56
Miles estaba sentado en el bar del Four Seasons de Austin. Allison, Andy y ahora también DeShawn se sentaban frente a él. Su propio séquito de acusadores, las personas que habían muerto a causa de sus errores.
No podía perder los nervios ahora. La presencia intermitente de Andy le hacía pensar que su cordura era algo fluctuante. Las nuevas incorporaciones de Allison y DeShawn eran síntoma inequívoco de que estaba a punto de venirse abajo, se estaba partiendo en tantos pedazos que sería imposible volverlos a pegar.
No podía permitir que se le notara. Groote lo mataría si se le iba la cabeza y se convertía en una carga innecesaria.
Al mirar por la ventana observó la calma que emanaba del lago Town en su recorrido hacia el centro de la ciudad. Piensa en tus cosas favoritas, como esa retahíla de cosas agradables que Julie Andrews decía en aquella vieja canción. Rememoró sus buenos recuerdos en Austin. Miles había estado en esta ciudad rebosante de creatividad en una ocasión para acudir a un festival de música con Andy, que era un gran admirador de Oasis. Miles adoraba a los Black Crowes, así que vinieron a verlos, a beber cerveza y bailar al ritmo de la música. Andy consiguió pases para bastidores, donde flirteó con una chica preciosa que era novia del batería de un grupo muy famoso. Los echaron de la carpa VIP y no pararon de reírse en todo el camino de vuelta al Four Seasons.
—Buenos tiempos —dijo Andy.
—Sí —respondió Miles por lo bajo—. Ahora calla. —El sudor le bajaba por la espalda.
—¿Qué vas a hacer si Groote me ha matado, Miles? —dijo DeShawn—. Tengo derecho a saber si puedo contar contigo.
—No le habléis en público —dijo Allison desde la otra silla—. Acabará con el culo en un hospital, le atiborrarán de antipsicóticos y quizás ya no nos escuche más.
—No creerás que una pastilla va a hacer que me vaya, ¿verdad? —dijo Andy—. Te sería más fácil intercambiar una vaca por un puñado de habichuelas mágicas, Miles. Sabes que tú y yo seremos siempre un equipo. Una extraña pareja permanente. Yo soy la fractura original de tu cabeza, estos tipos nuevos son unos ocupas.
—Voy a matarte otra vez —susurró Miles—, y esta vez será en defensa propia.
—No lo fue la primera vez, de verdad que no —dijo Andy—. En el fondo de tu cerebro está la verdad.
—Muriéndose por salir —dijo Allison.
—Callaos, callaos —murmuró Miles. Se alisó la camisa con las manos. Se podía andar con malas pintas por el Four Seasons y aun así no llamar atenciones indeseadas. Austin era una ciudad de cine y música, la forma de vestir no siempre equivalía a la riqueza. Su vestimenta no era amenazadora, llevaba unos vaqueros limpios y una camiseta de un oscuro grupo de música; en Austin podía pasar por un tío guay vestido así.
Once minutos después vio a un hombre cruzar el vestíbulo portando un maletín, camino de los ascensores. Se trataba de David Singhal, de vuelta tras haber cogido un taxi justo al llegar al hotel. Groote lo había seguido en otro y llamó a Miles para informarle de que el tipo había ido simplemente a almorzar a un restaurante.
Groote no había regresado aún, así que Miles siguió a Singhal por el vestíbulo. Entró en el ascensor y se colocó al lado del hombre con las manos en la espalda. Singhal ya había apretado el botón.
—Si va hoy a la subasta del Frost —le dijo Miles con total naturalidad—, va a acabar muerto.
—Hoy… —repitió Singhal sorprendido, con los ojos muy abiertos. La puerta se abrió en su planta—. No tengo ni idea de lo que quiere…
—No llevo un micro. Y no actúe como si no supiera de qué le estoy hablando. Está metido en un gran problema, señor Singhal, y solo yo puedo sacarle de él.
—Está cometiendo un error… —dijo Singhal pasando a su lado—. Déjeme en paz o llamaré a los de seguridad del hotel.
—Adelante. Luego yo llamaré a Sanidad. —Miles lo siguió hasta una suite al final del pasillo—. Iba a comprarle el Frost a Oliver Quantrill. Ahora va a comprárselo a otra persona dispuesta a llevarse unos beneficios más pequeños.
Singhal mantuvo su cara de póquer.
—Se equivoca de nuevo.
Miles sacó el arma escondida en la parte trasera de sus pantalones, bajo la camisa suelta, y apuntó al estómago de Singhal.
