37
Miré hacia arriba, hacia el viejo marchito al que había bautizado como Manchas Hepáticas, y resultó que bajo esa piel flácida, esas arrugas y aquel pelo canoso, se ocultaba un hombre que había formado parte de la Orden de los Denarios Negros.
—¿Cómo? —le pregunté—. ¿Cómo me has encontrado?
—No fue a ti —dijo—. El apartamento del forense era muy fácil de encontrar. Cogí pelos de su cepillo. Como tenías tanto interés en mantenerlo a salvo, bajo tu protección, no fue muy difícil seguirlo, seguiros, en cuanto logramos destruir tus hechizos de protección.
—¡Ah! —le dije y mi voz sonó algo alterada.
—¿Tienes miedo, chico? —susurró Cassius.
—Eres el quinto en la lista de personas aterradoras con las que me he encontrado hoy —le dije.
Sus ojos se volvieron más fríos.
—No te lo tomes a mal —le dije—. No es tan horrible como suena.
Se levantó, despacio, mirándome hacia abajo. Los dedos de su mano derecha apretaban y aflojaban la empuñadura del bate. El odio ardía en él, ciegamente, de manera irracional, pidiendo a gritos ser saciado. Cassius no me había parecido una persona precisamente estable cuando me había enfrentado a él hacía dos años, y por la pinta que tenía ahora, parecía que estaba en plena campaña para obtener la presidencia de la asociación mundial de psicóticos.
Sabía que Cassius era un asesino, pero era distinto a los demás. Había perdido lo que podrían haber sido unos quince o dieciséis siglos unido a diferentes ángeles caídos con sus diferentes monedas de plata, trabajando mano a mano con el jefe de la Orden. No tenía ninguna duda de que había acabado personalmente con cientos de enemigos que le habían hecho muchísimo menos daño del que yo le había hecho.
Me mataría. En un ataque de ira, destrozaría mi cabeza con ese bate, gritando durante todo el proceso.
Me estremecí ante la imagen y busqué mi magia, intentado reunir la suficiente fuerza como para golpear a aquel imbécil. Pero cuando lo intenté, las esposas de mis muñecas se retorcieron, moviéndose con ímpetu, y de pronto decenas de pinchos atravesaron mis manos como si me hubiese apoyado en un rosal. Me agité de dolor la respiración se congeló en mi pecho durante un segundo.
Cassius me sonrió.
—No te molestes. Hemos usado esas esposas con los magos y los brujos durante siglos. El propio Nicodemus fue quien las diseñó.
—Ya. ¡Au! —Me estremecí, pero intentando mover mis brazos lo menos posible. Tampoco podía cambiar la postura para intentar que las espinosas esposas me dolieran menos.
Cassius seguía mirándome. Sus ojos brillaban. Se quedó allí de pie, observando cómo me retorcía de dolor y disfrutando de la impotencia y el sufrimiento.
Una imagen surcó mi mente: un viejo hombre de fe y coraje que se había entregado voluntariosamente a las manos de la Orden a cambio de la libertad. Shiro había muerto después de aguantar los tormentos más horrorosos que yo jamás haya visto soportar a un cuerpo humano, y algunos de ellos habían sido ocasionados por Cassius. Cerré los ojos. Sabía lo que él quería. Quería hacerme daño. Quería comprobar cuánto dolor podía ocasionarme antes de verme morir. Y no había nada que yo pudiera hacer por evitarlo.
A menos que…
Pensé en lo que Shiro me había contado sobre tener fe. Para él era una verdad teológica y moral sobre la que había basado su vida. Yo no tenía las mismas creencias, pero había visto cómo las fuerzas de la luz y la oscuridad entraban en conflicto, cómo los desequilibrios eran compensados. Cassius había servido a algunas de las fuerzas más oscuras del planeta. Shiro habría dicho que de ninguna forma podría haber evitado, ni él ni sus hermanos caballeros, que un desequilibrio de fuerza de luz se interpusiese en su camino. Por mi propia experiencia, había comprobado que cuando algo verdadera y profundamente malvado aparece, uno de los caballeros suele aparecer.
