Capítulo 1

ERAN LAS CICATRICES las que le hacían hermosa.

Nadie se molestó en darle nombre hasta que cumplió los dos años. Hasta entonces se tambaleaba entre las hogueras de los mercenarios, gorroneaba comida, mamaba de las tetas de las perras y se sentaba en el suelo; la llamaban Puerquita, Cara Sucia y Culo de Cenizas. Cuando el desvaído color castaño claro de su cabello se disolvió en un color rubio blanquecino, se quedó con Cenizas («Ashy»). En cuanto tuvo capacidad de hablar, dijo llamarse Ash.

Cuando Ash tenía ocho años, dos mercenarios la violaron.

No era virgen. Todos los huérfanos jugaban a acariciarse bajo las malolientes mantas de oveja y Ash tenía sus amigos, pero estos dos mercenarios no eran niños de ocho años, sino hombres adultos. Uno de ellos tuvo la cortesía de emborracharse antes de hacerlo.

Como la pequeña lloró después, el que no estaba borracho calentó la daga en la hoguera, le colocó la punta del cuchillo bajo el ojo y luego arrastró el arma por su mejilla describiendo una curva inclinada que casi le llegó a la oreja.

Al ver que seguía llorando, el hombre, malhumorado, le hizo otro tajo que le abrió la mejilla en una línea paralela al primer corte.

La niña se zafó de ellos de un empujón, todavía berreando. La sangre le corría por la mejilla a borbotones. Aún no era lo bastante grande, físicamente hablando, para utilizar una espada o un hacha, aunque ya había empezado a entrenarse, pero sí para coger la ballesta cargada del hombre (que por descuido habían dejado en la carreta para defender el perímetro), y disparar a bocajarro un virote al primero de ellos.

La tercera cicatriz le abrió la otra mejilla con toda pulcritud, pero fue una herida honesta, sin sadismo alguno. La daga del segundo hombre estaba intentando matarla de verdad.

La niña no podía amartillar sola la ballesta otra vez y no pensaba huir. Tanteó entre los restos destrozados del cuerpo del primer mercenario y, enterrando la navaja de este en la parte superior del muslo del segundo hombre, le perforó la femoral. El hombre se desangró en cuestión de pocos minutos. Recordad que la pequeña ya había empezado a adiestrarse en la lucha.

La muerte no es algo extraño en los campamentos de mercenarios, pero aun así, que una chiquilla de ocho años matara a dos de los suyos fue algo que dio que pensar.

El primer recuerdo claro de verdad de Ash llegó con el día que la juzgaron. Había llovido durante la noche. El sol hacía que el vapor se elevara del campo y del bosque distante, y la luz dorada caía sesgada sobre las tiendas, las toscas chozas, los calderos, las carretas, las cabras, las lavanderas, las putas, los capitanes, los garañones y las banderas. Hacía resplandecer los colores de la compañía. La niña levantó la vista hacia la gran bandera con forma de cola de gorrión, con la cruz y la bestia encima, y saboreó el aire fresco en el rostro.

Un hombre con barba se agachó ante Ash para hablar con ella. Era menuda para sus ocho años. El hombre llevaba coraza. La niña se vio reflejada en el metal curvado y refulgente.

Su rostro de ojos grandes, estaba enmarcado por el cabello largo, plateado y astroso, y tenía tres cicatrices sin curar; dos le subían por la mejilla bajo el ojo izquierdo y tenía otra bajo el ojo derecho. Como las marcas tribales de los jinetes bárbaros del este.

Olía las hogueras de hierba y el estiércol de caballo, y el sudor del hombre de la coraza. El viento frío le ponía de gallina la carne de los brazos. De repente se vio como si estuviera fuera de todo: aquel hombre grande, con coraza, arrodillado delante de una niña pequeña con unos rizos blancos esparcidos por la espalda, unas calzas remendadas y envuelta en un jubón harapiento demasiado grande para ella. Descalza, con unos ojos enormes, herida; llevaba un cuchillo de caza roto convertido en daga.

Fue la primera vez que vio que era hermosa.

La sangre se le agolpaba en los oídos de pura frustración. No se le ocurría qué utilidad podía tener aquella belleza.

El barbudo, el capitán de la compañía, dijo:

—¿Viven tu padre o tu madre?

—No lo sé. Uno de ellos podría ser mi padre. —Señaló al azar a los hombres que reparaban virotes y pulían yelmos—. Nadie dice quién es mi madre.

Un hombre mucho más delgado se inclinó al lado del capitán y dijo en voz baja.

—Uno de los muertos fue lo bastante estúpido como para dejar una ballesta preparada con un virote dentro. Eso es un delito. En cuanto a la niña, las lavanderas dicen que no es doncella pero según ellas tampoco es una puta.

—Si ya es lo bastante mayor para matar —gruñó el capitán a través del cabello cobrizo y nervudo—, es lo bastante mayor para sufrir el castigo. Es decir, que la azoten en el cabo de la carreta por todo el campamento.

—Me llamo Ash —dijo con una vocecilla clara y sonora—. Me hicieron daño y los maté. Si alguien más me hace daño, también lo mataré. Te mataré a ti.

Recibió la azotaina que cabía esperar, con algo de propina por su insolencia y por cuestiones de disciplina. No lloró. Después, uno de los ballesteros le regaló una cota de malla cortada, un justillo de tela forrada a modo de armadura y la niña, ataviada de aquella guisa durante las prácticas de armas, se ejercitó con devoción. Durante un mes o dos fingió que el ballestero era su padre hasta que quedó claro que aquella amabilidad había sido un impulso momentáneo.

Algún tiempo después, cuando contaba nueve años, se extendieron rumores por el campamento: había nacido un león de una Virgen.