II. EL PUÑAL DEL GODO

El tiempo reglamentario de una siestecita es media hora; pero como yo estaba tan olvidado de los colchones, en cuanto cogía una buena cama, en ella me eternizaba. ¡Quién sabe hasta cuándo dormiría en otra!, porque el dinero se iba acabando.

Dos horas buenas habría dormido, cuando me despertó una llamada a la puerta de mi habitación. Salté del lecho, abrí, y me encontré con don Rafael, quien, muy demudado y cariacontecido, me dijo:

—Sucedió como esperaba. A Nina le dio otro patatús, y estamos perdidos.

—¿Por qué dice usted esto, don Rafael?

—Porque no pudiendo dar la función de esta tarde, el posadero, a quien ya debo una semana, cansado de aguantarnos y de esperar, nos echará a la calle.

—¿Tan necesaria es Nina?

—¿No lo ha de ser? ¿No ve usted que a estos brutos lo que más les interesa es ver una mujer medio desnuda?

—¿Pues tan grave está que no puede salir?

—Venga usted a verla.

Y, cogiéndome del brazo, me llevó al cuarto número cuatro. Nina estaba acostada, y al vernos entrar nos miró con ojos extraviados. Su padre, al oír el grito que lanzara, precursor del accidente, solícito había acudido a socorrerla. En los espasmos de la epilepsia se le había desenredado el cabello a la pobrecita y ahora se mostraba inerte y lívida, doblada la cabeza, como azucena tronchada.

El bueno de su padre me llevó a la cabecera, y en tanto pasaba un pañuelo por los labios de Nina, me miraba como queriéndome decir:

—¡Ya la ve usted!

Yo estaba cohibido, sin saber qué hacer; sin embargo, dije lo que a cualquiera se le ocurriría en parecida situación:

—Don Rafael, si necesita usted algo, mándeme.

—Pues bien —me contestó—, le voy a molestar. A espaldas de la posada verá usted un solar donde está el coche ambulante. Hágame el bien de acercarse allí y decir a los chicos que vengan.

Me apresuré a cumplir el encargo. Allá donde me dijo hallé el coche, y subiendo unos escalones penetré en él. Me recibió un perro ladrando.

—¡Quieto, Sultán! —le dijo alguien.

Y salieron a recibirme mis conocidos, el hermano de Nina y el bizco.

—¿Viene usted a visitarnos? —me preguntó el primero.

—Vengo de parte de su padre a que vayan ustedes junto a Nina, porque se ha puesto mala.

—¡Se estropeó el asunto! —exclamó el bizco, displicente—. ¡Ea, vamos!

Colgaron de unas perchas los trajes que estaban amontonados en el suelo, cerraron un ventanillo que en la trasera daba luz a los cajones de los dormitorios, y echando agua a una hornilla encendida junto al vestíbulo, que sería la cocina del hogar, nos echamos los cuatro afuera (porque el perro se vino también con nosotros), dejando atrancada la puerta.

Cuando llegamos a la habitación de Nina, salió don Rafael.

—No hagan ustedes ruido —nos dijo—; se ha dormido y así se quede. Vénganse a mi cuarto.

Pero Sultán, que no entendió estas palabras, se puso a ladrar, queriendo a todo trance ver a su ama.

—Sultán, Sultán —oímos gritar a Nina.

Y no hubo más remedio que dejar al perro que saltara al lecho de su amita.

—Mejor —dijo don Rafael—, así estará acompañada. Cerró la puerta y nos llevó a su habitación. Entraron primero los dos jóvenes, y en un momento que pudo, díjome don Rafael en el umbral de la puerta:

—Fíjese usted en las dos niñas de este hombre. No he querido que viera a mi hija, porque si no, me la mata. Hoy es su último día con nosotros. No la verá más.

