CAPÍTULO 11
Hay muchas formas
de ser feliz.
A mí la que más me gusta
es estar contigo.
El Regent´s Park era una explanada situada al norte de Londres. Uno de los pulmones de la ciudad de incandescente césped verde, árboles de todas clases y estanques de aguas cristalinas.
Liam y Kristen traspasaron las altísimas puertas enrejadas de la entrada y caminaron por debajo del arco que dibujaba un dosel formado de ramas y rosas hasta un claro rodeado de sauces llorones. Los rayos de sol salpicaban los contornos de las hojas y conferían al lugar un aire cálido y romántico.
—Hacía años que no venía aquí —dijo Kristen, embelesada por toda la belleza que la rodeaba y por los recuerdos que la embargaban en ese momento.
—No ha cambiado mucho —afirmó Liam—. Sigue prácticamente igual.
—Ya lo veo —corroboró Kristen—. Mi padre solía traerme los domingos cuando era una niña —dijo, contemplando el precioso paisaje que se abría delante de ella, con la misma inocencia que cuando era pequeña. Los músculos de Liam se tensaron como las cuerdas de un violín recién afinado. Detestaba oír hablar de Gilliam Lancashire—. Traíamos migas de pan y se las echábamos a los patos del estanque —continuó Kristen. Sus labios se curvaron en una sonrisa agridulce. De repente los ojos se le llenaron de lágrimas. Liam se percató de ello.
—¿Estás bien? —le preguntó en tono dulce.
—Sí, sí, perfectamente —respondió Kristen—. Lo siento… —se disculpó algo avergonzada—. Uno no acaba de acostumbrarse a estar solo en el mundo, sin unos padres que cuiden de ti. Siempre hay vivo un anhelo de que vengan a salvarte. —Levantó la vista y clavó los ojos en Liam—. Tú sabes de lo que hablo, ¿verdad? —dijo, con las pupilas dilatadas.
—Sí —afirmó él—. Sé de lo que hablas. Es muy duro crecer sin la protección de los padres. Nos enseñan todo menos a vivir sin ellos. —Liam no quería que los recuerdos le dieran un golpe bajo en esos momentos, así que desvió el tema—. Pero ahora no estás sola; me tienes a mí. —Con el dedo pulgar enjugó las lágrimas de Kristen, que se deslizaban ya apresuradamente por las mejillas—. Recuerda que soy tu ángel de la guarda.
Kristen sonrió tímidamente. La proximidad de Liam y su profunda mirada verde le provocaba cosquillas en el estómago. Nunca antes había sentido algo parecido por un hombre. Pero al sentir sus dedos en la mejilla, una suerte de corriente eléctrica había sacudido su interior. Estaba comenzando a ruborizarse.
Liam sonrió triunfante.
Pero no iba a besarla, ya habría tiempo después.
—¿Mejor? —preguntó, simulando un tono cariñoso con la voz.
—Sí. Gracias —respondió Kristen, terminando de secarse las lágrimas con la mano—. Gracias, de verdad.
Liam se separó un par de pasos.
—¿Merendamos? —dijo—. Tengo muchísimas ganas de probar tu tortilla española.
—Merendemos, entonces.
Kristen estiró en el suelo el mantel de cuadros blancos y verdes mientras Liam sacaba de su cesta pan, queso, aceitunas, pimientos fritos, fruta, tarta de manzana y una botella de vino de reserva.
—Espera —se adelantó a decir Liam cuando vio que Kristen iba a sentarse directamente en el césped. Se quitó la levita y la puso debajo.
—¿No te importa que me siente encima de ella?
—No. Lo único importante es que estés cómoda.
—Gracias —dijo Kristen, visiblemente sonrojada.
«¿Habría un hombre sobre la faz de la Tierra más caballeroso que Liam Lagerfeld? ¿Y más apuesto? —se preguntó Kristen para sus adentros, mientras lo miraba de reojo—. No, seguro que no», se respondió a sí misma.
Su atractivo imponente y misterioso volvería loca a cualquier mujer.
Introdujo las manos en su cesta, extrajo del interior la tortilla que había hecho con tanto esmero por la mañana y la partió en trocitos con un cuchillo. Liam cogió un tenedor, picó uno de los cuadraditos y se lo llevó a la boca ante la atenta mirada azul de Kristen, que esperaba su opinión con rostro expectante: quería impresionarlo y de paso darle a conocer sus habilidades en la cocina.
Liam comenzó a paladear la tortilla hasta que frunció el ceño y una mueca extraña cruzó su boca, como si estuviera comiendo algo en mal estado.
