Capítulo 18
Petrificada, Tanis permaneció unos segundos sin reaccionar. Habría querido alertar a los guardias que la escoltaban. Por desgracia, su embarazo disminuía sus facultades. Ya había visto antes a aquel hombre, pero no conseguía recordar en qué circunstancias. Había envejecido; profundas arrugas surcaban su cara, su piel se había marchitado, gastada por el sol y el alcohol. De repente tuvo la sensación de que se ahogaba y se puso a chillar. Los guardias la miraron atónitos. Les señaló el lugar donde estaba el individuo, pero éste ya había desaparecido. Al ser interrogados, los niños y las criadas respondieron negativamente. Nadie había visto al sospechoso. Tanis dio una descripción a los soldados, pero muy difusa. Para mayor tranquilidad inspeccionaron el mercado y el puerto, sin éxito. Muchos individuos encajaban en aquella descripción.
Al llegar la noche, Tanis contó su aventura a Djoser.
—Tal vez fue una alucinación. Sin embargo, todavía puedo ver su brillante mirada. Estoy segura de que no lo he soñado: ese hombre desea mi muerte. —Se le escaparon unos sollozos, que a duras penas logró contener—. ¡Y ni siquiera sé quién es! Por mucho que me concentro, no lo consigo. Es como si mi memoria se negara a funcionar. ¡Es… es terrible!
Djoser la abrazó tiernamente.
—¡Cálmate, amada mía! Sin duda es el bebé el que te debilita.
—No lo he soñado.
—Estás cansada. Y además hace mucho calor. Quizá te has cruzado con la mirada de un hombre que se parecía a algún antiguo enemigo. Pero tranquilízate, nadie te hará daño. Voy a reforzar la guardia que te protege.
Tanis asintió en silencio.
Durante la noche siguiente le costó conciliar el sueño. Por más que indagara en su memoria, ésta se negaba a responderle. Sólo quedaba la angustiosa impresión de una grave amenaza. Los días siguientes sólo salió con una escolta de diez guerreros armados hasta los dientes. Tranquilizada por la presencia de los soldados, se interesó por la construcción del templo de Jnum. Las obras avanzaban con rapidez. Desoyendo las advertencias de Djoser, acompañó a Imhotep hasta la cantera de granito rosa de la que se extraían los enormes bloques utilizados en la construcción. Los niños la seguían a todas partes.
Así transcurrieron dos meses. En varias ocasiones le pareció distinguir a aquel individuo. Surgía como un fantasma y desaparecía un segundo después. Sus guardias, alertados, iban tras él… y siempre volvían con las manos vacías. Con el correr de los días, terminó pensando que era víctima de alucinaciones. Djoser tenía razón: aquel hombre era fruto de su imaginación. Sin embargo, por precaución, cogió su puñal.
Un día, finalmente, cuando se había acercado hasta la orilla del río, vio su silueta, observándola en medio del gentío. Distinguió claramente su rostro: una cara de hurón con dos ojillos crueles. Dio la alarma de inmediato. Pero el individuo se perdió entre la muchedumbre. Pese a su rápida reacción, los guardias no pudieron darle alcance.
—¡Esta vez sé que no lo he soñado! —dijo a Djoser por la noche—. Los soldados también lo vieron.
Al día siguiente, disponiendo de una descripción más precisa, los guerreros se lanzaron tras las huellas del desconocido. Pero éste se había volatilizado. Unos campesinos afirmaron haber visto a un hombre parecido dirigiéndose hacia Nubia, pero nada probaba que fuera él.
En realidad, aquel fantasma surgido de un pasado olvidado no asustaba demasiado a Tanis. La vida que se estaba formando en su seno le daba renovadas fuerzas. Sentía casi físicamente la presencia del dios con cabeza de carnero. En tanto estuvieran en la capital de los elefantes, nada nefasto podría sucederles. Pese a la sequía, las cosechas habían resultado suficientemente abundantes para dar de comer a los obreros que trabajaban en la construcción. Reinaba en la ciudad una atmósfera benéfica, protectora. El niño que llevaba en su seno estaba modelado por el propio dios. Encaró el último tramo de su embarazo con una confianza absoluta.