Tal vez apareciese alguno para encararse con Cassius.
Campanas infernales. Las posibilidades eran remotas.
Pero técnicamente era posible. Y era cuanto tenía.
Casi me pongo a reír. Lo que necesitaba para sobrevivir a este lunático era algo de lo que prácticamente carecía: fe. Tenía que creer que otro factor podría intervenir. No tenía otra opción.
Pero eso no significaba que no pudiese seguir intentando intervenir. Cuanto más tiempo me mantuviese respirando, más probable era que alguien apareciese en escena, tal vez alguien que pudiese ayudar. Tal vez alguien como mi amigo Michael.
Tenía que conseguir que Cassius siguiese hablando.
—¿Qué te ha ocurrido? —le pregunté un momento después, abriendo los ojos. Leí en algún lado que a la gente le encanta hablar de sí misma—. La última vez que te vi podías pasar por cuarentón.
Cassius me miró fijamente durante un momento más, y entonces apoyó el bate en el suelo.
—Pues estas son las consecuencias de haber perdido mi moneda ante ti y tus amigos —dijo, con voz chirriante—. Mientras tuve mi moneda, Saluriel impedía que la edad afectase a mi cuerpo. Ahora la naturaleza se está apropiando de lo que le debo.
Con intereses. —Agitó los escuálidos dedos de su mano derecha, arrugada, hinchada y con manchas, mostrando lo que parecía una artritis avanzada—. Si esto sigue así, estaré muerto en menos de un año.
—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Acaso tu nuevo demonio no frena tu envejecimiento?
Entornó los ojos, fríos y temblorosos.
—No tengo ningún Denario ahora. —Habló en voz baja y educadamente—. Cuando salí del hospital y me reuní con Nicodemus no tenía ninguna moneda de sobra. —Su mirada se llenó de fuego airado—. Ya ves, te la había dado a ti.
Tragué saliva.
—Eso era lo que estabas buscando, fuera de mi apartamento. Querías el Denario.
—Lasciel nunca sería mi primera opción, pero tengo que contentarme con lo que hay disponible.
—Ajá. Entonces, ¿dónde está Nicodemus? Te está ayudando, entiendo…
Los ojos de Cassius se cerraron casi por completo.
—Nicodemus me expulsó. Dijo que si era tan tonto como para perder mi moneda, me merecía lo que me pudiese suceder.
—¡Menudo tío!
Cassius se encogió de hombros.
—Es un hombre de poder, no tolera a los tontos. En cuanto mueras, la moneda de Lasciel será mía y él me aceptará de nuevo.
—Pareces muy seguro de eso —le dije.
—¿Hay alguna razón por la que no debiera estarlo? —Se movió rígidamente hacia su petate—. Deberías poner esto fácil para los dos. Estoy dispuesto a hacerte una oferta. Dámela ahora y haré que tu muerte sea rápida.
—No la tengo —le dije.
Se rió socarronamente.
—No hay demasiados lugares donde puedas ocultarla —me dijo—. Si la has incorporado a tu cuerpo, va a ser muy doloroso cuando te la quite. —Sacó un fino serrucho de pelea de la bolsa y lo colocó en el suelo—. Una vez conocí a un hombre que se tragó su Denario y se lo volvió a tragar cuando lo expulsó.
—¡Puaj! —exclamé.
Cassius colocó un destornillador estándar al lado de su serrucho.
—Y a otro que se abrió la cavidad abdominal para colocar la moneda en su interior. —Sacó un cuchillo, propio de un sanguinario, con forma de gancho de su petate y lo sostuvo con aire meditativo—. Si me lo dices, te rebanaré el cuello.
—¿Y si no? —le pregunté.
Se cortó una de sus amarillentas uñas con el cuchillo.
—Me lanzaré a la búsqueda del tesoro.
Lo estudié durante un minuto y luego dije:
—No la tengo conmigo, es la verdad. Tengo atada a Lasciel y su moneda la enterré.
