Y todavía no has recuperado la voz. Tal vez deberías volver a ver al médico, a ver qué te dice…

«No me apetece nada.»

—Lo sé. Mira, no sé si debería contarte esto, pero hace dos años, antes de regresar a Glen Avich, pasé una época muy mala. Mi médico me recetó antidepresivos y productos similares que me convirtieron en un auténtico zombi. El día que llegué aquí, los tiré todos a la basura. No me estaban funcionando. Pero a otras personas sí que les van bien. Incluso los necesitan. Puede que tú seas una de ellas…

«Espero que no.»

Eilidh soltó un suspiro.

—Sí, supongo que sabes mejor que nadie lo que te va bien o no. Estoy segura de que el tiempo seguirá su curso. Es todo lo que necesitas, tiempo para superar la pérdida de tu hermana, y entonces recuperarás la voz.

No lo tenía tan claro, pero las palabras de Eilidh fueron como agua fresca en un día caluroso. Necesitaba su ánimo. Pensé que había llegado el momento de preguntarle algo que llevaba queriendo saber desde hacía tiempo.

«¿Qué te hizo quedarte en Glen Avich? ¿Jamie?»

—No. La mayoría de la gente piensa que sí, pero tomé la decisión antes de que las cosas con Jamie se pusieran en plan serio. Lo que hizo que me quedara aquí fue el mismísimo Glen Avich, así de simple. Mmm, gracias, Débora, ¡esto tiene una pinta estupenda!

—¡Que aproveche! Por cierto, quería decírtelo desde hace un montón de tiempo, ¡me encanta tu pelo! —comentó Débora, pasando una mano por mi cabello—. Siempre quise ser pelirroja. Es tan escocés.

Me sonrojé. Era cierto. Mi pelo había crecido y ahora lo tenía por debajo de las orejas. «Gracias», articulé y me dispuse a dar buena cuenta de la tarta de almendras y cerezas. Estaba deliciosa.

—De modo que sí, pertenezco a este sitio. Por muy pequeño que sea y por mucho que todos sepamos la vida de los demás…, Glen Avich es mi hogar.

Asentí. La entendía perfectamente.

«Hay alguien, en Londres. Metí la pata con él y ahora es demasiado tarde», escribí. De pronto, la tarta de Débora ya no estaba tan rica, más bien me sabía a cartón.

—Mi abuela siempre decía: «Lo que tenga que ser será». Es todo un cliché, pero con los años me he dado cuenta de que tenía razón.

«He sido una idiota. Después de lo que me pasó con Lewis tenía tanto miedo que le dejé marchar.»

—Sí, sé a qué te refieres. Cuando regresé y me reencontré con Jamie no pude… —Una sombra de tristeza cubrió su rostro y su voz se apagó—. Casi le pierdo también. ¡Y míranos ahora! —Señaló a Sorley, que continuaba dormido; aunque de pronto, como si se hubiera dado cuenta de que se estaban refiriendo a él, el pequeño abrió sus enormes ojos azules.

—¡Me! —exclamó. Lo que debía significar que tenía hambre porque Eilidh sacó una galleta con forma de oso de su bolso y la colocó en su plato, junto a la tarta.

—Vamos a sacarte de ahí. —Alzó a su hijo en brazos y lo puso sobre su regazo—. ¡Hola! —Le dio un beso y luego le pasó la galleta. Sorley se acurrucó contra ella con la galleta en la mano. Durante el minuto que tardó en desperezarse el pequeño, observé embelesada las miradas de cariño que intercambiaban madre e hijo. Tomé otro sorbo de mi bebida y así el bolígrafo.

«¿Crees que solo podemos amar una vez en la vida?»

—Una pregunta de lo más difícil, ¿verdad? Sí, creo que sí.

«Entonces yo ya he cubierto mi cupo.»

Eilidh me miró pensativa.

—No es así de simple. No es tan fácil reconocer el verdadero amor. Aunque creas que ya lo tuviste, puede que no fuera en realidad tu verdadero amor. Yo no tenía ni idea de lo que era el auténtico amor hasta que Jamie y yo nos fuimos a vivir juntos. Y no estoy hablando de fuegos artificiales y todas esas fanfarrias. Hablo de disfrutar cada minuto que pasas con el otro. Desear que vuelva a casa. Escucharle hablar y sentirte orgullosa de que esa persona sea tu pareja…

«Ya sentí todo eso con Lewis», escribí con amargura.

—¿Pa? —dijo Sorley.

—¿Y todavía sientes lo mismo cuando piensas en tu ex? —preguntó mientras sacaba un pingüino de peluche del bolso y se lo entregaba al pequeño. Ah, así que «pa» significaba «pingüino».

«No», y lo decía muy en serio.

—Pues ahí lo tienes. El amor verdadero dura toda la vida. Todo lo demás es un encaprichamiento, amistad, lujuria, o lo que sea…, pero el amor verdadero no termina nunca.

—Dada —concluyó Sorley mientras me ofrecía su pingüino. Decidí que «dada» quería decir «dame un abrazo» así que le puse sobre mis rodillas y le di un buen achuchón al tiempo que le hacía cosquillas. El pequeño gritó alborozado.

Justo en ese momento sonó mi teléfono. Era Taylor. Mientras Eilidh tomaba de nuevo a Sorley en sus brazos, acepté la llamada y me llevé el teléfono móvil al oído. Como él sabía que no podía hablar, esperé a ver qué tenía que decirme.

—Inary, no quería mandarte un mensaje no fuera a ser que no lo vieras. Voy ahora mismo por ti. Hemos encontrado a Rose.

* * *

Contemplé desde la orilla cómo la sacaban; una pila de huesos que el buzo sostenía cerca de su corazón. El último abrazo que Rose recibiría después de todos esos años en el lago.

Esa noche, no me sorprendí cuando me desperté al oír un susurro en mi oído. Era de una voz que se había vuelto tan familiar como la de una hermana. La voz de Mary.

«Gracias.»

En medio de la oscuridad, esbocé una medio sonrisa a modo de respuesta.