—Quizá he echado demasiada sal —dijo Kristen al advertir su gesto de desagrado—. O quizá la he pasado mucho… Es la sal, ¿verdad? He echado mucha.
De pronto el rostro de Liam demudó en una sonrisa traviesa. Alzó la vista y miró a Kristen.
—Está muy rica —opinó, y lo decía sinceramente.
Kristen respiró aliviada, expulsando todo el aire que había retenido en los pulmones.
—Pensé que no te estaba gustando —dijo.
Liam soltó una carcajada.
—Tenías que haberte visto la cara —señaló sin poder contener la risa—. Parecía que te iba a dar una apoplejía de un momento a otro.
—Bueno, la tuya era como si acabaras de ingerir un vaso de arsénico —se justificó Kristen—. Cualquiera diría que te estabas envenenando.
Liam pinchó otro trozo de tortilla y se lo metió en la boca de buena gana.
—En serio, está riquísima —corroboró—. Tengo que felicitarla, señorita Lancashire. Es usted una excelente cocinera.
—Gracias, señor Lagerfeld —dijo Kristen, complacida.
—No sabía que en España se hicieran cosas tan ricas —dijo Liam.
—España es uno de los países Europeos donde mejor se come.
—Desde luego, con cosas como estas no me extraña.
Liam acabó de masticar, cogió la botella de vino, la abrió y sirvió un poquito en las dos copas de cristal de bohemia que había llevado para la ocasión. Alzó la suya y dirigió una mirada significativa a Kristen.
—Por ti —brindó sin apartar los ojos de ella. El tono de su voz se había tornado serio, aunque Kristen no entendía por qué.
Las copas chocaron en el centro y después cada una bebió un sorbo de la suya, sin mirar a ningún lado que no fueran los ojos del otro. El dulzor del vino se extendió por el paladar de Kristen como un narcótico mientras Liam le escrutaba el rostro detenidamente. La luz del sol que se filtraba por las ramas de los árboles caía sobre su cabello como un fuego hecho de color azabache. La hija de Gilliam Lancashire era condenadamente hermosa, más de lo que le hubiese gustado, más de lo estrictamente necesario.
—Por ti —dijo Kristen—. Por mi ángel de la guarda.
Liam sonrió de aquella forma tenue que lo caracterizaba, como si se burlase de todo cuanto lo rodeaba, como si el mundo le perteneciera, como si conociera todos los secretos de la Tierra. Seguidamente se llevó la copa a los labios y bebió. Kristen dio otro sorbo y apoyó con cuidado la suya en el mantel.
—Resulta curioso que seas precisamente tú quién se haya erigido como mi ángel de la guarda —comentó enigmáticamente—. Aunque solo sea en forma de metáfora —añadió.
Liam frunció el ceño.
—¿Por qué dices eso? —le preguntó, preso de la curiosidad.
—Mi nana… Bertha me ha contado que los Lagerfeld y los Lancashire hemos sido enemigos desde tiempos remotos —explicó Kristen.
—Algo había oído… —dijo Liam en tono natural, aunque nadie mejor que él estaba al tanto de aquella información. Dio un nuevo trago de vino.
—Según parece —prosiguió Kristen—, entre nuestras familias había una competencia feroz por ser mejor que la otra, por estar por encima de la otra, por ser la más importante de Londres; la más rica, la más poderosa, la que contara con más privilegios…
—No sería la primera vez que dos apellidos estuvieran enfrentados —alegó Liam despreocupadamente, que no quería ahondar demasiado en el tema—. La historia de todas las ciudades cuenta con ejemplos similares.
—¿Y no crees que es paradójico que tú y yo, un Lagerfeld y una Lancashire, estén compartiendo mantel y tortilla de patatas española? —lanzó al aire Kristen.
—Diría que es una de las tantas curiosidades que hay por ahí —respondió Liam, restando importancia al asunto—. Los tiempos han cambiado.
—Es lo que dice Bertha.
—¿Y qué más dice Bertha? —preguntó Liam con un matiz de suspicacia en la voz.
—Nada —dijo tajantemente Kristen.
No se atrevía a comentarle que Bertha también le había contado que su padre se había suicidado, y mucho menos que unos minutos antes de que él la recogiera en casa, Scott le había dicho que su padre odiaba al suyo. La intuición le decía que eran más que rencillas de tiempos remotos lo que generaba ese odio que Gilliam Lancashire le profesaba a Bernard Lagerfeld. Pensar en ello la inquietaba profundamente. Sobre todo por la certeza con Scott lo había asegurado.