Dejó salir un gruñido y se abalanzó sobre mi mano izquierda. Me quitó el guante y luego la giró para enseñarme mi horrorosa palma cicatrizada y el sello con el nombre del demonio Lasciel sobre ella, el único trozo de piel que no se había convertido en tejido de cicatriz.
—La tienes —me espetó—. Y me pertenece.
Respiré profundamente e intenté aferrarme a la convicción optimista de la rectitud de mi causa. Intenté pensar en positivo: oye, una buena tortura alargaría las cosas. No era la manera que yo habría elegido de entretener a Cassius, pero, como he dicho, tenía pocas opciones.
—Te estoy diciendo la verdad —le aseguré—. Además, no habrías acabado conmigo de forma rápida, aunque te la hubiese dado.
Sonrió. Parecía un abuelo.
—Probablemente —asintió. Alcanzó otra vez el petate y sacó una cadena casi un metro, del tipo que se usa para los candados de las bicicletas. La levantó con una mano mientras me movía las muñecas, levantándolas de manera que yo me quedaba tirado sobre mi espalda, con los brazos extendidos sobre la cabeza—. Voy a ganar de cualquier forma.
No tenía la suficiente fuerza como para moverlas. Las putas muñecas atadas me convertían en un ser tan débil como un gato recién nacido.
—Renuncia a tu moneda —dijo Cassius amablemente, y luego me propinó un buen golpe en las costillas.
Al expulsar el aire fuera de mí, las pasé canutas. Me las arreglé para articular algunas palabras.
—No… la tengo.
—Renuncia a tu moneda —repitió. Esta vez balanceó la cadena y me atizó con ella en el estómago. Mi guardapolvo estaba abierto y la cadena me rompió la camisa y me desgarró la piel de mi barriga. Todo lo que veía se volvió rojo y de repente sentí una neblina de agonía.
—No… la… —empecé.
—Renuncia a tu moneda —susurró y me volvió a golpear con la cadena.
Enjuagar y volver a aplicar. No sé cuántas veces lo haría.
Una eternidad después, Cassius chupó algo de la sangre que había en la cadena y me miró pensativamente.
—Espero que no estés muy impaciente por que coja el bate —me dijo—. Verás, últimamente no guardo muy bien el equilibrio. Me han dicho que es resultado de los golpes que me llevé en los tobillos y las rodillas.
Seguía allí, tirado y dolorido. Tenía el estómago y el pecho ardiendo. Un hilo de sangre, generado por una de las mordeduras de serpiente, me llegaba hasta un ojo y se había secado en mis pestañas, pegándolas, y ahora no podía abrirlo.
—Verás, el tema es que solo tengo una mano buena para utilizar el bate. La otra mano la tengo rota por múltiples y contundentes traumatismos. Y con una mano, me temo que será difícil juzgar adecuadamente la calidad con la que manejo el bate.
Intenté mirar a mi alrededor, pero no podía mover mi ojo derecho con normalidad.
—Y por tanto —continuó Cassius—, en cuanto empiece a devolverte todo lo que me has hecho, me temo que acabaré pegándote demasiado fuerte y demasiadas veces. Y esto quiero saborearlo.
¿Dónde estaba Michael? ¿Dónde estaba… alguien?
Cassius miró hacia abajo y dijo:
—Y cuando empiece, Dresden, quiero permitírmelo todo. Me gustaría dejarme llevar y disfrutar del momento. Estoy seguro de que lo entenderás.
Nadie va a venir a salvarte, Harry.
Susurré:
—Ya te lo he dicho.
Hizo una pausa, levantó las cejas y me animó con una mano.
—Te ruego que continúes.
—Te lo he dicho —le dije y lo estropeé con un gruñido—. Ya te había dicho que si te volvía a ver te mataría.
Dejó salir una risa divertida y bajó la cadena.
Cogió el cuchillo con forma de gancho y se arrodilló a mi lado, rígidamente. Con mucha calma cortó mi camisa, abriéndola por la mitad, y me la separó, junto con el guardapolvo, dejándome el abdomen al aire.
—Te recuerdo —me dijo—, que no se deben hacer promesas que no se puedan cumplir.
