28 de mayo de 2096:

Confusión

Timoshenko abandonó lentamente el compartimento estanco, flotando como una hoja sobre un estanque. Al volverse, vio el inmenso casco curvado del hábitat, una gigantesca estructura de metal creada por la mente humana, por las manos del hombre.

Un lugar para el exilio, se dijo Timoshenko. Todas esas ideas, todo ese cuidado, todo ese genio se volcó en construir una preciosa prisión para gente como yo.

Alzándose sobre la silueta tubular del hábitat, mientras este giraba lentamente en su largo eje, el brillante resplandor de Saturno llenó sus ojos de luz. Los anillos del planeta, suspendidos en el vacío, destilaban una luz deslumbrante, como un campo de relucientes joyas, círculos dentro de otros círculos de hielo brillante.

A más de mil millones de kilómetros de casa, pensó Timoshenko. Nos enviaron aquí para asegurarse de que no volveríamos a ella. Nos exiliaron entre las estrellas, nos condenaron a un mundo extraño, a vivir en un recuerdo constante de lo lejos que siempre estaremos de la Tierra.

La Tierra. Katrina. ¿De qué sirve vivir si no estoy en casa con ella?

Con las manos enguantadas se tanteó la cintura en busca de la unidad de control remoto que había traído consigo. Con un apretón del pulgar, podía desactivar los cables superconductores que creaban el escudo magnético del hábitat para proteger el lugar contra la letal radiación de Saturno. Una presión del pulgar, pensó, mientras aferraba el control remoto en la mano, y en una hora la gente que hay aquí dentro empezará a morir.

Podrían reiniciar los superconductores, se dijo. Pero eso les llevaría horas. Para cuando se den cuenta de lo que está sucediendo será demasiado tarde. Todos ellos morirán. Incluso ese mentiroso cabrón de Eberly. Él por encima de todos. Es el único al que quiero ver muerto.

¿Y yo? Me dejaré arrastrar hacia las estrellas. Podría convertirme en el primer humano que alcanza Alfa Centauro. El pensamiento le hizo reír amargamente.

Timoshenko sostuvo el control remoto en la mano derecha y lo levantó hasta el nivel del visor del casco para verlo. Una presión del pulgar y todos morirán.

Entonces, inesperadamente, el cable que le sujetaba llegó a su límite y tiró de él.

 

LOS HUMANOS SON PORTADORES DE CONTAMINACIÓN.

Gaeta vio el láser dirigirse hacia él. Su cerebro se disparó: el láser lanza un rayo de diez megajulios; ¿cuánta energía es esa? ¿Podría perforar mi traje?

Torpemente, comenzó a arrastrarse hacia el láser. Si me acerco lo suficiente tal vez pueda situarme por debajo de su altura, allí donde no le sea posible alcanzarme. O bien podría arrancar a ese «hijoputa» de su ensamblaje y lanzarlo por la borda.

— ¡El láser! —gritó Habib por los auriculares.

— ¿Cuánta energía es capaz de descargar? —preguntó Gaeta, arrastrándose por el techo de Alpha.

No hubo respuesta. Y de pronto, Gaeta se vio frenado en seco. El cable que le conectaba al puerto de acceso del ordenador central se había estirado hasta el límite. Gaeta echó mano de la unidad de comunicaciones que había en su cintura para liberarse del cable.

Algo le golpeó el hombro. Fue como recibir un disparo. Aún postrado sobre rodillas y manos, Gaeta se vio propulsado sobre sus caderas; después, instintivamente, rodó y se dejó caer sobre el estómago. Casi frenético, comprobó el estado de sus constantes vitales. Nada. Todas las luces estaban en verde.

—Estoy comprobando los datos del láser —escuchó que decía la voz de Habib—. Ráfagas de diez megajulios, a diez por segundo. En términos de energía explosiva, es más o menos el equivalente a dos kilos de TNT.

— ¡Cristo! ¡Es como una granada de mano!

