CAFÉ DE
WHISTLE STOP
WHISTLE STOP (ALABAMA)
18 DE NOVIEMBRE DE 1940
Muñón estaba en la habitación del fondo disparándoles a unos mirlos de cartón con una pistola de goma, y Ruth estaba corrigiendo unas redacciones, cuando Idgie llamó por la puerta de atrás, al regresar de la excursión de pesca que organizaban todos los años los de la Peña del Hinojo.
Muñón salió corriendo y saltó sobre ella de una manera que casi la tira al suelo.
Ruth sintió alivio al verla, porque siempre se preocupaba cuando faltaba unos días, sobre todo si sabía que iba a estar allí, por el río, con Eva Bates. Muñón se asomó a mirar por la puerta de atrás.
—¿Dónde está la pesca?
—Pues verás, Muñón —dijo Idgie—, la verdad es que pescamos un pez tan grande que no hemos podido sacarlo del agua. Pero le hemos hecho una fotografía. Para que te hagas una idea, sólo la fotografía pesa más de diez quilos…
—¡Anda, tía Idgie…! ¡Que no habéis pescado nada!
Justo en aquel momento oyeron: «Uhuhuhuh; soy yo… y Albert. Venimos de visita…». Y allá que asomó una mujer alta y bien parecida, con el pelo recogido atrás en un moño, y un muchachito deficiente, más o menos de la edad de Muñón, que pasaban a visitarles, como venían haciéndolo todos los días en los últimos diez años.
—Hola, chica, ¿qué tal hoy? —dijo Idgie.
—Estupendamente —dijo ella sentándose—. ¿Y vosotras?
—Pues verás, Ninny —dijo Ruth—, hemos estado a punto de tener bagre para cenar, pero parece que no han picado —comentó riendo—. Nos ha traído fotografías…
—¡Oh! —exclamó Ninny desilusionada—, ¡y yo que esperaba que me trajeses un buen bagre para la cena, Idgie! Me encanta el bagre. Qué lástima; por lo menos me hubiese gustado probarlo.
—Que sepaaas, Ninny —dijo Idgie—, que los bagres no pican en pleno invierno.
—¿Que no? Bueno, pues no creo yo que tengan menos apetito en invierno que en verano, ¿no te parece?
—Es verdad, Idgie —asintió Ruth—. A ver: ¿por qué no pican en esta época del año?
—No es porque no tengan apetito; se debe a la temperatura del gusano. A los bagres no les gustan los gusanos fríos; y no se los comen por más apetito que tengan.
Ruth miró a Idgie y meneó la cabeza, asombrada de la clase de cuentos con que era capaz de salir.
—Pues, tiene su lógica —dijo Ninny—. Yo detesto la comida fría. Y supongo que aunque los calentaseis, los gusanos, cuando llegasen al fondo del río, estarían ya helados, ¿no? Y hablando de frío ¿verdad que está haciendo un invierno tan frío como los de antes? Hace un gris que corta el cutis, afuera.
Albert estaba al fondo de la habitación jugando con Muñón, disparándole a los mirlos de cartón. Ninny, que estaba tomándose un café, le vino entonces una idea a las mientes.
—Muñón, ¿te apetecería venir a casa a dispararles a los mirlos que se posan en los hilos del teléfono? No les vayas a dar, eh; sólo quiero que los espantes… Se suben ahí a escuchar mis conversaciones telefónicas con las patas.
—Anda, Ninny —exclamó Ruth, que la adoraba—, ¿no irás a creer semejante bobada?
—Pues mira, encanto, eso me dice Cleo, que como pienso con los pies…