—No hice tal cosa —negué en voz baja.
—Entonces será mejor que te des prisa —me dijo—. Creo que te queda muy poco tiempo para cumplirlo. —Pinchó mi barriga con su dedo, arrebatándome un grito de dolor—. Humm… ya está tierna y apetitosa. Perfecta para abrir.
Vi cómo se movía el cuchillo, despacio, brillante, bonito. Parecía que se acercaba a cámara lenta.
Mierda. No iba a morir. No iba a permitir que este asesino hijo de puta me matase. Iba a sobrevivir. No sabía cómo iba a hacerlo, pero mi fuerza se aferró a la idea y me encontré apretando los dientes. Ya le había mostrado clemencia antes. Había tenido su oportunidad de huir. Yo iba a vivir. E iba a matarlo.
El cuchillo entró hasta el músculo de mi estómago. Lo movía muy despacio, mirando el agujero interno que iba abriendo la hoja del gancho mientras la dirigía hacia mi ingle, a través de una incisión cada vez más profunda. Me dolió casi tanto como la cadena, pero me dejó suficiente aliento para gritar.
Lo hice. Aullé ante él con toda la fuerza de mis pulmones. Le dije todo tipo de blasfemias. Incluso me las arreglé para mover mi cuerpo un poco y empecé a concentrarme buscando mi fuerza otra vez y las esposas volvieron a producirme una nueva agonía.
Terminó su primer corte, largo, profundo y casi se podría decir que delicado, y despegó el cuchillo de la piel para volver a posicionarlo junto al primero. Durante todo el tiempo no dejé de despotricar ni un momento. Dudaba si era lo suficientemente coherente como para que él me entendiera, pero de todas formas aquellos alaridos debían de ser el fiel reflejo de mis sentimientos. Grité y grité sin parar.
Y gracias a que lo hice, Cassius no oyó la patazas de Ratón contra el suelo de mármol. El aire se sacudió de repente con un bramido que recordó a un rugido leonino. La cabeza de Cassius se giró a tiempo de contemplar a mi perro saltando desde una distancia de seis metros y volando a toda velocidad, como una bola de demolición forrada de piel gris.
Las patas delanteras de Ratón golpearon a Cassius de lleno en el esternón, y un gruñido espeluznante surgió del gigantesco pecho del perro cuando ambos cayeron al suelo. Ratón golpeó bruscamente con sus patas la garganta de Cassius, pero había arremetido con tanto empuje que arrastraba demasiada velocidad. Sus patas patinaron por el resbaladizo suelo, dejando libre a Cassius, al que únicamente arañó levemente en un hombro.
Cassius gritó con rabia, agachándose y agitando una mano hacia Ratón. Hubo una oleada de magia negra, un borroso resplandor, y de pronto una serpiente surgió de las sombras que yacían sobre la galería. Se irguió durante un segundo y vi el mortífero contorno de la capucha de la cobra alzándose un metro y medio desde el suelo. Luego la serpiente se lanzó hacia Ratón.
Mi perro vio lo que se le venía encima y contraatacó ante el primer movimiento de la serpiente; saltó hada delante con las fauces abiertas, intentando hacerse con la sombra de la cabeza de la serpiente. Las oscuras curvas del reptil se convirtieron en una espiral que luchó por atrapar al gran perro. Ambos rodaron a lo largo del piso, intentando liberarse para matar al otro.
Cassius se quedó mirando a Ratón durante un segundo, abrió mucho los ojos y luego se giró hacia mí. Estaba, literalmente, echando espuma por la boca, y su cara se había descompuesto en una grotesca mueca de furia. Se abalanzó sobre mi lado, chillando histérico en un idioma que no pude reconocer. Después, me agarró del pelo, tiró de él hacia atrás, dejó mi cuello al descubierto y me clavó el cuchillo en la yugular.
Antes de que su brazo hubiese bajado hasta el final hubo un débil sonido agudo, como un gemido metálico. Butters se tiró sobre la espalda de Cassius, haciendo que ambos cayesen primero sobre mí y luego sobre el suelo. Esquivé el cuchillo por completo y repté para evitar el impacto.