Como si Jnum hubiera querido que pudiera presenciar la inauguración del templo con su niño, Tanis sintió los primeros dolores poco antes de que el edificio estuviera acabado. Como en las ocasiones anteriores, Uadji, el colega de Imhotep, la asistió. Desde que le había salvado la vida en el nacimiento de Ajti-Meri-Ptah, Tanis exigía su presencia en todos sus partos. Pero esta vez el alumbramiento se desarrolló sin ningún problema. Era la cuarta vez que daba a luz. Cuando sintió que se acercaban las contracciones, mandó traer unas piedras en las que se colocó de cuclillas. Esta vez quería parir respetando la tradición.
Unos instantes después, la familia real contaba con un nuevo miembro, una niñita que, berreando, proclamaba su disgusto por haber sido extraída del cómodo seno materno. El bebé llevaría el nombre oficial de Hetep-Hernebti, que Tanis rápidamente acortó en Hetti. Como con los anteriores, insistió en darle de mamar ella misma. Los otros niños estaban encantados, sobre todo Inja-Es. Ya no era la pequeña; le parecía que había ganado en importancia.
Aquel nacimiento, que los mensajeros transmitieron rápidamente hasta Mennof-Ra, desencadenó un gran entusiasmo popular. Quisieron ver en el acontecimiento la tan esperada renovación de la vida. Todo el mundo halló un ímpetu nuevo para preparar la futura estación de las siembras. Sería la más hermosa desde hacía largo tiempo.
El templo quedó concluido tres días después del nacimiento de Hetti. Su inauguración dio lugar a nuevos festejos. Habían salido victoriosos del desafío. Pronto la vida fluiría sobre Egipto, pues estaban seguros de que esta vez la crecida sería abundante y traería grandes cantidades de fértil tierra negra que daría vida a los habitantes del valle. Los sacerdotes, dirigidos por Imhotep, habían observado minuciosamente la bóveda estrellada de Nut para intentar determinar la fecha exacta en que las aguas debían surgir de la primera catarata. Cuando se pusieron de acuerdo, organizaron para el día previsto una gran procesión hasta las orillas del río.
Precedido por muchachas que agitaban sistros y tamboriles, Djoser, revestido de sus prendas y atributos reales, descendió hasta el límite de las aguas. Tras él, Tanis llevaba a la pequeña Hetti en brazos. Los niños, vestidos con gran riqueza, estaban a su alrededor. Seguían Imhotep, Uadji, Jem-Hopta y el anciano Maestro del Templo. Por último iban la corte y la población, que se mantuvo a distancia.
Mientras lanzaba flores de loto a las aguas todavía bajas, las jóvenes sacerdotisas entonaron un canto ritual augurando la llegada de Hapi, divinidad que simbolizaba la crecida:
«Ven, Agua de la Vida que brotas del cielo, ven, Agua de la Vida que brotas de la tierra. El cielo arde y la tierra tiembla ante la llegada del Gran Dios. Las montañas de oriente y de occidente se abren, el Gran Dios aparece, el Gran Dios se apodera del cuerpo de Egipto».
Djoser penetró en el agua clara. Si las previsiones de Imhotep eran correctas, las aguas subirían durante el día.
No hubo que esperar mucho tiempo. Mediada la mañana, un rugido hizo vibrar las rocas de la catarata. Luego el caudal aumentó y Djoser tuvo un emocionado pensamiento para Letis, que siempre había soñado con contemplar aquel espectáculo maravilloso. Miró a su hijo Seschi, cuyos rasgos le recordaban a su madre. A su espalda, sentía la presencia de Tanis, de sus hijos, de sus fieles amigos, de su pueblo. Poco a poco le fue invadiendo una dicha, una inexplicable exaltación, que estalló cuando notó algo fresco alrededor de sus pantorrillas. El agua del río subía imperceptiblemente, le alcanzó las rodillas y luego los muslos; era un agua oscura, generosa, cargada de limo fértil.
Entonces alzó los brazos hacia el cielo y prorrumpió en una gran carcajada. El dios benefactor Jnum había escuchado su plegaria. La vida iba a inundar de nuevo Egipto[18].