De nuevo se impuso el maldito retardo en las comunicaciones. Furioso, Gaeta pensó: el traje está protegido, ha sido golpeado por trozos de hielo en los anillos y recibido toda clase de impactos al rodar en la nieve, monte Olimpo abajo. ¿Pero una puta granada de mano?

Sintió un golpe en la espalda y, de pronto, la mitad de las alertas de sus constantes vitales cambiaron al rojo. ¡Jesús! ¡Este maldito cabrón ha alcanzado mi mochila! Gaeta desconectó el cable que le unía al puerto de acceso del ordenador y comenzó a arrastrarse tan rápido como le fue posible hacia el delgado ensamblaje del láser.

 

— ¡Arrancaré a este cabrón de cuajo! —Fue el grito que Gaeta lanzó por el altavoz de la consola de Habib.

— ¡No! —saltó Habib, tras ponderarlo—. No dañe el láser si puede evitarlo.

Uno de los técnicos de Von Helmholtz se abrió paso entre la multitud que rodeaba la consola de Habib con el rostro exhausto, sudoroso. Asiendo a Fritz por su enjuto hombro, dijo:

—El suministro de energía vital está en un punto crítico.

Poniéndose en pie de un salto, Von Helmholtz exclamó:

— ¡Tenemos que sacarlo de allí!

Habib regresó a su consola:

— ¿Cómo se desconecta el láser? —gritó.

— ¡No se puede! —aulló uno de los ingenieros—. Ese cacharro ya no recibe ninguna de nuestras órdenes. Ha desactivado sus antenas de enlace, ¿recuerda?

—Dios mío —gimió Habib—. Es hombre muerto.

 

Gaeta se abrazó a la tornapunta que sostenía el láser; el corazón le latía con tanta fuerza que podía escucharlo en sus oídos.

Vale, se dijo. Cálmate. Aquí estás a salvo. Este puto láser no te va a disparar, estás justo debajo de él. Respira hondo. Otra vez. Relaja esas pulsaciones. Fritz no va a ponértelo fácil para que alguna vez te olvides de lo que ha pasado; está recibiendo la telemetría de tus constantes vitales; dirá que te cagaste en los pantalones.

Frunció la mirada para leer los datos de sus constantes vitales que mostraba el interior de su casco. El «fregado» me ha alcanzado la reserva de oxígeno. Está perdiendo aire. Tengo que salir de aquí.

Pero en cuanto asome la cabeza por encima del láser me va a freír a tiros. Trampa veintidós: si me quedo aquí me asfixio; si corro al módulo de escape me disparará.

—Fritz —murmuró con tanta calma como pudo reunir—. ¿Tienes alguna idea?

Silencio.

Y Gaeta vio que la tormenta de nieve negra estaba más cerca que antes, casi encima de él.

 

Cardenas y Negroponte avanzaban con determinación desde el laboratorio de biología hasta el centro de control de la misión. Habían enviado un mensaje urgente a Wunderly, en la Tierra, y ahora marchaban en busca de Urbain para decirle que las criaturas de los anillos de Saturno eran en realidad nanomáquinas.

Nanomáquinas. A Cardenas todavía le costaba creerlo. ¿Por qué?, se preguntó. ¿Te crees que eres la única en todo el universo que puede dedicarse a la nanotecnología? Ni siquiera eres la única en todo el sistema solar.

Pero en el momento en que atravesaron las dos puertas sin vigilancia del centro de control de la misión, sus pensamientos sobre las nanomáquinas y la inteligencia extraterrestre se evaporaron. Por la tensión que rasgaba el aire, por la cantidad de ingenieros y técnicos que se arracimaban estrechamente alrededor de las consolas, Cardenas sabía que algo había ido mal.

—Urbain no está aquí —dijo Negroponte—. Debe estar en su oficina.

Cardenas apenas la escuchó. Corrió hacia Von Helmholtz y su equipo, que rodeaban una de las consolas, mientras Negroponte, sola, se encaminaba hacia la oficina de Urbain.

Titán
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