Traté de averiguar lo que me dijo don Rafael. Y fuese por prevención o porque así era, reparé, en efecto, que la retina del bizco brillaba de un modo extraño. No es que tuviese dos niñas en un ojo, sino que la retina se desdoblaba en dos puntitos oblongos y grises como de gato. Quise desafiar su fascinación y le miré de hito en hito. Sin duda que mi mirada tendría más influencia que la suya, porque el bizco parpadeó su ojo derecho, y cuando volvió a mirarme le vi borrado el maleficio: los dos puntitos formaban uno solo. Advertiré, no obstante, que, curándome en salud, hice este experimento apuntándole con el meñique y el pulgar de la mano derecha.

—Ya lo ven ustedes —dijo a todo esto don Rafael—. No hay más remedio que suspender la función. Usted (al bizco) encárguese de ponerlo en conocimiento del señor alcalde, que yo haré lo mismo con el posadero. ¡Bonita cara va a ponerme el hombre cuando le dé la noticia!

—Pero, papá —replicó Pepe—, no lo lleves tan a punta de lanza. Creo que cabe un arreglo.

—No sé cuál.

—Pues variar el programa y anunciar que es a causa de haberse indispuesto Nina.

—Esto no lo cree la gente. Además, ¿qué función cabe con tres hombres solos?

—¿Y con cuatro? —repuse yo con súbita inspiración, condolido de los apuros del cómico viejo.

—Hombre, con cuatro sería otra cosa —respondió don Rafael, sin comprender por qué lo decía—. ¿Por qué lo pregunta usted?

—Vamos a ver —repliqué—. Me dijo usted que su compañía hace a pelo y a pluma, es decir, que da comedias y hace trabajos de circo. ¿No podríamos combinar un espectáculo con una pieza en verso y luego lo otro?

Este podríamos intrigó al cómico viejo, porque le pareció que yo era el Deux ex machina que había de sacarle del atolladero.

—Explíquese, explíquese usted —dijo impaciente.

—Pues, muy sencillo: que su salvación en esta tarde depende de la respuesta que dé a esta pregunta: ¿Sabe usted El puñal del godo?

—Ya lo creo; con él me desteté, como quien dice.

—Y ¿ustedes? —seguí preguntando a los dos jóvenes.

—También. ¿Quién no lo sabe? —contestó el bizco por él y por Pepe—. Me lo sé íntegro, desde el principio hasta el fin. Lo mismo hago de ermitaño, que de don Rodrigo, de Teudia o de conde don Julián.

—Bien está, hombre —repuse—; con un papel basta. ¡Se salvó la patria, señores! —dije alegremente—. Daremos El puñal delgodo. El hermano de Nina hará de Teudia; don Rafael, ¿de qué hará don Rafael?

—A la verdad, hace tanto tiempo...

—Ya le repasaremos el papel de Romano, el monje eremita.

—Entonces, ¿quién hace de don Rodrigo? —preguntó el bizco.

—Yo, caballero —respondí con énfasis—, y usted, de conde donJulián.

¿Qué? ¿Es usted de los nuestros y se lo tenía callado? —dijo con asombro don Rafael.

—No, señor; no soy cómico; pero de colegial he representado este papel y de él me acuerdo como del Catecismo. Esta es la verdad, porque en el colegio donde me eduqué los padres escolapios, a los más talluditos, nos hacían representar El puñal del godo a troche y moche.

—Conque al avío —añadí—; a preparar de cualquier modo la escena, a ensayar los papeles aquí mismo y a dar parte de la variación del programa.

—¡Me salvó usted, amigo mío! —dijo don Rafael, estrechándome la mano—, me salvó usted, porque tras El puñal vendrá lo otro. Es verdad que no hay Nina, pero en cambio hay drama, y muchos preferirán el cambio. El resto del programa puede seguir con pequeñas variantes. El doctor Raf hará sus escamoteos; Pepe se lucirá con Sultán, que también le obedece, y usted (al bizco) tendrá que echar el resto de sus habilidades.

—¡Magnífico! ¡Aprobado! —gritaron uno tras otro los dos jóvenes, satisfechos de la solución del problema.

