LOS OJOS DEL LOCO
por EDUARDO SACHERI
Cuando Román me invitó a redactar un prólogo para su libro sobre Marcelo Bielsa me asaltaron sensaciones contradictorias: satisfacción, pudor, cierto nerviosismo. Pudor porque uno teme no estar a la altura del texto que le piden que introduzca, y nerviosismo porque tiendo a pensar que el lector debe estar ávido de llegar a la pulpa de esta obra y, por lo tanto, puede resultarle tedioso tener que atravesar esta suerte de cáscara.
Pero la invitación de Román me generó, también, satisfacción. Y como me parece que, de las tres emociones suscitadas, ésta es la más valiosa, en ella voy a detenerme.
Como escritor suelen asaltarme imágenes que me piden ser escritas. Los temas de mis textos aparecen así, como imágenes abruptas, repentinas, que requieren ser explicadas luego a lo largo de las páginas.
Pues bien, ésta no es la excepción. Y la imagen que primero me viene a la cabeza es una de Bielsa. No demasiado antigua. Se remonta al Mundial de Sudáfrica. El equipo que dirige, Chile, está perdiendo con Brasil por octavos de final. No pierde uno a cero. Ni pierde dos a cero. Pierde tres a cero y falta apenas un rato para que el partido termine. Bielsa está en cuclillas muy cerca de la línea del lateral. Está en cuclillas y mira. La cámara —una de las numerosas cámaras— le hace un primerísimo plano. No ya de su cara, sino de sus ojos. Toda la pantalla son los ojos de Bielsa. ¿Qué están diciendo los ojos de Bielsa mientras mira ese partido definido? Dicen muchas cosas. Llevan adheridos un montón de sentimientos. Bielsa clava los ojos en ese partido con una concentración rotunda. Bielsa se enoja con cada error de los suyos, con cada desatención, con cada chambonada. Bielsa se entusiasma cuando los hombres de rojo hilvanan unos cuantos toques, cuando progresan hacia el arco de Brasil. Bielsa no habla. Bielsa no gesticula. Bielsa suelta rayos y centellas por los ojos.
Lo veo hacer y pienso en un titiritero manco. Bielsa no puede, desde allí, dirigir los movimientos de los suyos. Sabe lo que sus dirigidos tienen que hacer. Pero no puede hacerlo por ellos. Tiene una recóndita belleza ese ceño fruncido, ese incendio de bronca, esa impotencia. Es la imagen de un hombre que está convencido de lo que piensa y de lo que siente. Y sigue convencido más allá de que, para otros hombres, las cosas ya den lo mismo. Porque Chile pierde tres a cero, y porque no hay fuerza de este mundo que pueda torcer ese destino. Pero Bielsa sigue jugando. Mientras haya partido, Bielsa lo juega. Porque para Bielsa —y eso se le nota en los ojos— importa mucho más el cómo que el cuánto. Ahí están sus ideas. Ahí están sus principios. En ese Chile que sale a hacer lo que Bielsa siente y piensa que hay que hacer.
No importa si tiene razón o no en jugar así. Su razón pasa por otro lado. Bielsa tiene razón porque dice lo que piensa y hace lo que dice. Y esa coherencia (en mi pueblo también la llamamos honradez) lo hace digno. Digno de ganar y de perder. Pero siempre digno de jugar.
Y me voy a otra imagen. Esta no es visual, sino auditiva. Es una imagen de radio. También tiene que ver con el Mundial de Sudáfrica. Argentina acaba de derrotar a México, también por octavos de final, por tres a uno. En el campo de juego, todo es algarabía. Aquí, en Ituzaingó, empiezan a sonar las bocinas. En lo personal suspiro aliviado por el pitazo final. Cruzo un par de comentarios con mi hijo. Estamos raros. Felices por el triunfo, pero raros. Tenemos la sensación de que hay algo que anda mal. Algo que está por detrás o por debajo de tanta algarabía. Una sombra. Una acechanza.
Como siempre, estoy viéndolo en la tele pero escuchándolo por la radio. Y aparece la voz de Román Iucht para el comentario final del partido. A medida que lo escucho, voy poniéndole las palabras —las de Román— a las sensaciones —las mías—. Entiendo los motivos de mi desazón, las razones de mi inquietud. Lo que acaba de suceder encaja en mi ánimo. Calza con mi experiencia. No es un misterio, porque Román es uno de los tipos que mejor ve el fútbol. Y que mejor lo cuenta. Ni más ni menos.
Una última idea, y ya los dejo en paz para que sigan libro adelante: más de una vez me pregunto qué es lo que lleva a ciertas personas a vincularse con otras. Supongo que afinidades, que es como llamamos a los hilos secretos que nos tejen a ciertos prójimos. No tengo certeza —no se lo he preguntado— acerca de qué lo llevó a Román a interesarse por escribir esta biografía de Marcelo Bielsa.
Pero tengo mi hipótesis. En lo personal, no tengo una visión demasiado optimista del género humano. Tiendo a pensar que abundan más la mediocridad, la avaricia, la pereza, que la inteligencia, la honestidad, la convicción o la integridad. No es que crea que no existen las buenas personas. Simplemente pienso que son menos abundantes que las malas.
Pues bien, a fuerza de ser pocos, tengo la impresión de que los buenos tienden a conectarse entre ellos. A establecer puentes, solidaridades, tácitas complicidades que les permiten auxiliarse en un mundo en el que los buenos llevan las de perder, y no las de ganar.
Creo que es por eso que a Román se le ocurre escribir este libro. No abundan los inteligentes. Más aún escasean los buenos. Éste es un libro que reúne a dos que cumplen ambos requisitos. Releo la última frase, de la que estoy absolutamente convencido, y me doy cuenta de que mi temor inicial estaba más que justificado. En este libro, las únicas páginas prescindibles son este prólogo. Las demás, las que ha escrito Román Iucht contando la vida de Marcelo Bielsa, les aseguro que son absolutamente deseables y necesarias.