—Entonces hablemos en privado y podrá sacarme de dudas. Adentro.
Con las manos temblorosas, Singhal abrió la puerta de la suite y Miles lo siguió al interior. Le ordenó sentarse en la cama, llamó a Groote y le dijo que subiera a la suite 409.
—Tenemos dos minutos. Va a decirme enseguida dónde tendrá lugar la subasta del Frost, entonces me aseguraré de que su cliente tenga la oportunidad de desarrollar el fármaco gratis. Le cederé la investigación, lo único que me importa es que la gente enferma consiga su cura. Pero tengo que saber dónde está Sorenson.
Singhal se mordió el labio.
—Por favor, acepte mi oferta. Si cree que yo doy miedo, espere a conocer a mi… amigo. Su hija ha sido secuestrada por la gente que ha montado la subasta. —No era completamente cierto, pero causó el efecto que buscaba. Singhal tragó saliva—. Necesito saber dónde será.
—Es un viejo manicomio privado, al este de la ciudad. Está abandonado, pero la gente de Sorenson lo compró hace un mes o así.
—¿Cuándo?
—A las seis de la tarde. —Quedaban seis horas.
—¿Tiene un pase, alguna manera especial de conseguir acceso a esa subasta?
—No.
—Yo soy el buen tipo. El hombre sin escrúpulos, el malo, es el que viene de camino. Por favor, reconsidere su respuesta.
—¿Quiénes son ustedes? —dijo Singhal—. Si sé con quién estoy hablando… podemos llegar a un acuerdo.
—Aquí está su trato. —Groote agarró al hombre del cuello y lo lanzó contra la pared. Entonces comenzó a empujar a Singhal, dándole precisos golpes con los dedos extendidos. Era similar al ritmo de un metrónomo. Se los daba en el riñón, en el espacio entre las costillas y sobre el corazón. Miles pensó que eso no debería doler mucho, pero de repente Singhal se puso púrpura y dijo:
—Mi cartera. Dios, pare. Por favor.
Miles sacó la cartera de Singhal de su chaqueta y encontró en ella un trozo de papel. Una dirección al este de Austin y un código de acceso: 12XCD.
—Hay una valla rodeando la propiedad. Ese es el código electrónico necesario para abrir el candado de la verja.
—De acuerdo.
—¿Qué tipo de seguridad prometió Sorenson?
—Nos… dijo que estaríamos seguros.
—¿Cuántos compradores van?
—No tengo ni idea… por favor. Tengo familia.
—Yo también, gilipollas —dijo Groote.
—Groote. No lo mates.
—Hábleme de la seguridad.
—Solo me prometieron… que todo sería seguro… no lo sé, es la verdad.
Groote negó con la cabeza al mismo tiempo que miraba a Miles.
—Puede que llame a Sorenson para advertirle.
—No lo mates —repitió Miles.
—Sí.
—No.
—Maldita sea, ¿quieres acabar en una emboscada? Mejor él que nosotros. —Groote escupió al decir esas palabras.
Miles le dio un fuerte puñetazo a Singhal. Se le pusieron los ojos en blanco y se derrumbó.
—Buena idea —dijo Groote—. Pero puede ponerse a gritar, tenemos que discutir su futuro o la falta de él.
Miles se había hecho daño en la mano con el golpe, se la sacudió para aliviarse.
—Si lo matas y nos cogen, nunca volverás a ver a Amanda. El tipo del Yosemite, vale, al matarlo salvaste vidas y todos nosotros juraríamos eso en un juicio. Esto sería un asesinato a sangre fría, estoy seguro de que ese no es tu rollo. Nunca compensa.
Groote negó con la cabeza.
—Puede advertir a Sorenson.
—Entonces ayúdame. —Miles ató a Singhal con la cuerda de la cortina y lo amordazó con una funda de almohada arrugada antes de meterlo en el armario. Telefoneó a recepción, haciéndose pasar por Singhal, y le dijo al recepcionista que estaba enfermo, con gripe, y que, por favor, se aseguraran de que nadie le molestaba en todo el día. Nada de limpieza, y, por favor, que no le pasaran llamadas.
—No me gusta esto —dijo Groote.
—Nos quedan seis horas antes de que lleguen los compradores —dijo Miles—. Vamos.
Se montaron en su coche alquilado y emprendieron la marcha por la I-35.
No vieron el coche que salió después que ellos. Estaba medio kilómetro por detrás, pero no los perdió de vista.