—Y ahora voy a participárselo a Nina para que se alegre y tranquilice.

Como urgía el tiempo, nos dimos prisa a ensayar. Recitamos los papeles en la barraca, porque en mi cuarto no se cabía, y haciendo memoria y ayudándonos mutuamente, dimos el visto bueno.

Lo de menos eran los trajes, porque en los baúles del carro los había de toda clase. Yo me probé mi ropilla y no me venía mal. Aunque en la noche con que empieza el drama de Zorrilla es fría y «está lloviznando hielo», don Rodrigo habría de enseñar unas medias arrugadas, porque botas no había. Y Teudia y el conde lo mismo. Capas y sombreros estaban muy averiados; pero con arrojarlos al suelo en gentil desplante al presentarse en escena, no habría nada que tachar. Lo más arduo era la decoración; pero el posadero, a guisa de empresario, facilitó lo más indispensable, aunque prescindiendo de relámpagos y truenos.

Momentos antes de las seis, hora en que iba a empezar la función, fuimos al teatro, un corral de la posada, al aire libre, sirviendo de patio el limpio suelo apisonado con greda y arena, y de escenario un pequeño terraplén al fondo, que había servido de granero o de pajar.

El posadero se puso a la puerta, ante una mesa, mientras a la parte de afuera un tambor alquilado llamaba a la gente. Esta fue acudiendo a remesones, quién suelto, quiénes en parejas y en grupo; pero todos aflojando el realito de la entrada. Las mujeres, las tenderas especialmente, traían consigo silleta y alfombra, como en misa, para estar con más comodidad. Estas se sentaban en primer término, y detrás el resto del público, de pie o sentados en el suelo. Entre todos sumarían unas doscientas personas.

La función gustó mucho. Las frases gordas que se cruzaron entre yo y el bizco, es decir, entre don Rodrigo y el conde, promovieron muchos aplausos.

Caldeado así el ambiente, los sucesivos números merecieron también la aprobación del ilustre senado.

Don Rafael, que había gustado de ermitaño, se metamorfoseó en doctor Raf y luciose como prestidigitador. Pepe, vestido de atleta, hizo algunos ejercicios de fuerza, dirigió las maniobras de Sultán; y el bizco, disfrazado de clown, hizo muchas tonterías, dijo muchas burradas y diose grandes batacazos, siendo el hazmerreír de la concurrencia.

¡Razón tuvo don Rafael cuando me dijo que este hombre era sin par! Y porque así lo seguía creyendo, concluida la función, hubo de decirme que consultaría con la almohada si le daría el pasaporte o no.

Resultado final: que aquella noche cenamos alegremente en el comedor de la posada todos, incluso Nina, más aliviada ya, la cual, por cierto, me felicitó y me dio las gracias más efusivas; y que don Rafael cobró las cincuenta pesetas del posadero.

Algo quiso darme, pero yo no lo consentí, contentándome con el regalo de la cena, que, por tenerla pagada ya, me descontó el patrón. Y esta fue toda mi paga.

Digo mal; lo que me satisfizo y dio por bien pagado fueron las sonrisas de la doliente Nina y pensar que había hecho un bien a mis hermanos de vida errante.

Por cierto que no volví a verlos, porque al otro día me eché a la carretera, camino de Murcia. Supongo que con el remiendo de esa noche, el posadero, engolosinado, daría treguas a otra semana, y, entre tanto, el cómico viejo suspendería también la sentencia contra el bizco. ¿Y la pobre Nina? Es de creer que el maleficio de las dos niñas juntas habría perdido mucha de su influencia, porque en mi diálogo con don Julián, cuando nos decíamos:

—Nos hallamos al fin.

—Sí, nos hallamos.

Y ambos a dos, execración del mundo,

la última vez mirándonos estamos,

fueron tales las miradas que di al fascinador, que le anonadé y neutralicé su conjuro antes que Teudia lo matara.