Cassius gruñó otra vez e intentó arrastrarse hasta donde estaba el cuchillo. Butters, que estaba completamente pálido, intentó empujar a Cassius. El hombrecillo tenía la capacidad de una tortuga laúd para luchar, pero se encaramó al cuerpo de Cassius con manos y piernas y se aferró a él como un mono peludo.
El cuerpo de Cassius estaba debilitado, pero aun así tenía un millón de veces más experiencia en la lucha cuerpo a cuerpo que Butters. Giró los hombros y le estampó un cabezazo en la nariz, produciendo un crujido. Butters se tambaleó por el golpe, y la cara y el labio superior se le llenaron de sangre.
Cassius se volvió a girar y se libró de Butters. Empezó a arrastrarse hacia el cuchillo.
—¡Butters! —grité—. No dejes que coja el arma.
El pequeño forense sacudió la cabeza y gritó desafiante otra vez, tirándose sobre Cassius. Butters le alcanzó una pierna y se enroscó en ella. Cassius le golpeó en la cara y entonces Butters hundió la cabeza y los golpes cayeron sobre sus hombros. Cassius ya estaba un poco más cerca del cuchillo.
Butters levantó la cabeza y chilló con despecho hasta hundir sus dientes en la pierna de Cassius.
De pronto, el ex Denario aulló, roto de dolor.
Otro bramido retumbó en la galería y levanté la vista. Me encontré con que las enormes mandíbulas de Ratón sujetaban por el cuello a la serpiente. Ratón sacudió la cabeza violentamente. Un estallido resonó y, de repente, la sombra de la serpiente se agarrotó y bruscamente se disolvió en litros y litros de ectoplasma gelatinoso y traslúcido.
Cuando Butters aulló, descubrí que Cassius se había hecho con el cuchillo, y lo agitaba toscamente ante su oponente. Butters reptaba tratando de alejarse del cuchillo, con los ojos inyectados de terror.
Pero logró colocarse exactamente entre Cassius y yo.
Y ahí le plantó cara.
Ratón no había dejado de moverse tras matar a la serpiente y en esos momentos se acercaba hacia nosotros sin saltar mucho y gruñendo a coro con el ruido de los truenos del exterior. Golpeó a Cassius en las rodillas con toda la fuerza de su cuerpo y este se vino al suelo como un bolo abatido.
Butters se lanzó hacia delante y le dio una patada al cuchillo que Cassius tenía en la mano. El arma se alejó de nuevo, pero esta vez se cayó por el borde del suelo de la galería hasta chocar contra las baldosas del vestíbulo del piso de abajo. Cassius golpeó a Butters y lo cogió por las espinillas, tirándolo al suelo.
El viejo se liberó y salió de debajo de Ratón, lanzándose hacia mí. En sus ojos se dibujaba la locura y sus manos se volvieron pinzas estranguladoras.
Ratón aterrizó sobre su espalda y la gigante boca del perro se cerró alrededor del cuello del hombre.
Cassius se paralizó en donde estaba, imbuido de un terror repentino y los ojos como platos. Me miraba fijamente.
Durante un segundo se hizo el silencio más absoluto.
—Te di una oportunidad —le dije con voz calmada.
La cara llena de manchas hepáticas de Quintus Cassius palideció con horror al entender la situación.
—Espera.
—¡Ratón! —ordené—. ¡Mátalo!
Solo tenía un ojo abierto para observar el momento en el que Cassius llegaba a su fin. Pero aprecié cómo, en ese segundo final, la rabia, el terror y el pánico se cruzaban en sus ojos. Y en el momento en el que el perro quebraba los delicados huesos de su cuello, hubo un destello de horrendas energías, una luz profana purpúrea a su alrededor y Cassius pronunció las palabras que hicieron un eco absolutamente desproporcionado para el volumen de su voz.
—¡Morirás solo! —sentenció.
Una efusión de poder me golpeó y todo se tiñó de negro.
Lo último que oí fue el sonido que hacen los huesos al quebrarse.